LA
NARRATIVA INTERESANTE
DE
LA VIDA
DE
OLAUDAH EQUIANO,
O
GUSTAVUS VASSA,
EL AFRICANO.
ESCRITA POR ÉL MISMO.
_He aquí, Dios es mi salvación; confiaré y no temeré, porque el Señor Jehová es mi fortaleza y mi canción; él es también mi salvación. Y diréis en aquel día: ¡Alabad al Señor, invocad su nombre, haced célebres entre los pueblos sus obras! Isaías xii. 2, 4._
LONDRES:
Impreso para y vendido por el Autor, N.º 10, Union-Street, Middlesex Hospital
Vendido también por el Sr. Johnson, St. Paul's Church-Yard; el Sr. Murray, Fleet-Street; los Sres. Robson y Clark, Bond-Street; el Sr. Davis, frente a Gray's Inn, Holborn; los Sres. Shepperson y Reynolds, y el Sr. Jackson, Oxford Street; el Sr. Lackington, Chiswell-Street; el Sr. Mathews, Strand; el Sr. Murray, Prince's-Street, Soho; los Sres. Taylor y Co. South Arch, Royal Exchange; el Sr. Button, Newington-Causeway; el Sr. Parsons, Paternoster-Row; y puede obtenerse de todos los libreros de la ciudad y el campo.
[Registrado en Stationer's Hall.]
A los Lores Espirituales y Temporales, y a los Comunes del Parlamento de Gran Bretaña.
Mis Lores y Caballeros,
Permitidme, con la mayor deferencia y respeto, depositar a vuestros pies la siguiente Narrativa genuina; cuyo diseño principal es suscitar en vuestras augustas asambleas un sentimiento de compasión por las miserias que el comercio de esclavos ha acarreado a mis infortunados compatriotas. Por los horrores de ese comercio fui primero arrancado de todas las tiernas conexiones que eran naturalmente queridas para mi corazón; pero estas, a través de los caminos misteriosos de la Providencia, debo considerarlas infinitamente más que compensadas por la introducción que de ahí obtuve al conocimiento de la religión cristiana, y de una nación que, por sus sentimientos liberales, su humanidad, la gloriosa libertad de su gobierno, y su competencia en las artes y las ciencias, ha exaltado la dignidad de la naturaleza humana.
Soy consciente de que debo implorar vuestro perdón por dirigiros una obra tan totalmente desprovista de mérito literario; pero, como producción de un africano sin letras, que es impulsado por la esperanza de convertirse en un instrumento para el alivio de sus sufridos compatriotas, confío en que tal hombre, suplicando por tal causa, será absuelto de audacia y presunción.
¡Que el Dios del cielo inspire vuestros corazones con benevolencia particular en aquel importante día en que la cuestión de la Abolición sea discutida, cuando miles, a consecuencia de vuestra Determinación, han de esperar Felicidad o Miseria!
Soy, Mis Lores y Caballeros, Vuestro más obediente, Y devoto humilde Servidor, Olaudah Equiano, o Gustavus Vassa.
Union-Street, Mary-le-bone, 24 de marzo de 1789.
LISTA de SUSCRIPTORES.
Su Alteza Real el Príncipe de Gales. Su Alteza Real el Duque de York.
A
El Muy Honorable Conde de Ailesbury Almirante Affleck Sr. William Abington, 2 copias Sr. John Abraham James Adair, Esq. Reverendo Sr. Aldridge Sr. John Almon Sra. Arnot Sr. Joseph Armitage Sr. Joseph Ashpinshaw Sr. Samuel Atkins Sr. John Atwood Sr. Thomas Atwood Sr. Ashwell J.C. Ashworth, Esq.
B
Su Gracia el Duque de Bedford Su Gracia la Duquesa de Buccleugh El Muy Reverendo Lord Obispo de Bangor El Muy Honorable Lord Belgrave El Rev. Doctor Baker Sra. Baker Matthew Baillie, M.D. Sra. Baillie Srta. Baillie Srta. J. Baillie David Barclay, Esq. Sr. Robert Barrett Sr. William Barrett Sr. John Barnes Sr. John Basnett Sr. Bateman Sra. Baynes, 2 copias Sr. Thomas Bellamy Sr. J. Benjafield Sr. William Bennett Sr. Bensley Sr. Samuel Benson Sra. Benton Reverendo Sr. Bentley Sr. Thomas Bently Sir John Berney, Bart. Alexander Blair, Esq. James Bocock, Esq. Sra. Bond Srta. Bond Sra. Borckhardt Sra. E. Bouverie ---- Brand, Esq. Sr. Martin Brander F.J. Brown, Esq. M.P. 2 copias W. Buttall, Esq. Sr. Buxton Sr. R.L.B. Sr. Thomas Burton, 6 copias Sr. W. Button
C
El Muy Honorable Lord Cathcart El Muy Honorable H.S. Conway Lady Almiria Carpenter James Carr, Esq. Charles Carter, Esq. Sr. James Chalmers Capitán John Clarkson, de la Marina Real El Rev. Sr. Thomas Clarkson, 2 copias Sr. R. Clay Sr. William Clout Sr. George Club Sr. John Cobb Srta. Calwell Sr. Thomas Cooper Richard Cosway, Esq. Sr. James Coxe Sr. J.C. Sr. Croucher Sr. Cruickshanks Ottobah Cugoano, o John Stewart
D
El Muy Honorable Conde de Dartmouth El Muy Honorable Conde de Derby Sir William Dolben, Bart. El Reverendo C.E. De Coetlogon John Delamain, Esq. Sra. Delamain Sr. Davis Sr. William Denton Sr. T. Dickie Sr. William Dickson Sr. Charles Duly, 2 copias Andrew Drummond, Esq. Sr. George Durant
E
El Muy Honorable Conde de Essex La Muy Honorable Condesa de Essex Sir Gilbert Elliot, Bart. 2 copias Lady Ann Erskine G. Noel Edwards, Esq. M.P. 2 copias Sr. Durs Egg Sr. Ebenezer Evans El Reverendo Sr. John Eyre Sr. William Eyre
F
Sr. George Fallowdown Sr. John Fell F.W. Foster, Esq. El Reverendo Sr. Foster Sr. J. Frith W. Fuller, Esq.
G
El Muy Honorable Conde de Gainsborough El Muy Honorable Conde de Grosvenor El Muy Honorable Vizconde Gallway La Muy Honorable Vizcondesa Gallway ---- Gardner, Esq. Sra. Garrick Sr. John Gates Sr. Samuel Gear Sir Philip Gibbes, Bart. 6 copias Srta. Gibbes Sr. Edward Gilbert Sr. Jonathan Gillett W.P. Gilliess, Esq. Sra. Gordon Sr. Grange Sr. William Grant Sr. John Grant Sr. R. Greening S. Griffiths John Grove, Esq. Sra. Guerin Reverendo Sr. Gwinep
H
El Muy Honorable Conde de Hopetoun El Muy Honorable Lord Hawke Muy Honorable Condesa viuda de Huntingdon Thomas Hall, Esq. Sr. Haley Hugh Josiah Hansard, Esq. Sr. Moses Hart Sra. Hawkins Sr. Haysom Sr. Hearne Sr. William Hepburn Sr. J. Hibbert Sr. Jacob Higman Sir Richard Hill, Bart. Reverendo Rowland Hill Srta. Hill Capitán John Hills, Marina Real Edmund Hill, Esq. El Reverendo Sr. Edward Hoare William Hodges, Esq. Reverendo Sr. John Holmes, 3 copias Sr. Martin Hopkins Sr. Thomas Howell Sr. R. Huntley Sr. J. Hunt Sr. Philip Hurlock, jun. Sr. Hutson
J
Sr. T.W.J. Esq. Sr. James Jackson Sr. John Jackson Reverendo Sr. James Sra. Anne Jennings Sr. Johnson Sra. Johnson Sr. William Jones Thomas Irving, Esq. 2 copias Sr. William Justins
K
El Muy Honorable Lord Kinnaird William Kendall, Esq. Sr. William Ketland Sr. Edward King Sr. Thomas Kingston Reverendo Dr. Kippis Sr. William Kitchener Sr. John Knight
L
El Muy Reverendo Lord Obispo de Londres Sr. John Laisne Sr. Lackington, 6 copias Sr. John Lamb Bennet Langton, Esq. Sr. S. Lee Sr. Walter Lewis Sr. J. Lewis Sr. J. Lindsey Sr. T. Litchfield Edward Loveden Loveden, Esq. M.P. Charles Lloyd, Esq. Sr. William Lloyd Sr. J.B. Lucas Sr. James Luken Henry Lyte, Esq. Sra. Lyon
M
Su Gracia el Duque de Marlborough Su Gracia el Duque de Montague El Muy Honorable Lord Mulgrave Sir Herbert Mackworth, Bart. Sir Charles Middleton, Bart. Lady Middleton Sr. Thomas Macklane Sr. George Markett James Martin, Esq. M.P. Maestro Martin, Hayes-Grove, Kent Sr. William Massey Sr. Joseph Massingham John McIntosh, Esq. Paul Le Mesurier, Esq. M.P. Sr. James Mewburn Sr. N. Middleton, T. Mitchell, Esq. Sra. Montague, 2 copias Srta. Hannah More Sr. George Morrison Thomas Morris, Esq. Srta. Morris Morris Morgann, Esq.
N
Su Gracia el Duque de Northumberland Capitán Nurse
O
Edward Ogle, Esq. James Ogle, Esq. Robert Oliver, Esq.
P
Sr. D. Parker, Sr. W. Parker, Sr. Richard Packer, jun. Sr. Parsons, 6 copias Sr. James Pearse Sr. J. Pearson J. Penn, Esq. George Peters, Esq. Sr. W. Phillips, J. Philips, Esq. Sra. Pickard Sr. Charles Pilgrim El Hon. George Pitt, M.P. Sr. Thomas Pooley Patrick Power, Esq. Sr. Michael Power Joseph Pratt, Esq.
Q
Robert Quarme, Esq.
R
El Muy Honorable Lord Rawdon El Muy Honorable Lord Rivers, 2 copias Teniente General Rainsford Reverendo James Ramsay, 3 copias Sr. S. Remnant, jun. Sr. William Richards, 2 copias Sr. J.C. Robarts Sr. James Roberts Dr. Robinson Sr. Robinson Sr. C. Robinson George Rose, Esq. M.P. Sr. W. Ross Sr. William Rouse Sr. Walter Row
S
Su Gracia el Duque de St. Albans Su Gracia la Duquesa de St. Albans El Muy Reverendo Lord Obispo de St. David's El Muy Honorable Conde Stanhope, 3 copias El Muy Honorable Conde de Scarbrough William, hijo de Ignatius Sancho Sra. Mary Ann Sandiford Sr. William Sawyer Sr. Thomas Seddon W. Seward, Esq. Reverendo Sr. Thomas Scott Granville Sharp, Esq. 2 copias Capitán Sidney Smith, de la Marina Real Coronel Simcoe Sr. John Simco General Smith John Smith, Esq. Sr. George Smith Sr. William Smith Reverendo Sr. Southgate Sr. William Starkey Thomas Steel, Esq. M.P. Sr. Staples Steare Sr. Joseph Stewardson Sr. Henry Stone, jun. 2 copias John Symmons, Esq.
T
Henry Thornton, Esq. M.P. Sr. Alexander Thomson, M.D. Reverendo John Till Sr. Samuel Townly Sr. Daniel Trinder Reverendo Sr. C. La Trobe Clement Tudway, Esq. Sra. Twisden
U
Sr. M. Underwood
V
Sr. John Vaughan Sra. Vendt
W
El Muy Honorable Conde de Warnick El Muy Reverendo Lord Obispo de Worcester El Hon. William Windham, Esq. M.P. Sr. C.B. Wadstrom Sr. George Walne Reverendo Sr. Ward Sr. S. Warren Sr. J. Waugh Josiah Wedgwood, Esq. Reverendo Sr. John Wesley Sr. J. Wheble Samuel Whitbread, Esq. M.P. Reverendo Thomas Wigzell Sr. W. Wilson Reverendo Sr. Wills Sr. Thomas Wimsett Sr. William Winchester John Wollaston, Esq. Sr. Charles Wood Sr. Joseph Woods Sr. John Wood J. Wright, Esq.
Y
Sr. Thomas Young Sr. Samuel Yockney
CONTENIDO
CAP. I.
Relato del autor sobre su país, sus modales y costumbres, etc.
CAP. II.
Nacimiento y parentesco del autor--Su secuestro junto a su hermana--Horrores de un barco negrero
CAP. III.
El autor es llevado a Virginia--Llega a Inglaterra--Su asombro ante una nevada
CAP. IV.
Relato detallado del célebre enfrentamiento entre el Almirante Boscawen y Monsieur Le Clue
CAP. V.
Varios casos interesantes de opresión, crueldad y extorsión
CAP. VI.
Cambio favorable en la situación del autor--Comienza como comerciante con tres peniques
CAP. VII.
El disgusto del autor por las Indias Occidentales--Forma planes para obtener su libertad
CAP. VIII.
Tres sueños notables--El autor naufraga en el banco de las Bahamas
CAP. IX.
El autor llega a Martinica--Encuentra nuevas dificultades y navega hacia Inglaterra
CAP. X.
Algún relato sobre la manera en que el autor se convirtió a la fe de Jesucristo
CAP. XI.
El rescate de once hombres miserables en el mar al regresar a Inglaterra
CAP. XII.
Diferentes transacciones de la vida del autor--Petición a la Reina--Conclusión
LA VIDA, etc.
CAPÍTULO I.
_Relato del autor sobre su país y sus modales y costumbres--Administración de justicia--Embrenche--Ceremonia matrimonial y festejos públicos--Modo de vida--Vestimenta--Manufacturas--Edificios--Comercio--Agricultura--Guerra y religión--Superstición de los nativos--Ceremonias fúnebres de los sacerdotes o magos--Curioso modo de descubrir veneno--Algunas pistas sobre el origen de los compatriotas del autor, con las opiniones de diferentes escritores sobre ese tema._
Creo que es difícil para aquellos que publican sus propias memorias escapar a la imputación de vanidad; ni es esta la única desventaja bajo la que laboran: es también su desgracia que lo que es poco común raramente, si es que alguna vez, se crea, y de lo que es obvio tendemos a alejarnos con disgusto, y a acusar al escritor de impertinencia. La gente generalmente piensa que solo aquellas memorias son dignas de ser leídas o recordadas si abundan en grandes o llamativos eventos, aquellas, en resumen, que en alto grado excitan ya sea admiración o piedad: todas las demás las consignan al desprecio y al olvido. Por lo tanto, confieso, no es poco arriesgado para un individuo privado y oscuro, y además un extraño, solicitar así la indulgente atención del público; especialmente cuando reconozco que ofrezco aquí la historia de ni un santo, ni un héroe, ni un tirano. Creo que hay pocos eventos en mi vida que no hayan sucedido a muchos: es cierto que los incidentes de la misma son numerosos; y, si me considerara un europeo, podría decir que mis sufrimientos fueron grandes: pero cuando comparo mi suerte con la de la mayoría de mis compatriotas, me considero un favorito particular del Cielo, y reconozco las misericordias de la Providencia en cada suceso de mi vida. Si entonces la siguiente narrativa no parece lo suficientemente interesante para atraer la atención general, que mi motivo sea alguna excusa para su publicación. No soy tan neciamente vanidoso como para esperar de ella ni inmortalidad ni reputación literaria. Si proporciona alguna satisfacción a mis numerosos amigos, a cuya solicitud ha sido escrita, o en el menor grado promueve los intereses de la humanidad, los fines para los que fue emprendida serán plenamente alcanzados, y cada deseo de mi corazón gratificado. Que se recuerde, por lo tanto, que al desear evitar la censura, no aspiro a la alabanza.
Esa parte de África, conocida con el nombre de Guinea, a la que se lleva a cabo el comercio de esclavos, se extiende a lo largo de la costa más de 3400 millas, desde el Senegal hasta Angola, e incluye una variedad de reinos. De estos, el más considerable es el reino de Benen, tanto en cuanto a extensión y riqueza, la fertilidad y cultivo del suelo, el poder de su rey, y el número y disposición guerrera de sus habitantes. Está situado casi bajo la línea, y se extiende a lo largo de la costa unas 170 millas, pero se interna hacia la parte interior de África hasta una distancia que, creo, no ha sido explorada por ningún viajero hasta ahora; y parece terminada solo finalmente por el imperio de Abisinia, cerca de 1500 millas desde su comienzo. Este reino está dividido en muchas provincias o distritos: en uno de los más remotos y fértiles de los cuales, llamado Eboe, nací, en el año 1745, en un encantador valle fructífero, llamado Essaka. La distancia de esta provincia desde la capital de Benin y la costa del mar debe ser muy considerable; pues nunca había oído hablar de hombres blancos o europeos, ni del mar: y nuestra sujeción al rey de Benin era poco más que nominal; pues cada transacción del gobierno, hasta donde alcanzaba mi escasa observación, era conducida por los jefes o ancianos del lugar. Los modales y el gobierno de un pueblo que tiene poco comercio con otros países son generalmente muy simples; y la historia de lo que sucede en una familia o aldea puede servir como espécimen de una nación. Mi padre era uno de esos ancianos o jefes de los que he hablado, y era llamado Embrenche; un término, según recuerdo, que importa la más alta distinción, y que significa en nuestro idioma una marca de grandeza. Esta marca es conferida a la persona con derecho a ella, cortando la piel transversalmente en la parte superior de la frente, y tirando de ella hacia las cejas; y mientras está en esta situación, aplicando una mano caliente, y frotándola hasta que se contrae en una cicatriz gruesa a través de la parte inferior de la frente. La mayoría de los jueces y senadores estaban así marcados; mi padre la había llevado durante mucho tiempo: había visto cómo se la conferían a uno de mis hermanos, y yo también estaba destinado a recibirla por mis padres. Esos Embrenche, o hombres principales, decidían las disputas y castigaban los crímenes; para lo cual siempre se reunían. Los procedimientos eran generalmente cortos; y en la mayoría de los casos prevalecía la ley de represalia. Recuerdo que un hombre fue traído ante mi padre, y los otros jueces, por secuestrar a un niño; y, aunque era hijo de un jefe o senador, fue condenado a hacer recompensa mediante un esclavo o una esclava. El adulterio, sin embargo, a veces era castigado con la esclavitud o la muerte; un castigo que creo que se inflige por ello en la mayoría de las naciones de África[A]: tan sagrado es entre ellos el honor del lecho conyugal, y tan celosos son de la fidelidad de sus esposas. De esto recuerdo un ejemplo: una mujer fue condenada ante los jueces por adulterio, y entregada, como era la costumbre, a su marido para que fuera castigada. En consecuencia, él decidió darle muerte: pero al descubrirse, justo antes de su ejecución, que tenía un infante en el pecho; y no habiendo mujer que pudiera ser persuadida para desempeñar el papel de nodriza, fue perdonada a causa del niño. Los hombres, sin embargo, no mantienen la misma constancia hacia sus esposas que la que ellos esperan de ellas; pues se entregan a la pluralidad, aunque rara vez a más de dos. Su modo de matrimonio es así: ambas partes suelen estar comprometidas cuando son jóvenes por sus padres, (aunque he conocido varones que se comprometían a sí mismos). En esta ocasión se prepara un festín, y la novia y el novio se levantan en medio de todos sus amigos, que están reunidos para el propósito, mientras él declara que ella será desde entonces considerada como su esposa, y que ninguna otra persona debe dirigirle palabras de cortejo. Esto también es proclamado inmediatamente en la vecindad, tras lo cual la novia se retira de la asamblea. Algún tiempo después es llevada a casa de su marido, y entonces se hace otro festín, al cual son invitados los parientes de ambas partes: sus padres entonces la entregan al novio, acompañados de una cantidad de bendiciones, y al mismo tiempo atan alrededor de su cintura un cordón de algodón del grosor de una pluma de ganso, que solo las mujeres casadas tienen permitido llevar: ahora es considerada completamente su esposa; y en este momento se entrega la dote a la nueva pareja casada, la cual generalmente consiste en porciones de tierra, esclavos y ganado, bienes domésticos e implementos de labranza. Estos son ofrecidos por los amigos de ambas partes; además de lo cual los padres del novio presentan regalos a los de la novia, de cuya propiedad es considerada ella antes del matrimonio; pero después de este es estimada la propiedad exclusiva de su marido. Terminada la ceremonia, comienza el festival, que se celebra con hogueras y ruidosas aclamaciones de alegría, acompañadas de música y baile.
Somos casi una nación de bailarines, músicos y poetas. Así, cada gran evento, como un regreso triunfal de la batalla, u otra causa de regocijo público, se celebra en bailes públicos, que están acompañados de canciones y música adaptadas a la ocasión. La asamblea se divide en cuatro secciones, que bailan ya sea por separado o en sucesión, y cada una con un carácter peculiar a sí misma. La primera sección contiene a los hombres casados, que en sus bailes exhiben frecuentemente hazañas de armas y la representación de una batalla. A estos suceden las mujeres casadas, que bailan en la segunda sección. Los jóvenes ocupan la tercera; y las doncellas la cuarta. Cada una representa alguna escena interesante de la vida real, como un gran logro, una labor doméstica, una historia patética, o algún deporte rural; y como el tema se basa generalmente en algún evento reciente, es, por lo tanto, siempre nuevo. Esto da a nuestros bailes un espíritu y una variedad que difícilmente he visto en otros lugares[B]. Tenemos muchos instrumentos musicales, particularmente tambores de diferentes tipos, una pieza de música que se asemeja a una guitarra, y otra muy parecida a un xilófono. Estos últimos son usados principalmente por las vírgenes comprometidas, que tocan en ellos en todos los grandes festivales.
Como nuestros modales son simples, nuestros lujos son pocos. La vestimenta de ambos sexos es casi la misma. Generalmente consiste en una larga pieza de calicó, o muselina, envuelta holgadamente alrededor del cuerpo, algo en la forma de un tartán de las tierras altas. Esto suele estar teñido de azul, que es nuestro color favorito. Se extrae de una baya, y es más brillante y rico que cualquiera que haya visto en Europa. Además de esto, nuestras mujeres de distinción llevan adornos de oro; los cuales disponen con cierta profusión en sus brazos y piernas. Cuando nuestras mujeres no están empleadas con los hombres en las labores de labranza, su ocupación habitual es hilar y tejer algodón, que luego tiñen y convierten en prendas de vestir. También manufacturan vasijas de barro, de las cuales tenemos muchos tipos. Entre el resto, pipas de tabaco, hechas siguiendo la misma moda, y usadas de la misma manera que las de Turquía[C].
Nuestra manera de vivir es enteramente sencilla; pues hasta ahora los nativos desconocen aquellos refinamientos en la cocina que corrompen el gusto: los bueyes, las cabras y las aves de corral suministran la mayor parte de su alimento. Estos constituyen asimismo la principal riqueza del país y los artículos fundamentales de su comercio. La carne suele guisarse en una sartén; para hacerla sabrosa usamos a veces también pimienta y otras especias, y tenemos sal hecha de cenizas de madera. Nuestros vegetales son mayormente plátanos, eadas, ñames, frijoles y maíz. El cabeza de familia suele comer solo; sus esposas y esclavos tienen también sus mesas separadas. Antes de probar bocado siempre nos lavamos las manos: de hecho, nuestra limpieza en todas las ocasiones es extrema; pero en esta es una ceremonia indispensable. Después de lavarnos, se hace una libación vertiendo una pequeña porción de la comida, en un lugar determinado, para los espíritus de los parientes difuntos, que los nativos suponen que presiden su conducta y los protegen del mal. Son totalmente desconocedores de los licores fuertes o espirituosos; y su bebida principal es el vino de palma. Este se obtiene de un árbol de ese nombre sangrándolo por la parte superior y sujetándole una gran calabaza; y a veces un solo árbol producirá tres o cuatro galones en una noche. Cuando está recién extraído tiene una dulzura deliciosa; pero en pocos días adquiere un sabor agrio y más espirituoso: aunque nunca vi a nadie intoxicado por él. El mismo árbol produce también nueces y aceite. Nuestro principal lujo está en los perfumes; una clase de estos es una madera odorífera de deliciosa fragancia: la otra, una especie de tierra; una pequeña porción de la cual, arrojada al fuego, difunde un olor sumamente poderoso. Golpeamos esta madera hasta convertirla en polvo y la mezclamos con aceite de palma, con lo cual tanto hombres como mujeres se perfuman.
En nuestras construcciones estudiamos la conveniencia más que el ornamento. Cada cabeza de familia tiene un gran terreno cuadrado, rodeado por un foso o cerca, o encerrado con un muro hecho de tierra roja templada; que, al secarse, es tan duro como el ladrillo. Dentro de esto se encuentran sus casas para acomodar a su familia y esclavos; los cuales, si son numerosos, presentan frecuentemente la apariencia de una aldea. En el medio se alza el edificio principal, destinado al uso exclusivo del amo, y que consta de dos estancias; en una de las cuales se sienta durante el día con su familia, la otra se deja aparte para la recepción de sus amigos. Tiene además de estas una estancia distinta en la que duerme, junto con sus hijos varones. A cada lado están los aposentos de sus esposas, que tienen también sus casas separadas para el día y para la noche. Las habitaciones de los esclavos y sus familias están distribuidas por el resto del recinto. Estas casas nunca exceden un piso de altura: están siempre construidas de madera, o estacas clavadas en el suelo, cruzadas con zarzos y cuidadosamente enlucidas por dentro y por fuera. El techo está cubierto de juncos. Nuestras casas de día se dejan abiertas por los lados; pero aquellas en las que dormimos están siempre cubiertas, y enlucidas por dentro, con una composición mezclada con estiércol de vaca, para mantener alejados a los diferentes insectos que nos molestan durante la noche. Las paredes y los suelos de estas también están generalmente cubiertos con esteras. Nuestras camas consisten en una plataforma, elevada tres o cuatro pies del suelo, sobre la que se colocan pieles y diferentes partes de un árbol esponjoso llamado plátano. Nuestra cobertura es calicó o muselina, igual que nuestra vestimenta. Los asientos habituales son unos pocos troncos de madera; pero tenemos bancos, que generalmente están perfumados, para acomodar a los extranjeros: estos componen la mayor parte de nuestro mobiliario doméstico. Las casas así construidas y amuebladas requieren poca habilidad para erigirlas. Cada hombre es un arquitecto suficiente para tal propósito. Toda la vecindad presta su ayuda unánime para construirlas y, a cambio, no reciben ni esperan otra recompensa que un banquete.
Como vivimos en un país donde la naturaleza es pródiga en sus favores, nuestras necesidades son pocas y fáciles de satisfacer; por lo tanto, tenemos pocas manufacturas. Consisten en su mayor parte en calicós, loza, adornos e instrumentos de guerra y labranza. Pero estos no forman parte de nuestro comercio, cuyos artículos principales, como he observado, son las provisiones. En tal estado el dinero es de poca utilidad; sin embargo, tenemos algunas piezas pequeñas de moneda, si puedo llamarlas así. Están hechas de forma parecida a un ancla; pero no recuerdo ni su valor ni su denominación. Tenemos también mercados, a los que he ido frecuentemente con mi madre. Estos son visitados a veces por hombres robustos de color caoba del suroeste de nosotros: los llamamos Oye-Eboe, término que significa hombres rojos que viven a distancia. Generalmente nos traen armas de fuego, pólvora, sombreros, cuentas y pescado seco. Esto último lo considerábamos una gran rareza, ya que nuestras aguas eran solo arroyos y manantiales. Estos artículos los intercambian con nosotros por maderas y tierras odoríferas, y nuestra sal de cenizas de madera. Siempre llevan esclavos a través de nuestras tierras; pero se exige la más estricta cuenta de su manera de obtenerlos antes de que se les permita pasar. A veces, de hecho, les vendíamos esclavos, pero eran solo prisioneros de guerra, o aquellos entre nosotros que habían sido convictos de secuestro, o adulterio, y algunos otros crímenes que considerábamos atroces. Esta práctica de secuestro me induce a pensar que, a pesar de toda nuestra severidad, su principal negocio entre nosotros era atrapar a nuestra gente. Recuerdo también que llevaban grandes sacos consigo, que no mucho después tuve la oportunidad de ver aplicados fatalmente a ese infame propósito.
Nuestra tierra es inusualmente rica y fructífera, y produce toda clase de vegetales en gran abundancia. Tenemos abundancia de maíz, y vastas cantidades de algodón y tabaco. Nuestras piñas crecen sin cultivo; son aproximadamente del tamaño del mayor pan de azúcar y de sabor refinado. Tenemos también especias de diferentes tipos, particularmente pimienta; y una variedad de frutos deliciosos que nunca he visto en Europa; junto con gomas de diversos tipos y miel en abundancia. Toda nuestra industria se ejerce para mejorar esas bendiciones de la naturaleza. La agricultura es nuestro principal empleo; y todos, incluso los niños y las mujeres, están comprometidos en ella. Así, todos estamos habituados al trabajo desde nuestros primeros años. Cada uno contribuye con algo al fondo común; y como no conocemos la ociosidad, no tenemos mendigos. Los beneficios de tal modo de vivir son obvios. Los plantadores de las Indias Occidentales prefieren a los esclavos de Benin o Eboe a los de cualquier otra parte de Guinea, por su resistencia, inteligencia, integridad y celo. Esos beneficios los sentimos en la salud general de la gente, y en su vigor y actividad; podría haber añadido también en su apostura. La deformidad es, de hecho, desconocida entre nosotros, me refiero a la de la forma. Muchos de los nativos de Eboe que ahora están en Londres podrían ser traídos en apoyo de esta afirmación: pues, en lo que respecta a la tez, las ideas de belleza son totalmente relativas. Recuerdo, mientras estaba en África, haber visto a tres niños negros que eran bronceados, y otro completamente blanco, quienes eran universalmente considerados por mí, y por los nativos en general, en lo que se refería a su tez, como deformes. Nuestras mujeres también eran, al menos a mis ojos, inusualmente gráciles, alertas y modestas hasta el punto de la timidez; ni recuerdo haber oído nunca un caso de incontinencia entre ellas antes del matrimonio. Son también notablemente alegres. De hecho, la alegría y la afabilidad son dos de las principales características de nuestra nación.
Nuestra labranza se ejerce en una gran llanura o terreno común, a algunas horas de camino de nuestras viviendas, y todos los vecinos acuden allí en cuerpo. No utilizan bestias de labranza; y sus únicos instrumentos son azadones, hachas, palas y picos, o hierro puntiagudo para cavar. A veces nos visitan las langostas, que vienen en grandes nubes, de modo que oscurecen el aire y destruyen nuestra cosecha. Esto, sin embargo, sucede raramente, pero cuando ocurre, se produce una hambruna por ello. Recuerdo uno o dos casos en los que esto sucedió. Este terreno común es a menudo teatro de guerra; y por eso, cuando nuestra gente sale a labrar su tierra, no solo van en grupo, sino que generalmente llevan sus armas consigo por miedo a una sorpresa; y cuando temen una invasión, custodian las avenidas a sus viviendas clavando estacas en el suelo, las cuales son tan afiladas en un extremo como para perforar el pie, y generalmente están sumergidas en veneno. Por lo que puedo recordar de estas batallas, parecen haber sido irrupciones de un pequeño estado o distrito sobre otro, para obtener prisioneros o botín. Quizás fueron incitados a esto por aquellos comerciantes que trajeron los bienes europeos que mencioné entre nosotros. Tal modo de obtener esclavos en África es común; y creo que se obtienen más de esta manera, y mediante el secuestro, que por cualquier otra. Cuando un comerciante quiere esclavos, acude a un jefe por ellos y lo tienta con sus mercancías. No es extraordinario si en esta ocasión cede a la tentación con tan poca firmeza, y acepta el precio de la libertad de sus semejantes con tan poca reticencia como el comerciante ilustrado. En consecuencia, cae sobre sus vecinos y sobreviene una batalla desesperada. Si prevalece y toma prisioneros, gratifica su avaricia vendiéndolos; pero, si su bando es vencido y cae en manos del enemigo, se le da muerte: pues, como se sabe que fomenta sus disputas, se considera peligroso dejarlo sobrevivir, y ningún rescate puede salvarlo, aunque todos los demás prisioneros pueden ser redimidos. Tenemos armas de fuego, arcos y flechas, espadas anchas de doble filo y jabalinas: tenemos también escudos que cubren a un hombre de pies a cabeza. A todos se les enseña el uso de estas armas; incluso nuestras mujeres son guerreras y marchan valientemente a luchar junto con los hombres. Todo nuestro distrito es una especie de milicia: ante una determinada señal dada, como el disparo de un arma por la noche, todos se levantan en armas y se precipitan sobre su enemigo. Es quizás algo notable que, cuando nuestra gente marcha al campo, una bandera roja o estandarte es llevado ante ellos. Fui una vez testigo de una batalla en nuestro terreno común. Habíamos estado todos trabajando en él un día como de costumbre, cuando nuestra gente fue atacada repentinamente. Trepé a un árbol a cierta distancia, desde el cual contemplé la lucha. Había muchas mujeres así como hombres en ambos bandos; entre otros mi madre estaba allí, y armada con una espada ancha. Después de luchar durante un tiempo considerable con gran furia, y después de que muchos hubieran muerto, nuestra gente obtuvo la victoria y tomó prisionero al Jefe de su enemigo. Fue llevado con gran triunfo y, aunque ofreció un gran rescate por su vida, fue ejecutado. Una virgen notable entre nuestros enemigos había sido asesinada en la batalla, y su brazo fue expuesto en nuestra plaza de mercado, donde nuestros trofeos siempre eran exhibidos. Los botines se dividían según el mérito de los guerreros. Aquellos prisioneros que no fueron vendidos o redimidos los manteníamos como esclavos: ¡pero cuán diferente era su condición de la de los esclavos en las Indias Occidentales! Con nosotros no hacen más trabajo que otros miembros de la comunidad, incluso sus amos; su comida, ropa y alojamiento eran casi los mismos que los de ellos (excepto que no se les permitía comer con los que habían nacido libres); y apenas había otra diferencia entre ellos que un grado superior de importancia que el cabeza de familia posee en nuestro estado, y esa autoridad que, como tal, ejerce sobre cada parte de su hogar. Algunos de estos esclavos tienen incluso esclavos bajo ellos como su propia propiedad, y para su propio uso.
En cuanto a la religión, los nativos creen que hay un Creador de todas las cosas, y que vive en el sol, y está ceñido con un cinturón para que nunca pueda comer ni beber; pero, según algunos, fuma una pipa, que es nuestro propio lujo favorito. Creen que gobierna los acontecimientos, especialmente nuestras muertes o cautiverio; pero, en cuanto a la doctrina de la eternidad, no recuerdo haber oído hablar de ella: algunos, sin embargo, creen en la transmigración de las almas en cierto grado. Aquellos espíritus que no son transmigrados, tales como nuestros queridos amigos o parientes, creen que siempre los atienden y los protegen de los malos espíritus o de sus enemigos. Por esta razón siempre antes de comer, como he observado, ponen una pequeña porción de carne y vierten algo de su bebida en el suelo para ellos; y a menudo hacen oblaciones de sangre de animales o aves en sus tumbas. Yo era muy afectuoso con mi madre y estaba casi constantemente con ella. Cuando ella iba a hacer estas oblaciones en la tumba de su madre, que era una especie de pequeña casa solitaria con techo de paja, a veces la acompañaba. Allí hacía sus libaciones y pasaba la mayor parte de la noche en llantos y lamentaciones. A menudo he estado extremadamente aterrorizado en estas ocasiones. La soledad del lugar, la oscuridad de la noche y la ceremonia de la libación, naturalmente terribles y sombrías, se veían realzadas por las lamentaciones de mi madre; y estas, coincidiendo con los gritos de pájaros lúgubres, por los cuales estos lugares eran frecuentados, daban un terror inexpresable a la escena.
Computamos el año desde el día en que el sol cruza la línea, y a su puesta esa tarde hay un grito general en toda la tierra; al menos puedo hablar por mi propio conocimiento en toda nuestra vecindad. La gente al mismo tiempo hace un gran ruido con sonajeros, no diferentes de los sonajeros de cesta usados por los niños aquí, aunque mucho más grandes, y levantan sus manos al cielo por una bendición. Es entonces cuando se hacen las mayores ofrendas; y aquellos niños que nuestros sabios predicen que serán afortunados son entonces presentados a diferentes personas. Recuerdo que muchos solían venir a verme, y yo era llevado ante otros para ese propósito. Tienen muchas ofrendas, particularmente en las lunas llenas; generalmente dos en la cosecha antes de que los frutos sean sacados del suelo: y cuando se matan animales jóvenes, a veces ofrecen parte de ellos como sacrificio. Estas ofrendas, cuando son hechas por uno de los cabezas de familia, sirven para todo el conjunto. Recuerdo que a menudo las teníamos en casa de mi padre y de mi tío, y sus familias habían estado presentes. Algunas de nuestras ofrendas se comen con hierbas amargas. Teníamos un dicho entre nosotros para cualquiera de temperamento cruzado: "Que si fueran a ser comidos, deberían ser comidos con hierbas amargas".
Practicábamos la circuncisión como los judíos, y hacíamos ofrendas y banquetes en esa ocasión de la misma manera que ellos. Como ellos también, nuestros niños eran nombrados a partir de algún evento, alguna circunstancia o presentimiento imaginado en el momento de su nacimiento. Fui llamado Olaudah, que, en nuestro idioma, significa vicisitud o fortuna también, uno favorecido, y teniendo una voz fuerte y bien hablado. Recuerdo que nunca contaminamos el nombre del objeto de nuestra adoración; por el contrario, siempre era mencionado con la mayor reverencia; y éramos totalmente desconocedores de jurar, y de todos aquellos términos de abuso y reproche que encuentran su camino tan fácil y copiosamente en los lenguajes de gente más civilizada. Las únicas expresiones de ese tipo que recuerdo eran "Que te pudras, o que te hinches, o que te lleve una bestia".
He observado antes que los nativos de esta parte de África son extremadamente limpios. Este hábito necesario de decencia era para nosotros parte de la religión, y por lo tanto teníamos muchas purificaciones y lavados; de hecho casi tantos, y usados en las mismas ocasiones, si mi memoria no me falla, como los judíos. Aquellos que tocaban a los muertos en cualquier momento estaban obligados a lavarse y purificarse antes de que pudieran entrar en una casa de vivienda. Toda mujer también, en ciertos momentos, tenía prohibido entrar en una casa de vivienda, o tocar a cualquier persona, o cualquier cosa que comiéramos. Yo era tan afectuoso con mi madre que no podía apartarme de ella, ni evitar tocarla en algunos de esos periodos, como consecuencia de lo cual estaba obligado a permanecer fuera con ella, en una pequeña casa hecha para ese propósito, hasta que se hacía la ofrenda, y entonces éramos purificados.
Aunque no teníamos lugares de culto público, teníamos sacerdotes y magos, o sabios. No recuerdo si tenían diferentes oficios, o si estaban unidos en las mismas personas, pero eran tenidos en gran reverencia por la gente. Calculaban nuestro tiempo, y predecían eventos, como su nombre importaba, pues los llamábamos Ah-affoe-way-cah, que significa calculadores u hombres anuales, siendo nuestro año llamado Ah-affoe. Llevaban sus barbas, y cuando morían eran sucedidos por sus hijos. La mayor parte de sus implementos y cosas de valor eran enterrados junto con ellos. Pipas y tabaco también eran puestos en la tumba con el cadáver, que siempre estaba perfumado y adornado, y animales eran ofrecidos en sacrificio a ellos. Nadie acompañaba sus funerales sino aquellos de la misma profesión o tribu. Estos los enterraban después de la puesta del sol, y siempre regresaban de la tumba por un camino diferente del que fueron.
Estos magos eran también nuestros doctores o médicos. Practicaban el sangrado mediante ventosas; y eran muy exitosos en sanar heridas y expulsar venenos. Tenían asimismo algún método extraordinario de descubrir celos, robo y envenenamiento; el éxito del cual sin duda derivaban de su influencia ilimitada sobre la credulidad y superstición de la gente. No recuerdo cuáles eran esos métodos, excepto en cuanto al envenenamiento: recuerdo uno o dos casos, que espero no se considere impertinente insertar aquí, ya que puede servir como una especie de espécimen del resto, y todavía es usado por los negros en las Indias Occidentales. Una virgen había sido envenenada, pero no se sabía por quién: los doctores ordenaron que el cadáver fuera levantado por algunas personas y llevado a la tumba. Tan pronto como los portadores lo levantaron sobre sus hombros, parecieron ser presa de algún impulso repentino, y corrieron de un lado a otro incapaces de detenerse a sí mismos. Al final, después de haber pasado a través de un número de espinas y arbustos espinosos sin daño, el cadáver cayó de ellos cerca de una casa, y la desfiguró en la caída; y, siendo el dueño detenido, confesó inmediatamente el envenenamiento.
Los nativos son extremadamente cautelosos respecto al veneno. Cuando compran cualquier comestible, el vendedor lo besa por todas partes ante el comprador, para mostrarle que no está envenenado; y lo mismo se hace cuando cualquier carne o bebida es presentada, particularmente a un extraño. Tenemos serpientes de diferentes clases, algunas de las cuales son consideradas ominosas cuando aparecen en nuestras casas, y a estas nunca las molestamos. Recuerdo dos de esas serpientes ominosas, cada una de las cuales era tan gruesa como la pantorrilla de la pierna de un hombre, y en color semejante a un delfín en el agua, se arrastraron en diferentes momentos a la casa nocturna de mi madre, donde siempre dormía con ella, y se enroscaron en pliegues, y cada vez cantaron como un gallo. Algunos de nuestros sabios me pidieron que tocara estas, para que pudiera estar interesado en los buenos augurios, lo cual hice, pues eran completamente inofensivas, y dócilmente se dejaban manejar; y luego eran puestas en una gran sartén de tierra abierta, y colocadas a un lado de la carretera. Algunas de nuestras serpientes, sin embargo, eran venenosas: una de ellas cruzó el camino un día cuando yo estaba de pie en él, y pasó entre mis pies sin ofrecerse a tocarme, para gran sorpresa de muchos que lo vieron; y estos incidentes fueron contados por los sabios, y por lo tanto por mi madre y el resto de la gente, como augurios notables a mi favor.
Tal es el bosquejo imperfecto que mi memoria me ha proporcionado de los modales y costumbres de un pueblo entre los cuales exhalé mi primer aliento. Y aquí no puedo dejar de sugerir lo que durante mucho tiempo me ha impresionado con mucha fuerza, a saber, la fuerte analogía que, incluso a través de este bosquejo, por imperfecto que sea, parece prevalecer en los modales y costumbres de mis compatriotas y los de los judíos, antes de que llegaran a la Tierra Prometida, y particularmente los patriarcas mientras aún se encontraban en ese estado pastoral que se describe en el Génesis; una analogía que, por sí sola, me induciría a pensar que un pueblo ha brotado del otro. De hecho, esta es la opinión del Dr. Gill, quien, en su comentario sobre el Génesis, deduce con mucha habilidad el linaje de los africanos de Afer y Afra, los descendientes de Abraham a través de Cetura, su esposa y concubina (pues ambos títulos se le aplican a ella). También es conforme a los sentimientos del Dr. John Clarke, anteriormente Deán de Sarum, en su Verdad de la Religión Cristiana: ambos autores coinciden en atribuirnos este origen. Los razonamientos de estos caballeros se ven confirmados aún más por la cronología de las escrituras; y si se requiriera alguna corroboración adicional, esta semejanza en tantos aspectos es una prueba sólida en apoyo de la opinión. Al igual que los israelitas en su estado primitivo, nuestro gobierno era dirigido por nuestros jefes o jueces, nuestros hombres sabios y ancianos; y el cabeza de familia entre nosotros disfrutaba de una autoridad sobre su hogar similar a la que se atribuye a Abraham y a los otros patriarcas. La ley del talión se aplicaba casi universalmente entre nosotros como entre ellos: e incluso su religión parecía haber derramado sobre nosotros un rayo de su gloria, aunque roto y gastado en su paso, o eclipsado por la nube con la que el tiempo, la tradición y la ignorancia podrían haberla envuelto; pues teníamos nuestra circuncisión (una regla que creo peculiar de ese pueblo): teníamos también nuestros sacrificios y holocaustos, nuestros lavamientos y purificaciones, en las mismas ocasiones en que ellos los tenían.
En cuanto a la diferencia de color entre los africanos eboes y los judíos modernos, no presumiré de explicarla. Es un tema que ha ocupado las plumas de hombres tanto de genio como de erudición, y está muy por encima de mis fuerzas. El más capaz y reverendo Sr. T. Clarkson, sin embargo, en su muy admirado Ensayo sobre la Esclavitud y el Comercio de la Especie Humana, ha determinado la causa, de una manera que resuelve de una vez toda objeción al respecto, y, al menos en mi mente, ha producido la convicción más plena. Me remitiré, por tanto, a esa obra para la teoría[H], contentándome con extraer un hecho tal como lo relata el Dr. Mitchel[I]: "Los españoles, que han habitado América, bajo la zona tórrida, durante algún tiempo, se han vuelto de color tan oscuro como nuestros indios nativos de Virginia; de lo cual _yo mismo he sido testigo_". Existe también otro caso[J] de un asentamiento portugués en Mitomba, un río en Sierra Leona; donde los habitantes son criados a partir de una mezcla de los primeros descubridores portugueses con los nativos, y se han convertido ahora en su complexión, y en la calidad lanosa de su cabello, en negros perfectos, conservando sin embargo un conocimiento rudimentario del idioma portugués.
Estos casos, y muchos otros que podrían aducirse, mientras muestran cómo las complexiones de las mismas personas varían en diferentes climas, se espera que puedan tender también a eliminar el prejuicio que algunos conciben contra los nativos de África debido a su color. ¡Seguramente las mentes de los españoles no cambiaron con sus complexiones! ¿Acaso no hay suficientes causas a las que se pueda atribuir la aparente inferioridad de un africano, sin limitar la bondad de Dios, y suponer que se abstuvo de estampar entendimiento en lo que ciertamente es su propia imagen, porque está "tallado en ébano"? ¿No podría atribuirse naturalmente a su situación? Cuando llegan entre europeos, ignoran su idioma, religión, modales y costumbres. ¿Se toma alguna molestia para enseñarles esto? ¿Se les trata como a hombres? ¿No deprime la esclavitud misma la mente, y extingue todo su fuego y cada noble sentimiento? Pero, sobre todo, qué ventajas no posee un pueblo refinado sobre aquellos que son rudos y incultos. Que el pulido y altivo europeo recuerde que sus ancestros fueron alguna vez, como los africanos, incivilizados, e incluso bárbaros. ¿La Naturaleza los hizo inferiores a sus hijos? ¿Y deberían ellos también haber sido convertidos en esclavos? Toda mente racional responde: No. Que reflexiones como estas fundan el orgullo de su superioridad en simpatía por las necesidades y miserias de sus hermanos de tez oscura, y los obliguen a reconocer que el entendimiento no se limita a los rasgos o al color. Si, al mirar alrededor del mundo, sienten exultación, que sea templada con benevolencia hacia los demás, y gratitud a Dios, "quien ha hecho de una sangre todas las naciones de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra[K]; y cuya sabiduría no es nuestra sabiduría, ni nuestros caminos son sus caminos".
NOTAS AL PIE:
[Nota A: Véase el "Relato de Guinea" de Benezet en su totalidad.]
[Nota B: Cuando estuve en Esmirna, vi frecuentemente a los griegos bailar de esta manera.]
[Nota C: El cuenco es de barro, curiosamente figurado, al cual se fija una caña larga como tubo. Este tubo es a veces tan largo que es llevado por uno, y frecuentemente por grandeza por dos muchachos.]
[Nota D: Cuando estuve en Esmirna vi el mismo tipo de tierra, y traje un poco conmigo a Inglaterra; se parece al almizcle en fuerza, pero es más delicioso en aroma, y no es diferente al olor de una rosa.]
[Nota E: Véase el Relato de África de Benezet en su totalidad.]
[Nota F: Véase también el Viaje del Teniente Matthew, pág. 123.]
[Nota G: Un caso de este tipo ocurrió en Montserrat en las Indias Occidentales en el año 1763. Yo pertenecía entonces al Charming Sally, Capitán Doran. El primer oficial, el Sr. Mansfield, y parte de la tripulación, estando un día en tierra, estuvieron presentes en el entierro de una niña negra envenenada. Aunque habían oído hablar a menudo de la circunstancia de correr en tales casos, e incluso lo habían visto, imaginaron que era un truco de los portadores del cadáver. El oficial pidió entonces a dos de los marineros que levantaran el ataúd y lo llevaran a la tumba. Los marineros, que eran todos de la misma opinión, obedecieron de buena gana; pero apenas lo habían levantado a sus hombros, cuando comenzaron a correr furiosamente de un lado a otro, completamente incapaces de dirigirse, hasta que, al final, sin intención, llegaron a la choza de aquel que había envenenado a la niña. El ataúd cayó entonces inmediatamente de sus hombros contra la choza, y dañó parte de la pared. El dueño de la choza fue detenido por esto y confesó el envenenamiento. Doy esta historia tal como fue relatada por el oficial y la tripulación a su regreso al barco. El crédito que se le debe dar lo dejo al lector.]
[Nota H: Páginas 178 a 216.]
[Nota I: Trans. Filos. Nº 476, Secc. 4, citado por el Sr. Clarkson, pág. 205.]
[Nota J: Misma página.]
[Nota K: Hechos, c. xvii. v. 26.]
CAP. II.
_El nacimiento y parentesco del autor; su secuestro junto con su hermana; su separación; sorpresa al encontrarse de nuevo; finalmente separados; relato de los diferentes lugares e incidentes que el autor encontró hasta su llegada a la costa; el efecto que la visión de un barco negrero tuvo sobre él; navega hacia las Indias Occidentales; horrores de un barco negrero; llega a Barbados, donde la carga es vendida y dispersada._
Espero que el lector no piense que he abusado de su paciencia al presentarme ante él con un relato de los modales y costumbres de mi país. Habían sido implantados en mí con gran cuidado, y dejaron una impresión en mi mente que el tiempo no pudo borrar, y que toda la adversidad y variedad de fortuna que he experimentado desde entonces solo sirvió para remachar y registrar; pues, ya sea que el amor por el propio país sea real o imaginario, o una lección de la razón, o un instinto de la naturaleza, sigo recordando con placer las primeras escenas de mi vida, aunque ese placer se haya mezclado en su mayor parte con tristeza.
Ya he informado al lector sobre el tiempo y el lugar de mi nacimiento. Mi padre, además de muchos esclavos, tenía una familia numerosa, de la cual siete llegaron a crecer, incluyéndome a mí y a una hermana, que era la única hija. Como yo era el más joven de los hijos, me convertí, por supuesto, en el mayor favorito de mi madre, y siempre estaba con ella; y ella solía tomarse especial cuidado en formar mi mente. Fui entrenado desde mis primeros años en el arte de la guerra; mi ejercicio diario era disparar y lanzar jabalinas; y mi madre me adornaba con emblemas, al estilo de nuestros mayores guerreros. De esta manera crecí hasta que cumplí los once años, cuando se puso fin a mi felicidad de la siguiente manera: generalmente, cuando los adultos del vecindario se habían ido lejos a los campos a trabajar, los niños se reunían en alguna de las propiedades de los vecinos para jugar; y comúnmente algunos de nosotros solíamos subir a un árbol para vigilar a cualquier asaltante, o secuestrador, que pudiera venir hacia nosotros; pues a veces aprovechaban esas oportunidades de la ausencia de nuestros padres para atacar y llevarse a tantos como podían capturar. Un día, mientras vigilaba desde la copa de un árbol en nuestro patio, vi a una de esas personas entrar en el patio de nuestro vecino, dos casas más allá, para secuestrar, ya que había muchos jóvenes robustos en él. Inmediatamente di la alarma del bribón, y fue rodeado por los más robustos de ellos, quienes lo enredaron con cuerdas, de modo que no pudo escapar hasta que algunos de los adultos llegaron y lo aseguraron. Pero, ¡ay!, no pasó mucho tiempo antes de que fuera mi destino ser atacado de esta manera, y ser llevado, cuando ninguno de los adultos estaba cerca. Un día, cuando toda nuestra gente se había ido a sus trabajos como de costumbre, y solo yo y mi querida hermana habíamos quedado para cuidar la casa, dos hombres y una mujer saltaron nuestras paredes, y en un momento nos capturaron a ambos, y, sin darnos tiempo para gritar o resistir, nos taparon la boca y huyeron con nosotros hacia el bosque más cercano. Allí ataron nuestras manos, y continuaron llevándonos tan lejos como pudieron, hasta que llegó la noche, cuando llegamos a una pequeña casa, donde los ladrones se detuvieron para refrescarse y pasaron la noche. Entonces nos desataron, pero éramos incapaces de tomar alimento; y, estando completamente dominados por la fatiga y el dolor, nuestro único alivio fue algo de sueño, que mitigó nuestra desgracia por un corto tiempo. A la mañana siguiente dejamos la casa y continuamos viajando todo el día. Durante mucho tiempo nos habíamos mantenido en los bosques, pero al fin llegamos a un camino que creía conocer. Ahora tenía algunas esperanzas de ser liberado; pues apenas habíamos avanzado un poco cuando descubrí a algunas personas a lo lejos, por lo que comencé a gritar pidiendo su ayuda: pero mis gritos no tuvieron otro efecto que el de hacer que me ataran más fuerte y me taparan la boca, y luego me metieron en un saco grande. También taparon la boca de mi hermana y le ataron las manos; y de esta manera procedimos hasta que estuvimos fuera de la vista de esas personas. Cuando fuimos a descansar la noche siguiente, nos ofrecieron algo de víveres; pero los rechazamos; y el único consuelo que tuvimos fue estar en los brazos del otro toda esa noche, y bañarnos mutuamente con nuestras lágrimas. Pero, ¡ay!, pronto fuimos privados incluso del pequeño consuelo de llorar juntos. El día siguiente resultó ser un día de mayor tristeza de la que había experimentado hasta entonces; pues mi hermana y yo fuimos separados mientras yacíamos abrazados el uno al otro. Fue en vano que les suplicáramos que no nos separaran; ella fue arrancada de mí e inmediatamente llevada lejos, mientras yo quedaba en un estado de distracción que no se puede describir. Lloré y me lamenté continuamente; y durante varios días no comí nada más que lo que me obligaron a tragar. Finalmente, después de muchos días de viaje, durante los cuales había cambiado a menudo de amos, caí en manos de un jefe, en un país muy agradable. Este hombre tenía dos esposas y algunos hijos, y todos me trataron extremadamente bien, e hicieron todo lo que pudieron para consolarme; particularmente la primera esposa, que era un poco como mi madre. Aunque estaba a muchos días de viaje de la casa de mi padre, estas personas hablaban exactamente el mismo idioma que nosotros. Este primer amo mío, como puedo llamarlo, era un herrero, y mi ocupación principal era manejar sus fuelles, que eran del mismo tipo que los que había visto en mi vecindad. En algunos aspectos no eran diferentes a las estufas de aquí en las cocinas de los caballeros; estaban cubiertos de cuero; y en el medio de ese cuero se fijaba un palo, y una persona se ponía de pie y lo manejaba, de la misma manera que se hace para bombear agua de un barril con una bomba de mano. Creo que era oro lo que trabajaba, pues era de un color amarillo brillante encantador, y era usado por las mujeres en sus muñecas y tobillos. Estuve allí, supongo, alrededor de un mes, y finalmente solían confiarme a cierta distancia de la casa. Esta libertad la aprovechaba para buscar cada oportunidad de preguntar el camino a mi propio hogar: y también a veces, con el mismo propósito, iba con las doncellas, en la frescura de las tardes, a traer cántaros de agua de los manantiales para el uso de la casa. También había observado dónde salía el sol por la mañana y se ponía por la tarde, mientras viajaba; y había observado que la casa de mi padre estaba hacia la salida del sol. Por lo tanto, decidí aprovechar la primera oportunidad de escapar y dirigir mi rumbo hacia ese cuarto; pues estaba completamente oprimido y agobiado por el dolor por mi madre y mis amigos; y mi amor por la libertad, siempre grande, se vio fortalecido por la humillante circunstancia de no atreverme a comer con los hijos nacidos libres, aunque era mayormente su compañero. Mientras planeaba mi escape, un día ocurrió un evento desafortunado que desconcertó por completo mi plan y puso fin a mis esperanzas. Solía estar empleado a veces en ayudar a una esclava anciana a cocinar y cuidar las aves de corral; y una mañana, mientras alimentaba a algunos pollos, se me ocurrió lanzar una pequeña piedra a uno de ellos, que lo golpeó en el medio y lo mató directamente. La vieja esclava, habiendo echado en falta al pollo poco después, preguntó por él; y al contarle el accidente (pues le dije la verdad, porque mi madre nunca me permitiría decir una mentira), se puso furiosa, amenazó con que sufriría por ello; y, como mi amo estaba fuera, fue inmediatamente y le contó a su señora lo que había hecho. Esto me alarmó mucho, y esperaba una flagelación instantánea, lo cual para mí era inusualmente terrible; pues rara vez me habían golpeado en casa. Por lo tanto, resolví huir; y en consecuencia corrí hacia un matorral que estaba cerca y me escondí entre los arbustos. Poco después, mi señora y la esclava regresaron y, al no verme, registraron toda la casa, pero al no encontrarme, y al no responder yo cuando me llamaban, pensaron que había huido, y todo el vecindario fue levantado en mi búsqueda. En esa parte del país (como en la nuestra) las casas y aldeas estaban bordeadas de bosques o arbustos, y los matorrales eran tan espesos que un hombre podía ocultarse fácilmente en ellos, de modo que eludía la búsqueda más estricta. Los vecinos continuaron todo el día buscándome, y varias veces muchos de ellos pasaron a pocos metros del lugar donde yacía escondido. Entonces me di por perdido por completo, y esperaba cada momento, cuando escuchaba un crujido entre los árboles, ser descubierto y castigado por mi amo: pero nunca me descubrieron, aunque a menudo estaban tan cerca que incluso escuché sus conjeturas mientras buscaban; y ahora aprendí de ellos que cualquier intento de regresar a casa sería inútil. La mayoría de ellos suponía que había huido hacia casa; pero la distancia era tan grande, y el camino tan intrincado, que pensaban que nunca podría llegar y que me perdería en el bosque. Cuando escuché esto, fui presa de un pánico violento y me abandoné a la desesperación. La noche también comenzó a acercarse y agravó todos mis temores. Antes había tenido esperanzas de llegar a casa, y había decidido que cuando oscureciera lo intentaría; pero ahora estaba convencido de que era infructuoso, y comencé a considerar que, si posiblemente pudiera escapar de todos los demás animales, no podría hacerlo de los de la especie humana; y que, al no conocer el camino, moriría en el bosque. Así estaba yo como el ciervo cazado:
--"Cada hoja y cada aliento susurrante Transmitía un enemigo, y cada enemigo una muerte."
Escuché frecuentes crujidos entre las hojas; y estando bastante seguro de que eran serpientes, esperaba en cualquier instante ser picado por ellas. Esto aumentó mi angustia, y el horror de mi situación se volvió ahora completamente insoportable. Finalmente abandoné el matorral, muy débil y hambriento, pues no había comido ni bebido nada en todo el día; y me arrastré hasta la cocina de mi amo, desde donde partí al principio, y que era un cobertizo abierto, y me acosté en las cenizas con un ansioso deseo de que la muerte me aliviara de todos mis dolores. Apenas estaba despierto por la mañana cuando la vieja esclava, que era la primera en levantarse, vino a encender el fuego y me vio en la chimenea. Estaba muy sorprendida de verme, y apenas podía creer lo que veían sus ojos. Ahora prometió interceder por mí, y fue a buscar a su amo, quien poco después vino, y, tras reprenderme levemente, ordenó que me cuidaran y que no me trataran mal.
Poco después de esto, la única hija de mi amo, y su única descendiente de su primera esposa, enfermó y murió, lo que le afectó tanto que por algún tiempo estuvo casi frenético, y realmente se habría matado a sí mismo, de no haber sido vigilado y evitado. Sin embargo, poco tiempo después se recuperó, y fui vendido de nuevo. Fui llevado entonces hacia la izquierda de la salida del sol, a través de muchos países diferentes y un número de grandes bosques. Las personas a las que fui vendido solían llevarme muy a menudo, cuando estaba cansado, ya sea sobre sus hombros o sobre sus espaldas. Vi muchos cobertizos convenientes y bien construidos a lo largo de los caminos, a distancias adecuadas, para alojar a los comerciantes y viajeros, quienes dormían en esos edificios junto con sus esposas, que a menudo los acompañan; y siempre van bien armados.
Desde el momento en que dejé mi propia nación siempre encontré a alguien que me entendiera hasta que llegué a la costa del mar. Los idiomas de las diferentes naciones no diferían totalmente, ni eran tan copiosos como los de los europeos, particularmente los ingleses. Por lo tanto, se aprendían fácilmente; y, mientras viajaba así a través de África, adquirí dos o tres lenguas diferentes. De esta manera había estado viajando durante un tiempo considerable, cuando una tarde, para mi gran sorpresa, ¿a quién habría de ver traído a la casa donde yo estaba sino a mi querida hermana! Tan pronto como me vio, lanzó un fuerte grito y corrió a mis brazos; quedé completamente abrumado: ninguno de los dos podía hablar; pero, por un tiempo considerable, nos aferramos el uno al otro en abrazos mutuos, incapaces de hacer otra cosa que llorar. Nuestro encuentro conmovió a todos los que nos vieron; y, de hecho, debo reconocer, en honor a esos destructores de piel oscura de los derechos humanos, que nunca recibí maltrato alguno, ni vi que se ofreciera a sus esclavos, excepto atarlos, cuando era necesario, para evitar que huyeran. Cuando estas personas supieron que éramos hermano y hermana, nos permitieron estar juntos; y el hombre, a quien supuse que pertenecíamos, se acostó con nosotros, él en medio, mientras ella y yo nos sujetábamos de las manos a través de su pecho toda la noche; y así por un momento olvidamos nuestras desgracias en la alegría de estar juntos: pero incluso este pequeño consuelo pronto habría de tener un fin; ¡pues apenas había aparecido la mañana fatal, cuando ella fue arrancada nuevamente de mí para siempre! Ahora era más miserable, si cabe, que antes. El pequeño alivio que su presencia me daba del dolor se había ido, y la miseria de mi situación se redobló por mi ansiedad por su destino, y mis temores de que sus sufrimientos fueran mayores que los míos, al no poder estar con ella para aliviarlos. Sí, ¡tú, querida compañera de todos mis juegos infantiles! ¡tú, partícipe de mis alegrías y penas! feliz me habría estimado siempre de enfrentar cada miseria por ti, y de procurar tu libertad mediante el sacrificio de la mía. Aunque fuiste arrancada prematuramente de mis brazos, tu imagen ha estado siempre remachada en mi corazón, de la cual ni el tiempo ni la fortuna han podido removerla; de modo que, mientras los pensamientos sobre tus sufrimientos han empañado mi prosperidad, se han mezclado con la adversidad y aumentado su amargura. A ese Cielo que protege al débil del fuerte, encomiendo el cuidado de tu inocencia y virtudes, si es que no han recibido ya su plena recompensa, y si tu juventud y delicadeza no han caído hace mucho tiempo víctimas de la violencia del comerciante africano, el hedor pestilencial de un barco de Guinea, la aclimatación en las colonias europeas, o el látigo y la lujuria de un capataz brutal e implacable.
No permanecí mucho tiempo después de mi hermana. Fui vendido nuevamente y llevado a través de varios lugares, hasta que, después de viajar un tiempo considerable, llegué a un pueblo llamado Tinmah, en el país más hermoso que he visto hasta ahora en África. Era extremadamente rico, y había muchos riachuelos que fluían a través de él y abastecían un gran estanque en el centro del pueblo, donde la gente se lavaba. Aquí vi y probé por primera vez los cocos, que me parecieron superiores a cualquier fruto seco que hubiera probado antes; y los árboles, que estaban cargados, también estaban intercalados entre las casas, las cuales tenían cobertizos convenientes adyacentes, y eran de la misma manera que las nuestras, estando los interiores pulcramente enyesados y encalados. Aquí también vi y probé por primera vez la caña de azúcar. Su dinero consistía en pequeñas conchas blancas, del tamaño de la uña del dedo. Fui vendido aquí por ciento setenta y dos de ellas por un comerciante que vivía y me trajo allí. Llevaba unos dos o tres días en su casa cuando una viuda rica, vecina suya, vino una tarde y trajo consigo a un hijo único, un joven caballero de mi misma edad y tamaño. Aquí me vieron; y, habiéndoles gustado, fui comprado al comerciante y me fui a casa con ellos. Su casa y sus instalaciones estaban situadas cerca de uno de esos riachuelos que he mencionado, y eran las mejores que jamás vi en África: eran muy extensas, y ella tenía varios esclavos para atenderla. Al día siguiente me lavaron y perfumaron, y cuando llegó la hora de la comida me llevaron a presencia de mi ama, y comí y bebí ante ella con su hijo. Esto me llenó de asombro; y apenas pude evitar expresar mi sorpresa de que el joven caballero me permitiera, siendo yo un cautivo, comer con él que era libre; y no solo eso, sino que él nunca quería comer ni beber hasta que yo lo hubiera hecho primero, porque yo era el mayor, lo cual era conforme a nuestra costumbre. De hecho, todo aquí, y todo el trato que me dieron, me hizo olvidar que yo era un esclavo. El idioma de estas personas se parecía tanto al nuestro que nos entendíamos perfectamente. También tenían exactamente las mismas costumbres que nosotros. Asimismo, había esclavos a diario para atendernos, mientras mi joven amo y yo, con otros muchachos, jugábamos con nuestros dardos, arcos y flechas, como yo solía hacer en casa. En este parecido con mi estado feliz anterior pasé cerca de dos meses; y ahora empezaba a pensar que iba a ser adoptado en la familia, y comenzaba a reconciliarme con mi situación, y a olvidar poco a poco mis desgracias, cuando de repente la ilusión se desvaneció; pues, sin el menor conocimiento previo, una mañana temprano, mientras mi querido amo y compañero aún dormía, fui despertado de mi ensueño a un nuevo dolor, y apresurado a irme, incluso entre los incircuncisos.
Así, en el mismo momento en que soñaba con la mayor felicidad, me encontré más miserable; y parecía como si la fortuna deseara darme esta muestra de alegría, solo para hacer el cambio más doloroso. El cambio que experimenté ahora fue tan doloroso como repentino e inesperado. Fue, ciertamente, un cambio de un estado de dicha a una escena que me resulta inexpresable, pues me descubrió un elemento que nunca antes había contemplado, y del cual hasta entonces no tenía idea, y donde ocurrían continuamente tales casos de dureza y crueldad sobre los cuales nunca puedo reflexionar sino con horror.
Todas las naciones y gentes por las que hasta entonces había pasado se parecían a la nuestra en sus modales, costumbres e idioma: pero llegué finalmente a un país cuyos habitantes diferían de nosotros en todos esos aspectos. Me llamó mucho la atención esta diferencia, especialmente cuando llegué entre un pueblo que no se circuncidaba y comía sin lavarse las manos. También cocinaban en ollas de hierro, y tenían alfanjes y ballestas europeas, que eran desconocidas para nosotros, y peleaban a puñetazos entre ellos. Sus mujeres no eran tan modestas como las nuestras, pues comían, bebían y dormían con sus hombres. Pero, sobre todo, me asombró no ver sacrificios ni ofrendas entre ellos. En algunos de esos lugares, la gente se adornaba con cicatrices y también se limaba los dientes hasta dejarlos muy afilados. A veces querían adornarme de la misma manera, pero yo no se lo permitía; esperando que algún día pudiera estar entre un pueblo que no se desfigurara de ese modo, como pensaba que hacían. Al final llegué a las orillas de un gran río, que estaba cubierto de canoas, en las cuales la gente parecía vivir con sus utensilios domésticos y provisiones de todo tipo. Me quedé sumamente asombrado ante esto, ya que nunca antes había visto agua más grande que un estanque o un riachuelo: y mi sorpresa se mezcló con no poco temor cuando fui puesto en una de estas canoas, y comenzamos a remar y a movernos a lo largo del río. Continuamos así hasta la noche; y cuando llegamos a tierra y encendimos fuegos en las orillas, cada familia por su lado, algunos arrastraban sus canoas a la orilla, otros se quedaban y cocinaban en las suyas, y dormían en ellas toda la noche. Los que estaban en tierra tenían esteras, con las que hacían tiendas, algunas con forma de pequeñas casas: en estas dormíamos; y después de la comida de la mañana nos embarcábamos de nuevo y procedíamos como antes. A menudo me asombraba mucho ver a algunas de las mujeres, así como a los hombres, saltar al agua, bucear hasta el fondo, volver a subir y nadar alrededor. Así continué viajando, a veces por tierra, a veces por agua, a través de diferentes países y diversas naciones, hasta que, al cabo de seis o siete meses después de haber sido secuestrado, llegué a la costa del mar. Sería tedioso y poco interesante relatar todos los incidentes que me ocurrieron durante este viaje, y que aún no he olvidado; las diversas manos por las que pasé, y los modales y costumbres de todos los diferentes pueblos entre los que viví: por lo tanto, solo observaré que en todos los lugares donde estuve el suelo era sumamente rico; las calabazas, eadas, plátanos, ñames, etc., etc., eran muy abundantes y de un tamaño increíble. También había grandes cantidades de diferentes gomas, aunque no se utilizaban para ningún propósito; y en todas partes una gran cantidad de tabaco. El algodón incluso crecía de forma totalmente silvestre; y había abundancia de madera roja. No vi ningún artesano en todo el camino, excepto los que he mencionado. La ocupación principal en todos estos países era la agricultura, y tanto hombres como mujeres, como entre nosotros, eran educados en ella y entrenados en las artes de la guerra.
El primer objeto que saludó mis ojos cuando llegué a la costa fue el mar, y un barco de esclavos, que en aquel momento estaba anclado y esperando su cargamento. Aquello me llenó de asombro, que pronto se convirtió en terror cuando me llevaron a bordo. Fui inmediatamente manoseado y zarandeado por parte de la tripulación para ver si estaba sano; y entonces me convencí de que había llegado a un mundo de malos espíritus, y de que iban a matarme. Sus complexiones, además, diferían tanto de las nuestras, su cabello largo y el idioma que hablaban (que era muy distinto a cualquiera que hubiera oído jamás) se unieron para confirmarme en esta creencia. De hecho, tales fueron los horrores de mis perspectivas y temores en aquel momento, que, si diez mil mundos hubieran sido míos, los habría cedido libremente todos por cambiar mi condición por la del más humilde esclavo de mi propio país. Cuando miré también alrededor del barco y vi un gran horno o caldera de cobre hirviendo, y una multitud de personas negras de toda clase encadenadas, cada uno de cuyos semblantes expresaba abatimiento y tristeza, ya no dudé de mi destino; y, completamente abrumado por el horror y la angustia, caí inmóvil sobre la cubierta y me desmayé.
Cuando me recuperé un poco, encontré a algunas personas negras a mi alrededor, quienes creí que eran algunos de los que me habían traído a bordo y habían estado recibiendo su paga; me hablaron para animarme, pero todo fue en vano. Les pregunté si no íbamos a ser devorados por aquellos hombres blancos de aspecto horrible, rostros rojos y cabello suelto. Me dijeron que no; y uno de la tripulación me trajo una pequeña porción de bebida espirituosa en una copa de vino; pero, sintiendo miedo de él, no quise tomarla de su mano. Por tanto, uno de los negros la tomó de él y me la dio, y tragué un poco, lo cual, lejos de reanimarme, como ellos pensaban que haría, me sumió en la mayor consternación por la extraña sensación que produjo, pues nunca había probado tal licor antes. Poco después de esto, los negros que me habían traído a bordo se fueron y me dejaron abandonado a la desesperación. Me vi entonces privado de toda posibilidad de regresar a mi país natal, o incluso de la más mínima pizca de esperanza de llegar a la orilla, que ahora consideraba amistosa; e incluso deseé mi anterior esclavitud por encima de mi situación presente, que estaba llena de horrores de todo tipo, acrecentados aún más por mi ignorancia de lo que habría de sufrir. No se me permitió durante mucho tiempo dar rienda suelta a mi dolor; pronto fui puesto bajo cubierta, y allí recibí tal saludo en mis fosas nasales como nunca había experimentado en mi vida: de modo que, con lo repugnante del hedor y el llanto a la vez, me sentí tan enfermo y débil que no fui capaz de comer, ni tuve el menor deseo de probar nada. Deseé entonces al último amigo, la muerte, para que me liberara; pero pronto, para mi pesar, dos de los hombres blancos me ofrecieron alimentos; y, al negarme a comer, uno de ellos me sostuvo firmemente por las manos, me tendió a través de lo que creo era el molinete y me ató los pies, mientras el otro me azotaba severamente. Nunca había experimentado nada de este tipo antes; y aunque, al no estar acostumbrado al agua, temía naturalmente ese elemento la primera vez que lo vi, sin embargo, si hubiera podido pasar por encima de las redes, habría saltado por la borda, pero no pude; y, además, la tripulación solía vigilar muy de cerca a quienes no estábamos encadenados a la cubierta, no fuera que saltáramos al agua: y he visto a algunos de estos pobres prisioneros africanos ser cortados de la manera más severa por intentar hacerlo, y azotados a cada hora por no comer. Esto, de hecho, fue a menudo mi caso. Poco tiempo después, entre los pobres hombres encadenados, encontré a algunos de mi propia nación, lo cual alivió un poco mi mente. Les pregunté qué se iba a hacer con nosotros; me dieron a entender que íbamos a ser llevados al país de esta gente blanca para trabajar para ellos. Entonces me sentí un poco reanimado, y pensé que, si no era peor que trabajar, mi situación no era tan desesperada: pero aún temía que me condenaran a muerte, pues la gente blanca miraba y actuaba, según pensaba yo, de una manera tan salvaje; pues nunca había visto entre ningún pueblo tales ejemplos de brutal crueldad; y esto no solo se mostraba hacia nosotros los negros, sino también hacia algunos de los propios blancos. A un hombre blanco en particular vi, cuando se nos permitía estar en cubierta, ser azotado tan despiadadamente con una soga gruesa cerca del palo trinquete, que murió a consecuencia de ello; y lo arrojaron por la borda como habrían hecho con un animal. Esto me hizo temer aún más a esta gente; y no esperaba menos que ser tratado de la misma manera. No pude evitar expresar mis temores y aprensiones a algunos de mis compatriotas: les pregunté si esta gente no tenía país, sino que vivía en este lugar hueco (el barco): me dijeron que no, sino que venían de uno lejano. "Entonces", dije, "¿cómo es que en todo nuestro país nunca oímos hablar de ellos?" Me dijeron que porque vivían muy lejos. Entonces pregunté dónde estaban sus mujeres; ¿tenían algunas como ellos? Me dijeron que sí: "¿y por qué", dije, "no las vemos?" respondieron, porque las habían dejado atrás. Pregunté cómo podía moverse el barco; me dijeron que no sabían; pero que había telas puestas sobre los mástiles con la ayuda de las cuerdas que yo veía, y entonces el barco avanzaba; y los hombres blancos tenían algún hechizo o magia que ponían en el agua cuando querían para detener el barco. Quedé sumamente asombrado por este relato, y realmente pensé que eran espíritus. Por tanto, deseaba mucho estar fuera de entre ellos, pues esperaba que me sacrificaran: pero mis deseos fueron vanos; pues estábamos tan repartidos que era imposible para cualquiera de nosotros escapar. Mientras estuvimos en la costa, estuve la mayor parte del tiempo en cubierta; y un día, para mi gran asombro, vi venir a uno de estos barcos con las velas desplegadas. Tan pronto como los blancos lo vieron, dieron un gran grito, ante lo cual nos quedamos asombrados; y más aún cuando el barco parecía más grande al acercarse. Finalmente ancló ante mi vista, y cuando soltaron el ancla, yo y mis compatriotas que lo vimos quedamos perdidos en el asombro al observar que el barco se detenía; y no estábamos convencidos de que se hubiera hecho por magia. Poco después de esto, el otro barco sacó sus botes, y subieron a bordo del nuestro, y la gente de ambos barcos parecía muy contenta de verse. Varios de los extraños también nos dieron la mano a nosotros, las personas negras, e hicieron gestos con sus manos, significando supongo que íbamos a ir a su país; pero no les entendíamos. Al final, cuando el barco en el que estábamos hubo recibido todo su cargamento, se prepararon con muchos ruidos temibles, y nos metieron a todos bajo cubierta, de modo que no pudimos ver cómo manejaban el barco. Pero esta decepción fue el menor de mis pesares. El hedor de la bodega mientras estábamos en la costa era tan intolerablemente repugnante que era peligroso permanecer allí durante algún tiempo, y a algunos de nosotros se nos había permitido estar en la cubierta para tomar aire fresco; pero ahora que todo el cargamento del barco estaba confinado junto, se volvió absolutamente pestilente. El encierro del lugar y el calor del clima, sumados al número de personas en el barco, que estaba tan abarrotado que apenas cada uno tenía espacio para darse la vuelta, casi nos asfixiaba. Esto produjo abundantes transpiraciones, de modo que el aire pronto se volvió inadecuado para la respiración, debido a una variedad de olores repugnantes, y provocó una enfermedad entre los esclavos, de la cual muchos murieron, cayendo así víctimas de la imprevisora avaricia, como puedo llamarla, de sus compradores. Esta mísera situación se veía agravada de nuevo por el roce de las cadenas, que se había vuelto insoportable; y la inmundicia de las tinas necesarias, en las que a menudo caían los niños y se asfixiaban casi por completo. Los gritos de las mujeres y los gemidos de los moribundos hacían de todo aquello una escena de horror casi inconcebible. Felizmente, tal vez para mí, pronto me redujeron a tal estado de debilidad que se consideró necesario mantenerme casi siempre en cubierta; y, dada mi extrema juventud, no me pusieron grillos. En esta situación, esperaba cada hora compartir el destino de mis compañeros, algunos de los cuales eran traídos casi a diario a cubierta al borde de la muerte, lo que empecé a esperar que pronto pusiera fin a mis miserias. A menudo pensaba que muchos de los habitantes de las profundidades eran mucho más felices que yo. Envidiaba la libertad de la que disfrutaban, y otras tantas veces deseé poder cambiar mi condición por la suya. Cada circunstancia con la que me encontraba solo servía para hacer mi estado más doloroso, y aumentar mis aprensiones y mi opinión sobre la crueldad de los blancos. Un día habían capturado una cantidad de peces; y cuando los hubieron matado y se hubieron saciado con tantos como pensaron conveniente, para nuestro asombro, los que estábamos en cubierta, en lugar de darnos alguno de ellos para comer como esperábamos, arrojaron el resto de los peces al mar de nuevo, aunque suplicamos y rogamos por alguno tan bien como pudimos, pero en vano; y algunos de mis compatriotas, apremiados por el hambre, aprovecharon una oportunidad, cuando pensaron que nadie los veía, para intentar conseguir un poco en privado; pero fueron descubiertos, y el intento les procuró algunos azotes muy severos. Un día, cuando teníamos el mar en calma y un viento moderado, dos de mis cansados compatriotas que estaban encadenados juntos (yo estaba cerca de ellos en aquel momento), prefiriendo la muerte a tal vida de miseria, de alguna manera pasaron a través de las redes y saltaron al mar: inmediatamente otro tipo bastante abatido, a quien, debido a su enfermedad, se le permitía estar sin hierros, siguió también su ejemplo; y creo que muchos más lo habrían hecho muy pronto si no hubieran sido impedidos por la tripulación del barco, que se alarmó al instante. A los más activos de nosotros nos metieron en un momento bajo cubierta, y hubo tal ruido y confusión entre la gente del barco como nunca antes había oído, para detenerla y sacar el bote para ir tras los esclavos. Sin embargo, dos de los desdichados se ahogaron, pero consiguieron al otro, y después lo azotaron despiadadamente por intentar así preferir la muerte a la esclavitud. De esta manera continuamos sufriendo más penalidades de las que puedo relatar ahora, penalidades que son inseparables de este comercio maldito. Muchas veces estuvimos cerca de la asfixia por la falta de aire fresco, del cual a menudo carecimos durante días enteros. Esto, y el hedor de las tinas necesarias, se llevó a muchos. Durante nuestra travesía vi por primera vez peces voladores, lo cual me sorprendió mucho: solían volar frecuentemente a través del barco, y muchos de ellos caían en la cubierta. También vi ahora por primera vez el uso del cuadrante; a menudo había visto con asombro a los marineros hacer observaciones con él, y no podía imaginar qué significaba. Finalmente notaron mi sorpresa; y uno de ellos, deseoso de aumentarla, así como de satisfacer mi curiosidad, me hizo mirar un día a través de él. Las nubes me parecieron tierra, que desaparecía a medida que pasaban. Esto aumentó mi asombro; y estaba ahora más convencido que nunca de que estaba en otro mundo, y de que todo a mi alrededor era magia. Finalmente avistamos la isla de Barbados, ante lo cual los blancos a bordo dieron un gran grito e hicieron muchas señales de alegría hacia nosotros. No sabíamos qué pensar de esto; pero a medida que el barco se acercaba, vimos claramente el puerto y otros barcos de diferentes tipos y tamaños; y pronto anclamos entre ellos frente a Bridge Town. Muchos comerciantes y hacendados subieron entonces a bordo, aunque ya era tarde. Nos pusieron en grupos separados y nos examinaron atentamente. También nos hicieron saltar y señalaron hacia la tierra, significando que íbamos a ir allí. Pensamos por esto que seríamos devorados por estos hombres feos, como nos parecían; y, cuando poco después nos metieron a todos bajo cubierta de nuevo, hubo mucho miedo y temblor entre nosotros, y no se oyeron más que gritos amargos toda la noche por estas aprensiones, de tal manera que finalmente la gente blanca trajo a algunos esclavos viejos de la tierra para apaciguarnos. Nos dijeron que no íbamos a ser devorados, sino a trabajar, y que pronto íbamos a ir a tierra, donde veríamos a muchos de los de nuestro país. Este informe nos alivió mucho; y, efectivamente, poco después de desembarcar, vinieron a nosotros africanos de todos los idiomas. Fuimos conducidos inmediatamente al patio del comerciante, donde nos encerraron a todos juntos como a tantas ovejas en un redil, sin distinción de sexo o edad. Como cada objeto era nuevo para mí, todo lo que veía me llenaba de sorpresa. Lo que me llamó la atención primero fue que las casas estaban construidas con pisos, y en cualquier otro aspecto eran diferentes de las de África: pero me asombré aún más al ver a personas a caballo. No sabía qué podía significar esto; y de hecho pensaba que esta gente no estaba llena más que de artes mágicas. Mientras estaba en este asombro, uno de mis compañeros de prisión habló con un compatriota suyo sobre los caballos, quien dijo que eran del mismo tipo que tenían en su país. Les entendí, aunque eran de una parte lejana de África, y pensé que era extraño que no hubiera visto ningún caballo allí; pero después, cuando llegué a conversar con diferentes africanos, descubrí que tenían muchos caballos entre ellos, y mucho más grandes que los que vi entonces. No estuvimos muchos días bajo la custodia del comerciante antes de que fuéramos vendidos a su manera habitual, que es esta:--A una señal dada (como el toque de un tambor), los compradores se precipitan a la vez al patio donde están confinados los esclavos, y eligen aquel grupo que más les gusta. El ruido y el clamor con que esto se lleva a cabo, y el afán visible en los semblantes de los compradores, sirven no poco para aumentar las aprensiones de los aterrorizados africanos, quienes bien puede suponerse que los consideran los ministros de esa destrucción a la que piensan que están destinados. De esta manera, sin escrúpulos, son separados parientes y amigos, la mayoría de ellos para no volver a verse nunca más. Recuerdo que en el barco en el que fui traído, en el compartimento de los hombres, había varios hermanos que, en la venta, fueron vendidos en lotes diferentes; y fue muy conmovedor en esta ocasión ver y oír sus llantos al separarse. ¡Oh, vosotros cristianos nominales! ¿No podría un africano preguntaros, aprendisteis esto de vuestro Dios, quien os dice: Haced a todos los hombres lo que querríais que los hombres hicieran con vosotros? ¿No basta con que seamos arrancados de nuestro país y nuestros amigos para trabajar para vuestro lujo y vuestra codicia de ganancias? ¿Debe también sacrificarse todo sentimiento tierno a vuestra avaricia? ¿Deben los amigos y parientes más queridos, ahora hechos más queridos por su separación de sus allegados, ser separados aún unos de otros, y así evitar que alegren la penumbra de la esclavitud con el pequeño consuelo de estar juntos y mezclar sus sufrimientos y penas? ¿Por qué los padres deben perder a sus hijos, los hermanos a sus hermanas o los maridos a sus esposas? Ciertamente, esto es un nuevo refinamiento en la crueldad, que, si bien no tiene ninguna ventaja que lo compense, agrava así la angustia y añade nuevos horrores incluso a la miseria de la esclavitud.
CAP. III.
*El autor es llevado a Virginia--Su angustia--Sorpresa al ver un cuadro y un reloj--Es comprado por el capitán Pascal, y parte hacia Inglaterra--Su terror durante el viaje--Llega a Inglaterra--Su asombro ante una caída de nieve--Es enviado a Guernsey, y al poco tiempo va a bordo de un barco de guerra con su amo--Algo sobre la expedición contra Louisbourg bajo el mando del almirante Boscawen, en 1758.*
Ahora perdí totalmente los pequeños restos de consuelo que había disfrutado al conversar con mis compatriotas; las mujeres también, que solían lavarme y cuidar de mí, se habían ido todas por diferentes caminos, y nunca volví a ver a ninguna de ellas después.
Permanecí en esta isla unos pocos días; creo que no pudieron ser más de quince; cuando yo y otros pocos esclavos, que no éramos aptos para la venta entre el resto por estar sumamente afligidos, fuimos embarcados en un balandro con destino a Norteamérica. Durante la travesía se nos trató mejor que cuando veníamos de África, y tuvimos abundancia de arroz y carne de cerdo grasa. Nos desembarcaron río arriba, a buena distancia del mar, en el condado de Virginia, donde vimos a pocos o a ninguno de nuestros compatriotas africanos, y ni a un alma que pudiera hablar conmigo. Estuve unas pocas semanas escardando hierba y recogiendo piedras en una plantación; y al final todos mis compañeros fueron distribuidos por distintos caminos, y solo yo quedé atrás. Me sentía ahora sumamente miserable, y me consideraba en peor situación que cualquiera de mis compañeros; pues ellos podían hablar entre sí, pero yo no tenía a nadie con quien hablar a quien pudiera entender. En este estado vivía constantemente afligido y consumiéndome, deseando la muerte por encima de cualquier otra cosa. Mientras estaba en esta plantación, el caballero, a quien supongo pertenecía la hacienda, estando indispuesto, fui enviado un día a su casa para abanicarle; cuando entré en la habitación donde se encontraba, me asusté mucho por algunas cosas que vi, y más aún porque había visto a una mujer esclava negra mientras atravesaba la casa, que estaba cocinando la cena, y la pobre criatura estaba cargada cruelmente con diversos tipos de artilugios de hierro; tenía uno en particular en la cabeza, que le cerraba la boca con tanta fuerza que apenas podía hablar; y no podía comer ni beber. Me quedé muy asombrado y conmocionado ante este artefacto, que más tarde supe que llamaban el bozal de hierro. Poco después me pusieron un abanico en la mano para abanicar al caballero mientras dormía; y así lo hice, en efecto, con gran temor. Mientras él dormía profundamente, me entretuve mucho mirando alrededor de la habitación, que me pareció muy fina y curiosa. El primer objeto que atrajo mi atención fue un reloj que colgaba de la chimenea y estaba en marcha. Me sorprendió mucho el ruido que hacía, y tuve miedo de que le contara al caballero cualquier cosa que yo hiciera mal: y cuando inmediatamente después observé un cuadro que colgaba en la habitación, que parecía mirarme constantemente, me asusté aún más, pues nunca antes había visto tales cosas. En un momento pensé que era algo relacionado con la magia; y al no ver que se moviera, pensé que podría ser alguna forma que tenían los blancos de conservar a sus grandes hombres cuando morían, y ofrecerles libaciones como solíamos hacer nosotros a nuestros espíritus amigos. En este estado de ansiedad permanecí hasta que mi amo despertó, momento en el que fui despedido de la habitación, para mi no pequeño alivio y satisfacción; pues pensaba que esta gente estaba hecha toda de prodigios. En este lugar me llamaban Jacob; pero a bordo del bergantín africano me llamaban Michael. Había estado algún tiempo en este estado miserable, desamparado y muy abatido, sin tener a nadie con quien hablar, lo que hacía de mi vida una carga, cuando la mano bondadosa y desconocida del Creador (que ciertamente guía a los ciegos por un camino que no conocen) comenzó a aparecer para mi consuelo; pues un día el capitán de un barco mercante, llamado Industrious Bee, vino por asuntos de negocios a la casa de mi amo. Este caballero, cuyo nombre era Michael Henry Pascal, era teniente de la marina real, pero ahora comandaba este barco comercial, que se encontraba en algún lugar de los confines del condado, a muchas millas de distancia. Mientras estaba en casa de mi amo, sucedió que me vio y le gusté tanto que me compró. Creo que le he oído decir a menudo que dio treinta o cuarenta libras esterlinas por mí; pero no recuerdo ahora cuál de las dos. Sin embargo, me destinaba como regalo a algunos de sus amigos en Inglaterra: y fui enviado en consecuencia desde la casa de mi entonces amo, un tal Sr. Campbell, al lugar donde estaba el barco; fui conducido a caballo por un hombre negro de edad avanzada, (un modo de viajar que me pareció muy extraño). Cuando llegué, me llevaron a bordo de un barco grande y hermoso, cargado de tabaco, etc., y listo para zarpar hacia Inglaterra. Ahora pensaba que mi condición había mejorado mucho; tenía velas sobre las que acostarme y abundantes provisiones de buena comida; y todos a bordo me trataban con mucha amabilidad, totalmente al contrario de lo que había visto antes en cualquier persona blanca; por lo tanto, empecé a pensar que no todos tenían la misma disposición. Pocos días después de estar a bordo zarpamos hacia Inglaterra. Seguía sin poder conjeturar mi destino. Por aquel entonces, sin embargo, ya chapurreaba un poco de inglés imperfecto; y quería saber tan bien como pudiera a dónde íbamos. Algunos de los hombres del barco solían decirme que iban a llevarme de vuelta a mi propio país, y esto me hacía muy feliz. Me alegraba mucho al oír lo de volver; y pensaba que si llegaba a casa, qué maravillas tendría que contar. Pero estaba reservado para otro destino, y pronto me desengañé cuando estuvimos a la vista de la costa inglesa. Mientras estuve a bordo de este barco, mi capitán y amo me llamó Gustavus Vassa. En aquel tiempo empecé a entenderle un poco, y me negué a ser llamado así, y le dije tan bien como pude que quería que me llamaran Jacob; pero él dijo que no sería así, y siguió llamándome Gustavus; y cuando me negué a responder a mi nuevo nombre, cosa que hice al principio, me gané más de un pescozón; así que al final me sometí, y me vi obligado a llevar el nombre actual, por el cual he sido conocido desde entonces. El barco tuvo una travesía muy larga; y debido a ello tuvimos raciones de provisiones muy escasas. Hacia el final, solo teníamos una libra y media de pan por semana, y aproximadamente la misma cantidad de carne, y un cuarto de agua al día. Solo hablamos con un barco durante todo el tiempo que estuvimos en el mar, y solo una vez atrapamos unos pocos peces. En nuestros momentos de apuro, el capitán y la gente me decían en broma que me matarían y me comerían; pero yo pensaba que hablaban en serio, y me sentía deprimido sin medida, esperando a cada momento que fuera el último. Mientras estaba en esta situación, una tarde atraparon, con bastante esfuerzo, un gran tiburón y lo subieron a bordo. Esto alegró mi pobre corazón sobremanera, pues pensé que serviría a la gente para comer en lugar de comerme a mí; pero muy pronto, para mi asombro, cortaron una pequeña parte de la cola y arrojaron el resto por la borda. Esto renovó mi consternación; y no sabía qué pensar de esta gente blanca, aunque temía mucho que me mataran y me comieran. Había a bordo del barco un joven que nunca había estado en el mar antes, unos cuatro o cinco años mayor que yo: su nombre era Richard Baker. Era nativo de América, había recibido una excelente educación y tenía un carácter de lo más amable. Poco después de que yo subiera a bordo, me mostró mucha parcialidad y atención, y a cambio yo me encariñé mucho con él. Al final nos volvimos inseparables; y, durante el espacio de dos años, me fue de gran utilidad, y fue mi compañero e instructor constante. Aunque este querido joven tenía muchos esclavos propios, él y yo hemos pasado muchas penalidades juntos a bordo; y muchas noches hemos dormido en el pecho del otro cuando estábamos en gran aprieto. Así se consolidó entre nosotros una amistad que atesoramos hasta su muerte, la cual, con gran pesar mío, ocurrió en el año 1759, cuando él estaba en el archipiélago, a bordo del barco de su majestad el Preston: un suceso que nunca he dejado de lamentar, pues perdí a la vez a un amable intérprete, un compañero agradable y un amigo fiel; quien, a la edad de quince años, descubrió una mente superior a los prejuicios; y que no se avergonzaba de fijarse en, asociarse con, y ser amigo e instructor de alguien que era ignorante, un extraño, de tez diferente y un esclavo. Mi amo se había alojado en la casa de su madre en América: le respetaba mucho y hacía que siempre comiera con él en el camarote. Solía decirle a menudo en broma que me mataría para comerme. A veces me decía a mí que la gente negra no era buena para comer, y me preguntaba si nosotros no comíamos gente en mi país. Yo decía: No; entonces él decía que mataría primero a Dick (como siempre le llamaba) y después a mí. Aunque oír esto aliviaba un poco mi mente en cuanto a mí mismo, me alarmaba por Dick, y siempre que le llamaban solía tener mucho miedo de que le fueran a matar; y me asomaba y vigilaba para ver si iban a matarle: ni siquiera estuve libre de esta consternación hasta que avistamos tierra. Una noche perdimos a un hombre por la borda; y los gritos y el ruido fueron tan grandes y confusos, al detener el barco, que yo, que no sabía qué pasaba, empecé, como de costumbre, a tener mucho miedo y a pensar que iban a hacer una ofrenda conmigo y realizar algún tipo de magia; en la que yo seguía creyendo que ellos se ocupaban. Como las olas eran muy altas, pensé que el Gobernante de los mares estaba enfadado, y esperaba ser ofrecido para aplacarle. Esto llenó mi mente de agonía, y no pude cerrar los ojos para descansar en el resto de la noche. Sin embargo, cuando apareció la luz del día, me sentí un poco más aliviado; pero aún así, cada vez que me llamaban, solía pensar que era para matarme. Algún tiempo después vimos unos peces muy grandes, que más tarde descubrí que llamaban grampus. Me parecieron extremadamente terribles, e hicieron su aparición justo al atardecer; y estaban tan cerca que lanzaban agua sobre la cubierta del barco. Creía que eran los gobernantes del mar; y, como la gente blanca no hacía ofrendas en ningún momento, pensé que estaban enfadados con ellos: y, al final, lo que confirmó mi creencia fue que el viento amainó en ese preciso instante y sobrevino una calma, y como consecuencia de ello el barco dejó de avanzar. Supuse que los peces habían provocado esto, y me escondí en la parte delantera del barco, por miedo a ser ofrecido para aplacarles, asomándome y temblando a cada minuto: pero mi buen amigo Dick se acercó poco después hacia mí, y aproveché la oportunidad para preguntarle, tan bien como pude, qué eran esos peces. No siendo capaz de hablar mucho inglés, apenas pude hacerle entender mi pregunta; y mucho menos cuando le pregunté si había que hacerles alguna ofrenda: sin embargo, me dijo que estos peces se tragarían a cualquiera; lo cual me alarmó suficientemente. Aquí fue llamado por el capitán, que estaba inclinado sobre la barandilla de la cubierta de popa mirando a los peces; y la mayoría de la gente estaba ocupada buscando un barril de brea para encenderlo y que jugaran con él. El capitán me llamó entonces, habiéndose enterado de algunos de mis temores por boca de Dick; y tras haberse divertido él y los demás durante un tiempo con mis miedos, que parecían bastante ridículos al verme llorar y temblar, me despidió. El barril de brea fue encendido y arrojado por la borda al agua: a esas horas ya había oscurecido, y los peces fueron tras él; y, para mi gran alegría, no los vi más.
Sin embargo, todas mis alarmas comenzaron a disminuir cuando avistamos tierra; y al final el barco llegó a Falmouth, tras una travesía de trece semanas. Cada corazón a bordo parecía alegrarse al llegar a la costa, y ninguno más que el mío. El capitán bajó inmediatamente a tierra y envió a bordo algunas provisiones frescas, que necesitábamos mucho: hicimos buen uso de ellas, y nuestra hambruna se convirtió pronto en un festín casi sin fin. Era a principios de la primavera de 1757 cuando llegué a Inglaterra, y tenía cerca de doce años en aquel momento. Me quedé muy impresionado con los edificios y el pavimento de las calles de Falmouth; y, en efecto, cualquier objeto que veía me llenaba de una nueva sorpresa. Una mañana, cuando subí a cubierta, la vi toda cubierta por la nieve que había caído durante la noche: como nunca había visto nada parecido, pensé que era sal; así que corrí inmediatamente hacia el segundo de a bordo y le rogué, tan bien como pude, que viniera a ver cómo alguien durante la noche había echado sal por toda la cubierta. Él, sabiendo lo que era, me pidió que le llevara un poco: en consecuencia, tomé un puñado, que encontré muy frío por cierto; y cuando se lo llevé me pidió que lo probara. Lo hice, y quedé sorprendido sin medida. Entonces le pregunté qué era; me dijo que era nieve: pero no pude en absoluto entenderle. Me preguntó si no teníamos nada parecido en mi país; y le dije que no. Entonces le pregunté para qué servía y quién la había hecho; me dijo que un gran hombre en los cielos, llamado Dios: pero aquí de nuevo estaba a todos los efectos sin poder entenderle; y más aún cuando, poco después, vi el aire lleno de ella, en un fuerte aguacero que cayó ese mismo día. Después de esto fui a la iglesia; y como nunca había estado en un lugar así, me quedé de nuevo asombrado al ver y oír el servicio. Pregunté todo lo que pude al respecto; y me dieron a entender que era para adorar a Dios, que nos hizo a nosotros y a todas las cosas. Seguía estando muy perdido y pronto me metí en un campo interminable de preguntas, según podía hablar y preguntar sobre las cosas. Sin embargo, mi pequeño amigo Dick solía ser mi mejor intérprete; pues podía tomarme confianzas con él, y siempre me instruía con placer: y por lo que pude entender de él sobre este Dios, y al ver que estos blancos no se vendían unos a otros, como hacíamos nosotros, me sentí muy complacido; y en esto pensé que eran mucho más felices que nosotros, los africanos. Me asombraba la sabiduría de los blancos en todas las cosas que veía; pero me sorprendía que no hicieran sacrificios ni ofrendas, y que comieran con las manos sin lavar y tocaran a los muertos. Asimismo, no pude dejar de observar la delgadez particular de sus mujeres, que al principio no me gustó; y pensé que no eran tan modestas ni recatadas como las mujeres africanas.
Había visto a menudo a mi amo y a Dick empleados en la lectura; y sentía una gran curiosidad por hablar con los libros, como pensaba que hacían ellos; y así aprender cómo todas las cosas habían tenido un comienzo: con ese propósito, a menudo había tomado un libro, le había hablado y luego le había acercado mis oídos, cuando estaba solo, con la esperanza de que me respondiera; y me sentía muy preocupado cuando descubría que permanecía en silencio.
Mi amo se alojaba en la casa de un caballero en Falmouth, quien tenía una linda hijita de unos seis o siete años, la cual me tomó un cariño prodigioso; de tal modo que solíamos comer juntos y teníamos criados para servirnos. Fui tan acariciado por esta familia que a menudo me recordaba el trato que había recibido de mi pequeño amo noble africano. Después de haber estado allí unos días, fui enviado a bordo del barco; pero la niña lloró tanto por mí que nada pudo consolarla hasta que me hicieron volver. Es bastante ridículo que empezara a temer que me comprometieran con esta joven dama; y cuando mi amo me preguntó si me quedaría allí con ella sin él, ya que él se marchaba con el barco, que había vuelto a cargar tabaco, lloré inmediatamente y dije que no la dejaría. Al final, a escondidas, una noche fui enviado de nuevo al barco; y en poco tiempo navegamos hacia Guernsey, donde el barco era propiedad, en parte, de un comerciante, un tal Nicholas Doberry. Como ahora me encontraba entre personas que no tenían los rostros cicatrizados, como algunas de las naciones africanas donde había estado, me alegré mucho de no haber dejado que me adornaran de esa manera cuando estaba con ellos. Cuando llegamos a Guernsey, mi amo me puso a pensión y alojamiento con uno de sus oficiales, que tenía esposa y familia allí; y algunos meses después se fue a Inglaterra y me dejó al cuidado de este oficial, junto con mi amigo Dick: este oficial tenía una hijita de unos cinco o seis años, con quien solía deleitarme mucho. A menudo había observado que cuando su madre le lavaba la cara, se veía muy sonrosada; pero cuando me lavaba la mía, no se veía así: por lo tanto, a menudo intentaba yo mismo ver si podía, lavándome, hacer que mi cara tuviera el mismo color que mi pequeña compañera de juegos (Mary), pero todo fue en vano; y ahora empezaba a sentirme mortificado por la diferencia de nuestras complexiones. Esta mujer se comportó conmigo con gran amabilidad y atención; y me enseñó todo de la misma manera que lo hacía con su propia hija, y de hecho me trató en todos los aspectos como a tal. Permanecí allí hasta el verano del año 1757; cuando mi amo, al ser nombrado primer teniente del barco de su majestad el Roebuck, envió por Dick y por mí, y por su antiguo oficial: ante esto, todos dejamos Guernsey y partimos hacia Inglaterra en una balandra con destino a Londres. Mientras nos acercábamos al Nore, donde yacía el Roebuck, el bote de un buque de guerra se puso a nuestro lado para reclutar a nuestra gente por la fuerza; ante lo cual cada hombre corrió a esconderse. Yo estaba muy asustado por esto, aunque no sabía qué significaba, ni qué pensar o hacer. Sin embargo, fui y me escondí también bajo un gallinero. Inmediatamente después, la partida de reclutamiento subió a bordo con sus espadas desenvainadas, registraron por todas partes, sacaron a la gente por la fuerza y los metieron en el bote. Al final también me encontraron: el hombre que me encontró me sostuvo por los talones mientras todos se burlaban de mí, yo rugiendo y gritando todo el tiempo con mucha fuerza: pero finalmente el oficial, que era mi guía, viendo esto, vino en mi ayuda e hizo todo lo que pudo para calmarme; pero todo en vano, hasta que vi al bote alejarse. Poco después llegamos al Nore, donde yacía el Roebuck, y, para nuestra gran alegría, mi amo vino a bordo a buscarnos y nos llevó al barco. Cuando subí a bordo de este gran barco, me quedé realmente asombrado al ver la cantidad de hombres y los cañones. Sin embargo, mi sorpresa comenzó a disminuir a medida que aumentaba mi conocimiento; y dejé de sentir esos temores y alarmas que se habían apoderado tan fuertemente de mí cuando llegué por primera vez entre los europeos, y durante algún tiempo después. Empecé ahora a pasar a un extremo opuesto; estaba tan lejos de tener miedo de cualquier cosa nueva que veía, que, después de haber estado algún tiempo en este barco, incluso empecé a desear una batalla. Mis penas también, que en las mentes jóvenes no son perpetuas, se estaban desvaneciendo; y pronto disfruté bastante bien y me sentí tolerablemente cómodo en mi situación actual. Había varios muchachos a bordo, lo que lo hacía aún más agradable; pues siempre estábamos juntos, y gran parte de nuestro tiempo lo pasábamos jugando. Permanecí en este barco un tiempo considerable, durante el cual hicimos varios cruceros y visitamos una variedad de lugares: entre otros, estuvimos dos veces en Holanda y trajimos a varias personas de distinción de allí, cuyos nombres no recuerdo ahora. En el pasaje, un día, para la diversión de aquellos caballeros, llamaron a todos los muchachos a la toldilla, los emparejaron proporcionalmente y luego los hicieron pelear; después de lo cual el caballero dio a los combatientes de cinco a nueve chelines a cada uno. Esta fue la primera vez que peleé con un chico blanco; y nunca supe lo que era tener una hemorragia nasal antes. Esto me hizo pelear más desesperadamente; supongo que bastante más de una hora: y al final, estando ambos cansados, nos separaron. Tuve mucho de este tipo de deporte después, en el que el capitán y la tripulación del barco solían animarme mucho. Algún tiempo después, el barco fue a Leith en Escocia, y de allí a las Orcadas, donde me sorprendió ver que apenas había noche: y de allí navegamos con una gran flota, llena de soldados, hacia Inglaterra. Durante todo este tiempo nunca habíamos entrado en combate, aunque frecuentemente navegábamos frente a la costa de Francia: durante lo cual perseguimos muchos barcos y tomamos en total diecisiete presas. Había estado aprendiendo muchas de las maniobras del barco durante nuestro crucero; y varias veces me hicieron disparar los cañones. Una tarde, frente a Havre de Grace, justo cuando empezaba a oscurecer, estábamos alejándonos de la costa y nos encontramos con una hermosa y gran fragata de construcción francesa. Preparamos todas las cosas inmediatamente para luchar; y ahora esperaba que se me gratificara viendo un enfrentamiento, que tanto tiempo había deseado en vano. Pero en el mismo momento en que se dio la orden de disparar, escuchamos a los del otro barco gritar: "¡Arriad el foque!"; y en ese instante izó la bandera inglesa. Hubo al instante con nosotros un grito asombroso de: ¡Alto! o dejad de disparar; y creo que se habían disparado uno o dos cañones, pero afortunadamente no causaron daño. Los habíamos saludado varias veces; pero al no oírnos, no recibimos respuesta, lo que fue la causa de nuestro disparo. El bote fue entonces enviado a bordo de ella, y resultó ser el buque de guerra Ambuscade, para mi no pequeña decepción. Regresamos a Portsmouth, sin haber estado en ninguna acción, justo durante el juicio del Almirante Byng (a quien vi varias veces durante el mismo): y habiendo dejado mi amo el barco e ido a Londres para un ascenso, Dick y yo fuimos puestos a bordo de la balandra de guerra Savage, y fuimos en ella para ayudar a rescatar al buque de guerra St. George, que había encallado en algún lugar de la costa. Después de permanecer unas semanas a bordo del Savage, Dick y yo fuimos enviados a tierra en Deal, donde permanecimos algún tiempo, hasta que mi amo envió por nosotros a Londres, el lugar que tanto había deseado ver. Por lo tanto, ambos con gran placer subimos a un vagón y vinimos a Londres, donde fuimos recibidos por un tal Sr. Guerin, pariente de mi amo. Este caballero tenía dos hermanas, damas muy amables, que se fijaron mucho en mí y me cuidaron muy bien. Aunque había deseado tanto ver Londres, cuando llegué a él, desafortunadamente fui incapaz de satisfacer mi curiosidad; pues en este momento tenía sabañones hasta tal punto que no pude estar de pie durante varios meses, y me vi obligado a ser enviado al Hospital de St. George. Allí me puse tan enfermo que los médicos querían cortarme la pierna izquierda en diferentes ocasiones, temiendo una gangrena; pero siempre dije que preferiría morir antes que sufrirlo; y afortunadamente (gracias a Dios) me recuperé sin la operación. Después de estar allí varias semanas, y justo cuando me había recuperado, me salió la viruela, por lo que estuve confinado de nuevo; y me consideré ahora particularmente desafortunado. Sin embargo, pronto me recuperé de nuevo; y para entonces, habiendo sido ascendido mi amo a primer teniente del buque de guerra Preston de cincuenta cañones, entonces nuevo en Deptford, Dick y yo fuimos enviados a bordo de él, y poco después fuimos a Holanda para traer al difunto Duque de ---- a Inglaterra. Mientras estaba en este barco, ocurrió un incidente que, aunque trivial, pido permiso para relatar, ya que no pude evitar fijarme particularmente en él, y considerarlo entonces como un juicio de Dios. Una mañana, un joven estaba mirando hacia la cofa, y en un tono malvado, común a bordo de los barcos, maldijo sus ojos por algo. Justo en ese momento, algunas partículas pequeñas de suciedad cayeron en su ojo izquierdo, y por la tarde estaba muy inflamado. Al día siguiente empeoró; y en seis o siete días lo perdió. De este barco, mi amo fue nombrado teniente a bordo del Royal George. Cuando se iba, deseó que me quedara a bordo del Preston, para aprender la trompa francesa; pero como el barco estaba destinado a Turquía, no podía pensar en dejar a mi amo, a quien estaba muy unido; y le dije que si me dejaba atrás, se me rompería el corazón. Esto le convenció para llevarme con él; pero dejó a Dick a bordo del Preston, a quien abracé al despedirme por última vez. El Royal George era el barco más grande que había visto jamás; así que cuando subí a bordo de él, me sorprendió la cantidad de personas, hombres, mujeres y niños, de toda denominación; y el tamaño de los cañones, muchos de ellos también de bronce, que nunca había visto antes. Aquí también había tiendas o puestos de todo tipo de mercancías, y gente gritando sus diferentes artículos por el barco como en una ciudad. Para mí, parecía un pequeño mundo, en el que fui arrojado de nuevo sin un amigo, pues ya no tenía a mi querido compañero Dick. No nos quedamos mucho tiempo aquí. Mi amo no estuvo muchas semanas a bordo antes de obtener un nombramiento como sexto teniente del Namur, que estaba entonces en Spithead, preparándose para el Vicealmirante Boscawen, quien iba con una gran flota en una expedición contra Louisburgh. La tripulación del Royal George fue trasladada a él, y la bandera de ese valiente almirante fue izada a bordo, la azul en el tope del mástil de juanete mayor. Había una gran flota de buques de guerra de todo tipo reunida para esta expedición, y tenía esperanzas de tener pronto la oportunidad de ser gratificado con un combate naval. Estando ya todo listo, esta poderosa flota (pues también estaba la flota del Almirante Cornish en compañía, destinada a las Indias Orientales) finalmente levó anclas y zarpó. Las dos flotas continuaron juntas durante varios días y luego se separaron; el Almirante Cornish, en el Lenox, habiendo saludado primero a nuestro almirante en el Namur, lo cual fue correspondido. Luego pusimos rumbo a América; pero, por vientos contrarios, fuimos llevados a Tenerife, donde me quedé impresionado con su célebre pico. Su altura prodigiosa y su forma, parecida a un pan de azúcar, me llenaron de asombro. Permanecimos a la vista de esta isla algunos días, y luego procedimos hacia América, a la que llegamos pronto, y entramos en un puerto muy cómodo llamado St. George, en Halifax, donde tuvimos pescado en gran abundancia y todas las demás provisiones frescas. Aquí se nos unieron diferentes buques de guerra y barcos de transporte con soldados; después de lo cual, nuestra flota, habiendo aumentado a un número prodigioso de barcos de todo tipo, zarpamos hacia la isla del Cabo Bretón en Nueva Escocia. Teníamos al buen y valiente General Wolfe a bordo de nuestro barco, cuya afabilidad lo hizo altamente estimado y querido por todos los hombres. A menudo me honró, así como a otros muchachos, con muestras de su atención; y una vez me salvó de una azotaina por pelear con un joven caballero. Llegamos al Cabo Bretón en el verano de 1758: y aquí los soldados debían desembarcar, con el fin de realizar un ataque contra Louisburgh. Mi amo tuvo alguna parte en la supervisión del desembarco; y aquí fui gratificado en pequeña medida al ver un encuentro entre nuestros hombres y el enemigo. Los franceses estaban apostados en la orilla para recibirnos, y disputaron nuestro desembarco durante mucho tiempo; pero al final fueron expulsados de sus trincheras y se efectuó un desembarco completo. Nuestras tropas los persiguieron hasta la ciudad de Louisburgh. En esta acción murieron muchos en ambos bandos. Una cosa notable que vi este día: un teniente del Princess Amelia, quien, al igual que mi amo, supervisaba el desembarco, estaba dando la orden de mando, y mientras tenía la boca abierta, una bala de mosquete la atravesó y salió por su mejilla. Tuve ese día en mi mano el cuero cabelludo de un rey indio, que murió en el combate: el cuero cabelludo había sido arrancado por un montañés. Vi también los ornamentos de este rey, que eran muy curiosos y estaban hechos de plumas.
Nuestras fuerzas terrestres pusieron sitio a la ciudad de Louisburgh, mientras los buques de guerra franceses estaban bloqueados en el puerto por la flota, mientras las baterías disparaban simultáneamente contra ellos desde tierra. Esto lo hicieron con tal efecto que un día vi algunos de los barcos incendiados por los proyectiles de las baterías, y creo que dos o tres de ellos se quemaron por completo. En otra ocasión, unos cincuenta botes pertenecientes a los buques de guerra ingleses, comandados por el Capitán George Balfour del buque incendiario Ætna, y otro capitán subalterno, Laforey, atacaron y abordaron los dos únicos buques de guerra franceses que quedaban en el puerto. También prendieron fuego a un barco de setenta cañones, pero se llevaron consigo a uno de sesenta y cuatro, llamado el Bienfaisant. Durante mi estancia aquí tuve a menudo la oportunidad de estar cerca del Capitán Balfour, quien tuvo a bien fijarse en mí y me tomó tanto cariño que a menudo pedía a mi amo que me dejara ir con él, pero él no quiso separarse de mí; y ninguna consideración me habría inducido a dejarlo. Finalmente, Louisburgh fue tomada, y los buques de guerra ingleses entraron en el puerto frente a ella, para mi gran alegría; pues ahora tenía más libertad para disfrutar y a menudo iba a tierra. Cuando los barcos estaban en el puerto, tuvimos la procesión más hermosa sobre el agua que jamás haya visto. Todos los almirantes y capitanes de los buques de guerra, completamente uniformados y en sus barcazas, bien ornamentadas con banderines, se pusieron al costado del Namur. El vicealmirante bajó entonces a tierra en su barcaza, seguido por los otros oficiales en orden de antigüedad, para tomar posesión, supongo, de la ciudad y el fuerte. Algún tiempo después de esto, el gobernador francés y su esposa, y otras personas notables, vinieron a bordo de nuestro barco a cenar. En esta ocasión, nuestros barcos se engalanaron con banderas de todo tipo, desde el tope del mástil de juanete hasta la cubierta; y esto, con el disparo de los cañones, formó un espectáculo grandioso y magnífico.
Tan pronto como todo estuvo arreglado aquí, el Almirante Boscawen zarpó con parte de la flota hacia Inglaterra, dejando algunos barcos atrás con los contraalmirantes Sir Charles Hardy y Durell. Era ya invierno; y una tarde, durante nuestro viaje a casa, al anochecer, cuando estábamos en el canal, o cerca de los sondeos, y empezábamos a buscar tierra, divisamos siete velas de grandes buques de guerra, que se alejaban de la costa. Varias personas a bordo de nuestro barco dijeron, mientras las dos flotas estaban (a cuarenta minutos de la primera vista) a distancia de voz entre sí, que eran buques de guerra ingleses; y algunos de nuestra gente incluso empezaron a nombrar algunos de los barcos. Para entonces, ambas flotas empezaron a mezclarse, y nuestro almirante ordenó izar su bandera. En ese instante, la otra flota, que era francesa, izó sus enseñas y nos dio una andanada al pasar. Nada pudo crear mayor sorpresa y confusión entre nosotros que esto: el viento era fuerte, el mar agitado, y teníamos nuestros cañones de la cubierta inferior y media guardados, de modo que ni un solo cañón a bordo estaba listo para ser disparado contra ninguno de los barcos franceses. Sin embargo, el Royal William y el Somerset, siendo nuestros barcos de popa, se prepararon un poco y cada uno dio a los barcos franceses una andanada al pasar. Después supe que era un escuadrón francés, comandado por Monsieur Conflans; y ciertamente, si los franceses hubieran conocido nuestra condición y hubieran tenido intención de luchar contra nosotros, podrían habernos causado un gran daño. Pero no tardamos mucho en estar preparados para un enfrentamiento. Inmediatamente muchas cosas fueron arrojadas por la borda; los barcos se prepararon para luchar lo antes posible; y cerca de las diez de la noche habíamos ajustado una nueva vela mayor, al haberse rasgado la vieja. Estando ya listos para luchar, viramos el barco y nos pusimos tras la flota francesa, que tenía uno o dos barcos más que nosotros. Sin embargo, los perseguimos y continuamos siguiéndolos toda la noche; y al amanecer vimos seis de ellos, todos grandes barcos de línea, y un barco de las Indias Orientales inglés, una presa que habían tomado. Los perseguimos todo el día hasta entre las tres y las cuatro de la tarde, cuando alcanzamos y pasamos a distancia de mosquete de un barco de setenta y cuatro cañones, y también del Indiaman, que ahora izó sus banderas, pero inmediatamente las arrió de nuevo. Ante esto, hicimos una señal para que los otros barcos tomaran posesión de él; y, suponiendo que el buque de guerra también se rendiría, vitoreamos, pero no lo hizo; aunque si hubiéramos disparado contra él, al estar tan cerca, lo habríamos capturado. Para mi total sorpresa, el Somerset, que era el siguiente barco a popa del Namur, también avanzó; y, pensando que estaban seguros de este barco francés, vitorearon de la misma manera, pero continuaron siguiéndonos. El comodoro francés estaba a un disparo de cañón por delante de todos, huyendo de nosotros a toda velocidad; y alrededor de las cuatro en punto su mástil de juanete cayó por la borda. Esto causó otro fuerte aplauso entre nosotros; y poco después el mástil pasó cerca de nosotros; pero, para nuestra gran sorpresa, en lugar de acercarnos a él, descubrimos que iba tan rápido como siempre, si no más. El mar se volvió mucho más tranquilo; y al calmarse el viento, el barco de setenta y cuatro cañones que habíamos pasado volvió a pasar a nuestro lado en la misma dirección, y tan cerca que escuchamos a su gente hablar mientras pasaba; sin embargo, no se disparó ni un solo tiro por ambos lados; y alrededor de las cinco o seis de la tarde, justo cuando empezaba a oscurecer, se unió a su comodoro. Perseguimos toda la noche; pero al día siguiente estaban fuera de la vista, de modo que no supimos más de ellos; y solo tuvimos al viejo Indiaman (llamado Carnarvon, creo) por nuestro esfuerzo. Después de esto nos dirigimos al canal, y pronto vimos tierra; y, hacia el final del año 1758-59, llegamos a salvo a St. Helen's. Aquí el Namur encalló; y también otro gran barco a nuestra popa; pero, al aligerar el agua y arrojar muchas cosas por la borda para aligerarlo, logramos sacar los barcos sin daño alguno. Nos quedamos poco tiempo en Spithead, y luego entramos en el puerto de Portsmouth para reparaciones; de donde el almirante fue a Londres; y mi amo y yo le seguimos pronto, con una partida de reclutamiento, ya que necesitábamos algunos hombres para completar nuestra dotación.
CAP. IV.
Mientras estábamos en Londres, mi amo, tras completar su dotación, me puso al cuidado de un joven negro, a quien llamó Dick. Este muchacho era un poco mayor que yo y, como yo, había sido traído a Inglaterra desde las Indias Occidentales; era de una disposición sumamente amable y bondadosa, y se convirtió en mi mejor amigo. Me enseñó muchas cosas, y siempre que mi amo estaba fuera, me trataba con gran afecto y me procuraba todas las diversiones que estaban a su alcance, a menudo compartiendo conmigo lo poco que tenía. En este tiempo, mi amo fue enviado a realizar preparativos para una expedición contra Belle-Isle, una isla en la costa de Francia. Estábamos muy ocupados con los preparativos para este viaje, y mi amo, con su habitual bondad, se aseguró de que yo tuviera todo lo necesario. Poco antes de partir, ocurrió un incidente muy notable que casi nos cuesta la vida a todos en nuestro barco, el Ætna. Una noche, mientras estábamos en el puerto, un barco mercante de gran tonelaje, que estaba fondeado cerca, comenzó a garrear el ancla debido a una fuerte marea y, sin que nadie pudiera evitarlo, se nos vino encima con gran fuerza. El choque fue terrible; nuestro costado fue destrozado en parte, y se produjo tal confusión y estruendo que muchos pensaron que el barco se hundiría al instante. Sin embargo, gracias a la rapidez y pericia de nuestra tripulación, logramos soltar el ancla y apartarnos a tiempo, aunque el daño fue considerable y nos vimos obligados a permanecer en el puerto más tiempo del previsto para las reparaciones.
Finalmente, zarpamos con la flota hacia Belle-Isle. El viaje fue tranquilo y, al llegar, nos encontramos con una vista impresionante; la isla estaba fuertemente fortificada y protegida por numerosas baterías. Las operaciones de desembarco comenzaron de inmediato, y fui testigo de gran parte de la acción. La resistencia de los franceses fue feroz, y los barcos tuvieron que cañonear las defensas continuamente para permitir que nuestras tropas tomaran tierra. En medio de este fragor, me vi en una situación de extremo peligro. Mi amo me había enviado a tierra con un mensaje para uno de los oficiales de mando, y justo cuando regresaba hacia el bote, una andanada de las baterías enemigas cayó muy cerca de mí. La arena y las piedras volaron por todas partes, y el impacto de una bala de cañón hundió el bote que me esperaba, lanzándome al agua. No pude evitar tragar una buena cantidad de agua salada antes de que algunos marineros, que habían visto mi apuro, se arrojaran a rescatarme. Fue una experiencia aterradora, pero, por fortuna, logré salir con vida y sin heridas graves. Poco después, tras un asedio prolongado y encarnizado, Belle-Isle se rindió a las fuerzas británicas, lo que fue recibido con gran júbilo por nuestra flota.
Tras la rendición de la isla, permanecimos algún tiempo en la costa de Francia, realizando patrullas y vigilando los movimientos del enemigo. Durante este periodo, fui testigo de un suceso particularmente atroz que me llenó de indignación. Unos hombres de uno de nuestros barcos, al encontrar a un joven francés en la orilla, lo secuestraron y lo llevaron a bordo para obligarlo a servir con nosotros. Este acto de secuestro me pareció una injusticia absoluta, y no pude evitar sentir una profunda compasión por aquel muchacho, quien, al igual que yo en su día, había sido arrebatado violentamente de su hogar. Poco después, nuestra misión concluyó y recibimos la orden de regresar a Inglaterra. Durante el viaje de vuelta, se empezó a hablar con insistencia de la paz, y en mi corazón albergaba la esperanza de que, una vez terminada la guerra, mi amo cumpliera su promesa y me otorgara mi tan ansiada libertad. Cuando finalmente el Ætna llegó a Deptford para ser desarmado y pagar a la tripulación, mi alegría no conocía límites, pues creía firmemente que mis días de servicio estaban por terminar. Sin embargo, el destino me tenía reservado un golpe cruel y repentino: apenas llegamos, mi amo me tomó, me encadenó y, a pesar de mis ruegos y lágrimas, me llevó por la fuerza a bordo de un buque con destino a las Indias Occidentales, donde fui vendido nuevamente.
Mientras estuve aquí, me ocurrió un incidente trivial que me sorprendió gratamente. Un día me hallaba en un campo perteneciente a un caballero que tenía un muchacho negro de mi misma estatura; este muchacho, al observarme desde la casa de su amo, se sintió arrebatado al ver a uno de sus propios compatriotas y corrió a mi encuentro con la mayor premura. Yo, al no saber qué pretendía, me desvié un poco de su camino al principio, pero fue en vano: pronto se acercó a mí y me estrechó entre sus brazos como si hubiera sido su hermano, aunque nunca antes nos habíamos visto. Después de haber conversado durante un tiempo, me llevó a la casa de su amo, donde me trataron con mucha amabilidad. Este bondadoso muchacho y yo fuimos muy felices viéndonos con frecuencia hasta aproximadamente el mes de marzo de 1761, cuando nuestro barco recibió órdenes de equiparse de nuevo para otra expedición. Cuando estuvimos listos, nos unimos a una flota muy grande en Spithead, comandada por el comodoro Keppel, que estaba destinada a Belle-Île, junto con una serie de barcos de transporte con tropas a bordo para realizar un desembarco en aquel lugar. Zarpamos una vez más en busca de fama. Yo anhelaba participar en nuevas aventuras y ver maravillas frescas.
Tenía una mente sobre la cual todo lo inusual dejaba su plena impresión, y todo acontecimiento que yo consideraba como maravilloso. Cualquier escape extraordinario o liberación señalada, ya fuera mía o de otros, la consideraba efectuada por la interposición de la Providencia. No llevábamos más de diez días en el mar cuando ocurrió un incidente de este tipo; el cual, independientemente del crédito que pueda obtener del lector, causó una gran impresión en mi mente.
Teníamos a bordo un artillero, cuyo nombre era John Mondle; un hombre de moral muy indiferente. El camarote de este hombre estaba entre las cubiertas, exactamente sobre donde yo dormía, a la altura de la escala del alcázar. Una noche, el 20 de abril, aterrorizado por un sueño, se despertó con tal susto que no pudo descansar más en su cama, ni siquiera permanecer en su camarote; y subió a cubierta alrededor de las cuatro de la mañana extremadamente agitado. Inmediatamente contó a los que estaban en cubierta las agonías de su mente y el sueño que las ocasionó; en el cual dijo haber visto muchas cosas muy terribles, y haber sido advertido por San Pedro de que se arrepintiera, quien le dijo que el tiempo era corto. Esto, dijo, le había alarmado enormemente, y estaba decidido a cambiar su vida. La gente suele burlarse de los temores de los demás cuando ellos mismos están a salvo; y algunos de sus compañeros de barco que le oyeron solo se rieron de él. Sin embargo, hizo el voto de que nunca volvería a beber licores fuertes; y de inmediato consiguió una luz y regaló sus provisiones de licor de mar. Después de lo cual, continuando su agitación, comenzó a leer las Escrituras, esperando encontrar algún alivio; y poco después se acostó de nuevo en su cama e intentó conciliar el sueño, pero en vano; su mente seguía en un estado de agonía. Para entonces eran exactamente las siete y media de la mañana: yo estaba debajo del entrepuente en la puerta del gran camarote; y de repente oí a la gente en el centro del barco gritar con gran temor: «¡Que el Señor tenga piedad de nosotros! ¡Estamos todos perdidos! ¡Que el Señor tenga piedad de nosotros!». El señor Mondle, al oír los gritos, salió inmediatamente de su camarote; y fuimos golpeados al instante por el Lynne, un barco de cuarenta cañones, del capitán Clark, que casi nos hunde. Este barco acababa de virar y estaba al viento, pero no había alcanzado su máxima velocidad, o de lo contrario todos habríamos perecido; pues el viento era fuerte. Sin embargo, antes de que el señor Mondle hubiera dado cuatro pasos desde la puerta de su camarote, el otro barco golpeó al nuestro con su tajamar justo en medio de su cama y camarote, y lo hizo subir hasta las brazolas de la escotilla del alcázar, y más de tres pies por debajo del agua, y en un minuto no quedaba un trozo de madera donde estaba el camarote del señor Mondle; y estuvo tan cerca de morir que algunas de las astillas le desgarraron la cara. Como el señor Mondle habría perecido inevitablemente en este accidente de no haber sido alertado de la manera tan extraordinaria que he relatado, no pude evitar considerar esto como una asombrosa interposición de la Providencia para su preservación. Los dos barcos se balancearon durante algún tiempo uno al lado del otro; pues, al ser el nuestro un brulote, nuestros garfios de abordaje atraparon al Lynne en todas direcciones, y las vergas y la jarcia se rompieron a un ritmo asombroso. Nuestro barco estaba en una condición tan espantosa que todos pensamos que se hundiría al instante, y cada uno corrió para salvar su vida y subió como pudo a bordo del Lynne; pero como nuestro teniente era el agresor, nunca abandonó el barco. Sin embargo, cuando vimos que no se hundía de inmediato, el capitán volvió a bordo y animó a nuestra gente a regresar e intentar salvarlo. Muchos volvieron, pero algunos no se atrevieron. Algunos de los barcos de la flota, viendo nuestra situación, enviaron inmediatamente sus botes en nuestra ayuda; pero nos llevó todo el día salvar el barco con toda su ayuda. Y mediante el uso de todos los medios posibles, particularmente rodeándolo con muchos cabos y poniendo una gran cantidad de sebo bajo el agua donde estaba dañado, se mantuvo unido: pero fue una suerte que no nos encontráramos con ningún vendaval, o nos habríamos hecho pedazos; pues estábamos en una condición tan precaria que tuvimos barcos acompañándonos hasta que llegamos a Belle-Île, el lugar de nuestro destino; y entonces sacamos todo del barco y fue reparado adecuadamente. Este escape del señor Mondle, que él, al igual que yo, consideró siempre como un acto singular de la Providencia, creo que tuvo una gran influencia en su vida y conducta desde entonces.
Ahora que estoy en este tema, pido permiso para relatar otro par de casos que aumentaron fuertemente mi creencia en la interposición particular del Cielo, y que de otro modo podrían no haber encontrado lugar aquí, por su insignificancia. Pertenecí durante unos días en el año 1758 al Jason, de cincuenta y cuatro cañones, en Plymouth; y una noche, cuando estaba a bordo, una mujer, con un niño en brazos, cayó desde la cubierta superior a la bodega, cerca de la quilla. Todo el mundo pensó que la madre y el niño debían haber quedado hechos pedazos; pero, para nuestra gran sorpresa, ninguno de los dos resultó herido. Yo mismo caí un día de cabeza desde la cubierta superior del Ætna a la bodega de popa, cuando no tenía lastre; y todos los que me vieron caer gritaron que estaba muerto: pero no recibí la menor lesión. Y en el mismo barco, un hombre cayó desde el tope del mástil a la cubierta sin hacerse daño. En estos, y en muchos otros casos, pensé que podía rastrear claramente la mano de Dios, sin cuyo permiso no puede caer un gorrión. Comencé a elevar mi temor del hombre a Él solo, y a invocar diariamente su santo nombre con temor y reverencia: y confío en que escuchó mis súplicas y condescendió gentilmente a responderme de acuerdo con su santa palabra, y a implantar las semillas de la piedad en mí, incluso en uno de los más humildes de sus criaturas.
Cuando reacondicionamos nuestro barco y todo estuvo listo para atacar el lugar, se ordenó desembarcar a las tropas que iban en los transportes; y mi amo, como capitán subalterno, tuvo parte en el mando del desembarco. Esto fue el 8 de abril. Los franceses estaban formados en la orilla y habían hecho todas las disposiciones para oponerse al desembarco de nuestros hombres, siendo solo una pequeña parte de ellos capaz de lograrlo este día; la mayoría, después de luchar con gran valentía, fueron aniquilados; y el general Crawford, junto con otros, fueron hechos prisioneros. En el enfrentamiento de ese día también mataron a nuestro teniente.
El 21 de abril renovamos nuestros esfuerzos para desembarcar a los hombres, mientras todos los barcos de guerra estaban estacionados a lo largo de la costa para cubrirla, y dispararon contra las baterías y parapetos franceses desde temprano en la mañana hasta cerca de las cuatro de la tarde, cuando nuestros soldados efectuaron un desembarco seguro. Atacaron inmediatamente a los franceses y, tras un feroz encuentro, los obligaron a abandonar las baterías. Antes de retirarse, el enemigo hizo volar varias de ellas, para que no cayeran en nuestras manos. Nuestros hombres procedieron entonces a sitiar la ciudadela, y se ordenó a mi amo bajar a tierra para supervisar el desembarco de todos los materiales necesarios para llevar a cabo el asedio; servicio en el que lo acompañé mayormente. Mientras estuve allí, fui a diferentes partes de la isla; y un día, particularmente, mi curiosidad casi me cuesta la vida. Quería mucho ver el modo de cargar los morteros y disparar las granadas, y con ese propósito fui a una batería inglesa que estaba a muy pocos metros de los muros de la ciudadela. Allí, de hecho, tuve la oportunidad de satisfacerme plenamente viendo toda la operación, y eso no sin correr un gran riesgo, tanto por las granadas inglesas que estallaban mientras yo estaba allí, como también por las de los franceses. Una de las más grandes estalló a nueve o diez metros de mí: había una roca solitaria cerca, del tamaño de una barrica; y de inmediato me refugié bajo ella a tiempo para evitar la furia de la granada. Donde estalló, la tierra quedó tan desgarrada que dos o tres barricas podrían haber cabido fácilmente en el agujero que hizo, y arrojó grandes cantidades de piedras y tierra a una distancia considerable. También me dispararon tres tiros a mí y a otro muchacho que estaba conmigo, uno de ellos en particular pareció:
«¡Alado con relámpago rojo e impetuosa rabia!»;
porque con un sonido de lo más espantoso silbó cerca de mí y golpeó una roca a poca distancia, que hizo añicos. Cuando vi las circunstancias tan peligrosas en las que me encontraba, intenté regresar por el camino más corto que pude encontrar, y así me metí entre los centinelas ingleses y franceses. Un sargento inglés, que mandaba los puestos de avanzada, al verme y sorprendido de cómo había llegado allí (lo cual fue a escondidas a lo largo de la orilla del mar), me reprendió severamente por ello y detuvo al instante al centinela de su puesto, por su negligencia al permitirme cruzar las líneas. Mientras estaba en esta situación, observé a poca distancia un caballo francés, perteneciente a algunos isleños, que pensé que podría montar ahora, para mayor rapidez en salir de allí. En consecuencia, tomé un poco de cuerda que llevaba conmigo y, haciendo una especie de brida con ella, la puse alrededor de la cabeza del caballo, y la mansa bestia me permitió muy tranquilamente atarlo así y montarlo. Tan pronto como estuve sobre el lomo del caballo, comencé a darle patadas y golpes, e intenté por todos los medios que fuera rápido, pero todo fue de muy poca utilidad: no pude hacer que saliera de un paso lento. Mientras me arrastraba, todavía al alcance de los disparos del enemigo, me encontré con un sirviente bien montado en un caballo inglés. Me detuve inmediatamente; y, llorando, le conté mi caso; y le rogué que me ayudara, y esto lo hizo eficazmente; pues, teniendo un látigo grande y fino, comenzó a azotar a mi caballo tan severamente que salió a toda velocidad conmigo hacia el mar, mientras yo era completamente incapaz de sujetarlo o manejarlo. De esta manera seguí hasta llegar a un precipicio escarpado. Ahora no podía detener a mi caballo; y mi mente estaba llena de temores por mi deplorable destino si bajaba por el precipicio, lo cual parecía plenamente dispuesto a hacer: por lo tanto, pensé que era mejor arrojarme de él de una vez, lo que hice inmediatamente con mucha destreza, y afortunadamente escapé ileso. Tan pronto como me vi en libertad, me dirigí lo mejor que pude hacia el barco, decidido a no volver a ser tan temerario tan pronto.
Continuamos sitiando la ciudadela hasta junio, cuando se rindió. Durante el asedio conté más de sesenta granadas y proyectiles en el aire a la vez. Cuando se tomó este lugar, recorrí la ciudadela y las casamatas debajo de ella, que estaban talladas en la roca sólida; y me pareció un lugar sorprendente, tanto por su fuerza como por su construcción: a pesar de lo cual, nuestros disparos y granadas habían causado una devastación asombrosa y montones de ruinas por todas partes.
Tras la toma de esta isla, nuestros barcos, junto con otros comandados por el comodoro Stanhope en el Swiftsure, fueron a Basse-road, donde bloqueamos una flota francesa. Nuestros barcos estuvieron allí desde junio hasta el febrero siguiente; y en ese tiempo vi muchas escenas de guerra y estratagemas por ambas partes para destruir la flota del otro. A veces atacábamos a los franceses con algunos barcos de línea; otras veces con botes; y frecuentemente hacíamos presas. Una o dos veces los franceses nos atacaron lanzando granadas con sus buques bomba: y un día, mientras un buque francés lanzaba granadas contra nuestros barcos, se soltó de sus muelles, detrás de la isla de Ré: la marea siendo complicada, se acercó a un tiro de cañón del Nassau; pero el Nassau no pudo apuntar ningún cañón hacia él, y de esa manera el francés escapó. Fuimos atacados dos veces por sus brulotes, que encadenaban juntos y luego dejaban flotar con la marea; pero en cada ocasión enviamos botes con garfios y los remolcamos a salvo fuera de la flota.
Tuvimos diferentes comandantes mientras estuvimos en este lugar, los comodoros Stanhope, Dennis, Lord Howe, etc. Desde aquí, antes de que comenzara la guerra española, nuestro barco y la balandra Wasp fueron enviados a San Sebastián en España, por el comodoro Stanhope; y el comodoro Dennis envió después nuestro barco como cartel a Bayona en Francia, después de lo cual fuimos en febrero de 1762 a Belle-Île, y allí nos quedamos hasta el verano, cuando lo dejamos y regresamos a Portsmouth.
Después de que nuestro barco fue equipado de nuevo para el servicio, en septiembre fue a Guernsey, donde me alegró mucho ver a mi antigua anfitriona, que ahora era viuda, y a mi antigua pequeña y encantadora compañera, su hija. Pasé un tiempo allí muy felizmente con ellas, hasta octubre, cuando recibimos órdenes de regresar a Portsmouth. Nos separamos con mucho afecto; y prometí volver pronto y verlas de nuevo, sin saber lo que el destino todopoderoso había determinado para mí. Habiendo llegado nuestro barco a Portsmouth, entramos en el puerto y permanecimos allí hasta finales de noviembre, cuando oímos hablar mucho de la paz; y, para nuestra gran alegría, a principios de diciembre recibimos órdenes de ir a Londres con nuestro barco para que nos pagaran. Recibimos esta noticia con fuertes vítores y toda otra demostración de alegría; y no se veía más que regocijo por todas partes del barco. Yo tampoco estuve sin mi parte de la alegría general en esta ocasión. Ahora solo pensaba en ser libre y trabajar para mí mismo, y así obtener dinero para permitirme recibir una buena educación; pues siempre tuve un gran deseo de ser capaz al menos de leer y escribir; y mientras estuve a bordo me había esforzado por mejorar en ambos aspectos. Mientras estuve en el Ætna particularmente, el secretario del capitán me enseñó a escribir y me dio algunos conocimientos de aritmética hasta la regla de tres. Había también un tal Daniel Queen, de unos cuarenta años, un hombre muy bien educado, que compartía la comida conmigo a bordo de este barco, y él también vestía y atendía al capitán. Afortunadamente este hombre pronto se encariñó mucho conmigo y se tomó muchas molestias para instruirme en muchas cosas. Me enseñó a afeitar y a peinar un poco, y también a leer la Biblia, explicándome muchos pasajes que yo no comprendía. Me sorprendió maravillosamente ver las leyes y reglas de mi país escritas casi exactamente aquí; una circunstancia que creo que tendió a imprimir nuestras costumbres más profundamente en mi memoria. Solía hablarle de esta semejanza; y muchas veces hemos pasado toda la noche juntos en esta labor. En resumen, era como un padre para mí; y algunos incluso solían llamarme por su nombre; también me apodaban el cristiano negro. De hecho, casi lo amaba con el afecto de un hijo. Me he negado muchas cosas para que él pudiera tenerlas; y cuando solía jugar a las canicas o cualquier otro juego, y ganaba unos peniques, o conseguía algo de dinero, lo que a veces hacía por afeitar a alguien, solía comprarle un poco de azúcar o tabaco, hasta donde llegaba mi dinero. Él solía decir que él y yo nunca deberíamos separarnos; y que cuando pagaran a nuestro barco, como yo era tan libre como él o cualquier otro hombre a bordo, me instruiría en su oficio, con el cual podría ganarme bien la vida. Esto me dio nueva vida y ánimos; y mi corazón ardía dentro de mí, mientras pensaba que el tiempo se hacía largo hasta obtener mi libertad. Pues aunque mi amo no me lo había prometido, sin embargo, además de las garantías que había recibido de que no tenía derecho a retenerme, siempre me trató con la mayor amabilidad y depositó en mí una confianza ilimitada; incluso prestaba atención a mi moral; y nunca permitía que le engañara, o dijera mentiras, cuyas consecuencias solía explicarme; y que si lo hacía, Dios no me amaría; de modo que, por toda esta ternura, nunca había supuesto, en todos mis sueños de libertad, que pensara retenerme ni un momento más de lo que yo deseara.
En cumplimiento de nuestras órdenes, zarpamos de Portsmouth con rumbo al Támesis y llegamos a Deptford el 10 de diciembre, donde echamos el ancla justo cuando la marea estaba alta. El barco llevaba atracado cerca de media hora cuando mi amo ordenó que se preparase la barcaza; y, en un instante, sin haberme dado antes el menor motivo para sospechar nada al respecto, me obligó a subir a la barcaza, diciendo que yo pensaba dejarlo, pero que él se encargaría de que no lo hiciera. Quedé tan impresionado por lo inesperado de este proceder que durante algún tiempo no pude responder, salvo para ofrecer ir a buscar mis libros y mi baúl con ropa, pero él juró que no debía moverme de su vista; y si lo hacía, me cortaría el cuello, mientras desenfundaba su alfanje. Sin embargo, comencé a serenarme; y, cobrando valor, le dije que yo era libre y que legalmente no podía tratarme así. Pero esto solo le enfureció más; siguió profiriendo juramentos y dijo que pronto me haría saber si podía o no, y en ese instante saltó él mismo a la barcaza desde el barco, para asombro y pesar de todos los que estaban a bordo. La marea, bastante desafortunadamente para mí, acababa de empezar a bajar, de modo que nos dejamos llevar rápidamente río abajo junto con ella, hasta que nos adentramos entre algunos navíos de las Indias Occidentales que estaban a punto de zarpar; pues estaba resuelto a dejarme a bordo del primer barco que aceptara recibirme. La tripulación de la barcaza, que remaba contra su voluntad, se sintió muy desfallecida en varias ocasiones y habría querido ir a tierra; pero él no se lo permitió. Algunos de ellos se esforzaron entonces por animarme y me dijeron que no podía venderme, y que me apoyarían, lo cual me reanimó un poco; y aún conservaba esperanzas; pues, mientras remaban, él pidió a algunos barcos que me recibieran, pero no pudieron hacerlo. Pero, justo cuando habíamos pasado un poco Gravesend, nos pusimos al costado de un barco que salía con la siguiente marea hacia las Indias Occidentales; su nombre era el Charming Sally, del capitán James Doran; y mi amo subió a bordo y llegó a un acuerdo con él por mí; y al poco tiempo me llamaron al camarote. Cuando llegué allí, el capitán Doran me preguntó si le conocía; le respondí que no; «Entonces», dijo él, «eres ahora mi esclavo». Le dije que mi amo no podía venderme a él, ni a nadie más. «¿Por qué?», dijo él, «¿acaso no te compró tu amo?». Confesé que sí. «Pero le he servido», dije, «muchos años, y se ha quedado con todo mi sueldo y mi dinero de presas, pues solo recibí seis peniques durante la guerra; además de esto, he sido bautizado; y según las leyes del país, nadie tiene derecho a venderme»: Y añadí que había oído a un abogado y a otros decir esto mismo a mi amo en distintas ocasiones. Entonces ambos dijeron que aquellas personas que me habían dicho eso no eran mis amigos; pero yo repliqué que era muy extraordinario que otras personas no conocieran la ley tan bien como ellos. Ante esto, el capitán Doran dijo que yo hablaba demasiado inglés; y que si no me comportaba bien y me mantenía callado, tenía un método a bordo para hacerme entrar en razón. Estaba demasiado convencido de su poder sobre mí para dudar de lo que decía; y mis sufrimientos anteriores en el barco negrero se presentaron en mi mente, y el recuerdo de ellos me hizo estremecer. Sin embargo, antes de retirarme les dije que, puesto que no podía obtener justicia entre los hombres aquí, esperaba obtenerla en el Cielo; e inmediatamente abandoné el camarote, lleno de resentimiento y pesar. El único abrigo que tenía conmigo se lo llevó mi amo, y dijo que si mi dinero de presas hubiera sido de 10.000 libras, él tenía derecho a todo ello, y se lo habría llevado. Tenía cerca de nueve guineas, que, durante mi larga vida de marinero, había logrado reunir con insignificantes gratificaciones y pequeñas aventuras; y las escondí al instante, por temor a que mi amo me las quitara también, manteniendo aún la esperanza de que, de algún modo u otro, lograría escapar a tierra; y, de hecho, algunos de mis viejos compañeros de barco me dijeron que no me desesperara, pues me rescatarían; y que, tan pronto como cobraran su paga, vendrían inmediatamente a Portsmouth por mí, adonde iba este barco: pero, ¡ay!, todas mis esperanzas se vieron frustradas, y la hora de mi liberación estaba aún muy lejos. Mi amo, habiendo concluido pronto su trato con el capitán, salió del camarote, y él y su gente subieron al bote y se alejaron; los seguí con los ojos doloridos tanto tiempo como pude, y cuando estuvieron fuera de vista me arrojé sobre la cubierta, mientras mi corazón estaba a punto de estallar de pesar y angustia.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota L: Se había ahogado al intentar desertar.]
[Nota M: Entre otros que trajimos de Bayona, dos caballeros que habían estado en las Indias Occidentales, donde vendían esclavos; y confesaron que en una ocasión hicieron un acta de venta falsa y vendieron a dos hombres blancos portugueses entre un lote de esclavos.]
[Nota N: Algunas personas sostienen que a veces, poco antes de morir, se ha visto a la persona en cuestión; es decir, algún espíritu exactamente a su semejanza, aunque ellos mismos se encuentren en otros lugares al mismo tiempo. Un día, mientras estábamos en Bayona, el señor Mondle vio a uno de nuestros hombres, según creía, en el pañol de municiones; y poco después, al subir a la cubierta, mencionó algunas circunstancias sobre este hombre a algunos de los oficiales. Le dijeron que el hombre estaba fuera del barco en ese momento, en uno de los botes con el teniente: pero el señor Mondle no quiso creerlo, y registramos el barco, cuando descubrió que el hombre estaba realmente fuera; y cuando el bote regresó algún tiempo después, descubrimos que el hombre se había ahogado precisamente en el momento en que el señor Mondle creyó verlo.]
CAP. V.
*Reflexiones del autor sobre su situación: es engañado por una promesa de ser liberado: su desesperación al zarpar hacia las Indias Occidentales: llega a Montserrat, donde es vendido al señor King: varios casos interesantes de opresión, crueldad y extorsión que el autor vio practicar a los esclavos en las Indias Occidentales durante su cautiverio desde el año 1763 hasta 1766: discurso sobre esto a los plantadores.*
Así, en el momento en que esperaba que todos mis trabajos terminaran, me vi sumido, como supuse, en una nueva esclavitud; en comparación con la cual todo mi servicio hasta entonces había sido una «libertad perfecta»; y cuyos horrores, siempre presentes en mi mente, se precipitaron ahora sobre ella con una agravación diez veces mayor. Lloré muy amargamente durante algún tiempo; y comencé a pensar que debía haber hecho algo para disgustar al Señor, ya que me castigaba tan severamente. Esto me llenó de dolorosas reflexiones sobre mi conducta pasada; recordé que en la mañana de nuestra llegada a Deptford había jurado precipitadamente que, tan pronto como llegáramos a Londres, pasaría el día deambulando y divirtiéndome. Mi conciencia me remordió por esta expresión imprudente; sentí que el Señor era capaz de desilusionarme en todas las cosas, e inmediatamente consideré mi situación actual como un juicio del Cielo a causa de mi presunción al jurar; por lo tanto, con contrición de corazón, reconocí mi transgresión ante Dios, y derramé mi alma ante Él con arrepentimiento sincero, y con fervientes súplicas le rogué que no me abandonara en mi angustia, ni me arrojara de su misericordia para siempre. Al poco tiempo mi dolor, agotado por su propia violencia, comenzó a disminuir; y una vez pasada la primera confusión de mis pensamientos, reflexioné con más calma sobre mi condición actual: consideré que las pruebas y las desilusiones son a veces para nuestro bien, y pensé que Dios quizás había permitido esto para enseñarme sabiduría y resignación; pues hasta entonces me había cubierto con las alas de su misericordia, y con su mano invisible pero poderosa me había guiado por un camino que yo desconocía. Estas reflexiones me dieron un poco de consuelo, y finalmente me levanté de la cubierta con desaliento y tristeza en el rostro, aunque mezclados con una leve esperanza de que el *Señor intervendría* para mi liberación.
Poco después, mientras mi nuevo amo se dirigía a tierra, me llamó y me dijo que me portara bien y que hiciera el trabajo del barco igual que cualquiera de los otros muchachos, y que me iría mejor por ello; pero no le di respuesta. Luego me preguntaron si sabía nadar, y dije que no. Sin embargo, me obligaron a ir bajo cubierta y me vigilaron bien. Con la siguiente marea el barco se puso en marcha, y poco después llegó a Mother Bank, Portsmouth; donde esperó unos días a parte del convoy de las Indias Occidentales. Mientras estuve allí, intenté por todos los medios que pude imaginar entre la gente del barco conseguir que me enviaran un bote desde la orilla, ya que no se permitía que ninguno se acercara al barco; y el suyo, cada vez que se usaba, era izado de nuevo inmediatamente. Un marinero a bordo me quitó una guinea con el pretexto de conseguirme un bote; y me prometió, una y otra vez, que vendría en cualquier momento. Cuando él tenía la guardia en cubierta, yo también vigilaba; y miré durante bastante tiempo, pero todo en vano; nunca pude volver a ver ni el bote ni mi guinea. Y lo que consideré aún peor de todo, el sujeto informó, como descubrí más tarde, todo el tiempo a los oficiales de mi intención de irme, si de alguna manera podía hacerlo; pero, como un pícaro, nunca les dijo que había recibido una guinea mía para procurar mi fuga. Sin embargo, después de que hubimos zarpado, y su engaño fue conocido por la tripulación del barco, sentí cierta satisfacción al verle detestado y despreciado por todos ellos por su comportamiento conmigo. Todavía tenía esperanzas de que mis antiguos compañeros de barco no olvidaran su promesa de venir por mí a Portsmouth: y, de hecho, al final, aunque no hasta el día antes de zarpar, algunos de ellos vinieron y me enviaron algunas naranjas y otras muestras de su consideración. También me enviaron aviso de que vendrían a verme personalmente al día siguiente o al otro; y una dama también, que vivía en Gosport, me escribió diciendo que vendría a sacarme del barco al mismo tiempo. Esta dama había sido muy íntima de mi antiguo amo: solía vender y cuidar una gran cantidad de propiedades para ella en diferentes barcos; y, a cambio, ella siempre me mostró una gran amistad y solía decirle a mi amo que me llevaría a vivir con ella: pero, desafortunadamente para mí, poco después ocurrió un desacuerdo entre ellos; y fue sucedida en las buenas gracias de mi amo por otra dama, que parecía ser la dueña absoluta del Ætna, y que la mayor parte del tiempo se alojaba a bordo. Yo no era tan favorito de esta dama como de la anterior; ella había concebido un resentimiento contra mí en alguna ocasión cuando estuvo a bordo, y no dejó de instigar a mi amo a tratarme de la manera en que lo hizo[O].
Sin embargo, a la mañana siguiente, el 30 de diciembre, siendo el viento fresco y del este, la fragata Oeolus, que debía escoltar al convoy, dio la señal de partida. Todos los barcos levaron entonces sus anclas; y, antes de que cualquiera de mis amigos tuviera la oportunidad de venir en mi auxilio, para mi inefable angustia nuestro barco se puso en marcha. ¡Qué emociones tumultuosas agitaron mi alma cuando el convoy zarpó, y yo era un prisionero a bordo, ahora sin esperanza! Mantuve mis ojos anegados en lágrimas fijos en la tierra en un estado de pesar inefable; sin saber qué hacer, y desesperado por no poder ayudarme a mí mismo. Mientras mi mente estaba en esta situación, la flota siguió adelante, y en el transcurso de un día perdí de vista la tierra anhelada. En las primeras expresiones de mi dolor reproché a mi destino y deseé no haber nacido nunca. Estaba listo para maldecir la marea que nos llevaba, el vendaval que impulsaba mi prisión, e incluso el barco que nos conducía; y llamé a la muerte para que me librara de los horrores que sentía y temía, para que pudiera estar en aquel lugar
«Donde los esclavos son libres y los hombres ya no oprimen. Necio que fui, habituado tanto tiempo al dolor, Para confiar en la esperanza, o soñar de nuevo con la alegría.
* * * * *
Ahora arrastrado una vez más más allá del mar occidental, A gemir bajo la cadena de algún plantador cobarde; Donde mis pobres compatriotas esperan en servidumbre La larga emancipación de un destino persistente: ¡Duro y persistente destino! mientras, antes del amanecer, Despertados por el látigo, siguen su camino sombrío; Y mientras sus almas arden de vergüenza y angustia, Saludan con gemidos el regreso de la indeseada mañana, Y, maldiciendo a cada hora el sol de paso lento, Persiguen sus labores hasta que termina su carrera. Ningún ojo para marcar sus sufrimientos con una lágrima; Ningún amigo para consolar, y ninguna esperanza para animar: Entonces, como los abúlicos animales sin piedad, se retiran A establos tan miserables, y a un sustento tan basto; Agradecen al cielo que un día de miseria terminó, Luego se hunden en el sueño, y desean no despertar más[P].»
La turbulencia de mis emociones, sin embargo, cedió naturalmente a pensamientos más tranquilos, y pronto percibí que lo que el destino había decretado, ningún mortal en la tierra podría evitarlo. El convoy navegó sin contratiempos, con un viento agradable y mar en calma, durante seis semanas, hasta febrero, cuando una mañana el Oeolus abordó un bergantín, uno de los miembros del convoy, y este se hundió instantáneamente y fue engullido en los oscuros recesos del océano. El convoy se vio inmediatamente sumido en una gran confusión hasta el amanecer; y el Oeolus fue iluminado con luces para evitar cualquier otro percance. El 13 de febrero de 1763, desde el tope del mástil, divisamos nuestra isla de destino, Montserrat; y poco después contemplé aquellas
«Regiones de dolor, sombras lúgubres, donde la paz Y el descanso rara vez pueden morar. La esperanza nunca llega La que llega a todos, sino tortura sin fin Que siempre apremia.»
A la vista de esta tierra de servidumbre, un nuevo horror recorrió todo mi cuerpo y me heló el corazón. Mi antigua esclavitud resurgió en mi mente en un repaso terrible, y no mostró más que miseria, azotes y cadenas; y, en el primer paroxismo de mi dolor, invoqué al trueno de Dios y a su poder vengador para que dirigiera el golpe de la muerte hacia mí, antes que permitirme convertirme en esclavo y ser vendido de señor en señor.
En este estado de mi mente, nuestro barco echó el ancla y poco después descargó su cargamento. Ahora supe lo que era trabajar duro; fui obligado a ayudar a descargar y cargar el barco. Y, para consolarme en mi angustia durante aquel tiempo, dos de los marineros me robaron todo mi dinero y huyeron del barco. Había estado tanto tiempo acostumbrado a un clima europeo que al principio sentí el sol abrasador de las Indias Occidentales muy doloroso, mientras que el fuerte oleaje sacudía el bote y a las personas que iban en él frecuentemente por encima de la marca de marea alta. A veces nuestras extremidades se rompían con esto, o incluso nos causaba la muerte instantánea, y yo era día tras día mutilado y desgarrado.
A mediados de mayo, cuando el barco estuvo listo para zarpar hacia Inglaterra, mientras yo creía todo el tiempo que las nubes más negras del Destino se acumulaban sobre mi cabeza y esperaba que su estallido me mezclara con los muertos, el capitán Doran me envió a tierra una mañana, y el mensajero me dijo que mi destino estaba ya decidido. Con pasos vacilantes y corazón tembloroso fui hacia el capitán, y encontré con él a un señor Robert King, un cuáquero, y el primer comerciante del lugar. El capitán me dijo entonces que mi antiguo amo me había enviado allí para ser vendido; pero que le había pedido que me buscara el mejor amo que pudiera, pues le dijo que yo era un muchacho muy meritorio, lo cual el capitán Doran dijo que había comprobado que era cierto; y que si él tuviera que quedarse en las Indias Occidentales, estaría encantado de quedarme conmigo él mismo; pero no podía arriesgarse a llevarme a Londres, pues estaba muy seguro de que cuando llegara allí lo abandonaría. En ese instante rompí a llorar y le rogué mucho que me llevara a Inglaterra con él, pero todo fue en vano. Me dijo que me había conseguido el mejor amo de toda la isla, con quien sería tan feliz como si estuviera en Inglaterra, y por esa razón eligió dejárselo a él, aunque podría venderme a su propio cuñado por mucho más dinero del que obtuvo de este caballero. El señor King, mi nuevo amo, replicó entonces y dijo que la razón por la que me había comprado era por mi buen carácter; y, como no tenía la menor duda de mi buen comportamiento, me iría muy bien con él. También me dijo que no vivía en las Indias Occidentales, sino en Filadelfia, adonde iría pronto; y, como yo entendía algo de las reglas de la aritmética, cuando llegáramos allí me enviaría a la escuela y me prepararía para ser empleado. Esta conversación alivió un poco mi mente, y dejé a aquellos caballeros considerablemente más tranquilo conmigo mismo que cuando llegué a ellos; y estuve muy agradecido al capitán Doran, e incluso a mi antiguo amo, por el carácter que me habían dado; un carácter que luego encontré de infinita utilidad para mí. Subí a bordo de nuevo y me despedí de todos mis compañeros de barco; y al día siguiente el barco zarpó. Cuando levaron el ancla fui a la orilla del agua y la miré con un corazón muy anhelante y dolorido, y la seguí con mis ojos y lágrimas hasta que estuvo totalmente fuera de vista. Estaba tan abatido por el dolor que no pude levantar la cabeza durante muchos meses; y si mi nuevo amo no hubiera sido amable conmigo, creo que al final habría muerto de pena. Y, de hecho, pronto descubrí que él merecía plenamente el buen carácter que el capitán Doran me había dado de él; pues poseía una disposición y un temperamento de lo más amable, y era muy caritativo y humano. Si alguno de sus esclavos se comportaba mal, no los golpeaba ni los trataba mal, sino que se deshacía de ellos. Esto los hacía temer el disgustarle; y como trataba a sus esclavos mejor que cualquier otro hombre en la isla, era servido mejor y más fielmente por ellos a cambio. Gracias a su trato amable, finalmente me esforcé por serenarme; y con fortaleza, aunque sin dinero, decidí enfrentar cualquier cosa que el destino hubiera decretado para mí. El señor King pronto me preguntó qué sabía hacer; y al mismo tiempo dijo que no tenía intención de tratarme como a un esclavo común. Le dije que sabía algo de marinería, y que podía afeitar y peinar bastante bien; y que podía refinar vinos, lo cual había aprendido a bordo del barco, donde lo había hecho a menudo; y que podía escribir, y entendía la aritmética bastante bien hasta la Regla de Tres. Luego me preguntó si sabía algo de arqueo; y, al responderle que no, dijo que uno de sus empleados me enseñaría a arquear.
El Sr. King trataba con toda clase de mercancías y mantenía a su cargo de uno a seis empleados. Cargaba muchos navíos al año, particularmente con destino a Filadelfia, donde él había nacido y donde estaba vinculado a una gran casa mercantil de esa ciudad. Poseía, además, muchas embarcaciones y lanchas de diferentes tamaños que solían recorrer la isla, así como otras destinadas a recoger ron, azúcar y otros bienes. Yo comprendía muy bien el manejo de los remos y el gobierno de dichas barcas; y este arduo trabajo, que fue el primero que me encomendó, solía ser mi ocupación constante durante las temporadas de azúcar. He remado en la barca y trabajado como un esclavo en los remos desde una hora hasta dieciséis en un periodo de veinticuatro; durante las cuales tenía quince peniques esterlinas al día para vivir, aunque a veces solo diez peniques. Sin embargo, esto era considerablemente más de lo que se permitía a otros esclavos que solían trabajar conmigo y que pertenecían a otros caballeros de la isla: esas pobres almas nunca tenían más de nueve peniques al día, y rara vez más de seis, por parte de sus amos o propietarios, aunque ellos ganaban para estos tres o cuatro pisterines: pues es una práctica común en las Indias Occidentales que los hombres compren esclavos, aunque no posean plantaciones, con el fin de alquilarlos a plantadores y comerciantes por una cantidad fija al día, y dan a sus esclavos, para su subsistencia, la asignación que eligen del producto de su trabajo diario; esta asignación es a menudo muy escasa. Mi amo solía dar a los dueños de estos esclavos dos piezas y media de estas al día, y él mismo proporcionaba la comida a los pobres sujetos, porque pensaba que sus dueños no los alimentaban lo suficiente de acuerdo con el trabajo que realizaban. A los esclavos solía gustarles mucho esto; y, como sabían que mi amo era un hombre de sentimientos, siempre estaban contentos de trabajar para él con preferencia a cualquier otro caballero; algunos de los cuales, después de haber cobrado por las labores de estas pobres personas, no les daban su asignación de ella. Muchas veces he visto incluso a estos infortunados desgraciados ser golpeados por pedir su paga; y a menudo azotados severamente por sus amos si no les entregaban su dinero diario o semanal exactamente a tiempo; aunque las pobres criaturas estaban obligadas a esperar a los caballeros para los que habían trabajado a veces más de medio día antes de poder cobrar; y esto generalmente los domingos, cuando necesitaban el tiempo para ellos mismos. En particular, conocí a un compatriota mío que una vez no entregó el dinero semanal directamente en cuanto lo ganó; y aunque lo llevó el mismo día a su amo, fue estacado en el suelo por esta supuesta negligencia y estaba a punto de recibir cien latigazos, de no ser por un caballero que le suplicó que le perdonara cincuenta. Este pobre hombre era muy industrioso; y, mediante su frugalidad, había ahorrado tanto dinero trabajando a bordo de los barcos que había conseguido que un hombre blanco le comprara una barca, sin que su amo lo supiera. Algún tiempo después de que tuviera esta pequeña propiedad, el gobernador quiso una barca para traer su azúcar desde diferentes partes de la isla; y, sabiendo que era la barca de un hombre negro, se apoderó de ella para sí y no quiso pagarle ni un céntimo al dueño. El hombre, ante esto, fue a ver a su amo y se quejó de este acto del gobernador; pero la única satisfacción que recibió fue ser maldecido muy cordialmente por su amo, quien le preguntó cómo se atrevía alguno de sus negros a tener una barca. Si la ruina justamente merecida de la fortuna del gobernador podía ser algún consuelo para el pobre hombre a quien había robado de tal manera, no le faltó consuelo. La extorsión y la rapiña son malos proveedores; y algún tiempo después de esto, el gobernador murió en el King's Bench en Inglaterra, según me dijeron, en la mayor pobreza. La última guerra favoreció a este pobre hombre negro, y encontró algún medio para escapar de su amo cristiano: vino a Inglaterra, donde lo vi después varias veces. Un trato como este a menudo lleva a estos miserables a la desesperación, y huyen de sus amos arriesgando sus vidas. Muchos de ellos, en este lugar, incapaces de cobrar su paga cuando la han ganado, y temiendo ser azotados, como es habitual, si regresan a casa sin ella, huyen a donde pueden en busca de refugio, y a menudo se ofrece una recompensa por traerlos muertos o vivos. Mi amo solía a veces, en estos casos, llegar a un acuerdo con sus dueños y liquidar él mismo con ellos; y, de ese modo, ahorraba a muchos de ellos una azotaina.
Una vez, por unos pocos días, fui alquilado para equipar un navío, y ninguna de las partes me asignó comida; al final le conté a mi amo este trato, y me retiró de allí. En muchas de las propiedades, en las diferentes islas a las que solía ser enviado por ron o azúcar, no querían entregármelo a mí, ni a ningún otro negro; por lo tanto, él estaba obligado a enviar a un hombre blanco conmigo a esos lugares; y entonces solía pagarle de seis a diez pisterines al día. Al ser empleado de esta manera, durante el tiempo que serví al Sr. King, recorriendo las diferentes propiedades de la isla, tuve toda la oportunidad que pude desear para ver el trato espantoso que recibían los pobres hombres; un trato que me reconcilió con mi situación y me hizo bendecir a Dios por las manos en las que había caído.
Tuve la buena fortuna de complacer a mi amo en todos los departamentos en los que me empleó; y apenas hubo parte de sus negocios, o asuntos domésticos, en los que no estuviera ocasionalmente involucrado. A menudo suplí el lugar de un empleado, recibiendo y entregando cargamentos a los barcos, atendiendo almacenes y entregando mercancías: y, además de esto, solía afeitar y vestir a mi amo cuando era conveniente, y cuidar de su caballo; y cuando era necesario, lo cual era muy a menudo, trabajaba asimismo a bordo de diferentes navíos suyos. Por estos medios me volví muy útil para mi amo; y le ahorré, como solía reconocer, más de cien libras al año. Tampoco dudaba en decir que yo era de más provecho para él que cualquiera de sus empleados; aunque sus salarios habituales en las Indias Occidentales son de sesenta a cien libras corrientes al año.
A veces he oído afirmar que un negro no puede ganar para su amo su coste inicial; pero nada puede estar más lejos de la verdad. Supongo que nueve décimas partes de los mecánicos en todas las Indias Occidentales son esclavos negros; y bien sé que los toneleros entre ellos ganan dos dólares al día; los carpinteros lo mismo, y a menudo más; así como los albañiles, herreros, pescadores, etc. Y he conocido muchos esclavos por los que sus amos no aceptarían mil libras corrientes. Pero seguramente esta afirmación se refuta a sí misma; pues, si fuera cierta, ¿por qué los plantadores y comerciantes pagan tal precio por los esclavos? Y, sobre todo, ¿por qué aquellos que hacen esta afirmación exclaman más ruidosamente contra la abolición del comercio de esclavos? ¡Tanto están cegados los hombres, y a argumentos tan inconsistentes son llevados por un interés equivocado! Admito, de hecho, que los esclavos son a veces, mediante la alimentación a medias, el vestido a medias, el exceso de trabajo y los azotes, reducidos a tal estado, que son descartados como ineptos para el servicio y abandonados a perecer en los bosques, o a morir en un estercolero.
A mi amo le ofrecieron varias veces diferentes caballeros cien guineas por mí; pero él siempre les decía que no me vendería, para mi gran alegría: y yo solía redoblar mi diligencia y cuidado por miedo a caer en manos de aquellos hombres que no permitían a un esclavo valioso el sustento común de la vida. Muchos de ellos incluso solían criticar a mi amo por alimentar a sus esclavos tan bien como lo hacía; aunque yo a menudo pasaba hambre, y un inglés podría pensar que mi dieta era muy indiferente; pero él solía decirles que siempre lo haría, porque los esclavos de esa manera lucían mejor y hacían más trabajo.
Mientras estuve así empleado por mi amo, fui a menudo testigo de crueldades de todo tipo, que se ejercían contra mis infelices compañeros esclavos. Solía tener con frecuencia a mi cargo diferentes cargamentos de nuevos negros para su venta; y era casi una práctica constante de nuestros empleados, y otros blancos, cometer depredaciones violentas contra la castidad de las esclavas; y a estas, aunque con reticencia, estaba obligado a someterme en todo momento, al no poder ayudarlas. Cuando hemos tenido a algunos de estos esclavos a bordo de los barcos de mi amo para llevarlos a otras islas, o a América, he sabido que nuestros oficiales cometían estos actos de manera más vergonzosa, para desgracia, no solo de los cristianos, sino de los hombres. He llegado a saber que satisfacían su pasión brutal con hembras que no tenían diez años; y estas abominaciones algunos de ellos las practicaban hasta un exceso tan escandaloso, que uno de nuestros capitanes despidió al oficial y a otros por esa razón. Y, sin embargo, en Montserrat he visto a un hombre negro estacado en el suelo y cortado de la manera más espantosa, y luego le cortaron las orejas trozo a trozo, porque había estado relacionado con una mujer blanca que era una prostituta común: como si no fuera un crimen en los blancos robar a una inocente chica africana su virtud; pero fuera un crimen atroz en un hombre negro solo satisfacer una pasión de la naturaleza, donde la tentación era ofrecida por alguien de un color diferente, aunque fuera la mujer más abandonada de su especie. Otro hombre negro fue medio ahorcado, y luego quemado, por intentar envenenar a un cruel capataz. ¡Así, por crueldades repetidas, los desgraciados son primero empujados a la desesperación y luego asesinados, porque aún conservan tanto de la naturaleza humana como para desear poner fin a su miseria y tomar represalias contra sus tiranos! Estos capataces son de hecho, en su mayor parte, personas del peor carácter de cualquier denominación de hombres en las Indias Occidentales. Desafortunadamente, muchos caballeros humanos, al no residir en sus propiedades, se ven obligados a dejar la gestión de las mismas en manos de estos carniceros humanos, que cortan y mutilan a los esclavos de una manera espantosa en las ocasiones más triviales, y en general los tratan en todos los aspectos como a bestias. No prestan atención a la situación de las mujeres embarazadas, ni el menor cuidado al alojamiento de los negros de campo. Sus chozas, que deberían estar bien cubiertas, y el lugar seco donde toman su pequeño reposo, son a menudo cobertizos abiertos, construidos en lugares húmedos; de modo que, cuando las pobres criaturas regresan cansadas de las fatigas del campo, contraen muchas dolencias, al estar expuestas al aire húmedo en este estado incómodo, mientras están acaloradas y sus poros están abiertos. Este descuido ciertamente contribuye con muchos otros a causar una disminución en los nacimientos, así como en las vidas de los negros adultos. Puedo citar muchos ejemplos de caballeros que residen en sus propiedades en las Indias Occidentales, y entonces la escena cambia por completo; los negros son tratados con lenidad y el debido cuidado, por lo cual sus vidas se prolongan y sus amos se benefician. En honor a la humanidad, conocí a varios caballeros que gestionaban sus propiedades de esta manera; y encontraron que la benevolencia era su verdadero interés. Y, entre muchos que podría mencionar en varias de las islas, conocí a uno en Montserrat cuyos esclavos lucían notablemente bien, y nunca necesitaron nuevos suministros de negros; y hay muchas otras propiedades, especialmente en Barbados, que, debido a tal trato juicioso, no necesitan nuevas existencias de negros en ningún momento. Tengo el honor de conocer a un caballero muy digno y humano, que es nativo de Barbados, y tiene propiedades allí. Este caballero ha escrito un tratado sobre el trato a sus propios esclavos. Les permite dos horas para refrescarse al mediodía; y muchas otras indulgencias y comodidades, particularmente en lo referente a su descanso; y, además de esto, cultiva más provisiones en su propiedad de las que ellos pueden consumir; de modo que, mediante estas atenciones, salva las vidas de sus negros, y los mantiene sanos, y tan felices como la condición de esclavitud puede permitir. Yo mismo, como aparecerá en el relato, gestioné una propiedad donde, mediante esas atenciones, los negros estaban inusualmente alegres y sanos, y hacían el doble de trabajo que el que suelen hacer con el modo de trato común. Por falta, por tanto, de tal cuidado y atención hacia los pobres negros, y oprimidos como están de otro modo, no es de extrañar que la disminución requiera 20.000 nuevos negros anualmente para llenar los lugares vacantes de los muertos.
Incluso en Barbados, a pesar de esas excepciones humanas que he mencionado, y otras que conozco, que justificadamente hacen que sea citada como un lugar donde los esclavos reciben el mejor trato y necesitan menos reclutas de cualquiera en las Indias Occidentales, ¡sin embargo, esta isla requiere 1000 negros anualmente para mantener la existencia original, que es de solo 80.000! ¡De modo que se puede decir que todo el periodo de vida de un negro allí es de solo dieciséis años! Y, sin embargo, el clima aquí es en todos los aspectos el mismo que aquel del que son tomados, excepto en ser más saludable. ¿Las colonias británicas disminuyen de esta manera? Y, sin embargo, ¿qué diferencia prodigiosa hay entre un clima inglés y uno de las Indias Occidentales?
Mientras estuve en Montserrat conocí a un hombre negro, llamado Emanuel Sankey, que intentó escapar de su miserable esclavitud escondiéndose a bordo de un barco de Londres: pero el destino no favoreció al pobre hombre oprimido; pues, al ser descubierto cuando el navío estaba bajo vela, fue entregado de nuevo a su amo. Este amo cristiano inmediatamente fijó al desgraciado contra el suelo por cada muñeca y tobillo, y luego tomó unos palitos de lacre, los encendió y dejó caer gotas por toda su espalda. Había otro amo que era conocido por su crueldad; y creo que no tenía un esclavo que no hubiera sido cortado, y al que no se le hubieran quitado trozos de carne; y, después de haber sido castigados así, solía hacer que se metieran en una caja o arcón de madera alargado que tenía para ese propósito, en el cual los encerraba durante el tiempo que le placía. Tenía exactamente la altura y la anchura de un hombre; y los pobres desgraciados no tenían espacio, cuando estaban en el cajón, para moverse.
Era muy común en varias de las islas, particularmente en St. Kitt's, que los esclavos fueran marcados con las letras iniciales del nombre de su amo; y una carga de pesados ganchos de hierro colgaba alrededor de sus cuellos. De hecho, en las ocasiones más triviales eran cargados con cadenas; y a menudo se añadían instrumentos de tortura. El bozal de hierro, los tornillos de pulgar, etc., son tan bien conocidos que no necesitan descripción, y a veces se aplicaban por las faltas más leves. He visto a un negro ser golpeado hasta que se le rompieron algunos huesos, incluso por dejar que una olla se derramara. ¿Es sorprendente que un trato como este lleve a las pobres criaturas a la desesperación, y les haga buscar refugio en la muerte de aquellos males que hacen sus vidas intolerables, mientras,
"Pálidos con horror estremecedor, y ojos espantados, Contemplan su lamentable suerte, y encuentran ¡No hay descanso!"
Esto lo hacen con frecuencia. Un hombre negro a bordo de un navío de mi amo, mientras yo pertenecía a él, habiendo sido puesto en cadenas por algún delito trivial, y mantenido en ese estado durante algunos días, estando cansado de la vida, aprovechó la oportunidad de saltar por la borda al mar; sin embargo, fue recogido sin haberse ahogado. Otro, cuya vida también era una carga para él, decidió matarse de hambre, y se negó a comer ninguna comida; esto le valió una severa azotaina: y él también, en la primera ocasión que se presentó, saltó por la borda en Charles Town, pero fue salvado.
Tampoco se muestra mayor consideración por la pequeña propiedad que por las personas y vidas de los negros. Ya he relatado un caso o dos de opresión particular de entre muchos de los que he sido testigo; pero lo siguiente es frecuente en todas las islas. Los miserables esclavos de campo, después de trabajar todo el día para un propietario sin sentimientos, que les da poca comida, roban a veces unos pocos momentos de descanso o refresco para recoger alguna pequeña porción de hierba, según lo permita su tiempo. Esto lo atan comúnmente en un paquete (ya sea un bit, que vale seis peniques; o medio bit) y lo llevan al pueblo, o al mercado, para venderlo. Nada es más común que para los blancos en esta ocasión quitarles la hierba sin pagar por ella; y no solo eso, sino también, demasiado a menudo, según mi conocimiento, nuestros empleados, y muchos otros, al mismo tiempo han cometido actos de violencia contra las pobres, miserables e indefensas hembras; a quienes he visto durante horas paradas llorando sin propósito, y sin obtener reparación o paga de ningún tipo. ¿No es este un pecado común y clamoroso suficiente para atraer el juicio de Dios sobre las islas? Él nos dice que el opresor y el oprimido están ambos en sus manos; y si estos no son los pobres, los quebrantados de corazón, los ciegos, los cautivos, los magullados, de los que habla nuestro Salvador, ¿quiénes son? Uno de estos depredadores una vez, en St. Eustatia, vino a bordo de nuestro navío, y me compró algunas aves y cerdos; y un día entero después de su partida con las cosas, regresó de nuevo y quiso recuperar su dinero: me negué a dárselo; y, al no ver a mi capitán a bordo, comenzó con las bromas comunes conmigo; y juró que incluso rompería mi cofre y tomaría mi dinero. Por lo tanto, esperaba, como mi capitán estaba ausente, que cumpliría su palabra: y estaba a punto de golpearme, cuando afortunadamente un marinero británico a bordo, cuyo corazón no había sido corrompido por un clima de las Indias Occidentales, intervino y lo evitó. Pero si el cruel hombre me hubiera golpeado, ciertamente me habría defendido arriesgando mi vida; pues, ¿qué es la vida para un hombre así oprimido? Se fue, sin embargo, maldiciendo; y amenazó que cuando me atrapara en tierra me dispararía, y pagaría por mí después.
La poca consideración que se tiene por la vida de un negro en las Indias Occidentales es tan universalmente conocida, que podría parecer impertinente citar el siguiente extracto, si algunas personas no hubieran sido lo suficientemente audaces últimamente para afirmar que los negros están en el mismo pie de igualdad en ese aspecto que los europeos. Por el Acta 329, página 125, de la Asamblea de Barbados, se promulga 'Que si algún negro, u otro esclavo, bajo castigo por parte de su amo, o por orden suya, por escaparse, o cualquier otro crimen o delito contra su dicho amo, desafortunadamente sufriera en vida o miembro, ninguna persona será responsable de multa; pero si algún hombre, por lascivia, o solo por malevolencia, o intención cruel, matara voluntariamente a un negro, u otro esclavo, suyo, pagará al tesoro público quince libras esterlinas'. Y es lo mismo en la mayoría, si no en todas, las islas de las Indias Occidentales. ¿No es este uno de los muchos actos de las islas que claman por reparación? ¿Y no merece la asamblea que lo promulgó el apelativo de salvajes y brutos antes que el de cristianos y hombres? Es un acto a la vez despiadado, injusto e insensato; que por su crueldad deshonraría a una asamblea de aquellos que son llamados bárbaros; y por su injusticia y locura escandalizaría la moral y el sentido común de un samoiedo o un hotentote.
Por chocante que este y otros muchos actos del sangriento código de las Indias Occidentales parezcan a primera vista, ¡cómo se agrava su iniquidad cuando consideramos a quiénes puede extenderse! El Sr. James Tobin, un celoso trabajador en la viña de la esclavitud, da cuenta de un plantador francés de su conocimiento, en la isla de Martinica, que le mostró a muchos mulatos trabajando en los campos como bestias de carga; ¡y le dijo al Sr. Tobin que todos ellos eran fruto de sus propias entrañas! Y yo mismo he conocido casos similares. Dígame, lector, ¿son estos hijos e hijas del plantador francés menos sus hijos por haber sido engendrados en una mujer negra? ¿Y cuál debe ser la virtud de aquellos legisladores, y los sentimientos de aquellos padres, que estiman las vidas de sus hijos, independientemente de cómo hayan sido engendrados, en no más de quince libras; aunque sean asesinados, como dice el acto, por capricho y crueldad sanguinaria! Pero, ¿no es el comercio de esclavos enteramente una guerra contra el corazón del hombre? Y ciertamente, aquello que comienza rompiendo las barreras de la virtud, conlleva en su continuidad la destrucción de todo principio, ¡y sepulta todos los sentimientos en la ruina!
A menudo he visto esclavos, particularmente aquellos que estaban demacrados, en diferentes islas, puestos en balanzas y pesados; y luego vendidos desde tres peniques a seis o nueve peniques la libra. Mi amo, sin embargo, cuya humanidad se escandalizaba ante este método, solía venderlos al por mayor. Y durante o después de una venta, no era raro ver a negros arrebatados a sus esposas, esposas arrebatadas a sus maridos, y niños a sus padres, y enviados a otras islas, y a cualquier otro lugar que sus despiadados señores eligieran; ¡y probablemente sin volver a verse jamás durante el resto de sus vidas! A menudo mi corazón ha sangrado ante estas despedidas; cuando los amigos de los que partían estaban a la orilla del agua, y, con suspiros y lágrimas, mantenían sus ojos fijos en la embarcación hasta que desaparecía de su vista.
Conocí bien a un pobre negro criollo quien, tras haber sido transportado a menudo de esta manera de isla en isla, finalmente residió en Montserrat. Este hombre solía contarme muchos relatos melancólicos sobre sí mismo. Generalmente, después de terminar de trabajar para su amo, solía emplear sus pocos momentos de ocio en ir a pescar. Cuando atrapaba algún pescado, su amo solía quitárselo a menudo sin pagarle; y en otras ocasiones, otros blancos le hacían lo mismo. Un día me dijo, de manera muy conmovedora: «A veces, cuando un hombre blanco me quita mi pescado, voy a mi amo y él me da mi derecho; pero cuando mi amo por la fuerza me quita mis pescados, ¿qué debo hacer? No puedo ir con nadie para que se me haga justicia; entonces», dijo el pobre hombre, mirando hacia arriba, «debo mirar hacia el Dios Poderoso en lo alto por justicia». Este relato ingenuo me conmovió mucho, y no pude evitar sentir la justa causa que tuvo Moisés al defender a su hermano contra el egipcio. Exhorté al hombre a seguir mirando al Dios en lo alto, ya que no había reparación abajo. Aunque entonces poco pensaba que yo mismo experimentaría más de una vez tal imposición, y leería la misma exhortación más adelante, en mis propias transacciones en las islas; y que incluso este pobre hombre y yo sufriríamos tiempo después de la misma manera, como se relatará más adelante.
Ni tal trato se limitaba a lugares o individuos particulares; pues, en todas las diferentes islas en las que he estado (y he visitado no menos de quince), el trato a los esclavos era casi el mismo; tan casi, de hecho, que la historia de una isla, o incluso de una plantación, con unas pocas excepciones como las que he mencionado, podría servir para la historia de todo el conjunto. ¡Tal es la tendencia del comercio de esclavos a corromper la mente de los hombres y endurecerlos ante todo sentimiento de humanidad! Pues no voy a suponer que los traficantes de esclavos nacen peores que otros hombres... No; es la fatalidad de esta avaricia errónea que corrompe la leche de la bondad humana y la convierte en hiel. Y, si las ocupaciones de esos hombres hubieran sido diferentes, podrían haber sido tan generosos, tan tiernos y justos, como son insensibles, rapaces y crueles. Ciertamente este tráfico no puede ser bueno, ¡que se extiende como una peste y corrompe lo que toca! ¡que viola ese primer derecho natural de la humanidad, la igualdad y la independencia, y otorga a un hombre un dominio sobre sus semejantes que Dios nunca pudo haber pretendido! Pues eleva al dueño a un estado tan por encima del hombre como deprime al esclavo por debajo de él; y, con toda la presunción del orgullo humano, establece una distinción entre ellos, inmensurable en extensión e infinita en duración. Sin embargo, ¿qué tan equivocada está la avaricia incluso de los plantadores? ¿Son los esclavos más útiles al ser así humillados a la condición de brutos, de lo que serían si se les permitiera disfrutar de los privilegios de los hombres? La libertad que difunde salud y prosperidad por toda Gran Bretaña le responde: No. Cuando haces esclavos a los hombres, les privas de la mitad de su virtud, les das con tu propia conducta un ejemplo de fraude, rapiña y crueldad, y les obligas a vivir contigo en un estado de guerra; ¡y sin embargo te quejas de que no son honestos o fieles! Los aturdes con azotes y crees necesario mantenerlos en un estado de ignorancia; y sin embargo afirmas que son incapaces de aprender; que sus mentes son un suelo tan árido o un páramo que el cultivo se perdería en ellos; y que provienen de un clima donde la naturaleza, aunque pródiga en sus bondades en un grado desconocido para vosotros, ha dejado al hombre escaso e inacabado, e incapaz de disfrutar de los tesoros que ha derramado sobre él!—Una afirmación a la vez impía y absurda. ¿Por qué usáis esos instrumentos de tortura? ¿Son aptos para ser aplicados por un ser racional a otro? ¿Y no os sentís golpeados por la vergüenza y la mortificación, al ver a los participantes de vuestra naturaleza reducidos tan bajo? Pero, sobre todo, ¿no hay peligros que acompañen a este modo de trato? ¿No estáis a cada hora en temor de una insurrección? Ni sería sorprendente: pues cuando
«—No se nos da paz A nosotros esclavizados, sino custodia severa; Y azotes y castigo arbitrario Infligidos—¿Qué paz podemos devolver? Sino a nuestro alcance, hostilidad y odio; Reticencia indomada, y venganza, aunque lenta, Siempre tramando cómo el conquistador menos Puede cosechar su conquista, y menos alegrarse Al hacer lo que más sentimos al sufrir.»
Pero cambiando vuestra conducta, y tratando a vuestros esclavos como hombres, toda causa de miedo sería desterrada. Serían fieles, honestos, inteligentes y vigorosos; y la paz, la prosperidad y la felicidad os acompañarían.
NOTAS AL PIE:
[Nota O: Así fui sacrificado a la envidia y el resentimiento de esta mujer por saber que la dama a quien ella había sucedido en la gracia de mi amo planeaba tomarme a su servicio; lo cual, si hubiera llegado a tierra, ella no habría podido evitar. Sintió su orgullo alarmado ante la superioridad de su rival al ser atendida por un criado negro: no fue menos para evitar esto que para vengarse de mí, que hizo que el capitán me tratara así de cruelmente.]
[Nota P: «El Negro Moribundo», un poema publicado originalmente en 1773. Quizás no se considere impertinente aquí añadir que este elegante y patético pequeño poema fue ocasionado, como aparece por el anuncio que lo precede, por el siguiente incidente: «Un negro, que pocos días antes se había escapado de su amo y se había bautizado, con intención de casarse con una mujer blanca, su compañera de servicio, al ser capturado y enviado a bordo de un barco en el Támesis, aprovechó la oportunidad para dispararse en la cabeza».]
[Nota Q: Estos pisterines tienen el valor de un chelín.]
[Nota R: El Sr. Dubury, y muchos otros, Montserrat.]
[Nota S: Sir Philip Gibbes, Baronet, Barbados.]
[Nota T: Relato de Guinea de Benezet, pág. 16.]
CAP. VI.
_Algo de información sobre Brimstone-Hill en Montserrat—Cambio favorable en la situación del autor—Comienza a comerciar con tres peniques—Su éxito diverso tratando en las diferentes islas, y América, y las imposiciones que encuentra en sus transacciones con europeos—Una curiosa imposición sobre la naturaleza humana—Peligro de las rompientes en las Indias Occidentales—Notable caso de secuestro de un mulato libre—El autor es casi asesinado por el Doctor Perkins en Savannah._
En el capítulo precedente he expuesto ante el lector algunos de esos muchos casos de opresión, extorsión y crueldad de los que he sido testigo en las Indias Occidentales: pero, si enumerara todos ellos, el catálogo sería tedioso y repugnante. Los castigos a los esclavos en cada ocasión trivial son tan frecuentes, y tan bien conocidos, junto con los diversos instrumentos con los que son torturados, que ya no puede ofrecer novedad recitarlos; y son demasiado chocantes para proporcionar deleite tanto al escritor como al lector. Por lo tanto, en adelante solo mencionaré aquellos que incidentalmente me sucedieron a mí mismo en el curso de mis aventuras.
En la variedad de departamentos en los que fui empleado por mi amo, tuve la oportunidad de ver muchas escenas curiosas en diferentes islas; pero, sobre todo, me llamó la atención una célebre curiosidad llamada Brimstone-Hill, que es una montaña alta y empinada, a algunas millas de la ciudad de Plymouth en Montserrat. A menudo había oído hablar de algunas maravillas que se podían ver en esta colina, y fui una vez con algunos blancos y negros a visitarla. Cuando llegamos a la cima, vi bajo diferentes acantilados grandes escamas de azufre, provocadas por los vapores de varios pequeños estanques, que estaban entonces hirviendo naturalmente en la tierra. Algunos de estos estanques eran tan blancos como la leche, algunos completamente azules, y muchos otros de diferentes colores. Había llevado algunas patatas conmigo, y las puse en diferentes estanques, y en pocos minutos estaban bien cocidas. Probé algunas, pero eran muy sulfurosas; y las hebillas de plata de los zapatos, y todas las demás cosas de ese metal que teníamos entre nosotros, se volvieron, en poco tiempo, negras como el plomo.
Algún tiempo en el año 1763, la bondadosa Providencia pareció mostrarse algo más favorable conmigo. Uno de los barcos de mi amo, un balandro de las Bermudas de unas sesenta toneladas, estaba al mando de un tal Capitán Thomas Farmer, un inglés, un hombre muy alerta y activo, que le hizo ganar a mi amo mucho dinero por su buena gestión llevando pasajeros de una isla a otra; pero muy a menudo sus marineros solían emborracharse y huir del barco, lo que le obstaculizaba mucho en sus negocios. Este hombre me había tomado cariño; y muchas veces le rogó a mi amo que me dejara hacer un viaje con él como marinero; pero él le decía que no podía prescindir de mí, aunque el barco a veces no podía salir por falta de manos, pues los marineros eran generalmente muy escasos en la isla. Sin embargo, al final, por necesidad o fuerza, mi amo fue convencido, aunque muy de mala gana, de dejarme ir con este capitán; pero le dio un gran encargo de cuidar que yo no huyera, pues si lo hacía, le obligaría a pagar por mí. Siendo este el caso, el capitán tuvo durante algún tiempo un ojo atento sobre mí cada vez que el barco anclaba; y tan pronto como regresaba, yo era enviado de vuelta a tierra. Así estaba yo esclavizado, por así decirlo, de por vida, a veces en una cosa y a veces en otra; de modo que el capitán y yo éramos casi los hombres más útiles al servicio de mi amo. También me hice tan útil al capitán a bordo, que muchas veces, cuando solía pedirme para ir con él, aunque fuera solo por veinticuatro horas, a algunas de las islas cercanas a nosotros, mi amo respondía que no podía prescindir de mí, ante lo cual el capitán maldecía, y no hacía el viaje; y le decía a mi amo que yo era mejor para él a bordo que cualquiera de sus tres hombres blancos; pues ellos solían comportarse mal en muchos aspectos, particularmente emborrachándose; y entonces frecuentemente dejaban la lancha estropeada, impidiendo que el barco regresara tan pronto como hubiera podido. Mi amo sabía esto muy bien; y al final, por las constantes súplicas del capitán, después de haber estado varias veces con él, un día, para mi gran alegría, mi amo me dijo que el capitán no lo dejaba descansar, y me preguntó si prefería ir a bordo como marinero, o quedarme en tierra y atender los almacenes, pues no podía soportar por más tiempo ser molestado de esta manera. Me sentí muy feliz con esta propuesta, pues inmediatamente pensé que podría con el tiempo tener alguna oportunidad, estando a bordo, de conseguir un poco de dinero, o posiblemente escapar si era maltratado: también esperaba conseguir mejor comida, y en mayor abundancia; pues había sentido mucha hambre a menudo, aunque mi amo trataba a sus esclavos, como he observado, inusualmente bien. Por lo tanto, sin dudarlo, le respondí que iría y sería marinero si él quería. En consecuencia, se me ordenó subir a bordo directamente. Sin embargo, entre el barco y la tierra, cuando estaba en puerto, tenía poco o ningún descanso, ya que mi amo siempre deseaba tenerme junto a él. De hecho, era un caballero muy agradable, y de no ser por mis expectativas a bordo no habría pensado en dejarlo. Pero el capitán también me quería mucho, y yo era enteramente su mano derecha. Hice todo lo que pude para merecer su favor, y a cambio recibí mejor trato de él que el que creo que nadie haya recibido jamás en las Indias Occidentales en mi situación.
Tras haber navegado durante algún tiempo con este capitán, finalmente me esforcé por probar suerte y comenzar a comerciar. No contaba sino con un capital muy pequeño para empezar; pues una sola media moneda, equivalente a tres peniques en Inglaterra, constituía todo mi caudal. Con todo, confié en que el Señor estaría conmigo; y en uno de nuestros viajes a San Eustaquio, una isla holandesa, compré un vaso de cristal con mi media moneda, y cuando llegué a Montserrat lo vendí por una moneda, o seis peniques. Afortunadamente, realizamos varios viajes sucesivos a San Eustaquio (que era un mercado general para las Indias Occidentales, a unas veinte leguas de Montserrat); y en el siguiente, al ver lo rentable que era mi vaso, compré con esta moneda dos vasos más; y a mi regreso los vendí por dos monedas, equivalentes a un chelín esterlina. Cuando volvimos a ir, compré con estas dos monedas cuatro vasos más, que vendí por cuatro monedas a nuestro regreso a Montserrat; y en nuestro siguiente viaje a San Eustaquio compré dos vasos con una moneda, y con las otras tres compré una jarra de ginebra, de casi tres pintas de capacidad. Cuando llegamos a Montserrat, vendí la ginebra por ocho monedas y los vasos por dos, de modo que mi capital ascendía ahora en total a un dólar, bien administrado y adquirido en el espacio de un mes o seis semanas, momento en el cual bendije al Señor por ser tan rico. Como navegábamos a diferentes islas, invertía este dinero en diversos artículos según la ocasión, y solía dar muy buen resultado, especialmente cuando íbamos a Guadalupe, Granada y el resto de las islas francesas. Así estuve recorriendo las islas durante más de cuatro años, comerciando siempre a mi paso, tiempo durante el cual experimenté muchos casos de malos tratos y presencié muchas injurias cometidas contra otros negros en nuestros tratos con los europeos: y, en medio de nuestras recreaciones, cuando estábamos bailando y divirtiéndonos, ellos, sin motivo alguno, nos molestaban e insultaban. En verdad, más de una vez me vi obligado a mirar hacia Dios en las alturas, tal como había aconsejado al pobre pescador tiempo atrás. Y no llevaba mucho tiempo comerciando por mi cuenta de la manera que he relatado más arriba, cuando experimenté una prueba similar en su compañía, a saber: este hombre, acostumbrado al agua, fue puesto a bordo de nuestra nave por su amo por una emergencia, para trabajar como un tripulante más en un viaje a Santa Cruz; y al zarpar había traído todo su pequeño haber para una empresa, que consistía en seis monedas de limas y naranjas en un saco; yo también llevaba todo mi capital, que consistía en unas doce monedas del mismo tipo de mercancía, repartido en dos sacos; pues habíamos oído que estas frutas se vendían bien en aquella isla. Cuando llegamos allí, en un momento conveniente, él y yo fuimos a tierra con nuestras frutas para venderlas; pero apenas habíamos desembarcado cuando nos encontramos con dos hombres blancos, quienes de inmediato nos arrebataron nuestros tres sacos. Al principio no podíamos adivinar qué pretendían hacer; y durante algún tiempo pensamos que estaban bromeando con nosotros; pero demasiado pronto nos hicieron saber lo contrario, pues llevaron nuestras mercancías directamente a una casa cercana, contigua al fuerte, mientras nosotros los seguíamos todo el camino rogándoles que nos devolvieran nuestras frutas, pero en vano. No solo se negaron a devolverlas, sino que nos insultaron y amenazaron con que, si no nos marchábamos de inmediato, nos azotarían bien. Les dijimos que esos tres sacos eran todo lo que poseíamos en el mundo, y que los habíamos traído con nosotros para venderlos al venir de Montserrat, y les señalamos el barco. Pero esto resultó más bien en nuestra contra, ya que ahora veían que éramos extranjeros además de esclavos. Por tanto, siguieron insultándonos y exigiéndonos que nos fuéramos, e incluso tomaron palos para golpearnos; mientras nosotros, al ver que hablaban en serio, nos alejamos en la mayor confusión y desesperación. Así, en el preciso minuto de ganar tres veces más de lo que jamás había ganado en ninguna empresa en mi vida, fui despojado de cada cuarto que poseía. ¡Una desgracia insoportable! pero no sabíamos cómo ayudarnos. En nuestra consternación fuimos ante el oficial al mando del fuerte y le contamos cómo nos habían tratado algunos de sus hombres; pero no obtuvimos la menor reparación: respondió a nuestras quejas solo con una descarga de imprecaciones contra nosotros y de inmediato tomó un látigo de montar para castigarnos, por lo que nos vimos obligados a salir mucho más rápido de lo que habíamos entrado. Ahora, en la agonía de la angustia y la indignación, deseé que la ira de Dios, con sus rayos bifurcados, pudiera atravesar a estos crueles opresores entre los muertos. Sin embargo, perseveramos; regresamos a la casa y rogamos y suplicamos una y otra vez por nuestras frutas, hasta que al final otras personas que estaban en la casa preguntaron si nos daríamos por satisfechos si se quedaban con un saco y nos daban los otros dos. Nosotros, al no ver remedio alguno, consentimos en ello; y ellos, observando que un saco contenía ambos tipos de fruta y pertenecía a mi compañero, se quedaron con ese; y los otros dos, que eran míos, nos los devolvieron. Tan pronto como los tuve, corrí tan rápido como pude y busqué al primer hombre negro que pude encontrar para que me ayudara a salir de allí; mi compañero, sin embargo, se quedó un poco más para suplicar; les dijo que el saco que tenían era suyo y, asimismo, todo lo que poseía en el mundo; pero esto fue inútil, y se vio obligado a regresar sin él. El pobre anciano, retorciéndose las manos, lloró amargamente por su pérdida; y, en verdad, entonces miró hacia Dios en las alturas, lo cual me conmovió tanto de lástima por él que le di casi un tercio de mis frutas. Luego nos dirigimos a los mercados para venderlas; y la Providencia fue más favorable con nosotros de lo que hubiéramos esperado, pues vendimos nuestras frutas excepcionalmente bien; obtuve por las mías unas treinta y siete monedas. Un giro tan sorprendente de la fortuna en tan poco tiempo me pareció un sueño, y resultó ser un gran estímulo para confiar en el Señor en cualquier situación. Mi capitán después solía tomar mi partido frecuentemente y conseguirme lo que era justo cuando había sido saqueado o tratado mal por estos tiernos depredadores cristianos; entre quienes me he estremecido al observar las incesantes y blasfemas execraciones que son lanzadas gratuitamente por personas de todas las edades y condiciones, no solo sin motivo, sino como si fueran indulgencias y placer.
En uno de nuestros viajes a San Cristóbal yo tenía once monedas propias; y mi amistoso capitán me prestó cinco monedas más, con las cuales compré una Biblia. Me alegré mucho de conseguir este libro, que apenas podía encontrar en ninguna parte. Creo que no se vendía ninguno en Montserrat; y, para mi gran pesar, al haberme visto obligado a salir del Etna de la manera que he relatado, mi Biblia y la Guía para los indios, los dos libros que más amaba sobre todos los demás, se quedaron atrás.
Mientras estaba en este lugar, San Cristóbal, ocurrió una imposición muy curiosa sobre la naturaleza humana: un hombre blanco quería casarse en la iglesia con una mujer negra libre que poseía tierras y esclavos en Montserrat: pero el clérigo le dijo que iba en contra de la ley del lugar casar a un blanco y a una negra en la iglesia. El hombre pidió entonces casarse sobre el agua, a lo que el párroco consintió, y los dos amantes fueron en un bote, y el párroco y el empleado en otro, y así se realizó la ceremonia. Después de esto, la amorosa pareja subió a bordo de nuestro barco, y mi capitán los trató extremadamente bien y los llevó a salvo a Montserrat.
El lector no puede dejar de juzgar lo tediosa que resultaba esta situación para una mente como la mía, al estar expuesto diariamente a nuevas dificultades e imposiciones, después de haber visto días mejores y haber estado como en un estado de libertad y abundancia; a lo que se añade que cada parte del mundo en la que había estado hasta entonces me parecía un paraíso en comparación con las Indias Occidentales. Mi mente estaba, por tanto, llena a cada hora de invenciones y pensamientos sobre cómo ser libre, y, si fuera posible, por medios honestos y honorables; pues siempre recordaba el viejo adagio; y confío en que siempre ha sido mi principio rector, que la honestidad es la mejor política; y asimismo aquel otro precepto dorado: tratar a todos los hombres como me gustaría que me trataran a mí. Sin embargo, como desde temprana edad fui predestinacionista, pensaba que lo que el destino hubiera determinado debía suceder siempre; y por lo tanto, si alguna vez fuera mi suerte ser liberado, nada podría impedirlo, aunque en ese momento no viera medios ni esperanza de obtener mi libertad; por otro lado, si fuera mi destino no ser liberado, nunca lo sería, y todos mis esfuerzos con ese propósito serían infructuosos. En medio de estos pensamientos, por tanto, miraba hacia arriba con oraciones ansiosas a Dios por mi libertad; y al mismo tiempo utilizaba todos los medios honestos y me esforzaba todo lo posible por mi parte para obtenerla. Con el paso del tiempo me hice dueño de unas pocas libras, y en buen camino de ganar más, lo cual mi amistoso capitán sabía muy bien; esto lo llevaba a veces a tomarse libertades conmigo: pero siempre que me trataba con aspereza, yo solía decirle claramente lo que pensaba, y que preferiría morir antes que dejarme avasallar como otros negros, y que para mí la vida había perdido su sabor cuando la libertad se había ido. Esto lo decía aunque preveía que mi bienestar o mis esperanzas futuras de libertad (hablando humanamente) dependían de este hombre. Sin embargo, como no podía soportar la idea de que yo no navegara con él, siempre se volvía amable ante mis amenazas. Por tanto, continué con él; y, gracias a mi gran atención a sus órdenes y sus negocios, le gané crédito, y a través de su amabilidad hacia mí, finalmente obtuve mi libertad. Mientras continuaba así, lleno de pensamientos de libertad y resistiendo la opresión tan bien como podía, mi vida pendía diariamente de un hilo, particularmente en el oleaje que he mencionado anteriormente, ya que no sabía nadar. Estos son extremadamente violentos en todas las Indias Occidentales, y siempre estuve expuesto a su furia aullante y voraz en todas las islas. He visto cómo golpean y vuelcan un bote de un solo golpe, y hieren a varios a bordo. Una vez en las islas Granadinas, cuando yo y otros ocho estábamos remando un bote grande con dos bocoyes de agua dentro, un golpe de mar nos alcanzó y arrastró el bote y todo lo que contenía a cerca de medio tiro de piedra, entre unos árboles, y por encima de la marca de pleamar. Nos vimos obligados a obtener toda la ayuda que pudimos de la finca más cercana para reparar el bote y lanzarlo al agua de nuevo. En Montserrat, una noche, al esforzarnos mucho por salir de la orilla hacia el barco, la barcaza volcó con nosotros cuatro veces; la primera vez estuve muy cerca de ahogarme; sin embargo, la chaqueta que llevaba puesta me mantuvo sobre el agua un breve espacio de tiempo, mientras llamaba a un hombre cerca de mí que era buen nadador y le decía que no sabía nadar; entonces él se apresuró hacia mí y, justo cuando me estaba hundiendo, me agarró y me llevó a donde hacía pie, y luego fue y trajo también la barcaza. Tan pronto como le sacamos el agua, para que no nos trataran mal por estar ausentes, lo intentamos tres veces más, y otras tantas veces los horribles golpes de mar nos hicieron lo mismo que al principio; pero al final, la quinta vez que lo intentamos, logramos nuestro objetivo, con el riesgo inminente de nuestras vidas. Un día también, en Old Road en Montserrat, nuestro capitán y tres hombres además de mí íbamos en una canoa grande en busca de ron y azúcar, cuando un solo golpe de mar lanzó la canoa a una distancia asombrosa del agua, y a algunos de nosotros incluso a un tiro de piedra los unos de los otros: la mayoría de nosotros quedamos muy magullados; por lo que yo y muchos más decíamos a menudo, y realmente pensábamos, que no existía otro lugar bajo los cielos como este. Por tanto, anhelaba mucho dejarlo y deseaba ver cumplida diariamente la promesa de mi amo de ir a Filadelfia. Mientras permanecíamos en este lugar, ocurrió una cosa muy cruel a bordo de nuestro balandro que me llenó de horror; aunque descubrí después que tales prácticas eran frecuentes. Había un joven mulato libre, muy inteligente y decente, que navegó mucho tiempo con nosotros: tenía una mujer libre por esposa, con la que tenía un hijo; y ella vivía entonces en tierra, y todos eran muy felices. Nuestro capitán, el contramaestre y otras personas a bordo, y varios en otros lugares, incluso los nativos de las Bermudas, conocían a este joven desde niño y sabían que siempre había sido libre, y nadie lo había reclamado jamás como propiedad: sin embargo, como la fuerza supera demasiado a menudo al derecho en estos lugares, ocurrió que un capitán de las Bermudas, cuyo barco permanecía allí por unos días en el puerto, vino a bordo del nuestro y, al ver al mulato, cuyo nombre era Joseph Clipson, le dijo que no era libre y que tenía órdenes de su amo de llevarlo a las Bermudas. El pobre hombre no podía creer que el capitán hablara en serio; pero muy pronto fue desengañado, cuando sus hombres pusieron manos violentas sobre él: y aunque mostró un certificado de haber nacido libre en San Cristóbal, y la mayoría de las personas a bordo sabían que cumplió su tiempo en la construcción de botes y siempre pasó por hombre libre, aun así fue sacado por la fuerza de nuestro barco. Entonces pidió ser llevado a tierra ante el secretario o los magistrados, y estos invasores infernales de los derechos humanos le prometieron que lo harían; pero, en lugar de eso, lo llevaron a bordo del otro barco: y al día siguiente, sin darle al pobre hombre ninguna audiencia en tierra, ni permitirle siquiera ver a su esposa o hijo, fue llevado lejos, y probablemente condenado a no volver a verlos nunca más en este mundo. Ni fue este el único caso de este tipo de barbarie del que fui testigo. Desde entonces he visto a menudo en Jamaica y otras islas a hombres libres, a quienes había conocido en América, ser así engañados vilmente y mantenidos en servidumbre. He oído hablar de dos prácticas similares incluso en Filadelfia: y si no fuera por la benevolencia de los cuáqueros en esa ciudad, muchos de la raza negra, que ahora respiran el aire de la libertad, estarían, creo, gimiendo realmente bajo las cadenas de algún plantador. Estas cosas abrieron mi mente a una nueva escena de horror a la que antes era ajeno. Hasta entonces, solo había pensado que la esclavitud era espantosa; pero el estado de un negro libre me parecía ahora igualmente terrible al menos, y en algunos aspectos incluso peor, pues viven en constante alarma por su libertad; e incluso esta es solo nominal, pues son universalmente insultados y saqueados sin posibilidad de reparación; pues tal es la equidad de las leyes de las Indias Occidentales que ninguna evidencia de un negro libre será admitida en sus tribunales de justicia. En esta situación, ¿es sorprendente que los esclavos, cuando son tratados con suavidad, prefieran incluso la miseria de la esclavitud a tal burla de la libertad? Estaba ya completamente disgustado con las Indias Occidentales y pensaba que nunca sería completamente libre hasta que las hubiera dejado.
Decidí hacer todo lo posible por obtener mi libertad y regresar a la vieja Inglaterra. Con este fin, pensé que un conocimiento de navegación podría serme útil; pues, aunque no tenía intención de huir a menos que me trataran mal, en tal caso, si entendía de navegación, podría intentar mi escape en nuestro balandro, que era uno de los barcos más veloces de las Indias Occidentales, y no me faltarían manos que se unieran a mí: y si hubiera realizado este intento, habría tenido la intención de partir hacia Inglaterra; pero esto, como dije, solo habría ocurrido en el caso de que me encontrara con algún mal trato. Por lo tanto, empleé al segundo de a bordo de nuestro barco para que me enseñara navegación, por lo cual acordé darle veinticuatro dólares, y de hecho le pagué parte del dinero por adelantado; aunque cuando el capitán, algún tiempo después, supo que el segundo iba a recibir tal suma por enseñarme, le reprendió y dijo que era una vergüenza que me cobrara dinero alguno. Sin embargo, mi progreso en este arte útil se vio muy retrasado por la constancia de nuestro trabajo. Si hubiera deseado huir, no me faltaron oportunidades, las cuales se presentaron con frecuencia; y particularmente en una ocasión, poco después de esto. Cuando estábamos en la isla de Guadalupe, había una gran flota de barcos mercantes con destino a la vieja Francia; y, siendo los marineros entonces muy escasos, pagaban de quince a veinte libras por hombre por el viaje. Nuestro segundo, y todos los marineros blancos, abandonaron nuestro barco por esta razón y subieron a bordo de los barcos franceses. También habrían querido que fuera con ellos, pues me apreciaban; y juraron protegerme si iba: y, como la flota debía zarpar al día siguiente, creo realmente que podría haber llegado a salvo a Europa en aquel momento. Sin embargo, como mi amo era amable, no quise intentar dejarlo; y, recordando la vieja máxima de que «la honradez es la mejor política», permití que se fueran sin mí. En efecto, mi capitán tenía mucho miedo de que lo abandonara a él y al barco en aquel momento, ya que tenía una oportunidad tan propicia: pero, doy gracias a Dios, esta fidelidad mía redundó en gran ventaja para mí más adelante, cuando menos lo pensaba; y me hizo gozar de tanto favor ante el capitán, que solía enseñarme de vez en cuando algunas partes de la navegación él mismo: pero algunos de nuestros pasajeros, y otros, al ver esto, le reprocharon mucho, diciendo que era algo muy peligroso permitir que un negro supiera navegación; así, me vi obstaculizado de nuevo en mis propósitos. Hacia finales del año 1764, mi amo compró un balandro más grande, llamado Providence, de unas setenta u ochenta toneladas, del cual mi capitán tomó el mando. Fui con él en este barco y llevamos una carga de nuevos esclavos para Georgia y Charles Town. Mi amo me dejó ahora enteramente al cuidado del capitán, aunque todavía deseaba que estuviera con él; pero yo, que siempre deseé mucho perder de vista las Indias Occidentales, no me alegré poco con la idea de ver cualquier otro país. Por tanto, confiando en la bondad de mi capitán, preparé toda la pequeña mercancía que pude; y, cuando el barco estuvo listo, zarpamos, para mi gran alegría. Cuando llegamos a nuestros destinos, Georgia y Charles Town, esperé tener la oportunidad de vender mis pequeñas propiedades con ventaja: pero aquí, particularmente en Charles Town, me encontré con compradores, hombres blancos, que se aprovecharon de mí como en otros lugares. No obstante, estaba resuelto a tener fortaleza; pensando que ningún destino o prueba es demasiado duro cuando el amable Cielo es el que recompensa. Pronto estuvimos cargados de nuevo y regresamos a Montserrat; y allí, entre el resto de las islas, vendí bien mis bienes; y de esta manera continué comerciando durante el año 1764; encontrándome con varias escenas de imposición, como de costumbre. Después de esto, mi amo equipó su barco para Filadelfia, en el año 1765; y durante el tiempo en que lo cargábamos y nos preparábamos para el viaje, trabajé con redoblada diligencia, con la esperanza de conseguir suficiente dinero mediante estos viajes para comprar mi libertad con el tiempo, si así le placía a Dios; y también para ver la ciudad de Filadelfia, de la que había oído hablar mucho durante los últimos años; además de lo cual, siempre había anhelado probar la promesa de mi amo del primer día que llegué a él. En medio de estas elevadas ideas, y mientras estaba preparando mis pequeñas mercancías, un domingo mi amo envió a buscarme a su casa. Cuando llegué allí, los encontré a él y al capitán juntos; y, al entrar, me quedé asombrado al oírle decir que había oído que yo pretendía huir de él cuando llegara a Filadelfia: «Y por tanto», dijo él, «debo venderte de nuevo: me costaste mucho dinero, nada menos que cuarenta libras esterlinas; y no servirá de nada perder tanto. Eres un tipo valioso», continuó; «y puedo conseguir cualquier día por ti cien guineas, de muchos caballeros en esta isla». Y entonces me habló del cuñado del capitán Doran, un amo severo, que siempre había querido comprarme para hacerme su capataz. Mi capitán también dijo que podría conseguir mucho más de cien guineas por mí en Carolina. Esto sabía que era un hecho; pues el caballero que quería comprarme vino varias veces a bordo, habló conmigo para que viviera con él y dijo que me trataría bien. Cuando le pregunté a qué trabajo me pondría, dijo que, como era marinero, me haría capitán de uno de sus barcos de arroz. Pero me negué: y temiendo, al mismo tiempo, por un giro repentino que vi en el temperamento del capitán, que pudiera querer venderme, le dije al caballero que no viviría con él bajo ninguna condición, y que ciertamente huiría con su barco: pero él dijo que no temía eso, pues me atraparía de nuevo; y entonces me dijo cuán cruelmente me trataría si hiciera tal cosa. Mi capitán, sin embargo, le dio a entender que yo sabía algo de navegación: así que se lo pensó mejor; y, para mi gran alegría, se fue. Ahora le dije a mi amo que no dije que huiría en Filadelfia; tampoco lo pretendía, ya que él no me trataba mal, ni tampoco el capitán: pues si lo hubieran hecho, ciertamente habría hecho algún intento antes de ahora; pero como pensaba que si era la voluntad de Dios que fuera alguna vez liberado, así sería, y, por el contrario, si no era su voluntad, no sucedería; así que esperaba, si alguna vez fuera liberado, mientras fuera bien tratado, que sería por medios honestos; pero, como no podía ayudarme a mí mismo, él debía hacer lo que quisiera; solo podía esperar y confiar en el Dios del Cielo; y en ese instante mi mente estaba llena de invenciones y llena de planes para escapar. Entonces apelé al capitán sobre si alguna vez vio alguna señal de que hiciera el menor intento de huir; y le pregunté si no siempre venía a bordo de acuerdo con el tiempo que él me daba libertad; y, más particularmente, cuando todos nuestros hombres nos dejaron en Guadalupe y se fueron a bordo de la flota francesa, si no podría haberlo hecho, y que él no podría haberme recuperado. Para mi no pequeña sorpresa, y muy gran alegría, el capitán confirmó cada sílaba de lo que había dicho: e incluso más; pues dijo que había intentado en diferentes momentos ver si yo haría algún intento de este tipo, tanto en San Eustaquio como en América, y nunca encontró que hiciera el más mínimo; sino que, por el contrario, siempre venía a bordo según sus órdenes; y realmente creía, si alguna vez hubiera tenido la intención de huir, que, como nunca podría haber tenido una oportunidad mejor, lo habría hecho la noche en que el segundo y toda la gente abandonaron nuestro barco en Guadalupe. El capitán informó entonces a mi amo, quien había sido así engañado por nuestro segundo, aunque yo no sabía quién era mi enemigo, la razón que tenía el segundo para imponerle esta mentira; la cual era, porque yo había informado al capitán de las provisiones que el segundo había regalado o sacado del barco. Este discurso del capitán fue como la vida para el muerto para mí, e instantáneamente mi alma glorificó a Dios; y aún más al oír a mi amo decir inmediatamente que yo era un tipo sensato, y que nunca tuvo la intención de tratarme como a un esclavo común; y que, de no ser por las súplicas del capitán y su recomendación, no me habría dejado ir de los almacenes como lo había hecho; que también, al hacerlo, pensó que llevando una pequeña cosa u otra a diferentes lugares para vender, podría ganar dinero. Que también tenía la intención de animarme en esto acreditándome media barrica de ron y media bocoy de azúcar a la vez; de modo que, siendo cuidadoso, podría tener suficiente dinero, en algún tiempo, para comprar mi libertad; y, cuando fuera el caso, podía estar seguro de que me la dejaría por cuarenta libras esterlinas, que era solo el mismo precio que pagó por mí. Este sonido alegró mi pobre corazón sin medida; aunque de hecho no era más que la misma idea que me había formado en mi mente sobre mi amo mucho antes, y le respondí inmediatamente: «Señor, siempre tuve ese pensamiento de usted, de verdad lo tuve, y eso me hizo tan diligente en servirle». Entonces me dio una gran pieza de moneda de plata, tal como nunca había visto o tenido antes, y me dijo que me preparara para el viaje, y que me acreditaría un tercio de azúcar, y otro de ron; también dijo que tenía dos amables hermanas en Filadelfia, de quienes podría obtener algunas cosas necesarias. Tras esto, mi noble capitán me deseó que fuera a bordo; y, conociendo el metal africano, me encargó que no dijera nada de este asunto a nadie; y prometió que el segundo mentiroso no iría más con él. Este fue un cambio, en efecto; en la misma hora sentir el dolor más exquisito, y en el giro de un momento la alegría más completa. Me causó tales sensaciones que solo pude expresarlas en mi mirada; mi corazón estaba tan abrumado de gratitud que podría haber besado los pies de ambos. Cuando salí de la habitación, fui inmediatamente, o mejor dicho volé, al barco, que al estar cargado, mi amo, como hombre de palabra, me confió un tercio de ron y otro de azúcar, cuando zarpamos, y llegamos a salvo a la elegante ciudad de Filadelfia. Pronto vendí mis bienes aquí bastante bien; y en este encantador lugar encontré todo abundante y barato.
Mientras estaba en este lugar me ocurrió un suceso muy extraordinario. Una noche me habían hablado de una mujer sabia, una señora Davis, que revelaba secretos, predecía eventos, etcétera. Al principio tuve poca fe en esta historia, ya que no podía concebir que ningún mortal pudiera prever las disposiciones futuras de la Providencia, ni creía en otra revelación que la de las Sagradas Escrituras; sin embargo, me quedé muy asombrado al ver a esta mujer en un sueño esa noche, aunque era una persona a la que nunca había visto antes en mi vida; esto me causó tal impresión que no pude quitarme la idea de la cabeza al día siguiente, y entonces me volví tan ansioso por verla como antes estaba indiferente; en consecuencia, por la noche, después de que terminamos de trabajar, pregunté dónde vivía, y al ser dirigido hacia ella, para mi inexpresable sorpresa, vi a la misma mujer con el mismo vestido que me pareció llevar en la visión. Inmediatamente me dijo que había soñado con ella la noche anterior; me relató muchas cosas que habían sucedido con una exactitud que me asombró; y finalmente me dijo que no sería esclavo por mucho tiempo: esta fue una noticia tanto más agradable cuanto que la creí con tanta mayor prontitud por haber relatado tan fielmente los incidentes pasados de mi vida. Dijo que estaría dos veces en gran peligro de muerte en un plazo de dieciocho meses, y que, si escapaba, después todo iría bien; así que, dándome su bendición, nos separamos. Después de permanecer aquí algún tiempo hasta que nuestro barco estuvo cargado, y hube comprado mi pequeña mercancía, zarpamos de este agradable lugar hacia Montserrat, una vez más para enfrentarnos a las furiosas olas.
Llegamos a salvo a Montserrat, donde descargamos nuestra carga; y poco después embarcamos esclavos para San Eustaquio, y de allí a Georgia. Siempre me había esforzado y trabajaba el doble, con el fin de hacer nuestros viajes lo más cortos posible; y por trabajar tanto en exceso mientras estábamos en Georgia, contraje una fiebre y escalofríos. Estuve muy enfermo durante once días y cerca de morir; la eternidad estaba ahora muy presente en mi mente, y temía mucho ese terrible suceso. Por tanto, rogué al Señor que me perdonara; e hice una promesa en mi mente a Dios, de que sería bueno si alguna vez me recuperaba. Al final, gracias a que me atendió un médico eminente, recuperé la salud; y poco después cargamos el barco y partimos hacia Montserrat. Durante la travesía, como estaba perfectamente recuperado y tenía mucho trabajo del barco que atender, todos mis esfuerzos por mantener mi integridad y cumplir mi promesa a Dios comenzaron a fallar; y, a pesar de todo lo que pude hacer, a medida que nos acercábamos más y más a las islas, mis resoluciones disminuían cada vez más, como si el mismo aire de aquel país o clima pareciera fatal para la piedad. Cuando llegamos a salvo a Montserrat y desembarqué, olvidé mis anteriores resoluciones. ¡Ay! ¡Qué propenso es el corazón a abandonar al Dios que desea amar! ¡Y cuán fuertemente golpean las cosas de este mundo los sentidos y cautivan el alma! Después de descargar nuestro barco, pronto lo tuvimos listo y embarcamos, como de costumbre, a algunos de los pobres nativos oprimidos de África y otros negros; luego partimos de nuevo hacia Georgia y Charlestown. Llegamos a Georgia y, habiendo desembarcado parte de nuestra carga, nos dirigimos a Charlestown con el resto. Mientras estábamos allí vi la ciudad iluminada; se dispararon los cañones y se mostraron hogueras y otras demostraciones de alegría con motivo de la derogación de la ley del timbre. Aquí dispuse de algunos bienes por mi cuenta; los hombres blancos los compraron con promesas suaves y palabras bonitas, dándome sin embargo un pago muy indiferente. Hubo un caballero en particular que me compró una barrica de ron, lo que me dio muchos problemas; y, aunque utilicé el interés de mi amable capitán, no pude obtener nada por ello; pues, siendo un negro, no podía obligarlo a pagarme. Esto me molestó mucho, sin saber cómo actuar; y perdí algo de tiempo buscando a este cristiano; y aunque, cuando llegó el día de reposo (que los negros suelen convertir en su día de fiesta), tenía muchas ganas de ir al culto público, me vi obligado a contratar a algunos hombres negros para que ayudaran a tirar de un bote a través del agua hacia Dios en busca de este caballero. Cuando lo encontré, después de muchos ruegos, tanto por parte mía como de mi digno capitán, al fin me pagó en dólares; algunos de ellos, sin embargo, eran de cobre y, por consecuencia, sin valor; pero se aprovechó de que yo era un hombre negro y me obligó a conformarme con esos o con nada, aunque me opuse a ellos. Inmediatamente después, mientras intentaba pasarlos en el mercado, entre otros hombres blancos, fui insultado por intentar pasar moneda falsa; y, aunque les mostré al hombre de quien los había recibido, estuve a un minuto de ser atado y azotado sin juez ni jurado; sin embargo, con la ayuda de un buen par de piernas, salí corriendo y así escapé de los bastonazos que habría recibido. Subí a bordo tan rápido como pude, pero aún seguía con miedo de ellos hasta que zarpamos, lo cual agradecí a Dios que hicimos poco después; y nunca he estado entre ellos desde entonces.
Pronto llegamos a Georgia, donde debíamos completar nuestra carga; y aquí me esperó un destino peor que nunca: pues un domingo por la noche, mientras estaba con algunos negros en el patio de su amo en la ciudad de Savannah, sucedió que su amo, un tal Doctor Perkins, que era un hombre muy severo y cruel, entró borracho; y, al no gustarle ver a negros extraños en su patio, él y un rufián de hombre blanco que tenía a su servicio me acorralaron en un instante, y ambos me golpearon con las primeras armas que pudieron conseguir. Grité todo lo que pude pidiendo ayuda y piedad; pero, aunque di buena cuenta de mí mismo, y él conocía a mi capitán, que se alojaba cerca de él, fue en vano. Me golpearon y mutilaron de una manera vergonzosa, dejándome casi muerto. Perdí tanta sangre por las heridas que recibí, que quedé completamente inmóvil, y estaba tan entumecido que no pude sentir nada durante muchas horas. Temprano por la mañana me llevaron a la cárcel. Como no regresé al barco en toda la noche, mi capitán, al no saber dónde estaba, y estando inquieto porque no hice acto de presencia, preguntó por mí; y, habiendo encontrado dónde estaba, vino inmediatamente a verme. Tan pronto como el buen hombre me vio tan cortado y mutilado, no pudo evitar llorar; pronto me sacó de la cárcel y me llevó a su alojamiento, e inmediatamente envió a buscar a los mejores médicos del lugar, quienes al principio declararon que, en su opinión, yo no podría recuperarme. Mi capitán fue entonces a todos los abogados de la ciudad por su consejo, pero le dijeron que no podían hacer nada por mí ya que yo era un negro. Luego fue a ver al Doctor Perkins, el héroe que me había vencido, y lo amenazó, jurando que se vengaría de él, y lo desafió a pelear. Pero la cobardía es siempre compañera de la crueldad, y el Doctor se negó. Sin embargo, gracias a la destreza de un tal Doctor Brady de aquel lugar, comencé al fin a mejorar; pero, aunque estaba tan dolorido y mal por las heridas que tenía por todo el cuerpo que no podía descansar en ninguna postura, sentía más dolor por la inquietud del capitán sobre mí de lo que habría sentido de otro modo. El digno hombre me cuidó y veló todas las horas de la noche; y pude, gracias a su atención y a la del médico, levantarme de la cama en unos dieciséis o dieciocho días. Todo este tiempo se me necesitó mucho a bordo, ya que solía ir con frecuencia arriba y abajo del río en busca de balsas y otras partes de nuestra carga, y las estibaba cuando el segundo estaba enfermo o ausente. En unas cuatro semanas pude volver al servicio; y quince días después, habiendo cargado todo nuestro cargamento, nuestro barco zarpó hacia Montserrat; y en menos de tres semanas llegamos allí a salvo hacia finales de año. Esto puso fin a mis aventuras en 1764; pues no volví a salir de Montserrat hasta principios del año siguiente.
FIN DEL PRIMER VOLUMEN.
Hicieron encallar el barco: y la parte delantera quedó atascada, y permaneció inamovible, pero la parte trasera se rompió con la violencia de las olas. Hechos xxvii. 41.
Sin embargo, debemos ser arrojados a cierta isla;
Por tanto, señores, tened buen ánimo: porque yo creo a Dios, que será exactamente como se me ha dicho. Hechos xxvii. 26, 25.
Ahora bien, una cosa me fue traída en secreto, y mi oído recibió un poco de ella.
En pensamientos de las visiones de la noche, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres. Job iv. 12, 13.
He aquí, todas estas cosas hace Dios muchas veces con el hombre,
Para apartar su alma del sepulcro, para ser iluminado con la luz de los vivientes. Job xxxiii. 29, 30.
VOLUMEN II
CAP. VII.
_El disgusto del autor por las Indias Occidentales. Forma planes para obtener su libertad. Irrisoria decepción que él y su Capitán sufren en Georgia. Finalmente, mediante varios viajes exitosos, adquiere una suma de dinero suficiente para comprarla. Se dirige a su amo, quien la acepta y concede su manumisión, para su gran alegría. Después se enrola como hombre libre a bordo de uno de los barcos del Sr. King y zarpa hacia Georgia. Imposiciones sobre los negros libres como de costumbre. Su empresa de pavos. Zarpa hacia Montserrat, y en su travesía, su amigo, el Capitán, enferma y muere._
Cada día me acercaba más a mi libertad, y estaba impaciente hasta que volviéramos a hacernos a la mar, para poder tener la oportunidad de conseguir una suma lo suficientemente grande como para comprarla. No tardé mucho en ver colmado mi deseo; pues, a principios del año 1766, mi amo compró otra balandra, llamada Nancy, la más grande que jamás había visto. Estaba parcialmente cargada y debía dirigirse a Filadelfia; nuestro Capitán tuvo la elección de tres, y me sentí muy complacido de que eligiera esta, que era la más grande; pues, al tener él un barco grande, yo tenía más espacio y podía llevar conmigo una mayor cantidad de mercancías. En consecuencia, cuando hubimos entregado nuestro antiguo barco, el Prudence, y completado la carga del Nancy, habiendo obtenido cerca de un trescientos por ciento de beneficio con cuatro barriles de carne de cerdo que traje desde Charlestown, cargué todo lo que pude, confiando en la providencia de Dios para que prosperara mi empresa. Con estas perspectivas zarpé hacia Filadelfia. En nuestra travesía, cuando nos acercamos a tierra, me sorprendió por primera vez la visión de algunas ballenas, pues nunca antes había visto monstruos marinos tan grandes; y mientras navegábamos junto a la costa una mañana, vi una cría de ballena cerca del barco; era aproximadamente del tamaño de un bote, y nos siguió todo el día hasta que entramos en los cabos. Llegamos a salvo y a buen tiempo a Filadelfia, y allí vendí mis mercancías principalmente a los cuáqueros. Siempre me parecieron una clase de gente muy honesta y discreta, y nunca intentaron aprovecharse de mí; por eso me agradaron, y desde entonces siempre elegí tratar con ellos con preferencia a cualquier otro. Una mañana de domingo, mientras estaba allí, mientras iba a la iglesia, casualmente pasé por una casa de reuniones. Al estar las puertas abiertas y la casa llena de gente, despertó mi curiosidad por entrar. Cuando entré en la casa, para mi gran sorpresa, vi a una mujer muy alta de pie en medio de ellos, diciendo con voz audible algo que no pude comprender. Como nunca antes había visto nada parecido, me quedé allí mirando a mi alrededor durante un rato, maravillado por aquella extraña escena. Tan pronto como terminó, aproveché la oportunidad para preguntar sobre el lugar y la gente, y me informaron que se llamaban cuáqueros. Pregunté específicamente qué había dicho la mujer que vi en medio de ellos, pero ninguno de ellos tuvo a bien satisfacerme; así que los dejé, y poco después, mientras regresaba, llegué a una iglesia abarrotada de gente; el cementerio también estaba lleno, y un número de personas estaban incluso subidas a escaleras, mirando por las ventanas. Me pareció una visión extraña, pues nunca antes había visto iglesias, ni en Inglaterra ni en las Indias Occidentales, tan abarrotadas de esta manera. Por lo tanto, me armé de valor para preguntar a algunas personas el significado de todo aquello, y me dijeron que el reverendo Sr. George Whitfield estaba predicando. Había oído hablar a menudo de este caballero, y había deseado verlo y escucharlo; pero nunca antes había tenido la oportunidad. Por lo tanto, ahora me propuse satisfacerme con la visión, y me abrí paso entre la multitud. Cuando llegué a la iglesia, vi a este hombre piadoso exhortando a la gente con el mayor fervor y seriedad, y sudando tanto como yo jamás lo hice mientras estaba en la esclavitud en la playa de Montserrat. Esto me dejó muy impresionado; pensé que era extraño no haber visto nunca a los clérigos esforzarse de esta manera antes, y ya no me resultó difícil explicar las escasas congregaciones a las que predicaban. Cuando hubimos descargado nuestra mercancía allí, y volvimos a cargar, dejamos esta tierra fructífera una vez más, y zarpamos hacia Montserrat. Mi tráfico me había ido tan bien hasta entonces que pensé que, vendiendo mis mercancías al llegar a Montserrat, tendría suficiente para comprar mi libertad. Pero, tan pronto como nuestro barco llegó allí, mi amo subió a bordo y dio órdenes de que fuéramos a San Eustaquio, descargáramos allí nuestra carga y desde allí procediéramos a Georgia. Esto me decepcionó mucho; pero pensando, como de costumbre, que no servía de nada enfrentarse a los decretos del destino, me sometí sin quejarme, y fuimos a San Eustaquio. Después de que hubimos descargado nuestra carga allí, tomamos una carga viva, como llamamos a un cargamento de esclavos. Aquí vendí mis mercancías aceptablemente bien; pero, no siendo capaz de invertir todo mi dinero en esta pequeña isla con tanto provecho como en muchos otros lugares, invertí solo una parte, y el resto lo traje conmigo en limpio. Zarpamos desde aquí hacia Georgia, y me alegré cuando llegamos allí, aunque no tenía muchas razones para que me gustara el lugar por mi última aventura en Savannah; pero anhelaba volver a Montserrat y obtener mi libertad, la cual esperaba poder comprar cuando regresara. Tan pronto como llegamos allí, esperé a mi cuidadoso médico, el Sr. Brady, a quien le expresé los agradecimientos más sinceros de que fui capaz por su anterior bondad y atención durante mi enfermedad. Mientras estuvimos allí, ocurrió una circunstancia extraña al Capitán y a mí, que nos decepcionó bastante a ambos. Un platero, a quien habíamos traído a este lugar algunos viajes antes, acordó con el Capitán volver con nosotros a las Indias Occidentales, y prometió al mismo tiempo dar al Capitán una gran cantidad de dinero, habiendo fingido tomarle cariño, y siendo, como pensábamos, muy rico. Pero mientras permanecíamos para cargar nuestro barco, este hombre enfermó en una casa donde trabajaba, y en una semana se puso muy mal. Cuanto peor se ponía, más solía hablar de dar al Capitán lo que le había prometido, por lo que él esperaba algo considerable de la muerte de este hombre, que no tenía esposa ni hijos, y lo atendió día y noche. Yo también solía ir con el Capitán, por deseo suyo, para atenderlo; especialmente cuando vimos que no había señales de que se recuperara: y, para recompensarme por mi molestia, el Capitán me prometió diez libras cuando obtuviera los bienes del hombre. Pensé que esto sería de gran utilidad para mí, aunque casi tenía suficiente dinero para comprar mi libertad, si lograba llegar a salvo este viaje a Montserrat. Con esta expectativa, gasté más de ocho libras de mi dinero en un traje de tela superfina para bailar por mi libertad, que esperaba que estuviera cerca entonces. Seguimos atendiendo a este hombre, y estuvimos con él incluso el último día que vivió, hasta muy tarde por la noche, cuando nos fuimos a bordo. Después de habernos acostado, alrededor de la una o las dos de la mañana, enviaron a llamar al Capitán y le informaron que el hombre había muerto. Ante esto, vino a mi cama y, despertándome, me informó de ello y me pidió que me levantara, consiguiera una luz e inmediatamente fuera con él. Le dije que tenía mucho sueño y deseaba que llevara a alguien más con él; o bien, ya que el hombre estaba muerto y no podía necesitar más cuidados, que dejara todas las cosas como estaban hasta la mañana siguiente. "No, no", dijo él, "tendremos el dinero esta noche, no puedo esperar hasta mañana; así que vamos". En consecuencia, me levanté, encendí una luz y nos fuimos ambos y vimos al hombre tan muerto como podíamos desear. El Capitán dijo que le daría un gran entierro, en gratitud por el tesoro prometido; y deseó que todas las cosas pertenecientes al difunto fueran traídas. Entre otras, había un conjunto de baúles de los cuales él había guardado las llaves mientras el hombre estaba enfermo, y cuando fueron presentados los abrimos con no poca ansiedad y expectativa; y como había un gran número uno dentro de otro, con mucha impaciencia los fuimos sacando. Finalmente, cuando llegamos al más pequeño y lo abrimos, vimos que estaba lleno de papeles, que supusimos eran pagarés; ante cuya visión nuestros corazones saltaron de alegría; y en ese instante el Capitán, aplaudiendo, gritó: "Gracias a Dios, aquí está". Pero cuando tomamos el baúl y comenzamos a examinar el supuesto tesoro y la tan esperada recompensa, (¡ay, ay! ¡cuán inciertos y engañosos son todos los asuntos humanos!) ¡qué habíamos encontrado! Mientras pensábamos que estábamos abrazando una sustancia, agarrábamos una nada vacía. La cantidad total que había en el conjunto de baúles era solo de un dólar y medio; y todo lo que el hombre poseía no pagaría su ataúd. Nuestra alegría repentina y exquisita fue sucedida ahora por un dolor repentino y exquisito; y mi Capitán y yo exhibimos, durante algún tiempo, las figuras más ridículas: ¡retratos de disgusto y decepción! Nos fuimos muy mortificados y dejamos al difunto que se las arreglara como pudiera, ya que lo habíamos cuidado tan bien cuando estaba vivo por nada. Zarpamos una vez más hacia Montserrat, y llegamos allí a salvo; pero muy malhumorados con nuestro amigo el platero. Cuando hubimos descargado el barco y yo hube vendido mi cargamento, encontrándome dueño de unas cuarenta y siete libras, consulté a mi verdadero amigo, el Capitán, cómo debía proceder para ofrecerle a mi amo el dinero por mi libertad. Me dijo que fuera una mañana determinada, cuando él y mi amo desayunarían juntos. En consecuencia, esa mañana fui y me reuní con el Capitán allí, como había acordado. Cuando entré, hice mi reverencia a mi amo, y con mi dinero en la mano, y muchos temores en el corazón, le rogué que fuera tan bueno como su ofrecimiento hacia mí, cuando tuvo a bien prometerme mi libertad tan pronto como pudiera comprarla. Este discurso pareció confundirlo; comenzó a retroceder: y mi corazón en ese instante se hundió dentro de mí. "¿Qué", dijo él, "¿darte tu libertad? ¿Por qué, dónde conseguiste el dinero? ¿Tienes cuarenta libras esterlinas?". "Sí, señor", respondí. "¿Cómo lo conseguiste?", replicó. Le dije, muy honestamente. El Capitán dijo entonces que sabía que yo había conseguido el dinero muy honestamente y con mucha industria, y que yo era particularmente cuidadoso. A lo que mi amo respondió que yo conseguía dinero mucho más rápido que él; y dijo que no me habría hecho la promesa que hizo si hubiera pensado que yo habría conseguido dinero tan pronto. "Vamos, vamos", dijo mi digno Capitán, dándole una palmada en la espalda a mi amo, "vamos, Robert (que era su nombre), creo que debes darle su libertad; has invertido tu dinero muy bien; has recibido buenos intereses por él todo este tiempo, y aquí está ahora el capital al fin. Sé que Gustavus te ha ganado más de cien al año, y todavía te ahorrará dinero, ya que no te dejará: vamos, Robert, acepta el dinero". Mi amo dijo entonces que no faltaría a su promesa; y, tomando el dinero, me dijo que fuera al Secretario en la Oficina de Registro y consiguiera redactar mi manumisión. Estas palabras de mi amo fueron como una voz del cielo para mí: en un instante toda mi trepidación se convirtió en una dicha inefable; y me incliné con la mayor reverencia con gratitud, incapaz de expresar mis sentimientos, sino por el desbordamiento de mis ojos, mientras mi verdadero y digno amigo, el Capitán, nos felicitaba a ambos con un grado peculiar de placer sincero. Tan pronto como pasaron los primeros transportes de mi alegría, y hube expresado mi agradecimiento a estos mis dignos amigos de la mejor manera que pude, me levanté con el corazón lleno de afecto y reverencia, y salí de la habitación, para obedecer el alegre mandato de mi amo de ir a la Oficina de Registro. Mientras salía de la casa, recordé las palabras del Salmista, en el Salmo 126, y al igual que él, "glorifiqué a Dios en mi corazón, en quien confiaba". Estas palabras se habían grabado en mi mente desde el mismo día en que fui forzado a salir de Deptford hasta la hora presente, y ahora las vi, como pensaba, cumplidas y verificadas. Mi imaginación era todo arrebato mientras volaba a la Oficina de Registro y, en este sentido, como el apóstol Pedro,[U] (cuya liberación de la prisión fue tan repentina y extraordinaria que pensó que estaba en una visión), apenas podía creer que estuviera despierto. ¡Cielos! ¡quién podría hacer justicia a mis sentimientos en este momento! Ni los héroes conquistadores, en medio de un triunfo; ni la tierna madre que acaba de recuperar a su hijo perdido hace mucho tiempo y lo presiona contra su corazón; ni el marinero cansado y hambriento, al ver el deseado puerto amigo; ni el amante, cuando abraza una vez más a su amada señora, ¡después de haber sido arrebatada de sus brazos! ¡Todo dentro de mi pecho era tumulto, desenfreno y delirio! Mis pies apenas tocaban el suelo, pues estaban alados de alegría, y, como Elías, al ascender al Cielo, "iban con la velocidad del rayo mientras avanzaba". A todos los que encontraba les contaba mi felicidad, y pregonaba la virtud de mi amable amo y capitán.
Cuando llegué a la oficina y le comuniqué al Registrador mi recado, me felicitó por la ocasión y me dijo que redactaría mi manumisión por la mitad de precio, que era una guinea. Le agradecí su amabilidad; y, habiéndola recibido y pagado, me apresuré a ir donde mi amo para que la firmara, para poder ser liberado por completo. En consecuencia, firmó la manumisión ese día, de modo que, antes de la noche, yo, que había sido un esclavo por la mañana, temblando ante la voluntad de otro, me había convertido en mi propio amo y era completamente libre. Pensé que este era el día más feliz que había experimentado jamás; y mi alegría se vio aún más realzada por las bendiciones y oraciones de la raza negra, particularmente los ancianos, a quienes mi corazón siempre había estado unido con reverencia.
* * * * *
Como la forma de mi manumisión tiene algo peculiar, y expresa el poder absoluto y el dominio que un hombre reclama sobre su semejante, pediré permiso para presentarla ante mis lectores por completo:
Montserrat.—A todos los hombres a quienes lleguen estas presentes: Yo Robert King, de la parroquia de San Antonio en dicha isla, comerciante, envío saludos: Sabed que yo, el antedicho Robert King, por y en consideración a la suma de setenta libras de dinero corriente de dicha isla, pagadas en mano, y con el propósito de que un esclavo negro, llamado Gustavus Vassa, pueda llegar a ser libre, he manumitido, emancipado, franquiciado y dejado libre, y por estas presentes manumito, emancipo, franquicio y dejo libre, al antedicho esclavo negro, llamado Gustavus Vassa, para siempre, por la presente dando, otorgando y liberando para él, el dicho Gustavus Vassa, todo derecho, título, dominio, soberanía y propiedad, que, como señor y amo sobre el antedicho Gustavus Vassa, tenía, o ahora tengo, o por cualquier medio que sea puedo o podría tener en el futuro sobre él, el antedicho negro, para siempre. En fe de lo cual, yo, el antedicho Robert King, he puesto mi mano y sello a estas presentes, este décimo día de julio, en el año de nuestro Señor mil setecientos sesenta y seis.
Robert King.
Firmado, sellado y entregado en presencia de Terrylegay, Montserrat.
Registrada la presente manumisión íntegramente, este undécimo día de julio de 1766, en el libro D.
Terrylegay, Registrador.
En resumen, tanto los blancos como los negros me llamaron de inmediato con un nuevo apelativo, para mí el más deseable del mundo, que era el de Freeman, y en los bailes, con mis ropas azules de Georgia de calidad superior, no daba una impresión indiferente, según yo pensaba. Algunas de las hembras de tez oscura, que anteriormente se mantenían distantes, comenzaron ahora a relajarse y a mostrarse menos esquivas; pero mi corazón seguía fijo en Londres, adonde esperaba llegar antes de mucho. De modo que mi digno capitán y su propietario, mi antiguo amo, al ver que la inclinación de mi mente estaba hacia Londres, me dijeron: «Esperamos que no nos dejes, sino que seguirás con los barcos». Aquí la gratitud me abatió; y nadie, salvo una mente generosa, puede juzgar mis sentimientos, luchando entre la inclinación y el deber. Sin embargo, a pesar de mi deseo de estar en Londres, respondí obedientemente a mis benefactores que iría en el barco y no los dejaría; y desde aquel día fui inscrito a bordo como marinero capacitado, con treinta y seis chelines al mes, además de las gratificaciones que pudiera conseguir. Mi intención era hacer un viaje o dos, totalmente para complacer a estos mis honrados patrones; pero decidí que al año siguiente, si a Dios le placía, vería la vieja Inglaterra una vez más y sorprendería a mi antiguo amo, el capitán Pascal, que estaba a cada hora en mi mente; pues todavía le quería, a pesar de su trato hacia mí, y me complacía pensar en lo que diría al ver lo que el Señor había hecho por mí en tan poco tiempo, en lugar de estar, como quizás supondría, bajo el cruel yugo de algún plantador. Con esta clase de ensueños solía entretenerme a menudo, y acortar el tiempo hasta mi regreso; y ahora, estando como en mi estado original de africano libre, me embarqué a bordo del Nancy, después de haber dejado todo listo para nuestro viaje. En este estado de serenidad zarpamos hacia St. Eustatia; y, teniendo mares tranquilos y buen tiempo, pronto llegamos allí: tras embarcar nuestra carga, nos dirigimos a Savannah en Georgia, en agosto de 1766. Mientras estuvimos allí, como de costumbre, solía ir a por la carga por los ríos en botes; y en este negocio me he visto acosado frecuentemente por caimanes, que eran muy numerosos en aquella costa, y he disparado a muchos de ellos cuando estaban a punto de subir a nuestros botes; lo cual, con gran dificultad, a veces impedimos, y nos hemos asustado mucho con ellos. He visto vender uno joven en Georgia vivo por seis peniques. Durante nuestra estancia en este lugar, una tarde, un esclavo perteneciente al Sr. Read, un comerciante de Savannah, se acercó a nuestro barco y comenzó a tratarme muy mal. Le rogué, con toda la paciencia de la que era capaz, que desistiera, ya que sabía que apenas había ley para un negro libre allí; pero el sujeto, en lugar de atender a mi consejo, persistió en sus insultos e incluso me golpeó. Ante esto perdí toda la compostura, y me abalancé sobre él y le di una buena paliza. A la mañana siguiente, su amo vino a nuestro barco mientras estábamos atracados junto al muelle, y me pidió que bajara a tierra para que pudiera hacerme azotar por toda la ciudad, por haber golpeado a su esclavo negro. Le dije que él me había insultado y que había provocado el altercado al golpearme primero. También le había contado al capitán todo el asunto esa misma mañana, y deseaba que me hubiera acompañado ante el Sr. Read, para evitar malas consecuencias; pero él dijo que no tenía importancia, y que si el Sr. Read decía algo, él arreglaría las cosas, y me había pedido que me pusiera a trabajar, lo cual hice. Estando el capitán a bordo cuando vino el Sr. Read, le dijo que yo era un hombre libre; y cuando el Sr. Read le pidió que me entregara, dijo que no sabía nada del asunto. Me quedé atónito y asustado ante esto, y pensé que sería mejor quedarme donde estaba que ir a tierra y ser azotado por la ciudad, sin juez ni jurado. Por tanto, me negué a moverme; y el Sr. Read se marchó, jurando que traería a todos los alguaciles de la ciudad, pues me sacaría del barco. Cuando se fue, pensé que su amenaza podría resultar demasiado cierta para mi desgracia; y me vi confirmado en esta creencia, tanto por los muchos casos que había visto del trato a los negros libres, como por un hecho que había sucedido dentro de mi propio conocimiento allí poco tiempo antes. Había un hombre negro libre, un carpintero, a quien conocía, que, por pedirle a un caballero para el que trabajaba el dinero que había ganado, fue metido en la cárcel; y después, este hombre oprimido fue enviado fuera de Georgia, con falsas acusaciones de intención de incendiar la casa del caballero y huir con sus esclavos. Estaba, por tanto, muy turbado y muy temeroso de una azotaina al menos. Temía, sobre todas las cosas, la idea de ser desollado, pues nunca en mi vida había sentido las marcas de ninguna violencia de ese tipo. En ese instante una rabia se apoderó de mi alma, y por un momento decidí resistirme al primer hombre que intentara poner manos violentas sobre mí, o tratarme vilmente sin un juicio; pues preferiría morir como un hombre libre, antes que permitir que me azotaran manos de rufianes, y que mi sangre fuera derramada como la de un esclavo. El capitán y otros, más cautelosos, me aconsejaron que me diera prisa y me ocultara; pues decían que el Sr. Read era un hombre muy rencoroso, y pronto vendría a bordo con alguaciles y me llevaría. Al principio rechacé este consejo, resuelto a mantenerme firme; pero al fin, por las súplicas insistentes del capitán y del Sr. Dixon, con quien se alojaba, fui a casa del Sr. Dixon, que estaba un poco fuera de la ciudad, en un lugar llamado Yea-ma-chra. Apenas me había ido cuando el Sr. Read, con los alguaciles, vino por mí y registró el barco; pero, al no encontrarme allí, juró que me tendría vivo o muerto. Estuve escondido unos cinco días; sin embargo, el buen carácter que mi capitán siempre dio de mí, así como el de otros caballeros que también me conocían, me consiguió algunos amigos. Por fin, algunos de ellos le dijeron a mi capitán que no me trataba bien al permitir que me impusieran tal cosa, y dijeron que se asegurarían de que obtuviera justicia y me conseguirían plaza en otro barco. Mi capitán, ante esto, fue inmediatamente a ver al Sr. Read y le dijo que, desde que yo me había ausentado del barco, su trabajo se había descuidado y no podía continuar con la carga, pues él y el segundo de a bordo no se encontraban bien; y, como yo había llevado los asuntos a bordo por ellos, mi ausencia debía retrasar su viaje y, por consiguiente, perjudicar al propietario; por lo tanto, le rogó que me perdonara, ya que dijo que nunca había tenido ninguna queja de mí antes, durante los muchos años que había estado con él. Tras repetidas súplicas, el Sr. Read dijo que me podía ir al infierno y que no se metería conmigo; tras lo cual mi capitán vino inmediatamente a verme a su alojamiento y, contándome lo bien que habían ido las cosas, me pidió que fuera a bordo. Algunos de mis otros amigos le preguntaron entonces si había conseguido la orden judicial del alguacil; el capitán dijo que no. Ante esto, ellos me pidieron que me quedara en la casa; y dijeron que me conseguirían plaza en otro barco antes del anochecer. Cuando el capitán oyó esto, se volvió casi frenético. Fue inmediatamente por la orden y, después de hacer todo el esfuerzo que pudo, al fin la consiguió de mis perseguidores; pero yo tuve que pagar todos los gastos. Después de agradecer a todos mis amigos por su atención, fui a bordo de nuevo a mi trabajo, del cual siempre tenía de sobra. Teníamos prisa por completar nuestra carga, y debíamos llevar veinte cabezas de ganado con nosotros a las Indias Occidentales, donde son un artículo muy rentable. Para animarme en el trabajo, y compensar el tiempo que había perdido, mi capitán me prometió el privilegio de llevar dos bueyes míos conmigo; y esto me hizo trabajar con renovado ardor. Tan pronto como cargué el barco, haciendo lo cual tuve que realizar el deber del segundo de a bordo además de mi propio trabajo, y los bueyes estaban a punto de subir, le pedí permiso al capitán para llevar los míos, según su promesa; pero, para mi gran sorpresa, me dijo que no había lugar para ellos. Entonces le pedí que me permitiera llevar uno; pero dijo que no podía. Me sentí bastante mortificado por este trato, y le dije que no tenía idea de que pretendiera imponerse así sobre mí; ni podía pensar bien de ningún hombre que faltara tanto a su palabra. Ante esto tuvimos cierto desacuerdo, y le di a entender que tenía la intención de dejar el barco. Ante esto, pareció estar muy abatido; y nuestro segundo de a bordo, que había estado muy enfermizo, y cuyo deber había recaído largamente sobre mí, le aconsejó que me persuadiera de quedarme: a consecuencia de lo cual me habló muy amablemente, haciendo muchas promesas justas, diciéndome que, como el segundo estaba tan enfermizo, no podía prescindir de mí, y que, como la seguridad del barco y la carga dependía en gran medida de mí, esperaba que no me ofendiera por lo que había pasado entre nosotros, y juró que arreglaría todos los asuntos cuando llegáramos a las Indias Occidentales; así que accedí a trabajar como antes. Poco después, mientras los bueyes subían a bordo, uno de ellos corrió hacia el capitán y le dio un cabezazo con tanta furia en el pecho que nunca se recuperó del golpe. Para compensarme un poco por su trato respecto a los bueyes, el capitán me insistió mucho ahora en que llevara algunos pavos y otras aves conmigo, y me dio libertad para llevar tantos como pudiera encontrar lugar; pero le dije que sabía muy bien que nunca había llevado pavos antes, pues siempre pensé que eran aves tan delicadas que no eran aptas para cruzar los mares. Sin embargo, siguió insistiendo en que los comprara por esta vez; y, lo que fue muy sorprendente para mí, cuanto más me oponía, más me instaba a llevarlos, de tal modo que me aseguró contra todas las pérdidas que pudieran ocurrir con ellos, y fui persuadido a llevarlos; pero pensé que esto era muy extraño, ya que nunca había actuado así conmigo antes. Esto, y el no poder deshacerme de mi dinero en papel de ninguna otra forma, me indujo al final a tomar cuatro docenas. De los pavos, sin embargo, estaba tan descontento que decidí no hacer más viajes a este lugar, ni con este capitán; y temía mucho que mi viaje de libertad fuera el peor que jamás hubiera hecho. Zarpamos hacia Montserrat. El capitán y el segundo de a bordo se habían estado quejando de enfermedades cuando zarpamos, y a medida que avanzábamos en nuestro viaje empeoraron. Esto fue alrededor de noviembre, y no hacía mucho que estábamos en el mar cuando empezamos a encontrarnos con fuertes vendavales del norte y mares agitados; y en unos siete u ocho días todos los bueyes estuvieron a punto de ahogarse, y cuatro o cinco de ellos murieron. Nuestro barco, que no había estado bien estanco al principio, lo estaba mucho menos ahora; y, aunque éramos solo nueve en total, incluyendo cinco marineros y yo, tuvimos que atender las bombas cada media o tres cuartos de hora. El capitán y el segundo de a bordo salían a cubierta tan a menudo como podían, lo cual era ya muy poco; pues decían que se debilitaban tan rápido que no estaban lo suficientemente bien como para hacer observaciones más de cuatro o cinco veces en todo el viaje. Todo el cuidado del barco recayó, por tanto, sobre mí, y tuve que dirigirlo por mi experiencia anterior, no siendo capaz de hacer una derrota. El capitán lamentaba ahora mucho no haberme enseñado navegación, y protestaba que, si alguna vez se ponía bien de nuevo, no dejaría de hacerlo; pero en unos diecisiete días su enfermedad aumentó tanto que se vio obligado a guardar cama, permaneciendo consciente, sin embargo, hasta el final, teniendo constantemente el interés del propietario en el corazón; pues este hombre justo y benevolente siempre pareció muy preocupado por el bienestar de lo que le estaba confiado. Cuando este querido amigo encontró que los síntomas de la muerte se acercaban, me llamó por mi nombre; y, cuando me acerqué a él, preguntó (con casi su último aliento) si alguna vez me había hecho algún daño. «Dios no quiera que piense tal cosa», respondí, «sería entonces el más ingrato de los miserables ante el mejor de los hombres». Tras llorar junto a su lecho, expiró sin decir otra palabra; y al día siguiente entregamos su cuerpo a las profundidades. Todos a bordo querían a este hombre y lamentaban su muerte; pero yo quedé excesivamente afectado por ello, y descubrí que no conocía, hasta que se fue, la fuerza de mi respeto por él. De hecho, tenía todas las razones del mundo para estar apegado a él; pues, además de que era en general amable, afable, generoso, fiel, benevolente y justo, fue para mí un amigo y un padre; y, si a la Providencia le hubiera placido que hubiera muerto solo cinco meses antes, creo sinceramente que no habría obtenido mi libertad cuando lo hice; y no es improbable que no hubiera podido conseguirla de ninguna manera después. Muerto el capitán, el segundo de a bordo salió a cubierta e hizo las observaciones que pudo, pero en vano. En el transcurso de unos pocos días más, los pocos bueyes que quedaban fueron encontrados muertos; pero los pavos que tenía, aunque en cubierta y expuestos a tanta humedad y mal tiempo, sobrevivieron, y más tarde gané cerca de trescientos por ciento en la venta de ellos; así que, al final, resultó una circunstancia feliz para mí el no haber comprado los bueyes que pretendía, pues habrían perecido con el resto; y no pude evitar ver esto, por lo demás trivial, como una providencia particular de Dios, y estuve agradecido en consecuencia. El cuidado del barco ocupó todo mi tiempo y comprometió mi atención por completo. Como ahora estábamos fuera de los vientos variables, pensé que no me costaría mucho dar con las islas. Estaba convencido de que navegaba bien hacia Antigua, a la que deseaba llegar, como la más cercana a nosotros; y en el transcurso de nueve o diez días divisamos esta isla, para nuestra gran alegría; y al día siguiente llegamos sanos y salvos a Montserrat. Muchos se sorprendieron al oír que yo había conducido el balandro al puerto, y obtuve ahora un nuevo apelativo, y me llamaron Capitán. Esto me llenó de alegría, y fue bastante halagador para mi vanidad ser llamado así con un título tan alto como el que poseía cualquier hombre libre en este lugar. Cuando se conoció la muerte del capitán, fue muy lamentada por todos los que le conocían; pues era un hombre universalmente respetado. Al mismo tiempo, el capitán de tez oscura no perdió fama; pues el éxito que había tenido aumentó el afecto de mis amigos en no poca medida.
El cuatro de febrero, que fue poco después de haber entrado en nuestro nuevo rumbo, soñé que el barco naufragaba en medio de las rompientes y las rocas, y que yo era el medio para salvar a todos los que iban a bordo; y la noche siguiente tuve exactamente el mismo sueño. Estos sueños, sin embargo, no causaron impresión alguna en mi ánimo; y a la noche siguiente, siendo mi guardia de descanso, estaba bombeando el agua de la embarcación poco después de las ocho, justo antes de retirarme de la cubierta, como es costumbre; y estando fatigado por el deber del día y cansado de la bomba (pues hacíamos mucha agua), comencé a expresar mi impaciencia y exclamé con un juramento: «¡Que se le caiga el fondo al barco!». Pero mi conciencia me golpeó al instante por la expresión. Cuando dejé la cubierta me fui a la cama y apenas me había quedado dormido cuando volví a soñar el mismo sueño sobre el barco que había tenido las dos noches anteriores. A las doce se cambió la guardia; y, como siempre tenía a mi cargo la guardia del capitán, subí entonces a cubierta. A la una y media de la madrugada, el hombre al timón vio algo bajo la amura de sotavento contra lo que chocaba el mar, y me llamó inmediatamente diciendo que era un grampus, y me pidió que lo mirara. En consecuencia, me puse de pie y lo observé durante algún tiempo; pero, cuando vi al mar romper contra ello una y otra vez, dije que no era un pez sino una roca. Estando pronto seguro de ello, bajé a ver al capitán y, con cierta confusión, le conté el peligro en que estábamos y le rogué que subiera a cubierta inmediatamente. Dijo que estaba muy bien, y volví a subir. Tan pronto como estuve en cubierta el viento, que había sido bastante fuerte, habiendo amainado un poco, la embarcación comenzó a ser arrastrada lateralmente hacia la roca por efecto de la corriente. El capitán seguía sin aparecer. Por tanto, fui a verlo de nuevo y le dije que el barco estaba cerca de una gran roca, y le rogué que subiera con rapidez. Dijo que lo haría, y regresé a la cubierta. Cuando estuve de nuevo en cubierta vi que no estábamos a más de un tiro de pistola de la roca, y oí el ruido de las rompientes a nuestro alrededor. Estaba sumamente alarmado por esto; y como el capitán aún no había subido a cubierta perdí toda la paciencia; y, enfureciéndome, corrí de nuevo hacia él y le pregunté por qué no subía y qué podía significar todo aquello. «Las rompientes», le dije, «están a nuestro alrededor y el barco está casi sobre la roca». Con eso subió a cubierta conmigo e intentamos virar el barco y sacarlo de la corriente, pero todo fue en vano, siendo el viento muy escaso. Entonces llamamos a toda la tripulación inmediatamente; y al poco tiempo subimos un extremo de un cable y lo atamos al ancla. Para entonces la espuma espumeaba a nuestro alrededor y hacía un ruido terrible sobre las rompientes, y en el mismo momento en que soltamos el ancla el barco golpeó contra las rocas. Un oleaje sucedía ahora a otro, como si una ola llamara a su compañera: el rugido de las olas aumentó y, con un solo golpe del oleaje, ¡la balandra fue perforada y quedó atravesada entre las rocas! En un momento, una escena de horror se presentó ante mi mente, tal como nunca antes había concebido ni experimentado. Todos mis pecados se presentaron ante mí; y, especialmente, pensé que Dios había lanzado su funesta venganza sobre mi cabeza culpable por maldecir el barco del que dependía mi vida. Mis ánimos me abandonaron entonces y esperaba en cada momento irme al fondo: determiné que si me salvaba no volvería a jurar jamás. Y en medio de mi angustia, mientras las terribles rompientes golpeaban con incesante furia entre las rocas, me acordé del Señor, aunque temeroso de ser indigno de perdón, y pensé que como a menudo me había librado, aún podría librarme; y, recordando las muchas misericordias que me había mostrado en tiempos pasados, me dieron una pequeña esperanza de que todavía podría ayudarme. Entonces comencé a pensar en cómo podríamos salvarnos; y creo que ninguna mente estuvo nunca tan repleta de inventos y confundida por planes como la mía, aunque cómo escapar de la muerte no lo sabía. El capitán ordenó inmediatamente que se clavaran las escotillas sobre los esclavos en la bodega, donde había más de veinte, todos los cuales habrían perecido inevitablemente si se le hubiera obedecido. Cuando le pidió al hombre que clavara las escotillas pensé que mi pecado era la causa de esto, y que Dios me cargaría con la sangre de estas personas. Este pensamiento se precipitó en mi mente en ese instante con tal violencia que me dominó por completo y me desmayé. Me recuperé justo cuando la gente estaba a punto de clavar las escotillas; al percibirlo, les rogué que se detuvieran. El capitán dijo entonces que debía hacerse: le pregunté por qué. Dijo que todos intentarían meterse en el bote, que era pequeño, y que así nos ahogaríamos; pues no habría llevado más de diez a lo sumo. Ya no pude contener mi emoción y le dije que merecía ahogarse por no saber cómo navegar el barco; y creo que la gente lo habría echado por la borda si les hubiera dado la más mínima insinuación. Sin embargo, las escotillas no fueron clavadas; y, como ninguno de nosotros podía dejar el barco entonces debido a la oscuridad, y como no sabíamos a dónde ir, y estábamos convencidos además de que el bote no podría sobrevivir a las rompientes, todos dijimos que permaneceríamos en la parte seca del barco y confiaríamos en Dios hasta que apareciera la luz del día, cuando sabríamos mejor qué hacer.
Entonces aconsejé preparar el bote para la mañana, y algunos de nosotros comenzamos a ocuparnos de ello; pero otros abandonaron todo cuidado por el barco y por sí mismos, y se dedicaron a beber. A nuestro bote le faltaba un trozo del fondo de cerca de dos pies de largo, y no teníamos materiales para arreglarlo; sin embargo, siendo la necesidad la madre de la invención, tomé un poco de cuero de la bomba y lo clavé en la parte rota, y lo cubrí con grasa de sebo. Y, así preparados, con la mayor ansiedad de mente, velamos esperando la luz del día, y consideramos cada minuto como una hora hasta que apareció. Por fin saludó a nuestros anhelantes ojos, y la bondadosa Providencia acompañó su llegada con lo que no fue un pequeño consuelo para nosotros; pues el terrible oleaje comenzó a disminuir; y lo siguiente que descubrimos para levantar nuestros decaídos ánimos fue un pequeño cayo o isla, a unas cinco o seis millas de distancia; pero pronto se presentó una barrera; pues no había suficiente agua para que nuestro bote pasara por encima de los arrecifes, y esto nos sumió de nuevo en una triste consternación; pero no había alternativa, por lo que nos vimos obligados a poner solo a unos pocos en el bote a la vez; y, lo que es peor, todos nosotros a menudo teníamos la necesidad de salir para arrastrarlo y levantarlo sobre los arrecifes. Esto nos costó mucho trabajo y fatiga; y, lo que era aún más angustioso, no podíamos evitar que nuestras piernas se cortaran y desgarraran mucho con las rocas. Solo había cuatro personas que quisieran trabajar conmigo en los remos; y consistían en tres hombres negros y un marinero criollo holandés; y, aunque fuimos con el bote cinco veces ese día, no tuvimos a nadie más que nos ayudara. Pero, si no hubiéramos trabajado de esta manera, realmente creo que la gente no podría haberse salvado; pues ninguno de los hombres blancos hizo nada para preservar sus vidas; y, de hecho, pronto se emborracharon tanto que no fueron capaces, sino que quedaron tirados por la cubierta como cerdos, por lo que finalmente nos vimos obligados a levantarlos y meterlos en el bote y llevarlos a tierra por la fuerza. Esta falta de ayuda hizo nuestro trabajo intolerablemente severo; de tal manera que, al llegar a tierra tantas veces ese día, la piel se desprendió por completo de mis manos.
Sin embargo, continuamos todo el día esforzándonos y forzando nuestras capacidades hasta que trajimos a todos los que estaban a bordo sanos y salvos a la orilla; de modo que de treinta y dos personas no perdimos a ninguna. Mi sueño volvió ahora a mi mente con toda su fuerza; se cumplió en todas sus partes; pues nuestro peligro era el mismo que yo había soñado: y no pude evitar considerarme como el principal instrumento para lograr nuestra liberación; pues, debido a que algunos de nuestros hombres se emborracharon, el resto de nosotros nos vimos obligados a redoblar nuestros esfuerzos; y fue una suerte que lo hiciéramos, pues en poco tiempo más el parche de cuero del bote se habría desgastado y ya no habría servido para el servicio. Situados como estábamos, ¿quién podría pensar que los hombres fueran tan descuidados del peligro en que se encontraban? Pues, si el viento hubiera levantado el oleaje como estaba cuando el barco chocó, habríamos tenido que despedirnos finalmente de toda esperanza de liberación; y aunque advertí a las personas que estaban bebiendo y les supliqué que aprovecharan el momento de la liberación, sin embargo persistieron, como si no poseyeran ni la más mínima chispa de razón. No pude evitar pensar que, si alguno de ellos se hubiera perdido, Dios me cargaría con sus vidas, lo que quizás fue una causa de que trabajara tan duro por su preservación, y de hecho todos ellos parecieron después tan sensibles al servicio que les había prestado; y mientras estuvimos en el cayo yo era una especie de jefe entre ellos. Traje algunas limas, naranjas y limones a tierra; y, descubriendo que era un buen suelo donde estábamos, planté varios de ellos como señal para cualquiera que pudiera naufragar en el futuro. Este cayo, como supimos después, era una de las islas Bahamas, que consisten en un grupo de islas grandes, con otras más pequeñas o cayos, como se les llama, intercalados entre ellas. Tenía cerca de una milla de circunferencia, con una playa de arena blanca que corría en orden regular a lo largo de ella. En aquella parte donde intentamos desembarcar por primera vez había algunos pájaros muy grandes, llamados flamencos: estos, por el reflejo del sol, nos parecían a poca distancia tan grandes como hombres; y, cuando caminaban de atrás hacia adelante, no podíamos concebir qué eran: nuestro capitán juró que eran caníbales. Esto creó un gran pánico entre nosotros; y celebramos una consulta sobre cómo actuar. El capitán quería ir a un cayo que estaba a la vista, pero a gran distancia; pero yo estaba en contra, ya que al hacerlo no podríamos salvar a todas las personas; «Y, por lo tanto», dije, «vamos a tierra aquí, y tal vez estos caníbales se metan al agua». En consecuencia, nos dirigimos hacia ellos; y cuando nos acercamos, para nuestra gran alegría y no menor asombro, se alejaron uno tras otro muy deliberadamente; y finalmente emprendieron el vuelo y nos liberaron por completo de nuestros temores. Alrededor del cayo había tortugas y varios tipos de peces en tal abundancia que los pescamos sin cebo, lo cual fue un gran alivio para nosotros después de las provisiones saladas a bordo. También había una gran roca en la playa, de unos diez pies de altura, que tenía forma de tazón de ponche en la parte superior; esto no podíamos dejar de pensar que la Providencia lo había ordenado para suministrarnos agua de lluvia; y era algo singular que, si no tomábamos el agua cuando llovía, poco tiempo después se volvía tan salada como el agua de mar.
Nuestro primer cuidado, después del refrigerio, fue hacernos tiendas de campaña para alojarnos, lo cual hicimos lo mejor que pudimos con algunas velas que habíamos traído del barco. Entonces comenzamos a pensar en cómo podríamos salir de este lugar, que estaba completamente deshabitado; y determinamos reparar nuestro bote, que estaba muy destrozado, y hacernos a la mar en busca de un barco o de alguna isla habitada. Nos llevó, sin embargo, once días antes de que pudiéramos tener el bote listo para el mar de la manera que queríamos, con una vela y otros artículos necesarios. Cuando tuvimos todo preparado, el capitán quería que me quedara en tierra mientras él se hacía a la mar en busca de un barco para sacar a toda la gente del cayo; pero me negué; y el capitán y yo, junto con otros cinco, partimos en el bote hacia Nueva Providencia. No llevábamos más que dos cargas de mosquete de pólvora con nosotros en caso de que ocurriera algo; y nuestra provisión consistía en tres galones de ron, cuatro de agua, algo de carne salada y algo de galleta; y de esta manera procedimos a la mar.
En el segundo día de nuestro viaje llegamos a una isla llamada Obbico, la más grande de las islas Bahamas. Estábamos muy necesitados de agua; pues para entonces nuestra agua se había agotado, y estábamos sumamente fatigados por remar durante dos días bajo el calor del sol; y siendo tarde en la noche, arrastramos el bote a tierra para intentar buscar agua y permanecer durante la noche: cuando llegamos a tierra buscamos agua, pero no pudimos encontrar ninguna. Cuando oscureció, hicimos un fuego a nuestro alrededor por miedo a las fieras, ya que el lugar era un bosque espeso, y nos turnamos para vigilar. En esta situación encontramos muy poco descanso y esperamos con impaciencia la mañana. Tan pronto como apareció la luz partimos de nuevo con nuestro bote, con la esperanza de encontrar ayuda durante el día. Estábamos ahora muy abatidos y debilitados por remar el bote; pues nuestra vela no servía de nada, y estábamos casi famélicos por falta de agua dulce para beber. No nos quedaba nada para comer más que carne salada, y eso no podíamos usarlo sin agua. En esta situación trabajamos todo el día a la vista de la isla, que era muy larga; por la noche, al no ver ningún alivio, volvimos a tierra y aseguramos nuestro bote. Fuimos entonces a buscar agua dulce, estando muy débiles por falta de ella; y cavamos y buscamos por todas partes el resto de la noche, pero no pudimos encontrar ni una gota, de modo que nuestro abatimiento en este periodo se volvió excesivo, y nuestro terror tan grande que no esperábamos más que la muerte para librarnos. No podíamos tocar nuestra carne, que estaba tan salada como la salmuera, sin agua dulce; y estábamos en el mayor terror por el temor a las fieras. Cuando llegó la inoportuna noche actuamos como la noche anterior; y a la mañana siguiente partimos de nuevo de la isla con la esperanza de ver algún barco. De esta manera trabajamos lo mejor que pudimos hasta las cuatro, durante lo cual pasamos varios cayos, pero no pudimos encontrar un barco; y, todavía famélicos de sed, volvimos a tierra en uno de esos cayos con la esperanza de encontrar algo de agua. Aquí encontramos algunas hojas con unas pocas gotas de agua en ellas, que lamimos con mucha avidez; luego cavamos en varios lugares, pero sin éxito. Mientras cavábamos agujeros en busca de agua, salió una sustancia muy espesa y negra; pero ninguno de nosotros pudo tocarla, excepto el pobre criollo holandés, que bebió más de un cuarto de ella tan ávidamente como si hubiera sido vino. Intentamos pescar, pero no pudimos; y ahora comenzamos a quejarnos de nuestro destino y a abandonarnos a la desesperación; cuando, en medio de nuestras murmuraciones, el capitán gritó de repente: «¡Una vela! ¡Una vela! ¡Una vela!». Este sonido alegre fue como un indulto para un convicto, y todos nos volvimos al instante para mirarlo; pero al poco tiempo algunos comenzamos a temer que no fuera una vela. Sin embargo, nos aventuramos, nos embarcamos y navegamos tras ella; y, en media hora, para nuestra alegría indecible, vimos claramente que era una embarcación. Ante esto, nuestros decaídos ánimos revivieron y nos dirigimos hacia ella con toda la velocidad imaginable. Cuando nos acercamos, descubrimos que era una pequeña balandra, del tamaño de un barco de Gravesend, y completamente llena de gente; una circunstancia cuyo significado no podíamos entender. Nuestro capitán, que era galés, juró que eran piratas y que nos matarían. Yo dije que, fuera como fuera, debíamos abordarla aunque nos costara la vida; y, si no nos recibían amablemente, debíamos oponernos a ellos lo mejor que pudiéramos; pues no había alternativa entre su perdición y la nuestra. Este consejo se tomó inmediatamente; y realmente creo que el capitán, yo mismo y el holandés nos habríamos enfrentado entonces a veinte hombres. Teníamos dos alfanjes y un mosquete, que traje en el bote; y, en esta situación, remamos hasta su costado e inmediatamente la abordamos. Creo que había cerca de cuarenta hombres a bordo; pero ¡qué grande fue nuestra sorpresa, tan pronto como subimos a bordo, al descubrir que la mayor parte de ellos estaban en la misma situación que nosotros!
Pertenecían a una goleta ballenera que naufragó dos días antes que nosotros a unas nueve millas al norte de nuestra embarcación. Cuando naufragó, algunos de ellos habían tomado sus botes y habían dejado a algunos de sus hombres y propiedades en un cayo, de la misma manera que nosotros habíamos hecho; e iban, como nosotros, a Nueva Providencia en busca de un barco, cuando se encontraron con esta pequeña balandra, llamada un buscador de naufragios; siendo su empleo en esos mares buscar restos de naufragios. Iban entonces a recoger al resto de la gente perteneciente a la goleta; por lo cual el buscador de naufragios debía quedarse con todas las cosas pertenecientes al barco, y también con la ayuda de su gente para obtener lo que pudieran de él, y luego debían llevar a la tripulación a Nueva Providencia.
Le contamos a la gente del buscador de naufragios la condición de nuestro barco, e hicimos el mismo acuerdo con ellos que la gente de la goleta; y, al acceder, les rogamos que fueran a nuestro cayo directamente, porque nuestra gente estaba necesitada de agua. Acordaron, por tanto, ir primero con nosotros; y en dos días llegamos al cayo, para alegría indescriptible de la gente que habíamos dejado atrás, ya que se habían visto reducidos a grandes extremos por falta de agua en nuestra ausencia. Afortunadamente para nosotros, el buscador de naufragios tenía ahora más gente a bordo de la que podía llevar o alimentar por un tiempo moderado; por tanto, contrataron a la gente de la goleta para trabajar en nuestro naufragio, y les dejamos nuestro bote y nos embarcamos hacia Nueva Providencia.
Nada podría haber sido más afortunado que nuestro encuentro con este buscador de naufragios, pues Nueva Providencia estaba a tal distancia que jamás habríamos podido llegar a ella en nuestro bote. La isla de Abbico era mucho más larga de lo que esperábamos; y no fue sino hasta después de navegar durante tres o cuatro días que llegamos a salvo al extremo más alejado de la misma, en dirección a Nueva Providencia. Cuando arribamos allí nos aprovisionamos de agua y conseguimos una buena cantidad de langostas y otros mariscos, lo cual supuso un gran alivio para nosotros, ya que nuestras provisiones y el agua estaban casi agotadas. Entonces continuamos nuestro viaje; pero el día después de dejar la isla, al atardecer, y mientras aún estábamos entre los cayos de las Bahamas, nos alcanzó un violento vendaval, por lo que nos vimos obligados a cortar el mástil. El barco estuvo a punto de zozobrar; pues soltó sus anclas y golpeó varias veces contra los bajíos. Aquí esperábamos a cada minuto que se hiciese pedazos, y que cada momento fuera el último; tanto fue así que mi viejo capitán, el enfermizo e inútil contramaestre y varios otros se desmayaron; y la muerte nos miraba a la cara por todos lados. Todos los que maldecían a bordo comenzaron entonces a pedir al Dios del Cielo que los ayudara: y, ciertamente, más allá de nuestra comprensión, Él nos ayudó y, de una manera milagrosa, ¡nos salvó! En el punto álgido de nuestra desesperación, el viento amainó durante unos minutos; y, aunque el oleaje era inexpresablemente alto, dos hombres, que eran expertos nadadores, intentaron llegar a la boya del ancla, que aún veíamos sobre el agua, a cierta distancia, en una pequeña lancha que pertenecía al buscador de naufragios, la cual no era lo suficientemente grande para llevar a más de dos. Se llenó de agua varias veces en sus intentos por subir a ella junto a nuestro navío; y no vieron más que la muerte ante sí, al igual que nosotros; pero dijeron que bien podían morir de esa manera como de cualquier otra. Se puso dentro de la lancha una madeja de cuerda muy fina con una pequeña boya; y, al fin, con gran riesgo, lograron apartar la lancha del barco; y estos dos intrépidos héroes acuáticos remaron por sus vidas hacia la boya del ancla. Los ojos de todos nosotros estuvieron fijos en ellos todo el tiempo, esperando a cada minuto que fuera el último: y las oraciones de todos aquellos que permanecían en sus cabales fueron ofrecidas a Dios, en su nombre, por una rápida liberación; y por la nuestra, que dependía de ellos; ¡y Él nos escuchó y nos respondió! Estos dos hombres finalmente llegaron a la boya; y, habiendo amarrado la lancha a ella, ataron un extremo de su cuerda a la pequeña boya que llevaban en la lancha y la dejaron a la deriva hacia el barco. Nosotros, a bordo, observando esto, lanzamos bicheros y sondas atadas a líneas con el fin de atrapar la boya: al fin la atrapamos y atamos un cable de remolque al extremo de la cuerda pequeña; luego les hicimos una señal para que tiraran, y ellos arrastraron el cable hacia sí y lo ataron a la boya: hecho lo cual, tiramos con todas nuestras fuerzas; y, gracias a la misericordia de Dios, salimos de nuevo de los bajíos hacia aguas profundas, y la lancha llegó a salvo al barco. Es imposible para nadie concebir nuestra alegría sincera por esta segunda liberación de la ruina, salvo para aquellos que han sufrido las mismas penalidades. Aquellos cuyas fuerzas y sentidos se habían ido volvieron en sí, y estaban ahora tan eufóricos como antes estaban deprimidos. Dos días después, el viento cesó y el agua se calmó. La lancha fue entonces a tierra y cortamos algunos árboles; y habiendo encontrado nuestro mástil y reparado, lo trajimos a bordo y lo fijamos. Tan pronto como terminamos esto, levamos el ancla y partimos una vez más hacia Nueva Providencia, a la que llegamos a salvo tres días después, tras haber estado más de tres semanas en una situación en la que no esperábamos escapar con vida. Los habitantes de allí fueron muy amables con nosotros; y, cuando conocieron nuestra situación, nos mostraron una gran hospitalidad y amistad. Poco después, todos mis antiguos compañeros de sufrimiento que eran libres se separaron de nosotros y tomaron el rumbo que su inclinación les dictó. Un comerciante, que tenía un balandro grande, al ver nuestra condición y saber que queríamos ir a Georgia, nos dijo a cuatro de nosotros que su barco iba para allá; y, si trabajábamos a bordo y lo cargábamos, nos daría el pasaje gratis. Como no podíamos conseguir ningún salario y nos resultaba muy difícil salir del lugar, nos vimos obligados a aceptar su propuesta; y subimos a bordo y ayudamos a cargar el balandro, aunque solo nos permitieron nuestras raciones de comida. Cuando estuvo completamente cargado, nos dijo que primero iba a Jamaica, adonde debíamos ir si íbamos en él. Esto, sin embargo, lo rechacé; pero mis compañeros de sufrimiento, al no tener dinero para ayudarse a sí mismos, la necesidad les obligó a aceptar la oferta y a seguir ese rumbo, aunque no les gustaba.
Permanecimos en Nueva Providencia unos diecisiete o dieciocho días; durante los cuales conocí a muchos amigos, quienes me animaron a quedarme allí con ellos: pero decliné la oferta; aunque, si mi corazón no hubiera estado fijado en Inglaterra, me habría quedado, ya que me gustaba el lugar en extremo, y había algunas personas negras libres allí que eran muy felices, y pasábamos nuestro tiempo agradablemente juntos, con el sonido melodioso de las cuerdas, bajo los limoneros y limeros. Al final, el capitán Phillips alquiló un balandro para llevarlo a él y a algunos de los esclavos que no pudo vender a Georgia; y acordé ir con él en este barco, con la intención ahora de despedirme de aquel lugar. Cuando el barco estuvo listo, todos nos embarcamos; y me despedí de Nueva Providencia, no sin pesar. Zarpamos alrededor de las cuatro de la mañana, con viento favorable, hacia Georgia; y alrededor de las once de la mañana de ese mismo día, un vendaval breve y repentino se levantó y se llevó la mayoría de nuestras velas; y, como todavía estábamos entre los cayos, en muy pocos minutos estrelló el balandro contra las rocas. Afortunadamente para nosotros, el agua era profunda; y el mar no estaba tan embravecido como para que, después de haber trabajado duro durante algún tiempo, y siendo muchos en número, nos salváramos por la misericordia de Dios; y, haciendo nuestros mayores esfuerzos, logramos sacar el barco. Al día siguiente regresamos a Providencia, donde pronto lo tuvimos de nuevo reparado. Algunos de los hombres juraron que teníamos hechizos lanzados sobre nosotros por alguien en Montserrat; y otros que teníamos brujas y magos entre los pobres esclavos indefensos; y que nunca llegaríamos a salvo a Georgia. Pero estas cosas no me disuadieron; dije: «Enfrentémonos de nuevo a los vientos y a los mares, y no juremos, sino confiemos en Dios, y Él nos salvará». Por lo tanto, zarpamos una vez más; y, con duro trabajo, en siete días llegamos a salvo a Georgia.
Tras nuestra llegada, subimos a la ciudad de Savannah; y esa misma tarde fui a alojarme a la casa de un amigo, cuyo nombre era Mosa, un hombre negro. Estuvimos muy felices de vernos; y después de la cena tuvimos luz hasta que fueron entre las nueve y las diez de la noche. Alrededor de esa hora, la guardia o patrulla pasó por allí; y, al ver una luz en la casa, llamaron a la puerta: la abrimos; y entraron y se sentaron, y bebieron un poco de ponche con nosotros: también me pidieron algunas limas, pues entendieron que yo tenía algunas, las cuales les di de buena gana. Poco después de esto, me dijeron que debía ir con ellos a la casa de guardia: esto me sorprendió bastante, después de nuestra amabilidad con ellos; y les pregunté: ¿Por qué? Dijeron que todos los negros que tuvieran luz en sus casas después de las nueve de la noche debían ser puestos bajo custodia, y o bien pagar algunos dólares o ser azotados. Algunos de ellos sabían que yo era un hombre libre; pero, como el dueño de la casa no era libre y tenía a su amo para protegerlo, no se tomaron la misma libertad con él que conmigo. Les dije que era un hombre libre y que acababa de llegar de Providencia; que no estábamos haciendo ruido, y que no era un extraño en aquel lugar, sino que era muy conocido allí: «Además», dije, «¿qué van a hacer conmigo?». «Eso ya lo verás», respondieron, «pero debes ir con nosotros a la casa de guardia». Ahora, si pretendían sacarme dinero o no, estaba en duda; pero pensé inmediatamente en las naranjas y limas de Santa Cruz: y viendo que nada los calmaría, fui con ellos a la casa de guardia, donde permanecí durante la noche. A primera hora de la mañana siguiente, estos rufianes impositores azotaron a un hombre y a una mujer negros que tenían en la casa de guardia, y luego me dijeron que yo también debía ser azotado. Pregunté por qué, y si no había ley para los hombres libres. Y les dije que si la había, la haría cumplir contra ellos. Pero esto solo los exasperó más; e instantáneamente juraron que me harían lo mismo que el doctor Perkins me había hecho; y estaban a punto de ponerme las manos encima con violencia; cuando uno de ellos, más humano que el resto, dijo que, como era un hombre libre, no podían justificar desvestirme según la ley. Entonces envié inmediatamente por el doctor Brady, quien era conocido por ser un hombre honesto y digno; y al venir a mi auxilio, me dejaron ir.
Este no fue el único incidente desagradable que encontré mientras estuve en este lugar; pues, un día, mientras estaba un poco fuera de la ciudad de Savannah, fui acosado por dos hombres blancos, quienes pretendían jugarme sus trucos habituales en el camino del secuestro. Tan pronto como estos hombres se me acercaron, uno de ellos le dijo al otro: «Este es el mismo sujeto que buscamos y que perdiste»; y el otro juró inmediatamente que yo era la persona idéntica. Ante esto, se acercaron a mí y estaban a punto de agarrarme; pero les dije que se estuvieran quietos y que se mantuvieran alejados; pues había visto ese tipo de trucos jugados a otros negros libres, y no debían pensar en hacérmelo a mí. Ante esto, hicieron una pausa y uno le dijo al otro: «no servirá»; y el otro respondió que yo hablaba demasiado bien el inglés. Repliqué que creía que sí; y también tenía conmigo un bastón vengativo a la altura de la ocasión; y mi mente también estaba preparada. Afortunadamente, sin embargo, no fue utilizado; y, después de que hubiéramos hablado un poco de esta manera, los granujas me dejaron. Permanecí en Savannah algún tiempo, intentando ansiosamente llegar a Montserrat una vez más para ver al Sr. King, mi antiguo amo, y luego dar un último adiós al continente americano. Al final, encontré un balandro llamado Speedwell, del capitán John Bunton, que pertenecía a Granada y se dirigía a Martinica, una isla francesa, con un cargamento de arroz, y me embarqué en él. Antes de dejar Georgia, una mujer negra, que tenía un hijo muerto, siendo muy tenaz con el servicio de entierro de la iglesia y no pudiendo conseguir a ninguna persona blanca para que lo realizara, me pidió que lo hiciera. Le dije que yo no era párroco; y, además, que el servicio sobre los muertos no afectaba al alma. Esto, sin embargo, no la satisfizo; ella insistió conmigo con mucha fuerza: por lo tanto, accedí a sus fervientes súplicas y al final acepté actuar como párroco por primera vez en mi vida. Como ella era muy respetada, hubo una gran concurrencia, tanto de blancos como de negros, en la tumba. Entonces, en consecuencia, asumí mi nueva vocación y realicé la ceremonia fúnebre para satisfacción de todos los presentes; después de lo cual me despedí de Georgia y zarpé hacia Martinica.
CAP. IX
_El autor llega a Martinica. Encuentra nuevas dificultades. Llega a Montserrat, donde se despide de su antiguo amo y zarpa hacia Inglaterra. Se encuentra con el capitán Pascal. Aprende a tocar la trompa. Se contrata con el doctor Irving, donde aprende a desalar el agua de mar. Deja al doctor y realiza un viaje a Turquía y Portugal; y después hace un viaje a Granada, y otro a Jamaica. Regresa con el doctor y se embarcan juntos en un viaje al Polo Norte con el honorable capitán Phipps. Un relato de ese viaje y los peligros que corrió el autor. Regresa a Inglaterra._
Así me despedí definitivamente de Georgia; pues el trato que había recibido allí me produjo un gran disgusto por aquel lugar; y cuando lo dejé y zarpé hacia Martinica, decidí no volver a visitarlo nunca más. Mi nuevo capitán dirigió su navío con más seguridad que el anterior; y, tras un viaje agradable, llegamos a salvo a nuestro puerto de destino. Mientras estuve en esta isla, recorrí bastante el lugar y me pareció muy agradable: en particular admiré la ciudad de San Pedro, que es la principal de la isla, y construida más como una ciudad europea que ninguna otra que hubiera visto en las Indias Occidentales. Por lo general, también, los esclavos eran mejor tratados, tenían más días festivos y se veían mejor que los de las islas inglesas. Después de haber terminado nuestros asuntos allí, quería mi baja, lo cual era necesario; pues era entonces el mes de mayo, y deseaba mucho estar en Montserrat para despedirme del Sr. King y de todos mis otros amigos allí, a tiempo para zarpar hacia la Vieja Inglaterra en la flota de julio. Pero, ¡ay! yo mismo había puesto un gran obstáculo en mi camino, por el cual estuve a punto de perder mi pasaje esa temporada a Inglaterra. Le había prestado al capitán algo de dinero que ahora necesitaba para poder llevar a cabo mis intenciones. Se lo dije; pero cuando lo solicité, aunque insistí en la necesidad de mi ocasión, encontré tantas evasivas por su parte que comencé, al fin, a temer perder mi dinero, ya que no podía recuperarlo por la ley: pues ya he mencionado que, en todas las Indias Occidentales, el testimonio de ningún hombre negro es admitido, en ninguna ocasión, contra ninguna persona blanca, y por lo tanto mi propio juramento no habría sido de utilidad. Me vi obligado, pues, a permanecer con él hasta que estuviera dispuesto a devolvérmelo. Así navegamos desde Martinica hacia las Granadinas. Frecuentemente presioné al capitán por mi dinero sin resultado; y, para empeorar mi condición, cuando llegamos allí, el capitán y sus armadores se pelearon; de modo que mi situación se volvió cada día más tediosa: pues, además de que a nosotros a bordo nos daban poca o ninguna comida, y no podía conseguir mi dinero ni mi salario, habría podido obtener mi pasaje gratis a Montserrat si hubiera estado en condiciones de aceptarlo. Lo peor de todo era que se hacía tarde en julio, y los barcos en las islas debían zarpar antes del día 26 de ese mes. Al fin, sin embargo, tras muchas súplicas, conseguí mi dinero del capitán y tomé el primer barco que pude encontrar hacia San Eustaquio. De allí fui en otro a Basseterre en San Cristóbal, donde llegué el 19 de julio. El día 22, habiendo encontrado un barco con destino a Montserrat, quería ir en él; pero el capitán y otros no quisieron admitirme a bordo hasta que me anunciara y diera aviso de mi partida de la isla. Les hablé de mi prisa por estar en Montserrat, y de que el tiempo no permitía anunciarse, al ser ya tarde en la noche y estar el capitán a punto de zarpar; pero él insistió en que era necesario, y dijo que, de lo contrario, no me llevaría. Esto me sumió en una gran perplejidad; pues si me veía obligado a someterme a esta humillante necesidad, a la que todo hombre libre negro está sujeto, de anunciarse como un esclavo cuando abandona una isla, y que consideraba una imposición grave para cualquier hombre libre, temía perder la oportunidad de ir a Montserrat, y entonces no podría llegar a Inglaterra aquel año. El barco estaba a punto de salir y no se podía perder tiempo; por lo tanto, me puse inmediatamente, con el corazón apesadumbrado, a intentar ver a quién podía conseguir que me ayudara a cumplir con las exigencias del capitán. Afortunadamente encontré, en pocos minutos, a algunos caballeros de Montserrat que conocía; y, habiéndoles contado mi situación, les solicité su ayuda amistosa para ayudarme a salir de la isla. Algunos de ellos, ante esto, fueron conmigo a ver al capitán y le dieron garantías de mi libertad; y, para mi gran alegría, me pidió que subiera a bordo. Zarpamos entonces, y al día siguiente, el 23, llegué al lugar deseado, después de una ausencia de seis meses, en la que había experimentado más de una vez la mano liberadora de la Providencia, cuando todos los medios humanos para escapar de la destrucción parecían inútiles. Vi a mis amigos con una alegría de corazón que se incrementó por mi ausencia y los peligros que había escapado, y fui recibido con gran amistad por todos ellos, pero particularmente por el Sr. King, a quien relaté el destino de su balandro, el Nancy, y las causas de su naufragio. Me enteré entonces, con suma tristeza, de que su casa fue arrasada durante mi ausencia por el estallido de un estanque en la cima de una montaña que estaba frente a la ciudad de Plymouth. Arrastró gran parte de la ciudad y el Sr. King perdió una gran cantidad de bienes por la inundación, y casi su vida. Cuando le dije que pretendía ir a Londres aquella temporada, y que había venido a visitarlo antes de mi partida, el buen hombre expresó una gran cantidad de afecto por mí y tristeza porque lo dejara, y me aconsejó calurosamente que me quedara allí; insistiendo, ya que era muy respetado por todos los caballeros del lugar, en que me podría ir muy bien y en poco tiempo tener tierras y esclavos propios. Le agradecí esta muestra de su amistad; pero, como deseaba mucho estar en Londres, decliné permanecer más tiempo allí y le rogué que me disculpara. Le pedí entonces que fuera tan amable de darme un certificado de mi comportamiento mientras estuve a su servicio, a lo que accedió muy gustosamente y me entregó lo siguiente:
Montserrat, 26 de enero de 1767.
«El portador de la presente, Gustavus Vassa, fue mi esclavo durante más de tres años, tiempo durante el cual siempre se ha comportado bien y ha cumplido con su deber con honestidad y asiduidad.
Robert King.
A quien corresponda».
Habiendo obtenido esto, me separé de mi amable amo, tras muchas sinceras profesiones de gratitud y estima, y me preparé para mi partida hacia Londres. Acordé inmediatamente ir con un tal capitán John Hamer, por siete guineas, el pasaje a Londres, a bordo de un barco llamado Andromache; y los días 24 y 25 tuve bailes libres, como los llaman, con algunos de mis compatriotas, antes de mi partida; después de lo cual me despedí de todos mis amigos, y el 26 me embarqué hacia Londres, extremadamente contento de verme una vez más a bordo de un barco; y aún más por navegar el rumbo que tanto había deseado. Con el corazón ligero dije adiós a Montserrat, y nunca más mis pies estuvieron en ella; y con ella dije adiós al sonido del látigo cruel y a todos los demás instrumentos espantosos de tortura; adiós a la vista ofensiva de la castidad violada de las mujeres de piel oscura, que demasiadas veces ha asaltado mis ojos; adiós a las opresiones (aunque para mí menos severas que para la mayoría de mis compatriotas); y adiós al aullido furioso y al choque de las olas. ¡Deseaba tener un corazón agradecido y reconocimiento para alabar al Señor Dios en las alturas por todas sus misericordias!
Tuve un viaje de lo más próspero y, al cabo de siete semanas, llegué a las escaleras de Cherry-Garden. Así, mis anhelantes ojos fueron gratificados una vez más con la vista de Londres, después de haber estado ausente de allí más de cuatro años. Recibí mi salario de inmediato, y jamás en mi vida había ganado siete guineas tan rápidamente; tenía treinta y siete guineas en total cuando quedé libre del barco. Ahora entraba en un escenario, del todo nuevo para mí, pero lleno de esperanza. En esta situación, mis primeros pensamientos fueron buscar a algunos de mis antiguos amigos, y entre los primeros de ellos estaban las señoritas Guerin. Por lo tanto, tan pronto como me hube regalado, salí en busca de aquellas amables damas, a quienes estaba muy impaciente por ver; y con algo de dificultad y perseverancia, las encontré en May's-hill, Greenwich. Se sorprendieron gratamente al verme, y yo me sentí rebosante de alegría al reencontrarme con ellas. Les conté mi historia, ante lo cual expresaron gran asombro y reconocieron libremente que no dejaba en buen lugar a su primo, el capitán Pascal. Él solía visitar aquel lugar frecuentemente, y me lo encontré cuatro o cinco días después en el parque de Greenwich. Cuando me vio, pareció bastante sorprendido y me preguntó cómo había regresado. Le respondí: «En un barco». A lo que él replicó con sequedad: «Supongo que no habrás regresado a Londres caminando sobre el agua». Como vi, por sus modales, que no parecía arrepentido de su comportamiento hacia mí y que no tenía muchas razones para esperar favor alguno de su parte, le dije que me había tratado muy mal, después de haber sido un siervo tan fiel para él durante tantos años; ante lo cual, sin decir más, dio media vuelta y se marchó. Unos días después de esto, me encontré al capitán Pascal en casa de las señoritas Guerin y le pedí el dinero de mis presas. Dijo que no se me debía nada; pues, si el dinero de mis presas hubiera sido de 10.000 libras, él tenía derecho a todo ello. Le dije que me habían informado de otra manera; ante lo cual me desafió y, en tono burlón, me instó a que le iniciara un proceso judicial por ello: «Hay bastantes abogados», dijo, «que se harán cargo de la causa, y será mejor que lo intentes». Entonces le dije que lo intentaría, lo cual le enfureció mucho; sin embargo, por respeto a las damas, permanecí quieto y nunca volví a reclamar mi derecho. Algún tiempo después, estas amigas me preguntaron qué pensaba hacer con mi vida y cómo podían ayudarme. Les di las gracias y dije que, si les placía, sería su sirviente; pero si no, como tenía treinta y siete guineas, que me mantendrían por algún tiempo, les estaría muy agradecido si me recomendaban a alguna persona que me enseñara un oficio con el cual pudiera ganarme la vida. Me respondieron muy cortésmente que lamentaban que no les conviniera tenerme como su sirviente, y me preguntaron qué oficio me gustaría aprender. Dije que peluquería. Entonces prometieron ayudarme en esto; y poco después me recomendaron a un caballero a quien yo conocía de antes, un tal capitán O'Hara, quien me trató con mucha amabilidad y me consiguió un maestro, un peluquero, en Coventry-court, Haymarket, con quien me colocó. Estuve con este hombre desde septiembre hasta el mes de febrero siguiente. En aquel tiempo tuvimos un vecino en el mismo patio que enseñaba a tocar la trompa. Solía tocarla tan bien que quedé encantado y acordé con él que me enseñara a tocarla. En consecuencia, me tomó bajo su tutela y comenzó a instruirme, y pronto aprendí las tres partes. Sentía un gran deleite tocando este instrumento, siendo las noches largas; y además de que me gustaba, no me agradaba estar ocioso, y colmaba mis horas libres de manera inocente. Por aquel entonces también acordé con el reverendo señor Gregory, que vivía en el mismo patio, donde regentaba una academia y una escuela nocturna, que me mejorara en aritmética. Esto lo hizo hasta el trueque y la aligación; de modo que todo el tiempo que estuve allí estuve completamente ocupado. En febrero de 1768 me contraté con el doctor Charles Irving, en Pall-mall, tan célebre por sus exitosos experimentos para hacer potable el agua de mar; y aquí tuve mucha práctica de peluquería para mejorar mi destreza. Este caballero era un excelente maestro; era sumamente amable y de buen carácter, y me permitía asistir a mis escuelas por las noches, lo cual consideré una gran bendición; por lo tanto, di gracias a Dios y a él por ello, y puse toda mi diligencia en aprovechar la oportunidad. Esta diligencia y atención me recomendaron a la atención y cuidado de mis tres preceptores, quienes, por su parte, se esforzaron mucho en mi instrucción y, además, fueron todos muy amables conmigo. Mi salario, sin embargo, que era dos tercios menor de lo que nunca había tenido en mi vida (pues solo tenía 12 libras al año), pronto descubrí que no sería suficiente para sufragar este gasto extraordinario de los maestros y mis propios gastos necesarios; mis antiguas treinta y siete guineas se habían reducido para entonces a una sola. Pensé que lo mejor, por tanto, era probar suerte de nuevo en el mar en busca de más dinero, ya que me había criado en él y hasta entonces había encontrado que la profesión era exitosa. También tenía un gran deseo de ver Turquía, y ahora decidí satisfacerlo. En consecuencia, en el mes de mayo de 1768, le dije al doctor mi deseo de volver al mar, a lo que no puso oposición; y nos separamos en términos amistosos. Ese mismo día fui a la ciudad en busca de un capitán. Fui extremadamente afortunado en mi búsqueda; pues pronto supe de un caballero que tenía un barco que iba a Italia y Turquía, y necesitaba un hombre que supiera peinar bien. Me llené de alegría por esto y fui inmediatamente a bordo de su barco, tal como me habían indicado, el cual encontré equipado con gran gusto, y ya presagiaba no poco placer en navegar en él. Al no encontrar al caballero a bordo, me dirigieron a su alojamiento, donde me reuní con él al día siguiente y le di una muestra de mi peinado. Le gustó tanto que me contrató de inmediato, por lo que me sentí perfectamente feliz; pues el barco, el capitán y el viaje eran totalmente de mi agrado. El barco se llamaba Delawar, y mi capitán se llamaba John Jolly, un hombre pulcro, elegante y de buen humor, justo como uno al que deseaba servir. Zarpamos de Inglaterra el julio siguiente, y nuestro viaje fue extremadamente placentero. Fuimos a Villa Franca, Niza y Livorno; y en todos estos lugares quedé encantado con la riqueza y la belleza de los países, y me impresionaron los elegantes edificios de los que abundan. Siempre teníamos en ellos abundancia de vinos extraordinariamente buenos y frutas ricas, que me gustaban mucho; y tuve frecuentes ocasiones de satisfacer tanto mi gusto como mi curiosidad; pues mi capitán siempre se alojaba en tierra en aquellos lugares, lo que me brindaba oportunidades para ver el campo de alrededor. También aprendí navegación con el segundo oficial, lo cual me gustaba mucho. Cuando dejamos Italia, tuvimos una navegación deliciosa entre las islas del archipiélago, y de allí a Esmirna en Turquía. Esta es una ciudad muy antigua; las casas están construidas de piedra, y la mayoría de ellas tienen tumbas contiguas; por lo que a veces presentan la apariencia de cementerios. Las provisiones son muy abundantes en esta ciudad, y el buen vino cuesta menos de un penique la pinta. Las uvas, las granadas y muchas otras frutas eran también las más ricas y grandes que jamás haya probado. Los nativos son de buen aspecto y complexión fuerte, y siempre me trataron con gran cortesía. En general, creo que les gusta la gente negra; y varios de ellos me hicieron insistentes invitaciones para quedarme entre ellos, aunque mantienen a los francos, o cristianos, separados, y no permiten que vivan directamente entre ellos. Me asombró no ver mujeres en ninguna de sus tiendas, y muy raramente alguna en las calles; y siempre que lo hacía, iban cubiertas con un velo de pies a cabeza, de modo que no podía ver sus rostros, excepto cuando alguna de ellas, por curiosidad, se los descubría para mirarme, lo cual a veces hacían. Me sorprendió ver cómo los griegos son, en cierta medida, oprimidos por los turcos, tal como los negros lo son en las Indias Occidentales por los blancos. Los griegos menos refinados, como ya he insinuado, bailan aquí de la misma manera que nosotros en mi nación. En general, durante nuestra estancia aquí, que fue de unos cinco meses, el lugar y los turcos me gustaron extremadamente bien. No pude evitar observar una circunstancia muy notable allí: las colas de las ovejas son planas y tan grandes que he conocido el caso de que la cola de un cordero pesara de once a trece libras. La grasa de ellas es muy blanca y rica, y es excelente en pudines, para lo cual se utiliza mucho. Estando nuestro barco finalmente ricamente cargado de seda y otros artículos, zarpamos hacia Inglaterra.
En mayo de 1769, poco después de nuestro regreso de Turquía, nuestro barco hizo un viaje encantador a Oporto, en Portugal, donde llegamos en la época del carnaval. A nuestra llegada, nos enviaron a bordo treinta y seis artículos que debíamos observar, con penas muy severas si quebrantábamos alguno de ellos; y ninguno de nosotros se atrevía siquiera a subir a bordo de otro barco o a ir a tierra hasta que la Inquisición hubiera enviado a alguien a bordo para registrar todo lo ilegal, especialmente las biblias. Aquellas que se encontraban, junto con otras cosas, eran enviadas a tierra hasta que los barcos partían; y cualquier persona en cuya custodia se encontrara una biblia oculta debía ser encarcelada, azotada y enviada a la esclavitud por diez años. Vi allí muchas vistas muy magníficas, particularmente el jardín del Edén, donde muchos del clero y los laicos iban en procesión en sus respectivos órdenes con la hostia, y cantaban el Te Deum. Sentí una gran curiosidad por entrar en algunas de sus iglesias, pero no pude conseguir acceso sin usar la necesaria aspersión de agua bendita al entrar. Por curiosidad, y por deseo de ser santo, cumplí con esta ceremonia, pero sus virtudes se perdieron en mí, pues no me sentí en nada mejor por ello. Este lugar abunda en abundancia de todo tipo de provisiones. La ciudad está bien construida y es bonita, y ofrece una hermosa perspectiva. Habiendo cargado nuestro barco con vino y otras mercancías, zarpamos hacia Londres y llegamos en el mes de julio siguiente. Nuestro siguiente viaje fue al Mediterráneo. El barco fue preparado de nuevo y zarpamos en septiembre hacia Génova. Esta es una de las ciudades más hermosas que he visto jamás; algunos de los edificios eran de mármol hermoso y tenían una apariencia muy noble; y muchos tenían fuentes muy curiosas frente a ellos. Las iglesias eran ricas y magníficas, y estaban curiosamente adornadas tanto por dentro como por fuera. Pero toda esta grandeza quedaba, a mis ojos, deslucida por los esclavos de galera, cuya condición, tanto allí como en otras partes de Italia, es verdaderamente lastimosa y miserable. Después de haber permanecido allí algunas semanas, durante las cuales compramos muchas cosas diferentes que necesitábamos y las conseguimos muy baratas, zarpamos hacia Nápoles, una ciudad encantadora y notablemente limpia. La bahía es la más hermosa que he visto; los muelles para los barcos son excelentes. Me pareció extraordinario ver grandes óperas representadas aquí las noches de domingo, e incluso asistidas por sus majestades. Yo también, como estos grandes personajes, fui a esos espectáculos, y en vano servía a Dios de día mientras servía eficazmente a Mammón por la noche. Mientras permanecimos aquí ocurrió una erupción del monte Vesubio, de la cual tuve una visión perfecta. Fue extremadamente aterradora; y estábamos tan cerca que las cenizas que caían de ella solían ser espesas sobre nuestra cubierta. Después de haber realizado nuestros asuntos en Nápoles, zarpamos con viento favorable una vez más hacia Esmirna, donde llegamos en diciembre. Un serasquier u oficial tomó afecto por mí allí y quiso que me quedara, ofreciéndome dos esposas; sin embargo, rechacé la tentación. Los mercaderes de aquí viajan en caravanas o grandes compañías. He visto muchas caravanas de la India, con cientos de camellos cargados con diferentes mercancías. La gente de estas caravanas es bastante morena. Entre otros artículos, traían consigo una gran cantidad de langostas, que son un tipo de legumbre, dulce y agradable al paladar, y de forma parecida a las judías verdes, pero más largas. Cada tipo de mercancía se vende en una calle por separado, y siempre encontré a los turcos muy honestos en sus tratos. No permiten que ningún cristiano entre en sus mezquitas o iglesias, por lo cual sentí mucha pena; pues siempre me gustó ir a ver las diferentes formas de adoración de la gente dondequiera que fuera. La peste estalló mientras estábamos en Esmirna, y dejamos de cargar mercancías en el barco hasta que pasó. El barco quedó entonces ricamente cargado, y zarpamos hacia marzo de 1770 hacia Inglaterra. Un día, durante nuestra travesía, tuvimos un accidente que estuvo a punto de incendiar el barco. Un cocinero negro, al derretir algo de grasa, volcó la sartén en el fuego bajo la cubierta, lo que inmediatamente comenzó a arder, y la llama subió muy alto bajo el palo de trinquete. Con el susto, el pobre cocinero se volvió casi blanco y se quedó sin habla. Felizmente, sin embargo, apagamos el fuego sin causar mucho daño. Tras varios retrasos en esta travesía, que resultó tediosa, llegamos a Standgate Creek en julio; y, hacia finales de año, ocurrió algún nuevo acontecimiento, de modo que mi noble capitán, el barco y yo nos separamos.
En abril de 1771 me contraté como mayordomo con el capitán Wm. Robertson del barco Grenada Planter, una vez más para probar fortuna en las Indias Occidentales; y zarpamos de Londres hacia Madeira, Barbados y las Granadinas. Cuando estuvimos en este último lugar, teniendo algunos bienes para vender, me encontré una vez más con mis antiguos clientes de las Indias Occidentales. Un hombre blanco, isleño, me compró algunos artículos por valor de algunas libras y me hizo muchas promesas hermosas como de costumbre, pero sin ninguna intención de pagarme. También había comprado productos a otros miembros de nuestra tripulación, a quienes pretendía servir de la misma manera; pero seguía entreteniéndonos con promesas. Sin embargo, cuando nuestro barco estuvo cargado y a punto de zarpar, este honesto comprador no mostró intención ni señal alguna de pagar por nada de lo que nos había comprado; sino que, por el contrario, cuando le pedí mi dinero, me amenazó a mí y a otro hombre negro a quien también le había comprado artículos, de modo que vimos que estábamos más cerca de recibir golpes que pagos. Ante esto, fuimos a quejarnos a un tal señor M'Intosh, juez de paz; le contamos a su señoría los trucos infames del hombre y le rogamos que tuviera la amabilidad de ayudarnos a obtener reparación; pero, siendo negros, aunque libres, no pudimos obtener remedio alguno; y estando nuestro barco a punto de zarpar, no sabíamos cómo ayudarnos a nosotros mismos, aunque nos parecía duro perder nuestra propiedad de esta manera. Afortunadamente para nosotros, sin embargo, este hombre también estaba en deuda con tres marineros blancos, quienes no pudieron obtener ni un céntimo de él; por lo tanto, se unieron voluntariamente a nosotros y todos fuimos juntos en su busca. Cuando encontramos dónde estaba, lo saqué de una casa y lo amenacé con vengarme; ante lo cual, al ver que probablemente sería tratado con rudeza, el pícaro nos ofreció a cada uno una pequeña compensación, pero nada cercano a nuestras exigencias. Esto nos exasperó mucho más; y algunos querían cortarle las orejas; pero él rogó encarecidamente clemencia, la cual finalmente le fue concedida, después de que lo hubiéramos despojado por completo. Entonces lo dejamos ir, por lo cual nos dio las gracias, contento de escapar tan fácilmente, y corrió hacia los arbustos, después de habernos deseado un buen viaje. Luego regresamos a bordo y poco después zarpamos hacia Inglaterra. No puedo dejar de mencionar aquí una ocasión en la que escapamos por muy poco de volar por los aires, debido a un acto de negligencia de mi parte. Justo cuando nuestro barco estaba bajo velas, bajé al camarote para hacer algunos asuntos y llevaba una vela encendida en la mano, que, en mi prisa, sin pensar, sostuve sobre un barril de pólvora. Permaneció en la pólvora hasta que estuvo cerca de prender fuego, cuando afortunadamente lo observé y la aparté a tiempo, y providencialmente no ocurrió daño alguno; pero estaba tan superado por el terror que me desmayé inmediatamente ante esta liberación.
Al cabo de veintiocho días llegamos a Inglaterra y me desembarqué de aquel barco. Pero, siendo aún de disposición errante y deseoso de ver tantas partes diferentes del mundo como pudiera, me embarqué poco después, en ese mismo año, como mayordomo a bordo de un hermoso y gran navío llamado el Jamaica, bajo el mando del capitán David Watt; y zarpamos de Inglaterra en diciembre de 1771 con destino a Nevis y Jamaica. Hallé que Jamaica era una isla muy hermosa y grande, bien poblada y la más considerable de las islas de las Indias Occidentales. Había un gran número de negros aquí, a quienes encontré, como de costumbre, sumamente oprimidos por la gente blanca, y a los esclavos castigados como en las otras islas. Hay negros cuyo oficio es azotar a los esclavos; van de un lugar a otro buscando empleo, y la paga habitual es de uno a cuatro bits. Vi muchos castigos crueles infligidos a los esclavos en el corto tiempo que permanecí allí. En particular, estuve presente cuando un pobre hombre fue atado y mantenido colgado de las muñecas a cierta distancia del suelo, y luego le fijaron unas pesas de cincuenta libras a los tobillos, postura en la que fue azotado sin piedad. También había, según oí, dos amos diferentes conocidos por su crueldad en la isla, que habían estaqueado a dos negros desnudos, y en dos horas los bichos los picaron hasta la muerte. Escuché a un caballero que conocía bien decirle a mi capitán que había sentenciado a un negro a ser quemado vivo por intentar envenenar a un capataz. Paso por alto numerosos otros ejemplos, a fin de aliviar al lector con una escena más leve de picardía. Antes de llevar mucho tiempo en la isla, un tal señor Smith, de Port Morant, me compró mercancías por valor de veinticinco libras esterlinas; pero cuando le exigí el pago, cada vez intentaba golpearme y amenazaba con meterme en la cárcel. Unas veces decía que yo iba a incendiar su casa, otras juraba que yo pretendía fugarme con sus esclavos. Me asombraba este trato por parte de una persona que gozaba de la posición de caballero, pero no tenía alternativa; por lo tanto, me vi obligado a someterme. Cuando llegué a Kingston, me sorprendió ver la cantidad de africanos que se reunían los domingos; particularmente en un lugar amplio y cómodo llamado Spring Path. Allí, cada nación diferente de África se reúne y baila al estilo de su propio país. Aún conservan la mayoría de sus costumbres nativas: entierran a sus muertos y ponen víveres, pipas y tabaco, y otras cosas, en la tumba junto al cadáver, del mismo modo que en África. Habiendo recibido nuestra carga, el barco zarpó hacia Londres, donde llegamos el mes de agosto siguiente. A mi regreso a Londres, visité a mi antiguo y buen amo, el doctor Irving, quien me ofreció nuevamente sus servicios. Estando ya cansado del mar, los acepté con gusto. Fui muy feliz viviendo con este caballero una vez más; durante ese tiempo estuvimos ocupados a diario en reducir los dominios del viejo Neptuno purificando el elemento salino y convirtiéndolo en agua dulce. Así continué hasta mayo de 1773, cuando fui incitado por el sonido de la fama a buscar nuevas aventuras y a hallar, hacia el polo norte, lo que nuestro Creador nunca pretendió que encontráramos: un paso a la India. Se estaba equipando entonces una expedición para explorar un paso del noreste, dirigida por el honorable John Constantine Phipps, posteriormente Lord Mulgrave, en el balandro de guerra de su Majestad, el Race Horse. Como mi amo estaba ansioso por la reputación de esta aventura, preparamos todo para nuestro viaje, y le acompañé a bordo del Race Horse el día 24 de mayo de 1773. Nos dirigimos a Sheerness, donde se nos unió el balandro de su Majestad, el Carcass, comandado por el capitán Lutwidge. El 4 de junio zarpamos hacia nuestro destino, el polo; y el 15 del mismo mes estábamos frente a Shetland. Ese día tuve una gran e inesperada liberación de un accidente que estuvo a punto de hacer saltar el barco por los aires y destruir a la tripulación, lo que me hizo ser inusualmente cauteloso durante el resto del viaje. El barco estaba tan lleno que apenas había espacio a bordo para nadie, lo que me colocó en una situación muy incómoda. Había resuelto llevar un diario de este singular e interesante viaje; y no tenía otro lugar para tal fin que un pequeño camarote, o el almacén del doctor, donde yo dormía. Este pequeño lugar estaba atestado de toda clase de combustibles, especialmente estopa y agua fuerte, y muchas otras cosas peligrosas. Desafortunadamente, sucedió por la tarde, mientras escribía mi diario, que tuve ocasión de sacar la vela del farol, y una chispa tocó un solo hilo de la estopa, todo lo demás prendió llama e inmediatamente el lugar entero se vio envuelto en fuego. No vi más que la muerte ante mis ojos y esperaba ser el primero en perecer en las llamas. En un momento se corrió la alarma, y muchas personas que estaban cerca corrieron a ayudar a extinguir el fuego. Todo ese tiempo estuve en medio de las llamas; mi camisa y el pañuelo que llevaba al cuello quedaron quemados, y casi me ahogo con el humo. Sin embargo, por la misericordia de Dios, cuando casi perdía toda esperanza, algunas personas trajeron mantas y colchones y los arrojaron sobre el fuego, con lo que en poco tiempo se extinguió. Fui severamente reprendido y amenazado por aquellos oficiales que se enteraron, y se me ordenó estrictamente no volver a ir allí con una luz; y, de hecho, incluso mis propios temores me hicieron prestar atención a esta orden durante algún tiempo; pero al final, al no poder escribir mi diario en ninguna otra parte del barco, me sentí tentado nuevamente a aventurarme a hurtadillas con una luz en el mismo camarote, aunque no sin un miedo y temor considerables en mi mente. El 20 de junio comenzamos a utilizar el aparato del doctor Irving para convertir el agua salada en dulce; yo solía atender la destilería: purificaba frecuentemente de veintiséis a cuarenta galones al día. El agua así destilada era perfectamente pura, de buen sabor y libre de sal; y fue utilizada en diversas ocasiones a bordo del barco. El 28 de junio, estando en la latitud 78, avistamos Groenlandia, donde me sorprendió ver que el sol no se ponía. El tiempo se volvió extremadamente frío; y mientras navegábamos entre el norte y el este, que era nuestro rumbo, vimos muchas montañas de hielo muy altas y curiosas; y también un gran número de ballenas muy grandes, que solían acercarse a nuestro barco y lanzar el agua hacia arriba a una gran altura en el aire. Una mañana tuvimos grandes cantidades de caballos marinos alrededor del barco, que relinchaban exactamente como cualquier otro caballo. Disparamos algunos arpones hacia ellos, con el fin de capturar algunos, pero no pudimos conseguir ninguno. El 30, el capitán de un barco groenlandés subió a bordo y nos habló de tres barcos que se habían perdido en el hielo; sin embargo, continuamos nuestro rumbo hasta el 11 de julio, cuando nos detuvimos ante una masa compacta e impenetrable de hielo. Navegamos a lo largo de ella de este a oeste más de diez grados; y el 27 llegamos tan al norte como 80, 37; y en 19 o 20 grados de longitud este desde Londres. Los días 29 y 30 de julio vimos una llanura continua de hielo liso e ininterrumpido, limitada solo por el horizonte; y nos amarramos a un trozo de hielo que tenía ocho yardas y once pulgadas de espesor. Por lo general teníamos sol y luz diurna constante; lo que daba alegría y novedad a todo este paisaje impactante, grandioso y poco común; y, para realzarlo aún más, el reflejo del sol sobre el hielo daba a las nubes una apariencia bellísima. Matamos muchos animales diferentes en este tiempo, y entre otros, nueve osos. Aunque no tenían nada en sus estómagos más que agua, estaban todos muy gordos. Solíamos atraerlos al barco a veces quemando plumas o pieles. Me parecieron comida basta, pero algunos de la tripulación los disfrutaron mucho. Algunos de nuestros hombres, una vez, en el bote, dispararon e hirieron a un caballo marino, que se sumergió inmediatamente; y, poco tiempo después, trajo consigo a otros tantos. Todos se unieron en un ataque contra el bote, y fue con dificultad que pudimos evitar que lo destrozaran o volcaran; pero un bote del Carcass vino a ayudar al nuestro, y tras unirse, se dispersaron después de haber arrebatado un remo a uno de los hombres. Uno de los botes del barco había sido atacado anteriormente de la misma manera, pero afortunadamente no hubo daños. Aunque herimos a varios de estos animales, nunca conseguimos más que uno. Permanecimos por allí hasta el 1 de agosto, cuando los dos barcos quedaron completamente atrapados en el hielo, debido al hielo suelto que venía del mar. Esto hizo que nuestra situación fuera muy aterradora y alarmante; de modo que el séptimo día tuvimos un gran temor de que los barcos fueran aplastados en pedazos. Los oficiales celebraron un consejo para saber qué era lo mejor que podíamos hacer para salvar nuestras vidas; y se determinó que intentaríamos escapar arrastrando nuestros botes sobre el hielo hacia el mar; el cual, sin embargo, estaba más lejos de lo que cualquiera de nosotros pensaba. Esta determinación nos llenó de extremo desaliento y nos confundió con la desesperación; pues teníamos pocas perspectivas de escapar con vida. Sin embargo, aserramos parte del hielo alrededor de los barcos para evitar que los dañara; y así los mantuvimos en una especie de estanque. Luego comenzamos a arrastrar los botes lo mejor que pudimos hacia el mar; pero, después de dos o tres días de trabajo, hicimos muy poco progreso; de modo que algunos de nuestros corazones desfallecieron por completo, y realmente comencé a darme por perdido cuando vi nuestras calamidades circundantes. Mientras estábamos en este arduo trabajo, una vez caí en un estanque que habíamos hecho entre algo de hielo suelto, y estuve muy cerca de ahogarme; pero providencialmente había personas cerca que me dieron ayuda inmediata, y así me libré de ahogarme. Nuestra condición deplorable, que mantenía el temor constante de perecer en el hielo, me llevó gradualmente a pensar en la eternidad de una manera en que nunca lo había hecho antes. Tenía los temores de la muerte sobre mí a cada hora, y me estremecía ante los pensamientos de encontrarme con el sombrío rey de los terrores en el estado natural en que me encontraba entonces, y tenía serias dudas de una eternidad feliz si moría en él. No tenía esperanzas de que mi vida se prolongara por mucho tiempo; pues veíamos que nuestra existencia no podía ser larga sobre el hielo después de abandonar los barcos, que ahora estaban fuera de la vista y a varias millas de los botes. Nuestra apariencia ahora se volvió verdaderamente lamentable; una pálida desesperación se apoderó de cada rostro; muchos, que antes habían sido blasfemos, en esta nuestra angustia comenzaron a clamar al buen Dios del cielo por su ayuda; y en el tiempo de nuestra absoluta necesidad nos escuchó, ¡y contra toda esperanza o probabilidad humana nos liberó! Fue el undécimo día de los barcos así atrapados, y el cuarto de nuestro arrastre de los botes de esta manera, cuando el viento cambió al E.N.E. El tiempo se volvió inmediatamente suave, y el hielo se rompió hacia el mar, que estaba al S.O. de nosotros. Muchos de nosotros volvimos a subir a bordo y, con todas nuestras fuerzas, remolcamos los barcos hacia cualquier agua abierta que pudimos encontrar, y desplegamos todas las velas que pudimos; y ahora, teniendo una perspectiva de éxito, hicimos señales para los botes y el resto de la gente. Esto nos pareció como un indulto de la muerte; y feliz era el hombre que podía subir primero a bordo de cualquier barco, o al primer bote que pudiera encontrar. Luego procedimos de esta manera hasta que llegamos a aguas abiertas de nuevo, lo cual logramos en unas treinta horas, para nuestro infinito gozo y alegría de corazón. Tan pronto como estuvimos fuera de peligro, echamos el ancla y reparamos; y el 19 de agosto zarpamos de esta deshabitada extremidad del mundo, donde el clima inhóspito no ofrece ni alimento ni refugio, y ni un árbol ni arbusto de ninguna clase crece entre sus rocas estériles; sino que todo es un desierto desolado y extendido de hielo, que ni siquiera los constantes rayos del sol durante seis meses al año pueden penetrar o disolver. El sol, ahora en declive, hizo que los días se acortaran mientras navegábamos hacia el sur; y, el 28, en latitud 73, oscurecía a las diez de la noche. El 10 de septiembre, en latitud 58-59, nos encontramos con un vendaval muy severo y mares agitados, y embarcamos una gran cantidad de agua en el espacio de diez horas. Esto nos hizo trabajar excesivamente duro en todas nuestras bombas durante todo un día; y una ola, que golpeó el barco con más fuerza que ninguna otra cosa que hubiera encontrado de tal tipo antes, la mantuvo bajo el agua por algún tiempo, de modo que pensamos que se hundiría. Dos botes fueron arrastrados de las botavaras, y el bote mayor de los soportes: todas las demás cosas movibles en la cubierta fueron también arrastradas, entre las cuales había muchas cosas curiosas de diferentes tipos que habíamos traído de Groenlandia; y nos vimos obligados, para aligerar el barco, a arrojar algunos de nuestros cañones por la borda. Vimos un barco, al mismo tiempo, en gran angustia, y sus mástiles habían desaparecido; pero no pudimos ayudarla. Perdimos de vista al Carcass hasta el 26, cuando vimos tierra cerca de Orfordness, frente a cuyo lugar se nos unió. Desde allí navegamos hacia Londres, y el 30 llegamos a Deptford. Y así terminó nuestro viaje al Ártico, para no pequeño gozo de todos a bordo, después de haber estado ausentes cuatro meses; tiempo en el cual, con el riesgo inminente de nuestras vidas, exploramos casi tan lejos hacia el Polo como 81 grados norte, y 20 grados longitud este; siendo mucho más lejos, según todas las cuentas, de lo que cualquier navegante se había aventurado antes; en lo cual probamos plenamente la impracticabilidad de encontrar un paso por esa vía hacia la India.
CAP. X.
_El autor deja al Doctor Irving y se compromete a bordo de un barco turco--Relato del secuestro de un hombre negro a bordo y su envío a las Indias Occidentales, y los esfuerzos infructuosos del autor para procurar su libertad--Algún relato de la manera de la conversión del autor a la fe de Jesucristo._
Habiendo terminado nuestro viaje al Polo Norte, regresé a Londres con el Doctor Irving, con quien continué por algún tiempo, durante el cual comencé a reflexionar seriamente sobre los peligros de los que había escapado, particularmente los de mi último viaje, los cuales dejaron una impresión duradera en mi mente y, por la gracia de Dios, resultaron después una misericordia para mí; me causó reflexionar profundamente sobre mi estado eterno y buscar al Señor con propósito firme de corazón antes de que fuera demasiado tarde. Me regocijé grandemente y agradecí cordialmente al Señor por dirigirme a Londres, donde estaba decidido a trabajar por mi propia salvación y, al hacerlo, obtener un título para el cielo, siendo el resultado de una mente nublada por la ignorancia y el pecado.
Con el paso del tiempo dejé a mi maestro, el doctor Irving, el purificador de aguas, y me alojé en Coventry-court, Haymarket, donde me sentía continuamente oprimido y muy preocupado por la salvación de mi alma, y estaba decidido (por mi propia fuerza) a ser un cristiano de primera categoría. Utilicé todos los medios para este propósito; y, al no poder encontrar a ninguna persona entre mis conocidos que estuviera de acuerdo conmigo en cuestiones de religión, o, en el lenguaje de las escrituras, «que me mostrara algún bien», me sentí muy abatido y no sabía dónde buscar alivio; sin embargo, primero frecuenté las iglesias vecinas, St. James's y otras, dos o tres veces al día, durante muchas semanas: aun así, salía insatisfecho; faltaba algo que no podía obtener, y realmente encontraba más alivio sincero leyendo mi Biblia en casa que asistiendo a la iglesia; y, estando resuelto a salvarme, seguí otros métodos todavía. Primero fui entre los cuáqueros, donde la palabra de Dios ni se leía ni se predicaba, de modo que permanecí tan a oscuras como siempre. Luego investigué los principios católicos romanos, pero no quedé satisfecho en lo más mínimo. Al final recurrí a los judíos, lo cual no me sirvió de nada, pues el miedo a la eternidad hostigaba diariamente mi mente, y no sabía dónde buscar refugio de la ira venidera. Sin embargo, esta fue mi conclusión: a toda costa, leer a los cuatro evangelistas, y a cualquier secta o partido que encontrara adherido a ellos, a tal me uniría. Así continué pesadamente sin guía alguna que me indicara el camino que lleva a la vida eterna. Hice preguntas a diferentes personas sobre la manera de ir al cielo, y me dijeron caminos diferentes. Aquí me sentí muy desconcertado, y no pude encontrar a nadie en aquel momento más justo que yo, o de hecho tan inclinado a la devoción. Pensé que no todos seríamos salvos (esto concuerda con las sagradas escrituras), ni todos seríamos condenados. No encontré a nadie en mi círculo de conocidos que guardara totalmente los diez mandamientos. Tan justo era yo ante mis propios ojos, que estaba convencido de que superaba a muchos de ellos en ese punto, al guardar ocho de diez; y al encontrar que aquellos que en general se hacían llamar cristianos no eran tan honestos o tan buenos en su moral como los turcos, realmente pensé que los turcos estaban en un camino de salvación más seguro que mis vecinos: de modo que entre esperanzas y temores seguí adelante, y los principales consuelos de los que disfruté fueron la trompa francesa musical, que entonces practicaba, y también el peinar cabellos. Tal fue mi situación algunos meses, experimentando la deshonestidad de muchas personas aquí. Finalmente determiné partir hacia Turquía y terminar allí mis días. Era ahora principios de la primavera de 1774. Busqué un capitán, y encontré a un capitán John Hughes, comandante de un barco llamado Anglicania, que se equipaba en el río Támesis y se dirigía a Esmirna, en Turquía. Me embarqué con él como despensero; al mismo tiempo le recomendé a un hombre negro muy inteligente, John Annis, como cocinero. Este hombre estuvo a bordo del barco cerca de dos meses cumpliendo con su deber: había vivido anteriormente muchos años con el señor William Kirkpatrick, un caballero de la isla de St. Kitts, de quien se separó por consentimiento, aunque después intentó muchos planes para engañar al pobre hombre. Había recurrido a muchos capitanes que comerciaban con St. Kitts para tenderle una trampa; y cuando todos sus intentos y planes de secuestro resultaron infructuosos, el señor Kirkpatrick vino a nuestro barco en Union Stairs el Lunes de Pascua, cuatro de abril, con dos botes de remos y seis hombres, habiéndose enterado de que el hombre estaba a bordo; y lo ataron y se lo llevaron a la fuerza del barco, en presencia de la tripulación y del primer oficial, quien lo había retenido después de haber recibido aviso de que debía marcharse. Creo que esto fue un asunto combinado: pero, en cualquier caso, ciertamente reflejó una gran desgracia para el oficial y también para el capitán, quienes, aunque habían pedido al hombre oprimido que permaneciera a bordo, no ayudaron en lo más mínimo a recuperarlo, ni me pagaron ni un penique de su salario, que era de unas cinco libras. Resulté ser el único amigo que tenía, quien intentó devolverle su libertad si era posible, habiendo conocido yo mismo la falta de libertad. Envié tan pronto como pude a Gravesend, y obtuve conocimiento del barco en el que estaba; pero, por desgracia, había zarpado con la primera marea después de que lo subieron a bordo. Mi intención fue entonces detener inmediatamente al señor Kirkpatrick, quien estaba a punto de partir hacia Escocia; y, habiendo obtenido un habeas corpus para él, y conseguido un alguacil para que fuera conmigo al cementerio de St. Paul, donde vivía, él, sospechando algo de este tipo, puso vigilancia para estar atento. El que yo fuera conocido por ellos me llevó a utilizar el siguiente engaño: me blanqueé la cara, para que no pudieran reconocerme, y esto tuvo el efecto deseado. No salió de su casa esa noche, y a la mañana siguiente ideé una estratagema bien tramada, a pesar de que tenía a un caballero en su casa para hacerse pasar por él. Mis instrucciones al alguacil, que consiguió entrar en la casa, fueron que lo condujera ante un juez, de acuerdo con la orden judicial. Cuando llegó allí, su alegato fue que no tenía al cuerpo bajo custodia, por lo que fue puesto en libertad bajo fianza. Procedí inmediatamente ante aquel filántropo, Granville Sharp, Esq., quien me recibió con la mayor amabilidad y me dio todas las instrucciones necesarias para la ocasión. Lo dejé con la plena esperanza de que obtendría la libertad del infeliz hombre, con el sentimiento más cálido de gratitud hacia el señor Sharp por su bondad; pero, ¡ay!, mi abogado resultó ser infiel; tomó mi dinero, me hizo perder muchos meses de empleo y no hizo el menor bien a la causa: y cuando el pobre hombre llegó a St. Kitts, fue, según la costumbre, clavado al suelo con cuatro pernos a través de una cuerda, dos en sus muñecas y dos en sus tobillos, fue cortado y azotado sin piedad, y después cargado cruelmente con hierros alrededor del cuello. Recibí dos cartas muy conmovedoras de él, mientras estaba en esta situación; y también me lo contaron algunas familias muy respetables ahora en Londres, que lo vieron en St. Kitts, en el mismo estado en el que permaneció hasta que la amable muerte lo liberó de las manos de sus tiranos. Durante este desagradable asunto, estuve bajo fuertes convicciones de pecado, y pensé que mi estado era peor que el de cualquier hombre; mi mente estaba inexplicablemente perturbada; a menudo deseaba la muerte, aunque al mismo tiempo estaba convencido de que no estaba en absoluto preparado para aquel terrible llamado. Sufriendo mucho por los villanos en la causa reciente, y estando muy preocupado por el estado de mi alma, estas cosas (pero particularmente la última) me hundieron mucho; de modo que me convertí en una carga para mí mismo, y veía todas las cosas a mi alrededor como vacuidad y vanidad, que no podían dar satisfacción a una conciencia atribulada. Estaba de nuevo determinado a ir a Turquía, y resolví, en aquel momento, no volver nunca más a Inglaterra. Me contraté como despensero a bordo de un barco turco (el Wester Hall, cap. Linna); pero fui impedido por medio de mi antiguo capitán, el señor Hughes, y otros. Todo esto parecía estar en mi contra, y el único consuelo que entonces experimenté fue al leer las sagradas escrituras, donde vi que «no hay nada nuevo bajo el sol», Eclesiastés i. 9; y a lo que estaba designado para mí debía someterme. Así continué viajando con mucha pesadez, y frecuentemente murmuré contra el Todopoderoso, particularmente en sus tratos providenciales; y, ¡qué terrible es pensarlo!, comencé a blasfemar, y a menudo deseaba ser cualquier cosa menos un ser humano. En estos severos conflictos, el Señor me respondió mediante terribles «visiones de la noche, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, en los sueños sobre el lecho», Job xxxiii. 15. Le plació, con mucha misericordia, darme a ver, y en cierta medida a entender, la gran y terrible escena del día del juicio, que «ninguna persona impura, ninguna cosa profana, puede entrar en el reino de Dios», Efesios v. 5. Hubiera querido entonces, si hubiera sido posible, cambiar mi naturaleza con el más humilde gusano de la tierra; y estaba dispuesto a decir a las montañas y a las rocas «caed sobre mí», Apocalipsis vi. 16; pero todo fue en vano. Entonces solicité al divino Creador que me concediera un pequeño espacio de tiempo para arrepentirme de mis locuras y viles iniquidades, que sentía que eran graves. Al Señor, en sus múltiples misericordias, le plació conceder mi petición, y estando todavía en un estado de tiempo, el sentido de las misericordias de Dios era tan grande en mi mente cuando desperté, que mis fuerzas me fallaron por completo durante muchos minutos, y estaba extremadamente débil. Esta fue la primera misericordia espiritual de la que jamás fui consciente, y estando en terreno de oración, tan pronto como recuperé un poco de fuerza, y salí de la cama y me vestí, invoqué al Cielo desde lo más profundo de mi alma, y fervientemente rogué que Dios nunca más me permitiera blasfemar su nombre más santo. El Señor, que es paciente y lleno de compasión hacia tan pobres rebeldes como somos, se dignó escuchar y responder. Sentí que era totalmente impuro, y vi claramente el mal uso que había hecho de las facultades con las que estaba dotado; me fueron dadas para glorificar a Dios; pensé, por lo tanto, que era mejor carecer de ellas aquí y entrar en la vida eterna, que abusar de ellas y ser arrojado al fuego del infierno. Recé para ser dirigido, si había alguien más santo que aquellos con quienes yo estaba familiarizado, para que el Señor me los señalara. Apelé al Escudriñador de corazones, si acaso no deseaba amarlo más y servirlo mejor. A pesar de todo esto, el lector puede fácilmente discernir, si es un creyente, que yo todavía estaba en la oscuridad de la naturaleza. Al final odié la casa en la que me alojaba, porque el nombre más santo de Dios era blasfemado en ella; entonces vi verificada la palabra de Dios, a saber: «Antes que llamen, responderé; y mientras aún hablan, yo oiré».
Tenía un gran deseo de leer la Biblia todo el día en casa; pero al no tener un lugar conveniente para el retiro, salí de la casa durante el día, antes que quedarme entre los malvados; y ese día, mientras caminaba, le plugo a Dios dirigirme a una casa donde había un anciano navegante, que experimentaba mucho del amor de Dios derramado en su corazón. Comenzó a conversar conmigo; y, como yo deseaba amar al Señor, su conversación me regocijó grandemente; y de hecho nunca había escuchado antes el amor de Cristo hacia los creyentes expuesto de tal manera, y en un punto de vista tan claro. Aquí tuve más preguntas que hacerle al hombre de las que su tiempo le permitía responder; y en aquella hora memorable entró un ministro disidente; se unió a nuestra conversación y me hizo algunas preguntas; entre otras, dónde escuchaba predicar el evangelio. Yo no sabía a qué se refería con escuchar el evangelio; le dije que había leído el evangelio: y me preguntó a qué iglesia iba, o si iba a alguna o no. A lo que respondí: «Asistí a St. James's, St. Martin's y St. Ann's, Soho»; -- «Así que», dijo él, «eres un hombre de iglesia». Respondí que sí. Entonces me invitó a una fiesta de amor en su capilla esa misma tarde. Acepté la oferta y le agradecí; y poco después de que él se marchara, tuve más conversación con el viejo cristiano, sumada a una lectura provechosa, lo que me hizo extremadamente feliz. Cuando lo dejé, me recordó que viniera a la fiesta; le aseguré que estaría allí. Así nos separamos, y sopesé la conversación celestial que había pasado entre estos dos hombres, lo que animó mi espíritu entonces pesado y decaído más que cualquier cosa que hubiera encontrado en muchos meses. Sin embargo, se me hizo largo el tiempo para ir a mi supuesto banquete. También deseaba mucho la compañía de estos hombres amistosos; su compañía me complacía mucho; y pensé que los caballeros eran muy amables al invitarme, un extraño, a una fiesta; ¡pero qué singular me pareció tenerla en una capilla! Cuando llegó la hora deseada, fui, y felizmente el anciano estaba allí, quien amablemente me sentó, ya que pertenecía al lugar. Me quedé muy asombrado al ver el lugar lleno de gente, y sin señales de comer y beber. Había muchos ministros en la compañía. Al final comenzaron entonando himnos, y entre los cantos el ministro oraba; en resumen, no sabía qué pensar de esta visión, habiendo nunca visto nada parecido en mi vida antes de ahora. Algunos de los invitados comenzaron a contar su experiencia, de acuerdo con lo que leí en las Escrituras; mucho se dijo por cada orador sobre la providencia de Dios, y sus inefables misericordias, hacia cada uno de ellos. Esto lo conocía en gran medida, y podía unirme a ellos de todo corazón. Pero cuando hablaban de un estado futuro, parecían estar totalmente seguros de su llamamiento y elección de Dios; y que nadie podría jamás separarlos del amor de Cristo, o arrebatarlos de sus manos. Esto me llenó de absoluta consternación, mezclada con admiración. Estaba tan asombrado que no sabía qué pensar de la compañía; mi corazón fue atraído y mis afectos se agrandaron. Deseaba ser tan feliz como ellos, y estaba persuadido en mi mente de que eran diferentes del mundo «que yace en la maldad», 1 Juan v. 19. Su lenguaje y canto, etc., armonizaban bien; estaba completamente superado, y deseaba vivir y morir así. Por último, algunas personas en el lugar produjeron unas cestas limpias llenas de bollos, que distribuyeron; y cada persona comulgó con su vecino, y sorbió agua de diferentes tazas, que pasaron a todos los que estaban presentes. Este tipo de compañerismo cristiano nunca lo había visto, ni nunca pensé verlo en la tierra; me recordó completamente lo que había leído en las sagradas escrituras, de los cristianos primitivos, que se amaban unos a otros y partían el pan. Al participar de ello, incluso de casa en casa, este entretenimiento (que duró unas cuatro horas) terminó en canto y oración. Fue la primera fiesta del alma en la que estuve presente. Estas últimas veinticuatro horas me produjeron cosas, espirituales y temporales, durmiendo y despierto, juicio y misericordia, que no pude sino admirar la bondad de Dios, al dirigir al pecador ciego y blasfemo por el camino que no conocía, incluso entre los justos; y en lugar de juicio ha mostrado misericordia, y escuchará y responderá las oraciones y súplicas de todo pródigo que regresa:
¡Oh, qué gran deudor a la gracia, estoy obligado a ser diariamente!
Después de esto me resolví a ganar el Cielo si fuera posible; y si perecía, pensé que debería ser a los pies de Jesús, orándole por la salvación. Después de haber sido testigo ocular de parte de la felicidad que acompañaba a aquellos que temían a Dios, no sabía cómo, con propiedad alguna, regresar a mi alojamiento, donde el nombre de Dios era continuamente profanado, ante lo cual sentía el mayor horror. Hice una pausa en mi mente durante algún tiempo, sin saber qué hacer; si alquilar una cama en otro lugar, o volver a casa. Al final, temiendo que pudiera surgir un informe malintencionado, me fui a casa, con un adiós a los juegos de cartas y las bromas vanas, etc. Vi que el tiempo era muy corto, la eternidad larga, y muy cercana, y consideré benditas solo a aquellas personas que fueran encontradas listas al llamado de medianoche, o cuando venga el Juez de todos, vivos y muertos.
Al día siguiente cobré valor y fui a Holborn, a ver a mi nuevo y digno conocido, el anciano Sr. C----; él, con su esposa, una mujer piadosa, estaban trabajando en el tejido de seda; parecían mutuamente felices, y ambos se alegraron mucho de verme, y yo más de verlos a ellos. Me senté y conversamos mucho sobre asuntos del alma, etcétera. Su discurso fue asombrosamente delicioso, edificante y agradable. Al final no sabía cómo dejar a esta pareja tan grata, hasta que el tiempo me reclamó. Al irme, me prestaron un librito titulado "La conversión de un indio". Estaba en preguntas y respuestas. El pobre hombre cruzó el mar hasta Londres para indagar sobre el Dios de los cristianos, a quien (por su rica misericordia) encontró, y su viaje no fue en vano. El libro mencionado me fue de gran utilidad y, en aquel momento, fue un medio para fortalecer mi fe; sin embargo, al despedirnos, ambos me invitaron a visitarlos cuando quisiera. Esto me deleitó y me esforcé por sacar todo el provecho que pude de ello; y en esa medida agradecí a Dios por tal compañía y tales deseos. Oré para que los muchos males que sentía en mi interior fueran eliminados, y para que pudiera apartarme de mis anteriores conocidos carnales. Esto fue escuchado y respondido rápidamente, y pronto estuve relacionado con aquellos a quienes las escrituras llaman los excelentes de la tierra. Escuché predicar el evangelio, los pensamientos de mi corazón y mis acciones fueron puestos al descubierto por los predicadores, y el camino de la salvación solo por Cristo fue expuesto de manera evidente. Así continué felizmente durante casi dos meses; y una vez escuché, durante este período, a un reverendo caballero hablar de un hombre que había partido de esta vida con la plena seguridad de que iba a la gloria. Me quedé muy asombrado por la afirmación; e inquirí muy deliberadamente cómo podía llegar a tener ese conocimiento. Se me respondió plenamente, de acuerdo con lo que leí en los oráculos de la verdad; y también se me dijo que, si no experimentaba el nuevo nacimiento y el perdón de mis pecados, a través de la sangre de Cristo, antes de morir, no podría entrar en el reino de los cielos. No sabía qué pensar de este informe, pues creía que guardaba ocho mandamientos de cada diez; entonces mi digno intérprete me dijo que no lo hacía, ni podía hacerlo; y añadió que ningún hombre jamás cumplió ni podría cumplir los mandamientos, sin ofender en un punto. Pensé que esto sonaba muy extraño y me desconcertó mucho durante muchas semanas; pues me pareció una sentencia dura. Entonces le pregunté a mi amigo, el Sr. L----d, quien era empleado en una capilla, por qué fueron dados los mandamientos de Dios, si no podíamos ser salvos por ellos. A lo que respondió: "La ley es un maestro de escuela para traernos a Cristo", quien solo podía cumplir y cumplió los mandamientos, y satisfizo todos sus requisitos para su pueblo elegido, incluso aquellos a quienes había dado una fe viva, y los pecados de esos vasos escogidos ya habían sido expiados y perdonados mientras vivían; y si yo no experimentaba lo mismo antes de mi partida, el Señor me diría en aquel gran día: "Apartaos de mí, malditos", etcétera, etcétera, pues Dios aparecería fiel en sus juicios hacia los impíos, como sería fiel al mostrar misericordia a aquellos que fueron ordenados para ella antes de que el mundo existiera; por tanto, Cristo Jesús parecía ser todo en todos para el alma de aquel hombre. Quedé muy herido por este discurso y me vi en tal dilema como nunca esperé. Le pregunté si, de morir en aquel momento, ¿estaba seguro de entrar en el reino de Dios?, y añadí: "¿Sabe usted que sus pecados le han sido perdonados?". Respondió afirmativamente. Entonces la confusión, la ira y el descontento se apoderaron de mí, y vacilé mucho ante este tipo de doctrina; me dejó paralizado, sin saber qué creer, si la salvación por las obras o solo por la fe en Cristo. Le pedí que me dijera cómo podría saber cuándo mis pecados me habían sido perdonados. Me aseguró que no podía, y que nadie más que Dios solo podía hacer eso. Le dije que era muy misterioso; pero dijo que era realmente una cuestión de hecho, y citó muchas porciones de la escritura directamente al punto, a las cuales no pude dar respuesta. Entonces me pidió que orara a Dios para que me mostrara estas cosas. Respondí que oraba a Dios todos los días. Dijo: "Percibo que usted es un hombre de iglesia". Respondí que lo era. Entonces me suplicó que le rogara a Dios que me mostrara lo que yo era y el verdadero estado de mi alma. Me pareció que la oración era muy corta y extraña; así que nos despedimos por esa vez. Reflexioné bien sobre todas estas cosas y no pude evitar pensar cómo era posible para un hombre saber que sus pecados le habían sido perdonados en esta vida. Deseé que Dios me revelara este mismo hecho. Poco tiempo después, fui a la capilla de Westminster; el reverendo Sr. P---- predicó sobre Lamentaciones iii. 39. Fue un sermón maravilloso; mostró claramente que un hombre vivo no tenía motivos para quejarse por el castigo de sus pecados; justificó evidentemente al Señor en todos sus tratos con los hijos de los hombres; también mostró la justicia de Dios en el castigo eterno de los impíos e impenitentes. El discurso me pareció como una espada de dos filos cortando en todas direcciones; me proporcionó mucha alegría, entremezclada con muchos temores, sobre mi alma; y cuando terminó, anunció que pretendía, la semana siguiente, examinar a todos aquellos que quisieran asistir a la mesa del Señor. Ahora pensaba mucho en mis buenas obras, y al mismo tiempo dudaba de ser un objeto apropiado para recibir el sacramento; estuve lleno de meditación hasta el día del examen. Sin embargo, fui a la capilla y, aunque muy angustiado, me dirigí al reverendo caballero, pensando que, si no estaba en lo correcto, él se esforzaría por convencerme de ello. Cuando conversé con él, lo primero que me preguntó fue qué sabía de Cristo. Le dije que creía en él y que había sido bautizado en su nombre. "Entonces", dijo, "¿cuándo fue traído al conocimiento de Dios? y ¿cómo fue convencido de pecado?". No sabía qué quería decir con esas preguntas; le dije que guardaba ocho mandamientos de diez; pero que a veces juraba a bordo del barco, y a veces cuando estaba en tierra, y quebrantaba el día de reposo. Entonces me preguntó si sabía leer. Respondí: "Sí". "Entonces", dijo, "¿no lee en la biblia que el que ofende en un punto es culpable de todo?". Dije: "Sí". Entonces me aseguró que un pecado no expiado era tan suficiente para condenar un alma como una vía de agua lo era para hundir un barco. Aquí quedé sobrecogido por el temor; pues el ministro me exhortó mucho y me recordó la brevedad del tiempo y la longitud de la eternidad, y que ninguna alma no regenerada, o cualquier cosa impura, podía entrar en el reino de los Cielos. No me admitió como comulgante, pero me recomendó leer las escrituras y escuchar la palabra predicada, no descuidar la oración ferviente a Dios, quien ha prometido escuchar las súplicas de aquellos que lo buscan con piadosa sinceridad; así que me despedí de él, con muchas gracias, y resolví seguir su consejo, en la medida en que el Señor se dignara capacitarme. Durante este tiempo estuve sin empleo, ni parecía probable que consiguiera una situación adecuada para mí, lo que me obligó a ir una vez más al mar. Me contraté como mayordomo de un barco llamado el Hope, del capitán Richard Strange, con destino de Londres a Cádiz, en España. Poco tiempo después de estar a bordo, escuché el nombre de Dios muy blasfemado, y temí mucho no caer en la horrible infección. Pensé que si pecaba de nuevo, después de tener la vida y la muerte puestas evidentemente ante mí, ciertamente iría al infierno. Mi mente estaba inusualmente contrariada, y murmuré mucho contra los tratos providenciales de Dios conmigo, y estaba descontento con los mandamientos, pues no podía ser salvado por lo que había hecho; odiaba todas las cosas y deseaba no haber nacido nunca; la confusión me invadió y deseé ser aniquilado. Un día estaba de pie en el borde mismo de la popa del barco, pensando en ahogarme; pero esta escritura fue instantáneamente impresa en mi mente: "que ningún asesino tiene vida eterna permaneciendo en él", 1 Juan iii. 15. Entonces hice una pausa y me consideré el hombre más infeliz que vivía. De nuevo me convencí de que el Señor era mejor conmigo de lo que merecía, y que estaba mejor en el mundo que muchos. Después de esto comencé a temer a la muerte; me inquieté, lamenté y oré, hasta convertirme en una carga para los demás, pero más aún para mí mismo. Al final decidí pedir mi pan en tierra antes que volver al mar entre personas que no temían a Dios, y le rogué al capitán tres veces que me despidiera; no quiso, pero cada vez me dio mayor ánimo para continuar con él, y todos a bordo me mostraron una gran civilidad: a pesar de todo esto, no estaba dispuesto a embarcarme de nuevo. Al final, algunos de mis amigos religiosos me aconsejaron, diciendo que era mi vocación legítima, por consiguiente era mi deber obedecer, y que Dios no estaba limitado a un lugar, etcétera, etcétera, particularmente el Sr. G.S., el gobernador de Tothil-fields Bridewell, quien se apiadó de mi caso y me leyó el undécimo capítulo de los Hebreos, con exhortaciones. Oró por mí, y creí que prevaleció en mi favor, ya que mi carga fue entonces grandemente eliminada, y encontré una sincera resignación a la voluntad de Dios. El buen hombre me dio una Biblia de bolsillo y la "Alarma a los inconversos" de Allen. Nos despedimos, y al día siguiente volví a bordo. Zarpamos hacia España y encontré favor con el capitán. Era el cuatro del mes de septiembre cuando zarpamos de Londres; tuvimos un viaje delicioso a Cádiz, donde llegamos el veintitrés del mismo mes. El lugar es fuerte, domina una hermosa vista y es muy rico. Los galeones españoles frecuentan ese puerto, y algunos llegaron mientras estábamos allí. Tuve muchas oportunidades de leer las escrituras. Luché duramente con Dios en oración ferviente, quien había declarado en su palabra que escucharía los gemidos y profundos suspiros de los pobres de espíritu. Encontré esto verificado para mi absoluto asombro y consuelo de la siguiente manera:
En la mañana del 6 de octubre (les ruego que presten atención), o durante todo ese día, pensé que vería o escucharía algo sobrenatural. Tuve un impulso secreto en mi mente de algo que iba a suceder, que me llevó continuamente durante ese tiempo a un trono de gracia. Plugo a Dios capacitarme para luchar con él, como lo hizo Jacob: oré para que si la muerte repentina sucediera, y yo pereciera, fuera a los pies de Cristo.
En la tarde del mismo día, mientras leía y meditaba sobre el cuarto capítulo de los Hechos, versículo doce, bajo las solemnes aprensiones de la eternidad, y reflexionando sobre mis acciones pasadas, comencé a pensar que había vivido una vida moral, y que tenía una base adecuada para creer que tenía un interés en el favor divino; pero aun meditando sobre el tema, sin saber si la salvación se obtenía en parte por nuestras propias buenas obras, o únicamente como el don soberano de Dios; en esta profunda consternación plugo al Señor irrumpir en mi alma con sus brillantes rayos de luz celestial; y en un instante, por así decirlo, retirando el velo y dejando entrar luz en un lugar oscuro, vi claramente con el ojo de la fe al Salvador crucificado sangrando en la cruz en el monte Calvario: las escrituras se convirtieron en un libro abierto, me vi a mí mismo como un criminal condenado bajo la ley, que vino con toda su fuerza a mi conciencia, y cuando "vino el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí", vi al Señor Jesucristo en su humillación, cargado y llevando mi oprobio, pecado y vergüenza. Entonces percibí claramente que por las obras de la ley ninguna carne viviente podría ser justificada. Entonces me convencí de que por el primer Adán vino el pecado, y por el segundo Adán (el Señor Jesucristo) todos los que son salvos deben ser vivificados. Me fue dado en ese momento saber lo que era nacer de nuevo, Juan iii. 5. Vi el octavo capítulo a los Romanos, y las doctrinas de los decretos de Dios, verificadas de acuerdo con sus eternos, perdurables e inmutables propósitos. La palabra de Dios era dulce a mi gusto, sí, más dulce que la miel y el panal. Cristo fue revelado a mi alma como el más distinguido entre diez mil. Estos momentos celestiales fueron realmente como vida para los muertos, y lo que Juan llama una prenda del Espíritu. Esto fue verdaderamente inefable, e indudablemente innegable por muchos. Ahora, cada circunstancia providencial importante que me sucedió, desde el día en que fui arrebatado de mis padres hasta esa hora, estaba entonces ante mi vista, como si hubiera ocurrido apenas en ese momento. Era sensible a la mano invisible de Dios, que me guio y protegió cuando en verdad no lo sabía: aun así el Señor me persiguió aunque lo menosprecié y desprecié; esta misericordia me derritió. Cuando consideré mi pobre y miserable estado, lloré, viendo qué gran deudor era a la gracia soberana y gratuita. Ahora el etíope estaba dispuesto a ser salvado por Jesucristo, el único fiador del pecador, y también a no confiar en ninguna otra persona o cosa para la salvación. El yo era detestable, y buenas obras no tenía ninguna, porque es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer. Las asombrosas cosas de esa hora nunca podrán ser contadas: ¡era alegría en el Espíritu Santo! Sentí un cambio asombroso; la carga del pecado, las fauces abiertas del infierno y los temores de la muerte, que me abrumaban antes, ahora perdieron su horror; de hecho, pensé que la muerte sería ahora el mejor amigo terrenal que jamás tuve. Tales fueron mi dolor y alegría que creo que rara vez se experimentan. Estaba bañado en lágrimas y decía: ¿Qué soy yo para que Dios me mire así, siendo yo el más vil de los pecadores? Sentí una profunda preocupación por mi madre y mis amigos, lo que me llevó a orar con renovado ardor; y, en el abismo del pensamiento, vi a las personas inconversas del mundo en un estado muy terrible, estando sin Dios y sin esperanza.
Plugo a Dios derramar sobre mí el Espíritu de oración y la gracia de súplica, de modo que en fuertes aclamaciones fui capacitado para alabar y glorificar su nombre santísimo. Cuando salí del camarote y les conté a algunas personas lo que el Señor había hecho por mí, ay, ¿quién podría entenderme o creer mi informe? Nadie, sino a quien el brazo del Señor fue revelado. Me convertí en un bárbaro para ellos al hablar del amor de Cristo: su nombre era para mí como ungüento derramado; de hecho, era dulce para mi alma, pero para ellos una piedra de tropiezo. Pensé que mi caso era singular, y cada hora un día hasta que llegué a Londres, pues anhelaba mucho estar con algunos a quienes pudiera contarles las maravillas del amor de Dios hacia mí, y unirme en oración a aquel a quien mi alma amaba y por quien estaba sedienta. Tuve conmociones internas poco comunes, tales como pocos pueden explicar. Ahora la biblia era mi única compañera y consuelo; la valoré mucho, con muchas gracias a Dios de que pudiera leerla por mí mismo, y no fuera dejado para ser zarandeado o guiado por los artificios y nociones del hombre. El valor de un alma no puede ser dicho; que el Señor le dé al lector un entendimiento en esto. Cada vez que miraba la biblia veía cosas nuevas, y muchos textos fueron inmediatamente aplicados a mí con gran consuelo, pues sabía que a mí era enviada la palabra de salvación. Estaba seguro de que el Espíritu que dictó la palabra abrió mi corazón para recibir la verdad de ella tal como es en Jesús; que el mismo Espíritu me capacitó para ejercer fe sobre las promesas que eran tan preciosas para mí, y me capacitó para creer para la salvación de mi alma. Por gracia gratuita fui persuadido de que tenía parte en la primera resurrección, y fui "alumbrado con la luz de los vivientes", Job xxxiii. 30. Deseé un hombre de Dios con quien pudiera conversar: mi alma era como los carros de Aminadab, Cantares vi. 12. Estas, entre otras, fueron las preciosas promesas que me fueron tan poderosamente aplicadas: "Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis", Mat. xxi. 22. "La paz os dejo, mi paz os doy", Juan xiv. 27. Vi al bendito Redentor como la fuente de vida y el pozo de salvación. Lo experimenté todo en todos; él me había llevado por un camino que no conocía, y había enderezado las sendas torcidas. Entonces, en su nombre, levanté mi Ebenezer, diciendo: Hasta aquí me ha ayudado; y pude decir a los pecadores que me rodeaban: ¡Mirad qué Salvador tengo! Así fui, mediante la enseñanza de esa deidad gloriosísima, el gran Uno en Tres, y Tres en Uno, confirmado en las verdades de la biblia, esos oráculos de verdad eterna, sobre los cuales toda alma viviente debe sostenerse o caer eternamente, de acuerdo con Hechos iv. 12: "Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos, sino solo Cristo Jesús". ¡Que Dios le dé al lector un recto entendimiento en estos hechos! Para el que cree, todas las cosas son posibles, pero para los incrédulos nada es puro, Tito i. 15. Durante este período permanecimos en Cádiz hasta que nuestro barco estuvo cargado. Zarpamos alrededor del cuatro de noviembre; y, teniendo un buen pasaje, llegamos a Londres el mes siguiente, para mi consuelo, con sentida gratitud a Dios por sus ricas e inefables misericordias. A mi regreso solo tenía un texto que me desconcertaba, o con el que el diablo intentaba abofetearme, a saber, Rom. xi. 6; y, como había oído hablar del reverendo Sr. Romaine y su gran conocimiento de las escrituras, deseé mucho escucharlo predicar. Un día fui a la iglesia de Blackfriars y, para mi gran satisfacción y sorpresa, predicó sobre ese mismo texto. Mostró muy claramente la diferencia entre las obras humanas y la elección gratuita, que es según la voluntad y el beneplácito soberano de Dios. Estas buenas nuevas me pusieron enteramente en libertad, y salí de la iglesia regocijado, viendo que mis manchas eran las de los hijos de Dios. Fui a la Capilla de Westminster y vi a algunos de mis viejos amigos, quienes se alegraron al percibir el cambio maravilloso que el Señor había obrado en mí, particularmente el Sr. G---- S----, mi digno conocido, quien era un hombre de espíritu selecto y tenía gran celo por el servicio del Señor. Disfruté de su correspondencia hasta que murió en el año 1784. Fui examinado de nuevo en esa misma capilla y fui recibido en la comunión de la iglesia entre ellos: me regocijé en espíritu, haciendo melodía en mi corazón al Dios de todas mis misericordias. Ahora mi único deseo era ser disuelto y estar con Cristo; pero, ¡ay!, debo esperar mi tiempo señalado.
* * * * *
VERSOS MISCELÁNEOS,
o
Reflexiones sobre el estado de mi mente durante mis primeras convicciones; de la necesidad de creer la Verdad, y experimentar los inestimables beneficios del Cristianismo.
Bien puedo decir que mi vida ha sido Una escena de tristeza y de dolor; Desde mis primeros días he conocido pesares, Y a medida que crecía, mis pesares crecían:
Los peligros siempre estuvieron en mi camino; Y el miedo a la ira, y a veces a la muerte; Mientras la pálida tristeza reinaba en mí, A menudo lloraba, constreñido por el dolor.
Cuando fui arrancado de mi tierra natal, Por una banda injusta y cruel, ¡Cómo prevaleció un temor inusual! Mis suspiros ya no pude ocultar.
«Para aliviar mi mente me esforcé a menudo, E intenté quitar mi problema: Canté, y proferí suspiros entre tanto-- Intenté sofocar la culpa con el pecado.
«¡Pero oh! no todo lo que pude hacer Detendría la corriente de mi aflicción; La convicción aún mostraba mi vileza; ¡Cuán grande mi culpa--cuán perdido de Dios!
«Impedido, de que no pudiera morir, Ni pudiera volar a un refugio amable; Un estado de huérfano tuve que lamentar,-- Abandonado por todos, y dejado desamparado».
Aquellos que contemplaban mi semblante abatido No podían adivinar mis pesares invisibles: Ellos por la apariencia no podían saber Los problemas por los que vadeaba.
«Lujuria, ira, blasfemia y orgullo, Con legiones de tales males además, Turbaban mis pensamientos», mientras dudas y temores Nublaban y oscurecían la mayoría de mis años.
«Los suspiros ya no estarían confinados-- Respiraban el problema de mi mente: Deseaba la muerte, pero refrenaba la palabra, Y a menudo oraba al Señor».
Infeliz, más que algunos en la tierra, Pensé en el lugar que me dio a luz-- Extraños pensamientos oprimían--mientras yo respondía «¿Por qué no morí en Etiopía?»
¿Y por qué así perdonado, cerca del infierno?-- Dios solo sabía--¡yo no podía decirlo! «Una cerca tambaleante, un muro inclinado Me creí desde la caída».
«A menudo meditaba, cerca de la desesperación, Mientras los pájaros melodiosos llenaban el aire: ¡Tres veces felices cantores, siempre libres, Cuán benditos eran comparados conmigo!»
Así todas las cosas añadían a mi dolor, Mientras el pesar me obligaba a quejarme; Cuando las nubes oscuras comenzaron a elevarse Mi mente se volvió más oscura que los cielos.
La nación inglesa llamada a dejar, ¡Cómo mi pecho se agitaba con pesares! Anhelaba el descanso--gritaba «¡Ayúdame, Señor! ¡Alguna mitigación, Señor, provee!»
Sin embargo adelante, abatido, aún iba-- Pesares palpitantes de corazón estaban reprimidos; Ni la tierra, ni el mar, podían dar consuelo, Nada aliviaría mi mente ansiosa.
Cansado de trabajar, aunque desconocido Para todos excepto para Dios y para mí solo, Numerosos meses me esforcé por la paz, Y numerosos enemigos tuve que probar.
Inureado a peligros, pesares y aflicciones, Entrenado en medio de peligros, muertes y enemigos, Dije «¿Debe ser así siempre?-- No se me permite tranquilidad».
¡Duro destino, y más que pesado lote! Oré a Dios «No me olvides-- Lo que ordenes, dispuesto lo soportaré; ¡Pero oh! ¡líbrame de la desesperación!»
Los esfuerzos y luchas parecían en vano; Nada de lo que hice pudo aliviar mi dolor: ¡Entonces renuncié a mis obras y voluntad, Confesé y reconocí que mi destino era el infierno!
Como algún pobre prisionero en la barra, Consciente de culpa, de pecado y miedo, Arraigado, y autocondenado, estaba-- ¡'Perdido en el mundo, y en mi sangre!'
Sin embargo, aquí, en medio de las nubes más negras confinado, Un rayo de Cristo, la estrella del día, brilló; Seguramente, pensé, si Jesús quiere, Él puede de una vez firmar mi liberación.
Yo, ignorante de su justicia, Establecí mis labores en su lugar; 'Olvidé por qué fue derramada su sangre, Y oré y ayuné en su lugar'.
¡Él murió por los pecadores--yo soy uno! ¿No podría su sangre expiar por mí? Aunque no soy nada más que pecado, ¡Sin embargo, seguramente él puede limpiarme!
Así vino la luz, y creí; ¡Me olvidé de mí mismo, y recibí ayuda! Entonces supe que encontré a mi Salvador, Pues, aliviado de la culpa, ya no gemí más.
¡Oh, feliz hora, en la que cesé De lamentarme, pues entonces encontré un descanso! Mi alma y Cristo eran ahora como uno-- ¡Tu luz, oh Jesús, en mí brilló!
Bendito sea tu nombre, pues ahora sé Que yo y mis obras nada podemos hacer; «¡El Señor solo puede rescatar al hombre-- Para esto el Cordero sin mancha fue sacrificado!»
Cuando los sacrificios, obras y oración, Resultaron vanos, e ineficaces fueron, «¡He aquí, entonces vengo!» el Salvador gritó, ¡Y, sangrando, inclinó su cabeza y murió!
Él murió por todos los que alguna vez vieron Ninguna ayuda en ellos, ni por la ley:-- Yo esto he visto; y alegremente reconozco «¡La salvación es solo por Cristo[W]!»
NOTAS AL PIE:
[Nota al pie V: Juan xvi. 13, 14. &c.]
[Nota al pie W: Hechos iv. 12.]
CAP. XI.
_El autor se embarca a bordo de un barco con destino a Cádiz--Está cerca de naufragar--Va a Málaga--Notable hermosa catedral allí--El autor discute con un sacerdote papista--Recogiendo a once hombres miserables en el mar al regresar a Inglaterra--Se compromete de nuevo con el Doctor Irving para acompañarlo a Jamaica y a la Costa de los Mosquitos--Se encuentra con un príncipe indio a bordo--El autor intenta instruirlo en las verdades del Evangelio--Frustrado por el mal ejemplo de algunos en el barco--Llegan a la Costa de los Mosquitos con algunos esclavos que compraron en Jamaica, y comienzan a cultivar una plantación--Algo de cuenta de los modales y costumbres de los indios Mosquitos--Exitoso dispositivo del autor para sofocar un motín entre ellos--Curioso entretenimiento dado por ellos al Doctor Irving y al autor, quien abandona la costa y va a Jamaica--Es tratado bárbaramente por un hombre con quien se comprometió para su pasaje--Escapa y va al almirante Mosquito, quien lo trata amablemente--Consigue otro barco y sube a bordo--Instancias de mal trato--Se encuentra con el Doctor Irving--Llega a Jamaica--Es engañado por su capitán--Deja al Doctor y se va para Inglaterra._
Cuando nuestro barco estuvo listo para el mar de nuevo, fui rogado por el capitán para ir en él una vez más; pero, como me sentía ahora tan feliz como podía desear ser en esta vida, por algún tiempo me negué; sin embargo, el consejo de mis amigos finalmente prevaleció; y, en plena resignación a la voluntad de Dios, me embarqué de nuevo para Cádiz en marzo de 1775. Tuvimos un muy buen viaje, sin ningún accidente material, hasta que llegamos frente a la Bahía de Cádiz; cuando un domingo, justo cuando íbamos a entrar en el puerto, el barco golpeó contra una roca y desprendió una tabla de sentina, que es la siguiente a la quilla. En un instante todos los hombres estaban en la mayor confusión, y comenzaron con fuertes gritos a llamar a Dios para que tuviera misericordia de ellos. Aunque no podía nadar, y no veía forma de escapar de la muerte, no sentí ningún temor en mi situación entonces, no teniendo deseo de vivir. Incluso me regocijé en espíritu, pensando que esta muerte sería gloria repentina. Pero la plenitud del tiempo aún no había llegado. La gente cerca de mí estaba muy asombrada al verme tan tranquilo y resignado; pero les hablé de la paz de Dios, que por gracia soberana disfrutaba, y estas palabras estaban en ese instante en mi mente:
«Cristo es mi piloto sabio, mi brújula es su palabra; Mi alma desafía cada tormenta, mientras tenga tal Señor. Confío en su fidelidad y poder, Para salvarme en la hora de prueba. Aunque rocas y arenas movedizas profundas a través de todo mi pasaje yacen, Sin embargo, Cristo mantendrá y guiará con seguridad con su ojo. ¿Cómo puedo hundirme con tal apoyo, Que sostiene el mundo y todas las cosas?»
En este momento había muchos grandes flukers o barcos de pasaje españoles llenos de gente cruzando el canal; quienes viendo nuestra condición, un número de ellos vino junto a nosotros. Tantos hombres como pudieron ser empleados comenzaron a trabajar; algunos en nuestras tres bombas, y el resto descargando el barco tan rápido como fuera posible. Habiendo solo una única roca llamada el Porpus en la que golpeamos, pronto salimos de ella, y providencialmente era entonces marea alta, por lo tanto llevamos el barco a tierra en el lugar más cercano para evitar que se hundiera. Después de muchas mareas, con mucho cuidado e industria, logramos repararlo de nuevo. Cuando terminamos nuestros asuntos en Cádiz, fuimos a Gibraltar, y desde allí a Málaga, una ciudad muy agradable y rica, donde hay una de las catedrales más hermosas que jamás había visto. Había llevado más de cincuenta años en construcción, según escuché, aunque no estaba entonces del todo terminada; gran parte del interior, sin embargo, estaba completado y altamente decorado con las más ricas columnas de mármol y muchas pinturas magníficas; era iluminada ocasionalmente por un número asombroso de velas de cera de diferentes tamaños, algunas de las cuales eran tan gruesas como el muslo de un hombre; estas, sin embargo, solo se usaban en algunos de sus grandes festivales.
Me quedé muy conmocionado por la costumbre de la corrida de toros, y otras diversiones que prevalecían aquí los domingos por la noche, para gran escándalo del cristianismo y la moral. Solía expresar mi aborrecimiento por ello a un sacerdote con quien me encontré. Tuve frecuentes disputas sobre religión con el reverendo padre, en las cuales él se tomó grandes molestias para hacerme un prosélito de su iglesia; y yo no menos para convertirlo a la mía. En estas ocasiones solía sacar mi Biblia, y mostrarle en qué puntos su iglesia erraba. Él entonces dijo que había estado en Inglaterra, y que cada persona allí leía la Biblia, lo cual estaba muy mal; pero yo le respondí que Cristo deseaba que escudriñáramos las Escrituras. En su celo por mi conversión, me solicitó que fuera a una de las universidades en España, y declaró que tendría mi educación gratis; y me dijo, si me hacía sacerdote, podría con el tiempo llegar a ser incluso papa; y que el Papa Benedicto era un hombre negro. Como siempre estuve deseoso de aprender, hice una pausa por algún tiempo sobre esta tentación; y pensé que siendo astuto podría atrapar a algunos con engaño; pero comencé a pensar que sería solo hipocresía en mí aceptar su oferta, ya que no podía en conciencia conformarme a las opiniones de su iglesia. Fui por tanto capacitado para considerar la palabra de Dios, que dice: 'Salid de entre ellos', y rechacé la oferta del Padre Vincent. Así nos separamos sin convicción en ninguno de los lados.
Habiendo tomado en este lugar algunos vinos finos, frutas y dinero, procedimos a Cádiz, donde tomamos cerca de dos toneladas más de dinero, etc., y luego navegamos para Inglaterra en el mes de junio. Cuando estábamos alrededor de la latitud norte 42, tuvimos viento contrario por varios días, y el barco no hizo en ese tiempo más que seis o siete millas de curso recto. Esto hizo al capitán extremadamente irritable y malhumorado: y me dio mucha pena escuchar el nombre más santo de Dios a menudo blasfemado por él. Un día, mientras estaba en ese humor impío, un joven caballero a bordo, que era pasajero, le reprochó, y dijo que actuaba mal; pues deberíamos estar agradecidos a Dios por todas las cosas, ya que no nos faltaba nada a bordo; y aunque el viento era contrario para nosotros, sin embargo era favorable para otros, que, quizás, tenían más necesidad de él que nosotros. Inmediatamente secundé a este joven caballero con algo de audacia, y dije que no teníamos la menor causa para murmurar, pues el Señor era mejor para nosotros de lo que merecíamos, y que él había hecho todas las cosas bien. Esperaba que el capitán estuviera muy enojado conmigo por hablar, pero no respondió ni una palabra. Sin embargo, antes de esa hora el día siguiente, siendo el 21 de junio, para nuestro gran gozo y asombro, vimos la mano providencial de nuestro benigno Creador, cuyos caminos con sus criaturas ciegas están más allá de la comprensión. La noche anterior soñé que veía un bote inmediatamente fuera de las jarcias principales de estribor; y exactamente a la una y media de la tarde del día siguiente, mientras estaba abajo, justo cuando habíamos cenado en la cabina, el hombre al timón gritó, ¡Un bote!, lo que trajo mi sueño a mi mente en ese instante. Fui el primer hombre que saltó a la cubierta; y, mirando desde las jarcias hacia adelante, según mi sueño, divisé un pequeño bote a cierta distancia; pero, como las olas estaban altas, era tanto como podíamos hacer a veces para discernirla; sin embargo, detuvimos el avance del barco, y el bote, que era extremadamente pequeño, vino junto a nosotros con once hombres miserables, a quienes tomamos a bordo inmediatamente. A toda apariencia humana, esta gente debía haber perecido en el transcurso de una hora o menos, siendo el bote pequeño, apenas los contenía. Cuando los recogimos estaban medio ahogados, y no tenían víveres, brújula, agua, ni ninguna otra necesidad en absoluto, y solo tenían un pedazo de remo para gobernar, y eso directamente frente al viento; de modo que estaban obligados a confiar enteramente en la misericordia de las olas. Tan pronto como los tuvimos a todos a bordo, se inclinaron sobre sus rodillas, y, con las manos y voces levantadas al cielo, agradecieron a Dios por su liberación; y confío en que mis oraciones no faltaron entre ellos al mismo tiempo. Esta misericordia del Señor me derritió por completo, y recordé sus palabras, que vi así verificadas en el Salmo 107 'Dad gracias al Señor, porque él es bueno, porque su misericordia perdura para siempre. Hambrientos y sedientos, sus almas desfallecían en ellos. Clamaron al Señor en su problema, y él los libró de sus angustias. Y los llevó por el camino recto, para que pudieran ir a una ciudad de habitación. ¡Oh, que los hombres alaben al Señor por su bondad y por sus obras maravillosas para con los hijos de los hombres! Porque él satisface al alma anhelante, y llena de bondad al alma hambrienta.
'Aquellos que se sientan en tinieblas y en la sombra de la muerte:
'Entonces clamaron al Señor en su problema, y él los salvó de sus angustias. Los que descienden al mar en barcos; que hacen negocios en grandes aguas: estos ven las obras del Señor, y sus maravillas en lo profundo. El que es sabio y observará estas cosas, incluso ellos entenderán la benignidad del Señor'.
El pobre capitán angustiado dijo, 'que el Señor es bueno; pues, viendo que no soy apto para morir, él por lo tanto me dio un espacio de tiempo para arrepentirme'. Me alegré mucho de escuchar esta expresión, y aproveché una oportunidad cuando fue conveniente de hablarle sobre la providencia de Dios. Nos dijeron que eran portugueses, y estaban en un bergantín cargado de maíz, que se desplazó esa mañana a las cinco, debido a lo cual el barco se hundió en ese instante con dos de la tripulación; y cómo estos once llegaron al bote (que estaba amarrado a la cubierta) ninguno de ellos pudo decirlo. Les proveímos de todo lo necesario, y los trajimos a todos a salvo a Londres: y espero que el Señor les haya dado arrepentimiento para vida eterna.
Una vez más me hallé feliz entre mis amigos y hermanos hasta noviembre, cuando mi viejo amigo, el célebre doctor Irving, compró una balandra extraordinariamente hermosa de unas 150 toneladas. Tenía la intención de emprender una nueva aventura cultivando una plantación en Jamaica y en la Costa de los Mosquitos; me pidió que lo acompañara y dijo que preferiría confiarme su hacienda a mí antes que a nadie. Por consejo de mis amigos, pues, acepté la oferta, sabiendo que la cosecha estaba plenamente madura en aquellas partes, y esperaba ser el instrumento, bajo Dios, de llevar a algún pobre pecador a mi muy amado maestro, Jesucristo. Antes de embarcar, encontré con el doctor a cuatro indios misquitos, que eran jefes en su propio país y habían sido traídos allí por unos comerciantes ingleses con fines egoístas. Uno de ellos era el hijo del rey misquito, un joven de unos dieciocho años de edad; mientras estuvo aquí fue bautizado con el nombre de George. Regresaban a expensas del gobierno después de haber estado en Inglaterra unos doce meses, durante los cuales aprendieron a hablar un inglés bastante bueno. Cuando hablé con ellos unos ocho días antes de zarpar, me sentí muy mortificado al descubrir que no habían frecuentado ninguna iglesia desde que estaban allí para ser bautizados, ni se había prestado atención alguna a su moral. Lamenté mucho este falso cristianismo y tuve apenas la oportunidad de llevar a algunos de ellos una vez a la iglesia antes de que partiéramos. Embarcamos en el mes de noviembre de 1775 a bordo de la balandra Morning Star, del capitán David Miller, y navegamos hacia Jamaica. Durante el viaje, puse todo el empeño posible en instruir al príncipe indio en las doctrinas del cristianismo, de las cuales era totalmente ignorante; y, para mi gran alegría, se mostró muy atento y recibió con regocijo las verdades que el Señor me permitió exponerle. En el transcurso de once días le enseñé todas las letras, e incluso pudo juntar dos o tres de ellas y deletrearlas. Yo tenía el Libro de los mártires de Fox con grabados, y solía ser muy aficionado a mirarlo, y me hacía muchas preguntas sobre las crueldades papales que veía representadas allí, las cuales yo le explicaba. Hice tales progresos con este joven, especialmente en la religión, que cuando yo solía irme a la cama a diferentes horas de la noche, si él estaba en la suya, se levantaba a propósito para orar conmigo, sin más ropa que su camisa; y antes de probar bocado de sus comidas entre los caballeros en el camarote, primero venía a mí para orar, como él lo llamaba. Esto me complacía mucho y sentía gran deleite por él, y elevaba muchas súplicas a Dios por su conversión. Tenía la plena esperanza de ver a diario cada señal de aquel cambio que yo deseaba; sin conocer las artimañas de Satanás, quien tenía a muchos de sus emisarios para sembrar su cizaña tan rápido como yo sembraba la buena semilla, y derribar tan rápido como yo edificaba. Así continuamos casi cuatro quintas partes de nuestro viaje, cuando Satanás por fin tomó la delantera. Algunos de sus mensajeros, al ver a este pobre pagano tan avanzado en la piedad, comenzaron a preguntarle si yo lo había convertido al cristianismo, se rieron y se burlaron de él, por lo cual los reprendí tanto como pude; pero este trato hizo que el príncipe vacilara entre dos opiniones. Algunos de los verdaderos hijos de Belial, que no creían que hubiera otra vida, le dijeron que nunca temiera al diablo, pues no existía, y que si alguna vez se aparecía ante el príncipe, deseaban que lo enviara con ellos. ¡Así fastidiaron al pobre e inocente joven, de modo que no quiso aprender más de su libro! No quería beber ni festejar con estos impíos, ni quería estar conmigo, ni siquiera en las oraciones. Esto me apenó muchísimo. Intenté persuadirlo lo mejor que pude, pero él no quiso venir; le rogué encarecidamente que me dijera sus razones para actuar así. Por fin me preguntó: "¿Cómo es que todos los hombres blancos a bordo que saben leer y escribir, y observan el sol, y saben todas las cosas, sin embargo maldicen, mienten y se emborrachan, a excepción de usted?". Le respondí que la razón era que no temían a Dios, y que si alguno de ellos moría así, no podría ir a Dios ni ser feliz con Él. Él replicó que si esas personas iban al infierno, él también iría al infierno. Me apenó oír esto; y, como a veces le dolían los dientes, al igual que a otras personas en el barco al mismo tiempo, le pregunté si el dolor de muelas de ellos aliviaba el suyo: dijo que no. Entonces le dije que si él y aquellas personas iban juntos al infierno, sus dolores no harían que el suyo fuera más ligero. Esta respuesta tuvo gran peso para él: le deprimió mucho el ánimo; y desde entonces, durante todo el viaje, se volvió aficionado a estar solo. Cuando estábamos en la latitud de Martinica, y cerca de avistar tierra, una mañana tuvimos un viento fuerte y, al llevar demasiada vela, el palo mayor se fue por la borda. Mucha gente estaba entonces por toda la cubierta, y las vergas, mástiles y aparejos cayeron dando tumbos a nuestro alrededor; sin embargo, ninguno de nosotros resultó herido en lo más mínimo, aunque algunos estuvieron a un cabello de morir: y, en particular, vi a dos hombres que, por la mano providencial de Dios, se salvaron milagrosamente de ser aplastados hasta quedar hechos pedazos. El cinco de enero avistamos Antigua y Montserrat, y navegamos a lo largo del resto de las islas: y el catorce llegamos a Jamaica. Un domingo, mientras estábamos allí, llevé al príncipe misquito George a la iglesia, donde vio administrar el sacramento. Al salir, vimos a toda clase de personas, desde la puerta de la iglesia hasta el borde del agua, a lo largo de media milla, comprando y vendiendo todo tipo de mercancías: y estos actos me dieron gran materia de exhortación para este joven, quien estaba muy asombrado. Estando nuestra embarcación lista para zarpar hacia la Costa de los Mosquitos, fui con el doctor a bordo de un barco negrero para comprar algunos esclavos que llevar con nosotros y cultivar una plantación; y los elegí a todos de mis propios compatriotas. El doce de febrero zarpamos de Jamaica y el dieciocho llegamos a la Costa de los Mosquitos, a un lugar llamado Dupeupy. Todos nuestros invitados indios, después de que los amonesté y de que el doctor les diera unas cuantas botellas de licor, se despidieron afectuosamente de nosotros y se fueron a tierra, donde fueron recibidos por el rey misquito, y nunca volvimos a ver a ninguno de ellos. Luego navegamos hacia el sur de la costa, a un lugar llamado Cabo Gracias a Dios, donde había una gran laguna o lago, que recibía el desagüe de dos o tres ríos muy hermosos y caudalosos, y abundaba mucho en peces y tortugas terrestres. Algunos de los indios nativos subieron a bordo con nosotros allí; los tratamos bien y les dijimos que habíamos venido a vivir entre ellos, lo cual pareció complacerles. Así que el doctor y yo, con algunos otros, fuimos con ellos a tierra; y nos llevaron a diferentes lugares para ver el terreno, con el fin de elegir un sitio donde hacer una plantación. Nos fijamos en un lugar cerca de la orilla de un río, en un suelo rico; y, habiendo sacado nuestros enseres de la balandra, comenzamos a limpiar los bosques y a plantar diferentes tipos de vegetales, que tenían un crecimiento rápido. Mientras estábamos empleados en esta tarea, nuestra embarcación se dirigió al norte hacia Black River para comerciar. Mientras estaba allí, un guardacostas español la encontró y la capturó. Esto resultó muy perjudicial y supuso un gran contratiempo para nosotros. Sin embargo, continuamos con el cultivo de la tierra. Solíamos encender fuegos cada noche a nuestro alrededor para mantener alejadas a las fieras, que, tan pronto como oscurecía, comenzaban a proferir un rugido de lo más espantoso. Como nuestra habitación estaba muy adentro en el bosque, veíamos con frecuencia diferentes tipos de animales; pero ninguno de ellos nos hizo daño jamás, excepto las serpientes venenosas, cuya mordedura el doctor solía curar dando al paciente, tan pronto como fuera posible, medio vaso de ron fuerte con una buena cantidad de pimienta de Cayena. De esta manera curó a dos nativos y a uno de sus propios esclavos. Los indios sentían un cariño excesivo por el doctor, y tenían buenas razones para ello; pues creo que nunca habían tenido un hombre tan útil entre ellos. Venían de todas partes a nuestra morada; y algunos indios woolwow, o de cabeza plana, que vivían a cincuenta o sesenta millas río arriba, de este lado del Mar del Sur, nos traían una buena cantidad de plata a cambio de nuestras mercancías. Los artículos principales que podíamos obtener de nuestros indios vecinos eran aceite de tortuga, conchas, un poco de hierba de seda y algunas provisiones; pero no querían trabajar en nada para nosotros, excepto en la pesca; y unas pocas veces ayudaron a talar algunos árboles para construirnos casas, lo cual hacían exactamente como los africanos, mediante el trabajo conjunto de hombres, mujeres y niños. No recuerdo que ninguno de ellos tuviera más de dos esposas. Estas siempre acompañaban a sus maridos cuando venían a nuestra morada; entonces solían cargar con todo lo que nos traían y siempre se acuclillaban detrás de sus esposos. Cada vez que les dábamos algo de comer, los hombres y sus esposas comían por separado. Nunca vi la menor señal de incontinencia entre ellos. Las mujeres están adornadas con cuentas y son aficionadas a pintarse; los hombres también se pintan, incluso en exceso, tanto la cara como las camisas: su color favorito es el rojo. Las mujeres generalmente cultivan la tierra, y los hombres son todos pescadores y constructores de canoas. En conjunto, nunca conocí una nación que fuera tan sencilla en sus modales como este pueblo, o que tuviera tan poco adorno en sus casas. Tampoco tenían, hasta donde pude saber, una sola palabra para expresar un juramento. La peor palabra que oí entre ellos cuando estaban peleando era una que habían tomado de los ingleses, que era: "you rascal" (pícaro). Nunca vi ningún modo de adoración entre ellos; pero en esto no eran peores que sus hermanos o vecinos europeos: pues me entristece decir que no había ni una sola persona blanca en nuestra morada, ni en ninguna otra parte que viera en los diferentes lugares en los que estuve en la costa, que fuera mejor o más piadosa que aquellos indios sin luces; sino que trabajaban o dormían los domingos: y, para mi pesar, el trabajo era demasiado frecuente como ocupación dominical entre nosotros mismos; tanto, que al cabo de cierto tiempo realmente no sabíamos distinguir un día de otro. Este modo de vida sentó las bases de mi huida al final. Los nativos son bien formados y guerreros; y se jactan especialmente de no haber sido conquistados nunca por los españoles. Son grandes bebedores de licores fuertes cuando pueden conseguirlos. Solíamos destilar ron a partir de piñas, que abundaban mucho aquí; y entonces no podíamos quitárselos de encima. Sin embargo, parecían ser singulares, en cuanto a honestidad, por encima de cualquier otra nación entre la que yo haya estado. Como el país es cálido, vivíamos bajo un cobertizo abierto, donde teníamos todo tipo de bienes, sin puerta ni cerradura para ningún artículo; sin embargo, dormíamos a salvo, y nunca perdimos nada, ni fuimos molestados. Esto nos sorprendió bastante; y el doctor, yo mismo y otros solíamos decir que, si viviéramos de esa manera en Europa, nos habrían cortado el cuello la primera noche. El gobernador indio recorre cada cierto tiempo toda la provincia o distrito, y lleva consigo a un número de hombres como asistentes y ayudantes. Resuelve todas las diferencias entre la gente, como el juez aquí, y es tratado con mucho respeto. Se encargó de avisarnos con tiempo antes de llegar a nuestra morada, enviando su bastón como muestra, para pedir ron, azúcar y pólvora, lo cual no nos negamos a enviar; y al mismo tiempo hicimos los mayores preparativos para recibir a su señoría y a su séquito. Cuando llegó con su tribu y todos nuestros caciques vecinos, esperábamos encontrar en él a un juez grave y reverendo, sólido y sagaz; pero en lugar de eso, antes de que él y su pandilla aparecieran, los oímos muy clamorosos; e incluso habían saqueado a algunos de nuestros buenos indios vecinos, habiéndose emborrachado con nuestro licor. Cuando llegaron, no supimos qué pensar de nuestros nuevos huéspedes, y habríamos dispensado gustosos el honor de su compañía. Sin embargo, no teniendo alternativa, los agasajamos generosamente durante todo el día hasta la noche; momento en que el gobernador, poniéndose completamente borracho, se volvió muy ingobernable y golpeó a uno de nuestros jefes más amistosos, que era nuestro vecino más cercano, y también le quitó su sombrero con galones de oro. Ante esto se produjo un gran alboroto; y el doctor intervino para hacer las paces, ya que todos podíamos entendernos, pero fue inútil; y al final se volvieron tan indignantes que el doctor, temiendo meterse en problemas, abandonó la casa y se dirigió lo mejor que pudo al bosque más cercano, dejándome a mí para arreglármelas como pudiera entre ellos. Estaba tan enfurecido con el gobernador que habría deseado verlo atado a un árbol y azotado por su comportamiento; pero no tenía suficiente gente para hacer frente a su grupo. Por lo tanto, pensé en una estratagema para apaciguar el motín. Recordando un pasaje que había leído en la vida de Colón, cuando estaba entre los indios en México o Perú, donde, en alguna ocasión, los asustó hablándoles de ciertos acontecimientos en los cielos, recurrí al mismo expediente; y tuvo éxito más allá de mis más optimistas expectativas. Cuando formé mi determinación, fui en medio de ellos; y, tomando al gobernador, señalé hacia los cielos. Lo amenacé a él y a los demás: les dije que Dios vivía allí, y que estaba enojado con ellos, y que no debían pelear así; que todos eran hermanos, y que si no dejaban de hacerlo y se iban en paz, tomaría el libro (señalando la Biblia), leería y le diría a Dios que los matara. Esto fue algo parecido a la magia. El clamor cesó de inmediato, y les di algo de ron y algunas otras cosas; después de lo cual se fueron pacíficamente; y el gobernador devolvió después su sombrero a nuestro vecino, que era llamado Capitán Plasmyah. Cuando el doctor regresó, se alegró muchísimo de mi éxito al librarnos así de nuestros molestos invitados. El pueblo misquito en nuestra vecindad, por respeto al doctor, a mí mismo y a su gente, ofreció entretenimientos de gran clase, llamados en su lengua tourrie o dryckbot. El significado en inglés de esta expresión es una fiesta de beber en ronda, de lo cual parece ser una corrupción del lenguaje. La bebida consistía en piñas asadas y casabe masticado o triturado en morteros; que, después de reposar un tiempo, fermenta y se vuelve tan fuerte que embriaga cuando se bebe en cualquier cantidad. Nos dieron aviso con tiempo del entretenimiento. Una familia blanca, a cinco millas de nosotros, nos contó cómo se hacía la bebida, y yo y otros dos fuimos antes de la hora a la aldea donde se había fijado que se celebraría el regocijo; y allí vimos todo el arte de hacer la bebida, y también el tipo de animales que se comerían allí. No puedo decir que la vista de la bebida o de la carne fuera tentadora para mí. Tenían miles de piñas asándose, que estrujaban, con suciedad y todo, en una canoa que tenían allí para tal propósito. La bebida de casabe estaba en barriles de carne de res y otros recipientes, y parecía exactamente agua para lavar cerdos. Hombres, mujeres y niños estaban así empleados asando las piñas y estrujándolas con sus manos. Como alimento tenían muchas tortugas terrestres, algo de tortuga seca y tres caimanes grandes vivos, atados a los árboles. Pregunté a la gente qué iban a hacer con esos caimanes; y me dijeron que se los iban a comer. Me sorprendió mucho esto, y me fui a casa, no poco disgustado por los preparativos. Cuando llegó el día de la fiesta, llevamos algo de ron con nosotros y fuimos al lugar designado, donde encontramos una gran multitud de estas personas, que nos recibieron muy amablemente. El regocijo había comenzado antes de que llegáramos; y estaban bailando con música: y los instrumentos musicales eran casi los mismos que los de cualquier otro pueblo de color; pero, según pensaba, mucho menos melodiosos que los de cualquier otra nación que haya conocido. Tenían muchos gestos curiosos al bailar, y una variedad de movimientos y posturas de sus cuerpos, que para mí no eran en absoluto atractivos. Los varones bailaban por su cuenta, y las hembras también por la suya, como entre nosotros. El doctor dio ejemplo a su gente uniéndose de inmediato al grupo de las mujeres, aunque no por elección de ellas. Al percibir que las mujeres estaban disgustadas, se unió a los varones. Por la noche hubo grandes iluminaciones, prendiendo fuego a muchos pinos, mientras el dryckbot circulaba alegremente mediante calabazas o jícaras: pero el licor podría llamarse más justamente comida que bebida. Un tal Owden, el padre más anciano de la vecindad, iba vestido de una forma extraña y aterradora. Alrededor de su cuerpo llevaba pieles adornadas con diferentes tipos de plumas, y en su cabeza llevaba un tocado muy grande y alto, en forma de gorra de granadero, con espinas como un puercoespín; y hacía un cierto ruido que se asemejaba al grito de un caimán. Nuestra gente saltaba entre ellos por complacencia, aunque algunos no podían beber de su tourrie; pero nuestro ron encontró clientes suficientes y pronto se acabó. Los caimanes fueron muertos y algunos de ellos asados. Su manera de asar es cavando un hoyo en la tierra y llenándolo de madera, que queman hasta convertir en brasas, y luego colocan palos a través, sobre los cuales ponen la carne. Tuve un trozo de carne cruda de caimán en mi mano: era muy rica: me pareció que se veía como salmón fresco y tenía un olor de lo más fragante, pero no pude comer nada de ella. Esta juerga terminó al final sin la menor discordia en ninguna persona de la compañía, aunque estaba compuesta por diferentes naciones y colores. La temporada de lluvias llegó aquí alrededor de finales de mayo, lo que continuó hasta agosto con mucha fuerza; por lo que los ríos se desbordaron y nuestras provisiones que estaban en el suelo fueron arrastradas. Pensé que esto era en cierta medida un juicio contra nosotros por trabajar los domingos, y me dolió mucho el alma. A menudo deseaba dejar este lugar y zarpar hacia Europa; pues nuestro modo de proceder y de vivir en esta forma pagana me resultaba muy molesto. La palabra de Dios dice: "¿Qué aprovecha al hombre si gana todo el mundo y pierde su propia alma?". Esto estaba mucho y fuertemente impreso en mi mente; y, aunque no sabía cómo hablarle al doctor para mi licenciamiento, me resultaba desagradable quedarme más tiempo. Pero a mediados de junio saqué el valor suficiente para pedírselo. Al principio se mostró muy reacio a conceder mi petición; pero le di tantas razones para ello que al final consintió en mi partida y me dio el siguiente certificado de mi comportamiento:
"El portador, Gustavus Vassa, me ha servido varios años con estricta honestidad, sobriedad y fidelidad. Puedo, por tanto, con justicia, recomendarlo por estas cualidades; y de hecho, en todos los aspectos, lo considero un excelente sirviente. Certifico por la presente que siempre se portó bien y que es perfectamente digno de confianza.
CHARLES IRVING."
Costa de los Mosquitos, 15 de junio de 1776.
Aunque estaba muy encariñado con el doctor, me alegré cuando accedió. Preparé todo para mi partida y contraté a unos indios, con una canoa grande, para que me llevaran. Todos mis pobres compatriotas, los esclavos, al enterarse de que los dejaba, se sintieron muy apenados, pues siempre los había tratado con cuidado y afecto, y hacía todo lo que podía por consolar a las pobres criaturas y aliviar su condición. Tras despedirme de mis viejos amigos y compañeros, el 18 de junio, acompañado por el doctor, dejé aquel punto del mundo y me dirigí hacia el sur más de veinte millas a lo largo del río. Allí encontré una balandra, cuyo capitán me dijo que iba a Jamaica. Tras haber acordado el pasaje con él y uno de los propietarios, que también estaba a bordo, llamado Hughes, el doctor y yo nos separamos, no sin derramar lágrimas por ambas partes. La embarcación navegó entonces por el río hasta la noche, cuando se detuvo en una laguna dentro del mismo río. Durante la noche llegó una goleta perteneciente a los mismos dueños y, como necesitaba tripulación, Hughes, el propietario de la balandra, me pidió que fuera en la goleta como marinero y dijo que me pagaría un salario. Se lo agradecí; pero dije que quería ir a Jamaica. Él cambió entonces inmediatamente de tono, juró, me maltrató mucho y preguntó cómo había conseguido ser libre. Se lo conté y le dije que había llegado a aquellas cercanías con el Dr. Irving, a quien había visto aquel mismo día. Esta explicación no sirvió de nada; siguió jurando excesivamente contra mí y maldiciendo al amo por tonto por haberme vendido mi libertad, y al doctor por otro tanto al dejarme marchar. Luego me exigió que fuera en la goleta, o de lo contrario no saldría de la balandra como hombre libre. Dije que eso era muy duro y supliqué que me pusieran de nuevo en tierra; pero él juró que no lo haría. Dije que había estado dos veces entre los turcos, pero que nunca había visto tal trato entre ellos, y mucho menos podía haber esperado algo de este tipo entre cristianos. Esto le enfureció sobremanera; y, con una andanada de juramentos y maldiciones, respondió: "¿Cristianos? Maldita sea, tú eres uno de los hombres de San Pablo; pero, por Dios, a menos que tengas la fe de San Pablo o de San Pedro y camines sobre el agua hasta la orilla, no saldrás de la embarcación"; lo cual descubrí entonces que se dirigía hacia los españoles, hacia Cartagena, donde juró que me vendería. Simplemente le pregunté qué derecho tenía a venderme; pero, sin decir una palabra más, hizo que algunos de sus hombres me ataran cuerdas alrededor de cada uno de mis tobillos, y también a cada muñeca, y otra cuerda alrededor de mi cuerpo, y me izaron sin dejar que mis pies tocaran ni descansaran sobre nada. Así colgué, sin haber cometido ningún crimen y sin juez ni jurado; simplemente porque era un hombre libre y no podía, por ley, obtener reparación alguna de una persona blanca en aquellas partes del mundo. Sentía un gran dolor por mi situación y lloré y supliqué con mucha fuerza algo de piedad; pero todo fue en vano. Mi tirano, en un gran ataque de ira, sacó un mosquete de la cabina, lo cargó delante de mí y de la tripulación, y juró que me dispararía si lloraba más. Ya no me quedaba alternativa; por tanto, permanecí en silencio, sin ver a ni un solo hombre blanco a bordo que dijera una palabra en mi favor. Colgué de aquel modo desde entre las diez y las once de la noche hasta cerca de la una de la madrugada; cuando, al encontrar a mi cruel abusador profundamente dormido, rogué a algunos de sus esclavos que aflojaran la cuerda que rodeaba mi cuerpo, para que mis pies pudieran descansar sobre algo. Lo hicieron a riesgo de ser cruelmente tratados por su amo, quien al principio golpeó a algunos de ellos severamente por no haberme atado cuando él se lo ordenó. Mientras permanecí en esta condición, hasta entre las cinco y las seis de la mañana siguiente, confío en que recé a Dios para que perdonara a este blasfemo, al que no le importaba lo que hiciera, pero que, cuando se levantó de su sueño por la mañana, tenía exactamente el mismo carácter y disposición que cuando me dejó por la noche. Cuando levaron el ancla y la embarcación se puso en marcha, volví a llorar y a suplicar que me liberaran; y ahora, al estar afortunadamente en el camino de izar las velas, me soltaron. Cuando me bajaron, hablé con un tal Sr. Cox, carpintero, a quien conocía a bordo, sobre lo impropio de esta conducta. Él también conocía al doctor y la buena opinión que siempre tuvo de mí. Este hombre fue entonces a ver al capitán y le dijo que no me llevara de aquella manera; que yo era el mayordomo del doctor, quien me tenía en gran estima y se resentiría por este trato cuando llegara a saberlo. Ante esto, le pidió a un joven que me dejara en tierra en una pequeña canoa que yo había traído conmigo. Este sonido alegró mi corazón, y subí apresuradamente a la canoa y me alejé, mientras mi tirano estaba abajo en la cabina; pero pronto me divisó, cuando no estaba a más de treinta o cuarenta yardas de la embarcación, y, corriendo hacia la cubierta con un mosquete cargado en la mano, me apuntó y juró fuerte y terriblemente que me dispararía en ese mismo instante si no regresaba a bordo. Como sabía que el desdichado habría hecho lo que dijo, sin dudarlo, regresé a la embarcación; pero, como el buen Señor quiso, justo cuando estaba al costado, él estaba insultando al capitán por dejarme salir de la embarcación; el capitán le respondió, y ambos pronto entraron en una gran acalorada. El joven que estaba conmigo salió entonces de la canoa; la embarcación navegaba rápido con un mar en calma: y entonces pensé que era a todo o nada, así que en ese instante salí de nuevo, por mi vida, en la canoa, hacia la orilla; y afortunadamente la confusión era tan grande entre ellos a bordo que logré salir del alcance del disparo del mosquete sin ser visto, mientras la embarcación navegaba con un viento favorable hacia otro lugar; de modo que no pudieron alcanzarme sin virar: pero incluso antes de que eso pudiera hacerse, yo ya habría estado en la orilla, a la cual llegué pronto, con muchas gracias a Dios por esta liberación inesperada. Fui entonces a contarle al otro propietario, que vivía cerca de aquella orilla (con quien había acordado mi pasaje), el trato que había recibido. Se quedó muy asombrado y pareció sentirlo mucho. Tras tratarme con amabilidad, me dio algo de refrigerio y tres mazorcas de maíz indio asadas, para un viaje de unas dieciocho millas hacia el sur, para buscar otra embarcación. Luego me indicó a un jefe indio de un distrito, que era también almirante misquito y que una vez había estado en nuestra morada; tras lo cual partí con la canoa a través de una gran laguna solo (pues no pude conseguir que nadie me ayudara), aunque estaba muy agotado y tenía dolores en los intestinos, a causa de la cuerda de la que había colgado la noche anterior. Por tanto, en diferentes momentos fui incapaz de manejar la canoa, pues remar era muy laborioso. Sin embargo, poco antes de oscurecer llegué a mi destino, donde algunos de los indios me conocían y me recibieron amablemente. Pregunté por el almirante; y me condujeron a su morada. Se alegró de verme y me refrescó con las cosas que el lugar ofrecía; y tuve una hamaca en la que dormir. Actuaron conmigo más como cristianos que aquellos blancos entre los que estuve la noche anterior, aunque habían sido bautizados. Le dije al almirante que quería ir al siguiente puerto para conseguir una embarcación que me llevara a Jamaica; y le pedí que enviara de vuelta la canoa que tenía entonces, por la cual le pagaría. Estuvo de acuerdo conmigo y envió a cinco indios capaces con una canoa grande para llevar mis cosas al lugar previsto, a unas cincuenta millas; y partimos a la mañana siguiente. Cuando salimos de la laguna y navegamos a lo largo de la costa, el mar estaba tan picado que la canoa estuvo muchas veces a punto de llenarse de agua. Nos vimos obligados a ir a tierra y arrastrarla a través de diferentes cuellos de tierra; también estuvimos dos noches en los pantanos, que estaban infestados de mosquitos, y resultaron ser molestos para nosotros. Este cansado viaje por tierra y agua terminó, sin embargo, al tercer día, para mi gran alegría; y subí a bordo de una balandra comandada por un tal Capitán Jenning. Estaba entonces parcialmente cargada, y me dijo que esperaba zarpar diariamente hacia Jamaica; y habiendo acordado conmigo trabajar a cambio del pasaje, me puse a trabajar en consecuencia. No pasaron muchos días a bordo antes de que zarpáramos; pero para mi pesar y decepción, aunque acostumbrado a tales trucos, fuimos hacia el sur a lo largo de la costa de los Mosquitos, en lugar de poner rumbo a Jamaica. Me vi obligado a ayudar a cortar una gran cantidad de madera de caoba en la orilla mientras navegábamos a lo largo de ella, y cargar la embarcación con ella, antes de que zarpara. Esto me irritó mucho; pero, como no sabía cómo ayudarme entre estos engañadores, pensé que la paciencia era el único remedio que me quedaba, e incluso eso fue forzado. Había mucho trabajo duro y poca comida a bordo, excepto cuando, por buena suerte, lográbamos atrapar tortugas. En esta costa también había un tipo particular de pez llamado manatí, que es de excelente sabor, y la carne es más parecida a la de vaca que a la de pescado; las escamas son tan grandes como un chelín, y la piel más gruesa que la que jamás haya visto en cualquier otro pez. Dentro de las aguas salobres a lo largo de la costa había también un gran número de caimanes, lo que hacía que el pescado escaseara. Estuve a bordo de esta balandra dieciséis días, durante los cuales, en nuestro cabotaje, llegamos a otro lugar, donde había una balandra más pequeña llamada Indian Queen, comandada por un tal John Baker. Él también era inglés, y había estado mucho tiempo a lo largo de la costa comerciando con conchas de tortuga y plata, y tenía una buena cantidad de cada una a bordo. Necesitaba mucho manos; y, al entender que yo era un hombre libre y quería ir a Jamaica, me dijo que si podía conseguir uno o dos, zarparía inmediatamente hacia aquella isla: también me fingió algunas muestras de atención y respeto, y prometió darme cuarenta y cinco chelines esterlinas al mes si iba con él. Pensé que esto era mucho mejor que cortar leña por nada. Por tanto, le dije al otro capitán que quería ir a Jamaica en la otra embarcación; pero no quiso escucharme: y, al verme decidido a ir en un día o dos, hizo zarpar la embarcación, con la intención de llevarme contra mi voluntad. Este trato me mortificó extremadamente. Inmediatamente, de acuerdo con un trato que había hecho con el capitán de la Indian Queen, llamé a su bote, que estaba cerca de nosotros, y se puso al costado; y, por medio de un compañero de barco del polo norte al que conocí en la balandra en la que estaba, metí mis cosas en el bote y subí a bordo de la Indian Queen, el 10 de julio. Unos días después de estar allí, lo tuvimos todo listo y zarpamos: pero de nuevo, para mi gran mortificación, esta embarcación seguía yendo al sur, casi hasta Cartagena, comerciando a lo largo de la costa, en lugar de ir a Jamaica, como me había prometido el capitán: y, lo que era peor de todo, era un hombre muy cruel y sanguinario, y un horrible blasfemo. Entre otros, tenía un piloto blanco, un tal Stoker, al que golpeaba a menudo tan severamente como a algunos negros que tenía a bordo. Una noche en particular, después de haber golpeado a este hombre de la manera más cruel, lo puso en el bote e hizo que dos negros lo remaran hasta un cayo desolado, o pequeña isla; y cargó dos pistolas y juró amargamente que dispararía a los negros si traían a Stoker a bordo de nuevo. No había la menor duda de que haría lo que dijo, y los dos pobres hombres se vieron obligados a obedecer el cruel mandato; pero, cuando el capitán estaba dormido, los dos negros tomaron una manta y se la llevaron al infortunado Stoker, lo que creo que fue el medio de salvar su vida de la molestia de los insectos. Se empleó mucha súplica con el capitán al día siguiente, antes de que consintiera en dejar que Stoker subiera a bordo; y cuando el pobre hombre fue traído a bordo estaba muy enfermo, por su situación durante la noche, y permaneció así hasta que se ahogó poco tiempo después. Mientras navegábamos hacia el sur llegamos a muchas islas deshabitadas, que estaban cubiertas de hermosos cocoteros grandes. Como necesitaba mucho provisiones, traje un bote lleno de ellos a bordo, que nos duró a mí y a otros durante varias semanas, y nos proporcionó muchos manjares deliciosos en nuestra escasez. Un día, antes de esto, no pude evitar observar la mano providencial de Dios, que siempre suple todas nuestras necesidades, aunque de formas y maneras que no conocemos. Había estado un día entero sin comer, e hice señales para que vinieran botes, pero en vano. Por tanto, recé fervientemente a Dios por alivio en mi necesidad; y al final de la tarde salí de la cubierta. Justo cuando me acostaba, escuché un ruido en la cubierta; y, sin saber qué significaba, fui directamente a la cubierta de nuevo, ¿y qué vi sino un hermoso pez grande de unas siete u ocho libras, que había saltado a bordo! Lo tomé y admiré, con agradecimiento, la buena mano de Dios; y, lo que consideré no menos extraordinario, el capitán, que era muy codicioso, no intentó quitármelo, ya que solo estábamos él y yo a bordo; pues los demás se habían ido todos a tierra a comerciar. A veces la gente no volvía por varios días: esto solía irritar al capitán, y entonces descargaba su furia sobre mí golpeándome, o haciéndome sentir de otras maneras crueles. Un día especialmente, en su carrera salvaje, malvada y loca, después de golpearme varias veces con diferentes cosas, y una vez a través de mi boca, incluso con un palo ardiente sacado del fuego, cogió un barril de pólvora en la cubierta y juró que volaría la embarcación. Estaba entonces al límite de mis fuerzas y recé fervientemente a Dios para que me guiara. La tapa estaba fuera del barril; y el capitán tomó un palo encendido del fuego para volarnos a él y a mí, porque había una embarcación a la vista que se acercaba, que supuso era española, y temía caer en sus manos. Al ver esto, cogí un hacha, sin que él se diera cuenta, y me coloqué entre él y la pólvora, habiendo resuelto en mí mismo que tan pronto como intentara meter el fuego en el barril lo partiría en dos al instante. Estuve más de una hora en esta situación; durante la cual me golpeó a menudo, manteniendo todavía el fuego en su mano para este malvado propósito. Realmente me habría considerado justificado en cualquier otra parte del mundo si lo hubiera matado, y recé a Dios, quien me dio una mente que descansaba únicamente en Él. Recé por la resignación, para que se hiciera su voluntad; y las siguientes dos porciones de su santa palabra, que vinieron a mi mente, alentaron mi esperanza y me impidieron quitarle la vida a este hombre malvado. "Él ha determinado los tiempos antes señalados, y ha fijado los límites de nuestras moradas", Hechos xvii. 26. Y: "¿Quién hay entre vosotros que teme al Señor, que obedece la voz de su siervo, que camina en tinieblas y no tiene luz? Que confíe en el nombre del Señor y se apoye en su Dios", Isaías 1. 10. Y así, por la gracia de Dios, fui capaz de hacerlo. Lo encontré un pronto auxilio en el tiempo de necesidad, y la furia del capitán comenzó a disminuir a medida que se acercaba la noche: pero encontré,
"Que quien no puede detener la marea de su ira, Monta un caballo salvaje sin brida".
A la mañana siguiente descubrimos que la embarcación que había causado tal furia en el capitán era una balandra inglesa. Pronto echaron el ancla donde nosotros estábamos y, para mi no pequeña sorpresa, supe que el doctor Irving iba a bordo, camino de Jamaica desde la costa de los Mosquitos. Yo quería ir inmediatamente a ver a este antiguo amo y amigo, pero el capitán no me permitió abandonar el navío. Entonces informé al doctor, por carta, de cómo me trataban, y le rogué que me sacara de la balandra; pero me comunicó que no estaba en su mano, pues él mismo era un pasajero; sin embargo, me envió un poco de ron y azúcar para mi propio uso. Supe entonces que, después de que yo dejara la propiedad que administraba para este caballero en la costa de los Mosquitos, durante cuyo tiempo los esclavos estaban bien alimentados y cómodos, un supervisor blanco había ocupado mi lugar: este hombre, por inhumanidad y mal juzgada avaricia, golpeó y cortó a los pobres esclavos sin misericordia; y la consecuencia fue que todos se metieron en una gran canoa Puriogua e intentaron escapar; pero, al no saber adónde ir ni cómo manejar la canoa, todos se ahogaron; debido a lo cual la plantación del doctor quedó sin cultivar, y ahora regresaba a Jamaica para comprar más esclavos y reabastecerla. El 14 de octubre, la Indian Queen llegó a Kingston, en Jamaica. Cuando fuimos descargados, exigí mi salario, que ascendía a ocho libras y cinco chelines esterlinas; pero el capitán Baker se negó a darme un solo cuarto, aunque fue el dinero que con más dureza me he ganado en toda mi vida. Tras esto, localicé al doctor Irving y le hice saber la deshonestidad del capitán. Él hizo todo lo que pudo para ayudarme a conseguir mi dinero; y fuimos a ver a todos los magistrados de Kingston (y había nueve), pero todos se negaron a hacer nada por mí, y dijeron que mi juramento no podía ser admitido contra un hombre blanco. Y eso no fue todo, pues Baker me amenazó con golpearme severamente si me atrapaba por intentar reclamar mi dinero; y esto lo habría hecho, de no ser porque, por medio del doctor Irving, me puse bajo la protección del capitán Douglas del buque de guerra Squirrel. Consideré aquello un trato excesivamente duro; aunque, a decir verdad, encontré que era demasiado común en aquel lugar pagar a los hombres libres por su trabajo de esta manera. Un día fui con un sastre negro libre, llamado Joe Diamond, a ver a un tal señor Cochran, quien le debía una suma insignificante; y el hombre, al no poder cobrar su dinero, comenzó a murmurar. El otro, inmediatamente, tomó un látigo de montar para pagarle con él; pero, con la ayuda de un buen par de piernas, el sastre pudo escapar. Tales opresiones me hicieron buscar un barco para salir de la isla lo más rápido posible; y, por la misericordia de Dios, encontré en noviembre un barco con destino a Inglaterra, en el que me embarqué con un convoy, después de haberle dado un último adiós al doctor Irving. Cuando dejé Jamaica, él estaba ocupado refinando azúcar; y algunos meses después de mi llegada a Inglaterra, supe, con mucha pena, que este amable amigo mío había muerto debido a que había comido pescado envenenado. Tuvimos muchos vendavales muy fuertes en nuestra travesía; en el curso de los cuales no ocurrió ningún incidente material, excepto que un corsario estadounidense, al encontrarse con la flota, fue capturado y prendido fuego por el buque de Su Majestad, el Squirrel. El siete de enero de 1777 llegamos a Plymouth. Me sentí feliz una vez más de pisar tierra inglesa; y, tras pasar algún tiempo en Plymouth y Exeter entre algunos amigos piadosos, a quienes me alegró ver, fui a Londres con el corazón lleno de agradecimiento a Dios por todas las misericordias pasadas.
CAP. XII.
_Diferentes transacciones de la vida del autor hasta el presente momento--Su solicitud al difunto obispo de Londres para ser nombrado misionero en África--Algo de su parte en la dirección de la última expedición a Sierra Leona--Petición a la Reina--Conclusión._
Tales fueron las diversas escenas de las que fui testigo, y la fortuna que experimenté hasta el año 1777. Desde ese periodo, mi vida ha sido más uniforme, y los incidentes de ella más escasos, que en cualquier otro número igual de años anteriores; por tanto, me apresuro a la conclusión de una narrativa que, temo, el lector pueda considerar ya suficientemente tediosa.
Había sufrido tantas imposiciones en mis transacciones comerciales en diferentes partes del mundo, que terminé profundamente disgustado con la vida marinera, y decidí no volver a ella, al menos por un tiempo. Por tanto, poco después de mi regreso, me puse al servicio de nuevo y continué en esta situación, en su mayor parte, hasta 1784.
Poco después de mi llegada a Londres, vi una circunstancia notable relativa a la tez africana, que me pareció tan extraordinaria que pido permiso para mencionarla: una mujer negra blanca, a quien había visto anteriormente en Londres y en otras partes, se había casado con un hombre blanco, con quien tuvo tres hijos, y todos ellos eran mulatos, y sin embargo tenían un fino cabello claro. En 1779 serví al gobernador Macnamara, quien había estado un tiempo considerable en la costa de África. Durante mi servicio, solía pedir con frecuencia a otros sirvientes que se unieran a mí en las oraciones familiares; pero esto solo provocaba sus burlas. Sin embargo, el gobernador, entendiendo que yo tenía una inclinación religiosa, quiso saber de qué religión era; le dije que era protestante de la Iglesia de Inglaterra, conforme a los treinta y nueve artículos de esa iglesia, y que a quienquiera que escuchara predicar de acuerdo con esa doctrina, a ese escucharía. Unos días después de esto, tuvimos más charlas sobre el mismo tema: el gobernador volvió a hablarme al respecto y dijo que, si yo quería, ya que pensaba que podría ser de utilidad convirtiendo a mis compatriotas a la fe del Evangelio, conseguiría que me enviaran como misionero a África. Al principio me negué a ir, y le conté cómo me habían tratado en una ocasión similar algunas personas blancas en el último viaje que hice a Jamaica, cuando intenté (si era la voluntad de Dios) ser el medio para convertir al príncipe indio; y dije que suponía que me tratarían peor de lo que Alejandro el calderero trató a San Pablo si intentara ir entre ellos a África. Él me dijo que no temiera, pues solicitaría al obispo de Londres que me ordenara. En estos términos consentí a la propuesta del gobernador de ir a África, con la esperanza de hacer bien, si era posible, entre mis compatriotas; así que, para que me enviaran adecuadamente, escribimos inmediatamente las siguientes cartas al difunto obispo de Londres:
Al Reverendísimo Padre en Dios, ROBERT, Obispo de Londres: El MEMORIAL de Gustavus Vassa
Expone,
Que su memorialista es nativo de África y tiene conocimiento de las costumbres y usos de los habitantes de ese país.
Que su memorialista ha residido en diferentes partes de Europa durante los últimos veintidós años y abrazó la fe cristiana en el año 1759.
Que su memorialista desea regresar a África como misionero, si es alentado por su Señoría, con la esperanza de ser capaz de convencer a sus compatriotas de que se hagan cristianos; y su memorialista se siente más inducido a emprender tal labor por el éxito que ha acompañado a empresas similares cuando fueron alentadas por los portugueses a través de sus diferentes asentamientos en la costa de África, y también por los holandeses: ambos gobiernos alientan a los negros que, por su educación, están calificados para emprender lo mismo, y resultan ser más apropiados que los clérigos europeos, desconocedores del lenguaje y las costumbres del país.
El único motivo de su memorialista para solicitar el cargo de misionero es poder ser un medio, bajo la gracia de Dios, de reformar a sus compatriotas y persuadirlos de que abracen la religión cristiana. Por tanto, su memorialista ruega humildemente el aliento y apoyo de su Señoría en tal empresa.
GUSTAVUS VASSA.
En casa del Sr. Guthrie, sastre, N.º 17, Hedge-lane.
Mi Señor,
He residido cerca de siete años en la costa de África, la mayor parte del tiempo como oficial al mando. Por el conocimiento que tengo del país y sus habitantes, me inclino a pensar que el plan adjunto será atendido con gran éxito si es apoyado por su Señoría. Me tomo la libertad de representar además a su Señoría que intentos similares, cuando han sido alentados por otros gobiernos, han obtenido un éxito poco común; y en este mismo momento conozco a un personaje muy respetable, un sacerdote negro en el castillo de Cape Coast. Conozco al mencionado Gustavus Vassa y lo creo un hombre moralmente bueno.
Tengo el honor de ser, Mi Señor, De su Señoría Humilde y obediente servidor, MATT. MACNAMARA.
Grove, 11 de marzo de 1779.
Esta carta fue acompañada también por la siguiente del doctor Wallace, quien había residido en África durante muchos años, y cuyos sentimientos sobre el tema de una misión africana eran los mismos que los del gobernador Macnamara.
13 de marzo de 1779.
Mi Señor,
He residido cerca de cinco años en Senegambia, en la costa de África, y he tenido el honor de desempeñar empleos muy considerables en esa provincia. Apruebo el plan adjunto y pienso que la empresa es muy loable y apropiada, y que merece la protección y aliento de su Señoría, en cuyo caso debe ser atendida con el éxito pretendido.
Soy, Mi Señor, De su Señoría Humilde y obediente servidor, THOMAS WALLACE.
Con estas cartas, esperé al Obispo por deseo del Gobernador, y se las presenté a su Señoría. Me recibió con mucha condescendencia y cortesía; pero, por ciertos escrúpulos de delicadeza, declinó ordenarme.
Mi único motivo para insistir así en esta transacción, o insertar estos documentos, es la opinión que los caballeros de sentido común y educación, que conocen África, tienen de la probabilidad de convertir a los habitantes de ella a la fe de Jesucristo, si el intento fuera apoyado por la legislatura.
Poco después de esto dejé al gobernador y serví a un noble en la milicia de Devonshire, con quien estuve acampado en Coxheath durante algún tiempo; pero las operaciones allí fueron demasiado minuciosas y poco interesantes para hacer un detalle de ellas.
En el año 1783 visité ocho condados de Gales, por motivos de curiosidad. Mientras estaba en esa parte del país, me llevaron a descender a una mina de carbón en Shropshire, pero mi curiosidad casi me cuesta la vida; pues mientras estaba en la mina, los carbones se derrumbaron y enterraron a un pobre hombre que no estaba lejos de mí: tras esto salí tan rápido como pude, pensando que la superficie de la tierra era la parte más segura de ella.
En la primavera de 1784 pensé en visitar el viejo océano de nuevo. Como consecuencia de esto, me embarqué como mayordomo a bordo de un hermoso barco nuevo llamado el London, comandado por Martin Hopkin, y navegué hacia Nueva York. Admiré mucho esta ciudad; es grande y está bien construida, y abunda en provisiones de todo tipo. Mientras estábamos aquí ocurrió una circunstancia que me pareció extremadamente singular: un día se iba a ejecutar a un malhechor en una horca; pero con la condición de que si alguna mujer, sin llevar más que su camisón, se casaba con el hombre bajo la horca, su vida sería salvada. Este extraordinario privilegio fue reclamado; una mujer se presentó; y se realizó la ceremonia matrimonial. Habiéndose cargado nuestro barco, regresamos a Londres en enero de 1785. Cuando estuvo listo de nuevo para otro viaje, siendo el capitán un hombre agradable, navegué con él desde aquí en la primavera, marzo de 1785, hacia Filadelfia. El cinco de abril partimos de Land's-end, con una brisa agradable; y alrededor de las nueve de esa noche la luna brillaba intensamente y el mar estaba en calma, mientras nuestro barco navegaba libre con el viento, a una velocidad de unas cuatro o cinco millas por hora. En ese momento, otro barco iba casi tan rápido como nosotros en el punto opuesto, encontrándonos directamente frente a frente, y sin embargo nadie a bordo observó al otro barco hasta que chocamos con fuerza proa contra proa, para asombro y consternación de ambas tripulaciones. Nos causó mucho daño, pero creo que nosotros le hicimos más; pues cuando pasamos uno al lado del otro, lo cual hicimos muy rápidamente, nos gritaron que nos detuviéramos y arriáramos nuestro bote, pero teníamos suficiente que hacer ocupándonos de nosotros mismos; y en unos ocho minutos no volvimos a verlos. Reparamos tanto como pudimos al día siguiente y procedimos en nuestro viaje, y en mayo llegamos a Filadelfia. Me alegré mucho de ver esta vieja ciudad favorita una vez más; y mi placer aumentó mucho al ver a los dignos cuáqueros liberando y aliviando las cargas de muchos de mis oprimidos hermanos africanos. Se regocijó mi corazón cuando uno de estos amables pueblos me llevó a ver una escuela gratuita que habían erigido para todas las denominaciones de gente negra, cuyas mentes son cultivadas aquí y encaminadas a la virtud; y así son hechos miembros útiles de la comunidad. ¿Acaso el éxito de esta práctica no dice en voz alta a los plantadores, en el lenguaje de las escrituras: "Id vosotros y haced lo mismo"?
En octubre de 1785 fui acompañado por algunos de los africanos, y presentamos este discurso de agradecimiento a los caballeros llamados Amigos o Cuáqueros, en Gracechurch-Court, Lombard-Street:
Caballeros,
Al leer su libro, titulado Una advertencia a Gran Bretaña y sus colonias, referente al calamitoso estado de los negros esclavizados: nosotros, los pobres, oprimidos, necesitados y muy degradados negros, deseamos acercarnos a ustedes con este discurso de agradecimiento, con nuestro amor más profundo y nuestro reconocimiento más cálido; y con el más profundo sentido de su benevolencia, labor incansable y amable interposición, hacia la ruptura del yugo de la esclavitud, y para administrar un poco de consuelo y alivio a miles y decenas de miles de negros muy gravemente afligidos y demasiado cargados.
Caballeros, si pudieran, mediante la perseverancia, ser finalmente capacitados, bajo la gracia de Dios, para aligerar en cualquier grado la pesada carga de los afligidos, sin duda sería, en alguna medida, el posible medio, bajo la gracia de Dios, de salvar las almas de muchos de los opresores; y, si es así, estamos seguros de que el Dios, cuyos ojos están siempre sobre todas sus criaturas, y siempre recompensa cada acto verdadero de virtud, y atiende las oraciones de los oprimidos, les dará a ustedes y a los suyos aquellas bendiciones que no está en nuestro poder expresar o concebir, pero que nosotros, como parte de esas personas cautivas, oprimidas y afligidas, deseamos y pedimos con más fervor.
Estos caballeros nos recibieron muy amablemente, con la promesa de esforzarse en nombre de los africanos oprimidos, y nos despedimos.
Mientras estaba en la ciudad, en una ocasión fui invitado a una boda cuáquera. El modo simple y a la vez expresivo utilizado en sus solemnizaciones es digno de mención. La siguiente es la verdadera forma de hacerlo:
Después de que la compañía se ha reunido, tienen exhortaciones oportunas de varios de los miembros; la novia y el novio se ponen de pie y, tomándose de la mano de manera solemne, el hombre declara audiblemente con este propósito:
"Amigos, en el temor del Señor, y en presencia de esta asamblea, a quien deseo que sean mis testigos, tomo a esta, mi amiga, M.N., como mi esposa; prometiendo, mediante asistencia divina, ser para ella un esposo amoroso y fiel hasta que la muerte nos separe": y la mujer hace la declaración similar. Luego, los dos primeros firman sus nombres en el registro, y tantos otros testigos como deseen hacerlo. Tuve el honor de suscribir el mío en un registro en Gracechurch-Court, Lombard-Street.
Regresamos a Londres en agosto; y como nuestro barco no salía inmediatamente al mar, me embarqué como mayordomo en un barco estadounidense llamado Harmony, capitán John Willet, y dejé Londres en marzo de 1786, con destino a Filadelfia. Once días después de zarpar, perdimos nuestro trinquete. Tuvimos una travesía de nueve semanas, lo que causó que nuestro viaje no saliera bien, ya que el mercado para nuestros productos resultó malo; y, para empeorar las cosas, mi comandante comenzó a jugarme las mismas tretas que otros practican demasiado a menudo con los negros libres en las Indias Occidentales. Pero agradezco a Dios que encontré muchos amigos aquí, quienes en alguna medida lo evitaron. A mi regreso a Londres en agosto, me sorprendió gratamente encontrar que la benevolencia del gobierno había adoptado el plan de algunos individuos filantrópicos para enviar a los africanos desde aquí a su lugar de origen; y que algunos barcos estaban entonces contratados para llevarlos a Sierra Leona; un acto que redundó en honor de todos los interesados en su promoción, y me llenó de oraciones y mucho regocijo. Había entonces en la ciudad un comité selecto de caballeros para los pobres negros, a algunos de los cuales tuve el honor de conocer; y, tan pronto como supieron de mi llegada, enviaron a buscarme al comité. Cuando llegué allí, me informaron de la intención del gobierno; y como parecían pensar que yo estaba calificado para supervisar parte de la empresa, me pidieron que fuera con los pobres negros a África. Les señalé muchas objeciones a mi partida; y particularmente expresé algunas dificultades a causa de los traficantes de esclavos, ya que ciertamente me opondría a su tráfico de la especie humana por todos los medios a mi alcance. Sin embargo, estas objeciones fueron desestimadas por los caballeros del comité, quienes me persuadieron de ir y me recomendaron a los honorables Comisionados de la Marina de Su Majestad como una persona adecuada para actuar como comisario del gobierno en la expedición pretendida; y me nombraron en consecuencia, en noviembre de 1786, para ese cargo, y me dieron suficiente poder para actuar en nombre del gobierno en calidad de comisario, habiendo recibido mi mandato y la siguiente orden.
_Por los oficiales principales y Comisionados de la Marina de Su Majestad_.
Por cuanto se le indicó, mediante nuestro mandato del 4 del mes pasado, que recibiera bajo su cargo del Sr. Irving el excedente de provisiones restantes de lo que se proporcionó para el viaje, así como las provisiones para el sustento de los pobres negros, después del desembarco en Sierra Leona, con el vestuario, herramientas y todos los demás artículos proporcionados a expensas del gobierno; y como las provisiones se establecieron a razón de dos meses para el viaje, y por cuatro meses después del desembarco, pero siendo el número de embarcados mucho menor de lo esperado, por lo cual puede haber un excedente considerable de provisiones, vestuario, etc. Estos son, en adición a órdenes anteriores, para dirigirle y requerirle que apropie o disponga de dicho excedente de la mejor manera que pueda para el beneficio del gobierno, manteniendo y rindiéndonos una cuenta fiel de lo que haga al respecto. Y para su guía en la prevención de que vayan personas blancas que no tienen la intención de recibir las indulgencias de ser llevadas allí, le enviamos adjunta una lista de aquellos recomendados por el Comité para los pobres negros como personas adecuadas para que se les permita embarcar, y le informamos que no debe permitir que vayan otros que no presenten un certificado del comité para los pobres negros, de tener el permiso para ello. Para lo cual este será su mandato. Fechado en la Oficina de la Marina, 16 de enero de 1787.
J. HINSLOW, GEO. MARSH, W. PALMER.
Al Sr. Gustavus Vassa, Comisario de provisiones y suministros para los pobres negros que van a Sierra Leona.
Procedí inmediatamente a la ejecución de mi deber a bordo de los barcos destinados para el viaje, donde continué hasta el marzo siguiente.
Durante mi permanencia al servicio del gobierno, me vi sorprendido por los flagrantes abusos cometidos por el agente, e intenté ponerles remedio, pero sin éxito. Un ejemplo, entre los muchos que podría aportar, puede servir como muestra. El gobierno había ordenado proveer todo lo necesario (incluidas las ropas de trabajo, como se les llama) para 750 personas; sin embargo, al no poder reunir más que a 426, se me ordenó enviar las ropas sobrantes, etc., a los almacenes del rey en Portsmouth; pero, cuando se las reclamé al agente para tal fin, resultó que nunca se habían comprado, aunque el gobierno sí las había pagado. Pero eso no era todo, el gobierno no era el único objeto de malversación; estas pobres gentes sufrían infinitamente más; sus alojamientos eran de lo más mísero; a muchos les faltaban camas, y a muchos más ropa y otros artículos de primera necesidad. Para la veracidad de esto, y de mucho más, no busco crédito en mi propia aseveración. Apelo al testimonio del capitán Thompson, del Nautilus, que nos escoltó, a quien acudí en febrero de 1787 en busca de un remedio, cuando ya había protestado ante el agente en vano, e incluso le llevé a ser testigo de la injusticia y la opresión de las que me quejaba. Apelo también a una carta escrita por estas desdichadas personas, tan pronto como a principios del enero anterior, y publicada en el Morning Herald del día 4 de ese mes, firmada por veinte de sus jefes.
No podía permitir en silencio que se engañara así al gobierno, y que mis compatriotas fueran saqueados y oprimidos, e incluso privados de los medios necesarios para su propia existencia. Por tanto, informé a los Comisionados de la Marina de las actuaciones del agente; pero mi despido fue procurado poco después, por medio de un caballero de la ciudad, a quien el agente, consciente de su malversación, había engañado por carta, y quien, además, facultó al mismo agente para recibir a bordo, a expensas del gobierno, a un número de personas como pasajeros, en contra de las órdenes que recibí. Por esto sufrí una pérdida considerable en mis bienes: sin embargo, los comisionados quedaron satisfechos con mi conducta y escribieron al capitán Thompson expresando su aprobación de la misma.
Así provistos, prosiguieron su viaje; y al fin, agotados por un trato quizás no del todo bondadoso, y consumidos por las enfermedades, provocadas por la falta de medicinas, ropa, ropa de cama, etc., llegaron a Sierra Leona justo al comienzo de las lluvias. En esa época del año es imposible cultivar las tierras; por lo tanto, sus provisiones se agotaron antes de que pudieran obtener beneficio alguno de la agricultura; y no es de extrañar que muchos, especialmente los lascares, cuyas constituciones son muy delicadas, y que habían estado encerrados en barcos desde octubre hasta junio, y acomodados de la manera que he mencionado, se vieran tan consumidos por su confinamiento como para no sobrevivir mucho tiempo a él.
Así terminó mi parte de la tan comentada expedición a Sierra Leona; una expedición que, por desafortunada que fuera en su desenlace, era humana y política en su diseño, ni su fracaso se debió al gobierno: todo se hizo por su parte; pero hubo evidentemente una mala gestión suficiente en la dirección y ejecución de la misma como para frustrar su éxito.
No me habría extendido tanto en mi relato de esta transacción si la parte que desempeñé en ella no se hubiera convertido en objeto de censura parcial, e incluso si mi despido de mi empleo no se hubiera considerado digno de ser convertido por algunos en un asunto de triunfo público[X]. Los motivos que pudieran influir en cualquier persona para descender a un mezquino enfrentamiento con un oscuro africano, y buscar gratificación en su depresión, quizás no sea apropiado indagar o relatar aquí, incluso si su detección fuera necesaria para mi vindicación; pero doy gracias al Cielo de que no lo sea. Deseo sostenerme por mi propia integridad, y no refugiarme bajo la incorrección de otro; y confío en que el comportamiento de los Comisionados de la Marina conmigo me faculte para hacer esta aseveración; pues después de haber sido despedido, el 24 de marzo, redacté un memorial como sigue:
_A los Ilustrísimos Lores Comisionados del Tesoro de Su Majestad: El Memorial y Petición de Gustavus Vassa, un hombre negro, último Comisario de los Pobres negros que van a África._
EXPONE HUMILDEMENTE,
Que su memorialista fue, por los Ilustres Comisionados de la Marina de Su Majestad, el 4 de diciembre pasado, nombrado para el empleo anterior mediante orden de esa junta;
Que, en consecuencia, procedió a la ejecución de su deber a bordo del Vernon, siendo uno de los barcos destinados a proceder a África con los pobres mencionados;
Que su memorialista, con gran pesar y asombro, recibió una carta de despido de los Ilustres Comisionados de la Marina, por órdenes de sus Señorías;
Que, consciente de haber actuado con la más perfecta fidelidad y la mayor asiduidad en el desempeño de la confianza depositada en él, se encuentra totalmente perdido para concebir las razones por las que sus Señorías han alterado la opinión favorable que tuvieron a bien formarse de él, consciente de que sus Señorías no procederían a una medida tan severa sin alguna buena causa aparente; tiene, por tanto, todas las razones para creer que su conducta ha sido groseramente tergiversada ante sus Señorías; y se ve más confirmado en su opinión porque, al oponerse a las medidas de otros involucrados en la misma expedición, que tendían a frustrar las intenciones humanas de sus Señorías y a suponer al gobierno un gasto adicional muy considerable, creó una serie de enemigos, cuyas tergiversaciones, tiene demasiadas razones para creer, sentaron las bases de su despido. Sin el apoyo de amigos y sin la ayuda de las ventajas de una educación liberal, solo puede esperar reparación de la justicia de su causa, además de la mortificación de haber sido destituido de su empleo y del beneficio que razonablemente podría haber esperado derivar de él. Ha tenido la desgracia de haber perdido una parte considerable de sus pequeños bienes en prepararse y en otros gastos derivados de su situación, cuenta de la cual anexa aquí. Su memorialista no molestará a sus Señorías con una vindicación de ninguna parte de su conducta, porque no sabe de qué delitos se le acusa; sin embargo, suplica encarecidamente que tengan a bien ordenar una investigación sobre su comportamiento durante el tiempo que actuó en el servicio público; y, si se descubre que su despido surgió de falsas representaciones, confía en que en la justicia de sus Señorías hallará reparación.
Por tanto, su peticionario ruega humildemente que sus Señorías tengan a bien considerar su caso, y que tengan a bien ordenar el pago de la cuenta a la que se hace referencia, que asciende a 32 libras y 4 chelines, y también los salarios previstos, lo cual se somete muy humildemente.
Londres, 12 de mayo de 1787.
La petición anterior fue entregada en manos de sus Señorías, quienes tuvieron la amabilidad, en el espacio de unos pocos meses después, sin audiencia, de ordenarme 50 libras esterlinas; es decir, 18 libras de salario por el tiempo (más de cuatro meses) que actué de manera fiel a su servicio. ¡¡¡Ciertamente, la suma es más de lo que habría tenido un negro libre en las colonias occidentales!!!
* * * * *
El 21 de marzo de 1788, tuve el honor de presentar a la Reina una petición en nombre de mis hermanos africanos, la cual fue recibida de la manera más graciosa por su Majestad[Y]:
A la Excelentísima Majestad de la REINA.
Señora,
La bien conocida benevolencia y humanidad de Vuestra Majestad me envalentona a acercarme a vuestra presencia real, confiando en que la oscuridad de mi situación no impedirá que Vuestra Majestad atienda a los sufrimientos por los que abogo.
Sin embargo, no solicito vuestra real piedad para mi propia aflicción; mis sufrimientos, aunque numerosos, están en cierto modo olvidados. Suplico la compasión de Vuestra Majestad para millones de mis compatriotas africanos, que gimen bajo el látigo de la tiranía en las Indias Occidentales.
La opresión y crueldad ejercidas contra los desdichados negros allí, han llegado finalmente a la legislatura británica, y ahora están deliberando sobre su reparación; incluso varias personas propietarias de esclavos en las Indias Occidentales han pedido al parlamento su cese, conscientes de que es tan imprudente como injusto, y lo que es inhumano debe ser siempre insensato.
El reinado de Vuestra Majestad ha sido hasta ahora distinguido por actos privados de benevolencia y generosidad; seguramente, cuanto más extendida sea la miseria, mayor derecho tiene a la compasión de Vuestra Majestad, y mayor debe ser el placer de Vuestra Majestad en administrar su alivio.
Me atrevo, pues, graciosa Reina, a implorar vuestra intercesión ante vuestro real consorte, en favor de los desdichados africanos; para que, mediante la benévola influencia de Vuestra Majestad, se pueda poner fin a su miseria; y para que puedan ser elevados de la condición de bestias, a la que están actualmente degradados, a los derechos y situación de hombres libres, y admitidos a participar de las bendiciones del feliz gobierno de Vuestra Majestad; así disfrutará Vuestra Majestad del placer sincero de procurar felicidad a millones, y será recompensada en las oraciones agradecidas de ellos mismos y de su posteridad.
Y que el Creador bondadoso derrame sobre Vuestra Majestad, y la Familia Real, toda bendición que este mundo pueda ofrecer, y toda la plenitud de gozo que la revelación divina nos ha prometido en el siguiente.
Soy el más obediente y devoto servidor de Vuestra Majestad a vuestras órdenes,
Gustavus Vassa, El Etíope Oprimido.
No. 53, Baldwin's Gardens.
* * * * *
La ley consolidada de negros, hecha por la asamblea de Jamaica el año pasado, y la nueva ley de enmienda que ahora está en agitación allí, contienen una prueba de la existencia de esas acusaciones que se han hecho contra los plantadores con respecto al tratamiento de sus esclavos.
Espero tener la satisfacción de ver la renovación de la libertad y la justicia descansando sobre el gobierno británico, para vindicar el honor de nuestra naturaleza común. Estos son asuntos que quizás no pertenezcan a ninguna oficina en particular: pero, para hablar más seriamente a todo hombre de sentimiento, acciones como estas son el fundamento justo y seguro de la fama futura; una reversión, aunque remota, es codiciada por algunas mentes nobles como un bien sustancial. Es sobre estas bases que espero y aguardo la atención de los caballeros en el poder. Estos son diseños consonantes con la elevación de su rango, y la dignidad de sus posiciones: son fines adecuados a la naturaleza de un gobierno libre y generoso; y, conectados con visiones de imperio y dominio, adecuados a la benevolencia y al mérito sólido de la legislatura. Es una búsqueda de grandeza sustancial. Que llegue el tiempo —al menos la especulación me resulta placentera— en que el pueblo negro conmemore con gratitud la auspiciosa era de la libertad extendida. Entonces esas personas[Z] serán particularmente nombradas con alabanza y honor, quienes generosamente propusieron y defendieron la causa de la humanidad, la libertad y la buena política; y llevaron al oído de la legislatura diseños dignos del patrocinio y la adopción real. Que el Cielo haga de los senadores británicos los dispersores de la luz, la libertad y la ciencia, hasta las partes más remotas de la tierra: entonces será gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad a los hombres: Gloria, honor, paz, etc., a toda alma de hombre que obra el bien, a los británicos primero (porque a ellos se les predica el Evangelio) y también a las naciones. 'Los que honran a su Hacedor tienen misericordia de los pobres'. 'Es la justicia la que enaltece a la nación; pero el pecado es afrenta para cualquier pueblo; la destrucción será para los obradores de iniquidad, y los impíos caerán por su propia maldad'. ¡Que las bendiciones del Señor estén sobre las cabezas de todos aquellos que se compadecieron de los casos de los negros oprimidos, y que el temor de Dios prolongue sus días; y que sus expectativas se llenen de alegría! 'El liberal piensa cosas liberales, y por cosas liberales se sostendrá', Isaías xxxii. 8. Pueden decir con el piadoso Job: '¿No lloré yo por el que estaba en apuros? ¿No se entristeció mi alma por el pobre?', Job xxx. 25.
Como el tráfico inhumano de la esclavitud va a ser tomado en consideración por la legislatura británica, no dudo que, si se estableciera un sistema de comercio en África, la demanda de manufacturas aumentaría muy rápidamente, ya que los habitantes nativos adoptarán insensiblemente las modas, modales, costumbres, etc., británicas. En proporción a la civilización, así será el consumo de manufacturas británicas.
El desgaste de un continente, casi dos veces más grande que Europa, y rico en producciones vegetales y minerales, es mucho más fácil de concebir que de calcular.
Un caso pertinente: a los aborígenes de Gran Bretaña les costó poco o nada en ropa, etc. La diferencia entre sus antepasados y la generación actual, en cuanto al consumo, es literalmente infinita. La suposición es de lo más obvia. Será igualmente inmensa en África. La misma causa, a saber, la civilización, tendrá siempre el mismo efecto.
Es comerciar sobre bases seguras. Un intercambio comercial con África abre una fuente inagotable de riqueza para los intereses manufactureros de Gran Bretaña, y para todo lo cual el comercio de esclavos es una objeción.
Si no estoy mal informado, el interés manufacturero es igual, si no superior, al interés territorial, en cuanto al valor, por razones que pronto aparecerán. La abolición de la esclavitud, tan diabólica, dará una extensión muy rápida de las manufacturas, lo cual es total y diametralmente opuesto a lo que afirman algunas personas interesadas.
Los fabricantes de este país deben tener, y tendrán, por la naturaleza y la razón de las cosas, un empleo pleno y constante mediante el suministro a los mercados africanos.
La población, las entrañas y la superficie de África, abundan en rendimientos valiosos y útiles; los tesoros ocultos de los siglos saldrán a la luz y entrarán en circulación. La industria, la empresa y la minería tendrán todo su alcance, proporcionalmente a medida que se civilicen. En una palabra, abre un campo infinito de comercio para las manufacturas británicas y el comerciante aventurero. El interés manufacturero y los intereses generales son sinónimos. La abolición de la esclavitud sería en realidad un bien universal.
Las torturas, el asesinato y cualquier otra barbaridad e iniquidad imaginable se practican sobre los pobres esclavos con impunidad. Espero que el comercio de esclavos sea abolido. Rezo para que sea un evento cercano. El gran cuerpo de fabricantes, uniéndose a la causa, lo facilitará y acelerará considerablemente; y, como ya he expuesto, es más sustancialmente su interés y ventaja, y como tal el de la nación en general, (excepto aquellas personas interesadas en la fabricación de collares de cuello, argollas, cadenas, esposas, grilletes para las piernas, rastras, tornillos para los pulgares, bozales de hierro y ataúdes; látigos, azotes y otros instrumentos de tortura utilizados en el comercio de esclavos). En poco tiempo prevalecerá un solo sentimiento, por motivos de interés tanto como de justicia y humanidad. Europa contiene ciento veinte millones de habitantes. Pregunta: ¿Cuántos millones contiene África? Suponiendo que los africanos, colectiva e individualmente, gasten 5 libras por cabeza en vestimenta y mobiliario anualmente cuando se civilicen, etc., ¡una inmensidad más allá del alcance de la imaginación!
Esto lo concibo como una teoría fundada en hechos, y por lo tanto, una infalible. Si se permitiera a los negros permanecer en su propio país, se duplicarían cada quince años. En proporción a tal aumento será la demanda de manufacturas. El algodón y el índigo crecen espontáneamente en la mayor parte de África; una consideración esta de no poca consecuencia para las ciudades manufactureras de Gran Bretaña. Abre una perspectiva inmensa, gloriosa y feliz: la vestimenta, etc., de un continente de diez mil millas de circunferencia, e inmensamente rico en producciones de toda denominación a cambio de manufacturas.
Solo me queda, pues, solicitar la indulgencia del lector y concluir. Estoy lejos de la vanidad de pensar que hay algún mérito en esta narrativa: espero que se suspenda la censura, cuando se considere que fue escrita por alguien que estaba tan poco dispuesto como incapacitado para adornar la sencillez de la verdad con el colorido de la imaginación. Mi vida y mi fortuna han sido extremadamente azarosas, y mis aventuras variadas. Incluso las que he relatado están considerablemente abreviadas. Si algún incidente en esta pequeña obra parece poco interesante y trivial para la mayoría de los lectores, solo puedo decir, como excusa por mencionarlo, que casi cada evento de mi vida dejó una impresión en mi mente e influyó en mi conducta. Me acostumbré desde temprano a buscar la mano de Dios en el más mínimo suceso, y a aprender de él una lección de moralidad y religión; y bajo esta luz, cada circunstancia que he relatado fue para mí de importancia. Después de todo, ¿qué hace importante a cualquier evento, a menos que por su observación nos volvamos mejores y más sabios, y aprendamos 'a hacer justicia, a amar la misericordia y a caminar humildemente ante Dios'? Para aquellos que poseen este espíritu, apenas hay libro o incidente tan trivial que no ofrezca algún beneficio, mientras que para otros la experiencia de los siglos parece no servir de nada; e incluso verter ante ellos los tesoros de la sabiduría es arrojar las joyas de la instrucción.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota X: Véase el Public Advertiser, 14 de julio de 1787.]
[Nota Y: A petición de algunos de mis amigos más particulares, me tomo la libertad de insertarlo aquí.]
[Nota Z: ¡Grenville Sharp, Esq; el Reverendo Thomas Clarkson; el Reverendo James Ramsay; nuestros amigos aprobados, hombres de virtud, son un honor para su país, un adorno para la naturaleza humana, felices en sí mismos y benefactores de la humanidad!]
EL FIN.