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The Mystery of the Yellow Room

by Gaston Leroux · in Spanish

El misterio del cuarto amarillo

Extraordinarias aventuras de Joseph Rouletabille Reportero

por Gaston Leroux

[Frontispicio: Joseph Rouletabille]

Índice

I. En el que empezamos a no comprender II. En el que Joseph Rouletabille aparece por primera vez III. «Un hombre ha pasado como una sombra a través de las persianas» IV. «En el seno de la naturaleza salvaje» V. En el que Joseph Rouletabille hace una observación al señor Robert Darzac que produce su pequeño efecto VI. En el corazón del robledal VII. En el que Rouletabille sale de expedición bajo la cama VIII. El juez de instrucción interroga a la señorita Stangerson IX. Reportero y detective X. «Tendremos que comer carne roja, ahora» XI. En el que Frédéric Larsan explica cómo el asesino pudo salir del cuarto amarillo XII. El bastón de Frédéric Larsan XIII. «El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su brillo» XIV. «Espero al asesino esta tarde» XV. La trampa XVI. Extraño fenómeno de la disociación de la materia XVII. La galería inexplicable XVIII. Rouletabille ha trazado un círculo entre los dos bultos de su frente XIX. Rouletabille me invita a desayunar en la posada del Torreón XX. Un acto de la señorita Stangerson XXI. A la espera XXII. El cuerpo increíble XXIII. El rastro doble XXIV. Rouletabille conoce las dos mitades del asesino XXV. Rouletabille sale de viaje XXVI. En el que se espera con impaciencia a Joseph Rouletabille XXVII. En el que Joseph Rouletabille aparece en todo su esplendor XXVIII. En el que se demuestra que no siempre se piensa en todo XXIX. El misterio de la señorita Stangerson

Capítulo I

En el que empezamos a no comprender

No es sin cierta emoción que empiezo a relatar aquí las extraordinarias aventuras de Joseph Rouletabille. Hasta el presente, se había opuesto tan firmemente a que lo hiciera que había llegado a desesperar de publicar jamás la más curiosa de las historias policiales de los últimos quince años. Incluso había imaginado que el público nunca conocería la verdad completa del prodigioso caso conocido como el del «cuarto amarillo», del cual surgieron tantos dramas misteriosos, crueles y sensacionales con los que mi amigo estuvo tan estrechamente vinculado, si, a propósito de un reciente nombramiento del ilustre Stangerson al grado de gran cruz de la Legión de Honor, un diario vespertino —en un artículo, miserable por su ignorancia o audaz por su perfidia— no hubiera resucitado una terrible aventura de la cual Joseph Rouletabille me había dicho que deseaba que fuera olvidada para siempre.

«¡El cuarto amarillo!» ¿Quién recuerda ahora este asunto que hizo correr tanta tinta hace quince años? Los acontecimientos se olvidan tan rápidamente en París. ¿Acaso el nombre mismo del proceso Nayves y la trágica historia de la muerte del pequeño Menaldo no han pasado al olvido? Y, sin embargo, la atención pública estaba tan profundamente interesada en los detalles del juicio que la ocurrencia de una crisis ministerial pasó completamente inadvertida en aquel momento. Ahora bien, el juicio del «cuarto amarillo», que precedió al de los Nayves por algunos años, hizo mucho más ruido. El mundo entero estuvo pendiente durante meses de este oscuro problema; el más oscuro, me parece a mí, que jamás haya desafiado la perspicacia de nuestra policía o gravado la conciencia de nuestros jueces. La solución del problema desconcertó a todos los que intentaron encontrarla. Fue como un acertijo dramático por el que la vieja Europa y la nueva América se sintieron fascinadas por igual. Eso es, en verdad —me está permitido decirlo, pues no puede haber vanidad de autor en todo esto, ya que no hago más que transcribir hechos sobre los que una documentación excepcional me permite arrojar una nueva luz—, eso es porque, en verdad, no sé si, en el dominio de la realidad o la imaginación, se puede descubrir o traer a la memoria algo comparable, en su misterio, con el misterio natural del «cuarto amarillo».

Lo que nadie pudo averiguar, Joseph Rouletabille, de dieciocho años, entonces reportero contratado en un diario importante, consiguió descubrirlo. Pero cuando, en el Tribunal de Assises, aportó la clave de todo el caso, no contó la verdad completa. Solo permitió que apareciera lo suficiente para asegurar la absolución de un hombre inocente. Las razones que tenía para su reticencia ya no existen. Mejor aún, ha llegado el momento de que mi amigo hable con franqueza. Van a saberlo todo; y, sin más preámbulos, voy a poner ante sus ojos el problema del «cuarto amarillo» tal como fue expuesto ante los ojos del mundo entero el día siguiente a la ejecución del drama en el castillo del Glandier.

El 25 de octubre de 1892, apareció la siguiente nota en la última edición del «Temps»:

«Un crimen espantoso se ha cometido en el Glandier, en el límite del bosque de Sainte-Geneviève, sobre Epinay-sur-Orge, en la casa del profesor Stangerson. Esa noche, mientras el maestro trabajaba en su laboratorio, se intentó asesinar a la señorita Stangerson, quien dormía en una habitación contigua a este laboratorio. Los médicos no responden por la vida de la señorita Stangerson».

La impresión causada en París por esta noticia puede imaginarse fácilmente. Ya en aquel tiempo, el mundo científico estaba profundamente interesado en los trabajos del profesor Stangerson y su hija. Estos trabajos —los primeros que se intentaron en radiografía— sirvieron para abrir el camino al señor y la señora Curie hacia el descubrimiento del radio. Se esperaba que el profesor leyera pronto ante la Academia de Ciencias una ponencia sensacional sobre su nueva teoría, la disociación de la materia, una teoría destinada a derribar desde su base toda la ciencia oficial, que se basaba en el principio de la conservación de la energía.

Al día siguiente, los periódicos estaban llenos de la tragedia. El «Matin», entre otros, publicó el siguiente artículo, titulado: «Un crimen sobrenatural»:

«Estos son los únicos detalles», escribió el autor anónimo en el «Matin», «que hemos podido obtener concernientes al crimen del castillo del Glandier. El estado de desesperación en el que está sumido el profesor Stangerson, y la imposibilidad de obtener información alguna de los labios de la víctima, han hecho nuestras investigaciones y las de la justicia tan difíciles que, por el momento, no podemos formarnos la menor idea de lo que ha sucedido en el "cuarto amarillo", en el que la señorita Stangerson, en camisón, fue encontrada tendida en el suelo en las agonías de la muerte. Hemos, al menos, podido entrevistar al papá Jacques —como se le llama en el campo—, un viejo criado de la familia Stangerson. El papá Jacques entró en el "cuarto amarillo" al mismo tiempo que el profesor. Esta habitación linda con el laboratorio. El laboratorio y el cuarto amarillo están en un pabellón al final del parque, a unos trescientos metros (mil pies) del castillo.

»“Eran las doce y media de la noche”, nos contó este honesto anciano, “y yo estaba en el laboratorio, donde el señor Stangerson aún trabajaba, cuando sucedió la cosa. Había estado limpiando y ordenando los instrumentos toda la noche y esperaba a que el señor Stangerson se fuera a dormir. La señorita Stangerson había trabajado con su padre hasta la medianoche; cuando las doce campanadas de la medianoche sonaron en el reloj de cuco del laboratorio, se levantó, besó al señor Stangerson y le dio las buenas noches. A mí me dijo 'buenas noches, papá Jacques' mientras pasaba al 'cuarto amarillo'. La oímos cerrar la puerta con llave y echar el cerrojo, de modo que no pude evitar reírme y dije al señor: 'La señorita se está encerrando con doble llave; ¡debe tener miedo de la Bestia del Buen Dios!'. El señor ni siquiera me oyó, estaba tan profundamente absorto en lo que hacía. Justo entonces oímos el maullido distante de un gato. '¿Eso va a mantenernos despiertos toda la noche?', me dije; porque debo decirle, señor, que, hasta finales de octubre, vivo en un desván del pabellón sobre el cuarto amarillo, para que la señorita no se quedara sola durante la noche en el parque solitario. Era un capricho de la señorita pasar el buen tiempo en el pabellón; sin duda, lo encontraba más alegre que el castillo y, en los cuatro años que llevaba construido, nunca había dejado de instalarse allí en primavera. Con el regreso del invierno, la señorita vuelve al castillo, pues no hay chimenea en el cuarto amarillo.

»“Estábamos en el pabellón, entonces, el señor Stangerson y yo. No hacíamos ruido. Él estaba sentado en su escritorio. En cuanto a mí, estaba sentado en una silla, habiendo terminado mi trabajo y, mirándolo, me dije: '¡Qué hombre!, ¡qué inteligencia!, ¡qué conocimiento!'. Doy importancia al hecho de que no hacíamos ruido; porque, debido a eso, el asesino ciertamente pensó que nos habíamos ido. Y, de repente, mientras el cuco sonaba la media noche, un clamor desesperado estalló en el cuarto amarillo. Era la voz de la señorita, gritando: '¡Asesinato!, ¡asesinato!, ¡ayuda!'. Inmediatamente después sonaron disparos de revólver y hubo un gran ruido de mesas y muebles siendo arrojados al suelo, como si hubiera una lucha, y de nuevo la voz de la señorita llamando: '¡Asesinato!, ¡ayuda!, ¡papá!, ¡papá!'.

»“Pueden estar seguros de que saltamos rápidamente y que el señor Stangerson y yo nos lanzamos contra la puerta. Pero, ¡ay!, estaba cerrada, herméticamente cerrada, por dentro, por cuidado de la señorita, como les he dicho, con llave y cerrojo. Intentamos forzarla, pero se mantuvo firme. El señor Stangerson estaba como un loco, y verdaderamente, era suficiente para volverlo uno, pues oíamos a la señorita aún llamando: '¡Ayuda!, ¡ayuda!'. El señor Stangerson descargó terribles golpes sobre la puerta, y lloraba de rabia y sollozaba de desesperación e impotencia.

»“Fue entonces cuando tuve una inspiración. '¡El asesino debe haber entrado por la ventana!', grité; '¡Iré a la ventana!', y salí disparado del pabellón y corrí como quien ha perdido el juicio.

»“La inspiración era que la ventana del cuarto amarillo da a tal parte que el muro del parque, que linda con el pabellón, me impedía llegar de inmediato a la ventana. Para llegar hasta ella hay primero que salir del parque. Corrí hacia la puerta y, en mi camino, me encontré con Bernier y su mujer, los porteros, que habían sido atraídos por los disparos de pistola y nuestros gritos. En pocas palabras les conté lo que había sucedido, y dirigí al conserje a unirse al señor Stangerson a toda velocidad, mientras su mujer venía conmigo para abrir la puerta del parque. Cinco minutos después ella y yo estábamos ante la ventana del cuarto amarillo.

»“La luna brillaba intensamente y vi claramente que nadie había tocado la ventana. No solo las rejas que la protegen estaban intactas, sino que las persianas en el interior estaban bajadas, tal como yo mismo las había bajado al principio de la noche, como hacía todos los días, aunque la señorita, sabiendo que yo estaba cansado por el pesado trabajo que había estado haciendo, me había rogado que no me tomara molestias, y dejara que ella lo hiciera; y estaban justo como yo las había dejado, aseguradas con un pestillo de hierro por dentro. El asesino, por lo tanto, no podría haber entrado ni salido por ese camino; pero tampoco pude entrar yo.

»“Fue desafortunado, ¡suficiente para volver loco a cualquiera! La puerta de la habitación cerrada por dentro y las persianas de la única ventana también aseguradas por dentro; y la señorita aún llamando por ayuda. ¡No! Había dejado de llamar. Estaba muerta, tal vez. Pero aún oía a su padre, en el pabellón, tratando de derribar la puerta.

»“Con la conserje corrí de vuelta al pabellón. La puerta, a pesar de los intentos furiosos del señor Stangerson y Bernier por echarla abajo, aún resistía; pero al fin, cedió ante nuestros esfuerzos unidos, ¡y entonces qué visión encontraron nuestros ojos! Debo decirles que, detrás de nosotros, la conserje sostenía la lámpara del laboratorio, una lámpara potente, que iluminaba toda la estancia.

»“También debo decirles, señor, que el cuarto amarillo es una habitación muy pequeña. La señorita la había amueblado con una cama de hierro bastante grande, una mesa pequeña, una cómoda de noche, un tocador y dos sillas. A la luz de la gran lámpara vimos todo de un vistazo. La señorita, en camisón, estaba tendida en el suelo en medio del mayor desorden. Mesas y sillas habían sido volcadas, mostrando que había habido una lucha violenta. La señorita había sido ciertamente arrastrada de su cama. Estaba cubierta de sangre y tenía marcas terribles de uñas en su garganta; la carne de su cuello había sido casi desgarrada por las uñas. De una herida en la sien derecha un hilo de sangre había bajado y formado un pequeño charco en el suelo. Cuando el señor Stangerson vio a su hija en ese estado, se lanzó de rodillas junto a ella, soltando un grito de desesperación. Constató que aún respiraba. En cuanto a nosotros, buscamos al miserable que había intentado matar a nuestra ama, y les juro, señor, que, si lo hubiéramos encontrado, ¡le habría ido mal!

»“Pero, ¿cómo explicar que no estaba allí, que ya había escapado? ¡Supera toda imaginación! ¡Nadie bajo la cama, nadie detrás de los muebles! Todo lo que descubrimos fueron rastros, marcas ensangrentadas de la mano grande de un hombre en las paredes y en la puerta; un pañuelo grande rojo de sangre, sin iniciales, una gorra vieja y muchas huellas frescas de los pies de un hombre en el suelo; huellas de un hombre con pies grandes cuyas suelas de bota habían dejado una especie de impresión de hollín. ¿Cómo había salido este hombre? ¿Cómo se había desvanecido? No olviden, señor, que no hay chimenea en el cuarto amarillo. No pudo haber escapado por la puerta, que es estrecha, y en cuyo umbral estaba la conserje con la lámpara, mientras su marido y yo lo buscábamos en cada rincón de la pequeña habitación, donde es imposible que alguien se esconda. La puerta, que había sido forzada contra la pared, no podía ocultar nada detrás, como nos aseguramos. Por la ventana, aún en todo sentido asegurada, no había sido posible la huida. ¿Entonces qué?, empecé a creer en el Diablo.

»“¡Pero descubrimos mi revólver en el suelo! ¡Sí, mi revólver! ¡Oh!, ¡eso me devolvió a la realidad! El Diablo no habría necesitado robar mi revólver para matar a la señorita. El hombre que había estado allí primero había subido a mi desván y tomado mi revólver del cajón donde lo guardaba. Luego constatamos, contando los cartuchos, que el asesino había hecho dos disparos. ¡Ah!, fue una fortuna para mí que el señor Stangerson estuviera en el laboratorio cuando el asunto tuvo lugar y hubiera visto con sus propios ojos que yo estaba allí con él; pues de otro modo, con este asunto de mi revólver, no sé dónde estaríamos; ¡ahora estaría bajo llave y barrotes! ¡La justicia no pide más para enviar a un hombre al cadalso!”»

El editor del «Matin» añadió a esta entrevista las siguientes líneas:

«Hemos, sin interrumpirlo, permitido al papá Jacques relatarnos a grandes rasgos todo lo que sabe sobre el crimen del cuarto amarillo. Lo hemos reproducido en sus propias palabras, ahorrando al lector las continuas lamentaciones con las que adornaba su narración. Está muy entendido, papá Jacques, muy entendido, que usted quiere mucho a sus amos; y quiere que lo sepan, y no cesa de repetirlo, especialmente desde el descubrimiento de su revólver. Es su derecho, y no vemos daño en ello. Nos hubiera gustado hacer algunas preguntas más al papá Jacques —Jacques-Louis Moustier—, pero la instrucción del juez de instrucción, que se está llevando a cabo en el castillo, hace imposible nuestra entrada en el Glandier; y, en cuanto al robledal, está custodiado por un amplio círculo de policías, que vigilan celosamente todas las huellas que pueden conducir al pabellón, y que quizás puedan conducir al descubrimiento del asesino.

»También hemos querido interrogar a los conserjes, pero son invisibles. Finalmente, hemos esperado en una posada de carretera, no lejos de la puerta del castillo, la salida del señor de Marquet, el juez de Corbeil. A las cinco y media lo vimos con su secretario y, antes de que pudiera entrar en su carruaje, tuvimos la oportunidad de hacerle la siguiente pregunta:

»“¿Puede usted, señor de Marquet, darnos alguna información sobre este asunto, sin inconveniente para el curso de su instrucción?”

»“Nos es imposible hacerlo”, respondió el señor de Marquet. “Solo puedo decir que es el asunto más extraño que he conocido jamás. ¡Cuanto más pensamos que sabemos algo, más lejos estamos de saber nada!”.

»Pedimos al señor de Marquet que tuviera a bien explicarnos sus últimas palabras; y esto es lo que dijo, cuya importancia nadie dejará de reconocer:

»“Si no se añade nada a los hechos materiales establecidos hasta ahora, temo que el misterio que rodea al abominable crimen del que la señorita Stangerson ha sido víctima nunca saldrá a la luz; pero es de esperar, por el bien de nuestra razón humana, que el examen de las paredes y del techo del cuarto amarillo —un examen que encargaré mañana al constructor que edificó el pabellón hace cuatro años— nos proporcione la prueba que no nos desaliente. Pues el problema es este: sabemos por qué camino el asesino logró entrar; entró por la puerta y se escondió bajo la cama, esperando a la señorita Stangerson. Pero, ¿cómo salió? ¿Cómo escapó? Si no se encuentra ninguna trampa, ninguna puerta secreta, ningún escondite, ninguna apertura de ningún tipo; si el examen de las paredes —incluso hasta la demolición del pabellón— no revela ningún pasaje practicable, no solo para un ser humano, sino para cualquier ser de cualquier clase; si el techo no muestra ninguna grieta, si el suelo no esconde ningún pasaje subterráneo, ¡realmente hay que creer en el Diablo, como dice el papá Jacques!”»

Y el autor anónimo en el «Matin» añadió en este artículo —que he seleccionado como el más interesante de todos los que fueron publicados sobre el tema de este asunto— que el juez de instrucción parecía dar un significado peculiar a la última frase: «Realmente hay que creer en el Diablo, como dice Jacques».

El artículo concluía con estas líneas: «Hemos querido saber qué quería decir el papá Jacques con el grito de la Bestia del Buen Dios. El dueño de la posada del Torreón nos explicó que es el grito particularmente siniestro que a veces profiere por la noche el gato de una vieja, la madre Angenoux, como se le llama en el campo. La madre Angenoux es una especie de santa, que vive en una choza en el corazón del bosque, no lejos de la gruta de Sainte-Geneviève.

»El cuarto amarillo, la Bestia del Buen Dios, la madre Angenoux, el Diablo, Sainte-Geneviève, el papá Jacques; he aquí un crimen bien enredado que el golpe de un pico en la pared puede desenredarnos mañana. Esperemos al menos que así sea, por el bien de nuestra razón humana, como dice el juez de instrucción. Mientras tanto, se espera que la señorita Stangerson —que no ha cesado de delirar y solo pronuncia una palabra claramente, “¡Asesino! ¡Asesino!”— no pase de esta noche».

En conclusión, y a una hora avanzada, el mismo diario anunció que el jefe de la Sûreté había telegrafiado al famoso detective Frédéric Larsan, quien había sido enviado a Londres por un asunto de valores robados, para que regresara inmediatamente a París.

Capítulo II

En el que Joseph Rouletabille aparece por primera vez

Recuerdo tan bien como si hubiera ocurrido ayer la entrada del joven Rouletabille en mi dormitorio aquella mañana. Eran cerca de las ocho y yo aún estaba en la cama leyendo el artículo del «Matin» relativo al crimen del Glandier.

Pero, antes de seguir adelante, es hora de que presente a mi amigo al lector.

Conocí a Joseph Rouletabille cuando era un joven reportero. Por aquel entonces yo era un principiante en el Ilustre Colegio de Abogados y me lo cruzaba a menudo por los pasillos de los juzgados de instrucción, adonde acudía a obtener un «permiso de comunicación» para la prisión de Mazas o para Saint-Lazare. Tenía, como suele decirse, una «buena cabeza». Parecía haber sacado la suya —redonda como una bala— de una caja de canicas, y creo que fue por eso por lo que sus compañeros de prensa —todos ellos empedernidos jugadores de billar— le habían dado ese apodo, que habría de pegársele y que él mismo haría ilustre. Estaba siempre rojo como un tomate, tan pronto alegre como una alondra como grave como un juez. ¿Cómo, siendo aún tan joven —apenas tenía dieciséis años y medio cuando lo vi por primera vez—, se había abierto camino ya en la prensa? Eso era lo que se habrían preguntado todos los que trataban con él, si no hubieran conocido su historia. En la época del asunto de la mujer descuartizada en la Rue Oberkampf —otra historia olvidada—, le había llevado a uno de los redactores de «L'Époque» —un periódico que por entonces rivalizaba con «Le Matin» en primicias informativas— el pie izquierdo, que era lo único que faltaba en el cesto en que se hallaron los macabros restos. Hacía una semana que la policía buscaba en vano dicho pie izquierdo, y el joven Rouletabille lo había encontrado en una alcantarilla donde a nadie se le había ocurrido mirar. Para lograrlo, se había disfrazado de alcantarillero meritorio, uno de tantos contratados por el ayuntamiento de París a causa de una crecida del Sena.

Cuando el director tuvo en su poder el precioso pie y fue informado de la serie de deducciones inteligentes que el muchacho había realizado, se debate entre la admiración que sentía por semejante astucia detectivesca en el cerebro de un muchacho de dieciséis años y el deleite de poder exhibir, en el «escaparate de la morgue» de su periódico, el pie izquierdo de la Rue Oberkampf.

—Este pie —exclamó— nos dará un gran titular.

Luego, tras confiar el macabro paquete al médico legista adscrito al periódico, le preguntó al muchacho, que muy pronto se haría famoso como Rouletabille, cuánto esperaba ganar como reportero general en «L'Époque».

—Doscientos francos al mes —respondió el joven con modestia, apenas capaz de contener el aliento por la sorpresa ante la propuesta.

—Tendrá doscientos cincuenta —dijo el director—; solo que debe decir a todo el mundo que lleva un mes contratado en el periódico. Que quede bien claro que no ha sido usted, sino «L'Époque» quien ha descubierto el pie izquierdo de la Rue Oberkampf. Aquí, mi joven amigo, el hombre no es nada, el periódico lo es todo.

Dicho esto, le rogó al nuevo reportero que se retirara, pero antes de que el joven llegara a la puerta, volvió a llamarlo para preguntarle su nombre. El otro respondió:

—Joseph Josephine.

—Eso no es un nombre —dijo el director—, pero dado que no se le exigirá firmar lo que escriba, no tiene ninguna importancia.

El reportero de rostro aniñado no tardó en hacer muchos amigos, pues era servicial y estaba dotado de un buen humor que encantaba a los más severos y desarmaba a los más celosos de sus compañeros. En el café del Palacio de Justicia, donde se reunían los reporteros antes de dirigirse a los tribunales o a la Jefatura en busca de noticias de sucesos, comenzó a ganarse fama de desenredador de asuntos intrincados y oscuros, fama que llegó hasta el despacho del jefe de la Sûreté. Cuando un caso valía la pena y Rouletabille —ya le habían puesto el apodo— se ponía sobre la pista por orden de su director, a menudo aventajaba al detective más famoso.

Fue en el café del Palacio de Justicia donde entablé estrecha amistad con él. Los abogados criminalistas y los periodistas no son enemigos; los primeros necesitan publicidad, los segundos, información. Charlábamos juntos y pronto le cogí afecto. Su inteligencia era tan aguda ¡y tan original!, y poseía una calidad de pensamiento como no he vuelto a encontrar en ninguna otra persona.

Tiempo después me encargaron la sección de noticias judiciales del «Cri du Boulevard». Mi entrada en el periodismo no podía sino estrechar los lazos que me unían a Rouletabille. Al cabo de un tiempo, cuando a mi nuevo amigo le permitieron llevar a cabo la idea de una columna de correspondencia judicial en «L'Époque», que firmaba con el seudónimo de «Business», con frecuencia pude facilitarle la información legal de la que andaba necesitado.

Pasaron cerca de dos años de este modo, y cuanto mejor lo conocía, más aprendía a quererlo; pues, a pesar de su extravagante despreocupación, había descubierto en él una seriedad de espíritu extraordinaria para su edad. Acostumbrado como estaba a verlo alegre e incluso a menudo demasiado alegre, en muchas ocasiones lo encontraba sumido en la más profunda melancolía. Trataba entonces de interrogarlo sobre la causa de aquel cambio de humor, pero cada vez se echaba a reír y no me daba respuesta. Un día, tras preguntarle por sus padres, de los que jamás hablaba, me dejó a solas pretendiendo no haber oído lo que le decía.

Hallándose las cosas en tal estado entre nosotros, ocurrió el famoso asunto del «Cuarto Amarillo». Fue este caso el que habría de situarlo a la cabeza de los reporteros de prensa y procurarle la reputación de ser el mayor detective del mundo. No debe sorprendernos encontrar en un solo hombre la perfección en dos líneas de actividad semejantes si recordamos que la prensa diaria ya comenzaba a transformarse y a convertirse en lo que es hoy: la gaceta del crimen.

Los espíritus morosos podrán lamentarse de ello; por mi parte, lo considero motivo de enhorabuena. Nunca tendremos demasiadas armas, públicas o privadas, contra el criminal. A esto algunos responderán que, publicando continuamente los detalles de los delitos, la prensa termina por alentar su comisión. Pero claro, con ciertas personas nunca se puede hacer lo correcto.

Rouletabille, como he dicho, entró en mi habitación aquella mañana del 26 de octubre de 1892. Presentaba un aspecto más rojo de lo habitual, con los ojos fuera de las órbitas, como suele decirse, y en conjunto parecía hallarse en un estado de extrema excitación. Agitaba «Le Matin» con mano temblorosa y exclamó:

—Y bien, mi querido Sainclair, ¿lo ha leído?

—¿El crimen del Glandier?

—¡Sí, «El Cuarto Amarillo»! ¿Qué le parece?

—Pienso que debe de haber sido el Diablo o la Bête du Bon Dieu quien ha cometido el crimen.

—¡Sea serio!

—Bueno, no creo mucho en asesinos que escapan a través de paredes de ladrillo macizo. Pienso que el viejo Jacques hizo mal en dejarse atrás el arma con la que se cometió el crimen y, como ocupaba la buhardilla situada justo encima de la habitación de mademoiselle Stangerson, la inspección del albañil ordenada por el juez de instrucción nos dará la clave del enigma y no tardaremos en saber por qué trampa natural, o por qué puerta secreta, el viejo pudo entrar y salir, y regresar de inmediato al laboratorio junto a monsieur Stangerson, sin que se notara su ausencia. Eso, desde luego, solo es una hipótesis.

Rouletabille se sentó en un sillón, encendió su pipa, de la que nunca se separaba, fumó durante unos minutos en silencio —sin duda para calmar la excitación que, visiblemente, lo dominaba— y luego respondió:

—Joven —dijo, en un tono cuya triste ironía no intentaré reproducir—, joven, usted es abogado y no dudo de su capacidad para librar a los culpables de una condena; pero si fuera usted juez en el tribunal, ¡qué fácil le resultaría condenar a inocentes! ¡Tiene usted un verdadero talento, joven!

Continuó fumando con energía y luego prosiguió:

—No se encontrará ninguna trampa, y el misterio del «Cuarto Amarillo» se volverá cada vez más misterioso. Por eso me interesa. El juez de instrucción tiene razón; jamás se ha conocido nada más extraño que este crimen.

—¿Tiene alguna idea sobre el modo en que el asesino se dio a la fuga? —pregunté.

—Ninguna —respondió Rouletabille—, ninguna por el momento. Pero tengo una idea respecto al revólver: el asesino no lo usó.

—¡Cielos!

—¡Está seguro! ¿Está seguro de que, la noche del crimen, ella no llevaba el cabello recogido en bandas?

—Completamente seguro —continuó el juez, sonriendo—, porque recuerdo que el doctor me dijo, mientras examinaba la herida: «Es una gran lástima que la señorita Stangerson tuviera la costumbre de retirarse el cabello de la frente. Si lo hubiera llevado en bandas, el golpe que recibió en la sien habría sido amortiguado». Me parece extraño que usted conceda tanta importancia a este punto.

—¡Oh! Si no llevaba el cabello en bandas, entonces me rindo —dijo Rouletabille, con un gesto de desesperación.

—¿Y la herida de la sien era grave? —preguntó poco después.

—Terrible.

—¿Con qué arma se produjo?

—Ese es un secreto de la investigación.

—¿Han encontrado el arma, sea cual sea?

El juez no respondió.

—¿Y la herida en la garganta?

Aquí el juez de instrucción confirmó de buena gana la decisión del doctor de que, si el asesino hubiera apretado la garganta unos segundos más, la señorita Stangerson habría muerto por estrangulamiento.

—El asunto, tal como aparece en el «Matin» —dijo Rouletabille con entusiasmo—, me parece cada vez más inexplicable. ¿Puede decirme, señor, cuántas aberturas tiene el pabellón? Me refiero a puertas y ventanas.

—Hay cinco —respondió el señor de Marquet, después de haber tosido una o dos veces, pero ya sin resistirse al deseo que sentía de hablar de todo el increíble misterio del asunto que estaba investigando—. Hay cinco, de las cuales la puerta del vestíbulo es la única entrada al pabellón; una puerta que siempre se cierra automáticamente, que no puede abrirse, ni desde afuera ni desde adentro, salvo con las dos llaves especiales que nunca están fuera de la posesión del padre Jacques o del señor Stangerson. La señorita Stangerson no necesitaba una, puesto que el padre Jacques se alojaba en el pabellón y porque, durante el día, nunca se separaba de su padre. Cuando los cuatro irrumpieron en el Cuarto Amarillo, tras derribar la puerta del laboratorio, la puerta del vestíbulo permaneció cerrada como de costumbre y, de las dos llaves para abrirla, el padre Jacques tenía una en su bolsillo y el señor Stangerson la otra. En cuanto a las ventanas del pabellón, hay cuatro; la ventana del Cuarto Amarillo y las del laboratorio que dan al campo; la ventana del vestíbulo que da al parque.

—¡Es por esa ventana por donde escapó del pabellón! —exclamó Rouletabille.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el señor de Marquet, clavando una mirada extraña en mi joven amigo.

—Veremos más tarde cómo salió del Cuarto Amarillo —respondió Rouletabille—, pero debió de abandonar el pabellón por la ventana del vestíbulo.

—Una vez más, ¿cómo lo sabe?

—¿Cómo? ¡Oh, la cosa es bien sencilla! Tan pronto como se dio cuenta de que no podía escapar por la puerta del pabellón, su única salida era la ventana del vestíbulo, a menos que pudiera pasar por una ventana enrejada. La ventana del Cuarto Amarillo está asegurada con barrotes de hierro, porque da al campo abierto; las dos ventanas del laboratorio deben estar protegidas de la misma manera por la misma razón. Como el asesino escapó, imagino que encontró una ventana que no estaba enrejada: la del vestíbulo, que da al parque, es decir, al interior de la finca. No hay mucha magia en todo eso.

—Sí —dijo el señor de Marquet—, pero lo que usted no ha adivinado es que esta única ventana del vestíbulo, aunque no tiene barrotes de hierro, tiene contraventanas sólidas de hierro. Pues bien, ¡estas contraventanas de hierro han permanecido aseguradas por su pestillo de hierro; y, sin embargo, tenemos pruebas de que el asesino escapó del pabellón por esa ventana! Rastros de sangre en la pared interior y en las contraventanas, así como en el suelo, y huellas, de las cuales he tomado las medidas, atestiguan el hecho de que el asesino escapó por ahí. Pero entonces, ¿cómo lo hizo, viendo que las contraventanas permanecieron aseguradas por dentro? Pasó a través de ellas como una sombra. Pero lo que es más desconcertante que todo es que resulta imposible formarse idea alguna sobre cómo salió el asesino del Cuarto Amarillo, o cómo cruzó el laboratorio para llegar al vestíbulo. Ah, sí, señor Rouletabille, es tal como usted dijo, un caso excelente, cuya clave no se descubrirá en mucho tiempo, espero.

—¿Usted espera, señor?

El señor de Marquet se corrigió.

—No lo espero, lo pienso.

—¿Podría haber estado esa ventana cerrada y vuelta a asegurar después de la huida del asesino? —preguntó Rouletabille.

—Eso es lo que se me ocurrió por un momento; pero implicaría un cómplice o cómplices, y no veo...

Tras un breve silencio añadió:

—¡Ah, si la señorita Stangerson estuviera hoy lo suficientemente bien como para permitir que la interroguen!

Rouletabille, siguiendo su hilo de pensamiento, preguntó:

—¿Y el desván? ¿Debe tener alguna abertura?

—Sí; hay una ventana, o más bien una claraboya, que, como da hacia el campo, el señor Stangerson hizo enrejar, como el resto de las ventanas. Estos barrotes, al igual que en las otras ventanas, han permanecido intactos, y las contraventanas, que naturalmente se abren hacia adentro, no han sido desabrochadas. Por lo demás, no hemos descubierto nada que nos lleve a sospechar que el asesino haya pasado por el desván.

—¿Le parece claro a usted, entonces, señor, que el asesino escapó —nadie sabe cómo— por la ventana del vestíbulo?

—Todo lo demuestra.

—Yo también lo creo —confesó Rouletabille con gravedad.

Tras un breve silencio, continuó:

—Si no ha encontrado ningún rastro del asesino en el desván, como las huellas sucias similares a las del suelo del Cuarto Amarillo, debe llegar a la conclusión de que no fue él quien robó el revólver del padre Jacques.

—No hay huellas en el desván más que las del propio padre Jacques —dijo el magistrado con un giro significativo de cabeza. Luego, tras una aparente decisión, añadió:— El padre Jacques estaba con el señor Stangerson en el laboratorio, y fue una suerte para él que lo estuviera.

—Entonces, ¿qué papel desempeñó su revólver en la tragedia? Parece muy claro que esta arma causó menos daño a la señorita Stangerson que al asesino.

El magistrado no respondió a esta pregunta, que sin duda lo incomodaba. —El señor Stangerson —dijo— nos cuenta que se han encontrado las dos balas en el Cuarto Amarillo, una incrustada en la pared manchada con la impresión de una mano roja —la mano grande de un hombre— y la otra en el techo.

—¡Oh! ¡Oh! ¡En el techo! —murmuró Rouletabille—. ¡En el techo! ¡Eso es muy curioso! ¡En el techo!

Puffó un rato en silencio con su pipa, envolviéndose en el humo. Cuando llegamos a Savigny-sur-Orge, tuve que darle un toque en el hombro para despertarlo de su sueño y que bajara al andén de la estación.

Allí el magistrado y su secretario nos hicieron una inclinación y, subiendo rápidamente a un coche de caballos que los esperaba, nos dieron a entender que ya nos habían visto suficiente.

—¿Cuánto se tarda en llegar caminando al Château du Glandier? —preguntó Rouletabille a uno de los mozos de estación.

—Una hora y media o una hora y tres cuartos, caminando tranquilo —respondió el hombre.

Rouletabille miró al cielo y, sin duda, encontrando su aspecto satisfactorio, me tomó del brazo y dijo:

—¡Vamos! Necesito caminar.

—¿Se están desenredando las cosas? —pregunté.

—¡Ni un poco! —dijo—, ¡más enredadas que nunca! Es cierto, tengo una idea...

—¿Cuál? —pregunté.

—No puedo decirle cuál es en este momento; es una idea que involucra la vida o la muerte de dos personas, al menos.

—¿Cree que hubo cómplices?

—No lo creo...

Nos quedamos en silencio. Poco después continuó:

—Fue una suerte que nos encontráramos con ese juez de instrucción y su secretario, ¿eh? ¿Qué le dije sobre ese revólver?

Tenía la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y silbaba. Al cabo de un rato, le oí murmurar:

—¡Pobre mujer!

—¿Es a la señorita Stangerson a quien compadece?

—Sí; es una mujer noble y digna de ser compadecida. Una mujer de un gran, de un muy gran carácter; imagino, imagino...

—¿La conoce entonces?

—En absoluto. Nunca la he visto más que una vez.

—¿Por qué, entonces, dice que es una mujer de gran carácter?

—Porque se enfrentó valientemente al asesino; porque se defendió con coraje, y, sobre todo, por la bala en el techo.

Miré a Rouletabille y me pregunté interiormente si se estaba burlando de mí o si de repente había perdido el juicio. Pero vi que nunca había estado menos inclinado a reír, y el brillo de sus ojos, intensamente inteligentes, me aseguró que conservaba toda su razón. Además, estaba acostumbrado a su forma de hablar entrecortada, que solo me dejaba desconcertado sobre su significado hasta que, con unas pocas palabras claras y pronunciadas rápidamente, me aclaraba el curso de sus ideas y yo veía que lo que había dicho anteriormente, y que me había parecido carente de significado, era tan absolutamente lógico que no podía entender cómo era que no lo había comprendido antes.

Capítulo IV

«En el seno de la naturaleza salvaje»

El Château du Glandier es uno de los castillos más antiguos de la Isla de Francia, donde todavía quedan en pie tantos restos arquitectónicos del periodo feudal. Construido originalmente en el corazón del bosque, bajo el reinado de Felipe el Hermoso, ahora podía verse a unos cientos de metros de la carretera que conduce del pueblo de Sainte-Geneviève a Monthery. Un conjunto de estructuras inarmónicas, está dominado por un torreón. Cuando el visitante ha subido los escalones desmoronados de este antiguo torreón, llega a una pequeña meseta donde, en el siglo XVII, Georges Philibert de Sequigny, señor del Glandier, Maisons-Neuves y otros lugares, construyó la ciudad existente en un estilo arquitectónico abominablemente rococó.

Fue en este lugar, que parecía pertenecer por completo al pasado, donde el profesor Stangerson y su hija se instalaron para sentar las bases de la ciencia del futuro. Su soledad, en lo profundo de los bosques, era lo que, por encima de todo, les había complacido. No querían que nadie fuera testigo de sus labores e intrusos en sus esperanzas, sino las viejas piedras y los grandes robles antiguos. El Glandier —antiguo Glandierum— se llamaba así por la cantidad de bellotas que, en todos los tiempos, se habían recolectado en aquel vecindario. Esta tierra, de actual interés lúgubre, había recaído, debido a la negligencia o el abandono de sus propietarios, en el carácter salvaje de la naturaleza primitiva. Solo los edificios que allí se ocultaban habían conservado rastros de sus extrañas metamorfosis. Cada época había dejado en ellos su impronta; un fragmento de arquitectura con el que estaba ligado el recuerdo de algún evento terrible, de alguna aventura sangrienta. Tal era el castillo en el que se había refugiado la ciencia, un lugar que parecía diseñado para ser el teatro de misterios, terror y muerte.

Habiendo explicado hasta aquí, no puedo evitar hacer una reflexión más. Si me he detenido un poco en esta descripción del Glandier, no es porque haya llegado el momento adecuado para crear la atmósfera necesaria para el desarrollo de la tragedia ante los ojos del lector. De hecho, en todo este asunto, mi primer cuidado será ser lo más sencillo posible. No tengo ambición de ser autor. Un autor siempre es algo novelista, y Dios sabe que el misterio del «Cuarto Amarillo» está lo suficientemente lleno de real horror trágico como para no requerir ayuda de efectos literarios. Soy, y solo deseo ser, un «reportero» fiel. Mi deber es informar sobre el evento; y coloco el evento en su marco, eso es todo. Es natural que usted sepa dónde sucedieron las cosas.

Vuelvo al señor Stangerson. Cuando compró la propiedad, quince años antes de que ocurriera la tragedia que nos ocupa, el Château du Glandier había estado desocupado durante mucho tiempo. Otro viejo castillo en el vecindario, construido en el siglo XIV por Jean de Belmont, también estaba abandonado, por lo que esa parte del país estaba muy poco habitada. Algunas casas pequeñas al lado de la carretera que conduce a Corbeil, una posada llamada el «Auberge du Donjon», que ofrecía hospitalidad pasajera a los carreteros; eso era casi todo lo que representaba la civilización en esta parte retirada del país, a pocas leguas de la capital.

Pero esta condición desierta del lugar había sido la razón determinante para la elección hecha por el señor Stangerson y su hija. El señor Stangerson ya era célebre. Había regresado de Estados Unidos, donde sus trabajos habían causado un gran revuelo. El libro que había publicado en Filadelfia sobre la «Disociación de la materia por acción eléctrica» había despertado oposición en todo el mundo científico. El señor Stangerson era francés, pero de origen estadounidense. Asuntos importantes relacionados con una herencia lo habían retenido durante varios años en los Estados Unidos, donde había continuado el trabajo iniciado por él en Francia, adonde había regresado en posesión de una gran fortuna. Esta fortuna fue una gran bendición para él; pues, aunque podría haber ganado millones de dólares explotando dos o tres de sus descubrimientos químicos relativos a nuevos procesos de tintura, siempre le repugnaba usar para su beneficio privado el maravilloso don de invención que había recibido de la naturaleza. Consideraba que se lo debía a la humanidad, y todo lo que su genio traía al mundo iba, por esta visión filosófica de su deber, al regazo público.

Si no intentaba ocultar su satisfacción al entrar en posesión de esta fortuna, que le permitía entregarse a su pasión por la ciencia pura, también tenía que regocijarse, le parecía a él, por otra causa. La señorita Stangerson tenía, en el momento en que su padre regresó de Estados Unidos y compró la finca del Glandier, veinte años de edad. Era extremadamente bonita, teniendo a la vez la gracia parisina de su madre, que había muerto al darla a luz, y todo el esplendor, todas las riquezas de la joven sangre estadounidense de su abuelo paterno, William Stangerson. Ciudadano de Filadelfia, William Stangerson se había visto obligado a naturalizarse por obediencia a las exigencias familiares en el momento de su matrimonio con una dama francesa, la que habría de ser la madre del ilustre Stangerson. De esa manera se explica la nacionalidad francesa del profesor.

Veinte años, una encantadora rubia, de ojos azules, tez blanca como la leche y radiante de una salud divina, Mathilde Stangerson era una de las muchachas casaderas más bellas tanto del viejo como del nuevo mundo. Era deber de su padre, a pesar del dolor inevitable que le causaría una separación de ella, pensar en su matrimonio; y estaba plenamente preparado para ello. Sin embargo, se enterró a sí mismo y a su hija en el Glandier en el momento en que sus amigos esperaban que la presentara en sociedad. Algunos de ellos expresaron su asombro, y a sus preguntas respondió: «Es el deseo de mi hija. No puedo negarle nada. Ella ha elegido el Glandier».

Interrogada a su vez, la joven respondió con calma: «¿Dónde podríamos trabajar mejor que en esta soledad?». Pues la señorita Stangerson ya había comenzado a colaborar con su padre en su trabajo. En aquel momento no se podía imaginar que su pasión por la ciencia la llevaría tan lejos como para rechazar a todos los pretendientes que se presentaron ante ella durante más de quince años. Tan recluida era la vida que llevaban los dos, padre e hija, que solo se mostraban en algunas recepciones oficiales y, en ciertos momentos del año, en dos o tres salones amistosos, donde la fama del profesor y la belleza de Mathilde causaban sensación. La extrema reserva de la joven no desalentó al principio a los pretendientes; pero al cabo de unos años, se cansaron de su búsqueda.

Uno solo persistió con tierna tenacidad y mereció el nombre de «eterno prometido», un nombre que aceptó con melancólica resignación; ese era el señor Robert Darzac. La señorita Stangerson ya no era joven, y parecía que, al no haber encontrado motivos para casarse a los treinta y cinco años, nunca los encontraría. Pero tal argumento evidentemente no encontraba aceptación en el señor Robert Darzac. Continuó cortejándola —si es que se podía llamar cortejo a la delicada y tierna atención con la que incesantemente rodeaba a esta mujer de treinta y cinco años— frente a su declarada intención de no casarse nunca.

De repente, unas semanas antes de los eventos que nos ocupan, un rumor —al que nadie dio importancia, por lo increíble que sonaba— se extendió por París: ¡que la señorita Stangerson finalmente había consentido en «coronar» la inextinguible llama del señor Robert Darzac! Hacía falta que el propio señor Robert Darzac no negara este rumor matrimonial para darle una apariencia de verdad, tan improbable parecía ser que estuviera bien fundado. Un día, sin embargo, el señor Stangerson, al salir de la Academia de Ciencias, anunció que el matrimonio de su hija y el señor Robert Darzac se celebraría en la privacidad del Château du Glandier, tan pronto como él y su hija hubieran dado los toques finales a su informe resumiendo sus trabajos sobre la «Disociación de la materia». El nuevo hogar se instalaría en el Glandier, y el yerno prestaría su ayuda en la obra a la que el padre y la hija habían dedicado sus vidas.

El mundo científico apenas había tenido tiempo de recuperarse del efecto de esta noticia, cuando se enteró del intento de asesinato de la señorita bajo las extraordinarias condiciones que hemos detallado y que nuestra visita al castillo debía permitirnos constatar con mayor precisión. No he dudado en proporcionar al lector todos estos detalles retrospectivos, conocidos por mí a través de mis relaciones comerciales con el señor Robert Darzac. Al cruzar el umbral del «Cuarto Amarillo» estaba tan bien informado como yo.

Capítulo V

En el que Joseph Rouletabille hace una observación al señor Robert Darzac que produce su pequeño efecto

Rouletabille y yo llevábamos varios minutos caminando al lado de un largo muro que delimitaba la vasta propiedad del señor Stangerson y ya habíamos llegado a divisar la puerta de entrada, cuando nuestra atención se vio atraída por un individuo que, medio inclinado hacia el suelo, parecía estar tan completamente absorto en lo que hacía como para no habernos visto acercarnos a él. En un momento se inclinaba tanto que casi tocaba el suelo; en otro se erguía y examinaba atentamente el muro; luego miraba la palma de una de sus manos y se alejaba a grandes zancadas. Finalmente echó a correr, sin dejar de mirar la palma de su mano. Rouletabille me había hecho detener con un gesto.

—¡Shh! ¡Frédéric Larsan está trabajando! ¡No lo molestemos!

Rouletabille sentía una gran admiración por el célebre detective. Yo nunca lo había visto antes, pero lo conocía bien de oídas. En aquel entonces, antes de que Rouletabille hubiera dado pruebas de su talento único, Larsan gozaba de reputación como el más hábil desenredador de los crímenes más misteriosos y complicados. Su reputación era mundial, y la policía de Londres, e incluso de Estados Unidos, a menudo lo llamaba en su ayuda cuando sus propios inspectores y detectives nacionales se encontraban al final de su ingenio y recursos.

Nadie se sorprendió, pues, de que el jefe de la Sûreté hubiera, al comienzo del misterio del «Cuarto Amarillo», telegrafiado a su preciado subordinado a Londres, donde había sido enviado por un gran caso de robo de valores, para que regresara a toda prisa. Frédéric, a quien en la Sûreté llamaban el «gran Frédéric», se había dado toda la prisa posible, sabiendo sin duda por experiencia que, si se le interrumpía en lo que estaba haciendo, era porque sus servicios eran urgentemente necesarios en otra dirección; así que, como decía Rouletabille, esa mañana ya estaba «trabajando». Pronto descubrimos en qué consistía.

Lo que miraba continuamente en la palma de su mano derecha no era otra cosa que su reloj, cuya manecilla de los minutos parecía estar observando con atención. Luego se dio media vuelta y siguió corriendo, deteniéndose solo al llegar a la verja del parque, donde consultó de nuevo su reloj y lo guardó en el bolsillo, encogiéndose de hombros con un gesto de desaliento. Empujó la verja del parque, la volvió a cerrar y la echó la llave, levantó la cabeza y, a través de los barrotes, nos percibió. Rouletabille se lanzó tras él y yo le seguí. Frédéric Larsan nos esperaba.

—Monsieur Fred —dijo Rouletabille, levantándose el sombrero y mostrando el profundo respeto, basado en la admiración, que el joven reportero sentía por el célebre detective—, ¿puede decirme si Monsieur Robert Darzac se encuentra en el castillo en este momento? Aquí tiene a uno de sus amigos, del Colegio de Abogados de París, que desea hablar con él.

—La verdad es que no lo sé, Monsieur Rouletabille —respondió Fred, estrechando la mano de mi amigo, a quien había conocido varias veces en el curso de sus difíciles investigaciones—. No le he visto.

—Los conserjes podrán informarnos, sin duda —dijo Rouletabille, señalando la portería, cuya puerta y ventanas estaban herméticamente cerradas.

—Los conserjes no podrán darles ninguna información, Monsieur Rouletabille.

—¿Por qué no?

—Porque fueron detenidos hace media hora.

—¡Detenidos! —exclamó Rouletabille—. ¡Entonces ellos son los asesinos!

Frédéric Larsan se encogió de hombros.

—Cuando no se puede detener al verdadero asesino —dijo con un aire de suprema ironía—, siempre se puede uno dar el lujo de descubrir cómplices.

—¿Los ha hecho detener usted, Monsieur Fred?

—¡Yo no! Yo no los he hecho detener. En primer lugar, estoy bastante seguro de que no han tenido nada que ver con el asunto, y después, porque...

—¿Porque qué? —preguntó Rouletabille con entusiasmo.

—Porque nada —dijo Larsan, sacudiendo la cabeza.

—¡Porque no hubo cómplices! —dijo Rouletabille.

—¡Ajá! ¿Entonces usted tiene una idea sobre este asunto? —dijo Larsan, mirando a Rouletabille con fijeza—, ¡sin embargo, usted no ha visto nada, jovencito!, ¡aún no ha logrado entrar aquí!

—Lograré entrar.

—Lo dudo. Las órdenes son estrictas.

—Lograré entrar si me deja ver a Monsieur Robert Darzac. Haga eso por mí. Sabe que somos viejos amigos. Se lo ruego, Monsieur Fred. ¿Recuerda el artículo que escribí sobre usted en el caso de la barra de oro?

El rostro de Rouletabille en ese momento era realmente divertido de ver. Mostraba un deseo tan irresistible de cruzar el umbral tras el cual había ocurrido un prodigioso misterio; suplicaba con tanta elocuencia, no solo con la boca y los ojos, sino con todas sus facciones, que no pude evitar romper a reír. Frédéric Larsan, al igual que yo, no pudo mantener la gravedad. Mientras tanto, de pie al otro lado de la verja, se guardó tranquilamente la llave en el bolsillo. Le escudriñé atentamente.

Podría tener unos cincuenta años. Tenía una cabeza fina, el cabello encaneciendo; una tez pálida y un perfil firme. Su frente era prominente, su barbilla y sus mejillas estaban bien afeitadas. Su labio superior, sin bigote, estaba finamente cincelado. Sus ojos eran más bien pequeños y redondos, con una mirada que era a la vez escrutadora e inquietante. Era de estatura media y complexión robusta, con un porte general elegante y distinguido. No tenía nada de policía vulgar. A su manera, era un artista, y se notaba que tenía una gran opinión de sí mismo. El tono escéptico de su conversación era el de un hombre al que la experiencia le había dado lecciones. Su extraña profesión le había puesto en contacto con tantos crímenes y villanías que habría sido notable que su naturaleza no se hubiera endurecido un poco.

Larsan volvió la cabeza al oír el sonido de un vehículo que venía del castillo y llegaba a la verja detrás de él. Reconocimos el coche que había traído al juez de instrucción y a su secretario desde la estación de Epinay.

—¡Ah! —dijo Frédéric Larsan—, si quieren hablar con Monsieur Robert Darzac, aquí está.

El coche ya estaba en la verja del parque y Robert Darzac estaba suplicando a Frédéric Larsan que se la abriera, explicándole que tenía prisa por tomar el siguiente tren que salía de Epinay hacia París. Entonces me reconoció. Mientras Larsan abría la verja, Monsieur Darzac preguntó qué me había traído al Glandier en un momento tan trágico. Noté que estaba espantosamente pálido y que su rostro estaba marcado como por los efectos de algún sufrimiento terrible.

—¿Está mejor la señorita? —pregunté inmediatamente.

—Sí —dijo—. Quizá se salve. ¡Debe salvarse!

No añadió «o será mi muerte»; pero sentí que la frase temblaba en sus labios pálidos.

Rouletabille intervino:

—Tiene prisa, señor; pero debo hablar con usted. Tengo algo de la mayor importancia que decirle.

Frédéric Larsan interrumpió:

—¿Puedo dejarles? —preguntó a Robert Darzac—. ¿Tiene usted llave o quiere que le dé esta?

—Gracias. Tengo llave y cerraré la verja.

Larsan se alejó apresuradamente en dirección al castillo, cuya imponente mole se podía distinguir a unos cientos de metros.

Robert Darzac, con el ceño fruncido, empezaba a mostrar impaciencia. Presenté a Rouletabille como un buen amigo mío, pero, tan pronto como supo que el joven era periodista, me miró con gran reproche, se disculpó alegando la necesidad de llegar a Epinay en veinte minutos, hizo una inclinación y fustigó a su caballo. Pero Rouletabille había agarrado las riendas y, para mi completo asombro, detuvo el carruaje con mano vigorosa. Luego pronunció una frase que para mí carecía totalmente de sentido.

—El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor.

Apenas habían salido las palabras de los labios de Rouletabille cuando vi a Robert Darzac estremecerse. Pálido como estaba, se puso más pálido aún. Sus ojos se fijaron en el joven con terror, y descendió inmediatamente del vehículo en un estado de agitación inexpresable.

—¡Vamos! ¡Suba! —balbuceó.

Luego, de repente, y con una especie de furia, repitió:

—Vamos, monsieur.

Se desvió por el camino por el que había venido desde el castillo, mientras Rouletabille seguía sujetando las riendas del caballo. Dirigí unas palabras a Monsieur Darzac, pero no respondió. Mis miradas cuestionaban a Rouletabille, pero su vista estaba en otra parte.

Capítulo VI

En el corazón del robledal

Llegamos al castillo y, al acercarnos, vimos a cuatro gendarmes paseando frente a una pequeña puerta en la planta baja del torreón. Pronto supimos que en esa planta baja, que antiguamente había servido de prisión, estaban confinados Monsieur y Madame Bernier, los conserjes.

Monsieur Robert Darzac nos condujo a la parte moderna del castillo por una gran puerta protegida por un toldo saliente, una marquesina, como se le llama. Rouletabille, que había dejado el caballo y el coche al cuidado de un sirviente, no apartaba los ojos de Monsieur Darzac. Seguí su mirada y percibí que se dirigía únicamente hacia las manos enguantadas del profesor de la Sorbona. Cuando estuvimos en un saloncito amueblado con muebles antiguos, Monsieur Darzac se volvió hacia Rouletabille y dijo bruscamente:

—¿Qué quiere?

El reportero respondió en un tono igualmente cortante:

—Estrecharle la mano.

Darzac retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Evidentemente, entendió, lo que yo también entendí, que mi amigo le sospechaba del abominable atentado contra la vida de la señorita Stangerson. La impresión de la mano ensangrentada en las paredes de «La Habitación Amarilla» estaba en su mente. Miré al hombre detenidamente. Su rostro altivo, de expresión habitualmente tan franca, estaba en ese momento extrañamente turbado. Tendió su mano derecha y, refiriéndose a mí, dijo:

—Como usted es amigo de Monsieur Sainclair, quien me ha prestado servicios inestimables en una causa justa, monsieur, no veo ninguna razón para negarle mi mano...

Rouletabille no tomó la mano extendida. Mintiendo con la mayor audacia, dijo:

—Monsieur, he vivido varios años en Rusia, donde he adquirido la costumbre de no estrechar nunca más que una mano sin guante.

Pensé que el profesor de la Sorbona expresaría su ira abiertamente, pero, por el contrario, mediante un esfuerzo visiblemente violento, se calmó, se quitó los guantes y mostró sus manos; estaban libres de cualquier cicatriz.

—¿Está satisfecho?

—¡No! —respondió Rouletabille—. Mi querido amigo —dijo, volviéndose hacia mí—, me veo obligado a pedirle que nos deje solos un momento.

Hice una inclinación y me retiré, estupefacto por lo que había visto y oído. No podía entender por qué Monsieur Robert Darzac no había echado ya a mi impertinente, insultante y estúpido amigo. Yo mismo estaba enfadado con Rouletabille en ese momento, por sus sospechas, que habían conducido a esta escena de los guantes.

Durante unos veinte minutos caminé frente al castillo, intentando en vano encadenar los diferentes acontecimientos del día. ¿Qué pasaba por la mente de Rouletabille? ¿Era posible que pensara que Monsieur Robert Darzac era el asesino? ¿Cómo podía pensarse que este hombre, que iba a casarse con la señorita Stangerson en pocos días, se hubiera introducido en «La Habitación Amarilla» para asesinar a su prometida? No encontraba explicación a cómo el asesino había podido salir de «La Habitación Amarilla»; y mientras ese misterio, que me parecía tan inexplicable, permaneciera sin aclarar, pensaba que era deber de todos nosotros abstenernos de sospechar de nadie. Pero, entonces, aquella frase aparentemente sin sentido —«El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor»— seguía resonando en mis oídos. ¿Qué significaba? Estaba ansioso por reunirme con Rouletabille e interrogarle.

En ese momento el joven salió del castillo en compañía de Monsieur Robert Darzac y, cosa extraordinaria, vi de un vistazo que eran los mejores amigos.

—Vamos a «La Habitación Amarilla». Venga con nosotros —me dijo Rouletabille—. Sabe, mi querido muchacho, que voy a retenerle conmigo todo el día. Desayunaremos juntos en algún lugar por aquí...

—Desayunarán conmigo, aquí, caballeros...

—No, gracias —respondió el joven—. Desayunaremos en la posada del Torreón.

—Comerán muy mal allí; no encontrarán nada...

—¿Eso cree? Bueno, espero encontrar algo allí —respondió Rouletabille—. Después de desayunar, volveremos al trabajo. Escribiré mi artículo y si usted tuviera la amabilidad de llevármelo a la redacción...

—¿No volverá conmigo a París?

—No; me quedaré aquí.

Me volví hacia Rouletabille. Hablaba con total seriedad, y Monsieur Robert Darzac no parecía en absoluto sorprendido.

Pasábamos junto al torreón y oímos voces de lamento. Rouletabille preguntó:

—¿Por qué han detenido a estas personas?

—Es un poco culpa mía —dijo Monsieur Darzac—. Resulta que comenté al juez de instrucción ayer que era inexplicable que los conserjes hubieran tenido tiempo de oír los disparos del revólver, vestirse y cubrir una distancia tan grande como la que separa su portería del pabellón, en el espacio de dos minutos; pues no había transcurrido más que ese intervalo de tiempo después de los disparos cuando se encontraron con el viejo Jacques.

—Eso era sospechoso, evidentemente —asintió Rouletabille—. ¿Y estaban vestidos?

—Eso es lo increíble: estaban vestidos, completamente, sin que faltara ni una sola prenda de su traje. La mujer llevaba zuecos, pero el hombre llevaba botas de cordones. Ahora, ellos aseguran que se acostaron a las nueve y media. Al llegar esta mañana, el juez de instrucción trajo de París un revólver del mismo calibre que el encontrado en la habitación (pues no podía usar el que estaba como prueba), e hizo que su secretario disparara dos veces en «La Habitación Amarilla» mientras las puertas y ventanas estaban cerradas. Estábamos con él en la portería de los conserjes y, sin embargo, no oímos nada, ni un sonido. Los conserjes han mentido, de eso no cabe duda. ¡Debían estar esperando ya, no lejos del pabellón, esperando algo! Ciertamente, no se les puede acusar de ser los autores del crimen, pero su complicidad no es improbable. Por eso el señor de Marquet los hizo detener de inmediato.

—Si hubieran sido cómplices —dijo Rouletabille—, no habrían estado allí en absoluto. Cuando la gente se lanza a los brazos de la justicia con las pruebas de complicidad encima, puede estar seguro de que no son cómplices. No creo que haya cómplices en este asunto.

—Entonces, ¿por qué estaban fuera a medianoche? ¿Por qué no lo dicen?

—Seguro que tienen alguna razón para su silencio. Hay que descubrir cuál es esa razón; porque, aunque no sean cómplices, puede ser importante. Todo lo que ocurrió en una noche así es importante.

Habíamos cruzado un viejo puente sobre el Douve y entrábamos en la parte del parque llamada el Robledal. Los robles aquí eran centenarios. El otoño ya había marchitado sus hojas leonadas, y sus altas ramas, negras y retorcidas, parecían horribles cabelleras, mezcladas con reptiles extraños como los que los antiguos escultores pusieron en la cabeza de Medusa. Este lugar, que a la señorita le resultaba alegre y en el que vivía en la temporada de verano, nos parecía ahora triste y funerario. El suelo estaba negro y fangoso por las recientes lluvias y la podredumbre de las hojas caídas; los troncos de los árboles estaban negros y el cielo sobre nosotros estaba ahora, como de luto, cargado de grandes y pesadas nubes.

Y fue en este retiro sombrío y desolado donde vimos las paredes blancas del pabellón al acercarnos. Un edificio de aspecto extraño, sin ninguna ventana visible por el lado por el que nos aproximábamos. Solo una pequeña puerta marcaba la entrada. Podría haber pasado por una tumba, un vasto mausoleo en medio de un bosque espeso. A medida que nos acercábamos, pudimos distinguir su disposición. El edificio obtenía toda la luz que necesitaba del sur, es decir, del campo abierto. La pequeña puerta daba al parque. Monsieur y Mademoiselle Stangerson debieron encontrarlo un retiro ideal para su trabajo y sus sueños.

He aquí el plano de la planta del pabellón. Tenía una planta baja a la que se accedía por unos pocos escalones, y encima había un ático, del que no necesitamos ocuparnos. El plano de la planta baja solo, bosquejado a grandes rasgos, es el que aquí someto al lector.

1. La Habitación Amarilla, con su única ventana y su única puerta que abre al laboratorio.

2. Laboratorio, con sus dos grandes ventanas enrejadas y sus puertas, una que sirve de vestíbulo y la otra para La Habitación Amarilla.

3. Vestíbulo, con su ventana sin rejas y la puerta que da al parque.

4. Lavabo.

5. Escaleras que conducen al ático.

6. Gran chimenea, la única del pabellón, que sirve para los experimentos del laboratorio.

El plano fue dibujado por Rouletabille, y me aseguré de que no faltaba ni una línea para ayudar a la solución del problema que entonces se le planteaba a la policía. Con las líneas de este plano y la descripción de sus partes ante ellos, mis lectores sabrán tanto como sabía Rouletabille cuando entró en el pabellón por primera vez. Con él pueden preguntarse ahora: ¿Cómo escapó el asesino de La Habitación Amarilla?

Antes de subir los tres escalones que conducían a la puerta del pabellón, Rouletabille se detuvo y preguntó a Monsieur Darzac sin rodeos:

—¿Cuál fue el motivo del crimen?

—Hablando por mí mismo, monsieur, no puede haber duda al respecto —dijo el prometido de la señorita Stangerson, muy angustiado—. Las marcas de los dedos, los profundos arañazos en el pecho y la garganta de la señorita Stangerson demuestran que el desgraciado que la atacó intentó cometer un crimen espantoso. Los expertos médicos que examinaron estas huellas ayer afirman que fueron hechas por la misma mano que dejó su huella roja en la pared; una mano enorme, monsieur, mucho demasiado grande para entrar en mis guantes —añadió con una sonrisa indefinible.

—¿No podría esa mano ensangrentada —interrumpí— haber sido la mano de la señorita Stangerson que, en el momento de caer, la había presionado contra la pared y, al resbalar, agrandó la impresión?

—No había ni una gota de sangre en ninguna de sus manos cuando fue levantada —respondió Monsieur Darzac.

—Ahora estamos seguros —dije— de que fue la señorita Stangerson quien estaba armada con el revólver del viejo Jacques, puesto que ella hirió la mano del asesino. Tenía miedo, entonces, de alguien o algo.

—Probablemente.

—¿Sospecha de alguien?

—No —respondió Monsieur Darzac, mirando a Rouletabille.

Rouletabille me dijo entonces:

—Debe saber, amigo mío, que la investigación está un poco más avanzada de lo que el señor de Marquet ha querido decirnos. Él no solo sabe que la señorita Stangerson se defendió con el revólver, sino que sabe cuál fue el arma que se utilizó para atacarla. Monsieur Darzac me dice que fue un hueso de carnero. ¿Por qué el señor de Marquet rodea este hueso de carnero con tanto misterio? ¿Sin duda con el propósito de facilitar las investigaciones de los agentes de la Sûreté? Imagina, tal vez, que el dueño de este instrumento de crimen, el más terrible inventado, va a ser encontrado entre aquellos que son bien conocidos en los bajos fondos de París que lo utilizan. ¡Pero quién puede decir nunca lo que pasa por el cerebro de un juez de instrucción! —añadió Rouletabille con despectiva ironía.

—¿Se ha encontrado un hueso de carnero en La Habitación Amarilla? —le pregunté.

—Sí, monsieur —dijo Robert Darzac—, al pie de la cama; pero le ruego que no diga nada al respecto. (Hice un gesto de asentimiento). Era un enorme hueso de carnero, cuya parte superior, o mejor dicho la articulación, estaba aún roja con la sangre de la espantosa herida. Era un hueso viejo, que puede, según las apariencias, haber servido en otros crímenes. Eso es lo que piensa el señor de Marquet, quien ha hecho que lo envíen al laboratorio municipal de París para ser analizado. De hecho, cree haber detectado en él, no solo la sangre de la última víctima, sino otras manchas de sangre seca, evidencias de crímenes anteriores.

—Un hueso de carnero en la mano de un asesino experto es un arma espantosa —dijo Rouletabille—, un arma más segura que un pesado martillo.

—El sinvergüenza ha demostrado que lo es —dijo Monsieur Robert Darzac, tristemente—. La articulación del hueso encontrado encaja exactamente con la herida infligida. Mi creencia es que la herida habría sido mortal, si el golpe del asesino no hubiera sido detenido en el acto por el revólver de la señorita Stangerson. Herido en la mano, dejó caer el hueso de carnero y huyó. Desafortunadamente, el golpe ya había sido dado, y la señorita quedó aturdida después de haber sido casi estrangulada. Si ella hubiera conseguido herir al hombre con el primer disparo del revólver, habría, sin duda, escapado al golpe con el hueso. Pero ella había empleado ciertamente su revólver demasiado tarde; el primer disparo se desvió y se alojó en el techo; fue el segundo solo el que tuvo efecto.

Habiendo dicho esto, Monsieur Darzac llamó a la puerta del pabellón. Debo confesar que sentía una gran impaciencia por llegar al lugar donde se había cometido el crimen. Pasó algún tiempo antes de que la puerta fuera abierta por un hombre al que reconocí de inmediato como el viejo Jacques.

Parecía tener bastante más de sesenta años. Tenía una larga barba blanca y cabello blanco, sobre el cual llevaba una boina vasca plana. Estaba vestido con un traje completo de pana color castaño, desgastado en los costados; llevaba zuecos en los pies. Tenía un rostro de aspecto bastante irascible, cuya expresión se iluminó, sin embargo, tan pronto como vio a Monsieur Darzac.

—Amigos —dijo nuestro guía. —¿Nadie en el pabellón, viejo Jacques?

—No debería permitir que nadie entrara, Monsieur Robert, pero, por supuesto, la orden no se aplica a usted. Estos caballeros de la justicia han visto todo lo que hay que ver, y han hecho suficientes dibujos, y redactado suficientes informes...

—Discúlpeme, Monsieur Jacques, una pregunta antes que nada —dijo Rouletabille.

—¿Qué es, jovencito? Si puedo responderla...

«¿Llevaba su ama el cabello en bandas aquella noche? Ya sabe a lo que me refiero, ¿sobre la frente?»

«No, jovencito. Mi ama nunca llevó el cabello de la manera que sugiere, ni en aquel día ni en ningún otro. Lo llevaba recogido, como de costumbre, de modo que su hermosa frente quedaba al descubierto, ¡pura como la de un niño recién nacido!»

Rouletabille gruñó y se puso manos a la obra examinando la puerta, comprobando que se cerraba automáticamente. Se cercioró de que nunca podía permanecer abierta y de que necesitaba una llave para abrirla. Luego entramos en el vestíbulo, una estancia pequeña y bien iluminada, pavimentada con baldosas cuadradas de color rojo.

«¡Ah! ¡Esta es la ventana por la que escapó el asesino!», dijo Rouletabille.

«Eso es lo que no paran de decir, monsieur, ¡eso es lo que no paran de decir! Pero si se hubiera marchado por ahí, sin duda lo habríamos visto. No estamos ciegos, ni el señor Stangerson ni yo, ni los porteros que están en prisión. ¿Por qué no me han metido a mí también en la cárcel, por causa de mi revólver?»

Rouletabille ya había abierto la ventana y examinaba los postigos.

«¿Estaban cerrados en el momento del crimen?»

«Y asegurados con el pestillo de hierro por dentro», dijo el viejo Jacques, «y estoy completamente seguro de que el asesino no salió por ahí».

«¿Hay alguna mancha de sangre?»

«Sí, en las piedras de fuera; pero, ¿sangre de qué?»

«¡Ah!», dijo Rouletabille, «hay huellas visibles en el camino; el suelo estaba muy húmedo. Lo examinaré pronto».

«¡Tonterías!», interrumpió el viejo Jacques; «el asesino no fue por ahí».

«¿Por dónde fue, entonces?»

«¿Cómo voy a saberlo?»

Rouletabille observaba todo, olisqueaba todo. Se puso de rodillas y examinó rápidamente cada una de las baldosas. El viejo Jacques continuó:

«Ah, no encontrará nada, monsieur. No se ha encontrado nada. Y ahora está todo sucio; demasiada gente ha pisoteado esto. No me dejaron fregarlo, pero el día del crimen yo había lavado el suelo a fondo, y si el asesino lo hubiera cruzado con sus botas de clavos, no habría dejado de ver por dónde había pasado; ya dejó bastantes marcas en la habitación de la señorita».

Rouletabille se levantó.

«¿Cuándo fue la última vez que fregó estas baldosas?», preguntó, y clavó en el viejo Jacques una mirada muy escrutadora.

«Pues, como le he dicho, el día del crimen, hacia las cinco y media, mientras la señorita y su padre daban un pequeño paseo antes de la cena, aquí en esta habitación; habían cenado en el laboratorio. Al día siguiente, el juez de instrucción vino y vio todas las marcas que había en el suelo tan claramente como si hubieran sido hechas con tinta sobre papel blanco. Bien, ni en el laboratorio ni en el vestíbulo, que estaban ambos limpios como una patena, había rastro alguno de huellas de hombre. Puesto que las han encontrado cerca de esta ventana por fuera, debe de haber salido a través del techo de La Habitación Amarilla hacia el desván, luego cortó el techo y se dejó caer al suelo fuera de la ventana del vestíbulo. Pero no hay ningún agujero, ni en el techo de La Habitación Amarilla ni en el tejado de mi desván, ¡eso es absolutamente seguro! Así que ya ve, ¡no sabemos nada, nada! Y nunca se sabrá nada. Es un misterio obra del diablo».

Rouletabille se puso de rodillas de nuevo casi frente a un pequeño lavabo al fondo del vestíbulo. Permaneció en esa posición durante cerca de un minuto.

«¿Y bien?», le pregunté cuando se levantó.

«Oh, nada muy importante, una gota de sangre», respondió, volviéndose hacia el viejo Jacques mientras hablaba. «Mientras fregaba el laboratorio y este vestíbulo, ¿estaba abierta la ventana del vestíbulo?», preguntó.

«No, monsieur, estaba cerrada; pero después de terminar de fregar el suelo, encendí un poco de carbón para el señor en la estufa del laboratorio y, como lo encendí con periódicos viejos, echó humo, así que abrí ambas ventanas del laboratorio y esta, para crear corriente de aire; luego cerré las del laboratorio y dejé esta abierta cuando salí. Cuando regresé al pabellón, esta ventana estaba cerrada y el señor y la señorita ya estaban trabajando en el laboratorio».

«¿El señor o la señorita Stangerson la habrían cerrado, sin duda?»

«Sin duda».

«¿No les preguntó?»

«No».

Tras un examen minucioso del pequeño lavabo y de la escalera que subía al desván, Rouletabille —para quien ya parecíamos no existir— entró en el laboratorio. Lo seguí. Confieso que me encontraba en un estado de gran agitación. Robert Darzac no perdía ni un movimiento de mi amigo. En cuanto a mí, mis ojos se dirigieron de inmediato a la puerta de La Habitación Amarilla. Estaba cerrada y, como vi al instante, parcialmente destrozada e inutilizada.

Mi amigo, que realizaba su trabajo metódicamente, estudió en silencio la estancia en la que nos encontrábamos. Era grande y bien iluminada. Dos grandes ventanales, casi miradores, estaban protegidos por fuertes rejas de hierro y daban a una amplia extensión de campo. A través de una apertura en el bosque, dominaban una vista maravillosa a lo largo del valle y a través de la llanura hasta la gran ciudad, que se podía ver claramente cuando hacía buen tiempo. Hoy, sin embargo, una niebla cubría el suelo, ¡y sangre en esa habitación!

Todo un lado del laboratorio estaba ocupado por una gran chimenea, crisoles, hornos y utensilios necesarios para experimentos químicos; mesas cargadas de frascos, papeles, informes, una máquina eléctrica —un aparato, según me informó el señor Darzac, empleado por el profesor Stangerson para demostrar la Disociación de la Materia bajo la acción de la luz solar— y otros instrumentos científicos.

A lo largo de las paredes había vitrinas, lisas o acristaladas, a través de las cuales se veían microscopios, aparatos fotográficos especiales y una gran cantidad de cristales.

Rouletabille, que estaba hurgando en la chimenea, metió los dedos en uno de los crisoles. De repente se irguió y sostuvo en su mano un trozo de papel medio consumido. Se acercó a donde estábamos hablando junto a una de las ventanas.

«Guárdelo para nosotros, señor Darzac», dijo.

Me incliné sobre el trozo de papel chamuscado que el señor Darzac tomó de la mano de Rouletabille y leí claramente las únicas palabras que permanecían legibles:

«Presbiterio... no perdió nada... encanto, ni el gar... su brillo».

Dos veces desde la mañana esas mismas palabras sin sentido me habían impactado y, por segunda vez, vi que producían en el profesor de la Sorbona el mismo efecto paralizante. La primera ansiedad del señor Darzac se manifestó cuando dirigió sus ojos hacia el viejo Jacques. Pero, ocupado como estaba en otra ventana, no había visto nada. Luego, abriendo temblorosamente su cartera, metió en ella el trozo de papel, suspirando: «¡Dios mío!»

Durante este tiempo, Rouletabille se había subido a la abertura de la rejilla de la chimenea —es decir, se había puesto sobre los ladrillos de un horno— y examinaba atentamente la chimenea, que se estrechaba hacia arriba, cuya salida estaba cerrada con placas de hierro fijadas en la mampostería, a través de las cuales pasaban tres pequeñas chimeneas.

«Imposible salir por ahí», dijo, saltando de nuevo al laboratorio. «Además, incluso si hubiera intentado hacerlo, habría derribado toda esa estructura de hierro. No, no; no es por ese lado por donde debemos buscar».

Rouletabille examinó a continuación el mobiliario y abrió las puertas de las vitrinas. Luego llegó a las ventanas, a través de las cuales declaró que nadie podría haber pasado en absoluto. En la segunda ventana encontró al viejo Jacques en contemplación.

«Bueno, viejo Jacques», dijo, «¿qué está mirando?»

«A ese policía que siempre está dando vueltas alrededor del lago. ¡Otro de esos tipos que creen que pueden ver mejor que nadie!»

«Usted no conoce a Frédéric Larsan, viejo Jacques, o no hablaría de él de esa manera», dijo Rouletabille en tono melancólico. «Si hay alguien que encontrará al asesino, será él». Y Rouletabille lanzó un profundo suspiro.

«Antes de encontrarlo, tendrán que aprender cómo lo perdieron», dijo el viejo Jacques con estoicismo.

Finalmente llegamos a la puerta de La Habitación Amarilla propiamente dicha.

«Ahí está la puerta detrás de la cual tuvo lugar una escena terrible», dijo Rouletabille, con una solemnidad que, en cualquier otra circunstancia, habría sido cómica.

Capítulo VII

En el que Rouletabille emprende una expedición bajo la cama

Rouletabille, tras haber empujado la puerta de La Habitación Amarilla, se detuvo en el umbral diciendo, con una emoción que solo más tarde comprendí: «¡Ah, el perfume de la dama de negro!»

La habitación estaba a oscuras. El viejo Jacques iba a abrir las persianas cuando Rouletabille lo detuvo.

«¿No tuvo lugar la tragedia en completa oscuridad?», preguntó.

«No, jovencito, no lo creo. La señorita siempre tenía una luz de noche sobre su mesa, y yo la encendía cada tarde antes de que se fuera a dormir. Yo hacía las veces de doncella, debe entenderlo, cuando llegaba la noche. La doncella de verdad no venía mucho antes de la mañana. La señorita trabajaba hasta tarde, hasta bien entrada la noche».

«¿Dónde estaba la mesa con la luz de noche?, ¿lejos de la cama?»

«Algo lejos de la cama».

«¿Puede encender el mechero ahora?»

«La lámpara está rota y el aceite que contenía se derramó cuando la mesa fue volcada. Todo el resto de las cosas en la habitación permanecen tal como estaban. Solo tengo que abrir las persianas para que pueda ver».

«Espere».

Rouletabille regresó al laboratorio, cerró los postigos de las dos ventanas y la puerta del vestíbulo. Cuando estuvimos en completa oscuridad, encendió una cerilla y pidió al viejo Jacques que se moviera hacia el centro de la habitación con ella, al lugar donde la luz de noche ardía aquella noche.

El viejo Jacques, que estaba en calcetines —por lo general dejaba sus zuecos en el vestíbulo—, entró en La Habitación Amarilla con su trozo de cerilla. Distinguimos vagamente objetos derribados en el suelo, una cama en un rincón y, frente a nosotros, a la izquierda, el brillo de un espejo colgado en la pared, cerca de la cama.

«¡Eso es suficiente!, ahora puede abrir las persianas», dijo Rouletabille.

«No se acerque más», suplicó el viejo Jacques, «puede dejar marcas con sus botas, y nada debe ser alterado; es una idea del magistrado, aunque ya no tiene nada más que hacer aquí».

Y empujó el postigo. La pálida luz del día entró desde el exterior, arrojando una luz siniestra sobre las paredes de color azafrán. El suelo —pues aunque el laboratorio y el vestíbulo eran de baldosas, La Habitación Amarilla tenía un suelo de madera— estaba cubierto con una única alfombra amarilla que era lo suficientemente grande como para cubrir casi toda la habitación, bajo la cama y bajo el tocador, el único mueble que permanecía en pie. La mesa redonda central, la mesilla de noche y dos sillas habían sido volcadas. Esto no impedía que una gran mancha de sangre fuera visible en la alfombra, hecha, como nos informó el viejo Jacques, por la sangre que había manado de la herida en la frente de la señorita Stangerson. Además de estas manchas, gotas de sangre habían caído en todas direcciones, en línea con los rastros visibles de las pisadas —grandes y negras— del asesino. Todo llevaba a la presunción de que estas gotas de sangre habían caído de la herida del hombre que, por un momento, había colocado su mano roja sobre la pared. Había otros rastros de la misma mano en la pared, pero mucho menos claros.

«¡Mire! ¡Mire esta sangre en la pared!», no pude evitar exclamar. «¡El hombre que presionó su mano tan fuertemente sobre ella en la oscuridad debió de pensar sin duda que estaba empujando una puerta! Por eso presionó con tanta fuerza, dejando sobre el papel amarillo la terrible evidencia. No creo que haya muchas manos en el mundo de ese tipo. ¡Es grande y fuerte, y los dedos son casi todos igual de largos! Falta el pulgar y solo tenemos la marca de la palma; pero si seguimos el rastro de la mano», continué, «vemos que, tras dejar su impronta en la pared, el tacto buscó la puerta, la encontró y luego palpó en busca de la cerradura...»

«Sin duda», interrumpió Rouletabille soltando una risita, «¡solo que no hay sangre, ni en la cerradura ni en el cerrojo!»

«¿Qué demuestra eso?», repliqué con un sentido común del que estaba orgulloso; «podría haber abierto la cerradura con su mano izquierda, lo cual habría sido bastante natural, estando herida su mano derecha».

«¡No la abrió en absoluto!», exclamó de nuevo el viejo Jacques. «¡No somos tontos, y éramos cuatro cuando forzamos la puerta!»

«¡Qué mano tan extraña! ¡Mire qué mano tan extraña es!», dije.

«Es una mano muy natural», dijo Rouletabille, «cuya forma ha sido deformada por haber resbalado en la pared. El hombre se secó la mano en la pared. Debe ser un hombre de unos un metro setenta y cinco de altura».

«¿Cómo llega a esa conclusión?»

«Por la altura de las marcas en la pared».

Mi amigo se ocupó a continuación de la marca de la bala en la pared. Era un agujero redondo.

«Esta bala fue disparada recta, no desde arriba y, por consiguiente, no desde abajo».

Rouletabille volvió a la puerta y examinó cuidadosamente la cerradura y el cerrojo, cerciorándose de que la puerta había sido ciertamente forzada desde el exterior y, además, de que la llave se había encontrado en la cerradura en el interior de la habitación. Finalmente se aseguró de que, con la llave en la cerradura, la puerta no podría abrirse desde fuera con otra llave. Tras haberse cerciorado de todos estos detalles, dejó caer estas palabras: «¡Eso es mejor!». Luego, sentándose en el suelo, se quitó apresuradamente las botas y, en calcetines, entró en la habitación.

Lo primero que hizo fue examinar minuciosamente el mobiliario volcado. Lo observamos en silencio.

«Jovencito, se está tomando muchas molestias», dijo el viejo Jacques con ironía.

Rouletabille levantó la cabeza y dijo:

«Ha dicho la pura verdad, viejo Jacques; su ama no llevaba el cabello en bandas aquella noche. Fui un burro al creer que lo llevaba».

Luego, con la flexibilidad de una serpiente, se deslizó bajo la cama. Poco después le oímos preguntar:

«¿A qué hora llegaron el señor y la señorita Stangerson al laboratorio, Monsieur Jacques?»

«A las seis».

La voz de Rouletabille continuó:

«Sí, ha estado aquí debajo, eso es seguro; de hecho, no había otro lugar donde pudiera haberse escondido. Aquí también están las marcas de sus clavos. Cuando entraron, los cuatro, ¿miraron debajo de la cama?»

«Al instante, la sacamos de su lugar...»

«¿Y entre los colchones?»

«Solo había uno en la cama, y sobre él fue colocada la señorita; y el señor Stangerson y el portero lo llevaron inmediatamente al laboratorio. Bajo el colchón no había nada más que la rejilla metálica, que no podía ocultar nada ni a nadie. Recuerde, monsieur, que éramos cuatro y no podíamos dejar de ver todo; la habitación es muy pequeña y está escasamente amueblada, y todo estaba cerrado a cal y canto en el pabellón».

Me aventuré con una hipótesis:

«Quizás se escapó con el colchón, ¡en el colchón! ¡Cualquier cosa es posible ante semejante misterio! En su angustia mental, el señor Stangerson y el portero pueden no haber notado que cargaban con un peso doble; ¡especialmente si el portero fuera un cómplice! Lanzó esta hipótesis por lo que vale, pero explica muchas cosas, y particularmente el hecho de que ni el laboratorio ni el vestíbulo tengan rastro de las huellas encontradas en la habitación. Si al llevar a la señorita sobre el colchón desde el laboratorio del castillo descansaron un momento, podría haber habido una oportunidad para que el hombre escapara de él».

«¿Y luego?», preguntó Rouletabille, riendo deliberadamente bajo la cama.

Me sentí algo molesto y repliqué:

«No lo sé, pero todo parece posible...»

«El juez de instrucción tuvo la misma idea, monsieur», dijo el viejo Jacques, «y examinó cuidadosamente el colchón. Tuvo que reírse de la idea, monsieur, como su amigo está haciendo ahora, pues ¿quién ha oído hablar de un colchón con doble fondo?»

Yo mismo tuve que reírme al ver que lo que había dicho era absurdo; pero en un asunto como este uno apenas sabe dónde empieza o termina un absurdo.

Solo mi amigo parecía capaz de hablar con sensatez. Gritó desde debajo de la cama:

«La alfombra de aquí ha sido movida de su lugar, ¿quién lo hizo?»

«Nosotros, monsieur», explicó el viejo Jacques. «Cuando no pudimos encontrar al asesino, nos preguntamos si no habría algún agujero en el suelo...»

«No lo hay», respondió Rouletabille. «¿Hay sótano?»

«No, no hay sótano. Pero eso no ha impedido que busquemos, y no ha impedido que el juez de instrucción y su secretario estudien el suelo tabla por tabla, como si hubiera habido un sótano debajo».

El reportero reapareció entonces. Sus ojos brillaban y sus fosas nasales palpitaban. Permaneció a cuatro patas. No podría ser mejor comparado que con un admirable perro de caza tras el rastro de una pieza inusual. Y, en efecto, estaba olfateando los pasos de un hombre, el hombre a quien ha jurado reportar a su jefe, el director de “L’Époque”. No debe olvidarse que Rouletabille era, ante todo, un periodista.

Así, a cuatro patas, se abrió camino hacia las cuatro esquinas de la habitación, por así decirlo, olfateando y rodeando todo: todo lo que podíamos ver, que no era mucho, y todo lo que no podíamos ver, que debía ser infinito.

El tocador era una simple mesa sobre cuatro patas; no había nada en él por lo que pudiera transformarse en un escondite temporal. No había armario ni alacena. La señorita Stangerson guardaba su vestuario en el castillo.

Rouletabille pasó literalmente su nariz y sus manos a lo largo de las paredes, construidas de ladrillo sólido. Cuando terminó con las paredes y pasó sus ágiles dedos sobre cada porción del papel amarillo que las cubría, llegó al techo, que pudo tocar subiéndose a una silla colocada sobre el tocador, y moviendo este escenario ingeniosamente construido de un lugar a otro examinó cada palmo de él. Cuando hubo terminado su escrutinio del techo, donde examinó cuidadosamente el agujero hecho por la segunda bala, se acercó a la ventana y examinó, una vez más, las rejas de hierro y los postigos, los cuales estaban todos sólidos e intactos. Finalmente, dio un gruñido de satisfacción y declaró: «¡Ahora estoy tranquilo!»

«Bueno, ¿cree usted que la pobre y querida señorita estaba encerrada cuando fue asesinada, cuando pidió auxilio a gritos?», gimió el viejo Jacques.

«Sí», dijo el joven reportero, secándose la frente, «La Habitación Amarilla estaba tan herméticamente cerrada como una caja fuerte».

«Eso», dije, «es por lo que este misterio es el más sorprendente que conozco. Edgar Allan Poe, en los ‘Crímenes de la calle Morgue’, no inventó nada parecido. El lugar de aquel crimen estaba lo suficientemente cerrado para impedir la huida de un hombre; ¡pero había esa ventana por la que el mono, el autor del asesinato, podía escaparse! Pero aquí no puede haber cuestión de apertura de ningún tipo. La puerta estaba cerrada y a través de los postigos de la ventana, seguros como estaban, ni siquiera una mosca podría entrar o salir».

«Cierto, cierto», asintió Rouletabille mientras seguía secándose la frente, que parecía sudar menos por su reciente esfuerzo físico que por su agitación mental. «En efecto, es un misterio grande, hermoso y muy curioso».

«La Bête du bon Dieu», murmuró el viejo Jacques, «la propia Bête du bon Dieu, si hubiera cometido el crimen, no habría podido escapar. ¡Escuche! ¿Lo oye? ¡Silencio!»

El viejo Jacques nos hizo una señal de guardar silencio y, extendiendo su brazo hacia la pared más cercana al bosque, escuchó algo que nosotros no podíamos oír.

«Está respondiendo», dijo finalmente. «Debo matarla. Es muy malvada, pero es la Bête du bon Dieu, y cada noche va a rezar sobre la tumba de Sainte-Geneviève y nadie se atreve a tocarla, por miedo a que la Madre Angenoux les lance un mal hechizo».

«¿Qué tamaño tiene la Bête du bon Dieu?»

«Casi tan grande como un retriever pequeño; un monstruo, se lo aseguro. ¡Ah!, me he preguntado más de una vez si no fue ella quien tomó a nuestra pobre señorita por la garganta con sus garras. Pero la Bête du bon Dieu no usa botas con clavos, ni dispara revólveres, ¡ni tiene una mano como esa!», exclamó el viejo Jacques, volviéndonos a señalar la marca roja en la pared. «Además, la habríamos visto igual que habríamos visto a un hombre...»

«Evidentemente», dije yo. «Antes de haber visto esta Habitación Amarilla, también me había preguntado si el gato de la Madre Angenoux...»

«¡Usted también!», gritó Rouletabille.

«¿Acaso usted no?», pregunté.

«Ni por un momento. Después de leer el artículo en el ‘Matin’, supe que un gato no tenía nada que ver con el asunto. Pero juro ahora que aquí se ha representado una tragedia espantosa. ¿No dice nada sobre la boina vasca o el pañuelo encontrados aquí, viejo Jacques?»

«Por supuesto, el juez de instrucción los ha tomado», respondió el anciano, vacilante.

«No he visto ni el pañuelo ni la boina, y sin embargo puedo decirle cómo son», le dijo gravemente el reportero.

«Oh, usted es muy listo», dijo el viejo Jacques, tosiendo y avergonzado.

«El pañuelo es grande, azul con rayas rojas, y la boina es una vieja boina vasca, como la que lleva usted ahora».

«¡Es usted un mago!», dijo el viejo Jacques, intentando reír y no consiguiéndolo del todo. «¿Cómo sabe que el pañuelo es azul con rayas rojas?»

«Porque, si no hubiera sido azul con rayas rojas, no se habría encontrado en absoluto».

Sin prestar más atención al viejo Jacques, mi amigo sacó un trozo de papel de su bolsillo y, tomando unas tijeras, se inclinó sobre las huellas. Colocando el papel sobre una de ellas, comenzó a recortar. En poco tiempo había hecho un patrón perfecto que me entregó, rogándome que no lo perdiera.

Luego volvió a la ventana y, señalando la figura de Frédéric Larsan, que no se había alejado de la orilla del lago, preguntó al viejo Jacques si el detective, al igual que él, había estado trabajando en la Habitación Amarilla.

«No», respondió Robert Darzac, quien, desde que Rouletabille le había entregado el trozo de papel chamuscado, no había pronunciado palabra. «Pretende que no necesita examinar la Habitación Amarilla. Dice que el asesino escapó de ella de una manera natural y que esta misma tarde explicará cómo lo hizo».

Al escuchar lo que Monsieur Darzac tenía que decir, Rouletabille palideció.

«¿Habrá descubierto Frédéric Larsan la verdad que yo solo puedo vislumbrar?», murmuró. «Es muy listo, muy listo, y le admiro. Pero lo que tenemos que hacer hoy es algo más que el trabajo de un policía, algo muy distinto a las enseñanzas de la experiencia. Tenemos que agarrar nuestra razón por el extremo correcto».

El reportero salió precipitadamente al aire libre, agitado por la idea de que el gran y famoso Fred pudiera adelantársele en la resolución del problema de la Habitación Amarilla.

Logré alcanzarlo en el umbral del pabellón.

«Cálmese, querido amigo», dije. «¿No está satisfecho?»

«Sí», me confesó con un profundo suspiro. «Estoy muy satisfecho. He descubierto muchas cosas».

«¿Morales o materiales?»

«Varias morales; una material. Esta, por ejemplo».

Y rápidamente sacó del bolsillo de su chaleco un trozo de papel en el que había colocado un cabello claro de mujer.

Capítulo VIII

El juez de instrucción interroga a la señorita Stangerson

Dos minutos después, mientras Rouletabille se inclinaba sobre las huellas descubiertas en el parque, bajo la ventana del vestíbulo, un hombre, evidentemente un sirviente del castillo, vino hacia nosotros rápidamente y llamó a Monsieur Darzac, que salía entonces del pabellón:

«Monsieur Robert, el juez, ya sabe, está interrogando a la señorita».

Monsieur Darzac nos murmuró una disculpa y salió corriendo hacia el castillo, con el hombre detrás.

«Si el cadáver pudiera hablar», dije, «sería interesante estar allí».

«Debemos saberlo», dijo mi amigo. «Vayamos al castillo». Y me llevó consigo. Pero, en el castillo, un gendarme apostado en el vestíbulo nos negó la entrada a la escalera del primer piso. Nos vimos obligados a esperar abajo.

Esto es lo que sucedió en la cámara de la víctima mientras esperábamos abajo.

El médico de la familia, al ver que la señorita Stangerson estaba mucho mejor, pero temiendo una recaída que ya no permitiría interrogarla, había creído que era su deber informar de ello al juez de instrucción, quien decidió proceder inmediatamente con un breve examen. En este examen estuvieron presentes el secretario judicial, Monsieur Stangerson y el médico. Más tarde, obtuve el texto del informe del examen y lo reproduzco aquí, con toda su sequedad jurídica:

«Pregunta. ¿Es capaz, señorita, sin fatigarse demasiado, de dar algunos detalles necesarios sobre el espantoso ataque del que ha sido víctima?

«Respuesta. Me siento mucho mejor, señor, y le diré todo lo que sé. Cuando entré en mi cámara no noté nada inusual allí.

«P. Disculpe, señorita; si me lo permite, le haré algunas preguntas y usted las responderá. Eso la fatigará menos que hacer un largo relato.

«R. Hágalo, señor.

«P. ¿Qué hizo usted ese día? Quiero que sea lo más minuciosa y precisa posible. Deseo saber todo lo que hizo ese día, si no es mucho pedir.

«R. Me levanté tarde, a las diez, pues mi padre y yo habíamos regresado a casa tarde la noche anterior, tras haber asistido a la cena en la recepción ofrecida por el Presidente de la República en honor de la Academia de Ciencias de Filadelfia. Cuando salí de mi cámara, a las diez y media, mi padre ya estaba trabajando en el laboratorio. Trabajamos juntos hasta el mediodía. Luego dimos un paseo de media hora por el parque, como solíamos hacer, antes de desayunar en el castillo. Después del desayuno, dimos otro paseo de media hora y luego volvimos al laboratorio. Allí encontramos a mi doncella, que había venido a arreglar mi habitación. Entré en la Habitación Amarilla para darle unas breves órdenes; ella salió inmediatamente después del pabellón y yo reanudé mi trabajo con mi padre. A las cinco, volvimos a dar un paseo por el parque y después tomamos el té.

«P. Antes de salir del pabellón a las cinco, ¿entró usted en su cámara?

«R. No, señor; mi padre entró, a petición mía, para traerme el sombrero.

«P. ¿Y no encontró nada sospechoso allí?

«R. Evidentemente no, señor.

«P. Es, pues, casi seguro que el asesino aún no estaba escondido debajo de la cama. Cuando usted salió, ¿estaba cerrada la puerta de la habitación?

«R. No, no había razón para cerrarla.

«P. ¿Usted y Monsieur Stangerson estuvieron ausentes del pabellón durante mucho tiempo?

«R. Alrededor de una hora.

«P. Fue durante esa hora, sin duda, cuando el asesino entró en el pabellón. Pero, ¿cómo? Nadie lo sabe. Se han encontrado huellas en el parque que se alejan de la ventana del vestíbulo, pero no se ha encontrado ninguna que se dirija hacia ella. ¿Notó usted si la ventana del vestíbulo estaba abierta cuando salió?

«R. No lo recuerdo.

«Monsieur Stangerson. Estaba cerrada.

«P. ¿Y cuando regresó?

«Señorita Stangerson. No me fijé.

«M. Stangerson. Seguía cerrada. Recuerdo haber comentado en voz alta: “El viejo Jacques seguramente la abrió mientras estábamos fuera”.

«P. ¡Extraño! ¿Recuerda usted, Monsieur Stangerson, si durante su ausencia, y antes de salir, la había abierto usted? Usted regresó al laboratorio a las seis y reanudó el trabajo.

«Señorita Stangerson. Sí, señor.

«P. ¿Y no abandonaron el laboratorio desde esa hora hasta el momento en que entró usted en su cámara?

«M. Stangerson. Ni mi hija ni yo, señor. Estábamos ocupados en un trabajo urgente y no perdimos ni un momento, descuidando todo lo demás por esa razón.

«P. ¿Cenaron en el laboratorio?

«R. Por ese motivo.

«P. ¿Acostumbran a cenar en el laboratorio?

«R. Rara vez cenamos allí.

«P. ¿Podía el asesino saber que cenarían allí esa noche?

«M. Stangerson. ¡Dios mío! Creo que no. Fue solo cuando regresamos al pabellón a las seis cuando decidimos, mi hija y yo, cenar allí. En ese momento, mi guarda forestal me habló y me retuvo un momento para pedirme que lo acompañara en una inspección urgente en una parte del bosque que yo había decidido aclarar. Lo pospuse para el día siguiente y le rogué, ya que pasaba por el castillo, que dijera al administrador que cenaríamos en el laboratorio. Me dejó para cumplir el encargo y me reuní con mi hija, que ya estaba trabajando.

«P. ¿A qué hora, señorita, fue usted a su cámara mientras su padre continuaba trabajando allí?

«R. A medianoche.

«P. ¿Entró el viejo Jacques en la Habitación Amarilla en el transcurso de la velada?

«R. Para cerrar las persianas y encender la luz de noche.

«P. ¿No vio nada sospechoso?

«R. Nos lo habría dicho si hubiera visto algo. El viejo Jacques es un hombre honesto y muy apegado a mí.

«P. Usted afirma, Monsieur Stangerson, ¿que el viejo Jacques permaneció con ustedes todo el tiempo que estuvieron en el laboratorio?

«M. Stangerson. Estoy seguro de ello. No tengo ninguna duda.

«P. Cuando usted entró en su cámara, señorita, ¿cerró inmediatamente la puerta y le echó la llave y el cerrojo? Eso era tomar precauciones inusuales, sabiendo que su padre y su criado estaban allí. ¿Temía usted algo, entonces?

«R. Mi padre iba a regresar al castillo y el viejo Jacques se iría a dormir. Y, de hecho, sí temía algo.

«P. ¿Tanto temía algo que tomó prestado el revólver del viejo Jacques sin decirle que lo había hecho?

«R. Es cierto. No quería alarmar a nadie; más aún porque mis temores podrían haber resultado infundados.

«P. ¿Qué es lo que temía?

«R. Apenas sé cómo decírselo. Durante varias noches, me pareció oír, tanto dentro como fuera del parque, alrededor del pabellón, sonidos inusuales, a veces pasos, otras veces el crujido de las ramas. La noche anterior al ataque, cuando no me acosté antes de las tres de la mañana, a nuestro regreso del Elíseo, me quedé un momento ante mi ventana y estoy segura de haber visto sombras.

«P. ¿Cuántas?

«R. Dos. Se movían alrededor del lago, luego la luna se nubló y las perdí de vista. En esta época de la estación, cada año, suelo regresar a mi apartamento en el castillo para el invierno; pero este año me dije que no abandonaría el pabellón antes de que mi padre terminara el resumen de sus trabajos sobre la “Disociación de la Materia” para la Academia. No quería que ese importante trabajo, que debía terminarse en unos pocos días, se retrasara por un cambio en nuestra rutina diaria. Puede comprender bien que no quería hablar de mis miedos infantiles a mi padre, ni dije nada al viejo Jacques quien, lo sabía, no habría podido mantener la lengua quieta. Sabiendo que tenía un revólver en su habitación, aproveché su ausencia y lo tomé prestado, colocándolo en el cajón de mi mesita de noche.

«P. ¿No conoce a ningún enemigo que tenga?

«R. Ninguno.

«P. Comprenderá, señorita, que estas precauciones están calculadas para causar sorpresa.

«M. Stangerson. Evidentemente, hija mía, tales precauciones son muy sorprendentes.

«R. No; porque le he dicho que había estado inquieta durante dos noches.

«M. Stangerson. ¡Deberías habérmelo dicho! Esta desgracia se habría evitado.

«P. Cerrada la puerta de la Habitación Amarilla, ¿se fue a dormir?

«R. Sí, y al estar muy cansada, me quedé dormida al instante.

«P. ¿La luz de noche seguía encendida?

«R. Sí, pero daba una luz muy tenue.

«P. Entonces, señorita, díganos qué sucedió.

«R. No sé si llevaba mucho tiempo dormida, pero de repente me desperté y lancé un grito fuerte.

«M. Stangerson. Sí, un grito horrible: “¡Asesinato!”. Todavía resuena en mis oídos.

«P. ¿Lanzó usted un grito fuerte?

«R. Un hombre estaba en mi cámara. Se abalanzó sobre mí e intentó estrangularme. Estaba casi asfixiada cuando de repente pude alcanzar el cajón de mi mesita de noche y agarrar el revólver que había puesto en él. En ese momento, el hombre me había obligado a llegar al pie de mi cama y blandía sobre mi cabeza una especie de maza. Pero yo había disparado. Él inmediatamente me asestó un golpe terrible en la cabeza. Todo eso, señor, pasó más rápidamente de lo que puedo contarlo, y no sé nada más.

«P. ¿Nada? ¿Tiene alguna idea de cómo pudo el asesino escapar de su cámara?

«R. Ninguna en absoluto. No sé nada más. Uno no sabe lo que pasa a su alrededor cuando está inconsciente.

«P. ¿El hombre que vio era alto o bajo, pequeño o grande?

«R. Solo vi una sombra que me pareció formidable.

«P. ¿No puede darnos ninguna indicación?

«R. No sé nada más, señor, que un hombre se lanzó sobre mí y que le disparé. No sé nada más».

Aquí concluyó el interrogatorio de la señorita Stangerson.

Rouletabille esperó pacientemente a Monsieur Robert Darzac, quien apareció pronto.

Desde una habitación cercana a la de la señorita Stangerson, había escuchado el interrogatorio y ahora venía a contárselo a mi amigo con gran exactitud, ayudado por una memoria excelente. Su docilidad todavía me sorprendía. Gracias a rápidas notas a lápiz, pudo reproducir, casi textualmente, las preguntas y las respuestas dadas.

Parecía como si Monsieur Darzac fuera utilizado como secretario de mi joven amigo y actuara como si no pudiera negarle nada; más aún, como si estuviera bajo una compulsión para hacerlo.

El hecho de la ventana cerrada llamó la atención del reportero como había llamado la del juez. Rouletabille pidió a Darzac que repitiera una vez más el relato de la señorita Stangerson sobre cómo ella y su padre habían pasado el tiempo el día de la tragedia, tal como ella lo había declarado al juez. La circunstancia de la cena en el laboratorio pareció interesarle en el grado máximo; y la hizo repetir tres veces. También quiso asegurarse de que el guarda forestal supiera que el profesor y su hija iban a cenar en el laboratorio, y cómo había llegado a saberlo.

Cuando Monsieur Darzac terminó, dije: «El examen no ha avanzado mucho el problema».

«Lo ha hecho retroceder», dijo Monsieur Darzac.

«Ha arrojado luz sobre él», dijo Rouletabille, pensativo.

Capítulo IX

Reportero y detective

Los tres regresamos hacia el pabellón. A cierta distancia del edificio, el reportero nos hizo detener y, señalando un pequeño grupo de árboles a nuestra derecha, dijo:

«De ahí es de donde vino el asesino para entrar en el pabellón».

Como había otros parches de árboles de la misma clase entre los grandes robles, pregunté por qué el asesino había elegido ese en lugar de cualquiera de los otros. Rouletabille me respondió señalando el sendero que pasaba muy cerca del matorral hacia la puerta del pabellón.

«Ese sendero está, como ve, cubierto de grava», dijo; «el hombre debe haber pasado por él yendo hacia el pabellón, ya que no se han encontrado rastros de sus pasos en el suelo blando. El hombre no tenía alas; caminaba; pero caminaba sobre la grava, que no dejó ninguna impresión de su pisada. La grava, de hecho, ha sido pisada por muchos otros pies, ya que el sendero es el camino más directo entre el pabellón y el castillo. En cuanto al matorral, formado por el tipo de arbustos que no florecen en la estación ruda —laureles y fucsias—, ofrecía al asesino un escondite suficiente hasta que llegara el momento de dirigirse al pabellón. Fue mientras se escondía en ese grupo de árboles que vio a Monsieur y a la señorita Stangerson, y luego al viejo Jacques, salir del pabellón. Se ha extendido grava casi, muy casi, hasta las ventanas del pabellón. Las huellas de un hombre, paralelas a la pared —marcas que examinaremos dentro de poco, y que ya he visto— prueban que solo necesitaba dar una zancada para encontrarse frente a la ventana del vestíbulo, dejada abierta por el viejo Jacques. El hombre se alzó con las manos y entró en el vestíbulo».

«Después de todo, es muy posible», dije.

«¿Después de todo qué? ¿Después de todo qué?», gritó Rouletabille.

Le rogué que no se enfadara; pero estaba demasiado irritado para escucharme y declaró, irónicamente, que admiraba la prudente duda con la que ciertas personas abordaban los problemas más simples, sin arriesgarse a decir “eso es así” o “eso no es así”. Su inteligencia habría producido aproximadamente el mismo resultado si la naturaleza hubiera olvidado dotar a su cráneo de un poco de materia gris. Como parecía molesto, mi joven amigo me tomó del brazo y admitió que no lo había dicho por mí; pensaba más de mí que eso.

«Si no razonara como lo hago respecto a esta grava», continuó, «¡tendría que suponer un globo! Querido amigo, la ciencia de la aerostación de globos dirigibles todavía no está lo suficientemente desarrollada para que yo la considere y suponga que un asesino caería de las nubes. Así que no diga que una cosa es posible, cuando no podría ser de otra manera. Sabemos ahora cómo entró el hombre por la ventana, y sabemos también el momento en que entró: durante el paseo de las cinco del profesor y su hija. El hecho de la presencia de la doncella —que había venido a limpiar la Habitación Amarilla— en el laboratorio, cuando Monsieur Stangerson y su hija regresaron de su paseo, a la una y media, nos permite afirmar que a la una y media el asesino no estaba en la cámara bajo la cama, a menos que estuviera en connivencia con la doncella. ¿Qué dice usted, Monsieur Darzac?»

Monsieur Darzac negó con la cabeza y dijo que estaba seguro de la fidelidad de la doncella, y que era una sirvienta completamente honesta y dedicada.

«Además», añadió, «a las cinco, Monsieur Stangerson entró en la habitación para buscar el sombrero de su hija».

«Ahí está eso también», dijo Rouletabille.

«Que el hombre entró por la ventana en el momento que usted dice, lo admito», dije; «pero ¿por qué cerró la ventana? Fue un acto que necesariamente atraería la atención de quienes la habían dejado abierta».

«Puede que la ventana no se cerrara de inmediato», respondió el joven reportero. «Pero si cerró la ventana, fue debido a la curva en el sendero de grava, a una docena de yardas del pabellón, y a causa de los tres robles que crecen en ese punto».

«¿Qué quiere decir con eso?», preguntó Monsieur Darzac, que nos había seguido y escuchado con una atención casi contenida todo lo que Rouletabille había dicho.

«Se lo explicaré todo más adelante, Monsieur, cuando crea que el momento es propicio para hacerlo; pero no creo que tenga nada de mayor importancia que decir sobre este asunto, si mi hipótesis está justificada».

«¿Y cuál es su hipótesis?»

«Nunca lo sabrá si resulta no ser la verdad. Es de una naturaleza demasiado grave para hablar de ella mientras siga siendo solo una hipótesis».

«¿Tiene, al menos, alguna idea de quién es el asesino?»

«No, monsieur, no sé quién es el asesino; pero no tenga miedo, Monsieur Robert Darzac: lo sabré».

No pude dejar de observar que Monsieur Darzac estaba profundamente conmovido; y sospeché que la confiada afirmación de Rouletabille no le complacía. ¿Por qué, me pregunté, si realmente temía que se descubriera al asesino, ayudaba al reportero a encontrarlo? Mi joven amigo pareció haber recibido la misma impresión, pues dijo bruscamente:

«Monsieur Darzac, ¿no quiere que averigüe quién fue el asesino?»

—¡Oh! —¡quisiera matarlo con mis propias manos! —exclamó el prometido de Mademoiselle Stangerson, con una vehemencia que me dejó asombrado.

—Le creo —dijo Rouletabille con gravedad—; pero no ha contestado a mi pregunta.

Pasábamos junto a la espesura de la que el joven reportero nos había hablado un minuto antes. Entré en ella y señalé huellas evidentes de un hombre que se había ocultado allí. Rouletabille, una vez más, tenía razón.

—¡Sí, sí! —dijo—. Tenemos que vérnoslas con un ser de carne y hueso, que utiliza los mismos medios que nosotros. Todo se resolverá por ese camino.

Tras decir esto, me pidió la plantilla de papel de la huella que me había dado a guardar, y la aplicó sobre una marca de pisada muy clara detrás de la espesura. —¡Ajá! —dijo, levantándose.

Pensé que ahora se disponía a seguir el rastro de las huellas del asesino hasta la ventana del vestíbulo; pero, en su lugar, nos llevó lejos, hacia la izquierda, diciendo que era inútil hurgar en el barro y que, ahora, estaba seguro del camino tomado por el asesino.

—Bordeó el muro hasta el seto y la zanja seca, que saltó. Mire, justo delante del pequeño sendero que conduce al lago, ese fue su camino más rápido para salir.

—¿Cómo sabe que fue al lago?

—Porque Frédéric Larsan no se ha alejado de sus orillas desde esta mañana. Debe de haber marcas importantes allí.

Unos minutos después llegamos al lago.

Era una pequeña extensión de agua pantanosa, rodeada de juncos, sobre la que flotaban algunas hojas muertas de nenúfar. El gran Fred quizás nos vio acercarnos, pero probablemente le interesábamos muy poco, pues apenas nos hizo caso y siguió removiendo con su bastón algo que no podíamos ver.

—¡Mire! —dijo Rouletabille—, aquí están de nuevo las huellas del hombre que huía; bordean el lago por aquí y finalmente desaparecen justo antes de este sendero, que conduce a la carretera de Epinay. El hombre continuó su huida hacia París.

—¿Qué le hace pensar eso? —pregunté—, ¿puesto que estas huellas no continúan por el sendero?

—¿Qué me hace pensar eso? —¡Pues estas huellas, que esperaba encontrar! —exclamó, señalando la marca claramente definida de una bota fina—. ¡Mire! —y llamó a Frédéric Larsan.

—Monsieur Fred, estas huellas finas parecen haber sido hechas después del descubrimiento del crimen.

—Sí, joven, sí, han sido hechas cuidadosamente —respondió Fred sin levantar la cabeza—. Ya ve, hay pasos que vienen y pasos que regresan.

—¡Y el hombre tenía una bicicleta! —gritó el reportero.

Aquí, tras observar las marcas de la bicicleta, que seguían, yendo y viniendo, a las huellas finas, creí que podía intervenir.

—La bicicleta explica la desaparición de las grandes huellas del asesino —dije—. El asesino, con sus botas bastas, montó en bicicleta. Su cómplice, el que calzaba las botas finas, había venido a esperarle al borde del lago con la bicicleta. Podría suponerse que el asesino trabajaba para el otro.

—¡No, no! —respondió Rouletabille con una sonrisa extraña—. Esperaba encontrar estas huellas desde el principio. ¡Estas no son las huellas del asesino!

—¿Entonces eran dos?

—No, no había más que uno, y no tenía cómplice.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! —gritó Frédéric Larsan.

—¡Mire! —continuó el joven reportero, mostrándonos el terreno donde había sido removido por tacones grandes y pesados—; el hombre se sentó ahí y se quitó sus botas claveteadas, que había usado solo con el fin de despistar, y luego, sin duda llevándoselas consigo, se puso de pie con sus propias botas y, tranquila y lentamente, recuperó la carretera, llevando su bicicleta en la mano, pues no podía aventurarse a montarla por este sendero escarpado. Eso explica la ligereza de la impresión dejada por las ruedas a lo largo del camino, a pesar de la blandura del suelo. Si hubiera habido un hombre sobre la bicicleta, las ruedas se habrían hundido profundamente en la tierra. No, no; solo había un hombre allí, el asesino a pie.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritó Fred de nuevo, y acercándose repentinamente hacia nosotros y plantándose frente a Monsieur Robert Darzac, le dijo:—

—Si tuviéramos una bicicleta aquí, podríamos demostrar la exactitud del razonamiento del joven, Monsieur Robert Darzac. ¿Sabe si hay alguna en el castillo?

—¡No! —respondió Monsieur Darzac—. No la hay. Me llevé la mía, hace cuatro días, a París, la última vez que vine al castillo antes del crimen.

—¡Es una lástima! —respondió Fred, muy fríamente. Luego, volviéndose hacia Rouletabille, dijo:— Si seguimos a este ritmo, ambos llegaremos a la misma conclusión. ¿Tiene alguna idea sobre cómo escapó el asesino de la Habitación Amarilla?

—Sí —dijo mi joven amigo—; tengo una idea.

—Yo también —dijo Fred—, y debe de ser la misma que la suya. No hay dos formas de razonar en este asunto. Espero la llegada de mi jefe antes de ofrecer ninguna explicación al juez de instrucción.

—¡Ah! ¿Viene el Jefe de la Sûreté?

—Sí, esta tarde. Va a convocar, ante el magistrado, en el laboratorio, a todos los que han desempeñado algún papel en esta tragedia. Será muy interesante. Es una pena que usted no pueda estar presente.

—Estaré presente —dijo Rouletabille con confianza.

—En realidad... ¡es usted un tipo extraordinario para su edad! —respondió el detective en un tono no exento de ironía—. Sería un detective maravilloso si tuviera un poco más de método, si no siguiera sus instintos y ese chichón de su frente. Como ya he observado varias veces, Monsieur Rouletabille, usted razona demasiado; no se deja guiar por lo que ha visto. ¿Qué me dice del pañuelo lleno de sangre y la marca roja de la mano en la pared? Usted ha visto la mancha en la pared, pero yo solo he visto el pañuelo.

—¡Bah! —gritó Rouletabille—, ¡el asesino fue herido en la mano por el revólver de Mademoiselle Stangerson!

—¡Ah! —¡una observación puramente instintiva! ¡Tenga cuidado! Se está volviendo demasiado estrictamente lógico, Monsieur Rouletabille; la lógica le perderá si la usa indiscriminadamente. Tiene razón cuando dice que Mademoiselle Stangerson disparó su revólver, pero se equivoca cuando dice que hirió al asesino en la mano.

—Estoy seguro de ello —gritó Rouletabille.

Fred, imperturbable, le interrumpió:

—Observación defectuosa, observación defectuosa; el examen del pañuelo, las innumerables pequeñas manchas escarlatas redondas, la impresión de gotas que encontré en el rastro de las huellas, en el momento en que fueron hechas sobre el suelo, me prueban que el asesino no fue herido en absoluto. Monsieur Rouletabille, ¡al asesino le sangraba la nariz!

El gran Fred habló con total seriedad. Sin embargo, no pude evitar lanzar una exclamación.

El reportero miró gravemente a Fred, quien miró gravemente a él. Y Fred concluyó inmediatamente:

—El hombre dejó que la sangre fluyera hacia su mano y su pañuelo, y se secó la mano en la pared. El hecho es sumamente importante —añadió—, porque no hay necesidad de que esté herido en la mano para ser el asesino.

Rouletabille parecía estar profundamente pensativo. Tras un momento, dijo:

—Hay algo, algo, Monsieur Frédéric Larsan, mucho más grave que el mal uso de la lógica: la disposición mental de algunos detectives que les hace, con perfecta buena fe, retorcer la lógica para ajustarla a sus ideas preconcebidas. Usted ya tiene su idea sobre el asesino, Monsieur Fred. No lo niegue; y su teoría exige que el asesino no haya sido herido en la mano, pues de lo contrario se viene abajo. Y ha buscado, y ha encontrado otra cosa. Es peligroso, muy peligroso, Monsieur Fred, partir de una idea preconcebida para encontrar las pruebas que la encajen. Ese método puede llevarle muy lejos de la verdad. ¡Cuidado con el error judicial, Monsieur Fred, le hará tropezar!

Y riendo un poco, en un tono ligeramente burlón, con las manos en los bolsillos, Rouletabille clavó sus ojos astutos en el gran Fred.

Frédéric Larsan contempló en silencio al joven reportero que pretendía ser tan sabio como él. Encogiéndose de hombros, nos saludó y se alejó rápidamente, golpeando las piedras de su camino con su bastón robusto.

Rouletabille observó su retirada y luego se volvió hacia nosotros, con el rostro alegre y triunfante.

—¡Le venceré! —gritó—. Venceré al gran Fred, por muy listo que sea; ¡les venceré a todos!

Y bailó unos pasos. De repente se detuvo. Mis ojos siguieron su mirada; estaban fijos en Monsieur Robert Darzac, que observaba con ansiedad la impresión dejada por sus pies junto a las elegantes huellas. ¡No había una partícula de diferencia entre ellas!

Pensamos que estaba a punto de desmayarse. Sus ojos, desencajados por el terror, nos evitaban, mientras su mano derecha, con un movimiento espasmódico, tiraba de la barba que cubría su rostro honesto, amable y ahora desesperado. Finalmente, recuperando la compostura, nos saludó y, comentando, con voz cambiada, que estaba obligado a regresar al castillo, nos dejó.

—¡Diablos! —exclamó Rouletabille.

Él también parecía profundamente preocupado. De su cartera sacó un trozo de papel blanco, como le había visto hacer antes, y con sus tijeras recortó la forma de las huellas de la bota fina que había en el suelo. Luego ajustó la nueva plantilla de papel con la que había hecho anteriormente: ambas eran exactamente iguales. Levantándose, Rouletabille exclamó de nuevo: —¡Diablos! —al poco añadió—: Sin embargo, creo que Monsieur Robert Darzac es un hombre honesto. Luego me condujo por el camino hacia la posada del Donjon, que podíamos ver en la carretera, junto a un pequeño grupo de árboles.

Capítulo X

«Tendremos que comer carne roja, ahora»

La posada del Donjon no tenía un aspecto imponente; pero me gustan estos edificios con sus vigas ennegrecidas por la edad y el humo de sus hogares, estas posadas de la época de las diligencias, construcciones desmoronadas que pronto existirán solo en el recuerdo. Pertenecen a los días pasados, están vinculadas a la historia. Nos hacen pensar en el Camino, en aquellos días en que los bandoleros cabalgaban.

Vi enseguida que la posada del Donjon tenía al menos dos siglos, quizás más. Bajo su letrero, sobre el umbral, un hombre con rostro malhumorado estaba de pie, aparentemente sumido en pensamientos desagradables, si las arrugas de su frente y el entrecejo fruncido eran indicación de ello.

Cuando estuvimos cerca de él, se dignó a vernos y nos preguntó, en un tono nada atractivo, si queríamos algo. Era, sin duda, el no muy amable posadero de esta encantadora morada. Como expresamos la esperanza de que tuviera la bondad de proporcionarnos un desayuno, nos aseguró que no tenía provisiones, mirándonos, mientras decía esto, con una mirada que era inequívocamente sospechosa.

—Puede acogernos —le dijo Rouletabille—, no somos policías.

—No tengo miedo a la policía, ¡no tengo miedo a nadie! —respondió el hombre.

Había hecho entender a mi amigo con un gesto que haríamos mejor en no insistir; pero, decidido a entrar en la posada, pasó junto al hombre del umbral y entró en la sala común.

—Vamos —dijo—, aquí se está muy cómodo.

Un buen fuego ardía en la chimenea y acercamos las manos al calor que desprendía; era una mañana en la que la llegada del invierno era innegable. La sala era bastante grande, amueblada con dos mesas pesadas, algunos taburetes, un mostrador decorado con hileras de botellas de jarabe y alcohol. Tres ventanas daban a la carretera. Un anuncio en color elogiaba los muchos méritos de un nuevo vermú. En la repisa de la chimenea estaba dispuesta la colección de vasijas de barro y jarras de piedra del posadero.

—Ese es un buen fuego para asar un pollo —dijo Rouletabille.

—No tenemos pollo, ni siquiera un miserable conejo —dijo el posadero.

—Lo sé —dijo mi amigo lentamente—; lo sé. Tendremos que comer carne roja, ahora.

Confieso que no entendí en absoluto lo que Rouletabille quería decir con sus palabras; pero el posadero, tan pronto como las escuchó, soltó un juramento que sofocó de inmediato y se puso a nuestras órdenes con tanta obediencia como lo había hecho Monsieur Robert Darzac cuando escuchó la frase profética de Rouletabille: «El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su brillo». Sin duda, mi amigo sabía cómo hacer que la gente le entendiera mediante el uso de frases totalmente incomprensibles. Así se lo hice notar, pero él se limitó a sonreír. Hubiera querido proponerle que me diera alguna explicación; pero se llevó un dedo a los labios, lo que evidentemente significaba que no solo había decidido no hablar, sino que también me imponía silencio.

Mientras tanto, el hombre había abierto una pequeña puerta lateral y llamado a alguien para que le trajera media docena de huevos y un trozo de bistec. El encargo fue ejecutado rápidamente por una joven de complexión fuerte con un hermoso cabello rubio y unos ojos grandes y hermosos, que nos miraba con curiosidad.

El posadero le dijo bruscamente:

—¡Lárgate! Y si viene el Hombre Verde, no dejes que le vea.

Ella desapareció. Rouletabille tomó los huevos, que le habían traído en un cuenco, y la carne que estaba en un plato, lo colocó todo cuidadosamente junto a él en la chimenea, descolgó una sartén y una parrilla, y comenzó a batir nuestra tortilla antes de proceder a asar nuestro bistec. Luego pidió dos botellas de sidra y pareció prestar tan poca atención a nuestro anfitrión como nuestro anfitrión a él. El posadero nos dejó cocinar nuestra propia comida y poner la mesa cerca de una de las ventanas.

De repente le oí murmurar:

—¡Ah! Ahí está.

Su rostro había cambiado, expresando un odio feroz. Se fue y se pegó a una de las ventanas, observando la carretera. No hubo necesidad de que llamara la atención de Rouletabille; ya había dejado nuestra tortilla y se había unido al posadero en la ventana. Fui con él.

Un hombre vestido enteramente de terciopelo verde, con la cabeza cubierta por una gorra de cazador del mismo color, avanzaba pausadamente, encendiendo una pipa mientras caminaba. Llevaba una escopeta colgada a la espalda. Sus movimientos mostraban una elegancia casi aristocrática. Llevaba gafas y parecía tener unos cuarenta y cinco años. Tanto su cabello como su bigote eran gris sal. Era notablemente guapo. Al pasar cerca de la posada, dudó, como preguntándose si entrar o no; nos echó un vistazo, dio unas cuantas caladas a su pipa y luego reanudó su camino al mismo paso indiferente.

Rouletabille y yo miramos a nuestro anfitrión. Sus ojos brillantes, sus manos apretadas, sus labios temblorosos, nos hablaban de los sentimientos tumultuosos por los que estaba agitado.

—¡Ha hecho bien en no entrar aquí hoy! —siseó.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Rouletabille, volviendo a su tortilla.

—El Hombre Verde —gruñó el posadero—. ¿No le conoce? Pues mejor para usted. No es un conocido que hacer. Bueno, es el guardabosques de Monsieur Stangerson.

—¿No parece que le tenga mucho aprecio? —preguntó el reportero, vertiendo su tortilla en la sartén.

—A nadie le gusta, monsieur. Es un advenedizo que debe de haber tenido alguna vez una fortuna propia; y no perdona a nadie porque, para vivir, se ha visto obligado a convertirse en sirviente. Un guardabosques es tan sirviente como cualquier otro, ¿verdad? Por mi palabra, uno diría que él es el amo del Glandier, y que todas las tierras y bosques le pertenecen. No deja que una pobre criatura coma un mendrugo de pan sobre la hierba... ¡su hierba!

—¿Viene a menudo por aquí?

—Demasiado a menudo. Pero le he hecho entender que su cara no me agrada, y, desde hace un mes, no ha venido. ¡La posada del Donjon nunca ha existido para él! ¡No ha tenido tiempo! ¡Ha estado demasiado ocupado cortejando a la posadera de Los Tres Lirios en Saint-Michel. ¡Un mal tipo! No hay hombre honrado que pueda soportarle. ¡Vaya, los conserjes del castillo apartarían la mirada si vieran una foto suya!

—¿Los conserjes del castillo son gente honrada, entonces?

—Sí, lo son, tan cierto como que me llamo Mathieu, monsieur. Creo que son honrados.

—¿Sin embargo, han sido arrestados?

—¿Qué prueba eso? Pero no quiero meterme en los asuntos de los demás.

—¿Y qué piensa usted del asesinato?

—¿Del asesinato de la pobre Mademoiselle Stangerson? Una buena chica muy querida en toda la comarca. Eso es lo que pienso de ello, y muchas cosas más; pero eso no es asunto de nadie.

—¿Ni siquiera el mío? —insistió Rouletabille.

El posadero le miró de reojo y dijo bruscamente:

—Ni siquiera el suyo.

Lista la tortilla, nos sentamos a la mesa y comíamos en silencio, cuando la puerta se abrió y una anciana, vestida con harapos, apoyada en un bastón, con la cabeza temblorosa, su cabello blanco cayendo suelto sobre su frente arrugada, apareció en el umbral.

—¡Ah! Ahí está usted, Madre Angenoux. Hace mucho que no le vemos —dijo nuestro anfitrión.

—He estado muy enferma, casi muriéndome —dijo la anciana—. Si alguna vez tuviera algún resto para la Bête du Bon Dieu...?

Y entró, seguida por un gato, más grande de lo que jamás hubiera creído que pudiera existir. La bestia nos miró y lanzó un maullido tan desesperanzado que me estremecí. Nunca había oído un grito tan lúgubre.

Como atraído por el grito del gato, un hombre siguió a la anciana. Era el Hombre Verde. Saludó llevándose la mano a la gorra y se sentó en una mesa cercana a la nuestra.

—Un vaso de sidra, Papá Mathieu —dijo.

Al entrar el Hombre Verde, Papá Mathieu había tenido un sobresalto violento; pero dominándose visiblemente, dijo:

—Ya no tengo sidra; serví las últimas botellas a estos caballeros.

—Entonces deme un vaso de vino blanco —dijo el Hombre Verde, sin mostrar la menor sorpresa.

—Ya no tengo vino blanco, no tengo nada más —dijo Papá Mathieu, hosco.

—¿Cómo está Madame Mathieu?

—Muy bien, gracias.

Así pues, la joven de los ojos grandes y tiernos, a la que acabábamos de ver, era la esposa de este rústico repugnante y brutal, cuyos celos parecían enfatizar su fealdad física.

Dando un portazo al salir, el posadero abandonó la sala. La Madre Angenoux seguía en pie, apoyada en su bastón, con el gato a sus pies.

—¿Ha estado enferma, Madre Angenoux? ¿Es por eso que no le hemos visto en la última semana? —preguntó el Hombre Verde.

—Sí, Monsieur guarda. Solo he podido levantarme tres veces, para ir a rezar a Sainte-Geneviève, nuestra buena patrona, y el resto del tiempo he estado tumbada en mi cama. ¡No había nadie para cuidarme más que la Bête du bon Dieu!

—¿No le dejó?

—Ni de día ni de noche.

—¿Está segura de eso?

—Como lo estoy del Paraíso.

—¿Entonces cómo es, Madame Angenoux, que durante toda la noche del asesinato no se oyó más que el grito de la Bête du bon Dieu?

La Madre Angenoux se plantó frente al guardabosques y golpeó el suelo con su bastón.

—No sé nada al respecto —dijo—. ¿Pero quiere que le diga algo? No hay dos gatos en el mundo que lloren así. Pues bien, en la noche del asesinato también oí el grito de la Bête du bon Dieu fuera; y sin embargo, ella estaba sobre mis rodillas, y no maulló ni una vez, se lo juro. Me santigüé cuando oí aquello, como si hubiera oído al diablo.

Miré al guarda cuando hizo la última pregunta, y mucho me equivoco si no detecté una sonrisa malvada en sus labios. En ese momento, nos llegó el ruido de una fuerte disputa. Incluso creímos oír un sonido sordo de golpes, como si alguien estuviera siendo golpeado. El Hombre Verde se levantó rápidamente y se apresuró hacia la puerta al lado de la chimenea; pero fue abierta por el posadero, que apareció y dijo al guarda:

—No se alarme, Monsieur, es mi mujer; tiene dolor de muelas —y se rió—. Aquí, Madre Angenoux, aquí tiene algunos restos para su gato.

Le tendió un paquete a la anciana, quien lo tomó con avidez y salió por la puerta, seguida de cerca por su gato.

—¿Entonces no me servirá? —preguntó el Hombre Verde.

El rostro del papá Mathieu estaba plácido y ya no conservaba su expresión de odio.

—No tengo nada para usted, nada para usted. Márchese.

El Hombre Verde volvió a llenar su pipa con calma, la encendió, nos hizo una reverencia y salió. No bien hubo cruzado el umbral, el papá Mathieu cerró la puerta de un golpe tras él y, volviéndose hacia nosotros, con los ojos inyectados en sangre y echando espuma por la boca, nos siseó mientras agitaba el puño cerrado hacia la puerta que acababa de cerrar ante el hombre que evidentemente odiaba:

—No sé quiénes son ustedes que me dicen «Tendremos que comer carne roja ahora», pero si les interesa saberlo, ¡ese hombre es el asesino!

Tras estas palabras, el papá Mathieu nos abandonó inmediatamente. Rouletabille regresó hacia la chimenea y dijo:

—Ahora vamos a asar nuestro bistec. ¿Qué le parece la sidra? Es un poco ácida, pero me gusta.

No volvimos a ver al papá Mathieu aquel día, y un silencio absoluto reinaba en la posada cuando partimos, tras dejar cinco francos sobre la mesa en pago por nuestro festín.

Rouletabille se puso inmediatamente en camino para dar un paseo de tres millas alrededor de la propiedad del profesor Stangerson. Se detuvo unos diez minutos en la esquina de un camino estrecho, negro de hollín, cerca de unas chozas de carboneros en el bosque de Sainte-Geneviève, que linda con el camino de Epinay a Corbeil, para decirme que el asesino había pasado ciertamente por allí antes de entrar en los terrenos y esconderse en el pequeño grupo de árboles.

—¿Entonces no cree que el guarda sepa algo de esto? —pregunté.

—Ya veremos eso más tarde —respondió—. Por ahora no me interesa lo que el posadero dijo sobre el hombre. El posadero lo odia. No lo llevé a desayunar a la posada del Donjon por causa del Hombre Verde.

Entonces Rouletabille, con gran precaución, se deslizó, seguido por mí, hacia el pequeño edificio que, junto a la puerta del parque, servía de vivienda a los porteros, quienes habían sido arrestados esa misma mañana. Con la habilidad de un acróbata, entró en la portería por una ventana superior que había quedado abierta y regresó diez minutos después. Solo dijo: «¡Ah!», una palabra que, en su boca, significaba muchas cosas.

Estábamos a punto de tomar el camino que conducía al castillo cuando un considerable alboroto en la puerta del parque atrajo nuestra atención. Había llegado un coche y algunas personas habían salido del castillo para recibirlo. Rouletabille me señaló a un caballero que descendía de él.

—Ese es el jefe de la Sûreté —dijo—. Ahora veremos qué tiene bajo la manga Frédéric Larsan y si es tan listo como todos dicen.

El coche del jefe de la Sûreté iba seguido de otros tres vehículos con periodistas, que también deseaban entrar en el parque. Pero dos gendarmes apostados en la puerta habían recibido evidentemente órdenes de no dejar pasar a nadie. El jefe de la Sûreté calmó su impaciencia comprometiéndose a facilitar a la prensa, esa misma tarde, toda la información que pudiera dar sin interferir en la instrucción judicial.

Capítulo XI

En el que Frédéric Larsan explica cómo el asesino pudo salir de la Habitación Amarilla

Entre la masa de papeles, documentos legales, memorias y recortes de periódicos que he recopilado sobre el misterio de la «Habitación Amarilla», hay una pieza muy interesante; es un detalle del famoso interrogatorio que tuvo lugar aquella tarde, en el laboratorio del profesor Stangerson, ante el jefe de la Sûreté. Esta narración es obra del señor Maleine, el secretario judicial, quien, al igual que el juez de instrucción, había dedicado parte de su tiempo libre a las letras. La pieza iba a formar parte de un libro que, sin embargo, nunca se publicó y que se habría titulado: «Mis interrogatorios». Me la entregó el propio secretario, algún tiempo después del asombroso desenlace de este caso, y es única en los anales judiciales.

Aquí la tienen. No es una simple transcripción seca de preguntas y respuestas, pues el secretario suele salpicar su relato con sus propios comentarios personales.

La narración del secretario

El juez de instrucción y yo (relata el escritor) nos encontrábamos en la «Habitación Amarilla» en compañía del constructor que había levantado el pabellón según los planos del profesor Stangerson. Llevaba consigo a un obrero. El señor de Marquet había hecho desnudar completamente las paredes, es decir, las había despojado del papel que las decoraba. Los golpes de piqueta, aquí y allá, nos convencieron de la inexistencia de cualquier tipo de abertura. El suelo y el techo fueron minuciosamente sondeados. No encontramos nada. No había nada que encontrar. El señor de Marquet parecía encantado y no dejaba de repetir:

—¡Qué caso! ¡Qué caso! ¡Ya verán, nunca sabremos cómo pudo salir el asesino de esta habitación!

Entonces, de repente, con el rostro radiante, llamó al oficial al mando de los gendarmes.

—Vaya al castillo —dijo— y pida al señor Stangerson y al señor Robert Darzac que vengan a verme al laboratorio, al igual que al papá Jacques; y que sus hombres traigan aquí a los dos porteros.

Cinco minutos después, todos estaban reunidos en el laboratorio. El jefe de la Sûreté, que había llegado al Glandier, se unió a nosotros en ese momento. Yo estaba sentado ante el escritorio del señor Stangerson, listo para trabajar, cuando el señor de Marquet nos dirigió el siguiente discursito, tan original como inesperado:

—Con su permiso, caballeros, como los interrogatorios no conducen a nada, abandonaremos por una vez el antiguo sistema de interrogatorio. No haré que comparezcan ante mí uno por uno, sino que todos permaneceremos aquí tal como estamos: el señor Stangerson, el señor Robert Darzac, el papá Jacques, los dos porteros, el jefe de la Sûreté, el secretario y yo mismo. Todos estaremos en igualdad de condiciones. Los porteros pueden, por el momento, olvidar que han sido arrestados. Vamos a conferenciar juntos. Estamos en el lugar donde se cometió el crimen. No tenemos otra cosa que discutir más que el crimen. Así pues, discutámoslo libremente, con inteligencia o sin ella, siempre que digamos exactamente lo que pensamos. No hace falta formalidad ni método, ya que esto no nos ayudará en nada.

Luego, pasando ante mí, dijo en voz baja:

—¿Qué le parece, eh? ¡Qué escena! ¿Habría podido usted pensar en esto? Haré una obrita con esto para el Vaudeville. —Y se frotó las manos con júbilo.

Dirigí la mirada al señor Stangerson. La esperanza que le habían dado los últimos informes de los médicos, quienes afirmaron que la señorita Stangerson podría recuperarse de sus heridas, no había logrado borrar de sus nobles facciones las huellas de la gran pena que lo embargaba. Había creído a su hija muerta, y seguía quebrantado por esa creencia. Sus ojos azules, claros y suaves, expresaban una tristeza infinita. Había tenido ocasión de ver muchas veces al señor Stangerson en actos públicos y, desde el principio, me había llamado la atención su semblante, que parecía tan puro como el de un niño; la mirada soñadora con la expresión sublime y mística del inventor y del pensador.

En tales ocasiones, su hija siempre se veía siguiendo sus pasos o a su lado, pues decían que nunca se separaban y que compartían los mismos trabajos desde hacía muchos años. La joven, que tenía entonces treinta y cinco años, aunque no aparentaba más de treinta, se había dedicado por completo a la ciencia. Seguía provocando admiración por su belleza imperial, que permanecía intacta, sin una arruga, desafiando al tiempo y al amor. ¿Quién habría imaginado que yo estaría un día sentado junto a su lecho con mis papeles, y que la vería, al borde de la muerte, contándonos penosamente el crimen más monstruoso y misterioso que he oído en mi carrera? ¿Quién habría pensado que yo estaría, aquella tarde, escuchando al padre desesperado intentando en vano explicar cómo el agresor de su hija pudo escapar de él? ¿Para qué encerrarnos con nuestro trabajo en oscuros retiros en las profundidades de los bosques, si no es para protegernos de esas peligrosas azares de la vida y de la muerte que nos acechan en las ciudades bulliciosas?

—Ahora, señor Stangerson —dijo el señor de Marquet con un aire de cierta importancia—, sitúese exactamente donde estaba usted cuando la señorita Stangerson lo dejó para ir a su habitación.

El señor Stangerson se levantó y, de pie a cierta distancia de la puerta de la Habitación Amarilla, dijo con voz uniforme y sin el menor rastro de énfasis —una voz que solo puedo describir como una voz muerta—:

—Yo estaba aquí. Alrededor de las once, tras haber realizado un breve experimento químico en los hornos del laboratorio, necesitando todo el espacio a mis espaldas, el papá Jacques, que pasaba la velada limpiando algunos de mis aparatos, movió mi escritorio hasta aquí. Mi hija había estado trabajando conmigo en el mismo escritorio. Cuando llegó su hora de retirarse, se levantó, me besó y dio las buenas noches al papá Jacques. Tenía que pasar por detrás de mi escritorio y de la puerta para entrar en su habitación, y solo podía hacerlo con cierta dificultad. Es decir, yo estaba muy cerca del lugar donde ocurrió el crimen poco después.

—¿Y el escritorio? —pregunté, obedeciendo, al inmiscuirme así en la conversación, las órdenes expresas de mi jefe—, en cuanto oyó el grito de «¡asesinato!» seguido de los disparos de revólver, ¿qué fue del escritorio?

El papá Jacques respondió:

—Lo empujamos contra la pared, aquí, cerca de donde está en este preciso momento, para poder acceder a la puerta de inmediato.

Continué con mi razonamiento, al que, sin embargo, no concedía mucha importancia, considerándolo solo una débil hipótesis, con otra pregunta:

—¿No podría un hombre en la habitación, estando el escritorio tan cerca de la puerta, haberse agachado y deslizado por debajo del escritorio para salir sin ser visto?

—Olvida —interrumpió el señor Stangerson con cansancio— que mi hija había echado la llave y el cerrojo de su puerta, que la puerta había permanecido cerrada, que intentamos en vano forzarla cuando oímos el ruido, y que estábamos junto a la puerta mientras la lucha entre el asesino y mi pobre hija ocurría inmediatamente después de oír sus gritos ahogados, mientras era sujetada por los dedos que habían dejado su marca roja en su garganta. Por rápido que fuera el ataque, no lo fuimos menos nosotros en nuestros intentos por entrar en la habitación donde se estaba produciendo la tragedia.

Me levanté de mi asiento y examiné una vez más la puerta con el mayor cuidado. Luego regresé a mi lugar con un gesto de desesperación.

—Si el panel inferior de la puerta —dije— pudiera ser retirado sin necesidad de abrir la puerta entera, el problema quedaría resuelto. Pero, lamentablemente, esta última hipótesis es insostenible tras examinar la puerta: es de roble, sólida y maciza. Puede verlo claramente, a pesar de los daños causados en el intento de forzarla.

—¡Ah! —exclamó el papá Jacques—, es una puerta vieja y sólida que trajeron del castillo; ya no hacen puertas así. Tuvimos que usar esta barra de hierro para abrirla, los cuatro juntos, pues la portera, valiente mujer que es, nos ayudó. Me duele verlos a ambos en prisión ahora.

Apenas hubo pronunciado el papá Jacques estas palabras de piedad y protesta, estallaron las lágrimas y lamentos de los porteros. Nunca vi a dos acusados llorar con más amargura. Sentí un gran asco. Incluso si fueran inocentes, no alcanzaba a entender cómo podían comportarse así ante la desgracia. Un comportamiento digno en tales momentos es preferible a las lágrimas y gemidos, que, la mayoría de las veces, son fingidos.

—¡Vamos, basta ya de lloriqueos! —gritó el señor de Marquet—; y, por su propio bien, díganos qué hacían bajo las ventanas del pabellón en el momento en que su señora era atacada, pues estaban cerca del pabellón cuando el papá Jacques los encontró.

—¡Veníamos a ayudar! —gimotearon.

—¡Si pudiéramos echarle el guante al asesino, no volvería a probar bocado! —burbujeó la mujer entre sollozos.

Como antes, fuimos incapaces de obtener de ellos dos pensamientos coherentes. Persistieron en sus negaciones y juraron, por el cielo y todos los santos, que estaban en la cama cuando oyeron el sonido del disparo de revólver.

—¡No fue uno, sino dos disparos los que se efectuaron! Ya ven, están mintiendo. Si hubieran oído uno, habrían oído el otro.

—¡Mon Dieu!, señor, fue el segundo disparo lo que oímos. Estábamos dormidos cuando se efectuó el primer disparo.

—Se efectuaron dos disparos —dijo el papá Jacques—. Estoy seguro de que todos los cartuchos estaban en mi revólver. Descubrimos después que dos habían sido disparados, y oímos dos tiros detrás de la puerta. ¿No fue así, señor Stangerson?

—Sí —respondió el profesor—, hubo dos disparos, uno sordo y el otro seco y rotundo.

—¿Por qué insisten en mentir? —gritó el señor de Marquet, dirigiéndose a los porteros—. ¿Creen que la policía es tan tonta como ustedes? Todo indica que estaban fuera y cerca del pabellón en el momento de la tragedia. ¿Qué hacían allí? Por mi parte —dijo, volviéndose hacia el señor Stangerson—, solo puedo explicar la huida del asesino asumiendo la ayuda de estos dos cómplices. Tan pronto como la puerta fue forzada, y mientras usted, señor Stangerson, estaba ocupado con su infortunada hija, el portero y su esposa facilitaron la huida del asesino, quien, escudándose tras ellos, alcanzó la ventana del vestíbulo y saltó fuera, al parque. El portero cerró la ventana tras él y echó los postigos, que ciertamente no pudieron cerrarse y echarse solos. Esa es la conclusión a la que he llegado. Si alguien tiene aquí alguna otra idea, que la exponga.

El señor Stangerson intervino:

—Lo que usted dice es imposible. No creo ni en la culpabilidad ni en la connivencia de mis porteros, aunque no puedo entender qué hacían en el parque a esas horas de la noche. Digo que es imposible porque Madame Bernier sostenía la lámpara y no se movió del umbral de la habitación; porque yo, tan pronto como la puerta fue forzada, me arrodillé junto a mi hija, ¡y nadie podría haber salido ni entrado en la habitación por la puerta sin pasar por encima de su cuerpo y abrirse paso junto a mí! El papá Jacques y el portero solo tuvieron que echar un vistazo a la habitación y debajo de la cama, como hice yo al entrar, para ver que no había nadie más que mi hija tendida en el suelo.

—¿Qué opina usted, señor Darzac? —preguntó el magistrado.

El señor Darzac respondió que no tenía ninguna opinión que expresar.

El señor Dax, jefe de la Sûreté, que hasta entonces había estado escuchando y examinando la habitación, se dignó finalmente a abrir los labios:

—Mientras se busca al criminal, será mejor que intentemos averiguar el motivo del crimen; eso nos hará avanzar un poco —dijo. Volviéndose hacia el señor Stangerson, continuó en el tono uniforme e inteligente propio de un carácter fuerte—: Tengo entendido que la señorita estaba a punto de casarse, ¿no es así?

El profesor miró tristemente al señor Robert Darzac.

—Con mi amigo aquí presente, a quien me habría alegrado llamar mi hijo, con el señor Robert Darzac.

—La señorita Stangerson está mucho mejor y se recupera rápidamente de sus heridas. El matrimonio está simplemente retrasado, ¿no es así, señor? —insistió el jefe de la Sûreté.

—Eso espero.

—¡Cómo! ¿Existe alguna duda al respecto?

El señor Stangerson no respondió. El señor Robert Darzac parecía agitado. Vi que su mano temblaba mientras jugueteaba con la cadena de su reloj. El señor Dax tosió, al igual que el señor de Marquet. Ambos estaban visiblemente incómodos.

—Comprenderá, señor Stangerson —dijo—, que en un asunto tan desconcertante como este, no podemos descuidar nada; debemos saberlo todo, incluso lo más pequeño y aparentemente fútil concerniente a la víctima; información que parezca ser la más insignificante. ¿Por qué duda de que este matrimonio se lleve a cabo? Usted expresó una esperanza, pero la esperanza implica una duda. ¿Por qué duda?

El señor Stangerson hizo un esfuerzo visible por sobreponerse.

—Sí, señor —dijo finalmente—. Tiene razón. Será mejor que sepa algo que, si lo ocultara, podría parecer de importancia; el señor Darzac está de acuerdo conmigo en esto.

El señor Darzac, cuya palidez en ese momento me pareció del todo anormal, hizo un gesto de asentimiento. Comprendí que no podía hablar.

—Quiero que sepa, pues —continuó el señor Stangerson—, que mi hija ha jurado no dejarme nunca, y se mantiene firme en su juramento, a pesar de todas mis súplicas y de todo lo que he argumentado para inducirla a casarse. Conocemos al señor Robert Darzac desde hace muchos años. Él ama a mi hija, y yo creía que ella lo amaba a él, porque solo recientemente consintió este matrimonio que deseo con todo mi corazón. Soy un hombre anciano, señor, y fue una hora feliz para mí cuando supe que, después de mi partida, ella tendría a su lado a alguien que la amaba y que la ayudaría a continuar con nuestras labores comunes. Amo y estimo al señor Darzac tanto por su grandeza de corazón como por su devoción a la ciencia. Pero, dos días antes de la tragedia, por no sé qué razón, mi hija me declaró que nunca se casaría con el señor Darzac.

Un silencio sepulcral siguió a las palabras del señor Stangerson. Fue un momento cargado de suspense.

—¿Le dio la señorita alguna explicación?, ¿le dijo cuál era su motivo? —preguntó el señor Dax.

—Me dijo que era demasiado vieja para casarse, que había esperado demasiado. Dijo que había reflexionado mucho sobre el asunto y, aunque sentía una gran estima, incluso afecto, por el señor Darzac, sentía que sería mejor que las cosas permanecieran como estaban. Sería feliz, dijo, de ver las relaciones entre nosotros y el señor Darzac volverse más cercanas, pero solo bajo la condición de que no se volviera a hablar de matrimonio.

—¡Eso es muy extraño! —masculló el señor Dax.

—¡Extraño! —repitió el señor de Marquet.

—Sin duda no encontrará el motivo ahí, señor Dax —dijo el señor Stangerson con una sonrisa fría.

—¡En cualquier caso, el motivo no fue el robo! —dijo el jefe con impaciencia.

—¡Oh, estamos bastante convencidos de ello! —exclamó el juez de instrucción.

En ese momento, la puerta del laboratorio se abrió y el oficial al mando de los gendarmes entró y entregó una tarjeta al juez de instrucción. El señor de Marquet la leyó y profirió una exclamación de medio enfado:

—¡Esto es realmente demasiado! —exclamó.

—¿Qué ocurre? —preguntó el jefe.

—Es la tarjeta de un joven periodista que trabaja para el «Epoque», un señor Joseph Rouletabille. Tiene escritas estas palabras: «Uno de los motivos del crimen fue el robo».

El jefe sonrió.

—¡Ah!, el joven Rouletabille; he oído hablar de él; se le considera bastante listo. Que pase.

Se permitió entrar al señor Joseph Rouletabille. Yo había hecho su conocimiento en el tren esa misma mañana, de camino a Epinay-sur-Orge. Se había introducido, casi contra mi voluntad, en nuestro compartimento. Haré mejor en decir desde ahora que sus modales y la arrogancia con la que presumía de saber lo que era incomprensible incluso para nosotros, me causaron una impresión desfavorable. No me gustan los periodistas. Son una clase de escritores a la que hay que evitar como a la peste. Creen que todo está permitido y no respetan nada. Concededles el menor favor, permitidles siquiera acercarse a vosotros, y nunca podréis saber qué molestias os pueden causar. Este aparenta tener apenas veinte años, y la desfachatez con la que se atrevió a interrogarnos y a discutir el asunto con nosotros lo hizo particularmente odioso a mis ojos. Además, tenía una forma de expresarse que nos dejaba dudando sobre si se estaba burlando de nosotros o no. Sé muy bien que el «Epoque» es un periódico influyente con el que conviene estar a buenas, pero el periódico no debería permitirse estar representado por reporteros rastreros.

El señor Joseph Rouletabille entró en el laboratorio, nos saludó con una inclinación de cabeza y esperó a que el señor de Marquet le pidiera que explicara su presencia.

—¿Pretende usted, señor, saber el motivo del crimen y que ese motivo —frente a todas las pruebas que han ido surgiendo— fue el robo?

—No, señor, no pretendo eso. No digo que el robo fuera el motivo del crimen, y no creo que lo fuera.

—Entonces, ¿qué significa esta tarjeta?

—Significa que el robo fue uno de los motivos del crimen.

—¿Qué le lleva a pensar eso?

—Si tiene la amabilidad de acompañarme, se lo mostraré.

El joven nos pidió que le siguiéramos al vestíbulo, y lo hicimos. Nos llevó hacia el lavabo y rogó al señor de Marquet que se arrodillara a su lado. Este lavabo está iluminado por la puerta de cristal y, cuando la puerta estaba abierta, la luz que penetraba era suficiente para iluminarlo perfectamente. El señor de Marquet y el señor Joseph Rouletabille se arrodillaron en el umbral, y el joven señaló un punto en el pavimento.

—Las piedras del lavabo no han sido fregadas por el tío Jacques desde hace algún tiempo —dijo—; eso se puede ver por la capa de polvo que las cubre. Ahora, fíjense aquí, las marcas de dos huellas grandes y el hollín negro que dejaron donde han estado. Ese hollín no es otra cosa que el polvo de carbón que cubre el camino por el que deben pasar a través del bosque para ir directamente de Epinay al Glandier. Ya saben que hay un pequeño pueblo de carboneros en ese lugar, que producen grandes cantidades de carbón. Lo que hizo el asesino fue venir aquí al mediodía, cuando no había nadie en el pabellón, e intentar su robo.

—¿Pero qué robo? ¿Dónde ve usted señales de robo? ¿Qué le prueba a usted que se haya cometido un robo? —exclamamos todos a la vez.

—Lo que me puso sobre la pista de ello —continuó el periodista—...

—¿Fue esto? —interrumpió el señor de Marquet, aún de rodillas.

—Evidentemente —dijo Rouletabille.

Y el señor de Marquet explicó que había en el polvo del pavimento marcas de dos pisadas, así como la impresión, recién hecha, de un pesado paquete rectangular, distinguiéndose fácilmente las marcas de la cuerda con la que había sido atado.

—¿Ha estado usted aquí, entonces, señor Rouletabille? Creía haber dado órdenes al tío Jacques, a quien se dejó a cargo del pabellón, de no permitir entrar a nadie.

—No riña al tío Jacques, vine aquí con el señor Robert Darzac.

—¡Ah! ¡En efecto! —exclamó el señor de Marquet, con desagrado, lanzando una mirada de soslayo al señor Darzac, quien permaneció en absoluto silencio.

—Cuando vi la marca del paquete al lado de las huellas, no tuve dudas sobre el robo —respondió el señor Rouletabille—. El ladrón no había traído un paquete consigo; hizo uno aquí: un paquete con los objetos robados, sin duda; y lo puso en este rincón con la intención de llevárselo cuando llegara el momento de escapar. También había colocado sus botas pesadas junto al paquete, pues, vean, no hay marcas de pasos que conduzcan a las marcas dejadas por las botas, que fueron colocadas una al lado de la otra. Eso explica el hecho de que el asesino no dejara rastro de sus pasos cuando huyó de la Habitación Amarilla, ni en el laboratorio, ni en el vestíbulo. Tras entrar en la Habitación Amarilla con las botas puestas, se las quitó, al encontrarlas molestas, o porque deseaba hacer el menor ruido posible. Las marcas que dejó al pasar por el vestíbulo y el laboratorio fueron lavadas posteriormente por el tío Jacques. Habiéndose quitado las botas por una razón u otra, el asesino las llevó en la mano y las colocó al lado del paquete que había hecho; para entonces, el robo ya se había consumado. El hombre regresó luego a la Habitación Amarilla y se deslizó bajo la cama, donde la marca de su cuerpo es perfectamente visible en el suelo e incluso en la alfombrilla, que ha sido ligeramente desplazada de su sitio y arrugada. Trozos de paja también, recién arrancados, dan fe de los movimientos del asesino bajo la cama.

—Sí, sí, ya sabemos todo eso —dijo el señor de Marquet.

—El ladrón tenía otro motivo para volver a esconderse bajo la cama —continuó el asombroso joven periodista—. Podrían pensar que intentaba esconderse rápidamente al ver, a través de la ventana del vestíbulo, que el señor y la señorita Stangerson estaban a punto de entrar en el pabellón. Le habría resultado mucho más fácil subir al desván y esconderse allí, esperando una oportunidad para salir, si su propósito hubiera sido solo la huida. ¡No! ¡No! Tenía que estar en la Habitación Amarilla.

Aquí intervino el jefe.

—Eso no está nada mal, joven. Le felicito. Si aún no sabemos cómo logró escapar el asesino, podemos al menos ver cómo entró y cometió el robo. Pero ¿qué robó?

—Algo muy valioso —respondió el joven reportero.

En ese momento oímos un grito proveniente del laboratorio. Corrimos y encontramos al señor Stangerson, con los ojos demacrados, las extremidades temblorosas, señalando una especie de librería que había abierto y que, vimos, estaba vacía. Al mismo instante se desplomó en el gran sillón que estaba colocado ante el escritorio y gimió, con las lágrimas rodando por sus mejillas: —¡Me han robado de nuevo! Por el amor de Dios, no digáis ni una palabra de esto a mi hija. Se sentiría más afligida que yo. —Soltó un profundo suspiro y añadió, en un tono que nunca olvidaré—: Después de todo, qué importa, ¡mientras ella viva!

—¡Vivirá! —dijo el señor Darzac, con una voz extrañamente conmovedora.

—Y encontraremos los objetos robados —dijo el señor Dax—. Pero ¿qué había en el gabinete?

—Veinte años de mi vida —respondió tristemente el ilustre profesor—, o mejor dicho de nuestras vidas: ¡las vidas de mi hija y la mía! Sí, nuestros documentos más preciosos, los registros de nuestras investigaciones secretas y nuestros trabajos de veinte años estaban en ese gabinete. Es una pérdida irreparable para nosotros y, me atrevo a decir, para la ciencia. Todos los procesos mediante los cuales había podido llegar a la preciosa prueba de la destructibilidad de la materia estaban allí, todos. El hombre que vino deseaba quitarme todo: a mi hija y mi trabajo, mi corazón y mi alma.

Y el gran científico lloró como un niño.

Permanecimos a su alrededor en silencio, profundamente afectados por su gran aflicción. El señor Darzac se apretó estrechamente a su lado e intentó en vano contener sus lágrimas; un espectáculo que, por un momento, casi me hizo simpatizar con él, a pesar de la instintiva repulsión que su extraña conducta y su inexplicable ansiedad me habían inspirado.

Solo el señor Rouletabille —como si su valioso tiempo y su misión en la tierra no le permitieran detenerse en la contemplación del sufrimiento humano— se había acercado muy tranquilamente al gabinete vacío y, señalándolo, rompió el silencio casi solemne. Entró en explicaciones, que no eran necesarias, sobre por qué había sido llevado a creer que se había cometido un robo, lo cual incluía el descubrimiento simultáneo que había hecho en el lavabo y el vacío gabinete precioso en el laboratorio. Lo primero que le había llamado la atención, dijo, era la forma inusual de aquel mueble. Estaba construido con mucha solidez de hierro ignífugo, mostrando claramente que estaba destinado a guardar objetos muy valiosos. Luego notó que la llave había quedado en la cerradura. —¡Uno no suele tener una caja fuerte y dejarla abierta! —se había dicho a sí mismo. Esta pequeña llave, con su cabeza de latón y sus guardas complicadas, le había atraído fuertemente; su presencia había sugerido el robo.

El señor de Marquet parecía muy perplejo, como si no supiera si debía alegrarse por la nueva dirección dada a la investigación por el joven reportero o lamentar que no hubiera sido hecha por él mismo. En nuestra profesión y por el bienestar general, tenemos que soportar tales mortificaciones y enterrar los sentimientos egoístas. Por eso el señor de Marquet se contuvo y unió sus felicitaciones a las del señor Dax. En cuanto al señor Rouletabille, simplemente se encogió de hombros y dijo: —¡Eso no es nada! Me habría gustado darle un par de bofetadas, especialmente cuando añadió: —Haría bien, señor, en preguntar al señor Stangerson quién guardaba habitualmente esa llave.

—Mi hija —respondió el señor Stangerson—, nunca se separaba de ella.

—¡Ah! ¡Entonces eso cambia el aspecto de las cosas, que ya no corresponde con las ideas del señor Rouletabille! —gritó el señor de Marquet—. Si esa llave nunca abandonó a la señorita Stangerson, ¡el asesino debe de haberla esperado en su habitación con el fin de robársela; y el robo no pudo haberse cometido hasta después de haberla atacado! ¡Pero después del ataque, cuatro personas estaban en el laboratorio! ¡No lo entiendo!

—El robo —dijo el reportero— solo pudo haberse cometido antes del ataque a la señorita Stangerson en su habitación. Cuando el asesino entró en el pabellón, ya poseía la llave de cabeza de latón.

—Eso es imposible —dijo el señor Stangerson en voz baja.

—Es muy posible, señor, como esto demuestra.

Y el joven granuja sacó un ejemplar del «Epoque» de su bolsillo, fechado el 21 de octubre (recuerdo el hecho de que el crimen se cometió en la noche del 24 al 25), y mostrándonos un anuncio, leyó:

—«Ayer se perdió un retículo de satén negro en los Grands Magasins de la Louvre. Contenía, entre otras cosas, una pequeña llave con cabeza de latón. Se dará una generosa recompensa a la persona que la haya encontrado. Esta persona debe escribir, lista de correos, oficina 40, a esta dirección: M. A. T. H. S. N.». ¿No sugieren estas letras a la señorita Stangerson? —continuó el reportero—. La «llave con cabeza de latón», ¿no es esta la llave? Siempre leo los anuncios. En mi negocio, como en el suyo, señor, uno siempre debe leer los «anuncios personales». A menudo son las llaves de intrigas, que no siempre tienen cabeza de latón, pero que no son menos interesantes. Este anuncio me interesó especialmente; la mujer de la llave lo rodeó con una especie de misterio. Evidentemente, valoraba la llave, ¡puesto que prometía una gran recompensa por su recuperación! Y pensé en estas seis letras: M. A. T. H. S. N. Las cuatro primeras apuntaban de inmediato a un nombre de pila; evidentemente, dije: Math es Mathilde. Pero no pude sacar nada en claro de las dos últimas letras. Así que dejé a un lado el periódico y me ocupé de otros asuntos. Cuatro días después, cuando apareció el periódico de la tarde con titulares enormes anunciando el asesinato de la señorita Stangerson, las letras del anuncio me volvieron mecánicamente a la mente. Había olvidado las dos últimas letras, S. N. Cuando las vi de nuevo, no pude evitar exclamar: «¡Stangerson!». Salté a un coche de caballos y corrí a la oficina número 40, preguntando: «¿Tiene una carta dirigida a M. A. T. H. S. N.?». El empleado respondió que no. Insistí, rogué y le supliqué que buscara. Quería saber si le estaba gastando una broma, y luego me dijo que había tenido una carta con las iniciales M. A. T. H. S. N., pero que la había entregado hace tres días a una dama que vino a recogerla. «Usted viene hoy a reclamar la carta, ¡y anteayer otro caballero la reclamó! Ya he tenido suficiente de esto», concluyó enfadado. Intenté interrogarle sobre las dos personas que ya habían reclamado la carta; pero, tanto si quería escudarse tras el secreto profesional —quizás pensó que ya había dicho demasiado— como si estaba disgustado por la broma que le habían gastado, no quiso responder a ninguna de mis preguntas.

Rouletabille hizo una pausa. Todos permanecimos en silencio. Cada uno sacó sus propias conclusiones de la extraña historia de la carta en lista de correos. Parecía, en efecto, que ahora teníamos un hilo mediante el cual seríamos capaces de seguir este extraordinario misterio.

—Entonces es casi seguro —dijo el señor Stangerson— que mi hija sí perdió la llave, que no me lo dijo para evitarme cualquier preocupación, y que suplicó a quien la hubiera encontrado que escribiera a la lista de correos. Evidentemente temía que, al dar nuestra dirección, se hubieran producido averiguaciones que me habrían informado de la pérdida de la llave. Era muy lógico, muy natural que hubiera tomado ese camino, pues ya me han robado una vez antes.

—¿Dónde fue eso y cuándo? —preguntó el jefe de la Sûreté.

—Oh, hace muchos años, en Estados Unidos, en Filadelfia. Robaron de mi laboratorio los planos de dos inventos que podrían haber hecho la fortuna de un hombre. No solo nunca supe quién fue el ladrón, sino que ni siquiera he oído una palabra sobre el objeto del robo, sin duda porque, para frustrar los planes de la persona que me había robado, yo mismo hice públicos estos dos inventos, dejando así el robo sin valor. Desde entonces he tenido mucho cuidado de encerrarme cuando trabajo. Los barrotes de estas ventanas, la situación solitaria de este pabellón, este gabinete, que hice construir especialmente, esta cerradura especial, esta llave única, todo son precauciones contra los temores inspirados por una triste experiencia.

—¡Muy interesante! —observó el señor Dax.

El señor Rouletabille preguntó por el retículo. Ni el señor Stangerson ni el tío Jacques lo habían visto desde hacía varios días, pero unas horas después supimos por la propia señorita Stangerson que el retículo le había sido robado, o bien lo había perdido. Ella corroboró además todo lo que había sucedido tal como su padre lo había expuesto. Había ido a la lista de correos y, el 23 de octubre, había recibido una carta que, afirmó, no contenía más que una vulgar chanza, la cual había quemado de inmediato.

Volviendo a nuestro examen, o mejor dicho a nuestra conversación. Debo declarar que el jefe de la Sûreté, tras haber preguntado al señor Stangerson en qué condiciones su hija había ido a París el 20 de octubre, supimos que el señor Robert Darzac la había acompañado, y que Darzac no había vuelto a ser visto en el castillo desde ese momento hasta el día después de que se cometiera el crimen. El hecho de que el señor Darzac estuviera con ella en los Grands Magasins de la Louvre cuando el retículo desapareció, no pudo pasar desapercibido y, hay que decirlo, despertó fuertemente nuestro interés.

Esta conversación entre magistrados, acusados, víctima, testigos y periodista estaba llegando a su fin cuando se produjo toda una sensación teatral, un incidente de un tipo desagradable para el señor de Marquet. El oficial de los gendarmes vino a anunciar que Frédéric Larsan solicitaba ser admitido, solicitud a la que se accedió de inmediato. Tenía en su mano un par de botas pesadas y embarradas, que arrojó sobre el pavimento del laboratorio.

—Aquí —dijo— están las botas usadas por el asesino. ¿Las reconoce, tío Jacques?

El tío Jacques se inclinó sobre ellas y, estupefacto, reconoció un par de botas viejas que había arrojado hacía algún tiempo a un rincón de su desván. Estaba tan desconcertado que no pudo ocultar su agitación.

Entonces, señalando el pañuelo en la mano del anciano, Frédéric Larsan dijo:

—Ese es un pañuelo asombrosamente parecido al que se encontró en la Habitación Amarilla.

—Lo sé —dijo el tío Jacques, temblando—, son casi iguales.

—Y luego —continuó Frédéric Larsan—, la vieja boina vasca que también se encontró en la Habitación Amarilla podría haber sido usada en algún momento por el propio tío Jacques. Todo esto, caballeros, demuestra, creo, que el asesino deseaba disfrazar su verdadera personalidad. Lo hizo de una manera muy torpe, o, al menos, eso nos parece. No se alarme, tío Jacques; estamos bastante seguros de que usted no fue el asesino; nunca se separó del lado del señor Stangerson. Pero si el señor Stangerson no hubiera estado trabajando esa noche y hubiera regresado al castillo después de despedirse de su hija, y el tío Jacques se hubiera ido a dormir a su desván, nadie habría dudado de que él era el asesino. Debe su salvación, por lo tanto, a que la tragedia se representó demasiado pronto; el asesino, sin duda, por el silencio en el laboratorio, imaginó que estaba vacío y que había llegado el momento de actuar. El hombre que había sido capaz de introducirse aquí tan misteriosamente y de dejar tantas pruebas contra el tío Jacques, era, no cabe duda, alguien familiarizado con la casa. A qué hora exacta entró, si por la tarde o por la noche, no puedo decirlo. Alguien familiarizado con los procedimientos y las personas de este pabellón podía elegir su propio momento para entrar en la Habitación Amarilla.

—No podría haber entrado si alguien hubiera estado en el laboratorio —dijo el señor de Marquet.

—¿Cómo lo sabemos? —respondió Larsan—. Estaba la cena en el laboratorio, el ir y venir de los sirvientes al servicio. Se estaba llevando a cabo un experimento químico entre las diez y las once de la noche, con el señor Stangerson, su hija y el tío Jacques ocupados en el horno en un rincón de la chimenea alta. ¿Quién puede decir que el asesino —¡un íntimo! ¡un amigo!— no aprovechó ese momento para deslizarse en la Habitación Amarilla, después de haberse quitado las botas en el lavabo?

—Es muy improbable —dijo el señor Stangerson.

—Sin duda, pero no es imposible. No afirmo nada. En cuanto a la huida del pabellón, eso es otra cosa, la cosa más natural del mundo.

Por un momento Frédéric Larsan hizo una pausa; un momento que nos pareció muy largo. Puede imaginarse el ansia con la que esperábamos lo que iba a decirnos.

—No he estado en la Habitación Amarilla —continuó—, pero doy por sentado que se han cerciorado de que solo pudo haber salido de la estancia por la puerta; es por la puerta, pues, por donde el asesino logró salir. ¿A qué hora? En el momento en que le resultó más fácil hacerlo; en el momento en que se volvió más explicable, tan completamente explicable que no puede haber otra explicación. Repasemos los instantes que siguieron a la comisión del crimen. Hubo un primer momento, cuando el señor Stangerson y el buen Jacques estaban cerca de la puerta, listos para cerrarle el paso. Hubo un segundo momento, durante el cual el buen Jacques estuvo ausente y el señor Stangerson quedó solo frente a la puerta. Hubo un tercer momento, en el que al señor Stangerson se le unió el conserje. Hubo un cuarto momento, durante el cual el señor Stangerson, el conserje, su mujer y el buen Jacques estaban ante la puerta. Hubo un quinto momento, durante el cual la puerta fue derribada y se entró en la Habitación Amarilla. El momento en que la huida es explicable es aquel en que había el menor número de personas ante la puerta. Hubo un instante en que solo había una persona: el señor Stangerson. A menos que se admita una complicidad de silencio por parte del buen Jacques —en lo cual no creo—, la puerta fue abierta en presencia del señor Stangerson únicamente y el hombre escapó.

—Aquí debemos admitir que el señor Stangerson tenía razones poderosas para no detener, o no hacer detener, al asesino, ¡puesto que le permitió llegar hasta la ventana del vestíbulo y la cerró tras él! Hecho esto, la señorita Stangerson, aunque horriblemente herida, aún tuvo fuerza suficiente, y sin duda obedeciendo a las súplicas de su padre, para volver a cerrar la puerta de su habitación, tanto con el cerrojo como con la llave, antes de desplomarse en el suelo. No sabemos quién cometió el crimen; no sabemos de qué miserable son víctimas el señor y la señorita Stangerson, ¡pero no hay duda de que ambos lo saben! El secreto debe ser terrible, pues el padre no vaciló en dejar a su hija morir tras la puerta que ella misma había cerrado, terrible para él haber permitido que el asesino escapara. ¡Porque no hay otra manera en el mundo de explicar la huida del asesino de la Habitación Amarilla!

El silencio que siguió a esta dramática y lúcida explicación fue espantoso. Todos nos sentimos apenados por el ilustre profesor, tan acorralado por la lógica implacable de Frédéric Larsan, tan forzado a confesar toda la verdad de su martirio o a guardar silencio y, por tanto, hacer una confesión aún más terrible. El hombre mismo, una verdadera estatua del dolor, levantó la mano con un gesto tan solemne que inclinamos la cabeza ante él como ante algo sagrado. Entonces pronunció estas palabras, con una voz tan fuerte que parecía agotarlo:

—¡Juro por la cabeza de mi sufrida hija que ni por un instante dejé la puerta de su habitación tras oír sus gritos de socorro; que esa puerta no fue abierta mientras yo estaba solo en el laboratorio; y que, finalmente, cuando entramos en la Habitación Amarilla, mis tres criados y yo, ¡el asesino ya no estaba allí! ¡Juro que no conozco al asesino!

¿Debo decirlo? A pesar de la solemnidad de las palabras del señor Stangerson, ¿no creímos en su negativa? Frédéric Larsan nos había mostrado la verdad y no era tan fácil renunciar a ella.

El señor de Marquet anunció que la conversación había terminado y, cuando estábamos a punto de abandonar el laboratorio, Joseph Rouletabille se acercó al señor Stangerson, le tomó de la mano con el mayor respeto y le oí decir:

—Le creo, señor.

Aquí cierro la cita que he considerado mi deber hacer del relato del señor Maleine. No hace falta que le diga al lector que todo lo ocurrido en el laboratorio me fue informado de inmediato y fielmente por Rouletabille.

Capítulo XII

El bastón de Frédéric Larsan

No fue hasta las seis de la tarde cuando abandoné el castillo, llevándome el artículo escrito apresuradamente por mi amigo en la pequeña sala de estar que el señor Robert Darzac había puesto a nuestra disposición. El reportero iba a dormir en el castillo, aprovechando la para mí inexplicable hospitalidad que le ofrecía el señor Robert Darzac, a quien el señor Stangerson, en aquellos tristes momentos, dejaba el cuidado de todos sus asuntos domésticos. Sin embargo, insistió en acompañarme a la estación de Epinay. Al cruzar el parque, me dijo:

—Frédéric es realmente muy listo y no ha desmentido su reputación. ¿Sabes cómo llegó a encontrar las botas del buen Jacques? Cerca del lugar donde notamos las huellas de las botas finas y la desaparición de las toscas, había un hoyo cuadrado, recién hecho en el suelo húmedo, donde evidentemente se había extraído una piedra. Larsan buscó esa piedra sin encontrarla e imaginó al instante que el asesino la había utilizado para hundir las botas en el lago. El cálculo de Fred fue excelente, como demuestra el éxito de su búsqueda. Eso se me escapó; pero mi mente estaba dirigida en otra dirección por la gran cantidad de indicios falsos de su rastro que dejó el asesino, y por la medida de las huellas negras, correspondiente a la de las botas del buen Jacques, que yo había establecido sin que él lo sospechara, en el suelo de la Habitación Amarilla. Todo lo cual era una prueba, a mis ojos, de que el asesino había tratado de desviar las sospechas hacia el viejo criado. Hasta ese punto, Larsan y yo estamos de acuerdo; pero no más allá. Esto va a ser un asunto terrible; pues te digo que él está trabajando sobre una base equivocada, y yo... ¡yo debo luchar contra él sin nada!

Me sorprendió el acento profundamente grave con el que mi joven amigo pronunció las últimas palabras.

Repitió:

—Sí... ¡terrible! ¡Terrible! Porque es luchar sin nada cuando solo tienes una idea con la que luchar.

En ese momento pasamos por la parte trasera del castillo. Había caído la noche. Una ventana del primer piso estaba entreabierta. De ella salía una luz tenue, así como algunos sonidos que llamaron nuestra atención. Nos acercamos hasta llegar al lado de una puerta que estaba situada justo debajo de la ventana. Rouletabille, en voz baja, me hizo entender que esa era la ventana de la habitación de la señorita Stangerson. Los sonidos que habían atraído nuestra atención cesaron, luego se renovaron por un momento y después oímos sollozos ahogados. Solo pudimos captar estas palabras, que nos llegaron con claridad: «¡Mi pobre Robert!». Rouletabille me susurró al oído:

—Si tan solo supiéramos lo que se está diciendo en esa habitación, mi investigación pronto habría terminado.

Miró a su alrededor. La oscuridad de la tarde nos envolvía; no podíamos ver mucho más allá del estrecho sendero bordeado de árboles que corría detrás del castillo. Los sollozos habían cesado.

—Si no podemos oír, al menos podemos intentar ver —dijo Rouletabille.

Y, haciéndome una señal para que amortiguara el ruido de mis pasos, me llevó a través del sendero hasta el tronco de una alta haya, cuyo tronco blanco era visible en la oscuridad. Este árbol crecía exactamente frente a la ventana en la que estábamos tan interesados, estando sus ramas inferiores al nivel del primer piso del castillo. Desde la altura de esas ramas uno podía ciertamente ver lo que pasaba en la habitación de la señorita Stangerson. Evidentemente eso era lo que pensaba Rouletabille, pues, ordenándome permanecer oculto, abrazó el tronco con sus vigorosos brazos y trepó. Pronto lo perdí de vista entre las ramas, y luego siguió un profundo silencio.

Frente a mí, la ventana abierta permanecía iluminada y no vi ninguna sombra moverse a través de ella. Escuché y, al poco rato, desde arriba me llegaron estas palabras:

—¡Después de usted!

—¡Después de usted, se lo ruego!

Alguien estaba arriba, hablando, intercambiando cortesías. Cuál sería mi asombro al ver sobre la resbaladiza columna del árbol aparecer dos formas humanas y deslizarse silenciosamente hacia el suelo. Rouletabille había subido solo y había regresado con otro.

—¡Buenas noches, señor Sainclair!

Era Frédéric Larsan. El detective ya había ocupado el puesto de observación cuando mi joven amigo había pensado alcanzarlo solo. Ninguno de los dos notó mi asombro. Me lo expliqué por el hecho de que debieron de ser testigos de alguna escena tierna y desesperada entre la señorita Stangerson, acostada en su cama, y el señor Darzac, de rodillas junto a su almohada. Adiviné que cada uno había sacado conclusiones diferentes de lo que habían visto. Era fácil ver que la escena había impresionado fuertemente a Rouletabille a favor del señor Robert Darzac; mientras que, para Larsan, no mostraba más que una hipocresía consumada, actuada con un arte acabado por el prometido de la señorita Stangerson.

Al llegar a la verja del parque, Larsan nos detuvo.

—¡Mi bastón! —exclamó—. Lo dejé cerca del árbol.

Nos dejó, diciendo que se reuniría con nosotros en un momento.

—¿Te has fijado en el bastón de Frédéric Larsan? —preguntó el joven reportero, tan pronto como estuvimos solos—. Es uno completamente nuevo, que nunca le había visto usar antes. Parece tener mucho cuidado con él; nunca se separa de él. Uno pensaría que tiene miedo de que caiga en manos de extraños. Nunca lo vi antes de hoy. ¿Dónde lo encontró? No es natural que un hombre que nunca antes había usado bastón, el día después del crimen del Glandier, no se mueva ni un paso sin uno. El día de nuestra llegada al castillo, nada más vernos, se guardó el reloj en el bolsillo y recogió su bastón del suelo; una acción a la que quizás hice mal en no dar importancia.

Ya estábamos fuera del parque. Rouletabille había caído en silencio. Sus pensamientos estaban ciertamente todavía ocupados con el nuevo bastón de Frédéric Larsan. Tuve la prueba de ello cuando, al acercarnos a Epinay, dijo:

—Frédéric Larsan llegó al Glandier antes que yo; comenzó su investigación antes que yo; ha tenido tiempo de averiguar cosas sobre las que yo no sé nada. ¿Dónde encontró ese bastón? —Luego añadió—: Es probable que su sospecha, más que eso, su razonamiento, lo haya llevado a poner la mano en algo tangible. ¿Tiene algo que ver este bastón con eso? ¿Dónde demonios pudo haberlo encontrado?

Como tenía que esperar veinte minutos para el tren en Epinay, entramos en un cabaret. Casi de inmediato se abrió la puerta y Frédéric Larsan hizo su aparición, blandiendo su famoso bastón.

—¡Lo encontré! —dijo riendo.

Los tres nos sentamos a una mesa. Rouletabille no quitaba los ojos del bastón; estaba tan absorto que no advirtió una señal que Larsan hizo a un empleado del ferrocarril, un joven con la barbilla decorada por una pequeña barba rubia y mal cuidada. Ante la señal, este se levantó, pagó su consumición, se inclinó y salió. Yo mismo no habría dado importancia a la circunstancia si no me la hubiera recordado, unos meses después, la reaparición del hombre de la barba en uno de los momentos más trágicos de este caso. Entonces supe que el joven era uno de los ayudantes de Larsan y que había sido encargado por él de vigilar la ida y venida de viajeros en la estación de Epinay-sur-Orge. Larsan no descuidaba nada en ningún caso en el que estuviera trabajando.

Volví a dirigir mis ojos a Rouletabille.

—¡Ah, señor Fred! —dijo él—, ¿cuándo empezó a usar bastón? ¡Siempre le he visto caminar con las manos en los bolsillos!

—Es un regalo —respondió el detective.

—¿Reciente? —insistió Rouletabille.

—No, me lo dieron en Londres.

—Ah, sí, lo recuerdo; acaba de llegar de Londres. ¿Puedo verlo?

—¡Oh, ciertamente!

Fred pasó el bastón a Rouletabille. Era un gran bambú amarillo con empuñadura de muleta y adornado con una anilla de oro.

Rouletabille, tras examinarlo minuciosamente, se lo devolvió a Larsan con una expresión burlona en el rostro, diciendo:

—¡Le dieron un bastón francés en Londres!

—Posiblemente —dijo Fred, imperturbable.

—Lea la marca ahí, en letras minúsculas: Cassette, 6a, Ópera.

—¿Acaso no pueden los ingleses comprar bastones en París?

Cuando Rouletabille me hubo despedido en el tren, me dijo:

—¿Recordarás la dirección?

—Sí, Cassette, 6a, Ópera. Confía en mí, tendrás noticias mañana por la mañana.

Esa tarde, al llegar a París, vi al señor Cassette, vendedor de bastones y paraguas, y escribí a mi amigo:

«Un hombre que responde inequívocamente a la descripción del señor Robert Darzac —misma altura, ligeramente encorvado, abrigo color masilla, sombrero hongo— compró un bastón similar al que nos interesa, la tarde del crimen, alrededor de las ocho. El señor Cassette no había vendido otro bastón igual en los últimos dos años. El bastón de Fred es nuevo. Está claro que es el mismo bastón. Fred no lo compró, ya que estaba en Londres. Al igual que tú, creo que lo encontró en algún lugar cerca del señor Robert Darzac. Pero si, como supones, el asesino estuvo en la Habitación Amarilla durante cinco o incluso seis horas, y el crimen no se cometió hasta cerca de medianoche, la compra de este bastón prueba una coartada incontestable para Darzac».

Capítulo XIII

«El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor»

Una semana después de la ocurrencia de los hechos que acabo de relatar —el 2 de noviembre, para ser exactos— recibí en mi domicilio de París el siguiente mensaje telegráfico: «Ven al Glandier en el primer tren. Trae revólveres. Saludos cordiales. Rouletabille».

Ya he dicho, creo, que en aquella época, siendo un joven abogado con pocos expedientes, frecuentaba el Palacio de Justicia más con el propósito de familiarizarme con mis deberes profesionales que para la defensa de viudas y huérfanos. No podía, por tanto, sentir sorpresa alguna porque Rouletabille dispusiera de mi tiempo. Además, sabía cuán profundamente interesado estaba yo en sus aventuras periodísticas en general y, sobre todo, en el asesinato del Glandier. No había tenido noticias suyas durante una semana, ni del progreso realizado en ese misterioso caso, salvo por los innumerables párrafos en los periódicos y por las breves notas de Rouletabille en «L'Époque». Esas notas habían divulgado el hecho de que se habían encontrado trazas de sangre humana en el hueso de cordero, así como trazas frescas de la sangre de la señorita Stangerson; las manchas antiguas pertenecían a otros crímenes, probablemente de hace años.

Se puede imaginar fácilmente que el crimen acaparó la atención de la prensa de todo el mundo. Ningún crimen conocido había absorbido más las mentes de la gente. Me pareció, sin embargo, que la investigación judicial avanzaba muy poco; y me habría alegrado mucho si, al recibir la invitación de mi amigo para reunirme con él en el Glandier, el despacho no hubiera contenido las palabras: «Trae revólveres».

Eso me intrigó enormemente. Que Rouletabille pidiera por telégrafo revólveres significaba que podría haber ocasión de usarlos. Ahora bien, lo confieso sin vergüenza, no soy un héroe. Pero aquí había un amigo, evidentemente en peligro, pidiéndome que fuera en su ayuda. No vacilé mucho; y tras asegurarme de que el único revólver que poseía estaba debidamente cargado, me apresuré hacia la estación de Orleans. En el camino recordé que Rouletabille había pedido dos revólveres; por tanto, entré en una armería y compré una excelente arma para mi amigo.

Había esperado encontrarlo en la estación de Epinay; pero no estaba allí. Sin embargo, un coche de caballos me esperaba y pronto estuve en el Glandier. No había nadie en la verja, y solo en el umbral del castillo me encontré con el joven. Me saludó con un gesto amistoso y me rodeó con los brazos, preguntándome con entusiasmo por el estado de mi salud.

Cuando estuvimos en la pequeña sala de estar de la que he hablado, Rouletabille me hizo sentar.

—Va mal —dijo.

—¿Qué va mal? —pregunté.

—Todo.

Se acercó a mí y me susurró:

—Frédéric Larsan está trabajando con todas sus fuerzas contra Darzac.

Esto no me asombró. Había visto el pobre papel que había hecho el prometido de la señorita Stangerson en el momento del examen de las huellas. Sin embargo, pregunté de inmediato:

—¿Qué hay de aquel bastón?

—Sigue en manos de Frédéric Larsan. Nunca se separa de él.

—¿Pero no prueba la coartada del señor Darzac?

—En absoluto. Interrogado suavemente por mí, Darzac negó haber comprado un bastón en casa de Cassette aquella tarde o en cualquier otra. Sin embargo —dijo Rouletabille—, no juraré nada; el señor Darzac tiene tales ataques extraños de silencio que uno no sabe exactamente qué pensar de lo que dice.

—Para Frédéric Larsan este bastón debe significar una prueba muy perjudicial. ¿Pero de qué manera? La hora en que fue comprado demuestra que no pudo estar en posesión del asesino.

—La hora no preocupa a Larsan. No está obligado a adoptar mi teoría, que supone que el asesino entró en la Habitación Amarilla entre las cinco y las seis de la tarde. Pero ¿qué le impide suponer que el asesino entró entre las diez y las once de la noche? A esa hora el señor y la señorita Stangerson, asistidos por el buen Jacques, estaban ocupados en realizar un interesante experimento químico en la parte del laboratorio ocupada por los hornos. Larsan dice, por improbable que parezca, que el asesino pudo haberse deslizado detrás de ellos. Ya ha conseguido que el juez de instrucción le escuche. Cuando uno lo analiza de cerca, el razonamiento es absurdo, dado que el «íntimo» —si es que hay uno— debió saber que el profesor dejaría pronto el pabellón, y que el «amigo» solo tenía que posponer su operación hasta después de la partida del profesor. ¿Por qué habría arriesgado cruzar el laboratorio mientras el profesor estaba en él? Y entonces, ¿cuando hubo entrado en la Habitación Amarilla?

—Hay muchos puntos que aclarar antes de que se pueda admitir la teoría de Larsan. No perderé mi tiempo en ello, pues mi teoría no me permite ocuparme de simples imaginaciones. Solo que, como por el momento estoy obligado a guardar silencio, y Larsan a veces habla, podría terminar saliendo abiertamente contra el señor Darzac, si yo no estoy allí —añadió el joven reportero con orgullo—. Pues hay pruebas superficiales contra Darzac, mucho más convincentes que el bastón, que sigue siendo incomprensible para mí, ¡tanto más cuanto que Larsan no duda lo más mínimo en dejar que Darzac le vea con él! Entiendo muchas cosas en la teoría de Larsan, pero no saco nada en claro de ese bastón.

—¿Sigue él en el castillo?

—Sí, ¡apenas lo abandona! Duerme allí, como yo, a petición del señor Stangerson, quien ha hecho por él lo que el señor Robert Darzac ha hecho por mí. A pesar de la acusación hecha por Larsan de que el señor Stangerson sabe quién es el asesino, él le facilita todos los medios para llegar a la verdad, igual que Darzac está haciendo conmigo.

—¿Pero tú estás convencido de la inocencia de Darzac?

—En un tiempo sí creí en la posibilidad de su culpabilidad. Fue cuando llegamos aquí por primera vez. Ha llegado el momento de que te cuente lo que ha pasado entre el señor Darzac y yo.

Aquí Rouletabille se interrumpió y me preguntó si había traído los revólveres. Se los mostré. Tras examinar ambos, los declaró excelentes y me los devolvió.

—¿Tendremos que usarlos? —pregunté.

—Sin duda; esta noche. Pasaremos la noche aquí, ¿si eso no te cansa?

—Al contrario —dije con una expresión que hizo reír a Rouletabille.

—No, no —dijo—, este no es momento para reír. ¿Recuerdas la frase que fue el «Ábrete, sésamo» de este castillo lleno de misterio?

—Sí —dije—, perfectamente: «El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor». Fue la frase que encontraste en el trozo de papel medio quemado entre las cenizas del laboratorio.

—Sí; al pie del papel, donde no habían llegado las llamas, estaba esta fecha: 23 de octubre. Recuerda esta fecha, es sumamente importante. Ahora voy a contarte lo relativo a esa curiosa frase. La víspera del crimen, es decir, el 23, el señor y la señorita Stangerson estaban en una recepción en el Elíseo. Lo sé porque yo estaba allí de servicio, pues debía entrevistar a uno de los sabios de la Academia de Filadelfia que estaba siendo agasajado allí. Nunca antes había visto al señor ni a la señorita Stangerson. Estaba sentado en la sala que precede al Salón de los Embajadores y, cansado de ser empujado por tantos personajes nobles, me había sumido en una vaga ensoñación cuando percibí cerca de mí el perfume de la dama de negro.

—¿Me preguntas cuál es el «perfume de la dama de negro»? Debe bastarte con saber que es un perfume que me agrada mucho, porque era el de una señora que fue muy amable conmigo en mi infancia; una señora a la que siempre había visto vestida de negro. La dama que, aquella noche, estaba perfumada con el aroma de la dama de negro, vestía de blanco. Era maravillosamente hermosa. No pude evitar levantarme y seguirla. Un anciano le ofrecía el brazo y, al pasar, oí voces decir: «El profesor Stangerson y su hija». Fue así como supe a quién seguía.

—Se encontraron con el señor Robert Darzac, a quien conocía de vista. El profesor Stangerson, abordado por el señor Arthur William Rance, uno de los sabios estadounidenses, se sentó en la gran galería, y el señor Robert Darzac llevó a la señorita Stangerson al invernadero. Los seguí. Hacía una noche muy templada; las puertas del jardín estaban abiertas. La señorita Stangerson se echó un chal sobre los hombros y vi claramente que era ella quien rogaba al señor Darzac que la acompañara al jardín. Continué siguiéndoles, interesado por la agitación que mostraba claramente el comportamiento del señor Darzac. Pasaron lentamente a lo largo del muro que colinda con la Avenida Marigny. Tomé el paseo central, caminando en paralelo a ellos, y luego crucé para acercarme más. La noche era oscura y la hierba amortiguaba el sonido de mis pasos. Se habían detenido bajo la luz vacilante de un mechero de gas y parecían estar ambos inclinados sobre un papel que sostenía la señorita Stangerson, leyendo algo que les interesaba profundamente. Me detuve en la oscuridad y el silencio.

—Ninguno de los dos me vio, y oí claramente a la señorita Stangerson repetir, mientras volvía a doblar el papel: «¡El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor!» —Fue dicho en un tono a la vez burlón y desesperado, y fue seguido por un estallido de risa tan nerviosa que creo que sus palabras no dejarán de resonar nunca en mis oídos. Pero otra frase fue pronunciada por el señor Robert Darzac: «¿Debo, pues, cometer un crimen para ganarte?». Estaba en un estado de agitación extraordinaria. Tomó la mano de la señorita Stangerson y la mantuvo largo tiempo sobre sus labios, y pensé, por el movimiento de sus hombros, que estaba llorando. Luego se marcharon.

—Cuando regresé a la gran galería —continuó Rouletabille—, no volví a ver al señor Robert Darzac, y no volvería a verle hasta después de la tragedia en el Glandier. La señorita estaba cerca del señor Rance, quien hablaba con mucha animación, brillando sus ojos con un fulgor singular durante la conversación. La señorita Stangerson, pensé, ni siquiera escuchaba lo que él decía, pues su rostro expresaba una perfecta indiferencia. El rostro de él era el rostro rojo de un borracho. Cuando el señor y la señorita Stangerson se marcharon, él fue a la barra y permaneció allí. Me uní a él y le hice algún pequeño favor en medio de la multitud apretada. Me dio las gracias y me dijo que regresaba a Estados Unidos tres días después, es decir, el 26 (el día después del crimen). Hablé con él sobre Filadelfia; me contó que había vivido allí durante veinticinco años y que fue allí donde conoció al ilustre profesor Stangerson y a su hija. Bebió mucho champán y, cuando le dejé, estaba casi borracho.

—Tales fueron mis experiencias aquella noche, y te dejo imaginar qué efecto me produjo la noticia del intento de asesinato de la señorita Stangerson, y con qué fuerza acudieron a mi memoria aquellas palabras pronunciadas por el señor Robert Darzac: «¿Debo, pues, cometer un crimen para ganarte?». Sin embargo, no fue esta la frase que le repetí cuando nos encontramos aquí, en el Glandier. La sentencia del presbiterio y el jardín resplandeciente bastaron para abrir la puerta del castillo. Si me preguntas si creo ahora que el señor Darzac es el asesino, debo decir que no. No creo haberlo pensado nunca del todo. En aquel momento no podía pensar seriamente en nada. Tenía muy pocas pruebas en las que basarme. Pero necesitaba tener de inmediato la prueba de que no había sido herido en la mano.

—Cuando estuvimos solos, le conté cómo había tenido la oportunidad de escuchar una parte de su conversación con la señorita Stangerson en el jardín del Elíseo; y cuando le repetí las palabras: «¿Debo, pues, cometer un crimen para ganarte?», se sintió muy perturbado, aunque mucho menos de lo que le había afectado oírme repetir la frase sobre el presbiterio. Lo que le sumió en un estado de verdadera consternación fue saber por mí que el día en que había ido a reunirse con la señorita Stangerson en el Elíseo era el mismo día en que ella había ido a la Oficina de Correos a por la carta. Quizá fue esa carta la que terminaba con las palabras: «El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor». Mi suposición se vio confirmada al encontrar, si recuerdas, en las cenizas del laboratorio, el fragmento de papel fechado el 23 de octubre. La carta había sido escrita y retirada de la Oficina de Correos el mismo día.

—No cabe duda de que, al regresar del Elíseo aquella noche, la señorita Stangerson había intentado destruir aquel papel comprometedor. Fue en vano que el señor Darzac negara que aquella carta tuviera algo que ver con el crimen. Le dije que, en un asunto tan lleno de misterio como este, no tenía derecho a ocultar esa carta; que estaba convencido de que era de considerable importancia; que el tono desesperado en el que la señorita Stangerson había pronunciado la frase profética, sus propias lágrimas y la amenaza de un crimen que había manifestado tras leer la carta, todos estos hechos no dejaban lugar a dudas. El señor Darzac se agitó cada vez más, y decidí aprovechar el efecto que había producido en él. «Usted estaba a punto de casarse, señor —dije con negligencia y sin mirarle—, y de repente su matrimonio se vuelve imposible a causa del autor de esa carta; porque tan pronto como fue leída, usted habló de la necesidad de un crimen para ganar a la señorita Stangerson. Por tanto, hay alguien entre usted y ella, alguien que impide su matrimonio con ella, alguien que ha intentado matarla para que no pueda casarse». Y concluí con estas palabras: «Ahora, señor, ¡solo tiene que decirme en confidencia el nombre del asesino!». Las palabras que pronuncié debieron de golpearle de forma ominosa, pues cuando volví mis ojos hacia él, vi que tenía el rostro demacrado, el sudor perlaba su frente y el terror se reflejaba en sus ojos.

—«Señor —me dijo—, voy a pedirle algo que puede parecer una locura, pero a cambio pongo mi vida en sus manos. No debe decir a los magistrados lo que vio y oyó en el jardín del Elíseo; ni a ellos ni a nadie. Le juro que soy inocente, y sé, presiento, que usted me cree; pero preferiría que me tomaran por el culpable antes que ver a la justicia descarriarse por culpa de esa frase: "El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor". Los jueces no deben saber nada de esa frase. Todo este asunto está en sus manos. Señor, se lo dejo a usted; pero olvide la velada en el Elíseo. Se le abren otros cien caminos en su búsqueda del criminal. Yo mismo se los abriré. Le ayudaré. ¿Quiere instalarse aquí? Puede quedarse aquí para hacer lo que quiera. Coma, duerma aquí, vigile mis actos, los actos de todos los que estamos aquí. Será el amo del Glandier, señor; pero olvide la velada en el Elíseo».

Rouletabille hizo una pausa para tomar aliento. Comprendí entonces lo que había parecido tan inexplicable en el comportamiento del señor Robert Darzac hacia mi amigo, y la facilidad con la que el joven reportero había podido instalarse en el escenario del crimen. Mi curiosidad no podía dejar de verse estimulada por todo lo que había oído. Pedí a Rouletabille que la satisficiera aún más. ¿Qué había ocurrido en el Glandier durante la última semana? ¿No me había dicho que había indicios superficiales contra el señor Darzac mucho más terribles que el del bastón encontrado por Larsan?

—Todo parece apuntar en su contra —respondió mi amigo—, y la situación se está volviendo extremadamente grave. Al señor Darzac parece no importarle mucho; pero en eso se equivoca. Yo solo estaba interesado en la salud de la señorita Stangerson, que mejoraba día a día, cuando ocurrió algo aún más misterioso que el misterio de El Cuarto Amarillo.

—¡Imposible! —exclamé—. ¿Qué podría ser más misterioso que eso?

—Volvamos primero al señor Robert Darzac —dijo Rouletabille, calmándome—. He dicho que todo parece apuntar en su contra. Las marcas de las botas finas encontradas por Frédéric Larsan parecen ser realmente las huellas del prometido de la señorita Stangerson. Las marcas hechas por la bicicleta pueden haber sido hechas por su bicicleta. Normalmente la dejaba en el castillo; ¿por qué se la llevó a París en aquella ocasión? ¿Fue porque no iba a volver al castillo? ¿Fue porque, debido a la ruptura de su matrimonio, sus relaciones con los Stangerson iban a cesar? Todos los interesados en el asunto afirman que esas relaciones debían continuar sin cambios.

—Frédéric Larsan, sin embargo, cree que todo trato había terminado. Desde el día en que el señor Darzac acompañó a la señorita Stangerson a los Grands Magasins de la Louvre hasta el día después del crimen, no había estado en el Glandier. Recuerda que la señorita Stangerson perdió su retículo con la llave de cabeza de latón mientras estaba en su compañía. Desde aquel día hasta la noche en el Elíseo, el profesor de la Sorbona y la señorita Stangerson no se vieron; pero es posible que se escribieran. La señorita Stangerson fue a la Oficina de Correos a recoger una carta que, según Larsan, fue escrita por Robert Darzac; pues, al no saber nada de lo ocurrido en el Elíseo, Larsan cree que fue el propio señor Darzac quien robó el retículo con la llave, con el designio de forzar su consentimiento, apoderándose de los valiosos documentos de su padre, documentos que le habría devuelto a condición de que se cumpliera el compromiso matrimonial.

—Todo eso habría sido una hipótesis muy dudosa y casi absurda, como admitió Larsan, de no ser por otra circunstancia mucho más grave. En primer lugar, he aquí algo que no he podido explicar: el señor Darzac había ido él mismo, el día 24, a la Oficina de Correos a pedir la carta que la señorita había solicitado y recibido la víspera. La descripción del hombre que hizo la solicitud coincide en todos los aspectos con el aspecto del señor Darzac, quien, en respuesta a las preguntas formuladas por el juez de instrucción, niega haber ido a la Oficina de Correos. Ahora bien, incluso admitiendo que la carta fuera escrita por él —lo cual no creo—, él sabía que la señorita Stangerson la había recibido, puesto que la vio en sus manos en el jardín del Elíseo. No pudo ser él, entonces, quien fuera a la Oficina de Correos, el día después del 24, a pedir una carta que sabía que ya no estaba allí.

—Para mí está claro que alguien, muy parecido a él, robó el retículo de la señorita Stangerson y, en esa carta, le había exigido algo que ella no le había enviado. Debió de sorprenderse por el fracaso de su exigencia, de ahí su solicitud en la Oficina de Correos, para saber si su carta había sido entregada a la persona a la que iba dirigida. Al descubrir que había sido reclamada, se puso furioso. ¿Qué había exigido? Nadie más que la señorita Stangerson lo sabe. Luego, al día siguiente, se informa de que fue asesinada durante la noche, y, al día siguiente, descubrí que al profesor le habían robado al mismo tiempo por medio de la llave a la que se refiere la carta de poste restante. Parecería, pues, que el hombre que fue a la Oficina de Correos a preguntar por la carta debe de haber sido el asesino. Todos estos argumentos los aplica Larsan contra el señor Darzac. Puedes estar seguro de que el juez de instrucción, Larsan y yo mismo hemos hecho todo lo posible por obtener de la Oficina de Correos detalles precisos relativos al singular personaje que acudió allí el 24 de octubre. Pero no se ha averiguado nada. No sabemos de dónde vino ni adónde fue. Más allá de la descripción que le hace parecerse al señor Darzac, no sabemos nada.

—He anunciado en los principales diarios que se dará una generosa recompensa al conductor de cualquier vehículo público que llevara a un pasajero al número 40, Oficina de Correos, alrededor de las diez de la mañana del 24 de octubre. La información debe dirigirse al «M. R.», en la oficina de «L’Epoque»; pero no ha habido respuesta. El hombre pudo haber ido a pie; pero, como probablemente tenía prisa, existía la posibilidad de que hubiera ido en un coche de alquiler. Quién es, me pregunto día y noche, el hombre que se parece tanto al señor Robert Darzac, y que también se sabe que compró el bastón que ha caído en manos de Larsan.

—El hecho más grave es que el señor Darzac estaba, al mismo tiempo que su doble se presentaba en la Oficina de Correos, programado para una conferencia en la Sorbona. No dio esa conferencia, y uno de sus amigos ocupó su lugar. Cuando le pregunté cómo había empleado el tiempo, me dijo que había ido a dar un paseo por el Bois de Boulogne. ¿Qué opinas de un profesor que, en lugar de dar su clase, busca un sustituto para ir a pasear por el Bois de Boulogne? Cuando Frédéric Larsan le pidió información sobre este punto, respondió tranquilamente que no era asunto suyo cómo pasaba él su tiempo en París. Ante lo cual Fred juró en voz alta que lo averiguaría, sin ayuda de nadie.

—Todo esto parece encajar con la hipótesis de Fred, a saber, que el señor Stangerson permitió escapar al asesino para evitar un escándalo. La hipótesis se ve reforzada por el hecho de que Darzac estaba en El Cuarto Amarillo y se le permitió huir. Esa hipótesis creo que es falsa. Larsan se está dejando engañar por ella, aunque eso no me desagradaría, si no afectara a una persona inocente. ¿Engaña realmente esa hipótesis a Frédéric Larsan? Esa es la cuestión, esa es la cuestión.

—Tal vez tenga razón —exclamé, interrumpiendo a Rouletabille—. ¿Estás seguro de que el señor Darzac es inocente? Me parece que son coincidencias extraordinarias...

—Las coincidencias —respondió mi amigo— son los peores enemigos de la verdad.

—¿Qué piensa ahora el juez de instrucción del asunto?

—El señor de Marquet duda en acusar al señor Darzac, a falta de pruebas absolutas. No solo tendría a la opinión pública totalmente en su contra, por no hablar de la Sorbona, sino al señor y a la señorita Stangerson. Ella adora al señor Robert Darzac. Por muy vagamente que viera al asesino, sería difícil hacer creer al público que no podría haberle reconocido, si Darzac hubiera sido el criminal. Sin duda, El Cuarto Amarillo estaba muy tenuemente iluminado; pero una luz nocturna, por pequeña que sea, da algo de luz. He aquí, muchacho, cómo estaban las cosas cuando, hace tres días, o más bien tres noches, ocurrió un incidente extraordinariamente extraño.

Capítulo XIV

«Espero al asesino esta noche»

—Debo llevarte —dijo Rouletabille—, para que puedas entenderlo, a los distintos escenarios. Yo mismo creo haber descubierto lo que todos los demás buscan, a saber, cómo escapó el asesino de El Cuarto Amarillo, sin cómplice alguno y sin que la señorita Stangerson tuviera nada que ver. Pero mientras no esté seguro del verdadero asesino, no puedo exponer la teoría en la que estoy trabajando. Solo puedo decir que creo que es correcta y, en cualquier caso, una teoría bastante natural y sencilla. En cuanto a lo que ocurrió en este lugar hace tres noches, debo decir que me tuvo cavilando durante todo un día y una noche. Es increíble. La teoría que he formado a partir del incidente es tan absurda que prefiero que los asuntos permanezcan aún sin explicar.

Diciendo esto, el joven reportero me invitó a ir a dar la vuelta al castillo con él. El único sonido que se oía era el crujido de las hojas muertas bajo nuestros pies. El silencio era tan intenso que se podría haber pensado que el castillo estaba abandonado. Las piedras viejas, el agua estancada del foso que rodea el torreón, el suelo sombrío cubierto de hojas muertas, los oscuros perfiles esqueléticos de los árboles, todo contribuía a dar al desolado lugar, ahora lleno de su terrible misterio, un aspecto de lo más fúnebre. Al pasar por el torreón, nos encontramos con el Hombre Verde, el guardabosques, que no nos saludó, sino que pasó de largo como si no existiéramos. Tenía el mismo aspecto que cuando le vi anteriormente por la ventana de la posada del Torreón. Seguía con su escopeta colgada a la espalda, su pipa en la boca y sus gafas sobre la nariz.

—¡Un tipo extraño! —me dijo Rouletabille en voz baja.

—¿Has hablado con él? —pregunté.

—Sí, pero no pude sacarle nada. Sus únicas respuestas son gruñidos y encogimientos de hombros. Generalmente vive en el primer piso del torreón, una gran sala que en su día sirvió de oratorio. Vive como un oso, nunca sale sin su escopeta y solo es amable con las chicas. Las mujeres, en un radio de veinte kilómetros, van todas detrás de él. Por el momento, corteja a la señora Mathieu, cuyo marido la vigila como un lince a consecuencia de ello.

Tras pasar el torreón, situado en el extremo del ala izquierda, fuimos a la parte trasera del castillo. Rouletabille, señalando una ventana que reconocí como la única perteneciente al apartamento de la señorita Stangerson, me dijo:

—Si hubieras estado aquí, hace dos noches, habrías visto a tu humilde servidor en lo alto de una escalera, a punto de entrar en el castillo por esa ventana.

Como expresé cierta sorpresa ante este ejercicio de gimnasia nocturna, me rogó que observara atentamente la disposición exterior del castillo. Luego volvimos a entrar en el edificio.

—Ahora debo mostrarte el primer piso del castillo, donde vivo —dijo mi amigo.

Para que el lector pueda comprender mejor la disposición de estas partes de la vivienda, adjunto un plano del primer piso del ala derecha, dibujado por Rouletabille el día después de que ocurriera el extraordinario fenómeno, cuyos detalles voy a relatar.

1. Posición donde Rouletabille colocó a Frédéric Larsan.

2. Posición donde Rouletabille colocó al buen Jacques.

3. Posición donde Rouletabille colocó al señor Stangerson.

4. Ventana por la que entró Rouletabille.

5. Ventana que encontró abierta Rouletabille al salir de la habitación. La volvió a cerrar. Todas las demás puertas y ventanas estaban cerradas.

6. Terraza que corona una habitación saliente en la planta baja.

Rouletabille me hizo señas para que le siguiera por una magnífica escalera que terminaba en un rellano en el primer piso. Desde este rellano se podía pasar al ala derecha o izquierda del castillo por una galería que se abría en él. Esta galería, alta y ancha, se extendía a lo largo de todo el edificio y recibía luz desde la parte delantera del castillo, orientada al norte. Las habitaciones, cuyas ventanas daban al sur, se abrían hacia la galería. El profesor Stangerson habitaba el ala izquierda del edificio. La señorita Stangerson tenía su apartamento en el ala derecha.

Entramos en la galería de la derecha. Una estrecha alfombra, tendida sobre el suelo de roble encerado que brillaba como el cristal, amortiguaba el sonido de nuestros pasos. Rouletabille me pidió, en voz baja, que caminara con cuidado, ya que estábamos pasando ante la puerta del apartamento de la señorita Stangerson. Este constaba de un dormitorio, una antecámara, un pequeño cuarto de baño, un tocador y un salón. Se podía pasar de una a otra de estas habitaciones sin tener que atravesar la galería. La galería continuaba recta hasta el extremo oeste del edificio, donde estaba iluminada por una ventana alta (ventana 2 en el plano). A unos dos tercios de su longitud, esta galería se unía en ángulo recto con otra galería que seguía el curso del ala derecha.

Para seguir mejor esta narración, llamaremos a la galería que conduce desde la escalera hasta la ventana este, la «galería derecha», y a la galería que sale de ella en ángulo recto, la «galería desviada» (galería sinuosa en el plano). Era en el punto de encuentro de las dos galerías donde Rouletabille tenía su habitación, contigua a la de Frédéric Larsan, abriéndose la puerta de cada una a la «galería desviada», mientras que las puertas del apartamento de la señorita Stangerson se abrían a la «galería derecha». (Véase el plano).

Rouletabille abrió la puerta de su habitación y, después de que entráramos, corrió el cerrojo cuidadosamente. No había tenido tiempo de echar un vistazo al lugar donde había sido instalado, cuando lanzó un grito de sorpresa y señaló un par de gafas sobre una mesita.

—¿Qué hacen estas aquí? —preguntó.

Me habría resultado difícil responderle.

—Me pregunto —dijo—, me pregunto si esto es lo que he estado buscando. ¡Me pregunto si estas son las gafas del presbiterio!

Las tomó con avidez, sus dedos acariciando el cristal. Luego, mirándome con una expresión de terror en el rostro, murmuró: —¡Oh!... ¡Oh!

Repitió la exclamación una y otra vez, como si sus pensamientos le hubieran trastornado repentinamente la mente.

Se levantó y, poniendo su mano sobre mi hombro, se rio como un demente mientras decía:

—¡Esas gafas me van a volver loco! Matemáticamente hablando, la cosa es posible; pero humanamente hablando, es imposible... o después... o después...

Dos golpes ligeros sonaron en la puerta. Rouletabille la abrió. Entró una figura. Reconocí a la portera, a quien había visto cuando la llevaban al pabellón para ser interrogada. Me sorprendió, pensando que todavía estaba bajo llave. Esta mujer dijo en voz muy baja:

—En la arboleda del parque.

Rouletabille respondió: «Gracias». La mujer se marchó entonces. Él se volvió hacia mí de nuevo, con la mirada demacrada, después de haber cerrado cuidadosamente la puerta, mascullando algunas frases incomprensibles.

—Si la cosa es matemáticamente posible, ¿por qué no habría de serlo humanamente? Y si es humanamente posible, el asunto es sencillamente espantoso.

Lo interrumpí en su soliloquio:

—¿Han puesto entonces en libertad a los porteros? —pregunté.

—Sí —respondió—, hice que los liberaran. Necesitaba personas en las que pudiera confiar. La mujer me es totalmente devota, y su marido daría la vida por mí.

—¡Ajá! —dije—, ¿cuándo tendrá ocasión de hacerlo?

—Esta noche; pues esta noche espero al asesino.

—¿Espera al asesino esta noche? Entonces, ¿lo conoce?

—Lo conoceré; pero sería un loco si afirmara categóricamente en este momento que lo conozco. La idea matemática que tengo del asesino da resultados tan espantosos, tan monstruosos, que espero que todavía sea posible que me equivoque. ¡Lo espero con todo mi corazón!

—Hace cinco minutos no conocía al asesino; ¿cómo puede decir que lo espera esta noche?

—Porque sé que tiene que venir.

Rouletabille llenó su pipa muy despacio y la encendió. Eso significaba una historia interesante. En ese momento oímos a alguien caminando por la galería y pasando ante nuestra puerta. Rouletabille escuchó. El sonido de los pasos se desvaneció en la distancia.

—¿Está Frédéric Larsan en su habitación? —pregunté, señalando el tabique.

—No —respondió mi amigo—. Se fue a París esta mañana, todavía tras la pista de Darzac, quien también se fue a París. Ese asunto acabará mal. Espero que el señor Darzac sea arrestado en el transcurso de la próxima semana. Lo peor es que todo parece estar confabulado contra él: las circunstancias, las cosas, las personas. No pasa una hora sin que traiga alguna prueba nueva contra él. El juez instructor está abrumado por ellas, y ciego.

—Frédéric Larsan, sin embargo, no es un novato —dije.

—Eso creía —dijo Rouletabille, con un gesto ligeramente despectivo en los labios—; imaginaba que era un hombre mucho más capaz. De hecho, sentía una gran admiración por él antes de conocer su método de trabajo. Es deplorable. Debe su reputación únicamente a su habilidad; pero carece de capacidad de razonamiento; las matemáticas de sus ideas son muy pobres.

Miré atentamente a Rouletabille y no pude evitar sonreír al oír a este chico de dieciocho años hablar así de un hombre que había demostrado al mundo que era el mejor sabueso policial de Europa.

—Sonríe —dijo—; ¡se equivoca! ¡Juro que le superaré en astucia, y de una forma asombrosa! Pero debo darme prisa, porque me lleva una ventaja enorme, dada por el señor Robert Darzac, quien esta noche va a aumentarla aún más. ¡Piénselo! Cada vez que el asesino viene al castillo, el señor Darzac, por una extraña fatalidad, se ausenta y se niega a dar cuenta de cómo emplea su tiempo.

—¡Cada vez que el asesino viene al castillo! —exclamé—. ¿Ha vuelto entonces...?

—Sí, durante esa famosa noche en que ocurrió el extraño fenómeno.

Ahora iba a enterarme del asombroso fenómeno al que Rouletabille había hecho alusión media hora antes sin darme ninguna explicación. Pero había aprendido a no presionar nunca a Rouletabille en sus narraciones. Hablaba cuando le venía en gana y cuando juzgaba que era lo correcto. Le preocupaba menos mi curiosidad que hacer para sí mismo un resumen completo de cualquier asunto importante en el que estuviera interesado.

Por fin, en frases cortas y rápidas, me puso al corriente de cosas que me sumieron en un estado cercano al desconcierto absoluto. En verdad, los resultados de esa ciencia aún desconocida llamada hipnotismo, por ejemplo, no eran más inexplicables que la desaparición de la «materia» del asesino en el momento en que cuatro personas estaban a su alcance. Hablo del hipnotismo como lo haría de la electricidad, pues de la naturaleza de ambos somos ignorantes y conocemos poco de sus leyes. Cito estos ejemplos porque, en aquel momento, el caso me parecía explicable solo por lo inexplicable; es decir, por un suceso fuera de las leyes naturales conocidas. Y, sin embargo, si hubiera tenido el cerebro de Rouletabille, habría tenido, como él, un presentimiento de la explicación natural; pues lo más curioso de todos los misterios del caso Glandier era la manera natural en que él los explicaba.

Guardo entre los papeles que me envió el joven, una vez terminado el asunto, un cuaderno suyo en el que se ofrece un relato completo del fenómeno de la desaparición de la «materia» del asesino y los pensamientos a los que dio lugar en la mente de mi joven amigo. Creo que es preferible dar al lector este relato antes que seguir reproduciendo mi conversación con Rouletabille; pues temería, en una historia de esta naturaleza, añadir una palabra que no estuviera de acuerdo con la más estricta verdad.

Capítulo XV

La trampa

(Extracto del cuaderno de Joseph Rouletabille)

«Anoche, la noche del 29 al 30 de octubre —escribió Joseph Rouletabille—, me desperté hacia la una de la madrugada. ¿Fue insomnio o ruido exterior? El grito de la Bête du Bon Dieu resonó con siniestra fuerza desde el extremo del parque. Me levanté y abrí la ventana. Viento frío y lluvia; oscuridad opaca; silencio. Volví a cerrar la ventana. De nuevo el sonido del extraño grito del gato en la distancia. Me vestí parcialmente a toda prisa. Hacía demasiado mal tiempo para que incluso un gato estuviera fuera. ¿Qué significaba, pues, ese imitar el maullido del gato de la madre Angenoux tan cerca del castillo? Cogí un palo de buen tamaño, la única arma que tenía, y, sin hacer ruido, abrí mi puerta.

La galería a la que salí estaba bien iluminada por una lámpara con reflector. Sentí una intensa corriente de aire y, al girarme, encontré la ventana abierta, en el extremo de la galería que llamo "galería desviada", para distinguirla de la "galería derecha", a la que se abría el apartamento de la señorita Stangerson. Estas dos galerías se cruzan en ángulo recto. ¿Quién había dejado esa ventana abierta? O, ¿quién había venido a abrirla? Me acerqué a la ventana y me asomé. A un metro y medio por debajo de mí había una especie de terraza sobre el saliente semicircular de una habitación en la planta baja. Uno podía, si quería, saltar desde la ventana a la terraza y dejarse caer desde allí al patio del castillo. Quienquiera que hubiera entrado por este camino, evidentemente, no tenía una llave de la puerta del vestíbulo. Pero ¿por qué pensaba en mi intento de la noche anterior con la escalera? Por la ventana abierta, ¿dejada abierta, tal vez, por la negligencia de un criado? La volví a cerrar, sonriendo ante la facilidad con la que construía un drama sobre la mera sugerencia de una ventana abierta.

¡De nuevo el grito de la Bête du Bon Dieu!, y luego silencio. La lluvia dejó de golpear la ventana. Todo en el castillo dormía. Caminé con infinita precaución sobre la alfombra de la galería. Al llegar a la esquina de la "galería derecha", miré a su alrededor con cautela. Había allí otra lámpara con reflector que iluminaba bastante bien los diversos objetos que contenía: tres sillas y algunos cuadros colgados en la pared. ¿Qué hacía yo allí? Un silencio perfecto reinaba por doquier. Todo estaba sumido en el reposo. ¿Cuál fue el instinto que me impulsó hacia la habitación de la señorita Stangerson? ¿Por qué una voz dentro de mí gritaba: "¡Adelante, hacia la habitación de la señorita Stangerson!"? Bajé la mirada hacia la alfombra por la que caminaba y vi que mis pasos se dirigían hacia la habitación de la señorita Stangerson por las marcas de pisadas que ya se habían dejado allí. Sí, sobre la alfombra había huellas de pasos manchados de barro que conducían a la habitación de la señorita Stangerson. ¡Horror! ¡Horror! Reconocí en esas huellas la impresión de las elegantes botas del asesino. Había venido, pues, desde fuera en esta noche infausta. Si se podía descender de la galería por la ventana, mediante la terraza, entonces se podía entrar en el castillo por el mismo medio.

El asesino todavía estaba en el castillo, pues aquí había marcas como de pasos de regreso. Había entrado por la ventana abierta en el extremo de la "galería desviada"; había pasado ante la puerta de Frédéric Larsan y la mía, había girado a la derecha y había entrado en la habitación de la señorita Stangerson. Estoy ante la puerta de su antecámara; está abierta. La empujo sin hacer el menor ruido. Bajo la puerta de la habitación misma veo un rayo de luz. Escucho; ningún sonido, ¡ni siquiera el de una respiración! ¡Ah!, si supiera lo que estaba ocurriendo en el silencio que hay detrás de esa puerta. Encuentro la puerta cerrada con llave y la llave echada por el lado interior. Y el asesino está allí, tal vez. ¡Debe estar allí! ¿Escapará esta vez? ¡Todo depende de mí! Debo estar tranquilo y, sobre todo, no debo dar pasos en falso. Debo ver dentro de esa habitación. Puedo entrar por el salón de la señorita Stangerson; pero, para hacer eso, tendría que cruzar su tocador; y mientras esté allí, el asesino puede escapar por la puerta de la galería, la puerta frente a la cual estoy ahora de pie.

Estoy seguro de que no se está cometiendo ningún otro crimen esta noche; pues hay un silencio total en el tocador, donde dos enfermeras cuidan de la señorita Stangerson hasta que recupere la salud.

Como estoy casi seguro de que el asesino está allí, ¿por qué no doy la alarma de inmediato? El asesino puede, tal vez, escapar; pero, quizás, podría salvar la vida de la señorita Stangerson. Supongamos que el asesino en esta ocasión no está aquí para asesinar. La puerta ha sido abierta para permitirle entrar; ¿por quién? Y ha sido cerrada de nuevo; ¿por quién? La señorita Stangerson se encierra en su apartamento con sus enfermeras todas las noches. ¿Quién echó la llave de esa habitación para permitir que el asesino entrara? ¿Las enfermeras, dos criadas fieles? ¿La vieja doncella, Sylvia? Es muy improbable. Además, dormían en el tocador, y la señorita Stangerson, muy nerviosa y precavida, me dijo el señor Robert Darzac, vela por su propia seguridad desde que ha estado lo suficientemente bien como para moverse por su habitación, que aún no he visto que abandone. Este nerviosismo y cuidado repentino por su parte, que habían llamado la atención del señor Darzac, me habían dado, también, que pensar. En el momento del crimen en el Cuarto Amarillo, no hay duda de que ella esperaba al asesino. ¿Era esperado esta noche? ¿Había sido ella misma quien le había abierto la puerta? ¿Tenía alguna razón para hacerlo? ¿Estaba obligada a hacerlo? ¿Era una cita con fines criminales? Ciertamente no era una cita de amantes, pues creo que la señorita Stangerson adora al señor Darzac.

Todas estas reflexiones pasaron por mi cerebro como un relámpago. ¡Lo que daría por saberlo!

Es posible que hubiera alguna razón para el terrible silencio. Mi intervención podría hacer más daño que bien. ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo podía saber que no provocaría en cualquier momento otro crimen? ¡Si tan solo pudiera ver y saber, sin romper ese silencio!

Abandoné la antecámara y bajé la escalera central hasta el vestíbulo y, tan silenciosamente como pude, me dirigí a la pequeña habitación de la planta baja donde el viejo Jacques dormía desde el ataque perpetrado en el pabellón.

Lo encontré vestido, con los ojos muy abiertos, casi demacrado. No pareció sorprendido al verme. Me dijo que se había levantado porque había oído el grito de la Bête du bon Dieu y porque había oído pasos en el parque, cerca de su ventana, por la que había mirado y, justo entonces, había visto pasar una sombra negra. Le pregunté si tenía algún arma de fuego. No, ya no guardaba ninguna, desde que el juez instructor le había quitado su revólver. Salimos juntos, por una pequeña puerta trasera, al parque, y nos deslizamos a lo largo del castillo hasta el punto que está justo debajo de la ventana de la señorita Stangerson.

Coloqué al viejo Jacques contra la pared, ordenándole que no se moviera del sitio, mientras yo, aprovechando un momento en que la luna estaba oculta por una nube, me trasladé frente a la ventana, fuera del retazo de luz que provenía de ella; ¡pues la ventana estaba entreabierta! ¡Si pudiera saber lo que estaba pasando en esa habitación silenciosa! Regresé junto al viejo Jacques y le susurré la palabra "escalera" al oído. Al principio había pensado en el árbol que, hace una semana, me sirvió de observatorio; pero inmediatamente vi que, por la forma en que la ventana estaba entreabierta, no podría ver desde ese punto de vista nada de lo que estaba ocurriendo en la habitación; y quería, no solo ver, sino oír, y actuar.

Muy agitado, casi temblando, el viejo Jacques desapareció por un momento y regresó sin la escalera, pero haciéndome señales con los brazos para que fuera rápidamente hacia él. Cuando llegué cerca, jadeó: —¡Venga!

Me llevó alrededor del castillo, pasando el torreón. Al llegar allí, dijo:

—Fui al torreón en busca de mi escalera, y en la parte baja del torreón que nos sirve al jardinero y a mí de trastero, encontré la puerta abierta y la escalera había desaparecido. Al salir, eso es lo que pude ver a la luz de la luna.

Y señaló hacia el extremo opuesto del castillo, donde una escalera estaba apoyada contra las ménsulas de piedra que sostenían la terraza, bajo la ventana que yo había encontrado abierta. El saliente de la terraza me había impedido verla. Gracias a esa escalera, era muy fácil entrar en la "galería desviada" del primer piso, y no me cabía duda de que ese era el camino tomado por el desconocido.

Corrimos hacia la escalera, pero en el momento de llegar a ella, el viejo Jacques llamó mi atención sobre la puerta entreabierta de la pequeña habitación semicircular, situada bajo la terraza, en el extremo del ala derecha del castillo, que tenía la terraza como techo. El viejo Jacques empujó la puerta un poco más y miró dentro.

—¡No está! —susurró.

—¿Quién no está?

—El guarda forestal.

Con los labios de nuevo pegados a mi oído, añadió:

—¿Sabe usted que duerme en la habitación superior del torreón desde que fue restaurada? Y con el mismo gesto señaló la puerta entreabierta, la escalera, la terraza y las ventanas de la "galería desviada" que, poco antes, yo había vuelto a cerrar.

¿Cuáles eran mis pensamientos entonces? No tuve tiempo de pensar. Sentí más de lo que pensé.

Evidentemente, sentí, si el guarda forestal está allá arriba en la habitación (digo, si, porque en este momento, aparte de la presencia de la escalera y su habitación vacía, no hay pruebas que me permitan siquiera sospechar de él), si está allí, ha tenido que pasar por la escalera, y las habitaciones que hay detrás de la suya, en su nuevo alojamiento, están ocupadas por la familia del administrador, por el cocinero y por las cocinas, que cierran el paso por el vestíbulo al interior del castillo. Y si hubiera estado allí durante la noche con cualquier pretexto, le habría sido fácil entrar en la galería y ver que la ventana podía abrirse simplemente empujándola desde el exterior. Esta cuestión de la ventana sin cerrar reducía fácilmente el campo de búsqueda del asesino. Debe pertenecer a la casa, a menos que tuviera un cómplice, lo cual no creo que tuviera; a menos, a menos que la propia señorita Stangerson hubiera visto que esa ventana no estaba cerrada desde el interior. Pero, entonces, ¿cuál podría ser el terrible secreto que la obligaba a eliminar los obstáculos que la separaban del asesino?

Me apoderé de la escalera y volvimos a la parte trasera del castillo para ver si la ventana de la habitación todavía estaba entreabierta. La persiana estaba bajada pero no se unía, y dejaba escapar un brillante rayo de luz que caía sobre el camino a nuestros pies. Planté la escalera bajo la ventana. Estoy casi seguro de que no hice ruido; y mientras el viejo Jacques permanecía al pie de la escalera, subí muy silenciosamente, con mi palo grueso en la mano. Contuve la respiración y levanté los pies con el mayor cuidado. De repente, una nube pesada se descargó en ese momento en un nuevo aguacero».

«En el mismo instante, el grito siniestro de la Bête du bon Dieu me detuvo en mi ascenso. Me pareció que procedía de muy cerca de mí, apenas a unos metros. ¿Era el grito una señal? ¿Algún cómplice del hombre me había visto en la escalera? ¿Llevaría el grito al hombre hasta la ventana? ¡Tal vez! ¡Ah, ahí estaba él en la ventana! Sentí su cabeza sobre mí. ¡Escuché el sonido de su respiración! No podía mirar hacia arriba; el menor movimiento de mi cabeza y... podría estar perdido. ¿Me vería? ¿Escudriñaría la oscuridad? No; se alejó. No había visto nada. Sentí, más que escuché, cómo se movía de puntillas por la habitación; y subí unos peldaños más. Mi cabeza llegó al nivel del alféizar; mi frente se alzó por encima de él; mis ojos miraron a través de la abertura de las persianas, y vi...

Un hombre sentado en el pequeño escritorio de Mademoiselle Stangerson, escribiendo. Me daba la espalda. Había una vela encendida frente a él, y se inclinaba sobre la llama, cuya luz proyectaba sombras informes. No veía más que una espalda monstruosa y encorvada.

¡Mademoiselle Stangerson misma no estaba allí! ¡Su cama no había sido ocupada! ¿Dónde dormía, pues, esa noche? Sin duda, en la habitación contigua con sus criadas. Quizá esto no fuera más que una suposición. Debía contentarme con la alegría de encontrar al hombre solo. Debía mantener la calma para preparar mi trampa.

Pero, ¿quién es, entonces, este hombre que escribe ahí ante mis ojos, sentado al escritorio como si estuviera en su propia casa? Si no hubiera estado esa escalera bajo la ventana; si no hubieran estado esas huellas en la alfombra de la galería; si no hubiera estado esa ventana abierta, me habría visto llevado a pensar que este hombre tenía derecho a estar allí, y que se encontraba allí como algo natural y por razones de las que todavía no sabía nada. Pero no cabía duda de que este misterioso desconocido era el hombre de El Cuarto Amarillo; el hombre a cuya agresión asesina Mademoiselle Stangerson —sin denunciarlo— había tenido que someterse. ¡Si al menos pudiera ver su rostro! ¡Sorprenderlo y capturarlo!

Si salto a la habitación en este momento, escapará por la puerta de la derecha que da al gabinete, o cruzando el salón, llegará a la galería y lo perderé. Lo tengo ahora y en cinco minutos más estará más seguro que si lo tuviera en una jaula. ¿Qué hace ahí, solo en la habitación de Mademoiselle Stangerson? ¿Qué está escribiendo? Desciendo y coloco la escalera en el suelo. El viejo Jacques me sigue. Volvemos a entrar en el château. Envío al viejo Jacques a despertar a Monsieur Stangerson y le doy instrucciones de que aguarde mi llegada en la habitación de Mademoiselle Stangerson y que no le diga nada concreto antes de mi aparición. Iré a despertar a Frédéric Larsan. Es una molestia tener que hacerlo, pues me hubiera gustado trabajar solo y haberme llevado todos los honores de este asunto yo mismo, justo bajo las narices del detective durmiente. Pero el viejo Jacques y Monsieur Stangerson son hombres ancianos, y yo aún no estoy plenamente desarrollado. Podría no ser lo suficientemente fuerte. Larsan está acostumbrado a luchar y a poner las esposas. Abrió sus ojos hinchados por el sueño, listo para enviarme a paseo, sin creer lo más mínimo en mis fantasías de reportero. ¡Tuve que asegurarle que el hombre estaba allí!

—¡Eso es extraño! —dijo—. Creía haberlo dejado esta tarde en París.

Se vistió a toda prisa y se armó con un revólver. Nos deslizamos silenciosamente hacia la galería.

—¿Dónde está? —preguntó Larsan.

—En la habitación de Mademoiselle Stangerson.

—¿Y... Mademoiselle Stangerson?

—Ella no está ahí.

—Entremos.

—¡No vaya! Ante la menor alarma el hombre escapará. Tiene cuatro vías por las que hacerlo: la puerta, la ventana, el gabinete o la habitación donde duermen las mujeres.

—Le dispararé desde abajo.

—¿Y si falla? Si solo logra herirlo, escapará de nuevo, sin contar que seguramente está armado. No, déjeme dirigir la expedición y responderé de todo.

—Como quiera —respondió, con bastante buena disposición.

Entonces, tras asegurarme de que todas las ventanas de las dos galerías estaban perfectamente cerradas, coloqué a Frédéric Larsan al final de la galería «que se desvía», frente a la ventana que había encontrado abierta y que había vuelto a cerrar.

—Bajo ninguna circunstancia —le dije—, debe moverse de este puesto hasta que yo le llame. Las probabilidades son iguales de que el hombre, al ser perseguido, regrese a esta ventana e intente salvarse por ese camino; pues es por ahí por donde entró y preparó el camino para su huida. Tiene un puesto peligroso.

—¿Cuál será el suyo? —preguntó Fred.

—Saltaré a la habitación y lo derribaré para usted.

—Tome mi revólver —dijo Fred—, y yo tomaré su bastón.

—Gracias —dije—; usted es un hombre valiente.

Acepté su oferta. Iba a estar a solas con el hombre que escribía en la habitación y estaba realmente agradecido de tener el arma.

Dejé a Fred tras haberlo apostado en la ventana (n.º 5 del plano) y, con la mayor precaución, me dirigí hacia el apartamento de Monsieur Stangerson en el ala izquierda del château. Lo encontré con el viejo Jacques, quien había obedecido fielmente mis instrucciones, limitándose a pedir a su señor que se vistiera tan rápido como pudiera. En pocas palabras, expliqué a Monsieur Stangerson lo que estaba ocurriendo. Se armó con un revólver, me siguió y los tres estuvimos rápidamente en la galería. Desde que había visto al asesino sentado al escritorio habían transcurrido diez minutos. Monsieur Stangerson quería abalanzarse sobre el asesino al momento y matarlo. Le hice entender que, sobre todo, no debía, en su deseo de matarlo, fallar el tiro.

Cuando le hube jurado que su hija no estaba en la habitación y que no corría peligro, venció su impaciencia y me dejó dirigir las operaciones. Les dije que debían acudir a mí en el momento en que los llamara, o cuando disparara mi revólver. Entonces envié al viejo Jacques a colocarse frente a la ventana al final de la galería «derecha» (n.º 2 de mi plano). Elegí esa posición para el viejo Jacques porque creía que el asesino, acorralado al salir de la habitación, correría por la galería hacia la ventana que había dejado abierta y, al ver al instante que estaba custodiada por Larsan, seguiría su curso a lo largo de la galería «derecha». Allí se encontraría con el viejo Jacques, quien le impediría saltar por la ventana al parque. Bajo esa ventana había una especie de contrafuerte, mientras que todas las demás ventanas de las galerías estaban a tal altura del suelo que era casi imposible saltar desde ellas sin romperse el cuello. Todas las puertas y ventanas, incluidas las del trastero al final de la galería «derecha» —como me había asegurado rápidamente—, estaban fuertemente cerradas.

Tras haber indicado al viejo Jacques el puesto que debía ocupar y haberlo visto tomar posición, coloqué a Monsieur Stangerson en el rellano al final de la escalera, no lejos de la puerta de la antesala de su hija. Todo me llevaba a suponer que, cuando sorprendiera al asesino en la habitación, este huiría por la antesala en lugar de por el gabinete, donde estaban las mujeres y cuya puerta debía haber sido cerrada con llave por la propia Mademoiselle Stangerson si, como pensaba, se había refugiado en el gabinete con el fin de evitar al asesino que venía a verla. En cualquier caso, debía regresar a la galería donde mi gente lo esperaba en cada posible salida.

Al llegar allí, vería a su izquierda a Monsieur Stangerson; giraría a la derecha, hacia la galería «que se desvía» —el camino que había preparado previamente para su huida—, donde, en la intersección de las dos galerías, vería al instante, como he explicado, a su izquierda a Frédéric Larsan al final de la galería «que se desvía», y de frente, al viejo Jacques al final de la galería «derecha». Monsieur Stangerson y yo llegaríamos por la parte trasera del château. ¡Es nuestro! ¡Ya no puede escapársenos! Estaba seguro de ello.

El plan que había formado me parecía el mejor, el más seguro y el más sencillo. Habría sido, sin duda, más sencillo aún si hubiéramos podido colocar a alguien directamente detrás de la puerta del gabinete de Mademoiselle, que se abría desde su alcoba, y de ese modo haber estado en posición de asediar las dos puertas de la habitación en la que se encontraba el hombre. Pero no podíamos penetrar en el gabinete más que por el salón, cuya puerta había sido cerrada desde dentro por Mademoiselle Stangerson. Pero aun si hubiera tenido la libre disposición del gabinete, me habría atenido al plan que había formado; porque cualquier otro plan de ataque nos habría separado en el momento de la lucha con el hombre, mientras que mi plan nos unía a todos para el ataque en un punto que había seleccionado con precisión casi matemática: la intersección de las dos galerías.

Habiendo colocado así a mi gente, abandoné de nuevo el château, me apresuré hacia mi escalera y, reemplazándola, subí con el revólver en la mano.

Si hay alguien inclinado a sonreír ante el hecho de que tomara tantas medidas precautorias, lo remito al misterio de El Cuarto Amarillo y a todas las pruebas que tenemos de la extraña astucia del asesino. Además, si hay algunos que piensen que mis observaciones son innecesariamente minuciosas en un momento en que deberían estar completamente absorbidas por la rapidez de movimiento y la decisión de acción, respondo que he deseado relatar aquí, extensa y completamente, todos los detalles de un plan de ataque concebido tan rápidamente que solo la lentitud de mi pluma da una apariencia de lentitud a la ejecución. He deseado, mediante esta lentitud y precisión, estar seguro de que nada se omitiera de las condiciones bajo las cuales se produjo el extraño fenómeno, el cual, hasta que se encuentre alguna explicación natural para él, me parece probar, incluso mejor que las teorías del profesor Stangerson, la Disociación de la Materia; diré incluso, la Disociación instantánea de la Materia».

Capítulo XVI

Extraño fenómeno de la Disociación de la Materia

(Extracto del cuaderno de notas de Joseph Rouletabille, continuación)

«Estoy de nuevo en el alféizar de la ventana —continúa Rouletabille— y una vez más elevo mi cabeza por encima de él. A través de una abertura en las cortinas, cuya disposición no ha cambiado, estoy listo para mirar, ansioso por notar la posición en la que voy a encontrar al asesino; ¡si su espalda seguirá estando vuelta hacia mí!, ¡si todavía está sentado al escritorio escribiendo! Pero quizá... quizá... ¡ya no está allí! Sin embargo, ¿cómo podría haber huido? ¿No estaba yo en posesión de su escalera? Me obligo a mantener la calma. Elevo la cabeza aún más. Miro... todavía está allí. Veo su monstruosa espalda, deformada por la sombra proyectada por la vela. Ya no está escribiendo ahora, y la vela está en el parqué, sobre el que se inclina; una posición que sirve a mis propósitos.

Contengo el aliento. Monto la escalera. Estoy en el peldaño superior y con la mano izquierda me sujeto al alféizar de la ventana. En este momento de éxito cercano, siento mi corazón latiendo salvajemente. Pongo mi revólver entre los dientes. Un salto rápido y estaré en el reborde de la ventana. Pero... ¡la escalera! Había tenido que presionar sobre ella con fuerza, y apenas mi pie la dejó cuando la sentí balancearse bajo mí. Chirrió contra la pared y cayó. Pero ya mis rodillas tocaban el alféizar y, con un movimiento rápido como el rayo, me subí a él.

Pero el asesino había sido aún más rápido que yo. Había escuchado el chirrido de la escalera contra la pared y vi cómo la monstruosa espalda del hombre se erguía. Vi su cabeza. ¿Realmente la vi? La vela en el parqué iluminaba solo sus piernas. Por encima de la altura de la mesa la habitación estaba en la oscuridad. Vi a un hombre con el pelo largo, barba completa, ojos de mirada salvaje, un rostro pálido enmarcado en grandes patillas, tan bien como pude distinguir, y que, creo, era de color rojizo. No conocía el rostro. Esa fue, en resumen, la principal sensación que recibí de aquel rostro en la penumbra en la que lo vi. No lo conocía o, al menos, no lo reconocí.

¡Ahora, acción rápida! Era, en efecto, momento para ello, pues cuando estaba a punto de meter mis piernas por la ventana, el hombre me había visto, se había puesto de pie de un salto, se había lanzado —como preví que haría— hacia la puerta de la antesala, tuvo tiempo de abrirla y huyó. Pero yo ya estaba tras él, con el revólver en la mano, gritando: «¡Socorro!».

Como una flecha crucé la habitación, pero noté una carta sobre la mesa mientras corría. Casi alcancé al hombre en la antesala, pues había perdido tiempo abriendo la puerta de la galería. Volé con alas, y en la galería estaba a pocos pies detrás de él. Había tomado, como supuse que haría, la galería a su derecha, es decir, el camino que había preparado para su huida. «¡Socorro, Jacques! ¡Socorro, Larsan!», grité. ¡No podía escapársenos! Lancé un grito de alegría, de victoria salvaje. El hombre llegó a la intersección de las dos galerías apenas dos segundos antes que yo para el encuentro que había preparado, ¡el choque fatal que debía ocurrir inevitablemente en ese lugar! Todos corrimos hacia el lugar del cruce: Monsieur Stangerson y yo viniendo de un extremo de la galería derecha, el viejo Jacques viniendo del otro extremo de la misma galería, y Frédéric Larsan viniendo de la galería «que se desvía».

¡El hombre no estaba allí!

Nos miramos estúpidamente y con ojos aterrorizados. El hombre se había desvanecido como un fantasma. «¿Dónde está? ¿Dónde está?», preguntamos todos.

«¡Es imposible que haya escapado!», grité, mi terror dominado por mi ira.

«¡Lo toqué!», exclamó Frédéric Larsan.

«¡Sentí su respiración en mi cara!», gritó el viejo Jacques.

«¿Dónde está? ¿Dónde está?», gritamos todos.

Corrimos como locos a lo largo de las dos galerías; revisamos puertas y ventanas; estaban cerradas, herméticamente cerradas. No habían sido abiertas. Además, ¿la apertura de una puerta o ventana por parte de este hombre al que perseguíamos, sin que nos hubiéramos percatado de ello, habría sido más inexplicable que su desaparición?

¿Dónde está? ¿Dónde está? No pudo haber escapado por una puerta o ventana, ni por ningún otro camino. ¡No pudo haber atravesado nuestros cuerpos!

Confieso que, por el momento, me sentí acabado. Porque la galería estaba perfectamente iluminada y no había ni trampa, ni puerta secreta en las paredes, ni ningún tipo de escondite. Movimos las sillas y levantamos los cuadros. ¡Nada! ¡Nada! ¡Habríamos mirado dentro de una maceta, si hubiera habido alguna en la que mirar!».

Cuando este misterio, gracias a Rouletabille, fue naturalmente explicado, solo con la ayuda de su mente magistral, pudimos darnos cuenta de que el asesino no había escapado ni por una puerta, ni por una ventana, ni por las escaleras; un hecho que los jueces no quisieron admitir.

Capítulo XVII

La galería inexplicable

(Extracto del cuaderno de notas de Joseph Rouletabille, continuación)

«Mademoiselle Stangerson apareció en la puerta de su antesala —continúa el cuaderno de notas de Rouletabille—. Estábamos cerca de su puerta en la galería donde este increíble fenómeno había tenido lugar. Hay momentos en los que uno siente como si su cerebro estuviera a punto de estallar. Una bala en la cabeza, una fractura de cráneo, el asiento de la razón destrozado; solo con esto puedo comparar la sensación que me agotó y me dejó sin sentido.

Afortunadamente, Mademoiselle Stangerson apareció en el umbral de su antesala. La vi, y eso ayudó a aliviar mi estado mental caótico. La respiré; inhalé el perfume de la dama de negro, a quien nunca volvería a ver. ¡Habría dado diez años de mi vida —la mitad de mi vida— por volver a ver a la dama de negro! ¡Ay! Ya no me encuentro con ella más que de vez en cuando, ¡y sin embargo!, ¡y sin embargo!, ¡cómo el recuerdo de ese perfume —percibido solo por mí— me lleva de vuelta a los días de mi infancia!¹ Fue este agudo recordatorio de mi amado perfume, de la dama de negro, lo que me hizo ir hacia ella —vestida completamente de blanco y tan pálida, tan pálida y tan hermosa— en el umbral de la galería inexplicable. Su hermoso cabello dorado, recogido en un moño en la nuca, dejaba visible la estrella roja en su sien que tan cerca había estado de causarle la muerte. Cuando seguí por primera vez la pista correcta del misterio de este caso, había imaginado que, en la noche de la tragedia en El Cuarto Amarillo, Mademoiselle Stangerson había llevado su cabello en bandas. ¡Pero entonces, cómo podría haber imaginado otra cosa cuando no había estado en El Cuarto Amarillo!

¹ Cuando escribí estas líneas, Joseph Rouletabille tenía dieciocho años, y hablaba de su «juventud». He conservado el texto de mi amigo, pero informo al lector aquí de que el episodio del misterio de El Cuarto Amarillo no tiene conexión con el del perfume de la dama de negro. No es mi culpa si, en el documento que he citado, Rouletabille creyó conveniente referirse a su infancia.

Pero ahora, desde la ocurrencia de la galería inexplicable, no razonaba en absoluto. Permanecía allí, estúpido, ante la aparición —tan pálida y tan hermosa— de Mademoiselle Stangerson. Estaba vestida con un camisón de un blanco soñador. Podría haber sido tomada por un fantasma, un espectro encantador. Su padre la tomó en sus brazos y la besó apasionadamente, como si la hubiera recuperado después de haber estado mucho tiempo perdida para él. No me atreví a interrogarla. Él la llevó a la habitación y nosotros los seguimos, ¡pues teníamos que saber! La puerta del gabinete estaba abierta. Los rostros aterrorizados de las dos enfermeras se asomaban hacia nosotros. Mademoiselle Stangerson preguntó el significado de todo aquel disturbio. Que no estuviera en su propia habitación se explicaba fácilmente, muy fácilmente. Tuvo el capricho de no dormir esa noche en su alcoba, sino en el gabinete con sus enfermeras, cerrando la puerta con llave. Desde la noche del crimen había experimentado sentimientos de terror y la asaltaban miedos que son fáciles de comprender.

Pero, ¿quién podría imaginar que, en esa noche particular en la que él vendría, ella decidiría, por pura casualidad, encerrarse con sus mujeres? ¿Quién pensaría que actuaría en contra del deseo de su padre de dormir en el salón? ¿Quién podría creer que la carta que tan recientemente había estado sobre la mesa en su habitación ya no estaría allí? Quien pudiera entender todo esto tendría que asumir que Mademoiselle Stangerson sabía que el asesino vendría; ella no podía impedir que volviera a venir, sin conocimiento de su padre, sin conocimiento de nadie más que de Monsieur Robert Darzac. Porque él debía saberlo ahora, ¡tal vez lo sabía de antes! ¿Recordaba aquella frase en el jardín del Elíseo: «¿Tendré, pues, que cometer un crimen para ganarte?». ¿Contra quién el crimen, si no contra el obstáculo, contra el asesino? «¡Ah, lo mataría con mis propias manos!». Y yo repliqué: «No ha respondido a mi pregunta». Esa era la pura verdad. En verdad, en verdad, Monsieur Darzac conocía tan bien al asesino que, queriendo matarlo él mismo, temía que yo lo encontrara. Solo podía haber dos razones por las que me había ayudado en mi investigación. Primera, porque lo he obligado a hacerlo; y segunda, porque ella estaría mejor protegida».

«Estoy en la cámara, en su habitación. La miro a ella, y miro también el lugar donde hace un instante estaba la carta. Ella se ha apoderado de ella; evidentemente estaba destinada a ella, evidentemente. ¡Cómo tiembla! Tiembla ante la extraña historia que su padre le cuenta, sobre la presencia del asesino en su habitación y sobre la persecución. Pero se ve claramente que no queda del todo satisfecha por la seguridad que se le ha dado hasta que se le ha dicho que el asesino, por algún medio incomprensible, había logrado eludinos.

Entonces sigue un silencio. ¡Qué silencio! Estamos todos allí, mirándola: su padre, Larsan, el papá Jacques y yo. ¿En qué pensábamos todos en ese silencio? Tras los sucesos de aquella noche, del misterio de la inexplicable galería, del prodigioso hecho de la presencia del asesino en su habitación, me pareció que todos nuestros pensamientos podían haberse traducido en las palabras que se le dirigían: "Usted que conoce este misterio, explíquenoslo, y quizá podamos salvarla". ¡Cómo ansiaba salvarla, de sí misma y del otro! Las lágrimas acudieron a mis ojos.

Ella está allí, esparciendo a su alrededor el perfume de la dama de negro. Por fin la veo, en el silencio de su cámara. Desde la hora fatal del misterio del Cuarto Amarillo, hemos rondado a esta mujer invisible y silenciosa para saber lo que sabe. Nuestros deseos, nuestro anhelo de saber deben ser un tormento para ella. ¿Quién puede decir que, si conociéramos el secreto de su misterio, no precipitaríamos una tragedia más terrible que la que ya se ha representado aquí? ¿Quién puede decir si eso no podría significar su muerte? Sin embargo, la había llevado al borde de la muerte, y seguíamos sin saber nada. O, mejor dicho, hay algunos de nosotros que no sabemos nada. Pero yo... si supiera quién, lo sabría todo. ¿Quién? ¿Quién? Al no saber quién, debo guardar silencio, por compasión hacia ella. Pues no cabe duda de que ella sabe cómo escapó él del Cuarto Amarillo, y sin embargo guarda el secreto. Cuando sepa quién es, hablaré con él, ¡con él!

Ella nos miraba ahora, con una mirada perdida, como si no estuviéramos en la cámara. Monsieur Stangerson rompió el silencio. Declaró que, en adelante, no se ausentaría más de los aposentos de su hija. Ella intentó oponerse en vano. Él se mantuvo firme en su propósito. Se instalaría allí esa misma noche, dijo. Preocupado únicamente por la salud de su hija, le reprochó que hubiera abandonado el lecho. Entonces comenzó de repente a hablarle como si fuera una niña pequeña. Le sonreía y parecía no saber ni lo que decía ni lo que hacía. El ilustre profesor había perdido la cabeza. Mademoiselle Stangerson, en un tono de tierna angustia, dijo: «¡Padre! ¡Padre!». El papá Jacques se suena la nariz, y el propio Frédéric Larsan se ve obligado a apartar la vista para ocultar su emoción. Por mi parte, no puedo ni pensar ni sentir. Sentí un infinito desprecio por mí mismo.

Era la primera vez que Frédéric Larsan, al igual que yo, se encontraba cara a cara con Mademoiselle Stangerson desde el ataque en el Cuarto Amarillo. Como yo, había insistido en que se le permitiera interrogar a la infeliz dama; pero, al igual que yo, no se le había permitido. A él, como a mí, siempre se le había dado la misma respuesta: Mademoiselle Stangerson estaba demasiado débil para recibirnos. Los interrogatorios del juez de instrucción la habían fatigado demasiado. Evidentemente, la intención era no prestarnos ninguna ayuda en nuestras investigaciones. No me sorprendió; pero Frédéric Larsan siempre se había resentido de esta conducta. Es cierto que él y yo teníamos una teoría totalmente distinta del crimen.

Todavía me sorprendo repitiendo desde el fondo de mi corazón: «¡Sálvala! ¡Sálvala sin que él hable!». ¿Quién es él, el asesino? Atrapadlo y cerradle la boca. Pero Monsieur Darzac dejó claro que, para cerrarle la boca, hay que matarlo. ¿Tengo derecho a matar al asesino de Mademoiselle Stangerson? No, no lo tengo. ¡Pero dejad que me dé la oportunidad! ¡Dejadme averiguar si es realmente una criatura de carne y hueso! Dejadme ver su cadáver, ya que no puede ser capturado vivo.

¡Si pudiera hacer comprender a esta mujer, que ni siquiera nos mira! Está absorta por sus miedos y por la angustia de su padre. Y no puedo hacer nada para salvarla. Sí, volveré a trabajar una vez más y realizaré maravillas.

Me muevo hacia ella. Me gustaría hablarle. Me gustaría rogarle que confíe en mí. Quisiera, en una palabra, hacerle comprender —solo a ella— que sé cómo escapó el asesino del Cuarto Amarillo, que he adivinado los motivos de su secreto y que me compadezco de ella con todo mi corazón. Pero, con sus gestos, nos rogó que la dejáramos sola, expresando cansancio y la necesidad de un descanso inmediato. Monsieur Stangerson nos pidió que regresáramos a nuestras habitaciones y nos dio las gracias. Frédéric Larsan y yo nos inclinamos ante él y, seguidos por el papá Jacques, recuperamos la galería. Oí murmurar a Larsan: «¡Extraño! ¡Extraño!». Me hizo una seña para que fuera con él a su habitación. En el umbral, se volvió hacia el papá Jacques.

—¿Lo vio con claridad? —preguntó.

—¿A quién?

—¿Al hombre?

—¡Si lo vi! Pues tenía una gran barba roja y el pelo rojo.

—Así es como me apareció a mí —dije.

—Y a mí —dijo Larsan.

El gran Fred y yo estábamos solos en su cámara, ahora, para hablar de esto. Hablamos durante una hora, dándole vueltas al asunto y viéndolo desde todos los ángulos. Por las preguntas que plantea, por la explicación que me da, me queda claro que, a pesar de todos nuestros sentidos, está convencido de que el hombre desapareció por algún pasaje secreto del castillo conocido solo por él.

—Conoce el castillo —me dijo—; lo conoce bien.

—Es un hombre bastante alto, de buena constitución —sugerí.

—Es tan alto como quiere ser —murmuró Fred.

—Entiendo —dije—; pero ¿cómo se explica su pelo y su barba roja?

—Demasiada barba, demasiado pelo; falsos —dice Fred.

—Eso es fácil de decir. Siempre estás pensando en Robert Darzac. ¿No puedes librarte de esa idea? Estoy seguro de que es inocente.

—Tanto mejor. Eso espero; pero todo le condena. ¿Te fijaste en las marcas de la alfombra? Ven a verlas.

—Las he visto; son las marcas de las botas finas, las mismas que vimos en la orilla del lago.

—¿Puedes negar que pertenecen a Robert Darzac?

—Por supuesto, uno puede equivocarse.

—¿Te has fijado en que esas huellas solo van en una dirección? ¿Que no hay marcas de retorno? Cuando el hombre salió de la cámara, perseguido por todos nosotros, sus pasos no dejaron huellas tras ellos.

—Quizá había estado en la cámara durante horas. El barro de sus botas se había secado y se movía con tal rapidez sobre las puntas de los pies... Le vimos correr, pero no oímos sus pasos.

Puse fin de repente a esta charla ociosa, carente de toda lógica, e hice una seña a Larsan para que escuchara.

—Allí, abajo; alguien está cerrando una puerta.

Me levanto; Larsan me sigue; descendemos a la planta baja del castillo. Lo conduzco a la pequeña sala semicircular bajo la terraza, debajo de la ventana de la galería que «se desvía». Señalo la puerta, ahora cerrada, abierta poco antes, bajo la cual se ve un haz de luz.

—¡El guardabosques! —dice Fred.

—¡Vamos! —susurro.

Preparado —no sé por qué— para creer que el guardabosques es el culpable, voy a la puerta y llamo con fuerza.

Algunos podrían pensar que tardamos demasiado en pensar en el guardabosques, ya que nuestra primera obligación, tras haber descubierto que el asesino se nos había escapado en la galería, debería haber sido registrar en cualquier otro lugar: alrededor del castillo, en el parque...

Si se hubiera hecho esta crítica en aquel momento, solo habríamos podido responder que el asesino había desaparecido de la galería de tal modo que pensamos que ya no estaba en ninguna parte. Nos había eludido cuando todos teníamos las manos extendidas, listos para atraparlo; cuando casi lo estábamos tocando. Ya no teníamos motivos para esperar que pudiéramos aclarar el misterio de aquella noche.

Tan pronto como llamé a la puerta, se abrió y el guardabosques nos preguntó tranquilamente qué queríamos. Estaba desvestido y preparándose para irse a dormir. La cama aún no había sido deshecha.

Entramos y fingí sorpresa.

—¿Aún no se ha acostado?

—No —respondió bruscamente—. He estado dando una vuelta por el parque y por el bosque. Acabo de volver y tengo sueño. ¡Buenas noches!

—Escuche —dije—. Hace una hora o así, había una escalera cerca de su ventana.

—¿Qué escalera? No vi ninguna escalera. ¡Buenas noches!

Y simplemente nos echó de la habitación. Cuando estuvimos fuera, miré a Larsan. Su rostro era impenetrable.

—¿Y bien? —dije.

—¿Y bien? —repitió.

—¿Eso le abre alguna perspectiva nueva?

No había duda del mal humor de Larsan. Al volver a entrar en el castillo, le oí murmurar:

—¡Sería extraño, muy extraño, si me hubiera engañado en ese punto!

Parecía estar hablándome a mí más que a sí mismo. Añadió:

—En cualquier caso, pronto sabremos qué pensar. La mañana traerá la luz consigo».

Capítulo XVIII

Rouletabille ha trazado un círculo entre los dos bultos de su frente

(Extracto del cuaderno de notas de Joseph Rouletabille, continuación)

«Nos separamos en los umbrales de nuestras habitaciones, con un melancólico apretón de manos. Me alegró haber despertado en él la sospecha de un error. El suyo era un cerebro original, muy inteligente, pero sin método. No me acosté. Esperé a que llegara la luz del día y luego bajé a la parte delantera del castillo, e hice un rodeo, examinando cada rastro de huellas que se acercaban o se alejaban de él. Sin embargo, estaban tan mezcladas y confusas que no pude sacar nada en claro. Aquí puedo hacer una observación: no acostumbro a dar una importancia exagerada a los signos exteriores dejados en el rastro de un crimen.

El método que rastrea al criminal por medio de las huellas de sus pasos es totalmente primitivo. Tantas huellas son idénticas. Sin embargo, en el estado de turbación de mi mente, fui al patio desierto y miré todas las huellas que pude encontrar allí, buscando alguna indicación, como base para razonar.

¡Si pudiera encontrar un punto de partida correcto! Desesperado, me senté en una piedra. Durante más de una hora me dediqué a la labor común y corriente de un policía. Como el menos inteligente de los detectives, seguí a ciegas las huellas que no me decían nada más de lo que podían.

Llegué a la conclusión de que era un necio, inferior en la escala de inteligencia incluso a la policía de la novela moderna. Los novelistas construyen montañas de estupidez a partir de una huella en la arena o de la impresión de una mano en la pared. Así es como llevan a hombres inocentes a la cárcel. Podría convencer a un juez de instrucción o al jefe de un departamento de detectives, pero no es una prueba. Ustedes, los escritores, olvidan que lo que proporcionan los sentidos no es una prueba. Si tomo conciencia de lo que me ofrecen mis sentidos, lo hago solo para llevar los resultados al círculo de mi razón. Ese círculo puede ser el más circunscrito, pero si lo es, tiene esta ventaja: ¡no contiene nada más que la verdad! Sí, juro que nunca he utilizado la evidencia de los sentidos más que como sirvientes de mi razón. Nunca he permitido que se conviertan en mi amo. No han hecho de mí esa cosa monstruosa, peor que un ciego: un hombre que ve falsamente. Y por eso puedo triunfar sobre tu error y tu inteligencia puramente animal, Frédéric Larsan.

Ten valor, pues, amigo Rouletabille; es imposible que el incidente de la inexplicable galería quede fuera del círculo de tu razón. ¡Lo sabes! Entonces ten fe y reflexiona contigo mismo y no olvides que agarraste el extremo correcto cuando trazaste ese círculo en tu cerebro dentro del cual desentrañar este misterioso juego de circunstancias.

¡A ello, una vez más! Regresa a la galería. Mantente en tu razón y descansa en ella como Frédéric Larsan descansa en su bastón. Pronto demostrarás que el gran Fred no es más que un necio. —30 de octubre. Mediodía.

Joseph Rouletabille».

* * * * *

«Actué como planeé. Con la cabeza en llamas, volví sobre mis pasos a la galería, y sin haber encontrado nada más de lo que había visto la noche anterior, el agarre correcto que había tomado de mi razón me llevó a algo tan importante que me vi obligado a aferrarme a ello para evitar caer.

Ahora, necesito fuerza y paciencia para encontrar rastros sensibles que encajen con mi pensamiento, ¡y estos deben entrar en el círculo que he trazado entre los dos bultos de mi frente! —30 de octubre. Medianoche.

Joseph Rouletabille».

Capítulo XIX

Rouletabille me invita a desayunar en la posada del Donjon

No fue hasta más tarde cuando Rouletabille me envió el cuaderno de notas en el que había escrito extensamente la historia del fenómeno de la inexplicable galería. El día que llegué al Glandier y me reuní con él en su habitación, me relató, con el mayor detalle, todo lo que he relatado ahora, contándome también cómo había pasado varias horas en París, donde no había aprendido nada que pudiera serle de ayuda.

El suceso de la inexplicable galería había ocurrido la noche entre el 29 y el 30 de octubre, es decir, tres días antes de mi regreso al castillo. Fue el 2 de noviembre, pues, cuando volví al Glandier, convocado por el telegrama de mi amigo, y llevando conmigo los revólveres.

Ahora estoy en la habitación de Rouletabille y él ha terminado su relato.

Mientras me contaba la historia, le vi frotar continuamente el cristal de los anteojos que había encontrado en la mesa auxiliar. Por el evidente placer que sentía al manipularlos, sentí que debían de ser una de esas evidencias sensibles destinadas a entrar en lo que él había llamado el círculo del extremo correcto de su razón. Aquella extraña y única forma suya de expresarse en términos maravillosamente adecuados para su pensamiento ya no me sorprendía. A menudo era necesario conocer su pensamiento para entender los términos que usaba; y no era fácil penetrar en el pensamiento de Rouletabille.

El cerebro de este muchacho era una de las cosas más curiosas que he observado jamás. Rouletabille seguía su curso uniforme sin sospechar el asombro e incluso el desconcierto que provocaba en los demás. Estoy seguro de que él mismo no era en absoluto consciente de la originalidad de su genio. Él era él mismo y se sentía a gusto dondequiera que estuviera.

Cuando terminó su relato, me preguntó qué pensaba de ello. Le respondí que su pregunta me tenía muy desconcertado. Entonces me rogó que intentara, a mi vez, tomar mi razón por «el extremo correcto».

—Muy bien —dije—. Me parece que el punto de partida de mi razón sería este: no puede haber duda de que el asesino al que persiguieron estaba en la galería. —Hice una pausa.

—Después de empezar tan bien, no deberías parar tan pronto —exclamó—. Vamos, haz otro esfuerzo.

—Lo intentaré. Dado que desapareció de la galería sin pasar por ninguna puerta ni ventana, debe haber escapado por alguna otra abertura.

Rouletabille me miró con lástima, sonrió con indiferencia y comentó que estaba razonando como un cartero, o como Frédéric Larsan.

Rouletabille tenía ataques alternos de admiración y desdén por el gran Fred. Todo dependía de si los descubrimientos de Larsan coincidían con el razonamiento de Rouletabille o no. Cuando coincidían, exclamaba: «¡Es realmente genial!». Cuando no, gruñía y murmuraba: «¡Qué asno!». Era un lado mezquino del noble carácter de este extraño joven.

Nos habíamos levantado y me llevó al parque. Cuando llegamos al patio y nos dirigíamos a la puerta, el sonido de las persianas golpeando contra la pared nos hizo girar la cabeza, y vimos, en una ventana del primer piso del castillo, el rostro rubicundo y afeitado de una persona que no reconocí.

—¡Hola! —murmuró Rouletabille—. ¡Arthur Rance! —Bajó la cabeza, aceleró el paso y le oí preguntarse entre dientes: «¿Estaba en el castillo esa noche? ¿Qué hace aquí?».

Nos habíamos alejado un poco del castillo cuando le pregunté quién era este Arthur Rance y cómo había llegado a conocerlo. Se refirió a su historia de aquella mañana y recordé que el Sr. Arthur W. Rance era el estadounidense de Filadelfia con quien había tomado tantas copas en la recepción del Elíseo.

—¿Pero no tenía que haber dejado Francia casi inmediatamente? —pregunté.

—Sin duda; por eso me sorprende encontrarlo aquí todavía, y no solo en Francia, sino, sobre todo, en el Glandier. No llegó esta mañana; y no llegó anoche. Debe haber llegado antes de la cena, entonces. ¿Por qué no me lo dijeron los porteros?

Recordé a mi amigo, a propósito de los porteros, que todavía no me había contado qué le había llevado a conseguir que los pusieran en libertad.

Estábamos cerca de su portería. Monsieur y Madame Bernier nos vieron llegar. Una sonrisa franca iluminó sus rostros felices. Parecían no guardar rencor por su detención. Mi joven amigo les preguntó a qué hora había llegado el Sr. Arthur Rance. Respondieron que no sabían que estuviera en el castillo. Debió de venir durante la tarde de la noche anterior, pero no habían tenido que abrirle la puerta porque, como es un gran caminante y no quiere que le envíen un carruaje a buscarlo, acostumbra a bajarse en la pequeña aldea de Saint-Michel, desde donde viene al castillo a través del bosque. Llegó al parque por la gruta de Sainte-Geneviève, sobre cuya pequeña puerta, que da al parque, saltó.

Mientras hablaban los porteros, vi que el rostro de Rouletabille se nublaba y mostraba decepción; una decepción, sin duda, consigo mismo. Evidentemente, estaba un poco molesto, después de haber trabajado tanto en el lugar, con un estudio tan minucioso de las personas y los sucesos del Glandier, al tener que enterarse ahora de que Arthur Rance estaba acostumbrado a visitar el castillo.

—Dicen que Monsieur Arthur Rance acostumbra a venir al castillo. ¿Cuándo vino aquí la última vez?

—No podemos decirle exactamente —respondió Madame Bernier (ese era el nombre de la portera)—; no podíamos saberlo mientras nos tenían en prisión. Además, como el caballero viene al castillo sin pasar por nuestra puerta, se va por donde viene.

—¿Saben cuándo vino la primera vez?

—¡Oh, sí, Monsieur! Hace nueve años.

—Estaba en Francia hace nueve años, entonces —dijo Rouletabille—, y, desde entonces, hasta donde saben, ¿cuántas veces ha estado en el Glandier?

—Tres veces.

—¿Cuándo vino la última vez, hasta donde saben?

—Una semana antes del intento en el Cuarto Amarillo.

Rouletabille hizo otra pregunta, esta vez dirigiéndose especialmente a la mujer:

—¿En la arboleda del parque?

—En la arboleda del parque —respondió ella.

—¡Gracias! —dijo Rouletabille—. Estén listos para mí esta tarde.

Dijo las últimas palabras con un dedo en los labios como para ordenar silencio y discreción.

Salimos del parque y tomamos el camino hacia la posada del Donjon.

—¿Comen a menudo aquí?

—A veces.

—¿Pero también hacen sus comidas en el castillo?

—Sí, a Larsan y a mí nos sirven a veces en una de nuestras habitaciones.

—¿Monsieur Stangerson no los ha invitado nunca a su propia mesa?

—Nunca.

—¿Su presencia en el castillo le desagrada?

—No lo sé; pero, en cualquier caso, no nos hace sentir que estorbamos.

—¿No os interroga?

—Nunca. Se encuentra en el mismo estado mental que en la puerta de la Habitación Amarilla cuando su hija estaba siendo asesinada, y cuando derribó la puerta y no encontró al asesino. Está persuadido, dado que no pudo descubrir nada, de que no hay razón para que nosotros podamos descubrir más que él. Pero se ha impuesto como deber, desde que Larsan expuso su teoría, no oponerse a nosotros.

Rouletabille se sumió de nuevo en sus pensamientos durante un rato. Más tarde se despertó para contarme cómo logró poner en libertad a los dos conserjes.

—Fui hace poco a ver a Monsieur Stangerson y llevé conmigo un papel en el que estaba escrito: «Prometo, diga lo que digan otros, mantener a mi servicio a mis dos fieles criados, Bernier y su esposa». Le expliqué que, al firmar ese documento, me permitiría obligar a esas dos personas a hablar; y declaré mi propia seguridad de su inocencia respecto a cualquier participación en el crimen. Esa era también su opinión. El juez de instrucción, una vez firmado, presentó el documento a los Bernier, quienes entonces sí hablaron. Dijeron lo que yo estaba seguro de que dirían, tan pronto como estuvieron seguros de que no perderían su puesto.

—Confesaron dedicarse a la caza furtiva en las fincas de Monsieur Stangerson, y fue mientras cazaban, la noche del crimen, cuando fueron encontrados no lejos del pabellón en el momento en que se cometía el atropello. Los conejos que atrapaban de ese modo los vendían al posadero de la posada del Donjon, quien los servía a sus clientes o los enviaba a París. Esa era la verdad, como había adivinado desde el principio. ¿Recuerdas lo que dije al entrar en la posada del Donjon?: «¡Tendremos que comer carne roja... ahora!». Había oído las palabras esa misma mañana cuando llegamos a la puerta del parque. Tú también las oíste, pero no les diste ninguna importancia. Recuerdas que, al llegar a la puerta del parque, nos detuvimos a mirar a un hombre que corría por el lado del muro, mirando cada minuto su reloj. Ese era Larsan. Pues bien, detrás de nosotros, el posadero de la posada del Donjon, de pie en el umbral de su puerta, dijo a alguien dentro: «Tendremos que comer carne roja... ahora».

—¿Por qué ese «ahora»? Cuando estás, como yo, en busca de algún secreto oculto, no puedes permitir que se te escape nada. Tienes que saber el significado de todo. Habíamos llegado a una parte del campo bastante apartada que había sido puesta patas arriba por un crimen, y mi razón me llevó a sospechar de cada frase que pudiera tener relación con el suceso del día. «Ahora», entendí que significaba, «desde el atropello». Por lo tanto, en el curso de mi investigación, busqué encontrar una relación entre esa frase y la tragedia. Fuimos a la posada del Donjon a desayunar; repetí la frase y vi, por la sorpresa y la turbación en el rostro del viejo Mathieu, que no había exagerado su importancia en lo que a él respectaba.

—Acababa de enterarme de que los conserjes habían sido arrestados. El viejo Mathieu hablaba de ellos como de queridos amigos, personas a las que uno compadece. Esa fue una conjunción imprudente de ideas, me dije a mí mismo. «Ahora» que los conserjes están arrestados, «tendremos que comer carne roja». ¡Se acabaron los conserjes, se acabó la caza! El odio expresado por el viejo Mathieu hacia el guardabosques de Monsieur Stangerson —un odio que fingía que compartían los conserjes— me llevó fácilmente a pensar en la caza furtiva. Ahora bien, como todas las pruebas demostraban que los conserjes no habían estado en la cama en el momento de la tragedia, ¿por qué estaban fuera esa noche? ¿Como participantes en el crimen? No estaba dispuesto a pensarlo. Ya había llegado a la conclusión, mediante pasos que te contaré más tarde, de que el asesino no había tenido cómplice, y de que la tragedia encerraba un misterio entre Mademoiselle Stangerson y el asesino, un misterio con el que los conserjes no tenían nada que ver.

—Con esa teoría en mente, busqué pruebas en su portería, en la que, como sabes, entré. Encontré allí, debajo de su cama, unos resortes y alambre de latón. «¡Ah! —pensé—, ¡estas cosas explican por qué estaban fuera en el parque por la noche!». No me sorprendió el silencio obstinado que mantuvieron ante el juez de instrucción, incluso bajo una acusación tan grave como la de ser cómplices en el crimen. La caza furtiva los salvaría de la Corte de lo Penal, pero les haría perder sus puestos; y, como estaban perfectamente seguros de su inocencia respecto al crimen, esperaban que pronto quedara establecida, y entonces su caza furtiva podría continuar como de costumbre. Siempre podrían confesar más tarde. Yo, sin embargo, aceleré su confesión mediante el documento que Monsieur Stangerson firmó. Dieron todas las «pruebas» necesarias, fueron puestos en libertad y ahora sienten una viva gratitud hacia mí. ¿Por qué no logré que los liberaran antes? Porque no estaba seguro de que no hubiera algo más que caza furtiva contra ellos. Quería estudiar el terreno. A medida que pasaban los días, mi convicción se volvió más y más segura. El día después de los sucesos de la inexplicable galería necesité ayuda en la que pudiera confiar, así que decidí que los liberaran de inmediato.

Así fue como se explicó Joseph Rouletabille. Una vez más no pude dejar de asombrarme ante la simplicidad del razonamiento que le había llevado a la verdad del asunto. Ciertamente, esto no era algo grande; pero creo, por mi parte, que el joven explicará, uno de estos días, con la misma simplicidad, la terrible tragedia de la Habitación Amarilla, así como el fenómeno de la inexplicable galería.

Llegamos a la posada del Donjon y entramos.

Esta vez no vimos al posadero, sino que fuimos recibidos con una sonrisa agradable por la posadera. Ya he descrito la habitación en la que nos encontrábamos, y he dado un vistazo a la encantadora mujer rubia de ojos dulces que ahora comenzó inmediatamente a preparar nuestro desayuno.

—¿Cómo está el viejo Mathieu? —preguntó Rouletabille.

—No mucho mejor, no mucho mejor; sigue confinado en su cama.

—¿Su reumatismo sigue pegado a él, entonces?

—Sí. Anoche me vi obligada de nuevo a darle morfina, el único medicamento que le da algo de alivio.

Hablaba con voz suave. Todo en ella expresaba dulzura. Era, en verdad, una mujer hermosa; algo así como con un aire de indolencia, con grandes ojos que parecían negros y azules, ojos amorosos. ¿Era feliz con su marido gruñón y reumático? La escena a la que habíamos asistido una vez no nos llevó a creer que lo fuera; sin embargo, había algo en su porte que no sugería desesperación. Desapareció en la cocina para preparar nuestro refrigerio, dejando sobre la mesa una botella de excelente sidra. Rouletabille llenó nuestras tazas de barro, cargó su pipa y me explicó tranquilamente su razón para pedirme que viniera al Glandier con revólveres.

—Sí —dijo, mirando contemplativamente las nubes de humo que expulsaba—, sí, mi querido amigo, espero al asesino esta noche.

Siguió un breve silencio, que me cuidé de no interrumpir, y luego continuó:

—Anoche, justo cuando me iba a dormir, Monsieur Robert Darzac llamó a mi habitación. Cuando entró, me confió que se veía obligado a ir a París al día siguiente, es decir, esta mañana. La razón que hacía necesario este viaje era a la vez imperativa y misteriosa; no le fue posible explicarme su objeto. «Me voy, y sin embargo —añadió—, daría mi vida por no dejar a Mademoiselle Stangerson en este momento». No intentó ocultar que creía que ella estaba una vez más en peligro. «No me asombrará mucho si algo sucede mañana por la noche —confesó—, y sin embargo debo estar ausente. No puedo estar de vuelta en el Glandier antes de la mañana del día después de mañana».

—Le pedí que se explicara, y esto es todo lo que quiso decirme. Su anticipación de un peligro inminente le había venido únicamente por la coincidencia de que Mademoiselle Stangerson había sido atacada dos veces, y ambas veces cuando él había estado ausente. La noche del incidente de la inexplicable galería se había visto obligado a estar fuera del Glandier. La noche de la tragedia en la Habitación Amarilla tampoco había podido estar en el Glandier, aunque esta era la primera vez que se declaraba al respecto. Ahora bien, un hombre tan conmovido que aún así se marchara debe estar actuando bajo coacción, debe estar obedeciendo a una voluntad más fuerte que la suya. Así razoné yo, y se lo dije. Él respondió: «Quizás». Le pregunté si Mademoiselle Stangerson le estaba obligando. Protestó que no. Su determinación de ir a París había sido tomada sin ninguna consulta con Mademoiselle Stangerson.

—Para abreviar la historia, repitió que su creencia en la posibilidad de un nuevo ataque se basaba enteramente en la extraordinaria coincidencia. «Si algo le sucede a Mademoiselle Stangerson —dijo—, sería terrible para ambos. Para ella, porque su vida estaría en peligro; para mí, porque no podría defenderla del ataque ni decir dónde he estado. Soy perfectamente consciente de las sospechas que se ciernen sobre mí. El juez de instrucción y Monsieur Larsan están ambos a punto de creer en mi culpabilidad. Larsan me siguió la última vez que fui a París, y me costó mucho librarme de él».

—«¿Por qué no me dice el nombre del asesino ahora, si lo sabe?», exclamé.

—Monsieur Darzac pareció extremadamente turbado por mi pregunta, y me respondió en tono vacilante:

—«¿Yo? ¿Yo sé el nombre del asesino? Pero, ¿cómo iba a saber su nombre?».

—Respondí de inmediato: «De Mademoiselle Stangerson».

—Se puso tan pálido que pensé que iba a desmayarse, y vi que había dado en el clavo. ¡Mademoiselle y él sabían el nombre del asesino! Cuando se recuperó, me dijo: «Voy a dejarte. Desde que has estado aquí he apreciado tu inteligencia excepcional y tu ingenio sin igual. Pero te pido este favor. Quizás me equivoque al temer un ataque durante la noche que viene; pero, como debo actuar con previsión, cuento contigo para frustrar cualquier intento que pueda hacerse. Toma todas las medidas necesarias para proteger a Mademoiselle Stangerson. Mantén una vigilancia muy cuidadosa de su habitación. No te duermas, ni te permitas un momento de reposo. El hombre al que tememos es notablemente astuto, con una astucia que nunca ha sido igualada. Si mantienes la vigilancia, su misma astucia puede salvarla; porque es imposible que no sepa que la estás vigilando; y al saberlo, puede no aventurarse».

—«¿Has hablado de todo esto con Monsieur Stangerson?»

—«No. No quiero que me pregunte, como tú acabas de hacer, el nombre del asesino. Te cuento todo esto, Monsieur Rouletabille, porque tengo una gran, muy gran confianza en ti. Sé que no sospechas de mí».

—El pobre hombre hablaba a tirones. Evidentemente estaba sufriendo. Me dio lástima, más aún porque estaba seguro de que preferiría dejarse matar antes que decirme quién era el asesino. En cuanto a Mademoiselle Stangerson, sentí que preferiría dejarse asesinar antes que denunciar al hombre de la Habitación Amarilla y de la inexplicable galería. El hombre debe estar dominándola, o a ambos, por algún poder inescrutable. No temían nada tanto como la posibilidad de que Monsieur Stangerson supiera que su hija estaba «en poder» de su agresor. Hice comprender a Monsieur Darzac que se había explicado suficientemente, y que podía abstenerse de decirme nada más de lo que ya me había dicho. Le prometí vigilar durante toda la noche. Insistió en que estableciera una barrera absolutamente infranqueable alrededor de la habitación de Mademoiselle Stangerson, alrededor del boudoir donde dormían las enfermeras, y alrededor del salón donde, desde el asunto de la inexplicable galería, dormía Monsieur Stangerson. En resumen, debía poner un cordón alrededor de todo el apartamento.

—De su insistencia deduje que Monsieur Darzac pretendía no solo hacer imposible que el hombre esperado llegara a la habitación de Mademoiselle Stangerson, sino hacer esa imposibilidad tan visiblemente clara que, viéndose esperado, se marchara de inmediato. Así interpreté sus últimas palabras cuando nos separamos: «Puedes mencionar tus sospechas del ataque esperado a Monsieur Stangerson, al viejo Jacques, a Frédéric Larsan y a cualquiera en el castillo».

—El pobre hombre me dejó sin saber apenas lo que decía. Mi silencio y mis ojos le dijeron que había adivinado gran parte de su secreto. Y, de hecho, debe haber estado desesperado para haber acudido a mí en tal momento, y para abandonar a Mademoiselle Stangerson a pesar de su idea fija sobre la coincidencia.

—Cuando se fue, empecé a pensar que tendría que usar una astucia aún mayor que la suya para que, si el hombre viniera esa noche, no sospechara ni por un momento que se le esperaba. ¡Ciertamente! ¡Le dejaría entrar lo suficiente para que, vivo o muerto, pudiera ver su rostro claramente! Hay que deshacerse de él. Mademoiselle Stangerson debe ser liberada de este peligro inminente y continuo.

—Sí, muchacho —dijo Rouletabille, después de dejar su pipa sobre la mesa y vaciar su taza de sidra—, debo ver su rostro distintamente, para asegurarme de grabarlo en esa parte de mi cerebro donde he dibujado mi círculo de razonamiento.

La posadera reapareció en ese momento, trayendo la tradicional tortilla de tocino. Rouletabille bromeó un poco con ella, y ella aceptó la broma con el mayor buen humor.

—Es mucho más alegre cuando el viejo Mathieu está en cama con su reumatismo —me dijo Rouletabille.

Pero yo no tenía ojos ni para Rouletabille ni para las sonrisas de la posadera. Estaba completamente absorto en las últimas palabras de mi joven amigo y pensando en el extraño comportamiento de Monsieur Robert Darzac.

Cuando terminó su tortilla y estuvimos de nuevo solos, Rouletabille continuó con el relato de sus confidencias.

—Cuando te envié mi telegrama esta mañana —dijo—, solo tenía la palabra de Monsieur Darzac de que «quizás» el asesino vendría esta noche. Ahora puedo decir que ciertamente vendrá. Le espero.

—¿Qué te ha hecho sentir esta certeza?

—Estoy seguro desde las diez y media de esta mañana de que vendrá. Lo sabía antes de que viéramos a Arthur Rance en la ventana del patio.

—¡Ah! —dije—. Pero, de nuevo, ¿qué te hizo estar tan seguro? ¿Y por qué desde las diez y media de esta mañana?

—Porque, a las diez y media, tuve la prueba de que Mademoiselle Stangerson estaba haciendo tantos esfuerzos para permitir la entrada del asesino como precauciones había tomado Monsieur Robert Darzac contra ella.

—¡Es posible! —exclamé—. ¿No me has dicho que Mademoiselle Stangerson ama a Monsieur Robert Darzac?

—Te lo dije porque es la verdad.

—Entonces, ¿no ves nada extraño...?

—Todo en este asunto es extraño, amigo mío; pero créeme, ¡la extrañeza que ahora sientes no es nada comparada con la extrañeza que está por venir!

—Habrá que admitir, entonces —dije—, ¿que Mademoiselle Stangerson y su asesino están en comunicación, al menos por escrito?

—¡Admítelo, amigo mío, admítelo! ¡No arriesgas nada! Te hablé de la carta dejada sobre su mesa, la noche del asunto de la inexplicable galería; la carta que desapareció en el bolsillo de Mademoiselle Stangerson. ¿Por qué no habría sido una convocatoria a una reunión? ¿Podría él, tan pronto como estuvo seguro de la ausencia de Darzac, fijar la reunión para la noche siguiente?

Y mi amigo se rio silenciosamente. Hay momentos en los que me pregunto si no se estará riendo de mí.

La puerta de la posada se abrió. Rouletabille se puso en pie tan repentinamente que uno podría haber pensado que había recibido una descarga eléctrica.

—¡El señor Arthur Rance! —exclamó.

El señor Arthur Rance estaba ante nosotros inclinándose con calma.

Capítulo XX

Un acto de Mademoiselle Stangerson

—¿Me recuerda, Monsieur? —preguntó Rouletabille.

—¡Perfectamente! —respondió Arthur Rance—. Le reconozco como el muchacho de la barra. [El rostro de Rouletabille se puso rojo al ser llamado «muchacho»]. Quiero darle la mano. Es usted un muchachito inteligente.

El estadounidense extendió su mano y Rouletabille, relajando el ceño, la estrechó e introdujo al señor Arthur Rance ante mí. Le invitó a compartir nuestra comida.

—No, gracias. Desayuné con Monsieur Stangerson.

Arthur Rance hablaba francés perfectamente, casi sin acento.

—No esperaba tener el placer de volver a verle, Monsieur. Pensé que se habría ido de Francia el día después de la recepción en el Elíseo.

Rouletabille y yo, exteriormente indiferentes, escuchábamos atentamente cada palabra que el estadounidense pudiera decir.

El rostro rojo violáceo del hombre, sus párpados pesados, los espasmos nerviosos, todo hablaba de su adicción a la bebida. ¿Cómo era posible que un espécimen tan lamentable de hombre fuera tan íntimo de Monsieur Stangerson?

Días más tarde, supe por Frédéric Larsan —quien, al igual que nosotros, estaba sorprendido y desconcertado por su aparición y recepción en el castillo— que el señor Rance había sido alcohólico solo desde hacía unos quince años; es decir, desde que el profesor y su hija dejaron Filadelfia. Durante el tiempo que los Stangerson vivieron en Estados Unidos, fueron muy íntimos de Arthur Rance, quien era uno de los frenólogos más distinguidos del nuevo mundo. Debido a nuevos experimentos, había dado pasos enormes más allá de la ciencia de Gall y Lavater. La amistad con la que fue recibido en el Glandier puede explicarse por el hecho de que había prestado a Mademoiselle Stangerson un gran servicio al detener, a riesgo de su propia vida, a los caballos desbocados de su carruaje. El resultado inmediato de eso podría, sin embargo, no haber sido más que una mera asociación amistosa con los Stangerson; ciertamente, no una historia de amor.

Frédéric Larsan no me dijo dónde había obtenido esta información; pero parecía estar bastante seguro de lo que decía.

Si hubiéramos sabido estos hechos en el momento en que Arthur Rance nos encontró en la posada del Donjon, su presencia en el castillo podría no habernos dejado perplejos, pero no habrían dejado de aumentar nuestro interés por el hombre mismo. El estadounidense debía tener al menos cuarenta y cinco años. Habló en un tono perfectamente natural al responder a la pregunta de Rouletabille.

—Pospuse mi regreso a Estados Unidos cuando me enteré del ataque a Mademoiselle Stangerson. Quería estar seguro de que la dama no había sido asesinada, y no me iré hasta que esté perfectamente recuperada.

Arthur Rance tomó entonces la iniciativa en la conversación, sin prestar atención a algunas de las preguntas de Rouletabille. Nos dio, sin que se lo pidiéramos, sus puntos de vista personales sobre el tema de la tragedia; puntos de vista que, según pude entender, no estaban lejos de los sostenidos por Frédéric Larsan. El estadounidense también pensaba que Robert Darzac tenía algo que ver en el asunto. No lo mencionó por su nombre, pero no había lugar a dudas de a quién se refería. Nos dijo que estaba al tanto de los esfuerzos que el joven Rouletabille estaba haciendo para desenmarañar la madeja del misterio de la Habitación Amarilla. Explicó que Monsieur Stangerson le había relatado todo lo que había ocurrido en la inexplicable galería. Expresó varias veces su pesar por la ausencia de Monsieur Darzac del castillo en todas esas ocasiones, y pensó que Monsieur Darzac había hecho bien al aliarse con Monsieur Joseph Rouletabille, quien no podría dejar de descubrir al asesino, tarde o temprano. Dijo la última frase con una ironía mal disimulada. Luego se levantó, nos saludó y salió de la posada.

Rouletabille lo observó a través de la ventana.

—¡Un tipo raro, ese! —dijo.

—¿Crees que pasará la noche en el Glandier? —pregunté.

Para mi asombro, el joven reportero respondió que le resultaba completamente indiferente si lo hacía o no.

En cuanto a cómo pasamos el tiempo durante la tarde, solo tengo que decir que Rouletabille me llevó a la gruta de Sainte-Geneviève y, durante todo el rato, habló de cualquier tema excepto del que más nos interesaba. Hacia el atardecer me sorprendió ver que Rouletabille no hacía ninguno de los preparativos que yo esperaba. Se lo comenté cuando llegó la noche y estábamos una vez más en su habitación. Me respondió que todos sus preparativos ya estaban hechos y que esta vez el asesino no se le escaparía.

Expresé algunas dudas al respecto, recordándole su desaparición en la galería, y sugerí que el mismo fenómeno podría ocurrir de nuevo. Respondió que esperaba que así fuera. No deseaba otra cosa. No insistí, sabiendo por experiencia lo inútil que hubiera sido. Me dijo que, con la ayuda de los conserjes, el château había sido vigilado desde el alba de tal manera que nadie podía acercarse sin que él lo supiera, y que no le preocupaban aquellos que pudieran haberlo abandonado y permanecido fuera.

Eran entonces las seis según su reloj. Levantándose, me hizo una señal para que lo siguiera y, sin intentar en lo más mínimo ocultar sus movimientos ni el sonido de sus pasos, me condujo a través de la galería. Llegamos a la galería "derecha" y alcanzamos el rellano, que cruzamos. Luego continuamos nuestro camino por la galería del ala izquierda, pasando por el apartamento del profesor Stangerson.

Al final de la galería, antes de llegar al torreón, se encuentra la habitación ocupada por Arthur Rance. Lo sabíamos porque lo habíamos visto en la ventana que da al patio. La puerta de la habitación se abre al final de la galería, exactamente frente a la ventana este, en la extremidad de la galería "derecha", donde Rouletabille había colocado al señor Jacques, y ofrece una vista ininterrumpida de la galería de un extremo a otro del château.

—Esa galería "de desvío" —dijo Rouletabille— me la reservo para mí; cuando te lo diga, vendrás y ocuparás tu lugar aquí.

Y me hizo entrar en un pequeño armario triangular y oscuro, construido en un recodo de la pared, a la izquierda de la puerta de la habitación de Arthur Rance. Desde este hueco podía ver todo lo que ocurría en la galería tan bien como si hubiera estado de pie frente a la puerta de Arthur Rance, y también podía vigilar dicha puerta. La puerta del armario, que sería mi puesto de observación, estaba provista de paneles de vidrio transparente. En la galería, donde todas las lámparas habían sido encendidas, había mucha luz. En el armario, sin embargo, estaba completamente oscuro. Era un lugar espléndido para observar y permanecer sin ser observado.

Pronto desempeñaría el papel de espía, un policía común. ¡Me pregunto qué habría dicho mi jefe en el tribunal si lo hubiera sabido! No estaba del todo complacido con mis deberes, pero no podía negar a Rouletabille la ayuda que me había rogado que le prestara. Me cuidé de no dejarle ver que me oponía en lo más mínimo, y por varias razones. Quería complacerlo; no deseaba que me tomara por un cobarde; estaba lleno de curiosidad; y era demasiado tarde para echarme atrás, incluso si lo hubiera decidido. El hecho de no haber tenido estos escrúpulos antes se debía a que mi curiosidad me había superado por completo. También podría alegar que estaba ayudando a salvar la vida de una mujer, y hasta un abogado puede hacer eso a conciencia.

Regresamos por la galería. Al llegar a la puerta del apartamento de Mademoiselle Stangerson, esta se abrió al ser empujada por el mayordomo que esperaba en la mesa del comedor. (Monsieur Stangerson había cenado durante los últimos tres días con su hija en el salón del primer piso). Como la puerta permaneció abierta, vimos claramente a Mademoiselle Stangerson, aprovechando la ausencia del mayordomo y mientras su padre se inclinaba para recoger algo que se le había caído, verter el contenido de un frasco en la copa de Monsieur Stangerson.

Capítulo XXI

En guardia

El acto, que me dejó estupefacto, no pareció afectar mucho a Rouletabille. Regresamos a su habitación y, sin siquiera mencionar lo que habíamos visto, me dio sus instrucciones finales para la noche. Primero debíamos ir a cenar; después de cenar, yo debía ocupar mi puesto en el armario oscuro y esperar allí el tiempo que fuera necesario para estar atento a lo que pudiera ocurrir.

—Si ves algo antes que yo —explicó—, debes hacérmelo saber. Si el hombre entra en la galería "derecha" por cualquier otro camino que no sea la galería "de desvío", lo verás antes que yo, porque tienes una vista a lo largo de toda la galería "derecha", mientras que yo solo puedo controlar la galería "de desvío". Todo lo que tienes que hacer para avisarme es soltar el cordón que sujeta la cortina de la ventana de la galería "derecha" más cercana al armario oscuro. La cortina caerá por sí misma y dejará inmediatamente un cuadrado de sombra donde antes había un cuadrado de luz. Para hacer esto, solo necesitas sacar la mano del armario; entenderé perfectamente tu señal.

—¿Y después?

—Entonces me verás doblando la esquina de la galería "de desvío".

—¿Qué debo hacer entonces?

—Vendrás inmediatamente hacia mí, detrás del hombre; pero yo ya estaré sobre él y le habré visto la cara.

Intenté una débil sonrisa.

—¿Por qué sonríes? Bueno, puedes sonreír mientras tengas oportunidad, pero te juro que no tendrás tiempo para eso dentro de unas horas.

—¿Y si el hombre escapa?

—Mucho mejor —dijo Rouletabille con frialdad—. No quiero capturarlo. Que se marche como pueda. *Lo dejaré ir después de haberle visto la cara.* Eso es todo lo que quiero. Sabré después qué hacer para que, en lo que respecta a Mademoiselle Stangerson, él esté muerto para ella aunque siga viviendo. ¡Si lo capturara vivo, Mademoiselle Stangerson y Robert Darzac quizás nunca me lo perdonarían! Y deseo conservar su buena voluntad y respeto.

—Al ver, como acabo de ver, a Mademoiselle Stangerson verter un narcótico en la copa de su padre para que no esté despierto e interrumpa la conversación que ella va a tener con su asesino, puedes imaginar que no me estaría agradecida si le llevara al hombre del Cuarto Amarillo y de la inexplicable galería, atado y amordazado, ante su padre. Me doy cuenta ahora de que, si he de salvar a la infeliz dama, debo silenciar al hombre y no capturarlo. Matar a un ser humano no es poca cosa. Además, eso no es asunto mío, a menos que el hombre mismo lo haga asunto mío. Por otro lado, silenciarlo para siempre sin el consentimiento y la confianza de la dama es actuar por iniciativa propia y supone un conocimiento de todo sin tener nada como base. Afortunadamente, amigo mío, lo he adivinado, no, lo he razonado todo. Todo lo que le pido al hombre que viene esta noche es que me traiga su cara, para que pueda entrar...

—¿En el círculo?

—¡Exactamente! ¡Y su cara no me sorprenderá!

—¿Pero no creías haber visto su cara la noche en que saltaste a la habitación?

—Solo imperfectamente. La vela estaba en el suelo; y, su barba...

—¿Llevará su barba esta noche?

—Creo que puedo decir con seguridad que sí. Pero la galería tiene luz y, ahora, lo sé... o al menos, mi cerebro lo sabe... y mis ojos verán.

—Si estamos aquí solo para verlo y dejarlo escapar, ¿por qué estamos armados?

—¡Porque, si el hombre del Cuarto Amarillo y de la inexplicable galería sabe que yo lo sé, es capaz de cualquier cosa! Entonces tendríamos que defendernos.

—¿Y estás seguro de que vendrá esta noche?

—¡Tan seguro como que estás ahí de pie! Esta mañana, a las diez y media, Mademoiselle Stangerson, de la manera más astuta del mundo, se las arregló para no tener enfermeras esta noche. Les dio permiso de ausencia por veinticuatro horas, bajo algunos pretextos plausibles, y no deseó que nadie estuviera con ella más que su padre mientras ellas estuvieran fuera. Su padre, que dormirá en el boudoir, ha consentido alegremente el arreglo. La partida de Darzac y lo que me dijo, así como las extraordinarias precauciones que Mademoiselle Stangerson está tomando para estar sola esta noche, no me dejan lugar a dudas. Ella ha preparado el camino para la llegada del hombre a quien Darzac teme.

—¡Eso es terrible!

—¡Lo es!

—¿Y lo que la vimos hacer fue para dormir a su padre?

—Sí.

—¿Entonces solo somos dos para el trabajo de esta noche?

—Cuatro; el conserje y su mujer vigilarán pase lo que pase. No les doy mucho valor antes, ¡pero el conserje puede ser útil después, si ha de haber algún asesinato!

—¿Entonces crees que puede haberlo?

—Si él lo desea.

—¿Por qué no has traído al señor Jacques? ¿No has hecho uso de él hoy?

—No —respondió Rouletabille bruscamente.

Permanecí en silencio un momento, luego, ansioso por conocer sus pensamientos, le pregunté directamente:

—¿Por qué no decírselo a Arthur Rance? ¿No podría ser de gran ayuda para nosotros?

—¡Oh! —dijo Rouletabille con fastidio—. ¿Entonces quieres contarle a todo el mundo los secretos de Mademoiselle Stangerson? Vamos, vayamos a cenar; es hora. Esta noche cenamos en la habitación de Frédéric Larsan... al menos, si no está pisándole los talones a Darzac. Se le pega como una sanguijuela. Pero, de todos modos, si no está allí ahora, ¡estoy seguro de que lo estará esta noche! ¡Es a él a quien voy a derribar!

En ese momento oímos un ruido en la habitación cercana.

—Debe ser él —dijo Rouletabille.

—Olvidé preguntarte —dije— si vamos a hacer alguna alusión al asunto de esta noche cuando estemos con este policía. Supongo que no. ¿Es así?

—Evidentemente. Vamos a operar solos, por nuestra propia cuenta.

—¿De modo que toda la gloria será nuestra?

Rouletabille se rió.

Cenamos con Frédéric Larsan en su habitación. Nos dijo que acababa de llegar y nos invitó a sentarnos a la mesa. Cenamos de muy buen humor, y no tuve dificultad en apreciar los sentimientos de certeza que tanto Rouletabille como Larsan experimentaban. Rouletabille le dijo al gran Fred que yo había venido de visita casual y que le había pedido que se quedara para ayudarlo con la pesada cantidad de escritura que tenía que terminar para el "Epoque". Regresaría a París, dijo, en el tren de las once, llevando su "copia", que tomaba forma de relato, resumiendo los principales episodios de los misterios del Glandier. Larsan sonrió ante la explicación como un hombre que no se deja engañar y cortésmente se abstiene de hacer el menor comentario sobre asuntos que no le conciernen.

Con infinitas precauciones en cuanto a las palabras que usaban, e incluso al tono de sus voces, Larsan y Rouletabille discutieron durante mucho tiempo la aparición del señor Arthur Rance en el château y su pasado en Estados Unidos, sobre el cual expresaron el deseo de saber más, al menos en lo que respecta a sus relaciones con los Stangerson. En un momento dado, Larsan, que me pareció estar indispuesto, dijo con esfuerzo:

—Creo, Monsieur Rouletabille, que no nos queda mucho por hacer en el Glandier y que no dormiremos aquí muchas noches más.

—Yo también lo creo, Monsieur Fred.

—¿Entonces cree que se ha llegado a la conclusión del asunto?

—Creo, ciertamente, que no nos queda nada más por descubrir —respondió Rouletabille.

—¿Ha encontrado a su criminal? —preguntó Larsan.

—¿Usted lo ha encontrado?

—Sí.

—Yo también —dijo Rouletabille.

—¿Podría ser el mismo hombre?

—No sé si usted se ha desviado de su idea original —dijo el joven reportero. Luego añadió, con énfasis:— ¡Monsieur Darzac es un hombre honesto!

—¿Está seguro de eso? —preguntó Larsan—. Bueno, yo estoy seguro de que no lo es. ¿Así que es una lucha, entonces?

—Sí, es una lucha. Pero lo venceré a usted, Monsieur Frédéric Larsan.

—La juventud nunca duda de nada —dijo el gran Fred riendo, y me tendió la mano a modo de conclusión.

La respuesta de Rouletabille llegó como un eco:

—¡De nada!

De repente, Larsan, que se había levantado para darnos las buenas noches, se llevó ambas manos al pecho y se tambaleó. Se vio obligado a apoyarse en Rouletabille para no caer.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó—. ¿Qué me pasa? ¿He sido envenenado?

Nos miró con ojos demacrados. Le interrogamos en vano; no nos respondió. Se había hundido en un sillón y no pudimos sacarle ni una palabra. Estábamos extremadamente angustiados, tanto por él como por nosotros mismos, pues habíamos probado todos los platos que él había comido. Parecía no sentir dolor, pero su pesada cabeza había caído sobre su hombro y sus párpados estaban cerrados con fuerza. Rouletabille se inclinó sobre él, escuchando el latido de su corazón.

El rostro de mi amigo, sin embargo, cuando se levantó, estaba tan tranquilo como lo había estado un momento antes, cuando estaba agitado.

—Está dormido —dijo.

Me llevó a su habitación, después de cerrar la de Larsan.

—¿La droga? —pregunté—. ¿Mademoiselle Stangerson desea dormir a todo el mundo esta noche?

—Quizás —respondió Rouletabille; pero pude ver que estaba pensando en otra cosa.

—¿Pero qué hay de nosotros? —exclamé—. ¿Cómo sabemos que no hemos sido drogados?

—¿Te sientes indispuesto? —me preguntó Rouletabille con frialdad.

—En lo más mínimo.

—¿Sientes alguna inclinación a dormir?

—Ninguna en absoluto.

—Bueno, entonces, amigo mío, fuma este excelente cigarro.

Y me entregó un selecto habano, uno que Monsieur Darzac le había regalado, mientras él encendía su pipa de brezo, su eterna pipa de brezo.

Permanecimos en su habitación hasta cerca de las diez sin que mediara palabra entre nosotros. Hundido en un sillón, Rouletabille se sentó y fumó constantemente, con la frente pensativa y una mirada lejana en sus ojos. Al dar las diez, se quitó las botas y me hizo una señal para que hiciera lo mismo. De pie, en calcetines, dijo, en un tono tan bajo que adiviné, más que oí, la palabra:

—Revólver.

Saqué mi revólver del bolsillo de la chaqueta.

—¡Ármalo! —dijo.

Hice lo que me indicó.

Entonces, moviéndose hacia la puerta de su habitación, la abrió con infinita precaución; no hizo ningún ruido. Estábamos en la galería "de desvío". Rouletabille me hizo otra señal que entendí que significaba que debía ocupar mi puesto en el armario oscuro.

Cuando estuve a cierta distancia de él, se reunió conmigo y me abrazó; y luego lo vi, con la misma precaución, regresar a su habitación. Asombrado por su abrazo, y algo inquieto por él, llegué a la galería derecha sin dificultad, cruzando el rellano y alcanzando el armario oscuro.

Antes de entrar, examiné el cordón de la cortina de la ventana y descubrí que solo tenía que soltarlo de su fijación con los dedos para que la cortina cayera por su propio peso y ocultara el cuadrado de luz a Rouletabille: la señal acordada. El sonido de unos pasos me hizo detenerme frente a la puerta de Arthur Rance. ¡Entonces él aún no estaba en la cama! ¿Cómo era que, estando en el château, no había cenado con Monsieur Stangerson y su hija? No lo había visto en la mesa con ellos, en el momento en que miramos.

Me retiré al armario oscuro. Me encontré perfectamente ubicado. Podía ver a lo largo de toda la galería. Nada, absolutamente nada podía pasar por allí sin que yo lo viera. Pero, ¿qué iba a pasar por allí? El abrazo de Rouletabille volvió a mi mente. Razoné que la gente no se despide de esa manera a menos que sea en una ocasión importante o peligrosa. ¿Estaba yo entonces en peligro?

Mi mano se cerró sobre la culata de mi revólver y esperé. No soy un héroe; pero tampoco soy un cobarde.

Esperé cerca de una hora, y durante todo ese tiempo no vi nada inusual. La lluvia, que había empezado a caer con fuerza hacia las nueve, ya había cesado.

Mi amigo me había dicho que, probablemente, nada ocurriría antes de medianoche o la una de la mañana. Sin embargo, no eran más de las once y media cuando oí la puerta de la habitación de Arthur Rance abrirse muy lentamente. La puerta permaneció abierta durante un minuto que me pareció mucho tiempo. Como se abría hacia la galería, es decir, hacia afuera, no podía ver lo que pasaba en la habitación detrás de la puerta.

En ese momento noté un sonido extraño, repetido tres veces, que venía del parque. Normalmente no le habría dado más importancia que al ruido de los gatos en el tejado. Pero la tercera vez, el maullido fue tan agudo y penetrante que recordé lo que había oído sobre el grito de la Bête du Bon Dieu. Como el grito había acompañado todos los eventos en el Glandier, no pude evitar estremecerme ante el pensamiento.

Inmediatamente después vi a un hombre aparecer en el exterior de la puerta y cerrarla tras de sí. Al principio no pude reconocerlo, pues me daba la espalda y estaba inclinado sobre un paquete bastante voluminoso. Cuando hubo cerrado la puerta y recogido el paquete, se giró hacia el armario oscuro, y entonces vi quién era. Era el guarda forestal, el Hombre Verde. Llevaba el mismo traje que cuando lo vi por primera vez en el camino frente a la posada del Donjon. No había duda de que era el guarda. Cuando el grito de la Bête du Bon Dieu llegó por tercera vez, dejó el paquete y fue a la segunda ventana, contando desde el armario oscuro. No me atreví a arriesgarme a hacer ningún movimiento, temiendo traicionar mi presencia.

Llegado a la ventana, miró hacia el parque. La noche ahora era clara, la luna aparecía a intervalos. El Hombre Verde alzó los brazos dos veces, haciendo señales que no entendí; luego, dejando la ventana, tomó de nuevo su paquete y se movió por la galería hacia el rellano.

Rouletabille me había dado instrucciones de soltar el cordón de la cortina cuando viera algo. ¿Estaba Rouletabille esperando esto? No era asunto mío cuestionarlo. Todo lo que tenía que hacer era obedecer las instrucciones. Desaté el cordón de la ventana; mi corazón latía mientras tanto como si fuera a estallar. El hombre llegó al rellano, pero, para mi absoluta sorpresa —esperaba verlo continuar pasando a lo largo de la galería—, lo vi bajar las escaleras que conducían al vestíbulo.

¿Qué debía hacer? Miré estúpidamente la pesada cortina que había cerrado la luz de la ventana. La señal había sido dada, y no vi a Rouletabille aparecer en la esquina de la galería de desvío. Nadie apareció. Estaba sumamente perplejo. Pasó media hora, una eternidad para mí. ¿Qué debía hacer ahora, incluso si viera algo? Una vez dada la señal, no podía darla una segunda vez. Aventurarme en la galería podría arruinar todos los planes de Rouletabille. Después de todo, no tenía nada que reprocharme, y si había ocurrido algo que mi amigo no esperaba, solo podía culparse a sí mismo. Incapaz de serle de más ayuda mediante una señal, dejé el armario oscuro y, aún en calcetines, elegí mis pasos y me dirigí a la galería "de desvío".

No había nadie. Fui a la puerta de la habitación de Rouletabille y escuché. No pude oír nada. Llamé suavemente. No hubo respuesta. Giré el pomo de la puerta y la puerta se abrió. Entré. Rouletabille yacía extendido a lo largo en el suelo.

Capítulo XXII

El cuerpo increíble

Me incliné con gran ansiedad sobre el cuerpo del reportero y tuve la alegría de descubrir que dormía profundamente, el mismo sueño insalubre que había visto caer sobre Frédéric Larsan. Había sucumbido a la influencia de la misma droga que se había mezclado con nuestra comida. ¿Cómo era entonces que yo, también, no había sido vencido por ella? Reflexioné que la droga debía haber sido puesta en nuestro vino; porque eso explicaría mi condición. Nunca bebo cuando como. Naturalmente inclinado a la obesidad, estoy restringido a una dieta seca. Sacudí a Rouletabille, pero no pude lograr despertarlo. Esto, sin duda, era obra de Mademoiselle Stangerson.

Ciertamente había pensado que era necesario protegerse de este joven tanto como de su padre. Recordé que el administrador, al servirnos, nos había recomendado un excelente Chablis que, sin duda, provenía de la mesa del profesor.

Pasó más de un cuarto de hora. Resolví, dadas las apremiantes circunstancias, recurrir a medidas extremas. Eché un jarro de agua fría sobre la cabeza de Rouletabille. Abrió los ojos. Le golpeé la cara y le levanté. Le sentí tensarse en mis brazos y le oí murmurar: “Sigue, sigue; pero no hagas ruido”. Le pellizqué y le sacudí hasta que fue capaz de ponerse en pie. ¡Estábamos salvados!

—Me hicieron dormir —dijo—. ¡Ah! Pasé un cuarto de hora terrible antes de ceder. Pero ya ha pasado. No me dejes.

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando nos estremeció un grito espantoso que resonó por todo el castillo: un verdadero grito de muerte.

—¡Malheur! —rugió Rouletabille—; ¡llegaremos demasiado tarde!

Intentó correr hacia la puerta, pero estaba demasiado aturdido y cayó contra la pared. Yo ya estaba en la galería, revólver en mano, corriendo como un loco hacia la habitación de Mademoiselle Stangerson. En el momento en que llegué a la intersección de la galería "de desvío" y la galería "derecha", vi una figura que salía de su apartamento y que, en pocos pasos, había llegado al rellano.

No era dueño de mí mismo. Disparé. El estruendo del revólver hizo un ruido ensordecedor; pero el hombre continuó su huida por las escaleras. Corrí detrás de él, gritando: "¡Detente! ¡Detente o te mataré!". Mientras corría tras él escaleras abajo, me encontré cara a cara con Arthur Rance, que venía del ala izquierda del castillo, gritando: "¿Qué es? ¿Qué es?". Llegamos casi al mismo tiempo al pie de la escalera. La ventana del vestíbulo estaba abierta. Vimos claramente la forma de un hombre que huía. Instintivamente disparamos nuestros revólveres en su dirección. No estaba a más de diez pasos delante de nosotros; se tambaleó y pensamos que iba a caer. Habíamos saltado por la ventana, pero el hombre salió disparado con renovado vigor. Yo iba en calcetines y el estadounidense iba descalzo. No habiendo esperanza de alcanzarle, disparamos nuestros últimos cartuchos contra él. Pero él seguía corriendo, bordeando el lado derecho del patio hacia el final del ala derecha del castillo, que no tenía otra salida que la puerta de la pequeña estancia ocupada por el guarda forestal.

El hombre, aunque evidentemente estaba herido por nuestras balas, nos llevaba ahora veinte metros de ventaja. De repente, detrás de nosotros y sobre nuestras cabezas, se abrió una ventana de la galería y oímos la voz de Rouletabille gritando desesperadamente:

—¡Dispara, Bernier! ¡Dispara!

En ese momento, la clara noche de luna se iluminó aún más con un gran resplandor. A su luz vimos al viejo Bernier con su escopeta en el umbral de la puerta del torreón.

Había apuntado bien. La sombra cayó. Pero como había llegado al final del ala derecha del castillo, cayó al otro lado del ángulo del edificio; es decir, vimos que estaba a punto de caer, pero no el hundimiento real en el suelo. Bernier, Arthur Rance y yo llegamos al otro lado veinte segundos después. La sombra yacía muerta a nuestros pies.

Despertado de su letargo por los gritos y los disparos, Larsan abrió la ventana de su habitación y nos llamó. Rouletabille, ya completamente despierto, se unió a nosotros en ese mismo momento, y yo le grité:

—¡Está muerto! ¡Está muerto!

—Mucho mejor —dijo—. Llevadlo al vestíbulo del castillo. —Luego, como si lo pensara mejor, añadió—: ¡No! ¡No! Pongámoslo en su propia habitación.

Rouletabille llamó a la puerta. Nadie respondió. Naturalmente, esto no me sorprendió.

—Evidentemente no está ahí, de lo contrario habría salido —dijo el reportero—. Llevémoslo entonces al vestíbulo.

Desde que llegamos hasta la sombra muerta, una espesa nube había cubierto la luna y oscurecido la noche, por lo que no pudimos distinguir sus rasgos. El viejo Jacques, que se nos había unido, nos ayudó a llevar el cuerpo al vestíbulo, donde lo dejamos en el escalón inferior de la escalera. Por el camino, sentí mis manos húmedas por la sangre caliente que fluía de las heridas.

El viejo Jacques salió volando hacia la cocina y regresó con un farol. Lo acercó a la cara de la sombra muerta y reconocimos al guarda, el hombre al que el dueño de la posada del Torreón llamaba el Hombre Verde, a quien, una hora antes, había visto salir de la habitación de Arthur Rance cargando un paquete. Pero lo que había visto solo podría contárselo a Rouletabille más tarde, cuando estuviéramos a solas.

* * * * *

Rouletabille y Frédéric Larsan experimentaron una cruel decepción ante el resultado de la aventura de la noche. Solo pudieron mirar con consternación y estupor el cuerpo del Hombre Verde.

El viejo Jacques mostraba una cara estúpidamente afligida y, con tontas lamentaciones, repetía que estábamos equivocados: el guarda no podía ser el agresor. Nos vimos obligados a obligarle a callar. No podría haber mostrado mayor dolor si el cuerpo hubiera sido el de su propio hijo. Observé, mientras todos los demás estábamos más o menos desvestidos y descalzos, que él estaba completamente vestido.

Rouletabille no se había separado del cuerpo. Arrodillado sobre las losas a la luz del farol del viejo Jacques, quitó la ropa del cadáver y dejó al descubierto su pecho. Luego, arrebatándole el farol al viejo Jacques, lo sostuvo sobre el cuerpo y vio una herida abierta. Levantándose de repente, exclamó con voz llena de salvaje ironía:

—¡El hombre que creéis que fue disparado murió por la puñalada de un cuchillo en el corazón!

Pensé que Rouletabille se había vuelto loco; pero, inclinándome sobre el cuerpo, rápidamente me convencí de que Rouletabille tenía razón. Ni un rastro de bala en ninguna parte: la herida, evidentemente hecha por una hoja afilada, había penetrado en el corazón.

Capítulo XXIII

El rastro doble

Apenas me había recuperado de la sorpresa en la que me había sumido este nuevo descubrimiento, cuando Rouletabille me tocó en el hombro y me pidió que le siguiera a su habitación.

—¿Qué vamos a hacer allí?

—Pensar en el asunto.

Confieso que no estaba en condiciones de pensar mucho, ni podía entender cómo Rouletabille podía controlarse tanto como para ser capaz de sentarse con calma a reflexionar cuando debía saber que Mademoiselle Stangerson estaba en ese momento casi al borde de la muerte. Pero su autocontrol era algo que yo no podía explicar. Cerrando la puerta de su habitación, me hizo señas para que me sentara en una silla y, sentándose frente a mí, sacó su pipa. Nos quedamos allí sentados durante algún tiempo en silencio y luego me quedé dormido.

Cuando desperté ya era de día. Eran las ocho según mi reloj. Rouletabille ya no estaba en la habitación. Me levanté para salir cuando la puerta se abrió y mi amigo volvió a entrar. Evidentemente no había perdido el tiempo.

—¿Qué pasa con Mademoiselle Stangerson? —le pregunté.

—Su estado, aunque muy alarmante, no es desesperado.

—¿Cuándo saliste de esta habitación?

—Hacia el amanecer.

—¿Supongo que has estado trabajando duro?

—¡Y tanto!

—¿Has descubierto algo?

—¡Dos juegos de huellas!

—¿Explican algo?

—Sí.

—¿Tienen algo que ver con el misterio del cuerpo del guarda?

—Sí; el misterio ya no es un misterio. Esta mañana, caminando alrededor del castillo, encontré dos juegos distintos de huellas, hechas al mismo tiempo, anoche. Fueron hechas por dos personas caminando una al lado de la otra. Las seguí desde el patio hacia el robledal. Larsan se me unió. Eran el mismo tipo de huellas que se hicieron en el momento del asalto en el Cuarto Amarillo: un juego era de botas torpes y el otro fue hecho por unas pulcras, excepto que el dedo gordo del pie de uno de los juegos era de un tamaño diferente al medido en el incidente del Cuarto Amarillo. Comparé las marcas con los patrones de papel que había hecho anteriormente.

—Siguiendo todavía el rastro de las huellas, Larsan y yo salimos del robledal y llegamos al borde del lago. Allí se desviaron hacia un pequeño camino que conducía a la carretera principal de Epinay, donde perdimos los rastros en la carretera recién pavimentada con macadán.

—Regresamos al castillo y nos separamos en el patio. Sin embargo, nos volvimos a encontrar en la habitación del viejo Jacques, a la que nos habían llevado nuestros trenes de pensamiento separados. Encontramos al viejo sirviente en la cama. Su ropa sobre la silla estaba empapada y sus botas muy embarradas. Ciertamente no se puso en ese estado ayudándonos a llevar el cuerpo del guarda. No estaba lloviendo entonces. Su cara mostraba una fatiga extrema y nos miraba con ojos aterrorizados.

—En nuestro primer interrogatorio nos dijo que se había ido a la cama inmediatamente después de que llegara el médico. Sin embargo, al presionarle, pues era evidente para nosotros que no estaba diciendo la verdad, confesó que había estado fuera del castillo. Explicó su ausencia diciendo que tenía dolor de cabeza y que salió a tomar el aire fresco, pero que no había ido más allá del robledal. Cuando le describimos toda la ruta que había seguido, se sentó en la cama temblando.

—"¡Y no estabas solo!" —gritó Larsan.

—"¿Lo visteis entonces?" —jadeó el viejo Jacques.

—"¿Qué?" —pregunté.

—"El fantasma... ¡el fantasma negro!"

—Entonces nos contó que durante varias noches había visto lo que seguía llamando el fantasma negro. Entraba en el parque al dar la medianoche y se deslizaba sigilosamente entre los árboles; le parecía atravesar los troncos de los árboles. Dos veces lo había visto desde su ventana, a la luz de la luna, y se había levantado y seguido a la extraña aparición. Anteayer casi lo había alcanzado; pero se había desvanecido en la esquina del torreón. Anoche, sin embargo, no había salido del castillo, al estar su mente perturbada por un presentimiento de que se intentaría algún nuevo crimen. De repente vio al fantasma negro salir corriendo de algún lugar en medio del patio. Lo siguió hasta el lago y hasta la carretera de Epinay, donde el fantasma desapareció de repente.

—"¿Viste su cara?" —preguntó Larsan.

—"¡No! No vi nada más que velos negros."

—"¿Saliste después de lo que pasó en la galería?"

—"¡No pude! Estaba aterrorizado."

—"Viejo Jacques" —dije, con voz amenazante—, "tú no lo seguiste; ¡tú y el fantasma caminasteis juntos hasta Epinay, brazo con brazo!"

—"¡No!" —gritó, desviando la mirada—, "no lo hice. Empezó a diluviar, y... di media vuelta. No sé qué fue del fantasma negro."

—Le dejamos, y cuando estuvimos fuera me volví hacia Larsan, mirándole a la cara, y le hice mi pregunta de repente para tomarle desprevenido:

—"¿Un cómplice?"

—"¿Cómo voy a saberlo?" —respondió, encogiéndose de hombros—. "No puedes estar seguro de nada en un caso como este. ¡Hace veinticuatro horas habría jurado que no había cómplice!" —Me dejó diciendo que se iba a Epinay.

—Bueno, ¿qué sacas de todo esto? —le pregunté a Rouletabille, después de que terminara su relato—. Personalmente, estoy totalmente a oscuras. No saco nada en claro. ¿Qué deduces tú?

—¡Todo! ¡Todo! —exclamó—. Pero —dijo bruscamente—, averigüemos más sobre Mademoiselle Stangerson.

Capítulo XXIV

Rouletabille conoce las dos mitades del asesino

Mademoiselle Stangerson había sido casi asesinada por segunda vez. Desafortunadamente, estaba en un estado demasiado débil para soportar las heridas más graves de este segundo ataque tan bien como las del primero. Había recibido tres heridas en el pecho con el cuchillo del asesino, y estuvo mucho tiempo entre la vida y la muerte. Su fuerte físico, sin embargo, la salvó; pero aunque se recuperó físicamente, se descubrió que su mente había quedado afectada. La más mínima alusión al terrible incidente la sumía en el delirio, y el arresto de Robert Darzac, que siguió al día siguiente de la trágica muerte del guarda, pareció hundir su fina inteligencia en una melancolía completa.

Robert Darzac llegó al castillo hacia las nueve y media. Le vi apresurarse a través del parque, con el pelo y la ropa desordenados y la cara de un blanco mortal. Rouletabille y yo estábamos mirando por una ventana de la galería. Nos vio y lanzó un grito de desesperación: "¡Llego demasiado tarde!".

Rouletabille respondió: "¡Ella vive!".

Un minuto después, Darzac había entrado en la habitación de Mademoiselle Stangerson y, a través de la puerta, pudimos oír sus sollozos desgarradores.

* * * * *

—¡Hay un destino en este lugar! —gimió Rouletabille—. ¡Algunos dioses infernales deben estar velando por las desgracias de esta familia! Si no me hubieran drogado, habría salvado a Mademoiselle Stangerson. Le habría silenciado para siempre. ¡Y el guarda no habría sido asesinado!

* * * * *

Monsieur Darzac entró para hablar con nosotros. Su angustia era terrible. Rouletabille le contó todo: sus preparativos para la seguridad de Mademoiselle Stangerson; sus planes para capturar o para deshacerse del agresor para siempre; y cómo habría tenido éxito si no hubiera sido por la droga.

—¡Si tan solo hubieras confiado en mí! —dijo el joven, en tono bajo—, ¡si tan solo hubieras rogado a Mademoiselle Stangerson que confiara en mí! Pero, entonces, todos aquí desconfían de todos, la hija desconfía de su padre, e incluso de su amante. Mientras me pides que la proteja, ella hace todo lo que puede para frustrarme. ¡Por eso llegué tarde a la escena!

A petición de Monsieur Robert Darzac, Rouletabille describió toda la escena. Apoyándose en la pared, para evitar caerse, se había dirigido a la habitación de Mademoiselle Stangerson, mientras nosotros corríamos tras el supuesto asesino. La puerta de la antecámara estaba abierta y, cuando entró, encontró a Mademoiselle Stangerson tendida en parte sobre el escritorio. Su bata estaba teñida con la sangre que fluía de su pecho. Todavía bajo la influencia de la droga, sintió que caminaba en una horrible pesadilla.

Regresó automáticamente a la galería, abrió una ventana, gritó su orden de disparar y luego volvió a la habitación. Cruzó el boudoir desierto, entró en el salón e intentó despertar a Monsieur Stangerson, que estaba tendido en un sofá. Monsieur Stangerson se levantó estúpidamente y se dejó arrastrar por Rouletabille a la habitación donde, al ver el cuerpo de su hija, lanzó un grito desgarrador. Ambos unieron sus débiles fuerzas y la llevaron a su cama.

En su camino para reunirse con nosotros, Rouletabille pasó junto al escritorio. En el suelo, cerca de él, vio un paquete grande. Se arrodilló y, encontrando el envoltorio suelto, lo examinó y distinguió una enorme cantidad de papeles y fotografías. En uno de los papeles leyó: "Nuevo condensador electroscópico diferencial. Propiedades fundamentales de la sustancia intermediaria entre la materia ponderable y el éter imponderable". ¡Extraña ironía del destino que los preciosos papeles del profesor le fueran devueltos en el mismo momento en que se intentaba privarle de la vida de su hija! ¿Qué valen los papeles para él ahora?

* * * * *

La mañana siguiente a esa noche terrible vio a Monsieur de Marquet una vez más en el castillo, con su secretario y sus gendarmes. Por supuesto, todos fuimos interrogados. Rouletabille y yo ya habíamos acordado qué decir. Oculté cualquier información sobre mi estancia en el armario oscuro y no dije nada sobre la droga. No queríamos sugerir de ninguna manera que Mademoiselle Stangerson hubiera estado esperando a su visitante nocturno. La pobre mujer podría, tal vez, no recuperarse nunca, y no era asunto nuestro levantar el velo de un secreto cuya preservación había pagado tan caro.

Arthur Rance dijo a todo el mundo, de una manera tan natural que me asombró, que había visto por última vez al guarda hacia las once de esa noche fatal. Había venido por su maleta, dijo, que debía llevarle a primera hora de la mañana siguiente a la estación de Saint-Michel; y se había quedado fuera hasta tarde persiguiendo a los cazadores furtivos. Arthur Rance, en efecto, tenía la intención de abandonar el castillo y, según su costumbre, caminar hasta la estación.

Monsieur Stangerson confirmó lo que Rance había dicho, añadiendo que no había pedido a Rance que cenara con él porque su amigo se había despedido definitivamente de ambos más temprano en la noche. Monsieur Rance había tomado el té en su habitación porque se había quejado de una ligera indisposición.

Bernier testificó, instruido por Rouletabille, que el guarda le había ordenado reunirse en un lugar cerca del robledal, con el fin de vigilar a los cazadores furtivos. Al comprobar que el guarda no cumplía su cita, él, Bernier, había ido en su busca. Casi había llegado al torreón cuando vio una figura corriendo velozmente en dirección opuesta a él, hacia el ala derecha del castillo. Oyó disparos de revólver desde detrás de la figura y vio a Rouletabille en una de las ventanas de la galería. Oyó a Rouletabille gritarle que disparara, y él disparó. Creyó haber matado al hombre hasta que supo, después de que Rouletabille hubiera descubierto el cuerpo, que el hombre había muerto de una puñalada. Quién la había dado, no podía imaginarlo. "Nadie podría haber estado cerca del lugar sin que yo le viera". Cuando el juez de instrucción le recordó que el lugar donde se encontró el cuerpo estaba muy oscuro y que él mismo no había podido reconocer al guarda antes de disparar, el viejo Bernier respondió que tampoco habían visto el otro cuerpo; ni lo habían encontrado. En el estrecho patio donde estaban cinco personas, habría sido extraño que el otro cuerpo, si hubiera estado allí, hubiera podido escapar. La única puerta que daba al patio era la de la habitación del guarda, y esa puerta estaba cerrada, y la llave de la misma se encontró en el bolsillo del guarda.

Como quiera que fuese, el juez de instrucción no prosiguió su investigación en esta dirección. Estaba evidentemente convencido de que habíamos perdido al hombre al que perseguíamos y que nos habíamos topado con el cuerpo del guarda en nuestra persecución. Este asunto del guarda era otro tema completamente distinto. Quería asegurarse de ello sin más demora. Probablemente coincidía con las conclusiones a las que ya había llegado sobre el guarda y sus intrigas con la esposa de Mathieu, el posadero de la posada del Torreón. Este Mathieu, más tarde por la tarde, fue arrestado y llevado a Corbeil a pesar de su reumatismo. Se le había oído amenazar al guarda, y aunque no se habían encontrado pruebas contra él en su posada, el testimonio de los carreteros que habían oído las amenazas fue suficiente para justificar su retención.

La instrucción había llegado hasta este punto cuando, para nuestra sorpresa, Frédéric Larsan regresó al castillo. Venía acompañado por uno de los empleados del ferrocarril. En ese momento, Rance y yo estábamos en el vestíbulo discutiendo sobre la culpabilidad o inocencia de Mathieu, mientras Rouletabille permanecía aparte, aparentemente sumido en sus pensamientos. El juez de instrucción y su secretario estaban en el pequeño salón verde, mientras que Darzac se encontraba con el médico y Stangerson en la alcoba de la dama. En cuanto Frédéric Larsan entró en el vestíbulo con el empleado ferroviario, Rouletabille y yo lo reconocimos al instante por su pequeña barba rubia. Intercambiamos miradas significativas. Larsan se hizo anunciar ante el juez de instrucción por el gendarme y entró con el empleado del ferrocarril justo cuando el viejo Jacques salía. Transcurrieron unos diez minutos durante los cuales Rouletabille pareció mostrarse extremadamente impaciente. Entonces se abrió la puerta del salón y oímos al juez llamar al gendarme, quien entró. Poco después, este salió, subió las escaleras y, regresando al poco tiempo, entró donde el juez y dijo:

—Señor, ¡el señor Robert Darzac no quiere venir!

—¡Cómo! ¡Que no quiere venir! —exclamó el señor de Marquet.

—Dice que no puede dejar a Mademoiselle Stangerson en el estado en que se encuentra.

—Muy bien —dijo el señor de Marquet—; entonces iremos nosotros a él.

El señor de Marquet y el gendarme subieron las escaleras. El juez hizo una señal a Larsan y al empleado del ferrocarril para que lo siguieran. Rouletabille y yo fuimos también.

Al llegar a la puerta de la alcoba de Mademoiselle Stangerson, el señor de Marquet llamó. Apareció una doncella. Era Sylvia, con el cabello completamente desordenado y una expresión de consternación en el rostro.

—¿Está el señor Stangerson dentro? —preguntó el juez.

—Sí, señor.

—Dígale que deseo hablar con él.

Stangerson salió. Su aspecto era deplorable en extremo.

—¿Qué quiere? —le preguntó al juez—. ¿No se me puede dejar en paz, señor?

—Señor —dijo el juez—, es absolutamente necesario que vea al señor Darzac de inmediato. Si usted no puede convencerlo de que venga, me veré obligado a recurrir al auxilio de la fuerza pública.

El profesor no respondió. Nos miró a todos como un hombre que es conducido a la ejecución y luego regresó a la habitación.

Casi inmediatamente después, salió el señor Robert Darzac. Estaba muy pálido. Nos miró y, al posar sus ojos sobre el empleado ferroviario, sus facciones se tensaron y apenas pudo reprimir un gemido.

Todos nos sentimos muy conmovidos por el aspecto de aquel hombre. Sentimos que lo que estaba a punto de suceder decidiría el destino del señor Robert Darzac. Solo el rostro de Frédéric Larsan estaba radiante, mostrando una alegría similar a la de un perro que por fin ha capturado a su presa.

Señalando al empleado del ferrocarril, el señor de Marquet le dijo al señor Darzac:

—¿Reconoce a este hombre, señor?

—Lo reconozco —dijo el señor Darzac en un tono que intentó, en vano, hacer firme—. Es un empleado de la estación de Epinay-sur-Orge.

—Este joven —continuó el señor de Marquet— afirma que lo vio bajar del tren en Epinay-sur-Orge...

—Aquella noche —dijo el señor Darzac, interrumpiéndolo—, a las diez y media; es totalmente cierto.

Siguió un intervalo de silencio.

—Señor Darzac —continuó el juez con un tono de profunda emoción—, señor Darzac, ¿qué hacía usted aquella noche, en Epinay-sur-Orge, a esa hora?

El señor Darzac permaneció en silencio, limitándose a cerrar los ojos.

—Señor Darzac —insistió el señor de Marquet—, ¿puede decirme cómo empleó su tiempo esa noche?

El señor Darzac abrió los ojos. Parecía haber recuperado el dominio de sí mismo.

—No, señor.

—¡Piense, señor! Porque, si persiste en su extraña negativa, me veré en la penosa necesidad de dejarlo a mi disposición.

—Me niego.

—¡Señor Darzac! ¡En nombre de la ley, lo detengo!

Apenas hubo pronunciado el juez estas palabras, vi a Rouletabille moverse rápidamente hacia el señor Darzac. Sin duda le habría hablado, pero Darzac, con un gesto, lo contuvo. Cuando el gendarme se acercó a su prisionero, un grito de desesperación resonó en la habitación:

—¡Robert! ¡Robert!

Reconocimos la voz de Mademoiselle Stangerson. Todos nos estremecimos. Incluso Larsan palideció. El señor Darzac, en respuesta al grito, había vuelto a entrar precipitadamente en la habitación.

El juez, el gendarme y Larsan lo siguieron de cerca. Rouletabille y yo permanecimos en el umbral. La escena que se presentó ante nuestros ojos fue desgarradora. Mademoiselle Stangerson, con el rostro de una palidez mortal, se había incorporado en su cama, a pesar de los esfuerzos de dos médicos y de su padre por retenerla. Tendía sus brazos temblorosos hacia Robert Darzac, sobre quien Larsan y el gendarme habían echado mano. Sus ojos dilatados vieron, comprendió, sus labios parecieron formar una palabra, pero nadie la descifró; y volvió a caer desmayada.

El señor Darzac fue sacado rápidamente de la habitación y colocado en el vestíbulo a la espera del vehículo que Larsan había ido a buscar. Todos estábamos sobrecogidos por la emoción y hasta el señor de Marquet tenía lágrimas en los ojos. Rouletabille aprovechó la oportunidad para decirle al señor Darzac:

—¿Va a presentar alguna defensa?

—¡No! —respondió el prisionero.

—Muy bien, entonces lo haré yo, señor.

—Usted no puede hacerlo —dijo el desdichado hombre con una leve sonrisa.

—Puedo, y lo haré.

La voz de Rouletabille tenía una fuerza y una confianza extrañas.

—¡Puedo hacerlo, señor Robert Darzac, porque sé más que usted!

—¡Vamos, vamos! —murmuró Darzac, casi con irritación.

—¡No tenga miedo! Solo sabré lo que le beneficie.

—No debe saber nada, joven, si quiere que le esté agradecido.

Rouletabille sacudió la cabeza, acercándose a Darzac.

—Escuche lo que voy a decirle —dijo en voz baja— y deje que le dé confianza. Usted no sabe el nombre del asesino. Mademoiselle Stangerson lo sabe, pero solo la mitad; ¡yo conozco sus dos mitades, conozco al hombre completo!

Robert Darzac abrió los ojos con una mirada que revelaba que no había entendido ni una palabra de lo que Rouletabille le había dicho. En ese momento llegó el coche, conducido por Frédéric Larsan. Darzac y el gendarme subieron, quedando Larsan en el pescante. El prisionero fue llevado a Corbeil.

Capítulo XXV

Rouletabille emprende un viaje

Esa misma tarde, Rouletabille y yo dejamos el Glandier. Nos alegramos mucho de salir de allí y ya no había nada que nos retuviera. Declaré mi intención de abandonar todo el asunto. Había sido demasiado para mí. Rouletabille, con una palmada amistosa en mi hombro, confesó que no le quedaba nada por aprender en el Glandier; allí había aprendido todo lo que el lugar tenía que decirle. Llegamos a París alrededor de las ocho, cenamos y luego, agotados, nos separamos, acordando encontrarnos a la mañana siguiente en mi casa.

Rouletabille llegó al día siguiente a la hora convenida. Vestía un traje de tweed inglés, con un abrigo en el brazo y una maleta en la mano. Evidentemente, se había preparado para un viaje.

—¿Cuánto tiempo estará fuera? —pregunté.

—Un mes o dos —dijo—. Todo depende.

No le hice más preguntas.

—¿Sabe —preguntó él— cuál fue la palabra que Mademoiselle Stangerson intentó decir antes de desmayarse?

—No, nadie la oyó.

—¡Yo la oí! —respondió Rouletabille—. Dijo: "¡Habla!".

—¿Cree que Darzac hablará?

—Nunca.

Estaba a punto de hacer algunas observaciones más, pero él me estrechó la mano calurosamente y se despidió. Solo tuve tiempo para hacerle una pregunta antes de que se fuera:

—¿No teme que se produzcan otros intentos mientras usted no esté?

—¡No! No ahora que Darzac está en prisión —respondió.

Con este extraño comentario se marchó. No volvería a verlo hasta el día del juicio de Darzac ante el tribunal, cuando apareció para explicar lo inexplicable.

Capítulo XXVI

En el que se espera con impaciencia a Joseph Rouletabille

El 15 de enero, es decir, dos meses y medio después de los trágicos sucesos que he narrado, el periódico "Epoque" publicó, en la primera columna de su primera página, el siguiente artículo sensacionalista:

"El jurado de Seine-et-Oise es convocado hoy para dar su veredicto en uno de los asuntos más misteriosos de los anales del crimen. Nunca ha habido un caso con tantos puntos oscuros, incomprensibles e inexplicables. Y sin embargo, la acusación no ha dudado en sentar en el banquillo de los acusados a un hombre respetado, estimado y amado por todos cuantos le conocían: un joven sabio, la esperanza de la ciencia francesa, cuya vida entera ha estado consagrada al conocimiento y a la verdad. Cuando París supo de la detención del señor Robert Darzac, un clamor unánime de protesta surgió de todas partes. La Sorbona en pleno, deshonrada por este acto del juez de instrucción, afirmó su creencia en la inocencia del prometido de Mademoiselle Stangerson. El señor Stangerson alzó su voz en denuncia de este error judicial. No cabe duda en la mente de nadie de que, si la víctima pudiera hablar, reclamaría ante los jurados de Seine-et-Oise al hombre al que desea hacer su esposo y al que la acusación enviaría al cadalso. Es de esperar que Mademoiselle Stangerson recupere pronto su razón, temporalmente perturbada por el horrible misterio del Glandier. La cuestión que el jurado debe resolver es la que nos proponemos tratar este mismo día.

"Hemos decidido no permitir que doce hombres de bien cometan un vergonzoso error judicial. Confesamos que las notables coincidencias, las numerosas pruebas incriminatorias y el silencio inexplicable por parte del acusado, así como la total ausencia de cualquier prueba de coartada, eran suficientes para justificar que el tribunal de jueces supusiera que solo en este hombre se centraba la verdad del asunto. Las evidencias están, en apariencia, tan abrumadoramente en contra del señor Robert Darzac que un detective tan bien informado, tan inteligente y generalmente tan exitoso como el señor Frédéric Larsan, puede ser disculpado por haberse dejado engañar por ellas. Hasta ahora, todo ha ido en contra del señor Robert Darzac en la investigación judicial. Hoy, sin embargo, vamos a defenderlo ante el jurado, y vamos a aportar al estrado una luz que iluminará todo el misterio del Glandier. Porque nosotros poseemos la verdad.

"Si no hemos hablado antes, es porque los intereses de ciertas partes en el caso exigían que tomáramos ese camino. Nuestros lectores recordarán los informes sin firma que publicamos en relación con el 'Pie izquierdo de la Rue Oberkampf', en la época del famoso robo del Crédit Universel y el célebre caso de los 'Lingotes de oro de la Casa de la Moneda'. En ambos casos pudimos descubrir la verdad mucho antes de que el excelente ingenio de Frédéric Larsan hubiera podido desentrañarla. Estos informes fueron escritos por nuestro reportero más joven, Joseph Rouletabille, un joven de dieciocho años cuya fama mañana será mundial. Cuando la atención se centró por primera vez en el caso del Glandier, nuestro joven reportero estaba en el lugar e instalado en el castillo, cuando a cualquier otro representante de la prensa se le había denegado el acceso. Trabajó codo a codo con Frédéric Larsan. Quedó asombrado y aterrorizado ante el grave error que el célebre detective estaba a punto de cometer, e intentó apartarlo de la pista falsa que seguía; pero el gran Fred se negó a recibir instrucciones de este joven periodista. Ahora sabemos a dónde llevó eso al señor Robert Darzac.

"Pero ahora, Francia debe saberlo, el mundo entero debe saber que, en la misma tarde en que el señor Darzac fue detenido, el joven Rouletabille entró en nuestra oficina editorial y nos informó de que estaba a punto de marcharse de viaje. 'Cuánto tiempo estaré fuera', dijo, 'no puedo decirlo; quizá un mes, quizá dos, quizá tres; quizá nunca regrese. Aquí hay una carta. Si no estoy de vuelta el día en que el señor Darzac deba comparecer ante el Tribunal de lo Criminal, haga que se abra esta carta y se lea ante el tribunal, después de que todos los testigos hayan sido escuchados. Arréglelo con el abogado del señor Darzac. El señor Darzac es inocente. En esta carta está escrito el nombre del asesino; y eso es todo lo que tengo que decir. Me voy a conseguir mis pruebas, para la evidencia irrefutable de la culpabilidad del asesino'. Nuestro reportero partió. Durante mucho tiempo estuvimos sin noticias suyas; pero, hace una semana, un extraño llamó a nuestro director y dijo: 'Actúen de acuerdo con las instrucciones de Joseph Rouletabille, si llegara a ser necesario. La carta dejada por él contiene la verdad'. El caballero que nos trajo este mensaje no quiso darnos su nombre.

"Hoy, 15 de enero, es el día del juicio. Joseph Rouletabille no ha regresado. Puede que nunca lo volvamos a ver. La prensa también cuenta sus héroes, sus mártires del deber. Puede que ya no esté vivo. Sabremos cómo vengarlo. Nuestro director estará, esta tarde, en el Tribunal de lo Criminal de Versalles, con la carta, ¡la carta que contiene el nombre del asesino!".

En la cabecera del artículo aparecía un retrato de Rouletabille, el mismo que figura como frontispicio de este libro.

* * * * *

Aquellos parisinos que acudieron en masa al Tribunal de lo Criminal de Versalles para estar presentes en el juicio de lo que se conocía como el "Misterio del Cuarto Amarillo", sin duda recordarán la terrible aglomeración en la estación de Saint-Lazare. Los trenes ordinarios estaban tan llenos que hubo que fletar trenes especiales. El artículo del "Epoque" había excitado de tal manera a la población que la discusión estaba presente en todas partes, hasta el punto de casi llegar a las manos. Los partidarios de Rouletabille se peleaban con los defensores de Frédéric Larsan. Curiosamente, la excitación se debía menos al hecho de que un hombre inocente estuviera en peligro de una condena injusta, que al interés por sus propias ideas sobre el Misterio del Cuarto Amarillo. Cada uno tenía su explicación, a la cual se aferraba. Quienes explicaban el crimen según la teoría de Frédéric Larsan no admitían que pudiera haber duda alguna sobre la perspicacia del popular detective. Otros, que habían llegado a una solución diferente, insistían naturalmente en que esta era la explicación de Rouletabille, aunque todavía no supieran cuál era.

Con el "Epoque" del día en sus manos, los "larsanistas" y los "rouletabillistas" se peleaban y empujaban en los escalones del Palacio de Justicia, incluso dentro del mismo tribunal. Quienes no pudieron entrar permanecieron en las cercanías hasta la noche y fueron contenidos con gran dificultad por la tropa y la policía. Estaban ávidos de noticias, acogiendo los rumores más absurdos. En un momento dado, corrió el rumor de que el propio señor Stangerson había sido detenido en el tribunal y había confesado ser el asesino. Esto demuestra hasta qué grado de locura puede llevar a la gente la excitación nerviosa. Se seguía esperando a Rouletabille. Algunos pretendían conocerlo; y cuando un joven con un pase cruzó el espacio abierto que separaba a la multitud del Palacio de Justicia, se produjo un forcejeo. Se alzaron gritos de "¡Rouletabille! ¡Ahí está Rouletabille!". La llegada del director del periódico fue la señal para una gran manifestación. Algunos aplaudieron, otros silbaron.

* * * * *

El juicio mismo fue presidido por el señor de Rocouz, un juez lleno de los prejuicios de su clase, pero un hombre honesto de corazón. Se llamó a los testigos. Yo estaba allí, por supuesto, como todos los que habían tenido, de alguna manera, contacto con los misterios del Glandier. El señor Stangerson —que parecía muchos años mayor y casi irreconocible—, Larsan, Arthur Rance, con su rostro tan rubicundo como siempre, el viejo Jacques, el viejo Mathieu, que fue llevado al tribunal esposado entre dos gendarmes, la señora Mathieu, entre lágrimas, los dos Bernier, las dos enfermeras, el administrador, todos los sirvientes del castillo, el empleado de la Oficina de Correos de París, el empleado ferroviario de Epinay, algunos amigos del señor y Mademoiselle Stangerson, y todos los testigos del señor Darzac. Tuve la suerte de ser llamado al principio del juicio, por lo que pude observar y estar presente en casi todo el desarrollo de los procedimientos.

El tribunal estaba tan lleno que muchos abogados se vieron obligados a buscar asiento en los escalones. Detrás del estrado de los jueces estaban representantes de otros tribunales. El señor Robert Darzac permanecía en el banquillo de los acusados entre los policías, alto, apuesto y tranquilo. Un murmullo de admiración más que de compasión saludó su aparición. Se inclinó hacia su abogado, el maître Henri Robert, quien, asistido por su secretario principal, el maître André Hesse, pasaba afanosamente las hojas de su expediente.

Muchos esperaban que el señor Stangerson, después de prestar declaración, se acercara al acusado y le diera la mano; pero salió del tribunal sin decir palabra. Se observó que los jurados parecían profundamente interesados en una rápida conversación que el director del "Epoque" mantenía con el maître Henri Robert. El director, más tarde, se sentó en la primera fila del público. Algunos se sorprendieron de que no se le pidiera que permaneciera con los otros testigos en la sala reservada para ellos.

La lectura del acta de acusación se realizó, como siempre, sin incidentes. No relataré aquí el largo interrogatorio al que fue sometido el señor Darzac. Respondió a todas las preguntas con rapidez y facilidad. Su silencio sobre los asuntos importantes que conocemos jugaba totalmente en su contra. Parecía como si esta reticencia fuera a ser fatal para él. Se ofendió ante las amonestaciones del presidente. Se le advirtió que su silencio podría significar la muerte.

—Muy bien —dijo—; me someteré a ello; pero soy inocente.

Con la espléndida habilidad que le ha dado fama, el maître Robert aprovechó el incidente e intentó mostrar que aquello destacaba con noble relieve el carácter de su cliente; pues solo las naturalezas heroicas podían permanecer en silencio por razones morales ante tal peligro. El eminente abogado, sin embargo, solo consiguió convencer a quienes ya estaban convencidos de la inocencia de Darzac. A la hora del receso, Rouletabille aún no había llegado. Cada vez que se abría una puerta, todas las miradas se volvían hacia ella y regresaban al director del "Epoque", quien permanecía impasible en su sitio. Cuando en una ocasión este se palpó el bolsillo, un fuerte murmullo de expectación siguió al gesto. ¡La carta!

No es, sin embargo, mi intención relatar detalladamente el desarrollo del juicio. Mis lectores conocen suficientemente los misterios que rodean el caso del Glandier como para permitirme pasar al desenlace realmente dramático de este día tan memorable.

Cuando se reanudó el juicio, el maître Henri Robert interrogó al viejo Mathieu sobre su complicidad en la muerte del guarda. Su esposa también fue traída y confrontada con su marido. Ella estalló en sollozos y confesó que había sido la amante del guarda, y que su marido lo sospechaba. Ella volvió a afirmar, sin embargo, que él no había tenido nada que ver con el asesinato de su amante. El maître Henri Robert pidió entonces al tribunal que escuchara a Frédéric Larsan sobre este punto.

—En una breve conversación que he tenido con Frédéric Larsan, durante el receso —declaró el abogado—, me ha dado a entender que la muerte del guarda pudo haber sido causada por alguien distinto a la mano de Mathieu. Será interesante escuchar la teoría de Frédéric Larsan.

Se hizo entrar a Frédéric Larsan. Su explicación fue muy clara.

—No veo necesidad —dijo— de involucrar a Mathieu en esto. Le he dicho al señor de Marquet que las amenazas del hombre habían predispuesto al juez de instrucción en su contra. Para mí, el intento de asesinato de Mademoiselle y la muerte del guarda son obra de una misma persona. El asesino de Mademoiselle Stangerson, al huir por el patio, recibió un disparo; se pensó que fue alcanzado, quizá muerto. De hecho, solo tropezó en el momento de desaparecer tras la esquina del ala derecha del castillo. Allí se encontró con el guarda, quien, sin duda, intentó apresarlo. El asesino tenía en su mano el cuchillo con el que había apuñalado a Mademoiselle Stangerson y con él mató al guarda.

Esta explicación tan sencilla pareció al instante plausible y satisfactoria. Se oyó un murmullo de aprobación.

—¿Y el asesino? ¿Qué fue de él? —preguntó el presidente.

—Evidentemente estaba escondido en un rincón oscuro al final del patio. Después de que la gente abandonara el patio llevándose el cuerpo del guarda, el asesino escapó tranquilamente.

Apenas habían salido las palabras de la boca de Larsan cuando, desde el fondo del tribunal, una voz juvenil exclamó:

«¡Estoy de acuerdo con Frédéric Larsan en cuanto a la muerte del guarda; pero no estoy de acuerdo con él en cuanto a la forma en que escapó el asesino!»

Todo el mundo se volvió, atónito. Los secretarios del tribunal corrieron hacia el que hablaba, gritando silencio, y el presidente ordenó airadamente que el intruso fuera expulsado inmediatamente. Sin embargo, la misma voz clara se oyó de nuevo:

«¡Soy yo, señor presidente, Joseph Rouletabille!»

Capítulo XXVII

En el que Joseph Rouletabille aparece en todo su esplendor

La excitación era extrema. Se podían oír los gritos de las mujeres que se desmayaban en medio del extraordinario bullicio y agitación. La «majestad de la ley» quedó totalmente olvidada. El presidente intentó en vano hacerse oír. Rouletabille se abrió paso con dificultad, pero a fuerza de codazos llegó hasta su abogado y lo saludó cordialmente. Le entregaron la carta y, tras guardársela en el bolsillo, se volvió hacia el estrado de los testigos. Iba vestido exactamente igual que el día en que me dejó, incluso con el abrigo cruzado sobre el brazo. Volviéndose hacia el presidente, dijo:

«Le pido perdón, señor presidente, pero acabo de llegar de América. El vapor se retrasó. ¡Me llamo Joseph Rouletabille!»

El silencio que siguió a su subida al estrado de los testigos fue roto por las risas al oír sus palabras. Todo el mundo parecía aliviado y contento de encontrarlo allí, como si tuviera la esperanza de oír por fin la verdad.

Pero el presidente estaba extremadamente indignado:

«Así que usted es Joseph Rouletabille», respondió; «pues bien, joven, le enseñaré lo que supone hacer una farsa de la justicia. En virtud de mis poderes discrecionales, lo pongo a disposición del tribunal».

«No pido nada mejor, señor presidente. He venido aquí con ese propósito. Pido humildemente perdón al tribunal por el disturbio del que he sido la causa inocente. Le ruego que crea que nadie tiene mayor respeto por el tribunal que yo. Entré como pude». Sonrió.

«¡Llévenselo!», ordenó el presidente.

El abogado Henri Robert intervino. Comenzó disculpándose por el joven, quien, dijo, estaba movido solo por las mejores intenciones. Hizo entender al presidente que no se podía omitir el testimonio de un testigo que había dormido en el Glandier durante toda aquella semana llena de acontecimientos, y el presente testigo, además, había venido a nombrar al verdadero asesino.

«¿Va a decirnos quién era el asesino?», preguntó el presidente, algo convencido aunque todavía escéptico.

«¡He venido con ese propósito, señor presidente!», respondió Rouletabille.

Un intento de aplauso fue silenciado por el ujier.

«Joseph Rouletabille», dijo el abogado Henri Robert, «no ha sido citado regularmente como testigo, pero espero, señor presidente, que lo interrogue en virtud de sus poderes discrecionales».

«¡Muy bien!», dijo el presidente, «lo interrogaremos. Pero debemos proceder en orden».

El fiscal general se levantó:

«Quizás sería mejor», dijo, «que el joven nos dijera ahora a quién sospecha».

El presidente asintió irónicamente:

«Si el fiscal general concede importancia a la declaración del señor Joseph Rouletabille, no veo razón para que este testigo no nos dé el nombre del asesino».

Se habría podido oír caer un alfiler. Rouletabille permaneció en silencio mirando con simpatía a Darzac, quien, por primera vez desde el inicio del juicio, se mostró agitado.

«Bien», gritó el presidente, «esperamos el nombre del asesino».

Rouletabille, metiendo la mano en el bolsillo del chaleco, sacó su reloj y, mirándolo, dijo:

«¡Señor presidente, no puedo nombrar al asesino antes de las seis y media!»

Fuertes murmullos de decepción llenaron la sala. Se oyó decir a algunos de los abogados: «¡Se está burlando de nosotros!»

El presidente, con voz severa, dijo:

«Esta broma ha llegado demasiado lejos. Puede retirarse, señor, a la sala de testigos. Lo pongo a nuestra disposición».

Rouletabille protestó.

«Le aseguro, señor presidente», gritó con su voz aguda y clara, «que cuando nombre al asesino comprenderá por qué no podía hablar antes de las seis y media. Lo afirmo bajo mi palabra de honor. Puedo, sin embargo, darle ahora alguna explicación sobre el asesinato del guarda. El señor Frédéric Larsan, que me ha visto trabajar en el Glandier, puede decirle con cuánto cuidado estudié este caso. Me vi obligado a discrepar de él al detener al señor Robert Darzac, quien es inocente. El señor Larsan conoce mi buena fe y sabe que puede darse cierta importancia a mis descubrimientos, que a menudo han corroborado los suyos».

Frédéric Larsan dijo:

«Señor presidente, será interesante escuchar al señor Joseph Rouletabille, especialmente porque discrepa de mí».

Un murmullo de aprobación saludó el discurso del detective. Era un buen deportista y aceptó el desafío. La lucha entre ambos prometía ser emocionante.

Como el presidente permanecía en silencio, Frédéric Larsan continuó:

«Estamos de acuerdo en que el asesino del guarda fue quien agredió a Mademoiselle Stangerson; pero como no estamos de acuerdo en cómo escapó el asesino, tengo curiosidad por escuchar la explicación del señor Rouletabille».

«No me cabe duda de que la tiene», dijo mi amigo.

Una carcajada general siguió a este comentario. El presidente declaró airadamente que, si se repetía, desalojaría la sala.

«Ahora, joven», dijo el presidente, «ha oído al señor Frédéric Larsan; ¿cómo escapó el asesino del tribunal?»

* * * * *

Rouletabille miró a Madame Mathieu, quien le devolvió una sonrisa triste.

«Dado que Madame Mathieu», dijo, «ha admitido libremente su intimidad con el guarda...»

«¡Vaya, es el muchacho!», exclamó el viejo Mathieu.

«¡Saquen a ese hombre!», ordenó el presidente.

Mathieu fue sacado de la sala. Rouletabille continuó:

«Desde que hizo esta confesión, soy libre de decirles que a menudo se reunía con el guarda por la noche en el primer piso del torreón, en la habitación que antes fue un oratorio. Estos encuentros se hicieron más frecuentes cuando su marido estaba postrado por el reumatismo. Ella le daba morfina para aliviar su dolor y para tener más tiempo para los encuentros. Madame Mathieu vino al castillo esa noche, envuelta en un gran chal negro que servía también de disfraz. Este era el fantasma que perturbó al viejo Jacques. Sabía cómo imitar el maullido del gato de la madre Angenoux y hacía los gritos para avisar al guarda de su presencia. Las recientes reparaciones del torreón no interfirieron con sus reuniones en la vieja habitación del guarda, en el torreón, ya que la nueva habitación asignada a él al final del ala derecha estaba separada de la habitación del intendente por un simple tabique.

»Antes de la tragedia en el patio, Madame Mathieu y el guarda salieron juntos del torreón. Averigüé estos hechos tras examinar las huellas en el patio a la mañana siguiente. Bernier, el portero, a quien yo había apostado detrás del torreón —como él mismo explicará—, no pudo ver lo que pasaba en el patio. No llegó al patio hasta que oyó los disparos de revólver, y entonces disparó. Cuando la mujer se separó del hombre, ella se dirigió hacia la puerta abierta del patio, mientras él regresaba a su habitación.

»Casi había llegado a la puerta cuando sonaron los revólveres. Él acababa de llegar a la esquina cuando una sombra pasó de un salto. Mientras tanto, Madame Mathieu, sorprendida por los disparos de los revólveres y por la entrada de gente en el patio, se agazapó en la oscuridad. El patio es grande y, estando cerca de la puerta, podría haber salido fácilmente sin ser vista. Pero se quedó y vio cómo se llevaban el cuerpo. Con gran angustia mental, se acercó al vestíbulo y vio el cadáver de su amante en las escaleras iluminado por el farol del viejo Jacques. Entonces huyó; y el viejo Jacques se unió a ella.

»Esa misma noche, antes del asesinato, el viejo Jacques había sido despertado por el grito del gato y, mirando por su ventana, había visto al fantasma negro. Vistiéndose apresuradamente, salió y la reconoció. Es un viejo amigo de Madame Mathieu y, cuando ella lo vio, tuvo que contarle sus relaciones con el guarda y le rogó su ayuda. El viejo Jacques se compadeció de ella y la acompañó a través del robledal hasta salir del parque, pasando por la orilla del lago hasta el camino de Epinay. Desde allí, estaba a muy poca distancia de su casa.

»El viejo Jacques regresó al castillo y, viendo lo importante que era que la presencia de Madame Mathieu en el castillo siguiera siendo desconocida, hizo todo lo que pudo para ocultarla. Apelo al señor Larsan, que me vio, a la mañana siguiente, examinar los dos juegos de huellas».

Aquí, Rouletabille volviéndose hacia Madame Mathieu, con una inclinación de cabeza, dijo:

«Las huellas de Madame tienen un extraño parecido con las huellas pulcras del asesino».

Madame Mathieu tembló y lo miró con los ojos muy abiertos, como si se preguntara qué diría a continuación.

«Madame tiene un pie bien formado, largo y bastante grande para una mujer. La huella, con su punta afilada, es muy parecida a la del asesino».

Un movimiento en la sala fue reprimido por Rouletabille. Captó su atención de inmediato.

«Me apresuro a añadir», continuó, «que no le doy importancia a esto. Los signos externos como estos a menudo pueden llevarnos al error, si no razonamos correctamente. Las huellas del señor Robert Darzac también son como las del asesino, ¡y sin embargo no es el asesino!»

El presidente, volviéndose hacia Madame Mathieu, preguntó:

«¿Está eso de acuerdo con lo que sabe que ocurrió?»

«Sí, señor presidente», respondió ella, «es como si el señor Rouletabille hubiera estado detrás de nosotros».

«¿Vio al asesino corriendo hacia el final del ala derecha?»

«Sí, tan claramente como los vi después llevando el cuerpo del guarda».

«¿Qué fue del asesino? Usted estaba en el patio y podría haberlo visto fácilmente».

«No vi nada de él, señor presidente. Se puso muy oscuro justo entonces».

«Entonces el señor Rouletabille», dijo el presidente, «debe explicar cómo escapó el asesino».

Rouletabille continuó:

«Era imposible que el asesino escapara por donde había entrado en el patio sin que lo viéramos; o si no podíamos verlo, ciertamente tendríamos que haberlo sentido, ya que el patio es muy estrecho y está encerrado por altas rejas de hierro».

«Entonces, si el hombre estaba acorralado en ese patio estrecho, ¿cómo es que no lo encontraron? Llevo media hora preguntándole eso».

«Señor presidente», respondió Rouletabille, «¡no puedo responder a esa pregunta antes de las seis y media!»

A estas alturas, la gente en la sala del tribunal empezaba a creer en este nuevo testigo. Les divertía su actuación melodramática al fijar así la hora; pero parecían tener confianza en el resultado. En cuanto al presidente, parecía como si también hubiera decidido tomar al joven de la misma manera. Ciertamente, le había impresionado la explicación de Rouletabille sobre el papel de Madame Mathieu.

«Bien, señor Rouletabille», dijo, «como usted quiera; pero no queremos verle más antes de las seis y media».

Rouletabille hizo una reverencia al presidente y se dirigió a la puerta de la sala de testigos.

* * * * *

Me abrí paso tranquilamente entre la multitud y abandoné el tribunal casi al mismo tiempo que Rouletabille. Me saludó cordialmente y parecía feliz.

«No te preguntaré, querido amigo», le dije, sonriendo, «qué has estado haciendo en América; porque no me cabe duda de que dirás que no puedes decírmelo hasta después de las seis y media».

«No, mi querido Sainclair, te diré ahora mismo por qué fui a América. ¡Fui en busca del nombre de la otra mitad del asesino!»

«¿El nombre de la otra mitad?»

«Exactamente. Cuando dejamos el Glandier por última vez, sabía que había dos mitades del asesino y el nombre de solo una de ellas. Fui a América por el nombre de la otra mitad».

Estaba demasiado desconcertado para responder. En ese momento entramos en la sala de testigos y Rouletabille fue rodeado inmediatamente. Se mostró muy amistoso con todos, excepto con Arthur Rance, hacia quien mostró una marcada frialdad de modales. Frédéric Larsan también entró. Rouletabille se acercó y le estrechó la mano calurosamente. Su actitud hacia el detective demostraba que había superado al policía. Larsan sonrió y le preguntó qué había estado haciendo en América. Rouletabille comenzó contándole algunas anécdotas de su viaje. Luego se apartaron juntos, aparentemente con el objetivo de hablar confidencialmente. Por lo tanto, los dejé discretamente y, sintiendo curiosidad por escuchar el testimonio, regresé a mi asiento en la sala del tribunal, donde el público mostraba claramente su falta de interés en lo que estaba ocurriendo por su impaciencia ante el regreso de Rouletabille a la hora señalada.

* * * * *

Al dar las seis y media, Joseph Rouletabille fue traído de nuevo. Me es imposible describir la tensa emoción que apareció en cada rostro mientras se dirigía hacia el estrado. Darzac se puso de pie, terriblemente pálido.

El presidente, dirigiéndose a Rouletabille, dijo con gravedad:

«No le pediré que preste juramento, porque no ha sido citado regularmente; pero confío en que no haya necesidad de insistir en la gravedad de la declaración que está a punto de hacer».

Rouletabille miró al presidente con absoluta calma y firmeza a la cara, y respondió:

«Sí, señor».

«En su última comparecencia aquí», dijo el presidente, «habíamos llegado al punto en que iba a decirnos cómo escapó el asesino, y también su nombre. Ahora, señor Rouletabille, esperamos su explicación».

«Muy bien, señor», comenzó mi amigo en medio de un silencio profundo. «Había explicado cómo era imposible que el asesino escapara sin ser visto. Y sin embargo, estaba allí con nosotros en el patio».

«¿Y no lo vio? Al menos eso es lo que declara la acusación».

«¡No! ¡Todos nosotros lo vimos, señor presidente!», gritó Rouletabille.

«¿Entonces por qué no fue arrestado?»

«Porque nadie, además de mí, sabía que él era el asesino. Habría arruinado mis planes haberlo arrestado, y entonces no tenía más prueba que mi propio razonamiento. Estaba convencido de que teníamos al asesino ante nosotros y de que, de hecho, lo estábamos mirando. Ahora he traído lo que considero la prueba indiscutible».

«¡Hable, señor! Díganos el nombre del asesino».

«Lo encontrará en la lista de nombres presentes en el tribunal la noche de la tragedia», respondió Rouletabille.

La gente presente en la sala comenzó a mostrar impaciencia. Algunos de ellos incluso pidieron el nombre, y fueron silenciados por el ujier.

«La lista incluye al viejo Jacques, a Bernier el portero y al señor Arthur Rance», dijo el presidente. «¿Acusa a alguno de ellos?»

«¡No, señor!»

«Entonces no entiendo a dónde quiere llegar. No había otra persona al final del patio».

«Sí, señor, la había, no al final, sino sobre el patio, quien se estaba inclinando por la ventana».

«¿Se refiere a Frédéric Larsan?», exclamó el presidente.

«¡Sí! ¡Frédéric Larsan!», respondió Rouletabille en un tono vibrante. «¡Frédéric Larsan es el asesino!»

* * * * *

La sala del tribunal se llenó inmediatamente de protestas fuertes e indignadas. Estaba tan asombrado que el presidente no intentó silenciarlo. El rápido silencio que siguió fue roto por las palabras claramente susurradas de los labios de Robert Darzac:

«¡Es imposible! ¡Está loco!»

«¿Se atreve a acusar a Frédéric Larsan, señor?», preguntó el presidente. «Si no está loco, ¿cuáles son sus pruebas?»

«¿Pruebas, señor? ¿Quiere pruebas? Pues aquí tiene una», gritó Rouletabille con voz aguda. «¡Que llamen a Frédéric Larsan!»

«Ujier, llame a Frédéric Larsan».

El ujier corrió hacia la puerta lateral, la abrió y desapareció. La puerta permaneció abierta, mientras todos los ojos se volvían expectantes hacia ella. El secretario reapareció y, dando un paso adelante, dijo:

«Señor presidente, Frédéric Larsan no está aquí. Se fue alrededor de las cuatro y no ha sido visto desde entonces».

«¡Esa es mi prueba!», gritó Rouletabille, triunfante.

«¿Se explica?», exigió el presidente.

«Mi prueba es la huida de Larsan», dijo el joven reportero. «No volverá. No verán más a Frédéric Larsan».

«A menos que esté jugando con el tribunal, señor, ¿por qué no lo acusó cuando estaba presente? Entonces le habría respondido».

«No podría dar otra respuesta que la que ha dado ahora con su huida».

«No podemos creer que Larsan haya huido. No había ninguna razón para que lo hiciera. ¿Sabía que usted haría esta acusación?»

«Lo sabía. Le dije que lo haría».

«¿Quiere decir que, sabiendo que Larsan era el asesino, le dio la oportunidad de escapar?»

«Sí, señor presidente, lo hice», respondió Rouletabille, orgulloso. «No soy policía, soy periodista; y mi trabajo no es arrestar a la gente. Mi trabajo está al servicio de la verdad, y no es el de un verdugo. Si usted es justo, señor, verá que tengo razón. Ahora puede entender por qué me abstuve hasta esta hora de divulgar el nombre. Le di tiempo a Larsan para coger el tren de las 4:17 hacia París, donde sabría dónde esconderse y no dejar rastro. No encontrarán a Frédéric Larsan», declaró Rouletabille, fijando sus ojos en el señor Robert Darzac. «Es demasiado astuto. Es un hombre que siempre los ha eludido y al que han buscado durante mucho tiempo en vano. Si no consiguió burlarme a mí, aún puede burlar fácilmente a cualquier policía. Este hombre que, hace cuatro años, se presentó en la Sûreté y se hizo célebre como Frédéric Larsan, es notorio bajo otro nombre: un nombre bien conocido en el crimen. ¡Frédéric Larsan, señor presidente, es Ballmeyer!»

«¡Ballmeyer!», gritó el presidente.

«¡Ballmeyer!», exclamó Robert Darzac, poniéndose de pie. «¡Ballmeyer! ¡Entonces era verdad!»

«¡Ah, señor Darzac, ya no piensa que estoy loco!», gritó Rouletabille.

¡Ballmeyer! ¡Ballmeyer! No se oía otra palabra en la sala. El presidente suspendió la audiencia.

* * * * *

Aquellos de mis lectores que no hayan oído hablar de Ballmeyer se preguntarán por la excitación que causó el nombre. Y, sin embargo, las andanzas de este notable criminal forman la materia de los relatos más dramáticos de los periódicos y los registros criminales de los últimos veinte años. Se había informado de que estaba muerto y, por lo tanto, había eludido a la policía como los había eludido durante toda su carrera.

Ballmeyer era el mejor ejemplo del «estafador caballero» de clase alta. Era un experto en trucos de prestidigitación y nunca existió un criminal más audaz o despiadado. Era recibido en la mejor sociedad y era miembro de algunos de los clubes más exclusivos. En muchas de sus expediciones depredadoras no había dudado en usar el cuchillo y el hueso de cordero. Ninguna dificultad lo detenía y ninguna «operación» era demasiado peligrosa. Había sido capturado, pero escapó la misma mañana de su juicio, arrojando pimienta a los ojos de los guardias que lo conducían al tribunal. Se supo más tarde que, a pesar de la intensa búsqueda realizada por los detectives más expertos, se había sentado esa misma noche en un estreno en el Théâtre Français, sin el menor disfraz.

Más tarde dejó Francia para «trabajar» en América. La policía de allí logró capturarlo una vez, pero el extraordinario hombre escapó al día siguiente. Se necesitaría un volumen para contar las aventuras de este maestro del crimen. ¡Y sin embargo, este era el hombre al que Rouletabille había dejado escapar! Sabiendo todo sobre él y quién era, ¡le brindó al criminal la oportunidad de reírse de nuevo de la sociedad a la que había desafiado! No pude evitar admirar el audaz golpe del joven periodista, porque estaba seguro de que su motivo había sido proteger a Mademoiselle Stangerson y, al mismo tiempo, librar a Darzac de un enemigo.

La multitud apenas se había recuperado del efecto de la asombrosa revelación cuando se reanudó la audiencia. La pregunta en la mente de todos era: Admitiendo que Larsan era el asesino, ¿cómo salió de la Habitación Amarilla?

Rouletabille fue llamado inmediatamente al estrado y se continuó su interrogatorio.

«Nos ha dicho», dijo el presidente, «que era imposible escapar del final del patio. Como Larsan estaba asomado por su ventana, había salido del patio. ¿Cómo hizo eso?»

«Escapó por un medio de lo más inusual. Trepó por el muro, saltó a la terraza y, mientras estábamos ocupados con el cuerpo del guarda, llegó a la galería por la ventana. Entonces no tuvo más que abrirla, entrar y llamarnos, como si acabara de llegar de su propia habitación. Para un hombre de la fuerza de Ballmeyer, todo eso no era más que un juego de niños. Y aquí, monsieur, está la prueba de lo que digo».

Rouletabille sacó de su bolsillo un pequeño paquete, del cual extrajo una resistente clavija de hierro.

«Esto, monsieur», dijo, «es un espigón que encaja perfectamente en un orificio que todavía puede verse en la cornisa que sostiene la terraza. Larsan, que pensaba en todo y se preparaba para cualquier emergencia, había fijado este espigón en la cornisa. Todo lo que tuvo que hacer para lograr su huida fue apoyar un pie en una piedra situada en la esquina del castillo, otro en este soporte, una mano en la cornisa de la puerta del guarda y la otra en la terraza, y Larsan quedó libre del suelo. El resto fue fácil. Su actuación después de la cena, fingiendo haber sido drogado, fue una farsa. No estaba drogado; pero sí me drogó a mí. Por supuesto, tenía que hacer parecer que él también había sido drogado para que no recayera sobre él sospecha alguna por mi estado. Si no me hubieran dejado así fuera de combate, Larsan nunca habría entrado en la habitación de Mademoiselle Stangerson aquella noche, y el ataque contra ella no habría tenido lugar».

Un gemido escapó de Darzac, quien parecía incapaz de controlar su sufrimiento.

«Puede usted comprender», añadió Rouletabille, «que Larsan se sentiría obstaculizado por el hecho de que mi habitación estaba tan cerca de la suya, y por la sospecha de que yo estaría vigilando aquella noche. ¡Naturalmente, no podía creer ni por un momento que yo sospechara de él! Pero podría verlo salir de su habitación cuando estuviera a punto de dirigirse hacia Mademoiselle Stangerson. Esperó hasta que yo estuve dormido y mi amigo Sainclair estuvo ocupado tratando de despertarme. Diez minutos después, la señorita estaba gritando: "¡Asesinato!"».

«¿Cómo llegó usted a sospechar de Larsan?», preguntó el Presidente.

«Mi pura razón me señaló a él. Por eso le vigilé. Pero no preví lo de la droga. Es muy astuto. Sí, mi pura razón me señaló a él; pero necesitaba una prueba tangible para que mis ojos pudieran verlo tal como lo veía mi pura razón».

«¿Qué quiere decir con su pura razón?».

«Esa facultad de la mente que no admite elementos perturbadores para llegar a una conclusión. El día siguiente al incidente de "la inexplicable galería", sentí que perdía el control de ella. Me había permitido distraerme con pruebas falaces; pero me recuperé y volví a tomar el camino correcto. Me convencí de que el asesino no podía haber abandonado la galería, ni natural ni sobrenaturalmente. Reduje el campo de consideración a ese pequeño círculo, por así decirlo. El asesino no podía estar fuera de ese círculo. Ahora bien, ¿quiénes estaban en él? Estaban, primero, el asesino. Luego estaban el padre Jacques, Monsieur Stangerson, Frédéric Larsan y yo mismo. Cinco personas en total, contando al asesino. Y, sin embargo, en la galería solo había cuatro. Ahora bien, puesto que se me había demostrado que el quinto no podía haber escapado, era evidente que uno de los cuatro presentes en la galería debía ser un doble; debía ser él mismo y el asesino a la vez. ¿Por qué no había visto esto antes? Sencillamente porque el fenómeno de la doble personalidad no había ocurrido antes en esta investigación».

«¿Quién de las cuatro personas en la galería era tanto esa persona como el asesino? Repasé en mi mente lo que había visto. Había visto al mismo tiempo a Monsieur Stangerson y al asesino, al padre Jacques y al asesino, a mí mismo y al asesino; por tanto, el asesino no podía ser ni Monsieur Stangerson, ni el padre Jacques, ni yo mismo. ¿Había visto a Frédéric Larsan y al asesino al mismo tiempo? ¡No! Habían pasado dos segundos durante los cuales perdí de vista al asesino; pues, como he anotado en mis papeles, llegó dos segundos antes que Monsieur Stangerson, el padre Jacques y yo mismo al punto de encuentro de las dos galerías. Eso le habría dado tiempo a Larsan para atravesar la galería "desviada", arrancarse la barba postiza, regresar y apresurarse con nosotros como si, al igual que nosotros, estuviera persiguiendo al asesino. Estaba seguro de que ahora había dado con el cabo correcto en mi razonamiento. Con Frédéric Larsan quedaba ahora asociada, en mi mente, la personalidad del desconocido al que perseguía; el asesino, en otras palabras».

«Aquella revelación me dejó estupefacto. Intenté recuperar el equilibrio repasando las pruebas previamente rastreadas, pero que habían desviado mi mente y me habían alejado de Frédéric Larsan. ¿Cuáles eran estas pruebas?».

«1.º. Había visto al desconocido en la habitación de Mademoiselle Stangerson. Al ir a la habitación de Frédéric Larsan, lo había encontrado profundamente dormido».

«2.º. La escalera».

«3.º. Había colocado a Frédéric Larsan al final de la "galería desviada" y le dije que irrumpiría en la habitación de Mademoiselle Stangerson para intentar capturar al asesino. Luego regresé a la habitación de Mademoiselle Stangerson, donde había visto al desconocido».

«La primera prueba no me perturbó mucho. Es probable que, cuando bajé de mi escalera, tras haber visto al desconocido en la habitación de Mademoiselle Stangerson, Larsan ya hubiera terminado lo que allí estaba haciendo. Luego, mientras yo volvía a entrar en el castillo, Larsan regresó a su propia habitación y, desvistiéndose, se fue a dormir».

«Tampoco la segunda prueba me preocupó. Si Larsan era el asesino, no podía tener uso alguno para una escalera; pero la escalera pudo haber sido colocada allí para dar apariencia de una entrada del asesino desde el exterior del castillo; especialmente porque Larsan había acusado a Darzac y Darzac no estaba en el castillo esa noche. Además, la escalera podría haber sido colocada allí para facilitar la huida de Larsan en caso de absoluta necesidad».

«Pero la tercera prueba me desconcertó por completo. Habiendo colocado a Larsan al final de la "galería desviada", no podía explicar cómo había aprovechado el momento en que me fui al ala izquierda del castillo para encontrar a Monsieur Stangerson y al padre Jacques, para regresar a la habitación de Mademoiselle Stangerson. Era algo muy peligroso de hacer. Se arriesgaba a ser capturado, y él lo sabía. Y estuvo a punto de ser capturado. No había tenido tiempo de recuperar su puesto, como sin duda había esperado hacer. Tenía entonces una razón muy poderosa para regresar a su habitación. En cuanto a mí, cuando envié al padre Jacques al final de la "galería derecha", naturalmente pensé que Larsan seguía en su puesto. El padre Jacques, al dirigirse a su puesto, no había mirado, al pasar, para ver si Larsan estaba allí o no».

«¿Cuál era, pues, la razón urgente que había obligado a Larsan a ir a la habitación por segunda vez? Supuse que se trataba de alguna prueba de su presencia allí. Había dejado algo muy importante en esa habitación. ¿Qué era? ¿Y lo había recuperado? Rogué a Madame Bernier, que estaba acostumbrada a limpiar la habitación, que mirara, y encontró un par de gafas; ¡este par, señor Presidente!».

Y Rouletabille sacó del bolsillo las gafas que conocemos.

«Cuando vi estas gafas», continuó, «me quedé completamente desconcertado. Nunca había visto a Larsan usar gafas. ¿Qué significaban? De repente, me exclamé para mis adentros: "¿Me pregunto si será hipermétrope?". Nunca había visto a Larsan escribir. Podría, pues, ser hipermétrope. Sin duda lo sabrían en la Sûreté, y también sabrían si las gafas eran suyas. Tal prueba sería condenatoria. Eso explicaba el regreso de Larsan. Sé ahora que Larsan, o Ballmeyer, es hipermétrope y que estas gafas le pertenecían».

«Cometí un error. No me conformé con las pruebas que había obtenido. Quería ver el rostro del hombre. Si me hubiera abstenido de esto, el segundo ataque terrible no habría ocurrido».

«Pero», preguntó el Presidente, «¿por qué iba Larsan a ir a la habitación de Mademoiselle Stangerson en absoluto? ¿Por qué habría de intentar asesinarla dos veces?».

«Porque la ama, señor Presidente».

«Esa es ciertamente una razón, pero...».

«Es la única razón. Estaba locamente enamorado y, por eso, y por otras cosas, era capaz de cometer cualquier crimen».

«¿Lo sabía Mademoiselle Stangerson?».

«Sí, monsieur; pero ignoraba que el hombre que la perseguía era Frédéric Larsan; de lo contrario, por supuesto, no se le habría permitido estar en el castillo. Noté, cuando él estaba en su habitación después del incidente en la galería, que se mantenía en la sombra y que mantenía la cabeza gacha. Buscaba las gafas perdidas. Mademoiselle Stangerson conocía a Larsan bajo otro nombre».

«Monsieur Darzac», preguntó el Presidente, «¿le confió Mademoiselle Stangerson de alguna manera este asunto? ¿Cómo es que nunca ha hablado de ello con nadie? Si usted es inocente, ella habría querido ahorrarle el dolor de ser acusado».

«Mademoiselle Stangerson no me dijo nada», respondió Monsieur Darzac.

«¿Le parece probable lo que dice este joven?», preguntó el Presidente.

«Mademoiselle Stangerson no me ha dicho nada», respondió impasible.

«¿Cómo explica usted que, la noche del asesinato del guarda», preguntó el Presidente, dirigiéndose a Rouletabille, «el asesino devolviera los papeles robados a Monsieur Stangerson? ¿Cómo explica usted cómo entró el asesino en la habitación cerrada de Mademoiselle Stangerson?».

«La última pregunta es fácil de responder. Un hombre como Larsan, o Ballmeyer, podría haber hecho duplicados de las llaves. En cuanto a los documentos, creo que Larsan no había tenido la intención de robarlos, al principio. Vigilando de cerca a la señorita con el propósito de impedir su matrimonio con Monsieur Robert Darzac, un día la siguió a ella y al señor a los Grands Magasins de la Louvre. Allí se apoderó del retículo que ella perdió, o dejó olvidado. En ese retículo había una llave con cabeza de latón. No sabía que la llave tuviera valor alguno hasta que el anuncio en los periódicos lo reveló. Entonces escribió a la señorita, como solicitaba el anuncio. Sin duda pidió una reunión, haciéndole saber que él era también la persona que la había perseguido durante algún tiempo con su amor. No recibió respuesta. Fue a la oficina de correos y comprobó que su carta ya no estaba allí. Ya había tomado buena nota de Monsieur Darzac y, habiendo decidido llegar a cualquier extremo para conseguir a Mademoiselle Stangerson, había planeado que, ocurriera lo que ocurriera, Monsieur Darzac, su odiado rival, fuera el hombre sospechoso».

«No creo que Larsan hubiera pensado todavía en asesinar a Mademoiselle Stangerson; pero hiciera lo que hiciera, se aseguró de que Monsieur Darzac sufriera por ello. Tenía casi la misma altura que Monsieur Darzac y casi el mismo tamaño de pies. No sería difícil tomar una impresión de las huellas de Monsieur Darzac y hacer que le fabricaran unas botas similares. Tales trucos eran un juego de niños para Larsan, o Ballmeyer».

«Al no recibir respuesta a su carta, decidió, dado que Mademoiselle Stangerson no iría a él, que él iría a ella. Su plan había sido formado hacía mucho tiempo. Se había hecho dueño de los planos del castillo y del pabellón. De modo que, una tarde, mientras Monsieur y Mademoiselle Stangerson estaban fuera paseando, y mientras el padre Jacques estaba ausente, entró en este último por la ventana del vestíbulo. Estaba solo y, al no tener prisa, comenzó a examinar los muebles. Una de las piezas, que se parecía a una caja fuerte, tenía una cerradura muy pequeña. ¡Eso le interesó! Llevaba consigo la pequeña llave de cabeza de latón y, asociando una cosa con la otra, probó la llave en la cerradura. La puerta se abrió. No vio más que papeles. Debían ser muy valiosos para haber sido guardados en una caja fuerte y para que la llave fuera de tanta importancia. Quizás le vino a la mente la idea del chantaje como una posibilidad útil para ayudarle en sus designios sobre Mademoiselle Stangerson. Hizo rápidamente un paquete con los papeles y lo llevó al lavabo del vestíbulo. Entre el momento de su primer examen del pabellón y la noche del asesinato del guarda, Larsan había tenido tiempo de averiguar qué contenían esos papeles. No podía hacer nada con ellos y eran bastante comprometedores. Aquella noche los llevó de vuelta al castillo. Quizás esperaba que, al devolver los papeles, pudiera obtener algo de gratitud de Mademoiselle Stangerson. Pero cualesquiera que hayan sido sus razones, llevó los papeles de vuelta y así se libró de un estorbo».

Rouletabille tosió. Era evidente para mí que estaba avergonzado. Había llegado a un punto en el que tenía que ocultar lo que sabía sobre el verdadero motivo de Larsan. La explicación que había dado había sido evidentemente insatisfactoria. Rouletabille fue lo suficientemente rápido como para notar la mala impresión que había causado, pues, volviéndose hacia el Presidente, dijo: «¡Y ahora llegamos a la explicación del Misterio de la Habitación Amarilla!».

* * * * *

Un movimiento de sillas en el tribunal, con un susurro de vestidos y un enérgico susurro de «¡Silencio!», mostró la curiosidad que se había despertado.

«Me parece», dijo el Presidente, «que el Misterio de la Habitación Amarilla, Monsieur Rouletabille, queda totalmente explicado con su hipótesis. Frédéric Larsan es la explicación. Solo tenemos que sustituirlo por Monsieur Robert Darzac. Evidentemente, la puerta de la Habitación Amarilla estaba abierta en el momento en que Monsieur Stangerson estaba solo, y permitió que el hombre que salía de la habitación de su hija pasara sin detenerlo; quizás ante sus súplicas para evitar cualquier escándalo».

«No, señor Presidente», protestó el joven. «Olvida usted que, aturdida por el ataque sufrido, Mademoiselle Stangerson no estaba en condiciones de haber hecho tal súplica. Tampoco podría haberse encerrado con llave y cerrojo en su habitación. Debe recordar también que Monsieur Stangerson ha jurado que la puerta no estaba abierta».

«Esa, sin embargo, es la única forma en que puede explicarse. La Habitación Amarilla estaba tan herméticamente cerrada como una caja fuerte. Para usar su propia expresión, era imposible para el asesino escapar ni natural ni sobrenaturalmente. Cuando se forzó la entrada a la habitación, ¡él no estaba allí! Debe, por tanto, haber escapado».

«Eso no se sigue necesariamente».

«¿Qué quiere decir?».

«¡No hubo necesidad de que escapara, si no estaba allí!».

«¡No estaba allí!».

«Evidentemente, no. No podía haber estado allí, si no fue encontrado allí».

«Pero, ¿qué hay de las pruebas de su presencia?», preguntó el Presidente.

«Eso, señor Presidente, es donde hemos tomado el camino equivocado. Desde el momento en que Mademoiselle Stangerson se encerró en su habitación hasta el momento en que su puerta fue derribada, fue imposible para el asesino escapar. No fue encontrado porque no estuvo allí durante ese tiempo».

«¿Pero las pruebas?».

«Nos han llevado por mal camino. Al razonar sobre este misterio, no debemos tomar las pruebas para que signifiquen lo que aparentemente significan. ¿Por qué concluimos que el asesino estuvo allí? ¿Porque dejó sus huellas en la habitación? ¡Bien! Pero, ¿no pudo haber estado allí antes de que la habitación fuera cerrada? ¡Ciertamente, debe haber estado allí antes! Examinemos el asunto de estas huellas y veamos si no apuntan a mi conclusión».

«Después de la publicación del artículo en el "Matin" y de mi conversación con el juez de instrucción en el viaje de París a Épinay-sur-Orge, tuve la certeza de que la Habitación Amarilla había quedado herméticamente sellada, por así decirlo, y que, por consiguiente, el asesino había escapado antes de que Mademoiselle Stangerson entrara en su habitación a medianoche».

«En aquel momento estaba muy desconcertado. Mademoiselle Stangerson no podía haber sido su propia asesina, ya que las pruebas apuntaban a alguna otra persona. El asesino, pues, había venido antes. Si eso era así, ¿cómo explicar que la señorita hubiera sido atacada después? O, mejor dicho, ¿que pareciera haber sido atacada después? Era necesario para mí reconstruir el suceso y hacer de él dos fases, cada una separada de la otra, en el tiempo, por el espacio de varias horas. Una fase en la que Mademoiselle Stangerson había sido atacada realmente, y la otra fase en la que quienes oyeron sus gritos pensaron que estaba siendo atacada. Yo no había examinado entonces la Habitación Amarilla. ¿Cuáles eran las marcas en Mademoiselle Stangerson? Había marcas de estrangulamiento y la herida de un fuerte golpe en la sien. Las marcas de estrangulamiento no me interesaban mucho; podrían haber sido hechas antes, y Mademoiselle Stangerson podría haberlas ocultado con un cuello, o cualquier artículo de vestir similar. Tuve que suponer esto en el momento en que me vi obligado a reconstruir el suceso en dos fases. Mademoiselle Stangerson tenía, sin duda, sus propias razones para hacerlo así, puesto que no le había dicho nada a su padre y había dado a entender al juez de instrucción que el ataque había tenido lugar por la noche, durante la segunda fase. Se vio obligada a decir eso, de lo contrario su padre le habría preguntado por qué no había dicho nada al respecto».

«Pero no podía explicar el golpe en la sien. Lo entendí aún menos cuando supe que el hueso de cordero se había encontrado en su habitación. Ella no podía ocultar el hecho de que había sido golpeada en la cabeza, y sin embargo, esa herida parecía haber sido infligida evidentemente durante la primera fase, ¡ya que requería la presencia del asesino! Pensé que Mademoiselle Stangerson había ocultado la herida arreglándose el cabello en bandas sobre la frente».

«En cuanto a la marca de la mano en la pared, había sido hecha evidentemente durante la primera fase, cuando el asesino estaba realmente allí. Todas las huellas de su presencia habían sido dejadas naturalmente durante la primera fase; el hueso de cordero, las huellas negras, la gorra vasca, el pañuelo, la sangre en la pared, en la puerta y en el suelo. Si esas huellas seguían todas allí, demostraban que Mademoiselle Stangerson, que deseaba que nada se supiera, aún no había tenido tiempo de limpiarlas. Esto me llevó a la conclusión de que las dos fases habían tenido lugar una poco después de la otra. Ella no había tenido la oportunidad, después de salir de su habitación y volver al laboratorio con su padre, de regresar a su habitación y ponerla en orden. Su padre estaba todo el tiempo con ella, trabajando. De modo que, después de la primera fase, no volvió a entrar en su habitación hasta medianoche. El padre Jacques estaba allí a las diez, como cada noche; pero entró simplemente para cerrar las persianas y encender la luz de noche. Debido a su estado de agitación mental, había olvidado que el padre Jacques iría a su habitación y le había rogado que no se molestara. Todo esto se expuso en el artículo del "Matin". El padre Jacques fue, sin embargo, y, en la tenue luz de la habitación, no vio nada».

«Mademoiselle Stangerson debe haber pasado algunos momentos angustiosos mientras el padre Jacques estaba fuera; pero creo que no era consciente de que se habían dejado tantas pruebas. Después de ser atacada, solo tuvo tiempo de ocultar las huellas de los dedos del hombre en su cuello y de apresurarse al laboratorio. De haber conocido la existencia del hueso, la gorra y el pañuelo, se habría deshecho de ellos después de regresar a su habitación a medianoche. No los vio, y se desvistió bajo el incierto resplandor de la luz de noche. Se fue a la cama, agotada por la ansiedad y el miedo, un miedo que la había hecho permanecer en el laboratorio hasta lo más tarde posible».

«Mi razonamiento me había llevado así a la segunda fase de la tragedia, cuando la señorita Stangerson estaba sola en la habitación. Tenía ahora que explicar los disparos de revólver realizados durante la segunda fase. Se habían oído gritos de: "¡Socorro! ¡Asesinato!". ¿Cómo explicar esto? En cuanto a los gritos, no tuve dificultad; puesto que ella estaba sola en su habitación, estos solo podían ser fruto de una pesadilla. Mi explicación sobre la lucha y el ruido que se oyeron es simplemente que, en su pesadilla, estaba obsesionada por la terrible experiencia que había vivido por la tarde. En su sueño, ve al asesino a punto de abalanzarse sobre ella y grita: "¡Socorro! ¡Asesinato!". Su mano busca desesperadamente el revólver que había colocado a su alcance en la mesita de noche, al lado de su cama, pero su mano, al golpear la mesa, la vuelca, y el revólver, al caer al suelo, se dispara, alojándose la bala en el techo. Supe desde el principio que la bala en el techo debía ser resultado de un accidente. Su misma posición sugería un accidente a mi mente, y así encajaba con mi teoría de la pesadilla. Ya no dudaba de que el ataque había tenido lugar antes de que la señorita se retirara a dormir. Tras despertar de su espantoso sueño y pedir auxilio a gritos, se había desmayado.

»Mi teoría, basada en el testimonio de los disparos que se oyeron a medianoche, requería dos disparos: uno que hirió al asesino en el momento de su ataque, y otro efectuado durante la pesadilla. El testimonio dado por los Bernier ante el juez de instrucción indicaba que solo se había oído un disparo. Monsieur Stangerson declaró haber oído primero un sonido sordo seguido de un sonido agudo y seco. El sonido sordo lo expliqué por la caída de la mesa con tablero de mármol; el sonido seco fue el disparo del revólver. Estaba ahora convencido de que tenía razón. El disparo que hirió la mano del asesino y la hizo sangrar, de modo que dejó la huella sangrienta en la pared, fue efectuado por la señorita en defensa propia, antes de la segunda fase, cuando realmente había sido atacada. El disparo en el techo que oyeron los Bernier fue el disparo accidental durante la pesadilla.

»Tenía ahora que explicar la herida en la sien. No era lo suficientemente grave como para haber sido causada por el hueso de cordero, y la señorita no había intentado ocultarla. Debió producirse durante la segunda fase. Fue para descubrir esto que fui a El Cuarto Amarillo, y obtuve mi respuesta allí».

Rouletabille sacó un trozo de papel blanco doblado de su bolsillo, y extrajo de él un objeto casi invisible que sostuvo entre su pulgar y su dedo índice.

«Esto, señor Presidente —dijo—, es un cabello: un cabello rubio manchado de sangre; es un cabello de la cabeza de la señorita Stangerson. Lo encontré pegado a una de las esquinas de la mesa volcada. La esquina de la mesa estaba ella misma manchada de sangre —una pequeña mancha, apenas visible—; pero me dijo que, al levantarse de su cama, la señorita Stangerson había caído pesadamente y se había golpeado la cabeza con la esquina de su tablero de mármol.

»Todavía me faltaba saber, además del nombre del asesino, lo cual hice más tarde, el momento del ataque original. Lo supe por el interrogatorio a la señorita Stangerson y a su padre, aunque las respuestas dadas por la primera estaban bien calculadas para engañar al juez de instrucción. La señorita Stangerson había declarado muy minuciosamente cómo había pasado todo su tiempo aquel día. Establecimos el hecho de que el asesino se había introducido en el pabellón entre las cinco y las seis. A las seis y cuarto, el profesor y su hija habían reanudado su trabajo. A las cinco, el profesor había estado con su hija, y dado que el ataque tuvo lugar en ausencia del profesor, tuve que averiguar exactamente cuándo la dejó. El profesor había declarado que, en el momento en que él y su hija estaban a punto de volver a entrar en el laboratorio, se encontró con el guardabosques y se entretuvo en una conversación sobre la tala de unos árboles y los cazadores furtivos. La señorita Stangerson no estaba con él entonces, ya que el profesor dijo: "Dejé al guardabosques y me reuní con mi hija, que estaba trabajando en el laboratorio".

»Fue durante ese corto intervalo de tiempo que tuvo lugar la tragedia. Eso es seguro. En mi mente vi a la señorita Stangerson volver a entrar en el pabellón, ir a su habitación para quitarse el sombrero y encontrarse frente a frente con el asesino. Él llevaba algún tiempo en el pabellón esperándola. Había planeado pasar toda la noche allí. Se había quitado las botas del padre Jacques; había retirado los papeles del gabinete; y luego se había deslizado debajo de la cama. Al encontrar el tiempo largo, se había levantado, había vuelto al laboratorio, luego al vestíbulo, miró al jardín y había visto venir hacia el pabellón a la señorita Stangerson, sola. Nunca se habría atrevido a atacarla a esa hora si no la hubiera encontrado sola. Su decisión estaba tomada. Estaría más tranquilo a solas con la señorita Stangerson en el pabellón de lo que habría estado en medio de la noche, con el padre Jacques durmiendo en el desván. Así que cerró la ventana del vestíbulo. Eso explica por qué ni Monsieur Stangerson ni el guardabosques, que estaban a cierta distancia del pabellón, habían oído el disparo del revólver.

»Luego volvió a El Cuarto Amarillo. La señorita Stangerson entró. Lo que pasó debió ocurrir muy rápidamente. La señorita intentó pedir ayuda, pero el hombre la había agarrado por la garganta. Su mano había buscado y aferrado el revólver que ella había estado guardando en el cajón de su mesita de noche desde que empezó a temer las amenazas de su perseguidor. El asesino estaba a punto de golpearla en la cabeza con el hueso de cordero —un arma terrible en manos de un Larsan o un Ballmeyer—, pero ella disparó a tiempo, y el disparo hirió la mano que sostenía el arma. El hueso cayó al suelo cubierto de la sangre del asesino, quien se tambaleó, se agarró a la pared para apoyarse —imprimiendo en ella las marcas rojas— y, temiendo otra bala, huyó.

»Ella lo vio pasar por el laboratorio y escuchó. Estuvo mucho tiempo en la ventana. Finalmente saltó desde ella. Ella corrió hacia la ventana y la cerró. Pasado el peligro, todos sus pensamientos fueron para su padre. ¿Había visto o oído algo? A toda costa debía ocultárselo. Así, cuando Monsieur Stangerson regresó, encontró la puerta de El Cuarto Amarillo cerrada y a su hija en el laboratorio, inclinada sobre su escritorio, ¡trabajando!».

Volviéndose hacia Monsieur Darzac, Rouletabille gritó:

«¡Usted sabe la verdad! Díganos, entonces, si no fue así como ocurrieron las cosas».

«No sé nada de eso», respondió Monsieur Darzac.

«Admiro su silencio —dijo Rouletabille—, pero si la señorita Stangerson supiera de su peligro, le liberaría de su juramento. Le rogaría que contara todo lo que le ha confiado. ¡Ella estaría aquí para defenderle!».

Monsieur Darzac no hizo ningún movimiento ni pronunció palabra. Miró a Rouletabille con tristeza.

«Sin embargo —dijo el joven reportero—, como la señorita no está aquí, debo hacerlo yo mismo. Pero, créame, Monsieur Darzac, el único medio para salvar a la señorita Stangerson y devolverle la razón es lograr su absolución».

«¿Cuál es este motivo secreto que obliga a la señorita Stangerson a ocultar lo que sabe a su padre?», preguntó el Presidente.

«Eso, señor, no lo sé», dijo Rouletabille. «No es asunto mío».

El Presidente, volviéndose hacia Monsieur Darzac, trató de inducirle a decir lo que sabía.

«¿Sigue usted negándose, Monsieur, a decirnos cómo empleó su tiempo durante los intentos contra la vida de la señorita Stangerson?».

«No puedo decirle nada, Monsieur».

El Presidente se volvió hacia Rouletabille como si apelara a una explicación.

«Debemos suponer, señor Presidente, que las abstenciones de Monsieur Robert Darzac están estrechamente relacionadas con el secreto de la señorita Stangerson, y que Monsieur Darzac se siente obligado por honor a permanecer en silencio. Puede ser que Larsan, quien desde sus tres intentos ha tenido todo preparado para dirigir las sospechas hacia Monsieur Darzac, hubiera fijado precisamente esas ocasiones para una reunión con Monsieur Darzac en un lugar de lo más comprometedor. Larsan es lo bastante astuto como para haber hecho eso».

El Presidente parecía parcialmente convencido, pero aún curioso, preguntó:

«¿Pero cuál es ese secreto de la señorita Stangerson?».

«Eso no puedo decírselo», dijo Rouletabille. «Sin embargo, ¡creo que ya sabe lo suficiente para absolver a Monsieur Robert Darzac! A menos que Larsan regrese, y no creo que lo haga», añadió con una risa.

«Una pregunta más», dijo el Presidente. «Admitiendo su explicación, sabemos que Larsan quería dirigir las sospechas hacia Monsieur Robert Darzac, ¿pero por qué arrojar sospechas también sobre el padre Jacques?».

«Ahí intervino el detective profesional, señor, que demuestra ser un desenredador de misterios aniquilando las mismas pruebas que había acumulado. Es un hombre muy astuto, y una artimaña similar le había permitido a menudo desviar las sospechas sobre sí mismo. Probó la inocencia de uno antes de acusar al otro. Puede creer fácilmente, señor, que un plan tan complicado como este debe haber sido pensado larga y cuidadosamente de antemano por Larsan. Puedo decirle que llevaba mucho tiempo ocupado en su elaboración. Si le interesa saber cómo obtuvo información, descubrirá que, en una ocasión, se disfrazó de mensajero entre el "Laboratorio de la Sûreté" y Monsieur Stangerson, de quien se exigían "experimentos". De esta manera había podido, antes del crimen, en dos ocasiones, inspeccionar el pabellón. Se había "maquillado" de tal manera que el padre Jacques no lo había reconocido. Y, sin embargo, Larsan había encontrado la oportunidad de robar al anciano un par de botas viejas y una gorra vasca usada, que el sirviente había atado en un pañuelo con la intención de llevarlas a un amigo, un carbonero en el camino a Epinay. Cuando se descubrió el crimen, el padre Jacques reconoció inmediatamente estos objetos como suyos. Eran extremadamente comprometedores, lo que explica su angustia en el momento en que le hablamos de ellos. Larsan me lo confesó todo. Es un artista en el juego. Hizo algo similar en el asunto del "Crédit Universel" y en el de los "Lingotes de Oro de la Casa de la Moneda". Ambos casos deberían ser revisados. Desde que Ballmeyer o Larsan está en la Sûreté, un buen número de personas inocentes han sido enviadas a prisión».

Capítulo XXVIII

En el que se demuestra que uno no siempre piensa en todo

Gran excitación prevaleció cuando Rouletabille terminó. La sala del tribunal se agitó con los murmullos de aplausos reprimidos. Maître Henri Robert pidió un aplazamiento del juicio y fue apoyado en su moción por el propio fiscal. El caso fue aplazado. Al día siguiente, Monsieur Robert Darzac fue puesto en libertad bajo fianza, mientras que el padre Jacques recibió el beneficio inmediato de un sobreseimiento. Se buscó por todas partes a Frédéric Larsan, pero en vano. Monsieur Darzac finalmente escapó de la terrible calamidad que, en un momento dado, le había amenazado. Tras una visita a la señorita Stangerson, se le dio la esperanza de que ella pudiera, con cuidados esmerados, recuperar algún día la razón.

Rouletabille, naturalmente, se convirtió en el "hombre del momento". Al salir del Palacio de Justicia, la multitud lo llevó en triunfo. La prensa de todo el mundo publicó sus hazañas y su fotografía. Él, que había entrevistado a tantos personajes ilustres, se había vuelto ilustre y fue entrevistado a su vez. Me alegra decir que el éxito enorme no se le subió a la cabeza de ninguna manera.

Salimos juntos de Versalles, después de haber cenado en "El perro que fuma". En el tren le hice varias preguntas que, durante nuestra comida, habían estado en la punta de mi lengua, pero que me había abstenido de pronunciar, sabiendo que no le gustaba hablar de "trabajo" mientras comía.

«Amigo mío —le dije—, ese caso Larsan es maravilloso. Es digno de ti».

Me rogó que no dijera más, y fingió con humor una ansiedad por mí si cedía a los elogios tontos hacia él debido a una admiración personal por su capacidad.

«Iré al grano, entonces —dije, no poco molesto—. Todavía estoy en la oscuridad sobre tu razón para ir a Estados Unidos. Cuando dejaste el Glandier habías descubierto, si entiendo bien, todo sobre Frédéric Larsan; ¿habías descubierto la forma exacta en que intentó el asesinato?».

«Exactamente. Y tú —dijo, cambiando la conversación—, ¿no sospechabas nada?».

«¡Nada!».

«¡Es increíble!».

«No veo cómo podría haber sospechado nada. Te tomaste muchas molestias para ocultarme tus pensamientos. ¿Ya sospechabas de Larsan cuando me enviaste a buscar los revólveres?».

«¡Sí! Había llegado a esa conclusión a través del incidente de la "galería inexplicable". Sin embargo, el regreso de Larsan a la habitación de la señorita Stangerson no había sido aclarado entonces por las gafas. Mis sospechas eran resultado solo de mi razonamiento; y la idea de que Larsan fuera el asesino parecía tan extraordinaria que decidí esperar a tener pruebas reales antes de aventurarme a actuar. No obstante, la sospecha me preocupaba, y a veces hablaba al detective de una manera que debería haberte abierto los ojos. Hablé despectivamente de sus métodos. Pero hasta que encontré las gafas, no pude ver mi sospecha sobre él sino bajo la luz de una hipótesis absurda. Puedes imaginar mi euforia después de haber explicado los movimientos de Larsan. Recuerdo bien haber irrumpido en mi habitación como un loco y haberte gritado: "Voy a ganarle al gran Fred. ¡Voy a ganarle de una manera que causará sensación!".

»Entonces estaba pensando en Larsan, el asesino. Fue esa misma noche cuando Darzac me rogó que vigilara a la señorita Stangerson. No hice esfuerzos hasta después de haber cenado con Larsan, hasta las diez. Estaba allí mismo ante mí, y podía permitirme esperar. Deberías haber sospechado, porque cuando hablábamos de la llegada del asesino, te dije: "Estoy seguro de que Larsan estará aquí esta noche".

»Pero un punto importante se nos escapó a ambos. Fue uno que debería habernos abierto los ojos sobre Larsan. ¿Recuerdas el bastón de bambú? Me sorprendió que Larsan no hubiera hecho uso de esa prueba contra Robert Darzac. ¿No había sido comprado por un hombre cuya descripción coincidía exactamente con la de Darzac? Bueno, justo antes de despedirlo en el tren, después del receso durante el juicio, le pregunté por qué no había usado la prueba del bastón. Me dijo que nunca había tenido intención de hacerlo; que nuestro hallazgo del mismo en la pequeña posada de Epinay le había avergonzado mucho. Si recuerdas, nos dijo entonces que el bastón se lo habían dado en Londres. ¿Por qué no nos dijimos inmediatamente: "Fred miente. No pudo haber tenido este bastón en Londres. No estaba en Londres. Lo compró en París"? Luego descubriste, al preguntar en Cassette’s, que el bastón había sido comprado por una persona vestida muy parecido a Robert Darzac, aunque, como supimos más tarde por el propio Darzac, no fue él quien hizo la compra. Suma esto al hecho que ya sabíamos, por la carta en la lista de correos, de que realmente había un hombre en París que se hacía pasar por Robert Darzac, ¿por qué no fijamos nuestra atención inmediatamente en Fred mismo?

»Por supuesto, su posición en la Sûreté estaba en nuestra contra; pero cuando vimos la evidente avidez por su parte de encontrar pruebas incriminatorias contra Darzac, es más, incluso la pasión que mostró en su persecución del hombre, la mentira sobre el bastón debería haber tenido un nuevo significado para nosotros. Si preguntas por qué Larsan compró el bastón, si no tenía intención de fabricar pruebas contra Darzac por medio de él, la respuesta es bastante simple. Había sido herido en la mano por la señorita Stangerson, por lo que el bastón le era útil para poder cerrar la mano al llevarlo. ¿Recuerdas que noté que siempre lo llevaba?

»Todos estos detalles volvieron a mi mente una vez que me fijé en Larsan como el criminal. Pero ya era demasiado tarde para que me sirvieran de algo. La noche en que fingió estar drogado, le miré la mano y vi una fina venda de seda cubriendo los signos de una pequeña herida en curación. Si hubiéramos tomado una iniciativa más rápida en el momento en que Larsan nos dijo esa mentira sobre el bastón, estoy seguro de que se habría ido para evitar sospechas. De todos modos, molestamos a Larsan o Ballmeyer sin saberlo».

«Pero —interrumpí—, si Larsan no tenía intención de usar el bastón como prueba contra Darzac, ¿por qué se disfrazó para parecerse al hombre cuando entró a comprarlo?».

«No se había "disfrazado" especialmente de Darzac para comprar el bastón; había ido directamente a Cassette’s inmediatamente después de atacar a la señorita Stangerson. Su herida le estaba molestando y, mientras pasaba por la Avenue de l’Opera, la idea del bastón le vino a la mente y actuó en consecuencia. Eran entonces las ocho. Y yo, que había dado con la hora exacta en que ocurrió la tragedia, casi convencido de que Darzac no era el criminal, y sabiendo lo del bastón, todavía nunca sospeché de Larsan. Hay momentos...».

«Hay momentos —dije—, en que los mayores intelectos...». Rouletabille me cerró la boca. Seguí bromeando con él, pero, al ver que no respondía, me di cuenta de que ya no prestaba atención a lo que decía. Descubrí que estaba profundamente dormido.

Capítulo XXIX

El misterio de la señorita Stangerson

Durante los días que siguieron tuve varias oportunidades de preguntarle sobre la razón de su viaje a Estados Unidos, pero no obtuve respuestas más precisas que las que me había dado la tarde del aplazamiento del juicio, cuando estábamos en el tren hacia París. Un día, sin embargo, al seguir presionándole, dijo:

«¿No puedes entender que tenía que conocer la verdadera personalidad de Larsan?».

«Sin duda —dije—, ¿pero por qué fuiste a Estados Unidos para descubrirlo?».

Se quedó fumando su pipa y no dio más respuesta. Empecé a ver que estaba tocando el secreto que concernía a la señorita Stangerson. Rouletabille evidentemente había encontrado necesario ir a Estados Unidos para averiguar cuál era el vínculo misterioso que la unía a Larsan mediante un lazo tan extraño y terrible. En Estados Unidos había aprendido quién era Larsan y había obtenido información que cerraba su boca. Había estado en Filadelfia.

Y ahora, ¿cuál era este misterio que mantenía a la señorita Stangerson y a Monsieur Robert Darzac en un silencio tan inexplicable? Después de tantos años y de la publicidad dada al caso por una prensa curiosa y sin escrúpulos; ahora que Monsieur Stangerson lo sabe todo y lo ha perdonado todo; todo puede ser contado. En cada fase de esta notable historia, la señorita Stangerson siempre había sido la víctima.

El comienzo data de la época en que, siendo una joven muchacha, vivía con su padre en Filadelfia. Un visitante de la casa, un francés, había logrado, gracias a su ingenio, gracia y persistente atención, ganarse sus afectos. Se decía que era rico y la había pedido en matrimonio a su padre. Monsieur Stangerson, al hacer averiguaciones sobre Monsieur Jean Roussel, descubrió que el hombre era un estafador y un aventurero. Jean Roussel no era más que otro de los muchos nombres bajo los cuales el notorio Ballmeyer, un fugitivo de Francia, intentaba ocultarse. Monsieur Stangerson no conocía su identidad como Ballmeyer; simplemente supo que aquel hombre no era deseable para su hija. No solo se negó a dar su consentimiento para el matrimonio, sino que le prohibió la entrada a la casa. Mathilde Stangerson, sin embargo, se había enamorado. Para ella, Jean Roussel era todo lo que su amor le pintaba. Estaba indignada por la actitud de su padre y no ocultó sus sentimientos. Su padre la envió a quedarse con una tía en Cincinnati. Allí se reunió con ella Jean Roussel y, a pesar de la reverencia que sentía por su padre, se escapó con él para casarse.

Se fueron a Louisville y vivieron allí durante algún tiempo. Una mañana, sin embargo, llamaron a la puerta de la casa en la que se encontraban y la policía entró para arrestar a Jean Roussel. Fue entonces cuando Mathilde Stangerson, o Roussel, supo que su marido no era otro que el notorio Ballmeyer.

La joven, en su desesperación, intentó suicidarse. Fracasó en el intento y se vio obligada a regresar con su tía a Cincinnati. La anciana se alegró inmensamente de verla de nuevo. La había estado buscando con ansiedad y no se había atrevido a contarle a Monsieur Stangerson sobre su desaparición. Mathilde le hizo jurar que guardaría el secreto, para que su padre no supiera que se había ido. Un mes después, Mademoiselle Stangerson regresó junto a su padre, arrepentida, con el corazón muerto en su interior, esperando solo una cosa: no volver a ver nunca más a su marido, el horrible Ballmeyer. Unas semanas más tarde se difundió el rumor de que había muerto, y ella decidió entonces expiar su desobediencia con una vida de trabajo y devoción hacia su padre. Y cumplió su palabra.

Todo esto se lo había confesado a Robert Darzac y, creyendo a Ballmeyer muerto, se había entregado a la alegría de una unión con él. Pero el destino había resucitado a Jean Roussel, el Ballmeyer de su juventud. Él había tomado medidas para hacerle saber que nunca permitiría que se casara con Darzac, que aún la amaba.

Mademoiselle Stangerson no dudó ni un momento en confiar en Monsieur Darzac. Le mostró la carta en la que Jean Roussel le pedía que recordara las primeras horas de su unión en su hermosa y encantadora casa de Louisville. "El presbiterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín su esplendor", había escrito. El sinvergüenza fingía ser rico y reclamaba el derecho de llevarla de vuelta a Louisville. Ella le había dicho a Darzac que si su padre llegaba a conocer su deshonra, se mataría. Monsieur Darzac había jurado silenciar a su perseguidor, aunque tuviera que matarlo. Fue superado en astucia y habría sucumbido de no haber sido por el genio de Rouletabille.

Mademoiselle Stangerson estaba indefensa en manos de semejante villano. Había intentado matarlo cuando él la había amenazado primero y luego atacado en El Cuarto Amarillo. Por desgracia, fracasó y se sintió condenada a estar para siempre a merced de este miserable sin escrúpulos que continuamente exigía su presencia en entrevistas clandestinas. Cuando él le envió la carta a través de la oficina de correos, pidiéndole que se reuniera con él, ella se había negado. El resultado de su negativa fue la tragedia de El Cuarto Amarillo. La segunda vez que escribió pidiendo un encuentro, llegando la carta a su cámara de enferma, ella lo había evitado durmiendo con sus doncellas. En esa carta, el sinvergüenza le había advertido que, como estaba demasiado enferma para ir a verlo, él iría a ella, y que estaría en su habitación a una hora determinada en una noche determinada. Sabiendo que tenía todo que temer de Ballmeyer, ella había abandonado su habitación esa noche. Fue entonces cuando ocurrió el incidente de la "galería inexplicable".

La tercera vez, ella se había determinado a acudir a la cita. Él la pidió en la carta que había escrito en su propia habitación, la noche del incidente en la galería, la cual dejó sobre su escritorio. En esa carta, él amenazaba con quemar los documentos de su padre si no se reunía con él. Fue para rescatar estos documentos que ella tomó la decisión de verlo. No dudó ni un instante de que el miserable cumpliría su amenaza si persistía en evitarlo, y en ese caso, los trabajos de toda una vida de su padre se perderían para siempre. Como el encuentro era, por tanto, inevitable, decidió ver a su marido y apelar a sus mejores sentimientos. Fue para esta entrevista que se había preparado la noche en que mataron al guarda. Se reunieron, y lo que pasó entre ellos puede imaginarse. Él insistió en que ella renunciara a Darzac. Ella, por su parte, afirmó su amor por él. Él la apuñaló en su ira, decidido a incriminar a Darzac por el crimen. Como Larsan podía hacerlo, y había manejado las cosas de tal manera que Darzac nunca podría explicar cómo había empleado el tiempo de su ausencia del castillo. Las precauciones de Ballmeyer fueron tomadas con gran astucia.

Larsan había amenazado a Darzac tal como había amenazado a Mathilde, con la misma arma y las mismas amenazas. Escribió a Darzac cartas urgentes, declarándose dispuesto a entregar las cartas que habían pasado entre él y su esposa, y a dejarlos para siempre, si él pagaba su precio. Le pidió a Darzac que se reuniera con él con el fin de arreglar el asunto, fijando el momento en que Larsan estaría con Mademoiselle Stangerson. Cuando Darzac fue a Epinay, esperando encontrar allí a Ballmeyer o a Larsan, se encontró con un cómplice de Larsan y se le hizo esperar hasta el momento en que se pudiera establecer la "coincidencia".

Todo fue hecho con astucia maquiavélica; pero Ballmeyer había contado sin Joseph Rouletabille.

* * * * *

Ahora que el Misterio de El Cuarto Amarillo ha sido esclarecido, este no es el momento de contar las aventuras de Rouletabille en América. Conociendo al joven reportero como lo hacemos, podemos entender con qué agudeza había rastreado, paso a paso, la historia de Mathilde Stangerson y Jean Roussel. En Filadelfia se había informado rápidamente sobre Arthur William Rance. Allí supo del acto de devoción de Rance y la recompensa a la que se creía con derecho por ello. Un rumor sobre su matrimonio con Mademoiselle Stangerson había llegado alguna vez a los salones de Filadelfia. También se enteró de las constantes atenciones de Rance hacia ella y sus importunidades por su mano. Había empezado a beber, decía, para ahogar su pena por su amor no correspondido. Ahora se puede entender por qué Rouletabille había mostrado una frialdad tan marcada en su comportamiento hacia Rance cuando se encontraron en la sala de testigos, el día del juicio.

El extraño misterio Roussel-Stangerson había sido ahora puesto al descubierto. ¿Quién era este Jean Roussel? Rouletabille lo había rastreado desde Filadelfia hasta Cincinnati. En Cincinnati se familiarizó con la vieja tía y había encontrado la manera de abrir su boca. La historia del arresto de Ballmeyer arrojó la luz correcta sobre toda la historia. Visitó el "presbiterio" —una pequeña y bonita vivienda al viejo estilo colonial— que, en efecto, "no había perdido nada de su encanto". Luego, abandonando su persecución de las huellas de Mademoiselle Stangerson, tomó las de Ballmeyer. Las siguió de prisión en prisión, de crimen en crimen. Finalmente, cuando estaba a punto de partir hacia Europa, supo en Nueva York que Ballmeyer, cinco años antes, se había embarcado hacia Francia con unos valiosos documentos pertenecientes a un comerciante de Nueva Orleans a quien había asesinado.

Y, sin embargo, la totalidad de este misterio no ha sido revelada. Mademoiselle Stangerson tuvo un hijo de su marido: un varón. El niño nació en la casa de la vieja tía. Nadie lo supo, tan bien se las había arreglado la tía para ocultar el suceso.

¿Qué fue de aquel hijo? Esa es otra historia que, hasta el momento, no tengo permiso para relatar.

* * * * *

Unos dos meses después de estos eventos, me encontré con Rouletabille sentado en un banco del Palacio de Justicia, con aspecto muy deprimido.

—¿Qué te pasa, viejo amigo? —pregunté—. Te veo muy abatido. ¿Cómo van tus amigos?

—Aparte de ti —dijo—, no tengo amigos.

—Espero que Monsieur Darzac...

—Sin duda.

—Y Mademoiselle Stangerson, ¿cómo está ella?

—Mejor, mucho mejor.

—Entonces no deberías estar triste.

—Estoy triste —dijo— porque estoy pensando en el perfume de la dama de negro...

—¡El perfume de la dama de negro! Te he oído mencionarlo a menudo. Dime por qué te perturba.

—Quizás algún día, algún día —dijo Rouletabille.

Y lanzó un profundo suspiro.

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