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The murder of Roger Ackroyd

by Agatha Christie · in Spanish

EL ASESINATO DE ROGER ACKROYD

POR

AGATHA CHRISTIE

AUTORA DE EL MISTERIO DE CHIMNEYS, EL ASESINATO EN EL CAMPO DE GOLF, Etc.

GROSSET & DUNLAP EDITORES NUEVA YORK

Copyright, 1926, By DODD, MEAD AND COMPANY, Inc.

A Punkie, a quien le gusta una novela policíaca ortodoxa, con asesinato, investigación y sospechas recayendo sobre cada uno por turno.

CONTENIDO

CAPÍTULO PÁGINA

I EL DR. SHEPPARD EN LA MESA DEL DESAYUNO 1

II QUIÉN ES QUIÉN EN KING’S ABBOT 7

III EL HOMBRE QUE CULTIVABA CALABAZAS 17

IV CENA EN FERNLY 31

V ASESINATO 49

VI EL DAGA TUNECINA 65

VII DESCUBRO LA PROFESIÓN DE MI VECINO 75

VIII EL INSPECTOR RAGLAN ESTÁ CONFIADO 92

IX EL ESTANQUE DE LOS PECES DE COLORES 106

X LA CAMARERA 118

XI POIROT HACE UNA VISITA 136

XII ALREDEDOR DE LA MESA 145

XIII LA PLUMA DE OCA 156

XIV LA SRA. ACKROYD 165

XV GEOFFREY RAYMOND 178

XVI UNA TARDE DE MAH JONG 190

XVII PARKER 202

XVIII CHARLES KENT 218

XIX FLORA ACKROYD 226

XX LA SRTA. RUSSELL 238

XXI EL PÁRRAFO EN EL PERIÓDICO 251

XXII LA HISTORIA DE URSULA 260

XXIII LA PEQUEÑA REUNIÓN DE POIROT 269

XXIV LA HISTORIA DE RALPH PATON 284

XXV TODA LA VERDAD 289

XXVI Y NADA MÁS QUE LA VERDAD 298

XXVII APOLOGÍA 303

EL ASESINATO DE ROGER ACKROYD

CAPÍTULO I

EL DR. SHEPPARD EN LA MESA DEL DESAYUNO

La Sra. Ferrars murió en la noche del 16 al 17 de septiembre, un jueves. Me enviaron a llamar a las ocho de la mañana del viernes, día 17. No había nada que hacer. Llevaba ya varias horas muerta.

Habían pasado apenas unos minutos de las nueve cuando llegué de nuevo a casa. Abrí la puerta principal con mi llave y me demoré deliberadamente unos momentos en el vestíbulo, colgando mi sombrero y el abrigo ligero que había considerado una precaución sensata contra el frío de una mañana de principios de otoño. A decir verdad, estaba bastante alterado y preocupado. No pretendo afirmar que en ese momento previera los acontecimientos de las semanas siguientes. Desde luego que no lo hice. Pero mi instinto me decía que se avecinaban tiempos agitados.

Desde el comedor, a mi izquierda, llegaba el tintineo de las tazas de té y la tos breve y seca de mi hermana Caroline.

—¿Eres tú, James? —preguntó.

Una pregunta innecesaria, ya que, ¿quién más podría ser? A decir verdad, era precisamente mi hermana Caroline la causa de mis pocos minutos de demora. El lema de la familia de las mangostas, según nos cuenta el Sr. Kipling, es: «Ve y averígualo». Si Caroline alguna vez adopta un escudo de armas, sin duda sugeriría una mangosta rampante. Se podría omitir la primera parte del lema. Caroline puede averiguar cualquier cosa simplemente sentándose plácidamente en casa. No sé cómo se las arregla, pero así es. Sospecho que los criados y los comerciantes constituyen su Cuerpo de Inteligencia. Cuando sale, no es para recoger información, sino para difundirla. Y en eso, también, es increíblemente experta.

Era realmente este último rasgo suyo el que me causaba estos remordimientos de indecisión. Todo lo que yo le dijera a Caroline ahora sobre el fallecimiento de la Sra. Ferrars sería de dominio público en todo el pueblo en el plazo de una hora y media. Como profesional, naturalmente busco la discreción. Por lo tanto, he adquirido el hábito de ocultar continuamente a mi hermana toda la información posible. Por lo general, se entera de todos modos, pero tengo la satisfacción moral de saber que no soy culpable en absoluto.

El marido de la Sra. Ferrars murió hace poco más de un año, y Caroline ha afirmado constantemente, sin la menor base para tal afirmación, que su esposa lo envenenó.

Ella desprecia mi invariable réplica de que el Sr. Ferrars murió de una gastritis aguda, ayudada por una habitual indulgencia excesiva en bebidas alcohólicas. Los síntomas de la gastritis y del envenenamiento por arsénico no son, estoy de acuerdo, diferentes, pero Caroline basa su acusación en líneas muy distintas.

—Solo tienes que mirarla —la he oído decir.

La Sra. Ferrars, aunque no estaba en su primera juventud, era una mujer muy atractiva, y sus vestidos, aunque sencillos, siempre parecían quedarle muy bien, pero, aun así, muchas mujeres compran su ropa en París y no por ello han envenenado necesariamente a sus maridos.

Mientras estaba allí de pie, dudando en el vestíbulo, con todo esto pasando por mi mente, la voz de Caroline volvió a sonar, con una nota más aguda.

—¿Qué diablos haces ahí fuera, James? ¿Por qué no vienes a desayunar?

—Ya voy, querida —dije apresuradamente—. Estaba colgando mi abrigo.

—Podrías haber colgado media docena de abrigos en este tiempo.

Tenía toda la razón. Podría haberlo hecho.

Entré en el comedor, le di a Caroline el acostumbrado beso en la mejilla y me senté a comer huevos con beicon. El beicon estaba un poco frío.

—Has tenido una llamada temprana —observó Caroline.

—Sí —dije—. King’s Paddock. La Sra. Ferrars.

—Lo sé —dijo mi hermana.

—¿Cómo lo sabías?

—Me lo dijo Annie.

Annie es la camarera de la casa. Una buena chica, pero una habladora empedernida.

Hubo una pausa. Seguí comiendo los huevos con beicon. La nariz de mi hermana, que es larga y fina, tembló un poco en la punta, como siempre hace cuando algo le interesa o le entusiasma.

—¿Y bien? —exigió.

—Un asunto triste. No había nada que hacer. Debe de haber muerto mientras dormía.

—Lo sé —dijo de nuevo mi hermana.

Esta vez me molesté.

—No puedes saberlo —le espeté—. Ni yo mismo lo sabía hasta que llegué allí, y todavía no se lo he mencionado a nadie. Si esa chica, Annie, lo sabe, debe de ser clarividente.

—No fue Annie quien me lo dijo. Fue el lechero. Se lo contó la cocinera de los Ferrars.

Como digo, no hay necesidad de que Caroline salga para obtener información. Se sienta en casa y esta llega a ella.

Mi hermana continuó:

—¿De qué murió? ¿Insuficiencia cardíaca?

—¿No te lo dijo el lechero? —pregunté con sarcasmo.

El sarcasmo es un desperdicio con Caroline. Se lo toma en serio y responde en consecuencia.

—No lo sabía —explicó.

Después de todo, Caroline iba a enterarse tarde o temprano. Más valía que lo oyera de mí.

—Murió de una sobredosis de veronal. Lo ha estado tomando últimamente para el insomnio. Debe de haber tomado demasiado.

—Tonterías —dijo Caroline inmediatamente—. Lo tomó a propósito. ¡No me digas!

Es curioso cómo, cuando tienes una creencia secreta propia que no quieres reconocer, el hecho de que alguien más la exprese te provoca una furia de negación. Estallé inmediatamente en un discurso indignado.

—Ahí vas otra vez —dije—. Corriendo sin ton ni son. ¿Por qué diablos iba a querer suicidarse la Sra. Ferrars? Una viuda, todavía bastante joven, muy bien acomodada, con buena salud y sin nada que hacer más que disfrutar de la vida. Es absurdo.

—En absoluto. Incluso tú debes haber notado lo diferente que ha estado viéndose últimamente. Ha estado ocurriendo durante los últimos seis meses. Se veía positivamente acosada. Y acabas de admitir que no ha podido dormir.

—¿Cuál es tu diagnóstico? —pregunté fríamente—. ¿Un romance desafortunado, supongo?

Mi hermana negó con la cabeza.

—Remordimiento —dijo, con gran entusiasmo.

—¿Remordimiento?

—Sí. Nunca me creíste cuando te dije que ella envenenó a su marido. Ahora estoy más convencida que nunca.

—No creo que seas muy lógica —objeté—. Seguramente, si una mujer cometiera un crimen como el asesinato, sería lo suficientemente fría como para disfrutar de los frutos de él sin ningún sentimentalismo de mente débil como el arrepentimiento.

Caroline negó con la cabeza.

—Probablemente existen mujeres así, pero la Sra. Ferrars no era una de ellas. Era un manojo de nervios. Un impulso dominante la llevó a deshacerse de su marido porque era el tipo de persona que simplemente no puede soportar el sufrimiento de ningún tipo, y no cabe duda de que la esposa de un hombre como Ashley Ferrars debe de haber tenido que sufrir mucho...

Asentí.

—Y desde entonces ha estado atormentada por lo que hizo. No puedo evitar sentir lástima por ella.

No creo que Caroline sintiera nunca lástima por la Sra. Ferrars mientras estaba viva. Ahora que se ha ido a donde (presumiblemente) ya no se pueden llevar vestidos de París, Caroline está preparada para entregarse a las emociones más suaves de la piedad y la comprensión.

Le dije firmemente que toda su idea era una tontería. Fui tanto más firme cuanto que en secreto estaba de acuerdo con una parte, al menos, de lo que ella había dicho. Pero no es justo que Caroline llegue a la verdad simplemente mediante una especie de adivinación inspirada. No iba a fomentar ese tipo de cosas. Ella irá por el pueblo aireando sus opiniones, y todos pensarán que lo hace basándose en datos médicos proporcionados por mí. La vida es muy agotadora.

—Tonterías —dijo Caroline en respuesta a mis críticas—. Ya verás. Diez contra uno a que dejó una carta confesándolo todo.

—No dejó ninguna carta de ningún tipo —dije bruscamente, sin ver adónde me iba a llevar esa admisión.

—¡Oh! —dijo Caroline—. Así que te informaste de eso, ¿verdad? Creo, James, que en el fondo de tu corazón piensas muy parecido a mí. Eres un querido viejo hipócrita.

—Uno siempre tiene que tener en cuenta la posibilidad del suicidio —dije de forma represiva.

—¿Habrá una investigación?

—Puede que sí. Todo depende. Si puedo declarar que estoy absolutamente satisfecho de que la sobredosis fue tomada accidentalmente, se podría prescindir de una investigación.

—¿Y estás absolutamente satisfecho? —preguntó mi hermana con astucia.

No respondí, sino que me levanté de la mesa.

CAPÍTULO II

QUIÉN ES QUIÉN EN KING’S ABBOT

Antes de continuar con lo que le dije a Caroline y lo que Caroline me dijo a mí, podría ser bueno dar una idea de lo que yo describiría como nuestra geografía local. Nuestro pueblo, King’s Abbot, es, imagino, muy parecido a cualquier otro pueblo. Nuestra ciudad grande es Cranchester, a nueve millas de distancia. Tenemos una gran estación de tren, una pequeña oficina de correos y dos «tiendas generales» rivales. Los hombres en edad de trabajar tienden a abandonar el lugar temprano en la vida, pero somos ricos en damas solteras y oficiales militares retirados. Nuestras aficiones y recreaciones pueden resumirse en una palabra: «cotilleo».

Solo hay dos casas de importancia en King’s Abbot. Una es King’s Paddock, que le dejó la Sra. Ferrars a su difunto marido. La otra, Fernly Park, es propiedad de Roger Ackroyd. Ackroyd siempre me ha interesado por ser un hombre que se parece más a un terrateniente rural de lo que un terrateniente rural podría ser en realidad. Recuerdo a los deportistas de cara roja que siempre aparecían al principio del primer acto de una comedia musical antigua, siendo el escenario el pueblo. Solían cantar una canción sobre ir a Londres. Hoy en día tenemos revistas, y el terrateniente rural ha pasado de moda musical.

Por supuesto, Ackroyd no es realmente un terrateniente rural. Es un fabricante inmensamente exitoso de (creo) ruedas de carro. Es un hombre de casi cincuenta años, de rostro rubicundo y modales afables. Se lleva bien con el vicario, contribuye generosamente a los fondos parroquiales (aunque circula el rumor de que es extremadamente tacaño en sus gastos personales), fomenta los partidos de críquet, los clubes de muchachos y los institutos para soldados discapacitados. Es, de hecho, el alma de nuestro tranquilo pueblo de King’s Abbot.

Ahora bien, cuando Roger Ackroyd era un muchacho de veintiún años, se enamoró y se casó con una hermosa mujer cinco o seis años mayor que él. Su apellido era Paton, y era una viuda con un hijo. La historia del matrimonio fue corta y dolorosa. Para decirlo sin rodeos, la Sra. Ackroyd era dipsómana. Logró beber hasta la tumba cuatro años después de su matrimonio.

En los años que siguieron, Ackroyd no mostró ninguna disposición a hacer una segunda aventura matrimonial. El hijo de su esposa de su primer matrimonio solo tenía siete años cuando murió su madre. Ahora tiene veinticinco. Ackroyd siempre lo ha considerado como su propio hijo, y lo ha educado en consecuencia, pero ha sido un muchacho salvaje y una fuente continua de preocupación y problemas para su padrastro. Sin embargo, todos queremos mucho a Ralph Paton en King’s Abbot. Es un joven tan apuesto, para empezar.

Como dije antes, estamos bastante dispuestos a cotillear en nuestro pueblo. Todo el mundo notó desde el principio que Ackroyd y la Sra. Ferrars se llevaban muy bien. Después de la muerte de su marido, la intimidad se hizo más marcada. Siempre se les veía juntos, y se conjeturaba libremente que al final de su período de luto, la Sra. Ferrars se convertiría en la Sra. Roger Ackroyd. Se sentía, de hecho, que había una cierta idoneidad en el asunto. La esposa de Roger Ackroyd había muerto admitidamente de bebida. Ashley Ferrars había sido un borracho durante muchos años antes de su muerte. Era justo que estas dos víctimas de excesos alcohólicos se compensaran mutuamente por todo lo que habían soportado anteriormente a manos de sus cónyuges anteriores.

Los Ferrars solo vinieron a vivir aquí hace poco más de un año, pero un halo de cotilleo ha rodeado a Ackroyd durante muchos años. Todo el tiempo que Ralph Paton estuvo creciendo hasta convertirse en hombre, una serie de amas de llaves presidieron el establecimiento de Ackroyd, y cada una de ellas, a su vez, fue vista con viva sospecha por Caroline y sus compinches. No es exagerado decir que durante al menos quince años todo el pueblo ha esperado con confianza que Ackroyd se case con una de sus amas de llaves. La última de ellas, una dama formidable llamada Sra. Russell, ha reinado indiscutiblemente durante cinco años, el doble de tiempo que cualquiera de sus predecesoras. Se siente que, de no haber sido por el advenimiento de la Sra. Ferrars, Ackroyd difícilmente podría haber escapado. Eso, y un factor más: la llegada inesperada de una cuñada viuda con su hija desde Canadá. La Sra. Cecil Ackroyd, viuda del hermano menor de Ackroyd, que no servía para nada, ha fijado su residencia en Fernly Park, y ha logrado, según Caroline, poner a la Sra. Russell en su lugar.

No sé exactamente qué constituye un «lugar adecuado» —suena frío y desagradable—, pero sé que la Sra. Russell va por ahí con los labios apretados y lo que solo puedo describir como una sonrisa ácida, y que profesa la mayor simpatía por la «pobre Sra. Ackroyd, dependiente de la caridad del hermano de su marido. El pan de la caridad es tan amargo, ¿no es así? Yo sería bastante miserable si no trabajara para ganarme la vida».

No sé qué pensó la Sra. Cecil Ackroyd del asunto de los Ferrars cuando salió a la luz. Claramente le convenía que Ackroyd permaneciera soltero. Siempre era muy encantadora, por no decir efusiva, con la Sra. Ferrars cuando se encontraban. Caroline dice que eso no prueba nada.

Tales han sido nuestras preocupaciones en King’s Abbot durante los últimos años. Hemos discutido a Ackroyd y sus asuntos desde todos los puntos de vista. La Sra. Ferrars ha encajado en su lugar en el esquema.

Ahora ha habido una reordenación del caleidoscopio. De una leve discusión sobre posibles regalos de boda, hemos sido sacudidos al centro de la tragedia.

Dando vueltas a estos y otros asuntos en mi mente, seguí mecánicamente con mi ronda. No tenía casos de especial interés que atender, lo cual era, tal vez, bueno, ya que mis pensamientos volvían una y otra vez al misterio de la muerte de la Sra. Ferrars. ¿Se habría quitado la vida? Seguramente, si lo hubiera hecho, ¿no habría dejado alguna palabra para decir lo que planeaba hacer? Las mujeres, en mi experiencia, si una vez llegan a la determinación de suicidarse, suelen desear revelar el estado mental que las llevó a la acción fatal. Codician el centro de atención.

¿Cuándo la había visto por última vez? Hacía más de una semana. Su actitud entonces había sido bastante normal considerando… bueno… considerando todo.

Entonces recordé de repente que la había visto, aunque no para hablar con ella, ayer mismo. Había estado caminando con Ralph Paton, y me había sorprendido porque no tenía ni idea de que él fuera a estar en King’s Abbot. Pensé, de hecho, que se había peleado definitivamente con su padrastro. No se había visto nada de él por aquí desde hacía casi seis meses. Caminaban uno al lado del otro, con las cabezas muy juntas, y ella había estado hablando muy seriamente.

Creo que puedo decir con seguridad que fue en ese momento cuando un presentimiento del futuro me invadió por primera vez. Nada tangible todavía, pero una vaga premonición de cómo se estaban preparando las cosas. Esa conversación seria entre Ralph Paton y la Sra. Ferrars el día anterior me resultó desagradable.

Todavía estaba pensando en ello cuando me encontré cara a cara con Roger Ackroyd.

—¡Sheppard! —exclamó—. Justo el hombre al que quería atrapar. Esto es un asunto terrible.

—¿Ya te has enterado entonces?

Asintió. Había sentido el golpe profundamente, podía verlo. Sus grandes mejillas rojas parecían haberse hundido, y se veía como una ruina de su yo habitual, alegre y saludable.

—Es peor de lo que crees —dijo en voz baja—. Mira, Sheppard, tengo que hablar contigo. ¿Puedes venir conmigo ahora?

—Difícilmente. Todavía tengo tres pacientes que ver y debo estar de vuelta a las doce para ver a mis pacientes de consulta.

—Entonces esta tarde… no, mejor aún, cena esta noche. ¿A las 7.30? ¿Te viene bien?

—Sí, puedo arreglármelas perfectamente. ¿Qué pasa? ¿Es Ralph?

Apenas sabía por qué dije eso, excepto, quizás, que a menudo había sido Ralph.

Ackroyd se me quedó mirando fijamente como si apenas entendiera. Empecé a darme cuenta de que debía haber algo muy malo en alguna parte. Nunca había visto a Ackroyd tan alterado antes.

—¿Ralph? —dijo vagamente—. ¡Oh! No, no es Ralph. Ralph está en Londres… ¡Maldita sea! Aquí viene la vieja Srta. Ganett. No quiero tener que hablar con ella sobre este asunto espantoso. Nos vemos esta noche, Sheppard. Siete y media.

Asentí y se apresuró a marcharse, dejándome preguntándome. ¿Ralph en Londres? Pero ciertamente había estado en King’s Abbot la tarde anterior. Debía de haber vuelto a la ciudad anoche o esta mañana temprano, y sin embargo, la actitud de Ackroyd había transmitido una impresión completamente diferente. Había hablado como si Ralph no hubiera estado cerca del lugar en meses.

No tuve tiempo para resolver el asunto más a fondo. La Srta. Ganett estaba sobre mí, sedienta de información. La Srta. Ganett tiene todas las características de mi hermana Caroline, pero le falta esa puntería infalible para saltar a conclusiones que aporta un toque de grandeza a las maniobras de Caroline. La Srta. Ganett estaba sin aliento e interrogativa.

¿No era triste lo de la pobre querida Sra. Ferrars? Mucha gente decía que había sido una consumidora de drogas confirmada durante años. Tan malvado la forma en que la gente iba por ahí diciendo cosas. Y, sin embargo, lo peor de todo era que generalmente había un grano de verdad en alguna parte de estas salvajes declaraciones. ¡No hay humo sin fuego! Decían también que el Sr. Ackroyd se había enterado y había roto el compromiso, porque había un compromiso. Ella, la Srta. Ganett, tenía pruebas positivas de ello. Por supuesto, yo debía saberlo todo al respecto, los médicos siempre lo hacen, ¿pero nunca lo dicen?

Y todo esto con un ojo afilado y brillante sobre mí para ver cómo reaccionaba a estas sugerencias. Afortunadamente, la larga asociación con Caroline me ha llevado a mantener un semblante impasible y a estar listo con pequeñas observaciones que no comprometen nada.

En esta ocasión, felicité a la Srta. Ganett por no unirse a los cotilleos de mala fe. Un contraataque bastante elegante, pensé. La dejó en dificultades, y antes de que pudiera recomponerse, yo ya había pasado de largo.

Llegué a casa pensativo, encontrando a varios pacientes esperándome en la consulta.

Había despedido al último de ellos, según creía, y estaba contemplando unos minutos en el jardín antes del almuerzo cuando percibí a un paciente más esperándome. Se levantó y vino hacia mí mientras yo estaba allí de pie, algo sorprendido.

No sé por qué debería haberlo estado, excepto que hay una sugerencia de hierro fundido sobre la Srta. Russell, algo que está por encima de los males de la carne.

El ama de llaves de Ackroyd es una mujer alta, hermosa pero de aspecto intimidante. Tiene una mirada severa y labios que se cierran herméticamente, y siento que si yo fuera una criada o una ayudante de cocina, saldría corriendo por mi vida cada vez que la oyera venir.

—Buenos días, Dr. Sheppard —dijo la Srta. Russell—. Le agradecería mucho que echara un vistazo a mi rodilla.

Le eché un vistazo, pero, a decir verdad, me quedé casi igual que antes. La descripción de la Srta. Russell sobre unos dolores vagos resultó tan poco convincente que, de tratarse de una mujer de menos integridad, habría sospechado de una historia inventada. Me pasó por la cabeza, por un momento, que la Srta. Russell podría haber inventado deliberadamente esa afección en la rodilla para sonsacarme información sobre la muerte de la Sra. Ferrars, pero pronto vi que, al menos en eso, la había juzgado mal. Hizo una breve referencia a la tragedia, nada más. Sin embargo, ciertamente parecía dispuesta a quedarse a charlar.

—Bueno, muchas gracias por este frasco de linimento, doctor —dijo al fin—. No es que crea que vaya a servir de mucho.

Yo tampoco lo creía, pero protesté por puro sentido del deber. Después de todo, no podía hacer daño, y uno debe defender las herramientas de su oficio.

—No creo en todos estos fármacos —dijo la Srta. Russell, con los ojos recorriendo mi colección de frascos con desdén—. Los fármacos hacen mucho daño. Mire el vicio de la cocaína.

—Bueno, en lo que a eso se refiere...

—Es algo muy frecuente en la alta sociedad.

Estoy seguro de que la Srta. Russell sabe mucho más sobre la alta sociedad que yo. No intenté discutir con ella.

—Solo dígame esto, doctor —dijo la Srta. Russell—. Suponga que alguien es realmente esclavo del vicio de las drogas. ¿Existe alguna cura?

Uno no puede responder a una pregunta así a la ligera. Le di una breve lección sobre el tema y ella escuchó con mucha atención. Seguía sospechando que buscaba información sobre la Sra. Ferrars.

—Ahora bien, el veronal, por ejemplo... —continué.

Pero, curiosamente, no parecía interesada en el veronal. En su lugar, cambió de tema y me preguntó si era cierto que existen ciertos venenos tan raros que escapan a cualquier detección.

—¡Ah! —dije—. Ha estado leyendo novelas policíacas.

Admitió que sí.

—La esencia de una novela policíaca —dije— es tener un veneno raro; si es posible, algo de Sudamérica, del que nadie haya oído hablar nunca; algo que una tribu oscura de salvajes utiliza para envenenar sus flechas. La muerte es instantánea y la ciencia occidental es incapaz de detectarlo. ¿Es a ese tipo de cosas a las que se refiere?

—Sí. ¿Existe realmente algo así?

Sacudí la cabeza con pesar.

—Me temo que no. Existe el curare, por supuesto.

Le hablé largo y tendido sobre el curare, pero pareció haber perdido el interés una vez más. Me preguntó si tenía algo de eso en mi armario de venenos, y cuando respondí negativamente, me da la sensación de que perdí puntos a sus ojos.

Dijo que debía regresar, y la acompañé hasta la puerta de la consulta justo cuando sonaba el gong para el almuerzo.

Nunca habría sospechado que la Srta. Russell tuviera afición por las novelas policíacas. Me resulta muy divertido pensar en ella saliendo del cuarto del ama de llaves para reprender a una criada negligente y volviendo luego a la cómoda lectura de *El misterio de la séptima muerte*, o algo por el estilo.

CAPÍTULO III

EL HOMBRE QUE CULTIVABA CALABAZAS

Le dije a Caroline a la hora del almuerzo que cenaría en Fernly. No puso ninguna objeción; al contrario...

—Excelente —dijo—. Te enterarás de todo. Por cierto, ¿qué le pasa a Ralph?

—¿A Ralph? —dije, sorprendido—. No le pasa nada.

—Entonces, ¿por qué se aloja en el Three Boars en lugar de en Fernly Park?

No cuestioné ni por un segundo la afirmación de Caroline de que Ralph Paton se alojaba en la posada local. Que Caroline lo dijera era suficiente para mí.

—Ackroyd me dijo que estaba en Londres —dije. En la sorpresa del momento me desvié de mi valiosa regla de no revelar nunca información.

—¡Oh! —dijo Caroline. Pude ver cómo le temblaba la nariz mientras procesaba aquello.

—Llegó al Three Boars ayer por la mañana —dijo—. Y todavía está allí. Anoche salió con una chica.

Eso no me sorprendió en absoluto. Ralph, diría yo, sale con una chica casi todas las noches de su vida. Pero sí me extrañó que eligiera disfrutar del pasatiempo en King’s Abbot en lugar de en la alegre metrópoli.

—¿Una de las camareras? —pregunté.

—No. Esa es la cuestión. Salió a encontrarse con ella. No sé quién es.

(Amargo para Caroline tener que admitir algo así).

—Pero puedo adivinarlo —continuó mi infatigable hermana.

Esperé pacientemente.

—Su prima.

—¿Flora Ackroyd? —exclamé sorprendido.

Flora Ackroyd, por supuesto, no es en realidad pariente de Ralph Paton, pero a Ralph se le ha considerado durante tanto tiempo prácticamente como el propio hijo de Ackroyd, que el parentesco se da por sentado.

—Flora Ackroyd —dijo mi hermana.

—Pero ¿por qué no ir a Fernly si quería verla?

—Comprometidos en secreto —dijo Caroline con inmenso disfrute—. El viejo Ackroyd no quiere ni oír hablar de ello y tienen que reunirse de esta manera.

Vi bastantes fallos en la teoría de Caroline, pero me abstuve de señalárselos. Un comentario inocente sobre nuestro nuevo vecino creó una distracción.

La casa de al lado, The Larches, ha sido alquilada recientemente por un desconocido. Para gran molestia de Caroline, no ha sido capaz de averiguar nada sobre él, excepto que es extranjero. El Cuerpo de Inteligencia ha resultado ser un junco roto. Presumiblemente, el hombre compra leche, verduras, carne y merluzas de vez en cuando, igual que todo el mundo, pero ninguna de las personas cuyo trabajo es suministrar estas cosas parece haber obtenido información alguna. Su nombre, al parecer, es Sr. Porrott, un nombre que transmite una extraña sensación de irrealidad. Lo único que sabemos de él es que le interesa el cultivo de calabazas.

Pero ese no es, ciertamente, el tipo de información que busca Caroline. Quiere saber de dónde viene, qué hace, si está casado, cómo era o es su esposa, si tiene hijos, cuál era el apellido de soltera de su madre, etcétera. Creo que alguien muy parecido a Caroline debió de inventar las preguntas de los pasaportes.

—Querida Caroline —dije—. No hay ninguna duda sobre cuál ha sido la profesión de este hombre. Es un peluquero jubilado. Fíjate en ese bigote suyo.

Caroline no estuvo de acuerdo. Dijo que si el hombre fuera peluquero, tendría el pelo ondulado, no liso. Todos los peluqueros lo tienen.

Cité varios peluqueros conocidos personalmente por mí que tenían el pelo liso, pero Caroline se negó a dejarse convencer.

—No logro descifrarlo en absoluto —dijo con voz agraviada—. El otro día le pedí prestadas unas herramientas de jardinería y fue de lo más educado, pero no pude sacarle nada. Al final le pregunté a bocajarro si era francés y me dijo que no; y, de alguna manera, no me atreví a preguntarle nada más.

Empecé a interesarme más por nuestro misterioso vecino. Un hombre capaz de hacer callar a Caroline y enviarla a casa, como a la reina de Saba, con las manos vacías, debe tener algo de personalidad.

—Creo —dijo Caroline— que tiene uno de esos nuevos aspiradores...

Vi en sus ojos el brillo de un préstamo premeditado y la oportunidad de seguir interrogando. Aproveché la ocasión para escapar al jardín. Me gusta bastante la jardinería. Estaba ocupado exterminando raíces de diente de león cuando un grito de advertencia sonó cerca y un cuerpo pesado pasó silbando junto a mi oreja y cayó a mis pies con un chapoteo repulsivo. ¡Era una calabaza!

Miré hacia arriba con enfado. Sobre el muro, a mi izquierda, apareció una cara. Una cabeza con forma de huevo, parcialmente cubierta por un cabello sospechosamente negro, dos bigotes inmensos y un par de ojos vigilantes. Era nuestro misterioso vecino, el Sr. Porrott.

Se deshizo al instante en fluidas disculpas.

—Le pido mil perdones, monsieur. Estoy sin defensa. Desde hace algunos meses cultivo calabazas. Esta mañana, de repente, me he enfurecido con estas calabazas. Las envío a pasear; ¡ay!, no solo mentalmente, sino físicamente. Agarro la más grande. La lanzo por encima del muro. Monsieur, estoy avergonzado. Me postro ante usted.

Ante tales y profusas disculpas, mi ira se vio obligada a derretirse. Después de todo, la desgraciada verdura no me había golpeado. Pero esperaba sinceramente que lanzar grandes verduras por encima de los muros no fuera la afición de nuestro nuevo amigo. Tal hábito difícilmente podría hacer que nos cayera bien como vecino.

El extraño hombrecillo pareció leer mis pensamientos.

—¡Ah! No —exclamó—. No se inquiete. No es un hábito para mí. Pero, ¿puede usted figurarse, monsieur, que un hombre puede trabajar por un objetivo determinado, puede esforzarse y trabajar para alcanzar cierto tipo de ocio y ocupación, y luego descubrir que, después de todo, anhela los viejos tiempos ajetreados y las viejas ocupaciones que creía estar tan contento de dejar atrás?

—Sí —dije lentamente—. Me imagino que es algo bastante común. Yo mismo soy quizás un ejemplo. Hace un año recibí una herencia, lo suficiente para permitirme realizar un sueño. Siempre he querido viajar, ver mundo. Bueno, eso fue hace un año, como he dicho, y... sigo aquí.

Mi pequeño vecino asintió.

—Las cadenas de la costumbre. Trabajamos para alcanzar un objetivo y, una vez conseguido, descubrimos que lo que echamos de menos es el trabajo diario. Y fíjese, monsieur, mi trabajo era un trabajo interesante. El trabajo más interesante que existe en el mundo.

—¿Sí? —dije animándolo. Por un momento, el espíritu de Caroline fue fuerte en mí.

—¡El estudio de la naturaleza humana, monsieur!

—Precisamente —dije amablemente.

Claramente, un peluquero jubilado. ¿Quién conoce mejor los secretos de la naturaleza humana que un peluquero?

—Además, tenía un amigo, un amigo que durante muchos años nunca se apartó de mi lado. Ocasionalmente de una imbecilidad que daba miedo, sin embargo, me era muy querido. Figúrese que echo de menos hasta su estupidez. Su ingenuidad, su visión honesta, el placer de deleitarlo y sorprenderlo con mis dotes superiores: todo eso lo echo de menos más de lo que puedo decirle.

—¿Murió? —pregunté con simpatía.

—No es así. Vive y prospera, pero al otro lado del mundo. Está ahora en la Argentina.

—En la Argentina —dije con envidia.

Siempre he querido ir a Sudamérica. Suspiré y luego miré hacia arriba para encontrar al Sr. Porrott mirándome con simpatía. Parecía un hombrecillo comprensivo.

—Usted irá allí, ¿sí? —preguntó.

Sacudí la cabeza con un suspiro.

—Podría haber ido —dije— hace un año. Pero fui un necio, y peor que un necio: codicioso. Arriesgué lo real por la sombra.

—Comprendo —dijo el Sr. Porrott—. ¿Usted especuló?

Asentí con tristeza, pero, a pesar de mí mismo, me sentí secretamente divertido. Este ridículo hombrecillo era tan portentosamente solemne.

—¿No los yacimientos petrolíferos de Porcupine? —preguntó de repente.

Me quedé mirando.

—Pensé en ellos, de hecho, pero al final me decidí por una mina de oro en Australia Occidental.

Mi vecino me miraba con una expresión extraña que no pude descifrar.

—Es el Destino —dijo al fin.

—¿Qué es el Destino? —pregunté irritado.

—Que yo deba vivir al lado de un hombre que considera seriamente los yacimientos petrolíferos de Porcupine, y también las minas de oro de Australia Occidental. Dígame, ¿tiene usted también predilección por el cabello pelirrojo?

Lo miré boquiabierto y él se echó a reír.

—No, no, no es la locura que yo sufro. Tranquilícese. Fue una pregunta tonta la que le hice, porque, verá, mi amigo del que le hablaba era un joven, un hombre que pensaba que todas las mujeres eran buenas y la mayoría de ellas hermosas. Pero usted es un hombre de mediana edad, un médico, un hombre que conoce la locura y la vanidad de la mayoría de las cosas en esta vida nuestra. Bueno, bueno, somos vecinos. Le ruego que acepte y le presente a su excelente hermana mi mejor calabaza.

Se inclinó y, con un gesto, produjo un espécimen inmenso de la especie, que acepté debidamente con el espíritu con el que fue ofrecido.

—Ciertamente —dijo el hombrecillo alegremente—, esta no ha sido una mañana perdida. He conocido a un hombre que en algunos aspectos se parece a mi lejano amigo. Por cierto, me gustaría hacerle una pregunta. Usted sin duda conoce a todo el mundo en este pequeño pueblo. ¿Quién es el joven de cabello y ojos muy oscuros y rostro apuesto? ¿El que camina con la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa fácil en los labios?

La descripción no me dejó lugar a dudas.

—Debe de ser el capitán Ralph Paton —dije lentamente.

—¿No lo he visto por aquí antes?

—No, no ha estado aquí desde hace algún tiempo. Pero es el hijo, o mejor dicho, el hijo adoptivo, del Sr. Ackroyd de Fernly Park.

Mi vecino hizo un ligero gesto de impaciencia.

—Por supuesto, debería haberlo adivinado. El Sr. Ackroyd habló muchas veces de él.

—¿Conoce usted al Sr. Ackroyd? —pregunté, ligeramente sorprendido.

—El Sr. Ackroyd me conoció en Londres, cuando yo trabajaba allí. Le he pedido que no diga nada de mi profesión por aquí.

—Ya veo —dije, bastante divertido por este esnobismo patente, como yo pensaba.

Pero el hombrecillo continuó con una sonrisa casi grandilocuente.

—Uno prefiere permanecer de incógnito. No estoy ansioso por la notoriedad. Ni siquiera me he molestado en corregir la versión local de mi nombre.

—Ciertamente —dije, sin saber muy bien qué decir.

—Capitán Ralph Paton —caviló el Sr. Porrott—. Y así pues, está comprometido con la sobrina del Sr. Ackroyd, la encantadora Srta. Flora.

—¿Quién se lo ha dicho? —pregunté, muy sorprendido.

—El Sr. Ackroyd. Hace una semana aproximadamente. Está muy contento con ello; hace mucho tiempo que deseaba que algo así sucediera, o eso entendí de él. Incluso creo que ejerció cierta presión sobre el joven. Eso nunca es prudente. Un joven debería casarse para complacerse a sí mismo, no para complacer a un padrastro del que tiene expectativas.

Mis ideas quedaron completamente trastocadas. No podía imaginarme a Ackroyd confiándole nada a un peluquero y discutiendo con él el matrimonio de su sobrina e hijastro. Ackroyd extiende un mecenazgo jovial a las clases bajas, pero tiene un gran sentido de su propia dignidad. Empecé a pensar que Porrott no podía ser peluquero después de todo.

Para ocultar mi confusión, dije lo primero que me vino a la cabeza.

—¿Qué le hizo fijarse en Ralph Paton? ¿Su buen aspecto?

—No, no solo eso, aunque es inusualmente apuesto para un inglés, lo que sus novelistas llamarían un dios griego. No, había algo en ese joven que no comprendía.

Dijo la última frase con un tono de voz pensativo que me causó una impresión indefinible. Era como si estuviera juzgando al muchacho a la luz de algún conocimiento interior que yo no compartía. Fue esa impresión la que se me quedó grabada, pues en ese momento la voz de mi hermana me llamó desde la casa.

Entré. Caroline tenía puesto el sombrero y, evidentemente, acababa de llegar del pueblo. Empezó sin preámbulos.

—Me he encontrado con el Sr. Ackroyd.

—¿Sí? —dije.

—Le detuve, por supuesto, pero parecía tener mucha prisa y estar ansioso por marcharse.

No tengo ninguna duda de que ese era el caso. Se sentiría hacia Caroline de la misma manera que se había sentido hacia la Srta. Ganett anteriormente ese día, quizás más. Caroline es menos fácil de quitarse de encima.

—Le pregunté inmediatamente por Ralph. Se quedó absolutamente asombrado. No tenía ni idea de que el chico estuviera aquí. Incluso dijo que pensaba que debía de haberme equivocado. ¡Yo! ¡Equivocarme!

—Ridículo —dije—. Debería haberte conocido mejor.

—Luego siguió diciéndome que Ralph y Flora están comprometidos.

—Eso también lo sé —interrumpí, con modesto orgullo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Nuestro nuevo vecino.

Caroline vaciló visiblemente por un segundo o dos, más o menos como una bola de ruleta podría flotar tímidamente entre dos números. Luego rechazó la tentadora pista falsa.

—Le dije al Sr. Ackroyd que Ralph se alojaba en el Three Boars.

—Caroline —dije—, ¿nunca reflexionas sobre el hecho de que podrías hacer mucho daño con esta costumbre tuya de repetir todo indiscriminadamente?

—Tonterías —dijo mi hermana—. La gente debería saber las cosas. Considero que es mi deber contárselas. El Sr. Ackroyd me estuvo muy agradecido.

—¿Y bien? —dije, porque claramente había más.

—Creo que se fue directo al Three Boars, pero si es así, no encontró a Ralph allí.

—¿No?

—No. Porque mientras volvía a través del bosque...

—¿Volvías a través del bosque? —interrumpí.

Caroline tuvo la gentileza de sonrojarse.

—Era un día tan encantador —exclamó—. Pensé que daría una pequeña vuelta. Los bosques con sus tintes otoñales son tan perfectos en esta época del año.

A Caroline no le importan nada los bosques en ninguna época del año. Normalmente los considera lugares donde te mojas los pies y donde todo tipo de cosas desagradables pueden caerte en la cabeza. No, fue el instinto de mangosta lo que la llevó a nuestro bosque local. Es el único lugar adyacente al pueblo de King’s Abbot donde puedes hablar con una joven sin ser visto por todo el pueblo. Linda con el parque de Fernly.

—Bueno —dije—, continúa.

—Como decía, estaba justo volviendo a través del bosque cuando oí voces.

Caroline hizo una pausa.

—¿Sí?

—Una era la de Ralph Paton; la reconocí al instante. La otra era la de una chica. Por supuesto, no pretendía escuchar...

—Por supuesto que no —interpuse, con sarcasmo patente, que, sin embargo, fue desperdiciado en Caroline.

—Pero simplemente no pude evitar oír. La chica dijo algo, no capté muy bien qué era, y Ralph respondió. Sonaba muy enfadado. «Querida chica», dijo. «¿No te das cuenta de que es muy probable que el viejo me desherede? Está bastante harto de mí desde hace unos años. Un poco más y lo hará. Y necesitamos la pasta, querida. Seré un hombre muy rico cuando el viejo estire la pata. Es tan tacaño como el que más, pero está forrado de dinero en realidad. No quiero que se ponga a cambiar su testamento. Déjamelo a mí y no te preocupes». Esas fueron sus palabras exactas. Las recuerdo perfectamente. Desafortunadamente, justo entonces pisé una ramita seca o algo así, bajaron la voz y se alejaron. No pude, por supuesto, salir corriendo tras ellos, así que no fui capaz de ver quién era la chica.

—Eso debe de haber sido de lo más molesto —dije—. Supongo, sin embargo, que te diste prisa en ir al Three Boars, te sentiste mareada y entraste en el bar a por un vaso de brandy, y así pudiste ver si ambas camareras estaban de servicio.

—No era una camarera —dijo Caroline sin dudar—. De hecho, estoy casi segura de que era Flora Ackroyd, solo que...

—Solo que no parece tener sentido —convine.

—Pero si no era Flora, ¿quién podría haber sido?

Rápidamente mi hermana repasó una lista de jóvenes que vivían en el vecindario, con abundantes razones a favor y en contra.

Cuando hizo una pausa para tomar aire, murmuré algo sobre un paciente y salí.

Me propuse dirigirme al Three Boars. Parecía probable que Ralph Paton hubiera regresado ya.

Conocía muy bien a Ralph, mejor quizás que nadie en King’s Abbot, pues conocía a su madre antes que a él y, por tanto, comprendía muchas cosas en él que desconcertaban a los demás. Era, hasta cierto punto, víctima de la herencia. No había heredado la fatal propensión de su madre por la bebida, pero, sin embargo, tenía en él un rasgo de debilidad. Como mi nuevo amigo de esta mañana había declarado, era extraordinariamente apuesto. Con algo más de un metro ochenta, perfectamente proporcionado, con la gracia fácil de un atleta, era moreno, como su madre, con un rostro hermoso y bronceado siempre dispuesto a estallar en una sonrisa. Ralph Paton era de los que nacen para encantar fácil y sin esfuerzo. Era indulgente consigo mismo y extravagante, sin veneración por nada en la tierra, pero era adorable a pesar de todo, y sus amigos le estaban todos devotos.

¿Podría hacer algo con el chico? Pensé que podía.

Preguntando en el Three Boars encontré que el capitán Paton acababa de llegar. Subí a su habitación y entré sin llamar.

Por un momento, recordando lo que había oído y visto, dudé de mi recepción, pero no debería haber tenido recelos.

«¡Vaya, es Sheppard! Me alegra verte».

Se adelantó a mi encuentro con la mano extendida y una sonrisa radiante iluminándole el rostro.

«La única persona que me alegra ver en este lugar infernal».

Alcé las cejas.

«¿Qué ha estado haciendo el lugar?»

Soltó una risa llena de fastidio.

«Es una larga historia. Las cosas no me han ido bien, doctor. Pero tómate una copa, ¿no?»

«Gracias —dije—, lo haré».

Tocó el timbre y, al volver, se dejó caer en un sillón.

«Para no andarme con rodeos —dijo con pesadumbre—, estoy en un lío de mil demonios. De hecho, no tengo la menor idea de qué hacer a continuación».

«¿Qué ocurre?», pregunté con simpatía.

«Es mi condenado padrastro».

«¿Qué ha hecho?»

«No es lo que ha hecho todavía, sino lo que es probable que haga».

Respondieron al timbre y Ralph pidió las bebidas. Cuando el criado se hubo marchado de nuevo, se sentó encorvado en el sillón, frunciendo el ceño para sus adentros.

«¿Es realmente... grave?», pregunté.

Asintió.

«Esta vez estoy contra las cuerdas», dijo con seriedad.

El tono inusual de gravedad en su voz me indicó que decía la verdad. Hacía falta mucho para que Ralph se pusiera grave.

«De hecho —continuó—, no veo salida... Maldita sea si la veo».

«Si pudiera ayudar...», sugerí con timidez.

Pero él negó con la cabeza muy decidido.

«Eres amable, doctor. Pero no puedo dejar que te metas en esto. Tengo que jugármela yo solo».

Se quedó en silencio un minuto y luego repitió con un tono de voz ligeramente distinto:

«Sí... tengo que jugármela yo solo...»

CAPÍTULO IV

CENA EN FERNLY

Faltaban solo unos minutos para las siete y media cuando toqué el timbre de la puerta principal de Fernly Park. Parker, el mayordomo, abrió la puerta con una prontitud admirable.

La noche era tan hermosa que había preferido venir a pie. Entré en el gran vestíbulo cuadrado y Parker me quitó el abrigo. Justo en ese momento, el secretario de Ackroyd, un joven agradable llamado Raymond, pasó por el vestíbulo camino del estudio de Ackroyd con las manos llenas de papeles.

«Buenas noches, doctor. ¿Viene a cenar? ¿O es una visita profesional?»

Lo último fue en alusión a mi maletín negro, que había depositado sobre el arcón de roble.

Le expliqué que esperaba en cualquier momento una llamada para un parto, y que por eso había salido preparado para una emergencia. Raymond asintió y siguió su camino, gritando por encima del hombro:

«Vaya al salón. Ya conoce el camino. Las señoras bajarán en un minuto. Debo llevarle estos papeles al señor Ackroyd y le diré que está aquí».

Ante la aparición de Raymond, Parker se había retirado, así que me quedé solo en el vestíbulo. Me arreglé la corbata, me miré en un gran espejo que colgaba allí y crucé hacia la puerta que tenía justo enfrente, que era, como yo sabía, la puerta del salón.

Noté, justo cuando giraba el pomo, un sonido proveniente del interior; supuse que era el cierre de una ventana. Debo decir que lo registré de forma puramente mecánica, sin darle ninguna importancia en ese momento.

Abrí la puerta y entré. Al hacerlo, casi me choco con la señorita Russell, que estaba saliendo en ese preciso instante. Ambos nos disculpamos.

Por primera vez me encontré evaluando a la ama de llaves y pensando en lo hermosa que debió haber sido una vez; de hecho, en lo que a eso respecta, aún lo era. Su cabello oscuro no tenía vetas grises y, cuando tenía color, como en ese minuto, la severidad de sus rasgos no era tan evidente.

Inconscientemente me pregunté si habría estado fuera, pues respiraba con dificultad, como si hubiera estado corriendo.

«Me temo que he llegado unos minutos antes», dije.

«¡Oh! No lo creo. Han pasado de las siete y media, doctor Sheppard». Hizo una pausa antes de decir: «No... no sabía que le esperaran a cenar esta noche. El señor Ackroyd no lo mencionó».

Recibí la vaga impresión de que mi presencia en la cena le disgustaba de algún modo, pero no pude imaginar por qué.

«¿Cómo va la rodilla?», pregunté.

«Casi igual, gracias, doctor. Debo irme ahora. La señora Ackroyd bajará en un momento. Solo... solo vine aquí para ver si las flores estaban bien».

Salió rápidamente de la habitación. Me acerqué a la ventana, preguntándome por su evidente deseo de justificar su presencia en la sala. Al hacerlo, vi lo que, por supuesto, podría haber sabido todo el tiempo si me hubiera molestado en pensarlo, a saber, que las ventanas eran grandes ventanales franceses que daban a la terraza. Por lo tanto, el sonido que había oído no podía haber sido el de una ventana cerrándose.

Sin ningún propósito, y más para distraer mi mente de pensamientos dolorosos que por cualquier otra razón, me entretuve tratando de adivinar qué pudo causar el sonido en cuestión.

¿Carbón en la chimenea? No, ese no era el tipo de ruido en absoluto. ¿Un cajón del escritorio al cerrarse? No, eso tampoco.

Entonces mi vista se posó en lo que creo llaman una mesa de plata, cuya tapa se levanta y a través de cuyo cristal se puede ver el contenido. Me acerqué y estudié las cosas. Había una o dos piezas de plata antigua, un zapatito de bebé que perteneció al rey Carlos I, algunas figuras de jade chino y un buen número de utensilios y curiosidades africanas. Queriendo examinar más de cerca una de las figuras de jade, levanté la tapa. Se me escurrió de los dedos y cayó.

Al instante reconocí el sonido que había oído. Era la tapa de esta misma mesa cerrándose suave y cuidadosamente. Repetí la acción una o dos veces para mi propia satisfacción. Luego levanté la tapa para escrutar el contenido más de cerca.

Todavía estaba inclinado sobre la mesa de plata abierta cuando Flora Ackroyd entró en la habitación.

A mucha gente no le gusta Flora Ackroyd, pero nadie puede evitar admirarla. Y con sus amigos puede ser muy encantadora. Lo primero que te llama la atención de ella es su extraordinario parecido a una escandinava. Tiene el verdadero cabello rubio pálido. Sus ojos son azules, azules como las aguas de un fiordo noruego, y su piel es de crema y rosas. Tiene hombros cuadrados, casi infantiles, y caderas estrechas. Y para un médico cansado, resulta muy refrescante encontrar una salud tan perfecta.

Una chica inglesa sencilla y directa; puede que yo sea anticuado, pero creo que no hay quien supere a la auténtica.

Flora se unió a mí junto a la mesa de plata y expresó dudas heréticas sobre si el rey Carlos I llegó alguna vez a usar aquel zapato de bebé.

«Y de todos modos —continuó la señorita Flora—, todo este alboroto por las cosas solo porque alguien las usó o las llevó puestas me parece una tontería. No las están usando ahora. La pluma con la que George Eliot escribió *El molino del Floss*... ese tipo de cosas... bueno, al fin y al cabo es solo una pluma. Si realmente te gusta George Eliot, ¿por qué no compras *El molino del Floss* en una edición barata y lo lees?»

«Supongo que usted nunca lee esas cosas tan anticuadas, señorita Flora».

«Se equivoca, doctor Sheppard. Me encanta *El molino del Floss*».

Me alegró bastante oírlo. Las cosas que leen las jóvenes hoy en día y que dicen disfrutar me asustan positivamente.

«Todavía no me ha felicitado, doctor Sheppard», dijo Flora. «¿No se ha enterado?»

Me tendió la mano izquierda. En el dedo corazón llevaba una perla solitaria exquisitamente engastada.

«Me voy a casar con Ralph, sabe», continuó. «El tío está muy contento. Así me quedo en la familia, ya ve».

Le tomé ambas manos con las mías.

«Querida —dije—, espero que seas muy feliz».

«Llevamos prometidos cerca de un mes —continuó Flora con su voz serena—, pero solo se anunció ayer. El tío va a reformar Cross-stones y nos la dará para vivir, y vamos a fingir que cultivamos la tierra. En realidad, cazaremos todo el invierno, estaremos en la ciudad durante la temporada y luego iremos de yate. Me encanta el mar. Y, por supuesto, me interesaré mucho por los asuntos de la parroquia y asistiré a todas las reuniones de madres».

En ese momento, la señora Ackroyd entró susurrando, llena de disculpas por llegar tarde.

Siento decir que detesto a la señora Ackroyd. Es todo cadenas, dientes y huesos. Una mujer de lo más desagradable. Tiene unos ojos pequeños, pálidos y azules como el pedernal, y por muy efusivas que sean sus palabras, esos ojos siempre permanecen fría y calculadoramente observadores.

Me acerqué a ella, dejando a Flora junto a la ventana. Me tendió un manojo de nudillos y anillos surtidos para que los apretara y empezó a hablar con locuacidad.

¿Me había enterado del compromiso de Flora? Tan apropiado en todos los sentidos. Los queridos jovencitos se habían enamorado a primera vista. Una pareja perfecta, él tan moreno y ella tan rubia.

«No puedo expresarle, mi querido doctor Sheppard, el alivio que siente el corazón de una madre».

La señora Ackroyd suspiró, un tributo al corazón de una madre, mientras sus ojos seguían observándome con astucia.

«Me preguntaba... Usted es un viejo amigo del querido Roger. Sabemos cuánto confía él en su criterio. Es tan difícil para mí... en mi posición, como viuda del pobre Cecil. Pero hay tantas cosas tediosas... los acuerdos de matrimonio, ya sabe... todo eso. Creo firmemente que Roger tiene la intención de hacer acuerdos de matrimonio en beneficio de la querida Flora, pero, como usted sabe, él es un poco peculiar con el dinero. Muy habitual, he oído, entre los hombres que son capitanes de industria. Me preguntaba, ¿sabe?, si podría simplemente tantearle sobre el tema. Flora le tiene mucho cariño. Sentimos que usted es ya un viejo amigo, aunque en realidad solo le conocemos desde hace poco más de dos años».

La elocuencia de la señora Ackroyd se vio interrumpida cuando la puerta del salón se abrió una vez más. Me alegré de la interrupción. Odio entrometerme en los asuntos ajenos y no tenía la menor intención de abordar a Ackroyd sobre el tema de los acuerdos matrimoniales de Flora. En otro momento me habría visto obligado a decirle tanto a la señora Ackroyd.

«Conoce al mayor Blunt, ¿verdad, doctor?»

«Sí, ciertamente», dije.

Mucha gente conoce a Hector Blunt; al menos de oídas. Supongo que ha cazado más animales salvajes en lugares inverosímiles que cualquier otro hombre vivo. Cuando lo mencionas, la gente dice: «Blunt, ¿no te referirás al cazador de animales grandes?»

Su amistad con Ackroyd siempre me ha desconcertado un poco. Los dos hombres son totalmente diferentes. Hector Blunt es quizás cinco años menor que Ackroyd. Se hicieron amigos al principio de su vida y, aunque sus caminos se han separado, la amistad perdura. Aproximadamente una vez cada dos años, Blunt pasa quince días en Fernly, y la inmensa cabeza de animal, con un número asombroso de cuernos que te fija con una mirada vidriosa tan pronto como entras por la puerta principal, es un recordatorio permanente de la amistad.

Blunt había entrado en la habitación con su paso peculiar, deliberado y, sin embargo, suave. Es un hombre de estatura media, de complexión robusta y más bien achaparrada. Su rostro es casi del color de la caoba y es peculiarmente inexpresivo. Tiene unos ojos grises que dan la impresión de estar siempre observando algo que sucede muy lejos. Habla poco, y lo que dice lo dice a sacudidas, como si las palabras fueran forzadas a salir de él involuntariamente.

Dijo entonces: «¿Cómo está, Sheppard?», a su manera brusca habitual, y luego se quedó de pie frente a la chimenea, mirando por encima de nuestras cabezas como si viera algo muy interesante ocurriendo en Tombuctú.

«Mayor Blunt —dijo Flora—, me gustaría que me hablara de estas cosas africanas. Estoy segura de que sabe lo que son».

He oído describir a Hector Blunt como un misógino, pero noté que se unió a Flora junto a la mesa de plata con lo que podría describirse como presteza. Se inclinaron sobre ella juntos.

Temía que la señora Ackroyd empezara a hablar de nuevo de los acuerdos, así que hice unos comentarios apresurados sobre los nuevos guisantes de olor. Sabía que había unos nuevos guisantes de olor porque el *Daily Mail* me lo había contado esa misma mañana. La señora Ackroyd no sabe nada de horticultura, pero es el tipo de mujer a la que le gusta parecer bien informada sobre los temas del día, y ella también lee el *Daily Mail*. Pudimos conversar con bastante inteligencia hasta que Ackroyd y su secretario se nos unieron, e inmediatamente después Parker anunció la cena.

Mi sitio en la mesa estaba entre la señora Ackroyd y Flora. Blunt estaba al otro lado de la señora Ackroyd, y Geoffrey Raymond a su lado.

La cena no fue un asunto alegre. Ackroyd estaba visiblemente preocupado. Se le veía desgraciado y apenas comió nada. La señora Ackroyd, Raymond y yo mantuvimos la conversación. Flora parecía afectada por la depresión de su tío, y Blunt recayó en su taciturnidad habitual.

Inmediatamente después de la cena, Ackroyd me pasó su brazo por el mío y me llevó a su estudio.

«Una vez que hayamos tomado el café, no volverán a molestarnos», explicó. «Le dije a Raymond que se encargara de que no nos interrumpieran».

Le estudié en silencio sin que lo pareciera. Estaba claramente bajo la influencia de una fuerte excitación. Durante un minuto o dos paseó de arriba abajo por la habitación, luego, mientras Parker entraba con la bandeja del café, se hundió en un sillón frente a la chimenea.

El estudio era una estancia cómoda. Las estanterías cubrían una de las paredes. Los sillones eran grandes y estaban tapizados en cuero azul oscuro. Un escritorio grande estaba junto a la ventana y cubierto de papeles cuidadosamente archivados. Sobre una mesa redonda había varias revistas y periódicos deportivos.

«Últimamente he vuelto a sentir ese dolor después de comer», comentó Ackroyd casualmente mientras se servía café. «Tendrás que darme más de esas pastillas tuyas».

Me dio la impresión de que estaba ansioso por dar la impresión de que nuestra conferencia era médica. Le seguí el juego.

«Me lo imaginaba. He traído algunas conmigo».

«Buen hombre. Dámelas ahora».

«Están en mi maletín en el vestíbulo. Iré a buscarlas».

Ackroyd me detuvo.

«No te molestes. Parker las traerá. Trae el maletín del doctor, ¿quieres, Parker?»

«Muy bien, señor».

Parker se retiró. Cuando estaba a punto de hablar, Ackroyd levantó la mano.

«Todavía no. Espera. ¿No ves que estoy en tal estado de nervios que apenas puedo contenerme?»

Lo veía con suficiente claridad. Y estaba muy inquieto. Todo tipo de presentimientos me asaltaron.

Ackroyd volvió a hablar casi de inmediato.

«Asegúrate de que esa ventana está cerrada, ¿quieres?», pidió.

Algo sorprendido, me levanté y me dirigí a ella. No era un ventanal francés, sino uno de tipo guillotina ordinario. Las pesadas cortinas de terciopelo azul estaban echadas delante, pero la ventana estaba abierta por la parte superior.

Parker volvió a entrar en la habitación con mi maletín mientras yo todavía estaba en la ventana.

«Todo está bien», dije, emergiendo de nuevo en la habitación.

«¿Has echado el pestillo?»

«Sí, sí. ¿Qué te pasa, Ackroyd?»

La puerta se acababa de cerrar tras Parker, o no habría hecho la pregunta.

Ackroyd esperó un minuto antes de responder.

«Estoy en el infierno», dijo lentamente, después de un minuto. «No, no te molestes con esas malditas pastillas. Solo lo dije por Parker. Los criados son tan curiosos. Ven aquí y siéntate. La puerta también está cerrada, ¿verdad?»

«Sí. Nadie puede oírnos; no estés inquieto».

«Sheppard, nadie sabe por lo que he pasado en las últimas veinticuatro horas. Si alguna vez la casa de un hombre se vino abajo, la mía lo ha hecho sobre mí. Lo de Ralph es la gota que colma el vaso. Pero no hablaremos de eso ahora. Es lo otro... ¡lo otro...! No sé qué hacer al respecto. Y tengo que tomar una decisión pronto».

«¿Cuál es el problema?»

Ackroyd permaneció en silencio durante un minuto o dos. Parecía curiosamente reacio a empezar. Cuando finalmente habló, la pregunta que hizo fue una completa sorpresa. Fue lo último que esperaba.

«Sheppard, usted atendió a Ashley Ferrars en su última enfermedad, ¿verdad?»

«Sí, así fue».

Parecía encontrar aún mayor dificultad para formular su siguiente pregunta.

«¿Nunca sospechó... se le pasó alguna vez por la cabeza... que... bueno, que podría haber sido envenenado?»

Me quedé en silencio un minuto o dos. Luego tomé una decisión sobre qué decir. Roger Ackroyd no era Caroline.

«Le diré la verdad —dije—. En aquel momento no tuve ninguna sospecha, pero desde entonces... bueno, fueron meras habladurías de mi hermana lo que primero me metió la idea en la cabeza. Desde entonces no he podido quitármela. Pero, fíjese, no tengo ningún fundamento para esa sospecha».

«Fue envenenado», dijo Ackroyd.

Habló con una voz apagada y pesada.

«¿Por quién?», pregunté bruscamente.

«Por su esposa».

«¿Cómo lo sabe?»

«Ella misma me lo dijo».

«¿Cuándo?»

«¡Ayer! ¡Dios mío! ¡Ayer! Parece que hace diez años».

Esperé un minuto, y luego continuó.

«Entienda, Sheppard, que le cuento esto en confianza. No debe ir más lejos. Quiero su consejo... no puedo llevar todo el peso yo solo. Como he dicho hace un momento, no sé qué hacer».

«¿Puede contarme toda la historia?», dije. «Sigo a oscuras. ¿Cómo llegó la señora Ferrars a hacerle esta confesión?»

«Es así. Hace tres meses le pedí a la señora Ferrars que se casara conmigo. Se negó. Se lo pedí de nuevo y aceptó, pero se negó a permitirme hacer público el compromiso hasta que cumpliera su año de luto. Ayer fui a visitarla, le señalé que habían transcurrido ya un año y tres semanas desde la muerte de su marido, y que no podía haber más objeciones para hacer público el compromiso. Había notado que se había comportado de forma muy extraña durante algunos días. Ahora, de repente, sin el menor aviso, se derrumbó por completo. Ella... me lo contó todo. Su odio por su marido, un bruto, su creciente amor por mí, y los... los terribles medios que había empleado. ¡Veneno! Dios mío. Fue un asesinato a sangre fría».

Vi la repulsión, el horror, en el rostro de Ackroyd. Así que la señora Ferrars debió verlo. Ackroyd no es el tipo de gran amante que puede perdonarlo todo por amor. Es fundamentalmente un buen ciudadano. Todo lo que era sano, íntegro y respetuoso de la ley en él debió haberse alejado totalmente de ella en aquel momento de revelación.

«Sí —continuó con voz baja y monótona—, lo confesó todo. Parece que hay una persona que lo supo desde el principio, que la ha estado chantajeando por enormes sumas. Fue la tensión de eso lo que la llevó casi a la locura».

«¿Quién era el hombre?»

De repente, ante mis ojos surgió la imagen de Ralph Paton y la señora Ferrars lado a lado. Sus cabezas tan juntas. Sentí un latido momentáneo de ansiedad. Suponiendo... ¡oh!, pero seguramente eso era imposible. Recordé la franqueza del saludo de Ralph aquella misma tarde. ¡Absurdo!

«No quiso decirme su nombre», dijo Ackroyd lentamente. «De hecho, en realidad no dijo que fuera un hombre. Pero, por supuesto...»

«Por supuesto —coincidí—. Debe haber sido un hombre. ¿Y no tiene ninguna sospecha?»

Como respuesta, Ackroyd gimió y dejó caer la cabeza entre las manos.

«No puede ser», dijo. «Estoy loco incluso por pensar en tal cosa. No, ni siquiera le admitiré la salvaje sospecha que cruzó mi mente. Sin embargo, le diré esto: algo que dijo me hizo pensar que la persona en cuestión podría estar realmente entre mi servicio, pero eso no puede ser así. Debo haberla malinterpretado».

«¿Qué le dijo usted?», pregunté.

«¿Qué podía decir? Ella vio, por supuesto, el terrible impacto que había supuesto para mí. Y luego estaba la cuestión, ¿cuál era mi deber en este asunto? Me había convertido, verá, en cómplice después del hecho. Creo que ella vio todo eso más rápido que yo. Yo estaba aturdido, sabe. Me pidió veinticuatro horas; me hizo prometer que no haría nada hasta que terminara ese plazo. Y se negó rotundamente a darme el nombre del sinvergüenza que la había estado chantajeando. Supongo que temía que yo fuera directamente a darle una paliza, y entonces el asunto habría ardido por completo en lo que a ella respectaba. Me dijo que tendría noticias suyas antes de que pasaran las veinticuatro horas. ¡Dios mío! Le juro, Sheppard, que nunca pasó por mi cabeza lo que ella pretendía hacer. ¡Suicidarse! Y yo la empujé a ello».

«No, no», dije yo. «No adopte una visión exagerada de las cosas. La responsabilidad de su muerte no recae sobre sus hombros».

«La cuestión es, ¿qué debo hacer ahora? La pobre dama ha muerto. ¿Por qué remover los problemas del pasado?»

«Más bien estoy de acuerdo con usted», dije.

«Pero hay otro punto. ¿Cómo puedo echarle el guante a ese sinvergüenza que la llevó a la muerte tan seguramente como si la hubiera matado él? Sabía del primer crimen y se aferró a él como algún buitre obsceno. Ella ha pagado la pena. ¿Va a quedar él impune?»

«Ya veo», dije lentamente. «¿Quiere darle caza? Eso supondrá mucha publicidad, sabe».

«Sí, he pensado en eso. He zigzagueado de un lado a otro en mi mente».

«Estoy de acuerdo con usted en que el villano debe ser castigado, pero hay que calcular el coste».

Ackroyd se levantó y caminó de un lado a otro. Poco después, se hundió de nuevo en el sillón.

«Mire, Sheppard, supongamos que lo dejamos así. Si no llegan noticias suyas, dejaremos que las cosas muertas descansen».

«¿Qué quiere decir con noticias suyas?», pregunté con curiosidad.

«Tengo la impresión más absoluta de que, en algún lugar o de alguna manera, debe haberme dejado un mensaje antes de irse. No puedo discutir sobre ello, pero ahí está».

Negué con la cabeza.

«No dejó carta ni palabra de ningún tipo. Pregunté».

«Sheppard, estoy convencido de que lo hizo. Y más aún, tengo el presentimiento de que, al elegir deliberadamente la muerte, quería que todo saliera a la luz, aunque solo fuera para vengarse del hombre que la llevó a la desesperación. Creo que si hubiera podido verla entonces, me habría dicho su nombre y me habría pedido que fuera a por él con todas mis fuerzas».

Me miró.

«¿No cree en las impresiones?»

«Oh, sí, las creo, en cierto sentido. Si, como usted dice, llegaran noticias suyas...»

Me interrumpí. La puerta se abrió sin ruido y entró Parker con una bandeja en la que había algunas cartas.

«El correo de la tarde, señor», dijo, entregándole la bandeja a Ackroyd.

Luego recogió las tazas de café y se retiró.

Mi atención, desviada por un momento, volvió a Ackroyd. Estaba mirando como un hombre convertido en piedra un largo sobre azul. Las otras cartas las había dejado caer al suelo.

«Su letra», dijo en un susurro. «Debe haber salido y haberla echado al correo anoche, justo antes de... antes de...»

Rasgó el sobre y extrajo un grueso contenido. Luego levantó la vista bruscamente.

«¿Está seguro de que cerró la ventana?», dijo.

«Completamente seguro», dije, sorprendido. «¿Por qué?»

«Toda esta tarde he tenido la extraña sensación de estar siendo observado, espiado. ¿Qué es eso...?»

Se giró bruscamente. Yo también. Ambos tuvimos la impresión de oír el pestillo de la puerta ceder ligeramente. Fui hacia ella y la abrí. No había nadie.

«Los nervios», murmuró Ackroyd para sí mismo.

Desplegó las gruesas hojas de papel y leyó en voz alta en voz baja:

«*Querido, mi queridísimo Roger: Una vida exige una vida. Lo veo; lo vi en tu rostro esta tarde. Así que tomo el único camino que me queda abierto. Te dejo a ti el castigo de la persona que ha hecho de mi vida un infierno en la tierra durante el último año. No quise decirte el nombre esta tarde, pero me propongo escribírtelo ahora. No tengo hijos ni parientes cercanos a quienes ahorrar el dolor, así que no temas a la publicidad. Si puedes, Roger, mi queridísimo Roger, perdóname el daño que pretendía hacerte, ya que, cuando llegó el momento, no pude hacerlo después de todo...*»

Ackroyd, con el dedo sobre la hoja para pasarla, se detuvo.

«Sheppard, perdóneme, pero debo leer esto a solas», dijo con voz inestable. «Estaba destinado a mis ojos, y solo a mis ojos».

Puso la carta en el sobre y la dejó sobre la mesa.

«Más tarde, cuando esté solo».

«No», grité impulsivamente, «léala ahora».

Ackroyd me miró con cierta sorpresa.

«Le pido disculpas», dije, poniéndome rojo. «No quiero decir que me la lea en voz alta. Pero léala mientras yo todavía estoy aquí».

Ackroyd negó con la cabeza.

«No, prefiero esperar».

Pero por alguna razón, oscura para mí mismo, continué instándole.

«Al menos, lea el nombre del hombre», dije.

Ahora bien, Ackroyd es esencialmente testarudo. Cuanto más le instas a hacer algo, más decidido está a no hacerlo. Todos mis argumentos fueron en vano.

La carta había llegado a las nueve menos veinte. Eran casi las nueve menos diez cuando le dejé, con la carta aún sin leer. Dudé con la mano en el pomo de la puerta, mirando hacia atrás y preguntándome si me había dejado algo por hacer. No se me ocurrió nada. Con un movimiento de cabeza, salí y cerré la puerta tras de mí.

Me sorprendió ver la figura de Parker cerca. Parecía avergonzado, y se me ocurrió que podría haber estado escuchando tras la puerta.

Qué cara tan gorda, presumida y aceitosa tenía el hombre, y sin duda había algo decididamente esquivo en su mirada.

«El señor Ackroyd no quiere ser molestado bajo ningún concepto», dije con frialdad. «Me ha dicho que se lo dijera».

«Muy bien, señor. Me... me pareció oír sonar el timbre».

Esta fue una mentira tan palpable que no me molesté en responder. Precediéndome al vestíbulo, Parker me ayudó con el abrigo y salí a la noche. La luna estaba cubierta y todo parecía muy oscuro y silencioso. El reloj de la iglesia del pueblo dio las nueve cuando pasé por las puertas de la portería. Giré a la izquierda hacia el pueblo y casi choco con un hombre que venía en dirección contraria.

«¿Es este el camino a Fernly Park, caballero?», preguntó el extraño con voz ronca.

Lo miré. Llevaba un sombrero calado hasta los ojos y el cuello del abrigo subido. Podía ver poco o nada de su cara, pero parecía un tipo joven. La voz era áspera y poco educada.

«Estas son las puertas de la portería», dije.

«Gracias, caballero». Hizo una pausa y luego añadió, innecesariamente: «Verá, soy un extraño en estas partes».

Continuó su camino, pasando por las puertas mientras yo me giraba para mirarlo.

Lo curioso es que su voz me recordaba a la de alguien que conocía, pero no se me ocurría de quién.

Diez minutos después estaba de nuevo en casa. Caroline estaba llena de curiosidad por saber por qué había vuelto tan pronto. Tuve que inventar un relato ligeramente ficticio de la velada para satisfacerla, y tuve la incómoda sensación de que ella veía a través del transparente artificio.

A las diez me levanté, bostecé y sugerí ir a dormir. Caroline accedió.

Era viernes por la noche, y los viernes por la noche doy cuerda a los relojes. Lo hice como de costumbre, mientras Caroline se aseguraba de que los criados hubieran cerrado bien la cocina.

Eran las diez y cuarto cuando subimos las escaleras. Acababa de llegar a lo alto cuando sonó el teléfono en el vestíbulo de abajo.

«La señora Bates», dijo Caroline inmediatamente.

«Me temo que sí», dije con pesar.

Bajé las escaleras corriendo y descolgué el auricular.

«¿Qué?», dije. «¿Qué? Por supuesto, iré de inmediato».

Subí las escaleras, cogí mi maletín y metí algunos apósitos adicionales.

«Parker al teléfono», grité a Caroline, «desde Fernly. Acaban de encontrar a Roger Ackroyd asesinado».

CAPÍTULO V

ASESINATO

Saqué el coche en un abrir y cerrar de ojos y conduje rápidamente hacia Fernly. Al saltar fuera, tiré del timbre con impaciencia. Hubo cierta demora en responder, y volví a llamar.

Entonces oí el traqueteo de la cadena y Parker, con la impasibilidad de su rostro totalmente imperturbable, se quedó en la puerta abierta.

Pasé a empujones junto a él hacia el vestíbulo.

«¿Dónde está?», exigí bruscamente.

«¿Disculpe, señor?»

«Su amo. El señor Ackroyd. No se quede ahí mirándome, hombre. ¿Ha avisado a la policía?»

«¿A la policía, señor? ¿Ha dicho a la policía?», Parker me miró como si yo fuera un fantasma.

«¿Qué le pasa, Parker? Si, como dice, su amo ha sido asesinado...»

Un jadeo escapó de Parker.

«¿El amo? ¿Asesinado? ¡Imposible, señor!»

Me tocó a mí mirar fijamente.

«¿No me ha telefoneado hace cinco minutos para decirme que habían encontrado al señor Ackroyd asesinado?»

«¿Yo, señor? ¡Oh, no, en absoluto, señor! No soñaría con hacer tal cosa».

«¿Quiere decir que es todo una farsa? ¿Que no le ocurre nada al señor Ackroyd?»

«Disculpe, señor, ¿la persona que llamó utilizó mi nombre?»

«Le diré las palabras exactas que oí: “¿Es el doctor Sheppard? Habla Parker, el mayordomo de Fernly. Por favor, venga inmediatamente, señor. El señor Ackroyd ha sido asesinado”».

Parker y yo nos miramos inexpresivos.

«Una broma muy cruel, señor», dijo al fin, en tono escandalizado. «Imagínese decir algo así».

«¿Dónde está el señor Ackroyd?», pregunté de repente.

«Todavía en el estudio, supongo, señor. Las señoras se han ido a dormir y el mayor Blunt y el señor Raymond están en la sala de billar».

«Creo que echaré un vistazo y le veré un minuto», dije. «Sé que no quería ser molestado de nuevo, pero esta extraña broma pesada me ha dejado inquieto. Solo quiero asegurarme de que está bien».

«Por supuesto, señor. A mí también me hace sentir muy inquieto. Si no le importa que le acompañe hasta la puerta, señor...»

«En absoluto», dije. «Vamos».

Pasé por la puerta de la derecha, con Parker pisándome los talones, crucé el pequeño vestíbulo donde una pequeña escalera conducía arriba al dormitorio de Ackroyd, y llamé a la puerta del estudio.

No hubo respuesta. Gire el pomo, pero la puerta estaba cerrada con llave.

«Permítame, señor», dijo Parker.

Con gran agilidad, para un hombre de su corpulencia, se puso de rodillas y aplicó el ojo a la cerradura.

«La llave está en la cerradura, señor», dijo, levantándose. «Por dentro. El señor Ackroyd debe haberse encerrado y posiblemente se haya quedado dormido».

Me incliné y verifiqué la declaración de Parker.

«Parece estar bien», dije, «pero, aun así, Parker, voy a despertar a su amo. No me quedaré tranquilo al volver a casa sin oír de sus propios labios que está perfectamente».

Dicho esto, sacudí el pomo y grité: «¡Ackroyd, Ackroyd, un minuto!».

Pero seguía sin haber respuesta. Miré por encima del hombro.

«No quiero alarmar a la casa», dije con vacilación.

Parker cruzó y cerró la puerta que daba al vestíbulo grande por el que habíamos venido.

«Creo que así estará bien, señor. La sala de billar está al otro lado de la casa, al igual que las dependencias de la cocina y los dormitorios de las señoras».

Asentí con comprensión. Luego golpeé una vez más frenéticamente la puerta y, agachándome, grité a través de la cerradura:

«¡Ackroyd, Ackroyd! Soy Sheppard. Déjeme entrar».

Y aún así, el silencio. Ni rastro de vida dentro de la habitación cerrada. Parker y yo nos miramos.

«Mire, Parker», dije, «voy a tirar esta puerta abajo... o mejor dicho, lo haremos nosotros. Asumo la responsabilidad».

«Si usted lo dice, señor», dijo Parker, bastante dudoso.

«Lo digo. Estoy seriamente preocupado por el señor Ackroyd».

Miré alrededor del pequeño vestíbulo y cogí una pesada silla de roble. Parker y yo la sostuvimos entre ambos y avanzamos hacia el asalto. Una, dos y tres veces la lanzamos contra la cerradura. Al tercer golpe cedió, y entramos tambaleándonos en la habitación.

Ackroyd estaba sentado tal como lo había dejado en el sillón frente al fuego. Su cabeza había caído hacia un lado y, claramente visible, justo debajo del cuello de su abrigo, había una brillante pieza de metal retorcido.

Parker y yo avanzamos hasta quedar sobre la figura yacente. Oí al mayordomo contener el aliento con un siseo agudo.

«Apuñalado por la espalda», murmuró. «¡Horrible!»

Se secó la frente húmeda con el pañuelo y luego alargó la mano con cautela hacia la empuñadura del puñal.

«No debe tocar eso», dije bruscamente. «Vaya inmediatamente al teléfono y llame a la comisaría. Infórmeles de lo que ha sucedido. Luego avise al señor Raymond y al mayor Blunt».

«Muy bien, señor».

Parker se apresuró a marcharse, secándose aún la frente sudorosa.

Hice lo poco que había que hacer. Tuve cuidado de no alterar la posición del cuerpo y de no tocar el puñal en absoluto. No se ganaba nada moviéndolo. Ackroyd llevaba claramente muerto algún tiempo.

Entonces oí la voz del joven Raymond, horrorizada e incrédula, fuera.

«¿Qué dice? ¡Oh, imposible! ¿Dónde está el médico?»

Apareció impetuosamente en el umbral, luego se detuvo en seco, con el rostro muy pálido. Una mano lo apartó y Hector Blunt entró tras él en la habitación.

«¡Dios mío!», dijo Raymond desde detrás de él; «es verdad, entonces».

Blunt siguió adelante hasta llegar al sillón. Se inclinó sobre el cuerpo y pensé que, al igual que Parker, iba a agarrar la empuñadura del puñal. Lo retiré con una mano.

«No se debe mover nada», expliqué. «La policía debe verlo exactamente como está ahora».

Blunt asintió con comprensión instantánea. Su rostro seguía tan inexpresivo como siempre, pero creí detectar signos de emoción bajo la máscara impasible. Geoffrey Raymond se había unido a nosotros y estaba observando el cuerpo por encima del hombro de Blunt.

«Esto es terrible», dijo en voz baja.

Había recuperado la compostura, pero mientras se quitaba el quevedos que solía llevar y los limpiaba, observé que le temblaba la mano.

«Robo, supongo», dijo. «¿Cómo entró el tipo? ¿Por la ventana? ¿Se han llevado algo?»

Se dirigió al escritorio.

«¿Cree que es un robo?», dije lentamente.

«¿Qué otra cosa podría ser? Supongo que no es un suicidio, ¿verdad?»

«Nadie podría apuñalarse de esa manera», dije con confianza. «Es asesinato, sin duda. ¿Pero con qué motivo?»

«Roger no tenía ni un enemigo en el mundo», dijo Blunt con calma. «Deben haber sido ladrones. Pero, ¿qué buscaba el ladrón? ¿No parece que nada esté desordenado?»

Miró alrededor de la habitación. Raymond seguía clasificando los papeles del escritorio.

«No parece que falte nada, y ninguno de los cajones muestra señales de haber sido forzado», observó finalmente el secretario. «Es muy misterioso».

Blunt hizo un ligero movimiento con la cabeza.

«Hay algunas cartas en el suelo aquí», dijo.

Miré hacia abajo. Tres o cuatro cartas seguían donde Ackroyd las había dejado caer al principio de la velada.

Pero el sobre azul que contenía la carta de la señora Ferrars había desaparecido. Abrí la boca para hablar, pero en ese momento el sonido de un timbre resonó por toda la casa. Hubo un murmullo confuso de voces en el vestíbulo y, entonces, apareció Parker con nuestro inspector local y un agente de policía.

«Buenas noches, caballeros», dijo el inspector. «¡Siento terriblemente esto! Un caballero tan bueno y amable como el señor Ackroyd. El mayordomo dice que es asesinato. ¿Alguna posibilidad de accidente o suicidio, doctor?»

«Ninguna en absoluto», dije.

«Ah. Un asunto grave».

Se acercó y se quedó sobre el cuerpo.

«¿Se ha movido algo?», preguntó bruscamente.

«Aparte de asegurarme de que la vida se había extinguido —una tarea sencilla—, no he alterado el cuerpo de ninguna manera».

«¡Ah! Y todo apunta a que el asesino ha escapado limpiamente... por el momento, claro. Bien, cuéntenme todo sobre esto. ¿Quién encontró el cuerpo?»

Expliqué las circunstancias con cuidado.

«¿Un mensaje telefónico, dice? ¿Del mayordomo?»

«Un mensaje que yo nunca envié», declaró Parker con seriedad. «No me he acercado al teléfono en toda la noche. Los demás pueden confirmar que no lo he hecho».

«Muy extraño. ¿Le sonó a la voz de Parker, doctor?»

«Bueno... no podría decir que me fijara. Lo di por sentado, verá».

«Naturalmente. Bien, llegó aquí, tiró la puerta abajo y encontró al pobre señor Ackroyd así. ¿Cuánto tiempo diría que lleva muerto, doctor?»

«Media hora como mínimo; tal vez más», dije.

«¿La puerta estaba cerrada por dentro, dice? ¿Qué hay de la ventana?»

«Yo mismo la cerré y eché el cerrojo al principio de la velada, a petición del señor Ackroyd».

El inspector se dirigió hacia ella y descorrió las cortinas.

«Bueno, está abierta ahora, de todos modos», observó.

Efectivamente, la ventana estaba abierta, con la hoja inferior levantada hasta su máxima extensión.

El inspector sacó una linterna de bolsillo y la pasó a lo largo del alféizar exterior.

«Por aquí es por donde salió, está claro», observó, «y por donde entró. Mire aquí».

A la luz de la potente linterna, se podían ver varias huellas claramente definidas. Parecían ser las de zapatos con tacos de goma en las suelas. Una, particularmente clara, apuntaba hacia adentro; otra, ligeramente superpuesta, apuntaba hacia afuera.

«Más claro que el agua», dijo el inspector. «¿Falta algún objeto de valor?»

Geoffrey Raymond negó con la cabeza.

«No que podamos descubrir. El señor Ackroyd nunca guardaba nada de particular valor en esta habitación».

«H’m», dijo el inspector. «El hombre encontró una ventana abierta. Trepó, vio al señor Ackroyd sentado allí... tal vez se había quedado dormido. El hombre lo apuñaló por la espalda, luego perdió los nervios y huyó. Pero ha dejado sus huellas bastante claras. Deberíamos poder echarle el guante sin mucha dificultad. ¿Ha habido algún extraño sospechoso merodeando por algún sitio?»

«¡Oh!», dije de repente.

«¿Qué sucede, doctor?»

«Me encontré con un hombre esta tarde, justo cuando salía por la puerta. Me preguntó el camino a Fernly Park».

«¿A qué hora sería eso?»

«Justo a las nueve. Oí sonar la hora cuando salía por la puerta».

«¿Puede describirlo?»

Lo hice lo mejor que pude.

El inspector se volvió hacia el mayordomo.

«¿Alguien que responda a esa descripción vino a la puerta principal?»

«No, señor. Nadie ha venido a la casa en toda la noche».

«¿Y por la parte de atrás?»

«No lo creo, señor, pero haré averiguaciones».

Se movió hacia la puerta, pero el inspector levantó una mano grande.

«No, gracias. Yo mismo haré mis averiguaciones. Pero, antes de nada, quiero fijar la hora con un poco más de claridad. ¿Cuándo fue la última vez que vieron vivo al señor Ackroyd?»

«Probablemente yo», dije, «cuando me fui a eso de... veamos, a eso de las nueve menos diez. Me dijo que no deseaba ser molestado, y le repetí la orden a Parker».

«Exacto, señor», dijo Parker respetuosamente.

«El señor Ackroyd estaba ciertamente vivo a las nueve y media», intervino Raymond, «pues oí su voz aquí dentro hablando».

«¿Con quién estaba hablando?»

«Eso no lo sé. Por supuesto, en ese momento di por sentado que era el doctor Sheppard quien estaba con él. Quería hacerle una pregunta sobre unos papeles en los que estaba trabajando, pero al oír las voces recordé que había dicho que quería hablar con el doctor Sheppard sin ser molestado, y me marché de nuevo. ¿Pero ahora parece que el doctor ya se había ido?»

Asentí.

«Estaba en casa a las nueve y cuarto», dije. «No volví a salir hasta que recibí la llamada telefónica».

«¿Quién pudo haber estado con él a las nueve y media?», inquirió el inspector. «No fue usted, señor... ¿eh...?»

«El mayor Blunt», dije.

«¿El mayor Hector Blunt?», preguntó el inspector, con un tono de respeto asomando en su voz.

Blunt se limitó a sacudir la cabeza afirmativamente.

«Creo que ya le hemos visto por aquí antes, señor», dijo el inspector. «No le reconocí por el momento, pero usted estuvo alojado con el Sr. Ackroyd el año pasado, por mayo».

«Junio», corrigió Blunt.

«Exacto, junio fue. Ahora, como iba diciendo, ¿no fue usted quien estuvo con el Sr. Ackroyd a las nueve y media de esta noche?»

Blunt sacudió la cabeza.

«No le vi después de la cena», se ofreció a decir.

El inspector se volvió una vez más hacia Raymond.

«Usted no escuchó nada de la conversación que mantenían, ¿verdad, señor?»

«Solo capté un fragmento», dijo el secretario, «y, suponiendo como supuse que era el Dr. Sheppard quien estaba con el Sr. Ackroyd, ese fragmento me pareció claramente extraño. Hasta donde puedo recordar, las palabras exactas fueron estas. El Sr. Ackroyd estaba hablando. “Las exigencias sobre mi bolsillo han sido tan frecuentes últimamente” —eso es lo que decía— “últimamente, que me temo que me resulta imposible acceder a su petición...”. Me alejé de inmediato, por supuesto, así que no oí nada más. Pero me sorprendió bastante porque el Dr. Sheppard...»

«...No pide préstamos para sí mismo ni suscripciones para otros», terminé yo.

«Una demanda de dinero», dijo el inspector pensativo. «Puede que aquí tengamos una pista muy importante». Se volvió hacia el mayordomo. «¿Dice usted, Parker, que nadie entró por la puerta principal esta noche?»

«Eso es lo que digo, señor».

«Entonces parece casi seguro que el propio Sr. Ackroyd debió de admitir a este desconocido. Pero no veo muy claro...»

El inspector se quedó sumido en una especie de ensueño durante unos minutos.

«Una cosa está clara», dijo finalmente, despertando de su abstracción. «El Sr. Ackroyd estaba vivo y bien a las nueve y media. Ese es el último momento en el que se sabe que estuvo con vida».

Parker soltó una tos de disculpa que atrajo inmediatamente la mirada del inspector.

«¿Bueno?», dijo bruscamente.

«Si me permite, señor, la señorita Flora le vio después de eso».

«¿La señorita Flora?»

«Sí, señor. Sería alrededor de las diez menos cuarto. Fue después de eso que me dijo que no se debía molestar más al Sr. Ackroyd esta noche».

«¿Le envió ella a usted con ese mensaje?»

«No exactamente, señor. Yo llevaba una bandeja con soda y whisky cuando la señorita Flora, que justo salía de esta habitación, me detuvo y dijo que su tío no quería ser molestado».

El inspector miró al mayordomo con bastante más atención de la que le había dedicado hasta ahora.

«Ya le habían dicho que el Sr. Ackroyd no quería ser molestado, ¿verdad?»

Parker empezó a tartamudear. Sus manos temblaban.

«Sí, señor. Sí, señor. Así es, señor».

«¿Y aun así se proponía hacerlo?»

«Lo había olvidado, señor. O al menos, quiero decir, siempre llevo el whisky con soda a esa hora, señor, y pregunto si hay algo más, y pensé... bueno, estaba haciendo lo de siempre sin pensar».

Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de que Parker estaba sumamente nervioso y de forma sospechosa. El hombre temblaba y sufría espasmos por todo el cuerpo.

«Hm», dijo el inspector. «Debo ver a la señorita Ackroyd de inmediato. Por el momento dejaremos esta habitación exactamente como está. Puedo volver aquí después de haber escuchado lo que la señorita Ackroyd tiene que decirme. Solo tomaré la precaución de cerrar y echar el cerrojo a la ventana».

Cumplida esta precaución, nos guio hacia el vestíbulo y le seguimos. Hizo una pausa un momento mientras miraba hacia la pequeña escalera, luego habló por encima del hombro al agente.

«Jones, será mejor que se quede aquí. No deje que nadie entre en esa habitación».

Parker intervino con deferencia.

«Si me permite, señor. Si cerrara la puerta que da al vestíbulo principal, nadie podría acceder a esta parte. Esa escalera solo conduce al dormitorio y al baño del Sr. Ackroyd. No hay comunicación con la otra parte de la casa. Antaño hubo una puerta de paso, pero el Sr. Ackroyd la hizo tapiar. Le gustaba sentir que sus dependencias eran totalmente privadas».

Para aclarar las cosas y explicar la situación, he añadido un boceto rudimentario del ala derecha de la casa. La pequeña escalera conduce, como explicó Parker, a un gran dormitorio (resultado de unir dos habitaciones en una) y a un baño y aseo contiguos.

El inspector comprendió la situación de un vistazo. Pasamos al gran vestíbulo y él cerró la puerta tras nosotros, guardando la llave en su bolsillo. Luego dio al agente unas instrucciones en voz baja, y este se preparó para partir.

«Debemos ponernos manos a la obra con esas huellas de zapatos», explicó el inspector. «Pero, ante todo, debo hablar con la señorita Ackroyd. Ella fue la última persona en ver a su tío con vida. ¿Lo sabe ya?»

Raymond negó con la cabeza.

«Bueno, no hay necesidad de decírselo hasta dentro de cinco minutos. Podrá responder mejor a mis preguntas sin estar alterada por saber la verdad sobre su tío. Dígale que ha habido un robo y pregúntele si le importaría vestirse y bajar para responder a unas cuantas preguntas».

Fue Raymond quien subió las escaleras con este cometido.

«La señorita Ackroyd bajará en un minuto», dijo al regresar. «Le dije exactamente lo que usted sugirió».

En menos de cinco minutos Flora bajó la escalera. Estaba envuelta en un kimono de seda rosa pálido. Parecía ansiosa y excitada.

El inspector dio un paso adelante.

«Buenas noches, señorita Ackroyd», dijo cortésmente. «Tememos que ha habido un intento de robo y queremos que nos ayude. ¿Qué es esta habitación, el salón de billar? Pase y siéntese».

Flora se sentó con serenidad en el amplio diván que recorría la pared y miró al inspector.

«No entiendo muy bien. ¿Qué han robado? ¿Qué quiere que le diga?»

«Es solo esto, señorita Ackroyd. Parker dice que usted salió del despacho de su tío alrededor de las diez menos cuarto. ¿Es correcto?»

«Es correcto. Había ido a darle las buenas noches».

«¿Y la hora es exacta?»

«Bueno, debió de ser sobre esa hora. No puedo decirlo exactamente. Podría haber sido más tarde».

«¿Estaba su tío solo, o había alguien con él?»

«Estaba solo. El Dr. Sheppard ya se había ido».

«¿Se fijó por casualidad si la ventana estaba abierta o cerrada?»

Flora sacudió la cabeza.

«No podría decirlo. Las cortinas estaban echadas».

«Exacto. ¿Y su tío parecía estar como siempre?»

«Creo que sí».

«¿Le importaría decirnos exactamente qué ocurrió entre ustedes?»

Flora hizo una pausa un minuto, como para ordenar sus recuerdos.

«Entré y dije: “Buenas noches, tío, me voy a la cama. Estoy cansada esta noche”. Él soltó una especie de gruñido y... me acerqué y le besé, y dijo algo sobre lo bien que me quedaba el vestido que llevaba, y luego me dijo que me fuera porque estaba ocupado. Así que me fui».

«¿Pidió especialmente no ser molestado?»

«¡Oh! sí, lo había olvidado. Dijo: “Dile a Parker que no quiero nada más esta noche y que no me moleste”. Me encontré con Parker justo fuera de la puerta y le di el mensaje de mi tío».

«Ya veo», dijo el inspector.

«¿No va a decirme qué es lo que han robado?»

«No estamos... del todo seguros», dijo el inspector vacilante.

Una mirada de gran alarma apareció en los ojos de la joven. Se levantó de un salto.

«¿Qué ocurre? ¿Me está ocultando algo?»

Moviéndose con su habitual discreción, Hector Blunt se interpuso entre ella y el inspector. Ella extendió la mano a medias y él la tomó con las suyas, dándole palmaditas como si fuera una niña pequeña, y ella se volvió hacia él como si algo en su porte sólido y rocoso prometiera consuelo y seguridad.

«Son malas noticias, Flora», dijo con calma. «Malas noticias para todos nosotros. Tu tío Roger...»

«¿Sí?»

«Será un shock para ti. Tiene que serlo. El pobre Roger ha muerto».

Flora se apartó de él, con los ojos dilatados por el horror.

«¿Cuándo?», susurró. «¿Cuándo?»

«Muy poco después de que le dejaras, me temo», dijo Blunt con gravedad.

Flora se llevó la mano a la garganta, soltó un pequeño grito y me apresuré a sujetarla antes de que cayera. Se había desmayado, y Blunt y yo la llevamos arriba y la acostamos en su cama. Luego hice que él despertara a la Sra. Ackroyd y le diera la noticia. Flora se recuperó pronto y llevé a su madre con ella, diciéndole qué debía hacer por la joven. Luego me apresuré a bajar de nuevo.

CAPÍTULO VI

EL DAGA TUNEZINA

Me encontré con el inspector saliendo de la puerta que conducía a la zona de la cocina.

«¿Cómo está la señorita, doctor?»

«Recuperándose bien. Su madre está con ella».

«Eso es bueno. He estado interrogando a los sirvientes. Todos declaran que nadie ha pasado por la puerta trasera esta noche. Su descripción de ese desconocido era bastante vaga. ¿No puede darnos algo más concreto sobre lo que trabajar?»

«Me temo que no», dije apenado. «Era una noche oscura, sabe, y el tipo llevaba el cuello del abrigo bien subido y el sombrero calado hasta los ojos».

«Hm», dijo el inspector. «Parecía como si quisiera ocultar su cara. ¿Está seguro de que no era nadie conocido?»

Respondí negativamente, pero no tan decididamente como podría haberlo hecho. Recordé mi impresión de que la voz del desconocido no me resultaba ajena. Se lo expliqué de forma bastante vacilante al inspector.

«¿Dice que era una voz áspera y sin educación?»

Asentí, pero se me ocurrió que la aspereza había tenido un tinte casi exagerado. Si, como pensaba el inspector, el hombre había querido ocultar su rostro, igualmente podría haber intentado disfrazar su voz.

«¿Le importa volver al despacho conmigo, doctor? Hay una o dos cosas que quiero preguntarle».

Asentí. El inspector Davis abrió la puerta del vestíbulo, pasamos y él volvió a cerrar la puerta tras nosotros.

«No queremos ser molestados», dijo con severidad. «Y tampoco queremos escuchas indiscretas. ¿Qué es todo esto del chantaje?»

«¡Chantaje!», exclamé, muy sobresaltado.

«¿Es un producto de la imaginación de Parker? ¿O hay algo de verdad en ello?»

«Si Parker oyó algo sobre chantaje», dije lentamente, «debe de haber estado escuchando fuera de esta puerta con la oreja pegada a la cerradura».

Davis asintió.

«No hay nada más probable. Verá, he estado haciendo algunas averiguaciones sobre lo que Parker ha estado haciendo esta noche. A decir verdad, no me gustó su actitud. El hombre sabe algo. Cuando empecé a interrogarle, se asustó y soltó una historia confusa sobre un chantaje».

Tomé una decisión instantánea.

«Me alegra bastante que haya sacado el tema», dije. «He estado tratando de decidir si ser franco o no. Ya prácticamente había decidido contárselo todo, pero iba a esperar a una oportunidad favorable. Puede tenerlo ahora».

Y allí mismo narré todos los acontecimientos de la noche tal como los he dejado escritos aquí. El inspector escuchó con atención, intercalando ocasionalmente alguna pregunta.

«La historia más extraordinaria que he oído jamás», dijo cuando terminé. «¿Y dice que esa carta ha desaparecido por completo? Se ve mal... se ve muy mal, en efecto. Nos da lo que hemos estado buscando: un móvil para el asesinato».

Asentí.

«Me doy cuenta de ello».

«¿Dice usted que el Sr. Ackroyd insinuó una sospecha que tenía de que algún miembro de su casa estaba implicado? "Casa" es un término bastante elástico».

«¿No cree usted que el propio Parker podría ser el hombre que buscamos?», sugerí.

«Tiene toda la pinta. Estaba obviamente escuchando tras la puerta cuando usted salió. Luego la señorita Ackroyd se lo encontró más tarde con la intención de entrar en el despacho. Digamos que lo intentó de nuevo cuando ella estuvo fuera de peligro. Apuñaló a Ackroyd, cerró la puerta por dentro, abrió la ventana, salió por allí y fue a dar la vuelta a una puerta lateral que había dejado abierta previamente. ¿Qué le parece?»

«Solo hay una cosa en contra», dije lentamente. «Si Ackroyd siguió leyendo esa carta tan pronto como salí, como pretendía hacer, no le veo sentado ahí dándole vueltas a las cosas en su cabeza durante otra hora. Habría llamado a Parker de inmediato, le habría acusado ahí mismo y se habría armado un buen alboroto. Recuerde, Ackroyd era un hombre de genio colérico».

«Quizás no tuvo tiempo de seguir con la carta en ese momento», sugirió el inspector. «Sabemos que alguien estuvo con él a las nueve y media. Si ese visitante apareció tan pronto como usted salió, y después de que se fuera, la señorita Ackroyd entró a dar las buenas noches... bueno, no habría podido seguir con la carta hasta cerca de las diez».

«¿Y la llamada telefónica?»

«Parker la envió perfectamente; quizás antes de pensar en la puerta cerrada y la ventana abierta. Luego cambió de opinión —o entró en pánico— y decidió negar todo conocimiento de ello. Fue eso, confíe en mí».

«Sí...», dije bastante dudoso.

«De todos modos, podemos averiguar la verdad sobre la llamada telefónica en la centralita. Si se hizo desde aquí, no veo cómo alguien más que Parker pudo haberla enviado. Dependa de eso, él es nuestro hombre. Pero manténgalo en secreto; no queremos alarmarle todavía, hasta que tengamos todas las pruebas. Me aseguraré de que no se nos escape. Por todas las apariencias, nos concentraremos en su misterioso desconocido».

Se levantó de donde había estado sentado a horcajadas sobre la silla del escritorio y se acercó a la forma inmóvil en el sillón.

«El arma debería darnos una pista», comentó, mirando hacia arriba. «Es algo bastante único; un objeto de curiosidad, supongo, por su aspecto».

Se inclinó, examinando el mango atentamente, y le oí soltar un gruñido de satisfacción. Entonces, con mucha cautela, presionó sus manos por debajo de la empuñadura y sacó la hoja de la herida. Manteniéndola todavía de forma que no tocara el mango, la colocó en una ancha taza de porcelana que adornaba la repisa de la chimenea.

«Sí», dijo, asintiendo hacia ella. «Toda una obra de arte. No debe haber muchas de estas por ahí».

Era, en efecto, un objeto hermoso. Una hoja estrecha y afilada, y una empuñadura de metales intrincadamente entrelazados de curiosa y cuidadosa factura. Tocó la hoja con cuidado con el dedo, probando su filo, e hizo una mueca de apreciación.

«Dios, qué filo», exclamó. «Un niño podría clavársela a un hombre; tan fácil como cortar mantequilla. Un tipo de juguete peligroso para tener por ahí».

«¿Puedo examinar el cuerpo adecuadamente ahora?», pregunté.

Él asintió.

«Adelante».

Hice un examen exhaustivo.

«¿Y bien?», dijo el inspector cuando terminé.

«Le ahorraré el lenguaje técnico», dije. «Lo reservaremos para la investigación forense. El golpe fue propinado por un hombre diestro que estaba detrás de él, y la muerte debió de ser instantánea. Por la expresión del rostro del difunto, diría que el golpe fue totalmente inesperado. Probablemente murió sin saber quién era su agresor».

«Los mayordomos pueden moverse con pies tan sigilosos como los gatos», dijo el inspector Davis. «No va a haber mucho misterio en este crimen. Eche un vistazo a la empuñadura de esa daga».

Eché el vistazo.

«Me atrevería a decir que no son evidentes para usted, pero yo puedo verlas bastante claras». Bajó la voz. «¡Huellas dactilares!»

Se alejó unos pasos para juzgar el efecto.

«Sí», dije suavemente. «Lo supuse».

No veo por qué se supone que debo carecer totalmente de inteligencia. Después de todo, leo novelas de detectives y los periódicos, y soy un hombre de una capacidad bastante corriente. Si hubiera habido marcas de dedos de los pies en el mango de la daga, ahora, eso habría sido algo completamente diferente. Entonces habría mostrado cualquier cantidad de sorpresa y asombro.

Creo que al inspector le molestó que me negara a entusiasmarme. Recogió la taza de porcelana y me invitó a acompañarle al salón de billar.

«Quiero ver si el Sr. Raymond puede decirnos algo sobre esta daga», explicó.

Cerrando la puerta exterior tras nosotros de nuevo, nos dirigimos al salón de billar, donde encontramos a Geoffrey Raymond. El inspector levantó su hallazgo.

«¿Ha visto esto alguna vez, Sr. Raymond?»

«Vaya... creo... estoy casi seguro de que es una curiosidad que el mayor Blunt regaló al Sr. Ackroyd. Proviene de Marruecos... no, de Túnez. ¿Así que el crimen se cometió con eso? Qué cosa tan extraordinaria. Parece casi imposible, y sin embargo, difícilmente podría haber dos dagas iguales. ¿Puedo ir a buscar al mayor Blunt?»

Sin esperar respuesta, se apresuró a salir.

«Buen joven ese», dijo el inspector. «Hay algo honesto e ingenuo en él».

Estuve de acuerdo. En los dos años que Geoffrey Raymond lleva siendo secretario de Ackroyd, nunca le he visto alterado o fuera de sí. Y ha sido, lo sé, un secretario de lo más eficiente.

En un minuto o dos, Raymond regresó, acompañado por Blunt.

«Tenía razón», dijo Raymond emocionado. «Es la daga tunecina».

«El mayor Blunt aún no la ha mirado», objetó el inspector.

«La vi en el momento en que entré en el despacho», dijo el hombre tranquilo.

«¿La reconoció entonces?»

Blunt asintió.

«No dijo nada al respecto», señaló el inspector con sospecha.

«Momento equivocado», dijo Blunt. «Mucho daño se hace soltando cosas en el momento inadecuado».

Devolvió la mirada del inspector con bastante placidez.

Este último gruñó al final y se dio la vuelta. Llevó la daga hacia Blunt.

«Está usted muy seguro, señor. ¿La identifica positivamente?»

«Absolutamente. Sin duda alguna».

«¿Dónde se guardaba habitualmente esta... eh... curiosidad? ¿Puede decírmelo, señor?»

Fue el secretario quien respondió.

«En la mesa de plata del salón».

«¿Qué?», exclamé.

Los demás me miraron.

«¿Sí, doctor?», dijo el inspector animándome.

«No es nada».

«¿Sí, doctor?», volvió a decir el inspector, aún más animado.

«Es tan trivial», expliqué con disculpa. «Solo que cuando llegué anoche para cenar, oí cerrar la tapa de la mesa de plata en el salón».

Vi un profundo escepticismo y un rastro de sospecha en el rostro del inspector.

«¿Cómo sabía que era la tapa de la mesa de plata?»

Me vi obligado a explicarlo con detalle; una explicación larga y tediosa que hubiera preferido infinitamente no tener que dar.

El inspector me escuchó hasta el final.

«¿Estaba la daga en su lugar cuando revisaba el contenido?», preguntó.

«No lo sé», dije. «No podría decir que recuerde haberla visto, pero, por supuesto, podría haber estado allí todo el tiempo».

«Será mejor que llamemos al ama de llaves», comentó el inspector, y tiró del cordón de la campana.

Unos minutos después, la señorita Russell, convocada por Parker, entró en la habitación.

«No creo haberme acercado a la mesa de plata», dijo cuando el inspector planteó su pregunta. «Estaba mirando que todas las flores estuvieran frescas. ¡Oh! sí, ahora recuerdo. La mesa de plata estaba abierta —lo cual no debería haber estado— y cerré la tapa al pasar».

Le miró de forma agresiva.

«Ya veo», dijo el inspector. «¿Puede decirme si esta daga estaba en su sitio entonces?»

La señorita Russell miró el arma con serenidad.

«No podría decirlo, estoy segura», respondió. «No me detuve a mirar. Sabía que la familia bajaría en cualquier momento y quería irme».

«Gracias», dijo el inspector.

Hubo un ligero rastro de vacilación en su actitud, como si hubiera querido interrogarla más, pero la señorita Russell aceptó claramente sus palabras como una despedida y se deslizó fuera de la habitación.

«Bastante fiera, me parece, ¿eh?», dijo el inspector, mirándola al irse. «A ver. Esta mesa de plata está delante de una de las ventanas, creo que dijo, doctor».

Raymond respondió por mí.

«Sí, la ventana de la izquierda».

«¿Y la ventana estaba abierta?»

«Ambas estaban entreabiertas».

«Bueno, no creo que necesitemos profundizar mucho más en la cuestión. Alguien —solo diré alguien— pudo obtener esa daga cuando quisiera, y exactamente cuándo la obtuvo no importa en lo más mínimo. Vendré por la mañana con el jefe de policía, Sr. Raymond. Hasta entonces, guardaré la llave de esa puerta. Quiero que el coronel Melrose vea todo exactamente como está. Resulta que sé que está cenando fuera, al otro lado del condado, y creo que se queda allí a pasar la noche...»

Observamos al inspector tomar el frasco.

«Tendré que empaquetar esto con cuidado», observó. «Va a ser una pieza de evidencia importante en más de un sentido».

Unos minutos más tarde, mientras salía de la sala de billar con Raymond, este último dejó escapar una risita de diversión.

Sentí la presión de su mano en mi brazo y seguí la dirección de sus ojos. El inspector Davis parecía estar invitando a Parker a dar su opinión sobre una pequeña agenda de bolsillo.

«Un poco obvio», murmuró mi acompañante. «Así que Parker es el sospechoso, ¿eh? ¿Deberíamos complacer al inspector Davis con un juego de nuestras huellas dactilares también?»

Tomó dos tarjetas de la bandeja, las limpió con su pañuelo de seda, luego me entregó una y tomó la otra él mismo. Después, con una sonrisa, se las entregó al inspector de policía.

«Souvenirs», dijo. «N.º 1, el Dr. Sheppard; N.º 2, mi humilde persona. Una del mayor Blunt estará disponible por la mañana».

La juventud es muy alegre. Ni siquiera el brutal asesinato de su amigo y empleador pudo apagar el espíritu de Geoffrey Raymond por mucho tiempo. Quizás así deba ser. No lo sé. Yo hace mucho que perdí la capacidad de resiliencia.

Era muy tarde cuando regresé, y esperaba que Caroline ya se hubiera ido a dormir. Debería haberlo sabido mejor.

Tenía chocolate caliente esperándome y, mientras lo bebía, me extrajo toda la historia de la velada. No dije nada sobre el asunto del chantaje, sino que me limité a darle los hechos del asesinato.

«La policía sospecha de Parker», dije, mientras me ponía en pie y me preparaba para subir a dormir. «Parece haber un caso bastante claro contra él».

«¡Parker!», dijo mi hermana. «¡Tonterías! Ese inspector debe ser un completo idiota. ¡Parker, vaya! No me digas».

Con ese oscuro pronunciamiento, subimos a dormir.

CAPÍTULO VII

APRENDO LA PROFESIÓN DE MI VECINO

A la mañana siguiente me apresuré imperdonablemente en mi ronda. Mi excusa puede ser que no tenía casos muy graves que atender. A mi regreso, Caroline salió al vestíbulo para saludarme.

«Flora Ackroyd está aquí», anunció en un susurro emocionado.

«¿Qué?»

Oculté mi sorpresa lo mejor que pude.

«Está muy ansiosa por verte. Lleva aquí media hora».

Caroline nos condujo a nuestra pequeña sala de estar y yo la seguí.

Flora estaba sentada en el sofá junto a la ventana. Iba de negro y se sentaba retorciéndose las manos con nerviosismo. Me impactó ver su rostro. Todo el color se le había desvanecido. Pero cuando habló, su actitud era tan serena y resuelta como fuera posible.

«Dr. Sheppard, he venido a pedirle que me ayude».

«Por supuesto que te ayudará, querida», dijo Caroline.

No creo que Flora realmente deseara que Caroline estuviera presente en la entrevista. Estoy seguro de que habría preferido infinitamente hablar conmigo en privado. Pero también quería no perder tiempo, así que sacó lo mejor de la situación.

«Quiero que venga a The Larches conmigo».

«¿The Larches?», pregunté, sorprendido.

«¿A ver a ese hombrecillo tan extraño?», exclamó Caroline.

«Sí. Saben quién es, ¿verdad?»

«Nos imaginábamos», dije, «que podría ser un peluquero jubilado».

Los ojos azules de Flora se abrieron de par en par.

«¡Pero si es Hercule Poirot! Saben a quién me refiero, el detective privado. Dicen que ha hecho las cosas más maravillosas, justo como los detectives en los libros. Hace un año se retiró y vino a vivir aquí. El tío sabía quién era, pero prometió no decírselo a nadie, porque el Sr. Poirot quería vivir tranquilamente sin ser molestado por la gente».

«Así que eso es quien es», dije lentamente.

«Han oído hablar de él, por supuesto».

«Soy un poco anticuado, como dice Caroline», dije, «pero acabo de oír hablar de él».

«¡Extraordinario!», comentó Caroline.

No sé a qué se refería; posiblemente a su propio fracaso para descubrir la verdad.

«¿Quieres ir a verlo?», pregunté lentamente. «¿Y por qué?»

«Para que investigue este asesinato, por supuesto», dijo Caroline bruscamente. «No seas tan estúpido, James».

En realidad no estaba siendo estúpido. Caroline no siempre entiende a dónde quiero llegar.

«¿No tienes confianza en el inspector Davis?», continué.

«Claro que no la tiene», dijo Caroline. «Yo tampoco».

Cualquiera habría pensado que era el tío de Caroline el que había sido asesinado.

«¿Y cómo sabes que aceptaría el caso?», pregunté. «Recuerda que se ha retirado del trabajo activo».

«Ese es precisamente el punto», dijo Flora con sencillez. «Tengo que convencerlo».

«¿Estás segura de que haces lo correcto?», pregunté con gravedad.

«Por supuesto que sí», dijo Caroline. «Yo misma iré con ella si quiere».

«Preferiría que el doctor viniera conmigo si no le importa, Srta. Sheppard», dijo Flora.

Ella conoce el valor de ser directa en ciertas ocasiones. Cualquier insinuación ciertamente habría sido un desperdicio con Caroline.

«Verá», explicó, siguiendo la franqueza con tacto, «como el Dr. Sheppard es el médico y fue quien encontró el cuerpo, podría darle todos los detalles al Sr. Poirot».

«Sí», dijo Caroline a regañadientes, «entiendo eso».

Di un par de vueltas por la habitación.

«Flora», dije con gravedad, «déjate guiar por mí. Te aconsejo que no arrastres a este detective al caso».

Flora se puso en pie de un salto. El color subió a sus mejillas.

«Sé por qué dice eso», gritó. «Pero es exactamente por esa razón que estoy tan ansiosa por ir. ¡Tiene miedo! Pero yo no. Conozco a Ralph mejor que usted».

«Ralph», dijo Caroline. «¿Qué tiene que ver Ralph con esto?»

Ninguno de los dos le prestó atención.

«Ralph puede ser débil», continuó Flora. «Puede haber hecho cosas estúpidas en el pasado, incluso cosas malvadas, pero no asesinaría a nadie».

«No, no», exclamé. «Nunca pensé tal cosa de él».

«¿Entonces por qué fue a Three Boars anoche?», exigió Flora, «de camino a casa, ¿después de que encontraran el cuerpo del tío?»

Me quedé momentáneamente en silencio. Había esperado que esa visita mía pasara desapercibida.

«¿Cómo te enteraste de eso?», contraataqué.

«Fui allí esta mañana», dijo Flora. «Me enteré por los sirvientes de que Ralph se alojaba allí...»

La interrumpí.

«¿No tenías idea de que estaba en King's Abbot?»

«No. Estaba asombrada. No podía entenderlo. Fui allí y pregunté por él. Me dijeron, lo que supongo que le dijeron a usted anoche, que salió alrededor de las nueve de la tarde de ayer y... y nunca regresó».

Sus ojos se encontraron con los míos desafiantes, y como si respondiera a algo en mi mirada, soltó:

«Bueno, ¿por qué no debería hacerlo? Podría haber ido a cualquier parte. Incluso puede haberse ido de regreso a Londres».

«¿Dejando su equipaje atrás?», pregunté con delicadeza.

Flora golpeó el suelo con el pie.

«No me importa. Debe haber una explicación sencilla».

«¿Y por eso quieres ir a ver a Hercule Poirot? ¿No es mejor dejar las cosas como están? Recuerda que la policía no sospecha de Ralph en absoluto. Están trabajando en una línea completamente distinta».

«Pero ese es justamente el punto», gritó la joven. «Sí sospechan de él. Un hombre de Cranchester apareció esta mañana, el inspector Raglan, un hombrecito horrible y astuto. Descubrí que había estado en Three Boars esta mañana antes que yo. Me contaron todo sobre su visita y las preguntas que había hecho. Debe pensar que Ralph lo hizo».

«Eso es un cambio de opinión respecto a anoche, si es así», dije lentamente. «¿Entonces no cree en la teoría de Davis de que fue Parker?»

«Parker, vaya», dijo mi hermana, y resopló.

Flora dio un paso adelante y puso su mano en mi brazo.

«¡Oh! Dr. Sheppard, vayamos de inmediato a ver a este Sr. Poirot. Él descubrirá la verdad».

«Mi querida Flora», dije con suavidad, poniendo mi mano sobre la suya. «¿Estás completamente segura de que es la verdad lo que queremos?»

Ella me miró, asintiendo con la cabeza gravemente.

«Usted no está seguro», dijo. «Yo sí. Conozco a Ralph mejor que usted».

«Por supuesto que no lo hizo él», dijo Caroline, que había permanecido en silencio con gran dificultad. «Ralph puede ser un derrochador, pero es un chico encantador y tiene los modales más amables».

Quise decirle a Caroline que un gran número de asesinos han tenido modales amables, pero la presencia de Flora me contuvo. Como la chica estaba decidida, me vi obligado a ceder y salimos de inmediato, marchándonos antes de que mi hermana pudiera disparar más pronunciamientos comenzando con sus palabras favoritas: «Por supuesto».

Una anciana con un inmenso gorro bretón nos abrió la puerta de The Larches. Al parecer, el Sr. Poirot estaba en casa.

Nos hicieron pasar a una pequeña sala de estar dispuesta con precisión formal, y allí, tras un minuto o algo así, mi amigo de ayer se nos acercó.

«Monsieur le docteur», dijo sonriendo. «Mademoiselle».

Hizo una reverencia a Flora.

«Quizás», comencé, «haya oído hablar de la tragedia que ocurrió anoche».

Su rostro se volvió grave.

«Pero ciertamente que he oído. Es horrible. Ofrezco a mademoiselle toda mi simpatía. ¿En qué puedo servirles?»

«La Srta. Ackroyd», dije, «quiere que usted... que usted...»

«Que encuentre al asesino», dijo Flora con voz clara.

«Ya veo», dijo el hombrecillo. «¿Pero la policía hará eso, no es así?»

«Podrían cometer un error», dijo Flora. «Creo que están en camino de cometer un error ahora mismo. Por favor, Sr. Poirot, ¿no nos ayudará? Si... si es una cuestión de dinero...»

Poirot levantó la mano.

«Eso no, se lo ruego, mademoiselle. No es que no me importe el dinero». Sus ojos mostraron un brillo momentáneo. «El dinero, significa mucho para mí y siempre lo ha hecho. No, si me meto en esto, debe entender una cosa con claridad. Llegaré hasta el final. ¡Recuerde, el buen perro no abandona el rastro! Puede que desee, después de todo, haberlo dejado en manos de la policía local».

«Quiero la verdad», dijo Flora, mirándolo directamente a los ojos.

«¿Toda la verdad?»

«Toda la verdad».

«Entonces acepto», dijo el hombrecillo con calma. «Y espero que no se arrepienta de esas palabras. Ahora, cuénteme todas las circunstancias».

«Será mejor que el Dr. Sheppard se lo cuente», dijo Flora. «Él sabe más que yo».

Así exhortado, me sumergí en una narrativa cuidadosa, incorporando todos los hechos que he expuesto anteriormente. Poirot escuchó atentamente, insertando una pregunta aquí y allá, pero en su mayor parte sentado en silencio, con los ojos fijos en el techo.

Terminé mi historia con la partida del inspector y la mía de Fernly Park la noche anterior.

«Y ahora», dijo Flora, cuando terminé, «cuéntele todo sobre Ralph».

Dudé, pero su mirada imperiosa me impulsó a continuar.

«¿Fue usted a esta posada, esta Three Boars, anoche de camino a casa?», preguntó Poirot, cuando hube terminado mi relato. «¿Y por qué exactamente fue eso?»

Hice una pausa un momento para elegir mis palabras con cuidado.

«Pensé que alguien debería informar al joven de la muerte de su tío. Se me ocurrió después de haber dejado Fernly que posiblemente nadie más que yo y el Sr. Ackroyd sabíamos que se estaba alojando en el pueblo».

Poirot asintió.

«Muy bien. Ese fue su único motivo para ir allí, ¿eh?»

«Ese fue mi único motivo», dije con rigidez.

«¿No fue para... digamos... tranquilizarse usted mismo sobre ce jeune homme?»

«¿Tranquilizarme?»

«Creo, M. le docteur, que sabe muy bien lo que quiero decir, aunque finja no saberlo. Sugiero que habría sido un alivio para usted si hubiera descubierto que el capitán Paton había estado en casa toda la noche».

«En absoluto», dije bruscamente.

El pequeño detective negó con la cabeza con gravedad.

«Usted no tiene la confianza en mí que tiene la señorita Flora», dijo. «Pero no importa. Lo que tenemos que mirar es esto: el capitán Paton ha desaparecido, bajo circunstancias que requieren una explicación. No le ocultaré que el asunto parece grave. Aún así, puede admitir una explicación perfectamente sencilla».

«¡Eso es exactamente lo que no paro de decir!», gritó Flora con entusiasmo.

Poirot no volvió a tocar ese tema. En su lugar, sugirió una visita inmediata a la policía local. Pensó que era mejor que Flora regresara a casa y que yo fuera quien lo acompañara allí y lo presentara al oficial a cargo del caso.

Llevamos a cabo este plan de inmediato. Encontramos al inspector Davis fuera de la comisaría con un aspecto muy sombrío, en efecto. Con él estaba el coronel Melrose, el jefe de policía, y otro hombre a quien, por la descripción de Flora de «astuto», no tuve dificultad en reconocer como el inspector Raglan de Cranchester.

Conozco bastante bien a Melrose, así que le presenté a Poirot y le expliqué la situación. El jefe de policía estaba claramente molesto, y el inspector Raglan lucía tan oscuro como un trueno. Davis, sin embargo, parecía ligeramente animado por ver el disgusto de su oficial superior.

«El caso va a ser claro como el agua», dijo Raglan. «No hay la menor necesidad de que aficionados vengan a entrometerse. Uno pensaría que cualquier idiota habría visto cómo estaban las cosas anoche, y entonces no habríamos perdido doce horas».

Dirigió una mirada vengativa al pobre Davis, quien la recibió con total estoicismo.

«La familia del Sr. Ackroyd, por supuesto, debe hacer lo que considere oportuno», dijo el coronel Melrose. «Pero no podemos permitir que la investigación oficial se vea obstaculizada de ninguna manera. Conozco la gran reputación del Sr. Poirot, por supuesto», añadió con cortesía.

«La policía no puede hacerse publicidad, qué mala suerte», dijo Raglan.

Fue Poirot quien salvó la situación.

«Es cierto que me he retirado del mundo», dijo. «Nunca tuve la intención de retomar un caso de nuevo. Sobre todas las cosas, tengo horror a la publicidad. Debo rogar que, en el caso de que pueda contribuir en algo a la solución del misterio, mi nombre no sea mencionado».

El rostro del inspector Raglan se iluminó un poco.

«He oído hablar de algunos éxitos muy notables suyos», observó el coronel, suavizándose.

«He tenido mucha experiencia», dijo Poirot con calma. «Pero la mayoría de mis éxitos han sido obtenidos con la ayuda de la policía. Admiro enormemente a su policía inglesa. Si el inspector Raglan me permite ayudarle, me sentiré honrado y halagado».

El semblante del inspector se volvió aún más amable.

El coronel Melrose me llevó a un lado.

«Por todo lo que oigo, este hombrecito ha hecho cosas realmente notables», murmuró. «Estamos naturalmente ansiosos por no tener que llamar a Scotland Yard. Raglan parece muy seguro de sí mismo, pero no estoy del todo convencido de estar de acuerdo con él. Verá, yo... eh... conozco a las partes involucradas mejor que él. Este hombre no parece buscar fama, ¿verdad? Trabajará con nosotros discretamente, ¿eh?»

«Para mayor gloria del inspector Raglan», dije solemnemente.

«Bien, bien», dijo el coronel Melrose con alegría en un tono más alto, «debemos ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos, Sr. Poirot».

«Se lo agradezco», dijo Poirot. «Mi amigo, el Dr. Sheppard, ¿mencionó algo acerca de que el mayordomo era sospechoso?»

«Eso son patrañas», dijo Raglan al instante. «Estos sirvientes de clase alta entran en tal pánico que actúan de forma sospechosa por nada en absoluto».

«¿Las huellas dactilares?», insinué.

«Nada parecido a las de Parker». Lanzó una leve sonrisa y añadió: «Y las suyas y las del Sr. Raymond tampoco encajan, doctor».

«¿Qué hay de las del capitán Ralph Paton?», preguntó Poirot con calma.

Sentí una admiración secreta por la forma en que tomó al toro por los cuernos. Vi una mirada de respeto aparecer en los ojos del inspector.

«Veo que no deja que la hierba crezca bajo sus pies, Sr. Poirot. Será un placer trabajar con usted, estoy seguro. Vamos a tomar las huellas dactilares de ese joven caballero tan pronto como podamos echarle mano».

«No puedo evitar pensar que está equivocado, inspector», dijo el coronel Melrose con calidez. «Conozco a Ralph Paton desde que era un niño. Nunca se rebajaría a asesinar».

«Quizás no», dijo el inspector sin tono.

«¿Qué tiene en su contra?», pregunté.

«Salió justo a las nueve de anoche. Fue visto en las inmediaciones de Fernly Park alrededor de las nueve y media. No ha sido visto desde entonces. Se cree que está en serias dificultades financieras. Tengo aquí un par de sus zapatos, zapatos con tacos de goma. Tenía dos pares, casi exactamente iguales. Voy a subir ahora mismo para compararlos con esas huellas. El agente está allí arriba asegurándose de que nadie las toque».

«Iremos de inmediato», dijo el coronel Melrose. «Usted y el Sr. Poirot nos acompañarán, ¿no es así?»

Asentimos y todos fuimos en el coche del coronel. El inspector estaba ansioso por llegar de inmediato a las huellas y pidió que nos dejaran en la portería. Aproximadamente a mitad de camino, a la derecha, un sendero se desviaba hacia la terraza y la ventana del despacho de Ackroyd.

«¿Le gustaría ir con el inspector, Sr. Poirot?», preguntó el jefe de policía, «¿o preferiría examinar el despacho?»

Poirot eligió esta última alternativa. Parker nos abrió la puerta. Su actitud era presumida y deferente, y parecía haberse recuperado de su pánico de la noche anterior.

El coronel Melrose tomó una llave de su bolsillo y, abriendo la puerta que conducía al vestíbulo, nos hizo pasar al despacho.

«Excepto por la retirada del cuerpo, Sr. Poirot, esta habitación está exactamente como estaba anoche».

«¿Y el cuerpo fue encontrado... dónde?»

Con la mayor precisión posible, describí la posición de Ackroyd. El sillón todavía estaba frente a la chimenea.

Poirot fue y se sentó en él.

«La carta azul de la que habla, ¿dónde estaba cuando usted salió de la habitación?»

«El Sr. Ackroyd la había dejado en esta mesita a su derecha».

Poirot asintió.

«Excepto por eso, ¿todo estaba en su lugar?»

«Sí, creo que sí».

«Coronel Melrose, ¿sería tan extremadamente amable de sentarse en esta silla un minuto? Se lo agradezco. Ahora, M. le docteur, ¿sería tan amable de indicarme la posición exacta de la daga?»

Lo hice, mientras el hombrecillo permanecía en el umbral.

«La empuñadura de la daga era claramente visible desde la puerta entonces. ¿Tanto usted como Parker pudieron verla de inmediato?»

«Sí».

Poirot fue después a la ventana.

«La luz eléctrica estaba encendida, por supuesto, cuando descubrió el cuerpo», preguntó por encima del hombro.

Asentí y me uní a él donde estaba estudiando las marcas en el alféizar de la ventana.

«Los tacos de goma son del mismo patrón que los de los zapatos del capitán Paton», dijo con calma.

Luego volvió una vez más al centro de la habitación. Su ojo recorrió el entorno, escudriñando todo con una mirada rápida y entrenada.

«¿Es usted un hombre de buena observación, Dr. Sheppard?», preguntó por fin.

«Eso creo», dije, sorprendido.

«Había fuego en la chimenea, veo. Cuando derribó la puerta y encontró al Sr. Ackroyd muerto, ¿cómo estaba el fuego? ¿Estaba bajo?»

Solté una risa molesta.

«Yo... realmente no puedo decir. No me fijé. Quizás el Sr. Raymond o el mayor Blunt...»

El hombrecillo frente a mí negó con la cabeza con una leve sonrisa.

«Uno siempre debe proceder con método. Cometí un error de juicio al preguntarle eso. A cada hombre su conocimiento. Usted podría decirme los detalles de la apariencia del paciente; nada de eso se le escaparía. Si quisiera información sobre los papeles en ese escritorio, el Sr. Raymond habría notado cualquier cosa que hubiera que ver. Para averiguar sobre el fuego, debo preguntar al hombre cuyo trabajo es observar tales cosas. ¿Me permite...?»

Se movió rápidamente hacia la chimenea y tocó el timbre.

Tras un minuto o dos, apareció Parker.

«Sonó el timbre, señor», dijo vacilante.

«Adelante, Parker», dijo el coronel Melrose. «Este caballero quiere preguntarle algo».

Parker transfirió una atención respetuosa a Poirot.

«Parker», dijo el hombrecillo, «cuando derribó la puerta con el Dr. Sheppard anoche y encontró a su amo muerto, ¿cuál era el estado del fuego?»

Parker respondió sin pausa.

«Se había quemado muy bajo, señor. Estaba casi apagado».

«¡Ah!», dijo Poirot. La exclamación sonó casi triunfante. Continuó:

«Mire a su alrededor, mi buen Parker. ¿Está esta habitación exactamente como estaba entonces?»

El ojo del mayordomo recorrió la habitación. Se detuvo en las ventanas.

«Las cortinas estaban cerradas, señor, y la luz eléctrica estaba encendida».

Poirot asintió con aprobación.

«¿Algo más?»

«Sí, señor, esta silla estaba un poco más hacia afuera».

Señaló un gran sillón a la izquierda de la puerta, entre ella y la ventana. Adjunto un plano de la habitación con la silla en cuestión marcada con una X.

«Muéstremelo», dijo Poirot.

| | | + / PEQUEÑA X ] | | | \ / MESA +---+ | | + | +++ | ||| +---+ SILLA EN LA QUE ___ | ||| ] | SE ENCONTRÓ A / \ | ||| +---+ ACKROYD MESA | | | ||| \___/ | ||| | ||| | +++ +---+ + | | ^ ] | SILLA EN LA QUE / \ | | | +---+ SE SENTÓ SHEPPARD / / + | | | / / | | | ESCRITORIO Y + / | | | CHIMENEA SILLA \ / | | +------------ + | +----------------------------------------+ ]

El mayordomo separó la silla en cuestión unos sesenta centímetros de la pared, girándola de modo que el asiento quedara frente a la puerta.

—Voilà ce qui est curieux —murmuró Poirot—. Nadie querría sentarse en una silla en semejante posición, me imagino. Ahora bien, ¿quién la volvió a colocar en su sitio, me pregunto? ¿Fue usted, amigo mío?

—No, señor —dijo Parker—. Estaba demasiado alterado por haber visto al amo y todo eso.

Poirot me miró.

—¿Fue usted, doctor?

Sacudí la cabeza.

—Ya estaba en su posición cuando llegué con la policía, señor —intervino Parker—. Estoy seguro de ello.

—Curioso —dijo Poirot de nuevo.

—Raymond o Blunt deben de haberla vuelto a colocar —sugerí—. ¿Acaso no es importante?

—Es completamente irrelevante —dijo Poirot—. Por eso es tan interesante —añadió en voz baja.

—Disculpen un minuto —dijo el coronel Melrose. Salió de la habitación con Parker.

—¿Cree que Parker dice la verdad? —pregunté.

—Sobre la silla, sí. Sobre el resto, no lo sé. Descubrirá, M. le docteur, si tiene mucho que ver con casos de esta naturaleza, que todos se parecen en una cosa.

—¿En qué? —pregunté con curiosidad.

—Todo aquel que está involucrado en ellos tiene algo que ocultar.

—¿Tengo yo algo que ocultar? —pregunté, sonriendo.

Poirot me miró atentamente.

—Creo que sí —dijo con calma.

—Pero...

—¿Me lo ha contado todo sobre este joven Paton? —Sonrió al ver que me ruborizaba—. ¡Oh!, no tema. No le presionaré. Me enteraré a su debido tiempo.

—Desearía que me contara algo de sus métodos —dije apresuradamente para ocultar mi confusión—. ¿El punto relativo al fuego, por ejemplo?

—¡Oh!, eso fue muy sencillo. Usted deja al Sr. Ackroyd a las... diez menos diez, ¿no es así?

—Sí, exactamente, diría yo.

—La ventana está entonces cerrada y echada la llave, y la puerta sin cerrar. A las diez y cuarto, cuando se descubre el cuerpo, la puerta está cerrada y la ventana abierta. ¿Quién la abrió? Claramente, solo el propio Sr. Ackroyd pudo haberlo hecho, y por una de estas dos razones: o porque la habitación se volvió insoportablemente calurosa (pero como el fuego estaba casi apagado y anoche hubo un brusco descenso de temperatura, esa no puede ser la razón), o porque admitió a alguien por allí. Y si admitió a alguien por allí, debe haber sido alguien muy conocido para él, ya que anteriormente se había mostrado inquieto respecto al tema de esa misma ventana.

—Suena muy sencillo —dije.

—Todo es sencillo, si se organizan los hechos metódicamente. Ahora nos preocupa la personalidad de la persona que estaba con él anoche a las nueve y media. Todo apunta a que fue el individuo admitido por la ventana, y aunque el Sr. Ackroyd fue visto con vida más tarde por la señorita Flora, no podemos acercarnos a la solución del misterio hasta que sepamos quién fue ese visitante. La ventana pudo haber quedado abierta tras su partida y así haber facilitado la entrada al asesino, o la misma persona pudo haber regresado una segunda vez. Ah, aquí está el coronel que regresa.

El coronel Melrose entró con aire animado.

—Esa llamada telefónica ha sido rastreada al fin —dijo—. No salió de aquí. Se hizo al Dr. Sheppard a las 10:15 de la noche desde una cabina pública en la estación de King's Abbot. Y a las 10:23 sale el correo nocturno hacia Liverpool.

CAPÍTULO VIII

EL INSPECTOR RAGLAN ESTÁ SEGURO

Nos miramos el uno al otro.

—Hará averiguaciones en la estación, por supuesto —dije.

—Naturalmente, pero no soy demasiado optimista sobre el resultado. Ya sabe cómo es esa estación.

Lo sabía. King's Abbot es una simple aldea, pero su estación resulta ser un nudo ferroviario importante. La mayoría de los grandes expresos paran allí, y los trenes se maniobran, se reordenan y se componen. Tiene dos o tres cabinas telefónicas públicas. A esa hora de la noche, tres trenes locales llegan uno tras otro para conectar con el expreso del norte, que entra a las 10:19 y sale a las 10:23. Todo el lugar es un hervidero, y las probabilidades de que una persona concreta sea vista llamando por teléfono o subiéndose al expreso son realmente muy escasas.

—¿Pero para qué llamar por teléfono? —preguntó Melrose—. Eso es lo que encuentro tan extraordinario. No parece haber rastro de lógica o razón en el asunto.

Poirot enderezó cuidadosamente un adorno de porcelana en una de las librerías.

—Esté seguro de que había una razón —dijo por encima del hombro.

—¿Pero qué razón podría ser?

—Cuando sepamos eso, lo sabremos todo. Este caso es muy curioso y muy interesante.

Había algo casi indescriptible en la forma en que pronunció esas últimas palabras. Sentí que observaba el caso desde un ángulo peculiar propio, y lo que él veía yo no podía ni imaginarlo.

Se dirigió a la ventana y se quedó allí, mirando hacia fuera.

—¿Dice usted, Dr. Sheppard, que eran las nueve cuando se encontró con ese desconocido fuera de la verja?

Hizo la pregunta sin darse la vuelta.

—Sí —respondí—. Oí al reloj de la iglesia dar la hora.

—¿Cuánto tiempo le llevaría llegar a la casa? ¿Llegar a esta ventana, por ejemplo?

—Cinco minutos a lo sumo. Dos o tres minutos únicamente si tomaba el sendero a la derecha del camino de entrada y venía directo aquí.

—Pero para hacer eso tendría que conocer el camino. ¿Cómo puedo explicarme? Significaría que ya había estado aquí antes, que conocía los alrededores.

—Es cierto —respondió el coronel Melrose.

—¿Podríamos averiguar, sin duda, si el Sr. Ackroyd recibió a algún desconocido durante la última semana?

—El joven Raymond podría decirnos eso —dije.

—O Parker —sugirió el coronel Melrose.

—Ou tous les deux —sugirió Poirot, sonriendo.

El coronel Melrose fue en busca de Raymond, y yo hice sonar la campanilla una vez más para llamar a Parker.

El coronel Melrose regresó casi de inmediato, acompañado por el joven secretario, a quien presentó a Poirot. Geoffrey Raymond estaba tan fresco y desenfadado como siempre. Parecía sorprendido y encantado de conocer a Poirot.

—No tenía idea de que hubiera estado viviendo entre nosotros de incógnito, M. Poirot —dijo—. Será un gran privilegio observarle trabajar... Hola, ¿qué es esto?

Poirot había estado de pie justo a la izquierda de la puerta. Ahora se apartó repentinamente, y vi que, mientras yo estaba de espaldas, debía de haber arrastrado rápidamente el sillón hasta dejarlo en la posición que Parker había indicado.

—¿Quiere que me siente en la silla mientras me hace un análisis de sangre? —preguntó Raymond con buen humor—. ¿Cuál es la idea?

—M. Raymond, esta silla fue apartada —así— anoche, cuando se encontró al Sr. Ackroyd asesinado. Alguien la volvió a poner en su sitio. ¿Fue usted?

La respuesta del secretario llegó sin un segundo de vacilación.

—No, la verdad es que no. Ni siquiera recuerdo que estuviera en esa posición, pero debe haberlo estado si usted lo dice. De cualquier modo, alguien más debe haberla vuelto a colocar en su sitio. ¿Habrán destruido una pista al hacerlo? ¡Qué mal!

—No tiene importancia —dijo el detective—. No tiene importancia alguna. Lo que realmente quiero preguntarle es esto, M. Raymond: ¿vino algún extraño a ver al Sr. Ackroyd durante esta última semana?

El secretario reflexionó durante un minuto o dos, frunciendo el ceño, y durante la pausa apareció Parker en respuesta a la llamada.

—No —dijo Raymond por fin—. No puedo recordar a nadie. ¿Puede usted, Parker?

—¿Perdone, señor?

—¿Algún extraño que viniera a ver al Sr. Ackroyd esta semana?

El mayordomo reflexionó un momento.

—Hubo un joven que vino el miércoles, señor —dijo al fin—. Entendí que era de parte de Curtis and Troute.

Raymond desestimó el dato con un gesto impaciente.

—¡Ah!, sí, recuerdo, pero ese no es el tipo de extraño al que se refiere este caballero. —Se volvió hacia Poirot—. El Sr. Ackroyd tuvo la idea de comprar un dictáfono —explicó—. Nos habría permitido terminar mucho más trabajo en menos tiempo. La firma en cuestión envió a su representante, pero no resultó nada. El Sr. Ackroyd no terminó de decidirse a comprarlo.

Poirot se volvió hacia el mayordomo.

—¿Puede describirme a este joven, mi buen Parker?

—Era de pelo rubio, señor, y bajo. Iba vestido muy pulcramente con un traje de sarga azul. Un joven muy presentable, señor, para su posición social.

Poirot se volvió hacia mí.

—El hombre que usted vio fuera de la verja, doctor, era alto, ¿no es así?

—Sí —dije—. Alrededor de un metro ochenta, diría yo.

—Entonces no hay nada en eso —declaró el belga—. Gracias, Parker.

El mayordomo se dirigió a Raymond.

—El Sr. Hammond acaba de llegar, señor —dijo—. Está ansioso por saber si puede ser de algún servicio, y le agradecería que pudiera hablar con usted.

—Iré ahora mismo —dijo el joven. Salió apresuradamente. Poirot miró inquisitivamente al jefe de policía.

—El abogado de la familia, M. Poirot —dijo este último.

—Es una época muy ocupada para este joven M. Raymond —murmuró M. Poirot—. Tiene aire de ser eficiente, ese.

—Creo que el Sr. Ackroyd lo consideraba un secretario de lo más capaz.

—Ha estado aquí... ¿cuánto tiempo?

—Justo dos años, me parece.

—Sus obligaciones las cumple con puntualidad. De eso estoy seguro. ¿De qué manera se divierte? ¿Es aficionado a le sport?

—Los secretarios particulares no tienen mucho tiempo para esas cosas —dijo el coronel Melrose, sonriendo—. Raymond juega al golf, creo. Y al tenis en verano.

—¿No asiste a los cursos... quiero decir, a las carreras de caballos?

—¿A carreras? No, no creo que le interesen las carreras.

Poirot asintió y pareció perder el interés. Echó un vistazo pausado por todo el estudio.

—He visto, creo, todo lo que hay que ver aquí.

Yo también miré alrededor.

—Si esas paredes pudieran hablar —murmuré.

Poirot negó con la cabeza.

—Una lengua no es suficiente —dijo—. Tendrían que tener también ojos y oídos. Pero no esté tan seguro de que estas cosas muertas —tocó la parte superior de la estantería al hablar— sean siempre mudas. A veces me hablan a mí... sillas, mesas... ¡tienen su mensaje!

Se alejó hacia la puerta.

—¿Qué mensaje? —exclamé—. ¿Qué le han dicho hoy?

Miró por encima del hombro y levantó una ceja con ironía.

—Una ventana abierta —dijo—. Una puerta cerrada. Una silla que aparentemente se movió sola. A las tres les digo: «¿Por qué?», y no encuentro respuesta.

Negó con la cabeza, hinchó el pecho y se quedó parpadeando ante nosotros. Parecía ridículamente lleno de su propia importancia. Me pasó por la cabeza la duda de si era realmente bueno como detective. ¿Se habría construido su gran reputación sobre una serie de golpes de suerte?

Creo que el mismo pensamiento debió ocurrírsele al coronel Melrose, pues frunció el ceño.

—¿Hay algo más que quiera ver, M. Poirot? —preguntó bruscamente.

—¿Quizás sería tan amable de mostrarme la mesa de plata de donde se tomó el arma? Después de eso, no abusaré más de su amabilidad.

Fuimos al salón, pero en el camino un agente interceptó al coronel, y tras una conversación murmurada, este último se disculpó y nos dejó solos. Le mostré a Poirot la mesa de plata, y tras levantar la tapa una o dos veces y dejarla caer, abrió la ventana y salió a la terraza. Le seguí.

El inspector Raglan acababa de doblar la esquina de la casa y venía hacia nosotros. Su rostro se veía serio y satisfecho.

—Ah, ahí está, M. Poirot —dijo—. Bueno, este no va a ser un caso difícil. Lo siento, también. Un buen joven que se ha desviado del camino.

El rostro de Poirot se ensombreció y habló con mucha suavidad.

—¿Me temo que no podré serle de mucha ayuda, entonces?

—La próxima vez, tal vez —dijo el inspector de forma conciliadora—. Aunque no tenemos asesinatos todos los días en este tranquilo rincón del mundo.

La mirada de Poirot adquirió un matiz de admiración.

—Ha sido usted de una rapidez maravillosa —observó—. ¿Cómo trabajó exactamente, si me permite preguntarlo?

—Ciertamente —dijo el inspector—. Para empezar, método. Eso es lo que siempre digo: ¡método!

—¡Ah! —exclamó el otro—. Esa es también mi consigna. Método, orden y las pequeñas células grises.

—¿Las células? —dijo el inspector, mirando fijamente.

—Las pequeñas células grises del cerebro —explicó el belga.

—Oh, por supuesto; bueno, supongo que todos las usamos.

—En mayor o menor grado —murmuró Poirot—. Y hay, además, diferencias de calidad. Luego está la psicología de un crimen. Uno debe estudiarla.

—¡Ah! —dijo el inspector—. ¿Le ha picado el gusanillo de todo ese rollo del psicoanálisis? Bueno, yo soy un hombre sencillo...

—La Sra. Raglan no estaría de acuerdo, estoy seguro —dijo Poirot, haciéndole una pequeña reverencia.

El inspector Raglan, un poco sorprendido, hizo una inclinación.

—No me entiende —dijo, sonriendo ampliamente—. Dios, cuánto cambia el idioma las cosas. Le estoy contando cómo me puse a trabajar. Antes que nada, método. El Sr. Ackroyd fue visto con vida por última vez a las diez menos cuarto por su sobrina, la señorita Flora Ackroyd. Ese es el hecho número uno, ¿no es así?

—Si usted lo dice.

—Bueno, lo es. A las diez y media, el médico de aquí dice que el Sr. Ackroyd lleva muerto al menos media hora. ¿Se mantiene en eso, doctor?

—Ciertamente —dije—. Media hora o más.

—Muy bien. Eso nos da exactamente un cuarto de hora en el que debe haberse cometido el crimen. Hago una lista de todos los que estaban en la casa y la voy repasando, anotando frente a sus nombres dónde estaban y qué hacían entre las 9:45 y las 10:00 p.m.

Le entregó una hoja de papel a Poirot. La leí por encima de su hombro. Decía lo siguiente, escrito con una letra pulcra:—

Major Blunt.—En la sala de billar con el Sr. Raymond. (Este último lo confirma.)

Sr. Raymond.—Sala de billar. (Véase arriba.)

_Sra. Ackroyd.—9:45 viendo la partida de billar. Se fue a la cama a las 9:55. (Raymond y Blunt la vieron subir la escalera.)_

_Srta. Ackroyd.—Fue directamente de la habitación de su tío a la planta de arriba. (Confirmado por Parker, también por la criada, Elsie Dale.)_

Servicio:—

_Parker.—Fue directamente a la despensa. (Confirmado por el ama de llaves, la Srta. Russell, quien bajó a hablarle de algo a las 9:47 y permaneció al menos diez minutos.)_

_Srta. Russell.—Como arriba. Habló con la criada, Elsie Dale, arriba a las 9:45._

_Ursula Bourne (camarera).—En su propia habitación hasta las 9:55. Luego en la sala del servicio._

Sra. Cooper (cocinera).—En la sala del servicio.

Gladys Jones (segunda criada).—En la sala del servicio.

_Elsie Dale.—Arriba en su dormitorio. Vista allí por la Srta. Russell y la Srta. Flora Ackroyd._

Mary Thripp (ayudante de cocina).—Sala del servicio.

—La cocinera lleva aquí siete años, la camarera dieciocho meses y Parker poco más de un año. Los demás son nuevos. Excepto por algo sospechoso sobre Parker, todos parecen estar bien.

—Una lista muy completa —dijo Poirot, devolviéndosela.— Estoy muy seguro de que Parker no cometió el asesinato —añadió seriamente.

—Eso opina mi hermana —intervine—. Y suele tener razón. Nadie prestó atención a mi interrupción.

—Eso descarta bastante eficazmente al servicio —continuó el inspector—. Ahora llegamos a un punto muy grave. La mujer de la portería, Mary Black, estaba cerrando las cortinas anoche cuando vio a Ralph Paton entrar por la verja y dirigirse hacia la casa.

—¿Está segura de eso? —pregunté bruscamente.

—Muy segura. Lo conoce bien de vista. Pasó muy rápido y se desvió por el sendero de la derecha, que es un atajo a la terraza.

—¿Y a qué hora fue eso? —preguntó Poirot, que se había sentado con el rostro impasible.

—Exactamente a las nueve y veinticinco —dijo el inspector seriamente.

Hubo un silencio. Luego el inspector volvió a hablar.

—Todo está bastante claro. Encaja sin fallos. A las nueve y veinticinco, el capitán Paton es visto pasando por la portería; a las nueve y media o poco más, el Sr. Geoffrey Raymond oye a alguien aquí pidiendo dinero y al Sr. Ackroyd negándose. ¿Qué sucede después? El capitán Paton sale por el mismo camino, por la ventana. Camina por la terraza, enfadado y frustrado. Llega a la ventana abierta del salón. Digamos que son las diez menos cuarto. La señorita Flora Ackroyd se está despidiendo de su tío. El mayor Blunt, el Sr. Raymond y la Sra. Ackroyd están en la sala de billar. El salón está vacío. Él entra furtivamente, toma la daga de la mesa de plata y regresa a la ventana del estudio. Se quita los zapatos, entra y... bueno, no necesito entrar en detalles. Luego sale otra vez y se marcha. No tuvo el valor de volver a la posada. Se dirige a la estación, llama desde allí...

—¿Por qué? —dijo Poirot suavemente.

Di un salto ante la interrupción. El hombrecillo estaba inclinado hacia delante. Sus ojos brillaban con una extraña luz verdosa.

Por un momento, el inspector Raglan quedó desconcertado por la pregunta.

—Es difícil decir exactamente por qué hizo eso —dijo por fin—. Pero los asesinos hacen cosas raras. Lo sabría si estuviera en la policía. Los más inteligentes cometen errores estúpidos a veces. Pero vamos, le mostraré esas huellas.

Le seguimos alrededor de la esquina de la terraza hasta la ventana del estudio. A una orden de Raglan, un agente de policía sacó los zapatos que habían sido obtenidos en la posada local.

El inspector los puso sobre las marcas.

—Son los mismos —dijo con confianza—. Es decir, no son el par exacto que hizo estas huellas. Se marchó con esos. Este es un par igual, pero más viejo; vea cómo están desgastados los tacos.

—¿Seguro que mucha gente usa zapatos con tacos de goma? —preguntó Poirot.

—Eso es así, por supuesto —dijo el inspector—. No le daría tanta importancia a las huellas si no fuera por todo lo demás.

—Un joven muy insensato, el capitán Ralph Paton —dijo Poirot pensativo—. Dejar tantas pruebas de su presencia.

—¡Ah!, bueno —dijo el inspector—, fue una noche seca y buena, sabe. No dejó huellas en la terraza ni en el sendero de grava. Pero, por desgracia para él, un manantial debe haber brotado hace poco al final del sendero que viene de la entrada. Mire aquí.

Un pequeño camino de grava se unía a la terraza a unos pocos metros de distancia. En un punto, a unos metros de su final, el suelo estaba húmedo y pantanoso. Cruzando esa zona húmeda había de nuevo huellas de pisadas, y entre ellas, las de los zapatos con tacos de goma.

Poirot siguió el camino un poco más, con el inspector a su lado.

—¿Notó las huellas de mujer? —dijo de repente.

El inspector se rió.

—Naturalmente. Pero varias mujeres diferentes han caminado por aquí, y hombres también. Es un atajo habitual hacia la casa, ya ve. Sería imposible clasificar todas las pisadas. Después de todo, son las que están en el alféizar de la ventana las que realmente importan.

Poirot asintió.

—No sirve de nada ir más lejos —dijo el inspector, cuando tuvimos a la vista el camino de entrada—. Aquí vuelve a ser todo grava, y está tan dura como puede estarlo.

Poirot volvió a asentir, pero sus ojos estaban fijos en una pequeña caseta de jardín, una especie de cenador superior. Estaba un poco a la izquierda del camino que teníamos delante, y un sendero de grava subía hasta él.

Poirot se demoró hasta que el inspector regresó hacia la casa. Entonces me miró.

—Debe haber sido enviado por el buen Dios para reemplazar a mi amigo Hastings —dijo con un brillo en los ojos—. Observo que no se aparta de mi lado. ¿Qué dice, Dr. Sheppard?, ¿investigamos ese cenador? Me interesa.

Se acercó a la puerta y la abrió. Dentro, el lugar estaba casi oscuro. Había uno o dos asientos rústicos, un equipo de croquet y algunas tumbonas plegadas.

Me sorprendió observar a mi nuevo amigo. Se había puesto de rodillas y gateaba por el suelo. De vez en cuando negaba con la cabeza como si no estuviera satisfecho. Finalmente, se sentó sobre sus talones.

—Nada —murmuró—. Bueno, quizá no era de esperar. Pero habría significado tanto...

Se interrumpió, poniéndose rígido de pies a cabeza. Luego, extendió la mano hacia una de las sillas rústicas. Desprendió algo de uno de sus lados.

—¿Qué es? —exclamé—. ¿Qué ha encontrado?

Él sonrió, abriendo la mano para que yo pudiera ver lo que descansaba en la palma: un trozo de cambray blanco y rígido.

Se lo quité, lo examiné con curiosidad y se lo devolví.

—¿Qué opina de esto, eh, mi amigo? —preguntó, observándome intensamente.

—Un trozo arrancado de un pañuelo —sugerí, encogiéndome de hombros.

Él hizo otro movimiento rápido y recogió una pequeña pluma; de ganso, por lo que parecía.

—¿Y eso? —exclamó triunfante—. ¿Qué opina de eso?

Solo me quedé mirando.

Se guardó la pluma en el bolsillo y volvió a mirar el trozo de tela blanca.

—¿Un fragmento de pañuelo? —reflexionó—. Quizá tenga razón. Pero recuerde esto: una buena lavandería no almidona un pañuelo.

Me hizo un gesto de triunfo con la cabeza y luego guardó el trozo cuidadosamente en su cartera.

CAPÍTULO IX

EL ESTANQUE DE LOS PECES DE COLORES

Regresamos juntos a la casa. No había rastro del inspector. Poirot se detuvo en la terraza y se quedó de espaldas a la casa, girando lentamente la cabeza de un lado a otro.

—Une belle propriété —dijo finalmente con tono de apreciación—. ¿Quién la hereda?

Sus palabras me dieron casi un vuelco. Es algo extraño, pero hasta ese momento la cuestión de la herencia no se me había pasado por la cabeza. Poirot me observó fijamente.

—Es una idea nueva para usted, ¿verdad? —dijo por fin—. No lo había pensado antes, ¿eh?

—No —dije con sinceridad—. Ojalá lo hubiera hecho.

Me miró de nuevo con curiosidad.

—Me pregunto qué quiere decir exactamente con eso —comentó pensativo—. ¡Ah! No —dijo cuando estaba a punto de hablar—. ¡Inutile! No me diría lo que realmente piensa.

—Todo el mundo tiene algo que ocultar —cité, sonriendo.

—Exactamente.

—¿Sigue creyendo eso?

—Más que nunca, mi amigo. Pero no es fácil ocultar cosas a Hercule Poirot. Él tiene el don de descubrirlo todo.

Bajó los escalones del jardín holandés mientras hablaba.

—Caminemos un poco —dijo por encima del hombro—. El aire es agradable hoy.

Le seguí. Me condujo por un sendero a la izquierda, cerrado por setos de tejo. Un paseo se abría camino por el centro, bordeado a ambos lados por parterres formales, y al final había una zona pavimentada y circular con un asiento y un estanque de peces de colores. En lugar de seguir el camino hasta el final, Poirot tomó otro que serpenteaba por la ladera de una colina arbolada. En un punto, los árboles habían sido talados y se había colocado un asiento. Sentado allí, se tenía una magnífica vista del paisaje y se podía mirar directamente hacia la zona pavimentada y el estanque de los peces.

—Inglaterra es muy hermosa —dijo Poirot, con la mirada perdida en el paisaje. Luego sonrió—. Y también lo son las chicas inglesas —añadió en tono más bajo—. Silencio, mi amigo, y mire la bonita escena que hay debajo de nosotros.

Fue entonces cuando vi a Flora. Caminaba por el sendero que acabábamos de dejar y tarareaba un pequeño fragmento de canción. Sus pasos eran más un baile que un caminar y, a pesar de su vestido negro, no había más que alegría en toda su actitud. Dio un repentino giro sobre las puntas de los pies y sus ropajes negros se balancearon. Al mismo tiempo, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

En ese momento, un hombre salió de entre los árboles. Era Hector Blunt.

La chica se sobresaltó. Su expresión cambió ligeramente.

—Qué susto me ha dado... no le había visto.

Blunt no dijo nada, simplemente se quedó mirándola durante un minuto o dos en silencio.

—Lo que me gusta de usted —dijo Flora, con un toque de malicia— es su conversación tan alegre.

Me pareció que Blunt se sonrojó bajo su bronceado. Su voz, cuando habló, sonaba diferente; tenía una curiosa especie de humildad.

—Nunca fui de hablar mucho. Ni siquiera cuando era joven.

—Eso fue hace mucho tiempo, supongo —dijo Flora con gravedad.

Capté el trasfondo de risa en su voz, pero no creo que Blunt lo hiciera.

—Sí —dijo con sencillez—, lo fue.

—¿Qué se siente al ser Matusalén? —preguntó Flora.

Esta vez la risa fue más evidente, pero Blunt seguía con una idea propia en la cabeza.

—¿Recuerda al tipo que le vendió su alma al diablo? ¿A cambio de volver a ser joven? Hay una ópera sobre eso.

—¿Fausto, quiere decir?

—Ese es el tipo. Una historia rara. Algunos lo haríamos si pudiéramos.

—Cualquiera diría que le chirrían las articulaciones al oírle hablar —exclamó Flora, medio molesta, medio divertida.

Blunt no dijo nada durante un par de minutos. Luego apartó la vista de Flora hacia el horizonte y observó, dirigiéndose a un tronco de árbol cercano, que ya iba siendo hora de volver a África.

—¿Va a otra expedición? ¿A cazar animales?

—Supongo. Normalmente lo hago, ya sabe... cazar animales, quiero decir.

—Usted cazó esa cabeza que hay en el vestíbulo, ¿no es así?

Blunt asintió. Luego soltó, poniéndose bastante rojo al hacerlo:

—¿Le interesan algunas pieles decentes en algún momento? Si es así, podría conseguírselas.

—¡Oh! Por favor, hágalo —exclamó Flora—. ¿De verdad lo hará? ¿No se olvidará?

—No me olvidaré —dijo Hector Blunt.

Añadió, en un repentino arrebato de comunicabilidad:

—Es hora de que me vaya. No sirvo para esta clase de vida. No tengo los modales necesarios. Soy un tipo rudo, no sirvo para la sociedad. Nunca recuerdo las cosas que se supone que uno debe decir. Sí, es hora de que me vaya.

—Pero no se irá ahora mismo —exclamó Flora—. No... no mientras estemos en medio de todo este problema. Oh, por favor. Si usted se va...

Se apartó un poco.

—¿Quieres que me quede? —preguntó Blunt.

Habló con calma, pero con total sencillez.

—Todos...

—Me refería a ti personalmente —dijo Blunt con franqueza.

Flora se dio la vuelta lentamente y se encontró con sus ojos.

—Quiero que te quedes —dijo—, si... si eso cambia algo.

—Lo cambia todo —dijo Blunt.

Hubo un momento de silencio. Se sentaron en el banco de piedra junto al estanque de los peces de colores. Parecía que ninguno de los dos sabía muy bien qué decir a continuación.

—Es... es una mañana tan hermosa —dijo Flora por fin—. Sabes, no puedo evitar sentirme feliz, a pesar... a pesar de todo. Supongo que eso es terrible, ¿verdad?

—Es muy natural —dijo Blunt—. No viste a tu tío hasta hace dos años, ¿verdad? No se puede esperar que estés muy afligida. Es mucho mejor no caer en la hipocresía.

—Tienes algo que reconforta mucho —dijo Flora—. Haces que las cosas sean sencillas.

—Las cosas suelen ser sencillas —dijo el cazador de caza mayor.

—No siempre —dijo Flora.

Su voz se había suavizado y vi que Blunt se giraba para mirarla, apartando sus ojos de (aparentemente) la costa de África para hacerlo. Evidentemente, dio su propia interpretación al cambio de tono de ella, pues dijo, al cabo de un minuto o dos, de una manera bastante abrupta:

—Dime, ya sabes, no debes preocuparte. Sobre ese joven, quiero decir. El inspector es un asno. Todo el mundo lo sabe... es totalmente absurdo pensar que él pudiera haberlo hecho. Alguien de fuera. Un ladrón. Esa es la única solución posible.

Flora se volvió para mirarlo.

—¿De verdad lo crees?

—¿Tú no? —dijo Blunt rápidamente.

—Yo... oh, sí, por supuesto.

Otro silencio, y entonces Flora estalló:

—Voy... te voy a decir por qué me sentía tan feliz esta mañana. Por muy insensible que te parezca, prefiero contártelo. Es porque ha estado aquí el abogado, el señor Hammond. Nos habló del testamento. El tío Roger me ha dejado veinte mil libras. Piensa en ello: veinte mil hermosas libras.

Blunt pareció sorprendido.

—¿Significa tanto para ti?

—¿Que si significa mucho para mí? Pues lo es todo. Libertad, vida, no tener que seguir planeando, ahorrando y mintiendo...

—¿Mintiendo? —dijo Blunt, interrumpiéndola bruscamente.

Flora pareció desconcertada por un momento.

—Ya sabes a lo que me refiero —dijo con inseguridad—. Fingir estar agradecida por todas las cosas horribles y usadas que te dan tus parientes ricos. Abrigos, faldas y sombreros del año pasado.

—No entiendo mucho de ropa de mujer; habría dicho que siempre ibas muy bien vestida.

—Pero me ha costado algo —dijo Flora en voz baja—. No hablemos de cosas horribles. Estoy tan feliz. Soy libre. Libre para hacer lo que quiera. Libre para no...

Se detuvo de repente.

—¿Para no qué? —preguntó Blunt rápidamente.

—Ya no me acuerdo. No es nada importante.

Blunt tenía un palo en la mano y lo hundió en el estanque, removiendo algo.

—¿Qué está haciendo, mayor Blunt?

—Hay algo brillante ahí abajo. Me preguntaba qué era; parece un broche de oro. Ahora he removido el barro y ha desaparecido.

—Quizá sea una corona —sugirió Flora—. Como la que vio Mélisande en el agua.

—Mélisande —dijo Blunt reflexivamente—, sale en una ópera, ¿verdad?

—Sí, parece que sabe mucho de óperas.

—La gente me lleva a veces —dijo Blunt con tristeza—. Una idea divertida de placer; es peor ruido que el que hacen los nativos con sus tambores.

Flora rió.

—Recuerdo a Mélisande —continuó Blunt—, se casó con un tipo lo suficientemente mayor para ser su padre.

Arrojó un pequeño trozo de piedra al estanque de los peces. Luego, cambiando de actitud, se volvió hacia Flora.

—Señorita Ackroyd, ¿puedo hacer algo? Con respecto a Paton, quiero decir. Sé lo terriblemente preocupada que debe estar.

—Gracias —dijo Flora con voz fría—. En realidad no hay nada que hacer. Ralph estará bien. He contratado al detective más maravilloso del mundo y va a averiguarlo todo.

Desde hacía algún tiempo me sentía incómodo con nuestra posición. No estábamos exactamente espiando, ya que los dos que estaban en el jardín de abajo solo tenían que levantar la cabeza para vernos. Sin embargo, debería haber llamado la atención sobre nuestra presencia mucho antes, si mi compañero no me hubiera presionado el brazo en señal de advertencia. Claramente, deseaba que me mantuviera en silencio.

Pero entonces se puso en pie con energía, aclarándose la garganta.

—Pido perdón —exclamó—. No puedo permitir que mademoiselle me colme así de elogios extravagantes sin llamar la atención sobre mi presencia. Dicen que el que escucha no oye nada bueno de sí mismo, pero ese no es el caso esta vez. Para ahorrarme los rubores, debo unirme a ustedes y disculparme.

Bajó apresuradamente por el camino, conmigo justo detrás, y se unió a los demás junto al estanque.

—Este es el señor Hercule Poirot —dijo Flora—. Supongo que habrá oído hablar de él.

Poirot hizo una inclinación.

—Conozco al mayor Blunt de oídas —dijo cortésmente—. Me alegra haberme encontrado con usted, monsieur. Necesito un poco de información que usted puede darme.

Blunt lo miró interrogante.

—¿Cuándo vio por última vez al señor Ackroyd con vida?

—En la cena.

—¿Y no vio ni oyó nada de él después de eso?

—No le vi. Oí su voz.

—¿Cómo fue eso?

—Salí a pasear por la terraza...

—Perdone, ¿a qué hora fue esto?

—Sobre las nueve y media. Estaba paseando de un lado a otro fumando delante de la ventana del salón. Oí a Ackroyd hablando en su despacho...

Poirot se inclinó y arrancó una hierba microscópica.

—Seguramente no podría oír voces en el despacho desde esa parte de la terraza —murmuró.

No estaba mirando a Blunt, pero yo sí, y para mi sorpresa, vi a este último sonrojarse.

—Fui hasta la esquina —explicó de mala gana.

—¡Ah! ¿De veras? —dijo Poirot.

De la manera más suave, dio a entender que quería saber más.

—Me pareció ver a una mujer desaparecer entre los arbustos. Solo un destello de blanco, ya sabe. Debo haberme equivocado. Fue mientras estaba de pie en la esquina de la terraza cuando oí la voz de Ackroyd hablando con ese secretario suyo.

—¿Hablando con el señor Geoffrey Raymond?

—Sí, eso es lo que supuse en aquel momento. Parece que me equivoqué.

—¿El señor Ackroyd no se dirigió a él por su nombre?

—Oh, no.

—Entonces, si me permite la pregunta, ¿por qué pensó...?

Blunt explicó con dificultad.

—Dí por sentado que sería Raymond, porque justo antes de que yo saliera, él había dicho que iba a llevarle unos papeles a Ackroyd. Nunca pensé que pudiera ser otra persona.

—¿Puede recordar cuáles fueron las palabras que oyó?

—Me temo que no. Algo bastante normal y sin importancia. Solo alcancé a oír un fragmento. Estaba pensando en otra cosa en ese momento.

—No tiene importancia —murmuró Poirot—. ¿Movió usted una silla contra la pared cuando entró en el despacho después de que se descubriera el cuerpo?

—¿Una silla? No, ¿por qué debería hacerlo?

Poirot se encogió de hombros, pero no respondió. Se volvió hacia Flora.

—Hay una cosa que me gustaría saber de usted, mademoiselle. Cuando estaba examinando las cosas de la mesa de plata con el doctor Sheppard, ¿estaba el puñal en su sitio o no?

Flora levantó la barbilla.

—El inspector Raglan me ha preguntado lo mismo —dijo con resentimiento—. Se lo he dicho a él y se lo diré a usted. Estoy completamente segura de que el puñal no estaba allí. Él cree que sí y que Ralph lo cogió más tarde, durante la noche. Y... y no me cree. Cree que lo digo para... para proteger a Ralph.

—¿Y no es así? —pregunté con gravedad.

Flora dio una patada al suelo.

—¡Usted también, doctor Sheppard! Oh, es demasiado.

Poirot hizo una maniobra de distracción con tacto.

—Es cierto lo que le oí decir, mayor Blunt. Hay algo que brilla en este estanque. Veamos si puedo alcanzarlo.

Se arrodilló junto al estanque, descubriéndose el brazo hasta el codo, y lo introdujo muy lentamente para no remover el fondo. Pero a pesar de todas sus precauciones, el barro se arremolinó y se vio obligado a sacar el brazo de nuevo con las manos vacías.

Contempló con pesar el barro en su brazo. Le ofrecí mi pañuelo, que aceptó con fervientes protestas de agradecimiento. Blunt miró su reloj.

—Casi es la hora de comer —dijo—. Será mejor que volvamos a la casa.

—¿Comerá con nosotros, señor Poirot? —preguntó Flora—. Me gustaría que conociera a mi madre. Ella... tiene mucho cariño a Ralph.

El hombrecillo se inclinó.

—Estaré encantado, mademoiselle.

—Y usted también se quedará, ¿verdad, doctor Sheppard?

Dudé.

—¡Oh, hágalo!

Quería hacerlo, así que acepté la invitación sin más preámbulos.

Nos dirigimos a la casa, con Flora y Blunt caminando delante.

—Qué pelo —dijo Poirot en voz baja, asintiendo hacia Flora—. ¡El oro verdadero! Harán una pareja bonita. Ella y el oscuro y apuesto capitán Paton. ¿No es así?

Lo miré interrogante, pero él comenzó a preocuparse por unas cuantas gotas microscópicas de agua en la manga de su abrigo. El hombre me recordaba en cierto modo a un gato. Sus ojos verdes y sus hábitos refinados.

—Y todo para nada —dije con simpatía—. Me pregunto qué habría en el estanque.

—¿Le gustaría verlo? —preguntó Poirot.

Me quedé mirándolo. Él asintió.

—Mi buen amigo —dijo amable y reprobatoriamente—, Hercule Poirot no corre el riesgo de desordenar su vestuario sin estar seguro de alcanzar su objetivo. Hacerlo sería ridículo y absurdo. Yo nunca soy ridículo.

—Pero sacó la mano vacía —objeté.

—Hay momentos en los que es necesaria la discreción. ¿Le cuenta usted todo a sus pacientes, todo, doctor? Creo que no. Tampoco le cuenta usted todo a su excelente hermana, ¿no es así? Antes de mostrar mi mano vacía, dejé caer lo que contenía en la otra. Verá lo que era.

Extendió la mano izquierda, con la palma abierta. En ella descansaba un pequeño aro de oro. Una alianza de mujer.

Se la quité.

—Mire dentro —ordenó Poirot.

Lo hice. Dentro había una inscripción en letra fina:

De R., 13 de marzo.

Miré a Poirot, pero estaba ocupado inspeccionando su aspecto en un pequeño espejo de bolsillo. Prestaba especial atención a sus bigotes y ninguna a mí. Comprendí que no tenía intención de ser comunicativo.

CAPÍTULO X

LA DONCELLA

Encontramos a la señora Ackroyd en el vestíbulo. Con ella estaba un hombre pequeño y seco, con una barbilla agresiva y ojos grises penetrantes, con la palabra "abogado" escrita en toda su cara.

—El señor Hammond se queda a comer con nosotros —dijo la señora Ackroyd—. ¿Conoce al mayor Blunt, señor Hammond? Y al querido doctor Sheppard, también un amigo íntimo del pobre Roger. Y, veamos...

Se detuvo, observando a Hercule Poirot con cierta perplejidad.

—Este es el señor Poirot, madre —dijo Flora—. Te hablé de él esta mañana.

—¡Oh, sí! —dijo la señora Ackroyd vagamente—. Por supuesto, querida, por supuesto. Es para encontrar a Ralph, ¿no es así?

—Es para averiguar quién mató al tío —dijo Flora.

—Oh, querida —exclamó su madre—. ¡Por favor! Mis pobres nervios. Soy un desastre esta mañana, un desastre absoluto. Algo tan terrible que ha sucedido. No puedo evitar sentir que debió de ser un accidente de algún tipo. A Roger le gustaba mucho manipular curiosidades extrañas. Su mano debió de resbalar, o algo así.

Esta teoría fue recibida con un silencio cortés. Vi a Poirot acercarse al abogado y hablarle en un tono confidencial. Se apartaron hacia el hueco de la ventana. Yo me uní a ellos, pero dudé.

—Quizá estoy interrumpiendo —dije.

—En absoluto —exclamó Poirot con entusiasmo—. Usted y yo, monsieur le docteur, investigamos este asunto codo con codo. Sin usted estaría perdido. Deseo un poco de información del buen señor Hammond.

—Entiendo que actúa en nombre del capitán Ralph Paton —dijo el abogado con cautela.

Poirot negó con la cabeza.

—No es así. Actúo en interés de la justicia. La señorita Ackroyd me ha pedido que investigue la muerte de su tío.

El señor Hammond pareció ligeramente desconcertado.

—No puedo creer seriamente que el capitán Paton pueda estar involucrado en este crimen —dijo—, por muy fuerte que sea la evidencia circunstancial en su contra. El simple hecho de que estuviera acuciado por las deudas...

—¿Estaba acuciado por las deudas? —interpeló Poirot rápidamente.

El abogado se encogió de hombros.

—Era una condición crónica en Ralph Paton —dijo con sequedad—. El dinero pasaba por sus manos como el agua. Siempre estaba pidiendo a su padrastro.

—¿Lo había hecho últimamente? ¿Durante el último año, por ejemplo?

—No podría decirlo. El señor Ackroyd no me mencionó ese hecho.

—Comprendo. Señor Hammond, supongo que conoce las disposiciones del testamento del señor Ackroyd.

—Ciertamente. Ese es mi principal cometido aquí hoy.

—Entonces, dado que actúo en nombre de la señorita Ackroyd, no le importará decirme los términos de dicho testamento.

—Son bastante simples. Prescindiendo de la fraseología legal, y tras pagar ciertos legados y herencias...

—¿Como por ejemplo...? —interrumpió Poirot.

El señor Hammond pareció un poco sorprendido.

—Mil libras para su ama de llaves, la señorita Russell; cincuenta libras para la cocinera, Emma Cooper; quinientas libras para su secretario, el señor Geoffrey Raymond. Luego, a varios hospitales...

Poirot levantó una mano.

—¡Ah! Los legados benéficos, esos no me interesan.

—Muy bien. Los ingresos de diez mil libras en acciones para la señora Cecil Ackroyd durante toda su vida. La señorita Flora Ackroyd hereda veinte mil libras directamente. El resto, incluyendo esta propiedad y las acciones de Ackroyd and Son, para su hijo adoptivo, Ralph Paton.

—¿El señor Ackroyd poseía una gran fortuna?

—Una fortuna muy grande. El capitán Paton será un joven extremadamente rico.

Hubo un silencio. Poirot y el abogado se miraron.

—Señor Hammond —dijo la voz lastimera de la señora Ackroyd desde la chimenea.

El abogado respondió a la llamada. Poirot me tomó del brazo y me arrastró hacia la ventana.

—Observe los lirios —comentó en voz bastante alta—. Magníficos, ¿no cree? Un efecto recto y agradable.

Al mismo tiempo, sentí la presión de su mano en mi brazo y añadió en tono bajo:

—¿Desea realmente ayudarme? ¿Participar en esta investigación?

—Sí, de hecho —dije con entusiasmo—. No hay nada que prefiera. No sabe qué vida tan aburrida llevo. Nunca nada fuera de lo común.

—Bien, seremos colegas entonces. En un minuto o dos imagino que el mayor Blunt se unirá a nosotros. No está feliz con la buena mamá. Ahora, hay algunas cosas que quiero saber, pero no deseo parecer que quiero saberlas. ¿Comprende? Así que será su parte hacer las preguntas.

—¿Qué preguntas quiere que haga? —pregunté con aprensión.

—Quiero que introduzca el nombre de la señora Ferrars.

—¿Sí?

«Hable de ella de una manera natural. Pregúntele si estaba aquí cuando murió su marido. Ya entiende el tipo de cosas a las que me refiero. Y mientras le responde, observe su rostro sin parecer que lo observa. C’est compris?»

No hubo tiempo para más, pues en ese minuto, tal como Poirot había profetizado, Blunt dejó a los demás a su manera abrupta y se acercó a nosotros.

Sugerí pasear por la terraza, y él accedió. Poirot se quedó atrás.

Me detuve a examinar una rosa tardía.

«Cómo cambian las cosas en el curso de un día o dos —observé—. Estuve aquí arriba el pasado miércoles, recuerdo, caminando de un lado a otro por esta misma terraza. Ackroyd estaba conmigo, lleno de entusiasmo. Y ahora, tres días después, Ackroyd está muerto, pobre hombre, la señora Ferrars está muerta... usted la conocía, ¿verdad? Pero claro que sí».

Blunt asintió con la cabeza.

«¿La había visto desde que ha estado aquí esta vez?»

«Fui con Ackroyd a visitarla. El martes pasado, creo que fue. Una mujer fascinante, pero algo extraño en ella. Reservada; uno nunca sabría lo que se traía entre manos».

Miré a sus constantes ojos grises. Nada allí, seguramente. Continué:

«Supongo que la había conocido antes».

«La última vez que estuve aquí; ella y su marido acababan de llegar para vivir aquí». Hizo una pausa un minuto y luego añadió: «Es raro, había cambiado mucho entre entonces y ahora».

«¿Cómo, cambiado?», pregunté.

«Parecía diez años mayor».

«¿Estaba usted aquí cuando murió su marido?», pregunté, tratando de hacer que la pregunta sonara lo más casual posible.

«No. Por todo lo que oí, sería una liberación. Poco caritativo, tal vez, pero la verdad».

Estuve de acuerdo.

«Ashley Ferrars no era de ninguna manera un modelo de marido», dije con cautela.

«Un sinvergüenza, pensé», dijo Blunt.

«No —dije—, solo un hombre con más dinero del que le convenía».

«¡Oh, dinero! Todos los problemas del mundo pueden atribuirse al dinero, o a la falta de él».

«¿Cuál ha sido su problema particular?», pregunté.

«Tengo suficiente para lo que quiero. Soy uno de los afortunados».

«En efecto».

«No estoy muy sobrado ahora mismo, a decir verdad. Recibí una herencia hace un año y, como un tonto, me dejé convencer para invertirla en algún plan descabellado».

Simpatice con él y narré mi propio problema similar.

Entonces sonó el gong y todos fuimos a almorzar. Poirot me retuvo un poco.

«¿Eh, bien?».

«Está bien —dije—. Estoy seguro de ello».

«¿Nada... inquietante?».

«Recibió una herencia hace justo un año —dije—. Pero, ¿por qué no? ¿Por qué no debería? Juraría que el hombre es perfectamente honrado y transparente».

«Sin duda, sin duda —dijo Poirot con suavidad—. No se altere».

Habló como si fuera a un niño caprichoso.

Todos desfilamos hacia el comedor. Parecía increíble que hubieran pasado menos de veinticuatro horas desde la última vez que me senté a esa mesa.

Después, la señora Ackroyd me apartó y se sentó conmigo en un sofá.

«No puedo evitar sentirme un poco herida», murmuró, sacando un pañuelo del tipo que obviamente no estaba hecho para llorar en él. «Herida, quiero decir, por la falta de confianza de Roger en mí. Esas veinte mil libras deberían haberme sido dejadas a mí, no a Flora. Se podía confiar en que una madre salvaguardaría los intereses de su hija. Una falta de confianza, lo llamo yo».

«Olvida, señora Ackroyd —dije—, que Flora era la propia sobrina de Ackroyd, una pariente de sangre. Habría sido diferente si usted hubiera sido su hermana en lugar de su cuñada».

«Como viuda del pobre Cecil, creo que mis sentimientos deberían haber sido considerados», dijo la dama, tocándose las pestañas con cautela con el pañuelo. «Pero Roger siempre fue de lo más peculiar, por no decir tacaño, con los asuntos de dinero. Ha sido una posición muy difícil tanto para Flora como para mí. Ni siquiera le daba a la pobre niña una asignación. Él pagaba sus facturas, sabe, y aun eso con mucha reticencia y preguntando para qué quería ella todas esas frivolidades —tan de hombre—, pero... ¡ahora he olvidado lo que iba a decir! Oh, sí, ni un centavo que pudiéramos llamar nuestro, sabe. Flora se resintió por ello; sí, debo decir que se resintió, muy fuertemente. Aunque devota de su tío, por supuesto. Pero cualquier chica se habría resentido. Sí, debo decir que Roger tenía ideas muy extrañas sobre el dinero. Ni siquiera quería comprar toallas faciales nuevas, aunque le dije que las viejas estaban llenas de agujeros. Y entonces —prosiguió la señora Ackroyd, con un salto repentino muy característico de su conversación—, dejar todo ese dinero, mil libras, ¡imagínese, mil libras!, a esa mujer».

«¿Qué mujer?».

«Esa mujer Russell. Hay algo muy extraño en ella, y siempre lo he dicho. Pero Roger no quería oír ni una palabra en su contra. Decía que era una mujer de gran fuerza de carácter, y que la admiraba y respetaba. Siempre estaba hablando de su rectitud, independencia y valor moral. Creo que hay algo turbio en ella. Ciertamente estaba haciendo todo lo posible por casarse con Roger. Pero pronto puse fin a eso. Ella siempre me ha odiado. Naturalmente. La vi venir».

Empecé a preguntarme si habría alguna posibilidad de detener la elocuencia de la señora Ackroyd y escapar.

El señor Hammond proporcionó la distracción necesaria al acercarse para despedirse. Aproveché mi oportunidad y me levanté también.

«Sobre la investigación —dije—. ¿Dónde preferiría que se celebrara? ¿Aquí o en el Three Boars?».

La señora Ackroyd me miró con la boca abierta.

«¿La investigación? —preguntó, imagen de la consternación—. ¿Pero seguramente no tendrá que haber una investigación?».

El señor Hammond soltó una pequeña tos seca y murmuró: «Inevitable. Dadas las circunstancias», en dos breves ladridos.

«Pero seguramente el doctor Sheppard puede arreglar...».

«Hay límites a mis poderes de arreglo», dije secamente.

«Si su muerte fue un accidente...».

«Fue asesinado, señora Ackroyd», dije brutalmente.

Ella soltó un pequeño grito.

«Ninguna teoría de accidente se sostendrá ni un minuto».

La señora Ackroyd me miró angustiada. No tenía paciencia con lo que consideraba su tonto miedo a lo desagradable.

«Si hay una investigación, yo... yo no tendré que responder preguntas y todo eso, ¿verdad?», preguntó.

«No sé qué será necesario —respondí—. Imagino que el señor Raymond le quitará el peso de encima. Él conoce todas las circunstancias y puede dar testimonio formal de identificación».

El abogado asintió con una pequeña reverencia.

«Realmente no creo que haya nada que temer, señora Ackroyd —dijo—. Se le ahorrará todo lo desagradable. Ahora, en cuanto a la cuestión del dinero, ¿tiene todo lo que necesita por el momento? Quiero decir —añadió, al verlo ella interrogante—, dinero listo. Efectivo, sabe. Si no, puedo arreglar que usted tenga lo que requiera».

«Eso debería estar bien», dijo Raymond, que estaba de pie cerca. «El señor Ackroyd cambió un cheque de cien libras ayer».

«¿Cien libras?».

«Sí. Para salarios y otros gastos que vencen hoy. Por el momento sigue intacto».

«¿Dónde está este dinero? ¿En su escritorio?».

«No, siempre guardaba su efectivo en su dormitorio. En una vieja caja de cuellos, para ser exactos. Idea graciosa, ¿no?».

«Creo —dijo el abogado— que deberíamos asegurarnos de que el dinero esté allí antes de irme».

«Ciertamente —acordó el secretario—. Le llevaré arriba ahora... ¡Oh! Olvidaba. La puerta está cerrada».

Una consulta a Parker reveló la información de que el inspector Raglan estaba en la habitación del ama de llaves haciendo algunas preguntas suplementarias. Unos minutos más tarde, el inspector se unió al grupo en el vestíbulo, trayendo la llave consigo. Abrió la puerta y pasamos al pasillo y subimos por la pequeña escalera. En la parte superior de las escaleras, la puerta del dormitorio de Ackroyd estaba abierta. Dentro de la habitación estaba oscuro, las cortinas estaban corridas y la cama estaba descubierta tal como había estado anoche. El inspector corrió las cortinas, dejando entrar la luz del sol, y Geoffrey Raymond fue al cajón superior de una cómoda de palo de rosa.

«Guardaba su dinero así, en un cajón sin llave. Imagínese», comentó el inspector.

El secretario se sonrojó un poco.

«El señor Ackroyd tenía una fe perfecta en la honestidad de todos los sirvientes», dijo acaloradamente.

«¡Oh, por supuesto! —dijo el inspector apresuradamente».

Raymond abrió el cajón, sacó una caja de cuellos de cuero redonda del fondo y, al abrirla, sacó una billetera gruesa.

«Aquí está el dinero», dijo, sacando un fajo grueso de billetes. «Encontrará los cien intactos, lo sé, pues el señor Ackroyd lo puso en la caja de cuellos en mi presencia anoche mientras se vestía para cenar, y por supuesto no ha sido tocado desde entonces».

El señor Hammond tomó el fajo de él y lo contó. Miró hacia arriba bruscamente.

«Cien libras, dijo usted. Pero solo hay sesenta aquí».

Raymond lo miró fijamente.

«Imposible», gritó, saltando hacia adelante. Tomando los billetes de la mano del otro, los contó en voz alta.

El señor Hammond tenía razón. El total ascendía a sesenta libras.

«Pero... no puedo entenderlo», gritó el secretario, desconcertado.

Poirot hizo una pregunta.

«¿Vio al señor Ackroyd guardar este dinero anoche mientras se vestía para la cena? ¿Está seguro de que no había pagado ya parte de él?».

«Estoy seguro de que no. Incluso dijo: "No quiero llevar cien libras conmigo a la cena. Abultan demasiado"».

«Entonces el asunto es muy simple —observó Poirot—. O pagó esas cuarenta libras en algún momento de la tarde de ayer, o han sido robadas».

«Ese es el asunto en pocas palabras», acordó el inspector. Se volvió hacia la señora Ackroyd. «¿Cuál de los sirvientes entraría aquí ayer por la tarde?».

«Supongo que la criada de servicio prepararía la cama».

«¿Quién es ella? ¿Qué sabe de ella?».

«No lleva mucho tiempo aquí —dijo la señora Ackroyd—. Pero es una chica de campo amable y corriente».

«Creo que deberíamos aclarar este asunto —dijo el inspector—. Si el señor Ackroyd pagó ese dinero él mismo, puede tener relación con el misterio del crimen. ¿Están todos los demás sirvientes bien, hasta donde usted sabe?».

«Oh, creo que sí».

«¿No han perdido nada antes?».

«No».

«¿Ninguno de ellos se va, o algo así?».

«La camarera se va».

«¿Cuándo?».

«Presentó su dimisión ayer, creo».

«¿A usted?».

«Oh, no. No tengo nada que ver con los sirvientes. La señorita Russell se ocupa de los asuntos domésticos».

El inspector permaneció perdido en sus pensamientos durante uno o dos minutos. Luego asintió con la cabeza y comentó: «Creo que será mejor que hable con la señorita Russell, y veré a la chica Dale también».

Poirot y yo lo acompañamos a la habitación del ama de llaves. La señorita Russell nos recibió con su habitual flema.

Elsie Dale llevaba cinco meses en Fernly. Una chica agradable, rápida en sus deberes y muy respetable. Buenas referencias. La última chica del mundo para tomar algo que no fuera suyo.

¿Qué hay de la camarera?

«Ella también era una chica de lo más superior. Muy tranquila y educada. Una excelente trabajadora».

«Entonces, ¿por qué se va?», preguntó el inspector.

La señorita Russell frunció los labios.

«No fue por nada mío. Entiendo que el señor Ackroyd le llamó la atención ayer por la tarde. Era su deber hacer el estudio, y desordenó algunos papeles en su escritorio, creo. Él estaba muy molesto por eso, y ella presentó su dimisión. Al menos, eso es lo que entendí de ella, pero ¿quizás les gustaría verla ustedes mismos?».

El inspector asintió. Yo ya me había fijado en la chica cuando nos servía en el almuerzo. Una chica alta, con mucho cabello castaño recogido apretadamente en la nuca y unos ojos grises muy constantes. Vino en respuesta a la llamada del ama de llaves y se quedó muy recta con esos mismos ojos grises fijos en nosotros.

«¿Usted es Ursula Bourne?», preguntó el inspector.

«Sí, señor».

«¿Entiendo que se va?».

«Sí, señor».

«¿Por qué es eso?».

«Desordené algunos papeles en el escritorio del señor Ackroyd. Se enfadó mucho por ello y dije que mejor me iría. Me dijo que me fuera lo antes posible».

«¿Estuvo usted en el dormitorio del señor Ackroyd anoche? ¿Ordenando o algo así?».

«No, señor. Ese es el trabajo de Elsie. Nunca me acerqué a esa parte de la casa».

«Debo decirle, muchacha, que falta una gran suma de dinero en la habitación del señor Ackroyd».

Al fin la vi alterarse. Una oleada de color barrió su rostro.

«No sé nada de ningún dinero. Si piensa que lo tomé, y que esa es la razón por la que el señor Ackroyd me despidió, se equivoca».

«No la estoy acusando de tomarlo, muchacha —dijo el inspector—. No se encienda tanto».

La chica lo miró fríamente.

«Puede registrar mis cosas si quiere —dijo con desdén—. Pero no encontrará nada».

Poirot intervino de repente.

«Fue ayer por la tarde cuando el señor Ackroyd la despidió, o usted se despidió a sí misma, ¿no fue así?», preguntó.

La chica asintió.

«¿Cuánto duró la entrevista?».

«¿La entrevista?».

«Sí, ¿la entrevista entre usted y el señor Ackroyd en el estudio?».

«Yo... no lo sé».

«¿Veinte minutos? ¿Media hora?».

«Algo así».

«¿No más tiempo?».

«No más de media hora, ciertamente».

«Gracias, mademoiselle».

Lo miré con curiosidad. Estaba reorganizando algunos objetos sobre la mesa, poniéndolos rectos con dedos precisos. Sus ojos brillaban.

«Eso es todo», dijo el inspector.

Ursula Bourne desapareció. El inspector se volvió hacia la señorita Russell.

«¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Tiene una copia de la referencia que recibió con ella?».

Sin responder a la primera pregunta, la señorita Russell se movió hacia una cómoda adyacente, abrió uno de los cajones y sacó un puñado de cartas sujetas con un clip. Seleccionó una y se la entregó al inspector.

«Mmm —dijo él—. Se lee bien. Señora Richard Folliott, Marby Grange, Marby. ¿Quién es esta mujer?».

«Gente de campo de lo más correcta», dijo la señorita Russell.

«Bueno —dijo el inspector, devolviéndosela—, echemos un vistazo a la otra, Elsie Dale».

Elsie Dale era una chica grande y rubia, con una cara agradable pero ligeramente estúpida. Respondió a nuestras preguntas con bastante facilidad y mostró mucha angustia y preocupación por la pérdida del dinero.

«No creo que haya nada malo en ella», observó el inspector, después de despedirla.

«¿Qué hay de Parker?».

La señorita Russell frunció los labios y no respondió.

«Tengo la sensación de que hay algo malo en ese hombre —continuó el inspector pensativamente—. El problema es que no veo muy bien cuándo tuvo su oportunidad. Estaría ocupado con sus deberes inmediatamente después de la cena, y tiene una coartada bastante buena durante toda la noche. Lo sé, porque he estado dedicando especial atención a ello. Bueno, muchas gracias, señorita Russell. Dejaremos las cosas como están por el momento. Es altamente probable que el señor Ackroyd pagara ese dinero él mismo».

El ama de llaves nos deseó una seca buena tarde, y nos despedimos.

Dejé la casa con Poirot.

«Me pregunto —dije, rompiendo el silencio— qué papeles pudo desordenar la chica para que Ackroyd se pusiera en tal estado. Me pregunto si hay alguna pista ahí sobre el misterio».

«El secretario dijo que no había documentos de particular importancia en el escritorio», dijo Poirot tranquilamente.

«Sí, pero...» hice una pausa.

«¿Le parece extraño que Ackroyd se hubiera puesto furioso por un asunto tan trivial?».

«Sí, un poco».

«¿Pero fue un asunto trivial?».

«Por supuesto —admití—, no sabemos qué pudieron ser esos papeles. Pero Raymond ciertamente dijo...».

«Deje al señor Raymond fuera de esto por un minuto. ¿Qué pensó de esa chica?».

«¿Qué chica? ¿La camarera?».

«Sí, la camarera. Ursula Bourne».

«Parecía una chica agradable», dije vacilante.

Poirot repitió mis palabras, pero mientras yo había puesto un ligero énfasis en la cuarta palabra, él lo puso en la segunda.

«Parecía una chica agradable, sí».

Entonces, tras un minuto de silencio, sacó algo de su bolsillo y me lo entregó.

«Mire, amigo mío, le mostraré algo. Mire ahí».

El papel que me había entregado era el compilado por el inspector y dado por él a Poirot esa mañana. Siguiendo el dedo que señalaba, vi una pequeña cruz marcada a lápiz junto al nombre Ursula Bourne.

«Puede que no lo haya notado en su momento, mi buen amigo, pero hubo una persona en esta lista cuya coartada no tuvo ningún tipo de confirmación. Ursula Bourne».

«Usted no cree...».

«Doctor Sheppard, me atrevo a pensar cualquier cosa. Ursula Bourne pudo haber matado al señor Ackroyd, pero confieso que no veo ningún motivo para que lo hiciera. ¿Puede usted?».

Me miró muy fijamente, tan fijamente que me sentí incómodo.

«¿Puede usted?», repitió.

«Ningún motivo en absoluto», dije firmemente.

Su mirada se relajó. Frunció el ceño y murmuró para sí mismo:

«Dado que el chantajista era un hombre, se deduce que ella no puede ser la chantajista, entonces...».

Tosí.

«En cuanto a eso...» empecé dudoso.

Se volvió hacia mí.

«¿Qué? ¿Qué va a decir?».

«Nada. Nada. Solo que, estrictamente hablando, la señora Ferrars en su carta mencionó a una persona, no especificó realmente a un hombre. Pero lo dimos por sentado, Ackroyd y yo, que era un hombre».

Poirot no parecía escucharme. Estaba murmurando para sí mismo de nuevo.

«Pero entonces es posible después de todo; sí, ciertamente es posible; pero entonces... ¡ah!, debo reorganizar mis ideas. Método, orden; nunca los he necesitado más. Todo debe encajar, en su lugar designado; de lo contrario, estoy en el camino equivocado».

Se interrumpió y volvió a girarse hacia mí.

«¿Dónde está Marby?».

«Está al otro lado de Cranchester».

«¿A qué distancia?».

«Oh, catorce millas, tal vez».

«¿Sería posible que usted fuera allí? ¿Mañana, por ejemplo?».

«¿Mañana? Veamos, es domingo. Sí, podría arreglarlo. ¿Qué quiere que haga allí?».

«Vea a esta señora Folliott. Averigüe todo lo que pueda sobre Ursula Bourne».

«Muy bien. Pero no me gusta mucho el trabajo».

«No es el momento de poner dificultades. La vida de un hombre puede depender de esto».

«Pobre Ralph», dije con un suspiro. «¿Usted cree, sin embargo, que es inocente?».

Poirot me miró muy gravemente.

«¿Quiere saber la verdad?».

«Por supuesto».

«Entonces la tendrá. Amigo mío, todo apunta a la suposición de que él es culpable».

«¡Qué!», exclamé.

Poirot asintió.

«Sí, ese estúpido inspector —porque es estúpido— tiene todo apuntando a su favor. Yo busco la verdad, y la verdad me lleva cada vez a Ralph Paton. Motivo, oportunidad, medios. Pero no dejaré piedra sin remover. Se lo prometí a Mademoiselle Flora. Y estaba muy segura, esa pequeña. Pero muy segura, de verdad».

CAPÍTULO XI

POIROT HACE UNA VISITA

Estaba ligeramente nervioso cuando llamé al timbre en Marby Grange a la tarde siguiente. Me preguntaba mucho qué esperaba averiguar Poirot. Me había confiado el trabajo a mí. ¿Por qué? ¿Era porque, como en el caso de interrogar al mayor Blunt, deseaba permanecer en segundo plano? El deseo, inteligible en el primer caso, me parecía aquí totalmente carente de sentido.

Mis meditaciones fueron interrumpidas por la llegada de una elegante camarera.

Sí, la señora Folliott estaba en casa. Fui conducido a un gran salón y miré a mi alrededor con curiosidad mientras esperaba a la dueña de la casa. Una habitación grande y desnuda, algunas buenas piezas de porcelana antigua y algunos hermosos grabados, fundas y cortinas gastadas. Una habitación de dama en todo el sentido del término.

Me volví de la inspección de un Bartolozzi en la pared cuando la señora Folliott entró en la habitación. Era una mujer alta, con cabello castaño desordenado y una sonrisa muy cautivadora.

«Doctor Sheppard», dijo vacilante.

«Ese es mi nombre», respondí. «Debo disculparme por visitarla así, pero quería información sobre una camarera empleada anteriormente por usted, Ursula Bourne».

Con la pronunciación del nombre, la sonrisa se desvaneció de su rostro y toda la cordialidad se congeló en su manera. Se veía incómoda e inquieta.

«¿Ursula Bourne?», dijo vacilante.

«Sí —dije—. ¿Quizás no recuerda el nombre?».

«Oh, sí, por supuesto. Yo... recuerdo perfectamente».

«Entiendo que la dejó hace poco más de un año, ¿verdad?».

«Sí. Sí, así es. Eso es totalmente correcto».

«¿Y quedó satisfecha con ella mientras estuvo con usted? ¿Cuánto tiempo estuvo con usted, por cierto?».

«¡Oh!, un año o dos... no puedo recordar exactamente cuánto tiempo. Ella... ella es muy capaz. Estoy segura de que la encontrará bastante satisfactoria. No sabía que dejaba Fernly. No tenía la menor idea de ello».

«¿Puede decirme algo sobre ella?», pregunté.

«¿Algo sobre ella?».

«Sí, de dónde viene, quién es su familia..., ese tipo de cosas».

El rostro de la señora Folliott exhibió más que nunca su expresión gélida.

«No tengo ni idea».

«¿Con quién estaba antes de venir a trabajar para usted?».

«Me temo que no lo recuerdo».

Había ahora una chispa de ira subyacente a su nerviosismo. Echó la cabeza hacia atrás en un gesto vagamente familiar.

«¿Es realmente necesario hacer todas estas preguntas?».

«En absoluto», dije, con aire de sorpresa y un tinte de disculpa en mis modales. «No tenía ni idea de que le importara responderlas. Lo siento mucho».

Su ira se disipó y volvió a confundirse.

«¡Oh! No me importa responderlas. Le aseguro que no. ¿Por qué iba a importarme? Es... es solo que me pareció un poco extraño, sabe. Eso es todo. Un poco extraño».

Una de las ventajas de ser médico es que, por lo general, uno puede saber cuándo le están mintiendo. Debería haber sabido por los modales de la señora Folliott, si no por otra cosa, que sí le importaba responder a mis preguntas; le importaba intensamente. Estaba completamente incómoda y alterada, y claramente había algún misterio de fondo. La juzgué como una mujer nada acostumbrada al engaño de ninguna clase y, por consiguiente, profundamente inquieta cuando se veía obligada a practicarlo. Un niño la habría visto venir.

Pero también estaba claro que no tenía intención de contarme nada más. Fuera cual fuera el misterio que rodeaba a Ursula Bourne, no lo iba a descubrir a través de la señora Folliott.

Derrotado, me disculpé una vez más por molestarla, tomé mi sombrero y me marché.

Fui a ver a un par de pacientes y llegué a casa alrededor de las seis. Caroline estaba sentada junto a los restos del servicio de té. Tenía esa expresión de euforia contenida en el rostro que conozco demasiado bien. Es una señal segura en ella de que está obteniendo o dando información. Me pregunté cuál de las dos cosas habría sido.

«He pasado una tarde muy interesante», comenzó Caroline mientras me dejaba caer en mi sillón particular y estiraba los pies hacia la acogedora llama de la chimenea.

«¿Ah, sí?», pregunté. «¿La señorita Ganett vino a tomar el té?».

La señorita Ganett es una de nuestras principales difusoras de noticias.

«Adivina otra vez», dijo Caroline con intensa complacencia.

Adiviné varias veces, recorriendo lentamente a todos los miembros del cuerpo de inteligencia de Caroline. Mi hermana recibió cada suposición con un movimiento triunfal de cabeza. Al final, ofreció la información ella misma.

«¡M. Poirot!», dijo. «¿Y ahora qué piensas de eso?».

Pensé muchas cosas al respecto, pero tuve cuidado de no decírselas a Caroline.

«¿Por qué vino?», pregunté.

«Para verme, por supuesto. Dijo que, al conocer tan bien a mi hermano, esperaba que se le permitiera conocer a su encantadora hermana... tu encantadora hermana; me he hecho un lío, pero ya sabes a lo que me refiero».

«¿De qué hablaron?», pregunté.

«Me contó mucho sobre sí mismo y sus casos. ¿Sabes quién es ese príncipe Paul de Mauritania, el que acaba de casarse con una bailarina?».

«¿Sí?».

«El otro día vi un párrafo muy intrigante sobre ella en Society Snippets, insinuando que en realidad era una gran duquesa rusa, una de las hijas del zar que consiguió escapar de los bolcheviques. Pues bien, parece que M. Poirot resolvió un desconcertante misterio de asesinato que amenazaba con involucrarlos a ambos. El príncipe Paul estaba fuera de sí de gratitud».

«¿Le dio un alfiler de corbata de esmeraldas del tamaño de un huevo de avefría?», inquirí con sarcasmo.

«No lo mencionó. ¿Por qué?».

«Nada», dije. «Pensé que siempre se hacía. Al menos en la novela policíaca. El superdetective siempre tiene sus habitaciones llenas de rubíes, perlas y esmeraldas de agradecidos clientes reales».

«Es muy interesante oír estas cosas desde dentro», dijo mi hermana con complacencia.

Lo sería, para Caroline. No pude sino admirar el ingenio de M. Hercule Poirot, quien había seleccionado infaliblemente el caso que más atraería a una solterona que vive en un pueblo pequeño.

«¿Te dijo si la bailarina era realmente una gran duquesa?», inquirí.

«No tenía libertad para hablar», dijo Caroline con tono importante.

Me pregunté hasta qué punto Poirot había forzado la verdad al hablar con Caroline; probablemente nada en absoluto. Había transmitido sus insinuaciones mediante sus cejas y sus hombros.

«Y después de todo esto», comenté, «supongo que estabas dispuesta a comer de su mano».

«No seas soez, James. No sé de dónde sacas esas expresiones vulgares».

«Probablemente de mi único vínculo con el mundo exterior: mis pacientes. Desgraciadamente, mi clientela no se encuentra entre príncipes reales e interesantes emigrados rusos».

Caroline se subió las gafas y me miró.

«Pareces muy gruñón, James. Debe ser el hígado. Creo que esta noche te vendría bien una píldora azul».

Al verme en mi propia casa, nunca imaginarías que soy médico. Caroline hace de prescriptora doméstica tanto para ella como para mí.

«Al diablo con mi hígado», dije con irritación. «¿Hablaron del asesinato en algún momento?».

«Bueno, naturalmente, James. ¿De qué otra cosa se puede hablar localmente? Pude corregir a M. Poirot en varios puntos. Estaba muy agradecido conmigo. Dijo que tenía madera de detective nata y una maravillosa visión psicológica de la naturaleza humana».

Caroline era exactamente como un gato lleno hasta los topes de nata espesa. Literalmente estaba ronroneando.

«Habló mucho sobre las pequeñas células grises del cerebro y sus funciones. Las suyas, dice, son de primera calidad».

«Eso diría él», comenté con amargura. «La modestia ciertamente no es su segundo nombre».

«Ojalá no fueras tan horriblemente estadounidense, James. Él pensaba que era muy importante que Ralph fuera encontrado lo antes posible e inducido a presentarse y dar cuenta de sí mismo. Dice que su desaparición producirá una impresión muy desafortunada en la investigación».

«¿Y qué dijiste tú a eso?».

«Estuve de acuerdo con él», dijo Caroline con tono importante. «Y pude decirle lo que la gente ya estaba comentando al respecto».

«Caroline», dije bruscamente, «¿le contaste a M. Poirot lo que oíste en el bosque aquel día?».

«Lo hice», dijo Caroline con complacencia.

Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro.

«Espero que te des cuenta de lo que estás haciendo», solté. «Le estás poniendo una soga al cuello a Ralph Paton con la misma seguridad con la que estás sentada en esa silla».

«En absoluto», dijo Caroline, totalmente imperturbable. «Me sorprendió que no se lo hubieras contado tú».

«Tuve mucho cuidado de no hacerlo», dije. «Le tengo cariño a ese chico».

«Yo también. Por eso digo que estás diciendo tonterías. No creo que Ralph lo hiciera, así que la verdad no puede hacerle daño, y debemos darle a M. Poirot toda la ayuda posible. Vaya, piensa, es muy probable que Ralph estuviera con esa misma chica la noche del asesinato, y si es así, tiene una coartada perfecta».

«Si tiene una coartada perfecta», repliqué, «¿por qué no se presenta y lo dice?».

«Podría meter a la chica en problemas», dijo Caroline con sabiduría. «Pero si M. Poirot da con ella y le plantea que es su deber, ella se presentará por su cuenta y exculpará a Ralph».

«Parece que has inventado tu propio cuento de hadas romántico», dije. «Lees demasiadas novelas baratas, Caroline. Siempre te lo he dicho».

Me dejé caer en mi silla de nuevo.

«¿Te hizo Poirot más preguntas?», inquirí.

«Solo sobre los pacientes que tuviste esa mañana».

«¿Los pacientes?», pregunté, incrédulo.

«Sí, tus pacientes de consulta. Cuántos fueron y quiénes eran».

«¿Quieres decir que fuiste capaz de contarle eso?», pregunté.

Caroline es realmente asombrosa.

«¿Por qué no?», preguntó mi hermana triunfante. «Puedo ver perfectamente el camino hasta la puerta de la consulta desde esta ventana. Y tengo una memoria excelente, James. Mucho mejor que la tuya, déjame decirte».

«Estoy seguro de ello», murmuré mecánicamente.

Mi hermana continuó, contando los nombres con los dedos.

«Estaba la vieja señora Bennett, aquel chico de la granja con el dedo mal, Dolly Grice para sacarle una aguja del dedo; aquel camarero estadounidense del transatlántico. A ver..., eso son cuatro. Sí, y el viejo George Evans con su úlcera. Y por último...».

Hizo una pausa significativa.

«¿Bueno?».

Caroline soltó su clímax triunfalmente. Siseó al estilo más consagrado, ayudada por el afortunado número de eses a su disposición.

«¡La señorita Russell!».

Se reclinó en su silla y me miró significativamente, y cuando Caroline te mira significativamente, es imposible no darse cuenta.

«No sé a qué te refieres», dije, faltando totalmente a la verdad. «¿Por qué no iba la señorita Russell a consultarme sobre su rodilla dolorida?».

«Rodilla dolorida», dijo Caroline. «¡Tonterías! No tiene más rodilla dolorida que tú o yo. Iba buscando otra cosa».

«¿Qué?», pregunté.

Caroline tuvo que admitir que no lo sabía.

«Pero cuenta con ello, eso es lo que él intentaba averiguar, M. Poirot, quiero decir. Hay algo turbio en esa mujer, y él lo sabe».

«Precisamente el comentario que me hizo la señora Ackroyd ayer», dije. «Que había algo turbio en la señorita Russell».

«¡Ah!», dijo Caroline sombríamente, «¡la señora Ackroyd! ¡Ahí hay otra!».

«¿Otra qué?».

Caroline se negó a explicar sus comentarios. Simplemente asintió varias veces con la cabeza, enrolló su tejido y subió las escaleras para ponerse la blusa de seda malva claro y el relicario de oro que ella llama vestirse para cenar.

Me quedé allí mirando al fuego y pensando en las palabras de Caroline. ¿Había ido realmente Poirot a obtener información sobre la señorita Russell, o era solo la mente tortuosa de Caroline la que interpretaba todo según sus propias ideas?

Ciertamente no había habido nada en el comportamiento de la señorita Russell aquella mañana que despertara sospechas. Al menos...

Recordé su persistente conversación sobre el tema del consumo de drogas y cómo de ahí había llevado la charla a los venenos y al envenenamiento. Pero no había nada en eso. Ackroyd no había sido envenenado. Aun así, era extraño...

Oí la voz de Caroline, algo ácida en el tono, llamando desde lo alto de la escalera.

«James, vas a llegar tarde a cenar».

Eché un poco de carbón al fuego y subí las escaleras obedientemente.

Es bueno a cualquier precio tener paz en el hogar.

CAPÍTULO XII

ALREDEDOR DE LA MESA

La investigación conjunta se celebró el lunes.

No me propongo relatar los procedimientos en detalle. Hacerlo sería solo repetir una y otra vez lo mismo. Por acuerdo con la policía, se permitió que saliera a la luz muy poco. Di testimonio sobre la causa de la muerte de Ackroyd y la hora probable. El forense comentó la ausencia de Ralph Paton, pero sin darle demasiada importancia.

Después, Poirot y yo intercambiamos unas palabras con el inspector Raglan. El inspector estaba muy grave.

«Pinta mal, monsieur Poirot», dijo. «Estoy tratando de juzgar el asunto con imparcialidad. Soy un hombre del lugar y he visto al capitán Paton muchas veces en Cranchester. No quiero que sea él el culpable, pero se mire por donde se mire, está mal. Si es inocente, ¿por qué no se presenta? Tenemos pruebas contra él, pero es posible que esas pruebas puedan explicarse. Entonces, ¿por qué no da una explicación?».

Había mucho más detrás de las palabras del inspector de lo que yo sabía en aquel momento. La descripción de Ralph había sido enviada por telégrafo a todos los puertos y estaciones de ferrocarril de Inglaterra. La policía de todas partes estaba en alerta. Sus habitaciones en la ciudad estaban vigiladas, así como cualquier casa que se supiera que frecuentaba. Con tal cordón parecía imposible que Ralph pudiera evadir la detección. No llevaba equipaje y, hasta donde se sabía, no tenía dinero.

«No he podido encontrar a nadie que le viera en la estación aquella noche», continuó el inspector. «Y, sin embargo, es bien conocido por aquí, y uno pensaría que alguien se habría fijado en él. Tampoco hay noticias de Liverpool».

«¿Cree que fue a Liverpool?», preguntó Poirot.

«Bueno, es una posibilidad. Ese mensaje telefónico desde la estación, solo tres minutos antes de que saliera el expreso de Liverpool... debería haber algo ahí».

«A menos que fuera deliberadamente intencionado para despistar. Esa podría ser, posiblemente, la finalidad del mensaje telefónico».

«Es una idea», dijo el inspector con entusiasmo. «¿Realmente cree que esa es la explicación de la llamada telefónica?».

«Amigo mío», dijo Poirot con gravedad, «no lo sé. Pero le diré esto: creo que cuando encontremos la explicación de esa llamada telefónica, encontraremos la explicación del asesinato».

«Ya dijo algo parecido antes, recuerdo», observé, mirándolo con curiosidad.

Poirot asintió.

«Siempre vuelvo a ello», dijo con seriedad.

«Me parece totalmente irrelevante», declaré.

«Yo no diría eso», objetó el inspector. «Pero debo confesar que creo que el señor Poirot insiste demasiado en ello. Tenemos mejores pistas. Las huellas dactilares en la daga, por ejemplo».

Poirot se volvió repentinamente muy extranjero en sus modales, como solía hacer cuando se excitaba por algo.

«M. l’Inspecteur», dijo, «cuidado con el ciego... el ciego... ¿comment dire?... la pequeña calle que no tiene fin».

El inspector Raglan se quedó mirando, pero yo fui más rápido.

«¿Se refiere a un callejón sin salida?», dije.

«Eso es: la calle ciega que no lleva a ninguna parte. Así puede ser con esas huellas dactilares: pueden no llevarle a ninguna parte».

«No veo cómo puede ser eso», dijo el oficial de policía. «Supongo que está insinuando que son falsas. He leído que se hacen tales cosas, aunque no puedo decir que me haya encontrado con ello en mi experiencia. Pero, sean falsas o verdaderas, tienen que llevar a algún sitio».

Poirot simplemente se encogió de hombros, extendiendo los brazos.

El inspector nos mostró entonces varias fotografías ampliadas de las huellas dactilares y procedió a ponerse técnico sobre el tema de los bucles y verticilos.

«Vamos ahora», dijo al fin, molesto por el aire indiferente de Poirot, «¡tiene que admitir que esas huellas fueron hechas por alguien que estuvo en la casa esa noche!».

«Bien entendu», dijo Poirot, asintiendo con la cabeza.

«Bueno, he tomado las huellas de cada miembro de la casa, de todos, fíjese bien, desde la anciana hasta la criada de cocina».

No creo que a la señora Ackroyd le gustara que se refirieran a ella como la anciana. Debe gastar una cantidad considerable en cosméticos.

«De todos», repitió el inspector con nerviosismo.

«Incluidas las mías», dije secamente.

«Muy bien. Ninguna coincide. Eso nos deja dos alternativas. Ralph Paton o el misterioso extraño del que nos habla el doctor. Cuando demos con esos dos...».

«Se puede haber perdido mucho tiempo valioso», interrumpió Poirot.

«No le entiendo bien, ¿señor Poirot?».

«Ha tomado las huellas de todos en la casa, dice», murmuró Poirot. «¿Es la verdad exacta lo que me está diciendo ahí, M. l’Inspecteur?».

«Ciertamente».

«¿Sin pasar por alto a nadie?».

«Sin pasar por alto a nadie».

«¿A los vivos o a los muertos?».

Por un momento, el inspector pareció desconcertado ante lo que tomó por una observación religiosa. Luego reaccionó lentamente.

«Quiere decir...».

«A los muertos, M. l’Inspecteur».

El inspector tardó todavía un minuto o dos en entender.

«Estoy sugiriendo», dijo Poirot con placidez, «que las huellas dactilares en el mango de la daga son las del propio señor Ackroyd. Es un asunto fácil de verificar. Su cuerpo todavía está disponible».

«¿Pero por qué? ¿Qué sentido tendría eso? Ciertamente no estará sugiriendo un suicidio, ¿señor Poirot?».

«¡Ah! No. Mi teoría es que el asesino llevaba guantes o envolvió algo alrededor de su mano. Después de asestar el golpe, tomó la mano de la víctima y la cerró alrededor del mango de la daga».

«¿Pero por qué?».

Poirot volvió a encogerse de hombros.

«Para hacer que un caso confuso sea aún más confuso».

«Bueno», dijo el inspector, «lo investigaré. ¿Qué le dio la idea en primer lugar?».

«Cuando tuvo la amabilidad de mostrarme la daga y llamar mi atención sobre las huellas dactilares. Sé muy poco de bucles y verticilos; mire, confieso mi ignorancia francamente. Pero se me ocurrió que la posición de las huellas era algo incómoda. No es así como yo habría sostenido una daga para golpear. Naturalmente, con la mano derecha llevada hacia atrás sobre el hombro, habría sido difícil ponerla exactamente en la posición correcta».

El inspector Raglan miró al hombrecito. Poirot, con aire de gran indiferencia, quitó una mota de polvo de la manga de su abrigo.

«Bueno», dijo el inspector, «es una idea. La investigaré, desde luego, pero no se decepcione si no sale nada de ello».

Se esforzó por hacer que su tono fuera amable y condescendiente. Poirot le vio marcharse. Luego se volvió hacia mí con los ojos centelleantes.

«Otra vez», observó, «debo ser más cuidadoso con su amour propre. Y ahora que nos hemos quedado a nuestras anchas, ¿qué le parece, mi buen amigo, una pequeña reunión de la familia?».

La «pequeña reunión», como la llamó Poirot, tuvo lugar media hora después. Nos sentamos alrededor de la mesa en el comedor de Fernly; Poirot a la cabecera de la mesa, como el presidente de una espantosa junta directiva. Los sirvientes no estaban presentes, así que éramos seis en total. La señora Ackroyd, Flora, el comandante Blunt, el joven Raymond, Poirot y yo mismo.

Cuando todos estuvieron reunidos, Poirot se levantó e hizo una reverencia.

«Messieurs, mesdames, los he convocado con un propósito determinado». Hizo una pausa. «Para empezar, quiero hacer un ruego muy especial a mademoiselle».

«¿A mí?», dijo Flora.

«Mademoiselle, usted está comprometida con el capitán Ralph Paton. Si alguien tiene su confianza, es usted. Le ruego, encarecidamente, si sabe de su paradero, que le convenza de que se presente. Un pequeño minuto» —mientras Flora levantaba la cabeza para hablar—, «no diga nada hasta que haya reflexionado bien. Mademoiselle, su posición se vuelve cada día más peligrosa. Si se hubiera presentado inmediatamente, sin importar cuán condenatorios fueran los hechos, podría haber tenido la oportunidad de explicarlos. Pero este silencio, esta huida, ¿qué pueden significar? Ciertamente solo una cosa: conocimiento de culpabilidad. Mademoiselle, si realmente cree en su inocencia, convénzale de que se presente antes de que sea demasiado tarde».

El rostro de Flora se había vuelto muy blanco.

«¡Demasiado tarde!», repitió, muy bajo.

Poirot se inclinó hacia adelante, mirándola.

«Mire ahora, mademoiselle», dijo muy suavemente, «es Papá Poirot quien le pide esto. El viejo Papá Poirot que tiene mucho conocimiento y mucha experiencia. No trataría de atraparla, mademoiselle. ¿No confiará en mí y me dirá dónde se esconde Ralph Paton?».

La joven se levantó y se quedó frente a él.

«M. Poirot», dijo con voz clara, «le juro, le juro solemnemente, que no tengo idea de dónde está Ralph, y que no le he visto ni he tenido noticias suyas ni el día del... del asesinato, ni desde entonces».

Se volvió a sentar. Poirot la contempló en silencio durante un minuto o dos, luego golpeó la mesa con fuerza.

«¡Bien! Eso es todo», dijo. Su rostro se endureció. «Ahora apelo a los demás que se sientan alrededor de esta mesa: señora Ackroyd, comandante Blunt, doctor Sheppard, señor Raymond. Todos ustedes son amigos e íntimos del desaparecido. Si saben dónde se esconde Ralph Paton, hablen».

Hubo un largo silencio. Poirot miró a cada uno a su vez.

«Les ruego», dijo con voz baja, «que hablen».

Pero siguió habiendo silencio, roto al fin por la señora Ackroyd.

«Debo decir», observó con voz quejumbrosa, «que la ausencia de Ralph es de lo más peculiar, de lo más peculiar, en efecto. No presentarse en un momento así. Parece, sabe, como si hubiera algo detrás. No puedo evitar pensar, querida Flora, que fue una gran suerte que su compromiso nunca se anunciara formalmente».

«¡Madre!», gritó Flora con ira.

«La Providencia», declaró la señora Ackroyd. «Tengo una devota creencia en la Providencia, una divinidad que moldea nuestros fines, como reza la hermosa línea de Shakespeare».

«Ciertamente, señora Ackroyd, no hará usted al Todopoderoso directamente responsable de los tobillos gruesos, ¿verdad?», preguntó Geoffrey Raymond, con su risa irresponsable resonando.

Su idea era, creo, relajar la tensión, pero la señora Ackroyd le lanzó una mirada de reproche y sacó su pañuelo.

«A Flora le han ahorrado una cantidad terrible de notoriedad y desagrado. Ni por un momento pienso que el querido Ralph tuviera nada que ver con la muerte del pobre Roger. No lo creo. Pero es que tengo un corazón confiado; siempre lo he tenido, desde niña. Me resisto a creer lo peor de nadie. Pero, por supuesto, hay que recordar que Ralph estuvo en varios ataques aéreos de niño. Dicen que los resultados se manifiestan mucho tiempo después, a veces. La gente no es responsable de sus actos en lo más mínimo. Pierden el control, ya sabe, sin poder evitarlo».

«Madre», gritó Flora, «¿no crees que Ralph lo hizo?».

«Vamos, señora Ackroyd», dijo Blunt.

«No sé qué pensar», dijo la señora Ackroyd entre lágrimas. «Todo esto es muy perturbador. Me pregunto qué pasaría con la herencia si se declarara culpable a Ralph».

Raymond apartó su silla de la mesa violentamente. El mayor Blunt permaneció muy tranquilo, mirándola pensativo. «Como un shock traumático, ya sabe», dijo la señora Ackroyd con obstinación, «y me atrevo a decir que Roger le mantenía muy corto de dinero, con las mejores intenciones, por supuesto. Veo que todos están en mi contra, pero sí pienso que es muy extraño que Ralph no haya dado la cara, y debo decir que agradezco que el compromiso de Flora nunca se anunciara formalmente».

«Lo será mañana», dijo Flora con voz clara.

«¡Flora!», gritó su madre, horrorizada.

Flora se había vuelto hacia el secretario.

«¿Enviará el anuncio al Morning Post y al Times, por favor, señor Raymond?».

«Si está segura de que es prudente, señorita Ackroyd», respondió él con gravedad.

Ella se volvió impulsivamente hacia Blunt.

«Lo entiende», dijo. «¿Qué otra cosa puedo hacer? Tal como están las cosas, debo apoyar a Ralph. ¿No ve que debo hacerlo?».

Lo miró con mucha intensidad y, tras una larga pausa, él asintió bruscamente.

La señora Ackroyd estalló en protestas estridentes. Flora permaneció impasible. Entonces habló Raymond.

«Comprendo sus motivos, señorita Ackroyd. Pero, ¿no cree que está siendo bastante precipitada? Espere uno o dos días».

«Mañana», dijo Flora, con voz clara. «No sirve de nada, madre, seguir así. Sea lo que sea lo demás, no soy desleal con mis amigos».

«Monsieur Poirot», suplicó la señora Ackroyd entre lágrimas, «¿no puede decir nada en absoluto?».

«No hay nada que decir», intervino Blunt. «Ella está haciendo lo correcto. La apoyaré en las buenas y en las malas».

Flora le tendió la mano.

«Gracias, mayor Blunt», dijo.

«Mademoiselle», dijo Poirot, «¿permitirá que un viejo le felicite por su valor y su lealtad? ¿Y no me malinterpretará si le pido —le pido muy solemnemente— que posponga el anuncio del que habla por lo menos dos días más?».

Flora dudó.

«Lo pido tanto en interés de Ralph Paton como en el suyo, mademoiselle. Frunce el ceño. No ve cómo puede ser eso. Pero le aseguro que así es. Pas de blagues. Usted puso el caso en mis manos; no debe obstaculizarme ahora».

Flora hizo una pausa de unos minutos antes de responder.

«No me gusta», dijo al fin, «pero haré lo que dice».

Se sentó de nuevo a la mesa.

«Y ahora, messieurs et mesdames», dijo Poirot rápidamente, «continuaré con lo que iba a decir. Entiendan esto: pretendo llegar a la verdad. La verdad, por muy fea que sea en sí misma, es siempre curiosa y hermosa para quien la busca. Estoy muy envejecido, mis facultades quizás no sean las que eran». Aquí esperaba claramente una contradicción. «Con toda probabilidad, este es el último caso que investigaré jamás. Pero Hercule Poirot no termina con un fracaso. Messieurs et mesdames, se lo digo, tengo la intención de saber. Y lo sabré, a pesar de todos ustedes».

Pronunció las últimas palabras de forma provocadora, arrojándolas a nuestras caras, por así decirlo. Creo que todos nos encogimos un poco, excepto Geoffrey Raymond, que permaneció tan buen humorado e imperturbable como de costumbre.

«¿A qué se refiere con "a pesar de todos nosotros"?», preguntó, con las cejas ligeramente levantadas.

«Pues a eso mismo, monsieur. Cada uno de ustedes en esta sala me está ocultando algo». Levantó la mano cuando surgió un leve murmullo de protesta. «Sí, sí, sé lo que digo. Puede ser algo sin importancia, trivial, que se supone que no tiene ninguna relación con el caso, pero ahí está. Cada uno de ustedes tiene algo que esconder. Vamos, ¿tengo razón?».

Su mirada, desafiante y acusadora, recorrió la mesa. Y todos los pares de ojos se bajaron ante la suya. Sí, los míos también.

«He recibido respuesta», dijo Poirot con una risa curiosa. Se levantó de su asiento. «Apelo a todos ustedes. Díganme la verdad, toda la verdad». Hubo un silencio. «¿Nadie va a hablar?».

Volvió a soltar la misma risa corta.

«C’est dommage», dijo, y salió.

CAPÍTULO XIII

LA PLUMA DE OCA

Esa tarde, a petición de Poirot, fui a su casa después de cenar. Caroline me vio partir con una reticencia visible. Creo que le hubiera gustado acompañarme.

Poirot me recibió hospitalariamente. Había colocado una botella de whisky irlandés (que detesto) en una mesita, junto con un sifón de agua con gas y un vaso. Él mismo estaba ocupado preparando chocolate caliente. Era una de sus bebidas favoritas, descubrí más tarde.

Preguntó cortésmente por mi hermana, a quien declaró ser una mujer de lo más interesante.

«Me temo que le ha hecho creer que es la última Coca-Cola del desierto», dije secamente. «¿Qué hay del domingo por la tarde?».

Él se rió y sus ojos brillaron.

«Siempre me gusta emplear a un experto», comentó oscuramente, pero se negó a explicar la observación.

«De todos modos, consiguió todos los chismes locales», comenté. «Verdaderos y falsos».

«Y una gran cantidad de información valiosa», añadió tranquilamente.

«¿Como por ejemplo...?».

Sacudió la cabeza.

«¿Por qué no me dijo la verdad?», replicó. «En un lugar como este, todas las acciones de Ralph Paton estaban destinadas a ser conocidas. Si su hermana no hubiera pasado por el bosque ese día, otra persona lo habría hecho».

«Supongo que sí», dije malhumorado. «¿Qué hay de ese interés suyo por mis pacientes?».

De nuevo sus ojos brillaron.

«Solo por una de ellos, doctor. Solo por una».

«¿La última?», arriesgué.

«Encuentro a la señorita Russell un estudio de lo más interesante», dijo evasivamente.

«¿Está de acuerdo con mi hermana y la señora Ackroyd en que hay algo turbio en ella?», pregunté.

«¿Eh? ¿Qué dice? ¿Turbio?».

Se lo expliqué lo mejor que pude.

«¿Y dicen eso, verdad?».

«¿No se lo dio a entender mi hermana ayer por la tarde?».

«C’est possible».

«Sin motivo alguno», declaré.

«Les femmes», generalizó Poirot. «¡Son maravillosas! Inventan al azar, y por milagro aciertan. No es que sea eso, en realidad. Las mujeres observan subconscientemente mil pequeños detalles, sin saber que lo hacen. Su mente subconsciente suma estas pequeñas cosas, y llaman al resultado intuición. Yo, yo soy muy hábil en psicología. Sé estas cosas».

Infló el pecho con importancia, pareciendo tan ridículo que me resultó difícil no echarme a reír. Luego dio un pequeño sorbo a su chocolate y se limpió cuidadosamente el bigote.

«Me gustaría que me dijera», solté, «¿qué piensa realmente de todo esto?».

Dejó la taza.

«¿Desea eso?».

«Lo deseo».

«Usted ha visto lo que yo he visto. ¿No deberían ser nuestras ideas las mismas?».

«Me temo que se está riendo de mí», dije con rigidez. «Por supuesto, no tengo experiencia en asuntos de esta índole».

Poirot me sonrió con indulgencia.

«Usted es como el niño pequeño que quiere saber cómo funciona el motor. Desea ver el asunto, no como lo ve el médico de familia, sino con el ojo de un detective que no conoce a nadie y a quien nadie le importa; para quien todos son extraños e igualmente susceptibles de sospecha».

«Lo ha expresado muy bien», dije.

«Así que le daré, pues, una pequeña lección. Lo primero es obtener una cronología clara de lo que ocurrió esa tarde, teniendo siempre presente que la persona que habla puede estar mintiendo».

Alcé las cejas.

«Una actitud bastante sospechosa».

«Pero necesaria, se lo aseguro, necesaria. Ahora, primero: el doctor Sheppard sale de la casa a las diez para las nueve. ¿Cómo lo sé?».

«Porque se lo dije yo».

«Pero podría no estar diciendo la verdad, o el reloj por el que se guió podría estar mal. Pero Parker también dice que usted salió de la casa a las diez para las nueve. Así que aceptamos esa declaración y seguimos adelante. A las nueve en punto se cruza con un hombre —y aquí llegamos a lo que llamaremos el romance del misterioso desconocido— justo fuera de las puertas del parque. ¿Cómo sé que eso es así?».

«Se lo dije yo», empecé de nuevo, pero Poirot me interrumpió con un gesto de impaciencia.

«¡Ah! Es que usted está un poco estúpido esta noche, amigo mío. Usted sabe que es así, ¿pero cómo voy a saberlo yo? Eh bien, puedo decirle que el misterioso desconocido no fue una alucinación por su parte, porque la criada de una señorita Ganett se cruzó con él unos minutos antes que usted, y también le preguntó a ella el camino hacia Fernly Park. Aceptamos su presencia, por tanto, y podemos estar bastante seguros de dos cosas sobre él: que era un extraño en el vecindario y que, fuera cual fuera su objetivo al ir a Fernly, no había gran secreto en ello, ya que preguntó el camino dos veces».

«Sí», dije, «veo eso».

«Ahora me he tomado la molestia de averiguar más sobre este hombre. Se tomó una copa en el Three Boars, me entero, y la camarera de allí dice que hablaba con acento americano y mencionó haber llegado justo de los Estados Unidos. ¿Le pareció a usted que tenía acento americano?».

«Sí, creo que sí», dije, tras un minuto o dos en los que hice memoria; «pero muy leve».

«Précisément. También está esto que, recordará, recogí en el cenador».

Me tendió la pequeña pluma. La miré con curiosidad. Entonces, un recuerdo de algo que había leído se agitó en mí.

Poirot, que había estado observando mi rostro, asintió.

«Sí, heroína "nieve". Los drogadictos la llevan así y la inhalan por la nariz».

«Clorhidrato de diamorfina», murmuré mecánicamente.

«Este método de consumir la droga es muy común al otro lado del charco. Otra prueba, si necesitáramos una, de que el hombre vino de Canadá o de los Estados Unidos».

«¿Qué fue lo primero que llamó su atención hacia ese cenador?», pregunté con curiosidad.

«Mi amigo el inspector dio por sentado que cualquiera que usara ese camino lo hacía como atajo hacia la casa, pero tan pronto como vi el cenador, me di cuenta de que el mismo camino sería tomado por cualquiera que utilizara el cenador como punto de encuentro. Ahora parece bastante seguro que el desconocido no vino ni a la puerta principal ni a la trasera. Entonces, ¿alguien de la casa salió y se reunió con él? Si es así, ¿qué lugar podría ser más conveniente que ese pequeño cenador? Lo registré con la esperanza de encontrar alguna pista en su interior. Encontré dos: el trozo de cambray y la pluma».

«¿Y el trozo de cambray?», pregunté con curiosidad. «¿Qué hay de eso?».

Poirot levantó las cejas.

«Usted no usa sus pequeñas células grises», comentó secamente. «El trozo de cambray almidonado debería ser obvio».

«No muy obvio para mí». Cambié de tema. «De todos modos», dije, «este hombre fue al cenador a encontrarse con alguien. ¿Quién era ese alguien?».

«Esa es exactamente la pregunta», dijo Poirot. «Recordará que la señora Ackroyd y su hija vinieron de Canadá a vivir aquí».

«¿Es eso a lo que se refería hoy cuando las acusó de ocultar la verdad?».

«Quizás. Ahora, otro punto. ¿Qué le pareció la historia de la doncella?».

«¿Qué historia?».

«La historia de su despido. ¿Se tarda media hora en despedir a una criada? ¿Era probable la historia de esos documentos importantes? Y recuerde, aunque dice que estuvo en su dormitorio desde las nueve y media hasta las diez, no hay nadie que confirme su declaración».

«Me desconcierta», dije.

«A mí se me aclara cada vez más. Pero dígame ahora sus propias ideas y teorías».

Saqué un trozo de papel de mi bolsillo.

«Solo escribí algunas sugerencias», dije a modo de disculpa.

«Pero excelente, tiene método. Vamos a escucharlas».

Leí con voz algo avergonzada.

«Para empezar, uno debe mirar las cosas lógicamente...».

«Justo lo que mi pobre Hastings solía decir», interrumpió Poirot, «pero, ¡ay!, nunca lo hizo».

«Punto n.º 1: Se oyó al señor Ackroyd hablar con alguien a las nueve y media.

Punto n.º 2: En algún momento de la tarde, Ralph Paton debió entrar por la ventana, como demuestran las huellas de sus zapatos.

Punto n.º 3: El señor Ackroyd estaba nervioso esa tarde y solo habría admitido a alguien que conociera.

Punto n.º 4: La persona que estaba con el señor Ackroyd a las nueve y media pedía dinero. Sabemos que Ralph Paton estaba en un aprieto.

Estos cuatro puntos demuestran que la persona que estaba con el señor Ackroyd a las nueve y media era Ralph Paton. Pero sabemos que el señor Ackroyd estaba vivo a las diez menos cuarto, por lo tanto, no fue Ralph quien lo mató. Ralph dejó la ventana abierta. Después, el asesino entró por ahí».

«¿Y quién fue el asesino?», inquirió Poirot.

«El desconocido americano. Puede haber estado compinchado con Parker, y posiblemente en Parker tengamos al hombre que chantajeó a la señora Ferrars. Si es así, Parker puede haber oído lo suficiente para darse cuenta de que el juego había terminado, habérselo dicho a su cómplice, y este último cometió el crimen con la daga que Parker le dio».

«Es una teoría», admitió Poirot. «Decididamente, tiene células de algún tipo. Pero deja mucho sin explicar».

«¿Como por ejemplo...?».

«La llamada telefónica, la silla apartada...».

«¿De verdad cree que esto último es importante?», interrumpí.

«Quizás no», admitió mi amigo. «Puede haber sido apartada por accidente, y Raymond o Blunt pueden haberla empujado a su sitio inconscientemente bajo el estrés de la emoción. Luego están las cuarenta libras que faltan».

«Dadas por Ackroyd a Ralph», sugerí. «Puede haber reconsiderado su negativa inicial».

«Eso todavía deja una cosa sin explicar».

«¿Qué?».

«¿Por qué Blunt estaba tan seguro en su mente de que era Raymond quien estaba con el señor Ackroyd a las nueve y media?».

«Él lo explicó», dije.

«¿Eso cree? No insistiré en el punto. Dígame en su lugar, ¿cuáles fueron las razones de Ralph Paton para desaparecer?».

«Eso es un poco más difícil», dije despacio. «Tendré que hablar como médico. ¡Los nervios de Ralph deben haber hecho *pum*! Si de repente se enteró de que su tío había sido asesinado a los pocos minutos de haberlo dejado —tras, quizás, una entrevista bastante tormentosa—, bueno, podría haberse asustado y salir pitando. Se sabe de hombres que han hecho eso: actuar con culpabilidad cuando son perfectamente inocentes».

«Sí, eso es cierto», dijo Poirot. «Pero no debemos perder de vista una cosa».

«Sé lo que va a decir», comenté: «el móvil. Ralph Paton hereda una gran fortuna con la muerte de su tío».

«Ese es un móvil», convino Poirot.

«¿Uno?».

«Mais oui. ¿Se da cuenta de que hay tres móviles distintos mirándonos a la cara? Alguien robó ciertamente el sobre azul y su contenido. Ese es un móvil. ¡Chantaje! Ralph Paton puede haber sido el hombre que chantajeó a la señora Ferrars. Recuerde que, hasta donde Hammond sabía, Ralph Paton no había pedido ayuda a su tío últimamente. Eso parece indicar que obtenía dinero de otra parte. Luego está el hecho de que estaba en algún —¿cómo dice?— ¿aprieto?, que temía que pudiera llegar a oídos de su tío. Y, finalmente, está el que acaba de mencionar».

«Dios mío», dije, bastante desconcertado. «El caso parece muy oscuro para él».

«¿Lo parece?», dijo Poirot. «Ahí es donde diferimos usted y yo. Tres móviles; es casi demasiado. Me inclino a creer que, después de todo, Ralph Paton es inocente».

CAPÍTULO XIV

LA SEÑORA ACKROYD

Después de la charla vespertina que acabo de registrar, el asunto me pareció entrar en una fase diferente. Todo puede dividirse en dos partes, cada una clara y distinta de la otra. La Parte I abarca desde la muerte de Ackroyd el viernes por la tarde hasta la noche del lunes siguiente. Es la narración directa de lo que ocurrió, tal como se presentó a Hercule Poirot. Estuve al lado de Poirot todo el tiempo. Vi lo que él vio. Intenté hacer todo lo posible por leer su mente. Como sé ahora, fracasé en esta última tarea. Aunque Poirot me mostró todos sus descubrimientos —como, por ejemplo, el anillo de bodas de oro—, se guardó las impresiones vitales y, sin embargo, lógicas que se formó. Como llegué a saber más tarde, este secreto era característico de él. Lanzaba indirectas y sugerencias, pero más allá de eso no iba.

Como digo, hasta el lunes por la noche, mi narración podría haber sido la del propio Poirot. Actué como Watson para su Sherlock. Pero después del lunes nuestros caminos divergieron. Poirot estaba ocupado por su cuenta. Me enteré de lo que estaba haciendo porque, en King’s Abbot, uno llega a enterarse de todo, pero no me hizo partícipe de sus confidencias de antemano. Y yo también tenía mis propias preocupaciones.

Mirando hacia atrás, lo que más me impresiona es el carácter fragmentario de este periodo. Todos pusieron su granito de arena en la elucidación del misterio. Fue más bien como un rompecabezas al que cada uno contribuyó con su pequeña pieza de conocimiento o descubrimiento. Pero su tarea terminaba ahí. A Poirot solo le pertenece el renombre de colocar esas piezas en su lugar correcto.

Algunos de los incidentes parecieron en su momento irrelevantes y sin sentido. Estaba, por ejemplo, la cuestión de las botas negras. Pero eso viene más tarde... Para tomar las cosas estrictamente en orden cronológico, debo empezar con la citación de la señora Ackroyd.

Me hizo llamar temprano el martes por la mañana, y como la citación sonaba urgente, me apresuré a ir, esperando encontrarla in extremis.

La dama estaba en la cama. Eso fue lo mucho que cedió ante la etiqueta de la situación. Me dio su mano huesuda y señaló una silla arrimada a la cabecera.

«Bien, señora Ackroyd», dije, «¿y qué le pasa?».

Hablé con esa especie de cordialidad espuria que parece esperarse de los médicos de cabecera.

«Estoy postrada», dijo la señora Ackroyd con voz débil. «Absolutamente postrada. Es la conmoción por la muerte del pobre Roger. Dicen que estas cosas a menudo no se sienten en el momento, ¿sabe? Es la reacción posterior».

Es una lástima que a un médico le esté vedado por su profesión poder decir a veces lo que realmente piensa.

Hubiera dado cualquier cosa por poder responder: «¡Patrañas!».

En cambio, sugerí un tónico. La señora Ackroyd aceptó el tónico. Un movimiento en la partida parecía ahora concluido. Ni por un momento imaginé que me hubieran hecho llamar por la conmoción causada por la muerte de Ackroyd. Pero la señora Ackroyd es totalmente incapaz de seguir un curso directo sobre cualquier tema. Siempre aborda su objetivo por medios tortuosos. Me preguntaba mucho por qué me había hecho llamar.

«Y luego esa escena... ayer», continuó mi paciente.

Hizo una pausa como esperando que yo tomara el relevo.

«¿Qué escena?».

«Doctor, ¿cómo puede? ¿Se ha olvidado? Ese espantoso francéscito —o belga, o lo que sea—. Acosándonos a todos como lo hizo. Me ha alterado bastante. Justo después de la muerte de Roger».

«Lo siento mucho, señora Ackroyd», dije.

«No sé qué quería decir, gritándonos como lo hizo. Espero conocer mi deber demasiado bien como para soñar con ocultar algo. He dado a la policía toda la ayuda que ha estado en mi mano».

La señora Ackroyd hizo una pausa y dije: «Por supuesto». Empezaba a vislumbrar de qué iba todo el problema.

«Nadie puede decir que he faltado a mi deber», continuó la señora Ackroyd. «Estoy segura de que el inspector Raglan está perfectamente satisfecho. ¿Por qué tiene que hacer un escándalo este advenedizo de extranjero? Es una criatura de aspecto ridículo, además, justo como un francés cómico de revista. No puedo entender por qué Flora insistió en meterlo en el caso. Nunca me dijo una palabra al respecto. Simplemente se fue y lo hizo por su cuenta. Flora es demasiado independiente. Soy una mujer de mundo y su madre. Debería haber acudido a mí primero para pedir consejo».

Escuché todo esto en silencio.

«¿Qué es lo que piensa? Eso es lo que quiero saber. ¿Realmente se imagina que estoy ocultando algo? Él... él... me acusó categóricamente ayer».

Me encogí de hombros.

«Sin duda no tiene importancia, señora Ackroyd», le dije. «Puesto que usted no está ocultando nada, cualquier comentario que él haya podido hacer no se aplica a usted».

La señora Ackroyd se fue por la tangente, a su manera habitual.

«Los criados son tan pesados», dijo. «Chismorrean y hablan entre ellos. Y luego se corre la voz... y probablemente no haya nada de cierto en ello».

«¿Han estado hablando los criados?», pregunté. «¿Sobre qué?».

La señora Ackroyd me lanzó una mirada muy astuta. Me descolocó por completo.

«Estaba segura de que usted lo sabría, doctor, si alguien lo sabía. Usted estuvo con M. Poirot todo el tiempo, ¿no es así?».

«Lo estuve».

«Entonces, por supuesto que lo sabe. Fue esa chica, Ursula Bourne, ¿verdad? Naturalmente, ella se va. Querría causar todos los problemas posibles. Son rencorosos, eso es lo que son. Todos son iguales. Ahora, usted que estuvo allí, doctor, ¿debe saber exactamente qué fue lo que dijo? Me preocupa mucho que se pueda formar una idea equivocada. Después de todo, uno no le cuenta todos y cada uno de los detalles a la policía, ¿verdad? A veces hay asuntos de familia, que no tienen nada que ver con la cuestión del asesinato. Pero si la chica tenía rencor, puede haber inventado todo tipo de cosas».

Fui lo suficientemente perspicaz como para ver que una ansiedad muy real subyacía tras estas efusiones. Poirot tenía razón en sus premisas. De las seis personas que estaban ayer alrededor de la mesa, la señora Ackroyd al menos tenía algo que ocultar. Me tocaba a mí descubrir qué podía ser.

«Si yo fuera usted, señora Ackroyd», le dije bruscamente, «se lo contaría todo sin rodeos».

Ella soltó un pequeño grito.

«¡Oh! Doctor, ¿cómo puede ser tan brusco? Suena como si... como si... Y yo puedo explicarlo todo de forma muy sencilla».

«Entonces, ¿por qué no hacerlo?», sugerí.

La señora Ackroyd sacó un pañuelo con volantes y se echó a llorar.

«Pensé, doctor, que usted podría planteárselo a M. Poirot, explicárselo, sabe... porque es muy difícil para un extranjero entender nuestro punto de vista. Y usted no sabe, nadie podría saber, lo que he tenido que soportar. Un martirio, un largo martirio. Eso es lo que ha sido mi vida. No me gusta hablar mal de los muertos, pero ahí está. Ni la factura más pequeña, pero había que revisarlo todo, como si Roger tuviera unos míseros cientos al año en lugar de ser (como me dijo ayer el señor Hammond) uno de los hombres más ricos de estos lugares».

La señora Ackroyd hizo una pausa para secarse los ojos con el pañuelo de volantes.

«Sí», dije de forma alentadora. «¿Decía que estaba hablando de facturas?».

«Esas facturas terribles. Y algunas no quería ni enseñárselas a Roger. Eran cosas que un hombre no entendería. Habría dicho que no eran necesarias. Y, por supuesto, se acumularon, ya sabe, y seguían llegando...».

Me miró suplicante, como si me pidiera que me condoliera de ella por esta llamativa peculiaridad.

«Es un hábito que tienen», coincidí.

«Y el tono cambió, se volvió bastante abusivo. Le aseguro, doctor, que me estaba convirtiendo en un despojo nervioso. No podía dormir por las noches. Y un terrible aleteo en el corazón. Y entonces recibí una carta de un caballero escocés; de hecho, fueron dos cartas, ambos caballeros escoceses. El señor Bruce MacPherson era uno, y el otro era Colin MacDonald. Toda una coincidencia».

«Dificilmente», dije con sequedad. «Suelen ser caballeros escoceses, pero sospecho una raíz semítica en su ascendencia».

«De diez libras a diez mil solo con una nota de pagaré», murmuró la señora Ackroyd rememorando. «Le escribí a uno de ellos, pero parecía que había dificultades».

Hizo una pausa.

Deduje que estábamos entrando en terreno delicado. Nunca he conocido a nadie más difícil de llevar al grano.

«Verá», murmuró la señora Ackroyd, «todo es cuestión de expectativas, ¿no es así? Expectativas testamentarias. Y aunque, por supuesto, esperaba que Roger me proveyera, no lo sabía. Pensé que si pudiera echar un vistazo a una copia de su testamento, no por un sentido de curiosidad vulgar, sino solo para poder hacer mis propios arreglos».

Me miró de reojo. La situación era ahora muy delicada. Afortunadamente, las palabras, ingeniosamente utilizadas, servirán para enmascarar la fealdad de los hechos desnudos.

«Solo podría contarle esto a usted, querido doctor Sheppard», dijo la señora Ackroyd rápidamente. «Puedo confiar en que no me juzgará mal y que presentará el asunto bajo la luz correcta ante M. Poirot. Fue el viernes por la tarde...».

Se detuvo y tragó saliva con incertidumbre.

«Sí», repetí de forma alentadora. «El viernes por la tarde. ¿Y bien?».

«Todo el mundo estaba fuera, o eso creía yo. Y fui al estudio de Roger; tenía una razón real para ir allí; quiero decir, no había nada oculto en ello. Y al ver todos los papeles amontonados en el escritorio, simplemente me vino a la cabeza, como un relámpago: "¿Me pregunto si Roger guarda su testamento en uno de los cajones del escritorio?". Soy muy impulsiva, siempre lo fui, desde niña. Hago cosas por impulso. Él había dejado sus llaves, muy descuidado por su parte, en la cerradura del cajón superior».

«Ya veo», dije para ayudarla. «Así que registró el escritorio. ¿Encontró el testamento?».

La señora Ackroyd soltó un pequeño grito y me di cuenta de que no había sido lo suficientemente diplomático.

«Qué horrible suena. Pero realmente no fue nada parecido a eso».

«Por supuesto que no», dije apresuradamente. «Debe perdonar mi desafortunada forma de expresar las cosas».

«Verá, los hombres son muy peculiares. En el lugar del querido Roger, yo no me habría opuesto a revelar las disposiciones de mi testamento. Pero los hombres son tan reservados. Uno se ve obligado a adoptar pequeñas estratagemas en defensa propia».

«¿Y el resultado de la pequeña estratagema?», pregunté.

«Eso es justo lo que le estoy diciendo. Cuando llegué al cajón inferior, entró Bourne. Muy incómodo. Por supuesto, cerré el cajón y me levanté, y llamé su atención sobre unas cuantas motas de polvo en la superficie. Pero no me gustó cómo me miró; muy respetuosa en sus modales, pero con una luz muy desagradable en los ojos. Casi despectiva, si sabe a lo que me refiero. Nunca me ha gustado mucho esa chica. Es una buena criada, dice "señora", no le importa usar cofias y delantales (lo cual le aseguro que muchas de ellas no hacen hoy en día), y puede decir "no está en casa" sin escrúpulos si tiene que abrir la puerta en lugar de Parker, y no tiene esos ruidos guturales peculiares que parecen tener tantas criadas cuando sirven en la mesa... A ver, ¿dónde estaba?».

«Decía que, a pesar de varias cualidades valiosas, nunca le gustó Bourne».

«Ni me gusta. Es... extraña. Hay algo diferente en ella respecto a las otras. Demasiado educada, esa es mi opinión. Hoy en día no se sabe quiénes son señoras y quiénes no».

«¿Y qué pasó después?», pregunté.

«Nada. Al menos, entró Roger. Y yo pensaba que había salido a pasear. Y dijo: "¿Qué es todo esto?". Y yo dije: "Nada. Solo entré a buscar el Punch". Y tomé el Punch y salí con él. Bourne se quedó atrás. La oí preguntarle a Roger si podía hablar con él un minuto. Fui directamente a mi habitación, a tumbarme. Estaba muy alterada».

Hubo una pausa.

«Usted le explicará a M. Poirot, ¿verdad? Puede ver usted mismo lo trivial que fue todo el asunto. Pero, por supuesto, cuando él fue tan severo acerca de ocultar cosas, pensé en esto inmediatamente. Bourne puede haber inventado alguna historia extraordinaria al respecto, pero usted puede explicarlo, ¿verdad?».

«¿Eso es todo?», dije. «¿Me lo ha dicho todo?».

«Sí», dijo la señora Ackroyd. «¡Oh! sí», añadió con firmeza.

Pero yo había notado el momento de vacilación y sabía que todavía había algo que ella estaba ocultando. No fue nada menos que un destello de pura genialidad lo que me impulsó a hacer la pregunta que hice.

«Señora Ackroyd», dije, «¿fue usted quien dejó abierta la mesa de plata?».

Tuve mi respuesta en el rubor de culpa que ni siquiera el colorete y los polvos pudieron ocultar.

«¿Cómo lo supo?», susurró.

«¿Fue usted, entonces?».

«Sí... yo... verá... había una o dos piezas de plata antigua... muy interesantes. Había estado leyendo sobre el tema y había una ilustración de una pieza bastante pequeña que había alcanzado una suma inmensa en Christie's. Me pareció igual a la que estaba en la mesa de plata. Pensé que me la llevaría a Londres cuando fuera... y... y la haría tasar. Entonces, si realmente era una pieza valiosa, ¿piensa qué sorpresa tan encantadora hubiera sido para Roger?».

Me abstuve de hacer comentarios, aceptando la historia de la señora Ackroyd por sus méritos. Incluso evité preguntarle por qué era necesario sustraer lo que quería de una manera tan subrepticia.

«¿Por qué dejó la tapa abierta?», pregunté. «¿Se olvidó?».

«Me sobresalté», dijo la señora Ackroyd. «Oí pasos que venían por la terraza exterior. Me apresuré a salir de la habitación y justo llegué a las escaleras antes de que Parker abriera la puerta principal para usted».

«Esa debe haber sido la señorita Russell», dije pensativo. La señora Ackroyd me había revelado un hecho que era extremadamente interesante. Si sus designios sobre la plata de Ackroyd habían sido estrictamente honorables, no lo sabía ni me importaba. Lo que sí me interesaba era el hecho de que la señorita Russell debía haber entrado en el salón por la ventana, y que no me había equivocado cuando la juzgué falta de aliento por correr. ¿Dónde había estado? Pensé en el cenador y el trozo de cambray.

«¡Me pregunto si la señorita Russell almidona sus pañuelos!», exclamé impulsivamente.

El sobresalto de la señora Ackroyd me hizo volver en mí, y me levanté.

«¿Cree que puede explicárselo a M. Poirot?», preguntó ansiosa.

«Oh, ciertamente. Absolutamente».

Conseguí salir por fin, después de verme obligado a escuchar más justificaciones de su conducta.

La criada estaba en el vestíbulo, y fue ella quien me ayudó con el abrigo. La observé más de cerca de lo que lo había hecho hasta entonces. Estaba claro que había estado llorando.

«¿Cómo es», pregunté, «que nos dijo que el señor Ackroyd la hizo llamar el viernes a su estudio? ¿Me entero ahora de que fue usted quien pidió hablar con él?».

Durante un minuto, los ojos de la chica bajaron ante los míos.

Luego habló.

«Pensaba irme de todos modos», dijo con incertidumbre.

No dije nada más. Ella me abrió la puerta principal. Justo cuando salía, dijo de repente en voz baja:

«Disculpe, señor, ¿hay alguna noticia del capitán Paton?».

Negué con la cabeza, mirándola interrogante.

«Él debería volver», dijo. «De verdad... de verdad debería volver».

Me miraba con ojos suplicantes.

«¿Nadie sabe dónde está?», preguntó.

«¿Lo sabe usted?», dije bruscamente.

Ella negó con la cabeza.

«No, de verdad. No sé nada. Pero cualquiera que fuera su amigo le diría esto: debería volver».

Me quedé un momento, pensando que quizás la chica diría algo más. Su siguiente pregunta me sorprendió.

«¿Cuándo piensan que se cometió el asesinato? ¿Justo antes de las diez?».

«Esa es la idea», dije. «Entre las diez menos cuarto y la hora».

«¿No antes? ¿No antes de las diez menos cuarto?».

La miré atentamente. Estaba claramente ansiosa por una respuesta afirmativa.

«Eso está fuera de toda duda», dije. «La señorita Ackroyd vio a su tío vivo a las diez menos cuarto».

Ella se dio la vuelta y toda su figura pareció desplomarse.

«Una chica hermosa», me dije mientras me marchaba. «Una chica extremadamente hermosa».

Caroline estaba en casa. Había recibido una visita de Poirot y estaba muy contenta e importante al respecto.

«Le estoy ayudando con el caso», explicó.

Me sentí bastante inquieto. Caroline ya es bastante difícil tal cual. ¿Cómo será con sus instintos detectivescos estimulados?

«¿Vas a ir por el vecindario buscando a la misteriosa chica de Ralph Paton?», pregunté.

«Podría hacerlo por mi cuenta», dijo Caroline. «No, esto es algo especial que M. Poirot quiere que averigüe por él».

«¿Qué es?», pregunté.

«Quiere saber si las botas de Ralph Paton eran negras o marrones», dijo Caroline con tremenda solemnidad.

La miré fijamente. Ahora veo que fui increíblemente estúpido con respecto a estas botas. No logré captar el punto en absoluto.

«Eran zapatos marrones», dije. «Los vi».

«No zapatos, James, botas. M. Poirot quiere saber si un par de botas que Ralph llevaba consigo en el hotel eran marrones o negras. Mucho depende de ello».

Llámame obtuso si quieres. No lo veía.

«¿Y cómo vas a averiguarlo?», pregunté.

Caroline dijo que no habría ninguna dificultad al respecto. La mejor amiga de nuestra Annie era la doncella de la señorita Ganett, Clara. Y Clara salía con el mozo de cuadra de los Three Boars. Todo era de una simplicidad absoluta, y con la ayuda de la señorita Ganett, que colaboró lealmente, dando inmediatamente permiso a Clara, el asunto se resolvió a toda velocidad.

Fue cuando nos sentábamos a comer cuando Caroline comentó, con fingida indiferencia:

«Sobre esas botas de Ralph Paton».

«Bueno», dije, «¿qué pasa con ellas?».

«M. Poirot pensó que probablemente eran marrones. Se equivocó. Son negras».

Y Caroline asintió varias veces. Evidentemente sentía que había ganado un punto sobre Poirot.

No respondí. Estaba desconcertado por lo que el color de un par de botas de Ralph Paton tenía que ver con el caso.

CAPÍTULO XV

GEOFFREY RAYMOND

Ese día iba a tener una prueba más del éxito de las tácticas de Poirot. Aquel desafío suyo había sido un toque sutil nacido de su conocimiento de la naturaleza humana. Una mezcla de miedo y culpa había arrancado la verdad a la señora Ackroyd. Ella fue la primera en reaccionar.

Aquella tarde, cuando regresé de ver a mis pacientes, Caroline me dijo que Geoffrey Raymond acababa de irse.

«¿Quería verme?», pregunté mientras colgaba mi abrigo en el vestíbulo.

Caroline revoloteaba cerca de mi codo.

«Era a M. Poirot a quien quería ver», dijo. «Acababa de venir de The Larches. M. Poirot estaba fuera. El señor Raymond pensó que podría estar aquí, o que usted podría saber dónde estaba».

«No tengo la menor idea».

«Intenté que esperara», dijo Caroline, «pero dijo que volvería a The Larches en media hora, y se fue hacia el pueblo. Una lástima, porque M. Poirot llegó prácticamente en el minuto siguiente a que se fuera».

«¿Llegó aquí?».

«No, a su propia casa».

«¿Cómo lo sabes?».

«La ventana lateral», dijo Caroline brevemente.

Me pareció que ya habíamos agotado el tema. Caroline opinaba lo contrario.

«¿No vas a cruzar?».

«¿Cruzar a dónde?».

«A The Larches, por supuesto».

«Mi querida Caroline», dije, «¿para qué?».

«El señor Raymond quería verle muy particularmente», dijo Caroline. «Podrías enterarte de qué trata todo esto».

Alcé las cejas.

«La curiosidad no es mi pecado capital», comenté con frialdad. «Puedo existir cómodamente sin saber exactamente qué están haciendo y pensando mis vecinos».

«Tonterías, James», dijo mi hermana. «Quieres saber tanto como yo. No eres tan honesto, eso es todo. Siempre tienes que fingir».

«De verdad, Caroline», dije, y me retiré a mi consulta.

Diez minutos después, Caroline llamó a la puerta y entró. En su mano sostenía lo que parecía ser un tarro de mermelada.

«Me pregunto, James», dijo, «¿te importaría llevar este tarro de jalea de nísperos a M. Poirot? Se lo prometí. Nunca ha probado la jalea de nísperos casera».

«¿Por qué no puede ir Annie?», pregunté fríamente.

«Está haciendo unos arreglos. No puedo prescindir de ella».

Caroline y yo nos miramos.

«Muy bien», dije, levantándome. «Pero si llevo la maldita cosa, simplemente la dejaré en la puerta. ¿Entiendes eso?».

Mi hermana alzó las cejas.

«Naturalmente», dijo. «¿Quién sugirió que hicieras otra cosa?».

Los honores eran de Caroline.

«Si da la casualidad de que ves a M. Poirot», dijo, mientras yo abría la puerta principal, «podrías contarle lo de las botas».

Fue un comentario final de lo más sutil. Deseaba terriblemente entender el enigma de las botas. Cuando la anciana con la cofia bretona me abrió la puerta, me encontré preguntando si M. Poirot estaba dentro, de forma bastante automática.

Poirot se levantó de un salto para recibirme, con toda apariencia de placer.

«Siéntese, mi buen amigo», dijo. «¿El sillón grande? ¿Esta pequeña silla? La habitación no está demasiado caliente, ¿no?».

Pensé que era sofocante, pero me abstuve de decirlo. Las ventanas estaban cerradas y un gran fuego ardía en la rejilla.

«Los ingleses tienen una manía con el aire fresco», declaró Poirot. «El gran aire está muy bien fuera, donde pertenece. ¿Por qué admitirlo en la casa? Pero no discutamos tales banalidades. Usted tiene algo para mí, ¿sí?».

«Dos cosas», dije. «Primero, esto, de parte de mi hermana».

Le entregué el tarro de jalea de nísperos.

«Qué amable de parte de la señorita Caroline. Ha recordado su promesa. ¿Y la segunda cosa?».

«Información, de algún tipo».

Y le conté mi entrevista con la señora Ackroyd. Escuchó con interés, pero no con mucha emoción.

«Despeja el terreno», dijo pensativo. «Y tiene cierto valor al confirmar el testimonio de la ama de llaves. Ella dijo, recuerda, que encontró la tapa de la mesa de plata abierta y la cerró al pasar».

«¿Qué hay de su declaración de que entró al salón para ver si las flores estaban frescas?».

«¡Ah! nunca nos tomamos eso muy en serio, ¿verdad, mi amigo? Era manifiestamente una excusa, inventada a toda prisa, por una mujer que sentía urgente explicar su presencia, lo cual, por cierto, probablemente nunca se le hubiera ocurrido cuestionar. Consideré posible que su agitación pudiera surgir del hecho de que había estado manipulando la mesa de plata, pero creo ahora que debemos buscar otra causa».

«Sí», dije. «¿A quién salió a encontrarse? ¿Y por qué?».

«¿Cree que salió a encontrarse con alguien?».

«Lo creo».

Poirot asintió.

«Yo también», dijo pensativo.

Hubo una pausa.

«Por cierto», dije, «tengo un mensaje para usted de parte de mi hermana. Las botas de Ralph Paton eran negras, no marrones».

Lo estaba observando atentamente mientras daba el mensaje, y me pareció ver un parpadeo momentáneo de desasosiego. Si fue así, pasó casi de inmediato.

«¿Está absolutamente segura de que no son marrones?».

«Absolutamente».

«¡Ah!», dijo Poirot con pesar. «Eso es una lástima».

Y pareció bastante abatido.

No entró en explicaciones, sino que inició de inmediato un nuevo tema de conversación.

«La ama de llaves, la señorita Russell, que vino a consultarle aquella mañana de viernes, ¿es indiscreto preguntar qué pasó en la entrevista, aparte de los detalles médicos, quiero decir?».

«En absoluto», dije. «Cuando terminó la parte profesional de la conversación, hablamos durante unos minutos sobre venenos, y la facilidad o dificultad de detectarlos, y sobre el consumo de drogas y los consumidores de drogas».

«¿Con especial referencia a la cocaína?», preguntó Poirot.

«¿Cómo lo supo?», pregunté, algo sorprendido.

Como respuesta, el hombrecito se levantó y cruzó la habitación hasta donde se archivaban los periódicos. Me trajo un ejemplar del Daily Budget, fechado el viernes 16 de septiembre, y me mostró un artículo que trataba sobre el contrabando de cocaína. Era un artículo algo truculento, escrito con miras al efecto pintoresco.

«Eso es lo que le metió la cocaína en la cabeza, mi amigo», dijo.

Lo habría interrogado más, pues no entendía bien a qué se refería, pero en ese momento se abrió la puerta y anunciaron a Geoffrey Raymond.

Entró fresco y desenfadado como siempre, y nos saludó a ambos.

«¿Cómo está, doctor? M. Poirot, esta es la segunda vez que vengo hoy. Estaba ansioso por encontrarle».

«Quizás sería mejor que me fuera», sugerí algo incómodo.

«No por mí, doctor. No, es solo esto», continuó, sentándose ante un gesto de invitación de Poirot, «tengo una confesión que hacer».

«¿En vérité?», dijo Poirot, con aire de cortés interés.

«Oh, no tiene ninguna importancia, de verdad. Pero, a decir verdad, mi conciencia me ha estado remordiendo desde ayer por la tarde. Nos acusó a todos de ocultar algo, M. Poirot. Me declaro culpable. He estado ocultando algo bajo la manga».

«¿Y qué es eso, M. Raymond?».

«Como digo, no tiene importancia, solo esto. Estaba endeudado, gravemente, y ese legado llegó en el momento justo. Quinientas libras me permiten volver a ponerme en pie y que me sobre algo».

Nos sonrió a ambos con esa franqueza encantadora que le convertía en un joven tan simpático.

«Ya sabe cómo es esto. Un policía con aspecto de sospechar, uno no quiere admitir que estaba falto de dinero, piensa que le parecerá mal. Pero fui un tonto, realmente, porque Blunt y yo estuvimos en la sala de billar desde las nueve y cuarto en adelante, así que tengo una coartada hermética y nada que temer. Aun así, cuando usted soltó aquello sobre ocultar cosas, sentí un desagradable remordimiento de conciencia y pensé que me gustaría quitármelo de encima».

Se levantó de nuevo y se quedó allí sonriéndonos.

«Es usted un joven muy sensato», dijo Poirot, asintiendo con aprobación. «Verá, cuando sé que alguien me oculta cosas, sospecho que lo ocultado puede ser algo muy malo, en efecto. Ha hecho bien».

«Me alegra haber quedado libre de sospechas», rió Raymond. «Me voy ya».

«Así que eso es todo», comenté, mientras la puerta se cerraba tras el joven secretario.

«Sí», convino Poirot. «Una mera bagatela, pero si no hubiera estado en la sala de billar... ¿quién sabe? Al fin y al cabo, se han cometido muchos crímenes por menos de quinientas libras. Todo depende de qué suma sea suficiente para arruinar a un hombre. Una cuestión de relatividad, ¿no es así? ¿Ha reflexionado, amigo mío, que muchas personas en esa casa podían beneficiarse de la muerte del Sr. Ackroyd? La Sra. Ackroyd, la señorita Flora, el joven Sr. Raymond, el ama de llaves, la señorita Russell. Solo uno, de hecho, no lo hace: el comandante Blunt».

Su tono al pronunciar ese nombre fue tan peculiar que levanté la vista, intrigado.

«¿No le entiendo muy bien?», dije.

«Dos de las personas a las que acusé me han dicho la verdad».

«¿Cree que el comandante Blunt también tiene algo que ocultar?».

«En cuanto a eso», señaló Poirot con indiferencia, «existe un dicho, ¿no es así?, de que los ingleses solo ocultan una cosa: ¿su amor? Y el comandante Blunt, diría yo, no es bueno para las ocultaciones».

«A veces», dije, «me pregunto si no nos hemos precipitado a sacar conclusiones en un punto».

«¿Cuál es?».

«Hemos dado por sentado que el chantajista de la Sra. Ferrars es necesariamente el asesino del Sr. Ackroyd. ¿No podríamos estar equivocados?».

Poirot asintió enérgicamente.

«Muy bien. Muy bien, de verdad. Me preguntaba si esa idea le vendría a usted. Por supuesto que es posible. Pero debemos recordar un punto. La carta desapareció. Aun así, eso, como usted dice, puede no significar necesariamente que el asesino la tomara. Cuando usted encontró el cuerpo por primera vez, Parker puede haber sustraído la carta sin que usted se diera cuenta».

«¿Parker?».

«Sí, Parker. Siempre vuelvo a Parker, no como el asesino, no, él no cometió el asesinato; pero ¿quién más adecuado que él como el misterioso sinvergüenza que aterrorizó a la Sra. Ferrars? Puede haber obtenido su información sobre la muerte del Sr. Ferrars de uno de los sirvientes de King’s Paddock. En cualquier caso, es más probable que se haya topado con ella que un invitado ocasional como Blunt, por ejemplo».

«Parker podría haber tomado la carta», admití. «No fue hasta más tarde cuando me di cuenta de que había desaparecido».

«¿Cuánto más tarde? ¿Después de que Blunt y Raymond estuvieran en la sala, o antes?».

«No puedo recordar», dije lentamente. «Creo que fue antes... no, después. Sí, estoy casi seguro de que fue después».

«Eso amplía el campo a tres», dijo Poirot pensativo. «Pero Parker es el más probable. Tengo en mente probar un pequeño experimento con Parker. ¿Qué dice, amigo mío, me acompañará a Fernly?».

Asentí y partimos de inmediato. Poirot pidió ver a la señorita Ackroyd, y poco después Flora vino a nosotros.

«Mademoiselle Flora», dijo Poirot, «tengo que confiarle un pequeño secreto. Todavía no estoy satisfecho con la inocencia de Parker. Propongo hacer un pequeño experimento con su ayuda. Quiero reconstruir algunas de sus acciones de esa noche. Pero debemos pensar en algo que decirle... ¡ah! Lo tengo. Quiero asegurarme de si las voces en el pequeño vestíbulo podrían haberse escuchado fuera, en la terraza. Ahora, toque el timbre para Parker, si es tan amable».

Lo hice y al poco apareció el mayordomo, tan suave como siempre.

«¿Llamó, señor?».

«Sí, mi buen Parker. Tengo en mente un pequeño experimento. He colocado al comandante Blunt en la terraza fuera de la ventana del estudio. Quiero ver si alguien allí podría haber escuchado las voces de la señorita Ackroyd y usted en el vestíbulo aquella noche. Quiero representar de nuevo esa pequeña escena. ¿Quizás podría traer la bandeja o lo que fuera que llevaba?».

Parker desapareció y nosotros nos dirigimos al vestíbulo frente a la puerta del estudio. Al poco oímos un tintineo en el pasillo exterior y Parker apareció en el umbral llevando una bandeja con un sifón, un decantador de whisky y dos vasos.

«Un momento», gritó Poirot, levantando la mano y pareciendo muy emocionado. «Debemos tener todo en orden. Exactamente como ocurrió. Es un pequeño método mío».

«Una costumbre extranjera, señor», dijo Parker. «Reconstrucción del crimen, ¿no lo llaman así?».

Se mantuvo imperturbable mientras esperaba cortésmente las órdenes de Poirot.

«¡Ah! Sabe algo, el buen Parker», exclamó Poirot. «Ha leído sobre estas cosas. Ahora, le ruego, que tengamos todo de la forma más exacta. Usted vino del pasillo exterior... así. La señorita estaba... ¿dónde?».

«Aquí», dijo Flora, situándose justo fuera de la puerta del estudio.

«Correcto, señor», dijo Parker.

«Yo acababa de cerrar la puerta», continuó Flora.

«Sí, señorita», convino Parker. «Su mano todavía estaba en el pomo, como está ahora».

«Entonces allez», dijo Poirot. «Representen la pequeña comedia».

Flora permaneció con la mano en el pomo de la puerta y Parker entró desde el pasillo, llevando la bandeja.

Se detuvo justo dentro de la puerta. Flora habló.

«¡Oh! Parker. El Sr. Ackroyd no quiere que le molesten más esta noche».

«¿Es correcto?», añadió ella en voz baja.

«Hasta donde alcanza mi memoria, señorita Flora», dijo Parker, «pero me parece que usted utilizó la palabra tarde en lugar de noche». Luego, elevando la voz de una manera algo teatral: «Muy bien, señorita. ¿Debo cerrar con llave como de costumbre?».

«Sí, por favor».

Parker se retiró por la puerta, Flora le siguió y comenzó a subir la escalera principal.

«¿Es suficiente?», preguntó por encima del hombro.

«Admirable», declaró el hombrecito, frotándose las manos. «Por cierto, Parker, ¿está seguro de que había dos vasos en la bandeja aquella noche? ¿Para quién era el segundo?».

«Siempre traigo dos vasos, señor», dijo Parker. «¿Hay algo más?».

«Nada. Le agradezco».

Parker se retiró, digno hasta el final.

Poirot se quedó en medio del vestíbulo frunciendo el ceño. Flora bajó y se reunió con nosotros.

«¿Ha tenido éxito su experimento?», preguntó. «No termino de entender, sabe...».

Poirot le sonrió con admiración.

«No es necesario que lo haga», dijo. «Pero dígame, ¿había realmente dos vasos en la bandeja de Parker aquella noche?».

Flora arrugó el entrecejo un momento.

«Realmente no puedo recordar», dijo. «Creo que sí. ¿Es... es ese el objetivo de su experimento?».

Poirot tomó su mano y le dio una palmadita.

«Digámoslo así», dijo. «Siempre me interesa ver si la gente dice la verdad».

«¿Y Parker dijo la verdad?».

«Más bien creo que sí», dijo Poirot pensativo.

Unos minutos después nos encontrábamos desandando nuestros pasos hacia el pueblo.

«¿Cuál era el sentido de esa pregunta sobre los vasos?», pregunté con curiosidad.

Poirot se encogió de hombros.

«Uno debe decir algo», comentó. «Esa pregunta en particular sirvió tanto como cualquier otra».

Le miré fijamente.

«En cualquier caso, amigo mío», dijo más seriamente, «ahora sé algo que quería saber. Dejémoslo así».

CAPÍTULO XVI

UNA TARDE DE MAH JONG

Aquella noche tuvimos una pequeña partida de Mah Jong. Este tipo de entretenimiento sencillo es muy popular en King’s Abbot. Los invitados llegan con chanclos e impermeables después de cenar. Degustan café y más tarde pastel, sándwiches y té.

En esta noche en particular, nuestros invitados fueron la señorita Ganett y el coronel Carter, que vive cerca de la iglesia. Se intercambia una buena dosis de cotilleos en estas veladas, lo que a veces interfiere seriamente con el juego en curso. Solíamos jugar al bridge: un bridge lleno de cháchara del peor tipo. Nos resulta el Mah Jong mucho más pacífico. La irritada pregunta de por qué demonios tu pareja no tiró una determinada carta desaparece por completo, y aunque todavía expresamos críticas con franqueza, no existe ese espíritu mordaz.

«Una tarde muy fría, ¿eh, Sheppard?», dijo el coronel Carter, de pie de espaldas a la chimenea. Caroline había llevado a la señorita Ganett a su propia habitación y allí estaba ayudándola a despojarse de sus muchas prendas de abrigo. «Me recuerda a los pasos afganos».

«¿De veras?», dije cortésmente.

«Un asunto muy misterioso este del pobre Ackroyd», continuó el coronel, aceptando una taza de café. «Hay mucho detrás, eso es lo que digo. Entre usted y yo, Sheppard, ¡he oído mencionar la palabra chantaje!».

El coronel me lanzó esa mirada que podría catalogarse como «de un hombre de mundo a otro».

«Una mujer de por medio, sin duda», dijo. «Cuente con ello, una mujer de por medio».

Caroline y la señorita Ganett se unieron a nosotros en ese momento. La señorita Ganett tomó café mientras Caroline sacaba la caja de Mah Jong y vertía las fichas sobre la mesa.

«Lavando las fichas», dijo el coronel con tono jocoso. «Eso es, lavando las fichas, como solíamos decir en el Club de Shanghái».

Es la opinión privada de Caroline y mía que el coronel Carter nunca ha estado en el Club de Shanghái en su vida. Más aún, que nunca ha estado más al este de la India, donde hacía malabarismos con latas de carne en conserva y mermelada de ciruela y manzana durante la Gran Guerra. Pero el coronel es obstinadamente militar, y en King’s Abbot permitimos que la gente se entregue libremente a sus pequeñas peculiaridades.

«¿Empezamos?», dijo Caroline.

Nos sentamos alrededor de la mesa. Durante unos cinco minutos hubo un silencio absoluto, debido al hecho de que existe una tremenda competencia secreta entre nosotros sobre quién puede construir su muralla más rápido.

«Sigue, James», dijo Caroline al fin. «Eres el Viento del Este».

Descarté una ficha. Se sucedieron una o dos rondas, interrumpidas por los comentarios monótonos de «Tres Bambúes», «Dos Círculos», «Pung» y, frecuentemente de parte de la señorita Ganett, «Unpung», debido al hábito de esa dama de reclamar apresuradamente fichas a las que no tenía derecho.

«Vi a Flora Ackroyd esta mañana», dijo la señorita Ganett. «Pung... no... Unpung. Cometí un error».

«Cuatro Círculos», dijo Caroline. «¿Dónde la viste?».

«Ella no me vio a mí», dijo la señorita Ganett, con esa tremenda significación que solo se encuentra en los pueblos pequeños.

«¡Ah!», dijo Caroline con interés. «Chow».

«Creo», dijo la señorita Ganett, temporalmente distraída, «que lo correcto hoy en día es decir ‘Chee’, no ‘Chow’».

«Disparates», dijo Caroline. «Yo siempre he dicho ‘Chow’».

«En el Club de Shanghái», dijo el coronel Carter, «dicen ‘Chow’».

La señorita Ganett se retiró, aplastada.

«¿Qué decías sobre Flora Ackroyd?», preguntó Caroline, después de un momento o dos dedicados al juego. «¿Iba con alguien?».

«Muy bien acompañada», dijo la señorita Ganett.

Los ojos de las dos damas se encontraron y parecieron intercambiar información.

«De verdad», dijo Caroline con interés. «¿Es eso? Bueno, no me sorprende en lo más mínimo».

«Estamos esperando a que descarte, señorita Caroline», dijo el coronel. A veces adopta la pose del hombre rudo, centrado en el juego e indiferente a los chismes. Pero nadie es engañado.

«Si me preguntan a mí», dijo la señorita Ganett. («¿Fue un Bambú el que descartaste, querida? ¡Oh! No, veo ahora... era un Círculo). Como iba diciendo, si me preguntan a mí, Flora ha tenido una suerte extraordinaria. Una suerte extraordinaria ha tenido».

«¿Cómo es eso, señorita Ganett?», preguntó el coronel. «Haré Pung con ese Dragón Verde. ¿Cómo explica que la señorita Flora haya tenido suerte? Una chica muy encantadora y todo eso, lo sé».

«Puede que no sepa mucho sobre el crimen», dijo la señorita Ganett, con aires de quien sabe todo lo que hay que saber, «pero puedo decirle una cosa. La primera pregunta que siempre se hace es: ‘¿Quién vio vivo al fallecido por última vez?’. Y la persona que lo hizo es considerada con sospecha. Ahora bien, Flora Ackroyd vio a su tío vivo por última vez. Podría haber parecido muy desagradable para ella... muy desagradable, de hecho. Es mi opinión, y la doy por lo que vale, que Ralph Paton se mantiene alejado por su causa, para desviar las sospechas de ella».

«Vamos, vamos», protesté levemente, «¿seguro que no puede sugerir que una chica joven como Flora Ackroyd es capaz de apuñalar a su tío a sangre fría?».

«Bueno, no lo sé», dijo la señorita Ganett. «Acabo de leer un libro de la biblioteca sobre los bajos fondos de París, y dice que algunas de las peores mujeres criminales son chicas jóvenes con rostros de ángeles».

«Eso es en Francia», dijo Caroline al instante.

«Justo así», dijo el coronel. «Ahora, les contaré una cosa muy curiosa... una historia que circulaba por los bazares de la India...».

La historia del coronel fue de una longitud interminable y de un interés curiosamente escaso. Una cosa que sucedió en la India hace muchos años no puede compararse ni por un momento con un evento que tuvo lugar en King’s Abbot anteayer.

Fue Caroline quien puso fin a la historia del coronel al hacer, afortunadamente, Mah Jong. Tras el ligero malestar ocasionado siempre por mis correcciones a la aritmética algo defectuosa de Caroline, comenzamos una nueva mano.

«El Viento del Este pasa», dijo Caroline. «Tengo mi propia idea sobre Ralph Paton. Tres Caracteres. Pero me la guardo para mí por el momento».

«¿Sí, querida?», dijo la señorita Ganett. «Chow... quiero decir, Pung».

«Sí», dijo Caroline con firmeza.

«¿Todo bien con las botas?», preguntó la señorita Ganett. «Que fueran negras, quiero decir».

«Todo muy bien», dijo Caroline.

«¿Cuál era el punto, crees?», preguntó la señorita Ganett.

Caroline frunció los labios y sacudió la cabeza con aire de saberlo todo al respecto.

«Pung», dijo la señorita Ganett. «No... Unpung. Supongo que ahora que el doctor está con M. Poirot, ¿conoce todos los secretos?».

«Lejos de eso», dije.

«James es tan modesto», dijo Caroline. «¡Ah! Un Kong oculto».

El coronel dejó escapar un silbido. Por el momento, el cotilleo quedó olvidado.

«Este M. Poirot ahora», dijo el coronel Carter, «¿es realmente un detective tan grande?».

«El más grande que el mundo haya conocido», dijo Caroline solemnemente. «Tuvo que venir aquí de incógnito para evitar la publicidad».

«Chow», dijo la señorita Ganett. «Algo maravilloso para nuestro pequeño pueblo, estoy segura. Por cierto, Clara, mi criada, sabe, es muy amiga de Elsie, la criada de Fernly, ¿y qué creen que le dijo Elsie? Que ha habido mucho dinero robado, y es su opinión... la de Elsie, quiero decir, que la camarera tuvo algo que ver con eso. Se va a fin de mes y llora mucho por las noches. Si me preguntan a mí, la chica muy probablemente está compinchada con una banda. Siempre ha sido una chica rara... no es amiga de ninguna de las chicas de por aquí. Se va sola en sus días libres... muy poco natural, lo llamo yo, y de lo más sospechoso. Una vez le pedí que viniera a nuestras Veladas de Amigas Jóvenes, pero se negó, y luego le hice algunas preguntas sobre su hogar y su familia... todo ese tipo de cosas, y debo decir que consideré sus modales de lo más impertinentes. Exteriormente muy respetuosa, pero me cerró la boca de la manera más descarada».

La señorita Ganett se detuvo para tomar aliento, y el coronel, que no estaba interesado en absoluto en la cuestión del servicio, remarcó que en el Club de Shanghái el juego ágil era la regla invariable.

Tuvimos una ronda de juego ágil.

«Esa señorita Russell», dijo Caroline. «Vino aquí pretendiendo consultar a James el viernes por la mañana. Es mi opinión que quería ver dónde se guardaban los venenos. Cinco Caracteres».

«Chow», dijo la señorita Ganett. «¡Qué idea más extraordinaria! Me pregunto si tendrás razón».

«Hablando de venenos», dijo el coronel. «¿Eh? ¿Qué? ¿No he descartado? Oh, Ocho Bambúes».

«¡Mah Jong!», dijo la señorita Ganett.

Caroline estaba muy molesta.

«Un Dragón Rojo», dijo con pesar, «y hubiera tenido una mano de tres dobles».

«Yo he tenido dos Dragones Rojos todo el tiempo», mencioné.

«Tan parecido a ti, James», dijo Caroline con reproche. «No tienes concepto del espíritu del juego».

Yo mismo pensé que había jugado bastante hábilmente. Habría tenido que pagarle a Caroline una cantidad enorme si ella hubiera hecho Mah Jong. El Mah Jong de la señorita Ganett fue de la variedad más pobre posible, como Caroline no dejó de señalarle.

El Viento del Este pasó y comenzamos una nueva mano en silencio.

«Lo que iba a decirles justo ahora era esto», dijo Caroline.

«¿Sí?», dijo la señorita Ganett animándola.

«Mi idea sobre Ralph Paton, quiero decir».

«Sí, querida», dijo la señorita Ganett, aún más animada. «¡Chow!».

«Es una señal de debilidad hacer Chow tan pronto», dijo Caroline severamente. «Deberías ir a por una mano grande».

«Lo sé», dijo la señorita Ganett. «Decías... sobre Ralph Paton, ¿sabes?».

«Sí. Bueno, tengo una idea bastante clara de dónde está».

Todos nos detuvimos para mirarla.

«Esto es muy interesante, señorita Caroline», dijo el coronel Carter. «Todo idea suya, ¿eh?».

«Bueno, no exactamente. Se lo contaré. ¿Saben ese gran mapa del condado que tenemos en el vestíbulo?».

Todos dijimos que sí.

«Mientras M. Poirot salía el otro día, se detuvo y lo miró, e hizo algún comentario... no recuerdo exactamente cuál. Algo sobre que Cranchester era la única ciudad grande cerca de nosotros... lo cual es cierto, por supuesto. Pero después de que se fue... me vino de repente».

«¿Qué le vino?».

«Su significado. Por supuesto, Ralph está en Cranchester».

Fue en ese momento que tiré el soporte que sostenía mis piezas. Mi hermana inmediatamente me reprendió por mi torpeza, pero sin convicción. Estaba absorta en su teoría.

«¿Cranchester, señorita Caroline?», dijo el coronel Carter. «¡Seguramente no Cranchester! Está tan cerca».

«Eso es exactamente», gritó Caroline triunfalmente. «Parece bastante claro ahora que no salió de aquí en tren. Debe haber caminado simplemente hasta Cranchester. Y creo que todavía está allí. Nadie soñaría con que estuviera tan cerca».

Señalé varias objeciones a la teoría, pero cuando Caroline tiene algo firmemente en la cabeza, nada lo desplaza.

«Y cree que M. Poirot tiene la misma idea», dijo la señorita Ganett pensativa. «Es una coincidencia curiosa, pero salí a pasear esta tarde por la carretera de Cranchester, y él me pasó en un coche que venía de esa dirección».

Todos nos miramos.

«Vaya, cielos», dijo la señorita Ganett de repente, «estoy haciendo Mah Jong todo el tiempo y ni me he dado cuenta».

La atención de Caroline se distrajo de sus propios ejercicios inventivos. Señaló a la señorita Ganett que una mano que consistía en palos mixtos y demasiados Chows apenas merecía un Mah Jong. La señorita Ganett escuchó imperturbable y recogió sus fichas.

«Sí, querida, sé lo que quieres decir», dijo. «Pero depende bastante de qué tipo de mano tengas para empezar, ¿no es así?».

«Nunca conseguirás las manos grandes si no vas a por ellas», instó Caroline.

«Bueno, todos debemos jugar a nuestra manera, ¿no es así?», dijo la señorita Ganett. Miró sus fichas. «Después de todo, voy ganando hasta ahora».

Caroline, que iba considerablemente perdiendo, no dijo nada.

El Viento del Este pasó y nos pusimos a ello una vez más. Annie trajo las cosas del té. Caroline y la señorita Ganett estaban ambas ligeramente irritadas, como suele ser el caso durante una de estas veladas festivas.

«Si tan solo jugaras un poquito más rápido, querida», dijo Caroline, mientras la señorita Ganett dudaba sobre su descarte. «Los chinos ponen las fichas tan rápido que suena como pajaritos correteando».

Durante unos minutos jugamos como los chinos.

«No has contribuido mucho al cúmulo de información, Sheppard», dijo el coronel Carter con afabilidad. «Eres un zorro astuto. Estás mano a mano con el gran detective y ni una pista sobre cómo van las cosas».

«James es una criatura extraordinaria», dijo Caroline. «No puede obligarse a sí mismo a compartir información».

Me miró con cierto desdén.

«Le aseguro», dije, «que no sé nada. Poirot guarda sus secretos para sí mismo».

«Hombre sabio», dijo el coronel con una risita. «No se descubre. Pero son tipos maravillosos, estos detectives extranjeros. Capaces de toda clase de trucos, creo yo».

«Pung», dijo la señorita Ganett, en un tono de triunfo silencioso. «Y Mah Jong».

La situación se volvió más tensa. Fue el fastidio por el hecho de que la señorita Ganett hiciera Mah Jong por tercera vez consecutiva lo que llevó a Caroline a decirme, mientras construíamos un muro nuevo:

«Eres demasiado pesado, James. ¡Te sientas ahí como un pasmarote y no dices absolutamente nada!»

«Pero, querida», protesté, «realmente no tengo nada que decir; es decir, de la clase que tú quieres».

«Tonterías», dijo Caroline, mientras ordenaba su mano. «Debes saber algo interesante».

No respondí por un momento. Estaba abrumado y embriagado. Había leído sobre la existencia de algo llamado la Ganancia Perfecta: hacer Mah Jong con la mano original. Nunca había esperado tener esa mano yo mismo.

Con un triunfo reprimido, puse mi mano boca arriba sobre la mesa.

«Como dicen en el Club de Shanghái», comenté, «Tin-ho, ¡la Ganancia Perfecta!»

A los ojos del coronel casi se les salen las órbitas.

«Por mi vida», dijo. «Qué cosa tan extraordinaria. ¡Nunca había visto que eso pasara antes!»

Fue entonces cuando continué, incitado por las burlas de Caroline y vuelto imprudente por mi triunfo.

«Y en cuanto a algo interesante», dije. «¿Qué tal una alianza de boda de oro con una fecha y un "De R." en el interior?»

Paso por alto la escena que siguió. Me obligaron a decir exactamente dónde se encontró este tesoro. Me obligaron a revelar la fecha.

«13 de marzo», dijo Caroline. «Hace apenas seis meses. ¡Ah!»

Del babel de excitadas sugerencias y suposiciones se desarrollaron tres teorías:

1. La del coronel Carter: que Ralph estaba casado en secreto con Flora. La primera o más simple solución.

2. La de la señorita Ganett: que Roger Ackroyd había estado casado en secreto con la señora Ferrars.

3. La de mi hermana: que Roger Ackroyd se había casado con su ama de llaves, la señorita Russell.

Una cuarta o superteoría fue propuesta por Caroline más tarde, mientras subíamos a acostarnos.

«Marca mis palabras», dijo de repente, «no me sorprendería en absoluto que Geoffrey Raymond y Flora estuvieran casados».

«Seguramente sería "De G.", no "De R." entonces», sugerí.

«Nunca se sabe. Algunas chicas llaman a los hombres por sus apellidos. Y oíste lo que dijo la señorita Ganett esta tarde, sobre los devaneos de Flora».

Estrictamente hablando, no había oído a la señorita Ganett decir nada por el estilo, pero respetaba el conocimiento de las indirectas que tenía Caroline.

«¿Qué tal Hector Blunt?», insinué. «Si es alguien...»

«Tonterías», dijo Caroline. «Me atrevo a decir que la admira, quizá hasta esté enamorado de ella. Pero cuenta con que una chica no se va a enamorar de un hombre con edad para ser su padre cuando hay un joven secretario bien parecido cerca. Puede que anime al comandante Blunt solo como pantalla. Las chicas son muy astutas. Pero hay una cosa que te digo, James Sheppard. A Flora Ackroyd no le importa ni un centavo Ralph Paton, y nunca le ha importado. Puedes creerme».

La creí dócilmente.

CAPÍTULO XVII

PARKER

Se me ocurrió a la mañana siguiente que, bajo la euforia de la noche anterior, había sido indiscreto. Es cierto que Poirot no me había pedido que guardara el descubrimiento del anillo para mí. Por otro lado, no había dicho nada al respecto mientras estuvimos en Fernly y, hasta donde yo sabía, era la única persona consciente de que se había encontrado. Me sentía claramente culpable. El hecho se estaba extendiendo ahora por King’s Abbot como la pólvora. Esperaba reproches en masa de Poirot en cualquier momento.

El funeral conjunto de la señora Ferrars y Roger Ackroyd estaba fijado para las once. Fue una ceremonia melancólica e impresionante. Todo el grupo de Fernly estaba allí.

Después de que terminara, Poirot, que también había estado presente, me tomó del brazo y me invitó a acompañarlo de vuelta a The Larches. Tenía un aspecto muy grave y temí que mi indiscreción de la noche anterior hubiera llegado a sus oídos. Pero pronto se supo que sus pensamientos estaban ocupados por algo de una naturaleza totalmente distinta.

«Vea usted», dijo. «Debemos actuar. Con su ayuda, propongo interrogar a un testigo. Lo cuestionaremos, le infundiremos tal miedo que la verdad tendrá que salir a la luz».

«¿De qué testigo está hablando?», pregunté, muy sorprendido.

«¡De Parker!», dijo Poirot. «Le pedí que estuviera en mi casa esta mañana a las doce. Debería esperarnos allí en este mismo minuto».

«¿Qué piensa?», me aventuré, mirando de reojo su rostro.

«Sé esto: que no estoy satisfecho».

«¿Piensa que fue él quien chantajeó a la señora Ferrars?»

«O eso, o...»

«¿Bien?», dije, tras esperar un minuto o dos.

«Amigo mío, le diré esto: espero que fuera él».

La gravedad de su comportamiento, y algo indefinible que lo teñía, me redujo al silencio.

Al llegar a The Larches, nos informaron de que Parker ya estaba allí esperando nuestro regreso. Al entrar en la habitación, el mayordomo se levantó respetuosamente.

«Buenos días, Parker», dijo Poirot amablemente. «Un instante, le ruego».

Se quitó el abrigo y los guantes.

«Permítame, señor», dijo Parker, y se lanzó hacia adelante para ayudarlo. Depositó los artículos cuidadosamente sobre una silla junto a la puerta. Poirot lo observó con aprobación.

«Gracias, mi buen Parker», dijo. «Tome asiento, ¿no lo hará? Lo que tengo que decir puede llevar algún tiempo».

Parker se sentó con una inclinación de cabeza a modo de disculpa.

«Ahora, ¿por qué cree que le pedí que viniera aquí esta mañana, eh?»

Parker tosió.

«Entendí, señor, que deseaba hacerme algunas preguntas sobre mi difunto amo, en privado».

«Précisément», dijo Poirot, radiante. «¿Ha hecho muchos experimentos con el chantaje?»

«¡Señor!»

El mayordomo saltó de su asiento.

«No se excite», dijo Poirot plácidamente. «No represente la farsa del hombre honesto y herido. Usted sabe todo lo que hay que saber sobre el chantaje, ¿no es así?»

«Señor, yo... nunca he... nunca he sido...»

«Insultado», sugirió Poirot, «de tal manera antes. Entonces, ¿por qué, mi excelente Parker, estaba tan ansioso por escuchar la conversación en el despacho del señor Ackroyd la otra noche, después de haber escuchado la palabra chantaje?»

«Yo no estaba... yo...»

«¿Quién fue su último amo?», soltó Poirot de repente.

«¿Mi último amo?»

«Sí, el amo con el que estuvo antes de venir con el señor Ackroyd».

«Un comandante Ellerby, señor...»

Poirot le quitó las palabras de la boca.

«Justo así, el comandante Ellerby. El comandante Ellerby era adicto a las drogas, ¿no es así? Usted viajaba con él. Cuando estaba en Bermudas hubo algunos problemas: un hombre fue asesinado. El comandante Ellerby fue parcialmente responsable. Se ocultó. Pero usted lo sabía. ¿Cuánto le pagó el comandante Ellerby para mantener la boca cerrada?»

Parker lo miraba con la boca abierta. El hombre se había desmoronado, sus mejillas temblaban con flacidez.

«Verá, yo he hecho averiguaciones», dijo Poirot agradablemente. «Es como digo. Consiguió una buena suma entonces como chantaje, y el comandante Ellerby siguió pagándole hasta que murió. Ahora quiero saber acerca de su último experimento».

Parker seguía mirando fijamente.

«Es inútil negar. Hercule Poirot lo sabe. Es así, lo que he dicho sobre el comandante Ellerby, ¿no es cierto?»

Como si fuera contra su voluntad, Parker asintió de mala gana una vez. Su rostro estaba pálido como la ceniza.

«Pero nunca le hice daño ni a un pelo de la cabeza del señor Ackroyd», gimió. «Honestamente, señor, no lo hice. He tenido miedo de que esto llegara todo el tiempo. Y le digo que no lo hice... no lo maté».

Su voz se elevó casi hasta un grito.

«Me inclino a creerle, amigo mío», dijo Poirot. «Usted no tiene el temple, el coraje. Pero debo saber la verdad».

«Le diré cualquier cosa, señor, cualquier cosa que quiera saber. Es cierto que intenté escuchar aquella noche. Una palabra o dos que escuché me hicieron sentir curiosidad. Y el hecho de que el señor Ackroyd no quisiera ser molestado, y se encerrara con el doctor de la forma en que lo hizo. Es la pura verdad lo que le dije a la policía. Escuché la palabra chantaje, señor, y bueno...»

Hizo una pausa.

«¿Pensó que podría haber algo para usted?», sugirió Poirot suavemente.

«Bueno... bueno, sí, señor. Pensé que si el señor Ackroyd estaba siendo chantajeado, ¿por qué no podría tener yo una parte de las ganancias?»

Una expresión muy curiosa cruzó el rostro de Poirot. Se inclinó hacia adelante.

«¿Tuvo alguna razón para suponer antes de esa noche que el señor Ackroyd estaba siendo chantajeado?»

«No, ciertamente, señor. Fue una gran sorpresa para mí. Un caballero tan regular en todos sus hábitos».

«¿Cuánto escuchó?»

«No mucho, señor. Parecía que había lo que yo llamaría un rencor contra mí. Por supuesto, tenía que atender mis deberes en la despensa. Y cuando me arrastré una o dos veces al despacho no sirvió de nada. La primera vez el doctor Sheppard salió y casi me atrapa en el acto, y otra vez el señor Raymond pasó junto a mí en el gran vestíbulo y fue hacia allá, así que supe que no servía de nada; y cuando fui con la bandeja, la señorita Flora me interceptó».

Poirot miró fijamente al hombre durante mucho tiempo, como para poner a prueba su sinceridad. Parker le devolvió la mirada con seriedad.

«Espero que me crea, señor. He temido todo el tiempo que la policía desenterrara ese viejo asunto del comandante Ellerby y sospechara de mí en consecuencia».

«Eh bien», dijo Poirot al fin. «Estoy dispuesto a creerle. Pero hay una cosa que debo pedirle: que me muestre su libreta de ahorros. Tiene una libreta de ahorros, supongo».

«Sí, señor, de hecho, la tengo conmigo ahora».

Sin ninguna señal de confusión, la sacó de su bolsillo. Poirot tomó el libro delgado de cubierta verde y examinó las anotaciones.

«¡Ah! ¿Percibo que ha comprado 500 libras en Certificados de Ahorro Nacional este año?»

«Sí, señor. Ya tengo más de mil libras ahorradas, resultado de mi conexión con... eh... mi difunto amo, el comandante Ellerby. Y he tenido un pequeño aleteo en algunas carreras este año, con mucho éxito. Si recuerda, señor, un caballo desconocido ganó el Jubilee. Tuve la suerte de apostar por él: 20 libras».

Poirot le devolvió el libro.

«Le deseo buenos días. Creo que me ha dicho la verdad. Si no lo ha hecho, tanto peor para usted, amigo mío».

Cuando Parker se hubo marchado, Poirot recogió su abrigo una vez más.

«¿Sale otra vez?», pregunté.

«Sí, haremos una pequeña visita al buen señor Hammond».

«¿Cree la historia de Parker?»

«Es lo suficientemente creíble a simple vista. Parece claro que, a menos que sea un actor realmente bueno, cree sinceramente que fue el propio Ackroyd quien fue víctima de chantaje. Si es así, no sabe nada en absoluto sobre el asunto de la señora Ferrars».

«Entonces, en ese caso... ¿quién...?»

«Précisément! ¿Quién? Pero nuestra visita al señor Hammond cumplirá un propósito. O bien aclarará a Parker por completo o bien...»

«¿Bien?»

«Caigo en el mal hábito de dejar mis frases sin terminar esta mañana», dijo Poirot a modo de disculpa. «Debe tener paciencia conmigo».

«Por cierto», dije, algo avergonzado, «tengo una confesión que hacer. Me temo que he dejado escapar inadvertidamente algo sobre ese anillo».

«¿Qué anillo?»

«El anillo que encontró en el estanque de los peces dorados».

«¡Ah! sí», dijo Poirot, sonriendo ampliamente.

«¿Espero que no esté molesto? Fue muy descuidado por mi parte».

«Pero en absoluto, mi buen amigo, en absoluto. No le di ninguna orden. Usted estaba en libertad de hablar de ello si así lo deseaba. ¿Estaba interesada, su hermana?»

«De hecho, lo estaba. Causó sensación. Todo tipo de teorías están volando».

«¡Ah! Y, sin embargo, es tan simple. La verdadera explicación saltaba a la vista, ¿no es así?»

«¿Es así?», dije secamente.

Poirot se rió.

«El hombre sabio no se compromete», observó. «¿No es así? Pero aquí estamos en casa del señor Hammond».

El abogado estaba en su despacho y nos hicieron pasar sin demora. Se levantó y nos saludó con su manera seca y precisa.

Poirot fue directo al grano.

«Monsieur, deseo de usted cierta información, es decir, si es tan amable de dármela. Usted actuó, entiendo, para la difunta señora Ferrars de King’s Paddock».

Noté el rápido destello de sorpresa que apareció en los ojos del abogado, antes de que su reserva profesional bajara una vez más como una máscara sobre su rostro.

«Ciertamente. Todos sus asuntos pasaban por nuestras manos».

«Muy bien. Ahora, antes de pedirle que me diga nada, me gustaría que escuchara la historia que el doctor Sheppard le relatará. No tiene inconveniente, ¿verdad, amigo mío, en repetir la conversación que tuvo con el señor Ackroyd el viernes pasado por la noche?»

«En absoluto», dije, y de inmediato comencé el relato de aquella extraña velada.

Hammond escuchó con mucha atención.

«Eso es todo», dije, cuando terminé.

«Chantaje», dijo el abogado pensativo.

«¿Está sorprendido?», preguntó Poirot.

El abogado se quitó los quevedos y los limpió con su pañuelo.

«No», respondió, «difícilmente puedo decir que estoy sorprendido. He sospechado algo parecido desde hace algún tiempo».

«Eso nos lleva», dijo Poirot, «a la información que estoy pidiendo. Si alguien puede darnos una idea de las sumas reales pagadas, es usted, monsieur».

«No veo motivo para ocultar la información», dijo Hammond, después de un momento o dos. «Durante el año pasado, la señora Ferrars vendió ciertos valores, y el dinero de ellos fue pagado en su cuenta y no reinvertido. Como sus ingresos eran altos y vivía muy tranquilamente después de la muerte de su marido, parece seguro que estas sumas de dinero fueron entregadas para algún propósito especial. Una vez le pregunté sobre el tema y dijo que estaba obligada a mantener a varios de los parientes pobres de su marido. Dejé pasar el asunto, por supuesto. Hasta ahora, siempre había imaginado que el dinero se pagaba a alguna mujer que había tenido una reclamación sobre Ashley Ferrars. Nunca soñé que la propia señora Ferrars estuviera involucrada».

«¿Y la cantidad?», preguntó Poirot.

«En total, diría que las diversas sumas sumaron al menos veinte mil libras».

«¡Veinte mil libras!», exclamé. «¡En un año!»

«La señora Ferrars era una mujer muy rica», dijo Poirot secamente. «Y la pena por asesinato no es agradable».

«¿Hay algo más que pueda decirle?», inquirió el señor Hammond.

«Le agradezco, no», dijo Poirot, levantándose. «Todas mis excusas por haberlo molestado».

«En absoluto, en absoluto».

«La palabra molestar», comenté, cuando estuvimos fuera de nuevo, «es aplicable solo al trastorno mental».

«¡Ah!», gritó Poirot, «nunca mi inglés será del todo perfecto. Un idioma curioso. Debería haber dicho entonces desordenado, ¿n'est-ce pas?»

«Perturbado es la palabra que tenía en mente».

«Le agradezco, amigo mío. La palabra exacta, usted es celoso de ella. Eh bien, ¿qué pasa con nuestro amigo Parker ahora? Con veinte mil libras en mano, ¿habría seguido siendo mayordomo? Je ne pense pas. Es, por supuesto, posible que depositara el dinero bajo otro nombre, pero estoy dispuesto a creer que nos dijo la verdad. Si es un sinvergüenza, es un sinvergüenza a pequeña escala. No tiene grandes ideas. Eso nos deja como posibilidad a Raymond, o... bueno... al comandante Blunt».

«Seguramente no a Raymond», objeté. «Ya que sabemos que estaba desesperadamente apurado por una cuestión de quinientas libras».

«Eso es lo que él dice, sí».

«Y en cuanto a Hector Blunt...»

«Le diré algo sobre el buen comandante Blunt», interrumpió Poirot. «Es mi trabajo hacer averiguaciones. Las hago. Eh bien, ese legado del que habla, he descubierto que la cantidad era cercana a las veinte mil libras. ¿Qué piensa de eso?»

Estaba tan desconcertado que apenas podía hablar.

«Es imposible», dije al final. «Un hombre tan conocido como Hector Blunt».

Poirot se encogió de hombros.

«¿Quién sabe? Al menos es un hombre con grandes ideas. Confieso que difícilmente lo veo como un chantajista, pero hay otra posibilidad que ni siquiera ha considerado».

«¿Cuál es?»

«El fuego, amigo mío. El propio Ackroyd pudo haber destruido esa carta, sobre azul y todo, después de que usted lo dejara».

«Difícilmente creo que sea probable», dije lentamente. «Y sin embargo, por supuesto, puede ser así. Podría haber cambiado de opinión».

Acabábamos de llegar a mi casa y, por impulso, invité a Poirot a entrar y tomar lo que hubiera.

Pensé que Caroline estaría complacida conmigo, pero es difícil satisfacer a las mujeres de la familia. Parece que íbamos a comer chuletas para almorzar; el personal de cocina se estaba regalando con callos y cebollas. Y dos chuletas puestas ante tres personas producen vergüenza.

Pero a Caroline rara vez se la intimida por mucho tiempo. Con magnífica mendacidad, le explicó a Poirot que, aunque James se reía de ella por hacerlo, ella seguía estrictamente una dieta vegetariana. Disertó extasiada sobre las delicias de las chuletas de nueces (que estoy seguro de que nunca ha probado) y comió un Welsh rarebit con gusto y frecuentes comentarios mordaces sobre los peligros de los alimentos de «carne».

Después, cuando estábamos sentados frente al fuego y fumando, Caroline atacó directamente a Poirot.

«¿Aún no ha encontrado a Ralph Paton?», preguntó.

«¿Dónde debería encontrarlo, mademoiselle?»

«Pensé, tal vez, que lo habría encontrado en Cranchester», dijo Caroline, con un significado intenso en su tono.

Poirot parecía simplemente desconcertado.

«¿En Cranchester? Pero, ¿por qué en Cranchester?»

Lo iluminé con un toque de malicia.

«Uno de nuestro amplio personal de detectives privados resultó verlo en un coche en la carretera de Cranchester ayer», expliqué.

El desconcierto de Poirot se desvaneció. Se rió de buena gana.

«¡Ah, eso! Una simple visita al dentista, c’est tout. Mi diente, me duele. Voy allí. Mi diente, está mejor de inmediato. Pienso volver rápidamente. El dentista, él dice No. Mejor sacarlo. Disputo. Él insiste. ¡Él se sale con la suya! Ese diente en particular, nunca volverá a doler».

Caroline colapsó más bien como un globo pinchado.

Nos pusimos a discutir sobre Ralph Paton.

«Una naturaleza débil», insistí. «Pero no una viciosa».

«¡Ah!», dijo Poirot. «Pero la debilidad, ¿dónde termina?»

«Exactamente», dijo Caroline. «Tome a James aquí, débil como el agua, si yo no estuviera cerca para cuidar de él».

«Querida Caroline», dije irritado, «¿no puedes hablar sin sacar a relucir personalidades?»

«Eres débil, James», dijo Caroline, sin inmutarse. «Soy ocho años mayor que tú; ¡oh! no me importa que el señor Poirot sepa eso...»

«Nunca lo habría adivinado, mademoiselle», dijo Poirot, con una pequeña reverencia galante.

«Ocho años mayor. Pero siempre he considerado que es mi deber cuidar de ti. Con una mala educación, Dios sabe en qué líos podrías haberte metido a estas alturas».

«Podría haberme casado con una hermosa aventurera», murmuré, mirando al techo y lanzando anillos de humo.

«¡Aventurera!», dijo Caroline, con un resoplido. «Si estamos hablando de aventureras...»

Dejó la frase sin terminar.

«¿Bien?», dije, con cierta curiosidad.

«Nada. Pero puedo pensar en alguien que no está a cien millas de distancia».

Entonces se volvió hacia Poirot de repente.

«James insiste en que usted cree que alguien en la casa cometió el asesinato. Todo lo que puedo decir es que está equivocado».

«No me gustaría estar equivocado», dijo Poirot. «No es, ¿cómo dicen ustedes?, mi métier».

«Tengo los hechos bastante claros», continuó Caroline, sin prestar atención al comentario de Poirot, «por James y otros. Por lo que veo, de las personas en la casa, solo dos podrían haber tenido la oportunidad de hacerlo. Ralph Paton y Flora Ackroyd».

«Querida Caroline...»

«Ahora, James, no me interrumpas. Sé de lo que estoy hablando. Parker la encontró fuera de la puerta, ¿no es así? No oyó a su tío dándole las buenas noches. Podría haberlo matado allí mismo».

«Caroline».

«No digo que lo hiciera, James. Digo que podría haberlo hecho. De hecho, aunque Flora es como todas estas jóvenes de hoy en día, sin veneración por sus mayores y creyendo que lo saben todo sobre cualquier tema bajo el sol, no creo ni por un minuto que fuera capaz de matar ni a un pollo. Pero ahí está. El señor Raymond y el mayor Blunt tienen coartadas. La señora Ackroyd tiene una coartada. Incluso esa mujer, la señorita Russell, parece tener una, y es una suerte para ella que así sea. ¿Quién queda? ¡Solo Ralph y Flora! Y digas lo que digas, no creo que Ralph Paton sea un asesino. Un chico al que conocemos de toda la vida».

Poirot permaneció en silencio durante un minuto, observando cómo el humo se elevaba en espirales de su cigarrillo. Cuando finalmente habló, lo hizo con una voz suave y lejana que produjo una extraña impresión. Era totalmente diferente a su manera habitual.

«Tomemos a un hombre, un hombre muy corriente. Un hombre sin idea alguna de asesinato en su corazón. Hay en él, en algún lugar, una veta de debilidad, muy profunda. Hasta ahora nunca ha sido puesta a prueba. Quizás nunca lo sea, y si es así, irá a la tumba honrado y respetado por todos. Pero supongamos que ocurre algo. Se encuentra en dificultades, o quizá ni siquiera eso. Puede tropezar accidentalmente con un secreto, un secreto que implica la vida o la muerte para alguien. Y su primer impulso será hablar, cumplir con su deber como ciudadano honesto. Y entonces, la veta de debilidad se manifiesta. Aquí hay una oportunidad de dinero, una gran cantidad de dinero. Quiere dinero, lo desea, y es tan fácil. No tiene que hacer nada para conseguirlo, solo guardar silencio. Ese es el comienzo. El deseo de dinero crece. ¡Debe tener más, y más! Está embriagado por la mina de oro que se ha abierto a sus pies. Se vuelve codicioso. Y en su codicia, se extralimita. Uno puede presionar a un hombre tanto como quiera, pero con una mujer no debe presionar demasiado. Porque una mujer tiene en el fondo un gran deseo de decir la verdad. ¡Cuántos maridos que han engañado a sus esposas van cómodamente a sus tumbas, llevándose su secreto con ellos! ¡Cuántas esposas que han engañado a sus maridos arruinan sus vidas al arrojarles el hecho a la cara! Han sido presionadas demasiado. En un momento de imprudencia (del que después se arrepentirán, bien entendu), arrojan la seguridad a los vientos y se vuelven contra el peligro, proclamando la verdad con una gran satisfacción momentánea para ellas mismas. Así fue, creo, en este caso. La presión era demasiada. Y así llegó su proverbio, la muerte de la gallina de los huevos de oro. Pero ese no es el final. La exposición se enfrentaba al hombre del que estamos hablando. Y él ya no es el mismo hombre que era, digamos, hace un año. Su fibra moral está embotada. Está desesperado. Está librando una batalla perdida y está dispuesto a tomar cualquier medio que caiga en sus manos, porque la exposición significa su ruina. Y entonces, ¡el puñal golpea!».

Se quedó en silencio por un momento. Era como si hubiera hechizado la habitación. No puedo intentar describir la impresión que produjeron sus palabras. Había algo en el análisis despiadado y en el implacable poder de visión que nos infundió miedo a ambos.

«Después», continuó suavemente, «una vez eliminado el peligro, volverá a ser él mismo, normal, amable. Pero si surge la necesidad de nuevo, entonces volverá a atacar».

Caroline se animó por fin.

«Estás hablando de Ralph Paton», dijo. «Puede que tengas razón, puede que no, pero no tienes derecho a condenar a un hombre sin haberle escuchado».

El timbre del teléfono sonó con fuerza. Salí al vestíbulo y descolgué el auricular.

«¿Qué?», dije. «Sí. Habla el doctor Sheppard».

Escuché durante un minuto o dos, luego respondí brevemente. Tras colgar, regresé al salón.

«Poirot», dije, «han detenido a un hombre en Liverpool. Su nombre es Charles Kent y se cree que es el desconocido que visitó Fernly esa noche. Quieren que vaya a Liverpool de inmediato e intente identificarle».

CAPÍTULO XVIII

CHARLES KENT

Media hora después, Poirot, yo mismo y el inspector Raglan íbamos en el tren camino de Liverpool. El inspector estaba claramente muy emocionado.

«Puede que consigamos una pista sobre el asunto del chantaje, si no sobre otra cosa», declaró jubilosamente. «Es un tipo rudo, este individuo, por lo que escuché por teléfono. También consume drogas. Debería ser fácil sacar lo que queremos de él. Si hubiera la más mínima sombra de un motivo, nada es más probable que el hecho de que mató al señor Ackroyd. Pero en ese caso, ¿por qué el joven Paton se mantiene oculto? Todo es un lío, eso es lo que es. Por cierto, señor Poirot, tenía usted mucha razón sobre esas huellas dactilares. Eran del propio señor Ackroyd. Yo mismo tuve una idea parecida, pero la descarté por considerarla apenas factible».

Sonreí para mis adentros. El inspector Raglan estaba salvando su reputación de forma muy evidente.

«En cuanto a este hombre», dijo Poirot, «aún no está arrestado, ¿eh?».

«No, detenido bajo sospecha».

«¿Y qué explicación da de sí mismo?».

«Muy poca», dijo el inspector con una sonrisa burlona. «Es un pájaro precavido, deduzco. Muchos insultos, pero poca cosa más».

Al llegar a Liverpool, me sorprendió ver que Poirot fue recibido con aclamaciones. El superintendente Hayes, que nos recibió, había trabajado con Poirot en algún caso hace mucho tiempo y, evidentemente, tenía una opinión exagerada de sus poderes.

«Ahora que tenemos al señor Poirot aquí, no tardaremos mucho», dijo alegremente. «¿Pensé que se había retirado, moosieur?».

«Así fue, mi buen Hayes, así fue. ¡Pero qué tedioso es el retiro! No puede imaginarse la monotonía con la que llega un día tras otro».

«Muy probable. ¿Así que ha venido a echar un vistazo a nuestro hallazgo particular? ¿Es este el doctor Sheppard? ¿Cree que podrá identificarlo, señor?».

«No estoy muy seguro», dije con dudas.

«¿Cómo le echaron el guante?», preguntó Poirot.

«Se difundió la descripción, como sabe. En la prensa y de forma privada. No mucho de donde sacar, lo admito. Este tipo tiene acento estadounidense, eso sí, y no niega que estuviera cerca de King’s Abbot esa noche. Solo pregunta qué diablos nos importa, y que nos verá en el infierno antes de responder a cualquier pregunta».

«¿Se permite que yo también le vea?», preguntó Poirot.

El superintendente cerró un ojo con complicidad.

«Muy contento de tenerle aquí, señor. Tiene permiso para hacer lo que quiera. El inspector Japp, de Scotland Yard, preguntaba por usted el otro día. Dijo que había oído que estaba relacionado extraoficialmente con este caso. ¿Dónde se esconde el capitán Paton, señor, puede decírmelo?».

«Dudo que fuera prudente en la coyuntura actual», dijo Poirot con formalidad, y me mordí los labios para evitar sonreír.

El hombrecito realmente lo hizo muy bien.

Tras algunas deliberaciones más, nos llevaron a entrevistar al prisionero.

Era un joven, diría que no más de veintidós o veintitrés años. Alto, delgado, con las manos ligeramente temblorosas y los indicios de una fuerza física considerable algo venida a menos. Su cabello era oscuro, pero sus ojos eran azules y esquivos, rara vez encontraban una mirada de frente. Había albergado durante todo el tiempo la ilusión de que había algo familiar en la figura que encontré aquella noche, pero si este era realmente él, estaba completamente equivocado. No me recordaba en absoluto a nadie que conociera.

«Bien, Kent», dijo el superintendente, «levántate. Aquí hay algunos visitantes que han venido a verte. ¿Reconoces a alguno de ellos?».

Kent nos miró con hosquedad, pero no respondió. Vi cómo su mirada vacilaba sobre los tres y volvía a posarse en mí.

«Bueno, señor», me dijo el superintendente, «¿qué dice usted?».

«La estatura es la misma», dije, «y en cuanto al aspecto general, bien podría ser el hombre en cuestión. Más allá de eso, no podría afirmar nada».

«¿Qué diablos significa todo esto?», preguntó Kent. «¿Qué tienen contra mí? ¡Vamos, suéltelo! ¿Qué se supone que he hecho?».

Asentí con la cabeza.

«Es el hombre», dije. «Reconozco la voz».

«¿Reconoce mi voz, eh? ¿Dónde cree que la escuchó antes?».

«El viernes por la noche, frente a las puertas de Fernly Park. Usted me preguntó el camino».

«¿Lo hice, eh?».

«¿Lo admite?», preguntó el inspector.

«No admito nada. No hasta que sepa qué tienen contra mí».

«¿No ha leído los periódicos en los últimos días?», preguntó Poirot, hablando por primera vez.

Los ojos del hombre se entrecerraron.

«Así que es eso, ¿eh? Vi que a un anciano se lo cargaron en Fernly. ¿Tratando de hacer ver que hice yo el trabajo, son ustedes?».

«Usted estuvo allí esa noche», dijo Poirot con calma.

«¿Cómo lo sabe, mister?».

«Por esto». Poirot sacó algo de su bolsillo y lo sostuvo ante él.

Era la pluma de ganso que habíamos encontrado en la glorieta.

Al verla, el rostro del hombre cambió. Estiró a medias la mano.

«Nieve», dijo Poirot pensativo. «No, amigo mío, está vacía. Estaba donde usted la dejó caer en la glorieta esa noche».

Charles Kent lo miró con incertidumbre.

«Parece que sabe un demonio de cosas sobre todo, pequeño gallo extranjero. ¿Quizás recuerda esto: los periódicos dicen que al viejo se lo cargaron entre las diez menos cuarto y las diez?».

«Así es», convino Poirot.

«Sí, pero ¿es realmente así? A eso es a lo que voy».

«Este caballero se lo dirá», dijo Poirot.

Señaló al inspector Raglan. Este dudó, miró al superintendente Hayes, luego a Poirot y, finalmente, como si recibiera aprobación, dijo:

«Así es. Entre las diez menos cuarto y las diez».

«Entonces no tienen nada por lo que retenerme aquí», dijo Kent. «Yo estaba lejos de Fernly Park a las nueve y veinticinco. Pueden preguntar en el Dog and Whistle. Es un bar a una milla de Fernly, en la carretera de Cranchester. Armé un poco de alboroto allí, recuerdo. Estaba muy cerca de las diez menos cuarto. ¿Qué me dicen de eso?».

El inspector Raglan escribió algo en su libreta.

«¿Bueno?», exigió Kent.

«Se harán averiguaciones», dijo el inspector. «Si ha dicho la verdad, no tendrá de qué quejarse. ¿Qué hacía en Fernly Park, de todas formas?».

«Fui allí para reunirme con alguien».

«¿Quién?».

«Eso no es asunto suyo».

«Será mejor que mantenga una lengua civilizada en su boca, hombre», le advirtió el superintendente.

«Al diablo con la lengua civilizada. Fui allí por mis propios asuntos, y eso es todo lo que hay. Si estaba lejos antes de que se cometiera el asesinato, eso es todo lo que les concierne a los polis».

«Su nombre, es Charles Kent», dijo Poirot. «¿Dónde nació?».

El hombre lo miró fijamente y luego sonrió.

«Soy un británico de pura cepa, no se preocupe», dijo.

«Sí», dijo Poirot meditativo, «creo que lo es. Imagino que nació en Kent».

El hombre se quedó mirando.

«¿Por qué eso? ¿Por mi nombre? ¿Qué tiene que ver eso? ¿Un hombre cuyo apellido es Kent está obligado a nacer en ese condado en particular?».

«Bajo ciertas circunstancias, puedo imaginar que podría serlo», dijo Poirot muy deliberadamente. «Bajo ciertas circunstancias, usted comprende».

Había tanto significado en su voz que sorprendió a los dos agentes de policía. En cuanto a Charles Kent, se puso rojo como un ladrillo y por un momento pensé que iba a abalanzarse sobre Poirot. Sin embargo, lo pensó mejor y se dio la vuelta con una especie de risa.

Poirot asintió como si estuviera satisfecho y salió por la puerta. Poco después fue alcanzado por los dos oficiales.

«Verificaremos esa declaración», comentó Raglan. «No creo que esté mintiendo, sin embargo. Pero tiene que aclararse con una declaración sobre lo que estaba haciendo en Fernly. Me parece que hemos conseguido a nuestro chantajista, y bien. Por otra parte, aceptando que su historia sea correcta, no podría haber tenido nada que ver con el asesinato real. Tenía diez libras encima cuando fue arrestado, una suma bastante grande. Imagino que las cuarenta libras fueron a parar a él; los números de los billetes no correspondían, pero por supuesto los habría cambiado a la primera oportunidad. El señor Ackroyd debe haberle dado el dinero, y él se marchó con él lo más rápido posible. ¿Qué era eso de que Kent era su lugar de nacimiento? ¿Qué tiene que ver eso con el asunto?».

«Nada en absoluto», dijo Poirot con suavidad. «Una pequeña idea mía, eso era todo. Yo, soy famoso por mis pequeñas ideas».

«¿En serio?», dijo Raglan, estudiándolo con expresión perpleja.

El superintendente soltó una carcajada.

«Muchas veces he oído al inspector Japp decir eso. ¡El señor Poirot y sus pequeñas ideas! Demasiado fantasiosas para mí, solía decir, pero siempre hay algo en ellas».

«Usted se burla de mí», dijo Poirot, sonriendo; «pero no importa. A veces, los viejos ríen los últimos, cuando los jóvenes, los inteligentes, no ríen en absoluto».

Y asintiendo con la cabeza de forma sabia, salió a la calle.

Él y yo almorzamos juntos en un hotel. Sé ahora que todo el asunto estaba claramente desentrañado ante él. Había conseguido el último hilo que necesitaba para llegar a la verdad.

Pero en aquel momento, no tuve sospechas del hecho. Sobreestimé su confianza general y di por sentado que las cosas que me desconcertaban debían ser igual de desconcertantes para él.

Mi principal rompecabezas era qué podía haber estado haciendo Charles Kent en Fernly. Una y otra vez me planteé la pregunta y no pude obtener ninguna respuesta satisfactoria.

Al final, me aventuré a hacer una pregunta tentativa a Poirot. Su respuesta fue inmediata.

«Mon ami, no pienso; sé».

«¿En serio?», dije con incredulidad.

«Sí, de hecho. Supongo ahora que para usted no tendría sentido si le dijera que fue a Fernly esa noche porque nació en Kent».

Lo miré fijamente.

«Desde luego, no parece tener sentido para mí», dije secamente.

«¡Ah!», dijo Poirot con lástima. «Bueno, no importa. Todavía tengo mi pequeña idea».

CAPÍTULO XIX

FLORA ACKROYD

Mientras regresaba de mi ronda a la mañana siguiente, fui saludado por el inspector Raglan. Me detuve y el inspector se subió al estribo.

«Buenos días, doctor Sheppard», dijo. «Bueno, esa coartada es bastante sólida».

«¿La de Charles Kent?».

«La de Charles Kent. La camarera del Dog and Whistle, Sally Jones, le recuerda perfectamente. Identificó su fotografía entre otras cinco. Eran las diez menos cuarto cuando entró en el bar, y el Dog and Whistle está a más de una milla de Fernly Park. La chica menciona que tenía mucho dinero encima; le vio sacar un puñado de billetes del bolsillo. Le sorprendió bastante, viendo la clase de tipo que era, con unas botas que se le caían de los pies. Ahí es donde fueron a parar esas cuarenta libras, sin duda».

«¿El hombre sigue negándose a dar una explicación de su visita a Fernly?».

«Es testarudo como una mula. Tuve una charla con Hayes en Liverpool por el cable esta mañana».

«Hercule Poirot dice que conoce la razón por la que el hombre fue allí esa noche», observé.

«¿Ah, sí?», exclamó el inspector con entusiasmo.

«Sí», dije con malicia. «Dice que fue allí porque nació en Kent».

Sentí un placer distinto al transmitir mi propia confusión.

Raglan me miró durante uno o dos momentos sin comprender. Luego, una sonrisa se extendió por su rostro de comadreja y se tocó la frente significativamente.

«Algo se le ha ido aquí», dijo. «Lo he pensado durante algún tiempo. Pobre viejo, por eso tuvo que dejarlo y venir aquí. Es de familia, muy probablemente. Tiene un sobrino que está bastante mal de la cabeza».

«¿Poirot tiene?», dije, muy sorprendido.

«Sí. ¿Nunca le ha hablado de él? Bastante dócil, creo, y todo eso, pero loco como una cabra, el pobre muchacho».

«¿Quién le ha dicho eso?».

De nuevo, una sonrisa apareció en el rostro del inspector Raglan.

«Su hermana, la señorita Sheppard, me lo contó todo».

Realmente, Caroline es asombrosa. Nunca descansa hasta que conoce los últimos detalles de los secretos familiares de todo el mundo. Desafortunadamente, nunca he sido capaz de inculcarle la decencia de guardárselos para sí misma.

«Suba, inspector», dije, abriendo la puerta del coche. «Vamos juntos a The Larches e informemos a nuestro amigo belga de las últimas noticias».

«Podría ser, supongo. Después de todo, aunque esté un poco loco, fue una pista útil la que me dio sobre esas huellas dactilares. Tiene una idea fija con el tal Kent, pero quién sabe, puede que haya algo útil detrás».

Poirot nos recibió con su habitual cortesía sonriente.

Escuchó la información que le llevamos, asintiendo con la cabeza de vez en cuando.

«Parece que todo está en orden, ¿no?», dijo el inspector con algo de pesimismo. «Un tipo no puede estar asesinando a alguien en un lugar cuando está bebiendo en un bar en otro sitio a una milla de distancia».

«¿Va a dejarle en libertad?».

«No veo qué otra cosa podemos hacer. No podemos retenerlo bien por obtener dinero bajo falsos pretextos. No se puede probar nada de nada».

El inspector tiró una cerilla a la rejilla de forma disgustada. Poirot la recuperó y la puso cuidadosamente en un pequeño recipiente diseñado para tal fin. Su acción fue puramente mecánica. Pude ver que sus pensamientos estaban en algo muy diferente.

«Si yo fuera usted», dijo finalmente, «no dejaría en libertad al hombre Charles Kent todavía».

«¿Qué quiere decir?».

Raglan lo miró fijamente.

«Lo que digo. Yo no le dejaría en libertad todavía».

«No pensará que pudo tener algo que ver con el asesinato, ¿verdad?».

«Creo que probablemente no, pero uno no puede estar seguro todavía».

«¿Pero no acabo de decirle...?».

Poirot levantó una mano en señal de protesta.

«Mais oui, mais oui. He oído. No estoy sordo, ¡ni soy estúpido, gracias al buen Dios! Pero fíjese, usted aborda el asunto desde las premisas equivocadas, ¿no es esa la palabra?».

El inspector lo miró con pesadez.

«No veo cómo llega a esa conclusión. Mire, sabemos que el señor Ackroyd estaba vivo a las diez menos cuarto. Usted lo admite, ¿no es así?».

Poirot lo miró por un momento, luego negó con la cabeza con una rápida sonrisa.

«¡No admito nada que no esté probado!».

«Bueno, tenemos pruebas suficientes de eso. Tenemos el testimonio de la señorita Flora Ackroyd».

«¿Que le dio las buenas noches a su tío? Pero yo, no siempre creo lo que una joven me dice; no, ni siquiera cuando es encantadora y hermosa».

«Pero maldita sea, hombre, Parker la vio salir por la puerta».

«No». La voz de Poirot resonó con repentina nitidez. «Eso es justo lo que no vio. Me cercioré de ello con un pequeño experimento el otro día, ¿recuerda, doctor? Parker la vio fuera de la puerta, con la mano en el pomo. No la vio salir de la habitación».

«Pero... ¿dónde más podría haber estado?».

«Quizás en las escaleras».

«¿Las escaleras?».

«Esa es mi pequeña idea, sí».

«Pero esas escaleras solo conducen al dormitorio del señor Ackroyd».

«Precisamente».

Y el inspector seguía mirando fijamente.

«¿Cree que ella había subido al dormitorio de su tío? Bueno, ¿por qué no? ¿Por qué iba a mentir sobre eso?».

«¡Ah! esa es justo la pregunta. Depende de lo que estuviera haciendo allí, ¿no es así?».

«¿Se refiere al dinero? Maldita sea, ¿no sugiere usted que fue la señorita Ackroyd quien tomó esas cuarenta libras?».

—No sugiero nada —dijo Poirot—. Pero le recordaré esto: la vida no era muy fácil para aquella madre y su hija. Había facturas; había constantes problemas por pequeñas sumas de dinero. Roger Ackroyd era un hombre peculiar en lo que a asuntos de dinero se refiere. La joven podía estar desesperada por una suma comparativamente pequeña. Imagínese entonces lo que sucede. Ella ha tomado el dinero, desciende por la pequeña escalera. Cuando está a mitad de camino, oye el tintineo de un cristal en el vestíbulo. No le cabe duda de qué es: Parker que se dirige al estudio. A toda costa debe evitar que la encuentren en la escalera; Parker no lo olvidará, le parecerá extraño. Si el dinero falta, Parker seguramente recordará haberla visto bajar por esas escaleras. Ella tiene el tiempo justo para correr hacia la puerta del estudio —con la mano en el pomo para demostrar que acaba de salir— cuando Parker aparece en el umbral. Ella dice lo primero que se le ocurre, una repetición de las órdenes que Roger Ackroyd había dado al principio de la velada, y luego sube a su propia habitación.

—Sí, pero más tarde —insistió el inspector—, ¿debió darse cuenta de la importancia vital de decir la verdad? ¡Vaya, el caso entero depende de eso!

—Después —dijo Poirot con sequedad—, fue un poco difícil para Mademoiselle Flora. Simplemente le dicen que la policía está allí y que ha habido un robo. Naturalmente, llega a la conclusión de que se ha descubierto el hurto del dinero. Su única idea es aferrarse a su historia. Cuando se entera de que su tío ha muerto, le entra el pánico. Las jóvenes de hoy en día no se desmayan, monsieur, sin una provocación considerable. ¡Eh bien!, ahí está. Está obligada a mantenerse en su versión o, de lo contrario, confesarlo todo. Y a una joven bonita no le gusta admitir que es una ladrona, especialmente ante aquellos cuya estima desea conservar.

Raglan golpeó la mesa con el puño.

—No lo creeré —dijo—. Es... no es creíble. ¿Y usted... usted lo ha sabido todo este tiempo?

—La posibilidad ha estado en mi mente desde el principio —admitió Poirot—. Siempre estuve convencido de que Mademoiselle Flora nos ocultaba algo. Para convencerme a mí mismo, hice el pequeño experimento del que le hablé. El doctor Sheppard me acompañó.

—Una prueba para Parker, dijo usted que era —observé con amargura.

—Mon ami —dijo Poirot en tono de disculpa—, como le dije en aquel momento, hay que decir algo.

El inspector se levantó.

—Solo hay una salida —declaró—. Debemos abordar a la joven de inmediato. ¿Vendrá conmigo a Fernly, M. Poirot?

—Ciertamente. El doctor Sheppard nos llevará en su coche.

Asentí de buena gana.

Al preguntar por la señorita Ackroyd, nos hicieron pasar a la sala de billar. Flora y el mayor Hector Blunt estaban sentados en el largo asiento junto a la ventana.

—Buenos días, señorita Ackroyd —dijo el inspector—. ¿Podemos hablar un momento a solas con usted?

Blunt se levantó de inmediato y se dirigió a la puerta.

—¿Qué ocurre? —preguntó Flora nerviosa—. No se vaya, mayor Blunt. Él puede quedarse, ¿verdad? —preguntó, volviéndose hacia el inspector.

—Eso es como usted quiera —dijo el inspector con sequedad—. Hay una o dos preguntas que es mi deber hacerle, señorita, pero preferiría hacerlo en privado, y me atrevo a decir que usted también lo preferiría.

Flora lo miró fijamente. Vi cómo su rostro se ponía más pálido. Luego se volvió y habló con Blunt.

—Quiero que te quedes, por favor; sí, lo digo en serio. Sea lo que sea lo que el inspector tenga que decirme, prefiero que tú lo escuches.

Raglan se encogió de hombros.

—Bueno, si usted insiste, eso es todo. Ahora, señorita Ackroyd, el señor Poirot ha hecho una cierta sugerencia. Sugiere que usted no estaba en el estudio el pasado viernes por la noche, que nunca vio al señor Ackroyd para darle las buenas noches, que en lugar de estar en el estudio, usted estaba en la escalera que baja desde el dormitorio de su tío cuando oyó a Parker cruzar el vestíbulo.

La mirada de Flora se desvió hacia Poirot. Él le devolvió el gesto con la cabeza.

—Mademoiselle, el otro día, cuando nos sentamos alrededor de la mesa, le supliqué que fuera franca conmigo. Lo que uno no le cuenta a Papá Poirot, él lo descubre. Fue eso, ¿no es así? Mire, se lo pondré fácil. Usted tomó el dinero, ¿no es cierto?

—¿El dinero? —dijo Blunt bruscamente.

Hubo un silencio que duró al menos un minuto.

Entonces Flora se irguió y habló.

—M. Poirot tiene razón. Tomé ese dinero. Robé. Soy una ladrona, sí, una ladrona vulgar y corriente. ¡Ahora ya lo saben! Me alegra que haya salido a la luz. ¡Ha sido una pesadilla estos últimos días! —Se sentó de repente y se cubrió el rostro con las manos. Habló con voz ronca a través de sus dedos—. No saben cómo ha sido mi vida desde que llegué aquí. Desear cosas, urdir planes para conseguirlas, mentir, engañar, acumular facturas, prometer pagar... ¡oh!, ¡me odio a mí misma cuando pienso en todo ello! Eso es lo que nos unió a Ralph y a mí. ¡Ambos éramos débiles! Yo le entendía y lo sentía, porque en el fondo soy igual. No somos lo suficientemente fuertes como para valernos por nosotros mismos, ninguno de los dos. Somos seres débiles, miserables y despreciables.

Miró a Blunt y de repente dio un pisotón.

—¿Por qué me miras así, como si no pudieras creerlo? Puede que sea una ladrona, pero al menos ahora soy real. Ya no miento más. Ya no finjo ser el tipo de chica que a ti te gusta, joven, inocente y sencilla. No me importa si no quieres volver a verme nunca. Me odio, me desprecio, pero tienes que creer una cosa: si decir la verdad hubiera mejorado las cosas para Ralph, lo habría dicho. Pero me he dado cuenta todo el tiempo de que no sería mejor para Ralph; hace que el caso contra él sea más negro que nunca. No le hacía ningún daño al seguir con mi mentira.

—Ralph —dijo Blunt—. Ya veo, siempre Ralph.

—No lo entiendes —dijo Flora desesperada—. Nunca lo entenderás.

Se volvió hacia el inspector.

—Lo admito todo; estaba desesperada por conseguir dinero. No vi a mi tío aquella noche después de que dejara la mesa. En cuanto al dinero, puede tomar las medidas que desee. ¡Nada podría ser peor de lo que es ahora!

De repente, volvió a derrumbarse, se cubrió el rostro con las manos y salió precipitadamente de la habitación.

—Bueno —dijo el inspector con tono plano—, eso es todo.

Parecía no saber qué hacer a continuación.

Blunt dio un paso adelante.

—Inspector Raglan —dijo con calma—, ese dinero me lo dio el señor Ackroyd para un propósito especial. La señorita Ackroyd nunca lo tocó. Cuando dice que lo hizo, miente con la idea de proteger al capitán Paton. La verdad es como he dicho, y estoy dispuesto a subir al estrado de los testigos y jurarlo.

Hizo una especie de inclinación brusca y, dándose la vuelta, abandonó la habitación.

Poirot fue tras él en un instante. Le alcanzó en el vestíbulo.

—Monsieur, un momento, se lo ruego, si es tan amable.

—¿Bien, señor?

Blunt estaba visiblemente impaciente. Se quedó mirando a Poirot con el ceño fruncido.

—Es esto —dijo Poirot rápidamente—: no me engaña su pequeña fantasía. No, en absoluto. Fue realmente la señorita Flora quien tomó el dinero. Aun así, está bien imaginado lo que dice; me agrada. Es muy bueno lo que ha hecho ahí. Usted es un hombre rápido para pensar y actuar.

—No me interesa lo más mínimo su opinión, gracias —dijo Blunt con frialdad.

Hizo ademán de seguir adelante, pero Poirot, nada ofendido, le puso una mano en el brazo para detenerlo.

—¡Ah!, pero va a escucharme. Tengo más que decir. El otro día hablé de ocultaciones. Muy bien, todo este tiempo he visto lo que usted oculta. Mademoiselle Flora, usted la ama con todo su corazón. Desde el primer momento en que la vio, ¿no es así? Oh, no nos importe decir estas cosas... ¿por qué en Inglaterra se cree necesario mencionar el amor como si fuera un secreto vergonzoso? Usted ama a Mademoiselle Flora. Busca ocultar ese hecho a todo el mundo. Eso está muy bien, eso es como debe ser. Pero siga el consejo de Hercule Poirot: no se lo oculte a la propia mademoiselle.

Blunt había mostrado varias señales de inquietud mientras Poirot hablaba, pero las palabras finales parecieron atraer toda su atención.

—¿Qué quiere decir con eso? —dijo bruscamente.

—Usted piensa que ella ama al capitán Ralph Paton, pero yo, Hercule Poirot, le digo que eso no es así. Mademoiselle Flora aceptó al capitán Paton para complacer a su tío, y porque veía en el matrimonio una forma de escapar de su vida aquí, que se estaba volviendo francamente insoportable para ella. Él le gustaba, y había mucha simpatía y entendimiento entre ellos. Pero amor, ¡no! No es al capitán Paton a quien ama Mademoiselle Flora.

—¿Qué demonios quiere decir? —preguntó Blunt.

Vi el rubor oscuro bajo su bronceado.

—Usted ha estado ciego, monsieur. ¡Ciego! Ella es leal, la pequeña. Ralph Paton está bajo sospecha, ella está obligada por honor a apoyarlo.

Sentí que era hora de intervenir para ayudar en la buena labor.

—Mi hermana me dijo la otra noche —dije de forma alentadora— que a Flora nunca le había importado un bledo Ralph Paton, y que nunca le importaría. Mi hermana siempre tiene razón en estas cosas.

Blunt ignoró mis bienintencionados esfuerzos. Se dirigió a Poirot.

—¿De verdad cree...? —comenzó, y se detuvo.

Es uno de esos hombres inarticulados a los que les cuesta expresar las cosas con palabras.

Poirot no conoce tal incapacidad.

—Si duda de mí, pregúnteselo usted mismo, monsieur. Pero tal vez ya no le interese... el asunto del dinero...

Blunt emitió un sonido parecido a una risa de rabia.

—¿Cree que usaría eso en su contra? Roger siempre fue un tipo raro con el dinero. Ella se metió en un lío y no se atrevió a decírselo. Pobre chica. Pobre chica solitaria.

Poirot miró pensativo hacia la puerta lateral.

—Creo que Mademoiselle Flora salió al jardín —murmuró.

—He sido toda clase de tonto —dijo Blunt bruscamente—. Vaya conversación que hemos tenido. Como una de esas obras danesas. Pero es usted un buen tipo, M. Poirot. Gracias.

Tomó la mano de Poirot y le dio un apretón que hizo que el otro se estremeciera de dolor. Luego se dirigió a paso firme hacia la puerta lateral y salió al jardín.

—No toda clase de tonto —murmuró Poirot, cuidando tiernamente de su miembro herido—. Solo una clase: el tonto enamorado.

CAPÍTULO XX

MISS RUSSELL

El inspector Raglan había recibido un duro golpe. No se dejó engañar por la valiente mentira de Blunt, al igual que nosotros. Nuestro camino de regreso al pueblo estuvo marcado por sus quejas.

—Esto lo cambia todo, esto sí que lo hace. No sé si usted se ha dado cuenta, ¿Monsieur Poirot?

—Creo que sí, sí, eso creo —dijo Poirot—. Verá, yo, hace algún tiempo que estoy familiarizado con la idea.

El inspector Raglan, a quien la idea se le había presentado apenas hace media hora, miró a Poirot con tristeza y continuó con sus descubrimientos.

—Esas coartadas, ahora. Inútiles. Absolutamente inútiles. Hay que empezar de nuevo. Averiguar qué estaba haciendo cada uno a partir de las nueve y media. Nueve y media, esa es la hora a la que tenemos que aferrarnos. Tenía usted toda la razón sobre el hombre Kent; no le soltaremos todavía. Veamos ahora: las nueve y cuarenta y cinco en el Dog and Whistle. Podría haber llegado allí en un cuarto de hora si hubiera corrido. Es posible que fuera su voz la que el señor Raymond oyó hablar con el señor Ackroyd, pidiendo un dinero que el señor Ackroyd se negó a darle. Pero una cosa está clara: no fue él quien envió el mensaje telefónico. La estación está a media milla en la dirección contraria, a más de una milla y media del Dog and Whistle, y él estuvo en el Dog and Whistle hasta eso de las diez y diez. ¡Maldita sea esa llamada telefónica! Siempre nos topamos con ella.

—Ciertamente —asintió Poirot—. Es curioso.

—Es posible que si el capitán Paton entró en la habitación de su tío y lo encontró allí asesinado, haya podido hacerla él. Se asustó, pensó que lo acusarían y se largó. Eso es posible, ¿no?

—¿Por qué habría telefoneado?

—Puede que tuviera dudas de si el viejo estaba realmente muerto. Pensó que debería llevar al médico allí lo antes posible, pero no quería delatarse. Sí, digo yo ahora, ¿qué le parece esa teoría? Creo que hay algo de eso.

El inspector hinchó el pecho con importancia. Estaba tan claramente encantado consigo mismo que cualquier palabra nuestra habría sido totalmente superflua.

Llegamos a mi casa en ese momento y me apresuré a atender a los pacientes de mi consulta, que llevaban esperando un tiempo considerable, dejando que Poirot caminara hasta la comisaría con el inspector.

Tras despedir al último paciente, me di un paseo hasta la pequeña habitación de la parte trasera de la casa que llamo mi taller; estoy bastante orgulloso de la radio casera que fabriqué. A Caroline le horroriza mi taller. Allí guardo mis herramientas y a Annie no se le permite causar estragos con el recogedor y el cepillo. Estaba ajustando el interior de un despertador que había sido calificado como totalmente poco fiable por la casa, cuando la puerta se abrió y Caroline asomó la cabeza.

—Ah, ahí estás, James —dijo, con profunda desaprobación—. El señor Poirot quiere verte.

—Bueno —dije, bastante irritado, pues su entrada repentina me había asustado y solté una pieza del delicado mecanismo—, si quiere verme, puede entrar aquí.

—¿Aquí dentro? —dijo Caroline.

—Eso es lo que he dicho, aquí dentro.

Caroline soltó un bufido de desaprobación y se retiró. Volvió al poco tiempo, acompañando a Poirot, y se retiró de nuevo, cerrando la puerta de un golpe.

—¡Aha!, amigo mío —dijo Poirot, acercándose y frotándose las manos—. ¡Ya ve que no se ha librado de mí tan fácilmente!

—¿Ya terminó con el inspector? —pregunté.

—Por el momento, sí. Y usted, ¿ya ha visto a todos los pacientes?

—Sí.

Poirot se sentó y me miró, inclinando su cabeza con forma de huevo hacia un lado, con el aire de alguien que saborea una broma muy deliciosa.

—Está en un error —dijo por fin—. Todavía tiene un paciente que ver.

—¿No será usted? —exclamé sorprendido.

—Ah, no, bien entendu. Yo tengo una salud magnífica. No, a decir verdad, es un pequeño complot mío. Hay alguien a quien deseo ver, comprende, y al mismo tiempo no es necesario que todo el pueblo se intrigue por el asunto, que es lo que pasaría si vieran a la dama venir a mi casa, pues es una dama. Pero ella ya ha venido a verle a usted como paciente antes.

—¡Miss Russell! —exclamé.

—Précisément. Deseo mucho hablar con ella, así que le envié una pequeña nota y fijé la cita en su consulta. ¿No está molesto conmigo?

—Al contrario —dije—. Es decir, suponiendo que se me permita estar presente durante la entrevista.

—¡Pero naturalmente! ¡En su propia consulta!

—Sabe —dije, soltando las tenazas que sostenía—, es extraordinariamente intrigante todo esto. Cada nuevo acontecimiento que surge es como el giro que le das a un caleidoscopio: la cosa cambia totalmente de aspecto. Ahora bien, ¿por qué tiene tanto interés en ver a Miss Russell?

Poirot arqueó las cejas.

—¿Seguro que es obvio? —murmuró.

—Ahí va usted otra vez —refunfuñé—. Según usted, todo es obvio. Pero me deja caminando entre la niebla.

Poirot negó con la cabeza de forma afable.

—Se burla de mí. Tome el asunto de Mademoiselle Flora. El inspector se sorprendió, pero usted no.

—Nunca soñé que ella fuera la ladrona —objeté.

—Eso, quizá no. Pero yo observaba su rostro y usted no estaba, como el inspector Raglan, sobresaltado e incrédulo.

Pensé durante un par de minutos.

—Quizá tenga razón —dije por fin—. Todo el tiempo he sentido que Flora ocultaba algo, así que la verdad, cuando llegó, fue subconscientemente esperada. Al inspector Raglan le trastornó muchísimo, pobre hombre.

—¡Ah!, pour ça, oui! El pobre hombre debe reorganizar todas sus ideas. Aproveché su estado de caos mental para inducirle a que me concediera un pequeño favor.

—¿Cuál fue?

Poirot sacó una hoja de papel de su bolsillo. Tenía algunas palabras escritas y las leyó en voz alta.

—La policía ha estado buscando durante algunos días al capitán Ralph Paton, el sobrino del señor Ackroyd de Fernly Park, cuya muerte ocurrió bajo tan trágicas circunstancias el pasado viernes. El capitán Paton ha sido localizado en Liverpool, donde estaba a punto de embarcar hacia América.

Volvió a doblar el trozo de papel.

—Eso, amigo mío, aparecerá en los periódicos mañana por la mañana.

Me quedé mirándolo, estupefacto.

—Pero... ¡pero no es verdad! ¡No está en Liverpool!

Poirot me dedicó una sonrisa radiante.

—¡Tiene usted una inteligencia muy rápida! No, no ha sido localizado en Liverpool. El inspector Raglan se mostró muy reacio a dejarme enviar este párrafo a la prensa, especialmente porque no pude confiarle el motivo. Pero le aseguré muy solemnemente que se obtendrían resultados muy interesantes tras su publicación, así que cedió, después de estipular que, bajo ninguna circunstancia, él asumiría la responsabilidad.

Me quedé mirando a Poirot. Él me devolvió la sonrisa.

—Me supera —dije por fin— lo que espera sacar de eso.

—Debería emplear sus pequeñas células grises —dijo Poirot con gravedad.

Se levantó y se acercó al banco.

—Es que a usted realmente le gusta la mecánica —dijo, tras inspeccionar los restos de mis labores.

Cada hombre tiene su afición. Inmediatamente llamé la atención de Poirot sobre mi radio casera. Al encontrarlo comprensivo, le mostré uno o dos pequeños inventos míos; cosas triviales, pero útiles en la casa.

—Decididamente —dijo Poirot—, usted debería ser inventor de oficio, no médico. Pero oigo el timbre; es su paciente. Vayamos a la consulta.

Ya antes me habían llamado la atención los restos de belleza en el rostro del ama de llaves. Esta mañana me llamaron la atención de nuevo. Vestida muy sencillamente de negro, alta, erguida e independiente como siempre, con sus grandes ojos oscuros y un rubor inusual en sus mejillas habitualmente pálidas, me di cuenta de que de joven debió de ser sorprendentemente hermosa.

—Buenos días, mademoiselle —dijo Poirot—. ¿Quiere sentarse? El doctor Sheppard es tan amable de permitirme usar su consulta para una pequeña conversación que deseo tener con usted.

Miss Russell se sentó con su compostura habitual. Si sentía alguna agitación interior, no se mostraba en ninguna manifestación externa.

—Me parece una forma extraña de hacer las cosas, si me permite decirlo —comentó.

—Miss Russell, tengo noticias para usted.

—¿De veras?

—Charles Kent ha sido arrestado en Liverpool.

Ni un músculo de su rostro se movió. Simplemente abrió los ojos un poco más y preguntó, con un tinte de desafío:

—Bueno, ¿y qué?

Pero en ese momento me sobrevino el recuerdo: el parecido que me había perseguido todo el tiempo, algo familiar en la actitud desafiante de Charles Kent. Las dos voces, una áspera y tosca, la otra dolorosamente refinada, eran extrañamente iguales en timbre. Era en Miss Russell en quien yo había pensado aquella noche frente a las puertas de Fernly Park.

Miré a Poirot, lleno de mi descubrimiento, y él me hizo un asentimiento imperceptible.

En respuesta a la pregunta de Miss Russell, él lanzó las manos en un gesto totalmente francés.

—Pensé que podría interesarle, eso es todo —dijo suavemente.

—Bueno, no particularmente —dijo Miss Russell—. ¿Quién es este Charles Kent, de todos modos?

—Es un hombre, mademoiselle, que estuvo en Fernly la noche del asesinato.

—¿En serio?

—Afortunadamente para él, tiene una coartada. A las diez menos cuarto estaba en una taberna a una milla de aquí.

—Suerte para él —comentó Miss Russell.

—Pero todavía no sabemos qué hacía en Fernly; a quién fue a encontrarse, por ejemplo.

—Me temo que no puedo ayudarle en absoluto —dijo el ama de llaves cortésmente—. No llegó nada a mis oídos. Si eso es todo...

Hizo un movimiento tentativo como para levantarse. Poirot la detuvo.

—No es del todo todo —dijo con suavidad—. Esta mañana han surgido nuevos acontecimientos. Ahora parece que el señor Ackroyd fue asesinado, no a las diez menos cuarto, sino antes. Entre las nueve menos diez, cuando el doctor Sheppard se marchó, y las diez menos cuarto.

Vi cómo el color abandonaba el rostro del ama de llaves, dejándolo de un blanco mortecino. Se inclinó hacia delante, con el cuerpo oscilante.

—Pero la señorita Ackroyd dijo... la señorita Ackroyd dijo...

—La señorita Ackroyd ha admitido que mentía. Nunca estuvo en el despacho aquella noche.

—¿Entonces...?

—Entonces parece que en este Charles Kent tenemos al hombre que buscamos. Vino a Fernly y no puede dar cuenta de qué hacía allí...

—Puedo decirle lo que hacía allí. Jamás tocó un pelo de la cabeza del viejo Ackroyd; nunca se acercó al despacho. Él no lo hizo, se lo aseguro.

Estaba inclinada hacia delante. Aquel férreo autocontrol se había roto por fin. El terror y la desesperación se reflejaban en su rostro.

—¡Monsieur Poirot! ¡Monsieur Poirot! Oh, créame, por favor.

Poirot se levantó y se acercó a ella. Le dio unas palmaditas tranquilizadoras en el hombro.

—Pero sí, pero sí, le creeré. Tenía que hacer que hablara, ¿sabe?

Por un instante, la sospecha brilló en ella.

—¿Es verdad lo que ha dicho?

—¿Que Charles Kent es sospechoso del crimen? Sí, es verdad. Solo usted puede salvarle, contando el motivo de su presencia en Fernly.

—Vino a verme —dijo con voz baja y apresurada—. Salí a encontrarme con él...

—En el cenador, sí, lo sé.

—¿Cómo lo sabe?

—Mademoiselle, es el oficio de Hercule Poirot saber cosas. Sé que salió antes, al anochecer, que dejó un mensaje en el cenador para decir a qué hora estaría allí.

—Sí, así fue. Tuve noticias suyas, diciéndome que venía. No me atreví a dejar que viniera a la casa. Escribí a la dirección que me dio y le dije que me encontraría con él en el cenador, y se lo describí para que pudiera encontrarlo. Luego tuve miedo de que no esperara allí pacientemente, así que salí corriendo y dejé una nota diciendo que estaría allí alrededor de las nueve y diez. No quería que los criados me vieran, así que salí a hurtadillas por la ventana del salón. Al volver, me encontré con el doctor Sheppard y me imaginé que le parecería extraño. Estaba sin aliento, pues había estado corriendo. No tenía idea de que se le esperara a cenar esa noche.

Hizo una pausa.

—Continúe —dijo Poirot—. Salió a encontrarlo a las nueve y diez. ¿Qué se dijeron?

—Es difícil. Verá...

—Mademoiselle —dijo Poirot, interrumpiéndola—, en este asunto debo tener toda la verdad. Lo que nos diga nunca tendrá que salir de estas cuatro paredes. El doctor Sheppard será discreto, y yo también. Mire, le ayudaré. Este Charles Kent, es su hijo, ¿no es así?

Ella asintió. El color había subido a sus mejillas.

—Nadie lo ha sabido nunca. Fue hace mucho tiempo, hace mucho, en Kent. Yo no estaba casada...

—Así que tomó el nombre del condado como apellido para él. Comprendo.

—Conseguí trabajo. Logré pagar su comida y alojamiento. Nunca le dije que era su madre. Pero se echó a perder, bebía, luego empezó con las drogas. Logré pagarle el pasaje a Canadá. No supe de él durante un año o dos. Luego, de alguna manera, descubrió que yo era su madre. Me escribió pidiéndome dinero. Finalmente, supe por él que había vuelto a este país. Venía a verme a Fernly, dijo. No me atreví a dejar que viniera a la casa. Siempre se me ha considerado tan... tan muy respetable. Si alguien hubiera tenido la menor sospecha, se habría acabado mi puesto de ama de llaves. Así que le escribí de la forma en que le acabo de decir.

—¿Y por la mañana vino a ver al doctor Sheppard?

—Sí. Me preguntaba si se podría hacer algo. No era un mal chico, antes de caer en las drogas.

—Ya veo —dijo Poirot—. Ahora sigamos con la historia. ¿Vino esa noche al cenador?

—Sí, me estaba esperando cuando llegué. Fue muy rudo y ofensivo. Había traído conmigo todo el dinero que tenía y se lo di. Hablamos un poco y luego se fue.

—¿A qué hora fue eso?

—Debió ser entre las nueve y veinte y las nueve y veinticinco. No eran aún las nueve y media cuando volví a la casa.

—¿Por qué camino se fue?

—Directamente, por el mismo camino por el que vino, el sendero que se unía al camino de entrada justo dentro de las puertas de la portería.

Poirot asintió.

—¿Y usted, qué hizo?

—Volví a la casa. El mayor Blunt estaba paseando por la terraza fumando, así que di un rodeo para llegar a la puerta lateral. Eran entonces casi las nueve y media, como le digo.

Poirot volvió a asentir. Tomó un par de notas en una libreta microscópica.

—Creo que eso es todo —dijo pensativo.

—¿Debo...? —dudó—. ¿Debo contar todo esto al inspector Raglan?

—Puede que llegue el momento. Pero no tengamos prisa. Procedamos despacio, con el debido orden y método. Charles Kent aún no ha sido formalmente acusado de asesinato. Pueden surgir circunstancias que hagan innecesaria su historia.

Miss Russell se levantó.

—Muchas gracias, Monsieur Poirot —dijo—. Ha sido muy amable, muy amable de verdad. Usted... usted sí me cree, ¿verdad? ¡Que Charles no tuvo nada que ver con este cruel asesinato!

—No parece haber duda de que el hombre que estaba hablando con el señor Ackroyd en la biblioteca a las nueve y media no podría ser su hijo. Tenga valor, mademoiselle. Todo saldrá bien.

Miss Russell se marchó. Poirot y yo nos quedamos solos.

—Así que eso es todo —dije—. Siempre volvemos a Ralph Paton. ¿Cómo logró identificar a Miss Russell como la persona con la que Charles Kent vino a reunirse? ¿Notó el parecido?

—La había relacionado con el hombre desconocido mucho antes de que nos encontráramos cara a cara con él. Tan pronto como encontramos esa pluma. La pluma sugería droga, y recordé su relato de la visita de Miss Russell. Luego encontré el artículo sobre la cocaína en el periódico de esa mañana. Todo pareció muy claro. Había tenido noticias de alguien esa mañana, alguien adicto a las drogas, leyó el artículo en el periódico y vino a usted a hacer algunas preguntas tentativas. Mencionó la cocaína, ya que el artículo en cuestión trataba sobre la cocaína. Luego, cuando usted pareció demasiado interesado, cambió apresuradamente al tema de las novelas policíacas y los venenos indetectables. Sospeché de un hijo o un hermano, o algún otro pariente masculino indeseable. ¡Ah! Pero debo irme. Es la hora del almuerzo.

—Quédese a comer con nosotros —sugerí.

Poirot negó con la cabeza. Un ligero brillo apareció en sus ojos.

—Hoy no. No me gustaría obligar a Mademoiselle Caroline a adoptar una dieta vegetariana dos días seguidos.

Se me ocurrió que no había muchas cosas que se le escaparan a Hercule Poirot.

CAPÍTULO XXI

EL PÁRRAFO EN EL PERIÓDICO

Caroline, por supuesto, no había dejado de ver a Miss Russell llegar a la puerta de la consulta. Yo lo había previsto y tenía preparada una elaborada explicación sobre la mala rodilla de la dama. Pero Caroline no estaba de humor para interrogar. Su punto de vista era que ella sabía a qué había venido realmente Miss Russell y que yo no.

—Sacándote información, James —dijo Caroline—. Sacándote información de la manera más descarada, no me cabe duda. No sirve de nada interrumpir. Me atrevería a decir que ni siquiera tuviste la menor idea de que lo estaba haciendo. Los hombres son tan simples. Sabe que cuentas con la confianza de Monsieur Poirot y quiere averiguar cosas. ¿Sabes lo que pienso, James?

—Ni podría imaginarlo. Piensas tantas cosas extraordinarias.

—No sirve de nada ser sarcástico. Pienso que Miss Russell sabe más sobre la muerte del señor Ackroyd de lo que está dispuesta a admitir.

Caroline se reclinó triunfante en su silla.

—¿De verdad lo crees? —dije distraído.

—Estás muy soso hoy, James. Sin animación alguna. Es ese hígado tuyo.

Nuestra conversación trató entonces de asuntos puramente personales.

El párrafo inspirado por Poirot apareció puntualmente en nuestro periódico diario a la mañana siguiente. Yo estaba a oscuras sobre su propósito, pero su efecto en Caroline fue inmenso.

Empezó declarando, de forma muy incierta, que ella había dicho lo mismo desde el principio. Alcé las cejas, pero no discutí. Caroline, sin embargo, debió sentir un pinchazo de conciencia, porque continuó:

—Puede que no haya mencionado Liverpool realmente, pero sabía que intentaría escapar a Estados Unidos. Eso es lo que hizo Crippen.

—Sin mucho éxito —le recordé.

—Pobre chico, y así lo han atrapado. Considero, James, que es tu deber ver que no lo ahorquen.

—¿Qué esperas que haga?

—Vaya, eres médico, ¿no? Lo has conocido desde que era un niño. No es mentalmente responsable. Ese es el camino a seguir, claramente. Leí el otro día que están muy felices en Broadmoor; es casi como un club de alta alcurnia.

Pero las palabras de Caroline me habían recordado algo.

—¿Nunca supe que Poirot tuviera un sobrino imbécil? —dije con curiosidad.

—¿No? Oh, me lo contó todo. Pobre muchacho. Es un gran dolor para toda la familia. Lo han mantenido en casa hasta ahora, pero está llegando a tal punto que temen que tenga que ir a algún tipo de institución.

—Supongo que ya sabes prácticamente todo lo que hay que saber sobre la familia de Poirot a estas alturas —dije exasperado.

—Prácticamente —dijo Caroline con complacencia—. Es un gran alivio para la gente poder contar todas sus penas a alguien.

—Podría serlo —dije—, si se les permitiera hacerlo espontáneamente. Si disfrutan de que les arranquen las confidencias por la fuerza es otra cuestión.

Caroline simplemente me miró con aire de mártir cristiana disfrutando del martirio.

—Eres tan reservado, James —dijo—. Odias hablar o compartir información y piensas que todos los demás deben ser igual que tú. Espero no arrancar nunca confidencias a nadie. Por ejemplo, si Monsieur Poirot viene esta tarde, como dijo que podría hacer, ni se me ocurrirá preguntarle quién fue el que llegó a su casa esta mañana temprano.

—¿Esta mañana temprano? —pregunté.

—Muy temprano —dijo Caroline—. Antes de que viniera el lechero. Casualmente estaba mirando por la ventana; la persiana estaba moviéndose. Era un hombre. Llegó en un coche cerrado y estaba muy abrigado. No pude vislumbrar su rostro. Pero te contaré mi idea, y verás que tengo razón.

—¿Cuál es tu idea?

Caroline bajó la voz misteriosamente.

—Un experto del Ministerio del Interior —susurró.

—Un experto del Ministerio del Interior —dije, asombrado—. ¡Querida Caroline!

—Marca mis palabras, James, verás que tengo razón. Esa mujer, Russell, estuvo aquí aquella mañana preguntando por tus venenos. Roger Ackroyd podría haber sido envenenado fácilmente en su comida aquella noche.

Me reí a carcajadas.

—Tonterías —exclamé—. Fue apuñalado en el cuello. Lo sabes tan bien como yo.

—Después de muerto, James —dijo Caroline—, para crear una pista falsa.

—Buena mujer —dije—, examiné el cuerpo y sé de lo que hablo. Esa herida no fue infligida después de la muerte; fue la causa de la muerte, y no te quepa duda de ello.

Caroline simplemente continuó mirando con aire omnisciente, lo que me molestó tanto que continué:

—¿Quizás me dirás, Caroline, si tengo un título de medicina o si no lo tengo?

—Tienes el título de medicina, me atrevo a decir, James; al menos, quiero decir que sé que lo tienes. Pero no tienes imaginación alguna.

—Habiéndote dotado a ti con una triple ración, no quedó nada para mí —dije secamente.

Me divirtió observar las maniobras de Caroline aquella tarde cuando Poirot llegó puntualmente. Mi hermana, sin hacer una pregunta directa, rodeó el tema del misterioso invitado de todas las formas imaginables. Por el brillo en los ojos de Poirot, vi que se daba cuenta de su objetivo. Permaneció imperturbable y bloqueó sus ataques tan exitosamente que ella misma no sabía cómo continuar.

Habiendo, sospecho, disfrutado tranquilamente del jueguecito, se puso de pie y sugirió un paseo.

—Es que necesito reducir un poco la figura —explicó—. ¿Vendrá conmigo, doctor? Y quizás más tarde Miss Caroline nos sirva un poco de té.

—Encantada —dijo Caroline—. ¿No vendrá también su... eh... invitado?

—Es usted muy amable —dijo Poirot—. Pero no, mi amigo descansa. Pronto hará su conocimiento.

—Un viejo amigo suyo, según me dijeron —dijo Caroline, haciendo un último esfuerzo valiente.

—¿Eso dijeron? —murmuró Poirot—. Bueno, debemos ponernos en marcha.

Nuestra caminata nos llevó en dirección a Fernly. Había adivinado de antemano que podría ser así. Estaba empezando a comprender los métodos de Poirot. Cada pequeña irrelevancia tenía relación con el conjunto.

—Tengo un encargo para usted, amigo mío —dijo al fin—. Esta noche, en mi casa, deseo tener una pequeña conferencia. Asistirá, ¿no es así?

—Ciertamente —dije.

—Bien. Necesito también a todos los de la casa, es decir: la señora Ackroyd, Mademoiselle Flora, el mayor Blunt, Monsieur Raymond. Quiero que sea mi embajador. Esta pequeña reunión está fijada para las nueve. Les pedirá... ¿sí?

—Con mucho gusto; pero ¿por qué no pedírselo usted mismo?

—Porque entonces harán las preguntas: ¿Por qué? ¿Para qué? Exigirán saber cuál es mi idea. Y, como sabe, amigo mío, me disgusta mucho tener que explicar mis pequeñas ideas hasta que llega el momento.

Sonreí un poco.

—Mi amigo Hastings, de quien le hablé, solía decir de mí que era una ostra humana. Pero era injusto. De los hechos, no me guardo nada. Pero cada uno tiene su propia interpretación de ellos.

—¿Cuándo quiere que haga esto?

—Ahora, si quiere. Estamos cerca de la casa.

—¿No entrará?

—No, yo me pasearé por los terrenos. Me reuniré con usted junto a las puertas de la portería dentro de un cuarto de hora.

Asentí y me puse en marcha. El único miembro de la familia en casa resultó ser la señora Ackroyd, que estaba tomando una taza de té temprano. Me recibió con mucha cortesía.

—Muy agradecida, doctor —murmuró—, por aclarar ese pequeño asunto con Monsieur Poirot. Pero la vida es un problema tras otro. ¿Ha oído hablar de Flora, por supuesto?

—¿Qué exactamente? —pregunté con cautela.

—Este nuevo compromiso. Flora y Hector Blunt. Por supuesto, no es tan buen partido como lo habría sido Ralph. Pero, después de todo, la felicidad es lo primero. Lo que Flora necesita es un hombre mayor, alguien estable y fiable, y además Hector es realmente un hombre muy distinguido a su manera. ¿Vio la noticia del arresto de Ralph en el periódico esta mañana?

—Sí —dije—, la vi.

—Horrible. —La señora Ackroyd cerró los ojos y se estremeció—. Geoffrey Raymond estaba muy alterado. Llamó a Liverpool. Pero no quisieron decirle nada en la comisaría de allí. De hecho, dijeron que no habían arrestado a Ralph en absoluto. El señor Raymond insiste en que todo es un error, un... ¿cómo lo llaman?... un bulo del periódico. He prohibido que se mencione delante de los criados. Qué desgracia tan terrible. Imagínese si Flora se hubiera casado realmente con él.

La señora Ackroyd cerró los ojos con angustia. Empecé a preguntarme cuánto tardaría en poder entregar la invitación de Poirot.

Antes de que tuviera tiempo de hablar, la señora Ackroyd volvió a arrancar.

—Usted estuvo aquí ayer, ¿no, con ese terrible inspector Raglan? Un bruto de hombre; aterrorizó a Flora para que dijera que tomó ese dinero de la habitación del pobre Roger. Y el asunto era tan simple, en realidad. La niña quería pedir prestadas unas pocas libras, no quería molestar a su tío dado que él había dado órdenes estrictas contra ello, pero sabiendo dónde guardaba sus billetes, fue allí y tomó lo que necesitaba.

—¿Es esa la versión de Flora sobre el asunto? —pregunté.

—Mi querido doctor, ya sabe cómo son las chicas hoy en día. Tan fácilmente influenciables por la sugestión. Usted, por supuesto, sabe todo sobre hipnosis y ese tipo de cosas. El inspector le grita, dice la palabra «robar» una y otra vez, hasta que la pobre niña desarrolla una inhibición —¿o es un complejo? Siempre confundo esas dos palabras— y llega a pensar ella misma que ha robado el dinero. Vi enseguida cómo era. Pero no puedo estar más agradecida por todo el malentendido en cierto modo; parece haber unido a esos dos, Hector y Flora, quiero decir. Y le aseguro que he estado muy preocupada por Flora en el pasado: vaya, en un momento dado incluso pensé que iba a haber algún tipo de entendimiento entre ella y el joven Raymond. ¡Solo piénselo! —La voz de la señora Ackroyd subió en un tono de horror agudo—. Un secretario privado, prácticamente sin medios propios.

—Habría sido un duro golpe para usted —dije—. Ahora, señora Ackroyd, tengo un mensaje para usted de parte de Monsieur Hercule Poirot.

—¿Para mí?

La señora Ackroyd parecía muy alarmada.

Me apresuré a tranquilizarla y le expliqué lo que quería Poirot.

—Ciertamente —dijo la señora Ackroyd algo dudosa—, supongo que debemos ir si Monsieur Poirot lo dice. ¿Pero de qué se trata todo esto? Me gusta saberlo de antemano.

Le aseguré a la dama, con toda verdad, que yo mismo no sabía más que ella.

—Muy bien —dijo la señora Ackroyd al fin, algo a regañadientes—, se lo diré a los demás y estaremos allí a las nueve.

Acto seguido me despedí y me reuní con Poirot en el lugar de encuentro acordado.

—Me temo que he tardado más de un cuarto de hora —comenté—. Pero una vez que esa buena dama empieza a hablar, es tarea de lo más difícil meter baza.

—No importa —dijo Poirot—. Yo, por mi parte, me he divertido mucho. Este parque es magnífico.

Nos pusimos en camino hacia casa. Cuando llegamos, para nuestra gran sorpresa, Caroline, que evidentemente nos había estado vigilando, abrió ella misma la puerta.

Se llevó los dedos a los labios. Su rostro estaba lleno de importancia y excitación.

—Ursula Bourne —dijo—, la doncella de Fernly. ¡Está aquí! La he metido en el comedor. Está muy alterada, pobrecilla. Dice que debe ver a Monsieur Poirot de inmediato. He hecho todo lo que he podido. Le he llevado una taza de té caliente. Realmente te parte el corazón ver a alguien en tal estado.

—¿En el comedor? —preguntó Poirot.

—Por aquí —dije, y abrí la puerta de par en par.

Ursula Bourne estaba sentada junto a la mesa. Tenía los brazos extendidos delante de ella y, evidentemente, acababa de levantar la cabeza de donde la tenía hundida. Tenía los ojos rojos de llorar.

—Ursula Bourne —murmuré.

Pero Poirot pasó por mi lado con las manos extendidas.

—No —dijo—, eso no es del todo correcto, creo. No es Ursula Bourne, ¿verdad, hija mía?, sino Ursula Paton. La señora de Ralph Paton.

CAPÍTULO XXII

LA HISTORIA DE URSULA

Durante un momento o dos, la joven miró en silencio a Poirot. Luego, rompiéndose su reserva por completo, asintió una vez y estalló en un sollozo.

Caroline pasó por mi lado y, rodeando con el brazo a la chica, le dio unas palmaditas en el hombro.

—Ya, ya, querida —dijo con tono conciliador—, todo saldrá bien. Verás, todo saldrá bien.

Bajo la curiosidad y el chismorreo hay mucha bondad en Caroline. Por el momento, incluso el interés por la revelación de Poirot se perdió ante la visión de la angustia de la joven.

Poco después, Ursula se incorporó y se secó los ojos.

—Es muy débil y estúpido por mi parte —dijo.

—No, no, hija mía —dijo Poirot con amabilidad—. Todos podemos darnos cuenta de la tensión de esta última semana.

—Debe haber sido un calvario terrible —dije.

—Y luego descubrir que usted lo sabía —continuó Ursula—. ¿Cómo lo supo? ¿Fue Ralph quien se lo dijo?

Poirot negó con la cabeza.

—Sabe lo que me trajo hasta usted esta noche —continuó la joven—. Esto...

Ella sostuvo un trozo de periódico arrugado, y reconocí el párrafo que Poirot había hecho insertar.

—Dice que Ralph ha sido arrestado. Así que todo es inútil. Ya no necesito fingir más.

—Los párrafos de los periódicos no siempre son ciertos, mademoiselle —murmuró Poirot, teniendo la delicadeza de parecer avergonzado de sí mismo—. Aun así, creo que haría bien en confesarlo todo. La verdad es lo que necesitamos ahora.

La joven dudó, mirándolo con incertidumbre.

—Usted no confía en mí —dijo Poirot con suavidad—. Sin embargo, aun así vino aquí a buscarme, ¿no es cierto? ¿Por qué fue?

—Porque no creo que Ralph lo hiciera —dijo la joven en voz muy baja—. Y creo que usted es inteligente y encontrará la verdad. Y además...

—¿Sí?

—Creo que es usted amable.

Poirot asintió con la cabeza varias veces.

—Es muy bueno eso... sí, es muy bueno. Escuche, en verdad creo que este marido suyo es inocente, pero el asunto marcha mal. Si he de salvarlo, debo saber todo lo que hay que saber, incluso si eso hiciera que el caso en su contra parezca más negro que antes.

—Qué bien me entiende —dijo Ursula.

—Así que me contará toda la historia, ¿no? Desde el principio.

—Espero que no vaya a echarme —dijo Caroline, acomodándose confortablemente en un sillón—. Lo que quiero saber —continuó— es por qué esta chica se estaba haciendo pasar por criada.

—¿Haciéndose pasar? —pregunté.

—Eso es lo que he dicho. ¿Por qué lo hizo, niña? ¿Por una apuesta?

—Para ganarme la vida —dijo Ursula secamente.

Y, animada, comenzó la historia que reproduzco aquí con mis propias palabras.

Ursula Bourne, al parecer, era una de los siete hijos de una familia de la pequeña nobleza irlandesa empobrecida. A la muerte de su padre, la mayoría de las chicas fueron lanzadas al mundo para ganarse la vida. La hermana mayor de Ursula estaba casada con el capitán Folliott. Era ella a quien yo había visto aquel domingo, y la causa de su turbación estaba ahora bien clara. Decidida a ganarse el sustento y nada atraída por la idea de ser institutriz —la única profesión abierta a una chica sin formación—, Ursula prefirió el trabajo de doncella. Se negó a etiquetarse como una "doncella señorita". Ella sería la verdadera, con sus referencias proporcionadas por su hermana. En Fernly, a pesar de una distancia que, como se ha visto, causó algunos comentarios, tuvo éxito en su trabajo: rápida, competente y minuciosa.

—Disfrutaba del trabajo —explicó—. Y tenía mucho tiempo para mí.

Y entonces llegó su encuentro con Ralph Paton y el romance que culminó en un matrimonio secreto. Ralph la había persuadido de ello, algo en contra de su voluntad. Él le había declarado que su padrastro no aceptaría que se casara con una chica sin un céntimo. Era mejor casarse en secreto y darle la noticia en un momento posterior y más favorable.

Y así se hizo, y Ursula Bourne se convirtió en Ursula Paton. Ralph había declarado que tenía la intención de pagar sus deudas, encontrar un trabajo y, cuando estuviera en condiciones de mantenerla y ser independiente de su padre adoptivo, le darían la noticia.

Pero para personas como Ralph Paton, pasar página es más fácil en teoría que en la práctica. Él esperaba que su padrastro, aun ignorando el matrimonio, pudiera ser persuadido de pagar sus deudas y volver a ponerlo en pie. Pero la revelación de la cuantía de las obligaciones de Ralph solo enfureció a Roger Ackroyd, quien se negó rotundamente a hacer nada. Pasaron algunos meses y entonces se le pidió a Ralph una vez más que fuera a Fernly. Roger Ackroyd no se anduvo con rodeos. Era el deseo de su corazón que Ralph se casara con Flora, y planteó el asunto claramente ante el joven.

Y aquí fue donde se mostró la debilidad innata de Ralph Paton. Como siempre, se aferró a la solución fácil e inmediata. Por lo que pude deducir, ni Flora ni Ralph fingieron amor. Fue, por ambas partes, un acuerdo comercial. Roger Ackroyd dictó sus deseos y ellos aceptaron. Flora aceptó una oportunidad de libertad, dinero y un horizonte más amplio; Ralph, por supuesto, estaba jugando a otra cosa. Pero se encontraba en un aprieto financiero muy difícil. Aprovechó la oportunidad. Sus deudas serían pagadas. Podría empezar de nuevo con una hoja en blanco. La suya no era una naturaleza capaz de prever el futuro, pero deduzco que vio vagamente que el compromiso con Flora se rompería después de que transcurriera un intervalo decente. Tanto Flora como él estipularon que debía mantenerse en secreto por el momento. Él estaba ansioso por ocultárselo a Ursula. Sentía instintivamente que su naturaleza, fuerte y resuelta, con un disgusto inherente por la duplicidad, no era una que fuera a acoger bien tal proceder.

Entonces llegó el momento crucial en que Roger Ackroyd, siempre autoritario, decidió anunciar el compromiso. No dijo una palabra de su intención a Ralph, solo a Flora, y Flora, apática, no puso objeciones. Para Ursula, la noticia cayó como una bomba. Convocado por ella, Ralph vino apresuradamente desde la ciudad. Se encontraron en el bosque, donde parte de su conversación fue escuchada por mi hermana. Ralph le imploró que guardara silencio un poco más de tiempo; Ursula estaba igualmente decidida a acabar con las ocultaciones. Le contaría al señor Ackroyd la verdad sin más demora. Marido y mujer se separaron con acritud.

Ursula, firme en su propósito, buscó una entrevista con Roger Ackroyd esa misma tarde y le reveló la verdad. Su entrevista fue tormentosa; podría haber sido incluso más tormentosa si Roger Ackroyd no hubiera estado ya obsesionado con sus propios problemas. Sin embargo, fue bastante mala. Ackroyd no era el tipo de hombre que perdonara el engaño al que había sido sometido. Su rencor se dirigía principalmente hacia Ralph, pero Ursula se llevó su parte, ya que él la consideraba una chica que había intentado deliberadamente "atrapar" al hijo adoptivo de un hombre muy rico. Se dijeron cosas imperdonables por ambas partes.

Esa misma noche, Ursula se reunió con Ralph por cita en el pequeño cenador, saliendo de la casa por la puerta lateral para hacerlo. Su entrevista consistió en reproches por ambas partes. Ralph acusó a Ursula de haber arruinado irremediablemente sus perspectivas con su inoportuna revelación. Ursula reprochó a Ralph su duplicidad.

Se separaron finalmente. Poco más de media hora después se descubrió el cuerpo de Roger Ackroyd. Desde aquella noche, Ursula no había visto ni tenido noticias de Ralph.

A medida que la historia se desarrollaba, me daba cuenta cada vez más de la serie de hechos condenatorios que era. Vivo, Ackroyd difícilmente podría haber dejado de cambiar su testamento; lo conocía lo suficiente como para saber que eso habría sido su primer pensamiento. Su muerte llegó en el momento justo para Ralph y Ursula Paton. No es de extrañar que la chica hubiera guardado silencio y representado su papel de forma tan coherente.

Mis meditaciones fueron interrumpidas. Era la voz de Poirot la que hablaba, y supe por la gravedad de su tono que él también era plenamente consciente de las implicaciones de la situación.

—Mademoiselle, debo hacerle una pregunta, y debe responderla con sinceridad, porque de ella puede depender todo: ¿Qué hora era cuando se separó del capitán Ralph Paton en el cenador? Ahora, tómese un minuto para que su respuesta sea muy exacta.

La chica soltó una media risa, bastante amarga en conciencia.

—¿Cree que no le he dado vueltas a eso una y otra vez en mi cabeza? Eran justo las nueve y media cuando salí a encontrarme con él. El comandante Blunt caminaba de un lado a otro por la terraza, así que tuve que rodear los arbustos para evitarlo. Debían ser las nueve y treinta y tres cuando llegué al cenador. Ralph me estaba esperando. Estuve con él diez minutos, no más, pues eran justo las diez menos cuarto cuando regresé a la casa.

Vi ahora la insistencia de su pregunta el otro día. Si tan solo se hubiera podido demostrar que Ackroyd había sido asesinado antes de las diez menos cuarto, y no después.

Vi el reflejo de ese pensamiento en la siguiente pregunta de Poirot.

—¿Quién salió primero del cenador?

—Yo.

—¿Dejando a Ralph Paton en el cenador?

—Sí, pero no pensará usted...

—Mademoiselle, no tiene importancia lo que yo piense. ¿Qué hizo cuando regresó a la casa?

—Subí a mi habitación.

—¿Y se quedó allí hasta cuándo?

—Hasta las diez aproximadamente.

—¿Hay alguien que pueda probar eso?

—¿Probar? ¿Que estaba en mi habitación, quiere decir? ¡Oh! No. Pero seguramente... oh, ya veo, podrían pensar... podrían pensar...

Vi el horror naciente en sus ojos.

Poirot terminó la frase por ella.

—¿Que fue usted quien entró por la ventana y apuñaló al señor Ackroyd mientras estaba sentado en su silla? Sí, podrían pensar justo eso.

—Nadie más que un tonto pensaría tal cosa —dijo Caroline con indignación.

Le dio una palmadita en el hombro a Ursula.

La joven tenía el rostro oculto entre las manos.

—Horrible —murmuraba—. Horrible.

Caroline le dio una sacudida amistosa.

—No te preocupes, querida —dijo—. El señor Poirot no piensa eso realmente. En cuanto a ese marido tuyo, no tengo una gran opinión de él, y te lo digo con franqueza. Huir y dejarte sola ante el peligro.

Pero Ursula negó con la cabeza enérgicamente.

—Oh, no —exclamó—. No fue así en absoluto. Ralph no huiría por su cuenta. Ahora lo veo. Si se enteró del asesinato de su padrastro, él mismo podría pensar que fui yo quien lo hizo.

—Él no pensaría tal cosa —dijo Caroline.

—Fui tan cruel con él esa noche... tan dura y amarga. No quise escuchar lo que estaba intentando decir, no quise creer que realmente le importara. Solo me quedé allí diciéndole lo que pensaba de él, y diciendo las cosas más frías y crueles que me venían a la cabeza; intentando hacerle daño con todas mis fuerzas.

—No le hagas ningún daño —dijo Caroline—. Nunca te preocupes por lo que le dices a un hombre. Son tan vanidosos que nunca creen que lo digas en serio si no es halagador.

Ursula continuó, retorciendo nerviosamente sus manos.

—Cuando se descubrió el asesinato y él no se presentó, me sentí terriblemente angustiada. Solo por un momento me pregunté... pero luego supe que no podría... no podría... Pero deseaba que se presentara y dijera abiertamente que no había tenido nada que ver con ello. Sabía que sentía mucho afecto por el doctor Sheppard, y me imaginé que tal vez el doctor Sheppard podría saber dónde se escondía.

Se volvió hacia mí.

—Por eso le dije lo que le dije aquel día. Pensé que, si usted sabía dónde estaba, podría transmitirle el mensaje.

—¿Yo? —exclamé.

—¿Por qué habría de saber James dónde estaba? —preguntó Caroline bruscamente.

—Era muy improbable, lo sé —admitió Ursula—, pero Ralph había hablado a menudo del doctor Sheppard, y sabía que era probable que lo considerara su mejor amigo en King’s Abbot.

—Querida niña —dije—, no tengo la menor idea de dónde está Ralph Paton en este momento.

—Eso es bastante cierto —dijo Poirot.

—Pero... —Ursula tendió el recorte de periódico de una manera confusa.

—¡Ah! eso —dijo Poirot, ligeramente avergonzado—; una bagatela, mademoiselle. A rien du tout. Ni por un momento creo que Ralph Paton haya sido arrestado.

—Pero entonces... —comenzó la chica lentamente.

Poirot continuó rápidamente:

—Hay una cosa que me gustaría saber: ¿llevaba el capitán Paton zapatos o botas esa noche?

Ursula negó con la cabeza.

—No puedo recordar.

—¡Una lástima! Pero, ¿cómo iba a recordarlo? Ahora, madame —le sonrió, con la cabeza ladeada y el dedo índice moviéndose elocuentemente—, nada de preguntas. Y no se atormente. Sea valiente y deposite su fe en Hercule Poirot.

CAPÍTULO XXIII

LA PEQUEÑA REUNIÓN DE POIROT

—Y ahora —dijo Caroline, levantándose—, esa niña va a subir a acostarse. No te preocupes, querida. El señor Poirot hará todo lo que pueda por ti; ten la seguridad de ello.

—Debería volver a Fernly —dijo Ursula con incertidumbre.

Pero Caroline silenció sus protestas con mano firme.

—Tonterías. Estás en mis manos por el momento. Te quedarás aquí de momento, al menos... ¿verdad, señor Poirot?

—Será el mejor plan —estuvo de acuerdo el pequeño belga—. Esta tarde necesitaré que mademoiselle —le pido perdón, madame— asista a mi pequeña reunión. A las nueve en mi casa. Es muy necesario que esté allí.

Caroline asintió y salió de la habitación con Ursula. La puerta se cerró tras ellas. Poirot se desplomó de nuevo en una silla.

—Hasta aquí, todo bien —dijo—. Las cosas se están aclarando.

—Cada vez parecen más negras para Ralph Paton —observé con tristeza.

Poirot asintió.

—Sí, así es. Pero era de esperar, ¿no?

Lo miré, ligeramente desconcertado por el comentario. Estaba reclinado en la silla, con los ojos entrecerrados y las puntas de los dedos apenas tocándose. De repente, suspiró y negó con la cabeza.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Es que hay momentos en que me invade un gran anhelo por mi amigo Hastings. Ese es el amigo de quien le hablé; el que reside ahora en Argentina. Siempre, cuando he tenido un gran caso, ha estado a mi lado. Y me ha ayudado; sí, a menudo me ha ayudado. Porque tenía un don, ese, para tropezar con la verdad sin darse cuenta, bien entendu. A veces ha dicho algo particularmente tonto, ¡y he aquí que esa observación tonta me ha revelado la verdad! Y luego, también, era su costumbre llevar un registro escrito de los casos que resultaban interesantes.

Di una pequeña tos embarazosa.

—En cuanto a eso —comencé, y luego me detuve.

Poirot se sentó derecho en su silla. Sus ojos brillaron.

—¿Pero sí? ¿Qué es lo que querría decir?

—Bueno, la verdad es que he leído algunas de las crónicas del capitán Hastings, y pensé: ¿por qué no probar suerte con algo del mismo tipo? Parecía una lástima no hacerlo; una oportunidad única; probablemente la única vez que estaré involucrado en algo así.

Me sentí cada vez más acalorado y más incoherente a medida que me trababa con el discurso anterior.

Poirot saltó de su silla. Tuve un momento de terror pensando que iba a abrazarme al estilo francés, pero afortunadamente se contuvo.

—¡Pero esto es magnífico! ¿Entonces ha escrito sus impresiones del caso a medida que avanzaba?

Asentí.

—¡Épatant! —gritó Poirot—. Déjeme verlos, ahora mismo.

No estaba del todo preparado para una demanda tan repentina. Me devané los sesos para recordar ciertos detalles.

—Espero que no le importe —tartamudeé—. Puede que haya sido un poco... ejem... personal de vez en cuando.

—¡Oh! Comprendo perfectamente; ¿se ha referido a mí como cómico, quizás como ridículo de vez en cuando? No importa en absoluto. Hastings, él tampoco siempre era educado. Yo, tengo la mente por encima de tales trivialidades.

Aún algo dudoso, rebusqué en los cajones de mi escritorio y produje una pila desordenada de manuscritos que le entregué. Con vistas a una posible publicación en el futuro, había dividido el trabajo en capítulos, y la noche anterior lo había puesto al día con un relato de la visita de la señorita Russell. Poirot tenía, por tanto, veinte capítulos.

Le dejé con ellos.

Me vi obligado a salir a atender un caso a cierta distancia, y pasaban de las ocho cuando regresé, siendo recibido con un plato de cena caliente en una bandeja y el anuncio de que Poirot y mi hermana habían cenado juntos a las siete y media, y que el primero se había ido después a mi taller para terminar de leer el manuscrito.

—Espero, James —dijo mi hermana—, ¡que hayas tenido cuidado con lo que dices de mí en él!

Se me cayó la mandíbula. No había tenido ningún cuidado.

—No es que importe mucho —dijo Caroline, leyendo correctamente mi expresión—. El señor Poirot sabrá qué pensar. Me entiende mucho mejor que tú.

Fui al taller. Poirot estaba sentado junto a la ventana. El manuscrito yacía cuidadosamente apilado en una silla a su lado. Puso la mano sobre él y habló.

—Eh bien —dijo—, le felicito por... ¡su modestia!

—¡Oh! —dije, bastante sorprendido.

—Y por su reticencia —añadió.

Dije "¡Oh!" de nuevo.

—No escribía así Hastings —continuó mi amigo—. En cada página, muchas, muchas veces aparecía la palabra "yo". Lo que él pensaba, lo que él hacía. Pero usted... usted ha mantenido su personalidad en segundo plano; solo una o dos veces se entromete... en escenas de la vida doméstica, ¿diríamos?

Me sonrojé un poco ante el brillo en sus ojos.

—¿Qué piensa realmente del material? —pregunté nerviosamente.

—¿Quiere mi opinión sincera?

—Sí.

Poirot dejó de lado su tono bromista.

—Un relato muy meticuloso y preciso —dijo amablemente—. Ha registrado todos los hechos fiel y exactamente, aunque se ha mostrado modestamente reticente en cuanto a su propia participación en ellos.

—¿Y le ha ayudado?

—Sí. Puedo decir que me ha ayudado considerablemente. Vamos, debemos ir a mi casa y preparar el escenario para mi pequeña actuación.

Caroline estaba en el recibidor. Creo que esperaba que la invitaran a acompañarnos. Poirot manejó la situación con tacto.

—Me habría gustado mucho que estuviera presente, mademoiselle —dijo con pesar—, pero en esta coyuntura no sería prudente. Verá, todas estas personas esta noche son sospechosas. Entre ellas, encontraré a la persona que mató al señor Ackroyd.

—¿Realmente cree eso? —dije incrédulo.

—Veo que no lo hace —dijo Poirot secamente—. Todavía no aprecia a Hercule Poirot en su verdadero valor.

En ese minuto, Ursula bajó por la escalera.

—¿Está lista, hija mía? —dijo Poirot—. Eso es bueno. Iremos juntos a mi casa. Mademoiselle Caroline, créame, hago todo lo posible por prestarle servicio. Buenas noches.

Salimos, dejando a Caroline, más bien como un perro al que se le ha negado un paseo, de pie en el umbral de la puerta, mirándonos partir.

La sala de estar de The Larches estaba lista. Sobre la mesa había varios siropes y vasos. También un plato de galletas. Se habían traído varias sillas desde la otra habitación.

Poirot corría de un lado a otro reorganizando las cosas. Sacando una silla por aquí, alterando la posición de una lámpara por allá, agachándose ocasionalmente para enderezar una de las alfombrillas que cubrían el suelo. Era especialmente minucioso con la iluminación. Las lámparas estaban dispuestas de tal manera que arrojaban una luz clara sobre el lado de la habitación donde estaban agrupadas las sillas, dejando al mismo tiempo el otro extremo de la habitación, donde suponía que el propio Poirot se sentaría, en una penumbra tenue.

Ursula y yo le observábamos. Pronto se oyó un timbre.

—Llegan —dijo Poirot—. Bien, todo está listo.

La puerta se abrió y el grupo de Fernly entró. Poirot se adelantó y saludó a la señora Ackroyd y a Flora.

—Es muy amable de su parte venir —dijo—. Y el comandante Blunt y el señor Raymond.

El secretario estaba tan desenfadado como siempre.

—¿Cuál es la gran idea? —dijo riendo—. ¿Alguna máquina científica? ¿Llevamos bandas en las muñecas que registran los latidos del corazón culpable? Existe tal invento, ¿no es así?

—He leído sobre ello, sí —admitió Poirot—. Pero yo, soy chapado a la antigua. Utilizo los viejos métodos. Trabajo solo con las pequeñas células grises. Ahora comencemos, pero primero tengo un anuncio que hacerles a todos.

Tomó la mano de Ursula y la atrajo hacia adelante.

—Esta dama es la señora Ralph Paton. Se casó con el capitán Paton el pasado marzo.

Un pequeño grito estalló en la señora Ackroyd.

—¡Ralph! ¡Casado! ¡El pasado marzo! ¡Oh! Pero es absurdo. ¿Cómo podría estarlo?

Se quedó mirando a Ursula como si nunca la hubiera visto antes.

—¿Casado con Bourne? —dijo—. Realmente, señor Poirot, no le creo.

Ursula se sonrojó y comenzó a hablar, pero Flora se le adelantó.

Acercándose rápidamente al lado de la otra joven, le pasó el brazo por el suyo.

—No debe importarle que estemos sorprendidos —dijo—. Verá, no teníamos idea de tal cosa. Usted y Ralph han guardado su secreto muy bien. Me alegra mucho.

—Es muy amable, señorita Ackroyd —dijo Ursula en voz baja—, y tiene todo el derecho de estar extremadamente enfadada. Ralph se comportó muy mal, especialmente con usted.

—No tiene por qué preocuparse por eso —dijo Flora, dándole a su brazo una palmadita de consuelo—. Ralph estaba contra las cuerdas y tomó la única salida. Probablemente yo habría hecho lo mismo en su lugar. Aunque sí creo que podría haberme confiado el secreto. No le habría fallado.

Poirot golpeó suavemente una mesa y se aclaró la garganta de manera significativa.

—La reunión de la junta va a comenzar —dijo Flora—. El señor Poirot insinúa que no debemos hablar. Pero dígame solo una cosa: ¿dónde está Ralph? Usted debe saberlo si alguien lo sabe.

—Pero no lo sé —exclamó Ursula, casi en un lamento—. Eso es precisamente, que no lo sé.

—¿No está retenido en Liverpool? —preguntó Raymond—. Eso decía el periódico.

—No está en Liverpool —dijo Poirot secamente.

—De hecho —observé—, nadie sabe dónde está.

—Excepto Hercule Poirot, ¿eh? —dijo Raymond.

Poirot respondió seriamente a la burla del otro.

—Yo, yo lo sé todo. Recuerde eso.

Geoffrey Raymond levantó las cejas.

—¿Todo? —silbó—. ¡Vaya! Eso es mucho decir.

—¿Quiere decir que realmente puede adivinar dónde se esconde Ralph Paton? —pregunté incrédulo.

—Usted lo llama adivinar. Yo lo llamo saber, amigo mío.

—¿En Cranchester? —aventuré.

—No —respondió Poirot con gravedad—, no en Cranchester.

No dijo nada más, pero ante un gesto suyo, el grupo reunido tomó asiento. Mientras lo hacían, la puerta se abrió una vez más y otras dos personas entraron y se sentaron cerca de la puerta. Eran Parker y el ama de llaves.

—El número está completo —dijo Poirot—. Todos están aquí.

Había un matiz de satisfacción en su tono. Y con ese sonido vi una onda de algo parecido a la inquietud pasar por todos aquellos rostros agrupados en el otro extremo de la habitación. Había una sugerencia en todo esto como de una trampa: una trampa que se había cerrado.

Poirot leyó de una lista de manera importante.

—Señora Ackroyd, señorita Flora Ackroyd, mayor Blunt, señor Geoffrey Raymond, señora Ralph Paton, John Parker, Elizabeth Russell.

Dejó el papel sobre la mesa.

—¿Qué significa todo esto? —comenzó Raymond.

—La lista que acabo de leer —dijo Poirot— es una lista de personas sospechosas. Todos ustedes presentes tuvieron la oportunidad de matar al señor Ackroyd...

Con un grito, la señora Ackroyd se levantó de un salto, con la garganta en tensión.

—No me gusta —se lamentó—. No me gusta. Preferiría mucho más irme a casa.

—No puede irse a casa, madame —dijo Poirot con severidad—, hasta que haya escuchado lo que tengo que decir.

Hizo una pausa un momento y luego se aclaró la garganta.

—Comenzaré por el principio. Cuando la señorita Ackroyd me pidió que investigara el caso, fui a Fernly Park con el buen doctor Sheppard. Caminé con él a lo largo de la terraza, donde me mostraron las huellas en el alféizar de la ventana. Desde allí, el inspector Raglan me llevó por el camino que conduce a la entrada. Mi vista se posó en una pequeña glorieta y la registré minuciosamente. Encontré dos cosas: un trozo de cambray almidonado y una pluma de ganso vacía. El trozo de cambray me sugirió inmediatamente el delantal de una criada. Cuando el inspector Raglan me mostró su lista de las personas en la casa, noté de inmediato que una de las criadas, Ursula Bourne, la doncella, no tenía una coartada real. Según su propia versión, estuvo en su dormitorio desde las nueve y media hasta las diez. ¿Pero qué pasa si, en cambio, estuvo en la glorieta? Si es así, debe haber ido allí para encontrarse con alguien. Ahora sabemos por el doctor Sheppard que alguien de afuera sí vino a la casa esa noche, el desconocido con quien se encontró justo al lado de la verja. A primera vista, parecería que nuestro problema estaba resuelto y que el desconocido fue a la glorieta para encontrarse con Ursula Bourne. Era bastante seguro que él sí fue a la glorieta debido a la pluma de ganso. Eso sugirió inmediatamente a mi mente a alguien que consume drogas, y alguien que había adquirido el hábito al otro lado del Atlántico, donde esnifar «nieve» es más común que en este país. El hombre con el que se encontró el doctor Sheppard tenía acento estadounidense, lo cual encajaba con esa suposición.

—Pero me detuve en un punto. Los horarios no encajaban. Ursula Bourne ciertamente no podría haber ido a la glorieta antes de las nueve y media, mientras que el hombre debe haber llegado allí unos minutos después de las nueve. Podría, por supuesto, asumir que él esperó allí durante media hora. La única suposición alternativa era que habían tenido lugar dos encuentros separados en la glorieta esa noche. Eh bien, tan pronto como indagué en esa alternativa, encontré varios hechos significativos. Descubrí que la señorita Russell, el ama de llaves, había visitado al doctor Sheppard esa mañana y había mostrado un gran interés en curas para víctimas del hábito de las drogas. Tomando eso junto con la pluma de ganso, supuse que el hombre en cuestión vino a Fernly para encontrarse con el ama de llaves, y no con Ursula Bourne. ¿Entonces, con quién vino Ursula Bourne a la cita? No tardé mucho en dudar. Primero encontré un anillo, un anillo de bodas, con «De R.» y una fecha en su interior. Luego supe que Ralph Paton había sido visto subiendo por el camino que llevaba a la glorieta a las nueve y veinticinco, y también oí hablar de cierta conversación que había tenido lugar en el bosque cerca del pueblo esa misma tarde, una conversación entre Ralph Paton y alguna chica desconocida. Así que tenía mis hechos sucediéndose unos a otros de manera ordenada y prolija. Un matrimonio secreto, un compromiso anunciado el día de la tragedia, la tormentosa entrevista en el bosque y el encuentro acordado para la glorieta esa noche.

—Incidentalmente, esto me demostró una cosa: que tanto Ralph Paton como Ursula Bourne (o Paton) tenían los motivos más fuertes para desear que el señor Ackroyd no estuviera en el camino. Y también dejó claro inesperadamente otro punto. No pudo haber sido Ralph Paton quien estuvo con el señor Ackroyd en el estudio a las nueve y media.

—Así que llegamos a otro aspecto, y muy interesante, del crimen. ¿Quién estaba en la habitación con el señor Ackroyd a las nueve y media? No Ralph Paton, quien estaba en la glorieta con su esposa. No Charles Kent, quien ya se había ido. ¿Quién, entonces? Planteé mi pregunta más astuta, mi pregunta más audaz: ¿Había alguien con él?

Poirot se inclinó hacia adelante y nos lanzó las últimas palabras triunfalmente, retrocediendo después con el aire de alguien que ha dado en el clavo.

Raymond, sin embargo, no pareció impresionado y presentó una leve protesta.

—No sé si está tratando de hacerme quedar como un mentiroso, señor Poirot, pero el asunto no descansa solo en mi testimonio, excepto quizás en cuanto a las palabras exactas utilizadas. Recuerde, el mayor Blunt también escuchó al señor Ackroyd hablando con alguien. Él estaba en la terraza afuera y no pudo captar las palabras con claridad, pero escuchó claramente las voces.

Poirot asintió.

—No lo he olvidado —dijo con calma—. Pero el mayor Blunt estaba bajo la impresión de que era con usted con quien el señor Ackroyd estaba hablando.

Por un momento, Raymond pareció desconcertado. Luego se recuperó.

—Blunt sabe ahora que estaba equivocado —dijo.

—Exactamente —coincidió el otro hombre.

—Sin embargo, debe haber habido alguna razón para que pensara eso —reflexionó Poirot—. ¡Oh, no! —levantó la mano en señal de protesta—. Conozco la razón que dará, pero no es suficiente. Debemos buscar en otra parte. Lo diré de esta manera. Desde el principio del caso me ha llamado la atención una cosa: la naturaleza de esas palabras que el señor Raymond escuchó por casualidad. Me ha parecido asombroso que nadie haya comentado sobre ellas, que nadie haya visto nada extraño en ellas.

Hizo una pausa de un minuto y luego citó suavemente:

—... *Las llamadas a mi bolsa han sido tan frecuentes últimamente que me temo que me es imposible acceder a su petición.* ¿No le parece extraño nada en eso?

—No lo creo —dijo Raymond—. A menudo me ha dictado cartas usando casi exactamente esas mismas palabras.

—Exactamente —exclamó Poirot—. Eso es a lo que trato de llegar. ¿Usaría algún hombre tal frase al hablar con otro? Es imposible que eso sea parte de una conversación real. Ahora bien, si hubiera estado dictando una carta...

—Quiere decir que estaba leyendo una carta en voz alta —dijo Raymond lentamente—. Aun así, debe haber estado leyéndola a alguien.

—¿Pero por qué? No tenemos evidencia de que hubiera nadie más en la habitación. Recuerde que no se escuchó ninguna voz más que la del señor Ackroyd.

—Ciertamente un hombre no leería cartas de ese tipo en voz alta para sí mismo, a menos que estuviera... bueno... volviéndose loco.

—Todos ustedes han olvidado una cosa —dijo Poirot suavemente—: el desconocido que llamó a la casa el miércoles anterior.

Todos lo miraron fijamente.

—Pero sí —dijo Poirot, asintiendo alentadoramente—, el miércoles. El joven no era importante por sí mismo. Pero la firma que representaba me interesó mucho.

—La Dictaphone Company —jadeó Raymond—. Lo veo ahora. Un dictáfono. ¿Eso es lo que piensa?

Poirot asintió.

—El señor Ackroyd había prometido invertir en un dictáfono, recuerda. Yo tuve la curiosidad de preguntar a la compañía en cuestión. Su respuesta es que el señor Ackroyd sí compró un dictáfono a su representante. Por qué ocultó el asunto a ustedes, no lo sé.

—Debe haber querido sorprenderme con él —murmuró Raymond—. Tenía un amor casi infantil por sorprender a la gente. Quiso guardárselo bajo la manga durante un día o dos. Probablemente estaba jugando con él como si fuera un juguete nuevo. Sí, encaja. Tiene toda la razón, nadie usaría exactamente esas palabras en una conversación casual.

—Explica también —dijo Poirot— por qué el mayor Blunt pensó que era usted quien estaba en el estudio. Los fragmentos que le llegaron eran pedazos de dictado, por lo que su mente subconsciente dedujo que usted estaba con él. Su mente consciente estaba ocupada con algo muy diferente: la figura blanca que había vislumbrado. Imaginó que era la señorita Ackroyd. En realidad, por supuesto, era el delantal blanco de Ursula Bourne lo que vio mientras se escabullía hacia la glorieta.

Raymond se había recuperado de su sorpresa inicial.

—Aun así —comentó—, este descubrimiento suyo, por brillante que sea (estoy seguro de que nunca se me habría ocurrido), deja la posición esencial sin cambios. El señor Ackroyd estaba vivo a las nueve y media, ya que estaba hablando al dictáfono. Parece claro que el hombre Charles Kent ya se había ido de las instalaciones para entonces. En cuanto a Ralph Paton...

Vaciló, mirando a Ursula.

El color de ella subió, pero respondió con bastante firmeza.

—Ralph y yo nos separamos justo antes de las diez menos cuarto. Estoy segura de que nunca se acercó a la casa. No tenía intención de hacerlo. Lo último que quería en el mundo era enfrentarse a su padrastro. Le habría dado un miedo terrible.

—No es que dude de su historia ni por un momento —explicó Raymond—. Siempre he estado bastante seguro de que el capitán Paton era inocente. Pero hay que pensar en un tribunal de justicia, y en las preguntas que se harían. Él está en una posición muy desafortunada, pero si se presentara...

Poirot interrumpió.

—Ese es su consejo, ¿sí? ¿Que debería presentarse?

—Ciertamente. Si usted sabe dónde está...

—Percibo que usted no cree que yo lo sepa. Y sin embargo, le acabo de decir hace un momento que lo sé todo. La verdad de la llamada telefónica, de las huellas en el alféizar de la ventana, del escondite de Ralph Paton...

—¿Dónde está? —dijo Blunt bruscamente.

—No muy lejos —dijo Poirot, sonriendo.

—¿En Cranchester? —pregunté.

Poirot se volvió hacia mí.

—Siempre me pregunta eso. La idea de Cranchester es para usted una *idée fixe*. No, no está en Cranchester. Está... ¡allí!

Señaló con un dedo dramático. Todos giraron la cabeza.

Ralph Paton estaba de pie en el umbral.

CAPÍTULO XXIV

LA HISTORIA DE RALPH PATON

Fue un minuto muy incómodo para mí. Apenas comprendí lo que sucedió después, pero hubo exclamaciones y gritos de sorpresa. Cuando fui lo suficientemente dueño de mí mismo como para darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, Ralph Paton estaba de pie junto a su esposa, con la mano de ella en la suya, y sonreía a través de la habitación hacia mí.

Poirot, también, sonreía, y al mismo tiempo me señalaba con un dedo elocuente.

—¿No le he dicho al menos treinta y seis veces que es inútil ocultar cosas a Hercule Poirot? —preguntó—. ¿Que en tal caso él lo descubre?

Se dirigió a los demás.

—Un día, ¿recuerdan?, celebramos una pequeña sesión alrededor de una mesa, solo nosotros seis. Acusé a las otras cinco personas presentes de ocultarme algo. Cuatro de ellas renunciaron a su secreto. El doctor Sheppard no entregó el suyo. Pero todo el tiempo he tenido mis sospechas. El doctor Sheppard fue al Three Boars esa noche esperando encontrar a Ralph. No lo encontró allí; pero supongamos, me dije, ¿que se encontró con él en la calle de camino a casa? El doctor Sheppard era amigo del capitán Paton y venía directamente de la escena del crimen. Debía saber que las cosas pintaban muy mal para él. Quizás sabía más que el público en general...

—Lo sabía —dije con tristeza—. Supongo que será mejor que confiese todo ahora. Fui a ver a Ralph esa tarde. Al principio se negó a confiar en mí, pero más tarde me contó sobre su matrimonio y el agujero en el que estaba metido. Tan pronto como se descubrió el asesinato, me di cuenta de que una vez que se supieran los hechos, la sospecha no dejaría de recaer sobre Ralph, o, si no sobre él, sobre la chica a la que amaba. Esa noche le expuse los hechos claramente. La idea de tener posiblemente que dar un testimonio que pudiera incriminar a su esposa le hizo resolver a toda costa... a...

Vacilé y Ralph llenó el vacío.

—Hacer una escapada —dijo gráficamente—. Verá, Ursula me dejó para regresar a la casa. Pensé que era posible que ella hubiera intentado tener otra entrevista con mi padrastro. Él ya había sido muy grosero con ella esa tarde. Se me ocurrió que podría haberla insultado tanto, de una manera tan imperdonable, que sin saber lo que estaba haciendo...

Se detuvo. Ursula soltó su mano de la suya y retrocedió.

—¡Pensaste eso, Ralph! ¿Realmente pensaste que yo podría haberlo hecho?

—Volvamos a la conducta culpable del doctor Sheppard —dijo Poirot con sequedad—. El doctor Sheppard consintió en hacer lo que pudiera para ayudarlo. Tuvo éxito en ocultar al capitán Paton de la policía.

—¿Dónde? —preguntó Raymond—. ¿En su propia casa?

—Ah, no, ciertamente —dijo Poirot—. Debería hacerse la pregunta que yo me hice. Si el buen doctor está ocultando al joven, ¿qué lugar elegiría? Debe ser necesariamente en algún lugar cercano. Pienso en Cranchester. ¿Un hotel? No. ¿Alojamiento? Aún más enfáticamente, no. ¿Dónde, entonces? ¡Ah! Lo tengo. Un centro de salud. Un hogar para los inadaptados mentales. Pruebo mi teoría. Invento un sobrino con problemas mentales. Consulto a la señorita Sheppard sobre hogares adecuados. Ella me da los nombres de dos cerca de Cranchester a los que su hermano ha enviado pacientes. Hago averiguaciones. Sí, en uno de ellos, un paciente fue llevado allí por el propio doctor temprano el sábado por la mañana. Ese paciente, aunque conocido por otro nombre, no tuve dificultad en identificarlo como el capitán Paton. Después de ciertos trámites necesarios, se me permitió llevármelo. Llegó a mi casa en las primeras horas de ayer por la mañana.

Lo miré con pesar.

—El experto del Ministerio del Interior de Caroline —murmuré—. ¡Y pensar que nunca lo adiviné!

—¿Ve ahora por qué llamé la atención sobre la reticencia de su manuscrito? —murmuró Poirot—. Era estrictamente veraz hasta donde llegaba, pero no llegaba muy lejos, ¿eh, amigo mío?

Estaba demasiado abochornado para discutir.

—El doctor Sheppard ha sido muy leal —dijo Ralph—. Me ha apoyado en las buenas y en las malas. Hizo lo que pensó que era lo mejor. Veo ahora, por lo que el señor Poirot me ha dicho, que no era realmente lo mejor. Debería haberme presentado y afrontar la música. Verá, en el hogar, nunca vimos un periódico. No sabía nada de lo que estaba pasando.

—El doctor Sheppard ha sido un modelo de discreción —dijo Poirot con sequedad—. Pero yo, yo descubro todos los pequeños secretos. Es mi oficio.

—Ahora podemos tener su historia de lo que sucedió esa noche —dijo Raymond con impaciencia.

—Usted ya la conoce —dijo Ralph—. Hay muy poco que añadir. Salí de la glorieta alrededor de las nueve y cuarenta y cinco, y caminé por los senderos, tratando de decidir qué hacer a continuación, qué línea tomar. Estoy obligado a admitir que no tengo ni la sombra de una coartada, pero les doy mi solemne palabra de que nunca fui al estudio, que nunca vi a mi padrastro vivo... o muerto. Lo que sea que piense el mundo, me gustaría que todos ustedes me creyeran.

—Sin coartada —murmuró Raymond—. Eso es malo. Le creo, por supuesto, pero... es un mal asunto.

—Sin embargo, hace que las cosas sean muy simples —dijo Poirot, con voz alegre—. Muy simples, en efecto.

Todos lo miramos fijamente.

—¿Ve a lo que me refiero? ¿No? Simplemente esto: para salvar al capitán Paton, el verdadero criminal debe confesar.

Nos sonrió a todos.

—Pero sí, digo lo que digo. Vean ahora, no invité al inspector Raglan a estar presente. Eso fue por una razón. No quería decirle todo lo que sabía, al menos no quería decírselo esta noche.

Se inclinó hacia adelante y de repente su voz y toda su personalidad cambiaron. Se volvió repentinamente peligroso.

—Yo, que les hablo, sé que el asesino del señor Ackroyd está en esta habitación ahora. Es al asesino a quien me dirijo. Mañana la verdad irá al inspector Raglan. ¿Entienden?

Hubo un silencio tenso. En medio de él, llegó la vieja mujer bretona con un telegrama en una bandeja. Poirot lo abrió de un tirón.

La voz de Blunt se elevó, abrupta y resonante.

—¿El asesino está entre nosotros, dice? Usted sabe... ¿quién?

Poirot había leído el mensaje. Lo arrugó en su mano.

—Lo sé... ahora.

Golpeó la bola de papel arrugado.

—¿Qué es eso? —dijo Raymond bruscamente.

—Un mensaje inalámbrico, de un vapor que ahora va camino a los Estados Unidos.

Hubo un silencio sepulcral. Poirot se puso de pie haciendo una reverencia.

—Messieurs et Mesdames, esta reunión mía ha llegado a su fin. Recuerden: la verdad irá al inspector Raglan por la mañana.

CAPÍTULO XXV

TODA LA VERDAD

Un ligero gesto de Poirot me ordenó quedarme atrás del resto. Obedecí, dirigiéndome hacia la chimenea y removiendo pensativo los grandes troncos con la punta de mi bota.

Estaba desconcertado. Por primera vez estaba absolutamente perdido respecto al significado de Poirot. Por un momento me incliné a pensar que la escena que acababa de presenciar era un gigantesco despliegue de grandilocuencia, que él había estado haciendo lo que llamaba «interpretar la comedia» con el fin de hacerse parecer interesante e importante. Pero, a pesar de mí mismo, me vi obligado a creer en una realidad subyacente. Había habido una amenaza real en sus palabras, una cierta sinceridad indiscutible. Pero todavía creía que estaba siguiendo una pista completamente equivocada.

Cuando la puerta se cerró tras el último de los invitados, él se acercó al fuego.

—Bueno, amigo mío —dijo con calma—, ¿y qué piensa de todo esto?

—No sé qué pensar —dije con franqueza—. ¿Cuál fue el punto? ¿Por qué no ir directamente al inspector Raglan con la verdad en lugar de darle a la persona culpable esta elaborada advertencia?

Poirot se sentó y sacó su estuche de pequeños cigarrillos rusos. Fumó durante un minuto o dos en silencio. Luego:

—Use sus pequeñas células grises —dijo—. Siempre hay una razón detrás de mis acciones.

Vacilé un momento y luego dije lentamente:

—La primera que se me ocurre es que usted mismo no sabe quién es la persona culpable, pero que está seguro de que se encuentra entre las personas aquí esta noche. Por lo tanto, ¿sus palabras estaban destinadas a forzar una confesión del asesino desconocido?

Poirot asintió con aprobación.

—Una idea inteligente, pero no es la verdad.

—Pensé, tal vez, que al hacerle creer que usted sabía, podría obligarlo a salir a la luz, no necesariamente mediante una confesión. Podría intentar silenciarlo a usted tal como silenció anteriormente al Sr. Ackroyd, antes de que usted pudiera actuar mañana por la mañana.

—¡Una trampa conmigo como cebo! Merci, mon ami, pero no soy lo suficientemente heroico para eso.

—Entonces no logro entenderlo. ¿Seguramente corre el riesgo de dejar escapar al asesino al ponerlo así sobre aviso?

Poirot negó con la cabeza.

—No puede escapar —dijo con gravedad—. Solo hay una salida, y ese camino no conduce a la libertad.

—¿De verdad cree que una de esas personas aquí presentes esta noche cometió el asesinato? —pregunté incrédulo.

—Sí, amigo mío.

—¿Cuál?

Hubo un silencio durante algunos minutos. Luego, Poirot arrojó la colilla de su cigarrillo a la rejilla y comenzó a hablar en un tono tranquilo y reflexivo.

—Le llevaré por el camino que yo mismo he recorrido. Paso a paso me acompañará y verá por usted mismo que todos los hechos señalan indiscutiblemente a una persona. Ahora, para empezar, hubo dos hechos y una pequeña discrepancia de tiempo que atrajeron especialmente mi atención. El primer hecho fue la llamada telefónica. Si Ralph Paton fuera realmente el asesino, la llamada telefónica resultaría absurda y carente de sentido. Por lo tanto, me dije, Ralph Paton no es el asesino.

—Me aseguré de que la llamada no pudiera haber sido realizada por nadie dentro de la casa, sin embargo, estaba convencido de que era entre los presentes en aquella noche fatal donde debía buscar a mi criminal. Por lo tanto, concluí que la llamada telefónica debió haber sido realizada por un cómplice. No quedé del todo satisfecho con esa deducción, pero la dejé pasar por el momento.

—A continuación, examiné el motivo de la llamada. Eso fue difícil. Solo podía llegar a él juzgando su resultado. El cual fue que el asesinato se descubrió esa misma noche en lugar de, con toda probabilidad, a la mañana siguiente. ¿Está de acuerdo con eso?

—Sí —admití—. Sí. Como usted dice, habiendo dado el Sr. Ackroyd órdenes de no ser molestado, nadie habría ido probablemente al estudio esa noche.

—Très bien. El asunto marcha, ¿no es así? Pero las cosas seguían siendo oscuras. ¿Cuál era la ventaja de que el crimen se descubriera esa noche en lugar de a la mañana siguiente? La única idea que pude captar fue que el asesino, sabiendo que el crimen se descubriría a cierta hora, podía asegurarse de estar presente cuando se derribara la puerta, o al menos inmediatamente después. Y ahora llegamos al segundo hecho: la silla apartada de la pared. El inspector Raglan descartó eso por no tener importancia. Yo, por el contrario, siempre lo he considerado de suma importancia.

—En su manuscrito usted ha dibujado un pequeño y pulcro plano del estudio. Si lo tuviera consigo en este minuto, vería que, estando la silla apartada en la posición indicada por Parker, quedaría en línea recta entre la puerta y la ventana.

—¡La ventana! —dije rápidamente.

—Usted también tiene mi primera idea. Imaginé que la silla estaba apartada para que algo relacionado con la ventana no fuera visto por nadie que entrara por la puerta. Pero pronto abandoné esa suposición, pues aunque la silla era una orejera de respaldo alto, ocultaba muy poco de la ventana, solo la parte entre el marco y el suelo. No, mon ami, pero recuerde que justo frente a la ventana había una mesa con libros y revistas sobre ella. Ahora bien, esa mesa quedaba completamente oculta por la silla apartada, e inmediatamente tuve mi primera sospecha sombría de la verdad.

—¿Suponiendo que hubiera algo en esa mesa que no estaba destinado a ser visto? ¿Algo colocado allí por el asesino? Todavía no tenía idea de qué podría ser ese algo. Pero conocía ciertos hechos muy interesantes al respecto. Por ejemplo, era algo que el asesino no había podido llevarse consigo en el momento en que cometió el crimen. Al mismo tiempo, era vital que fuera retirado tan pronto como fuera posible tras descubrirse el crimen. Y así, el mensaje telefónico, y la oportunidad para el asesino de estar en el lugar cuando se descubriera el cadáver.

—Ahora bien, cuatro personas estaban en la escena antes de que llegara la policía. Usted, Parker, el Mayor Blunt y el Sr. Raymond. Eliminé a Parker de inmediato, ya que a cualquier hora que se descubriera el crimen, él era la única persona que con seguridad estaría en el lugar. Además, fue él quien me habló de la silla apartada. Parker, pues, quedó libre de sospechas (del asesinato, se entiende. Aún pensaba que era posible que hubiera estado chantajeando a la Sra. Ferrars). Raymond y Blunt, sin embargo, permanecieron bajo sospecha ya que, si el crimen se hubiera descubierto en las primeras horas de la mañana, era muy posible que hubieran llegado a la escena demasiado tarde para evitar que se descubriera el objeto sobre la mesa redonda.

—¿Ahora qué era ese objeto? ¿Escuchó mis argumentos de esta noche en referencia al fragmento de conversación escuchado? Tan pronto como supe que había llamado un representante de una compañía de dictáfonos, la idea de un dictáfono echó raíces en mi mente. ¿Escuchó lo que dije en esta habitación hace menos de media hora? Todos estuvieron de acuerdo con mi teoría, pero un hecho vital parece habérseles escapado. Admitiendo que el Sr. Ackroyd estuviera usando un dictáfono esa noche, ¿por qué no se encontró ningún dictáfono?

—Nunca pensé en eso —dije.

—Sabemos que se suministró un dictáfono al Sr. Ackroyd. Pero no se ha encontrado ningún dictáfono entre sus efectos. Así que, si algo fue retirado de esa mesa, ¿por qué no habría de ser ese algo el dictáfono? Pero había ciertas dificultades en el camino. La atención de todos estaba, por supuesto, centrada en el hombre asesinado. Creo que cualquiera podría haber ido a la mesa sin ser notado por las demás personas en la habitación. Pero un dictáfono tiene cierto volumen; no puede deslizarse casualmente en un bolsillo. Debe haber habido un receptáculo de algún tipo capaz de albergarlo.

—¿Ve a dónde llego? La figura del asesino está tomando forma. Una persona que estaba en la escena de inmediato, pero que podría no haberlo estado si el crimen se hubiera descubierto a la mañana siguiente. Una persona que llevaba un receptáculo en el que el dictáfono pudiera encajar…

Interrumpí.

—¿Pero por qué retirar el dictáfono? ¿Cuál era el sentido?

—Usted es como el Sr. Raymond. Da por sentado que lo que se escuchó a las nueve y media era la voz del Sr. Ackroyd hablando a un dictáfono. Pero considere este útil invento por un pequeño minuto. Usted dicta en él, ¿no es así? Y en algún momento posterior, un secretario o un mecanógrafo lo enciende, y la voz habla de nuevo.

—¿Quiere decir…? —jadeé.

Poirot asintió.

—Sí, quiero decir eso. A las nueve y media, el Sr. Ackroyd ya estaba muerto. Era el dictáfono el que hablaba, no el hombre.

—Y el asesino lo encendió. ¿Entonces debe haber estado en la habitación en ese minuto?

—Posiblemente. Pero no debemos excluir la probabilidad de que se haya aplicado algún dispositivo mecánico, algo parecido a un temporizador, o incluso un simple despertador. Pero en ese caso, debemos añadir dos calificaciones a nuestro retrato imaginario del asesino. Debe ser alguien que supiera de la compra del dictáfono por parte del Sr. Ackroyd y también alguien con los conocimientos mecánicos necesarios.

—Había llegado hasta aquí en mi propia mente cuando nos encontramos con las huellas en el alféizar de la ventana. Aquí había tres conclusiones abiertas para mí. (1) Podrían haber sido hechas realmente por Ralph Paton. Él había estado en Fernly esa noche y podría haber trepado al estudio y encontrado a su tío muerto allí. Esa era una hipótesis. (2) Existía la posibilidad de que las huellas pudieran haber sido hechas por alguien más que coincidiera en tener el mismo tipo de clavos en sus zapatos. Pero los residentes de la casa tenían zapatos con suelas de crepé y me negué a creer en la coincidencia de que alguien de fuera tuviera el mismo tipo de zapatos que llevaba Ralph Paton. Charles Kent, como sabemos por la camarera del Dog and Whistle, llevaba un par de botas «que se le caían de viejas». (3) Esas huellas fueron hechas por alguien que intentaba deliberadamente arrojar sospechas sobre Ralph Paton. Para probar esta última conclusión, era necesario verificar ciertos hechos. La policía había obtenido un par de zapatos de Ralph del Three Boars. Ni Ralph ni nadie más podría haberlos llevado esa noche, ya que estaban abajo siendo limpiados. Según la teoría de la policía, Ralph llevaba otro par del mismo tipo, y descubrí que era cierto que tenía dos pares. Ahora, para que mi teoría resultara correcta, era necesario que el asesino hubiera llevado los zapatos de Ralph esa noche, en cuyo caso Ralph debía haber llevado un tercer par de calzado de algún tipo. Difícilmente podía suponer que trajera tres pares de zapatos todos iguales; el tercer par de calzado era más probable que fueran botas. Le pedí a su hermana que hiciera averiguaciones sobre este punto, poniendo cierto énfasis en el color, con el fin de —lo admito francamente— oscurecer la verdadera razón de mi pregunta.

—Ya conoce el resultado de sus investigaciones. Ralph Paton había llevado consigo un par de botas. La primera pregunta que le hice cuando vino a mi casa ayer por la mañana fue qué llevaba en los pies la noche fatal. Respondió de inmediato que había llevado botas —de hecho, todavía las llevaba puestas— al no tener nada más que ponerse.

—Así que damos un paso más en nuestra descripción del asesino: una persona que tuvo la oportunidad de tomar estos zapatos de Ralph Paton del Three Boars ese día.

Hizo una pausa y luego dijo, con la voz ligeramente elevada:

—Hay un punto más. El asesino debe haber sido una persona que tuvo la oportunidad de hurtar esa daga de la mesa de plata. Usted podría argumentar que cualquiera en la casa podría haberlo hecho, pero le recordaré que la Srta. Ackroyd fue muy tajante en que la daga no estaba allí cuando examinó la mesa de plata.

Hizo otra pausa.

—Recapitulemos, ahora que todo está claro. Una persona que estuvo en el Three Boars más temprano ese día, una persona que conocía a Ackroyd lo suficientemente bien como para saber que había comprado un dictáfono, una persona con inclinaciones mecánicas, que tuvo la oportunidad de tomar la daga de la mesa de plata antes de que llegara la Srta. Flora, que llevaba consigo un receptáculo adecuado para ocultar el dictáfono —como una bolsa negra—, y que tuvo el estudio para él solo durante unos minutos después de que se descubriera el crimen mientras Parker llamaba por teléfono a la policía. De hecho… ¡el Dr. Sheppard!

CAPÍTULO XXVI

Y NADA MÁS QUE LA VERDAD

Hubo un silencio sepulcral durante un minuto y medio.

Entonces me reí.

—Está loco —dije.

—No —dijo Poirot plácidamente—. No estoy loco. Fue la pequeña discrepancia de tiempo la que primero atrajo mi atención hacia usted, justo al principio.

—¿Discrepancia de tiempo? —pregunté, desconcertado.

—Pero sí. Recordará que todos estuvieron de acuerdo, usted mismo incluido, en que se tardaban cinco minutos en caminar desde la portería hasta la casa, menos si tomaba el atajo hacia la terraza. Pero usted salió de la casa a las diez para las nueve, tanto según su declaración como la de Parker, y sin embargo eran las nueve en punto cuando pasó por las puertas de la portería. Era una noche fría, no una velada en la que un hombre estuviera inclinado a holgazanear; ¿por qué había tardado diez minutos en hacer un camino de cinco? Todo el tiempo me di cuenta de que solo teníamos su declaración de que la ventana del estudio estuvo cerrada en algún momento. Ackroyd le preguntó si lo había hecho; él nunca se molestó en mirar. Suponiendo, entonces, que la ventana del estudio no estuviera cerrada, ¿habría tiempo en esos diez minutos para que usted rodeara el exterior de la casa, se cambiara los zapatos, entrara por la ventana, matara a Ackroyd y llegara a la puerta a las nueve en punto? Descarté esa teoría, ya que, con toda probabilidad, un hombre tan nervioso como lo estaba Ackroyd esa noche lo habría oído entrar, y entonces habría habido un forcejeo. Pero, ¿suponiendo que mató a Ackroyd antes de irse, mientras estaba de pie junto a su silla? Entonces sale por la puerta principal, corre hasta la casa de verano, saca los zapatos de Ralph Paton de la bolsa que llevó consigo esa noche, se los pone, camina por el barro con ellos y deja huellas en el alféizar de la ventana, trepa hacia adentro, cierra la puerta del estudio desde dentro, corre de vuelta a la casa de verano, se vuelve a poner sus propios zapatos y corre hacia la puerta. (Yo mismo realicé acciones similares el otro día, cuando usted estaba con la Sra. Ackroyd; tomó exactamente diez minutos). Luego a casa, y una coartada, ya que usted había programado el dictáfono para las nueve y media.

—Mi querido Poirot —dije con una voz que sonaba extraña y forzada a mis propios oídos—, ha estado dándole vueltas a este caso demasiado tiempo. ¿Qué demonios ganaba yo asesinando a Ackroyd?

—Seguridad. Fue usted quien chantajeó a la Sra. Ferrars. ¿Quién podría haber tenido un mejor conocimiento de qué mató al Sr. Ferrars que el médico que lo estaba atendiendo? Cuando me habló ese primer día en el jardín, mencionó un legado recibido hace aproximadamente un año. No he podido descubrir ningún rastro de tal legado. Tuvo que inventar alguna forma de justificar las veinte mil libras de la Sra. Ferrars. No le ha hecho mucho bien. Perdió la mayor parte en especulaciones; luego apretó demasiado las tuercas y la Sra. Ferrars tomó una salida que usted no esperaba. Si Ackroyd se hubiera enterado de la verdad, no habría tenido piedad con usted; habría quedado arruinado para siempre.

—¿Y la llamada telefónica? —pregunté, tratando de recuperarme—. Supongo que también tiene una explicación plausible para eso.

—Le confesaré que fue mi mayor obstáculo cuando descubrí que efectivamente se había realizado una llamada desde la estación de King’s Abbot hacia usted. Al principio creí que simplemente se había inventado la historia. Fue un toque muy inteligente. Debía tener alguna excusa para llegar a Fernly, encontrar el cadáver y así obtener la oportunidad de retirar el dictáfono del cual dependía su coartada. Tenía una noción muy vaga de cómo se hizo cuando fui a ver a su hermana ese primer día e indagué qué pacientes había visto el viernes por la mañana. No tenía en mente a la Srta. Russell en ese momento. Su visita fue una afortunada coincidencia, ya que distrajo su mente del verdadero objeto de mis preguntas. Encontré lo que buscaba. Entre sus pacientes de esa mañana estaba el administrador de un transatlántico estadounidense. ¿Quién más adecuado que él para marcharse a Liverpool en el tren de esa tarde? Y después estaría en alta mar, bien lejos de allí. Noté que el Orion zarpaba el sábado y, habiendo obtenido el nombre del administrador, le envié un mensaje inalámbrico haciendo una pregunta determinada. Esta es la respuesta que me vio recibir hace un momento.

Me tendió el mensaje. Decía lo siguiente:

«Muy correcto. El Dr. Sheppard me pidió que dejara una nota en la casa de un paciente. Debía llamarlo desde la estación con la respuesta. La respuesta fue: "Sin respuesta"».

* * * * *

—Fue una idea inteligente —dijo Poirot—. La llamada era genuina. Su hermana lo vio atenderla. Pero solo existía la palabra de un hombre sobre lo que realmente se dijo: ¡la suya!

Bostecé.

—Todo esto —dije— es muy interesante, pero difícilmente en la esfera de la política práctica.

—¿Eso cree? Recuerde lo que dije: la verdad irá al inspector Raglan por la mañana. Pero, por el bien de su buena hermana, estoy dispuesto a darle la oportunidad de otra salida. Podría haber, por ejemplo, una sobredosis de un somnífero. ¿Me comprende? Pero el capitán Ralph Paton debe quedar libre de sospechas; ça va sans dire. Le sugeriría que termine ese manuscrito tan interesante suyo, pero abandonando su anterior reserva.

—Parece ser muy prolífico en sugerencias —comenté—. ¿Está seguro de que ha terminado del todo?

—Ahora que me recuerda el hecho, es cierto que hay una cosa más. Sería muy imprudente de su parte intentar silenciarme como silenció al Sr. Ackroyd. Ese tipo de negocios no tiene éxito contra Hercule Poirot, ¿entiende?

—Mi querido Poirot —dije, sonriendo un poco—, sea lo que sea que sea, no soy un tonto.

Me puse en pie.

—Bueno, bueno —dije, con un ligero bostezo—, debo irme a casa. Gracias por una velada de lo más interesante e instructiva.

Poirot también se levantó e hizo una reverencia con su cortesía habitual mientras yo salía de la habitación.

CAPÍTULO XXVII

APOLOGÍA

Cinco de la mañana. Estoy muy cansado, pero he terminado mi tarea. Me duele el brazo de tanto escribir.

Un final extraño para mi manuscrito. ¡Pensé que algún día se publicaría como la historia de uno de los fracasos de Poirot! Qué curioso cómo resultan las cosas.

Todo el tiempo he tenido un presentimiento de desastre, desde el momento en que vi a Ralph Paton y a la Sra. Ferrars con las cabezas juntas. Pensé entonces que ella le estaba confiando algo; tal como sucedió, estaba bastante equivocado en eso, pero la idea persistió incluso después de que entré en el estudio con Ackroyd esa noche, hasta que él me dijo la verdad.

Pobre Ackroyd. Siempre me alegro de haberle dado una oportunidad. Le insté a leer esa carta antes de que fuera demasiado tarde. O dejadme ser honesto: ¿no me di cuenta subconscientemente de que, con un tipo obstinado como él, era mi mejor oportunidad para conseguir que no la leyera? Su nerviosismo esa noche fue psicológicamente interesante. Sabía que el peligro estaba cerca. Y, sin embargo, nunca sospechó de mí.

La daga fue una ocurrencia tardía. Yo había traído un arma pequeña muy útil de mi propiedad, pero cuando vi la daga tirada en la mesa de plata, se me ocurrió de inmediato cuánto mejor sería usar un arma que no pudiera ser rastreada hasta mí.

Supongo que debí haber tenido la intención de asesinarlo desde el principio. Tan pronto como me enteré de la muerte de la Sra. Ferrars, me convencí de que ella le habría contado todo antes de morir. Cuando me reuní con él y parecía tan agitado, pensé que tal vez él sabía la verdad, pero que no podía llegar a creerla y que iba a darme la oportunidad de refutarla.

Así que me fui a casa y tomé mis precauciones. Si el problema después de todo era solo algo relacionado con Ralph, bueno, no se habría hecho daño. El dictáfono me lo había dado él dos días antes para que lo ajustara. Algo había ido un poco mal con él y le persuadí para que me dejara intentarlo a mí, en lugar de enviarlo de vuelta. Hice lo que quise con él y lo llevé conmigo en mi bolsa esa tarde.

Estoy bastante satisfecho conmigo mismo como escritor. Qué podría ser más pulcro, por ejemplo, que lo siguiente:

«Las cartas fueron traídas a las nueve menos veinte. Eran casi las nueve menos diez cuando lo dejé, con la carta aún sin leer. Dudé con la mano en el pomo de la puerta, mirando hacia atrás y preguntándome si había algo que hubiera dejado sin hacer».

Todo cierto, ya ve. ¡Pero suponga que hubiera puesto una fila de estrellas después de la primera frase! ¿Se habría preguntado alguien entonces qué pasó exactamente en esos diez minutos en blanco?

Cuando miré alrededor de la habitación desde la puerta, quedé bastante satisfecho. No se había dejado nada sin hacer. El dictáfono estaba en la mesa junto a la ventana, programado para activarse a las nueve y media (el mecanismo de ese pequeño dispositivo era bastante ingenioso, basado en el principio de un despertador), y el sillón estaba apartada para ocultarlo de la vista desde la puerta.

Debo admitir que me dio bastante sobresalto encontrarme con Parker justo afuera de la puerta. He registrado fielmente ese hecho.

Luego, más tarde, cuando se descubrió el cuerpo y yo había enviado a Parker a llamar por teléfono a la policía, ¡qué uso tan juicioso de las palabras: “_¡Hice lo poco que había que hacer!_”! Fue realmente poco: solo meter el dictáfono en mi bolso y empujar la silla contra la pared, en su lugar correcto. Nunca imaginé que Parker se hubiera fijado en esa silla. Lógicamente, debería haber estado tan atónito ante el cuerpo como para estar ciego a todo lo demás. Pero no había contado con el complejo del sirviente entrenado.

Ojalá hubiera podido saber de antemano que Flora iba a decir que había visto a su tío vivo a las nueve y cuarenta y cinco. Eso me desconcertó más de lo que puedo expresar. De hecho, a lo largo de todo el caso ha habido cosas que me han desconcertado irremediablemente. Todo el mundo parece haber tomado parte.

Mi mayor temor durante todo el tiempo ha sido Caroline. He imaginado que ella podría adivinarlo. Es curioso cómo habló ese día de mi “rasgo de debilidad”.

Bueno, ella nunca sabrá la verdad. Hay, como dijo Poirot, una salida...

Puedo confiar en él. Él y el inspector Raglan se las arreglarán entre ellos. No me gustaría que Caroline lo supiera. Me tiene cariño y, además, ella es orgullosa... Mi muerte será una pena para ella, pero la pena pasa...

Cuando haya terminado de escribir, meteré todo este manuscrito en un sobre y lo dirigiré a Poirot.

Y entonces, ¿qué será? ¿Veronal? Habría una especie de justicia poética. No es que asuma ninguna responsabilidad por la muerte de la señora Ferrars. Fue la consecuencia directa de sus propios actos. No siento lástima por ella.

No siento lástima por mí mismo tampoco.

Así que sea veronal.

Pero ojalá Hercule Poirot nunca se hubiera retirado del trabajo y venido aquí a cultivar calabacines.

EL FIN

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Jesi, una ciudad diminuta de las Marcas italianas, fue el lugar de nacimiento de Rafael Sabatini.

Primero fue a la escuela en Suiza y de allí al Liceo de Oporto, Portugal, y nunca ha asistido a una escuela inglesa. Pero el inglés no es apenas un idioma adoptado para él, ya que lo aprendió de su madre, una mujer inglesa.

Hoy, Rafael Sabatini es considerado como “El Alejandro Dumas de la ficción moderna”.

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* * * * *

LAST OF THE GREAT SCOUTS

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Notas del transcriptor:

- El texto encerrado entre guiones bajos está en cursiva (itálicas). - Se han eliminado las páginas en blanco. - Los errores tipográficos evidentes se han corregido silenciosamente. - En la línea "On this particular night our guests were Miss Ganett, and Colonel Carter who lives near the church." (En esta noche en particular nuestros invitados fueron la señorita Ganett, y el coronel Carter quien vive cerca de la iglesia), no está claro a quién se refiere "quien vive", por lo que se añadió una coma como el cambio más sencillo.

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