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The Odyssey: Rendered into English prose for the use of those who cannot read the original

by Homer · in Spanish

Ads keep these books free to read.

La Odisea

de Homero

vertida a prosa inglesa para uso de quienes no pueden leer el original

Índice

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN LA ODISEA LIBRO I. LIBRO II. LIBRO III. LIBRO IV. LIBRO V. LIBRO VI. LIBRO VII. LIBRO VIII. LIBRO IX. LIBRO X. LIBRO XI. LIBRO XII. LIBRO XIII. LIBRO XIV. LIBRO XV. LIBRO XVI. LIBRO XVII. LIBRO XVIII. LIBRO XIX. LIBRO XX. LIBRO XXI. LIBRO XXII. LIBRO XXIII. LIBRO XXIV. NOTAS:

AL PROFESORE CAV. BIAGIO INGROIA, PREZIOSO ALLEATO L’AUTORE RICONOSCENTE.

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

Esta traducción está destinada a complementar una obra titulada "La autora de la Odisea", que publiqué en 1897. No podía ofrecer la "Odisea" completa en aquel libro sin volverlo ingobernable; por ello resumí mi traducción, que ya estaba terminada y que ahora publico íntegra.

No argumentaré aquí los dos puntos principales tratados en la obra recién mencionada; no tengo nada que añadir ni que retirar de cuanto allí escribí. Los puntos en cuestión son:

(1) que la "Odisea" fue escrita por entero en, y tomada por entero de, el lugar hoy llamado Trapani, en la costa occidental de Sicilia, tanto en lo que respecta a las escenas feacia e itacense; mientras que los viajes de Ulises, una vez al alcance fácil de Sicilia, se resuelven en un periplo de la isla, prácticamente desde Trapani de regreso a Trapani, pasando por las islas Lípari, el estrecho de Mesina y la isla de Pantellaria.

(2) Que el poema fue escrito por entero por una mujer muy joven, que vivía en el lugar hoy llamado Trapani, y se introdujo a sí misma en su obra bajo el nombre de Nausícaa.

Los argumentos principales en que fundo la primera de estas afirmaciones, que resultan algo sorprendentes, han estado prominente y repetidamente ante el público inglés e italiano desde que aparecieron (sin réplica) en el "Athenaeum" de los días 30 de enero y 20 de febrero de 1892. Ambas afirmaciones se sostuvieron (también sin réplica) en el "Eagle" del Johnian, durante los cuatrimestres de Cuaresma y octubre del mismo año. De ningún lugar me ha llegado nada a lo que debiera responder, y sabiendo cuán ansiosamente he procurado averiguar la existencia de cualquier fallo en mi argumentación, empiezo a cobrar cierta confianza en que, si tales fallos existieran, ya habría oído hablar de algunos de ellos a estas alturas. Sin pretender por un momento pensar que los estudiosos en general consientan en mis conclusiones, obraré como si pensara que es poco probable que me las rebatan de tal modo que me sea ineludible responder, y me limitaré a traducir la "Odisea" para los lectores ingleses, con cuantas notas juzgue útiles. Entre ellas quisiera llamar especialmente la atención sobre una relativa a xxii. 465-473, que Lord Grimthorpe me ha permitido amablemente hacer pública.

He repetido varias de las ilustraciones empleadas en "La autora de la Odisea", y he añadido dos que espero puedan traer con mayor viveza ante el lector el patio exterior de la casa de Ulises. Quisiera explicar que la presencia de un hombre y un perro en una de las ilustraciones es accidental, y no la advertí hasta que revelé el negativo. En un apéndice he reimpreso también los párrafos explicativos del plano de la casa de Ulises, junto con el propio plano. Se recomienda al lector que estudie este plano con alguna atención.

En el prólogo a mi traducción de la "Ilíada" he expuesto mis ideas sobre los principios fundamentales que deben guiar a un traductor, y no necesito repetirlos aquí, aparte de señalar que la libertad inicial de traducir poesía en prosa supone el continuo ejercicio de una libertad mayor o menor a lo largo de toda la traducción; pues mucho de lo que es correcto en poesía resulta incorrecto en prosa, y las exigencias de una prosa legible son lo primero que ha de considerarse en una traducción en prosa. Para que, no obstante, el lector vea hasta qué punto me he apartado de una construcción estricta, imprimiré aquí la traducción de los aproximadamente sesenta primeros versos de la "Odisea" hecha por los señores Butcher y Lang. Su traducción dice así:

Tell me, Muse, of that man, so ready at need, who wandered far and wide, after he had sacked the sacred citadel of Troy, and many were the men whose towns he saw and whose mind he learnt, yea, and many the woes he suffered in his heart on the deep, striving to win his own life and the return of his company. Nay, but even so he saved not his company, though he desired it sore. For through the blindness of their own hearts they perished, fools, who devoured the oxen of Helios Hyperion: but the god took from them their day of returning. Of these things, goddess, daughter of Zeus, whencesoever thou hast heard thereof, declare thou even unto us.

Now all the rest, as many as fled from sheer destruction, were at home, and had escaped both war and sea, but Odysseus only, craving for his wife and for his homeward path, the lady nymph Calypso held, that fair goddess, in her hollow caves, longing to have him for her lord. But when now the year had come in the courses of the seasons, wherein the gods had ordained that he should return home to Ithaca, not even there was he quit of labours, not even among his own; but all the gods had pity on him save Poseidon, who raged continually against godlike Odysseus, till he came to his own country. Howbeit Poseidon had now departed for the distant Ethiopians, the Ethiopians that are sundered in twain, the uttermost of men, abiding some where Hyperion sinks and some where he rises. There he looked to receive his hecatomb of bulls and rams, there he made merry sitting at the feast, but the other gods were gathered in the halls of Olympian Zeus. Then among them the father of men and gods began to speak, for he bethought him in his heart of noble Aegisthus, whom the son of Agamemnon, far-famed Orestes, slew. Thinking upon him he spake out among the Immortals: 'Lo you now, how vainly mortal men do blame the gods! For of us they say comes evil, whereas they even of themselves, through the blindness of their own hearts, have sorrows beyond that which is ordained. Even as of late Aegisthus, beyond that which was ordained, took to him the wedded wife of the son of Atreus, and killed her lord on his return, and that with sheer doom before his eyes, since we had warned him by the embassy of Hermes the keen-sighted, the slayer of Argos, that he should neither kill the man, nor woo his wife. For the son of Atreus shall be avenged at the hand of Orestes, so soon as he shall come to man's estate and long for his own country. So spake Hermes, yet he prevailed not on the heart of Aegisthus, for all his good will; but now hath he paid one price for all.'

And the goddess, grey-eyed Athene, answered him, saying: 'O father, our father Cronides, throned in the highest; that man assuredly lies in a death that is his due; so perish likewise all who work such deeds! But my heart is rent for wise Odysseus, the hapless one, who far from his friends this long while suffereth affliction in a sea-girt isle, where is the navel of the sea, a woodland isle, and therein a goddess hath her habitation, the daughter of the wizard Atlas, who knows the depths of every sea, and himself upholds the tall pillars which keep earth and sky asunder. His daughter it is that holds the hapless man in sorrow: and ever with soft and guileful tales she is wooing him to forgetfulness of Ithaca. But Odysseus yearning to see if it were but the smoke leap upwards from his own land, hath a desire to die. As for thee, thine heart regardeth it not at all, Olympian! What! Did not Odysseus by the ships of the Argives make thee free offering of sacrifice in the wide Trojan land? Wherefore wast thou then so wroth with him, O Zeus?'

La "Odisea" (como todos saben) abunda en pasajes tomados de la "Ilíada"; hubiera querido imprimirlos en un tipo ligeramente distinto, con referencias marginales a la "Ilíada", y los había marcado con tal fin en mi manuscrito. Hallé, sin embargo, que con ello la traducción resultaría irremediablemente escolastizada, y abandoné mi propósito. Quisiera, no obstante, encarecer a quienes regentan nuestras prensas universitarias que prestarían un gran servicio a los estudiantes si publicaran un texto griego de la "Odisea" con los pasajes ilíadicos impresos en tipo diferente y con referencias marginales. He donado al Museo Británico un ejemplar de la "Odisea" con los pasajes ilíadicos subrayados y referidos en manuscrito; he donado también una "Ilíada" con todos los pasajes odiseicos marcados y sus referencias; pero ejemplares tanto de la "Ilíada" como de la "Odisea" así marcados deberían estar al fácil alcance de todos los estudiantes.

Quienquiera que en los tiempos actuales discuta las cuestiones que han surgido en torno a la "Ilíada" desde la época de Wolf, sin mantener bien presente ante el lector que la "Odisea" fue demostradamente escrita desde una sola comarca, y de ahí (aun cuando nada más apunte a esa conclusión) presumiblemente por una sola persona —que fue escrita sin duda antes del 750, y con toda probabilidad antes del 1000 a.C.— que quien escribió este antiquísimo poema estaba demostradamente familiarizado con la "Ilíada" tal como hoy la poseemos, tomando con la misma libertad de aquellos libros cuya autenticidad ha sido más impugnada que de los que se admiten como de Homero —quienquiera que omita mantener estos puntos ante sus lectores, difícilmente procede con equidad hacia ellos. Quienquiera, por otra parte, que marque su "Ilíada" y su "Odisea" a partir de los ejemplares del Museo Británico arriba mencionados, y extraiga la única inferencia que el sentido común puede extraer de la presencia de tantos pasajes idénticos en ambos poemas, hallará, creo yo, sin dificultad el valor que corresponde a un gran número de libros aquí y en el continente que al gozan de considerable reputación. Es más, y esto quizá sea una ventaja aún más digna de alcanzarse, hallará que muchos enigmas de la "Odisea" dejan de serlo al descubrir que nacen de una sobresaturación con la "Ilíada".

Otras dificultades desaparecerán también en cuanto se comprenda el desarrollo del poema en la mente de su autora. He tratado esto con alguna extensión en las pp. 251-261 de "La autora de la Odisea". Brevemente, la "Odisea" consta de dos poemas distintos: (1) El Regreso de Ulises, único tema cuya invocación se hace a la Musa en los versos iniciales del poema. Este poema incluye el episodio feacio y el relato de las aventuras de Ulises según él mismo las cuenta en los Libros ix-xii. Consta de los versos 1-79 (aproximadamente) del Libro I, del verso 28 del Libro V, y de ahí sin interrupción hasta la mitad del verso 187 del Libro XIII, momento en que el plan original fue abandonado.

(2) La historia de Penélope y los pretendientes, con el episodio del viaje de Telémaco a Pilos. Este poema comienza en el verso 80 (aproximadamente) del Libro I, continúa hasta el final del Libro IV, y no se reanuda hasta que Ulises despierta en mitad del verso 187 del Libro XIII, desde donde prosigue hasta el final del Libro XXIV.

En "La autora de la Odisea" escribí:

la introducción de los versos xi. 115-137 y del verso ix. 535, con la composición de un nuevo consejo de los dioses al comienzo del Libro V, en sustitución del que fue desplazado al Libro I, 1-79, fueron las únicas medidas adoptadas para dar siquiera una apariencia de unidad al antiguo plan y al nuevo, y para disimular el hecho de que la Musa, tras ser requerida a cantar de un asunto, emplea dos tercios de su tiempo en cantar otro muy distinto, con un clímax que nadie le ha pedido. Pues, aproximadamente, el Regreso ocupa ocho Libros, y Penélope y los pretendientes dieciséis.

Creo que esto es sustancialmente correcto.

Por último, para tratar un punto de muy poca importancia, observo que la edición Teubner de Leipzig de 1894 hace terminar los Libros II y III con una coma. Los signos de puntuación son de fecha tan mucho más reciente que la "Odisea" que no parece de gran utilidad atenerse al texto en asunto tan nimio; sin embargo, por un espíritu de mero conservadurismo, he preferido hacerlo así. Por qué [griego] al comienzo de los Libros II y VIII, y [griego], al comienzo del Libro VII han de llevar mayúscula inicial en una edición demasiado esmerada para admitir la suposición de un descuido, cuando [griego] al comienzo de los Libros VI y XIII, y [griego] al comienzo del Libro XVII carecen de mayúscula inicial, no puedo determinarlo. Ningún otro Libro de la "Odisea" lleva mayúscula inicial, salvo los tres mencionados, a menos que la primera palabra del Libro sea un nombre propio.

S. BUTLER.

25 de julio de 1900.

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

La traducción de la "Odisea" de Butler apareció originalmente en 1900, y La autora de la Odisea en 1897. En el prólogo a la nueva edición de "La autora", que se publica simultáneamente con esta nueva edición de la Traducción, he dado alguna cuenta de la génesis de ambos libros.

El tamaño de la página original se ha reducido para uniformar ambos libros con las demás obras de Butler; y, afortunadamente, ha sido posible, mediante el uso de un tipo menor, incluir el mismo número de palabras por página, de modo que las referencias sigan siendo válidas; y, con excepción de algunas modificaciones menores y reordenaciones que ahora se enumerarán en la medida en que afectan a la Traducción, las nuevas ediciones son reimpresiones fieles de las ediciones originales, corregidas las erratas y errores evidentes —sin que se haya pretendido editarlas ni ponerlas al día.

(a) Se ha revisado el Índice.

(b) A causa de la reducción del tamaño de la página ha sido necesario acortar algunos de los titulares, y aquí se ha sacado partido de diversas correcciones y adiciones a los titulares y notas marginales hechas por Butler en sus propios ejemplares de los dos libros.

(c) En su mayor parte, cada ilustración ocupa ahora una página, mientras que en las ediciones originales solían aparecer dos por página. Ha sido necesario reducir el plano de la Casa de Ulises.

En la página 153 de "La autora", Butler dice: "Ningún gran poeta compararía a su héroe con un vientre lleno de sangre y grasa, asándose ante el fuego (xx, 24-28)". Este pasaje no figura en el relato abreviado de la "Odisea" al comienzo del libro, pero en la Traducción aparece en estos términos:

"Thus he chided with his heart, and checked it into endurance, but he tossed about as one who turns a paunch full of blood and fat in front of a hot fire, doing it first on one side then on the other, that he may get it cooked as soon as possible; even so did he turn himself about from side to side, thinking all the time how, single-handed as he was, he should contrive to kill so large a body of men as the wicked suitors."

Parece como si en el intervalo entre la publicación de "La autora" (1897) y la de la Traducción (1900) Butler hubiera cambiado de opinión; pues en el primer caso la comparación se establece entre Ulises y un vientre lleno, etc., y en el segundo entre Ulises y un hombre que vuelve un vientre lleno, etc. La segunda comparación es quizá de las que un gran poeta podría hacer.

En la supervisión de la imprenta de las obras he contado con la inapreciable ayuda del Sr. A. T. Bartholomew, de la Biblioteca Universitaria de Cambridge, y del Sr. Donald S. Robertson, fellow del Trinity College, Cambridge. A ambos amigos expreso mi más cordial agradecimiento por el esmero y la habilidad de que han hecho gala. El Sr. Robertson ha encontrado tiempo para la labor de verificar y corregir todas las citas y referencias a la "Ilíada" y a la "Odisea", y creo que no podría haberse desempeñado mejor. Fue, sé que sí, un placer para él; y también lo habría sido para Butler de haber podido saber que su obra estaba siendo guiada por el hijo de su antiguo amigo, el Sr. H. R. Robertson, quien hace más de medio siglo fue compañero de estudios con él en la Cary's School of Art de Streatham Street, Bloomsbury.

HENRY FESTING JONES.

120 MAIDA VALE, W.9. 4 de diciembre de 1921.

LA ODISEA

LIBRO I

LOS DIOSES EN CONSEJO —VISITA DE MINERVA A ÍTACA—EL DESAFÍO DE TELÉMACO A LOS PRETENDIENTES.

Cuéntame, oh Musa, de aquel ingenioso héroe que viajó lejos y ancho después de haber saqueado la famosa ciudad de Troya. Muchas ciudades visitó, y muchas fueron las naciones cuyas costumbres y modos conoció; además padeció mucho por mar mientras intentaba salvar su propia vida y traer a sus hombres sanos y salvos a casa; pero hiciese lo que hiciese, no pudo salvar a sus hombres, pues perecieron por su propia necedad al comerse los ganados del Sol Hiperión; de modo que el dios les impidió llegar jamás a casa. Cuéntame también todo esto, oh hija de Jove, de cualquier fuente de la que puedas conocerlo.

Así, todos cuantos habían escapado de la muerte en batalla o por naufragio habían llegado a salvo a casa, excepto Ulises, y él, aunque ansiaba volver junto a su esposa y a su patria, estaba retenido por la diosa Calipso, que lo había hecho entrar en una gran cueva y quería casarse con él. Mas conforme pasaban los años, llegó un momento en que los dioses decidieron que debía regresar a Ítaca; aun entonces, sin embargo, cuando ya estaba entre los suyos, sus males no habían terminado; con todo, todos los dioses habían empezado a compadecerlo, excepto Neptuno, que lo perseguía sin cesar y no lo dejaba llegar a casa.

Ahora bien, Neptuno se había marchado a la tierra de los Etíopes, que están en el fin del mundo, yacen divididos en dos mitades, una mirando al Oeste y la otra al Este.1 Había ido allí para aceptar una hecatombe de ovejas y bueyes, y se estaba divirtiendo en su fiesta; pero los otros dioses se reunieron en la casa de Jove Olímpico, y el padre de dioses y hombres habló primero. En ese momento estaba pensando en Egisto, que había sido muerto por Orestes, hijo de Agamenón; así que dijo a los otros dioses:

"Mirad, cómo los hombres nos echan la culpa a nosotros, los dioses, de lo que al fin y al cabo no es sino su propia locura. Mirad a Egisto; hízose amante de la esposa de Agamenón contra toda justicia, y luego mató a Agamenón, aunque sabía que le costaría la vida; pues le envié a Mercurio para advertirle que no hiciese ninguna de las dos cosas, puesto que Orestes tomaría sin duda su venganza cuando creciese y quisiese volver a casa. Mercurio se lo dijo con la mejor intención, mas él no quiso escuchar, y ahora lo ha pagado todo con creces."

Entonces dijo Minerva: "Padre, hijo de Saturno, rey de reyes, Egisto recibió su merecido, y así lo recibirá cualquiera que obre como él; pero Egisto me trae sin cuidado; es por Ulises por quien mi corazón sangra, cuando pienso en sus padecimientos en aquella isla solitaria rodeada de mar, lejos, pobre hombre, de todos sus amigos. Es una isla cubierta de bosque, en la mismísima mitad del mar, y allí vive una diosa, hija del mago Atlante, que cuida del fondo del océano y sostiene las grandes columnas que mantienen separados el cielo y la tierra. Esta hija de Atlante ha atrapado al pobre desgraciado de Ulises, y no cesa de intentar, con toda clase de halagos, hacerle olvidar su hogar, de modo que está hastiado de la vida y no piensa más que en cómo volver a ver el humo de sus propias chimeneas. Vos, señor, no os dais por enterado de esto, y sin embargo, cuando Ulises estaba ante Troya, ¿no os propició con muchos holocaustos? ¿Por qué, pues, habéis de seguir tan enojado con él?"

Y Júpiter dijo: «¡Hija mía! ¿Qué cosas son esas que dices? ¿Cómo podría yo olvidar a Ulises, el hombre más capaz que hay sobre la tierra, y el más generoso en sus ofrendas a los dioses inmortales que habitan el cielo? Has de saber, con todo, que Neptuno sigue furioso con Ulises por haberle dejado tuerto un ojo a Polifemo, rey de los Cíclopes. Polifemo es hijo de Neptuno y de la ninfa Toosa, hija del rey del mar Forcis; por eso, aunque no piensa matar a Ulises sin más, lo atormenta impidiéndole regresar a su hogar. Con todo, pongamos nuestras cabezas de acuerdo y veamos cómo podemos ayudarlo a volver; Neptuno se aplacará entonces, pues si todos somos de un mismo parecer difícilmente podrá él mantenerse en contra de nosotros.»

Y Minerva dijo: «Padre, hijo de Saturno, rey de reyes, si los dioses han decidido entonces que Ulises ha de regresar a su casa, hemos de enviar primero a Mercurio a la isla Ogigia para decirle a Calipso que hemos tomado una determinación y que él debe volver. Entretanto, yo iré a Itaca para infundir ánimos al hijo de Ulises, Telémaco; lo envalentonaré para convocar en asamblea a los aqueos y hablar claro a los pretendientes de su madre Penélope, que persisten en comerse sin tasa sus ovejas y sus bueyes; también lo guiaré a Esparta y a Pilos, para ver si puede oír algo del regreso de su querido padre, pues esto hará que se hable bien de él.»

Dicho esto, se calzó las relucientes sandalias de oro, imperecederas, con las que puede volar como el viento sobre la tierra o el mar; empuñó la formidable lanza de bronce, tan recia, robusta y firme, con la que domeña las filas de héroes que la han desagradado, y se lanzó desde las cumbres más altas del Olimpo, y al punto ya estaba en Itaca, a la entrada de la casa de Ulises, disfrazada de huésped, bajo la figura de Mentes, jefe de los tafios, y llevaba en la mano una lanza de bronce. Allí encontró a los señoriles pretendientes sentados sobre pieles de los bueyes que habían matado y comido, jugando a las damas delante de la casa. Criados y pajes iban y venían afanosos para servirlos: unos mezclaban el vino con agua en las crateras, otros limpiaban las mesas con esponjas húmedas y las volvían a disponer, y otros cortaban grandes cantidades de carne.

Telémaco la vio mucho antes que ningún otro. Estaba sentado, taciturno, entre los pretendientes, pensando en su valiente padre y en cómo los echaría volando de la casa, si llegara a la suya propia y fuese honrado como en los días idos. Mientras así cavilaba sentado entre ellos, descubrió a Minerva y fue derecho al portal, pues le disgustaba que un forastero tuviese que esperar para ser admitido. Tomó su diestra en la suya y le pidió la lanza. «Bienvenida —dijo— seáis a nuestra casa, y cuando hayáis participado del alimento nos diréis a qué habéis venido.»

Hablando así, marchó delante y Minerva lo siguió. Cuando estuvieron dentro, tomó la lanza y la colocó en el supporte de lanzas, contra un recio pilar, junto con las muchas otras lanzas de su desventurado padre, y la condujo a un asiento ricamente adornado, bajo el cual extendió un mantel de damasco. Había también un escabel para sus pies, y él colocó otro asiento cerca de ella, apartado de los pretendientes, para que no la molestase mientras comía su ruido y su insolencia, y para poder preguntarle con mayor libertad por su padre.

Entonces una criada les trajo agua en una hermosa jarra dorada y la vertió en una palangana de plata para que se lavaran las manos, y acercó a ellos una mesa limpia. Un criado de más categoría les trajo pan y les ofreció muchas y buenas cosas de cuantas había en la casa; el trinchante les sirvió platos con toda clase de carnes y puso junto a ellos copas de oro, y un criado les trajo vino y se lo escanció.

Luego entraron los pretendientes y tomaron sus lugares en los bancos y asientos. Al punto, los criados les vertieron agua sobre las manos, las doncachas pasaron con las canastas del pan, los pajes llenaron las crateras de vino y agua, y ellos echaron mano a las buenas viandas que tenían delante. Tan pronto como hubieron comido y bebido a satisfacción, quisieron música y danza, que son los ornamentos culminantes de un banquete; así que un criado llevó una lira a Femio, a quien obligaban por la fuerza a cantar para ellos. Así que Femio tocó la lira y began a cantar, Telémaco habló en voz baja a Minerva, con la cabeza junto a la de ella, para que nadie pudiera oírlo.

«Espero, señor —dijo—, que no os ofenda lo que voy a deciros. Cantar sale barato a quienes no lo pagan, y todo esto se hace a costa de uno cuyos huesos yacen pudriéndose en algún yermo o deshaciéndose en polvo entre el oleaje. Si estos hombres vieran a mi padre volver a Itaca, pedirían piernas más largas antes que bolsa más larga, pues de nada les serviría el dinero; pero él, ay, ha caído en triste suerte, y aun cuando a veces se dice que vuelve, ya no hacemos caso; no lo veremos jamás. Y ahora, señor, decidme, y decidme la verdad, quién sois y de dónde venís. Habladme de vuestra ciudad y de vuestros padres, de qué nave habéis venido, cómo vuestra tripulación os trajo a Itaca y de qué nación se declararon ser —pues no habéis podido venir por tierra—. Decidme también con verdad, pues quiero saberlo: ¿ sois forastero en esta casa, o estuvisteis aquí en tiempos de mi padre? Antiguamente teníamos muchos visitantes, pues mi padre andaba mucho fuera de casa.»

Y Minerva respondió: «Os diré con verdad y detalle todo cuanto queráis saber. Soy Mentes, hijo de Anquialo, y soy rey de los tafios. He venido aquí con mi nave y mi tripulación, en viaje hacia hombres de lengua extraña, pues voy camino de Temesa con un cargamento de hierro, y traeré de vuelta cobre. En cuanto a mi nave, está allá, mar adentro, lejos de la ciudad, en el puerto de Reitro, bajo el boscoso monte Nérito. Nuestros padres fueron amigos antes que nosotros, como os dirá el viejo Laertes, si vais a preguntárselo. Dicen, sin embargo, que ya no viene nunca a la ciudad y vive solo en el campo, pasando trabajos, con una anciana que lo cuida y le guisa la cena cuando vuelve cansado de andar entre sus viñedos. Me dijeron que vuestro padre había vuelto a casa, y por eso vine, pero parece que los dioses lo siguen reteniendo, pues no ha muerto aún, ni está en tierra firme. Es más probable que esté en alguna isla rodeada de mar, en medio del océano, o prisionero entre salvajes que lo detienen contra su voluntad. No soy profeta y sé muy poco de agüeros, aunque hablo según lo que el cielo me inspira, y os aseguro que no estará ausente mucho más tiempo; pues es hombre de tantos recursos que, aun cuando estuviera en cadenas de hierro, hallaría algún modo de volver a casa. Pero decidme, y decidme la verdad: ¿puede Ulises tener de veras un hijo tan gallardo? Realmente os parecéis a él extraordinariamente en la cabeza y en los ojos, pues éramos muy amigos antes de que partiese hacia Troya, a donde también fue la flor de todos los argivos. Desde entonces no nos hemos vuelto a ver, ni yo a él ni él a mí.»

«Mi madre —respondió Telémaco— me dice que soy hijo de Ulises, pero es el hijo prudente el que conoce a su propio padre. Quisiera yo ser hijo de alguien que hubiera envejecido en sus propias posesiones, pues, ya que me preguntáis, no hay bajo el cielo hombre más malhadado que aquel que, según me dicen, es mi padre.»

Y Minerva dijo: «No hay riesgo de que vuestra estirpe se extinga todavía, mientras Penélope tenga un hijo tan gallardo como vos. Pero decidme, y decidme la verdad: ¿qué significa todo este festín, y quiénes son estos? ¿A qué viene todo esto? ¿Tenéis algún convite, o hay boda en la familia —pues nadie parece traer víveres de su propia casa—? Y los invitados ¡con qué atrocidad se comportan; qué algazara arman por toda la casa!; basta para disgustar a cualquier persona respetable que se les acerque.»

«Señor —dijo Telémaco—, por lo que toca a vuestra pregunta, mientras mi padre estuvo aquí todo iba bien para nosotros y para la casa, pero los dioses en su disgusto han dispuesto otra cosa, y lo han ocultado más completamente que mortal alguno lo haya sido jamás. Podría haberlo soportado mejor, incluso si hubiera muerto, si hubiera caído con sus hombres ante Troya, o hubiera muerto con amigos en torno cuando los días de su lucha hubieran terminado; pues entonces los aqueos habrían alzado un túmulo sobre sus cenizas y yo mismo habría heredado su renombre; pero ahora los vientos de tormenta se lo han llevado, no sabemos adónde; se ha ido sin dejar ni siquiera una huella detrás de sí, y yo no heredo sino consternación. Y no acaba el asunto simplemente con el duelo por la pérdida de mi padre; el cielo me ha impuesto pesares de otro linaje aún; pues los caudillos de todas nuestras islas, Duliquio, Same y la boscosa isla de Zacinto, así como todos los principales varones de la propia Itaca, están consumiendo mi casa so pretexto de cortejar a mi madre, que ni se atreve a decir de plano que no quiere casarse, ni tampoco lleva las cosas a su fin; de modo que están devastando mi hacienda, y dentro de poco harán lo propio conmigo.»

«¿Es eso así? —exclamó Minerva—; entonces, sí que necesitáis a Ulises de vuelta. Dadle su casco, su escudo y un par de lanzas, y si es el hombre que era cuando lo conocí en nuestra casa, bebiendo y regocijándose, pronto haría caer sus manos sobre estos bribones de pretendientes, si llegara a pisar de nuevo su propio umbral. Entonces venía de Éfira, adonde había ido a pedir veneno para sus flechas a Ilo, hijo de Mérmero. Ilo temía a los dioses siemprevivos y no quiso darle nada, pero mi padre se lo dio, pues le tenía mucho cariño. Si Ulises es el hombre que era entonces, estos pretendientes tendrán breve cuenta y triste boda.

»Pero ¡ea! Depende del cielo determinar si ha de volver y tomar venganza en su propia casa o no; yo, con todo, os exhorto a que os pongáis a intentar deshaceros de estos pretendientes cuanto antes. Atended a mi consejo: convocad mañana por la mañana a los héroes aqueos en asamblea; exponed vuestro caso ante ellos, y clamad al cielo para que os sirva de testigo. Ordenad a los pretendientes que se marchen, cada uno a su lugar, y si la voluntad de vuestra madre es casarse de nuevo, que vuelva con su padre, que le buscará un marido y le proveerá de todos los regalos de boda que una hija tan querida puede esperar. En cuanto a vos, dejadme persuadiros para que toméis la mejor nave que podáis conseguir, con una tripulación de veinte hombres, y os pongáis en busca de vuestro padre, que tanto tiempo lleva desaparecido. Alguien podrá contaros algo, o (y muchas veces se oyen cosas de este modo) algún mensaje venido del cielo podrá guiaros. Id primero a Pilos y preguntadle a Néstor; de allí partid a Esparta y visitad a Menelao, pues él fue el último de todos los aqueos en regresar; si oís que vuestro padre está vivo y de camino a casa, podréis soportar el estrago que estos pretendientes harán durante doce meses más. Si, por el contrario, oís de su muerte, volved a casa al punto, celebrad sus funerales con toda la pompa debida, levantad un túmulo en su memoria y disponed que vuestra madre vuelva a casarse. Hecho esto, pensadlo bien en vuestro ánimo cómo, por medios justos o injustos, podréis matar a esos pretendientes en vuestra propia casa. Ya sois demasiado mayor para alegar infancia por más tiempo; ¿no habéis oído cómo se cantan las alabanzas de Orestes por haber matado al asesino de su padre, Egisto? Sois un mozo gallardo y apuesto; mostrad vuestro temple, pues, y haced que se hable de vos. Ahora, sin embargo, he de volver a mi nave y a mi tripulación, que estarán impacientes si los hago esperar más; pensadlo por vos mismo y acordaos de lo que os he dicho.»

«Señor —respondió Telémaco—, habéis sido muy amable al hablarme de este modo, como si fuese hijo vuestro, y haré todo lo que me decís; sé que queréis proseguir vuestro viaje, pero quedaos un poco más hasta que hayáis tomado un baño y os hayáis refrescado. Then I will give you a present, and you shall go on your way rejoicing; I will give you one of great beauty and value—a keepsake such as only dear friends give to one another.»

Minerva answered, «Do not try to keep me, for I would be on my way at once. As for any present you may be disposed to make me, keep it till I come again, and I will take it home with me. You shall give me a very good one, and I will give you one of no less value in return.»

Con estas palabras se fue volando como un pájaro por el aire, pero había infundido valor a Telémaco y le había hecho pensar más que nunca en su padre. Sintió el cambio, se asombró de ello y supo que el forastero había sido un dios, así que fue derecho adonde estaban sentados los pretendientes.

Femio seguía cantando, y sus oyentes permanecían sentados en absorto silencio mientras contaba el triste relato del regreso de Troya y los males que Minerva había deparado a los aqueos. Penélope, hija de Icario, oyó su canto desde su estancia arriba y bajó por la gran escalera, no sola, sino acompañada por dos de sus criadas. Cuando llegó junto a los pretendientes se detuvo junto a uno de los pilares que sostenían el techo de los pórticos, con una doncella de continente grave a cada lado. Llevaba, además, un velo ante el rostro y lloraba amargamente.

«Femio —gritó—, conoces muchas otras hazañas de dioses y héroes, tales como las que a los poetas encanta celebrar. Canta a los pretendientes alguna de esas, y que beban su vino en silencio; pero cesa en ese triste relato, pues me parte el corazón afligido y me recuerda a mi perdido esposo, al que lloro sin cesar y cuyo nombre fue grande por toda Helás y la Argólida media.»

«Madre —respondió Telémaco—, dejad que el aedo cante lo que le plazca; los aedos no son responsables de los males que cantan; es Júpiter, no ellos, quien los causa, y quien envía bienestar o males a los mortales según su propio beneplácito. Este hombre no pretende daño alguno al cantar el malhadado regreso de los dánaos, pues la gente siempre aplaude más calurosamente los cantos más recientes. Resolved a ello y sobrellevadlo; Ulises no es el único hombre que no volvió de Troya, sino que otros muchos cayeron también como él. Id, pues, dentro de la casa y ocupaos de vuestras faenas cotidianas, vuestro telar, vuestra rueca y el gobierno de vuestras sirvientas; pues la palabra es asunto del hombre, y mío sobre todos los demás —pues soy yo quien manda aquí—.»

Ella se fue, asombrada, de vuelta a la casa y guardó en su corazón el dicho de su hijo. Luego, subiendo con sus criadas a su estancia, lloró a su querido esposo hasta que Minerva derramó dulce sueño sobre sus ojos. Pero los pretendientes alborotaban por los pórticos cubiertos y cada uno rogaba ser su compañero de lecho.

Entonces Telémaco habló: «¡Desvergonzados e insolentes pretendientes! —gritó—. Festejemos a nuestro placer ahora, y que no haya disputas, pues es cosa rara oír a un hombre con voz tan divina como la de Femio; pero mañana por la mañana reuníos conmigo en plena asamblea, pues he de daros formal aviso de que partáis y os festejéis en casa de unos y otros, por turno, a vuestra costa. Si, por el contrario, preferís persistir en pegaros a la mesa de un solo hombre, Júpiter me valga, pero Júpiter habrá de ajustar cuentas con vosotros por entero, y cuando caigáis en la casa de mi padre no habrá hombre que os vengue.»

Los pretendientes se mordieron los labios al oírlo y se asombraron de la audacia de su discurso. Entonces Antínoo, hijo de Eupites, dijo: «Parece que los dioses te han dado lecciones de fanfarria y de grandes palabras; ¡ojalá Júpiter no te conceda ser jefe en Itaca como lo fue tu padre antes que tú!»

Telémaco respondió: «Antínoo, no riñáis conmigo, pero, si los dioses quieren, también yo seré jefe si puedo. ¿Es ese el peor destino que podéis imaginar para mí? No es mal cosa ser jefe, pues trae consigo riquezas y honor. Con todo, ahora que Ulises ha muerto hay en Itaca muchos hombres grandes, ancianos y jóvenes, y quizá otro tome la delantera entre ellos; sin embargo, yo seré jefe en mi propia casa y gobernaré a los que Ulises ha ganado para mí.»

Entonces Eurímaco, hijo de Polibo, respondió: «Depende del cielo decidir quién será el jefe entre nosotros, pero vos seréis amo en vuestra propia casa y sobre vuestros propios bienes; mientras haya un hombre en Itaca, nadie os hará violencia ni os robará. Y ahora, buen amigo mío, quiero saber de ese forastero. ¿De qué país viene? ¿De qué familia es, y dónde tiene su hacienda? ¿Os ha traído noticias del regreso de vuestro padre, o venía por asuntos propios? Parecía un hombre acomodado, pero se fue tan de prisa que desapareció en un instante antes de que pudiéramos llegar a conocerlo.»

«Mi padre está muerto y desaparecido —respondió Telémaco—, y aun cuando algún rumor me llega, ya no le doy crédito. Mi madre sí envía a veces a buscar a un adivino y lo consulta, mas yo no hago caso de sus profecías. En cuanto al forastero, era Mentes, hijo de Anquialo, jefe de los tafios, viejo amigo de mi padre.» Pero en su corazón sabía que había sido la diosa.

Los pretendientes entonces volvieron a sus cantos y danzas hasta el atardecer; pero cuando la noche cayó sobre sus placeres se fueron a casa cada uno a su morada. La habitación de Telémaco estaba en lo alto de una torre que daba al patio exterior; hacia allí se encaminó, pues, sumido en sus pensamientos. Una buena anciana, Euriclea, hija de Ops, hijo de Pisenor, iba delante de él con un par de antorchas encendidas. Laertes la había comprado con su propio dinero cuando era muy joven; dio por ella el valor de veinte bueyes y le mostraba tanto respeto en su casa como a su propia esposa, pero no la llevaba a su lecho porque temía el resentimiento de su mujer. Fue ella quien ahora alumbró a Telémaco hasta su habitación, y lo quería más que a ninguna de las otras mujeres de la casa, pues lo había criado de niño. Abrió la puerta de su alcoba y se sentó en la cama; al quitarse la túnica se la dio a la buena anciana, que la dobló con esmero y se la colgó en un clavo junto a la cama; tras lo cual salió, cerró la puerta con un pestillo de plata y corrió el cerrojo por medio de la correa. Pero Telémaco, mientras yacía cubierto con un vellón de lana, no dejaba de pensar durante toda la noche en el viaje que proyectaba y en el consejo que Minerva le había dado.

LIBRO II

ASAMBLEA DEL PUEBLO DE ÍTACA — DISCURSOS DE TELÉMACO Y DE LOS PRETENDIENTES — TELÉMACO HACE SUS PREPARATIVOS Y PARTE HACIA PILOS CON MINERVA DISFRAZADA DE MENTOR.

Ahora bien, cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, Telémaco se levantó y se vistió. Se ató las sandalias en sus gallardos pies, se ciñó la espada al hombro y salió de su habitación con el aspecto de un dios inmortal. Al punto envió a los pregoneros para convocar al pueblo en asamblea; ellos los llamaron y el pueblo se reunió; entonces, cuando estuvieron juntos, se dirigió al lugar de la asamblea con la lanza en la mano —no solo, pues sus dos perros lo acompañaban—. Minerva lo dotó de una presencia de tan divina donosura que todos lo admiraban al pasar, y cuando tomó asiento en la silla de su padre aun los más ancianos consejeros le cedieron el paso.

Egipcio, un hombre doblado por la edad y de infinita experiencia, fue el primero en hablar. Su hijo Antifo había partido con Ulises hacia Ilión, tierra de nobles corceles, pero el salvaje Cíclope lo había matado cuando estaban todos encerrados en la cueva y se lo había cocinado para su última cena. Le quedaban tres hijos, de los cuales dos trabajaban aún las tierras de su padre, mientras que el tercero, Eurínomo, era uno de los pretendientes; sin embargo, su padre no lograba superar la pérdida de Antifo y aún lo lloraba cuando comenzó su discurso.

«Hombres de Ítaca —dijo—, escuchad mis palabras. Desde el día en que Ulises nos dejó no ha habido reunión de nuestros consejeros hasta ahora; ¿quién puede ser, pues, ya viejo ya joven, que considere tan necesario convocarnos? ¿Ha tenido noticia de algún ejército que se acerca y desea advertirnos, o querría hablar sobre algún otro asunto de interés público? Estoy seguro de que es una persona excelente, y espero que Júpiter le conceda lo que su corazón desea.»

Telémaco tomó este discurso como un buen augurio y se levantó al punto, pues reventaba por hablar. Se colocó en el centro de la asamblea y el buen heraldo Pisenor le trajo su cetro. Entonces, volviéndose hacia Egipcio: «Señor —dijo—, soy yo, como pronto sabréis, quien os ha convocado, pues soy yo el más agraviado. No tengo noticia de ejército alguno que se acerque sobre el que quisiera advertiros, ni hay asunto de interés público sobre el que quisiera hablar. Mi queja es puramente personal, y gira en torno a dos grandes desgracias que han caído sobre mi casa. La primera es la pérdida de mi excelente padre, que era el principal entre todos los aquí presentes y fue como un padre para cada uno de vosotros; la segunda es mucho más grave, y dentro de poco será la ruina total de mis bienes. Los hijos de todos los principales de entre vosotros están importunando a mi madre para que se case con ellos contra su voluntad. Temen ir a su padre Icario, pedirle que elija al que más le guste y provea los dones de matrimonio para su hija, pero día tras día rondan la casa de mi padre, sacrificando nuestros bueyes, ovejas y gordas cabras para sus banquetes, y ni siquiera piensan en la cantidad de vino que beben. Ningún patrimonio puede soportar tal desenfreno; ya no tenemos a Ulises que aparte el daño de nuestras puertas, y yo no puedo defenderme de ellos. Nunca en todos mis días seré tan buen hombre como él fue, y sin embargo me defendería si tuviera poder para hacerlo, pues no puedo soportar tal trato por más tiempo; mi casa está siendo deshonrada y arruinada. Tened respeto, pues, a vuestras propias conciencias y a la opinión pública. Temed, también, la ira del cielo, no sea que los dioses se disgusten y se vuelvan contra vosotros. Os ruego por Júpiter y por Temis, que es el comienzo y el fin de los consejos, que no os detengáis, amigos míos, y me dejéis solo —a no ser que mi valiente padre Ulises haya hecho algún agravio a los aqueos que queráis ahora vengar en mí, ayudando y favoreciendo a estos pretendientes. Además, si he de verme consumido de casa y hacienda, preferiría que fuerais vosotros quienes lo hicierais, pues entonces podría tomar medidas contra vosotros con algún propósito y acosaros con notificaciones de casa en casa hasta cobrarlo por completo, mientras que ahora no tengo remedio.»

Con esto Telémaco arrojó su cetro al suelo y prorrumpió en llanto. Todos sentían gran compasión por él, pero permanecían sentados y nadie se atrevió a darle una respuesta airada, salvo Antínoo, que habló así:

«Telémaco, insolente fanfarrón que eres, ¿cómo te atreves a echar la culpa sobre nosotros los pretendientes? Es culpa de tu madre, no nuestra, pues es una mujer muy astuta. Estos tres años pasados, y casi cuatro, ha estado enloquecéndonos, alentando a cada uno de nosotros y enviándole mensajes sin pensar ni una palabra de lo que dice. Y luego estuvo aquella otra artimaña que nos jugó. Levantó un gran telar en su habitación y comenzó a trabajar en una pieza enorme de fino bordado. "Queridos míos —dijo—, Ulises ha muerto en verdad; con todo, no me presionéis para casarme de inmediato, esperad —pues no querría que la habilidad en el bordado pereciera sin ser recordada— hasta que haya terminado un palio para el héroe Laertes, dispuesto para cuando la muerte se lo lleve. Es muy rico, y las mujeres del lugar hablarán si es amortajado sin un palio."

»Esto fue lo que dijo, y nosotros asentimos; entonces podíamos verla trabajando en su gran tela todo el día, pero por la noche deshacía las puntadas de nuevo a la luz de las antorchas. Nos engañó así durante tres años y nunca la descubrimos, pero a medida que el tiempo pasaba y ya estaba en su cuarto año, una de sus criadas que sabía lo que hacía nos lo contó, y la sorprendimos en el acto de deshacer su labor, de modo que tuvo que terminarla quisiera o no. Los pretendientes, pues, os dan esta respuesta, para que tanto tú como los aqueos lo entendáis: "Envía lejos a tu madre, y ordénale que se case con el hombre de su elección y de la de su padre"; pues no sé qué sucederá si sigue atormentándonos mucho más tiempo con los aires que se da a cuenta de las habilidades que Minerva le ha enseñado, y porque es tan ingeniosa. Nunca oímos de tal mujer; conocemos a Tiro, Alcímena, Micenas y a las famosas mujeres de antaño, pero ninguna de ellas era comparable a tu madre. No fue justo de su parte tratarnos de ese modo, y mientras ella continúe con el talante con que el cielo la ha dotado ahora, nosotros seguiremos consumiendo vuestros bienes; y no veo por qué habría de cambiar, pues ella recibe todo el honor y la gloria, y sois vosotros quienes lo pagáis, no ella. Entended, pues, que no volveremos a nuestras tierras, ni aquí ni en otra parte, hasta que ella haya hecho su elección y se haya casado con alguno de nosotros.»

Telémaco respondió: «Antínoo, ¿cómo puedo echar de la casa de mi padre a la madre que me dio a luz? Mi padre está lejos y no sabemos si vive o ha muerto. Será duro para mí si tengo que pagar a Icario la gran suma que debo darle si insisto en devolverle a su hija. No solo me tratará con rigor, sino que el cielo me castigará también; pues mi madre, cuando salga de la casa, invocará a las Erinias para que la vengue; además, no sería una acción digna y no tendré nada que ver con ello. Si elegís tomaros esto como ofensa, abandonad la casa y festejad en otra parte en casa unos de otros por turnos y a vuestra costa. Si, por el contrario, elegís persistir en vivir a costa de un solo hombre, ¡ayudaos del cielo!, pero Júpiter habrá de ajustar cuentas con vosotros, y cuando caigáis en la casa de mi padre no habrá hombre alguno que os vengue.»

Mientras así hablaba, Júpiter envió dos águilas desde la cima del monte, y volaron y volaron con el viento, deslizándose lado a lado en su señorial vuelo. Cuando estuvieron justo sobre el centro de la asamblea viraron y dieron vueltas, batiendo el aire con sus alas y lanzando miradas de muerte a los que estaban abajo; luego, luchando encarnizadamente y atacándose una a la otra, volaron hacia la derecha sobre la ciudad. El pueblo se maravillaba al verlas y se preguntaban unos a otros qué podía significar todo aquello; entonces Haliterses, que era el mejor profeta e intérprete de presagios entre ellos, les habló con claridad y con toda sinceridad, diciendo:

«Escuchadme, hombres de Ítaca, y hablo en particular a los pretendientes, pues veo que la desgracia se está tramando contra ellos. Ulises no va a estar ausente mucho más; en verdad está cerca para repartir muerte y destrucción, no solo sobre ellos, sino sobre muchos otros de los que vivimos en Ítaca. Seamos, pues, prudentes a tiempo y pongamos freno a esta maldad antes de que él llegue. Que los pretendientes lo hagan por sí mismos; será mejor para ellos, pues no profetizo sin debido conocimiento; todo le ha acontecido a Ulises como yo predije cuando los argivos partieron hacia Troya, y él con ellos. Dije que tras pasar por muchas penalidades y perder a todos sus hombres, volvería a casa en el vigésimo año y que nadie lo reconocería; y ahora todo esto se está cumpliendo.»

Eurímaco hijo de Polibo dijo entonces: «Vete a casa, anciano, y profetiza a tus propios hijos, o podría ser peor para ellos. Yo sé leer estos presagios mucho mejor que tú; los pájaros siempre están volando por aquí o por allá bajo el sol, pero rara vez significan algo. Ulises ha muerto en un país lejano, y es una lástima que no hayas muerto tú con él, en lugar de venir aquí con tus profecías y avivar la cólera de Telémaco, que ya de por sí es feroz. Supongo que piensas que te dará algo para tu familia, pero yo te digo —y así será sin duda—: cuando un anciano como tú, que debería saber mejor, enreda a un joven hasta volverlo problemático, primero su joven amigo no saldrá mejor parado —no logrará nada con ello, pues los pretendientes lo impedirán— y, segundo, te impondremos a ti, señor, una multa más pesada de la que te gustará pagar, pues recaerá duramente sobre ti. En cuanto a Telémaco, le advierto ante todos vosotros que envíe a su madre de vuelta con su padre, que la encontrará un marido y le proveerá de todos los dones de matrimonio que una hija tan querida puede esperar. Hasta entonces seguiremos acosándolo con nuestro cortejo; pues no tememos a hombre alguno, y no nos importa ni de él, con todos sus bellos discursos, ni de ninguna de tus adivinaciones. Puedes predicar cuanto quieras, pero solo te odiaremos más. Volveremos y seguiremos consumiendo los bienes de Telémaco sin pagarle, hasta que su madre deje de atormentarnos manteniéndonos día tras día en vilo, compitiendo unos con otros en su cortejo por un premio de tan rara perfección. Además, no podemos ir tras las otras mujeres que deberíamos desposar a su debido tiempo, a causa de la manera en que ella nos trata.»

Entonces Telémaco dijo: «Eurímaco, y vosotros otros pretendientes, no diré más ni os suplicaré más, pues los dioses y el pueblo de Ítaca conocen ya mi historia. Dadme, pues, una nave y una tripulación de veinte hombres para llevarme de aquí para allá, e iré a Esparta y a Pilos en busca de mi padre que tanto tiempo lleva ausente. Alguien podrá contarme algo, o (y la gente oye cosas a menudo de este modo) algún mensaje venido del cielo podrá guiarme. Si puedo saber de él que está vivo y de camino a casa, aguantaré el despilfarro que vosotros los pretendientes haréis durante otros doce meses. Si por el contrario sé de su muerte, volveré al punto, celebraré sus funerales con toda la pompa debida, le levantaré un túmulo en su memoria y haré que mi madre se case de nuevo.»

Con estas palabras se sentó, y Mentor, que había sido amigo de Ulises y había quedado a cargo de todo con plena autoridad sobre los siervos, se levantó para hablar. Él, pues, se dirigió a ellos con claridad y con toda sinceridad en estos términos:

«Escuchadme, hombres de Ítaca: espero que nunca más tengáis un rey bondadoso y bien dispuesto, ni uno que os gobierne con equidad; espero que todos vuestros jefes en adelante sean crueles e injustos, pues no hay uno solo de vosotros que no haya olvidado a Ulises, que os gobernó como si fuera vuestro padre. No estoy ni la mitad de tan enfadado con los pretendientes, pues si eligen hacer violencia en la maldad de sus corazones y apostarse la cabeza a que Ulises no volverá, pueden tomarse la libertad y comerse sus bienes; pero en cuanto a vosotros los demás, me avergüenza la manera en que os quedáis sentados sin siquiera intentar detener tales desvergüenzas —lo que podríais hacer si quisierais, pues sois muchos y ellos pocos.»

Leócrito, hijo de Evenor, le respondió diciendo: «Mentor, qué locura es toda esta, que vienes a poner al pueblo contra nosotros. Es cosa dura que un solo hombre luche contra muchos por sus alimentos. Aun cuando Ulises en persona se presentara contra nosotros mientras festejamos en su casa e hiciera lo posible por expulsarnos, su esposa, que tanto lo anhela, tendría poca causa para alegrarse, y su sangre caería sobre su propia cabeza si luchara contra tan grandes desventajas. No hay sentido en lo que habéis dicho. Ahora, pues, id vosotros otros a vuestros asuntos, y dejad que los viejos amigos de su padre, Mentor y Haliterses, ayuden a este muchacho en su viaje, si es que va —lo cual no creo, pues es más probable que se quede donde está hasta que alguien venga y le diga algo.»

Dicho esto, disolvió la asamblea, y cada hombre volvió a su morada, mientras los pretendientes regresaban a la casa de Ulises.

Entonces Telémaco fue completamente solo a la orilla del mar, se lavó las manos en las grises olas y rezó a Minerva.

«Escúchame —clamó—, tú, dios que ayer me visitaste y me ordenaste navegar por los mares en busca de mi padre que tanto tiempo lleva ausente. Quisiera obedecerte, pero los aqueos, y más particularmente los perversos pretendientes, me lo impiden, de modo que no puedo hacerlo.»

Mientras así rezaba, Minerva se le acercó muy de cerca bajo el aspecto y con la voz de Mentor. «Telémaco —dijo—, si estás hecho de la misma pasta que tu padre, no serás ni necio ni cobarde de aquí en adelante, pues Ulises nunca faltó a su palabra ni dejó su tarea a medias. Si, pues, sales a él, tu viaje no será estéril, pero a menos que tengas la sangre de Ulises y de Penélope en las venas, no veo probabilidad de que lo logres. Los hijos rara vez son tan buenos como sus padres; generalmente son peores, no mejores; con todo, como no vas a ser ni necio ni cobarde de aquí en adelante y no estás del todo desprovisto de alguna parte del prudente discernimiento de tu padre, miro con esperanza tu empresa. Pero procura no hacer causa común con ninguno de esos necios pretendientes, pues no tienen ni seso ni virtud, y no piensan en la muerte ni en el destino que pronto caerá sobre uno y todos ellos, de modo que perecerán en el mismo día. En cuanto a tu viaje, no se dilatará mucho; tu padre fue amigo mío tan antiguo que te encontraré una nave y vendré yo misma contigo. Ahora, sin embargo, vuelve a casa y anda entre los pretendientes; comienza a disponer los víveres para tu viaje; procura que todo esté bien estibado, el vino en jarras y la harina de cebada, que es el bastón de la vida, en odres de cuero, mientras yo recorro la ciudad y reuno voluntarios de inmediato. Hay muchas naves en Ítaca, tanto viejas como nuevas; las pasaré revista por ti y elegiré la mejor; la aparejaremos y nos haremos a la mar sin demora.»

Así habló Minerva, hija de Júpiter, y Telémaco no perdió tiempo en hacer lo que la diosa le había dicho. Se dirigió a casa taciturno y encontró a los pretendientes desollando cabras y chamuscando cerdos en el patio exterior. Antínoo se le acercó al punto y se rio al tomarle la mano en la suya, diciendo: «Telémaco, mi buen tragón, no guardes más rencor ni de palabra ni de obra, sino come y bebe con nosotros como solías. Los aqueos proveerán todo lo necesario —una nave y una tripulación escogida además— para que puedas hacerte a la vela hacia Pilos al punto y obtener noticias de tu noble padre.»

«Antínoo —respondió Telémaco—, no puedo comer en paz ni gozar de placer alguno con hombres como vosotros. ¿No bastaba con que desperdiciarais tantos y tan buenos bienes míos mientras yo era aún un muchacho? Ahora que soy mayor y sé más, también soy más fuerte, y ya sea aquí entre este pueblo, o yendo a Pilos, os haré todo el daño que pueda. Iré, y mi ida no será en vano —aunque, gracias a vosotros los pretendientes, no tengo ni nave ni tripulación propia, y debo ser pasajero y no capitán.»

Mientras así hablaba, arrancó su mano de la de Antínoo. Mientras tanto, los otros seguían preparando la comida por los edificios, burlándose de él con mofa mientras lo hacían.

«Telémachus —dijo un jovenzuelo—, va a ser nuestra muerte; supongo que piensa traer amigos que lo ayuden desde Pilos, o también desde Esparta, a donde parece decidido a ir. ¿O irá también a Éfira, a buscar veneno para ponérnoslo en el vino y matarnos?»

Otro dijo: «Quizá si Telémaco sube a bordo, llegue a ser como su padre y perezca lejos de sus amigos. En tal caso tendríamos bastante que hacer, pues entonces podríamos dividirnos sus bienes entre todos: en cuanto a la casa, podemos dejar que su madre y el hombre que la despose disfruten de ella.»

Así hablaban. Pero Telémaco bajó al elevado y espacioso almacén donde el tesoro de oro y bronce de su padre estaba amontonado por el suelo, y donde la ropa de lino y los vestidos de repuesto se guardaban en arcas abiertas. Allí también había una provisión de fragante aceite de oliva, mientras que tinajas de vino añejo, bien curado, sin mezclar y digno de que un dios lo bebiese, se alineaban contra la pared por si Ulises volvía a casa al fin. La habitación estaba cerrada con puertas bien hechas que abrían en el centro; además, la fiel anciana ama de llaves Euriclea, hija de Ops, hijo de Pisenor, cuidaba de todo día y noche. Telémaco la llamó al almacén y le dijo:

«Aya, sácame un poco del mejor vino que tengas, aparte del que guardas para la bebida de mi padre, por si, pobre hombre, escapara de la muerte y lograse volver a casa al fin. Dame doce jarras, y procura que todas tengan tapaderas; llena también unos sacos de cuero bien cosidos con harina de cebada —unas veinte medidas en total. Junta estas cosas al punto y no digas nada. Me lo llevaré todo esta noche, en cuanto mi madre haya subido a acostarse. Voy a Esparta y a Pilos por si puedo oír algo del regreso de mi querido padre.»

Cuando Euriclea oyó esto, se puso a llorar y le habló con cariño, diciendo: «¡Hijo mío querido, qué te ha podido meter en la cabeza semejante idea! ¿Adónde quieres ir en el mundo —tú, que eres la única esperanza de la casa? Tu pobre padre ha muerto y se ha ido por algún país extranjero que nadie sabe cuál, y en cuanto vueles la espalda esos malvados de aquí estarán maquinando cómo quitarte del camino y se repartirán entre ellos todos tus bienes; quédate entre los tuyos y no te vayas a vagar por el estéril mar consumiendo tu vida.»

«No temas, aya —respondió Telémaco—, mi plan no carece del beneplácito del cielo; pero júrame que no dirás nada de todo esto a mi madre, hasta que hayan pasado unos diez o doce días desde mi marcha, a menos que ella se entere de que me he ido y te pregunte; pues no quiero que eche a perder su belleza llorando.»

La anciana juró con toda solemnidad que no lo haría, y una vez cumplido el juramento, comenzó a sacar el vino en las jarras y a poner la harina de cebada en los sacos, mientras Telémaco regresaba junto los pretendientes.

Entonces Minerva pensó en otro asunto. Tomó su aspecto y recorrió la ciudad, yendo a casa de cada uno de los tripulantes para decirles que se reunieran en el barco al ponerse el sol. Fue también a casa de Noemón, hijo de Fronio, y le pidió que le dejase una nave —lo cual él aceptó con mucho gusto. Cuando el sol se hubo puesto y la oscuridad cubría toda la tierra, ella botó la nave al agua, puso a bordo todos los aparejos que suelen llevar los barcos, y la fondeó al extremo del puerto. Al poco llegó la tripulación, y la diosa alentó a cada uno con sus palabras.

Además, fue a la casa de Ulises y sumió a los pretendientes en un profundo sopor. Embriagó su bebida e hizo que se les cayesen las copas de las manos, de modo que, en vez de permanecer sentados sobre el vino, se volvieron a la ciudad a dormir, con los ojos pesados y llenos de somnolencia. Entonces tomó la figura y la voz de Mentor, y llamó a Telémaco para que saliese.

«Telémaco —dijo ella—, los hombres están a bordo y en sus remos, esperando tus órdenes; date prisa y partamos.»

Dicho esto, se puso en camino, y Telémaco siguió sus pasos. Cuando llegaron al barco, encontraron a la tripulación esperando junto a la orilla, y Telémaco dijo: «Ahora, amigos míos, ayudadme a subir las provisiones a bordo; están todas juntas en el claustro, y mi madre no sabe nada, ni tampoco ninguna de las criadas, excepto una.»

Con estas palabras se puso al frente y los demás lo siguieron. Cuando hubieron traído las cosas como él les dijo, Telémaco subió a bordo, yendo Minerva delante de él y tomando asiento en la popa de la nave, mientras Telémaco se sentó a su lado. Entonces los hombres soltaron los amarres y ocuparon sus puestos en los bancos. Minerva les envió un viento favorable del Oeste, que silbaba sobre las profundas olas azules; entonces Telémaco les ordenó que asiesen los cabos e izaran la vela, y ellos hicieron lo que les mandó. Plantaron el mástil en su hueco del palo transversal, lo levantaron y lo afirmaron con los obenques; luego izaron sus blancas velas con cuerdas de retorcida piel de buey. Mientras la vela se hinchaba con el viento, la nave volaba por las profundas aguas azules, y la espuma silbaba contra su proa al avanzar rauda. Entonces sujetaron todo a bordo, llenaron las mezcladoras hasta el borde e hicieron libaciones a los dioses inmortales que son desde la eternidad, pero sobre todo a la hija de Júpiter, la de ojos claros.

Así, pues, la nave prosiguió su camino a través de las vigilias de la noche, desde el ocaso hasta el alba.

LIBRO III

TELEMACO VISITA A NÉSTOR EN PILOS.

Pero cuando el sol se alzaba del hermoso mar hacia la bóveda del cielo para derramar luz sobre mortales e inmortales, alcanzaron Pilos, la ciudad de Neleo. Ahora bien, el pueblo de Pilos se había reunido en la orilla del mar para ofrecer sacrificios de toros negros a Neptuno, señor del Terremoto. Había nueve gremios con quinientos hombres en cada uno, y nueve toros por cada gremio. Mientras comían las entrañas y quemaban los huesos de los muslos [sobre las brasas] en nombre de Neptuno, llegaron Telémaco y su tripulación, recogieron las velas, fondearon la nave y bajaron a tierra.

Minerva iba delante y Telémaco la seguía. Al poco ella dijo: «Telémaco, no debes ser en absoluto tímido ni nervioso; has emprendido este viaje para intentar averiguar dónde está enterrado tu padre y cómo encontró su fin; así que ve derecho a Néstor para que veamos qué tiene que decirnos. Pídele que hable con verdad, y no mentirá, pues es persona excelente.»

«Pero ¿cómo, Mentor —respondió Telémaco—, me atreveré a acercarme a Néstor, y cómo voy a dirigirme a él? Nunca he estado acostumbrado a sostener largas conversaciones con la gente, y me da vergüenza empezar a interrogar a uno mucho mayor que yo.»

«Algunas cosas, Telémaco —respondió Minerva—, te las sugerirá tu propio instinto, y el cielo te impulsará además; pues tengo la certeza de que los dioses han estado contigo desde el tiempo de tu nacimiento hasta ahora.»

Ella entonces siguió adelante rápidamente, y Telémaco fue tras sus pasos hasta que llegaron al lugar donde estaban reunidos los gremios del pueblo de Pilos. Allí encontraron a Néstor sentado con sus hijos, mientras los de su compañía en torno a él se ocupaban en preparar la comida, poniendo trozos de carne en los asadores, mientras otros trozos se cocinaban. Cuando vieron a los forasteros, se apiñaron en torno a ellos, les tomaron de la mano y los invitaron a sentarse. Pisístrato, hijo de Néstor, ofreció en seguida su mano a cada uno de ellos y los sentó sobre unos blandos vellones de oveja que había sobre la arena junto a su padre y su hermano Trasimedes. Luego les dio sus porciones de las entrañas y les sirvió vino en una copa de oro, pasándosela primero a Minerva y saludándola al mismo tiempo.

«Haced una oración, señor —dijo—, al rey Neptuno, pues es su fiesta la que estáis compartiendo; cuando hayáis rezado debidamente y hecho vuestra libación, pasad la copa a vuestro amigo para que él haga lo mismo. No dudo de que él también alza sus manos en oración, pues el hombre no puede vivir sin Dios en el mundo. Con todo, es más joven que vosotros, y tiene más o menos mi edad, así que os cedo la precedencia.»

Mientras hablaba, le entregó la copa. Minerva pensó que era muy correcto y apropiado que se la hubiera dado a ella primero; por tanto, comenzó a rezar con fervor a Neptuno. «¡Oh tú —exclamó—, que abrazas la tierra, dígnate conceder las oraciones de tus siervos que te invocan. Sobre todo, te pedimos que envíes tu gracia sobre Néstor y sus hijos; después también otorga al resto del pueblo de Pilos alguna hermosa recompensa por la hermosa hecatombe que te ofrecen. Por último, concédenos a Telémaco y a mí un feliz desenlace, en lo que respecta al asunto que nos ha traído con nuestra nave a Pilos.»

Cuando hubo terminado así su oración, pasó la copa a Telémaco y él rezó igualmente. Poco después, cuando las carnes exteriores estuvieron asadas y retiradas de los asadores, los trinchadores dieron a cada uno su porción y todos hicieron una excelente comida. En cuanto hubieron comido y bebido lo bastante, Néstor, caballero de Gerene, comenzó a hablar.

«Ahora —dijo—, que nuestros invitados han terminado su comida, lo mejor será preguntarles quiénes son. ¿Quiénes sois pues, forasteros, y de qué puerto habéis zarpado? ¿Sois comerciantes? ¿o navegáis los mares como corsarios con vuestra mano contra todo hombre y la mano de todo hombre contra vosotros?»

Telémaco respondió con resolución, pues Minerva le había dado valor para preguntar por su padre y granjearse un buen nombre.

«Néstor —dijo—, hijo de Neleo, honra del nombre aqueo, preguntas de dónde venimos, y voy a decírtelo. Venimos de Ítaca, bajo el Neritón, y el asunto del que querría hablar es de interés privado y no público. Busco noticias de mi infeliz padre Ulises, de quien se dice que saqueó la ciudad de Troya en compañía tuya. Sabemos qué suerte cupo a cada uno de los otros héroes que lucharon en Troya, pero en lo que respecta a Ulises el cielo nos ha ocultado el conocimiento incluso de si ha muerto, pues nadie puede asegurarnos en qué lugar pereció, ni decir si cayó en combate en tierra firme o se perdió en el mar entre las olas de Anfitrite. Por tanto, soy suplicante a tus rodillas, si por ventura quisieras decirme su melancólico final, ya sea que lo viste con tus propios ojos, ya que lo oíste de algún otro viajero, pues fue un hombre nacido para el sufrimiento. No suavices las cosas por compasión de mí, sino dime con toda claridad exactamente lo que viste. Si mi valiente padre Ulises te prestó alguna vez leal servicio, de palabra o de obra, cuando los aqueos acosabais a los troyanos, tenlo ahora presente en mi favor y cuéntame todo con verdad.»

«Amigo mío —respondió Néstor—, me recuerdas un tiempo de mucho dolor para mi ánimo, pues los valientes aqueos sufrieron mucho tanto en el mar, pirateando bajo Aquiles, como cuando luchaban ante la gran ciudad del rey Príamo. Nuestros mejores hombres cayeron allí todos —Ayante, Aquiles, Patroclo, igual a los dioses en consejo, y mi propio querido hijo Antíloco, hombre singularmente veloz de pies y valiente en el combate. Pero sufrimos mucho más que esto; ¿qué lengua mortal podría contar toda la historia? Aunque te quedases aquí y me interrogases durante cinco años, o incluso seis, no podría contarte todo lo que los aqueos sufrieron, y volverías a casa cansado de mi relato antes de que acabase. Nuevos largos años probamos toda clase de estratagemas, pero la mano del cielo estaba contra nosotros; durante todo este tiempo no hubo nadie que pudiese compararse con tu padre en astucia —si es que de verdad eres su hijo—; apenas puedo creer lo que ven mis ojos —y hablas igual que él también—; nadie diría que personas de edades tan distintas pudiesen hablar tan igual. Él y yo nunca tuvimos ninguna clase de diferencia desde el principio hasta el fin, ni en el campo ni en el consejo, sino que con corazón y propósito unánimes aconsejábamos a los argivos cómo ordenarlo todo para bien.

»Cuando, sin embargo, hubimos saqueado la ciudad de Príamo y nos hacíamos a la vela en nuestras naves según el cielo nos había dispersado, entonces Júpiter vio oportuno acosar a los argivos en su viaje de regreso; pues no todos habían sido prudentes ni sensatos, y por ello muchos hallaron un mal fin por el disgusto de la hija de Júpiter, Minerva, que provocó una disputa entre los dos hijos de Atreo.

»Los hijos de Atreo convocaron una asamblea que no fue como debía, pues era el atardecer y los aqueos estaban cargados de vino. Cuando explicaron por qué habían reunido al pueblo, pareció que Menelao estaba a favor de hacerse a la vela de vuelta a casa de inmediato, y esto desagradó a Agamenón, que pensaba que debíamos esperar hasta haber ofrecido hecatombes para aplacar la cólera de Minerva. Necio de él, bien podía haber sabido que no prevalecería sobre ella, pues cuando los dioses han tomado una determinación no la cambian a la ligera. Así que los dos estuvieron cambiándose palabras duras, con lo que los aqueos saltaron de sus pies con un grito que rasgó el aire, y estaban divididos sobre lo que debían hacer.

»Aquella noche descansamos y apacentamos nuestra cólera, pues Júpiter estaba tramando males contra nosotros. Pero a la mañana siguiente algunos de nosotros botamos nuestras naves al agua y pusimos nuestros bienes con nuestras mujeres a bordo, mientras los demás, cerca de la mitad, se quedaron atrás con Agamenón. Nosotros —la otra mitad— nos embarcamos y zarpamos, y las naves iban bien, pues el cielo había calmado el mar. Cuando llegamos a Ténedos ofrecimos sacrificios a los dioses, porque ansiábamos llegar a casa; el cruel Júpiter, sin embargo, aún no pensaba que debiéramos hacerlo, y suscitó una segunda disputa en el curso de la cual algunos de nosotros volvieron atrás con sus naves y se hicieron a la vela bajo Ulises para hacer las paces con Agamenón; pero yo, y todas las naves que iban conmigo, seguí adelante, pues veía que se tramaba una maldad. El hijo de Tideo fue también conmigo, y sus tripulaciones con él. Más tarde se nos unió Menelao en Lesbos, y nos encontró decidiendo nuestro rumbo —pues no sabíamos si ir por fuera de Quíos, junto a la isla de Psira, manteniéndola a nuestra izquierda, o por dentro de Quíos, frente al tempestuoso promontorio de Mimas. Pedimos al cielo una señal, y se nos mostró una en el sentido de que saldríamos antes del peligro si dirigíamos nuestras naves a través del mar abierto hacia Eubea. Así lo hicimos, y se levantó un viento favorable que nos dio un rápido paso durante la noche hasta Geresto, donde ofrecimos muchos sacrificios a Neptuno por habernos ayudado tan lejos en nuestro camino. Cuatro días después Diomedes y sus hombres fondearon sus naves en Argos, pero yo seguí hacia Pilos, y el viento no amainó desde el día en que el cielo lo hizo favorable para mí.

»Por tanto, mi querido joven amigo, volví sin saber nada de los demás. No sé quiénes llegaron a casa sanos y quiénes se perdieron, pero, como es mi deber, te daré sin reservas los informes que me han llegado desde que estoy aquí en mi propia casa. Dicen que los mirmidones regresaron a casa salvos bajo el hijo de Aquiles, Neoptólemo; lo mismo hizo el valiente hijo de Peante, Filoctetes. Idomeneo, a su vez, no perdió hombres en el mar, y todos sus seguidores que escaparon de la muerte en el campo volvieron salvos con él a Creta. Por muy lejos del mundo que vivas, habrás oído de Agamenón y el mal fin que tuvo a manos de Egisto —y un espantoso ajuste de cuentas pagó Egisto al punto. ¡Mira qué buena cosa es para un hombre dejar un hijo detrás que haga lo que hizo Orestes, que mató al falso Egisto, el asesino de su noble padre! Tú también, pues —ya que eres un mozo apuesto y bien plantado—, muestra tu temple y hazte un nombre en la historia.»

«Néstor, hijo de Neleo —respondió Telémaco—, honra del nombre aqueo, los aqueos aplauden a Orestes y su nombre vivirá por siempre, pues ha vengado a su padre noblemente. ¡Ojalá el cielo me concediera hacer idéntica venganza sobre la insolencia de los malvados pretendientes, que me maltratan y maquinan mi ruina; pero los dioses no tienen tal felicidad reservada para mí ni para mi padre, así que debemos soportarlo lo mejor que podamos.»

«Amigo mío —dijo Néstor—, ahora que me lo recuerdas, recuerdo haber oído que tu madre tiene muchos pretendientes, que están mal dispuestos hacia ti y están haciendo estragos en tu hacienda. ¿Lo soportas con tanta mansedumbre, o son el sentir público y la voz del cielo contrarios a ti? ¿Quién sabe si Ulises podría volver al fin, y pagar a esos bribones con creces, ya fuera solo o con una fuerza de aqueos detrás? Si Minerva te tomase tanto cariño como se lo tomó a Ulises cuando luchábamos ante Troya (pues nunca vi a los dioses tan abiertamente aficionados a nadie como Minerva lo estaba entonces de tu padre), si cuidase de ti tan bien como cuidó de él, esos pretendientes olvidarían pronto algunos de ellos su galanteo.»

Telémaco respondió: «No puedo esperar nada de tal calibre; sería demasiado que esperar. No me atrevo a pensar en ello. Aun cuando los dioses mismos lo quisieran, ninguna felicidad así podría caberme.»

Entonces Minerva dijo: «Telémaco, ¿qué estás diciendo? El cielo tiene un brazo largo si está decidido a salvar a un hombre; y si de mí dependiera, no me importaría cuánto sufriese antes de llegar a casa, con tal de estar a salvo una vez allí. Preferiría esto a llegar a casa rápidamente y luego ser muerto en mi propia casa como Agamenón por la traición de Egisto y su mujer. Con todo, la muerte es cierta, y cuando llega la hora de un hombre, ni aun los dioses pueden salvarlo, por mucho que lo quieran.»

«Mentor —respondió Telémaco—, no hablemos más de ello. No hay posibilidad de que mi padre vuelva jamás; los dioses hace tiempo que decretaron su destrucción. Hay otra cosa, sin embargo, sobre la que querría preguntar a Néstor, pues él sabe mucho más que nadie. Dicen que ha reinado durante tres generaciones, así que es como hablar con un inmortal. Dime, pues, Néstor, y dime la verdad: ¿cómo murió Agamenón de ese modo? ¿Qué estaba haciendo Menelao? ¿Y cómo el falso Egisto pudo matar a un hombre tan superior a él? ¿Estaba Menelao lejos del aqueo Argos, navegando por otras tierras entre los hombres, para que Egisto cobrara ánimo y matase a Agamenón?»

«Te lo diré con verdad —respondió Néstor—, y en verdad tú mismo has adivinado cómo sucedió todo. Si Menelao, al volver de Troya, hubiese encontrado a Egisto aún vivo en su casa, no habría habido túmulo alguno amontonado para él, ni aun muerto, sino que habría sido arrojado fuera de la ciudad a los perros y los buitres, y ninguna mujer lo habría llorado, pues había hecho una acción de gran perversidad; pero nosotros estábamos allí, luchando con fuerza en Troya, y Egisto, que se estaba tomando su descanso tranquilamente en el corazón de Argos, engatusaba con incesante adulación a la esposa de Agamenón, Clitemnestra.

“Mas al principio ella no quería saber nada de su malvado plan, pues era de natural bondadoso;30 además había con ella un aedo, a quien Agamenón había dado órdenes estrictas al partir hacia Troya, de que vigilase a su esposa; pero cuando el cielo hubo decidido su perdición, Egisto llevó a este aedo a una isla desierta y lo dejó allí para que los cuervos y las gaviotas se hartaran con él —tras lo cual ella fue de buena gana a la casa de Egisto. Entonces él ofreció muchos holocaustos a los dioses, y adornó muchos templos con tapices y dorados, pues había tenido un éxito muy superior a sus expectativas.

“Entretanto Menelao y yo nos dirigíamos a casa desde Troya, en buena armonía. Cuando llegamos a Sunio, que es el promontorio de Atenas, Apolo con sus flechas indoloras mató a Frontis, el piloto de la nave de Menelao (y nunca hubo hombre que supiera mejor cómo gobernar una embarcación en mar gruesa), de modo que murió allí mismo con el timón en la mano, y Menelao, aunque muy ansioso por seguir adelante, tuvo que esperar para dar sepultura a su compañero y rendirle los debidos ritos fúnebres. Enseguida, cuando él también pudo hacerse a la mar de nuevo, y había navegado hasta los cabos Maleos, Jove aconsejó el mal contra él e hizo que soplara recio hasta que las olas se alzaban como montañas. Aquí dividió su flota y llevó la mitad hacia Creta, donde habitan los Cidones en torno a las aguas del río Iardano. Hay por estas cercanías un alto promontorio que avanza hacia el mar desde un lugar llamado Gortina, y a lo largo de esta parte de la costa, hasta Festos, el mar se encrespa cuando sopla el viento del sur, pero tras Festos la costa está más protegida, pues un pequeño promontorio basta para servir de gran abrigo. Aquí esta parte de la flota fue empujada contra los riscos y naufragó; pero las tripulaciones apenas lograron salvarse. En cuanto a los otros cinco navíos, fueron llevados por vientos y mares a Egipto, donde Menelao reunió mucho oro y bienes entre pueblos de habla extraña. Entretanto Egisto aquí en casa urdió su acción malvada. Durante siete años después de haber matado a Agamenón reinó en Micenas, y el pueblo le obedecía, pero en el octavo año Orestes volvió de Atenas para ser su ruina, y mató al asesino de su padre. Luego celebró los funerales de su madre y del falso Egisto con un banquete para el pueblo de Argos, y aquel mismo día Menelao llegó a casa,31 con tanto tesoro como sus naves pudieron cargar.

“Hazme caso, pues, y no te vayas viajando largo tiempo tan lejos de tu hogar, ni dejes tus bienes con gente tan peligrosa en tu casa; se lo comerán todo cuanto tengas entre ellos, y habrás emprendido un viaje de necio. Con todo, te aconsejo que vayas sin falta a visitar a Menelao, que acaba de regresar de un viaje entre pueblos tan distantes que nadie podría esperar volver de allí, una vez que los vientos lo hubieron arrastrado tan lejos de su rumbo; ni aun las aves pueden recorrer esa distancia en un año, tan vastos y terribles son los mares que han de cruzar. Ve a verlo, pues, por mar, y lleva contigo a tus propios hombres; o si prefieres viajar por tierra, tienes a tu disposición un carro, tienes caballos, y aquí están mis hijos, que pueden escoltarte a Lacedemón, donde vive Menelao. Pídele que te diga la verdad, y no te mentirá, pues es una excelente persona.”

Mientras él hablaba se puso el sol y llegó la oscuridad, ante lo cual Minerva dijo:

—Señor, todo lo que habéis dicho está bien; ahora, empero, mandad cortar las lenguas de las víctimas, y mezclad vino para que podamos hacer libaciones a Neptuno y a los demás inmortales, y luego id a dormir, que ya es hora. La gente debe retirarse temprano y no trasnochar en una festividad religiosa.

Así habló la hija de Jove, y ellos obedecieron su mandato. Los sirvientes echaron agua sobre las manos de los convidados, mientras los pajes llenaban las cráteras con vino y agua, y lo iban sirviendo tras entregar a cada hombre su porción de libación; luego echaron las lenguas de las víctimas al fuego, y se levantaron para hacer sus libaciones. Cuando hubieron hecho sus ofrendas y cada uno bebió cuanto le plugo, Minerva y Telémaco se disponían a embarcarse en su nave, pero Néstor los retuvo en el acto y los detuvo.

—¡El cielo y los dioses inmortales —exclamó— prohíben que abandonéis mi casa para iros a bordo de un navío! ¿Acaso pensáis que soy tan pobre y tan falto de mantas, o que tengo tan pocos capotes y abrigos que no pueda procurar lechos cómodos tanto para mí como para mis huéspedes? He de deciros que tengo abundancia de alfombras y capotes, y no permitiré que el hijo de mi antiguo amigo Ulises acampe en la cubierta de un navío —¡no mientras yo viva!— ni tampoco mis hijos después de mí, antes bien, mantendrán la casa abierta como yo he hecho.

Entonces respondió Minerva:

—Señor, habéis hablado bien, y será mucho mejor que Telémaco haga como habéis dicho; él, pues, volverá con vos y dormirá en vuestra casa, pero yo he de regresar para dar instrucciones a mi tripulación y mantenerla con buen ánimo. Soy la única persona mayor entre ellos; todos los demás son jóvenes de la misma edad que Telémaco, que han hecho esta voyage por amistad; así que he de volver a la nave y dormir allí. Además, mañana debo ir a la tierra de los Cauconios, donde se me adeuda una gran suma de dinero desde hace tiempo. En cuanto a Telémaco, ya que es vuestro huésped, enviadlo a Lacedemón en un carro, y que uno de vuestros hijos vaya con él. Tened a bien proveerle también de vuestros mejores y más veloces corceles.

Cuando así hubo hablado, se fue volando en forma de águila, y todos maravillaron al contemplarla. Néstor quedó asombrado, y tomó a Telémaco de la mano.

—Amigo mío —dijo—, veo que vas a ser un gran héroe algún día, ya que los dioses te asisten de tal modo cuando aún eres tan joven. Este no pudo ser otro de los que habitan en el cielo sino la redoutable hija de Jove, la nacida de Tritón, que mostró tanto favor hacia tu valiente padre entre los Argivos. ¡Reina santa —continuó—, dígnate enviar tu gracia sobre mí, mi buena esposa y mis hijos! En cambio, yo te ofreceré en sacrificio una novilla de anchos cuernos, de un año, indómita, y que aún ningún hombre ha puesto bajo el yugo. Le doraré los cuernos, y te la ofreceré en sacrificio.

Así oró, y Minerva escuchó su plegaria. Luego guió el camino hacia su propia casa, seguido de sus hijos y sus yernos. Cuando hubieron llegado y tomaron asiento en los bancos y sillas, él les mezcló una crátera de dulce vino que tenía once años cuando la ama de llaves quitó la tapa de la tinaja que lo guardaba. Mientras mezclaba el vino, oró mucho e hizo libaciones a Minerva, hija de Jove portador de la égida. Luego, cuando hubieron hecho sus libaciones y cada uno bebió cuanto le plugo, los demás se fueron a casa a dormir, cada uno en su morada; pero Néstor hizo dormir a Telémaco en la estancia que estaba sobre el vestíbulo, junto con Pisístrato, que era el único hijo soltero que le quedaba. En cuanto a él, durmió en una estancia interior de la casa, con la reina su esposa a su lado.

Ahora bien, cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, Néstor dejó su lecho y tomó asiento en los bancos de blanco y pulido mármol que había ante su casa. Aquí antaño se sentaba Neleo, par de los dioses en consejo, pero ya estaba muerto y había ido a la casa de Hades; así que Néstor se sentó en su asiento con el cetro en la mano, como guardián del bien público. Sus hijos, al salir de sus estancias, se reunieron en torno a él: Equefrón, Estratio, Perseo, Aretus y Trasimedes; el sexto hijo era Pisístrato, y cuando Telémaco se unió a ellos lo hicieron sentarse con ellos. Néstor se dirigió entonces a ellos.

—Hijos míos —dijo—, daos prisa en hacer lo que os voy a mandar. Deseo ante todo propiciar a la gran diosa Minerva, que se manifestó visiblemente ante mí durante la festividad de ayer. Id, pues, uno u otro de vosotros a la llanura, decid al vaquero que me busque una novilla, y venid aquí con ella de inmediato. Otro debe ir a la nave de Telémaco, e invitar a toda la tripulación, dejando solo a dos hombres al cuidado de la embarcación. Alguien más irá corriendo a buscar a Larceo el orfebre para que dore los cuernos de la novilla. Los demás, quedaos todos donde estáis; decid a las criadas de la casa que preparen una excelente cena, y que traigan asientos y leños para el holocausto. Decidles también que me traigan agua clara de manantial.

Ellos se apresuraron a partir cada cual a su encargo. La novilla fue traída de la llanura, y la tripulación de Telémaco vino de la nave; el orfebre trajo el yunque, el martillo y las tenazas con que trabajaba el oro, y la propia Minerva vino a aceptar el sacrificio. Néstor entregó el oro, y el artesano doró los cuernos de la novilla para que la diosa se complaciera en su hermosura. Luego Estratio y Equefrón la introdujeron por los cuernos; Aretus trajo agua de la casa en una jarra con un dibujo de flores, y en su otra mano sostenía una cesta de harina de cebada; el fornido Trasimedes permanecía en pie con un hacha afilada, listo para golpear a la novilla, mientras Perseo sostenía un balde. Entonces Néstor comenzó lavándose las manos y esparciendo la harina de cebada, e hizo muchas plegarias a Minerva mientras arrojaba al fuego un mechón de la cabeza de la novilla.

Cuando hubieron terminado de orar y de esparcir la harina de cebada,32 Trasimedes descargó su golpe, y derribó a la novilla con un tajo que cortó los tendones de la base de su cuello, ante lo cual las hijas y nueras de Néstor, y su venerable esposa Eurídice (que era la hija mayor de Clímeno), gritaron de alborozo. Luego levantaron la cabeza de la novilla del suelo, y Pisístrato le cortó la garganta. Cuando ella hubo desangrado y estaba bien muerta, la descuartizaron. Le sacaron los muslos por el orden debido, los envolvieron en dos capas de grasa, y colocaron encima trozos de carne cruda; luego Néstor los puso sobre el fuego de leña y los roció con vino, mientras los jóvenes permanecían junto a él con asadores de cinco púas en las manos. Cuando los muslos estuvieron quemados y hubieron probado las entrañas, cortaron el resto de la carne en trozos pequeños, los pusieron en los asadores y los tostaron al fuego.

Entretanto la bella Polícaste, la hija menor de Néstor, lavó a Telémaco. Cuando lo hubo lavado y ungido con aceite, le trajo un hermoso manto y una túnica,33 y él parecía un dios al salir del baño y tomar asiento junto a Néstor. Cuando los trozos exteriores estuvieron hechos, los retiraron de los asadores y se sentaron a cenar, donde fueron servidos por algunos buenos escuderos, que no cesaban de verterles el vino en copas de oro. En cuanto hubieron comido y bebido lo suficiente, Néstor dijo:

—Hijos, enganchad los caballos al carro de Telémaco para que pueda partir de inmediato.

Así habló, y ellos hicieron tal como había dicho, y uncieron los veloces corceles al carro. El ama de llaves les preparó una provisión de pan, vino y dulces propios de hijos de príncipes. Luego Telémaco subió al carro, mientras Pisístrato recogió las riendas y tomó asiento a su lado. Azotó a los caballos y estos salieron volando sin resistirse hacia el campo abierto, dejando atrás la alta ciudadela de Pilos. Todo el día viajaron, meciendo el yugo sobre sus cuellos hasta que el sol se puso y la oscuridad se extendió por toda la tierra. Entonces llegaron a Feras, donde vivía Diocles, hijo de Ortiloco y nieto de Alfeo. Allí pasaron la noche y Diocles los agasajó hospitalariamente. Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, uncieron de nuevo sus caballos y salieron por la puerta bajo el resonante vestíbulo.34 Pisístrato azotó a los caballos y estos salieron volando sin resistirse; poco después llegaron a las tierras de cereal del campo abierto, y con el tiempo terminaron su viaje, tan bien los llevaron sus corceles.35

Ahora bien, cuando el sol se hubo puesto y la oscuridad se extendió por la tierra,

LIBRO IV

LA VISITA AL REY MENELAO, QUE CUENTA SU HISTORIA —ENTRETANTO LOS PRENDENDIENTES EN ÍTACA CONSPIRAN CONTRA TELEMACO.

llegaron a la ciudad baja de Lacedemón, donde se dirigieron directamente a la morada de Menelao36 [y lo encontraron en su propia casa, banqueteando con sus muchos parientes en honor de la boda de su hijo, y también de su hija, a quien casaba con el hijo de aquel valiente guerrero Aquiles. Había dado su consentimiento y prometido a ella mientras aún estaba en Troya, y ahora los dioses llevaban a cabo el matrimonio; así que la enviaba con carros y caballos a la ciudad de los Mirmidones, sobre quienes reinaba el hijo de Aquiles. Para su único hijo había encontrado una novia en Esparta,37 la hija de Alector. Este hijo, Megapentes, le había nacido de una sierva, pues el cielo no concedió a Helena más hijos después de haber dado a luz a Hermíone, que era hermosa como la dorada Venus misma.

Así que los vecinos y parientes de Menelao banqueteaban y se regocijaban en su casa. Había también un aedo para cantarles y tañer su lira, mientras dos volteadores iban haciendo sus gracias entre ellos cuando el hombre arrancaba con su tonada.38

Telémaco y el hijo de Néstor detuvieron sus caballos ante la puerta, ante lo cual Eteoneo, siervo de Menelao, salió, y en cuanto los vio corrió presuroso de vuelta a la casa para avisar a su señor. Se acercó a él y dijo:

—Menelao, han llegado aquí unos forasteros, dos hombres, que parecen hijos de Jove. ¿Qué hemos de hacer? ¿Les desataremos los caballos, o les diremos que busquen amigos por su cuenta como mejor puedan?

Menelao se enojó mucho y dijo:

—Eteoneo, hijo de Boeto, nunca solías ser un necio, pero ahora hablas como un simple. Desátales los caballos, por supuesto, y haz pasar a los forasteros para quecen; tú y yo nos hemos quedado suficientes veces en casa de otros antes de regresar aquí, donde el cielo quiera que descansemos en paz en adelante.

Así que Eteoneo se dio prisa en volver y mandó a los demás siervos que vinieran con él. Sacaron a los sudados corceles de bajo el yugo, los ataron a los pesebres, y les dieron una ración de avena y cebada mezclada. Luego apoyaron el carro contra el muro del fondo del patio, y abrieron paso hacia la casa. Telémaco y Pisístrato quedaron asombrados al verla, pues su resplandor era como el del sol y la luna; luego, cuando hubieron admirado todo cuanto les cupo en su corazón, entraron en la sala de baño y se lavaron.

Cuando los siervos los hubieron lavado y ungido con aceite, les trajeron capotes de lana y túnicas, y los dos tomaron asiento junto a Menelao. Una sierva les trajo agua en una hermosa jarra de oro, y la vertió en una palangana de plata para que se lavaran las manos; y acerco una mesa limpia junto a ellos. Un siervo principal les trajo pan, y les ofreció muchas y buenas cosas de cuanto había en la casa, mientras el trinchante traía platos de toda clase de carnes y ponía copas de oro a su lado.

Menelao entonces los saludó diciendo:

—¡A comer, y bienvenidos! Cuando hayáis terminado la cena os preguntaré quiénes sois, pues el linaje de hombres como vosotros no puede haberse perdido. Debéis descender de una línea de reyes portadores de cetro, porque la gente pobre no tiene hijos como vosotros.

Dicho esto les pasó39 un trozo de lomo asado y graso, que había sido puesto cerca de él por ser una parte selecta, y ellos echaron mano a las buenas cosas que tenían ante sí; en cuanto hubieron comido y bebido lo suficiente, Telémaco dijo al hijo de Néstor, con la cabeza tan cerca que nadie pudiera oír:

—Mira, Pisístrato, hombre de mi propio corazón, mira el resplandor del bronce y el oro —del ámbar,40 el marfil y la plata. Todo es tan esplendoroso que es como ver el palacio del Olímpico Jove. Me siento perdido en la admiración.

Menelao lo oyó y dijo:

—Nadie, hijos míos, puede competir con Jove, pues su casa y cuanto le rodea es inmortal; pero entre los hombres mortales —bueno, puede haber otro que tenga tanta riqueza como yo, o puede que no; pero en todo caso he viajado mucho y he padecido muchas penalidades, pues fueron casi ocho años antes de que pudiera regresar a casa con mi flota. Fui a Chipre, a Fenicia y a Egipto; fui también a los Etíopes, a los Sidonios y a los Erembios, y a Libia, donde los corderos tienen cuernos en cuanto nacen, y las ovejas paren tres veces al año. Todo aquel en ese país, ya sea amo o siervo, tiene abundancia de queso, carne y buena leche, pues las ovejas paren durante todo el año. Pero mientras yo viajaba y acumulaba grandes riquezas entre esos pueblos, mi hermano fue asesinado secretamente y de manera atroz por la perfidia de su malvada esposa, de modo que no tengo placer alguno en ser señor de toda esta riqueza. Quienesquiera que sean vuestros padres, ellos os habrán contado todo esto, y de mi pesada pérdida en la ruina41 de una mansión señorial plena y magníficamente amueblada. Ojalá tuviera solo una tercera parte de lo que ahora poseo y me hubiera quedado en casa, y vivieran todos cuantos perecieron en la llanura de Troya, lejos de Argos. A menudo me duelo, sentado aquí en mi casa, por uno y por todos ellos. A veces lloro en voz alta de pena, pero al momento ceso, pues el llanto es frío consuelo y uno pronto se cansa de él. Y sin embargo, por mucho que me duela por ellos, lo hago por un hombre más que por todos. Ni siquiera puedo pensar en él sin sentir repugnancia hacia la comida y el sueño, tan desgraciado me hace, pues ninguno de todos los Aqueos trabajó tanto ni tanto arriesgó como él. No sacó nada a cambio, y me ha dejado un legado de dolor, pues hace mucho que se fue, y no sabemos si vive o ha muerto. Su anciano padre, su sufrida esposa Penélope, y su hijo Telémaco, al que dejó atrás siendo un infante en brazos, están sumidos en la aflicción por su causa.

Así habló Menelao, y el corazón de Telémaco añoró al pensar en su padre. Las lágrimas brotaron de sus ojos al oírlo mencionar así, de modo que se cubrió el rostro con el manto usando ambas manos. Cuando Menelao lo vio, dudó entre dejarlo elegir su propio momento para hablar, o preguntarle de inmediato y averiguar de qué se trataba.

Mientras él así vacilaba, Helena bajó de su elevada cámara abovedada y perfumada, luciendo tan hermosa como la propia Diana. Adraste le acercó un asiento, Alcipe una suave manta de lana, mientras Filo le trajo el cofre de labor de plata que Alcandra, esposa de Polibo, le había regalado. Polibo vivía en la Tebas egipcia, que es la ciudad más rica del mundo entero; él había dado a Menelao dos bañeras, ambas de plata pura, dos trípodes y diez talentos de oro; amén de todo esto, su esposa hizo a Helena algunos bellos presentes, a saber, una rueca de oro y un cofre de labor de plata que corría sobre ruedas, con una cenefa de oro en torno a su borde. Filo lo colocó entonces a su lado, lleno de finos hilados, y sobre él puso una rueca cargada de lana color violeta. Luego Helena tomó asiento, puso los pies sobre el escabel y comenzó a interrogar a su esposo.

—¿Sabemos, Menelao —dijo—, los nombres de estos forasteros que han venido a vernos? ¿Acertaré o erraré al conjeturarlo? Mas no puedo menos de decir lo que pienso. Nunca aún he visto, sea hombre o mujer, que tanto se pareciera a otro (en verdad, al mirarlo apenas sé qué pensar), como este joven se parece a Telémaco, a quien Ulises dejó atrás siendo un infante cuando vosotros, aqueos, partisteis a Troya con la guerra en vuestros corazones, a causa de mi desvergonzada persona.

—Querida esposa —respondió Menelao—, veo el parecido igual que tú. Sus manos y sus pies son como los de Ulises; también su cabello, la forma de su cabeza y la expresión de sus ojos. Además, cuando yo hablaba de Ulises y decía cuánto había sufrido por mi causa, las lágrimas brotaron de sus ojos y se cubrió el rostro con el manto.

Entonces Pisístrato dijo:

—Menelao, hijo de Atreo, acertáis al pensar que este joven es Telémaco, mas es muy pudoroso y se avergüenza de venir aquí y empezar a departir con uno cuya conversación es tan divinamente interesante como la vuestra. Mi padre, Néstor, me envió para escoltarlo hasta aquí, pues deseaba saber si podríais darle algún consejo o indicación. Un hijo siempre tiene sinsabores en casa cuando su padre ha partido dejándolo sin quien lo ampare; y así es como se halla ahora Telémaco, pues su padre está ausente y no hay nadie entre los suyos que lo defienda.

—¡Válgame el cielo! —respondió Menelao—. ¡Entonces recibo la visita del hijo de un amigo muy querido, que tanto padeció por mi causa! Siempre había esperado agasajarlo con la más señalada distinción cuando el cielo nos concediera un regreso seguro de allende los mares. Habría fundado una ciudad para él en Argos y construido una casa. Lo habría hecho partir de Ítaca con sus bienes, su hijo y toda su gente, y habría arrasado para ellos alguna de las ciudades vecinas que están bajo mi mando. Así nos habríamos visto sin cesar, y nada sino la muerte habría interrumpido tan estrecho y dichoso trato. Supongo, empero, que el cielo nos escatimó tan gran ventura, pues ha impedido al pobre hombre regresar siquiera a su hogar.

Así habló, y sus palabras los hicieron a todos derramar lágrimas. Helena lloró, Telémaco lloró, y también Menelao, ni pudo Pisístrato contener el llanto que llenaba sus ojos al recordar a su querido hermano Antiloco, a quien el hijo de la brillante Aurora había dado muerte. Entonces dijo a Menelao:

—Señor, mi padre Néstor, cuando solíamos hablar de vos en casa, me decía que erais persona de raro y excelso entendimiento. Si es posible, pues, haced como os ruego. No me place llorar mientras estoy cenando. La mañana llegará a su tiempo, y por la mañana no me importa llorar cuanto quiera por los muertos y desaparecidos. Esto es cuanto podemos hacer por los desdichados: solo podemos rasurarnos la cabeza por ellos y arrancar las lágrimas de nuestras mejillas. Tuve un hermano que murió en Troya; no era, ni mucho menos, el peor de los allí presentes; de seguro lo conocíais —su nombre era Antiloco—; yo nunca lo vi con mis ojos, pero dicen que era singularmente veloz de pies y valiente en la lucha.

—Vuestra prudencia, amigo mío —respondió Menelao—, está por encima de vuestros años. Es claro que os parecéis a vuestro padre. Pronto se ve cuando un hombre es hijo de alguien a quien el cielo ha bendecido tanto en lo tocante a esposa como a descendencia, y ha bendecido a Néstor de principio a fin todos sus días, concediéndole una verde vejez en su propia casa, con hijos en torno que son a la vez bien dispuestos y valientes. Pondremos, pues, fin a todo este llanto y atenderemos de nuevo a nuestra cena. Que viertan agua sobre nuestras manos. Telémaco y yo podremos hablar a satisfacción por la mañana.

Entonces Asfalión, uno de los servidores, vertió agua sobre sus manos, y ellos extendieron las suyas hacia las viandas que tenían delante.

Luego, la hija de Zeus, Helena, pensó en otro asunto. Adulteró el vino con una hierba que ahuyenta toda cuita, pesar y mal humor. Quien bebe el vino así adulterado no puede derramar una sola lágrima en lo restante del día, ni siquiera aunque su padre y su madre caigan ambos muertos, o vea a un hermano o un hijo hecho pedazos ante sus mismos ojos. Esta droga, de tan soberano poder y virtud, había sido dada a Helena por Polidamna, esposa de Ton, mujer de Egipto, donde crecen toda suerte de hierbas, unas buenas para echar en la crátera y otras ponzoñosas. Es más, todos en el país entero son hábiles médicos, pues son del linaje de Peán. Cuando Helena hubo echado la droga en el vino y ordenado a los servidores que lo sirvieran, dijo:

—Menelao, hijo de Atreo, y vosotros, mis buenos amigos, hijos de hombres ilustres (lo cual es como Zeus quiere, pues es el dispensador tanto del bien como del mal y puede hacer lo que le plazca), festejad aquí a vuestro antojo y escuchad mientras os cuento un relato oportuno. No puedo, en verdad, nombrar cada una de las hazañas de Ulises, pero puedo decir lo que hizo cuando estaba ante Troya, y vosotros, aqueos, os hallabais en toda suerte de apuros. Se cubrió de heridas y cardenales, se vistió de andrajos y entró en la ciudad enemiga pareciendo un criado o un mendigo, bien distinto de lo que era cuando estaba entre los suyos. Con este disfraz entró en la ciudad de Troya, y nadie le dijo nada. Yo sola lo reconocí y comencé a interrogarlo, pero él fue demasiado astuto para mí. Sin embargo, cuando lo hube lavado y ungido y le hube dado ropas, y tras jurar un solemne juramento de no traicionarlo ante los troyanos hasta que hubiese vuelto sano y salvo a su propio campamento y a las naves, me contó todo lo que los aqueos se proponían hacer. Mató a muchos troyanos y obtuvo mucha información antes de llegar al campamento argivo, por todo lo cual las mujeres troyanas elevaron lamentos, pero por mi parte me alegré, pues mi corazón comenzaba a añorar mi hogar, y me apesadumbraba el agravio que Venus me había hecho al llevarme allí, lejos de mi patria, mi hija y mi legítimo esposo, que en verdad no es en modo alguno falto ni de persona ni de entendimiento.

Entonces dijo Menelao:

—Todo cuanto habéis dicho, querida esposa, es cierto. He viajado mucho y he tenido mucho que ver con héroes, pero nunca he visto otro hombre como Ulises. ¡Qué忍耐encia y qué valor mostró dentro del caballo de madera, donde todos los más valientes de los argivos estaban al acecho para llevar la muerte y la destrucción sobre los troyanos! En aquel instante subisteis hasta nosotros; algún dios que favorecía a los troyanos debió induciros, y llevabais a Deífobo con vos. Tres veces rodeasteis nuestro escondrijo y lo palpasteis; llamasteis a nuestros caudillos cada uno por su nombre, e imitasteis a todas nuestras mujeres —Diomedes, Ulises y yo, desde nuestros asientos en el interior, oímos el ruido que armabais. Diomedes y yo no pudimos decidirnos si salir de un salto allí mismo o responderos desde dentro, pero Ulises nos contuvo a todos, de modo que permanecimos muy quietos, todos salvo Antíclo, que comenzaba a responderos, cuando Ulises le tapó la boca con sus dos manos fornidas y las mantuvo allí. Fue esto lo que nos salvó a todos, pues amordazó a Antíclo hasta que Minerva os alejó de nuevo.

—¡Qué triste —exclamó Telémaco— que todo esto no aprovechara para salvarlo, ni aun su temple de hierro! Mas ahora, señor, tened a bien enviarnos a todos a la cama, para que nos acostemos y gocemos del bendito don del sueño.

Entonces Helena dijo a las criadas que preparasen lechos en la estancia que estaba en el cuerpo de guardia, y que los dispusieran con buenas alfombras rojas, y tendiesen cobertores encima con capas de lana para que los huéspedes se cubrieran. Así que las criadas salieron, llevando una antorcha, y prepararon los lechos, a los que un criado condujo al punto a los forasteros. Así, pues, durmieron Telémaco y Pisístrato allí en el atrio, mientras el hijo de Atreo yacía en una estancia interior con la hermosa Helena a su lado.

Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, Menelao se levantó y se vistió. Se ató las sandalias en sus gallardos pies, se ciñó la espada a los hombros y salió de su estancia pareciendo un dios inmortal. Luego, tomando asiento junto a Telémaco, dijo:

—¿Y bien, Telémaco, qué os ha llevado a emprender esta larga travesía marina hasta Lacedemonia? ¿Venís por asunto público o particular? Contádmelo todo.

—He venido, señor —respondió Telémaco—, por ver si podéis decirme algo acerca de mi padre. Me están consumiendo la casa y el hogar; mi hermoso patrimonio está siendo devastado, y mi casa está llena de malhechores que no cesan de matar gran número de mis ovejas y bueyes, so pretexto de cortejar a mi madre. Por ello soy suplicante a vuestras rodillas, si por ventura podéis contarme algo del melancólico fin de mi padre, ya sea que lo hayáis visto con vuestros propios ojos o lo hayáis oído de algún otro viajero; pues fue un hombre nacido para el sufrimiento. No me disimuléis nada por lástima de mí, sino decidme con toda llaneza exactamente lo que visteis. Si mi valiente padre Ulises os hizo alguna vez leal servicio, de palabra o de obra, cuando los aqueos éramos acosados por los troyanos, tenedlo ahora presente en mi favor y decidme la verdad toda.

Menelao, al oír esto, quedó muy conmovido.

—¡Así —exclamó— que esos cobardes usurparían el lecho de un hombre valeroso! Tan bien podría una cierva dejar su reciente cría en el cubil de un león y marcharse a pacer en el bosque o en algún valle herboso: el león, cuando vuelva a su cubil, dará rápida cuenta de ambos —y así hará Ulises con esos pretendientes—. ¡Por Zeus padre, Atenea y Apolo, si Ulises es aún el hombre que era cuando luchó con Filomeleidés en Lesbos y lo derribó con tal fuerza que todos los aqueos lo aclamaron —si es aún tal y se presentase ante esos pretendientes, ellos tendrían breve plazo y triste boda! En cuanto a vuestras preguntas, empero, no andaré con evasivas ni os engañaré, sino que os diré sin rebozo todo lo que me contó el anciano del mar.

—Yo procuraba llegar aquí, pero los dioses me retuvieron en Egipto, pues mis hecatombes no les habían dado plena satisfacción, y los dioses son muy estrictos en cobrar lo que se les debe. Ahora, frente a Egipto, a tanta distancia como una nave puede navegar en un día con un buen viento recio a popa, hay una isla llamada Faros —tiene un buen puerto del cual las naves pueden hacerse a la mar abierta una vez que han tomado agua—, y allí los dioses me calmaron veinte días sin ni siquiera un soplo de viento favorable que me ayudase a avanzar. Habríamos consumido por completo las provisiones y mis hombres habrían muerto de hambre, si una diosa no hubiese tenido piedad de mí y me hubiese salvado en la persona de Idotea, hija de Proteo, el anciano del mar, pues ella se había prendado de mí.

—Vino a mí un día cuando yo estaba solo, como solía ocurrir, pues los hombres iban con sus anzuelos cebados por toda la isla con la esperanza de pescar alguno que otro pez que los librase de los tormentos del hambre.

—«Forastero —dijo—, me parece que os place morir de hambre de esta manera; al menos no os inquieta gran cosa, pues os quedáis aquí día tras día, sin intentar siquiera iros, aunque vuestros hombres se están muriendo poco a poco.»

—«Permitidme que os diga —respondí yo—, cualquiera que sea la diosa que os haya tocado en suerte, que no me quedo aquí por mi propia voluntad, sino que debo haber ofendido a los dioses que habitan el cielo. Decidme, pues, pues los dioses lo saben todo, cuál de los inmortales es el que me detiene de esta manera, y decidme también cómo he de navegar el mar para alcanzar mi hogar.»

—«Forastero —respondió ella—, os lo aclararé por completo. Hay un anciano inmortal que vive bajo el mar por estos parajes y cuyo nombre es Proteo. Es egipcio, y dicen que es mi padre; es el principal servidor de Neptuno y conoce cada palmo del fondo del mar. Si podéis apresarlo y mantenerlo sujeto, os dirá acerca de vuestra travesía, qué rutas debéis tomar y cómo habéis de navegar el mar para alcanzar vuestro hogar. También os dirá, si queréis, todo cuanto ha ocurrido en vuestra casa, tanto lo bueno como lo malo, mientras habéis estado ausente en vuestra larga y peligrosa singladura.»

—«¿Podéis mostrarme —dije yo— algún ardid mediante el cual pueda atrapar a este anciano dios sin que lo sospeche y me descubra? Pues un dios no se deja atrapar fácilmente —ni por un hombre mortal.»

—«Forastero —dijo ella—, os lo aclararé por completo. Hacia la hora en que el sol haya alcanzado la mitad del cielo, el anciano del mar emerge de debajo de las olas, precedido por el viento del Oeste que eriza el agua sobre su cabeza. En cuanto ha subido, se recuesta y se duerme en una gran cueva marina, a donde las focas —los polluelos de Halosidne, como las llaman— suben también desde el gris mar y van a dormir en manadas a su alrededor; y un olor muy fuerte y a pez traen consigo. Mañana temprano os llevaré a ese lugar y os pondré en emboscada. Escoged, pues, a los tres mejores hombres que tengáis en vuestra flota, y yo os contaré todas las tretas que el anciano os jugará.

»Primero pasará revista a todas sus focas y las contará; luego, cuando las haya visto y contado con sus cinco dedos, se dormirá entre ellas, como un pastor entre sus ovejas. En el instante en que veáis que está dormido, asegrarlo; haced acopio de todas vuestras fuerzas y sujetadlo con fuerza, pues hará cuanto pueda por zafarse de vosotros. Se convertirá en toda clase de criaturas que andan sobre la tierra, y se tornará también tanto en fuego como en agua; mas debéis mantenerlo sujeto y asirlo cada vez con más fuerza, hasta que comience a hablaros y vuelva a ser lo que era cuando lo visteis dormirse; entonces podréis aflojar la presa y soltarlo; y podréis preguntarle cuál de los dioses es el que está airado con vosotros, y qué debéis hacer para alcanzar vuestro hogar por los mares.»

—Dicho esto, se sumergió bajo las olas, con lo que yo volví al lugar donde mis naves estaban alineadas en la orilla; y mi corazón se ensombrecía de cuita mientras caminaba. Cuando llegué a mi nave, preparamos la cena, pues la noche caía, y acampamos en la playa.

—Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, tomé a los tres hombres en quienes más podía confiar por su valentía de toda laya, y avancé por la orilla del mar, rogando fervientemente al cielo. Mientras tanto, la diosa me trajo cuatro pieles de foca desde el fondo del mar, todas recién desolladas, pues se proponía engañar a su padre. Luego cavó cuatro hoyos para que nos tendiéramos en ellos, y se sentó a esperar hasta que saliéramos. Cuando estuvimos cerca de ella, nos hizo echarnos en los hoyos uno tras otro, y echó una piel de foca sobre cada uno de nosotros. Nuestra emboscada habría sido intolerable, pues el hedor de las focas pescadas era en extremo nauseabundo —¿quién se metería en la cama con un monstruo marino si pudiese evitarlo?—; mas también aquí nos helpsó la diosa, y pensó en algo que nos dio gran alivio, pues puso ambrosía bajo las narices de cada uno, tan fragante que mataba el olor de las focas.

—Esperamos toda la mañana y aprovechamos lo mejor que pudimos el tiempo, viendo a las focas subir a cientos a tomar el sol en la orilla del mar, hasta que al mediodía el anciano del mar salió también, y cuando hubo encontrado a sus rollizas focas pasó revista a ellas y las contó. Estábamos entre las primeras que contó, y nunca sospechó engaño alguno, sino que se echó a dormir en cuanto hubo terminado de contar. Entonces nos lanzamos sobre él con un grito y lo sujetamos; con lo cual comenzó al punto con sus viejas tretas, y se transformó primero en un león con una gran melena; luego, de improviso, se volvió dragón, leopardo, jabalí; al instante siguiente era agua corriente, y luego otra vez, de inmediato, un árbol; mas nosotros nos asimos a él y nunca lo soltamos, hasta que al fin la astuta criatura anciana se vio apurada y dijo: «¿Cuál de los dioses fue, hijo de Atreo, el que tramó esta conspiración contigo para tenderme un lazo y prenderme por la fuerza? ¿Qué queréis?»

—«Tú mismo lo sabes, anciano —respondí yo—, nada ganarás con intentar despistarme. Es porque he estado retenido tanto tiempo en esta isla y no veo indicio alguno de poder marcharme. Pierdo todo ánimo; dime, pues, ya que los dioses lo sabéis todo, cuál de los inmortales es el que me detiene, y dime también cómo he de navegar el mar para alcanzar mi hogar.»

—«Entonces —dijo él—, si queréis terminar vuestra travesía y llegar presto a casa, debéis ofrecer sacrifices a Zeus y al resto de los dioses antes de haceros a la vela; pues está decretado que no volveréis con vuestros amigos y a vuestra propia casa hasta que hayáis regresado al río alimentado por el cielo de Egipto y ofrecido santas hecatombes a los dioses inmortales que reinan en el cielo. Cuando lo hayáis hecho, os permitirán terminar vuestra singladura.»

—Quedé desanimado al oír que debía regresar por aquella travesía larga y terrible hasta Egipto; con todo, respondí: «Haré todo, anciano, cuanto me habéis impuesto; pero ahora decidme, y decidme la verdad, si todos los aqueos que Néstor y yo dejamos atrás cuando zarpamos de Troya han llegado a casa sanos y salvos, o si alguno de ellos encontró un mal fin ya fuera a bordo de su propia nave o entre los suyos, una vez concluidos los días de lucha.

«¡Hijo de Atreo —respondió—, por qué me preguntas? Mejor harías en no saber lo que puedo contarte, pues tus ojos se llenarán de lágrimas cuando oigas mi relato. Muchos de aquellos por quienes preguntas han muerto y desaparecido, pero muchos aún quedan, y solo dos de los caudillos aqueos perecieron durante el regreso a casa. En cuanto a lo ocurrido en el campo de batalla, tú mismo estabas allí. Un tercer jefe aqueo aún anda por el mar, vivo, pero impedido de regresar. Ayante naufragó, pues Neptuno lo arrojó contra las grandes rocas de Giras; con todo, lo dejó salir a salvo del agua, y a pesar de todo el odio de Minerva habría escapado de la muerte, si él mismo no se hubiera perdido por su jactancia. Dijo que los dioses no podían ahogarlo aunque lo intentaran, y cuando Neptuno oyó tales fanfarronadas, empuñó su tridente con sus dos manos fornidas y partió en dos la roca de Giras. La base permaneció donde estaba, pero la parte en que Ayante estaba sentado cayó de cabeza al mar y se lo llevó consigo; de modo que bebió agua salada y se ahogó.

»Tu hermano y sus naves escaparon, pues Juno lo protegió, pero cuando estaba a punto de alcanzar el alto promontorio de Malea, lo sorprendió un temporal recio que lo arrastró otra vez mar adentro muy a su pesar, y lo llevó al cabo donde solía vivir Tiestes, pero donde entonces moraba Egisto. Al cabo, sin embargo, pareció que al fin iba a regresar sano y salvo, pues los dioses volvieron el viento a su antigua dirección y llegaron a casa; con lo cual Agamenón besó su suelo nativo y derramó lágrimas de gozo al hallarse en su propia tierra.

»Ahora bien, había un vigía que Egisto mantenía siempre en la guardia, y al cual había prometido dos talentos de oro. Este hombre había estado observando durante todo un año para asegurarse de que Agamenón no le diera esquinazo y le declarara la guerra; así que, cuando vio pasar a Agamenón, fue y se lo dijo a Egisto, quien al punto comenzó a tramar una traición contra él. Escogió veinte de sus guerreros más valientes y los puso en emboscada a un lado del claustro, mientras al otro lado preparaba un banquete. Luego envió sus carros y jinetes al encuentro de Agamenón y lo invitó al festín, pero pensaba hacerle una felonía. Lo llevó hasta allí, sin que este sospechara el destino que le aguardaba, y lo mató cuando el banquete hubo terminado, como si fuera descuartizando un buey en el matadero; ni uno solo de los seguidores de Agamenón quedó con vida, ni tampoco uno de los de Egisto, sino que todos fueron muertos allí en los claustros.»

Así habló Proteo, y mi corazón se quebrantó al oírlo. Me senté sobre las arenas y lloré; sentía que ya no podía soportar la vida ni mirar la luz del sol. Al poco rato, cuando hube saciado de llorar y de retorcerme por el suelo, el anciano del mar dijo: «Hijo de Atreo, no gastes más tiempo llorando tan amargamente; de nada servirá; busca el camino de tu casa lo más aprisa que puedas, pues acaso Egisto viva todavía, y aun cuando Orestes se te haya adelantado dándole muerte, todavía podrías llegar a tiempo para su funeral.»

Con esto tomé aliento a pesar de toda mi pena, y dije: «Ya sé, pues, de estos dos; dime, por tanto, del tercero de quien hablaste; ¿vive aún, pero en el mar, y sin poder volver a casa? ¿o ha muerto? Dímelo, por mucho que me apene.»

«El tercer hombre —respondió— es Ulises, que mora en Itaca. Puedo verlo en una isla, afligiéndose amargamente en la casa de la ninfa Calipso, que lo tiene prisionero, y no puede llegar a su hogar, pues no tiene naves ni remeros que lo atraviesen el mar. En cuanto a tu propio fin, Menelao, no morirás en Argos, sino que los dioses te llevarán a la llanura Elísea, que está en los confines del mundo. Allí reina Radamantis de luengos cabellos, y los hombres llevan una vida más apacible que en ningún otro lugar del mundo, pues en el Elíseo no cae lluvia, ni granizo, ni nieve, sino que el Océano sopla siempre con un viento del oeste que canta suave desde el mar y da nueva vida a todos los hombres. Esto te acontecerá porque te casaste con Helena y eres yerno de Jove.»

Mientras hablaba se zambulló bajo las olas, con lo cual yo volví atrás a las naves con mis compañeros, y el corazón se me oscureció de cuidados por el camino. Cuando llegamos a las naves preparamos la cena, pues caía la noche, y acampamos en la playa. Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, echamos nuestras naves al mar y colocamos en ellas los mástiles y las velas; luego embarcamos nosotros mismos, nos sentamos en los bancos y golpeamos el gris mar con los remos. De nuevo aposté mis naves en la corriente alimentada por el cielo del Egipto y ofrecí hecatombes cumplidas y suficientes. Cuando hube así aplacado la cólera del cielo, levanté un túmulo en memoria de Agamenón para que su nombre viviera por siempre; tras lo cual tuve un rápido pasaje a casa, pues los dioses me enviaron un viento favorable.

Y ahora, por lo que a ti toca, quédate aquí unos diez o doce días más, y yo entonces te aceleraré la partida. Te haré un noble regalo de un carro y tres caballos. También te daré una hermosa copa, de modo que mientras vivas te acuerdes de mí cada vez que hagas una libación a los dioses inmortales.

«¡Hijo de Atreo! —respondió Telémaco—, no me instes a quedarme más tiempo; me contentaría con permanecer contigo otros doce meses; hallo tu conversación tan deleitosa que no desearía ni una sola vez hallarme en casa con mis padres; pero mi tripulación, que he dejado en Pilos, está ya impaciente, y tú me detienes junto a ellos. En cuanto al presente que quieras hacerme, preferiría que fuera una pieza de vajilla. No me llevaré caballos de vuelta a Itaca, sino que los dejaré para adornar tus propios establos, pues tienes mucho terreno llano en tu reino donde medra el loto, así como la reina de los prados y el trigo y la cebada, y la avena con sus espigas blancas y extendidas; mientras que en Itaca no tenemos ni campos abiertos ni hipódromos, y el país es más a propósito para cabras que para caballos, y lo prefiero así. Ninguna de nuestras islas tiene mucho terreno llano, a propósito para caballos, e Itaca menos que ninguna.»

Sonrió Menelao y tomó la mano de Telémaco entre las suyas. «Lo que dices —dijo— muestra que vienes de buena cepa. Yo puedo, y quiero, hacerte este cambio, dándote la más fina y preciosa pieza de vajilla de toda mi casa. Es una crátera labrada por la propia mano de Vulcano, de plata pura, salvo el borde, que está incrustado de oro. Phaedimus, rey de los sidonios, me la dio en el curso de una visita que le hice cuando volví allí en mi camino de regreso. Te la regalaré.»

Así conversaban [y los huéspedes no cesaban de acudir a la casa del rey. Traían ovejas y vino, mientras sus esposas habían dispuesto pan para que lo llevaran consigo; así que andaban atareados guisando sus cenas en los patios].

Entretanto los pretendientes arrojaban discos o tiraban con lanzas a una señal en el terreno nivelado delante de la casa de Ulises, y se comportaban con toda su insolencia de siempre. Antínoo y Eurímaco, que eran sus cabecillas y los más aventajados entre todos ellos, estaban sentados juntos cuando Noemon, hijo de Fronio, se acercó y dijo a Antínoo:

«¿Tenemos alguna idea, Antínoo, de qué día vuelve Telémaco de Pilos? Tiene una nave mía, y la quiero para cruzar a Élide; tengo allí doce yeguas de cría con sus mulos yearlings al lado aún sin domar, y quiero traer uno de ellos acá y domarlo.»

Quedaron atónitos al oír esto, pues tenían la certeza de que Telémaco no había ido a la ciudad de Neleo. Pensaban que estaba solamente fuera, en alguna parte, en las granjas, y que andaba con las ovejas, o con el porquerizo; así que Antínoo dijo: «¿Cuándo se fue? Dime la verdad, y ¿qué jóvenes llevó consigo? ¿Eran hombres libres o siervos suyos —pues bien pudiera arreglar eso también? Dime también, ¿le dejaste tomar la nave por tu propia voluntad porque te lo pidió, o la tomó sin tu permiso?»

«Yo se la presté —respondió Noemon—, ¿qué otra cosa podía hacer cuando un hombre de su posición dijo que estaba en un apuro y me pidió que lo favoreciera? No podía negarme en absoluto. En cuanto a los que fueron con él, eran los mejores jóvenes que tenemos, y vi a Mentor embarcar como capitán —o algún dios que era exactamente igual a él. No lo entiendo, pues yo vi a Mentor aquí mismo ayer por la mañana, y sin embargo ya estaba entonces partiendo hacia Pilos.»

Noemon se volvió luego a la casa de su padre, pero Antínoo y Eurímaco estaban muy enojados. Dijeron a los demás que dejaran los juegos y vinieran a sentarse junto con ellos. Cuando llegaron, Antínoo, hijo de Eupeites, habló con ira. Tenía el corazón negro de rabia y los ojos echando fuego al decir:

«¡Dioses del cielo, este viaje de Telémaco es un asunto muy serio! Teníamos la seguridad de que no llegaría a nada, pero el mozalbete ha escapado a pesar nuestro, ¡y además con una tripulación escogida! Pronto nos dará quebraderos de cabeza; ¡quiera Jove llevárselo antes de que alcance su pleno desarrollo! Así pues, búscame una nave, con una tripulación de veinte hombres, y yo le tenderé una emboscada en los estrechos entre Itaca y Samos; así lamentará el día en que se puso en camino para intentar averiguar noticias de su padre.»

Así habló, y los demás aplaudieron sus palabras; luego se fueron todos ellos al interior de las construcciones.

No tardó mucho en saber Penélope lo que tramaban los pretendientes; pues un criado, Medonte, los oyó desde fuera del patio exterior mientras urdían sus planes dentro, y fue a decírselo a su ama. Al cruzar el umbral de su estancia Penélope dijo: «Medonte, ¿para qué te envían aquí los pretendientes? ¿Es para decir a las siervas que dejen los quehaceres de su señor y les guisen la cena? Ojalá no cortejen ni coman más de aquí en adelante, ni aquí ni en ninguna parte, sino que esta sea la última vez, por el despilfarro que hacéis todos de la hacienda de mi hijo. ¿No os contaron vuestros padres cuando erais niños cuán bueno había sido Ulises con ellos —sin hacer nunca nada por la fuerza ni hablar con aspereza a nadie? Los reyes pueden decir cosas a veces, y pueden tomar cariño a un hombre y disgustarse con otro, pero Ulises nunca hizo injusticia a nadie —lo cual muestra qué malos corazones tenéis, y que ya no queda gratitud en este mundo.»

Entonces Medonte dijo: «Quisiera, señora, que esto fuera todo; pero ahora traman algo mucho más terrible —que el cielo frustra su designio. Van a intentar matar a Telémaco cuando vuelve de Pilos y Lacedemón, donde ha estado para averiguar noticias de su padre.»

Entonces el corazón de Penélope se hundió dentro de ella, y por largo rato quedó sin habla; sus ojos se llenaron de lágrimas, y no hallaba palabras. Al cabo, sin embargo, dijo: «¿Por qué me dejó mi hijo? ¿Qué necesidad tenía de hacerse a la vela en naves que hacen largos viajes por el océano como corceles del mar? ¿Quiere morir sin dejar a nadie detrás que mantenga su nombre?»

«No sé —respondió Medonte— si algún dios lo empujó a ello, o si partió por impulso propio para ver si podía averiguar si su padre estaba muerto, o vivo y en camino de volver.»

Luego bajó de nuevo las escaleras, dejando a Penélope en agonía de pena. Había asientos de sobra en la casa, pero ella no tenía ánimo para sentarse en ninguno; solo podía arrojarse en el suelo de su propia estancia y llorar; con lo cual todas las siervas de la casa, viejas y jóvenes, se reunieron a su alrededor y也开始 a llorar también, hasta que al fin, en un rapto de dolor, exclamó:

«Queridas mías, al cielo plugo probarme con más aflicción que a ninguna otra mujer de mi edad y de mi país. Primero perdí a mi esposo valiente y corazón de león, que poseía toda buena cualidad bajo el cielo, y cuyo nombre era grande por toda la Hélade y la media Argos, y ahora mi hijo adorado está a merced de los vientos y las olas, sin que yo haya oído una sola palabra de su partida. ¡Pícaras, no hubo entre vosotras ni una que pensara en llamarme fuera de mi lecho, aunque todas sabíais muy bien cuándo partía! Si yo hubiera sabido que pensaba hacer este viaje, habría tenido que desistir de él, por mucho que estuviera empeñado, o dejarme un cadáver tras de sí —una cosa u otra. Ahora, empero, id algunas de vosotras y llamad al viejo Dolio, que me fue dado por mi padre al casarme, y que es mi jardinero. Decidle que vaya al punto y cuente todo a Laertes, quien acaso pueda dar con algún plan para granjearse la simpatía pública de nuestra parte, frente a los que intentan exterminar su propia raza y la de Ulises.»

Entonces la anciana nodriza Euriclea dijo: «Podéis matarme, señora, o dejarme vivir en vuestra casa, lo que os plazca, pero os diré la pura verdad. Yo lo sabía todo, y le di cuanto quiso en pan y vino, pero él me hizo prestar solemne juramento de que no os diría nada durante unos diez o doce días, a menos que vos preguntarais u os enteraseis por casualidad de su partida, pues no quería que el llanto os afeara el rostro. Y ahora, señora, lavaos el rostro, mudad de vestido y subid con vuestras siervas a ofrecer preces a Minerva, hija de Jove portador de la égida, pues ella puede salvarlo aun cuando esté en las fauces de la muerte. No preocupéis a Laertes: ya tiene bastantes pesares. Además, no creo que los dioses aborrezcan tanto a la raza del hijo de Arcesio, sino que habrá un hijo que quede para levantarse después de él y heredar tanto la casa como los hermosos campos que se extienden a lo lejos en torno a ella.»

Con estas palabras hizo que su señora dejara de llorar, y le secó las lágrimas de los ojos. Penélope se lavó el rostro, mudó de vestido, y subió con sus siervas. Echó entonces cebada machacada en un cestillo y began a orar a Minerva.

«Óyeme —clamó—, hija de Jove portador de la égida, infatigable. Si alguna vez Ulises, mientras estaba aquí, te quemó gruesos huesos de muslo de oveja o novilla, tenlo presente ahora en mi favor, y salva a mi hijo adorado de la villanía de los pretendientes.»

Gritó con fuerza mientras hablaba, y la diosa oyó su plegaria; entretanto los pretendientes alborotaban por todo el claustro cubierto, y uno de ellos dijo:

«La reina se apresta para su boda con uno u otro de nosotros. Bien poco sospecha que su hijo ha sido ya condenado a morir.»

Esto fue lo que dijeron, pero no sabían lo que iba a acontecer. Entonces Antínoo dijo: «Compañeros, no haya voces altas, no sea que alguna llegue adentro. Levantémonos y hagamos en silencio aquello en que todos estamos de acuerdo.»

Escogió luego veinte hombres, y bajaron a su nave y a la orilla del mar; arrastraron la nave al agua y colocaron dentro el mástil y las velas; ataron los remos a los toletes con correas trenzadas de cuero, todo en su debido orden, y tendieron arriba las blancas velas, mientras sus finos servidores les llevaban las armas. Hicieron luego firme la nave un poco apartada, volvieron a tierra, tomaron sus cenas, y aguardaron a que cayera la noche.

Pero Penélope yacía en su propia estancia arriba, incapaz de comer o beber, cavilando si su hijo valiente escaparía, o sería vencido por los pérfidos pretendientes. Como una leona presa en los lazos, con cazadores que la cercan por doquier, pensaba y pensaba hasta que se hundió en un sueño, y quedó en su lecho privada de pensamiento y movimiento.

Entonces Minerva pensó en otro asunto, y fabricó una visión con el semblante de IfTime, hermana de Penélope, hija de Icario, que había desposado a Eumelo y vivía en Feras. Dijo a la visión que fuera a la casa de Ulises e hiciera que Penélope dejara de llorar, de modo que entró en su estancia por el agujero por donde pasaba el tirante para correr la puerta, y se cernió sobre su cabeza diciendo:

«Duermes, Penélope: los dioses que viven en holganza no permitirán que llores y estés tan triste. Tu hijo no les ha hecho daño alguno, así que aún volverá a ti.»

Penélope, que dormía dulcemente a las puertas del país de los sueños, respondió:

«Hermana, ¿por qué has venido aquí? No vienes muy a menudo, pero supongo que es porque vives tan lejos. ¿Voy, pues, a dejar de llorar y a apartar todos los pensamientos tristes que me torturan? Yo, que he perdido a mi esposo valiente y corazón de león, que poseía toda buena cualidad bajo el cielo, y cuyo nombre era grande por toda la Hélade y la media Argos; y ahora mi hijo adorado se ha ido a bordo de una nave —un insensato que nunca se ha acostumbrado a las fatigas ni a andar entre reuniones de hombres. Aún estoy más ansiosa por él que por mi esposo; toda tiemblo al pensar en él, no sea que algo le ocurra, ya sea de parte de la gente entre quienes ha ido, o por mar, pues tiene muchos enemigos que conspiran contra él y están decididos a matarlo antes de que pueda volver a casa.»

Entonces la visión dijo: «Cobra ánimo, y no te acongojes tanto. Hay uno que va con él al que muchos hombres tendrían sumo gusto en tener a su lado, quiero decir, Minerva; ella es quien tiene compasión de ti, y quien me ha enviado a traerte este mensaje.»

«Entonces —dijo Penélope—, si eres una diosa o has sido enviada aquí por divino mandato, dime también acerca de aquel otro desdichado —¿vive aún, o ha muerto ya y está en la casa de Hades?»

Y la visión dijo: «No te diré con certeza si vive o ha muerto, y de nada sirve la conversación vana.»

Luego se desvaneció por el agujero del tirante de la puerta y se disipó en el aire sutil; pero Penélope se alzó de su sueño refrescada y consolada, tan vívido había sido su sueño.

Entretanto los pretendientes embarcaron y se hicieron a la mar, con intención de matar a Telémaco. Ahora bien, hay una isleta rocosa llamada Ásteris, de no gran tamaño, en medio del canal entre Itaca y Samos, y hay un puerto a cada lado de ella donde puede anclar una nave. Allí, pues, se apostaron los aqueos en emboscada.

LIBRO V

CALIPSO — ULISES LLEGA A SCHERIA EN UNA BALS A.

Y ahora, cuando la Aurora se alzó de su lecho junto a Titono —precursora de la luz tanto para los mortales como para los inmortales—, los dioses se reunieron en consejo y con ellos Jove el señor del trueno, que es su rey. Entonces Minerva began a contarles los muchos padecimientos de Ulises, pues le apiadaba allá lejos, en la casa de la ninfa Calipso.

—Padre Jove —dijo ella—, y todos vosotros, demás dioses que vivís en eternal bienaventuranza, ojalá no haya ya jamás un rey bondadoso y bien dispuesto, ni uno solo que gobierne con equidad. Ojalá sean todos de aquí en adelante crueles e injustos, pues no hay uno solo de sus súbditos que no haya olvidado a Ulises, que los gobernaba como si fuera su padre. Ahí lo tenéis, tendido con gran dolor en una isla donde mora la ninfa Calipso, que no lo deja partir; y no puede regresar a su tierra, pues no encuentra ni naves ni marineros que lo lleven por el mar. Es más, hombres perversos intentan ahora asesinar a su único hijo Telémaco, que viene de vuelta de Pilos y Lacedemon, adonde había ido por si lograba tener noticias de su padre.

—¿Cómo, hija mía, qué estás diciendo? —respondió su padre—. ¿Acaso no lo enviaste tú misma allí, porque pensaste que eso ayudaría a Ulises a volver a casa y a castigar a los pretendientes? Además, bien puedes proteger a Telémaco y hacer que llegue sano y salvo a casa, mientras los pretendientes tendrán que volver a toda prisa sin haberlo matado.

Así habló, y dijo a su hijo Mercurio:—Mercurio, tú eres nuestro mensajero; ve, pues, y di a Calipso que hemos decretado que el pobre Ulises ha de volver a casa. No ha de ser escoltado ni por dioses ni por hombres, sino que, tras una arriesgada travesía de veinte días en una balsa, ha de alcanzar la feraz Esqueria, la tierra de los feacios, que son parientes cercanos de los dioses y lo honrarán como si fuera uno de los nuestros. Ellos lo enviarán en una nave a su propia tierra, y le darán más bronce, oro y vestidos de los que habría traído de Troya, aun cuando hubiera cobrado todos los premios y hubiera llegado a casa sin desastre. Así hemos dispuesto que regrese a su país y a sus amigos.

Así habló, y Mercurio, guía y guardián, matador de Argos, hizo lo que se le mandaba. Al punto se ciñó sus doradas y refulgentes sandalias, con las que podía volar como el viento por tierra y mar. Tomó la vara con la que hechiza los ojos de los hombres o los despierta a su antojo, y volando con ella en la mano sobre Pieria; luego se lanzó abajo por el firmamento hasta alcanzar la llanura del mar, cuyas olas rozaba como un cormorán que va volando y pescando por cada rincón del océano, empapando su espeso plumaje en la espuma. Voló y voló sobre muchas fatigadas olas, pero cuando al fin llegó a la isla que era el fin de su jornada, dejó el mar y siguió por tierra hasta llegar a la cueva donde habitaba la ninfa Calipso.

La encontró en casa. Ardía en el hogar un gran fuego, y desde lejos se percibía el fragante humo del cedro y del sándalo que se quemaban. En cuanto a ella, estaba atareada junto a su telar, lanzando su dorada lanzadera por la trama y cantando con hermoso canto. En torno a su cueva había un espeso bosque de alisos, chopos y olorosos cipreses, donde toda clase de grandes aves habían construido sus nidos —búhos, halcones y grajos marinos que trajinan en las aguas—. Una vid cargada de uvas estaba guiada y crecía lozana a la entrada de la cueva; había también cuatro arroyos de agua corriente en canales cortados muy juntos, que iban de acá para allá para regar los lechos de violetas y de jugosa hierba por donde fluían. Hasta un dios no podía dejar de sentirse encantado de lugar tan hermoso, así que Mercurio se detuvo y lo contempló; pero cuando lo hubo admirado bastante, entró dentro de la cueva.

Calipso lo reconoció al punto —pues los dioses todos se conocen entre sí, por lejos que vivan los unos de los otros—; pero Ulises no estaba dentro; estaba en la orilla del mar, como de costumbre, mirando con ojos llenos de lágrimas el estéril océano, gimiendo y partiéndose el corazón de pena. Calipso le ofreció a Mercurio un asiento y dijo:—¿Por qué vienes a verme, Mercurio —honrado y siempre bienvenido—, pues no me visitas a menudo? Di qué quieres; lo haré por ti al instante si puedo, y si puede hacerse; pero pasa adentro, y déjame que te sirva un refrigerio.

Mientras hablaba, arrimó a él una mesa cargada de ambrosía y le mezcló un rojo néctar; así que Mercurio comió y bebió hasta hartarse, y entonces dijo:

—Hablamos dios y diosa el uno con el otro, y me preguntas por qué he venido aquí, y te lo diré con verdad, como querrías que hiciese. Jove me ha enviado; no fue iniciativa mía; ¿quién podría querer venir todo este camino por un mar donde no hay ciudades llenas de gente que me ofrezcan sacrificios ni escogidas hecatombes? Sin embargo, hube de venir, pues ninguno de los otros dioses puede contradecir a Jove ni transgredir sus órdenes. Dice que tienes aquí al más desventurado de todos cuantos lucharon nueve años ante la ciudad del rey Príamo y navegaron a casa en el décimo, tras haberla saqueado. De vuelta a casa pecaron contra Minerva, que levantó contra ellos vientos y olas, de suerte que todos sus valientes compañeros perecieron, y él solo fue traído aquí por viento y marea. Jove dice que has de dejar ir a este hombre al instante, pues está decretado que no perezca aquí, lejos de los suyos, sino que vuelva a su casa y a su patria y vea de nuevo a sus amigos.

Calipso se estremeció de rabia al oír esto.—¡Dioses! —exclamó—. Deberíais avergonzaros. Siempre estáis celosos y odiáis ver que una diosa se prenda de un hombre mortal y viva con él en abierto matrimonio. Así, cuando la Aurora de rosados dedos se enamoró de Orión, vosotros, preciosos dioses, todos os enfurecisteis, hasta que Diana fue y lo mató en Ortygia. Así también, cuando Ceres se enamoró de Jasión y se entregó a él en un barbecho tres veces surcado, Jove no tardó en enterarse y mató a Jasión con sus rayos. ¡Y ahora estáis enfadados conmigo también porque tengo aquí a un hombre! Encontré al pobre criatura sentado solo a horcajadas sobre una quilla, pues Jove había alcanzado su barco con el rayo y lo había hundido en mitad del océano, de suerte que toda su tripulación se ahogó, mientras él fue empujado por viento y olas hasta mi isla. Me encariñé con él y lo cuidé, y había puesto mi corazón en hacerlo inmortal, para que no envejeciera jamás por todos sus días; con todo, no puedo contradecir a Jove ni anular sus designios; por tanto, si él lo exige, que el hombre se vaya otra vez allende los mares; pero yo no puedo enviarlo a ninguna parte por mí misma, pues no tengo ni naves ni hombres que puedan llevarlo. Sin embargo, le daré de buena gana tales consejos, con toda buena fe, que es de esperar lo lleven salvo a su patria.

—Entonces, déjalo ir —dijo Mercurio—, o Jove se irritará contigo y te castigará.

Dicho esto, se despidió, y Calipso salió a buscar a Ulises, pues había oído el mensaje de Jove. Lo encontró sentado en la playa con los ojos siempre llenos de lágrimas, y muriendo de pura añoranza del hogar; pues se había cansado de Calipso, y aunque de noche se veía forzado a dormir con ella en la cueva, era ella, y no él, quien así lo quería. En cuanto al día, lo pasaba en las rocas y en la orilla del mar, llorando, clamando de pura desesperación, y mirando sin cesar al mar. Entonces Calipso se le acercó y dijo:

—Pobre hombre, no te quedarás aquí ya más tiempo penando y consumiéndote la vida. Voy a enviarte lejos por mi propia voluntad; así que ve, corta unos troncos de madera, y fabrícate una gran balsa con cubierta superior para que te lleve sin riesgo por el mar. Pondré a bordo pan, vino y agua para que no te mueras de hambre. Te daré también vestidos, y te mandaré un viento favorable que te lleve, si los dioses del cielo así lo quieren —pues ellos saben más de esas cosas, y pueden resolverlas mejor que yo.

Ulises se estremeció al oírla.—Ahora, diosa —respondió—, hay algo detrás de todo esto; no puedes estar queriendo en verdad ayudarme a volver a casa cuando me pides cosa tan terrible como hacerme a la mar en una balsa. Ni aun una nave bien equipada con viento favorable podría aventurarse en una travesía tan lejana: nada de lo que digas o hagas me hará embarcarme en una balsa a menos que antes jures solemnemente que no me preparas ninguna traición.

Calipso sonrió ante esto y lo acarició con su mano:—Bien sabes tú de muchas cosas —dijo ella—, pero aquí te equivocas de medio a medio. Que el cielo de arriba y la tierra de abajo me sean testigos, con las aguas del río Estigia —y este es el juramento más solemne que un dios bienaventurado puede hacer—: no te preparo daño alguno, y solo te aconsejo hacer exactamente lo que yo misma haría en tu lugar. Trato contigo con toda franqueza; mi corazón no es de hierro, y te tengo mucha lástima.

Cuando hubo hablado así, se adelanto rápidamente ante él, y Ulises siguió sus pasos; así que la pareja, diosa y hombre, caminaron y caminaron hasta llegar a la cueva de Calipso, donde Ulises tomó el asiento que Mercurio acababa de dejar. Calipso le puso delante comida y bebida de la que comen los mortales; pero sus siervas trajeron ambrosía y néctar para ella, y todos echaron mano a los buenos manjares que tenían delante. Cuando se hubieron saciado de comida y bebida, habló Calipso, diciendo:

—Ulises, noble hijo de Laertes, ¿conque quieres partir ya al punto a tu tierra? La buena suerte te acompañe, pero si solo supieras cuánta苦难 te espera antes de volver a tu patria, te quedarías donde estás, harías vida conmigo, y te haría inmortal, por mucho que ansíes ver a esa esposa tuya, en quien piensas sin cesar día tras día; y, sin embargo, me jacto de no ser ni un ápice menos alta ni menos hermosa que ella, pues no es de esperar que una mujer mortal se iguale en belleza con una inmortal.

—Diosa —respondió Ulises—, no te enfades conmigo por esto. Bien sé que mi esposa Penélope no es ni con mucho tan alta ni tan hermosa como tú. Ella es solo una mujer, mientras que tú eres inmortal. Sin embargo, quiero llegar a casa, y no puedo pensar en otra cosa. Si algún dios me destroza cuando esté en el mar, lo soportaré y haré lo mejor que pueda. Ya he pasado infinitas penalidades, así por tierra como por mar, así que que esto se sume a las demás.

Al poco se puso el sol y se hizo de noche, tras lo cual la pareja se retiró al fondo de la cueva y se fue a la cama.

Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, Ulises se puso su camisa y su manto, mientras la diosa vestía un traje de una tela de gasa ligerísima, muy fina y graciosa, con un hermoso ceñidor dorado a la cintura y un velo para cubrirse la cabeza. De inmediato se puso a pensar cómo podía ayudar a Ulises en su camino. Así que le dio un gran hacha de bronce adecuada a sus manos; estaba afilada por ambos lados y tenía un hermoso mango de madera de olivo firmemente encajado en ella. Le dio también un agudo azadón, y luego lo guio hasta el extremo más apartado de la isla, donde crecían los árboles más grandes —alisos, chopos y pinos que alcanzaban el cielo—, muy secos y bien curados, para que flotaran ligeros por el agua para él. Luego, cuando le hubo mostrado dónde crecían los mejores árboles, Calipso se volvió a casa, dejándolo a él con la tarea de cortarlos, lo que no tardó en terminar. Cortó veinte árboles en total y los acepilló lisos, escuadrándolos a regla con buen oficio. Entretanto Calipso volvió con unos barrenos, así que taladró agujeros con ellos y ensambló los maderos con pernos y clavijas. Hizo la balsa tan ancha como un hábil constructor de naves hace la manga de una gran embarcación, y le puso una cubierta sobre las costillas, y le corrió una borda todo alrededor. Hizo también un mástil con su verga, y un timón para gobernarla. Rodeó la balsa con zarzos de mimbre como protección contra las olas, y luego cargó encima una buena cantidad de madera. Al cabo, Calipso le llevó algo de lino para hacer las velas, y él las fabricó también, excelentemente, sujetándolas con brazales y escotas. Por último, con ayuda de palancas, llevó la balsa al agua.

En cuatro días había terminado toda la obra, y al quinto Calipso lo envió desde la isla, después de lavarlo y darle ropa limpia. Le dio un odre de piel de cabra lleno de negro vino, y otro mayor de agua; le dio también una mochila llena de provisiones, y lo surtió de mucha buena carne. Es más, le envió un viento favorable y cálido, y con gusto desplegó Ulises la vela ante él, mientras se sentaba y guiaba la balsa con destreza por medio del timón. Nunca cerró los ojos, sino que los mantenía fijos en las Pléyades, en la tardía Boyero, y en la Osa —que los hombres llaman también el Carro, y que gira y gira donde está, mirando a Orión, y es la única que nunca se sumerge en la corriente de Océano—, pues Calipso le había dicho que la llevara a su izquierda. Siete y diez días navegó sobre el mar, y al décimoctavo aparecieron los oscuros contornos de las montañas de la parte más cercana de la costa feacia, alzándose como un escudo en el horizonte.

Pero el rey Neptuno, que volvía de los etíopes, divisó a Ulises de lejos, desde las montañas de los Solimi. Pudo verlo navegando sobre el mar, y lo llenó de cólera, de modo que meneó la cabeza y murmuró para sí, diciendo:—¡Dios mío! Así que los dioses han ido cambiando de parecer acerca de Ulises mientras yo estaba en Etiopía, y ahora está cerca de la tierra de los feacios, donde está decretado que escape de las calamidades que le han sobrevenido. Aun así, le aguardan bastantes苦难 antes de terminar con todo.

Dicho esto, congregó sus nubes, empuñó su tridente, lo agitó en el mar, y despertó la furia de todos los vientos que soplan, hasta que tierra, mar y cielo quedaron ocultos entre nubes, y de los cielos brotó la noche. Los vientos del Este, del Sur, del Norte y del Oeste cayeron sobre él al mismo tiempo, y se levantó un mar tremendo, de suerte que el corazón de Ulises empezó a desfallecer.—¡Ay de mí! —se dijo, lleno de turbación—. ¿Qué va a ser de mí? Temo que Calipso tuviera razón cuando dijo que tendría trabajos en el mar antes de volver a casa. Todo se está cumpliendo. ¡Qué negro está dejando Jove el cielo con sus nubes, y qué mar están levantando los vientos desde todos los puntos a la vez! Ahora sí que estoy seguro de perecer. ¡Dichosos y tres veces dichosos aquellos dánaos que cayeron ante Troya por la causa de los hijos de Atreo! Ojalá hubiera muerto aquel día en que los troyanos me acosaban tan duramente en torno al cadáver de Aquiles, pues entonces habría tenido los debidos funerales y los aqueos habrían honrado mi nombre; pero ahora parece que tendré un fin lastimosísimo.

Mientras hablaba, una ola rompió sobre él con tan terrible furia que la balsa se tambaleó de nuevo, y él fue arrancado de ella a larga distancia. Soltó el timón, y la fuerza del huracán fue tan grande que partió el mástil por la mitad, y tanto la vela como la verga cayeron al mar. Por largo rato estuvo Ulises bajo el agua, y a duras penas pudo volver a la superficie, pues lo hundían las vestiduras que le había dado Calipso; pero al fin sacó la cabeza del agua y escupió la amarga sal que le corría por el rostro en arroyos. A pesar de todo, sin embargo, no perdió de vista su balsa, sino que nadó hacia ella lo más rápido que pudo, la aferró y trepó de nuevo a bordo para escapar del ahogo. El mar arrastró la balsa y la zarandeó como los vientos de otoño hacen girar y girar el vilano de un cardo en un camino. Era como si los vientos del Sur, del Norte, del Este y del Oeste jugaran todos a la vez a la raqueta y volante con ella.

En tal trance lo vio Ino, hija de Cadmo, llamada también Leucótea. Había sido antes una simple mortal, pero desde entonces había sido elevada a la categoría de diosa marina. Viendo en qué gran aprieto se hallaba Ulises, se compadeció de él y, alzándose como una gaviota de entre las olas, tomó asiento sobre la balsa.

—Mi buen hombre —le dijo—, ¿por qué Neptuno está tan furiosamente enojado contigo? Te está dando muchos quebraderos, pero por mucho que brame no te matará. Pareces persona sensata; haz, pues, lo que te mando: desvístete, deja que tu balsa se vaya a la deriva ante el viento, y nada hacia la costa feacia, donde mejor fortuna te espera. Y toma, toma mi velo y rodéate con él el pecho; está encantado, y no puede ocurrirte ningún daño mientras lo lleves. En cuanto toques tierra, quítatelo, arrójalo lo más lejos que puedas de vuelta al mar, y vete luego lejos de allí. Con estas palabras se quitó el velo y se lo dio. Luego se zambulló de nuevo como una gaviota y desapareció bajo las oscuras aguas azules.

Pero Ulises no sabía qué pensar.—¡Ay de mí! —se dijo, lleno de turbación—. Esto no es sino alguno de los dioses que me está tentando a la ruina, aconsejándome que abandone mi balsa. De todos modos no lo haré por ahora, pues la tierra donde ella ha dicho que me veré libre de trabajos me parece estar aún bastante lejos. Sé lo que voy a hacer —estoy seguro de que será lo mejor—: pase lo que pase, me agarraré a la balsa mientras sus tablas aguanten unidas, pero cuando el mar la haga pedazos, nadaré a por ello; no veo qué mejor cosa puedo hacer.

Mientras así dudaba, Neptuno envió una terrible y enorme ola que parecía erguirse sobre su cabeza hasta romperse justo encima de la balsa, que entonces se fue a pedazos como si fuera un montón de paja seca sacudida por un torbellino. Ulises se puso a horcajadas sobre una tabla y cabalgó sobre ella como si fuera a caballo; luego se quitó los vestidos que le había dado Calipso, se ató bajo los brazos el velo de Ino, y se arrojó al mar —con intención de nadar hasta la orilla. El rey Neptuno lo observó mientras lo hacía, y meneó la cabeza, murmurando para sí y diciendo:—¡Anda, nada arriba y abajo lo mejor que sepas hasta que topes con gente acomodada! No creo que puedas decir que te he dejado escapar demasiado a la ligera. Dicho esto, azotó a sus caballos y se fue a Egas, donde está su palacio.

Pero Minerva resolvió ayudar a Ulises, así que encadenó los caminos de todos los vientos menos uno, y los obligó a quedarse muy quietos; pero despertó una buena brisa tiesa del Norte que había de tender las aguas hasta que Ulises alcanzara la tierra de los feacios, donde estaría a salvo.

Entonces flotó durante dos noches y dos días en el agua, con un fuerte oleaje en el mar y la muerte mirándolo a la cara; pero al despuntar el tercer día, el viento amainó y hubo una calma chicha sin que se moviera ni un soplo de aire. Al remontarse sobre la ola miró ávidamente hacia adelante y pudo ver tierra bastante cerca. Entonces, así como los niños se alegran cuando su querido padre empieza a mejorar tras haber soportado durante largo tiempo una dura aflicción enviada por algún espíritu airado, pero los dioses lo libran del mal, así estaba Ulises agradecido al volver a ver tierra y árboles, y nadaba con todas sus fuerzas para poder poner de nuevo el pie en terreno seco. Sin embargo, cuando se halló al alcance del oído, comenzó a oír el trueno del romper de las olas contra las rocas, pues el oleaje seguía reventando contra ellas con un rugido espantoso. Todo estaba envuelto en espuma; no había puertos donde un barco pudiera fondear, ni abrigo de ninguna clase, sino sólo promontorios, rocas bajas y cumbres de montañas.

El corazón de Ulises comenzó entonces a flaquear, y dijo desesperanzado para sí:—¡Ay, Júpiter me ha dejado ver tierra tras haber nadado tanto que ya había perdido toda esperanza, pero no encuentro lugar para tomar tierra, pues la costa es rocosa y azotada por el oleaje, las rocas son lisas y se alzan tajadas desde el mar, con aguas profundas junto a ellas, de modo que no puedo trepar fuera por falta de asidero para los pies! Temo que alguna ola enorme me arranque de mis piernas y me estrelle contra las rocas al salir del agua—lo cual me daría un penoso desembarco. Si, por el contrario, nado más adentro en busca de alguna playa en pendiente o de algún puerto, un huracán puede arrastrarme otra vez mar afuera muy contra mi voluntad, o el cielo puede enviarme algún gran monstruo de las profundidades para atacarme; pues Anfitrite cría muchos de esos, y sé que Neptuno está muy enojado conmigo.

Mientras estaba así entre dos pareceres, una ola lo atrapó y lo llevó con tal fuerza contra las rocas que habría quedado hecho pedazos y destrozado si Minerva no le hubiera mostrado qué hacer. Se asió de la roca con ambas manos y se aferró a ella gimiendo de dolor hasta que la ola se retiró, de modo que se salvó aquella vez; pero al momento vino la ola de nuevo y se lo llevó consigo muy adentro del mar—desgarrándole las manos así como se desgarran las ventosas de un pulpo cuando alguien lo arranca de su lecho y las piedras suben con él—del mismo modo las rocas le arrancaron la piel de sus manos fuertes, y luego la ola lo arrastró hondo bajo el agua.

Aquí el pobre Ulises habría perecido sin duda aun a pesar de su propio destino, si Minerva no lo hubiera ayudado a conservar sus facultades. Nadó de nuevo hacia el mar, fuera del alcance del oleaje que batía contra la tierra, y al mismo tiempo no dejaba de mirar hacia la orilla para ver si podía encontrar algún refugio, o un banco de arena que recibiera las olas de costado. Al rato, mientras nadaba, llegó a la desembocadura de un río, y pensó que aquél sería el mejor lugar, pues no había rocas y ofrecía abrigo del viento. Sintió que había corriente, así que rezó en su interior y dijo:

«Óyeme, oh Rey, quienquiera que seas, y sálvame de la ira del dios del mar Neptuno, pues me acerco a ti en oración. Cualquiera que haya perdido el camino tiene en todo momento un derecho aun sobre los dioses, por lo cual en mi angustia me acerco a tu corriente y me abrazo a las rodillas de tu riveridad. Ten piedad de mí, oh rey, pues me declaro tu suplicante.»

Entonces el dios detuvo su corriente y aquietó las olas, haciendo todo calma ante él, y llevándolo a salvo a la desembocadura del río. Aquí al fin las rodillas y las manos fuertes de Ulises fallaron, pues el mar lo había dejado por completo deshecho. Su cuerpo estaba todo hinchado, y su boca y sus fosas nasales chorreaban como un río de agua marina, de modo que no podía ni respirar ni hablar, y yacía desmayado de pura extenuación; poco después, cuando recobró el aliento y volvió en sí, se quitó la venda que Ino le había dado y la arrojó de nuevo a la salobre corriente del río, con lo cual Ino la recibió en sus manos desde la ola que la llevaba hacia ella. Entonces dejó el río, se tendió entre los juncos y besó la tierra generosa.

«¡Ay!», clamó para sí en su consternación, «¿qué va a ser de mí en definitiva, y cómo va a acabar todo esto? Si me quedo aquí sobre el lecho del río a lo largo de las largas vigilias de la noche, estoy tan agotado que el frío amargo y la humedad pueden acabar conmigo—pues hacia la salida del sol soplará un viento penetrante desde el río. Si, por el contrario, subo por la ladera, encuentro abrigo en los bosques y duermo en algún matorral, puede que escape del frío y tenga una buena noche de descanso, pero alguna bestia salvaje puede aprovechar la ocasión y devorarme.»

Al final juzgó que lo mejor era irse a los bosques, y halló uno sobre un terreno elevado no lejos del agua. Allí se metió bajo dos brotes de olivo que crecían de un solo tronco—el uno un renuevo sin injertar, mientras el otro había sido injertado. Ningún viento, por borrascoso que fuera, podía romper a través del abrigo que ofrecían, ni podían los rayos del sol atravesarlos, ni la lluvia colarse por ellos, tan estrechamente crecían el uno dentro del otro. Ulises se arrastró bajo ellos y comenzó a prepararse un lecho para echarse, pues había un gran revoltijo de hojas secas por los alrededores—suficientes para hacer una cubierta para dos o tres hombres aun en duro tiempo de invierno. Se alegró mucho de ver esto, así que se tendió y amontonó las hojas alrededor de sí. Entonces, como aquel que vive solo en el campo, lejos de cualquier vecino, esconde un tizón como semilla de fuego entre las cenizas para ahorrarse el tener que buscar lumbre en otra parte, del mismo modo Ulises se cubrió con hojas; y Minerva derramó un dulce sueño sobre sus ojos, le cerró los párpados y le hizo perder todos los recuerdos de sus pesares.

LIBRO VI

EL ENCUENTRO ENTRE NAUSÍCAA Y ULISES.

Así que aquí durmió Ulises, vencido por el sueño y el cansancio; pero Minerva partió hacia el campo y la ciudad de los feacios—un pueblo que acostumbraba vivir en la hermosa villa de Hipereria, cerca de los malvados Cíclopes. Ahora bien, los Cíclopes eran más fuertes que ellos y los saqueaban, así que su rey Nausítoo los sacó de allí y los asentó en Esqueria, lejos de todos los demás hombres. Rodeó la ciudad con una muralla, construyó casas y templos, y repartió las tierras entre su pueblo; pero él había muerto y se había ido a la casa de Hades, y reinaba ahora el rey Alcínoo, cuyos consejos estaban inspirados por el cielo. Hacia su casa, pues, se apresuró Minerva en favor del regreso de Ulises.

Fue directamente al hermoso aposento decorado en el que dormía una muchacha que era tan preciosa como una diosa, Nausícaa, hija del rey Alcínoo. Dos doncellas servidoras dormían cerca de ella, ambas muy bellas, una a cada lado de la puerta, la cual estaba cerrada con bien hechas puertas plegadizas. Minerva tomó la forma de la famosa hija del capitán de mar Dimas, que era amiga íntima de Nausícaa y justamente de su misma edad; entonces, acercándose al lecho de la muchacha como un soplo de viento, se cernió sobre su cabeza y dijo:

«Nausícaa, ¿en qué ha estado pensando tu madre para tener una hija tan perezosa? Aquí tienes toda tu ropa tirada en desorden, y sin embargo estás a punto de casarte casi de inmediato, y no sólo deberías ir bien arreglada tú misma, sino que deberías procurar buena ropa para quienes te acompañan. Ésta es la manera de granjearte un buen nombre y de hacer que tu padre y tu madre estén orgullosos de ti. Supón, pues, que mañana hacemos día de colada, y que madrugamos. Yo vendré a ayudarte para que tengas todo listo lo antes posible, pues todos los mejores mozos de tu propio pueblo te cortejan, y no vas a permanecer soltera mucho más tiempo. Pide, por tanto, a tu padre que tenga preparados al amanecer un carro y mulas, para llevarnos las alfombras, los mantos y las fajas, y tú podrás montar también, lo cual te será mucho más grato que caminar, pues las cisternas del lavado están a cierta distancia de la villa.»

Cuando hubo dicho esto, Minerva se fue al Olimpo, que dicen es la morada eterna de los dioses. Allí ningún viento azota con violencia, ni pueden caer lluvia ni nieve; sino que permanece en un sol eterno y en una gran serenidad de luz, donde los dioses bienaventurados son iluminados por siempre jamás. A este lugar fue la diosa tras haber dado sus instrucciones a la muchacha.

Poco a poco llegó la mañana y despertó a Nausícaa, que empezó a cavilar sobre su sueño; así que fue al otro extremo de la casa a contarle a su padre y a su madre todo acerca de él, y los encontró en su propia habitación. Su madre estaba sentada junto al fuego hilando su hilo púrpura con sus criadas alrededor, y acertó a encontrar a su padre justo cuando iba a salir para asistir a una reunión del concejo de la villa, que los ancianos feacios habían convocado. Lo detuvo y dijo:

«Papá querido, ¿podrías arreglarte para conseguirme un buen carro grande? Quiero llevar al río toda nuestra ropa sucia y lavarla. Tú eres el hombre principal aquí, así que es justo que tengas una camisa limpia cuando asistas a las reuniones del concejo. Además, tienes cinco hijos en casa, dos de ellos casados, mientras los otros tres son apuestos solteros; ya sabes que siempre les gusta tener ropa de lino limpia cuando van a un baile, y yo he estado pensando en todo esto.»

No dijo una sola palabra de su propia boda, pues no le gustaba hacerlo, pero su padre lo sabía y dijo:—«Tendrás las mulas, hija mía, y todo lo demás que se te antoje. Anda, vete, y los hombres te prepararán un buen carro fuerte con una caja que pueda contener toda tu ropa.»

Ante esto dio sus órdenes a los siervos, que sacaron el carro, engancharon las mulas y las pusieron al yugo, mientras la muchacha bajaba la ropa del cuarto de la lencería y la colocaba en el carro. Su madre le preparó una cesta de provisiones con toda clase de cosas buenas, y un odre de piel de cabra lleno de vino; la muchacha subió entonces al carro, y su madre le dio también un crisol de oro con aceite, para que ella y sus mujeres pudieran untarse. Luego ella tomó el látigo y las riendas y azotó a las mulas, con lo cual partieron, y sus cascos repiquetearon en el camino. Tiraron sin desmayar, y llevaron no sólo a Nausícaa y su colada, sino también a las doncellas que iban con ella.

Cuando llegaron a la orilla del agua fueron a las cisternas de lavado, por las que corría en todo momento agua pura suficiente para lavar cualquier cantidad de ropa, por muy sucia que estuviera. Allí desengancharon las mulas y las soltaron para que pacieran la hierba jugosa y dulce que crecía junto a la orilla del agua. Sacaron la ropa del carro, la pusieron en el agua y rivalizaron entre sí pisoteándola en los pozuelos para sacar la mugre. Una vez lavada y bien limpia, la tendieron a la orilla del mar, donde las olas habían formado una playa alta de guijarros, y se dedicaron a lavarse y a untarse con aceite de oliva. Luego comieron junto a la corriente, y esperaron a que el sol terminara de secar la ropa. Cuando hubieron terminado de comer se quitaron los velos que cubrían sus cabezas y comenzaron a jugar a la pelota, mientras Nausícaa cantaba para ellas. Como cuando la cazadora Diana sale por las montañas de Taigeto o de Erimanto a cazar jabalíes o ciervos, y las ninfas de los bosques, hijas de Júpiter que lleva la égida, se divierten con ella (entonces Leto se enorgullece al ver a su hija sobresalir una cabeza entera sobre las demás y eclipsar a la más bella en medio de una gran concurrencia de bellezas), del mismo modo la muchacha aventajaba a sus doncellas.

Cuando llegó la hora de regresar a casa y estaban doblando la ropa y poniéndola en el carro, Minerva empezó a pensar cómo Ulises debería despertar y ver a la hermosa muchacha que había de conducirlo a la ciudad de los feacios. La muchacha, pues, lanzó una pelota a una de las criadas, que falló a ésta y cayó en aguas profundas. Ante esto todas gritaron, y el ruido que hicieron despertó a Ulises, que se incorporó en su lecho de hojas y comenzó a preguntarse qué podría ser todo aquello.

«¡Ay!», dijo para sí, «¿entre qué clase de gente he venido? ¿Son crueles, salvajes e incivilizados, o hospitalarios y humanos? Me parece oír voces de mujeres jóvenes, y suenan como las de las ninfas que frecuentan las cumbres de las montañas, o los manantiales de los ríos y las praderas de hierba verde. En todo caso estoy entre una raza de hombres y mujeres. Veamos si logro echarles un vistazo.»

Mientras decía esto salió arrastrándose de debajo de su mata, y arrancó una rama cubierta de hojas espesas para ocultar su desnudez. Parecía algún león del desierto que ronda exultante en su fuerza y desafía al viento y a la lluvia; sus ojos brillan mientras merodea en busca de bueyes, ovejas o ciervos, pues está hambriento y se atreverá a meterse aun en una alquería bien cercada, intentando llegar hasta las ovejas—así pareció Ulises a las jóvenes, cuando se acercó a ellas, desnudo como estaba, pues estaba muy necesitado. Al ver a uno tan desaliñado y tan embarrado de agua salada, las otras huyeron a lo largo de los bancos de arena que sobresalían hacia el mar, pero la hija de Alcínoo se mantuvo firme, pues Minerva infundió valor en su corazón y le quitó todo temor. Se plantó justo delante de Ulises, y él dudó si acercarse a ella, arrojarse a sus pies y abrazar sus rodillas como suplicante, o quedarse donde estaba y suplicarle que le diera alguna ropa y le enseñara el camino a la villa. Al fin juzgó que era mejor suplicar desde lejos por si la muchacha se ofendía de que se acercara lo bastante para asirle las rodillas, así que se dirigió a ella con lenguaje meloso y persuasivo.

«Oh reina», dijo, «imploro tu ayuda—pero dime, ¿eres una diosa o eres una mujer mortal? Si eres una diosa y moras en el cielo, sólo puedo conjeturar que eres Diana, hija de Júpiter, pues tu rostro y tu figura no se parecen a otros que los suyos; si por el contrario eres mortal y vives en la tierra, tres veces dichosos son tu padre y tu madre—tres veces dichosos, también, son tus hermanos y hermanas; cuán orgullosos y encantados se deben sentir al ver tan hermoso vástago como tú saliendo a un baile; el más dichoso de todos, no obstante, será aquel cuyas arras de boda hayan sido las más ricas, y que te lleve a su casa. Nunca vi a nadie tan hermoso, ni hombre ni mujer, y me pierdo en la admiración al contemplarte. Sólo puedo compararte a una joven palmera que vi cuando estaba en Delos creciendo cerca del altar de Apolo—pues allí estuve yo también, con mucha gente tras de mí, cuando iba en aquel viaje que ha sido la fuente de todas mis desgracias. Nunca brotó de la tierra un tallo tan joven como aquél, y lo admiré y me asombré de él exactamente como ahora te admiro y me asombro de ti. No me atrevo a asirme a tus rodillas, pero estoy en gran aprieto; ayer hizo el vigésimo día que estaba siendo zarandeado por el mar. Los vientos y las olas me han traído todo el camino desde la isla Ogigia, y ahora el destino me ha arrojado a esta costa para que sufra todavía más; pues no creo haber llegado aún al final, sino más bien que el cielo tiene todavía mucho mal guardado para mí.

»Y ahora, oh reina, ten piedad de mí, pues eres la primera persona con quien me encuentro, y no conozco a nadie más en este país. Muéstrame el camino a tu villa, y déjame tener cualquier cosa que hayas traído aquí para envolver tu ropa. Que el cielo te conceda en todo el deseo de tu corazón—marido, casa, y un hogar feliz y en paz; pues no hay nada mejor en este mundo que el que marido y mujer estén de un mismo ánimo en una casa. Eso desconcierta a sus enemigos, alegra los corazones de sus amigos, y ellos mismos lo saben mejor que nadie.»

A esto respondió Nausícaa: «Forastero, pareces ser una persona sensata y de buen talante. No hay modo de dar cuenta de la suerte; Júpiter da la prosperidad al rico y al pobre según le place, de modo que debes tomar lo que ha estimado conveniente enviarte, y arreglarte lo mejor posible. Ahora, sin embargo, que has venido a este nuestro país, no te faltará ropa ni cualquier otra cosa que un extranjero en apuros pueda razonablemente esperar. Te mostraré el camino a la villa, y te diré el nombre de nuestro pueblo; nos llaman feacios, y yo soy hija de Alcínoo, en quien reside todo el poder del estado.»

Entonces llamó a sus doncellas y dijo: «Quedaos donde estáis, muchachas. ¿No podéis ver a un hombre sin salir huyendo de él? ¿Lo tomáis por un ladrón o un asesino? Ni él ni nadie puede venir aquí para hacernos daño a nosotros los feacios, pues somos caros a los dioses, y vivimos aparte en un cabo de tierra que se adentra en el mar sonoro, y no tenemos nada que ver con los demás pueblos. Éste no es más que algún pobre hombre que ha perdido el camino, y debemos ser amables con él, pues los forasteros y extranjeros en apuros están bajo la protección de Júpiter, y tomarán lo que puedan y darán las gracias; así que, muchachas, dad al pobre hombre algo de comer y de beber, y lavadlo en el arroyo en algún lugar resguardado del viento.»

Ante esto las doncellas dejaron de huir y empezaron a llamarse unas a otras. Hicieron sentar a Ulises al abrigo como Nausícaa les había dicho, y le trajeron una camisa y un manto. Le trajeron también el pequeño crisol de oro del aceite, y le dijeron que fuera a lavarse al arroyo. Pero Ulises dijo: «Jóvenes, por favor, apartaos un poco a un lado para que pueda lavar la salazón de mis hombros y untarme con aceite, pues hace ya bastante tiempo que mi piel no ha tenido una gota de aceite encima. No puedo lavarme mientras os quedéis todas ahí de pie. Me da vergüenza desnudarme ante un grupo de jóvenes bien parecidas.»

Ellas se apartaron a un lado y fueron a decirle a la muchacha, mientras Ulises se lavaba en la corriente y se frotaba la salazón de la espalda y de sus anchos hombros. Cuando se hubo lavado a fondo y se hubo quitado la sal del cabello, se untó con aceite y se puso las ropas que la muchacha le había dado; entonces Minerva lo hizo parecer más alto y más fuerte que antes, hizo también que el cabello le creciera espeso en la coronilla y cayera en rizos como flores de jacinto; lo embelleció por la cabeza y los hombros como un hábil artífice que ha estudiado todo género de artes bajo Vulcano y Minerva enriquece una pieza de plata dorada con su oficio—y su obra está llena de hermosura. Luego fue y se sentó algo apartado en la playa, pareciendo del todo joven y gallardo, y la muchacha lo miró con admiración; entonces dijo a sus siervas:

«Callad, queridas mías, pues quiero deciros algo. Creo que los dioses que habitan el cielo han enviado a este hombre a los feacios. Cuando lo vi por vez primera me pareció de aspecto corriente, pero ahora su apariencia es como la de los dioses que moran en el cielo. Quisiera que mi futuro esposo fuera otro igual a él, con tal de que quisiera quedarse aquí y no deseara marcharse. Pero, mientras tanto, dadle algo de comer y de beber.»

Ellas hicieron lo que se les había mandado y pusieron comida delante de Ulises, que comió y bebió con voracidad, pues hacía ya mucho tiempo que no había tomado alimento alguno. Entretanto, Nausícaa pensó en otra cosa. Hizo doblar la ropa blanca y colocarla en el carro, luego unció las mulas y, mientras tomaba asiento, llamó a Ulises:

«Forastero —dijo—, levántate y vamos de vuelta a la ciudad; te llevaré a casa de mi excelente padre, donde puedo asegurarte que hallarás a toda la mejor gente de los feacios. Pero haz lo que te digo, pues pareces persona sensata. Mientras vayamos pasando junto a los campos y tierras de labranza, sigue con paso vivo detrás del carro junto con las siervas, y yo misma iré abriendo la marcha. Pronto, sin embargo, llegaremos a la ciudad, donde encontrarás un alto muro que la rodea por completo y un buen puerto a cada lado con una entrada estrecha hacia la urbe, y las naves estarán varadas a la vera del camino, pues cada uno tiene un lugar donde su propia nave puede quedar tendida. Verás la plaza del mercado con un templo de Neptuno en el centro, y pavimentada con grandes piedras hincadas en la tierra. Allí la gente comercia con toda clase de avíos de naves, tales como cables y velas, y allí también están los lugares donde se hacen los remos, pues los feacios no son un pueblo de arqueros; no entienden de arcos y flechas, sino son gente de mar y se precian de sus mástiles, remos y naves, con los que viajan lejos por el mar.

»Me temo los chismes y murmuraciones que luego pudieran armarse contra mí; pues la gente de aquí es muy malintencionada, y algún sujeto ruin, si nos topara, podría decir: "¿Quién es ese forastero de buen ver que anda con Nausícaa? ¿Dónde lo halló? Supongo que va a casarse con él. Quizá sea un vagabundo marinero que ha recogido de alguna nave extranjera, pues no tenemos vecinos; o algún dios ha bajado por fin del cielo en respuesta a sus ruegos, y va a vivir con él el resto de su vida. Bien estaría que se largara y buscara marido en otra parte, pues no mira a ninguno de los muchos y excelentes jóvenes feacios que la quieren." Este es el género de observación desfavorable que harían sobre mí, y no podría quejarme, porque yo misma me escandalizaría al ver a otra muchacha hacer lo mismo, andar con hombres a pesar de todos, mientras su padre y su madre estuvieran aún vivos, y sin haberse casado a la vista de todo el mundo.

»Si, pues, deseas que mi padre te dé una escolta y te ayude a volver a casa, haz lo que te digo; verás a la vera del camino una hermosa alameda de álamos dedicada a Minerva; tiene dentro una fuente y un prado alrededor. Allí mi padre tiene una heredad de rica tierra de huerta, a la distancia que alcanza la voz de un hombre. Siéntate allí y espera un rato hasta que el resto de nosotros pueda entrar en la ciudad y llegar a casa de mi padre. Entonces, cuando pienses que debemos haberlo hecho, entra en la ciudad y pregunta el camino de la casa de mi padre Alcínoo. No tendrás dificultad en hallarla; cualquier niño te la señalará, pues nadie más en toda la ciudad tiene casa tan hermosa como la suya. Cuando hayas pasado las puertas y atravesado el patio exterior, cruza derecho el patio interior hasta llegar adonde está mi madre. La hallarás sentada junto al fuego, hilando su lana purpúrea a la luz del hogar. Es bella estampa verla recostada contra uno de los postes que sostienen el techo, con sus siervas alineadas detrás de ella. Cerca de su asiento está el de mi padre, en el que se sienta y bebe como un dios inmortal. No hagas caso de él, sino llega hasta mi madre y pon tus manos sobre sus rodillas si querrías volver pronto a casa. Si logras ganártela, puedes esperar ver de nuevo tu propia tierra, por distante que esté.»

Dicho esto, azotó las mulas con su látigo y dejaron el río. Las mulas tiraban bien y sus cascos subían y bajaban por el camino. Ella tuvo cuidado de no ir demasiado deprisa para Ulises y las siervas que seguían a pie junto con el carro, de modo que manejaba el látigo con tino. Cuando el sol se ponía llegaron a la sagrada alameda de Minerva, y allí Ulises se sentó y rogó a la poderosa hija de Jove.

«Óyeme —clamó—, hija de Jove portador de la égida, incansable, óyeme ahora, pues no atendiste mis ruegos cuando Neptuno me estaba destrozando. Ahora, pues, ten piedad de mí y concede que halle amigos y sea hospedado benignamente por los feacios.»

Así oró, y Minerva escuchó su plegaria, pero no quiso mostrarse a él abiertamente, pues temía a su tío Neptuno, que aún estaba furioso en sus empeños por impedir a Ulises regresar a casa.

LIBRO VII

RECEPCIÓN DE ULISES EN EL PALACIO DEL REY ALCÍNOO.

Así, pues, Ulises esperaba y rezaba; pero la muchacha siguió camino a la ciudad. Cuando llegó a casa de su padre detuvo el carro a la puerta, y sus hermanos—hermosos como los dioses—se agruparon en torno a ella, sacaron las mulas del carro y llevaron la ropa dentro de la casa, mientras ella se retiraba a su propia estancia, donde una anciana servidora, Eurimedusa de Apeira, le encendió el fuego. Esta anciana había sido traída por mar desde Apeira y había sido elegida como premio para Alcínoo porque reinaba sobre los feacios y el pueblo lo obedecía como si fuera un dios. Había sido nodriza de Nausícaa, y ahora le había encendido el fuego y le había traído la cena a su propia estancia.

Al cabo, Ulises se levantó para ir hacia la ciudad; y Minerva derramó en torno a él una espesa bruma para ocultarlo por si alguno de los soberbios feacios que lo encontrasen fuera grosero con él o le preguntase quién era. Entonces, cuando estaba ya entrando en la ciudad, se le presentó bajo la figura de una niña pequeña que llevaba un cántaro. Se puso justo delante de él, y Ulises dijo:

«Querida, ¿tendrías la bondad de mostrarme la casa del rey Alcínoo? Soy un forastero desdichado en apuros y no conozco a nadie en vuestra ciudad ni en vuestro país.»

Entonces Minerva dijo: «Sí, padre forastero, te mostraré la casa que buscas, pues Alcínoo vive muy cerca de la de mi propio padre. Iré delante de ti y enseñaré el camino, pero no digas palabra mientras caminas, y no mires a nadie ni le hagas preguntas; pues la gente de aquí no tolera a los forasteros, y no gustan de los hombres que vienen de otro lugar. Son un pueblo marinero, y navegan por los mares por gracia de Neptuno en naves que se deslizan como el pensamiento, o como un ave en el aire.»

Con esto se puso delante y Ulises siguió sus pasos; pero ninguno de los feacios pudo verlo mientras atravesaba la ciudad en medio de ellos; pues la gran diosa Minerva, en su benevolencia hacia él, lo había ocultado en una densa nube de oscuridad. Él admiró sus puertos, sus naves, sus plazas de reunión y los altos muros de la ciudad, que, con la empalizada en lo alto, eran muy imponentes, y cuando llegaron a la casa del rey Minerva dijo:

«Esta es la casa, padre forastero, que querías que te mostrara. Hallarás a mucha gente principal sentada a la mesa, pero no temas; entra derecho, pues cuanto más resuelto es un hombre, más probable es que salga con la suya, aun siendo forastero. Busca primero a la reina. Su nombre es Arete, y es del mismo linaje que su esposo Alcínoo. Ambos descienden en origen de Neptuno, que fue padre de Nausítoo con Peribea, mujer de gran hermosura. Peribea era la menor de las hijas de Eurimedonte, que antaño reinó sobre los gigantes, pero arruinó a su malhadado pueblo y perdió con ello la propia vida.

»Neptuno, empero, yació con su hija, y ella tuvo de él un hijo, el gran Nausítoo, que reinó sobre los feacios. Nausítoo tuvo dos hijos, Rexénor y Alcínoo; Apolo mató al primero de ellos cuando era aún un recién casado y sin descendencia masculina; pero dejó una hija, Arete, con quien se casó Alcínoo, y la honra como a ninguna otra mujer es honrada de todas las que gobiernan su casa junto a sus esposos.

»Así ella fue, y aún lo es, respetada sobremanera por sus hijos, por el propio Alcínoo y por todo el pueblo, que la mira como a una diosa y la saluda cuando recorre la ciudad, pues es una mujer cabal tanto de juicio como de corazón, y cuando alguna mujer es su amiga, ayuda también a sus maridos a arreglar sus diferencias. Si logras ganarte su buena voluntad, puedes abrigar toda esperanza de volver a ver a los tuyos y de regresar salvo a tu casa y a tu patria.»

Entonces Minerva dejó Esqueria y se marchó sobre el mar. Fue a Maratón y a las espaciosas calles de Atenas, donde entró en la morada de Erecteo; pero Ulises prosiguió hasta la casa de Alcínoo, y mucho caviló mientras se detenía un instante antes de alcanzar el umbral de bronce, pues el resplandor del palacio era como el del sol o la luna. Las paredes a ambos lados eran de bronce de extremo a extremo, y la cornisa era de esmalte azul. Las puertas eran de oro, y colgaban de pilares de plata que se alzaban de un suelo de bronce, mientras que el dintel era de plata y el gozne de la puerta, de oro.

A cada lado había mastines de oro y plata que Vulcano, con su consumada habilidad, había forjado expresamente para guardar el palacio del rey Alcínoo; así que eran inmortales y nunca podían envejecer. A lo largo de la pared, aquí y allá, de un extremo al otro, había asientos dispuestos con cubiertas de fino tejido que las mujeres de la casa habían hecho. Allí solían sentarse los principales de los feacios a comer y beber, pues había abundancia en todas las estaciones; y había figuras de oro de jóvenes con antorchas encendidas en las manos, alçadas sobre pedestales, para dar luz de noche a los que estaban a la mesa. Hay cincuenta siervas en la casa, algunas de las cuales muelen sin cesar rico grano amarillo en el molino, mientras otras trabajan en el telar, o se sientan a hilar, y sus lanzaderas van y vienen como el aleteo de hojas de álamo temblón, en tanto que el lienzo está tan densamente tejido que rechaza el aceite. Así como los feacios son los mejores marineros del mundo, sus mujeres aventajan a todas las demás en el tejido, pues Minerva les ha enseñado toda suerte de artes útiles, y son muy inteligentes.

Fuera de la puerta del patio exterior hay un gran huerto de unas cuatro aranzadas con un muro alrededor. Está lleno de hermosos árboles—perales, granados y las más deliciosas manzanas. También hay higos suculentos y olivos en pleno crecimiento. Los frutos nunca se pudren ni faltan en todo el año, ni en invierno ni en verano, pues el aire es tan templado que una nueva cosecha madura antes de que la vieja haya caído. La pera crece sobre pera, la manzana sobre manzana, el higo sobre higo, y así también las uvas, pues hay un excelente viñedo: en la parte llana de un trecho de éste, las uvas se están convirtiendo en pasas; en otra parte se están cogiendo; unas se pisan en las tinas, otras más allá han soltado su flor y empiezan a mostrar fruto, otras, en fin, están cambiando de color. En la parte más alejada del terreno hay canteros de flores, dispuestos con primor, que están en flor todo el año. Dos corrientes lo atraviesan: una va por canales por todo el huerto, mientras que la otra discurre bajo el suelo del patio exterior hasta la propia casa, y de ella saca agua el pueblo de la ciudad. Tales eran, pues, las esplendideces con que los dioses habían dotado la casa del rey Alcínoo.

Así que aquí Ulises se detuvo un rato y miró en torno suyo, mas cuando hubo mirado lo bastante cruzó el umbral y entró dentro del recinto de la casa. Allí halló a todos los principales de los feacios haciendo sus libaciones a Mercurio, lo que siempre hacían como último acto antes de retirarse por la noche. Cruzó derecho el patio, aún oculto por el manto de oscuridad con que Minerva lo había envuelto, hasta llegar adonde estaban Arete y el rey Alcínoo; entonces puso sus manos sobre las rodillas de la reina, y en ese instante la oscuridad maravillosa se apartó de él y se hizo visible. Todos quedaron sin habla de asombro al ver allí a un hombre, pero Ulises comenzó al punto su petición.

«Reina Arete —exclamó—, hija del gran Rexénor, en mi angustia te suplico humildemente, así como a tu esposo y a estos tus huéspedes (a quienes el cielo prospere con larga vida y felicidad, y puedan dejar sus haciendas a sus hijos y todos los honores que el estado les ha conferido), que me ayudéis a volver a mi propia tierra lo antes posible; pues llevo ya mucho tiempo en zozobras y lejos de los míos.»

Luego se sentó en el hogar entre las cenizas, y todos guardaron silencio, hasta que al cabo el anciano héroe Equeneo, que era un excelente orador y un prócer entre los feacios, les habló con claridad y llaneza:

«Alcínoo —dijo—, no es cosa que te honre que se vea a un forastero sentado entre las cenizas de tu hogar; todos están aguardando oír lo que vas a decir; dile, pues, que se levante y tome asiento en un escabel taraceado de plata, y manda a tus siervos que mezclen vino con agua para que hagamos una libación a Jove, el señor del trueno, que toma bajo su protección a todos los suplicantes bien dispuestos; y que la ama de casa le dé algo de cena, de lo que haya en la casa.»

Cuando Alcínoo oyó esto, tomó a Ulises de la mano, lo levantó del hogar y le mandó ocupar el asiento de Laodamante, que había estado sentado junto a él y era su hijo predilecto. Una criada trajo entonces agua en un hermoso jarro de oro y la vertió en una palangana de plata para que se lavase las manos, y arrimó junto a él una mesa limpia; un criado le trajo pan y le ofreció muchas y buenas cosas de cuanto había en la casa, y Ulises comió y bebió. Entonces dijo Alcínoo a uno de los siervos: «Pontónoo, mezcla una copa de vino y pásala, a fin de que hagamos libaciones a Jove, el señor del trueno, que es el protector de todos los suplicantes bien dispuestos.»

Pontónoo mezcló entonces vino y agua y, tras dar a cada hombre su porción de libación, lo fue ofreciendo. Cuando hubieron hecho sus ofrendas y cada uno hubo bebido a su gusto, dijo Alcínoo:

«Regidores y concejales de los feacios, escuchad mis palabras. Habéis cenado, así que ahora idos a casa a dormir. Mañana por la mañana convocaré a un número aún mayor de regidores, y ofreceré un banquete sacrificial en honor de nuestro huésped; entonces podremos discutir la cuestión de su escolta y considerar cómo enviarlo al punto de vuelta, gozozo, a su propio país sin molestia ni incomodidad para él, por distante que esté. Debemos cuidar de que no sufra daño alguno en su camino de regreso, mas una vez en ella tendrá que habérselas con la suerte que le cupiera, para bien o para mal, como los demás hombres. Es posible, no obstante, que el forastero sea uno de los inmortales bajado del cielo a visitarnos; pero, de ser así, los dioses se apartan de su práctica habitual, pues hasta ahora se nos han mostrado con toda claridad cuando les ofrecíamos hecatombes. Vienen y se sientan a nuestros festines como uno de nosotros mismos, y si algún caminante solitario da casualmente con alguno de ellos, no afectan ocultarse, pues somos tan cercanos de parentesco a los dioses como los Cíclopes y los gigantes salvajes.»

Entonces dijo Ulises: «Te ruego, Alcínoo, que no te pase por la cabeza nada semejante. No tengo nada de inmortal, ni en cuerpo ni en mente, y soy muy parecido a aquellos de entre vosotros que son los más afligidos. Antes bien, si os hubiera de contar todo lo que el cielo ha tenido a bien depararme, diríais que estoy aún peor que ellos. Sin embargo, dejadme cenar a pesar del dolor, pues el estómago vacío es algo muy importuno y se hace notar no importa cuán extrema sea la aflicción de un hombre. Ando en gran tribulación, y, con todo, insiste en que coma y beba, me pide que aparte todo recuerdo de mis pesares y no piense más que en reabastecerse como es debido. En cuanto a vosotros, haced lo que proponéis, y al despuntar el alba poneos a ayudarme a regresar. Me contentaré con morir, si antes puedo volver a ver una vez más mis bienes, mis siervos y toda la grandeza de mi casa.»

Así habló. Todos aprobaron sus palabras y convinieron en que se le debía dar escolta, puesto que había hablado razonablemente. Luego, cuando hubieron hecho sus libaciones y cada uno hubo bebido a su gusto, se fueron a casa a dormir, cada cual a su propia morada, dejando a Ulises en el claustro con Arete y Alcínoo, mientras los siervos retiraban lo que había quedado de la cena. Arete fue la primera en hablar, pues reconoció la camisa, el manto y las buenas ropas que Ulises llevaba, como obra suya y de sus siervas; así que dijo: «Forastero, antes de seguir adelante, hay una pregunta que querría hacerte. ¿Quién eres y de dónde vienes, y quién te dio esas ropas? ¿No dijiste que llegabas de allende el mar?»

Y Ulises respondió: «Señora, sería largo de contar si hubiera de relatar por entero el cuento de mis desdichas, pues la mano del cielo se ha mostrado muy pesada conmigo; pero en lo que toca a vuestra pregunta, hay una isla lejos en el mar que se llama la Ogigia. Allí mora la astuta y poderosa diosa Calipso, hija de Atlas. Vive sola, lejos de todo vecino humano o divino. Sin embargo, la fortuna me trajo a su hogar, desamparado y solo, porque Jove descargó sus rayos sobre mi nave y la hizo pedazos en alta mar. Mis valientes compañeros se ahogaron, uno por uno, pero yo me así al tablón y fui llevado de aquí para allá durante nueve días, hasta que al fin, en la oscuridad de la décima noche, los dioses me condujeron a la isla Ogigia donde vive la gran diosa Calipso. Ella me acogió y me trató con la mayor bondad; es más, quiso hacerme inmortal para que jamás envejeciese, mas no pudo persuadirme de que se lo permitiese.

»Permanecí con Calipso siete años seguidos, regando con mis lágrimas las buenas ropas que me daba todo aquel tiempo; pero al fin, cuando el octavo año dio su vuelta, me ordenó partir por su libre voluntad, ya porque Jove le hubiera dicho que debía hacerlo, ya porque había mudado de parecer. Me envió desde su isla en una balsa, que proveyó con abundancia de pan y vino. Además me dio ropas fuertes y buenas, y me envió un viento que soplaba cálido y favorable. Siete días y diez navegué sobre el mar, y al décimo y ocho avisté los primeros perfiles de las montañas de vuestra costa —y grande fue mi gozo al poner los ojos en ellos—. Sin embargo, aún quedaba mucha tribulación guardada para mí, pues en ese punto Neptuno no quiso dejarme ir más lejos y alzó contra mí una gran tormenta; el mar estaba tan terriblemente alto que ya no pude mantenerme en la balsa, que se hizo pedazos bajo la furia del vendaval, y hube de nadar como pude, hasta que el viento y la corriente me trajeron a vuestras playas.

»Allí intenté desembarcar, mas no pude, porque el lugar era malo y las olas me estrellaban contra los riscos, así que de nuevo me lancé al mar y seguí nadando hasta llegar a un río que parecía el desembarcadero más probable, pues no había rocas y estaba al abrigo del viento. Allí, pues, salí del agua y recobré el sentido. Caía la noche, así que dejé el río y entré en un matorral, donde me cubrí por completo con hojas, y al punto el cielo me envió a un sueño muy profundo. A pesar de mi quebranto y tristeza, dormí entre las hojas toda la noche, y durante el día siguiente hasta la tarde, cuando desperté cuando el sol declinaba hacia el ocaso, y vi a las siervas de vuestra hija jugando en la playa, y a vuestra hija entre ellas, que parecía una diosa. Imploré su ayuda, y ella se mostró de excelente disposición, mucho más de lo que cabría esperar de tan joven persona —pues los jóvenes suelen ser atolondrados—. Me dio pan y vino en abundancia, y una vez que me hubo hecho lavar en el río, me dio también las ropas con las que me veis. Ahora, pues, aunque me haya dolido hacerlo, os he dicho toda la verdad.»

Entonces Alcínoo dijo: «Forastero, obró muy mal mi hija al no traeros a mi casa enseguida, junto con las siervas, siendo ella la primera persona cuya ayuda pedisteis.»

«Os ruego que no la reprendáis —respondió Ulises—; no tiene culpa. Ella me dijo que la siguiera junto con las siervas, pero yo me sentí avergonzado y temeroso, pues pensé que tal vez os disgustaría si me veíais. Todo ser humano es a veces un tanto suspicaz e irritable.»

«Forastero —respondió Alcínoo—, no soy de esos hombres que se enojan por nada; siempre es mejor ser razonable; pero ¡por el padre Jove, Minerva y Apolo!, ahora que veo qué clase de hombre sois y cuánto pensáis como yo, quisiera que os quedarais aquí, casarais con mi hija y os hicierais mi yerno. Si quisierais quedaros, os daría casa y hacienda, pero nadie —los dioses no lo quieran— habrá de reteneros aquí contra vuestra voluntad, y para que podáis estar seguro de ello, atenderé mañana al asunto de vuestra escolta. Podréis dormir64 durante toda la travesía si queréis, y los hombres os llevarán sobre aguas tranquilas, sea a vuestro propio hogar, o dondequiera que deseéis, aunque quede más lejos que Eubea, que aquellos de los míos que la vieron cuando llevaron al rubio Radamantis a ver a Ticio, hijo de Gea, me dicen que es el lugar más lejano de todos —y, con todo, hicieron toda la travesía en un solo día sin fatigarse, y volvieron después de nuevo—. Así veréis cuánto aventajan mis naves a todas las demás, y cuán magníficos remeros son mis marineros.»

Entonces Ulises se alegró y oró en voz alta diciendo: «Padre Jove, concede que Alcínoo cumpla todo cuanto ha dicho, pues así ganará un nombre imperecedero entre los hombres, y al mismo tiempo yo volveré a mi patria.»

Así conversaban. Entonces Arete dijo a sus siervas que pusieran un lecho en la sala que estaba en la puerta del patio, y que lo hicieran con buenas alfombras rojas, y que extendieran cobertores encima, con capas de lana para que Ulises se las pusiera. Las siervas salieron entonces con antorchas en las manos, y cuando hubieron hecho el lecho subieron a donde estaba Ulises y dijeron: «Levantaos, señor forastero, y venid con nosotros, que vuestro lecho está listo», y muy gozo se sintió él de ir al descanso.

Así durmió Ulises en un lecho colocado en una sala sobre la puerta resonante; pero Alcínoo yacía en la parte interior de la casa, con la reina su esposa a su lado.

LIBRO VIII

BANQUETE EN LA CASA DE ALCÍNOO — LOS JUEGOS.

Ahora, cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, Alcínoo y Ulises se levantaron ambos, y Alcínoo guió el camino hasta el lugar de asamblea de los feacios, que estaba cerca de las naves. Cuando llegaron allí se sentaron lado a lado en un asiento de piedra pulida, mientras Minerva tomaba la forma de uno de los siervos de Alcínoo y recorría la ciudad con el fin de ayudar a Ulises a regresar a su hogar. Fue donde los ciudadanos, uno por uno, y dijo: «Regidores y concejales de los feacios, venid todos a la asamblea y escuchad al forastero que acaba de llegar tras largo viaje a la casa del rey Alcínoo; parece un dios inmortal.»

Con estas palabras hizo que todos deseasen venir, y acudieron a la asamblea en tropel hasta que por igual se llenaron los asientos y el espacio para estar de pie. Todos quedaron admirados del aspecto de Ulises, pues Minerva lo había embellecido en la cabeza y los hombros, haciéndolo parecer más alto y más robusto de lo que realmente era, para que causase buena impresión a los feacios como varón muy notable, y para que saliese airoso en las muchas pruebas de destreza a que lo desafiarían. Entonces, cuando se hubieron reunido, habló Alcínoo:

«Escuchadme —dijo—, regidores y concejales de los feacios, para que pueda hablar como tengo pensado. Este forastero, quienquiera que sea, ha encontrado camino a mi casa desde un lugar u otro, sea de oriente o de poniente. Desea escolta y quiere que el asunto se resuelva. Preparemos, pues, una para él, como hemos hecho para otros antes que él; en verdad, nadie que haya llegado jamás a mi casa ha podido quejarse de mí por no apresurar lo bastante su partida. Echemos al mar una nave —una que aún no haya hecho jamás singladura— y tripuladla con doscientos cincuenta y dos de nuestros más hábiles jóvenes marineros. Luego, cuando hayáis asegurado los remos cada uno junto a su banco, dejad la nave y venid a mi casa a preparar un banquete.65 Yo os proveeré de todo. Estas instrucciones las doy a los jóvenes que formarán la tripulación, pues en cuanto a vosotros, regidores y concejales, os juntaréis conmigo para agasajar a nuestro huésped en los claustros. No admito excusas, y haremos que Demódoco nos cante; pues no hay aedo como él, sea cual fuere el asunto que escoja cantar.»

Alcínoo guió entonces el camino, y los otros lo siguieron, mientras un siervo iba a buscar a Demódoco. Los cincuenta y dos remeros escogidos fueron a la orilla del mar como se les había ordenado, y cuando llegaron allí echaron la nave al agua, colocaron dentro el mástil y las velas, ataron los remos a los toletes con correas retorcidas de cuero, todo por el orden debido, e izaron las blancas velas en lo alto. Amarraron la nave a poca distancia de la costa, y luego vinieron a tierra y se encaminaron a la casa del rey Alcínoo. Los edificios exteriores,66 los patios y todos los recintos se llenaron de muchedumbres de hombres en gran número, viejos y jóvenes; y Alcínoo mató para ellos una docena de ovejas, ocho cerdos cebados y dos bueyes. Los desollaron y los aderezaron de modo que preparasen un magnífico banquete.

Un siervo condujo en seguida al famoso aedo Demódoco, a quien la Musa había amado entrañablemente, pero al que había dado a la vez el bien y el mal, pues aunque lo había dotado de un divino don de canto, lo había privado de la vista. Pontoño le puso un asiento entre los convidados, apoyándolo contra un pilar de sostén. Le colgó la lira de un clavo sobre su cabeza, y le mostró dónde debía buscarla con las manos. Le puso también una hermosa mesa con un cestillo de vituallas al lado, y una copa de vino de la que pudiera beber cuando le apeteciese.

Los comensales echaron entonces las manos a las buenas cosas que tenían delante, pero apenas hubieron comido y bebido lo suficiente, la Musa inspiró a Demódoco para que cantase las hazañas de los héroes, y muy especialmente un asunto que era entonces del dominio de todos, a saber, la disputa entre Ulises y Aquiles, y las fieras palabras que se arrojaron el uno al otro estando sentados juntos en un banquete. Mas Agamenón se alegró al oír a sus caudillos querellarse entre sí, pues Apolo se lo había vaticinado en Pito cuando cruzó el piso de piedra para consultar el oráculo. He aquí el principio del mal que, por la voluntad de Jove, cayó tanto sobre dánaos como sobre troyanos.

Así cantó el aedo, pero Ulises echó su manto purpúreo sobre la cabeza y se cubrió el rostro, pues le daba vergüenza dejar que los feacios vieran que estaba llorando. Cuando el aedo dejó de cantar, se enjugó las lágrimas de los ojos, se descubrió el rostro y, tomando su copa, hizo una libación a los dioses; mas cuando los feacios apremiaron a Demódoco para que siguiera cantando, pues deleitábanse con sus cantos, entonces Ulises volvió a echarse el manto sobre la cabeza y lloró amargamente. Nadie notó su aflicción excepto Alcínoo, que estaba sentado cerca de él, y oyó los hondos suspiros que daba. Así que al punto dijo: «Regidores y concejales de los feacios, harto hemos tenido ya, tanto del festín como del canto que es su acompañamiento obligado; prosigamos, pues, con los juegos atléticos, a fin de que nuestro huésped, al volver a su casa, pueda contar a sus amigos cuánto aventajamos a todas las demás naciones en boxeo, lucha, salto y carrera.»

Con estas palabras guió el camino, y los otros lo siguieron. Un siervo colgó la lira de Demódoco en su clavo, lo sacó del claustro y lo encaminó por la misma vía por donde iban todos los principales de los feacios para ver los juegos; una multitud de varios miles de personas los seguía, y había muchos y excelentes competidores para todos los premios. Acroneo, Ocialo, Elatreo, Nauteo, Primneo, Anchíalo, Eretmeo, Pondeo, Proreo, Toón, Anabesíneo y Anfíalo, hijo de Politeo, hijo de Tectón. Había también Euríalo, hijo de Náubolo, que era como Marte mismo, y era el hombre de mejor presencia entre los feacios, excepto Laódamas. Tres hijos de Alcínoo, Laódamas, Halio y Clitoneo, compitieron también.

Las carreras a pie fueron las primeras. La pista se les marcó desde la línea de salida, y levantaron polvo en la llanura al lanzarse todos adelante al mismo momento. Clitoneo llegó el primero con mucho; dejó atrás a todos los demás por la longitud del surco que un par de mulas pueden arar en un barbecho.67 Luego pasaron al penoso arte de la lucha, y aquí Euríalo resultó ser el mejor. Anfíalo aventajó a todos los demás en el salto, mientras que en el lanzamiento del disco no hubo nadie que se le acercase a Elatreo. Laódamas, hijo de Alcínoo, era el mejor boxeador, y fue él quien al punto dijo, cuando todos se habían divertido con los juegos: «Pidámosle al forastero que tome parte en alguna de estas competiciones si sobresale en alguna de ellas; parece de complexión poderosa; sus muslos, pantorrillas, manos y cuello son de prodigiosa fortaleza, y no es nada viejo, pero ha sufrido mucho últimamente, y nada hay como el mar para arrasar a un hombre, por muy fuerte que sea.»

«Bien dices, Laódamas —respondió Euríalo—; acércate a tu huésped y habla tú mismo con él sobre ello.»

Cuando Laódamas oyó esto se abrió paso hasta el centro de la multitud y dijo a Ulises: «Espero, señor, que os inscribáis en alguna de nuestras competiciones si sois diestro en alguna de ellas —y de cierto habréis participado en muchas antes—. Nada hay que tanto honre a un hombre durante toda su vida como mostrarse buen hombre de manos y pies. Probad, pues, en algo, y desterrad toda tristeza de vuestro ánimo. No se retrasará vuestro regreso al hogar, pues la nave está ya echada al agua y la tripulación está dispuesta.»

Ulises respondió: «Laódamas, ¿por qué me zaherís de ese modo? Mi ánimo está puesto más en cuitas que en competencias; he pasado por infinitas tribulaciones, y vengo ahora entre vosotros como suplicante, rogando a vuestro rey y pueblo que me ayuden en mi regreso al hogar.»

Entonces Euríalo lo ultrajó sin rebozo y dijo: «Saco en conclusión, pues, que no sois diestro en ninguno de los muchos deportes en que suelen deleitarse los hombres. Supongo que sois uno de esos negociantes ávidos que andan en naves como capitanes o mercaderes, y que no piensan más que en sus fletes de ida y sus cargamentos de vuelta. No parece haber mucho de atleta en vos.»

«¡Vergüenza, señor! —respondió Ulises, con fiereza—. Sois un insolente —tan cierto es que los dioses no adornan a todos los hombres por igual en el habla, la persona y el entendimiento—. Un hombre puede ser de menguada presencia, pero el cielo ha adornado a este con tan buena conversación que encanta a cuantos lo ven; su dulce moderación se lleva a sus oyentes, de modo que es guía en todas las asambleas de sus conciudadanos, y dondequiera que va se le mira con respeto. Otro puede ser tan hermoso como un dios, pero su buen parecer no va coronado de prudencia. Este es vuestro caso. Ningún dios podría hacer mozo de mejor presencia que vos, pero sois un necio. Vuestras malhadidas observaciones me han enojado sobremanera, y estáis muy equivocado, pues yo sobresalgo en muchas pruebas atléticas; en verdad, mientras tuve juventud y brío, fui de los primeros atletas de mi edad. Ahora, empero, estoy consumido por el trabajo y el dolor, pues he pasado por mucho tanto en el campo de batalla como en las ondas del mar hastiado; aun así, a pesar de todo esto, competiré, porque vuestras pullas me han aguijoneado en lo vivo.»

Así que se levantó presuroso, sin siquiera quitarse el manto, y tomó un disco, mayor, más macizo y mucho más pesado que los que usaban los feacios cuando lanzaban el disco entre sí.68 Luego, haciéndolo girar hacia atrás, lo arrojó de su nervuda mano, y produjo un zumbido en el aire al hacerlo. Los feacios se amedrentaron ante el ímpetu de su vuelo, cuando partió gallardamente de su mano y fue más allá de toda marca que hasta entonces se hubiera hecho. Minerva, en figura de hombre, llegó y señaló el sitio donde había caído. «Un ciego, señor —dijo—, podría conocer vuestra marca tanteándola —tan por delante está de las demás—. Podéis estar tranquilo respecto a esta prueba, pues ningún feacio puede llegar a un lanzamiento como el vuestro.»

Ulises se alegró al hallar que tenía un amigo entre los espectadores, de modo que comenzó a hablar más afablemente. «Jóvenes —dijo—, llegaos a ese lanzamiento si podéis, y yo lanzaré otro disco tan pesado o aun más pesado. Si alguno quiere contender conmigo, que venga, pues estoy sobremanera enojado; boxearé, lucharé o correré, no me importa cuál sea, con cualquiera de vosotros, excepto con Laódamas, mas no con él, porque es mi huésped, y no se puede competir con el propio amigo personal. Al menos no lo juzgo prudente ni sensato que un huésped rete a la familia de su anfitrión en juego alguno, sobre todo cuando se halla en tierra extraña. Se cortará el suelo bajo sus propios pies si lo hace; pero no hago excepción con ningún otro, pues quiero ventilar el asunto y saber quién es el mejor. Soy buen conocedor de todo género de pruebas atléticas conocidas entre los hombres. Soy un excelente arquero. En la batalla siempre soy el primero en derribar a un hombre con mi flecha, por más que haya muchos otros apuntándole junto a mí. Filoctetes era el único hombre que podía tirar mejor que yo cuando los aqueos estábamos ante Troya y en los ejercicios. Yo aventajo con mucho a cualquiera en el mundo entero, de cuantos aún comen pan sobre la faz de la tierra, mas no quisiera competir en el tiro con los poderosos muertos, tales como Heracles o Eurytus el equetálida —hombres que podían disparar contra los propios dioses—. He aquí cómo Eurytus halló su fin prematuro, pues Apolo se airó contra él y lo mató porque lo desafió como arquero. Puedo lanzar un dardo más lejos que cualquiera puede lanzar una flecha. La carrera es el único punto en que temo que algunos feacios puedan vencerme, pues he sido muy abatido por el mar; mis provisiones se agotaron, y por ello estoy aún débil.»

Todos guardaron silencio excepto el rey Alcínoo, que comenzó: «Señor, hemos tenido mucho placer en oír todo lo que nos habéis contado, y de ello entiendo que estáis dispuesto a mostrar vuestra destreza, pues os han disgustado algunas insolentes palabras que os ha dicho uno de nuestros atletas, y que jamás habría pronunciado quien sabe hablar con propiedad. Espero que captaréis mi sentido, y que explicaréis a cualquiera de los principales que estén comiendo con vos y vuestra familia cuando lleguéis a casa, que tenemos una aptitud hereditaria para toda clase de habilidades. No somos particularmente notables en el pugilato, ni tampoco como luchadores, pero somos singularmente veloces de pies y somos excelentes marineros. Somos extremadamente aficionados a las buenas cenas, la música y la danza; también nos gustan los cambios frecuentes de ropa, los baños calientes y las buenas camas; así que ahora, por favor, algunos de vosotros, los mejores danzantes, poneos a bailar, para que nuestro huésped, a su regreso a casa, pueda decir a sus amigos cuánto superamos a todas las demás naciones como marineros, corredores, danzantes y ministriles. Demódoco ha dejado su lira en mi casa, así que corred, uno u otro de vosotros, y traédmela.»

Dicho esto, un siervo se apresuró a buscar la lira a la casa del rey, y los nueve hombres que habían sido elegidos como intendentes se adelantaron. Era su deber arreglar todo lo concerniente a los juegos, de modo que alisaron el suelo y marcaron un ancho espacio para los danzantes. Al poco volvió el siervo con la lira de Demódoco, y este tomó su puesto en medio de ellos, con lo que los mejores jóvenes danzantes de la ciudad comenzaron a pisar y trisar con tal agilidad que Ulises quedó encantado con el alegre centelleo de sus pies.

Entretanto, el bardo comenzó a cantar los amores de Marte y Venus, y cómo ellos comenzaron su intriga en la casa de Vulcano. Marte hizo a Venus muchos regalos, y mancilló el lecho conyugal del rey Vulcano, de modo que el sol, que vio lo que estaban haciendo, se lo contó a Vulcano. Vulcano se enfureció mucho al oír tan terrible noticia, así que se fue a su fragua alimentando su rencor, puso su gran yunque en su lugar, y comenzó a forjar unas cadenas que nadie pudiera desatar ni romper, para que ellos pudieran quedarse allí en aquel lugar. Cuando hubo terminado su trampa, se fue a su dormitorio y festoneó los postes de la cama entera con cadenas como telarañas; también dejó colgar muchas del gran viga del techo. Ni siquiera un dios podría verlas, tan finas y sutiles eran. Así que hubo tendido las cadenas por toda la cama, fingió que partía hacia la bella comarca de Lemnos, que de todos los lugares del mundo era el que más amaba. Pero Marte no perdió de vista, y así que lo vio partir, se apresuró hacia su casa, ardiendo de amor por Venus.

Ahora bien, Venus acababa de llegar de visitar a su padre Júpiter, y se disponía a sentarse cuando Marte entró en la casa, y dijo tomándole la mano con la suya: «Vamos al lecho de Vulcano: no está en casa, sino que se ha ido a Lemnos entre los sintios, cuya habla es bárbara.»

Ella no se hizo de rogar, de modo que fueron al lecho para descansar, donde quedaron presos en los lazos que el astuto Vulcano había tendido para ellos, y no podían levantarse ni mover mano ni pie, pero hallaron demasiado tarde que estaban en una trampa. Entonces Vulcano se acercó a ellos, pues había dado media vuelta antes de llegar a Lemnos, cuando su explorador el sol le contó lo que estaba pasando. Estaba en una furia terrible, y se plantó en el vestíbulo haciendo un ruido espantoso mientras gritaba a todos los dioses.

«¡Padre Júpiter —exclamó—, y todos vosotros, demás dioses bienaventurados que vivís por siempre, venid aquí y ved el ridículo y vergonzoso espectáculo que os mostraré. La hija de Júpiter, Venus, me deshonra sin cesar porque soy cojo. Está enamorada de Marte, que es apuesto y bien formado, mientras que yo soy un tullido, pero mis padres son los culpables de ello, no yo; nunca debieron engendrarme. Venid a ver a la pareja junta dormida en mi lecho. Me pone furioso mirarlos. Se quieren mucho el uno al otro, pero no creo que sigan allí más de lo preciso, ni creo que duerman mucho; allí, sin embargo, se quedarán hasta que su padre me haya devuelto la suma que le di por su bagaje de hija, que es hermosa pero no honesta.»

Ante esto, los dioses se reunieron en la casa de Vulcano. Vino Neptuno, el que abraza la tierra, y Mercurio, el portador de la suerte, y el rey Apolo, pero las diosas se quedaron todas en casa por vergüenza. Entonces los dispensadores de todos los bienes se detuvieron en el umbral, y los bienaventurados dioses rugieron de risa incontenible, al ver cuán astuto había sido Vulcano, ante lo cual uno se volvía hacia su vecino diciendo:

«Las malas acciones no prosperan, y el débil confunde al fuerte. Ved cómo el cojo Vulcano, cojo como es, ha atrapado a Marte, que es el más veloz de los dioses del cielo; y ahora Marte será condenado a pagar una fuerte indemnización.»

Así conversaban, pero el rey Apolo dijo a Mercurio: «Mensajero Mercurio, dispensador de bienes, ¿no os importaría lo recias que fueran las cadenas, si pudierais dormir con Venus?»

«Rey Apolo —respondió Mercurio—, solo quisiera tener la oportunidad, aunque hubiera tres veces más cadenas, y podríais mirar, todos vosotros, dioses y diosas, pero yo dormiría con ella si pudiera.»

Los dioses inmortales prorrumpieron en carcajadas al oírle, pero Neptuno se lo tomó en serio y no cesaba de suplicar a Vulcano que soltara a Marte de nuevo. «Suéltale —gritó—, y yo me comprometo, como pides, a que te pague todos los daños que se consideren razonables entre los dioses inmortales.»

«No me pidas —respondió Vulcano— que haga esto; la fianza de un hombre malo es mala garantía; ¿qué remedio podría yo exigir contra ti si Marte se fuera y dejara sus deudas junto con sus cadenas?»

«Vulcano —dijo Neptuno—, si Marte se va sin pagar sus daños, te pagaré yo mismo.» Así que Vulcano respondió: «En tal caso, no puedo ni debo negártelo.»

Con esto soltó los vínculos que los ataban, y así que estuvieron libres salieron disparados, Marte hacia Tracia y Venus, amada de las risas, hacia Chipre y hacia Pafos, donde está su bosque y su altar fragante con ofrendas quemadas. Aquí las Gracias la bañaron, y la ungieron con óleo de ambrosía, tal como el que usan los dioses inmortales, y la vistieron con ropajes de la más encantadora belleza.

Así cantó el bardo, y tanto Ulises como los feacios navegantes quedaron encantados al oírle.

Entonces Alcínoo dijo a Laodamante y Halio que bailaran solos, pues no había nadie que pudiera competir con ellos. Así que tomaron una pelota roja que Pólibo había hecho para ellos, y uno de ellos se dobló hacia atrás y la lanzó hacia las nubes, mientras el otro saltaba del suelo y la cogía con facilidad antes de que volviera a caer. Cuando hubieron terminado de lanzar la pelota recto hacia arriba, comenzaron a bailar, y al mismo tiempo siguieron lanzándosela el uno al otro, mientras todos los jóvenes del corro aplaudían y golpeaban fuertemente con los pies. Entonces Ulises dijo:

«Rey Alcínoo, dijisteis que vuestro pueblo era el más ágil en el baile del mundo, y en verdad ya lo han demostrado. Quedé asombrado al verlos.»

El rey se deleitó con esto, y exclamó a los feacios: «Regidores y concejales, nuestro huésped parece ser una persona de singular criterio; démosle tal prueba de nuestra hospitalidad como él pueda razonablemente esperar. Hay doce hombres principales entre vosotros, y contándome a mí somos trece; contribuya cada uno de vosotros con un manto limpio, una túnica y un talento de oro fino; démosle todo esto de una vez, para que cuando se siente a cenar pueda hacerlo con el corazón ligero. En cuanto a Euríalo, tendrá que hacer una formal disculpa y un regalo también, pues ha sido grosero.»

Así habló. Los demás, todos ellos, aplaudieron sus palabras, y enviaron a sus siervos a buscar los presentes. Entonces Euríalo dijo: «Rey Alcínoo, daré al extranjero toda la satisfacción que pedís. Tendrá mi espada, que es de bronce, salvo la empuñadura, que es de plata. Le daré también la vaina de marfil recién aserrado en la que encaja. Valdrá mucho para él.»

Mientras hablaba, puso la espada en manos de Ulises y dijo: «Buena suerte para vos, padre forastero; si algo se ha dicho fuera de tono, que los vientos se lo lleven con ellos, y que el cielo os conceda un feliz regreso, pues entiendo que habéis estado mucho tiempo lejos de casa, y habéis pasado por muchas penalidades.»

A lo cual Ulises respondió: «Buena suerte también para ti, amigo mío, y que los dioses te concedan toda felicidad. Espero que no eches de menos la espada que me has dado junto con tu disculpa.»

Con estas palabras se ciñó la espada a los hombros, y hacia la puesta del sol los presentes comenzaron a hacer su aparición, pues los siervos de los donantes no cesaban de llevarlos a la casa del rey Alcínoo; aquí sus hijos los recibieron, y los pusieron al cuidado de su madre. Entonces Alcínoo guió el camino hacia la casa y mandó a sus invitados que tomaran asiento.

«Esposa —dijo, volviéndose hacia la reina Arete—, ve, busca el mejor arcón que tengamos, y pon en él un manto limpio y una túnica. Además, pon un caldero al fuego y calienta agua; nuestro huésped tomará un baño caliente; mira también de empaquetar cuidadosamente los presentes que los nobles feacios le han hecho; así gozará mejor tanto de la cena como del canto que seguirá. Yo mismo le daré esta copa de oro, que es de exquisita factura, para que se acuerde de mí el resto de su vida cada vez que haga una libación a Júpiter, o a cualquiera de los dioses.»

Entonces Arete dijo a sus criadas que pusieran un gran trípode sobre el fuego lo más deprisa que pudieran, con lo que pusieron un trípode lleno de agua de baño sobre un fuego claro; echaron leños para que ardiera, y el agua se calentó cuando la llama lamió el vientre del trípode. Entretanto Arete trajo un magnífico arcón de su propia habitación, y dentro de él empaquetó todos los hermosos presentes de oro y ropaje que los feacios habían traído. Por último añadió un manto y una buena túnica de Alcínoo, y dijo a Ulises:

«Ajusta tú mismo la tapa, y haz que todo quede atado de una vez, por miedo a que alguien te robe por el camino cuando estés dormido en tu nave.»

Cuando Ulises oyó esto, puso la tapa sobre el arcón y la sujetó con un nudo que Circe le había enseñado. Lo había hecho así antes de que un siervo principal le dijera que viniera al baño y se lavara. Él se alegró mucho de un baño caliente, pues no había tenido a nadie que lo atendiera desde que salió de la casa de Calipso, la cual, mientras él permaneció con ella, lo había cuidado tan bien como si fuera un dios. Cuando los siervos hubieron terminado de lavarlo y ungirlo con óleo, y le hubieron dado un manto limpio y una túnica, salió de la sala del baño y se reunió con los invitados que estaban sentados ante su vino. La encantadora Nausícaa se detuvo junto a uno de los postes que sostenían el techo del pórtico, y lo admiró al verlo pasar. «Adiós, forastero —dijo—, no me olvides cuando estés a salvo de vuelta en casa, pues a mí primero me debes el rescate de haberte salvado la vida.»

Y Ulises dijo: «Nausícaa, hija del gran Alcínoo, ¡ojalá Júpiter, el poderoso esposo de Juno, me conceda llegar a mi casa! Así te bendeciré como mi ángel guardián todos mis días, pues fuiste tú quien me salvó.»

Dicho esto, se sentó junto a Alcínoo. Luego se sirvió la cena, y se mezcló el vino para beber. Un siervo introdujo al bardo favorito, Demódoco, y lo puso en medio de la compañía, cerca de uno de los postes que sostenían el pórtico, para que se apoyara en él. Entonces Ulises cortó un trozo de cerdo asado con abundante grasa (pues quedaba abundancia en la pieza) y dijo a un siervo: «Lleva este trozo de cerdo a Demódoco y dile que se lo coma; por todo el dolor que me causen sus cantos no por eso lo saludaré menos; los bardos son honrados y respetados en todo el mundo, pues la musa les enseña sus cantos y los ama.»

El siervo llevó el cerdo en los dedos hasta Demódoco, que lo tomó y quedó muy complacido. Luego echaron mano a las buenas cosas que tenían delante, y así que hubieron comido y bebido, Ulises dijo a Demódoco: «Demódoco, no hay nadie en el mundo a quien admire más que a ti. Debes de haber estudiado bajo la Musa, hija de Júpiter, y bajo Apolo, pues con tal exactitud cantas el regreso de los aqueos con todos sus padecimientos y aventuras. Si no estuviste allí en persona, debes de haberlo oído todo de alguien que estuvo. Ahora, sin embargo, cambia tu canto y cuéntanos del caballo de madera que Epeo hizo con la ayuda de Minerva, y que Ulises introdujo con estratagema en la fortaleza de Troya tras embarcar en él a los hombres que después saquearon la ciudad. Si cantas este relato como es debido, le diré al mundo entero cuán magníficamente te ha dotado el cielo.»

El bardo, inspirado del cielo, retomó la historia en el punto en que algunos de los argivos prendieron fuego a sus tiendas y se hicieron a la mar mientras otros, ocultos dentro del caballo, esperaban con Ulises en el lugar de reunión troyano. Pues los propios troyanos habían arrastrado el caballo hasta su fortaleza, y allí estaba mientras ellos se sentaban en consejo a su alrededor, divididos en tres pareceres sobre lo que debían hacer. Algunos eran por abrirlo allí mismo; otros querían arrastrarlo a lo alto de la roca sobre la que se alzaba la fortaleza, y luego arrojarlo por el precipicio; mientras que otros aún eran por dejarlo como ofrenda y propiciación a los dioses. Y así lo resolvieron al fin, pues la ciudad estaba condenada cuando acogió a aquel caballo, dentro del cual estaban los más valientes de los argivos esperando para llevar la muerte y la destrucción a los troyanos. Luego cantó cómo los hijos de los aqueos salieron del caballo, y saquearon la ciudad, irrumpiendo desde su emboscada. Cantó cómo la invadieron de un lado a otro y la devastaron, y cómo Ulises se lanzó furioso como Marte junto con Menelao hasta la casa de Deífobo. Fue allí donde el combate arreciaba con más furia, y sin embargo, con la ayuda de Minerva, salió victorioso.

Todo esto contó, pero Ulises se sintió abrumado al oírle, y sus mejillas se humedecieron con lágrimas. Lloraba como llora una mujer cuando se arroja sobre el cuerpo de su marido caído ante su propia ciudad y su pueblo, luchando con valentía en defensa de su hogar y sus hijos. Grita con fuerza y echa los brazos sobre él mientras yace boqueando y muriendo, pero sus enemigos la golpean por detrás en la espalda y los hombros, y se la llevan cautiva, a una vida de trabajo y dolor, y la hermosura se apaga de sus mejillas: con la misma piedad lloraba Ulises, pero ninguno de los presentes percibió sus lágrimas excepto Alcínoo, que estaba sentado cerca de él, y podía oír los sollozos y suspiros que exhalaba. El rey, pues, al punto se levantó y dijo:

«Regidores y concejales de los feacios, que Demódoco cese su canto, pues hay aquí presentes a quienes no parece gustarles. Desde el momento en que terminamos la cena y Demódoco comenzó a cantar, nuestro huésped no ha dejado de gemir y lamentarse. Está evidentemente en gran aflicción, así que que el bardo deje de cantar, para que todos podamos disfrutar, anfitriones y huésped por igual. Esto será mucho más como debe ser, pues todas estas fiestas, con la escolta y los presentes que estamos haciendo con tan buena voluntad, son enteramente en su honor, y cualquiera con siquiera un moderado sentimiento de lo justo sabe que debe tratar a un huésped y un suplicante como si fuera su propio hermano.

»Por tanto, señor, no afectéis por más tiempo ningún disimulo ni reserva en el asunto sobre el cual voy a preguntaros; será más cortés por vuestra parte darme una respuesta clara; decidme el nombre con que os llamaban vuestro padre y vuestra madre allá lejos, y por el que erais conocido entre vuestros vecinos y conciudadanos. No hay nadie, ni rico ni pobre, que esté absolutamente sin nombre alguno, pues los padres y las madres dan nombres a sus hijos en cuanto nacen. Decidme también vuestro país, nación y ciudad, para que nuestras naves dirijan su propósito en consecuencia y os lleven allí. Pues los feacios no tenemos pilotos; sus naves no tienen timones como las de otras naciones, sino que las propias naves entienden qué es lo que pensamos y queremos; conocen todas las ciudades y países del mundo entero, y pueden atravesar el mar tan bien aun cuando está cubierto de bruma y nube, de modo que no hay peligro de naufragio ni de daño alguno. Sin embargo, recuerdo haber oído a mi padre decir que Neptuno estaba airado con nosotros por ser demasiado fáciles en el asunto de dar escoltas a la gente. Dijo que un día de estos debía naufragar una de nuestras naves cuando volviera de haber escoltado a alguien, y enterrar nuestra ciudad bajo una alta montaña. Esto es lo que mi padre solía decir, pero si el dios cumplirá o no su amenaza, es cuestión que él decidirá por sí mismo.

»Y ahora, decidme y decidme la verdad. ¿Dónde habéis andado errante, y por qué países habéis viajado? Contadnos de los pueblos mismos, y de sus ciudades: quiénes fueron hostiles, salvajes e incivilizados, y quiénes, por el contrario, hospitalarios y humanos. Contadnos también por qué os sentís tan desgraciado al oír el regreso de los dánaos argivos desde Troya. Los dioses dispusieron todo esto, y les enviaron sus desgracias para que las generaciones futuras tuvieran algo que cantar. ¿Perdisteis a algún valiente pariente de vuestra esposa cuando estabais ante Troya? ¿Un yerno o un suegro, que son las relaciones más cercanas que un hombre tiene fuera de su propia carne y sangre? ¿O fue algún valiente y bondadoso compañero, pues un buen amigo es tan caro a un hombre como su propio hermano?»

LIBRO IX

ULISES SE DA A CONOCER Y COMIENZA SU HISTORIA: LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS Y LOS CICLOPES.

Y Ulises respondió: «Rey Alcínoo, es cosa buena oír a un bardo con tan divina voz como la de este hombre. No hay nada mejor ni más deleitoso que cuando un pueblo entero se regocija junto, con los convidados sentados en orden escuchando, mientras la mesa está cargada de pan y carnes, y el copero saca el vino y llena la copa para cada uno. Esto es, en verdad, la más bella visión que un hombre puede contemplar. Ahora, sin embargo, ya que estáis inclinado a pedirme la historia de mis pesares, y a reavivar mis propios y tristes recuerdos respecto de ellos, no sé por dónde empezar, ni tampoco cómo continuar y concluir mi relato, pues la mano del cielo se ha posado pesadamente sobre mí.

“En primer lugar, pues, os diré mi nombre, para que también vosotros lo conozcáis, y un día, si sobrevivo a este tiempo de dolor, podáis haceros mis huéspedes, aunque vivo tan lejos de todos vosotros. Soy Ulises, hijo de Laertes, renowned entre los mortales por toda clase de astucias, de modo que mi fama asciende al cielo. Vivo en Ítaca, donde hay una alta montaña llamada Neritón, cubierta de bosques; y no lejos de ella hay un grupo de islas muy cercanas entre sí —Duliquio, Same y la selvosa isla de Zacinto. Ítaca se yergue achaparrada en el horizonte, en la parte más alta del mar hacia el ocaso, mientras las demás se extienden lejos de ella hacia el alba. Es una isla áspera, pero cría hombres valientes, y mis ojos no conocen ninguna que les guste más contemplar. La diosa Calipso me retuvo consigo en su cueva, y quiso que me casara con ella, como también quiso la astuta diosa eea Circe; pero ninguna de las dos pudo persuadirme, pues nada hay más caro a un hombre que su propia patria y sus padres, y por espléndido que sea el hogar que tenga en tierra extraña, si está lejos de su padre o de su madre, no le importa. Ahora, empero, os contaré las muchas y azarosas aventuras que, por voluntad de Jove, me acontecieron en mi regreso de Troya.

“Levada el ancla de allí, el viento me llevó primero a Ismaro, que es la ciudad de los Cícones. Allí saqueé la ciudad y pasé a cuchillo a su pueblo. Tomamos a sus mujeres y también mucho botín, que repartimos equitativamente entre nosotros, de modo que ninguno tuviera motivo de queja. Dije entonces que lo mejor era hacernos a la mar de inmediato, pero mis hombres, muy neciamente, no obedecieron, y se quedaron allí bebiendo mucho vino y matando gran número de ovejas y bueyes en la orilla del mar. Entretanto, los Cícones pidieron socorro a otros Cícones que vivían tierra adentro. Éstos eran más numerosos, y más fuertes, y estaban más versados en el arte de la guerra, pues podían luchar, ya desde carros, ya a pie, según la ocasión lo requiriera; por la mañana, pues, vinieron tan espesos como hojas y flores en verano, y la mano del cielo se volvió contra nosotros, de modo que fuimos duramente acosados. Ordenaron la batalla junto a las naves, y las huestes se arrojaban mutuamente las lanzas calzadas de bronce. Mientras el día crecía y aún era de mañana, resistimos su embate, aunque eran más que nosotros; pero al declinar el sol, hacia la hora en que los hombres desuncen sus bueyes, los Cícones se impusieron, y perdimos media docena de hombres de cada nave que teníamos; así nos hicimos a la mar con los que quedaban.

“Desde allí seguimos navegando con dolor en el pecho, pero gozosos de haber escapado a la muerte aunque habíamos perdido a nuestros compañeros, ni nos alejamos hasta haber invocado tres veces a cada uno de los infortunados que habían perecido a manos de los Cícones. Entonces Jove levantó contra nosotros el viento Norte hasta hacerlo huracanado, de modo que tierra y cielo se ocultaron entre nubes densas, y la noche brotó de los cielos. Dejamos correr las naves ante el temporal, pero la fuerza del viento hizo jirones nuestras velas, así que las recogimos por temor al naufragio, y remamos con todas nuestras fuerzas hacia tierra. Allí permanecimos dos días y dos noches sufriendo por igual de fatiga y angustia de espíritu, pero al alba del tercer día izamos de nuevo los mástiles, desplegamos velas y ocupamos nuestros puestos, dejando que el viento y los timoneles guiaran la nave. Habría llegado a casa por entonces sin daño alguno, de no haberme sido contrarios el viento Norte y las corrientes cuando doblaba el cabo Malea, y me desviaron de mi rumbo junto a la isla de Citera.

“Fui empujado desde allí por vientos adversos durante nueve días por el mar, pero al décimo llegamos a la tierra de los Lotófagos, que viven de un alimento que brota de una especie de flor. Allí desembarcamos para hacer aguada, y nuestras tripulaciones tomaron su comida de mediodía en la orilla, cerca de las naves. Cuando hubieron comido y bebido, envié a dos de mis compañeros para que reconocieran qué clase de hombres eran los del lugar, y llevaban consigo a un tercero. Partieron al punto y se mezclaron entre los Lotófagos, que no les hicieron daño alguno, sino que les dieron a comer del loto, que era tan delicioso que quienes lo comían dejaban de añorar su hogar, y ni siquiera querían volver para contar lo ocurrido, sino que se quedaban allí, masticando loto con los Lotófagos, sin pensar más en el regreso; no obstante, aunque lloraban amargamente, los arrastré de vuelta a las naves y los até bajo los bancos. Entonces ordené a los demás que embarcaran de inmediato, no fuera que alguno probara el loto y dejase de desear el regreso, así que tomaron sus puestos y golpearon el gris mar con sus remos.

“Navegamos de allí, siempre en gran apuro, hasta que llegamos a la tierra de los Cíclopes, gente sin ley e inhumana. Ahora bien, los Cíclopes ni plantan ni labran, sino que confían en la providencia, y viven del trigo, la cebada y las uvas que crecen silvestres sin género alguno de cultivo, y sus uvas salvajes les dan vino según el sol y la lluvia las hagan crecer. No tienen leyes ni asambleas de pueblo, sino que viven en cuevas en las cimas de altas montañas; cada uno es señor y dueño en su casa, y no hacen caso alguno de sus vecinos.

“Ahora, frente a su puerto hay una isla selvosa y fértil, no del todo pegada a la tierra de los Cíclopes, pero tampoco lejos. Está poblada de cabras monteses, que crían allí en gran número y nunca son molestadas por pie de hombre; pues los cazadores —que por regla general tanto sufren en el bosque o entre los precipicios de las montañas— no van allá, ni tampoco es nunca arada ni pastoreada, sino que yace yerma, sin labrar ni sembrar, año tras año, y no tiene ser viviente alguno, sino solo cabras. Porque los Cíclopes no tienen naves, ni tampoco constructores que pudieran hacérselas; no pueden, pues, ir de ciudad en ciudad, ni navegar por el mar hasta los países de otros como hacen quienes tienen naves; si las tuvieran, habrían colonizado la isla, pues es muy buena, y daría de todo a su tiempo. Hay praderas que en algunos lugares bajan hasta la misma orilla del mar, bien regadas y llenas de hierba jugosa; las uvas se darían allí excelentemente; hay tierra llana para arar, y siempre daría cosechas abundantes en la siega, porque el suelo es profundo. Hay un buen puerto donde no se necesitan cables, ni tampoco anclas, ni hace falta amarrar la nave; basta varar el bajel y quedarse allí hasta que el viento sea favorable para hacerse otra vez a la mar. A la entrada del puerto hay un manantial de agua clara que brota de una cueva, y alrededor crecen álamos.

“Allí entramos, pero tan oscura era la noche que algún dios debió de guiarnos, pues no había absolutamente nada que ver. Una espesa niebla envolvía por completo nuestras naves; la luna estaba oculta tras una masa de nubes, de modo que nadie habría podido ver la isla por mucho que la buscara, ni había rompientes que nos avisaran de la cercanía de la costa antes de hallarnos sobre la tierra misma; cuando, sin embargo, hubimos varado las naves, recogimos las velas, saltamos a tierra y acampamos en la playa hasta el alba.

“Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, admiramos la isla y la recorrimos entera, mientras las ninfas, hijas de Jove, espantaban a las cabras monteses para que pudiéramos obtener carne para nuestra cena. Entonces sacamos de las naves nuestras lanzas y arcos con flechas, y dividiéndonos en tres bandas empezamos a cazar las cabras. El cielo nos envió excelente caza; yo llevaba doce naves conmigo, y cada nave obtuvo nueve cabras, mientras mi propia nave tuvo diez; así durante todo el día, hasta la puesta del sol, comimos y bebimos hasta hartarnos, y nos quedaba vino en abundancia, pues cada uno de nosotros había embarcado muchos jarros llenos cuando saqueamos la ciudad de los Cícones, y aún no se había agotado. Mientras festejábamos, no dejábamos de volver los ojos hacia la tierra de los Cíclopes, que estaba cerca, y veíamos el humo de sus fogatas de rastrojo. Casi creíamos oír sus voces y el balido de sus ovejas y cabras, pero cuando el sol se puso y la noche sobrevino, acampamos en la playa, y a la mañana siguiente convoqué consejo.

“«Quedaos aquí, mis valientes —dije—, todos los demás, mientras yo voy con mi nave y reconozco yo mismo a esa gente: quiero ver si son salvajes incivilizados, o una raza hospitalaria y humana.»

“Embarqué, ordenando a los míos que hicieran lo propio y soltaran los amarres; así tomaron sus puestos y golpearon el gris mar con sus remos. Cuando llegamos a tierra, que no estaba lejos, allí, sobre la cara de un acantilado junto al mar, vimos una gran cueva coronada de laureles. Era un aprisco para gran número de ovejas y cabras, y afuera había un amplio corral, con un alto muro alrededor hecho de piedras hundidas en el suelo y de árboles, pinos y robles. Era la morada de un enorme monstruo que entonces estaba fuera, en el campo, pastoreando sus rebaños. No quería trato alguno con otra gente, sino que llevaba la vida de un proscrito. Era una criatura horrenda, nada parecida a un ser humano, sino que se parecía más a algún risco que se alza erguido contra el cielo en la cima de una alta montaña.

“Dije a los míos que vararan la nave y se quedaran donde estaban, todos menos los doce mejores, que vendrían conmigo. Tomé también un odre de dulce vino negro que me había dado Marón, hijo de Evantes, que era sacerdote de Apolo, el dios patrono de Ismaro, y vivía dentro del recinto sagrado y arbolado del templo. Cuando saqueábamos la ciudad le respetamos, y le perdonamos la vida, así como a su mujer y a su hijo; así que me hizo algunos regalos de gran valor —siete talentos de oro fino, y un cuenco de plata, con doce jarras de vino dulce, sin mezclar, y del sabor más exquisito. Ni un hombre ni una criada de la casa sabía de ello, sino solo él, su esposa y un criado: cuando lo bebía, mezclaba veinte partes de agua por una de vino, y, sin embargo, el aroma que exhalaba la crátera era tan exquisito que era imposible resistirse a beber. Llené un gran odre con este vino, y me llevé una alforja llena de provisiones, porque me recelaba que tal vez tuviera que vérmelas con algún salvaje de gran fuerza, y que no respetaría ni el derecho ni la ley.

“Pronto llegamos a su cueva, pero él estaba fuera pastoreando, así que entramos y registramos todo lo que pudimos ver. Sus anaqueles de quesos estaban cargados de quesos, y tenía más corderos y cabritos de los que sus corrales podían contener. Estaban en rebaños separados; primero estaban los borregos, luego los más crecidos de los corderos jóvenes y por último los muy tiernos, todos separados unos de otros; en cuanto a su lechería, todos los recipientes, cuencos y baldes en los que ordeñaba, nadaban en suero. Cuando vieron todo esto, los míos me suplicaron que les dejara robar antes algunos quesos, y llevárselos a la nave; luego volverían, bajarían los corderos y cabritos, los embarcarían y se harían a la mar con ellos. Habría sido, en verdad, mejor haberlo hecho así, pero no quise escucharles, porque quería ver al dueño en persona, con la esperanza de que tal vez me hiciera algún regalo. Sin embargo, cuando le vimos, ¡ay!, mis pobres hombres lo hallaron difícil de tratar.

“Encendimos un fuego, ofrecimos en sacrificio algunos de los quesos, comimos otros, y luego nos sentamos a esperar hasta que el Cíclope volviera con sus ovejas. Cuando vino, trajo consigo un enorme cargamento de leña seca para encender el fuego de su cena, y lo arrojó con tal estrépito sobre el suelo de su cueva que nos escondimos, de miedo, en el fondo de la caverna. Entretanto metió dentro todas las ovejas, así como las cabras que iba a ordeñar, dejando a los machos, tanto carneros como cabrones, fuera en los corrales. Luego hizo rodar una enorme piedra hasta la boca de la cueva —tan enorme que veintidós fuertes carros de cuatro ruedas no bastarían para removerla de su sitio frente al portal. Cuando hubo hecho esto, se sentó y ordeñó sus ovejas y cabras, todas por su orden, y luego dejó que cada una amamantara a su cría. Cuajó la mitad de la leche y la puso aparte en cestillos de mimbre, pero la otra mitad la vertió en cuencos para beberla como cena. Cuando hubo terminado todo su trabajo, encendió el fuego, y entonces nos divisó, tras lo cual dijo:

«—Forasteros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando? ¿Sois comerciantes, o navegáis por el mar como piratas, con vuestra mano contra todo hombre, y la mano de todo hombre contra vosotros?

“Quedamos muertos de miedo por su potente voz y su monstruosa figura, pero yo acerté a decir: «Somos aqueos de regreso de Troya, pero por voluntad de Jove y por la fuerza del tiempo hemos sido empujados lejos de nuestro rumbo. Somos la gente de Agamenón, hijo de Atreo, que ha alcanzado renombre inmortal por todo el mundo, al saquear una ciudad tan grande y matar a tanta gente. Por tanto, os suplicamos humildemente que nos mostréis algo de hospitalidad, y en otherwise nos hagáis tales presentes como visitantes pueden razonablemente esperar. Que vuestra excelencia tema la ira del cielo, pues somos vuestros suplicantes, y Jove toma bajo su protección a todos los viajeros respetables, pues es el vengador de todos los suplicantes y forasteros en apuro.»

“A esto me dio una respuesta despiadada: «Forastero —dijo—, eres un necio, o no sabes nada de este país. ¿Vienes, en verdad, a hablarme de temer a los dioses o de evitar su ira? Nosotros, los Cíclopes, no nos preocupamos de Jove ni de ninguno de tus bienaventurados dioses, pues somos incomparablemente más fuertes que ellos. No te perdonaré a ti ni a tus compañeros por consideración alguna a Jove, a menos que me apetezca hacerlo. Y ahora dime dónde sujetaste tu nave cuando llegaste a tierra. ¿Fue dando la vuelta al cabo, o está tendida frente a la costa?»

“Dijo esto para sonsacarme, pero yo era demasiado astuto para caer así, de modo que respondí con una mentira: «Neptuno —dije— envió mi nave contra las rocas en el extremo más apartado de vuestras tierras, y la hizo naufragar. Fuimos empujados contra ellas desde alta mar, pero yo y los que están conmigo escapamos de las fauces de la muerte.»

“El cruel malvado no me concedió ni una palabra de respuesta, sino que con un repentino zarpazo agarró a dos de mis hombres de una vez y los estrelló contra el suelo como si fueran cachorros. Sus sesos se derramaron por el suelo, y la tierra quedó empapada con su sangre. Luego los desmembró y se los comió. Los devoró como un león en el desierto, carne, huesos, tuétano y entrañas, sin dejar nada sin comer. En cuanto a nosotros, lloramos y elevamos las manos al cielo al ver espectáculo tan horrendo, pues no sabíamos qué otra cosa hacer; pero cuando el Cíclope hubo llenado su enorme panza, y hubo regado su comida de carne humana con un trago de leche pura, se tendió cuan largo era en el suelo entre sus ovejas, y se quedó dormido. Al principio estuve tentado de echar mano a mi espada, desenvainarla y hundírsela en las entrañas, pero reflexioné que si lo hacía pereceríamos todos sin remedio, pues jamás lograríamos mover la piedra que el monstruo había puesto ante la puerta. Así que nos quedamos sollozando y suspirando donde estábamos hasta que llegó la mañana.

“Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, encendió de nuevo su fuego, ordeñó sus cabras y ovejas, todas por su orden, y luego dejó que cada una amamantara a su cría; en cuanto hubo terminado todo su trabajo, agarró a otros dos de mis hombres y comenzó a comérselos como desayuno. Al punto, con la mayor facilidad, apartó la piedra de la puerta y sacó sus ovejas, pero acto seguido la volvió a colocar —tan fácilmente como si solo estuviera cerrando la tapa de un carcaj lleno de flechas. Así lo hubo hecho, dio voces y gritó «¡Shoo, shoo!» detrás de sus ovejas para llevarlas a la montaña; así que me quedé solo para tramar alguna manera de vengarme y cubrirme de gloria.

“Finalmente juzgué que el mejor plan era hacer lo siguiente: el Cíclope tenía un gran garrote que yacía junto a uno de los apriscos; era de madera de olivo verde, y lo había cortado con la intención de usarlo como bastón en cuanto secara. Era tan enorme que solo podíamos compararlo con el mástil de un mercante de veinte remos, de gran porte, y capaz de aventurarse en alta mar. Me acerqué a este garrote y corté de él unos seis palmos; luego di este trozo a los hombres y les dije que lo aguzaran parejo por un extremo, lo que ellos hicieron, y por último yo mismo lo punté, endureciendo al fuego la punta. Cuando hube hecho esto, lo escondí bajo el estiércol, que estaba esparcido por toda la cueva, y dije a los hombres que echaran suertes para ver cuál de ellos debía aventurarse conmigo a levantarlo y clavárselo en el ojo al monstruo mientras dormía. La suerte cayó precisamente sobre los cuatro que yo habría elegido, y yo mismo hice el quinto. Por la tarde, el miserable volvió de pastorear, y metió sus rebaños en la cueva —esta vez llevándolos todos dentro, y no dejando ninguno en los corrales; supongo que le habría dado alguna corazonada, o algún dios se lo habría inspirado. Así que hubo vuelto a colocar la piedra en su sitio contra la puerta, se sentó, ordeñó sus ovejas y sus cabras todas por su orden, y luego dejó que cada una amamantara a su cría; cuando hubo terminado todo este trabajo, agarró a otros dos de mis hombres, y se cenó a ellos. Así que me acerqué a él con una copa de madera de hiedra llena de vino negro en las manos:

«—Mira, Cíclope —dije—, has estado comiendo mucha carne de hombre, así que toma esto y bebe algo de vino, para que veas qué clase de licor llevábamos a bordo de mi nave. Te lo traía como libación, con la esperanza de que te apiadaras de mí y me ayudaras a seguir mi camino a casa, mientras que todo lo que haces es seguir rugiendo y enloqueciendo de manera insoportable. Debería darte vergüenza; ¿cómo esperas que la gente vuelva a verte si los tratas de esta manera?»

«Entonces tomó la copa y bebió. Quedó tan encantado del sabor del vino que me pidió otra escudilla llena. “Sé tan amable —dijo— de darme un poco más, y dime tu nombre ahora mismo. Quiero hacerte un regalo que te alegrará recibir. Tenemos vino incluso en este país, pues nuestro suelo cultiva uvas y el sol las madura, pero esto sabe como Néctar y Ambrosía todo en uno.»

«Entonces le di un poco más; tres veces llené el cuenco para él, y tres veces lo vació sin pensarlo ni repararlo; entonces, cuando vi que el vino le había subido a la cabeza, le dije con la mayor verosimilitud que pude: “Cíclope, me preguntas mi nombre y te lo diré; dame, pues, el regalo que me prometiste; mi nombre es Nadie; así me han llamado siempre mi padre y mi madre y mis amigos.»

«Pero el cruel miserable dijo: “Entonces me comeré a todos los compañeros de Nadie antes que al propio Nadie, y me guardaré a Nadie para el final. Este es el regalo que le haré.”

»Mientras hablaba se tambaleó, y cayó desplomado boca arriba en el suelo. Su enorme cuello colgaba pesadamente hacia atrás y un sueño profundo se apoderó de él. Al instante se sintió indispuesto, y devolvió tanto el vino como los bocados de carne humana de los que se había hartado, pues estaba muy borracho. Entonces hundí el madero de madera en las brasas para calentarlo, y animé a mis hombres por si alguno se acobardaba. Cuando la madera, aunque verde, estuvo a punto de arder, la saqué del fuego resplandeciente de calor, y mis hombres se agruparon en torno a mí, pues el cielo había llenado sus corazones de valor. Clavamos el extremo afilado del madero en el ojo del monstruo, y haciendo fuerza sobre él con todo mi peso no dejaba de hacerlo girar una y otra vez como si taladrara un agujero en la tablazón de un barco con un barreno, que dos hombres con una rueda y una correa pueden mantener girando cuanto quieran. Así taladramos el madero candente en su ojo, hasta que la sangre hirviente burbujeó sobre él mientras lo hacíamos girar, de modo que el vapor del ojo en llamas le escaldó los párpados y las cejas, y las raíces del ojo chisporroteaban en el fuego. Como un herrero sumerge un hacha o una destral en agua fría para templarla —pues es esto lo que da fortaleza al hierro— y produce un gran silbido al hacerlo, así también el ojo del Cíclope silbó alrededor del madero de olivo, y sus alaridos espantosos hicieron resonar de nuevo la cueva. Salimos huyendo despavoridos, pero él arrancó de su ojo el madero todo embarrado de sangre, y lo arrojó lejos de sí en un frenesí de rabia y dolor, gritando al hacerlo a los otros Cíclopes que vivían en los riscos escarpados cerca de él; así que se congregaron de todas partes alrededor de su cueva al oírlo gritar, y le preguntaron qué le ocurría.

»“¿Qué te pasa, Polifemo —dijeron—, que haces tal alboroto, rompiendo la quietud de la noche, y nos impides poder dormir? ¿Acaso algún hombre se lleva tus ovejas? ¿Acaso algún hombre intenta matarte ya sea con engaño o con fuerza?”

»Pero Polifemo les gritó desde el interior de la cueva: “Nadie me mata con engaño; ningún hombre me mata con fuerza.”

»“Entonces —dijeron—, si ningún hombre te ataca, debes de estar enfermo; cuando Júpiter hace enfermar a la gente, no hay remedio, y más te te vale que reces a tu padre Neptuno.”

»Entonces se marcharon, y yo reí para mis adentros ante el éxito de mi ingeniosa estratagema, pero el Cíclope, gimiendo y en una agonía de dolor, tanteó con las manos hasta encontrar la piedra y la apartó de la puerta; luego se sentó en el umbral y extendió las manos delante para atrapar a cualquiera que saliera con las ovejas, pues pensaba que yo podría ser bastante necio para intentarlo.

»En cuanto a mí, seguía devanándome los sesos pensando cómo salvar mejor mi propia vida y las de mis compañeros; urdía y urdía planes, como aquel que sabe que de ello depende su vida, pues el peligro era muy grande. Al final estimé que este plan sería el mejor: los carneros estaban bien criados, y cargaban un pesado vellón negro, así que los até en silencio de tres en tres, con algunos de los mimbres en los que solía dormir el monstruo malvado. Había de ir un hombre bajo el carnero de en medio, y los dos de cada lado habían de cubrirlo, de modo que había tres ovejas por hombre. En cuanto a mí, había un carnero más fino que cualquiera de los otros, así que lo agarré por el lomo, me escondí en el espeso vellón bajo su vientre, y me colgué con paciencia de su lana, boca arriba, manteniendo un firme asidero en ella todo el tiempo.

»Así, pues, esperamos con gran temor de ánimo hasta que llegó la mañana, pero cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, los carneros salieron presurosos a pacer, mientras las ovejas permanecían balando en los rediles esperando ser ordeñadas, pues sus ubres estaban a punto de reventar; pero su amo, a pesar de todo su dolor, palpó los lomos de todas las ovejas mientras estaban de pie, sin ser lo bastante agudo para descubrir que los hombres estaban bajo sus vientres. Cuando el carnero salía, el último de todos, cargado con su vellón y con el peso de mi astuto yo, Polifemo lo asió y dijo:

»“Mi buen carnero, ¿qué es lo que hace que seas el último en abandonar mi cueva esta mañana? No sueles dejar que las ovejas vayan delante de ti, sino que guías al rebaño corriendo, ya sea hacia la florida pradera o hacia el manantial burbujeante, y eres el primero en regresar a casa por la noche; pero ahora rezagás el último de todos. ¿Es porque sabes que tu amo ha perdido su ojo, y estás apesadumbrado porque ese malvado Nadie y su horrible cuadrilla lo ha derribado en su bebida y lo ha cegado? Pero aún he de quitarle la vida. Si pudieras entender y hablar, me dirías dónde se esconde el miserable, y yo le estrellaría los sesos contra el suelo hasta que salieran despedidos por toda la cueva. Así tendría alguna satisfacción por el mal que ese malísimo Nadie me ha hecho.”

»Mientras hablaba llevó al carnero afuera, pero cuando estábamos un poco lejos de la cueva y de los corrales, me bajé primero de debajo del vientre del carnero, y luego liberé a mis compañeros; en cuanto a las ovejas, que estaban muy gordas, manteniéndolas constantemente en la dirección correcta logramos llevarlas hasta la nave. La tripulación se alegró mucho al ver a aquellos de nosotros que habíamos escapado de la muerte, pero lloró por los otros que el Cíclope había matado. Sin embargo, les hice señas asintiendo y frunciendo el ceño para que acallaran su llanto, y les ordené que metieran a todas las ovejas a bordo de inmediato y se hicieran a la mar; así que subieron a bordo, tomaron sus asientos, y golpearon el canoso mar con sus remos. Entonces, cuando hube llegado tan lejos como alcanzaba mi voz, comencé a mofarme del Cíclope.

»“Cíclope —dije—, debiste haber tomado mejor medida de tu hombre antes de comerte a sus compañeros en tu cueva. ¡Desgraciado, devoras a tus visitantes en tu propia casa! Debiste haber sabido que tu pecado te alcanzaría, y ahora Júpiter y los otros dioses te han castigado.”

»Él se fue enfureciendo más y más al oírme, así que arrancó la cima de una alta montaña, y la arrojó justo delante de mi nave, de modo que faltó poco para alcanzar el extremo del timón. El mar tembló cuando la roca cayó en él, y el embate de la ola que levantó nos arrastró de vuelta hacia tierra firme, y nos empujó hacia la costa. Pero yo agarré un largo palo y mantuve la nave apartada, haciendo señas a mis hombres con movimientos de cabeza, de que debían remar por sus vidas, con lo cual se aplicaron con ahínco. Cuando habíamos avanzado el doble de la distancia anterior, estuve por mofarme del Cíclope de nuevo, pero los hombres me suplicaron y pidieron que me callara.

»“No —exclamaron—; estés tan loco como para provocar más a esta criatura salvaje; ya nos ha arrojado una roca que nos empujó de vuelta a tierra firme, y dimos por cierto que había sido nuestra perdición; si entonces hubiera oído cualquier otro sonido de voces, nos habría convertido las cabezas y las maderas del barco en una papilla con las escarpadas rocas que habría lanzado contra nosotros, pues puede arrojarlas desde muy lejos.”

»Pero yo no quise oírlos, y le grité con furia: “Cíclope, si alguien te pregunta quién fue el que te sacó el ojo y te estropeó la hermosura, di que fue el valiente guerrero Ulises, hijo de Laertes, que vive en Ítaca.”

»Ante esto gimió, y gritó: “Ay, ay, entonces la antigua profecía acerca de mí se está cumpliendo. Hubo aquí, en otro tiempo, un adivino, un hombre a la vez valiente y de gran estatura, Telemo hijo de Eurimo, que era un excelente vidente, y se encargaba de todos los oráculos para los Cíclopes hasta que envejeció; me dijo que todo esto me ocurriría algún día, y dijo que perdería la vista por mano de Ulises. He estado todo el tiempo aguardando a alguien de presencia imponente y fuerza sobrehumana, cuando resulta que es un débil insignificante y sin importancia, que ha logrado cegarme aprovechándose de mí en mi bebida; ven aquí, pues, Ulises, para que te haga regalos en muestra de mi hospitalidad, y ruegue a Neptuno que te impulse en tu viaje —pues Neptuno y yo somos padre e hijo. Él, si así lo quiere, me sanará, lo que nadie más, ni dios ni hombre, puede hacer.”

»Entonces le dije: “Ojalá pudiera estar tan seguro de matarte sin más y enviarte a la casa de Hades, como lo estoy de que hará falta más que Neptuno para curar ese ojo tuyo.”

»Ante esto levantó las manos al firmamento del cielo y rezó, diciendo: “Óyeme, gran Neptuno; si soy verdaderamente tu hijo legítimo, concede que Ulises no llegue nunca vivo a su hogar; o si ha de regresar al fin junto a los suyos, que lo haga tarde y en triste estado tras perder a todos sus hombres [que llegue a su hogar en la nave de otro y encuentre males en su casa”».

»Así rezó, y Neptuno escuchó su oración. Entonces recogió una roca mucho mayor que la primera, la meció en alto y la arrojó con prodigiosa fuerza. Cayó muy poco corto de la nave, pero faltó poco para alcanzar el extremo del timón. El mar tembló cuando la roca cayó en él, y el embate de la ola que levantó nos empujó adelante en nuestro camino hacia la costa de la isla.

»Cuando por fin llegamos a la isla donde habíamos dejado el resto de nuestras naves, encontramos a nuestros compañeros lamentándose por nosotros, y aguardando ansiosos nuestro regreso. Varamos nuestra embarcación en las arenas y salimos de ella a la orilla del mar; también desembarcamos las ovejas del Cíclope, y las repartimos equitativamente entre nosotros para que nadie tuviera motivo de queja. En cuanto al carnero, mis compañeros convinieron en que debía tenerlo yo como parte extra; así que lo sacrifiqué en la orilla del mar, y quemé sus muslos para Júpiter, que es el señor de todo. Pero él no hizo caso de mi sacrificio, y solo pensaba cómo podía destruir tanto mis naves como a mis compañeros.

»Así durante todo el día hasta la puesta del sol nos hartamos de carne y bebida, pero cuando el sol se puso y se hizo de noche, acampamos en la playa. Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, ordené a mis hombres que subieran a bordo y soltaran los amarres. Entonces tomaron sus asientos y golpearon el canoso mar con sus remos; así navegamos con tristeza en el corazón, pero contentos de haber escapado de la muerte aunque habíamos perdido a nuestros compañeros.

LIBRO X

EOLO, LOS LAESTRIGONES, CIRCE.

»De allí partimos hacia la isla Eolia donde vive Eolo hijo de Hipotas, amado de los dioses inmortales. Es una isla que flota (por así decirlo) sobre el mar, ceñida con un muro de hierro que la rodea. Ahora bien, Eolo tiene seis hijas y seis robustos hijos, así que hizo que los hijos se casaran con las hijas, y todos viven con su querido padre y madre, festejando y disfrutando de toda clase concebible de lujo. Durante todo el día el ambiente de la casa está cargado del aroma de carnes asadas hasta que cruje de nuevo, patio y todo; pero por la noche duermen en sus bien hechos lechos, cada uno con su propia esposa entre las mantas. Esta era la gente entre la que habíamos llegado ahora.

»Eolo me agasajó durante un mes entero, preguntándome sin cesar sobre Troya, la flota argiva y el regreso de los aqueos. Le conté con exactitud cómo había ocurrido todo, y cuando le dije que debía marcharme, y le pedí que me ayudara a continuar mi camino, no puso ninguna clase de dificultad, sino que se dispuso a hacerlo de inmediato. Además, me despellejó un buen cuero de buey para contener las sendas de los vientos rugientes, a los que encerró en el cuero como en un saco —pues Júpiter lo había hecho capitán de los vientos, y podía agitarlos o aquietarlos a cada uno según su propio querer. Puso el saco en la nave y ató la boca tan apretadamente con un hilo de plata que ni siquiera un soplo de viento lateral pudiera soplar de ningún lado. El viento del Oeste, que era favorable para nosotros, lo dejó soplar él solo a su antojo; pero todo fue en vano, pues nos perdimos a causa de neustra propia locura.

»Nueve días y nueve noches navegamos, y al décimo día nuestra tierra natal apareció en el horizonte. Nos acercamos tanto que podíamos ver los fuegos de los rastrojos ardiendo, y yo, muerto de cansancio entonces, caí en un sueño ligero, pues nunca había soltado el timón de mis propias manos, para poder llegar a casa más deprisa. Entonces los hombres se pusieron a hablar entre ellos, y decían que yo traía oro y plata en el saco que me había dado Eolo. “Válgame el corazón —decía uno volviéndose hacia su vecino—, cómo este hombre es honrado y se hace amigos allí adonde vaya. Mirad qué finos premios se lleva de Troya, mientras nosotros, que hemos viajado tan lejos como él, volvemos con las manos tan vacías como salimos —y ahora Eolo le ha dado mucho más aún. Rápido —veamos qué es todo esto, y cuánto oro y plata hay en el saco que le dio.”

»Así hablaron, y los malos consejos prevalecieron. Desataron el saco, con lo cual el viento salió volando aullando y levantó una tormenta que nos llevó llorando mar adentro y lejos de nuestra propia tierra. Entonces desperté, y no sabía si arrojarme al mar o seguir viviendo y arreglarme lo mejor posible; pero lo aguanté, me cubrí, y me tumbé en la nave, mientras los hombres se lamentaban amargamente cuando los vientos fieros arrastraron de vuelta nuestra flota a la isla Eolia.

»Cuando llegamos, desembarcamos para tomar agua, y comimos junto a las naves. Inmediatamente después de comer tomé un heraldo y a uno de mis hombres y fui derecho a la casa de Eolo, donde lo encontré festejando con su esposa y familia; así que nos sentamos como suplicantes en el umbral. Se quedaron atónitos al vernos y dijeron: “Ulises, ¿qué te trae aquí? ¿Qué dios te ha maltratado? Nos tomamos grandes molestias para ayudarte en tu camino a casa a Ítaca, o adonde fuera que quisieras ir.”

»Así hablaron, pero yo respondí afligido: “Mis hombres me han perdido; ellos, y el cruel sueño, me han arruinado. Mis amigos, remediadme este mal, pues podéis si queréis.”

»Hablé con la mayor elocuencia que pude, pero no dijeron nada, hasta que su padre respondió: “El más vil de los mortales, márchate de inmediato de la isla; a quien el cielo aborrece no lo ayudaré de ningún modo. Vete, pues vienes aquí como alguien aborrecido por el cielo.” Y con estas palabras me envió apesadumbrado de su puerta.

»De allí navegamos entristecidos hasta que los hombres quedaron agotados por un largo e infructuoso remo, pues ya no había viento que los ayudara. Seis días, noche y día bregamos, y al séptimo día llegamos a la fortaleza rocosa de Lamo —Telepilo, la ciudad de los Laestrigones, donde el pastor que está metiendo a sus ovejas y cabras [para ordeñarlas] saluda al que está sacando su rebaño [a pacer] y este último responde el saludo. En aquel país un hombre que pudiera pasarse sin dormir ganaría doble jornal, uno como boyero, y otro como pastor, pues trabajan casi lo mismo de noche que de día.

»Cuando llegamos al puerto lo encontramos encerrado por tierra bajo acantilados escarpados, con una entrada estrecha entre dos promontorios. Mis capitanes metieron todas sus naves dentro, y las amarraron unas junto a otras, pues allí dentro no había ni siquiera un soplo de viento, sino que siempre reinaba una calma absoluta. Yo mantuve mi propia nave fuera, y la até a una roca en la misma punta del cabo; entonces trepé a un alto peñasco para reconocer el terreno, pero no pude ver señal alguna ni de hombre ni de ganado, solo algo de humo que se alzaba del suelo. Así que envié a dos de los míos con un acompañante para averiguar qué clase de gente eran los habitantes.

»Los hombres, cuando llegaron a tierra, siguieron un camino llano por el que la gente acarrea su leña desde las montañas a la ciudad, hasta que de pronto se encontraron con una joven que había salido a buscar agua, y que era hija de un Laestrigón llamado Antífates. Iba a la fuente Artacia de donde la gente trae su agua, y cuando mis hombres se acercaron a ella, le preguntaron quién podía ser el rey de aquel país, y sobre qué clase de gente reinaba; así que ella los dirigió a la casa de su padre, pero cuando llegaron allí encontraron que su esposa era una giganta tan enorme como una montaña, y quedaron horrorizados al verla.

»Ella llamó al instante a su marido Antífates desde el lugar de la asamblea, y al punto este se dispuso a matar a mis hombres. Arrebató a uno de ellos, y empezó a prepararse la cena con él allí mismo, por lo que los otros dos corrieron de vuelta a las naves tan rápido como pudieron. Pero Antífates alzó una gritería tras ellos, y millares de robustos Laestrigones brotaron de todas partes —ogros, no hombres. Nos arrojaron enormes rocas desde los acantilados como si fueran simples piedras, y oí el horrible sonido de las naves crujiendo unas contra otras, y los alaridos de muerte de mis hombres, cuando los Laestrigones los ensartaban como peces y se los llevaban a casa para comérselos. Mientras ellos así estaban matando a mis hombres dentro del puerto, yo desenvainé mi espada, corté el cable de mi propia nave, y ordené a mis hombres que remaran con todas sus fuerzas si no querían correr la misma suerte que los demás; así que se aplicaron por sus vidas, y dimos gracias suficientes cuando llegamos a aguas abiertas, fuera del alcance de las rocas que nos arrojaban. En cuanto a los otros, no quedó ni uno solo.

«De allí seguimos navegando con tristeza, contentos de haber escapado de la muerte, aunque habíamos perdido a nuestros compañeros, y llegamos a la isla Eea, donde vive Circe —una gran diosa muy astuta, hermana del mago Eetes—, pues ambos son hijos del Sol y de Perse, que es hija de Océano. Metimos nuestra nave en un puerto seguro sin decir palabra, porque algún dios nos guió hasta allí, y una vez en tierra nos quedamos dos días y dos noches, agotados de cuerpo y de ánimo. Cuando llegó la mañana del tercer día tomé mi lanza y mi espada, y me alejé de la nave para reconocer el terreno y ver si podía descubrir señales de mano humana u oír el rumor de alguna voz. Subiendo a lo alto de un elevado mirador, divisé el humo de la casa de Circe que se elevaba en medio de un espeso bosque de árboles, y al verlo dudé si, habiendo visto el humo, no seguiría adelante de inmediato para averiguar más, pero al fin estimé mejor volver a la nave, dar de comer a los hombres y enviar a algunos en mi lugar.

»Cuando ya casi llegaba a la nave, algún dios se apiadó de mi soledad y me envió un hermoso ciervo de gran cornamenta que se puso justo en medio de mi camino. Bajaba de su pasto en el bosque a beber al río, pues el calor del sol lo empujaba, y al pasar yo le clavé el venablo en mitad del lomo; la punta de bronce le atravesó de parte a parte, y quedó gimiendo en el polvo hasta que la vida lo abandonó. Entonces puse el pie sobre él, saqué la lanza de la herida y la dejé en el suelo; recogí también hierba áspera y juncos, y los trencé en un buen cabo de una braza de largo, con el até las cuatro patas de la noble criatura; hecho esto me lo colgué del cuello y volví a la nave apoyándome en mi lanza, porque el ciervo era demasiado grande para poder llevarlo al hombro, teniéndolo que sostener con una mano. Cuando lo dejé caer delante de la nave, llamé a los hombres y los animé uno por uno hablándoles con palabras de aliento. "Mirad, amigos míos —les dije—, no vamos a morir tan antes de tiempo, al fin y al cabo, y de cualquier manera no pasaremos hambre mientras tengamos algo que comer y beber a bordo." Ellos entonces se descubrieron la cabeza en la orilla del mar y admiraron al ciervo, que era en verdad un animal espléndido. Luego, cuando hubieron saciado sus ojos contemplándolo, se lavaron las manos y empezaron a prepararlo para la cena.

»Así pasamos todo el día hasta la puesta del sol, comiendo y bebiendo hasta hartarnos, pero cuando el sol se puso y se hizo de noche, acampamos en la orilla del mar. Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, convoqué consejo y dije: "Amigos míos, nos hallamos en gravísimas dificultades; escuchadme, pues. No tenemos ni idea de dónde se pone ni de dónde sale el sol, de modo que ni siquiera sabemos distinguir el este del oeste. No le veo salida; sin embargo, hemos de procurar encontrar una. Sin duda estamos en una isla, porque esta mañana subí tan alto como pude y vi el mar que la cercaba por completo hasta el horizonte; es baja, pero hacia el centro vi humo que salía de un espeso bosque de árboles."

»Les cayó el alma a los pies al oírme, pues se acordaron de cómo los habían tratado el Lestrigón Antífates y el salvaje ogro Polifemo. Lloraban amargamente en su desaliento, pero de nada servía el llanto, así que los dividí en dos grupos y puse un capitán al frente de cada uno; entregué una compañía a Euríloco, mientras yo tomé el mando de la otra. Luego echamos suertes en un casco, y la suerte recayó en Euríloco; así que partió con sus veintidós hombres, y lloraban, como también llorábamos los que quedábamos atrás.

»Cuando llegaron a la casa de Circe la encontraron construida de piedras talladas, en un paraje que se divisaba desde lejos, en medio del bosque. Había lobos y leones montaraces merodeando por todos sus alrededores —pobres criaturas hechizadas que ella había domeñado con sus encantos y adormecido hasta la sumisión—. No atacaron a mis hombres, sino que movían sus grandes colas, se les arrimaban zalameros y frotaban sus hocicos contra ellos con cariño. Como los perros de caza se apiñan en torno a su amo al verlo volver de comer —porque saben que les traerá algo—, así aquellos lobos y leones de grandes zarpas hacían fiestas a mis hombres, pero los hombres estaban terriblemente asustados al ver tan extrañas criaturas. Pronto llegaron a las puertas de la casa de la diosa, y mientras estaban allí pudieron oír a Circe dentro, cantando con suma hermosura mientras trabajaba en su telar, tejiendo una tela tan fina, tan suave y de colores tan deslumbrantes como solo una diosa podría tejer. Entonces Polites, a quien yo apreciaba y en quien confiaba más que en ningún otro de mis hombres, dijo: "Hay alguien dentro trabajando en un telar y cantando con suma hermosura; el lugar entero resuena con ello; llamémosla y veamos si es mujer o diosa."

»La llamaron y ella bajó, descorrió el cerrojo y los invitó a entrar. Ellos, sin pensar mal, la siguieron, todos menos Euríloco, que recelaba de una traición y se quedó fuera. Cuando los hubo metido en su casa, los sentó en bancos y asientos y les preparó una mezcla con queso, miel, harina y vino pramnio, pero la drogó con filtros malignos para que olvidaran su patria, y cuando hubieron bebido los convirtió en cerdos de un golpe de su varita, y los encerró en sus pocilgas. Eran como cerdos —cabeza, cerdas y todo—, y gruñían igual que los cerdos; pero sus sentidos seguían siendo los mismos de antes, y lo recordaban todo.

»Así estaban ellos encerrados chillando, y Circe les echaba bellotas y hayucos, que es lo que comen los cerdos; pero Euríloco volvió a toda prisa a contarme la triste suerte de nuestros compañeros. Estaba tan sobrecogido de espanto que, aunque intentaba hablar, no encontraba palabras para hacerlo; los ojos se le llenaron de lágrimas y no hacía más que sollozar y suspirar, hasta que por fin le sacamos a viva fuerza su relato, y nos contó lo que les había ocurrido a los demás.

»"Fuimos —dijo— como nos ordenaste, por medio del bosque, y en mitad de él había una hermosa casa construida con piedras talladas, en un paraje que se veía desde lejos. Allí encontramos a una mujer, o tal vez fuera una diosa, trabajando en su telar y cantando dulcemente; así que los hombres le gritaron y la llamaron, y al punto ella bajó, abrió la puerta y nos invitó a pasar. Los otros no sospecharon ninguna maldad, de modo que la siguieron hasta dentro de la casa, pero yo me quedé donde estaba, porque pensé que podía haber alguna alevosía. Desde ese momento no los volví a ver, porque ninguno de ellos salió jamás, por más que estuve un largo rato aguardándolos."

»Entonces tomé mi espada de bronce, me la colgué a la espalda; tomé también mi arco, y le dije a Euríloco que volviera conmigo y me enseñara el camino. Pero él me asió con ambas manos y habló lastimeramente, diciendo: "Señor, no me obliguéis a ir con vos, sino dejadme quedar aquí, porque sé que no traeréis de vuelta ni a uno solo de ellos, ni siquiera volveréis vos con vida; más bien veamos si no podemos escapar, al menos, con los pocos que nos quedan, pues acaso aún podamos salvarnos la vida."

»"Quédate aquí entonces —le respondí—, comiendo y bebiendo junto a la nave, pero yo he de ir, porque estoy del todo obligado a hacerlo."

»Con esto dejé la nave y me interné tierra adentro. Cuando hube atravesado el bosque encantado y me hallaba cerca de la gran casa de la hechicera Circe, me encontré con Mercurio, con su vara dorada, disfrazado de un joven en la flor de la juventud y la hermosura, con el bozo apenas apuntando en su rostro. Se me acercó y tomó mi mano entre las suyas, diciendo: "Desdichado de ti, hombre infeliz, ¿adónde vas por esta cima, solo y sin conocer el camino? Tus hombres están encerrados en las pocilgas de Circe, como otros tantos jabalíes en sus cubiles. ¿Acaso crees que podrás liberarlos? Bien puedo decirte que no volverás y que tendrás que quedarte allí con el resto de ellos. Pero no te apures, que yo te protegeré y te sacaré del apuro. Toma esta hierba, que es de gran virtud, y llévala contigo cuando vayas a casa de Circe; te servirá de talismán contra toda clase de maleficios.

»"Y voy a contarte toda la mala brujería que Circe intentará hacer contra ti. Te preparará una bebida y echará su filtro en la harina con que la haga, pero no podrá hechizarte, porque la virtud de la hierba que voy a darte impedirá que sus encantos surtan efecto. Te lo explicaré todo. Cuando Circe te golpee con su varita, saca la espada y salta sobre ella como si fueras a matarla. Ella entonces se asustará y querrá que te acuestes con ella; entonces no has de negarte de plano, pues necesitas que ponga en libertad a tus compañeros y que cuide bien también de ti, pero has de hacer que jure solemnemente por todos los dioses bienaventurados que no maquinará más mal contra ti, no sea que, una vez desnudo, te desvirile y te deje inútil para nada."

»Mientras hablaba arrancó la hierba del suelo y me la enseñó. La raíz era negra, mientras la flor era blanca como la leche; los dioses la llaman Moly, y los hombres mortales no pueden arrancarla, pero los dioses pueden hacer cuanto quieran.

»Entonces Mercurio volvió al alto Olimpo, atravesando la isla boscosa; pero yo proseguí hacia la casa de Circe, y mi corazón estaba nublado de inquietud mientras caminaba. Cuando llegué a las puertas me detuve allí y llamé a la diosa, y en cuanto me oyó bajó, abrió la puerta y me invitó a pasar; así que la seguí —con el ánimo muy turbado—. Me sentó en un asiento ricamente decorado, tachonado de plata; había también un escabel bajo mis pies, y me preparó una mezcla en una copa de oro para que la bebiera; pero la drogó, porque pensaba hacerme mal. Cuando me la hubo dado y yo la hube bebido sin que me hechizara, me golpeó con su varita. "Vete ahora —exclamó— a la pocilga, y haz tu madriguera con los demás."

»Pero yo me abalancé sobre ella con la espada desenvainada, como si fuera a matarla, y entonces ella cayó dando un fuerte grito, se abrazó a mis rodillas y habló lastimeramente, diciendo: "¿Quién eres y de dónde vienes? ¿De qué lugar y de qué pueblo procedes? ¿Cómo puede ser que mis filtros no tengan poder para hechizarte? Jamás hubo hombre alguno capaz de soportar ni siquiera un sorbo de la hierba que te di; debes de ser a prueba de encantos; sin duda no puedes ser otro que el intrépido héroe Ulises, al que Mercurio siempre dijo que llegaría aquí un día con su nave, de camino a su patria desde Troya; pues sea así; envaina tu espada y vamos al lecho, para que hagamos las paces y aprendamos a fiarnos el uno del otro."

»Y yo respondí: "Circe, ¿cómo puedes esperar que sea amigo tuyo cuando acabas de convertir a todos mis hombres en cerdos? Y ahora que me tienes aquí a mí, me preparas una maldad al pedirme que me acueste contigo, y me desvirilarás y me harás inútil para nada. Ciertamente no consentiré en acostarme contigo a menos que antes jures solemnemente que no maquinarás más daño contra mí."

»Así que ella juró al punto como yo le había dicho, y cuando hubo terminado su juramento entonces me acosté con ella.

»Mientras tanto, sus cuatro sirvientas, que son sus criadas de casa, se pusieron a sus faenas. Son hijas de las arboledas y de las fuentes, y de las aguas sagradas que descienden al mar. Una de ellas extendió un hermoso paño púrpura sobre un asiento, y puso debajo una alfombra. Otra acercó mesas de plata hasta los asientos, y los aderezó con canastillas de oro. Una tercera mezcló vino dulce con agua en una jarra de plata y puso copas de oro sobre las mesas, mientras la cuarta traía agua y la ponía a hervir en un gran caldero sobre un buen fuego que ella había encendido. Cuando el agua del caldero estuvo hirviendo, ella vertió agua fría hasta dejarlo a mi gusto, y entonces me metió en el baño y comenzó a lavarme desde el caldero por la cabeza y los hombros, para quitar el cansancio y la rigidez de mis miembros. En cuanto hubo terminado de lavarme y de ungirme con aceite, me vistió con un buen manto y una túnica y me llevó a un asiento ricamente decorado, tachonado de plata; había también un escabel bajo mis pies. Una criada entonces me trajo agua en una hermosa jarra dorada y la vertió en una palangana de plata para que me lavara las manos, y acercó a mi lado una mesa limpia; un criado de más categoría me trajo pan y me ofreció muchas de las cosas que había en la casa, y entonces Circe me invitó a comer, pero yo no quise, y me quedé sentado sin hacer caso de lo que tenía delante, todavía taciturno y receloso.

»Cuando Circe me vio allí sentado sin comer, y muy afligido, se me acercó y dijo: "Ulises, ¿por qué te quedas así como si estuvieras mudo, royendo tu propio corazón, y rehusando tanto la comida como la bebida? ¿Es que aún recelas? No deberías, porque ya he jurado solemnemente que no te haré daño."

»Y yo dije: "Circe, ningún hombre con un mínimo sentido de lo que es justo puede pensar en comer o beber en tu casa hasta que hayas puesto en libertad a sus amigos y le permitas verlos. Si quieres que coma y beba, has de liberar a mis hombres y traérmelos para que los vea con mis propios ojos."

»Cuando hube dicho esto, ella atravesó directamente el patio con su varita en la mano y abrió las puertas de las pocilgas. Mis hombres salieron como otros tantos cebones de primera y se quedaron mirándola, pero ella fue yendo de uno en otro y los ungió con un segundo filtro, con lo cual las cerdas que el filtro maligno les había hecho crecer se les cayeron, y volvieron a ser hombres, más jóvenes de lo que eran antes, y mucho más altos y de mejor aspecto. Me reconocieron al instante, me asieron cada uno de ellos de la mano, y lloraron de gozo hasta que toda la casa se llenó del sonido de su algazara, y la propia Circe sintió tanta lástima de ellos que se me acercó y dijo: "Ulises, noble hijo de Laertes, vuelve al punto al mar, donde has dejado tu nave, y primero arrástrala a tierra. Luego esconde todos los aparejos de la nave y tus bienes en alguna cueva, y vuelve aquí con tus hombres."

»Yo asentí, de modo que volví a la orilla del mar, y encontré a los hombres junto a la nave, llorando y lamentándose lastimeramente. Cuando me vieron, los muy necios lloricones se pusieron a brincar a mi alrededor como las terneras que salen a retozar en torno a sus madres, cuando las ven volver a casa para ser ordeñadas tras haber estado paciendo todo el día, y el corral resuena con sus mugidos. Parecían tan contentos de verme como si hubieran regresado a su escarpada Itaca, donde habían nacido y se habían criado. "Señor —dijeron los cariñosos sujetos—, estamos tan contentos de veros de vuelta como si hubiéramos llegado salvos a Itaca; pero contadnos todo acerca de la suerte de nuestros compañeros."

»Yo les hablé con palabras de aliento y dije: "Hemos de arrastrar nuestra nave a tierra y esconder los aparejos de la nave con todos nuestros bienes en alguna cueva; luego venid conmigo todos vosotros, lo más aprisa que podáis, a casa de Circe, donde encontraréis a vuestros compañeros comiendo y bebiendo en medio de gran abundancia."

»Ante esto, los hombres habrían venido conmigo de inmediato, pero Euríloco intentó retenerlos y dijo: "¡Ay, pobres desdichados que somos!, ¿qué será de nosotros? No os lancéis a vuestra ruina yendo a la casa de Circe, que nos convertirá a todos en cerdos, o lobos, o leones, y tendremos que hacer guardia de su casa. Acordaos de cómo nos trató el Cíclope cuando nuestros compañeros entraron en su cueva, y con ellos Ulises. Fue por su pura necedad por lo que aquellos hombres perdieron la vida."

»Al oírle estuve a punto de sacar la aguda hoja que colgaba de mi robusto muslo y cortarle la cabeza, a pesar de ser pariente cercano mío; pero los hombres intercedieron por él y dijeron: "Señor, si puede ser, dejad que este se quede aquí y cuide de la nave, pero llevadnos al resto con vos a casa de Circe."

»Entonces fuimos todos tierra adentro, y Euríloco no se quedó atrás al fin, sino que vino también, porque le asustó la severa reprimenda que le había dado.

»Mientras tanto, Circe se había ocupado de que los hombres que se habían quedado atrás fueran lavados y ungidos con aceite de oliva; les había dado también mantos de lana y túnicas, y cuando llegamos los encontramos a todos cómodamente sentados a la mesa en su casa. En cuanto los hombres se vieron unos a otros cara a cara y se reconocieron, lloraron de gozo y gritaron con fuerza hasta que todo el palacio volvió a resonar. Entonces Circe se me acercó y dijo: "Ulises, noble hijo de Laertes, decid a vuestros hombres que dejen de llorar; bien sé cuánto habéis sufrido todos en el mar, y cuán mal os ha ido entre crueles salvajes en tierra firme, pero eso ya pasó, así que quedaos aquí, y comed y bebed hasta que estéis de nuevo tan fuertes y animosos como cuando salisteis de Itaca; pues ahora estáis debilitados tanto de cuerpo como de ánimo; no dejáis de pensar en las penalidades que habéis pasado durante vuestros viajes, de modo que ya no os queda alegría ninguna."

»Así habló, y nosotros asentimos. Nos quedamos con Circe un año entero, festejándonos con innumerable cantidad de carne y de vino. Pero cuando el año hubo pasado en el menguar de las lunas y los días largos hubieron vuelto, mis hombres me llamaron aparte y dijeron: "Señor, ya es hora de que empecéis a pensar en volver a casa, si es que habéis de sobrevivir para ver vuestro hogar y vuestra patria."

«Así hablaron ellos, y yo asentí. Entonces, durante todo el día hasta la puesta del sol, nos hartamos de carne y de vino; mas cuando el sol se hundió y sobrevino la oscuridad, los hombres se acostaron a dormir en los techados pórticos. Yo, sin embargo, después de haberme metido en el lecho con Circe, le supliqué por sus rodillas, y la diosa escuchó lo que yo tenía que decirle. —Circe —le dije—, te ruego que cumplas la promesa que me hiciste de ayudarme en mi viaje de regreso. Deseo retornar, y lo mismo desean mis hombres, que no cesan de importunarme con sus quejas en cuanto les vuelves la espalda.

Y la diosa respondió: —Ulises, noble hijo de Laertes, ninguno de vosotros permanecerá aquí más tiempo si no lo desea; pero hay otro viaje que debéis emprender antes de poder hacerse a la vela hacia la patria. Debéis ir a la morada de Hades y de la terrible Proserpina a consultar el alma del adivino tebano Tiresias, que es ciego, y cuya razón aún permanece firme. Solo a él le ha dejado Proserpina su entendimiento incluso después de la muerte; pero las demás almas vagan sin rumbo.

Quedé desfallecido al oír esto. Me senté en el lecho y lloré, y de buena gana no habría querido vivir más para ver la luz del sol; mas cuando al fin me cansé de llorar y de revolcarme, dije: —¿Y quién me guiará en este viaje? Porque la morada de Hades es un puerto al que ningún navío puede llegar.

—No necesitarás guía —respondió ella—. Levanta el mástil, despliega tus velas blancas, quédate muy quieto, y el viento del Norte te llevará allí por sí mismo. Cuando tu nave haya atravesado las aguas de Océano, llegarás a la fértil orilla del país de Proserpina, con sus bosques de altos álamos y sauces que dejan caer su fruto antes de tiempo; allí vararás tu nave en la ribera de Océano y marcharás derecho hacia la sombría morada de Hades. La hallarás cerca del lugar donde los ríos Piriflegetonte y Cocito (que es un brazo del río Estigia) desembocan en el Aqueronte, y verás una roca junto a ella, justamente donde los dos rugientes ríos se juntan en uno solo.

Cuando hayas llegado a este sitio, como ahora te digo, cava una fosa de un codo más o menos de largo, de ancho y de hondo, y vierte en ella, como libación para todos los muertos, primero, miel mezclada con leche; luego, vino, y en tercer lugar, agua, espolvoreando por encima harina blanca de cebada. Además, debes elevar muchas plegarias a las pobres almas sin fuerza, y prometerles que cuando vuelvas a Ítaca sacrificarás en su honor una novilla estéril, la mejor que tengas, y colmará la pira con ofrendas escogidas. Y, sobre todo, prometerás que Tiresias tendrá para él solo una oveja negra, la más hermosa de todos tus rebaños.

Cuando así hayas suplicado a las almas con tus rezos, ofréceles un carnero y una oveja negra, inclinando sus cabezas hacia el Érebo; pero tú apártate de ellas como si quisieras dirigirte hacia el río. Entonces acudirán a ti muchas almas de muertos, y deberás decir a tus hombres que desuellen las dos ovejas que acabáis de matar y las ofrezcan en holocausto, con plegarias a Hades y a Proserpina. Luego desenvaina tu espada y siéntate allí, para impedir que cualquier otra pobre alma se acerque a la sangre derramada antes de que Tiresias haya respondido a tus preguntas. El vidente acudirá enseguida ante ti y te dirá lo referente a tu viaje: qué etapas has de hacer y cómo has de navegar el mar para alcanzar tu hogar.

Era ya la aurora cuando ella hubo acabado de hablar, de modo que me vistió con mi túnica y mi manto. En cuanto a ella, se echó sobre los hombros un hermoso tejido ligero y resplandeciente, sujetándolo con un ceñidor de oro a la cintura, y cubrió su cabeza con un velo. Entonces recorrí la casa y fui de un lado a otro entre mis hombres, hablando afablemente con cada uno de ellos uno por uno: —No debéis seguir durmiendo aquí —les dije—; hemos de partir, pues Circe me ha informado de todo. Y al punto ellos hicieron lo que yo les mandaba.

Sin embargo, no logré alejarlos sin un percance. Llevábamos con nosotros a cierto joven llamado Elpénor, no muy notable por su juicio ni por su valor, que se había emborrachado y estaba echado en el tejado, lejos de los demás hombres, para dormir la borrachera al fresco. Cuando oyó el ruido de los hombres que se afanaban, se levantó de un salto y se olvidó de bajar por la escalera principal, de modo que cayó de cabeza desde el tejado y se rompió la nuca, y su alma bajó a la morada de Hades.

Cuando hube reunido a los hombres, les dije: —Creéis que vais a partir otra vez hacia casa, pero Circe me ha explicado que, por el contrario, hemos de ir a la morada de Hades y de Proserpina a consultar el alma del adivino tebano Tiresias.

Los hombres quedaron desconsolados al oírme, y se arrojaron al suelo gimiendo y mesándose los cabellos; pero con sus llantos no remediaban nada. Cuando llegamos a la orilla del mar, llorando y lamentando nuestra suerte, Circe trajo el carnero y la oveja, y nosotros los sujetamos fuertemente junto a la nave. Ella pasó por medio de nosotros sin que la viéramos, pues ¿quién puede ver las idas y venidas de un dios, si el dios no quiere ser visto?

LIBRO XI

LA VISITA A LOS MUERTOS.

Entonces, una vez llegados a la orilla del mar, echamos nuestra nave al agua y colocamos en ella el mástil y las velas; también pusimos a bordo las ovejas y tomamos nuestros puestos, llorando y con el ánimo profundamente angustiado. Circe, la gran y astuta diosa, nos envió un viento favorable que soplaba justo de popa y se mantenía firme con nosotros, teniendo nuestras velas siempre bien hinchadas; así que hicimos todo lo que faltaba por hacer en los aparejos de la nave y la dejamos correr según la guiaban el viento y el timonel. Durante todo el día sus velas estuvieron llenas mientras ella sostenía su rumbo sobre el mar; pero cuando el sol se puso y la oscuridad se extendió sobre toda la tierra, llegamos a las profundas aguas del río Océano, donde se hallan la tierra y la ciudad de los Cimerios, que viven envueltos en bruma y tinieblas, a las que jamás penetran los rayos del sol, ni al salir ni al ponerse desde el cielo, sino que estos desdichados viven en una sola noche larga y melancólica. Cuando llegamos allí, varamos la nave, sacamos de ella las ovejas y caminamos a lo largo de las aguas de Océano hasta que llegamos al lugar del que Circe nos había hablado.

Aquí Perimedes y Euríloco sujetaron las víctimas, mientras yo sacaba mi espada y cavaba la fosa de un codo por cada lado. Hice una libación a todos los muertos, primero con miel y leche, luego con vino, y en tercer lugar con agua, y espolvoreé harina blanca de cebada por encima, orando con fervor a las pobres almas sin fuerzas y prometiéndoles que cuando volviera a Ítaca sacrificaría en su honor una novilla estéril, la mejor que tuviera, y colmaría la pira con ofrendas escogidas. También prometí de manera especial que Tiresias tendría para él solo una oveja negra, la mejor de todo mi rebaño. Cuando hube orado cuanto convenía a los muertos, degollé a las dos ovejas y dejé que la sangre cayera en la fosa; entonces las almas acudieron en tropel desde el Érebo: novias, jóvenes solteros, ancianos consumidos por el trabajo, doncellas que habían sido contrariadas en su amor, y hombres valientes que habían caído en la batalla, con sus armaduras aún manchadas de sangre; venían de todas partes y revoloteaban en torno a la fosa con un extraño sonido de chillidos que me hizo palidecer de miedo. Al verlas venir, dije a mis hombres que se dieran prisa en desollar los cadáveres de las dos ovejas muertas y hacer holocaustos de ellos, y al mismo tiempo que repitieran plegarias a Hades y a Proserpina; pero yo me quedé sentado donde estaba con la espada desenvainada y no permití que las pobres almas sin fuerza se acercaran a la sangre hasta que Tiresias hubiera respondido a mis preguntas.

La primera alma que se presentó fue la de mi compañero Elpénor, pues aún no había sido sepultado bajo tierra. Habíamos dejado su cuerpo insepulto y sin honras fúnebres en la casa de Circe, porque teníamos otras muchas cosas que hacer. Sentí gran pena por él, y lloré al verlo: —Elpénor —le dije—, ¿cómo has bajado aquí, a esta lobreguez y oscuridad? Has llegado a ella a pie, más deprisa que yo con mi nave.

—Señor —respondió él con un gemido—, fue por mala suerte y por mi inefable borrachera. Estaba dormido en el techo de la casa de Circe, y no pensé en bajar otra vez por la gran escalera, sino que caí de cabeza desde el tejado y me rompí la nuca, y así mi alma bajó a la morada de Hades. Y ahora te lo suplico por todos aquellos que dejaste atrás, aunque no están aquí, por tu esposa, por el padre que te crió cuando eras niño, y por Telémaco, que es la única esperanza de tu casa, haz lo que voy a pedirte. Sé que cuando salgas de este limbo volverás a hacer rumbo hacia la isla Eea. No marches de allí dejándome insepulto y sin honras fúnebres a tu espalda, no sea que atraiga sobre ti la ira del cielo; más bien, quémame con las armas que tenga, levanta un túmulo para mí en la orilla del mar, que pueda contar a los hombres venideros qué desdichado y desafortunado fui, y planta sobre mi tumba el remo que solía usar cuando aún estaba vivo, junto con mis compañeros de rancho. Y yo dije: —Pobre amigo mío, haré todo lo que me pides.

Así, pues, permanecimos sentados conversando tristemente, yo a un lado de la fosa con mi espada mantenida sobre la sangre, y el alma de mi compañero diciéndome todo esto desde el otro lado. Luego se presentó el alma de mi difunta madre Anticlea, hija de Autólico. La había dejado viva cuando partí hacia Troya, y me conmoví hasta las lágrimas al verla; pero aun así, a pesar de mi dolor, no la dejé acercarse a la sangre hasta haber hecho mis preguntas a Tiresias.

Entonces llegó también el alma del tebano Tiresias, con su cetro de oro en la mano. Me reconoció y dijo: —Ulises, noble hijo de Laertes, ¿por qué, pobre hombre, has abandonado la luz del día y has bajado a visitar a los muertos en este triste lugar? Apártate de la fosa y retira tu espada para que yo pueda beber de la sangre y responder a tus preguntas con verdad.

Así que me retiré y envainé mi espada; entonces, cuando él hubo bebido de la sangre, comenzó con su profecía.

—Deseas saber —dijo— acerca de tu regreso a casa, pero el cielo te lo hará difícil. No creo que escapes del ojo de Neptuno, que aún guarda su amargo rencor contra ti por haber cegado a su hijo. Con todo, tras muchos sufrimientos podrás llegar a casa si sabes contenerse a ti mismo y a tus compañeros cuando tu nave alcance la isla Trinacia, donde hallarás las ovejas y el ganado del Sol, que todo lo ve y todo lo oye. Si dejas esos rebaños intactos y no piensas más que en regresar a casa, podrás aún, tras muchas penalidades, alcanzar Ítaca; pero si les causas daño, entonces te anuncio de antemano la destrucción tanto de tu nave como de tus hombres. Aun cuando tú mismo puedas escapar, volverás en mal estado tras perder a todos tus hombres, [en nave ajena, y hallarás troubles en tu casa, que estará invadida por gente altanera, que devora tus bienes con el pretexto de cortejar y hacer presentes a tu esposa.

Cuando llegues a casa, te tomarás la venganza de esos pretendientes; y después de que los hayas matado por la fuerza o por el engaño en tu propia casa, debes tomar un remo bien hecho y llevarlo adelante sin cesar, hasta llegar a un país donde la gente nunca haya oído hablar del mar y ni siquiera mezcle sal con su comida, ni sepa nada de naves ni de remos, que son como las alas de una nave. Te daré esta señal infalible que no puede pasarte desapercibida: un caminante se cruzará contigo y dirá que llevas al hombro un aventador; entonces fijarás el remo en tierra y sacrificarás un carnero, un toro y un jabalí a Neptuno. Luego vuelve a casa y ofrece hecatombes a todos los dioses del cielo, uno tras otro. En cuanto a ti, la muerte te vendrá del mar, y tu vida se irá apagando muy suavemente cuando estés cargado de años y en paz interior, y tu pueblo te bendecirá. Todo lo que he dicho se cumplirá].

—Esto —respondí yo— habrá de ser como plazca al cielo; pero dime, dime y dime la verdad: veo el alma de mi pobre madre cerca de nosotros; está sentada junto a la sangre sin decir palabra, y aunque es mi propia madre no se acuerda de mí ni me habla. Dime, señor, ¿cómo puedo hacer que me reconozca?

—Eso —dijo él— puedo hacerlo enseguida. Cualquier alma a la que dejes gustar de la sangre hablará contigo como un ser racional, pero si no les das sangre, se irán de nuevo.

Con esto, el alma de Tiresias se retiró a la morada de Hades, pues sus profecías ya habían sido pronunciadas; pero yo permanecí sentado donde estaba hasta que mi madre se acercó y gustó la sangre. Entonces me reconoció al punto y me habló con ternura, diciendo: —¡Hijo mío!, ¿cómo has bajado a esta morada de oscuridad mientras aún estás vivo? Es cosa difícil para los vivos ver estos lugares, pues entre nosotros y ellos hay aguas grandes y terribles, y está Océano, que ningún hombre puede cruzar a pie, sino que ha menester de una buena nave que lo lleve. ¿Acaso todo este tiempo has estado tratando de hallar el camino de vuelta desde Troya, y aún no has logrado regresar a Ítaca ni ver a tu esposa en tu propia casa?

—Madre —le dije—, me vi forzado a venir aquí a consultar el alma del adivino tebano Tiresias. Nunca aún me he acercado a la tierra de los aqueos ni he pisado mi país natal, y no he tenido sino una larga serie ininterrumpida de desventuras desde el mismísimo día en que partí con Agamenón hacia Ilión, la tierra de los nobles corceles, para luchar contra los teucros. Pero dime, y dime la verdad: ¿de qué modo moriste? ¿Tuviste una larga enfermedad, o el cielo te concedió un paso suave y fácil hacia la eternidad? Dime también acerca de mi padre, y del hijo que dejé atrás: ¿siguen en poder de ellos mis bienes, o los tiene ya otro que piensa que no volveré a reclamarlos? Dime otra vez qué piensa hacer mi esposa, y en qué ánimo se halla: ¿vive con mi hijo y guarda mi hacienda con seguridad, o ha hecho el mejor matrimonio que ha podido y se ha vuelto a casar?

Mi madre respondió: —Tu esposa permanece aún en tu casa, pero se halla en gran angustia de ánimo y pasa todo su tiempo entre lágrimas, noche y día. Nadie ha tomado aún posesión de tus hermosos bienes, y Telémaco sigue disfrutando de tus tierras sin estorbo. Le corresponde hacer grandes agasajos, como es natural, dada su condición de magistrado, y porque todos lo invitan; tu padre sigue en su antigua casa del campo y nunca se acerca a la ciudad. No tiene lecho confortable ni ropa de cama; en invierno duerme en el suelo, delante del fuego, con los hombres, y anda por ahí cubierto de andrajos; pero en verano, cuando vuelve el calor, se echa fuera, en la viña, en un lecho de hojas de vid tiradas de cualquier modo por el suelo. No deja de afligirse porque nunca hayas vuelto, y sufre más y más a medida que envejece. En cuanto a mi propio fin, fue de este modo: el cielo no me llevó rápida y sin dolor en mi propia casa, ni me atacó enfermedad alguna de las que suelen consumir y matar a la gente, sino que mi anhelo de saber qué hacías y la fuerza de mi cariño por ti —eso fue lo que me causó la muerte.

Entonces traté de hallar algún modo de abrazar el alma de mi pobre madre. Tres veces me lancé hacia ella intentando estrecharla entre mis brazos; pero otras tantas se escurrió de mi abrazo como un sueño o un fantasma, y, tocado en lo más hondo, le dije: —Madre, ¿por qué no te quedas quieta cuando quiero abrazarte? Si pudiéramos echarnos los brazos unos a otros, podríamos hallar triste consuelo en compartir nuestras penas aun en la morada de Hades; ¿quiere Proserpina añadirme una carga aún mayor de dolor burlándose de mí con un mero fantasma?

—Hijo mío —respondió ella—, el más desdichado de todos los mortales, no es Proserpina quien te engaña; antes bien, todos los hombres son así cuando están muertos. Los tendones ya no mantienen unidos los huesos y la carne; estos perecen en la violencia del fuego que los consume así que la vida ha abandonado el cuerpo, y el alma se escapa como si fuera un sueño. Ahora, pues, vuélvete a la luz del día tan pronto como puedas, y toma nota de todas estas cosas para que puedas contárselas a tu esposa en el futuro.

Así conversamos, y al momento Proserpina envió las almas de las esposas e hijas de todos los hombres más ilustres. Se reunieron en multitudes en torno a la sangre, y yo cavilaba cómo interrogarlas una por una. Al fin juzgué que lo mejor sería sacar la aguda espada que pendía de mi robusto muslo y apartarlas a todas de beber la sangre de golpe. Así se acercaron una tras otra, y cada una, según yo la interrogaba, me decía su linaje y su ascendencia.

La primera que vi fue Tiro. Era hija de Salmoneo y esposa de Creteo, el hijo de Eolo. Se enamoró del río Enipeo, que es con mucho el más hermoso de todos los ríos del mundo. Una vez, cuando ella paseaba junto a sus orillas como de costumbre, Neptuno, disfrazado de su amante, yació con ella en la desembocadura del río, y una enorme ola azul se arqueó sobre ellos como una montaña para ocultar a la mujer y al dios; entonces él le soltó la cinta virginal y la sumió en un profundo sueño. Cuando el dios hubo consumado el acto de amor, tomó su mano en la suya y dijo: —Tiro, alégrate con todo mi favor; los abrazos de los dioses no son estériles, y dentro de doce meses tendrás dos gemelos hermosos. Guárdalos con gran cuidado. Soy Neptuno; vuelve ahora a casa, pero calla y no se lo cuentes a nadie.

Entonces él se sumergió en el mar, y ella, a su debido tiempo, dio a luz a Pelias y a Neleo, ambos los cuales sirvieron a Júpiter con todas sus fuerzas. Pelias fue un gran criador de ovejas y vivió en Yolcos, pero el otro vivió en Pilos. Los demás hijos suyos fueron de Creteo, a saber, Esón, Feres y Amitaón, que fue un poderoso guerrero y auriga.

“Junto a ella vi a Antíope, hija de Asopo, que podía presumir de haber dormido en los brazos del mismo Júpiter, y que le dio dos hijos, Anfión y Zeto. Éstos fundaron Tebas la de las siete puertas, y construyeron un muro todo alrededor; pues por fuertes que fueran, no podían mantener Tebas hasta haberla amurallado.

”Luego vi a Alcmena, la esposa de Anfitrión, que también dio a Júpiter al indómito Hércules; y a Megara, hija del gran rey Creonte, que desposó al temible hijo de Anfitrión.

”Vi también a la bella Epicaste, madre del rey Edipo, a quien cupo el hado terrible de desposar a su propio hijo sin saberlo. Él se casó con ella después de haber dado muerte a su padre, mas los dioses proclamaron al mundo la historia entera; con lo cual él siguió siendo rey de Tebas, abrumado por el dolor que le causaba la saña de los dioses contra él; pero Epicaste marchó a la casa del poderoso carcelero Hades, habiéndose ahorcado de pena, y los espíritus vengadores lo acosaron como por una madre ultrajada —para su amargo duelo de allí en adelante.

”Luego vi a Cloris, a quien Neleo desposó por su hermosura, tras haber hecho por ella regalos sin precio. Era la hija menor de Anfión, hijo de Iaso y rey del Minio Orcómenos, y fue reina en Pilos. Dio a luz a Néstor, Cromio y Periclimeno, y también dio a luz a aquella mujer admirablemente bella, Pero, que fue pretendida por todos los del contorno; pero Neleo sólo la entregaría a quien expugnara los ganados de Ificles de los pastizales de Filace, y ésta era una empresa ardua. El único hombre que se atrevió a expugnarlos fue un cierto y excelente adivino, mas la voluntad del cielo estaba contra él, pues los guardas del ganado lo apresaron y lo metieron en prisión; sin embargo, cuando hubo transcurrido un año entero y volvió la misma estación, Ificles lo puso en libertad, después de que él hubo expuesto todos los oráculos del cielo. Así, pues, se cumplió la voluntad de Júpiter.

”Y vi a Leda, esposa de Tindáreo, que le dio dos hijos famosos, Cástor domador de caballos, y Pólux el poderoso pugilista. Ambos héroes yacen bajo la tierra, aunque viven aún, pues por especial designio de Júpiter mueren y vuelven a la vida, cada uno de ellos día por medio a lo largo de todo el tiempo, y gozan de la dignidad de los dioses.

”Tras ella vi a Ifimedeia, esposa de Aloeo, que se jactaba del abrazo de Neptuno. Dio a luz dos hijos, Oto y Efialtes, pero ambos fueron de corta vida. Eran los más hermosos niños que jamás nacieran en este mundo, y los más gallardos, exceptuando sólo a Orión; pues a los nueve años de edad medían nueve brazas de alto, y nueve codos de contorno en el pecho. Amenazaron con hacer la guerra a los dioses en el Olimpo, y trataron de encumbrar el Ossa sobre el Olimpo, y el Pelión sobre el Ossa, para escalar el cielo mismo, y lo habrían hecho de haber crecido, mas Apolo, hijo de Leto, los mató a entrambos, antes de que les brotara ni un solo signo de vello en las mejillas o el mentón.

”Luego vi a Fedra, y a Procis, y a la bella Ariadna, hija del mago Minos, a quien Teseo se llevaba de Creta a Atenas, pero no la gozó, pues antes de que pudiera hacerlo Diana la mató en la isla de Día a causa de lo que Baco había dicho contra ella.

”Vi también a Maera y a Clímene y a la odiosa Erifila, que vendió a su propio esposo por oro. Pero me llevaría toda la noche si hubiera de nombrar una por una a todas las esposas e hijas de héroes que vi, y es hora ya de que me vaya a acostar, sea a bordo de la nave con mi tripulación, sea aquí. En cuanto a mi escolta, el cielo y vosotros velaréis por ella.”

Aquí terminó, y los convidados quedaron todos ellos embelesados y mudos a lo largo del pórtico cubierto. Entonces Arete les dijo:—

“¿Qué os parece este hombre, oh feacios? ¿No es alto y bien plantado, y no es ingenioso? Cierto es que es mi propio huésped, pero todos vosotros participáis de la distinción. No tengáis prisa por despacharlo, ni seáis mezquinos en los regalos que hacéis a uno que se halla en tan gran necesidad, pues el cielo os ha bendecido a todos vosotros con gran abundancia.”

Entonces habló el anciano héroe Equeneo, que era uno de los más viejos entre ellos: “Amigos míos —dijo—, lo que nuestra augusta reina acaba de decirnos es a la vez razonable y oportuno; por tanto, dejad persuadeos; pero la decisión, sea de palabra o de obra, descansa al cabo en el rey Alcínoo.”

“Así se hará —exclamó Alcínoo—, tan seguro como que aún vivo y reino sobre los feacios. Cierto que nuestro huésped anhela mucho volver a casa, mas hemos de persuadirlo a que permanezca con nosotros hasta mañana, y para entonces podré reunir toda la suma que me propongo darle. En lo tocante a su escolta, será asunto de todos vosotros, y mío sobre todos, como principal persona entre vosotros.”

Y Ulises respondió: “Rey Alcínoo, si me ordenaseis que me quedara aquí un año entero, y luego me despachaseis por mi camino, cargado con vuestros nobles dones, os obedecería de buen grado y redundaría en gran provecho mío, pues volvería con las manos más llenas a los míos, y así sería más respetado y amado por cuantos me vean al regresar a Ítaca.”

“Ulises —respondió Alcínoo—, ninguno de cuantos te ven tiene idea de que seas un charlatán o un estafador. Yo sé que hay mucha gente que anda por ahí contando historias tan verosímiles que es muy difícil calarlas, pero hay un estilo en tu habla que me asegura tu buena disposición. Además, has contado la historia de tus desventuras, y las de los argivos, como si fueras un bardo avezado; mas dime, y dime la verdad, si viste a alguno de los esforzados héroes que fueron a Troya al mismo tiempo que tú, y allí perecieron. Las tardes son aún de las más largas, y aún no es hora de acostarse —continúa, pues, con tu divina historia, pues yo podría quedarme aquí escuchando hasta mañana por la mañana, con tal de que sigas contándonos tus aventuras.”

“Alcínoo —respondió Ulises—, hay tiempo para hablar, y tiempo para irse a la cama; sin embargo, ya que tal es vuestro deseo, no me abstendré de contaros la todavía más triste historia de aquellos de mis compañeros que no cayeron combatiendo con los troyanos, sino que perecieron en el regreso, por la felonía de una mujer malvada.

”Cuando Proserpina hubo despedido en todas direcciones a las sombras femeninas, el fantasma de Agamenón, hijo de Atreo, llegó tristemente hacia mí, rodeado de los que con él habían perecido en la casa de Egisto. Así que hubo gustado la sangre, me reconoció, y, llorando amargamente, tendió hacia mí sus brazos para abrazarme; pero ya no tenía fuerza ni consistencia, y yo también lloré y me apiadé de él al contemplarlo. ‘¿Cómo alcanzaste la muerte?’ —le dije—, ‘¡rey Agamemnón! ¿Fue Neptuno quien levantó sus vientos y olas contra ti cuando estabas en el mar, o te dieron fin tus enemigos en tierra firme mientras robabas ganado o ovejas, o mientras peleaban en defensa de sus esposas y de su ciudad?’

”—'Ulises —respondió—, noble hijo de Laertes, no me perdí en el mar en tormenta alguna levantada por Neptuno, ni me despacharon mis enemigos en tierra firme, sino que Egisto y mi malvada esposa me dieron la muerte de consapunto. Me convidó a su casa, me agasajó, y luego me degolló miserablemente como si fuera una res cebada en un matadero, mientras en torno mío mis compañeros eran muertos como ovejas o cerdos para el desayuno de bodas, o merienda, o espléndido banquete de algún gran magnate. Habréis visto hombres sin número muertos en refriega general, o en combate singular, pero nunca visteis nada tan verdaderamente lastimoso como el modo en que caímos en aquel claustro, con la crátera de mezcla y las mesas cargadas tendidas por doquier, y el suelo encharcado de nuestra sangre. Oí gritar a Casandra, hija de Príamo, mientras Clitemnestra la mataba junto a mí. Yo yacía muriendo sobre la tierra con la espada en el cuerpo, y alcé las manos para matar a la muy pérfida homicida, pero ella se me escapó; no quiso siquiera cerrarme los labios ni los ojos cuando yo estaba expirando, pues no hay nada en este mundo tan cruel y desvergonzado como una mujer cuando ha caído en culpa como la suya. ¡Imaginaos que asesine a su propio esposo! Yo pensaba que iba a ser bienvenido en casa por mis hijos y mis servidores, pero su abominable crimen ha traído la deshonra sobre sí misma y sobre cuantas mujeres vengan tras ella —incluso sobre las buenas.’

”Y yo dije: ‘En verdad Júpiter ha aborrecido la casa de Atreo de principio a fin en lo tocante a los consejos de sus mujeres. Ved cuántos de nosotros caímos por causa de Helena, y ahora parece que Clitemnestra también tramó males contra ti durante tu ausencia.’

”—'Ten por cierto, pues —continuó Agamenón—, y no seas ni aun con tu propia esposa demasiado confiado. No le cuentes todo lo que tú mismo sabes a la perfección. Dile sólo una parte, y guarda tu propio consejo sobre el resto. No porque tu esposa, Ulises, haya de matarte, pues Penélope es una mujer muy admirable, y de excelente natural. La dejamos joven novia con un infante al pecho cuando partimos para Troya. Este niño sin duda ha ya crecido felizmente hasta la edad viril, y él y su padre tendrán un gozo encuentro y se abrazarán como es justo que lo hagan, mientras que mi perversa esposa ni siquiera me concedió la dicha de mirar a mi hijo, sino que me mató antes de que pudiera hacerlo. Es más, digo —y grábate mi dicho en el corazón— no anuncies a la gente cuando estés llevando tu nave a Ítaca, sino gánales ventaja por sorpresa, pues después de todo esto no hay que fiarse de las mujeres. Mas ahora dime, y dime la verdad, ¿puedes darme alguna noticia de mi hijo Orestes? ¿Está en Orcómenos, o en Pilos, o está en Esparta con Menelao —pues presumo que aún vive.’

”Y yo dije: ‘Agamenón, ¿por qué me lo preguntas? No sé si tu hijo vive o ha muerto, y no es propio hablar cuando no se sabe.’

”Mientras nosotros dos estábamos sentados llorando y hablando así tristemente el uno con el otro, el fantasma de Aquiles se nos acercó con Patroclo, Antíloco y Áyax, que era el más gallardo y hermoso de todos los dánaos después del hijo de Peleo. El rápido descendiente de Éaco me conoció y habló con voz plañidera, diciendo: ‘Ulises, noble hijo de Laertes, ¿qué hazaña audaz emprenderás ahora, que te aventuras a bajar a la casa de Hades entre nosotros, muertos necios, que no somos sino los fantasmas de quienes ya no pueden trabajar?’

”Y yo dije: ‘Aquiles, hijo de Peleo, campeón excelso de los aqueos, vine a consultar a Tiresias, y a ver si podía aconsejarme acerca de mi regreso a Ítaca, pues jamás he podido aún acercarme a la tierra de los aqueos, ni pisar mi propio país, sino que he andado en apuros todo el tiempo. En cuanto a ti, Aquiles, nadie fue jamás tan feliz como tú lo has sido, ni lo será, pues fuiste adorado por todos nosotros, los argivos, mientras viviste, y ahora que estás aquí eres un gran príncipe entre los muertos. No tomes, pues, tan a pecho tu muerte.’

”—'No me digas una sola palabra —respondió— en favor de la muerte; yo preferiría ser un servidor asalariado en la casa de un hombre pobre y estar sobre la tierra a ser rey de reyes entre los muertos. Pero dame noticias de mi hijo: ¿ha ido a la guerra y será un gran soldado, o no es así? Dime también si has oído algo de mi padre Peleo —¿sigue reinando entre los mirmidones, o no le muestran respeto alguno a lo largo de la Hélade y la Ftía, ahora que es viejo y sus miembros flaquean? ¡Si yo pudiera estar a su lado, a la luz del día, con la misma fuerza que tenía cuando maté al más valiente de nuestros enemigos en la llanura de Troya —si yo pudiera ser como entonces e ir, aunque fuese por poco tiempo, a casa de mi padre, quienquiera que tratara de hacerle violencia o de suplantarlo, bien pronto se arrepentiría!’

”—'Nada he oído —respondí yo— de Peleo, mas puedo contarte todo lo tocante a tu hijo Neoptólemo, pues lo llevé en mi propia nave desde Esciros con los aqueos. En nuestros consejos de guerra ante Troya era siempre el primero en hablar, y su juicio era infalible. Néstor y yo éramos los únicos que podíamos superarlo; y cuando llegaba el momento de luchar en la llanura de Troya, nunca se quedaba con el grueso de los suyos, sino que se lanzaba muy adelante, el primero de todos en valor. Muchos hombres mató en batalla —no puedo nombrar uno por uno a todos los que él dio muerte peleando del lado de los argivos, mas sólo diré cómo mató a aquel esforzado héroe Eurípilo, hijo de Tèlefo, que era el hombre más gallardo que yo haya visto jamás, exceptuando a Memnón; muchos otros también de los ceteos cayeron en torno a él por las dádivas de una mujer. Es más, cuando los más bravos de los argivos entraron dentro del caballo que Epeo fabricara, y quedó a mi cargo decidir cuándo abriríamos la puerta de nuestra emboscada, o la cerraríamos, aunque todos los otros jefes y caudillos de los dánaos se enjugaban los ojos y temblaban en cada miembro, jamás lo vi palidecer ni enjugar una lágrima de su mejilla; todo el tiempo me urgía a salir del caballo —empuñando el mango de su espada y su lanza de bronce, respirando furor contra el enemigo. Y cuando hubimos saqueado la ciudad de Príamo, obtuvo su gallarda parte del botín y se hizo a la mar (tal es la suerte de la guerra) sin una herida encima, ni de lanza arrojada ni en combate cuerpo a cuerpo, pues el furor de Marte es cosa de gran azar.’

”Cuando le hube dicho esto, el fantasma de Aquiles se alejó a zancadas por una pradera llena de asfódelos, exultando por lo que yo había dicho tocante a la proeza de su hijo.

”Los fantasmas de otros muertos estaban junto a mí y me contaban cada cual su melancólica historia; mas el de Áyax, hijo de Telamón, sólo se mantenía apartado —aún enojado conmigo por haber ganado la causa en nuestra disputa acerca de las armas de Aquiles. Tetis las había ofrecido como premio, pero los prisioneros troyanos y Minerva fueron los jueces. ¡Ojalá no hubiera yo alcanzado la victoria en tan funesto certamen, pues le costó la vida a Áyax, que era el primero de todos los dánaos después del hijo de Peleo, tanto en estatura como en pujanza!

”Cuando lo vi, traté de apaciguarlo y le dije: ‘Áyax, ¿no vas a olvidar y perdonar aun en la muerte, sino que ha de seguir royéndote el juicio sobre aquellas odiosas armas? Bien caro nos costó a los argivos perder una torre de fuerza como tú eras. Te lloramos tanto como lloramos al mismo Aquiles, hijo de Peleo, ni cabe echar la culpa a otra cosa que al encono que Júpiter abrigaba contra los dánaos, pues fue esto lo que lo indujo a aconsejar tu perdición —ven, pues, acá, domeña tu orgulloso espíritu, y oye lo que puedo decirte.’

”No quiso responder, sino que se volvió hacia el Érebo y hacia los otros fantasmas; con todo, yo le habría hecho hablarme a pesar de su enojo, o habría seguido hablándole, a no ser porque había aún otros entre los muertos a quienes yo deseaba ver.

”Luego vi a Minos, hijo de Júpiter, con su cetro de oro en la mano, sentado juzgando a los muertos, y los fantasmas estaban reunidos, sentados y de pie, en torno a él en la espaciosa casa de Hades, para oír sus sentencias sobre ellos.

”Tras él vi al gigantesco Orión en una pradera llena de asfódelos, acuciando a los fantasmas de las fieras que él había matado en los montes, y llevaba en la mano un gran garrote de bronce, inquebrantable por siempre jamás.

”Y vi a Ticio, hijo de Gea, tendido en la llanura y cubriendo unas nueve yugadas de tierra. Dos buitres a cada lado de él le hincaban el pico en el hígado, y él seguía intentando apartarlos con las manos, pero no podía; pues había violentado a la amante de Júpiter, Leto, cuando ésta pasaba por Panopeo camino de Pito.

”Vi también el horrendo destino de Tántalo, que estaba en pie en un lago que le llegaba a la barbilla; moría de sed por apagar su sed, mas nunca podía alcanzar el agua, pues cada vez que el desdichado se inclinaba a beber, se secaba y desaparecía, de modo que no había sino suelo seco —reseco por la saña del cielo. Había además altos árboles que dejaban caer su fruto sobre su cabeza —peras, granadas, manzanas, dulces higos y jugosas aceitunas—, mas cada vez que el desdichado extendía la mano para tomar alguno, el viento arrojaba de nuevo las ramas hacia las nubes.

”Y vi a Sísifo en su tarea sin fin levantando su prodigiosa piedra con ambas manos. Con manos y pies intentaba rodar la piedra hasta la cumbre del monte, mas siempre, justo antes de poder hacerla rodar al otro lado, su peso era excesivo para él, y la despiadada piedra venía rodando de nuevo estrepitosamente hasta la llanura. Entonces volvía a empezar empujándola cuesta arriba, y el sudor le chorreaba y el vaho se levantaba tras él.

”Tras él vi al poderoso Hércules, mas era sólo su fantasma, pues él festeja siempre con los dioses inmortales, y tiene por esposa a la amable Hebe, hija de Júpiter y Juno. Los fantasmas gritaban en torno a él como asustadas aves que huyen en todas direcciones. Él estaba negro como la noche con su arco desnudo en las manos y la flecha en la cuerda, mirando en derredor como siempre a punto de apuntar. Sobre el pecho llevaba un cinturón áureo admirable, adornado de modo portentoso con osos, jabalíes y leones de ojos relucientes; había también guerra, batalla y muerte. El hombre que fabricó aquel cinturón, hiciese lo que hiciese, jamás podría hacer otro igual. Hércules me reconoció al punto cuando me vio, y habló con voz plañidera, diciendo: ‘¡Pobre Ulises mío, noble hijo de Laertes! ¿También tú llevas la misma triste clase de vida que yo llevaba cuando estaba sobre la tierra? Yo era hijo de Júpiter, mas pasé por una infinidad de sufrimientos, pues quedé esclavo de uno que era muy inferior a mí —un sujeto vil que me impuso toda suerte de trabajos. Él me envió una vez acá a buscar al can del infierno —pues no pensaba que pudiera hallarme nada más difícil que esto, mas saqué al can del Hades y se lo llevé, porque Mercurio y Minerva me ayudaron.’

«Hercules bajó de nuevo a la casa de Hades, pero yo me quedé donde estaba, por si venía a verme algún otro de los muertos ilustres. Y aún habría visto a otros de los que ya se fueron, a quienes me habría gustado contemplar —Teseo y Pirítoo—, hijos gloriosos de los dioses, pero vinieron hacia mí tantos millares de sombras y lanzaban gritos tan espantosos, que sentí pánico, temiendo que Prosérpina hiciese subir desde la casa de Hades la cabeza de aquel monstruo horrendo, la Gorgona. Entonces me apresuré a regresar a mi nave y ordené a los míos que embarcarasen al instante y soltasen los amarres; así que se embarcaron y tomaron sus puestos, y con ello la nave descendió por la corriente del río Océano. Al principio tuvimos que remar, pero poco después se levantó un viento favorable.

LIBRO XII

LAS SIRENAS, ESCILA Y CARIBDIS, LOS BUEYES DEL SOL.

»Una vez que hubimos salido del río Océano y nos hallábamos en el mar abierto, seguimos adelante hasta alcanzar la isla de Eea, donde hay aurora y salida del sol como en los demás lugares. Entonces varamos nuestra nave en las arenas y salimos de ella a tierra, donde nos fuimos a dormir y aguardamos a que rayase el día.

»Luego, cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, envié a algunos hombres a casa de Circe para recoger el cuerpo de Elpénor. Cortamos leña de un bosque donde el promontorio se adelantaba hacia el mar, y tras haber llorado por él y haberle rendido lamentos, celebramos sus exequias. Cuando su cuerpo y sus armas fueron reducidos a cenizas, levantamos un túmulo, pusimos encima una piedra y, en la cumbre del túmulo, clavamos el remo con el que él solía bogar.

»Mientras hacíamos todo esto, Circe, que sabía que habíamos regresado de la casa de Hades, se atavió y vino a nosotros tan deprisa como pudo; y con ella vinieron sus siervas, que nos traían pan, carne y vino. Entonces se plantó en medio de nosotros y dijo: "Habéis acometido una empresa audaz al bajar vivos a la casa de Hades, y habréis muerto dos veces, cuando los demás mueren una sola; ahora, pues, quedaos aquí el resto del día, hartaros de festín y proseguid la navegación mañana al despuntar del alba. Entre tanto, yo le diré a Ulises cuál ha de ser su rumbo y se lo explicaré todo para evitar que os sobrevenga contratiempo alguno, ya en tierra, ya en el mar."

»Accedimos a hacer como ella decía, y festajamos durante todo el largo día hasta la puesta del sol, mas cuando el sol se hubo puesto y sobrevino la oscuridad, los hombres se tendieron a dormir junto a los cables de popa de la nave. Entonces Circe me tomó de la mano y me pidió que me sentase aparte de los demás, mientras ella se recostaba a mi lado y me preguntaba por todas nuestras aventuras.

—"Hasta aquí, bien —dijo ella cuando hube concluido mi relato—; y ahora presta atención a lo que voy a contarte —el cielo mismo, en verdad, habrá de traértelo a la memoria. Primeramente llegaréis a las Sirenas, que hechizan a cuantos se les acercan. Si alguien, sin cautela, arrima demasiado la nave y oye el canto de las Sirenas, jamás su mujer y sus hijos volverán a darle la bienvenida en casa, pues ellas se sientan en un verde prado y lo arrullan hasta la muerte con la dulzura de su canción. Hay un gran montón de huesos de hombres muertos esparcidos en derredor, con la carne todavía pudriéndose sobre ellos. Pasad, pues, de largo junto a esas Sirenas, y taponad con cera los oídos de los vuestros para que ninguno las oiga; pero si tú quieres, puedes oírlas tú mismo, pues puedes lograr que los hombres te aten de pie en el cruce de la jarcia, a media altura del mástil, y ellos deben amarrar los cabos de la cuerda al propio mástil, para que tengas el placer de escucharlas. Si ruegas y suplicas a los hombres que te desaten, entonces deben apretarte más los lazos.

—"Cuando vuestra tripulación haya pasado de largo a esas Sirenas, no puedo darte indicaciones precisas sobre cuál de los dos rumbos has de seguir; te expondré las dos alternativas, y tú mismo deberás considerarlas. Por un lado hay unos peñascos enhiestos contra los que las profundas olas azules de Anfitrite baten con furia tremenda; los dioses bienaventurados llaman a esos peñascos las Errantes. Por allí no puede pasar ave alguna, ni aun las tímidas palomas que llevan ambrosía al padre Júpiter, pero la roca lisa arrebata siempre a una de ellas, y el padre Júpiter tiene que enviar otra para completar su número; ningún navío que jamás haya llegado a esas rocas ha logrado escapar, sino que las olas y torbellinos de fuego van cargados de restos naufragados y de cadáveres de hombres. El único bajel que navegó y salió adelante fue la famosa Argo, a su regreso de la casa de Eetes, y ella también habría ido a estrellarse contra esas grandes rocas, a no ser porque Juno la guió más allá de ellas por el amor que profesaba a Jasón.

—"De esos dos peñascos, uno alcanza el cielo y su cima se pierde en una nube oscura. Esta nunca lo abandona, de modo que la cumbre nunca queda despejada, ni aun en verano ni a principios del otoño. Ningún hombre, aun cuando tuviera veinte manos y veinte pies, podría hacerse con un apoyo en él ni treparlo, pues se alza cortado a pico, tan liso como si lo hubieran pulido. En su mitad hay una gran caverna, que mira al poniente y se orienta hacia el Érebo; has de llevar tu nave por este lado, pero la cueva está tan alta que ni el más robusto de los arqueros lograría arrojar dentro una flecha. Dentro de ella se sienta Escila y ladra con una voz que podríais tomar por la de un cachorro, mas en verdad es un monstruo espantoso, y nadie —ni siquiera un dios— podría hacerle frente sin sentir terror. Tiene doce pies deformes y seis cuellos de longitud prodigiosa; y al extremo de cada cuello tiene una cabeza horrenda con tres hileras de dientes cada una, todas muy apiñadas, de modo que triturarían a cualquiera en un instante, y se sienta en lo hondo de su umbría celda, asomando sus cabezas y mirando por toda la roca, pescando delfines o escualos o cualquier monstruo mayor que pueda atrapar, de los millares con que Anfitrite rebosa. Jamás nave alguna pasó junto a ella sin perder hombres, pues lanza de golpe todas sus cabezas y arrebata a un hombre en cada boca.

—"Hallarás que el otro peñasco se tiende más bajo, pero están tan juntos el uno del otro que no hay entre ellos más que un tiro de arco. [En él crece un gran higuera de pleno follaje], y bajo ella se halla el remolino absorbente de Caribdis. Tres veces al día vomita sus aguas, y tres veces las succiona de nuevo; mira que no te halles allí cuando las succiona, pues si estás, ni el propio Neptuno podría salvarte; has de arrimarte al lado de Escila y hacer pasar la nave a toda prisa, pues más te vale perder a seis hombres que a toda tu tripulación."

—"¿No hay modo —dije yo— de escapar de Caribdis y, al mismo tiempo, mantener a raya a Escila cuando intenta dañar a mis hombres?"

—"¡Atrevido! —respondió la diosa—. Siempre quieres pelearte con alguien o con algo; no te dejas vencer ni por los inmortales. Porque Escila no es mortal; además, es salvaje, extrema, ruda, cruel e invencible. No hay remedio; tu mejor oportunidad será pasar junto a ella tan deprisa como puedas, pues si te entretienes en su roca mientras te pones la armadura, puede atraparte con un segundo lanzamiento de sus seis cabezas y tragarse otra media docena de tus hombres; así que pasa a toda vela ante ella y grita con fuerza a Cratáis, que es la madre de Escila —maldita sea—, y ella la contendrá para que no vuelva a lanzarse sobre vosotros."

—"Llegaréis luego a la isla Trinacia, y allí veréis muchos rebaños de bueyes y manadas de ovejas pertenecientes al dios del sol —siete rebaños de bueyes y siete manadas de ovejas, con cincuenta cabezas en cada rebaño. No crían ni menguan en número, y los custodian las diosas Faetusa y Lampetía, hijas del dios del sol Hiperión y de Neera. Su madre, cuando las hubo dado a luz y las hubo criado, las envió a la isla Trinacia, que estaba muy lejos, para que viviesen allí y cuidasen de los rebaños y manadas de su padre. Si dejáis esos rebaños intactos y no pensáis más que en regresar a casa, podréis aún, tras muchas penalidades, llegar a Ítaca; mas si les causáis daño, entonces os anuncio la destrucción tanto de vuestra nave como de vuestros compañeros; y aun cuando tú mismo escapes, volverás tarde, en mal estado, tras haber perdido a todos tus hombres."

»Aquí terminó ella, y la Aurora, entronizada en oro, comenzaba a mostrarse en el cielo, con lo cual regresó tierra adentro. Entonces yo volví a bordo y dije a los míos que desamarraran la nave de sus anclas; así que al punto se hicieron a ella, tomaron sus puestos y comenzaron a azotar el gris mar con sus remos. Al instante, la grande y astuta diosa Circe nos favoreció con un viento favorable que soplaba justo por la popa y se mantenía firme con nosotros, henchendo bien nuestras velas, de modo que hicimos cuanto había que hacer en los aparejos de la nave y la dejamos correr según la guiaban el viento y el timonel.

»Entonces, muy turbado de ánimo, dije a los míos: "Amigos, no es justo que uno o dos de nosotros solos conozcamos los vaticinios que Circe me ha hecho; voy, pues, a contaros lo que dicen, para que tanto si vivimos como si morimos, lo hagamos con los ojos abiertos. Primeramente dijo que debíamos mantenernos apartados de las Sirenas, que se sientan y cantan con suma hermosura en un campo de flores; pero dijo que yo podía oírlas siempre que nadie más lo hiciera. Así, pues, tomadme y atadme al cruce de la jarcia a media altura del mástil; atadme de pie, con una ligadura tan firme que no pueda en modo alguno romperla, y amarrad los cabos de la cuerda al propio mástil. Si os ruego y suplico que me soltéis, entonces atadme aún más fuertemente."

»Apenas había terminado de contar todo a los hombres, cuando llegamos a la isla de las dos Sirenas, pues el viento había sido muy propicio. Entonces, de improviso, sobrevino una calma absoluta; no soplaba un aliento de viento ni había un rizo en el agua, de modo que los hombres plegaron las velas y las guardaron; luego, tomando los remos, blanquearon el agua con la espuma que levantaban al bogar. Entretanto, yo tomé un gran pan de cera y lo corté en trozos pequeños con mi espada. Luego amasé la cera con mis manos vigorosas hasta que se ablandó, lo cual ocurrió pronto entre el amasado y los rayos del dios del sol, hijo de Hiperión. Entonces taponé los oídos de todos mis hombres, y ellos me ataron manos y pies al mástil, de pie sobre el cruce de la jarcia; pero ellos siguieron bogando. Cuando hubimos llegado al alcance del oído desde tierra, y la nave marchaba a buen ritmo, las Sirenas vieron que nos acercábamos a la costa y comenzaron con su canto.

—"Ven acá —cantaban—, renombrado Ulises, honra del nombre aqueo, y escucha nuestras dos voces. Nadie ha pasado jamás junto a nosotras sin detenerse a oír la hechizante dulzura de nuestro canto —y quien escucha sigue su camino no solo encantado, sino más sabio, pues sabemos todos los males que los dioses depararon a los argivos y a los troyanos ante Ilión, y podemos predecirte todo cuanto ha de acontecer en el mundo entero."

»Cantaban estas palabras con suma melodía, y como yo deseaba oírlas más, hice señas frunciendo el ceño a los míos para que me soltaran; pero ellos aceleraron su remada, y Euríloco y Perimedes me ataron con ligaduras aún más fuertes hasta que hubimos salido del alcance de las voces de las Sirenas. Entonces mis hombres se quitaron la cera de los oídos y me desataron.

»Inmediatamente después de haber pasado la isla, vi una gran ola de la que se elevaba rocío y oí un fragor estrepitoso. Los hombres se asustaron tanto que soltaron los remos, pues todo el mar resonaba con el ímpetu de las aguas, pero la nave se quedó donde estaba, porque los hombres habían dejado de remar. Di, pues, la vuelta y exhorté a cada uno de ellos para que no perdiesen el ánimo.

—"Amigos —dije—, no es esta la primera vez que nos hallamos en peligro, y no estamos ni con mucho en tan mal trance como cuando el Cíclope nos encerró en su cueva; con todo, mi valor y mi prudente consejo nos salvaron entonces, y viviremos para mirar atrás y recordar todo esto también. Ahora, pues, hagamos todos lo que yo diga, confiemos en Júpiter y rememos con todas nuestras fuerzas. En cuanto a ti, timonel, estas son tus órdenes; atiéndelas, pues la nave está en tus manos; aparta la proa de estos hervidores rápidos y arrímate a la roca, o se te escapará y pasará allá antes de que tú sepas dónde estás, y serás nuestra perdición."

»Así hicieron lo que yo les decía; pero no dije nada del horrible monstruo de Escila, pues sabía que los hombres no seguirían bogando si lo hacía, sino que se amontonarían en la bodega. Solo en una cosa desobedecí las estrictas instrucciones de Circe: me puse la armadura. Entonces, asiendo dos fuertes lanzas, me situé en la proa de la nave, pues allí era donde esperaba ver primero al monstruo de la roca, que había de causar tanto daño a mis hombres; pero no logré distinguirlo en parte alguna, por más que fatigaba mis ojos recorriendo una y otra vez la sombría roca.

—Entonces entramos en el estrecho con gran temor en el ánimo, pues de un lado estaba Escila, y del otro la terrible Caribdis no cesaba de succionar el agua salada. Al vomitarla, era como el agua de un caldero cuando rebulle sobre un gran fuego, y el rocío alcanzaba la cima de las rocas a ambos lados. Cuando comenzaba a succionar de nuevo, podíamos ver el agua toda en su interior dando vueltas y más vueltas, y producía un sonido ensordecedor al romperse contra las rocas. Veíamos el fondo del remolino todo negro de arena y fango, y los hombres estaban al borde de la desesperación por el miedo. Mientras estábamos absortos en esto, aguardando a cada instante nuestra última hora, Escila se lanzó de improviso sobre nosotros y arrebató a mis seis mejores hombres. Yo miraba a un tiempo tanto por la nave como por los hombres, y de pronto vi sus manos y sus pies allá en lo alto, forcejeando en el aire mientras Escila se los llevaba, y los oí pronunciar mi nombre en un último grito de desesperación. Como un pescador, sentado, con la lanza en la mano, sobre algún saliente rocoso, echa el cebo al agua para engañar a los pobrecitos peces y los atraviesa con el cuerno de buey con que va armada su lanza, arrojándolos a tierra jadeantes conforme los va sacando uno a uno —así Escila depositaba en su roca a aquellas criaturas jadeantes y las devoraba a la entrada de su cueva, mientras ellas gritaban y me tendían las manos en su agonía mortal. Esta fue la visión más nauseabunda de cuantas contemplé a lo largo de todos mis viajes.

»Cuando hubimos pasado los peñascos [Errantes], con Escila y la terrible Caribdis, llegamos a la noble isla del dios del sol, donde estaban los hermosos bueyes y ovejas del sol Hiperión. Aún en el mar, a bordo de mi nave, podía oír el mugido de los bueyes al regresar a los corrales y el balido de las ovejas. Entonces recordé lo que el ciego profeta tebano Tiresias me había dicho, y con qué insistencia la eea Circe me había advertido que evitase la isla del bienaventurado dios del sol. Así que, muy turbado, dije a los hombres: "Hombres míos, sé que estáis acosados, mas escuchad mientras os cuento el vaticinio que Tiresias me hizo, y con cuánto cuidado me previno la eea Circe que evitase la isla del bienaventurado dios del sol, pues allí, dijo, radicaba nuestro mayor peligro. Dirigid, pues, la nave lejos de la isla."

»Los hombres se desesperaron ante esto, y Euríloco al punto me respondió con insolencia. "Ulises —dijo—, eres cruel; tú eres muy fuerte y jamás te agotas; pareces estar hecho de hierro, y ahora, aunque tus hombres están rendidos de fatiga y falta de sueño, no les dejas desembarcar y prepararse una buena cena en esta isla, sino que les ordenas hacerse a la mar y seguir navegando en vano a lo largo de las guardias de la noche alada. Es de noche cuando los vientos soplan con más fuerza y causan tantos daños; ¿cómo podríamos salvarnos si surgiese de pronto una de esas rachas del sudoeste o del poniente, que tan a menudo naufragan un navío cuando los señores, los dioses, nos son adversos? Ahora, pues, obedezcamos los mandatos de la noche y preparemos aquí, junto a la nave, nuestra cena; mañana al alba volveremos a bordo y nos haremos a la mar."

»Así habló Euríloco, y los hombres aprobaron sus palabras. Yo vi que el cielo nos deparaba una desgracia y dije: "Me obligáis a ceder, pues sois muchos contra uno solo, pero, al menos, cada uno de vosotros ha de prestar solemne juramento de que, si se topa con un rebaño de bueyes o con una gran manada de ovejas, no estará tan loco como para matar ni una sola cabeza de ninguno, y se contentará con el alimento que Circe nos ha dado."

»Todos juraron como yo les ordené, y cuando hubieron cumplido su juramento, amarramos la nave en un puerto que había junto a una corriente de agua dulce, y los hombres fueron a tierra y prepararon sus cenas. Apenas hubieron comido y bebido a satisfacción, empezaron a hablar de sus pobres compañeros que Escila había arrebatado y devorado; esto los hizo llorar y siguieron llorando hasta que cayeron en un sueño profundo.

»En el tercer turno de la noche, cuando las estrellas habían desplazado sus posiciones, Júpiter levantó un gran vendaval de viento que voló hecho un huracán, de suerte que tierra y mar quedaron cubiertos de espesas nubes, y la noche brotó de los cielos. Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, varamos la nave y la metimos en una cueva en la que las ninfas del mar tienen sus cortes y danzas, y convoqué a los hombres en consejo.

—"Amigos —dije—, tenemos comida y bebida en la nave; así que estemos atentos y no toquemos los bueyes, pues habremos de pagarlo; porque esos bueyes y ovejas pertenecen al poderoso sol, que todo lo ve y todo lo oye." Y de nuevo prometieron que obedecerían.

«Durante un mes entero sopló el viento del Sur con fuerza constante, y no hubo otro viento, sino sólo el Sur y el Este. Mientras hubo maíz y vino, los hombres no tocaban el ganado cuando tenían hambre; mas cuando hubieron comido cuanto había en la nave, se vieron forzados a buscar más lejos, con anzuelo y sedal, apresando aves y tomando cuanto podían echar mano, pues se morían de inanición. Un día, pues, salí tierra adentro para rogar al cielo que me mostrara algún medio de escapar. Cuando hube ido lo bastante lejos para estar fuera del alcance de todos mis hombres y hallé un lugar bien abrigado del viento, me lavé las manos y oré a todos los dioses del Olimpo, hasta que al cabo me sumieron en un dulce sueño.

«Mientras tanto, Euríloco venía dando malos consejos a los hombres: «Escuchadme —les decía—, mis pobres compañeros. Todas las muertes son malas, mas ninguna hay tan mala como el hambre. ¿Por qué no hemos de llevarnos las mejores de estas vacas y ofrecerlas en sacrificio a los dioses inmortales? Si alguna vez llegamos a Itaca, podemos alzar un hermoso templo al dios del Sol y enriquecerlo con toda clase de ornamentos; si, empero, él está decidido a hundir nuestra nave en venganza de estos cornados, y los demás dioses son del mismo parecer, yo, por mi parte, prefiero beber agua salada de una vez por todas y acabar de una vez, que morir de hambre poco a poco en una isla desierta como ésta.»

«Así habló Euríloco, y los hombres aprobaron sus palabras. Los bueyes, tan hermosos y lozanos, pacían no lejos de la nave; los hombres, pues, llevaron los mejores, y todos se pusieron en torno diciendo sus oraciones y usando tiernos brotes de encina en vez de harina de cebada, pues no quedaba cebada alguna. Cuando hubieron terminado de orar, mataron las vacas y aderezaron las reses; cortaron los fémures, los envolvieron en dos capas de grasa y pusieron encima algunos trozos de carne cruda. No tenían vino con que hacer libaciones sobre el sacrificio mientras se asaba, así que iban echando un poco de agua de cuando en cuando mientras las entrañas se asaban en las brasas; luego, cuando los fémures estuvieron quemados y hubieron gustado de las entrañas, trocearon lo demás y pusieron los pedazos en los espetos.

«Para entonces el profundo sueño me había dejado, y volví a la nave y a la orilla del mar. Al acercarme empecé a oler carne asada, y gemí en una plegaria a los dioses inmortales: «Padre Júpiter —exclamé—, y todos vosotros, otros dioses que vivís en eterna bienaventuranza, me habéis causado un cruel daño con el sueño en que me habéis sumido; mirad qué bella tarea han hecho estos hombres míos en mi ausencia.»

«Mientras tanto, Lampetie marchó derechamente al Sol y le dijo que habíamos estado matando sus vacas; entonces él montó en gran cólera y dijo a los inmortales: «Padre Júpiter, y todos vosotros, otros dioses que vivís en eterna bienaventuranza, he de vengarme de la tripulación de la nave de Ulises: han tenido la insolencia de matar mis vacas, que eran lo único que yo amaba contemplar, tanto si subía al cielo como si bajaba de nuevo. Si no me satisfacen por mis vacas, bajaré al Hades y brillaré allí entre los muertos.»

««Sol —dijo Júpiter—, sigue brillando sobre nosotros, los dioses, y sobre los hombres, sobre la tierra fecunda. Yo haré trizas su nave con un rayo de blanco relámpago en cuanto salgan al mar.»

«Todo esto me fue contado por Calipso, que dijo haberlo oído de boca de Mercurio.

«Apenas bajé a mi nave y a la orilla del mar, reprendí a cada uno de los hombres por separado, mas no veíamos salida alguna, pues las vacas estaban ya muertas. Y, en verdad, los dioses comenzaron al punto a mostrar señales y prodigios entre nosotros, pues los cueros de las reses se arrastraban por el suelo, y los trozos puestos en los espetos开始 a mugir como vacas, y la carne, tanto cocida como cruda, seguía haciendo ruido igual al que hacen las vacas.

«Durante seis días mis hombres no cesaron de llevar las mejores vacas y banquetear con ellas; mas cuando Júpiter, hijo de Saturno, hubo añadido un séptimo día, amainó la furia del temporal; así que embarcamos, izamos los mástiles, tendimos las velas y salimos al mar. Apenas nos hubimos apartado bien de la isla y no veíamos otra cosa que cielo y mar, el hijo de Saturno alzó un nubarrón negro sobre nuestra nave, y el mar se oscureció bajo él. No avanzamos mucho más, pues al instante nos sorprendió un aterrador chubasco del Oeste que arrancó los estays del mástil, de modo que éste cayó hacia popa, mientras todos los aparejos de la nave rodaban al fondo de la embarcación. El mástil cayó sobre la cabeza del timonel, en la popa, de suerte que los huesos de su cráneo quedaron hechos añicos, y él cayó por la borda como si se zambullera, sin vida ya en su cuerpo.

«Entonces Júpiter lanzó sus rayos, y la nave dio vueltas y más vueltas, y se llenó de fuego y azufre al herirla el relámpago. Los hombres cayeron todos al mar; fueron llevados acá y allá en el agua, en torno a la nave, pareciendo tantas gaviotas, mas el dios al punto les privó de toda posibilidad de volver a casa.

«Yo me até a la nave hasta que el mar arrancó sus costados de la quilla (que flotaba por sí misma) y arrancó el mástil de ella hacia el lado de la quilla; pero aún colgaba de él un stay de recio cuero de buey, y con éste até juntos mástil y quilla, y, montando a horcajadas sobre ellos, fui llevado adonde los vientos quisieron llevarme.

«[El temporal del Oeste había ya gastado su fuerza, y el viento volvió a hacerse Sur, lo que me asustó, no fuera a ser arrastrado de nuevo al terrible remolino de Caribdis. Esto fue, en verdad, lo que ocurrió, pues las olas me llevaron toda la noche, y al rayar el alba había alcanzado la roca de Escila y el remolino. Ella estaba entonces absorbiendo el agua salada del mar, pero yo fui alzado hacia la higuera, a la que me así y me agarré como un murciélago. No podía plantar los pies en parte alguna para sostenerme con firmeza, pues las raíces estaban lejos y las ramas que sombreaban todo el remanso eran demasiado altas, demasiado vastas y demasiado separadas para alcanzarlas; así que colgué pacientemente, aguardando a que el remanso vomitase de nuevo mi mástil y mi balsa —y se me hizo un larguísimo rato. No está más contento un jurado de llegar a casa a cenar, tras haber sido largo tiempo detenido en el tribunal por pleitos enojosos, que yo de ver a mi balsa comenzar a abrirse camino fuera del remolino. Por fin solté manos y pies, y caí pesadamente al mar, junto a mi balsa, a la que entonces subí, y comencé a remar con las manos. En cuanto a Escila, el padre de los dioses y de los hombres no permitió que me divisara de nuevo —de lo contrario, sin duda habría perecido.

«De allí fui llevado nueve días, hasta que en la décima noche los dioses me arrojaron a la isla Ogigia, donde habita la grande y poderosa diosa Calipso. Ella me acogió y fue amable conmigo, mas no he de decir más sobre esto, pues os lo conté ayer a vos y a vuestra noble esposa, y aborrezco repetir lo mismo una y otra vez.»

LIBRO XIII

ULISES ABANDONA ESQUERIA Y REGRESA A ITACA.

Así habló, y todos ellos guardaron silencio en el claustro cubierto, hechizados por el encanto de su relato, hasta que al cabo Alcínoo comenzó a hablar.

«Ulises —dijo—, ahora que habéis llegado a mi casa, no dudo de que llegaréis a casa sin más desventuras, por mucho que hayáis sufrido en el pasado. A vosotros, empero, los demás, que venís aquí noche tras noche a beber mi mejor vino y a escuchar a mi bardo, quiero insistiros en lo siguiente. Nuestro huésped ha guardado ya las ropas, el oro labrado y demás objetos de valor que le habéis traído para su aceptación; démosle, pues, ahora además, cada uno de nosotros, un gran trípode y un caldero. Nos resarciremos mediante una derrama general, pues no cabe esperar que los particulares soporten la carga de un presente tan generoso.»

Todos aprobaron esto, y luego se marcharon a casa, cada uno a la suya. Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, acudieron presurosos a la nave y trajeron consigo sus calderos. Alcínoo subió a bordo y vio que todo estaba tan seguramente estibado bajo los bancos de la nave, que nada podía soltarse y dañar a los remeros. Luego fueron a casa de Alcínoo a comer, y él les sacrificó un toro en honor de Júpiter, el señor de todos. Pusieron los filetes a asar e hicieron una excelente comida, tras la cual el inspirado bardo, Demódoco, que era el favorito de todos, cantó para ellos; pero Ulises no cesaba de volver los ojos hacia el sol, como acelerando su puesta, pues ansiaba ponerse en camino. Como aquel que ha estado todo el día arando un barbecho con una pareja de bueyes no deja de pensar en su cena y se alegra cuando llega la noche para poder ir a tomarla, pues a sus piernas no les queda más ánimo que sostenerlo, así se regocijó Ulises cuando el sol se puso, y al punto dijo a los feacios, dirigiéndose sobre todo al rey Alcínoo:

«Señor, y todos vosotros, despedida. Haced libaciones y enviadme alegres en mi camino, pues habéis cumplido el deseo de mi corazón al darme una escolta y hacerme presentes, los cuales quiera el cielo que yo emplee bien; pueda yo hallar a mi admirable esposa viviendo en paz entre sus amigos, y podáis vosotros, a quienes yo dejo atrás, dar satisfacción a vuestras mujeres e hijos; quiera el cielo concederos toda gracia, y no llegue mal alguno a vuestro pueblo.»

Así habló. Sus oyentes todos aprobaron sus palabras y convinieron en que se le diese escolta, puesto que había hablado razonablemente. Alcínoo dijo entonces a su servidor: «Pontónoo, mezcla vino y sírvelo a todos, para que podamos elevar una plegaria a padre Júpiter y despachar a nuestro huésped en su camino.»

Pontónoo mezcló el vino y lo sirvió a cada uno por turno; los demás, cada uno desde su asiento, hicieron libación a los bienaventurados dioses que viven en el cielo, mas Ulises se levantó y puso la doble copa en manos de la reina Arete.

«Despedida, reina —dijo—, de aquí en adelante y para siempre, hasta que la edad y la muerte, común suerte de los hombres, posen sus manos sobre vos. Ahora me despido; sed feliz en esta casa con vuestros hijos, vuestra gente y con el rey Alcínoo.»

Así hablando cruzó el umbral, y Alcínoo envió a un hombre para que le condujera a su nave y a la orilla del mar. Arete envió también con él a algunas sirvientas —una con una camisa limpia y un manto, otra para llevar su arca fuerte, y una tercera con trigo y vino. Cuando llegaron a la orilla del agua, la tripulación tomó estas cosas y las puso a bordo, junto con toda la carne y bebida; pero para Ulises extendieron una alfombra y una sábana de lino en cubierta, para que durmiera profundamente en la popa de la nave. Entonces él también subió a bordo y se echó sin decir palabra, pero la tripulación tomó cada cual su puesto y soltó el cable de la piedra horadada al que estaba atado. Luego, cuando comenzaron a remar mar afuera, Ulises cayó en un sueño profundo, dulce y casi parecido a la muerte.

La nave saltó adelante en su camino, como vuela un carro de cuatro tiros por la pista cuando los caballos sienten el látigo. Su proa saltaba como el cuello de un caballo entero, y una gran ola de agua azul oscuro hervía en su estela. Siguió firme su rumbo, y ni el halcón, el más veloz de todos los pájaros, habría podido seguirle el paso. Así, pues, hendía el agua, llevando a uno que era tan astuto como los dioses, pero que ahora dormía en paz, olvidado de todo cuanto había sufrido tanto en el campo de batalla como en las olas del fatigoso mar.

Cuando la brillante estrella que anuncia la llegada del alba comenzó a mostrarse, la nave se acercó a tierra. Ahora bien, hay en Itaca un puerto del viejo hombre de mar Forcis, que se halla entre dos puntas que rompen la línea del mar y cierran el puerto. Estas lo abrigan de las tormentas de viento y mar que rugen fuera, de modo que, una vez dentro, una nave puede quedarse sin necesidad siquiera de estar amarrada. A la entrada de este puerto hay un gran olivo, y a no gran distancia una hermosa cueva umbría consagrada a las ninfas llamadas Náyades. Dentro hay cráteras para mezclar y jarras de vino de piedra, y allí enjambran las abejas. Hay además grandes telares de piedra en los que las ninfas tejen sus vestiduras de púrpura marina — muy curiosas de ver—, y en todo momento hay agua dentro. Tiene dos entradas, una que mira al Norte, por la que los mortales pueden bajar a la cueva, mientras la otra viene del Sur y es más misteriosa: los mortales no pueden entrar por ella de ningún modo, es el camino que toman los dioses.

A este puerto, pues, llevaron su nave, pues conocían el lugar. Llevaba tanta arrancada que se metió media eslora en la playa; cuando, empero, hubieron desembarcado, lo primero que hicieron fue alzar a Ulises con su alfombra y su sábana de lino fuera de la nave, y tenderlo en la arena, aún profundamente dormido. Luego sacaron los presentes que Minerva había persuadido a los feacios a darle cuando se disponía a emprender su viaje de vuelta a casa. Pusieron todos ellos junto a la raíz del olivo, lejos del camino, por temor a que algún transeúnte viniera y los robara antes de que Ulises despertase; y luego hicieron cuanto pudieron por regresar a casa.

Mas Neptuno no olvidó las amenazas con que ya había amenazado a Ulises, así que tomó consejo con Júpiter. «Padre Júpiter —dijo—, ya no seré tenido en ninguna clase de respeto entre vosotros, los dioses, si mortales como los feacios, que son de mi propia sangre, muestran tan poco miramiento hacia mí. Dije que dejaría a Ulises llegar a casa cuando hubiera sufrido lo suficiente. No dije que no debiera llegar jamás a casa, pues sabía que ya habíais asentido con la cabeza y prometido que así sería; mas ahora le han traído en una nave profundamente dormido y le han desembarcado en Itaca tras cargarle con presentes más magníficos de bronce, oro y vestiduras de los que jamás habría traído de Troya, si hubiera tenido su parte del botín y llegado a casa sin desventura.»

Y Júpiter respondió: «¿Qué, oh Señor del Terremoto, es lo que estás diciendo? Los dioses no carecen en modo alguno de respeto hacia ti. Sería monstruoso que insultaran a uno tan viejo y honrado como tú. Por lo que toca a los mortales, empero, si alguno de ellos está obrando con insolencia y tratándote con falta de respeto, siempre queda a tu arbitrio el tratarle como te parezca oportuno; haz, pues, lo que desees.»

«Lo habría hecho al instante —respondió Neptuno—, si no temiera evitar todo cuanto pudiera desagradarte; ahora, por tanto, querría hundir la nave feacia cuando vuelve de su escolta. Esto les hará dejar de escoltar a la gente en lo sucesivo; y querría también sepultar su ciudad bajo una enorme montaña.»

«Mi buen amigo —respondió Júpiter—, te recomiendo que, en el mismo momento en que la gente de la ciudad esté mirando la nave en su camino, la conviertas en una roca cerca de la tierra y con aspecto de nave. Esto asombrará a todos, y podrás entonces sepultar su ciudad bajo la montaña.»

Cuando Neptuno, el que abraza la tierra, oyó esto, fue a Esqueria, donde viven los feacios, y allí se quedó hasta que la nave, que avanzaba velozmente, se hubo acercado. Entonces subió a ella, la convirtió en piedra y la hundió con el plano de su mano de modo que echara raíces en el suelo. Tras esto se marchó.

Los feacios comenzaron entonces a hablar entre sí, y uno se volvía hacia su vecino diciendo: «¡Válgame el cielo!, ¿quién puede haber hecho arraigar la nave en el mar justo cuando iba a entrar en puerto? Hace un momento podíamos verla entera.»

Así hablaban, mas nada sabían de ello; y Alcínoo dijo: «Recuerdo ahora la vieja profecía de mi padre. Dijo que Neptuno se enfurecería con nosotros por llevar a todos tan seguros a través del mar, y que un día hundiría una nave feacia cuando volviera de una escolta, y sepultaría nuestra ciudad bajo una alta montaña. Esto era lo que solía decir mi anciano padre, y ahora todo se está cumpliendo. Ahora, pues, hagamos todos lo que yo diga: en primer lugar, hemos de dejar de dar escolta a quienes vengan aquí; y a continuación, sacrifiquemos doce toros escogidos a Neptuno, para que tenga misericordia de nosotros y no sepulte nuestra ciudad bajo la alta montaña.» Cuando el pueblo oyó esto, temió y aprestó los toros.

Así rezaron los jefes y los varones principales de los feacios al rey Neptuno, en pie en torno a su altar; y al mismo tiempo Ulises despertó de nuevo en su propia tierra. Había estado tanto tiempo fuera que ya no la reconocía; además, la hija de Júpiter, Minerva, había hecho de aquel día un día brumoso, para que nadie supiera que él había llegado, y para poder contarle ella todo sin que ni su mujer ni sus conciudadanos y amigos le reconocieran hasta que se hubiera tomado la venganza de los perversos pretendientes. Todo, pues, le pareció muy distinto —los largos y rectos senderos, los puertos, los precipicios y los buenos árboles, todo le pareció cambiado al incorporarse y mirar su tierra nativa. Así, se golpeó los muslos con el plano de las manos y gritó con desesperación.

«¡Ay! —exclamó—, ¿entre qué clase de gente he venido a caer? ¿Son salvajes e incivilizados, o hospitalarios y humanos? ¿Dónde pondré todos estos tesoros, y por dónde he de ir? Quiera el cielo haberme quedado allí con los feacios; o haber ido a algún otro gran jefe que hubiera sido bueno conmigo y me hubiera dado escolta. Así las cosas, no sé dónde poner mis tesoros, y no puedo dejarlos aquí por temor a que alguien eche mano de ellos. En verdad, los jefes y los varones principales de los feacios no han obrado conmigo con equidad, y me han dejado en el país equivocado; dijeron que me llevarían de vuelta a Itaca, y no lo han hecho: ¡quiera Júpiter, protector de los suplicantes, castigarlos, pues él vela por todos y castiga a los que obran mal! Con todo, supongo que debo contar mis bienes y ver si la tripulación se ha llevado alguno.»

Contó sus hermosos cobres y calderos, su oro y todas sus ropas, mas nada faltaba; y, sin embargo, seguía apesadumbrado por no hallarse en su patria, y vagaba arriba y abajo por la orilla del mar resonante, lamentando su dura suerte. Entonces Minerva se le acercó disfrazada de joven pastor de porte delicado y principesco, con un buen manto doblado sobre los hombros; llevaba sandalias en sus pies agraciados y sostenía una jabalina en la mano. Ulises se alegró al verla, y fue derecho hacia ella.

«Amigo mío», dijo, «sois la primera persona con quien me encuentro en este país; por tanto, os saludo y os ruego que seáis bien dispuesto hacia mí. Proteged estos bienes míos y también a mí mismo, pues abrazo vuestras rodillas y os suplico como si fueseis un dios. Decidme, pues, y decidme con verdad, qué tierra y país es este. ¿Quiénes son sus habitantes? ¿Me hallo en una isla, o es esta la costa de algún continente?»

Minerva respondió: «Forastero, debéis de ser muy ingenuo, o debéis de haber venido de algún lugar muy lejano, para no saber qué país es este. Es un lugar muy celebrado, y todos lo conocen de Oriente a Occidente. Es escabroso y no es buen país para conducir carros, mas no es en absoluto mala isla, en lo que cabe. Produce trigo en abundancia y también vino, pues la riegan tanto la lluvia como el rocío; cría también ganado y cabras; toda clase de maderas crecen aquí, y hay fuentes donde el agua nunca se agota; así, señor, el nombre de Itaca es conocido hasta las mismas puertas de Troya, que, según entiendo, está muy lejos de este país aqueo.»

Ulises se alegró al hallarse, según Minerva le decía, en su propia patria, y comenzó a responder; pero no dijo la verdad, e inventó un relato mentiroso con la astucia instintiva de su corazón.

«Oí hablar de Itaca», dijo, «cuando me hallaba en Creta, allende los mares, y ahora parece que por fin la he alcanzado con todos estos tesoros. He dejado en casa otros tantos para mis hijos, pero huyo porque maté a Orsíloco, hijo de Idomeneo, el más veloz corredor de Creta. Lo maté porque pretendía robarme el botín que había ganado en Troya con tantos trabajos y peligros, tanto en el campo de batalla como entre las olas del mar fatigoso; decía que yo no había servido a su padre con lealtad en Troya como vasallo, sino que me había alzado como señor independiente; así que lo aceché con uno de mis compañeros junto al camino, y lo atravesé con la lanza cuando venía del campo a la ciudad. Era noche muy oscura y nadie nos vio; no se supo, pues, que yo lo había matado, pero así como lo hice, me fui a una nave y rogué a sus dueños, que eran fenicios, que me llevasen a bordo y me dejasen en Pilos o en Élide, donde reinan los epeos, dándoles tanto botín como los contentase. No obraron con engaño, pero el viento los desvió de su rumbo, y navegamos hasta que llegamos aquí de noche. Hicimos lo que pudimos por entrar dentro del puerto, y ninguno de nosotros dijo palabra sobre la cena, aunque la deseábamos mucho; todos saltamos a tierra y nos echamos a dormir tal como estábamos. Yo estaba muy cansado y me dormí al instante; así que ellos sacaron mis bienes del navío y los dejaron junto a mí, donde yacía sobre la arena. Luego se hicieron a la vela hacia Sidón, y yo quedé aquí en gran aflicción de ánimo.»

Tal fue su relato, mas Minerva sonrió y lo acarició con su mano. Luego tomó la forma de una mujer, hermosa, gallarda y sabia: «Debe de ser en verdad un hombre astuto y mentiroso», dijo, «quien pudiera superarte en toda clase de ardides, aun teniendo un dios por adversario. Diablo atrevido, lleno de engaños, infatigable en el fraude, ¿no puedes dejar tus trucos y tu mentira instintiva, aun ahora que estás de nuevo en tu propia patria? No hablemos más, sin embargo, de esto, pues ambos sabemos engañar cuando se tercia: tú eres el más consumado consejero y orador entre todos los mortales, mientras que yo, en diplomacia y sutileza, no tengo igual entre los dioses. ¿No conocías a la hija de Júpiter, Minerva, a mí, que he estado siempre contigo, que velé por ti en todas tus cuitas, y que hice que los feacios te tomasen tanto cariño? Y ahora, de nuevo, he venido aquí para tratar las cosas contigo, y ayudarte a esconder el tesoro que hice que los feacios te diesen; quiero contarte las cuitas que te aguardan en tu propia casa; tienes que hacerles frente, pero no digas a nadie, ni hombre ni mujer, que has vuelto a casa. Aguanta todo y soporta la insolencia de cada uno sin decir palabra.»

Y Ulises respondió: «Un hombre, oh diosa, puede saber mucho, pero vosotras cambiáis tan a menudo de aspecto que, cuando os encuentra, le es muy difícil saber si sois vos o no. Esto, sin embargo, lo sé sobradamente: fuisteis muy bondadosa conmigo mientras los aqueos combatíamos ante Troya; pero desde el día en que subimos a las naves tras haber saqueado la ciudad de Príamo, y el cielo nos dispersó —desde aquel día, Minerva, no os vi más, y no puedo recordar que vinieseis a mi nave para ayudarme en alguna dificultad; tuve que andar errante, enfermo y afligido, hasta que los dioses me libraron del mal y alcancé la ciudad de los feacios, donde me alentasteis y me llevasteis a la ciudad. Y ahora, os suplico por el nombre de vuestro padre, decidme la verdad, pues no creo estar realmente de vuelta en Itaca. Me hallo en otro país y os estáis burlando de mí y engañándome con todo cuanto me habéis dicho. Decidme, pues, con verdad: ¿he vuelto de veras a mi patria?»

«Siempre se te ocurre algo de ese jaez», repuso Minerva, «y por eso no puedo abandonarte en tus aflicciones; eres tan verosímil, astuto y ladino. Cualquiera otro, al volver de tan largo viaje, habría ido corriendo a casa para ver a su esposa y a sus hijos; pero tú no pareces tener prisa por preguntar por ellos ni por oír noticias suyas, hasta haber explotado a tu mujer, que se queda en casa lamentándose en vano por ti, sin tener paz noche ni día, vertiendo lágrimas por tu causa. En cuanto a que no me acercase a ti, no estaba yo intranquila por ti, pues estaba cierta de que volverías a salvo, aunque perdieses a todos tus hombres, y no quería enemistarme con mi tío Neptuno, que nunca te perdonó el haber dejado ciego a su hijo. Voy, con todo, a señalarte la disposición de la tierra, y quizá entonces me creas. Este es el puerto del viejo hombre de mar Forcis, y aquí está el olivo que crece a su entrada; [cerca está la cueva sagrada a las Náyades; aquí también está la caverna sombría en la que tú has ofrecido no pocas hecatombes aceptables a las ninfas, y este es el monte selvoso Neritón].

Mientras hablaba, la diosa disipó la niebla y la tierra apareció. Entonces Ulises se regocijó de hallarse de nuevo en su propia tierra, y besó la feraz tierra; alzó las manos y oró a las ninfas, diciendo: «Náyades, hijas de Júpiter, yo estaba seguro de no volver a veros jamás; ahora, pues, os saludo con todo amoroso saludo, y os ofreceré sacrificios como en los días antiguos, si la redoutable hija de Júpiter me concede la vida y lleva a mi hijo hasta la edad viril.»

«Ten ánimo y no te preocupes por eso», repuso Minerva; «mejor será que pensemos en guardar al punto tus cosas en la cueva, donde estarán bien seguras. Veamos cómo lo hacemos del mejor modo.»

Dicho esto, bajó a la cueva en busca de los escondrijos más seguros, mientras Ulises subía todo el tesoro de oro, bronce y buenos vestidos que los feacios le habían dado. Lo guardaron todo con cuidado, y Minerva puso una gran piedra contra la puerta de la cueva. Luego los dos se sentaron al pie del gran olivo, y consultaron cómo tramar la destrucción de los perversos pretendientes.

«Ulises», dijo Minerva, «noble hijo de Laertes, piensa cómo podrás echar mano a esos deshonrados que han señoreado en tu casa estos tres años, cortejando a tu esposa y haciendo regalos de bodas a ella, mientras ella no hace sino llorar tu ausencia, dando esperanza y enviando mensajes alentadores a cada uno de ellos, pero pensando lo contrario de cuanto dice.»

Y Ulises respondió: «En verdad, diosa, parece que yo habría venido a dar en el mismo mal fin que Agamenón en mi propia casa, si tú no me hubieras dado tan oportunas noticias. Aconsejame cómo vengarme mejor. Ponte a mi lado y ponme valor en el corazón, como aquel día en que desanudamos la hermosa diadema de la frente de Troya. Ayúdame ahora como entonces, y pelearé contra trescientos hombres, si tú, diosa, estás conmigo.»

«Cuenta conmigo para eso», dijo ella; «no te perderé de vista una vez que lo emprendamos, y pienso que algunos de esos que devoran tu hacienda salpicarán entonces el pavimento con su sangre y sus sesos. Empezaré por disfrazarte de modo que ningún ser humano te conozca; cubriré tu cuerpo de arrugas; perderás todos tus rubios cabellos; te vestiré con un ropaje que llenará de hastío a cuantos lo vean; te empañaré tus hermosos ojos, y haré de ti un objeto repulsivo a la vista de los pretendientes, de tu esposa y del hijo que dejaste atrás. Luego vete al punto al porquero que cuida de tus puercos; siempre te ha tenido buena voluntad y está entregado a Penélope y a tu hijo; lo hallarás apacentando sus puercos cerca de la roca llamada Cuervo, junto a la fuente Aretusa, donde se ceban con hayucos y agua de manantial, a su manera. Quédate con él y entérate de cómo van las cosas, mientras yo parto a Esparta a ver a tu hijo, que está con Menelao en Lacedemonia, adonde ha ido para intentar saber si aún vives.»

«Pero ¿por qué», dijo Ulises, «no se lo dijiste, ya que lo sabías todo? ¿Querías que él también anduviese navegando entre mil penalidades, mientras otros se comen sus bienes?»

Minerva respondió: «No te preocupes por él; lo envié para que se hablase bien de él por haber ido. No pasa ninguna suerte de apuros, sino que se está muy cómodamente con Menelao, rodeado de toda clase de abundancia. Los pretendientes han salido al mar y están al acecho de él, pues piensan matarlo antes de que pueda llegar a casa. No creo mucho que lo consigan; antes bien, pienso que algunos de los que ahora devoran tu hacienda hallarán primero su tumba.»

Mientras hablaba, Minerva lo tocó con su vara y lo cubrió de arrugas, le quitó todos sus rubios cabellos, y marchitó la carne de todo su cuerpo; le empañó los ojos, que eran de suyo muy hermosos; le mudó los vestidos y le echó encima un andrajo miserable, y una túnica, andrajosa, sucia y tiznada de humo; le dio también una piel de ciervo sin curtir como ropaje exterior, y le proveyó de un bastón y una alforja toda agujeros, con un cordón trenzado para echársela al hombro.

Una vez trazados así sus planes, se separaron, y la diosa marchó derecho a Lacedemonia en busca de Telémaco.

LIBRO XIV

ULISES EN LA CHOZA CON EUMEO.

Ulises dejó el puerto y tomó el áspero sendero por el país arbolado y sobre la cresta del monte, hasta llegar al lugar donde Minerva le había dicho que hallaría al porquero, que era el más hacendoso de sus siervos. Lo halló sentado delante de su choza, que estaba junto a los corrales que había construido en un sitio visible desde lejos. Los había hecho espaciosos y hermosos a la vista, con libre corrida para los puercos alrededor; los había construido durante la ausencia de su amo, con piedras que había recogido del suelo, sin decir nada a Penélope ni a Laertes, y los había cercado por arriba con zarzas. Fuera del corral había tendido una cerca resistente de estacas de roble, hendidas y colocadas bien juntas, mientras que dentro había construido doce pocilgas unas junto a otras para que en ellas durmiesen las cerdas. En cada pocilga se revolcaban cincuenta puercos, todos cerdas de cría; pero los verracos dormían fuera y eran mucho menos en número, pues los pretendientes no cesaban de comerlos, y el porquero tenía que enviarles sin parar lo mejor que tenía. Había trescientos sesenta cochinos, y los cuatro perros del porquero, fieros como lobos, dormían siempre con ellos. El porquero estaba en aquel momento recortando un par de sandalias de un cuero de buey recio y bueno. Tres de sus hombres andaban fuera apacentando los puercos por acá o por allá, y había enviado al cuarto a la ciudad con un verraco que se había visto obligado a enviar a los pretendientes, para que lo sacrificasen y se hartasen de carne.

Cuando los perros vieron a Ulises, se pusieron a ladrar furiosamente y se le echaron encima, pero Ulises tuvo la astucia de sentarse y soltar el bastón que llevaba en la mano; con todo, lo hubieran hecho pedazos en su propia hacienda, a no ser que el porquero hubiera soltado el cuero del buey, atravesado a toda prisa la puerta del corral y ahuyentado a los perros a gritos y a pedradas. Luego dijo a Ulises: «Viejo, los perros bien podían haberte despachado en un santiamén, y entonces me habrías metido en un lío. Los dioses ya me han dado hartas preocupaciones sin esa, pues he perdido al mejor de los amos, y estoy en continuo duelo por su causa. Tengo que apacentar puercos para que otros se los coman, mientras él, si aún vive para ver la luz del día, está pasando hambre en alguna tierra remota. Pero entra, y cuando hayas comido hasta hartarte de pan y vino, dime de dónde vienes y cuéntame todas tus cuitas.»

Entonces el porquero lo llevó adentro de la choza y le rogó que se sentase. Esparció por el suelo un buen lecho espeso de juncos, y encima echó la peluda piel de gamo —una muy grande y gruesa— sobre la cual solía dormir él por las noches. Ulises se alegró de verse así acogido, y dijo: «Que Júpiter, señor, y los demás dioses os concedan el deseo de vuestro corazón, en pago de la amable manera con que me habéis recibido.»

A esto respondisteis, oh porquero Eumeo: «Forastero, aunque un hombre aún más pobre llegase aquí, no estaría bien que yo lo agraviase, pues todos los forasteros y mendigos vienen de Júpiter. Debéis tomar lo que os den y dar gracias, pues los siervos viven con miedo cuando tienen por amos a jóvenes señores; y esta es mi desdicha ahora, pues el cielo ha impedido el regreso de aquel que habría sido siempre bueno conmigo y me habría dado algo mío —una casa, un trozo de tierra, una hermosa esposa, y todo lo demás que un señor generoso concede a un siervo que ha trabajado mucho para él, y cuya labor los dioses han prosperado como han prosperado la mía en el puesto que ocupo. Si mi amo hubiera envejecido aquí, habría hecho grandes cosas por mí; pero se ha ido, y querría que toda la raza de Helena quedase del todo destruida, pues ella ha sido la muerte de muchos hombres de pro. Fue este asunto el que llevó a mi amo a Ilión, la tierra de los nobles corceles, a luchar contra los troyanos en defensa del rey Agamenón.»

Mientras hablaba, se ciñó el ceñidor y se fue a las pocilgas donde estaban encerrados los jóvenes lechones. Escogió dos, que se llevó consigo y sacrificó; los chamuscó, los cortó y los ensartó; cuando la carne estuvo cocida, la trajo toda y la puso delante de Ulises, caliente aún y en el asador, y Ulises la espolvoreó con blanca harina de cebada. Entonces el porquero mezcló vino en un cuenco de madera de hiedra, y tomando asiento frente a Ulises le dijo que se sirviese.

«Ataca, forastero», dijo, «con un plato de cerdo de siervo. Los cebados tienen que ir a los pretendientes, que se los comen sin vergüenza ni escrúpulo; pero los dioses bienaventurados no aman tales deshonras, y respetan a los que obran con arreglo a ley y a derecho. Aun los fieros bandoleros que van a saquear la tierra de otros, y Júpiter les da su botín, hasta esos, cuando han llenado sus naves y han vuelto a casa, viven con cargo de conciencia y aguardan con miedo el juicio; pero algún dios parece haber dicho a esta gente que Ulises ha muerto; no quieren, pues, volver a sus casas y hacer sus ofrecimientos de matrimonio como es costumbre, sino que devastan su hacienda por la fuerza, sin temor ni mesura. No hay día ni noche que salga del cielo sin que sacrifiquen no una víctima ni dos tan sólo, y gastan sin tasa su vino, pues él era riquísimo. No hay otro gran hombre, ni en Itaca ni en tierra firme, tan rico como lo era él; tenía tanto como veinte hombres juntos. Voy a deciros lo que tenía. Hay doce rebaños de ganado en tierra firme, y otras tantas manadas de ovejas; también hay doce piaras de cerdos, mientras que sus propios hombres y jornaleros forasteros apacientan doce rebaños de cabras que se extienden a lo ancho. Aquí en Itaca, en el extremo de la isla, tiene aún grandes rebaños de cabras, y están al cuidado de excelentes cabreros. Cada uno de ellos envía a diario a los pretendientes el mejor cabrón del rebaño. En cuanto a mí, cuido de los puercos que veis aquí, y tengo que estar escogiendo los mejores y enviárselos.»

Tal fue su relato, pero Ulises siguió comiendo y bebiendo con voracidad, sin decir palabra, rumiando su venganza. Cuando hubo comido bastante y quedó satisfecho, el porquero tomó el cuenco del que solía beber él, lo llenó de vino y se lo dio a Ulises; este se alegró, y dijo al tomarlo en las manos: «Amigo mío, ¿quién fue ese amo vuestro que os compró y pagó por vos, tan rico y poderoso como me decís? Decís que pereció en defensa del rey Agamenón; decidme quién era, por si acaso he topado con tal persona. Júpiter y los otros dioses lo saben, mas quizá yo pueda daros noticias de él, pues he viajado mucho.»

Respondió Eumeo: «Viejo, ningún viajero que llegue aquí con noticias logrará que la esposa y el hijo de Ulises crean su relato. Con todo, no paran de acudir vagabundos sin hogar con la boca llena de mentiras y ni una palabra de verdad; todo aquel que llega a Itaca se presenta ante mi señora y le cuenta embustes; ella entonces los acoge, los mima y les hace todo género de preguntas, llorando sin parar, como es natural en las mujeres cuando han perdido a sus maridos. Y tú también, viejo, por una camisa y un manto sin duda te inventarías una historia muy bonita. Pero hace ya tiempo que los lobos y las aves de rapiña descuartizaron a Ulises, o que los peces del mar se lo comieron, y sus huesos yacen enterrados hondamente en la arena de alguna orilla extranjera; ha muerto y se ha ido, y es una negra desdicha para todos sus amigos —especialmente para mí—; vaya yo a donde vaya, no hallaré amo tan bueno, ni aun cuando volviera a casa de mi madre y mi padre, donde me crié y nací. No es que ahora me importen menos mis padres, aunque daría cualquier cosa por volver a verlos en mi propia tierra; lo que más me apena es la pérdida de Ulises; no puedo hablar de él sin reverencia, aunque ya no esté aquí, pues me tenía mucho cariño y me cuidaba de tal modo que, dondequiera que esté, honraré siempre su memoria.»

—Amigo mío —respondió Ulises—, sois muy positivo y muy duro de creer respecto al regreso de vuestro amo; con todo, no me contentaré con decirlo, sino que juraré que viene. No me deis nada por mis noticias hasta que efectivamente haya llegado; entonces podréis darme una camisa y un manto de buen uso, si queréis. Bien falta me hace, pero no aceptaré nada hasta entonces, pues aborrezco a un hombre —lo aborrezco como al fuego del infierno— que se deje tentar por la pobreza hasta el punto de mentir. Juro por el rey Júpiter, por los ritos de la hospitalidad y por ese hogar de Ulises al que ahora he llegado, que todo acontecerá sin falta como he dicho. Ulises volverá en este mismo año; con el fin de esta luna y el comienzo de la siguiente estará aquí para tomar venganza de todos los que maltratan a su esposa y a su hijo.

A esto respondiste, oh porquero Eumeo: «Viejo, ni recibirás paga por traer buenas noticias, ni Ulises volverá jamás a casa; bebe tu vino en paz y hablemos de otra cosa. No sigas recordándome todo esto; siempre me duele cuando alguien habla de mi honrado amo. En cuanto a vuestro juramento, lo dejaremos estar; mas yo solo deseo que vuelva, como lo desean Penélope, su anciano padre Laertes y su hijo Telémaco. También estoy terriblemente afligido por ese mismo hijo suyo; estaba creciendo deprisa hacia la virilidad y prometía no ser hombre peor, ni en rostro ni en figura, que su padre; pero alguien, ya sea dios u hombre, le ha perturbado el ánimo, de modo que se ha marchado a Pilos para procurar noticias de su padre, y los pretendientes le están tendiendo una emboscada cuando regrese, con la esperanza de dejar la casa de Arcesio sin nombre en Itaca. Pero no hablemos más de él y dejémosle librado a su suerte, para que sea atrapado o escape, si el hijo de Saturno tiende su mano sobre él para protegerle. Y ahora, viejo, cuéntame tu propia historia; dime también, pues quiero saberlo, quién eres y de dónde vienes. Háblame de tu ciudad y de tus padres, qué clase de nave te trajo, cómo la tripulación te condujo a Itaca y de qué país decían venir —porque no has podido venir por tierra.»

Y Ulises respondió: «Te lo contaré todo. Si hubiera carne y vino en abundancia, y pudiéramos quedarnos aquí en la cabaña sin más ocupación que comer y beber mientras los demás van a sus faenas, fácilmente podría seguir hablando un año entero sin acabar la historia de las desdichas con que ha placido al cielo visitarme.

»Soy cretense de nacimiento; mi padre era un hombre acomodado, que tuvo muchos hijos nacidos en matrimonio, mientras que yo era hijo de una esclava que él había comprado como concubina; sin embargo, mi padre Cástor, hijo de Hilax —de cuyo linaje me reclamo y que era tenido en la mayor honra entre los cretenses por su riqueza, prosperidad y el valor de sus hijos— me puso al mismo nivel que mis hermanos nacidos en legítimo matrimonio. Pero cuando la muerte se lo llevó a la casa de Hades, sus hijos dividieron su hacienda y echaron suertes para sus partes, y a mí me dieron un feudo y poco más; con todo, mi valor me permitió casarme con una familia rica, pues no me jactaba ni me achicaba en el campo de batalla. Ya todo eso pasó; no obstante, si miras la paja, puedes ver cómo era la espiga, pues he tenido disgustos de sobra. Marte y Minerva me hicieron aguerrido en la guerra; cuando escogía a mis hombres para sorprender al enemigo con una emboscada, no le daba al morir más que un pensamiento, sino que era el primero en saltar adelante y spear a cuantos podía alcanzar. Tal era yo en la batalla, pero no me interesaban las faenas del campo ni la vida hogareña y frugal de quienes crían hijos. Mi deleite estaba en las naves, los combates, las jabalinas y las flechas —cosas que a la mayoría de los hombres les hacen estremecerse al pensarlas—; pero a uno le gusta una cosa y a otro otra, y aquello era a lo que yo me sentía más naturalmente inclinado. Antes de que los aqueos marcharan a Troya, nueve veces estuve al mando de hombres y naves en expediciones foráneas, y acumulé muchas riquezas. Escogí mi parte del botín en un primer momento, y mucho más me fue asignado después.

»Mi casa creció deprisa y me volví un gran hombre entre los cretenses, pero cuando Júpiter aconsejó aquella terrible expedición, en la que tantos perecieron, el pueblo nos requirió a mí y a Idomeneo para que condujéramos sus naves a Troya, y no había modo de zafarse, pues insistían en que lo hiciéramos. Allí combatimos nueve años enteros, pero en el décimo saqueamos la ciudad de Príamo y volvimos a navegar a casa, según nos dispersó el cielo. Entonces fue cuando Júpiter urdió el mal contra mí. Pasé apenas un mes feliz con mis hijos, mi esposa y mis bienes, y entonces concebí la idea de hacer una incursión en Egipto, así que pertreché una buena flota y la tripulé. Tenía nueve naves, y la gente acudió en tropel a llenarlas. Durante seis días mis hombres y yo celebramos un festín, y les procuré muchas víctimas tanto para el sacrificio a los dioses como para ellos mismos; pero al séptimo día nos embarcamos y zarpamos de Creta con un viento favorable del Norte a popa, aunque bajábamos por un río. Nada fue mal para ninguna de nuestras naves, y no hubo enfermedad a bordo; nos quedamos sentados donde estábamos y dejamos que las naves fueran según el viento y los pilotos quisieran. Al quinto día alcanzamos el río Aegyptus; allí dispuse mis naves en el río, mandando a mis hombres que se quedaran junto a ellas y las guardaran, mientras yo envié exploradores a reconocer desde todos los puntos ventajosos.

»Pero los hombres desobedecieron mis órdenes, se entregaron a sus propios caprichos y devastaron la tierra de los egipcios, matando a los hombres y tomando cautivas a sus mujeres e hijos. La alarma se llevó pronto a la ciudad, y al oír el grito de guerra, el pueblo salió al alba hasta llenar la llanura de jinetes y soldados de a pie y con el resplandor de las armas. Entonces Júpiter sembró el pánico entre mis hombres, y ya no quisieron hacer frente al enemigo, pues se encontraron rodeados. Los egipcios mataron a muchos de nosotros y tomaron vivos a los demás para obligarlos a trabajos forzados. Júpiter, sin embargo, me inspiró hacer lo siguiente —y ojalá hubiera muerto allí mismo en Egipto, pues grandes pesares me aguardaban aún—: me quité el casco y el escudo y solté la lanza de mi mano; entonces fui derecho hasta el carro del rey, abracé sus rodillas y las besé; con lo cual él me perdonó la vida, mandó que subiera a su carro y me llevó llorando a su propia casa. Muchos arremetieron contra mí con sus spears de fresno y trataron de matarme en su furor, pero el rey me protegió, pues temía la cólera de Júpiter, protector de los forasteros, que castiga a quienes obran mal.

»Permanecí allí siete años y reuní mucho dinero entre los egipcios, pues todos me daban algo; pero cuando ya se iba por el octavo año, llegó un cierto fenicio, un bribón astuto que ya había cometido toda suerte de bellaquerías, y este hombre me persuadió para que fuera con él a Fenicia, donde estaba su casa y su hacienda. Me quedé allí un año entero, pero al cabo de ese tiempo, cuando los meses y los días pasaron hasta que volvió la misma estación, me embarcó en una nave que iba para Libia, con el pretexto de que iba a llevar conmigo un cargamento hasta aquel lugar, pero en realidad para venderme como esclavo y quedarse con el dinero que yo rindiera. Sospeché su intención, pero me embarqué con él, pues no podía hacer otra cosa.

»La nave corrió ante un viento fresco del Norte hasta alcanzar el mar que se extiende entre Creta y Libia; allí, sin embargo, Júpiter decidió su destrucción, pues apenas nos habíamos alejado de Creta y no se veía más que mar y cielo, cuando levantó un nubarrón negro sobre nuestra nave y el mar se oscureció bajo él. Entonces Júpiter lanzó sus rayos y la nave dio vueltas y vueltas, llena de fuego y azufre al caer el rayo. Los hombres cayeron todos al mar; iban a la deriva en el agua alrededor de la nave, pareciendo gaviotas, mas el dios al punto les privó de toda posibilidad de volver a casa. Yo estaba lleno de espanto. Júpiter, sin embargo, puso el mástil de la nave a mi alcance, lo que me salvó la vida, pues me así a él y derivé ante la furia del temporal. Nueve días fui a la deriva, pero en la oscuridad de la décima noche una gran ola me llevó a la costa de Tesprotia. Allí Fideón, rey de los tesprotios, me hospedó generosamente sin cobrarme nada en absoluto —pues su hijo me encontró cuando estaba casi muerto de frío y de fatiga, y entonces me alzó con su mano, me llevó a casa de su padre y me dio ropa para vestirme.

»Allí oí noticias de Ulises, pues el rey me contó que lo había hospedado y le había dispensado muchas atenciones mientras este hacía su viaje de regreso. Me mostró también el tesoro de oro y de hierro labrado que Ulises había reunido. Había suficiente para mantener a su familia durante diez generaciones, tanto había dejado en casa del rey Fideón. Pero el rey dijo que Ulises había marchado a Dodona, para conocer la voluntad de Júpiter por la alta encina del dios, y saber si, tras tan larga ausencia, debía volver a Itaca abiertamente o en secreto. Es más, el rey juró en mi presencia, haciendo ofrendas de vino en su propia casa al hacerlo, que la nave estaba ya junto al agua y la tripulación encontrada, dispuesta a llevarlo a su propia tierra. Sin embargo, él me envió de allí antes de que Ulises regresara, pues ocurrió que había una nave tesprotia que zarpaba hacia la isla trigüera de Duliquio, y encargó a los que estaban a cargo de ella que me llevaran sin falta a salvo ante el rey Acasto.

»Aquellos hombres tramaron contra mí una conspiración que me habría reducido al último extremo de la miseria, pues cuando la nave se hubo alejado un trecho de la tierra resolvieron venderme como esclavo. Me despojaron de la camisa y el manto que llevaba y me dieron, en su lugar, los harapos viejos y rotosos con que ahora me veis; luego, al caer la noche, alcanzaron las tierras cultivadas de Itaca, y allí me ataron con una cuerda fuerte dentro de la nave, mientras ellos iban a tierra a cenar junto a la orilla del mar. Pero los dioses pronto me desataron las ligaduras, y tras echarme los harapos por encima de la cabeza, me deslicé por el timón al mar, donde braceé y nadé hasta estar bien lejos de ellos, y salí a tierra cerca de un espeso bosque en el que me oculté. Ellos se enfurecieron mucho de que hubiera escapado y se pusieron a buscarme, hasta que al fin pensaron que no servía de nada y volvieron a su nave. Los dioses, tras haberme ocultado así con tanta facilidad, me llevaron entonces a la puerta de un hombre bueno —pues parece que no he de morir todavía por un tiempo.»

A esto respondiste, oh porquero Eumeo: «Pobre e infeliz forastero, me ha parecido extremamente interesante el relato de tus desventuras, pero esa parte sobre Ulises no es cierta, y nunca lograrás que me lo crea. ¿Por qué había de andar un hombre como tú contando mentiras de ese modo? Yo sé muy bien cuál fue el regreso de mi amo. Todos y cada uno de los dioses lo detestan, o lo habrían matado ante Troya, o lo habrían dejado morir rodeado de amigos cuando terminaron sus días de combate; pues entonces los aqueos habrían alzado un túmulo sobre sus cenizas y su hijo habría heredado su renombre; mas ahora los vientos de la tempestad se lo han arrebatado, sin que sepamos adónde.

»En cuanto a mí, vivo aquí apartado, con los cerdos, y nunca voy a la ciudad, salvo cuando Penélope me envía a llamar al llegar alguna noticia sobre Ulises. Entonces se sientan todos en corro y hacen preguntas, tanto los que se afligen por la ausencia del rey como los que se alegran de ella, porque pueden comerse sus bienes sin pagarlos. Por mi parte, nunca más me interesó preguntar a nadie desde la vez en que me engañó un etolio, que había matado a un hombre y había recorrido un largo camino hasta que al fin llegó a mi majada, y yo fui muy bueno con él. Dijo que había visto a Ulises con Idomeneo entre los cretenses, reparando sus naves, dañadas por un temporal. Dijo que Ulises volvería el verano o el otoño siguiente con sus hombres, y que traería consigo muchas riquezas. Y ahora tú, desdichado viejo, ya que el hado te ha traído a mi puerta, no intentes adularme de ese modo con vanas esperanzas. No es por tal razón por la que te trataré con bondad, sino solo por respeto a Júpiter, dios de la hospitalidad, por temor a él y por compasión de ti.»

Respondió Ulises: «Veo que sois de condición descreída; os he dado mi juramento, y sin embargo no queréis creerme; hagamos, pues, un pacto y tomemos por testigos a todos los dioses del cielo. Si vuestro amo vuelve a casa, dadme un manto y una camisa de buen uso y enviadme a Duliquio, adonde quiero ir; pero si no vuelve como yo digo, echad encima a vuestros hombres, decidles que me arrojen desde aquel precipicio, como escarmiento para que los vagabundos no anden por el país contando mentiras.»

—Y buen papel haría yo entonces —replicó Eumeo—, ahora y en adelante, si te matara después de haberte acogido en mi cabaña y haberte dispensado hospitalidad. Tendría que rezar mis plegarias con toda el alma si lo hiciera; pero ya es hora de cenar y espero que mis hombres vengan en seguida, para que guisemos algo sabroso para la cena.

Así conversaban, y al punto llegaron los porqueros con los cerdos, que a la sazón fueron encerrados por la noche en sus pocilgas, y un enorme gruñido armaron al meterlos. Pero Eumeo llamó a sus hombres y dijo: «Traed el mejor puerco que tengáis, para que lo sacrifique en honor de este forastero, y nosotros llevaremos también nuestra parte. Ya hemos tenido bastantes trabajos todo este tiempo alimentando cerdos, mientras otros cosechan el fruto de nuestro esfuerzo.»

Dicho esto, comenzó a cortar leña, mientras los otros traían un hermoso y cebado puerco de cinco años y lo pusieron junto al altar. Eumeo no se olvidó de los dioses, pues era hombre de buenos principios; así, lo primero que hizo fue cortar cerdas del hocico del puerco y arrojarlas al fuego, rogando a todos los dioses al hacerlo que Ulises volviera a casa. Luego le dio un golpe al puerco con un tarugo de roble que había reservado cuando cortaba la leña, y lo aturdió, mientras los demás lo degollaban y lo chamuscaban. Después lo cortaron en trozos, y Eumeo comenzó poniendo pedazos crudos de cada articulación sobre un poco de grasa; los espolvoreó con harina de cebada y los puso sobre las brasas; picaron el resto de la carne en trozos menudos, los ensartaron en los asadores y los asaron hasta que estuvieron hechos; cuando los retiraron de los asadores los echaron sobre la tabla en un montón. El porquero, que era un hombre muy equitativo, se levantó entonces para repartir a cada uno su porción. Hizo siete partes; una de ellas la reservó para Mercurio, hijo de Maya y de las ninfas, rogándoles al hacerlo; las demás las distribuyó entre los hombres, uno por uno. Le dio a Ulises unos tajos cortados a lo largo del lomo, en señal de especial honor, y Ulises se alegró mucho. «Espero, Eumeo —dijo—, que Júpiter se muestre tan bien dispuesto hacia ti como yo lo estoy, por el respeto que muestras a un desterrado como yo.»

A esto respondiste, oh porquero Eumeo: «Come, buen hombre, y goza de la cena, tal cual es. Dios concede esto y retiene aquello, según le parece justo, pues puede hacer cuanto quiera.»

Mientras hablaba, cortó el primer trozo y lo ofreció como holocausto a los dioses inmortales; luego les hizo una libación, puso la copa en manos de Ulises y se sentó ante su propia ración. Mesaulio les trajo el pan; el porquero había traído a este hombre por su cuenta entre los tafios durante la ausencia de su amo, y lo había pagado con su propio dinero sin decir nada ni a su señora ni a Laertes. Entonces echaron manos a las buenas cosas que tenían delante, y cuando hubieron comido y bebido lo suficiente, Mesaulio retiró lo que quedaba de pan, y todos se fueron a la cama tras una abundante cena.

Llegó entonces la noche, tormentosa y muy oscura, pues no había luna. Llovía sin cesar y soplaba un viento fuerte del Poniente, que es la parte de donde traen las lluvias. Ulises pensó en probar si Eumeo, a pesar del esmerado cuidado que de él tomaba, se quitaría su propio manto para dárselo, o si haría que alguno de sus hombres le diese uno. —Escuchadme —dijo—, Eumeo y todos los demás; después de haber hecho una plegaria voy a deciros algo. Es el vino el que me hace hablar de esta manera; el vino hace que hasta un hombre sensato se ponga a cantar; le hace reír y bailar y decir muchas palabras que más le valdría dejar sin decir; pero, una vez que he empezado, continuaré. ¡Ojalá fuese aún joven y fuerte como cuando preparamos una emboscada delante de Troya! Menelao y Ulises eran los jefes, pero yo también estaba al mando, pues los otros dos así lo quisieron. Cuando llegamos al muro de la ciudad nos agachamos bajo nuestras armaduras y nos echamos al resguardo de los juncos y la espesa maleza que crecía junto al pantano. Empezó a helar con un viento del Norte que soplaba; la nieve caía menuda y fina como escarcha, y nuestros escudos se cubrían de una gruesa capa de hielo. Los demás tenían todos mantos y túnicas, y dormían bastante cómodos con sus escudos sobre los hombros; pero yo había dejado sin cuidado mi manto atrás, sin pensar que fuese a pasar tanto frío, y había salido sólo con la túnica y el escudo. Cuando la noche iba ya por dos terceras partes y las estrellas habían cambiado de lugar, toqué con el codo a Ulises, que estaba cerca de mí, y él al punto me prestó oídos.

—«Ulises —le dije—, este frío va a ser mi muerte, pues no tengo manto; algún dios me engañó para que saliese sólo con la túnica, y no sé qué hacer.»

Ulises, que era tan astuto como valiente, ideó el siguiente plan:

—«Estáte quieto —dijo en voz baja—, o los demás te oirán.» Luego levantó la cabeza sobre el codo.

—«Amigos míos —dijo—, he tenido un sueño venido del cielo mientras dormía. Estamos lejos de las naves; quisiera que alguno bajase a decir a Agamenón que nos envíe más hombres al instante.»

Entonces Toas, hijo de Andremón, se quitó su manto y se puso a correr hacia las naves; yo tomé entonces el manto y me envolví en él cómodamente hasta la mañana. ¡Ojalá fuese aún joven y fuerte como en aquellos días, pues entonces alguno de vosotros, porqueros, me daría un manto por su buena voluntad y por el respeto debido a un valiente soldado; pero ahora la gente me mira con desprecio porque mis ropas son andrajosas.»

Eumeo respondió: —Viejo, nos has contado un excelente relato, y nada has dicho hasta ahora que no sea del todo satisfactorio; por ahora, pues, no te faltará ni ropa ni cualquier otra cosa que un forastero en apuros pueda razonablemente esperar, pero mañana por la mañana tendrás que sacudir de nuevo tus viejos andrajos sobre tu cuerpo, porque aquí arriba no tenemos muchos mantos ni túnicas de sobra, sino que cada hombre tiene uno solo. Cuando el hijo de Ulises vuelva a casa, te dará tanto manto como túnica, y te enviará adonde quieras ir.

Dicho esto se levantó y preparó un lecho para Ulises tirando en el suelo, delante del fuego, algunas pieles de cabra y de oveja. Allí se echó Ulises, y Eumeo le cubrió con un gran manto pesado que guardaba para mudarse en caso de mal tiempo extraordinariamente malo.

Así durmió Ulises, y los mozos durmieron junto a él. Pero al porquero no le gustaba dormir lejos de sus puercos, así que se aprestó a salir fuera, y Ulises se alegró de ver que cuidaba de su hacienda durante la ausencia de su amo. Primero se colgó la espada de los robustos hombros y se puso un manto grueso para resguardarse del viento. Tomó también la piel de una cabra grande y bien cebada, y una jabalina por si venía el ataque de hombres o de perros. Así equipado se fue a su descanso donde los puercos acampaban bajo una roca salediza que les servía de abrigo contra el viento del Norte.

LIBRO XV

MINERVA CONVOCA A TELEMACO A PARTIR DE LACEDEMÓN — ÉL SE ENCUENTRA CON TEOCLIMENO EN PILOS Y LO LLEVA A ÍTACA — AL DESEMBARCAR VA A LA CHOZA DE EUMEO.

Pero Minerva fue a la hermosa ciudad de Lacedemón para decirle al hijo de Ulises que debía volver al instante. Los encontró a él y a Pisístrato durmiendo en el patio de la casa de Menelao; Pisístrato dormía profundamente, pero Telémaco no podía descansar en toda la noche pensando en su infeliz padre; entonces Minerva se llegó muy cerca de él y le dijo:

—Telémaco, no debes permanecer tan lejos de casa por más tiempo, ni dejar tu hacienda con gente tan peligrosa en tu palacio; se comerá todo lo que tienes entre ellos, y habrás ido en viaje de necios. Pide a Menelao que te envíe a casa al instante si quieres encontrar todavía a tu excelente madre cuando regreses. Su padre y sus hermanos ya la están urgiendo a que se case con Eurímaco, que le ha ofrecido más que ninguno de los otros, y ha ido aumentando mucho sus presentes de boda. Espero que nada de valor haya sido sustraído de la casa a pesar tuyo, pero ya sabes cómo son las mujeres: siempre quieren hacer lo mejor que pueden por el hombre con quien se casan, y no vuelven a pensar en los hijos de su primer marido, ni tampoco en su padre cuando ha muerto y acabado. Vete, pues, a casa, y pon todo al cuidado de la sirvienta más respetable que tengas, hasta que plazca al cielo enviarte una esposa tuya. Déjame decirte también de otro asunto al que más te vale atender. Los principales entre los pretendientes están acechándote en el Estrecho entre Ítaca y Samos, y se proponen matarte antes de que puedas llegar a casa. No creo mucho que lo consigan; es más probable que alguno de los que ahora están devorando tu hacienda encuentre su propia tumba. Navega día y noche, y mantén tu nave bien apartada de las islas; el dios que vela por ti y te protege te enviará un viento favorable. Así que llegues a Ítaca, envía tu nave y tus hombres a la ciudad, pero tú ve derecho al porquero que cuida de tus puercos; él está bien dispuesto hacia ti; quédate, pues, con él la noche, y luego envíale junto con Penélope para decirle que has vuelto sano y salvo de Pilos.

Entonces ella se volvió al Olimpo; pero Telémaco aguijó con el talón a Pisístrato para despertarlo, y dijo: —Despierta, Pisístrato, y unce los caballos al carro, porque hemos de partir a casa.

Pero Pisístrato dijo: —Por mucha prisa que tengamos, no podemos conducir a oscuras. Será pronto de día; espera a que Menelao haya traído sus presentes y los haya puesto en el carro para nosotros; y que se despida de nosotros de la manera acostumbrada. Mientras viva, un huésped no debe olvidar nunca a un anfitrión que le ha mostrado bondad.

Mientras hablaba comenzaba a despuntar el día, y Menelao, que ya se había levantado, dejando a Helena en el lecho, vino hacia ellos. Cuando Telémaco lo vio se puso la túnica cuanto antes, echó un gran manto sobre sus hombros y salió a su encuentro. —Menelao —dijo—, déjame volver ya a mi propia tierra, porque quiero llegar a casa.

Menelao respondió: —Telémaco, si insistes en ir no voy a retenerte. No me gusta ver a un anfitrión ni demasiado encariñado de su huésped ni demasiado rudo con él. La moderación es lo mejor en todo, y no dejar marchar a un hombre cuando quiere hacerlo es tan malo como decirle que se vaya si quisiera quedarse. Hay que tratar bien al huésped mientras está en la casa y darle prisa cuando quiere dejarla. Espera, pues, a que pueda poner en tu carro tus hermosos presentes, y a que tú mismo los hayas visto. Diré a las mujeres que preparen una suficiente comida de lo que haya en la casa; será al mismo tiempo más correcto y más barato para ti tomar tu comida antes de partir para tan largo viaje. Si además te place hacer un recorrido por Hélade o por el Peloponeso, unciré mis caballos y te conduciré yo mismo por todas nuestras principales ciudades. Nadie nos despedirá con las manos vacías; cada cual nos dará algo: un trípode de bronce, un par de mulos, o una copa de oro.

—Menelao —replicó Telémaco—, quiero ir a casa al instante, porque cuando me fui dejé mi hacienda sin protección, y temo que, mientras busco a mi padre, vaya yo mismo a la ruina o encuentre que algo de valor ha sido robado durante mi ausencia.

Cuando Menelao oyó esto, mandó al punto a su esposa y a los sirvientes que preparasen una comida suficiente con lo que hubiera en la casa. En ese momento se les unió Eteoneo, pues vivía cerca y acababa de levantarse; así que Menelao le dijo que encendiese el fuego y asase alguna carne, lo que él hizo al instante. Entonces Menelao bajó a su fragante despensa, no solo, pues Helena fue también, con Megapentes. Cuando llegó al lugar donde se guardaban los tesoros de su casa, escogió una copa de doble vaso, y le dijo a su hijo Megapentes que trajese también una crátera de plata. Entretanto Helena fue al arca donde guardaba los hermosos vestidos que ella misma había hecho con sus manos, y sacó uno que era el mayor y el más ricamente bordado; brillaba como una estrella y estaba en el mismo fondo del arca. Luego volvieron todos por la casa hasta llegar adonde estaba Telémaco, y Menelao dijo: —Telémaco, ¡ojalá Jove, el poderoso esposo de Juno, te traiga sano y salvo a casa según tu deseo! Voy a hacerte ahora el más fino y preciado presente de metal que hay en toda mi casa. Es una crátera de plata pura, salvo el borde, que está incrustado de oro, y es obra de Vulcano. Fedimo, rey de los sidonios, me la regaló en el curso de una visita que le hice mientras regresaba a casa. Me gustaría dártela a ti.

Con estas palabras puso la copa de doble vaso en manos de Telémaco, mientras Megapentes traía la hermosa crátera y la ponía delante de él. Cerca estaba la bella Helena con el peplo listo en la mano.

—Yo también, hijo mío —dijo ella—, tengo algo para ti como recuerdo de mano de Helena; es para que tu esposa lo lleve el día de su boda. Hasta entonces, haz que tu querida madre te lo guarde; así podrás volver regocijado a tu propio país y a tu hogar.

Diciendo así le entregó el peplo, y él lo recibió con gusto. Entonces Pisístrato puso los presentes en el carro, y los iba admirando todos mientras lo hacía. Al momento Menelao llevó a Telémaco y a Pisístrato dentro de la casa, y ambos se sentaron a la mesa. Una criada trajo agua en una hermosa jarra de oro, y la vertió en una palangana de plata para que se lavaran las manos, y acercó a ellos una mesa limpia; un sirviente de más categoría les trajo pan y les ofreció muchas cosas buenas de lo que había en la casa. Eteoneo trincheró la carne y les dio a cada uno sus raciones, y Megapentes sirvió el vino. Entonces echaron manos a las buenas cosas que tenían delante; pero así que hubieron comido y bebido lo suficiente, Telémaco y Pisístrato uncen los caballos y ocupan sus puestos en el carro. Salieron por la puerta interior y bajo el resonante portal del patio exterior, y Menelao fue tras ellos con un vaso de oro lleno de vino en la mano derecha, para que hicieran una libación antes de partir. Se puso delante de los caballos y les brindó, diciendo: —A dios, a ambos; procurad contar a Néstor cómo os he tratado, pues él fue tan bueno conmigo como cualquier padre mientras los aqueos luchábamos delante de Troya.

—Por supuesto, señor —respondió Telémaco—, que le contaremos todo apenas le veamos. Quisiera estar tan seguro de encontrar a Ulises de vuelta cuando llegue a Ítaca, para poder contarle la grandísima bondad que me habéis mostrado y de los muchos hermosos presentes que llevo conmigo.

Mientras hablaba así, un ave voló a su mano derecha —un águila con un gran ganso blanco en sus garras, que había arrebatado del corral— y todos los hombres y mujeres corrían tras ella dando voces. Llegó muy cerca de ellos y voló hacia la derecha, delante de los caballos. Cuando lo vieron se alegraron, y sus corazones cobraron consuelo dentro de sí; entonces dijo Pisístrato: —Dime, Menelao, ¿ha enviado el cielo este presagio para nosotros o para ti?

Menelao estaba pensando cuál sería la respuesta más apropiada que dar, pero Helena se le anticipó y dijo: —Yo interpretaré este asunto según el cielo lo ha puesto en mi corazón, y como no dudo que acontecerá. El águila vino del monte donde fue criada y tiene su nido, y del mismo modo Ulises, tras haber viajado mucho y padecido mucho, volverá para tomar su venganza —si es que no está ya de vuelta y está tramando la perdición de los pretendientes.

—¡Así Jove lo conceda! —respondió Telémaco—, si llegase a ser así, os haría ofrendas como a un dios, aun cuando esté en casa.

Mientras hablaba así azotó a sus caballos, y ellos partieron a toda velocidad por la ciudad hacia el campo abierto. Balanceaban el yugo sobre sus cervices y viajaron todo el día largo hasta que se puso el sol y la oscuridad cubrió toda la tierra. Entonces llegaron a Feras, donde vivía Diocles, hijo de Ortiloco, hijo de Alfeo. Allí pasaron la noche y fueron tratados con hospitalidad. Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, uncen de nuevo los caballos y sus puestos en el carro. Salieron por la puerta interior y bajo el resonante portal del patio exterior. Entonces Pisístrato azotó a sus caballos, y ellos volaron adelante con mucho gusto; poco después llegaron a Pilos, y entonces dijo Telémaco:

—Pisístrato, confío en que me prometas hacer lo que voy a pedirte. Sabes que nuestros padres eran viejos amigos antes que nosotros; además, somos de la misma edad, y este viaje nos ha unido aún más; no me lleves, pues, más allá de mi nave, sino déjame allí, porque si voy a casa de tu padre, él intentará retenerme con el calor de su buena voluntad hacia mí, y yo he de volver a casa al instante.

Pisístrato pensó cómo hacer lo que se le pedía, y al final le pareció lo mejor volver sus caballos hacia la nave, y poner los hermosos presentes de oro y vestiduras que Menelao les había dado, en la popa del bajel. Luego dijo: —Embarcaos al punto y decid a los vuestros que hagan lo mismo antes de que yo pueda llegar a casa para contárselo a mi padre. Conozco lo obstinado que es, y estoy seguro de que no te dejará ir; bajará aquí a buscarte, y no se volverá sin ti. Pero se enfadará mucho.

Dicho esto condujo sus hermosos corceles de vuelta a la ciudad de los pilios y llegó pronto a su casa; pero Telémaco reunió a los hombres y dio sus órdenes. —Ahora, los míos —dijo—, poned todo en orden a bordo de la nave, y partamos a casa.

Así habló, y ellos embarcaron según él había dicho. Pero mientras Telémaco estaba así ocupado, orando también y sacrificando a Minerva en la popa de la nave, llegó hasta él un hombre de un país lejano, un adivino, que huía de Argos porque había matado a un hombre. Era descendiente de Melampo, el cual solía vivir en Pilos, tierra de ovejas; era rico y poseía una gran casa, pero fue empujado al exilio por el gran y poderoso rey Neleo. Neleo le arrebató sus bienes y los retuvo durante un año entero, durante el cual estuvo preso en la casa del rey Filaco, y con mucha angustia de ánimo, tanto por causa de la hija de Neleo como porque le acosaba un gran pesar que la terrible Erinia había descargado sobre él. Al fin, sin embargo, escapó con vida, llevó el ganado de Filace a Pilos, vengó el agravio que se le había hecho, y dio la hija de Neleo a su hermano. Luego dejó el país y fue a Argos, donde estaba decretado que reinase sobre mucha gente. Allí se casó, se estableció, y tuvo dos famosos hijos, Antífates y Mantio. Antífates fue padre de Oicleo, y Oicleo de Anfiarao, que fue querido tanto por Jove como por Apolo, pero no llegó a la vejez, pues fue muerto en Tebas por causa de los dones de una mujer. Sus hijos fueron Alcmeón y Anfíloco. Mantio, el otro hijo de Melampo, fue padre de Polifides y de Cleito. La Aurora, entronizada en oro, raptó a Cleito por su belleza, para que habitase entre los inmortales, pero Apolo hizo de Polifides el mayor adivino del mundo entero, ahora que Anfiarao había muerto. Él riñó con su padre y se fue a vivir a Hiperesia, donde permaneció y dio profecías a todos los hombres.

Su hijo, Teoclimeno, fue quien llegó entonces junto a Telémaco mientras hacía libaciones y oraba en su nave. —Amigo —dijo—, ahora que te encuentro sacrificando en este lugar, te ruego por tus propios sacrificios, y por el dios a quien los ofreces, te suplico también por tu cabeza y por las de los tuyos que me digas la verdad y nada más que la verdad. ¿Quién eres y de dónde vienes? Dime también tu ciudad y tus padres.

Telémaco dijo: —Te responderé con toda verdad. Soy de Ítaca, y mi padre es Ulises, tan cierto como que alguna vez vivió. Pero ha corrido un miserable fin. Por eso he tomado esta nave y reunido a mi tripulación para ver si puedo oír alguna noticia de él, pues hace mucho que se fue.

—Yo también —respondió Teoclimeno—, soy un exiliado, pues he matado a un hombre de mi propia raza. Tiene muchos hermanos y parientes en Argos, y ellos tienen gran poder entre los argivos. Huyo para escapar de la muerte a sus manos, y estoy así condenado a ser un vagabundo por la faz de la tierra. Soy tu suplicante; tómame, pues, a bordo de tu nave, para que no me maten, porque sé que me persiguen.

—No te rechazaré —replicó Telémaco—, si deseas unirte a nosotros. Ven, pues, y en Ítaca te trataremos con hospitalidad según lo que tenemos.

El recibe de él la lanza de Teoclímeno y la deposita sobre la cubierta de la nave. Sube a bordo y se sienta en la popa, invitando a Teoclímeno a sentarse a su lado; entonces los hombres sueltan los cables. Telémaco les ordena que agarren los aparejos, y ellos se apresuran a obedecer. Enganchan el mástil en su cavidad sobre la tablazón transversal, lo izan y lo afirman con los estayes, y despliegan sus blancas velas con drizas de retorcida piel de buey. Minerva les envía un viento favorable que sopla fresco y recio para llevar la nave en su rumbo lo más deprisa posible. Así pues, pasaron ante Crounia y Calcis.

Poco después se puso el sol y la oscuridad cubrió toda la tierra. La nave hizo una rápida travesía hasta Feas y de allí a Elis, donde reinan los epeos. Telémaco entonces la dirigió hacia las islas errantes, preguntándose en su interior si lograría escapar de la muerte o sería hecho prisionero.

Mientras tanto, Ulises y el porquero cenaban en la choza, y los hombres cenaban con ellos. Cuando hubieron comido y bebido, Ulises comenzó a probar al porquero y a ver si seguiría tratándolo con bondad, y a pedirle que se quedara allí en la majada o lo enviara a la ciudad; de modo que dijo:

—Eumeo, y todos vosotros, mañana quiero marcharme y comenzar a mendigar por la ciudad, para no ser más una molestia para ti ni para tus hombres. Dame, pues, tu consejo, y proporcióname un buen guía que me acompañe y me muestre el camino. Iré por la ciudad mendigando como es menester, para ver si alguien me da de beber y un pedazo de pan. Quisiera también ir a la casa de Ulises y llevar noticias de su esposo a la reina Penélope. Podría entonces mezclarme entre los pretendientes y ver si de entre su abundancia me darán una cena. Pronto me convertiría en un excelente servidor suyo en toda suerte de menesteres. Escucha y cree cuando te digo que, por la gracia de Mercurio, que da gracia y buen nombre a las obras de todos los hombres, no hay nadie vivo que pudiera ser un servidor más dispuesto que yo: añadir leña al fuego, cortar combustible, trinchar, cocinar, servir el vino, y hacer todos esos servicios que los pobres hombres tienen que hacer para sus superiores.

El porquero se alarmó mucho al oír esto.

—¡Dios me valga! —exclamó—. ¿Qué demonios puede haber puesto tal idea en tu cabeza? Si te acercas a los pretendientes, estás perdido con toda certeza, pues su orgullo e insolencia alcanzan los mismos cielos. Nunca pensarían en tomar a un hombre como tú por servidor. Sus servidores son todos jóvenes, bien vestidos, que llevan buenos mantos y túnicas, con rostros apuestos y el cabello siempre aseado; las mesas se mantienen bien limpias y están cargadas de pan, carne y vino. Quédate, pues, donde estás; no estorbas a nadie; yo no me molesto por tu presencia, ni tampoco ninguno de los otros, y cuando Telémaco vuelva a casa te dará una túnica y un manto y te enviará adonde quieras ir.

Ulises respondió:

—Espero que te seas tan querido para los dioses como lo eres para mí, por haberme salvado de andar por ahí y meterme en líos; no hay nada peor que estar siempre de acá para allá; aun así, cuando los hombres han caído tan bajo en el mundo, aguantarán mucho por el miserable estómago. Sin embargo, ya que me insistes en que me quede aquí y aguarde el regreso de Telémaco, cuéntame acerca de la madre de Ulises, y de su padre, al que dejó en el umbral de la vejez cuando partió hacia Troya. ¿Siguen viviendo o ya están muertos y en la casa de Hades?

—Te contaré todo sobre ellos —respondió Eumeo—. Laertes aún vive y ruega al cielo que le permita partir en paz en su propia casa, pues está terriblemente afligido por la ausencia de su hijo, y también por la muerte de su esposa, que lo apenó grandemente y lo envejecía más que ninguna otra cosa. Ella tuvo un fin desgraciado a causa de la pena por su hijo; ¡ojalá ningún amigo ni vecino que me haya tratado con bondad corra la misma suerte que ella! Mientras seguía viviendo, aunque estaba siempre afligida, yo solía gustar de verla y preguntarle cómo estaba, pues me crió junto con su hija Ctimene, la menor de sus hijos; éramos niño y niña juntos, y ella hacía poca diferencia entre nosotros. Cuando, sin embargo, ambos crecimos, enviaron a Ctimene a Same y recibieron por ella un espléndido ajuar. En cuanto a mí, mi señora me dio una buena túnica y un manto con un par de sandalias para mis pies, y me envió al campo, pero seguía teniéndome el mismo cariño que siempre. Todo eso se acabó ya. Aun así, ha placido al cielo prosperar mi trabajo en la situación que ahora ocupo. Tengo suficiente para comer y beber, y puedo hallar algo para cualquier陌生人 respetable que venga aquí; pero no se saca de mi señora ni una palabra amable ni un gesto, pues la casa ha caído en manos de gente malvada. Los siervos a veces quieren ver a su señora y hablar con ella; gustan de tener algo que comer y beber en la casa, y algo también que llevarse al campo. Esto es lo que mantiene a los siervos de buen humor.

Ulises respondió:

—Entonces debías de ser un niño muy pequeño, Eumeo, cuando te llevaron tan lejos de tu casa y de tus padres. Dime, y dime la verdad: ¿fue saqueada y arrasada la ciudad en que vivían tu padre y tu madre, o unos enemigos te llevaron cuando estabas solo cuidando ovejas o ganado, te embarcaron, te trajeron aquí y te vendieron por lo que tu amo les diera?

—Extranjero —respondió Eumeo—, por lo que respecta a tu pregunta: quédate quieto, ponte cómodo, bebe tu vino y escúchame. Las noches son ahora las más largas; hay tiempo de sobra tanto para dormir como para quedarse hablando juntos; no deberías irte a la cama hasta la hora de dormir; demasiado sueño es tan malo como demasiado poco; si alguno de los otros desea irse a la cama, que nos deje y lo haga; puede entonces sacar los cerdos de mi amo cuando haya desayunado por la mañana. También nosotros nos quedaremos aquí comiendo y bebiendo en la choza, y contándonos mutuamente historias de nuestras desgracias; pues cuando un hombre ha sufrido mucho y ha sido zarandeado por el mundo, goza recordando la memoria de pesares que han pasado hace mucho. Por lo que toca a tu pregunta, pues, mi historia es la siguiente:

—Habrás acaso oído de una isla llamada Syra que se halla por encima de Ortigia, donde la tierra comienza a girar y a mirar en otra dirección. No está muy densamente poblada, pero el suelo es bueno, con mucho pasto apto para ganado y ovejas, y abunda en vino y trigo. Nunca allí la escasez, ni la gente es acosada por enfermedad alguna, pero cuando envejecen, Apolo viene con Diana y los mata con sus无痛 saetas. Contiene dos comunidades, y todo el país está dividido entre estas dos. Mi padre Ctesio, hijo de Ormeno, hombre comparable a los dioses, reinaba sobre ambas.

—Ahora bien, a este lugar llegaron unos astutos mercaderes de Fenicia (pues los fenicios son grandes navegantes) en una nave que habían cargado con baratijas de toda clase. Había en casa de mi padre una mujer fenicia, muy alta y hermosa, y excelente sierva; esos bribones la abordaron cierto día cuando estaba lavando junto a su nave, la sedujeron y la engatusaron de modos que ninguna mujer puede resistir, por muy buena que sea por naturaleza. El hombre que la había seducido le preguntó quién era y de dónde venía, y entonces ella le dijo el nombre de su padre:

—«Vengo de Sidón —dijo— y soy hija de Aribas, un hombre nadando en riqueza. Un día, cuando iba entrando en la ciudad desde el campo, unos piratas tafios me apresaron y me trajeron aquí por el mar, donde me vendieron al hombre que es dueño de esta casa, y él les dio por mí lo que pedían».

—Entonces el hombre que la había seducido dijo:

—«¿Quisieras venir con nosotros a ver la casa de tus padres y a tus padres mismos? Ambos viven aún y se dice que les va bien».

—«Lo haré con gusto —respondió ella—, con tal de que vosotros, hombres, primero me juréis un solemne juramento de que no me haréis daño por el camino».

—Todos juraron como ella les dijo, y cuando hubieron cumplido su juramento, la mujer dijo:

—«¡Chitón! Y si alguno de los vuestros me encuentra en la calle o en la fuente, no dejéis que me hable, por miedo a que alguien vaya y se lo cuente a mi amo, en cuyo caso sospecharía algo. Me metería en prisión, y haría mataros a todos; guardad, pues, vuestro secreto; comprad vuestras mercancías lo más deprisa posible, y avisadme cuando hayáis terminado la carga. Yo traeré tanto oro como pueda echar mano, y hay algo más que también puedo hacer para pagar mi pasaje. Soy nodriza del hijo del buen hombre de la casa, un niño gracioso que apenas sabe andar. Me lo llevaré en vuestra nave, y sacaréis mucho dinero por él si lo lleváis y lo vendéis en tierras extrañas».

—Dicho esto, volvió a la casa. Los fenicios se quedaron un año entero hasta que hubieron cargado su nave con muchas y preciosas mercancías, y entonces, cuando tuvieron suficiente flete, enviaron aviso a la mujer. Su mensajero, un sujeto muy astuto, vino a casa de mi padre trayendo un collar de oro con cuentas de ámbar engarzadas; y mientras mi madre y los siervos lo tenían en las manos admirándolo y regateando, él hizo una señal disimulada a la mujer y luego volvió a la nave; entonces ella me tomó de la mano y me sacó de la casa. En la parte delantera de la casa vio las mesas puestas con las copas de los convidados que habían estado festejando con mi padre, por estar ella a su servicio; todos ellos se habían ido ya a una reunión de la asamblea pública, de modo que ella agarró tres copas y se las llevó en el seno de su vestido, mientras yo la seguía, pues no sabía nada mejor. El sol ya se había puesto, y la oscuridad cubría toda la tierra, así que nos apresuramos cuanto pudimos hasta llegar al puerto, donde la nave fenicia estaba fondeada. Cuando hubieron embarcado, navegaron mar adelante, llevándonos con ellos, y Júpiter les envió un viento favorable; navegamos seis días día y noche, pero al séptimo día Diana hirió a la mujer y cayó pesadamente en la sentina de la nave como si fuera una gaviota posándose en el agua; así que la arrojaron por la borda para las focas y los peces, y yo quedé todo triste y solo. Al poco, los vientos y las olas llevaron la nave a Ítaca, donde Laertes dio varias de sus posesiones por mí, y así fue como llegué a ver este país.

Ulises respondió:

—Eumeo, he oído la historia de tus desventuras con el más vivo interés y compasión, pero Júpiter te ha dado bienes junto con males, pues a pesar de todo tienes un buen amo, que vela por que siempre tengas bastante para comer y beber; y llevas una buena vida, mientras que yo sigo todavía de acá para allá mendigando de ciudad en ciudad.

Así conversaban, y les quedaba muy poco tiempo para dormir, pues pronto alboreó. Entretanto Telémaco y su tripulación se acercaban a tierra, así que soltaron las velas, abatieron el mástil y remaron la nave hasta el puerto. Echaron sus anclas de piedra y afirmaron los cables; luego bajaron a la orilla del mar, mezclaron su vino y prepararon la comida. Cuando hubieron comido y bebido bastante, Telémaco dijo:

—Llevad la nave a la ciudad, pero dejadme aquí, pues quiero atender a los boyeros en una de mis granjas. Por la tarde, cuando haya visto todo lo que quiero, bajaré a la ciudad, y mañana a la mañana, en recompensa por vuestro trabajo, os daré a todos una buena cena con carne y vino.

Entonces Teoclímeno dijo:

—Y bien, mi querido joven amigo, ¿qué será de mí? ¿A casa de quién, entre todos tus principales, he de dirigirme? ¿O iré directamente a tu propia casa y a tu madre?

—En cualquier otra ocasión —respondió Telémaco—, te habría rogado que fueses a mi propia casa, pues no te faltaría hospitalidad; en este momento, sin embargo, no estarías cómodo allí, pues yo estaré fuera y mi madre no te verá; ni siquiera se muestra a menudo ante los pretendientes, sino que se sienta ante su telar tejiendo en un cuarto alto, lejos de ellos; pero puedo indicarte un hombre a cuya casa puedes ir: me refiero a Eurímaco, hijo de Polibo, que goza de la mayor estimación entre todos en Ítaca. Es con mucho el mejor hombre y el más persistente pretendiente, de todos los que están cortejando a mi madre e intentando ocupar el lugar de Ulises. Júpiter, empero, que está en el cielo, es el único que sabe si vendrán o no a un mal fin antes de que se celebre la boda.

Mientras hablaba, un ave pasó volando a su mano derecha —un halcón, mensajero de Apolo—. Llevaba una paloma en sus garras, y las plumas, según las arrancaba, cayeron a tierra a medio camino entre Telémaco y la nave. Ante esto, Teoclímeno lo llamó aparte y lo tomó de la mano.

—Telémaco —dijo—, esa ave no voló a tu derecha sin haber sido enviada allí por algún dios. En cuanto la vi, supe que era un presagio; significa que tú permanecerás poderoso y que no habrá casa en Ítaca más real que la tuya.

—Ojalá así sea —respondió Telémaco—. Si lo es, te mostraré tanto afecto y te daré tantos presentes que cuantos te encuentren te felicitarán.

Luego dijo a su amigo Pireo:

—Pireo, hijo de Clitio, tú te has mostrado a lo largo de todo el más dispuesto a servirme de entre todos los que me han acompañado a Pilos; quisiera que llevases a este extranjero a tu propia casa y lo recibieras hospitalariamente hasta que yo pueda venir a buscarlo.

Y Pireo respondió:

—Telémaco, puedes estar fuera cuanto quieras, pero yo cuidaré de él por ti, y no le faltará hospitalidad.

Dicho esto, subió a bordo y mandó a los demás hacer lo mismo y soltar los cables, así que tomaron sus asientos en la nave. Pero Telémaco se ciñó las sandalias y tomó de la cubierta de la nave una larga y fornida lanza con punta de bronce afilado. Luego soltaron los cables, separaron la nave de la tierra y se hicieron a la ciudad como les habían mandado, mientras Telémacho marchaba a paso ligero hasta llegar a la heredad donde se alimentaban sus innumerables piaras de cerdos, y donde vivía el excelente porquero, que era servidor tan devoto de su amo.

LIBRO XVI

ULISES SE REVELA A TELEMÁQUI

Mientras tanto, Ulises y el porquero habían encendido fuego en la choza y preparaban el desayuno al amanecer, pues habían enviado afuera a los hombres con los cerdos. Cuando Telémaco llegó, los perros no ladraron sino que le hicieron fiestas, de modo que Ulises, al oír el ruido de pasos y al notar que los perros no ladraban, dijo a Eumeo:

—Eumeo, oigo pisadas; supongo que alguno de tus hombres o algún conocido tuyo viene hacia aquí, pues los perros le hacen fiestas y no ladran.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando su hijo estaba ya en el umbral. Eumeo saltó de su asiento, y los cuencos en los que estaba mezclando el vino cayeron de sus manos, al acudir hacia su amo. Le besó la cabeza y sus hermosos ojos, y lloró de gozo. Ningún padre podría estar más encantado con el regreso de un hijo único, el niño de su vejez, tras diez años de ausencia en país extranjero y después de haber pasado por muchas penalidades. Lo abrazó, lo besó todo entero como si volviera del más allá, y le habló con cariño diciendo:

—¡Conque has venido, Telémaco, luz de mis ojos que eres! Cuando supe que habías ido a Pilos, estaba seguro de que ya no iba a verte nunca más. Pasa, hijo mío, y siéntate, para que pueda contemplarte bien ahora que estás en casa; no es muy a menudo cuando vienes al campo a visitarnos a los boyeros; te quedas bastante pegado a la ciudad por lo general. Supongo que piensas que es mejor vigilar lo que hacen los pretendientes.

—Así se haga, buen amigo —respondió Telémaco—, pero vengo ahora porque quiero verte y saber si mi madre sigue aún en su antigua casa o si algún otro se ha casado con ella, de modo que el lecho de Ulises esté sin ropa de cama y cubierto de telarañas.

—Sigue aún en la casa —respondió Eumeo—, afligiéndose y partiéndose el corazón, sin hacer otra cosa que llorar, noche y día sin cesar.

Mientras hablaba así, tomó la lanza de Telémaco, y entonces éste cruzó el umbral de piedra y entró adentro. Ulises se levantó de su asiento para cederle el sitio al entrar, pero Telémaco lo detuvo:

—Siéntate, extranjero —dijo—, yo hallaré fácilmente otro asiento, y hay aquí uno que me lo preparará.

Ulises volvió a su propio asiento, y Eumeo esparció por el suelo algo de broza verde y echó encima una piel de oveja para que se sentara Telémaco. Luego el porquero les trajo fuentes de carne fría, las sobras de lo que habían comido el día antes, y llenó las cestas de pan tan deprisa como pudo. Mezcló también vino en cuencos de madera de hiedra, y tomó asiento frente a Ulises. Entonces echaron sus manos sobre las buenas cosas que tenían delante, y así que hubieron comido y bebido bastante, Telémaco dijo a Eumeo:

—Buen amigo, ¿de dónde viene este extranjero? ¿Cómo lo trajo a Ítaca su tripulación, y quiénes eran? Porque, seguramente, no vino aquí por tierra.

A esto respondiste, oh porquero Eumeo:

—Hijo mío, voy a decirte la pura verdad. Dice ser cretense, y que ha sido un gran viajador. En este momento huye de una nave tesprótense, y se ha refugiado en mi majada; así que te lo pongo en tus manos. Haz con él lo que quieras, pero recuerda que es tu suplicante.

—Mucho me contrista, dijo Telémaco, lo que acabas de contarme. ¿Cómo puedo recibir a este forastero en mi casa? Soy todavía joven y no bastante fuerte para defenderme, si alguien me acomete. Mi madre no acaba de decidirse: si quedarse donde está y cuidar de la casa, por respeto a la opinión pública y a la memoria de su marido, o si ha llegado ya el tiempo de tomar al mejor de los que la cortejan, al que le haga la oferta más ventajosa. Con todo, ya que el forastero ha llegado hasta tu majada, yo le buscaré un manto y una túnica de buen uso, con una espada y sandalias, y le enviaré adonde quiera ir. O, si lo prefieres, puedes retenerlo aquí en la majada, y yo le enviaré ropa y comida, para que no sea una carga ni para ti ni para tus hombres; pero no permitiré que se acerque a los pretendientes, pues son muy insolentes y con seguridad lo maltratarían de un modo que me causaría gran pena; no importa lo valiente que sea un hombre, nada puede contra muchos, porque serán demasiado fuertes para él.

Entonces dijo Ulises: «Señor, justo es que yo diga algo por mí mismo. Mucho me escandaliza cuanto has dicho sobre la insolente conducta de los pretendientes, a pesar de un hombre como tú. Dime: ¿soportas tal trato sin más, o algún dios ha puesto a tu pueblo en contra tuya? ¿No puedes quejarte de tus hermanos —pues en ellos puede uno buscar apoyo, por grande que sea su querella? Quisiera ser tan joven como tú y estar ahora en el mismo ánimo que estoy; si fuera hijo de Ulises, o el propio Ulises, antes preferiría que alguien viniera y me cortara la cabeza, pero iría a la casa y sería la perdición de todos y cada uno de esos hombres. Si fueran demasiados para mí —yo, que estoy solo—, preferiría morir combatiendo en mi propia casa que ver espectáculos tan vergonzosos día tras día: forasteros groseramente maltratados, hombres arrastrando a las sirvientas por la casa de manera indecorosa, el vino servido sin medida, y el pan desperdiciado inútilmente para un fin que jamás se cumplirá».

Y Telémaco respondió: «Te diré con toda verdad cuanto hay. No hay enemistad entre mi pueblo y yo, ni puedo quejarme de hermanos, en quienes uno busca apoyo por grande que sea su querella. Júpiter nos ha hecho una raza de hijos únicos. Laertes fue el único hijo de Arcisio, y Ulises único hijo de Laertes. Yo mismo soy el único hijo de Ulises, que me dejó aquí cuando se fue, de modo que nunca le he sido de utilidad alguna. De ahí viene que mi casa esté en manos de innumerables merodeadores; pues los jefes de todas las islas vecinas, Duliquio, Same, Zacinto, y también todos los principales varones de la misma Ítaca, están devorando mi casa so pretexto de cortejar a mi madre, que no quiere decir de plano que no se casará, ni tampoco lleva el asunto a su fin; así que están asolando mi hacienda, y pronto lo harán conmigo mismo de añadidura. El desenlace, empero, está en manos del cielo. Pero tú, viejo amigo Eumeo, vete ahora mismo y dile a Penélope que estoy a salvo y he vuelto de Pilos. Dile solo a ella, y luego vuelve aquí sin que nadie más lo sepa, pues hay muchos que traman males contra mí».

—Entiendo y te obedezco, replicó Eumeo; no necesitas instruirme más; solo que, ya que voy por ese camino, dime si no sería mejor que el pobre Laertes sepa que has vuelto. Antes solía supervisar el trabajo de su hacienda a pesar de su amargo dolor por Ulises, y comía y bebía a su antojo con sus criados; pero me dicen que desde el día en que partiste hacia Pilos no ha comido ni bebido como debiera, ni cuida de su hacienda, sino que se queda llorando y consumiendo la carne de sus huesos.

—Más lo siento, respondió Telémaco; lo lamento por él, pero hemos de dejarlo ahora a su aire. Si la gente pudiera tenerlo todo a su gusto, lo primero que yo elegiría sería el regreso de mi padre; pero vete y da tu mensaje; date luego prisa en volver, y no te desvíes para contarle a Laertes. Dile a mi madre que envíe a una de sus mujeres secretamente con la noticia al instante, y que él se entere por ella.

Con esto apremió al porquero; Eumeo, pues, se calzó las sandalias, se las ató a los pies y partió hacia la ciudad. Minerva lo vio alejarse bien de la majada, y entonces se acercó a ella en figura de mujer —hermosa, gallarda y sabia—. Se detuvo junto al costado de la entrada y se reveló a Ulises, pero Telémaco no podía verla ni sabía que estaba allí, pues los dioses no se dejan ver por todos. Ulises la vio, y también los perros, pues no ladraron, sino que atemorizados y gimiendo se fueron al otro lado de los corrales. Ella asintió con la cabeza y le hizo a Ulises una seña con las cejas; entonces él salió de la choza y se plantó ante ella, fuera del muro principal de los corrales. Luego ella le dijo:

—Ulises, noble hijo de Laertes, ha llegado la hora de que reveles a tu hijo: no lo tengas más a oscuras, sino trazad el plan para la destrucción de los pretendientes, y luego marchaos a la ciudad. No tardaré en reunírmeos, pues yo también ardo en deseos del combate.

Mientras hablaba, lo tocó con su vara de oro. Primero le echó sobre los hombros una hermosa túnica limpia y un manto; luego lo hizo más joven y de presencia más imponente; le devolvió el color, le rellenó las mejillas y dejó que su barba volviera a ser oscura. Entonces se fue, y Ulises regresó dentro de la choza. Su hijo quedó atónito al verlo, y apartó los ojos por miedo a estar mirando a un dios.

—Forastero, dijo, ¡de pronto has cambiado de lo que eras un momento antes! Vistes de otro modo y tu color no es el mismo. ¿Eres alguno de los dioses que habitan en el cielo? Si así es, sé propicio conmigo hasta que pueda hacerte sacrificio debido y ofrendas de oro labrado. Ten piedad de mí.

Y Ulises dijo: —No soy dios, ¿por qué habías de tenerme por uno? Soy tu padre, por quien tanto gimes y sufres a manos de hombres sin ley.

Mientras hablaba, besó a su hijo, y una lágrima cayó de su mejilla al suelo, pues había contenido todas las lágrimas hasta entonces. Pero Telémaco aún no podía creer que fuera su padre, y dijo:

—Tú no eres mi padre, sino que algún dios me está halagando con vanas esperanzas para que yo gima más todavía después; ningún hombre mortal podría por sí solo idear hacer lo que tú has estado haciendo, y volverse viejo y joven en un instante, a menos que un dios esté con él. Hace un instante eras viejo y todo andrajos, y ahora eres como algún dios bajado del cielo.

Ulises respondió: —Telémaco, no deberías asombrarte tan sin medida de que esté realmente aquí. No hay otro Ulises que venga después. Tal como soy, soy yo, que tras largo errar y muchas penalidades he llegado a mi patria en el año veinte. Lo que te asombra es obra de la temible diosa Minerva, que hace conmigo lo que quiere, pues puede hacer cuanto le place. En un momento me hace parecer un mendigo, y al siguiente soy un joven con buena ropa a la espalda; es cosa fácil para los dioses que habitan en el cielo hacer que cualquier hombre parezca rico o pobre.

Mientras hablaba se sentó, y Telémaco echó los brazos al cuello de su padre y lloró. Ambos estaban tan conmovidos que gritaban como águilas o buitres de garras corvas a quienes unos labriegos han robado sus polluelos medio emplumados. Así, con tan lastimero llanto, lloraban, y el sol se habría puesto sobre su duelo si Telémaco no hubiera dicho de pronto: «¿En qué nave, padre mío, te trajo a Ítaca tu tripulación? ¿De qué nación dijeron ser —porque no has podido venir por tierra?».

—Te diré la verdad, hijo mío, respondió Ulises. Fueron los feacios quienes me trajeron aquí. Son grandes marineros, y tienen por costumbre escoltar a cualquiera que llegue a sus costas. Me cruzaron el mar mientras yo dormía profundamente, y me dejaron en Ítaca, tras hacerme muchos regalos de bronce, oro y vestidos. Estas cosas, por merced del cielo, están ocultas en una cueva, y he venido ahora por consejo de Minerva para que deliberemos sobre matar a nuestros enemigos. Primero, pues, dame una lista de los pretendientes, con su número, para que sepa quiénes y cuántos son. Podré así dar vueltas al asunto en mi mente, y ver si nosotros dos solos podemos hacer frente a todos ellos, o si hemos de buscar a otros que nos ayuden.

A esto respondió Telémaco: —Padre, siempre oí hablar de tu fama, tanto en el campo de batalla como en el consejo, pero la tarea de que hablas es muy grande; me arredra el solo pensarlo; dos hombres no pueden contender contra muchos y valientes. No hay solo diez pretendientes, ni dos veces diez, sino diez muchas veces; conocerás su número al punto. Hay cincuenta y dos jóvenes escogidos de Duliquio, y tienen seis servidores; de Same, veinticuatro; veinte jóvenes aqueos de Zacinto, y doce de la misma Ítaca, todos bien nacidos. Llevan consigo un servidor, Medonte, un aedo, y dos hombres que trinchan en la mesa. Si hacemos frente a tal número, bien amargo motivo tendrás para arrepentirte de tu venida y de tu venganza. Mira a ver si no puedes pensar en alguien que quiera venir a ayudarnos.

—Escúchame, respondió Ulises, y piensa si Minerva y su padre Júpiter os parecerán suficientes, o si he de procurar además a algún otro.

—A quienes has nombrado, respondió Telémaco, son un buen par de aliados, pues aunque habitan en lo alto entre las nubes, tienen poder tanto sobre dioses como sobre hombres.

—Esos dos, continuó Ulises, no permanecerán mucho fuera de la refriega, cuando los pretendientes y nosotros trabemos combate en mi casa. Ahora, pues, vuelve mañana temprano a casa, y anda entre los pretendientes como antes. Más tarde el porquerọ me llevará a la ciudad disfrazado de mendigo viejo y miserable. Si los ves maltratarme, endurece tu corazón ante mis sufrimientos; aun cuando me arrastren de los pies fuera de la casa, o me arrojen cosas, mira y no hagas más que intentar con calma que se comporten más razonablemente; pero no te harán caso, pues ha llegado el día de su ajuste. Es más, digo esto, y grabaré mi dicho en tu corazón: cuando Minerva me lo ponga en el pensamiento, te haré una seña con la cabeza, y al verme hacerlo así debes reunir todas las armas que hay en la casa y esconderlas en el robusto almacén. Da alguna excusa cuando los pretendientes te pregunten por qué las quitas; di que las has sacado de en medio del humo, ya que no son lo que eran cuando Ulises se fue, sino que se han ensuciado y ennegrecido de hollín. Añade, más en particular, que temes que Jove los incite a contender por su vino, y que puedan hacerse daño unos a otros, lo que deshonraría tanto el banquete como el galanteo, pues la vista de las armas tienta a veces a la gente a usarlas. Pero deja una espada y una lanza para ti y para mí, y un par de escudos de cuero de buey, para que podamos tomarlos en un instante; Júpiter y Minerva aquietarán pronto a esa gente. Hay también otro asunto: si eres de veras hijo mío y mi sangre corre por tus venas, que nadie sepa que Ulises está dentro de la casa —ni Laertes, ni el porquero, ni ninguno de los servidores, ni siquiera la propia Penélope. Tú y yo explotemos solos a las mujeres, y hagamos también prueba de alguno otro de los servidores, para ver quién está de nuestro lado y de quién es la mano contra nosotros.

—Padre, respondió Telémaco, llegarás a conocerme con el tiempo, y cuando lo hagas verás que sé guardar tu consejo. No creo, con todo, que el plan que propones vaya a salir bien para ninguno de los dos. Piénsalo bien. Nos llevaría mucho tiempo recorrer las haciendas y tantear a los hombres, y todo ese tiempo los pretendientes estarán malgastando tu hacienda a sus anchas y sin escrúpulos. Prueba a las mujeres por todos los medios, para ver cuáles son desleales y cuáles están sin culpa, pero no soy partidario de ir de un lado a otro probando a los hombres. A eso podemos atender más adelante, si realmente tienes alguna señal de Júpiter de que te secundará.

Así conversaban, y entretanto la nave que había traído a Telémaco y a su tripulación de Pilos había llegado a la ciudad de Ítaca. Cuando hubieron entrado dentro del puerto, vararon la nave en tierra; sus servidores vinieron y les tomaron las armas, y dejaron todos los presentes en la casa de Clitio. Luego enviaron a un servidor para decirle a Penélope que Telémaco se había ido al campo, pero que había enviado la nave a la ciudad para evitar que ella se alarmara y se afligiera. Este servidor y Eumeo se encontraron por casualidad, cuando ambos iban en el mismo recado de avisar a Penélope. Cuando llegaron a la casa, el servidor se presentó y dijo a la reina en presencia de las doncellas de servicio: «Señora, vuestro hijo ha vuelto ya de Pilos»; pero Eumeo se acercó a Penélope y le dijo en privado todo cuanto su hijo le había mandado decirle. Cuando hubo dado su mensaje, dejó la casa con sus dependencias y se volvió otra vez a sus cerdos.

Los pretendientes se sorprendieron y se enfurecieron por lo ocurrido, así que salieron fuera del gran muro que rodeaba el patio exterior, y celebraron consejo junto a la entrada principal. Eurímaco, hijo de Polibo, habló el primero.

—Amigos míos, dijo, este viaje de Telémaco es asunto muy serio; teníamos la certeza de que no llegaría a nada. Ahora, empero, botemos una nave al agua y reunamos una tripulación para enviarla tras los otros y decirles que vuelvan lo más deprisa posible.

Apenas había terminado de hablar cuando Anfínomo se volvió en su asiento y vio la nave dentro del puerto, con la tripulación arriando las velas y arrimando los remos; rióse, pues, y dijo a los otros: —No hace falta enviarles aviso alguno, pues ya están aquí. Algún dios debe de haberles informado, o bien vieron pasar la nave y no pudieron darle alcance.

Con esto se levantaron y fueron a la orilla. La tripulación varó entonces la nave en tierra; sus servidores les tomaron las armas, y subieron todos juntos al lugar de la asamblea, pero no consintieron que nadie, viejo o joven, se sentara con ellos, y Antínoo, hijo de Eupites, habló el primero.

—¡Dioses del cielo!, dijo, ¡ved cómo los dioses han salvado a este hombre de la destrucción! Mantuvimos una sucesión de vigías en los promontorios todo el día, y cuando el sol se puso nunca bajamos a tierra a dormir, sino que esperamos en la nave toda la noche hasta la mañana con la esperanza de capturarlo y matarlo; pero algún dios lo ha conducido a casa a pesar de nosotros. Pensemos cómo podemos acabar con él. No debe escapar de nosotros; nuestro asunto no saldrá adelante mientras él viva, pues es muy astuto, y el sentir público no está enteramente de nuestro lado. Hemos de darnos prisa antes de que convoque a los aqueos en asamblea; no perderá tiempo en hacerlo, pues estará furioso con nosotros, y contará al mundo entero cómo tramamos matarlo, pero no pudimos capturarlo. Al pueblo no le gustará esto cuando llegue a saberlo; hemos de procurar que no nos hagan daño, ni nos arrojen de nuestro propio país al destierro. Procuremos echarle mano o en su hacienda, lejos de la ciudad, o en el camino hacia acá. Así podremos repartirnos su hacienda entre nosotros, y que su madre y el hombre que se case con ella se queden con la casa. Si esto no os place, y deseáis que Telémaco viva y conserve los bienes de su padre, entonces no debemos reuniros aquí y devorar sus bienes de esta manera, sino que hemos de hacer nuestras ofertas a Penélope cada uno desde su propia casa, y ella podrá casarse con el hombre que más le dé por ella, y a quien le toque en suerte ganarla.

Todos callaron hasta que Anfínomo se levantó para hablar. Era hijo de Niso, que era hijo del rey Aretias, y era el más destacado de todos los pretendientes de la Isla del trigo, la bien herbosa Duliquio; además, su conversación era más grata a Penélope que la de cualquier otro de los pretendientes, pues era hombre de natural bondadoso. —Amigos míos, dijo, hablándoles con franqueza y con toda honestidad, no soy partidario de matar a Telémaco. Es cosa nefanda matar a uno de noble sangre. Consultemos primero a los dioses, y si los oráculos de Júpiter lo aconsejan, yo mismo ayudaré a matarlo y empujaré a todos los demás a hacerlo; pero si nos disuaden, quisiera que contuvierais las manos.

Así habló, y sus palabras les pluguieron mucho, así que se levantaron al punto y fueron a la casa de Ulises, donde tomaron sus asientos de costumbre.

Entonces Penélope resolvió mostrarse a los pretendientes. Estaba al tanto de la conjura contra Telémaco, pues el servidor Medonte había escuchado sus deliberaciones y se lo había contado; bajó, pues, al patio acompañada de sus doncellas, y cuando llegó junto a los pretendientes se detuvo junto a uno de los pilares que sostenían el techo del claustro, teniendo un velo ante el rostro, y reprendió a Antínoo diciendo:

—Antínoo, insolente y malvado maquinador, dicen que eres el mejor orador y consejero de cualquier hombre de tu edad en Ítaca, pero no eres nada de eso. Loco, ¿por qué intentas tramar la muerte de Telémaco, y no cuidas de los suplicantes, cuyo testigo es el propio Júpiter? No está bien que maquines así contra uno y otro. ¿No recuerdas cómo tu padre huyó a esta casa por miedo al pueblo, que estaba enfurecido contra él por haber ido con unos piratas tafios y haber saqueado a los tesprotos, que estaban en paz con nosotros? Querían despedazarlo y comerse cuanto tenía, pero Ulises contuvo sus manos aunque estaban enfurecidos, y ahora tú devoras sus bienes sin pagarlos, y me partes el corazón cortejando a su esposa e intentando matar a su hijo. Deja de hacerlo, y detén también a los demás.

A esto respondió Eurímaco hijo de Polibo: «Ánimo, reina Penélope, hija de Icario, y no te preocupes por tales cosas. Aún no ha nacido el hombre, ni nacerá jamás, que ponga sus manos sobre tu hijo Telémaco mientras yo viva para ver la luz de la tierra. Yo digo —y así será sin duda— que mi lanza se enrojecerá con su sangre; porque muchas veces me tomó Ulises en sus rodillas, me acercó el vino a los labios para que bebiera, y me puso trozos de carne en las manos. Por eso es Telémaco el amigo más querido que tengo, y nada ha de temer de las manos de estos pretendientes. Claro que, si la muerte le viene de los dioses, no podrá escapar de ella.» Decía esto para tranquilizarla, pero en realidad estaba maquinando contra Telémaco.

Luego subió Penélope de nuevo arriba y lloró por su esposo hasta que Minerva vertió sueño sobre sus ojos. Al atardecer llegó Eumeo adonde estaban Ulises y su hijo, que acababan de sacrificar un cochinillo de un año y se ayudaban mutuamente a preparar la cena; Minerva, pues, se llegó a Ulises, lo convirtió en un anciano con un golpe de su varita, y lo vistió otra vez con sus ropas viejas, por temor a que el porquerizo lo reconociese y no guardase el secreto, sino que fuese a decírselo a Penélope.

Telémaco fue el primero en hablar. «Así que has vuelto, Eumeo», dijo. «¿Qué noticias hay de la ciudad? ¿Han vuelto los pretendientes, o siguen esperando allá lejos para llevarme por el camino de vuelta a casa?»

«No se me ocurrió preguntar por eso», respondió Eumeo, «cuando estaba en la ciudad. Pensé que daría mi mensaje y volvería lo más pronto que pudiese. Me encontré con un hombre enviado por los que habían ido contigo a Pilos, y fue el primero en darle las noticias a tu madre, pero yo puedo decir lo que vi con mis propios ojos; acababa de llegar a la cresta de la colina de Mercurio sobre la ciudad cuando vi una nave entrando en el puerto con numerosos hombres en ella. Traían muchos escudos y lanzas, y pensé que eran los pretendientes, pero no puedo estar seguro.»

Al oír esto sonrió Telémaco a su padre, pero de modo que Eumeo no pudiese verlo.

Entonces, cuando hubieron terminado su tarea y la comida estuvo lista, la comieron, y cada hombre tuvo su ración entera, de modo que todos quedaron satisfechos. Apenas hubieron comido y bebido bastante, se echaron a descansar y gozaron del don del sueño.

LIBRO XVII

TELEMACO Y SU MADRE SE REÚNEN — ULISES Y EUMEO BAJAN A LA CIUDAD, Y ULISES ES INSULTADO POR MELANTIO — ES RECONOCIDO POR EL PERRO ARGOS — ES INSULTADO Y GOLPEADO POR ANTÍNOO CON UN TABURETE — PENÉLOPE DESEA QUE SE LO ENVÍEN A ELLA.

Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, Telémaco se ató las sandalias y tomó una robusta lanza que se ajustaba a sus manos, pues quería ir a la ciudad. «Viejo amigo», dijo al porquero, «iré ahora a la ciudad y me presentaré a mi madre, pues no cesará de afligirse hasta que me haya visto. En cuanto a este desventurado forastero, llévalo a la ciudad y deja que pida allí a quien quiera darle de beber y un pedazo de pan. Bastantes quebrantos tengo yo solo, y no puedo cargar con otros. Si esto lo enoja, tanto peor para él, pero a mí me gusta decir lo que pienso.»

Entonces dijo Ulises: «Señor, no quiero quedarme aquí; un mendigo siempre puede arreglárselas mejor en la ciudad que en el campo, pues cualquiera que quiera puede darle algo. Soy demasiado viejo para cuidarme de permanecer aquí al servicio y disposición de un amo. Haz, pues, como te acaba de decir, y llévame a la ciudad en cuanto me haya calentado al fuego y el día haya entrado algo de calor. Mis ropas son lastimosamente delgadas, y en esta mañana helada me voy a morir de frío, pues dices que la ciudad está lejos.»

Con esto partió Telémaco a zancadas por los corrales, dándole vueltas en su pecho a la venganza contra los pretendientes. Cuando llegó a casa apoyó su lanza contra un poste del claustro, atravesó el pavimento de piedra del propio claustro, y entró adentro.

La nodriza Euriclea lo vio mucho antes que cualquier otro. Estaba colocando los vellones sobre los asientos, y rompió a llorar mientras corría hacia él; todas las demás criadas también acudieron, y le cubrieron la cabeza y los hombros con sus besos. Penélope salió de su habitación, parecida a Diana o a Venus, y lloró al echar los brazos alrededor de su hijo. Le besó la frente y sus dos hermosos ojos: «¡Luz de mis ojos!», exclamó mientras le hablaba con ternura, «así que vuelves a casa; estaba segura de que no iba a verte nunca más. ¡Pensar que te fuiste a Pilos sin decir nada ni obtener mi permiso! Pero vamos, dime qué viste.»

«No me regañes, madre», respondió Telémaco, «ni me atormentes, viendo qué escapada tan estrecha he tenido; pero lávate la cara, cámbiate de vestido, sube arriba con tus criadas, y promete hecatombes plenas y suficientes a todos los dioses si Jove quiere concedernos la venganza contra los pretendientes. Tengo que ir ahora al lugar de la asamblea para invitar a un extranjero que ha vuelto conmigo de Pilos. Lo envié por delante con mi tripulación, y le dije a Píreo que lo llevara a casa y lo cuidase hasta que yo pudiese ir a buscarlo.»

Ella obedeció las palabras de su hijo, se lavó la cara, se cambió de vestido, y juró hecatombes plenas y suficientes a todos los dioses si tan sólo le otorgaban la venganza contra los pretendientes.

Telémaco atravesó el claustro y salió de él con la lanza en la mano —no solo, pues sus dos rápidos perros iban con él. Minerva lo dotó de una presencia de tan divina hermosura que todos se maravillaban de él a su paso, y los pretendientes se agruparon a su alrededor con buenas palabras en la boca y malicia en el corazón; pero él los esquivó, y fue a sentarse con Mentor, Antifo y Haliterses, viejos amigos de la casa de su padre, y ellos le hicieron contar todo lo que le había ocurrido. Entonces llegó Píreo con Teoclímeno, a quien había escoltado por la ciudad hasta el lugar de la asamblea, donde Telémaco se reunió con ellos al punto. Píreo fue el primero en hablar: «Telémaco», dijo, «quisiera que enviaras a algunas de tus mujeres a mi casa para que se lleven los presentes que Menelao te dio.»

«No sabemos, Píreo», respondió Telémaco, «qué puede ocurrir. Si los pretendientes me matan en mi propia casa y se reparten mis bienes, preferiría que tú tuvieras los presentes a que cualesquiera de esos pudieran hacerse con ellos. Si, en cambio, consigo matarlos, quedaré muy obligado si tienes la bondad de traerme mis presentes.»

Con estas palabras llevó a Teoclímeno a su propia casa. Cuando llegaron dejaron sus capas sobre los bancos y asientos, fueron a los baños y se lavaron. Cuando las criadas los hubieron lavado y ungido, y les hubieron dado capas y túnicas, tomaron sus asientos a la mesa. Una criada trajo entonces agua en una hermosa jarra de oro, y la vertió en una palangana de plata para que se lavaran las manos; y acercó a ellos una mesa limpia. Un criado de rango superior les trajo pan y les ofreció muchas cosas buenas de las que había en la casa. Enfrente de ellos estaba sentada Penélope, reclinada en un lecho junto a uno de los postes del claustro, hilando. Entonces echaron manos a las buenas cosas que tenían delante, y apenas hubieron comido y bebido bastante dijo Penélope:

«Telémaco, voy a subir arriba y a echarme en aquel triste lecho, que no he cesado de regar con mis lágrimas desde el día en que Ulises partió hacia Troya con los hijos de Atreo. Mas no me dejaste claro antes de que los pretendientes volvieran a la casa si habías podido oír algo o no sobre el regreso de tu padre.»

«Voy a decirte entonces la verdad», respondió su hijo. «Fuimos a Pilos y vimos a Néstor, que me llevó a su casa y me trató con tanta hospitalidad como si fuera un hijo suyo que acabara de regresar tras una larga ausencia; así lo hicieron también sus hijos; pero dijo que no había oído una sola palabra de ningún ser humano sobre Ulises, si estaba vivo o muerto. Me envió, pues, con un carro y caballos a casa de Menelao. Allí vi a Helena, por cuya causa tantos, argivos y troyanos, fueron en la sabiduría del cielo condenados a sufrir. Menelao me preguntó qué era lo que me había traído a Laconia, y le conté toda la verdad, ante lo cual dijo: "Así, pues, ¿esos cobardes usurparían el lecho de un hombre valeroso? Igual podría una cierva dejar a sus recién nacidos en la guarida de un león, y luego irse a pacer al bosque o a algún valle herboso. Cuando el león vuelva a su guarida, dará buena cuenta de los dos, y así la dará Ulises de estos pretendientes. ¡Por Jove padre, Minerva y Apolo, si Ulises es todavía el hombre que era cuando luchó con Filomeleides en Lesbos, y lo derribó con tanta fuerza que todos los griegos lo vitorearon —si todavía es tal, y llegara cerca de estos pretendientes, tendrían breve tregua y triste boda! En cuanto a tu pregunta, sin embargo, no andaré con evasivas ni te engañaré, sino que lo que el anciano del mar me dijo, eso te contaré por entero. Dijo que veía a Ulises en una isla, afligiéndose amargamente en la casa de la ninfa Calipso, que lo mantenía prisionero, y que no podía llegar a su hogar, pues no tenía naves ni marineros que lo llevasen sobre el mar." Esto fue lo que Menelao me contó, y cuando oí su relato me marché; los dioses me dieron luego un viento favorable y pronto me trajo sano y salvo a casa.»

Con estas palabras conmovió el corazón de Penélope. Entonces Teoclímeno le dijo:

«Señora, esposa de Ulises, Telémaco no entiende estas cosas; escúchame, pues, a mí, que puedo adivinarlas con certeza y no te ocultaré nada. ¡Que Jove, rey del cielo, me sea testigo, y los ritos de la hospitalidad, y ese hogar de Ulises al que ahora vengo, que el propio Ulises está ya en Ítaca, y, o bien recorriendo el campo o bien quedándose en un lugar, anda indagando todas estas maldades y preparando un día de ajuste de cuentas para los pretendientes. Vi un presagio cuando estaba en la nave que significaba esto, y se lo dije a Telémaco.»

«Que así sea», respondió Penélope, «si tus palabras se cumplen, tendrás tales dones y tal buena voluntad de mi parte que todos los que te vean te felicitarán.»

Así conversaban. Mientras tanto, los pretendientes estaban tirando discos, o apuntando con lanzas a una marca en el terreno allano delante de la casa, portándose con toda su antigua insolencia. Pero cuando llegó la hora de comer, y el rebaño de ovejas y cabras hubo entrado en la ciudad desde todo el campo circundante, con sus pastores como de costumbre, entonces Medonte, que era su criado favorito, y que los servía a la mesa, dijo: «Ahora pues, mis jóvenes señores, ya habéis tenido bastante diversión, así que venid adentro para que preparemos la cena. La cena no es mala cosa, a la hora de cenar.»

Dejaron sus juegos como les dijo, y cuando estuvieron dentro de la casa, dejaron sus capas sobre los bancos y asientos de adentro, y luego sacrificaron algunas ovejas, cabras, cerdos y una novilla, todos ellos cebados y bien criados. Así prepararon su comida. Mientras tanto, Ulises y el porquero se disponían a partir hacia la ciudad, y el porquero dijo: «Forastero, supongo que aún quieres ir hoy a la ciudad, según dijo mi señor que debías hacer; por mi parte, habría preferido que te quedases aquí como mozo de labranza, pero debo hacer lo que mi señor me manda, o me reñirá después, y una reprimenda del amo es algo muy serio. Vámonos, pues, pues ya es pleno día; volverá a ser de noche de un momento a otro y entonces lo encontrarás más frío.»

«Ya sé, y te entiendo», respondió Ulises; «no hace falta que digas más. Vámonos, pero si tienes un palo ya cortado, déjame llevármelo para andar con él, pues dices que el camino es muy áspero.»

Mientras hablaba se echó al hombro su raído y deshecho zurrón viejo, sujeto por la cuerda de la que colgaba, y Eumeo le dio un palo a su gusto. Los dos se pusieron entonces en camino, dejando la estancia al cuidado de los perros y boyeros que se quedaban atrás; el porquero iba delante y su amo seguía detrás, pareciendo un viejo vagabundo deshecho mientras se apoyaba en su bastón, y sus ropas estaban todas en andrajos. Cuando hubieron pasado el terreno áspero y pendiente y se acercaban a la ciudad, llegaron a la fuente de la que los ciudadanos sacaban el agua. Esta había sido hecha por Ítaco, Nerito y Polictor. Había una arboleda de chopos amantes del agua plantada en círculo a su alrededor, y el agua clara y fría bajaba a ella desde una roca en lo alto, mientras que sobre la fuente había un altar a las ninfas, en el que todos los caminantes solían sacrificar. Allí los alcanzó Melantio hijo de Dolio cuando bajaba unas cabras, las mejores de su rebaño, para la cena de los pretendientes, y con él iban dos pastores. Cuando vio a Eumeo y a Ulises los zahirió con un lenguaje escandaloso y deshonesto, que enfureció mucho a Ulises.

«Ahí van», gritó, «y vaya pareja que sois. Mirad cómo el cielo junta a las aves de la misma pluma. Dime, señor porquero, ¿adónde llevas a este pobre miserable? A cualquiera le daría náuseas ver a una criatura así en la mesa. Un tipo como este nunca ganó un premio por nada en su vida, sino que andará restregando sus hombros contra el quicio de todas las puertas, y pidiendo, no espadas ni calderos como un hombre, sino sólo unas pocas migajas que no valen ni lo que se pide. Si me lo dieras para un mozo en mi majada, podría servir para limpiar los rediles, o llevar un poco de forraje dulce a los cabritos, y podría cebarse los muslos cuanto quisiera con suero; pero se ha dado a las malas artes y no se aplicará a ningún trabajo; no hará otra cosa que pedir comida por toda la ciudad, para saciar su insaciable vientre. Yo digo, pues —y así será sin duda— que si se acerca a la casa de Ulises le romperán la cabeza los taburetes que le tirarán, hasta echarlo fuera.»

Dicho esto, al pasar le dio a Ulises una patada en la cadera por pura maldad, pero Ulises se mantuvo firme y no se movió del camino. Por un momento dudó si lanzarse o no sobre Melantio y matarlo con su bastón, o arrojarlo al suelo y aplastarle los sesos; resolvió, sin embargo, aguantarlo y mantenerse en su mano, pero el porquero miró de frente a Melantio y lo reprendió, alzando las manos y rogando al cielo al hacerlo.

«Ninfas de la fuente», clamó, «hijas de Jove, si alguna vez Ulises os quemó muslos cubiertos de grasa, ya de corderos ya de cabritos, concededme mi ruego: que el cielo lo envíe a casa. Él pondría pronto fin a las bravatas con que hombres como tú andan por ahí insultando a la gente —zanganeando por toda la ciudad mientras vuestros rebaños se van al desastre por culpa de un mal pastoreo.»

Entonces respondió Melantio el cabrero: «Tú, perro de mala condición, ¿qué estás diciendo? Algún día te pondré a bordo de una nave y te llevaré a un país extranjero, donde pueda venderte y guardarme el dinero que saquen por ti. Ojalá estuviera tan seguro de que Apolo derribará a Telémaco muerto este mismo día, o de que los pretendientes lo matarán, como lo estoy de que Ulises no volverá jamás a casa.»

Con esto los dejó seguir a su paso, mientras él se adelantaba deprisa y pronto llegó a la casa de su señor. Cuando llegó entró y tomó asiento entre los pretendientes, frente a Eurímaco, que lo quería más que a ninguno de los otros. Los servidores le trajeron una ración de carne, y una criada de rango superior le puso pan delante para que comiese. Entretanto Ulises y el porquero llegaron a la casa y se detuvieron junto a ella, en medio de un sonido de música, pues Femio acababa de empezar a cantar para los pretendientes. Entonces Ulises agarró la mano del porquero y dijo:

«Eumeo, esta casa de Ulises es un lugar muy hermoso. Por muy lejos que vayas, encontrarás pocas como ella. Un edificio va siguiendo a otro. El patio exterior tiene una muralla con almenas por todas partes; las puertas son dobles, de doble hoja, y de buen acabado; sería difícil tomarla por la fuerza de las armas. Percibo, además, que hay mucha gente banqueteando dentro, pues hay olor de carne asada, y oigo un sonido de música, que los dioses han hecho para que acompañe a los festines.»

Entonces dijo Eumeo: «Has percibido bien, como sueles. Pero pensemos cuál será nuestra mejor decisión. ¿Entrarás tú primero y te unirás a los pretendientes, dejándome aquí atrás, o esperarás aquí y me dejarás entrar primero a mí? Pero no esperes mucho, o alguien podría verte merodeando por fuera, y tirarte algo. Considera este asunto, te lo ruego.»

Y respondió Ulises: «Entiendo y obedezco. Entra tú primero y déjame aquí donde estoy. Estoy bien acostumbrado a que me golpeen y me tiren cosas. He sido tan zarandeado en la guerra y por mar que estoy curado de espanto, y esto también irá con lo demás. Pero un hombre no puede esconder los antojos de un vientre hambriento; es un enemigo que da mucho quebranto a todos los hombres; por causa de él se equipan naves para surcar los mares, y para hacer la guerra a otros pueblos.»

Mientras así hablaban, un perro que estaba echado dormido alzó la cabeza y levantó las orejas. Este era Argos, que Ulises había criado antes de partir hacia Troya, pero nunca había sacado de él ningún trabajo. Antiguamente solían llevarlo los jóvenes cuando iban de caza a por cabras monteses, o ciervos, o liebres, pero ahora que su amo se había ido, yacía descuidado sobre los montones de estiércol de mulos y vacas que había delante de las puertas del establo, hasta que los hombres viniesen y los retiraran para estercolar el gran cercado; y estaba lleno de pulgas. Así que vio a Ulises de pie allí, bajó las orejas y movió la cola, mas no pudo acercarse a su amo. Cuando Ulises vio al perro al otro lado del corral, se enjugó una lágrima de los ojos sin que Eumeo lo viera, y dijo:

«Eumeo, qué perro tan noble es aquel de allá sobre el montón de estiércol: su planta es espléndida; ¿es tan buen perro como parece, o es sólo uno de esos perros que andan pidiendo alrededor de una mesa, y se tienen sólo de adorno?»

—Este perro —respondió Eumeo— pertenecía al que ha muerto en tierra lejana. Si fuese lo que era cuando Ulises partió hacia Troya, pronto os daría muestra de lo que sabe hacer. No había fiera en el bosque que pudiese escapar de él una vez que se ponía sobre su rastro. Pero ahora ha caído en malos tiempos, pues su amo ha muerto y desaparecido, y las mujeres no cuidan de él. Los siervos nunca cumplen con su trabajo cuando la mano del amo ya no está sobre ellos, porque Júpiter quita la mitad de la bondad al hombre cuando lo convierte en esclavo.

Mientras hablaba, entró en las dependencias hasta el claustro donde estaban los pretendientes; pero Argos murió en cuanto hubo reconocido a su amo.

Telémaco vio a Eumeo mucho antes que ningún otro y le hizo señas de que se acercase a sentarse junto a él; así que él miró alrededor y vio un asiento que había cerca del lugar donde el trinchante servía las porciones a los pretendientes; lo cogió, lo llevó a la mesa de Telémaco y se sentó frente a él. Entonces el siervo le trajo su porción y le dio pan de la cesta del pan.

Inmediatamente después entró Ulises, pareciendo un pobre y miserable viejo mendigo, apoyado en su bastón y con los vestidos hechos andrajos. Se sentó sobre el umbral de madera de fresno, justamente dentro de las puertas que conducían del patio exterior al interior, y contra un poste de sostén de madera de ciprés que el carpintero había cepillado con maestría y hecho encajar con regla y compás. Telémaco tomó un pan entero de la cesta, con tanta carne como podían abarcar sus dos manos, y dijo a Eumeo: «Lleva esto al forastero, y dile que vaya dando la vuelta a los pretendientes pidiendo; un mendigo no debe ser vergonzoso.»

Eumeo se acercó, pues, a él y dijo: «Forastero, Telémaco te envía esto, y dice que has de ir dando la vuelta a los pretendientes pidiendo, pues los mendigos no deben ser vergonzosos.»

Ulises respondió: «¡Que el rey Júpiter conceda toda felicidad a Telémaco, y cumpla el deseo de su corazón!»

Entonces con ambas manos tomó lo que Telémaco le había enviado y lo puso sobre el sucio y viejo zurrón a sus pies. Continuó comiéndolo mientras el bardo cantaba, y acababa de terminar su comida cuando aquél dejó de cantar. Los pretendientes aplaudieron al bardo; entonces Minerva se acercó a Ulises y le indujo a pedir trozos de pan a cada uno de los pretendientes, para que viese qué clase de gente eran y distinguiese a los buenos de los malos; pero saliese como saliese, no pensaba salvar a uno solo de ellos. Ulises, por tanto, continuó dando su vuelta, yendo de izquierda a derecha, y extendió las manos pidiendo como si fuese un verdadero mendigo. Algunos de ellos lo compadecieron y sintieron curiosidad por él, preguntándose unos a otros quién era y de dónde venía; entonces el cabrerizo Melantio dijo: «Pretendientes de mi noble señora, puedo deciros algo acerca de él, pues ya lo he visto antes. El porquerizo lo trajo aquí, pero yo no sé nada del hombre mismo, ni de dónde viene.»

A esto Antínoo comenzó a injuriar al porquerizo. —¡Pedazo de idiota! —gritó—, ¿a qué has traído a este hombre a la ciudad? ¿No tenemos ya suficientes vagabundos y mendigos que nos molesten mientras nos sentamos a comer? ¿Crees que es poco que esa gente se reúna aquí para malgastar los bienes de tu amo, y aún has de traer también a este hombre?

Eumeo respondió: «Antínoo, tu cuna es buena pero tus palabras son malas. No fue obra mía que él viniese aquí. ¿Quién es el que va a invitar a un forastero de tierra extraña, a menos que sea uno de los que pueden prestar servicio público como adivino, curandero de heridas, carpintero, o bardo que nos encante con su canto? Tales hombres son bienvenidos por doquier, pero nadie va a llamar a un mendigo que sólo ha de molestarle. Tú eres siempre más duro con los siervos de Ulises que ninguno de los otros pretendientes, y sobre todo conmigo, pero no me importa mientras Telémaco y Penélope estén vivos y aquí.

Telémaco dijo: «Cállate, no le respondas; Antínoo tiene la lengua más amarga de todos los pretendientes, y hace peores a los demás.»

Luego, volviéndose a Antínoo, dijo: «Antínoo, tú cuidas de mis intereses como si yo fuese tu hijo. ¿Por qué querrías ver a este forastero expulsado de la casa? No lo permita el cielo; toma algo y dáselo tú mismo; no lo envidio; te pido que lo tomes. No te preocupes de mi madre, ni de ninguno de los otros siervos de la casa; pero sé que no harás lo que digo, pues te gusta más comer las cosas tú mismo que dárselas a otros.»

—¿Qué quieres decir, Telémaco —replicó Antínoo—, con esa fanfarronería? Si todos los pretendientes le diesen tanto como yo le daré, no volvería aquí en otros tres meses.

Mientras hablaba, sacó de debajo de la mesa el escabel sobre el que descansaba sus delicados pies, e hizo ademán de arrojárselo a Ulises; pero los otros pretendientes le dieron todos algo, y le llenaron el zurrón de pan y carne; iba, pues, a volverse al umbral y a comer lo que los pretendientes le habían dado, pero primero se acercó a Antínoo y dijo:

—Señor, dame algo; no eres, por cierto, el hombre más pobre de aquí; pareces ser un jefe, el primero entre todos; por tanto deberías ser el que más da, y yo pregonaré por doquier tu generosidad. Yo también fui rico en otro tiempo, y tenía una hermosa casa propia; en aquellos días daba a muchos vagabundos como yo soy ahora, sin importar quién fuese ni lo que quisiera. Tenía cualquier número de siervos y todas las demás cosas que tienen quienes viven bien y son tenidos por ricos, pero plugo a Júpiter quitármelo todo. Me envió con una banda de errantes salteadores a Egipto; fue una larga travesía y me perdió. Aposté mis naves en el río Aegyptus, y ordené a los míos quedarse junto a ellas y guardarlas, mientras yo enviaba exploradores a reconocer desde todos los puntos ventajosos.

»Pero los hombres desobedecieron mis órdenes, obraron a su antojo y devastaron la tierra de los egipcios, matando a los hombres y llevándose cautivas a sus mujeres e hijos. La alarma fue llevada pronto a la ciudad, y al oír el grito de guerra, la gente salió al despuntar el día, hasta llenar la llanura de soldados de a caballo y de a pie, y con el resplandor de las armas. Entonces Júpiter infundió el pánico entre los míos, y no quisieron hacer frente al enemigo, porque se encontraron rodeados. Los egipcios mataron a muchos de nosotros y tomaron vivos a los demás para someterlos a trabajos forzados; en cuanto a mí, me entregaron a un amigo suyo que encontraron, para que me llevase a Chipre, Dmetor de nombre, hijo de Iaso, que era un gran hombre en Chipre. De allí vengo aquí en gran miseria.

Antínoo dijo entonces: «¿Qué dios puede haber enviado semejante peste para afligirnos durante nuestra comida? ¡Sal afuera, a la parte abierta del patio, o te daré Egipto y Chipre de nuevo por tu insolencia e importunidad! Has pedido a todos los demás, y ellos te han dado con largueza, pues tienen abundancia a su alrededor, y es fácil ser generoso con los bienes ajenos cuando hay abundancia de ellos.»

Ante esto, Ulises comenzó a marcharse y dijo: «Tu aspecto, buen señor, es mejor que tu crianza; si estuvieses en tu propia casa, no escatimarías a un pobre ni siquiera un pellizco de sal, pues aunque estás en casa ajena y rodeado de abundancia, no puedes encontrar en tu pecho darle ni siquiera un trozo de pan.»

Esto irritó mucho a Antínoo, que lo miró ceñudo diciendo: «¡Vas a pagar esto antes de salir del patio!» Con estas palabras le arrojó un escabel y lo hirió en el omóplato derecho, cerca de la parte alta de la espalda. Ulises se mantuvo firme como una roca, y el golpe ni siquiera lo tambaleó, pero sacudió la cabeza en silencio mientras meditaba su venganza. Luego volvió al umbral y se sentó allí, colocando a sus pies el bien provisto zurrón.

—Escuchadme —exclamó—, pretendientes de la reina Penélope, para que hable tal como pienso. Un hombre no siente dolor ni molestia si es golpeado mientras lucha por su dinero, o por sus ovejas o su ganado; y aun así Antínoo me ha golpeado mientras servía a mi miserable vientre, que siempre mete a la gente en líos. Con todo, si los pobres tienen dioses y vengadores, ruego que Antínoo perezca antes de su boda.

—Siéntate donde estés y come tu comida en silencio, o vete a otra parte —gritó Antínoo—. Si dices más, haré que te arrastren por los patios de pies y manos, y los siervos te despellejarán vivo.

Los otros pretendientes se disgustaron mucho por esto, y uno de los jóvenes dijo: «Antínoo, hiciste mal en golpear a ese pobre miserable vagabundo; será peor para ti si resulta ser algún dios —y sabemos que los dioses andan por ahí disfrazados de toda suerte de maneras, como gente de países extranjeros, y recorren el mundo para ver quién obra mal y quién con rectitud.»

Así hablaron los pretendientes, pero Antínoo no les hizo caso. Entretanto, Telémaco estaba furioso por el golpe que se le había dado a su padre, y aunque no derramó lágrima alguna, sacudió la cabeza en silencio y meditó su venganza.

Ahora bien, cuando Penélope oyó que el mendigo había sido golpeado en el claustro del banquete, dijo ante sus doncellas: «¡Quiera Apolo herirte así, Antínoo!», y su doncella Eurínome respondió: «Si nuestras plegarias fuesen escuchadas, ninguno de los pretendientes volvería a ver salir el sol.» Entonces Penélope dijo: «Nodriza, odio a cada uno de ellos, pues no piensan sino en maldad, pero odio a Antínoo como las tinieblas de la muerte misma. Un pobre e infortunado vagabundo ha venido pidiendo por la casa por pura necesidad. Todos los demás le han dado algo para su zurrón, pero Antínoo lo ha golpeado en el omóplato derecho con un escabel.»

Así hablaba con sus doncellas mientras estaba sentada en su propia estancia, y entretanto Ulises comía su comida. Luego llamó al porquerizo y dijo: «Eumeo, ve y dile al forastero que venga aquí; quiero verlo y hacerle algunas preguntas. Parece haber viajado mucho, y puede haber visto u oído algo de mi desgraciado esposo.»

A esto respondiste, oh porquerizo Eumeo: «Señora, si estos aqueos quisieran callarse, os encantaríais con la historia de sus aventuras. Lo tuve tres días y tres noches conmigo en mi choza, que fue el primer lugar donde llegó tras huir de su nave, y aún no ha terminado de contar la historia de sus desgracias. Si hubiese sido el más divino de los aedos en todo el mundo, en cuyos labios quedan los oyentes arrobados, no habría quedado más encantado mientras estaba sentado en mi choza escuchándolo. Dice que hay una antigua amistad entre su casa y la de Ulises, y que viene de Creta, donde viven los descendientes de Minos, tras haber sido arrastrado de aquí para allá por toda clase de desgracias; también declara que ha oído que Ulises vive y está cerca de aquí, entre los tesprotos, y que trae consigo grandes riquezas.»

—Llámalo aquí, entonces —dijo Penélope—, para que yo también oiga su relato. En cuanto a los pretendientes, que se diviertan dentro o fuera como quieran, pues no tienen nada que temer. Su trigo y su vino quedan intactos en sus casas, sin que los consuman sino los siervos, mientras ellos andan rondando nuestra casa día tras día, sacrificando nuestros bueyes, ovejas y gordas cabras para sus banquetes, y nunca pensando en la cantidad de vino que beben. Ningún patrimonio puede soportar tal desorden, pues ya no tenemos a Ulises que nos proteja. Si volviese, él y su hijo se vengarían pronto.

Mientras hablaba, Telémaco estornudó tan fuertemente que la casa entera retumbó. Penélope se rió al oírlo y dijo a Eumeo: «Ve y llama al forastero; ¿no oíste cómo estornudó mi hijo justo cuando yo hablaba? Esto sólo puede significar que todos los pretendientes van a ser muertos, y que no escapará ni uno. Además digo, y pon en tu pecho mi palabra: si quedo satisfecha de que el forastero dice la verdad, le daré una camisa y un manto de buen uso.»

Cuando Eumeo oyó esto, fue derecho a Ulises y dijo: «Padre forastero, mi señora Penélope, madre de Telémaco, os ha mandado llamar; está muy afligida, pero desea oír lo que podáis contarle de su esposo, y si queda satisfecha de que decís la verdad, os dará una camisa y un manto, que son las cosas que más necesitáis. En cuanto a pan, podéis conseguir bastante para llenar el vientre, pidiendo por la ciudad y dejando que den los que quieran.»

—Le diré a Penélope —respondió Ulises— sólo lo que es estrictamente cierto. Sé todo acerca de su esposo y he sido su compañero en la aflicción, pero temo atravesar este tropel de crueles pretendientes, pues su orgullo y su insolencia llegan al cielo. Además, hace un momento, mientras iba por la casa sin hacer daño alguno, un hombre me dio un golpe que me hizo mucho daño, pero ni Telémaco ni nadie me defendió. Di, pues, a Penélope que tenga paciencia y espere a la puesta del sol. Que me haga sentar junto al fuego, pues mis vestidos están muy gastados —ya lo sabéis, pues los habéis visto desde que os pedí por primera vez que me ayudaseis—; podrá entonces preguntarme sobre el regreso de su esposo.

El porquerizo volvió cuando oyó esto, y Penélope dijo al verlo cruzar el umbral: «¿Por qué no lo traes aquí, Eumeo? ¿Tiene miedo de que alguno lo maltrate, o es que se abstiene de entrar en absoluto en la casa? Los mendigos no deben ser vergonzosos.»

A esto respondiste, oh porquerizo Eumeo: «El forastero es bastante razonable. Evita a los pretendientes y hace sólo lo que haría cualquiera. Os pide que esperéis hasta la puesta del sol, y será mucho mejor, señora, que lo tengáis para vos sola, cuando podáis oírlo y hablarle como queráis.»

—El hombre no es tonto —respondió Penélope—, es muy probable que sea como dice, pues no hay gente tan abominable en todo el mundo como estos hombres.

Cuando hubo terminado de hablar, Eumeo volvió a los pretendientes, pues lo había explicado todo. Luego se acercó a Telémaco y le dijo al oído, de modo que nadie pudiese oírlo: «Mi buen señor, voy a volver ahora a los cerdos, para cuidar de vuestra hacienda y de mis propios asuntos. Vos cuidaréis de lo que aquí sucede, pero sobre todo cuidaos de no caer en peligro, pues son muchos los que os tienen mala voluntad. ¡Quiera Júpiter llevarlos a mal fin antes de que nos hagan daño!»

—Muy bien —respondió Telémaco—, vete a casa cuando hayas comido, y por la mañana ven aquí con las víctimas que hemos de sacrificar en el día. Deja el resto al cielo y a mí.

A esto, Eumeo volvió a sentarse, y cuando hubo terminado su comida, dejó los patios y el claustro con los hombres a la mesa, y volvió a sus cerdos. En cuanto a los pretendientes, pronto comenzaron a divertirse con cantos y danzas, pues ya iba anocheciendo.

LIBRO XVIII

PELEA CON IRO — ULISES ADVIERTE A ANFINOMO — PENÉLOPE RECIBE REGALOS DE LOS PRETENDIENTES — LOS BRASEROS — ULISES REPRENDE A EURÍMACO.

Ahora vino cierto vagabundo común que solía pedir por toda la ciudad de Ítaca, y era notorio como glotón y borracho incorregible. Este hombre no tenía fuerza ni aguante, pero era un grandísimo sujeto de aspecto; su nombre verdadero, el que le dio su madre, era Arneo, pero los mozos del lugar lo llamaban Iro, porque solía hacer recados para cualquiera que quisiera enviarlo. Tan pronto como llegó, comenzó a insultar a Ulises y a intentar echarlo de su propia casa.

—¡Lárgate, viejo —gritó—, o te sacarán a rastras del umbral por el cuello y los talones! ¿No ves que todos me hacen guiños y quieren que te eche a la fuerza, sólo que no me place hacerlo? Levántate, pues, y vete por ti mismo, o llegaremos a las manos.

Ulises frunció el ceño y dijo: «Amigo mío, no te hago daño alguno; te dan mucho, pero no tengo envidia. Hay sitio de sobra en este umbral para los dos, y no necesitas envidiarme cosas que no son tuyas para dar. Pareces ser un vagabundo igual que yo, pero tal vez los dioses nos den mejor suerte más adelante. No hables, sin embargo, tanto de pelear, o me irritarás, y, viejo como soy, te cubriré la boca y el pecho de sangre. Tendré más paz mañana si lo hago, pues no volverás a la casa de Ulises nunca más.»

Iro se enfureció mucho y respondió: «¡Sucio glotón, hablas tan suelto como una vieja pescadera! Tengo muchas ganas de echarte las manos encima y arrancarte los dientes de la cabeza como si fueran colmillos de jabalí. Prepárate, pues, y deja que estos hombres aquí miren. Nunca podrás luchar contra uno mucho más joven que tú.»

Así se increparon uno a otro en el pavimento liso frente al umbral, y cuando Antínoo vio lo que pasaba, rió de buena gana y dijo a los otros: «Éste es el mejor espectáculo que habéis visto jamás; el cielo no ha enviado nunca nada igual a esta casa. El forastero y Iro han reñido y van a pelear; hagámoslos contender de inmediato.»

Los pretendientes se acercaron riendo y se reunieron en torno a los dos andrajosos vagabundos. «Escuchadme —dijo Antínoo—, hay algunas panzas de cabra al fuego, que hemos rellenado de sangre y grasa, y guardado para la cena; el que venza y se muestre mejor tendrá la mejor de ellas; estará libre de nuestra mesa y no permitiremos que ningún otro mendigo ande por la casa.»

Los demás aceptaron, pero Ulises, para desviarlos de su propósito, dijo: «Señores, un viejo como yo, agotado por el sufrimiento, no puede medirse con un joven; pero mi irrefrenable vientre me empuja, aunque sé que no puede terminar sino en una paliza. Debéis jurar, sin embargo, que ninguno me asestará un golpe sucio para favorecer a Iro y asegurarle la victoria.»

Jurado como él les había dicho, y cuando hubieron prestado el juramento, tomó la palabra Telémaco y dijo: «Forastero, si tienes ánimo para ajustar cuentas con este sujeto, no has de temer a nadie de aquí. Quien te golpee tendrá que habérselas con más de uno. Yo soy el dueño de la casa, y los demás príncipes, Antínoo y Eurímaco, ambos hombres de buen juicio, piensan del mismo modo que yo.»

Todos asintieron, y Ulises se ciñó sus viejos andrajos a la cintura, dejando al descubierto así sus robustos muslos, su amplio pecho y hombros, y sus poderosos brazos; pero Minerva se le acercó y le fortaleció aún más los miembros. Los pretendientes se asombraron sobremanera, y uno se volvía hacia el de al lado diciendo: «El forastero ha sacado de sus viejos andrajos unos muslos tales, que pronto no quedará nada de Iro.»

Iro empezó a sentirse muy intranquilo al oírlos, pero los siervos lo ciñeron por la fuerza y lo llevaron [a la parte descubierta del patio] tan asustado que sus miembros temblaban de arriba abajo. Antínoo lo reprendió y dijo: «Fanfarrón matasiete, nunca debiste haber nacido siquiera si temes a una criatura vieja y deshecha como este vagabundo. Digo, pues, y se cumplirá sin falta: si te vence y se muestra mejor que tú, te embarcaré hacia la tierra firme y te enviaré al rey Equeto, que mata a todo el que se le acerca. Él te cortará la nariz y las orejas, y sacará tus entrañas para que se las coman los perros.»

Esto asustó aún más a Iro, pero lo arrastraron al medio del patio, y los dos hombres alzaron las manos para luchar. Entonces Ulises pensó si debía asestarle un golpe tan fuerte que acabara con él allí mismo, o si debía darle un golpe más suave que solo lo derribara; al fin juzgó mejor darle el golpe suave, por temor a que los aqueos comenzaran a sospechar quién era. Luego empezaron a pelear, e Iro hirió a Ulises en el hombro derecho; pero Ulises le dio a Iro un golpe en el cuello, bajo la oreja, que le rompió los huesos del cráneo, y la sangre le brotó a chorros de la boca; cayó gimiendo en el polvo, rechinando los dientes y pataleando en el suelo, mas los pretendientes alzaron las manos y casi mueren de risa, mientras Ulises lo agarraba por un pie y lo arrastraba por el patio exterior hasta el corredor de la puerta. Allí lo apoyó contra el muro y le puso su bastón en las manos. «Siéntate aquí —dijo— y aparta de mí a los perros y a los cerdos; eres un ser lastimoso, y si vuelves a hacerte rey de los mendigos, te irá aún peor.»

Entonces se echó al hombro, con la cuerda de la que colgaba, su vieja y sucia mochila, toda raída y rota, y volvió a sentarse en el umbral; pero los pretendientes entraron en los pórticos, riendo y saludándolo: «Que Júpiter —dijeron— y todos los demás dioses te concedan cuanto deseas por haber puesto fin a la importunidad de este vagabundo insaciable. Pronto lo llevaremos a la tierra firme, al rey Equeto, que mata a todo el que se le acerca.»

Ulises acogió esto como buen agüero, y Antínoo le puso delante un gran vientre de cabra relleno de sangre y grasa. Anfínomo sacó dos hogazas del cesto del pan y se las llevó, al tiempo que le brindaba con una copa de oro llena de vino. «Buena suerte —dijo—, padre forastero; ahora estás muy malparado, pero espero que tengas tiempos mejores más adelante.»

A esto respondió Ulises: «Anfínomo, pareces hombre de buen entendimiento, como sin duda puedes serlo, dado quién es tu padre. He oído hablar bien de él; es Niso de Duliquio, hombre valiente y rico. Dicen que eres hijo suyo, y por tu aspecto pareces persona de valía; escucha, pues, y atiende a lo que voy a decirte. El hombre es la más vana de todas las criaturas que tienen su ser sobre la tierra. Mientras el cielo le concede salud y fuerzas, cree que no habrá de sufrir mal alguno en el futuro, y aun cuando los bienaventurados dioses le envían dolor, lo soporta como debe y saca de ello el mejor partido; pues el Dios todopoderoso da a los hombres su ánimo día tras día. Yo bien lo sé, pues fui rico en otro tiempo, e hice mucho mal en la obstinación de mi soberbia, y confiando en que mi padre y mis hermanos me respaldarían; por tanto, tema el hombre a Dios en todo y siempre, y reciba el bien que el cielo tenga a bien enviarle sin vana jactancia. Considera la infamia de lo que estos pretendientes están haciendo; mira cómo desperdician la hacienda y deshonran a la esposa de uno que con certeza ha de volver un día, y además no muy lejano. Más aún, estará aquí pronto; ojalá el cielo te envíe antes a casa tranquilamente, para que no te encuentres con él el día de su llegada, pues una vez aquí, los pretendientes y él no se separarán sin derramamiento de sangre.»

Dichas estas palabras, hizo una libación, y tras beber devolvió la copa de oro a manos de Anfínomo, que se alejó ceñudo, cabizbajo, pues presagiaba el mal. Pero aun así no escapó de la destrucción, pues Minerva lo había condenado a caer por mano de Telémaco. Así que volvió a sentarse en el lugar del que había venido.

Entonces Minerva puso en el ánimo de Penélope mostrarse ante los pretendientes, a fin de que ellos se enamoraran aún más de ella, y ella ganara mayor honra de su hijo y de su esposo. Así que fingió una risa burlona y dijo: «Eurinome, he cambiado de parecer y se me ha antojado mostrarme a los pretendientes, aunque los detesto. Quisiera también darle a mi hijo un aviso de que no debe tener nada más que ver con ellos. Hablan con bastante dulzura, pero traman malicia.»

«Hija mía —respondió Eurinome—, todo lo que has dicho es cierto; ve y díselo a tu hijo, pero antes lávate y únguete el rostro. No andes con las mejillas cubiertas de lágrimas; no está bien que gimas sin cesar; pues Telémaco, por cuyo nacimiento con barba siempre rogaste poder vivir, ya es un hombre hecho y derecho.»

«Sé, Eurinome —repuso Penélope—, que lo dices con buena intención, pero no intentes persuadirme de que me lave y me unja, pues el cielo me robó toda mi belleza el día en que mi esposo se hizo a la vela; no obstante, di a Autónoe y a Hipodamía que las necesito. Deben estar conmigo cuando esté en el claustro; no iré sola entre los hombres; no sería decoroso.»

Con esto la anciana salió de la estancia a mandar a las siervas que fueran a su señora. Entre tanto, Minerva pensó en otro asunto e hizo caer a Penélope en un dulce sueño; de modo que se acostó en su lecho y sus miembros se volvieron pesados de sueño. Entonces la diosa derramó gracia y hermosura sobre ella, para que todos los aqueos la admirasen. Le lavó el rostro con la lozanía ambrosía que Venus lleva cuando va a danzar con las Gracias; la hizo más alta y de figura más imponente, y en cuanto a su tez, era más blanca que el marfil aserrado. Cuando Minerva hubo hecho todo esto, se marchó; entonces las siervas entraron desde la estancia de las mujeres y despertaron a Penélope con el ruido de su conversación.

«¡Qué sueño tan exquisitamente delicioso he tenido! —dijo, pasándose las manos por el rostro—, a pesar de toda mi desdicha. Quisiera que Diana me dejase morir ahora, tan dulcemente, en este mismo instante, para no consumirme más en la desesperación por la pérdida de mi amado esposo, que poseía toda clase de bondades y era el más distinguido de los hombres entre los aqueos.»

Con estas palabras bajó de su aposento alto, no sola, sino acompañada de dos de sus doncellas, y cuando llegó junto a los pretendientes se detuvo junto a uno de los postes que sostenían el techo del claustro, cubriéndose el rostro con un velo y teniendo a cada lado una doncella de confianza. Al contemplarla, los pretendientes quedaron tan fuera de sí y tan perdidamente enamorados de ella, que cada uno rogó poderla conseguir para compañera de su lecho.

«Telémaco —dijo, dirigiéndose a su hijo—, temo que ya no eres tan discreto ni tan bien mandado como solías. Cuando eras más joven tenías mayor sentido del decoro; ahora, sin embargo, que ya eres mayor, aunque un extraño, mirándote, te tomaría por hijo de padre acaudalado en cuanto a estampa y buen parecer, tu conducta no es en modo alguno lo que debería ser. ¿Qué disturbio es este que ha estado ocurriendo, y cómo has permitido que un forastero fuese maltratado de manera tan vergonzosa? ¿Qué habría pasado si hubiera sufrido lesión grave siendo suplicante en nuestra casa? Sin duda habría sido muy deshonroso para ti.»

«No me asombro, querida madre —respondió Telémaco—, de tu disgusto; lo entiendo todo y sé cuándo no son las cosas como debieran, lo que no podía hacer siendo más joven; no puedo, sin embargo, comportarme con perfecta corrección en todo momento. Primero uno y luego otro de estos malandrines aquí presentes no deja de enloquecerme, y no tengo a nadie que me respalde. Al fin y al cabo, empero, la pelea entre Iro y el forastero no salió como los pretendientes pretendían, pues el forastero llevó la mejor parte. Quisiera que el padre Júpiter, Minerva y Apolo les rompiesen el cuello a todos estos tus pretendientes, unos dentro de la casa y otros fuera; y quisiera que todos quedaran tan molidos como Iro allí, en la puerta del patio exterior. Mira cómo cabecea como un borracho; ha recibido tal paliza que no puede tenerse en pie ni volver a su casa, dondequiera que ésta esté, pues no le queda fuerza alguna.»

Así conversaban. Entonces Eurímaco se acercó y dijo: «Reina Penélope, hija de Icario, si en este momento todos los aqueos de Argos yasio pudieran verte, mañana tendrías aún más pretendientes en tu casa, pues eres la mujer más admirable del mundo entero, tanto en hermosura personal como en fortaleza de entendimiento.»

A esto respondió Penélope: «Eurímaco, el cielo me robó toda mi hermosura, tanto de rostro como de figura, cuando los argivos se hicieron a la vela hacia Troya y mi amado esposo con ellos. Si él volviera y cuidase de mis asuntos, sería más respetada y ofrecería mejor presencia al mundo. Tal como están las cosas, me oprime el cuidado y las aflicciones que el cielo ha tenido a bien amontonar sobre mí. Mi esposo lo previó todo, y al partir de casa me tomó la muñeca derecha con su mano: "Esposa —dijo—, no todos nosotros volveremos salvos de Troya, pues los troyanos combaten bien tanto con arco como con lanza. Son excelentes también en el combate desde los carros, y nada decide el resultado de una batalla más pronto que esto. No sé, pues, si el cielo me enviará de vuelta a ti, o si caeré allí, en Troya. Entre tanto, cuida tú lo de aquí. Atiende a mi padre y a mi madre como hasta ahora, y aún más durante mi ausencia, pero cuando veas a nuestro hijo creciéndole la barba, casa entonces con quien quieras y deja esta tu casa actual." Esto fue lo que dijo, y ahora todo se está cumpliendo. Llegará una noche en que tendré que entregarme a un matrimonio que detesto, pues Júpiter me ha quitado toda esperanza de felicidad. Este nuevo pesar, además, me parte el corazón. Vosotros, pretendientes, no me estáis cortejando según la costumbre de mi tierra. Cuando los hombres cortejan a una mujer que creen será buena esposa para ellos y que es de noble alcurnia, y cada uno procura ganarla para sí, suelen traer bueyes y ovejas para festejar a los amigos de la dama, y le hacen magníficos presentes, en vez de comerse la hacienda ajena sin pagarla.»

Esto fue lo que ella dijo, y Ulises se alegró al oírla intentar sacarles presentes a los pretendientes, halagándolos con bellas palabras que él sabía que ella no pensaba.

Entonces Antínoo dijo: «Reina Penélope, hija de Icario, toma cuantos presentes quieras de quien quiera dártelos; no está bien rechazar un presente; pero no nos marcharemos ni nos moveremos de donde estamos hasta que te cases con el mejor de nosotros, quienquiera que sea.»

Los demás aplaudieron lo dicho por Antínoo, y cada uno mandó a su siervo a traer su presente. El siervo de Antínoo volvió con un vestido grande y hermoso, exquisitamente bordado. Tenía doce alfileres de broche de oro puro, de bella hechura, para sujetarlo. Eurímaco trajo al punto un magnífico collar de cuentas de oro y ámbar que resplandecía como la luz del sol. Los dos hombres de Eurídamas volvieron con unos pendientes labrados en tres brillantes colgantes que centelleaban hermosísimos; mientras el rey Pisandro, hijo de Polictor, le dio un collar de rara labor, y todos los demás le trajeron un hermoso presente de algún tipo.

Entonces la reina volvió a su estancia arriba, y sus siervas le llevaron los presentes tras ella. Entretanto, los pretendientes se entregaron al canto y al baile, y permanecieron hasta la llegada de la noche. Bailaron y cantaron hasta que oscureció; luego trajeron tres braseros para dar luz, y los colmaron con leña cortada, muy vieja y seca, y de ellos encendieron teas que las siervas sostenían por turno. Entonces dijo Ulises:

«Siervas, servidoras de Ulises, que tanto tiempo lleva ausente, id junto a la reina dentro de la casa; sentaos con ella y distraedla, o hilad y labrad lana. Yo sostendré la luz para toda esta gente. Pueden quedarse hasta la mañana, pero no me azotarán, pues puedo aguantar mucho.»

Las siervas se miraron unas a otras y rieron, mientras la hermosa Melantó comenzó a mofarse de él con desprecio. Era hija de Dolio, pero había sido criada por Penélope, que solía darle juguetes con los que jugar y cuidaba de ella cuando era niña; pero, a pesar de todo esto, no mostraba consideración alguna por los pesares de su señora, y solía conducirse deshonestamente con Eurímaco, de quien estaba enamorada.

«¡Pobre desdichado! —dijo—. ¿Es que has perdido por completo el juicio? Vete a dormir en alguna fragua, o en cualquier lugar de comadres públicas, en lugar de parlotear aquí. ¿No te da vergüenza abrir la boca ante tus superiores, y tantos como son? ¿Se te ha subido el vino a la cabeza, o siempre estás farfullando de este modo? Parece que has perdido el juicio por haber vencido al vagabundo de Iro; ten cuidado con que no venga un hombre mejor que él y te apalee la cabeza hasta arrojarte sangrando fuera de la casa.»

«¡Bellaca! —respondió Ulises, mirándola con el ceño fruncido—, iré a contarle a Telémaco lo que has dicho, y él te hará descuartizar miembro a miembro.»

Con estas palabras asustó a las mujeres, y ellas se fueron al interior de la casa. Temblaban de arriba abajo, pues creyeron que haría lo que decía. Pero Ulises se quedó junto a los braseros encendidos, sosteniendo las teas y mirando a la gente, mientras cavilaba sobre las cosas que sin duda habían de acontecer.

Pero Minerva no consintió que los pretendientes cesaran ni un instante en su insolencia, pues quería que Ulises se volviera aún más amargo contra ellos; así que instigó a Eurímaco, hijo de Polibo, a que se burlase de él, lo que hizo reír a los demás. «Escuchadme —dijo—, pretendientes de la reina Penélope, para que hable tal como lo tengo pensado. No es por nada por lo que este hombre ha venido a la casa de Ulises; yo creo que la luz no proviene de las teas, sino de su propia cabeza, pues no le queda pelo, ni un solo cabello.»

Luego, volviéndose hacia Ulises, dijo: «Forastero, ¿querrías trabajar como siervo si te envío a los campos y me ocupo de que seas bien pagado? ¿Sabes construir un vallado de piedra, o plantar árboles? Te mantendría todo el año, y te daría calzado y vestidos. ¿Irías, pues? Tú no; pues has caído en malas costumbres y no quieres trabajar; prefieres llenarte la barriga yendo por el campo pidiendo limosna.»

«Eurímaco —respondió Ulises—, si tú y yo trabajásemos el uno contra el otro al comenzar el estío, cuando los días son los más largos: dame una buena guadaña y toma tú otra, y veamos cuál aguanta más tiempo o siega con más fuerza, desde el alba hasta el ocaso, cuando la hierba para cortar está crecida. O si prefieres arar contra mí, tomemos cada uno un yugo de bueyes rubios, bien apareados y de gran fuerza y resistencia; méteme en un campo de cuatro fanegas, y mira si tú o yo podemos trazar el surco más recto. Si, además, estallara hoy la guerra, dame un escudo, un par de lanzas y un casco que se ajuste bien a mis sienes: me veríais en primera fila en la refriega, y cesaríais en vuestras burlas sobre mi barriga. Eres insolente y cruel, y te crees un gran hombre porque vives en un pequeño mundo, y además malo. Si Ulises vuelve a lo suyo, las puertas de su casa están abiertas de par en par, pero las encontrarás estrechas cuando intentes huir por ellas.»

Eurímaco se enfureció con todo esto. Lo miró con ceño y exclamó: «¡Desdichado, pronto te daré tu merecido por atreverte a decirme tales cosas, y en público además! ¿Se te ha subido el vino a la cabeza o siempre estás farfullando así? Parece que has perdido el juicio por haber vencido al vagabundo de Iro.» Dicho esto, agarró un escabel, pero Ulises buscó refugio en las rodillas de Anfínomo de Duliquio, pues tuvo miedo. El escabel dio al copero en la mano derecha y lo derribó: el hombre cayó de espaldas con un grito, y su jarra de vino cayó al suelo sonando. Los pretendientes en el claustro cubierto se alborotaron, y uno se volvía hacia el de al lado diciendo: «Ojalá el forastero se hubiera ido a otra parte, mal rayo le parta, por todo el trastorno que nos causa. No podemos permitir tal disturbio por culpa de un mendigo; si tales malos consejos han de prevalecer, no tendremos más gozo en nuestro banquete.»

Entonces Telémaco se adelantó y dijo: «Señores, ¿estáis locos? ¿No podéis llevaros vuestra comida y vuestra bebida con decoro? Algún espíritu maligno se ha apoderado de vosotros. No deseo echar a ninguno, pero ya habéis cenado, y cuanto antes os vayáis todos a casa a dormir, mejor.»

Los pretendientes se mordieron los labios y se maravillaron de la audacia de sus palabras; pero Anfínomo, hijo de Niso, que era hijo de Aretias, dijo: «No nos ofendamos; es razonable, así que no respondamos. Tampoco hagamos violencia al forastero ni a ninguno de los siervos de Ulises. Que el copero ronde con las libaciones, para que las hagamos y nos retiremos a descansar. En cuanto al forastero, dejemos que Telémaco se ocupe de él, pues a su casa es a donde ha venido.»

Así habló, y sus palabras les parecieron bien, de modo que Mulio, servidor de Anfínomo, mezcló una crátera de vino y agua, y les sirvió a cada uno por separado, uno a uno, tras lo cual ellos derramaron sus libaciones a los dioses benditos. Luego, cuando hubieron hecho las libaciones y cada uno hubo bebido a su talante, se marcharon cada cual por su lado, hacia su propia morada.

LIBRO XIX

TELÉMACO Y ULISES RETIRAN LAS ARMAS — ULISES ENTREVISTA A PENÉLOPE — EURÍCLEA LE LAVA LOS PIES Y RECONOCE LA CICATRIZ DE SU PIERNA — PENÉLOPE CUENTA SU SUEÑO A ULISES.

Ulises quedó en el claustro, cavilando sobre los medios con que, con la ayuda de Minerva, podría dar muerte a los pretendientes. Al poco dijo a Telémaco: «Telémaco, hemos de recoger las armas y bajarlas adentro. Inventa una excusa cuando los pretendientes te pregunten por qué las has retirado. Di que las has apartado del humo, puesto que ya no son lo que eran cuando Ulises se fue, sino que se han ensuciado y tiznado con el hollín. Añade, en particular, que temes que Júpiter los incite a pelearse por el vino, y que puedan hacerse daño unos a otros, lo que deshonraría tanto el banquete como el galanteo, pues la vista de las armas tienta a veces a la gente a usarlas.»

Telémaco aprobó lo que su padre había dicho, así que llamó a la nodriza Euriclea y le dijo: «Nodriza, encierra a las mujeres en su habitación, mientras yo llevo las armas que mi padre dejó al bajarlas al almacén. Nadie las cuida ahora que mi padre se ha ido, y se han tiznado de hollín durante mi propia infancia. Quiero bajarlas donde el humo no pueda alcanzarlas.»

«Quisiera, hijo mío —respondió Euriclea—, que tomaras tú mismo por entero la dirección de la casa y cuidaras de todos los bienes. Pero ¿quién ha de ir contigo y alumbrarte hasta el almacén? Lo harían las criadas, pero tú no lo has permitido.»

«El forastero —dijo Telémaco— me alumbrará; quien come mi pan ha de ganarlo, sin importar de dónde venga.»

Euriclea hizo lo que le mandaron, y cerró con llave a las mujeres dentro de su habitación. Entonces Ulises y su hijo se dieron prisa en llevarse los yelmos, los escudos y las lanzas adentro; y Minerva iba delante de ellos con una lámpara de oro en la mano, cuya luz, suave y refulgente, se derramaba por doquier, ante lo cual Telémaco dijo: «Padre, mis ojos ven un gran prodigio: los muros, con las vigas, los tirantes y los soportes sobre los que descansan, brillan todos como envueltos en fuego ardiente. Sin duda hay aquí algún dios que ha bajado del cielo.»

«Calla —respondió Ulises—, estate quieto y no hagas preguntas, que tal es la costumbre de los dioses. Vete a tu lecho y déjame aquí para hablar con tu madre y las criadas. Tu madre, en su dolor, me hará toda suerte de preguntas.»

Con esto, Telémaco se retiró a la luz de las teas hacia el otro lado del patio interior, a la habitación en la que siempre dormía. Allí se acostó en su lecho hasta la mañana, mientras Ulises quedaba en el claustro cavilando sobre los medios con que, con la ayuda de Minerva, podría dar muerte a los pretendientes.

Entonces Penélope bajó de su habitación, semejante a Venus o Diana, y le dispusieron un sitial taraceado de placas de plata y marfil junto al fuego, en su lugar acostumbrado. Lo había labrado Icmalio y tenía un escabel todo de una pieza con el asiento mismo; y estaba cubierto con un grueso vellón: sobre él se sentó ahora, y las criadas vinieron desde la habitación de las mujeres para acompañarla. Se pusieron a retirar las mesas en las que habían comido los perversos pretendientes, y se llevaron el pan que había quedado, junto con las copas de las que habían bebido. Vaciaron las brasas de los braseros y amontonaron sobre ellos mucha leña para dar luz y calor; pero Melanto comenzó a insultar de nuevo a Ulises y dijo: «Forastero, ¿piensas fastidiarnos quedándote por la casa toda la noche y espiando a las mujeres? Largo de aquí, miserable, afuera, y come tu cena allí, o te echaremos con una tea encendida.»

Ulises la miró ceñudo y respondió: «Buena mujer, ¿por qué te irritas así conmigo? ¿Es porque no estoy limpio, y mis vestidos están todos andrajosos, y porque me veo obligado a mendigar al modo como suelen hacerlo los vagabundos y mendigos? Yo también fui un hombre rico en otro tiempo, y tuve una hermosa casa propia; en aquellos días daba a muchos vagabundos como ahora soy yo, sin importar quién fuese ni qué quisiera. Tenía cualquier cantidad de siervos, y todas las demás cosas que tienen quienes viven bien y son tenidos por opulentos, pero plugo a Júpiter quitármelo todo; por tanto, mujer, guárdate de perder también tú ese orgullo y esa posición en que ahora haces alarde sobre tus iguales; ten cuidado de no caer en desgracia con tu señora, y de que Ulises vuelva a casa, pues aún queda la posibilidad de que así sea. Además, aunque esté muerto como tú crees, por voluntad de Apolo ha dejado tras de sí un hijo, Telémaco, que notará cualquier falta que cometan las criadas en la casa, pues ya no está en su infancia.»

Penélope oyó lo que decía y reprendió a la criada: «Descarada —dijo—, veo cuán abominablemente te portas, y lo habrás de pagar. Sabías perfectamente, pues yo misma te lo dije, que iba a ver al forastero y a preguntarle por mi esposo, por cuya causa vivo en continuo dolor.»

Luego dijo a su primera camarera Eurínome: «Trae un asiento con un vellón encima, para que se siente el forastero mientras cuenta su historia y escucha lo que tengo que decir. Deseo hacerle algunas preguntas.»

Eurínome trajo al instante el asiento y puso un vellón encima, y así que Ulises se hubo sentado, Penélope comenzó diciendo: «Forastero, he de preguntarte primero quién eres y de dónde vienes. Dime de tu ciudad y de tus padres.»

«Señora —respondió Ulises—, ¿quién sobre la faz de la tierra entera puede atreverse a contender contigo? Tu fama alcanza el firmamento del cielo mismo; eres como algún rey sin tacha, que sostiene la justicia, como soberano de un pueblo grande y valeroso: la tierra da su trigo y su cebada, los árboles se doblan de fruto, las ovejas crían corderos, y el mar abunda en peces por causa de sus virtudes, y su pueblo obra buenas hazañas bajo su mando. Con todo, sentado como estoy en tu casa, pregúntame cualquier otra cosa y no procures saber mi raza y mi linaje, o recordarás memorias que aún acrecentarán más mi tristeza. Estoy lleno de pesadumbre, pero no debo sentarme llorando y gimiendo en casa ajena, ni está bien estar así afligiéndose continuamente. Habrá algún siervo o incluso tú misma que se queje de mí, y diga que mis ojos se anegan en lágrimas porque estoy cargado de vino.»

Entonces Penélope respondió: «Forastero, el cielo me privó de toda hermosura, ya del rostro ya de la figura, cuando los argivos se hicieron a la vela hacia Troya y mi amado esposo con ellos. Si él volviera y cuidara de mis asuntos, sería más respetada y ofrecería al mundo mejor presencia. Tal como están las cosas, me veo oprimida por el cuidado y por las aflicciones que el cielo ha tenido a bien acumular sobre mí. Los nobles de todas nuestras islas —Duliquio, Same y Zacinto, así como de la propia Ítaca— me galantean contra mi voluntad y están consumiendo mi hacienda. No puedo, pues, atender a forasteros, ni a suplicantes, ni a quienes dicen ser artesanos hábiles, sino que vivo todo el tiempo con el corazón quebrantado por Ulises. Quieren que me case de nuevo al instante, y tengo que inventar estratagemas para engañarlos. Primeramente el cielo me puso en el ánimo levantar un gran bastidor en mi habitación, y comenzar a labrar una enorme tela de fina labor. Entonces les dije: "Amados, Ulises ha muerto en verdad; con todo, no me apremiéis a casarme de nuevo al instante; aguardad —pues no querría que mi habilidad en el bordado pereciese sin dejar memoria— hasta que haya acabado de hacer una mortaja para el héroe Laertes, dispuesta para cuando la muerte le lleve. Es muy rico, y las mujeres del lugar hablarán si es amortajado sin mortaja." Esto fue lo que dije, y ellos asintieron; con lo que yo solía trabajar en mi gran tela todo el día, mas de noche descosía las puntadas de nuevo a la luz de las teas. Los engañé así por tres años sin que lo advirtiesen, pero conforme el tiempo pasaba y estaba ya en mi cuarto año, en el menguar de las lunas, y muchos días se habían cumplido, aquellas buenas para nada, mis propias criadas, me descubrieron ante los pretendientes, que irrumpieron y me sorprendieron; estaban muy enojados conmigo, así que me vi forzada a acabar mi labor quisiera o no. Y ahora no veo cómo encontrar otra salida para librarme de este casamiento. Mis padres me apremian con fuerza, y mi hijo se irrita por los estragos que los pretendientes hacen en su patrimonio, pues ya tiene edad bastante para entender todo esto y es perfectamente capaz de cuidar de sus propios asuntos, porque el cielo lo ha bendecido con un excelente natural. Sin embargo, a pesar de todo, dime quién eres y de dónde vienes —pues has de haber tenido padre y madre de algún tipo; no puedes ser hijo de un roble o de una roca.»

Entonces Ulises respondió: «Señora, esposa de Ulises, puesto que insistes en preguntarme acerca de mi linaje, te responderé, cueste lo que cueste: la gente ha de esperar ser afligida cuando ha sido exiliada tanto como yo, y ha padecido tanto entre tantas gentes. Sin embargo, por lo que toca a tu pregunta, te diré cuanto pides. Hay una hermosa y fértil isla en medio del mar llamada Creta; es muy poblada y en ella hay noventa ciudades: la gente habla muchas lenguas distintas que se mezclan unas con otras, pues hay aqueos, valientes eteocretenses, dorios de triple raza y nobles pelasgos. Hay allí una gran ciudad, Cnosos, donde reinó Minos, que cada nueve años tenía audiencia con el propio Júpiter. Minos fue padre de Deucalión, cuyo hijo soy yo, pues Deucalión tuvo dos hijos, Idomeneo y a mí. Idomeneo zarpó hacia Troya, y yo, que soy el menor, soy llamado Etón; mi hermano, sin embargo, era a la vez el mayor y el más valiente de los dos; por eso fue en Creta donde vi a Ulises y le ofrecí hospitalidad, pues los vientos lo llevaron allí cuando iba de camino a Troya, desviándolo de su rumbo desde el cabo Malea y dejándolo en Amniso, frente a la gruta de Ilitía, donde los puertos son de difícil entrada y apenas pudo hallar abrigo de los vientos que entonces rugían. Así que llegó allí, entró en la ciudad y preguntó por Idomeneo, diciendo ser su antiguo y valioso amigo, pero Idomeneo ya había zarpado hacia Troya unos diez o doce días antes, así que lo llevé a mi propia casa y le ofrecí toda suerte de hospitalidad, pues yo tenía abundancia de todo. Además, alimenté a los hombres que iban con él con harina de cebada del almacén público, y recabé suscripciones de vino y de bueyes para que sacrificaran a su antojo. Se quedaron conmigo doce días, pues soplaba un vendaval del Norte tan fuerte que apenas podía uno mantenerse en pie en tierra. Supongo que algún dios enemigo se lo había levantado, pero al decimotercer día el viento amainó y ellos se hicieron a la mar.»

Muchos otros verosímiles relatos le contó Ulises además, y Penélope lloraba mientras escuchaba, pues su corazón se derretía. Como la nieve se derrite en las cumbres de los montes cuando los vientos del Sudeste y del Poniente han soplado sobre ella y la han deshelado hasta que los ríos corren a rebosar, así sus mejillas se anegaban de lágrimas por el esposo que todo el tiempo estaba sentado a su lado. Ulises sintió compasión por ella y le dolió su pena, mas mantuvo los ojos tan duros como el cuerno o el hierro, sin permitirles siquiera temblar, tan astutamente contenía sus lágrimas. Luego, cuando ella se hubo desahogado llorando, se volvió de nuevo hacia él y dijo: «Ahora, forastero, voy a ponerte a prueba y veré si de verdad recibiste en tu casa a mi esposo y a los suyos, como dices. Dime, pues, cómo iba vestido, qué clase de hombre era de presencia, y así también con sus compañeros.»

«Señora —respondió Ulises—, hace tanto tiempo que apenas puedo decirlo. Veinte años han pasado y se han ido desde que dejó mi casa y marchó a otras partes; pero te contaré lo mejor que pueda recordar. Ulises llevaba un manto de lana púrpura, de doble forro, y lo sujetaba un broche de oro con dos enganches para el alfiler. En la cara de éste había una figura que mostraba un perro que sujetaba entre sus patas delanteras a un cervatillo moteado, y lo acechaba mientras éste yacía jadeando en el suelo. Todos se maravillaban de cómo estaban hechas aquellas cosas en oro: el perro mirando al cervatillo y estrangulándolo, mientras el cervatillo forcejeaba convulsivamente por escapar. En cuanto a la camisa que llevaba sobre la piel, era tan suave que le ceñía como la piel de una cebolla, y resplandecía al sol para admiración de cuantas mujeres la veían. Además digo, y grabaré mi dicho en tu corazón, que no sé si Ulises llevaba estos vestidos cuando salió de su casa, o si alguno de sus compañeros se los había dado durante su viaje; o tal vez alguien en cuya casa se hospedaba se los regaló, pues era hombre de muchos amigos y tenía pocos iguales entre los aqueos. Yo mismo le di una espada de bronce y un hermoso manto de púrpura, de doble forro, con una camisa que le llegaba a los pies, y lo despedí en su nave con toda clase de honores. Llevaba consigo un siervo, algo mayor que él, y puedo deciros cómo era: de hombros cargados, moreno y de cabello espeso y rizado. Su nombre era Euríbates, y Ulises lo trataba con mayor familiaridad que a ninguno de los otros, por ser el más afín a su propio sentir.»

Penélope se sintió aún más hondamente conmovida al oír las pruebas incontestables que Ulises ponía ante ella; y cuando de nuevo hubo hallado desahogo en las lágrimas, le dijo: «Forastero, ya estaba dispuesta a apiadarme de ti, pero de ahora en adelante serás honrado y bien recibido en mi casa. Fui yo quien dio a Ulises los vestidos de los que hablas. Los saqué del almacén y los doblé yo misma, y le di también el broche de oro para que lo llevase como adorno. ¡Ay! Jamás lo daré yo la bienvenida de nuevo en casa. Fue por un sino aciago que partió jamás hacia aquella detestable ciudad cuyo solo nombre no puedo ni siquiera mencionar.»

Entonces Ulises respondió: «Señora, esposa de Ulises, no te desfigures más afligiéndote así amargamente por tu pérdida, aunque apenas puedo culparte por ello. Una mujer que ha amado a su esposo y le ha dado hijos, naturalmente se afligirá al perderlo, aun cuando fuera un hombre peor que Ulises, de quien dicen que era como un dios. No obstante, cesa en tus lágrimas y escucha lo que puedo contarte. No te ocultaré nada, y puedo decir con entera verdad que he sabido hace poco que Ulises vive y va de camino a casa; está entre los tesprotos y trae consigo muchos y valiosos tesoros que ha mendigado de unos y otros; pero su nave y toda su tripulación se perdieron cuando dejaban la isla de Trinacia, porque Júpiter y el dios del sol estaban airados con él por haber sacrificado sus hombres el ganado del dios del sol, y todos se ahogaron sin excepción. Pero Ulises se asió a la quilla del navío y fue arrastrado hasta la tierra de los feacios, que son parientes cercanos de los inmortales, y lo trataron como si fuera un dios, dándole muchos presentes y queriendo escoltarlo a casa sano y salvo. De hecho Ulises ya estaría aquí desde hace tiempo, a no ser por haber pensado mejor ir de tierra en tierra allegando riqueza; pues no hay hombre vivo tan astuto como él; no hay nadie que se le pueda comparar. Fideón, rey de los tesprotos, me contó todo esto, y me lo juró —haciendo libaciones en su casa al hacerlo—, que la nave estaba junto a la orilla y la tripulación dispuesta para llevar a Ulises a su propia tierra. Él me envió primero a mí, pues había por casualidad una nave tesprota que se hacía a la vela hacia la isla productora de trigo de Duliquio, pero me mostró todo el tesoro que Ulises había juntado, y tenía lo suficiente, guardado en casa del rey Fideón, para mantener a su familia por diez generaciones; pero el rey dijo que Ulises había ido a Dodona para conocer el designio de Júpiter por el alto roble, y saber si tras tan larga ausencia debía volver a Ítaca abiertamente o en secreto. Así puedes saber que está a salvo y que estará aquí en breve; está cerca y no puede permanecer lejos del hogar por mucho tiempo; con todo, confirmaré mis palabras con un juramento, y llamaré a Júpiter, que es el primero y el más poderoso de todos los dioses, como testigo, así como a ese hogar de Ulises al que ahora he llegado, de que todo cuanto he dicho se cumplirá sin falta. Ulises volverá en este mismo año; con el fin de esta luna y el comienzo de la siguiente, estará aquí.»

«Así sea —respondió Penélope—. Si tus palabras se cumplen, recibirás de mí tales dones y tal buena voluntad que cuantos te vean te felicitarán; mas sé muy bien cómo será. Ulises no volverá, ni tú obtendrás de aquí tu escolta, pues tan cierto como que Ulises fue, ya no quedan en la casa tales amos como él lo era, que reciban a forasteros honorables o los encaminen de vuelta a la suya. Y ahora, vosotras, criadas, lavadle los pies y preparadle un lecho en un diván con alfombras y mantas, para que esté abrigado y tranquilo hasta la mañana. Luego, al alba, lavadlo y ungidlo de nuevo, para que pueda sentarse en el claustro y comer con Telémaco. Será peor para cualquiera de esta gente odiosa que se muestre descortés con él; lo quiera o no, no tendrá más quehacer en esta casa. Pues ¿cómo, señor, podríais saber si soy superior a las demás de mi sexo, tanto en bondad de corazón como en entendimiento, si os dejo comer en mis claustros sucio y mal vestido? Los hombres viven solo un breve trecho; si son duros y tratan con dureza, la gente les desea mal mientras viven, y habla con desprecio de ellos cuando han muerto; mas el que es justo y obra con justicia, la gente pregona su loa por todas las tierras, y muchos lo llamarán bienaventurado.»

Respondió Ulises: «Señora, tengo abjurado de alfombras y mantas desde el día que dejé las nevadas sierras de Creta para embarcarme. Me acostaré como me he acostado en tantas noches sin sueño hasta ahora. Noche tras noche he pasado en cualquier duro lugar de descanso, aguardando la mañana. Tampoco me place que me lavéis los pies; no permitiré que ninguna de las mozuelas de vuestra casa me los toque; pero, si tenéis alguna anciana respetable que haya pasado por tantas penas como yo, le consentiré que me los lave.»

A esto dijo Penélope: «Mi buen señor, de todos los huéspedes que jamás vinieron a mi casa, ninguno hubo que hablase en todo con tan admirable propiedad como vos. Acaso sucede que en la casa hay una anciana muy respetable —la misma que recibió en sus brazos a mi pobre y querido esposo la noche en que nació, y lo crió en su infancia. Ahora es muy débil, pero ella os lavará los pies.» «Ven acá —dijo—, Euriclea, y lava los pies del compañero de edad de tu señor; supongo que las manos y los pies de Ulises son muy parecidos a los suyos, pues las penas nos avejentan a todos terriblemente aprisa.»

Ante estas palabras, la anciana se cubrió el rostro con las manos; comenzó a llorar y a lamentarse diciendo: «¡Oh, hijo mío querido, no sé qué pensar de ti! Estoy cierta de que nadie fue más temeroso de los dioses que tú, y sin embargo Jove te aborrece. Nadie en todo el mundo le quemó más muslos de víctimas ni le ofreció hecatombes más espléndidas cuando pedías alcanzar una vejez madura y ver a tu hijo crecer hasta parecerse a ti; y mira cómo él solo te ha vedado el volver jamás a tu propia casa. No dudo de que las mujeres en algún palacio extranjero adonde Ulises ha llegado se estén burlando de él, como todas estas desvergonzadas de aquí se han burlado de ti. No me admira que no quieras dejar que te laven a la manera como te han insultado; yo te lavaré los pies de buena gana, según ha dicho Penélope que he de hacerlo; te los lavaré, así por el amor de Penélope como por el tuyo, pues has despertado en mi ánimo los más vivos sentimientos de compasión; y déjame añadir esto, que te ruego atiendas: hemos tenido aquí toda clase de forasteros en apuros antes de ahora, pero me atrevo a decir que jamás vino ninguno tan parecido a Ulises en figura, voz y pies como tú.»

«Los que nos han visto a ambos —respondió Ulises— siempre han dicho que nos parecemos extraordinariamente, y ahora tú también lo has notado.»

Entonces la anciana tomó la caldera en que pensaba lavarle los pies, y echó en ella agua fría en abundancia, añadiendo caliente hasta que el baño fue lo bastante templado. Ulises se sentó junto al fuego, pero al poco se apartó de la luz, pues se le ocurrió que cuando la anciana tuviese asida su pierna reconocería cierta cicatriz que ésta llevaba, con lo cual todo saldría a la luz. Y en efecto, así que comenzó a lavar a su señor, al punto conoció la cicatriz como una que le había sido causada por un jabalí cuando cazaba en el Parnaso con su excelente abuelo Autólico —el más consumado ladrón y perjuro del mundo entero— y con los hijos de Autólico. El propio Mercurio le había otorgado este don, pues solía quemarle muslos de cabritos y corderos, de modo que se complacía en su compañía. Sucedió una vez que Autólico había ido a Itaca y había encontrado al hijo de su hija recién nacido. Así que hubo cenado, Euriclea puso al niño sobre sus rodillas y dijo: «Autólico, has de buscar un nombre para tu nieto; mucho deseabas poder tener uno.»

«Yerno e hija —respondió Autólico—, llamad al niño así: estoy altamente enojado con gran número de personas en un lugar y otro, hombres y mujeres; así que llamad al niño "Ulises", o el hijo de la cólera. Cuando crezca y venga a visitar la casa de su madre en el Parnaso, donde están mis bienes, le haré un presente y lo enviaré a su camino gozoso.»

Ulises, pues, fue al Parnaso a recoger los presentes de Autólico, el cual con sus hijos le estrechó la mano y le dio la bienvenida. Su abuela Anfitéa le echó los brazos al cuello, le besó la cabeza y sus hermosos ojos, mientras Autólico mandó a sus hijos que preparasen la cena, y ellos hicieron lo que les dijo. Trajeron un toro de cinco años, lo desollaron, lo aderezaron y lo partieron en cuartos; luego cortaron éstos cuidadosamente en trozos menores y los espetaron; los asaron suficientemente y sirvieron las porciones por turno. Así durante el día entero, hasta la puesta del sol, estuvieron festejando, y cada hombre tuvo su parte cumplida de modo que todos quedaron satisfechos; pero cuando el sol se puso y vino la oscuridad, se fueron a la cama y gozaroon el don del sueño.

Cuando la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, apareció, los hijos de Autólico salieron con sus perros a cazar, y también fue Ulises. Subieron las boscosas laderas del Parnaso y pronto alcanzaron sus venteados valles altos; pero cuando el sol comenzaba a batir los campos, recién salido de las lentas y quietas corrientes del Océano, llegaron a una cañada de la montaña. Los perros iban delante buscando las huellas de la bestia que acosaban, y tras ellos venían los hijos de Autólico, entre los cuales estaba Ulises, pegado a los perros, y tenía en la mano una larga lanza. Allí estaba la guarida de un enorme jabalí entre un espeso matorral, tan denso que el viento y la lluvia no podían atravesarlo, ni podían los rayos del sol perforarlo, y el suelo debajo aparecía cubierto de gruesas hojas caídas. El jabalí oyó el ruido de los pies de los hombres, y los perros ladrando por todos lados al tiempo que los cazadores llegaban hasta él, así que salió de su guarida, erizó las cerdas de su cuello y se plantó haciendo frente con fuego que relampagueaba en sus ojos. Ulises fue el primero en alzar su lanza y tratar de clavarla en la bestia, pero el jabalí fue más rápido que él y le cargó de costado, abriéndole una herida encima de la rodilla, desgarrón profundo aunque no llegó al hueso. En cuanto al jabalí, Ulises lo hirió en el hombro derecho, y la punta de la lanza lo atravesó por completo, de modo que cayó gimiendo en el polvo hasta que la vida lo abandonó. Los hijos de Autólico se ocuparon del cuerpo del jabalí, y vendaron la herida de Ulises; luego, tras decir un conjuro para detener la hemorragia, se fueron a casa lo más aprisa que pudieron. Pero cuando Autólico y sus hijos hubieron curado del todo a Ulises, le hicieron magníficos presentes y lo enviaron de vuelta a Itaca con gran buena voluntad de ambas partes. Cuando llegó, su padre y su madre se regocijaron de verlo, y le preguntaron por todo, y cómo se había herido para tener aquella cicatriz; así que les contó cómo el jabalí lo había abierto cuando estaba cazando con Autólico y sus hijos en el Parnaso.

Así que Euriclea tuvo en sus manos el miembro cicatrizado y lo asió bien, lo reconoció y al punto soltó el pie. La pierna cayó dentro del baño, que resonó y se volcó, de modo que toda el agua se derramó por el suelo; los ojos de Euriclea, entre su gozo y su dolor, se llenaron de lágrimas, y no podía hablar, pero asíó a Ulises por la barba y dijo: «¡Oh, hijo mío querido, estoy segura de que debes ser Ulises en persona, sólo que no te conocí hasta haberte tocado y manejado!»

Mientras hablaba miró hacia Penélope, como queriendo decirle que su querido esposo estaba en la casa, pero Penélope no pudo mirar en aquella dirección y advertir lo que pasaba, pues Minerva había desviado su atención; así que Ulises asió a Euriclea por el cuello con su mano derecha y con la izquierda la atrajo hacia sí, y dijo: «Nodriza, ¿quieres ser mi perdición, tú que me criaste en tu propio pecho, ahora que tras veinte años de errar por fin he llegado a mi propia casa? Puesto que el cielo te ha inspirado conocerme, ten tu lengua, y no digas palabra de ello a nadie en la casa, pues si lo haces te digo —y así será sin duda—: si el cielo me concede quitar la vida a esos pretendientes, no te perdonaré, aunque seas mi propia nodriza, cuando esté dando muerte a las demás mujeres.»

«¡Hijo mío! —respondió Euriclea—, ¿qué estás diciendo? Bien sabes que nada puede doblarme ni quebrarme. Callaré como una piedra o un pedazo de hierro; además, déjame decir, y grábatelo en el corazón: cuando el cielo haya entregado a los pretendientes en tus manos, te daré una lista de las mujeres de la casa que se han portado mal, y de las que son sin culpa.»

Y Ulises respondió: «Nodriza, no debieras hablar así; yo soy muy capaz de formarme mi propia opinión sobre todas y cada una de ellas; ten tu lengua y déjalo todo al cielo.»

Mientras así decía, Euriclea salió del claustro a buscar más agua, pues la primera se había derramado por completo; y cuando lo hubo lavado y ungido con aceite, Ulises acercó su asiento al fuego para calentarse, y ocultó la cicatriz bajo sus andrajos. Entonces Penélope comenzó a hablarle y dijo:

«Forastero, querría hablar contigo brevemente sobre otro asunto. Es casi hora ya de acostarse —al menos, para los que pueden dormir a pesar del pesar. En cuanto a mí, el cielo me ha dado una vida de tan inconmensurable desdicha, que aun de día, cuando atiendo a mis obligaciones y vigilo a las siervas, no dejo de llorar y lamentarme en todo momento; luego, cuando llega la noche, y todos nos vamos a la cama, yazgo despierta pensando, y mi corazón se convierte en presa de los más incesantes y crueles tormentos. Como el pardo ruiseñor, hija de Pandáreo, canta al comenzar la primavera desde su asiento oculto en la umbría más espesa, y con muchos trinos lastimeros derrama la historia de cómo por desdicha mató a su propio hijo Itilo, hijo del rey Zeto, así también mi mente se agita y se revuelve en su incertidumbre sobre si debo quedarme aquí con mi hijo y guardar mis bienes, mis siervos y la grandeza de mi casa, por miramiento a la opinión pública y a la memoria de mi difunto esposo, o si ya no es hora de irme con el mejor de estos pretendientes que me cortejan y me hacen tan magníficos presentes. Mientras mi hijo era aún niño, e incapaz de entender, no oía de mí que dejase la casa de mi esposo; pero ahora que es todo un hombre, me ruega y suplica que lo haga, encendido de cólera por la manera como los pretendientes están devorando sus bienes. Escucha, pues, un sueño que he tenido e interprétamelo si puedes. Tengo veinte ocas en la casa que comen machaco de un abrevadero, y a las cuales tengo excesivo cariño. Soñé que un gran águila bajaba en picado desde una montaña, y hundía su curvo pico en el cuello de cada una de ellas hasta haberlas matado a todas. Al momento se remontó al cielo, y las dejó muertas en el patio; entonces yo lloraba en mi sueño hasta que todas mis criadas se reunieron en torno mío, tan lastimeramente lloraba porque el águila había matado a mis ocas. Después él volvió otra vez, y posándose en una viga saliente me habló con voz humana, y me dijo que dejase el llanto. "Ten buen ánimo —dijo—, hija de Icario; éste no es un sueño, sino una visión de buen agüero que sin duda se cumplirá. Las ocas son los pretendientes, y yo ya no soy un águila, sino tu propio esposo, que ha vuelto a ti, y que llevará a estos pretendientes a un final vergonzoso." Con esto desperté, y cuando miré afuera vi a mis ocas en el abrevadero comiendo su machaco como de costumbre.»

«Este sueño, señora —respondió Ulises—, no admite más que una sola interpretación, pues ¿acaso no os dijo el propio Ulises cómo se cumplirá? La muerte de los pretendientes está anunciada, y ni uno solo de ellos escapará.»

Y Penélope respondió: «Forastero, los sueños son cosas muy curiosas e inexplicables, y no siempre se cumplen en modo alguno. Hay dos puertas por donde estos tenues fantasmas salen; la una es de cuerno, y la otra de marfil. Los que vienen por la puerta de marfil son fatuos, pero los de la puerta de cuerno significan algo para los que los ven. No creo, sin embargo, que mi sueño viniese por la puerta de cuerno, aunque yo y mi hijo nos holgaríamos mucho de que así fuese. Es más, digo —y grábatelo en el corazón—: el alba venidera traerá el día de mal agüero que ha de separarme de la casa de Ulises, pues estoy a punto de celebrar un torneo de hachas. Mi esposo solía colocar doce hachas en el patio, una delante de otra, como los puntales con que se construye un navío; luego se apartaba de ellas y disparaba una flecha a través de las doce. Yo haré que los pretendientes intenten hacer lo mismo, y a aquel de ellos que más fácilmente tense el arco y envíe su flecha por las doce hachas, a ése seguiré, y abandonaré esta casa de mi legítimo esposo, tan hermosa y tan abundante en riqueza. Pero aun así, no dudo de que lo habré de recordar en sueños.»

Entonces respondió Ulises: «Señora, esposa de Ulises, no debéis aplazar vuestro torneo, pues Ulises volverá antes de que ellos puedan tender el arco, por más que lo manejen, y enviar sus flechas a través del hierro.»

A esto dijo Penélope: «Mientras, señor, queráis quedaros aquí y hablar conmigo, no puedo tener deseo de irme a la cama. Con todo, los hombres no pueden estar sin sueño para siempre, y el cielo nos ha asignado a los moradores de la tierra un tiempo para cada cosa. Voy, pues, arriba, a reclinarme en aquel lecho que no he cesado de inundar con mis lágrimas desde el día en que Ulises partió hacia la ciudad de nombre odioso.»

Subió luego a su propia habitación, no sola, sino acompañada de sus doncellas, y ya allí, lloró a su querido esposo hasta que Minerva derramó dulce sueño sobre sus párpados.

LIBRO XX

ULISES NO PUEDE DORMIR — LA ORACIÓN DE PENÉLOPE A DIANA — LAS DOS SEÑALES DEL CIELO — LLEGAN EUMEO Y FILETIO — LOS PRETENDIENTES COMEN — CTESIPO ARROJA UN PIE DE BUEY A ULISES — TEOCLIMENO PROFECIA LA DESGRACIA Y ABANDONA LA CASA.

Durmió Ulises en el claustro sobre un cuero de buey sin curtir, sobre el cual echó varias pieles de las ovejas que los pretendientes habían comido, y Eurínome le echó un manto encima después de que se hubo echado. Allí, pues, yacía Ulises desvelado, cavilando sobre el modo en que debía matar a los pretendientes; y al cabo, las mujeres que solían portarse mal con ellos salieron de la casa, entre risitas y cuchicheos unas con otras. Esto llenó de cólera a Ulises, y dudaba entre levantarse y matarlas a todas allí mismo, o dejarlas dormir una vez más y la última con los pretendientes. Su corazón gruñó dentro de él, y como una perra con cachorros gruñe y muestra los dientes cuando ve a un extraño, así gruñó su corazón de ira por las malas obras que allí se hacían; pero él se golpeó el pecho y dijo: «¡Corazón, quieto! Peores males soportaste el día en que el terrible Cíclope devoró a tus valientes compañeros; y, con todo, lo soportaste en silencio hasta que tu astucia te sacó sano y salvo de la cueva, aunque diste por cierto tu muerte.»

Así reprendió a su corazón, y lo sujetó a la paciencia, mas se revolvía como quien voltea una panza llena de sangre y grasa ante un fuego ardiente, poniéndola primero de un lado y luego del otro, para que se cueza lo antes posible; así también se volvía él de un lado a otro, pensando todo el tiempo cómo, él solo, podría arreglárselas para matar a tan gran número de hombres como eran los perversos pretendientes. Pero al cabo bajó Minerva del cielo bajo la apariencia de una mujer, y se cernió sobre su cabeza diciendo: «¡Pobre desdichado mío! ¿Por qué así velas? Ésta es tu casa; dentro de ella está salva tu esposa, y lo está tu hijo, que es ya un mancebo tal, que cualquier padre puede estar orgulloso de él.»

«Diosa —respondió Ulises—, todo lo que habéis dicho es cierto, pero estoy en duda sobre cómo podré yo solo matar a estos perversos pretendientes, viendo el número que de ellos siempre hay. Y hay esta otra dificultad, aún más grave. Supongamos que con la ayuda de Jove y la vuestra logro matarlos: debo pediros que consideréis dónde he de escapar de sus vengadores cuando todo haya terminado.»

«¡Qué vergüenza! —respondió Minerva—. Cualquiera otro se fiaría de un aliado peor que yo, aun cuando ese aliado fuera sólo un mortal y menos sabio que yo. ¿Acaso no soy una diosa, y no te he protegido a lo largo de todas tus tribulaciones? Te digo llanamente: aun cuando hubiera cincuenta cuadrillas de hombres rodeándonos y ansiosos de matarnos, tú te llevarías todas sus ovejas y sus bueyes, y los conducirías contigo. Pero ve a dormir; es muy malo pasarse toda la noche sin dormir, y saldrás de tus apuros antes de lo que piensas.»

Mientras así hablaba, derramó sueño sobre sus ojos, y luego volvió al Olimpo.

While Ulysses was thus yielding himself to a very deep slumber that eased the burden of his sorrows,

his admirable wife awoke, and sitting up in her bed began to cry. When she had relieved herself by weeping she prayed to Diana saying, “Great Goddess Diana, daughter of Jove, drive an arrow into my heart and slay me; or let some whirlwind snatch me up and bear me through paths of darkness till it drop me into the mouths of over-flowing Oceanus, as it did the daughters of Pandareus. The daughters of Pandareus lost their father and mother, for the gods killed them, so they were left orphans. But Venus took care of them, and fed them on cheese, honey, and sweet wine. Juno taught them to excel all women in beauty of form and understanding; Diana gave them an imposing presence, and Minerva endowed them with every kind of accomplishment; but one day when Venus had gone up to Olympus to see Jove about getting them married (for well does he know both what shall happen and what not happen to every one) the storm winds came and spirited them away to become handmaids to the dread Erinyes. Even so I wish that the gods who live in heaven would hide me from mortal sight, or that fair Diana might strike me, for I would fain go even beneath the sad earth if I might do so still looking towards Ulysses only, and without having to yield myself to a worse man than he was. Besides, no matter how much people may grieve by day, they can put up with it so long as they can sleep at night, for when the eyes are closed in slumber people forget good and ill alike; whereas my misery haunts me even in my dreams. This very night methought there was one lying by my side who was like Ulysses as he was when he went away with his host, and I rejoiced, for I believed that it was no dream, but the very truth itself.”

On this the day broke, but Ulysses heard the sound of her weeping, and it puzzled him, for it seemed as though she already knew him and was by his side. Then he gathered up the cloak and the fleeces on which he had lain, and set them on a seat in the cloister, but he took the bullock’s hide out into the open. He lifted up his hands to heaven, and prayed, saying “Father Jove, since you have seen fit to bring me over land and sea to my own home after all the afflictions you have laid upon me, give me a sign out of the mouth of some one or other of those who are now waking within the house, and let me have another sign of some kind from outside.”

Thus did he pray. Jove heard his prayer and forthwith thundered high up among the clouds from the splendour of Olympus, and Ulysses was glad when he heard it. At the same time within the house, a miller-woman from hard by in the mill room lifted up her voice and gave him another sign. There were twelve miller-women whose business it was to grind wheat and barley which are the staff of life. The others had ground their task and had gone to take their rest, but this one had not yet finished, for she was not so strong as they were, and when she heard the thunder she stopped grinding and gave the sign to her master. “Father Jove,” said she, “you, who rule over heaven and earth, you have thundered from a clear sky without so much as a cloud in it, and this means something for somebody; grant the prayer, then, of me your poor servant who calls upon you, and let this be the very last day that the suitors dine in the house of Ulysses. They have worn me out with labour of grinding meal for them, and I hope they may never have another dinner anywhere at all.”

Ulysses was glad when he heard the omens conveyed to him by the woman’s speech, and by the thunder, for he knew they meant that he should avenge himself on the suitors.

Then the other maids in the house rose and lit the fire on the hearth; Telemachus also rose and put on his clothes. He girded his sword about his shoulder, bound his sandals on to his comely feet, and took a doughty spear with a point of sharpened bronze; then he went to the threshold of the cloister and said to Euryclea, “Nurse, did you make the stranger comfortable both as regards bed and board, or did you let him shift for himself?—for my mother, good woman though she is, has a way of paying great attention to second-rate people, and of neglecting others who are in reality much better men.”

“Do not find fault child,” said Euryclea, “when there is no one to find fault with. The stranger sat and drank his wine as long as he liked: your mother did ask him if he would take any more bread and he said he would not. When he wanted to go to bed she told the servants to make one for him, but he said he was such a wretched outcast that he would not sleep on a bed and under blankets; he insisted on having an undressed bullock’s hide and some sheepskins put for him in the cloister and I threw a cloak over him myself.”157

Then Telemachus went out of the court to the place where the Achaeans were meeting in assembly; he had his spear in his hand, and he was not alone, for his two dogs went with him. But Euryclea called the maids and said, “Come, wake up; set about sweeping the cloisters and sprinkling them with water to lay the dust; put the covers on the seats; wipe down the tables, some of you, with a wet sponge; clean out the mixing-jugs and the cups, and go for water from the fountain at once; the suitors will be here directly; they will be here early, for it is a feast day.”

Thus did she speak, and they did even as she had said: twenty of them went to the fountain for water, and the others set themselves busily to work about the house. The men who were in attendance on the suitors also came up and began chopping firewood. By and by the women returned from the fountain, and the swineherd came after them with the three best pigs he could pick out. These he let feed about the premises, and then he said good-humouredly to Ulysses, “Stranger, are the suitors treating you any better now, or are they as insolent as ever?”

“May heaven,” answered Ulysses, “requite to them the wickedness with which they deal high-handedly in another man’s house without any sense of shame.”

Thus did they converse; meanwhile Melanthius the goatherd came up, for he too was bringing in his best goats for the suitors’ dinner; and he had two shepherds with him. They tied the goats up under the gatehouse, and then Melanthius began gibing at Ulysses. “Are you still here, stranger,” said he, “to pester people by begging about the house? Why can you not go elsewhere? You and I shall not come to an understanding before we have given each other a taste of our fists. You beg without any sense of decency: are there not feasts elsewhere among the Achaeans, as well as here?”

Ulysses made no answer, but bowed his head and brooded. Then a third man, Philoetius, joined them, who was bringing in a barren heifer and some goats. These were brought over by the boatmen who are there to take people over when any one comes to them. So Philoetius made his heifer and his goats secure under the gatehouse, and then went up to the swineherd. “Who, Swineherd,” said he, “is this stranger that is lately come here? Is he one of your men? What is his family? Where does he come from? Poor fellow, he looks as if he had been some great man, but the gods give sorrow to whom they will—even to kings if it so pleases them.”

As he spoke he went up to Ulysses and saluted him with his right hand; “Good day to you, father stranger,” said he, “you seem to be very poorly off now, but I hope you will have better times by and by. Father Jove, of all gods you are the most malicious. We are your own children, yet you show us no mercy in all our misery and afflictions. A sweat came over me when I saw this man, and my eyes filled with tears, for he reminds me of Ulysses, who I fear is going about in just such rags as this man’s are, if indeed he is still among the living. If he is already dead and in the house of Hades, then, alas! for my good master, who made me his stockman when I was quite young among the Cephallenians, and now his cattle are countless; no one could have done better with them than I have, for they have bred like ears of corn; nevertheless I have to keep bringing them in for others to eat, who take no heed to his son though he is in the house, and fear not the wrath of heaven, but are already eager to divide Ulysses’ property among them because he has been away so long. I have often thought—only it would not be right while his son is living—of going off with the cattle to some foreign country; bad as this would be, it is still harder to stay here and be ill-treated about other people’s herds. My position is intolerable, and I should long since have run away and put myself under the protection of some other chief, only that I believe my poor master will yet return, and send all these suitors flying out of the house.”

“Stockman,” answered Ulysses, “you seem to be a very well-disposed person, and I can see that you are a man of sense. Therefore I will tell you, and will confirm my words with an oath. By Jove, the chief of all gods, and by that hearth of Ulysses to which I am now come, Ulysses shall return before you leave this place, and if you are so minded you shall see him killing the suitors who are now masters here.”

“If Jove were to bring this to pass,” replied the stockman, “you should see how I would do my very utmost to help him.”

And in like manner Eumaeus prayed that Ulysses might return home.

Thus did they converse. Meanwhile the suitors were hatching a plot to murder Telemachus: but a bird flew near them on their left hand—an eagle with a dove in its talons. On this Amphinomus said, “My friends, this plot of ours to murder Telemachus will not succeed; let us go to dinner instead.”

The others assented, so they went inside and laid their cloaks on the benches and seats. They sacrificed the sheep, goats, pigs, and the heifer, and when the inward meats were cooked they served them round. They mixed the wine in the mixing-bowls, and the swineherd gave every man his cup, while Philoetius handed round the bread in the bread baskets, and Melanthius poured them out their wine. Then they laid their hands upon the good things that were before them.

Telemachus purposely made Ulysses sit in the part of the cloister that was paved with stone;158 he gave him a shabby looking seat at a little table to himself, and had his portion of the inward meats brought to him, with his wine in a gold cup. “Sit there,” said he, “and drink your wine among the great people. I will put a stop to the gibes and blows of the suitors, for this is no public house, but belongs to Ulysses, and has passed from him to me. Therefore, suitors, keep your hands and your tongues to yourselves, or there will be mischief.”

The suitors bit their lips, and marvelled at the boldness of his speech; then Antinous said, “We do not like such language but we will put up with it, for Telemachus is threatening us in good earnest. If Jove had let us we should have put a stop to his brave talk ere now.”

Thus spoke Antinous, but Telemachus heeded him not. Meanwhile the heralds were bringing the holy hecatomb through the city, and the Achaeans gathered under the shady grove of Apollo.

Then they roasted the outer meat, drew it off the spits, gave every man his portion, and feasted to their heart’s content; those who waited at table gave Ulysses exactly the same portion as the others had, for Telemachus had told them to do so.

But Minerva would not let the suitors for one moment drop their insolence, for she wanted Ulysses to become still more bitter against them. Now there happened to be among them a ribald fellow, whose name was Ctesippus, and who came from Same. This man, confident in his great wealth, was paying court to the wife of Ulysses, and said to the suitors, “Hear what I have to say. The stranger has already had as large a portion as any one else; this is well, for it is not right nor reasonable to ill-treat any guest of Telemachus who comes here. I will, however, make him a present on my own account, that he may have something to give to the bath-woman, or to some other of Ulysses’ servants.”

As he spoke he picked up a heifer’s foot from the meat-basket in which it lay, and threw it at Ulysses, but Ulysses turned his head a little aside, and avoided it, smiling grimly Sardinian fashion159 as he did so, and it hit the wall, not him. On this Telemachus spoke fiercely to Ctesippus, “It is a good thing for you,” said he, “that the stranger turned his head so that you missed him. If you had hit him I should have run you through with my spear, and your father would have had to see about getting you buried rather than married in this house. So let me have no more unseemly behaviour from any of you, for I am grown up now to the knowledge of good and evil and understand what is going on, instead of being the child that I have been heretofore. I have long seen you killing my sheep and making free with my corn and wine: I have put up with this, for one man is no match for many, but do me no further violence. Still, if you wish to kill me, kill me; I would far rather die than see such disgraceful scenes day after day—guests insulted, and men dragging the women servants about the house in an unseemly way.”

They all held their peace till at last Agelaus son of Damastor said, “No one should take offence at what has just been said, nor gainsay it, for it is quite reasonable. Leave off, therefore, ill-treating the stranger, or any one else of the servants who are about the house; I would say, however, a friendly word to Telemachus and his mother, which I trust may commend itself to both. ‘As long,’ I would say, ‘as you had ground for hoping that Ulysses would one day come home, no one could complain of your waiting and suffering160 the suitors to be in your house. It would have been better that he should have returned, but it is now sufficiently clear that he will never do so; therefore talk all this quietly over with your mother, and tell her to marry the best man, and the one who makes her the most advantageous offer. Thus you will yourself be able to manage your own inheritance, and to eat and drink in peace, while your mother will look after some other man’s house, not yours.’”

To this Telemachus answered, “By Jove, Agelaus, and by the sorrows of my unhappy father, who has either perished far from Ithaca, or is wandering in some distant land, I throw no obstacles in the way of my mother’s marriage; on the contrary I urge her to choose whomsoever she will, and I will give her numberless gifts into the bargain, but I dare not insist point blank that she shall leave the house against her own wishes. Heaven forbid that I should do this.”

Minerva now made the suitors fall to laughing immoderately, and set their wits wandering; but they were laughing with a forced laughter. Their meat became smeared with blood; their eyes filled with tears, and their hearts were heavy with forebodings. Theoclymenus saw this and said, “Unhappy men, what is it that ails you? There is a shroud of darkness drawn over you from head to foot, your cheeks are wet with tears; the air is alive with wailing voices; the walls and roof-beams drip blood; the gate of the cloisters and the court beyond them are full of ghosts trooping down into the night of hell; the sun is blotted out of heaven, and a blighting gloom is over all the land.”

Thus did he speak, and they all of them laughed heartily. Eurymachus then said, “This stranger who has lately come here has lost his senses. Servants, turn him out into the streets, since he finds it so dark here.”

But Theoclymenus said, “Eurymachus, you need not send any one with me. I have eyes, ears, and a pair of feet of my own, to say nothing of an understanding mind. I will take these out of the house with me, for I see mischief overhanging you, from which not one of you men who are insulting people and plotting ill deeds in the house of Ulysses will be able to escape.”

He left the house as he spoke, and went back to Piraeus who gave him welcome, but the suitors kept looking at one another and provoking Telemachus by laughing at the strangers. One insolent fellow said to him, “Telemachus, you are not happy in your guests; first you have this importunate tramp, who comes begging bread and wine and has no skill for work or for hard fighting, but is perfectly useless, and now here is another fellow who is setting himself up as a prophet. Let me persuade you, for it will be much better to put them on board ship and send them off to the Sicels to sell for what they will bring.”

Telemachus gave him no heed, but sat silently watching his father, expecting every moment that he would begin his attack upon the suitors.

Meanwhile the daughter of Icarius, wise Penelope, had had a rich seat placed for her facing the court and cloisters, so that she could hear what every one was saying. The dinner indeed had been prepared amid much merriment; it had been both good and abundant, for they had sacrificed many victims; but the supper was yet to come, and nothing can be conceived more gruesome than the meal which a goddess and a brave man were soon to lay before them—for they had brought their doom upon themselves.

BOOK XXI

THE TRIAL OF THE AXES, DURING WHICH ULYSSES REVEALS HIMSELF TO EUMAEUS AND PHILOETIUS

Minerva infundió ahora en el ánimo de Penélope la idea de hacer que los pretendientes probaran su habilidad con el arco y con las hachas de hierro, en certamen entre ellos, como medio de atraer sobre sí su propia destrucción. Subió ella al piso superior y tomó la llave del aposento, que era de bronce y tenía mango de marfil; fuese luego con sus siervas al almacén situado al extremo de la casa, donde se guardaban los tesoros de su marido, de oro, bronce y hierro labrado, y donde estaba también su arco, y la aljaba llena de flechas mortíferas que le habían sido dadas por un amigo a quien había conocido en Lacedemonia —Iphito, hijo de Eurito—. Los dos se encontraron en Mesene, en casa de Ortiloco, donde Ulises se hallaba para cobrar una deuda que le debía todo el pueblo; pues los mesenios se habían llevado de Ítaca trescientas ovejas y se habían hecho a la mar con ellas y con sus pastores. En busca de estas llevó Ulises un largo viaje cuando aún era muy joven, pues su padre y los demás caudillos le enviaron en misión para recuperarlas. Iphito había ido allí también para recobrar doce yeguas de vientre que había perdido y los muletos que corrían con ellas. Estas yeguas fueron causa de su muerte al cabo, pues cuando fue a casa del hijo de Júpiter, el poderoso Hércules, que realizaba tales prodigios de valor, Hércules, para su vergüenza, le mató, aunque era su huésped, pues no temió la venganza del cielo ni respetó su propia mesa que había puesto ante Iphito, sino que le mató a pesar de todo y se quedó con las yeguas. Fue reclamando estas cuando Iphito se encontró con Ulises, y le dio el arco que el poderoso Eurito solía llevar, y que a su muerte había dejado a su hijo. Ulises le dio a cambio una espada y una lanza, y este fue el comienzo de una sólida amistad, aunque nunca se visitaron en casa el uno del otro, pues el hijo de Júpiter, Hércules, mató a Iphito antes de que pudieran hacerlo. Este arco, pues, dado por Iphito, no lo había llevado consigo Ulises cuando navegó hacia Troya; lo había usado mientras estuvo en casa, pero lo había dejado atrás por ser recuerdo de un amigo estimado.

Penélope llegó al cabo al umbral de encina del aposento; el carpintero lo había cepillado debidamente y había trazado en él una línea para dejarlo bien recto; había luego colocado en él las jambas y colgado las puertas. Ella soltó la correa del tirador de la puerta, metió la llave y la empujó de frente para hacer retroceder los cerrojos que sujetaban las puertas; estos saltaron con un ruido como de toro bramando en una pradera, y Penélope pisó el tablado levantado donde estaban los arcones en los que se guardaba la blanca ropa de lino y los vestidos junto con hierbas fragantes; alargando la mano desde allí, descolgó el arco con su funda del clavo del que colgaba. Se sentó con él sobre las rodillas, llorando amargamente al sacar el arco de su funda, y cuando sus lágrimas le hubieron dado alivio, fue al claustro donde estaban los pretendientes, llevando el arco y la aljaba con las muchas flechas mortíferas que iban dentro. Con ella iban sus siervas, que portaban un arca que contenía mucho hierro y bronce que su marido había ganado como premios. Cuando llegó junto a los pretendientes, se detuvo junto a uno de los pilares que sostenían el techo del claustro, teniendo un velo ante su rostro, y con una sierva a cada lado. Entonces dijo:

«Escuchadme, pretendientes, que persistís en abusar de la hospitalidad de esta casa porque su dueño ha estado largo tiempo ausente, y sin otro pretexto que el de querer casaros conmigo; este, pues, siendo el premio por el que contendéis, sacaré yo el poderoso arco de Ulises, y aquel de vosotros que más fácilmente lo tense y envíe su flecha por cada una de las doce hachas, a ese seguiré yo y dejaré esta casa de mi legítimo esposo, tan hermosa y tan abundante en riqueza. Pero aun así dudo que haya de olvidarla en mis sueños.»

Mientras hablaba, dijo a Eumeo que pusiera el arco y los trozos de hierro ante los pretendientes, y Eumeo lloró al tomarlos para hacer lo que ella le había mandado. Cerca de allí, el boyero lloró también al ver el arco de su amo, pero Antínoo les reprendió. «¡Patáns del campo!», dijo, «¡necios simples! ¿Por qué habéis de añadir a las tristezas de vuestra señora llorando de este modo? Ya tiene bastante con sufrir por la pérdida de su esposo; quedaos, pues, sentados y comed en silencio, o salid fuera si queréis llorar, y dejad aquí el arco. Nosotros, los pretendientes, habremos de contender por él con todas nuestras fuerzas, pues no será cosa ligera el tensar un arco como este. No hay entre nosotros todos hombre que sea como Ulises; porque yo le he visto y me acuerdo de él, aunque era yo entonces solo un niño.»

Esto fue lo que dijo, pero todo el tiempo estaba esperando poder tensar el arco y disparar el hierro, cuando en realidad iba a ser el primero en gustar las flechas de manos de Ulises, a quien deshonraba en su propia casa —y empujaba a los demás a hacer lo mismo.

Entonces habló Telémaco. «¡Grandes dioses!», exclamó, «Júpiter debe de haberme privado del juicio. He aquí a mi querida y excelente madre diciendo que dejará esta casa y volverá a casarse, y sin embargo yo me estoy riendo y divirtiendo como si nada sucediera. Pero, pretendientes, puesto que se ha acordado el certamen, que siga adelante. Se trata de una mujer cuya igual no se ha de encontrar en Pilos, Argos ni Micenas, ni aún en Ítaca ni en tierra firme. Vosotros lo sabéis tan bien como yo; ¿qué necesidad tengo de alabar a mi madre? Ea, pues, no os excuseis para retrasarlo, sino veamos si podéis o no tensar el arco. También yo haré prueba de él, pues si logro tensarlo y disparar a través del hierro, no sufriré que mi madre deje este hogar con un extraño, si puedo yo ganar los premios que mi padre ganó antes que yo.»

Mientras hablaba, saltó de su asiento, se quitó de encima su manto crimson y tomó su espada del hombro. Primero alineó las hachas en un surco largo que había cavado para ellas y que había enderezado con cordel. Luego apisonó bien la tierra en torno a ellas, y todos se sorprendieron al verlas colocar tan ordenadamente, aunque nunca había visto cosa semejante. Hecho esto, se dirigió al pavimento para probar el arco; tres veces tiró de él, intentando con todas sus fuerzas encordarlo, y tres veces hubo de dejarlo, aunque esperaba tensar el arco y disparar a través del hierro. Intentaba por cuarta vez, y lo habría tensado si Ulises no le hubiese hecho una señal para que se detuviera a pesar de todo su afán. Así que dijo:

«¡Ay de mí! O seré siempre endeble y sin brío, o soy demasiado joven y no he alcanzado aún toda mi fuerza para poder valerme por mí mismo si alguno me ataca. Vosotros, pues, que sois más fuertes que yo, probad el arco y zanjad este certamen.»

Dicho esto, dejó el arco apoyado contra la puerta que daba a la casa, con la flecha apoyada contra el extremo superior del arco. Luego se sentó en el asiento del que se había levantado, y Antínoo dijo:

«Ea, cada uno de vosotros por su turno, yendo hacia la derecha desde el lugar en que el copero empieza cuando reparte el vino.»

Los demás convinieron, y Leiodes, hijo de Enops, fue el primero en levantarse. Era sacerdote sacrificial de los pretendientes, y se sentaba en el rincón cerca de la crátera. Era el único que aborrecía sus malas acciones y se indignaba con los demás. Fue él ahora el primero en tomar el arco y la flecha, así que fue al pavimento a hacer su prueba, pero no pudo tensar el arco, porque sus manos eran débiles y poco avezadas al trabajo duro; por eso pronto se cansaron, y dijo a los pretendientes: «Amigos míos, no puedo tensarlo; que otro lo tenga; este arco habrá de quitar la vida y el alma a muchos de nosotros, pues es mejor morir que vivir tras haber perdido el premio que tanto tiempo hemos disputado y que tanto tiempo nos ha reunido. Aun ahora alguno de nosotros espera y ruega poder casarse con Penélope, pero cuando haya visto este arco y lo haya probado, que corteje y haga ofrendas de boda a otra mujer, y que Penélope se case con quien le haga mejor oferta y cuya suerte sea ganarla.»

Dicho esto, dejó el arco apoyado contra la puerta, con la flecha apoyada contra la punta del arco. Luego volvió a tomar asiento en el asiento del que se había levantado; y Antínoo le reprendió diciendo:

«Leiodes, ¿qué estás diciendo? Tus palabras son monstruosas e intolerables; me enoja escucharte. ¿Acaso este arco ha de quitar la vida a muchos de nosotros, solo porque tú no puedas doblarlo? Cierto es que no naciste para arquero, pero hay otros que pronto lo tensarán.»

Luego dijo a Melantio, el cabrero: «Anda pronto, enciende un fuego en el patio y pon un asiento cerca con un pellejo de oveja encima; tráenos también una gran bola de sebo, de lo que tengan en la casa. Calentemos el arco y engrasémoslo —lo probaremos de nuevo y llevaremos el certamen a su fin.»

Melantio encendió el fuego y puso un asiento cubierto de pieles de oveja junto a él. Trajo también una gran bola de sebo de lo que tenían en la casa, y los pretendientes calentaron el arco y de nuevo lo probaron, pero ninguno de ellos fue ni con mucho bastante fuerte para tensarlo. Sin embargo quedaban aún Antínoo y Eurímaco, que eran los cabecillas de los pretendientes y los más aventajados entre todos ellos.

Entonces el porquerizo y el boyero salieron juntos del claustro, y Ulises los siguió. Cuando hubieron salido fuera de las puertas y del patio exterior, Ulises les dijo en voz baja:

«Boyero, y tú, porquerizo, tengo algo en el pensamiento que dudo si decirlo o no; mas creo que lo diré. ¿Qué clase de hombres seríais para estar al lado de Ulises, si algún dios le trajese de vuelta aquí de improviso? Decid a cuál de los dos estáis dispuestos a ayudar —a los pretendientes o a Ulises.»

«Padre Júpiter», respondió el boyero, «¡ojalá así lo dispusieras! Si algún dios trajese de vuelta a Ulises, veríais con qué fuerza y brío pelearía yo por él.»

Con parecidas palabras rogó Eumeo a todos los dioses que Ulises volviera; cuando, pues, vio con certidumbre cuál era su disposición, Ulises dijo: «Yo soy, Ulises, quien está aquí. He padecido mucho, pero al fin, en el vigésimo año, he vuelto a mi propia tierra. Hallo que vosotros dos solos, de entre todos mis siervos, os alegradeis de que yo lo haga, pues no he oído a ningún otro rogar por mi regreso. A vosotros dos, pues, os descubriré la verdad tal como ha de ser. Si el cielo entrega a los pretendientes en mis manos, yo os buscaré esposas a los dos, os daré casa y heredad junto a la mía, y seréis para mí como si fuerais hermanos y amigos de Telémaco. Ahora os daré pruebas convincentes para que me conozcáis y quedéis seguros. Ved, aquí está la cicatriz del colmillo del jabalí que me desgarró cuando estaba de caza en el monte Parnaso con los hijos de Autólico.»

Mientras hablaba, apartó sus andrajos de la gran cicatriz, y cuando ellos la hubieron examinado a fondo, ambos lloraron por Ulises, le echaron los brazos al cuello y le besaron la cabeza y los hombros, mientras Ulises les besaba las manos y el rostro en respuesta. El sol se habría puesto sobre su llanto si Ulises no les hubiera detenido y dicho:

«Cesad vuestro llanto, no sea que alguno salga fuera y nos vea, y lo cuente a los de dentro. Cuando entréis, hacedlo por separado, no los dos juntos; iré yo primero, y seguidme vosotros después; sea además esta la señal entre nosotros: todos los pretendientes intentarán impedir que yo tome el arco y la aljaba; tú, pues, Eumeo, ponlo en mis manos cuando lo estés llevando de un lado a otro, y di a las mujeres que cierren las puertas de su estancia. Si oyen algún quejido o alboroto como de hombres que luchan en la casa, no deben salir; han de quedarse quietas y permanecer donde están en su tarea. Y te encargo a ti, Filoetio, que asegures las puertas del patio de fuera, y que las trabes bien al instante.»

Cuando así hubo hablado, volvió a la casa y tomó el asiento que había dejado. Al poco, sus dos siervos le siguieron adentro.

En este momento el arco estaba en manos de Eurímaco, que lo calentaba junto al fuego, pero aun así no podía tensarlo, y estaba profundamente afligido. Dio un hondo suspiro y dijo: «Me duelo por mí mismo y por todos nosotros; me duelo de que habré de renunciar al casamiento, pero no me importa casi tanto eso, pues hay abundantes otras mujeres en Ítaca y en otros lugares; lo que más siento es el hecho de ser tan inferiores a Ulises en fuerza que no podemos tensar su arco. Esto nos cubrirá de vergüenza ante los que aún han de nacer.»

«No será así, Eurímaco», dijo Antínoo, «y tú mismo lo sabes. Hoy es la fiesta de Apolo por toda la tierra; ¿quién puede tensar un arco en día como este? Déjalo a un lado —en cuanto a las hachas, pueden quedarse donde están, pues nadie ha de venir a la casa y llevárselas: que el copero vaya repartiendo sus copas, para que hagamos nuestras libaciones y dejemos este asunto del arco; diremos a Melantio que nos traiga mañana algunas cabras —las mejores que tenga; podremos entonces ofrecer muslos a Apolo, el poderoso arquero, y de nuevo probar el arco, para llevar el certamen a su fin.»

Los demás aprobaron sus palabras, y entonces los siervos derramaron agua sobre las manos de los convidados, mientras los pajes llenaban las crateras de vino y agua y lo repartían después de dar a cada hombre su libación. Luego, cuando hubieron hecho sus ofrendas y cada uno hubo bebido cuanto deseaba, Ulides dijo arteramente:

«Pretendientes de la ilustre reina, escuchad para que yo pueda hablar tal como lo tengo pensado. Me dirijo de modo especial a Eurímaco y a Antínoo, que acaba de hablar con tanta razón. Cesad el disparar por el momento y dejad el asunto a los dioses, pero por la mañana que el cielo dé la victoria a quien quiera. Por ahora, empero, dadme el arco para que yo pruebe el poder de mis manos entre todos vosotros, y vea si aún tengo tanta fuerza como solía tener, o si los viajes y el descuido han acabado con ella.»

Esto les irritó mucho a todos, pues temían que pudiera tensar el arco; Antínoo, pues, le reprendió fieramente diciendo: «¡Miserable criatura, no tienes ni un grano de sentido en todo tu cuerpo! Deberías darte por afortunado de que se te permita comer ileso entre tus superiores, sin que se te sirva menor ración que a nosotros, y de que se te permita oír nuestra conversación. A ningún otro mendigo ni forastero se le ha permitido oír lo que decimos entre nosotros; el vino debe de haberte hecho daño, como hace con todos los que beben sin medida. Fue el vino el que encendió al centauro Euritión cuando se hospedaba con Pirítoo entre los lapitas. Cuando el vino se le subió a la cabeza, enloqueció y cometió malas acciones en la casa de Pirítoo; esto irritó a los héroes allí reunidos, así que se lanzaron sobre él y le cortaron las orejas y las narices; luego le arrastraron por la puerta fuera de la casa, y se fue enloquecido, cargando con el peso de su crimen, privado de entendimiento. Desde entonces, pues, hubo guerra entre los hombres y los centauros, pero él se la atrajo por su propia embriaguez. De igual modo puedo decirte que te irá mal si tensa el arco: no hallarás mercy de nadie aquí, pues al punto te embarcaremos para el rey Equeto, que mata a todo el que se le acerca: nunca saldrás vivo de allí, así que bebe y quédate quieto sin meterte en pendencia con hombres más jóvenes que tú.»

Entonces Penélope le habló. «Antínoo», dijo, «no es justo que maltrates a ningún huésped de Telémaco que venga a esta casa. Si el forastero resultase bastante fuerte para tensar el poderoso arco de Ulises, ¿puedes suponer que me llevaría a su casa y me haría su esposa? Ni el hombre mismo puede tener tal idea en su mente: ninguno de vosotros necesita dejar que eso perturbe su festín; sería de todo punto irrazonable.»

«Reina Penélope», respondió Eurímaco, «no suponemos que este hombre os haya de llevar consigo; es imposible; pero tememos que alguna gente de peor condición, hombres o mujeres entre los aqueos, ande murmurando y diga: 'Estos pretendientes son gente débil; cortejan a la esposa de un hombre valiente, cuyo arco ninguno de ellos fue capaz de tensar, y sin embargo un pordiosero andrajoso que vino a la casa lo tensó al punto y envió una flecha a través del hierro.' Esto es lo que se dirá, y será un baldón contra nosotros.»

«Eurímaco», respondió Penélope, «los que persisten en comerse la hacienda de un gran jefe y deshonrar su casa no deben esperar que otros piensen bien de ellos. ¿Por qué, pues, habéis de inquietaros si la gente habla como pensáis que hablará? Este forastero es fuerte y bien formado, dice además que es de noble linaje. Dadle el arco, y veamos si puede o no tensarlo. Yo digo —y así será sin falta— que si Apolo le concede la gloria de tensarlo, le daré un manto y una camisa de buen uso, con una lanza para defenderse de perros y ladrones, y una aguda espada. Le daré también sandalias, y le haré conducir sano y salvo a donde quiera ir.»

Entonces dijo Telémaco: «Madre, yo soy el único hombre tanto en Ítaca como en las islas que están frente a Elide que tiene derecho a dejar que alguien tenga el arco o a negarlo. Nadie me forzará en un sentido ni en otro, ni aun cuando yo elija hacer al forastero un regalo del arco sin más y dejar que se lo lleve. Ve, pues, dentro de la casa y ocúpate de tus tareas cotidianas, tu tela, tu rueca y el gobierno de tus siervas. Este arco es cosa de hombres, y mía sobre todas, pues yo soy el señor aquí.»

Ella se fue caminando de nuevo hacia la casa, meditando en su corazón las palabras de su hijo. Y subiendo a su aposento con sus criadas, lloró a su querido esposo hasta que Minerva derramó un dulce sueño sobre sus párpados.

Entonces el porquero cogió el arco y se disponía a llevárselo a Ulises, pero los pretendientes alborotaron desde todas partes del atrio, y uno de ellos dijo: «¡Necio, adónde llevas el arco? ¿Has perdido el juicio? Si Apolo y los demás dioses nos conceden lo que pedimos, tus mismos perros jabalineros te llevarán a algún apartado lugar y te devorarán hasta matarte.»

Eumeo se asustó del vocerío que todos levantaron, así que dejó el arco allí mismo, pero Telémaco le gritó desde el otro lado del atrio y lo amenazó diciendo: «Padre Eumeo, trae el arco adelante pese a todos ellos, o por joven que sea te apedrearé hasta mandarte de vuelta al campo, pues yo soy el más fuerte de los dos. Quiera yo ser tanto más vigoroso que todos los demás pretendientes de la casa cuanto lo soy respecto de ti, que pronto enviaría a algunos de ellos por los suelos, dolidos y arrepentidos, pues traman males.»

Así habló, y todos ellos rieron de buena gana, lo que les puso en mejor talante con Telémaco; así que Eumeo trajo el arco adelante y lo puso en las manos de Ulises. Hecho esto, llamó aparte a Euriclea y le dijo: «Euriclea, Telémaco manda que cierres las puertas de las estancias de las mujeres. Si oyen algún gemido o alboroto como de hombres que luchan en la casa, no han de salir, sino que han de estar calladas y quedarse en su trabajo.»

Euriclea obedeció y cerró las puertas de las estancias de las mujeres.

Entretanto Filetío salió sin ser notado y aseguró las puertas del patio exterior. Había en el portal un cable de navío de fibra de papiro, y con él trabó las puertas; luego volvió a entrar, ocupando de nuevo el asiento que había dejado y sin quitar ojo a Ulises, que ya tenía el arco en las manos, y lo volteaba de un lado a otro, probándolo por todas partes para ver si los gusanos habían roído los dos cuernos durante su ausencia. Entonces uno se volvía hacia su vecino diciendo: «Este es algún viejo mañoso aficionado al arco; o lo tiene igual en su casa, o quiere hacerse uno, con tal destreza de artesano maneja el arco el viejo vagabundo.»

Otro dijo: «Ojalá no le vaya mejor en otras cosas que en tender este arco.»

Mas Ulises, después de tomarlo y examinarlo por completo, lo tendió con la misma facilidad con que un hábil cantor tensa la clavija nueva de su lira y fija la tripa retorcida en ambos extremos. Luego lo tomó con la diestra para probar la cuerda, y ésta sonó dulcemente bajo su toque como el gorjeo de una golondrina. Los pretendientes se amedrentaron y mudaron de color al oírla; en ese momento, además, Jove tronó con fuerza como señal, y el corazón de Ulises se regocijó al oír el presagio que el hijo de Saturno, el urdidor de engaños, le enviaba.

Tomó una flecha que yacía sobre la mesa —pues las que los aqueos iban a probar tan pronto estaban todas dentro del carcaj—, la apoyó sobre el soporte central del arco, y llevó hacia sí la muesca de la flecha y la cuerda, todavía sentado en su asiento. Apuntado el blanco, soltó el disparo, y su flecha atravesó todos y cada uno de los agujeros del mango de las hachas, desde el primero hasta el último, y siguió hasta el patio exterior. Entonces dijo a Telémaco:

«Tu huésped no te ha deshonrado, Telémaco. No erré el blanco al que apuntaba, ni tardé en tensar mi arco. Aún soy fuerte, y no como los pretendientes me zahieren diciendo. Ahora, empero, es hora de que los aqueos preparen la cena mientras aún hay luz, y luego se solacen con canto y danza, que son los ornamentos que coronan un banquete.»

Mientras hablaba hizo una señal con las cejas, y Telémaco se ciñó la espada, asió la lanza y se plantó armado junto al asiento de su padre.

LIBRO XXII

LA MATANZA DE LOS PRETENDIENTES — LAS CRIADAS QUE SE HAN PORTADO MAL SON OBLIGADAS A LAVAR LOS ATRIOS Y LUEGO AHORCADAS.

Entonces Ulises se arrancó sus andrajos y saltó al amplio pavimento con su arco y su carcaj lleno de flechas. Derramó las flechas a tierra a sus pies y dijo: «La gran prueba ha tocado a su fin. Voy a ver ahora si Apolo me concede acertar otro blanco que ningún hombre ha alcanzado todavía.»

Con esto disparó una flecha mortal contra Antínoo, que estaba a punto de tomar una copa de oro de dos asas para beber su vino, y ya la tenía en las manos. Ningún pensamiento de muerte tenía —¿quién entre todos los convidados pensaría que un solo hombre, por muy valiente que fuese, se alzaría él solo entre tantos y lo mataría? La flecha dio a Antínoo en la garganta, y la punta le atravesó el cuello, de modo que cayó hacia atrás y la copa se le escapó de la mano, mientras un espeso chorro de sangre le brotaba de las narices. Apartó de sí la mesa con una patada y volcó cuanto había sobre ella, de suerte que el pan y las carnes asadas quedaron todos manchados al caer al suelo. Los pretendientes se alborotaron al ver que un hombre había sido herido; saltaron despavoridos, todos a una, de sus asientos y miraron por doquier hacia los muros, pero no había escudo ni lanza, y reprendieron con gran enojo a Ulises. «Forastero —dijeron—, pagarás por andar disparando contra la gente de este modo; no verás otro certámen; eres hombre muerto; a quien has matado era el más egregio mancebo de Ítaca, y los buitres te devorarán por haberle dado muerte.»

Así hablaban, pues creían que había matado a Antínoo por accidente, y no percibían que la muerte pendía sobre la cabeza de todos y cada uno de ellos. Pero Ulises los miró torvamente y dijo:

«Perros, ¿acaso pensabais que yo no volvería de Troya? Habéis consumido mis bienes, habéis forzado a mis siervas a acostarse con vosotros, y habéis cortejado a mi esposa mientras yo aún vivía. No habéis temido ni a los dioses ni a los hombres, y ahora moriréis.»

Se pusieron pálidos de miedo al oírle, y cada uno miró en torno buscando dónde huir para ponerse a salvo, mas sólo Eurímaco habló.

«Si eres Ulises —dijo—, entonces lo que has dicho es justo. Mucho hemos faltado en tus tierras y en tu casa. Pero Antínoo, que era cabeza y guía de la ofensa, yace ya por tierra. Todo fue obra suya. No era que quisiera casarse con Penélope; no le importaba tanto eso; lo que él quería era bien distinto, y Jove no se lo ha concedido: quería matar a tu hijo y ser el hombre principal de Ítaca. Ahora, pues, que ha encontrado la muerte que le correspondía, perdona la vida de los tuyos. Lo arreglaremos todo entre nosotros y te pagaremos con creces todo cuanto hemos comido y bebido. Cada uno de nosotros te pagará una multa equivalente a veinte bueyes, y no cesaremos de darte oro y bronce hasta que tu corazón se ablande. Hasta que lo hayamos hecho, nadie puede quejarse de que estés airado contra nosotros.»

Ulises lo miró otra vez torvamente y dijo: «Aunque me dieses todo cuanto tenéis en el mundo, ahora y todo cuanto hayáis de tener jamás, no contendré mi mano hasta habéroslo pagado a todos entero. Habéis de pelear, o huir por vuestras vidas; y huir, no escapará ni uno.»

Sus corazones desfallecieron al oírle, pero Eurímaco habló de nuevo diciendo:

«Amigos, este hombre no nos dará cuartel. Se quedará donde está y nos acribillará hasta habernos matado a todos. Esgrimamos, pues, nuestras armas: desenvainad las espadas y alzad las mesas para resguardaros de sus flechas. Arrojémonos sobre él de golpe para apartarlo del pavimento y del umbral; así lograremos salir a la ciudad y dar la voz de alarma que pronto ponga fin a su tiroteo.»

Mientras hablaba desenvainó su aguda espada de bronce, afilada por ambos lados, y con un gran grito se lanzó sobre Ulises; pero Ulises disparó al instante una flecha contra su pecho, que lo prendió por el pezón y se le clavó en el hígado. Soltó la espada y cayó doblado sobre la mesa. La copa y todas las viandas cayeron al suelo al dar con la frente en la tierra en las angustias de la muerte, y pateó el escabel con los pies hasta que sus ojos se cerraron en las tinieblas.

Entonces Anfínomo desenvainó la espada y se fue derecho contra Ulises para intentar apartarlo de la puerta; pero Telémaco fue más rápido que él y le asestó un golpe por detrás; la lanza le entró entre los hombros y le atravesó el pecho, de modo que cayó pesadamente a tierra y dio con la frente en el suelo. Luego Telémaco se apartó de él, dejando la lanza clavada en el cuerpo, pues temía que, si se detenía a sacarla, alguno de los aqueos pudiera caer sobre él y herirlo con la espada, o derribarlo; así que salió corriendo y al punto estuvo al lado de su padre. Entonces dijo:

«Padre, deja que te traiga un escudo, dos lanzas y un casco de bronce para tus sienes. Yo me armaré también, y traeré otras armas para el porquero y el boyero, pues mejor será que vayamos armados.»

«Corre y tráelas —respondió Ulises—, mientras mis flechas aguanten, o cuando esté solo podrán apartarme de la puerta.»

Telémaco hizo lo que su padre dijo y se fue a la despensa donde se guardaban las armas. Escogió cuatro escudos, ocho lanzas y cuatro cascos de bronce con cimera de crines de caballo. Los llevó a toda prisa a su padre, y se armó él primero, mientras el boyero y el porquero se ponían también sus armaduras y tomaban sus puestos junto a Ulises. Entretanto Ulises, mientras le duraron las flechas, había ido tirando a los pretendientes uno a uno, y caían unos sobre otros apiñados; cuando se le agotaron las flechas, apoyó el arco contra el muro del extremo de la casa, junto al quicio de la puerta, y se echó a los hombros un escudo de cuatro cueros; sobre su hermosa cabeza se puso el casco, bien labrado con una cimera de crines de caballo que se cimbraba amenazante, y empuñó dos formidables lanzas con regatones de bronce.

Había una trampilla en la pared, mientras que a un extremo del pavimento había una salida que daba a un pasaje estrecho, y esta salida estaba cerrada por una bien hecha puerta. Ulises dijo a Filetío que se plantara junto a esa puerta y la guardara, pues por allí sólo podía atacar una persona a la vez. Pero Agelao gritó: «¿No puede alguno subir a la trampilla y dar aviso al pueblo de lo que está pasando? El socorro vendría al punto, y pronto daríamos fin a este hombre y a su tiroteo.»

«No puede ser, Agelao —respondió Melantio—, la boca del pasaje estrecho está peligrosamente cerca de la entrada al patio exterior. Un solo hombre valeroso puede impedir que entre cualquier número. Pero sé lo que voy a hacer: yo os traeré armas de la despensa, pues estoy seguro de que allí es donde Ulises y su hijo las han guardado.»

Dicho esto, el cabrero Melantio se fue por pasadizos interiores a la despensa de la casa de Ulises. Allí escogió doce escudos, con otros tantos cascos y lanzas, y los trajo a toda prisa para entregárselos a los pretendientes. Al ver a los pretendientes ponerse la armadura y blandir las lanzas, el corazón de Ulises empezó a desfallecer. Comprendió la grandeza del peligro y dijo a Telémaco: «Alguna de las mujeres de dentro está ayudando a los pretendientes contra nosotros, o puede ser Melantio.»

Telémaco respondió: «La culpa, padre, es mía, y sólo mía; yo dejé abierta la puerta de la despensa, y ellos han vigilado con más cuidado que yo. Ve, Eumeo, cierra la puerta, y mira si es alguna de las mujeres quien hace esto, o si, como sospecho, es Melantio, hijo de Dolio.»

Así conversaban. Entretanto Melantio iba de nuevo a la despensa a buscar más armas, pero el porquero lo vio y dijo a Ulises, que estaba a su lado: «Ulises, noble hijo de Laertes, es ese bribón de Melantio, tal como sospechábamos, el que se dirige a la despensa. Di, ¿lo mato, si puedo con él, o lo traigo aquí para que tomes tu propia venganza de todos los muchos males que ha hecho en tu casa?»

Ulises respondió: «Telémaco y yo contendremos a estos pretendientes, hagan lo que hagan; volved los dos atrás y atad las manos y los pies de Melantio a la espalda. Echadlo en la despensa y cerrad bien la puerta tras él; luego ajustadle un lazo alrededor del cuerpo y colgadlo bien arriba, cerca de las vigas, de un poste alto, para que siga penando.»

Así habló, y ellos hicieron tal como les dijo; fueron a la despensa, a la que entraron antes de que Melantio los viera, pues él estaba ocupado buscando armas en la parte más recóndita del cuarto, de modo que los dos se apostaron a uno y otro lado de la puerta y esperaron. Poco después Melantio salió con un casco en una mano y en la otra un viejo escudo apolillado, que había llevado Laertes cuando era mozo, pero que hacía mucho tiempo había sido arrinconado, y las correas se habían descosido; sobre esto los dos lo prendieron, lo arrastraron hacia atrás por los cabellos y lo arrojaron al sueloforcejeando. Le doblaron bien las manos y los pies a la espalda, y se los ataron fuerte con una atadura dolorosa, como Ulises les había dicho; luego le ajustaron un lazo alrededor del cuerpo y lo izaron desde un poste alto hasta que quedó casi pegado a las vigas, y entonces tú te jactaste sobre él, oh porquero Eumeo, diciendo: «Melantio, pasarás la noche en un blando lecho, como mereces. Sabrás muy bien cuándo llegue la mañana desde las corrientes de Océano, y será hora de que lleves tus cabras al pasto para que los pretendientes se den un festín.»

Allí, pues, lo dejaron en muy cruel cautiverio, y tras ponerse sus armaduras cerraron la puerta a sus espaldas y volvieron a ocupar sus puestos al lado de Ulises; entonces los cuatro hombres se quedaron en el atrio, fieros y llenos de furia; sin embargo, los que estaban dentro del patio eran aún bravos y numerosos. Entonces la hija de Jove, Minerva, se llegó a ellos, tomando la voz y la figura de Mentor. Ulises se alegró al verla y dijo: «Mentor, ayúdame, y no olvides a tu viejo compañero, ni los muchos buenos servicios que te ha hecho. Además, eres de mi edad.»

Mas en todo momento estaba seguro de que era Minerva, y los pretendientes desde el otro lado armaron un alboroto al verla. Agelao fue el primero en reprocharla. «Mentor —gritó—, no dejes que Ulises te engañe poniéndose de su parte y luchando contra los pretendientes. Esto es lo que haremos: cuando hayamos matado a estos, padre e hijo, te mataremos también a ti. Lo pagarás con tu cabeza, y una vez muerto, meteremos en el común todo cuanto tienes, dentro o fuera de casa, junto con los bienes de Ulises; no dejaremos vivir a tus hijos en tu casa, ni a tus hijas, ni tu viuda continuará viviendo en la ciudad de Ítaca.»

Esto encolerizó aún más a Minerva, así que increpó a Ulises con gran enojo. «Ulises —dijo—, tu fuerza y tu valentía ya no son lo que eran cuando luchaste durante nueve largos años entre los troyanos por la noble Helena. Mataste a muchos hombres en aquellos días, y fue por tu estratagema como la ciudad de Príamo fue tomada. ¿Cómo es que eres tan lastimosamente menos valiente ahora que estás en tu propia tierra, frente a frente con los pretendientes en tu propia casa? Ven, buen amigo, ponte a mi lado y mira cómo Mentor, hijo de Alcimo, luchará contra tus enemigos y te pagará los favores que le hiciste.»

Mas no quiso darle aún la victoria plena, pues quería poner a prueba aún más su propio valer y el de su bravo hijo, de modo que voló hacia una de las vigas del techo del atrio y se posó en ella bajo la figura de una golondrina.

Entretanto Agelao, hijo de Damastor, Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo, Pisandro y Polibo, hijo de Polictor, sostenían lo más recio del combate del lado de los pretendientes; de todos los que aún peleaban por sus vidas eran con mucho los más valerosos, pues los demás habían caído ya bajo las flechas de Ulises. Agelao les gritó y dijo: «Amigos, pronto habrá de dejarlo, pues Mentor se ha ido sin haber hecho nada por él salvo fanfarronear. Están en las puertas sin apoyo. No le apuntéis todos a la vez, sino seis de vosotros lanzad primero vuestras lanzas, y ved si no podéis cubrir de gloria matándolo. Cuando caiga, no tendremos que inquietarnos por los otros.»

Arrojaron sus lanzas como él les mandó, pero Minerva hizo que todas resultaran inútiles. Una dio en el quicio de la puerta; otra fue a dar contra la puerta; el asta puntiaguda de otra golpeó el muro; y en cuanto hubieron esquivado todas las lanzas de los pretendientes, Ulises dijo a los suyos: «Amigos, yo diría que también nosotros deberíamos descargar en medio de ellos, o coronarán todo el mal que nos han hecho matándonos sin más.»

Apuntaron, pues, derecho ante sí y arrojaron sus lanzas. Ulises mató a Demoptólemo, Telémaco a Euríades, Eumeo a Elato, mientras el boyero mataba a Pisandro. Todos estos mordieron el polvo, y cuando los otros se retiraron a un rincón, Ulises y los suyos se lanzaron adelante y recuperaron sus lanzas sacándolas de los cuerpos de los muertos.

Los pretendientes apuntaron una segunda vez, pero también entonces Minerva hizo que sus armas fueran en su mayor parte inútiles. Una hirió un poste de soporte del atrio; otra fue a dar contra la puerta; en tanto que el asta puntiaguda de otra golpeó el muro. Con todo, Anfimedonte arrancó apenas un pedazo de la piel superior de la muñeca de Telémaco, y Ctesipo logró rozar el hombro de Eumeo por encima del escudo; pero la lanza siguió de largo y cayó al suelo. Entonces Ulises y los suyos descargaron sobre el grupo de los pretendientes. Ulises hirió a Eurídamas, Telémaco a Anfimedonte, y Eumeo a Polibo. Tras esto el boyero hirió a Ctesipo en el pecho y lo zahirió diciendo: «Bocazas, hijo de Politerses, no seas tan necio de volver a hablar malévolamente, sino deja que el cielo dirija tus palabras, pues los dioses son mucho más fuertes que los hombres. Te hago este regalo en pago del puntapié que le diste a Ulises cuando andaba mendigando por su propia casa.»

Así habló el boyero, y Ulises atravesó con la lanza, en combate cuerpo a cuerpo, al hijo de Damastor; Telémaco hirió a Leócrito, hijo de Evenor, en el vientre, y el dardo lo atravesó de parte a parte, de suerte que cayó desplomado de bruces sobre el suelo. Entonces Minerva, desde su asiento sobre la viga, alzó su égida mortífera, y el corazón de los pretendientes se llenó de espanto. Huyeron hacia el otro extremo del patio como un hato de ganado enloquecido por el tábano a comienzos del verano, cuando los días son los más largos. Como buitres de pico corvo y garras ganchudas que desde las montañas se abalanzan sobre las avecillas que se agolpan en tierra y las matan, pues no pueden ni pelear ni huir, y los espectadores gozan del espectáculo, así Ulises y los suyos cayeron sobre los pretendientes y los golpearon por doquier. Lanzaban gemidos horrísonos mientras sus sesos eran machacados, y el suelo hervía con su sangre.

Leiodes entonces asió las rodillas de Ulises y dijo: «Ulises, te ruego que tengas piedad de mí y me perdones. Yo nunca agravié a ninguna de las mujeres de tu casa, ni de palabra ni de obra, e intenté disuadir a los otros. Los vi obrar mal, pero no quisieron escucharme, y ahora están pagando su locura. Yo era su sacerdote sacrificante; si me matas, moriré sin haber hecho nada que lo merezca, y no habré recibido agradecimiento por todo el bien que hice.»

Ulises lo miró con ceño severo y respondió: «Si eras su sacerdote sacrificante, debiste haber rogado muchas veces que tardara yo mucho en volver, y que tú pudieras casarte con mi esposa y tener hijos de ella. Por tanto, vas a morir.»

Dichas estas palabras, recogió la espada que Agelao había soltado al ser muerto y que yacía en el suelo. Luego golpeó a Leiodes en la nuca, de modo que su cabeza cayó rodando por el polvo mientras aún estaba hablando.

El aedo Femio, hijo de Terpes —aquel a quien los pretendientes habían obligado a cantar para ellos—, intentó ahora salvar la vida. Estaba de pie cerca de la trampa y sostenía su lira en la mano. No sabía si salir huyendo del claustro y sentarse junto al altar de Júpiter que había en el patio exterior, y sobre el cual tanto Laertes como Ulises habían ofrecido los muslos de muchos bueyes, o si ir directamente hacia Ulises y abrazar sus rodillas; pero al fin juzgó que lo mejor era abrazar las rodillas de Ulises. Depositó, pues, su lira en el suelo, entre la crátera y el asiento tachonado de plata; luego subió hasta Ulises, asió sus rodillas y dijo: «Ulises, te ruego que tengas piedad de mí y me perdones. Luego te pesará haber matado a un bardo que puede cantar tanto para los dioses como para los hombres, como yo puedo. Compongo yo mismo todos mis cantos, y el cielo me favorece con toda clase de inspiración. Te cantaría como si fueras un dios; no te apresures, pues, a cortarme la cabeza. Tu propio hijo Telémaco te dirá que yo no quería frecuentar tu casa ni cantar para los pretendientes después de sus comilonas, sino que eran demasiados y demasiado fuertes para mí, y así me obligaron.»

Telémaco lo oyó, y al punto se acercó a su padre. «¡Detente!», exclamó, «ese hombre es inocente, no le hagas daño; y también perdonaremos a Medonte, que siempre fue bueno conmigo cuando yo era niño, a menos que Filetio o Eumeo ya lo hayan matado, o que él haya caído en tu camino cuando tú andabas furioso por el patio.»

Medonte percibió estas palabras de Telémaco, pues estaba agazapado bajo un asiento bajo el cual se había escondido cubriéndose con la piel fresca de una vaca desollada; así que se quitó la piel, se acercó a Telémaco y le asió las rodillas.

«Heme aquí, mi buen señor», dijo, «detén, pues, tu mano, y avisa a tu padre, o me matará en su cólera contra los pretendientes por haber malgastado su hacienda y haber sido tan neciamente irrespetuoso contigo.»

Ulises sonrió y respondió: «No temas; Telémaco te ha salvado la vida, para que en adelante sepas, y digas a los demás, cuánto mejor prosperan las buenas obras que las malas. Vete, pues, fuera del claustro al patio exterior, y apártate de la matanza —tú y el aedo— mientras yo termino aquí mi tarea.»

Los dos salieron al patio exterior lo más deprisa que pudieron, y se sentaron junto al gran altar de Júpiter, mirando temerosamente a su alrededor, aún esperando que los mataran. Entonces Ulises registró todo el patio con cuidado, por si alguien había logrado esconderse y seguía con vida, pero los encontró a todos tendidos en el polvo, revolcándose en su sangre. Eran como peces que los pescadores han sacado del mar con la red y han arrojado a la playa para que yazcan boqueando, hasta que el calor del sol acaba con ellos. Así estaban los pretendientes, todos amontonados unos contra otros.

Entonces Ulises dijo a Telémaco: «Llama a la nodriza Euriclea; tengo algo que decirle.»

Telémaco fue y llamó a la puerta del aposento de las mujeres. «Date prisa», dijo, «tú, anciana, a quien se ha puesto al cuidado de todas las demás mujeres de la casa. Sal fuera; mi padre desea hablar contigo.»

Cuando Euriclea oyó esto, descorrió el cerrojo del aposento de las mujeres y salió, siguiendo a Telémaco. Encontró a Ulises entre los cadáveres, manchado de sangre y porquería como un león que acaba de devorar un buey, con el pecho y ambas mejillas cubiertos de sangre, de modo que ofrece un aspecto terrible; así estaba Ulises, embadurnado de arriba abajo de sangre. Cuando vio todos los cadáveres y tanta sangre, iba a prorrumpir en gritos de alegría, pues veía que se había realizado una gran hazaña; pero Ulises la contuvo: «Anciana», le dijo, «alégrate en silencio; modérate y no alborotes por ello; es cosa impía gloriarse sobre los muertos. El destino del cielo y sus propias maldades han traído la perdición a estos hombres, pues no respetaron a nadie en todo el mundo, ni rico ni pobre, que se les acercase, y han tenido un mal fin como castigo de su perversidad y locura. Ahora, empero, dime cuáles de las mujeres de la casa se han portado mal, y cuáles son inocentes.»

«Voy a decirte la verdad, hijo mío», respondió Euriclea. «En la casa hay cincuenta mujeres, a las que enseñamos a hacer cosas como cardar lana y toda clase de faenas del hogar. De ellas, doce en total han faltado, y han sido faltas de respeto conmigo y también con Penélope. Con Telémaco no se mostraron irrespetuosas, pues él sólo ha crecido hace poco y su madre nunca le permitió dar órdenes a las siervas; pero déjame subir y contarle a tu esposa todo lo acontecido, pues algún dios la ha ido sumiendo en el sueño.»

«No la despiertes todavía», respondió Ulises, «pero di a las mujeres que se han portado mal que vengan a mí.»

Euriclea salió del claustro a avisar a las mujeres y hacerlas acudir ante Ulises; entretanto él llamó a Telémaco, al boyero y al porquerizo. «Empezad», dijo, «a retirar los muertos, y que las mujeres os ayuden. Luego traed esponjas y agua limpia para fregar las mesas y los asientos. Cuando hayáis limpiado a fondo todo el claustro, llevad a las mujeres al espacio entre la sala abovedada y el muro del patio exterior, y atravesadlas con vuestras espadas hasta que estén bien muertas y hayan olvidado todo lo referente al amor y a cómo solían acostarse en secreto con los pretendientes.»

Dicho esto, las mujeres bajaron todas juntas, llorando y gemiendo amargamente. Primero sacaron los cuerpos sin vida y los apoyaron unos contra otros en el zaguán. Ulises las acuciaba y las hacía trabajar deprisa, así que tuvieron que sacar los cuerpos. Cuando hubieron hecho esto, limpiaron todas las mesas y asientos con esponjas y agua, mientras Telémaco y los otros dos paleaban la sangre y la suciedad del suelo, y las mujeres lo sacaban todo fuera y lo arrojaban a la puerta. Luego, cuando dejaron el lugar limpio y ordenado, sacaron a las mujeres y las acorralaron en el estrecho espacio entre el muro de la sala abovedada y el del corral, de modo que no pudieran escapar; y Telémaco dijo a los otros dos: «No permitiré que estas mujeres mueran de muerte limpia, pues fueron insolentes conmigo y con mi madre, y solían dormir con los pretendientes.»

Dichas estas palabras, ató un cable de navío a uno de los pilares que sostenían el techo de la sala abovedada, y lo tensó alrededor de todo el recinto, a buena altura, para que ningún pie de las mujeres tocase el suelo; y como tordos o palomas chocan contra la red que les han tendido en un matorral cuando iban a posarse en su nido, y un destino terrible las aguarda, así las mujeres hubieron de meter una tras otra la cabeza en los lazos y morir miserablemente. Sus pies se agitaron convulsivamente un instante, pero no por mucho tiempo.

En cuanto a Melantio, lo llevaron a través del claustro hasta el patio interior. Allí le cortaron la nariz y las orejas; le arrancaron las entrañas y las dieron a comer crudas a los perros, y luego, en su furia, le cortaron las manos y los pies.

Cuando hubieron hecho esto, se lavaron manos y pies y volvieron a la casa, pues todo había terminado; y Ulises dijo a la querida anciana nodriza Euriclea: «Tráeme azufre, que limpia toda contaminación, y trae también fuego para que lo queme y purifique el claustro. Anda, además, y dile a Penélope que venga aquí con sus doncellas, y también a todas las siervas que hay en la casa.»

«Todo lo que has dicho es verdad», respondió Euriclea, «pero déjame traerte ropa limpia —una camisa y un manto—. No sigas con esos andrajos sobre tu cuerpo. No es propio.»

«Enciéndeme primero el fuego», repuso Ulises.

Ella trajo el fuego y el azufre, como él le había mandado, y Ulises purificó a fondo el claustro y los patios interior y exterior. Luego entró ella dentro a llamar a las mujeres y contarles lo ocurrido; entonces ellas salieron de su aposento con hachas encendidas en las manos, y se apiñaron en torno a Ulises para abrazarlo, besando su cabeza y sus hombros y asiendo sus manos. Sintió él como si quisiera llorar, pues a todas las recordaba.

LIBRO XXIII

PENÉLOPE POR FIN RECONOCE A SU ESPOSO — TEMPRANO, POR LA MAÑANA, ULISES, TELÉMACO, EUMEO Y FILETIO ABANDONAN LA CIUDAD.

Euriclea subió ahora riendo las escaleras para decirle a su señora que su querido esposo había vuelto a casa. Sus ancianas rodillas volvieron a hacerse jóvenes, y sus pies eran ágiles de alegría mientras subía hacia su señora y se inclinaba sobre su cabeza para hablarle. «Despierta, Penélope, querida hija», exclamó, «y contempla con tus propios ojos aquello que tanto tiempo has deseado. Ulises por fin ha vuelto al hogar, y ha dado muerte a los pretendientes que tantos trastornos causaban en su casa, devorando su hacienda y maltratando a su hijo.»

«Buena nodriza mía», respondió Penélope, «debes de haber perdido el juicio. Los dioses a veces vuelven locos a hombres muy cuerdos, y hacen cuerdos a los necios. Eso es lo que deben de haber hecho contigo; pues tú siempre fuiste persona razonable. ¿Por qué te burlas así de mí, que ya tengo bastantes penas —con esos desatinos, despertándome de un sueño dulcísimo que se había adueñado de mis ojos y los había cerrado? Nunca he dormido tan profundamente desde el día en que mi pobre esposo marchó a aquella ciudad de nombre malhadado. Vuelve otra vez al aposento de las mujeres; si hubiera sido cualquier otro quien me hubiera despertado para traerme tan absurda noticia, la habría despedido con un severo reproche. En tu caso, tu vejez te protege.»

«Querida hija», respondió Euriclea, «no me burlo de ti. Es del todo cierto, como te digo, que Ulises ha vuelto. Era el extranjero a quien todos no cesaban de maltratar en el claustro. Telémaco supo desde el principio que había regresado, pero guardó el secreto de su padre para poder tomar venganza de toda esa gente malvada.»

Entonces Penélope se levantó de un salto del lecho, echó los brazos al cuello de Euriclea y lloró de alegría. «Pero, querida nodriza», dijo, «explícame esto: si de verdad ha vuelto como dices, ¿cómo logró vencer él solo a los perversos pretendientes, viendo el gran número que siempre había?»

«Yo no estaba allí», respondió Euriclea, «y no sé; sólo los oí gemir mientras los mataban. Nosotras estábamos acurrucadas y apiñadas en un rincón del aposento de las mujeres, con las puertas cerradas, hasta que tu hijo vino a buscarme porque su padre lo envió. Entonces hallé a Ulises en pie entre los cadáveres que yacían en el suelo a su alrededor, unos sobre otros. Habrías gozado viéndolo allí de pie, todo manchado de sangre y porquería, con aspecto de león. Pero los cadáveres están ya amontonados en el zaguán del patio exterior, y Uliles ha encendido un gran fuego para purificar la casa con azufre. Me ha mandado llamarte, así que ven conmigo, para que podáis los dos regocijaros juntos después de todo; pues al fin se ha cumplido el deseo de tu corazón: tu esposo ha vuelto a casa para encontrar con vida y sanos a esposa e hijo, y para tomar venganza en su propia casa de los pretendientes que tan mal se portaron con él.»

«Querida nodriza», dijo Penélope, «no te regocijes demasiado confiada por todo esto. Sabes cuán contento se pondría todo el mundo de ver a Ulises de vuelta —sobre todo yo misma, y el hijo que nos ha nacido—; pero lo que me cuentas no puede ser verdad. Es algún dios que está airado con los pretendientes por su gran perversidad, y les ha dado fin; pues no respetaron a nadie en todo el mundo, ni rico ni pobre, que se les acercase, y han tenido un mal fin a consecuencia de su iniquidad; Ulises está muerto lejos de la tierra de los aqueos; no volverá jamás al hogar.»

Entonces la nodriza Euriclea dijo: «Hija mía, ¿qué estás diciendo? pero siempre has sido incrédula y tienes la idea fija de que tu esposo no vuelve, aunque está en la casa y junto a su propio lar en este mismo momento. Además, puedo darte otra prueba: cuando lo lavaba, percibí la cicatriz que le hizo el jabalí, y quería contártelo, pero él, con su prudencia, no me dejó, y me tapó la boca con las manos; así que ven conmigo y haré este pacto contigo —si te engaño, podrás mandarme matar con la muerte más cruel que se te ocurra.»

«Querida nodriza», dijo Penélope, «por sabia que seas, difícilmente puedes sondear los designios de los dioses. Sin embargo, iremos en busca de mi hijo, para que yo vea los cadáveres de los pretendientes y al hombre que los mató.»

Dicho esto bajó de su aposento alto, y mientras lo hacía pensaba si debía mantenerse apartada de su esposo e interrogarlo, o si debía ir al punto hacia él y abrazarlo. Mas cuando hubo cruzado el pavimento de piedra del claustro, se sentó frente a Ulises, junto al fuego, contra el muro en ángulo recto [con aquel por el que había entrado], mientras Ulises estaba sentado junto a uno de los pilares, con la mirada en el suelo, esperando a ver qué le diría su valiente esposa al verlo. Durante largo tiempo estuvo sentada en silencio, como fuera de sí. Por un momento le miraba de lleno el rostro, pero al punto, engañada otra vez por sus andrajos, no lo reconocía, hasta que Telémaco comenzó a reprenderla y dijo:

«Madre —pero eres tan dura que no puedo darte tal nombre—, ¿por qué te mantienes apartada de mi padre de ese modo? ¿Por qué no te sientas a su lado y empiezas a hablarle y a hacerle preguntas? Ninguna otra mujer podría soportar mantenerse lejos de su esposo cuando ha vuelto a ella tras veinte años de ausencia, y tras haber pasado por tantas cosas; pero tu corazón siempre fue duro como una piedra.»

Penélope respondió: «Hijo mío, estoy tan fuera de mí que no hallo palabras para preguntar ni para responder. Ni siquiera puedo mirarlo a la cara. Sin embargo, si de verdad es Ulises, vuelto a su propia casa, acabaremos por entendernos el uno al otro con el tiempo, pues hay señales que sólo nosotros dos conocemos, y que están ocultas a todos los demás.»

Ulises sonrió ante esto y dijo a Telémaco: «Deja que tu madre me ponga a prueba como quiera; ella se convencerá dentro de poco. Ahora me rechaza y cree que soy otro cualquiera, porque estoy cubierto de inmundicias y llevo tan mala ropa; pero pensemos en lo que más nos conviene hacer. Cuando un hombre mata a otro —aunque no sea de los que dejan muchos amigos que vengarle—, el homicida aún tiene que despedirse de los suyos y huir del país; mientras que nosotros hemos matado el sostén de toda una ciudad, y toda la flor de la juventud de Ítaca. Quisiera que considerases este asunto.»

«Mira tú mismo, padre», respondió Telémaco, «pues dicen que eres el más sabio consejero del mundo, y que no hay otro mortal que pueda compararse contigo. Te seguiremos con muy buena voluntad, y no verás que te fallemos en tanto nuestras fuerzas alcancen.»

«Voy a decir lo que creo más conveniente», respondió Ulides. «Lavaos primero y poneos las túnicas; di a las siervas que vayan también a su aposento y se vistan; luego Femio entonará con su lira un aire de danza, de modo que si la gente de fuera oye, o alguno de los vecinos, o alguien que pasa por la calle lo nota, crea que hay una boda en la casa, y no circulen por la ciudad rumores sobre la muerte de los pretendientes antes de que podamos escapar al bosque, en mi propia tierra. Una vez allí, decidiremos cuál de los caminos que el cielo nos depare parezca el más sabio.»

Así habló, y ellos hicieron tal como él había dicho. Primero se lavaron y se pusieron las túnicas, mientras las mujeres se arreglaban. Luego Femio tomó su lira y les inspiró a todos el deseo de dulce canto y de danza solemne. La casa retumbaba con el sonido de hombres y mujeres que danzaban, y la gente de fuera decía: «Sin duda la reina se ha casado por fin. Debería avergonzarse de no seguir protegiendo los bienes de su esposo hasta que él vuelva a casa.»

Así hablaban ellos, pero no sabían lo que había estado sucediendo. La sierva Eurínome lavó y ungió a Ulises en su propia casa y le dio una camisa y un manto, mientras Minerva le hacía parecer más alto y más fuerte que antes; también hizo que el cabello creciera espeso en la coronilla y cayera en rizos como flores de jacinto; lo embelleció por la cabeza y los hombros igual que un hábil artífice que ha aprendido de Vulcano o de Minerva el arte en todas sus ramas —y su obra está llena de hermosura— enriquece una pieza de plata sobredorándola. Él salió del baño pareciéndose a uno de los inmortales, y se sentó frente a su esposa en el asiento que había dejado. «Amor mío —dijo—, el cielo te ha dotado de un corazón más inflexible que el de mujer alguna. Ninguna otra podría soportar mantenerse apartada de su esposo cuando este ha vuelto a ella tras veinte años de ausencia, y después de haber pasado por tantas cosas. Pero vamos, nodriza, prepárame la cama; dormiré solo, pues esta mujer tiene un corazón tan duro como el hierro.»

«Amor mío —respondió Penélope—, no tengo deseo de envanecerme ni de menospreciarte; pero no me impresiona tu aspecto, pues yo bien recuerdo qué clase de hombre eras cuando zarpaste de Itaca. Sin embargo, Euriclea, saca su cama fuera del tálamo que él mismo construyó. Saca la cama fuera de esta habitación y pon sobre ella lechos con vellones, buenas colchas y mantas.»

Lo dijo para probarlo, pero Ulises se enojó mucho y dijo: «Esposa, me disgusta mucho lo que acabas de decir. ¿Quién ha estado sacando mi cama del lugar en que la dejé? Habría encontrado en ello una tarea difícil, por muy diestro artífice que fuera, a menos que algún dios viniera en su ayuda para moverla. No hay hombre viviente, por fuerte y en su plenitud que esté, que pudiera moverla de su sitio, pues es una curiosidad maravillosa que fabriqué con mis propias manos. Había un joven olivo creciendo dentro del recinto de la casa, en pleno vigor, y grueso como un pilar de sustentación. Alrededor de él construí mi aposento con muros fuertes de piedra y un tejado que los cubriera, e hice las puertas recias y bien ajustadas. Luego corté las ramas altas del olivo y dejé el tronco en pie. Lo labré toscamente desde la raíz hacia arriba y después trabajé con herramientas de carpintero bien y con destreza, enderezando la obra pasando una línea por la madera, y convirtiéndolo en un pie de cama. Luego perforé un agujero por el centro y lo hice el poste central de mi cama, en el cual trabajé hasta haberla terminado, embutiéndola de oro y plata; después de esto tendí una piel de cuero crimson de un lado a otro. Así ves que lo sé todo acerca de ella, y deseo saber si todavía está allí, o si alguien la ha estado moviendo cortando el olivo por sus raíces.»

Cuando ella oyó las pruebas seguras que Ulises le daba ahora, se derrumbó por completo. Voló llorando hacia su lado, le echó los brazos al cuello y lo besó. «No te enfades conmigo, Ulises —exclamó—, tú, que eres el más sabio de los mortales. Ambos hemos sufrido. El cielo nos ha negado la dicha de pasar juntos nuestra juventud y de envejecer juntos; no te resientras pues ni lo tomes a mal que no te abrazara así tan pronto como te vi. He estado temblando todo el tiempo por temor a que alguien viniera aquí y me engañara con un relato mentiroso; pues hay mucha gente muy malvada andariega. La hija de Júpiter, Helena, nunca se habría entregado a un hombre de país extranjero, si hubiera sabido que los hijos de aqueos vendrían tras ella y la traerían de vuelta. El cielo puso en su corazón hacer el mal, y no pensó en aquel pecado, que ha sido el origen de todas nuestras penas. Ahora, empero, que me has convencido mostrando que lo sabes todo acerca de nuestra cama (que ningún ser humano ha visto jamás sino tú y yo y una sola sirvienta, la hija de Actor, que me fue dada por mi padre al casarme, y que guarda las puertas de nuestro aposento) por duro de creer que haya sido, ya no puedo desconfiar.»

Entonces Ulises a su vez se enterneció, y lloraba mientras abrazaba a su querida y fiel esposa contra su pecho. Como es bienvenida la vista de tierra a los hombres que nadan hacia la orilla, cuando Neptuno ha naufragado su barco con la furia de sus vientos y olas; solo unos pocos alcanzan la tierra, y estos, cubiertos de salmuera, dan gracias al encontrarse en suelo firme y a salvo del peligro —así de bienvenido le era su esposo a ella al mirarlo, y no podía despegar sus dos hermosos brazos de su cuello. En verdad habrían seguido entregados a su dolor hasta que la rosada Aurora apareciera, si Minerva no lo hubiera dispuesto de otro modo, y detenido la noche en el lejano occidente, mientras no permitía que la Aurora dejara al Océano, ni uncir a los dos corceles Lampo y Faetón que la llevan adelante para quebrantar el día sobre los hombres.

Al fin, sin embargo, Ulises dijo: «Esposa, aún no hemos alcanzado el fin de nuestras tribulaciones. Tengo aún una cantidad desconocida de fatigas por soportar. Es larga y difícil, pero debo recorrerla, pues así lo profetizó el espectro de Tiresias acerca de mí, el día en que bajé al Hades a preguntar por mi regreso y el de mis compañeros. Pero ahora vamos a la cama, para que nos tendamos y gocemos del bendito don del sueño.»

«Irás a la cama cuando quieras —respondió Penélope—, ahora que los dioses te han enviado a casa a tu propia morada y a tu país. Pero ya que el cielo te ha puesto en el ánimo hablar de ello, cuéntame acerca de la tarea que te aguarda. Habré de oír sobre ella más tarde, así que es mejor que me sea contada de una vez.»

«Amor mío —respondió Ulises—, ¿por qué has de apremiarme para que te lo cuente? Aun así, no te lo ocultaré, aunque no te gustará. A mí mismo no me gusta, pues Tiresias me mandó viajar lejos y ancho, llevando un remo, hasta que llegara a un país donde la gente nunca ha oído hablar del mar, y ni siquiera mezcla sal con su comida. Nada saben acerca de naves, ni de remos que son como las alas de una nave. Me dio esta señal cierta que no te ocultaré. Dijo que un caminante me saldría al encuentro y me preguntaría si era un aventador lo que llevaba al hombro. Ante esto, debía clavar mi remo en el suelo y sacrificar un carnero, un toro y un verraco a Neptuno; tras lo cual debía ir a casa y ofrecer hecatombas a todos los dioses del cielo, uno tras otro. En cuanto a mí, dijo que la muerte me vendría del mar, y que mi vida se extinguiría muy suavemente cuando estuviera cargado de años y de paz de espíritu, y mi pueblo me bendeciría. Todo esto, dijo, acontecería sin falta.»

Y Penélope dijo: «Si los dioses van a concederte un tiempo más dichoso en tu vejez, puedes esperar entonces tener algún respiro de la desgracia.»

Así conversaban. Entretanto Eurínome y la nodriza tomaron teas y prepararon la cama con suaves colchas; así que las hubieron tendido, la nodriza volvió dentro de la casa para irse a su reposo, dejando a la camarera del tálamo Eurínome que guiara a Ulises y Penélope a la cama a la luz de las teas. Cuando los hubo conducido a su aposento ella se retiró, y entonces ellos vinieron gozosos a los ritos de su antiguo tálamo. Telémaco, Filoetio y el porquerizo dejaron entonces de bailar, e hicieron que las mujeres también dejaran. Luego se tendieron a dormir en los pórticos.

Cuando Ulises y Penélope hubieron hartado su amor, cayeron hablando el uno con el otro. Ella le contó cuánto había tenido que soportar al ver la casa llena de una multitud de malvados pretendientes que habían matado tantas ovejas y tantos bueyes por su causa, y habían bebido tantos toneles de vino. Ulises a su vez le contó lo que él había sufrido, y cuánta tribulación había él mismo causado a otros. Le contó todo, y ella estaba tan encantada de escuchar que no se durmió hasta que él hubo terminado toda su historia.

Empezó con su victoria sobre los cicones, y cómo de allí alcanzó la fértil tierra de los lotófagos. Le contó todo acerca del Cíclope y cómo lo había castigado por haber comido tan despiadadamente a sus bravos compañeros; cómo luego siguió hasta Eolo, quien lo recibió hospitalariamente y lo encaminó en su camino, pero aun así no había de alcanzar su hogar, pues para su gran pesar un huracán lo arrastró de nuevo al mar; cómo siguió hasta la ciudad lestrigona Telépilo, donde la gente destruyó todas sus naves con sus tripulaciones, salvo él y su propia nave solamente. Luego le habló de la astuta Circe y sus artes, y cómo navegó hasta la fría morada de Hades, a consultar al fantasma del profeta tebano Tiresias, y cómo vio a sus viejos compañeros de armas, y a su madre que lo concibió y lo crio cuando era niño; cómo entonces oyó el maravilloso canto de las Sirenas, y siguió hasta las rocas errantes y la terrible Caribdis y hasta Escila, a la que ningún hombre había aún pasado a salvo; cómo sus hombres entonces comieron el ganado del dios del sol, y cómo Júpiter por tanto golpeó la nave con sus rayos, de modo que todos sus hombres perecieron juntos, quedando él solo con vida; cómo al fin alcanzó la isla Ogigia y la ninfa Calipso, que lo tuvo allí en una cueva, y lo alimentó, y quería que se casara con ella, en cuyo caso pensaba hacerlo inmortal para que nunca envejeciera, pero ella no pudo persuadirlo para que lo consintiera; y cómo tras mucho sufrimiento había encontrado su camino hasta los feacios, que lo habían tratado como si fuera un dios, y lo habían enviado de vuelta en una nave a su propio país tras haberle dado oro, bronce y vestiduras en gran abundancia. Esta fue la última cosa sobre la que le habló, pues aquí un profundo sueño se apoderó de él y alivió la carga de sus pesares.

Entonces Minerva pensó en otro asunto. Cuando juzgó que Ulises había gozado tanto de su esposa como del reposo, pidió a la Aurora de dorado trono que surgiera del Océano para que derramara luz sobre los hombres. Ante esto, Ulises se levantó de su cómoda cama y dijo a Penélope: «Esposa, ambos hemos tenido nuestra buena parte de tribulaciones, tú, aquí, lamentando mi ausencia, y yo, viéndoome impedido de llegar a casa aunque todo el tiempo estaba ansioso por hacerlo. Ahora, empero, que por fin nos hemos reunido, cuida de los bienes que hay en la casa. En cuanto a las ovejas y cabras que los malvados pretendientes se han comido, yo tomaré muchas yo mismo por la fuerza de otra gente, y obligaré a los aqueos a resarcir el resto hasta que hayan llenado todos mis corrales. Voy ahora a las tierras boscosas en el campo a ver a mi padre que tanto ha sufrido por mi causa, y a ti te daré estas instrucciones, aunque poco las necesitas. Al amanecer cundirá de inmediato la noticia de que he dado muerte a los pretendientes; sube, pues, arriba y quédate allí con tus mujeres. No veas a nadie ni hagas preguntas.»

Mientras hablaba se ciñó la armadura. Luego despertó a Telémaco, Filoetio y Eumeo, y les dijo que se pusieran también la armadura. Ellos lo hicieron así, y se armaron. Cuando hubieron terminado, abrieron las puertas y salieron, guiando Ulises la marcha. Era ya de día, pero Minerva sin embargo los ocultó en la oscuridad y los sacó rápido de la ciudad.

LIBRO XXIV

LOS ESPECTROS DE LOS PRETENDIENTES EN EL HADES — ULISES Y SUS HOMBRES VAN A LA CASA DE LAERTES — LA GENTE DE ITACA SALE A ATACAR A ULISES, PERO MINERVA CONCLUYE UNA PAZ.

Entonces Mercurio de Cilene convocó a los espectros de los pretendientes, y en su mano llevaba el hermoso caduceo de oro con el que sella los ojos de los hombres en el sueño o los despierta cuando le place; con él despertó a los espectros y los guió, mientras ellos lo seguían gimiendo y murmurando detrás. Como vuelan los murciélagos chillando en la oquedad de alguna gran cueva, cuando uno de ellos ha caído del racimo del que cuelgan, así mismo gimían y chillaban los espectros mientras Mercurio el sanador del dolor los guiaba hacia la oscura morada de la muerte. Cuando hubieron cruzado las aguas del Océano y la roca Leucas, llegaron a las puertas del sol y a la tierra de los sueños, donde alcanzaron la pradera de asfódelos donde moran las almas y sombras de los que ya no pueden trabajar.

Aquí encontraron el espectro de Aquiles hijo de Peleo, con los de Patroclo, Antíloco y Áyax, que era el más apuesto y hermoso de todos los danaos después del hijo de Peleo mismo.

Se agruparon en torno al espectro del hijo de Peleo, y se les unió el espectro de Agamenón, lamentándose amargamente. En torno a él se habían reunido también los espectros de los que habían perecido con él en la casa de Egisto; y el espectro de Aquiles habló primero.

«Hijo de Atreo —dijo—, solíamos decir que Júpiter te había amado mejor que a ningún otro héroe de principio a fin, pues eras capitán de muchos y bravos hombres, cuando todos combatíamos juntos ante Troya; sin embargo, la mano de la muerte, de la que ningún mortal puede escapar, se posó sobre todos vosotros demasiado temprano. Mejor para ti hubieras caído en Troya en el apogeo de tu renombre, pues los aqueos habrían alzado un túmulo sobre tus cenizas, y tu hijo habría sido heredero de tu buen nombre, mientras que ha sido tu suerte llegar a un fin miserabilísimo.»

«Dichoso hijo de Peleo —respondió el espectro de Agamenón—, por haber muerto en Troya lejos de Argos, mientras los más valientes de los troyanos y los aqueos caían en torno a ti luchando por tu cuerpo. Allí yacías en los torbellinos de polvo, enorme y totalmente, sin cuidarte ya de tu caballería. Combatimos el día entero entero, ni habríamos dejado nunca si Júpiter no hubiera enviado un huracán para detenernos. Entonces, cuando te hubimos llevado a las naves fuera de la refriega, te pusimos en tu lecho y limpiamos tu hermosa piel con agua tibia y con ungüentos. Los danaos se mesaban los cabellos y lloraban amargamente a tu alrededor. Tu madre, cuando lo supo, vino con sus ninfas inmortales desde el mar, y el sonido de un gran lamento se alzó sobre las aguas de modo que los aqueos temblaron de miedo. Habrían huido presa del pánico a sus naves si no los hubiera detenido el sabio viejo Néstor, cuyo consejo era siempre el más certero, diciendo: "Deteneos, argivos, no huyáis, hijos de los aqueos, esta es su madre que viene del mar con sus ninfas inmortales a ver el cuerpo de su hijo."»

«Así habló, y los aqueos no temieron más. Las hijas del viejo del mar se alzaron en torno a ti llorando amargamente, y te vistieron de ropaje inmortal. También vinieron las nueve musas y alzaron sus dulces voces en lamentación —llamándose y respondiéndose unas a otras; no hubo argivo que no llorara por compasión al canto fúnebre que entonaban. Días y noches diecisiete te lloramos, mortales e inmortales, mas al décimo octavo día te entregamos a las llamas, y muchas ovejas gordas con muchos bueyes sacrificamos a tu alrededor. Fuiste quemado en ropaje de los dioses, con ricas resinas y con miel, mientras los héroes, a caballo y a pie, chocaban sus armaduras en torno a la pira mientras ardías, con el ruido de pisadas de una gran multitud. Mas cuando las llamas del cielo hubieron hecho su obra, recogimos tus blancos huesos al alba y los pusimos en ungüentos y en vino puro. Tu madre nos trajo un vaso de oro para guardarlos —don de Baco, y obra del propio Vulcano; en él mezclamos tus huesos blanquecinos con los de Patroclo que te había precedido, y aparte encerramos también los de Antíloco, que había sido el más cercano a ti de todos tus compañeros ahora que Patroclo ya no estaba.»

«Sobre estos el ejército de los argivos alzó un noble túmulo, en un promontorio que avanzaba sobre el abierto Helesponto, para que fuera visto desde lejos sobre el mar por los que ahora viven y por los que nacerán en lo venidero. Tu madre pidió premios a los dioses y los ofreció para que contiendan por ellos los más nobles de los aqueos. Habrás estado presente en los funerales de muchos héroes, cuando los jóvenes se ciñen y se aprestan a contender por premios ante la muerte de algún gran caudillo, mas nunca viste tales premios como los que la diosa de pies de plata Tetis ofreció en tu honor; pues los dioses te amaron bien. Así ni aun en la muerte tu fama, Aquiles, se ha perdido, y tu nombre vive por siempre jamás entre todos los hombres. Pero en cuanto a mí, ¿qué solaz tuve cuando los días de mi lucha se cumplieron? Pues Júpiter quiso mi destrucción a mi regreso, por manos de Egisto y las de mi malvada esposa.»

Así conversaban, y al punto Mercurio llegó hasta ellos con los espectros de los pretendientes que habían sido muertos por Ulises. Los espectros de Agamenón y Aquiles se asombraron al verlos, y fueron hacia ellos al punto. El espectro de Agamenón reconoció a Anfimedonte hijo de Melaneo, que vivía en Itaca y había sido su huésped, así que comenzó a hablarle.

«Anfimedonte —dijo—, ¿qué os ha acontecido a todos vosotros, gallardos jóvenes —todos de una edad además— para que hayáis bajado aquí bajo la tierra? No podría elegirse grupo más gallardo de jóvenes de ninguna ciudad. ¿Fue Neptuno quien alzó sus vientos y olas contra vosotros cuando estabais en el mar, o os dieron muerte vuestros enemigos en tierra firme cuando robabais ganado o ovejas, o mientras luchabais en defensa de sus esposas y su ciudad? Responde a mi pregunta, pues he sido tu huésped. ¿No recuerdas cómo vine a tu casa con Menelao, a persuadir a Ulises para que se uniera a nosotros con sus naves contra Troya? Fue un mes entero antes de que pudiéramos reanudar nuestra travesía, pues nos costó gran trabajo persuadir a Ulises para que viniera con nosotros.»

Y el fantasma de Anfimedonte respondió: «Agamenón, hijo de Atreo, rey de hombres, recuerdo todo cuanto has dicho y te contaré con plenitud y exactitud el modo en que se produjo nuestro fin. Ulises había partido hacia mucho tiempo y nosotros cortejábamos a su esposa, la cual ni dijo lisa y llanamente que no se casaría ni dio por terminado el asunto, pues su intención era procurar nuestra perdición: he aquí la estratagema que urdió contra nosotros. Levantó en su aposento un gran bastidor de tambor y comenzó a tejer una enorme labor de fina costura. "Amantes míos —dijo—, sin duda Ulises ha muerto; con todo, no me presionéis para que me vuelva a casar de inmediato; aguardad —pues no quisiera que mi habilidad con la aguja pereciese sin haber dejado constancia— hasta que haya terminado un manto fúnebre para el héroe Laertes, por si llegara el día en que la muerte se lo llevase. Es muy rico y las mujeres del lugar murmurarían si yaciera amortajado sin un manto." Esto fue lo que dijo y nosotros accedimos; entonces podíamos verla trabajar en su gran tela durante todo el día, pero por la noche, a la luz de las antorchas, descosía lo tejido. Así nos engañó durante tres años sin que lo advirtiésemos; mas al correr del tiempo, ya en el cuarto año, cuando menguaban las lunas y muchos días se habían cumplido, una de sus siervas que conocía su proceder nos lo descubrió y la sorprendimos deshaciendo la labor, de modo que tuvo que terminarla quisiera o no; y cuando nos mostró el manto que había hecho, después de haberlo lavado, su resplandor era como el del sol o el de la luna.

»Entonces un dios malicioso llevó a Ulises hasta la granja de las alturas donde vive su porquerizo. Hacia allá se dirigió también su hijo, que regresaba de una travesía a Pilos, y los dos llegaron a la ciudad cuando ya habían tramado su plan para nuestra destrucción. Telémaco llegó primero, y tras él, acompañado del porquerizo, vino Ulises, cubierto de andrajos y apoyándose en un bastón, como si fuera un mísero viejo mendigo. Apareció de manera tan inesperada que ninguno de nosotros lo reconoció, ni siquiera los de más edad, y le proferimos ultrajes y le arrojamos objetos. Él soportó tanto los golpes como los insultos sin decir palabra, aunque estaba en su propia casa; pero cuando la voluntad de Jove portador de la égida lo inspiró, él y Telémaco tomaron las armas y las ocultaron en una cámara interior, atrancando las puertas tras de sí. Luego, con astucia, hizo que su esposa ofreciera su arco y una cantidad de piezas de hierro para que contenderamos nosotros, los infortunados pretendientes; y ese fue el principio de nuestro fin, pues ninguno de nosotros pudo tensar el arco —ni casi lograrlo. Cuando estaba a punto de llegar a manos de Ulises, todos a una voceamos que no se le entregara, dijera él lo que dijese, pero Telémaco insistió en que se le diese. Cuando lo tuvo en sus manos lo tensó con facilidad y lanzó su flecha a través del hierro. Entonces se plantó en el suelo del claustro y derramó sus flechas por el suelo, mirando fieramente en torno. Primero mató a Antínoo, y luego, apuntando recto ante sí, dejó volar sus dardos mortíferos, que caían apiñados unos sobre otros. Era patente que algún dios los ayudaba, pues se abalanzaron sobre nosotros con todas sus fuerzas por todo el claustro, y se oía un horrísono fragor de gemidos mientras nos aplastaban los sesos, y el suelo hervía con nuestra sangre. Así, Agamenón, es como sobrevino nuestro fin, y nuestros cuerpos yacen aún sin cuidado en la casa de Ulises, pues nuestros deudos allá en casa aún no saben lo ocurrido, de modo que no pueden amortajarnos ni lavarnos de las heridas la negra sangre, lamentándose conforme a los ritos debidos a los difuntos.»

«Dichoso Ulises, hijo de Laertes —respondió el fantasma de Agamemnon—, eres en verdad bienaventurado al poseer una esposa dotada de tan rara excelencia de entendimiento y tan fiel a su legítimo esposo como Penélope, la hija de Icario. La fama, pues, de su virtud jamás morirá, y los inmortales compondrán un canto que será grato a todos los mortales en honra de la constancia de Penélope. ¡Cuán distinto fue el proceder de la hija de Tindáreo, que mató a su legítimo esposo! Su canto será odioso entre los hombres, pues ha traído oprobio sobre todo el linaje femenino, incluso sobre las buenas.»

Así conversaban en la morada de Hades, en lo profundo de las entrañas de la tierra. Entretanto, Ulises y los demás salieron de la ciudad y pronto alcanzaron la hermosa y bien labrada granja de Laertes, que él había recobrado con labor infinita. Allí estaba su casa, con un cobertizo que la rodeaba, donde los siervos que trabajaban para él dormían, se sentaban y comían, mientras dentro de la casa vivía una anciana siceliana que cuidaba de él en su hacienda rural. Cuando Ulises llegó allí, dijo a su hijo y a los otros dos:

«Id a la casa y matad el mejor cerdo que encontréis para la cena. Entretanto quiero ver si mi padre me reconoce o deja de reconocerme tras tan larga ausencia.»

Entonces se quitó la armadura y la entregó a Eumeo y Filetio, que se encaminaron derechos a la casa, mientras él se desviaba hacia la viña para probar a su padre. Mientras bajaba al gran huerto, no vio a Dolio ni a ninguno de sus hijos ni de los demás siervos, pues todos estaban recogiendo espinos para hacer una cerca para la viña, en el lugar que el anciano les había indicado; halló, pues, a su padre solo, cavando junto a una vid. Llevaba una camisa vieja y sucia, remendada y muy gastada; las piernas las llevaba envueltas en correas de cuero de buey para protegerse de los zarzales, y también llevaba mangotes de cuero; tenía una caperuza de piel de cabra en la cabeza y mostraba un aspecto muy lastimoso. Cuando Ulises lo vio tan consumido, tan viejo y lleno de pesadumbre, se detuvo bajo un alto peral y comenzó a llorar. Dudaba entre abrazarlo, besarlo y contarle todo lo de su regreso, o si primero debía interrogarlo y ver qué decía. Al cabo, juzgó mejor ser astuto con él; con tal propósito se acercó a su padre, que estaba agachado cavando alrededor de una planta.

«Veo, señor —dijo Ulises—, que sois un hortelano excelente; ¡cuán esmerado cuidado ponéis, a fe! No hay una sola planta, ni un higuera, parra, olivo, peral ni arriate, que no muestre la huella de vuestro esmero. Confío, no obstante, en que no os ofenderéis si digo que cuidáis mejor vuestro huerto que a vos mismo. Sois viejo, desaseado y andáis miserablemente vestido. No es porque seáis holgazán por lo que vuestro señor os atiende tan mal; antes bien, vuestro rostro y vuestra figura nada tienen de esclavo y proclaman vuestro noble linaje. Yo habría dicho que erais de aquellos que deberían lavarse bien, comer bien y dormir blandamente por la noche, como es derecho de los ancianos; pero decidme —y decidme la verdad—: ¿de quién sois siervo, y en cuyo huerto trabajáis? Decidme también otra cosa. ¿Es realmente Ítaca el lugar al que he venido? Acabo de encontrarme con un hombre que así lo aseguró, pero era un zoquete y no tuvo paciencia para escucharme el relato cuando le preguntaba por un viejo amigo mío, si aún vivía o si ya había muerto y estaba en la casa de Hades. Creedme cuando os digo que ese hombre vino a mi casa una vez, cuando yo estaba en mi propia tierra, y jamás llegó a mi casa ningún forastero que me fuera más grato. Dijo que su familia era de Ítaca y que su padre era Laertes, hijo de Arcesio. Lo acogí hospitalariamente, ofreciéndole toda la abundancia de mi casa, y cuando se marchó le hice todos los regalos de costumbre. Le di siete talentos de fino oro y una copa de plata maciza con flores repujadas. Le di doce mantos ligeros y otras tantas piezas de tapicería; le di también doce mantos de tela sencilla, doce cobertores, doce capas hermosas y otro tanto de camisas. A todo ello añadí cuatro mujeres de buen ver, diestras en todo género de artes útiles, y le permití escogerlas a su gusto.»

Su padre derramó lágrimas y respondió: «Señor, en verdad habéis llegado a la tierra que habéis nombrado, pero ha caído en manos de gente malvada. Toda esa riqueza de regalos ha sido dada en balde. Si hubierais podido encontrar aquí vivo a vuestro amigo, en Ítaca, él os habría acogido con hospitalidad y habría correspondido con creces a vuestros regalos cuando lo dejarais —como habría sido justo, considerando lo que ya le habíais dado. Mas decidme —y decidme la verdad—: ¿cuántos años hace desde que acogisteis a ese huésped —mi desdichado hijo, el que nunca lo fue—? ¡Ay! Ha perecido lejos de su propia tierra; los peces del mar lo han devorado, o ha caído presa de las aves y fieras de algún continente. Ni su madre ni yo, su padre, que lo engendramos, pudimos echarle los brazos y envolverlo en su mortaja, ni su excelente y ricamente dotada esposa, Penélope, pudo llorar a su esposo como es natural junto al lecho de muerte y cerrarle los ojos conforme a los ritos debidos a los difuntos. Pero ahora, decidme con verdad, pues quiero saberlo: quién sois y de dónde —decidme de vuestra ciudad y padres. ¿Dónde está el navío fondeado que os ha traído a vos y a los vuestros a Ítaca? ¿O ibais de pasaje en la nave de otro, y los que os trajeron han seguido su camino y os han dejado?»

«Os lo contaré todo —respondió Ulises—, con toda verdad. Vengo de Alibante, donde tengo una hermosa casa. Soy hijo del rey Apheidas, que es hijo de Polipemón. Mi propio nombre es Eperito; el cielo me empujó fuera de mi rumbo cuando salía de Sicania, y he sido traído aquí contra mi voluntad. En cuanto a mi nave, yace allí, mar afuera, frente al campo raso a las afueras de la ciudad, y este es el quinto año desde que Ulises abandonó mi tierra. ¡Pobre hombre! Y sin embargo, los agüeros le fueron favorables cuando se separó de mí. Los pájaros volaron todos a nuestra derecha, y tanto él como yo nos regocijamos al verlos al despedirnos, pues abrigábamos toda esperanza de tener otro encuentro amistoso e intercambiar regalos.»

Un oscuro nubarrón de dolor cayó sobre Laertes mientras escuchaba. Llenó ambas manos con polvo de la tierra y lo derramó sobre su cana cabeza, gimiendo profundamente al hacerlo. El corazón de Ulises se conmovió, y sus narices temblaron al mirar a su padre; entonces se lanzó hacia él, lo abrazó y lo besó, diciendo: «Yo soy ese, padre, por quien preguntas —he regresado tras haber estado fuera veinte años. Pero cesa tus suspiros y lamentos —no hay tiempo que perder, pues he de deciros que he dado muerte a los pretendientes en mi casa, para castigarlos por su insolencia y sus crímenes.»

«Si realmente eres mi hijo Ulises —respondió Laertes—, y has vuelto de nuevo, debes darme una prueba tan manifiesta de tu identidad que me convenza.»

«Observa primero esta cicatriz —respondió Ulises—, que me dejó un colmillo de jabalí cuando cazaba en el monte Parnaso. Tú y mi madre me habíais enviado a Autólico, el padre de mi madre, para recibir los regalos que cuando estuvo en estas tierras había prometido hacerme. Además, voy a señalarte los árboles de la viña que me diste, y yo te pregunté por todos ellos mientras te seguía por el huerto. Los recorrimos todos, y tú me dijiste sus nombres y qué eran cada uno. Me diste trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras; me dijiste también que me darías cincuenta hileras de vides; había trigo sembrado entre cada hilera, y dan uvas de toda clase cuando el calor del cielo se deja sentir con fuerza.»

A Laertes le faltaron las fuerzas al oír las convincentes pruebas que su hijo le había dado. Echó los brazos en torno a él, y Ulises tuvo que sostenerlo, pues de otro modo se habría desvanecido; pero en cuanto volvió en sí y empezaba a recobrar el sentido, dijo: «¡Oh padre Júpiter!, entonces los dioses aún estáis en el Olimpo, después de todo, si los pretendientes han sido realmente castigados por su insolencia y locura. Sin embargo, mucho temo que muy pronto tendré aquí a todos los vecinos de Ítaca, y enviarán mensajeros por todas las ciudades de los cefalenios.»

Ulises respondió: «Cobra ánimo y no te preocupes por eso, sino vamos a la casa cerca de tu huerto. Ya le he dicho a Telémaco, Filetio y Eumeo que se adelanten y preparen la cena lo antes posible.»

Conversando así, los dos se encaminaron hacia la casa. Cuando llegaron, encontraron a Telémaco con el boyero y el porquerizo cortando carne y mezclando vino con agua. Entonces la anciana siceliana tomó a Laertes y lo lavó y ungió con aceite. Le puso un buen manto, y Minerva se acercó a él y le dio una presencia más imponente, haciéndolo más alto y robusto que antes. Cuando volvió, su hijo se sorprendió al verlo tan semejante a un inmortal y le dijo: «Querido padre, alguno de los dioses te ha hecho mucho más alto y de mejor aspecto.»

Laertes respondió: «¡Ojalá, por padre Júpiter, Minerva y Apolo, fuera yo el hombre que era cuando mandaba entre los cefalenios y tomé Nerico, aquella fortaleza fuerte en el promontorio! Si aún fuera lo que entonces era y hubiera estado ayer en nuestra casa con la armadura puesta, habría podido estar a tu lado y ayudarte contra los pretendientes. Habría matado a muchos de ellos, y tú te habrías regocijado de verlo.»

Así conversaban; pero los otros, cuando hubieron terminado su trabajo y el festín estuvo listo, dejaron de trabajar y tomaron cada uno su sitio correspondiente en los bancos y asientos. Luego empezaron a comer; al poco, el viejo Dolio y sus hijos dejaron su tarea y subieron, pues su madre, la mujer siceliana que cuidaba de Laertes ahora que envejecía, había ido a buscarlos. Cuando vieron a Ulises y se cercioraron de que era él, se quedaron allí absortos de asombro; pero Ulises los reprendió con buen humor y dijo: «Sentaos a comer, viejos, y dejad ya de asombraros; hace rato que queríamos empezar y os estábamos aguardando.»

Entonces Dolio extendió ambas manos y se acercó a Ulises. «Señor —dijo, tomando la mano de su amo y besándola por la muñeca—, hace mucho que deseábamos vuestro regreso; y ahora el cielo os ha devuelto a nosotros después de que habíamos perdido la esperanza. Sed, pues, bienvenido, y que los dioses os prosperen. Pero decidme: ¿sabe ya Penélope de vuestro regreso, o hemos de enviar a alguien a avisarla?»

«Viejo —respondió Ulises—, ya lo sabe, así que no tenéis que preocuparos de eso.» Dicho esto tomó asiento, y los hijos de Dolio se agruparon en torno a Ulises para saludarlo y abrazarlo uno tras otro; luego tomaron sus asientos por orden junto a Dolio, su padre.

Mientras ellos se afanaban en preparar la cena, la Fama corrió por la ciudad y divulgó la terrible suerte que había alcanzado a los pretendientes; así que, en cuanto el pueblo lo supo, se congregó de todas partes, gimiendo y ululando ante la casa de Ulises. Se llevaron a los muertos, cada cual enterró al suyo propio, y pusieron los cadáveres de los que habían venido de fuera en las barcas pesqueras, para que los pescadores llevasen a cada uno al suyo. Luego se reunieron airados en el lugar de la asamblea, y cuando estuvieron reunidos se levantó a hablar Eupites. Lo abrumaba el duelo por la muerte de su hijo Antínoo, que había sido el primero en morir a manos de Ulises, de modo que dijo, llorando amargamente: «Amigos, este hombre ha hecho gran daño a los aqueos. Se llevó a muchos de nuestros mejores hombres en su flota, y perdió naves y hombres; ahora, además, al regresar ha dado muerte a todos los más notables entre los cefalenios. Pongámonos en pie y obremos antes de que pueda escapar a Pilos o a Élide, donde reinan los epeos, o nos avergonzaremos de por vida. Será una afrenta eterna para nosotros si no vengamos la muerte de nuestros hijos y hermanos. Por mi parte, ya no tendría más gozo en la vida, sino que preferiría morir de inmediato. Ea, pues, vamos tras ellos antes de que puedan pasar a la tierra firme.»

Lloraba al hablar, y todos se compadecieron de él. Pero Medonte y el aedo Femio habían despertado ya y se presentaron ante ellos desde la casa de Ulises. Todos se asombraron de verlos, pero ellos se plantaron en medio de la asamblea y Medonte dijo: «Oídme, hombres de Ítaca. Ulises no hizo estas cosas contra la voluntad del cielo. Yo mismo vi a un dios inmortal tomar la figura de Mentor y ponerse a su lado. Este dios se mostraba, ya delante de él infundiéndole aliento, ya recorriendo furioso el patio y atacando a los pretendientes, que caían apiñados unos sobre otros.»

Entonces un pálido temor se apoderó de ellos, y el anciano Haliterses, hijo de Mastor, se levantó para hablar, pues era el único entre ellos que conocía lo pasado y lo futuro; así que les habló con claridad y con toda sinceridad, diciendo:

«Hombres de Ítaca, toda la culpa es vuestra de que las cosas hayan salido como han salido; no quisisteis escucharme a mí, ni tampoco a Mentor, cuando os exhortábamos a refrenar la locura de vuestros hijos, que cometían grandes agravios en la sinrazón de sus corazones —malgastando los bienes y deshonrando a la esposa de un caudillo al que creían que no volvería. Ahora, sin embargo, hágase como yo digo y haced lo que os digo. No salgáis contra Ulises, o quizá descubráis que habéis atraído el mal sobre vuestras propias cabezas.»

Esto fue lo que dijo, y más de la mitad alzó un gran griterío y abandonó al punto la asamblea. Pero los demás se quedaron donde estaban, pues el discurso de Haliterses les desagradó y se pusieron del lado de Eupites; así que corrieron a por sus armas, y cuando se hubieron armado se reunieron ante la ciudad, y Eupites los llevó en su locura. Pensaba que iba a vengar la muerte de su hijo, cuando en verdad no había de regresar jamás, sino que él mismo había de perecer en su intento.

Entonces Minerva dijo a Jove: «Padre, hijo de Saturno, rey de reyes, respóndeme a esta pregunta: ¿qué propones hacer? ¿Seguirás enfrentando a unos con otros, o harás las paces entre ellos?»

Y Jove respondió: «Hija mía, ¿por qué me preguntas? ¿No fue por tu propio designio por lo que Ulises volvió a casa y se vengó de los pretendientes? Haz lo que quieras, pero te diré lo que pienso que será la disposición más razonable. Ahora que Ulises se ha vengado, que ellos juren un pacto solemne, en virtud del cual él seguirá reinando, mientras nosotros hacemos que los demás perdonen y olviden la masacre de sus hijos y hermanos. Que se hagan entonces todos amigos como antes, y que reinen la paz y la abundancia.»

Esto era lo que Minerva ya estaba deseando llevar a cabo, así que descendió rauda desde las más altas cumbres del Olimpo.

Cuando Laertes y los demás hubieron cenado, Ulises comenzó diciendo: «Que salga alguno de vosotros a ver si no se nos están acercando.» Así que uno de los hijos de Dolio salió como le habían ordenado. Desde el umbral podía verlos a todos muy cerca, y dijo a Ulises: «Aquí están, pongámonos las armas de inmediato.»

Se pusieron las armas lo más deprisa que pudieron —es decir, Ulises, sus tres hombres y los seis hijos de Dolio. Laertes también y Dolio hicieron lo mismo — guerreros por necesidad a pesar de sus canas. Cuando todos se hubieron armado, abrieron la puerta y salieron, guiando Ulises la marcha.

Entonces la hija de Jove, Minerva, se les acercó, habiendo tomado la figura y la voz de Mentor. Ulise

[1] [Parece evidente que el escritor conocía las razas negras extendidas a lo largo de toda África, una mitad mirando al oeste hacia el Atlántico, y la otra al este hacia el Océano Índico.]

[2] [El uso original del escabel era probablemente menos para descansar los pies que para mantenerlos (especialmente cuando iban descalzos) de un suelo que solía estar a menudo húmedo y sucio.]

[3] [El θρόνος o asiento es llamado ocasionalmente «alto», por ser más alto que el θρῆνυς o escabel bajo. Probablemente no era más alto que una silla corriente hoy en día, y al parecer no tenía respaldo.]

[4] [Temesa estaba en la costa occidental de la punta de Italia, en lo que hoy es el golfo de Sta Eufemia. Era famosa en tiempos remotos por sus minas de cobre, que, sin embargo, ya estaban agotadas cuando escribió Estrabón.]

[5] [Es decir, «con corriente» — véanse las ilustraciones y el mapa cerca del final de los libros v y vi respectivamente.]

[6] [Leyendo Νηρίτῳ en lugar de Νηίῳ, cf. «Od.» iii. 81 donde se comete el mismo error, y xiii. 351 donde la montaña es llamada Neritum, siendo el mismo lugar el que se designa tanto aquí como en el libro xiii.]

[7] [Nunca se explica de manera plausible por qué Penélope no puede hacer esto, y del libro ii se deduce claramente que ella seguía alentando deliberadamente a los pretendientes, aunque se nos pide que creamos que solo los estaba engañando.]

[8] [Véase la nota sobre «Od.» i. 365.]

[9] [Argos media significa el Peloponeso, que, sin embargo, nunca es así llamado en la «Ilíada». Presumo que «media» significa «entre los dos países de habla griega de Asia Menor y Sicilia, con el sur de Italia»; pues que partes de Sicilia y también grandes partes, aunque no la totalidad del sur de Italia, estaban habitadas por pueblos de habla griega siglos antes de las colonizaciones dorias apenas puede dudarse. Tanto los sicanos como los sículos probablemente hablaban griego.]

[10] [cf. «Il.» vi. 490-495. En la «Ilíada» es «la guerra», no «la palabra», lo que es asunto de un hombre. Argumenta una cierta dureza, o al menos antipatía hacia la «Ilíada» por parte del escritor de la «Odisea», el hecho de que ella haya adoptado aquí la despedida de Héctor a Andrómaca, como en otros lugares del poema, para una escena de patetismo tan inferior.]

[11] [μέγαρα σκιοέντα Todo el patio abierto con el claustro cubierto que lo rodeaba era llamado μέγαρον, o μέγαρα, pero la parte cubierta se distinguía llamándola «sombría» o «que da sombra». Era en esta parte donde se ponían las mesas para los pretendientes. El Patio de la Fuente en Hampton Court puede servir de ilustración (salvo en lo que respecta al uso de arcos en lugar de soportes de madera y vigas) y la disposición es todavía común en Sicilia. La traducción habitual «salones sombríos» u «oscuros» da una idea falsa de la escena.]

[12] [El lector notará el extremo cuidado que pone el escritor en dejar claro que a ninguno de los pretendientes se les permitía pasar la noche en la casa de Ulises.]

[13] [Véase el Apéndice; g, en el plano de la casa de Ulises.]

[14] [Imagino que este pasaje es una respuesta a «Il.» xxiii. 702-705 en los que un trípode se valora en doce bueyes, y una buena criada útil para todo en solo cuatro. El escrupuloso respeto de Laertes por los sentimientos de su esposa va en consonancia con la extremada preocupación por el honor de la mujer, que se manifiesta a lo largo de la «Odisea».]

[15] [χιτῶνα «El χιτών, o túnica, era una camisa o túnica, y servía como principal prenda interior de los griegos y romanos, tanto hombres como mujeres.» Diccionario de Antigüedades Griegas y Romanas de Smith, bajo «Tunica».]

[16] [Puertas aseguradas a todos los efectos tal como aquí se describen pueden verse en las casas más antiguas de Trapani. Hay una ranura en el lado exterior de la puerta por medio de la cual una persona que ha dejado la habitación puede correr el cerrojo. Mi dormitorio en el Albergo Centrale se cerraba de esta manera.]

[17] [πύματον δ’ ὡπλίσσατο δόρπον. Así decimos vulgarmente «le cocinó el ganso» o «le arregló la cuenta». Egiptio no puede por supuesto conocer la suerte que Antifo había corrido, pues aún no había habido noticias de ni sobre Ulises.]

[18] [«Il.» xxii. 416. σχέσθε φίλοι, καὶ μ’ οἷον ἐάσατε...... La autora ha fallado al tomar prestadas estas palabras textualmente de la «Ilíada», sin anteponer el necesario «no», que yo he añadido.]

[19] [Es decir, tú tienes dinero y podrías pagar cuando yo obtuviera sentencia, mientras que los pretendientes son hombres sin recursos.]

[20] [cf. «Il.» ii. 76. ἦ τοι ὄ γ’ ὦς εὶπὼν κατ’ ἄρ’ ἔζετο τοῖσι δ’ ἀνέστη Νέστωρ, ὄς ῥα....................................... ὄ σφιν ἐὺ φρονέων ἀγορήσατο καὶ μετέειπεν. El pasaje odiseico dice— ἦ τοι ὄ γ’ ὦς εὶπὼν κατ’ ἄρ’ ἔζετο τοῖσι δ’ ἀνέστη Μεντορ ὄς ῥ’....................................... ὄ σφιν ἐὺ φρονέων ἀγορήσατο καὶ μετέειπεν. ¿Es posible no sospechar que el nombre de Mentor fue acuñado a partir del de Néstor?]

[21] [Es decir, en el patio exterior, y en la parte descubierta de la casa interior.]

[22] [Esto sería razonable desde Sicilia, que hacía las veces de Ítaca en la mente del escritor, pero un viento del norte habría sido preferible para una travesía desde la verdadera Ítaca a Pilos.]

[23] [κελάδοντ’ ἐπὶ οἰνοπα πόντον El viento no silba sobre las olas. Solo silba entre la jarcia o algún otro obstáculo que lo corta.]

[24] [cf. «Il.» v.20. Ἰδαῖος δ’ ἀπόρουσε λιπὼν περικαλλέα δίφρον, el verso odiseico es ἠέλιος δ’ ἀνόρουσε λιπὼν περικαλλέα λίμνην. No puede caber duda de que el verso odiseico fue sugerido por el iliádico, pero nada puede explicar por qué Ideao saltando de su carro habría de sugerir al escritor de la «Odisea» el sol saltando del mar. Lo más probable es que ella nunca pensó en ello, sino que tomó el verso en cuestión como efecto de la saturación con la «Ilíada» y de la cerebración inconsciente. La «Odisea» contiene muchos ejemplos de este tipo.]

[25] [El corazón, hígado, livianos, riñones, etc. se sacaban del interior y se comían primero por cocinarse más rápidamente; la {Greek}, o carne con hueso, se estaba cocinando mientras la {Greek} o partes internas se estaban comiendo. Imagino que los huesos del muslo hacían una especie de parrilla, mientras que al mismo tiempo se cocinaba la médula dentro de ellos.]

[26] [Es decir, pinchos, ya fueran de una, dos o incluso cinco puntas. La carne se atravesaba con el pincho y se ponía sobre las brasas para asar — los dos extremos del pincho apoyándose de la manera conveniente. Carne cocinándose así puede verse en cualquier casa de comida de Esmirna o cualquier ciudad oriental. Cuando cabalgué a través de la Tróade desde los Dardanelos hasta Hissarlik y el monte Ida, noté que mi dragomán y sus hombres hacían toda nuestra cocina al aire libre exactamente a la manera odiseica e iliádica.]

[27] [cf. «Il.» xvii. 567. {Greek} Los versos odiseicos son—{Greek}]

[28] [Leyendo {Greek} en lugar de {Greek}, cf. «Od.» i. 186.]

[29] [La geografía del Egeo tal como se describe arriba es correcta, pero probablemente está tomada del poema perdido, los Nosti, cuya existencia se menciona en «Od.» i. 326, 327 y 350, etc. Una mirada al mapa mostrará que el cielo aconsejó a sus suplicantes de forma bastante correcta.]

[30] [El escritor —siempre celoso del honor de las mujeres— atenúa en lo posible la culpa de Clitemnestra, y la explica por haber sido dejada sin protección y caer en manos de un hombre malvado.]

[31] [El griego es {Greek} cf. «Ilíada» ii. 408 {Greek} Sin duda el {Greek} del pasaje odiseico se debió al {Greek} de la «Ilíada». No se sugiere otra razón para que Menelao regrese el mismo día de la fiesta dada por Orestes. El hecho de que en la «Ilíada» Menelao viniera a un banquete sin esperar invitación determina al escritor de la «Odisea» a hacer que venga a un banquete, también sin invitación, pero como las circunstancias no permitían que hubiera sido invitado, su venida sin invitación se muestra como debida al azar. No creo que la autora pensara todo esto, sino que atribuyo la extrañeza de la coincidencia a la cerebración inconsciente y a la saturación.]

[32] [cf. «Il.» I. 458, II. 421. El escritor interrumpe aquí un pasaje iliádico (al que vuelve inmediatamente) con el doble propósito de detenerse en la matanza de la becerra y de permitir que la esposa y la hija de Néstor también la disfruten. Un escritor varón, si estaba tomando de la «Ilíada», se habría mantenido en su préstamo.]

[33] [cf. «Il.» xxiv. 587, 588 donde los versos se refieren al lavado del cadáver de Héctor.]

[34] [Véase la ilustración en la página opuesta. El patio es típico de muchos que pueden verse en Sicilia. La planta actual probablemente no está modificada desde los tiempos odiseicos, e incluso desde mucho antes, pero las construcciones más antiguas no tendrían arcos, y se supone serían principalmente de madera. Los {Greek} odiseicos eran los cobertizos que corrían alrededor del patio como lo hacen ahora los arcos. El {Greek} era aquel por el que pasaba la entrada principal, y que era por tanto «ruidoso» o reverberante. Tenía un piso superior en el que a menudo se alojaban los visitantes.]

[35] [Este viaje es imposible. Telémaco y Pisístrato habrían tenido que conducir a través de la cordillera del Taigeto, sobre la cual nunca ha habido un camino para vehículos de ruedas. Es evidente, por tanto, que el público para el que se escribió la «Odisea» era uno que probablemente no sabría nada sobre la topografía del Peloponeso, de modo que el escritor podía tomarse las libertades que quisiera.]

[36] [Los versos que he encerrado entre corchetes son evidentemente una idea posterior —añadidos probablemente por la propia escritora—, pues evidencian el mismo instintivo mayor interés por todo lo que pueda concernir a una mujer, que es tan notable a lo largo del poema. No hay más señales de festividades especiales ni de otros invitados que Telémaco y Pisístrato, hasta que los versos 621-624 (normalmente encerrados entre corchetes) se introducen abruptamente, probablemente con vistas a intentar justificar la introducción de los versos ahora en cuestión.

La adición fue, imagino, sugerida por un deseo de excusar y explicar la no aparición de Hermíone en el libro xv., así como la de Hermíone y Megapentes en el resto del libro iv. Megapentes en el libro xv. parece ser todavía soltero: la presunción, por tanto, es que el libro xv. fue escrito antes de la historia de su matrimonio aquí relatada. Supongo que aquí solo se casa porque su hermana se está casando. Habiéndosela atendido debidamente, Megapentes bien podía casarse al mismo tiempo. Hermíone no podía ahora tener menos de treinta años.

He tratado este pasaje con algo más de extensión en mi «Authoress of the Odyssey», p. 136-138. Véase también p. 256 del mismo libro.]

[37] [Esparta y Laconia son tratados aquí como dos lugares diferentes, aunque en otras partes del poema es claro que el escritor los entiende como uno. El catálogo de la «Ilíada», que el escritor está aquí presumiblemente siguiendo, comete el mismo error («Il.» ii. 581, 582).]

[38] [Estos últimos tres versos son idénticos a «Il.» xviii. 604-606.]

[39] [Por el griego {Greek} es evidente que Menelao tomó el trozo de carne con los dedos.]

[40] [El ámbar nunca se menciona en la «Ilíada». Sicilia, donde supongo que se escribió la «Odisea», ha sido siempre, y sigue siendo, uno de los principales países productores de ámbar. Probablemente era el único conocido en la edad odiseica. Véase «The Authoress of the Odyssey», Longmans 1898, p. 186.]

[41] [Esto sin duda se refiere a la historia contada en el último poema de los Cypria sobre Paris y Helena robando a Menelao la mayor parte de sus tesoros, cuando navegaron juntos hacia Troya.]

[42] [Es inconcebible que Helena entrara así, en mitad de la cena, con intención de trabajar con su rueca, si estaban teniendo lugar grandes festividades. Telémaco y Pisístrato显然 están cenando en familia.]

[43] [En la insurrección italiana de 1848, ocho jóvenes que estaban siendo perseguidos acaloradamente por la policía austriaca se escondieron dentro del caballo colosal de madera de Donatello en el Salone de Padua, y permanecieron allí durante una semana siendo alimentados por sus confederados. En 1898 el último superviviente fue llevado en triunfo por Padua.]

[44] [El griego es {Greek}. ¿Es injusto argüir que el escritor es una persona de sensibilidad algo delicada, a quien un olor fuerte de pescado resulta desagradable?]

[45] [El griego es {Greek}. Creo que esto es un dardo contra los propios compatriotas del escritor, que eran de ascendencia focense, y que el verso siguiente es una respuesta a las quejas hechas contra ella en el libro vi. 273-288, en el sentido de que se daba aires y no quería casarse con ninguno de los suyos. Que el escritor de la «Odisea» fuera la persona que ha sido introducida en el poema bajo el nombre de Nausícaa, no puedo dejar de cuestionarlo. Puedo recordar a los lectores ingleses que {Greek} (es decir, phoca) significa «foca». Las focas aparecen casi siempre en las monedas focenses.]

[46] [Seguramente estamos de nuevo aquí en manos de un escritor de sensibilidad delicada. No es como si las focas estuvieran pasadas; acababan de ser matadas. El escritor, sin embargo,显然 se está riendo de sus propios compatriotas, y los insulta tan abiertamente como se atreve.]

[47] [Se nos dijo arriba (versos 356, 357) que era solo un día de navegación.]

[48] [Doy la traducción habitual, pero no creo que el griego la justifique. El griego dice {Greek}.

Esto se suele entender como que Ítaca es una isla apta para la cría de cabras, y por esa razón más deleitable para el hablante de lo que habría sido si fuera apta para la cría de caballos. Encuentro poca autoridad para tal traducción; la traducción más ecuánime del texto tal como está es: «Ítaca es una isla apta para la cría de cabras, y deleitable más bien que apta para la cría de caballos; pues ninguna de las islas es buen terreno de conducción, ni bien praderizado.» Seguramente el escritor no quiere decir que una isla agradable o deleitable no sería apta para la cría de caballos. La traducción más ecuánime, por tanto, del texto presente siendo así coja e impotente, podemos sospechar corrupción, y me arriesgo a la siguiente enmienda, aunque no la he adoptado en mi traducción, por temor a que se considerase demasiado caprichosa. Leería:—{Greek}.

Por lo que al escaneo se refiere, la {Greek} no es necesaria; {Greek} iv. 72, (Greek al pie) iv. 233, por no ir más lejos que los versos anteriores del mismo libro, dan autoridad suficiente para {Greek}, pero la {Greek} no sería redundante; enfatizaría la sorpresa del contraste, y preferiría tenerla, aunque no es muy importante de una manera u otra. Por supuesto, esta lectura debería traducirse: «Ítaca es una isla apta para la cría de cabras, y (con tu permiso) más herself a horseman que apta para la cría de caballos—pues ninguna de las islas es buen terreno y bien praderizado.»

Esto sin duda confundiría a los editores alejandrinos. «Cómo», se preguntarían, «podría una isla ser un jinete?» y andarían buscando una enmienda. Una visita a la cima del monte Erice quizá podría hacer el significado inteligible, y sugerir mi propuesta de restauración del texto al lector tan fácilmente como me lo sugirió a mí.

He expuesto en otra parte mi convicción de que el escritor de la «Odisea» estaba familiarizada con la antigua ciudad sicana en la cima del monte Erice, y que las islas Egadas que son tan llamativas vistas desde allí hicieron con ella las veces de las islas Jónicas —Marettimo, la más alta y más occidental del grupo, haciendo de Ítaca. Vista desde la cima del monte Erice, Marettimo aparece como debería hacerlo según «Od.» ix. 25, 26, «en el horizonte, la más alta en el mar hacia el Oeste», mientras que las otras islas están «algo lejos de ella hacia el Este». Al descender a Trapani, Marettimo parece hundirse sobre la cima de la isla de Levanzo, detrás de la cual desaparece. Mi amigo, el difunto Signor E. Biaggini, la señaló una vez cuando estaba justo apareciendo sobre la cima de Levanzo, y me dijo «Come cavalca bene» («Cómo cabalga bien»), y esto inmediatamente me sugirió mi enmienda. Más tarde encontré en el himno a Apolo Pitio (que abunda en etiquetas tomadas de la «Odisea») un verso terminado en {Greek} que fortaleció mi sospecha de que este era el final original del segundo de los dos versos arriba considerados.]

[49] [ Véase la nota al verso 3 de este libro. El lector observará que la autora no ha podido mantener a las mujeres fuera de una interpolación que consta solo de cuatro versos.]

[50] [ Esqueria significa un trozo de tierra que se interna en el mar. En mi obra «The Authoress of the Odyssey» consideré que «Jutlandia» sería una traducción adecuada, pero se me ha señalado que «Jutlandia» solo significa la tierra de los jutos.]

[51] [ El riego aquí descrito es común en los huertos cerca de Trapani. El agua que alimenta los canales la sacan de pozos un mulo que hace girar una rueda con cubos.]

[52] [ No hay ni una palabra aquí sobre los ganados del dios del sol.]

[53] [ Evidentemente la autora pensaba que la madera verde, recién cortada, podía estar también bien curada.]

[54] [ El lector notará que el río fluía con agua salada, es decir, que era de marea.]

[55] [ Entonces la isla Ogigia no estaba tan lejos, como para que no pudiera suponerse que Nausícaa supiera dónde estaba.]

[56] [ Griego {Greek}]

[57] [ Sospecho que hay una broma familiar, o una velada allusion a algo que desconocemos, en esta historia de que Eurimedusa había sido traída de Apeira. La palabra griega «apeiros» significa «inexperta», «ignorante». ¿Es posible que Eurimedusa fuera notoriamente incompetente?]

[58] [ Polifemo era también hijo de Neptuno, véase «Od.» ix. 412, 529. Era pues medio hermano de Nausítoo, medio tío del rey Alcínoo, y medio tío abuelo de Nausícaa.]

[59] [ Parece que la autora pensaba que Maratón estaba cerca de Atenas.]

[60] [ Aquí la autora, sabiendo que está dibujando (con adornos) a partir de cosas realmente existentes, se impacienta con los pretéritos y se desliza al presente.]

[61] [ Esto es malicia encubierta, dando a entender que los magnates feacios no eran mejores de lo que debían. La libación final debería haberse hecho a Júpiter o a Neptuno, y no al dios de la raterías y bribonadas de todo género. En el verso 164 encontramos en efecto a Equeneo proponiendo que se haga una libación a Júpiter, pero es evidente que, según nuestra autora, Mercurio era el dios que más probabilidades tenía de serles útil.]

[62] [ El hecho de que Alcínoo sepa algo sobre los Cíclopes sugiere que en la mente de la autora Esqueria y el país de los Cíclopes no estaban muy lejos el uno del otro. Considero que los Cíclopes y los gigantes son un mismo y único pueblo.]

[63] [ «Mis bienes, etc.». La autora está adoptando aquí un verso iliadico (xix. 333), y esto debe explicar la ausencia de toda referencia a Penélope. Si por casualidad hubiera recordado «Il.» v. 213, sin duda lo habría apropiado con preferencia, pues ese verso dice: «mi patria, mi esposa, y toda la grandeza de mi casa».]

[64] [ El sueño al principio inexplicable de Ulises (lib. xiii. 79, etc.) se está preparando aquí, como también en viii. 445, de manera evidente. Es obvio que la autora concedía la mayor importancia a ese sueño. Quienes sepan que el puerto que hacía las veces, para la autora de la «Odisea», del puerto en que Ulises desembarcó en Ítaca, estaba apenas a unas 2 millas del lugar en que Ulises conversa ahora con Alcínoo, comprenderán por qué era tan necesario el sueño.]

[65] [ Había dos clases: los inferiores, que se ocupaban de los víveres que tenían que cocinar por sí mismos en los patios y recintos exteriores, donde también comerían, y los superiores, que comerían en los pórticos del patio interior y harían que les guisasen la comida.]

[66] [ Traducción muy dudosa. Supongo que el {Greek} de aquí designa los cobertizos cubiertos que rodeaban el patio exterior. Véanse las ilustraciones al final del lib. iii.]

[67] [ La autora juzga aparentemente que las palabras «en comparación con lo que pueden arar los bueyes en el mismo tiempo» se sobreentienden. No así la autora de la «Ilíada», de la que probablemente está tomado el pasaje odiseico. Ella explica que los mulos pueden arar más deprisa que los bueyes («Il.» x. 351-353).]

[68] [ Fue muy afortunado que allí hubiera precisamente un disco así, puesto que no los había de uso común.]

[69] [ «Il.» xiii. 37. Aquí, como tan a menudo en otros lugares de la «Odisea», la apropiación de un verso iliadico que no termina de ser apropiado desconcierta al lector. El «ellos» no son las cadenas, ni tampoco Marte y Venus. Es un desbordamiento del pasaje iliadico en que Neptuno traba a sus caballos con ligaduras «que ninguno podía soltar ni romper, de modo que se quedaran allí en aquel sitio». Si el verso hubiera escandido sin añadir las palabras «de modo que se quedaran allí en aquel sitio», se habrían omitido en la «Odisea».]

[70] [ El lector notará que Alcínoo no pasa de decir que va a entregar la copa; nunca la entrega. En otros lugares, tanto de la «Ilíada» como de la «Odisea», a la oferta de un regalo sigue inmediatamente la afirmación de que fue entregado y recibido con agrado: Alcínoo efectivamente entrega un arca y un manto y una camisa —y probablemente también algo del trigo y del vino para la larga travesía de dos millas fue provisto por él—, pero está muy claro que no dio tal talento ni copa alguna.]

[71] [ «Il.» xviii. 344-349. Estos versos de la «Ilíada» cuentan los preparativos para lavar el cuerpo de Patroclo, y no me agrada que la autora de la «Odisea» los haya adoptado aquí.]

[72] [ véase la nota [64] : ]

[73] [ véase la nota [43] : ]

[74] [ El lector encontrará esta amenaza cumplida en el lib. xiii]

[75] [ Si las otras islas se hallaban a cierta distancia de Ítaca (lo que sugiere la palabra {Greek}), ¿qué ocurre con el πόρθμος o estrecho entre Ítaca y Samos del que tenemos noticia en los libs. iv. y xv.? Sospecho que la autora imagina en su mente a Telémaco volviendo de Pilos al promontorio Lilibeo y de allí a Trapani por el estrecho entre la Isola Grande y tierra firme —siendo la isla de Asteria aquella sobre la que luego se alzaría Motia—.]

[76] [ «Il.» xviii. 533-534. El brusco paso a la tercera persona durante un par de versos se debe a que los dos versos iliadicos tomados están en tercera persona.]

[77] [ cf. «Il.» ii. 776. Las palabras tanto en la «Ilíada» como en la «Odisea» son [Nota al pie: griego]. En la «Ilíada» se aplican a los caballos de los compañeros de Aquiles mientras permanecían ociosos, «mascando loto».]

[78] [ Considero que todo este pasaje sobre los Cíclopes, que carecen de naves, es sarcástico —queriendo decir: «Vosotros, habitantes de Drepanum, no tenéis excusa para no colonizar la isla de Favignana, cosa que podríais hacer fácilmente, pues tenéis naves en abundancia y la isla es muy buena». Que la isla aquí tan extensamente descrita es la isla egadina o «de las cabras» de Favignana, y que los Cíclopes son los antiguos habitantes sicanos del monte Erix, es algo que no debe ponerse en duda.]

[79] [ Véanse las razones por las que era necesario que la noche fuera tan excepcionalmente oscura en «The Authoress of the Odyssey», pp. 188-189.]

[80] [ En el corral no quedarían más que los corderos que mamarían si estuvieran con sus madres. Los corderos mayores debían estar ya paciendo fuera. La autora lo ha entendido todo al revés, pero no importa. Véase «The Authoress of the Odyssey», p. 148.]

[81] [ Este verso va entre corchetes en el texto recibido, y Messrs. Butcher & Lang lo omiten (con nota). Pero los versos entre corchetes son casi siempre genuinos; todo lo que los corchetes significan es que el pasaje entre corchetes desconcertó a algún editor antiguo, que no obstante lo encontró demasiado bien asentado en el texto como para atreverse a omitirlo. En el presente caso, el verso entre corchetes es precisamente el último que un editor varón y adulto estaría dispuesto a interpolar. Es más seguro inferir que la autora, una joven, sin saber ni importarle en qué extremo del barco debía ir el timón, decidió asegurarse colocándolo en ambos extremos, lo que comprobaremos que hace enseguida repitiéndolo (verso 340) en la popa del navío. En cuanto a las dos rocas arrojadas, la primera la identifico con los Asinelli, véase el mapa frente a la p. 80. La segunda la veo como las dos islas contiguas de las Formiche, que se tratan como una sola, véase el mapa frente a la p. 108. Los Asinelli es una isla con forma de barco y que apunta a la isla de Favignana. Creo que los compatriotas de la autora, que probablemente no la querían mucho más de lo que ella los quería a ellos, se burlaron del disparate de la conducta de Ulises, y vieron los Asinelli o «los burros», no como la roca arrojada por Polifemo, sino como la propia barca que contenía a Ulises y a sus hombres.]

[82] [ Este verso figura aquí en el texto, pero no en el pasaje correspondiente xii. 141. Me inclino a pensar que está interpolado (probablemente por la propia poetisa) a partir de los primeros de los versos xi. 115-137, que difícilmente dudo fueron añadidos por la autora cuando el esquema de la obra fue ampliado y alterado. Véase «The Authoress of the Odyssey», pp. 254-255.]

[83] [ «Flotante» (πλωτῇ) no ha de tomarse al pie de la letra. La isla en sí, aparte de sus habitantes, era perfectamente normal. No hay indicio de que se moviese durante el mes que Ulises permaneció con Eolo, y a su regreso de su desafortunado viaje, parece haberla encontrado en el mismo lugar. De hecho, el πλωτῇ no debe cargarse más que el θοῇσι aplicado a las islas, «Odisea» xv. 299 —donde se las llama «voladoras» porque el navío volaría junto a ellas—. Así también las «Errantes», según explicó Buttmann; véase la nota a «Odisea» xii. 57.]

[84] [ Literalmente: «pues los caminos de la noche y del día están cerca». He leído lo que dice Mr. Andrew Lang («Homer and the Epic», p. 236, y «Longman's Magazine» de enero de 1898, p. 277) sobre la «ruta del ámbar» y el «Camino Sagrado» a este respecto; pero hasta que dé sus razones para sostener que los pueblos mediterráneos en la edad odiseica solían ir muy al Norte a buscar su ámbar en lugar de obtenerlo en Sicilia, donde aún se encuentra en cantidades considerables, no sé qué peso debo conceder a su opinión. No he podido encontrar основаments para afirmar que hacia el 1000 a. C. hubiera comercio alguno entre el Mediterráneo y el «Extremo Norte», pero estaré muy dispuesto a aprender si Mr. Lang se digna ilustrarme. Véase «The Authoress of the Odyssey», pp. 185-186.]

[85] [ Uno habría pensado que, cuando el sol acosaba al ciervo hacia el agua, Ulises habría podido observar su paradero.]

[86] [ Véase la traducción de Hobbes de Malmesbury.]

[87] [ «Il.» xviii. 349. De nuevo la autora se inspira en el lavado del cuerpo de Patroclo, lo que resulta molesto.]

[88] [ Esta visita carece por completo de significación topográfica.]

[89] [ Las novias se presentaban instintivamente a la imaginación de la autora, como la fase de la humanidad que ella hallaba más interesante.]

[90] [ Ulises iba, en efecto, a convertirse en un misionero y predicar a Neptuno a gentes que no conocían su nombre. Tuve la fortuna de encontrarme en Sicilia a una mujer que llevaba una de estas palas de aventar; no era mucho más corta que un remo, y pude ver al instante qué era lo que la autora de la «Odisea» había tenido en mente.]

[91] [ Supongo que los versos que he encerrado entre corchetes fueron añadidos por la autora cuando amplió su primitivo esquema con la adición de los libros i.–iv. y xiii. (desde el verso 187)–xxiv. El lector observará que en el pasaje correspondiente (xii. 137-141) la profecía termina con «tras perder a todos tus compañeros», y que no hay ninguna allusion a los pretendientes. Para una explicación más detallada, véase «The Authoress of the Odyssey», pp. 254-255.]

[92] [ El lector recordará que estamos en el primer año de los extravíos de Ulises; Telémaco tenía por tanto solo once años. El mismo anacronismo se comete más adelante en este libro. Véase «The Authoress of the Odyssey», pp. 132-133.]

[93] [ La tradición dice que se había ahorcado. Cf. «Odisea» xv. 355, etc.]

[94] [ No debe confundirse con Eolo, rey de los vientos.]

[95] [ Melampo, véase libro xv. 223, etc.]

[96] [ Ya he dicho en una nota al lib. xi. 186 que en este punto del viaje de Ulises Telémaco solo podía tener entre once y doce años.]

[97] [ ¿Es la autora un hombre o una mujer?]

[98] [ Cf. «Il.» iv. 521, {Greek}. El verso odiseico reza: {Greek}. El famoso dactilismo del verso odiseico fue sugerido, pues, probablemente, por el del verso iliadico más que por un deseo de acomodar el sonido al sentido. En cualquier caso, la doble coincidencia de un verso dactilico y de una terminación {Greek} parece concluyente en cuanto a la familiaridad de la autora de la «Odisea» con el verso iliadico.]

[99] [ Frente a las costas de Sicilia y del Sur de Italia, en el mes de mayo, he visto a hombres sujetos a media altura del mástil de una barca con los pies apoyados en un travesaño, lo bastante grande apenas para sostenerlos. Desde ese punto de vantage arponean peces espada. Cuando vi a hombres así ocupados difícilmente pude dudar que la autora de la «Odisea» había visto a otros parecidos, y los tenía en mente al describir la sujeción de Ulises. He decidido pues, con alguna vacilación, apartarme de la traducción recibida de ἰστοπέδη (cf. Alceo frag. 18, donde, sin embargo, es muy difícil decir qué significa ἰστοπέδαν). En el Léxico de Sófocles encuentro una referencia a Crisóstomo (l, 242, A. Ed. Benedictine París 1834-1839) para la palabra ἰστοπόδη, que probablemente sea la misma que ἰστοπέδη, pero he buscado el pasaje en vano.]

[100] [ La autora yerra aquí y trata de cargarle la culpa a Circe. Cuando Ulises va a tomar la ruta prescrita por Circe, debería pasar ya las Errantes, ya alguna otra dificultad de la que no se nos informa, pero no lo hace. las Pléyades, o Errantes, se confunden con Escila y Caribdis, y la alternativa entre ellas y algo no dicho se convierte en la alternativa de si a Ulises le conviene elegir Escila o Caribdis. Sin embargo, a partir del verso 260, parece que debemos considerar que las Errantes fueron pasadas por Ulises; esto aparece aún más claramente en xxiii. 327, donde Ulises menciona expresamente las Rocas Errantes como situadas entre las Sirenas y Escila y Caribdis. La autora, sin embargo, evidentlyemente no es consciente de que no entiende del todo su propia historia; su dificultad se debía quizá al hecho de que, aunque los marinos de Trapani le habían dado una idea bastante clara de dónde se hallaban realmente todas sus demás localidades, nadie en aquellos tiempos más que en los nuestros podía localizar las Planctae, que de hecho, como ha argued Buttmann, no derivaban de ningún paraje concreto, sino de los relatos de los marineros sobre las dificultades de navegar por el conjunto de las islas Eolias como grupo (véase la nota a «Od.» x. 3). Aun así, lo de las pobres palomas la cautivó, de modo que no quiso prescindir de ellas. Los torbellinos de fuego y el humo que pesa sobre Escila sugieren una allusion a Estrómboli y quizá incluso al Etna. Escila está del lado italiano, y por tanto puede decirse que mira al Oeste. Desde allí hay unas 8 millas hasta la costa siciliana, de modo que bien puede decirse a Ulises que tras pasar Escila llegará a la isla Trinacria, o sea Sicilia. Caribdis está trasladada a un lugar algunas millas al norte de su verdadera posición.]

[101] [ Supongo que este verso fue intercalado por la autora cuando se añadieron los versos 426-446.]

[102] [ Véanse las razones que nos permiten identificar la isla de las dos Sirenas con la isla de Lipari llamada hoy Salinas —la antigua Dídime o isla «gemela»— en The Authoress of the Odyssey, pp. 195, 196. Las dos Sirenas eran sin duda, como su nombre sugiere, las ráfagas silbantes o avalanchas de aire que a veces descienden sin aviso previo desde las dos elevadas montañas de Salinas, así como desde todos los puntos altos de los alrededores.]

[103] [ Véase el Almirante Smyth sobre las corrientes en el Estrecho de Mesina, citado en «The Authoress of the Odyssey», p. 197.]

[104] [ En las islas de Favignana y Marettimo, frente a Trapani, he visto a hombres pescar exactamente como aquí se describe. Masticaban pan hasta convertirlo en una pasta y lo echaban al mar para atraer a los peces, que luego arponean. No se usa anzuelo.]

[105] [ Evidentemente la autora se representa a Ulises en una costa que mira al Este, a no gran distancia al sur del Estrecho de Mesina, en algún lugar, digamos, cerca de Tauromenio, la actual Taormina.]

[106] [ Sin duda debe faltar aquí un verso que nos diga que la quilla y el mástil fueron arrastrados dentro de Caribdis. Además, el aoristo {Greek} en su contexto presente resulta desconcertante. Lo he traducido como si fuera un imperfecto; veo que Messrs. Butcher y Lang lo traducen como pluscuamperfecto, pero surely Caribdis estaba en el acto de absorber el agua cuando Ulises llegó.]

[107] [ Supongo que el pasaje entre corchetes fue una idea posterior, pero escrito por la misma mano que el resto del poema. Supongo que xii. 103 fue también añadido por la autora cuando decidió enviar a Ulises de vuelta a Caribdis. La comparación sugiere la mano de la esposa o hija de un magistrado que había visto a menudo a su padre llegar de mal humor y cansado.]

[108] [ Gr. πολυδαίδαλος. Esto descarta la moneda acuñada, pero implica, no obstante, que el oro había sido trabajado en adornos de algún tipo.]

[109] [ Supongo que la profecía de Tiresias del lib. xi. 114-120 no había producido impresión alguna en Ulises. Más probablemente la profecía fue una idea posterior, intercalada, como ya he dicho, por la autora cuando modificó su esquema.]

[110] [ Un escritor varón habría puesto en boca de Ulises, no «ojalá podáis satisfacer a vuestras esposas», sino «ojalá vuestras esposas os satisfagan a vosotros».]

[111] [ Véase la nota [64].]

[112] [ La tierra era en realidad el brazo de mar somero, hoy las salinas de S. Cusumano —sirviendo el entorno de Trapani y el monte Erix para hacer un doble papel, tanto el de Esqueria como el de Ítaca—. De ahí la necesidad de hacer que Ulises partiera al caer la noche, cayera de inmediato en un sueño profundo y despertara en una mañana tan brumosa que no pudiera ver nada hasta que las entrevistas entre Neptuno y Júpiter y entre Ulises y Minerva hubieran dado al auditorio tiempo para aceptar la situación. Véanse las ilustraciones y el mapa cerca del final de los libs. v. y vi., respectivamente.]

[113] [ Esta cueva, identificable con singular precisión, se llama hoy la «grotta del toro», probablemente corrupción de «tesoro», pues se cree que contiene un tesoro. Véase The Authoress of the Odyssey, pp. 167-170.]

[114] [ Probablemente lo harían.]

[115] [ Entonces tenía un fondo poco profundo e inclinado.]

[116] [ Sin duda el camino pasaba junto al puerto en tiempos odiseicos, como pasa hoy junto a las salinas; en efecto, si ha de haber un camino, no hay otro terreno llano por el que pueda discurrir. Véase el mapa arriba mencionado.]

[117] [ La roca al final del puerto Norte de Trapani, a la que supongo que se refiere aquí la autora de la «Odisea», lleva aún el nombre de Malconsiglio —«la roca del mal consejo»—. Hay una leyenda según la cual era un navío de piratas turcos que se disponían a atacar Trapani, pero la «Madonna di Trapani» los aplastó bajo esta roca justo cuando entraban en el puerto. Mi amigo el Cavaliere Giannitrapani de Trapani me contó que su padre solía decirle de niño que, si dejaba caer exactamente tres gotas de aceite sobre el agua cerca de la roca, vería el navío todavía en el fondo. La leyenda es evidentlyemente una versión christianizada de la historia odiseica, mientras que el nombre aporta el detalle adicional de que el desastre sobrevino como consecuencia de un mal consejo.]

[118] [ Parece entonces que el navío había regresado desde Ítaca en apenas un cuarto de hora.]

[119] [ Y ¿no podemos añadir «y también para impedir que reconociera que estaba solo en el lugar donde había encontrado a Nausícaa dos días antes»?]

[120] [ Todo esto vale para excusar la ausencia total de Minerva en los libros ix-xii, los cuales supongo ya escritos antes de que la autora hubiera decidido convertir a Minerva en un personaje tan relevante.]

[121] [ Ya nos hemos topado con este intento bastante cojo de encubrir, al final del libro vi, el cambio de plan de la escritora.]

[122] [ Tomo lo siguiente de The Authoress of the Odyssey, p. 167. «Del texto se desprende claramente que había dos cuevas y no una, pero alguien ha encerrado entre corchetes los dos versos en que se menciona la segunda cueva, presumiblemente porque se veía perplejo al encontrarse de golpe con una segunda cueva cuando hasta ese punto solo se le había hablado de una.

»Me permito pensar que, de haber conocido el terreno, no se habría sentido perplejo, pues hay dos cuevas, distantes entre sí unos 80 o 100 metros.» La cueva en que Ulises escondió su tesoro es, como ya he dicho, identificable con singular precisión. La otra cueva no presenta rasgos especiales, ni en el poema ni en la realidad.]

[123] [ No se pretende disimular el hecho de que Penélope había venido alentando a los pretendientes desde hacía tiempo. La única defensa que se alega es que en el fondo no abrigaba tal intención. ¿No habría sido más prudente intentar un poco de desalentamiento?]

[124] [ Véase el mapa hacia el final del libro vi. Ruccazzù dei corvi significa, por supuesto, «el peñasco de los cuervos». Tanto el nombre como los cuervos siguen existiendo.]

[125] [ Véase The Authoress of the Odyssey, pp. 140, 141. La verdadera razón de enviar a Telémaco a Pilos y Esparta era que la autora pudiera colar a Helena de Troya en su poema. Se le envió en el único punto de la historia en que podía ser enviado, de modo que tuvo que marchar entonces o no marchar jamás.]

[126] [ El sitio que asigno a la choza de Eumeo, junto al _Ruccazzù dei corvi_, se halla a unos 600 metros sobre el nivel del mar y domina una vasta extensión.]

[127] [ Las sandalias que Eumeo estaba fabricando se siguen usando en los Abruzos y en otros lugares. Un trozo oblongo de cuero forma la suela: se practican agujeros en las cuatro esquinas, y por ellos se pasan correas de cuero que se atan alrededor del pie y se cruzan hasta la pantorrilla.]

[128] [ Véase la nota [75].]

[129] [ Telémaco, como tantos otros buenos jóvenes, parece esperar que todos le traigan y le lleven las cosas.]

[130] [ «Il.» vi. 288. El almacén era fragante porque estaba hecho de madera de cedro. Véase «Il.» xxiv. 192.]

[131] [ cf. «Il.» vi. 289 y 293-296. El vestido se guardaba en el fondo del arca por ser de los que solo se necesitarían en las grandes ocasiones; pero, sin duda, la boda de Hermíona y la de Megapentes (lib. iv, ad init.) habrían podido inducir a Helena a ponérselo la noche anterior, en cuyo caso difícilmente habría podido estar de vuelta. No encontramos aquí ni rastro de la reciente boda de Megapentes.]

[132] [ Véase la nota [83].]

[133] [ cf. «Od.» xi. 196, etc.]

[134] [ Los nombres Syra y Ortygia, isla sobre la que se edificó originariamente la mayor parte de la Siracusa dórica, sugieren que ya en tiempos odiseicos existía una Siracusa prehistórica, cuya existencia era conocida por la autora del poema.]

[135] [ Literalmente, «donde están los giros del sol». Dando por sentado, como podemos hacer con seguridad, que la Syra y la Ortygia de la «Odisea» se refieren a Siracusa, lo cierto es que no mucho más al sur de esos lugares la tierra tuerce bruscamente, de modo que los marineros que siguieran la costa verían el sol por el costado opuesto de su nave al que hasta entonces lo habían tenido.

El Sr. A. S. Griffith me ha señalado amablemente Herodoto iv. 42, donde, al hablar de la circunnavegación de África por marineros fenicios al mando de Necos, escribe:

«A su regreso declararon —yo por mi parte no les creo, pero quizá otros sí— que al navegar alrededor de Libia [es decir, África] habían tenido el sol a su derecha. Así fue como se descubrió por primera vez la extensión de Libia.

»Supongo que se hizo que Eumeo procediera de Siracusa porque la autora pensó que más bien debía hacer que algo ocurriera en Siracusa durante su relato de los viajes de Ulises. No podía, sin embargo, romper la larga deriva desde Caribdis hasta la isla de Pantelaria; resolvió, por tanto, compensarlo con Siracusa de otro modo.»

Las excavaciones modernas confirman la existencia de dos y solo dos comunidades pre-dorias en Siracusa; se hallaban, según me informó el Dr. Orsi, en Plemmirio y Cozzo Pantano. Véase The Authoress of the Odyssey, pp. 211-213.]

[136] [ Este puerto es, evidentemente, otra vez el puerto en que Ulises había desembarcado, es decir, el puerto que hoy ocupan las salinas de S. Cusumano.]

[137] [ Jamás pudo haber sido sino una paga bien mezquina por unos ocho o nueve días de servicio. Supongo que la tripulación debía considerar como compensación el placer de haber hecho una excursión a Pilos. No queda constancia de que la cena se llegara a celebrar, ni a la mañana siguiente ni en ninguna otra.]

[138] [ Ningún halcón puede desgarrar a su presa mientras está en vuelo.]

[139] [ El texto aparece aquí al parecer corrupto y no se sostiene tal como está. Sigo a los señores Butcher y Lang omitiendo el verso 101.]

[140] [ Es decir, para ser ordeñadas, como se hace hoy en los pueblos del sur de Italia y de Sicilia.]

[141] [ La matanza y la preparación de las reses tuvieron lugar en parte en el patio exterior y en parte en la zona descubierta del patio interior.]

[142] [ Estas palabras no pueden significar que pronto sería media tarde después de que fueran pronunciadas. Ulises y Eumeo llegaron a la ciudad, que estaba «bastante lejos» (xvii. 25), a tiempo para la comida temprana de los pretendientes (xvii. 170 y 176), digamos a las diez u once. El contexto del resto del libro lo demuestra. Así pues, Eumeo y Ulises no pueden haber salido más tarde de las ocho o las nueve, y hay que tomar las palabras de Eumeo como una exageración destinada a espolear a Ulises.]

[143] [ Imagino que la fuente se hallaba aproximadamente donde hoy se alza la iglesia de la Madonna di Trapani, y se alimentaba con agua de lo que hoy se llama la Fontana Diffali, en el monte Erice.]

[144] [ De este y de otros pasajes de la «Odisea» se desprende que nos hallamos en una era anterior al uso de la moneda acuñada —una era en que calderos, trípodes, espadas, ganado, enseres de todo tipo, medidas de trigo, vino o aceite, etc., etc., por no hablar de piezas de oro, plata, bronce o incluso hierro, labradas en mayor o menor grado pero sin acuñar, constituían el máximo acercamiento a una moneda de cambio que hasta entonces se había alcanzado.]

[145] [ Gr. ἐς μέσσον.]

[146] [ Corrijo estas pruebas en el extranjero y no tengo a mano a Hesíodo, pero sin duda este pasaje sugiere conocimiento de los Trabajos y los Días, aunque ni mucho menos lo impone.]

[147] [ Parece como si Eurínome y Euriclea fueran la misma persona. Véase la nota 156.]

[148] [ Resulta evidente, por tanto, que Iris era comúnmente aceptada como mensajera de los dioses, aunque nuestra autora nunca le permitirá ir ni venir para nadie.]

[149] [ Es decir, la puerta que comunicaba el patio interior con el exterior.]

[150] [ Véase la nota 156.]

[151] [ Me imagino que estas habrían estado en la zona descubierta del patio interior, donde también se situaban las sirvientas, y arrojaban la luz de sus teas al pórtico cubierto que lo rodeaba. De lo contrario, el humo habría resultado intolerable.]

[152] [ Traducción muy incierta; vide Liddell and Scott, bajo {griego}.]

[153] [ Véase la foto en la página de enfrente.]

[154] [ cf. «Il.» ii. 184, y 217, 218. Como hacía falta un rasgo adicional bien marcado para convencer a Penélope, la autora ha tomado las jorobadas espaldas de Tersites (mencionado inmediatamente después de Euríbates en la «Ilíada») y se las ha puesto a la espalda de Euríbates.]

[155] [ Así es como se alimenta ahora a los gansos en Sicilia, al menos en verano, cuando la hierba está toda agostada. Nunca los he visto pastando.]

[156] [ Más abajo (verso 143), Euriclea dice que fue ella misma quien echó el manto sobre Ulises —pues el plural no debe tomarse como indicio de más de una persona. La escritora fluctúa todavía evidentemente entre Euriclea y Eurínome como nombre para la vieja aya. Probablemente en un principio pensaba llamarla Euriclea, pero al ver que no era fácil hacer que Euriclea escandiera bien en xvii. 495, la llamó deprisa Eurínome, con la intención de alterar más tarde ese nombre o de cambiar las anteriores Euricleas por Eurínomes. Fue derivando luego hacia Eurínome según la conveniencia, sin dejar de añorar a Euriclea, hasta que al fin descubrió que el camino de menor resistencia pasaba por convertir a Eurínome y a Euriclea en dos personas distintas. Por eso en xxiii. 289-292 entran juntas Eurínome y «la aya» (que no puede ser otra que Euriclea). No digo que esto sea femeninamente delicado, pero tampoco es lo contrario.]

[157] [ Véase la nota [156].]

[158] [ Esto estaba, a mi entender, justo delante de la entrada principal del patio interior al cuerpo de la casa.]

[159] [ Esta es la única alusión a Cerdeña tanto en la «Ilíada» como en la «Odisea».]

[160] [ La traducción habitual del vocablo griego sería «conteniendo», «refrenando», «sujetando», pero no logro pensar que la autora quisiera decir eso —debía de estar usando la palabra en su otro sentido de «tener», «sostener», «mantener», «conservar».]

[161] [ He intentado en vano hacerme una idea de la disposición del cierre aquí descrito.]

[162] [ Véase el plano de la casa de Ulises en el apéndice. Es evidente que la parte descubierta del patio carecía de suelo, pues no tenía más que la tierra natural.]

[163] [ Véase el plano de la casa de Ulises y la nota [175].]

[164] [ Es decir, la puerta que daba paso al cuerpo de la casa.]

[165] [ Esta era, sin duda, la mesita que se preparó para Ulises, «Od.» xx. 259.

Ciertamente, se ha sobrevalorado la dificultad de este pasaje. Supongo que la parte de hierro del hacha estaría encajada en el mango por una cuña, o bien sólidamente atada a él —el mango medio enterrado en el suelo. El hacha se colocaría de canto frente al arquero, y este habría de disparar su flecha por el agujero donde se ajustaba el mango cuando el hacha estaba en uso. Doce hachas se alineaban a la misma altura, todas exactamente una delante de otra, todas de canto hacia Ulises, cuya flecha atravesaba todos los agujeros desde la primera en adelante. No veo cómo el griego puede admitir otra interpretación, pues las palabras son: {griego}

«No falló ni un solo agujero desde el primero en adelante.» {griego}, según Liddell and Scott, es «el agujero para el mango de un hacha, etc.», mientras que {griego} («Od.» v. 236) es, según las mismas autoridades, el propio mango. La proeza es absurdamente imposible, pero a veces nuestra autora tiene un alma por encima de las imposibilidades.]

[166] [ El lector advertirá cómo el desperdicio de buena comida apesadumbra a la escritora incluso en un momento tan supremo como este.]

[167] [ Aquí lo tenemos otra vez. El despilfarro de bienes viene primero.]

[168] [ cf. «Il.» iii. 337 y otros tres pasajes. Resulta extraño que la autora de la «Ilíada» encuentre tan alarmante un simple pelo de caballo. Tal vez no hacía sino tomar prestado un verso formular común de algún poeta anterior —o poetisa—, pues este es más bien un verso de mujer que de hombre.]

[169] [ O quizá, simplemente, «ventana». Véase el plano en el apéndice.]

[170] [ Es decir, el pavimento sobre el que estaba Ulises.]

[171] [ La interpretación de los versos 126-143 es enormemente dudosa, y en el mejor de los casos nos hallamos en territorio de melodrama: cf., sin embargo, i. 425 y ss., de donde se deduce que había una torre en el patio exterior y que Telémaco solía dormir en ella. La ὀρσοθύρα la tomo como una puerta, o trampilla, que daba al techo encima del dormitorio de Telémaco, del que se nos dice que estaba en un lugar visible desde todos los lados —o podría ser simplemente una ventana del cuarto de Telémaco que daba a la calle. Desde lo alto de la torre debía darse a conocer al mundo exterior lo que estaba ocurriendo, pero no se podía entrar por la ὀρσοθύρα: habría que hacerlo por la entrada principal, y Melantio explica que la boca del pasaje angosto (que estaba en tierras de Ulises y sus amigos) dominaba la única entrada por donde podía llegar ayuda, de modo que no se ganaría nada dando la alarma. En cuanto a las ῥῶγες del verso 143, ningún comentarista antiguo ni moderno ha logrado decir qué se pretendió —pero, fuesen lo que fuesen, Melantio no podía acarrear jamás doce escudos, doce yelmos y doce lanzas. Además, por donde él pudiera ir, podrían ir también los otros. Si una docena de pretendientes hubiera seguido a Melantio dentro de la casa, habrían podido atacar a Ulises por la espalda, en cuyo caso, a menos que Minerva hubiera intervenido a tiempo, la «Odisea» habría tenido un final muy distinto. Pero a lo largo de toda la escena nos hallamos en un terreno de extravagancia más que de verdadera ficción —no puede tomársela en serio nadie que no sea muy serio, hasta llegar al episodio de Femio y Medonte, donde la escritora empieza a sentirse de nuevo en terreno firme.]

[172] [ Supongo que se pretendía que hubiera un gancho clavado en el poste de apoyo.]

[173] [ ¿Para qué?]

[174] [ Gr: {griego}. No es {griego}.]

[175] [ Por los versos 333 y 341 de este libro, y los versos 145 y 146 del libro xxi, podemos situar con cierta seguridad el acceso al {griego}.]

[176] [ Pero en xix. 500-502 Ulises regañó a Euriclea por ofrecer información sobre este mismo punto y declaró ser muy capaz de resolverlo por sí mismo.]

[177] [ Había ciento ocho pretendientes.]

[178] [ Lord Grimthorpe, cuyo entendimiento no se presta fácil a ser engañado, ha tenido la bondad de escribirme sobre mi convicción de que la «Odisea» fue escrita por una mujer, y de enviarme sus observaciones acerca del grosero absurdo del episodio aquí relatado. Está claro que lo único que le importaba a la autora era que las mujeres fueran colgadas: en cuanto a intentar precisar, o hacer que sus lectores precisen, cómo se llevó a cabo la horca, eso carecía de importancia. El lector debe aceptar su palabra y no hacer preguntas. Lord Grimthorpe escribió:

«Mejor será que le envíe mis ideas sobre el ahorcamiento de las criadas de Nausícaa (no "doncellas", de las que Froude escribió tan bien en su "Science of History") antes de que lo olvide todo. Por suerte para mí, Liddell & Scott han traducido especialmente la mayoría de las palabras dudosas, remitiendo a este mismo pasaje.

»Un cable de navío. No sé qué tamaño de navío tenía en mente, pero debió de ser muy pequeño para que su "cable" pudiera atarse ceñidamente alrededor del cuello de una mujer, y más aún alrededor de una docena de ellas "en fila", aparte de ser lo bastante resistente para sostenerlas y levantarlas a todas.

»Una docena de mujeres de complexión media requerirían el peso y la fuerza de más de una docena de hombres robustos y pesados, aun contando con la mejor polea colgada del techo sobre ellas; y la idea de izarlas mediante una cuerda enganchada de cualquier modo alrededor de un pilar {griego} es absurdamente imposible; y cómo pueden estar colgadas una docena balanceándose alrededor de un mismo poste es un problema que despistaría a un senior wrangler... Habría hecho mejor en dejar que Telémaco usara la espada, como se había propuesto, hasta que ella le hizo cambiar de opinión.»]

[179] [ Entonces todas habían estado al servicio de Ulises más de veinte años; tal vez las doce culpables fueron contratadas más recientemente.]

[180] [ Traducción muy dudosa —cf. «Il.» xxiv. 598.]

[181] [ Pero ¿por qué no pedir ver al instante la cicatriz, de la que Euriclea le había hablado, o por qué no la mostró Ulises?]

[182] [ Los itacenses parecen haber sido tan aficionados a murmurar como los feacios en vi. 273 y ss.]

[183] [ Véase la nota [156]. El dormitorio de Ulises no parece haber estado en un piso alto, ni tampoco del todo dentro de la casa. ¿Es posible que fuera «la sala abovedada» por cuya parte exterior seguían, por lo que sabemos, todavía colgando las doncellas descarriadas?]

[184] [ El dormitorio de Ulises está en la mente de la escritora aquí también, al parecer, en la planta baja.]

[185] [ Penélope, una vez suficientemente blanqueada, desaparece del poema.]

[186] [ Toda lavandera tan avezada como nuestra autora sabía sin duda que, para entonces, la tela debía de estar ya tan hecha un desastre que se habría deshecho en el lavado.

Una señora me señala, justo cuando estas planchas están saliendo de mis manos, que ninguna buena costurera —de hecho, nadie cuya labor o carácter merezca consideración— habría soportado, fuera por el motivo que fuese, descoser su trabajo diario, día tras día, durante cerca de tres o cuatro años.]

[187] [ Hay que suponer que Dolio aún no sabía que su hijo Melantio había sido torturado, mutilado y dejado morir por orden de Ulises el día anterior, ni que su hija Melanto había sido colgada. Dolio debía de ser excepcionalmente simple, y su nombre era irónico. Así, en el monte Erice me mostraron a un hombre al que siempre llamaban Sonza Malizia, o «Sin malicia» —siendo tenido por excepcionalmente astuto.]

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