LAS CARTAS DE AMOR DE MARY WOLLSTONECRAFT A GILBERT IMLAY
CON UNA MEMORIA PREFACIAL Por Roger Ingpen
ILUSTRADO CON RETRATOS
Filadelfia J. B. LIPPINCOTT COMPANY Londres: HUTCHINSON & CO. 1908
IMPRESO EN GRAN BRETAÑA
LAS CARTAS DE MARY WOLLSTONECRAFT
EDITADO POR ROGER INGPEN
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PREFACIO
I
De los antepasados de Mary Wollstonecraft poco se sabe, salvo que eran de ascendencia irlandesa. Su padre, Edward John Wollstonecraft, era hijo de un próspero fabricante de Spitalfields nacido en Irlanda, de quien heredó la suma de diez mil libras. Hacia mediados del siglo XVIII se casó con Elizabeth Dixon, hija de un caballero de buena posición de Ballyshannon, con quien tuvo seis hijos: Edward, Mary, Everina, Eliza, James y Charles. Mary, la hija mayor y segunda de los hijos, nació el 27 de abril de 1759, año del nacimiento de Burns y Schiller, y último año del reinado de Jorge II. Pasó su infancia, hasta los cinco años, en las cercanías de Epping Forest, pero es dudoso si nació allí o en Hoxton. El señor Wollstonecraft no ejercía ninguna profesión en particular, aunque de vez en cuando incursionaba en una variedad de ocupaciones cuando le asaltaba el deseo de ganar dinero. Se le describe como poseedor de hábitos ociosos y disipados, de un temperamento ingobernable y un espíritu inquieto que le impulsaba a cambios perpetuos de residencia. Desde Hoxton, donde dilapidó la mayor parte de su fortuna, vagó hasta Essex y luego, entre otros lugares, en 1768 a Beverley, en Yorkshire. Más tarde se dedicó a la agricultura en Laugharne, en Pembrokeshire, pero al final se cansó de este experimento y regresó una vez más a Londres. A medida que su fortuna disminuía, su brutalidad y egoísmo aumentaban, y Mary se veía obligada a menudo a defender a su madre de sus actos de violencia personal, a veces interponiéndose físicamente entre él y su víctima. La señora Wollstonecraft misma estaba lejos de ser una mujer amable; pequeña tirana y severa pero incompetente gobernante de su hogar, trataba a Mary como la cabeza de turco de la familia. Los primeros años de Mary, por tanto, distaron mucho de ser felices; la poca escolarización que tuvo fue espasmódica, debido a los hábitos migratorios de su padre.
A los dieciséis años, cuando los Wollstonecraft estaban de nuevo en Londres, Mary entabló amistad con Fanny Blood, una joven de su misma edad, que estaba destinada a ser uno de los sucesos más felices de su vida. Existía un fuerte vínculo de simpatía entre las dos amigas, pues Fanny se las arreglaba mediante su trabajo como artista para ser el principal sostén de su familia, ya que su padre, al igual que el señor Wollstonecraft, era un tipo perezoso y borracho.
La nueva amiga de Mary era una joven intelectual y culta. Amaba la música, cantaba agradablemente, estaba bien leída también para su edad y escribía cartas interesantes. Fue comparando las cartas de Fanny Blood con las suyas que Mary reconoció por primera vez lo defectuosa que había sido su educación. Se aplicó, pues, a la tarea de aumentar su escaso caudal de conocimientos, con la esperanza de convertirse finalmente en institutriz. Al final, a los diecinueve años, Mary fue a Bath como dama de compañía de una señora mayor, fastidiosa y exigente, la señora Dawson, viuda de un rico comerciante londinense. A pesar de muchas dificultades, consiguió mantener su puesto durante unos dos años, dejándolo solo para asistir al lecho de muerte de su madre.
La muerte de la señora Wollstonecraft (en 1780) fue seguida por la desintegración del hogar. Mary fue a vivir temporalmente con los Blood en Walham Green y ayudó a la señora Blood, que aceptaba trabajos de costura; Everina se convirtió por poco tiempo en ama de llaves de su hermano Edward, un abogado; y Eliza se casó con un tal señor Bishop.
El señor Kegan Paul ha señalado que "todas las hermanas Wollstonecraft eran entusiastas, excitables y de temperamento precipitado, propensas a exagerar las pequeñeces, sensibles a magnificar la falta de atención en desaires, y los desaires en insultos estudiados. Todas tenían mala salud de un tipo que es especialmente agotador para los nervios, y Eliza tenía en exceso el temperamento y la constitución de la familia". La vida matrimonial de la señora Bishop fue desde el principio una miseria total; eran una pareja mal avenida, y su peculiar temperamento evidentemente exacerbaba la peor naturaleza de su marido. Sus arrebatos de furia y las escenas de violencia de ocurrencia diaria, de las cuales él era responsable, fueron más tarde descritos con fidelidad realista por Mary en su novela, "Los agravios de la mujer". Era claramente imposible para la señora Bishop seguir viviendo con un hombre así, y cuando, en 1782, cayó gravemente enferma, Mary, con su característica bondad, fue a cuidarla, y poco después la ayudó en su huida de su marido.
Al año siguiente (1783) Mary estableció una escuela en Islington con Fanny Blood, y así estuvo en condiciones de ofrecer un hogar a sus hermanas, la señora Bishop y Everina. La escuela fue trasladada después a Newington Green, donde Mary pronto tuvo un establecimiento con unos veinte alumnos externos. Tras un tiempo, envalentonada por su éxito, tomó una casa más grande; pero desgraciadamente el número de sus alumnos no aumentó en proporción a sus obligaciones, que ahora eran más pesadas de lo que podía afrontar bien.
Mientras Mary vivía en Newington Green, fue presentada al doctor Johnson, quien, según Godwin, la trató con particular bondad y atención, y con quien mantuvo una larga conversación. Él deseaba que repitiera su visita, pero se vio impedida de volver a verlo por su última enfermedad y muerte.
Mientras tanto, Fanny Blood había deteriorado su salud por exceso de trabajo, y los signos de tisis ya eran evidentes. Un tal señor Hugh Skeys, que se dedicaba a los negocios en Lisboa, aunque algo débil como amante, había admirado durante mucho tiempo a Fanny y quería casarse con ella. Se pensó que el clima de Portugal podría ayudar a restaurar su salud, y ella accedió, quizás más por eso que por cualquier otra razón, a convertirse en su esposa. Dejó Inglaterra en febrero de 1785, pero su salud continuó empeorando. La ansiedad de Mary por el bienestar de su amiga era tal que, al enterarse de su grave estado, partió inmediatamente hacia Lisboa y llegó, tras una travesía tormentosa, justo a tiempo para consolar a Fanny en sus últimos momentos. Mary quedó casi destrozada por la pérdida de su amiga, e hizo que su estancia en Lisboa fuera lo más corta posible, permaneciendo solo el tiempo necesario para el funeral de la señora Skeys.
Regresó a Inglaterra para encontrar que la escuela había sufrido enormemente por el descuido durante su ausencia. En una carta al hermano de la señora Skeys, George Blood, dice: "La pérdida de Fanny fue suficiente para haber arrojado una nube sobre mis días más brillantes: ¿qué efecto debe tener, pues, cuando estoy privada de cualquier otro consuelo? Tengo demasiadas deudas, el alquiler es tan enorme, y adónde ir, sin dinero ni amigos, ¿quién puede señalarlo?".
Comprendió así que continuar con su escuela era inútil. Pero su experiencia como directora de escuela daría frutos en el futuro. Había observado algunos de los defectos de los métodos educativos de su tiempo, y su primer esfuerzo publicado fue un panfleto titulado "Pensamientos sobre la educación de las hijas" (1787). Por este ensayo recibió diez guineas, suma que entregó a los padres de su amiga, el señor y la señora Blood, que deseaban irse a Irlanda.
Pronto fue ella misma a Irlanda, pues en octubre de 1787 se convirtió en institutriz de las hijas de Lord Kingsborough en Michaelstown, con un salario de cuarenta libras al año. Lady Kingsborough, en opinión de Mary, era "una mujer astuta y lista, muy habladora... Se maquilla, y en suma es una gran dama sin fantasía ni sensibilidad. Estoy casi atormentada hasta la muerte por los perros...". Lady Kingsborough era bastante egoísta e inculta, y su principal objetivo era la búsqueda del placer. Mimaba a sus perros, muy a disgusto de Mary Wollstonecraft, y descuidaba a sus hijos. Las ideas que tenía sobre la educación eran estrechas. Estaba acostumbrada a la sumisión por parte de su institutriz, pero aprendió pronto que Mary no era de temperamento dócil. Los niños, al principio indisciplinados y desafiantes, "literalmente hablando, irlandeses salvajes, sin formar y no muy agradables", pronto dieron a Mary su confianza, y poco después su afecto. Una de sus alumnas, Margaret King, después Lady Mountcashel, conservó siempre el más cálido afecto por Mary Wollstonecraft. Lady Mountcashel continuó su relación con William Godwin después de la muerte de Mary, y más tarde se encontró con Shelley y su esposa en Italia. Mary ganó de los niños el afecto que negaban a su madre; en consecuencia, en el otoño de 1788, cuando llevaba aproximadamente un año con Lady Kingsborough, recibió su despido. Había terminado para entonces la novela a la que dio el nombre de "Mary", que es un tributo a la memoria de su amiga Fanny Blood.
II
Y ahora, en su trigésimo año, Mary Wollstonecraft había concluido su carrera como institutriz y estaba resuelta a dedicarse en adelante a la literatura. Sus posibilidades de éxito eran ciertamente escasas, pues no había escrito nada que la alentara a tal empresa. Fue su fortuna, sin embargo, conocer a Joseph Johnson, el editor y librero humanitario de St. Paul's Churchyard, que publicaba las obras de Priestley, Horne Tooke, Gilbert Wakefield y otros hombres de pensamiento avanzado, y conoció en su mesa a muchos de los autores para los que él publicaba, y a hombres eminentes de la época como William Blake, Fuseli y Tom Paine. El señor Johnson, quien más tarde demostró ser uno de sus mejores amigos, la alentó en sus planes literarios. Él era el editor de sus "Pensamientos sobre la educación de las hijas", y había reconocido en ese pequeño libro tanta promesa que, cuando ella buscó su consejo, inmediatamente se ofreció a ayudarla con empleo.
Mary, por tanto, se instaló en San Miguel de 1788 en una casa en George Street, Blackfriars. Había traído a Londres el manuscrito de su novela "Mary", y se puso a trabajar en un libro para niños titulado "Historias originales de la vida real". Ambos libros aparecieron antes de que terminara el año, este último con láminas pintorescas de William Blake. Mary también ocupó parte de su tiempo con traducciones del francés, alemán e incluso holandés, una de las cuales fue una edición abreviada de los "Elementos de moralidad" de Saltzmann, para la cual Blake también suministró las ilustraciones. Además de este trabajo, Johnson contrató a Mary como su asesora literaria o "lectora", y aseguró sus servicios en relación con The Analytical Review, una revista que él había fundado recientemente.
Mientras estaba en George Street, también escribió su "Vindicación de los derechos del hombre" en una carta a Edmund Burke. Su principal satisfacción al mantener esta casa era tener un hogar donde sus hermanos y hermanas pudieran venir siempre que estuvieran sin empleo. Nunca se cansaba de ayudarlos ya fuera con dinero o ejerciendo su influencia para encontrarles puestos. Uno de sus primeros actos cuando se instaló en Londres fue enviar a Everina Wollstonecraft a París para mejorar su acento francés. El señor Johnson, quien escribió un breve relato de la vida de Mary en Londres en esta época, dice que a menudo pasaba sus tardes y noches en su casa, y solía buscar su consejo o desahogar sus problemas con él. Entre los muchos deberes que se impuso estaba el cargo de los asuntos de su padre, lo cual debió ser una empresa ciertamente infructuosa.
El más importante de los trabajos de Mary Wollstonecraft mientras vivía en Blackfriars fue la escritura del libro que está asociado principalmente con su nombre, "Vindicación de los derechos de la mujer". Este volumen —ahora mucho más conocido por su título que por su contenido— fue dedicado al astuto M. Talleyrand de Périgord, último obispo de Autun, aparentemente debido a su autoría de un panfleto sobre la Educación Nacional. Es innecesario intentar un análisis de este libro sorprendentemente original pero sumamente desigual; las reimpresiones modernas de la obra han aparecido bajo la dirección editorial tanto de la señora Fawcett como de la señora Pennell. Basta decir que es realmente un alegato a favor de un sistema de educación más ilustrado, que afecta no solo a su propio sexo, sino también a la humanidad en su sentido más amplio. Muchas de sus sugerencias han sido puestas en uso práctico desde hace mucho tiempo, como la de un sistema de educación nacional gratuita, con ventajas iguales para niños y niñas. El libro contiene demasiada teoría y, por tanto, está en gran medida obsoleto. Mary Wollstonecraft protesta contra la costumbre que reconoce a la mujer como el juguete del hombre; aboga, en cambio, por una base amistosa de igualdad entre los sexos, además de exigir un nuevo orden de cosas para las mujeres, en términos que son inusualmente francos. Un libro así no podía dejar de causar sensación, y rápidamente la hizo notoria, no solo en este país, sino en el continente, donde fue traducido al francés. Fue, por supuesto, el resultado de la Revolución Francesa; toda la obra está impregnada de las ideas e ideales de ese movimiento, pero mientras los patriotas franceses exigían derechos para los hombres, ella hacía las mismas exigencias también para las mujeres.
Es evidente que el gran drama histórico que se representaba entonces en Francia había causado una profunda impresión en la mente de Mary; su influencia está estampada en cada página de su libro, y era su deseo visitar Francia con el señor Johnson y Fuseli. Sus amigos, sin embargo, fueron incapaces de acompañarla, así que fue sola en diciembre de 1792, principalmente con el objetivo de perfeccionar su francés. Godwin afirma, aunque aparentemente por error, que Fuseli fue la causa de su viaje a Francia, habiendo crecido el trato con el pintor hasta convertirse en algo más cálido que una simple amistad. Fuseli, sin embargo, tenía esposa y estaba felizmente casado, por lo que Mary "resolvió prudentemente retirarse a otro país, lejos del objeto que involuntariamente había excitado la tierna pasión en su pecho".
Ciertamente llegó a París en un momento dramático; escribió el 24 de diciembre a su hermana Everina: "Pasado mañana espero ver al Rey ante el tribunal, y las consecuencias que seguirán casi temo anticiparlas". El día en cuestión, el 26, Luis XVI apareció en el Salón de la Convención para defender su causa a través de su abogado, Desize, y ese mismo día escribió aquella carta al señor Johnson que tantas veces ha sido citada: "Alrededor de las nueve de esta mañana", dice, "el Rey pasó por delante de mi ventana, moviéndose silenciosamente (salvo de vez en cuando unos pocos golpes de tambor, que hacían la quietud más terrible) a través de calles vacías, rodeado por los guardias nacionales, quienes, agrupándose alrededor del carruaje, parecían merecer su nombre. Los habitantes acudieron a sus ventanas, pero los ventanales estaban todos cerrados, ni una voz se escuchó, ni vi nada parecido a un gesto insultante. Por primera vez desde que entré en Francia me incliné ante la majestad del pueblo, y respeté la propiedad del comportamiento tan perfectamente al unísono con mis propios sentimientos. Apenas puedo decirte por qué, pero una asociación de ideas hizo que las lágrimas fluyeran insensiblemente de mis ojos, cuando vi a Luis sentado, con más dignidad de la que esperaba por su carácter, en un coche de alquiler, yendo al encuentro de la muerte, donde tantos de su raza habían triunfado. Mi fantasía trajo instantáneamente a Luis XIV ante mí, entrando en la capital con toda su pompa, después de una de sus victorias tan halagadoras para su orgullo, solo para ver el sol de la prosperidad eclipsado por la sublime penumbra de la miseria...".
Mary fue primero a alojarse en la casa de Madame Filiettaz, la hija de Madame Bregantz, en cuya escuela de Putney tanto la señora Bishop como Everina Wollstonecraft habían sido profesoras. Mary era ahora toda una celebridad —"La autoría", escribe, "es un peso pesado para los hombros femeninos, especialmente bajo el sol de la prosperidad"— y llevaba consigo cartas de presentación para varias personas influyentes en París. Renovó su trato con Tom Paine, se hizo íntima de Helen Maria Williams (de quien se dice que vivió una vez con Imlay) y visitó, entre otros, la casa del señor Thomas Christie. Tenía la intención de ir a Suiza, pero hubo algún problema con su pasaporte, así que se estableció en Neuilly, entonces un pueblo a tres millas de París. "Su habitación aquí", dice Godwin, "era una casa solitaria en medio de un jardín, sin más habitante que ella misma y el jardinero, un anciano que realizaba para ella muchas tareas domésticas y a veces disputaba el honor de hacerle la cama. El jardinero tenía una gran veneración por su huésped y le ponía delante, cuando estaba sola, algunas uvas de una clase particularmente fina, que ella no podía obtener de él sin la mayor dificultad cuando tenía a alguna persona como visitante. Fue aquí donde concibió, y en su mayor parte ejecutó, su visión histórica y moral de la Revolución Francesa, en la que incorporó la mayor parte de las observaciones que había recopilado para sus cartas, y que fue escrita con más sobriedad y alegría que el tono en que habían comenzado. Por la noche acostumbraba a refrescarse con un paseo por un bosque vecino, del que su anfitrión en vano intentaba disuadirla relatándole diversos robos y asesinatos horribles que se habían cometido allí".
Es probable que en marzo de 1793 Mary Wollstonecraft viera por primera vez a Gilbert Imlay. El encuentro ocurrió en la casa del señor Christie, y su impresión inmediata fue de desagrado, por lo que en ocasiones posteriores lo evitó. Sin embargo, su estima por él cambió rápidamente a amistad, y más tarde a amor. Gilbert Imlay nació en Nueva Jersey alrededor de 1755. Sirvió como capitán en el ejército estadounidense durante la guerra de la Independencia, y fue el autor de "Una descripción topográfica del territorio occidental de América del Norte", 1792, y de una novela titulada "Los emigrantes", 1793. En esta última obra, como estadounidense, se propone "colocar un espejo ante la vista de los ingleses, para que puedan contemplar la decadencia de esos rasgos que fueron una vez tan encantadores", y además "prevenir el sacrilegio que la práctica actual de los compromisos matrimoniales produce necesariamente". No se sabe si estas opiniones relativas al matrimonio precedieron, o fueron el resultado de, su relación con Mary Wollstonecraft. En 1793 se dedicaba a los negocios, probablemente en el comercio de madera con Suecia y Noruega.
Al decidir dedicarse a Imlay, Mary no buscó consejo ni confió en nadie. Estaba evidentemente muy enamorada de él, y sentía que su mutua confianza, no compartida por nadie más, otorgaba una sacralidad a su unión. Godwin, que es nuestra principal autoridad sobre el episodio de Imlay, afirma que "el origen de la relación fue alrededor de mediados de abril de 1793, y se llevó a cabo de manera privada durante unos tres meses". Imlay no tenía propiedad alguna, y Mary se había opuesto a casarse con él, porque no quería gravarlo con sus propias deudas, o "involucrarlo en ciertos problemas familiares", por los cuales se creía responsable. Consideraba su relación con Imlay, sin embargo, "como de la naturaleza más inviolable". Entonces el gobierno francés aprobó un decreto por el cual todos los súbditos británicos residentes en Francia debían ir a prisión hasta una declaración general de paz. Por tanto, se hizo conveniente, no que tuviera lugar un matrimonio, pues eso requeriría que Mary declarara su nacionalidad, sino que ella tomara el nombre de Imlay, "lo cual", dice Godwin, "por la naturaleza de su relación (formada por su parte al menos, sin ningún diseño caprichoso o voluble), consideró que tenía derecho a hacer, y obtener un certificado del embajador estadounidense, como esposa de un nativo de ese país. Siendo así su compromiso declarado, consideraron apropiado residir bajo el mismo techo, y para ese fin se trasladaron a París".
En una carta de Mary Wollstonecraft a su hermana Everina, fechada en El Havre el 10 de marzo de 1794, describe el clima de Francia como "inusualmente bueno" y elogia las maneras de la gente común; pero también se siente entristecida por las escenas que ha presenciado y añade que "la muerte y la miseria, bajo todas las formas de terror, acechan a este país devoto... Si alguna de las muchas cartas que he escrito ha llegado a tus manos o a las de Eliza, sabrás que estoy a salvo, gracias a la protección de un estadounidense, un hombre de gran valía que a una ternura de corazón y una rapidez de sentimientos poco comunes une una sensatez de entendimiento y una razonabilidad de carácter que rara vez se encuentran. Habiendo sido criado en las partes interiores de Estados Unidos, es una criatura de lo más natural y sencilla".
Mary había expresado en la "Vindicación de los derechos de la mujer" su ideal de las relaciones entre marido y mujer; ahora esperaba con ilusión una vida de felicidad doméstica como la que había anhelado durante algún tiempo. Había conocido mucha infelicidad en el pasado. Godwin dice: "Ella traía en ese momento un corazón herido y enfermo, para refugiarse en el apego de un amigo elegido. No se imagine, sin embargo, que traía un corazón querellante y arruinado en su gusto por el placer. No; todo su carácter pareció cambiar con un cambio de fortuna. Sus penas, la depresión de su espíritu, fueron olvidadas, y asumió toda la sencillez y la vivacidad de una mente juvenil. Era juguetona, llena de confianza, bondad y simpatía. Sus ojos adquirieron nuevo brillo, y sus mejillas nuevo color y tersura. Su voz se volvió alegre; su temperamento, rebosante de una bondad universal; e iluminó su semblante día tras día esa sonrisa de ternura fascinante, que todos los que la conocieron recordarán tan bien, y que ganó, tanto en corazón como en alma, el afecto de casi todo aquel que la contemplaba". Había conocido ahora al hombre a quien creía sinceramente que podía entregarse con total devoción. Naturalmente afectuosa, por primera vez en su vida, con su impulsivo espíritu irlandés, como dice Godwin, "dio rienda suelta a todas las sensibilidades de su naturaleza".
El asunto, sin embargo, estaba condenado al fracaso desde el principio. Mary había dado su paso sin mucha reflexión. Atribuyó a Imlay una "ternura de corazón poco común", pero no detectó su inestabilidad de carácter. Ciertamente la fascinó, como fascinó a otras mujeres, tanto antes como después de su apego a Mary. No era el hombre que se conformara con una sola mujer como compañera de vida. Un estadounidense típico, estaba profundamente inmerso en los negocios, pero es posible que sus asuntos no le reclamaran tanto tiempo como él representaba. En septiembre, después de instalarse con Mary, es decir, en el 93, el año del Terror, la dejó en París mientras él se iba a El Havre, conocido anteriormente como Havre de Grace, pero entonces rebautizado como Havre Marat. Es terrible pensar cómo debió de ser la vida de esta extraña solitaria en París en aquel momento. Sin embargo, sus cartas a Imlay apenas contienen una referencia a los acontecimientos de la Revolución.
Mary, cansada de esperar el regreso de Imlay a París y enferma por las "crecientes crueldades de Robespierre", se reunió con él en El Havre en enero de 1794, y el 14 de mayo dio a luz a una niña, a quien llamó Frances en memoria de Fanny Blood, la amiga de su juventud. En todas sus cartas a Imlay existe una clara evidencia de lo tiernamente que amaba a la pequeña. En una carta a Everina, fechada en París el 20 de septiembre, habla así de la pequeña Fanny:
"Quiero que veas a mi niña, que es más parecida a un niño. Está lista para salir volando de energía, y tiene una salud elocuente en sus mejillas y ojos. No promete ser una belleza, pero parece maravillosamente inteligente, y aunque estoy segura de que tiene el temperamento rápido y los sentimientos de su padre, su buen humor se lleva todo el mérito de mi buen cuidado".
En septiembre, Imlay dejó El Havre rumbo a Londres, y ahora que el Terror había disminuido, Mary regresó a París. Esta separación significó en realidad el fin de su camaradería. Volverían a encontrarse, pero nunca en los mismos términos. El viaje resultó ser el más agotador que hizo jamás, averiándose el carruaje en el que viajaba cuatro veces entre El Havre y París. Imlay prometió ir a París en el transcurso de dos meses, y ella lo esperó hasta finales de año con alegría. Con la presión de los negocios y otras distracciones, sus sentimientos por ella y por la niña se habían enfriado, como delataba el tono de sus cartas. Durante tres meses más, Imlay le dio largas con explicaciones insatisfactorias, pero su incertidumbre llegó a su fin en abril, cuando ella fue a Londres a petición suya. Sus presentimientos más graves resultaron ser demasiado ciertos. Imlay ya vivía con una joven actriz perteneciente a una compañía de teatro ambulante; y era evidente, aunque al principio él protestó lo contrario, que Mary era solo una consideración secundaria en su vida. Sin embargo, le proporcionó una casa amueblada, y ella no abandonó de inmediato la esperanza de una reconciliación: pero cuando se dio cuenta de que la esperanza era inútil, en su desesperación resolvió quitarse la vida. No se sabe realmente si intentó suicidarse o si Imlay se enteró de su intención a tiempo para impedírselo. Imlay estaba en ese momento dedicado al comercio con Noruega y, necesitando a un representante de confianza para realizar algunos negocios confidenciales, se pensó que el viaje restauraría la salud y el ánimo de Mary. Por lo tanto, ella aceptó realizar el viaje y partió a principios de abril de 1795, con un documento redactado por Imlay nombrándola su representante, y describiéndola como "Mary Imlay, mi mejor amiga y esposa", y concluyendo: "Así, confiando en el talento, el celo y la seriedad de mi muy querida amiga y compañera, someto la gestión de estos asuntos total e implícitamente a su discreción: Permaneciendo, muy sincera y afectuosamente, suyo, G. Imlay".
Las cartas que describen sus viajes, excluyendo cualquier asunto personal, se publicaron en 1796 como "Cartas escritas durante una corta estancia en Suecia, Noruega y Dinamarca", uno de sus libros más legibles. Las partes eliminadas de estas cartas fueron impresas por Godwin en las obras póstumas de su esposa y se presentan en este volumen. Regresó a Inglaterra a principios de octubre con el corazón apesadumbrado. Imlay había prometido encontrarla en el viaje de regreso, posiblemente en Hamburgo, y llevarla a Suiza, pero ella se apresuró a ir a Londres para encontrar sus sospechas confirmadas. Él le proporcionó un alojamiento, pero la descuidó por completo por una mujer con la que vivía. Al descubrir por primera vez su nuevo romance, y en su agonía mental, buscó a Imlay en la casa que había amueblado para su nueva compañera. La conferencia resultó en su absoluta desesperación y decidió ahogarse. Primero fue al puente de Battersea, pero encontró a demasiada gente allí; y por tanto siguió caminando hasta Putney. Era de noche y llovía cuando llegó, y después de vagar de un lado a otro del puente durante media hora hasta que su ropa estuvo completamente empapada, se lanzó al río. Sin embargo, fue rescatada del agua y, aunque inconsciente, se le salvó la vida.
Mary se encontró con Imlay casualmente en otras dos o tres ocasiones; probablemente la última vez que lo vio fue en New Road (ahora Marylebone Road), cuando "él se bajó de su caballo y caminó con ella durante un tiempo; y el reencuentro pasó", aseguró ella a Godwin, "sin producir en ella ninguna emoción opresiva". Mary se negó a aceptar ninguna ayuda pecuniaria para sí misma de parte de Imlay, pero él otorgó un bono por una suma que debía ser destinada a ella, cuyos intereses se dedicarían al mantenimiento de su hija; sin embargo, nunca se pagó ni el capital ni los intereses. No se sabe qué fue finalmente de Imlay.
Mary finalmente se resignó a lo inevitable. Su viejo amigo y editor, el Sr. Johnson, acudió en su ayuda y ella decidió retomar su trabajo literario para mantenerse a sí misma y a su hija. Fue vista una vez más en la sociedad literaria. Entre las personas a las que conoció en este momento estaba William Godwin. Tres años mayor que ella, era uno de los republicanos más avanzados de la época, autor de "Justicia política" y de la novela "Caleb Williams". Se habían conocido antes, por primera vez en noviembre de 1791, pero ella desagradó a Godwin porque su vivaz charla silenció al naturalmente callado Thomas Paine, a quien él estaba ansioso por escuchar hablar. Aunque se conocieron ocasionalmente después, no fue hasta 1796 cuando se hicieron amigos. Debe haber habido algo en Godwin que lo hacía extremadamente atractivo para sus amigos, pues contaba entre ellos a algunas de las mujeres más encantadoras de la época, y hombres como Wordsworth, Lamb, Hazlitt y Shelley estaban orgullosos de pertenecer a su círculo. Para los miembros de su familia, era de una disposición amable, incluso afectuosa. Desafortunadamente, aparece en su peor faceta —una especie de temprano Pecksniff— en su correspondencia y relaciones posteriores con Shelley, y es por esta correspondencia que hoy en día es mejor conocido. El fino retrato de perfil de Godwin realizado por Northcote, en la Galería Nacional de Retratos, conserva para nosotros toda la belleza de su frente y sus ojos intelectuales. Otro retrato de Godwin, de frente, con una nariz larga y triste, de Pickersgill, que una vez pudo verse en la Galería Nacional de Retratos, no es tan agradable. En una carta a Cottle, Southey da un retrato poco halagador de Godwin en el momento de su matrimonio, que parece sugerir el retrato de frente del filósofo: "tiene unos ojos grandes y nobles, y una nariz... ¡oh, nariz abominable! El lenguaje no es lo suficientemente vituperativo para describir el efecto de su elongación hacia abajo".
Godwin describe su cortejo con Mary como "una amistad que se funde en amor". Acordaron vivir juntos, pero Godwin tomó habitaciones a unas veinte puertas de su casa en el Polygon, Somers Town, ya que una de sus teorías era que vivir bajo el mismo techo es destructivo para la felicidad familiar. Godwin iba a sus habitaciones tan pronto como se levantaba por la mañana, generalmente sin desayunar con Mary, y a veces dormía en su alojamiento. Rara vez volvían a verse hasta la hora de la cena, a menos que fuera para dar un paseo juntos. Durante el día, esta extraordinaria pareja se comunicaba mediante breves cartas o notas. El Sr. Kegan Paul imprime algunas de ellas; como la de Godwin:
"Tendré el honor de cenar con usted. Me pregunta si puedo conseguirle cuatro entradas. No lo sé, pero no creo que la cosa sea imposible. ¿Cómo está usted?"
Y la de Mary: "Fanny está encantada con la idea de cenar con usted. Pero quiero que primero coma usted su carne, y deje que ella suba con el pudin. Probablemente llamaré a su puerta de camino a casa de Opie; pero si no le encuentro, permítame pedirle que no llegue demasiado tarde esta noche. No le dé a Fanny mantequilla con su pudin". Esta nota está fechada el 20 de abril de 1797 y probablemente fija el momento en que Mary estaba posando para su retrato ante Opie.
En general, Godwin y Mary vivieron felices juntos, con nubes muy ocasionales, principalmente debido a su naturaleza hipersensible y a sus hábitos de soltero confirmado.
Aunque ambos se oponían al matrimonio por principio, se casaron en la iglesia de Old St. Pancras el 29 de marzo de 1797, siendo testigo el secretario de la iglesia. Godwin no menciona el acontecimiento en su diario cuidadosamente registrado. La razón del matrimonio fue que Mary estaba a punto de ser madre, y fue por el bien de la niña que consideraron prudente pasar por la ceremonia. Pero no se hizo público de inmediato, principalmente por temor a que Johnson dejara de ayudar a Mary. La Sra. Inchbald y la Sra. Reveley, dos de las admiradoras de Godwin, quedaron tan disgustadas ante el anuncio de su matrimonio que derramaron lágrimas.
Una descripción interesante de Mary en este momento se ofrece en la carta de Southey a Cottle, citada anteriormente, fechada el 13 de marzo de 1797. Dice: "De todos los leones o literatos que he visto aquí, el semblante de Mary Imlay es el mejor, infinitamente el mejor: el único defecto en él es una expresión algo similar a la que muestran los grabados de Horne Tooke —una expresión que indica superioridad; no altivez, no sarcasmo en Mary Imlay, pero aun así es desagradable. Sus ojos son de color marrón claro, y aunque el párpado de uno de ellos está afectado por una pequeña parálisis, son los más expresivos que he visto jamás".
Mary se ocupaba con su trabajo literario; por lo demás, su corta vida matrimonial transcurrió sin incidentes. Godwin realizó un viaje con su amigo Basil Montagu a Staffordshire del 3 al 20 de junio, y la correspondencia entre marido y mujer durante este tiempo, que el Sr. Paul imprime, es una lectura de lo más deliciosa y muestra cuán completamente en sintonía estaban.
El 30 de agosto nació la hija de Mary, no el William tan deseado por ambos, sino Mary, quien más tarde se convertiría en la Sra. Shelley. Todo parecía ir bien con la madre hasta el 3 de septiembre, cuando aparecieron síntomas alarmantes. Se obtuvo el mejor consejo médico, pero tras una semana de enfermedad, el domingo por la mañana, día 10, a las ocho menos veinte, se apagó y murió. Durante su enfermedad, cuando sentía una gran agonía, se le administró un calmante que le proporcionó algo de alivio, momento en el que Mary exclamó: "Oh, Godwin, estoy en el cielo". Pero, como dice el Sr. Kegan Paul, "incluso en ese momento Godwin se negó a ser atrapado en la admisión de que el cielo existía", y su respuesta instantánea fue: "Quieres decir, querida, que tus sensaciones físicas son algo más llevaderas". Mary Godwin, sin embargo, no compartía las dudas religiosas de su marido. Sus sufrimientos habían sido grandes, pero su muerte fue pacífica.
El dolor de Godwin fue muy profundo, como atestiguan las cartas que escribió inmediatamente después de su muerte y su homenaje a su memoria en las "Memorias". Mary Godwin fue enterrada en el cementerio de Old St. Pancras el 15 de septiembre, en presencia de la mayoría de sus amigos. Godwin vivió hasta 1836, cuando fue enterrado junto a ella. Muchos años después, ante la misma tumba, se dice que Shelley prometió su amor a la hija de Mary Godwin. En 1851, cuando se construyeron los ferrocarriles Metropolitan y Midland en St. Pancras, el cementerio fue destruido, pero los cuerpos de Mary y William Godwin fueron trasladados por su nieto, Sir Percy Shelley, a Bournemouth, donde descansan ahora con sus restos y los de su madre, la Sra. Shelley.
En el año siguiente a la muerte de Mary (1798), Godwin editó las "Obras póstumas" de su esposa, en cuatro volúmenes, en las que aparecieron las cartas a Imlay y su novela incompleta "Los agravios de la mujer". Su homenaje a la memoria de Mary Godwin también se publicó en 1798, bajo el título de "Memorias de la autora de una Vindicación de los derechos de la mujer". La novela de Godwin, "St. Leon", salió en 1799; su tragedia "Antonio" fue producida solo para fracasar, en 1800, y en 1801 fue cortejado y ganado por la Sra. Clairmont, una viuda. El hogar de Godwin era algo mixto, compuesto, como estaba, por Fanny Imlay, Mary Godwin, los dos hijos de la Sra. Godwin, Charles y Claire Clairmont, y también por William, el único hijo nacido de su matrimonio con Godwin. En 1812, Shelley comenzó una correspondencia con Godwin que finalmente condujo a la fuga de Mary Godwin con el poeta. La pobre Fanny Imlay, o Godwin, como fue llamada después de la muerte de su madre, murió a los diecinueve años por su propia mano, en octubre de 1816. Su vida había estado lejos de ser feliz en este extraño hogar. Había llegado a amar a Shelley, pero su elección había recaído en su media hermana, así que ella guardó valientemente su secreto para sí misma. Un día abandonó repentinamente su hogar y viajó a Swansea, donde fue encontrada muerta la mañana siguiente a su llegada, en la posada donde había alquilado una habitación, "con su largo cabello castaño sobre el rostro; una botella de láudano sobre la mesa y una nota que decía así: 'Hace tiempo que determiné que lo mejor que podía hacer era poner fin a la existencia de un ser cuyo nacimiento fue desafortunado y cuya vida solo ha sido una serie de dolores para aquellas personas que han dañado su salud tratando de promover su bienestar'. Llevaba consigo el pequeño reloj de Ginebra, un regalo de viaje de Mary y Shelley; y en su monedero había unos pocos chelines".[1]
Shelley, recordando más tarde su última entrevista con Fanny en Londres, escribió esta estrofa:
"Su voz tembló al despedirnos; Mas no supe que el corazón estaba roto De donde venía, y partí Sin prestar atención a las palabras pronunciadas. Miseria... oh, miseria, ¡Este mundo es demasiado vasto para ti!"
III
Las vicisitudes de las que Mary Wollstonecraft fue tan presa durante su vida parecen haberla perseguido después de la muerte. Reconocida en su época como un personaje público, vilipendiada por la mayoría de sus contemporáneos en términos no menos crueles que los epítetos de Horace Walpole, "una hiena con enaguas" o "una serpiente filosofante", la posteridad no ha demostrado ser mucho más indulgente con ella. Pero el vigoroso trabajo de esta "patriota femenina" ha salvado su nombre de ese descenso a la oscuridad que es la recompensa de muchos hombres y mujeres más talentosos que Mary Wollstonecraft. Considerada principalmente como un ser desexualizado, que había escrito "Una vindicación de los derechos de la mujer", no fue la primera mujer en sostener opiniones sobre la emancipación de su sexo; pero sus principales crímenes fueron expresarlas para la instrucción del público y tener el coraje de vivir de acuerdo con sus opiniones. Estuviera bien o mal, pagó el precio de violar la costumbre al discutir temas prohibidos. Es cierto que detectó muchos males sociales y sugirió algunos remedios excelentes para su mejora, pero el momento no estaba maduro para su libro y sufrió el destino habitual de la pionera. Además, su biografía escrita por William Godwin, hermosa como es en muchos aspectos, ejerció una influencia claramente dañina con respecto a su memoria. El hecho mismo de que se convirtiera en esposa de un hombre tan notorio fue razón suficiente para condenarla a los ojos de sus compatriotas.
Durante dos generaciones después de su muerte, prácticamente no se hizo ningún intento por eliminar el estigma de su nombre. Pero al fin, el difunto Sr. Kegan Paul, un hombre de amplias y generosas simpatías, hizo un serio esfuerzo por obtener algo parecido a la justicia para Mary Wollstonecraft. En su libro sobre William Godwin, publicado en 1876, se contó por primera vez la verdadera historia de la vida de Mary. Fue una especie de revelación, pues registró la historia de una mujer infeliz pero valiente y leal, cuyos defectos procedían de una sensibilidad excesiva y de un corazón demasiado susceptible. Mary Wollstonecraft era una idealista en una época muy pragmática, y su visión de la vida, como la de la mayoría de los idealistas, estaba fuertemente afectada por su imaginación. Veía a las personas y los acontecimientos bajo luces brillantes o sombras sombrías; era un poder similar al entusiasmo que le permitía producir algunos de sus mejores escritos, pero también le impedía ver los defectos de su peor obra. Desde la biografía del Sr. Kegan Paul, Mary Wollstonecraft ha sido vista desde un aspecto completamente diferente, y son muchos los que han caído bajo el hechizo de su fascinante personalidad. Sin embargo, no es solo su mensaje lo que ahora nos interesa, sino la mujer misma, sus deseos, sus aspiraciones, sus luchas y su amor. Patética y solitaria, destaca en las tenues brumas del pasado, una mujer que continuará evocando simpatía cuando sus libros ya no se lean. Pero es seguro predecir que las páginas reimpresas en este volumen no están destinadas a compartir el destino del resto de su obra. Otros escritores han sido infelices y han conocido los dolores del amor no correspondido, pero Mary Wollstonecraft dirigió estas cartas con el corazón roto al hombre al que adoraba, las cartas de amor más apasionadas de nuestra literatura. Es cierto que era una devota de Rousseau y que probablemente había asimilado del estudio de su obra no solo muchas de sus opiniones, sino algo de su estilo; sin embargo, no parece que tuviera otro motivo al escribir estas cartas que el de defender su causa ante Imlay. Era demasiado sensible como para haberlas destinado a su publicación, y fue solo por mera casualidad que se salvaron del olvido.
Diciembre de 1907.
RETRATOS
MARY WOLLSTONECRAFT (Fotograbado) Frontispicio
MARY WOLLSTONECRAFT, por Opie. De un grabado por Ridley frente a la pág. xvi
CARTAS A GILBERT IMLAY
CARTA I
Las dos [París, junio de 1793].
Amor mío, después de haber hecho los preparativos para nuestra acogedora cena de hoy, me he visto tomada por asalto y obligada a prometer que cenaría, a una hora temprana, con las señoritas ----, el único día que piensan pasar aquí. Sin embargo, dejaré la llave en la puerta y espero encontrarte junto a mi chimenea cuando regrese, hacia las ocho. ¿No esperarás a la pobre Joan?, a quien encontrarás mejor, y hasta entonces piensa con mucho afecto en ella.
Tuya, sinceramente, MARY.
Me siento a cenar; así que no envíes respuesta.
CARTA II
Pasadas las doce de la noche, lunes [París, agosto de 1793].
Obedezco a una emoción de mi corazón, que me hizo pensar en desearte, amor mío, ¡buenas noches! antes de irme a descansar, con más ternura de la que podré mañana, cuando escriba una o dos líneas apresuradas bajo la mirada del coronel ----. Difícilmente puedes imaginar con qué placer anticipo el día en que empecemos casi a vivir juntos; y sonreirías al oír cuántos planes de ocupación tengo en mente, ahora que estoy segura de que mi corazón ha hallado la paz en tu pecho. Ámame con esa tierna dignidad que solo he encontrado en ti; y tu querida chica tratará de contener la prontitud de sentimientos que a veces te ha causado dolor. Sí, seré buena, para merecer ser feliz; y mientras me ames, no podré volver a caer en el estado miserable que hizo de la vida una carga casi demasiado pesada de soportar.
Pero, ¡buenas noches! ¡Que Dios te bendiga! Sterne dice que eso equivale a un beso; sin embargo, preferiría darte el beso además, brillando con gratitud hacia el Cielo y afecto hacia ti. Me gusta la palabra afecto, porque significa algo habitual; y pronto nos reuniremos para probar si tenemos suficiente mente para mantener nuestros corazones cálidos.
MARY.
Estaré en la barrera poco después de las diez de la mañana de mañana.----Tuyo----
CARTA III
Miércoles por la mañana [París, agosto de 1793].
A menudo me has llamado chica querida, pero ahora dirías buena si supieras lo muy atenta que he estado al ---- desde que llegué a París. Sin embargo, no voy a molestarte con el relato, porque me gusta ver cómo tus ojos me elogian; y Milton insinúa que, durante tales recitaciones, hay interrupciones, no ingratas para el corazón, cuando la miel que cae de los labios no son meras palabras.
Aun así, no estaré (déjame decírtelo antes de que estas personas entren, para obligarme a empaquetar mi carta) contenta con solo un beso de DEBER; debes alegrarte de verme, porque te alegras, o le haré el amor a la sombra de Mirabeau, hacia quien mi corazón se volvía continuamente mientras hablaba con Madame ----, diciéndome con fuerza que siempre tendrá suficiente calor para amar, quiera o no, el sentimiento, aunque respeto tanto los principios.
No es que piense que Mirabeau carece totalmente de principios, ni mucho menos; y, si no hubiera comenzado a formar una nueva teoría respecto a los hombres, me habría imaginado, en la vanidad de mi corazón, que podría haber hecho algo del suyo; estaba compuesto de tales materiales. ¡Silencio! aquí vienen, y el amor vuela en un abrir y cerrar de ojos, dejando un pequeño roce de su ala en mis pálidas mejillas.
Espero ver al Dr. ---- esta mañana; voy a casa del Sr. ---- para encontrarme con él. ----, y algunos otros, están invitados a cenar con nosotros hoy; y mañana pasaré el día con ----.
Probablemente no podré volver a ---- mañana; pero no importa, porque debo tomar un carruaje, tengo tantos libros que necesito de inmediato, para llevarme conmigo. El viernes, pues, esperaré que cenes conmigo; y si vienes un poco antes de la cena, hace tanto tiempo que no te veo, que no serás regañado por la tuya afectuosamente,
MARY.
CARTA IV
Viernes por la mañana [París, septiembre de 1793].
Un hombre, a quien una carta del Sr. ---- anunció previamente, vino ayer aquí para el pago de una letra; y, como parecía decepcionado al no encontrarte en casa, lo envié al Sr. ----. Desde entonces lo he visto, y me dice que ha arreglado el asunto.
¡Tanto por los negocios! ¿Me atrevo a hablar un poco más sobre asuntos menos trascendentales? ¿Cómo estás? Te he seguido por todo el camino en este clima desapacible; porque, cuando estoy ausente de aquellos a quienes amo, mi imaginación es tan viva como si mis sentidos nunca hubieran sido gratificados por su presencia; iba a decir caricias, ¿y por qué no debería? He descubierto que tengo más mente que tú, en un aspecto; porque puedo, sin ningún esfuerzo violento de la razón, encontrar alimento para el amor en el mismo objeto, mucho más tiempo del que tú puedes. El camino a mis sentidos es a través de mi corazón; pero, ¡perdóname!, creo que a veces hay un atajo hacia los tuyos.
Con noventa y nueve hombres de cada cien, una pizca suficiente de locura es necesaria para hacer a una mujer piquante, una palabra suave para deseable; y, más allá de estas ebulliciones casuales de simpatía, pocos buscan el disfrute fomentando una pasión en sus corazones. Una razón, en suma, por la que deseo que todo mi sexo se vuelva más sabio, es que las insensatas no puedan, con su bonita tontería, robar a aquellas cuya sensibilidad mantiene baja su vanidad, las pocas rosas que les brindan algún consuelo en el espinoso camino de la vida.
No sé cómo caí en estas reflexiones, excepto que un pensamiento lo produjo: que estas continuas separaciones eran necesarias para calentar tu afecto. Últimamente, siempre nos estamos separando. ¡Crack! ¡crack! y ahí te vas. Esta broma lleva el tinte cetrino del pensamiento; porque, aunque comencé a escribir alegremente, algunas lágrimas melancólicas han encontrado su camino hacia mis ojos, que permanecen allí, mientras un resplandor de ternura en mi corazón susurra que eres una de las mejores criaturas del mundo. ¡Perdona entonces los caprichos de una mente que ha estado casi "enloquecida por la preocupación", así como "contrariada en un amor infeliz", y ten paciencia conmigo un poco más! Cuando estemos establecidos juntos en el campo, más deberes se abrirán ante mí, y mi corazón, que ahora, temblando hacia la paz, se agita con cada emoción que despierta el recuerdo de viejas penas, aprenderá a descansar en el tuyo, con esa dignidad que tu carácter, por no hablar del mío, exige.
Cuídate, y escribe pronto a tu propia chica (puedes añadir querida, si quieres) que sinceramente te ama, y tratará de convencerte de ello, volviéndose más feliz.
MARY.
CARTA V
Domingo por la noche [París, 1793].
Acabo de recibir tu carta, y siento como si no pudiera irme a la cama tranquilamente sin decir unas palabras en respuesta, simplemente para decirte que mi mente está serena y mi corazón afectuoso.
Desde que me viste por última vez inclinada a desmayarme, he sentido algunos espasmos suaves, que me hacen empezar a pensar que estoy nutriendo a una criatura que pronto será sensible a mi cuidado. Este pensamiento no solo ha producido un desbordamiento de ternura hacia ti, sino que me ha hecho estar muy atenta a calmar mi mente y hacer ejercicio, no sea que destruya un objeto en quien vamos a tener un interés mutuo, ya sabes. Ayer —¡no sonrías!—, al descubrir que me había hecho daño al levantar precipitadamente un gran tronco de madera, me senté en agonía hasta que sentí de nuevo dichos espasmos.
¿Estás muy ocupado?
* * * * *
Así que puedes contar con que esté terminado pronto, aunque no antes de que vuelvas a casa, a menos que te retengan más tiempo del que ahora me permito creer que lo harán.
Sea como sea, escríbeme, amor mío, y pídeme que sea paciente, amablemente, y las expresiones de bondad volverán a engañar al tiempo, tan dulcemente como lo han hecho esta noche. Dime también una y otra vez que tu felicidad (¡y mereces ser feliz!) está estrechamente conectada con la mía, y trataré de disipar, a medida que surjan, los vapores del descontento anterior, que demasiadas veces han nublado la luz del sol que te has esforzado por difundir en mi mente. ¡Que Dios te bendiga! Cuídate, y recuerda con ternura a tu afectuosa
MARY.
Me voy a descansar muy feliz, y tú me has hecho así. Este es el buenas noches más amable que puedo pronunciar.
CARTA VI
Viernes por la mañana [París, diciembre de 1793].
Me alegra descubrir que otras personas pueden ser irracionales, tanto como yo, porque sépase, que respondí a tu primera carta la misma noche que me llegó (domingo), aunque tú no pudiste recibirla antes del miércoles, porque no fue enviada hasta el día siguiente. Ahí tienes un relato completo, veraz y detallado.
Sin embargo, no estoy enfadada contigo, amor mío, porque creo que es una prueba de estupidez, y también de un afecto tibio, que viene a ser lo mismo, cuando el temperamento se rige por una escuadra y un compás. No hay nada pintoresco en esta igualdad de líneas rectas, y las pasiones siempre dan gracia a las acciones.
El recuerdo ahora hace que mi corazón salte hacia ti; pero no es hacia tu cara de hacer dinero, aunque no puedo estar seriamente disgustada con el esfuerzo que aumenta mi estima, o más bien es lo que habría esperado de tu carácter. No; tengo tu rostro honesto ante mí, relajado por la ternura; un poco, un poco herido por mis caprichos; y tus ojos brillando con simpatía. Tus labios entonces se sienten más suaves que lo suave, y apoyo mi mejilla en la tuya, olvidando todo el mundo. No he dejado fuera el tinte del amor de la imagen, el resplandor rosado; y la fantasía lo ha extendido sobre mis propias mejillas, creo, porque las siento arder, mientras una lágrima deliciosa tiembla en mi ojo, que sería toda tuya, si una emoción agradecida dirigida al Padre de la naturaleza, que me ha hecho así viva para la felicidad, no diera más calidez al sentimiento que divide. Debo hacer una pausa un momento.
¿Necesito decirte que estoy tranquila después de escribir esto? No sé por qué, pero tengo más confianza en tu afecto cuando estás ausente que presente; es más, creo que debes amarme, porque, en la sinceridad de mi corazón permíteme decirlo, creo que merezco tu ternura, porque soy sincera, y tengo un grado de sensibilidad que puedes ver y disfrutar.
Tuyo sinceramente, MARY.
CARTA VII
Domingo por la mañana [París, 29 de diciembre de 1793].
Pareces haber fijado tu residencia en Le Havre. ¡Por favor, señor! ¿cuándo piensas volver a casa? o, para escribir con mucha consideración, ¿cuándo te lo permitirán los negocios? Esperaré (como dice la gente de campo en Inglaterra) que hagas un montón de dinero para indemnizarme por tu ausencia.
* * * * *
¡Bien! pero, amor mío, volviendo a la vieja historia, ¿te veré esta semana o este mes? No sé lo que haces, porque, como no me lo dijiste, no quise preguntarle al Sr. ----, que generalmente es bastante comunicativo.
Anhelo ver a la Sra. ----; no para tener noticias tuyas, así que no te des aires, sino para recibir una carta del Sr. ----. Y estoy medio enfadada contigo por no informarme si ella había traído una consigo o no. En este punto, cerraré algunas de las cosas amables que estaban listas para caer de mi pluma, que nunca ha sido mojada en hiel cuando se dirige a ti; o, solo dejaré que se escape una exclamación: "¡La criatura!", o una mirada amable, cuando pase junto a las zapatillas, que no pude quitar de mi puerta, aunque no son las más hermosas de su clase.
¡No estés tan ansioso por conseguir dinero!, porque no hay nada que merezca la pena que se pueda comprar. Que Dios te bendiga.
Tuyo afectuosamente, MARY.
CARTA VIII
Lunes por la noche [París, 30 de diciembre de 1793].
Amor mío, tu carta de esta noche fue particularmente grata para mi corazón, deprimido por las cartas que recibí por ----, pues me trajo varias, y el paquete de libros dirigido al Sr. ---- era para mí. La carta del Sr. ---- era larga y muy afectuosa; pero el relato que me da de sus propios asuntos, aunque obviamente los presenta de la mejor manera posible, me ha disgustado.
Una carta melancólica de mi hermana ---- también ha atormentado mi mente; la de mi hermano me habría dado un placer sincero; pero por
* * * * *
Hay un espíritu de independencia en su carta que te agradará; y la verás cuando estemos una vez más juntos ante la chimenea. Creo que lo saludarías como a un hermano, con una de tus miradas tiernas, cuando tu corazón no solo da brillo a tus ojos, sino una danza de alegría, que él encontraría con un resplandor compuesto en parte por timidez y un deseo de complacer al... ¿dónde encontraré una palabra para expresar la relación que existe entre nosotros? ¿Preguntaré al pequeño inquieto? Pero he dejado caer la mitad de la frase que iba a decirte cuánto estaría él inclinado a amar al hombre amado por su hermana. ¡Me he estado imaginando sentada entre vosotros, desde que comencé a escribir, y mi corazón ha saltado ante el pensamiento! Ves cómo charlo contigo.
No recibí tu carta hasta que llegué a casa; y no la esperaba, porque el correo llegó mucho más tarde de lo habitual. Fue un cordial para mí, y necesitaba uno.
El Sr. ---- me dice que ha escrito una y otra vez. ¡Ámalo un poco! Sería una especie de separación si no amaras a los que yo amo.
Había tanta ternura considerada en tu epístola de esta noche, que, si no te ha hecho más querido para mí, me ha hecho sentir con fuerza lo muy querido que eres para mí, al encantar y alejar la mitad de mis preocupaciones.
Tuyo afectuosamente, MARY.
CARTA IX
Martes por la mañana [París, 31 de diciembre de 1793].
Aunque acabo de enviar una carta, como el capitán ---- se ofrece a llevar una, no quiero dejar que se vaya sin un saludo amable, porque pequeñeces de esta clase, sin tener efecto alguno en mi mente, apagan mi ánimo: y tú, con todas tus luchas por ser varonil, tienes algo de esa misma sensibilidad. No le digas que se vaya, porque me encanta ver cómo lucha por dominar tus rasgos; además, este tipo de simpatías son la vida del afecto: y por qué, al cultivar nuestro entendimiento, deberíamos intentar secar estos manantiales de placer, ¡que brotan para dar frescura a los días oscurecidos por la preocupación!
Los libros que me han enviado son tales que podemos leer juntos; así que no los miraré hasta que vuelvas; cuando tú leerás, mientras yo remiendo mis medias.
Tuyo sinceramente, MARY.
CARTA X
Miércoles por la noche [París, 1 de enero de 1794].
Como he estado, me dices, tres días sin escribir, no debería quejarme de dos: sin embargo, como esperaba recibir una carta esta tarde, estoy herida; y ¿por qué debería, ocultándolo, fingir el heroísmo que no siento?
Odio el comercio. ¡Qué diferente deben estar organizados la cabeza y el corazón de ---- del mío! Me dirás que los esfuerzos son necesarios: ¡estoy cansada de ellos! El aspecto de las cosas, públicas y privadas, me molesta. La "paz" y la clemencia que parecían amanecer hace unos días, desaparecen de nuevo. "He caído", como dijo Milton, "en días malos"; porque realmente creo que Europa estará en estado de convulsión durante al menos medio siglo. La vida es solo un trabajo de paciencia: es siempre hacer rodar una gran piedra colina arriba; porque, antes de que una persona pueda encontrar un lugar de descanso, imaginando que está alojada, vuelve a caer, ¡y todo el trabajo tiene que hacerse de nuevo!
Si intentara escribir más, no podría cambiar el tono. Me duele la cabeza y mi corazón está pesado. El mundo parece un "jardín sin desherbar", donde "las cosas viles y groseras" florecen mejor.
Si no regresas pronto —o, lo que no es tan importante, hablas de ello—, tiraré tus zapatillas por la ventana y me iré; nadie sabe adónde.
MARY.
Al notar que me observaban, les dije a las buenas mujeres, las dos Sras. ----, simplemente que estaba embarazada: ¡y que se queden mirando! y ----, y ----, es más, ¡todo el mundo puede saberlo, por mí! Sin embargo, deseo evitar las bromas groseras de ----.
Considerando el cuidado y la ansiedad que una mujer debe tener por un niño antes de que venga al mundo, me parece que, por derecho natural, le pertenece a ella. Cuando los hombres se sumergen en el mundo, parecen perder todas las sensaciones, ¡excepto aquellas necesarias para continuar o producir la vida! ¿Son estos los privilegios de la razón? Entre la raza emplumada, mientras la gallina mantiene a las crías calientes, su pareja se queda al lado para animarla; pero le basta al hombre condescender a engendrar un hijo para reclamarlo. ¡Un hombre es un tirano!
Ahora puedes decirme que, si no fuera por mí, estarías riéndote con algunos hombres honestos en Londres. El ejercicio casual de la simpatía social no sería suficiente para mí; no consideraría que una vida tan carente de corazón valga la pena conservarla. Es necesario estar de buen humor contigo para estar complacida con el mundo.
Jueves por la mañana [París, 2 de enero de 1794].
Anoche estaba muy desanimada, lista para pelear con tu carácter alegre, que hace que la ausencia te sea fácil. ¿Y por qué debería suavizar el asunto? Me sentí ofendida porque ni siquiera lo mencionaras. No quiero ser amada como una diosa, pero deseo ser necesaria para ti. ¡Que Dios te bendiga!
CARTA XI
Lunes por la noche [París, enero de 1794].
Acabo de recibir tu amable y racional carta, y querría esconder mi rostro, encendido de vergüenza por mi locura. Lo escondería en tu pecho, si volvieras a abrirlo para mí, y me acurrucaría estrechamente hasta que hicieras callar a mi corazón palpitante, diciéndome que me perdonabas. Con los ojos inundados de lágrimas, y en la actitud más humilde, te lo ruego. No te apartes de mí, porque de verdad te amo tiernamente, y he estado muy desgraciada desde la noche en que me hirió tan cruelmente pensar que no tenías confianza en mí.
Es hora de que me vuelva más razonable, unos cuantos caprichos más de esta sensibilidad me destruirían. De hecho, he estado muy indispuesta estos últimos días, y la idea de que estaba atormentando, o quizás matando, a un pobre animalito, por quien me he vuelto ansiosa y tierna ahora que lo siento vivo, me hizo sentir peor. Mis entrañas han estado terriblemente desordenadas, y todo lo que comía o bebía me sentaba mal al estómago; aun así siento indicios de su existencia, aunque han sido más débiles.
¿Crees que la criatura se va a dormir regularmente? Estoy lista para hacer tantas preguntas como el Hombre de los Cuarenta Escudos de Voltaire. ¡Ah! ¡no sigas enfadado conmigo! Percibes que ya estoy sonriendo a través de mis lágrimas. Has aligerado mi corazón, y mi espíritu helado se está derritiendo en alegría.
Escribe en el momento en que recibas esto. Contaré los minutos. Pero no sueltes ni una palabra de enojo; no puedo soportarlo ahora. Sin embargo, si crees que merezco un regaño (no admite duda, lo concedo), espera hasta que vuelvas, y entonces, si estás enfadado un día, estaré segura de verte al siguiente.
---- no te escribió, supongo, porque habló de ir a Le Havre. Al oír que estaba enferma, me llamó muy amablemente, sin imaginar que fueron algunas palabras que dejó caer descuidadamente las que me dejaron así.
Que Dios te bendiga, amor mío; no cierres tu corazón a un retorno de ternura; y, como ahora en mi fantasía me aferro a ti, sé más que nunca mi apoyo. Siente aunque sea tan afectuoso cuando leas esta carta como lo fui yo al escribirla, y harás feliz a tu
MARY.
Jamás, si no estoy completamente curada de mis disputas, volveré a alentar "fantasías apresuradas" cuando estemos separados. Ayer, amor mío, no pude abrir tu carta durante un buen rato; y, aunque no era ni la mitad de severa de lo que merecía, me sumió en tal ataque de temblores que me alarmó seriamente. No me importaba, como puedes suponer, un poco de dolor por mi cuenta; pero todos los temores que he tenido en los últimos días regresaron con renovada fuerza. Esta mañana estoy mejor; ¿no te alegrará saberlo? Percibes que la tristeza casi me ha convertido en una niña y que necesito que me tranquilicen para hallar la paz.
En una cosa te equivocas respecto a mi carácter, e imaginas que es frialdad lo que es justo lo contrario. Pues, cuando soy herida por la persona más querida para mí, debo dejar salir todo un torrente de emociones, en las que la ternura debería prevalecer, o sofocarlas por completo; y me parece casi un deber sofocarlas cuando imagino que se me trata con frialdad.
Temo haberte molestado, mi propio [Imlay]. Conozco la rapidez de tus sentimientos, y déjame, con la sinceridad de mi corazón, asegurarte que no hay nada que no sufriría por hacerte feliz. Mi propia felicidad depende enteramente de ti; y, al conocerte, cuando mi razón no está nublada, espero con ilusión una perspectiva racional de tanta felicidad como la tierra ofrece, con un pequeño toque de arrebato de regalo, si me miras, cuando volvamos a trabajar, como a veces me has saludado, tu humillada, aunque más afectuosa
MARY.
CARTA XIII
Jueves por la noche [París, enero de 1794].
He estado deseando que el tiempo pasara, mi amable amor, incapaz de descansar hasta saber que mi carta penitencial había llegado a tus manos; y esta tarde, cuando tu tierna epístola del martes le dio un placer tan exquisito a tu pobre niña enferma, su corazón se sintió culpable al pensar que todavía debías recibir otra fría. Quémala también, mi [Imlay]; sin embargo, no olvides que incluso esas cartas estaban llenas de amor; y siempre recordaré que no esperaste a ser aplacado por mi penitencia antes de volver a tomarme en tu corazón.
He estado indispuesta y, ahora que me estoy recuperando, no emprendería un viaje porque he estado seriamente alarmada y enfadada conmigo misma, temiendo continuamente la fatal consecuencia de mi locura. Pero, si crees que es correcto permanecer en Le Havre, encontraré alguna oportunidad, en el transcurso de una quincena, o quizás menos, para ir a ti, y para entonces estaré fuerte de nuevo. ¡Sin embargo, no te inquietes! Estoy realmente mejor, y nunca me he cuidado tanto como desde que restauraste mi paz mental. La muchacha ha venido a calentarme la cama, así que tiernamente diré: ¡buenas noches! y escribiré una línea o dos por la mañana.
Mañana.
¡Ojalá estuvieras aquí para pasear conmigo esta hermosa mañana! aun así, tu ausencia no me lo impedirá. Me he quedado demasiado tiempo en casa; aunque, cuando estaba tan terriblemente desanimada, no me preocupaba por nada.
Ahora saldré (irás conmigo en mi corazón) e intentaré si este aire fino y vigorizante no le da al pobre bebé el vigor que tenía, antes de que me entregara tan inconsideradamente al dolor que desordenó mis entrañas y dio un vuelco a todo mi sistema.
Tuya verdaderamente MARY IMLAY.
CARTA XIV
Sábado por la mañana [París, febrero de 1794].
Las dos o tres cartas que te he escrito últimamente, amor mío, servirán como respuesta a tu carta explicativa. No puedo menos que respetar tus motivos y conducta. Siempre los respeté; y solo me dolió lo que me pareció una falta de confianza y, por consiguiente, de afecto. Pensé también que, si estabas obligado a quedarte tres meses en Le Havre, bien podría haber estado contigo. ¡Bien, bien! ¿Qué importa sobre lo que cavilé? ¡Seamos amigos ahora!
Probablemente recibiré una carta tuya hoy, sellando mi perdón, y tendré cuidado de no atormentarte con mis humores quejumbrosos, al menos, hasta que te vea de nuevo. Actúa como las circunstancias dicten, y no preguntaré cuándo te permitirán volver, convencida de que te apresurarás hacia tu Mary cuando hayas alcanzado (o perdido de vista) el objeto de tu viaje.
¡Qué cuadro has esbozado de nuestra chimenea! Sí, amor mío, mi fantasía se puso al instante a trabajar y encontré mi cabeza sobre tu hombro, mientras mis ojos estaban fijos en las pequeñas criaturas que se aferraban a tus rodillas. No determiné absolutamente que debieran ser seis, si no has puesto tu corazón en este número redondo.
Voy a cenar con la Sra. ----. No he ido a visitarla desde el primer día que llegó a París. De hecho, deseo estar al aire libre tanto como pueda; porque el ejercicio que he tomado estos dos o tres días me ha sido de tal servicio que espero decirte pronto que estoy completamente bien. Apenas he dormido antes de anoche, y entonces no mucho. Las dos Sras. ---- han estado muy ansiosas y tiernas.
Tuya verdaderamente MARY.
No hace falta que te pida que le des al coronel una buena botella de vino.
CARTA XV
Domingo por la mañana [París, febrero de 1794].
Te escribí ayer, mi [Imlay]; pero, al encontrar que el coronel sigue detenido (pues se olvidaron de su pasaporte en la oficina ayer), no quiero dejar pasar tantos días sin que tengas noticias mías, después de haber hablado de enfermedades y temores.
No puedo presumir de estar completamente recuperada, sin embargo, estoy (debo usar mi expresión de Yorkshire; porque, cuando mi corazón está cálido, saltan las expresiones de la infancia a mi cabeza) tan ligera que creo que *no me irá mal*. Y no faltará nada de mi parte, te lo aseguro; pues me impulsa no solo un afecto avivado por ti, sino una ternura recién nacida que revolotea alegremente alrededor de mi corazón dilatado.
Estuve, por tanto, desafiando el frío y la suciedad, al aire libre la mayor parte del día de ayer; y, si paso esta tarde sin una recaída de la fiebre que me ha atormentado, no hablaré más de enfermedades. Le he prometido a la pequeña criatura que su madre, que debería acariciarla, no volverá a atormentarla, y le he pedido que me perdone; y, como no pude abrazar ni a ella ni a ti contra mi pecho, lo hice contra mi corazón. Temo releer este parloteo, pero es solo para tus ojos.
Me ha molestado seriamente descubrir que, mientras tú estabas acosado por impedimentos en tus empresas, yo te estaba causando una inquietud adicional. Si puedes hacer que alguno de tus planes funcione, está bien; no creo que un poco de dinero sea inconveniente; pero, si fallan, lucharemos alegremente juntos, atraídos más estrechamente por las ráfagas cortantes de la pobreza.
¡Adiós, amor mío! Escribe a menudo a tu pobre chica, y escribe cartas largas; porque no solo me gustan por ser más largas, sino porque más corazón se cuela en ellas; y soy feliz de atrapar tu corazón siempre que puedo.
Tuya sinceramente MARY.
CARTA XVI
Martes por la mañana [París, febrero de 1794].
Aprovecho esta oportunidad para informarte de que saldré el jueves con el Sr. ----, y espero decirte pronto (en tus labios) lo feliz que estaré de verte. Acabo de obtener mi pasaporte, pues no preveo ningún impedimento para llegar a Le Havre y darte las buenas noches el próximo viernes en mi nuevo apartamento, donde espero reunirme contigo y amarte, a pesar de la preocupación, para que me sonrías hasta dormir, pues no he descansado mucho desde que nos separamos.
Tú, por tu ternura y valía, te has enroscado más astutamente alrededor de mi corazón de lo que suponía posible. Déjame consentir el pensamiento de que he lanzado algunos zarcillos para aferrarme al olmo por el que deseo ser sostenida. ¡Esto es hablar un nuevo lenguaje para mí! Pero, sabiendo que no soy una planta parásita, estoy dispuesta a recibir las pruebas de afecto a las que cada pulso responde cuando pienso en estar una vez más en la misma casa contigo. ¡Dios te bendiga!
Tuya verdaderamente MARY.
CARTA XVII
Miércoles por la mañana [París, febrero de 1794].
Solo envío esto como un pregonero, sin botas de montar, para decirte que estoy de nuevo en camino y espero estar contigo unas horas después de que lo recibas. Te encontraré bien y tranquilo, estoy segura; o, hablando con más propiedad, alegre. ¿Cuál es la razón de que mi ánimo no sea tan manejable como el tuyo? Sin embargo, ahora que lo pienso, no admitiré que tu carácter sea uniforme, aunque me he prometido, para obtener mi propio perdón, que no lo alborotaré por mucho, mucho tiempo; me temo decir nunca.
¡Adiós por un momento! ¡No olvides que estoy conduciendo hacia ti en persona! Mi mente, sin trabas, ha volado hacia ti hace mucho tiempo, o mejor dicho, nunca te ha dejado.
Estoy bien y no tengo temor de encontrar el viaje demasiado fatigoso cuando sigo la guía de mi corazón. Con mi cara vuelta hacia Le Havre, mi ánimo no se hundirá, y mi mente siempre ha permitido hasta ahora que mi cuerpo haga lo que yo deseaba.
Tuya afectuosamente, MARY.
CARTA XVIII
Jueves por la mañana, Le Havre, 12 de marzo [1794].
Somos tales criaturas de hábito, amor mío, que, aunque no puedo decir que estuviera triste, infantilmente triste, por tu partida, cuando sabía que ibas a quedarte tan poco tiempo y yo tenía un plan de trabajo, sin embargo, no pude dormir. Me giré hacia tu lado de la cama e intenté aprovechar al máximo la comodidad de la almohada, sobre la cual solías decirme que era arisca, pero nada funcionó. No obstante, hice mi caminata antes del desayuno, aunque el tiempo no era muy invitante, y aquí estoy, deseándote un día más hermoso y viéndote asomar por encima de mi hombro, mientras escribo, con una de tus miradas más amables, cuando tus ojos brillan y una sofusión se desliza sobre tus facciones relajadas.
Pero no pretendo entretenerme contigo esta mañana. ¡Así que Dios te bendiga! Cuídate y, a veces, estrecha contra tu corazón a tu afectuosa
MARY.
CARTA XIX
[Le Havre, marzo de 1794].
No me llames estúpida por dejar sobre la mesa el trocito de papel que debía incluir. Esto es lo que pasa por estar enamorada al final de una carta de negocios. Sabes, dices, que no armonizan. Te había puesto junto a la chimenea, con el gigot humeando sobre la tabla, para cebar tus pobres costillas desnudas, y mira, cerré mi carta sin recoger el papel que estaba directamente bajo mis ojos. ¿Qué tenía en ellos para volverme tan ciega? Te doy permiso para responder a la pregunta, si no me regañas; porque soy,
Tuya afectuosamente, MARY.
CARTA XX
[Le Havre] Domingo, 17 de agosto [1794].
* * * * *
He prometido a ---- ir con él a su casa de campo, donde ahora se le permite cenar; yo y la pequeña querida, por supuesto, a quien no puedo dejar de besar con más cariño desde que nos dejaste. Creo que disfrutaré de la hermosa perspectiva, y que avivará más que saciará mi imaginación.
He visitado a la Sra. ----. Tiene los modales de una dama, con un toque de la fácil coquetería francesa que la hace pícara. Pero Monsieur su marido, a quien la naturaleza nunca soñó con moldear como caballero ni como amante, apenas hace una figura incómoda en el primer plano del cuadro.
Los H---- son muy feos, sin duda, y la casa olía a comercio de pies a cabeza, de modo que su intento fallido de mostrar buen gusto solo demostró que es una de las cosas que no se pueden comprar con oro. Estuve un momento sola en una habitación y mi atención fue atraída por el péndulo: una ninfa ofrecía sus votos ante un altar humeante a un Cupido de posaderas gordas (salvando tu presencia), que pateaba los talones en el aire. Ah, sigue pateando, pensé; porque el demonio del tráfico siempre ahuyentará a los amores y las gracias, que marcan con los rayos rosados de la fantasía infantil el sombrío día de la vida, mientras la imaginación, no permitiéndonos ver las cosas como son, nos permite tomar un sorbo apresurado de la corriente del deleite, cuya sed parece habernos sido dada solo para atormentarnos.
Pero estoy filosofando; es más, tal vez me llames severa y me digas que deje en paz a los buscadores de dinero de cabeza cuadrada. ¡Paz con ellos! aunque ninguno de los espíritus sociales (y hay unos cuantos de diferentes descripciones, que retozan por las diversas entradas de mi corazón) me dio un tirón para refrenar mi pluma.
He estado escribiendo, esperando que venga el pobre ----; porque, cuando empecé, simplemente pensaba en negocios; y, como esta es la idea que más naturalmente se asocia con tu imagen, me extraña haber tropezado con cualquier otra.
Sin embargo, como la vida común, en mi opinión, apenas merece la pena, incluso con un gigot todos los días y un pudin añadido, te permitiré cultivar mi juicio si me permites mantener vivos los sentimientos en tu corazón, que pueden llamarse románticos porque, siendo hijos de los sentidos y la imaginación, se parecen más a la madre que al padre, cuando producen la sofusión que admiro. A pesar de la edad helada, espero verla todavía, si no has determinado solo comer y beber, y ser estúpidamente útil a los estúpidos.
Tuya, MARY.
CARTA XXI
Le Havre, 19 de agosto [1794], martes.
Recibí tus dos cartas hoy; contaba con saber de ti ayer, por lo tanto me decepcionó, aunque atribuí tu silencio a la causa correcta. Tenía la intención de responder a tu amable carta inmediatamente, para que pudieras haber sentido el placer que me dio; pero entró ---- y algunas otras cosas me interrumpieron; de modo que el fino vapor se ha evaporado, aunque dejando un dulce aroma detrás, solo tengo que decirte, lo que es suficientemente obvio, que el deseo sincero que he mostrado de mantener mi lugar, o ganar más terreno en tu corazón, es una prueba segura de cuán necesario es tu afecto para mi felicidad. Aún así, no creo que sea falsa delicadeza, o orgullo tonto, desear que tu atención a mi felicidad surja tanto del amor, que siempre es una pasión bastante egoísta, como de la razón; es decir, quiero que promuevas mi felicidad buscando la tuya. Porque, sea cual sea el placer que pueda darme descubrir tu generosidad de alma, no querría depender para tu afecto de la misma cualidad que más admiro. No; hay cualidades en tu corazón que exigen mi afecto; pero, a menos que el apego me parezca claramente mutuo, solo trabajaré por estimar tu carácter, en lugar de alimentar una ternura por tu persona.
Escribo con prisa, porque la pequeña, que ha estado durmiendo mucho tiempo, empieza a llamarme. Pobre cosa; cuando estoy triste, lamento que todos mis afectos crezcan conmigo, hasta que se vuelven demasiado fuertes para mi paz, aunque todos me brindan arrebatos de exquisito disfrute. Esto por nuestra pequeña fue al principio muy razonable, más efecto de la razón, un sentido del deber, que sentimiento; ahora, ella se ha metido en mi corazón e imaginación, y cuando salgo sin ella, su pequeña figura siempre está bailando ante mí.
Tú también de alguna manera te has aferrado a mi corazón; descubrí que no podía comer mi cena en la gran sala; y, cuando tomé el cuchillo grande para cortarme la comida, las lágrimas acudieron a mis ojos. Sin embargo, no supongas que estoy melancólica; porque, cuando estás lejos de mí, no solo me pregunto cómo puedo encontrar fallos en ti, sino cómo puedo dudar de tu afecto.
No mezclaré ningún comentario sobre lo adjunto (despertó mi indignación) con la efusión de ternura, con la que te aseguro que eres el amigo de mi pecho y el puntal de mi corazón.
MARY.
CARTA XXII
Le Havre, 20 de agosto [1794].
Quiero saber qué medidas has tomado respecto a ----. La picardía siempre despierta mi indignación; me gratificaría saber que la ley ha castigado a ---- severamente; pero no deseo que lo veas, porque el asunto no admite ahora una discusión pacífica, y no sé exactamente cómo expresarías tu desprecio.
Por favor, haz algunas preguntas sobre Tallien; todavía me complace la dignidad de su conducta. El otro día, en la causa de la humanidad, hizo uso de un grado de destreza que admiro, y que pretendo señalarte como uno de los pocos casos de destreza que dan crédito a las habilidades de un hombre, sin quitar esa confianza en la apertura de su corazón, que es la verdadera base de la amistad tanto pública como privada.
¡No supongas que pretendo aludir a una pequeña reserva de temperamento en ti, de la cual a veces me he quejado! Has estado acostumbrado a una mujer astuta, y casi buscas astucia; es más, al gestionar mi felicidad, heriste de vez en cuando mi sensibilidad, ocultándote, hasta que la honesta simpatía, dándote a mí sin disfraz, me permite mirar dentro de un corazón, en el que mi corazón medio roto desea arrastrarse, para ser revivido y acariciado. Tienes franqueza de corazón, pero no a menudo exactamente ese desbordamiento (épanchement de coeur), que al volverse casi infantil, parece una debilidad solo para los débiles.
Pero he dejado al pobre Tallien. Quería que indagaras también si, como declaró un miembro en la convención, Robespierre realmente mantenía a varias amantes. Si resultara ser así, sospecho que halagaban más su vanidad que sus sentidos.
¡Aquí hay una epístola charlatana y desordenada! Pero no supongas que pretendo cerrarla sin mencionar a la pequeña damisela, que casi ha estado saltando fuera de mi brazo; ciertamente se parece mucho a ti, pero no la quiero menos por eso, ya sea que esté enfadada o complacida contigo.
Tuya afectuosamente, MARY.
CARTA XXIII
[París] 22 de septiembre [1794].
Acabo de escribir dos cartas, que van por otros conductos, y que cuento con que recibas mucho antes que esta. Por tanto, escribo simplemente porque sé que me sentiría decepcionada al ver a cualquiera que te hubiera dejado, si no enviaras una carta, por corta que fuera, para decirme por qué no escribiste una más larga; y querrás que te digan, una y otra vez, que nuestro pequeño Hércules está completamente recuperado.
Además de mirarme, hay otras tres cosas que la deleitan: pasear en coche, mirar un chaleco escarlata y escuchar música fuerte; ayer, en la fiesta, disfrutó de las dos últimas; pero, para honrar a J. J. Rousseau, tengo la intención de regalarle una faja, la primera que ha tenido alrededor de ella; ¿y por qué no? pues siempre he estado medio enamorada de él.
Bueno, dirás que esto es una trivialidad; ¿hablaré de alumbre o jabón? No hay nada pintoresco en tus ocupaciones actuales; mi imaginación prefiere entonces vagar de vuelta a la barrera contigo, o verte venir a mi encuentro, y mi cesta de uvas. ¡Con qué placer recuerdo tus miradas y palabras, cuando he estado sentada en la ventana, contemplando el trigo ondeante!
Créeme, sabio señor, no tienes suficiente respeto por la imaginación; podría probarte en un instante que es la madre del sentimiento, la gran distinción de nuestra naturaleza, la única purificadora de las pasiones; los animales tienen una porción de razón, y sentidos iguales, si no más exquisitos; pero ningún rastro de imaginación, o de su descendiente el gusto, aparece en ninguna de sus acciones. El impulso de los sentidos, las pasiones, si quieres, y las conclusiones de la razón, unen a los hombres; pero la imaginación es el verdadero fuego, robado del cielo, para animar a esta fría criatura de arcilla, produciendo todas esas finas simpatías que conducen al arrebato, haciendo a los hombres sociales al expandir sus corazones, en lugar de dejarles tiempo libre para calcular cuántas comodidades ofrece la sociedad.
Si calificas estas observaciones de románticas, una frase que en este lugar equivaldría a un sinsentido, me veré inclinada a replicar que te has embrutecido por el comercio y los vulgares goces de la vida. Tráeme, pues, de vuelta tu rostro de barrera, o no tendrás nada que decir a mi niña de barrera; y huiré de ti para acariciar los recuerdos que siempre me serán queridos; porque soy tuya, sinceramente,
MARY.
CARTA XXIV
[París] Tarde, 23 de septiembre, [1794].
He estado jugando y riendo con la pequeña tanto tiempo, que no puedo tomar la pluma para dirigirme a ti sin emoción. Al estrecharla contra mi pecho, se parecía tanto a ti (entre nos, a tus mejores rasgos, pues no admiro tu rostro comercial) que cada nervio parecía vibrar al tacto, y empecé a pensar que había algo de cierto en la afirmación de que marido y mujer son uno solo; pues parecías impregnar todo mi ser, acelerando el latido de mi corazón y prestándome las lágrimas compasivas que tú provocabas.
¿Tengo algo más que decirte? No; por el momento no; el resto se ha esfumado; y, al complacerme en la ternura hacia ti, no puedo ahora quejarme de ciertas personas de aquí, que han alterado mi carácter durante los últimos dos o tres días.
[París, 1794] Mañana.
Ayer B---- me envió a pedir mi paquete de cartas. Ya me había visitado antes; y me cae mejor que antes; es decir, mantengo la misma opinión sobre su entendimiento, pero pienso como tú, que tiene más ternura y una delicadeza de sentimiento real con respecto a las mujeres de la que suele encontrarse. Su forma de hablar de su niña, de la edad de la mía, también me interesó. Le di una carta para mi hermana y le pedí que la viera.
He sido interrumpida. Supongo que el Sr. ---- escribirá sobre negocios. Sobre los asuntos públicos no diserto, excepto para decirte que ahora escriben con gran libertad y verdad; y percibo claramente que esta libertad de prensa derribará a los jacobinos.
Espero que cuides tu salud. He adquirido el hábito de la inquietud por las noches, que nace, creo, de la actividad de la mente; pues, cuando estoy sola, es decir, sin nadie a quien pueda abrir mi corazón, me hundo en ensueños y trenes de pensamiento que me agitan y me fatigan.
Esta es mi tercera carta; ¿cuándo he de tener noticias tuyas? Supongo que no hace falta decirte que ahora estoy escribiendo con alguien en la habitación conmigo, y que ---- está esperando para llevar esto al Sr. ----. Entonces besaré a la niña por ti y te diré adiós.
Te pedí, en una de mis otras cartas, que me trajeras de vuelta tu rostro de barrera, o que no serías amado por mi niña de barrera. Sé que la amarás cada vez más, pues es una pequeña criatura afectuosa e inteligente, con tanta vivacidad, pensaría yo, como pudieras desear.
Iba a hablarte de dos o tres cosas que me disgustan aquí; pero no son de suficiente importancia para interrumpir sensaciones placenteras. He recibido una carta del Sr. ----. Quiero que traigas a ---- contigo. La Sra. S---- está a mi lado, leyendo una traducción al alemán de tus cartas; desea que te dé recuerdos de su parte, a causa de lo que dices sobre los negros.
Tuya muy afectuosamente, MARY.
CARTA XXV
París, 28 de septiembre [1794].
Te he escrito tres o cuatro cartas; pero diferentes causas me han impedido enviarlas por medio de las personas que prometieron llevarlas o hacerlas llegar. La adjunta es una que escribí para que fuera con B----; sin embargo, al ver que no llegará antes de lo que espero y creo que habrás partido de regreso, te la adjunto y se la daré a ----, ya que el Sr. ---- está retenido, a quien también le di una carta.
No puedo evitar estar ansiosa por tener noticias tuyas; pero no te acosaré con relatos de inquietudes o de preocupaciones que surgen de circunstancias particulares. He tenido tantas pequeñas plagas aquí que casi he lamentado haber dejado Havre. ----, que en el mejor de los casos es una criatura muy desvalida, es ahora, debido a su embarazo, más una molestia que una ayuda para mí, por lo que sigo siendo casi una esclava de la niña. Ella, en verdad, me recompensa, pues es una criatura dulce; ya que, dejando a un lado el cariño de madre (que, dicho sea de paso, crece en mí, pues sus pequeñas sonrisas inteligentes se hunden en mi corazón), posee un grado asombroso de sensibilidad y observación. El otro día, junto a la hija de B----, una niña hermosa, parecía un pequeño duende. Está llena de vida y movimiento, y sus ojos no son los ojos de una tonta, lo juro.
Dormí en Saint-Germain, en la misma habitación (si no lo has olvidado) en la que me estrechaste con mucha ternura contra tu corazón. No olvidé estrechar a mi querida contra el mío, con sensaciones que son casi demasiado sagradas para ser mencionadas.
¡Adiós, amor mío! Cuídate, si deseas ser el protector de tu hija y el consuelo de su madre.
He recibido, para ti, cartas de ----. Quiero saber cómo termina ese asunto, aunque no sé si siento más desprecio por su insensatez o por su picardía.
Tuya, MARY.
CARTA XXVI
[París] 1 de octubre [1794].
Es una tarea descorazonadora escribir cartas sin saber si alguna vez llegarán a tus manos. Le he dado dos a ----, que ha estado a punto de partir cada día durante la última semana; y otras tres, que fueron escritas en un tono de bajo ánimo, un poco quejumbrosas, no he podido enviarlas por las oportunidades que se me mencionaron. ¡Tant mieux!, dirás, y no diré que no; pues me entristecería que el contenido de una carta, cuando estás tan lejos, amortiguara el placer que su visión proporcionaría, juzgando tus sentimientos por los míos. Acabo de tropezar con una de las cartas amables que escribiste durante tu última ausencia. Eres entonces una criatura querida y afectuosa, y no te molestaré. La carta que recibas por azar, cuando la ausencia es tan larga, solo debería traer a tus ojos lágrimas de ternura, sin ninguna amargura.
Después de tu regreso, espero, ciertamente, que no estés tan inmerso en los negocios como durante los últimos tres o cuatro meses; pues incluso el dinero, teniendo en cuenta todas las comodidades futuras que ha de procurar, puede obtenerse a un precio demasiado alto si deja impresiones dolorosas en el ánimo. Estas impresiones eran mucho más vivas poco después de que te fueras que ahora; pues mil tiernos recuerdos borran las huellas melancólicas que dejaron en mi mente, y toda emoción está del mismo lado que mi razón, que siempre estuvo de la tuya. Separados, sería casi impío detenerse en las imperfecciones reales o imaginarias del carácter. Siento que te amo; y, si no puedo ser feliz contigo, no buscaré la felicidad en ninguna otra parte.
Mi pequeña querida se vuelve cada día más preciosa para mí; y a menudo, cuando estamos solas, recibe un beso que le doy de tu parte, con todo mi corazón.
He sido interrumpida y debo enviar mi carta. La libertad de prensa producirá un gran efecto aquí; ¡el clamor de sangre no será en vano! Algunos monstruos más perecerán y los jacobinos están derrotados. Sin embargo, casi temo el último coletazo de la bestia.
He tenido varios inconvenientes molestos y triviales aquí, de los cuales no te detallaré ahora. Estoy enviando a ---- de vuelta; su embarazo la volvió inútil. La chica que he conseguido tiene más vivacidad, lo cual es mejor para la niña.
Anhelo tener noticias tuyas. Trae una copia de ---- y ---- contigo.
---- todavía está aquí: es un hombre perdido. Realmente ama a su esposa y está preocupado por sus hijos; pero su hospitalidad indiscriminada y sus sentimientos sociales le han dado un hábito inveterado de beber, que destruye su salud, además de hacer que su persona sea repugnante. Si su esposa tuviera más sentido común o delicadeza, podría refrenarlo: tal como están las cosas, nada lo salvará.
Tuyo, muy sincera y afectuosamente, MARY.
CARTA XXVII
[París] 26 de octubre [1794].
Mi querido amor, empecé a desear con tanta vehemencia tener noticias tuyas, que la vista de tus cartas provocó tales emociones placenteras que me vi obligada a dejarlas a un lado hasta que la niña y yo estuviéramos solas; y esta dichosa niña, nuestra querida, se ha convertido en una criatura muy inteligente, y tan alegre como una alondra, y eso también por la mañana, lo cual no encuentro tan conveniente. Una vez te dije que las sensaciones antes de que ella naciera, y cuando está mamando, eran placenteras; pero no merecen ser comparadas con las emociones que siento cuando se detiene para sonreírme, o se ríe a carcajadas al encontrarme inesperadamente en la calle, o después de una breve ausencia. Ella tiene ahora la ventaja de contar con dos buenas niñeras, y actualmente soy capaz de cumplir con mi deber hacia ella sin ser su esclava.
Por lo tanto, me he ocupado y divertido desde que me libré de ----, y estoy haciendo progresos en el idioma, entre otras cosas. También he hecho algunas nuevas amistades. Casi he encantado a un juez del tribunal, R----, quien, aunque no habría pensado que fuera posible, tiene humanidad, si no beaucoup d’esprit. Pero déjame decirte que, si no te das prisa en volver, estaré medio enamorada del autor de La Marsellesa, que es un hombre apuesto, un poco de cara demasiado ancha, y toca dulcemente el violín.
¿Qué dices a esta amenaza? Bueno, entre nos, me gusta dar rienda suelta a un aire vivaz cuando te escribo, es decir, cuando estoy complacida contigo. "El diablo", ya sabes, se dice proverbial que "está de buen humor cuando está complacido". ¿No serás entonces un buen chico y volverás pronto para jugar con tus chicas? Pero no permitiré que ames más a la recién llegada.
* * * * *
Mi corazón anhela tu regreso, amor mío, y solo busca y espera la felicidad contigo; sin embargo, no imagines que deseo infantilmente que vuelvas antes de que hayas arreglado las cosas de tal manera que no sea necesario que nos dejes pronto de nuevo, o que realices esfuerzos que perjudiquen tu constitución.
Tuyo, muy sincera y tiernamente, MARY.
P.D. Me harías un favor entregando lo adjunto al Sr. ----, y por favor, pide una respuesta. Es para una persona que se encuentra en una situación incómoda.
CARTA XXVIII
[París] 26 de diciembre [1794].
He estado, amor mío, durante algunos días atormentada por temores que no quería dejar que cobraran forma. Te esperaba a diario y escuché que muchos barcos habían sido arrastrados a la costa durante el último vendaval. Bien, ahora veo tu carta y encuentro que estás a salvo; no lamentaré entonces que tus esfuerzos hayan sido hasta ahora tan inútiles.
* * * * *
Sea como sea, vuelve a mí cuando hayas arreglado los otros asuntos que ---- ha estado acumulando sobre ti. Quiero estar segura de que estás a salvo y no separado de mí por un mar que debe ser cruzado. Pues, sintiendo que soy más feliz de lo que nunca fui, ¿te extraña que a veces tema que el destino no haya terminado de perseguirme? ¡Ven a mí, mi queridísimo amigo, esposo, padre de mi hija! Todos estos tiernos lazos arden en mi corazón en este momento y nublan mis ojos. Contigo, la independencia es deseable; y siempre está a nuestro alcance si la opulencia nos elude; sin ti, el mundo me parece de nuevo vacío. Pero estoy volviendo a algunos de los pensamientos melancólicos que han pasado por mi mente estos últimos días y han atormentado mis sueños.
Mi pequeña querida es, en verdad, una niña dulce; y lamento que no estés aquí para ver cómo se despliega su pequeña mente. Hablas de "tonteos"; pero ciertamente ningún amante estuvo más apegado a su amada que ella a mí. Sus ojos me siguen a todas partes, y mediante el afecto tengo el poder más despótico sobre ella. Está llena de vivacidad o dulzura; sí, la amo más de lo que pensé que lo haría. Cuando me he sentido herida por tu estancia, la he abrazado como mi único consuelo; cuando estoy complacida contigo, por mirarme y reírse como tú; es más, encuentro que no puedo estar enfadada contigo por mucho tiempo mientras la beso por parecerse a ti. Pero no habría fin a estos detalles. Abrázanos a ambas contra tu corazón; porque soy verdadera y afectuosamente
Tuya, MARY.
CARTA XXIX
[París] 28 de diciembre [1794].
* * * * *
Siento, amor mío, una simpatía sincera por todas tus decepciones. Sin embargo, sabiendo que estás bien y que piensas en mí con afecto, solo lamento otras decepciones porque siento que te esfuerces así en vano y que te mantengan alejado de mí.
----, lo sé, te insta a quedarte y está continuamente ramificándose en nuevos proyectos, porque tiene el vano deseo de amasar una gran fortuna, mejor dicho una inmensa, simplemente por el crédito de haberla hecho. Pero nosotros, que nos regimos por otros motivos, no deberíamos dejarnos arrastrar por él. Cuando nos encontremos, discutiremos este tema. Escucharás a la razón, y probablemente se te habrá ocurrido que será mejor, en el futuro, seguir algún plan sensato que pueda exigir más tiempo y, aun así, permitirte llegar al mismo fin. Me parece absurdo desperdiciar la vida preparándose para vivir.
¿No sería posible ahora organizar tus negocios de tal manera que evites las inquietudes de las que he tenido mi parte desde tu partida? ¿No es posible emprender negocios como un empleo necesario para mantener las facultades despiertas y (para rebajar un poco las expresiones) la olla hirviendo, sin permitir que lo que siempre debe considerarse como un objeto secundario absorba la mente y expulse el sentimiento y el afecto del corazón?
Tengo prisa por entregar esta carta a la persona que ha prometido enviarla junto con la de ----. Deseo, pues, contrarrestar, en cierta medida, lo que él sin duda ha recomendado con más vehemencia.
Quédate, amigo mío, mientras sea absolutamente necesario. No te daré un nombre más tierno, aunque arde en mi corazón, a menos que vengas en el momento en que el arreglo de los objetivos actuales lo permita. No consiento que hagas ningún otro viaje, o la pequeña mujer y yo nos marcharemos, Dios sabe dónde. Pero, como prefiero deberlo todo a tu afecto, y, puedo añadir, a tu razón (pues este deseo inmoderado de riqueza, que hace que ---- esté tan ansioso por que te quedes, es contrario a tus principios de acción), no te importunaré. Solo te diré que anhelo verte y, estando en paz contigo, me sentiré dolida, más que enfadada, por las demoras. Habiendo sufrido tanto en la vida, no te sorprendas si a veces, cuando me quedo sola, me vuelvo sombría y supongo que todo fue un sueño y que mi felicidad no ha de durar. Digo felicidad porque el recuerdo recorta todas las sombras oscuras del cuadro.
Mi pequeña empieza a mostrar sus dientes y a usar sus piernas. Quiere que hagas tu parte en el trabajo de crianza, pues estoy fatigada de tanto bailar con ella y, aun así, no está satisfecha; quiere que agradezcas a su madre por cuidarla tanto, como solo tú puedes hacerlo.
Tuya sinceramente, MARY.
CARTA XXX
[París] 29 de diciembre [1794].
Aunque supongo que tienes noticias más recientes, sin embargo, como ---- acaba de informarme de que tiene una oportunidad de enviarte algo inmediatamente, aprovecho para adjuntarte
* * * * *
¡Cómo odio este asunto retorcido! ¡Esta relación con el mundo que obliga a uno a ver el lado más despreciable de la naturaleza humana! ¿Por qué no puedes contentarte con el objetivo que tenías primero a la vista cuando te adentraste en este laberinto tedioso? Sé muy bien que te has dejado llevar imperceptiblemente; sin embargo, ¿por qué un proyecto, exitoso o abortado, solo deja lugar a otros dos? ¿No es suficiente con evitar la pobreza? Estoy contenta de hacer mi parte; e incluso aquí, obtener lo suficiente para escapar de la miseria no es difícil. Y, déjame decirte, yo también tengo mi proyecto; y, si no regresas pronto, la niña y yo nos ocuparemos de nosotras mismas; no aceptaremos ninguna de tus frías bondades, tus distantes cortesías; no, nosotras no.
Esto es solo medio en broma, pues estoy realmente atormentada por el deseo que ---- manifiesta de que te quedes donde estás. Sin embargo, ¿por qué hablo contigo? Si él puede persuadirte, ¡que lo haga!; pues, si no eres más feliz conmigo, y tus propios deseos no te hacen dejar de lado estos eternos proyectos, estoy por encima de usar cualquier argumento, aunque la razón, así como el afecto, parece ofrecerlos; si nuestro afecto fuera mutuo, se te ocurrirían a ti; y actuarías en consecuencia.
Desde mi llegada aquí, he encontrado a la dama alemana de la que me has oído hablar. Su primer hijo murió al nacer; pero tiene otro, de la edad de mi Fanny, una pequeña criatura hermosa. Todavía se las arreglan para vivir, ganándose el pan de cada día; sin embargo, aunque apenas están por encima de la pobreza, los envidio. Ella es una madre tierna y afectuosa, fatigada incluso por su atención. Sin embargo, tiene a su vez un marido afectuoso que hace que su cuidado sea ligero y comparte su placer.
Te confesaré que, al sentir una ternura extrema por mi niña, me pongo triste a menudo cuando juego con ella, porque tú no estás aquí para observar conmigo cómo su mente se despliega y su pequeño corazón se apega. Estos me parecen verdaderos placeres y, sin embargo, permites que se te escapen en busca de lo que quizás nunca disfrutemos. Es tu propia máxima "vivir en el momento presente". Si lo haces, quédate, por el amor de Dios; pero dime la verdad; si no, dime cuándo puedo esperar verte y no me dejes estar siempre esperando en vano, hasta que me enferme de corazón.
¡Adiós! Estoy un poco dolida. Debo tomar a mi querida contra mi pecho para consolarme.
MARY.
CARTA XXXI
[París] 30 de diciembre [1794].
Si recibes tres o cuatro de las cartas que he escrito últimamente de una vez, no pienses en Sir John Brute, pues no tengo intención de tratarte como a una esposa. Solo aprovecho cada ocasión para que una de cada tres de mis epístolas llegue a tus manos y te informe de que no soy de la opinión de ----, quien habla hasta hacerme enfadar sobre la necesidad de que te quedes dos o tres meses más. No me gusta esta vida de continua inquietud y, entre nos, estoy decidida a intentar ganar algo de dinero aquí yo misma, con el fin de convencerte de que, si eliges correr por el mundo para conseguir una fortuna, es para ti; pues la niña y yo viviremos sin tu ayuda a menos que estés con nosotras. Puede que me llamen orgullosa; que así sea, pero nunca abandonaré ciertos principios de acción.
El común de los hombres tiene una forma tan innoble de pensar que, si corrompen sus corazones y prostituyen sus personas, siguiendo tal vez un impulso de ebriedad, suponen que la esposa, o más bien la esclava a la que mantienen, no tiene derecho a quejarse y debería recibir al sultán, cada vez que este se digne regresar, con los brazos abiertos, aunque los suyos hayan sido contaminados por medio centenar de amoríos promiscuos durante su ausencia.
Considero la fidelidad y la constancia como dos cosas distintas; sin embargo, la primera es necesaria para dar vida a la otra; y creo que me debo tal grado de respeto que, si solo la probidad, que es algo bueno en su lugar, te trae de vuelta, ¡no regreses nunca!; pues, si un extravío del corazón, o incluso un capricho de la imaginación, te detiene, ahí termina toda esperanza de felicidad; no podría perdonarlo, aunque quisiera.
Admito que me he dejado llevar por un estado melancólico, como habrás notado. Conoces mi opinión sobre los hombres en general; sabes que los considero tiranos sistemáticos y que es lo más raro del mundo encontrar a un hombre con la suficiente delicadeza de sentimientos como para gobernar sus deseos. Cuando me siento así de triste, lamento que mi pequeña adorada, por mucho que la idolatre, sea una niña. Lamento tener un vínculo con un mundo que, para mí, está siempre sembrado de espinas.
Llamarás a esta carta una misiva de mal genio cuando, en realidad, es la prueba más firme de afecto que puedo darte: el miedo a perderte. ---- se ha tomado tantas molestias en convencerme de que debes y tienes que quedarte, que me ha hundido el ánimo de una forma inconcebible. Siempre has conocido mi opinión; siempre he declarado que dos personas que pretenden vivir juntas no deberían estar mucho tiempo separadas. Si ciertas cosas te son más necesarias que yo, búscalas. No digas más que una palabra y no volverás a saber de mí. Si no es así, por el amor de Dios, luchemos contra la pobreza, contra cualquier mal, excepto estas continuas inquietudes de los negocios que, según me dijeron, solo iban a durar unos pocos meses, ¡aunque cada día el final parece más lejano! Esta es la primera carta de este tono que me he decidido a enviarte; las demás se han quedado guardadas, pues no quería causarte dolor, y ahora no escribiría si no pensara que no habrá fin a los planes que, según me dicen, requieren tu presencia.
MARY.
CARTA XXXII
[París] 9 de enero [1795].
Acabo de recibir una de tus apresuradas notas; pues los negocios te ocupan tan por completo que no tienes tiempo, ni el suficiente control del pensamiento, para escribir cartas. ¡Ten cuidado! Pareces haberte metido en un torbellino de proyectos y planes que te están arrastrando a un abismo que, si no absorbe tu felicidad, destruirá infaliblemente la mía.
Fatigada durante mi juventud por las luchas más arduas, no solo para obtener la independencia, sino para hacerme útil, no solo el placer, por el cual sentía el gusto más vivo —me refiero a los placeres sencillos que brotan de la pasión y el afecto— se me escapó, sino que las visiones más melancólicas de la vida quedaron grabadas en mi mente por un corazón decepcionado. Desde que te conocí, he estado intentando volver a mi naturaleza anterior y he dejado pasar algún tiempo, alado con el deleite que solo el disfrute espontáneo puede dar. ¿Por qué has disuelto tan pronto el encanto?
Realmente soy incapaz de soportar la inquietud continua que producen tus planes y los de ----, que nunca terminan. Puedes llamar a esto falta de firmeza, pero te equivocas; todavía tengo la suficiente firmeza para seguir mi principio de acción. La miseria presente —no puedo encontrar una palabra más suave para hacer justicia a mis sentimientos— me parece innecesaria, y por lo tanto no tengo la firmeza para soportarla como tú crees que debería. Me habría contentado, y todavía deseo, retirarme contigo a una granja. ¡Dios mío! Cualquier cosa, menos estas continuas ansiedades, cualquier cosa menos el comercio, que envilece la mente y arranca el afecto del corazón.
No pretendo quejarme de inconvenientes secundarios; sin embargo, observaré simplemente que, llevada a esperarte cada semana, no hice los arreglos requeridos por las circunstancias actuales para obtener las necesidades de la vida. Para tenerlas, un criado, solo para ese fin, es indispensable. La falta de leña me ha hecho coger el resfriado más violento que he tenido jamás, y mi cabeza está tan turbada por la tos continua que soy incapaz de escribir sin detenerme frecuentemente para recuperar el sentido. Esto, sin embargo, es uno de los males comunes que deben soportarse; el dolor físico no toca el corazón, aunque fatiga el espíritu.
Aun así, como hablas de tu regreso, incluso en febrero, con dudas, he decidido, en cuanto cambie el tiempo, destetar a mi hija. ¡Es demasiado pronto para que ella empiece a compartir el dolor! Y como alguien dijo bien: "la desesperación es un hombre libre", iremos a buscar nuestra fortuna juntos.
Esto no es un capricho del momento, pues tu ausencia ha dado nuevo peso a algunas conclusiones que estaba formando muy a mi pesar antes de que me dejaras. No elijo ser un objeto secundario. Si tus sentimientos estuvieran al unísono con los míos, no sacrificarías tanto a visiones de ventajas futuras.
MARY.
CARTA XXXIII
[París] 15 de enero [1795].
Estaba a punto de empezar mi carta con el final de una canción, que solo te habría dicho lo que puedo decirte simplemente: que es agradable perdonar a quienes amamos. He recibido tus dos cartas, fechadas el 26 y el 28 de diciembre, y mi ira se desvaneció. Difícilmente puedes concebir el efecto que algunas de tus cartas han producido en mí. Después de desear tener noticias tuyas durante un tedioso intervalo de suspenso, he visto un sobreescrito escrito por ti. Prometiéndome placer y sintiendo emoción, lo he dejado a mi lado hasta que la persona que lo trajo salió de la habitación; cuando, ¡he aquí!, al abrirlo, solo he encontrado media docena de líneas apresuradas que han apagado todo el afecto naciente de mi alma.
Bien, ahora a los negocios.
* * * * *
Mi animal está bien; todavía no le he enseñado a comer, pero la naturaleza está haciendo el trabajo. Le di una corteza para ayudarla con la dentición; y ahora que tiene dos, los utiliza bien para roer una corteza, una galleta, etc. Te reirías al verla; es exactamente como una pequeña ardilla; guarda una corteza durante dos horas y, después de fijar la vista en un objeto durante algún tiempo, se lanza sobre él con un objetivo tan seguro como un ave de presa; nada puede igualar su vitalidad y espíritu. Yo sufro de un resfriado, pero a ella no le afecta. ¡Adiós! No te olvides de amarnos, y ven pronto a decirnos que lo haces.
MARY.
CARTA XXXIV
[París] 30 de enero [1795].
Por el propósito de tus últimas cartas, debería suponer que esta apenas te llegará; y he escrito ya tantas cartas que o bien no has recibido, o has descuidado reconocer, que no me resulta agradable, o mejor dicho, no tengo inclinación, para volver a tratar el mismo tema. Si las has recibido y sigues retenido por nuevos proyectos, es inútil que diga nada más al respecto. He terminado con eso para siempre; sin embargo, debería recordarte que tu interés pecuniario sufre por tu ausencia.
* * * * *
Por mi parte, se me vuelve la cabeza un mareo con solo oír hablar de planes para ganar dinero, y mis sentimientos de desprecio a veces han estallado. Por eso me alegré de que un resfriado violento me diera un pretexto para quedarme en casa, no fuera que hubiera pronunciado verdades inoportunas.
Mi hija está bien, y la primavera quizás me devuelva a mí misma. He soportado muchos inconvenientes este invierno que me daría vergüenza mencionar si hubieran sido inevitables. "Los placeres secundarios de la vida", dices, "son muy necesarios para mi comodidad": puede ser así; pero siempre los he considerado como secundarios. Si, por lo tanto, me acusas de carecer de la resolución necesaria para soportar los males comunes de la vida, respondería que no he moldeado mi mente para soportarlos, porque querría evitarlos, cueste lo que cueste.
Adiós.
MARY.
CARTA XXXV
[París] 9 de febrero [1795].
El presentimiento melancólico de que estábamos separados para siempre ha rondado mi espíritu durante algún tiempo; y las cartas que recibí hoy, por el señor ----, me convencen de que no era infundado. Aludes a algunas otras cartas que supongo se han perdido; pues la mayoría de las que he recibido eran solo unas pocas líneas apresuradas, calculadas para herir la ternura que la vista de los sobres excitaba.
No pretendo, sin embargo, quejarme; aunque tantos sentimientos luchan por expresarse, y agitan un corazón que casi estalla de angustia, que me resulta muy difícil escribir con algún grado de coherencia.
Me dejaste indispuesta, aunque no has tomado nota de ello; y el viaje más agotador que he hecho jamás contribuyó a que continuara así. Sin embargo, recuperé la salud; pero un resfriado descuidado y la inquietud continua durante los últimos dos meses me han reducido a un estado de debilidad que nunca antes había experimentado. Aquellos que no sabían que el gusano roedor estaba trabajando en el núcleo, me advirtieron sobre amamantar a mi hija demasiado tiempo. ¡Dios preserve a esta pobre niña y la haga más feliz que su madre!
Pero me estoy desviando de mi tema: en verdad, mi cabeza se vuelve un mareo cuando pienso que toda la confianza que he tenido en el afecto de los demás ha llegado a esto. No esperaba este golpe de tu parte. He cumplido con mi deber hacia ti y mi hija; y si no he de recibir ninguna devolución de afecto que me recompense, tengo el triste consuelo de saber que merecía un destino mejor. Mi alma está cansada; estoy enferma del corazón; y, de no ser por esta pequeña adorada, dejaría de preocuparme por una vida que ahora está despojada de todo encanto.
Ves lo estúpida que soy, pronunciando declamaciones cuando solo pretendía decirte que considero tu petición de que vaya a ti como dictada simplemente por el honor. De hecho, apenas te entiendo. Me pides que vaya y luego me dices que no has abandonado todos los pensamientos de volver a este lugar.
Cuando decidí vivir contigo, solo me guiaba el afecto. Compartiría la pobreza contigo, pero me aparto con espanto del mar de problemas en el que te estás adentrando. Tengo ciertos principios de acción: sé lo que busco para fundar mi felicidad. No es dinero. Contigo deseaba lo suficiente para obtener las comodidades de la vida; tal como están las cosas, menos bastará. Todavía puedo esforzarme para obtener las necesidades de la vida para mi hija, y ella no necesita más por el momento. Tengo dos o tres planes en mi cabeza para ganarnos el sustento; ¡pues no pienses que, descuidada por ti, viviré bajo obligaciones de tipo pecuniario contigo! No; antes me sometería al servicio doméstico. Quería el apoyo de tu afecto; ¡eso perdido, todo ha terminado! No pensé, cuando me quejé de la despreciable avidez de ---- por acumular dinero, que te habría arrastrado a sus planes.
No puedo escribir. Adjunto un fragmento de una carta, escrita poco después de tu partida, y otra que la ternura me hizo retener cuando fue escrita. Verás entonces los sentimientos de un momento más calmado, aunque no más determinado. ¡No me insultes diciendo que "estar juntos es primordial sobre cualquier otra consideración"! Si lo fuera, no estarías corriendo tras una burbuja a expensas de mi paz mental.
Quizás esta sea la última carta que recibas de mí.
MARY.
CARTA XXXVI
[París] 10 de febrero [1795].
Hablas de "perspectivas permanentes y comodidad futura"; no para mí, pues estoy muerta para la esperanza. Las inquietudes del último invierno han terminado el trabajo, y mi corazón no solo está roto, sino que mi constitución está destruida. Me imagino en una tisis galopante, y la ansiedad continua que siento al pensar en dejar a mi hija alimenta la fiebre que me devora cada noche. ¡Es por ella que te escribo de nuevo, para conjurarte, por todo lo que consideras sagrado, a que la dejes aquí con la señora alemana que quizás me hayas oído mencionar! Tiene una niña de la misma edad, y pueden ser criadas juntas, como deseo que ella sea criada. Escribiré más detalladamente sobre el tema. Para facilitar esto, dejaré mi alojamiento actual e iré a la misma casa. Puedo vivir mucho más barato allí, lo cual se ha convertido ahora en un objetivo. He tenido 3000 libras de ----, y tomaré una más, para pagar el salario de mi sirvienta, etc., y luego intentaré obtener lo que necesito mediante mis propios esfuerzos. Renunciaré por completo al trato con los estadounidenses.
---- y yo no hemos estado en buenos términos durante mucho tiempo. Ayer, de manera muy poco varonil, se regodeó sobre mí debido a tu determinación de quedarte. Yo lo había provocado, es cierto, con algunas asperezas contra el comercio que se me escaparon cuando discutimos sobre la propiedad de que permanezcas donde estás; y no importa, he bebido demasiado de la copa amarga como para preocuparme por minucias.
Cuando entraste por primera vez en estos planes, limitaste tus perspectivas a ganar mil libras. Era suficiente para haber obtenido una granja en Estados Unidos, lo que habría sido una independencia. Encuentras ahora que no te conocías a ti mismo, y que una cierta situación en la vida te es más necesaria de lo que imaginabas; más necesaria que un corazón incorrupto. Durante un año o dos, puedes procurarte lo que llamas placer; comer, beber y mujeres; pero en la soledad de la vejez, seré recordada con pesar; iba a decir con remordimiento, pero contuve mi pluma.
Como nunca he ocultado la naturaleza de mi relación contigo, tu reputación no sufrirá. Nunca tendré un confidente: me contento con la aprobación de mi propia mente; y, si hay un escrutador de corazones, el mío no será despreciado. Leyendo lo que has escrito en relación con el abandono de las mujeres, a menudo me he preguntado cómo la teoría y la práctica podían ser tan diferentes, hasta que recordé que los sentimientos de la pasión y las resoluciones de la razón son muy distintos. En cuanto a mis hermanas, como estás tan continuamente apresurado con los negocios, no necesitas escribirles; lo haré yo, cuando mi mente esté más calmada. ¡Que Dios te bendiga! ¡Adiós!
MARY.
Este ha sido un periodo de tanta barbarie y miseria, que no debería quejarme de tener mi parte. Deseo un momento no haber oído nunca hablar de las crueldades que se han practicado aquí, y al siguiente envidio a las madres que han sido asesinadas con sus hijos. Seguramente había sufrido suficiente en la vida como para no ser maldecida con un cariño que quema el torrente vital que estoy impartiendo. Pensarás que estoy loca: ojalá lo estuviera, para poder olvidar mi miseria; para que mi cabeza o mi corazón se quedaran quietos.
CARTA XXXVII
[París] 19 de febrero [1795].
Cuando recibí por primera vez tu carta, posponiendo tu regreso a un tiempo indefinido, me sentí tan herida que no sé lo que escribí. Ahora estoy más calmada, aunque no fue el tipo de herida sobre la que el tiempo tiene el efecto más rápido; al contrario, cuanto más pienso, más triste me vuelvo. La sociedad me fatiga inexpresablemente; tanto es así que, encontrando faltas en todos, solo tengo suficiente razón para descubrir que la falta está en mí misma. Solo mi hija me interesa y, de no ser por ella, no me tomaría ninguna molestia en recuperar mi salud.
Tal como están las cosas, la destetaré y probaré si con ese paso (al que siento repugnancia, pues es mi único consuelo) puedo deshacerme de mi tos. Los médicos hablan mucho del peligro que conlleva cualquier dolencia en los pulmones después de que una mujer ha amamantado durante algunos meses. También enfatizan la necesidad de mantener la mente tranquila; ¡y, Dios mío!, ¡cómo ha sido acosada la mía! Pero mientras los caprichos de otras mujeres son gratificados, y "no se permite que el viento del cielo las visite con demasiada rudeza", no he encontrado un ángel guardián, en el cielo o en la tierra, para alejar la tristeza o el cuidado de mi pecho.
¡Qué sacrificios no has hecho por una mujer a la que no respetabas! Pero no volveré a tratar este tema; quiero decirte que no te entiendo. Dices que no has abandonado todos los pensamientos de volver aquí, y sé que será necesario; es más, lo es. No puedo explicarme; pero si no has perdido la memoria, adivinarás fácilmente mi significado. ¡Qué! ¿Es que nuestra vida solo ha de estar compuesta de separaciones? ¿Y he de volver solo a un país que no solo ha perdido todo encanto para mí, sino por el cual siento una repugnancia que casi llega al horror, ¡solo para ser dejada allí presa de ello!
¿Por qué es tan necesario que yo regrese? Criada aquí, mi hija sería más libre. De hecho, esperando que te nos unieras, había formado algunos planes de utilidad que ahora se han desvanecido con mis esperanzas de felicidad.
En la amargura de mi corazón, podría quejarme con razón de que me dejen aquí dependiendo de un hombre cuya avidez por adquirir una fortuna lo ha vuelto insensible a todo sentimiento relacionado con emociones sociales o afectivas. Con una insensibilidad brutal, no puede evitar mostrar el placer que le da tu determinación de quedarte, a pesar del efecto que es visible que ha tenido en mí.
Hasta que pueda ganar dinero, intentaré pedir prestado algo, pues quiero evitar pedirle continuamente la suma necesaria para mantenerme. No me malinterpretes, nunca se me ha negado. Sin embargo, he ido media docena de veces a la casa a pedirlo y me he ido sin hablar; debes adivinar por qué; además, deseo evitar oír hablar de los eternos proyectos a los que has sacrificado mi paz; sin recordar... pero estaré en silencio para siempre.
CARTA XXXVIII
[Havre] 7 de abril [1795].
Aquí estoy en Havre, a punto de ir hacia ti, y escribo ahora solo para decirte que puedes esperarme en el transcurso de tres o cuatro días; pues no intentaré dar rienda suelta a las diferentes emociones que agitan mi corazón. Puedes llamar orgullo a un sentimiento que me parece un grado de delicadeza que surge naturalmente de la sensibilidad; aun así, no puedo disfrutar de la ternura tan afectuosa que brilla en mi pecho sin temblar, hasta que vea, por tus ojos, que es mutua.
Me siento, perdida en mis pensamientos, mirando al mar; y las lágrimas acuden a mis ojos cuando descubro que estoy albergando alguna expectativa cariñosa. De hecho, he sido tan infeliz este invierno que me resulta tan difícil adquirir nuevas esperanzas como recuperar la tranquilidad. Basta de esto; ¡quédate quieto, corazón tonto! De no ser por la niña, casi desearía que dejara de latir, para no estar más viva a la angustia de la decepción.
¡Dulce criatura! Me privé de mi único placer cuando la desteté, hace unos diez días. Sin embargo, me alegro de haber superado mi repugnancia. Era necesario que se hiciera pronto, y no quería amargar el reencuentro de tu relación con ella posponiéndolo hasta que nos viéramos. Fue un esfuerzo doloroso para mí, y pensé que era mejor echar esta inquietud junto con el resto, en el saco que me gustaría echar sobre mi hombro. Deseaba soportarlo sola, en resumen; sin embargo, después de enviarla a dormir a la habitación de al lado durante tres o cuatro noches, ¡no puedes imaginar con qué alegría la volví a tomar para que durmiera en mi pecho!
Supongo que te encontraré cuando llegue, pues no veo ninguna necesidad de que vengas a buscarme. Por favor, informa al señor ---- de que tengo a su pequeña amiga conmigo. Mi deseo de complacerlo me hizo pasar por algunos inconvenientes y retrasar mi partida; lo cual fue molesto para mí, que no tengo tanta filosofía —no diría por nada del mundo indiferencia— como tú. ¡Que Dios te bendiga!
Tuyo verdaderamente, MARY.
CARTA XXXIX
Brighthelmstone, sábado, 11 de abril [1795].
Aquí estamos, amor mío, y pretendemos salir temprano por la mañana; y, si puedo encontrarte, espero cenar contigo mañana. Iré al hotel de ----, donde ---- me dice que has estado; y, si lo has dejado, espero que te asegures de estar allí para recibirnos.
He traído conmigo a la pequeña amiga del señor ----, y a una chica a la que me gusta que cuide a nuestra pequeña adorada, no en el camino, pues eso me tocó a mí. Pero ¿por qué escribo sobre minucias? ¿O sobre cualquier cosa? ¿No nos vamos a encontrar pronto? ¿Qué dice tu corazón?
Tuyo verdaderamente, MARY.
He destetado a mi Fanny, y ahora está comiendo pan blanco.
CARTA XL
[26 Charlotte Street, Rathbone Place] Londres, viernes, 22 de mayo [1795].
Acabo de recibir su cariñosa carta, y me angustia pensar que he aumentado sus apuros en esta coyuntura tan problemática, cuando el ejercicio de todas las facultades de su mente parece ser necesario para sacarlo de sus dificultades pecuniarias. Supongo que fue algo relativo a la circunstancia que ha mencionado lo que hizo que ---- solicitara verme hoy, para conversar sobre un asunto de gran importancia. Sea como fuere, su carta (tal es el estado de mi ánimo) me alarmó inconcebiblemente, y convirtió la noche pasada en algo tan angustioso como lo habían sido las dos anteriores.
He luchado por calmar mi mente desde que me dejó. Aun así, descubro que la tranquilidad no se obtiene mediante el esfuerzo; ¡es un sentimiento tan distinto a la resignación de la desesperación! Sin embargo, ya no estoy enfadada con usted, ni volveré a pronunciar otra queja; hay argumentos que convencen a la razón, mientras llevan la muerte al corazón. Hemos tenido demasiadas explicaciones crueles, que no solo nublan todo futuro, sino que amargan los recuerdos que son los únicos que dan vida al afecto. ¡Que el tema no vuelva a ser tratado jamás!
Me parece que no solo he perdido la esperanza, sino el poder de ser feliz. Toda emoción está ahora agudizada por la angustia. Mi alma ha sido sacudida, y mi tono de sentimientos destruido. He salido, y he buscado distracción, si no diversión, simplemente para fatigar aún más, según veo, mis irritables nervios.
Amigo mío, mi querido amigo, examínese bien; yo estoy fuera de toda cuestión, pues, ¡ay!, no soy nada; y descubra qué es lo que desea hacer, qué le hará sentirse más cómodo; o, para ser más explícita, ¿desea vivir conmigo o separarse para siempre? Cuando pueda determinarlo, dígamelo francamente, ¡se lo suplico!; pues, créame, he interrumpido muy involuntariamente su paz.
Le esperaré a cenar el lunes, y me esforzaré por asumir un rostro alegre para saludarle; en cualquier caso, evitaré las conversaciones que solo tienden a hostigar sus sentimientos, porque soy, afectuosísimamente suya,
MARY.
CARTA XLI
[27 de mayo de 1795] Miércoles.
Le adjunto la carta que deseaba que le enviara, y me siento tentada muy lacónicamente a desearle los buenos días; no porque esté enfadada, o no tenga nada que decir, sino para sofocar un espíritu herido. Haré todo esfuerzo por calmar mi mente, sin embargo, una firme convicción parece girar en el mismo centro de mi cerebro, que, como el decreto del destino, me asegura enfáticamente que la aflicción tiene un firme dominio sobre mi corazón.
¡Que Dios le bendiga!
Sinceramente suya, MARY.
CARTA XLII
[Hull] Miércoles, a las dos [27 de mayo de 1795].
Llegamos aquí hace aproximadamente una hora. Estoy extremadamente fatigada con la niña, que no quería descansar tranquila con nadie más que conmigo durante la noche, y ahora estamos aquí en una habitación húmeda y desoladora, en una especie de casa que parece una tumba. Sin embargo, remediaré esto rápidamente, pues, cuando haya terminado esta carta (lo cual debo hacer inmediatamente, porque el correo sale temprano), saldré a indagar sobre un barco y una posada.
No le angustiaré hablando de la depresión de mi ánimo, o de la lucha que tuve por mantener vivo mi corazón moribundo. Incluso ahora está demasiado lleno para permitirme escribir con calma. Imlay, querido Imlay, ¿he de ser siempre zarandeada de este modo? ¿No encontraré nunca un asilo en el que descansar contenta? ¿Cómo puede amar volar continuamente, aterrizando, por así decirlo, en un mundo nuevo, frío y extraño, cada dos días? ¿Por qué no adhiere esas tiernas emociones a la idea de hogar, que incluso ahora nublan mis ojos? Esto es el afecto, todo lo demás es solo humanidad electrificada por la simpatía.
Le escribiré de nuevo mañana, cuando sepa cuánto tiempo voy a estar detenida, y espero recibir pronto una carta suya, para animar a quien es suya, sincera y afectuosamente,
MARY.
Fanny está jugando cerca de mí de muy buen humor. Estaba tan contenta con el ruido de la bocina del correo, que ha estado imitándolo continuamente. ¡Adiós!
CARTA XLIII
[Hull, 28 de mayo de 1795] Jueves.
Una dama acaba de enviar una oferta para llevarme a Beverley. Solo tengo, pues, un momento para exclamar contra la manera vaga en que la gente da información.
* * * * *
¡Pero por qué hablar de inconvenientes que son, de hecho, insignificantes cuando se comparan con el hundimiento del corazón que he sentido! No pretendía tocar esta dolorosa cuerda. ¡Que Dios le bendiga!
Verdaderamente suya, MARY.
CARTA XLIV
[Hull] Viernes, 12 de junio [1795].
Acabo de recibir la suya fechada el día 9, lo cual supongo que fue un error, pues difícilmente podría haber holgazaneado tanto tiempo en el camino. Las observaciones generales que se aplican al estado de su propia mente me parecen justas, hasta donde llegan; y siempre consideraré como una de las desgracias más graves de mi vida el no haberle conocido antes de que la saciedad hubiera hecho sus sentidos tan fastidiosos, hasta casi cerrar cada tierna avenida de sentimiento y afecto que conduce a su corazón comprensivo. Usted tiene corazón, amigo mío, pero, arrastrado por la impetuosidad de sentimientos inferiores, ha buscado en excesos vulgares esa gratificación que solo el corazón puede otorgar.
El común de los hombres, lo sé, con una salud fuerte y apetitos groseros, debe tener variedad para desterrar el tedio, ¡porque la imaginación nunca presta su varita mágica para convertir el apetito en amor, cimentado por la razón concordante! Ah, amigo mío, usted no conoce el deleite inefable, el placer exquisito que surge de una unión de afecto y deseo, cuando el alma y los sentidos enteros se abandonan a una imaginación viva que hace que cada emoción sea delicada y arrebatadora. Sí; estas son emociones sobre las que la saciedad no tiene poder, y cuyo recuerdo ni siquiera la decepción puede desencantar; pero no existen sin abnegación. Estas emociones, más o menos fuertes, me parecen ser la característica distintiva del genio, el fundamento del gusto y de ese sabor exquisito por las bellezas de la naturaleza, del cual el rebaño común de comedores, bebedores y procreadores de hijos, ciertamente no tiene idea. Usted sonreirá ante una observación que acaba de ocurrírseme: considero que aquellas mentes son las más fuertes y originales cuya imaginación actúa como estímulo de sus sentidos.
¡Bien! Usted preguntará, ¿cuál es el resultado de todo este razonamiento? Pues no puedo evitar pensar que es posible para usted, al poseer gran fuerza mental, volver a la naturaleza y recuperar una cordura de constitución y pureza de sentimiento que abriría su corazón hacia mí. ¡Me gustaría descansar allí!
Sin embargo, convencida más que nunca de la sinceridad y ternura de mi apego hacia usted, las esperanzas involuntarias que una determinación de vivir ha revivido no son lo suficientemente fuertes para disipar la nube que la desesperación ha extendido sobre el futuro. He mirado al mar y a mi hija, apenas atreviéndome a confesarme el deseo secreto de que pudiera convertirse en nuestra tumba, y que el corazón, aún tan vivo para la angustia, pudiera ser aquietado allí por la muerte. En este momento, diez mil sentimientos complejos presionan por salir, pesan en mi corazón y nublan mi vista.
¿Volveremos a encontrarnos alguna vez? ¿Y se esforzará por hacer ese encuentro más feliz que el último? ¿Intentará refrenar sus caprichos con el fin de dar vigor al afecto y dar rienda suelta a los sentimientos reprimidos que la naturaleza pretendía que expandieran su corazón? No puedo, en verdad, sin agonía, pensar en que su pecho sea continuamente contaminado; y amargas son las lágrimas que agotan mis ojos cuando recuerdo por qué mi hija y yo nos vemos obligadas a alejarnos del asilo en el que, tras tantas tormentas, esperaba descansar, sonriéndole al destino iracundo. Estas no son penas comunes; ni puede usted, quizás, concebir cuánta fortaleza activa requiere trabajar perpetuamente para embotar las flechas de la decepción.
Examínese ahora y determine si puede vivir en un estilo más o menos estable. Que nuestra confianza en el futuro sea ilimitada; considere si encuentra necesario sacrificarme a lo que usted llama "el sabor de la vida"; y, cuando tenga una visión clara de sus propios motivos, de sus propios incentivos para actuar, ¡no me engañe!
El tren de pensamientos que el escribir esta epístola ha despertado me hace tan desgraciada que debo dar un paseo para reanimar y calmar mi mente. Pero primero, déjeme decirle que, si realmente desea promover mi felicidad, se esforzará por darme tanto como pueda de usted mismo. Usted posee una gran energía mental; y su juicio me parece tan justo, que solo es el engaño de su inclinación al discutir un tema.
El correo no sale hoy. Mañana podré escribir con más tranquilidad. Aún no puedo decir cuándo zarpará el barco en el que he determinado partir.
[Hull, 13 de junio de 1795] Sábado por la mañana.
Su segunda carta me llegó hace aproximadamente una hora. Ciertamente se equivocó al suponer que no le mencioné con respeto; aunque, sin que yo fuera consciente de ello, algunas chispas de resentimiento pueden haber animado la penumbra de la desesperación. Sí; con menos afecto, habría sido más respetuosa. Sin embargo, el respeto que siento por usted es tan inequívoco para mí misma, que imagino que debe ser suficientemente obvio para todos los demás. Además, la única carta que pretendía para el ojo público era para ----, y la destruí por delicadeza antes de que usted las viera, porque solo fue escrita (por supuesto, calurosamente en su alabanza) para evitar que cayera sobre usted cualquier odio.
Estoy acosada por sus apuros, y ciertamente usaré todos mis esfuerzos para hacer que el negocio en el que estoy comprometida termine para su satisfacción.
Amigo mío, mi queridísimo amigo, siento mi destino unido al suyo por los principios más sagrados de mi alma, y los anhelos de, sí, lo diré, un corazón verdadero y sin sofisticaciones.
Sinceramente suya, MARY.
Si el viento es favorable, el capitán habla de zarpar el lunes; pero me temo que seré detenida algunos días más. En cualquier caso, continúe escribiendo (necesito este apoyo) hasta que esté segura de que estoy donde no puedo esperar una carta; y, si alguna llegara después de mi partida, un caballero (no el amigo del señor ----, le aseguro) de quien he recibido grandes atenciones, me las enviará.
¡Escriba en cada ocasión! Estoy ansiosa por saber cómo van sus asuntos; y, aún más, por estar convencida de que no se está separando de nosotros. Pues mi pequeña querida está llamando a papá, y añadiendo su palabra de loro: ¡Ven, ven! ¿Y no vendrá usted, y nos dejará esforzarnos? Recuperaré toda mi energía cuando esté convencida de que mis esfuerzos nos unirán más estrechamente. ¡Una vez más, adiós!
CARTA XLV
[Hull] Domingo, 14 de junio [1795].
Esperaba noticias suyas hoy; desearía que no dejara de escribirme por un tiempo, porque no me encuentro muy bien. Ya sea que duerma bien o no, despierto por la mañana en violentos ataques de temblor, y, a pesar de todos mis esfuerzos, la niña, todo, me fatiga, en lo que busco consuelo o diversión.
El señor ---- me obligó a aceptar una carta para un médico de este lugar; fue afortunado, pues de lo contrario habría tenido alguna dificultad para obtener la información necesaria. Su esposa es una mujer bonita (puedo admirar, ya sabe, a una mujer bonita, cuando estoy sola) y él es un hombre inteligente y bastante interesante. Se han portado conmigo con gran hospitalidad; y la pobre Fanny nunca fue tan feliz en su vida como entre su prole.
Me llevaron en su carruaje a Beverley, y recorrí mis paseos favoritos con una vivacidad que le habría asombrado. La ciudad no me agradó tanto como anteriormente; parecía tan diminuta; y cuando descubrí que muchos de los habitantes habían vivido en las mismas casas desde que me fui, no pude evitar preguntarme cómo podrían haber vegetado así, mientras yo recorría un mundo de dolor, arrebatando placer y deshaciéndome de prejuicios. El lugar donde me encuentro actualmente ha mejorado mucho; pero es asombroso qué pasos han dado la aristocracia y el fanatismo desde que residí en este país.
El viento no parece inclinado a cambiar, así que todavía estoy obligada a demorarme. ¿Cuándo cree que podrá partir hacia Francia? No me gusta del todo el aspecto de sus asuntos, y aún menos sus conexiones a ambos lados del agua. A menudo suspiro cuando pienso en sus enredos en los negocios y su extrema inquietud mental. Incluso ahora casi tengo miedo de preguntarle si el placer de ser libre no supera el dolor que sintió al separarse de mí. A veces me permito la esperanza de que me sienta necesaria para usted, ¿o por qué habríamos de volver a vernos? Pero, al momento siguiente, la desesperación apaga mi espíritu creciente, agravado por las emociones de ternura que deberían suavizar las preocupaciones de la vida. ¡Que Dios le bendiga!
Sincera y afectuosamente suya, MARY.
CARTA XLVI
[Hull] 15 de junio [1795].
Quiero saber cómo se ha arreglado con respecto a ----. En resumen, sea muy detallista en su relato de todos sus asuntos; que nuestra confianza, mi querido, sea ilimitada. La última vez que nos separamos, fue una separación de hecho por su parte. Ahora que ha actuado con más ingenuidad, deje que el más afectuoso intercambio de sentimientos llene el vacío doloroso de la decepción. Casi temo que sus planes resulten fallidos, sin embargo, si el giro más desafortunado le enviara a casa con nosotros, convencido de que un verdadero amigo es un tesoro, no me importaría mucho tener que luchar con el mundo de nuevo. No me acuse de orgullo, sin embargo, a veces, cuando la naturaleza ha abierto mi corazón a su autor, me he preguntado por qué usted no le dio un valor más alto a mi corazón.
Reciba un beso de Fanny, iba a añadir, si no quiere recibir uno mío, y créame suya,
Sinceramente, MARY.
El viento continúa en el mismo cuadrante.
CARTA XLVII
[Hull, junio de 1795] Martes por la mañana.
El capitán acaba de enviar a informarme de que debo estar a bordo en el transcurso de unas pocas horas. Deseaba haberme quedado hasta mañana. Habría sido un consuelo para mí haber recibido otra carta suya. Si llegara alguna, me será enviada.
Mis ánimos están agitados, apenas sé por qué. El dejar Inglaterra parece ser una nueva partida. Seguramente no se olvidará de mí. Mil débiles presentimientos asaltan mi alma, y el estado de mi salud me hace sensible a todo. Es sorprendente que en Londres, en un conflicto continuo de mente, todavía estuviera mejorando, mientras que aquí, inclinada bajo la mano despótica del destino, forzada a la resignación por la desesperación, parece que me estoy desvaneciendo, pereciendo bajo una plaga cruel que marchita todas mis facultades.
La niña está perfectamente bien. Mi mano parece reacia a añadir adiós. No sé por qué esta tristeza inexpresable se ha apoderado de mí. No es un presentimiento de mal. Sin embargo, habiendo sido tan perpetuamente el juguete de la decepción, teniendo un corazón que ha sido, por así decirlo, un blanco para la miseria, temo encontrar la infelicidad en alguna nueva forma. Bien, ¡que venga!, ¡no me importa! ¡Qué tengo que temer, yo que tengo tan poco que esperar! Que Dios le bendiga; soy afectuosísima y sinceramente suya,
MARY.
CARTA XLVIII
[17 de junio de 1795] Miércoles por la mañana.
Ayer me apresuraron a bordo alrededor de las tres, habiendo cambiado el viento. Pero antes de la noche viró hacia el punto anterior; y aquí estamos, en medio de nieblas y agua, solo aprovechando la marea para avanzar unas pocas millas.
Difícilmente supondrá que dejé la ciudad con renuencia, sin embargo, fue así; porque deseaba recibir otra carta suya, y sentí dolor al separarme, quizás para siempre, de la amable familia que me había tratado con tanta hospitalidad y bondad. Probablemente me enviarán su carta, si llega esta mañana; pues aquí es probable que permanezcamos, me temo pensar cuánto tiempo.
El barco es muy cómodo, y el capitán es una especie de hombre civil y de corazón abierto. Al no haber otros pasajeros, tengo el camarote para mí sola, lo cual es agradable; y he traído algunos libros conmigo para engañar el cansancio; pero parezco inclinada, más bien, a emplear los momentos muertos de suspenso en escribir algunas efusiones que en leer.
¿Qué está haciendo? ¿Cómo van sus asuntos? Puede pasar mucho tiempo antes de que responda a estas preguntas. ¡Mi querido amigo, mi corazón se hunde dentro de mí! ¿Por qué estoy forzada así a luchar continuamente con mis afectos y sentimientos? ¡Ah, por qué esos afectos y sentimientos son la fuente de tanta miseria, cuando parecen haber sido dados para vivificar mi corazón y extender mi utilidad! Pero no debo detenerme en este tema. ¿No intentará apreciar todo el afecto que pueda hacia mí? ¿Qué estoy diciendo? Antes olvídeme, si puede, si otras gratificaciones le son más queridas. ¿Cómo es cada recuerdo mío amargado por la decepción? ¡Qué mundo es este! Solo parecen felices aquellos que nunca miran más allá de los goces sensuales o artificiales. ¡Adiós!
Fanny empieza a jugar con el grumete, y está tan alegre como una alondra. Me esforzaré por estar tranquila; y estoy en cualquier estado de ánimo,
Sinceramente suya, MARY.
CARTA XLIX
[18 de junio de 1795] Jueves.
Aquí sigo, y acabo de recibir su carta del lunes por el piloto, que prometió traérmela, si éramos detenidos, como esperaba, por el viento. Es realmente agotador ser zarandeada así sin avanzar. Tengo un dolor de cabeza violento, sin embargo, estoy obligada a cuidar a la niña, que está un poco atormentada por sus dientes, porque ---- es incapaz de hacer nada, pues se siente tan enferma por el movimiento del barco mientras estamos anclados.
Estos son, sin embargo, inconvenientes triviales, comparados con la angustia mental, comparados con el hundimiento de un corazón roto. Para decirle la verdad, nunca sufrí en mi vida tanto por la depresión de ánimo, por la desesperación. No duermo, o, si cierro los ojos, es para tener los sueños más aterradores, en los que a menudo le encuentro con distintos semblantes.
No le atormentaré, mi querido Imlay, deteniéndome en mis sufrimientos, y usaré todos mis esfuerzos para calmar mi mente, en lugar de entumecerla; en este momento está dolorosamente activa. Descubro que no estoy a la altura de estas continuas luchas, sin embargo, su carta de esta mañana me ha proporcionado algo de consuelo, y trataré de revivir la esperanza. Una cosa déjeme decirle: cuando nos volvamos a encontrar, ¡seguramente nos hemos de encontrar!, debe ser para no separarnos más. No quiero tener mares entre nosotros; es más de lo que puedo soportar.
El piloto me está apresurando. Que Dios le bendiga.
A pesar de la comodidad del barco, todo aquí disgustaría mis sentidos, si no tuviera otra cosa en qué pensar. "Cuando la mente es libre, el cuerpo es delicado"; el mío ha sido demasiado dañado para considerar trivialidades.
Verdaderamente suya, MARY.
CARTA L
[20 de junio de 1795] Sábado.
Este es el quinto día lúgubre que he estado encarcelada por el viento, con todo objeto exterior disgustando mis sentidos, e incapaz de desterrar los recuerdos que entristecen mi corazón.
¡Cómo me ha alterado la decepción! Cuando iba a Lisboa, hace diez años, la elasticidad de mi mente era suficiente para evitar el cansancio, y la imaginación todavía podía mojar su pincel en el arco iris de la fantasía, y bosquejar el futuro en colores sonrientes. ¡Ahora me dirijo hacia el Norte en busca de rayos de sol! ¿Habrá alguno que caliente este corazón desolado? Toda la naturaleza parece fruncir el ceño, o más bien llorar conmigo. Todo está frío, ¡frío como mis expectativas! Antes de dejar la orilla, atormentada, como lo estoy ahora, por estos fríos del noreste, no pude evitar exclamar: ¡Dame, gracioso Cielo!, al menos, un tiempo agradable, si nunca voy a encontrar el afecto agradable que todavía calienta este pecho agitado, obligando a la vida a persistir allí.
Ahora voy a desembarcar con el capitán, aunque el tiempo es duro, para buscar leche, etcétera, en una pequeña aldea, y dar un paseo; después de lo cual espero dormir, pues, confinada aquí, rodeada de olores desagradables, he perdido el poco apetito que tenía; y permanezco despierta hasta que el pensamiento casi me empuja al borde de la locura; solo al borde, pues nunca olvido, ni siquiera en los febriles sopores en los que a veces caigo, la miseria de la que me esfuerzo por embotar el sentido mediante todo empeño a mi alcance.
La pobre ---- continúa enferma, y ---- se cansa cuando el tiempo no le permite permanecer en cubierta.
Espero que esta sea la última carta que te escriba desde Inglaterra; ¿no estás cansado de este prolongado adiós?
Tuya sinceramente, MARY.
CARTA LI
[Hull, 21 de junio de 1795] Domingo por la mañana.
El capitán anoche, después de que te hubiera escrito mi carta destinada a ser dejada en una pequeña aldea, se ofreció a ir a ---- para pasar el día de hoy. Tuvimos una navegación problemática, y ahora debo apresurarme a regresar a bordo, pues el viento ha cambiado.
Esperaba a medias encontrar una carta tuya aquí. Si hubieras escrito una al azar, habría sido amable y considerado; podrías haber sabido, si lo hubieras pensado, que el viento no me permitiría partir. Estas son atenciones más gratas para el corazón que las ofertas de servicio. Pero ¿por qué sigo buscándolas neciamente?
¡Adiós! ¡Adiós! Amigo mío, tu amistad es muy fría; ves que estoy herida. ¡Que Dios te bendiga! Puede que algún día sea independiente en todos los sentidos de la palabra. Ah, solo hay un sentido de ella que sea importante. Romperé o doblaré este corazón débil; aun así, ahora está lleno.
Tuyo sinceramente, MARY.
La niña está bien; no la dejé a bordo.
CARTA LII
[Gotemburgo] 27 de junio, sábado, [1795].
Llegué a Gotemburgo esta tarde, después de intentar en vano desembarcar en Arendall. Ahora solo tengo un momento, antes de que salga el correo, para informarte de que hemos llegado aquí; aunque no sin considerable dificultad, pues nos dejaron en tierra en un bote a más de veinte millas más abajo.
Lo que sufrí en el barco no lo relataré ahora, ni mencionaré el placer que recibí al ver la costa rocosa. Esta mañana, sin embargo, caminando para unirme al carruaje que debía transportarnos a este lugar, caí, sin advertencia previa, sin sentido sobre las rocas; y cómo escapé con vida apenas puedo adivinarlo. Estuve en un estupor durante un cuarto de hora; la efusión de sangre finalmente me devolvió el sentido; la contusión es grande y mi cerebro está confuso. La niña está bien.
Un viaje de veinte millas bajo la lluvia, después de mi accidente, me ha desquiciado lo suficiente, y aquí no pude conseguir fuego para calentarme, ni nada caliente que comer; las posadas no son más que establos. Sin embargo, debo irme a la cama. ¡Por el amor de Dios, deja que tenga noticias tuyas inmediatamente, amigo mío! No estoy bien, y aun así ves que no puedo morir.
Tuya sinceramente, MARY.
CARTA LIII
[Gotemburgo] 29 de junio [1795].
Te escribí por el último correo para informarte de mi llegada; y creo que aludí a la fatiga extrema que soporté a bordo, debido a la enfermedad de ---- y a la dureza del tiempo. También te mencioné mi caída, cuyos efectos todavía siento, aunque no creo que vaya a tener consecuencias graves.
---- irá conmigo, si encuentro necesario ir a ----. Las posadas aquí son tan malas que me vi obligada a aceptar un apartamento en su casa. Estoy abrumada de atenciones por todas partes y fatigada por los esfuerzos para divertirme, de los cuales no puedo escapar.
Amigo mío, amigo mío, no estoy bien; un peso mortal de tristeza yace pesadamente sobre mi corazón. Estoy de nuevo lanzada sobre las olas turbulentas de la vida, y obligada a lidiar con dificultades sin ser sostenida por las esperanzas que son las únicas que las hacen soportables. ¡Qué «insípido, aburrido e inútil» me parece todo el ajetreo en el que veo a la gente aquí entrar con tanto afán! Anhelo cada noche ir a la cama, para esconder mi rostro melancólico en mi almohada; pero hay un gusano que roe en mi seno que nunca duerme.
MARY.
CARTA LIV
[Suecia] 1 de julio [1795].
Me esfuerzo en vano por calmar mi mente; mi alma ha sido abrumada por la tristeza y la decepción. Todo me fatiga; esta es una vida que no puede durar mucho. Eres tú quien debe determinar con respecto al futuro; y, cuando lo hayas hecho, actuaré en consecuencia. Quiero decir que debemos resolver vivir juntos o separarnos para siempre; no puedo soportar estas luchas continuas. Pero deseo que examines cuidadosamente tu propio corazón y mente; y, si percibes la menor posibilidad de ser más feliz sin mí que conmigo, o si tu inclinación se inclina caprichosamente hacia ese lado, no disimules; dime francamente que no volverás a verme más. Entonces adoptaré el plan que te mencioné, pues debemos vivir juntos o seré completamente independiente.
Mi corazón está tan oprimido que no puedo escribir con precisión. Sin embargo, sabes que lo que expreso tan imperfectamente no son los sentimientos crudos del momento. Solo puedes contribuir a mi consuelo (es el consuelo que necesito) estando conmigo; y, si la amistad más tierna tiene algún valor, ¿por qué no buscarás en mí una medida de satisfacción que los afectos desalmados no pueden otorgar?
Dime entonces, ¿decidirás encontrarte conmigo en Basilea? Imagino que estaré en ---- antes de finales de agosto; y, después de que arregles tus asuntos en París, ¿no podríamos encontrarnos allí?
¡Que Dios te bendiga!
Tuya sinceramente, MARY.
La pobre Fanny ha sufrido durante el viaje con sus dientes.
CARTA LV
[Suecia] 3 de julio [1795].
Había una penumbra difundida a través de tu última carta, cuya impresión todavía permanece en mi mente; aunque, recordando con qué rapidez te deshaces de los sentimientos intensos del momento, me consuelo pensando que hace mucho tiempo que ha dado paso a tu alegría habitual.
Créeme (y mis ojos se llenan de lágrimas de ternura mientras te lo aseguro) que no hay nada que no soportaría en cuanto a privaciones, antes que perturbar tu tranquilidad. Si estoy destinada a ser infeliz, me esforzaré por esconder mis penas en mi propio seno; y siempre me encontrarás una amiga fiel y afectuosa.
Me apego cada vez más a mi pequeña niña, y atesoro este afecto sin miedo, porque debe pasar mucho tiempo antes de que pueda convertirse en amargura de alma. Es una criatura interesante. A bordo, ¡cuántas veces, mientras contemplaba el mar, he deseado enterrar mi seno atribulado en las profundidades menos atribuladas!; afirmando con Bruto: «¡que la virtud que había seguido demasiado lejos era solo un nombre vacío!», y nada más que verla, sus sonrisas juguetonas, que parecían aferrarse y entrelazarse alrededor de mi corazón, me habría detenido.
¡Qué miseria peculiar ha caído en mi parte! Para actuar conforme a mis principios, he impuesto la restricción más estricta sobre mis propios pensamientos; sí, para no empañar la delicadeza de mis sentimientos, he refrenado mi imaginación; y he retrocedido con espanto ante cada sensación (aludo a ----) que, deslizándose con bálsamica dulzura en mi alma, me llevaba a oler desde lejos la fragancia de la naturaleza renaciente.
Amigo mío, he pagado caro una convicción. El amor, en algunas mentes, es un asunto de sentimiento, que surge de la misma delicadeza de percepción (o gusto) que las hace estar vivas a las bellezas de la naturaleza, la poesía, etcétera, vivas a los encantos de esas gracias evanescentes que son, por así decirlo, impalpables; deben ser sentidas, no pueden ser descritas.
El amor es una necesidad de mi corazón. Me he examinado últimamente con más cuidado que antes, y encuentro que adormecer no es calmar la mente. Apuntando a la tranquilidad, casi he destruido toda la energía de mi alma; casi he desarraigado lo que la hace estimable. Sí, he amortiguado ese entusiasmo de carácter que convierte los materiales más groseros en un combustible que alimenta imperceptiblemente esperanzas que aspiran por encima del disfrute común. La desesperación, desde el nacimiento de mi hija, me ha vuelto estúpida; el alma y el cuerpo parecían desvanecerse ante el toque marchitante de la decepción.
Ahora estoy tratando de recuperarme; y tal es la elasticidad de mi constitución, y la pureza de la atmósfera aquí, que la salud, no buscada, comienza a reanimar mi semblante.
Siento la más sincera estima y afecto por ti, pero el deseo de recuperar la paz (¿me entiendes?) me ha hecho olvidar el respeto debido a mis propias emociones; emociones sagradas que son las seguras precursoras de los deleites que fui formada para disfrutar, y disfrutaré, pues nada puede extinguir la chispa celestial.
Aun así, cuando nos encontremos de nuevo, no te atormentaré, te lo prometo. Me ruborizo cuando recuerdo mi conducta anterior, y en el futuro no me confundiré con los seres a quienes siento que son mis inferiores. Escucharé a la delicadeza, o al orgullo.
CARTA LVI
[Suecia] 4 de julio [1795].
Espero tener noticias tuyas por el correo de mañana. ¡Mi querido amigo! No puedo arrancar mis afectos de ti; y, aunque cada recuerdo me punza el alma, pienso en ti hasta que justifico incluso los defectos de carácter que han dado una puñalada tan cruel a mi paz.
Sin embargo, estoy más viva de lo que me has visto en mucho, mucho tiempo. Tengo un grado de vivacidad, incluso en mi dolor, que es preferible al estupor entumecedor que, durante el último año, ha congelado todas mis facultades. Quizás este cambio se deba más a la salud que regresa que al vigor de mi razón, pues, a pesar de la tristeza (y seguramente he tenido mi parte), la pureza de este aire, y el estar continuamente al aire libre, ya que duermo en el campo todas las noches, ha hecho una alteración en mi apariencia que realmente me sorprende. Los dedos rosados de la salud ya rayan mis mejillas, y he visto una vida física en mis ojos, después de haber estado escalando las rocas, que recordaba a las esperanzas ingenuas y crédulas de la juventud.
¡Con qué suspiro cruel he recordado que me había olvidado de tener esperanza! La razón, o mejor dicho la experiencia, no amortigua así de cruelmente los placeres de la pobre ----; ella juega todo el día en el jardín con los niños de ----, y se hace amigos para sí misma.
No me digas que eres más feliz sin nosotras. ¿No vendrás a nosotras en Suiza? ¡Ah!, ¿por qué no nos amas con más sentimiento? ¿Por qué eres una criatura de tal simpatía que la calidez de tus sentimientos, o mejor dicho la rapidez de tus sentidos, endurece tu corazón? Es mi desgracia que mi imaginación esté perpetuamente matizando tus defectos y prestándote encantos, mientras que la grosería de tus sentidos te hace (no me llames vanidosa) pasar por alto gracias en mí que solo la dignidad de mente y la sensibilidad de un corazón expandido pueden dar. ¡Que Dios te bendiga! Adiós.
CARTA LVII
[Suecia] 7 de julio [1795].
No pude evitar sentirme extremadamente mortificada el último correo al no recibir una carta tuya. Mi estancia en ---- fue solo una casualidad, y podrías haberte arriesgado; y lo habrías hecho hace un año.
Sin embargo, no me quejaré. Hay desgracias tan grandes que silencian las expresiones habituales de dolor. ¡Créeme, existe algo como un corazón roto! Hay caracteres cuya propia energía los consume; y que, siempre inclinados a alimentar mediante la reflexión alguna pasión, no pueden descansar satisfechos con las comodidades comunes de la vida. He intentado huir de mí misma y me he lanzado a toda la disipación posible aquí, solo para sentir una angustia más aguda cuando estoy a solas con mi hija.
Aun así, si algo pudiera complacerme, si la decepción no me hubiera separado de la vida, este país romántico, estas bellas veladas, me interesarían. ¡Dios mío! ¿puede algo hacerlo? ¿Y estoy condenada a sentirme viva solo ante sensaciones dolorosas? Pero no puede; no durará mucho.
El correo ha llegado de nuevo; he enviado a buscar cartas, solo para ser herida en el alma por una negativa. Mi cerebro parece estar en llamas. Debo salir al aire.
MARY.
CARTA LVIII
[Laurvig, Noruega] 14 de julio [1795].
Ahora estoy en mi viaje a Tonsberg. Sentí más al dejar a mi hija de lo que pensé que sentiría; y, mientras por la noche imaginaba a cada instante que escuchaba los sonidos mal formados de su voz, me preguntaba cómo podía pensar en separarme de ella para siempre, ¡de dejarla así indefensa!
¡Pobre cordero! ¡Puede sonar muy bien en un cuento que «Dios atemperará los vientos al cordero esquilado!», pero ¿cómo puedo esperar que ella esté protegida, cuando mi seno desnudo ha tenido que desafiar continuamente la tormenta sin piedad? Sí; podría añadir, con el pobre Lear: ¿Qué es la guerra de los elementos ante las punzadas del afecto decepcionado, y el horror que surge del descubrimiento de una ruptura de confianza, que rompe todo vínculo social?
¡Algo no va bien en alguna parte! Cuando me conociste por primera vez, no estaba tan perdida. Todavía podía confiar, pues te abrí mi corazón; de este único consuelo me has privado, mientras que mi felicidad, me dices, era tu primer objetivo. ¡Extraña falta de juicio!
No me quejaré; pero, por la solidez de tu entendimiento, estoy convencida de que, si te das permiso para reflexionar, también sentirás que tu conducta conmigo, lejos de ser generosa, no ha sido justa. No pretendo aludir a principios ficticios de moralidad, sino a la base simple de toda rectitud. Sin embargo, no pretendía discutir; el que no escribas es cruel, y mi razón está quizás perturbada por la miseria constante.
La pobre ---- habría querido acompañarme, por ternura; pues mi desmayo, o mejor dicho convulsión, cuando desembarqué, y mis repentinos cambios de semblante desde entonces, la han alarmado tanto que teme perpetuamente algún accidente. Pero habría perjudicado a la niña en esta cálida estación, ya que le están saliendo los dientes.
No tengo noticias de que me hayas escrito a Stromstad. ¡Muy bien! Actúa como quieras; ¡no hay nada que tema o que me importe! Cuando vea si puedo o no obtener el dinero por el que he venido aquí, no te molestaré con cartas a las que no respondes.
CARTA LIX
[Tonsberg] 18 de julio [1795].
Estoy aquí en Tonsberg, separada de mi hija, y aquí debo permanecer al menos un mes, o más me valdría no haber venido nunca.
* * * * *
He comenzado ---- lo cual, espero, descargará todas mis obligaciones de tipo pecuniario. Estoy rebajada a mis propios ojos debido a no haberlo hecho antes.
No haré más comentarios sobre tu silencio. ¡Que Dios te bendiga!
MARY.
CARTA LX
[Tonsberg] 30 de julio [1795].
Acabo de recibir dos de tus cartas, fechadas el 26 y el 30 de junio; y debes haber recibido varias mías, informándote de mi detención y de cuánto me dolió tu silencio.
* * * * *
Escríbeme entonces, amigo mío, y escribe explícitamente. He sufrido, Dios lo sabe, desde que te dejé. ¡Ah, nunca has sentido este tipo de enfermedad del corazón! Mi mente, sin embargo, está actualmente dolorosamente activa, y la simpatía que siento casi llega a la agonía. Pero esto no es un motivo de queja, me ha proporcionado placer; y el placer reflejado es todo lo que tengo que esperar, si una chispa de esperanza sigue viva en mi desolado seno.
Intentaré escribir con cierto grado de compostura. Deseo que vivamos juntos, porque quiero que adquieras una ternura habitual por mi pobre niña. No puedo soportar pensar en dejarla sola en el mundo, o que solo sea protegida por tu sentido del deber. Después de preservarla, mi deseo más ferviente es no perturbar tu paz. No tengo nada que esperar, y poco que temer, en la vida; hay heridas que nunca pueden ser curadas, pero se puede permitir que supuren en silencio sin inmutarse.
Cuando nos encontremos de nuevo, te convencerás de que tengo más resolución de la que me atribuyes. No te atormentaré. Si estoy destinada siempre a ser decepcionada e infeliz, ocultaré la angustia que no puedo disipar; y la cuerda tensa de la vida o la razón finalmente se romperá, y me dejará libre.
Sí, seré feliz; este corazón es digno de la dicha que sus sentimientos anticipan, y no puedo ni siquiera persuadirme, por muy desdichada que me hayan hecho, de que mis principios y sentimientos no estén basados en la naturaleza y la verdad. Pero terminemos con estos temas.
* * * * *
He estado seriamente empleada de esta manera desde que llegué a Tonsberg; sin embargo, nunca estuve tanto al aire libre. Camino, monto a caballo, remo, nado y hasta duermo en los campos; mi salud ha mejorado consecuentemente. La niña, me informa ----, está bien, anhelo estar con ella.
Escríbeme inmediatamente; si solo pensara en mí misma, podría desear que volvieras a mí, pobre, con la simplicidad de carácter, parte de la cual parece que has perdido últimamente, que al principio te unió a mí.
Tuya más afectuosamente, MARY IMLAY
He estado firmando otras cartas, así que mecánicamente hice lo mismo con la tuya.
CARTA LXI
[Tonsberg] 5 de agosto [1795].
El empleo y el ejercicio me han sido de gran servicio; y he recuperado completamente la fuerza y la actividad que perdí durante el tiempo de mi lactancia. Rara vez he estado con mejor salud; y mi mente, aunque temblorosa ante el toque de la angustia, está más tranquila, aunque sigue siendo la misma. Es cierto que he disfrutado de cierta tranquilidad, y más felicidad aquí, que en mucho, mucho tiempo pasado. (Digo felicidad, pues no puedo dar otro apelativo al exquisito deleite que este país salvaje y este hermoso verano me han proporcionado.) Aun así, al examinar mi corazón, encuentro que está tan constituido que no puedo vivir sin algún afecto particular; me temo que no sin una pasión, y siento la necesidad de ella más en sociedad que en soledad.
* * * * *
Al escribirte, cada vez que aparece un epíteto afectuoso, mis ojos se llenan de lágrimas y mi mano temblorosa se detiene; entonces puedes confiar en mi resolución cuando esté contigo. Si estoy condenada a ser infeliz, confinaré mi angustia en mi propio seno; la ternura, más que la pasión, me ha hecho a veces pasar por alto la delicadeza; la misma ternura me refrenará en el futuro. ¡Que Dios te bendiga!
CARTA LXII
[Tonsberg] 7 de agosto [1795].
El aire, el ejercicio y el baño me han devuelto la salud, fortalecido mis músculos y cubierto mis costillas, incluso mientras recuperaba mi antigua actividad. No puedo decirte que mi mente esté tranquila, aunque he arrebatado algunos momentos de exquisito deleite, vagando por los bosques y descansando sobre las rocas.
Este estado de suspense, amigo mío, es intolerable; debemos decidir algo, y pronto; debemos encontrarnos pronto, o separarnos para siempre. Soy consciente de que actué neciamente, pero estaba desdichada cuando estábamos juntos. Esperando demasiado, dejé que el placer que podría haber atrapado se deslizara de mí. No puedo vivir contigo; no debería, si formas otro vínculo. Pero te prometo que el mío no se te impondrá. Poca razón tengo para esperar una sombra de felicidad después de las crueles decepciones que han desgarrado mi corazón; pero la de mi hija parece depender de que estemos juntos. Aun así, no deseo que sacrifiques una posibilidad de disfrute por un bien incierto. Siento la convicción de que puedo proveer para ella, y ese será mi objetivo si realmente hemos de separarnos para no volver a vernos. Su afecto no debe ser dividido. Debe ser un consuelo para mí, si no he de tener otro, y solo conocerme como su apoyo. Siento que no puedo soportar la angustia de mantener correspondencia contigo si solo hemos de corresponder. No; si buscas la felicidad en otra parte, mis cartas no interrumpirán tu reposo. Estaré muerta para ti. No puedo expresarte el dolor que me causa escribir sobre una separación eterna. Debes decidir; examínate, pero, ¡por el amor de Dios!, ¡ahórrame la ansiedad de la incertidumbre! Puede que me hunda bajo la prueba, pero no me quejaré.
¡Adiós! Si tuviera algo más que decirte, todo ha volado y ha sido absorbido por las aprensiones más tormentosas; aunque apenas sé qué nueva forma de miseria tengo que temer.
Debería pedirte perdón por haber escrito a veces con mal genio; pero lo atribuirás al afecto, si entiendes algo del corazón de
Tuya sinceramente, MARY.
CARTA LXIII
[Tonsberg] 9 de agosto [1795].
Cinco de tus cartas me han sido enviadas desde ----. Una, fechada el 14 de julio, fue escrita en un estilo que puede que yo haya merecido, pero que no esperaba de ti. Sin embargo, este no es el momento de responder a ella, salvo para asegurarte de que no serás atormentado con más quejas. Siento asco de mí misma por haberte importunado tanto tiempo con mi afecto.----
Mi hija está muy bien. Pronto nos reuniremos, para no separarnos más, espero; quiero decir, yo y mi niña. Esperaré con cierto grado de ansiedad hasta que se me informe de cómo terminan tus asuntos.
Tuya sinceramente, MARY.
CARTA LXIV
[Gotemburgo] 26 de agosto [1795].
Llegué aquí anoche y, con el deleite más exquisito, estreché una vez más a mi bebé contra mi corazón. No nos separaremos más. Quizás no puedas concebir el placer que me dio verla correr de un lado a otro y jugar sola. Su creciente inteligencia me ata cada vez más a ella. Le he prometido que cumpliré con mi deber hacia ella; y nada en el futuro me hará olvidarlo. También me esforzaré por obtener una independencia para ella; pero no estaré demasiado ansiosa al respecto.
Ya te he dicho que he recuperado la salud. El vigor, e incluso la vivacidad mental, han regresado con una constitución renovada. En cuanto a la paz, no hablaremos de ella. Quizás no fui hecha para disfrutar del tranquilo contento así llamado.--
* * * * *
Me dices que mis cartas te torturan; no describiré el efecto que las tuyas tienen en mí. Recibí tres esta mañana, la última fechada el 7 de este mes. No pretendo dar rienda suelta a las emociones que produjeron.--Ciertamente tienes razón; nuestras mentes no son afines. He vivido en un mundo ideal y fomentado sentimientos que no comprendes, o no me tratarías así. No soy, no seré, meramente un objeto de compasión; un lastre, por ligero que sea, para molestarte. Olvida que existo: nunca te lo recordaré. Algo enfático me susurra que ponga fin a estas luchas. Sé libre; no atormentaré cuando no puedo complacer. Puedo cuidar de mi hija; no necesitas decirme continuamente que nuestra fortuna es inseparable, *que intentarás albergar ternura* por mí. ¡No te hagas violencia! Cuando estemos separados, nuestros intereses, ya que das tanto peso a las consideraciones pecuniarias, estarán completamente divididos. No quiero protección sin afecto; y sustento no necesito mientras mis facultades estén imperturbables. Sentía aversión por vivir en Inglaterra; pero los sentimientos dolorosos deben ceder ante consideraciones superiores. Puede que no sea capaz de adquirir la suma necesaria para mantener a mi hija y a mí misma en otro lugar. Es demasiado tarde para ir a Suiza. No permaneceré en ----, viviendo de forma costosa. ¡Pero no te alarmes! Ya no me impondré más ante ti.
¡Adiós! Estoy agitada; todo mi cuerpo está convulso; mis labios tiemblan, como si el frío los sacudiera, aunque el fuego parece circular por mis venas.
Que Dios te bendiga.
MARY.
CARTA LXV
[Copenhague] 6 de septiembre [1795].
Acabo de recibir tu carta del día 20. Te había escrito una carta anoche, en la que se deslizó imperceptiblemente algo de mi amargura de alma. Copiaré la parte relativa a los negocios. No soy tan vanidosa como para imaginar que pueda, por más de un momento, nublar tu disfrute de la vida; para evitar incluso eso, sería mejor que nunca tuvieras noticias mías y descansaras en la idea de que soy feliz.
¡Dios misericordioso! ¡Me es imposible sofocar algo parecido al resentimiento cuando recibo nuevas pruebas de tu indiferencia! ¡Lo que he sufrido este último año no debe olvidarse! No tengo ese sustituto feliz de la sabiduría, la insensibilidad, y las vivas simpatías que me unen a mis semejantes son todas de una clase dolorosa.--Son las agonías de un corazón roto; el placer y yo nos hemos despedido.
No veo aquí más que montones de ruinas y solo converso con personas inmersas en el comercio y la sensualidad.
Estoy cansada de viajar, aunque parece que no tengo hogar, ningún lugar de descanso al que mirar.--Estoy extrañamente abandonada.--¡Cuántas veces, pasando entre las rocas, he pensado: "Si no fuera por esta niña, apoyaría mi cabeza sobre una de ellas y no volvería a abrir los ojos"! Con un corazón sensiblemente vivo a todos los afectos de mi naturaleza, nunca he encontrado uno más blando que la piedra que desearía tomar como mi última almohada. Alguna vez pensé que lo había hecho, pero todo fue una ilusión. Me encuentro continuamente con familias que están unidas por el afecto o el principio; y, cuando soy consciente de que he cumplido con los deberes de mi posición, casi hasta olvidarme de mí misma, estoy lista para preguntarle a los cielos, en tono murmurante: "¿Por qué estoy así abandonada?"
Dices ahora
* * * * *
No te entiendo. Es necesario que escribas con mayor claridad y que decidas sobre algún modo de conducta.--No puedo soportar este suspense.--Decídete.--¿Temes dar otro golpe? ¡Vivimos juntos o nos separamos eternamente! No te escribiré más hasta que reciba una respuesta a esto. Debo componer mi alma torturada antes de escribir sobre temas indiferentes.
* * * * *
No sé si escribo de forma inteligible, pues mi cabeza está perturbada. Pero esto deberías perdonarlo, pues a menudo me cuesta trabajo entender lo que quieres decir.--Escribes, supongo, en casa del Sr. ---- después de cenar, cuando tu cabeza no es la más clara; y en cuanto a tu corazón, si es que tienes uno, no veo nada parecido a los dictados del afecto, salvo un destello cuando mencionas a la niña.--¡Adiós!
CARTA LXVI
[Hamburgo] 25 de septiembre [1795].
Acabo de terminar una carta para entregarla al capitán ----. En ella me quejaba de tu silencio y expresaba mi sorpresa de que hubieran llegado tres correos sin traer una sola línea para mí. Desde que la cerré, me entero de otro, y todavía ninguna carta.--Me estoy esforzando por escribir con calma; este silencio es un refinamiento de la crueldad. Si el capitán ---- hubiera permanecido unos días más, habría regresado con él a Inglaterra. ¿Qué tengo que hacer aquí? Te he escrito repetidamente con detalle. Haz tú lo mismo, y pronto. No me dejes en el suspense. No te he merecido esto. No puedo escribir, mi mente está muy angustiada. ¡Adiós!
MARY.
CARTA LXVII
[Hamburgo] 27 de septiembre [1795].
Cuando recibas esto, o bien habré desembarcado o estaré rondando la costa británica; tu carta del día 18 me decidió.
Por qué criterio de principio o afecto calificas mis preguntas de extraordinarias e innecesarias, no puedo determinarlo.--Me deseas que decida; yo ya había decidido. Debes haber tenido desde hace mucho tiempo dos cartas mías, desde ----, con el mismo propósito, para considerar.--En ellas, ¡sabe Dios!, no había más que demasiado afecto, ¡y las agonías de una mente distraída estaban descritas con demasiada fidelidad!--¿Qué más tenía entonces que decir?--La negativa debía venir de ti.--Habías recurrido perpetuamente a tu promesa de reunirte conmigo en otoño.--¿Era extraordinario que yo exigiera un sí o un no?--Tu carta está escrita con extrema dureza; la frialdad me es habitual, en ella no encuentro un rastro de la ternura de la humanidad, mucho menos de amistad.--Solo veo un deseo de quitarte un peso de encima.
Estoy por encima de disputar sobre palabras.--No importa en qué términos decidas.
El poder tremendo que formó este corazón debió haber previsto que, en un mundo en el que el interés propio, en diversas formas, es el móvil principal, tenía pocas posibilidades de escapar de la miseria.--Al decreto del destino me someto.--Estoy contenta de ser desgraciada; pero no seré despreciable.--De mí no tienes motivo para quejarte, más que por haber tenido demasiada consideración por ti, por haber esperado un grado de felicidad permanente, cuando tú solo buscabas una gratificación momentánea.
Soy extrañamente deficiente en sagacidad.--Al unirme a ti, tu ternura parecía compensarme todas mis desgracias anteriores.--¡En esta ternura y afecto con qué confianza descansé!--pero me apoyé en una lanza que me ha atravesado el corazón.--Has desechado a una amiga fiel para perseguir los caprichos del momento.--Ciertamente estamos organizados de manera diferente; pues incluso ahora, cuando la convicción ha sido estampada en mi alma por el dolor, apenas puedo creer que sea posible. Depende actualmente de ti si me verás o no.--No daré ningún paso hasta que vea o tenga noticias tuyas.
Preparándome para lo peor, he decidido, si tu próxima carta es como la última, escribir al Sr. ---- para que me consiga un alojamiento oscuro y no informar a nadie de mi llegada.--Allí me esforzaré en unos meses por obtener la suma necesaria para llevarme a Francia; de ti no recibiré ninguna más.--Todavía no estoy lo suficientemente humillada como para depender de tu beneficencia.
Algunas personas, a quienes mi infelicidad ha interesado, aunque no conocen el alcance de la misma, me ayudarán a alcanzar el objetivo que tengo a la vista, la independencia de mi hija. Si tuviera lugar una paz, el dinero en efectivo llegará lejos en Francia; y pediré prestada una suma, que mi industria me permitirá pagar a mi conveniencia, para comprar una pequeña propiedad para mi niña.--La asistencia que encuentre necesaria para completar su educación, puedo obtenerla a un precio módico en París; puedo presentarla a tal sociedad como le guste; y así, asegurando para ella toda la posibilidad de felicidad que depende de mí, moriré en paz, persuadida de que la dicha que hasta ahora ha engañado mis expectativas, no eludirá siempre mi alcance. Ningún pobre marinero zarandeado por la tempestad anheló jamás con más fervor llegar a su puerto.
MARY.
No subiré en el barco todo el camino, porque no tengo a dónde ir. El capitán ---- te informará dónde estoy. Es innecesario añadir que no estoy en un estado de ánimo para soportar el suspense, y que deseo verte, aunque sea por última vez.
CARTA LXVIII
[Dover] Domingo, 4 de octubre [1795].
Te escribí por el paquete para informarte de que tu carta del día 18 del mes pasado me había determinado a partir con el capitán ----; pero, como navegamos muy rápido, doy por sentado que aún no la has recibido.
Dices que debo decidir por mí misma.--Yo había decidido que lo mejor para el interés de mi pequeña y para mi propio consuelo, poco como espero, era que viviéramos juntos; e incluso pensé que te alegrarías, algunos años después, cuando el tumulto de los negocios hubiera pasado, de reposar en la compañía de una amiga afectuosa y marcar el progreso de nuestra interesante hija, mientras intentabas ser útil en el círculo en el que finalmente decidieras descansar: porque no puedes correr por siempre.
Por el tenor de tu última carta, sin embargo, me veo inducida a imaginar que has formado algún nuevo vínculo.--Si es así, permíteme solicitarte fervientemente que me veas una vez más, e inmediatamente. Esta es la única prueba que requiero de la amistad que profesas por mí. Entonces decidiré, ya que vacilas sobre una mera forma.
Me esfuerzo por escribir con calma, pero la extrema angustia que siento al desembarcar sin tener ningún amigo que me reciba, e incluso ser consciente de que el amigo a quien más deseo ver sentirá una sensación desagradable al ser informado de mi llegada, no entra bajo la descripción de la miseria común. Cada emoción cede ante un torrente abrumador de tristeza, y la alegría de mi hija me angustia.--Por su bien, deseaba permanecer unos días aquí, por muy desoladora que sea mi situación.--Además, no deseaba sorprenderte. Me has dicho que harías cualquier sacrificio para promover mi felicidad; e incluso en tu última carta poco amable, hablas de los lazos que te unen a mí y a mi hija.--Dime que lo deseas, y cortaré este nudo gordiano.
Ahora te suplico encarecidamente que me escribas, sin falta, con la vuelta del correo. Dirige tu carta para que sea dejada en la oficina de correos y dime si vendrás a verme aquí o dónde te reunirás conmigo. Puedo recibir tu carta el miércoles por la mañana.
No me mantengas en el suspense.--No espero nada de ti, ni de ningún ser humano: ¡mi dado está echado!--Tengo suficiente fortaleza para determinar cumplir con mi deber; sin embargo, no puedo elevar mi espíritu deprimido ni calmar mi corazón tembloroso.--Aquel ser que lo moldeó así sabe que soy incapaz de arrancar de raíz la propensión al afecto que ha sido el tormento de mi vida; ¡pero la vida tendrá un final!
Si vienes aquí (hace unos meses no podría haberlo dudado) me encontrarás en ----. Si prefieres encontrarme en el camino, dime dónde.
Tuya afectuosamente, MARY.
CARTA LXIX
[Londres, noviembre de 1795].
Te escribo ahora de rodillas; implorándote que envíes a mi hija y a la criada con ----, a París, para ser consignadas al cuidado de Madame ----, rue ----, section de ----. Si fueran trasladadas, ---- puede dar su dirección.
Que la criada tenga toda mi ropa, sin distinción.
Te ruego que pagues a la cocinera su salario y que no menciones la confesión que le arranqué; un poco antes o después no tiene importancia. Nada más que mi extrema estupidez podría haberme hecho estar ciega tanto tiempo. Sin embargo, mientras me asegurabas que no tenías ningún vínculo, pensé que aún podríamos haber vivido juntos.
No haré comentarios sobre tu conducta; ni apelación alguna al mundo. ¡Que mis agravios duerman conmigo! Pronto, muy pronto estaré en paz. Cuando recibas esto, mi cabeza ardiente estará fría.
Enfrentaría mil muertes antes que una noche como la última. Tu trato ha lanzado mi mente a un estado de caos; sin embargo, estoy serena. Voy a encontrar consuelo, y mi único miedo es que mi pobre cuerpo sea insultado por un intento de llamar de vuelta a mi odiada existencia. Pero me sumergiré en el Támesis donde haya la menor probabilidad de ser arrebatada de la muerte que busco.
¡Que Dios te bendiga! Ojalá nunca conozcas por experiencia lo que me has hecho soportar. Si tu sensibilidad alguna vez despierta, el remordimiento encontrará su camino a tu corazón; y, en medio de los negocios y el placer sensual, apareceré ante ti, la víctima de tu desviación de la rectitud.
MARY.
CARTA LXX
[Londres, noviembre de 1795] Domingo por la mañana.
Solo tengo que lamentar que, cuando la amargura de la muerte había pasado, fui inhumanamente devuelta a la vida y a la miseria. Pero una determinación fija no ha de ser frustrada por la decepción; ni permitiré que se llame intento frenético a lo que fue uno de los actos más tranquilos de la razón. En este aspecto, solo soy responsable ante mí misma. Si me importara lo que se denomina reputación, es por otras circunstancias que debería estar deshonrada.
Dices, "que no sabes cómo sacarnos de la miseria en la que nos hemos sumido". Hace mucho que estás fuera.--Pero me abstengo de comentar.--Si estoy condenada a vivir más tiempo, es una muerte en vida.
Me parece que das mucha más importancia a la delicadeza que al principio; pues soy incapaz de descubrir qué sentimiento de delicadeza habría sido violado por tu visita a una amiga desgraciada; si es que tienes alguna amistad por mí.--Pero como tu nuevo vínculo es lo único sagrado a tus ojos, guardo silencio.--¡Sé feliz! Mis quejas no volverán a empañar tu disfrute; tal vez me equivoque al suponer que incluso mi muerte podría hacerlo, por más de un momento.--Esto es lo que llamas magnanimidad.--Es una suerte para ti que poseas esta cualidad en el más alto grado.
Tu afirmación continua de que harás todo lo que esté en tu poder para contribuir a mi bienestar (cuando solo aludes a la asistencia pecuniaria), me parece una flagrante violación de la delicadeza.--No quiero tal consuelo vulgar, ni lo aceptaré. Nunca quise más que tu corazón; ido eso, no tienes nada más que dar. Si solo tuviera la pobreza que temer, no me encogería ante la vida.--Perdóname, pues, si digo que consideraré cualquier intento directo o indirecto de suplir mis necesidades como un insulto que no he merecido, y como algo hecho más por ternura hacia tu propia reputación que hacia mí. No me malinterpretes; no creo que valores el dinero (por lo tanto, no aceptaré lo que a ti no te importa), aunque yo lo valoro mucho menos, porque ciertas privaciones no son dolorosas para mí. Cuando yo esté muerta, el respeto por ti mismo te hará cuidar de la niña.
Escribo con dificultad; probablemente nunca volveré a escribirte.--¡Adiós!
¡Que Dios te bendiga!
MARY.
CARTA LXXI
[Londres, noviembre de 1795] Lunes por la mañana.
Me veo obligada al fin a decir que me tratas generosamente. Estoy de acuerdo contigo en que
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Pero que la oblicuidad caiga ahora sobre mí.--No temo ni a la pobreza ni a la infamia. No estoy a la altura de la tarea de escribir; y las explicaciones no son necesarias.
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Mi hija puede tener que sonrojarse por la falta de prudencia de su madre, y puede lamentar que la rectitud de mi corazón me hiciera estar por encima de las precauciones vulgares; pero no me despreciará por mezquindad.--Eres ahora perfectamente libre.--Que Dios te bendiga.
MARY.
CARTA LXXII
[Londres, noviembre de 1795] Sábado por la noche.
Me han dolido las indagaciones indirectas, que me parecen no estar dictadas por ninguna ternura hacia mí.--Preguntas "¿si estoy bien o tranquila?"--Quienes piensan que lo estoy, deben carecer de corazón para estimar mis sentimientos.--Elijo, pues, ser el órgano de mis propios sentimientos.
Debo decirte que estoy muy mortificada por tu continua oferta de asistencia pecuniaria; y, considerando tu mudanza a la nueva casa como una confesión abierta de que me abandonas, déjame decirte que antes pereceré que recibir algo de ti; y digo esto en el momento en que estoy decepcionada en mi primer intento de obtener un suministro temporal. Pero esto incluso me complace; una acumulación de decepciones y desgracias parece adaptarse al hábito de mi mente.--
Ten solo un poco de paciencia, y me retiraré donde no sea necesario que hables, y, por supuesto, no pienses en mí. Pero déjame ver, escrito por ti mismo; pues no lo recibiré a través de ningún otro medio; que el asunto ha terminado.--Es un insulto hacia mí suponer que puedo reconciliarme o recuperar mi ánimo; pero, si no tienes noticias mías, será lo mismo para ti.
MARY.
Incluso el hecho de que me vieras ha sido para complacer a otras personas, y no para calmar mi mente distraída.
CARTA LXXIII
[Londres, noviembre de 1795] Jueves por la tarde.
Habiendo olvidado el Sr. ---- pedirte que enviaras mis cosas que quedaron en la casa, tengo que solicitarte que dejes que ---- las traiga a ----
Iré esta tarde al alojamiento; así que no necesitas sentirte cohibido de venir aquí para realizar tus asuntos.--Y, cualquiera que sea lo que piense y sienta, no necesitas temer que me quejaré públicamente.--¡No! Si tengo algún criterio para juzgar lo correcto y lo incorrecto, he sido tratada de la manera más generosa; pero, deseando ahora solo esconderme, estaré tan silenciosa como la tumba en la que deseo olvidarme. Protegeré y mantendré a mi hija.--Solo quiero decir con esto que no tienes nada que temer de mi desesperación.
Adiós. MARY.
CARTA LXXIV
Londres, 27 de noviembre [1795].
La carta, sin dirección, que pusiste junto con las cartas que devolviste, no llegó a mis ojos hasta hace poco.--Había dejado las cartas a un lado; no deseaba mirar un registro de dolor.
El no haberla visto explicará por qué te he escrito con ira, bajo la impresión que tu partida, sin dejarme siquiera una línea, causó en mí, incluso después de tu conducta reciente, que no podía llevarme a esperar mucha atención a mis sufrimientos.
De hecho, «la conducta decidida, que me pareció tan insensible», casi ha trastornado mi razón; mi mente está herida; apenas sé dónde estoy o qué hago. El dolor que no puedo vencer (pues algunos recuerdos crueles nunca me abandonan, desterrando casi cualquier otro) me esfuerzo por ocultarlo en la total soledad. Mi vida, por tanto, no es más que un ejercicio de fortaleza, continuamente tensada, y la esperanza nunca brilla en esta tumba donde estoy enterrada viva.
Pero mi intención era razonar contigo, no quejarme. Me dices que «juzgaré con más calma tu modo de actuar dentro de un tiempo». ¿Pero no es posible que la pasión nuble tu razón tanto como la mía? ¿Y no deberías dudar de si esos principios son tan «exaltados», como los llamas, que solo conducen a tu propia gratificación? En otras palabras, si es justo no tener más principio de acción que el de seguir tu inclinación, pisoteando el afecto que has fomentado y las expectativas que has suscitado.
Mi afecto por ti está arraigado en mi corazón. Sé que no eres lo que ahora pareces, ni siempre actuarás o sentirás como lo haces ahora, aunque el cambio nunca llegue a consolarme. Incluso en París, mi imagen te perseguirá. Verás mi rostro pálido y, a veces, las lágrimas de angustia caerán sobre tu corazón, el cual has forzado a salir del mío.
No puedo escribir. Pensé que podría haber refutado rápidamente todos tus ingeniosos argumentos, pero mi cabeza está confusa. ¡Sea justo o injusto, soy desgraciada!
Me parece que mi conducta siempre ha estado gobernada por los más estrictos principios de justicia y verdad. ¡Sin embargo, qué desdichada me han hecho mis sentimientos sociales y mi delicadeza de espíritu! He amado con toda mi alma, solo para descubrir que no tenía posibilidad de ser correspondida y que la existencia es una carga sin ello.
No te entiendo perfectamente. Si, con el ofrecimiento de tu amistad, solo quieres decir apoyo pecuniario, debo rechazarlo de nuevo. Insignificantes son los males de la pobreza en la escala de mis desgracias. ¡Que Dios te bendiga!
MARY.
He sido tratada sin generosidad, si es que entiendo lo que es la generosidad. Me parece que solo has estado ansioso por deshacerte de mí, sin importarte si me hacías pedazos en la caída. En verdad, he sido tratada con rudeza. Juzga con calma, y confío en que no seguirás llamando a esos sentimientos caprichosos «los más refinados», los cuales minarían no solo los principios más sagrados, sino los afectos que unen a la humanidad. ¡Harías que las madres fueran antinaturales y no existiría tal cosa como un padre! Si tu teoría de la moral es la más «exaltada», es ciertamente la más fácil. ¡No requiere mucha magnanimidad decidir complacernos por el momento, dejando que otros sufran lo que sea!
Discúlpame por atormentarte de nuevo, mi corazón tiene sed de justicia por tu parte, y mientras recuerdo que aprobaste la conducta de la señorita ----, estoy convencida de que no siempre justificarás la tuya.
¡Cuidado con los engaños de la pasión! No siempre desterrará de tu mente que has actuado ignobilmente y condescendido a usar subterfugios para disimular la conducta que no podías excusar. ¿Requieren la verdad y los principios tales sacrificios?
CARTA LXXV
Londres, 8 de diciembre [1795].
Habiendo sido informada de que ---- va a regresar inmediatamente a París, no quería perder una oportunidad segura de escribir, porque no estoy segura de si mi última carta, enviada por Dover, te ha llegado.
El resentimiento, e incluso la ira, son emociones momentáneas para mí, y quería decírtelo para que, si alguna vez piensas en mí, no sea bajo la luz de una enemiga.
Debo sentir siempre que no he sido bien tratada; quizás no siempre con la angustia aguda que siento en este momento, pues incluso ahora comencé a escribir con calma y no puedo contener mis lágrimas.
¡Estoy aturdida! Tu conducta reciente todavía me parece un sueño espantoso. Ah, pregúntate si no has condescendido a emplear un poco de destreza, casi podría decir astucia, indigna de ti. Los principios son cosas sagradas, y nunca jugamos con la verdad impunemente.
La esperanza (la he alimentado demasiado cariñosamente) de recuperar tu afecto se debilita cada día más y más. De hecho, me parece, cuando estoy más triste de lo habitual, que no volveré a verte más. Sin embargo, no siempre me olvidarás. Sentirás algo parecido al remordimiento por haber vivido solo para ti mismo y sacrificado mi paz a gratificaciones inferiores. En una vejez sin consuelo, recordarás que tuviste una amiga desinteresada, cuyo corazón heriste hasta lo más profundo. La hora del recuerdo llegará, y no te satisfará interpretar el papel de un muchacho hasta que caigas en el de un decrépito. Sé que tu mente, tu corazón y tus principios de acción son todos superiores a tu conducta actual. Me respetas, debes hacerlo, y lamentarás perder mi estima.
Tú sabes mejor que nadie si sigo preservando el recuerdo de un ser imaginario. Una vez pensé que te conocía a fondo, pero ahora me veo obligada a dejar algunas dudas que me asaltan involuntariamente para que el tiempo las aclare.
Puedes hacerme infeliz, pero no puedes hacerme despreciable ante mis propios ojos. Todavía podré mantener a mi hija, aunque estoy decepcionada en otros planes de utilidad que alguna vez creí que te habrían proporcionado igual placer.
Mientras estuve contigo, reprimí mi generosidad natural porque pensaba que tu patrimonio estaba en peligro. Cuando fui a [Suecia], te pedí, si te era conveniente, que no olvidaras a mi padre, a mis hermanas y a otras personas que me interesaban. El dinero se malgastó, sin embargo, no solo mis peticiones fueron ignoradas, sino que algunas deudas insignificantes no fueron saldadas, las cuales ahora recaen sobre mí. ¿Fue esto amistad o generosidad? ¿No admitirás que te has olvidado de ti mismo? Aun así, siento afecto por ti. Que Dios te bendiga.
MARY.
CARTA LXXVI
[Londres, dic. 1795.]
Como separarme de ti para siempre es el acontecimiento más serio de mi vida, te expondré mis razones una vez más, ¡y no llames ingenio al lenguaje de la verdad y el sentimiento!
Conozco la solidez de tu entendimiento, y sé que es imposible que siempre confundas los caprichos de toda inclinación díscola con los dictados viriles de los principios.
Me dices «que te atormento». ¿Por qué lo hago? Porque no puedes separar tu corazón completamente de mí, y sientes que la justicia está de mi lado. Insistes en «que tu conducta fue inequívoca». No lo fue. Cuando tu frialdad me ha herido, ¡con qué ternura has intentado borrar la impresión! E incluso antes de que regresara a Inglaterra, te esforzaste mucho en convencerme de que todo mi malestar era causado por el efecto de una constitución agotada, y terminaste tu carta con estas palabras: «Solo los negocios me han mantenido alejado de ti. Ven a cualquier puerto y volaré hacia mis dos queridas chicas con un corazón totalmente suyo».
Con estas garantías, ¿es extraordinario que creyera lo que deseaba? Podría haberlo pensado, y así lo hice, que tenías una lucha con viejas propensiones; pero seguía pensando que yo y la virtud prevaleceríamos al final. Seguía pensando que tenías una magnanimidad de carácter que te permitiría vencerte a ti mismo.
Imlay, créeme, no es romanticismo, me has reconocido sentimientos de este tipo. Podrías devolverme la vida y la esperanza, y la satisfacción que sentirías te recompensaría ampliamente.
Al arrancarme de ti, es mi propio corazón el que atravieso, y llegará el momento en que lamentarás haber desechado un corazón que, incluso en el momento de la pasión, no puedes despreciar. Quisiera deberlo todo a tu generosidad, pero, por amor de Dios, ¡no me mantengas más tiempo en suspenso! ¡Déjame verte una vez más!
CARTA LXXVII
[Londres, dic. 1795.]
Debes hacer lo que quieras con respecto a la niña. Desearía que se hiciera pronto, para que mi nombre no sea mencionado más ante ti. Ya está terminado. Convencida de que no tienes ni aprecio ni amistad, desdeño pronunciar un reproche, aunque he tenido razones para pensar que la «tolerancia» de la que hablas no ha sido muy delicada. Sin embargo, no tiene importancia. Me alegra que estés satisfecho con tu propia conducta.
Ahora te aseguro solemnemente que este es un adiós eterno. Sin embargo, no rehúyo los deberes que me atan a la vida.
Que hay «sofistería» por una parte o por otra, es seguro; pero ahora no importa por cuál. Por mi parte, no ha sido una cuestión de palabras. Sin embargo, tu entendimiento o el mío debe estar extrañamente deformado, pues lo que llamas «delicadeza» me parece ser exactamente lo contrario. No tengo criterio para la moralidad, y he pensado en vano, si las sensaciones que te llevan a seguir un tobillo o un paso son el fundamento sagrado de los principios y el afecto. El mío ha sido de una naturaleza muy diferente, o no habría resistido el embate de tus sarcasmos.
El sentimiento en mí sigue siendo sagrado. Si hay alguna parte de mí que sobreviva al sentido de mis desgracias, es la pureza de mis afectos. La impetuosidad de tus sentidos puede haberte llevado a llamar al mero deseo animal la fuente de los principios; y puede dar sabor a algunos años venideros. Si siempre pensarás así, nunca lo sabré.
Es extraño que, a pesar de todo lo que haces, algo parecido a la convicción me obliga a creer que no eres lo que pareces ser.
Me despido de ti en paz.
Impreso por Hazell, Watson & Viney, Ld., Londres y Aylesbury.