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The Mystery of Edwin Drood

by Charles Dickens · in Spanish

EL MISTERIO DE EDWIN DROOD

por Charles Dickens

Índice

CAPÍTULO I. EL AMANECER CAPÍTULO II. UN DEÁN, Y TAMBIÉN UN CABILDO CAPÍTULO III. LA CASA DE LAS MONJAS CAPÍTULO IV. EL SEÑOR SAPSEA CAPÍTULO V. EL SEÑOR DURDLES Y SU AMIGO CAPÍTULO VI. FILANTROPIA EN MINOR CANON CORNER CAPÍTULO VII. MÁS DE UNA CONFIDENCIA CAPÍTULO VIII. DAGAS DESENVAINADAS CAPÍTULO IX. PÁJAROS EN EL ARBUSTO CAPÍTULO X. ALISANDO EL CAMINO CAPÍTULO XI. UN CUADRO Y UN ANILLO CAPÍTULO XII. UNA NOCHE CON DURDLES CAPÍTULO XIII. AMBOS EN SU MEJOR MOMENTO CAPÍTULO XIV. ¿CUÁNDO VOLVERÁN A REUNIRSE ESTOS TRES? CAPÍTULO XV. ACUSADO CAPÍTULO XVI. DEVOTO CAPÍTULO XVII. FILANTROPÍA, PROFESIONAL Y NO PROFESIONAL CAPÍTULO XVIII. UN COLONO EN CLOISTERHAM CAPÍTULO XIX. SOMBRA EN EL RELOJ DE SOL CAPÍTULO XX. UNA HUIDA CAPÍTULO XXI. UN RECONOCIMIENTO CAPÍTULO XXII. SE ACERCA UN ESTADO DE COSAS ÁSPERO CAPÍTULO XXIII. EL AMANECER DE NUEVO

EL MISTERIO DE EDWIN DROOD

CAPÍTULO I. EL AMANECER

¿Una antigua torre de catedral inglesa? ¡Cómo puede estar aquí la antigua torre de una catedral inglesa! ¿La conocida y maciza torre cuadrada gris de su vieja catedral? ¡Cómo puede estar aquí! No hay punta de hierro oxidado en el aire, entre el ojo y ella, desde ningún punto de la perspectiva real. ¿Cuál es esa punta que se interpone y quién la ha colocado ahí? Tal vez la haya colocado el Sultán por orden suya para empalar a una horda de ladrones turcos, uno a uno. Así es, pues chocan los címbalos y el Sultán pasa camino de su palacio en larga procesión. Diez mil cimitarras brillan bajo la luz del sol, y tres veces diez mil muchachas bailarinas esparcen flores. Luego, siguen elefantes blancos enjaezados con innumerables colores magníficos, infinitos en número y en asistentes. Aún así, la torre de la catedral se alza en el fondo, donde no puede estar, y todavía no hay figura retorciéndose en la sombría punta. ¡Espera! ¿Es la punta algo tan insignificante como la punta oxidada de la pata de un viejo armazón de cama que se ha venido abajo por completo? Algún período vago de risa adormecida debe dedicarse a la consideración de esta posibilidad.

Temblando de pies a cabeza, el hombre cuya conciencia dispersa se ha recompuesto así de forma fantástica, finalmente se levanta, apoya su cuerpo tembloroso sobre los brazos y mira a su alrededor. Se encuentra en la más ruin y estrecha de las habitaciones pequeñas. A través de la cortina raída de la ventana, la luz del principio del día se cuela desde un patio miserable. Yace, vestido, a través de una cama grande y desagradable, sobre un armazón que, en efecto, ha cedido bajo el peso que soporta. Yaciendo, también vestidos y también a través de la cama, no a lo largo, hay un chino, un lascar y una mujer demacrada. Los dos primeros están sumidos en un sueño o estupor; la última está soplando una especie de pipa para encenderla. Y mientras sopla, protegiéndola con su mano flaca, concentra su chispa roja de luz, sirviendo en la tenue mañana como lámpara para mostrarle lo que él ve de ella.

—¿Otra? —dice esta mujer, en un susurro quejumbroso y ronco—. ¿Quieres otra?

Él mira a su alrededor, con la mano en la frente.

—Te has fumado tantas como cinco desde que llegaste a medianoche —continúa la mujer, quejándose crónicamente—. Pobre de mí, pobre de mí, mi cabeza está tan mal. Esos dos vinieron después de ti. ¡Ay, pobre de mí, el negocio está flojo, está flojo! ¡Pocos chinos por los muelles, y menos lascares, y ningún barco que llegue, dicen estos! Aquí tienes otra lista para ti, querido. Recordarás, como buena alma que eres, ¿verdad?, que el precio de mercado está terriblemente alto ahora mismo. ¡Más de tres chelines y seis peniques por un dedal! ¿Y recordarás que nadie más que yo (y el chino Jack al otro lado del patio; pero él no puede hacerlo tan bien como yo) tiene el verdadero secreto de la mezcla? Pagarás en consecuencia, querido, ¿verdad?

Sopla la pipa mientras habla y, burbujeando de vez en cuando, inhala gran parte de su contenido.

—¡Ay de mí, ay de mí, mis pulmones están débiles, mis pulmones están mal! Está casi lista para ti, querido. ¡Ay, pobre de mí, pobre de mí, mi mano pobre tiembla como si se fuera a caer! Te veo recobrar el sentido y me digo a mi pobre yo: "Le tendré otra lista, y él tendrá en cuenta el precio de mercado del opio, y pagará en consecuencia". ¡Ay, mi pobre cabeza! Hago mis pipas con viejos tinteros de un penique, ya ves, querido —esta es uno—, y ajusto una boquilla, de esta manera, y tomo mi mezcla de este dedal con esta pequeña cuchara de cuerno; y así lleno, querido. ¡Ay, mis pobres nervios! Me emborraché hasta el cielo durante dieciséis años antes de empezar con esto; pero esto no me hace daño, ni hablar. Y quita el hambre igual que la comida, querido.

Le entrega la pipa casi vacía y se deja caer hacia atrás, girándose sobre su rostro.

Él se levanta inestable de la cama, deja la pipa sobre la losa del hogar, aparta la cortina raída y mira con repugnancia a sus tres compañeros. Nota que la mujer se ha fumado a sí misma hasta adquirir un extraño parecido con el chino. Su forma de mejilla, ojo y sien, y su color, se repiten en ella. El susodicho chino lucha convulsivamente con uno de sus muchos dioses o demonios, tal vez, y gruñe horriblemente. El lascar se ríe y babea por la boca. La anfitriona está quieta.

—¿Qué visiones puede tener? —reflexiona el hombre que despierta, mientras gira el rostro de ella hacia sí y permanece mirándolo—. ¿Visiones de muchas carnicerías, y tabernas, y mucho crédito? ¿De un aumento de clientes horribles, y este horrible armazón de cama puesto en pie de nuevo, y este horrible patio barrido y limpio? ¿A qué puede elevarse ella, bajo cualquier cantidad de opio, más alto que eso? ¿Eh?

Inclina el oído para escuchar sus murmullos.

—¡Ininteligible!

Mientras observa los brotes y espasmos que irrumpen en su rostro y miembros, como un rayo intermitente en un cielo oscuro, algún contagio de ellos se apodera de él: de tal modo que tiene que retirarse a un sillón flaco junto al hogar —colocado allí, quizás, para tales emergencias— y sentarse en él, agarrándose fuerte, hasta que ha superado este espíritu impuro de imitación.

Luego regresa, se abalanza sobre el chino y, agarrándolo con ambas manos por la garganta, lo gira violentamente sobre la cama. El chino se aferra a las manos agresivas, resiste, jadea y protesta.

—¿Qué dices?

Una pausa vigilante.

—¡Ininteligible!

Aflojando lentamente su agarre mientras escucha la jerga incoherente con un ceño atento, se vuelve hacia el lascar y lo arrastra literalmente hasta el suelo. Al caer, el lascar comienza una postura medio erguida, fulmina con los ojos, se agita ferozmente con los brazos y saca un cuchillo fantasma. Entonces se hace evidente que la mujer se ha apoderado de este cuchillo, por seguridad; pues, ella también levantándose, y restringiéndolo y reprendiéndolo, el cuchillo es visible en su vestido, no en el de él, cuando vuelven a caer adormecidos, lado a lado.

Ha habido charla y estrépito suficiente entre ellos, pero sin propósito. Cuando alguna palabra clara ha sido lanzada al aire, no ha tenido sentido ni secuencia. Por lo tanto, "¡ininteligible!" es de nuevo el comentario del observador, hecho con un asentimiento de cabeza algo tranquilizado y una sonrisa sombría. Luego coloca cierta cantidad de dinero de plata sobre la mesa, encuentra su sombrero, tantea su camino bajando las escaleras rotas, da los buenos días a algún portero infestado de ratas, acostado en una cabaña negra bajo las escaleras, y sale.

Esa misma tarde, la maciza torre cuadrada gris de una antigua catedral se alza ante la vista de un viajero agotado. Las campanas tocan para el servicio diario de vísperas, y debe asistir a él, se diría, por su prisa en llegar a la puerta abierta de la catedral. El coro se está poniendo sus túnicas blancas manchadas, a toda prisa, cuando él llega entre ellos, se pone su propia túnica y se une a la procesión que entra al servicio. Luego, el sacristán cierra con llave las rejas de hierro que dividen el santuario del presbiterio, y todos los de la procesión, después de haber corrido a sus lugares, esconden sus rostros; y entonces las palabras entonadas, "CUANDO EL HOMBRE MALVADO—" se alzan entre los nervios de los arcos y las vigas del techo, despertando un trueno sordo.

CAPÍTULO II. UN DEÁN, Y TAMBIÉN UN CABILDO

Quien haya observado a ese ave sedada y clerical, la graja, tal vez haya notado que cuando emprende su vuelo hacia el hogar al anochecer, en una compañía sedada y clerical, dos grajas se separarán repentinamente del resto, volverán sobre su vuelo durante cierta distancia, y allí se equilibrarán y se demorarán; transmitiendo a los simples hombres la fantasía de que es de alguna importancia oculta para el cuerpo político que esta pareja astuta finja haber renunciado a su conexión con él.

Del mismo modo, terminado el servicio en la antigua catedral con la torre cuadrada, y el coro saliendo de nuevo a empujones, y dispersándose diversos personajes venerables de aspecto similar a una graja, dos de estos últimos vuelven sobre sus pasos y caminan juntos por el eco del atrio.

No solo está menguando el día, sino también el año. El sol bajo es ardiente y sin embargo frío detrás de la ruina del monasterio, y la enredadera de Virginia en el muro de la catedral ha esparcido la mitad de sus hojas de color rojo intenso sobre el pavimento. Ha llovido esta tarde, y un escalofrío invernal recorre los pequeños charcos sobre las losas agrietadas e irregulares, y a través de los árboles olmos gigantes mientras derraman una ráfaga de lágrimas. Sus hojas caídas yacen esparcidas densamente por todas partes. Algunas de estas hojas, en un raudo movimiento tímido, buscan refugio dentro de la puerta baja arqueada de la catedral; pero dos hombres que salen las resisten y las expulsan de nuevo con sus pies; hecho esto, uno de los dos cierra la puerta con una buena llave, y el otro se aleja volando con un libro de música en folio.

—¿Era el señor Jasper, Tope?

—Sí, señor Deán.

—Se ha quedado hasta tarde.

—Sí, señor Deán. Me he quedado por él, su Reverencia. Se ha sentido un poco indispuesto.

—Diga "tomado", Tope —al Deán—, interpone el grajo más joven en tono bajo con este toque de corrección, como quien dijera: "Puede ofrecer mala gramática a los laicos, o al clero más humilde, no al Deán".

El señor Tope, verger jefe y guía, acostumbrado a ser altivo con los grupos de excursionistas, declina con una altivez silenciosa percibir que se le ha hecho alguna sugerencia.

—¿Y cuándo y cómo ha sido tomado el señor Jasper —pues, como ha observado el señor Crisparkle, es mejor decir tomado— tomado— repite el Deán—; cuándo y cómo ha sido tomado el señor Jasper—

—Tomado, señor —murmura Tope respetuosamente.

—¿Indispuesto, Tope?

—Bueno, señor, el señor Jasper estaba tan falto de aliento—

—Yo no diría "tan falto de aliento", Tope —interpone el señor Crisparkle con el mismo toque que antes—. No es inglés —al Deán—.

—"Falto de aliento hasta tal punto", el Deán (no poco halagado por este homenaje indirecto) comenta condescendientemente, "sería preferible".

—La respiración del señor Jasper era tan notablemente corta —así es como el señor Tope se abre camino alrededor de la roca sumergida— cuando entró, que le angustiaba enormemente sacar sus notas: lo cual fue quizás la causa de que tuviera una especie de ataque después de un poco. Su memoria se quedó ATURDIDA. —El señor Tope, con los ojos puestos en el reverendo señor Crisparkle, dispara esta palabra, como desafiándole a mejorarla—: y una oscuridad y vértigo se apoderaron de él tan extraños como nunca vi: aunque él mismo no pareció darle importancia. Sin embargo, un poco de tiempo y un poco de agua lo sacaron de su ATURDIMIENTO. —El señor Tope repite la palabra y su énfasis, con el aire de decir: "Como he tenido éxito, lo tendré de nuevo"—.

—¿Y el señor Jasper se ha ido a casa hecho un hombre, verdad? —preguntó el Deán.

—Su Reverencia, se ha ido a casa hecho un hombre. Y me alegra ver que está encendiendo su fuego, pues hace frío después de la lluvia, y la catedral tenía tanto un tacto húmedo como una sensación de humedad esta tarde, y él estaba muy destemplado.

Los tres miran hacia una antigua casa de guardia de piedra que cruza el atrio, con un pasaje arqueado que pasa por debajo. A través de su ventana enrejada, brilla un fuego sobre la escena que se oscurece rápidamente, envolviendo en sombra las masas colgantes de hiedra y enredadera que cubren el frente del edificio. Mientras la profunda campana de la catedral marca la hora, una ondulación de viento atraviesa estas a su distancia, como una ondulación del sonido solemne que zumba a través de tumbas y torres, nichos rotos y estatuas desfiguradas, en el edificio cercano.

—¿Está el sobrino del señor Jasper con él? —pregunta el Deán.

—No, señor —respondió el Verger—, pero se le espera. Ahí está su propia sombra solitaria entre sus dos ventanas —la que mira hacia aquí, y la que mira hacia la calle principal—, cerrando sus propias cortinas ahora.

—Bien, bien —dice el Deán, con un aire vivaz de terminar la pequeña conferencia—, espero que el corazón del señor Jasper no esté demasiado puesto en su sobrino. Nuestros afectos, por muy loables que sean, en este mundo transitorio, nunca deberían dominarnos; deberíamos guiarlos, guiarlos. Encuentro que no me desagrada que me recuerden mi cena, al oír mi campana de la cena. Quizás, señor Crisparkle, ¿querrá usted, antes de irse a casa, visitar a Jasper?

—Ciertamente, señor Deán. ¿Y decirle que usted tuvo la amabilidad de desear saber cómo estaba?

—Ay; hágalo, hágalo. Ciertamente. Deseaba saber cómo estaba. Por todos los medios. Deseaba saber cómo estaba.

Con un aire agradable de mecenazgo, el Deán casi ladea su pintoresco sombrero como un Deán de buen humor puede, y dirige sus decorosas polainas hacia el comedor rojizo de la acogedora y antigua casa de ladrillo rojo donde se encuentra actualmente, "en residencia" con la señora Deán y la señorita Deán.

El señor Crisparkle, canónigo menor, rubio y sonrosado, y lanzándose perpetuamente de cabeza a todas las aguas profundas que corren por el campo circundante; el señor Crisparkle, canónigo menor, madrugador, musical, clásico, alegre, amable, bondadoso, sociable, satisfecho y parecido a un niño; el señor Crisparkle, canónigo menor y buen hombre, últimamente "entrenador" en los principales caminos paganos, pero desde entonces ascendido por un patrón (agradecido por un hijo bien enseñado) a su actual puesto cristiano; se dirige a la casa de guardia, de camino a casa para su temprano té.

—Lamento oír por Tope que no se ha sentido bien, Jasper.

—¡Oh, no fue nada, nada!

—Se ve un poco agotado.

—¿Lo parezco? Oh, no lo creo. Lo que es mejor, no me siento así. Sospecho que Tope ha hecho demasiado de ello. Es su oficio sacar el máximo partido a todo lo que pertenece a la catedral, ya sabe.

—¿Puedo decirle al Deán —llamo expresamente de parte del Deán— que está usted bien de nuevo?

La respuesta, con una leve sonrisa, es: "Ciertamente; con mis respetos y agradecimiento al Deán".

—Me alegra oír que espera al joven Drood.

—Espero al querido muchacho en cualquier momento.

—¡Ah! Le hará más bien que un médico, Jasper.

—Más bien que una docena de médicos. Porque le quiero mucho, y no quiero a los médicos, ni a las cosas de los médicos.

El señor Jasper es un hombre moreno de unos veintiséis años, con cabellos y patillas negros, lustrosos y bien dispuestos. Parece mayor de lo que es, como a menudo parecen los hombres morenos. Su voz es profunda y buena, su rostro y figura son buenos, su manera es un poco sombría. Su habitación es un poco sombría, y puede haber tenido su influencia en la formación de su manera. Está mayormente en sombra. Incluso cuando el sol brilla brillantemente, rara vez toca el piano de cola en el hueco, o los libros de música en folio en el soporte, o las estanterías en la pared, o el cuadro inacabado de una colegiala floreciente que cuelga sobre la repisa de la chimenea; su cabello castaño suelto atado con una cinta azul, y su belleza notable por un toque bastante infantil, casi aniñado, de descontento atrevido, cómicamente consciente de sí mismo. (No hay el menor mérito artístico en este cuadro, que es una mera mancha; pero está claro que el pintor lo ha hecho con humor —casi se podría decir, vengativamente— parecido al original.)

—Le echaremos de menos, Jasper, en los "Miércoles Musicales Alternos" de esta noche; pero sin duda está mejor en casa. ¡Buenas noches. ¡Dios le bendiga! "¡Dime, pastores, di-i-ime; dime, has visto (has visto, has visto, has visto) a mi-i-i Flo-o-ora-a pasar por aquí!" El melodiosamente bueno canónigo menor, el reverendo Septimus Crisparkle, se expresa así, en ritmo musical, mientras retira su amable rostro de la puerta y lo conduce escaleras abajo.

Sonidos de reconocimiento y saludo pasan entre el reverendo Septimus y alguien más, al pie de la escalera. El señor Jasper escucha, se levanta de su silla y atrapa a un joven en sus brazos, exclamando:

—¡Mi querido Edwin!

—¡Mi querido Jack! ¡Tan contento de verte!

—Quítate el abrigo, chico brillante, y siéntate aquí en tu propio rincón. ¿No tienes los pies mojados? Quítate las botas. Quítatelas.

—Mi querido Jack, estoy seco como un hueso. No me mimes, buen amigo. Prefiero cualquier cosa a que me mimen.

Con el freno sobre sí de ser restringido sin simpatía en un estallido genial de entusiasmo, el señor Jasper se queda quieto y observa atentamente al joven, despojándose de su abrigo, sombrero, guantes, etcétera. De una vez por todas, una mirada de atención e intensidad —una mirada de afecto hambriento, exigente, vigilante y, sin embargo, devoto— está siempre, ahora y en adelante, en el rostro de Jasper siempre que el rostro de Jasper se dirige en esta dirección. Y siempre que se dirige así, nunca, en esta ocasión o en cualquier otra, se dirige divididamente; siempre está concentrado.

—Ahora estoy bien, y ahora tomaré mi rincón, Jack. ¿Alguna cena, Jack?

El señor Jasper abre una puerta en el extremo superior de la habitación y descubre una pequeña habitación interior agradablemente iluminada y preparada, donde una dama apacible está en el acto de poner platos sobre la mesa.

—¡Qué viejo Jack más alegre es! —grita el joven, con una palmada—. Mira aquí, Jack; dime; ¿de quién es el cumpleaños?

—No del tuyo, lo sé —responde el señor Jasper, haciendo una pausa para considerar.

—¿No del mío, lo sabes? No; ¡no del mío, lo sé! ¡De Pussy!

Fija como es la mirada que encuentra el joven, hay sin embargo en ella algún extraño poder de incluir repentinamente el boceto sobre la repisa de la chimenea.

—¡De Pussy, Jack! Debemos beber por muchos años más para ella. Vamos, tío; lleva a tu obediente y hambriento sobrino a cenar.

Mientras el chico (pues es poco más) pone una mano sobre el hombro de Jasper, Jasper cordial y alegremente pone una mano sobre su hombro, y así, a la manera de la Marsellesa, entran a cenar.

—¡Y, Dios! ¡aquí está la señora Tope! —grita el chico—. ¡Más encantadora que nunca!

—No te preocupes por mí, maestro Edwin —replica la esposa del verger—; sé cuidarme sola.

—No puedes. Eres demasiado hermosa. Dame un beso porque es el cumpleaños de Pussy.

—Te "Pussy-aría" a ti, jovencito, si yo fuera Pussy, como tú la llamas —replica sonrojada la señora Tope, después de ser saludada—. Tu tío está demasiado absorto en ti, ahí es donde está el problema. Te hace tanto caso, que es mi opinión que piensas que solo tienes que llamar a tus Pussys por docenas, para hacer que vengan.

—Olvida, señora Tope —interpone el señor Jasper, tomando su lugar en la mesa con una sonrisa genial—, y tú también, Ned, que Tío y Sobrino son palabras prohibidas aquí por consentimiento común y acuerdo expreso. ¡Porque por lo que vamos a recibir, su santo nombre sea alabado!

—¡Hecho como el Deán! ¡Testigo, Edwin Drood! Por favor, sirve, Jack, que yo no puedo.

Esta ocurrencia da paso a la cena. Poco sobre el presente propósito, o sobre cualquier propósito, se dice, mientras se está despachando. Finalmente se retira el mantel, y un plato de nueces y un decantador de jerez de color intenso se colocan sobre la mesa.

—¡Digo! Dime, Jack —el joven continúa entonces—: ¿realmente y de verdad sientes como si la mención de nuestra relación nos dividiera en absoluto? Yo no.

—Los tíos por regla general, Ned, son mucho mayores que sus sobrinos —es la respuesta—, que tengo ese sentimiento instintivamente.

—¡Por regla general! ¡Ah, tal vez! ¿Pero qué es una diferencia de edad de media docena de años más o menos? Y algunos tíos, en familias numerosas, son incluso más jóvenes que sus sobrinos. ¡Por Jorge, ojalá fuera el caso con nosotros!

—¿Por qué?

—Porque si lo fuera, tomaría la iniciativa contigo, Jack, y sería tan sabio como ¡Vete, cuidado aburrido! que volvió gris a un joven, y ¡Vete, cuidado aburrido! que convirtió a un viejo en arcilla.— ¡Hola, Jack! No bebas.

—¿Por qué no?

—¡Pregunta por qué no, en el cumpleaños de Pussy, y sin proponer muchos años más! ¡Pussy, Jack, y muchos de ellos! Muchos años más, quiero decir.

Posando un toque afectuoso y risueño sobre la mano extendida del muchacho, como si fuera a la vez su cabeza aturdida y su corazón ligero, el señor Jasper bebe el brindis en silencio.

«Hip, hip, hip, y nueve veces nueve, y uno para terminar, y todo eso, entendido. ¡Hurra, hurra, hurra! Y ahora, Jack, tengamos una pequeña charla sobre Pussy. ¿Dos pares de cascanueces? Pásame uno y toma el otro». Crac. «¿Cómo va todo con Pussy, Jack?»

«¿Con su música? Bastante bien».

«¡Qué tipo tan terriblemente concienzudo eres, Jack! ¡Pero lo sé, que Dios te bendiga! Es distraída, ¿verdad?»

«Puede aprender cualquier cosa, si quiere».

«¡Si quiere! Por Dios, ahí está la cuestión. ¿Pero si no quiere?»

¡Crac! por parte del señor Jasper.

«¿Cómo se ve, Jack?»

El rostro concentrado del señor Jasper vuelve a incluir el retrato mientras responde: «Muy parecida a tu boceto, en efecto».

«Estoy un poco orgulloso de él», dice el joven, mirando de reojo el boceto con complacencia, para luego cerrar un ojo y obtener una perspectiva corregida sobre el puente nivelado de los cascanueces en el aire: «No está mal logrado de memoria. Pero debería haber captado esa expresión bastante bien, pues la he visto con suficiente frecuencia».

¡Crac! por parte de Edwin Drood.

¡Crac! por parte del señor Jasper.

«De hecho», retoma el primero, tras hurgar en silencio entre sus fragmentos de nuez con aire de despecho, «la veo cada vez que voy a ver a Pussy. Si no la encuentro en su rostro, la dejo ahí puesta. Ya sabes que lo hago, señorita Escarnio Insolente. ¡Buh!», con un giro de los cascanueces hacia el retrato.

Crac, crac, crac. Lentamente, por parte del señor Jasper.

Crac. Con nitidez por parte de Edwin Drood.

Silencio por ambas partes.

«¿Has perdido la lengua, Jack?»

«¿Has encontrado la tuya, Ned?»

«No, pero en serio; ¿no es, sabes, después de todo...?»

El señor Jasper levanta sus cejas oscuras con aire inquisitivo.

«¿No es insatisfactorio que te corten la elección en un asunto así? ¡Ahí está, Jack! ¡Te lo digo! Si pudiera elegir, elegiría a Pussy de entre todas las chicas bonitas del mundo».

«Pero no tienes que elegir».

«De eso es de lo que me quejo. Mi padre, que en paz descanse, y el padre de Pussy, que en paz descanse, tuvieron que casarnos por anticipación. ¿Por qué diablos —iba a decir, si hubiera sido respetuoso con su memoria— no pudieron dejarnos en paz?»

«Tut, tut, querido muchacho», reconviene el señor Jasper en un tono de gentil reprobación.

«¿Tut, tut? Sí, Jack, es muy fácil para ti. Puedes tomártelo con calma. Tu vida no está trazada a escala, ni marcada con líneas y puntos para ti, como el plano de un topógrafo. No tienes la incómoda sospecha de que te imponen a alguien, ni nadie tiene la incómoda sospecha de que ella te es impuesta a ti, o que tú le eres impuesto a ella. Puedes elegir por ti mismo. La vida, para ti, es una ciruela con su frescura natural; no ha sido limpiada con excesivo esmero para ti...»

«No te detengas, querido amigo. Continúa».

«¿De alguna manera he herido tus sentimientos, Jack?»

«¿Cómo podrías haber herido mis sentimientos?»

«¡Buen cielo, Jack, te ves terriblemente enfermo! Una extraña película ha cubierto tus ojos».

El señor Jasper, con una sonrisa forzada, extiende su mano derecha, como para desarmar la aprensión y ganar tiempo para mejorarse. Al cabo de un rato dice débilmente:

«He estado tomando opio para un dolor —una agonía— que a veces me supera. Los efectos de la medicina se apoderan de mí como una plaga o una nube, y pasan. Los ves en el acto de pasar; desaparecerán enseguida. Mira hacia otro lado. Se irán más pronto».

Con el rostro asustado, el más joven obedece bajando la mirada hacia las cenizas del hogar. Sin relajar su propia vista del fuego, sino fortaleciéndola con un agarre firme y feroz en su sillón, el mayor permanece rígido durante unos instantes, y luego, con gotas espesas en la frente y un corte agudo en su respiración, vuelve a ser como era antes. Al calmarse así en su silla, su sobrino lo atiende con delicadeza y asiduidad hasta que se recupera por completo. Cuando Jasper está restablecido, pone una mano tierna sobre el hombro de su sobrino y, en un tono de voz menos turbado que el sentido de sus palabras —de hecho, con algo de burla o broma en él—, se dirige a él de este modo:

«Se dice que hay un esqueleto escondido en cada casa; pero tú pensabas que no había ninguno en la mía, querido Ned».

«Por mi vida, Jack, que lo pensaba. Sin embargo, cuando me pongo a considerar que incluso en la casa de Pussy —si tuviera una— y en la mía —si tuviera una...—»

«Ibas a decir (pero te interrumpí a pesar de mí mismo) qué vida tan tranquila es la mía. Sin torbellinos ni alborotos a mi alrededor, sin comercio o cálculos que distraigan, sin riesgos, sin cambios de lugar, entregado al arte que sigo, siendo mi ocupación mi placer».

«Realmente iba a decir algo por el estilo, Jack; pero ya ves, al hablar de ti mismo, casi necesariamente omites mucho de lo que yo habría incluido. Por ejemplo: habría incluido en primer plano el gran respeto que se te tiene como precentor laico, o clérigo laico, o como quiera que llaméis a eso, de esta Catedral; el disfrutar de la reputación de haber hecho tales maravillas con el coro; el elegir tus amistades y ocupar una posición tan independiente en este extraño y viejo lugar; tu don para la enseñanza (¡vaya, incluso Pussy, a quien no le gusta que le enseñen, dice que nunca ha habido un maestro como tú!), y tus conexiones».

«Sí; vi hacia dónde te dirigías. Lo odio».

«¿Lo odias, Jack?» (Muy desconcertado.)

«Lo odio. La monotonía encajonada de mi existencia me desgasta grano a grano. ¿Cómo suena nuestro servicio para ti?»

«¡Hermoso! ¡Completamente celestial!»

«A menudo me suena completamente diabólico. Estoy tan cansado de ello. Los ecos de mi propia voz entre los arcos parecen burlarse de mí con mi rutina diaria. Ningún monje miserable que consumiera su vida en ese lugar sombrío, antes que yo, puede haber estado más cansado de ello que yo. Él podía recurrir como alivio (y recurría) a tallar demonios en los sitiales, los bancos y los pupitres. ¿Qué haré yo? ¿Debo empezar a tallarlos en mi corazón?»

«Pensé que habías encontrado exactamente tu lugar en la vida, Jack», responde Edwin Drood, asombrado, inclinándose hacia adelante en su silla para poner una mano comprensiva sobre la rodilla de Jasper, y mirándolo con rostro ansioso.

«Sé que lo pensabas. Todos lo piensan».

«Bueno, supongo que sí», dice Edwin, meditando en voz alta. «Pussy lo piensa».

«¿Cuándo te dijo eso?»

«La última vez que estuve aquí. Recuerdas cuándo. Hace tres meses».

«¿Cómo lo expresó?»

«Oh, solo dijo que me había convertido en tu alumno, y que habías nacido para tu vocación».

El joven lanza una mirada al retrato. El mayor la ve en él.

«Como sea, mi querido Ned», retoma Jasper, mientras sacude la cabeza con una gravedad alegre, «debo someterme a mi vocación: lo cual, externamente, es casi lo mismo. Es demasiado tarde para encontrar otra ahora. Esto es una confidencia entre nosotros».

«Será sagradamente preservada, Jack».

«He depositado mi confianza en ti, porque...»

«Lo siento, te lo aseguro. Porque somos amigos íntimos, y porque me quieres y confías en mí, como yo te quiero y confío en ti. Ambas manos, Jack».

Mientras cada uno permanece mirando a los ojos del otro, y mientras el tío sostiene las manos del sobrino, el tío prosigue:

«Ahora sabes, ¿no es así?, que incluso un pobre corista monótono y triturador de música —en su nicho— puede estar preocupado por algún tipo de ambición, aspiración, inquietud, insatisfacción errante, ¿cómo deberíamos llamarlo?»

«Sí, querido Jack».

«¿Y te acordarás?»

«Mi querido Jack, solo te pregunto, ¿es probable que olvide lo que has dicho con tanto sentimiento?»

«Tómalo como una advertencia, entonces».

En el acto de ser liberadas sus manos, y al retroceder un paso, Edwin hace una pausa por un instante para considerar la aplicación de estas últimas palabras. Pasado el instante, dice, sensiblemente conmovido:

«Me temo que no soy más que un tipo superficial, Jack, y que mi cabeza no es de las mejores. Pero no hace falta decir que soy joven; y quizás no empeore a medida que envejezco. En cualquier caso, espero tener algo impresionable dentro de mí, que siente —siente profundamente— el desinterés de que expongas dolorosamente tu propio ser interior, como una advertencia para mí».

La firmeza del rostro y la figura del señor Jasper se vuelve tan maravillosa que su respiración parece haberse detenido.

«No podía dejar de notar, Jack, que te costó un gran esfuerzo, y que estabas muy conmovido, y muy diferente a tu yo habitual. Por supuesto, sabía que me querías mucho, pero realmente no estaba preparado para que tú, por así decirlo, te sacrificaras por mí de esa manera».

El señor Jasper, volviendo a ser un hombre que respira sin la menor etapa de transición entre los dos estados extremos, se encoge de hombros, ríe y agita su brazo derecho.

«No; no dejes de lado el sentimiento, Jack; por favor, no lo hagas; porque hablo muy en serio. No tengo dudas de que ese estado mental poco saludable que has descrito tan poderosamente va acompañado de un sufrimiento real, y es difícil de soportar. Pero déjame tranquilizarte, Jack, en cuanto a las posibilidades de que me supere. No creo estar en su camino. En algunos meses menos de un año, ya sabes, me llevaré a Pussy de la escuela como la señora Edwin Drood. Entonces iré a hacer ingeniería al Este, y Pussy conmigo. Y aunque tenemos nuestras pequeñas discusiones ahora, derivadas de cierta pesadez inevitable que acompaña a nuestro noviazgo, debido a que su final está todo resuelto de antemano, aun así no tengo dudas de que nos irá estupendamente entonces, cuando esté hecho y no se pueda evitar. En resumen, Jack, volviendo a la vieja canción que estaba citando libremente en la cena (¿y quién conoce mejor las viejas canciones que tú?), mi esposa bailará, y yo cantaré, tan alegremente pasa el día. De que Pussy sea hermosa no puede haber duda; y cuando además seas buena, Pequeña señorita Impudencia», apostrofando una vez más al retrato, «quemaré tu cómica semejanza y le pintaré a tu profesor de música otra».

El señor Jasper, con la mano en la barbilla y con una expresión de benevolencia reflexiva en el rostro, ha observado atentamente cada mirada y gesto animado que acompañó a la pronunciación de estas palabras. Permanece en esa actitud después de que han sido dichas, como en una especie de fascinación derivada de su profundo interés por el espíritu juvenil que tanto ama. Luego dice con una sonrisa tranquila:

«¿No quieres ser advertido, entonces?»

«No, Jack».

«¿No puedes ser advertido, entonces?»

«No, Jack, no por ti. Además de que realmente no me considero en peligro, no me gusta que te pongas en esa posición».

«¿Vamos a caminar por el cementerio?»

«Sin duda. ¿No te importará que me escape un momento a la Casa de las Monjas y deje un paquete allí? Solo guantes para Pussy; tantos pares de guantes como años cumple hoy. ¿Bastante poético, Jack?»

El señor Jasper, aún en la misma actitud, murmura: «"Nada hay tan dulce en la vida", ¡Ned!»

«Aquí está el paquete en el bolsillo de mi abrigo. Deben ser entregados esta noche, o la poesía se habrá ido. Va contra las reglas que yo haga una visita nocturna, pero no que deje un paquete. ¡Estoy listo, Jack!»

El señor Jasper disuelve su actitud y salen juntos.

CAPÍTULO III. LA CASA DE LAS MONJAS

Por razones suficientes, que esta narración desvelará a medida que avance, debe otorgarse un nombre ficticio a la vieja ciudad catedralicia. Permanezca en estas páginas como Cloisterham. Quizás fue conocida antiguamente por los druidas con otro nombre, y ciertamente por los romanos con otro, y por los sajones con otro, y por los normandos con otro; y un nombre más o menos en el transcurso de muchos siglos puede ser de poca importancia para sus crónicas polvorientas.

Una ciudad antigua, Cloisterham, y no un lugar de residencia adecuado para alguien con anhelos por el mundo ruidoso. Una ciudad monótona y silenciosa, que deriva un sabor terroso en todas partes de la cripta de su Catedral, y tan abundante en vestigios de tumbas monásticas, que los niños de Cloisterham cultivan ensalada en el polvo de abades y abadesas, y hacen pasteles de barro de monjas y frailes; mientras cada labrador en sus campos periféricos rinde a los alguna vez poderosos Lores Tesoreros, Arzobispos, Obispos y similares, la atención que el Ogro del libro de cuentos deseaba rendir a su visitante no invitado, y muele sus huesos para hacer su pan.

Una ciudad somnolienta, Cloisterham, cuyos habitantes parecen suponer, con una inconsistencia más extraña que rara, que todos sus cambios han quedado atrás, y que no vendrán más. Una extraña moraleja que derivar de la antigüedad, aunque más antigua que cualquier antigüedad rastreable. Tan silenciosas son las calles de Cloisterham (aunque propensas a hacer eco ante la menor provocación), que en un día de verano los toldos de sus tiendas apenas se atreven a ondear con el viento del sur; mientras los vagabundos tostados por el sol, que pasan y miran, aceleran un poco su cojera para poder alejarse cuanto antes de los confines de su opresiva respetabilidad. Esta es una hazaña no difícil de lograr, viendo que las calles de la ciudad de Cloisterham son poco más que una calle estrecha por la que entras y sales de ella: siendo el resto mayormente patios decepcionantes con bombas en ellos y sin salida —exceptuando el recinto de la Catedral y un asentamiento cuáquero pavimentado, en color y conformación general muy parecido al bonete de una cuáquera, en un rincón sombreado.

En una palabra, Cloisterham es una ciudad de otro tiempo, de un tiempo pasado, con su ronca campana de la Catedral, sus roncos grajos sobrevolando la torre de la Catedral, sus grajos más roncos y menos distintos en los sitiales muy por debajo. Fragmentos de antiguos muros, capilla de santo, sala capitular, convento y monasterio han sido construidos de manera incongruente u obstructiva en muchas de sus casas y jardines, de modo muy similar a como nociones mezcladas afines se han incorporado a muchas de las mentes de sus ciudadanos. Todo en ella es del pasado. Incluso su único prestamista no acepta prendas, ni lo ha hecho durante mucho tiempo, sino que ofrece en vano a la venta un stock no redimido, cuyos artículos más costosos son relojes viejos, tenues y pálidos, aparentemente en un lento sudor, pinzas para el azúcar deslustradas con patas ineficaces y volúmenes sueltos de libros lúgubres. Las evidencias más abundantes y agradables de la vida en progreso en Cloisterham son las evidencias de la vida vegetal en muchos jardines; incluso su pequeño teatro, decaído y abatido, tiene su pobre franja de jardín, que recibe al demonio, cuando se sumerge desde su escenario a las regiones infernales, entre judías escarlata o conchas de ostra, según la estación del año.

En medio de Cloisterham se encuentra la Casa de las Monjas: un venerable edificio de ladrillo, cuyo apelativo actual se deriva sin duda de la leyenda de sus usos conventuales. En la pulcra puerta que encierra su antiguo patio hay una resplandeciente placa de latón que exhibe la leyenda: «Seminario para Jóvenes Damas. Señorita Twinkleton». La fachada de la casa es tan antigua y desgastada, y la placa de latón es tan brillante y llamativa, que el resultado general ha recordado a los extraños imaginativos a un viejo petimetre maltrecho con un gran monóculo moderno pegado en su ojo ciego.

Si las monjas de antaño, siendo de una generación sumisa más que obstinada, inclinaban habitualmente sus cabezas contemplativas para evitar colisionar con las vigas en los techos bajos de las muchas cámaras de su Casa; si se sentaban en sus ventanas largas y bajas contando sus cuentas para su mortificación, en lugar de hacer collares de ellas para su adorno; si alguna vez fueron emparedadas vivas en ángulos extraños y aguilones salientes del edificio por tener en ellas alguna levadura inerradicable de la atareada madre Naturaleza que ha mantenido al mundo en fermentación vivo desde entonces; estos pueden ser asuntos de interés para sus fantasmas inquietos (si los hay), pero no constituyen ningún ítem en las cuentas semestrales de la señorita Twinkleton. No pertenecen ni a sus regulares inclusivas, ni a sus extras. La dama que se encarga del departamento poético del establecimiento por tanto (o tan poco) al trimestre no tiene piezas en su lista de recitales que traten sobre tales preguntas poco rentables.

Como, en algunos casos de embriaguez, y en otros de magnetismo animal, hay dos estados de conciencia que nunca chocan, pero cada uno de los cuales sigue su curso separado como si fuera continuo en lugar de interrumpido (así, si escondo mi reloj cuando estoy borracho, debo estar borracho de nuevo antes de poder recordar dónde), así la señorita Twinkleton tiene dos fases de existencia distintas y separadas. Cada noche, en el momento en que las jóvenes se han retirado a descansar, la señorita Twinkleton arregla un poco sus rizos, da un poco más de brillo a sus ojos y se convierte en una señorita Twinkleton más vivaz de lo que las jóvenes han visto jamás. Cada noche, a la misma hora, la señorita Twinkleton retoma los temas de la noche anterior, comprendiendo el escándalo más tierno de Cloisterham, del que no tiene conocimiento alguno durante el día, y referencias a cierta temporada en Tunbridge Wells (llamada alegremente por la señorita Twinkleton en este estado de su existencia «Los Manantiales»), notablemente la temporada en la que cierto caballero consumado (llamado compasivamente por la señorita Twinkleton, en esta etapa de su existencia, «El insensato Sr. Porters») reveló un homenaje del corazón del cual la señorita Twinkleton, en su estado escolar de existencia, es tan ignorante como un pilar de granito. La compañera de la señorita Twinkleton en ambos estados de existencia, e igualmente adaptable a cualquiera, es una tal señora Tisher: una viuda deferente con la espalda débil, un suspiro crónico y una voz reprimida, que cuida los guardarropas de las jóvenes y las lleva a inferir que ha visto días mejores. Quizás esta es la razón por la que es un artículo de fe entre los sirvientes, transmitido de raza en raza, que la difunta Tisher era peluquera.

La alumna favorita de la Casa de las Monjas es la señorita Rosa Bud, por supuesto llamada Rosebud; maravillosamente bonita, maravillosamente infantil, maravillosamente caprichosa. Un interés incómodo (incómodo porque romántico) se adhiere a la señorita Bud en la mente de las jóvenes, debido a que es conocido por ellas que un marido ha sido elegido para ella por testamento y legado, y que su tutor está obligado a entregarla a ese marido cuando alcance la mayoría de edad. La señorita Twinkleton, en su estado seminario de existencia, ha combatido el aspecto romántico de este destino afectando sacudir la cabeza sobre ello detrás de los hombros hoyuelos de la señorita Bud, y cavilando sobre la suerte infeliz de esa pequeña víctima condenada. Pero sin mejor efecto —posiblemente algún toque no sentido del insensato Sr. Porters ha socavado el esfuerzo— que evocar de las jóvenes un grito unánime en el dormitorio: «¡Oh, qué vieja tan fingida es la señorita Twinkleton, querida mía!»

La Casa de las Monjas nunca está en tal estado de agitación como cuando este marido asignado llama para ver a la pequeña Rosebud. (Es unánimemente entendido por las jóvenes que él tiene derecho legal a este privilegio, y que si la señorita Twinkleton lo disputara, sería instantáneamente detenida y transportada). Cuando se espera su llamada a la campana de la puerta, o tiene lugar, cada joven que puede, bajo cualquier pretexto, mirar por la ventana, mira por la ventana; mientras cada joven que está «practicando» practica fuera de tiempo; y la clase de francés se vuelve tan desmoralizada que la marca circula tan alegremente como la botella en una fiesta de convivencia en el siglo pasado.

En la tarde del día siguiente a la cena de dos en la casa de la puerta, la campana suena con los habituales resultados de agitación.

«El señor Edwin Drood para ver a la señorita Rosa».

Este es el anuncio de la criada principal del salón. La señorita Twinkleton, con un aire ejemplar de melancolía, se vuelve hacia el sacrificio y dice: «Puedes bajar, querida mía». La señorita Bud baja, seguida por todas las miradas.

El señor Edwin Drood está esperando en el propio salón de la señorita Twinkleton: una habitación delicada, sin nada más directamente escolar en ella que un globo terrestre y uno celeste. Estas máquinas expresivas implican (a los padres y tutores) que incluso cuando la señorita Twinkleton se retira al seno de la privacidad, el deber puede obligarla en cualquier momento a convertirse en una especie de Judía Errante, recorriendo la tierra y elevándose por los cielos en busca de conocimiento para sus alumnas.

La última doncella nueva, que nunca ha visto al joven caballero con el que la señorita Rosa está comprometida, y que está haciendo sus presentaciones entre los goznes de la puerta abierta, dejada así a propósito, tropieza con culpa por la escalera de la cocina mientras una encantadora pequeña aparición, con el rostro oculto por un pequeño delantal de seda echado sobre la cabeza, se desliza hacia el salón.

—¡Oh, es tan ridículo! —dice la aparición, deteniéndose y encogiéndose—. ¡No lo hagas, Eddy!

—¿No hacer qué, Rosa?

—No te acerques más, por favor. Es tan absurdo.

—¿Qué es absurdo, Rosa?

—Todo esto. Es tan absurdo ser una huérfana comprometida y es tan absurdo tener a las chicas y a los criados correteando detrás de una, como ratones en el friso; ¡y es tan absurdo que vengan a visitarme!

La aparición parece tenerse un pulgar en la comisura de la boca mientras formula esta queja.

—Debo decir, Pussy, que me das una recepción cariñosa.

—Bueno, te la daré en un minuto, Eddy, pero ahora mismo no puedo. ¿Cómo estás? —dice muy cortante.

—No puedo responder que me sienta mucho mejor por verte, Pussy, en vista de que no veo nada de ti.

Esta segunda reconvención hace que un ojo oscuro, brillante y caprichoso asome por un rincón del delantal; pero se vuelve invisible rápidamente cuando la aparición exclama: —¡Oh, cielos! ¡Te han cortado la mitad del pelo!

—Creo que habría hecho mejor en dejar que me cortaran la cabeza —dice Edwin, alborotándose el pelo en cuestión con una mirada feroz al espejo y dando una patada impaciente—. ¿Me voy?

—No; no hace falta que te vayas todavía, Eddy. Todas las chicas estarían preguntando por qué te fuiste.

—De una vez por todas, Rosa, ¿vas a descubrir esa cabecita ridícula tuya y darme la bienvenida?

El delantal es retirado de la cabeza infantil mientras su dueña responde: —Eres muy bienvenido, Eddy. ¡Ahí! Estoy segura de que eso está bien. Dame la mano. No, no puedo besarte, porque tengo un caramelo ácido en la boca.

—¿Estás algo contenta de verme, Pussy?

—Oh, sí, estoy terriblemente contenta. Ve y siéntate. La señorita Twinkleton.

Es costumbre de esa excelente dama, cuando ocurren estas visitas, aparecer cada tres minutos, ya sea en persona o en la de la señora Tisher, y depositar una ofrenda en el altar de la Propiedad fingiendo buscar algún artículo deseado. En esta ocasión, la señorita Twinkleton, deslizándose con gracia al entrar y salir, dice al pasar: —¿Cómo está, señor Drood? Muy contenta de tener el placer, de verdad. Por favor, discúlpeme. Las pinzas. ¡Gracias!

—Recibí los guantes anoche, Eddy, y me gustan mucho. Son preciosos.

—Bueno, eso es algo —responde el prometido, medio refunfuñando—. El más pequeño estímulo es recibido con gratitud. ¿Y cómo pasaste tu cumpleaños, Pussy?

—¡Encantadoramente! Todo el mundo me hizo un regalo. Y tuvimos un festín. Y tuvimos un baile por la noche.

—¿Un festín y un baile, eh? Estas ocasiones parecen salir bastante bien sin mí, Pussy.

—¡En-can-ta-doramente! —grita Rosa, de manera espontánea y sin el menor asomo de reserva.

—¡Ja! ¿Y qué hubo en el festín?

—Tartas, naranjas, gelatinas y camarones.

—¿Alguna pareja en el baile?

—Bailamos entre nosotras, por supuesto, señor. Pero algunas de las chicas fingieron ser sus hermanos. ¡Fue tan divertido!

—¿Alguien fingió ser...?

—¿Ser tú? ¡Oh, cielo, sí! —grita Rosa, riendo con gran disfrute—. Eso fue lo primero que se hizo.

—Espero que lo hiciera bastante bien —dice Edwin con cierta duda.

—¡Oh, fue excelente! No quise bailar contigo, ya sabes.

Edwin apenas parece ver el sentido de esto; ruega saber si puede tomarse la libertad de preguntar por qué.

—Porque estaba muy harta de ti —responde Rosa. Pero añade rápidamente, y también con tono suplicante, al ver el disgusto en su rostro: —Querido Eddy, tú estabas igual de harto de mí, ya sabes.

—¿He dicho eso, Rosa?

—¡Decirlo! ¿Acaso lo dices alguna vez? No, solo lo demostraste. ¡Oh, lo hizo tan bien! —exclama Rosa, en un arrebato repentino por su falso prometido.

—Me parece que debe de ser una chica endiabladamente descarada —dice Edwin Drood—. Y así, Pussy, has pasado tu último cumpleaños en esta vieja casa.

—¡Ah, sí! —Rosa junta las manos, mira hacia abajo con un suspiro y sacude la cabeza.

—Pareces apenada, Rosa.

—Siento pena por el viejo lugar. De algún modo, siento como si me echara de menos cuando me haya ido tan lejos, siendo tan joven.

—¿Quizá sería mejor que paráramos aquí, Rosa?

Ella lo mira con una mirada rápida y brillante; al momento siguiente sacude la cabeza, suspira y vuelve a mirar hacia abajo.

—Es decir, ¿estamos ambos resignados, Pussy?

Ella asiente de nuevo y, tras un breve silencio, exclama con sencillez: —¡Sabes que debemos casarnos, y casarnos desde aquí, Eddy, o las pobres chicas se sentirán terriblemente decepcionadas!

Por un momento, hay más compasión en el rostro de su prometido, tanto por ella como por sí mismo, que amor. Contiene la mirada y pregunta: —¿Quieres que te lleve a dar un paseo, querida Rosa?

La querida Rosa no parece tenerlo nada claro, hasta que su rostro, que ha estado cómicamente pensativo, se ilumina. —¡Oh, sí, Eddy; vamos a dar un paseo! Y te diré lo que haremos. Tú fingirás que estás comprometido con otra persona, y yo fingiré que no estoy comprometida con nadie, y así no discutiremos.

—¿Crees que eso evitará que nos peleemos, Rosa?

—Sé que lo hará. ¡Shh! Haz como que miras por la ventana... ¡la señora Tisher!

A través de un concurso fortuito de accidentes, la maternal Tisher aparece a la vista y dice, mientras cruza la habitación susurrando como el fantasma legendario de una viuda con faldas de seda: —Espero ver bien al señor Drood; aunque no hace falta que pregunte, a juzgar por su tez. Confío en no molestar a nadie; pero había un cortapapeles... ¡oh, gracias, estoy segura! —y desaparece con su botín.

—Otra cosa que debes hacer, Eddy, para complacerme —dice Rosebud—. En el momento en que salgamos a la calle, debes ponerme del lado de fuera y quedarte tú cerca de la casa; apriétate y rózate contra ella.

—Sin duda, Rosa, si eso deseas. ¿Podría preguntar por qué?

—¡Oh! Porque no quiero que las chicas te vean.

—Es un buen día; ¿pero te gustaría que llevara un paraguas?

—No seas tonto, señor. No llevas puestas botas de cuero pulido —dice, haciendo un mohín y levantando un hombro.

—Quizá eso podría escapar a la atención de las chicas, incluso si me vieran —observa Edwin, mirando sus botas con un repentino disgusto hacia ellas.

—Nada escapa a su atención, señor. Y entonces sé lo que pasaría. Algunas de ellas empezarían a reflexionar sobre mí diciendo (porque son libres) que nunca, bajo ninguna circunstancia, se comprometerán con amantes sin botas de cuero pulido. ¡Escucha! La señorita Twinkleton. Pediré permiso.

Esa discreta dama, a la que efectivamente se oye fuera preguntando a nadie en un tono agradablemente conversacional mientras se acerca: —¿Eh? ¡De verdad! ¿Estáis seguros de que visteis mi alfiletero de nácar en la mesa de trabajo de mi habitación?, es solicitada de inmediato para el permiso de paseo, y lo concede gentilmente. Y pronto la joven pareja sale de la Casa de las Monjas, tomando todas las precauciones contra el descubrimiento de las botas tan vitalmente defectuosas del señor Edwin Drood: precauciones que, esperemos, sean efectivas para la paz de la futura señora Edwin Drood.

—¿Qué camino tomaremos, Rosa?

Rosa responde: —Quiero ir a la tienda de "Delicias".

—¿A la...?

—Un dulce turco, señor. Dios mío, ¿no entiendes nada? ¿Te haces llamar ingeniero y no sabes eso?

—Vaya, ¿cómo iba a saberlo, Rosa?

—Porque me encantan. Pero ¡oh!, olvidé lo que debemos fingir. No, no hace falta que sepas nada de ellos; no importa.

Así que se lo llevan sombríamente a la tienda de Delicias, donde Rosa hace su compra y, tras ofrecerle algo (que él rechaza con bastante indignación), empieza a comerlo con gran entusiasmo; previamente se ha quitado y enrollado un par de pequeños guantes rosas, como pétalos de rosa, y ocasionalmente se lleva sus pequeños dedos rosados a sus labios rosados, para limpiarlos del Polvo de Delicia que se desprende de los dulces.

—Ahora, sé un Eddy de buen humor y finjamos. ¿Así que estás comprometido?

—Así es, estoy comprometido.

—¿Es simpática?

—Encantadora.

—¿Alta?

—¡Inmensamente alta! —siendo Rosa bajita.

—Debe de ser larguirucha, supongo —es el comentario tranquilo de Rosa.

—Te pido perdón; en absoluto —la contradicción crece en él—. Lo que se denomina una mujer fina; una mujer espléndida.

—Nariz grande, sin duda —es de nuevo el comentario tranquilo.

—No pequeña, ciertamente —es la respuesta rápida (siendo la de Rosa pequeña).

—Nariz larga y pálida, con una protuberancia roja en medio. Conozco ese tipo de nariz —dice Rosa con un asentimiento satisfecho, disfrutando tranquilamente de las Delicias.

—No conoces ese tipo de nariz, Rosa —dice con algo de calor—; porque no es nada de eso.

—¿No es una nariz pálida, Eddy?

—No —decidido a no asentir.

—¿Una nariz roja? ¡Oh! No me gustan las narices rojas. Sin embargo; claro, siempre puede empolvarla.

—Desdeñaría empolvarla —dice Edwin, acalorándose.

—¿Lo haría? ¡Qué estúpida debe de ser! ¿Es estúpida para todo?

—No; para nada.

Tras una pausa, en la que el rostro caprichosamente malicioso no ha dejado de observarlo, Rosa dice:

—Y esta criatura tan sensata, ¿le gusta la idea de ser llevada a Egipto, Eddy?

—Sí. Tiene un interés sensato en los triunfos de la ingeniería: especialmente cuando van a cambiar toda la condición de un país subdesarrollado.

—¡Vaya! —dice Rosa, encogiéndose de hombros con una risita de asombro.

—¿Te opones —pregunta Edwin, con un giro majestuoso de sus ojos hacia la figura de hada—, te opones, Rosa, a que ella sienta ese interés?

—¿Oponerme? ¡Mi querido Eddy! Pero en serio, ¿no odia las calderas y esas cosas?

—Puedo responder por ella que no es tan idiota como para odiar las calderas —responde con énfasis airado—; aunque no puedo responder por sus opiniones sobre "las cosas"; realmente no entiendo a qué "cosas" te refieres.

—¿Pero no odia a los árabes, y a los turcos, y a los fellahs, y a la gente?

—Ciertamente no —con mucha firmeza.

—¿Al menos debe odiar las pirámides? Vamos, ¿Eddy?

—¿Por qué habría de ser una oca tan pequeña... alta, quiero decir... como para odiar las pirámides, Rosa?

—Ah, tendrías que oír a la señorita Twinkleton —asintiendo a menudo con la cabeza y disfrutando mucho de las Delicias—, aburrir con ellas, y entonces no preguntarías. ¡Tediosos cementerios antiguos! Isises, e Ibises, y Keopes, y Faraones; ¿a quién le importan? Y luego estaba Belzoni, o alguien, arrastrado por las piernas, medio ahogado por murciélagos y polvo. Todas las chicas dicen: "Bien empleado, espero que le doliera, y ojalá se hubiera ahogado del todo".

Las dos figuras juveniles, lado a lado, pero no ahora del brazo, vagan descontentas por el viejo recinto; y cada uno a veces se detiene y lentamente imprime una huella más profunda en las hojas caídas.

—¡Bien! —dice Edwin, tras un largo silencio—. Según la costumbre. No podemos entendernos, Rosa.

Rosa sacude la cabeza y dice que no quiere entenderse.

—Ese es un bonito sentimiento, Rosa, considerando...

—¿Considerando qué?

—Si digo qué, volverás a equivocarte.

—Tú te equivocarás, quieres decir, Eddy. No seas generoso.

—¡Generoso! ¡Me gusta eso!

—Pues a mí no me gusta eso, y te lo digo claramente —Rosa hace un mohín.

—Ahora, Rosa, te lo planteo. ¿Quién menospreció mi profesión, mi destino...?

—No vas a ser enterrado en las pirámides, espero —le interrumpe arqueando sus delicadas cejas—. Nunca dijiste que lo fueras. Si lo fueras, ¿por qué no me lo has mencionado? No puedo adivinar tus planes por instinto.

—Vamos, Rosa, sabes muy bien a lo que me refiero, querida.

—Pues bien, ¿por qué empezaste con tus detestables gigantes de nariz roja? ¡Y ella lo haría, lo haría, lo haría, lo haría, lo HARÍA empolvarla! —grita Rosa en un pequeño arrebato de cómica contradicción.

—De una forma u otra, nunca puedo salir bien parado en estas discusiones —dice Edwin, suspirando y resignándose.

—¿Cómo es posible, señor, que pueda salir bien parado cuando siempre estás equivocado? Y en cuanto a Belzoni, supongo que está muerto; estoy segura de que espero que lo esté, ¿y cómo pueden sus piernas o sus ahogos concernirte a ti?

—Es casi hora de que regreses, Rosa. No hemos tenido un paseo muy feliz, ¿verdad?

—¿Un paseo feliz? Un paseo detestablemente infeliz, señor. Si subo las escaleras en cuanto llegue y lloro hasta que no pueda tomar mi lección de baile, tú eres el responsable, ¡cuidado!

—Seamos amigos, Rosa.

—¡Ah! —grita Rosa, sacudiendo la cabeza y rompiendo a llorar de verdad—. ¡Ojalá pudiéramos ser amigos! Es porque no podemos ser amigos que nos ponemos a prueba el uno al otro. Soy una pequeña cosa joven, Eddy, para tener una vieja angustia; pero de verdad, de verdad la tengo a veces. No te enfades. Sé que tú tienes una también, demasiado a menudo. Ambos habríamos hecho mejor si lo que "ha de ser" se hubiera dejado como lo que "podría haber sido". Ahora soy una cosita seria, y no te estoy molestando. ¡Que cada uno de nosotros se contenga, esta vez, por nuestra propia cuenta y por la del otro!

Desarmado por este atisbo de la naturaleza femenina en la niña mimada, aunque por un instante predispuesto a resentirlo al parecer implicar la imposición forzada de sí mismo sobre ella, Edwin Drood se queda observándola mientras ella llora y solloza infantilmente, con ambas manos cubriendo el pañuelo en sus ojos, y luego —al calmarse ella, y de hecho comenzando en su joven inconstancia a reírse de sí misma por haberse conmovido tanto— la lleva a un asiento cercano, bajo los olmos.

—Una palabra clara de entendimiento, querida Pussy. No soy inteligente fuera de mi línea —ahora que lo pienso, no sé si soy particularmente inteligente en ella—, pero quiero hacer lo correcto. No hay... puede que haya... realmente no veo el modo de decir lo que quiero, pero debo decirlo antes de separarnos... no hay ningún otro joven...

—¡Oh, no, Eddy! Es generoso de tu parte preguntármelo; ¡pero no, no, no!

Se han acercado mucho a las vidrieras de la Catedral, y en ese momento el órgano y el coro suenan sublimemente. Mientras se sientan a escuchar el solemne crescendo, la confianza de la noche anterior surge en la mente del joven Edwin Drood, y piensa en lo diferente que es esta música de aquella discordancia.

—Me parece que puedo distinguir la voz de Jack —es su comentario en voz baja en relación con el hilo de sus pensamientos.

—Llévame de vuelta enseguida, por favor —insta su prometida, poniendo rápidamente su mano ligera sobre la muñeca de él—. Todos saldrán en seguida; vámonos. ¡Oh, qué acorde tan resonante! Pero no nos detengamos a escucharlo; ¡vámonos!

Su prisa termina en cuanto han pasado fuera del recinto. Ahora van del brazo, con bastante gravedad y deliberación, a lo largo de la vieja calle principal, hacia la Casa de las Monjas. En la puerta, estando la calle visiblemente vacía, Edwin baja el rostro hacia el de Rosebud.

Ella protesta, riendo, y vuelve a ser una colegiala infantil.

—¡Eddy, no! Estoy demasiado pegajosa para que me besen. Pero dame tu mano y soplaré un beso en ella.

Él lo hace. Ella exhala un leve aliento en ella y pregunta, reteniéndola y mirando dentro:

—Ahora di, ¿qué ves?

—¿Ver, Rosa?

—Vaya, pensé que vosotros, los chicos egipcios, podíais mirar en una mano y ver toda clase de fantasmas. ¿No puedes ver un Futuro feliz?

Ciertamente, ninguno de los dos ve un Presente feliz, mientras la puerta se abre y se cierra, y uno entra y el otro se marcha.

CAPÍTULO IV. EL SEÑOR SAPSEA

Aceptando al asno como el tipo de la estupidez y la presunción autosuficientes —una costumbre, quizás, como algunas otras costumbres, más convencional que justa—, entonces el asno más puro de Cloisterham es el señor Thomas Sapsea, subastador.

El señor Sapsea "se viste al estilo del" Deán; le han hecho reverencias confundiéndolo con el Deán; incluso le han hablado en la calle como "Mi Señor", bajo la impresión de que era el Obispo que había bajado inesperadamente, sin su capellán. El señor Sapsea está muy orgulloso de esto, y de su voz, y de su estilo. Incluso ha intentado (al vender propiedades) el experimento de entonar ligeramente en su púlpito, para parecerse más a lo que él cree que es el genuino artículo eclesiástico. Así, al terminar una venta en subasta pública, el señor Sapsea termina con un aire de otorgar una bendición a los corredores reunidos, lo que deja al verdadero Deán —un caballero modesto y digno— muy atrás.

El señor Sapsea tiene muchos admiradores; de hecho, la proposición es aceptada por una gran mayoría local, incluso incluyendo a los no creyentes en su sabiduría, de que es un orgullo para Cloisterham. Posee las grandes cualidades de ser pretencioso y aburrido, y de tener un balanceo en su discurso, y otro en su andar; por no mencionar una cierta acción grave y fluida con sus manos, como si estuviera a punto de confirmar al individuo con el que mantiene conversación. Mucho más cerca de los sesenta años que de los cincuenta, con un contorno fluido de estómago y pliegues horizontales en su chaleco; reputado de ser rico; votando en las elecciones en el interés estrictamente respetable; moralmente satisfecho de que nada más que él mismo ha crecido desde que era un bebé; ¿cómo puede el obtuso señor Sapsea no ser un orgullo para Cloisterham y para la sociedad?

Las instalaciones del señor Sapsea están en la calle principal, frente a la Casa de las Monjas. Son más o menos de la época de la Casa de las Monjas, modernizadas irregularmente aquí y allá, a medida que las generaciones que se deterioraban constantemente descubrieron, cada vez más, que preferían el aire y la luz a la fiebre y la peste. Sobre la puerta hay una efigie de madera, de aproximadamente la mitad del tamaño natural, que representa al padre del señor Sapsea, con peluca rizada y toga, en el acto de vender. La castidad de la idea, y la apariencia natural del dedo meñique, el martillo y el púlpito, han sido muy admiradas.

El señor Sapsea se sienta en su aburrida sala de estar de la planta baja, que da primero a su patio trasero pavimentado; y luego a su jardín vallado. El señor Sapsea tiene una botella de vino de oporto sobre una mesa frente a la chimenea —el fuego es un lujo temprano, pero agradable en la fría y fresca tarde de otoño— y es característicamente atendido por su retrato, su reloj de ocho días y su barómetro. Característicamente, porque él se mantendría a sí mismo contra la humanidad, su barómetro contra el clima y su reloj contra el tiempo.

Al lado del señor Sapsea, sobre la mesa, hay un escritorio y materiales de escritura. Echando un vistazo a un trozo de manuscrito, el señor Sapsea lo lee para sí mismo con aire altivo y, luego, paseando lentamente por la habitación con los pulgares en las sisas de su chaleco, lo repite de memoria: tan internamente, aunque con mucha dignidad, que la palabra "Ethelinda" es la única audible.

Hay tres copas de vino limpias en una bandeja sobre la mesa. Entra su doncella y anuncia: "El señor Jasper ha llegado, señor", el señor Sapsea hace un gesto de "Admítelo" y retira dos copas de vino de la fila, como si fueran reclamadas.

—Me alegra verle, señor. Me felicito por tener el honor de recibirle aquí por primera vez. —El señor Sapsea hace los honores de su casa de esta manera.

—Es usted muy amable. El honor es mío y la felicitación es mía.

—Le complace decirlo, señor. Pero le aseguro que es una satisfacción para mí recibirle en mi humilde hogar. Y eso es lo que no diría a cualquiera. —Una altivez inefable por parte del señor Sapsea acompaña estas palabras, como dejando la frase para ser entendida: "No creerá fácilmente que su compañía puede ser una satisfacción para un hombre como yo; sin embargo, lo es".

—Hace tiempo que deseaba conocerle, señor Sapsea.

—Y yo, señor, hace mucho que le conozco por su reputación como hombre de gusto. Permítame llenar su copa. Le brindaré, señor —dice el señor Sapsea, llenando la suya—:

"Cuando los franceses crucen el mar, ¡que los encontremos en Dover para luchar!"

Este era un brindis patriótico en la infancia del señor Sapsea, y por lo tanto está plenamente convencido de que es apropiado para cualquier época posterior.

—Difícilmente puede ignorar, señor Sapsea —observa Jasper, mirando al subastador con una sonrisa mientras este último estira las piernas frente al fuego—, que usted conoce el mundo.

—Bueno, señor —es la respuesta entre risitas—, creo que sé algo de él; algo de él.

«Su reputación por ese conocimiento siempre me ha interesado y sorprendido, y me ha hecho desear conocerle. Porque Cloisterham es un lugar pequeño. Encerrado yo mismo en él, no conozco nada más allá de sus límites, y siento que es un lugar muy pequeño».

«Si no he ido a países extranjeros, joven», comienza el señor Sapsea, y luego se detiene: «¿Me disculpará que le llame joven, señor Jasper? Usted es mucho menor que yo».

«Por supuesto».

«Si no he ido a países extranjeros, joven, los países extranjeros han venido a mí. Han venido a mí por motivos de negocios, y he aprovechado mis oportunidades. Ponga por caso que hago un inventario o redacto un catálogo. Veo un reloj francés. Nunca lo he visto antes en mi vida, pero al instante pongo mi dedo sobre él y digo: "¡París!". Veo unas tazas y platillos de fabricación china, igualmente extraños para mí en lo personal: pongo mi dedo sobre ellos, allí mismo, y digo: "Pekín, Nankín y Cantón". Es lo mismo con Japón, con Egipto, y con el bambú y el sándalo de las Indias Orientales; pongo mi dedo sobre todos ellos. He puesto mi dedo sobre el Polo Norte antes de ahora, y he dicho: "¡Lanza de fabricación esquimal, por medio litro de jerez pálido!"».

«¿De veras? Una manera muy notable, señor Sapsea, de adquirir conocimiento de los hombres y las cosas».

«Lo menciono, señor», replica el señor Sapsea con una complacencia indescriptible, «porque, como digo, no es bueno jactarse de lo que uno es; sino mostrar cómo llegó a serlo, y entonces lo demuestra».

«Sumamente interesante. Íbamos a hablar de la difunta señora Sapsea».

«Así era, señor». El señor Sapsea llena ambas copas y pone a buen recaudo el decantador de nuevo. «Antes de consultar su opinión como hombre de gusto sobre esta pequeña fruslería» —alza la mano—, «que no es más que una fruslería, y aun así ha requerido algo de reflexión, señor, algo de fiebre en la frente, quizá debería describir el carácter de la difunta señora Sapsea, muerta hace ya tres cuartos de año».

El señor Jasper, en el acto de bostezar tras su copa de vino, baja esa pantalla y evoca una expresión de interés. Esta resulta un poco mermada en su expresividad por tener todavía un bostezo contenido que resolver, con los ojos llorosos.

«Hace media docena de años, más o menos», prosigue el señor Sapsea, «cuando hube ampliado mi mente hasta... no diré hasta lo que es ahora, pues eso podría parecer apuntar demasiado alto, sino hasta el punto de querer otra mente para absorberla en ella, lancé mi mirada a mi alrededor en busca de una compañera nupcial. Porque, como digo, no es bueno que el hombre esté solo».

El señor Jasper parece confiar a su memoria esta idea original.

«La señorita Brobity regentaba en aquel entonces, no diré el establecimiento rival del establecimiento de la Casa de las Monjas que está enfrente, pero lo llamaré el otro establecimiento paralelo en la parte baja de la ciudad. El mundo aseguraba que mostraba pasión por asistir a mis subastas, cuando tenían lugar en los días de medio festivo o en tiempo de vacaciones. El mundo se encargó de propagar que admiraba mi estilo. El mundo notó que, a medida que pasaba el tiempo, mi estilo se volvía reconocible en los ejercicios de dictado de las alumnas de la señorita Brobity. Joven, surgió incluso un murmullo de oscura malignidad, de que un ignorante y embrutecido patán (un padre) se comprometió tanto como para objetarlo por su nombre. Pero no creo esto. Porque, ¿es probable que cualquier criatura humana en su sano juicio se expusiera así a ser señalada por lo que yo llamo el dedo del desprecio?».

El señor Jasper niega con la cabeza. No es probable en absoluto. El señor Sapsea, en un estado grandilocuente de distracción, parece volver a llenar la copa de su visitante, la cual ya estaba llena; y en realidad vuelve a llenar la suya, que está vacía.

«El ser de la señorita Brobity, joven, estaba profundamente imbuido de homenaje a la Mente. Ella veneraba la Mente, cuando se lanzaba, o, como yo digo, se precipitaba, sobre un extenso conocimiento del mundo. Cuando hice mi propuesta, ella me hizo el honor de quedar tan abrumada por una especie de Asombro, que solo fue capaz de articular las dos palabras: "¡Oh, Tú!", refiriéndose a mí. Sus límpidos ojos azules estaban fijos en mí, sus manos semitransparentes estaban entrelazadas, la palidez cubrió sus rasgos aguileños y, aunque se le animó a continuar, nunca llegó a decir una palabra más. Me deshice del establecimiento paralelo mediante contrato privado, y nos volvimos tan cercanos a ser uno solo como cabía esperar dadas las circunstancias. Pero ella nunca pudo, y nunca logró, encontrar una frase satisfactoria para su estimación, tal vez demasiado favorable, de mi intelecto. Hasta el final (débil acción del hígado), se dirigió a mí en los mismos términos inacabados».

El señor Jasper ha cerrado los ojos a medida que el subastador ha profundizado su voz. Ahora los abre bruscamente y dice, al unísono con la voz grave: «¡Ah!» —más bien como si se detuviera en el último instante de añadir— «¡hombres!».

«He sido desde entonces», dice el señor Sapsea, con las piernas estiradas y disfrutando solemnemente del vino y del fuego, «lo que usted contempla; he sido desde entonces un doliente solitario; he sido desde entonces, como digo, malgastando mi conversación vespertina en el aire del desierto. No diré que me haya reprochado a mí mismo; pero ha habido momentos en los que me he hecho la pregunta: ¿Qué habría pasado si su marido hubiera estado más a la altura de ella? Si ella no hubiera tenido que mirar tan alto, ¿cuál habría sido la acción estimulante sobre el hígado?».

El señor Jasper dice, con la apariencia de haber caído en un estado de ánimo terriblemente bajo, que «supone que así tenía que ser».

«Solo podemos suponerlo, señor», coincide el señor Sapsea. «Como digo, el hombre propone y el Cielo dispone. Puede o no ser lo mismo expresado de otra forma; pero esa es la manera en que yo lo expreso».

El señor Jasper murmura un asentimiento.

«Y ahora, señor Jasper», reanuda el subastador, sacando su trozo de manuscrito, «habiendo tenido el monumento de la señora Sapsea tiempo suficiente para asentarse y secarse, permítame conocer su opinión, como hombre de gusto, sobre la inscripción que he (como dije antes, no sin cierta fiebre en la frente) redactado para él. Tómela en su propia mano. La disposición de las líneas requiere ser seguida con la vista, tanto como el contenido con la mente».

El señor Jasper, accediendo, ve y lee lo siguiente:

ETHELINDA, Esposa reverencial del SR. THOMAS SAPSEA, SUBASTADOR, TASADOR, AGENTE INMOBILIARIO, ETC., DE ESTA CIUDAD. Cuyo Conocimiento del Mundo, Aunque algo extenso, Nunca le hizo conocer a UN ESPÍRITU Más capaz de MIRARLE CON ADMIRACIÓN. EXTRAÑO, DETENTE Y hazte la Pregunta, ¿PUEDES TÚ HACER LO MISMO? Si No, RETÍRATE CON SONROJO.

El señor Sapsea, habiéndose levantado y colocado de espaldas al fuego con el propósito de observar el efecto de estas líneas en el semblante de un hombre de gusto, tiene, por consiguiente, su rostro hacia la puerta, cuando su criada, apareciendo de nuevo, anuncia: «¡Durdles ha llegado, señor!». Él saca prestamente y llena la tercera copa de vino, al ser reclamada ahora, y responde: «Haz pasar a Durdles».

«¡Admirable!», exclama el señor Jasper, devolviendo el papel.

«¿Lo aprueba, señor?».

«Imposible no aprobarlo. Llamativo, característico y completo».

El subastador inclina la cabeza, como quien acepta lo que le corresponde y da un recibo; e invita al recién llegado Durdles a tomar esa copa de vino (entregándosela), pues le calentará.

Durdles es un cantero; dedicado principalmente a las lápidas, tumbas y monumentos, y totalmente de su color de la cabeza a los pies. Nadie es más conocido en Cloisterham. Es el libertino oficial del lugar. La fama lo proclama un trabajador maravilloso —lo cual, por lo que nadie sabe, podría ser (ya que nunca trabaja)—; y un borracho maravilloso, lo cual todo el mundo sabe que es. Con la cripta de la Catedral está más familiarizado que cualquier autoridad viviente; tal vez incluso que cualquier autoridad muerta. Se dice que la intimidad de este conocimiento comenzó en su recurso habitual a ese lugar secreto, para encerrar fuera a la población de muchachos de Cloisterham y dormir los vapores del licor: al tener fácil acceso a la Catedral como contratista para reparaciones menores. Sea como fuere, sabe mucho al respecto y, en la demolición de fragmentos obstaculizadores de muro, contrafuertes y pavimento, ha visto visiones extrañas. A menudo habla de sí mismo en tercera persona; tal vez, al ser un poco confuso respecto a su propia identidad, cuando narra; tal vez adoptando imparcialmente la nomenclatura de Cloisterham en referencia a un personaje de reconocida distinción. Así dirá, refiriéndose a sus visiones extrañas: «Durdles se encontró con el viejo», en referencia a un magnate enterrado de tiempos antiguos y alto grado, «golpeando directamente en el ataúd con su pico. El viejo le lanzó a Durdles una mirada con sus ojos abiertos, como queriendo decir: "¿Te llamas Durdles? ¡Vaya, amigo, te he estado esperando un tiempo endiablado!". Y luego se convirtió en polvo». Con un metro plegable siempre en el bolsillo, y un martillo de albañil casi siempre en la mano, Durdles va continuamente sondeando y golpeando por todas partes en torno a la Catedral; y siempre que le dice a Tope: «Tope, ¡aquí hay otro viejo!», Tope lo anuncia al Deán como un descubrimiento establecido.

Con un traje de franela basta con botones de asta, un pañuelo amarillo con extremos deshilachados, un sombrero viejo más de color rojizo que negro, y botas con cordones del tono de su pétrea vocación, Durdles lleva una vida brumosa, una especie de existencia gitana, llevando su cena consigo en un pequeño envoltorio y sentándose en toda clase de lápidas para comer. Esta cena de Durdles se ha convertido en toda una institución en Cloisterham: no solo por no aparecer nunca en público sin ella, sino por haber sido, en ciertas ocasiones célebres, puesto bajo custodia junto con Durdles (como borracho e incapaz) y exhibido ante el Tribunal de justicia en el ayuntamiento. Estas ocasiones, sin embargo, han sido pocas y muy distantes entre sí: Durdles estando tan raramente borracho como sobrio. Por lo demás, es un viejo soltero y vive en un pequeño agujero de casa anticuado que nunca se terminó: se supone que construido, hasta el momento, con piedras robadas de la muralla de la ciudad. A esta morada hay un acceso, cubierto hasta el tobillo de astillas de piedra, que se asemeja a un bosque petrificado de lápidas, urnas, paños y columnas rotas, en todas las etapas de la escultura. Aquí, dos oficiales pican incesantemente, mientras otros dos oficiales, que se enfrentan entre sí, aserran piedra incesantemente; sumergiéndose tan regularmente dentro y fuera de sus garitas protectoras como si fueran figuras mecánicas emblemáticas del Tiempo y la Muerte.

A Durdles, cuando ha consumido su copa de oporto, el señor Sapsea le confía ese precioso esfuerzo de su Musa. Durdles saca impasible su metro plegable y mide las líneas con calma, aliándolas con arenisca.

«Esto es para el monumento, ¿verdad, señor Sapsea?».

«La inscripción. Sí». El señor Sapsea espera su efecto en una mente común.

«Entrará en un octavo de pulgada», dice Durdles. «A su servicio, señor Jasper. Espero que se encuentre bien».

«¿Cómo estás, Durdles?».

«Tengo un toque de Tumbatismo, señor Jasper, pero eso es algo que debo esperar».

«Te refieres al reumatismo», dice Sapsea en tono cortante. (Está molesto por haber recibido su composición de manera tan mecánica).

«No, no me refiero a eso. Me refiero, señor Sapsea, al Tumbatismo. Es otra clase distinta al reumatismo. El señor Jasper sabe a qué se refiere Durdles. Te metes entre esas Tumbas antes de que haya luz suficiente en una mañana de invierno, y sigues, como dice el Catecismo, andando en ellas todos los días de tu vida, y sabrás a qué se refiere Durdles».

«Es un lugar de un frío amargo», asiente el señor Jasper con un escalofrío antipático.

«Y si es de un frío amargo para usted, allá arriba en el presbiterio, con un montón de aliento vivo saliendo de usted, cuál será la amargura para Durdles, abajo en la cripta entre las humedades terrosas y el aliento muerto de los viejos», responde ese individuo, «Durdles se lo deja juzgar a usted. ¿Debe ponerse esto en marcha de inmediato, señor Sapsea?».

El señor Sapsea, con la ansiedad de un autor por precipitarse a la publicación, responde que no puede ponerse en marcha demasiado pronto.

«Será mejor que me dé la llave entonces», dice Durdles.

«¡Cómo, hombre, no es para ponerla dentro del monumento!».

«Durdles sabe dónde se debe poner, señor Sapsea; nadie mejor. Pregúntele a cualquier hombre en Cloisterham si Durdles conoce su trabajo».

El señor Sapsea se levanta, toma una llave de un cajón, abre una caja fuerte de hierro incrustada en la pared y toma de ella otra llave.

«Cuando Durdles da un toque o un acabado a su trabajo, sin importar dónde, por dentro o por fuera, a Durdles le gusta mirar su trabajo por todas partes y ver que su trabajo le está dando crédito», explica Durdles obstinadamente.

Al ser la llave que le ofrece el viudo afligido grande, desliza su metro plegable en un bolsillo lateral de sus pantalones de franela hecho para ello, y abre deliberadamente su casaca de franela, y abre la boca de un gran bolsillo interior antes de tomar la llave para colocarla en ese repositorio.

«¡Vaya, Durdles!», exclama Jasper, observando divertido, «¡estás minado de bolsillos!».

«Y llevo peso en ellos también, señor Jasper. ¡Sienta esto!», produciendo otras dos llaves grandes.

«Alcánceme también la del señor Sapsea. Sin duda esta es la más pesada de las tres».

«Encontrará que son casi iguales, supongo», dice Durdles. «Todas pertenecen a monumentos. Todas abren el trabajo de Durdles. Durdles guarda las llaves de su trabajo en su mayoría. No es que se usen mucho».

«A propósito», se le ocurre decir a Jasper mientras examina ociosamente las llaves, «he estado a punto de preguntártelo muchos días y siempre se me ha olvidado. Sabes que a veces te llaman Durdles el Pétreo, ¿no?».

«Cloisterham me conoce como Durdles, señor Jasper».

«Soy consciente de ello, por supuesto. Pero los chicos a veces...».

«¡Oh! si usted hace caso a esos diablillos de chicos...», interrumpe Durdles bruscamente.

«No les hago más caso que tú. Pero hubo una discusión el otro día entre el Coro sobre si Pétreo significaba Tony», haciendo chocar una llave contra otra.

(«Cuidado con las guardas, señor Jasper»).

«O si Pétreo significaba Stephen», haciendo chocar las llaves con un cambio de ritmo.

(«No puede sacarles una nota musical, señor Jasper»).

«O si el nombre viene de tu oficio. ¿Cuál es el hecho?».

El señor Jasper sopesa las tres llaves en su mano, levanta la cabeza de su actitud ociosamente inclinada sobre el fuego y entrega las llaves a Durdles con un rostro ingenuo y amistoso.

Pero el pétreo es también un tipo arisco, y ese estado brumoso suyo es siempre un estado incierto, altamente consciente de su dignidad y propenso a ofenderse. Deja caer sus dos llaves de nuevo en su bolsillo una por una, y las abrocha; toma su envoltorio de cena del respaldo de la silla en el que lo colgó al entrar; distribuye el peso que lleva atando la tercera llave en él, como si fuera un avestruz y le gustara cenar hierro frío; y sale de la habitación sin dignarse a dar una palabra de respuesta.

El señor Sapsea propone entonces una partida de chaquete, la cual, sazonada con su propia conversación edificante y terminada con una cena de rosbif frío y ensalada, distrae la dorada tarde hasta bien entrada la noche. La sabiduría del señor Sapsea, al ser entregada a los mortales, es más bien de orden difuso que epigramático, y no se agota ni siquiera entonces; pero su visitante insinúa que volverá por más de tan preciada mercancía en futuras ocasiones, y el señor Sapsea le deja marchar por el momento para que reflexione sobre la entrega que se lleva.

CAPÍTULO V. EL SEÑOR DURDLES Y SU AMIGO

John Jasper, de camino a casa por el claustro, se detiene ante el espectáculo de Durdles el Pétreo, con el envoltorio de la cena y todo, apoyando la espalda contra la verja de hierro del cementerio que lo encierra de los antiguos arcos del claustro; y un pequeño muchacho horrible, cubierto de harapos, arrojándole piedras como un blanco bien definido bajo la luz de la luna. A veces las piedras le alcanzan y a veces fallan, pero Durdles parece indiferente a cualquiera de los dos destinos. El pequeño muchacho horrible, por el contrario, cada vez que alcanza a Durdles, lanza un silbido de triunfo a través de un hueco irregular, conveniente para el propósito, en la parte delantera de su boca, donde le faltan la mitad de los dientes; y cada vez que falla, aúlla: «¡Otra vez fallado!», e intenta compensar el fracaso apuntando con mayor precisión y malicia.

«¿Qué le estás haciendo al hombre?», pregunta Jasper, saliendo a la luz de la luna desde la sombra.

«Haciendo blanco de él», responde el pequeño muchacho horrible.

«Dame esas piedras que tienes en la mano».

«Sí, te las daré por la garganta, si vienes a echarme el guante», dice el pequeño muchacho, sacudiéndose y retrocediendo. «¡Te romperé el ojo si no tienes cuidado!».

«Pequeño diablo que eres, ¿qué te ha hecho el hombre?».

«No quiere irse a casa».

«¿Y a ti qué te importa?».

«Me da medio penique por apedrearlo hasta casa si lo atrapo demasiado tarde», dice el chico. Y luego canta, como un pequeño salvaje, medio tropezando y medio bailando entre los harapos y los cordones de sus botas destartaladas:

«¡Widdy widdy wen! Lo—a—tro—po—pas—da—las—diez, ¡Widdy widdy wy! Si—no—se—va—entonces—le—tiro— ¡Widdy Widdy Wake-cock warning!»

—con un barrido total en la última palabra y un lanzamiento más hacia Durdles.

Esto parecería ser una nota poética de preparación, acordada como una advertencia a Durdles para que se aparte si puede, o para que se dirija a casa.

John Jasper invita al chico con un gesto de cabeza a que le siga (sintiendo inútil arrastrarlo o engatusarlo), y cruza hacia la verja de hierro donde el Pétreo (y apedreado) está meditando profundamente.

«¿Conoces a este ser, a este niño?», pregunta Jasper, falto de una palabra que defina a tal ser.

«El Diputado», dice Durdles con un asentimiento.

«¿Es ese su... su nombre?».

«El Diputado», asiente Durdles.

«Soy criado en el Twopenny de los Viajeros en el Jardín de las Fábricas de Gas», explica este ser. «Todos los criados en los Alojamientos de Viajeros nos llamamos Diputado. Cuando estamos llenos hasta los topes y los Viajeros están todos en la cama, salgo a por mi salud». Luego, retirándose hacia el camino y apuntando, reanuda:

«¡Widdy widdy wen! Lo—a—tro—po—pas—da—».

«¡Detén la mano!», grita Jasper, «¡y no tires mientras estoy tan cerca de él, o te mataré! Vamos, Durdles; déjame acompañarte a casa esta noche. ¿Llevo tu envoltorio?».

«De ninguna manera», responde Durdles, ajustándolo. «Durdles estaba haciendo sus reflexiones aquí cuando usted llegó, señor, rodeado de sus obras, como un autor popular. Su propio cuñado», presentando un sarcófago dentro de la verja, blanco y frío a la luz de la luna. «La señora Sapsea», presentando el monumento de esa devota esposa. «El difunto párroco», presentando la columna rota del Reverendo Caballero. «Impuestos evaluados fallecidos», presentando un jarrón y una toalla, sobre lo que podría representar la pastilla de jabón. «Antiguo pastelero y fabricante de muffins, muy respetado», presentando una lápida. «Todo seguro y sano aquí, señor, y todo obra de Durdles. De la gente común, que solo está envuelta en césped y zarzas, mejor no decir nada. Un lote pobre, pronto olvidado».

«Esta criatura, el Diputado, está detrás de nosotros», dice Jasper, mirando hacia atrás. «¿Tiene que seguirnos?».

Las relaciones entre Durdles y el Diputado son de una clase caprichosa; pues, al volverse Durdles con la lenta gravedad de una repentina embriaguez, el Diputado hace un circuito bastante amplio hacia el camino y se pone a la defensiva.

«Nunca gritaste Widdy Warning antes de empezar esta noche», dice Durdles, inesperadamente recordado de, o imaginando, un agravio.

«Mientes, sí que lo hice», dice el Diputado, en su única forma de contradicción educada.

«Hermano propio, señor», observa Durdles, volviéndose de nuevo y olvidando su ofensa tan inesperadamente como la había recordado o concebido; «¡hermano propio de Pedro el Niño Salvaje! Pero le di un objetivo en la vida».

«¿Al que apunta?», sugiere el señor Jasper.

«Eso es, señor», responde Durdles, bastante satisfecho; «a lo que apunta. Lo tomé bajo mi tutela y le di un objetivo. ¿Qué era antes? Un destructor. ¿Qué trabajo hacía? Nada más que destrucción. ¿Qué ganaba con ello? Breves temporadas en la cárcel de Cloisterham. No había persona, ni propiedad, ni ventana, ni caballo, ni perro, ni gato, ni pájaro, ni ave de corral, ni cerdo, que no apedreara por falta de un objetivo ilustrado. Le puse ese objetivo ilustrado delante, y ahora puede ganarse sus medios peniques honestos con las tres peniques a la semana».

«Me extraña que no tenga competidores».

«Tiene de sobra, señor Jasper, pero los espanta a todos a pedradas. Ahora bien, no sé a qué viene este plan mío», continúa Durdles, reflexionando sobre ello con la misma gravedad embrutecida; «no sé cómo llamarlo con precisión. ¿No es una especie de... plan de... Educación Nacional?»

«Yo diría que no», responde Jasper.

«Yo diría que no», asiente Durdles; «entonces no intentaremos ponerle nombre».

«Sigue quedándose detrás de nosotros», repite Jasper, mirando por encima del hombro; «¿va a seguirnos?»

«No podemos evitar pasar por el Travellers’ Twopenny si vamos por el camino corto, que es el camino de atrás», contesta Durdles, «y allí lo dejaremos».

Así que siguen adelante; el Diputado, como alguien de retaguardia, toma orden abierto e invade el silencio de la hora y el lugar apedreando cada muro, poste, pilar y cualquier otro objeto inanimado por el camino desierto.

«¿Hay algo nuevo en la cripta, Durdles?», pregunta John Jasper.

«Algo viejo, creo que quiere decir», gruñe Durdles. «No es un lugar para novedades».

«Me refería a algún nuevo descubrimiento por su parte».

«Hay uno viejo bajo el séptimo pilar a la izquierda, según se baja por los escalones rotos de la pequeña capilla subterránea que había antes; lo identifico (hasta donde lo he identificado todavía) como uno de esos antiguos con báculo. A juzgar por el tamaño de los pasadizos en los muros, y de los escalones y puertas por donde iban y venían, ¡esos báculos debían de estorbar bastante a los antiguos! Dos de ellos encontrándose de forma fortuita debían de engancharse el uno al otro por la mitra bastante a menudo, diría yo».

Sin intentar corregir la literalidad de esta opinión, Jasper observa a su compañero —cubierto de pies a cabeza de mortero viejo, cal y arenilla de piedra— como si él, Jasper, estuviera sintiendo un interés romántico por su extraña vida.

«La suya es una existencia curiosa».

Sin dar la menor pista sobre si recibe esto como un cumplido o todo lo contrario, Durdles responde con brusquedad: «La suya es otra».

«Bueno, en la medida en que mi suerte está echada en el mismo lugar viejo, terrenal, frío y que nunca cambia, sí. Pero hay mucho más misterio e interés en su conexión con la Catedral que en la mía. De hecho, estoy empezando a pensar en pedirle que me tome como una especie de estudiante, o aprendiz libre, bajo su mando, y dejarme ir a veces con usted y ver algunos de estos extraños rincones en los que pasa sus días».

El Hombre de Piedra responde, de forma general: «Está bien. Todo el mundo sabe dónde encontrar a Durdles cuando se le necesita». Lo cual, si no es estrictamente cierto, lo es aproximadamente si se toma para expresar que siempre se puede encontrar a Durdles en estado de vagabundeo en algún lugar.

«En lo que más insisto», dice Jasper, siguiendo con su tema de interés romántico, «es en la notable precisión con la que parece averiguar dónde está enterrada la gente.—¿Qué le pasa? Ese fardo le estorba; déjeme que lo sujete».

Durdles se ha detenido y ha retrocedido un poco (el Diputado, atento a todos sus movimientos, se escabulle inmediatamente hacia la carretera), y buscaba algún saliente o rincón donde colocar su fardo cuando fue liberado de él.

«Déme usted mi martillo de ahí», dice Durdles, «y se lo enseñaré».

Clink, clink. Y se le entrega su martillo.

«Ahora, mire aquí. Usted entona su nota, ¿verdad, señor Jasper?»

«Sí».

«Pues yo tanteo la mía. Cojo mi martillo y golpeo». (Aquí golpea el pavimento, y el atento Diputado se escabulle a una distancia algo mayor, suponiendo que su cabeza pueda ser necesaria). «Golpeo, golpeo, golpeo. ¡Sólido! Sigo golpeando. ¡Sólido aún! Golpeo otra vez. ¡Hola! ¡Hueco! Golpeo otra vez, perseverando. ¡Sólido en hueco! Golpeo, golpeo, golpeo, para probarlo mejor. ¡Sólido en hueco; y dentro de lo sólido, hueco otra vez! ¡Ahí lo tiene! ¡El viejo desmoronado en ataúd de piedra, en la cripta!»

«¡Asombroso!»

«Incluso he hecho esto», dice Durdles, sacando su regla de dos pies (el Diputado mientras tanto se escabulle más cerca, sospechando que puede estar a punto de descubrirse un Tesoro, lo que podría conducir de algún modo a su propio enriquecimiento y al delicioso placer de que los descubridores sean ahorcados por el cuello, bajo su testimonio, hasta que estén muertos). «Digamos que ese martillo mío es un muro... mi trabajo. Dos; cuatro; y dos son seis», midiendo en el pavimento. «A seis pies dentro de ese muro está la señora Sapsea».

«¿No será realmente la señora Sapsea?»

«Digamos la señora Sapsea. Su muro es más grueso, pero digamos la señora Sapsea. Durdles golpea, ese muro representado por ese martillo, y dice, después de un buen sonido: "¡Algo entre nosotros!". ¡Efectivamente, algo de escombros han dejado en ese mismo espacio de seis pies los hombres de Durdles!»

Jasper opina que tal precisión «es un don».

«No lo querría ni regalado», responde Durdles, sin recibir el comentario de buen grado. «Lo deduje yo mismo. Durdles obtiene su conocimiento escarbando profundamente para conseguirlo, y arrancándolo de raíz cuando no quiere salir.—¡Hola, usted, Diputado!»

«¡Widdy!», es la respuesta aguda del Diputado, alejándose de nuevo.

«Atrapa ese medio penique. Y no dejes que te vea más esta noche, después de que lleguemos al Travellers’ Twopenny».

«¡Advertencia!», responde el Diputado, habiendo atrapado el medio penique, y pareciendo expresar con esta palabra mística su asentimiento al acuerdo.

Solo tienen que cruzar lo que una vez fue el viñedo, perteneciente a lo que una vez fue el Monasterio, para llegar al estrecho callejón trasero donde se alza la destartalada casa de madera de dos pisos bajos conocida actualmente como el Travellers’ Twopenny: una casa toda torcida y deformada, como la moral de los viajeros, con escasos restos de un porche de celosía sobre la puerta, y también de una cerca rústica ante su jardín pisoteado; debido a que los viajeros están tan atados a las instalaciones por un tierno sentimiento (o tan aficionados a tener un fuego al borde del camino en el transcurso del día), que nunca pueden ser persuadidos o amenazados para que se marchen, sin apoderarse violentamente de algún nomeolvides de madera y llevárselo.

Se intenta dar la apariencia de posada a este miserable lugar mediante fragmentos de cortinajes rojos convencionales en las ventanas, trapos que se vuelven fangosamente transparentes en la noche por la luz tenue de juncos o velas de algodón que arden lánguidamente en el aire viciado del interior. A medida que Durdles y Jasper se acercan, les sale al encuentro un farol de papel con una inscripción sobre la puerta que expone el propósito de la casa. También se les acercan media docena de otros niños pequeños y horribles —si son huéspedes de dos peniques o seguidores o compinches de tales, ¡quién sabe!— que, como atraídos por algún olor a carroña del Diputado en el aire, surgen a la luz de la luna, como buitres que pudieran reunirse en el desierto, y al instante se ponen a apedrearlo a él y a los demás.

«¡Parad, pequeños brutos!», grita Jasper con ira, «¡y dejadnos pasar!»

Siendo recibida esta protesta con gritos y piedras voladoras, según una costumbre establecida cómodamente en los últimos años entre las regulaciones policiales de nuestras comunidades inglesas, donde los cristianos son apedreados por todas partes, como si los días de San Esteban hubieran resurgido, Durdles comenta sobre los jóvenes salvajes, con cierta agudeza, que «no tienen un objetivo», y abre camino calle abajo.

En la esquina de la calle, Jasper, enfurecido, detiene a su compañero y mira hacia atrás. Todo está en silencio. Al momento siguiente, una piedra golpea su sombrero, y un grito distante de «¡Wake-Cock! ¡Advertencia!», seguido de un canto, como de un gallo nacido del infierno, advirtiéndole bajo qué fuego victorioso se encuentra, dobla la esquina poniéndose a salvo y lleva a Durdles a casa: Durdles tropezando entre los escombros de su patio de piedra como si fuera a caer de cabeza en una de las tumbas inacabadas.

John Jasper regresa por otro camino a su casa de la puerta, y entrando suavemente con su llave, encuentra su fuego todavía encendido. Saca de un armario cerrado una pipa de aspecto peculiar, que llena —pero no con tabaco— y, habiendo ajustado el contenido de la cazoleta, muy cuidadosamente, con un pequeño instrumento, sube una escalera interior de solo unos pocos escalones, que conduce a dos habitaciones. Una de ellas es su propio dormitorio: la otra es la de su sobrino. Hay luz en cada una.

Su sobrino duerme, tranquilo y sin preocupaciones. John Jasper se queda mirándolo, con la pipa apagada en la mano, durante un buen rato, con una atención fija y profunda. Luego, acallando sus pasos, pasa a su propia habitación, enciende su pipa y se entrega a los Espectros que invoca a medianoche.

CAPÍTULO VI. FILANTROPÍA EN MINOR CANON CORNER

El reverendo Septimus Crisparkle (Septimus, porque seis pequeños hermanos Crisparkle antes que él salieron, uno a uno, tal como nacieron, como seis débiles lucecitas, tal como fueron encendidas), habiendo roto la fina capa de hielo matutino cerca de la presa de Cloisterham con su amable cabeza, muy para el fortalecimiento de su cuerpo, estaba ahora ayudando a su circulación boxeando frente a un espejo con gran ciencia y destreza. Un retrato fresco y saludable presentaba el espejo del reverendo Septimus, amagando y esquivando con la mayor astucia, y lanzando golpes desde el hombro con la mayor rectitud, mientras sus rasgos radiantes rebosaban inocencia, y una benevolencia de buen corazón irradiaba de sus guantes de boxeo.

Apenas era la hora del desayuno todavía, pues la señora Crisparkle —madre, no esposa del reverendo Septimus— acababa de bajar y esperaba el samovar. De hecho, el reverendo Septimus se detuvo en ese mismo momento para tomar el rostro de la bonita anciana, que entraba, entre sus guantes de boxeo y besarlo. Habiéndolo hecho con ternura, el reverendo Septimus volvió a la carga, contragolpeando con la izquierda y metiendo la derecha de manera tremenda.

«Digo, cada mañana de mi vida, que al final lo harás, Sept», comentó la anciana, observando; «y así será».

«¿Hacer qué, querida mamá?»

«Romper el espejo de pared o que te explote una vena».

«Ninguna de las dos cosas, quiera Dios, querida mamá. Aquí tienes aliento, mamá. ¡Mira esto!» En un asalto final de gran severidad, el reverendo Septimus administró y escapó de toda clase de castigos, y terminó poniendo la cofia de la anciana en "Chancery" —tal es el término técnico utilizado en los círculos científicos por los eruditos en el Noble Arte— con una ligereza de tacto que apenas agitó la más ligera cinta de lavanda o cereza en ella. Liberando magnánimamente a la derrotada, justo a tiempo para guardar sus guantes en un cajón y fingir mirar por la ventana en un estado de ánimo contemplativo cuando entró un criado, el reverendo Septimus dio paso al samovar y a otros preparativos para el desayuno. Completados estos, y estando los dos solos de nuevo, era agradable ver (o lo habría sido, si hubiera habido alguien para verlo, lo cual nunca ocurría), a la anciana de pie para decir el Padre Nuestro en voz alta, y a su hijo, el Canónigo Menor, de pie con la cabeza inclinada para escucharlo, a pesar de estar a cinco años de los cuarenta: casi igual que cuando estaba de pie para escuchar las mismas palabras de los mismos labios cuando estaba a cinco meses de los cuatro.

¿Qué hay más bonito que una anciana —excepto una joven— cuando sus ojos son brillantes, cuando su figura es esbelta y compacta, cuando su rostro es alegre y tranquilo, cuando su vestido es como el de una pastora de porcelana: tan delicado en sus colores, tan individualmente elegido para ella, tan pulcramente moldeado sobre ella? Nada es más bonito, pensaba el buen Canónigo Menor frecuentemente, al tomar asiento a la mesa frente a su madre, viuda desde hace mucho tiempo. Su pensamiento en tales momentos puede condensarse en las dos palabras que más a menudo cumplían su función juntas en todas sus conversaciones: «¡Mi Sept!»

Eran una buena pareja para desayunar juntos en Minor Canon Corner, Cloisterham. Pues Minor Canon Corner era un lugar tranquilo a la sombra de la Catedral, que el graznido de las grajillas, los pasos resonantes de los escasos transeúntes, el sonido de la campana de la Catedral, o el rodar del órgano de la Catedral, parecían hacer más tranquilo que el silencio absoluto. Hombres de armas fanfarrones habían tenido sus siglos de alborotar y desvariar en Minor Canon Corner, y siervos apaleados habían tenido sus siglos de trabajar y morir allí, y poderosos monjes habían tenido sus siglos de ser a veces útiles y a veces dañinos allí, y he aquí que todos se habían ido de Minor Canon Corner, y mucho mejor así. Quizás uno de los usos más elevados de haber estado allí alguna vez, era que pudiera quedar atrás ese bendito aire de tranquilidad que impregnaba Minor Canon Corner, y ese estado de ánimo serenamente romántico —productivo en su mayor parte de piedad y tolerancia— que es engendrado por una historia triste que ya ha sido contada, o una obra patética que ya ha llegado a su fin.

Muros de ladrillo rojo armoniosamente suavizados en su color por el tiempo, hiedra de fuertes raíces, ventanas de celosía, habitaciones con paneles, grandes vigas de roble en pequeños lugares y jardines amurallados de piedra donde la fruta anual aún maduraba sobre árboles monásticos, eran los principales alrededores de la bonita anciana señora Crisparkle y el reverendo Septimus mientras desayunaban.

«Y qué dice la carta, querida mamá», preguntó el Canónigo Menor, dando pruebas de un apetito sano y vigoroso.

La bonita anciana, después de leerla, acababa de dejarla sobre el mantel. Se la entregó a su hijo.

Ahora bien, la anciana estaba sumamente orgullosa de que sus ojos brillantes fueran tan claros que pudiera leer escritura sin gafas. Su hijo estaba también tan orgulloso de la circunstancia, y tan obedientemente decidido a que ella obtuviera la mayor gratificación posible de ello, que había inventado la pretensión de que él mismo no podía leer escritura sin gafas. Por lo tanto, asumió ahora un par, de proporciones graves y prodigiosas, que no solo le incomodaban seriamente la nariz y el desayuno, sino que entorpecían seriamente su lectura de la carta. Pues tenía los ojos de un microscopio y un telescopio combinados, cuando no estaban asistidos.

«Es del señor Honeythunder, por supuesto», dijo la anciana, cruzándose de brazos.

«Por supuesto», asintió su hijo. Luego leyó con torpeza:

«'Refugio de Filantropía, Oficinas Principales, Londres, miércoles.

«'ESTIMADA SEÑORA,

«'Escribo desde el—; ¿Desde el qué es esto? ¿Desde qué escribe?'»

«Desde la silla», dijo la anciana.

El reverendo Septimus se quitó las gafas, para poder ver su rostro, mientras exclamaba:

«¡Pues de qué iba a escribir!»

«Dios mío, Dios mío, Sept», respondió la anciana, «¡no ves el contexto! Dámela, querido».

Contento de quitarse las gafas (porque siempre le hacían llorar los ojos), su hijo obedeció: murmurando que su vista para leer manuscritos empeoraba día a día.

«'Escribo'», continuó su madre, leyendo con mucha claridad y precisión, «'desde la silla, a la que probablemente estaré confinado durante algunas horas'».

Septimus miró la fila de sillas contra la pared, con semblante medio protestante y medio suplicante.

«'Tenemos'», continuó leyendo la anciana con un poco de énfasis extra, «'una reunión de nuestro Comité Compuesto Jefe de Filántropos Centrales y de Distrito, en nuestro Refugio Principal como se ha dicho; y es su placer unánime que yo ocupe la silla'».

Septimus respiró más tranquilo y murmuró: «¡Oh! si llega a eso, que lo haga».

«'Para no perder el correo de un día, aprovecho la oportunidad de que se lea un largo informe, denunciando a un malhechor público—'»

«Es una cosa de lo más extraordinaria», interpuso el amable Canónigo Menor, dejando el cuchillo y el tenedor para frotarse la oreja de forma molesta, «que estos filántropos estén siempre denunciando a alguien. ¡Y es otra cosa de lo más extraordinaria que siempre estén tan violentamente sobrados de malhechores!»

«'Denunciando a un malhechor público—'»—reanudó la anciana, «'para quitarme de encima nuestro pequeño asunto de negocios. He hablado con mis dos pupilos, Neville y Helena Landless, sobre el tema de su educación defectuosa, y ceden al plan propuesto; como me habría encargado bien de que hicieran, les gustara o no'».

«Y es otra cosa de lo más extraordinaria», remarcó el Canónigo Menor en el mismo tono que antes, «que estos filántropos sean tan dados a agarrar a sus semejantes por la nuca, y (por así decir) empujarlos hacia los caminos de la paz.—Le pido perdón, querida mamá, por interrumpir».

«'Por lo tanto, querida señora, por favor prepare a su hijo, el reverendo señor Septimus, para esperar a Neville como interno para estudiar con él, el próximo lunes. Ese mismo día Helena le acompañará a Cloisterham, para instalarse en la Casa de las Monjas, el establecimiento recomendado por usted y su hijo conjuntamente. Por favor, prepárese asimismo para su recepción y enseñanza allí. Los términos en ambos casos se entienden exactamente tal como se me indicaron por escrito por usted, cuando abrí correspondencia con usted sobre este tema, después del honor de ser presentado a usted en la casa de su hermana en la ciudad aquí. Con saludos al reverendo señor Septimus, soy, querida señora, su afectuoso hermano (en Filantropía), LUKE HONEYTHUNDER'».

«Bueno, mamá», dijo Septimus, después de frotarse un poco más la oreja, «debemos intentarlo. No hay duda de que tenemos espacio para un interno, y que tengo tiempo que dedicarle, e inclinación también. Debo confesar que me alegra bastante que no sea el propio señor Honeythunder. Aunque eso parece lamentablemente prejuicioso, ¿no es así?, pues nunca lo he visto. ¿Es un hombre grande, mamá?»

«Yo lo llamaría un hombre grande, querido», respondió la anciana tras dudar un poco, «pero su voz es mucho más grande».

«¿Que él mismo?»

«Que la de cualquiera».

«¡Hah!», dijo Septimus. Y terminó su desayuno como si el sabor del Superior Souchong Familiar, y también del jamón, la tostada y los huevos, estuviera un poco en declive.

La hermana de la señora Crisparkle, otra pieza de porcelana de Dresde, y que combinaba tan pulcramente con ella que habrían formado un par encantador de adornos para los dos extremos de cualquier repisa de chimenea espaciosa y pasada de moda, y por derecho nunca deberían haber sido vistos separados, era la esposa sin hijos de un clérigo con prebendas de la Corporación en la City de Londres. El señor Honeythunder, en su carácter público de Profesor de Filantropía, había llegado a conocer a la señora Crisparkle durante la última re-combinación de los adornos de porcelana (en otras palabras, durante su última visita anual a su hermana), tras una ocasión pública de naturaleza filantrópica, cuando ciertos huérfanos devotos de tierna edad habían sido hartos con bollos de ciruela y gordura presuntuosa. Estos eran todos los antecedentes conocidos en Minor Canon Corner de los futuros alumnos.

«Estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo, mamá», dijo el señor Crisparkle, después de reflexionar sobre el asunto, «en que lo primero que hay que hacer es poner a estos jóvenes lo más cómodos posible. No hay nada desinteresado en la noción, porque no podemos estar cómodos con ellos a menos que ellos estén cómodos con nosotros. Ahora bien, el sobrino de Jasper está aquí en este momento; y lo semejante busca a lo semejante, y la juventud busca a la juventud. Es un joven cordial, y lo tendremos para recibir al hermano y a la hermana en la cena. Eso son tres. No podemos pensar en invitarlo a él sin invitar a Jasper. Eso son cuatro. Añade a la señorita Twinkleton y a la novia de cuento de hadas que está por ser, y eso son seis. Añádenos a nosotros dos, y eso son ocho. ¿Ocho en una cena amistosa te supondría algún problema, mamá?»

«Nueve sí, Sept», respondió la anciana, visiblemente nerviosa.

«Querida mamá, he especificado ocho».

«El tamaño exacto de la mesa y la habitación, querido».

Así se estableció, pues: y cuando el señor Crisparkle acudió con su madre a visitar a la señorita Twinkleton, para organizar la recepción de la señorita Helena Landless en la Casa de las Monjas, las otras dos invitaciones referentes a aquel establecimiento fueron ofrecidas y aceptadas. La señorita Twinkleton, ciertamente, dirigió una mirada a los globos terráqueos, como lamentando que no estuvieran hechos para ser llevados a la sociedad; pero se resignó a dejarlos atrás. Se enviaron entonces instrucciones al Filántropo para la partida y llegada, a buena hora para la cena, del señor Neville y la señorita Helena; y el caldo para la sopa comenzó a desprender su aroma en el aire del Minor Canon Corner.

En aquellos días no había ferrocarril hasta Cloisterham, y el señor Sapsea decía que nunca lo habría. El señor Sapsea dijo más; dijo que nunca debería haberlo. Y, sin embargo, maravilloso es considerarlo, ha sucedido en estos días que los trenes expresos no consideran que Cloisterham valga la pena como parada, sino que chillan y pasan a toda velocidad por ella en sus encargos de mayor importancia, sacudiéndose el polvo de sus ruedas como testimonio contra su insignificancia. Existía algún remoto fragmento de Línea Principal hacia cualquier otro lugar, el cual iba a arruinar el Mercado Financiero si fracasaba, y a la Iglesia y al Estado si tenía éxito, y (por supuesto), a la Constitución, ocurriera lo que ocurriera; pero incluso eso había alterado ya tanto el tráfico de Cloisterham, que el tráfico, abandonando la carretera principal, entraba a hurtadillas desde una parte inédita del campo por un camino trasero de establos, etiquetado durante muchos años en la esquina: «Cuidado con el perro».

A esta ignominiosa vía de acceso se dirigió el señor Crisparkle, aguardando la llegada de un ómnibus bajo y rechoncho, con un montón de equipaje desproporcionado en el techo —como un pequeño elefante con un castillo excesivamente grande—, que era entonces el servicio diario entre Cloisterham y el resto de la humanidad. A medida que este vehículo se acercaba pesadamente, el señor Crisparkle apenas podía distinguir nada más de él debido a un voluminoso pasajero exterior sentado en el pescante, con los codos en ángulo y las manos sobre las rodillas, comprimiendo al conductor en un espacio sumamente incómodo y pequeño, y mirando a su alrededor con un rostro de rasgos muy marcados.

—¿Es esto Cloisterham? —preguntó el pasajero con una voz tremenda.

—Lo es —respondió el conductor, frotándose como si le doliera tras lanzar las riendas al mozo de cuadra—. Y nunca me alegré tanto de verlo.

—Dígale a su amo que ensanche el asiento del pescante, entonces —replicó el pasajero—. Su amo está moralmente obligado —y debería estarlo legalmente, bajo penas ruinosas— a proveer para la comodidad de su prójimo.

El conductor realizó, con las palmas de sus manos, una búsqueda superficial del estado de su esqueleto; lo cual pareció dejarlo inquieto.

—¿Me he sentado sobre usted? —preguntó el pasajero.

—Lo ha hecho —dijo el conductor, como si no le hubiera gustado en absoluto.

—Tome esa tarjeta, amigo mío.

—Creo que no le privaré de ella —respondió el conductor, echándole un vistazo sin mucho entusiasmo, sin llegar a tomarla—. ¿De qué me sirve a mí?

—Sea miembro de esa Sociedad —dijo el pasajero.

—¿Qué sacaré con ello? —preguntó el conductor.

—Hermandad —respondió el pasajero con voz feroz.

—Gracias —dijo el conductor, muy deliberadamente, mientras bajaba—; mi madre estaba contenta conmigo, y yo también lo estoy. No quiero hermanos.

—Pero debe tenerlos —replicó el pasajero, bajando también—, le guste o no. Yo soy su hermano.

—¡Oiga! —protestó el conductor, enfureciéndose cada vez más—, ¡no se pase! El gusano se retuerce cuando...

Pero aquí intervino el señor Crisparkle, reprendiendo aparte con voz amistosa: «¡Joe, Joe, Joe! ¡No te olvides de ti mismo, Joe, buen hombre!» y luego, cuando Joe se tocó el sombrero pacíficamente, dirigiéndose al pasajero con un: «¿Señor Honeythunder?».

—Ese es mi nombre, señor.

—Mi nombre es Crisparkle.

—¿El reverendo señor Septimus? Me alegra verle, señor. Neville y Helena están dentro. Habiendo sucumbido un poco últimamente bajo la presión de mis labores públicas, pensé que tomaría un bocado de aire fresco, bajaría con ellos y regresaría por la noche. Así que usted es el reverendo señor Septimus, ¿verdad? —examinándolo en conjunto con decepción, y girando un monóculo doble por su cinta, como si lo estuviera asando, pero sin darle otro uso—. ¡Hah! Esperaba verle más viejo, señor.

—Espero que lo haga —fue la respuesta de buen humor.

—¿Eh? —preguntó el señor Honeythunder.

—Solo una pequeña broma. No vale la pena repetirla.

—¿Broma? Ay; nunca veo una broma —replicó el señor Honeythunder frunciendo el ceño—. Una broma es un desperdicio conmigo, señor. ¿Dónde están? ¡Helena y Neville, vengan aquí! El señor Crisparkle ha bajado a recibirles.

Un joven inusualmente apuesto y ágil, y una chica inusualmente hermosa y ágil; muy parecidos; ambos muy morenos y de una tez muy rica; ella casi del tipo gitano; algo indómito en ambos; un cierto aire en ellos de cazador y cazadora; aunque, a la vez, un cierto aire de ser el objeto de la caza, más que los seguidores. Esbeltos, flexibles, rápidos de ojos y extremidades; medio tímidos, medio desafiantes; de mirada feroz; un tipo indefinible de pausa que iba y venía en toda su expresión, tanto de rostro como de forma, que podría compararse por igual a la pausa antes de un agazapo o un salto. Las notas mentales aproximadas tomadas en los primeros cinco minutos por el señor Crisparkle habrían rezado así, palabra por palabra.

Invitó al señor Honeythunder a cenar, con la mente atribulada (pues el desconcierto de la querida y vieja pastora de porcelana pesaba sobre ella), y ofreció su brazo a Helena Landless. Tanto ella como su hermano, mientras caminaban todos juntos por las antiguas calles, sintieron un gran deleite ante lo que él les señalaba de la Catedral y las ruinas del Monasterio, y se maravillaron —así continuaban sus notas— casi como si fueran hermosos cautivos bárbaros traídos de algún dominio tropical salvaje. El señor Honeythunder caminaba por el centro del camino, empujando a los nativos fuera de su paso, y exponiendo ruidosamente un plan que tenía para hacer una redada a todas las personas desempleadas del Reino Unido, encerrándolas a todas en la cárcel y obligándolas, bajo pena de exterminio inmediato, a convertirse en filántropas.

La señora Crisparkle necesitó su propia dosis de filantropía cuando contempló esta protuberancia tan grande y tan ruidosa en el pequeño grupo. Siempre algo parecido a un forúnculo en el rostro de la sociedad, el señor Honeythunder se expandió en un grano inflamatorio en el Minor Canon Corner. Aunque no era literalmente cierto, como le acusaban jocosamente los incrédulos públicos, que gritara a sus semejantes: «¡Malditas sean vuestras almas y cuerpos, venid aquí y sed bendecidos!», su filantropía era de esa clase explosiva que hacía difícil determinar la diferencia entre ella y la animosidad. Usted debía abolir la fuerza militar, pero primero debía llevar a todos los oficiales al mando que habían cumplido con su deber ante un consejo de guerra por esa ofensa, y fusilarlos. Usted debía abolir la guerra, pero debía hacer conversos declarándoles la guerra y acusándoles de amar la guerra como a la niña de sus ojos. Usted no debía tener pena capital, pero debía barrer primero de la faz de la tierra a todos los legisladores, juristas y jueces que fueran de la opinión contraria. Usted debía tener concordia universal, y debía obtenerla eliminando a todas las personas que no quisieran, o que conscientemente no pudieran, ser concordantes. Usted debía amar a su prójimo como a sí mismo, pero después de un intervalo indefinido de calumniarle (casi como si le odiara), y llamarle de todo tipo de nombres. Sobre todo, no debía hacer nada en privado, o por su propia cuenta. Debía ir a las oficinas del Refugio de la Filantropía y anotar su nombre como Miembro y Filántropo Profesante. Entonces, debía pagar su suscripción, obtener su tarjeta de miembro y su cinta y medalla, y vivir para siempre en una tribuna, y decir para siempre lo que decía el señor Honeythunder, y lo que decía el Tesorero, y lo que decía el sub-Tesorero, y lo que decía el Comité, y lo que decía el sub-Comité, y lo que decía el Secretario, y lo que decía el Vice-Secretario. Y esto solía decirse en la resolución aprobada por unanimidad bajo firma y sello, en el sentido de: «Que este Cuerpo reunido de Filántropos Profesantes observa, con indignado desprecio, no exento de total detestación y aborrecimiento» —en resumen, la bajeza de todos aquellos que no pertenecen a él, y se compromete a hacer tantas declaraciones odiosas como sea posible sobre ellos, sin ser en absoluto escrupuloso con los hechos.

La cena fue un desastre de lo más lúgubre. El filántropo desbarató la simetría de la mesa, se sentó en el camino del servicio, bloqueó el paso y llevó al señor Tope (quien ayudaba a la criada) al borde de la distracción al pasar los platos y las fuentes por encima de su propia cabeza. Nadie podía hablar con nadie, porque él sermoneaba a todos a la vez, como si la compañía no tuviera existencia individual, sino que fuera una Asamblea. Embargó al reverendo señor Septimus, como personaje oficial al que dirigirse, o una especie de percha humana donde colgar su sombrero oratorio, y cayó en el hábito exasperante, común entre tales oradores, de personificarlo como un oponente malvado y débil. Así, preguntaba: «¿Y se va usted, señor, a estultificar ahora diciéndome...» —y así sucesivamente, cuando el hombre inocente no había abierto los labios, ni tenía intención de abrirlos. O decía: «Ahora vea, señor, a qué posición está usted reducido. No le dejaré escapatoria. Tras agotar todos los recursos del fraude y la falsedad, durante años y años; tras exhibir una combinación de vileza cobarde con audacia sangrienta, tal como el mundo no ha presenciado a menudo; ¡tiene usted ahora la hipocresía de doblar la rodilla ante el más degradado de la humanidad, y de suplicar y gemir y aullar por piedad!». Ante lo cual el desafortunado Canónigo Menor parecía, en parte indignado y en parte perplejo; mientras su digna madre se sentaba orgullosa, con lágrimas en los ojos, y el resto del grupo caía en una especie de estado gelatinoso, en el que no había sabor ni solidez, y muy poca resistencia.

Pero el chorro de filantropía que brotó cuando la partida del señor Honeythunder comenzó a aproximarse debe de haber sido altamente gratificante para los sentimientos de ese distinguido hombre. Su café fue servido, por la especial actividad del señor Tope, una hora completa antes de que lo quisiera. El señor Crisparkle se sentó con su reloj en la mano durante el mismo período, no fuera que se excediera de su tiempo. Los cuatro jóvenes fueron unánimes en creer que el reloj de la Catedral dio los tres cuartos, cuando en realidad solo dio una. La señorita Twinkleton estimó la distancia al ómnibus en veinticinco minutos a pie, cuando en realidad eran cinco. La afectuosa bondad de todo el círculo lo metió a empujones en su abrigo y lo sacó a la luz de la luna, como si fuera un traidor fugitivo con quien simpatizaban, y una tropa de caballería estuviera en la puerta trasera. El señor Crisparkle y su nuevo pupilo, que lo llevó hasta el ómnibus, fueron tan fervientes en sus temores de que se resfriara que lo encerraron en él al instante y lo dejaron allí, con media hora todavía de sobra.

CAPÍTULO VII. MÁS CONFIDENCIAS QUE UNA

—Sé muy poco de ese caballero, señor —dijo Neville al Canónigo Menor mientras regresaban.

—¿Sabe muy poco de su tutor? —repitió el Canónigo Menor.

—¡Casi nada!

—¿Cómo llegó él a...

—¿Ser mi tutor? Se lo diré, señor. Supongo que sabe que venimos (mi hermana y yo) de Ceilán.

—En realidad, no.

—Me sorprende eso. Vivíamos con un padrastro allí. Nuestra madre murió allí, cuando éramos niños pequeños. Hemos tenido una existencia miserable. Ella le hizo nuestro tutor, y él era un miserable tacaño que nos escatimaba la comida para comer y la ropa para vestir. A su muerte, nos pasó a este hombre; por ninguna otra razón que yo sepa, que la de ser un amigo o conocido suyo, cuyo nombre estaba siempre impreso y llamaba su atención.

—Eso fue hace poco, supongo.

—Hace muy poco, señor. Este padrastro nuestro era un bruto cruel además de un explotador. Menos mal que murió cuando lo hizo, o podría haberlo matado.

El señor Crisparkle se detuvo en seco bajo la luz de la luna y miró a su esperanzador alumno con consternación.

—¿Le sorprendo, señor? —dijo, con un cambio rápido a un aire sumiso.

—Me escandaliza; me escandaliza indescriptiblemente.

El alumno bajó la cabeza durante un rato, mientras seguían caminando, y luego dijo: —Usted nunca le vio pegar a su hermana. Yo le he visto pegar a la mía, más de una o dos veces, y nunca lo olvidé.

—Nada —dijo el señor Crisparkle—, ni siquiera las lágrimas de una hermana amada y hermosa bajo un trato cobarde; —se volvió menos severo, a pesar de sí mismo, a medida que su indignación aumentaba—, podría justificar esas horribles expresiones que usó.

—Siento haberlas usado, y especialmente ante usted, señor. Le pido que las retire. Pero permítame corregirle en un punto. Usted habló de las lágrimas de mi hermana. Mi hermana le habría dejado hacerla pedazos antes que haberle dejado creer que podía hacerla derramar una lágrima.

El señor Crisparkle repasó esas notas mentales suyas, y no se sintió en absoluto sorprendido al oírlo, ni dispuesto a cuestionarlo.

—Quizás le parezca extraño, señor —esto fue dicho con voz vacilante—, ¿que tan pronto le pida que me permita confiar en usted, y que tenga la amabilidad de escuchar una palabra o dos de mi parte en mi defensa?

—¿Defensa? —repitió el señor Crisparkle—. Usted no está en su defensa, señor Neville.

—Creo que sí, señor. Al menos sé que debería estarlo, si usted conociera mejor mi carácter.

—Bien, señor Neville —fue la réplica—. ¿Qué tal si me deja descubrirlo?

—Puesto que es su deseo, señor —respondió el joven, con un cambio rápido en su actitud hacia una hosca decepción—: puesto que es su deseo frenar mi impulso, debo someterme.

Había algo en el tono de este breve discurso que incomodó al hombre concienzudo al que iba dirigido. Le sugería que podría, sin pretenderlo, desviar una confianza beneficiosa para una mente joven deformada y quizás para su propia capacidad de dirigirla y mejorarla. Estaban a la vista de las luces de sus ventanas, y él se detuvo.

—Demos la vuelta y caminemos un poco, señor Neville, o puede que no tenga tiempo de terminar lo que desea decirme. Se apresura al pensar que pretendo frenarle. Todo lo contrario. Le invito a confiar.

—Me ha invitado, señor, sin saberlo, desde que llegué aquí. Digo «desde que», como si hubiera estado aquí una semana. La verdad es que vinimos aquí (mi hermana y yo) para pelear con usted, enfrentarle y volver a escapar.

—¿De verdad? —dijo el señor Crisparkle, sin saber qué otra cosa decir.

—Verá, no podíamos saber de antemano cómo era usted, señor; ¿verdad?

—Claramente, no —dijo el señor Crisparkle.

—Y como no nos había gustado nadie más con quien hayamos tenido contacto, nos habíamos propuesto no gustar de usted.

—¿De verdad? —dijo el señor Crisparkle de nuevo.

—Pero usted nos gusta, señor, y vemos una diferencia inconfundible entre su casa y su acogida hacia nosotros, y cualquier otra cosa que hayamos conocido. Esto —y el hecho de estar a solas con usted— y todo lo que nos rodea pareciendo tan tranquilo y pacífico tras la partida del señor Honeythunder —y Cloisterham siendo tan antigua, grave y hermosa, con la luna brillando sobre ella— estas cosas me inclinaron a abrir mi corazón.

—Lo entiendo perfectamente, señor Neville. Y es saludable escuchar tales influencias.

—Al describir mis propias imperfecciones, señor, debo pedirle que no suponga que estoy describiendo las de mi hermana. Ella ha salido de las desventajas de nuestra miserable vida, siendo mucho mejor que yo, tal como esa torre de la Catedral es más alta que esas chimeneas.

El señor Crisparkle, en su fuero interno, no estaba tan seguro de esto.

—He tenido, señor, desde mi primer recuerdo, que reprimir un odio mortal y amargo. Esto me ha hecho reservado y vengativo. Siempre he sido tiranizado por la mano fuerte. Esto me ha llevado, en mi debilidad, al recurso de ser falso y mezquino. He sido privado de educación, libertad, dinero, ropa, de las necesidades mismas de la vida, de los placeres más comunes de la infancia, de las posesiones más comunes de la juventud. Esto ha causado que me falte completamente no sé qué emociones, o recuerdos, o buenos instintos —¡ni siquiera tengo un nombre para ello, ya ve!— sobre los que usted ha tenido que trabajar en otros jóvenes a los que está acostumbrado.

—Esto es evidentemente cierto. Pero esto no es alentador —pensó el señor Crisparkle mientras daban la vuelta de nuevo.

—Y para terminar, señor: he sido criado entre dependientes abyectos y serviles, de una raza inferior, y fácilmente puedo haber contraído alguna afinidad con ellos. A veces, no sé si podría ser una gota de lo que hay de tigresco en su sangre.

—Como en el caso de esa observación de hace un momento —pensó el señor Crisparkle.

—En una última palabra de referencia a mi hermana, señor (somos gemelos), debe saber, para su honor, que nada en nuestra miseria la doblegó nunca, aunque a menudo me acobardó a mí. Cuando huíamos de ella (huimos cuatro veces en seis años, para ser traídos de vuelta pronto y castigados cruelmente), la huida era siempre planeada y dirigida por ella. Cada vez se vestía de chico y mostraba la audacia de un hombre. Creo que teníamos siete años cuando nos escapamos por primera vez; pero recuerdo, cuando perdí la navaja con la que ella debía cortarse el pelo corto, cómo intentó desesperadamente arrancárselo, o morderlo. No tengo nada más que decir, señor, excepto que espero que me tenga paciencia y me disculpe.

—De eso, señor Neville, puede estar seguro —respondió el Canónigo Menor—. No sermoneo más de lo que puedo evitar, y no pagaré su confianza con un sermón. Pero le ruego que tenga en cuenta, muy seria y constantemente, que si he de hacerle algún bien, solo puede ser con su propia ayuda; y que solo puede prestarla, eficazmente, buscando ayuda del Cielo.

—Intentaré hacer mi parte, señor.

—Y, señor Neville, intentaré hacer la mía. Aquí tiene mi mano en ello. ¡Que Dios bendiga nuestros esfuerzos!

Ahora estaban de pie ante la puerta de su casa, y se escuchaba un alegre sonido de voces y risas en el interior.

—Daremos una vuelta más antes de entrar —dijo el señor Crisparkle—, porque quiero hacerle una pregunta. Cuando dijo que había cambiado de opinión respecto a mí, ¿habló no solo por usted, sino también por su hermana?

—Indudablemente lo hice, señor.

—Discúlpeme, señor Neville, pero creo que no ha tenido oportunidad de comunicarse con su hermana desde que le conocí. El señor Honeythunder fue muy elocuente; pero quizás pueda aventurarme a decir, sin mala intención, que monopolizó la ocasión. ¿No podría haber respondido por su hermana sin suficiente autoridad?

Neville negó con la cabeza con una sonrisa orgullosa.

—Usted no sabe, señor, todavía, qué entendimiento tan completo puede existir entre mi hermana y yo, aunque no haya pasado entre nosotros ni una palabra hablada —quizás apenas una mirada—. Ella no solo siente lo que he descrito, sino que sabe muy bien que estoy aprovechando esta oportunidad para hablarle, tanto por ella como por mí mismo.

El señor Crisparkle le miró a la cara con cierta incredulidad; pero su rostro expresaba tal convicción absoluta y firme de la verdad de lo que decía, que el señor Crisparkle miró al pavimento y reflexionó hasta que llegaron a su puerta de nuevo.

—Pediré una vuelta más, señor, esta vez —dijo el joven, con un color algo más subido en el rostro—. Pero por la... creo que la llamó elocuencia, ¿verdad, señor? (algo irónicamente).

—Yo... sí, la llamé elocuencia —dijo el señor Crisparkle.

—Pero por la elocuencia del señor Honeythunder, quizás no habría tenido necesidad de preguntarle lo que voy a preguntarle. Este señor Edwin Drood, señor: ¿creo que ese es el nombre?

—Muy correcto —dijo el señor Crisparkle—. D-r-doble o-d.

—¿Estudia él —o estudiaba— con usted, señor?

—Jamás, señor Neville. Viene aquí a visitar a su pariente, el señor Jasper.

—¿La señorita Bud es también pariente suya, señor?

(«¿Y por qué preguntará eso con repentina altivez?», pensó el señor Crisparkle). Luego explicó, en voz alta, lo que sabía de la pequeña historia de su compromiso.

—¡Ah! ¿Es eso, entonces? —dijo el joven—. ¡Ahora comprendo su aire de propietario!

Esto se dijo tan evidentemente para sí mismo, o para cualquiera antes que para el señor Crisparkle, que este último sintió instintivamente que advertirlo sería casi equivalente a advertir un pasaje en una carta que hubiera leído por azar sobre el hombro del autor. Un momento después, volvieron a entrar en la casa.

El señor Jasper estaba sentado al piano cuando entraron en su salón, y acompañaba a la señorita Rosebud mientras ella cantaba. Fue consecuencia de que él tocara el acompañamiento sin partitura, y de que ella fuera una criaturita descuidada, muy dada a equivocarse, que él siguiera sus labios con la mayor atención, tanto con los ojos como con las manos; sugiriendo cuidadosa y suavemente la nota tónica de vez en cuando. De pie, con un brazo rodeándola, pero con el rostro mucho más atento al señor Jasper que a su canto, estaba Helena, entre quien y su hermano pasó un reconocimiento instantáneo, en el que el señor Crisparkle vio, o creyó ver, el entendimiento del que se había hablado, brotar a la luz. El señor Neville tomó entonces su puesto de admiración, apoyado contra el piano, frente a la cantante; el señor Crisparkle se sentó junto a la pastora de porcelana; Edwin Drood cerró y abrió galantemente el abanico de la señorita Twinkleton; y aquella dama reclamó pasivamente ese tipo de propiedad de exhibidora sobre el logro a la vista, que el señor Tope, el sacristán, reclamaba a diario en el servicio de la Catedral.

La canción continuó. Era un aire triste de despedida, y la fresca voz joven era muy lastimera y tierna. Mientras Jasper observaba los bonitos labios, y una y otra vez sugería la única nota, como si fuera un susurro suyo, la voz se volvió menos estable, hasta que, de repente, la cantante rompió en un estallido de llanto y gritó, con las manos sobre los ojos: «¡No puedo soportar esto! ¡Estoy asustada! ¡Llévenme lejos!»

Con un giro rápido de su figura ágil, Helena recostó a la pequeña belleza en un sofá, como si nunca la hubiera levantado. Entonces, de rodillas a su lado, y con una mano sobre su boca rosada, mientras con la otra apelaba a todos los demás, Helena les dijo: «No es nada; ya ha pasado todo; no le hablen por un minuto, ¡y estará bien!»

Las manos de Jasper se habían levantado en el mismo instante de las teclas, y ahora estaban suspendidas sobre ellas, como si esperara reanudar. En esa actitud permaneció tranquilo: sin siquiera mirar a su alrededor, cuando todos los demás habían cambiado de lugar y se tranquilizaban unos a otros.

—Pussy no está acostumbrada a una audiencia; esa es la verdad —dijo Edwin Drood—. Se puso nerviosa y no pudo aguantar. Además, Jack, eres un maestro tan concienzudo, y exiges tanto, que creo que haces que te tenga miedo. No me extraña.

—No me extraña —repitió Helena.

—¡Ahí, Jack, lo oyes! Tendrías miedo de él, en circunstancias similares, ¿verdad, señorita Landless?

—No bajo ninguna circunstancia —respondió Helena.

Jasper bajó las manos, miró por encima del hombro y pidió dar las gracias a la señorita Landless por su defensa de su carácter. Luego se puso a tocar en silencio, sin pulsar las notas, mientras su pequeña pupila era llevada a una ventana abierta para que tomara aire, y era mimada y restaurada de otras formas. Cuando la trajeron de vuelta, su lugar estaba vacío. «Jack se ha ido, Pussy», le dijo Edwin. «Tengo más que miedo de que no le gustara que lo acusaran de ser el monstruo que te había asustado». Pero ella no respondió ni una palabra, y se estremeció, como si la hubieran dejado un poco demasiado fría.

La señorita Twinkleton, opinando ahora que, en efecto, eran horas tardías, señora Crisparkle, para encontrarnos fuera de los muros de la Casa de las Monjas, y que quienes emprendíamos la formación de las futuras esposas y madres de Inglaterra (las últimas palabras en voz más baja, por requerir ser comunicadas en confianza) estábamos realmente obligadas (la voz subiendo de nuevo) a dar un mejor ejemplo que el de hábitos libertinos, se solicitaron los chales, y los dos jóvenes caballeros se ofrecieron voluntarios para acompañar a las damas a casa. Pronto se hizo, y la puerta de la Casa de las Monjas se cerró tras ellas.

Las internas se habían retirado, y solo la señora Tisher, en vigilia solitaria, esperaba a la nueva alumna. Como su dormitorio estaba dentro del de Rosa, hicieron falta muy pocas presentaciones o explicaciones antes de que quedara al cuidado de su nueva amiga, y fuera dejada para pasar la noche.

—Este es un alivio bendito, querida —dijo Helena—. He estado temiendo todo el día que me arrinconaran a estas horas.

—No somos muchas —respondió Rosa—, y somos chicas de buen corazón; al menos las otras lo son; puedo responder por ellas.

—Puedo responder por ti —rió Helena, escudriñando el hermoso rostro pequeño con sus ojos oscuros y ardientes, y acariciando tiernamente la pequeña figura—. Serás mi amiga, ¿verdad?

—Eso espero. Pero la idea de que yo sea una amiga tuya parece demasiado absurda, sin embargo.

—¿Por qué?

—Oh, soy una cosita tan minúscula, y tú eres tan femenina y hermosa. Pareces tener suficiente resolución y poder como para aplastarme. Me reduzco a la nada al lado de tu presencia, incluso.

—Soy una criatura descuidada, querida, desconocedora de todos los logros, conscientemente sensible de que tengo todo por aprender, y profundamente avergonzada de reconocer mi ignorancia.

—¡Y, sin embargo, me lo reconoces todo! —dijo Rosa.

—Mi pequeña, ¿puedo evitarlo? Hay una fascinación en ti.

—¡Oh! ¿La hay, de verdad? —hizo un puchero Rosa, medio en broma y medio en serio—. ¡Qué pena que el señorito Eddy no la sienta más!

Por supuesto, sus relaciones con aquel joven caballero ya habían sido expuestas en Minor Canon Corner.

—¡Vaya, seguramente debe amarte con todo su corazón! —exclamó Helena, con una seriedad que amenazaba con arder en ferocidad si no lo hacía.

—¿Eh? Oh, bueno, supongo que sí —dijo Rosa, haciendo un puchero de nuevo—; estoy segura de que no tengo derecho a decir que no lo hace. Quizás sea culpa mía. Quizás no soy tan agradable con él como debería ser. No creo serlo. ¡Pero es tan ridículo!

Los ojos de Helena preguntaron qué lo era.

—Nosotros —dijo Rosa, respondiendo como si hubiera hablado—. Somos una pareja tan ridícula. Y siempre estamos peleando.

—¿Por qué?

—¡Porque ambos sabemos que somos ridículos, querida! —Rosa dio esa respuesta como si fuera la más concluyente del mundo.

La mirada dominante de Helena estuvo fija en su rostro por unos momentos, y luego, impulsivamente, extendió ambas manos y dijo:

—¿Serás mi amiga y me ayudarás?

—De hecho, querida, lo seré —respondió Rosa, en un tono de afectuosa infantilismo que fue directa y certeramente a su corazón—; seré tan buena amiga como una cosita minúscula puede serlo para una criatura tan noble como tú. Y sé amiga mía, por favor; no me entiendo a mí misma, y necesito una amiga que pueda entenderme, mucho de verdad.

Helena Landless la besó y, reteniendo ambas manos, dijo:

—¿Quién es el señor Jasper?

Rosa volvió la cabeza al responder: —El tío de Eddy, y mi profesor de música.

—¿No lo amas?

—¡Uf! —Se llevó las manos a la cara y se estremeció de miedo o de horror.

—¿Sabes que él te ama?

—¡Oh, no, no, no! —gritó Rosa, cayendo de rodillas y aferrándose a su nuevo recurso—. ¡No me hables de eso! Me aterroriza. Persigue mis pensamientos, como un espectro espantoso. Siento que nunca estoy a salvo de él. Siento como si pudiera atravesar la pared cuando se habla de él. —De hecho, miró a su alrededor, como si temiera verlo de pie en la sombra detrás de ella.

—Intenta contarme más sobre eso, querida.

—Sí, lo haré, lo haré. Porque tú eres tan fuerte. Pero abrázame mientras tanto, y quédate conmigo después.

—¡Hija mía! Hablas como si te hubiera amenazado de alguna forma oscura.

—Nunca me ha hablado de... eso. Nunca.

—¿Qué ha hecho?

—Me ha hecho su esclava con sus miradas. Me ha obligado a entenderlo, sin que él diga una palabra; y me ha obligado a guardar silencio, sin que él profiera una amenaza. Cuando toco, nunca aparta los ojos de mis manos. Cuando canto, nunca aparta los ojos de mis labios. Cuando me corrige, y pulsa una nota, o un acorde, o toca un pasaje, él mismo está en los sonidos, susurrando que me persigue como un amante, y ordenándome que guarde su secreto. Evito sus ojos, pero él me obliga a verlos sin mirarlos. Incluso cuando una veladura se apodera de ellos (lo que ocurre a veces), y parece alejarse hacia una especie de sueño espantoso en el que amenaza más, me obliga a saberlo, y a saber que está sentado cerca de mi lado, más terrible para mí que nunca.

—¿Qué es esta supuesta amenaza, pequeña? ¿Qué es lo que se amenaza?

—No lo sé. Ni siquiera me he atrevido nunca a pensar o preguntarme qué es.

—¿Y fue todo esto, esta noche?

—Fue todo; excepto que esta noche, cuando observaba mis labios tan de cerca mientras cantaba, además de sentirme aterrorizada, me sentí avergonzada y apasionadamente herida. Fue como si me besara, y no pude soportarlo, sino que grité. Nunca debes contar esto a nadie. Eddy está entregado a él. Pero tú dijiste esta noche que no le tendrías miedo, bajo ninguna circunstancia, y eso me da —que le tengo tanto miedo— el valor para contárselo solo a ti. ¡Abrázame! ¡Quédate conmigo! Estoy demasiado asustada para que me dejen sola.

El lustroso rostro gitano se inclinó sobre los brazos y el pecho que se aferraban, y el salvaje cabello negro cayó protegiendo la forma infantil. Había un destello de fuego latente en los intensos ojos oscuros, aunque estaban suavizados entonces con compasión y admiración. ¡Que quien más le incumba esté bien atento!

«¡Míralo!», exclama Jasper, extendiendo la mano con admiración y ternura, aunque también en tono de burla. «¡Fíjate en cómo se relaja tan a sus anchas, Sr. Neville! El mundo está ante él para que elija a su antojo. ¡Una vida de trabajo estimulante y de interés, una vida de cambios y emociones, una vida de comodidad doméstica y amor! ¡Míralo!».

El rostro de Edwin Drood se ha encendido rápida y notablemente con el vino; lo mismo le ha ocurrido al de Neville Landless. Edwin sigue sentado, recostado en su silla, con las manos entrelazadas apoyando la cabeza.

«¡Fíjate en lo poco que le importa todo esto!», continúa Jasper en tono bromista. «Apenas le merece la pena recoger la fruta dorada que cuelga madura del árbol para él. Y, sin embargo, considere el contraste, Sr. Neville. Usted y yo no tenemos perspectivas de trabajo estimulante ni de interés, ni de cambios ni emociones, ni de comodidad doméstica ni amor. Usted y yo no tenemos perspectiva alguna (a menos que sea usted más afortunado que yo, lo cual es muy posible) más que el tedioso e inmutable círculo de este lugar aburrido».

«Por mi alma, Jack», dice Edwin con complacencia, «me siento casi obligado a disculparme por tener el camino tan allanado como describes. Pero tú sabes lo que yo sé, Jack, y puede que, después de todo, no sea tan fácil como parece. ¿Verdad, Pussy?». Se dirige al retrato, chasqueando el pulgar y el dedo. «Todavía tenemos que ponernos de acuerdo, ¿verdad, Pussy? Sabes a lo que me refiero, Jack».

Su voz se ha vuelto pastosa e indistinta. Jasper, tranquilo y dueño de sí mismo, mira a Neville, esperando su respuesta o comentario. Cuando Neville habla, su voz también suena pastosa e indistinta.

«Habría sido mejor para el Sr. Drood haber conocido algunas privaciones», dice desafiante.

«Dígame», replica Edwin, girando apenas los ojos en esa dirección, «¿por qué habría sido mejor para el Sr. Drood haber conocido algunas privaciones?».

«Sí», asiente Jasper con aire interesado, «¿por qué, sepámoslo?».

«Porque podrían haberle hecho más sensato», dice Neville, «ante una buena fortuna que no es de ningún modo necesariamente el resultado de sus propios méritos».

El Sr. Jasper mira rápidamente a su sobrino en busca de réplica.

«¿Ha conocido usted privaciones, si se me permite preguntar?», dice Edwin Drood, incorporándose.

El Sr. Jasper mira rápidamente al otro en busca de respuesta.

«Las he conocido».

«¿Y de qué le han hecho sensato?».

El juego de ojos del Sr. Jasper entre ambos se mantiene durante todo el diálogo, hasta el final.

«Ya se lo he dicho una vez esta noche».

«Usted no ha dicho nada por el estilo».

«Le digo que sí. Que usted se toma demasiadas atribuciones».

«Añadió algo más a eso, si mal no recuerdo».

«Sí, dije algo más».

«Dígalo otra vez».

«Dije que en la parte del mundo de donde vengo, le pedirían cuentas por ello».

«¿Solo allí?», exclama Edwin Drood con una risotada despectiva. «¿Muy lejos, supongo? ¡Sí, ya veo! Esa parte del mundo está a una distancia prudente».

«Dígalo aquí, entonces», replica el otro, levantándose furioso. «¡Dígalo donde sea! Su vanidad es intolerable, su engreimiento es insoportable; habla como si fuera un premio raro y precioso, en lugar de un fanfarrón común. Es usted un tipo común y un fanfarrón común».

«Bah, bah», dice Edwin Drood, igualmente furioso, pero más sereno; «¿cómo vas a saberlo tú? Podrás conocer a un tipo común y oscuro, o a un fanfarrón común y oscuro, cuando lo ves (y sin duda tienes un amplio círculo de amistades de ese tipo); pero no eres quién para juzgar a los hombres blancos».

Esta alusión insultante a su piel oscura enfurece a Neville hasta tal grado que arroja los restos de su vino a Edwin Drood, y está a punto de lanzar la copa tras ellos cuando su brazo es atrapado en el momento justo por Jasper.

«¡Ned, querido amigo!», exclama con voz alta, «¡te ruego, te ordeno, que te quedes quieto!». Ha habido un forcejeo entre los tres, un estrépito de cristales y vuelco de sillas. «¡Sr. Neville, qué vergüenza! Deme esa copa. Abra la mano, señor. ¡LO haré por las buenas!».

Pero Neville se lo quita de encima y hace una pausa por un instante, presa de un ataque de furia, con la copa aún en la mano en alto. Luego, la arroja bajo la rejilla con tal fuerza que las astillas rotas salen volando en una lluvia de cristales; y sale de la casa.

Cuando emerge por primera vez al aire de la noche, nada a su alrededor está quieto o firme; nada a su alrededor parece lo que es; solo sabe que está de pie, con la cabeza descubierta, en medio de un torbellino de color rojo sangre, esperando luchar y luchar hasta la muerte.

Pero, como no ocurre nada y la luna lo mira desde arriba como si estuviera muerto tras un ataque de ira, contiene su cabeza y corazón, que laten como un martillo pilón, y se tambalea para alejarse. Entonces, se da cuenta vagamente de haber oído cómo le echaban el cerrojo y la llave, como si fuera un animal peligroso; y piensa: ¿qué debo hacer?

Algunas ideas apasionadas y salvajes sobre el río se disuelven bajo el hechizo de la luz de luna sobre la catedral y las tumbas, y el recuerdo de su hermana, y el pensamiento de lo que le debe al buen hombre que ese mismo día ha ganado su confianza y le ha dado su palabra. Se dirige a Minor Canon Corner y llama suavemente a la puerta.

Es costumbre del Sr. Crisparkle quedarse despierto hasta el último de los de la casa, tocando muy suavemente su piano y practicando sus piezas favoritas de música vocal concertada. El viento del sur que va a donde quiere, pasando por Minor Canon Corner en una noche tranquila, no es más tenue que el Sr. Crisparkle en tales momentos, respetuoso con los sueños de la pastora de porcelana.

Su golpe es respondido inmediatamente por el propio Sr. Crisparkle. Cuando abre la puerta, vela en mano, su rostro alegre decae, y en él aparece un asombro decepcionado.

«¡Sr. Neville! ¡En este estado! ¿Dónde ha estado?».

«He estado en casa del Sr. Jasper, señor. Con su sobrino».

«Pase».

El canónigo menor lo sostiene por el codo con mano firme (de una manera estrictamente científica, digna de sus entrenamientos matutinos), lo hace girar hacia su pequeña biblioteca y cierra la puerta.

«He empezado mal, señor. He empezado terriblemente mal».

«Demasiado cierto. No está sobrio, Sr. Neville».

«Me temo que no, señor, aunque puedo asegurarle en otro momento que he bebido muy poco, y que me ha superado de la forma más extraña y repentina».

«Sr. Neville, Sr. Neville», dice el canónigo menor, sacudiendo la cabeza con una sonrisa triste; «ya he oído eso antes».

«Creo —mi mente está muy confusa, pero lo creo— que es igual de cierto respecto al sobrino del Sr. Jasper, señor».

«Muy probable», es la respuesta seca.

«Discutimos, señor. Me insultó de forma muy grave. Ya había calentado esa sangre tigresca de la que le hablé hoy, incluso antes de eso».

«Sr. Neville», responde el canónigo menor, con suavidad pero con firmeza: «Le ruego que no me hable con ese puño derecho cerrado. Desclóquelo, por favor».

«Me provocó, señor», prosigue el joven, obedeciendo al instante, «más allá de mi capacidad de resistencia. No puedo decir si lo hizo a propósito desde el principio, pero lo hizo. Sin duda lo hizo al final. En resumen, señor», con un estallido incontenible, «en la pasión a la que me arrastró, lo habría herido si hubiera podido, e intenté hacerlo».

«Ha vuelto a cerrar ese puño», es el comentario tranquilo del Sr. Crisparkle.

«Le pido perdón, señor».

«Usted conoce su habitación, pues se la mostré antes de la cena; pero le acompañaré una vez más. Su brazo, si gusta. Suavemente, pues la casa está toda dormida».

Introduciendo su mano en el mismo apoyo científico de codo que antes, y reforzándolo con la fuerza inerte de su brazo, tan hábilmente como un experto policial, y con un reposo aparente imposible para los novatos, el Sr. Crisparkle conduce a su pupilo a la agradable y ordenada habitación preparada para él. Una vez allí, el joven se arroja a una silla y, echando los brazos sobre su mesa de lectura, apoya la cabeza en ellos con aire de miserable autorreproche.

El amable canónigo menor ha pensado en salir de la habitación sin decir palabra. Pero al mirar hacia atrás desde la puerta, y ver esta figura abatida, regresa, la toca con mano suave y dice: «¡Buenas noches!». Un sollozo es su único reconocimiento. Podría haber tenido uno mucho peor; tal vez, podría haber tenido pocos mejores.

Otro golpe suave en la puerta exterior atrae su atención mientras baja las escaleras. Abre al Sr. Jasper, que sostiene en la mano el sombrero del pupilo.

«Hemos tenido una escena terrible con él», dice Jasper en voz baja.

«¿Ha sido tan mala como eso?».

«¡Criminal!».

El Sr. Crisparkle protesta: «No, no, no. No use palabras tan fuertes».

«Podría haber dejado a mi querido muchacho muerto a mis pies. No es culpa suya que no lo hiciera. De no haber sido porque yo fui, por la misericordia de Dios, rápido y fuerte con él, lo habría herido en mi propia casa».

La frase golpea en el blanco. «¡Ah!», piensa el Sr. Crisparkle, «¡sus propias palabras!».

«Al ver lo que he visto esta noche, y oír lo que he oído», añade Jasper, con gran seriedad, «nunca tendré paz mental cuando haya peligro de que esos dos se reúnan, sin nadie más que intervenga. Fue horrible. Hay algo de tigre en su sangre oscura».

«¡Ah!», piensa el Sr. Crisparkle, «¡eso mismo dijo él!».

«Usted, mi querido señor», prosigue Jasper, tomándole la mano, «incluso usted, ha aceptado una responsabilidad peligrosa».

«No tiene por qué temer por mí, Jasper», responde el Sr. Crisparkle con una sonrisa tranquila. «Yo no temo por mí mismo».

«Yo no temo por mí mismo», responde Jasper, enfatizando el último pronombre, «porque no soy, ni estoy en camino de ser, el objeto de su hostilidad. Pero usted puede serlo, y mi querido muchacho lo ha sido. ¡Buenas noches!».

El Sr. Crisparkle entra, con el sombrero que tan fácil, tan casi imperceptiblemente, ha adquirido el derecho a ser colgado en su vestíbulo; lo cuelga; y se va pensativo a la cama.

CAPÍTULO IX. LOS PÁJAROS EN EL ARBUSTO

Rosa, al no tener pariente que conociera en el mundo, no había conocido, desde el séptimo año de su edad, otro hogar que la Casa de las Monjas, y otra madre que la Srta. Twinkleton. Su recuerdo de su propia madre era el de una criatura bonita y pequeña como ella misma (no mucho mayor que ella, le parecía), a quien habían traído a casa en brazos de su padre, ahogada. El fatal accidente había ocurrido en una fiesta de placer. Cada pliegue y color del bonito vestido de verano, e incluso el largo cabello mojado, con pétalos dispersos de flores marchitas aún pegados a él, mientras la joven figura muerta yacía en su triste, triste belleza sobre la cama, estaban fijados indeleblemente en el recuerdo de Rosa. Lo mismo ocurría con la desesperación salvaje y el posterior dolor abatido de su pobre y joven padre, quien murió con el corazón roto en el primer aniversario de aquel duro día.

El compromiso de Rosa surgió del consuelo que le brindó durante su año de angustia mental su íntimo amigo y antiguo compañero de universidad, Drood, quien también había quedado viudo en su juventud. Pero él, también, recorrió el camino silencioso en el que convergen todas las peregrinaciones terrenales, unos antes y otros después; y así la joven pareja había llegado a ser lo que era.

La atmósfera de compasión que rodeaba a la pequeña niña huérfana cuando llegó por primera vez a Cloisterham nunca se había disipado. Había adquirido tonos más brillantes a medida que ella crecía, más feliz, más bonita; ahora había sido dorada, ahora rosada, y ahora azul; pero siempre la había adornado con alguna luz suave propia. El deseo general de consolarla y acariciarla había provocado que, al principio, se la tratara como a una niña mucho más pequeña de lo que dictaba su edad; el mismo deseo había provocado que se la siguiera mimando cuando ya no era una niña. Quién debía ser su favorita, quién debía anticiparse a este o aquel pequeño regalo, o hacerle este o aquel pequeño servicio; quién debía llevarla a casa durante las vacaciones; quién debía escribirle con más frecuencia cuando estaban separados, y a quién se alegraría más de ver de nuevo cuando se reunieran; incluso estas suaves rivalidades no estaban exentas de sus ligeros toques de amargura en la Casa de las Monjas. ¡Bien por las pobres monjas en sus tiempos, si no ocultaban disputas más duras bajo sus velos y rosarios!

Así, Rosa había crecido hasta convertirse en una pequeña criatura amable, atolondrada, obstinada y encantadora; consentida, en el sentido de contar con la bondad de todos a su alrededor; pero no en el sentido de retribuirla con indiferencia. Poseyendo un pozo inagotable de afecto en su naturaleza, sus aguas chispeantes habían refrescado e iluminado la Casa de las Monjas durante años, y sin embargo sus profundidades nunca habían sido movidas: qué podría suceder cuando eso ocurriera; qué cambios en desarrollo podrían caer sobre la cabeza descuidada y el corazón ligero, entonces; quedaba por verse.

Por qué medios la noticia de que había habido una pelea entre los dos jóvenes durante la noche, que implicaba incluso algún tipo de ataque del Sr. Neville a Edwin Drood, llegó al establecimiento de la Srta. Twinkleton antes del desayuno, es imposible decirlo. Si fue traída por los pájaros del aire, o si vino soplada con el mismo aire, cuando las ventanas de cristal se abrieron; si el panadero la trajo amasada en el pan, o el lechero la entregó como parte de la adulteración de su leche; o las criadas, sacudiendo el polvo de sus felpudos contra los postes de la puerta, la recibieron a cambio depositada en los felpudos por la atmósfera de la ciudad; lo cierto es que la noticia impregnó cada aguilón del antiguo edificio antes de que la Srta. Twinkleton estuviera abajo, y que la propia Srta. Twinkleton la recibió a través de la Sra. Tisher, mientras aún se estaba vistiendo; o (como podría haber expresado la frase ante un padre o tutor de inclinación mitológica) mientras sacrificaba a las Gracias.

El hermano de la Srta. Landless había arrojado una botella al Sr. Edwin Drood.

El hermano de la Srta. Landless había arrojado un cuchillo al Sr. Edwin Drood.

Un cuchillo se volvió sugerente de un tenedor; y el hermano de la Srta. Landless había arrojado un tenedor al Sr. Edwin Drood.

Al igual que en la precedencia rectora de Peter Piper, de quien se dice que recogió el montón de pimienta en escabeche, se consideraba físicamente deseable tener pruebas de la existencia del montón de pimienta en escabeche que se decía que Peter Piper había recogido; así, en este caso, se consideraba psicológicamente importante saber por qué el hermano de la Srta. Landless arrojó una botella, un cuchillo o un tenedor —o una botella, un cuchillo y un tenedor—, pues a la cocinera se le había dado a entender que fueron las tres cosas— al Sr. Edwin Drood.

Bien, pues. El hermano de la Srta. Landless había dicho que admiraba a la Srta. Bud. El Sr. Edwin Drood le había dicho al hermano de la Srta. Landless que no tenía por qué admirar a la Srta. Bud. El hermano de la Srta. Landless había entonces «alzado» (esta fue la información exacta de la cocinera) la botella, el cuchillo, el tenedor y la licorera (la licorera volando ahora con calma hacia la cabeza de todo el mundo, sin la menor presentación), y los había arrojado todos al Sr. Edwin Drood.

La pobre pequeña Rosa se metió un dedo índice en cada oreja cuando estos rumores comenzaron a circular, y se retiró a un rincón, suplicando que no le contaran nada más; pero la Srta. Landless, pidiendo permiso a la Srta. Twinkleton para ir a hablar con su hermano, y mostrando bastante claramente que lo tomaría si no se le daba, emprendió el camino más definido de ir a casa del Sr. Crisparkle para obtener información precisa.

Cuando regresó (tras haber estado primero a solas con la Srta. Twinkleton, para que cualquier cosa objetable en sus noticias pudiera ser retenida por ese filtro discreto), solo comunicó a Rosa lo que había sucedido; insistiendo con las mejillas encendidas en la provocación que había recibido su hermano, pero limitándola casi a esa última afrenta grave como colofón a «otras palabras entre ellos», y, por consideración a su nueva amiga, pasando ligeramente por alto el hecho de que las otras palabras se habían originado en que su amante se tomaba las cosas en general con demasiada facilidad. A Rosa directamente le trajo una petición de su hermano para que lo perdonara; y, tras haberla entregado con seriedad fraternal, puso fin al tema.

Estaba reservado para la Srta. Twinkleton suavizar la mente pública de la Casa de las Monjas. Esa dama, por lo tanto, entrando de manera majestuosa en lo que los plebeyos podrían haber llamado el aula, pero lo que, en el lenguaje patricio de la directora de la Casa de las Monjas, era eufemísticamente, por no decir de forma rebuscada, denominado «el apartamento destinado al estudio», y diciendo con aire forense: «¡Señoritas!», todas se levantaron. La Sra. Tisher se agrupó al mismo tiempo detrás de su jefa, representando a la primera amiga histórica femenina de la reina Isabel en el fuerte de Tilbury. La Srta. Twinkleton procedió entonces a señalar que el Rumor, Señoritas, había sido representado por el bardo de Avon —innecesario sería mencionar al inmortal SHAKESPEARE, también llamado el Cisne de su río natal, no improbablemente con alguna referencia a la antigua superstición de que ese pájaro de plumaje elegante (la Srta. Jennings tendrá la amabilidad de ponerse de pie) cantaba dulcemente ante la aproximación de la muerte, para lo cual no tenemos autoridad ornitológica—, el Rumor, Señoritas, había sido representado por ese bardo —¡ejem!—

«quien dibujó Al célebre judío»,

como pintado lleno de lenguas. El rumor en Cloisterham (la Srta. Ferdinand me honrará con su atención) no fue excepción al retrato que el gran pintor hizo del Rumor en otros lugares. Un ligero altercado entre dos jóvenes caballeros ocurrido anoche a menos de cien millas de estos pacíficos muros (la Srta. Ferdinand, siendo aparentemente incorregible, tendrá la amabilidad de escribir esta tarde, en la lengua original, las cuatro primeras fábulas de nuestro vivaz vecino, Monsieur La Fontaine) había sido muy gravemente exagerado por la voz del Rumor. Ante la primera alarma y ansiedad surgidas de nuestra simpatía por una dulce y joven amiga, no totalmente desvinculada de uno de los gladiadores en la arena incruenta en cuestión (la impropiedad de que la Srta. Reynolds aparezca apuñalándose la mano con un alfiler es demasiado obvia, y demasiado flagrantemente poco femenina, para ser señalada), descendimos de nuestra elevación virginal para discutir este tema desagradable e inadecuado. Habiéndonos asegurado las investigaciones responsables de que no fue más que uno de esos «aires de nada» señalados por el Poeta (cuyo nombre y fecha de nacimiento la Srta. Giggles suministrará en media hora), descartaríamos ahora el tema y concentraríamos nuestras mentes en las gratas labores del día.

Pero el tema sobrevivió todo el día, sin embargo, de tal manera que la Srta. Ferdinand se metió en nuevos problemas al ponerse subrepticiamente un bigote de papel a la hora de la cena y hacer los ademanes de apuntar con una botella de agua a la Srta. Giggles, quien sacó una cuchara en defensa.

Ahora bien, Rosa pensó mucho en esta desafortunada pelea, y pensó en ello con la incómoda sensación de que estaba involucrada en ella, como causa, o consecuencia, o lo que fuera, por estar en una posición falsa en cuanto a su compromiso matrimonial. Nunca libre de tal inquietud cuando estaba con su prometido, no era probable que estuviera libre de ella cuando estaban separados. Hoy, además, estaba encerrada en sí misma y privada del alivio de hablar libremente con su nueva amiga, porque la pelea había sido con el hermano de Helena, y Helena evitaba descaradamente el tema como algo delicado y difícil para ella. En este momento crítico, más que nunca, se anunció que el tutor de Rosa había venido a verla.

El señor Grewgious había sido bien elegido para su cometido, como un hombre de integridad incorruptible, pero ciertamente no por ninguna otra cualidad apropiada que pudiera discernirse a simple vista. Era un hombre árido y arenoso que, si se le hubiera metido en un molino, habría dado la impresión de que se habría convertido de inmediato en rapé seco. Tenía un cabello ralo y lacio, de un color y una consistencia parecidos a los de una estola de piel amarilla y sarnosa; era tan poco parecido al cabello que habría tenido que ser una peluca, de no ser por la estupenda improbabilidad de que alguien luciera voluntariamente semejante cabeza. El escaso juego de facciones que su rostro presentaba estaba tallado profundamente en él, en unas pocas curvas duras que lo hacían parecer más una obra de artesanía; y tenía ciertas muescas en la frente que parecían indicar que la Naturaleza había estado a punto de dotarlas de sensibilidad o refinamiento cuando, impaciente, arrojó el cincel y dijo: «Realmente no puedo molestarme en terminar a este hombre; déjenlo estar como está».

Con una longitud de cuello excesiva en su parte superior y demasiada prominencia de tobillo y talón en la inferior; con un aire torpe y vacilante; con un andar desgarbado; y con lo que se llama vista corta —que tal vez le impedía observar cuánto calcetín de algodón blanco mostraba a la mirada pública, en contraste con su traje negro—, el señor Grewgious aún poseía una extraña capacidad para causar, en conjunto, una impresión agradable.

El señor Grewgious fue descubierto por su pupila, muy desconcertado por encontrarse en compañía de la señorita Twinkleton en la propia habitación sagrada de esta última. Sombríos presentimientos de ser examinado sobre algo y no salir bien librado parecían oprimir al pobre caballero cuando se le hallaba en tales circunstancias.

—Querida, ¿cómo estás? Me alegra verte. Querida, cuánto has mejorado. Permíteme ofrecerte una silla, querida.

La señorita Twinkleton se levantó de su pequeño escritorio, diciendo, con una dulzura general, como dirigida al cortés Universo: «¿Me permitirán retirarme?».

—De ninguna manera, señora, por mi causa. Le ruego que no se mueva.

—Debo suplicar permiso para moverme —respondió la señorita Twinkleton, repitiendo la palabra con una gracia encantadora—; pero no me retiraré, ya que es usted tan amable. Si traslado mi escritorio a esta ventana de la esquina, ¿estorbaré?

—¡Señora! ¡Cómo iba a estorbar!

—Es usted muy amable. Rosa, querida, estarás sin ninguna restricción, estoy segura.

Aquí el señor Grewgious, dejado junto al fuego con Rosa, dijo de nuevo: «Querida, ¿cómo estás? Me alegra verte, querida». Y tras esperar a que ella se sentara, se sentó él mismo.

—Mis visitas —dijo el señor Grewgious— son como las de los ángeles; no es que me compare a mí mismo con un ángel.

—No, señor —dijo Rosa.

—De ninguna manera —asintió el señor Grewgious—. Simplemente me refiero a mis visitas, que son pocas y distantes entre sí. Los ángeles, lo sabemos muy bien, están arriba.

La señorita Twinkleton miró a su alrededor con una especie de mirada rígida.

—Me refiero, querida —dijo el señor Grewgious, poniendo su mano sobre la de Rosa, mientras la posibilidad de parecer tomarse la terrible libertad de llamar «querida» a la señorita Twinkleton le recorría el cuerpo—, me refiero a las otras señoritas.

La señorita Twinkleton reanudó su escritura.

El señor Grewgious, con la sensación de no haber gestionado su punto inicial con tanta pulcritud como hubiera deseado, se alisó la cabeza de atrás hacia adelante como si acabara de sumergirse y estuviera escurriéndose el agua —este gesto de alisado, aunque superfluo, era habitual en él—, y sacó una cartera del bolsillo de su abrigo y un trozo de lápiz de mina de plomo del bolsillo de su chaleco.

—Hice —dijo, pasando las hojas—: hice un memorando guía o algo así, como suelo hacer, pues no poseo facultades conversacionales en absoluto, al cual, con su permiso, querida, haré referencia. «Bien y feliz». Verdaderamente. ¿Estás bien y feliz, querida? Eso parece.

—Sí, ciertamente, señor —respondió Rosa.

—Por lo cual —dijo el señor Grewgious, inclinando la cabeza hacia la ventana de la esquina—, nuestros más cálidos agradecimientos son debidos, y estoy seguro de que se le ofrecen, a la bondad maternal y al constante cuidado y consideración de la dama a quien ahora tengo el honor de ver ante mí.

Este punto, de nuevo, tuvo una partida coja por parte del señor Grewgious y nunca llegó a su destino, pues la señorita Twinkleton, sintiendo que las cortesías requerían que ella estuviera a esas alturas completamente fuera de la conversación, estaba mordiendo el extremo de su pluma y mirando hacia arriba, como esperando el descenso de una idea de cualquier miembro de las Nueve Celestiales que pudiera tener alguna de sobra.

El señor Grewgious se alisó de nuevo la cabeza lisa y luego hizo otra referencia a su cartera, tachando «bien y feliz» como un asunto resuelto.

—«Libras, chelines y peniques» es mi siguiente nota. Un tema árido para una señorita, pero un tema importante también. La vida es libras, chelines y peniques. La muerte es... —Un repentino recuerdo de la muerte de sus dos padres pareció detenerlo, y dijo con un tono más suave, e insertando evidentemente la negativa como una ocurrencia tardía—: La muerte no es libras, chelines y peniques.

Su voz era tan dura y seca como él mismo, y la Fantasía podría haberla molido directamente, como a él, hasta convertirla en rapé seco. Y, sin embargo, a través de los muy limitados medios de expresión que poseía, parecía expresar bondad. Si la Naturaleza lo hubiera terminado de pulir, la bondad podría haber sido reconocible en su rostro en este momento. Pero si las muescas en su frente no se fundían y si su rostro trabajaba pero no podía jugar, ¿qué podía hacer, pobre hombre!

—«Libras, chelines y peniques». ¿Encuentras tu asignación siempre suficiente para tus necesidades, querida?

Rosa no necesitaba nada, por lo tanto, era suficiente.

—¿Y no estás endeudada?

Rosa se rio ante la idea de estar endeudada. Le pareció, a su inexperiencia, un capricho cómico de la imaginación. El señor Grewgious estiró su vista corta para asegurarse de que esa era su visión del asunto.

—¡Ah! —dijo como comentario, con una mirada furtiva hacia la señorita Twinkleton, y tachando libras, chelines y peniques—: ¡Dije que había llegado entre los ángeles! ¡Y así fue!

Rosa sintió lo que sería su siguiente memorando, y se sonrojaba y doblaba un pliegue en su vestido con una mano avergonzada mucho antes de que él lo encontrara.

—«Matrimonio». ¡Ejem! —El señor Grewgious llevó su mano alisadora sobre sus ojos y nariz, e incluso su barbilla, antes de acercar un poco más su silla y hablar de forma un poco más confidencial—: Toco ahora, querida, el punto que es la causa directa de que te moleste con esta visita. De otro modo, siendo un hombre particularmente Angular, no habría irrumpido aquí. Soy el último hombre en irrumpir en una esfera para la que soy tan completamente inadecuado. Me siento, en estas instalaciones, como si fuera un oso —con calambres— en un cotillón juvenil.

Su falta de gracia le dio suficiente aire de su símil como para hacer que Rosa se echara a reír de buena gana.

—Te causa la misma impresión —dijo el señor Grewgious, con perfecta calma—. Exactamente. Volviendo a mi memorando. El señor Edwin ha estado yendo y viniendo aquí, como se acordó. Has mencionado eso en tus cartas trimestrales a mí. Y tú le gustas a él, y él te gusta a ti.

—Me gusta mucho, señor —replicó Rosa.

—Eso mismo dije, querida —respondió su tutor, para cuyos oídos el énfasis tímido era demasiado sutil—. Bien. Y os carteáis.

—Nos escribimos el uno al otro —dijo Rosa, haciendo un puchero al recordar sus diferencias epistolares.

—Tal es el significado que atribuyo a la palabra «corresponder» en esta aplicación, querida —dijo el señor Grewgious—. Bien. Todo va bien, el tiempo avanza, y en estas próximas fechas navideñas será necesario, como una cuestión de forma, dar a la ejemplar dama de la ventana de la esquina, a quien tanto debemos, aviso formal de tu partida en el semestre siguiente. Tus relaciones con ella son mucho más que relaciones comerciales, sin duda; pero un residuo de negocio permanece en ellas, y los negocios son siempre negocios. Soy un hombre particularmente Angular —prosiguió el señor Grewgious, como si de repente se le ocurriera mencionarlo—, y no estoy acostumbrado a regalar nada. Si, por estas dos razones, algún apoderado competente pudiera entregarte, me parecería muy amable.

Rosa dio a entender, con los ojos en el suelo, que pensaba que se podría encontrar un sustituto, si fuera necesario.

—Seguramente, seguramente —dijo el señor Grewgious—. Por ejemplo, el caballero que enseña danza aquí: él sabría cómo hacerlo con elegante propiedad. Avanzaría y retrocedería de una manera satisfactoria para los sentimientos del clérigo oficiante, los tuyos, los del novio y todas las partes interesadas. Soy... soy un hombre particularmente Angular —dijo el señor Grewgious, como si hubiera decidido finalmente soltarlo—: y solo cometería torpezas.

Rosa permaneció quieta y silenciosa. Tal vez su mente aún no había llegado tan lejos como a la ceremonia, sino que se rezagaba en el camino.

—Memorando, «Testamento». Ahora, querida —dijo el señor Grewgious, refiriéndose a sus notas, descartando el «Matrimonio» con su lápiz, y sacando un papel de su bolsillo—; aunque ya te he puesto al tanto del contenido del testamento de tu padre, creo correcto en este momento dejar una copia certificada del mismo en tus manos. Y aunque el señor Edwin también es consciente de su contenido, creo correcto en este momento colocar asimismo una copia certificada en manos del señor Jasper...

—¡No en las suyas! —preguntó Rosa, levantando la vista rápidamente—. ¿No puede ir la copia a Eddy mismo?

—Pues, sí, querida, si lo deseas particularmente; pero hablé del señor Jasper como su fideicomisario.

—Lo deseo particularmente, por favor —dijo Rosa, rápida y seriamente—; no me gusta que el señor Jasper se interponga entre nosotros, de ninguna manera.

—Es natural, supongo —dijo el señor Grewgious—, que tu joven esposo sea todo para ti. Sí. Observas que digo «supongo». El hecho es que soy un hombre particularmente Antinatural y no lo sé por experiencia propia.

Rosa lo miró con cierto asombro.

—Quiero decir —explicó él—, que las formas de los jóvenes nunca fueron mis formas. Fui el único descendiente de padres de edad avanzada, y casi creo que nací ya avanzado en edad. No se pretende ninguna personalidad hacia el nombre que tan pronto cambiarás, cuando observo que mientras el crecimiento general de las personas parece haber venido a la existencia como brotes, yo parezco haber venido a la existencia como una astilla. Era una astilla —y muy seca— cuando me di cuenta de mí mismo por primera vez. Respecto a la otra copia certificada, se cumplirá tu deseo. Respecto a tu herencia, creo que lo sabes todo. Es una anualidad de doscientas cincuenta libras. Los ahorros de esa anualidad, y algunos otros conceptos a tu favor, todos debidamente contabilizados, con justificantes, te pondrán en posesión de una suma global de dinero que supera ligeramente las mil setecientas libras. Estoy facultado para adelantar el costo de tus preparativos para el matrimonio de ese fondo. Todo está dicho.

—¿Querría decirme —dijo Rosa, tomando el papel con el ceño graciosamente fruncido, pero sin abrirlo—: si estoy en lo cierto en lo que voy a decir? Puedo entender lo que me dice, mucho mejor que lo que leo en documentos legales. Mi pobre papá y el padre de Eddy hicieron su acuerdo juntos, como amigos muy queridos, firmes y estrechos, para que nosotros, también, pudiéramos ser muy queridos, firmes y estrechos amigos después de ellos?

—Exactamente.

—¿Para el bien duradero de ambos y la felicidad duradera de ambos?

—Exactamente.

—¿Para que pudiéramos ser el uno para el otro incluso mucho más de lo que ellos fueron el uno para el otro?

—Exactamente.

—No estaba obligado a Eddy, y no estaba obligado a mí, por ningún castigo, en caso de que...

—No te agites, querida. En el caso de que —lo cual trae lágrimas a tus afectuosos ojos incluso imaginarlo— en el caso de que no os caséis el uno con el otro, no, ningún castigo por ninguna parte. Habrías sido mi pupila hasta alcanzar la mayoría de edad. Nada peor te habría ocurrido. ¡Bastante malo, tal vez!

—¿Y Eddy?

—Él habría entrado en su asociación derivada de su padre, y en sus atrasos a su favor (si los hubiera), al alcanzar su mayoría de edad, igual que ahora.

Rosa, con su rostro perplejo y el ceño fruncido, mordió la esquina de su copia certificada, mientras se sentaba con la cabeza ladeada, mirando distraídamente el suelo y alisándolo con el pie.

—En resumen —dijo el señor Grewgious—, este compromiso es un deseo, un sentimiento, un proyecto amistoso, expresado tiernamente por ambas partes. Que se sintió con fuerza, y que hubo una viva esperanza de que prosperara, no puede haber duda. Cuando ambos erais niños, empezasteis a acostumbraros a ello, y ha prosperado. Pero las circunstancias alteran los casos; y hice esta visita hoy, en parte, de hecho principalmente, para descargarme del deber de decirte, querida, que dos jóvenes solo pueden comprometerse en matrimonio (excepto como una cuestión de conveniencia, y por tanto de burla y miseria) por su propia libre voluntad, su propio afecto y su propia seguridad (puede resultar o no un error, pero debemos arriesgarnos a eso) de que son el uno para el otro y de que se harán felices mutuamente. ¿Se ha de suponer, por ejemplo, que si alguno de vuestros padres viviera ahora, y tuviera alguna desconfianza sobre ese tema, su mente no cambiaría por el cambio de circunstancias que implica el cambio de vuestros años? ¡Insostenible, irrazonable, inconcluyente y absurdo!

El señor Grewgious dijo todo esto como si lo estuviera leyendo en voz alta; o, aún más, como si estuviera repitiendo una lección. Tan carentes de cualquier acercamiento a la espontaneidad eran su rostro y sus modales.

—Ahora, querida —añadió, borrando «Testamento» con su lápiz—, me he descargado de lo que es sin duda un deber formal en este caso, pero aún así un deber en tal caso. Memorando, «Deseos». Querida, ¿hay algún deseo tuyo que pueda fomentar?

Rosa negó con la cabeza, con un aire casi lastimero de vacilación por falta de ayuda.

—¿Hay alguna instrucción que pueda tomar de ti con referencia a tus asuntos?

—Yo... me gustaría resolverlos primero con Eddy, si le parece bien —dijo Rosa, trenzando el pliegue de su vestido.

—Seguramente, seguramente —respondió el señor Grewgious—. Vosotros dos deberíais ser de una misma opinión en todas las cosas. ¿Se espera al joven en breve?

—Se ha ido esta misma mañana. Volverá en Navidad.

—Nada podría suceder mejor. Tú, a su regreso en Navidad, arreglarás todos los asuntos de detalle con él; entonces te comunicarás conmigo; y yo me descargaré (como un simple conocido de negocios) de mis responsabilidades comerciales hacia la consumada dama de la ventana de la esquina. Se acumularán en esa temporada. —Borrando con el lápiz una vez más—. Memorando, «Partida». Sí. Ahora, querida, me despediré.

—¿Podría —dijo Rosa, levantándose, mientras él se sacudía al salir de su silla a su manera desgarbada—: podría pedirle, muy amablemente, que viniera a verme en Navidad, si tuviera algo particular que decirle?

—Pues, ciertamente, ciertamente —respondió, aparentemente —si es que puede usarse tal palabra para alguien que no tenía luces ni sombras aparentes a su alrededor— halagado por la pregunta—. Como hombre particularmente Angular, no encajo suavemente en el círculo social y, por consiguiente, no tengo otro compromiso en Navidad que participar, el veinticinco, de un pavo hervido con salsa de apio con un... con un empleado particularmente Angular que tengo la buena fortuna de poseer, cuyo padre, siendo un granjero de Norfolk, me lo envía (el pavo arriba), como regalo, desde los alrededores de Norwich. Estaría muy orgulloso de que desearas verme, querida. Como receptor profesional de rentas, tan pocas personas desean verme, que la novedad sería tonificante.

Por su pronta aquiescencia, la agradecida Rosa puso sus manos sobre sus hombros, se puso de puntillas e instantáneamente le dio un beso.

—¡Dios me bendiga! —exclamó el señor Grewgious—. ¡Gracias, querida! El honor es casi igual al placer. Señorita Twinkleton, señora, he tenido una conversación muy satisfactoria con mi pupila, y ahora la liberaré de la incomodidad de mi presencia.

—No, señor —respondió la señorita Twinkleton, levantándose con una amable condescendencia—: no diga incomodidad. No es así, de ninguna manera. No puedo permitirle que diga eso.

—Gracias, señora. He leído en los periódicos —dijo el señor Grewgious, tartamudeando un poco—, que cuando un visitante distinguido (no es que yo lo sea: ni mucho menos) va a una escuela (no es que esta lo sea: ni mucho menos), pide un día festivo, o algún tipo de gracia. Siendo ya tarde en el... Colegio... del cual usted es la eminente directora, las señoritas podrían no ganar nada, excepto en el nombre, por tener el resto del día permitido. Pero si hay alguna señorita bajo una nube, ¿podría solicitar...?

—¡Ah, señor Grewgious, señor Grewgious! —exclamó la señorita Twinkleton, con un dedo índice castamente burlón—. ¡Oh, ustedes los caballeros, ustedes los caballeros! ¡Qué vergüenza que sean tan duros con nosotras, pobres disciplinadoras de nuestro sexo, por su bien! Pero como la señorita Ferdinand está actualmente agobiada por un íncubo —la señorita Twinkleton podría haber dicho un íncubo de pluma y tinta de escribir a Monsieur La Fontaine—, ve con ella, Rosa querida, y dile que la penalización es remitida, en deferencia a la intercesión de tu tutor, el señor Grewgious.

La señorita Twinkleton logró aquí una reverencia, sugerente de maravillas ocurriendo en sus respetadas piernas, y de la que salió noblemente, tres yardas detrás de su punto de partida.

Como consideraba que era su deber visitar al señor Jasper antes de abandonar Cloisterham, el señor Grewgious fue a la casa de la puerta y subió su escalera lateral. Pero estando la puerta del señor Jasper cerrada, y presentando en un trozo de papel la palabra «Catedral», el hecho de que era hora de servicio llegó a la mente del señor Grewgious. Así que bajó la escalera de nuevo y, cruzando el recinto, se detuvo ante la gran puerta plegable occidental de la Catedral, que permanecía abierta en la hermosa y brillante, aunque corta, tarde, para la ventilación del lugar.

—Dios mío —dijo el señor Grewgious, mirando hacia adentro—, es como mirar por la garganta del Viejo Tiempo.

El Viejo Tiempo lanzó un suspiro mohoso desde la tumba, el arco y la bóveda; y sombras lúgubres comenzaron a profundizarse en los rincones; y humedades comenzaron a subir de los parches verdes de piedra; y las joyas, proyectadas sobre el pavimento de la nave desde las vidrieras por el sol declinante, comenzaron a perecer. Dentro de la verja del presbiterio, subiendo los escalones coronados amenazadoramente por el órgano que se oscurecía rápidamente, las túnicas blancas podían verse tenuemente, y una voz débil, subiendo y bajando en un murmullo agrietado y monótono, podía escucharse débilmente a intervalos. En el aire libre, el río, los pastos verdes y las tierras de cultivo marrones, las colinas y valles rebosantes, estaban enrojecidos por el atardecer: mientras las pequeñas ventanas distantes en los molinos de viento y las granjas, brillaban, parches de oro batido brillante. En la Catedral, todo se volvió gris, turbio y sepulcral, y el murmullo agrietado y monótono continuó como una voz moribunda, hasta que el órgano y el coro estallaron y la ahogaron en un mar de música. Entonces, el mar cayó, y la voz moribunda hizo otro esfuerzo débil, y luego el mar se elevó alto, y golpeó su vida, y azotó el techo, y surgió entre los arcos, y atravesó las alturas de la gran torre; y entonces el mar se secó, y todo quedó en silencio.

El señor Grewgious había llegado para entonces a los escalones del presbiterio, donde se encontró con las aguas vivas que salían.

—¿No ocurre nada? —le abordó Jasper, con bastante rapidez—. ¿No le han mandado llamar?

—En absoluto, en absoluto. Vine por mi propia voluntad. He estado en casa de mi bella pupila, y ahora voy camino de casa de nuevo.

—¿La encontró floreciente?

—Floreciente, de hecho. Muy floreciente. Simplemente vine a decirle, seriamente, qué es un compromiso por parte de padres fallecidos.

—¿Y qué es —según su juicio?

El señor Grewgious notó la blancura de los labios que hacían la pregunta, y la atribuyó a la cuenta escalofriante de la Catedral.

—Simplemente vine a decirle que no puede considerarse vinculante, frente a cualquier razón para su disolución como la falta de afecto, o falta de disposición para llevarlo a efecto, por parte de cualquiera de los dos.

—¿Puedo preguntar si tuvo alguna razón especial para decirle eso?

El señor Grewgious respondió de manera algo cortante: —La razón especial de cumplir con mi deber, señor. Simplemente eso. —Luego añadió—: Vamos, señor Jasper; conozco su afecto por su sobrino y que usted se siente rápidamente afectado en su nombre. Le aseguro que esto no implica la menor duda ni falta de respeto hacia su sobrino.

—No podría —respondió Jasper, con una presión amistosa en su brazo, mientras caminaban uno al lado del otro—, hablar con mayor caballerosidad.

El señor Grewgious se quitó el sombrero para alisarse la cabeza y, tras haberlo hecho, la inclinó con satisfacción y volvió a ponerse el sombrero.

—Apostaré —dijo Jasper, sonriendo (sus labios seguían tan blancos que él era consciente de ello, y los mordió y humedeció mientras hablaba)—: apostaré a que ella no insinuó ningún deseo de ser liberada de Ned.

—Y ganará su apuesta, si lo hace —replicó el señor Grewgious—. Supongo que deberíamos dejar un margen para las pequeñas delicadezas propias de una joven sin madre, en tales circunstancias; no es mi especialidad; ¿qué piensa usted?

—No cabe duda de ello.

—Me alegra que diga eso. Porque —continuó el señor Grewgious, quien durante todo este tiempo había estado buscando muy astutamente la manera de actuar basándose en su recuerdo de lo que ella había dicho del propio Jasper—: porque parece tener un pequeño instinto delicado de que todos los preparativos preliminares deberían hacerse mejor entre el señor Edwin Drood y ella misma, ¿no lo ve? Ella no nos quiere a nosotros, ¿sabe?

Jasper se tocó el pecho y dijo, algo confusamente: —Se refiere a mí.

El señor Grewgious se tocó el pecho y dijo: —Me refiero a nosotros. Por lo tanto, dejemos que tengan sus pequeñas discusiones y consejos juntos cuando el señor Edwin Drood regrese aquí en Navidad; y entonces usted y yo intervendremos y daremos los toques finales al asunto.

—Entonces, ¿acordó con ella que volvería en Navidad? —observó Jasper—. ¡Ya veo! Señor Grewgious, como usted muy justamente dijo hace un momento, existe un vínculo tan excepcional entre mi sobrino y yo, que soy más sensible por el querido, afortunado, feliz, feliz muchacho que por mí mismo. Pero es justo que la joven sea considerada, como usted ha señalado, y que yo acepte mi directriz de usted. La acepto. Entiendo que en Navidad completarán sus preparativos para mayo, que su matrimonio será puesto en marcha finalmente por ellos mismos, y que no quedará nada para nosotros más que ponernos en marcha también y tener todo listo para nuestra liberación formal de nuestras responsabilidades, en el cumpleaños de Edwin.

—Ese es mi entendimiento —asintió el señor Grewgious, mientras se daban la mano para despedirse—. ¡Que Dios los bendiga a ambos!

—¡Que Dios los salve a ambos! —exclamó Jasper.

—Dije, bendígalos —comentó el primero, mirando por encima del hombro.

—Dije, sálvelos —respondió el segundo—. ¿Hay alguna diferencia?

CAPÍTULO X. SUAVIZANDO EL CAMINO

Se ha observado con suficiente frecuencia que las mujeres poseen un curioso poder para adivinar el carácter de los hombres, el cual parecería ser innato e instintivo; dado que se llega a él sin ningún proceso paciente de razonamiento, que no puede dar cuenta de sí mismo de manera satisfactoria o suficiente, y que se pronuncia de la manera más confiada incluso contra la observación acumulada por parte del otro sexo. Pero no se ha observado con tanta frecuencia que este poder (falible, como cualquier otro atributo humano) es en su mayor parte absolutamente incapaz de auto-revisión; y que cuando ha emitido una opinión adversa que, según todas las luces humanas, se demuestra posteriormente que ha fallado, es indistinguible del prejuicio, respecto a su determinación de no ser corregida. Es más, la propia posibilidad de contradicción o refutación, por remota que sea, comunica a este juicio femenino desde el principio, en nueve de cada diez casos, la debilidad inherente al testimonio de un testigo interesado; tan personal y fuertemente se conecta la bella adivina con su propia adivinación.

—Ahora, ¿no cree, querida madre —dijo el Canónigo Menor a su madre un día mientras ella estaba sentada tejiendo en su pequeña sala de libros—, que es usted bastante dura con el señor Neville?

—No, no lo soy, Sept —respondió la anciana.

—Discutámoslo, madre.

—No tengo inconveniente en discutirlo, Sept. Confío, querido, en que siempre estoy abierta a la discusión. —Hubo una vibración en la cofia de la anciana, como si internamente añadiera: «¡y me gustaría ver la discusión que me hiciera cambiar de opinión!».

—Muy bien, madre —dijo su conciliador hijo—. No hay nada como estar abierto a la discusión.

—Eso espero, querido —respondió la anciana, evidentemente cerrada a ella.

—¡Bien! El señor Neville, en esa desafortunada ocasión, se compromete bajo provocación.

—Y bajo vino caliente —añadió la anciana.

—Debo admitir lo del vino. Aunque creo que los dos jóvenes eran muy parecidos en ese aspecto.

—Yo no lo creo —dijo la anciana.

—¿Por qué no, madre?

—Porque no —dijo la anciana—. Aun así, estoy totalmente abierta a la discusión.

—Pero, querida madre, no veo cómo vamos a discutir si adopta usted esa postura.

—Culpe al señor Neville por ello, Sept, y no a mí —dijo la anciana, con severidad señorial.

—¡Querida madre! ¿Por qué el señor Neville?

—Porque —dijo la señora Crisparkle, retirándose a sus principios fundamentales—, llegó a casa intoxicado, desacreditó enormemente esta casa y mostró una gran falta de respeto a esta familia.

—Eso no se puede negar, madre. Él estaba entonces, y lo está ahora, muy arrepentido por ello.

—Si no hubiera sido por la consideración bien educada del señor Jasper al venir a verme, al día siguiente, después del servicio, en la propia Nave, con su toga aún puesta, y expresando su esperanza de que yo no me hubiera alarmado mucho o que mi descanso no hubiera sido violentamente interrumpido, creo que nunca me habría enterado de esa vergonzosa transacción —dijo la anciana.

—Para ser sincero, madre, creo que debería haberle ocultado esto si hubiera podido: aunque no me había decidido resueltamente. Seguía a Jasper para conferenciar con él sobre el tema, y para considerar la conveniencia de que él y yo ocultáramos juntos el asunto por todas las razones, cuando lo encontré hablando con usted. Entonces fue demasiado tarde.

—Demasiado tarde, en efecto, Sept. Él todavía estaba tan pálido como las cenizas de un caballero ante lo que había ocurrido en sus habitaciones durante la noche.

—Si se lo hubiera ocultado, madre, puede estar segura de que habría sido por su paz y tranquilidad, y por el bien de los jóvenes, y en mi mejor cumplimiento de mi deber según mis luces.

La anciana cruzó inmediatamente la habitación y lo besó, diciendo: —Por supuesto, querido Sept, estoy segura de ello.

—Sin embargo, se convirtió en la comidilla de la ciudad —dijo el señor Crisparkle, frotándose la oreja, mientras su madre retomaba su asiento y su tejido—, y escapó de mi control.

—Y dije entonces, Sept —respondió la anciana—, que pensaba mal del señor Neville. Y digo ahora que pienso mal del señor Neville. Y dije entonces, y digo ahora, que espero que el señor Neville llegue a buen término, pero no creo que lo haga. —Aquí la cofia volvió a vibrar considerablemente.

—Siento oírle decir eso, madre...

—Siento tener que decirlo, querido —interpuso la anciana, tejiendo con firmeza—, pero no puedo evitarlo.

—Porque —continuó el Canónigo Menor—, es innegable que el señor Neville es extraordinariamente trabajador y atento, y que mejora rápidamente, y que tiene —espero que pueda decir— un afecto por mí.

—No hay mérito en el último punto, querido —dijo la anciana rápidamente—; y si él dice que lo hay, pienso peor de él por su presunción.

—Pero, querida madre, él nunca dijo que lo hubiera.

—Quizás no —respondió la anciana—; aun así, no veo que signifique gran cosa.

No hubo impaciencia en la mirada agradable con la que el señor Crisparkle contemplaba la bonita pieza de porcelana antigua mientras tejía; pero existía, ciertamente, un sentido humorístico de que no era una pieza de porcelana con la que discutir muy de cerca.

—Además, Sept, pregúntese qué sería él sin su hermana. Usted sabe qué influencia tiene ella sobre él; sabe qué capacidad tiene; sabe que todo lo que lee con usted, lo lee con ella. Déle su parte justa de elogios y, ¿cuánto le queda a él?

Ante estas palabras, el señor Crisparkle cayó en una pequeña ensoñación, en la que pensó en varias cosas. Pensó en las veces que había visto a los hermanos juntos en profunda conversación sobre uno de sus propios libros antiguos de la universidad; ahora, en las escarchadas mañanas, cuando realizaba esas peregrinaciones de perfeccionamiento a Cloisterham Weir; ahora, en las sombrías tardes, cuando enfrentaba el viento al atardecer, tras haber subido a su mirador favorito, un fragmento sobresaliente de las ruinas del monasterio; y las dos figuras estudiosas pasaban por debajo de él a lo largo de la margen del río, en el cual los fuegos y luces de la ciudad ya brillaban, haciendo el paisaje más desolado. Pensó en cómo la conciencia se había apoderado de él de que al enseñar a uno, estaba enseñando a dos; y cómo casi insensiblemente había adaptado sus explicaciones a ambas mentes: aquella con la que la suya estaba diariamente en contacto, y aquella a la que solo se acercaba a través de ella. Pensó en los chismes que le habían llegado de la Casa de las Monjas, en el sentido de que Helena, a quien él había desconfiado por ser tan orgullosa y feroz, se sometía a la hada-novia (como él la llamaba), y aprendía de ella lo que sabía. Pensó en la pintoresca alianza entre esos dos, externamente tan muy diferentes. Pensó —quizás sobre todo— ¿podría ser que estas cosas tuvieran aún solo unas pocas semanas de antigüedad, y se hubieran convertido en una parte integral de su vida?

Como, cada vez que el reverendo Septimus caía en cavilaciones, su buena madre lo tomaba como una señal infalible de que "necesitaba apoyo", la floreciente anciana se daba toda la prisa hacia el armario del comedor, para producir de él el apoyo materializado en una copa de Constantia y una galleta casera. Era un armario de lo más maravilloso, digno de Cloisterham y de Minor Canon Corner. Encima, un retrato de Handel con una peluca ondulada resplandecía hacia el espectador, con un aire entendido de conocer el contenido del armario, y un aire musical de intentar combinar todas sus armonías en una deliciosa fuga. No era un armario común con una puerta vulgar sobre bisagras, abrible de una vez y sin dejar nada por revelar gradualmente, este raro armario tenía una cerradura en el aire, donde dos correderas perpendiculares se encontraban; una cayendo hacia abajo y la otra empujando hacia arriba. La corredera superior, al ser bajada (dejando la inferior como un doble misterio), revelaba profundos estantes de tarros de encurtidos, botes de mermelada, latas de metal, cajas de especias y recipientes agradablemente extravagantes de azul y blanco, el delicioso alojamiento de tamarindos y jengibre en conserva. Cada habitante benevolente de este refugio tenía su nombre inscrito sobre su estómago. Los encurtidos, con un uniforme de rico abrigo de doble botonadura marrón, y calzones amarillos o de un color gris sombrío, anunciaban sus formas robustas, en mayúsculas impresas, como Nuez, Pepinillo, Cebolla, Col, Coliflor, Mezclados y otros miembros de esa noble familia. Las mermeladas, por ser de un temperamento menos masculino y por llevar rulos, se anunciaban en caligrafía femenina, como un suave susurro, para ser Frambuesa, Grosella, Albaricoque, Ciruela, Damasco, Manzana y Melocotón. Cerrándose la escena sobre estos encantos, y ascendiendo la corredera inferior, se revelaban naranjas, atendidas por una poderosa caja de azúcar lacada, para atemperar su acritud si no estaban maduras. Las galletas caseras esperaban en la Corte de estos Poderes, acompañadas por un buen fragmento de pastel de ciruelas y varios dedos de dama delgados, para ser sumergidos en vino dulce y besados. Más abajo de todo, una bóveda de plomo compacta consagraba el vino dulce y un surtido de cordiales: de donde emanaban susurros de Naranja de Sevilla, Limón, Almendra y Semilla de Alcaravea. Había un aire culminante sobre este armario de armarios, de haber sido durante siglos susurrado por la campana y el órgano de la Catedral, hasta que esas abejas venerables habían hecho miel sublimada de todo lo almacenado; y siempre se observaba que cada sumergidor entre los estantes (profundos, como se ha notado, y tragándose cabeza, hombros y codos) salía de nuevo con la cara melosa, y pareciendo haber experimentado una transfiguración sacarina.

El reverendo Septimus se entregó como una víctima tan dispuesta a un nauseabundo armario de hierbas medicinales, también presidido por la pastora de porcelana, como a este glorioso armario. ¡A qué asombrosas infusiones de genciana, menta, alelí, salvia, perejil, tomillo, ruda, romero y diente de león se sometía su valiente estómago! ¡En qué maravillosos envoltorios, que encerraban capas de hojas secas, envolvía su cara sonrosada y satisfecha, si su madre sospechaba que tenía dolor de muelas! ¡Qué manchas botánicas pegaba alegremente en su mejilla o frente, si la querida anciana lo declaraba culpable de un grano imperceptible allí! A este penitenciario herbáceo, situado en un rellano superior de la escalera: una celda baja y estrecha encalada, donde racimos de hojas secas colgaban de ganchos oxidados en el techo, y estaban esparcidos sobre estantes, en compañía de botellas portentosas: sería conducido sumisamente el reverendo Septimus, como el cordero altamente popular que ha sido conducido durante tanto tiempo y sin resistencia al matadero, y allí, a diferencia de ese cordero, no aburriría a nadie más que a sí mismo. Ni siquiera haciendo tanto, con tal de que la anciana estuviera ocupada y complacida, tragaría tranquilamente lo que se le daba, limitándose a tomar un chapuzón correctivo de manos y cara en el gran cuenco de pétalos de rosa secos, y en el otro gran cuenco de lavanda seca, y luego saldría, tan confiado en los poderes endulzantes de Cloisterham Weir y una mente sana, como Lady Macbeth no lo era de los de todos los mares que se agitan.

En este caso, el buen Canónigo Menor tomó su copa de Constantia con una gracia excelente y, así apoyado para satisfacción de su madre, se dedicó a los deberes restantes del día. En su progreso ordenado y puntual trajeron el Servicio de Vísperas y el crepúsculo. Estando la Catedral muy fría, se dispuso a un trote rápido después del servicio; el trote terminaría en una carga contra su fragmento de ruina favorito, que debía ser tomado por asalto, sin una pausa para tomar aliento.

Lo tomó de una manera magistral y, sin estar siquiera sin aliento entonces, se quedó mirando hacia el río. El río en Cloisterham está lo suficientemente cerca del mar como para arrojar a menudo una cantidad de algas. Una cantidad inusual había llegado con la última marea, y esto, y la confusión del agua, y el incesante chapoteo y aleteo de las ruidosas gaviotas, y una luz airada mar adentro más allá de las barcazas de velas marrones que se estaban volviendo negras, presagiaban una noche tormentosa. En su mente estaba contrastando el mar salvaje y ruidoso con el tranquilo puerto de Minor Canon Corner, cuando Helena y Neville Landless pasaron por debajo de él. Había tenido a los dos juntos en sus pensamientos todo el día, y de inmediato bajó para hablar con ellos juntos. El terreno era irregular con una luz incierta para cualquier paso excepto para el de un buen escalador; pero el Canónigo Menor era un escalador tan bueno como la mayoría de los hombres, y estaba junto a ellos antes de que muchos buenos escaladores hubieran llegado a la mitad del camino hacia abajo.

—¡Una tarde salvaje, señorita Landless! ¿No encuentra su paseo habitual con su hermano demasiado expuesto y frío para la época del año? ¿O, en cualquier caso, cuando el sol se ha puesto y el clima llega desde el mar?

Helena pensó que no. Era su paseo favorito. Era muy apartado.

—Es muy apartado —asintió el señor Crisparkle, aprovechando su oportunidad de inmediato y caminando con ellos—. Es un lugar entre todos los demás donde uno puede hablar sin interrupción, como deseo hacer. Señor Neville, ¿creo que usted le cuenta a su hermana todo lo que pasa entre nosotros?

—Todo, señor.

—En consecuencia —dijo el señor Crisparkle—, su hermana es consciente de que le he instado repetidamente a que presente algún tipo de disculpa por ese desafortunado incidente que ocurrió la noche de su llegada aquí. —Al decirlo, miró a ella, y no a él; por lo tanto, fue ella, y no él, quien respondió:

—Sí.

—Lo llamo desafortunado, señorita Helena —reanudó el señor Crisparkle—, en la medida en que ciertamente ha engendrado un prejuicio contra Neville. Existe la noción de que es un tipo peligrosamente apasionado, de temperamento incontrolable y furioso: realmente es evitado como tal.

—No tengo duda de que lo es, pobre muchacho —dijo Helena, con una mirada de orgullosa compasión hacia su hermano, expresando un profundo sentido de que estaba siendo tratado injustamente—. Debería estar bastante segura de ello, por lo que usted dice; pero lo que me cuenta está confirmado por insinuaciones y referencias reprimidas con las que me encuentro todos los días.

—Ahora —reanudó el señor Crisparkle, en un tono de persuasión suave aunque firme—, ¿no es esto lamentable, y no debería enmendarse? Estos son los primeros días de Neville en Cloisterham, y no tengo miedo de que supere tal prejuicio y demuestre haber sido malentendido. ¡Pero cuánto más sabio sería actuar de inmediato, en lugar de confiar en el tiempo incierto! Además, aparte de ser político, es correcto. Porque no puede haber duda de que Neville estaba equivocado.

—Fue provocado —Helena presentó.

—Él fue el agresor —el señor Crisparkle presentó.

Caminaron en silencio, hasta que Helena levantó los ojos hacia el rostro del Canónigo Menor, y dijo, casi con reproche: —Oh, señor Crisparkle, ¿querría que Neville se arrojara a los pies del joven Drood, o a los del señor Jasper, quien lo difama todos los días? En su corazón no puede querer decir eso. Desde su corazón no podría hacerlo, si su caso fuera el suyo.

—He representado al señor Crisparkle, Helena —dijo Neville, con una mirada de deferencia hacia su tutor—, que si pudiera hacerlo desde mi corazón, lo haría. Pero no puedo, y me rebelo contra la pretensión. Sin embargo, olvida que plantear el caso al señor Crisparkle como si fuera el suyo es suponer que ha hecho lo que yo hice.

—Le pido perdón —dijo Helena.

—Ve —observó el señor Crisparkle, aprovechando de nuevo su oportunidad, aunque con un toque moderado y delicado—, ustedes dos reconocen instintivamente que Neville se equivocó. Entonces, ¿por qué detenerse y no reconocerlo de otra manera?

—¿Hay alguna diferencia —preguntó Helena, con un pequeño titubeo en su manera—, entre la sumisión a un espíritu generoso y la sumisión a uno bajo o trivial?

Antes de que el digno Canónigo Menor estuviera del todo listo con su argumento en referencia a esta sutil distinción, Neville intervino:

—Ayúdeme a aclarar mi situación con el señor Crisparkle, Helena. Ayúdeme a convencerlo de que no puedo ser el primero en hacer concesiones sin burla y falsedad. Mi naturaleza debe cambiar antes de que pueda hacerlo, y no ha cambiado. Siento una afrenta inexpresable, y una agravación deliberada de una afrenta inexpresable, y estoy enojado. La pura verdad es que sigo estando tan enojado cuando recuerdo esa noche como lo estaba esa noche.

—Neville —insinuó el Canónigo Menor, con semblante firme—, ha repetido esa acción anterior de sus manos, que tanto me disgusta.

—Lo siento, señor, pero fue involuntario. Confesé que seguía estando tan enojado.

—Y confieso —dijo el señor Crisparkle— que esperaba mejores cosas.

—Siento decepcionarlo, señor, pero sería mucho peor engañarlo, y lo engañaría gravemente si pretendiera que me ha ablandado en este sentido. Puede llegar el momento en que su poderosa influencia haga incluso eso con el difícil alumno cuyos antecedentes conoce; pero aún no ha llegado. ¿Es esto así, y a pesar de mis luchas contra mí mismo, Helena?

Ella, cuyos ojos oscuros observaban el efecto de lo que él decía en el rostro del señor Crisparkle, respondió —al señor Crisparkle, no a él—: —Es así. —Después de una breve pausa, respondió a la más mínima mirada de indagación concebible, en los ojos de su hermano, con una inclinación afirmativa igual de leve de su propia cabeza; y él continuó:

«Todavía no he tenido el valor de decirle, señor, lo que con total franqueza debería haberle dicho cuando usted habló conmigo por primera vez sobre este asunto. No es fácil de decir, y me ha frenado el temor a que pareciera ridículo, un temor muy fuerte en mí hasta este último momento, y que, de no ser por mi hermana, podría impedirme ser del todo franco con usted incluso ahora. Admiro a la señorita Bud, señor, tanto, que no puedo soportar que se la trate con presunción o indiferencia; e incluso si no sintiera que he sufrido una ofensa por parte del joven Drood en mi propio nombre, sentiría que he sufrido una ofensa por parte de él en el suyo».

El señor Crisparkle, con total asombro, buscó en Helena una confirmación y encontró en su rostro expresivo una confirmación plena, además de una súplica de consejo.

«La joven de la que habla está, como sabe, señor Neville, a punto de casarse», dijo el señor Crisparkle con gravedad; «por lo tanto, su admiración, si es de esa naturaleza especial que parece indicar, está escandalosamente fuera de lugar. Además, es monstruoso que se tome la libertad de ser el paladín de la joven contra su futuro esposo. Por otra parte, solo los ha visto una vez. La joven se ha convertido en amiga de su hermana; y me extraña que su hermana, incluso en beneficio de ella, no lo haya frenado en este capricho irracional y censurable».

«Lo ha intentado, señor, pero en vano. Con esposo o sin él, ese sujeto es incapaz del sentimiento que me inspira la hermosa joven a la que trata como a una muñeca. Digo que es tan incapaz de ello como indigno de ella. Digo que ella es sacrificada al ser entregada a él. ¡Digo que la amo, y que lo desprecio y lo odio a él!». Esto lo dijo con el rostro tan encendido y un gesto tan violento, que su hermana se cruzó a su lado, lo tomó del brazo y le reprochó: «¡Neville, Neville!».

Así llamado al orden, pronto se dio cuenta de que había perdido la guardia que había impuesto a su tendencia apasionada y se cubrió el rostro con la mano, como alguien arrepentido y desdichado.

El señor Crisparkle, observándolo atentamente y meditando al mismo tiempo sobre cómo proceder, caminó unos pasos en silencio. Luego habló:

«Señor Neville, señor Neville, me entristece profundamente ver en usted más rastros de un carácter tan hosco, iracundo y salvaje como la noche que ahora se cierra. Son de un aspecto demasiado serio para dejarme el recurso de tratar el enamoramiento que ha revelado como algo que no merece una consideración seria. Le doy una consideración muy seria y, en consecuencia, le hablo. Esta enemistad entre usted y el joven Drood no debe continuar. No puedo permitir que continúe ni un momento más, sabiendo lo que ahora sé por usted y viviendo usted bajo mi techo. Cualesquiera que sean las interpretaciones prejuiciosas y sin fundamento que su ira ciega y envidiosa pueda atribuir a su carácter, es un carácter franco y bondadoso. Sé que puedo confiar en él para eso. Ahora, le ruego que observe lo que voy a decir. Tras reflexionar, y atendiendo a lo que su hermana ha expuesto, estoy dispuesto a admitir que, al hacer las paces con el joven Drood, usted tiene derecho a que se le tienda la mano a mitad de camino. Me comprometeré a que así sea, e incluso a que el joven Drood dé el primer paso. Cumplida esta condición, me dará su palabra de honor de caballero cristiano de que la disputa ha terminado para siempre por su parte. Lo que pueda haber en su corazón cuando le estreche la mano solo puede saberlo el Escudriñador de todos los corazones; pero nunca le irá bien si hay traición en él. Hasta aquí, eso; ahora, respecto a lo que debo volver a llamar su enamoramiento. Entiendo que se me ha confiado y que no lo conoce ninguna otra persona salvo su hermana y usted mismo. ¿Entiendo bien?».

Helena respondió con voz baja: «Solo lo sabemos nosotros tres que estamos aquí juntos».

«¿No lo sabe en absoluto la joven, su amiga?».

«¡Por mi alma, no!».

«Le exijo, pues, que me dé su promesa solemne y similar, señor Neville, de que seguirá siendo el secreto que es y que no tomará ninguna otra medida al respecto más que esforzarse (y eso muy seriamente) por borrarlo de su mente. No le diré que pronto pasará; no le diré que es el capricho del momento; no le diré que tales caprichos surgen y desaparecen entre los jóvenes y ardientes cada hora; lo dejaré tranquilo en la creencia de que tiene pocos paralelos o ninguno, que permanecerá con usted mucho tiempo y que será muy difícil de vencer. Con tanto más peso daré valor a la promesa que le exijo, cuando se dé sin reservas».

El joven intentó hablar dos o tres veces, pero no pudo.

«Déjeme dejarlo con su hermana, a quien ya es hora de que lleve a casa», dijo el señor Crisparkle. «Me encontrará solo en mi habitación más tarde».

«Le ruego que no nos deje todavía», le suplicó Helena. «Un minuto más».

«No habría», dijo Neville, presionando su mano contra su rostro, «necesitado ni un minuto más si usted hubiera sido menos paciente conmigo, señor Crisparkle, menos considerado conmigo y menos sencilla y verdaderamente bueno. ¡Oh, si en mi infancia hubiera conocido a un guía así!».

«Siga a su guía ahora, Neville», murmuró Helena, «¡y sígalo hasta el Cielo!».

Había algo en su tono que quebró la voz del buen canónigo menor, o habría rechazado su exaltación hacia él. Tal como estaba, se llevó un dedo a los labios y miró hacia su hermano.

«¡Decir que doy ambas promesas, señor Crisparkle, desde lo más profundo de mi corazón, y decir que no hay traición en ello, es no decir nada!». Así Neville, muy conmovido. «Le pido perdón por mi miserable lapsus en un arranque de pasión».

«No el mío, Neville, no el mío. Usted sabe con quién reside el perdón, como el atributo más elevado que se pueda concebir. Señorita Helena, usted y su hermano son hijos gemelos. Vinieron a este mundo con las mismas disposiciones y pasaron sus días más jóvenes rodeados por las mismas circunstancias adversas. Lo que usted ha superado en sí misma, ¿no puede superarlo en él? Usted ve la roca que se interpone en su camino. ¿Quién sino usted puede mantenerlo alejado de ella?».

«¿Quién sino usted, señor?», respondió Helena. «¿Qué es mi influencia, o mi débil sabiduría, comparada con la suya!».

«Usted tiene la sabiduría del Amor», respondió el canónigo menor, «y fue la sabiduría más elevada que se haya conocido jamás sobre esta tierra, recuerde. En cuanto a la mía... pero cuanto menos se diga de esa mercancía común, mejor. ¡Buenas noches!».

Ella tomó la mano que él le ofrecía y, con gratitud y casi con reverencia, la llevó a sus labios.

«¡Bah!», dijo el canónigo menor suavemente, «¡estoy demasiado pagado!», y se dio la vuelta.

Desandando sus pasos hacia el recinto de la catedral, trató, mientras avanzaba en la oscuridad, de pensar en los mejores medios para llevar a cabo lo que había prometido realizar, y lo que de alguna manera debía hacerse. «Probablemente me pedirán que los case», reflexionó, «¡y ojalá estuvieran casados y se hubieran ido! Pero esto es urgente primero».

Debatió principalmente si debía escribir al joven Drood o si debía hablar con Jasper. La conciencia de ser popular en todo el establecimiento de la catedral le inclinó a esta última opción, y la oportuna visión de la portería iluminada le decidió a hacerlo. «Atacaré mientras el hierro está caliente», dijo, «y lo veré ahora».

Jasper estaba durmiendo en un diván frente al fuego cuando, tras haber subido la escalera del postigo y no haber recibido respuesta a su llamada a la puerta, el señor Crisparkle giró suavemente el pomo y miró dentro. Mucho tiempo después tuvo motivos para recordar cómo Jasper saltó del diván en un estado delirante entre el sueño y la vigilia, gritando: «¿Qué pasa? ¿Quién lo hizo?».

«Solo soy yo, Jasper. Lamento haberlo molestado».

El brillo de sus ojos se convirtió en una mirada de reconocimiento, y movió una o dos sillas para abrir paso hacia la chimenea.

«Estaba soñando intensamente y me alegra ser interrumpido de un sueño indigesto después de cenar. Por no mencionar que usted siempre es bienvenido».

«Gracias. No estoy seguro», respondió el señor Crisparkle, mientras se sentaba en el sillón que le habían preparado, «de que mi tema sea a primera vista tan bienvenido como yo; pero soy un ministro de paz, y persigo mi tema en interés de la paz. En una palabra, Jasper, quiero establecer la paz entre estos dos jóvenes».

Una expresión muy perpleja se apoderó del rostro del señor Jasper; una expresión muy desconcertante también, pues el señor Crisparkle no pudo sacar nada en claro de ella.

«¿Cómo?», fue la pregunta de Jasper, con voz baja y lenta, después de un silencio.

«Para el "cómo" acudo a usted. Quiero pedirle el gran favor y servicio de interponerse con su sobrino (ya me he interpuesto con el señor Neville), y conseguir que le escriba una pequeña nota, a su manera alegre, diciendo que está dispuesto a estrechar su mano. Sé lo bondadoso que es y la influencia que usted tiene sobre él. Y sin defender en absoluto al señor Neville, todos debemos admitir que fue duramente aguijoneado».

Jasper volvió ese rostro perplejo hacia el fuego. El señor Crisparkle, al seguir observándolo, lo encontró aún más desconcertante que antes, ya que parecía denotar (lo que difícilmente podría ser) algún cálculo interno muy estrecho.

«Sé que usted no está predispuesto a favor del señor Neville», continuaba el canónigo menor, cuando Jasper lo interrumpió:

«Tiene motivos para decir eso. Ciertamente, no lo estoy».

«Indudablemente; y admito su lamentable violencia de temperamento, aunque espero que él y yo lo superemos juntos. Pero le he exigido una promesa muy solemne sobre su comportamiento futuro hacia su sobrino, si usted interviene amablemente; y estoy seguro de que la cumplirá».

«Usted siempre es responsable y digno de confianza, señor Crisparkle. ¿Realmente siente que puede responder por él con tanta seguridad?».

«Lo siento».

La mirada perpleja y desconcertante se desvaneció.

«Entonces me libera de un gran temor y de un peso pesado», dijo Jasper; «lo haré».

El señor Crisparkle, encantado por la rapidez y la totalidad de su éxito, lo agradeció en los términos más elegantes.

«Lo haré», repitió Jasper, «para tener la tranquilidad de contar con su garantía contra mis miedos vagos e infundados. Se reirá... pero ¿lleva usted un diario?».

«Una línea al día; no más».

«Una línea al día sería tanto como mi vida sin acontecimientos necesitaría, Dios sabe», dijo Jasper, tomando un libro de un escritorio, «pero es que mi diario es, de hecho, un diario de la vida de Ned también. Se reirá de esta entrada; adivinará cuándo se hizo:

"Pasada la medianoche. —Después de lo que acabo de ver, siento un miedo mórbido de que se produzcan consecuencias horribles para mi querido muchacho, que no puedo razonar ni combatir de ninguna manera. Todos mis esfuerzos son vanos. La pasión demoníaca de este Neville Landless, su fuerza en su furia y su salvaje rabia por la destrucción de su objetivo, me horrorizan. Tan profunda es la impresión que dos veces he ido a la habitación de mi querido muchacho para asegurarme de que duerme a salvo y no yace muerto en su sangre"».

«Aquí hay otra entrada a la mañana siguiente:

"Ned arriba y fuera. Alegre y despreocupado como siempre. Se rió cuando le advertí y dijo que era tan buen hombre como Neville Landless cualquier día. Le dije que podría ser, pero que él no era tan mal hombre. Continuó restándole importancia, pero viajé con él tanto como pude y lo dejé muy a mi pesar. Soy incapaz de sacudirme estos oscuros presentimientos intangibles de maldad, si es que así se pueden llamar los sentimientos basados en hechos evidentes"».

«Una y otra vez», dijo Jasper, al concluir, haciendo girar las hojas del libro antes de guardarlo, «he recaído en estos estados de ánimo, como muestran otras entradas. Pero ahora tengo su seguridad como respaldo, y la pondré en mi libro, y haré que sea un antídoto para mis humores negros».

«Un antídoto tal, espero», respondió el señor Crisparkle, «que le induzca pronto a consignar los humores negros a las llamas. Debería ser el último en encontrarle faltas esta noche, cuando ha satisfecho mis deseos tan libremente; pero debo decir, Jasper, que su devoción por su sobrino le ha hecho exagerar aquí».

«Usted es mi testigo», dijo Jasper, encogiéndose de hombros, «cuál era honestamente mi estado de ánimo, esa noche, antes de sentarme a escribir, y en qué palabras lo expresé. ¿Recuerda haber objetado una palabra que usé por ser demasiado fuerte? Era una palabra más fuerte que cualquiera en mi diario».

«Bien, bien. Pruebe el antídoto», replicó el señor Crisparkle; «¡y que le dé una visión más brillante y mejor del caso! No discutiremos más esto ahora. Tengo que agradecerle por mí, agradecerle sinceramente».

«Verá», dijo Jasper, mientras se estrechaban la mano, «que no haré la cosa que desea que haga a medias. Me aseguraré de que Ned, si cede en algo, ceda por completo».

Al tercer día después de esta conversación, llamó al señor Crisparkle con la siguiente carta:

«MI QUERIDO JACK, Estoy conmovido por su relato de su entrevista con el señor Crisparkle, a quien respeto y estimo mucho. De inmediato digo abiertamente que me olvidé de mí mismo en esa ocasión tanto como lo hizo el señor Landless, y que deseo que el pasado sea pasado, y que todo vuelva a estar bien. Mire, querido viejo. Invite al señor Landless a cenar en Nochebuena (cuanto mejor es el día, mejor es la obra), y que solo estemos nosotros tres, y estrechémonos la mano allí mismo y no hablemos más de ello.

Mi querido Jack, Siempre su más afectuoso, EDWIN DROOD.

P.D. Saludos a la señorita Pussy en la próxima clase de música».

«¿Espera entonces al señor Neville?», dijo el señor Crisparkle.

«Cuento con que vendrá», dijo el señor Jasper.

CAPÍTULO XI. UN CUADRO Y UN ANILLO

Detrás de la parte más antigua de Holborn, Londres, donde ciertas casas con hastiales de hace algunos siglos todavía permanecen mirando hacia la vía pública, como si buscaran con desconsuelo el Viejo Bourne que hace tiempo se secó, hay un pequeño rincón compuesto por dos cuadrángulos irregulares, llamado Staple Inn. Es uno de esos rincones en los que, al entrar desde la calle estrepitosa, se le transmite al peatón aliviado la sensación de haberse puesto algodón en los oídos y suelas de terciopelo en las botas. Es uno de esos rincones donde unos pocos gorriones ahumados gorjean en árboles ahumados, como si se llamaran unos a otros: «Juguemos a ser de campo», y donde unos pocos pies de tierra de jardín y unos pocos metros de grava les permiten ejercer esa violencia refrescante sobre sus diminutos entendimientos. Además, es uno de esos rincones que son rincones legales; y contiene un pequeño Salón, con una pequeña linterna en su techo: a qué propósitos obstructivos dedicado, y a expensas de quién, esta historia no lo sabe.

En los días en que Cloisterham se ofendió por la existencia de un ferrocarril a lo lejos, como una amenaza a esa constitución sensible, propiedad de nosotros los británicos: la extraña fortuna de cuya sagrada institución es ser en grados exactamente iguales croada, temida y alardeada, ocurra lo que ocurra a cualquier cosa, en cualquier parte del mundo: en aquellos días ninguna arquitectura vecina de proporciones elevadas había surgido para ensombrecer Staple Inn. El sol poniente le otorgaba brillantes miradas, y el viento del suroeste soplaba en él sin obstáculos.

Ni el viento ni el sol, sin embargo, favorecieron a Staple Inn una tarde de diciembre cerca de las seis, cuando estaba lleno de niebla, y las velas arrojaban rayos turbios y borrosos a través de las ventanas de todos sus conjuntos de cámaras entonces ocupados; notablemente desde un conjunto de cámaras en una casa de esquina en el pequeño cuadrángulo interior, presentando en blanco y negro sobre su feo portal la misteriosa inscripción:

P J T 1747

En cuyo conjunto de cámaras, sin haberse preocupado nunca por la inscripción, a menos que pensara en ello en momentos extraños al echarle un vistazo, que tal vez podría significar Perhaps John Thomas, o Perhaps Joe Tyler, se sentaba el señor Grewgious escribiendo junto a su fuego.

¿Quién podría haber dicho, mirando al señor Grewgious, si alguna vez había conocido la ambición o la decepción? Había sido educado para la Abogacía y se había preparado para la práctica de cámara; para redactar escrituras; «transmitir los sabios lo llaman», como dice Pistol. Pero la Transmisión y él habían hecho un matrimonio tan indiferente que se habían separado por consentimiento, si se puede decir que hay separación donde nunca ha habido unión.

No. La esquiva Transmisión no quería acudir al señor Grewgious. Fue cortejada, no ganada, y siguieron sus caminos por separado. Pero al ser impulsado hacia él un Arbitraje por algún viento inexplicable, y al ganar gran crédito en él como alguien infatigable en buscar el derecho y hacer lo correcto, un receptor bastante lucrativo fue luego soplado en su bolsillo por un viento más rastreable a su origen. Así, por casualidad, había encontrado su nicho. Receptor y agente ahora, para dos ricos estados, y delegando sus asuntos legales, en una cantidad digna de mención, a una firma de abogados en el piso de abajo, había apagado su ambición (suponiendo que alguna vez la hubiera encendido), y se había instalado con sus apagavelas por el resto de su vida bajo la vid seca y la higuera de P. J. T., quien plantó en mil setecientos cuarenta y siete.

Muchas cuentas y libros de contabilidad, muchos archivos de correspondencia y varias cajas fuertes adornaban la habitación del señor Grewgious. Difícilmente se puede representar que la hayan abarrotado, tan concienzuda y precisa era su disposición ordenada. El temor a morir repentinamente, y dejar un hecho o una cifra con cualquier incompletitud u oscuridad adjunta a ella, habría dejado al señor Grewgious tieso de muerte cualquier día. La mayor fidelidad a una confianza era el alma del hombre. Hay tipos de alma que circulan más rápidamente, más alegremente, más atractivamente; pero no hay mejor tipo en circulación.

No había lujo en su habitación. Incluso sus comodidades se limitaban a ser seca y cálida, y a tener una chimenea acogedora aunque desteñida. Lo que puede llamarse su vida privada se limitaba al hogar, y a un sillón, y a una mesa redonda de estilo antiguo que se sacaba sobre la alfombra después del horario de oficina, desde un rincón donde de otro modo permanecía levantada como un escudo de caoba brillante. Detrás de ella, cuando estaba así a la defensiva, había un armario, que solía contener algo bueno para beber. Una habitación exterior era la habitación del empleado; el dormitorio del señor Grewgious estaba al otro lado de la escalera común; y poseía algunos sótanos no vacíos al pie de la escalera común. Trescientos días al año, al menos, cruzaba al hotel en Furnival’s Inn para cenar, y después de cenar regresaba, para aprovechar al máximo estas simplicidades hasta que volviera a ser un amplio día de negocios, con P. J. T., fecha mil setecientos cuarenta y siete.

Mientras el señor Grewgious se sentaba y escribía junto a su fuego aquella tarde, también el empleado del señor Grewgious se sentaba y escribía junto a su fuego. Una persona pálida, de rostro hinchado, cabello oscuro y treinta años, con grandes ojos oscuros que carecían totalmente de lustre, y una tez insatisfecha y pastosa, que parecía pedir ser enviada al panadero, este asistente era un ser misterioso, poseído por algún extraño poder sobre el señor Grewgious. Como si hubiera sido llamado a la existencia, como un familiar fabuloso, por un hechizo mágico que había fallado cuando se requería despedirlo, se mantuvo pegado al taburete del señor Grewgious, aunque la comodidad y conveniencia del señor Grewgious se habrían visto manifiestamente favorecidas al deshacerse de él. Una persona sombría con mechones enredados, y un aire general de haber sido criado bajo la sombra de ese funesto árbol de Java que ha dado cobijo a más mentiras que todo el reino botánico, el señor Grewgious, sin embargo, lo trataba con una consideración inexplicable.

—Ahora, Bazzard —dijo el señor Grewgious ante la entrada de su empleado, levantando la vista de sus papeles mientras los ordenaba para la noche—: ¿qué hay en el aire además de niebla?

—El señor Drood —dijo Bazzard.

—¿Qué pasa con él?

—Ha venido —dijo Bazzard.

—Podrías haberlo hecho pasar.

—En eso estoy —dijo Bazzard.

El visitante entró en consecuencia.

—¡Vaya, vaya! —dijo el señor Grewgious, mirando alrededor de su par de velas de oficina—. Pensé que habías venido, simplemente habías dejado tu nombre y te habías ido. ¿Cómo estás, señor Edwin? ¡Cielo santo, te estás ahogando!

—Es esta niebla —respondió Edwin—, y hace que me escuezan los ojos, como si fuera pimienta de Cayena.

—¿Es realmente tan mala? Por favor, quítate los abrigos. Es una suerte que tenga tan buen fuego; pero el señor Bazzard se ha ocupado de mí.

—No, no lo he hecho —dijo el señor Bazzard desde la puerta.

—¡Ah! Entonces se deduce que debo haberme ocupado de mí mismo sin darme cuenta —dijo el señor Grewgious—. Por favor, siéntate en mi silla. No, ¡te lo ruego! Viniendo de semejante atmósfera, en mi silla.

Edwin tomó el sillón de la esquina; y la niebla que había traído consigo, y la niebla que se quitó junto con su abrigo y su bufanda, fue rápidamente absorbida por el ansioso fuego.

—Parece —dijo Edwin, sonriendo— como si hubiera venido para quedarme.

—A propósito —exclamó el señor Grewgious—, perdona que te interrumpa; quédate. La niebla puede aclararse en una hora o dos. Podemos pedir la cena justo aquí al lado, en Holborn. Será mejor que tomes tu pimienta de Cayena aquí que fuera; por favor, quédate a cenar.

—Es usted muy amable —dijo Edwin, mirando a su alrededor como si se sintiera atraído por la idea de una nueva y apetecible clase de fiesta gitana.

—En absoluto —dijo el señor Grewgious—; usted es muy amable al aceptar cenar con un soltero en sus despachos y probar suerte. Y le preguntaré —dijo el señor Grewgious, bajando la voz y hablando con un brillo en los ojos, como si estuviera inspirado por una idea brillante—: le preguntaré a Bazzard. De lo contrario, podría no gustarle. ¡Bazzard!

Bazzard reapareció.

—Cene ahora mismo con el señor Drood y conmigo.

—Si se me ordena cenar, por supuesto que lo haré, señor —fue la sombría respuesta.

—¡Qué hombre! —exclamó el señor Grewgious—. No se le ordena; se le invita.

—Gracias, señor —dijo Bazzard—; en ese caso no me importa si lo hago.

—Eso está arreglado. Y tal vez no le importe —dijo el señor Grewgious— acercarse al hotel de Furnival’s y pedirles que envíen los materiales para poner la mesa. Para cenar tendremos una sopera de la sopa más caliente y fuerte disponible, y tendremos el mejor plato preparado que se pueda recomendar, y tendremos una pieza de carne (como un pernil de cordero), y tendremos un ganso, o un pavo, o cualquier pequeña cosa rellena de ese tipo que pueda estar en el menú; en resumen, tendremos lo que haya a mano.

Estas generosas instrucciones las dio el señor Grewgious con su aire habitual de estar leyendo un inventario, repitiendo una lección o haciendo cualquier otra cosa de memoria. Bazzard, después de sacar la mesa redonda, se retiró para ejecutarlas.

—Tenía un poco de cuidado, ya sabe —dijo el señor Grewgious, en un tono más bajo, tras la partida de su empleado—, sobre emplearlo en el departamento de aprovisionamiento o comisariato. Porque podría no gustarle.

—Parece que él hace lo que quiere, señor —observó Edwin.

—¿Lo que él quiere? —respondió el señor Grewgious—. ¡Oh, querido no! Pobre hombre, te equivocas completamente con él. Si hiciera lo que quiere, no estaría aquí.

«¡Me pregunto dónde estaría!», pensó Edwin. Pero solo lo pensó, porque el señor Grewgious se acercó y se puso de espaldas a la otra esquina del fuego, con los omóplatos contra la repisa de la chimenea, y se recogió los faldones para una conversación distendida.

—Supongo, sin tener el don de la profecía, que me has hecho el favor de pasarte para mencionar que vas a ir allá abajo —donde puedo decirte que te esperan— y para ofrecerte a realizar algún pequeño encargo mío a mi encantadora pupila, y quizás para espabilarme un poco en algún procedimiento. ¿Eh, señor Edwin?

—He venido, señor, antes de bajar, como un acto de atención.

—¡De atención! —dijo el señor Grewgious—. ¡Ah! Por supuesto, ¿no de impaciencia?

—¿Impaciencia, señor?

El señor Grewgious había pretendido ser ingenioso —no es que expresara ese significado en el más mínimo grado— y se había colocado en una proximidad apenas soportable al fuego, como si quisiera grabar el efecto más completo de su agudeza en sí mismo, tal como otras impresiones sutiles se graban en metales duros. Pero, al disiparse su agudeza ante el rostro y los modales serenos de su visitante, y al quedar solo el fuego, se sobresaltó y se frotó.

—Últimamente he estado allá abajo —dijo el señor Grewgious, reajustándose los faldones—; y a eso me refería cuando dije que podía decirte que te esperan.

—¡Cierto, señor! Sí; sabía que Pussy me estaba esperando.

—¿Tienes un gato allí abajo? —preguntó el señor Grewgious.

Edwin se sonrojó un poco mientras explicaba:

—Llamo Pussy a Rosa.

—Oh, de verdad —dijo el señor Grewgious, alisándose la cabeza—; es muy afable.

Edwin lanzó una mirada a su rostro, inseguro de si objetaba seriamente o no el apelativo. Pero Edwin podría haber mirado igual de bien el rostro de un reloj.

—Un nombre cariñoso, señor —explicó de nuevo.

—Umps —dijo el señor Grewgious, con un asentimiento. Pero con un compromiso tan extraordinario entre un asentimiento incondicional y un disentimiento cualificado, que su visitante quedó muy desconcertado.

—¿PRosa...? —comenzó Edwin a modo de recuperarse.

—¿PRosa? —repitió el señor Grewgious.

—Iba a decir Pussy, y cambié de opinión; ¿te contó algo sobre los Landless?

—No —dijo el señor Grewgious—. ¿Qué es los Landless? ¿Una finca? ¿Una villa? ¿Una granja?

—Un hermano y una hermana. La hermana está en la Casa de las Monjas y se ha hecho muy amiga de P...

—De PRosa —intervino el señor Grewgious, con rostro impasible.

—Es una chica notablemente hermosa, señor, y pensé que quizás se la habrían descrito o presentado, ¿tal vez?

—Ninguna de las dos cosas —dijo el señor Grewgious—. Pero aquí está Bazzard.

Bazzard regresó, acompañado por dos camareros: un camarero inamovible y un camarero volador; y los tres trajeron consigo tanta niebla que el fuego rugió de nuevo. El camarero volador, que había traído todo sobre sus hombros, puso la mesa con asombrosa rapidez y destreza; mientras que el camarero inamovible, que no había traído nada, le buscaba defectos. El camarero volador pulió entonces concienzudamente todas las copas que había traído, y el camarero inamovible las miró a través de ellas. El camarero volador voló entonces a través de Holborn por la sopa, y voló de vuelta, y luego realizó otro vuelo por el plato preparado, y voló de vuelta, y luego realizó otro vuelo por la pieza de carne y las aves, y voló de vuelta, y entre medias realizó vuelos suplementarios por una gran variedad de artículos, ya que se descubrió de vez en cuando que el camarero inamovible los había olvidado todos. Pero por más que el camarero volador cortara el aire, siempre era reprochado a su regreso por el camarero inamovible por traer niebla consigo y estar sin aliento. Al finalizar el banquete, momento en el que el camarero volador estaba gravemente agotado, el camarero inamovible recogió el mantel bajo el brazo con un aire grandioso y, tras haber mirado con severidad (por no decir con indignación) al camarero volador mientras colocaba las copas limpias, dirigió una mirada de despedida al señor Grewgious, que transmitía: «Que quede claro entre nosotros que la recompensa es mía, y que Nulo es la reclamación de este esclavo», y empujó al camarero volador fuera de la habitación.

Era como una pintura en miniatura muy acabada que representara a Sus Señorías del Departamento de Circunloquios, Comandancia en Jefe de cualquier clase, Gobierno. Era un cuadrito bastante edificante para ser colgado en la línea de la National Gallery.

Como la niebla había sido la causa próxima de este suntuoso banquete, la niebla sirvió también como su salsa general. Escuchar a los empleados de fuera estornudar, jadear y golpear sus pies contra la grava era un condimento que superaba con creces al del doctor Kitchener. Pedir, con un escalofrío, al desafortunado camarero volador que cerrara la puerta antes de que la hubiera abierto, era un condimento de un sabor más profundo que el de Harvey. Y aquí, notemos entre paréntesis, que la pierna de este joven, en su aplicación a la puerta, mostraba el sentido del tacto más fino: siempre precediéndose a sí mismo y a la bandeja (con un aire algo anguloso), por algunos segundos; y siempre permaneciendo después de que él y la bandeja hubieran desaparecido, como la pierna de Macbeth cuando lo acompañaba fuera del escenario con reticencia hacia el asesinato de Duncan.

El anfitrión había bajado a la bodega y había subido botellas de bebidas de color rubí, pajizo y dorado, que habían madurado hacía mucho tiempo en tierras donde no hay niebla, y que desde entonces habían permanecido durmiendo a la sombra. Chispeantes y hormigueantes tras una siesta tan larga, empujaban sus corchos para ayudar al sacacorchos (como prisioneros ayudando a los alborotadores a forzar sus puertas), y salían bailando alegremente. Si P. J. T. en mil setecientos cuarenta y siete, o en cualquier otro año de su época, bebió tales vinos, entonces, sin duda, P. J. T. también estaba bastante alegre.

Externamente, el señor Grewgious no mostró signos de haber sido suavizado por estas brillantes añadas. En lugar de que él las bebiera, podrían haber sido vertidas sobre él en su forma de rapé seco y haberse desperdiciado, por cualquier luz o sombra que hicieran parpadear en su rostro. Sus modales tampoco se vieron influidos. Pero, a su manera de madera, tenía ojos observadores para Edwin; y cuando al final de la cena hizo señas a Edwin para que volviera a su propio sillón en la esquina de la chimenea, y Edwin se hundió lujosamente en él tras una brevísima protesta, el señor Grewgious, mientras giraba su asiento hacia el fuego también, y se alisaba la cabeza y el rostro, pudo ser visto mirando a su visitante entre sus dedos alisadores.

—¡Bazzard! —dijo el señor Grewgious, volviéndose repentinamente hacia él.

—Le sigo, señor —respondió Bazzard; quien había hecho su trabajo de consumir carne y bebida de manera profesional, aunque mayormente en silencio.

—Brindo por usted, Bazzard; señor Edwin, ¡éxito para el señor Bazzard!

—¡Éxito para el señor Bazzard! —repitió Edwin, con una apariencia de entusiasmo totalmente infundada, y con el añadido tácito: «¡Me pregunto en qué!»

—¡Y que pueda! —continuó el señor Grewgious—. No tengo libertad para ser preciso; ¡que pueda!... Mis facultades conversacionales son tan limitadas que sé que no saldré bien parado de esto; ¡que pueda!... debería expresarse imaginativamente, pero no tengo imaginación; ¡que pueda!... la espina de la ansiedad es lo más cerca que probablemente estaré de acertar; ¡que salga por fin!

El señor Bazzard, con una sonrisa ceñuda al fuego, metió una mano en sus mechones enredados, como si la espina de la ansiedad estuviera allí; luego en su chaleco, como si estuviera allí; luego en sus bolsillos, como si estuviera allí. En todos estos movimientos fue seguido de cerca por los ojos de Edwin, como si ese joven caballero esperara ver la espina en acción. Sin embargo, no fue producida, y el señor Bazzard simplemente dijo: «Le sigo, señor, y se lo agradezco».

—Voy —dijo el señor Grewgious, haciendo tintinear su copa en la mesa con una mano, y doblándose hacia un lado bajo la cobertura de la otra, para susurrar a Edwin— a brindar por mi pupila. Pero puse a Bazzard primero. De lo contrario podría no gustarle.

Esto se dijo con un guiño misterioso; o lo que habría sido un guiño, si, en manos del señor Grewgious, hubiera podido ser lo suficientemente rápido. Así que Edwin guiñó en respuesta, sin la menor idea de lo que quería decir al hacerlo.

—Y ahora —dijo el señor Grewgious—, dedico una copa a la bella y fascinante señorita Rosa. ¡Bazzard, la bella y fascinante señorita Rosa!

—Le sigo, señor —dijo Bazzard—, ¡y le brindo!

—¡Y yo también! —dijo Edwin.

—Dios mío —exclamó el señor Grewgious, rompiendo el silencio en blanco que por supuesto sobrevino: aunque, ¿quién puede decir por qué estas pausas nos llegan cuando hemos realizado cualquier pequeño rito social, no directamente inductor de autoexamen o desaliento mental?—. Soy un hombre particularmente angular, y sin embargo imagino (si puedo usar la palabra, no teniendo ni una pizca de imaginación), que podría dibujar un cuadro del estado mental de un verdadero amante, esta noche.

—Permítanos seguirle, señor —dijo Bazzard—, y veamos el cuadro.

—El señor Edwin lo corregirá donde esté mal —continuó el señor Grewgious—, y añadirá algunos toques de la vida. Me atrevo a decir que está mal en muchos puntos, y que le faltan muchos toques de la vida, porque nací como un trozo de madera, y no tengo simpatías blandas ni experiencias blandas. ¡Bien! Me arriesgo a suponer que la mente del verdadero amante está completamente impregnada por el objeto amado de sus afectos. Me arriesgo a suponer que su querido nombre es precioso para él, que no puede ser oído ni repetido sin emoción, y que es preservado sagradamente. Si tiene algún apelativo de cariño distintivo para ella, está reservado para ella, y no es para oídos comunes. Un nombre por el que sería un privilegio llamarla, estando solo con su propia y brillante esencia, sería una libertad, una frialdad, una insensibilidad, casi una ruptura de la buena fe, alardear de él en otro lugar.

Era maravilloso ver al señor Grewgious sentado totalmente erguido, con las manos sobre las rodillas, soltando continuamente este discurso, casi como un niño de la escuela de caridad con muy buena memoria podría recitar su catecismo: y sin mostrar ninguna emoción correspondiente, salvo un cierto hormigueo ocasional perceptible en la punta de su nariz.

—Mi cuadro —continuó el señor Grewgious—, sigue representando (bajo corrección de usted, señor Edwin), al verdadero amante como siempre impaciente por estar en presencia o vecindad del objeto amado de sus afectos; como alguien que se preocupa muy poco por su situación en cualquier otra sociedad; y como alguien que busca constantemente eso. Si fuera a decir buscando eso, como un pájaro busca su nido, haría el ridículo, porque eso invadiría lo que entiendo que es poesía; y estoy tan lejos de invadir la poesía en cualquier momento, que nunca, que yo sepa, he estado a diez mil millas de ella. Y además, soy totalmente ajeno a los hábitos de las aves, excepto las aves de Staple Inn, que buscan sus nidos en repisas, y en tuberías de desagüe y chimeneas, no construidas para ellas por la mano benéfica de la Naturaleza. Ruego, por lo tanto, que se entienda que renuncio al nido del pájaro. Pero mi cuadro sí representa al verdadero amante como alguien que no tiene existencia separable de la del objeto amado de sus afectos, y como alguien que vive a la vez una vida doble y una vida partida. Y si no expreso claramente lo que quiero decir con eso, es o bien por la razón de que, no teniendo facultades conversacionales, no puedo expresar lo que quiero decir, o que, no teniendo significado, no quiero decir lo que no logro expresar. Lo cual, según creo, no es el caso.

Edwin se había puesto rojo y se había puesto blanco, a medida que ciertos puntos de este cuadro salían a la luz. Ahora se sentó mirando al fuego y se mordió el labio.

—Las especulaciones de un hombre angular —continuó el señor Grewgious, todavía sentado y hablando exactamente como antes—, son probablemente erróneas en un tema tan globular. Pero me figuro (sujeto, como antes, a la corrección del señor Edwin), que no puede haber frialdad, ni lasitud, ni duda, ni indiferencia, ni estado mental de medio fuego y media ceniza, en un amante real. Por favor, ¿estoy al menos cerca del objetivo en mi cuadro?

Tan brusco en su conclusión como en su comienzo y progreso, lanzó esta pregunta a Edwin, y se detuvo cuando uno podría haber supuesto que estaba en medio de su oración.

—Yo diría, señor —tartamudeó Edwin—, ya que usted me refiere la pregunta...

—Sí —dijo el señor Grewgious—, se la refiero a usted, como autoridad.

—Yo diría, entonces, señor —prosiguió Edwin, avergonzado—, que el cuadro que ha dibujado es generalmente correcto; pero sostengo que tal vez pueda ser un poco duro con el amante desafortunado.

—Probablemente sea así —asintió el señor Grewgious—, probablemente sea así. Soy un hombre duro en el grano.

—Puede no mostrar —dijo Edwin— todo lo que siente; o puede no...

Ahí se detuvo tanto tiempo, para encontrar el resto de su frase, que el señor Grewgious hizo su dificultad mil veces mayor al intervenir inesperadamente con:

—¡No, por supuesto; puede no hacerlo!

Después de eso, todos se sentaron en silencio; el silencio del señor Bazzard era provocado por el sueño.

—Su responsabilidad es muy grande, sin embargo —dijo el señor Grewgious finalmente, con los ojos en el fuego.

Edwin asintió, con los ojos en el fuego.

—Y que esté seguro de que no juega con nadie —dijo el señor Grewgious—; ni consigo mismo, ni con ningún otro.

Edwin se mordió el labio de nuevo y siguió sentado mirando al fuego.

—No debe hacer un juguete de un tesoro. ¡Ay de él si lo hace! Que se lo tome muy a pecho —dijo el señor Grewgious.

Aunque dijo estas cosas en frases cortas, mucho como el supuesto niño de la escuela de caridad al que acabamos de referirnos podría haber repetido un versículo o dos del Libro de los Proverbios, había algo soñador (para un hombre tan literal) en la forma en que ahora sacudía su dedo índice derecho hacia los carbones vivos en la rejilla, y volvió a quedar en silencio.

Pero no por mucho tiempo. Mientras estaba sentado erguido y rígido en su silla, de repente golpeó sus rodillas, como la imagen tallada de algún extraño ídolo que salía de su ensueño, y dijo: —Debemos terminar esta botella, señor Edwin. Déjeme ayudarle. Ayudaré a Bazzard también, aunque esté dormido. De lo contrario podría no gustarle.

Les ayudó a ambos, y se ayudó a sí mismo, y vació su copa, y la puso boca abajo sobre la mesa, como si acabara de atrapar una mosca en ella.

—Y ahora, señor Edwin —prosiguió, limpiándose la boca y las manos en su pañuelo—, a un pequeño asunto de negocios. Recibió de mí, el otro día, una copia certificada del testamento del padre de la señorita Rosa. Conocía su contenido antes, pero lo recibió de mí como una cuestión de negocios. Se lo habría enviado al señor Jasper, de no ser por el deseo de la señorita Rosa de que llegara directamente a usted, como preferencia. ¿Lo recibió?

—Completamente a salvo, señor.

—Debería haber reconocido su recibo —dijo el señor Grewgious—; los negocios son los negocios en todo el mundo. Sin embargo, no lo hizo.

—Tenía intención de reconocerlo cuando llegué esta noche, señor.

—No es un reconocimiento profesional —respondió el señor Grewgious—; sin embargo, dejemos pasar eso. Ahora, en ese documento ha observado unas pocas palabras de amable alusión a que me corresponde a mí cumplir una pequeña confianza, confiada a mí en conversación, en el momento que a mi discreción considere mejor.

—Sí, señor.

—Señor Edwin, me vino a la mente hace un momento, cuando miraba el fuego, que podría, a mi discreción, cumplir con esa confianza en el mejor momento posible que el presente. Favorézcame con su atención, medio minuto.

Tomó un manojo de llaves de su bolsillo, separó a la luz de la vela la llave que quería y luego, con una vela en la mano, fue a una cómoda o escritorio, lo abrió, tocó el resorte de un pequeño cajón secreto y sacó de él un estuche de anillo común hecho para un solo anillo. Con esto en la mano, volvió a su silla. Mientras lo sostenía para que el joven lo viera, su mano tembló.

—Señor Edwin, esta rosa de diamantes y rubíes delicadamente engastados en oro, era un anillo que pertenecía a la madre de la señorita Rosa. Fue retirado de su mano muerta, en mi presencia, con un dolor tan destrozado que espero que nunca sea mi destino contemplar de nuevo. Hombre duro como soy, no soy lo suficientemente duro para eso. ¡Vea cómo brillan estas piedras! —abriendo el estuche—. ¡Y, sin embargo, los ojos que eran mucho más brillantes, y que tan a menudo las miraban con una luz y un corazón orgulloso, han sido cenizas entre cenizas, y polvo entre polvo, desde hace algunos años! Si tuviera algo de imaginación (lo cual es innecesario decir que no tengo), podría imaginar que la belleza duradera de estas piedras era casi cruel.

Cerró el estuche de nuevo mientras hablaba.

«Este anillo fue entregado a la joven que se ahogó tan pronto en su hermosa y feliz trayectoria, por su marido, cuando ambos se juraron fe el uno al otro por primera vez. Fue él quien lo retiró de su mano inconsciente, y fue él quien, cuando su muerte se acercaba, lo puso en la mía. La confianza con la que lo recibí fue que, al crecer ustedes, usted y la señorita Rosa, hasta la edad adulta, y prosperar su compromiso hasta llegar a su madurez, yo debía entregárselo a usted para que lo colocara en su dedo. De no lograrse esos resultados deseados, debía permanecer en mi posesión».

Cierta turbación se reflejó en el rostro del joven, y hubo cierta indecisión en el movimiento de su mano, mientras el señor Grewgious, mirándolo fijamente, le entregaba el anillo.

«El hecho de que usted lo coloque en su dedo», dijo el señor Grewgious, «será el sello solemne de su estricta fidelidad hacia los vivos y los muertos. Usted va a su encuentro, para hacer los últimos preparativos irrevocables para su boda. Llévelo con usted».

El joven tomó el pequeño estuche y se lo guardó en el pecho.

«Si algo fallara, si algo estuviera siquiera ligeramente mal entre ustedes; si usted tuviera la conciencia secreta de que se compromete a este paso por ninguna otra razón más elevada que la de que ha estado acostumbrado durante mucho tiempo a esperarlo; entonces», dijo el señor Grewgious, «¡le ordeno una vez más, por los vivos y por los muertos, que me devuelva ese anillo!».

Aquí Bazzard se despertó por sus propios ronquidos; y, como es habitual en tales casos, se quedó sentado mirando apopléjicamente al vacío, como desafiando al vacío a que le acusara de haberse quedado dormido.

«¡Bazzard!», dijo el señor Grewgious, más duro que nunca.

«Le sigo, señor», dijo Bazzard, «y le he estado siguiendo».

«En cumplimiento de un encargo, he entregado al señor Edwin Drood un anillo de diamantes y rubíes. ¿Lo ve?».

Edwin reprodujo el pequeño estuche y lo abrió; y Bazzard miró dentro.

«Les sigo a ambos, señor», respondió Bazzard, «y soy testigo de la transacción».

Evidentemente ansioso por marcharse y quedarse solo, Edwin Drood se puso de nuevo su ropa de calle, murmurando algo sobre el tiempo y unos compromisos. Se informó que la niebla no había despejado (por el camarero volador, que descendió de un vuelo especulativo en el interés del café), pero él salió a ella; y Bazzard, a su manera, le «siguió».

El señor Grewgious, al quedarse solo, caminó suave y lentamente de un lado a otro durante una hora o más. Estaba inquieto esta noche y parecía abatido.

«Espero haber hecho lo correcto», dijo. «La apelación a él parecía necesaria. Fue duro perder el anillo, y sin embargo, debió haber salido de mí muy pronto».

Cerró el pequeño cajón vacío con un suspiro, y cerró y echó la llave al escritorio, y regresó a la solitaria chimenea.

«Su anillo», continuó. «¿Volverá a mí? Mi mente ronda su anillo con mucha inquietud esta noche. Pero eso es explicable. ¡Lo he tenido tanto tiempo y lo he apreciado tanto! Me pregunto...».

Estaba en un estado de ánimo reflexivo además de inquieto; pues, aunque se contuvo en ese punto y dio otro paseo, reanudó sus reflexiones cuando volvió a sentarse.

«Me pregunto (por diezmilésima vez, ¡y qué tonto tan débil soy, porque qué puede importar ahora!) si me confió el cuidado de su hija huérfana porque sabía... ¡Dios mío, cómo se ha vuelto de parecida a su madre!».

«Me pregunto si alguna vez sospechó siquiera que alguien se desvivía por ella, a una distancia desesperada y silenciosa, cuando él se interpuso y la ganó. ¡Me pregunto si alguna vez se le pasó por la mente quién era ese desafortunado alguien!».

«¡Me pregunto si dormiré esta noche! En cualquier caso, me encerraré al mundo con las mantas de la cama e intentaré hacerlo».

El señor Grewgious cruzó la escalera hacia su dormitorio crudo y brumoso, y pronto estuvo listo para acostarse. Al ver vagamente su rostro en el espejo empañado, acercó la vela durante un momento.

«¡Un tipo probable, tú, para aparecer en los pensamientos de cualquiera con tal aspecto!», exclamó. «¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Vete a la cama, pobre hombre, y deja de parlotear!».

Con eso, apagó la luz, se subió las mantas alrededor y, con otro suspiro, se encerró al mundo. Y, sin embargo, hay rincones románticos tan inexplorados en los hombres más inverosímiles, que incluso el viejo y quebradizo P. J. T. Posiblemente Charlaba Así, en momentos extraños, por allá por mil setecientos cuarenta y siete.

CAPÍTULO XII. UNA NOCHE CON DURDLES

Cuando el señor Sapsea no tiene nada mejor que hacer hacia el atardecer, y descubre que la contemplación de su propia profundidad se vuelve un poco monótona a pesar de la inmensidad del tema, a menudo sale a airearse por el recinto de la Catedral y sus alrededores. Le gusta pasar por el cementerio con un aire creciente de propiedad, y fomentar en su pecho una especie de sentimiento de bondadoso propietario, ya que ha sido generoso con esa inquilina meritoria, la señora Sapsea, y le ha dado públicamente un premio. Le gusta ver alguna cara extraña mirando a través de las verjas, y tal vez leyendo su inscripción. Si se encontrara con un extraño que sale del cementerio con paso rápido, está moralmente convencido de que el extraño se está «retirando sonrojado», como se indica monumentalmente.

La importancia del señor Sapsea ha sido realzada, pues se ha convertido en alcalde de Cloisterham. Sin alcaldes, y muchos de ellos, no se puede discutir que toda la estructura de la sociedad —el señor Sapsea está convencido de que él inventó esa figura contundente— se vendría abajo. Los alcaldes han sido nombrados caballeros por «subir» con discursos: máquinas explosivas que disparan intrépidamente metralla y proyectiles contra la gramática inglesa. El señor Sapsea puede «subir» con un discurso. ¡Levántate, Sir Thomas Sapsea! De esos es la sal de la tierra.

El señor Sapsea ha estrechado su relación con el señor Jasper desde su primer encuentro para compartir oporto, epitafio, chaquete, carne y ensalada. El señor Sapsea ha sido recibido en la casa de la puerta con hospitalidad similar; y en esa ocasión el señor Jasper se sentó al piano y cantó para él, haciéndole cosquillas en los oídos —figuradamente— lo suficiente como para presentar un área considerable para hacer cosquillas. Lo que al señor Sapsea le gusta de ese joven es que siempre está dispuesto a aprovechar la sabiduría de sus mayores, y que es sólido, señor, hasta la médula. Como prueba de ello, le cantó al señor Sapsea esa noche, no cancioncillas frívolas, favoritas de los enemigos nacionales, sino que le dio el auténtico estilo de cosecha propia de Jorge III; exhortándole (como «mis valientes muchachos») a reducir a un estado de desastre todas las islas menos esta, y todos los continentes, penínsulas, istmos, promontorios y otras formas geográficas de tierra cualesquiera, además de barrer los mares en todas direcciones. En resumen, dejó bastante claro que la Providencia cometió un claro error al crear una nación tan pequeña de corazones de roble y tantos otros pueblos parásitos.

El señor Sapsea, caminando lentamente esta tarde húmeda cerca del cementerio con las manos a la espalda, en busca de un extraño que se sonroje y se retire, dobla una esquina y se encuentra en su lugar en la buena presencia del Deán, conversando con el Sacristán y el señor Jasper. El señor Sapsea hace su reverencia y al instante se siente mucho más eclesiástico que cualquier arzobispo de York o Canterbury.

«Evidentemente va a escribir un libro sobre nosotros, señor Jasper», dice el Deán; «escribir un libro sobre nosotros. ¡Bien! Somos muy antiguos y deberíamos hacer un buen libro. No estamos tan ricamente dotados de posesiones como de edad; pero quizás incluya eso en su libro, entre otras cosas, y llame la atención sobre nuestras injusticias».

El señor Tope, como es su deber, se muestra muy entretenido con esto.

«Realmente no tengo ninguna intención, señor», responde Jasper, «de convertirme en autor o arqueólogo. Es solo un capricho mío. E incluso para mi capricho, el señor Sapsea aquí presente es más responsable que yo».

«¿Cómo es eso, señor Alcalde?», dice el Deán, con un gesto de reconocimiento bondadoso de su subordinado. «¿Cómo es eso, señor Alcalde?».

«No soy consciente», comenta el señor Sapsea, mirando a su alrededor en busca de información, «a qué se refiere el Muy Reverendo Deán que me hace el honor de mencionar». Y luego se pone a estudiar a su original en puntos minuciosos de detalle.

«Durdles», insinúa el señor Tope.

«¡Ah!», hace eco el Deán; «¡Durdles, Durdles!».

«La verdad, señor», explica Jasper, «es que mi curiosidad por el hombre fue realmente estimulada primero por el señor Sapsea. El conocimiento de la humanidad del señor Sapsea y su poder para sacar a relucir todo lo que hay de recluido o extraño a su alrededor, me llevó primero a dedicarle un segundo pensamiento al hombre: aunque, por supuesto, me lo había encontrado constantemente por ahí. No le sorprendería esto, señor Deán, si hubiera visto al señor Sapsea tratar con él en su propio salón, como hice yo».

«¡Oh!», exclama Sapsea, recogiendo la pelota que le han lanzado con inefable complacencia y pomposidad; «sí, sí. ¿El Muy Reverendo Deán se refiere a eso? Sí. Casualmente puse en contacto a Durdles y al señor Jasper. Considero a Durdles como un Personaje».

«Un personaje, señor Sapsea, al que con unos pocos toques hábiles usted le da la vuelta», dice Jasper.

«No, no exactamente eso», responde el pesado subastador. «Quizás tenga un poco de influencia sobre él; y quizás un poco de perspicacia en su carácter. El Muy Reverendo Deán tendrá a bien tener en cuenta que he visto mundo». Aquí el señor Sapsea se coloca un poco detrás del Deán para inspeccionar los botones de su chaqueta.

«¡Bien!», dice el Deán, mirando a su alrededor para ver qué ha sido de su copista: «Espero, señor Alcalde, que use su estudio y conocimiento de Durdles para el buen propósito de exhortarle a no romperle el cuello a nuestro digno y respetado Maestro de Coro; no podemos permitirlo; su cabeza y su voz son demasiado valiosas para nosotros».

El señor Tope vuelve a estar muy entretenido y, tras haber caído en respetuosas convulsiones de risa, se reduce a un murmullo deferente, dando a entender que seguramente cualquier caballero consideraría un placer y un honor que le rompieran el cuello, a cambio de tal cumplido de tal fuente.

«Me encargaré yo mismo, señor», observa Sapsea con altivez, «de responder por el cuello del señor Jasper. Le diré a Durdles que tenga cuidado con él. Él hará caso a lo que yo diga. ¿Cómo está en peligro actualmente?», inquiere, mirando a su alrededor con magnífico patrocinio.

«Solo por el hecho de hacer una expedición a la luz de la luna con Durdles entre las tumbas, bóvedas, torres y ruinas», responde Jasper. «¿Recuerda que sugirió, cuando nos puso en contacto, que, como amante de lo pintoresco, podría valer la pena?».

«¡Lo recuerdo!», responde el subastador. Y el idiota solemne realmente cree que lo recuerda.

«Aprovechando su sugerencia», continúa Jasper, «he tenido algunos paseos diurnos con el extraordinario viejo, y vamos a hacer una exploración nocturna a escondidas a la luz de la luna».

«Y aquí viene», dice el Deán.

Durdles, con su hatillo de comida en la mano, es visto efectivamente acercándose a ellos. Al acercarse más y percibir al Deán, se quita el sombrero y se aleja encorvado con él bajo el brazo, cuando el señor Sapsea lo detiene.

«Asegúrate de cuidar a mi amigo», es la orden que el señor Sapsea le impone.

«¿Qué amigo suyo está muerto?», pregunta Durdles. «No ha llegado ninguna orden para ningún amigo suyo».

«Me refiero a mi amigo vivo de ahí».

«¡Oh! ¿Él?», dice Durdles. «Él puede cuidarse solo, puede el señor Jarsper».

«Pero cuídalo tú también», dice Sapsea.

A quien Durdles (habiendo autoridad en su tono) examina hoscamente de pies a cabeza.

«Con la venia de su Reverencia el Deán, si usted se ocupa de lo que le concierne, señor Sapsea, Durdles se ocupará de lo que le concierne a él».

«Estás de mal humor», dice el señor Sapsea, guiñando un ojo a la compañía para que observen con qué suavidad lo manejará. «Mi amigo me concierne, y el señor Jasper es mi amigo. Y tú eres mi amigo».

«No adquieras la mala costumbre de presumir», replica Durdles, con un grave movimiento de cabeza de advertencia. «Se te pegará».

«Estás de mal humor», dice Sapsea de nuevo; enrojeciendo, pero volviendo a hundirse ante la compañía.

«Lo admito», responde Durdles; «no me gustan las confianzas».

El señor Sapsea guiña un tercer guiño a la compañía, como quien dice: «Creo que estarán de acuerdo conmigo en que he resuelto su asunto»; y se aleja de la controversia.

Durdles entonces da las buenas noches al Deán y, añadiendo mientras se pone el sombrero: «Me encontrará en casa, señor Jarsper, como acordamos, cuando me necesite; voy a casa a limpiarme», pronto se aleja encorvado de la vista. Este ir a casa a limpiarse es uno de los incomprensibles compromisos del hombre con los hechos inexorables; él, su sombrero, sus botas y su ropa, nunca muestran rastro de limpieza, sino que están uniformemente en una condición de polvo y arenilla.

El farolero ahora salpica el tranquilo recinto con motas de luz, y corriendo a gran velocidad arriba y abajo de su pequeña escalera con ese objetivo —su pequeña escalera bajo cuya sombra sagrada de inconveniencia habían crecido generaciones, y cuya abolición horrorizaría a todo Cloisterham— el Deán se retira a su cena, el señor Tope a su té y el señor Jasper a su piano. Allí, sin más luz que la del fuego, se sienta a cantar música coral con una voz baja y hermosa, durante dos o tres horas; en resumen, hasta que ha oscurecido hace algún tiempo y la luna está a punto de salir.

Entonces cierra su piano suavemente, cambia suavemente su chaqueta por una guerrera, con una buena botella en una funda de mimbre en su bolsillo más grande, y poniéndose un sombrero de copa baja y ala caída, sale suavemente. ¿Por qué se mueve tan suavemente esta noche? No se aprecia ninguna razón externa para ello. ¿Puede haber alguna razón simpática agazapada oscuramente dentro de él?

Dirigiéndose a la casa inacabada de Durdles, o agujero en la muralla de la ciudad, y viendo una luz dentro, abre suavemente su camino entre las lápidas, monumentos y escombros de piedra del patio, ya tocados aquí y allá, lateralmente, por la luna naciente. Los dos oficiales han dejado sus dos grandes sierras clavadas en sus bloques de piedra; y dos oficiales esqueleto de la Danza de la Muerte podrían estar sonriendo a la sombra de sus garitas protectoras, a punto de empezar a cortar las lápidas de las dos próximas personas destinadas a morir en Cloisterham. Es bastante probable que los dos piensen poco en eso ahora, estando vivos y quizás alegres. Curioso, hacer una suposición sobre los dos; —¡o digamos uno de los dos!

«¡Ho! ¡Durdles!».

La luz se mueve y él aparece con ella en la puerta. Parecería haberse estado «limpiando» con la ayuda de una botella, una jarra y un vaso; pues no se ven otros instrumentos de limpieza en la habitación de ladrillo desnudo con vigas arriba y sin techo enyesado, en la que muestra a su visitante.

«¿Estás listo?».

«Estoy listo, señor Jarsper. Que salgan los viejos si se atreven, cuando vayamos entre sus tumbas. Mi espíritu está listo para ellos».

«¿Te refieres a espíritus animales, o ardientes?».

«Lo uno es lo otro», responde Durdles, «y me refiero a ambos».

Toma una linterna de un gancho, se pone una cerilla o dos en el bolsillo para encenderla, si fuera necesario; y salen juntos, hatillo de comida y todo.

¡Ciertamente una clase de expedición inexplicable! Que el propio Durdles, que siempre está merodeando entre tumbas viejas y ruinas, como un necrófago, que se deslice para trepar, bucear y vagar sin un objetivo, no es nada extraordinario; pero que el Maestro de Coro o cualquier otro considere que vale la pena estar con él, y estudiar los efectos de la luz de la luna en tal compañía, es otro asunto. ¡Ciertamente una clase de expedición inexplicable, por tanto!

«Cuidado con ese montículo junto a la puerta del patio, señor Jarsper».

«Lo veo. ¿Qué es?».

«Cal».

El señor Jasper se detiene y espera a que él se acerque, pues se queda atrás. «¿Lo que llaman cal viva?».

«¡Sí!», dice Durdles; «bastante viva para comerse tus botas. Con un poco de agitación, bastante viva para comerse tus huesos».

Siguen adelante, pasando pronto por las ventanas rojas de la posada de los viajeros, y emergiendo a la clara luz de la luna del Viñedo de los Monjes. Cruzado esto, llegan al Rincón del Canónigo Menor: de la cual la mayor parte permanece en sombra hasta que la luna suba más en el cielo.

El sonido de una puerta de casa cerrándose llega a sus oídos y dos hombres salen. Estos son el señor Crisparkle y Neville. Jasper, con una sonrisa extraña y repentina en su rostro, pone la palma de su mano sobre el pecho de Durdles, deteniéndolo donde está.

En ese extremo del Rincón del Canónigo Menor la sombra es profunda en el estado actual de la luz: en ese extremo, también, hay un trozo de viejo muro bajo, a la altura del pecho, el único límite que queda de lo que fue un jardín, pero que ahora es el camino. Jasper y Durdles habrían girado este muro en otro instante; pero, deteniéndose tan en seco, se quedan detrás de él.

«Esos dos solo están paseando», susurra Jasper; «pronto saldrán a la luz de la luna. Mantengámonos quietos aquí, o nos retendrán, o querrán unirse a nosotros, o lo que sea».

Durdles asiente con la cabeza y se pone a masticar algunos fragmentos de su hatillo. Jasper cruza los brazos sobre la parte superior del muro y, con la barbilla apoyada en ellos, observa. No presta atención alguna al Canónigo Menor, sino que observa a Neville, como si su ojo estuviera en el gatillo de un rifle cargado, y lo hubiera cubierto, y estuviera a punto de disparar. Una sensación de poder destructivo se expresa tan claramente en su rostro, que incluso Durdles hace una pausa en su masticación y lo mira, con algo sin masticar en la mejilla.

Mientras tanto, el señor Crisparkle y Neville caminan de un lado a otro, hablando tranquilamente. Lo que dicen no se puede escuchar de forma consecutiva; pero el señor Jasper ya ha distinguido su propio nombre más de una vez.

«Este es el primer día de la semana», se puede escuchar claramente al señor Crisparkle observar, mientras dan la vuelta; «y el último día de la semana es la Nochebuena».

«Puede estar seguro de mí, señor».

Los ecos eran favorables en esos puntos, pero a medida que los dos se acercan, el sonido de su conversación vuelve a confundirse. La palabra «confianza», destrozada por los ecos, pero aún capaz de ser reconstruida, es pronunciada por el señor Crisparkle. A medida que se acercan aún más, se escucha este fragmento de una respuesta: «Aún no merecida, pero lo será, señor». Mientras se alejan de nuevo, Jasper vuelve a escuchar su propio nombre, en relación con las palabras del señor Crisparkle: «Recuerde que dije que respondía por usted con confianza». Luego, el sonido de su conversación se vuelve a confundir; se detienen por un momento y sigue una acción seria por parte de Neville. Cuando se mueven una vez más, se ve al señor Crisparkle mirar al cielo y señalar frente a él. Luego desaparecen lentamente; saliendo a la luz de la luna en el extremo opuesto del Rincón.

No es hasta que se han ido que el señor Jasper se mueve. Pero entonces se vuelve hacia Durdles y estalla en un ataque de risa. Durdles, que todavía tiene ese algo suspendido en la mejilla, y que no ve nada de qué reírse, se le queda mirando hasta que el señor Jasper apoya el rostro en sus brazos para terminar de reír. Entonces Durdles traga el algo, como si se resignara desesperadamente a una indigestión.

Entre aquellos rincones apartados hay muy poco movimiento o agitación después del anochecer. Ya hay muy poco en el apogeo del día, pero apenas queda nada por la noche. Además de que la alegremente frecuentada High Street se encuentra casi paralela al lugar (alzándose la vieja Catedral entre ambas), y es el canal natural por el que fluye el tráfico de Cloisterham, un cierto silencio aterrador impregna el antiguo edificio, los claustros y el cementerio después de la caída del sol, un silencio que pocas personas desean afrontar. Si se le pregunta a los primeros cien ciudadanos de Cloisterham, encontrados al azar en las calles al mediodía, si creen en fantasmas, dirían que no; pero si se les pone a elegir por la noche entre estos recintos inquietantes y la vía pública de las tiendas, se descubriría que noventa y nueve elegirían el rodeo más largo y el camino más frecuentado. La causa de esto no debe buscarse en ninguna superstición local que se asocie a los Recintos —aunque una dama misteriosa, con un niño en brazos y una soga colgando de su cuello, ha sido vista merodeando por allí por varios testigos tan intangibles como ella misma—, sino en el encogimiento innato que siente el polvo que conserva el aliento de la vida ante el polvo del que el aliento de la vida ha partido; también, en la ampliamente difundida, y casi tan ampliamente no reconocida, reflexión: «Si los muertos, bajo cualquier circunstancia, se hacen visibles a los vivos, estos son entornos tan probables para tal fin que yo, el vivo, saldré de ellos tan pronto como pueda». Por lo tanto, cuando el señor Jasper y Durdles hacen una pausa para mirar a su alrededor, antes de descender a la cripta por una pequeña puerta lateral, de la cual este último tiene una llave, toda la extensión de luz de luna a su vista está totalmente desierta. Uno podría imaginar que la marea de la vida fue contenida por la propia portería del señor Jasper. El murmullo de la marea se escucha más allá; pero ninguna ola pasa el arco, sobre el cual su lámpara arde con luz roja tras su cortina, como si el edificio fuera un faro.

Entran, cerrándose por dentro, descienden los escabrosos escalones y se encuentran en la Cripta. No hace falta la linterna, pues la luz de la luna entra por las ventanas de crucería, desnudas de cristal, cuyos marcos rotos proyectan patrones sobre el suelo. Los pesados pilares que sostienen el techo engendran masas de sombra negra, pero entre ellos hay senderos de luz. Arriba y abajo caminan por estos senderos, Durdles disertando sobre los «viejos» que todavía cuenta con desenterrar, y dando palmadas a una pared, en la que considera que «toda una familia de ellos» está tapiada y enterrada, como si fuera un íntimo amigo de la familia. La taciturnidad de Durdles es superada por el momento por la garrafa de mimbre del señor Jasper, que circula libremente; en el sentido, es decir, de que su contenido entra libremente en la circulación del señor Durdles, mientras que el señor Jasper solo se enjuaga la boca una vez y arroja el enjuague.

Van a ascender la gran Torre. En los escalones por los que suben a la Catedral, Durdles hace una pausa para recuperar el aliento. Los escalones son muy oscuros, pero desde la oscuridad pueden ver los senderos de luz que han recorrido. Durdles se sienta en un escalón. El señor Jasper se sienta en otro. El olor de la garrafa de mimbre (que de alguna manera ha pasado a manos de Durdles) pronto insinúa que se ha quitado el corcho; pero esto no se puede comprobar mediante el sentido de la vista, ya que ninguno de los dos puede distinguir al otro. Y, sin embargo, al hablar, se vuelven el uno hacia el otro, como si sus rostros pudieran comunicarse entre sí.

—¡Esto es buen licor, señor Jarsper!

—Es muy buen licor, espero. Lo compré expresamente.

—¡No se aparecen, ya ve, los viejos no, señor Jarsper!

—Sería un mundo más confuso de lo que es, si pudieran hacerlo.

—Bueno, conduciría a una mezcla de cosas —concede Durdles, deteniéndose en la observación, como si la idea de los fantasmas no se le hubiera presentado anteriormente bajo una luz meramente inconveniente, doméstica o cronológicamente—. Pero, ¿cree usted que puede haber fantasmas de otras cosas, aunque no sean de hombres y mujeres?

—¿Qué cosas? ¿Parterres de flores y regaderas? ¿Caballos y arneses?

—No. Sonidos.

—¿Qué sonidos?

—Gritos.

—¿A qué gritos se refiere? ¿Sillas para arreglar?

—No. Me refiero a chillidos. Ahora le contaré, señor Jarsper. Espere un poco hasta que acomode la botella. —Aquí, evidentemente, se quita el corcho de nuevo y se vuelve a poner—. ¡Ya está! ¡Ahora está bien! El año pasado por estas fechas, solo unos días después, me ocurrió que estaba haciendo lo correcto según la estación, en cuanto a darle la bienvenida que tenía derecho a esperar, cuando esos chicos del pueblo se ensañaron conmigo en lo peor. Finalmente les di el esquinazo y me metí aquí. Y aquí me quedé dormido. ¿Y qué me despertó? El fantasma de un grito. El fantasma de un chillido terrorífico, que fue seguido por el fantasma del aullido de un perro: un aullido largo, lúgubre y lastimero, tal como da un perro cuando alguien muere. Esa fue mi última Nochebuena.

—¿Qué quiere decir? —es la réplica muy abrupta y, se podría decir, feroz.

—Quiero decir que hice averiguaciones por todas partes y que ningún oído vivo, salvo el mío, escuchó ni ese grito ni ese aullido. Así que digo que ambos fueron fantasmas; aunque por qué vinieron a mí, nunca lo he comprendido.

—Pensé que usted era otro tipo de hombre —dice Jasper, con desprecio.

—Eso pensé yo mismo —responde Durdles con su habitual compostura—; y aun así fui elegido para ello.

Jasper se había levantado de repente cuando le preguntó qué quería decir, y ahora dice: —Vamos; nos congelaremos aquí; guíe el camino.

Durdles accede, no con demasiada firmeza; abre la puerta en lo alto de los escalones con la llave que ya ha usado; y así emerge al nivel de la Catedral, en un pasaje al lado del presbiterio. Aquí, la luz de la luna es de nuevo tan brillante que los colores de la vidriera más cercana se proyectan sobre sus rostros. La apariencia del inconsciente Durdles, sosteniendo la puerta abierta para que su compañero lo siga, como si saliera de la tumba, es bastante espantosa, con una mano morada cruzando su rostro y una mancha amarilla sobre su frente; pero soporta el escrutinio cercano de su compañero de una manera insensible, aunque se prolonga mientras este último hurga entre sus bolsillos en busca de una llave que se le confió y que abrirá una puerta de hierro, para permitirles así pasar a la escalera de la gran torre.

—Eso y la botella son suficiente para que usted cargue —dice, entregándosela a Durdles—; entrégueme su hatillo; soy más joven y tengo más aguante que usted. —Durdles duda un momento entre el hatillo y la botella; pero da preferencia a la botella por ser mucho mejor compañía, y consigna el peso seco a su compañero explorador.

Luego suben por la escalera de caracol de la gran torre, laboriosamente, girando y girando, e inclinando la cabeza para evitar las escaleras superiores o el tosco eje de piedra alrededor del cual se retuercen. Durdles ha encendido su linterna, extrayendo de la pared fría y dura una chispa de ese fuego misterioso que acecha en todas las cosas, y, guiados por esta brizna, trepan entre las telarañas y el polvo. Su camino transcurre por lugares extraños. Dos o tres veces emergen a galerías niveladas de arco bajo, desde donde pueden mirar hacia la nave bañada por la luna; y donde Durdles, agitando su linterna, agita las cabezas de ángeles tenues sobre las ménsulas del techo, que parecen observar su progreso. Pronto se adentran en escaleras más estrechas y empinadas, y el aire nocturno comienza a soplar sobre ellos, y el chirrido de alguna grajilla sobresaltada o de una corneja asustada precede al pesado batir de alas en un espacio confinado, y a la caída de polvo y paja sobre sus cabezas. Por fin, dejando su luz detrás de una escalera —pues aquí arriba sopla fresco—, miran hacia Cloisterham, hermosa de ver a la luz de la luna: sus ruinosas habitaciones y santuarios de los muertos, en la base de la torre: sus tejados de tejas rojas suavizados por el musgo y las casas de ladrillo rojo de los vivos, agrupadas más allá: su río serpenteando desde la niebla en el horizonte, como si esa fuera su fuente, y ya agitándose con un conocimiento inquieto de su acercamiento hacia el mar.

Una vez más, ¡esta es una expedición inexplicable! Jasper (moviéndose siempre suavemente sin razón visible) contempla la escena, y especialmente esa parte más silenciosa de ella que la Catedral ensombrece. Pero contempla a Durdles con la misma curiosidad, y Durdles es a veces consciente de sus ojos vigilantes.

Solo a veces, porque Durdles se está quedando adormilado. Como los aeronautas aligeran la carga que llevan cuando desean elevarse, del mismo modo Durdles ha aligerado la garrafa de mimbre al subir. Fragmentos de sueño lo sorprenden de pie y lo detienen en su habla. Un leve ataque de calentura lo embarga, en el cual considera que el suelo, tan abajo, está al mismo nivel que la torre, y le daría igual caminar fuera de la torre hacia el aire que no hacerlo. Tal es su estado cuando comienzan a bajar. Y como los aeronautas se hacen más pesados cuando desean descender, del mismo modo Durdles se carga con más líquido de la garrafa de mimbre, para poder bajar mejor.

Una vez alcanzada y cerrada la puerta de hierro —pero no antes de que Durdles se haya caído dos veces y se haya abierto una ceja una vez—, descienden de nuevo a la cripta, con la intención de salir por donde entraron. Pero, mientras regresan entre aquellos senderos de luz, Durdles se vuelve tan inseguro, tanto de pie como de palabra, que se deja caer, o más bien se arroja, junto a uno de los pesados pilares, apenas menos pesado que él mismo, y apela confusamente a su compañero por cuarenta guiños de un segundo cada uno.

—Si usted lo desea así, o debe ser así —responde Jasper—, no lo dejaré aquí. Tómelos, mientras yo camino de un lado a otro.

Durdles se queda dormido de inmediato; y en su sueño sueña un sueño.

No es gran cosa de sueño, considerando la vasta extensión de los dominios del país de los sueños y sus maravillosas producciones; solo es notable por ser inusualmente inquieto e inusualmente real. Sueña que está allí acostado, dormido, y sin embargo contando los pasos de su compañero mientras camina de un lado a otro. Sueña que los pasos se desvanecen en la distancia del tiempo y del espacio, y que algo lo toca, y que algo se le cae de la mano. Entonces algo tintinea y palpa a su alrededor, y sueña que está solo durante tanto tiempo, que los senderos de luz toman nuevas direcciones a medida que la luna avanza en su curso. De la inconsciencia sucesiva pasa a un sueño de lenta inquietud por el frío; y despierta dolorosamente a una percepción de los senderos de luz —realmente cambiados, tal como había soñado— y a Jasper caminando entre ellos, golpeándose las manos y los pies.

—¡Hola! —grita Durdles, alarmado sin motivo.

—¿Despierto por fin? —dice Jasper, acercándose a él—. ¿Sabe que sus cuarenta guiños se han estirado hasta llegar a miles?

—No.

—Pues lo han hecho.

—¿Qué hora es?

—¡Escuche! ¡Están dando las campanas en la Torre!

Tocan cuatro cuartos, y luego suena la gran campana.

—¡Las dos! —grita Durdles, revolviéndose;— ¿por qué no intentó despertarme, señor Jarsper?

—Lo hice. Habría sido lo mismo intentar despertar a los muertos: su propia familia de muertos, allá arriba en la esquina.

—¿Me tocó usted?

—¡Tocarlo! Sí. Lo sacudí.

Mientras Durdles recuerda ese toque en su sueño, mira hacia el pavimento y ve la llave de la puerta de la cripta tirada cerca de donde él mismo yacía.

—Se me cayó, ¿verdad? —dice, recogiéndola y recordando esa parte de su sueño. Mientras se incorpora de nuevo a una posición erguida, o a una posición lo más erguida que mantiene jamás, vuelve a ser consciente de ser observado por su compañero.

—¿Bien? —dice Jasper, sonriendo—, ¿está ya listo? Por favor, no se apresure.

—Déjeme acomodar mi hatillo, señor Jarsper, y estoy con usted. —Mientras lo ata de nuevo, vuelve a ser consciente de que es observado muy de cerca.

—¿De qué me sospecha, señor Jarsper? —pregunta, con disgusto de borracho—. Que los que tengan alguna sospecha de Durdles las digan.

—No tengo sospechas de usted, mi buen señor Durdles; pero tengo sospechas de que mi botella estaba llena de algo más fuerte de lo que ambos suponíamos. Y también tengo sospechas —añade Jasper, recogiéndola del suelo y poniéndola boca abajo—, de que está vacía.

Durdles se digna reírse de esto. Continuando con una risita cuando su carcajada termina, como si estuviera recriminándose por su capacidad de beber, se acerca a la puerta y la abre. Ambos salen, Durdles la vuelve a cerrar y se guarda la llave en el bolsillo.

—Mil gracias por una noche curiosa e interesante —dice Jasper, dándole la mano—; ¿puede encontrar el camino a casa?

—¡Ya lo creo! —responde Durdles—. Si usted fuera a ofrecerle a Durdles el insulto de mostrarle el camino a casa, no iría a casa.

Durdles no iría a casa hasta la mañana; Y entonces Durdles no iría a casa,

Durdles no lo haría. —Esto con el mayor desafío.

—Buenas noches, entonces.

—Buenas noches, señor Jarsper.

Cada uno se dirige hacia su lado, cuando un silbato agudo rompe el silencio y se profiere el galimatías:

«¡Widdy widdy wen! ¡Atrap—o—a—al—uno—des—pués—de—las—diez! ¡Widdy widdy wy! ¡Si—él—no—se—va—entonces—yo—tiro— ¡Widdy Widdy Wake-cock de advertencia!»

Inmediatamente después, una lluvia rápida de piedras golpea el muro de la Catedral, y se ve al horrible niño pequeño enfrente, bailando a la luz de la luna.

—¡Qué! ¡Es ese diablillo el que está de guardia allí! —grita Jasper furioso: tan rápidamente provocado, y tan violento, que él mismo parece un demonio más viejo—. ¡Derramaré la sangre de ese miserable diablillo! ¡Sé que lo haré! —Sin importarle la lluvia de piedras, aunque le golpea más de una vez, se lanza contra Deputy, lo agarra por el cuello e intenta traerlo hacia él. Pero no es tan fácil traer a Deputy hacia sí. Con una intuición diabólica sobre la parte más fuerte de su posición, apenas es tomado por la garganta cuando encoge las piernas, obliga a su agresor a colgarlo, por así decirlo, y gorgotea en su garganta, y retuerce su cuerpo, y se tuerce, como si ya estuviera sufriendo las primeras agonías del estrangulamiento. No hay más remedio que soltarlo. Inmediatamente se recompone, retrocede hacia Durdles y grita a su agresor, rechinando el gran hueco en la parte delantera de su boca con rabia y malicia:

—¡Te dejaré ciego, que me ayude Dios! ¡Te sacaré los ojos a pedradas, que me ayude Dios! ¡Si no te dejo sin vista, que me reviente! —Al mismo tiempo, esquivando detrás de Durdles, y gruñéndole a Jasper, ahora desde este lado, ahora desde aquel otro: preparado, si se abalanzan sobre él, para salir disparado en todo tipo de direcciones curvilíneas, y, si al final lo atrapan, para arrastrarse por el polvo y gritar: «¡Ahora, golpéame cuando estoy abajo! ¡Hazlo!»

—No haga daño al muchacho, señor Jarsper —insta Durdles, protegiéndolo—. Recapacite.

—¡Nos siguió esta noche, cuando vinimos aquí por primera vez!

—¡Mientes, no lo hice! —responde Deputy, en su única forma de contradicción educada.

—¡Ha estado merodeando cerca de nosotros desde entonces!

—¡Mientes, no lo he hecho! —responde Deputy—. Solo acababa de salir por mi salud cuando los vi a ustedes dos saliendo del Kinfreederel. Si

«¡Atrap—o—a—al—uno—des—pués—de—las—diez!»

(con el ritmo y el baile habituales, aunque esquivando detrás de Durdles), «no es culpa mía, ¿o sí?»

—¡Lléveselo a casa, entonces —replica Jasper, ferozmente, aunque con un fuerte control sobre sí mismo—, y que mis ojos se vean libres de la visión de usted!

Deputy, con otro silbato agudo, que expresa a la vez su alivio y el comienzo de una pedrea más leve al señor Durdles, comienza a apedrear a ese respetable caballero hacia su casa, como si fuera un buey reacio. El señor Jasper se dirige a su portería, meditabundo. Y así, como todo llega a su fin, la inexplicable expedición llega a su fin, por el momento.

CAPÍTULO XIII. AMBOS EN SU MEJOR MOMENTO

El establecimiento de la señorita Twinkleton estaba a punto de sumirse en un silencio sereno. El receso navideño estaba cerca. Lo que una vez, y no hace mucho tiempo, había sido llamado, incluso por la erudita señorita Twinkleton misma, «el medio», pero lo que ahora se llamaba, por ser más elegante y más estrictamente colegial, «el trimestre», expiraría mañana. Una notable relajación de la disciplina se había extendido durante algunos días por la Casa de las Monjas. Habían ocurrido cenas de club en los dormitorios, y una lengua preparada había sido cortada con un par de tijeras y repartida con las tenacillas. Porciones de mermelada también se habían distribuido en un servicio de platos hechos de papel de rizar; y se había bebido vino de prímulas de la pequeña y rechoncha copa de medir en la que la pequeña Rickitts (una alumna menor de constitución débil) tomaba sus gotas de acero a diario. Las criadas habían sido sobornadas con varios fragmentos de cinta y varios pares de zapatos más o menos desgastados, para no mencionar las migas en las camas; los trajes más aireados se habían usado en estas ocasiones festivas; y la atrevida señorita Ferdinand incluso había sorprendido a la compañía con un alegre solo con el peine y el papel de rizar, hasta que fue sofocada en su propia almohada por dos verdugos de cabello suelto.

Tampoco fueron estas las únicas muestras de dispersión. Aparecieron cajas en los dormitorios (donde eran capitales en otras ocasiones), y se produjo una cantidad sorprendente de empaquetado, totalmente desproporcionada a la cantidad empacada. Largueza, en forma de restos de crema fría y pomada, y también de horquillas, se distribuyó libremente entre los asistentes. Bajo cargos de secreto inviolable, se intercambiaron confidencias respecto a la juventud dorada de Inglaterra que se esperaba que llamara, «en casa», a la primera oportunidad. La señorita Giggles (deficiente en sentimiento) profesó de hecho que ella, por su parte, reconocía tal homenaje haciendo muecas a la juventud dorada; pero esta joven fue superada en votos por una inmensa mayoría.

En la última noche antes de un receso, siempre se hacía expresamente una cuestión de honor que nadie durmiera, y que los fantasmas fueran alentados por todos los medios posibles. Este pacto invariablemente se rompía, y todas las señoritas se dormían muy pronto y se levantaban muy temprano.

La ceremonia final tuvo lugar a las doce en punto del día de la partida; cuando la señorita Twinkleton, apoyada por la señora Tisher, celebró una recepción en su propio apartamento (los globos terráqueos ya cubiertos con Holland marrón), donde se descubrieron copas de vino blanco y platos de pastel de libra cortado sobre la mesa. La señorita Twinkleton dijo entonces: «Señoras, otro año que gira nos ha traído de vuelta a ese período festivo en el que los primeros sentimientos de nuestra naturaleza brincaban en nuestros...» —la señorita Twinkleton iba a añadir anualmente «pechos», pero anualmente se detenía al borde de esa expresión y sustituía por «corazones». «Corazones; nuestros corazones. ¡Ejem! De nuevo un año que gira, señoras, nos ha traído a una pausa en nuestros estudios —esperemos que nuestros estudios muy avanzados— y, como el marinero en su barca, el guerrero en su tienda, el cautivo en su mazmorra y el viajero en sus diversos medios de transporte, anhelábamos el hogar. ¿Dijimos, en tal ocasión, en las palabras de apertura de la impresionante tragedia del señor Addison:

"El alba está nublada, la mañana baja, Y pesadamente en nubes trae el día, El gran, el importante día...?"

No es así. Desde el horizonte hasta el cenit todo era color de rosa, pues todo estaba impregnado de nuestros parientes y amigos. ¡Ojalá los encontremos prosperando como esperábamos; ojalá nos encuentren prosperando como esperaban! Señoras, ahora, con nuestro amor mutuo, nos desearíamos adiós y felicidad, hasta que nos volviéramos a encontrar. Y cuando llegue el momento de nuestra reanudación de aquellas actividades que (aquí se instaló una depresión general por todas partes), actividades que, actividades que; entonces recordemos siempre lo que dijo el General espartano, en palabras demasiado trilladas para repetirlas, en la batalla que sería superfluo especificar».

Las doncellas del establecimiento, con sus mejores cofias, sirvieron entonces las bandejas, y las señoritas sorbieron y desmenuzaron, y los carruajes encargados comenzaron a atascar la calle. Entonces la despedida no se hizo esperar; y la señorita Twinkleton, al saludar la mejilla de cada señorita, le confió una carta sumamente pulcra, dirigida a su siguiente amigo legal, «con los mejores cumplidos de la señorita Twinkleton» en la esquina. Entregó esta misiva con un aire como si no tuviera la menor conexión con la factura, sino que fuera algo parecido a una sorpresa delicada y alegre.

Tantas veces había visto Rosa tales dispersiones, y tan poco sabía de cualquier otro hogar, que se sentía contenta de permanecer donde estaba, y estaba incluso más contenta que nunca, al tener consigo a su nueva amiga. Y, sin embargo, su nueva amistad tenía un vacío en ella del que no podía dejar de ser consciente. Helena Landless, habiendo sido partícipe de la revelación de su hermano sobre Rosa, y habiendo llegado a ese pacto de silencio con el Sr. Crisparkle, rehuía cualquier alusión al nombre de Edwin Drood. Por qué lo evitaba era un misterio para Rosa, pero percibía perfectamente el hecho. De no ser por ese hecho, podría haber aliviado su pequeño y perplejo corazón de algunas de sus dudas y vacilaciones al confiar en Helena. Tal como estaban las cosas, no tenía tal vía de escape: solo podía reflexionar sobre sus propias dificultades y preguntarse cada vez más por qué esta evasión del nombre de Edwin debía persistir, ahora que sabía —pues tanto le había contado Helena— que se restablecería un buen entendimiento entre los dos jóvenes cuando Edwin bajara.

Habría sido una estampa hermosa, tantas chicas bonitas besando a Rosa en el frío pórtico de la Casa de las Monjas, y esa pequeña y soleada criatura asomándose por él (inconsciente de las caras pícaras talladas en gárgola y frontón que la espiaban), y agitando despedidas a los carruajes que partían, como si representara el espíritu de la juventud rosada que habita en el lugar para mantenerlo brillante y cálido en su abandono. La ronca High Street se volvió musical con el grito, en diversas voces plateadas: «¡Adiós, querida capullo de rosa!», y la efigie del padre del Sr. Sapsea sobre la puerta opuesta parecía decir a la humanidad: «¡Caballeros, favor de prestar atención a este encantador último lote que queda atrás, y pujen con un espíritu digno de la ocasión!». Entonces la seria calle, tan inusualmente centelleante, juvenil y fresca por unos pocos momentos ondulantes, se secó, y Cloisterham volvió a ser ella misma.

Si Capullo de Rosa, en su cenador, esperaba ahora la llegada de Edwin Drood con un corazón inquieto, Edwin, por su parte, también estaba inquieto. Con mucha menos fuerza de propósito en su carácter que la infantil belleza, coronada por aclamación reina de las hadas del establecimiento de la señorita Twinkleton, tenía conciencia, y el Sr. Grewgious la había pinchado. Las firmes convicciones de aquel caballero sobre lo que era correcto y lo que era incorrecto en un caso como el suyo no debían ser apartadas con un gesto de desdén ni con risas. No se moverían. De no ser por la cena en Staple Inn, y de no ser por el anillo que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta, habría llegado al día de su boda sin otra pausa para una reflexión real, confiando vagamente en que todo iría bien al dejarse solo. Pero ese serio compromiso de ser fiel a los vivos y a los muertos lo había llevado a un alto. Debía darle el anillo a Rosa o debía recuperarlo. Una vez puesto en este camino de acción estrechado, resultó curioso que empezara a considerar las pretensiones de Rosa sobre él de forma más desinteresada de lo que nunca las había considerado antes, y empezara a estar menos seguro de sí mismo de lo que nunca lo había estado en todos sus días despreocupados.

«Me dejaré guiar por lo que ella diga y por cómo nos llevemos», fue su decisión, mientras caminaba desde la casa de la puerta hacia la Casa de las Monjas. «Venga lo que venga, tendré presentes sus palabras e intentaré ser fiel a los vivos y a los muertos».

Rosa estaba vestida para pasear. Lo esperaba. Era un día brillante y helado, y la señorita Twinkleton ya había autorizado gentilmente el aire fresco. Así, salieron juntos antes de que fuera necesario para la señorita Twinkleton, o para la sumo sacerdotisa adjunta, la Sra. Tisher, depositar siquiera una de esas ofrendas habituales en el altar de la Propiedad.

«Mi querido Eddy», dijo Rosa, cuando se hubieron desviado de High Street y se hubieron adentrado en los tranquilos paseos en las cercanías de la Catedral y el río: «Quiero decirte algo muy serio. He estado pensando en ello durante mucho, mucho tiempo».

«Yo también quiero ser serio contigo, querida Rosa. Pretendo ser serio y sincero».

«Gracias, Eddy. Y no pensarás que soy cruel porque empiece, ¿verdad? No pensarás que hablo solo por mí porque hablo primero, ¿verdad? Eso no sería generoso, ¿cierto? ¡Y sé que tú eres generoso!».

Él dijo: «Espero no ser poco generoso contigo, Rosa». Ya no la llamaba Gatita. Nunca más.

«Y no hay temor», prosiguió Rosa, «de que nos peleemos, ¿verdad? Porque, Eddy», dijo, entrelazando su mano en el brazo de él, «¡tenemos muchas razones para ser muy indulgentes el uno con el otro!».

«Lo seremos, Rosa».

«¡Eso es, buen chico! Eddy, seamos valientes. Cambiemos a hermano y hermana desde este día en adelante».

«¿Nunca ser marido y mujer?».

«¡Nunca!».

Ninguno volvió a hablar durante un rato. Pero tras esa pausa él dijo, con cierto esfuerzo:

«Por supuesto que sé que esto ha estado en la mente de ambos, Rosa, y por supuesto estoy obligado por mi honor a confesar libremente que no se origina en ti».

«No, ni en ti, querido», respondió ella, con una ternura patética. «Eso surgió entre nosotros. Tú no eres verdaderamente feliz en nuestro compromiso; yo no soy verdaderamente feliz en él. ¡Oh, lo siento tanto, lo siento tanto!». Y ahí se echó a llorar.

«Yo también lo siento profundamente, Rosa. Lo siento profundamente por ti».

«¡Y yo por ti, pobre chico! ¡Y yo por ti!».

Este sentimiento joven y puro, este sentimiento gentil y paciente de cada uno hacia el otro, trajo consigo su recompensa en una luz suavizante que parecía brillar sobre su posición. Las relaciones entre ellos no parecían obstinadas, ni caprichosas, ni un fracaso, bajo esa luz; se elevaron a algo más abnegado, honorable, afectuoso y verdadero.

«Si supiéramos ayer», dijo Rosa, mientras se secaba los ojos, «y lo sabíamos ayer, y en muchos, muchos ayeres, que estábamos lejos de estar bien juntos en esas relaciones que no fueron de nuestra propia elección, ¿qué mejor podríamos hacer hoy que cambiarlas? Es natural que lo lamentemos, y ves lo mucho que lo lamentamos ambos; ¡pero qué mucho mejor es lamentarlo ahora que entonces!».

«¿Cuándo, Rosa?».

«Cuando fuera demasiado tarde. Y entonces, además, estaríamos enfadados».

Otro silencio cayó sobre ellos.

«Y sabes», dijo Rosa inocentemente, «entonces no podrías quererme; y siempre puedes quererme ahora, pues no seré una carga para ti, ni una preocupación. Y yo siempre puedo quererte ahora, y tu hermana no te molestará ni se burlará de ti. A menudo lo hice cuando no era tu hermana, y te pido perdón por ello».

«No lleguemos a eso, Rosa; o querré más perdón del que me gusta pensar».

«No, de verdad, Eddy; eres demasiado duro contigo mismo, mi generoso chico. Sentémonos, hermano, en estas ruinas, y déjame decirte cómo fue con nosotros. Creo que lo sé, pues he reflexionado mucho sobre ello desde que estuviste aquí la última vez. Te gustaba, ¿verdad? ¿Pensabas que era una pequeña criatura agradable?».

«Todo el mundo piensa eso, Rosa».

«¿De veras?». Ella frunció el ceño pensativa por un momento, y luego estalló con la brillante pequeña deducción: «Bueno, pero digamos que sí. Seguramente no bastaba con que pensaras en mí solo como hacían los demás; ¿ahora sí?».

El punto no se podía evitar. No bastaba.

«Y eso es justo lo que quiero decir; así es justo como fue con nosotros», dijo Rosa. «Te gustaba bastante, y te habías acostumbrado a mí, y te habías acostumbrado a la idea de que nos casáramos. Aceptaste la situación como una especie de cosa inevitable, ¿verdad? Tenía que ser, pensaste, ¿y por qué discutirlo o disputarlo?».

Era nuevo y extraño para él verse presentado a sí mismo tan claramente, en un espejo sostenido por ella. Siempre la había tratado con condescendencia, en su superioridad frente a su parte de ingenio femenino. ¿Era aquel solo otro ejemplo de algo radicalmente erróneo en los términos en los que se habían deslizado hacia una esclavitud de por vida?

«Todo esto que digo de ti es cierto también de mí, Eddy. A menos que fuera así, quizá no sería lo suficientemente audaz para decirlo. Solo que la diferencia entre nosotros era que, poco a poco, se fue introduciendo en mi mente el hábito de pensar en ello, en lugar de descartarlo. Mi vida no es tan ajetreada como la tuya, ves, y no tengo tantas cosas en las que pensar. Así que pensé mucho en ello, y lloré mucho por ello también (aunque eso no fue culpa tuya, pobre chico); cuando de repente mi tutor bajó para preparar mi salida de la Casa de las Monjas. Intenté insinuarle que no estaba del todo tranquila en mi mente, pero dudé y fracasé, y no me entendió. Pero es un hombre bueno, bueno. Y me expuso tan amablemente, y sin embargo con tanta firmeza, cuán seriamente deberíamos considerar, en nuestras circunstancias, que resolví hablar contigo al momento siguiente en que estuviéramos solos y serios. Y si pareció que llegué a ello fácilmente hace un momento, porque llegué a ello de golpe, no pienses que fue así realmente, Eddy, pues oh, fue muy, muy difícil, y oh, ¡lo siento mucho, mucho!».

Su corazón lleno volvió a romperse en lágrimas. Él puso su brazo alrededor de la cintura de ella, y caminaron juntos junto al río.

«Tu tutor también ha hablado conmigo, querida Rosa. Lo vi antes de salir de Londres». Su mano derecha estaba en su pecho, buscando el anillo; pero se contuvo, al pensar: «Si he de recuperarlo, ¿por qué debería contárselo?».

«Y eso te hizo estar más serio al respecto, ¿verdad, Eddy? Y si yo no te hubiera hablado como lo he hecho, ¿me habrías hablado tú? ¿Espero que puedas decirme que sí? No me gusta que sea todo mérito mío, aunque es mucho mejor para nosotros».

«Sí, habría hablado; te lo habría expuesto todo; vine con la intención de hacerlo. Pero nunca habría podido hablarte como tú me has hablado a mí, Rosa».

«No digas que te refieres tan fría o cruelmente, Eddy, por favor, si puedes evitarlo».

«Me refiero tan sensata y delicadamente, tan sabia y afectuosamente».

«¡Ese es mi querido hermano!». Ella besó la mano de él en un pequeño arrebato. «Las queridas chicas estarán terriblemente decepcionadas», añadió Rosa, riendo, con las gotas de rocío brillando en sus ojos brillantes. «¡Lo han esperado tanto, pobres tesoros!».

«¡Ah! pero me temo que será una decepción peor para Jack», dijo Edwin Drood, con un sobresalto. «¡Nunca pensé en Jack!».

Su mirada rápida e intensa hacia él mientras decía las palabras no podría haber sido recordada más que lo que un relámpago puede serlo. Pero parecía como si ella hubiera querido recordarla al instante, si hubiera podido; pues miró hacia abajo, confusa, y respiró rápidamente.

«¿No dudas de que sea un golpe para Jack, Rosa?».

Ella simplemente respondió, y lo hizo evasiva y apresuradamente: ¿Por qué habría de serlo? No había pensado en ello. Él parecía, para ella, tener tan poco que ver con ello.

«¡Mi querida niña! ¿puedes suponer que alguien tan envuelto en otro —expresión de la Sra. Tope: no mía— como Jack lo está en mí, podría dejar de quedar anonadado por un cambio tan repentino y completo en mi vida? Digo repentino, porque será repentino para él, sabes».

Ella asintió dos o tres veces, y sus labios se entreabrieron como si hubiera querido asentir. Pero no pronunció sonido alguno, y su respiración no fue más lenta.

«¿Cómo le diré a Jack?», dijo Edwin, reflexionando. Si hubiera estado menos ocupado con el pensamiento, habría visto su singular emoción. «Nunca pensé en Jack. Hay que comunicárselo antes de que el pregonero del pueblo lo sepa. Ceno con el querido amigo mañana y pasado —Nochebuena y día de Navidad— pero nunca estaría bien estropear sus días de fiesta. Siempre se preocupa por mí, y me mima en las más mínimas pequeñeces. La noticia seguro que lo descolocará. ¿Cómo diablos se le comunicará esto a Jack?».

«Supongo que hay que decírselo, ¿no?», dijo Rosa.

«¡Mi querida Rosa! ¿quién debería estar en nuestra confianza, si no Jack?».

«Mi tutor prometió bajar, si yo le escribía y se lo pedía. Voy a hacerlo. ¿Te gustaría dejárselo a él?».

«¡Una brillante idea!», exclamó Edwin. «El otro fideicomisario. Nada más natural. Él baja, va a ver a Jack, relata lo que hemos acordado, y expone nuestro caso mejor de lo que podríamos nosotros. Ya te ha hablado con sentimiento, ya me ha hablado con sentimiento, y le expondrá todo el asunto con sentimiento a Jack. ¡Eso es! No soy un cobarde, Rosa, pero para decirte un secreto, le tengo un poco de miedo a Jack».

«¡No, no! ¡no le tienes miedo!», gritó Rosa, palideciendo y juntando las manos.

«Vaya, hermana Rosa, hermana Rosa, ¿qué ves desde la torreta?», dijo Edwin, burlándose de ella. «¡Mi querida chica!».

«Me has asustado».

«Totalmente sin intención, pero lo siento tanto como si hubiera tenido la intención de hacerlo. ¿Podrías suponer por un momento, por cualquier forma descuidada de hablar mía, que le tenía miedo literalmente al querido y cariñoso amigo? Lo que quiero decir es que él está sujeto a una especie de paroxismo, o ataque —lo vi en uno una vez— y no sé si una sorpresa tan grande, viniendo directamente de mí, de quien está tan prendado, podría provocarlo quizá. Lo cual —y este es el secreto que iba a contarte— es otra razón para que tu tutor haga la comunicación. Él es tan constante, preciso y exacto, que moldeará los pensamientos de Jack en poco tiempo: mientras que conmigo Jack es siempre impulsivo y apresurado, y, puedo decir, casi afeminado».

Rosa pareció convencida. Quizá desde su propio punto de vista tan diferente sobre «Jack», se sintió reconfortada y protegida por la interposición del Sr. Grewgious entre ella y él.

Y ahora, la mano derecha de Edwin Drood se cerró de nuevo sobre el anillo en su pequeño estuche, y de nuevo se vio frenada por la consideración: «Es cierto, ahora, que se lo voy a devolver; entonces, ¿por qué debería contárselo a ella?». Esa naturaleza dulce y comprensiva que podía sentir tanto por él en la ruina de sus infantiles esperanzas de felicidad juntos, y que podía encontrarse tan tranquilamente sola en un mundo nuevo para tejer frescas guirnaldas de tales flores como pudiera resultar que diera, estando marchitas las flores del viejo mundo, se vería afligida por esas joyas dolorosas; ¿y con qué propósito? ¿Por qué debería serlo? No eran más que una señal de alegrías rotas y proyectos sin fundamento; en su misma belleza eran (como el más improbable de los hombres había dicho) casi una sátira cruel sobre los amores, esperanzas, planes de la humanidad, que no son capaces de prever nada, y que son polvo tan quebradizo. Déjalas estar. Se las devolvería al tutor de ella cuando bajara; él, a su vez, las devolvería al gabinete del que las había sacado involuntariamente; y allí, como cartas viejas o votos viejos, u otros registros de viejas aspiraciones que quedaron en nada, serían ignoradas, hasta que, siendo valiosas, fueran vendidas de nuevo para circular, repitiendo su ronda anterior.

Déjalas estar. Que yazcan sin ser mencionadas, en su pecho. Por muy clara o vagamente que albergara estos pensamientos, llegó a la conclusión: «Déjalas estar». Entre el enorme almacén de cadenas maravillosas que se están forjando para siempre, día y noche, en las vastas herrerías del tiempo y las circunstancias, hubo una cadena forjada en el momento de esa pequeña conclusión, remachada a los cimientos del cielo y de la tierra, y dotada de fuerza invencible para sostener y arrastrar.

Caminaron por la orilla del río. Empezaron a hablar de sus planes separados. Él apresuraría su salida de Inglaterra, y ella permanecería donde estaba, al menos mientras Helena permaneciera. A las pobres chicas queridas se les daría su decepción suavemente, y, como primer preliminar, Rosa confiaría en la señorita Twinkleton, incluso antes de la reaparición del Sr. Grewgious. Se dejaría claro en todos los ámbitos que ella y Edwin eran los mejores amigos. Nunca había habido un entendimiento tan sereno entre ellos desde que se prometieron por primera vez. Y sin embargo, había una reserva por cada lado; por parte de ella, que pretendía a través de su tutor retirarse inmediatamente de la tutela de su maestro de música; por parte de él, que ya albergaba algunas especulaciones errantes sobre si alguna vez podría llegar a pasar que supiera más de la señorita Landless.

El brillante y helado día declinó mientras caminaban y hablaban juntos. El sol se sumergió en el río muy detrás de ellos, y la vieja ciudad yacía roja ante ellos, mientras su paseo llegaba a su fin. El agua que gemía arrojaba sus algas oscuramente a sus pies, cuando se giraron para abandonar su margen; y las grajillas se cernían sobre ellos con gritos roncos, manchas más oscuras en el aire que oscurecía.

«Prepararé a Jack para mi partida pronto», dijo Edwin, en voz baja, «y solo veré a tu tutor cuando venga, y luego me iré antes de que hablen juntos. Se hará mejor sin mi presencia. ¿No lo crees así?».

«Sí».

«¿Sabemos que hemos hecho lo correcto, Rosa?».

«Sí».

«¿Sabemos que estamos mejor así, incluso ahora?».

«Y estaremos mucho, mucho mejor así dentro de poco».

Aun así, había esa ternura persistente en sus corazones hacia las viejas posiciones que estaban abandonando, que prolongaron su despedida. Cuando llegaron entre los olmos junto a la Catedral, donde se habían sentado juntos por última vez, se detuvieron como por consentimiento, y Rosa levantó su rostro hacia el de él, como nunca lo había levantado en los viejos tiempos; —pues ya eran viejos.

«¡Que Dios te bendiga, querido! ¡Adiós!».

«¡Que Dios te bendiga, querida! ¡Adiós!».

Se besaron fervientemente.

«Ahora, por favor, llévame a casa, Eddy, y déjame estar sola».

«No mires atrás, Rosa», le advirtió, mientras pasaba el brazo de ella por el suyo y la alejaba. «¿No viste a Jack?».

«¡No! ¿Dónde?».

«Bajo los árboles. Nos vio, mientras nos despedíamos. ¡Pobre hombre! poco piensa que nos hemos separado. ¡Me temo mucho que esto será un golpe para él!».

Ella se apresuró a seguir, sin descansar, y se apresuró hasta que hubieron pasado por debajo de la casa de la puerta hacia la calle; una vez allí, preguntó:

«¿Nos ha seguido? Puedes mirar sin que parezca. ¿Está detrás?».

«No. ¡Sí, lo está! Acaba de pasar por debajo de la puerta. Al querido y comprensivo amigo le gusta tenernos a la vista. ¡Me temo que se sentirá amargamente decepcionado!».

Ella tiró apresuradamente del mango de la vieja campana ronca, y la puerta se abrió pronto. Antes de entrar, le dirigió una última mirada, amplia y maravillada, como si le hubiera preguntado con énfasis implorante: «¡Oh! ¿no entiendes?». Y fuera de esa mirada, él desapareció de su vista.

CAPÍTULO XIV. ¿CUÁNDO SE VOLVERÁN A REUNIR ESTOS TRES?

Nochebuena en Cloisterham. Unas pocas caras extrañas en las calles; algunas otras caras, medio extrañas y medio familiares, antaño caras de niños de Cloisterham, ahora caras de hombres y mujeres que regresan del mundo exterior a largos intervalos para encontrar la ciudad maravillosamente reducida en tamaño, como si no se hubiera lavado de ninguna manera bien mientras tanto. Para estos, el repique del reloj de la Catedral, y el graznido de las grajillas desde la torre de la Catedral, son como voces de su época de guardería. Para tales personas, ha sucedido en sus horas de muerte lejos de allí, que han imaginado que el suelo de su habitación estaba sembrado con las hojas otoñales caídas de los olmos en el Claustro: así han revivido los sonidos crujientes y los aromas frescos de sus primeras impresiones cuando el círculo de sus vidas estaba muy cerca de trazarse, y el principio y el fin se acercaban.

Se perciben señales de la estación. Bayas rojas brillan aquí y allá en las celosías de Minor Canon Corner; el señor y la señora Tope pegan con delicadeza ramitas de acebo en las tallas y apliques de los sitiales de la Catedral, como si las estuvieran prendiendo en los ojales de las casacas del Deán y el Cabildo. En las tiendas reina una profusión generosa: particularmente en artículos como grosellas, pasas, especias, corteza confitada y azúcar húmedo. Se respira un aire inusual de galantería y disipación; manifestado en un inmenso manojo de muérdago que cuelga en el umbral de la frutería, y un pobre y pequeño pastel de Epifanía, rematado con la figura de un Arlequín —un pastel de Epifanía tan sumamente pobre que uno preferiría llamarlo pastel de vigésimo cuarto o de cuadragésimo octavo día— que se rifará en la pastelería, a un chelín por participante. No faltan las diversiones públicas. El Museo de Cera que causó tan profunda impresión en la mente reflexiva del Emperador de China podrá verse, por deseo expreso, solo durante la semana de Navidad, en el local del arruinado dueño de las caballerizas calle arriba; y se representará una nueva y gran pantomima navideña cómica en el Teatro: esta última anunciada por el retrato del señor Jacksonini, el payaso, diciendo «¿Cómo está usted mañana?», tan grande como la vida misma y casi tan miserablemente. En resumen, Cloisterham está en pie y en movimiento: aunque de esta descripción deben excluirse el Instituto y la escuela de la señorita Twinkleton. Del primer establecimiento, los alumnos se han ido a casa, cada uno de ellos enamorado de una de las jóvenes de la señorita Twinkleton (quien no sabe nada al respecto); y solo las criadas revolotean ocasionalmente por las ventanas de este último. Se nota, dicho sea de paso, que estas doncellas se vuelven, dentro de los límites del decoro, más inquietas cuando se les confía así la representación concreta de su sexo, que cuando comparten la representación con las jóvenes de la señorita Twinkleton.

Tres personas deben reunirse esta noche en la portería. ¿Cómo pasa el día cada uno de los tres?

Neville Landless, aunque dispensado de sus libros por el momento por el señor Crisparkle —cuya naturaleza fresca no es en absoluto insensible a los encantos de unas vacaciones—, lee y escribe en su tranquila habitación, con aire concentrado, hasta dos horas después del mediodía. Luego se dedica a despejar su mesa, a organizar sus libros y a romper y quemar sus papeles sueltos. Hace limpieza general de todas las acumulaciones desordenadas, pone en orden todos sus cajones y no deja nota o trozo de papel sin destruir, salvo aquellos memorandos que se refieren directamente a sus estudios. Hecho esto, se dirige a su guardarropa, selecciona algunas prendas de uso común —entre ellas, un cambio de botas fuertes y calcetines para caminar— y los empaca en una mochila. Esta mochila es nueva, y la compró ayer en High Street. También adquirió, al mismo tiempo y en el mismo lugar, un bastón de caminante pesado; de empuñadura firme para el agarre de la mano y con herraje de hierro. Lo prueba, lo balancea, lo contrapesa y lo deja a un lado, junto a la mochila, en el alféizar de la ventana. Para entonces, sus preparativos están completos.

Se viste para salir y está a punto de hacerlo —de hecho, ha dejado su habitación y se ha encontrado con el Minor Canon en la escalera, saliendo de su dormitorio en el mismo piso— cuando se vuelve para recoger su bastón, pensando que lo llevará ahora. El señor Crisparkle, que se ha detenido en la escalera, lo ve en su mano al reaparecer inmediatamente, se lo quita y le pregunta con una sonrisa cómo elige un bastón.

—Realmente no sé si entiendo del tema —responde él—. Lo elegí por su peso.

—Demasiado pesado, Neville; demasiado pesado.

—¿Para apoyarse en una larga caminata, señor?

—¿Apoyarse? —repite el señor Crisparkle, adoptando la postura de un caminante—. Uno no se apoya en él; simplemente mantiene el equilibrio con él.

—Con la práctica lo haré mejor, señor. Ya sabe que no he vivido en un lugar propicio para caminar.

—Es cierto —dice el señor Crisparkle—. Empieza a entrenar un poco y haremos unas cuantas decenas de millas juntos. Ahora no podría dejarte atrás. ¿Volverás antes de la cena?

—Creo que no, ya que cenamos temprano.

El señor Crisparkle le dedica un guiño radiante y un alegre adiós; expresando (no sin intención) absoluta confianza y tranquilidad.

Neville se dirige a la Casa de las Monjas y solicita que se informe a la señorita Landless de que su hermano está allí, según lo acordado. Espera en la puerta, sin cruzar siquiera el umbral; pues tiene palabra dada de no ponerse en el camino de Rosa.

Su hermana es al menos tan consciente de la obligación que han asumido como él, y no pierde un momento en reunirse con él. Se encuentran afectuosamente, evitan demorarse allí y caminan hacia el interior del país.

—No voy a pisar terreno prohibido, Helena —dice Neville, cuando han caminado cierta distancia y se disponen a regresar—; comprenderás en un momento que no puedo evitar referirme a... ¿qué diría yo?, mi obsesión.

—¿No sería mejor evitarlo, Neville? Sabes que no puedo escuchar nada.

—Puedes escuchar, querida, lo que el señor Crisparkle ha escuchado, y escuchado con aprobación.

—Sí; eso sí puedo escucharlo.

—Bien, es esto. No solo estoy inquieto e infeliz, sino que soy consciente de que perturbo e interfiero en la vida de los demás. ¿Cómo sé que, de no ser por mi desafortunada presencia, tú, y... y... el resto de aquel grupo anterior, exceptuando a nuestro encantador tutor, no estarían cenando alegremente en Minor Canon Corner mañana? De hecho, probablemente así sería. Puedo ver demasiado bien que no gozo de gran opinión por parte de la anciana, y es fácil entender qué molesto estorbo debo ser para la hospitalidad de su ordenada casa —especialmente en esta época del año— cuando debo mantenerme alejado de esta persona, y hay tal motivo para que no entre en contacto con aquella otra, y una reputación desfavorable me ha precedido con otra más; y así sucesivamente. He planteado esto muy suavemente al señor Crisparkle, pues conoces sus modos abnegados; pero aun así, lo he planteado. En lo que he hecho mucho mayor hincapié al mismo tiempo es en que estoy inmerso en una lucha miserable conmigo mismo, y que un poco de cambio y ausencia puede permitirme superarlo mejor. Así pues, como el tiempo está despejado y firme, me voy de expedición a pie, y tengo la intención de quitarme del camino de todos (el mío incluido, espero) mañana por la mañana.

—¿Cuándo volverás?

—En quince días.

—¿Y vas completamente solo?

—Estoy mucho mejor sin compañía, incluso si hubiera alguien más que tú para acompañarme, mi querida Helena.

—¿El señor Crisparkle está totalmente de acuerdo, dices?

—Totalmente. No estoy seguro de si al principio se inclinó a pensar que era un plan algo melancólico, y que podría hacer daño a una mente apesadumbrada. Pero dimos un paseo a la luz de la luna el pasado lunes por la noche para hablarlo con calma, y le expuse el caso tal como es. Le demostré que realmente deseo vencerme a mí mismo y que, una vez superada esta noche, es sin duda mejor que esté lejos de aquí ahora, que aquí. Difícilmente podría evitar encontrarme con ciertas personas paseando juntas, y eso no serviría de nada, y ciertamente no es la forma de olvidar. Dentro de quince días, esa posibilidad probablemente habrá terminado, por el momento; y cuando surja de nuevo por última vez, bueno, podré irme otra vez. Además, realmente me siento esperanzado con el ejercicio vigorizante y la fatiga saludable. Sabes que el señor Crisparkle concede a tales cosas todo su valor en la preservación de su propia mente sana en su propio cuerpo sano, y que su espíritu justo no es probable que mantenga un conjunto de leyes naturales para sí mismo y otro para mí. Cedió a mi punto de vista sobre el asunto cuando se convenció de que hablaba honestamente en serio; y así, con su pleno consentimiento, parto mañana por la mañana. Lo bastante temprano para estar no solo fuera de las calles, sino fuera del alcance de las campanas, cuando la buena gente vaya a la iglesia.

Helena lo piensa y lo ve con buenos ojos. Si el señor Crisparkle lo hace, ella también lo hará; pero, originalmente, desde su propia mente, lo considera un proyecto saludable que denota un esfuerzo sincero y un intento activo de autocorrección. Se siente inclinada a compadecerlo, pobre muchacho, por irse solo en la gran fiesta de Navidad; pero siente que es mucho más útil animarlo. Y lo anima.

¿Le escribirá él?

Le escribirá cada dos días y le contará todas sus aventuras.

¿Envía ropa por adelantado?

—Mi querida Helena, no. Viaja como un peregrino, con zurrón y bastón. Mi zurrón —o mi mochila— está empacado y listo para ser atado; ¡y aquí está mi bastón!

Se lo entrega a ella; ella hace la misma observación que el señor Crisparkle, que es muy pesado; y se lo devuelve, preguntándole de qué madera es. Madera de hierro.

Hasta este punto, él ha estado extremadamente alegre. Tal vez el tener que defender su caso ante ella, y por tanto presentarlo bajo su aspecto más brillante, ha animado su espíritu. Tal vez el haberlo hecho con éxito va seguido de una reacción. A medida que el día llega a su fin y las luces de la ciudad comienzan a surgir ante ellos, se siente deprimido.

—Ojalá no fuera a esta cena, Helena.

—Querido Neville, ¿vale la pena preocuparse tanto por ello? Piensa en lo pronto que terminará.

—¡Qué pronto terminará! —repite sombríamente—. Sí. Pero no me gusta.

Puede haber un momento de incomodidad, le representa ella animosamente, pero solo puede durar un momento. Él está bastante seguro de sí mismo.

—Ojalá me sintiera tan seguro de todo lo demás como me siento de mí mismo —le responde.

—¡Qué extraño hablas, querido! ¿A qué te refieres?

—Helena, no lo sé. Solo sé que no me gusta. ¡Qué extraño peso muerto hay en el aire!

Ella llama su atención hacia esas nubes cobrizas más allá del río y dice que el viento está aumentando. Él apenas vuelve a hablar hasta que se despide de ella, en la puerta de la Casa de las Monjas. Ella no entra inmediatamente, cuando se han separado, sino que permanece observándolo a lo largo de la calle. Dos veces pasa él frente a la portería, reacio a entrar. Finalmente, al dar el reloj de la Catedral un cuarto, se apresura a entrar con un giro rápido.

Y así sube la escalera de la poterna.

Edwin Drood pasa un día solitario. Algo de mayor importancia de lo que había pensado ha salido de su vida; y en el silencio de su propia habitación lloró por ello anoche. Aunque la imagen de la señorita Landless todavía flota en el fondo de su mente, la pequeña y afectuosa criatura, mucho más firme y sabia de lo que él había supuesto, ocupa su baluarte. Es con cierta duda de su propia indignidad que piensa en ella, y en lo que podrían haber sido el uno para el otro si él hubiera sido más serio hace algún tiempo; si hubiera dado un valor más alto a ella; si, en lugar de aceptar su suerte en la vida como una herencia natural, hubiera estudiado el camino correcto para su aprecio y mejora. Y aun así, a pesar de todo esto, y aunque hay un dolor agudo en todo esto, la vanidad y el capricho de la juventud sostienen esa hermosa figura de la señorita Landless en el fondo de su mente.

Aquella fue una mirada curiosa la de Rosa cuando se separaron en la puerta. ¿Significaba que vio bajo la superficie de sus pensamientos, y hasta sus profundidades crepusculares? Difícilmente eso, pues fue una mirada de asombro y aguda indagación. Decide que no puede entenderla, aunque fue notablemente expresiva.

Como solo espera ahora al señor Grewgious, y partirá inmediatamente después de haberlo visto, se toma una despedida paseante de la antigua ciudad y sus alrededores. Recuerda el tiempo en que Rosa y él paseaban por aquí o por allá, meros niños, llenos de la dignidad de estar comprometidos. ¡Pobres niños!, piensa, con una tristeza compasiva.

Al notar que su reloj se ha detenido, entra en la joyería para que lo cuerda y lo pongan en hora. El joyero entiende del tema de una pulsera, que ruega permiso para presentar, de una manera general y totalmente sin objetivo. Se ajustaría (considera) a una joven novia, a la perfección; especialmente si es de un estilo de belleza más bien diminuto. Al encontrar que la pulsera es vista con frialdad, el joyero invita a prestar atención a una bandeja de anillos para caballeros; aquí hay un estilo de anillo, señala —un sello muy casto— que los caballeros son muy dados a comprar cuando cambian de condición. Un anillo de apariencia muy responsable. Con la fecha del día de su boda grabada en el interior, varios caballeros lo han preferido a cualquier otro tipo de recuerdo.

Los anillos son vistos tan fríamente como la pulsera. Edwin le dice al tentador que no usa más joyas que su reloj y cadena, que fueron de su padre; y su alfiler de corbata.

—De eso era consciente —es la respuesta del joyero—, porque el señor Jasper pasó por aquí para buscar un cristal de reloj el otro día, y, de hecho, le mostré estos artículos, comentando que si deseara hacer un regalo a un caballero pariente, en cualquier ocasión particular... Pero dijo con una sonrisa que tenía un inventario en su mente de todas las joyas que su caballero pariente usaba siempre; a saber, su reloj y cadena, y su alfiler de corbata. Aun así (considera el joyero) eso podría no aplicarse a todos los tiempos, aunque se aplique al tiempo presente—. Veinte minutos pasadas las dos, señor Drood, he puesto su reloj. Déjeme recomendarle que no deje que se pare, señor.

Edwin toma su reloj, se lo pone y sale, pensando: «¡Querido viejo Jack! ¡Si yo hiciera un pliegue extra en mi corbata, pensaría que vale la pena notarlo!».

Pasea de un lado a otro para pasar el tiempo hasta la hora de la cena. De alguna manera sucede que Cloisterham parece reprochadora con él hoy; tiene faltas que encontrarle, como si no la hubiera tratado bien; pero es mucho más pensativa con él que enfadada. Su descuido habitual es reemplazado por una mirada anhelante y una reflexión sobre todos los viejos puntos de referencia. Pronto estará muy lejos, y puede que nunca los vea de nuevo, piensa. ¡Pobre joven! ¡Pobre joven!

A medida que cae el crepúsculo, camina por el Monks’ Vineyard. Ha paseado de un lado a otro, durante media hora larga según las campanadas de la Catedral, y ha oscurecido antes de que se percate del todo de una mujer agachada en el suelo cerca de una puerta de servicio en una esquina. La puerta domina un sendero lateral, poco usado en el crepúsculo; y la figura debe haber estado allí todo el tiempo, aunque él solo la ha distinguido gradual y tardíamente.

Se interna por ese camino y camina hacia la puerta. A la luz de una lámpara cercana, ve que la mujer tiene un aspecto demacrado, que su barbilla arrugada descansa sobre sus manos y que sus ojos están fijos —con una especie de fijeza ciega y sin parpadear— frente a ella.

Siempre amable, pero conmovido a ser inusualmente amable esta noche, y habiendo prodigado palabras amables a la mayoría de los niños y ancianos que ha encontrado, se inclina de inmediato y habla a esta mujer.

—¿Está usted enferma?

—No, querido —responde ella, sin mirarlo, y sin apartar su extraña mirada ciega.

—¿Es usted ciega?

—No, querido.

—¿Está perdida, sin hogar, débil? ¿Qué le pasa, que se queda aquí en el frío tanto tiempo, sin moverse?

Con esfuerzos lentos y rígidos, parece contraer su visión hasta que puede descansar sobre él; y entonces una extraña película pasa sobre ella y comienza a temblar.

Él se endereza, retrocede un paso y la mira con un asombro temeroso; pues parece conocerla.

—¡Cielo santo! —piensa al momento siguiente—. ¡Como Jack aquella noche!

Mientras él la mira hacia abajo, ella mira hacia arriba y gimotea: —Mis pulmones están débiles; mis pulmones están terriblemente mal. Pobre de mí, pobre de mí, ¡mi tos es un traqueteo seco! —y tose horriblemente en confirmación.

—¿De dónde viene?

—Vengo de Londres, querido. (Su tos todavía desgarrándola).

—¿A dónde va?

—De vuelta a Londres, querido. Vine aquí, buscando una aguja en un pajar, y no la he encontrado. Mira, querido; dame tres chelines y seis peniques, y no tengas miedo por mí. Volveré a Londres entonces, y no molestaré a nadie. Estoy en un negocio. —¡Ay de mí! ¡Está flojo, está flojo, y los tiempos son muy malos!— pero puedo arreglármelas para vivir de él.

—¿Consume opio?

—Lo fumo —responde con dificultad, todavía atormentada por su tos—. Dame tres chelines y seis peniques, y lo invertiré bien, y volveré. Si no me das tres chelines y seis peniques, no me des ni un fárding de cobre. Y si me das tres chelines y seis peniques, querido, te contaré algo.

Él cuenta el dinero de su bolsillo y lo pone en su mano. Ella lo agarra al instante con fuerza y se pone en pie con una risa graznadora de satisfacción.

—¡Bendito seas! Escúchame, querido caballero. ¿Cuál es tu nombre de pila?

—Edwin.

—Edwin, Edwin, Edwin —repite ella, desvaneciéndose en una somnolienta repetición de la palabra; y luego pregunta de repente: —¿Es el corto de ese nombre Eddy?

—A veces lo llaman así —responde él, con el color subiéndole al rostro.

—¿No lo llaman así los enamorados? —pregunta ella, reflexionando.

—¿Cómo iba yo a saberlo?

—¿No tienes una enamorada, por tu alma?

—Ninguna.

Ella se aleja, con otro «¡Bendito seas, y gracias, querido!», cuando él añade: —Debías decirme algo; podrías hacerlo.

—Eso iba a hacer, eso iba a hacer. Bueno, entonces. Susurra. Agradece que tu nombre no sea Ned.

Él la mira con mucha firmeza, al preguntar: —¿Por qué?

—Porque es un mal nombre para tener justo ahora.

—¿Cómo que un mal nombre?

—Un nombre amenazado. Un nombre peligroso.

—El proverbio dice que los hombres amenazados viven mucho —le dice él, a la ligera.

—¡Entonces Ned —tan amenazado como está, dondequiera que pueda estar mientras estoy hablando contigo, querido— debería vivir hasta toda la eternidad! —responde la mujer.

Se ha inclinado hacia adelante para decirlo al oído, con su dedo índice temblando ante sus ojos, y ahora se encoge sobre sí misma y, con otro «¡Bendito seas, y gracias!», se aleja en dirección a la Posada de los Viajeros.

Este no es un final estimulante para un día aburrido. Solo, en un lugar apartado, rodeado de vestigios de tiempos antiguos y decadencia, tiene más bien la tendencia a provocar un estremecimiento. Se dirige a las calles mejor iluminadas, y resuelve mientras sigue caminando no decir nada de esto esta noche, sino mencionárselo a Jack (que es el único que lo llama Ned), como una extraña coincidencia, mañana; por supuesto solo como una coincidencia, y no como algo que merezca más la pena recordar.

Aun así, se aferra a él, como muchas cosas que merecen mucho más la pena recordar nunca hicieron. Le queda una milla o más por demorarse antes de la hora de la cena; y, cuando camina sobre el puente y junto al río, las palabras de la mujer están en el viento creciente, en el cielo enfadado, en el agua turbulenta, en las luces parpadeantes. Hay algún eco solemne de ellas incluso en la campana de la Catedral, que golpea una sorpresa repentina en su corazón mientras gira bajo el arco de la portería.

Y así sube la escalera de la poterna.

John Jasper pasa un día más agradable y alegre que cualquiera de sus invitados. Al no tener clases de música que dar en la temporada festiva, su tiempo es suyo, salvo por los servicios de la Catedral. Es de los primeros entre los tenderos, encargando pequeños lujos de mesa que le gustan a su sobrino. Su sobrino no estará con él mucho tiempo, le dice a sus proveedores, así que hay que mimarlo y hacerle mucho caso. Mientras está en sus preparativos hospitalarios, visita al señor Sapsea; y menciona que el querido Ned, y ese joven chispeante e inflamable del señor Crisparkle, van a cenar en la portería hoy, y a resolver sus diferencias. El señor Sapsea no es en absoluto amistoso hacia el joven chispeante e inflamable. Dice que su complexión es «poco inglesa». Y cuando el señor Sapsea ha declarado una vez que algo es «poco inglés», considera que esa cosa está eternamente hundida en el pozo sin fondo.

Al señor Jasper le entristece sinceramente oír al señor Sapsea hablar de tal modo, pues sabe muy bien que el señor Sapsea nunca habla sin un propósito y que posee la sutil habilidad de tener razón. El señor Sapsea (por una coincidencia de lo más notable) es exactamente de esa misma opinión.

El señor Jasper tiene una voz hermosa este día. En la patética súplica de que su corazón se incline a guardar esta ley, asombra por completo a sus compañeros con su poder melódico. Nunca ha cantado música difícil con tal destreza y armonía como en el himno de hoy. Su temperamento nervioso es ocasionalmente propenso a tomar la música difícil con un poco de demasiada rapidez; hoy, su compás es perfecto.

Estos resultados se logran probablemente a través de una gran compostura de espíritu. El mecanismo mismo de su garganta está un poco delicado, pues lleva, tanto con su hábito de coro como con su vestimenta ordinaria, una gran bufanda negra de seda fuerte y de tejido tupido, colgada holgadamente alrededor del cuello. Pero su compostura es tan notable que el señor Crisparkle habla de ella al salir de las vísperas.

—Debo agradecerle, Jasper, por el placer con el que lo he escuchado hoy. ¡Hermoso! ¡Encantador! Espero que no podría haberse superado tanto a sí mismo sin estar maravillosamente bien.

—Estoy maravillosamente bien.

—Nada desigual —dice el canónigo menor con un suave movimiento de su mano—: nada inestable, nada forzado, nada evitado; todo realizado a fondo de manera magistral, con perfecto autocontrol.

—Gracias. Eso espero, si no es demasiado decir.

—Uno pensaría, Jasper, que ha estado probando un nuevo medicamento para esa indisposición ocasional suya.

—¿No, de verdad? Eso está bien observado; pues sí lo he hecho.

—Entonces siga así, buen amigo —dice el señor Crisparkle, dándole palmadas en el hombro con amistoso ánimo—, siga así.

—Lo haré.

—Lo felicito —prosigue el señor Crisparkle, mientras salen de la catedral—, en todos los sentidos.

—Gracias de nuevo. Caminaré con usted hasta la esquina, si no le molesta; tengo mucho tiempo antes de que llegue mi compañía; y quiero decirle una palabra que creo que no le disgustará oír.

—¿De qué se trata?

—Bien. Hablábamos, la otra noche, de mis humores negros.

El rostro del señor Crisparkle decae y sacude la cabeza con pesar.

—Dije, ya sabe, que debería hacerle un antídoto para esos humores negros; y usted dijo que esperaba que los enviara a las llamas.

—Y sigo esperando que así sea, Jasper.

—¡Con la mejor razón del mundo! Tengo la intención de quemar el diario de este año al finalizar el año.

—¿Porque usted...? —El señor Crisparkle se ilumina enormemente al comenzar así.

—Se me adelanta. Porque siento que he estado indispuesto, sombrío, bilioso, con el cerebro oprimido, lo que sea. Usted dijo que había sido exagerado. Y lo he sido.

El rostro iluminado del señor Crisparkle se ilumina aún más.

—No podía verlo entonces, porque estaba indispuesto; pero ahora estoy en un estado más saludable y lo reconozco con verdadero placer. Hice mucho de muy poco; eso es un hecho.

—¡Me hace bien —exclama el señor Crisparkle— oírle decir eso!

—Un hombre que lleva una vida monótona —continúa Jasper—, y que tiene los nervios o el estómago fuera de control, se obsesiona con una idea hasta que pierde sus proporciones. Ese fue mi caso con la idea en cuestión. Así que quemaré la evidencia de mi caso, cuando el libro esté lleno, y comenzaré el siguiente volumen con una visión más clara.

—Esto es mejor —dice el señor Crisparkle, deteniéndose en los escalones de su propia puerta para estrecharle la mano— de lo que podría haber esperado.

—Bueno, naturalmente —responde Jasper—. Usted tenía pocas razones para esperar que yo me volviera más como usted. Usted siempre se entrena para ser, en mente y cuerpo, claro como el cristal, y siempre lo es, y nunca cambia; mientras que yo soy una mala hierba fangosa, solitaria y deprimida. Sin embargo, he superado esa depresión. ¿Debo esperar mientras usted pregunta si el señor Neville ha salido hacia mi casa? Si no, él y yo podemos ir caminando juntos.

—Creo —dice el señor Crisparkle, abriendo la puerta de entrada con su llave— que se marchó hace algún tiempo; al menos sé que se fue y creo que no ha regresado. Pero preguntaré. ¿No quiere pasar?

—Mi compañía espera —dijo Jasper, con una sonrisa.

El canónigo menor desaparece y en pocos momentos regresa. Tal como pensaba, el señor Neville no ha regresado; de hecho, como recuerda ahora, el señor Neville dijo que probablemente iría directo a la portería.

—¡Malos modales para un anfitrión! —dice Jasper—. ¡Mi compañía estará allí antes que yo! ¿Qué apostamos a que no encuentro a mi compañía abrazándose?

—Apostaré —o lo haría, si alguna vez apostara— —responde el señor Crisparkle— que su compañía tendrá un animado anfitrión esta noche.

Jasper asiente y ríe, ¡buenas noches!

Desanda sus pasos hasta la puerta de la catedral y gira pasando junto a ella hacia la portería. Canta, con voz baja y delicada expresión, mientras camina. Todavía parece como si una nota falsa no estuviera a su alcance esta noche, y como si nada pudiera apresurarlo o retrasarlo. Llegando así bajo la entrada arqueada de su morada, se detiene un instante al resguardo para quitarse esa gran bufanda negra y colgarla en un lazo sobre su brazo. Por ese breve tiempo, su rostro está fruncido y severo. Pero se despeja inmediatamente, mientras reanuda su canto y su camino.

Y así sube por la escalera de la poterna.

La luz roja arde constantemente toda la noche en el faro al borde de la marea de la vida ajetreada. Sonidos suavizados y el zumbido del tráfico pasan junto a ella y fluyen irregularmente hacia los solitarios recintos; pero muy poco más pasa, salvo violentas ráfagas de viento. Empieza a soplar un vendaval tempestuoso.

Los recintos nunca están particularmente bien iluminados; pero como las fuertes ráfagas de viento apagan muchas de las lámparas (en algunos casos destrozando también los marcos y haciendo que el cristal caiga tintineando al suelo), están inusualmente oscuros esta noche. La oscuridad aumenta y se confunde por el polvo volador de la tierra, las ramitas secas de los árboles y los grandes fragmentos irregulares de los nidos de grajos en lo alto de la torre. Los árboles mismos se sacuden y crujen tanto, mientras esta parte tangible de la oscuridad gira locamente, que parecen estar en peligro de ser arrancados de la tierra: mientras, una y otra vez, un chasquido y una caída precipitada denotan que alguna rama grande ha cedido ante la tormenta.

No ha soplado tal fuerza de viento en muchas noches de invierno. Las chimeneas caen en las calles, y la gente se aferra a postes y esquinas, y unos a otros, para mantenerse en pie. Las violentas ráfagas no disminuyen, sino que aumentan en frecuencia y furia hasta la medianoche, cuando las calles están vacías, la tormenta retumba a lo largo de ellas, haciendo sonar todos los pestillos y rasgando todas las contraventanas, como si advirtiera a la gente que se levante y huya con ella, en lugar de dejar que los tejados caigan sobre sus cabezas.

Aun así, la luz roja arde constantemente. Nada es estable excepto la luz roja.

Durante toda la noche sopla el viento y no disminuye. Pero temprano en la mañana, cuando apenas hay suficiente luz en el este para atenuar las estrellas, comienza a calmarse. Desde ese momento, con ocasionales cargas salvajes, como un monstruo herido que muere, decae y se hunde; y a plena luz del día está muerto.

Entonces se observa que las manecillas del reloj de la catedral han sido arrancadas; que el plomo del techo ha sido despojado, enrollado y arrastrado por el viento hacia el recinto; y que algunas piedras han sido desplazadas en la cima de la gran torre. Aunque sea día de Navidad, es necesario enviar obreros para determinar el alcance del daño causado. Estos, dirigidos por Durdles, suben a lo alto; mientras que el señor Tope y una multitud de ociosos tempraneros se reúnen en el rincón del canónigo menor, protegiéndose los ojos y observando su aparición allá arriba.

Este grupo es repentinamente roto y apartado por las manos del señor Jasper; todos los ojos que miraban son atraídos hacia la tierra por su pregunta a gritos al señor Crisparkle, en una ventana abierta:

—¿Dónde está mi sobrino?

—No ha estado aquí. ¿No está con usted?

—No. Bajó al río anoche, con el señor Neville, para ver la tormenta, y no ha vuelto. ¡Llame al señor Neville!

—Se marchó esta mañana temprano.

—¿Se marchó esta mañana temprano? ¡Déjenme entrar! ¡déjenme entrar!

Ya no hay más miradas hacia la torre. Todos los ojos reunidos se vuelven hacia el señor Jasper, blanco, medio vestido, jadeante y aferrado a la barandilla frente a la casa del canónigo menor.

CAPÍTULO XV. ACUSADO

Neville Landless había partido tan temprano y caminado a tan buen ritmo que, cuando las campanas de la iglesia comenzaron a tocar en Cloisterham para el servicio matutino, estaba a ocho millas de distancia. Como quería desayunar para entonces, habiendo salido con una corteza de pan, se detuvo en la siguiente taberna de la carretera para refrescarse.

Los visitantes que necesitaban desayuno —a menos que fueran caballos o ganado, para cuya clase de huéspedes había suficiente preparación en forma de abrevaderos y heno— eran tan inusuales en el letrero de La Carreta Inclinada, que tomó mucho tiempo conseguir que la carreta entrara en el camino del té, la tostada y el tocino. Neville en el intervalo, sentado en un salón arenoso, preguntándose cuánto tiempo después de que él se fuera, el fuego estornudante de leña húmeda comenzaría a calentar a alguien más.

De hecho, La Carreta Inclinada, como un establecimiento frío en la cima de una colina, donde el suelo frente a la puerta estaba lleno de charcos de cascos húmedos y paja pisoteada; donde una patrona regañona abofeteaba a un bebé húmedo (con un calcetín rojo puesto y el otro faltante), en la barra; donde el queso era arrojado sobre un estante, en compañía de un mantel mohoso y un cuchillo de mango verde, en una especie de canoa de hierro fundido; donde el pan de rostro pálido derramaba lágrimas de miga sobre su naufragio en otra canoa; donde la ropa de la familia, medio lavada y medio seca, llevaba una vida pública de estar tirada; donde todo lo que se bebía se bebía de tazas, y todo lo demás sugería una rima con tazas; La Carreta Inclinada, considerando todas estas cosas, apenas cumplía su promesa pintada de proporcionar buen entretenimiento para el hombre y la bestia. Sin embargo, el hombre, en este caso, no era crítico, sino que tomaba el entretenimiento que podía conseguir, y siguió adelante después de un descanso más largo del que necesitaba.

Se detuvo a un cuarto de milla de la casa, dudando si seguir la carretera o seguir un camino de carro entre dos altos setos, que cruzaba la ladera de un brezal ventoso, y evidentemente desembocaba de nuevo en la carretera más adelante. Decidió a favor de este último camino y lo siguió con cierto esfuerzo; siendo la subida empinada y el camino desgastado en surcos profundos.

Estaba avanzando con dificultad cuando se percató de otros peatones detrás de él. Como venían a un ritmo más rápido que el suyo, se hizo a un lado, contra uno de los altos bancos, para dejarlos pasar. Pero su actitud era muy curiosa. Solo cuatro de ellos pasaron. Otros cuatro disminuyeron la velocidad y se demoraron como si tuvieran la intención de seguirlo cuando él continuara. El resto del grupo (media docena quizás) se dio la vuelta y regresó a gran velocidad.

Miró a los cuatro detrás de él y miró a los cuatro delante de él. Todos le devolvieron la mirada. Reanudó su camino. Los cuatro de adelante siguieron adelante, mirando constantemente hacia atrás; los cuatro de la retaguardia se fueron acercando.

Cuando todos salieron del camino estrecho hacia la ladera abierta del brezal, y se mantuvo este orden, por mucho que se desviara hacia cualquier lado, ya no quedaba espacio para dudar de que estaba asediado por estos individuos. Se detuvo, como última prueba; y todos se detuvieron.

—¿Por qué me siguen de esta manera? —preguntó a todo el grupo—. ¿Son una banda de ladrones?

—No le contestes —dijo uno de ellos; no vio cuál—. Mejor estar callado.

—¿Mejor estar callado? —repitió Neville—. ¿Quién dijo eso?

Nadie respondió.

—Es un buen consejo, quienquiera que lo haya dado —continuó él con enojo—. No me someteré a ser acorralado entre cuatro hombres allí, y cuatro hombres allí. Deseo pasar, y pretendo pasar, a esos cuatro de adelante.

Todos estaban quietos; él incluido.

—Si ocho hombres, o cuatro hombres, o dos hombres, atacan a uno —prosiguió, enfureciéndose más—, el uno no tiene más remedio que dejar su marca en algunos de ellos. ¡Y, por Dios, lo haré si me interrumpen más!

Echándose su pesado bastón al hombro y acelerando el paso, se lanzó para pasar a los cuatro de adelante. El hombre más grande y fuerte del grupo cambió rápidamente al lado por el que él venía, y con destreza lo abordó y cayó con él; pero no antes de que el pesado bastón descendiera con fuerza.

—¡Déjenlo estar! —dijo este hombre con voz reprimida, mientras forcejeaban sobre la hierba—. ¡Juego limpio! Él tiene la complexión de una niña comparado conmigo, y además lleva un peso atado a la espalda. Déjenlo en paz. Yo me encargaré de él.

Después de rodar un poco, en un forcejeo cerrado que hizo que los rostros de ambos se mancharan de sangre, el hombre quitó su rodilla del pecho de Neville y se levantó, diciendo: —¡Ahí! ¡Ahora llévenlo del brazo, cualquiera de ustedes dos!

Se hizo de inmediato.

—En cuanto a que somos una banda de ladrones, señor Landless —dijo el hombre, mientras escupía algo de sangre y se limpiaba más de la cara—; sabe mejor que eso a plena luz del día. No lo habríamos tocado si no nos hubiera forzado. Lo llevaremos a la carretera principal, de todos modos, y allí encontrará suficiente ayuda contra ladrones, si la quiere. ¡Límpienle la cara, alguien; miren cómo le gotea!

Cuando se le limpió la cara, Neville reconoció en el que hablaba a Joe, conductor del ómnibus de Cloisterham, a quien había visto solo una vez, y fue el día de su llegada.

—Y lo que le recomiendo por ahora es que no hable, señor Landless. Encontrará a un amigo esperándolo en la carretera principal —que se adelantó por el otro camino cuando nos dividimos en dos grupos— y será mucho mejor que no diga nada hasta que llegue a él. ¡Traigan ese bastón, alguien más, y pongámonos en marcha!

Totalmente desconcertado, Neville miró a su alrededor y no dijo una palabra. Caminando entre sus dos conductores, que le sujetaban los brazos, continuó, como en un sueño, hasta que llegaron de nuevo a la carretera principal y en medio de un pequeño grupo de personas. Los hombres que habían regresado estaban en el grupo; y sus figuras centrales eran el señor Jasper y el señor Crisparkle. Los conductores de Neville lo llevaron ante el canónigo menor y allí lo soltaron, como un acto de deferencia hacia ese caballero.

—¿Qué es todo esto, señor? ¿Qué sucede? ¡Me siento como si hubiera perdido el sentido! —exclamó Neville, mientras el grupo se cerraba a su alrededor.

—¿Dónde está mi sobrino? —preguntó el señor Jasper, frenéticamente.

—¿Dónde está su sobrino? —repitió Neville—. ¿Por qué me lo pregunta a mí?

—Se lo pregunto —replicó Jasper— porque usted fue la última persona en su compañía y no aparece por ninguna parte.

—¡No aparece por ninguna parte! —exclamó Neville, horrorizado.

—Espere, espere —dijo el señor Crisparkle—. Permítame, Jasper. Señor Neville, usted está confundido; ordene sus pensamientos; es de gran importancia que ordene sus pensamientos; escúcheme.

—Lo intentaré, señor, pero me siento loco.

—¿Dejó al señor Jasper anoche con Edwin Drood?

—Sí.

—¿A qué hora?

—¿Fue a las doce? —preguntó Neville, con la mano en la cabeza confundida, y apelando a Jasper.

—Muy bien —dijo el señor Crisparkle—; la hora que el señor Jasper ya me ha indicado. ¿Bajaron juntos al río?

—Indudablemente. Para ver la acción del viento allí.

—¿Qué siguió? ¿Cuánto tiempo permanecieron allí?

—Unos diez minutos; diría que no más. Luego caminamos juntos hasta su casa, y él se despidió de mí en la puerta.

—¿Dijo que iba a bajar al río otra vez?

—No. Dijo que regresaba directo.

Los presentes se miraron entre sí y al señor Crisparkle. A quienes el señor Jasper, que había estado observando intensamente a Neville, dijo, con voz baja, clara y sospechosa: —¿Qué son esas manchas en su ropa?

Todos los ojos se volvieron hacia la sangre en su ropa.

—¡Y aquí están las mismas manchas en este bastón! —dijo Jasper, tomándolo de la mano del hombre que lo sostenía—. Sé que el bastón es suyo y lo llevaba anoche. ¿Qué significa esto?

—En nombre de Dios, diga qué significa, Neville —instó el señor Crisparkle.

—Ese hombre y yo —dijo Neville, señalando a su reciente adversario—, tuvimos un forcejeo por el bastón hace un momento, y puede ver las mismas marcas en él, señor. ¿Qué se suponía que debía pensar cuando me vi molestado por ocho personas? ¿Podía imaginar la verdadera razón cuando no me daban ninguna?

Admitieron que habían pensado que era discreto guardar silencio y que el forcejeo había tenido lugar. Y, sin embargo, los mismos hombres que lo habían visto miraban oscuramente las manchas que el aire frío y brillante ya había secado.

—Debemos regresar, Neville —dijo el señor Crisparkle—; ¿por supuesto que estará encantado de volver para aclararse?

—Por supuesto, señor.

—El señor Landless caminará a mi lado —continuó el canónigo menor, mirando a su alrededor—. ¡Vamos, Neville!

Partieron en el camino de regreso; y los demás, con una excepción, se dispersaron tras ellos a varias distancias. Jasper caminó al otro lado de Neville y nunca abandonó esa posición. Estuvo en silencio, mientras el señor Crisparkle repetía más de una vez sus preguntas anteriores, y mientras Neville repetía sus respuestas anteriores; también, mientras ambos aventuraban algunas conjeturas explicativas. Estuvo obstinadamente en silencio, porque la actitud del señor Crisparkle le apelaba directamente a tomar parte en la discusión, y ninguna apelación movería su rostro rígido. Cuando se acercaron a la ciudad, y el canónigo menor sugirió que harían bien en visitar al alcalde de inmediato, asintió con un gesto severo; pero no dijo palabra hasta que estuvieron en el salón del señor Sapsea.

Siendo el señor Sapsea informado por el señor Crisparkle de las circunstancias bajo las cuales deseaban hacer una declaración voluntaria ante él, el señor Jasper rompió el silencio declarando que depositaba toda su confianza, hablando humanamente, en la penetración del señor Sapsea. No había ninguna razón concebible por la que su sobrino hubiera huido repentinamente, a menos que el señor Sapsea pudiera sugerir una, y entonces él se sometería. No había una probabilidad inteligible de que hubiera regresado al río y se hubiera ahogado accidentalmente en la oscuridad, a menos que le pareciera probable al señor Sapsea, y entonces, de nuevo, él se sometería. Se lavaba las manos tanto como podía de todas las horribles sospechas, a menos que le pareciera al señor Sapsea que algunas de esas eran inseparables de su último compañero antes de su desaparición (con quien anteriormente no estaba en buenos términos), y entonces, una vez más, él se sometería. Su propio estado mental, estando distraído por dudas y sufriendo terribles aprensiones, no era de fiar; pero el del señor Sapsea sí.

El señor Sapsea expresó su opinión de que el caso tenía un aspecto oscuro; en resumen (y aquí sus ojos descansaron plenamente en el semblante de Neville), una complexión «poco inglesa». Habiendo llegado a este gran punto, vagó hacia una niebla y un laberinto de tonterías más denso de lo que incluso un alcalde habría esperado, y salió de él con el brillante descubrimiento de que quitar la vida a un semejante era quitar algo que no le pertenecía a uno. Vaciló sobre si debía emitir o no de inmediato su orden de arresto para el encarcelamiento de Neville Landless, bajo circunstancias de grave sospecha; y podría haber llegado tan lejos de no haber sido por la indignada protesta del canónigo menor: quien se comprometió a que el joven permaneciera en su propia casa, siendo

comprendí que el señor Sapsea sugería que se dragara el río, que se examinaran rigurosamente sus riberas, que se enviaran detalles de la desaparición a todas las localidades periféricas y a Londres, y que se hicieran circular ampliamente carteles y anuncios implorando a Edwin Drood que, si por alguna razón desconocida se había retirado del hogar y la sociedad de su tío, se apiadara del doloroso duelo y la angustia de aquel pariente amoroso, y le informara de algún modo de que aún estaba vivo. Se comprendió perfectamente al señor Sapsea, pues ese era exactamente su propósito (aunque no hubiera dicho nada al respecto); y se tomaron medidas para todos estos fines de inmediato.

Sería difícil determinar quién estaba más oprimido por el horror y el asombro: Neville Landless o John Jasper. Pero si la posición de Jasper le obligaba a ser activo, mientras que la de Neville le obligaba a ser pasivo, no habría habido nada que elegir entre ambos. Cada uno estaba abatido y roto.

Con las primeras luces de la mañana siguiente, los hombres trabajaban en el río, y otros hombres —la mayoría de los cuales se ofrecieron voluntarios para el servicio— examinaban las orillas. Durante todo el día continuó la búsqueda; en el río, con barcazas, pértigas, dragas y redes; en la orilla fangosa y llena de juncos, con botas altas, hachas, palas, cuerdas, perros y todos los utensilios imaginables. Incluso por la noche, el río estaba salpicado de linternas y teñido por el resplandor de los fuegos; las calas lejanas, en las que la marea entraba al cambiar, tenían sus grupos de vigilantes, que escuchaban el chapoteo de la corriente y buscaban cualquier carga que pudiera arrastrar; los remotos caminos de grava cerca del mar, y los puntos solitarios donde había corrientes de agua, tenían sus inusitadas antorchas llameantes y sus figuras de abrigos ásperos cuando amaneció el día siguiente; pero ningún rastro de Edwin Drood volvió a ver la luz del sol.

Todo ese día, de nuevo, continuó la búsqueda. Ahora, en barcaza y bote; y ahora en tierra entre los mimbres, o caminando entre el barro, las estacas y las piedras irregulares en lugares bajos, donde las marcas de agua solitarias y las señales de extrañas formas se mostraban como espectros, John Jasper trabajaba y se esforzaba. Pero sin éxito; pues aún ningún rastro de Edwin Drood volvía a ver la luz del sol.

Tras establecer sus turnos para esa noche nuevamente, de modo que se mantuvieran ojos vigilantes en cada cambio de marea, llegó a casa exhausto. Descuidado y desordenado, embadurnado de barro que se había secado sobre él, y con gran parte de su ropa hecha jirones, apenas se había dejado caer en su sillón cuando el señor Grewgious se presentó ante él.

—Estas son noticias extrañas —dijo el señor Grewgious.

—Noticias extrañas y temibles.

Jasper apenas había levantado sus pesados ojos para decirlo, y ahora los bajaba de nuevo mientras se desplomaba, agotado, sobre un lado de su sillón.

El señor Grewgious se alisó la cabeza y el rostro, y se quedó mirando el fuego.

—¿Cómo está su pupila? —preguntó Jasper, al cabo de un tiempo, con voz débil y fatigada.

—¡Pobre criatura! Puede imaginarse su estado.

—¿Ha visto a su hermana? —inquirió Jasper, como antes.

—¿De quién?

La brusquedad de la contrapregunta, y la manera fría y lenta en que, al formularla, el señor Grewgious movió sus ojos del fuego al rostro de su interlocutor, podrían haber resultado exasperantes en cualquier otro momento. En su depresión y agotamiento, Jasper simplemente abrió los ojos para decir:

—La del joven sospechoso.

—¿Lo sospecha usted? —preguntó el señor Grewgious.

—No sé qué pensar. No puedo decidirme.

—Ni yo —dijo el señor Grewgious—. Pero como usted habló de él como el joven sospechoso, pensé que se había decidido. Acabo de dejar a la señorita Landless.

—¿Cuál es su estado?

—Desafío a toda sospecha y fe ilimitada en su hermano.

—¡Pobre criatura!

—Sin embargo —prosiguió el señor Grewgious—, no es de ella de quien vine a hablar. Es de mi pupila. Tengo una comunicación que hacer que le sorprenderá. Al menos, me ha sorprendido a mí.

Jasper, con un gemido, se giró con cansancio en su silla.

—¿Debo dejarlo para mañana? —dijo el señor Grewgious—. ¡Cuidado, le advierto que creo que le sorprenderá!

Más atención y concentración aparecieron en los ojos de John Jasper al ver al señor Grewgious alisarse la cabeza de nuevo, y mirar otra vez al fuego; pero ahora, con la boca comprimida y decidida.

—¿Qué es? —exigió Jasper, incorporándose en su silla.

—Desde luego —dijo el señor Grewgious, de forma provocadoramente lenta e interna, mientras mantenía los ojos en el fuego—: podría haberlo sabido antes; ella me dio la oportunidad; pero soy un hombre tan sumamente angular que nunca se me ocurrió; di todo por sentado.

—¿Qué es? —exigió Jasper una vez más.

El señor Grewgious, abriendo y cerrando alternativamente las palmas de sus manos mientras las calentaba al fuego, y mirándolo fijamente de reojo, sin cambiar ni su acción ni su mirada en todo lo que siguió, respondió:

—Esta joven pareja, el joven perdido y la señorita Rosa, mi pupila, aunque tan largamente prometidos, y reconociendo desde hace tanto su compromiso, y estando tan cerca de casarse...

El señor Grewgious vio un rostro blanco y desencajado, y dos labios blancos que temblaban, en el sillón, y vio dos manos embarradas aferrándose a los lados. De no ser por las manos, podría haber pensado que nunca había visto ese rostro.

—...Esta joven pareja llegó gradualmente al descubrimiento (hecho por ambas partes con bastante igualdad, creo), de que serían más felices y estarían mejor, tanto en sus vidas presentes como futuras, como amigos afectuosos, o digamos mejor como hermano y hermana, que como marido y mujer.

El señor Grewgious vio un rostro color plomo en el sillón, y en su superficie terribles gotas o burbujas incipientes, como de acero.

—Esta joven pareja formó finalmente la saludable resolución de intercambiar sus descubrimientos, abierta, sensata y tiernamente. Se reunieron con ese propósito. Tras una conversación inocente y generosa, acordaron disolver sus relaciones existentes, y las previstas, por los siglos de los siglos.

El señor Grewgious vio a una figura fantasmal levantarse, con la boca abierta, del sillón, y levantar sus manos extendidas hacia su cabeza.

—Uno de esta joven pareja, y ese es su sobrino, temeroso, sin embargo, de que en la ternura de su afecto por él usted se sintiera amargamente decepcionado por una desviación tan grande de su vida proyectada, se abstuvo de contarle el secreto, durante unos días, y dejó que fuera revelado por mí, cuando yo viniera a hablar con usted, y él ya se hubiera ido. Le hablo a usted, y él se ha ido.

El señor Grewgious vio a la figura fantasmal echar la cabeza hacia atrás, agarrarse el cabello con las manos y girarse con un movimiento de retorcimiento alejándose de él.

—Ahora he dicho todo lo que tenía que decir: excepto que esta joven pareja se separó, firmemente, aunque no sin lágrimas y tristeza, en la tarde en que usted los vio juntos por última vez.

El señor Grewgious escuchó un grito terrible, y no vio ninguna figura fantasmal, ni sentada ni de pie; no vio nada más que un montón de ropa desgarrada y llena de barro sobre el suelo.

Sin cambiar su acción ni siquiera entonces, abrió y cerró las palmas de sus manos mientras las calentaba, y miró hacia abajo.

CAPÍTULO XVI. DEVOTO

Cuando John Jasper se recuperó de su ataque o desmayo, se encontró siendo atendido por el señor y la señora Tope, a quienes su visitante había llamado para tal fin. Su visitante, de aspecto de madera, sentado rígidamente en una silla, con las manos sobre las rodillas, observaba su recuperación.

—¡Ahí! Ya ha vuelto en sí, señor —dijo la llorosa señora Tope—; estaba completamente agotado, ¡y no es de extrañar!

—Un hombre —dijo el señor Grewgious, con su aire habitual de repetir una lección—, no puede tener su descanso interrumpido, su mente cruelmente atormentada y su cuerpo sobrecargado por la fatiga, sin estar completamente agotado.

—¿Temo haberle alarmado? —se disculpó Jasper débilmente, cuando fue ayudado a sentarse en su sillón.

—En absoluto, se lo agradezco —respondió el señor Grewgious.

—Es usted demasiado considerado.

—En absoluto, se lo agradezco —respondió el señor Grewgious de nuevo.

—Debe tomar un poco de vino, señor —dijo la señora Tope—, y la gelatina que tenía lista para usted, y que no quiso probar al mediodía, aunque le advertí de lo que sucedería, ya sabe, y usted sin desayunar; y debe tomar un ala del ave asada que se ha guardado veinte veces si se ha guardado una. Estará todo en la mesa en cinco minutos, y este buen caballero tal vez se quedará a ver cómo lo toma.

Este buen caballero respondió con un resoplido, que podría significar sí, o no, o cualquier cosa o nada, y que la señora Tope habría encontrado altamente desconcertante, de no ser porque su atención estaba dividida por el servicio de la mesa.

—¿Tomará algo conmigo? —dijo Jasper, mientras se ponía el mantel.

—No podría pasarme un bocado por la garganta, se lo agradezco —respondió el señor Grewgious.

Jasper comió y bebió casi con voracidad. Combinada con la prisa en su modo de hacerlo, había una evidente indiferencia por el sabor de lo que tomaba, lo que sugería que comía y bebía para fortalecerse contra cualquier otro fallo de ánimo, mucho más que para satisfacer su paladar. El señor Grewgious, mientras tanto, permanecía sentado erguido, sin expresión en su rostro, y una especie de dura protesta educada e imperturbable por toda su persona: como si hubiera querido decir, en respuesta a alguna invitación a conversar: "No podría originar el más mínimo atisbo de observación sobre ningún tema, se lo agradezco".

—¿Sabe usted? —dijo Jasper, cuando hubo apartado su plato y su vaso, y se hubo quedado sentado meditando durante unos minutos—: ¿sabe usted que encuentro algunas migajas de consuelo en la comunicación con la que me ha dejado tan asombrado?

—¿Las encuentra? —replicó el señor Grewgious, añadiendo con bastante claridad la cláusula no expresada: "Yo no, ¡se lo agradezco!".

—Después de recuperarme del impacto de una noticia sobre mi querido muchacho, tan totalmente inesperada, y tan destructiva de todos los castillos que había construido para él; y después de haber tenido tiempo para pensar en ello; sí.

—Me alegrará recoger sus migajas —dijo el señor Grewgious, secamente.

—¿No hay, o hay —si me engaño, dígamelo y acorte mi dolor—, no hay, o hay, esperanza de que, encontrándose en esta nueva posición, y volviéndose sensiblemente vivo a la incómoda carga de explicaciones, aquí, allá y acullá, con la que le cargaría, evitara la incomodidad y emprendiera la huida?

—Tal cosa podría ser —dijo el señor Grewgious, reflexionando.

—Tal cosa ha sucedido. He leído casos en los que personas, antes que enfrentarse a una maravilla de siete días, y tener que rendir cuentas a los ociosos e impertinentes, se han marchado y no se ha sabido de ellas durante mucho tiempo.

—Creo que tales cosas han ocurrido —dijo el señor Grewgious, reflexionando aún.

—Cuando yo no tenía, y no podía tener, ninguna sospecha —prosiguió Jasper, siguiendo con entusiasmo la nueva pista—, de que el querido muchacho perdido me hubiera ocultado algo —sobre todo un asunto tan importante como este—, ¿qué rayo de luz había para mí en todo el cielo negro? Cuando supuse que su futura esposa estaba aquí, y su matrimonio cerca, ¿cómo podía albergar la posibilidad de que abandonara voluntariamente este lugar, de una manera que sería tan inexplicable, caprichosa y cruel? Pero ahora que sé lo que me ha dicho, ¿no hay alguna pequeña rendija por la que se filtre la luz del día? Suponiendo que haya desaparecido por voluntad propia, ¿no es su desaparición más explicable y menos cruel? El hecho de que se haya separado de su pupila es en sí mismo una especie de razón para su marcha. No hace que su misteriosa partida sea menos cruel para mí, es cierto; pero le quita crueldad hacia ella.

El señor Grewgious no pudo dejar de asentir a esto.

—E incluso en lo que a mí respecta —continuó Jasper, siguiendo todavía la nueva pista, con ardor, y, al hacerlo, iluminándose con esperanza—: él sabía que usted venía a verme; sabía que se le había confiado contarme lo que me ha dicho; si el que usted lo haya hecho ha despertado un nuevo tren de pensamientos en mi mente perpleja, se sigue razonablemente que, desde las mismas premisas, él podría haber previsto las inferencias que yo sacaría. Concedamos que las previó; e incluso la crueldad hacia mí —¡y quién soy yo!— ¡John Jasper, profesor de música, se desvanece!

Una vez más, el señor Grewgious no pudo dejar de asentir a esto.

—He tenido mis desconfianzas, y han sido terribles desconfianzas —dijo Jasper—; pero su revelación, por abrumadora que fuera al principio —mostrándome que mi propio querido muchacho había tenido una gran reserva decepcionante conmigo, que tanto lo amaba—, enciende la esperanza dentro de mí. Usted no la extingue cuando la expongo, sino que admite que es una esperanza razonable. Empiezo a creer posible: —aquí entrelazó sus manos: —que pueda haber desaparecido de entre nosotros por su propia voluntad, y que pueda estar todavía vivo y bien.

El señor Crisparkle entró en ese momento. A quien el señor Jasper repitió:

—Empiezo a creer posible que haya desaparecido por su propia voluntad, y que pueda estar todavía vivo y bien.

El señor Crisparkle tomó asiento e inquirió: "¿Por qué?". El señor Jasper repitió los argumentos que acababa de exponer. Si hubieran sido menos plausibles de lo que eran, la mente del buen canónigo menor habría estado en estado de preparación para aceptarlos, como exculpatorios de su desafortunado pupilo. Pero él, también, realmente daba gran importancia a que el joven perdido hubiera sido, tan inmediatamente antes de su desaparición, colocado en una nueva y embarazosa relación hacia todos los que conocían sus proyectos y asuntos; y el hecho le parecía presentar la cuestión bajo una nueva luz.

—Declaré al señor Sapsea, cuando le visitamos —dijo Jasper: como efectivamente había hecho: —que no hubo pelea ni diferencia entre los dos jóvenes en su último encuentro. Todos sabemos que su primer encuentro estuvo desgraciadamente muy lejos de ser amistoso; pero todo transcurrió sin problemas y con tranquilidad cuando estuvieron juntos por última vez en mi casa. Mi querido muchacho no estaba con su ánimo habitual; estaba deprimido —lo noté— y me veo obligado de aquí en adelante a insistir más en la circunstancia, ahora que sé que había una razón especial para que estuviera deprimido: una razón, además, que posiblemente le haya inducido a ausentarse.

—¡Rezo al Cielo para que resulte así! —exclamó el señor Crisparkle.

—¡Rezo al Cielo para que resulte así! —repitió Jasper—. Usted sabe —y el señor Grewgious debería saberlo también ahora— que tuve una gran prevención contra el señor Neville Landless, derivada de su conducta furiosa en aquella primera ocasión. Usted sabe que acudí a usted, extremadamente aprensivo, en nombre de mi querido muchacho, por su loca violencia. Usted sabe que incluso anoté en mi Diario, y le mostré la entrada, que tenía oscuros presentimientos contra él. El señor Grewgious debería estar en posesión de todo el caso. No será, por ninguna omisión mía, informado de una parte y mantenido en la ignorancia de otra. Deseo que tenga la bondad de entender que la comunicación que me ha hecho ha influido esperanzadoramente en mi mente, a pesar de haber estado, antes de que ocurriera este misterioso suceso, profundamente impresionado contra el joven Landless.

Esta justicia preocupó mucho al canónigo menor. Sintió que él no era tan abierto en su propio trato. Se reprochó a sí mismo haber omitido, hasta el momento, los dos puntos de un segundo fuerte arrebato de genio contra Edwin Drood por parte de Neville, y el hecho de que la pasión de los celos hubiera, según su propio conocimiento, inflamado el pecho de Neville contra él. Estaba convencido de la inocencia de Neville de cualquier parte en la fea desaparición; y, sin embargo, tantas pequeñas circunstancias se combinaban tan lamentablemente contra él, que temía añadir dos más a su peso acumulativo. Él era uno de los hombres más veraces; pero había estado equilibrando en su mente, con gran angustia, si su ofrecimiento a contar estos dos fragmentos de verdad, en este momento, no equivaldría a un montaje de falsedad en lugar de verdad.

Sin embargo, aquí tenía un modelo ante él. No dudó más. Dirigiéndose al señor Grewgious, como alguien investido de autoridad por la revelación que había aportado al misterio (y el señor Grewgious se volvió sumamente angular cuando se encontró en esa posición inesperada), el señor Crisparkle dio testimonio del estricto sentido de la justicia del señor Jasper y, expresando su absoluta confianza en la completa limpieza de su pupilo de la menor mancha de sospecha, tarde o temprano, confesó que su confianza en aquel joven se había formado, a pesar de su conocimiento confidencial de que su temperamento era de los más ardientes y feroces, y que estaba directamente irritado contra el sobrino del señor Jasper, por la circunstancia de suponer románticamente que estaba enamorado de la misma joven. La reacción optimista manifiesta en el señor Jasper resistió incluso esta declaración inesperada. Le puso más pálido; pero repitió que se aferraría a la esperanza que había derivado del señor Grewgious; y que si no se encontraba ningún rastro de su querido muchacho, que condujera a la terrible inferencia de que se habían deshecho de él, atesoraría hasta el último límite de posibilidad la idea de que podría haber huido por su propia voluntad salvaje.

Ahora bien, ocurrió que el señor Crisparkle, alejándose de esta conferencia todavía muy inquieto en su mente, y muy preocupado por el joven al que mantenía como una especie de prisionero en su propia casa, dio un memorable paseo nocturno.

Caminó hasta el azud de Cloisterham.

A menudo lo hacía, y por consiguiente no había nada de extraordinario en que sus pasos se dirigieran hacia allí. Pero la preocupación de su mente le impedía planear cualquier paseo, o prestar atención a los objetos por los que pasaba, que su primera conciencia de estar cerca del azud provino del sonido del agua que caía cerca.

"—¡Cómo he llegado hasta aquí!" fue su primer pensamiento, mientras se detenía.

"—¡Por qué he venido aquí!" fue el segundo.

Entonces, se quedó escuchando atentamente el agua. Un pasaje familiar de su lectura, sobre lenguas etéreas que deletrean los nombres de los hombres, surgió tan espontáneamente a su oído, que lo apartó con la mano, como si fuera tangible.

Era una noche estrellada. El azud estaba a dos millas por encima del lugar al que los jóvenes se habían dirigido para observar la tormenta. No se había hecho ninguna búsqueda allí arriba, pues la marea había bajado con fuerza, en ese momento de la noche de Nochebuena, y los lugares más probables para el descubrimiento de un cuerpo, si un accidente fatal hubiera ocurrido en tales circunstancias, yacían todos —tanto cuando la marea bajaba como cuando volvía a subir— entre ese punto y el mar. El agua caía sobre el azud con su sonido habitual en una fría noche estrellada, y poco podía verse de ella; sin embargo, el señor Crisparkle tenía una extraña idea de que algo inusual flotaba en el lugar.

Razonó consigo mismo: ¿Qué era? ¿Dónde estaba? Ponlo a prueba. ¿A qué sentido se dirigía?

Ningún sentido informó de nada inusual allí. Escuchó de nuevo, y su sentido del oído volvió a confirmar el agua que caía sobre el azud, con su sonido habitual en una fría noche estrellada.

Sabiendo muy bien que el misterio que ocupaba su mente podría por sí mismo dar al lugar este aire encantado, forzó sus ojos de halcón para corregir su visión. Se acercó más al azud y escudriñó sus conocidos postes y maderas. Nada en absoluto inusual se vislumbraba remotamente. Pero decidió que volvería temprano por la mañana.

El azud pasó por su sueño interrumpido, toda la noche, y estuvo de vuelta al amanecer. Era una mañana brillante y helada. Toda la composición ante él, cuando estuvo donde había estado la noche anterior, era claramente discernible en sus detalles más minuciosos. Lo había examinado de cerca durante unos minutos, y estaba a punto de retirar la vista, cuando esta fue atraída intensamente hacia un punto.

Le dio la espalda al azud y miró muy lejos, hacia el cielo y hacia la tierra, y luego volvió a mirar aquel único punto. Volvió a captar su atención de inmediato, y concentró su vista en él. Ya no podía perderlo de vista, aunque no fuera más que una mota en el paisaje. Fascinaba su mirada. Sus manos comenzaron a quitarse el abrigo. Pues le sobrevino la idea de que en aquel lugar —un rincón del azud— algo relucía, que no se movía ni venía con las gotas de agua centelleantes, sino que permanecía inmóvil.

Se aseguró de ello, se despojó de sus ropas, se sumergió en el agua helada y nadó hacia el punto. Trepando por los maderos, sacó de ellos, atrapado entre sus intersticios por su cadena, un reloj de oro que llevaba grabado en su parte posterior E. D.

Llevó el reloj a la orilla, nadó de nuevo hacia el azud, lo escaló y se zambulló. Conocía cada agujero y rincón de todas las profundidades, y se zambulló y se zambulló y se zambulló, hasta que no pudo soportar más el frío. Su idea era que encontraría el cuerpo; solo encontró un alfiler de corbata clavado en algo de barro y cieno.

Con estos hallazgos regresó a Cloisterham y, llevando a Neville Landless consigo, fue directamente ante el alcalde. Se mandó llamar al Sr. Jasper, se identificaron el reloj y el alfiler de corbata, Neville fue detenido y el frenesí y la fatuidad más salvajes de los malos informes se alzaron contra él. Era de una naturaleza tan vengativa y violenta que, de no ser por su pobre hermana, quien era la única que ejercía influencia sobre él y de cuya vista nunca se debía confiar, estaría cometiendo asesinatos a diario. Antes de llegar a Inglaterra había hecho azotar hasta la muerte a varios «nativos» —personas nómadas, que acampaban ahora en Asia, ahora en África, ahora en las Indias Occidentales y ahora en el Polo Norte—, vagamente supuestos en Cloisterham como siempre negros, siempre de gran virtud, siempre llamándose a sí mismos «Me», y a todos los demás «Massa» o «Missie» (según el sexo), y siempre leyendo tratados de los significados más oscuros, en un inglés roto, pero siempre comprendiéndolos con exactitud en la lengua materna más pura. Casi había llevado a las canas de la Sra. Crisparkle a la tumba con dolor. (Esas expresiones originales eran del Sr. Sapsea). Había dicho repetidamente que acabaría con la vida del Sr. Crisparkle. Había dicho repetidamente que acabaría con la vida de todo el mundo y se convertiría, en efecto, en el último hombre. Había sido traído a Cloisterham, desde Londres, por un eminente filántropo, ¿y por qué? Porque aquel filántropo había declarado expresamente: «Le debo a mis semejantes que él debería estar, en palabras de BENTHAM, donde sea la causa del mayor peligro para el menor número».

Estos disparos dispersos de los trabucos de la necedad podrían no haberle alcanzado en un lugar vital. Pero tuvo que enfrentarse también a un fuego entrenado y bien dirigido de armas de precisión. Había amenazado notoriamente al joven perdido y tenía, según lo expuesto por su propio amigo fiel y tutor que tanto se esforzó por él, una causa de amarga animosidad (creada por él mismo, y declarada por él mismo), contra aquel desdichado. Se había armado con un arma ofensiva para la noche fatal, y se había marchado temprano por la mañana, después de hacer los preparativos para la partida. Había sido encontrado con rastros de sangre sobre él; ciertamente, podrían haber sido causados totalmente como él representó, pero también podrían no haberlo sido. Al emitirse una orden de registro para el examen de su habitación, ropa y demás, se descubrió que había destruido todos sus papeles y reorganizado todas sus posesiones, la misma tarde de la desaparición. El reloj encontrado en el azud fue cuestionado por el joyero como uno que él mismo había dado cuerda y ajustado para Edwin Drood, a las veinte minutos pasados de las dos de esa misma tarde; y se había detenido antes de ser arrojado al agua; y era la opinión positiva del joyero que nunca se le había vuelto a dar cuerda. Esto justificaría la hipótesis de que el reloj le fue quitado poco después de que dejara la casa del Sr. Jasper a medianoche, en compañía de la última persona vista con él, y que había sido arrojado después de haber sido retenido algunas horas. ¿Por qué arrojado? Si hubiera sido asesinado, y tan artísticamente desfigurado, u ocultado, o ambas cosas, como para que el asesino esperara que la identificación fuera imposible, excepto por algo que él llevara puesto, ciertamente el asesino buscaría eliminar del cuerpo las cosas más duraderas, mejor conocidas y más fácilmente reconocibles que llevara. Esas cosas serían el reloj y el alfiler de corbata. En cuanto a sus oportunidades de arrojarlos al río; si él fuera el objeto de estas sospechas, eran fáciles. Pues había sido visto por muchas personas, vagando por ese lado de la ciudad —de hecho, por todos sus lados— de una manera miserable y aparentemente medio distraída. En cuanto a la elección del lugar, obviamente tal evidencia incriminatoria sería mejor que se arriesgara a ser encontrada en cualquier parte, antes que sobre él mismo, o en su posesión. Con respecto a la naturaleza conciliadora del encuentro concertado entre los dos jóvenes, poco se podía sacar de ello a favor del joven Landless; pues aparecía claramente que el encuentro no se originó en él, sino en el Sr. Crisparkle, y que había sido instado por el Sr. Crisparkle; ¿y quién podría decir cuán de mala gana, o en qué estado de ánimo malhumorado, su alumno forzado había acudido a él? Cuanto más se examinaba su caso, más débil se volvía en cada punto. Incluso la amplia sugerencia de que el joven perdido se había fugado se volvió adicionalmente improbable según lo expuesto por la joven de quien se había separado tan recientemente; pues, ¿qué dijo ella, con gran sinceridad y tristeza, cuando fue interrogada? Que él había, expresa y entusiastamente, planeado con ella que esperaría la llegada de su tutor, el Sr. Grewgious. Y sin embargo, obsérvese, él desapareció antes de que ese caballero apareciera.

Bajo las sospechas así instadas y apoyadas, Neville fue detenido, y vuelto a detener, y la búsqueda se presionó por todas partes, y Jasper trabajó noche y día. Pero no se encontró nada más. Al no hacerse ningún descubrimiento que probara que el hombre perdido estaba muerto, finalmente se hizo necesario liberar a la persona sospechosa de haber acabado con él. Neville fue puesto en libertad. Entonces, ocurrió una consecuencia que el Sr. Crisparkle había previsto demasiado bien. Neville debía abandonar el lugar, pues el lugar lo evitaba y lo expulsaba. Incluso si no hubiera sido así, la querida vieja pastora de porcelana se habría preocupado hasta la muerte con temores por su hijo, y con la trepidación general ocasionada por tener tal inquilino. Incluso si eso no hubiera sido así, la autoridad a la que el Canónigo Menor defería oficialmente habría zanjado la cuestión.

—Sr. Crisparkle —dijo el Deán—, la justicia humana puede errar, pero debe actuar de acuerdo con sus luces. Los días de acogerse a sagrado han pasado. Este joven no debe acogerse a sagrado con nosotros.

—¿Quiere decir que debe abandonar mi casa, señor?

—Sr. Crisparkle —respondió el prudente Deán—, no reclamo ninguna autoridad en su casa. Simplemente confiero con usted sobre la dolorosa necesidad en la que se encuentra de privar a este joven de las grandes ventajas de su consejo e instrucción.

—Es muy lamentable, señor —expuso el Sr. Crisparkle.

—Mucho —asintió el Deán.

—Y si es una necesidad... —dudó el Sr. Crisparkle.

—Como desgraciadamente encuentra que lo es —respondió el Deán.

El Sr. Crisparkle se inclinó sumisamente: —Es duro prejuzgar su caso, señor, pero soy consciente de que...

—Exacto. Perfectamente. Como usted dice, Sr. Crisparkle —intervino el Deán, asintiendo con la cabeza suavemente—, no hay nada más que hacer. Sin duda, sin duda. No hay alternativa, como su buen juicio ha descubierto.

—Estoy completamente satisfecho de su perfecta inocencia, señor, no obstante.

—¡Bue-e-eno! —dijo el Deán, en un tono más confidencial, y mirando ligeramente a su alrededor—, no diría eso, en general. No en general. Suficiente sospecha se adhiere a él para... no, creo que no diría eso, en general.

El Sr. Crisparkle se inclinó de nuevo.

—No nos corresponde, quizás —continuó el Deán—, ser partidistas. No partidistas. Nosotros, el clero, mantenemos nuestros corazones cálidos y nuestras cabezas frías, y seguimos un juicioso camino intermedio.

—Espero que no le importe, señor, que haya declarado en público, enfáticamente, que él reaparecerá aquí, cuando cualquier nueva sospecha pueda ser despertada, o cualquier nueva circunstancia pueda salir a la luz en este asunto extraordinario.

—En absoluto —respondió el Deán—. Y, sin embargo, sabe, no creo —con un énfasis muy preciso y pulcro en esas dos palabras—: No creo que lo declararía enfáticamente. ¿Declararlo? ¡Sí-í-í! ¿Pero enfáticamente? No-o-o. Creo que no. De hecho, Sr. Crisparkle, manteniendo nuestros corazones cálidos y nuestras cabezas frías, nosotros, el clero, no necesitamos hacer nada enfáticamente.

Así, el Canónigo Menor Row no conoció más a Neville Landless; y él fue adonde quiso, o pudo, con una mancha sobre su nombre y fama.

No fue hasta entonces que John Jasper reanudó silenciosamente su lugar en el coro. Demacrado y con los ojos rojos, sus esperanzas claramente lo habían abandonado, su estado de ánimo optimista se había ido, y todos sus peores recelos habían regresado. Uno o dos días después, mientras se quitaba la túnica, sacó su diario del bolsillo de su abrigo, pasó las hojas y, con una mirada impresionante, y sin decir una palabra, entregó esta entrada al Sr. Crisparkle para que la leyera:

«Mi querido muchacho ha sido asesinado. El descubrimiento del reloj y el alfiler de corbata me convence de que fue asesinado esa noche, y que sus joyas le fueron quitadas para evitar la identificación por medio de ellas. Todas las esperanzas ilusorias que había fundado en su separación de su prometida esposa, las entrego a los vientos. Perecen ante este descubrimiento fatal. Ahora juro, y registro el juramento en esta página, que nunca más discutiré este misterio con ninguna criatura humana hasta que tenga la pista en mi mano. Que nunca me relajaré en mi secreto ni en mi búsqueda. Que cargaré el crimen del asesinato de mi querido muchacho muerto sobre el asesino. Y que me dedico a su destrucción».

CAPÍTULO XVII. FILANTROPÍA, PROFESIONAL Y NO PROFESIONAL

Había pasado ya medio año y el Sr. Crisparkle estaba sentado en una sala de espera en las oficinas principales de Londres del Refugio de la Filantropía, hasta que pudiera tener audiencia con el Sr. Honeythunder.

En sus días universitarios de ejercicios atléticos, el Sr. Crisparkle había conocido a profesores del Noble Arte del pugilismo y había asistido a dos o tres de sus reuniones con guantes. Tenía ahora la oportunidad de observar que, en cuanto a la formación frenológica de la parte posterior de sus cabezas, los filántropos profesantes eran extraordinariamente parecidos a los púgiles. En el desarrollo de todos aquellos órganos que constituyen, o acompañan, una propensión a «arremeter» contra tus semejantes, los filántropos estaban notablemente favorecidos. Había varios profesores entrando y saliendo, con exactamente el aire agresivo de estar listos para un enfrentamiento con cualquier novato que pudiera estar a mano, que el Sr. Crisparkle recordaba bien en los círculos de la afición. Se estaban haciendo preparativos para una pequeña pelea moral en algún lugar del circuito rural, y otros profesores estaban respaldando a este o aquel peso pesado como bueno para tales o cuales golpes oratorios, tanto al estilo de los taberneros deportivos, que las resoluciones previstas podrían haber sido rondas. En un gerente oficial de estas exhibiciones muy celebrado por sus tácticas de plataforma, el Sr. Crisparkle reconoció (en un traje negro) al homólogo de un benefactor fallecido de su especie, un personaje público eminente, conocido una vez por la fama como Frosty-faced Fogo, quien en los viejos tiempos supervisaba la formación del círculo mágico con cuerdas y estacas. Solo faltaban tres condiciones de semejanza entre estos profesores y aquellos. Primero, los filántropos estaban en muy mala forma: demasiado carnosos, y presentando, tanto en rostro como en figura, una superabundancia de lo que se conoce por los expertos en pugilismo como «budín de sebo». Segundo, los filántropos no tenían el buen temperamento de los púgiles, y usaban peor lenguaje. Tercero, su código de lucha necesitaba una revisión urgente, ya que los facultaba no solo para acorralar a su hombre contra las cuerdas, sino para aburrirlo hasta los confines de la distracción; también para golpearlo cuando estaba abajo, golpearlo en cualquier lugar y de cualquier manera, patearlo, pisotearlo, sacarle los ojos y maltratarlo a sus espaldas sin piedad. En estos últimos detalles, los profesores del Noble Arte eran mucho más nobles que los profesores de la filantropía.

El Sr. Crisparkle estaba tan completamente perdido reflexionando sobre estas similitudes y desemejanzas, mientras observaba a la multitud que iba y venía, siempre, al parecer, con recados de arrebatar antagónicamente algo a alguien, y nunca dando nada a nadie, que su nombre fue llamado antes de que lo oyera. Al responder finalmente, fue mostrado por un filántropo estipendiario miserablemente andrajoso y mal pagado (que difícilmente lo habría hecho peor si hubiera prestado servicio a un enemigo declarado de la raza humana) a la habitación del Sr. Honeythunder.

—Señor —dijo el Sr. Honeythunder, con su voz tremenda, como un maestro de escuela dando órdenes a un chico del que tenía una mala opinión—, siéntese.

El Sr. Crisparkle se sentó.

Habiendo firmado el Sr. Honeythunder los pocos cientos restantes de varios miles de circulares, llamando a un número correspondiente de familias sin medios a presentarse, soltar el dinero al instante y ser filántropos, o irse al diablo, otro filántropo estipendiario andrajoso (altamente desinteresado, si es sincero) los reunió en una cesta y se alejó con ellos.

—Ahora, Sr. Crisparkle —dijo el Sr. Honeythunder, girando su silla medio vuelta hacia él cuando estuvieron solos, y cuadrando sus brazos con las manos en las rodillas, y sus cejas fruncidas, como si añadiera: voy a acabar pronto con usted—: Ahora, Sr. Crisparkle, albergamos diferentes puntos de vista, usted y yo, señor, sobre la santidad de la vida humana.

—¿Es así? —respondió el Canónigo Menor.

—Lo hacemos, señor.

—¿Podría preguntarle —dijo el Canónigo Menor—: cuáles son sus puntos de vista sobre ese tema?

—Que la vida humana es algo que debe mantenerse sagrado, señor.

—¿Podría preguntarle —continuó el Canónigo Menor como antes—: cuáles supone que son mis puntos de vista sobre ese tema?

—¡Por Jorge, señor! —respondió el filántropo, cuadrando sus brazos aún más, mientras fruncía el ceño al Sr. Crisparkle—: son mejor conocidos por usted mismo.

—Fácilmente admitido. Pero usted comenzó diciendo que teníamos diferentes puntos de vista, sabe. Por lo tanto (o no podría decirlo) debe haber establecido algunos puntos de vista como míos. Por favor, ¿qué puntos de vista ha establecido como míos?

—Aquí hay un hombre —y un joven—, dijo el Sr. Honeythunder, como si eso hiciera el asunto infinitamente peor, y pudiera haber soportado fácilmente la pérdida de uno viejo—, barrido de la faz de la tierra por un acto de violencia. ¿Cómo llama a eso?

—Asesinato —dijo el Canónigo Menor.

—¿Cómo llama al autor de ese acto, señor?

—Un asesino —dijo el Canónigo Menor.

—Me alegra oírle admitir tanto, señor —replicó el Sr. Honeythunder, de la manera más ofensiva—; y le digo francamente que no lo esperaba. —Aquí bajó pesadamente la vista hacia el Sr. Crisparkle de nuevo.

—Sea tan amable de explicar qué quiere decir con esas expresiones tan injustificables.

—No me siento aquí, señor —respondió el filántropo, elevando su voz a un rugido—, para ser intimidado.

—Como única otra persona presente, nadie puede saberlo mejor que yo —respondió el Canónigo Menor muy tranquilamente—. Pero interrumpo su explicación.

—¡Asesinato! —procedió el Sr. Honeythunder, en una especie de reverie bullicioso, con su cruce de brazos de plataforma, y su asentimiento de plataforma de reflexión aborrecible después de cada breve sentimiento de una palabra—. ¡Derrame de sangre! ¡Abel! ¡Caín! No mantengo términos con Caín. Repudio con un escalofrío la mano roja cuando se me ofrece.

En lugar de saltar instantáneamente a su silla y vitorearse hasta quedarse ronco, como la Hermandad reunida en asamblea pública habría hecho infaliblemente ante esta señal, el Sr. Crisparkle simplemente invirtió el cruce tranquilo de sus piernas, y dijo suavemente: —No deje que lo interrumpa en su explicación... cuando comience.

—Los Mandamientos dicen, no asesinarás. ¡NO asesinarás, señor! —procedió el Sr. Honeythunder, deteniéndose de manera parlamentaria como si reprendiera al Sr. Crisparkle por haber afirmado distintamente que decían: puedes cometer un pequeño asesinato, y luego parar.

—Y también dicen, no levantarás falso testimonio —observó el Sr. Crisparkle.

—¡Suficiente! —bramó el Sr. Honeythunder, con una solemnidad y severidad que habría derribado la casa en una reunión—, ¡su-u-uficiente! Siendo mis pupilos mayores de edad, y siendo liberado de una confianza que no puedo contemplar sin un escalofrío de horror, ahí están las cuentas que usted ha emprendido aceptar en su nombre, y ahí está un estado de cuenta del saldo que usted ha emprendido recibir, y que no puede recibir demasiado pronto. Y déjeme decirle, señor, desearía que, como hombre y Canónigo Menor, estuviera mejor empleado —con un asentimiento—. Mejor empleado —con otro asentimiento—. ¡Me-e-ejor em-pleado! —con otro y los tres asentimientos sumados.

El Sr. Crisparkle se levantó; un poco acalorado en el rostro, pero con perfecto dominio de sí mismo.

—Sr. Honeythunder —dijo, tomando los papeles referidos—: que yo esté mejor o peor empleado de lo que estoy actualmente es una cuestión de gusto y opinión. Usted podría pensar que estoy mejor empleado inscribiéndome como miembro de su Sociedad.

—¡Sí, en efecto, señor! —replicó el Sr. Honeythunder, sacudiendo la cabeza de manera amenazante—. ¡Habría sido mejor para usted si hubiera hecho eso hace mucho tiempo!

—Pienso de otra manera.

—O —dijo el Sr. Honeythunder, sacudiendo la cabeza de nuevo—, podría pensar que alguien de su profesión está mejor empleado dedicándose al descubrimiento y castigo de la culpa que dejando ese deber para ser emprendido por un laico.

—Puedo ver mi profesión desde un punto de vista que me enseña que su primer deber es hacia aquellos que están en necesidad y tribulación, que están desolados y oprimidos —dijo el Sr. Crisparkle—. Sin embargo, como me he satisfecho bastante claramente de que no es parte de mi profesión hacer profesiones, no digo más sobre eso. Pero le debo al Sr. Neville, y a la hermana del Sr. Neville (y en un grado mucho menor a mí mismo), decirle que sé que estaba en plena posesión y comprensión de la mente y el corazón del Sr. Neville en el momento de este suceso; y que, sin colorear ni ocultar en lo más mínimo lo que era de deplorar en él y requería ser corregido, me siento seguro de que su historia es verdadera. Sintiendo esa certeza, lo ayudo. Mientras dure esa certeza, lo ayudaré. Y si alguna consideración pudiera sacudirme en esta resolución, me avergonzaría tanto de mí mismo por mi mezquindad, que la buena opinión de ningún hombre —no, ni de ninguna mujer—, así ganada, podría compensarme por la pérdida de la mía propia.

¡Buen compañero! ¡Compañero varonil! Y era tan modesto, también. No había más autoafirmación en el Canónigo Menor que en el escolar que había estado en los ventosos campos de juego cuidando un wicket. Era simple y firmemente fiel a su deber tanto en el caso grande como en el pequeño. Así son siempre todas las almas verdaderas. Así lo fue, lo es y lo será siempre toda alma verdadera. No hay nada pequeño para los realmente grandes de espíritu.

—¿Entonces quién concluye usted que cometió el acto? —preguntó el Sr. Honeythunder, volviéndose hacia él bruscamente.

—¡El cielo no permita —dijo el Sr. Crisparkle—, que en mi deseo de limpiar a un hombre deba incriminar ligeramente a otro! No acuso a nadie.

—¡Tcha! —exclamó el Sr. Honeythunder con gran disgusto; pues este no era de ninguna manera el principio sobre el que la Hermandad Filantrópica procedía usualmente—. Y, señor, usted no es un testigo desinteresado, debemos tenerlo en cuenta.

—¿Cómo soy un testigo interesado? —preguntó el Sr. Crisparkle, sonriendo inocentemente, sin poder imaginarlo.

—Había un cierto estipendio, señor, pagado a usted por su alumno, que puede haber sesgado un poco su juicio —dijo el Sr. Honeythunder, groseramente.

—¿Quizás espero retenerlo todavía? —respondió el Sr. Crisparkle, iluminado—; ¿quiere decir eso también?

—Bueno, señor —respondió el filántropo profesional, levantándose y metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones—, no voy por ahí midiendo a la gente para ver si les quedan los zapatos. Si la gente encuentra que tengo algunos por ahí que les sirven, pueden ponérselos y usarlos, si quieren. Ese es su problema: no el mío.

El Sr. Crisparkle lo miró con una justa indignación, y lo reprendió así:

«Sr. Honeythunder, cuando entré aquí, esperaba no tener la necesidad de comentar la introducción de los modales de tribuna o las maniobras de tribuna entre las decentes consideraciones de la vida privada. Pero usted me ha dado tal espécimen de ambas cosas, que yo sería un sujeto idóneo para ambas si permaneciera en silencio respecto a ellas. Son detestables».

«No le sientan bien a usted, me atrevo a decir, señor».

«Son —repitió el Sr. Crisparkle, sin advertir la interrupción— detestables. Violan por igual la justicia que debería pertenecer a los cristianos y las restricciones que deberían pertenecer a los caballeros. Usted asume que un gran crimen ha sido cometido por alguien a quien yo, conocedor de las circunstancias concurrentes y teniendo numerosas razones de mi parte, creo devotamente inocente del mismo. Porque discrepo de usted en ese punto vital, ¿cuál es su recurso de tribuna? ¡Volverse instantáneamente contra mí, acusándome de que no tengo sentido de la enormidad del crimen en sí, sino que soy su instigador y cómplice! Así, en otra ocasión —tomándome como representante de su oponente en otros casos— usted establece una credulidad de tribuna; una profesión de fe propuesta, secundada y aprobada por unanimidad en algún ridículo engaño o perniciosa imposición. Yo declino creerlo, y usted se refugia en su recurso de tribuna de proclamar que yo no creo en nada; que porque no me inclino ante un falso Dios hecho por usted, ¡niego al Dios verdadero! En otra ocasión hace usted el descubrimiento de tribuna de que la guerra es una calamidad, y propone abolirla mediante una sarta de retorcidas resoluciones lanzadas al aire como la cola de una cometa. No admito en absoluto que el descubrimiento sea suyo, y no tengo ni un ápice de fe en su remedio. De nuevo, su recurso de tribuna de representarme como alguien que se deleita en los horrores de un campo de batalla como un demonio encarnado. En otra ocasión, en otra de sus indiscriminadas embestidas de tribuna, castigaría usted al sobrio por el borracho. Yo reclamo consideración para la comodidad, conveniencia y refrigerio del sobrio; y usted inmediatamente hace la proclamación de tribuna de que tengo un deseo depravado de convertir a las criaturas del Cielo en cerdos y fieras. En todos esos casos sus proponentes, sus secundarios y sus partidarios —sus regulares Profesores de todos los grados— arremeten como tantos malayos locos; atribuyendo habitualmente los motivos más bajos y viles con la mayor temeridad (permítame llamar su atención sobre un caso reciente en usted mismo por el cual debería sonrojarse), y citando cifras que usted sabe que son tan deliberadamente unilaterales como la declaración de cualquier cuenta complicada que fuera todo saldo acreedor y ningún deudor, o todo saldo deudor y ningún acreedor. Por eso es, Sr. Honeythunder, que considero la tribuna un ejemplo suficientemente malo y una escuela suficientemente mala, incluso en la vida pública; pero sostengo que, llevada a la vida privada, se convierte en una molestia insoportable».

«¡Son palabras fuertes, señor!», exclamó el Filántropo.

«Eso espero», dijo el Sr. Crisparkle. «Buenos días».

Salió del Haven a gran paso, pero pronto retomó su ritmo vivaz habitual, y pronto tuvo una sonrisa en el rostro mientras caminaba, preguntándose qué habría dicho la pastora de porcelana si lo hubiera visto apalear al Sr. Honeythunder en el reciente y animado asunto. Pues el Sr. Crisparkle tenía la suficiente vanidad inofensiva como para esperar haber golpeado duro, y para brillar con la creencia de que había esquilado la chaqueta filantrópica bastante bien.

Se dirigió a Staple Inn, pero no a P. J. T. y al Sr. Grewgious. Subió muchos escalones crujientes antes de llegar a unas habitaciones abuhardilladas en un rincón, giró el pestillo de su puerta sin cerrojo y se detuvo junto a la mesa de Neville Landless.

Un aire de retiro y soledad flotaba en torno a las habitaciones y a su habitante. Él estaba muy desgastado, y también ellas. Sus techos inclinados, sus pesadas cerraduras y rejillas oxidadas, y sus pesados recipientes y vigas de madera, que además se pudrían lentamente, tenían un aspecto carcelario, y él tenía el rostro demacrado de un prisionero. Sin embargo, la luz del sol brillaba en la fea ventana de la buhardilla, que tenía un tejadillo propio que sobresalía entre las tejas; y en el parapeto agrietado y ennegrecido por el humo más allá, algunos de los engañados gorriones del lugar saltaban reumáticamente, como pequeños lisiados emplumados que hubieran dejado sus muletas en sus nidos; y había un juego de hojas vivas cerca que cambiaba el aire y producía una especie de música imperfecta que habría sido melodía en el campo.

Las habitaciones estaban escasamente amuebladas, pero con un buen surtido de libros. Todo expresaba la morada de un pobre estudiante. Que el Sr. Crisparkle hubiera sido el seleccionador, prestador o donante de los libros, o que combinara los tres personajes, podría haberse visto fácilmente en el destello amistoso de sus ojos al posarse sobre ellos mientras entraba.

«¿Cómo va todo, Neville?»

«Estoy de buen ánimo, Sr. Crisparkle, y trabajando sin parar».

«Desearía que tus ojos no fueran tan grandes y no tan brillantes», dijo el Canónigo Menor, soltando lentamente la mano que había tomado entre las suyas.

«Se iluminan al verte», respondió Neville. «Si tú me abandonaras, pronto estarían bastante apagados».

«¡Ánimo, ánimo!», instó el otro, en un tono estimulante. «¡Lucha por ello, Neville!»

«Si me estuviera muriendo, siento como si una palabra tuya me reanimaría; si mi pulso se hubiera detenido, siento como si tu contacto lo hiciera latir de nuevo», dijo Neville. «Pero me he reanimado, y voy magníficamente».

El Sr. Crisparkle le hizo girar el rostro un poco más hacia la luz.

«Quiero ver un matiz más sonrosado aquí, Neville», dijo, indicando su propia mejilla saludable a modo de modelo. «Quiero que brille más sol sobre ti».

Neville se desplomó de repente, mientras respondía en voz baja: «Todavía no soy lo bastante resistente para eso. Puede que llegue a serlo, pero todavía no puedo soportarlo. Si hubieras pasado por esas calles de Cloisterham como yo lo hice; si hubieras visto, como yo, esos ojos esquivos, y a la gente de mejor clase dejándome silenciosamente demasiado espacio para pasar, para no tocarme ni acercarse a mí, no pensarías que es tan irracional que no pueda salir a la luz del día».

«¡Pobre muchacho!», dijo el Canónigo Menor, en un tono tan puramente compasivo que el joven le tomó la mano, «nunca dije que fuera irracional; nunca lo pensé. Pero me gustaría que lo hicieras».

«Y eso me daría el motivo más fuerte para hacerlo. Pero todavía no puedo. No puedo persuadirme de que los ojos incluso de la corriente de desconocidos que paso en esta vasta ciudad me miren sin sospecha. Me siento marcado y manchado, incluso cuando salgo —como solo hago— por la noche. Pero la oscuridad me cubre entonces, y tomo valor de ella».

El Sr. Crisparkle puso una mano sobre su hombro y se quedó mirándolo.

«Si hubiera podido cambiar mi nombre», dijo Neville, «lo habría hecho. Pero como señalaste sabiamente, no puedo hacer eso, pues parecería culpa. Si hubiera podido ir a algún lugar distante, podría haber encontrado alivio en ello, pero la cosa ni hay que pensarla, por la misma razón. Esconderse y escapar sería la interpretación en cualquier caso. Parece un poco duro estar tan atado a una estaca, siendo inocente; pero no me quejo».

«Y no debes esperar ningún milagro que te ayude, Neville», dijo el Sr. Crisparkle, compasivamente.

«No, señor, lo sé. La plenitud ordinaria del tiempo y las circunstancias es todo en lo que tengo que confiar».

«Te hará justicia al final, Neville».

«Eso creo, y espero vivir para saberlo».

Pero percibiendo que el estado de ánimo abatido en el que estaba cayendo proyectaba una sombra sobre el Canónigo Menor, y (puede que) sintiendo que la mano ancha sobre su hombro no estaba entonces tan firme como su propia fuerza natural la había hecho cuando lo tocó justo ahora, él se animó y dijo:

«¡Excelentes circunstancias para estudiar, de cualquier modo! Y ya sabes, Sr. Crisparkle, qué necesidad tengo de estudiar en todos los sentidos. Por no mencionar que me has aconsejado estudiar para la difícil profesión de la abogacía, especialmente, y que por supuesto me estoy guiando por el consejo de un amigo y ayudante así. ¡Un amigo y ayudante tan bueno!»

Tomó la mano fortalecedora de su hombro y la besó. El Sr. Crisparkle sonrió a los libros, pero no tan brillantemente como cuando había entrado.

«Deduzco de tu silencio sobre el tema que mi antiguo tutor es adverso, ¿verdad, Sr. Crisparkle?»

El Canónigo Menor respondió: «Tu antiguo tutor es una... una persona de lo más irracional, y no significa nada para ninguna persona razonable si es adverso, perverso o lo contrario».

«¡Bien por mí que tengo lo suficiente con economía para vivir!», suspiró Neville, medio cansado y medio alegre, «¡mientras espero ser instruido y espero ser reivindicado! ¡Si no, podría haber probado el proverbio de que, mientras la hierba crece, el corcel se muere de hambre!»

Abrió algunos libros mientras lo decía, y pronto estuvo inmerso en sus pasajes intercalados y anotados; mientras el Sr. Crisparkle se sentaba a su lado, exponiendo, corrigiendo y aconsejando. Los deberes catedralicios del Canónigo Menor hacían estas visitas suyas difíciles de realizar, y solo logrables a intervalos de muchas semanas. Pero eran tan útiles como preciosas para Neville Landless.

Cuando terminaron los estudios que tenían entre manos, se quedaron apoyados en el alféizar de la ventana, mirando el trozo de jardín. «La próxima semana», dijo el Sr. Crisparkle, «dejarás de estar solo y tendrás una compañera devota».

«Y sin embargo», respondió Neville, «este parece un lugar poco apropiado para traer a mi hermana».

«No lo creo», dijo el Canónigo Menor. «Aquí hay deberes que cumplir; y aquí se necesitan sentimientos, sentido y valor femeninos».

«Quería decir», explicó Neville, «que el entorno es tan soso y poco femenino, y que Helena no puede tener ninguna amiga o sociedad adecuada aquí».

«Solo tienes que recordar», dijo el Sr. Crisparkle, «que tú mismo estás aquí, y que ella tiene que llevarte a la luz del sol».

Guardaron silencio durante un rato, y luego el Sr. Crisparkle comenzó de nuevo.

«Cuando hablamos por primera vez, Neville, me dijiste que tu hermana había surgido de las desventajas de vuestras vidas pasadas tan superior a ti como la torre de la Catedral de Cloisterham es más alta que las chimeneas de Minor Canon Corner. ¿Recuerdas eso?»

«¡Muy bien!»

«Me inclinaba a pensar en aquel momento que era un vuelo entusiasta. No importa lo que piense ahora. Lo que querría enfatizar es que, bajo el epígrafe de Orgullo, tu hermana es un gran y oportuno ejemplo para ti».

«Bajo todos los epígrafes que se incluyen en la composición de un carácter noble, lo es».

«Dilo; pero toma este. Tu hermana ha aprendido cómo gobernar lo que hay de orgulloso en su naturaleza. Puede dominarlo incluso cuando está herido a través de su simpatía por ti. Sin duda ha sufrido profundamente en esas mismas calles donde tú sufriste profundamente. Sin duda su vida está oscurecida por la nube que oscurece la tuya. Pero doblando su orgullo en una gran compostura que no es altiva ni agresiva, sino que es una confianza sostenida en ti y en la verdad, ella se ha abierto camino a través de esas calles hasta pasar por ellas tan alta en el respeto general como cualquiera que las recorra. Cada día y hora de su vida desde la desaparición de Edwin Drood, ha enfrentado la malignidad y la locura —por ti— como solo una naturaleza valiente bien dirigida puede. Así será con ella hasta el final. Otro tipo más débil de orgullo podría hundirse con el corazón roto, pero nunca un orgullo como el suyo: que no conoce el encogimiento, y no puede conseguir dominio sobre ella».

La mejilla pálida a su lado se sonrojó ante la comparación, y la indirecta implícita en ella.

«Haré todo lo que pueda por imitarla», dijo Neville.

«Hazlo, y sé un hombre verdaderamente valiente, como ella es una mujer verdaderamente valiente», respondió el Sr. Crisparkle resueltamente. «Está oscureciendo. ¿Irás por mi camino conmigo, cuando esté completamente oscuro? ¡Cuidado! no soy yo quien espera a la oscuridad».

Neville respondió que lo acompañaría directamente. Pero el Sr. Crisparkle dijo que tenía una visita momentánea que hacer al Sr. Grewgious como acto de cortesía, y que correría a las habitaciones de aquel caballero, y se reuniría con Neville en su propia puerta, si él bajaba allí a encontrarlo.

El Sr. Grewgious, erguido como de costumbre, estaba sentado tomando su vino en la penumbra en su ventana abierta; su copa y decantador en la mesa redonda a su codo; él mismo y sus piernas en el asiento de la ventana; solo una bisagra en todo su cuerpo, como un saca-botas.

«¿Cómo está, reverendo señor?», dijo el Sr. Grewgious, con abundantes ofertas de hospitalidad, que fueron declinadas tan cordialmente como hechas. «¿Y cómo va su pupilo al otro lado en el conjunto que tuve el placer de recomendarle como vacío y elegible?»

El Sr. Crisparkle respondió adecuadamente.

«Me alegra que los apruebe», dijo el Sr. Grewgious, «porque albergo una especie de capricho por tenerlo bajo mi ojo».

Como el Sr. Grewgious tenía que girar la vista considerablemente hacia arriba antes de poder ver las habitaciones, la frase debía tomarse figurada y no literalmente.

«¿Y cómo dejó al Sr. Jasper, reverendo señor?», dijo el Sr. Grewgious.

El Sr. Crisparkle lo había dejado bastante bien.

«¿Y dónde dejó al Sr. Jasper, reverendo señor?». El Sr. Crisparkle lo había dejado en Cloisterham.

«¿Y cuándo dejó al Sr. Jasper, reverendo señor?». Esa mañana.

«¡Umps!», dijo el Sr. Grewgious. «No dijo que viniera, ¿quizás?»

«¿Venir a dónde?»

«¿A cualquier sitio, por ejemplo?», dijo el Sr. Grewgious.

«No».

«Porque aquí está», dijo el Sr. Grewgious, que había hecho todas estas preguntas, con su mirada preocupada dirigida hacia afuera, a la ventana. «Y no parece agradable, ¿verdad?»

El Sr. Crisparkle se estaba estirando hacia la ventana, cuando el Sr. Grewgious añadió:

«Si tiene la amabilidad de acercarse por aquí detrás de mí, en la penumbra de la habitación, y echar un ojo a la ventana del rellano del segundo piso en la casa de allá, creo que difícilmente dejará de ver a un individuo furtivo en quien reconozco a nuestro amigo local».

«¡Tiene razón!», gritó el Sr. Crisparkle.

«¡Umps!», dijo el Sr. Grewgious. Luego añadió, girando el rostro tan bruscamente que su cabeza casi colisionó con la del Sr. Crisparkle: «¿qué diría usted que está tramando nuestro amigo local?»

El último pasaje que se le había mostrado en el Diario regresó a la mente del Sr. Crisparkle con la fuerza de un fuerte retroceso, y le preguntó al Sr. Grewgious si pensaba que era posible que Neville fuera acosado manteniendo una vigilancia sobre él.

«¿Una vigilancia?», repitió el Sr. Grewgious pensativo. «¡Sí!»

«Que no solo por sí misma perseguiría y torturaría su vida», dijo el Sr. Crisparkle con vehemencia, «sino que le expondría al tormento de una sospecha perpetuamente revivida, hiciera lo que hiciera, o fuera a donde fuera».

«¡Sí!», dijo el Sr. Grewgious pensativo todavía. «¿Lo veo esperando por usted?»

«Sin duda lo ve».

«Entonces, ¿tendría la bondad de disculpar que no me levante para acompañarle, y de salir a reunirse con él, e ir por el camino que iba, y no prestar atención a nuestro amigo local?», dijo el Sr. Grewgious. «Albergo una especie de capricho por tenerlo bajo mi ojo esta noche, ¿sabe?»

El Sr. Crisparkle, con un asentimiento significativo, accedió; y reuniéndose con Neville, se fue con él. Cenaron juntos, y se separaron en la estación de ferrocarril aún inacabada y sin desarrollar: el Sr. Crisparkle para llegar a casa; Neville para caminar por las calles, cruzar los puentes, hacer una amplia ronda por la ciudad en la amistosa oscuridad, y cansarse hasta agotarse.

Era medianoche cuando regresó de su solitaria expedición y subió su escalera. La noche era calurosa, y las ventanas de la escalera estaban todas abiertas de par en par. Al llegar a la parte superior, le dio un escalofrío pasajero de sorpresa (no habiendo más habitaciones que la suya allí arriba) encontrar a un extraño sentado en el alféizar de la ventana, más al estilo de un cristalero aventurero que de un aficionado habitualmente cuidadoso de su cuello; de hecho, tan fuera de la ventana como dentro, como para sugerir la idea de que debía haber subido por la bajante del agua en lugar de por las escaleras.

El extraño no dijo nada hasta que Neville puso su llave en la puerta; entonces, pareciendo asegurarse de su identidad por la acción, habló:

«Le pido perdón», dijo, viniendo de la ventana con un aire franco y sonriente, y un trato agradable; «las judías».

Neville estaba completamente perdido.

«Trepadoras», dijo el visitante. «Escarlatas. Al lado, en la parte de atrás».

«Oh», respondió Neville. «¿Y el heliotropo y el alhelí?»

«Lo mismo», dijo el visitante.

«Por favor, pase».

«Gracias».

Neville encendió sus velas, y el visitante se sentó. Un caballero apuesto, con una cara joven, pero con una figura mayor en su robustez y su anchura de hombros; digamos un hombre de veintiocho años, o como mucho treinta; tan extremadamente bronceado que el contraste entre su rostro moreno y la frente blanca sombreada al aire libre por su sombrero, y los vislumbres de garganta blanca bajo el pañuelo, habría sido casi ridículo si no fuera por sus anchas sienes, ojos azules brillantes, cabello castaño agrupado y dientes risueños.

«He notado», dijo; «—mi nombre es Tartar».

Neville inclinó la cabeza.

«He notado (discúlpeme) que usted se encierra mucho, y que parece que le gusta mi jardín aquí arriba. Si quisiera un poco más de él, podría lanzar unas cuantas cuerdas y tirantes entre mis ventanas y las suyas, a los que las trepadoras se agarrarían directamente. Y tengo algunas cajas, tanto de heliotropo como de alhelí, que podría empujar a lo largo del canalón (con un bichero que tengo conmigo) hasta sus ventanas, y traer de vuelta cuando necesitaran riego o jardinería, y empujar de nuevo cuando estuvieran en orden; de modo que no le causarían ninguna molestia. No podría tomarme esta libertad sin pedir su permiso, así que me aventuro a pedirlo. Tartar, conjunto correspondiente, al lado».

«Es usted muy amable».

«No, en absoluto. Debería disculparme por aparecer tan tarde. Pero habiendo notado (discúlpeme) que usted generalmente sale de noche, pensé que le incomodaría menos esperando su regreso. Siempre tengo miedo de incomodar a hombres ocupados, siendo un hombre ocioso».

«No lo habría pensado, por su apariencia».

«¿No? Lo tomo como un cumplido. De hecho, me crié en la Marina Real, y era Primer Teniente cuando la dejé. Pero, un tío decepcionado en el servicio me dejó su propiedad con la condición de que dejara la Marina, acepté la fortuna y renuncié a mi comisión».

«Recientemente, supongo».

«Bueno, había tenido doce o quince años de ajetreo antes. Vine aquí unos nueve meses antes que usted; tuve una cosecha antes de que usted viniera. Elegí este lugar, porque, habiendo servido por última vez en una pequeña corbeta, sabía que me sentiría más en casa donde tuviera una oportunidad constante de golpearme la cabeza contra el techo. Además, no le iría bien a un hombre que había estado a bordo de un barco desde su infancia volverse lujoso de repente. Además, de nuevo; habiendo estado acostumbrado a una ración muy corta de tierra toda mi vida, pensé que tantearía el terreno para el mando de una finca, comenzando en cajas».

Por caprichoso que fuera dicho esto, había un toque de alegre seriedad en ello que lo hacía doblemente caprichoso.

«Sin embargo», dijo el Teniente, «he hablado bastante de mí mismo. No es mi forma de ser, espero; simplemente ha sido para presentarme ante usted naturalmente. Si me permite tomar la libertad que he descrito, será una obra de caridad, pues me dará algo más que hacer. Y no debe suponer que conllevará ninguna interrupción o intrusión en usted, pues eso está lejos de mi intención».

Neville respondió que estaba muy agradecido, y que aceptaba con gratitud la amable propuesta.

«Me alegra mucho hacerme cargo de sus ventanas», dijo el Teniente. «Por lo que he visto de usted cuando he estado trabajando en mi jardín, y usted ha estado observando, me ha parecido (discúlpeme) un poco demasiado estudioso y delicado. ¿Puedo preguntarle si su salud se ha visto afectada en algún modo?»

«He sufrido cierta angustia mental», dijo Neville, confundido, «que ha ocupado en mí el lugar de la enfermedad».

«Perdóneme», dijo el señor Tartar.

Con la mayor delicadeza, cambió el tema de nuevo a las ventanas y preguntó si podía echar un vistazo a una de ellas. En cuanto Neville la abrió, saltó inmediatamente al exterior, como si fuera a subir a la arboladura con toda una guardia en una emergencia, dando así un brillante ejemplo.

«¡Por el amor de Dios!», gritó Neville, «¡no haga eso! ¿Adónde va, señor Tartar? ¡Se va a hacer pedazos!»

«¡Todo bien!», dijo el Teniente, mirando tranquilamente a su alrededor desde el tejado. «Todo está tenso y en orden por aquí. Esos cabos y obenques estarán aparejados antes de que usted se levante por la mañana. ¿Puedo tomar este atajo a casa y darle las buenas noches?»

«¡Señor Tartar!», insistió Neville. «¡Le ruego que no! ¡Me da vértigo verle!»

Pero el señor Tartar, con un gesto de la mano y la agilidad de un gato, ya se había deslizado a través de su trampilla de judías escarlata sin romper una sola hoja, y «bajado a cubierta».

El señor Grewgious, con la mano apartando la persiana de su dormitorio, resultó estar en ese momento vigilando las habitaciones de Neville por última vez aquella noche. Afortunadamente, su mirada estaba dirigida a la fachada de la casa y no a la parte trasera, o esta notable aparición y desaparición podría haber perturbado su descanso como un fenómeno inexplicable. Pero el señor Grewgious, al no ver nada allí, ni siquiera una luz en las ventanas, dejó vagar su mirada desde los cristales hacia las estrellas, como si quisiera leer en ellas algo que le estaba oculto. Muchos de nosotros lo haríamos, si pudiéramos; pero ninguno de nosotros conoce siquiera las letras de las estrellas todavía —o parece probable que lleguemos a hacerlo en este estado de existencia— y pocas lenguas pueden leerse hasta que se dominan sus alfabetos.

CAPÍTULO XVIII. UN COLONO EN CLOISTERHAM

Por estas fechas apareció un extraño en Cloisterham; un personaje de pelo blanco y cejas negras. Al ir abotonado en una levita azul bastante ajustada, con chaleco color ante y pantalones grises, tenía cierto aire militar, pero se anunció en el Crozier (el hotel ortodoxo, donde se alojó con una maleta) como un holgazán que vivía de sus rentas; y añadió que tenía intención de tomar un alojamiento en la pintoresca ciudad vieja durante un mes o dos, con vistas a establecerse allí definitivamente. Ambos anuncios fueron hechos en el salón del Crozier, a todos los que pudieran o no estar interesados, por el extraño mientras permanecía de espaldas a la chimenea apagada, esperando su lenguado frito, su escalope de ternera y su pinta de jerez. Y el camarero (siendo el negocio crónicamente lento en el Crozier) representó a todos los que pudieran o no estar interesados, y absorbió toda la información.

La cabeza blanca de este caballero era inusualmente grande, y su mata de pelo blanco era inusualmente espesa y abundante. «Supongo, camarero», dijo, sacudiendo su mata de pelo, como un perro terranova podría sacudirse antes de sentarse a cenar, «que se podría encontrar un alojamiento decente para un tipo solitario por estos lares, ¿eh?»

El camarero no tuvo duda de ello.

«Algo antiguo», dijo el caballero. «Baje mi sombrero un momento de esa percha, ¿quiere? No, no lo quiero; mire dentro. ¿Qué ve escrito ahí?»

El camarero leyó: «Datchery».

«Ahora ya sabe mi nombre», dijo el caballero; «Dick Datchery. Vuelva a colgarlo. Decía que algo antiguo es lo que preferiría, algo extraño y apartado; algo venerable, arquitectónico e incómodo».

«Creo que tenemos una buena selección de alojamientos incómodos en la ciudad, señor», respondió el camarero, con modesta confianza en los recursos en ese sentido; «de hecho, no me cabe duda de que podríamos satisfacerle en ese aspecto, por muy exigente que sea. ¡Pero un alojamiento arquitectónico!». Eso pareció confundir la cabeza del camarero, y la sacudió.

«Algo con estilo de catedral, ahora», sugirió el señor Datchery.

«El señor Tope», dijo el camarero, iluminándose mientras se frotaba la barbilla con la mano, «sería la persona más indicada para informar al respecto».

«¿Quién es el señor Tope?», inquirió Dick Datchery.

El camarero explicó que era el sacristán, y que la señora Tope, de hecho, hace mucho tiempo, alquilaba habitaciones o se había ofrecido a alquilarlas; pero que como nadie las había tomado nunca, el cartel de la ventana de la señora Tope, durante mucho tiempo una institución de Cloisterham, había desaparecido; probablemente se cayó un día y nunca volvió a ser colocado.

«Visitaré a la señora Tope», dijo el señor Datchery, «después de cenar».

Así que, cuando terminó su cena, fue debidamente dirigido hacia el lugar y salió en su busca. Pero siendo el Crozier un hotel de carácter muy retirado, y las indicaciones del camarero fatalmente precisas, pronto se vio desconcertado, dando vueltas y más vueltas alrededor de la Torre de la Catedral, siempre que podía vislumbrarla, con la impresión general de que la casa de la señora Tope estaba en algún lugar muy cercano, y que, al igual que los niños en el juego de las habas calientes, estaba cerca en su búsqueda cuando veía la Torre, y lejos cuando no la veía.

Estaba enfriándose mucho cuando se encontró con un fragmento de cementerio en el que pastaba una oveja infeliz. Infeliz, porque un niño pequeño y horrible le estaba tirando piedras a través de la verja, y ya la había dejado coja de una pata, y estaba muy excitado por el benévolo propósito deportivo de romperle las otras tres patas y derribarla.

«¡Dale otra vez!», gritó el chico, mientras la pobre criatura saltaba; «y le hiciste un hoyo en la lana».

«¡Déjala en paz!», dijo el señor Datchery. «¿No ves que la has dejado coja?»

«Mientes», replicó el deportista. «Ella se fue y se cojeó sola. Yo la vi hacerlo, y le tiré una piedra como advertencia para que no se dedique a magullar más el cordero de su amo».

«Ven aquí».

«No iré; vendré cuando puedas atraparme».

«Quédate ahí entonces, y enséñame cuál es la casa del señor Tope».

«¿Cómo voy a quedarme aquí y enseñarte cuál es la de Topeses, cuando la de Topeses está al otro lado de la Kinfreederal, y cruzando los pasos de cebra, y doblando muchas esquinas? ¡Estú-pido! ¡Ya-a-ah!».

«Enséñame dónde está y te daré algo».

«Vamos, pues».

Terminado este animado diálogo, el chico abrió el camino y, al poco rato, se detuvo a cierta distancia de un pasaje arqueado, señalando.

«Mira allá. ¿Ves esa ventana y esa puerta?»

«¿Es esa la de Tope?»

«Mientes; no lo es. Esa es la de Jarsper».

«¿De veras?», dijo el señor Datchery, con una segunda mirada de cierto interés.

«Sí, y no voy a acercarme más a ÉL, te lo digo yo».

«¿Por qué no?»

«Porque no voy a dejar que me levanten del suelo, ni que me revienten los tirantes, ni que me ahoguen; si sé lo que me hago, no será por Él. ¡Espera a que un día lance un buen pedernal a la parte de atrás de su vieja cabeza! Ahora mira al otro lado del arco; no al lado donde está la puerta de Jarsper; al otro lado».

«Ya veo».

«Un poco más adentro, por ese lado, hay una puerta baja, bajando dos escalones. Esa es la de Topeses con su nombre en una placa ovalada».

«Bien. Mira aquí», dijo el señor Datchery, sacando un chelín. «Me debes la mitad de esto».

«¡Mientes! No te debo nada; nunca te he visto».

«Te digo que me debes la mitad de esto porque no tengo seis peniques en el bolsillo. Así que la próxima vez que me encuentres harás otra cosa por mí, para pagarme».

«Vale, dámelo».

«¿Cómo te llamas y dónde vives?»

«Deputy. La pensión de los viajeros, al cruzar el prado».

El chico salió disparado al instante con el chelín, por si el señor Datchery se arrepentía, pero se detuvo a una distancia segura, ante la feliz posibilidad de que aquel estuviera intranquilo por el asunto, para provocarle con una danza demoníaca expresiva de su irrevocabilidad.

El señor Datchery, quitándose el sombrero para darle otra sacudida a su mata de pelo blanco, pareció resignado y se dirigió a donde le habían indicado.

La vivienda oficial del señor Tope, que comunicaba por una escalera superior con la del señor Jasper (de ahí la atención de la señora Tope a aquel caballero), era de proporciones muy modestas y participaba del carácter de una mazmorra fresca. Sus antiguos muros eran macizos, y sus habitaciones más bien parecían haber sido excavadas en ellos que diseñadas de antemano con referencia alguna a ellos. La puerta principal daba directamente a una cámara de forma indescriptible, con un techo abovedado, que a su vez abría a otra cámara de forma indescriptible, con otro techo abovedado: sus ventanas pequeñas y en el espesor de los muros. Estas dos cámaras, cerradas en cuanto a su atmósfera y sombrías en cuanto a su iluminación por luz natural, eran los aposentos que la señora Tope había ofrecido durante tanto tiempo a una ciudad poco agradecida. El señor Datchery, sin embargo, era más agradecido. Descubrió que, si se sentaba con la puerta principal abierta, disfrutaría de la sociedad de todos los que pasaban por la puerta y tendría suficiente luz. Descubrió que, si el señor y la señora Tope, que vivían arriba, utilizaban para su propia salida y entrada una pequeña escalera lateral que daba de lleno al Recinto por una puerta que abría hacia fuera, para sorpresa e inconveniente de un público limitado de peatones en un camino estrecho, él estaría solo, como en una residencia separada. Encontró el alquiler moderado, y todo tan pintorescamente incómodo como pudiera desear. Accedió, por tanto, a tomar el alojamiento allí mismo, y con el dinero por delante, para tomar posesión la tarde siguiente, a condición de que se le permitiera hacer referencia al señor Jasper como ocupante de la portería, de la cual, al otro lado de la puerta, el agujero en la pared del sacristán era una dependencia o parte subsidiaria.

El pobre y querido caballero estaba muy solo y muy triste, dijo la señora Tope, pero no tenía dudas de que él «hablaría por ella». ¿Quizás el señor Datchery había oído algo de lo que había ocurrido allí el invierno pasado?

El señor Datchery tenía un conocimiento tan confuso del evento en cuestión, al intentar recordarlo, como bien podría tenerlo. Pidió perdón a la señora Tope cuando ella consideró necesario corregirle en cada detalle de su resumen de los hechos, pero se disculpó diciendo que él era simplemente un tipo solitario que se abría camino en la vida con sus rentas lo más ociosamente que podía, y que tanta gente estaba constantemente acabando con tanta otra gente, que hacía difícil para un tipo de carácter fácil conservar las circunstancias de los diversos casos sin mezclarlas en su mente.

Como el señor Jasper se mostró dispuesto a hablar por la señora Tope, el señor Datchery, que había enviado su tarjeta, fue invitado a subir por la escalera de la poterna. El Alcalde estaba allí, dijo el señor Tope; pero no debía considerarse en calidad de compañía, ya que él y el señor Jasper eran grandes amigos.

«Pido perdón», dijo el señor Datchery, haciendo una reverencia con el sombrero bajo el brazo mientras se dirigía por igual a ambos caballeros; «una precaución egoísta por mi parte, y que no interesa personalmente a nadie más que a mí mismo. Pero como tipo que vive de sus rentas, y con la idea de hacerlo en este lugar encantador en paz y tranquilidad, por el resto de mis días, ruego preguntar si la familia Tope es bastante respetable».

El señor Jasper pudo responder por ello sin la menor vacilación.

«Eso es suficiente, señor», dijo el señor Datchery.

«Mi amigo el Alcalde», añadió el señor Jasper, presentando al señor Datchery con un gesto cortés de su mano hacia ese potentado; «cuya recomendación es en realidad mucho más importante para un extraño que la de una persona oscura como yo, testificará en su favor, estoy seguro».

«El Ilustrísimo señor Alcalde», dijo el señor Datchery, haciendo una profunda reverencia, «me pone bajo una obligación infinita».

«Muy buena gente, señor, el señor y la señora Tope», dijo el señor Sapsea, con condescendencia. «Muy buenas opiniones. Muy bien educados. Muy respetuosos. Muy aprobados por el Deán y el Cabildo».

«El Ilustrísimo señor Alcalde les da un carácter», dijo el señor Datchery, «del cual pueden estar orgullosos. ¿Podría preguntar a Su Señoría (si se me permite) si no hay muchos objetos de gran interés en la ciudad que está bajo su benéfico mando?»

«Somos, señor», respondió el señor Sapsea, «una ciudad antigua, y una ciudad eclesiástica. Somos una ciudad constitucional, como corresponde a tal ciudad, y defendemos y mantenemos nuestros gloriosos privilegios».

«Su Señoría», dijo el señor Datchery, haciendo una reverencia, «me inspira el deseo de conocer más de la ciudad, y me confirma en mi inclinación a acabar mis días en ella».

«¿Retirado del Ejército, señor?», sugirió el señor Sapsea.

«Su Señoría el Alcalde me hace demasiado honor», respondió el señor Datchery.

«¿De la Marina, señor?», sugirió el señor Sapsea.

«De nuevo», repitió el señor Datchery, «Su Señoría el Alcalde me hace demasiado honor».

«La diplomacia es una profesión fina», dijo el señor Sapsea, como comentario general.

«Ahí, confieso, Su Señoría el Alcalde es demasiado para mí», dijo el señor Datchery, con una sonrisa ingeniosa y una reverencia; «incluso un pájaro diplomático debe caer ante tal escopeta».

Esto era muy tranquilizador. He aquí un caballero de un gran, por no decir magnífico, trato, acostumbrado al rango y la dignidad, dando realmente un buen ejemplo de cómo comportarse ante un Alcalde. Había algo en ese estilo de hablar en tercera persona que el señor Sapsea encontraba particularmente reconocedor de sus méritos y posición.

«Pero pido perdón», dijo el señor Datchery. «Su Señoría el Alcalde tendrá paciencia conmigo, si por un momento me he dejado llevar a ocupar su tiempo, y he olvidado las humildes demandas sobre el mío propio, de mi hotel, el Crozier».

«En absoluto, señor», dijo el señor Sapsea. «Regreso a casa, y si quisiera ver el exterior de nuestra Catedral de camino, estaré encantado de señalárselo».

«Su Señoría el Alcalde», dijo el señor Datchery, «es más que amable y cortés».

Como el señor Datchery, cuando hubo hecho sus reconocimientos al señor Jasper, no pudo ser inducido a salir de la habitación antes que el Ilustrísimo, el Ilustrísimo abrió el camino bajando las escaleras; el señor Datchery lo seguía con el sombrero bajo el brazo y su mata de pelo blanco ondeando en la brisa de la tarde.

«¿Podría preguntar a Su Señoría», dijo el señor Datchery, «si ese caballero que acabamos de dejar es el caballero del que he oído hablar en el vecindario como alguien muy afligido por la pérdida de un sobrino, y que concentra su vida en vengar dicha pérdida?»

«Ese es el caballero. John Jasper, señor».

«¿Permitiría Su Señoría que inquiriera si hay fuertes sospechas de alguien?»

«Más que sospechas, señor», respondió el señor Sapsea; «casi certezas».

«¡Solo piénselo!», exclamó el señor Datchery.

«Pero la prueba, señor, la prueba debe construirse piedra a piedra», dijo el Alcalde. «Como digo, el fin corona la obra. No basta con que la justicia esté moralmente segura; debe estar inmoralmente segura —legalmente, quiero decir».

«Su Señoría», dijo el señor Datchery, «me recuerda la naturaleza de la ley. Inmoral. ¡Qué cierto!»

«Como digo, señor», prosiguió pomposamente el Alcalde, «el brazo de la ley es un brazo fuerte, y un brazo largo. Esa es la forma en que lo planteo. Un brazo fuerte y un brazo largo».

«¡Qué contundente! —Y, sin embargo, de nuevo, ¡qué cierto!», murmuró el señor Datchery.

«Y sin traicionar, lo que yo llamo los secretos de la casa de prisión», dijo el señor Sapsea; «los secretos de la casa de prisión es el término que usé en el estrado».

«¿Y qué otro término que el de Su Señoría lo expresaría mejor?», dijo el señor Datchery.

«Sin, digo, traicionarlos, le predigo, conociendo la voluntad de hierro del caballero que acabamos de dejar (doy el paso audaz de llamarla hierro, debido a su fuerza), que en este caso el brazo largo alcanzará, y el brazo fuerte golpeará. —Esta es nuestra Catedral, señor. Los mejores jueces se complacen en admirarla, y los mejores entre nuestros ciudadanos confiesan sentirse un poco vanidosos de ella».

Durante todo este tiempo el señor Datchery había caminado con el sombrero bajo el brazo y su pelo blanco ondeando. Tuvo un extraño aspecto momentáneo de haber olvidado su sombrero, cuando el señor Sapsea lo tocó ahora; y se llevó la mano a la cabeza como con una vaga expectativa de encontrar otro sombrero sobre ella.

«Le ruego que se cubra, señor», suplicó el señor Sapsea, añadiendo magníficamente: «No me importará, se lo aseguro».

«Su Señoría es muy amable, pero lo hago por frescor», dijo el señor Datchery.

Entonces el señor Datchery admiró la Catedral, y el señor Sapsea la señaló como si él mismo la hubiera inventado y construido: hubo algunos detalles, de hecho, de los que no aprobó, pero los pasó por alto, como si los obreros hubieran cometido errores en su ausencia. Despachada la Catedral, abrió el camino por el cementerio y se detuvo a elogiar la belleza de la tarde —por casualidad— en las inmediaciones del epitafio de la señora Sapsea.

«Y a propósito», dijo el señor Sapsea, pareciendo descender de una elevación para recordarlo de repente; como Apolo bajando del Olimpo para recoger su lira olvidada; «ese es uno de nuestros pequeños atractivos. La parcialidad de nuestra gente lo ha hecho así, y se ha visto a extraños tomando una copia de él de vez en cuando. No soy juez del mismo, pues es un pequeño trabajo mío. Pero fue problemático de hacer, señor; puedo decir, difícil de hacer con elegancia».

El señor Datchery se volvió tan extasiado con la composición del señor Sapsea que, a pesar de su intención de acabar sus días en Cloisterham, y por tanto probablemente de tener reservadas muchas oportunidades de copiarlo, lo habría transcrito en su libreta allí mismo, de no ser por el paso arrastrado hacia ellos de su material productor y perpetuador, Durdles, a quien el señor Sapsea saludó, no sin ganas de mostrarle un brillante ejemplo de comportamiento ante los superiores.

«¡Ah, Durdles! Este es el albañil, señor; uno de nuestros notables de Cloisterham; todo el mundo aquí conoce a Durdles. Señor Datchery, Durdles, un caballero que va a establecerse aquí».

«Yo no lo haría si fuera él», gruñó Durdles. «Somos una gente pesada».

«Seguramente usted no habla por sí mismo, señor Durdles», respondió el señor Datchery, «más que por Su Señoría».

«¿Quién es Su Señoría?», demandó Durdles.

«Su Señoría el Alcalde».

«Nunca he sido llevado ante él», dijo Durdles, con todo menos una mirada de súbdito leal de la alcaldía, «y ya habrá tiempo suficiente para honrarlo cuando lo sea. Hasta cuyo momento, y dónde,

‘El señor Sapsea es su nombre, Inglaterra es su nación, Cloisterham su morada, Subastador su ocupación’».

Aquí, Deputy (precedido por una concha de ostra voladora) apareció en escena, y solicitó que la suma de tres peniques le fuera «lanzada» al instante por el señor Durdles, a quien había estado buscando en vano de un lado a otro, como salario legítimo vencido. Mientras aquel caballero, con su hatillo bajo el brazo, encontraba y contaba lentamente el dinero, el señor Sapsea informó al nuevo colono de los hábitos, ocupaciones, morada y reputación de Durdles. «Supongo que un extraño curioso podría venir a verle, y a sus obras, señor Durdles, ¿en cualquier momento extraño?», dijo el señor Datchery ante eso.

«Cualquier caballero es bienvenido a venir a verme cualquier noche si trae licor para dos consigo», respondió Durdles, con un penique entre los dientes y ciertas monedas de medio penique en sus manos; «o si le gusta que sean dos veces dos, será doblemente bienvenido».

«Vendré. Maestro Deputy, ¿qué me debes?»

«Un recado».

«Asegúrate de pagarme honestamente con el recado de mostrarme la casa del señor Durdles cuando quiera ir allí».

Deputy, con una andanada penetrante de silbido a través de todo el hueco de su boca, como recibo completo por todos los atrasos, se desvaneció.

El Ilustrísimo y el Admirador siguieron adelante juntos hasta que se separaron, con muchas ceremonias, en la puerta del Ilustrísimo; incluso entonces el Admirador llevaba su sombrero bajo el brazo y entregaba su ondeante pelo blanco a la brisa.

Se dijo el señor Datchery a sí mismo aquella noche, mientras miraba su pelo blanco en el espejo iluminado por gas sobre la chimenea del salón del Crozier, y lo sacudía: «¡Para ser un tipo solitario, de carácter fácil, que vive ociosamente de sus rentas, he tenido una tarde bastante ajetreada!»

CAPÍTULO XIX. SOMBRA EN EL RELOJ DE SOL

Una vez más la señorita Twinkleton ha pronunciado su discurso de despedida, con el acompañamiento de vino blanco y pastel, y una vez más las señoritas han partido hacia sus respectivos hogares. Helena Landless ha dejado la Casa de las Monjas para atender a la fortuna de su hermano, y la linda Rosa se encuentra sola.

Cloisterham es tan brillante y soleado en estos días de verano que la Catedral y las ruinas del monasterio parecen mostrar sus muros robustos como si fueran transparentes. Un suave resplandor parece emanar desde su interior, más que brillar sobre ellos desde fuera, tal es su madurez al contemplar los calurosos campos de trigo y los polvorientos caminos que serpentean a lo lejos entre ellos. Los jardines de Cloisterham se sonrojan con la fruta madura. Hubo un tiempo en que peregrinos manchados de viaje cabalgaban en bulliciosas comitivas a través de las acogedoras sombras de la ciudad; ahora es el tiempo en que los caminantes, que llevan una vida errante entre la época de la siega y la cosecha, y que parecen estar hechos del propio polvo de la tierra, tan polvorientos están, holgazanean en los frescos umbrales, intentando remendar sus zapatos imposibles de reparar, o entregándolos a las alcantarillas de la ciudad como una tarea inútil, buscando otros en los fardos que cargan, junto con sus hoces aún sin estrenar envueltas en haces de paja. En todas las fuentes públicas hay mucho refrescar de pies descalzos, junto con mucho burbujeo y gorgoteo al beber, con la mano puesta en el caño, por parte de estos beduinos; mientras tanto, la policía de Cloisterham observa de reojo desde sus rondas con sospecha y manifiesta impaciencia por que los intrusos abandonen los límites cívicos y vuelvan a freírse en los caminos hirvientes.

En la tarde de uno de esos días, cuando el último oficio de la Catedral ha terminado y cuando el lado de la Calle Mayor en el que se encuentra la Casa de las Monjas está bajo una sombra agradecida, salvo donde su pintoresco jardín antiguo se abre hacia el oeste entre las ramas de los árboles, un sirviente informa a Rosa, para su terror, de que el señor Jasper desea verla.

Si hubiera elegido su momento para encontrarla en desventaja, no podría haberlo hecho mejor. Quizás lo ha elegido. Helena Landless se ha ido, la señora Tisher está ausente con permiso, la señorita Twinkleton (en su estado de existencia de aficionada) se ha sumado a sí misma y a un pastel de ternera a un picnic.

—¡Oh, por qué, por qué, por qué dijo que estaba en casa! —exclamó Rosa, desamparada.

La doncella responde que el señor Jasper nunca hizo la pregunta.

Que dijo que sabía que ella estaba en casa y rogó que se le comunicara que pedía verla.

«¡Qué haré! ¡Qué haré!», piensa Rosa, entrelazando sus manos.

Poseída por una especie de desesperación, añade al instante que saldrá a ver al señor Jasper al jardín. Se estremece ante la idea de quedar encerrada con él en la casa; pero muchas de sus ventanas dominan el jardín, y allí puede ser vista tanto como oída, y puede gritar al aire libre y huir. Tal es la idea salvaje que revolotea por su mente.

No lo ha visto desde la noche fatal, excepto cuando fue interrogada ante el alcalde, y entonces él estuvo presente con una sombría vigilancia, como representante de su difunto sobrino y ardiendo por vengarlo. Se cuelga su sombrero de jardín del brazo y sale. En el momento en que lo ve desde el porche, apoyado en el reloj de sol, el viejo y horrible sentimiento de ser compelida por él afirma su dominio sobre ella. Siente que incluso en ese momento daría media vuelta, pero que él atrae sus pies hacia él. No puede resistirse y se sienta, con la cabeza gacha, en el banco del jardín junto al reloj de sol. No puede mirarlo por aborrecimiento, pero ha percibido que viste un riguroso luto. Ella también. No era así al principio; pero el desaparecido hace mucho que ha sido dado por perdido y llorado como muerto.

Él comenzaría tocándole la mano. Ella siente la intención y retira la mano. Sus ojos están entonces fijos en ella, lo sabe, aunque los suyos no ven más que la hierba.

—He estado esperando —comienza— durante algún tiempo, a ser llamado de nuevo a mi deber cerca de ti.

Tras formar varias veces sus labios, que sabe que él observa atentamente, en la forma de alguna otra respuesta vacilante, y luego en ninguna, ella responde: —¿Deber, señor?

—El deber de enseñarte, de servirte como tu fiel maestro de música.

—He dejado esos estudios.

—No los has dejado, creo. Los has interrumpido. Tu tutor me dijo que los interrumpiste bajo el choque que todos hemos sentido tan profundamente. ¿Cuándo retomarás?

—Nunca, señor.

—¿Nunca? No podrías haber hecho más si hubieras amado a mi querido muchacho.

—¡Yo sí lo amaba! —exclamó Rosa, con un destello de ira.

—Sí; pero no del todo... ¿no debería decir que no de la manera correcta? No de la manera pretendida y esperada. ¡Por mucho que mi querido muchacho fuera, desgraciadamente, demasiado consciente de sí mismo y autosatisfecho (no trazaré ningún paralelo entre él y tú en ese aspecto) para amar como debería haber amado, o como cualquier persona en su lugar habría amado... debe haber amado!

Ella permanece en la misma actitud inmóvil, pero encogiéndose un poco más.

—Entonces, ¿que se me dijera que interrumpiste tus estudios conmigo equivalía a que se me dijera cortésmente que los abandonabas por completo? —sugirió él.

—Sí —dice Rosa, con un repentino brío—. La cortesía fue de mi tutor, no mía. Le dije que estaba resuelta a dejarlo y que estaba decidida a mantenerme en mi resolución.

—¿Y todavía lo estás?

—Todavía lo estoy, señor. Y le ruego que no se me interrogue más sobre ello. En cualquier caso, no responderé a nada más; eso está en mi poder.

Ella es tan consciente de que él la mira con una admiración codiciosa por el toque de ira en ella, y el fuego y la animación que le aporta, que incluso mientras su ánimo se eleva, vuelve a caer, y lucha con un sentimiento de vergüenza, ofensa y miedo, casi igual que aquella noche ante el piano.

—No le interrogaré más, ya que le disgusta tanto; confesaré...

—No deseo escucharle, señor —grita Rosa, levantándose.

Esta vez sí la toca con su mano extendida. Al esquivarlo, ella se encoge de nuevo en su asiento.

—Debemos actuar a veces en contra de nuestros deseos —le dice él en voz baja—. Debes hacerlo ahora, o causar más daño a otros del que jamás podrás reparar.

—¿Qué daño?

—Pronto, pronto. Tú me interrogas, ya ves, y seguramente eso no es justo cuando me prohíbes interrogarte a ti. No obstante, responderé a la pregunta pronto. ¡Queridísima Rosa! ¡Encantadora Rosa!

Ella se levanta de nuevo de un salto.

Esta vez él no la toca. Pero su rostro se ve tan malvado y amenazante, mientras permanece apoyado contra el reloj de sol —marcando, por así decirlo, su marca negra sobre el mismo rostro del día—, que su huida se ve arrestada por el horror al mirarlo.

—No olvido cuántas ventanas dominan nuestra vista —dice, echando una mirada hacia ellas—. No te tocaré de nuevo; no me acercaré más a ti de lo que estoy. Siéntate, y no habrá gran motivo de asombro en que tu maestro de música se apoye ociosamente en un pedestal y hable contigo, recordando todo lo que ha sucedido y nuestra parte en ello. Siéntate, amada mía.

Ella habría huido una vez más —estuvo a punto de hacerlo— y una vez más su rostro, amenazando oscuramente lo que seguiría si se iba, la ha detenido. Mirándolo con la expresión del instante congelada en su rostro, se sienta de nuevo en el banco.

—Rosa, incluso cuando mi querido muchacho estaba comprometido contigo, yo te amaba locamente; incluso cuando pensaba que su felicidad al tenerte por esposa era segura, yo te amaba locamente; incluso cuando me esforzaba por hacer que él se dedicara a ti con más ardor, yo te amaba locamente; incluso cuando él me dio el retrato de tu hermoso rostro, tan descuidadamente difamado por él, que fingí colgar siempre a mi vista por su bien, pero que adoré atormentado durante años, yo te amaba locamente; en el trabajo desagradable del día, en la miseria desvelada de la noche, ceñido por realidades sórdidas, o vagando a través de Paraísos e Infiernos de visiones en los que me precipitaba, llevando tu imagen en mis brazos, yo te amaba locamente.

Si algo pudiera hacer que sus palabras fueran más espantosas para ella de lo que son en sí mismas, sería el contraste entre la violencia de su mirada y su discurso, y la compostura de su actitud fingida.

—Lo soporté todo en silencio. Mientras fuiste suya, o mientras supuse que lo eras, oculté mi secreto lealmente. ¿No fue así?

Esta mentira, tan grosera, mientras las meras palabras en que se dice son tan ciertas, es más de lo que Rosa puede soportar. Responde con ardiente indignación: —Usted fue tan falso de principio a fin, señor, como lo es ahora. Fue falso con él, diaria y horariamente. Sabe que hizo mi vida infeliz con su persecución. ¡Sabe que me hizo temer abrir sus ojos generosos, y que me obligó, por su propio bien, por su bien confiado, bueno, bueno, a ocultarle la verdad de que usted era un hombre malo, malo!

Su preservación de esa actitud relajada, que hace que sus facciones crispadas y sus manos convulsas parezcan absolutamente diabólicas, le hace responder con un extremo feroz de admiración:

—¡Qué hermosa eres! Eres más hermosa en la ira que en el reposo. No te pido tu amor; dame tu ser y tu odio; dame tu ser y esa linda rabia; dame tu ser y ese desdén encantador; será suficiente para mí.

Lágrimas de impaciencia brotan en los ojos de la pequeña belleza temblorosa, y su rostro arde; pero mientras se levanta de nuevo para dejarlo indignada y buscar protección dentro de la casa, él extiende su mano hacia el porche, como si la invitara a entrar.

—Te dije, rara encantadora, dulce bruja, que debes quedarte y escucharme, o causar más daño del que jamás podrá deshacerse. Me preguntaste qué daño. ¡Quédate y te lo diré. Vete, y lo haré!

De nuevo Rosa se encoge ante su rostro amenazante, aunque ajena a su significado, y permanece allí. Su respiración jadeante va y viene como si fuera a ahogarla; pero con una mano represora sobre su pecho, permanece allí.

—He hecho mi confesión de que mi amor es loco. Es tan loco que, si los lazos entre mí y mi querido muchacho perdido hubieran sido un hilo de seda menos fuertes, podría haber apartado incluso a él de tu lado, cuando lo favorecías.

Un velo cubre los ojos que ella levanta por un instante, como si él la hubiera hecho desfallecer.

—Incluso a él —repite—. ¡Sí, incluso a él! Rosa, me ves y me oyes. Juzga por ti misma si algún otro admirador te amará y vivirá, cuya vida esté en mi mano.

—¿Qué quiere decir, señor?

—Quiero mostrarte cuán loco es mi amor. Fue pregonado a través de las últimas investigaciones por el señor Crisparkle, que el joven Landless le había confesado que era un rival de mi perdido muchacho. Esa es una ofensa inexpiable a mis ojos. El mismo señor Crisparkle sabe, de mi puño y letra, que me he dedicado al descubrimiento y destrucción del asesino, fuera quien fuera, y que determiné no discutir el misterio con nadie hasta tener la pista en la que enredar al asesino como en una red. Desde entonces he trabajado pacientemente para enredarla y enredarla a su alrededor; y se está enredando lentamente mientras hablo.

—Su creencia, si es que cree en la criminalidad del señor Landless, no es la creencia del señor Crisparkle, y él es un hombre bueno —replica Rosa.

—Mi creencia es mía; y me la reservo, ¡adorada de mi alma! Las circunstancias pueden acumularse tan fuertemente incluso contra un hombre inocente, que dirigidas, afiladas y señaladas, pueden matarlo. Un eslabón que falta, descubierto mediante la perseverancia contra un hombre culpable, prueba su culpa, por muy leve que fuera la evidencia antes, y muere. El joven Landless se encuentra en peligro mortal en cualquier caso.

—Si realmente supone —le suplica Rosa, volviéndose más pálida— que favorezco al señor Landless, o que el señor Landless se ha dirigido alguna vez a mí de algún modo, se equivoca.

Él aparta eso con un gesto desdeñoso de su mano y un labio curvado.

—Iba a mostrarte cuán locamente te amo. Más locamente ahora que nunca, pues estoy dispuesto a renunciar al segundo objeto que ha surgido en mi vida para dividirla contigo; y de ahora en adelante no tener otro objeto en la existencia que solo tú. La señorita Landless se ha convertido en tu amiga íntima. ¿Te preocupas por su paz mental?

—La quiero entrañablemente.

—¿Te preocupas por su buen nombre?

—He dicho, señor, que la quiero entrañablemente.

—Inconscientemente —observa con una sonrisa, mientras entrelaza sus manos sobre el reloj de sol y apoya su barbilla en ellas, de modo que su charla parecería desde las ventanas (rostros van y vienen ocasionalmente por allí) ser de lo más aireada y juguetona—, inconscientemente estoy dando ofensa al preguntar de nuevo. Haré simplemente declaraciones, por tanto, y no haré preguntas. Te preocupas por el buen nombre de tu amiga íntima, y te preocupas por su paz mental. ¡Entonces quítale la sombra de la horca, querida mía!

—¿Se atreve a proponerme que…?

—Cariño, me atrevo a proponértelo. Detente ahí. Si es malo idolatrarte, soy el peor de los hombres; si es bueno, soy el mejor. Mi amor por ti está por encima de todo otro amor, y mi verdad hacia ti está por encima de toda otra verdad. Permíteme tener esperanza y favor, y seré un hombre perjuro por tu bien.

Rosa se lleva las manos a las sienes y, echándose el pelo hacia atrás, lo mira con locura y aborrecimiento, como si estuviera tratando de recomponer lo que él tiene el profundo propósito de presentarle solo en fragmentos.

—No calcules nada en este momento, ángel, sino los sacrificios que pongo a esos pies queridos, que podría besar postrándome entre las más viles cenizas, y poner sobre mi cabeza como podría hacer un pobre salvaje. Ahí está mi fidelidad a mi querido muchacho después de la muerte. ¡Písala!

Con un gesto de sus manos, como si arrojara algo precioso.

—Ahí está la ofensa inexpiable contra mi adoración por ti. ¡Despréciala!

Con un gesto similar.

—Ahí están mis labores en la causa de una justa venganza durante seis meses de arduo trabajo. ¡Aplástalas!

Con otra repetición del gesto.

—Ahí está mi vida pasada y mi presente desperdiciada. Ahí está la desolación de mi corazón y de mi alma. Ahí está mi paz; ahí está mi desesperación. ¡Aplástalas en el polvo; con tal de que me aceptes, aunque fuera odiándome mortalmente!

La vehemencia espantosa del hombre, que alcanza ahora su punto álgido, la aterroriza tanto que rompe el hechizo que la había mantenido en el lugar. Se mueve rápidamente hacia el porche; pero en un instante él está a su lado, hablándole al oído.

—Rosa, estoy de nuevo bajo control. Camino tranquilamente a tu lado hacia la casa. Esperaré algún estímulo y esperanza. No golpearé demasiado pronto. Dame una señal de que me atiendes.

Ella mueve leve y forzadamente su mano.

—Ni una palabra de esto a nadie, o causará el golpe, tan ciertamente como el día sigue a la noche. Otra señal de que me atiendes.

Ella mueve su mano una vez más.

—¡Te amo, te amo, te amo! Si me rechazaras ahora —pero no lo harás—, nunca te librarías de mí. Nadie debería interponerse entre nosotros. Te perseguiría hasta la muerte.

Al salir la doncella para abrirle la verja, él se quita tranquilamente el sombrero como saludo de despedida y se marcha sin mayor muestra de agitación que la visible en la efigie del padre del señor Sapsea enfrente. Rosa se desmaya al subir las escaleras y es cuidadosamente llevada a su habitación y acostada en su cama. Se acerca una tormenta eléctrica, dicen las criadas, y el aire caliente y sofocante ha trastornado a la linda criatura: no es de extrañar; han sentido sus propias rodillas temblar durante todo el día.

CAPÍTULO XX. UNA HUIDA

Rosa no bien volvió en sí tuvo toda la reciente entrevista ante sí. Incluso parecía como si le hubiera perseguido hasta su insensibilidad, y no hubiera tenido un momento de inconsciencia al respecto. Qué hacer, estaba en una pérdida aterrada por saber: el único pensamiento claro en su mente era que debía huir de este hombre terrible.

Pero, ¿dónde podría refugiarse y cómo podría irse? Nunca había susurrado su temor hacia él a nadie más que a Helena. Si fuera a Helena y le contara lo que había pasado, ese mismo acto podría provocar el daño irreparable que él amenazó que tenía el poder, y que ella sabía que tenía la voluntad, de hacer. Cuanto más temible le parecía a su memoria e imaginación excitadas, más alarmante le parecía su responsabilidad; viendo que un ligero error por su parte, ya fuera en acción o en demora, podría liberar la malevolencia de él sobre el hermano de Helena.

La mente de Rosa a lo largo de los últimos seis meses había estado tempestuosamente confundida. Una sospecha medio formada, totalmente inexpresada, se agitaba en ella, ahora alzándose y ahora hundiéndose en lo profundo; ahora ganando palpabilidad y ahora perdiéndola. La absorción de Jasper en su sobrino cuando estaba vivo, y su incesante persecución de la investigación sobre cómo llegó a su muerte, si es que estaba muerto, eran temas tan frecuentes en el lugar que nadie parecía capaz de sospechar la posibilidad de un juego sucio por parte de él. Se había hecho la pregunta: «¿Soy tan malvada en mis pensamientos como para concebir una maldad que otros no pueden imaginar?». Entonces había considerado: ¿Provenía la sospecha de su anterior retroceso ante él antes del hecho? Y si era así, ¿no era eso una prueba de su falta de fundamento? Entonces había reflexionado: «¿Qué motivo podría tener, según mi acusación?». Se avergonzaba de responder en su mente: «¡El motivo de ganarme!». Y se cubría el rostro, como si la más leve sombra de la idea de fundamentar un asesinato en una vanidad tan ociosa fuera un crimen casi igual de grande.

Repasó en su mente de nuevo todo lo que él había dicho junto al reloj de sol en el jardín. Había persistido en tratar la desaparición como un asesinato, coherentemente con todo su curso público desde el hallazgo del reloj y el alfiler de corbata. Si tuviera miedo de que el crimen fuera descubierto, ¿no alentaría más bien la idea de una desaparición voluntaria? Incluso había declarado que si los lazos entre él y su sobrino hubieran sido menos fuertes, podría haber apartado «incluso a él» de su lado. ¿Era eso parecido a haberlo hecho realmente? Había hablado de poner sus seis meses de labores en la causa de una justa venganza a sus pies. ¿Habría hecho eso, con esa violencia de pasión, si fueran un fingimiento? ¿Los habría clasificado junto con su desolado corazón y alma, su vida desperdiciada, su paz y su desesperación? El primer sacrificio mismo que se representaba haciendo por ella era su fidelidad a su querido muchacho después de la muerte. Seguramente estos hechos eran fuertes contra una fantasía que apenas se atrevía a insinuarse. ¡Y sin embargo era un hombre tan terrible! En resumen, la pobre muchacha (pues qué podría saber del intelecto criminal, que sus propios estudiantes declarados leen perpetuamente mal, porque persisten en tratar de reconciliarlo con el intelecto medio de los hombres medios, en lugar de identificarlo como una horrible maravilla aparte) no podía llegar por ningún camino a otra conclusión que la de que era un hombre terrible, y que había que huir de él.

Ella había sido el apoyo y consuelo de Helena durante todo aquel tiempo. La había asegurado constantemente su plena fe en la inocencia de su hermano y su simpatía hacia él en su miseria. Pero no lo había vuelto a ver desde la desaparición, ni Helena había pronunciado jamás una palabra sobre la confesión de él al Sr. Crisparkle respecto a Rosa, aunque, como parte del interés del caso, fuera algo bien conocido a lo largo y ancho. Para ella, él era el desafortunado hermano de Helena, y nada más. La seguridad que ella le había dado a su odioso pretendiente era estrictamente cierta, aunque habría sido mejor (consideraba ahora) si hubiera podido contenerse de dársela. A pesar de lo temerosa que la brillante y delicada criatura estaba de él, su espíritu se rebelaba ante la idea de que él lo supiera por sus propios labios.

¿Pero a dónde iba a ir? Cualquier lugar fuera de su alcance no era respuesta a la pregunta. Había que pensar en algún sitio. Decidió ir a ver a su tutor, e ir inmediatamente. El sentimiento que le había transmitido a Helena la noche de su primera confidencia era tan fuerte en ella —el sentimiento de no estar a salvo de él, y de que los sólidos muros del viejo convento eran impotentes para mantener fuera su fantasmal persecución— que ningún razonamiento propio podía calmar sus terrores. La fascinación de la repulsión la había dominado durante tanto tiempo, y ahora culminaba tan oscuramente, que sentía como si él tuviera el poder de atarla con un hechizo. Al mirar por la ventana, incluso ahora, mientras se levantaba para vestirse, la visión del reloj de sol sobre el que él se había apoyado cuando se declaró, la dejó helada y la hizo retroceder, como si él lo hubiera investido con alguna cualidad terrible propia de su naturaleza.

Escribió una nota apresurada a la Srta. Twinkleton, diciendo que tenía un motivo repentino para desear ver a su tutor con prontitud, y que había acudido a él; además, rogaba a la buena dama que no se inquietara, pues todo estaba bien con ella. Metió apresuradamente unos pocos artículos totalmente inútiles en un bolso muy pequeño, dejó la nota en un lugar visible y salió, cerrando suavemente la verja tras de sí.

Era la primera vez que estaba sola, incluso en la calle principal de Cloisterham. Pero, conociendo muy bien todos sus caminos y vericuetos, se apresuró directamente a la esquina desde la que partía el ómnibus. Estaba, en ese mismo instante, poniéndose en marcha.

—Deténgase y lléveme, si es tan amable, Joe. Estoy obligada a ir a Londres.

En menos de otro minuto estaba camino de la estación de tren, bajo la protección de Joe. Joe la atendió cuando llegaron allí, la acomodó a salvo en el vagón del tren y le metió el bolsito tras ella, como si fuera un baúl enorme, pesado como cientos de kilos, que ella bajo ningún concepto debía intentar levantar.

—¿Puede dar la vuelta cuando regrese y decirle a la Srta. Twinkleton que me vio partir a salvo, Joe?

—Así se hará, señorita.

—Con mis saludos, por favor, Joe.

—Sí, señorita... ¡y no me importaría recibirlos yo mismo! Pero Joe no articuló la última parte; solo la pensó.

Ahora que volaba hacia Londres de verdad, Rosa tuvo tiempo para retomar los pensamientos que su prisa personal había frenado. El pensamiento indignado de que su declaración de amor la ensuciaba; de que solo podía limpiarse de la mancha de su impureza apelando a los honestos y verdaderos; la sostuvo durante un tiempo contra sus miedos y la confirmó en su apresurada resolución. Pero a medida que la tarde se volvía más y más oscura, y la gran ciudad se cernía más y más cerca, las dudas habituales en tales casos comenzaron a surgir. Si esto no era un proceder alocado, después de todo; cómo podría verlo el Sr. Grewgious; si lo encontraría al final del viaje; cómo actuaría si él estuviera ausente; qué podría ser de ella, sola, en un lugar tan extraño y abarrotado; qué habría pasado si simplemente hubiera esperado y pedido consejo primero; si, de poder volver ahora, no lo haría con gratitud; una multitud de tales inquietantes especulaciones la perturbaban, cada vez más a medida que se acumulaban. Finalmente, el tren entró en Londres sobre los tejados; y allá abajo yacían las arenosas calles con sus lámparas aún innecesarias encendidas, en una noche de verano calurosa y clara.

"Hiram Grewgious, Esquire, Staple Inn, Londres". Esto era todo lo que Rosa sabía de su destino; pero era suficiente para enviarla traqueteando de nuevo en un coche de caballos, a través de desiertos de calles arenosas, donde mucha gente se agolpaba en las esquinas de los patios y callejones para tomar algo de aire, y donde muchas otras personas caminaban con un ruido miserablemente monótono de arrastrar de pies sobre calurosas losas de piedra, ¡y donde todas las personas y todos sus alrededores eran tan arenosos y tan míseros!

Había música sonando aquí y allá, pero no animaba la situación. Ningún organillo arreglaba el asunto, y ningún gran tambor ahuyentaba la sorda preocupación. Al igual que las campanas de la capilla, que también repicaban aquí y allá, solo parecían evocar ecos de superficies de ladrillo y polvo de todas partes. En cuanto a los instrumentos de viento planos, parecían haber roto sus corazones y almas suspirando por el campo.

Su tintineante transporte se detuvo al fin ante una puerta cerrada a cal y canto, que parecía pertenecer a alguien que se había ido a la cama muy temprano y temía mucho a los ladrones; Rosa, pagando a su conductor, llamó tímidamente a esta verja y fue dejada entrar, bolso pequeño y todo, por un sereno.

—¿Vive aquí el Sr. Grewgious?

—El Sr. Grewgious vive allí, señorita —dijo el sereno, señalando más adentro.

Así que Rosa fue más adentro y, cuando los relojes daban las diez, se detuvo en los escalones de la puerta de P. J. T., preguntándose qué había hecho P. J. T. con la puerta de su calle.

Guiada por el nombre pintado del Sr. Grewgious, subió las escaleras y llamó suavemente varias veces. Pero como nadie respondía y el pomo de la puerta del Sr. Grewgious cedió a su tacto, entró y vio a su tutor sentado en el alféizar de una ventana abierta, con una lámpara de pantalla colocada lejos de él, sobre una mesa en un rincón.

Rosa se acercó más a él en la penumbra de la habitación. Él la vio y dijo, en voz baja: "¡Dios santo!".

Rosa cayó sobre su cuello, entre lágrimas, y entonces él dijo, correspondiendo a su abrazo:

—¡Hija mía, hija mía! ¡Pensé que eras tu madre! Pero qué, qué, qué —añadió, en tono consolador— ha sucedido. Querida mía, ¿qué te ha traído aquí? ¿Quién te ha traído aquí?

—Nadie. Vine sola.

—¡Que el Señor me bendiga! —exclamó el Sr. Grewgious—. ¡Viniste sola! ¿Por qué no me escribiste para que fuera a buscarte?

—No tuve tiempo. Tomé una resolución repentina. ¡Pobre, pobre Eddy!

—Ah, pobre muchacho, pobre muchacho.

—Su tío me ha hecho una declaración de amor. No puedo soportarlo —dijo Rosa, de repente con un estallido de lágrimas y un pisotón de su pequeño pie—; me estremezco de horror ante él, y he venido a ti para que me protejas a mí y a todos nosotros de él, ¿si quieres?

—Lo haré —gritó el Sr. Grewgious, con una repentina oleada de asombrosa energía—. ¡Maldito sea!

«¡Confunde sus políticas! ¡Frustra sus engañosos trucos! ¿En Ti fijará sus esperanzas? ¡Maldito sea de nuevo!»

Tras este extraordinario estallido, el Sr. Grewgious, completamente fuera de sí, se precipitó por la habitación, aparentemente indeciso sobre si estaba en un ataque de lealtad entusiasta o de denuncia combativa.

Se detuvo y dijo, secándose la cara: "Te pido disculpas, querida mía, pero te alegrará saber que me siento mejor. No me digas más por ahora, o podría hacerlo otra vez. Debes estar refrescada y animada. ¿Qué fue lo último que tomaste? ¿Fue desayuno, almuerzo, cena, té o refrigerio? ¿Y qué tomarás ahora? ¿Será desayuno, almuerzo, cena, té o refrigerio?".

La tierna consideración con la que, de rodillas ante ella, le ayudó a quitarse el sombrero y a desenredar su bonito cabello, fue todo un espectáculo caballeroso. Y sin embargo, ¿quién, conociéndolo solo superficialmente, habría esperado caballerosidad —y de la verdadera, no de la espuria— del Sr. Grewgious?

—También debemos proveer tu descanso —continuó—; y tendrás la habitación más bonita de Furnival’s. Debemos proveer tu aseo, y tendrás todo lo que una camarera principal ilimitada —con cuya expresión me refiero a una camarera principal no limitada en cuanto a gastos— pueda procurar. ¿Eso es un bolso? —miró fijamente hacia él; a decir verdad, requería una mirada intensa para ser visto siquiera en una habitación tenuemente iluminada—: ¿y es de tu propiedad, querida mía?

—Sí, señor. Lo traje conmigo.

—No es un bolso extenso —dijo el Sr. Grewgious con franqueza—, aunque admirablemente calculado para contener la provisión de un día para un canario. ¿Quizás trajiste un canario?

Rosa sonrió y negó con la cabeza.

—Si lo hubieras hecho, habría sido bienvenido —dijo el Sr. Grewgious—, y creo que le habría complacido estar colgado de un clavo fuera y compararse con nuestros gorriones de Staple; cuya ejecución debe admitirse que no está del todo a la altura de su intención. ¡Lo cual es el caso de muchos de nosotros! No dijiste qué comida, querida mía. Toma una buena mezcla de todas las comidas.

Rosa le agradeció, pero dijo que solo podía tomar una taza de té. El Sr. Grewgious, después de varias veces de salir y entrar de nuevo para mencionar artículos suplementarios como mermelada, huevos, berros, pescado salado y jamón frito, corrió a Furnival’s sin su sombrero para dar sus diversas instrucciones. Y poco después se hicieron realidad en la práctica, y la mesa estuvo servida.

—Que el Señor bendiga mi alma —gritó el Sr. Grewgious, colocando la lámpara sobre ella y sentándose frente a Rosa—; ¡qué nueva sensación para un pobre soltero angular, sin duda!

Las expresivas cejitas de Rosa le preguntaron qué quería decir.

—¡La sensación de tener una dulce presencia joven en el lugar, que lo encalara, lo pinta, lo empapela, lo decora con oro y lo hace glorioso! —dijo el Sr. Grewgious—. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!

Como había algo lúgubre en su suspiro, Rosa, al tocarlo con su taza de té, se aventuró a tocarlo también con su pequeña mano.

—Gracias, querida mía —dijo el Sr. Grewgious—. ¡Ejem! ¡Hablemos!

—¿Vive usted siempre aquí, señor? —preguntó Rosa.

—Sí, querida mía.

—¿Y siempre solo?

—Siempre solo; excepto porque tengo compañía diaria en un caballero de nombre Bazzard, mi empleado.

—¿Él no vive aquí?

—No, él sigue su camino después de las horas de oficina. De hecho, está fuera de servicio aquí, por completo, justo en este momento; y una firma de abajo, con la que tengo relaciones comerciales, me presta un sustituto. Pero sería extremadamente difícil reemplazar al Sr. Bazzard.

—Debe tenerle mucho cariño —dijo Rosa.

—Se sobrepone a ello con una fortaleza loable si lo tiene —respondió el Sr. Grewgious, tras considerar el asunto—. Pero dudo que lo tenga. No particularmente. Verás, es un descontento, pobre muchacho.

—¿Por qué no está contento? —fue la pregunta natural.

—Desubicado —dijo el Sr. Grewgious, con gran misterio.

Las cejas de Rosa reanudaron su expresión inquisitiva y perpleja.

—Tan desubicado —continuó el Sr. Grewgious— que me siento constantemente apologético hacia él. Y él siente (aunque no lo menciona) que tengo razones para serlo.

El Sr. Grewgious se había vuelto a estas alturas tan misterioso que Rosa no sabía cómo continuar. Mientras pensaba en ello, el Sr. Grewgious saltó repentinamente de sí mismo por segunda vez:

—Hablemos. Hablábamos del Sr. Bazzard. Es un secreto, y además es el secreto del Sr. Bazzard; pero la dulce presencia en mi mesa me hace sentir inusualmente expansivo, que siento que debo impartirlo en inviolable confianza. ¿Qué crees que ha hecho el Sr. Bazzard?

—¡Oh, cielos! —exclamó Rosa, acercando su silla un poco más, y su mente volviendo a Jasper—. Nada terrible, espero.

—Ha escrito una obra de teatro —dijo el Sr. Grewgious en un susurro solemne—. Una tragedia.

Rosa pareció aliviada.

—Y nadie —prosiguió el Sr. Grewgious en el mismo tono—, bajo ningún concepto, quiere oír hablar de representarla.

Rosa pareció reflexiva y asintió lentamente; como quien dice: "¡Estas cosas son así, y por qué lo son!".

—Ahora bien, ya sabes —dijo el Sr. Grewgious—, yo no podría escribir una obra de teatro.

—¿Ni una mala, señor? —dijo Rosa, inocentemente, con sus cejas de nuevo en acción.

—No. Si estuviera bajo sentencia de decapitación, y estuviera a punto de ser decapitado al instante, y llegara un expreso con un indulto para el convicto condenado Grewgious si escribiera una obra, estaría en la necesidad de reanudar el bloque y rogar al verdugo que procediera a los extremos... refiriéndome —dijo el Sr. Grewgious, pasando su mano bajo su barbilla— al número singular, y a este extremo.

Rosa pareció considerar qué haría si el incómodo caso hipotético fuera el suyo.

—En consecuencia —dijo el Sr. Grewgious—, el Sr. Bazzard tendría un sentido de mi inferioridad respecto a él bajo cualquier circunstancia; pero cuando soy su maestro, ya sabes, el caso está grandemente agravado.

El Sr. Grewgious negó con la cabeza seriamente, como si sintiera que la ofensa era un poco excesiva, aunque cometida por él mismo.

—¿Cómo llegó a ser su maestro, señor? —preguntó Rosa.

—Una pregunta que sigue naturalmente —dijo el Sr. Grewgious—. Hablemos. El padre del Sr. Bazzard, siendo un granjero de Norfolk, habría arremetido furiosamente con un mayal, una horca y cada implemento agrícola disponible para fines de asalto, ante la más mínima insinuación de que su hijo hubiera escrito una obra. Así que el hijo, trayéndome la renta del padre (que yo recibo), impartió su secreto y señaló que estaba decidido a perseguir su genio, y que eso lo pondría en peligro de inanición, y que no estaba formado para ello.

—¿Para perseguir su genio, señor?

—No, querida mía —dijo el Sr. Grewgious—, para la inanición. Era imposible negar la posición de que el Sr. Bazzard no estaba formado para ser hambreado, y el Sr. Bazzard entonces señaló que era deseable que yo me interpusiera entre él y un destino tan perfectamente inadecuado para su formación. De esa manera, el Sr. Bazzard se convirtió en mi empleado, y él lo siente mucho.

—Me alegra que sea agradecido —dijo Rosa.

—No quise decir exactamente eso, querida mía. Quiero decir que él siente la degradación. Hay otros genios con los que el Sr. Bazzard se ha familiarizado, que también han escrito tragedias, que tampoco nadie, bajo ningún concepto, quiere oír hablar de representar, y estos espíritus selectos dedican sus obras unos a otros de manera altamente panegírica. El Sr. Bazzard ha sido objeto de una de estas dedicatorias. Ahora bien, ya sabes, ¡nunca tuve una obra dedicada a mí!

Rosa lo miró como si le hubiera gustado que él fuera el destinatario de mil dedicatorias.

—Lo cual, de nuevo, naturalmente, roza contra el grano del Sr. Bazzard —dijo el Sr. Grewgious—. A veces es muy cortante conmigo, y entonces siento que está meditando: "¡Este zoquete es mi maestro! ¡Un sujeto que no podría escribir una tragedia bajo pena de muerte, y a quien nunca le dedicarán una con las felicitaciones más halagadoras sobre la alta posición que ha tomado ante los ojos de la posteridad!". Muy irritante, muy irritante. Sin embargo, al darle instrucciones, reflexiono de antemano: "Tal vez no le guste esto" o "Podría tomarlo a mal si pido aquello"; y así nos llevamos muy bien. De hecho, mejor de lo que podría haber esperado.

—¿Tiene nombre la tragedia, señor? —preguntó Rosa.

—Estrictamente entre nosotros —respondió el Sr. Grewgious—, tiene un nombre terriblemente apropiado. Se llama La Espina de la Ansiedad. Pero el Sr. Bazzard espera —y yo espero— que salga a la luz al final.

No era difícil adivinar que el Sr. Grewgious había relatado la historia de Bazzard con tanta plenitud, al menos tanto por la recreación de la mente de su pupila del tema que la había llevado allí, como por la gratificación de su propia tendencia a ser sociable y comunicativo.

—Y ahora, querida mía —dijo en este punto—, si no estás demasiado cansada para contarme más de lo que pasó hoy —pero solo si te sientes totalmente capaz—, me gustaría escucharlo. Podría digerirlo mejor si duermo sobre ello esta noche.

Rosa, ya compuesta, le dio un relato fiel de la entrevista. El Sr. Grewgious a menudo se alisaba la cabeza mientras progresaba y pedía que le contaran por segunda vez aquellas partes que se referían a Helena y Neville. Cuando Rosa hubo terminado, él se sentó grave, silencioso y meditativo durante un rato.

—Narrado claramente —fue su único comentario al final—, y, espero, claramente guardado aquí —alisándose la cabeza de nuevo—. Mira, querida mía —llevándola a la ventana abierta—, ¡donde viven! Las ventanas oscuras de allá.

—¿Puedo ir a ver a Helena mañana? —preguntó Rosa.

—Me gustaría dormir sobre esa pregunta esta noche —respondió con duda—. Pero déjame llevarte a tu propio descanso, pues debes necesitarlo.

Con eso, el Sr. Grewgious le ayudó a ponerse el sombrero de nuevo, colgó de su brazo el bolsito que no servía para nada en el mundo y la llevó de la mano (con cierta elegancia torpe, como si fuera a bailar un minué) a través de Holborn y dentro de Furnival’s Inn. En la puerta del hotel, la confió a la camarera principal Ilimitada y dijo que, mientras ella subía a ver su habitación, él permanecería abajo, en caso de que ella deseara cambiarla por otra o encontrara que hubiera algo que necesitara.

La habitación de Rosa era aireada, limpia, cómoda, casi alegre. La Ilimitada había puesto todo lo omitido en el bolsito (es decir, todo lo que ella podría necesitar), y Rosa bajó trotando las muchas escaleras de nuevo para agradecer a su tutor por su atento y afectuoso cuidado.

—De nada, querida mía —dijo el Sr. Grewgious, infinitamente gratificado—; soy yo quien te agradece por tu encantadora confianza y por tu encantadora compañía. Tu desayuno te será proporcionado en una pequeña sala de estar ordenada, compacta y elegante (apropiada para tu figura), y vendré a verte a las diez de la mañana. Espero que no te sientas muy extraña, de verdad, en este lugar extraño.

—¡Oh, no, me siento tan a salvo!

—Sí, puedes estar segura de que las escaleras son a prueba de incendios —dijo el Sr. Grewgious—, y que cualquier brote del elemento devorador sería percibido y suprimido por los serenos.

—No me refería a eso —respondió Rosa—. Me refiero a que me siento tan a salvo de él.

—Hay una verja robusta de barras de hierro para mantenerlo fuera —dijo el Sr. Grewgious, sonriendo—; y Furnival’s es a prueba de incendios, y especialmente vigilada e iluminada, ¡y yo vivo al otro lado de la calle! En la firmeza de su caballerosidad andante, parecía pensar que la última protección mencionada era suficiente. Con el mismo espíritu le dijo al portero de la verja al salir: "Si alguien que se aloja en el hotel deseara enviarme un recado al otro lado de la calle durante la noche, habrá una corona lista para el mensajero". Con el mismo espíritu, caminó de un lado a otro fuera de la verja de hierro durante la mayor parte de una hora, con cierta solicitud; mirando ocasionalmente entre las barras, como si hubiera depositado una paloma en una percha alta en una jaula de leones, y tuviera en mente que podría caerse.

CAPÍTULO XXI. UN RECONOCIMIENTO

No ocurrió nada en la noche que inquietara a la paloma cansada; y la paloma se levantó refrescada. Con el Sr. Grewgious, cuando el reloj marcó las diez de la mañana, llegó el Sr. Crisparkle, quien había venido de un solo salto desde el río en Cloisterham.

—La Srta. Twinkleton estaba tan inquieta, Srta. Rosa —le explicó a ella—, y vino a ver a mi madre y a mí con su nota, en tal estado de asombro, que, para calmarla, me ofrecí voluntario para este servicio en el primer tren que se pudo tomar por la mañana. Deseé en ese momento que hubiera venido a mí; pero ahora creo que es mejor que hiciera lo que hizo y viniera a su tutor.

—Pensé en usted —le dijo Rosa—; pero Minor Canon Corner estaba tan cerca de él...

—Entiendo. Fue muy natural.

—Le he contado al Sr. Crisparkle —dijo el Sr. Grewgious— todo lo que me contaste anoche, querida mía. Por supuesto, se lo habría escrito inmediatamente; pero su llegada fue de lo más oportuna. Y fue particularmente amable de su parte venir, pues acababa de marcharse.

—¿Han decidido —preguntó Rosa, apelando a ambos— qué se hará por Helena y su hermano?

«En realidad —dijo el Sr. Crisparkle—, me encuentro en un gran apuro. Si incluso el Sr. Grewgious, cuya cabeza es mucho más capaz que la mía y que me lleva toda una noche de meditación de ventaja, está indeciso, ¡qué será de mí!»

La Unlimited asomó entonces la cabeza por la puerta —tras haber llamado y haber sido autorizada a presentarse—, anunciando que un caballero deseaba dirigirle unas palabras a otro caballero llamado Crisparkle, si es que tal caballero se encontraba allí. Si no era así, pedía perdón por la confusión.

«Tal caballero se encuentra aquí —dijo el Sr. Crisparkle—, pero está ocupado en este momento».

«¿Es un caballero moreno?», intervino Rosa, retirándose hacia su tutor.

«No, señorita, es más bien un caballero castaño».

«¿Está segura de que no tiene el pelo negro?», preguntó Rosa, cobrando valor.

«Completamente segura, señorita. Pelo castaño y ojos azules».

«Quizás —sugirió el Sr. Grewgious con su habitual cautela—, sería bueno verlo, reverendo señor, si no tiene inconveniente. Cuando uno se halla en dificultades o perdido, nunca sabe en qué dirección puede abrirse camino. Es un principio comercial mío, en tales casos, no cerrar ninguna vía, sino vigilar toda dirección que pueda presentarse. Podría contar una anécdota al respecto, pero sería prematuro».

«Si la señorita Rosa me lo permite, entonces... Deje pasar al caballero», dijo el Sr. Crisparkle.

El caballero entró; se disculpó, con una gracia franca pero modesta, por no encontrar al Sr. Crisparkle solo; se volvió hacia él y, sonriendo, planteó la inesperada pregunta: «¿Quién soy?»

«Es usted el caballero a quien vi fumando bajo los árboles en Staple Inn hace unos minutos».

«Cierto. Allí le vi. ¿Quién más soy?»

El Sr. Crisparkle concentró su atención en un rostro apuesto, muy curtido por el sol; y el fantasma de algún muchacho del pasado pareció surgir, gradual y tenuemente, en la estancia.

El caballero vio cómo un esfuerzo de memoria iluminaba las facciones del Minor Canon y, sonriendo de nuevo, dijo: «¿Qué tomará para desayunar esta mañana? Se ha quedado sin mermelada».

«¡Espere un momento!», exclamó el Sr. Crisparkle, levantando la mano derecha. «¡Deme otro instante! ¡Tartar!»

Ambos se estrecharon la mano con la mayor efusividad y llegaron al extremo maravilloso —para tratarse de ingleses— de poner sus manos sobre los hombros del otro y mirarse alegremente a la cara.

«¡Mi antiguo alumno!», dijo el Sr. Crisparkle.

«¡Mi antiguo maestro!», dijo el Sr. Tartar.

«¡Usted me salvó de morir ahogado!», dijo el Sr. Crisparkle.

«¡Después de lo cual usted se aficionó a la natación, ya sabe!», dijo el Sr. Tartar.

«¡Dios bendiga mi alma!», dijo el Sr. Crisparkle.

«¡Amén!», dijo el Sr. Tartar.

Y entonces volvieron a estrecharse las manos con la mayor cordialidad.

«Imaginen —exclamó el Sr. Crisparkle con los ojos brillantes—: señorita Rosa Bud y Sr. Grewgious, imaginen al Sr. Tartar, cuando era el más pequeño de los estudiantes, lanzándose al agua por mí, atrapándome —a mí, un alumno mayor, grande y pesado— por los cabellos y nadando hacia la orilla conmigo como si fuera un gigante acuático».

«¡Imaginen que no le dejara hundirse, ya que él era mi superior!», dijo el Sr. Tartar. «Pero, siendo la verdad que él era mi mejor protector y amigo, y que me hizo más bien que todos los maestros juntos, un impulso irracional se apoderó de mí para sacarlo a flote o hundirme con él».

«¡Ejem! Permítame, señor, tener el honor», dijo el Sr. Grewgious, avanzando con la mano extendida, «pues considero que es un verdadero honor. Estoy orgulloso de conocerle. Espero que no haya cogido frío. Espero que no le haya causado molestias el haber tragado demasiada agua. ¿Cómo ha estado desde entonces?»

De ninguna manera parecía que el Sr. Grewgious supiera lo que decía, aunque estaba muy claro que pretendía decir algo sumamente amistoso y apreciativo.

¡Si el Cielo, pensó Rosa, hubiera enviado tal coraje y destreza en ayuda de su pobre madre! ¡Y pensar que él era tan menudo y joven entonces!

«No deseo que me hagan cumplidos, se lo agradezco; pero creo que tengo una idea», anunció el Sr. Grewgious tras dar un par de pasos por la habitación, tan inesperados e inexplicables que todos lo miraron, dudando de si se estaba atragantando o tenía un calambre—. «Creo que tengo una idea. ¿Creo haber tenido el placer de ver el nombre del Sr. Tartar como inquilino del piso superior en el edificio contiguo al piso superior de la esquina?»

«Sí, señor», respondió el Sr. Tartar. «Tiene usted razón hasta ahí».

«Tengo razón hasta ahí», dijo el Sr. Grewgious. «Tache eso»; lo cual hizo, con el pulgar derecho sobre el izquierdo. «¿Sabría usted, por casualidad, el nombre de su vecino en el piso superior al otro lado de la pared medianera?», dijo acercándose mucho al Sr. Tartar, para no perder detalle de su rostro debido a su miopía.

«Landless».

«Tache eso», dijo el Sr. Grewgious, dando otro trote y regresando. «No hay conocimiento personal, supongo, señor».

«Ligero, pero lo hay».

«Tache eso», dijo el Sr. Grewgious, dando otro trote y volviendo de nuevo. «¿Naturaleza del conocimiento, Sr. Tartar?»

«Pensé que parecía ser un joven en una situación precaria, y le pedí permiso —hace apenas un día o dos— para compartir mis flores de allá arriba con él; es decir, para extender mi jardín hasta sus ventanas».

«¿Tendrían la amabilidad de tomar asiento?», dijo el Sr. Grewgious. «¡Tengo una idea!»

Accedieron; el Sr. Tartar no menos dispuesto por estar completamente desorientado; y el Sr. Grewgious, sentado en el centro, con las manos sobre las rodillas, expuso su idea con su manera habitual de tener el discurso aprendido de memoria.

«No puedo decidirme aún sobre si es prudente mantener una comunicación abierta en las presentes circunstancias, y por parte de la bella integrante de esta reunión, con el Sr. Neville o la Srta. Helena. Tengo motivos para saber que un amigo nuestro local (sobre el cual ruego me permitan lanzar una fugaz pero sentida maldición, con el amable permiso de mi reverendo amigo) se escabulle de un lado a otro y acecha arriba y abajo. Cuando no lo hace él mismo, puede tener algún informador merodeando, en la persona de un sereno, portero o algún tipo de parásito semejante de Staple. Por otra parte, la señorita Rosa desea naturalmente ver a su amiga la señorita Helena, y parecería importante que al menos la señorita Helena (si no su hermano también, a través de ella) sepa en privado de labios de la señorita Rosa lo que ha ocurrido y lo que se ha amenazado. ¿Están todos de acuerdo con mis puntos de vista?»

«Estoy totalmente de acuerdo con ellos», dijo el Sr. Crisparkle, quien había estado muy atento.

«Como no me cabe duda de que yo también lo estaría —añadió el Sr. Tartar, sonriendo—, si los entendiera».

«Poco a poco, señor», dijo el Sr. Grewgious; «confiaremos plenamente en usted enseguida, si nos favorece con su permiso. Ahora bien, si nuestro amigo local tuviera algún informador en el lugar, está bastante claro que dicho informador solo puede ser puesto a vigilar las habitaciones ocupadas por el Sr. Neville. Informando él a nuestro amigo local de quién entra y sale de allí, nuestro amigo local deduciría por sí mismo, gracias a su conocimiento previo, la identidad de las personas. Nadie puede ser destinado a vigilar todo Staple, ni a preocuparse por los que entran y salen de otros apartamentos: a menos, claro, que sean los míos».

«Empiezo a entender a dónde quiere llegar», dijo el Sr. Crisparkle, «y apruebo mucho su cautela».

«No necesito repetir que no sé nada todavía del porqué», dijo el Sr. Tartar; «pero también entiendo a dónde quiere llegar, así que permítame decirle de inmediato que mis habitaciones están a su entera disposición».

«¡Ahí está!», gritó el Sr. Grewgious, alisándose la cabeza triunfalmente, «ahora todos tenemos la idea. ¿La tienes tú, querida?»

«Creo que sí», dijo Rosa, sonrojándose un poco al ver que el Sr. Tartar se volvía rápidamente hacia ella.

«Verán, ustedes van a Staple con el Sr. Crisparkle y el Sr. Tartar», dijo el Sr. Grewgious; «yo entraré y saldré, saldré y entraré solo, a mi manera habitual; ustedes subirán con esos caballeros a las habitaciones del Sr. Tartar; mirarán el jardín de flores del Sr. Tartar; esperarán a que la señorita Helena aparezca allí, o le indicarán a la señorita Helena que están cerca; y se comunicarán con ella libremente, sin que ningún espía se entere».

«Me temo mucho que yo sea...»

«¿Qué, querida?», preguntó el Sr. Grewgious, al ver que dudaba. «¿Asustada?»

«No, no es eso», dijo Rosa, tímidamente; «es por el estorbo en casa del Sr. Tartar. Parece que estamos tomando posesión de la residencia del Sr. Tartar con mucha naturalidad».

«Le aseguro —respondió el caballero—, que la apreciaré mucho más siempre si su voz suena en ella aunque sea una vez».

Rosa, sin saber muy bien qué decir a eso, bajó la mirada y, volviéndose hacia el Sr. Grewgious, preguntó obedientemente si debía ponerse el sombrero. Como el Sr. Grewgious opinó que no podía hacer otra cosa mejor, se retiró para ello. El Sr. Crisparkle aprovechó la oportunidad para hacer al Sr. Tartar un resumen de las angustias de Neville y su hermana; la oportunidad fue lo bastante larga, pues el sombrero requirió un pequeño ajuste extra.

El Sr. Tartar ofreció su brazo a Rosa, y el Sr. Crisparkle caminó, despreocupado, delante.

«¡Pobre, pobre Eddy!», pensó Rosa mientras avanzaban.

El Sr. Tartar agitó la mano derecha mientras inclinaba la cabeza hacia Rosa, hablando de forma animada.

«No era tan fuerte ni estaba tan bronceada cuando salvó al Sr. Crisparkle», pensó Rosa, mirándola; «pero debió de ser muy firme y decidida incluso entonces».

El Sr. Tartar le contó que había sido marinero, recorriendo todas partes durante años y años.

«¿Cuándo piensa volver al mar?», preguntó Rosa.

«¡Nunca!»

Rosa se preguntó qué dirían las chicas si pudieran verla cruzando la ancha calle del brazo del marinero. Y se imaginó que los transeúntes debían verla muy pequeña y muy indefensa, en contraste con la figura fuerte que podría haberla levantado y sacado de cualquier peligro, leguas y leguas sin descansar.

Pensaba, además, que sus lejanos ojos azules parecían acostumbrados a observar el peligro a lo lejos, y a observarlo sin inmutarse, acercándose cada vez más: cuando, al levantar ella sus propios ojos, se dio cuenta de que él parecía estar pensando algo sobre ellos.

Esto confundió un poco a Rosebud, lo que puede explicar por qué después no supo cómo ascendió (con su ayuda) hasta su jardín en el aire, y pareció entrar en un país maravilloso que brotó de repente como el país en la cima de la habichuela mágica. ¡Que florezca para siempre!

CAPÍTULO XXII. SE AVECINA UN ESTADO DE LAS COSAS ÁSPERO

Las habitaciones del Sr. Tartar eran las más pulcras, limpias y ordenadas que jamás se hubieran visto bajo el sol, la luna y las estrellas. Los suelos estaban tan fregados que uno podría haber imaginado a la negrura de Londres emancipada para siempre, y desterrada de la tierra para bien. Cada centímetro de bronce en posesión del Sr. Tartar estaba pulido y bruñido, hasta brillar como un espejo. Ni una mota, ni una mancha, ni una salpicadura ensuciaban la pureza de ninguno de los dioses domésticos del Sr. Tartar, grandes, pequeños o medianos. Su sala de estar era como el camarote del almirante, su baño era como una lechería, su dormitorio, equipado por todas partes con armarios y cajones, era como una tienda de semillas; y su cuna, perfectamente equilibrada, apenas se movía en el centro, como si respirara. Todo lo que pertenecía al Sr. Tartar tenía su propio lugar asignado: sus mapas y cartas tenían el suyo; sus libros el suyo; sus cepillos el suyo; sus botas el suyo; su ropa el suyo; sus frascos el suyo; sus telescopios y otros instrumentos el suyo. Todo era fácilmente accesible. Estantes, soportes, armarios, ganchos y cajones estaban al alcance de la mano, y estaban igualmente diseñados con el fin de evitar el desperdicio de espacio y proporcionar unos centímetros acogedores de almacenamiento para algo que no habría encajado exactamente en ningún otro lugar. Su reluciente vajilla estaba dispuesta sobre el aparador de tal manera que una cucharilla de sal descuidada se habría delatado al instante; sus utensilios de aseo estaban dispuestos sobre su tocador de modo que un palillo de dientes con actitud negligente habría sido reportado de un vistazo. Lo mismo ocurría con las curiosidades que había traído de varios viajes. Disecadas, secas, pulidas o preservadas de otro modo, según su especie; aves, peces, reptiles, armas, artículos de vestir, conchas, algas, hierbas o recuerdos de arrecifes de coral; cada uno estaba expuesto en su lugar especial, y en ninguno mejor podría haber estado. La pintura y el barniz parecían guardarse en algún lugar fuera de la vista, en constante disposición para obliterar cualquier marca de dedos que pudiera volverse perceptible en las estancias del Sr. Tartar. Ningún buque de guerra se mantuvo jamás más impecable ante un toque descuidado. En este brillante día de verano, se había montado un toldo pulcro sobre el jardín de flores del Sr. Tartar como solo un marinero sabe montarlo, y había un aire de navegación en todo el conjunto, tan deliciosamente completo, que el jardín de flores podría haber pertenecido a las ventanas de popa a flote, y todo el asunto podría haber zarpado galantemente con todos a bordo, si el Sr. Tartar solo hubiera llevado a sus labios la bocina que colgaba en un rincón y dado órdenes roncas de levar anclas, ¡espabilen ahí, hombres, y desplieguen todas las velas!

El Sr. Tartar haciendo los honores de esta galante embarcación estaba en consonancia con el resto. Cuando un hombre monta una afición amable que no se asusta de nada ni patea a nadie, es agradable verlo practicarla con un sentido humorístico de la parte divertida de la criatura. Cuando el hombre es cordial y sincero por naturaleza, y además es perfectamente fresco y genuino, cabe dudar de si se le ve con mayor ventaja que en un momento así. Así lo habría pensado naturalmente Rosa (incluso si no hubiera sido conducida por el barco con todo el homenaje debido a la Primera Dama del Almirantazgo, o Primera Hada del Mar), que era encantador ver y oír al Sr. Tartar medio riéndose de, y medio regocijándose con, sus diversos artilugios. Así lo habría pensado naturalmente Rosa, de cualquier modo, que el marinero curtido por el sol lucía con gran ventaja cuando, terminada la inspección, se retiró delicadamente de su camarote de almirante, suplicándole que se considerase su Reina, y despidiéndola de su jardín de flores con la mano que había salvado la vida del Sr. Crisparkle.

«¡Helena! ¡Helena Landless! ¿Estás ahí?»

«¿Quién me habla? ¿No es Rosa?» Entonces, un segundo rostro hermoso apareció.

«¡Sí, querida mía!»

«Vaya, ¿cómo has llegado aquí, queridísima?»

«Yo... no lo sé muy bien», dijo Rosa con un sonrojo; «¡a menos que esté soñando!»

¿Por qué ese sonrojo? Pues sus dos rostros estaban solos con las flores. ¿Son los sonrojos uno de los frutos del país de la habichuela mágica?

«No estoy soñando», dijo Helena, sonriendo. «Daría más cosas por hecho si lo estuviera. ¿Cómo es que nos encontramos —o tan cerca— tan inesperadamente?»

Inesperadamente, en efecto, entre los frontones oscuros y las chimeneas de los dominios de P. J. T., y las flores que habían brotado del mar salado. Pero Rosa, despertando, relató apresuradamente cómo habían llegado a estar juntas, y todo el porqué de aquel asunto.

«Y el Sr. Crisparkle está aquí», dijo Rosa, concluyendo rápidamente; «y, ¿podrías creerlo? ¡hace mucho tiempo él salvó su vida!»

«Podría creer cualquier cosa así del Sr. Crisparkle», respondió Helena, con el rostro encendido.

(¡Más sonrojos en el país de la habichuela!)

«Sí, pero no fue Crisparkle», dijo Rosa, corrigiendo rápidamente.

«No te entiendo, amor».

«Fue muy amable por parte del Sr. Crisparkle ser salvado», dijo Rosa, «y no podría haber demostrado su alta opinión del Sr. Tartar de manera más expresiva. Pero fue el Sr. Tartar quien le salvó».

Los ojos oscuros de Helena observaron con mucha atención el rostro brillante entre las hojas, y preguntó, en un tono más lento y reflexivo:

«¿Está el Sr. Tartar contigo ahora, querida?»

«No; porque me ha cedido sus habitaciones... a nosotras, quiero decir. ¡Es un lugar tan hermoso!»

«¿Lo es?»

«Es como el interior del barco más exquisito que jamás haya navegado. Es como... es como...»

«¿Como un sueño?», sugirió Helena.

Rosa respondió con un pequeño asentimiento y olió las flores.

Helena prosiguió, tras una breve pausa de silencio, durante la cual pareció (o fue imaginación de Rosa) compadecer a alguien: «Mi pobre Neville está leyendo en su habitación, pues el sol da muy fuerte por este lado justo ahora. Creo que es mejor que no sepa que estás tan cerca».

«¡Oh, yo también lo creo!», exclamó Rosa muy prontamente.

«Supongo», continuó Helena, dubitativa, «que deberá saber tarde o temprano todo lo que me has contado; pero no estoy segura. Pide consejo al Sr. Crisparkle, querida mía. Pregúntale si puedo contarle a Neville tanto o tan poco de lo que me has dicho como considere mejor».

Rosa se retiró a su camarote y planteó la cuestión. El Minor Canon se mostró a favor del libre ejercicio del juicio de Helena.

«Se lo agradezco mucho», dijo Helena, cuando Rosa emergió de nuevo con su informe. «Pregúntale si sería mejor esperar hasta que cualquier otra difamación y persecución de Neville por parte de este miserable salga a la luz, o intentar anticiparse: quiero decir, en la medida de averiguar si algo de eso ocurre oscuramente a nuestro alrededor».

El Minor Canon encontró este punto tan difícil sobre el que dar una opinión segura que, tras dos o tres intentos fallidos, sugirió remitirse al Sr. Grewgious. Helena asintió, y él se dirigió (con una simulación de indiferencia bastante infructuosa) a través del patio hacia las habitaciones de P. J. T., y lo expuso. El Sr. Grewgious se mantuvo decididamente en el principio general de que, si uno podía adelantarse a un bandido o a una fiera, mejor hacerlo; y también se mantuvo decididamente en el caso especial de que John Jasper era, en combinación, un bandido y una fiera.

Así aconsejado, el Sr. Crisparkle regresó e informó a Rosa, quien a su vez informó a Helena. Ella, ahora siguiendo seriamente su hilo de pensamiento en la ventana, reflexionó sobre ello.

«¿Podemos contar con la disposición del Sr. Tartar para ayudarnos, Rosa?», inquirió.

¡Oh, sí! Rosa pensó tímidamente que sí. ¡Oh, sí!, Rosa creyó tímidamente que casi podía responder por él. Pero, ¿debería preguntárselo al Sr. Crisparkle? «Creo que tu autoridad en este punto es tan buena como la suya, querida», dijo Helena, sosegadamente, «y no hace falta que desaparezcas otra vez por eso». ¡Qué rara Helena!

«Verás, Neville», prosiguió Helena tras más reflexión, «no conoce a nadie más aquí: ni siquiera ha cambiado una palabra con nadie más aquí. Si el Sr. Tartar viniera a verle abiertamente y a menudo; si dedicara un minuto a tal fin, con frecuencia; si incluso lo hiciera casi a diario; algo podría surgir de ello».

«¿Algo podría surgir de ello, querida?», repitió Rosa, observando la belleza de su amiga con un rostro sumamente perplejo. «¿Algo podría?»

«Si los movimientos de Neville son realmente vigilados, y si el propósito es realmente aislarlo de todos sus amigos y conocidos y desgastar su vida diaria grano a grano (lo cual parecería ser la amenaza contra ti), ¿no parece probable», dijo Helena, «que su enemigo se comunique de alguna forma con el Sr. Tartar para advertirle que se aleje de Neville? En cuyo caso, no solo podríamos conocer el hecho, sino que podríamos saber por el Sr. Tartar cuáles fueron los términos de la comunicación».

«¡Ya veo!», gritó Rosa. E inmediatamente se lanzó de nuevo a su camarote.

Poco después, su rostro bonito reapareció, con un color mucho más intenso, y dijo que se lo había contado al Sr. Crisparkle, y que el Sr. Crisparkle había traído al Sr. Tartar, y que el Sr. Tartar —«quien está esperando ahora, por si lo necesitas», añadió Rosa, mirando hacia atrás y con bastante confusión entre el interior del camarote y el exterior— había declarado su disposición a actuar según lo sugerido y a emprender su tarea ese mismo día.

«Se lo agradezco de todo corazón», dijo Helena. «Por favor, díselo».

De nuevo algo confundida entre el jardín de flores y el camarote, Rosa se sumergió con su mensaje y volvió a salir con más garantías por parte del Sr. Tartar, y permaneció vacilante, dividida entre Helena y él, lo que demostró que la confusión no siempre es necesariamente torpe, sino que a veces puede presentar un aspecto muy agradable.

«Y ahora, querida», dijo Helena, «seremos conscientes de la cautela que nos ha limitado a esta entrevista por el momento, y nos despediremos. También oigo a Neville moverse. ¿Vas a volver?»

«¿A casa de la señorita Twinkleton?», preguntó Rosa.

«Sí».

«Oh, jamás podría volver allí. De verdad que no podría, ¡después de aquella entrevista tan espantosa!», dijo Rosa.

«Entonces, ¿adónde vas, preciosa?».

«Ahora que lo pienso, no lo sé», dijo Rosa. «Todavía no he decidido nada en absoluto, pero mi tutor se ocupará de mí. No te inquietes, querida. Seguro que estaré en algún lugar».

(Parecía probable).

«¿Y tendré noticias de mi capullo de rosa por mediación del Sr. Tartar?», inquirió Helena.

«Sí, supongo que sí; por medio de...». Rosa miró hacia atrás de nuevo, agitada, en lugar de decir el nombre. «Pero dime una cosa antes de separarnos, queridísima Helena. Dime... que estás segura, segura, segura, de que no pude evitarlo».

«¿Evitarlo, amor?».

«Evitar volverlo malintencionado y vengativo. No podía llegar a ningún acuerdo con él, ¿verdad?».

«Sabes cuánto te quiero, cariño», respondió Helena con indignación; «pero preferiría verte muerta a sus malvados pies».

«¡Eso es un gran consuelo para mí! ¿Y se lo dirás así a tu pobre hermano, verdad? ¿Y le darás mis recuerdos y mi simpatía? ¿Y le pedirás que no me odie?».

Con un movimiento de cabeza lleno de tristeza, como si fuera un ruego del todo superfluo, Helena lanzó amorosos besos con sus dos manos a su amiga, y las dos manos de su amiga fueron besadas hacia ella; y entonces vio una tercera mano (una mano morena) aparecer entre las flores y las hojas, y ayudar a su amiga a desaparecer de su vista.

El refrigerio que el Sr. Tartar preparó en el camarote del almirante con solo tocar el pomo de resorte de un armario y el tirador de un cajón, fue un festín deslumbrante y encantado. Maravillosos macarrones, licores centelleantes, especias tropicales conservadas por arte de magia y gelatinas de frutas tropicales celestiales se desplegaron profusamente en un instante. Pero el Sr. Tartar no podía hacer que el tiempo se detuviera; y el tiempo, con su dureza y rapidez, avanzó tan deprisa que Rosa se vio obligada a bajar del país de las habichuelas mágicas a la tierra y a las cámaras de su tutor.

«Y ahora, querida mía», dijo el Sr. Grewgious, «¿qué es lo siguiente que debemos hacer? Para expresar la misma idea de otra forma: ¿qué vamos a hacer contigo?».

Rosa solo pudo mostrarse arrepentida de ser un estorbo para sí misma y para todos los demás. La única idea de plan que se le ocurrió fue la de vivir, a prueba de incendios, subiendo unos cuantos tramos de escalera en Furnival’s Inn durante el resto de su vida.

«Se me ha ocurrido», dijo el Sr. Grewgious, «que, como la respetada dama, la señorita Twinkleton, acude ocasionalmente a Londres durante las vacaciones con el fin de ampliar sus contactos y estar disponible para entrevistas con padres metropolitanos, si los hubiera... ¿podríamos invitar a la señorita Twinkleton a que venga a alojarse contigo durante un mes hasta que tengamos tiempo de organizarnos?».

«¿Alojarse dónde, señor?».

«¿Podríamos», explicó el Sr. Grewgious, «alquilar un alojamiento amueblado en la ciudad durante un mes e invitar a la señorita Twinkleton a que se haga cargo de ti en él durante ese periodo?».

«¿Y después?», insinuó Rosa.

«Y después», dijo el Sr. Grewgious, «no estaríamos peor de lo que estamos ahora».

«Creo que eso podría allanar el camino», convino Rosa.

«Entonces, levantémonos», dijo el Sr. Grewgious, «y vayamos a buscar un alojamiento amueblado. Nada me resultaría más agradable que la dulce presencia de la pasada velada durante todas las veladas que me quedan de existencia; pero este no es un entorno adecuado para una joven. Salgamos en busca de aventuras y busquemos un alojamiento amueblado. Mientras tanto, el Sr. Crisparkle, que está a punto de regresar a casa inmediatamente, sin duda verá amablemente a la señorita Twinkleton e invitará a esa dama a colaborar en nuestro plan».

El Sr. Crisparkle, aceptando de buena gana el encargo, se marchó; el Sr. Grewgious y su pupila se pusieron en marcha en su expedición.

Como la idea del Sr. Grewgious de buscar un alojamiento amueblado consistía en ponerse en el lado opuesto de la calle de una casa con un cartel adecuado en la ventana y quedarse mirando; y luego abrirse camino tortuosamente hasta la parte trasera de la casa y mirar también allí; y después no entrar, sino hacer intentos similares con otra casa, con el mismo resultado; su progreso fue bastante lento. Por fin, se acordó de una prima viuda, lejana en varios grados, del Sr. Bazzard, que en una ocasión le había solicitado su influencia en el mundo de los huéspedes y que vivía en Southampton Street, Bloomsbury Square. El nombre de esta dama, que figuraba en letras mayúsculas de considerable tamaño en una placa de latón en la puerta, y aun así no de forma lúcida en cuanto a sexo o condición, era BILLICKIN.

La debilidad personal y una franqueza personal abrumadora eran los rasgos distintivos de la organización de la Sra. Billickin. Salió languideciendo de su propio salón trasero exclusivo, con el aire de haber sido devuelta a la vida expresamente para tal fin, tras una acumulación de varios desmayos.

«Espero que se encuentre bien, señor», dijo la Sra. Billickin, reconociendo a su visitante con una inclinación.

«Gracias, muy bien. ¿Y usted, señora?», respondió el Sr. Grewgious.

«Estoy tan bien», dijo la Sra. Billickin, aspirando con exceso de languidez, «como puedo hestarlo».

«Mi pupila y una señora mayor», dijo el Sr. Grewgious, «desean encontrar un alojamiento elegante para un mes más o menos. ¿Tiene algún apartamento disponible, señora?».

«Sr. Grewgious», respondió la Sra. Billickin, «no le engañaré; ni mucho menos. Tengo apartamentos disponibles».

Esto lo dijo con el aire de añadir: «Llévenme a la hoguera, si quieren; pero mientras viva, seré sincera».

«Y bien, ¿qué apartamentos son, señora?», preguntó el Sr. Grewgious con tono acogedor, para amansar cierta severidad que mostraba la Sra. Billickin.

«Está este salón, que, llámelo como quiera, es el salón delantero, señorita», dijo la Sra. Billickin, involucrando a Rosa en la conversación: «siendo el salón trasero el lugar al que me aferro y del que nunca me separo; y hay dos dormitorios en lo alto de la cassa con gas instalado. No le voy a decir que los suelos de sus dormitorios sean firmes, porque no lo son. El propio instalador de gas admitió que, para hacer un trabajo firme, debía pasar justo por debajo de sus vigas, y que no merecía la pena el gasto siendo una inquilina anual. La tubería pasa por encima de sus vigas, y es mejor que se lo haga saber».

El Sr. Grewgious y Rosa intercambiaron miradas de cierto desconcierto, aunque no tenían la menor idea de qué horrores latentes podría suponer este trazado de la tubería. La Sra. Billickin se llevó la mano al corazón, como si se hubiera librado de una carga.

«Bueno, el techo está bien, sin duda», dijo el Sr. Grewgious, animándose un poco.

«Sr. Grewgious», respondió la Sra. Billickin, «si le dijera, señor, que no tener nada encima es tener un suelo encima, le estaría engañando, lo cual no haré. No, señor. ¡Sus pizarras traquetearán sueltas a esa altura cuando haga viento, haga usted lo que haga, lo mejor o lo peor! Le desafío, señor, sea usted quien sea, a mantener sus pizarras apretadas, por más que lo intente». Aquí la Sra. Billickin, tras haber sido cordial con el Sr. Grewgious, se enfrió un poco, para no abusar del poder moral que ejercía sobre él. «Por consiguiente», continuó la Sra. Billickin, más suavemente, pero aún firme en su incorruptible franqueza: «por consiguiente, sería peor que inútil que yo subiera y bajara hasta lo alto de la cassa con usted, y que usted dijera: “Sra. Billickin, ¿qué mancha es la que observo en el techo, pues la considero una mancha?”, y que yo le respondiera: “No le entiendo, señor”. No, señor, no seré tan solapada. Le entiendo antes de que usted lo señale. Es la humedad, señor. Entra y no entra. Puede permanecer seco allí la mitad de su vida; pero llegará el momento, y es mejor que lo sepa, en que estar empapado será poco decir».

El Sr. Grewgious parecía muy deshonrado por verse prefigurado en tal situación.

«¿Tiene otros apartamentos, señora?», preguntó.

«Sr. Grewgious», respondió la Sra. Billickin con mucha solemnidad, «los tengo. Me pregunta si los tengo, y mi respuesta abierta y honesta es que los tengo. El primer y segundo piso están vacíos, y son habitaciones dulces».

«¡Vamos, vamos! No hay nada en contra de ellos», dijo el Sr. Grewgious, consolándose.

«Sr. Grewgious», replicó la Sra. Billickin, «perdóneme, están las escaleras. A menos que su mente esté preparada para las escaleras, esto conducirá a una decepción inevitable. Usted no puede, señorita», dijo la Sra. Billickin, dirigiéndose a Rosa con tono de reproche, «poner un primer piso, y mucho menos un segundo, al nivel de un salón. No, no puede hacerlo, señorita, está fuera de su alcance, ¿para qué intentarlo?».

La Sra. Billickin lo expuso con mucho sentimiento, como si Rosa hubiera mostrado una determinación obstinada de mantener una posición insostenible.

«¿Podemos ver estas habitaciones, señora?», inquirió su tutor.

«Sr. Grewgious», respondió la Sra. Billickin, «puede. No se lo disimularé, señor; puede».

La Sra. Billickin envió entonces a su salón trasero a por su chal (siendo una ficción de Estado, que databa de la antigüedad inmemorial, que nunca podía ir a ninguna parte sin estar envuelta), y tras haber sido equipada por su asistente, abrió el camino. Hizo varias pausas elegantes en las escaleras para tomar aliento, y se agarró el corazón en el salón como si se le hubiera soltado casi por completo y ella lo hubiera atrapado en pleno vuelo.

«¿Y el segundo piso?», dijo el Sr. Grewgious, al encontrar satisfactorio el primero.

«Sr. Grewgious», respondió la Sra. Billickin, volviéndose hacia él con ceremonia, como si hubiera llegado el momento de alcanzar un entendimiento claro sobre un punto difícil y establecer una confianza solemne, «el segundo piso está encima de este».

«¿Podemos ver ese también, señora?».

«Sí, señor», respondió la Sra. Billickin, «está abierto como el día».

Al resultar también satisfactorio, el Sr. Grewgious se retiró a una ventana con Rosa para unas breves palabras de consulta, y luego, pidiendo papel y tinta, esbozó un par de líneas de acuerdo. Mientras tanto, la Sra. Billickin tomó asiento y pronunció una especie de índice o resumen de la cuestión general.

«Cuarenta y cinco chelines por semana, por el mes seguro en esta época del año», dijo la Sra. Billickin, «es solo razonable para ambas partes. No es Bond Street ni tampoco el Palacio de St. James; pero no se pretende que lo sea. Tampoco se intenta negar —pues, ¿por qué habría de hacerse?— que el arco conduce a unas caballerizas. Las caballerizas deben existir. Respecto al servicio; se mantienen dos, con salarios liberales. Han surgido palabras sobre los comerciantes, pero los zapatos sucios en el hogar recién hecho eran atribuibles a ello, y no hay deseo de comisión en sus pedidos. El carbón es o bien junto al fuego, o mediante el cubo». Enfatizó las preposiciones como marca de una diferencia sutil pero inmensa. «Los perros no se ven con buenos ojos. Además de ensuciar, los roban, y las sospechas compartidas suelen aparecer y se producen situaciones desagradables».

Para entonces, el Sr. Grewgious tenía sus líneas de acuerdo y sus arras listas. «Lo he firmado por las damas, señora», dijo, «y usted tendrá la bondad de firmarlo por usted misma, Nombre y Apellido, ahí, si le place».

«Sr. Grewgious», dijo la Sra. Billickin en un nuevo estallido de franqueza, «¡no, señor! Debe disculpar el nombre de pila».

El Sr. Grewgious la miró fijamente.

«La placa de la puerta se usa como protección», dijo la Sra. Billickin, «y actúa como tal, y de ella no me apartaré».

El Sr. Grewgious miró a Rosa.

«No, Sr. Grewgious, debe disculparme. Mientras esta cassa sea conocida indefinidamente como la de Billickin, y mientras sea una duda para la chusma dónde puede estar escondido Billickin, cerca de la puerta de la calle o abajo en el patio, y cuál es su peso y tamaño, mientras tanto me siento a salvo. Pero comprometerme a una declaración femenina solitaria, ¡no, señorita! Ni usted desearía por un momento», dijo la Sra. Billickin, con un fuerte sentido de agravio, «sacar esa ventaja de su sexo, si no fuera llevada a ello por un ejemplo desconsiderado».

Rosa, sonrojándose como si hubiera hecho algún intento vergonzoso de superar a la buena señora, suplicó al Sr. Grewgious que se contentara con cualquier firma. Y así, de manera señorial, la firma BILLICKIN quedó añadida al documento.

Se resolvieron entonces los detalles para tomar posesión al día siguiente del otro, cuando razonablemente se esperaba a la señorita Twinkleton; y Rosa regresó a Furnival’s Inn del brazo de su tutor.

¡He aquí al Sr. Tartar caminando de un lado a otro por Furnival’s Inn, deteniéndose al verlos venir y avanzando hacia ellos!

«Se me ocurrió», insinuó el Sr. Tartar, «que podríamos ir río arriba, ya que el tiempo es delicioso y la marea sirve. Tengo mi propio bote en el embarcadero del Temple».

«Hace mucho que no voy río arriba», dijo el Sr. Grewgious, tentado.

«Yo nunca he estado río arriba», añadió Rosa.

En media hora estaban arreglando este asunto yendo río arriba. La marea estaba a su favor, la tarde era encantadora. El bote del Sr. Tartar era perfecto. El Sr. Tartar y Lobley (el hombre del Sr. Tartar) remaban a dos remos. El Sr. Tartar tenía un yate, al parecer, amarrado en algún lugar cerca de Greenhithe; y el hombre del Sr. Tartar estaba a cargo de este yate, y había sido destacado a su servicio actual. Era un hombre de aspecto alegre, con pelo y patillas castañas y una gran cara roja. Era la viva imagen del sol en los antiguos grabados en madera, siendo su pelo y patillas los rayos a su alrededor. Resplandeciente en la proa del bote, era una visión brillante, con la camisa de marinero de guerra puesta —o quitada, según se mire— y sus brazos y pecho tatuados con toda clase de patrones. Lobley parecía tomárselo con calma, y también el Sr. Tartar; sin embargo, sus remos se doblaban al remar y el bote saltaba bajo ellos. El Sr. Tartar hablaba como si no estuviera haciendo nada, a Rosa, que realmente no estaba haciendo nada, y al Sr. Grewgious, que estaba haciendo tanto que dirigía el timón todo mal; ¡pero qué importaba eso, cuando un giro de la hábil muñeca del Sr. Tartar, o una simple sonrisa de Lobley sobre la proa, lo arreglaba todo! La marea los llevó de la manera más alegre y chispeante, hasta que se detuvieron a comer en algún jardín perpetuamente verde, que no necesita identificación realista aquí; y entonces la marea cambió obligatoriamente —estando dedicada a ese grupo exclusivamente por ese día—; y mientras flotaban ociosamente entre unos lechos de mimbre, Rosa probó lo que podía hacer remando y salió espléndidamente, siendo muy asistida; y el Sr. Grewgious probó lo que podía hacer y terminó de espaldas, doblado con un remo bajo la barbilla, no siendo asistido en absoluto. Luego hubo un intervalo de descanso bajo las ramas (¡qué descanso!), mientras Lobley secaba el sudor y, organizando cojines, soportes y similares, bailaba sobre la cuerda floja a lo largo de toda la embarcación como un hombre para quien los zapatos eran una superstición y las medias una esclavitud; y luego vino el dulce regreso entre deliciosos olores de limas en flor y ondulaciones musicales; y, demasiado pronto, la gran ciudad negra proyectó su sombra sobre las aguas, y sus oscuros puentes las atravesaron como la muerte atraviesa la vida, y el jardín perpetuamente verde pareció quedar atrás para siempre, inalcanzable y lejano.

«¿No puede la gente pasar por la vida sin etapas ásperas, me pregunto?», pensó Rosa al día siguiente, cuando la ciudad estaba muy áspera de nuevo, y todo tenía una apariencia extraña e incómoda de parecer estar esperando algo que no llegaba. NO. Empezó a pensar que, ahora que los días escolares de Cloisterham se habían deslizado y pasado, las etapas ásperas empezarían a presentarse a intervalos y a hacerse notar fatigosamente.

Sin embargo, ¿qué esperaba Rosa? ¿Esperaba a la señorita Twinkleton? La señorita Twinkleton llegó puntualmente. De su salón trasero salió la Billickin para recibir a la señorita Twinkleton, y la Guerra estaba en los ojos de la Billickin desde aquel momento fatal.

La señorita Twinkleton trajo una cantidad de equipaje consigo, teniendo tanto el de Rosa como el suyo propio. A la Billickin le sentó mal que la mente de la señorita Twinkleton, gravemente perturbada por este equipaje, no lograra comprender su identidad personal con la claridad de percepción que exigían sus demandas. La majestuosidad montó su sombrío trono sobre la frente de la Billickin como consecuencia. Y cuando la señorita Twinkleton, en su agitación haciendo inventario de sus baúles y paquetes, de los cuales tenía diecisiete, contó particularmente a la propia Billickin como el número once, la B. encontró necesario repudiarlo.

«Las cosas no pueden ponerse pronto sobre el pie», dijo, con una franqueza tan demostrativa que era casi molesta, «de que la dueña de la cassa no es una caja ni un bulto, ni una bolsa de viaje. No, le estoy muy agradecida, señorita Twinkleton, ni tampoco una mendiga».

Esta última renuncia tenía referencia al hecho de que la señorita Twinkleton, distraída, le ofrecía dos chelines y seis peniques a ella, en lugar de al cochero.

Así rechazada, la señorita Twinkleton inquirió salvajemente: «¿a qué caballero» se debía pagar? Habiendo dos caballeros en esa posición (la señorita Twinkleton había llegado con dos coches), cada caballero, al ser pagado, extendió sus dos chelines y seis peniques en la palma de su mano abierta y, con una mirada muda y la mandíbula caída, mostró su agravio al cielo y a la tierra. Aterrada por este espectáculo alarmante, la señorita Twinkleton colocó otro chelín en cada mano; al mismo tiempo, apelando a la ley con acentos agitados y contando su equipaje esta vez con los dos caballeros dentro, lo que provocó que el total saliera complicado. Mientras tanto, los dos caballeros, mirando cada uno muy fijamente al último chelín refunfuñando, como si pudiera convertirse en un chelín y seis peniques si mantenían los ojos en él, bajaron los escalones, subieron a sus coches y se marcharon, dejando a la señorita Twinkleton sobre una caja de sombreros, llorando.

La Billickin contempló esta manifestación de debilidad sin simpatía y dio instrucciones para que «se trajera a un joven» para luchar con el equipaje. Cuando aquel gladiador hubo desaparecido de la arena, sobrevino la paz y las nuevas inquilinas cenaron.

Pero la Billickin se había enterado de alguna manera de que la señorita Twinkleton tenía una escuela. El salto de ese conocimiento a la inferencia de que la señorita Twinkleton se dedicaba a enseñarle algo, fue fácil. «Pero no lo haces», soliloquió la Billickin; «no soy tu alumna, por mucho que ella», refiriéndose a Rosa, «lo sea, ¡pobrecilla!».

La señorita Twinkleton, por otro lado, habiéndose cambiado de ropa y recuperado el ánimo, estaba animada por un deseo amable de mejorar la ocasión en todos los sentidos y ser un modelo tan sereno como fuera posible. En un feliz compromiso entre sus dos estados de existencia, ya se había convertido, con su costurero ante ella, en la compañera ecuánime y vivaz con un ligero y juicioso sabor a información, cuando la Billickin se anunció.

«No les ocultaré, damas», dijo la B., envuelta en el chal de Estado, «pues no es mi carácter ocultar ni mis motivos ni mis acciones, que me tomo la libertad de pasar a verlas para expresar mi esperanza de que la cena haya sido de su agrado. Aunque no soy Profesional sino Sencilla, aun así, su salario debería ser un objetivo suficiente para ella para estimularla a elevarse por encima del simple asado y hervido».

«Hemos cenado muy bien, de verdad», dijo Rosa, «gracias».

«Acostumbradas», dijo la señorita Twinkleton con un aire amable, que a los oídos celosos de la Billickin pareció añadir «buena mujer», «a una dieta liberal y nutritiva, aunque sencilla y saludable, no hemos encontrado razón para lamentar nuestra ausencia de la antigua ciudad y del metódico hogar en el que la tranquila rutina de nuestro destino ha estado hasta ahora marcada».

«Pensé que estaba bien mencionárselo a mi cocinera», observó la Billickin con un raudal de franqueza, «con lo cual espero que esté de acuerdo, señorita Twinkleton, que fue una precaución correcta, que la joven, acostumbrada a lo que consideraríamos aquí una dieta pobre, sería mejor traerla adelante gradualmente. Pues, un apresuramiento de una alimentación escasa a una generosa, y de lo que se puede llamar desorden a lo que se puede llamar método, requiere una fuerza de constitución que no se encuentra a menudo en la juventud, ¡particularmente cuando está minada por el internado!».

Se verá que la Billickin ahora se enfrentaba abiertamente a la señorita Twinkleton, como alguien a quien había determinado plenamente que era su enemiga natural.

«Sus observaciones», respondió la señorita Twinkleton desde una remota eminencia moral, «están bien intencionadas, no me cabe duda; pero me permitirá observar que desarrollan una visión equivocada del tema, que solo puede atribuirse a su extrema falta de información precisa».

«Mi informiación», replicó la Billickin, añadiendo una sílaba extra en aras de un énfasis a la vez educado y poderoso, «mi informiación, señorita Twinkleton, procedía de mi propia experiencia, la cual creo que suele considerarse una buena guía. Pero, sea así o no, de joven me metieron en un internado muy distinguido, siendo la directora ni más ni menos que una dama como usted, de más o menos su misma edad o tal vez algunos años más joven, y de la mesa manaba una pobreza de sangre que ha recorrido mi vida».

«Es muy probable», dijo la señorita Twinkleton, todavía desde su remota eminencia; «y muy de lamentar. Rosa, querida, ¿cómo vas con tu labor?».

«Señorita Twinkleton», retomó la Billickin, con maneras cortesanas, «antes de retirarme sobre el ’int, como debe hacer una dama, deseo preguntarle a usted, como dama que es, si he de considerar que se duda de mis palabras».

«No sé en qué base se apoya para abrigar tal suposición», empezó a decir la señorita Twinkleton, cuando la Billickin la cortó con pulcritud.

«No ponga, si le place, suposiciones entre mis labios allí donde yo no he impartido ninguna. Su flujo de palabras es grande, señorita Twinkleton, y sin duda es lo que sus alumnas esperan de usted, y sin duda se considera que vale el dinero. Sin duda, estoy segura. Pero como no pago por flujos de palabras, ni pido que me obsequien con ellos aquí, deseo repetir mi pregunta».

«Si se refiere a la pobreza de su circulación», comenzó la señorita Twinkleton, cuando de nuevo la Billickin la cortó con pulcritud.

«No he utilizado tales expresiones».

«Si se refiere, entonces, a la pobreza de su sangre...»

«Provocada en mí», estipuló la Billickin, expresamente, «en un internado...»

«Entonces», reanudó la señorita Twinkleton, «todo lo que puedo decir es que me veo obligada a creer, por su aseveración, que es en verdad muy pobre. No puedo dejar de añadir que, si esa circunstancia desafortunada influye en su conversación, es muy de lamentar, y es eminentemente deseable que su sangre fuera más rica. Rosa, querida, ¿cómo vas con tu labor?».

«¡Hem! Antes de retirarme, señorita», proclamó la Billickin a Rosa, anulando con altivez a la señorita Twinkleton, «desearía que se entendiera entre usted y yo que mis tratos en el futuro son solo con usted. No conozco a ninguna dama mayor aquí, señorita, ninguna mayor que usted».

«Un arreglo altamente deseable, Rosa, querida», observó la señorita Twinkleton.

«No es, señorita», dijo la Billickin con una sonrisa sarcástica, «que posea el Molino del que he oído hablar, en el que se podía moler a las viejas solteras hasta dejarlas jóvenes (¡qué regalo sería para algunas de nosotras!), sino que me limito totalmente a usted».

«Cuando tenga algún deseo de comunicar una petición a la persona de la casa, Rosa, querida», observó la señorita Twinkleton con majestuosa jovialidad, «se lo haré saber a usted, y estoy segura de que se encargará amablemente de que sea transmitido al lugar correspondiente».

«Buenas noches, señorita», dijo la Billickin, a la vez afectuosa y distante. «Al ser sola ante mis ojos, le deseo buenas noches con mis mejores votos, y no me veo obligada, estoy verdaderamente contenta de decir, a expresar mi desprecio por un indiwiduo, desgraciadamente para usted, perteneciente a su persona».

La Billickin se retiró con gracia tras este discurso de despedida, y desde entonces Rosa ocupó la posición inquieta de volante entre estas dos raquetas. Nada podía hacerse sin que se jugara una partida aguda. Así, ante la cuestión que surgía a diario sobre la cena, estando las tres presentes, la señorita Twinkleton decía:

«Tal vez, amor mío, podrías consultar con la persona de la casa si puede procurarnos una fritura de cordero; o, en su defecto, un pollo asado».

A lo que la Billickin replicaba (sin que Rosa hubiera dicho ni una palabra): «Si estuviera usted más acostumbrada a la carne de carnicero, señorita, no abrigaría la idea de una fritura de cordero. Primero, porque los corderos hace mucho que son ovejas, y segundo, porque existen los días de matanza y los días que no. En cuanto a los pollos asados, señorita, ¿por qué habrá de estar usted tan harta de pollos asados, además de que compra, cuando va al mercado por su cuenta, lo más viejo de la avicultura con las patas más escamosas, como si estuviera acostumbrada a elegirlas por baratas? Intente un poco de inwención, señorita. Acostúmbrese un poco a la gestión de la casa. Vamos, piense en otra cosa».

A este estímulo, ofrecido con la tolerancia indulgente de una experta sabia y liberal, la señorita Twinkleton replicaba, ruborizándose:

«O, querida, podrías proponer a la persona de la casa un pato».

«¡Pues, señorita!», exclamaba la Billickin (todavía sin que Rosa pronunciara palabra), «¡me sorprende mucho cuando habla de patos! Por no mencionar que están fuera de temporada y son muy caros, ¡realmente me parte el corazón verla comer pato; pues la pechuga, que es el único corte delicado en un pato, siempre va en una dirección que no puedo imaginar cuál es, y su propio plato llega miserablemente pellejudo y huesudo! Inténtelo otra vez, señorita. Piense más en usted y menos en los demás. Un plato de mollejas ahora, o un poco de carnero. Algo con lo que pueda usted tener sus mismas oportunidades».

De vez en cuando el juego se volvía muy animado, y se mantenía con una agudeza que hacía que un encuentro como este resultara bastante soso. Pero la Billickin casi invariablemente obtenía una puntuación mucho más alta; y entraba con golpes laterales de la descripción más inesperada y extraordinaria cuando parecía no tener oportunidad.

Todo esto no mejoró el estado áspero de las cosas en Londres, ni el aire que Londres había adquirido a los ojos de Rosa de estar esperando algo que nunca llegaba. Cansada de trabajar y conversar con la señorita Twinkleton, sugirió trabajar y leer: a lo que la señorita Twinkleton accedió de buena gana, como una lectora admirable de facultades probadas. Pero Rosa pronto descubrió que la señorita Twinkleton no leía con honestidad. Recortaba las escenas amorosas, interpolaba pasajes en alabanza del celibato femenino y era culpable de otros flagrantes fraudes piadosos. Como ejemplo al caso, tómese el pasaje resplandeciente: «“Siempre queridísimo y mejor adorado —dijo Edward, estrechando la querida cabeza contra su pecho, y pasando los cabellos sedosos por sus dedos acariciadores, de los que dejaba que cayeran como lluvia de oro—, siempre queridísimo y mejor adorado, huyamos del mundo poco comprensivo y de la fría esterilidad de los corazones de piedra, hacia el rico y cálido Paraíso de la Confianza y el Amor”». La versión fraudulenta de la señorita Twinkleton rezaba así, con sosería: «“Siempre comprometido conmigo con el consentimiento de nuestros padres por ambas partes, y la aprobación del rector de cabellos plateados del distrito —dijo Edward, elevando respetuosamente hasta sus labios los dedos afilados tan hábiles en el bordado, el tambor, el ganchillo y otras artes verdaderamente femeninas—, permíteme visitar a tu papá antes de que el alba de mañana se haya hundido en el oeste, y proponer un establecimiento suburbano, humilde puede ser, pero dentro de nuestros medios, donde él será siempre bienvenido como invitado vespertino, y donde cada arreglo investirá a la economía, y al constante intercambio de conocimientos escolásticos, con los atributos del ángel ministrador de la dicha doméstica”».

A medida que los días se arrastraban y no ocurría nada, los vecinos empezaron a decir que la linda chica de casa de la Billickin, que miraba con tanta nostalgia y tanta frecuencia por las ásperas ventanas del salón, parecía estar perdiendo el ánimo. La linda chica podría haberlo perdido a no ser por el accidente de dar con unos libros de viajes y aventuras marítimas. Como compensación a su romanticismo, la señorita Twinkleton, al leer en voz alta, sacaba el máximo partido a todas las latitudes y longitudes, rumbos, vientos, corrientes, compensaciones y otras estadísticas (que sentía que no eran menos edificantes porque no significaran absolutamente nada para ella); mientras que Rosa, escuchando atentamente, sacaba el máximo partido a lo que más cerca tenía de su corazón. Así que ambas lo hicieron mejor que antes.

CAPÍTULO XXIII. EL ALBA DE NUEVO

Aunque el señor Crisparkle y John Jasper se encontraban a diario bajo el techo de la Catedral, nada pasó en ningún momento entre ellos que hiciera referencia a Edwin Drood, después de aquel tiempo, hace más de medio año, en que Jasper mostró silenciosamente al Canónigo Menor la conclusión y la resolución anotadas en su Diario. No es probable que se encontraran nunca, aunque tantas veces, sin que los pensamientos de cada uno volvieran al tema. No es probable que se encontraran nunca, aunque tantas veces, sin la sensación por parte de cada uno de que el otro era un secreto desconcertante para él. Jasper como denunciador y perseguidor de Neville Landless, y el señor Crisparkle como su consecuente defensor y protector, debieron al menos haber estado lo suficientemente en oposición como para haber especulado con gran interés sobre la firmeza y la siguiente dirección de los designios del otro. Pero ninguno sacó nunca el tema.

No siendo la falsa pretensión parte de la naturaleza del Canónigo Menor, sin duda mostró abiertamente que en cualquier momento habría revivido el tema, e incluso deseaba discutirlo. Sin embargo, no se podía abordar la determinada reticencia de Jasper. Impasible, taciturno, solitario, resuelto, tan concentrado en una idea, y en su propósito fijo concomitante, que no lo compartiría con ninguna criatura, vivía apartado de la vida humana. Ejerciendo constantemente un Arte que le ponía en armonía mecánica con los demás, y que no podría haberse seguido a menos que él y ellos hubieran estado en las relaciones mecánicas y al unísono más precisas, es curioso considerar que el espíritu del hombre no estaba en concordancia o intercambio moral con nada a su alrededor. De esto, de hecho, se había confiado a su perdido sobrino, antes de que surgiera la ocasión de su actual inflexibilidad.

Que él debía saber de la abrupta partida de Rosa, y que debía adivinar su causa, no era algo que pudiera dudarse. ¿Suponía que la había aterrorizado hasta el silencio? ¿O suponía que ella había comunicado a alguien —al propio señor Crisparkle, por ejemplo— los detalles de su última entrevista con ella? El señor Crisparkle no pudo determinar esto en su mente. No pudo dejar de admitir, sin embargo, como hombre justo, que no era, en sí mismo, un crimen enamorarse de Rosa, del mismo modo que no era un crimen ofrecer poner el amor por encima de la venganza.

La terrible sospecha sobre Jasper, que Rosa se sintió tan conmocionada por haber recibido en su imaginación, parecía no tener refugio en la del señor Crisparkle. Si alguna vez rondó los pensamientos de Helena o de Neville, ninguno le dio una sola palabra de expresión. El señor Grewgious no se tomó molestias en ocultar su implacable aversión por Jasper, sin embargo nunca la refirió, por muy remotamente que fuera, a tal fuente. Pero era un hombre reticente además de excéntrico; y no hizo mención de una cierta velada en la que se calentó las manos en el fuego de la casa de la puerta, y miró fijamente hacia abajo, hacia un cierto montón de ropa desgarrada y enfangada en el suelo.

La somnolienta Cloisterham, cada vez que despertaba a una reconsideración pasajera de una historia de más de seis meses de antigüedad y desestimada por el tribunal de magistrados, estaba bastante dividida por igual en su opinión sobre si el amado sobrino de John Jasper había sido asesinado por su rival traicioneramente apasionado, o en una lucha abierta; o si, para sus propios fines, se había escabullido. Entonces levantaba la cabeza para notar que el afligido Jasper seguía siempre dedicado al descubrimiento y la venganza; y luego volvía a dormitar. Este era el estado de las cosas, en conjunto, en el periodo al que ha llegado ahora la presente historia.

Las puertas de la Catedral se han cerrado por la noche; y el director del coro, con un breve permiso de ausencia por dos o tres servicios, pone rumbo a Londres. Viaja hasta allí por los medios por los que viajó Rosa, y llega, como llegó Rosa, en una tarde calurosa y polvorienta.

Su equipaje de viaje se lleva fácilmente en la mano, y se dirige con él a pie a un hotel híbrido en una pequeña plaza detrás de Aldersgate Street, cerca de la Oficina General de Correos. Es hotel, pensión o casa de huéspedes, a elección del visitante. Se anuncia, en los nuevos Anunciantes Ferroviarios, como una empresa novedosa, comenzando tímidamente a surgir. Tímidamente, casi disculpándose, da a entender al viajero que no espera de él, según el buen y viejo plan constitucional de hotel, que pida una pinta de betún dulce para beber, y la tire; sino que insinúa que puede hacerse lustrar las botas en lugar del estómago, y tal vez también tener cama, desayuno, servicio y un portero toda la noche, por un cargo fijo determinado. De estas y similares premisas, muchos verdaderos británicos de los ánimos más bajos deducen que los tiempos son tiempos de nivelación, excepto en el artículo de las carreteras, de las cuales pronto no quedará ni una en Inglaterra.

Come sin apetito, y pronto vuelve a salir. Hacia el este y siempre hacia el este, a través de las calles viciadas, emprende su camino, hasta que llega a su destino: un patio miserable, especialmente miserable entre muchos otros.

Sube una escalera rota, abre una puerta, mira en una habitación oscura y sofocante, y dice: «¿Estás sola aquí?».

«Sola, cielo; peor suerte para mí, y mejor para ti», responde una voz graznadora. «Entra, entra, seas quien seas: no puedo verte hasta que encienda una cerilla, aunque me parece conocer el sonido de tu hablar. Nos conocemos, ¿verdad?».

«Enciende tu cerilla y prueba».

«Así lo haré, cielo, así lo haré; pero mi mano tiembla, y no puedo ponerla sobre una cerilla en un momento. Y toso tanto, que, ponga mis cerillas donde las ponga, nunca las encuentro allí. Saltan y se inician, mientras toso y toso, como si fueran seres vivos. ¿Vienes de un viaje, cielo?».

«No».

«¿No eres marinero?».

«No».

«Bueno, hay clientes de tierra y hay clientes de agua. Soy una madre para ambos. Diferente al señor Chino del otro lado del patio. Él no es padre de nadie. No está en él. Y no tiene el verdadero secreto de la mezcla, aunque cobra tanto como yo que sí lo tengo, y más si puede conseguirlo. Aquí hay una cerilla, y ahora ¿dónde está la vela? Si me da la tos, toseré veinte cerillas antes de conseguir luz».

Pero ella encuentra la vela y la enciende antes de que llegue la tos. La asalta en el momento del éxito, y ella se sienta balanceándose de un lado a otro, y jadeando a intervalos: «¡Oh, mis pulmones están terriblemente mal! ¡Mis pulmones están desgastados hasta quedar como redes de col!», hasta que pasa el ataque. Durante su transcurso, ella no ha tenido poder de visión, ni ningún otro poder no absorbido en la lucha; pero a medida que la abandona, empieza a forzar la vista, y tan pronto como puede articular, grita, mirando fijamente:

«¡Vaya, si eres tú!».

«¿Estás tan sorprendida de verme?».

«Pensé que nunca volvería a verte, cielo. Pensé que estabas muerto, y que habías ido al Cielo».

«¿Por qué?».

«No supuse que pudieras haberte mantenido alejado, vivo, durante tanto tiempo, de la pobre alma vieja con la receta real para mezclarlo. ¡Y estás de luto además! ¿Por qué no viniste a tomar una pipa o dos de consuelo? ¿Te dejaron dinero, quizás, y por eso no necesitabas consuelo?».

«No».

«¿Quiénes eran los que murieron, cielo?».

«Un pariente».

«¿Murió de qué, amor?».

«Probablemente, de Muerte».

«¡Estamos breves esta noche!», grita la mujer, con una risa propiciatoria. «¡Estamos breves y secos! Pero estamos indispuestos por falta de una fumada. Tenemos el malestar general, ¿no es así, cielo? Pero este es el lugar para curarlo; este es el lugar donde el malestar general se fuma».

«Puedes preparar, entonces», responde el visitante, «tan pronto como quieras».

Se desprende de sus zapatos, se afloja la corbata y se tumba a los pies de la escuálida cama, con la cabeza apoyada en su mano izquierda.

«Ahora empiezas a parecer tú mismo», dice la mujer con aprobación. «¡Ahora empiezo a conocer a mi viejo cliente de verdad! ¿Has estado intentando mezclar tú mismo durante este largo tiempo, muñequito?».

«He estado tomándolo de vez en cuando a mi manera».

«Nunca lo tomes a tu manera. No es bueno para el negocio, y no es bueno para ti. ¿Dónde está mi tintero, y dónde está mi dedal, y dónde está mi pequeña cuchara? ¡Va a tomarlo de una forma artística ahora, mi querido cielo!».

Entrando en su proceso, y empezando a burbujear y soplar la tenue chispa encerrada en el hueco de sus manos, habla de vez en cuando, en un tono de satisfacción gangosa, sin dejar de hacerlo. Cuando él habla, lo hace sin mirarla, y como si sus pensamientos ya estuvieran vagando por anticipación.

«He tenido unas cuantas fumadas listas para ti, a fin de cuentas, ¿no es así, muñequito?».

«Unas cuantas».

«Cuando viniste por primera vez, eras nuevo en esto; ¿no es así?».

«Sí, era fácil de manejar, entonces».

«Pero progresaste en el mundo, y fuiste capaz poco a poco de tomar tu pipa con los mejores de ellos, ¿no es así?».

«Ah; y con los peores».

«Está justo listo para ti. ¡Qué dulce cantante eras cuando viniste por primera vez! ¡Solías bajar la cabeza, y cantarte a ti mismo como un pájaro! Está listo para ti ahora, cielo».

Él lo toma de ella con gran cuidado, y pone la boquilla en sus labios. Ella se sienta a su lado, lista para rellenar la pipa.

Tras inhalar unas cuantas bocanadas en silencio, él la aborda dubitativo con:

«¿Es tan potente como solía ser?».

«¿De qué hablas, cielo?».

«¿De qué debería hablar, sino de lo que tengo en la boca?».

«Es justo lo mismo. Siempre exactamente lo mismo».

«No sabe igual. Y es más lento».

«Te has acostumbrado más a ello, ya ves».

«Esa puede ser la causa, ciertamente. Mira aquí». Se detiene, se vuelve soñador, y parece olvidar que ha invitado a su atención. Ella se inclina sobre él, y le habla al oído.

«Te estoy atendiendo. Dijiste hace un momento, Mira aquí. Digo yo ahora, te estoy atendiendo. Estábamos hablando justo antes de que estuvieras acostumbrado a ello».

«Lo sé todo eso. Solo estaba pensando. Mira aquí. Supongamos que tuvieras algo en tu mente; algo que ibas a hacer».

«Sí, cielo; ¿algo que iba a hacer?».

«Pero no habías determinado del todo hacerlo».

«Sí, cielo».

«Podrías o no hacerlo, ya entiendes».

«Sí». Con la punta de una aguja remueve el contenido del cuenco.

«¿Lo harías en tu fantasía, cuando estuvieras aquí tumbado haciendo esto?».

Ella asiente con la cabeza. «Una y otra vez».

«¡Exacto como yo! Lo hice una y otra vez. Lo he hecho cientos de miles de veces en esta habitación».

«Es de esperar que fuera agradable de hacer, cielo».

«¡Fue agradable de hacer!».

Dice esto con un aire salvaje, y un salto o arranque hacia ella. Totalmente impasible, ella retoca y repone el contenido del cuenco con su pequeña espátula. Al verla absorta en la ocupación, él se hunde en su actitud anterior.

«Era un viaje, un viaje difícil y peligroso. Ese era el tema en mi mente. Un viaje azaroso y peligroso, sobre abismos donde un resbalón sería la destrucción. ¡Mira hacia abajo, mira hacia abajo! ¿Ves lo que yace en el fondo allí?».

Se ha abalanzado hacia adelante para decirlo, y para señalar el suelo, como si fuera hacia algún objeto imaginario muy por debajo. La mujer lo mira, mientras su rostro espasmódico se acerca al de ella, y no hacia donde señala. Parece saber cuál sería la influencia de su perfecta quietud; si es así, no ha calculado mal, porque él vuelve a calmarse.

«Bueno; te he dicho que lo hice aquí cientos de miles de veces. ¿Qué digo? Lo hice millones y miles de millones de veces. Lo hice tan a menudo, y a través de tan vastas extensiones de tiempo, que cuando realmente se hizo, parecía que no valía la pena hacerlo, se hizo tan pronto».

«Ese es el viaje en el que has estado lejos», comenta ella tranquilamente.

Él la mira fijamente mientras fuma; y entonces, sus ojos se vuelven vidriosos, responde: «Ese es el viaje».

Se produce el silencio. Sus ojos a veces están cerrados y a veces abiertos. La mujer se sienta a su lado, muy atenta a la pipa, que está todo el tiempo en sus labios.

«Aseguro», observa, cuando él la ha estado mirando fijamente durante algunos momentos consecutivos, con una apariencia singular en sus ojos de parecer verla desde muy lejos, en lugar de tan cerca de él: «Aseguro que hiciste el viaje de muchas maneras, cuando lo hacías tan a menudo».

«No, siempre de una manera».

«¿Siempre de la misma manera?».

«Sí».

«¿De la manera en que se hizo realmente al final?».

«Sí».

«¿Y siempre sentiste el mismo placer en insistir en ello?».

«Sí».

Por el momento, parece incapaz de otra respuesta que no sea este perezoso asentimiento monosilábico. Probablemente para asegurarse de que no se trata del asentimiento de un mero autómata, ella invierte la forma de su siguiente frase.

«¿Nunca te cansaste de ello, cariño, e intentaste invocar alguna otra cosa para variar?».

Él lucha por ponerse en postura de sentado y le replica: «¿Qué quieres decir? ¿Qué quería yo? ¿A qué he venido?».

Ella lo recuesta suavemente de nuevo y, antes de devolverle el instrumento que se le ha caído, aviva el fuego del mismo con su propio aliento; luego le dice, con tono persuasivo:

«¡Seguro, seguro, seguro! ¡Sí, sí, sí! Ahora te sigo. Has sido demasiado rápido para mí. Ya lo veo. Viniste a propósito para hacer el viaje. Vaya, debería haberlo sabido, por lo mucho que te acompaña».

Él responde primero con una carcajada y luego con un apretar apasionado de sus dientes: «Sí, vine a propósito. Cuando no pude soportar mi vida, vine a obtener el alivio, y lo obtuve. ¡Fue uno! ¡Fue uno!». Esta repetición con extraordinaria vehemencia, y el gruñido de un lobo.

Ella lo observa con mucha cautela, como si estuviera tanteando mentalmente el terreno para su siguiente comentario. Es este: «Hubo un compañero de viaje, cariño».

«¡Ja, ja, ja!». Él estalla en una risotada sonora, o más bien en un alarido.

«¡Pensar», exclama, «cuántas veces compañero de viaje y, sin embargo, no saberlo! ¡Pensar cuántas veces hizo el viaje y nunca vio el camino!».

La mujer se arrodilla en el suelo, con los brazos cruzados sobre la colcha de la cama, cerca de él, y la barbilla apoyada en ellos. En esta actitud agazapada lo observa. La pipa se le cae de la boca. Ella la vuelve a colocar y, apoyando la mano sobre su pecho, lo mueve ligeramente de un lado a otro. Entonces él habla, como si ella hubiera hablado.

«¡Sí! Siempre hice el viaje primero, antes de que comenzaran los cambios de colores y los grandes paisajes y las brillantes procesiones. No podían comenzar hasta que eso saliera de mi mente. No tenía espacio hasta entonces para ninguna otra cosa».

Una vez más él cae en el silencio. Una vez más ella apoya la mano sobre su pecho y lo mueve ligeramente de un lado a otro, como un gato podría estimular a un ratón medio muerto. Una vez más él habla, como si ella hubiera hablado.

«¿Qué? Te lo dije. Cuando por fin llega a ser real, es tan corto que parece irreal por primera vez. ¡Escucha!».

«Sí, cariño. Estoy escuchando».

«El tiempo y el lugar están ambos a mano».

Él está en pie, hablando en un susurro, y como si estuviera en la oscuridad.

«Tiempo, lugar y compañero de viaje», sugiere ella, adoptando su tono y sujetándolo suavemente por el brazo.

«¿Cómo podría estar el tiempo a mano si no lo estuviera el compañero de viaje? ¡Silencio! El viaje está hecho. Se acabó».

«¿Tan pronto?».

«Eso es lo que te dije. Tan pronto. Espera un poco. Esto es una visión. La dormiré hasta que pase. Ha sido demasiado corta y fácil. Debo tener una visión mejor que esta; esta es la más pobre de todas. Sin lucha, sin conciencia de peligro, sin súplica... y sin embargo nunca vi eso antes». Con un sobresalto.

«¿Viste qué, cariño?».

«¡Míralo! ¡Mira qué cosa tan pobre, vil y miserable es! Eso debe ser real. Se acabó».

Ha acompañado esta incoherencia con algunos gestos salvajes y sin sentido; pero se desvanecen en la inacción progresiva del estupor, y él yace como un tronco sobre la cama.

La mujer, sin embargo, sigue siendo inquisitiva. Con una repetición de su acción gatuna, vuelve a remover ligeramente el cuerpo de él y escucha; vuelve a remover y escucha; le susurra y escucha. Al encontrarlo fuera de toda posibilidad de ser despertado por el momento, se pone lentamente en pie, con aire de decepción, y le da un toque en la cara con el dorso de la mano al alejarse.

Pero no se aleja más que hasta la silla del hogar. Se sienta en ella, con un codo sobre uno de sus brazos y la barbilla sobre la mano, pendiente de él. «Te oí decir una vez», grazna en voz baja, «te oí decir una vez, cuando yo yacía donde tú yaces y tú hacías tus especulaciones sobre mí: "¡Ininteligible!". Te oí decirlo, de dos más aparte de mí. Pero no estés siempre tan seguro; ¡no estés tan seguro, belleza!».

Sin parpadear, gatuna y atenta, añade al poco: «¿No tan potente como antes? ¡Ah! Quizás no al principio. Ahí puedes tener más razón. La práctica hace al maestro. Puede que haya aprendido el secreto de cómo hacerte hablar, cariño».

Él no habla más, pase lo que pase. Contorsionándose de una forma desagradable de vez en cuando, tanto en la cara como en las extremidades, yace pesado y silencioso. La miserable vela se consume; la mujer toma su extremo expirante entre los dedos, enciende otra con él, mete el trozo que gotea profundamente en el candelero y lo encaja a golpes con la nueva vela, como si estuviera cargando algún arma de brujería de mal olor y aspecto indecoroso; la nueva vela a su vez se consume; y él sigue yaciendo insensible. Al final, lo que queda de la última vela se apaga y la luz del día mira hacia la habitación.

No ha mirado mucho tiempo cuando él se sienta, enfriado y tembloroso, recupera lentamente la conciencia de dónde está y se prepara para partir. La mujer recibe lo que él le paga con un agradecido: «¡Bendito seas, bendito seas, cariño!», y parece, agotada, empezar a prepararse para dormir mientras él sale de la habitación.

Pero las apariencias pueden ser falsas o verdaderas. En este caso es falsa; pues, en el momento en que las escaleras han dejado de crujir bajo sus pasos, ella se desliza tras él, murmurando enfáticamente: «¡No te perderé dos veces!».

No hay salida del patio más que por su entrada. Con una mirada extraña desde la puerta, vigila por si él mira atrás. Él no mira atrás antes de desaparecer, con paso vacilante. Ella lo sigue, mira desde el patio, lo ve aún tambaleándose sin mirar atrás, y lo mantiene a la vista.

Él se dirige a la parte trasera de Aldersgate Street, donde una puerta se abre inmediatamente ante sus golpes. Ella se agazapa en otra entrada, observando aquella, y comprendiendo fácilmente que él se aloja temporalmente en esa casa. Su paciencia no se agota durante horas. Para alimentarse puede, y lo hace, comprar pan a cien yardas, y leche a medida que la llevan pasando frente a ella.

Él sale de nuevo al mediodía, habiéndose cambiado de ropa, pero sin llevar nada en la mano y sin que nadie le lleve nada. Por lo tanto, no vuelve al campo todavía. Ella lo sigue un trecho, vacila, al instante gira con confianza y entra directamente en la casa que él ha abandonado.

«¿Está el caballero de Cloisterham dentro?».

«Acaba de salir».

«Mala suerte. ¿Cuándo regresa el caballero a Cloisterham?».

«A las seis de esta tarde».

«Bendito seas y gracias. ¡Que el Señor prospere un negocio donde una pregunta civil, incluso de una pobre alma, es tan civilmente respondida!».

«¡No te perderé dos veces!», repite la pobre alma en la calle, y no tan civilmente. «Te perdí la última vez, donde ese autobús en el que subiste cerca del final de tu viaje circulaba entre la estación y el lugar. Ni siquiera estaba segura de que fueras directo al lugar. Ahora sé que lo hiciste. Mi caballero de Cloisterham, estaré allí antes que tú y esperaré tu llegada. ¡He jurado que no te perderé dos veces!».

En consecuencia, esa misma tarde la pobre alma está en la calle principal de Cloisterham, mirando los muchos gabletes pintorescos de la Casa de las Monjas, y pasando el tiempo como mejor puede hasta las nueve en punto; a cuya hora tiene motivos para suponer que los pasajeros que llegan en el autobús pueden tener algún interés para ella. La amistosa oscuridad, a esa hora, le facilita averiguar si esto es así o no; y lo es, pues el pasajero que no debe perderse dos veces llega entre los demás.

«Ahora déjame ver qué es de ti. ¡Sigue!».

Una observación dirigida al aire, y sin embargo podría estar dirigida al pasajero, tan dócilmente sigue él por la calle principal hasta llegar a un portal arqueado, en el que desaparece inesperadamente. La pobre alma acelera el paso; es rápida y está cerca de él entrando bajo el portal; pero solo ve una escalera de servicio a un lado y, al otro lado, una antigua sala abovedada en la que un caballero de cabeza grande y cabello gris escribe, bajo las extrañas circunstancias de estar sentado abierto al paso y mirando a todos los que pasan, como si fuera el cobrador de peaje de la puerta: aunque el camino es libre.

«¡Hola!», grita en voz baja, al verla detenida: «¿a quién busca?».

«Había un caballero que pasó por aquí hace un minuto, señor».

«Por supuesto que sí. ¿Qué quiere de él?».

«¿Dónde vive, cariño?».

«¿Vivir? Subiendo esa escalera».

«¡Bendito seas! Susurra. ¿Cómo se llama, cariño?».

«Apellido Jasper, nombre de pila John. Sr. John Jasper».

«¿Tiene alguna profesión, buen caballero?».

«¿Profesión? Sí. Canta en el coro».

«¿En la aguja?».

«Coro».

«¿Qué es eso?».

El Sr. Datchery se levanta de sus papeles y se acerca al umbral. «¿Sabe lo que es una catedral?», pregunta con tono jocoso.

La mujer asiente.

«¿Qué es?».

Ella parece desconcertada, buscando en su mente una definición, cuando se le ocurre que es más fácil señalar el objeto sustancial en sí, masivo contra el cielo azul oscuro y las primeras estrellas.

«Esa es la respuesta. Entre allí a las siete de mañana, y podrá ver al Sr. John Jasper, y oírlo también».

«¡Gracias! ¡Gracias!».

El estallido de triunfo con el que le da las gracias no escapa a la atención del soltero de temperamento fácil que vive ociosamente de sus rentas. Él la mira de reojo; se cruza de manos a la espalda, como es costumbre en tales solteros; y se pasea por los ecos del recinto a su lado.

«O», sugiere, con un movimiento hacia atrás de la cabeza, «puede subir ahora mismo a las habitaciones del Sr. Jasper allí».

La mujer lo mira con una sonrisa astuta y niega con la cabeza.

«¡Oh! ¿No quiere hablar con él?».

Ella repite su respuesta muda y forma con los labios un «No» sin sonido.

«Puede admirarlo a distancia tres veces al día, cuando quiera. Aunque es un largo camino para venir solo por eso».

La mujer levanta la vista rápidamente. Si el Sr. Datchery cree que ella puede ser inducida a declarar de dónde viene, es de un temperamento mucho más fácil que ella. Pero ella lo absuelve de tal pensamiento astuto, mientras él se pasea, como el pesado oficial de la ciudad, con su cabello gris descubierto ondeando al viento y sus manos sin propósito haciendo sonar el dinero suelto en los bolsillos de sus pantalones.

El tintineo del dinero tiene una atracción para sus oídos codiciosos. «¿No me ayudaría a pagar mi alojamiento de viajera, querido caballero, y a pagar mi camino? Soy una pobre alma, de verdad, y sufro una tos penosa».

«Veo que conoce el alojamiento de viajeros y se dirige directamente a él», es el comentario amable del Sr. Datchery, mientras sigue haciendo sonar su dinero suelto. «¿Ha estado aquí a menudo, buena mujer?».

«Una vez en toda mi vida».

«¿Ah, sí?».

Han llegado a la entrada del Viñedo de los Monjes. Un recuerdo apropiado, que presenta un modelo ejemplar para la imitación, revive en la mente de la mujer al ver el lugar. Se detiene ante la puerta y dice con energía:

«Por esta señal, aunque no lo crea, que un joven caballero me dio tres chelines y seis peniques mientras tosía hasta quedarme sin aliento en esta misma hierba. Le pedí tres chelines y seis peniques, y me los dio».

«¿No fue un poco frío nombrar su suma?», insinúa el Sr. Datchery, todavía haciendo sonar el dinero. «¿No es costumbre dejar el importe abierto? ¿No podría haber tenido la apariencia, para el joven caballero —solo la apariencia— de que se le estaba dictando?».

«Escuche aquí, cariño», responde ella, en un tono confidencial y persuasivo, «necesitaba el dinero para gastarlo en una medicina que me hace bien, y con la que trato. Se lo dije al joven caballero, y me lo dio, y lo gasté honestamente hasta el último cuarto de penique. Quiero gastar la misma suma de la misma manera ahora; y si me la da, la gastaré honestamente hasta el último cuarto de penique de nuevo, ¡por mi alma!».

«¿Qué medicina es?».

«Seré honesta con usted de antemano, así como después. Es opio».

El Sr. Datchery, con un cambio repentino de expresión, le lanza una mirada repentina.

«Es opio, cariño. Ni más ni menos. Y es como una criatura humana en el sentido de que siempre oyes lo que se puede decir en su contra, pero rara vez lo que se puede decir en su alabanza».

El Sr. Datchery comienza muy lentamente a contar la suma que se le exige. Observando codiciosamente sus manos, ella continúa hablando del gran ejemplo que le dio.

«Fue la última Nochebuena, justo después del anochecer, la única vez que estuve aquí antes, cuando el joven caballero me dio los tres y seis». El Sr. Datchery se detiene en su cuenta, descubre que ha contado mal, agita su dinero y comienza de nuevo.

«Y el nombre del joven caballero», añade, «era Edwin».

El Sr. Datchery deja caer algo de dinero, se agacha para recogerlo y se sonroja por el esfuerzo mientras pregunta:

«¿Cómo sabe el nombre del joven caballero?».

«Le pregunté por él y me lo dijo. Solo le hice las dos preguntas: ¿cuál era su nombre de pila y si tenía novia? Y él respondió: Edwin, y no tenía».

El Sr. Datchery hace una pausa con las monedas elegidas en la mano, casi como si estuviera cayendo en un profundo ensimismamiento sobre su valor y no pudiera soportar desprenderse de ellas. La mujer lo mira con desconfianza, y con su ira gestándose ante la posibilidad de que él se arrepienta de la dádiva; pero él se la entrega como si estuviera abstrayendo su mente del sacrificio, y con muchos agradecimientos serviles ella sigue su camino.

La lámpara de John Jasper está encendida y su faro brilla cuando el Sr. Datchery regresa solo hacia él. Como los navegantes en un viaje peligroso, acercándose a una costa escarpada, pueden mirar a lo largo de los rayos de la luz de advertencia hacia el refugio que se encuentra más allá y que tal vez nunca se alcance, así la mirada anhelante del Sr. Datchery se dirige a este faro, y más allá.

Su objetivo al volver ahora a su alojamiento es simplemente ponerse el sombrero, que parece un artículo tan superfluo en su guardarropa. Son las diez y media según el reloj de la Catedral cuando vuelve a salir a los Recintos; se demora y mira a su alrededor, como si, al haber sonado la hora encantada en que el Sr. Durdles puede ser apedreado hasta su casa, tuviera alguna expectativa de ver al Duendecillo que está designado para la misión de apedrearlo.

En efecto, ese Poder del Mal está en el exterior. Al no tener nada vivo que apedrear en ese momento, el Sr. Datchery lo descubre en la impía ocupación de apedrear a los muertos, a través de las barandillas del cementerio. El Duendecillo encuentra esto como una ocupación sabrosa y estimulante; primero, porque se anuncia que su lugar de descanso es sagrado; y segundo, porque las lápidas altas son lo suficientemente parecidas a ellos mismos, en su ronda en la oscuridad, como para justificar la deliciosa fantasía de que les duele cuando son golpeadas.

El Sr. Datchery lo saluda: «¡Hola, Winks!».

Él reconoce el saludo con: «¡Hola, Dick!». Aparentemente, su conocido se había establecido sobre una base familiar.

«Pero, digo», protesta, «no vayas haciendo público mi nombre. Nunca tengo la intención de responder a ningún nombre, acuérdate. Cuando me dicen en el calabozo, al ponerme en el libro: "¿Cómo te llamas?", les digo: "Averígüenlo". Asimismo, cuando dicen: "¿Cuál es tu religión?", les digo: "Averígüenlo"».

Lo cual, se puede observar de pasada, sería inmensamente difícil para el Estado, por muy estadístico que fuera, de hacer.

«Aparte de eso», añade el chico, «no hay ninguna familia de Winkses».

«Creo que debe haberla».

«Mientes, no la hay. Los viajeros me dieron el nombre debido a que no duermo tranquilo y me despiertan toda la noche; por lo cual tengo un ojo medio abierto antes de haber cerrado el otro. Eso es lo que significa Winks. Diputado es el nombre más cercano para acusarme; pero tampoco me verías respondiendo a eso».

«Diputado sea siempre, entonces. Nosotros dos somos buenos amigos; ¿eh, Diputado?».

«Muy buenos».

«Te perdoné la deuda que tenías conmigo cuando nos conocimos por primera vez, y muchos de mis seis peniques han ido a parar a tus manos desde entonces; ¿eh, Diputado?».

«¡Ah! Y lo que es más, no eres amigo de Jarsper. ¿Por qué me levantó del suelo?».

«¡Qué cosas! Pero no te preocupes por él ahora. Un chelín mío va a ir hacia ti esta noche, Diputado. Acabas de recibir a una inquilina con la que he estado hablando; una mujer enferma con tos».

«Puffer», asiente Diputado, con una astuta mirada de reconocimiento, y fumando una pipa imaginaria, con la cabeza muy inclinada hacia un lado y los ojos muy fuera de sus lugares: «Hopeum Puffer».

«¿Cuál es su nombre?».

«Su Alteza Real la Princesa Puffer».

«Tiene algún otro nombre aparte de ese; ¿dónde vive?».

«Arriba en Londres. Entre los Jacks».

«¿Los marineros?».

«Eso dije; Jacks; y hombres de Chayner: y otros apuñaladores».

«Me gustaría saber, a través de ti, exactamente dónde vive».

«Está bien. Dame el dinero».

Un chelín pasa; y, con ese espíritu de confianza que debería impregnar todas las transacciones comerciales entre directores de honor, esta pieza de negocio se considera hecha.

«¡Pero aquí hay una broma!», grita Diputado. «¿Dónde crees que va Su Alteza Real mañana por la mañana? ¡Maldita sea si no va al KIN-FREE-DER-EL!». Prolonga enormemente la palabra en su éxtasis, se golpea la pierna y se dobla en un ataque de risa estridente.

«¿Cómo sabes eso, Diputado?».

«Porque me lo dijo hace un momento. Dijo que debe estar arriba y afuera a propósito. Ella dice: "Diputado, debo tener un lavado temprano, y ponerme tan elegante como pueda, ¡porque voy a dar una vuelta por el KIN-FREE-DER-EL!"». Separa las sílabas con su anterior entusiasmo y, al no encontrar su sentido de lo ridículo suficientemente aliviado pateando el pavimento, rompe en una danza lenta y majestuosa, tal vez supuesta a ser realizada por el Decano.

El Sr. Datchery recibe la comunicación con un rostro satisfecho aunque pensativo, y disuelve la conferencia. Regresando a su pintoresco alojamiento, y sentándose largo tiempo ante la cena de pan, queso, ensalada y cerveza que la Sra. Tope le ha dejado preparada, sigue sentado cuando su cena ha terminado. Al fin se levanta, abre de par en par la puerta de un armario de esquina y se refiere a unos pocos trazos toscos trazados con tiza en su lado interior.

«Me gusta», dice el Sr. Datchery, «la vieja forma de taberna de llevar las cuentas. Ilegible excepto para el que puntúa. El que puntúa no se compromete, el puntuado cargado con lo que está en su contra. Hum; ¡ja! ¡Una puntuación muy pequeña esta; una puntuación muy pobre!».

Suspira ante la contemplación de su pobreza, toma un trozo de tiza de uno de los estantes del armario y hace una pausa con él en la mano, incierto sobre qué adición hacer a la cuenta.

«Creo que un trazo moderado», concluye, «es todo lo que estoy justificado en puntuar»; así pues, ajusta la acción a la palabra, cierra el armario y se va a la cama.

Una mañana brillante brilla sobre la antigua ciudad. Sus antigüedades y ruinas son sobremanera hermosas, con una hiedra vigorosa brillando al sol, y los ricos árboles ondeando en el aire balsámico. Cambios de luz gloriosa desde ramas en movimiento, cantos de pájaros, aromas de jardines, bosques y campos —o, más bien, del gran jardín de toda la isla cultivada en su tiempo de rendimiento— penetran en la Catedral, subyugan su olor a tierra y predican la Resurrección y la Vida. Las frías tumbas de piedra de hace siglos se calientan; y destellos de brillo se lanzan a los rincones de mármol más severos del edificio, revoloteando allí como alas.

Llega el señor Tope con sus grandes llaves y, bostezando, abre las cerraduras y deja todo expedito. Llegan la señora Tope y sus espíritus asistentes provistos de escobas. Llegan, a su debido tiempo, el organista y el fuelle, asomándose desde las cortinas rojas del coro, sacudiendo sin miedo el polvo de los libros desde aquella elevada altura, y espantándolo de los registros y los pedales. Llegan grajos diversos, desde varios puntos del cielo, de vuelta a la gran torre; de quienes cabe suponer que disfrutan de la vibración, y que saben que tanto la campana como el órgano están a punto de proporcionársela. Llega una congregación muy pequeña y dispersa, en efecto: principalmente de Minor Canon Corner y de los recintos de la catedral. Llega el señor Crisparkle, fresco y radiante; y sus hermanos ministros, no tan frescos ni radiantes. Llega el coro a toda prisa (siempre con prisas, forcejeando para ponerse sus camisones en el último momento, como niños que evitan irse a la cama), y llega John Jasper encabezando la fila. El último de todos llega el señor Datchery a un puesto, uno de una selecta colección de asientos vacíos a su entera disposición, y lanza una mirada a su alrededor en busca de Su Alteza Real, la princesa Puffer.

El servicio está bastante avanzado antes de que el señor Datchery pueda distinguir a Su Alteza Real. Pero para entonces ya la ha descubierto, en la sombra. Está detrás de una columna, cuidadosamente retirada de la vista del maestro de coro, pero lo observa con la más estrecha atención. Totalmente ajeno a su presencia, él canta y entona. Ella sonríe cuando él se muestra más musicalmente ferviente y —¡sí, el señor Datchery la ve hacerlo!— le sacude el puño desde el refugio complaciente de la columna.

El señor Datchery vuelve a mirar, para convencerse. ¡Sí, de nuevo! Tan fea y marchita como una de las fantásticas tallas en los soportes inferiores de los asientos del coro, tan maligna como el Maligno, tan dura como el gran águila de latón que sostiene los libros sagrados sobre sus alas (y que, según la representación del escultor de sus feroces atributos, no parece en absoluto convertida por ellos), ella se abraza a sí misma con sus brazos flacos y, acto seguido, sacude ambos puños al líder del coro.

Y en ese preciso momento, fuera de la puerta enrejada del coro, tras haber eludido la vigilancia del señor Tope mediante recursos astutos de los que es un experto, Deputy se asoma, con ojos vivaces, a través de los barrotes, y contempla asombrado al amenazador y al amenazado.

El servicio llega a su fin y los servidores se dispersan para desayunar. El señor Datchery aborda a su última nueva conocida en el exterior, cuando el coro (con tantas prisas por quitarse sus camisones como las que tenían hace poco por ponérselos) se ha marchado a empujones.

—Bueno, señora. Buenos días. ¿Lo ha visto?

—¡Lo he visto, querido, lo he visto!

—¿Y lo conoce?

—¡Conocerlo! Mucho mejor de lo que todos los reverendos pastores juntos lo conocen.

El esmero de la señora Tope ha dispuesto un desayuno muy limpio y ordenado para su huésped. Antes de sentarse a tomarlo, él abre la puerta de su armario rinconero; toma su trozo de tiza de la repisa; añade una línea gruesa a la cuenta, que se extiende desde la parte superior de la puerta del armario hasta la inferior; y luego comienza a comer con apetito.

APÉNDICE: FRAGMENTO DE ‘EL MISTERIO DE EDWIN DROOD’

Cuando Forster estaba a punto de terminar su biografía de Dickens, encontró entre las hojas de uno de los manuscritos del novelista ciertos papeles sueltos de su puño y letra, «en papel de apenas la mitad del tamaño del utilizado para el relato, tan apretados, con interlineados y tachaduras que resultaban casi ilegibles». Al ser examinados, demostraron contener un capítulo sugerido para Edwin Drood, en el que Sapsea, el subastador, aparece como figura principal, rodeado de un grupo de personajes nuevos en la historia. Ese capítulo, al ser una de las últimas cosas que escribió Dickens, parece contener tanto interés que puede ser conveniente reimprimirlo aquí. —ED.

CÓMO EL SEÑOR SAPSEA DEJÓ DE SER MIEMBRO DEL CLUB DE LOS OCHO, CONTADO POR ÉL MISMO

Deseando tomar el aire, me dirigí por una ruta indirecta al Club, pues era nuestra noche semanal de reunión. Descubrí que estábamos todos. Estábamos inscritos bajo la denominación del Club de los Ocho. Éramos ocho en número; nos reuníamos a las ocho en punto durante ocho meses del año; jugábamos ocho partidas de cribbage de cuatro manos, a ocho peniques la partida; nuestra frugal cena se componía de ocho panecillos, ocho chuletas de cordero, ocho salchichas de cerdo, ocho patatas asadas, ocho tuétanos, con ocho tostadas y ocho botellas de cerveza. Puede que exista, o no, cierta armonía cromática en la idea rectora de esta (por adoptar una frase de nuestros animados vecinos) reunión. Fue una pequeña idea mía.

Un miembro algo popular del Club de los Ocho era un individuo llamado Kimber. De profesión, maestro de baile. Un tipo corriente, esperanzado, totalmente desprovisto de dignidad o conocimiento del mundo.

Al entrar en la sala del Club, Kimber estaba comentando: «Y todavía cree a medias que él es alguien de gran importancia en la Iglesia».

Al colgar mi sombrero en la octava percha junto a la puerta, capté el rayo visual de Kimber. Él bajó la mirada y lanzó un comentario sobre el próximo cambio de luna. No le presté especial atención en ese momento, porque el mundo a menudo se complace en mostrarse algo esquivo con los temas eclesiásticos en mi presencia. Pues sentía que yo había sido elegido (aunque quizás solo por coincidencia) hasta cierto punto para representar lo que llamo nuestra gloriosa constitución en la Iglesia y el Estado. La frase puede ser objetada por mentes cautelosas; pero la reclamo como propia. La solté en una discusión hace algún tiempo. Dije: «NUESTRA GLORIOSA CONSTITUCIÓN en la IGLESIA y el ESTADO».

Otro miembro del Club de los Ocho era Peartree; también miembro del Real Colegio de Cirujanos. El señor Peartree no me rinde cuentas de sus opiniones, y no diré más de ellas aquí que el hecho de que atiende a los pobres gratuitamente siempre que lo necesitan, y no es el médico parroquial. El señor Peartree puede justificar ante el alcance de su mente el hacer su esfuerzo republicano máximo por poner en ridículo a un funcionario designado. Basta con decir que el señor Peartree jamás podrá justificarlo ante el alcance de la mía.

Entre Peartree y Kimber existía una enfermiza y débil alianza. Llamó mi atención de forma particular cuando subasté los bienes de Kimber. (Bienes embargados). Él era viudo, vestía un chaleco interior blanco y zapatos ligeros con lazos, y tenía dos hijas nada desagradables. De hecho, lo contrario. Ambas hijas enseñaban danza en establecimientos escolares para señoritas —lo habían hecho en casa de la señora Sapsea; es más, en la de Twinkleton— y ambas, al dar lecciones, presentaban el espectáculo poco femenino de llevar pequeños violines metidos bajo la barbilla. A pesar de lo cual, la más joven podría, si estoy bien informado —levantaré el velo hasta el punto de decir que SÉ que podría— haber escapado para siempre de esta degradante mancha, de no ser porque poseía la clase de mente asignada a lo que yo llamo el rebaño común, y por ser tan increíblemente carente de veneración como para volverse dolorosamente ridícula.

Cuando vendí los bienes de Kimber sin reserva, Peartree (tan pobre como se puede ser) se adjudicó varios lotes domésticos de primera. No me dejo cegar; y, por supuesto, para mí era tan claro lo que iba a hacer con ellos como que era una especie de sujeto revolucionario, oscuro y corpulento, que había estado en la India con los soldados y que debería (por el bien de la sociedad) tener el cuello roto. Vi los lotes poco después en el alojamiento de Kimber —a través de la ventana— y fácilmente deduje que había habido una pretensión solapada de prestárselos hasta que llegaran tiempos mejores. Un hombre con menos conocimiento del mundo que yo podría haber sospechado que Kimber había ocultado dinero a sus acreedores y comprado los bienes de forma fraudulenta. Pero, además de que sabía a ciencia cierta que no tenía dinero, sabía que esto implicaría un tipo de previsión no compatible con la frivolidad de un saltimbanqui, que inocula a otros gente con el baile para ganarse el pan.

Como era la primera vez que veía a alguno de los dos desde la venta, me mantuve en lo que yo llamo Abstinencia. Al vender sus cosas, había pronunciado unas breves observaciones —¿debería llamarlo una pequeña homilía?— sobre Kimber, que el mundo consideró más dignas de atención de lo habitual. Había subido a mi púlpito, se dijo, de forma inusualmente similar a... —y un murmullo de reconocimiento repitió su título (no diré de quién) antes de que yo hablara. Entonces continué diciendo que todos los presentes encontrarían, en la primera página del catálogo que tenían ante ellos, en el último párrafo antes del primer lote, las siguientes palabras: «Vendido en cumplimiento de un auto de ejecución emitido por un acreedor». Entonces procedí a recordar a mis amigos que, por muy frívolo, por no decir despreciable, que fuera el negocio por el cual un hombre reunía sus bienes, aun así, sus bienes eran tan caros para él, y tan baratos para la sociedad (si se vendían sin reserva), como si sus ocupaciones hubieran sido de un carácter digno de seria contemplación. Entonces dividí mi texto (si se me permite llamarlo así) en tres partes: primero, Vendido; segundo, En cumplimiento de un auto de ejecución; tercero, Emitido por un acreedor; con unas breves reflexiones morales sobre cada una, y terminando con un «Ahora, pasemos al primer lote» de una manera que fue elogiada cuando más tarde me mezclé con mis oyentes.

Así que, al no estar seguro de en qué términos estábamos Kimber y yo, me mostré grave, me mostré frío. Kimber, sin embargo, hizo un gesto hacia mí, y yo hice un gesto hacia Kimber. (Yo era el acreedor que había emitido el auto. No es que importe).

—Estaba aludiendo, señor Sapsea —dijo Kimber—, a un extraño que entabló conversación conmigo en la calle cuando venía al Club. Al parecer, había estado hablando con usted justo antes, junto al cementerio; y aunque usted le había dicho quién era, apenas pude persuadirlo de que usted no era alguien de gran importancia en la Iglesia.

—¿Idiota? —dijo Peartree.

—¡Asno! —dijo Kimber.

—¡Idiota y asno! —dijeron los otros cinco miembros.

—Idiota y asno, caballeros —les reprendí, mirando a mi alrededor—, son expresiones fuertes para aplicárselas a un joven de buen aspecto y modales. Mi generosidad se despertó; lo admito.

—Admitirá que debe de ser un imbécil —dijo Peartree.

—No puede negar que debe de ser un necio —dijo Kimber.

Su tono de disgusto rayaba en lo ofensivo. ¿Por qué debía ser tan calumniado el joven? ¿Qué había hecho? Solo había cometido un error inocente y natural. Controlé mi generosa indignación y así lo expresé.

—¿Natural? —repitió Kimber—. ¡Es un natural!

Los seis miembros restantes del Club de los Ocho rieron al unísono. Me hirió. Fue una risa desdeñosa. Mi ira se encendió en nombre de un extraño ausente y sin amigos. Me levanté (pues estaba sentado).

—Caballeros —dije con dignidad—, no seguiré siendo miembro de este Club permitiendo que se vierta oprobio sobre una persona inofensiva en su ausencia. No violaré así lo que yo llamo los sagrados ritos de la hospitalidad. Caballeros, hasta que aprendan a comportarse mejor, los dejo. Caballeros, hasta entonces me retiro de este lugar de reunión, con las cualidades personales que haya podido aportar a él. Caballeros, hasta entonces dejan de ser el Club de los Ocho, y deberán hacer lo que puedan para convertirse en el de los Siete.

Me puse el sombrero y me retiré. Mientras bajaba las escaleras, les oí claramente dar un aplauso reprimido. Tal es el poder del comportamiento y el conocimiento de la humanidad. Se lo había arrancado.

II

¿A quién habría de encontrar en la calle, a pocos metros de la puerta de la posada donde se celebraba el Club, sino al mismo joven cuya causa me había parecido un deber defender tan calurosamente —y añadiré, tan desinteresadamente—?

—¿Es el señor Sapsea? —dijo dubitativo—, ¿o es...?

—Es el señor Sapsea —respondí.

—Perdone, señor Sapsea; parece usted acalorado, señor.

—He estado acalorado —dije—, y por su causa. Tras exponer los hechos con cierta extensión (mi generosidad casi le dejó abrumado), le pregunté su nombre.

—Señor Sapsea —respondió, bajando la vista—, su penetración es tan aguda, su mirada hacia las almas de sus semejantes es tan penetrante, que si fuera lo bastante audaz como para negar que mi nombre es Poker, ¿de qué me serviría?

No sé si había llegado a deducir exactamente hasta el último detalle que su nombre era Poker, pero me atrevería a decir que había estado bastante cerca de conseguirlo.

—Bien, bien —dije, tratando de tranquilizarlo asintiendo con la cabeza de forma reconfortante—. Su nombre es Poker, y no hay nada malo en llamarse Poker.

—¡Oh, señor Sapsea! —exclamó el joven, con un comportamiento muy educado—. ¡Bendito sea por esas palabras! —Luego, como si se avergonzara de haberse dejado llevar por sus sentimientos, bajó la vista de nuevo.

—Vamos, Poker —dije—, déjeme oír más sobre usted. Dígame. ¿A dónde va, Poker? ¿Y de dónde viene?

—¡Ah, señor Sapsea! —exclamó el joven—. Disimular ante usted es imposible. Usted ya sabe que vengo de algún lugar y que voy a otro. Si lo negara, ¿de qué me serviría?

—Entonces no lo niegue —fue mi comentario.

—O —continuó Poker, en una especie de éxtasis apesadumbrado—, o si negara que vine a esta ciudad para verle y escucharle a usted, señor, ¿de qué me serviría? O si negara...

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