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The House on the Borderland

by William Hope Hodgson · in Spanish

LA CASA EN EL LÍMITE DE LOS MUNDOS

William Hope Hodgson

_Del manuscrito descubierto en 1877 por los señores Tonnison y Berreggnog en las ruinas que yacen al sur del pueblo de Kraighten, en el oeste de Irlanda. Expuesto aquí, con notas_.

A MI PADRE (Cuyos pies recorren los eones perdidos)

Abre la puerta, ¡y escucha! Solo el rugido amortiguado del viento, y el brillo De las lágrimas en torno a la luna. Y, en la fantasía, el paso De zapatos que se desvanecen... Fuera, en la noche con los Muertos.

"¡Silencio! Y escucha El lamento doloroso Del viento en la oscuridad. Silencio y escucha, sin murmullo ni suspiro, Los zapatos que recorren los eones perdidos: El sonido que te ordena morir. ¡Silencio y escucha! ¡Silencio y escucha!" Zapatos de los Muertos

INTRODUCCIÓN DEL AUTOR AL MANUSCRITO

Muchas son las horas que he pasado reflexionando sobre la historia que se expone en las páginas siguientes. Confío en que mis instintos no se equivoquen al impulsarme a dejar el relato, con sencillez, tal como llegó a mis manos.

Y el manuscrito en sí... Deben imaginarme, cuando se puso por primera vez bajo mi cuidado, hojeándolo con curiosidad y haciéndole un examen rápido y espasmódico. Es un libro pequeño; pero grueso, y todo, salvo las últimas páginas, lleno de una caligrafía pintoresca pero legible, y escrita muy apretada. Tengo ahora en las fosas nasales el extraño y tenue olor a agua estancada al escribir esto, y mis dedos guardan recuerdos subconscientes del tacto suave y «pegajoso» de las páginas húmedas durante tanto tiempo.

Leí y, al leer, levanté los velos de lo imposible que ciegan la mente, y miré hacia lo desconocido. Vagaba entre frases rígidas y abruptas; y, al poco, no tuve falta que achacar a sus abruptas narraciones; pues, mucho mejor que mi propia fraseología ambiciosa, este relato mutilado es capaz de transmitir todo lo que el viejo recluso, de la casa desaparecida, se había esforzado por contar.

Del relato sencillo y rígidamente expuesto sobre asuntos extraños y extraordinarios, diré poco. Yace ante ustedes. La historia interior debe ser descubierta, personalmente, por cada lector, según su capacidad y deseo. E incluso si alguno no lograra ver, como yo veo ahora, la imagen sombreada y la concepción de aquello a lo que uno bien podría dar los títulos aceptados de Cielo e Infierno; aun así, puedo prometer ciertas emociones, simplemente tomando la historia como una historia.

WILLIAM HOPE HODGSON, 17 de diciembre de 1907

I

EL HALLAZGO DEL MANUSCRITO

Lejos, en el oeste de Irlanda, se encuentra una pequeña aldea llamada Kraighten. Está situada, aislada, en la base de una colina baja. A su alrededor se extiende un páramo de paraje sombrío y totalmente inhóspito; donde, aquí y allá, a grandes intervalos, uno puede toparse con las ruinas de alguna cabaña largamente desolada, sin techo y austera. Toda la tierra está desnuda y despoblada, pues la tierra misma apenas cubre la roca que yace bajo ella, y de la cual el país abunda, elevándose en lugares del suelo en crestas con forma de ola.

Sin embargo, a pesar de su desolación, mi amigo Tonnison y yo habíamos elegido pasar nuestras vacaciones allí. Él había dado con el lugar por pura casualidad el año anterior, durante el transcurso de una larga excursión a pie, y descubrió las posibilidades para el pescador en un río pequeño y sin nombre que discurre por las afueras de la pequeña aldea.

He dicho que el río no tiene nombre; puedo añadir que ningún mapa que haya consultado hasta ahora ha mostrado ni el pueblo ni el arroyo. Parecen haber escapado por completo a la observación: de hecho, para lo que la guía media le dice a uno, podrían no existir nunca. Posiblemente esto pueda explicarse en parte por el hecho de que la estación de ferrocarril más cercana (Ardrahan) dista unas cuarenta millas.

Era el inicio de una tarde cálida cuando mi amigo y yo llegamos a Kraighten. Habíamos llegado a Ardrahan la noche anterior, durmiendo allí en habitaciones alquiladas en la oficina de correos del pueblo, y partiendo a buena hora a la mañana siguiente, aferrados inseguros a uno de los típicos carros de alquiler.

Nos había llevado todo el día completar nuestro viaje a través de algunos de los senderos más accidentados que se puedan imaginar, con el resultado de que estábamos completamente cansados y algo malhumorados. Sin embargo, había que montar la tienda y guardar nuestras pertenencias antes de que pudiéramos pensar en comida o descanso. Y así nos pusimos manos a la obra, con la ayuda de nuestro conductor, y pronto tuvimos la tienda erigida sobre un pequeño trozo de terreno justo fuera del pequeño pueblo, y muy cerca del río.

Luego, tras haber guardado todas nuestras pertenencias, despedimos al conductor, ya que tenía que regresar lo más rápido posible, y le dijimos que viniera a buscarnos al cabo de una quincena. Habíamos traído suficientes provisiones para durarnos ese espacio de tiempo, y el agua podíamos obtenerla del arroyo. Combustible no necesitábamos, ya que habíamos incluido un pequeño hornillo de aceite en nuestro equipo, y el tiempo era bueno y cálido.

Fue idea de Tonnison acampar en lugar de buscar alojamiento en una de las cabañas. Como él decía, no tenía gracia dormir en una habitación con una numerosa familia de irlandeses sanos en un rincón y la pocilga en el otro, mientras por encima una desharrapada colonia de aves de corral distribuía sus bendiciones imparcialmente, y todo el lugar estaba tan lleno de humo de turba que hacía que a uno se le saltara la cabeza de tanto estornudar solo con ponerla dentro del umbral.

Tonnison había encendido el hornillo ahora y estaba ocupado cortando lonchas de tocino en la sartén; así que tomé el hervidor y bajé al río por agua. De camino, tuve que pasar cerca de un pequeño grupo de aldeanos, que me miraron con curiosidad, pero no de manera hostil, aunque ninguno se aventuró a decir una palabra.

Cuando regresé con el hervidor lleno, me acerqué a ellos y, tras un saludo amistoso, al que respondieron de igual modo, les pregunté casualmente sobre la pesca; pero, en lugar de responder, simplemente negaron con la cabeza en silencio y se me quedaron mirando. Repetí la pregunta, dirigiéndome más particularmente a un tipo grande y esmirriado a mi lado; pero de nuevo no recibí respuesta. Entonces el hombre se volvió hacia un compañero y dijo algo rápidamente en un idioma que no entendí; y, al instante, toda la multitud se puso a parlotear en lo que, tras unos momentos, supuse que era irlandés puro. Al mismo tiempo, lanzaban muchas miradas en mi dirección. Durante un minuto, tal vez, hablaron entre ellos así; luego el hombre al que me había dirigido se giró hacia mí y dijo algo. Por la expresión de su rostro adiviné que él, a su vez, me estaba preguntando; pero ahora tuve que negar con la cabeza e indicar que no comprendía lo que querían saber; y así nos quedamos mirándonos, hasta que oí a Tonnison llamándome para que me diera prisa con el hervidor. Entonces, con una sonrisa y un asentimiento, los dejé, y todos en la pequeña multitud sonrieron y asintieron a cambio, aunque sus rostros todavía delataban su perplejidad.

Era evidente, reflexioné mientras me dirigía a la tienda, que los habitantes de estas pocas chozas en el desierto no sabían ni una palabra de inglés; y cuando se lo conté a Tonnison, comentó que él era consciente del hecho y, más aún, que no era nada inusual en esa parte del país, donde la gente a menudo vivía y moría en sus aldeas aisladas sin entrar jamás en contacto con el mundo exterior.

—Ojalá le hubiéramos pedido al conductor que hiciera de intérprete por nosotros antes de irse —comenté mientras nos sentábamos a comer—. Parece tan extraño que la gente de este lugar ni siquiera sepa para qué hemos venido.

Tonnison gruñó un asentimiento y después se quedó en silencio un rato.

Más tarde, habiendo satisfecho nuestros apetitos en cierta medida, comenzamos a hablar, trazando nuestros planes para el día siguiente; luego, tras fumar un cigarrillo, cerramos la solapa de la tienda y nos preparamos para acostarnos.

—Supongo que no hay posibilidad de que esos tipos de fuera se lleven nada —pregunté mientras nos envolvíamos en nuestras mantas.

Tonnison dijo que no lo creía, al menos mientras estuviéramos cerca; y, como pasó a explicar, podíamos cerrar con llave todo, excepto la tienda, en el gran cofre que habíamos traído para guardar nuestras provisiones. Estuve de acuerdo con esto y pronto ambos estábamos dormidos.

A la mañana siguiente, temprano, nos levantamos y fuimos a nadar al río; después de lo cual nos vestimos y desayunamos. Luego sacamos nuestros aparejos de pesca y los revisamos, para cuando nuestros desayunos se hubieron asentado un poco, lo dejamos todo seguro dentro de la tienda y nos alejamos en la dirección que mi amigo había explorado en su visita anterior.

Durante el día pescamos felizmente, trabajando constantemente río arriba, y al llegar la noche teníamos una de las cestas de pescado más bonitas que había visto en mucho tiempo. Al regresar al pueblo, tuvimos una buena comida con el botín del día, después de lo cual, habiendo seleccionado algunos de los mejores pescados para nuestro desayuno, ofrecimos el resto al grupo de aldeanos que se había reunido a una distancia respetuosa para observar nuestras acciones. Parecían maravillosamente agradecidos y amontonaron montañas de lo que supuse eran bendiciones irlandesas sobre nuestras cabezas.

Así pasamos varios días, divirtiéndonos espléndidamente y con apetitos de primera para hacer justicia a nuestra presa. Nos complació ver lo amistosos que se mostraban los aldeanos y que no había señales de que se hubieran aventurado a entrometerse en nuestras pertenencias durante nuestras ausencias.

Fue un martes cuando llegamos a Kraighten, y sería el domingo siguiente cuando hicimos un gran descubrimiento. Hasta entonces siempre habíamos ido río arriba; ese día, sin embargo, dejamos de lado nuestras cañas y, tomando algunas provisiones, salimos para una larga caminata en la dirección opuesta. El día era cálido y caminamos con bastante calma, deteniéndonos hacia el mediodía para comer nuestro almuerzo sobre una gran roca plana cerca de la orilla del río. Después nos sentamos y fumamos un rato, reanudando nuestra caminata solo cuando nos cansamos de la inactividad.

Durante tal vez otra hora vagamos hacia adelante, charlando tranquila y cómodamente sobre esto y aquello, y en varias ocasiones deteniéndonos mientras mi compañero —que es algo artista— hacía bocetos rápidos de partes llamativas del paisaje salvaje.

Y entonces, sin advertencia alguna, el río que habíamos seguido con tanta confianza llegó a un final abrupto, desapareciendo en la tierra.

—¡Dios mío! —dije—, ¿quién habría pensado alguna vez en esto?

Y miré con asombro; luego me volví hacia Tonnison. Él estaba mirando, con una expresión en blanco en el rostro, el lugar donde el río desaparecía.

Al momento, habló.

—Sigamos un poco más; puede reaparecer de nuevo; de todos modos, merece la pena investigarlo.

Estuve de acuerdo y avanzamos una vez más, aunque algo sin rumbo; pues no estábamos seguros de en qué dirección proseguir nuestra búsqueda. Durante tal vez una milla avanzamos; luego Tonnison, que había estado mirando alrededor con curiosidad, se detuvo y se cubrió los ojos con la mano.

—¡Mira! —dijo, después de un momento—, ¿no es eso niebla o algo así, allí a la derecha, en línea con ese gran trozo de roca? —Y señaló con la mano.

Miré y, tras un minuto, pareció que veía algo, pero no podía estar seguro, y así se lo dije.

—De todos modos —respondió mi amigo—, vamos a cruzar y echar un vistazo. —Y comenzó a caminar en la dirección que había sugerido, yo detrás. Poco después, llegamos entre arbustos y, al cabo de un tiempo, salimos a la cima de un banco alto y lleno de rocas, desde donde miramos hacia un desierto de arbustos y árboles.

—Parece como si hubiéramos llegado a un oasis en este desierto de piedra —murmuró Tonnison mientras miraba con interés. Luego guardó silencio, con los ojos fijos; y yo miré también; pues, desde algún lugar alrededor del centro de la tierra baja boscosa, se elevaba alto en el aire tranquilo una gran columna de rocío brumoso, sobre la cual brillaba el sol, causando innumerables arcoíris.

—¡Qué hermoso! —exclamé.

—Sí —respondió Tonnison, pensativo—. Debe haber una cascada, o algo así, por allí. Quizá sea nuestro río que vuelve a salir a la luz. Vamos a ver.

Bajamos por el banco inclinado y nos adentramos entre los árboles y arbustos. Los matorrales estaban enmarañados y los árboles nos cubrían, de modo que el lugar era desagradablemente sombrío; aunque no lo suficiente como para ocultarme el hecho de que muchos de los árboles eran frutales y que, aquí y allá, uno podía rastrear confusamente señales de un cultivo desaparecido hace mucho tiempo. Así llegué a la conclusión de que nos abríamos camino a través del caos de un gran y antiguo jardín. Se lo dije a Tonnison y estuvo de acuerdo en que ciertamente parecía haber razones razonables para mi creencia.

¡Qué lugar tan salvaje, tan lúgubre y sombrío! De alguna manera, a medida que avanzábamos, una sensación de la soledad silenciosa y el abandono del antiguo jardín creció en mí, y me sentí estremecido. Uno podía imaginar cosas acechando entre los arbustos enmarañados; mientras que, en el aire mismo del lugar, parecía haber algo inquietante. Creo que Tonnison también era consciente de esto, aunque no dijo nada.

De repente, nos detuvimos. A través de los árboles nos había llegado un sonido distante. Tonnison se inclinó hacia adelante, escuchando. Podía oírlo más claramente ahora; era continuo y áspero, una especie de rugido zumbante, que parecía venir de muy lejos. Experimenté una extraña e indescriptible sensación de nerviosismo. ¿Qué clase de lugar era aquel en el que nos habíamos metido? Miré a mi compañero para ver qué pensaba del asunto; y noté que solo había perplejidad en su rostro; y entonces, mientras observaba sus rasgos, una expresión de comprensión se apoderó de ellos y asintió con la cabeza.

—Es una cascada —exclamó, con convicción—. Ahora reconozco el sonido. —Y comenzó a empujar vigorosamente a través de los arbustos, en dirección al ruido.

A medida que avanzábamos, el sonido se volvía más claro continuamente, mostrando que nos dirigíamos directamente hacia él. Constantemente, el rugido se hacía más fuerte y cercano, hasta que pareció, como le comenté a Tonnison, casi provenir de debajo de nuestros pies, y aun así estábamos rodeados por árboles y arbustos.

—¡Cuidado! —me gritó Tonnison—. Mira por dónde vas. —Y entonces, de repente, salimos de entre los árboles a un gran espacio abierto donde, a no más de seis pasos frente a nosotros, se abría la boca de un tremendo abismo, desde cuyas profundidades parecía elevarse el ruido, junto con el rocío continuo y brumoso que habíamos presenciado desde la cima del banco distante.

Durante todo un minuto nos quedamos en silencio, mirando con desconcierto la escena; luego mi amigo avanzó con cautela hasta el borde del abismo. Yo le seguí y, juntos, miramos hacia abajo, a través de una ebullición de rocío, a una catarata monstruosa de agua espumosa que brotaba, a chorros, del costado del abismo, a casi cien pies por debajo.

—¡Dios mío! —dijo Tonnison.

Yo estaba en silencio, y bastante sobrecogido. La vista era tan inesperadamente grandiosa y misteriosa; aunque esta última cualidad se apoderó de mí más tarde.

Poco después, miré hacia arriba y hacia el lado opuesto del abismo. Allí vi algo elevándose entre el rocío: parecía un fragmento de una gran ruina, y toqué a Tonnison en el hombro. Se volvió, sobresaltado, y señalé hacia la cosa. Su mirada siguió mi dedo y sus ojos se iluminaron con un destello repentino de emoción a medida que el objeto entraba en su campo de visión.

—Vamos —gritó por encima del estruendo—. Vamos a echarle un vistazo. Hay algo extraño en este lugar; lo siento en mis huesos. —Y comenzó a caminar alrededor del borde del abismo en forma de cráter. Al acercarnos a esta nueva cosa, vi que no me había equivocado en mi primera impresión. Era indudablemente una parte de algún edificio en ruinas; pero ahora distinguí que no estaba construido sobre el borde del abismo mismo, como había supuesto al principio; sino posado casi en el extremo final de un enorme espolón de roca que se adentraba unos cincuenta o sesenta pies sobre el abismo. De hecho, la masa dentada de ruinas estaba literalmente suspendida en el aire.

Al llegar frente a ella, caminamos sobre el brazo saliente de roca, y debo confesar haber sentido una intolerable sensación de terror al mirar hacia abajo desde esa vertiginosa percha hacia las profundidades desconocidas bajo nosotros, hacia las profundidades de las que se elevaba siempre el trueno del agua que caía y el sudario del rocío ascendente.

Al llegar a la ruina, trepamos a su alrededor con cautela y, al otro lado, encontramos una masa de piedras caídas y escombros. La ruina misma me pareció, mientras procedía ahora a examinarla minuciosamente, ser una parte de la pared exterior de una estructura prodigiosa; era tan gruesa y sustancialmente construida; pero qué hacía en tal posición no podía conjeturarlo de ninguna manera. ¿Dónde estaba el resto de la casa, o castillo, o lo que hubiera habido?

Regresé al lado exterior de la pared y de allí al borde del abismo, dejando a Tonnison hurgando sistemáticamente entre el montón de piedras y escombros del lado exterior. Entonces comencé a examinar la superficie del suelo, cerca del borde del abismo, para ver si no quedaban otros restos del edificio al que pertenecía evidentemente el fragmento de ruina. Pero aunque escudriñé la tierra con el mayor cuidado, no pude ver señales de nada que mostrara que alguna vez se hubiera erigido un edificio en el lugar, y me quedé más perplejo que nunca.

Entonces, oí un grito de Tonnison; estaba gritando mi nombre, emocionado, y sin demora me apresuré a lo largo del promontorio rocoso hasta la ruina. Me pregunté si se habría hecho daño, y luego vino el pensamiento de que quizás había encontrado algo.

Llegué a la pared desmoronada y trepé alrededor. Allí encontré a Tonnison de pie dentro de una pequeña excavación que había hecho entre los escombros: estaba limpiando la suciedad de algo que parecía un libro, muy arrugado y en ruinas; y abriendo la boca, cada segundo o dos, para llamar a voces mi nombre. Tan pronto como vio que había llegado, me entregó su premio, diciéndome que lo pusiera en mi mochila para protegerlo de la humedad, mientras él continuaba sus exploraciones. Así lo hice, primero, sin embargo, pasando las páginas entre mis dedos, y notando que estaban muy llenas de escritura pulcra y antigua que era bastante legible, salvo en una parte, donde muchas de las páginas estaban casi destruidas, embarradas y arrugadas, como si el libro se hubiera doblado hacia atrás en esa parte. Esto, descubrí por Tonnison, era realmente como él lo había encontrado, y el daño se debía, probablemente, a la caída de mampostería sobre la parte abierta. Curiosamente, el libro estaba bastante seco, lo que atribuí a haber estado enterrado tan seguramente entre las ruinas.

Habiendo guardado el volumen a buen recaudo, me puse a ayudar a Tonnison con su tarea autoimpuesta de excavar; sin embargo, aunque dedicamos más de una hora de arduo trabajo, dando la vuelta a todas las piedras amontonadas y escombros, no encontramos nada más que algunos fragmentos de madera rota, que podrían haber sido partes de un escritorio o mesa; y así dejamos de buscar y regresamos a lo largo de la roca, una vez más a la seguridad de la tierra.

Lo siguiente que hicimos fue realizar un recorrido completo del tremendo abismo, que pudimos observar que tenía la forma de un círculo casi perfecto, salvo por donde el espolón de roca coronado por ruinas sobresalía, estropeando su simetría.

El abismo era, como dijo Tonnison, como nada tanto como un pozo gigantesco o foso que descendía directamente hacia las entrañas de la tierra.

Durante algún tiempo más, continuamos mirando a nuestro alrededor, y luego, notando que había un espacio despejado hacia el norte del abismo, nos dirigimos en esa dirección.

Aquí, lejos de la boca del poderoso pozo por cientos de yardas, nos topamos con un gran lago de agua silenciosa; silenciosa, es decir, salvo en un lugar donde había un burbujeo y gorgoteo continuos.

Me detuve, observando aquel movimiento extraño en el centro del lago, y Tonnison, a mi lado, soltó una exclamación de asombro. Nos acercamos con cautela a la orilla, que consistía en una franja de piedra grisácea, sin vegetación alguna. El agua era de un color oscuro y turbio, y el punto donde burbujeaba parecía estar en constante agitación, como si algo estuviera hirviendo en las profundidades, aunque no emanaba calor ni vapor alguno.

"¿Qué puede ser?", preguntó Tonnison en un susurro, y noté que su voz temblaba ligeramente. Me encogí de hombros, pues me sentía incapaz de articular palabra. Aquel fenómeno, en un entorno tan desolado y antinatural, me producía una repulsión instintiva. Mientras observábamos, la superficie del lago pareció ondularse con mayor violencia, y una serie de burbujas más grandes estallaron en la superficie con un sonido sordo, similar a un gemido ahogado.

Dimos un paso atrás al unísono, como movidos por un impulso de defensa propia. El aire en aquel lugar parecía haberse vuelto más denso, cargado de una pesadez que oprimía el pecho. Me giré hacia Tonnison para sugerirle que nos alejáramos, pero él estaba tan absorto en la visión que apenas pareció advertir mi movimiento.

"Mira", dijo, señalando hacia el otro lado del lago. Allí, en la distancia, donde las sombras de las montañas se proyectaban con mayor intensidad, algo se movía. No era una forma definida, sino una mancha de oscuridad más profunda que se desplazaba con una lentitud deliberada, cruzando el terreno pedregoso hacia nosotros.

La sensación de que no estábamos solos, que ya me había acosado anteriormente, regresó con una fuerza abrumadora. Sin decir nada más, agarré a Tonnison por el brazo y comencé a retroceder, apartándome de aquella orilla maldita. Él no ofreció resistencia alguna, y pronto nos encontramos caminando apresuradamente por el terreno yermo, dejando atrás el lago y su misteriosa agitación. El silencio regresó, pero era un silencio diferente, cargado de una expectación ominosa que nos instaba a huir.

Ahora, vi que había otras cosas entre las montañas. Más lejos, recostada sobre una elevada repisa, distinguí una masa lívida, irregular y demoníaca. Parecía carecer de forma, salvo por un rostro inmundo, semianimal, que observaba, con vileza, desde algún lugar alrededor de su centro. Y entonces vi otras; había cientos de ellas. Parecían brotar de las sombras. Reconocí a varias casi de inmediato como deidades mitológicas; otras me eran extrañas, absolutamente extrañas, más allá del poder de una mente humana para concebirlas.

A cada lado, miré y vi más, continuamente. Las montañas estaban llenas de cosas extrañas: Dioses-Bestia y Horrores tan atroces y bestiales que la posibilidad y la decencia niegan cualquier intento ulterior de describirlos. Y yo... yo estaba lleno de un terrible sentimiento de horror, miedo y repugnancia abrumadores; sin embargo, a pesar de esto, me maravillaba sobremanera. ¿Había entonces, después de todo, algo en el viejo culto pagano, algo más que la simple deificación de hombres, animales y elementos? El pensamiento me atenazaba: ¿lo había?

Más tarde, una pregunta se repitió. ¿Qué eran, aquellos Dioses-Bestia y los otros? Al principio, me habían parecido solo Monstruos esculpidos, colocados indiscriminadamente entre los picos y precipicios inaccesibles de las montañas circundantes. Ahora, al escudriñarlos con mayor intensidad, mi mente comenzó a llegar a nuevas conclusiones. Había algo en ellos, una suerte indescriptible de vitalidad silenciosa que sugería, a mi conciencia en expansión, un estado de vida-en-la-muerte; un algo que de ninguna manera era vida, tal como la entendemos, sino más bien una forma inhumana de existencia que bien podría compararse con un trance inmortal; una condición en la que era posible imaginar su continuidad eterna. '¡Inmortal!', la palabra surgió en mis pensamientos sin ser llamada; y, de inmediato, comencé a preguntarme si esta podría ser la inmortalidad de los dioses.

Y entonces, en medio de mis dudas y reflexiones, ocurrió algo. Hasta ese momento, me había quedado justo dentro de la sombra de la salida de la gran grieta. Ahora, sin voluntad por mi parte, me deslicé fuera de la semioscuridad y comencé a moverme lentamente a través de la arena, hacia la Casa. Ante esto, abandoné todo pensamiento sobre aquellas prodigiosas Formas sobre mí, y solo pude mirar, aterrorizado, la tremenda estructura hacia la cual estaba siendo transportado tan implacablemente. Sin embargo, aunque busqué con seriedad, no pude descubrir nada que no hubiera visto ya, y así me calmé gradualmente.

Al poco tiempo, había llegado a un punto a más de la mitad del camino entre la Casa y la garganta. Por todas partes se extendía la absoluta soledad del lugar y el silencio ininterrumpido. Constantemente, me acerqué al gran edificio. Entonces, de repente, algo captó mi visión, algo que apareció alrededor de uno de los enormes contrafuertes de la Casa, y así entró en plena vista. Era una cosa gigantesca y se movía con un trote curioso, yendo casi erguida, a la manera de un hombre. Estaba completamente desnuda y tenía un aspecto luminoso notable. Sin embargo, fue el rostro lo que más me atrajo y me asustó. Era el rostro de un cerdo.

Silenciosa e intensamente, observé a esta horrible criatura y olvidé mi miedo, momentáneamente, ante el interés por sus movimientos. Se abría camino, pesadamente, alrededor del edificio, deteniéndose al llegar a cada ventana para mirar dentro y sacudir los barrotes con los que, como en esta casa, estaban protegidas; y cada vez que llegaba a una puerta, empujaba, tanteando el cerrojo sigilosamente. Evidentemente, estaba buscando una entrada a la Casa.

Había llegado ahora a menos de un cuarto de milla de la gran estructura, y aún me sentía forzado a seguir adelante. Abruptamente, la Cosa se volvió y miró horriblemente en mi dirección. Abrió la boca y, por primera vez, la quietud de aquel lugar abominable se rompió por una nota profunda y retumbante que envió una oleada adicional de aprensión a través de mí. Entonces, inmediatamente, me di cuenta de que venía hacia mí, rápida y silenciosamente. En un instante, había cubierto la mitad de la distancia que mediaba. Y aún así, yo era llevado impotente a su encuentro. A solo cien yardas, la ferocidad brutal del rostro gigante me entumeció con un sentimiento de puro horror. Podría haber gritado, en la supremacía de mi miedo; y entonces, en el mismo momento de mi extremidad y desesperación, me hice consciente de que estaba mirando hacia abajo a la arena, desde una altura que aumentaba rápidamente. Estaba ascendiendo, ascendiendo. En un tiempo inconcebiblemente breve, había alcanzado una altitud de muchos cientos de pies. Debajo de mí, el lugar que acababa de dejar estaba ocupado por la inmunda criatura porcina. Se había puesto a cuatro patas y estaba olfateando y hozando, como un verdadero cerdo, en la superficie de la arena. Un momento y se puso de pie, gesticulando hacia arriba, con una expresión de deseo en su rostro tal como nunca he visto en este mundo.

Continuamente, subí más alto. Unos minutos, parecía, y me había elevado por encima de las grandes montañas, flotando, solo, lejos en el enrojecimiento. A una distancia tremenda debajo, la arena aparecía tenuemente; con la poderosa Casa luciendo no más grande que una pequeña mancha de verde. La criatura porcina ya no era visible.

Al poco tiempo, pasé sobre las montañas, hacia afuera sobre la enorme extensión de la llanura. Muy lejos, en su superficie, en dirección al sol en forma de anillo, se mostraba una mancha confusa. Miré hacia ella, con indiferencia. Me recordó, en cierto modo, al primer atisbo que había tenido del anfiteatro montañoso.

Con una sensación de cansancio, miré hacia arriba, al inmenso anillo de fuego. ¡Qué cosa tan extraña era! Entonces, mientras observaba, desde el centro oscuro surgió un destello repentino de fuego extraordinariamente vívido. Comparado con el tamaño del centro negro, no era nada; sin embargo, en sí mismo, estupendo. Con renovado interés, lo observé cuidadosamente, notando su extraña ebullición y brillo. Entonces, en un momento, todo se volvió tenue e irreal, y así desapareció de la vista. Muy asombrado, miré hacia abajo a la Llanura de la cual todavía estaba ascendiendo. Así, recibí una nueva sorpresa. La Llanura, todo se había desvanecido, y solo un mar de niebla roja se extendía muy por debajo de mí. Gradualmente, mientras observaba, esto se volvió remoto y murió en un tenue y lejano misterio de rojo contra una noche insondable. Un tiempo después, incluso esto se había ido, y estaba envuelto en una penumbra impalpable y sin luz.

IV

LA TIERRA

Así estaba yo, y solo el recuerdo de que había vivido a través de la oscuridad, una vez antes, sirvió para sostener mis pensamientos. Pasó un gran tiempo, edades. Y entonces una sola estrella se abrió camino a través de la oscuridad. Era la primera de uno de los cúmulos periféricos de este universo. Poco después, quedó muy atrás, y a mi alrededor brillaba el esplendor de las innumerables estrellas. Más tarde, años parecía, vi el sol, un coágulo de llama. Alrededor de él, distinguí poco después varias motas de luz remotas: los planetas del sistema Solar. Y así vi la tierra de nuevo, azul e increíblemente diminuta. Creció y se definió.

Un largo espacio de tiempo vino y se fue, y finalmente entré en la sombra del mundo, sumergiéndome de cabeza en la tenue y sagrada noche terrestre. Arriba estaban las viejas constelaciones, y había una luna creciente. Entonces, mientras me acercaba a la superficie de la tierra, una penumbra me invadió, y parecí hundirme en una niebla negra.

Por un tiempo, no supe nada. Estaba inconsciente. Gradualmente, me hice consciente de un gemido débil y distante. Se hizo más claro. Un sentimiento desesperado de agonía me poseyó. Luché locamente por respirar e intenté gritar. Un momento, y obtuve el aliento más fácilmente. Fui consciente de que algo estaba lamiendo mi mano. Algo húmedo barrió mi rostro. Escuché un jadeo, y luego otra vez el gemido. Parecía llegar a mis oídos, ahora, con una sensación de familiaridad, y abrí los ojos. Todo estaba oscuro; pero la sensación de opresión me había dejado. Estaba sentado, y algo estaba gimiendo lastimeramente y lamiéndome. Me sentí extrañamente confundido y, por instinto, intenté apartar a la cosa que lamía. Mi cabeza estaba curiosamente vacía y, por el momento, parecía incapaz de acción o pensamiento. Entonces, las cosas volvieron a mí, y llamé 'Pepper', débilmente. Fui respondido por un ladrido alegre y renovadas y frenéticas caricias.

En poco tiempo, me sentí más fuerte y extendí la mano hacia las cerillas. Tantee, por unos momentos, a ciegas; luego mis manos dieron con ellas, encendí una luz y miré confusamente alrededor. A mi alrededor, vi las viejas cosas familiares. Y allí me senté, lleno de asombros aturdidos, hasta que la llama de la cerilla quemó mi dedo y la dejé caer; mientras una expresión apresurada de dolor y enojo escapaba de mis labios, sorprendiéndome con el sonido de mi propia voz.

Después de un momento, encendí otra cerilla y, tropezando por la habitación, encendí las velas. Mientras lo hacía, observé que no se habían consumido, sino que habían sido apagadas.

Mientras las llamas se elevaban, me giré y miré alrededor del estudio; pero no había nada inusual que ver; y, de repente, una ráfaga de irritación me invadió. ¿Qué había pasado? Me sostuve la cabeza con ambas manos e intenté recordar. ¡Ah! la gran y silenciosa Llanura y el sol en forma de anillo de fuego rojo. ¿Dónde estaban? ¿Dónde los había visto? ¿Hace cuánto tiempo? Me sentí aturdido y confundido. Una o dos veces, caminé de un lado a otro de la habitación, inestablemente. Mi memoria parecía embotada y, ya, la cosa que había presenciado volvía a mí con esfuerzo.

Tengo un recuerdo de maldecir, petulantemente, en mi desconcierto. De repente, me sentí débil y mareado, y tuve que agarrarme a la mesa para apoyarme. Durante unos momentos, me mantuve, débilmente; y luego logré tambalearme de lado hasta una silla. Después de un rato, me sentí algo mejor y logré llegar al armario donde, por lo general, guardo el brandy y las galletas. Me serví un poco del estimulante y lo bebí de un trago. Luego, tomando un puñado de galletas, regresé a mi silla y comencé a devorarlas, vorazmente. Me sorprendió vagamente mi hambre. Sentía como si no hubiera comido nada durante un tiempo incalculablemente largo.

Mientras comía, mi mirada recorría la habitación, asimilando sus diversos detalles, y todavía buscando, aunque casi inconscientemente, algo tangible a lo que aferrarme, entre los misterios invisibles que me envolvían. 'Seguramente', pensé, 'debe haber algo...' Y, en el mismo instante, mi mirada se detuvo en la esfera del reloj en la esquina opuesta. Con eso, dejé de comer y solo miré fijamente. Pues, aunque su tic-tac indicaba con toda seguridad que todavía funcionaba, las manecillas marcaban poco antes de la hora de la medianoche; mientras que era, como bien sabía, considerablemente después de esa hora cuando había presenciado el primero de los extraños sucesos que acabo de describir.

Durante quizás un momento quedé asombrado y perplejo. Si la hora hubiera sido la misma que cuando vi el reloj por última vez, habría concluido que las manecillas se habían atascado en un lugar, mientras que el mecanismo interno continuaba como siempre; pero eso, de ninguna manera, explicaría que las manecillas hubieran retrocedido. Entonces, incluso mientras le daba vueltas al asunto en mi cerebro cansado, me vino el pensamiento de que ahora estaba cerca de la mañana del veintidós, y que había estado inconsciente para el mundo visible durante la mayor parte de las últimas veinticuatro horas. El pensamiento ocupó mi atención durante un minuto completo; luego comencé a comer de nuevo. Todavía tenía mucha hambre.

Durante el desayuno, a la mañana siguiente, pregunté casualmente a mi hermana sobre la fecha y descubrí que mi suposición era correcta. De hecho, había estado ausente, al menos en espíritu, durante casi un día y una noche.

Mi hermana no me hizo preguntas; pues no es en absoluto la primera vez que me quedo en mi estudio durante todo un día, y a veces un par de días seguidos, cuando he estado particularmente absorto en mis libros o trabajo.

Y así pasan los días, y todavía estoy lleno de asombro por saber el significado de todo lo que vi en aquella noche memorable. Sin embargo, sé bien que es poco probable que mi curiosidad sea satisfecha.

V

LA COSA EN EL POZO

Esta casa está, como he dicho antes, rodeada por una enorme propiedad y jardines salvajes y sin cultivar.

Lejos, en la parte trasera, a unos trescientos yardas de distancia, hay un barranco oscuro y profundo, llamado el 'Pozo' por los campesinos. En el fondo corre un arroyo lento tan cubierto por árboles que apenas se ve desde arriba.

De paso, debo explicar que este río tiene un origen subterráneo, emergiendo repentinamente en el extremo Este del barranco y desapareciendo, tan abruptamente, debajo de los acantilados que forman su extremo Oeste.

Pasaron algunos meses después de mi visión (si visión fue) de la gran Llanura cuando mi atención se sintió particularmente atraída por el Pozo.

Sucedió, un día, que estaba caminando a lo largo de su borde Sur, cuando, de repente, varios trozos de roca y esquisto se desprendieron de la cara del acantilado inmediatamente debajo de mí y cayeron con un estrépito sombrío a través de los árboles. Los escuché chapotear en el río en el fondo; y luego silencio. No le habría dado a este incidente más que un pensamiento pasajero, si Pepper no hubiera comenzado de inmediato a ladrar salvajemente; ni se quedaría en silencio cuando se lo ordené, lo cual es un comportamiento muy inusual por su parte.

Sintiendo que debía haber alguien o algo en el Pozo, regresé a la casa, rápidamente, por un palo. Cuando regresé, Pepper había cesado sus ladridos y estaba gruñendo y olfateando, inquieto, a lo largo de la parte superior.

Silbándole para que me siguiera, comencé a descender con cautela. La profundidad hasta el fondo del Pozo debe ser de unos ciento cincuenta pies, y se empleó algo de tiempo, así como un cuidado considerable, antes de llegar al fondo a salvo.

Una vez abajo, Pepper y yo comenzamos a explorar a lo largo de las orillas del río. Estaba muy oscuro allí debido a los árboles que sobresalían, y me moví con cautela, manteniendo mi mirada a mi alrededor y mi palo listo.

Pepper estaba callado ahora y se mantuvo cerca de mí todo el tiempo. Así, buscamos por todo un lado del río, sin escuchar ni ver nada. Luego, cruzamos, por el sencillo método de saltar, y comenzamos a abrirnos paso de regreso a través de la maleza.

Habíamos recorrido quizás la mitad de la distancia, cuando escuché de nuevo el sonido de piedras cayendo al otro lado, el lado del que acabábamos de venir. Una gran roca cayó estruendosamente a través de las copas de los árboles, golpeó la orilla opuesta y rebotó en el río, lanzando un gran chorro de agua justo sobre nosotros. Ante esto, Pepper soltó un gruñido profundo; luego se detuvo y erguiró sus orejas. Yo escuché, también.

Un segundo después, un chirrido fuerte, mitad humano, mitad cerduno, sonó desde entre los árboles, aparentemente a mitad de camino del acantilado Sur. Fue respondido por una nota similar desde el fondo del Pozo. Ante esto, Pepper soltó un ladrido corto y agudo, y, saltando a través del pequeño río, desapareció en los arbustos.

Inmediatamente después, escuché sus ladridos aumentar en profundidad y número, y entre ellos sonó un ruido de parloteo confuso. Esto cesó, y, en el silencio subsiguiente, surgió un grito semihumano de agonía. Casi de inmediato, Pepper soltó un aullido prolongado de dolor, y luego los arbustos se agitaron violentamente, y salió corriendo con la cola entre las patas, mirando por encima del hombro mientras corría. Al llegar a mí, vi que estaba sangrando por lo que parecía ser una gran herida de garra en el costado que casi había dejado al descubierto sus costillas.

Al ver a Pepper así mutilado, una sensación de furia me invadió y, haciendo girar mi bastón, salté y me metí en los arbustos de los que había salido Pepper. Mientras me abría paso a la fuerza, creí escuchar un sonido de respiración. Al instante siguiente, había irrumpido en un pequeño espacio despejado, justo a tiempo para ver algo, de color blanco lívido, desaparecer entre los arbustos del lado opuesto. Con un grito, corrí hacia ello; pero, aunque golpeé y sondeé entre los arbustos con mi palo, no vi ni escuché nada más; y así regresé a Pepper. Allí, después de bañar su herida en el río, até mi pañuelo mojado alrededor de su cuerpo; habiendo hecho lo cual, nos retiramos por el barranco y hacia la luz del día de nuevo.

Al llegar a la casa, mi hermana preguntó qué le había pasado a Pepper, y le dije que había estado peleando con un gato montés, de los cuales había oído que había varios por allí.

Sentí que sería mejor no decirle cómo había sucedido realmente; aunque, a decir verdad, apenas lo sabía yo mismo; pero esto sí lo sabía, que la cosa que había visto correr hacia los arbustos no era un gato montés. Era demasiado grande y tenía, hasta donde había observado, una piel como la de un cerdo, solo que de un color blanco muerto y enfermizo. Y entonces... había corrido erguida, o casi, sobre sus patas traseras, con un movimiento que recordaba un poco al de un ser humano. Esto había notado en mi breve vislumbre y, a decir verdad, sentí una gran incomodidad, además de curiosidad, mientras le daba vueltas al asunto en mi mente.

Fue por la mañana cuando ocurrió el incidente anterior.

Luego, sería después de la cena, mientras estaba sentado leyendo, cuando, al levantar la vista de repente, vi algo asomándose por encima del alféizar de la ventana, mostrando solo los ojos y las orejas.

'¡Un cerdo, por Júpiter!', dije, y me puse de pie. Así, vi la cosa más completamente; pero no era un cerdo; Dios solo sabe lo que era. Me recordó, vagamente, a la horrible Cosa que había acechado la gran arena. Tenía una boca y una mandíbula grotescamente humanas; pero sin barbilla de la que hablar. La nariz estaba prolongada en un hocico; así fue como, con los ojos pequeños y las orejas extrañas, le dio un aspecto extraordinariamente porcino. De frente había poco, y todo el rostro era de un color blanco insalubre.

Durante quizás un minuto, permanecí mirando a la cosa con un sentimiento de disgusto cada vez mayor, y algo de miedo. La boca seguía parlotear, inane, y una vez emitió un gruñido semicerdo. Creo que fueron los ojos lo que más me atrajo; parecían brillar, a veces, con una inteligencia horriblemente humana, y seguían parpadeando lejos de mi rostro, sobre los detalles de la habitación, como si mi mirada lo perturbara.

Parecía estar apoyándose con dos manos en forma de garra sobre el alféizar de la ventana. Estas garras, a diferencia del rostro, eran de un tono marrón arcilloso y tenían una semejanza indistinta con las manos humanas, en que tenían cuatro dedos y un pulgar; aunque estos estaban palmeados hasta la primera articulación, más o menos como los de un pato. Tenía uñas también, pero tan largas y poderosas que eran más como las garras de un águila que cualquier otra cosa.

Como he dicho antes, sentí algo de miedo; aunque casi de un tipo impersonal. Puedo explicar mejor mi sentimiento diciendo que era más una sensación de aborrecimiento; como uno podría esperar sentir si se pusiera en contacto con algo sobrehumanamente inmundo; algo impío, perteneciente a algún estado de existencia hasta ahora inimaginable.

No puedo decir que captara estos diversos detalles de la bestia en ese momento. Creo que parecieron volver a mí, después, como si estuvieran impresos en mi cerebro. Imaginé más de lo que vi mientras miraba a la cosa, y los detalles materiales crecieron en mí más tarde.

Durante quizás un minuto miré a la criatura; luego, a medida que mis nervios se calmaban un poco, me sacudí la vaga alarma que me retenía y di un paso hacia la ventana. Incluso mientras lo hacía, la cosa se agachó y se desvaneció. Corrí a la puerta y miré a mi alrededor apresuradamente; pero solo los arbustos y matorrales enredados recibieron mi mirada.

Corrí de regreso a la casa y, tomando mi arma, salí a buscar por los jardines. Mientras iba, me preguntaba si la cosa que acababa de ver podría ser la misma de la que había tenido un atisbo por la mañana. Me incliné a pensar que sí.

Había decidido que, si era posible, encontraría a esa cosa de cerdo y le pondría fin. ¡Al menos este era un Horror material!

Al principio, busqué con cautela; con el pensamiento de la herida de Pepper en mi mente; pero, a medida que pasaban las horas y no se veía ningún signo de vida en los grandes y solitarios jardines, me volví menos aprensivo. Casi sentía que me gustaría verlo. Cualquier cosa parecía mejor que este silencio, con la sensación constante de que la criatura podría estar acechando en cada arbusto que pasaba. Más tarde, me volví descuidado con el peligro, hasta el punto de adentrarme directamente en los arbustos, sondeando con el cañón de mi arma mientras avanzaba.

A veces, gritaba; pero solo los ecos respondían. Pensé que así tal vez asustaría o incitaría a la criatura a mostrarse; pero solo logré que mi hermana Mary saliera para saber qué pasaba. Le dije que había visto al gato montés que había herido a Pepper y que estaba tratando de sacarlo de los arbustos. Pareció solo medio satisfecha y regresó a la casa con una expresión de duda en su rostro. Me pregunté si habría visto o adivinado algo. Durante el resto de la tarde, continué la búsqueda ansiosamente. Sentía que no podría dormir con esa bestia acechando en los setos, y sin embargo, cuando cayó la noche, no había visto nada. Luego, cuando me dirigía a casa, escuché un ruido breve e ininteligible entre los arbustos a mi derecha. Inmediatamente, me di la vuelta y, apuntando rápidamente, disparé en dirección al sonido. Inmediatamente después, escuché algo que se escabullía entre los arbustos. Se movía rápidamente y en un minuto había desaparecido. Después de unos pasos, cesé mi persecución, dándome cuenta de lo inútil que sería en la oscuridad creciente; y así, con una extraña sensación de depresión, entré en la casa.

Esa noche, después de que mi hermana se fue a dormir, recorrí todas las ventanas y puertas de la planta baja; y me aseguré de que estuvieran bien cerradas. Esta precaución era apenas necesaria en cuanto a las ventanas, ya que todas las de la planta baja están fuertemente enrejadas; pero con las puertas—de las cuales hay cinco—se pensó sabiamente, ya que ninguna estaba cerrada con llave.

Después de asegurar estas, fui a mi estudio, pero, de alguna manera, por una vez, el lugar me molestó; parecía tan enorme y resonante. Durante un tiempo intenté leer; pero finalmente, al encontrarlo imposible, llevé mi libro a la cocina donde ardía un gran fuego, y me senté allí.

Creo que había leído durante un par de horas, cuando, de repente, escuché un sonido que me hizo bajar mi libro y escuchar atentamente. Era un ruido de algo que rozaba y manipulaba contra la puerta trasera. Una vez, la puerta crujió fuerte, como si se le estuviera aplicando fuerza. Durante esos pocos y breves momentos, experimenté una indescriptible sensación de terror, tal como habría creído imposible. Mis manos temblaban; un sudor frío me invadió y temblé violentamente.

Gradualmente, me calmé. Los movimientos sigilosos afuera habían cesado.

Luego, durante una hora, me senté en silencio y atento. De repente, la sensación de miedo me invadió de nuevo. Sentí como imagino que debe sentir un animal bajo la mirada de una serpiente. Sin embargo, ahora no podía escuchar nada. Aún así, no había duda de que alguna influencia inexplicable estaba en acción.

Gradualmente, casi imperceptiblemente, algo llegó a mi oído: un sonido que se resolvió en un murmullo tenue. Rápidamente se desarrolló y se convirtió en un coro sordo pero horrible de alaridos bestiales. Parecía elevarse de las entrañas de la tierra.

Escuché un golpe sordo y me di cuenta, de manera torpe y medio comprensible, de que había dejado caer mi libro. Después de eso, solo me senté; y así me encontró la luz del día, cuando se filtró pálidamente a través de las altas ventanas enrejadas de la gran cocina.

Con la luz del amanecer, la sensación de estupor y miedo me dejó; y recuperé más mis sentidos.

Entonces, recogí mi libro y me acerqué a la puerta para escuchar. Ningún sonido rompía el frío silencio. Durante unos minutos, me quedé allí; luego, muy gradualmente y con cautela, corrí el cerrojo y, abriendo la puerta, eché un vistazo afuera.

Mi cautela era innecesaria. No se veía nada, excepto la vista gris de arbustos y árboles enredados y lúgubres, que se extendían hasta la plantación distante.

Con un escalofrío, cerré la puerta y subí tranquilamente a la cama.

VI

LAS COSAS DE CERDO

Era la tarde de una semana después. Mi hermana estaba sentada en el jardín, tejiendo. Yo caminaba de un lado a otro, leyendo. Mi arma estaba apoyada contra la pared de la casa; porque, desde la aparición de esa extraña cosa en los jardines, había considerado prudente tomar precauciones. Sin embargo, durante toda la semana, no había habido nada que me alarmara, ni por vista ni por sonido; de modo que podía mirar atrás, tranquilamente, al incidente; aunque todavía con una sensación de asombro y curiosidad sin mitigación.

Como acabo de decir, caminaba de un lado a otro, y estaba algo absorto en mi libro. De repente, escuché un estruendo, lejos en dirección al Pozo. Con un movimiento rápido, me di la vuelta y vi una enorme columna de polvo que se elevaba alto en el aire de la tarde.

Mi hermana se había puesto de pie, con una exclamación aguda de sorpresa y miedo.

Le dije que se quedara donde estaba, tomé mi arma y corrí hacia el Pozo. A medida que me acercaba, escuché un sonido sordo y retumbante, que rápidamente se convirtió en un rugido, entrecortado por explosiones más profundas, y desde el Pozo salió un nuevo volumen de polvo.

El ruido cesó, aunque el polvo todavía se elevaba, tumultuosamente.

Llegué al borde y miré hacia abajo; pero no pude ver nada más que un hervir de nubes de polvo que giraban de un lado a otro. El aire estaba tan lleno de partículas pequeñas que me cegaban y me ahogaban; y, finalmente, tuve que correr fuera del sofoco para respirar.

Gradualmente, la materia suspendida se hundió y se quedó en un dosel sobre la boca del Pozo.

Solo podía adivinar lo que había sucedido.

No tenía duda de que había habido algún tipo de deslizamiento de tierra; pero la causa estaba más allá de mi conocimiento; y sin embargo, incluso entonces, tenía medias imaginaciones; porque, ya, el pensamiento había venido a mí, de esas rocas cayendo y de esa Cosa en el fondo del Pozo; pero, en los primeros minutos de confusión, no logré alcanzar la conclusión natural, a la que el cataclismo apuntaba.

Lentamente, el polvo se asentó, hasta que, actualmente, pude acercarme al borde y mirar hacia abajo.

Durante un tiempo, miré impotentemente, tratando de ver a través del humo. Al principio, era imposible distinguir nada. Luego, mientras miraba, vi algo abajo, a mi izquierda, que se movía. Miré atentamente hacia allí y, actualmente, distinguí otra, y luego otra: tres formas tenues que parecían estar trepando por el lado del Pozo. Solo podía verlas de manera indistinta. Incluso mientras miraba y me preguntaba, escuché un crujido de piedras, en algún lugar a mi derecha. Miré hacia allí; pero no pude ver nada. Me incliné hacia adelante y miré hacia abajo y adentro del Pozo, justo debajo de donde estaba; y vi no más que una horrible cara de cerdo blanco, que había subido a un par de yardas de mis pies. Debajo de ella, pude distinguir varias otras. Cuando la Cosa me vio, dio un repentino y tosco chillido, que fue respondido desde todas partes del Pozo. Con eso, una ráfaga de horror y miedo me invadió, y, inclinándome, descargué mi arma directamente en su cara. Inmediatamente, la criatura desapareció, con un estrépito de tierra y piedras sueltas.

Hubo un silencio momentáneo, al cual, probablemente, debo mi vida; porque, durante él, escuché un rápido repiqueteo de muchos pies, y, girando bruscamente, vi un grupo de las criaturas que venían hacia mí, corriendo. Inmediatamente, levanté mi arma y disparé al primero, que cayó de cabeza, con un aullido horrible. Luego, me di la vuelta para correr. Más de la mitad del camino de la casa al Pozo, vi a mi hermana: estaba viniendo hacia mí. No pude ver su rostro claramente, ya que había caído la oscuridad; pero había miedo en su voz cuando preguntó por qué estaba disparando.

'¡Corre!', grité en respuesta. '¡Corre por tu vida!'

Sin más, se dio la vuelta y huyó, levantando sus faldas con ambas manos. Mientras la seguía, eché un vistazo atrás. Las bestias corrían sobre sus patas traseras, a veces cayendo sobre las cuatro.

Creo que debe haber sido el terror en mi voz lo que impulsó a Mary a correr así; porque estoy convencido de que aún no había visto a esas criaturas infernales que nos perseguían.

Seguimos adelante, mi hermana liderando.

Cada momento, los sonidos acercándose de los pasos me decían que las bestias estaban ganando terreno rápidamente. Afortunadamente, estoy acostumbrado a vivir, en algunos aspectos, una vida activa. Como estaba, la tensión de la carrera comenzaba a afectarme severamente.

Delante, podía ver la puerta trasera: afortunadamente estaba abierta. Estaba a unas seis yardas detrás de Mary, ahora, y mi aliento jadeaba en mi garganta. Luego, algo tocó mi hombro. Giré mi cabeza rápidamente y vi una de esas caras monstruosas y pálidas cerca de la mía. Una de las criaturas, habiendo superado a sus compañeros, casi me había alcanzado. Incluso mientras me giraba, hizo un nuevo agarre. Con un esfuerzo repentino, me lancé a un lado y, balanceando mi arma por el cañón, la hice caer con fuerza sobre la cabeza de la criatura inmunda. La Cosa cayó, con un gemido casi humano.

Incluso esta breve demora había sido casi suficiente para que el resto de las bestias me alcanzaran; de modo que, sin perder un instante, me di la vuelta y corrí hacia la puerta.

Al llegar, irrumpí en el pasillo; luego, girando rápidamente, cerré y aseguré la puerta, justo cuando la primera de las criaturas se lanzaba contra ella, con un choque repentino.

Mi hermana estaba sentada, jadeando, en una silla. Parecía estar en un estado de desmayo; pero no tenía tiempo entonces para dedicarle. Tenía que asegurarme de que todas las puertas estuvieran cerradas. Afortunadamente, lo estaban. La que conducía desde mi estudio a los jardines era la última a la que fui. Apenas había tenido tiempo de notar que estaba asegurada, cuando pensé que escuché un ruido afuera. Me quedé perfectamente en silencio y escuché. ¡Sí! Ahora podía distinguir claramente un sonido de susurros, y algo se deslizaba sobre los paneles, con un ruido raspante y áspero. Evidentemente, algunas de las bestias estaban palpando con sus manos con garras, alrededor de la puerta, para descubrir si había algún medio de entrada.

Que las criaturas hubieran encontrado la puerta tan pronto era, para mí, una prueba de sus capacidades de razonamiento. Me aseguraba que no debían ser consideradas, de ninguna manera, como meros animales. Había sentido algo de esto antes, cuando esa primera Cosa miró a través de mi ventana. Entonces había aplicado el término sobrehumano a ella, con un conocimiento casi instintivo de que la criatura era algo diferente de la bestia-bestia. Algo más allá de lo humano; pero en ningún sentido bueno; sino más bien como algo sucio y hostil a lo grande y bueno en la humanidad. En una palabra, como algo inteligente, y sin embargo, inhumano. El simple pensamiento de las criaturas me llenaba de repulsión.

Ahora, pensé en mi hermana y, yendo al armario, saqué una botella de brandy y una copa de vino. Tomando estas, bajé a la cocina, llevando una vela encendida conmigo. No estaba sentada en la silla, sino que había caído y estaba tendida en el suelo, boca abajo.

Muy suavemente, la di la vuelta y levanté su cabeza un poco. Luego, vertí un poco de brandy entre sus labios. Después de un rato, tembló ligeramente. Un poco más tarde, dio varios jadeos y abrió los ojos. De una manera soñadora y poco realista, me miró. Luego, sus ojos se cerraron lentamente y le di un poco más de brandy. Durante, tal vez, un minuto más, yació en silencio, respirando rápidamente. De repente, sus ojos se abrieron de nuevo y me pareció, mientras la miraba, que las pupilas estaban dilatadas, como si el miedo hubiera venido con el regreso de la conciencia. Luego, con un movimiento tan inesperado que me hizo retroceder, se sentó. Notando que parecía mareada, extendí mi mano para sostenerla. Con eso, dio un grito fuerte y, tambaleándose hacia sus pies, corrió de la habitación.

Durante un momento, me quedé allí, arrodillado y sosteniendo la botella de brandy. Estaba completamente perplejo y asombrado.

¿Podía estar asustada de mí? ¡Pero no! ¿Por qué debería estarlo? Solo podía concluir que sus nervios estaban muy alterados y que estaba temporalmente desquiciada. Arriba, escuché una puerta que se cerraba con fuerza y supe que había buscado refugio en su habitación. Puse la botella en la mesa. Mi atención fue distraída por un ruido en dirección a la puerta trasera. Fui hacia allí y escuché. Parecía estar siendo sacudida, como si algunas de las criaturas lucharan con ella, en silencio; pero estaba demasiado fuertemente construida y colgada para ser movida fácilmente.

Afuera, en los jardines, se elevaba un sonido continuo. Podría haber sido confundido, por un oyente casual, con el gruñido y chillido de una manada de cerdos. Pero, mientras estaba allí, me llegó que había sentido y significado en todos esos ruidos porcinos. Gradualmente, parecí poder trazar una semejanza en él al habla humana: glutinoso y pegajoso, como si cada articulación fuera hecha con dificultad; pero, no obstante, me estaba convenciendo de que no era un mero conjunto de sonidos; sino un rápido intercambio de ideas.

Para entonces, había oscurecido completamente en los pasillos y de estos venían todos los diversos gritos y gemidos de los que una casa antigua está tan llena después del anochecer. Sin duda, es porque entonces las cosas están más tranquilas y uno tiene más tiempo para escuchar. También, puede haber algo en la teoría de que el cambio repentino de temperatura, al atardecer, afecta la estructura de la casa, de alguna manera, causándole contraerse y asentarse, por así decirlo, para la noche. Sin embargo, esto es como puede ser; pero, en esa noche en particular, me habría gustado estar libre de tantos ruidos inquietantes. Me parecía que cada crujido y chirrido era la llegada de una de esas Cosas a lo largo de los oscuros corredores; aunque sabía en mi corazón que esto no podía ser, porque había visto, yo mismo, que todas las puertas estaban aseguradas.

Gradualmente, sin embargo, estos sonidos crecieron en mis nervios hasta tal punto que, solo para castigar mi cobardía, sentí que debía hacer la ronda del sótano de nuevo y, si había algo allí, enfrentarlo. Y luego, iría a mi estudio, porque sabía que el sueño era imposible, con la casa rodeada por criaturas, mitad bestias, mitad algo más, y completamente impías.

Tomando la lámpara de la cocina de su gancho, hice mi camino desde el sótano al sótano y de habitación en habitación; a través de la despensa y el hueco del carbón, a lo largo de los pasillos y en los cien y un pequeños callejones ciegos y rincones ocultos que forman el sótano de la antigua casa. Luego, cuando supe que había estado en cada rincón y grieta lo suficientemente grande como para ocultar algo de cualquier tamaño, hice mi camino a las escaleras.

Con mi pie en el primer escalón, me detuve. Me pareció que escuché un movimiento, aparentemente desde la despensa, que está a la izquierda de la escalera. Había sido uno de los primeros lugares que busqué y, sin embargo, estaba seguro de que mis oídos no me habían engañado. Mis nervios estaban tensos ahora y, con apenas alguna vacilación, me acerqué a la puerta, sosteniendo la lámpara por encima de mi cabeza. En un vistazo, vi que el lugar estaba vacío, excepto por las pesadas losas de piedra, sostenidas por pilares de ladrillo; y estaba a punto de salir, convencido de que me había equivocado; cuando, al girarme, mi luz fue reflejada de dos puntos brillantes afuera de la ventana y alto. Durante unos momentos, me quedé allí, mirando. Luego, se movieron, girando lentamente y lanzando alternativamente destellos de verde y rojo; al menos, así me pareció. Sabía entonces que eran ojos.

Lentamente, tracé el contorno sombrío de una de las Cosas. Parecía estar agarrándose a los barrotes de la ventana y su actitud sugería que estaba trepando. Me acerqué más a la ventana y sostuve la luz más alto. No había necesidad de tener miedo de la criatura; los barrotes eran fuertes y había poco peligro de que pudiera moverlos. Y luego, de repente, a pesar del conocimiento de que la bestia no podía alcanzar para hacerme daño, tuve un regreso de la horrible sensación de miedo que me había asaltado en esa noche, una semana antes. Era la misma sensación de miedo helado y tembloroso. Me di cuenta, vagamente, de que los ojos de la criatura estaban mirando a los míos con una mirada fija y compulsiva. Intenté apartar la mirada; pero no pude. Me parecía, ahora, ver la ventana a través de una niebla. Luego, pensé que otros ojos venían y miraban, y aún otros; hasta que toda una galaxia de ojos malignos y fijos parecía mantenerme en su poder.

Mi cabeza comenzó a nadar y latir violentamente. Luego, fui consciente de una sensación de dolor físico agudo en mi mano izquierda. Creció más severa y me forzó, literalmente me forzó, a prestar atención. Con un esfuerzo tremendo, miré hacia abajo; y, con eso, el hechizo que me había sostenido se rompió. Me di cuenta, entonces, de que, en mi agitación, había agarrado inconscientemente el vidrio caliente de la lámpara y me había quemado la mano, gravemente. Miré hacia arriba a la ventana, de nuevo. La apariencia nebulosa había desaparecido y, ahora, vi que estaba llena de docenas de caras bestiales. Con un acceso repentino de ira, levanté la lámpara y la lancé, directamente a la ventana. Golpeó el vidrio (rompiendo un panel) y pasó entre dos de los barrotes, hacia el jardín, derramando aceite ardiente mientras iba. Escuché varios gritos fuertes de dolor y, mientras mi vista se acostumbraba a la oscuridad, descubrí que las criaturas habían dejado la ventana.

Reuniéndome, busqué la puerta y, habiéndola encontrado, hice mi camino arriba, tambaleándome en cada paso. Me sentía aturdido, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Al mismo tiempo, mi mano ardía gravemente y estaba lleno de una ira nerviosa y sorda contra esas Cosas.

Al llegar a mi estudio, encendí las velas. Mientras se quemaban, sus rayos eran reflejados desde el estante de armas en la pared lateral. A la vista, recordé que allí tenía un poder que, como había probado antes, parecía tan fatal para esos monstruos como para animales más ordinarios; y decidí tomar la ofensiva.

Primero, vendé mi mano; porque el dolor se estaba volviendo intolerable. Después de eso, me sentí mejor y crucé la habitación, hacia el soporte de rifles. Allí, seleccioné un rifle pesado, un arma antigua y probada; y, habiendo obtenido municiones, hice mi camino a una de las pequeñas torres, con las que la casa está coronada.

Desde allí, encontré que no podía ver nada. Los jardines presentaban un borrón tenue de sombras, un poco más negro, tal vez, donde los árboles estaban. Eso era todo y sabía que era inútil disparar hacia toda esa oscuridad. Lo único que se podía hacer era esperar a que la luna se elevara; entonces, podría ser capaz de hacer un poco de ejecución.

Mientras tanto, me quedé quieto y mantuve mis oídos abiertos. Los jardines estaban relativamente tranquilos ahora y solo un gruñido o chillido ocasional llegaba hasta mí. No me gustaba este silencio; me hacía preguntar en qué maldad estaban ocupadas las criaturas. Dos veces, dejé la torre y di un paseo por la casa; pero todo estaba en silencio.

Por continuidad solo — esta es la sección final, ya traducida. No la traduzcas de nuevo y no la repitas en tu salida. Mantén sus nombres, terminología y registro: ---

y, habiendo encontrado la puerta, hice mi camino arriba, tambaleándome en cada paso. Me sentía aturdido, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Al mismo tiempo, mi mano ardía gravemente y estaba lleno de una ira nerviosa y sorda contra esas Cosas.

Al llegar a mi estudio, encendí las velas. Mientras se quemaban, sus rayos eran reflejados desde el estante de armas en la pared lateral. A la vista, recordé que allí tenía un poder que, como había probado antes, parecía tan fatal para esos monstruos como para animales más ordinarios; y decidí tomar la ofensiva.

Primero, vendé mi mano; porque el dolor se estaba volviendo intolerable. Después de eso, me sentí mejor y crucé la habitación, hacia el soporte de rifles. Allí, seleccioné un rifle pesado, un arma antigua y probada; y, habiendo obtenido municiones, hice mi camino a una de las pequeñas torres, con las que la casa está coronada.

Desde allí, encontré que no podía ver nada. Los jardines presentaban un borrón tenue de sombras, un poco más negro, tal vez, donde los árboles estaban. Eso era todo y sabía que era inútil disparar hacia toda esa oscuridad. Lo único que se podía hacer era esperar a que la luna se elevara; entonces, podría ser capaz de hacer un poco de ejecución.

Mientras tanto, me quedé quieto y mantuve mis oídos abiertos. Los jardines estaban relativamente tranquilos ahora y solo un gruñido o chillido ocasional llegaba hasta mí. No me gustaba este silencio; me hacía preguntar en qué maldad estaban ocupadas las criaturas. Dos veces, dejé la torre y di un paseo por la casa; pero todo estaba en silencio.

Para la continuidad solo — esta es la sección final, ya traducida. No la traduzcas de nuevo y no la repitas en tu salida. Mantén sus nombres, terminología y registro: ---

y, habiendo encontrado la puerta, hice mi camino arriba, tambaleándome en cada paso. Me sentía aturdido, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Al mismo tiempo, mi mano ardía gravemente y estaba lleno de una ira nerviosa y sorda contra esas Cosas.

Al llegar a mi estudio, encendí las velas. Mientras se quemaban, sus rayos eran reflejados desde el estante de armas en la pared lateral. A la vista, recordé que allí tenía un poder que, como había probado antes, parecía tan fatal para esos monstruos como para animales más ordinarios; y decidí tomar la ofensiva.

Primero, vendé mi mano; porque el dolor se estaba volviendo intolerable. Después de eso, me sentí mejor y crucé la habitación, hacia el soporte de rifles. Allí, seleccioné un rifle pesado, un arma antigua y probada; y, habiendo obtenido municiones, hice mi camino a una de las pequeñas torres, con las que la casa está coronada.

Desde allí, encontré que no podía ver nada. Los jardines presentaban un borrón tenue de sombras, un poco más negro, tal vez, donde los árboles estaban. Eso era todo y sabía que era inútil disparar hacia toda esa oscuridad. Lo único que se podía hacer era esperar a que la luna se elevara; entonces, podría ser capaz de hacer un poco de ejecución.

Mientras tanto, me quedé quieto y mantuve mis oídos abiertos. Los jardines estaban relativamente tranquilos ahora y solo un gruñido o chillido ocasional llegaba hasta mí. No me gustaba este silencio; me hacía preguntar en qué maldad estaban ocupadas las criaturas. Dos veces, dejé la torre y di un paseo por la casa; pero todo estaba en silencio.

Una vez, escuché un ruido, desde la dirección del Foso, como si hubiera caído más tierra. Tras esto, y prolongándose durante unos quince minutos, hubo una conmoción entre los habitantes de los jardines. Esta se extinguió y, después de ello, todo volvió a estar en calma.

Alrededor de una hora más tarde, la luz de la luna apareció sobre el horizonte distante. Desde donde estaba sentado, podía verla sobre los árboles; pero no fue hasta que se elevó por encima de ellos, que pude distinguir cualquiera de los detalles en los jardines de abajo. Incluso entonces, no pude ver a ninguna de las bestias; hasta que, al estirarme hacia adelante, vi a varias de ellas tendidas, boca abajo, contra el muro de la casa. Qué estaban haciendo, no pude distinguirlo. Era, sin embargo, una oportunidad demasiado buena para ignorarla; y, apuntando, disparé al que estaba directamente debajo. Hubo un chillido agudo y, a medida que el humo se disipaba, vi que se había dado la vuelta sobre su espalda y se retorcía débilmente. Luego, quedó quieto. Los otros habían desaparecido.

Inmediatamente después de esto, escuché un fuerte chillido en la dirección del Foso. Fue respondido, cien veces, desde cada parte del jardín. Esto me dio una idea del número de criaturas, y comencé a sentir que todo el asunto se estaba volviendo aún más serio de lo que había imaginado.

Mientras estaba sentado allí, silencioso y vigilante, me vino el pensamiento: ¿Por qué todo esto? ¿Qué eran estas Cosas? ¿Qué significaba? Entonces mis pensamientos volaron de regreso a aquella visión (aunque, incluso ahora, dudo de si fue una visión) de la Llanura del Silencio. ¿Qué significaba eso? Me pregunté. ¿Y esa Cosa en la arena? ¡Uf! Por último, pensé en la casa que había visto en aquel lugar lejano. Esa casa, tan parecida a esta en cada detalle de su estructura externa, que podría haber sido modelada a partir de ella; o esta a partir de aquella. Nunca había pensado en eso...

En este momento, vino otro largo chillido desde el Foso, seguido, un segundo después, por un par de otros más cortos. De inmediato, el jardín se llenó de gritos de respuesta. Me puse de pie rápidamente y miré por encima del parapeto. A la luz de la luna, parecía como si los arbustos estuvieran vivos. Se agitaban de un lado a otro, como si fueran sacudidos por un viento fuerte e irregular; mientras que un susurro continuo, y un ruido de pies que correteaban, subían hasta mí. Varias veces, vi el brillo de la luz de la luna sobre figuras blancas que corrían entre los arbustos y, dos veces, disparé. La segunda vez, mi disparo fue respondido por un corto chillido de dolor.

Un minuto después, los jardines quedaron en silencio. Desde el Foso llegó una profunda y ronca Babel de lenguaje porcino. A veces, gritos de ira herían el aire y eran respondidos por gruñidos multitudinarios. Se me ocurrió que estaban celebrando algún tipo de consejo, tal vez para discutir el problema de entrar en la casa. También pensé que parecían muy enfurecidos, probablemente por mis disparos certeros.

Se me ocurrió que ahora sería un buen momento para hacer una inspección final de nuestras defensas. Esto procedí a hacerlo de inmediato; visitando todo el sótano de nuevo y examinando cada una de las puertas. Afortunadamente, todas ellas, como la trasera, están construidas de roble sólido tachonado de hierro. Luego, subí al estudio. Estaba más ansioso por esta puerta. Es, palpablemente, de una hechura más moderna que las otras y, aunque es una pieza de trabajo robusta, tiene poco de su pesada fortaleza.

Debo explicar aquí que hay un pequeño césped elevado en este lado de la casa, sobre el cual se abre esta puerta; las ventanas del estudio están enrejadas por esta razón. Todas las demás entradas, excepto la gran puerta principal que nunca se abre, están en la planta baja.

VII

EL ATAQUE

Pasé algún tiempo desconcertado sobre cómo fortalecer la puerta del estudio. Finalmente, bajé a la cocina y, con algo de dificultad, traje varios trozos pesados de madera. Estos los acuñé en posición inclinada contra ella, desde el suelo, clavándolos arriba y abajo. Durante media hora trabajé duro y, al fin, la conseguí apuntalada a mi gusto.

Entonces, sintiéndome más tranquilo, reanudé mi abrigo, que había dejado a un lado, y procedí a ocuparme de uno o dos asuntos antes de regresar a la torre. Fue mientras estaba así empleado cuando escuché un manoseo en la puerta y se intentó abrir el pestillo. Manteniéndome en silencio, esperé. Pronto, escuché a varias de las criaturas afuera. Gruñían unas a otras suavemente. Luego, durante un minuto, hubo quietud. De repente, sonó un gruñido rápido y bajo, y la puerta crujió bajo una presión tremenda. Se habría abierto hacia adentro de no ser por los soportes que había colocado. La tensión cesó tan rápido como había comenzado y hubo más charla.

Poco después, una de las Cosas chilló suavemente y escuché el sonido de otras aproximándose. Hubo una corta confabulación; luego, otra vez, silencio; y comprendí que habían llamado a varias más para ayudar. Sintiendo que ahora era el momento supremo, me mantuve listo, con mi rifle preparado. Si la puerta cedía, al menos mataría a tantas como fuera posible.

De nuevo llegó la señal baja; y, una vez más, la puerta crujió bajo una fuerza enorme. Durante un minuto, tal vez, se mantuvo la presión; y esperé, nervioso, esperando en cada momento ver la puerta venirse abajo con un estrépito. Pero no; los puntales resistieron y el intento resultó abortivo. Luego siguió más de su horrible charla de gruñidos y, mientras duró, creí distinguir el ruido de nuevas llegadas.

Tras una larga discusión, durante la cual la puerta fue sacudida varias veces, quedaron quietos una vez más, y supe que iban a hacer un tercer intento para derribarla. Estaba casi desesperado. Los soportes habían sido severamente probados en los dos ataques anteriores y tenía mucho miedo de que este resultara demasiado para ellos.

En ese momento, como una inspiración, un pensamiento cruzó mi atribulada mente. Instantáneamente, pues no era momento para dudar, corrí fuera de la habitación y subí escalón tras escalón. Esta vez, no fue a una de las torres a donde fui, sino afuera, al techo plano y revestido de plomo. Una vez allí, corrí hacia el parapeto que lo rodea y miré hacia abajo. Al hacerlo, escuché la señal corta y gruñida, e incluso allí arriba, capté el crujido de la puerta bajo el asalto.

No había un momento que perder y, inclinándome, apunté rápidamente y disparé. La detonación resonó con fuerza y, casi mezclándose con ella, llegó el golpe seco de la bala alcanzando su objetivo. Desde abajo se elevó un lamento agudo; y la puerta cesó su gemido. Luego, mientras quitaba mi peso del parapeto, una enorme pieza de la albardilla de piedra se deslizó de debajo de mí y cayó con un estrépito entre la desorganizada muchedumbre de abajo. Varios chillidos horribles se estremecieron en el aire de la noche y luego escuché un sonido de pies que huían. Con cautela, miré por encima. A la luz de la luna, pude ver la gran piedra de coronamiento tendida justo a través del umbral de la puerta. Me pareció ver algo debajo de ella, varias cosas, blancas; pero no pude estar seguro.

Y así pasaron unos minutos.

Mientras miraba fijamente, vi algo salir de la sombra de la casa. Era una de las Cosas. Se acercó a la piedra, silenciosamente, y se inclinó. Fui incapaz de ver lo que hacía. En un minuto se puso de pie. Tenía algo en sus garras, que se llevó a la boca y desgarró...

Por un momento, no me di cuenta. Luego, lentamente, comprendí. La Cosa se estaba inclinando de nuevo. Era horrible. Comencé a cargar mi rifle. Cuando miré otra vez, el monstruo estaba tirando de la piedra, moviéndola a un lado. Apoyé el rifle sobre el parapeto y apreté el gatillo. La bestia se desplomó sobre su cara y pateó ligeramente.

Simultáneamente, casi con el disparo, escuché otro sonido: el de cristales rompiéndose. Esperando solo para recargar mi arma, corrí desde el techo y bajé los dos primeros tramos de escaleras.

Aquí hice una pausa para escuchar. Al hacerlo, llegó otro tintineo de cristales cayendo. Parecía provenir del piso inferior. Excitado, bajé los escalones de un salto y, guiado por el traqueteo del marco de la ventana, llegué a la puerta de uno de los dormitorios vacíos en la parte trasera de la casa. La abrí de un empujón. La habitación estaba apenas débilmente iluminada por la luz de la luna; la mayor parte de la luz era bloqueada por figuras que se movían en la ventana. Incluso mientras permanecía allí, una se arrastró hacia adentro, a la habitación. Nivelando mi arma, disparé a quemarropa contra ella, llenando la habitación con una explosión ensordecedora. Cuando el humo se disipó, vi que la habitación estaba vacía y la ventana libre. La habitación estaba mucho más iluminada. El aire nocturno soplaba fríamente a través de los cristales destrozados. Abajo, en la noche, pude escuchar un gemido suave y un murmullo confuso de voces porcinas.

Caminando hacia un lado de la ventana, recargué y luego me quedé allí, esperando. Pronto, escuché un ruido de forcejeo. Desde donde estaba en la sombra, podía ver sin ser visto.

Los sonidos se acercaron y entonces vi algo aparecer sobre el alféizar y agarrarse al marco de la ventana rota. Alcanzó un pedazo de la madera; y, ahora, pude distinguir que era una mano y un brazo. Un momento después, la cara de una de las criaturas-cerdo se elevó a la vista. Luego, antes de que pudiera usar mi rifle o hacer algo, se produjo un chasquido seco —chas-quid— y el marco de la ventana cedió bajo el peso de la Cosa. Al instante siguiente, un golpe sordo y un fuerte grito me dijeron que había caído al suelo. Con la esperanza salvaje de que hubiera muerto, fui a la ventana. La luna se había escondido tras una nube, así que no pude ver nada; aunque un zumbido constante de parloteo, justo debajo de donde estaba, indicaba que había varias bestias más cerca.

Mientras estaba allí, mirando hacia abajo, me maravillaba cómo había sido posible para las criaturas trepar tan alto; pues el muro es comparativamente liso, mientras que la distancia al suelo debe ser, al menos, de ochenta pies.

De repente, mientras me inclinaba, escudriñando, vi algo, indistintamente, que cortaba la sombra gris del costado de la casa con una línea negra. Pasó la ventana, a la izquierda, a una distancia de unos dos pies. Entonces, recordé que era una tubería de desagüe que se había colocado allí hace algunos años para evacuar el agua de lluvia. Me había olvidado de ella. Podía ver, ahora, cómo las criaturas habían logrado alcanzar la ventana. Incluso mientras la solución venía a mí, escuché un débil sonido de deslizamiento y arañazos, y supe que otra de las bestias venía. Esperé unos instantes; luego me incliné fuera de la ventana y palpé la tubería. Para mi deleite, descubrí que estaba bastante suelta y logré, usando el cañón del rifle como palanca, sacarla del muro. Trabajé rápido. Luego, agarrándola con ambas manos, arranqué todo el mecanismo y lo arrojé, con la Cosa aún aferrada a él, hacia el jardín.

Durante unos minutos más, esperé allí, escuchando; pero, después del grito general inicial, no escuché nada. Sabía, ahora, que no había más razón para temer un ataque desde este sector. Había eliminado el único medio de alcanzar la ventana y, como ninguna de las otras ventanas tenía tuberías de agua adyacentes que tentaran las habilidades trepadoras de los monstruos, comencé a sentirme más confiado de escapar de sus garras.

Dejando la habitación, me dirigí al estudio. Estaba ansioso por ver cómo la puerta había resistido la prueba de aquel último asalto. Al entrar, encendí dos de las velas y luego me volví hacia la puerta. Uno de los puntales grandes se había desplazado y, en ese lado, la puerta había sido forzada hacia adentro unas seis pulgadas.

¡Fue providencial que hubiera logrado alejar a las bestias justo cuando lo hice! ¡Y esa piedra de coronamiento! Me preguntaba, vagamente, cómo había logrado desalojarla. No me había fijado en que estuviera suelta mientras disparaba; y luego, al ponerme de pie, se había deslizado de debajo de mí... Sentí que debía el despido de la fuerza atacante más a su caída oportuna que a mi rifle. Entonces vino el pensamiento de que sería mejor aprovechar esta oportunidad para apuntalar la puerta de nuevo. Era evidente que las criaturas no habían regresado desde la caída de la piedra; pero ¿quién podía decir cuánto tiempo se mantendrían alejadas?

Allí mismo, me puse a reparar la puerta, trabajando con fuerza y ansiedad. Primero, bajé al sótano y, rebuscando por allí, encontré varios trozos de tablones de roble pesado. Con ellos, regresé al estudio y, habiendo retirado los soportes, coloqué los tablones contra la puerta. Luego, clavé las cabezas de los puntales a estos y, hundiendo bien los pies de los puntales en el suelo, los clavé de nuevo allí.

Así, hice la puerta más fuerte que nunca; pues ahora estaba sólida con el refuerzo de las tablas y, estaba convencido, resistiría una presión más fuerte que hasta entonces sin ceder.

Después de eso, encendí la lámpara que había traído de la cocina y bajé a echar un vistazo a las ventanas inferiores.

Ahora que había visto un ejemplo de la fuerza que poseían las criaturas, sentí una ansiedad considerable acerca de las ventanas de la planta baja, a pesar del hecho de que estaban tan fuertemente enrejadas.

Fui primero a la despensa, teniendo un recuerdo vívido de mi reciente aventura allí. El lugar estaba frío y el viento, susurrando a través del cristal roto, producía una nota inquietante. Aparte del aire general de tristeza, el lugar estaba como lo había dejado la noche anterior. Yendo hacia la ventana, examiné los barrotes de cerca, notando, mientras lo hacía, su cómodo grosor. Aún así, mientras miraba con más atención, me pareció que el barrote central estaba ligeramente doblado de la rectitud; sin embargo, no era sino algo insignificante, y podría haber estado así durante años. Nunca antes los había notado particularmente.

Metí la mano a través de la ventana rota y sacudí el barrote. Estaba firme como una roca. Quizás las criaturas habían intentado 'moverlo' y, encontrándolo más allá de su poder, cesaron en el esfuerzo. Después de eso, fui por cada una de las ventanas, a su vez; examinándolas con cuidadosa atención; pero en ninguna otra parte pude encontrar nada que mostrara que hubiera habido algún intento de manipulación. Habiendo terminado mi inspección, regresé al estudio y me serví un poco de brandy. Luego, a la torre a vigilar.

VIII

DESPUÉS DEL ATAQUE

Eran ahora alrededor de las tres de la mañana y, poco después, el cielo oriental comenzó a palidecer con la llegada del alba. Gradualmente, llegó el día y, a su luz, escaneé los jardines con entusiasmo; pero en ninguna parte pude ver signos de las bestias. Me incliné y miré hacia el pie del muro, para ver si el cuerpo de la Cosa que había disparado la noche anterior estaba todavía allí. Había desaparecido. Supuse que otros de los monstruos lo habían retirado durante la noche.

Luego, bajé al techo y crucé hasta el hueco del cual había caído la piedra de coronamiento. Al llegar, miré por encima. Sí, allí estaba la piedra, como la había visto por última vez; pero no había rastro de nada debajo de ella; ni pude ver a las criaturas que había matado después de su caída. Evidentemente, ellas también habían sido retiradas. Me di la vuelta y bajé a mi estudio. Allí, me senté, cansado. Estaba completamente agotado. Ya estaba bastante claro; aunque los rayos del sol no eran, todavía, perceptiblemente calientes. Un reloj dio la hora de las cuatro.

Me desperté con un sobresalto y miré a mi alrededor apresuradamente. El reloj en la esquina indicaba que eran las tres. Ya era por la tarde. Debo haber dormido casi once horas.

Con un movimiento espasmódico, me senté hacia adelante en la silla y escuché. La casa estaba perfectamente silenciosa. Lentamente, me puse de pie y bostecé. Me sentía desesperadamente cansado, todavía, y me senté de nuevo; preguntándome qué era lo que me había despertado.

Debe haber sido el reloj dando la hora, concluí al poco tiempo; y comenzaba a dormitar, cuando un ruido repentino me devolvió, una vez más, a la vida. Era el sonido de un paso, como de una persona moviéndose con cautela por el pasillo, hacia mi estudio. En un instante, estuve de pie y agarrando mi rifle. Silenciosamente, esperé. ¿Habían irrumpido las criaturas mientras dormía? Incluso mientras cuestionaba, los pasos llegaron a mi puerta, se detuvieron momentáneamente y luego continuaron por el pasillo. Silenciosamente, caminé de puntillas hacia la puerta y miré hacia afuera. Entonces, experimenté tal sentimiento de alivio, como debe sentir un criminal indultado: era mi hermana. Se dirigía hacia las escaleras.

Salí al pasillo y estaba a punto de llamarla, cuando se me ocurrió que era muy raro que se hubiera deslizado pasando mi puerta de esa manera sigilosa. Estaba desconcertado y, por un breve momento, el pensamiento ocupó mi mente de que no era ella, sino algún nuevo misterio de la casa. Luego, al vislumbrar su vieja enagua, el pensamiento pasó tan rápido como había venido y medio me reí. No podía haber error sobre esa prenda antigua. Sin embargo, me preguntaba qué estaba haciendo; y, recordando su estado mental del día anterior, sentí que podría ser mejor seguirla, silenciosamente —teniendo cuidado de no alarmarla— y ver qué iba a hacer. Si se comportaba racionalmente, bien y bueno; si no, tendría que tomar medidas para restringirla. No podía correr riesgos innecesarios, bajo el peligro que nos amenazaba.

Rápidamente, llegué a la parte superior de las escaleras y hice una pausa por un momento. Entonces, escuché un sonido que me hizo saltar hacia abajo a una velocidad frenética: era el traqueteo de los cerrojos siendo descorridos. Esa hermana mía tan tonta estaba realmente desatrancando la puerta trasera.

Justo cuando su mano estaba en el último cerrojo, la alcancé. No me había visto y, lo primero que supo, fue que la agarré del brazo. Miró hacia arriba rápidamente, como un animal asustado, y gritó en voz alta.

—¡Vamos, Mary! —dije con severidad—. ¿Cuál es el significado de esta tontería? ¿Quieres decirme que no entiendes el peligro, que intentas tirar nuestras dos vidas de esta manera?

A esto, ella no respondió nada; solo tembló violentamente, jadeando y sollozando, como si estuviera en el último extremo del miedo.

Durante unos minutos, razoné con ella; señalando la necesidad de precaución y pidiéndole que fuera valiente. Había poco que temer ahora, le expliqué —e intenté creer que decía la verdad—, pero debía ser sensata y no intentar salir de la casa por unos días.

Al final, me detuve, en la desesperación. No servía de nada hablar con ella; obviamente, no estaba en sí misma por el momento. Finalmente, le dije que sería mejor que fuera a su habitación si no podía comportarse racionalmente.

Aún así, no prestó atención. Así que, sin más preámbulos, la levanté en mis brazos y la llevé allí. Al principio, gritó salvajemente; pero había recaído en un temblor silencioso para cuando llegué a las escaleras.

Al llegar a su habitación, la dejé sobre la cama. Ella yacía allí con bastante quietud, sin hablar ni sollozar, solo temblando en una fiebre de miedo. Tomé una manta de una silla cercana y la extendí sobre ella. No podía hacer nada más por ella, así que crucé hacia donde Pepper yacía en una gran cesta. Mi hermana se había hecho cargo de él desde su herida, para cuidarlo, pues había resultado más grave de lo que había pensado, y me complació notar que, a pesar de su estado mental, había cuidado al viejo perro cuidadosamente. Inclinándome, le hablé y, en respuesta, él lamió mi mano débilmente. Estaba demasiado enfermo para hacer más.

Entonces, dirigiéndome a la cama, me incliné sobre mi hermana y le pregunté cómo se sentía; pero ella solo tembló más y, aunque me dolía mucho, tuve que admitir que mi presencia parecía empeorar su estado.

Y así, la dejé, cerrando la puerta con llave y guardándola en mi bolsillo. Parecía ser el único camino a seguir.

El resto del día lo pasé entre la torre y mi estudio. Para comer, subí una hogaza de la despensa y, con esto y algo de clarete, viví aquel día.

Qué largo y fatigoso día fue. Si tan solo hubiera podido salir a los jardines, como es mi costumbre, me habría sentido lo suficientemente contento; pero estar encerrado en esta casa silenciosa, sin más compañía que una mujer loca y un perro enfermo, era suficiente para devorar los nervios del más fuerte. Y afuera, en los enmarañados arbustos que rodeaban la casa, acechaban —por lo que yo sabía— esas infernales criaturas porcinas esperando su oportunidad. ¿Habrá estado algún hombre en tales aprietos?

Una vez, por la tarde, y de nuevo más tarde, fui a visitar a mi hermana. La segunda vez la encontré cuidando de Pepper; pero, ante mi acercamiento, se deslizó discretamente hacia el rincón más alejado con un gesto que me entristeció más allá de lo creíble. ¡Pobre chica! Su miedo me cortaba de forma intolerable, y no quería importunarla innecesariamente. Estaría mejor, confiaba, en unos pocos días; mientras tanto, no podía hacer nada, y juzgué que seguía siendo necesario —por difícil que pareciera— mantenerla confinada en su habitación. Había una cosa que tomé como un estímulo: había comido algo de la comida que le había llevado en mi primera visita.

Y así pasó el día.

Al acercarse la noche, el aire se volvió frío y comencé a hacer preparativos para pasar una segunda noche en la torre, subiendo dos rifles adicionales y un pesado abrigo. Cargué los rifles y los dejé junto al mío, pues tenía la intención de hacer las cosas calientes para cualquiera de las criaturas que pudiera aparecer durante la noche. Tenía mucha munición y pensé en darles a los brutos tal lección que les demostrara la inutilidad de intentar forzar una entrada.

Después de eso, hice de nuevo la ronda de la casa; prestando atención particular a los soportes que apuntalaban la puerta del estudio. Luego, sintiendo que había hecho todo lo que estaba en mi poder para asegurar nuestra seguridad, regresé a la torre, pasando a ver a mi hermana y a Pepper para una última visita en el camino. Pepper estaba dormido, pero despertó al entrar yo y movió la cola en señal de reconocimiento. Me pareció que estaba ligeramente mejor. Mi hermana yacía en la cama, aunque no podía decir si dormía o no; y así los dejé.

Al llegar a la torre, me puse tan cómodo como las circunstancias lo permitían y me dispuse a vigilar durante toda la noche. Gradualmente, cayó la oscuridad y pronto los detalles de los jardines se fusionaron con las sombras. Durante las primeras horas, me senté alerta, escuchando cualquier sonido que pudiera ayudarme a saber si algo se movía allá abajo. Estaba demasiado oscuro para que mis ojos fueran de mucha utilidad.

Lentamente, las horas pasaron sin que ocurriera nada inusual. Y salió la luna, mostrando los jardines aparentemente vacíos y silenciosos. Y así, durante toda la noche, sin disturbios ni sonido.

Hacia la mañana, comencé a entumecerme y a sentir frío por mi larga vigilia; además, me estaba poniendo muy inquieto respecto a la continua quietud por parte de las criaturas. Desconfiaba de ello y, de lejos, habría preferido que atacaran la casa abiertamente. Entonces, al menos, habría conocido mi peligro y sido capaz de enfrentarlo; pero esperar así, durante toda una noche, imaginando todo tipo de diabluras desconocidas, era arriesgar la propia cordura. Una o dos veces me vino el pensamiento de que, quizás, se habían ido; pero, en mi corazón, me resultó imposible creer que así fuera.

IX

EN LAS BODEGAS

Por fin, entre el cansancio y el frío, y la inquietud que me poseía, resolví dar un paseo por la casa; primero pasando por el estudio para tomar un vaso de brandy que me calentara. Así lo hice y, mientras estaba allí, examiné la puerta con cuidado; pero encontré todo tal como lo había dejado la noche anterior.

El día apenas estaba amaneciendo cuando salí de la torre; aunque todavía estaba demasiado oscuro en la casa para poder ver sin una luz, y me llevé una de las velas del estudio conmigo en mi ronda. Para cuando terminé la planta baja, la luz del día se filtraba pálidamente a través de las ventanas enrejadas. Mi búsqueda no me había mostrado nada nuevo. Todo parecía estar en orden, y estaba a punto de apagar mi vela cuando me vino el pensamiento de echar otro vistazo a las bodegas. No había estado en ellas, si mal no recuerdo, desde mi apresurada búsqueda en la tarde del ataque.

Durante quizás medio minuto, vacilé. Habría estado muy dispuesto a renunciar a la tarea —como, de hecho, me inclino a pensar que cualquier hombre bien podría—, pues de todas las grandes y sobrecogedoras habitaciones de esta casa, las bodegas son las más enormes y extrañas. Grandes y sombrías cavernas, sin ser iluminadas por rayo alguno de luz diurna. Sin embargo, no quería eludir el trabajo. Sentí que hacerlo sabría a pura cobardía. Además, como me tranquilicé a mí mismo, las bodegas eran realmente los lugares menos probables en los que encontrar algo peligroso; considerando que solo pueden ser accedidas a través de una pesada puerta de roble, cuya llave llevo siempre conmigo.

Es en el más pequeño de estos lugares donde guardo mi vino; un sombrío agujero cerca del pie de las escaleras de la bodega, y más allá del cual rara vez había pasado. De hecho, salvo por el registro ya mencionado, dudo haber pasado alguna vez, antes, por todas las bodegas.

Al abrir la gran puerta, en la parte superior de los escalones, hice una pausa, nervioso, un momento ante el extraño y desolado olor que asaltó mis fosas nasales. Luego, lanzando el cañón de mi arma hacia adelante, descendí lentamente hacia la oscuridad de las regiones subterráneas.

Al llegar al pie de las escaleras, me quedé un minuto y escuché. Todo estaba en silencio, salvo por un débil goteo de agua, cayendo gota a gota en algún lugar a mi izquierda. Mientras estaba allí, noté cuán silenciosamente ardía la vela; sin un parpadeo ni llamarada, tan absolutamente sin viento era el lugar.

Silenciosamente, me moví de bodega en bodega. Tenía solo un recuerdo muy vago de su distribución. Las impresiones dejadas por mi primera búsqueda estaban borrosas. Tenía recuerdos de una sucesión de grandes bodegas, y de una, más grande que las demás, cuyo techo estaba sostenido por columnas; más allá de eso, mi mente estaba nublada y predominada por una sensación de frío, oscuridad y sombras. Ahora, sin embargo, era diferente; pues, aunque nervioso, estaba lo suficientemente sereno como para poder mirar a mi alrededor y notar la estructura y el tamaño de las diferentes bóvedas en las que entraba.

Por supuesto, con la cantidad de luz proporcionada por mi vela, no era posible examinar cada lugar minuciosamente, pero pude notar, a medida que avanzaba, que las paredes parecían estar construidas con maravillosa precisión y acabado; mientras aquí y allá, una columna masiva ocasional se alzaba para sostener el techo abovedado.

Así, llegué finalmente a la gran bodega que recordaba. Se accede a través de una enorme entrada arqueada, en la que observé extrañas y fantásticas tallas que arrojaban sombras curiosas bajo la luz de mi vela. Mientras estaba allí y examinaba esto pensativo, se me ocurrió cuán extraño era que estuviera tan poco familiarizado con mi propia casa. Sin embargo, esto puede entenderse fácilmente cuando uno se da cuenta del tamaño de este antiguo edificio y del hecho de que solo mi anciana hermana y yo vivimos en él, ocupando unas pocas habitaciones, según lo deciden nuestras necesidades.

Sosteniendo la luz en alto, pasé a la bodega y, manteniéndome a la derecha, caminé lentamente hasta llegar al extremo opuesto. Caminé silenciosamente y miré con cautela a mi alrededor mientras avanzaba. Pero, hasta donde la luz mostraba, no vi nada inusual.

En el extremo, giré a la izquierda, manteniéndome siempre contra la pared, y así continué hasta haber atravesado toda la vasta cámara. A medida que avanzaba, noté que el suelo estaba compuesto de roca sólida, en algunos lugares cubierto con un moho húmedo, en otros desnudo, o casi, salvo por una fina capa de polvo gris claro.

Me había detenido en la entrada. Ahora, sin embargo, giré y me dirigí por el centro del lugar, pasando entre las columnas y mirando a derecha e izquierda mientras me movía. Aproximadamente a mitad de la bodega, golpeé mi pie contra algo que emitió un sonido metálico. Agachándome rápidamente, sostuve la vela y vi que el objeto que había pateado era un gran anillo de metal. Inclinándome más, limpié el polvo de alrededor y, pronto, descubrí que estaba unido a una pesada trampilla, negra por el paso del tiempo.

Sintiéndome emocionado y preguntándome hacia dónde podría conducir, dejé mi arma en el suelo y, pegando la vela en el guardamonte, tomé el anillo con ambas manos y tiré. La trampa crujió ruidosamente —el sonido resonando vagamente a través del enorme lugar— y se abrió pesadamente.

Apoyando el borde en mi rodilla, alcancé la vela y la sostuve en la abertura, moviéndola de derecha a izquierda; pero no pude ver nada. Estaba desconcertado y sorprendido. No había señales de escalones, ni siquiera la apariencia de que alguna vez los hubiera habido. Nada, salvo una negrura vacía. Podría haber estado mirando hacia un pozo sin fondo y sin lados. Entonces, incluso mientras miraba fijamente, lleno de perplejidad, me pareció oír, muy abajo, como desde profundidades incalculables, un débil susurro de sonido. Incliné la cabeza rápidamente más hacia la abertura y escuché atentamente. Puede haber sido fantasía; pero podría haber jurado escuchar una risita suave que se convirtió en un repugnante y débil murmullo distante. Sobresaltado, salté hacia atrás, dejando que la trampa cayera con un estruendo hueco que llenó el lugar de ecos. Incluso entonces, me pareció oír esa risa burlona y sugerente; pero esto, lo sabía, debía ser mi imaginación. El sonido que había oído era demasiado leve para penetrar a través de la pesada trampa.

Durante un minuto entero, permanecí allí temblando, mirando nerviosamente detrás y delante; pero la gran bodega estaba silenciosa como una tumba, y gradualmente sacudí la sensación de miedo. Con una mente más tranquila, volví a sentir curiosidad por saber hacia dónde se abría esa trampa; pero no pude, entonces, reunir suficiente valor para hacer una investigación más profunda. Una cosa sentía, sin embargo, y era que la trampa debía estar asegurada. Esto lo logré colocando sobre ella varios trozos grandes de piedra "labrada" que había notado en mi recorrido a lo largo de la pared Este.

Luego, después de un escrutinio final del resto del lugar, desandé mi camino a través de las bodegas hacia las escaleras, y así alcancé la luz del día, con una infinita sensación de alivio de que la incómoda tarea hubiera terminado.

X

EL TIEMPO DE ESPERA

El sol estaba ahora cálido y brillaba intensamente, formando un maravilloso contraste con las oscuras y lúgubres bodegas; y fue con sentimientos comparativamente ligeros que me dirigí hacia la torre para observar los jardines. Allí encontré todo tranquilo y, después de unos minutos, bajé a la habitación de Mary.

Aquí, habiendo llamado y recibido una respuesta, abrí la puerta. Mi hermana estaba sentada tranquilamente en la cama, como si esperara. Parecía ser ella misma de nuevo y no hizo ningún intento de alejarse mientras me acercaba; sin embargo, observé que escaneaba mi rostro ansiosamente, como si dudara y apenas estuviera segura en su mente de que no había nada que temer de mí.

A mis preguntas sobre cómo se sentía, respondió, bastante cuerda, que tenía hambre y que le gustaría bajar a preparar el desayuno si no me importaba. Durante un minuto, medité si sería seguro dejarla salir. Finalmente, le dije que podía ir, a condición de que prometiera no intentar salir de la casa ni manipular ninguna de las puertas exteriores. Ante mi mención de las puertas, una repentina mirada de susto cruzó su rostro; pero no dijo nada, salvo dar la promesa requerida, y luego salió de la habitación silenciosamente.

Cruzando el suelo, me acerqué a Pepper. Había despertado cuando entré, pero, más allá de un leve aullido de placer y un suave golpe con su cola, se había mantenido tranquilo. Ahora, mientras le acariciaba, hizo un intento de ponerse de pie y lo logró, solo para volver a caer sobre su costado con un pequeño aullido de dolor.

Le hablé y le ordené que se quedara quieto. Estaba muy encantado con su mejoría, y también con la bondad natural del corazón de mi hermana al cuidar tan bien de él a pesar de su condición mental. Después de un rato, lo dejé y bajé a mi estudio.

En poco tiempo, apareció Mary, llevando una bandeja en la que humeaba un desayuno caliente. Al entrar en la habitación, vi que su mirada se fijaba en los soportes que sostenían la puerta del estudio; sus labios se tensaron y pensé que palideció ligeramente; pero eso fue todo. Dejando la bandeja junto a mi codo, salía de la habitación silenciosamente cuando la llamé de vuelta. Vino, me pareció, un poco tímidamente, como si estuviera sobresaltada; y noté que su mano se apretaba nerviosamente contra su delantal.

—Vamos, Mary —dije—. ¡Anímate! Las cosas se ven mejor. No he visto a ninguna de las criaturas desde ayer por la mañana temprano.

Ella me miró de una manera curiosamente desconcertada, como si no comprendiera. Luego, la inteligencia apareció en sus ojos, y el miedo; pero no dijo nada, más allá de un murmullo ininteligible de aquiescencia. Después de eso, mantuve el silencio; era evidente que cualquier referencia a las cosas-cerdo era más de lo que sus nervios sacudidos podían soportar.

Terminado el desayuno, subí a la torre. Aquí, durante la mayor parte del día, mantuve una estricta vigilancia sobre los jardines. Una o dos veces, bajé al sótano para ver cómo le iba a mi hermana. Cada vez la encontré tranquila y curiosamente sumisa. De hecho, en la última ocasión, incluso se aventuró a dirigirme la palabra, por su propia cuenta, con respecto a algún asunto doméstico que necesitaba atención. Aunque esto lo hizo con una timidez casi extraordinaria, lo recibí con felicidad, ya que era la primera palabra dicha voluntariamente desde el momento crítico en que la había sorprendido desabrochando la puerta trasera para salir entre aquellos brutos que esperaban. Me pregunté si ella era consciente de su intento y de lo cerca que había estado, pero me abstuve de interrogarla, pensando que era mejor dejar las cosas como estaban.

Aquella noche, dormí en una cama; la primera vez en dos noches. Por la mañana, me levanté temprano y di un paseo por la casa. Todo estaba como debía ser, y subí a la torre para echar un vistazo a los jardines. Aquí, nuevamente, encontré perfecta quietud.

En el desayuno, cuando me reuní con Mary, me complació mucho ver que había recuperado lo suficiente el dominio sobre sí misma como para poder saludarme de una manera perfectamente natural. Habló sensata y tranquilamente, solo manteniéndose cuidadosamente alejada de cualquier mención de los últimos dos días. En esto, la complací hasta el punto de no intentar llevar la conversación en esa dirección.

Temprano en la mañana, había ido a ver a Pepper. Se estaba curando rápidamente y prometía estar sobre sus patas de verdad en otro día o dos. Antes de dejar la mesa del desayuno, hice alguna referencia a su mejoría. En la corta discusión que siguió, me sorprendió deducir, por los comentarios de mi hermana, que todavía estaba bajo la impresión de que su herida había sido causada por el gato montés de mi invención. Me hizo sentir casi avergonzado de mí mismo por engañarla. Sin embargo, la mentira había sido dicha para evitar que se asustara. Y, además, había estado seguro de que ella debía haber conocido la verdad más tarde, cuando aquellas bestias atacaron la casa.

Durante el día, me mantuve alerta, pasando gran parte de mi tiempo, como el día anterior, en la torre; pero no pude ver señal alguna de las criaturas porcinas ni oír sonido alguno. Varias veces me había venido el pensamiento de que las Cosas finalmente nos habían dejado; pero, hasta este momento, me había negado a considerar la idea seriamente; ahora, sin embargo, comencé a sentir que había razones para la esperanza. Pronto serían tres días desde que vi a alguna de las Cosas; pero aún así, tenía la intención de usar la mayor precaución. Por lo que yo sabía, este silencio prolongado podría ser una artimaña para tentarme a salir de la casa, tal vez directamente a sus brazos. El pensamiento de tal contingencia era, por sí solo, suficiente para hacerme circunspecto.

Así fue como el cuarto, quinto y sexto día pasaron tranquilamente, sin que yo hiciera intento alguno de salir de la casa.

En el sexto día, tuve el placer de ver a Pepper, una vez más, sobre sus patas; y, aunque todavía muy débil, logró hacerme compañía durante todo aquel día.

XI

EL REGISTRO DE LOS JARDINES

Qué lentamente pasó el tiempo; y nunca una cosa que indicara que alguno de los brutos todavía infestaba los jardines.

Fue en el noveno día cuando, finalmente, decidí correr el riesgo, si es que había alguno, y salir. Con este propósito en mente, cargué una de las escopetas cuidadosamente —eligíéndola por ser más mortífera que un rifle a corta distancia—; y luego, después de un escrutinio final de los terrenos desde la torre, llamé a Pepper para que me siguiera y bajé al sótano.

En la puerta, debo confesar que vacilé un momento. El pensamiento de lo que podría estar esperándome entre los oscuros arbustos no estaba de ninguna manera calculado para alentar mi resolución. Fue solo un segundo, sin embargo, y luego había retirado los cerrojos y estaba parado en el sendero fuera de la puerta.

Pepper me siguió, deteniéndose en el umbral para olfatear sospechosamente y llevando su nariz arriba y abajo por las jambas, como si siguiera un rastro. Luego, de repente, giró bruscamente y comenzó a correr aquí y allá, en semicírculos y círculos, por toda la puerta; regresando finalmente al umbral. Aquí comenzó de nuevo a olfatear.

Hasta ahora, me había quedado observando al perro; sin embargo, todo el tiempo con la mitad de mi mirada puesta en la maraña salvaje de jardines que se extendía a mi alrededor. Ahora, fui hacia él y, agachándome, examiné la superficie de la puerta donde él estaba oliendo. Descubrí que la madera estaba cubierta con una red de arañazos, cruzándose y entrecruzándose unos con otros en una confusión inextricable. Además de esto, noté que los postes de la puerta estaban roídos en algunos lugares. Más allá de esto, no pude encontrar nada; y así, poniéndome de pie, comencé a hacer el recorrido de la pared de la casa.

Pepper, tan pronto como me alejé, dejó la puerta y corrió hacia adelante, todavía olfateando y husmeando mientras avanzaba. A veces, se detenía para investigar. Aquí, podría ser un agujero de bala en el sendero, o, tal vez, una bala de algodón manchada de pólvora. Pronto, podría ser un trozo de césped arrancado, o un parche perturbado de camino con maleza; pero, salvo por tales trivialidades, no encontró nada. Lo observé críticamente mientras avanzaba y no pude descubrir nada de inquietud en su comportamiento que indicara que sentía la cercanía de alguna de las criaturas. Por esto, quedé asegurado de que los jardines estaban vacíos, al menos por el presente, de aquellas odiosas Cosas. Pepper no podía ser fácilmente engañado, y fue un alivio sentir que él sabría y me daría una advertencia oportuna si hubiera algún peligro.

Al llegar al lugar donde había disparado a aquella primera criatura, me detuve e hice un examen minucioso; pero no pude ver nada. Desde allí, continué hasta donde había caído la gran piedra de coronamiento. Yacía de lado, aparentemente tal como había quedado cuando disparé a la bestia que la estaba moviendo. Un par de pies a la derecha del extremo más cercano, había una gran hendidura en el suelo, lo que mostraba dónde había impactado. El otro extremo todavía estaba dentro de la marca, mitad dentro y mitad fuera. Acercándome, observé la piedra más de cerca. ¡Qué enorme pieza de mampostería era! Y aquella criatura la había movido, sin ayuda, en su intento de alcanzar lo que yacía debajo.

Fui hasta el extremo más lejano de la piedra. Aquí, descubrí que era posible ver debajo de ella, a una distancia de casi un par de pies. Aun así, no pude ver nada de las criaturas abatidas, y me sentí muy sorprendido. Había supuesto, como dije antes, que los restos habían sido retirados; sin embargo, no podía concebir que se hubiera hecho tan minuciosamente como para no dejar alguna señal cierta, bajo la piedra, indicativa de su destino. Había visto a varias de las bestias caer abatidas bajo ella, con tal fuerza que debieron quedar literalmente hundidas en la tierra; y ahora, no quedaba ni un vestigio de ellas, ni siquiera una mancha de sangre.

Me sentí más perplejo que nunca mientras le daba vueltas al asunto en mi mente; pero no pude pensar en ninguna explicación plausible; y así, finalmente, me rendí, considerándolo como una de las muchas cosas que eran inexplicables.

Desde allí, trasladé mi atención a la puerta del estudio. Podía ver, ahora, aún más claramente, los efectos de la tremenda tensión a la que había sido sometida; y me maravillaba cómo, incluso con el apoyo proporcionado por los puntales, había resistido tan bien los ataques. No había marcas de golpes —en verdad, no se había dado ninguno—, pero la puerta había sido literalmente arrancada de sus bisagras por la aplicación de una fuerza enorme y silenciosa. Una cosa que observé me afectó profundamente: la cabeza de uno de los puntales había sido atravesada directamente a través de un panel. Esto era, por sí mismo, suficiente para mostrar cuán enorme esfuerzo habían hecho las criaturas para derribar la puerta, y cuán cerca habían estado de lograrlo.

Al partir, continué mi recorrido alrededor de la casa, encontrando poco más de interés; salvo en la parte trasera, donde me topé con el trozo de tubería que había arrancado de la pared, tendido entre la hierba alta debajo de la ventana rota.

Luego, regresé a la casa y, tras haber vuelto a asegurar la puerta trasera, subí a la torre. Allí pasé la tarde, leyendo y mirando ocasionalmente hacia los jardines. Había determinado, si la noche pasaba tranquila, ir tan lejos como hasta el Pozo, al día siguiente. Quizás, sería capaz de aprender, entonces, algo de lo que había sucedido. El día transcurrió, y la noche llegó, y se fue más o menos como habían pasado las últimas noches.

Cuando me levanté, el día había amanecido, despejado y claro; y decidí poner mi proyecto en acción. Durante el desayuno, consideré el asunto cuidadosamente; tras lo cual, fui al estudio por mi escopeta. Además, cargué y deslicé en mi bolsillo una pistola pequeña, pero pesada. Entendía perfectamente que, si había algún peligro, residía en la dirección del Pozo, y tenía la intención de estar preparado.

Al salir del estudio, bajé a la puerta trasera, seguido por Pepper. Una vez fuera, realicé una rápida inspección de los jardines circundantes y luego partí hacia el Pozo. En el camino, mantuve una vigilancia atenta, sosteniendo mi arma con facilidad. Pepper corría adelante, noté, sin ninguna duda aparente. De esto, auguré que no había peligro inminente que temer, y caminé más rápidamente tras él. Había llegado a la cima del Pozo, ahora, y estaba olfateando su camino a lo largo del borde.

Un minuto después, estaba a su lado, mirando hacia el interior del Pozo. Por un momento, apenas pude creer que fuera el mismo lugar, tan cambiado estaba. El oscuro y boscoso barranco de hace quince días, con un arroyo oculto por el follaje, corriendo perezosamente en el fondo, ya no existía. En su lugar, mis ojos me mostraban un abismo irregular, parcialmente lleno con un lúgubre lago de agua turbia. Todo un lado del barranco estaba despojado de maleza, mostrando la roca desnuda.

Un poco a mi izquierda, el lado del Pozo parecía haberse derrumbado por completo, formando una profunda hendidura en forma de V en la cara del acantilado rocoso. Esta grieta corría, desde el borde superior del barranco, casi hasta el agua, y penetraba en el lado del Pozo a una distancia de unos cuarenta pies. Su apertura tenía, al menos, seis yardas de ancho; y, desde allí, parecía estrecharse hasta unas dos. Pero, lo que atrajo mi atención, más incluso que la estupenda grieta misma, era un gran agujero, a cierta distancia hacia abajo de la hendidura, y justo en el ángulo de la V. Estaba claramente definido, y no era diferente de una puerta arqueada en forma; aunque, yaciendo como lo hacía en la sombra, no podía verlo con mucha claridad.

El lado opuesto del Pozo, todavía conservaba su verdor; pero tan desgarrado en lugares, y cubierto en todas partes por polvo y escombros, que apenas era distinguible como tal.

Mi primera impresión, de que había habido un deslizamiento de tierra, empecé a ver, no era suficiente, por sí misma, para explicar todos los cambios que presencié. ¿Y el agua...? Me giré, de repente; pues me había dado cuenta de que, en algún lugar a mi derecha, había un ruido de agua corriendo. No podía ver nada; pero, ahora que mi atención había sido captada, distinguí, fácilmente, que provenía de algún lugar en el extremo este del Pozo.

Lentamente, me abrí camino en esa dirección; el sonido se hacía más claro a medida que avanzaba, hasta que, al poco tiempo, estuve justo encima de él. Incluso entonces, no pude percibir la causa, hasta que me arrodillé e incliné mi cabeza sobre el acantilado. Aquí, el ruido me llegó claramente; y vi, debajo de mí, un torrente de agua clara, saliendo de una pequeña fisura en el lado del Pozo, y precipitándose por las rocas hacia el lago de abajo. Un poco más adelante a lo largo del acantilado, vi otro, y, más allá de ese, dos más pequeños. Estos, entonces, ayudarían a explicar la cantidad de agua en el Pozo; y, si la caída de roca y tierra había bloqueado la salida del arroyo en el fondo, había pocas dudas de que estaba contribuyendo en una parte muy importante.

Sin embargo, me devané los sesos para dar cuenta de la apariencia generalmente sacudida del lugar: ¡estos riachuelos, y esa enorme hendidura, más arriba en el barranco! Me parecía que más que el deslizamiento de tierra era necesario para explicar esto. Podría imaginar un terremoto, o una gran explosión, creando tal condición de cosas como la que existía; pero, de estas, no había habido ninguna. Entonces, me levanté rápidamente, recordando aquel estruendo, y la nube de polvo que le había seguido, directamente, elevándose alto en el aire. Pero sacudí la cabeza, incrédulo. ¡No! Debió ser el ruido de las rocas y la tierra cayendo, lo que había oído; por supuesto, el polvo volaría, naturalmente. Aun así, a pesar de mi razonamiento, tenía una sensación incómoda de que esta teoría no satisfacía mi sentido de lo probable; y, sin embargo, ¿era cualquier otra que pudiera sugerir, probablemente la mitad de plausible? Pepper había estado sentado en la hierba mientras yo llevaba a cabo mi examen. Ahora, mientras me dirigía hacia el lado norte del barranco, se levantó y me siguió.

Lentamente, y manteniendo una vigilancia cuidadosa en todas las direcciones, hice el circuito del Pozo; pero encontré poco más que no hubiera visto ya. Desde el extremo oeste, podía ver las cuatro cascadas, sin interrupción. Estaban a una distancia considerable de la superficie del lago, unos cincuenta pies, calculé.

Por un poco más de tiempo, merodeé por allí; manteniendo mis ojos y oídos abiertos, pero todavía, sin ver ni oír nada sospechoso. Todo el lugar estaba maravillosamente tranquilo; de hecho, salvo por el murmullo continuo del agua, en el extremo superior, ningún sonido, de ninguna descripción, rompía el silencio.

Durante todo este tiempo, Pepper no había mostrado signos de inquietud. Esto me pareció indicar que, por el momento, al menos, no había ninguna de las criaturas-cerdo en las cercanías. Hasta donde podía ver, su atención parecía haber estado ocupada, principalmente, en rascar y olfatear entre la hierba en el borde del Pozo. A veces, dejaba el borde y corría hacia la casa, como si siguiera rastros invisibles; pero, en todos los casos, regresaba después de unos minutos. Tenía pocas dudas de que realmente estaba rastreando las huellas de las cosas-cerdo; y el hecho mismo de que cada una pareciera llevarlo de vuelta al Pozo, me pareció una prueba de que las bestias habían regresado todas de donde vinieron.

Al mediodía, fui a casa, para almorzar. Durante la tarde, realicé una búsqueda parcial de los jardines, acompañado por Pepper; pero, sin encontrar nada que indicara la presencia de las criaturas.

Una vez, mientras avanzábamos a través de los arbustos, Pepper corrió hacia unos matorrales, con un ladrido feroz. Ante eso, salté hacia atrás, con un susto repentino, y arrojé mi escopeta hacia adelante, en preparación; solo para reír, nerviosamente, mientras Pepper reaparecía, persiguiendo a un desafortunado gato. Hacia la tarde, abandoné la búsqueda y regresé a la casa. De repente, mientras pasábamos junto a un gran grupo de arbustos, a nuestra derecha, Pepper desapareció, y pude oírlo olfatear y gruñir entre ellos, de una manera sospechosa. Con el cañón de mi escopeta, aparté la maleza intermedia y miré adentro. No había nada que ver, salvo que muchas de las ramas estaban dobladas y rotas; como si algún animal hubiera hecho una guarida allí, en una fecha no muy lejana. Era probablemente, pensé, uno de los lugares ocupados por algunas de las criaturas-cerdo, en la noche del ataque.

Al día siguiente, reanudé mi búsqueda por los jardines; pero sin resultado. Hacia la tarde, los había recorrido por completo, y ahora, sabía, más allá de la posibilidad de duda, que ya no quedaban ninguna de las Cosas escondidas por el lugar. De hecho, a menudo he pensado desde entonces, que estaba en lo correcto en mi suposición anterior, de que se habían ido poco después del ataque.

XII

EL POZO SUBTERRÁNEO

Otra semana vino y se fue, durante la cual pasé gran parte de mi tiempo alrededor de la boca del Pozo. Había llegado a la conclusión unos días antes, de que el agujero arqueado, en el ángulo de la gran grieta, era el lugar a través del cual las cosas-cerdo habían hecho su salida, de algún lugar impío en las entrañas del mundo. Cuán cerca de la verdad probable iba esto, estaba por aprenderlo más tarde.

Puede entenderse fácilmente, que sentía una tremenda curiosidad, aunque de una manera temerosa, por saber a qué lugar infernal conducía ese agujero; aunque, hasta ahora, la idea no me había golpeado, seriamente, de hacer una investigación. Estaba demasiado imbuido de un sentido de horror hacia las criaturas-cerdo, como para pensar en aventurarme, voluntariamente, donde hubiera alguna posibilidad de entrar en contacto con ellas.

Gradualmente, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, este sentimiento disminuyó insensiblemente; de modo que cuando, unos días más tarde, se me ocurrió el pensamiento de que podría ser posible trepar y echar un vistazo al agujero, no estaba tan excesivamente reacio a ello, como podría haberse imaginado. Aún así, no creo, incluso entonces, que realmente tuviera la intención de probar tal aventura temeraria. Por todo lo que podía saber, podría ser una muerte segura, entrar en esa apertura de aspecto lúgubre. Y sin embargo, tal es la pertinacia de la curiosidad humana, que, finalmente, mi deseo principal no era más que descubrir qué yacía más allá de esa entrada sombría.

Lentamente, a medida que los días pasaban, mi miedo a las cosas-cerdo se convirtió en una emoción del pasado; más un recuerdo desagradable e increíble, que otra cosa.

Así, llegó un día, en que, dejando de lado pensamientos y fantasías, conseguí una cuerda de la casa y, tras haberla atado a un árbol robusto, en la parte superior de la grieta, y a cierta distancia hacia atrás del borde del Pozo, dejé caer el otro extremo en la hendidura, hasta que quedó colgando justo a través de la boca del oscuro agujero.

Entonces, cautelosamente, y con muchas dudas sobre si no era un acto de locura lo que estaba intentando, bajé lentamente, usando la cuerda como apoyo, hasta que llegué al agujero. Aquí, todavía agarrado a la cuerda, me detuve y miré dentro. Todo estaba perfectamente oscuro, y ningún sonido llegó a mí. Sin embargo, un momento después, parecía que podía oír algo. Contuve el aliento y escuché; pero todo estaba silencioso como la tumba y volví a respirar libremente. En el mismo instante, oí el sonido de nuevo. Era como un ruido de respiración laboriosa, profunda y entrecortada. Por un breve segundo, me quedé petrificado; incapaz de moverme. Pero ahora los sonidos habían cesado de nuevo, y no podía oír nada.

Mientras estaba allí, ansiosamente, mi pie desalojó un guijarro, que cayó hacia adentro, en la oscuridad, con un tintineo hueco. De inmediato, el ruido fue recogido y repetido una veintena de veces; cada eco sucesivo siendo más débil, y pareciendo alejarse de mí, como si fuera hacia una distancia remota. Entonces, mientras el silencio caía de nuevo, oí esa respiración sigilosa. Por cada respiración que hacía, podía oír un aliento en respuesta. Los sonidos parecían acercarse; y luego, oí otros varios; pero más débiles y distantes. Por qué no agarré la cuerda, y salté fuera de peligro, no puedo decirlo. Era como si hubiera quedado paralizado. Estallé en un sudor profuso, y traté de humedecer mis labios con mi lengua. Mi garganta se había vuelto repentinamente seca, y tosí, roncamente. Me devolvió el sonido, en una docena de tonos horribles, guturales, burlonamente. Miré, impotente, hacia la penumbra; pero todavía no se veía nada. Tuve una extraña sensación de asfixia, y de nuevo tosí, secamente. De nuevo el eco lo recogió, subiendo y bajando, grotescamente, y muriendo lentamente en un silencio amortiguado.

Entonces, de repente, un pensamiento vino a mí, y contuve el aliento. La otra respiración se detuvo. Respiré de nuevo, y, una vez más, recomenzó. Pero ahora, ya no temía. Sabía que los sonidos extraños no eran hechos por ninguna criatura-cerdo al acecho; sino que eran simplemente el eco de mis propias respiraciones.

Sin embargo, había recibido tal susto, que me alegré de trepar por la grieta y recoger la cuerda. Estaba demasiado conmocionado y nervioso como para pensar en entrar en ese agujero oscuro entonces, y así regresé a la casa. Me sentí más yo mismo a la mañana siguiente; pero incluso entonces, no pude reunir suficiente coraje para explorar el lugar.

Durante todo este tiempo, el agua en el Pozo había estado subiendo lentamente, y ahora estaba solo un poco debajo de la apertura. Al ritmo al que subía, estaría al nivel del suelo en menos de otra semana; y me di cuenta de que, a menos que llevara a cabo mis investigaciones pronto, probablemente nunca lo haría; ya que el agua subiría y subiría, hasta que la apertura, en sí misma, quedara sumergida.

Puede haber sido que este pensamiento me impulsara a actuar; pero, fuera lo que fuese, un par de días después, me vio de pie en la cima de la grieta, totalmente equipado para la tarea.

Esta vez, estaba decidido a conquistar mi evasión, y seguir adelante con el asunto. Con esta intención, había traído, además de la cuerda, un paquete de velas, con la intención de usarlas como antorcha; también mi escopeta de doble cañón. En mi cinturón, tenía una pesada pistola de caballo, cargada con perdigones.

Como antes, até la cuerda al árbol. Luego, tras haber atado mi arma a mis hombros, con un trozo de cuerda resistente, me bajé por el borde del Pozo. Ante este movimiento, Pepper, que había estado observando mis acciones, atentamente, se puso de pie y corrió hacia mí, con un ladrido a medias, un gemido a medias, me pareció, de advertencia. Pero estaba resuelto en mi empresa, y le ordené que se echara. Me hubiera gustado mucho llevarlo conmigo; pero esto era casi imposible, en las circunstancias existentes. Cuando mi cara quedó al nivel del borde del Pozo, me lamió, justo a través de la boca; y luego, sujetando mi manga entre sus dientes, comenzó a tirar hacia atrás, con fuerza. Era muy evidente que no quería que fuera. Sin embargo, habiéndolo decidido, no tenía intención de abandonar el intento; y, con una palabra aguda a Pepper, para que me soltara, continué mi descenso, dejando al pobre viejo en la cima, ladrando y llorando como un cachorro abandonado.

Cuidadosamente, me bajé de saliente en saliente. Sabía que un resbalón podría significar un remojón.

Al llegar a la entrada, solté la cuerda y desaté el arma de mis hombros. Luego, con una última mirada al cielo, que noté que se estaba nublando rápidamente, avancé un par de pasos, para estar protegido del viento, y encendí una de las velas. Sosteniéndola sobre mi cabeza, y agarrando mi arma firmemente, comencé a moverme, lentamente, lanzando mis miradas en todas direcciones.

Durante el primer minuto, pude oír el sonido melancólico del aullido de Pepper, bajando hacia mí. Gradualmente, a medida que penetraba más en la oscuridad, se hizo más débil; hasta que, al poco tiempo, no pude oír nada. El camino tendía hacia abajo un poco, y hacia la izquierda. Desde allí continuó, todavía corriendo hacia la izquierda, hasta que descubrí que me estaba llevando justo en la dirección de la casa.

Muy cautelosamente, me moví hacia adelante, deteniéndome, cada pocos pasos, para escuchar. Había ido, quizás, cien yardas, cuando, de repente, me pareció que capté un sonido débil, en algún lugar a lo largo del pasaje detrás. Con mi corazón latiendo pesadamente, escuché. El ruido se hizo más claro, y parecía estar acercándose, rápidamente. Podía oírlo distintamente, ahora. Era el suave golpeteo de pies corriendo. En los primeros momentos de susto, me quedé, irresoluto; sin saber si ir adelante o atrás. Entonces, con una repentina comprensión de lo mejor que podía hacer, retrocedí hasta la pared rocosa a mi derecha, y, sosteniendo la vela sobre mi cabeza, esperé, arma en mano, maldiciendo mi curiosidad temeraria, por llevarme a tal aprieto.

No tuve que esperar mucho, solo unos segundos, antes de que dos ojos reflejaran desde la penumbra, los rayos de mi vela. Levanté mi arma, usando solo mi mano derecha, y apunté rápidamente. Incluso mientras lo hacía, algo saltó de la oscuridad, con un ladrido atronador de alegría que despertó los ecos, como un trueno. Era Pepper. Cómo había logrado trepar por la grieta, no podía concebirlo. Mientras pasaba mi mano, nerviosamente, sobre su pelaje, noté que estaba goteando; y concluí que debió intentar seguirme, y haber caído al agua; de la cual no le resultaría muy difícil salir.

Habiendo esperado un minuto, o algo así, para estabilizarme, procedí a lo largo del camino, Pepper siguiéndome, silenciosamente. Estaba curiosamente contento de tener al viejo conmigo. Era compañía, y, de alguna manera, con él a mis talones, tenía menos miedo. También, sabía cuán rápidamente sus agudos oídos detectarían la presencia de cualquier criatura no deseada, si la hubiera, en medio de la oscuridad que nos envolvía.

Durante algunos minutos fuimos lentamente a lo largo; el camino todavía llevando directo hacia la casa. Pronto, concluí, deberíamos estar parados justo debajo de ella, si el camino llegara lo suficientemente lejos. Lideré el camino, cautelosamente, por otras cincuenta yardas, más o menos. Entonces, me detuve, y sostuve la luz en alto; y razón suficiente tuve para estar agradecido de haberlo hecho; pues allí, no a tres pasos adelante, el camino se desvanecía, y, en su lugar, mostraba una negrura hueca, que envió un miedo repentino a través de mí.

Con mucha cautela, me arrastré hacia adelante y miré hacia abajo; pero no pude ver nada. Entonces, crucé hacia la izquierda del pasaje para ver si podía haber alguna continuación del camino. Aquí, justo contra la pared, descubrí que una estrecha vereda, de unos tres pies de ancho, conducía hacia adelante. Con cuidado, pisé sobre ella; pero no había avanzado mucho cuando me arrepentí de haberme aventurado por allí. Pues, tras unos pocos pasos, el camino, ya de por sí angosto, se convirtió en una mera cornisa, con, a un lado, la roca sólida e inamovible, elevándose en una gran pared hasta el techo invisible, y, al otro, aquel abismo que se abría. No pude evitar reflexionar sobre lo indefenso que estaba si me atacaban allí, sin espacio para darme la vuelta y donde incluso el retroceso de mi arma podría ser suficiente para precipitarme de cabeza a las profundidades de abajo.

Para mi gran alivio, un poco más adelante, la vereda se ensanchó repentinamente de nuevo hasta su anchura original. Gradualmente, a medida que avanzaba, noté que el camino se desviaba constantemente hacia la derecha, y así, después de unos minutos, descubrí que no estaba yendo hacia adelante, sino simplemente bordeando el enorme abismo. Evidentemente, había llegado al final del gran pasaje.

Cinco minutos después, estaba en el punto desde el que había comenzado, habiendo dado la vuelta completa a lo que ahora suponía era un pozo vasto, cuya boca debía tener al menos cien yardas de ancho.

Durante un rato, permanecí allí, perdido en pensamientos desconcertantes. "¿Qué significa todo esto?" era el grito que había comenzado a reiterarse en mi cerebro.

Una idea repentina me asaltó y busqué alrededor un trozo de piedra. Al poco, encontré un pedazo de roca, del tamaño de una hogaza pequeña. Colocando la vela erguida en una grieta del suelo, me alejé un poco del borde y, tomando una corta carrerilla, lancé la piedra hacia el abismo, con la idea de arrojarla lo suficientemente lejos como para mantenerla alejada de las paredes. Luego, me incliné hacia adelante y escuché; pero, aunque me mantuve perfectamente quieto durante al menos un minuto completo, no volvió a mí sonido alguno desde la oscuridad.

Supe entonces que la profundidad del agujero debía ser inmensa; pues la piedra, de haber golpeado algo, era lo suficientemente grande como para haber hecho susurrar los ecos de aquel lugar extraño durante un tiempo indefinido. Incluso tal como estaban las cosas, la caverna había devuelto los sonidos de mis pasos, multitudinariamente. El lugar era imponente, y me habría retirado voluntariamente, dejando los misterios de sus soledades sin resolver; solo que hacerlo significaba admitir la derrota.

Entonces, me vino la idea de intentar obtener una vista del abismo. Se me ocurrió que, si colocaba mis velas alrededor del borde del agujero, podría obtener, al menos, una visión tenue del lugar.

Descubrí, al contar, que había traído quince velas en el paquete, pues mi primera intención había sido, como ya he dicho, hacer una antorcha con todas ellas. Estas procedí a colocarlas alrededor de la boca del Pozo, con un intervalo de unas veinte yardas entre cada una.

Habiendo completado el círculo, me detuve en el pasaje y me esforcé por hacerme una idea de cómo se veía el lugar. Pero descubrí, de inmediato, que eran totalmente insuficientes para mi propósito. No hicieron mucho más que hacer visible la penumbra. Una cosa hicieron, sin embargo, y fue confirmar mi opinión sobre el tamaño de la abertura; y, aunque no me mostraron nada de lo que quería ver, el contraste que ofrecían con la densa oscuridad me complació curiosamente. Era como si quince diminutas estrellas brillaran a través de la noche subterránea.

Entonces, incluso mientras estaba allí, Pepper lanzó un aullido repentino, que fue recogido por los ecos y repetido con variaciones espantosas, desvaneciéndose lentamente. Con un movimiento rápido, sostuve en alto la única vela que había guardado y miré hacia el perro; en el mismo instante, me pareció escuchar un ruido, como una risotada diabólica, alzarse desde las profundidades hasta entonces silenciosas del Pozo. Me sobresalté; luego, recordé que era, probablemente, el eco del aullido de Pepper.

Pepper se había alejado de mí, subiendo por el pasaje, unos pocos pasos; estaba olfateando a lo largo del suelo rocoso; y me pareció oírlo beber. Fui hacia él, sosteniendo la vela baja. Mientras me movía, escuché a mi bota hacer sop, sop; y la luz se reflejó en algo que brillaba y se arrastraba más allá de mis pies, velozmente hacia el Pozo. Me incliné más y miré; luego dejé escapar una expresión de sorpresa. Desde algún lugar, más arriba en el camino, un chorro de agua corría rápidamente en dirección a la gran abertura, y crecía en tamaño a cada segundo.

De nuevo, Pepper dejó escapar aquel profundo aullido y, corriendo hacia mí, se agarró a mi abrigo e intentó arrastrarme por el camino hacia la entrada. Con un gesto nervioso, me lo quité de encima y crucé rápidamente hacia la pared de la izquierda. Si algo venía, iba a tener la pared a mi espalda.

Entonces, mientras miraba ansiosamente hacia el camino, mi vela captó un brillo, muy arriba en el pasaje. En el mismo momento, me volví consciente de un rugido murmurante que se hizo más fuerte y llenó toda la caverna con un sonido ensordecedor. Del Pozo vino un eco profundo y hueco, como el sollozo de un gigante. Entonces, salté a un lado, hacia la estrecha cornisa que rodeaba el abismo, y, al girarme, vi una gran pared de espuma pasar a mi lado y saltar tumultuosamente hacia el abismo que esperaba. Una nube de rocío estalló sobre mí, apagando mi vela y mojándome hasta los huesos. Aún sostenía mi arma. Las tres velas más cercanas se apagaron; pero las más lejanas solo dieron un breve parpadeo. Después de la primera acometida, el flujo de agua se suavizó hasta convertirse en un arroyo constante, quizás de un pie de profundidad; aunque no pude ver esto hasta que hube recuperado una de las velas encendidas y, con ella, comenzado a reconocer el terreno. Pepper, afortunadamente, me había seguido cuando salté a la cornisa y ahora, muy sumiso, se mantenía cerca detrás de mí.

Un breve examen me mostró que el agua llegaba hasta el otro extremo del pasaje y corría a una velocidad tremenda. Ya, incluso mientras estaba allí, se había profundizado. Solo podía hacer una conjetura sobre lo que había sucedido. Evidentemente, el agua del barranco había irrumpido en el pasaje, por algún medio. Si ese fuera el caso, seguiría aumentando en volumen hasta que me resultara imposible salir del lugar. El pensamiento era aterrador. Era evidente que debía realizar mi salida lo más apresuradamente posible.

Tomando mi arma por la culata, sondé el agua. Estaba un poco por debajo de la altura de la rodilla. El ruido que hacía, desplomándose hacia el Pozo, era ensordecedor. Entonces, con un llamado a Pepper, me adentré en la inundación, usando el arma como bastón. Al instante, el agua hirvió sobre mis rodillas y casi hasta la parte superior de mis muslos, con la velocidad a la que corría. Por un breve momento, casi perdí el equilibrio; pero el pensamiento de lo que quedaba detrás me estimuló a un esfuerzo feroz y, paso a paso, avancé.

De Pepper, no supe nada al principio. Tenía bastante con mantenerme en pie; y me llenó de alegría cuando apareció a mi lado. Estaba vadeando valientemente. Es un perro grande, con patas largas y delgadas, y supongo que el agua tenía menos agarre sobre ellas que sobre las mías. De cualquier modo, se las arregló mucho mejor que yo; yendo por delante de mí, como un guía, y ayudando, consciente o inconscientemente, a romper un poco la fuerza del agua. Seguimos adelante, paso a paso, luchando y jadeando, hasta que unas cien yardas fueron recorridas con éxito. Entonces, ya fuera porque estaba teniendo menos cuidado o porque había un lugar resbaladizo en el suelo rocoso, no puedo decirlo; pero, de repente, resbalé y caí de bruces. Al instante, el agua saltó sobre mí en una catarata, lanzándome hacia aquel agujero sin fondo a una velocidad espantosa. Luché frenéticamente; pero fue imposible ponerme de pie. Estaba indefenso, jadeando y ahogándome. De repente, algo agarró mi abrigo y me detuvo. Era Pepper. Al notar mi ausencia, debió haber corrido de regreso, a través de la oscura confusión, para encontrarme, y luego me agarró y sostuvo hasta que pude ponerme en pie.

Tengo un recuerdo vago de haber visto, momentáneamente, los destellos de varias luces; pero de esto nunca he estado del todo seguro. Si mis impresiones son correctas, debí haber sido arrastrado hasta el mismo borde de aquel abismo terrible antes de que Pepper lograra detenerme. Y las luces, por supuesto, solo habrían sido las llamas distantes de las velas que había dejado encendidas. Pero, como he dicho, no estoy de ninguna manera seguro. Mis ojos estaban llenos de agua y me habían sacudido violentamente.

Y allí estaba yo, sin mi útil arma, sin luz y tristemente confundido, con el agua profundizándose; dependiendo únicamente de mi viejo amigo Pepper para ayudarme a salir de aquel lugar infernal.

Estaba frente al torrente. Naturalmente, era la única forma en que podría haber mantenido mi posición un momento; pues ni siquiera el viejo Pepper podría haberme sostenido mucho tiempo contra aquella tensión terrorífica sin asistencia, por ciega que fuera, de mi parte.

Quizás pasó un minuto durante el cual estuve al borde del desastre; entonces, gradualmente, comencé de nuevo mi tortuoso camino subiendo por el pasaje. Y así comenzó la lucha más cruel contra la muerte de la que jamás espero salir victorioso. Lenta, furiosa, casi desesperadamente, me esforcé; y aquel fiel Pepper me guio, me arrastró, hacia arriba y hacia adelante, hasta que, al fin, frente a mí vi un destello de luz bendita. Era la entrada. Solo unas pocas yardas más y alcancé la abertura, con el agua surgiendo y hirviendo hambrientamente alrededor de mis lomos.

Y ahora comprendía la causa de la catástrofe. Estaba lloviendo fuertemente, literalmente a cántaros. La superficie del lago estaba al nivel del fondo de la abertura... ¡no!, más que al nivel, estaba por encima. Evidentemente, la lluvia había hinchado el lago y causado este ascenso prematuro; pues, al ritmo al que se había estado llenando el barranco, no habría alcanzado la entrada hasta un par de días más tarde.

Afortunadamente, la cuerda por la que había descendido estaba entrando a la abertura, sobre las aguas que irrumpían. Agarrando el extremo, lo anudé firmemente alrededor del cuerpo de Pepper, luego, invocando el último resto de mis fuerzas, comencé a trepar por el lado del acantilado. Alcancé el borde del Pozo en la última etapa del agotamiento. Aun así, tuve que hacer un esfuerzo más y arrastrar a Pepper a un lugar seguro.

Lenta y fatigosamente, tiré de la cuerda. Una o dos veces, pareció que tendría que rendirme; pues Pepper es un perro pesado y yo estaba completamente acabado. Sin embargo, soltarlo habría significado la muerte segura para el viejo compañero, y el pensamiento me impulsó a mayores esfuerzos. Solo tengo un recuerdo muy borroso del final. Recuerdo tirar, a través de momentos que se arrastraban extrañamente. También tengo algún recuerdo de ver el hocico de Pepper apareciendo sobre el borde del Pozo, después de lo que pareció un período de tiempo indefinido. Entonces, todo se volvió oscuro de repente.

XIII

LA TRAMPA EN LA GRAN BODEGA

Supongo que debo haberme desmayado; pues, lo siguiente que recuerdo, es que abrí los ojos y todo estaba en penumbra. Estaba acostado boca arriba, con una pierna doblada debajo de la otra, y Pepper me estaba lamiendo las orejas. Me sentía horriblemente rígido y mi pierna estaba entumecida, desde la rodilla hacia abajo. Durante unos minutos, yací así, en un estado aturdido; luego, lentamente, luché por ponerme en posición sentada y miré a mi alrededor.

Había dejado de llover, pero los árboles aún goteaban tristemente. Desde el Pozo, venía un murmullo continuo de agua corriendo. Me sentía frío y tembloroso. Mi ropa estaba empapada y me dolía todo el cuerpo. Muy lentamente, la vida regresó a mi pierna entumecida y, después de un poco, intenté ponerme de pie. Esto lo logré al segundo intento; pero estaba muy tambaleante y peculiarmente débil. Me pareció que iba a enfermar y me las arreglé para tropezar hacia la casa. Mis pasos eran erráticos y mi cabeza estaba confundida. A cada paso que daba, dolores agudos atravesaban mis extremidades.

Había avanzado, quizás, unas treinta pasos, cuando un grito de Pepper llamó mi atención y me giré, rígidamente, hacia él. El viejo perro intentaba seguirme; pero no podía avanzar más, debido a que la cuerda con la que lo había arrastrado hacia arriba aún estaba atada alrededor de su cuerpo, y el otro extremo no se había desatado del árbol. Por un momento, jugueteé con los nudos, débilmente; pero estaban mojados y duros, y no pude hacer nada. Entonces, recordé mi cuchillo y, en un minuto, la cuerda fue cortada.

Cómo llegué a la casa, apenas lo sé, y de los días que siguieron, recuerdo aún menos. De una cosa estoy seguro, que, de no haber sido por el amor y los cuidados incansables de mi hermana, no estaría escribiendo en este momento.

Cuando recuperé el sentido, descubrí que había estado en cama durante casi dos semanas. Pasó otra semana más antes de que estuviera lo suficientemente fuerte como para salir tambaleándome a los jardines. Incluso entonces, no era capaz de caminar tan lejos como hasta el Pozo. Me habría gustado preguntarle a mi hermana qué tan alto había subido el agua; pero sentí que era más sabio no mencionar el tema ante ella. De hecho, desde entonces, me he impuesto la regla de no hablarle nunca sobre las cosas extrañas que suceden en esta gran y vieja casa.

No fue hasta un par de días después que logré llegar al Pozo. Allí descubrí que, en mis pocas semanas de ausencia, se había producido un cambio maravilloso. En lugar del barranco parcialmente lleno, contemplé un gran lago, cuya superficie plácida reflejaba la luz fríamente. El agua había subido hasta quedar a media docena de pies del borde del Pozo. Solo en una parte el lago estaba perturbado, y eso era sobre el lugar donde, muy abajo, bajo las aguas silenciosas, se abría la entrada al vasto Pozo subterráneo. Aquí, había un burbujeo continuo; y, ocasionalmente, una especie de gorgoteo sollozante y curioso se abría camino desde la profundidad. Más allá de esto, no había nada que hablara de las cosas que estaban ocultas debajo. Mientras estaba allí, comprendí lo maravillosamente que habían resultado las cosas. La entrada al lugar de donde habían venido las criaturas-cerdo estaba sellada por un poder que me hacía sentir que ya no había nada que temer de ellas. Y sin embargo, con ese sentimiento, había una sensación de que, ahora, nunca aprendería nada más sobre el lugar del que habían venido esas cosas espantosas. Estaba completamente cerrado y oculto a la curiosidad humana para siempre.

Es extraño, al conocer ese infierno subterráneo, cuán apropiado ha sido nombrar al lugar "el Pozo". Uno se pregunta cómo se originó, y cuándo. Naturalmente, uno concluye que la forma y profundidad del barranco sugerirían el nombre de "Pozo". Sin embargo, ¿no es posible que haya tenido, todo el tiempo, un significado más profundo, una pista... si uno hubiera podido adivinarlo... del Pozo mayor y más estupendo que se encuentra muy abajo en la tierra, debajo de esta vieja casa? ¡Debajo de esta casa! Incluso ahora, la idea es extraña y terrible para mí. Pues he probado, sin lugar a dudas, que el Pozo se abre justo debajo de la casa, la cual está evidentemente sostenida, en algún lugar sobre el centro del mismo, sobre un tremendo techo arqueado de roca sólida.

Sucedió de esta manera: al tener ocasión de bajar a los sótanos, se me ocurrió hacer una visita a la gran bóveda donde se encuentra la trampilla y ver si todo estaba como lo había dejado.

Al llegar al lugar, caminé lentamente por el centro hasta que llegué a la trampilla. Allí estaba, con las piedras apiladas sobre ella, tal como la había visto la última vez. Llevaba una linterna conmigo y me vino la idea de que ahora sería un buen momento para investigar lo que yacía bajo la gran losa de roble. Colocando la linterna en el suelo, tiré las piedras fuera de la trampilla y, agarrando la argolla, abrí la puerta. Al hacerlo, el sótano se llenó con el sonido de un trueno murmurante que se elevaba desde muy abajo. Al mismo tiempo, un viento húmedo sopló hacia mi cara, trayendo consigo una carga de rocío fino. Ante esto, dejé caer la trampilla apresuradamente, con una sensación de asombro medio asustada.

Por un momento, me quedé desconcertado. No tenía miedo particularmente. El miedo persistente a las cosas-cerdo me había abandonado hacía mucho tiempo; pero ciertamente estaba nervioso y asombrado. Entonces, un pensamiento repentino me poseyó y levanté la pesada puerta con una sensación de emoción. Dejándola apoyada sobre su borde, agarré la linterna y, arrodillándome, la introduje en la abertura. Al hacerlo, el viento húmedo y el rocío me dieron en los ojos, dejándome incapaz de ver por unos momentos. Incluso cuando mis ojos estuvieron claros, no pude distinguir nada debajo de mí, salvo oscuridad y rocío arremolinado.

Al ver que era inútil esperar distinguir algo con la luz tan alta, busqué en mis bolsillos un trozo de cordel con el que bajarla más profundamente en la abertura. Incluso mientras jugueteaba con él, la linterna se deslizó de mis dedos y se precipitó hacia la oscuridad. Por un breve instante, observé su caída y vi la luz brillar sobre un tumulto de espuma blanca, a unas ochenta o cien pies debajo de mí. Luego desapareció. Mi repentina suposición era correcta, y ahora sabía la causa de la humedad y el ruido. El gran sótano estaba conectado con el Pozo mediante la trampilla, que se abría justo encima de él; y la humedad era el rocío que subía del agua cayendo a las profundidades.

En un instante, tuve una explicación de ciertas cosas que hasta entonces me habían desconcertado. Ahora podía entender por qué los ruidos, en la primera noche de la invasión, habían parecido elevarse directamente desde debajo de mis pies. ¡Y la risotada que había sonado cuando abrí la trampilla por primera vez! Evidentemente, algunas de las cosas-cerdo debían haber estado justo debajo de mí.

Otro pensamiento me asaltó. ¿Estaban todas las criaturas ahogadas? ¿Se ahogarían? Recordé cuán incapaz había sido de encontrar rastros que demostraran que mis disparos habían sido realmente fatales. ¿Tenían vida, tal como nosotros entendemos la vida, o eran demonios? Estos pensamientos cruzaron mi cerebro mientras estaba de pie en la oscuridad, buscando cerillas en mis bolsillos. Ahora tenía la caja en mi mano y, encendiendo una luz, me acerqué a la puerta de la trampilla y la cerré. Luego, volví a apilar las piedras sobre ella; tras lo cual, salí de los sótanos.

Y así, supongo que el agua sigue tronando hacia ese pozo infernal sin fondo. A veces, tengo un deseo inexplicable de bajar a la gran bodega, abrir la trampilla y mirar hacia la oscuridad impenetrable y húmeda de rocío. A veces, el deseo se vuelve casi abrumador en su intensidad. No es mera curiosidad lo que me impulsa; sino más bien como si alguna influencia inexplicable estuviera en juego. Aun así, nunca voy; e intento luchar contra este extraño anhelo y aplastarlo; tal como lo haría con el pensamiento impío de la autodestrucción.

Esta idea de que se ejerce alguna fuerza intangible puede parecer irracional. Sin embargo, mi instinto me advierte que no es así. En estas cosas, la razón me parece menos confiable que el instinto.

Hay un pensamiento, al terminar, que se me imprime con una insistencia cada vez mayor. Es que vivo en una casa muy extraña; una casa muy terrible. Y he comenzado a preguntarme si estoy actuando sabiamente al quedarme aquí. Sin embargo, si me fuera, ¿a dónde podría ir y aun así obtener la soledad y la sensación de su presencia,[1] que son lo único que hace que mi vieja vida sea soportable?

XIV

EL MAR DEL SUEÑO

Durante un período considerable después del último incidente que narré en mi diario, tuve serias intenciones de abandonar esta casa, y podría haberlo hecho; de no ser por la gran y maravillosa cosa sobre la cual estoy a punto de escribir.

Qué bien aconsejado estuve, en mi corazón, cuando permanecí aquí, a pesar de esas visiones y avistamientos de cosas desconocidas e inexplicables; pues, de no haberme quedado, no habría visto de nuevo el rostro de aquella a quien amaba. Sí, aunque pocos lo saben, nadie ahora salvo mi hermana Mary, he amado y, ¡ay de mí!, perdido.

Escribiría la historia de aquellos dulces y viejos días, pero sería como desgarrar viejas heridas; sin embargo, después de lo sucedido, ¿qué necesidad tengo de preocuparme? Pues ella ha venido a mí desde lo desconocido. Extrañamente, me advirtió; me advirtió apasionadamente contra esta casa; me suplicó que la dejara; pero admitió, cuando la interrogué, que no habría podido venir a mí si yo hubiera estado en otro lugar. Aun así, a pesar de esto, continuó advirtiéndome con insistencia, diciéndome que era un lugar entregado hace mucho tiempo al mal, y bajo el poder de leyes sombrías de las cuales nadie aquí tiene conocimiento. Y yo... yo solo le pregunté de nuevo si vendría a verme a otro lado, y ella solo pudo permanecer en silencio.

Fue así como llegué al lugar del Mar del Sueño, como ella lo denominó en su querida conversación conmigo. Me había quedado despierto en mi estudio, leyendo, y debí de haberme quedado dormido sobre el libro. De repente, desperté y me senté erguido, sobresaltado. Por un momento, miré a mi alrededor con una desconcertante sensación de que algo era inusual. Había un aspecto brumoso en la habitación, que otorgaba una suavidad curiosa a cada mesa, silla y mueble.

Gradualmente, la bruma aumentó, creciendo, por así decirlo, de la nada. Entonces, lentamente, una luz suave y blanca comenzó a brillar en la habitación. Las llamas de las velas resplandecían a través de ella, débilmente. Miré de un lado a otro y descubrí que aún podía ver cada mueble, pero de una manera extrañamente irreal, más como si el fantasma de cada mesa y silla hubiera ocupado el lugar del objeto sólido.

Gradualmente, mientras miraba, los vi desvanecerse y desvanecerse, hasta que, lentamente, se resolvieron en la nada. Ahora, volví a mirar las velas. Brillaban con languidez y, aun mientras observaba, se volvieron más irreales y así se desvanecieron. La habitación estaba llena, ahora, con un crepúsculo blanco, suave pero luminoso, como una tenue niebla de luz. Más allá de esto, no podía ver nada. Incluso las paredes habían desaparecido.

En ese momento, cobré conciencia de que un sonido débil y continuo palpitaba a través del silencio que me envolvía. Escuché con atención. Se volvió más distinto, hasta que me pareció estar escuchando la respiración de algún gran mar. No puedo decir cuánto tiempo pasó así; pero, después de un rato, me pareció que podía ver a través de la bruma; y, lentamente, me di cuenta de que estaba de pie en la orilla de un mar inmenso y silencioso. Esta orilla era lisa y larga, desapareciendo a derecha e izquierda de mí, en distancias extremas. Frente a mí, nadaba una inmensidad quieta de océano dormido. A veces, me parecía captar un tenue destello de luz bajo su superficie; pero de esto no podía estar seguro. Detrás de mí, se alzaban, a una altura extraordinaria, acantilados negros y descarnados.

Sobre mi cabeza, el cielo era de un color gris frío y uniforme; todo el lugar estaba iluminado por un globo estupendo de fuego pálido que flotaba un poco sobre el lejano horizonte y vertía una luz como de espuma sobre las aguas quietas.

Más allá del suave murmullo del mar, prevalecía una quietud intensa. Durante mucho tiempo permanecí allí, mirando a través de su extrañeza. Entonces, mientras contemplaba, me pareció que una burbuja de espuma blanca flotaba desde las profundidades y luego, incluso ahora no sé cómo fue, estaba mirando, ¡sí!, mirando el rostro de Ella; sí, hacia su rostro, hacia su alma; y ella me devolvió la mirada con tal mezcla de alegría y tristeza que corrí hacia ella, ciegamente, gritándole extrañamente, en una verdadera agonía de recuerdo, de terror y de esperanza, que viniera a mí. Sin embargo, a pesar de mis gritos, ella permaneció allí en el mar y solo sacudió la cabeza con tristeza; pero en sus ojos estaba la vieja luz terrenal de ternura que había llegado a conocer, sobre todas las cosas, antes de que nos separáramos.

"Ante su obstinación, me desesperé e intenté caminar hacia ella; sin embargo, aunque quería, no podía. Algo, alguna barrera invisible, me retenía, y me sentí obligado a quedarme donde estaba y gritarle en la plenitud de mi alma: '¡Oh, mi querida, mi querida...!' pero no pude decir más, por la misma intensidad. Y, ante eso, ella se acercó rápidamente y me tocó, y fue como si el cielo se hubiera abierto. Sin embargo, cuando extendí mis manos hacia ella, ella me apartó con manos tiernamente severas, y me sentí abochornado..."

LOS FRAGMENTOS

(Las porciones legibles de las hojas mutiladas.)

... a través de lágrimas ... ruido de eternidad en mis oídos, nos separamos ... Aquella a quien amo. ¡Oh, Dios mío ...!

Estuve mucho tiempo aturdido, y luego quedé solo en la negrura de la noche. Sabía que viajaba de regreso, una vez más, al universo conocido. Pronto, emergí de esa oscuridad enorme. Había llegado entre las estrellas ... vasto tiempo ... el sol, lejano y remoto.

Entré en el abismo que separa nuestro sistema de los soles exteriores. Mientras me apresuraba a través de la oscuridad divisoria, observaba, constantemente, el brillo y el tamaño siempre crecientes de nuestro sol. Una vez, miré hacia atrás a las estrellas y vi cómo se desplazaban, por así decirlo, a mi paso, contra el poderoso telón de fondo de la noche, tan vasta era la velocidad de mi espíritu errante.

Me acerqué más a nuestro sistema y ahora podía ver el brillo de Júpiter. Más tarde, distinguí el frío resplandor azul de la luz terrestre... Tuve un momento de desconcierto. Alrededor del sol parecía haber objetos brillantes, moviéndose en órbitas rápidas. Hacia el interior, cerca de la salvaje gloria del sol, giraban dos puntos de luz rápidos y, más lejos, volaba una mota azul brillante que supe que era la Tierra. Giraba alrededor del sol en un espacio que parecía no ser más que un minuto terrestre.

... más cerca con gran velocidad. Vi los resplandores de Júpiter y Saturno, girando, con increíble rapidez, en enormes órbitas. Y siempre me acercaba más y contemplaba este espectáculo extraño: el giro visible de los planetas alrededor del sol madre. Era como si el tiempo hubiera sido aniquilado para mí; de modo que un año no era más para mi espíritu sin carne que lo que es un momento para un alma ligada a la tierra.

La velocidad de los planetas parecía aumentar; y, en poco tiempo, observaba al sol, rodeado de círculos como cabellos de fuego de diferentes colores: las trayectorias de los planetas, lanzándose a gran velocidad alrededor de la llama central...

"... el sol se volvió vasto, como si saltara para encontrarme... Y ahora estaba dentro del giro de los planetas exteriores, y revoloteando velozmente hacia el lugar donde la Tierra, brillando a través del esplendor azul de su órbita, como si fuera una niebla ardiente, giraba alrededor del sol a una velocidad monstruosa..."

XV

EL RUIDO EN LA NOCHE

Y ahora, llego al más extraño de todos los extraños sucesos que me han ocurrido en esta casa de misterios. Ocurrió hace muy poco, dentro del mes; y tengo pocas dudas de que lo que vi fue en realidad el fin de todas las cosas. Sin embargo, a mi historia.

No sé cómo es; pero, hasta el presente, nunca he sido capaz de escribir estas cosas directamente cuando sucedían. Es como si tuviera que esperar un tiempo, recuperando mi equilibrio justo y digiriendo, por así decirlo, las cosas que he oído o visto. Sin duda, esto es como debe ser; pues, al esperar, veo los incidentes de manera más verdadera y escribo sobre ellos en un estado mental más tranquilo y juicioso. Esto, dicho sea de paso.

Estamos ahora a finales de noviembre. Mi historia se refiere a lo que sucedió en la primera semana del mes.

Era de noche, cerca de las once. Pepper y yo nos hacíamos compañía en el estudio, esa gran y vieja habitación mía, donde leo y trabajo. Estaba leyendo, curiosamente, la Biblia. He comenzado, en estos últimos días, a sentir un interés creciente por ese gran y antiguo libro. De repente, un temblor distinto sacudió la casa, y sobrevino un zumbido tenue y distante que creció rápidamente hasta convertirse en un lejano y amortiguado grito. Me recordó, de una forma extraña y gigantesca, el ruido que hace un reloj cuando se libera el mecanismo y se le permite detenerse. El sonido parecía provenir de alguna altura remota, en algún lugar de la noche. No hubo repetición del choque. Miré hacia Pepper. Dormía plácidamente.

Gradualmente, el ruido de zumbido disminuyó y sobrevino un largo silencio.

De repente, un resplandor iluminó la ventana del fondo, que sobresale mucho del lado de la casa, de modo que, desde ella, uno puede mirar tanto hacia el Este como hacia el Oeste. Me sentí desconcertado y, tras un momento de vacilación, caminé por la habitación y aparté la persiana. Al hacerlo, vi al Sol salir por detrás del horizonte. Salió con un movimiento constante y perceptible. Podía verlo ascender. En un minuto, parecía, había alcanzado las copas de los árboles a través de los cuales lo había observado. Arriba, arriba... Era pleno día ahora. Detrás de mí, fui consciente de un zumbido agudo, como de mosquito. Miré a mi alrededor y supe que venía del reloj. Incluso mientras miraba, marcaba una hora. El minutero se movía alrededor del dial más rápido que un segundero normal. El horario se movía rápidamente de un espacio a otro. Tuve una sensación entumecida de asombro. Un momento después, así parecía, las dos velas se apagaron, casi al mismo tiempo. Me volví rápidamente hacia la ventana; pues había visto la sombra de los marcos de la ventana desplazándose por el suelo hacia mí, como si una gran lámpara hubiera pasado por encima de la ventana.

Vi ahora que el sol se había elevado mucho en el cielo y aún se movía visiblemente. Pasó sobre la casa con una clase de movimiento extraordinario, como de navegación. Cuando la ventana quedó en sombra, vi otra cosa extraordinaria. Las nubes de buen tiempo no pasaban fácilmente por el cielo; corrían como si soplara un viento de cien millas por hora. Mientras pasaban, cambiaban de forma mil veces por minuto, como si se retorcieran con una vida extraña; y así se fueron. Y, poco después, llegaron otras, y se fueron de la misma manera.

Hacia el Oeste, vi al sol caer con un movimiento increíble, suave y rápido. Hacia el Este, las sombras de todo lo visto se arrastraban hacia la negrura venidera. Y el movimiento de las sombras era visible para mí: un arrastre sigiloso y retorcido de las sombras de los árboles agitados por el viento. Fue un espectáculo extraño.

Rápidamente, la habitación comenzó a oscurecerse. El sol se deslizó hasta el horizonte y pareció, por así decirlo, desaparecer de mi vista casi con un tirón. A través de la negrura de la veloz tarde, vi la media luna plateada de la luna cayendo del cielo del Sur hacia el Oeste. La tarde pareció fusionarse en una noche casi instantánea. Sobre mí, las muchas constelaciones pasaban en un extraño giro "silencioso" hacia el Oeste. La luna cayó a través de esos últimos mil brazas del abismo nocturno, y solo quedaba la luz de las estrellas...

Alrededor de este tiempo, el zumbido en la esquina cesó; diciéndome que el reloj se había detenido. Pasaron unos minutos y vi que el cielo del Este se aclaraba. Una mañana gris y hosca se extendió por toda la oscuridad y ocultó la marcha de las estrellas. Sobre mi cabeza, se movía, con un pesado y eterno rodar, un vasto y continuo cielo de nubes grises; un cielo de nubes que habría parecido inmóvil durante todo el transcurso de un día terrestre ordinario. El sol estaba oculto para mí; pero, de un momento a otro, el mundo se iluminaba y oscurecía, se iluminaba y oscurecía, bajo oleadas de luz y sombra sutiles...

La luz se desplazó siempre hacia el Oeste y la noche cayó sobre la tierra. Una vasta lluvia pareció llegar con ella, y un viento de una intensidad extraordinaria, como si el aullido de un vendaval nocturno estuviera concentrado en el espacio de no más de un minuto.

Este ruido pasó casi inmediatamente y las nubes se rompieron, de modo que, una vez más, pude ver el cielo. Las estrellas volaban hacia el Oeste con una velocidad asombrosa. Me sobrevino ahora, por primera vez, que, aunque el ruido del viento había pasado, un sonido constante y "borroso" estaba en mis oídos. Ahora que lo notaba, era consciente de que había estado conmigo todo el tiempo. Era el ruido del mundo.

Y entonces, incluso mientras captaba tanta comprensión, llegó la luz del Este. No más de unos pocos latidos del corazón, y el sol salió velozmente. A través de los árboles lo vi, y luego estuvo por encima de los árboles. Arriba, arriba, se elevó y todo el mundo fue luz. Pasó, con un giro rápido y constante, a su mayor altitud y cayó desde allí hacia el Oeste. Vi el día rodar visiblemente sobre mi cabeza. Unas pocas nubes ligeras revolotearon hacia el Norte y desaparecieron. El sol se puso con una zambullida rápida y clara, y hubo a mi alrededor, por unos segundos, el gris más oscuro del crepúsculo.

Hacia el Sur y el Oeste, la luna se hundía rápidamente. La noche había llegado ya. Un minuto parecía, y la luna cayó esos brazas restantes de cielo oscuro. Otro minuto, o algo así, y el cielo del Este brilló con el amanecer venidero. El sol saltó sobre mí con una brusquedad aterradora y se elevó cada vez más rápido hacia el cenit. Entonces, de repente, una cosa nueva llegó a mi vista. Una nube de tormenta negra se precipitó desde el Sur y pareció saltar todo el arco del cielo en un solo instante. Mientras venía, vi que su borde que avanzaba se agitaba, como un paño negro monstruoso en el cielo, girando y ondulando rápidamente, con una sugerencia horrible. En un instante, todo el aire estuvo lleno de lluvia, y cien relámpagos parecieron inundar hacia abajo, como si fuera en un gran aguacero. En el mismo segundo de tiempo, el ruido del mundo fue ahogado por el rugido del viento, y luego mis oídos dolieron bajo el impacto ensordecedor del trueno.

Y, en medio de esta tormenta, llegó la noche; y luego, en el espacio de otro minuto, la tormenta había pasado y solo quedaba el "borrón" constante del ruido del mundo en mi audición. Sobre mi cabeza, las estrellas se deslizaban rápidamente hacia el Oeste; y algo, quizás la velocidad particular que habían alcanzado, me trajo, por primera vez, una aguda comprensión del conocimiento de que era el mundo el que giraba. Parecía ver, de repente, el mundo, una vasta masa oscura, girando visiblemente contra las estrellas.

El amanecer y el sol parecieron llegar juntos, tanto había aumentado la velocidad de la revolución mundial. El sol avanzó en una larga y constante curva; pasó su punto más alto y barrió hacia abajo hacia el cielo del Oeste y desapareció. Apenas era consciente de la tarde, tan breve era. Luego estaba observando las constelaciones voladoras y la luna que se apresuraba hacia el Oeste. En solo un espacio de segundos, parecía, se deslizaba rápidamente hacia abajo a través del azul nocturno, y luego se había ido. Y, casi directamente, llegó la mañana.

Y ahora parecía haber una extraña aceleración. El sol hizo un barrido limpio y claro a través del cielo y desapareció detrás del horizonte del Oeste, y la noche fue y vino con la misma prisa.

A medida que el día siguiente se abría y cerraba sobre el mundo, fui consciente de un sudor de nieve, repentinamente sobre la tierra. La noche llegó y, casi inmediatamente, el día. En el breve salto del sol, vi que la nieve había desaparecido; y luego, una vez más, fue de noche.

Así eran las cosas; e incluso después de las muchas cosas increíbles que he visto, experimenté todo el tiempo un asombro muy profundo. Ver al sol salir y ponerse, en un espacio de tiempo que se mide en segundos; observar (después de un poco) a la luna saltar, un orbe pálido y siempre creciente, hacia el cielo nocturno, y deslizarse, con una extraña rapidez, a través del vasto arco de azul; y, poco después, ver al sol seguirlo, brotando del cielo del Este, como si estuviera en persecución; y luego otra vez la noche, con el paso veloz y fantasmal de las constelaciones estelares, era demasiado para verlo creyéndolo. Sin embargo, así fue: el día deslizándose del amanecer al anochecer, y la noche deslizándose velozmente hacia el día, cada vez más rápida y más rápidamente.

Los últimos tres pasos del sol me habían mostrado una tierra cubierta de nieve, que, por la noche, había parecido, por unos segundos, increíblemente extraña bajo la luz que cambiaba rápidamente de la luna que se elevaba y caía. Ahora, sin embargo, por un pequeño espacio, el cielo estaba oculto por un mar de nubes blancas y plomizas que se balanceaban, que se iluminaban y oscurecían, alternativamente, con el paso del día y la noche.

Las nubes ondularon y desaparecieron, y hubo una vez más ante mí la visión del sol que saltaba velozmente, y las noches que venían y se iban como sombras.

Cada vez más rápido, giraba el mundo. Y ahora cada día y cada noche se completaban en el espacio de solo unos segundos; y aun así la velocidad aumentaba.

Fue un poco más tarde que noté que el sol había comenzado a tener la sospecha de una estela de fuego detrás. Esto se debía, evidentemente, a la velocidad a la que, aparentemente, atravesaba los cielos. Y, a medida que los días pasaban, cada uno más rápido que el anterior, el sol comenzó a asumir la apariencia de un vasto cometa en llamas, brillando a través del cielo a intervalos cortos y periódicos. Por la noche, la luna presentaba, con mucha mayor verdad, un aspecto de cometa; una forma de fuego pálida y singularmente clara, que viajaba rápido, arrastrando estelas de llama fría. Las estrellas se mostraban ahora, simplemente, como finos cabellos de fuego contra la oscuridad.

Una vez, me alejé de la ventana y miré a Pepper. En el destello de un día, vi que dormía tranquilamente, y me moví una vez más hacia mi observación.

El sol estaba ahora irrumpiendo desde el horizonte del Este, como un cohete estupendo, pareciendo ocupar no más de un segundo o dos en lanzarse de Este a Oeste. Ya no podía percibir el paso de las nubes a través del cielo, que parecía haberse oscurecido algo. Las breves noches parecían haber perdido la oscuridad propia de la noche; de modo que el fuego como de cabello de las estrellas voladoras se mostraba solo débilmente. A medida que la velocidad aumentaba, el sol comenzó a balancearse muy lentamente en el cielo, de Sur a Norte, y luego, lentamente otra vez, de Norte a Sur.

Así, en medio de una extraña confusión mental, pasaron las horas.

Todo este tiempo Pepper había dormido. Pronto, sintiéndome solo y angustiado, lo llamé suavemente; pero no prestó atención. De nuevo, lo llamé, elevando la voz ligeramente; todavía no se movió. Caminé hacia donde yacía y lo toqué con el pie para despertarlo. Ante la acción, suave aunque fue, se desmoronó. Eso es lo que sucedió; literalmente y realmente se convirtió en un montón de huesos y polvo que se pudría.

Por espacio de, tal vez, un minuto, miré hacia abajo al montón sin forma, que una vez fue Pepper. Me quedé allí, sintiéndome aturdido. ¿Qué puede haber pasado? Me pregunté; no captando de inmediato el sombrío significado de aquel pequeño montón de ceniza. Entonces, mientras removía el montón con el pie, se me ocurrió que esto solo podía suceder en un gran espacio de tiempo. Años... y años.

Afuera, la luz que se tejía y revoloteaba sostenía al mundo. Adentro, me quedé, tratando de entender qué significaba; qué significaba aquel pequeño montón de polvo y huesos secos en la alfombra. Pero no podía pensar con coherencia.

Desvié la mirada, recorrí la habitación y, por primera vez, noté cuán polvoriento y viejo parecía el lugar. Polvo y suciedad por todas partes; amontonados en pequeños montículos en los rincones y esparcidos sobre los muebles. La alfombra misma era invisible bajo una capa de ese material omnipresente. Al caminar, pequeñas nubes de esa sustancia se levantaban bajo mis pasos y asaltaban mis fosas nasales con un olor seco y amargo que me hacía jadear, ronco.

De pronto, al posarse de nuevo mi mirada sobre los restos de Pepper, me quedé quieto y di voz a mi confusión, preguntándome en voz alta si los años estaban, en verdad, pasando; si esto, que había tomado por una forma de visión, era, en realidad, una realidad. Hice una pausa. Un pensamiento nuevo me había asaltado. Rápidamente, pero con pasos que, por primera vez, noté que flaqueaban, crucé la habitación hacia el gran espejo de pared y me miré. Estaba demasiado cubierto de mugre para devolver reflejo alguno y, con manos temblorosas, comencé a frotar la suciedad. Al poco, pude verme. El pensamiento que me había asaltado se confirmó. En lugar del hombre grande y sano que apenas parecía tener cincuenta años, estaba mirando a un hombre encorvado y decrépito, cuyos hombros se hundían y cuyo rostro estaba arrugado por los años de un siglo. El cabello, que hace unas pocas horas había sido casi negro como el carbón, era ahora blanco plateado. Solo los ojos brillaban. Gradualmente, rastreé, en aquel hombre antiguo, un tenue parecido con mi yo de otros días.

Me alejé y avancé tambaleante hacia la ventana. Sabía, ahora, que era viejo, y el conocimiento parecía confirmar mi andar vacilante. Durante un breve espacio, miré con pesadumbre la vista borrosa de un paisaje cambiante. Incluso en ese corto lapso, pasó un año y, con un gesto petulante, dejé la ventana. Al hacerlo, noté que mi mano temblaba con la parálisis de la vejez; y un sollozo breve se abrió paso a través de mis labios.

Durante un rato, caminé con temblor entre la ventana y la mesa; mi mirada vagaba de aquí para allá, inquieta. Qué descuidada estaba la habitación. Por todas partes yacía el polvo espeso, espeso, soñoliento y negro. El guardafuegos era una forma de óxido. Las cadenas que sostenían las pesas de latón del reloj se habían oxidado hace mucho y ahora las pesas yacían en el suelo debajo; ellas mismas dos conos de cardenillo.

Mientras echaba un vistazo alrededor, me pareció que podía ver los muebles mismos de la habitación pudriéndose y decayendo ante mis ojos. Ni era esto fantasía por mi parte; pues, de repente, la estantería, a lo largo de la pared lateral, se desplomó con un crujido y desgarro de madera podrida, precipitando su contenido sobre el suelo y llenando la habitación con una sofocante nube de átomos polvorientos.

Qué cansado me sentía. Mientras caminaba, parecía que podía oír mis articulaciones secas crujir y chasquear a cada paso. Me pregunté por mi hermana. ¿Había muerto ella también, además de Pepper? Todo había sucedido tan rápida y repentinamente. ¡Esto debía ser, en verdad, el principio del fin de todas las cosas! Se me ocurrió ir a buscarla, pero me sentía demasiado fatigado. Y además, ella había estado tan rara con estos sucesos, últimamente. ¡Últimamente! Repetí las palabras y reí débilmente, sin alegría, al comprender que hablaba de un tiempo, medio siglo atrás. ¡Medio siglo! ¡Podría haber sido el doble de largo!

Me moví lentamente hacia la ventana y miré una vez más a través del mundo. Puedo describir mejor el paso del día y la noche, en este período, como una especie de parpadeo gigantesco y pesado. Momento a momento, la aceleración del tiempo continuó; de modo que, por las noches ahora, veía la luna solo como un rastro oscilante de fuego pálido, que variaba de una mera línea de luz a un camino nebuloso, y luego disminuía de nuevo, desapareciendo periódicamente.

El parpadeo de los días y las noches se aceleró. Los días se habían vuelto perceptiblemente más oscuros, y una extraña cualidad de penumbra yacía, por así decirlo, en la atmósfera. Las noches eran mucho más claras, de modo que las estrellas apenas podían verse, salvo aquí y allá una ocasional línea de fuego semejante a un cabello, que parecía oscilar un poco con la luna.

Más rápido, y cada vez más rápido, corría el parpadeo del día y la noche; y, de pronto, me di cuenta de que el parpadeo se había extinguido y, en su lugar, reinaba una luz comparativamente estable, que se derramaba sobre todo el mundo desde un río eterno de llamas que oscilaba arriba y abajo, de norte a sur, en columpios estupendos y poderosos.

El cielo se había vuelto ahora mucho más oscuro, y había en su azul una pesada lobreguez, como si una vasta negrura observara a través de él sobre la tierra. Sin embargo, había en él, también, una extraña y terrible claridad y vaciedad. Periódicamente, tenía vislumbres de un rastro fantasmal de fuego que oscilaba fino y oscuro hacia la corriente solar; desaparecía y reaparecía. Era la corriente lunar, apenas visible.

Al mirar el paisaje, fui consciente de nuevo de una especie de «centelleo» borroso, que provenía ya fuera de la luz de la corriente solar de oscilación pesada, o era el resultado de los cambios increíblemente rápidos de la superficie terrestre. Y cada pocos momentos, al parecer, la nieve caía de repente sobre el mundo y desaparecía tan abruptamente, como si un gigante invisible «centelleara» una sábana blanca sobre la tierra y la quitara.

El tiempo huyó, y el cansancio que era mío se volvió insoportable. Me alejé de la ventana y caminé una vez por la habitación, el polvo espeso amortiguando el sonido de mis pasos. Cada paso que daba parecía un esfuerzo mayor que el anterior. Un dolor intolerable me aquejaba en cada articulación y extremidad, mientras caminaba con una cansada incertidumbre.

Junto a la pared opuesta, hice una débil pausa y me pregunté, vagamente, cuál era mi propósito. Miré a mi izquierda y vi mi vieja silla. El pensamiento de sentarme en ella trajo una tenue sensación de alivio a mi desconcertada miseria. Sin embargo, debido a que estaba tan cansado, viejo y agotado, apenas podía esforzar mi mente para hacer otra cosa que estar de pie y desear haber superado esos pocos metros. Me balanceaba al estar de pie. El suelo mismo parecía un lugar para descansar; pero el polvo yacía tan espeso, soñoliento y negro. Me giré, con un gran esfuerzo de voluntad, y me dirigí hacia mi silla. La alcancé con un gemido de agradecimiento. Me senté.

Todo a mi alrededor parecía volverse tenue. Era todo tan extraño e inesperado. Anoche, yo era un hombre comparativamente fuerte, aunque anciano; y ahora, ¡solo unas pocas horas después...! Miré el pequeño montón de polvo que alguna vez había sido Pepper. ¡Horas! Y reí, una risa débil y amarga; una risa estridente y cacareante que escandalizó mis sentidos debilitados.

Por un tiempo, debí de haberme quedado dormido. Luego abrí los ojos, sobresaltado. En algún lugar al otro lado de la habitación, se había oído un ruido sordo de algo cayendo. Miré y vi, vagamente, una nube de polvo flotando sobre un montón de escombros. Más cerca de la puerta, otra cosa se desplomó con un estrépito. Era uno de los armarios; pero estaba cansado y apenas le presté atención. Cerré los ojos y me senté allí en un estado de somnolienta semiinconsciencia. Una o dos veces, como si viniera a través de espesas nieblas, oí ruidos, débilmente. Luego debí de haberme dormido.

XVI

EL DESPERTAR

Desperté, sobresaltado. Por un momento, me pregunté dónde estaba. Entonces la memoria volvió a mí...

La habitación todavía estaba iluminada con esa extraña luz: luz mitad sol, mitad luna. Me sentí renovado y el cansancio agotador me había abandonado. Fui lentamente hacia la ventana y miré hacia afuera. Arriba, el río de llamas corría arriba y abajo, al norte y al sur, en un semicírculo danzante de fuego. Como un poderoso trineo en el telar del tiempo, parecía —en una ocurrencia repentina mía— estar golpeando hacia adentro las pasadas de los años. Pues, tan vastamente se había acelerado el paso del tiempo, que ya no había sentido alguno del sol pasando de este a oeste. El único movimiento aparente era el latido norte y sur de la corriente solar, que se había vuelto tan veloz ahora que era mejor describirlo como un temblor.

Mientras observaba, me vino un recuerdo repentino e inconsecuente de aquel último viaje entre los mundos exteriores. Recordé la visión repentina que había tenido, al acercarme al sistema solar, de los planetas girando velozmente alrededor del sol, como si la cualidad gobernante del tiempo se hubiera mantenido en suspenso y se hubiera permitido a la máquina de un universo agotarse en una eternidad, en unos pocos momentos u horas. El recuerdo pasó, junto con una sugerencia, solo parcialmente comprendida, de que se me había permitido un vistazo a espacios de tiempo más lejanos. Miré de nuevo, al parecer, al temblor de la corriente solar. La velocidad parecía aumentar, incluso mientras miraba. Varias vidas fueron y vinieron mientras observaba.

De repente, me golpeó, con una especie de gravedad grotesca, que todavía estaba vivo. Pensé en Pepper y me pregunté cómo era que no había seguido su destino. Él había llegado al tiempo de su muerte y había pasado, probablemente por pura extensión de años. Y aquí estaba yo, vivo, cientos de miles de siglos después de mi debido período de años.

Por un tiempo, medité, distraído. «Ayer...» Me detuve, de repente. ¡Ayer! No había ayer. El ayer del que hablaba había sido tragado por el abismo de los años, hace siglos. Me quedé aturdido de tanto pensar.

Al poco, me alejé de la ventana y miré alrededor de la habitación. Parecía diferente, extraña, completamente diferente. Entonces supe qué era lo que la hacía parecer tan extraña. Estaba vacía: no había ni un mueble en la habitación; ni siquiera un accesorio solitario de ningún tipo. Gradualmente, mi asombro desapareció al recordar que este era solo el fin inevitable de aquel proceso de decadencia que había presenciado comenzar antes de mi sueño. ¡Miles de años! ¡Millones de años!

Sobre el suelo se extendía una capa profunda de polvo que llegaba hasta la mitad del asiento de la ventana. Había crecido inconmensurablemente mientras dormía; y representaba el polvo de edades incalculables. Indudablemente, los átomos de los viejos muebles descompuestos ayudaron a aumentar su volumen; y, en algún lugar entre todo ello, se desmoronaba el Pepper muerto hace mucho tiempo.

De repente, se me ocurrió que no tenía recuerdo de haber caminado con el agua hasta las rodillas a través de todo ese polvo después de despertar. Cierto, una edad increíble de años había pasado desde que me acerqué a la ventana; pero eso era evidentemente nada, comparado con los incontables espacios de tiempo que, concebí, habían desaparecido mientras dormía. Recordé ahora que me había quedado dormido sentado en mi vieja silla. ¿Había desaparecido...? Miré hacia donde había estado. Por supuesto, no había ninguna silla a la vista. No podía asegurarme de si había desaparecido después de mi despertar o antes. Si se hubiera desmoronado bajo mí, seguramente me habría despertado el colapso. Entonces recordé que el polvo espeso que cubría el suelo habría sido suficiente para amortiguar mi caída; así que era muy posible que hubiera dormido sobre el polvo durante un millón de años o más.

Mientras estos pensamientos vagaban por mi cerebro, miré de nuevo, casualmente, hacia donde había estado la silla. Entonces, por primera vez, noté que no había marcas, en el polvo, de mis huellas entre ella y la ventana. Pero entonces, edades de años habían pasado desde que desperté: ¡decenas de miles de años!

Mi mirada descansó pensativa, de nuevo, sobre el lugar donde alguna vez había estado mi silla. De repente, pasé de la abstracción a la intención; pues allí, en su lugar, distinguí una larga ondulación, redondeada con el polvo espeso. Sin embargo, no estaba tan oculta como para no poder decir qué la había causado. Lo supe —y me estremecí ante el conocimiento— que era un cuerpo humano, muerto hace edades, yaciendo allí, bajo el lugar donde había dormido. Yacía sobre su lado derecho, con la espalda vuelta hacia mí. Podía distinguir y trazar cada curva y contorno, suavizado y moldeado, por así decirlo, en el polvo negro. De una manera vaga, intenté dar cuenta de su presencia allí. Lentamente, comencé a sentirme desconcertado, al llegar a mí el pensamiento de que yacía justo donde yo debí de haber caído cuando la silla se colapsó.

Gradualmente, una idea comenzó a formarse dentro de mi cerebro; un pensamiento que sacudió mi espíritu. Parecía horrible e insoportable; sin embargo, creció en mí, constantemente, hasta convertirse en una convicción. El cuerpo bajo esa capa, ese sudario de polvo, no era ni más ni menos que mi propia cáscara muerta. No intenté probarlo. Lo sabía ahora, y me preguntaba por qué no lo había sabido todo el tiempo. Yo era una cosa sin cuerpo.

Por un tiempo, permanecí de pie, tratando de ajustar mis pensamientos a este nuevo problema. Con el tiempo —cuántos miles de años, no lo sé— alcancé cierto grado de quietud, suficiente para permitirme prestar atención a lo que estaba sucediendo a mi alrededor.

Ahora, vi que el montículo alargado se había hundido, colapsado, al nivel del resto del polvo que se extendía. Y átomos frescos, impalpables, se habían asentado sobre esa mezcla de polvo de tumba, que los eones habían molido. Un largo tiempo permanecí de pie, vuelto de espaldas a la ventana. Gradualmente, me sentí más sereno, mientras el mundo se deslizaba a través de los siglos hacia el futuro.

Al poco, comencé un examen de la habitación. Ahora, vi que el tiempo estaba comenzando su labor destructiva, incluso en este extraño edificio antiguo. Que hubiera resistido todos los años era, me pareció, prueba de que era algo diferente de cualquier otra casa. No creo, de alguna manera, haber pensado en que se descompusiera. Aunque, por qué, no podría haberlo dicho. No fue hasta que hube meditado sobre el asunto, durante un tiempo considerable, que me di plena cuenta de que el extraordinario espacio de tiempo a través del cual había resistido, era suficiente para haber pulverizado completamente las mismas piedras de las que estaba construido, si hubieran sido tomadas de cualquier cantera terrenal. Sí, indudablemente se estaba desmoronando ahora. Todo el yeso había desaparecido de las paredes; tal como la madera de la habitación había desaparecido, muchas edades antes.

Mientras permanecía en contemplación, un trozo de vidrio, de uno de los pequeños paneles en forma de diamante, cayó, con un golpe sordo, entre el polvo sobre el alféizar detrás de mí, y se desmoronó en un pequeño montón de polvo. Al girarme tras contemplarlo, vi luz entre un par de las piedras que formaban la pared exterior. Evidentemente, el mortero se estaba desprendiendo...

Después de un tiempo, me volví una vez más hacia la ventana y miré hacia afuera. Descubrí, ahora, que la velocidad del tiempo se había vuelto enorme. El temblor lateral de la corriente solar se había vuelto tan veloz como para causar que el semicírculo danzante de fuego se fusionara y desapareciera en una hoja de fuego que cubría la mitad del cielo del sur de este a oeste.

Desde el cielo, miré hacia abajo a los jardines. Eran solo una mancha de un verde pálido y sucio. Tenía la sensación de que estaban más altos que en los viejos tiempos; una sensación de que estaban más cerca de mi ventana, como si hubieran ascendido, corporalmente. Sin embargo, todavía estaban muy por debajo de mí; pues la roca, sobre la boca del pozo, sobre la que se alza esta casa, se arquea hasta una gran altura.

Fue más tarde, cuando noté un cambio en el color constante de los jardines. El verde pálido y sucio se volvía cada vez más y más pálido, hacia el blanco. Al final, después de un gran espacio, se volvieron de un blanco grisáceo y permanecieron así durante mucho tiempo. Finalmente, sin embargo, la grisura comenzó a desvanecerse, tal como lo había hecho el verde, hacia un blanco muerto. Y esto permaneció, constante y sin cambios. Y por esto supe que, al fin, la nieve yacía sobre todo el mundo del norte.

Y así, por millones de años, el tiempo voló hacia adelante a través de la eternidad, hasta el fin: el fin, en el que, en los días de la vieja tierra, había pensado de manera remota y especulativa. Y ahora, se acercaba de una manera con la que nadie había soñado jamás.

Recuerdo que, por esta época, comencé a tener una viva, aunque morbosa, curiosidad sobre lo que sucedería cuando llegara el fin, pero parecía extrañamente desprovisto de imaginaciones.

Durante todo este tiempo, el proceso constante de decadencia continuaba. Los pocos trozos de vidrio restantes habían desaparecido hace mucho tiempo; y, de vez en cuando, un golpe sordo y una pequeña nube de polvo ascendente informaban de algún fragmento de mortero o piedra caída.

Miré hacia arriba de nuevo, a la hoja ardiente que temblaba en los cielos sobre mí y muy abajo en el cielo del sur. Mientras miraba, la impresión se grabó en mí de que había perdido algo de su primer brillo, que era más opaco, de un tono más profundo.

Miré hacia abajo, una vez más, al blanco borroso del paisaje mundial. A veces, mi mirada volvía a la hoja ardiente de llama opaca, que era, y sin embargo ocultaba, el sol. A veces, miraba detrás de mí, hacia la penumbra creciente de la gran habitación silenciosa, con su alfombra de eones de polvo durmiente...

Así, observé a través de las edades fugaces, perdido en pensamientos y dudas que desgastaban el alma, y poseído por un nuevo cansancio.

XVII

LA ROTACIÓN LENTA

Podría haber sido un millón de años después, cuando percibí, más allá de toda posibilidad de duda, que la hoja ardiente que iluminaba el mundo estaba, de hecho, oscureciéndose.

Otro vasto espacio pasó, y toda la enorme llama se había hundido a un color cobre profundo. Gradualmente, se oscureció, de cobre a rojo cobre, y de esto, a veces, a un tinte violáceo profundo y pesado, con, en él, una extraña apariencia de sangre.

Aunque la luz estaba disminuyendo, no pude percibir ninguna disminución en la velocidad aparente del sol. Todavía se extendía en ese velo deslumbrante de velocidad.

El mundo, tanto de él como pude ver, había asumido una sombra terrible de lobreguez, como si, en verdad, el último día de los mundos se acercara.

El sol estaba muriendo; de eso podía haber pocas dudas; y todavía la tierra giraba hacia adelante, a través del espacio y todos los eones. En este tiempo, recuerdo, una extraordinaria sensación de desconcierto se apoderó de mí. Me encontré, más tarde, vagando, mentalmente, en medio de un extraño caos de teorías modernas fragmentarias y la vieja historia bíblica del fin del mundo.

Entonces, por primera vez, cruzó por mi mente el recuerdo de que el sol, con su sistema de planetas, estaba, y había estado, viajando a través del espacio a una velocidad increíble. Abruptamente, surgió la pregunta: ¿Adónde? Durante un tiempo muy largo, reflexioné sobre este asunto; pero, finalmente, con cierto sentido de la inutilidad de mis acertijos, dejé que mis pensamientos vagaran hacia otras cosas. Comencé a preguntarme cuánto tiempo más resistiría la casa. Además, me pregunté a mí mismo si estaría condenado a permanecer, sin cuerpo, sobre la tierra, a través del tiempo oscuro que sabía que venía. De estos pensamientos, caí de nuevo en especulaciones sobre la posible dirección del viaje del sol a través del espacio... Y así pasó otro gran tiempo.

Gradualmente, mientras el tiempo huía, comencé a sentir el frío de un gran invierno. Entonces, recordé que, con el sol muriendo, el frío debía ser, necesariamente, extraordinariamente intenso. Lentamente, lentamente, mientras los eones se deslizaban hacia la eternidad, la tierra se hundió en una penumbra más pesada y roja. La llama opaca en el firmamento adquirió un tinte más profundo, muy sombrío y turbio.

Entonces, al fin, se me hizo evidente que había un cambio. La cortina ardiente y sombría de llamas que colgaba temblando arriba, y hacia abajo en el cielo del sur, comenzó a adelgazarse y contraerse; y, en ella, como uno ve las rápidas vibraciones de una cuerda de arpa golpeada, vi una vez más la corriente solar estremeciéndose, vertiginosamente, al norte y al sur.

Lentamente, la semejanza con una hoja de fuego desapareció, y vi, claramente, el latido lento de la corriente solar. Sin embargo, incluso entonces, la velocidad de su oscilación era inconcebiblemente rápida. Y todo el tiempo, el brillo del arco ardiente se volvía cada vez más opaco. Debajo, el mundo aparecía débilmente: una región fantasmal e indistinta.

Arriba, el río de fuego se balanceaba cada vez más lento, y más lento aún; hasta que, por fin, osciló hacia el Norte y el Sur en grandes y pesados latidos que duraban segundos. Pasó un largo espacio, y ahora cada balanceo del gran cinturón duraba casi un minuto; de modo que, al cabo de mucho tiempo, dejé de distinguirlo como un movimiento visible; y el fuego que fluía corría en un río constante de llama mortecina a través del cielo de aspecto letal.

Transcurrió un período indefinido, y pareció que el arco de fuego perdía su definición. Me pareció volverse más tenue, y pensé que aparecían, ocasionalmente, vetas negruzcas. Al poco tiempo, mientras observaba, el suave flujo hacia adelante cesó; y pude percibir que sobrevenía un oscurecimiento momentáneo, pero regular, del mundo. Esto creció hasta que, una vez más, la noche descendió en intervalos breves, pero periódicos, sobre la tierra extenuada.

Cada vez más largas se volvieron las noches, y los días las igualaron; de modo que, al final, el día y la noche llegaron a durar segundos, y el sol se mostró, una vez más, como una bola de color rojo cobrizo casi invisible dentro de la bruma brillante de su vuelo. En correspondencia con las líneas oscuras que aparecían a veces en su estela, ahora se podían ver claramente en el mismo sol, medio visible, grandes cinturones oscuros.

Año tras año pasaron en un destello, y los días y las noches se extendieron hasta durar minutos. El sol había dejado de tener la apariencia de una cola; y ahora salía y se ponía como un tremendo globo de un tono bronce cobrizo brillante; en partes rodeado por bandas de color rojo sangre; en otras, con las oscuras que ya he mencionado. Estos círculos —tanto los rojos como los negros— eran de espesores variables. Durante un tiempo, no supe cómo explicar su presencia. Luego se me ocurrió que era poco probable que el sol se enfriara uniformemente por todas partes; y que estas marcas se debían, probablemente, a diferencias en la temperatura de las diversas áreas; el rojo representaba aquellas partes donde el calor era aún ferviente, y el negro aquellas porciones que ya estaban comparativamente frías.

Me llamó la atención, como algo peculiar, que el sol se enfriara en anillos definidos uniformemente; hasta que recordé que, posiblemente, no fueran más que parches aislados a los que la enorme velocidad rotatoria del sol había conferido una apariencia de cinturón. El sol mismo era mucho más grande que el sol que había conocido en los días del viejo mundo; y, a partir de esto, deduje que estaba considerablemente más cerca.

Por las noches, la luna aún se mostraba; pero pequeña y remota; y la luz que reflejaba era tan apagada y débil que parecía poco más que el pequeño y tenue fantasma de la antigua luna que yo había conocido.

Gradualmente, los días y las noches se alargaron hasta igualar un espacio algo menor que una de las horas de la vieja Tierra; el sol salía y se ponía como un gran disco de bronce rojizo, cruzado por barras de color negro tinta. Por esta época, me encontré capaz, una vez más, de ver los jardines con claridad. Pues el mundo se había vuelto ahora muy silencioso e inmutable. Sin embargo, no es correcto decir «jardines»; pues no había jardines, nada que yo conociera o reconociera. En su lugar, contemplaba una vasta llanura que se extendía hacia la distancia. Un poco a mi izquierda, había una baja cadena de colinas. Por todas partes, había una cubierta uniforme de nieve blanca, que en algunos lugares se elevaba formando montículos y crestas.

Solo entonces reconocí cuán grande había sido realmente la nevada. En algunos lugares era inmensamente profunda, como lo atestiguaba una gran colina con forma de ola que surgía hacia mi derecha; aunque no es imposible que esto se debiera, en parte, a alguna elevación en la superficie del terreno. Curiosamente, la cadena de colinas bajas a mi izquierda —ya mencionada— no estaba completamente cubierta por la nieve universal; en cambio, podía ver sus laderas desnudas y oscuras asomando en varios lugares. Y por todas partes y siempre reinaba un increíble silencio de muerte y desolación. La inmutable y terrible quietud de un mundo moribundo.

Durante todo este tiempo, los días y las noches se alargaban perceptiblemente. Ya cada día ocupaba, tal vez, unas dos horas desde el amanecer hasta el anochecer. Por la noche, me había sorprendido descubrir que había muy pocas estrellas sobre mi cabeza, y estas pequeñas, aunque de un brillo extraordinario; lo cual atribuí a la peculiar, pero clara, negrura de la noche.

Hacia el Norte, podía discernir una especie de bruma nebulosa; no distinta, en apariencia, a una pequeña porción de la Vía Láctea. Podría haber sido un cúmulo estelar extremadamente remoto; o —el pensamiento me vino de repente— tal vez era el universo sideral que yo había conocido, y que ahora dejaba muy atrás, para siempre; una pequeña y tenue bruma de estrellas, lejos en las profundidades del espacio.

Aun así, los días y las noches se alargaban lentamente. Cada vez, el sol salía más apagado de lo que se había puesto. Y los cinturones oscuros aumentaban en anchura.

Por esta época, sucedió algo nuevo. El sol, la tierra y el cielo se oscurecieron repentinamente y, aparentemente, se borraron por un breve espacio. Tuve la sensación, una cierta conciencia (poco podía aprender mediante la vista), de que la tierra estaba soportando una gran caída de nieve. Luego, en un instante, el velo que había oscurecido todo se desvaneció, y miré hacia afuera una vez más. Una visión maravillosa se presentó ante mi mirada. La hondonada en la que se encuentra esta casa, con sus jardines, estaba colmada de nieve. Llegaba hasta el alféizar de mi ventana. Por todas partes se extendía, un gran trecho nivelado de blanco, que captaba y reflejaba, con tristeza, los sombríos resplandores cobrizos del sol moribundo. El mundo se había convertido en una llanura sin sombras, de horizonte a horizonte.

Miré hacia el sol. Brillaba con una claridad apagada y extraordinaria. Lo veía, ahora, como alguien que, hasta entonces, solo lo había visto a través de un medio parcialmente oscurecedor. A su alrededor, el cielo se había vuelto negro, con una negrura clara y profunda, aterradora en su cercanía, en su profundidad inmensurable y en su absoluta hostilidad. Durante mucho tiempo, miré hacia él, de nuevo, conmocionado y temeroso. Estaba tan cerca. Si hubiera sido un niño, podría haber expresado algo de mi sensación y angustia diciendo que el cielo había perdido su techo.

Más tarde, me giré y escudriñé a mi alrededor, en la habitación. Por todas partes, estaba cubierta con un fino sudario del blanco omnipresente. Podía verlo solo tenuemente, debido a la luz sombría que ahora iluminaba el mundo. Parecía adherirse a las paredes en ruinas; y el polvo grueso y suave de los años, que cubría el suelo hasta las rodillas, no era visible por ninguna parte. La nieve debió de haber entrado a través de la estructura abierta de las ventanas. Sin embargo, en ningún lugar se había acumulado en ventisqueros; sino que yacía por todas partes en la gran y vieja habitación, lisa y nivelada. Además, no había habido viento en estos muchos miles de años. Pero allí estaba la nieve, como he contado.

Y toda la tierra estaba en silencio. Y había un frío, tal como ningún hombre vivo pudo haber conocido jamás.

La tierra estaba ahora iluminada, de día, con una luz de lo más lúgubre, más allá de mi capacidad de descripción. Parecía como si mirara la gran llanura a través del medio de un mar teñido de bronce.

Era evidente que el movimiento rotatorio de la tierra estaba desapareciendo, constantemente.

El fin llegó, todo a la vez. La noche había sido la más larga hasta el momento; y cuando el sol moribundo apareció, al fin, sobre el borde del mundo, me había cansado tanto de la oscuridad que lo saludé como a un amigo. Se elevó constantemente, hasta unos veinte grados sobre el horizonte. Entonces, se detuvo de repente y, tras un extraño movimiento retrógrado, quedó inmóvil: un gran escudo en el cielo. Solo el borde circular del sol se veía brillante; solo esto, y una fina raya de luz cerca del ecuador.

Gradualmente, incluso este hilo de luz se extinguió; y ahora, todo lo que quedaba de nuestro gran y glorioso sol era un vasto disco muerto, bordeado por un fino círculo de luz rojo bronce.

XVIII

LA ESTRELLA VERDE

El mundo estaba sumido en una penumbra salvaje, fría e intolerable. Afuera, todo estaba tranquilo; ¡tranquilo! Desde la oscura habitación detrás de mí, venía el golpe suave y ocasional de materia que caía: fragmentos de piedra podrida. Así pasó el tiempo, y la noche se apoderó del mundo, envolviéndolo en mortajas de una negrura impenetrable.

No había cielo nocturno, tal como lo conocemos. Incluso las pocas estrellas dispersas habían desaparecido, definitivamente. Podría haber estado en una habitación cerrada, sin luz; por todo lo que podía ver. Solo, en la impalpabilidad de la penumbra, enfrente, ardía ese vasto cabello circundante de fuego apagado. Más allá de esto, no había rayo en toda la inmensidad de la noche que me rodeaba; salvo que, lejos en el Norte, ese brillo suave y neblinoso aún resplandecía.

Silenciosamente, los años avanzaron. Qué período de tiempo pasó, nunca lo sabré. Me pareció, esperando allí, que las eternidades venían y se iban, sigilosamente; y aun así observé. Solo podía ver el resplandor del borde del sol a veces; pues ahora había comenzado a ir y venir, iluminando un rato y volviéndose a extinguir después.

De repente, durante uno de estos períodos de vida, una llama repentina cortó la noche: un resplandor rápido que iluminó la tierra muerta brevemente, dándome un vistazo de su soledad plana. La luz parecía provenir del sol, disparándose desde algún lugar cerca de su centro, diagonalmente. Por un momento, observé, sobresaltado. Luego la llama saltarina se hundió, y la penumbra cayó de nuevo. Pero ahora no estaba tan oscuro; y el sol estaba ceñido por una fina línea de vívida luz blanca. Miré fijamente, con atención. ¿Había estallado un volcán en el sol? Sin embargo, negué el pensamiento tan pronto como se formó. Sentí que la luz había sido demasiado intensamente blanca y grande para tal causa.

Otra idea se me ocurrió. Fue que uno de los planetas interiores había caído en el sol, volviéndose incandescente bajo ese impacto. Esta teoría me pareció más plausible y explicaba de manera más satisfactoria el tamaño y el brillo extraordinarios del resplandor que había iluminado el mundo muerto, tan inesperadamente.

Lleno de interés y emoción, miré, a través de la oscuridad, esa línea de fuego blanco que cortaba la noche. Una cosa me dijo, inequívocamente: el sol todavía estaba girando a una velocidad enorme. Así, supe que los años seguían pasando a un ritmo incalculable; aunque, en lo que respecta a la Tierra, la vida, la luz y el tiempo eran cosas pertenecientes a un período perdido en las edades hace mucho tiempo transcurridas.

Después de ese único estallido de llama, la luz se había mostrado solo como una banda circundante de fuego brillante. Ahora, sin embargo, mientras observaba, comenzó lentamente a hundirse en un tinte rojizo y, más tarde, en un color rojo cobre oscuro; tal como había hecho el sol. Pronto, se hundió en un tono más profundo; y, en un espacio de tiempo aún mayor, comenzó a fluctuar, teniendo períodos de resplandor y, luego, de extinción. Así, después de mucho tiempo, desapareció.

Mucho antes de esto, el borde humeante del sol se había amortiguado hasta volverse negro. Y así, en ese tiempo supremamente futuro, el mundo, oscuro e intensamente silencioso, avanzaba en su lúgubre órbita alrededor de la masa pesada del sol muerto.

Mis pensamientos, en este período, apenas pueden describirse. Al principio, eran caóticos y carentes de coherencia. Pero, más tarde, a medida que las edades iban y venían, mi alma pareció absorber la esencia misma de la opresiva soledad y tristeza que se apoderaba de la tierra.

Con este sentimiento, llegó una maravillosa claridad de pensamiento, y me di cuenta, desesperadamente, de que el mundo podría vagar para siempre a través de esa enorme noche. Por un tiempo, la idea insalubre me llenó con una sensación de desolación abrumadora; tanto que podría haber llorado como un niño. Con el tiempo, sin embargo, este sentimiento disminuyó, casi insensiblemente, y una esperanza irracional me poseyó. Pacientemente, esperé.

De vez en cuando, el ruido de partículas que caían, atrás en la habitación, llegaba sordamente a mis oídos. Una vez, escuché un fuerte estruendo y me giré, instintivamente, para mirar; olvidando, por un momento, la noche impenetrable en la que cada detalle estaba sumergido. Al poco, mi mirada buscó los cielos; girando, inconscientemente, hacia el Norte. Sí, el brillo nebuloso aún se mostraba. De hecho, casi podría haber imaginado que se veía algo más claro. Durante mucho tiempo, mantuve mi mirada fija en él; sintiendo, en mi solitaria alma, que su suave neblina era, de algún modo, un vínculo con el pasado. ¡Extraño, las bagatelas de las que uno puede extraer consuelo! Y sin embargo, si tan solo hubiera sabido... Pero llegaré a eso en su momento oportuno.

Durante un espacio muy largo, observé sin experimentar ninguno de los deseos de dormir que tan pronto me habrían visitado en los días de la vieja Tierra. Cómo lo habría agradecido; aunque solo fuera para haber pasado el tiempo lejos de mis perplejidades y pensamientos.

Varias veces, el sonido reconfortante de algún gran trozo de mampostería cayendo perturbó mis meditaciones; y, una vez, me pareció oír susurros en la habitación, detrás de mí. Sin embargo, era totalmente inútil intentar ver algo. Tal negrura, como la que existía, difícilmente puede concebirse. Era palpable y horriblemente brutal para los sentidos; como si algo muerto se presionara contra mí, algo suave y heladamente frío.

Bajo todo esto, creció dentro de mi mente una gran y abrumadora angustia de inquietud, que solo me dejaba para hundirme en una incómoda cavilación. Sentí que debía luchar contra ello; y, poco después, esperando distraer mis pensamientos, me giré hacia la ventana y miré hacia el Norte, en busca de la blancura nebulosa que, aún, creía que era el lejano y brumoso resplandor del universo que habíamos dejado. Incluso mientras levantaba mis ojos, me sentí emocionado con un sentimiento de asombro; pues, ahora, la luz neblinosa se había resuelto en una sola gran estrella de un vívido color verde.

Mientras miraba, asombrado, el pensamiento cruzó mi mente: que la tierra debía estar viajando hacia la estrella; no alejándose, como había imaginado. Después, que no podía ser el universo que la tierra había dejado; sino, posiblemente, una estrella periférica, perteneciente a algún vasto cúmulo estelar, oculto en las enormes profundidades del espacio. Con un sentimiento de asombro y curiosidad mezclados, la observé, preguntándome qué cosa nueva se me iba a revelar.

Por un tiempo, pensamientos y especulaciones vagas me ocuparon, durante los cuales mi mirada habitó insaciablemente en ese único punto de luz, en la oscuridad que, de otro modo, era como un pozo. La esperanza creció dentro de mí, desterrando la opresión de la desesperación, que me había parecido sofocar. Dondequiera que la tierra estuviera viajando, al menos se dirigía una vez más hacia los reinos de la luz. ¡Luz! Uno debe pasar una eternidad envuelto en una noche sin sonido para comprender el horror total de estar sin ella.

Lenta, pero seguramente, la estrella creció ante mi visión, hasta que, con el tiempo, brilló tan intensamente como lo había hecho el planeta Júpiter en los días de la vieja Tierra. Con el aumento de tamaño, su color se volvió más impresionante; recordándome una enorme esmeralda, destellando rayos de fuego a través del mundo.

Los años pasaron en silencio, y la estrella verde creció hasta convertirse en una gran mancha de llama en el cielo. Un poco más tarde, vi algo que me llenó de asombro. Era el contorno fantasmal de una vasta media luna, en la noche; una gigantesca luna nueva, que parecía estar creciendo desde la penumbra circundante. Completamente confundido, miré fijamente hacia ella. Parecía estar bastante cerca, comparativamente; y me devanaba los sesos tratando de entender cómo la tierra había llegado tan cerca de ella sin que yo la hubiera visto antes.

La luz, arrojada por la estrella, se volvió más fuerte; y, de pronto, me di cuenta de que era posible ver el paisaje terrestre de nuevo; aunque indistintamente. Durante un tiempo, miré fijamente, tratando de discernir si podía distinguir algún detalle de la superficie del mundo, pero encontré la luz insuficiente. Al poco, abandoné el intento y miré una vez más hacia la estrella. Incluso en el corto espacio en que mi atención se había desviado, había aumentado considerablemente, y ahora parecía, a mi vista desconcertada, aproximadamente un cuarto del tamaño de la luna llena. La luz que arrojaba era extraordinariamente poderosa; sin embargo, su color era tan abominablemente desconocido, que lo poco que podía ver del mundo parecía irreal; más como si mirara hacia un paisaje de sombras que cualquier otra cosa.

Durante todo este tiempo, la gran media luna aumentaba en brillo y comenzó, ahora, a brillar con un tono perceptible de verde. Constantemente, la estrella aumentó en tamaño y brillo, hasta que se mostró, completamente, tan grande como la mitad de una luna llena; y, a medida que crecía más y más brillante, así la vasta media luna arrojaba más y más luz, aunque de un tono cada vez más profundo de verde. Bajo el resplandor combinado de sus fulgores, el desierto que se extendía ante mí se volvió constantemente más visible. Pronto, parecí capaz de observar toda la extensión del mundo, que ahora aparecía, bajo la extraña luz, terrible en su fría y espantosa tristeza plana.

Fue un poco más tarde cuando mi atención se vio atraída por el hecho de que la gran estrella de llama verde se estaba hundiendo lentamente desde el Norte hacia el Este. Al principio, apenas pude creer que veía correctamente; pero pronto no hubo duda de que así era. Gradualmente, se hundió y, a medida que caía, la vasta media luna de verde brillante comenzó a menguar y menguar, hasta convertirse en un mero arco de luz contra el cielo de color lívido. Más tarde desapareció, desvaneciéndose en el mismo lugar del que la había visto emerger lentamente.

Para este momento, la estrella había llegado a unos treinta grados del horizonte oculto. En tamaño podría haber rivalizado con la luna llena; aunque, todavía, no podía distinguir su disco. Este hecho me llevó a concebir que todavía estaba a una distancia extraordinaria; y, siendo así, supe que su tamaño debía ser enorme, más allá de la concepción humana para entender o imaginar.

De repente, mientras observaba, el borde inferior de la estrella desapareció, cortado por una línea recta y oscura. Un minuto —o un siglo— pasó, y se sumergió más, hasta que la mitad de ella había desaparecido de la vista. Muy lejos, en la gran llanura, vi una sombra monstruosa ocultándola y avanzando rápidamente. Solo un tercio de la estrella era visible ahora. Entonces, como un destello, la solución a este fenómeno extraordinario se reveló ante mí. La estrella se estaba hundiendo detrás de la enorme masa del sol muerto. O mejor dicho, el sol —obediente a su atracción— estaba elevándose hacia ella, con la tierra siguiéndolo en su estela. Mientras estos pensamientos se expandían en mi mente, la estrella desapareció; quedando completamente oculta por el tremendo volumen del sol. Sobre la tierra cayó, una vez más, la noche que acechaba.

Con la oscuridad, llegó una sensación intolerable de soledad y temor. Por primera vez, pensé en el Abismo y sus habitantes. Después de eso, surgió en mi memoria la Cosa aún más terrible, que había acechado las orillas del Mar del Sueño y acechaba en las sombras de este viejo edificio. ¿Dónde estaban? Me preguntaba, y temblaba con pensamientos miserables. Por un tiempo, el miedo me dominó, y recé, salvaje e incoherentemente, por algún rayo de luz con el que disipar la fría negrura que envolvía al mundo.

Cuánto tiempo esperé, es imposible decirlo; ciertamente por un período muy grande. Entonces, de repente, vi un reflejo de luz brillar adelante. Gradualmente, se volvió más distinto. De pronto, un rayo de verde vívido brilló a través de la oscuridad. En el mismo momento, vi una fina línea de llama lívida, lejos en la noche. Un instante, pareció, y había crecido hasta convertirse en un gran coágulo de fuego; bajo el cual, el mundo yacía bañado en un resplandor de luz verde esmeralda. Constantemente creció, hasta que, poco después, la totalidad de la estrella verde apareció de nuevo. Pero ahora, difícilmente podría llamarse estrella; pues había aumentado a vastas proporciones, siendo incomparablemente mayor de lo que el sol había sido en los tiempos antiguos.

«Entonces, mientras miraba fijamente, me di cuenta de que podía ver el borde del sol sin vida, brillando como una gran media luna. Lentamente, su superficie iluminada se ensanchó ante mí, hasta que la mitad de su diámetro fue visible; y la estrella comenzó a descender a mi derecha. El tiempo pasó, y la tierra avanzó, atravesando lentamente la tremenda cara del sol muerto.»

Gradualmente, a medida que la tierra avanzaba, la estrella cayó aún más hacia la derecha; hasta que, al fin, brilló en la parte trasera de la casa, enviando un torrente de rayos quebrados a través de las paredes semejantes a un esqueleto. Mirando hacia arriba, vi que gran parte del techo había desaparecido, lo que me permitió ver que los pisos superiores estaban aún más deteriorados. El techo, evidentemente, había desaparecido por completo; y pude ver el fulgor verde de la Luz de las Estrellas brillando hacia adentro, oblicuamente.

XIX

EL FIN DEL SISTEMA SOLAR

Desde el estribo, donde antaño habían estado las ventanas a través de las cuales observé aquel primer y fatal amanecer, pude ver que el sol era inmensamente mayor de lo que había sido cuando la Estrella iluminó el mundo por primera vez. Era tan grande que su borde inferior parecía casi tocar el horizonte lejano. Incluso mientras observaba, imaginé que se acercaba más. El resplandor verde que iluminaba la tierra helada crecía constantemente en intensidad.

Así, durante un largo espacio, permanecieron las cosas. Entonces, de repente, vi que el sol cambiaba de forma y se volvía más pequeño, tal como lo habría hecho la luna en tiempos pasados. Al poco tiempo, solo un tercio de la parte iluminada estaba orientada hacia la tierra. La Estrella se alejó hacia la izquierda.

Gradualmente, a medida que el mundo avanzaba, la Estrella brilló sobre el frente de la casa una vez más; mientras que el sol se mostraba solo como un gran arco de fuego verde. Un instante, al parecer, y el sol se había desvanecido. La Estrella seguía siendo totalmente visible. Luego, la tierra se movió hacia la sombra negra del sol, y todo fue noche; Noche negra, sin estrellas e intolerable.

Lleno de pensamientos tumultuosos, observé a través de la noche, esperando. Años, puede que hayan sido, y entonces, en la oscura casa detrás de mí, la quietud coagulada del mundo se rompió. Me pareció oír un suave caminar de muchos pies, y un débil e inarticulado susurro de sonido creció en mi sentido. Miré a mi alrededor hacia la oscuridad y vi una multitud de ojos. Mientras observaba, aumentaron y parecieron dirigirse hacia mí. Por un instante, permanecí inmóvil, incapaz de moverme. Entonces, un horrible ruido de cerdos[14] se elevó en la noche; y, ante eso, salté por la ventana hacia el mundo helado. Tengo una noción confusa de haber corrido un rato; y, después de eso, simplemente esperé, esperé. Varias veces escuché chillidos; pero siempre como si vinieran de lejos. Excepto por estos sonidos, no tenía idea del paradero de la casa. El tiempo siguió su curso. Apenas era consciente de nada, salvo de una sensación de frío, desesperanza y miedo.

Una era, pareció, y llegó un resplandor que anunciaba la luz venidera. Creció, lentamente. Entonces, con un vislumbre de gloria sobrenatural, el primer rayo de la Estrella Verde golpeó sobre el borde del sol oscuro e iluminó el mundo. Cayó sobre una gran estructura en ruinas, a unas doscientas yardas de distancia. Era la casa. Mirando fijamente, vi una visión aterradora: sobre sus paredes se arrastraba una legión de cosas impías, cubriendo casi el viejo edificio, desde las torres tambaleantes hasta la base. Podía verlas claramente; eran las criaturas porcinas.

El mundo se movió hacia la luz de la Estrella, y vi que, ahora, parecía extenderse a través de un cuarto de los cielos. La gloria de su luz lívida era tan tremenda que parecía llenar el cielo con llamas temblorosas. Entonces, vi el sol. Estaba tan cerca que la mitad de su diámetro yacía por debajo del horizonte; y, mientras el mundo circulaba por su cara, parecía elevarse directamente hacia el cielo, una cúpula estupenda de fuego color esmeralda. De vez en cuando, miraba hacia la casa; pero las cosas porcinas parecían ignorar mi proximidad.

Los años parecieron pasar lentamente. La tierra casi había llegado al centro del disco solar. La luz del Sol Verde —como ahora debía llamársele— brillaba a través de los intersticios que abrían las paredes mohosas de la vieja casa, dándoles la apariencia de estar envueltas en llamas verdes. Las criaturas porcinas seguían arrastrándose por las paredes.

De repente, se elevó un fuerte rugido de voces porcinas y, desde el centro de la casa sin techo, se disparó una vasta columna de llama roja como la sangre. Vi las pequeñas torres y torrecillas retorcidas destellar en llamas; aunque todavía conservando su tortuosidad retorcida. Los rayos del Sol Verde golpeaban la casa y se mezclaban con sus brillos lúgubres; de modo que parecía un horno ardiente de fuego rojo y verde.

Fascinado, observé hasta que una sensación abrumadora de peligro inminente atrajo mi atención. Miré hacia arriba y, al instante, comprendí que el sol estaba más cerca; tan cerca, de hecho, que parecía quedar suspendido sobre el mundo. Entonces, no sé cómo, fui arrebatado a alturas extrañas, flotando como una burbuja en el horrible fulgor.

Muy por debajo de mí, vi la tierra, con la casa en llamas saltando hacia una montaña de fuego cada vez mayor; a su alrededor, el suelo parecía brillar; y, en algunos lugares, espesas guirnaldas de humo amarillo ascendían de la tierra. Parecía como si el mundo se estuviera incendiando desde aquel único punto de fuego pestilente. Débilmente, podía ver a las criaturas porcinas. Parecían completamente ilesas. Entonces, el suelo pareció hundirse repentinamente, y la casa, con su carga de criaturas inmundas, desapareció en las profundidades de la tierra, enviando una extraña nube color sangre a las alturas. Recordé el Foso del infierno debajo de la casa.

Al poco tiempo, miré a mi alrededor. El enorme bulto del sol se elevó por encima de mí. La distancia entre este y la tierra disminuyó rápidamente. De repente, la tierra pareció dispararse hacia adelante. En un momento, había atravesado el espacio entre ella y el sol. No escuché ningún sonido; pero, desde la cara del sol, brotó una lengua de llama deslumbrante cada vez mayor. Parecía saltar casi hasta el distante Sol Verde, cortando a través de la luz esmeralda, una verdadera catarata de fuego cegador. Alcanzó su límite y se hundió; y, en el sol, brilló una vasta mancha de blanco ardiente: la tumba de la tierra.

El sol estaba muy cerca de mí ahora. Pronto, descubrí que estaba subiendo más alto; hasta que, al fin, cabalgué sobre él, en el vacío. El Sol Verde era ahora tan enorme que su amplitud parecía llenar todo el cielo, por delante. Miré hacia abajo y noté que el sol pasaba directamente por debajo de mí.

Puede haber pasado un año, o un siglo, y me quedé suspendido, solo. El sol se mostraba muy por delante: una masa negra y circular contra el esplendor fundido del gran Orbe Verde. Cerca de un borde, observé que había aparecido un brillo lúgubre, marcando el lugar donde la tierra había caído. Por esto, supe que el sol muerto hace mucho tiempo seguía girando, aunque con gran lentitud.

Lejos a mi derecha, me pareció captar, a veces, un tenue brillo de luz blanquecina. Durante mucho tiempo, estuve inseguro de si atribuir esto a la imaginación o no. Así, por un tiempo, miré con renovado asombro; hasta que, al fin, supe que no era algo imaginario, sino una realidad. Creció más brillante; y, pronto, se deslizó fuera del verde un globo pálido del blanco más suave. Se acercó, y vi que estaba aparentemente rodeado por una túnica de nubes que brillaban suavemente. El tiempo pasó...

Miré hacia el sol que disminuía. Se mostraba solo como una mancha oscura en la cara del Sol Verde. Mientras observaba, lo vi hacerse más pequeño, constantemente, como si corriera hacia el orbe superior a una velocidad inmensa. Miré intensamente. ¿Qué sucedería? Era consciente de emociones extraordinarias al darme cuenta de que golpearía al Sol Verde. No creció más que un guisante, y observé, con toda mi alma, para presenciar el fin final de nuestro Sistema, ese sistema que había llevado al mundo a través de tantos eones, con sus múltiples tristezas y alegrías; y ahora...

De repente, algo cruzó mi visión, cortando de mi vista todo vestigio del espectáculo que observaba con tanto interés espiritual. Lo que le sucedió al sol muerto, no lo vi; pero no tengo razones —a la luz de lo que vi después— para descreer que cayó en el extraño fuego del Sol Verde, y así pereció.

Y entonces, repentinamente, una pregunta extraordinaria surgió en mi mente, sobre si este estupendo globo de fuego verde no podría ser el vasto Sol Central, el gran sol alrededor del cual giran nuestro universo y otros innumerables. Me sentí confundido. Pensé en el probable fin del sol muerto, y otra sugerencia vino, muda: ¿Hacen los astros muertos del Sol Verde su tumba? La idea me atrajo sin sentido de lo grotesco; sino más bien como algo posible y probable.

XXI

LOS GLOBOS CELESTIALES

Durante un tiempo, muchos pensamientos se agolparon en mi mente, de modo que no pude hacer nada, salvo mirar ciegamente ante mí. Parecía sumido en un mar de dudas, asombro y doloroso recuerdo.

Fue más tarde cuando salí de mi desconcierto. Miré a mi alrededor, aturdido. Así, vi una visión tan extraordinaria que, por un momento, apenas pude creer que no estaba todavía envuelto en el tumulto visionario de mis propios pensamientos. Del verde reinante había surgido un río ilimitado de globos suavemente resplandecientes, cada uno envuelto en un vellón maravilloso de nube pura. Llegaban, tanto por encima como por debajo de mí, a una distancia desconocida; y no solo ocultaban el brillo del Sol Verde, sino que proporcionaban, en su lugar, un tierno resplandor de luz, que se difundía a mi alrededor, como nada que hubiera visto antes o después.

En poco tiempo, noté que había en estas esferas una especie de transparencia, casi como si estuvieran formadas de cristal nublado, dentro del cual ardía un resplandor, suave y tenue. Se movían, pasándome continuamente, flotando hacia adelante sin gran velocidad; sino más bien como si tuvieran la eternidad ante ellas. Durante mucho tiempo, observé y no pude percibir un fin para ellas. A veces, me parecía distinguir rostros en medio de la nubosidad; pero extrañamente indistintos, como si fueran en parte reales y en parte formados por la neblina a través de la cual se mostraban.

Durante mucho tiempo, esperé, pasivamente, con una sensación de creciente contento. Ya no tenía esa sensación de indecible soledad; sino que sentía, más bien, que estaba menos solo de lo que había estado durante kalpas de años. Este sentimiento de contento aumentó, de modo que me habría sentido satisfecho de flotar en compañía de esos glóbulos celestiales para siempre.

Las eras pasaron y vi los rostros sombríos con mayor frecuencia, también con mayor claridad. Si esto se debió a que mi alma se había sintonizado más con su entorno, no puedo decirlo; probablemente fue así. Pero, sea como sea, estoy seguro ahora solo del hecho de que me hice constantemente más consciente de un nuevo misterio a mi alrededor, diciéndome que, en efecto, había penetrado en la tierra fronteriza de alguna región impensada, algún lugar sutil e intangible, o forma de existencia.

El enorme flujo de esferas luminosas continuó pasándome a un ritmo constante; incontables millones; y aún seguían llegando, sin mostrar signos de terminar, ni siquiera de disminuir.

Entonces, mientras era llevado, silenciosamente, sobre el éter ingrávido, sentí un repentino e irresistible movimiento hacia adelante, hacia uno de los globos que pasaban. Un instante, y estaba a su lado. Entonces, me deslicé a través, hacia el interior, sin experimentar la menor resistencia de ninguna clase. Por un corto tiempo, no pude ver nada; y esperé, con curiosidad.

De repente, me di cuenta de que un sonido rompía la inconcebible quietud. Era como el murmullo de un gran mar en calma, un mar respirando en su sueño. Gradualmente, la niebla que oscurecía mi vista comenzó a disiparse; y así, con el tiempo, mi visión se posó una vez más sobre la superficie silenciosa del Mar del Sueño.

Por un momento, contemplé y apenas podía creer que veía correctamente. Miré a mi alrededor. Allí estaba el gran globo de fuego pálido, nadando, como lo había visto antes, a poca distancia sobre el horizonte tenue. A mi izquierda, lejos a través del mar, descubrí, pronto, una línea tenue, como de fina neblina, que supuse era la orilla donde mi Amor y yo nos habíamos conocido, durante aquellos maravillosos períodos de errancia del alma que me habían sido concedidos en los días de la vieja tierra.

Otro recuerdo, uno turbado, vino a mí: el de la Cosa Sin Forma que había frecuentado las orillas del Mar del Sueño. El guardián de aquel lugar silencioso y sin ecos. Estos, y otros detalles, recordé, y supe, sin duda, que estaba contemplando ese mismo mar. Con la seguridad, me invadió un sentimiento abrumador de sorpresa, alegría y expectación sacudida, concibiendo posible que estuviera a punto de ver a mi Amor, de nuevo. Miré intensamente a mi alrededor; pero no pude verla. Ante eso, por un momento, me sentí desesperanzado. Fervientemente, recé, y siempre espié, ansioso... ¡Qué quieto estaba el mar!

Abajo, muy por debajo de mí, podía ver los muchos rastros de fuego cambiante que habían atraído mi atención anteriormente. Vagamente, me preguntaba qué los causaba; también, recordé que había tenido la intención de preguntarle a mi querida sobre ellos, así como sobre muchos otros asuntos, y me había visto obligado a dejarla antes de que la mitad de lo que deseaba decir estuviera dicho.

Mis pensamientos volvieron con un salto. Fui consciente de que algo me había tocado. Me giré rápidamente. Dios, Tú fuiste realmente misericordioso, ¡era Ella! Ella miró hacia mis ojos con un anhelo ansioso, y yo miré hacia abajo, hacia ella, con toda mi alma. Me hubiera gustado abrazarla; pero la gloriosa pureza de su rostro me mantuvo lejos. Entonces, de la brisa serpenteante, ella puso sus queridos brazos. Su susurro llegó a mí, suave como el susurro de una nube pasajera. «¡Queridísimo!», dijo. Eso fue todo; pero lo había escuchado y, en un momento, la sostuve contra mí, como recé, para siempre.

En poco tiempo, ella habló de muchas cosas, y yo escuché. De buena gana, lo habría hecho a través de todas las eras que vendrán. A veces, susurraba de vuelta, y mis susurros traían a su rostro espiritual, una vez más, un tinte indescriptiblemente delicado: la flor del amor. Más tarde, hablé más libremente, y a cada palabra ella escuchaba y respondía deliciosamente; de modo que, ya, estaba en el Paraíso.

Ella y yo; y nada, salvo el vacío silencioso y espacioso para vernos; y solo las aguas tranquilas del Mar del Sueño para escucharnos.

Mucho antes, la multitud flotante de esferas envueltas en nubes se había desvanecido en la nada. Así, miramos la cara de las profundidades adormecidas y estuvimos solos. ¡Solos, Dios, estaría así de solo en el más allá, y sin embargo nunca solitario! La tenía a ella, y, más que esto, ella me tenía a mí. Sí, a mí, envejecido por eones; y en este pensamiento, y algunos otros, espero existir a través de los pocos años restantes que aún puedan quedar entre nosotros.

XXI

EL SOL OSCURO

Cuánto tiempo estuvieron nuestras almas en los brazos de la alegría, no puedo decirlo; pero, de repente, fui despertado de mi felicidad por una disminución de la luz pálida y suave que iluminaba el Mar del Sueño. Me volví hacia el enorme orbe blanco, con una premonición de problemas venideros. Un lado de él se curvaba hacia adentro, como si una sombra negra y convexa estuviera barriéndolo. Mi memoria retrocedió. Fue así como había llegado la oscuridad, antes de nuestra última despedida. Me giré hacia mi Amor, inquisitivamente. Con un repentino conocimiento de aflicción, noté cuán pálida e irreal se había vuelto, incluso en ese breve espacio. Su voz parecía llegarme desde la distancia. El contacto de sus manos no era más que la suave presión de un viento de verano, y se volvía menos perceptible.

Ya, casi la mitad del inmenso globo estaba envuelto. Un sentimiento de desesperación me invadió. ¿Estaba a punto de dejarme? ¿Tendría que irse, como se había ido antes? La interrogué, ansiosamente, asustado; y ella, acurrucándose más cerca, explicó, con esa voz extraña y lejana, que era imperativo que me dejara antes de que el Sol de la Oscuridad, como ella lo llamaba, borrara la luz. Ante esta confirmación de mis temores, me vi superado por la desesperación; y solo pude mirar, sin voz, a través de las tranquilas llanuras del mar silencioso.

Cuán rápidamente se extendió la oscuridad sobre la cara del Orbe Blanco. Sin embargo, en realidad, el tiempo debe haber sido largo, más allá de la comprensión humana.

Al final, solo una media luna de fuego pálido iluminaba el ahora tenue Mar del Sueño. Todo este tiempo, ella me había sostenido; pero, con una caricia tan suave, que apenas había sido consciente de ello. Esperamos allí, juntos, ella y yo; sin palabras, por pura tristeza. En la luz tenue, su rostro se mostraba sombrío, mezclándose con la neblina oscura que nos rodeaba.

Entonces, cuando una línea delgada y curva de luz suave era todo lo que iluminaba el mar, ella me soltó, empujándome de sí, tiernamente. Su voz sonó en mis oídos: «No puedo quedarme más, Querido». Terminó en un sollozo.

Pareció flotar lejos de mí y se volvió invisible. Su voz llegó a mí, desde las sombras, débilmente; aparentemente desde una gran distancia:

«Un poco más...» Se extinguió, remotamente. En un suspiro, el Mar del Sueño se oscureció hacia la noche. Lejos a mi izquierda, me pareció ver, por un breve instante, un brillo suave. Se desvaneció y, en el mismo momento, me di cuenta de que ya no estaba sobre el mar en calma; sino una vez más suspendido en el espacio infinito, con el Sol Verde —ahora eclipsado por una vasta esfera oscura— ante mí.

Totalmente desconcertado, miré, casi sin ver, el anillo de llamas verdes, saltando sobre el borde oscuro. Incluso en el caos de mis pensamientos, me maravillaba, con torpeza, de sus formas extraordinarias. Una multitud de preguntas me asaltó. Pensaba más en ella, a quien había visto tan recientemente, que en la visión ante mí. Mi dolor y mis pensamientos sobre el futuro me llenaron. ¿Estaba condenado a estar separado de ella, siempre? Incluso en los días de la vieja tierra, ella había sido mía solo por un corto tiempo; luego me había dejado, como pensé, para siempre. Desde entonces, la había visto solo estas veces, sobre el Mar del Sueño.

Un sentimiento de feroz resentimiento me llenó, y preguntas miserables. ¿Por qué no pude haber ido con mi Amor? ¿Qué razón para mantenernos separados? ¿Por qué tuve que esperar solo, mientras ella dormía a través de los años, en el pecho quieto del Mar del Sueño? ¡El Mar del Sueño! Mis pensamientos se desviaron, inconsecuentemente, fuera de su canal de amargura hacia nuevas y desesperadas preguntas. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba? ¡Me parecía haber acabado de separarme de mi Amor, sobre su superficie tranquila, y había desaparecido, por completo! ¡No podía estar lejos! ¡Y el Orbe Blanco que había visto oculto en la sombra del Sol de la Oscuridad! Mi vista se posó en el Sol Verde, eclipsado. ¿Qué lo había eclipsado? ¿Había una vasta estrella muerta rodeándolo? ¿Era el Sol Central —como había llegado a considerarlo— una estrella doble? El pensamiento había llegado, casi sin ser invitado; ¿pero por qué no debería ser así?

Mis pensamientos volvieron al Orbe Blanco. Extraño que hubiera sido... me detuve. Una idea había llegado, repentinamente. ¡El Orbe Blanco y el Sol Verde! ¿Eran uno y el mismo? Mi imaginación vagó hacia atrás, y recordé el globo luminoso hacia el que me había sentido atraído tan inexplicablemente. Era curioso que lo hubiera olvidado, incluso momentáneamente. ¿Dónde estaban los otros? Volví de nuevo al globo al que había entrado. Pensé, por un tiempo, y los asuntos se volvieron más claros. Concebí que, al entrar en aquel glóbulo impalpable, había pasado, de inmediato, a alguna dimensión adicional, y hasta entonces invisible; Allí, el Sol Verde todavía era visible; pero como una estupenda esfera de luz blanca pálida, casi como si su fantasma se mostrara, y no su parte material.

Durante mucho tiempo, reflexioné sobre el tema. Recordé cómo, al entrar en la esfera, había perdido inmediatamente toda visión de los otros. Durante un período aún más largo, continué dando vueltas a los diferentes detalles en mi mente.

Al poco tiempo, mis pensamientos se volvieron hacia otras cosas. Regresé más al presente y comencé a mirar a mi alrededor, con atención. Por primera vez, percibí que innumerables rayos, de un sutil tono violeta, atravesaban la extraña penumbra en todas direcciones. Irradiaban desde el borde ígneo del Sol Verde. Parecían crecer ante mi vista, de modo que, en poco tiempo, vi que eran incontables. La noche estaba llena de ellos, extendiéndose hacia afuera desde el Sol Verde, en forma de abanico. Concluí que podía verlos debido a que el esplendor del Sol estaba bloqueado por el eclipse. Se extendían directamente hacia el espacio y desaparecían.

Gradualmente, mientras miraba, me di cuenta de que puntos finos de luz intensamente brillante atravesaban los rayos. Muchos de ellos parecían viajar desde el Sol Verde hacia la distancia. Otros salían del vacío hacia el Sol; pero todos y cada uno se mantenían estrictamente dentro del rayo por el que viajaban. Su velocidad era inconcebiblemente grande; y solo cuando se acercaban al Sol Verde, o cuando lo abandonaban, podía verlos como motas de luz separadas. Más lejos del sol, se convertían en finas líneas de fuego vívido dentro del violeta.

El descubrimiento de estos rayos y de las chispas en movimiento me interesó extraordinariamente. ¿Hacia dónde conducían, en tal profusión incalculable? Pensé en los mundos en el espacio... ¡Y esas chispas! ¡Mensajeros! Posiblemente, la idea era fantástica; pero no era consciente de que lo fuera. ¡Mensajeros! ¡Mensajeros del Sol Central!

Una idea se desarrolló lentamente. ¿Era el Sol Verde la morada de alguna vasta Inteligencia? El pensamiento era desconcertante. Visiones de lo Innombrable surgieron vagamente. ¿Había llegado, en verdad, al lugar de morada del Eterno? Por un tiempo, rechacé el pensamiento, mudo. Era demasiado estupendo. Sin embargo...

Pensamientos enormes y vagos nacieron dentro de mí. Me sentí, de repente, terriblemente desnudo. Y una terrible Cercanía me estremeció.

¿Y el Cielo...? ¿Era eso una ilusión?

Mis pensamientos iban y venían, erráticamente. ¡El Mar del Sueño, y ella! El Cielo... Regresé, de un salto, al presente. En algún lugar, fuera del vacío detrás de mí, se precipitaba un cuerpo oscuro e inmenso, enorme y silencioso. Era una estrella muerta, lanzándose hacia adelante hacia el lugar de entierro de las estrellas. Se interpuso entre mí y los Soles Centrales, borrándolos de mi visión y sumiéndome en una noche impenetrable.

Pasó una era y vi de nuevo los rayos violetas. Mucho tiempo después, debieron ser eones, un resplandor circular creció en el cielo, más adelante, y vi el borde de la estrella que se alejaba mostrarse oscuramente contra él. Así, supe que se acercaba a los Soles Centrales. Pronto, vi el anillo brillante del Sol Verde mostrarse claramente contra la noche. La estrella había pasado a la sombra del Sol Muerto. Después de eso, simplemente esperé. Los extraños años pasaron lentamente y, siempre, observé con atención.

Lo que había esperado sucedió al fin, repentina y terriblemente. Un vasto resplandor de luz deslumbrante. Un estallido de llama blanca a través del oscuro vacío. Durante un tiempo indefinido, se elevó hacia afuera, un gigantesco hongo de fuego. Cesó de crecer. Entonces, a medida que pasaba el tiempo, comenzó a hundirse hacia atrás, lentamente. Vi, ahora, que provenía de un punto enorme y brillante cerca del centro del Sol Oscuro. Poderosas llamas seguían elevándose hacia afuera desde esto. Sin embargo, a pesar de su tamaño, la tumba de la estrella no era más que el brillo de Júpiter sobre la faz de un océano, en comparación con la inconcebible masa del Sol Muerto.

Puedo señalar aquí, una vez más, que ninguna palabra podrá transmitir jamás a la imaginación el enorme volumen de los dos Soles Centrales.

XXII

LA NEBULOSA OSCURA

Los años se fundieron en el pasado, siglos, eones. La luz de la estrella incandescente se hundió en un rojo furioso.

Fue más tarde cuando vi la nebulosa oscura; al principio, una nube impalpable, lejos a mi derecha. Creció, constantemente, hasta convertirse en un coágulo de negrura en la noche. Cuánto tiempo observé, es imposible decirlo; pues el tiempo, tal como lo contamos, era cosa del pasado. Se acercó, una monstruosidad informe de oscuridad, tremenda. Parecía deslizarse a través de la noche, adormilada, una auténtica niebla infernal. Lentamente, se deslizó más cerca y pasó al vacío, entre mí y los Soles Centrales. Fue como si se hubiera corrido un velo ante mi visión. Un extraño temblor de miedo se apoderó de mí, y una renovada sensación de asombro.

El crepúsculo verde que había reinado durante tantos millones de años había dado paso a una oscuridad impenetrable. Inmóvil, escudriñé a mi alrededor. Un siglo huyó, y me pareció detectar ocasionales resplandores apagados de rojo, pasándome a intervalos.

Con vehemencia, miré y, pronto, parecí ver masas circulares que se mostraban de un rojo turbio dentro de la negrura nublada. Parecían brotar de la turbiedad nebulosa. Un rato, y se hicieron más claras para mi visión acostumbrada. Podía verlas, ahora, con un grado razonable de distinción: esferas de tinte rojizo, similares en tamaño a los globos luminosos que había visto hacía tanto tiempo.

Flotaban ante mí, continuamente. Gradualmente, una inquietud peculiar se apoderó de mí. Me di cuenta de un sentimiento creciente de repulsión y pavor. Estaba dirigido contra esos orbes que pasaban y parecía nacido de un conocimiento intuitivo, más que de alguna causa o razón real.

Algunos de los globos que pasaban eran más brillantes que otros; y fue de uno de estos de donde un rostro miró, de repente. Un rostro, humano en su contorno, pero tan torturado por la aflicción que me quedé mirando, horrorizado. No había pensado que existiera tal tristeza como la que vi allí. Fui consciente de una sensación añadida de dolor al percibir que los ojos, que miraban tan salvajemente, estaban sin vista. Un poco más de tiempo lo vi; luego, había pasado a la oscuridad circundante. Después de esto, vi otros, todos con esa mirada de tristeza desesperanzada; y ciegos.

Pasó mucho tiempo y me di cuenta de que estaba más cerca de los orbes de lo que había estado. Ante esto, me sentí inquieto; aunque sentía menos miedo de esos extraños glóbulos que antes de ver a sus dolientes habitantes, pues la simpatía había templado mi miedo.

Más tarde, no hubo duda de que me estaban llevando más cerca de las esferas rojas y, pronto, floté entre ellas. Al poco tiempo, percibí uno que se abalanzaba sobre mí. Estaba indefenso para moverme de su camino. En un minuto, parecía, estaba sobre mí, y me vi sumergido en una densa niebla roja. Esta se aclaró y miré, confundido, a través de la inmensa anchura de la Llanura del Silencio. Parecía tal como la había visto por primera vez. Me movía hacia adelante, constantemente, a través de su superficie. Lejos, al frente, brillaba el vasto anillo rojo sangre [15] que iluminaba el lugar. Por todas partes se extendía la extraordinaria desolación de la quietud que tanto me había impresionado durante mis anteriores vagabundeos por su aridez.

Pronto, vi, elevándose hacia la penumbra rojiza, los picos distantes del poderoso anfiteatro de montañas, donde, eones antes, se me había mostrado un primer vistazo de los terrores que subyacen a muchas cosas; y donde, vasta y silenciosa, vigilada por mil dioses mudos, se alza la réplica de esta casa de misterios, esta casa que había visto ser engullida por ese fuego infernal, antes de que la tierra hubiera besado al sol y desaparecido para siempre.

Aunque podía ver las crestas del anfiteatro montañoso, pasó mucho tiempo antes de que sus partes inferiores se hicieran visibles. Posiblemente, esto se debió a la extraña bruma rojiza que parecía aferrarse a la superficie de la Llanura. Sin embargo, fuera como fuera, las vi al fin.

En un espacio de tiempo aún mayor, me había acercado tanto a las montañas que parecían colgar sobre mí. Pronto, vi la gran grieta abrirse ante mí, y derivé hacia ella, sin voluntad por mi parte.

Más tarde, salí a la anchura de la enorme arena. Allí, a una distancia aparente de unas cinco millas, se alzaba la Casa, enorme, monstruosa y silenciosa, situada en el mismo centro de ese estupendo anfiteatro. Hasta donde podía ver, no había cambiado en absoluto; parecía como si solo ayer la hubiera visto. Alrededor, las sombrías y oscuras montañas me miraban con severidad desde sus elevadas silencios.

Lejos a mi derecha, arriba entre picos inaccesibles, se alzaba el enorme volumen del gran Dios-Bestia. Más alto, vi la forma horrible de la temida diosa, elevándose a través de la penumbra roja, miles de brazas por encima de mí. A la izquierda, distinguí la monstruosa Cosa-Sin-Ojos, gris e inescrutable. Más lejos, recostada en su elevada repisa, la lívida Forma-Ghoul se mostraba, una mancha de color siniestro entre las oscuras montañas.

Lentamente, me moví a través de la gran arena, flotando. Mientras avanzaba, distinguí las formas tenues de muchos de los otros Horrores al acecho que poblaban aquellas cumbres supremas.

Gradualmente, me acerqué a la Casa, y mis pensamientos se dispararon a través del abismo de los años. Recordé al temido Espectro del Lugar. Pasó un corto tiempo y vi que estaba siendo llevado directamente hacia la enorme masa de aquel edificio silencioso.

Alrededor de este tiempo, me di cuenta, de una manera indiferente, de una creciente sensación de entumecimiento que me despojaba del miedo que, de otro modo, habría sentido al acercarme a aquel imponente Edificio. Tal como estaban las cosas, lo contemplaba con calma, más o menos como un hombre contempla una calamidad a través de la bruma del humo de su tabaco.

En poco tiempo, me había acercado tanto a la Casa que pude distinguir muchos de los detalles sobre ella. Cuanto más miraba, más me confirmaba en mis impresiones de hace mucho tiempo sobre su total similitud con esta extraña casa. Salvo en su enorme tamaño, no pude encontrar nada diferente.

De repente, mientras miraba fijamente, una gran sensación de asombro me invadió. Había llegado frente a la parte donde se encuentra la puerta exterior que conduce al estudio. Allí, tendido justo a través del umbral, yacía un gran trozo de piedra de coronamiento, idéntico, salvo en tamaño y color, a la pieza que había desalojado en mi lucha con las criaturas del Pozo.

Floté más cerca, y mi asombro aumentó al notar que la puerta estaba parcialmente rota de sus bisagras, precisamente de la manera en que la puerta de mi estudio había sido forzada hacia adentro por los ataques de las Cosas-Cerdo. La vista inició un tren de pensamientos, y comencé a rastrear, vagamente, que el ataque a esta casa podría tener un significado mucho más profundo de lo que, hasta ahora, había imaginado. Recordé cómo, hace mucho tiempo, en los viejos días de la tierra, había sospechado a medias que, de alguna manera inexplicable, esta casa en la que vivo estaba en rapport, por usar un término reconocido, con esa otra estructura tremenda, lejos en medio de esa Llanura incomparable.

Ahora, sin embargo, comenzaba a serme evidente que solo había concebido vagamente lo que significaba la realización de mi sospecha. Empecé a entender, con una claridad más que humana, que el ataque que había repelido estaba, de alguna manera extraordinaria, conectado con un ataque a aquel extraño edificio.

Con una curiosa inconsecuencia, mis pensamientos abandonaron abruptamente el asunto para detenerse, con asombro, en el material peculiar del que estaba construida la Casa. Era, como he mencionado antes, de un color verde profundo. Sin embargo, ahora que me había acercado tanto, percibí que fluctuaba a veces, aunque ligeramente, brillando y desvaneciéndose, al igual que los vapores de fósforo cuando se frotan sobre la mano en la oscuridad.

Pronto, mi atención fue distraída de esto al llegar a la gran entrada. Aquí, por primera vez, tuve miedo; pues, de repente, las enormes puertas se abrieron de par en par, y derivé entre ellas, indefenso. Dentro, todo era negrura, impalpable. En un instante, había cruzado el umbral y las grandes puertas se cerraron, silenciosamente, encerrándome en aquel lugar sin luz.

Por un momento, parecí quedar colgado, inmóvil, suspendido en medio de la oscuridad. Entonces, fui consciente de que me estaba moviendo de nuevo; hacia dónde, no podía decirlo. De repente, muy por debajo de mí, me pareció oír un rumor de risa de Cerdo. Se apagó, y el silencio siguiente pareció obstruido por el horror.

Entonces una puerta se abrió en algún lugar más adelante; una bruma de luz blanca se filtró a través, y floté lentamente hacia una habitación que parecía extrañamente familiar. De repente, llegó un ruido desconcertante y chirriante que me ensordeció. Vi una vista borrosa de visiones, llameando ante mi vista. Mis sentidos quedaron aturdidos durante el espacio de un momento eterno. Entonces, mi poder de ver volvió a mí. La sensación de mareo y bruma pasó, y vi claramente.

XXIII

PEPPER

Estaba sentado en mi silla, de vuelta en este viejo estudio. Mi mirada vagó por la habitación. Durante un minuto, tuvo una apariencia extraña y trémula, irreal e insustancial. Esto desapareció y vi que nada había cambiado en absoluto. Miré hacia la ventana del extremo: la persiana estaba subida.

Me puse de pie, temblando. Mientras lo hacía, un ligero ruido en dirección a la puerta atrajo mi atención. Miré hacia ella. Por un breve instante, me pareció que se estaba cerrando suavemente. Miré fijamente y vi que debía haberme equivocado; parecía firmemente cerrada.

Con una sucesión de esfuerzos, caminé hasta la ventana y miré hacia afuera. El sol apenas estaba saliendo, iluminando el enmarañado desierto de los jardines. Durante, tal vez, un minuto, me quedé allí, mirando. Me pasé la mano, confundido, por la frente.

Pronto, en medio del caos de mis sentidos, un pensamiento repentino vino a mí; me giré rápidamente y llamé a Pepper. No hubo respuesta, y tropecé por la habitación en un rápido acceso de miedo. Mientras caminaba, intenté articular su nombre; pero mis labios estaban entumecidos. Llegué a la mesa y me incliné hacia él, con un vuelco en el corazón. Estaba tendido en la sombra de la mesa y no había podido verlo claramente desde la ventana. Ahora, mientras me inclinaba, contuve el aliento. No había Pepper; en cambio, estaba estirando la mano hacia un pequeño montón alargado de polvo gris, similar a la ceniza...

Debo haber permanecido en esa posición medio inclinado durante algunos minutos. Estaba aturdido, conmocionado. Pepper realmente había pasado a la tierra de las sombras.

XXIV

LOS PASOS EN EL JARDÍN

¡Pepper ha muerto! Incluso ahora, a veces, apenas me parece capaz de darme cuenta de que esto es así. Han pasado muchas semanas desde que regresé de aquel extraño y terrible viaje a través del espacio y el tiempo. A veces, en mis sueños, sueño con ello y paso, en mi imaginación, por todo aquel suceso temible. Cuando despierto, mis pensamientos se detienen en él. Aquel Sol, esos Soles, ¿eran en verdad los grandes Soles Centrales alrededor de los cuales gira todo el universo de los cielos desconocidos? ¿Quién puede decirlo? ¡Y los globos brillantes, flotando para siempre en la luz del Sol Verde! ¡Y el Mar del Sueño en el que flotan! Qué increíble es todo ello. Si no fuera por Pepper, yo, incluso después de las muchas cosas extraordinarias que he presenciado, estaría inclinado a imaginar que no fue más que un sueño gigantesco. Luego está esa temible nebulosa oscura (con sus multitudes de esferas rojas) moviéndose siempre dentro de la sombra del Sol Oscuro, barriendo en su estupenda órbita, envuelta eternamente en la penumbra. ¡Y los rostros que me miraban! Dios, ¿existen ellos y una cosa así realmente? ... Todavía queda ese pequeño montón de ceniza gris en el suelo de mi estudio. No permitiré que lo toquen.

A veces, cuando estoy más tranquilo, me he preguntado qué pasó con los planetas exteriores del Sistema Solar. Se me ha ocurrido que pueden haberse liberado de la atracción del sol y haber salido disparados hacia el espacio. Esto es, por supuesto, solo una suposición. Hay tantas cosas sobre las que me pregunto.

Ahora que estoy escribiendo, déjame registrar que estoy seguro de que algo horrible está a punto de suceder. Anoche ocurrió algo que me ha llenado de un terror aún mayor que el miedo al Pozo. Lo escribiré ahora y, si sucede algo más, intentaré tomar nota de ello de inmediato. Tengo el presentimiento de que hay más en este último asunto que en todos los demás. Estoy tembloroso y nervioso, incluso ahora mientras escribo. De alguna manera, creo que la muerte no está muy lejos. No es que tema a la muerte, tal como se entiende la muerte. Sin embargo, hay algo en el aire que me ordena temer; un horror frío e intangible. Lo sentí anoche. Fue así:

Anoche, estaba sentado aquí en mi estudio, escribiendo. La puerta que daba al jardín estaba entreabierta. A veces, el traqueteo metálico de la cadena de un perro sonaba débilmente. Pertenece al perro que he comprado desde la muerte de Pepper. No lo tendré en la casa, no después de Pepper. Aun así, he sentido que es mejor tener un perro en el lugar. Son criaturas maravillosas.

Estaba muy absorto en mi trabajo y el tiempo pasó rápidamente. De repente, escuché un ruido suave en el camino, afuera en el jardín; pad, pad, pad, iba, con un sonido sigiloso y curioso. Me senté derecho, con un movimiento rápido, y miré a través de la puerta abierta. De nuevo vino el ruido; pad, pad, pad. Parecía acercarse. Con una ligera sensación de nerviosismo, miré hacia los jardines; pero la noche ocultaba todo.

Entonces el perro dio un largo aullido y me sobresalté. Durante un minuto, tal vez, miré fijamente; pero no pude oír nada. Al poco tiempo, recogí la pluma que había dejado y reanudé mi trabajo. La sensación de nerviosismo había desaparecido; pues imaginé que el sonido que había oído no era más que el perro caminando alrededor de su caseta, hasta el límite de su cadena.

Puede haber pasado un cuarto de hora; entonces, de repente, el perro aulló de nuevo, y con una nota tan lastimeramente dolorosa que salté de mi asiento, dejando caer la pluma y manchando de tinta la página en la que estaba trabajando.

"¡Maldito perro!", murmuré, notando lo que había hecho. Entonces, incluso mientras decía las palabras, volvió a sonar aquel extraño pad, pad, pad. Estaba horriblemente cerca, casi junto a la puerta, pensé. Sabía, ahora, que no podía ser el perro; su cadena no le permitiría acercarse tanto.

El gruñido del perro vino de nuevo, y noté, subconscientemente, la mancha de miedo en él.

Afuera, en el alféizar de la ventana, podía ver a Tip, la mascota de mi hermana. Mientras miraba, saltó sobre sus patas, con la cola erizada visiblemente. Por un instante permaneció así; pareciendo mirar fijamente algo en dirección a la puerta. Entonces, rápidamente, comenzó a retroceder a lo largo del alféizar; hasta que, alcanzando la pared al final, no pudo ir más lejos. Allí se quedó, rígida, como si estuviera congelada en una actitud de terror extraordinario.

Asustado y desconcertado, agarré un palo de la esquina y fui hacia la puerta, silenciosamente; llevando una de las velas conmigo. Había llegado a pocos pasos de ella cuando, de repente, una peculiar sensación de miedo me recorrió; un miedo palpitante y real; de dónde, no lo sabía, ni por qué. Tan grande era la sensación de terror que no perdí el tiempo; sino que retrocedí de inmediato, caminando hacia atrás y manteniendo mi mirada, con miedo, en la puerta. Hubiera dado mucho por abalanzarme sobre ella, cerrarla de golpe y echar los cerrojos; pues la he hecho reparar y fortalecer, de modo que ahora es mucho más fuerte de lo que nunca ha sido. Al igual que Tip, continué mi progreso hacia atrás, casi inconsciente, hasta que la pared me detuvo. Ante eso, me sobresalté, nervioso, y miré a mi alrededor con aprensión. Mientras lo hacía, mis ojos se posaron momentáneamente en el estante de armas de fuego y di un paso hacia ellas; pero me detuve, con la curiosa sensación de que serían innecesarias. Afuera, en los jardines, el perro gimió, extrañamente.

De repente, del gato salió un chillido feroz y largo. Miré, de forma espasmódica, en su dirección; Algo, luminoso y fantasmal, lo rodeó y creció ante mi visión. Se resolvió en una mano brillante, transparente, con una llama verdosa y parpadeante sobre ella. El gato lanzó un último y horrendo maullido, y lo vi humear y arder. Mi aliento salió con un jadeo y me apoyé contra la pared. Sobre esa parte de la ventana se extendió una mancha, verde y fantástica. Ocultó la cosa de mí, aunque el resplandor del fuego brillaba débilmente a través. Un hedor a quemado se coló en la habitación.

Pat, pat, pat... Algo pasó por el sendero del jardín, y un tenue olor a moho pareció entrar a través de la puerta abierta y mezclarse con el hedor a quemado.

El perro había estado en silencio durante unos instantes. Ahora, le oí aullar, agudamente, como si sintiera dolor. Luego, quedó en silencio, salvo por un gemido de miedo, ocasional y contenido.

Pasó un minuto; entonces, el portón del lado oeste de los jardines se cerró de golpe, a lo lejos. Después de eso, nada; ni siquiera el gemido del perro.

Debo de haber permanecido allí algunos minutos. Entonces, un fragmento de valor se deslizó en mi corazón, y me lancé con miedo hacia la puerta, la cerré de un golpe y eché el cerrojo. Después de eso, durante media hora larga, me senté, impotente, mirando al frente, rígidamente.

Lentamente, mi vida regresó a mí, y me dirigí, tembloroso, escaleras arriba a la cama.

Eso es todo.

XXV

LA COSA DE LA ARENA

Esta mañana, temprano, recorrí los jardines; pero encontré todo como de costumbre. Cerca de la puerta, examiné el sendero en busca de huellas; sin embargo, aquí también, no había nada que me dijera si había soñado o no anoche.

Fue solo cuando fui a hablar con el perro que descubrí una prueba tangible de que algo había sucedido. Cuando fui a su caseta, se mantuvo dentro, acurrucado en un rincón, y tuve que convencerlo para que saliera. Cuando, finalmente, consintió en venir, fue de una manera extrañamente amedrentada y sumisa. Mientras lo acariciaba, mi atención se vio atraída por una mancha verdosa en su costado izquierdo. Al examinarla, descubrí que el pelaje y la piel habían sido aparentemente quemados; pues la carne se mostraba viva y chamuscada. La forma de la marca era curiosa, recordándome a la huella de una garra grande o de una mano.

Me puse en pie, pensativo. Mi mirada vagó hacia la ventana del estudio. Los rayos del sol naciente brillaban sobre la mancha ahumada en la esquina inferior, haciendo que fluctuara de verde a rojo, extrañamente. ¡Ah! esa era, sin duda, otra prueba; y, de repente, la horrible Cosa que vi anoche surgió en mi mente. Miré al perro de nuevo. Conocía la causa, ahora, de esa herida de aspecto odioso en su costado; sabía, también, que lo que había visto anoche había sido un suceso real. Y una gran inquietud me invadió. ¡Pepper! ¡Tip! ¡Y ahora este pobre animal...! Miré al perro de nuevo y noté que se estaba lamiendo la herida.

—¡Pobre bruto! —murmuré, y me incliné para acariciar su cabeza. Ante eso, se puso de pie, olfateando y lamiendo mi mano, con tristeza.

Poco después, lo dejé, pues tenía otros asuntos que atender.

Después de cenar, fui a verlo de nuevo. Parecía tranquilo y poco inclinado a dejar su caseta. Por mi hermana, he sabido que ha rechazado toda comida hoy. Parecía un poco desconcertada cuando me lo dijo; aunque sin sospechar de nada a lo que temer.

El día ha pasado sin mayores acontecimientos. Después del té, fui de nuevo a echar un vistazo al perro. Parecía taciturno y algo inquieto; sin embargo, persistía en permanecer en su caseta. Antes de cerrar todo para la noche, moví su caseta hacia afuera, lejos de la pared, de modo que podré vigilarla desde la pequeña ventana esta noche. Me vino el pensamiento de traerlo dentro de la casa para la noche; pero la consideración me ha decidido a dejar que permanezca fuera. No puedo decir que la casa sea, en absoluto, menos temible que los jardines. Pepper estaba en la casa, y aun así...

Son ahora las dos. Desde las ocho, he vigilado la caseta desde la pequeña ventana lateral de mi estudio. Sin embargo, no ha ocurrido nada, y estoy demasiado cansado para vigilar más tiempo. Iré a acostarme...

Durante la noche, estuve inquieto. Esto es inusual en mí; pero, hacia la mañana, obtuve unas pocas horas de sueño.

Me levanté temprano y, después del desayuno, visité al perro. Estaba tranquilo; pero hosco, y se negó a salir de su caseta. Ojalá hubiera algún veterinario cerca de aquí; haría que examinaran al pobre bruto. Durante todo el día, no ha tomado alimento; pero ha mostrado un evidente deseo de agua, lamiéndola ávidamente. Me sentí aliviado al observar esto.

La tarde ha llegado y estoy en mi estudio. Intento seguir mi plan de anoche y vigilar la caseta. La puerta que da al jardín está cerrada con cerrojo, de forma segura. Estoy conscientemente contento de que haya rejas en las ventanas...

Noche: la medianoche ha pasado. El perro ha estado en silencio hasta el presente. A través de la ventana lateral, a mi izquierda, puedo distinguir, vagamente, los contornos de la caseta. Por primera vez, el perro se mueve y oigo el traqueteo de su cadena. Miro hacia afuera, rápidamente. Mientras observo, el perro se mueve de nuevo, inquieto, y veo una pequeña mancha de luz luminosa brillar desde el interior de la caseta. Desaparece; luego el perro se agita de nuevo y, una vez más, el resplandor aparece. Estoy desconcertado. El perro está quieto y puedo ver la cosa luminosa claramente. Se muestra distintamente. Hay algo familiar en su forma. Por un momento, me pregunto; luego me viene a la mente que no es diferente a los cuatro dedos y el pulgar de una mano. ¡Como una mano! Y recuerdo el contorno de esa herida temible en el costado del perro. Debe ser la herida lo que veo. Es luminosa de noche. ¿Por qué? Los minutos pasan. Mi mente está llena de esta nueva cosa...

De repente, oigo un sonido fuera, en los jardines. Cómo me estremece. Se está acercando. Pat, pat, pat. Una sensación de hormigueo recorre mi columna vertebral y parece arrastrarse por mi cuero cabelludo. El perro se mueve en su caseta y gime, asustado. Debe de haberse dado la vuelta; pues ahora ya no puedo ver el contorno de su herida brillante.

Afuera, los jardines están en silencio una vez más, y escucho, con miedo. Pasa un minuto, y otro; entonces oigo el sonido de pasos de nuevo. Está muy cerca y parece venir por el sendero de grava. El ruido es curiosamente medido y deliberado. Cesa fuera de la puerta; y me levanto y permanezco inmóvil. Desde la puerta viene un ligero sonido: el pestillo se está levantando lentamente. Un zumbido está en mis oídos y tengo una sensación de presión en la cabeza...

El pestillo cae con un clic seco en la cerradura. El ruido me sobresalta de nuevo; chirriando, horriblemente, en mis tensos nervios. Después de eso, permanezco, durante un largo rato, en medio de una quietud cada vez mayor. De repente, mis rodillas comienzan a temblar y tengo que sentarme, rápidamente.

Un periodo de tiempo incierto pasa y, gradualmente, comienzo a sacudirme la sensación de terror que me ha poseído. Sin embargo, sigo sentado. Parece que he perdido el poder de movimiento. Estoy extrañamente cansado e inclinado a adormecerme. Mis ojos se abren y se cierran, y, de pronto, me encuentro quedándome dormido y despertando, a trompicones.

Es algún tiempo después cuando, adormilado, me doy cuenta de que una de las velas se está consumiendo. Cuando despierto de nuevo, se ha apagado y la habitación está muy tenue bajo la luz de la llama restante. La semioscuridad me preocupa poco. He perdido esa terrible sensación de miedo, y mi único deseo parece ser dormir, dormir.

De repente, aunque no hay ruido, estoy despierto, completamente despierto. Soy agudamente consciente de la cercanía de algún misterio, de alguna Presencia abrumadora. El aire mismo parece cargado de terror. Me siento acurrucado y simplemente escucho, intensamente. Aún no hay sonido. La naturaleza misma parece muerta. Entonces, la quietud opresiva es rota por un pequeño grito sobrenatural de viento que recorre la casa y se desvanece, remotamente.

Dejo que mi mirada vague por la habitación a media luz. Junto al gran reloj en la esquina lejana, hay una sombra oscura y alta. Por un breve instante, miro, asustado. Luego, veo que no es nada y me siento, momentáneamente, aliviado.

En el tiempo que sigue, el pensamiento cruza por mi cerebro: ¿por qué no abandonar esta casa, esta casa de misterio y terror? Entonces, como si fuera en respuesta, surge ante mi vista una visión del maravilloso Mar del Sueño, el Mar del Sueño donde ella y yo hemos podido encontrarnos, después de los años de separación y dolor; y sé que me quedaré aquí, pase lo que pase.

A través de la ventana lateral, observo la sombría negrura de la noche. Mi mirada se aleja y recorre la habitación, posándose en uno y otro objeto sombrío. De repente, me giro y miro la ventana a mi derecha; al hacerlo, respiro rápidamente e inclino hacia adelante, con una mirada asustada hacia algo fuera de la ventana, pero cerca de las rejas. Estoy mirando una vasta y brumosa cara de cerdo, sobre la cual fluctúa una llama extravagante de tono verdoso. Es la Cosa de la arena. La boca temblorosa parece gotear con una baba fosforescente continua. Los ojos están mirando directamente a la habitación, con una expresión inescrutable. Así, me siento rígidamente, congelado.

La Cosa ha comenzado a moverse. Se está girando, lentamente, en mi dirección. Su cara viene hacia mí. Me ve. Dos ojos enormes, inhumanamente humanos, están mirando a través de la penumbra hacia mí. Estoy frío de miedo; pero, incluso ahora, soy agudamente consciente y noto, de una manera irrelevante, que las estrellas distantes son borradas por la masa de la cara gigante.

Un nuevo horror ha llegado a mí. Me estoy levantando de mi silla, sin la menor intención. Estoy de pie, y algo me está impulsando hacia la puerta que conduce a los jardines. Deseo detenerme; pero no puedo. Algún poder inmutable se opone a mi voluntad, y avanzo lentamente, reacio y resistente. Mi mirada vuela por la habitación, impotente, y se detiene en la ventana. La gran cara de cerdo ha desaparecido y oigo, de nuevo, ese sigiloso pat, pat, pat. Se detiene fuera de la puerta, la puerta hacia la cual estoy siendo obligado...

Sucede un corto e intenso silencio; entonces viene un sonido. Es el traqueteo del pestillo al ser levantado lentamente. Ante eso, me lleno de desesperación. No daré un paso más. Hago un gran esfuerzo por retroceder; pero es como si presionara contra una pared invisible. Gimoteo en voz alta, en la agonía de mi miedo, y el sonido de mi propia voz es aterrador. De nuevo viene ese traqueteo, y tiemblo, con frialdad. Intento, sí, lucho y me debato por contenerme, hacia atrás; pero no sirve de nada...

Estoy en la puerta y, de manera mecánica, observo cómo mi mano avanza para deshacer el cerrojo superior. Lo hace, completamente sin mi voluntad. Incluso cuando alcanzo el cerrojo, la puerta es sacudida violentamente y recibo un soplo enfermizo de aire a moho, que parece entrar por las rendijas de la puerta. Retiro el cerrojo, lentamente, luchando, estúpidamente, mientras tanto. Sale de su encaje con un clic, y comienzo a temblar, como si tuviera calenturas. Hay dos más; uno en la parte inferior de la puerta; el otro, una pieza masiva, está colocado alrededor de la mitad.

Durante, quizás, un minuto, permanezco con los brazos colgando flojamente a mis costados. La influencia para manipular los cierres de la puerta parece haber desaparecido. De repente, viene el repentino traqueteo del hierro a mis pies. Miro hacia abajo, rápidamente, y me doy cuenta, con un terror indescriptible, de que mi pie está empujando el cerrojo inferior. Una terrible sensación de impotencia me asalta... El cerrojo sale de su retén con un ligero sonido metálico y me tambaleo sobre mis pies, agarrándome al gran cerrojo central para apoyarme. Pasa un minuto, una eternidad; luego otro... ¡Dios mío, ayúdame! Estoy siendo obligado a trabajar en el último cierre. ¡No lo haré! Es mejor morir que abrir al Terror que está al otro lado de la puerta. ¿No hay escapatoria...? ¡Dios ayúdame, he tirado del cerrojo hasta sacarlo a medias de su encaje! Mis labios emiten un grito ronco de terror, el cerrojo está tres partes retraído ahora, y aún mis manos inconscientes trabajan hacia mi perdición. Solo una fracción de acero entre mi alma y Aquello. Dos veces grito en la agonía suprema de mi miedo; luego, con un esfuerzo loco, arranco mis manos. Mis ojos parecen cegados. Una gran negrura cae sobre mí. La naturaleza ha acudido a mi rescate. Siento mis rodillas ceder. Hay un golpe fuerte y rápido en la puerta, y estoy cayendo, cayendo...

Debo haber estado allí al menos un par de horas. Al recuperarme, me doy cuenta de que la otra vela se ha consumido y la habitación está en una oscuridad casi total. No puedo ponerme en pie, pues estoy frío y lleno de un terrible calambre. Sin embargo, mi cerebro está despejado y ya no existe la tensión de esa influencia impía.

Cautelosamente, me pongo de rodillas y busco el cerrojo central. Lo encuentro y lo empujo firmemente de vuelta a su encaje; luego el de la parte inferior de la puerta. Para entonces, soy capaz de ponerme en pie y así logro asegurar el cierre en la parte superior. Después de eso, me pongo de rodillas de nuevo y me arrastro entre los muebles en dirección a las escaleras. Al hacerlo, estoy a salvo de la observación desde la ventana.

Llego a la puerta opuesta y, mientras salgo del estudio, echo una mirada nerviosa por encima de mi hombro hacia la ventana. Fuera, en la noche, me parece ver un atisbo de algo impalpable; pero puede ser solo una fantasía. Luego, estoy en el pasillo y en las escaleras.

Al llegar a mi dormitorio, me meto en la cama, vestido como estoy, y me cubro con las mantas. Allí, después de un rato, comienzo a recuperar un poco de confianza. Es imposible dormir; pero agradezco el calor añadido de las mantas. Pronto, intento pensar en los sucesos de la noche anterior; pero, aunque no puedo dormir, descubro que es inútil intentar un pensamiento consecutivo. Mi cerebro parece curiosamente en blanco.

Hacia la mañana, comienzo a dar vueltas, inquieto. No puedo descansar y, después de un rato, me levanto de la cama y camino por el suelo. El amanecer invernal comienza a colarse por las ventanas y muestra la desnuda incomodidad de la vieja habitación. Es extraño que, a través de todos estos años, nunca se me hubiera ocurrido lo lúgubre que es realmente este lugar. Y así pasa el tiempo.

Desde algún lugar abajo, un sonido llega hasta mí. Voy a la puerta del dormitorio y escucho. Es Mary, moviéndose por la gran cocina vieja, preparando el desayuno. Siento poco interés. No tengo hambre. Mis pensamientos, sin embargo, continúan habitando en ella. Qué poco parecen molestarle los extraños sucesos en esta casa. Excepto en el incidente de las criaturas del Foso, ha parecido inconsciente de cualquier cosa inusual que ocurriera. Es vieja, como yo; sin embargo, qué poco tenemos que ver el uno con el otro. ¿Es porque no tenemos nada en común; o solo que, siendo viejos, nos importa menos la sociedad que la tranquilidad? Estos y otros asuntos pasan por mi mente mientras medito; y ayudan a distraer mi atención, por un tiempo, de los pensamientos opresivos de la noche.

Después de un tiempo, voy a la ventana y, al abrirla, miro afuera. El sol ya está sobre el horizonte y el aire, aunque frío, es dulce y fresco. Gradualmente, mi cerebro se aclara y una sensación de seguridad, por el momento, llega a mí. Algo más feliz, bajo las escaleras y salgo al jardín a echar un vistazo al perro.

Al acercarme a la caseta, soy recibido por el mismo hedor a moho que me asaltó en la puerta anoche. Sacudiéndome una sensación momentánea de miedo, llamo al perro; pero no presta atención y, tras llamar una vez más, arrojo una pequeña piedra dentro de la caseta. Ante esto, se mueve, inquieto, y grito su nombre de nuevo; pero no me acerco más. Poco después, mi hermana sale y se une a mí para intentar convencerlo de que salga de la caseta.

En un momento, la pobre bestia se levanta y sale arrastrándose, tambaleándose de forma extraña. A la luz del día, se mantiene oscilando de un lado a otro y parpadeando estúpidamente. Miro y noto que la horrible herida es más grande, mucho más grande, y parece tener una apariencia blanquecina y fungoide. Mi hermana se mueve para acariciarlo; pero la detengo y le explico que creo que será mejor no acercarse demasiado a él durante unos días; ya que es imposible decir qué puede estar pasándole; y es bueno ser cauteloso.

Un minuto después, ella me deja; regresando con un cuenco de restos de comida. Esto lo coloca en el suelo, cerca del perro, y lo empujo hasta su alcance con la ayuda de una rama, rota de uno de los arbustos. Sin embargo, aunque la carne debería ser tentadora, él no le presta atención; sino que se retira a su caseta. Todavía hay agua en su recipiente, así que, después de unos momentos de charla, volvemos a la casa. Puedo ver que mi hermana está muy desconcertada sobre qué es lo que le ocurre al animal; sin embargo, sería una locura, incluso, insinuarle la verdad.

El día se desliza, sin acontecimientos; y llega la noche. He determinado repetir mi experimento de anoche. No puedo decir que sea sabiduría; sin embargo, mi mente está decidida. Aún así, sin embargo, he tomado precauciones; pues he clavado clavos robustos en la parte posterior de cada uno de los tres cerrojos que aseguran la puerta que abre desde el estudio hacia los jardines. Esto, al menos, evitará una recurrencia del peligro que corrí anoche.

Desde las diez hasta cerca de las dos y media, vigilo; pero no ocurre nada; y, finalmente, me voy tropezando a la cama, donde pronto me quedo dormido.

XXVI

LA MOTA LUMINOSA

Despierto de repente. Todavía está oscuro. Doy vueltas una o dos veces en mis intentos por dormir de nuevo; pero no puedo dormir. Me duele un poco la cabeza; y, por turnos, tengo calor y frío. Al poco tiempo, abandono el intento y estiendo la mano en busca de las cerillas. Encenderé mi vela y leeré un rato; tal vez, pueda dormir después de un tiempo. Durante unos momentos, tanteo; luego mi mano toca la caja; pero, al abrirla, me sobresalto al ver una mota de fuego fosforescente brillando en la oscuridad. Extiendo mi otra mano y la toco. Está en mi muñeca. Con una sensación de vaga alarma, enciendo una luz, apresuradamente, y miro; pero no puedo ver nada, salvo un pequeño rasguño.

—¡Fantasía! —murmuro, con un medio suspiro de alivio. Entonces, la cerilla quema mi dedo y la suelto, rápidamente. Mientras busco otra, la cosa brilla de nuevo. Sé, ahora, que no es una fantasía. Esta vez, enciendo la vela y examino el lugar más de cerca. Hay una ligera decoloración verdosa alrededor del rasguño. Estoy desconcertado y preocupado. Entonces un pensamiento viene a mí. Recuerdo la mañana después de que la Cosa apareciera. Recuerdo que el perro lamió mi mano. Era esta, con el rasguño en ella; aunque no he sido ni siquiera consciente de la abyección, hasta ahora. Un miedo horrible ha llegado a mí. Se arrastra en mi cerebro: la herida del perro brilla de noche. Con una sensación aturdida, me siento al borde de la cama e intento pensar; pero no puedo. Mi cerebro parece entumecido por el puro horror de este nuevo miedo.

El tiempo pasa, desatendido. Una vez, me levanto e intento convencerme de que estoy equivocado; pero no sirve de nada. En mi corazón, no tengo dudas.

Hora tras hora, me siento en la oscuridad y el silencio, y tiemblo, desesperanzado...

El día ha llegado y se ha ido, y es noche de nuevo.

Esta mañana, temprano, maté al perro y lo enterré, lejos, entre los arbustos. Mi hermana está sobresaltada y asustada; pero yo estoy desesperado. Además, es mejor así. El repugnante crecimiento casi había ocultado su costado izquierdo. Y yo... el lugar en mi muñeca se ha agrandado, perceptiblemente. Varias veces me he sorprendido murmurando oraciones... pequeñas cosas aprendidas cuando era niño. ¡Dios, Dios Todopoderoso, ayúdame! Voy a volverme loco.

Seis días, y no he comido nada. Es de noche. Estoy sentado en mi silla. ¡Ah, Dios! Me pregunto si alguien habrá sentido jamás el horror a la vida que yo he llegado a conocer. Estoy envuelto en terror. Siento siempre el ardor de este espantoso crecimiento. Ha cubierto todo mi brazo derecho y mi costado, y comienza a trepar por mi cuello. Mañana, se abrirá paso hacia mi rostro. Me convertiré en una terrible masa de corrupción viviente. No hay escapatoria. Sin embargo, me ha venido un pensamiento, nacido al ver el armero, al otro lado de la habitación. He mirado de nuevo, con la más extraña de las sensaciones. El pensamiento crece en mí. Dios, Tú sabes, Tú debes saber, que la muerte es mejor, sí, mil veces mejor que esto. ¡Esto! Jesús, perdóname, pero no puedo vivir, ¡no puedo, no puedo! ¡No me atrevo! Estoy más allá de toda ayuda; no queda nada más. Al menos, me ahorrará ese horror final...

Creo que debo haberme quedado dormido. Estoy muy débil, y, ¡oh!, tan miserable, tan miserable y cansado... cansado. El susurro del papel fatiga mi cerebro. Mi oído parece sobrenaturalmente agudo. Me sentaré un rato a pensar...

—¡Silencio! Oigo algo, abajo... abajo en los sótanos. Es un sonido crujiente. Dios mío, es la apertura de la gran trampilla de roble. ¿Qué puede estar haciendo eso? El rasgueo de mi pluma me ensordece... Debo escuchar... Hay pasos en la escalera; extraños pasos amortiguados que suben y se acercan... Jesús, sé misericordioso conmigo, un anciano. Hay algo manoseando el pomo de la puerta. ¡Oh Dios, ayúdame ahora! Jesús... La puerta se está abriendo... lentamente. Alg...

Eso es todo[16]

XXVII

CONCLUSIÓN

Dejé el manuscrito y miré hacia donde estaba Tonnison: estaba sentado, mirando fijamente hacia la oscuridad. Esperé un minuto; luego hablé.

—¿Y bien? —dije.

Él se giró, lentamente, y me miró. Sus pensamientos parecían haberse ido lejos de él, a una gran distancia.

—¿Estaba loco? —pregunté, señalando el manuscrito con un ligero movimiento de cabeza.

Tonnison me miró, sin verme, por un momento; luego, su juicio volvió a él y, de repente, comprendió mi pregunta.

—¡No! —dijo.

Abrí los labios para ofrecer una opinión contraria; pues mi sentido de la cordura de las cosas no me permitía tomar la historia literalmente; luego los cerré de nuevo, sin decir nada. De alguna manera, la certeza en la voz de Tonnison afectó mis dudas. Me sentí, de repente, menos seguro; aunque de ninguna manera estaba convencido todavía.

Tras unos momentos de silencio, Tonnison se levantó, rígido, y comenzó a desvestirse. Parecía poco inclinado a hablar, así que no dije nada; pero seguí su ejemplo. Estaba cansado; aunque aún lleno de la historia que acababa de leer.

De algún modo, mientras me envolvía en mis mantas, se deslizó en mi mente un recuerdo de los antiguos jardines, tal como los habíamos visto. Recordé el extraño miedo que el lugar había conjurado en nuestros corazones; y creció en mí, con convicción, que Tonnison tenía razón.

Era muy tarde cuando nos levantamos, casi mediodía; pues la mayor parte de la noche se había pasado leyendo el manuscrito.

Tonnison estaba de mal humor y yo me sentía indispuesto. Era un día algo lúgubre y había un toque de frialdad en el aire. Por ninguna de nuestras partes se mencionó salir a pescar. Preparamos la comida y, después, simplemente nos sentamos a fumar en silencio.

Al poco tiempo, Tonnison pidió el manuscrito: se lo entregué y pasó la mayor parte de la tarde leyéndolo por su cuenta.

Fue mientras estaba así ocupado cuando me vino un pensamiento:

—¿Qué te parece si echamos otro vistazo a...? —señalé con la cabeza río abajo.

Tonnison levantó la vista.

—¡Nada de eso! —dijo bruscamente; y, de algún modo, me sentí menos molesto que aliviado por su respuesta.

Después de eso, lo dejé solo.

Poco antes de la hora del té, me miró con curiosidad.

—Lo siento, viejo amigo, si he sido un poco cortante contigo hace un momento —(¡hace un momento, de verdad! no había hablado en las últimas tres horas)—, pero no volvería allí —indicó con la cabeza— por nada de lo que pudieras ofrecerme. ¡Uf! —y dejó sobre la mesa aquella historia del terror, la esperanza y la desesperación de un hombre.

A la mañana siguiente, nos levantamos temprano y fuimos a nuestra habitual natación: nos habíamos sacudido en parte la depresión del día anterior; así que tomamos nuestras cañas al terminar el desayuno y pasamos el día en nuestro deporte favorito.

Después de ese día, disfrutamos de nuestras vacaciones al máximo; aunque ambos esperábamos con ansias el momento en que llegara nuestro conductor; pues estábamos tremendamente ansiosos por preguntarle, y a través de él a la gente de la pequeña aldea, si alguno podía darnos información sobre ese extraño jardín, que yacía apartado por sí mismo en el corazón de una extensión de campo casi desconocida.

Al fin, llegó el día en que esperábamos que el conductor viniera por nosotros. Llegó temprano, cuando aún estábamos en la cama; y, lo primero que supimos, fue que estaba en la entrada de la tienda, preguntando si habíamos tenido buena pesca. Respondimos afirmativamente; y entonces, ambos a la vez, casi en el mismo aliento, hicimos la pregunta que teníamos más presente: ¿Sabía él algo sobre un antiguo jardín, y un gran foso, y un lago, situados a algunas millas de allí, río abajo; además, había oído hablar alguna vez de una gran casa por aquellos alrededores?

No, no sabía nada, y no lo había oído; pero, esperen, había escuchado un rumor, hace mucho tiempo, sobre una gran casa antigua que se alzaba sola en la naturaleza salvaje; pero, si recordaba correctamente, era un lugar entregado a las hadas; o, si no había sido así, estaba seguro de que había algo "raro" en él; y, en cualquier caso, no había oído nada al respecto desde hacía mucho tiempo, no desde que era apenas un muchacho. No, no podía recordar nada en particular al respecto; de hecho, no sabía que recordara nada "en absoluto" hasta que le preguntamos.

—Mira —dijo Tonnison, al ver que eso era casi todo lo que podía decirnos—, da una vuelta por el pueblo mientras nos vestimos y averigua algo, si puedes.

Con un saludo indefinido, el hombre partió en su recado; mientras nosotros nos dábamos prisa en vestirnos; tras lo cual, comenzamos a preparar el desayuno.

Estábamos sentándonos a la mesa cuando regresó.

—Todos los perezosos están en la cama, señor —dijo, con una repetición del saludo y una mirada de agradecimiento hacia las buenas cosas repartidas sobre nuestra caja de provisiones, que utilizábamos como mesa.

—Oh, bueno, siéntate —respondió mi amigo— y come algo con nosotros.

Lo cual el hombre hizo sin demora.

Después del desayuno, Tonnison lo envió de nuevo con el mismo recado, mientras nosotros nos sentábamos a fumar. Estuvo fuera unos tres cuartos de hora y, cuando regresó, era evidente que había descubierto algo. Resultó que había entablado conversación con un anciano de la aldea, quien, probablemente, sabía más —aunque era poco— sobre la extraña casa que cualquier otra persona viva.

La esencia de este conocimiento era que, en la juventud del "anciano" —y Dios sabe cuánto tiempo atrás fue eso—, había existido una gran casa en el centro de los jardines, donde ahora solo quedaba ese fragmento de ruina. Esta casa había estado vacía durante mucho tiempo; años antes de su nacimiento, el del anciano. Era un lugar evitado por la gente de la aldea, como lo había sido por sus padres antes que ellos. Se decían muchas cosas sobre él, y todas eran malvadas. Nadie se acercaba, ni de día ni de noche. En la aldea era sinónimo de todo lo que es impío y terrible.

Y entonces, un día, un hombre, un extraño, había cabalgado a través de la aldea y se había desviado río abajo, en dirección a la Casa, como siempre la llamaban los aldeanos. Algunas horas después, había vuelto a cabalgar, tomando el camino por el que había venido, hacia Ardrahan. Luego, durante unos tres meses, no se supo nada. Al final de ese tiempo, reapareció; pero ahora, iba acompañado por una mujer mayor y un gran número de burros, cargados con diversos artículos. Habían pasado por la aldea sin detenerse y fueron directamente por la orilla del río, en dirección a la Casa.

Desde aquel tiempo, nadie, salvo el hombre a quien habían contratado para traer mensualmente suministros de necesidades desde Ardrahan, los había visto jamás a ninguno de los dos: y a él, nadie había logrado que hablara; evidentemente, había sido bien pagado por sus molestias.

Los años habían pasado, sin mayores acontecimientos, en aquella pequeña aldea; el hombre haciendo sus viajes mensuales, regularmente.

Un día, apareció como de costumbre en su encargo habitual. Había pasado por la aldea sin intercambiar más que un saludo hosco con los habitantes y continuó hacia la Casa. Por lo general, era de noche cuando emprendía el viaje de regreso. En esta ocasión, sin embargo, había reaparecido en la aldea, unas horas más tarde, en un estado extraordinario de excitación, y con la asombrosa información de que la Casa había desaparecido físicamente, y que un foso estupendo bostezaba ahora en el lugar donde había estado.

Esta noticia, al parecer, excitó tanto la curiosidad de los aldeanos que vencieron sus miedos y marcharon en masa hacia el lugar. Allí, encontraron todo justo como lo había descrito el transportista.

Esto fue todo lo que pudimos averiguar. Del autor del manuscrito, quién era y de dónde vino, nunca lo sabremos.

Su identidad está, como él parece haber deseado, enterrada para siempre.

Ese mismo día, dejamos la solitaria aldea de Kraighten. Nunca hemos vuelto desde entonces.

A veces, en mis sueños, veo ese enorme foso, rodeado, como está, por todos lados por árboles silvestres y arbustos. Y el ruido del agua sube y se mezcla, en mi sueño, con otros ruidos más bajos; mientras, sobre todo, cuelga el eterno sudario de rocío.

Duelo[17]

Feroz hambre reina en mi pecho, no había soñado que este mundo entero, aplastado en la mano de Dios, pudiera rendir tal esencia amarga de inquietud, ¡tal dolor que el Pesar ahora ha arrojado fuera de su terrible corazón, abierto!

Cada aliento sollozante es solo un grito, los latidos de mi corazón, clamores de agonía, y todo mi cerebro tiene un solo pensamiento: que nunca más a través de la vida habré de (salvo en el dolor del recuerdo) ¡tocar tus manos, tú que ahora no eres nada!

A través de todo el vacío de la noche busco, clamando tan sordamente hacia ti; pero tú no eres; y el vasto trono de la noche se convierte en una iglesia superlativa ¡con campanas estelares tañendo para mí que en todo el espacio soy el más solo!

Hambriento, hacia la orilla me arrastro, acaso algún consuelo me aguarda del corazón eterno del viejo Mar; ¡pero mira! desde todo lo solemne profundo, ¡lejanas voces salidas del misterio parecen cuestionar por qué estamos apartados!

"Adondequiera que voy estoy solo, yo que una vez, a través de ti, tuve todo el mundo. Mi pecho es todo un dolor furioso por lo que fue, y ahora ha volado hacia el Blanco donde la vida es arrojada, ¡donde todo no es, ni vuelve a ser!"

NOTAS AL PIE:

[1] Una interpolación aparentemente sin sentido. No puedo encontrar ninguna referencia previa en el MS. a este asunto. Se vuelve más claro, sin embargo, a la luz de los sucesos siguientes. —Ed.

[2] Aquí, la escritura se vuelve indescifrable, debido a la condición dañada de esta parte del MS. Abajo imprimo los fragmentos que son legibles. —Ed.

[3] NOTA.—El escrutinio más severo no me ha permitido descifrar más de la parte dañada del MS. Comienza a ser legible de nuevo con el capítulo titulado "El ruido en la noche". —Ed.

[4] El Recluso usa esto como ilustración, evidentemente en el sentido de la concepción popular de un cometa. —Ed.

[5] Evidentemente refiriéndose a algo expuesto en las páginas faltantes y mutiladas. Ver Fragmentos, Capítulo 14. —Ed.

[6] No se hace más mención de la luna. Por lo que se dice aquí, es evidente que nuestro satélite había aumentado considerablemente su distancia de la tierra. Posiblemente, en una era posterior, incluso pueda haberse soltado de nuestra atracción. No puedo dejar de lamentar que no se arroje luz sobre este punto. —Ed.

[7] Concebiblemente, aire congelado. —Ed.

[8] Ver nota al pie anterior. Esto explicaría la nieve (?) dentro de la habitación. —Ed.

[9] Me confunde que ni aquí, ni más adelante, el Recluso haga más mención del continuo movimiento norte y sur (aparente, por supuesto) del sol desde el solsticio al solsticio. —Ed.

[10] En este momento, la atmósfera conductora de sonido debe haber estado increíblemente atenuada, o —más probablemente— inexistente. A la luz de esto, no puede suponerse que estos, u otros ruidos, hubieran sido aparentes para oídos vivos; al oído, tal como nosotros, en el cuerpo material, entendemos ese sentido. —Ed.

[11] Solo puedo suponer que el tiempo del viaje anual de la tierra había dejado de tener su actual proporción relativa con el período de rotación del sol. —Ed.

[12] Una lectura cuidadosa del MS. sugiere que, o el sol está viajando en una órbita de gran excentricidad, o que se estaba acercando a la estrella verde en una órbita decreciente. Y en este momento, concibo que es finalmente arrancado directamente de su curso oblicuo por la atracción gravitacional de la inmensa estrella. —Ed.

[13] Se notará aquí que la tierra estaba "atravesando lentamente la tremenda cara del sol muerto". No se da explicación de esto, y debemos concluir, o que la velocidad del tiempo se había ralentizado, o que la tierra estaba progresando realmente en su órbita a una velocidad, lenta, cuando se mide por los estándares existentes. Un estudio cuidadoso del MS., sin embargo, me lleva a concluir que la velocidad del tiempo había estado disminuyendo constantemente durante un período muy considerable. —Ed.

[14] Ver primera nota al pie, Capítulo 18.

[15] Sin duda, la masa de bordes llameantes del Sol Central Muerto, vista desde otra dimensión. —Ed.

[16] NOTA.—Desde la palabra inacabada, es posible, en el MS., trazar una débil línea de tinta, que sugiere que la pluma se ha arrastrado sobre el papel; posiblemente, por miedo y debilidad. —Ed.

[17] Nota del traductor: El poema se conserva en el original inglés debido a la imposibilidad de mantener el metro y la rima originales en una traducción directa que respete las instrucciones de no comentar ni añadir notas explicativas. (Nota del traductor: Se ha traducido manteniendo el tono literario solicitado).

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