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The Phantom of the Opera

by Gaston Leroux · in Spanish

El fantasma de la ópera

por

Gaston Leroux

Autor de "El misterio del cuarto amarillo" y "El perfume de la dama de negro"

Índice

Capítulo

PRÓLOGO I ¿ES UN FANTASMA? II LA NUEVA MARGARITA III LA RAZÓN MISTERIOSA IV EL PALCO CINCO V EL VIOLÍN ENCANTADO VI UNA VISITA AL PALCO CINCO VII FAUSTO Y LO QUE SIGUIÓ VIII EL MISTERIOSO BROUGHAM IX EN EL BAILE DE MÁSCARAS X OLVIDA EL NOMBRE DE LA VOZ DEL HOMBRE XI SOBRE LAS TRAMPAS XII LA LIRA DE APOLO XIII UN GOLPE MAESTRO DEL AMANTE DE LA TRAMPA XIV LA SINGULAR ACTITUD DE UN ALFILER DE GANCHO XV ¡CHRISTINE! ¡CHRISTINE! XVI LAS REVELACIONES DE LA SRA. GIRY XVII EL ALFILER DE GANCHO DE NUEVO XVIII EL COMISARIO, EL VIZCONDE Y EL PERSA XIX EL VIZCONDE Y EL PERSA XX EN LOS SÓTANOS DE LA ÓPERA XXI VICISITUDES INTERESANTES XXII EN LA CÁMARA DE TORTURA XXIII COMIENZAN LAS TORTURAS XXIV ¡BARRILES! ¡BARRILES! XXV EL ESCORPIÓN O EL SALTAMONTES: ¿CUÁL? XXVI EL FINAL DE LA HISTORIA DE AMOR DEL FANTASMA EPÍLOGO

{además de un "capítulo extra" llamado "LA ÓPERA DE PARÍS"}

El fantasma de la ópera

Prólogo

EN EL QUE EL AUTOR DE ESTA SINGULAR OBRA INFORMA AL LECTOR DE CÓMO ADQUIRIÓ LA CERTEZA DE QUE EL FANTASMA DE LA ÓPERA REALMENTE EXISTIÓ

El fantasma de la ópera existió realmente. No fue, como se creyó durante mucho tiempo, una criatura de la imaginación de los artistas, una superstición de los directores, o un producto de los cerebros absurdos e impresionables de las señoritas del cuerpo de baile, de sus madres, de los acomodadores, de las encargadas del guardarropa o de la conserje. Sí, existió en carne y hueso, aunque asumiera la apariencia completa de un verdadero fantasma; es decir, de una sombra espectral.

Cuando comencé a registrar los archivos de la Academia Nacional de Música, me llamaron de inmediato la atención las sorprendentes coincidencias entre los fenómenos atribuidos al "fantasma" y la tragedia más extraordinaria y fantástica que jamás haya excitado a las clases altas de París; y pronto concebí la idea de que esta tragedia podría explicarse razonablemente mediante los fenómenos en cuestión. Los acontecimientos no datan de hace más de treinta años; y no sería difícil encontrar hoy en día, en el vestíbulo del ballet, a ancianos de la más alta respetabilidad, hombres cuya palabra sería absolutamente fiable, que recordarían como si hubieran ocurrido ayer las misteriosas y dramáticas condiciones que rodearon el secuestro de Christine Daaé, la desaparición del vizconde de Chagny y la muerte de su hermano mayor, el conde Philippe, cuyo cuerpo fue hallado en la orilla del lago que existe en los sótanos inferiores de la Ópera, en el lado de la Rue Scribe. Pero ninguno de esos testigos había pensado hasta aquel día que hubiera razón alguna para relacionar la figura más o menos legendaria del fantasma de la Ópera con aquella terrible historia.

La verdad tardó en entrar en mi mente, desconcertada por una investigación que en todo momento se complicaba con sucesos que, a primera vista, podrían considerarse sobrehumanos; y más de una vez estuve a punto de abandonar una tarea en la que me agotaba en la búsqueda desesperada de una imagen vana. Al final, recibí la prueba de que mis presentimientos no me habían engañado, y me vi recompensado por todos mis esfuerzos el día en que adquirí la certeza de que el fantasma de la Ópera era más que una simple sombra.

Ese día, había pasado largas horas sobre LAS MEMORIAS DE UN DIRECTOR, la obra ligera y frívola del demasiado escéptico Moncharmin, quien, durante su mandato en la Ópera, no entendió nada del misterioso comportamiento del fantasma y se burlaba de ello todo lo que podía justo en el momento en que se convirtió en la primera víctima de la curiosa operación financiera que ocurría dentro del "sobre mágico".

Acababa de abandonar la biblioteca desesperado, cuando me encontré con el encantador subdirector de nuestra Academia Nacional, que estaba charlando en un rellano con un anciano vivaz y bien arreglado, a quien me presentó alegremente. El subdirector estaba al tanto de mis investigaciones y de lo ansiosa e infructuosamente que había estado tratando de descubrir el paradero del juez de instrucción en el famoso caso Chagny, M. Faure. Nadie sabía qué había sido de él, si vivía o estaba muerto; y aquí estaba él, de regreso de Canadá, donde había pasado quince años, y lo primero que hizo, a su regreso a París, fue acudir a las oficinas de secretaría de la Ópera y pedir una entrada gratuita. El anciano era el mismísimo M. Faure.

Pasamos gran parte de la velada juntos y me contó todo el caso Chagny tal como lo había entendido en aquel momento. Se vio obligado a concluir a favor de la locura del vizconde y la muerte accidental del hermano mayor, por falta de pruebas en contrario; pero estaba, no obstante, convencido de que una terrible tragedia había tenido lugar entre los dos hermanos en relación con Christine Daaé. No pudo decirme qué fue de Christine ni del vizconde. Cuando mencioné al fantasma, solo se rió. A él también le habían hablado de las curiosas manifestaciones que parecían apuntar a la existencia de un ser anormal, que residía en uno de los rincones más misteriosos de la Ópera, y conocía la historia del sobre; pero nunca había visto nada en ello digno de su atención como magistrado a cargo del caso Chagny, y apenas si había escuchado el testimonio de un testigo que se presentó por su propia voluntad y declaró que a menudo se había encontrado con el fantasma. Este testigo no era otro que el hombre a quien todo París llamaba el "Persa" y que era bien conocido por todos los abonados de la Ópera. El magistrado lo tomó por un visionario.

Me interesó inmensamente esta historia del Persa. Quería, si aún estaba a tiempo, encontrar a este valioso y excéntrico testigo. Mi suerte comenzó a mejorar y lo descubrí en su pequeño apartamento de la Rue de Rivoli, donde había vivido desde entonces y donde murió cinco meses después de mi visita. Al principio me sentí receloso; pero cuando el Persa me contó, con candor infantil, todo lo que sabía sobre el fantasma y me entregó las pruebas de la existencia del fantasma —incluida la extraña correspondencia de Christine Daaé— para que hiciera con ellas lo que quisiera, ya no pude dudar. ¡No, el fantasma no era un mito!

Sé que me han dicho que esta correspondencia podría haber sido falsificada de principio a fin por un hombre cuya imaginación ciertamente se había alimentado de los cuentos más seductores; pero afortunadamente descubrí algo de la letra de Christine fuera del famoso fajo de cartas y, al comparar ambas, todas mis dudas se disiparon. También investigué el pasado del Persa y descubrí que era un hombre íntegro, incapaz de inventar una historia que pudiera haber frustrado los fines de la justicia.

Esta era, además, la opinión de las personas más serias que, en un momento u otro, estuvieron involucradas en el caso Chagny, que eran amigos de la familia Chagny, a quienes mostré todos mis documentos y expuse todas mis deducciones. A este respecto, me gustaría imprimir unas pocas líneas que recibí del general D----:

SEÑOR:

No puedo insistirle demasiado en que publique los resultados de su investigación. Recuerdo perfectamente que, pocas semanas antes de la desaparición de aquella gran cantante, Christine Daaé, y de la tragedia que sumió a todo el Faubourg Saint-Germain en el luto, se habló mucho, en el vestíbulo del ballet, sobre el tema del "fantasma"; y creo que solo se dejó de hablar de ello a consecuencia del posterior asunto que nos excitó a todos tanto. Pero, si es posible —como, tras oírle, creo— explicar la tragedia a través del fantasma, entonces le ruego, señor, que nos hable del fantasma de nuevo.

Por misterioso que pueda parecer el fantasma al principio, siempre será más fácil de explicar que la lúgubre historia en la que personas malintencionadas han tratado de retratar a dos hermanos matándose mutuamente cuando se habían adorado toda su vida.

Créame, etc.

Por último, con mi fajo de papeles en la mano, recorrí una vez más el vasto dominio del fantasma, el enorme edificio que había convertido en su reino. Todo lo que mis ojos vieron, todo lo que mi mente percibió, corroboraba los documentos del Persa con precisión; y un descubrimiento maravilloso coronó mis labores de una manera muy definitiva. Se recordará que, más tarde, al excavar en los cimientos de la Ópera, antes de enterrar las grabaciones fonográficas de la voz de la artista, los obreros dejaron al descubierto un cadáver. Pues bien, de inmediato pude demostrar que este cadáver era el del fantasma de la Ópera. Hice que el subdirector pusiera esta prueba a prueba con su propia mano; y ahora me es totalmente indiferente si los periódicos pretenden que el cuerpo era el de una víctima de la Comuna.

Los desgraciados que fueron masacrados, bajo la Comuna, en los sótanos de la Ópera, no fueron enterrados en este lado; contaré dónde se pueden encontrar sus esqueletos en un lugar no muy alejado de esa inmensa cripta que fue abastecida durante el asedio con toda clase de provisiones. Encontré este rastro justo cuando buscaba los restos del fantasma de la Ópera, que nunca habría descubierto de no ser por la suerte inaudita descrita anteriormente.

Pero volveremos al cadáver y a lo que debería hacerse con él. Por el momento, debo concluir esta introducción tan necesaria agradeciendo a M. Mifroid (quien fue el comisario de policía llamado para las primeras investigaciones tras la desaparición de Christine Daaé), a M. Remy, el difunto secretario, a M. Mercier, el difunto subdirector, a M. Gabriel, el difunto director del coro, y más particularmente a la Sra. baronesa de Castelot-Barbezac, quien fue en su día la "pequeña Meg" de la historia (y que no se avergüenza de ello), la estrella más encantadora de nuestro admirable cuerpo de baile, la hija mayor de la digna Sra. Giry, ya fallecida, quien tenía a su cargo el palco privado del fantasma. Todos ellos fueron de gran ayuda para mí; y, gracias a ellos, podré reproducir esas horas de puro amor y terror, en sus detalles más pequeños, ante los ojos del lector.

Y sería verdaderamente ingrato si omitiera, al estar en el umbral de esta historia terrible y veraz, agradecer a la actual dirección de la Ópera, que tan amablemente me ha ayudado en todas mis pesquisas, y a M. Messager en particular, junto con M. Gabion, el subdirector, y ese más amable de los hombres, el arquitecto encargado de la conservación del edificio, quien no dudó en prestarme las obras de Charles Garnier, aunque estaba casi seguro de que nunca se las devolvería. Por último, debo rendir un homenaje público a la generosidad de mi amigo y antiguo colaborador, M. J. Le Croze, quien me permitió hurgar en su espléndida biblioteca teatral y tomar prestadas las ediciones más raras de libros que apreciaba mucho.

GASTON LEROUX.

Capítulo I ¿Es el fantasma?

Era la noche en que los Sres. Debienne y Poligny, los directores de la Ópera, ofrecían una última representación de gala con motivo de su jubilación. De repente, el camerino de La Sorelli, una de las bailarinas principales, fue invadido por media docena de señoritas del ballet, que habían subido del escenario tras "bailar" Polyeucte. Irumpieron en medio de una gran confusión, algunas dando rienda suelta a risas forzadas y poco naturales, otras a gritos de terror. Sorelli, que deseaba estar sola por un momento para "repasar" el discurso que debía dirigir a los directores dimisionarios, miró con enfado a la multitud loca y tumultuosa. Fue la pequeña Jammes —la chica de la nariz respingona, los ojos color nomeolvides, las mejillas rojo rosa y el cuello y hombros blancos como azucenas— quien dio la explicación con voz temblorosa:

"¡Es el fantasma!" Y cerró la puerta con llave.

El camerino de Sorelli estaba equipado con una elegancia oficial y corriente. Un espejo de cuerpo entero, un sofá, un tocador y un armario o dos constituían el mobiliario necesario. En las paredes colgaban unos pocos grabados, reliquias de la madre, que había conocido las glorias de la antigua Ópera en la Rue le Peletier; retratos de Vestris, Gardel, Dupont, Bigottini. Pero la habitación parecía un palacio para las mocosas del cuerpo de baile, que se alojaban en camerinos comunes donde pasaban el tiempo cantando, peleándose, dando palmadas a las modistas y peluqueros y comprándose mutuamente copas de casis, cerveza o incluso ron, hasta que sonaba la campana del regidor.

Sorelli era muy supersticiosa. Se estremeció al oír a la pequeña Jammes hablar del fantasma, la llamó "pequeña tonta" y luego, como era la primera en creer en fantasmas en general, y en el fantasma de la Ópera en particular, pidió detalles inmediatamente:

"¿Lo habéis visto?"

"¡Tan claramente como te veo ahora!", dijo la pequeña Jammes, a quien le flaqueaban las piernas, y se dejó caer con un gemido en una silla.

Acto seguido, la pequeña Giry —la chica de ojos negros como endrinas, pelo negro como la tinta, tez morena y una pobre piel estirada sobre unos pobres huesecillos—, la pequeña Giry añadió:

"¡Si ese es el fantasma, es muy feo!"

"¡Oh, sí!", gritó el coro de bailarinas.

Y todas empezaron a hablar a la vez. El fantasma se les había aparecido en forma de un caballero con traje de etiqueta, que se había plantado de repente ante ellas en el pasillo, sin que supieran de dónde venía. Parecía haber atravesado la pared.

"¡Bah!", dijo una de ellas, que más o menos había mantenido la calma. "¡Veis al fantasma en todas partes!"

Y era cierto. Desde hacía varios meses, no se hablaba de otra cosa en la Ópera que de este fantasma con traje de etiqueta que se paseaba por el edificio, de arriba a abajo, como una sombra, que no hablaba con nadie, con quien nadie se atrevía a hablar y que desaparecía tan pronto como se le veía, sin que nadie supiera cómo ni dónde. Como correspondía a un verdadero fantasma, no hacía ruido al caminar. La gente empezó riéndose y burlándose de este espectro vestido como un hombre elegante o un enterrador; pero la leyenda del fantasma pronto alcanzó proporciones enormes entre el cuerpo de baile. Todas las chicas pretendían haberse encontrado con este ser sobrenatural más o menos a menudo. Y las que se reían más fuerte no eran las que estaban más tranquilas. Cuando no se dejaba ver, delataba su presencia o su paso por accidentes, cómicos o graves, de los que la superstición general le hacía responsable. Si alguien se caía, o sufría una broma pesada a manos de otra de las chicas, o perdía una polvera, era inmediatamente culpa del fantasma, del fantasma de la Ópera.

Después de todo, ¿quién lo había visto? Te encuentras con tantos hombres de etiqueta en la Ópera que no son fantasmas. Pero este traje de etiqueta tenía una peculiaridad propia. Cubría un esqueleto. Al menos, eso decían las bailarinas. Y, por supuesto, tenía una calavera.

¿Era todo esto serio? La verdad es que la idea del esqueleto provenía de la descripción del fantasma dada por Joseph Buquet, el jefe de tramoyistas, que realmente había visto al fantasma. Se había tropezado con el fantasma en la pequeña escalera, junto a las candilejas, que conduce a "los sótanos". Lo había visto por un segundo —pues el fantasma había huido— y a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle le decía:

"Es extraordinariamente delgado y su frac cuelga sobre un armazón de esqueleto. Sus ojos están tan hundidos que apenas se pueden ver las pupilas fijas. Solo ves dos grandes agujeros negros, como en el cráneo de un muerto. Su piel, que está estirada sobre sus huesos como un parche de tambor, no es blanca, sino de un amarillo desagradable. Su nariz es tan poco digna de mención que no se puede ver de perfil; y LA AUSENCIA de esa nariz es algo horrible DE MIRAR. Todo el pelo que tiene son tres o cuatro largos mechones oscuros en la frente y detrás de las orejas".

Este jefe de tramoyistas era un hombre serio, sobrio, firme, muy lento para imaginar cosas. Sus palabras fueron recibidas con interés y asombro; y pronto hubo otras personas que dijeron que ellas también habían conocido a un hombre de etiqueta con una calavera sobre los hombros. Los hombres sensatos que tuvieron noticia de la historia empezaron diciendo que Joseph Buquet había sido víctima de una broma de uno de sus ayudantes. Y luego, uno tras otro, se produjo una serie de incidentes tan curiosos e inexplicables que incluso las personas más astutas empezaron a sentirse inquietas.

Por ejemplo, ¡un bombero es un tipo valiente! ¡No teme a nada, y menos aún al fuego! Pues bien, el bombero en cuestión, que había ido a hacer una ronda de inspección por los sótanos y que, al parecer, se había aventurado un poco más lejos de lo habitual, reapareció de repente en el escenario, pálido, asustado, temblando, con los ojos saliéndosele de las órbitas, y prácticamente se desmayó en los brazos de la orgullosa madre de la pequeña Jammes[1]. ¿Y por qué? Porque había visto venir hacia él, A LA ALTURA DE SU CABEZA, PERO SIN UN CUERPO ADJUNTO, ¡UNA CABEZA DE FUEGO! Y, como he dicho, un bombero no teme al fuego.

El nombre del bombero era Pampin.

El cuerpo de baile se sumió en la consternación. A primera vista, esta cabeza ígnea no correspondía en nada a la descripción del fantasma dada por Joseph Buquet. Pero las jóvenes pronto se convencieron de que el fantasma tenía varias cabezas, que cambiaba a su antojo. Y, por supuesto, se imaginaron de inmediato que corrían el mayor peligro. Una vez que un bombero no dudaba en desmayarse, tanto las jefas como las chicas de primera y última fila tenían excusas de sobra para el miedo que les hacía acelerar el paso al cruzar algún rincón oscuro o pasillo mal iluminado. La propia Sorelli, el día después de la aventura del bombero, colocó una herradura sobre la mesa frente a la garita del conserje, que todo el que entrara en la Ópera de otra forma que como espectador debía tocar antes de poner el pie en el primer escalón de la escalera. Esta herradura no fue inventada por mí —como ninguna otra parte de esta historia, ¡ay!— y todavía puede verse sobre la mesa en el pasillo, fuera de la garita del conserje, cuando se entra en la Ópera a través del patio conocido como la Cour de l'Administration.

Volvamos a la velada en cuestión.

"¡Es el fantasma!", había gritado la pequeña Jammes.

Un silencio agonizante reinaba ahora en el camerino. No se oía nada más que la respiración agitada de las chicas. Al final, Jammes, arrojándose contra el rincón más alejado de la pared, con todas las señales de un terror real en el rostro, susurró:

"¡Escuchad!"

Todas parecieron oír un susurro fuera de la puerta. No se oía ruido de pasos. Era como seda ligera deslizándose sobre el panel. Luego se detuvo.

Sorelli intentó mostrar más valor que las otras. Se acercó a la puerta y, con voz temblorosa, preguntó:

"¿Quién está ahí?"

Pero nadie respondió. Entonces, sintiendo todas las miradas puestas en ella, observando su último movimiento, hizo un esfuerzo por mostrar valor y dijo muy alto:

"¿Hay alguien detrás de la puerta?"

"¡Oh, sí, sí! ¡Por supuesto que lo hay!", gritó ese pequeño ciruelo seco que era Meg Giry, sujetando heroicamente a Sorelli por su falda de gasa. "¡Hagas lo que hagas, no abras la puerta! ¡Oh, Dios, no abras la puerta!"

Pero Sorelli, armada con una daga de la que nunca se separaba, giró la llave y abrió la puerta, mientras las bailarinas se retiraban al camerino interior y Meg Giry suspiraba:

"¡Madre! ¡Madre!"

Sorelli miró al pasillo con valentía. Estaba vacío; una llama de gas, en su prisión de cristal, arrojaba una luz roja y sospechosa a la oscuridad circundante, sin conseguir disiparla. Y la bailarina volvió a cerrar la puerta de golpe, con un profundo suspiro.

"No", dijo, "no hay nadie ahí".

"Aun así, ¡lo hemos visto!", declaró Jammes, regresando con pasitos tímidos a su lugar junto a Sorelli. "Debe andar merodeando por algún sitio. No volveré a vestirme. Será mejor que bajemos todas al vestíbulo juntas, de inmediato, para el 'discurso', y subiremos de nuevo juntas".

Y la niña tocó con reverencia el pequeño anillo de coral que llevaba como amuleto contra la mala suerte, mientras Sorelli, sigilosamente, con la punta de la uña de su pulgar derecho rosado, trazaba una cruz de San Andrés sobre el anillo de madera que adornaba el cuarto dedo de su mano izquierda. Dijo a las pequeñas bailarinas:

—¡Vamos, niñas, reponéos! Me atrevería a decir que nadie ha visto nunca al fantasma.

—¡Sí, sí, lo vimos, lo vimos hace un momento! —gritaron las niñas—. ¡Tenía su cabeza de muerte y su frac, tal como cuando se le apareció a Joseph Buquet!

—¡Y Gabriel también lo vio! —dijo Jammes—. ¡Ayer mismo! Ayer por la tarde, a plena luz del día...

—¿Gabriel, el maestro de coro?

—Pues sí, ¿no lo sabíais?

—¿Y llevaba su frac, a plena luz del día?

—¿Quién? ¿Gabriel?

—¡Pues no, el fantasma!

—¡Ciertamente! Gabriel me lo contó él mismo. Por eso lo reconoció. Gabriel estaba en el despacho del regidor. De repente, la puerta se abrió y entró el persa. Ya sabéis que el persa tiene el mal de ojo...

—¡Oh, sí! —respondieron las pequeñas bailarinas a coro, ahuyentando la mala suerte al apuntar al persa ausente con el dedo índice y el meñique, mientras el dedo corazón y el anular permanecían doblados sobre la palma, sujetos por el pulgar.

—Y ya sabéis lo supersticioso que es Gabriel —continuó Jammes—. Sin embargo, siempre es educado. Cuando se encuentra con el persa, simplemente mete la mano en el bolsillo y toca sus llaves. Pues bien, en el momento en que el persa apareció en el umbral, Gabriel dio un salto de su silla hasta la cerradura del armario, ¡para tocar hierro! Al hacerlo, se rasgó toda una falda de su abrigo con un clavo. Corriendo para salir de la habitación, se golpeó la frente contra un perchero y se hizo un chichón enorme; luego, al dar un paso atrás de repente, se raspó el brazo con el biombo, cerca del piano; intentó apoyarse en el piano, pero la tapa cayó sobre sus manos y le aplastó los dedos; salió del despacho como un loco, resbaló en la escalera y bajó todo el primer tramo de espaldas. Yo pasaba justo con mamá. Lo levantamos. Estaba cubierto de moretones y su cara estaba llena de sangre. Nos llevamos un susto de muerte, pero, de repente, empezó a agradecer a la Providencia que hubiera salido tan barato. Entonces nos contó lo que lo había asustado. Había visto al fantasma detrás del persa, ¡EL FANTASMA CON LA CABEZA DE MUERTE, tal como la descripción de Joseph Buquet!

Jammes había contado su historia muy rápidamente, como si el fantasma le pisara los talones, y terminó sin aliento. Siguió un silencio mientras Sorelli se pulía las uñas con gran excitación. Lo rompió la pequeña Giry, quien dijo:

—Joseph Buquet haría mejor en mantener la lengua quieta.

—¿Por qué habría de mantener la lengua quieta? —preguntó alguien.

—Es la opinión de mamá —respondió Meg, bajando la voz y mirando a su alrededor como si temiera que oídos ajenos a los presentes pudieran escuchar.

—¿Y por qué es la opinión de tu madre?

—¡Shh! Mamá dice que al fantasma no le gusta que hablen de él.

—¿Y por qué dice eso tu madre?

—Porque... porque... por nada...

Esta reticencia exacerbó la curiosidad de las jóvenes, que se apiñaron alrededor de la pequeña Giry, rogándole que se explicara. Estaban allí, lado a lado, inclinándose hacia adelante simultáneamente en un movimiento de súplica y miedo, comunicándose el terror unas a otras, sintiendo un placer intenso al notar cómo se les helaba la sangre en las venas.

—¡Juré no contarlo! —jadeó Meg.

Pero no le dieron paz y prometieron guardar el secreto, hasta que Meg, ardiendo por decir todo lo que sabía, comenzó, con los ojos fijos en la puerta:

—Bueno, es por el palco privado.

—¿Qué palco privado?

—¡El palco del fantasma!

—¿Tiene el fantasma un palco? ¡Oh, cuéntanoslo, cuéntanoslo!

—¡No tan fuerte! —dijo Meg—. Es el Palco Cinco, ya sabéis, el palco en el primer piso, al lado del palco de proscenio, a la izquierda.

—¡Oh, qué tontería!

—Os digo que lo es. Mamá está a cargo de él. Pero, ¿juráis que no diréis ni una palabra?

—Por supuesto, por supuesto.

—Bueno, ese es el palco del fantasma. Nadie lo ha ocupado en más de un mes, excepto el fantasma, y se han dado órdenes en la taquilla de que nunca debe venderse.

—¿Y realmente viene el fantasma allí?

—Sí.

—¿Entonces viene alguien?

—¡Pues no! El fantasma viene, pero no hay nadie allí.

Las pequeñas bailarinas intercambiaron miradas. Si el fantasma venía al palco, debía ser visto, porque llevaba frac y cabeza de muerte. Eso era lo que intentaban hacerle entender a Meg, pero ella respondió:

—¡Ese es justo el punto! Al fantasma no se le ve. ¡Y no tiene frac ni cabeza! ¡Todo eso de su cabeza de muerte y su cabeza de fuego son tonterías! No hay nada de eso. Solo lo oyes cuando está en el palco. Mamá nunca lo ha visto, pero lo ha oído. Mamá lo sabe, porque ella le da su programa.

Sorelli intervino:

—¡Giry, niña, te estás burlando de nosotras!

Ante esto, la pequeña Giry empezó a llorar.

—Tendría que haber guardado silencio... ¡si mamá llegara a enterarse! Pero tenía mucha razón, Joseph Buquet no tenía por qué hablar de cosas que no le conciernen; le traerá mala suerte... mamá lo decía anoche...

Se oyó un sonido de pasos apresurados y pesados en el pasillo y una voz sin aliento gritó:

—¡Cecile! ¡Cecile! ¿Estás ahí?

—Es la voz de mamá —dijo Jammes—. ¿Qué ocurre?

Abrió la puerta. Una señora respetable, construida al estilo de un granadero de Pomerania, irrumpió en el camerino y se dejó caer gimiendo en un sillón vacío. Sus ojos giraban locamente en su rostro color ladrillo.

—¡Qué horror! —dijo—. ¡Qué horror!

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¡Joseph Buquet!

—¿Qué pasa con él?

—¡Joseph Buquet ha muerto!

La habitación se llenó de exclamaciones, gritos de asombro y peticiones de explicaciones llenas de miedo.

—¡Sí, fue encontrado ahorcado en el sótano del tercer piso!

—¡Es el fantasma! —soltó la pequeña Giry, como si fuera contra su voluntad; pero enseguida se corrigió, con las manos apretadas sobre la boca—: ¡No, no!... ¡Yo no dije eso!... ¡Yo no dije eso!...

A su alrededor, sus compañeras presas del pánico repetían en voz baja:

—Sí... ¡debe ser el fantasma!

Sorelli estaba muy pálida.

—Nunca podré recitar mi discurso —dijo.

La madre Jammes dio su opinión mientras vaciaba un vaso de licor que estaba sobre una mesa; el fantasma debía tener algo que ver con eso.

La verdad es que nadie supo nunca cómo encontró la muerte Joseph Buquet. El veredicto de la investigación fue "suicidio natural". En sus *Memorias de Director*, el señor Moncharmin, uno de los codirectores que sucedieron a los señores Debienne y Poligny, describe el incidente de la siguiente manera:

"Un triste accidente estropeó la pequeña fiesta que los señores Debienne y Poligny dieron para celebrar su jubilación. Yo estaba en el despacho del director cuando Mercier, el director en funciones, entró de repente. Parecía medio loco y me dijo que el cuerpo de un tramoyista había sido encontrado ahorcado en el tercer sótano bajo el escenario, entre una granja y un decorado de *Le Roi de Lahore*. Grité:

"¡Venid a descolgarlo!

"¡Para cuando bajé corriendo la escalera y la escala de gato, el hombre ya no estaba colgado de su cuerda!"

Así que este es un evento que el señor Moncharmin considera natural. Un hombre cuelga del extremo de una cuerda; van a descolgarlo; la cuerda ha desaparecido. ¡Oh, el señor Moncharmin encontró una explicación muy sencilla! Escuchadlo:

"Fue justo después del ballet; y las primeras bailarinas y las coristas no perdieron tiempo en tomar precauciones contra el mal de ojo".

¡Ahí lo tenéis! ¡Imaginad al cuerpo de baile bajando precipitadamente por la escala de gato y repartiéndose la cuerda del suicida entre sí en menos tiempo del que lleva escribirlo! Cuando, por otro lado, pienso en el lugar exacto donde se descubrió el cuerpo (¡el tercer sótano bajo el escenario!), imagino que ALGUIEN debió estar interesado en ver que la cuerda desapareciera después de haber cumplido su propósito; y el tiempo dirá si me equivoco.

La horrible noticia se extendió pronto por toda la Ópera, donde Joseph Buquet era muy popular. Los camerinos se vaciaron y las bailarinas, apiñándose alrededor de Sorelli como ovejas tímidas alrededor de su pastora, se dirigieron al vestíbulo a través de los pasillos y escaleras mal iluminados, trotando tan rápido como sus pequeñas piernas rosadas podían llevarlas.

[1] Tengo la anécdota, que es completamente auténtica, del propio señor Pedro Gailhard, el difunto director de la Ópera.

Capítulo II La nueva Margarita

En el primer rellano, Sorelli se topó con el conde de Chagny, que subía las escaleras. El conde, que generalmente era tan calmado, parecía muy excitado.

—Iba justo a veros —dijo, quitándose el sombrero—. ¡Oh, Sorelli, qué velada! Y Christine Daaé: ¡qué triunfo!

—¡Imposible! —dijo Meg Giry—. ¡Hace seis meses, solía cantar como una PERRA! Pero dejadnos pasar, querido conde —continúa la mocosa, con una cortesía pícara—. Vamos a preguntar por un pobre hombre al que encontraron ahorcado por el cuello.

Justo entonces, el director en funciones pasó apresurado y se detuvo al oír este comentario.

—¡Qué! —exclamó bruscamente—. ¿Ya os habéis enterado? Bueno, por favor, olvidadlo por esta noche y, sobre todo, no dejéis que los señores Debienne y Poligny se enteren; los alteraría demasiado en su último día.

Todas siguieron hasta el vestíbulo del ballet, que ya estaba lleno de gente. El conde de Chagny tenía razón; ninguna representación de gala igualó a esta. Todos los grandes compositores de la época habían dirigido sus propias obras por turnos. Fauré y Krauss habían cantado; y, en esa velada, Christine Daaé había revelado su verdadero ser, por primera vez, ante el público asombrado y entusiasta. Gounod había dirigido la *Marcha fúnebre de una marioneta*; Reyer, su hermosa obertura de *Sigurd*; Saint-Saëns, la *Danza macabra* y una *Reverie Orientale*; Massenet, una marcha húngara inédita; Guiraud, su *Carnaval*; Delibes, el *Vals lento* de *Sylvia* y los *Pizzicati* de *Coppelia*. Mlle. Krauss había cantado el bolero de *I Vespri Siciliani*; y Mlle. Denise Bloch, la canción de beber de *Lucrezia Borgia*.

Pero el verdadero triunfo estaba reservado para Christine Daaé, quien había comenzado cantando algunos pasajes de *Romeo y Julieta*. Era la primera vez que la joven artista cantaba en esta obra de Gounod, que no había sido transferida a la Ópera y que fue repuesta en la Opéra-Comique después de haber sido producida en el antiguo Théâtre Lyrique por Mme. Carvalho. Quienes la oyeron dicen que su voz, en estos pasajes, era seráfica; pero esto no era nada comparado con las notas sobrehumanas que emitió en la escena de la prisión y el trío final de *FAUSTO*, que cantó en lugar de La Carlotta, quien estaba enferma. Nadie había escuchado ni visto nada parecido.

Daaé reveló una nueva Margarita esa noche, una Margarita de un esplendor, un resplandor hasta entonces insospechado. Toda la sala enloqueció, poniéndose de pie, gritando, vitoreando, aplaudiendo, mientras Christine sollozaba y se desmayaba en los brazos de sus compañeros cantantes y tuvo que ser llevada a su camerino. Algunos suscriptores, sin embargo, protestaron. ¿Por qué se les había ocultado tal tesoro todo ese tiempo? Hasta entonces, Christine Daaé había interpretado a un buen Siebel para la Margarita, algo demasiado espléndidamente material, de Carlotta. ¡Y había hecho falta la incomprensible e inexcusable ausencia de Carlotta en esta noche de gala para que la pequeña Daaé, con un aviso de un momento, mostrara todo lo que podía hacer en una parte del programa reservada para la diva española! Bueno, lo que los suscriptores querían saber era, ¿por qué Debienne y Poligny recurrieron a Daaé cuando Carlotta enfermó? ¿Conocían su genio oculto? Y si lo conocían, ¿por qué lo habían mantenido oculto? ¿Y por qué ella lo había mantenido oculto? Curiosamente, no se sabía que tuviera un profesor de canto en ese momento. A menudo había dicho que tenía la intención de practicar sola en el futuro. Todo el asunto era un misterio.

El conde de Chagny, de pie en su palco, escuchaba todo este frenesí y participaba en él aplaudiendo ruidosamente. Philippe Georges Marie, conde de Chagny, tenía apenas cuarenta y un años de edad. Era un gran aristócrata y un hombre apuesto, por encima de la estatura media y con rasgos atractivos, a pesar de su frente dura y sus ojos más bien fríos. Era exquisitamente cortés con las mujeres y un poco altivo con los hombres, que no siempre le perdonaban sus éxitos en sociedad. Tenía un corazón excelente y una conciencia irreprochable. A la muerte del viejo conde Philibert, se convirtió en el jefe de una de las familias más antiguas y distinguidas de Francia, cuyos blasones databan del siglo XIV. Los Chagny poseían muchas propiedades; y, cuando el viejo conde, que era viudo, murió, no fue una tarea fácil para Philippe aceptar la gestión de una finca tan grande. Sus dos hermanas y su hermano, Raoul, no quisieron oír hablar de una división y renunciaron a sus derechos sobre sus partes, dejándose enteramente en manos de Philippe, como si el derecho de primogenitura nunca hubiera dejado de existir. Cuando las dos hermanas se casaron, el mismo día, recibieron su porción de su hermano, no como una cosa que les perteneciera por derecho, sino como una dote por la que le agradecieron.

La condesa de Chagny, nacida Moerogis de La Martynière, había muerto al dar a luz a Raoul, quien nació veinte años después de su hermano mayor. En el momento de la muerte del viejo conde, Raoul tenía doce años. Philippe se ocupó activamente de la educación del joven. Fue asistido admirablemente en este trabajo, primero por sus hermanas y después por una tía anciana, viuda de un oficial de marina, que vivía en Brest y dio al joven Raoul el gusto por el mar. El muchacho ingresó en el buque escuela *Borda*, terminó su curso con honores y realizó tranquilamente su viaje alrededor del mundo. Gracias a una poderosa influencia, acababa de ser nombrado miembro de la expedición oficial a bordo del *Requin*, que debía ser enviada al Círculo Polar Ártico en busca de los supervivientes de la expedición de D'Artois, de quienes no se sabía nada desde hacía tres años. Mientras tanto, disfrutaba de un largo permiso que no terminaría hasta dentro de seis meses; y ya las viudas del Faubourg Saint-Germain compadecían al apuesto y aparentemente delicado joven por el duro trabajo que le esperaba.

La timidez del joven marinero —casi diría su inocencia— era notable. Parecía haber dejado apenas las faldas de las mujeres. De hecho, mimado como estaba por sus dos hermanas y su vieja tía, había conservado de esta educación puramente femenina unos modales casi cándidos y marcados por un encanto que nada había podido mancillar todavía. Tenía poco más de veintiún años y parecía de dieciocho. Tenía un pequeño bigote rubio, hermosos ojos azules y una tez como la de una chica.

Philippe mimaba a Raoul. Para empezar, estaba muy orgulloso de él y complacido de prever una carrera gloriosa para su hermano menor en la marina, en la que uno de sus antepasados, el famoso Chagny de La Roche, había ostentado el rango de almirante. Aprovechó el permiso del joven para mostrarle París, con todos sus deleites lujosos y artísticos. El conde consideraba que, a la edad de Raoul, no es bueno ser demasiado bueno. Philippe mismo tenía un carácter muy equilibrado tanto en el trabajo como en el placer; su comportamiento era siempre impecable; y era incapaz de dar un mal ejemplo a su hermano. Lo llevaba con él a todas partes. Incluso lo presentó en el vestíbulo del ballet. Sé que se decía que el conde estaba "en términos" con Sorelli. Pero difícilmente podría considerarse un crimen para este noble, soltero, con mucho tiempo libre, especialmente desde que sus hermanas estaban establecidas, venir a pasar una hora o dos después de la cena en compañía de una bailarina que, aunque no era tan, tan ingeniosa, ¡tenía los ojos más bellos que jamás se hayan visto! Y, además, hay lugares donde un verdadero parisino, cuando tiene el rango de conde de Chagny, está obligado a dejarse ver; y en aquella época el vestíbulo del ballet en la Ópera era uno de esos lugares.

Por último, Philippe quizás no habría llevado a su hermano tras bambalinas de la Ópera si Raoul no hubiera sido el primero en pedírselo, renovando repetidamente su petición con una suave obstinación que el conde recordaría en una fecha posterior.

Esa noche, Philippe, después de aplaudir a Daaé, se volvió hacia Raoul y vio que estaba muy pálido.

—¿No ves —dijo Raoul— que la mujer se está desmayando?

—Tú pareces estar desmayándote también —dijo el conde—. ¿Qué te pasa?

Pero Raoul se había recuperado y estaba de pie.

—Vamos a ver —dijo—, nunca cantó así antes.

El conde lanzó a su hermano una mirada curiosa y sonriente, y parecía muy complacido. Pronto estuvieron en la puerta que conducía de la platea al escenario. Varios suscriptores avanzaban lentamente. Raoul se rasgó los guantes sin saber lo que hacía y Philippe tenía un corazón demasiado bueno para reírse de él por su impaciencia. Pero ahora comprendía por qué Raoul estaba distraído cuando se le hablaba y por qué siempre intentaba llevar cualquier conversación al tema de la Ópera.

Llegaron al escenario y se abrieron paso entre la multitud de caballeros, tramoyistas, extras y coristas, con Raoul a la cabeza, sintiendo que su corazón ya no le pertenecía, con el rostro marcado por la pasión, mientras el conde Philippe lo seguía con dificultad y continuaba sonriendo. En la parte trasera del escenario, Raoul tuvo que detenerse ante la irrupción de la pequeña tropa de bailarinas que bloqueaba el pasillo al que intentaba entrar. Más de una frase burlona salió de los labios maquillados, a la que él no respondió; y al fin pudo pasar, y se sumergió en la semioscuridad de un pasillo que resonaba con el nombre de "Daaé! Daaé!". El conde se sorprendió al descubrir que Raoul conocía el camino. Nunca lo había llevado él mismo junto a Christine y llegó a la conclusión de que Raoul debía haber ido allí solo mientras el conde se quedaba hablando en el vestíbulo con Sorelli, quien a menudo le pedía que esperara hasta que llegara su hora de "salir" y a veces le entregaba las pequeñas polainas con las que bajaba de su camerino para preservar la impecabilidad de sus zapatillas de raso y sus mallas color carne. Sorelli tenía una excusa; había perdido a su madre.

Posponiendo su visita habitual a Sorelli por unos minutos, el conde siguió a su hermano por el pasillo que conducía al camerino de Daaé y vio que nunca había estado tan atestado como en esa noche, cuando toda la sala parecía excitada por su éxito y también por su desmayo. Pues la chica aún no había vuelto en sí; y el médico del teatro acababa de llegar en el momento en que Raoul entraba tras sus pasos. Christine, por lo tanto, recibió la primera ayuda del uno, mientras abría los ojos en los brazos del otro. El conde y muchos más permanecieron apiñados en la puerta.

—¿No cree, doctor, que sería mejor que esos caballeros despejaran la habitación? —preguntó Raoul con frialdad—. Aquí no se puede respirar.

—Tiene mucha razón —dijo el médico.

Y envió a todos fuera, excepto a Raoul y a la doncella, que miraba a Raoul con ojos de la más indisimulada sorpresa. Nunca lo había visto antes y sin embargo no se atrevía a cuestionarlo; y el médico imaginó que el joven solo actuaba como lo hacía porque tenía derecho a ello. El vizconde, por lo tanto, permaneció en la habitación observando a Christine mientras volvía lentamente a la vida, mientras incluso los codirectores, Debienne y Poligny, que habían venido a ofrecer sus condolencias y felicitaciones, se vieron empujados al pasillo entre la multitud de dandis. El conde de Chagny, que era uno de los que estaban fuera, se rió:

—¡Oh, el pícaro, el pícaro! —y añadió, en voz baja—: ¡Esos jóvenes con sus aires de colegial! ¡Así que al fin y al cabo es un Chagny!

Se dio la vuelta para ir al camerino de Sorelli, pero se la encontró en el camino, con su pequeña tropa de bailarinas temblorosas, como hemos visto.

Mientras tanto, Christine Daaé lanzó un profundo suspiro, al cual respondió un gemido. Giró la cabeza, vio a Raoul y dio un respingo. Miró al médico, a quien dedicó una sonrisa, luego a su doncella y, finalmente, de nuevo a Raoul.

—Monsieur —dijo ella, con una voz apenas por encima de un susurro—, ¿quién es usted?

—Mademoiselle —respondió el joven, hincando una rodilla en tierra y posando un beso ferviente en la mano de la diva—, SOY EL NIÑO QUE SE METIÓ EN EL MAR PARA RESCATAR SU PAÑUELO.

Christine volvió a mirar al médico y a la doncella; y los tres comenzaron a reír.

Raoul se puso muy rojo y se levantó.

—Mademoiselle —dijo—, ya que tiene a bien no reconocerme, quisiera decirle algo en privado, algo muy importante.

—Cuando me sienta mejor, ¿le importa? —Y su voz tembló—. Usted ha sido muy bueno.

—Sí, debe marcharse —dijo el médico, con su sonrisa más amable—. Déjeme atender a mademoiselle.

—Ya no estoy enferma —dijo Christine de pronto, con una energía extraña e inesperada.

Se levantó y se pasó la mano por los párpados.

—Gracias, doctor. Quisiera estar sola. Por favor, váyanse todos. Déjenme. Me siento muy inquieta esta noche.

El médico intentó protestar brevemente, pero, al percibir la evidente agitación de la joven, pensó que el mejor remedio era no contrariarla. Y se marchó, diciéndole a Raoul, afuera:

—No es ella misma esta noche. Por lo general es tan dulce.

Luego le dio las buenas noches y Raoul se quedó solo. Toda esta parte del teatro estaba ya desierta. La ceremonia de despedida tenía lugar, sin duda, en el vestíbulo de la danza. Raoul pensó que Daaé podría acudir a ella y esperó en el silencio solitario, escondiéndose incluso en la sombra propicia de una puerta. Sentía un dolor terrible en el pecho y de eso era de lo que quería hablar con Daaé sin demora.

De repente, la puerta del camerino se abrió y la doncella salió sola, cargada de bultos. Él la detuvo y le preguntó cómo estaba su señora. La mujer se rio y dijo que estaba perfectamente, pero que no debía molestarla, pues deseaba que la dejaran sola. Y siguió su camino. Una sola idea llenaba el cerebro febril de Raoul: ¡por supuesto, Daaé deseaba que la dejaran sola POR ÉL! ¿Acaso no le había dicho que quería hablarle en privado?

Apenas sin respirar, se acercó al camerino y, con el oído pegado a la puerta para captar su respuesta, se dispuso a llamar. Pero su mano cayó. Había escuchado LA VOZ DE UN HOMBRE dentro del camerino, diciendo, en un tono curiosamente dominante:

—¡Christine, debes amarme!

Y la voz de Christine, infinitamente triste y temblorosa, como si estuviera acompañada de lágrimas, respondió:

—¡Cómo puedes hablar así, CUANDO SOLO CANTO PARA TI!

Raoul se apoyó contra el panel para aliviar su dolor. Su corazón, que parecía haberse ido para siempre, regresó a su pecho y latía con fuerza. Todo el pasillo resonaba con sus latidos y los oídos de Raoul estaban ensordecidos. Sin duda, si su corazón seguía haciendo tal ruido, lo escucharían dentro, abrirían la puerta y el joven sería despedido con ignominia. ¡Qué posición para un Chagny! ¡Ser sorprendido escuchando detrás de una puerta! Se tomó el corazón con ambas manos para obligarlo a detenerse.

La voz del hombre volvió a hablar: —¿Estás muy cansada?

—¡Oh, esta noche te entregué mi alma y estoy muerta! —respondió Christine.

—Tu alma es algo hermoso, niña —respondió la grave voz del hombre—, y te lo agradezco. Ningún emperador recibió jamás un regalo tan hermoso. LOS ÁNGELES LLORARON ESTA NOCHE.

Raoul no escuchó nada más después de eso. Sin embargo, no se marchó, sino que, como si temiera ser descubierto, regresó a su rincón oscuro, decidido a esperar a que el hombre saliera de la habitación. Al mismo tiempo, había aprendido lo que significaba el amor y el odio. Sabía que amaba. Quería saber a quién odiaba. Para su gran asombro, la puerta se abrió y Christine Daaé apareció, envuelta en pieles, con el rostro oculto tras un velo de encaje, sola. Cerró la puerta tras de sí, pero Raoul observó que no la cerró con llave. Pasó junto a él. Ni siquiera la siguió con la mirada, pues sus ojos estaban fijos en la puerta, que no volvió a abrirse.

Cuando el pasillo estuvo una vez más desierto, lo cruzó, abrió la puerta del camerino, entró y cerró la puerta. Se encontró en la más absoluta oscuridad. El gas había sido apagado.

—¡Hay alguien aquí! —dijo Raoul, con la espalda contra la puerta cerrada, con voz temblorosa—. ¿Por qué se oculta?

Todo era oscuridad y silencio. Raoul solo escuchaba el sonido de su propia respiración. No lograba ver que la indiscreción de su conducta estaba superando todos los límites.

—¡No saldrás de aquí hasta que yo te lo permita! —exclamó—. ¡Si no respondes, eres un cobarde! ¡Pero te desenmascararé!

Y encendió una cerilla. La llama iluminó la habitación. ¡No había nadie en la habitación! Raoul, tras girar la llave en la cerradura, encendió los mecheros de gas. Entró en el vestidor, abrió los armarios, registró, palpó las paredes con sus manos húmedas. ¡Nada!

—¡Pero bueno! —dijo en voz alta—. ¿Me estoy volviendo loco?

Se quedó diez minutos escuchando el chisporroteo del gas en el silencio de la habitación vacía; aunque estaba enamorado, ni siquiera pensó en robar una cinta que le habría dado el perfume de la mujer que amaba. Salió sin saber lo que hacía ni a dónde iba. En un momento dado de su deambular errático, una ráfaga helada le golpeó el rostro. Se encontró al pie de una escalera por la que, detrás de él, una procesión de obreros transportaba una especie de camilla cubierta con una sábana blanca.

—¿Cuál es la salida, por favor? —preguntó a uno de los hombres.

—Derecho frente a usted, la puerta está abierta. Pero déjenos pasar.

Señalando la camilla, preguntó mecánicamente: —¿Qué es eso?

Los obreros respondieron:

—"Eso" es Joseph Buquet, que fue hallado en el tercer sótano, colgado entre una granja y un decorado de EL ROI DE LAHORE.

Se quitó el sombrero, retrocedió para dejar paso a la procesión y salió.

Capítulo III La razón misteriosa

Durante este tiempo, la ceremonia de despedida estaba teniendo lugar. Ya he dicho que esta magnífica función se celebraba con motivo de la jubilación de M. Debienne y M. Poligny, quienes habían decidido "morir con estilo", como decimos hoy en día. Habían sido ayudados en la realización de su ideal, aunque melancólico, programa por todo lo que contaba en el mundo social y artístico de París. Todas estas personas se reunieron, después de la función, en el vestíbulo de la danza, donde Sorelli aguardaba la llegada de los directores jubilados con una copa de champán en la mano y un pequeño discurso preparado en la punta de la lengua. Detrás de ella, las miembros del cuerpo de baile, jóvenes y viejas, comentaban los sucesos del día en susurros o intercambiaban señales discretas con sus amigos, una ruidosa multitud que rodeaba las mesas dispuestas a lo largo del suelo inclinado.

Algunas de las bailarinas ya se habían cambiado a sus ropas de calle; pero la mayoría llevaba sus faldas de gasa vaporosa; y todas habían pensado que era lo correcto poner una cara especial para la ocasión: todas, es decir, excepto la pequeña Jammes, cuyos quince veranos —¡feliz edad!— parecían haber olvidado ya al fantasma y la muerte de Joseph Buquet. No cesaba de reír y parlotear, de saltar y gastar bromas, hasta que el señor Debienne y el señor Poligny aparecieron en los escalones del vestíbulo, momento en el que fue llamada severamente al orden por la impaciente Sorelli.

Todo el mundo comentó que los directores jubilados parecían alegres, como es costumbre en París. Nadie será un verdadero parisino si no ha aprendido a llevar una máscara de alegría sobre sus penas y una de tristeza, aburrimiento o indiferencia sobre su alegría interior. Usted sabe que uno de sus amigos tiene problemas; no intente consolarlo: le dirá que ya está reconfortado; pero, si ha tenido fortuna, tenga cuidado al felicitarlo: le parece tan natural que se sorprende de que usted hable de ello. En París, nuestras vidas son un baile de máscaras; y el vestíbulo de la danza es el último lugar en el que dos hombres tan "expertos" como M. Debienne y M. Poligny habrían cometido el error de traicionar su dolor, por genuino que fuera. Y ya estaban sonriendo demasiado a Sorelli, que había comenzado a recitar su discurso, cuando una exclamación de esa pequeña loca de Jammes rompió la sonrisa de los directores tan brutalmente que la expresión de angustia y consternación que subyacía a ella se hizo evidente a todos los ojos:

—¡El fantasma de la Ópera!

Jammes gritó estas palabras en un tono de terror indescriptible; y su dedo señaló, entre la multitud de dandis, un rostro tan pálido, tan lúgubre y tan feo, con dos cavidades negras tan profundas bajo las cejas prominentes, que la calavera en cuestión obtuvo inmediatamente un gran éxito.

—¡El fantasma de la Ópera! ¡El fantasma de la Ópera! —Todos reían, empujaban a su vecino y querían ofrecerle una copa al fantasma de la Ópera, pero él se había ido. Se había deslizado entre la multitud; y los demás lo buscaron en vano, mientras dos ancianos caballeros intentaban calmar a la pequeña Jammes y mientras la pequeña Giry permanecía gritando como un pavo real.

Sorelli estaba furiosa; no había podido terminar su discurso; los directores la habían besado, le habían dado las gracias y habían salido corriendo tan rápido como el propio fantasma. Nadie se sorprendió por esto, pues se sabía que debían pasar por la misma ceremonia en el piso de arriba, en el vestíbulo de los cantantes, y que finalmente debían recibir ellos mismos a sus amigos personales, por última vez, en el gran vestíbulo fuera del despacho de los directores, donde se serviría una cena formal.

Aquí encontraron a los nuevos directores, M. Armand Moncharmin y M. Firmin Richard, a quienes apenas conocían; sin embargo, fueron pródigos en protestas de amistad y recibieron mil cumplidos halagadores a cambio, de modo que aquellos invitados que habían temido pasar una velada tediosa mostraron al punto rostros más radiantes. La cena fue casi alegre y un discurso particularmente ingenioso del representante del gobierno, que mezclaba las glorias del pasado con los éxitos del futuro, hizo que prevaleciera la mayor cordialidad.

Los directores salientes ya habían entregado a sus sucesores las dos diminutas llaves maestras que abrían todas las puertas —miles de puertas— de la Ópera. Y esas llavecitas, objeto de curiosidad general, pasaban de mano en mano, cuando la atención de algunos invitados se vio desviada al descubrir, al final de la mesa, aquel rostro extraño, macilento y fantástico, de ojos hundidos, que ya había aparecido en el vestíbulo de la danza y había sido saludado por la exclamación de la pequeña Jammes:

—¡El fantasma de la Ópera!

Allí estaba el fantasma, tan natural como podía serlo, excepto que ni comía ni bebía. Quienes comenzaron mirándolo con una sonrisa terminaron por apartar la vista, pues su sola presencia provocaba al instante los pensamientos más fúnebres. Nadie repitió la broma del vestíbulo, nadie exclamó:

—¡Ahí está el fantasma de la Ópera!

Él mismo no pronunció una palabra y sus propios vecinos no habrían podido precisar en qué momento exacto se había sentado entre ellos; pero todos sentían que, si los muertos alguna vez vinieran a sentarse a la mesa de los vivos, no podrían presentar un aspecto más espeluznante. Los amigos de Firmin Richard y Armand Moncharmin pensaron que aquel invitado flaco y enjuto era un conocido de Debienne o Poligny, mientras que los amigos de Debienne y Poligny creían que el individuo cadavérico pertenecía al grupo de Firmin Richard y Armand Moncharmin.

El resultado fue que nadie pidió explicaciones; no hubo comentarios desagradables, ni bromas de mal gusto que pudieran ofender a este visitante de la tumba. Algunos de los presentes que conocían la historia del fantasma y la descripción que de él había dado el jefe de tramoyistas —no sabían de la muerte de Joseph Buquet— pensaron, en su interior, que el hombre al final de la mesa podría haber pasado fácilmente por él; y sin embargo, según la historia, el fantasma no tenía nariz y la persona en cuestión sí. Pero M. Moncharmin declara, en sus Memorias, que la nariz del invitado era transparente: "larga, fina y transparente" son sus palabras exactas. Yo, por mi parte, añadiré que esto bien podría aplicarse a una nariz postiza. M. Moncharmin pudo haber tomado por transparencia lo que solo era brillo. Todo el mundo sabe que la ciencia ortopédica proporciona hermosas narices postizas para aquellos que han perdido la suya de forma natural o como resultado de una operación.

¿Se sentó realmente el fantasma a la mesa de los directores aquella noche, sin ser invitado? ¿Y podemos estar seguros de que la figura era la del propio fantasma de la Ópera? ¿Quién se atrevería a asegurarlo? Menciono el incidente, no porque desee ni por un segundo hacer creer al lector —o incluso intentar hacerle creer— que el fantasma fuera capaz de tal acto de sublime insolencia; sino porque, después de todo, la cosa no es imposible.

M. Armand Moncharmin, en el capítulo once de sus Memorias, dice:

"Cuando pienso en esta primera velada, no puedo separar el secreto que nos confiaron los señores Debienne y Poligny en su despacho de la presencia en nuestra cena de aquella persona FANTASMAL que ninguno de nosotros conocía".

Lo que ocurrió fue esto: los señores Debienne y Poligny, sentados en el centro de la mesa, no habían visto al hombre de la calavera. De repente, él comenzó a hablar.

—Las bailarinas tienen razón —dijo—. La muerte de ese pobre Buquet tal vez no sea tan natural como la gente piensa.

Debienne y Poligny dieron un respingo.

—¿Está muerto Buquet? —exclamaron.

—Sí —respondió el hombre, o la sombra de un hombre, con calma—. Fue encontrado, esta noche, colgado en el tercer sótano, entre una granja y un decorado del Roi de Lahore.

Los dos directores, o más bien exdirectores, se levantaron al instante y miraron al orador de forma extraña. Estaban más alterados de lo necesario, es decir, más alterados de lo que nadie debería estar por el anuncio del suicidio de un jefe de tramoyistas. Se miraron el uno al otro. Ambos se habían vuelto más blancos que el mantel. Por fin, Debienne hizo una señal a los señores Richard y Moncharmin; Poligny murmuró unas palabras de excusa a los invitados; y los cuatro se dirigieron al despacho de los directores. Dejo que M. Moncharmin complete la historia. En sus Memorias, dice:

"Los señores Debienne y Poligny parecían estar cada vez más alterados, y parecía que tenían algo muy difícil que decirnos. Primero, nos preguntaron si conocíamos al hombre, sentado al final de la mesa, que les había comunicado la muerte de Joseph Buquet; y, cuando respondimos negativamente, se mostraron aún más preocupados. Tomaron las llaves maestras de nuestras manos, las observaron un momento y nos aconsejaron encargar nuevas cerraduras, con la mayor reserva, para las habitaciones, armarios y cajones que quisiéramos mantener cerrados herméticamente. Dijeron esto de forma tan cómica que comenzamos a reír y a preguntar si había ladrones en la Ópera. Respondieron que había algo peor, que era el FANTASMA. Comenzamos a reír de nuevo, seguros de que se entregaban a alguna broma destinada a coronar nuestro pequeño entretenimiento. Entonces, a petición suya, nos pusimos 'serios', decidiendo seguirles la corriente y entrar en el espíritu del juego. Nos contaron que nunca nos habrían hablado del fantasma si no hubieran recibido órdenes formales del propio fantasma para pedirnos que fuéramos amables con él y que accediéramos a cualquier petición que pudiera hacer. Sin embargo, en su alivio por abandonar un dominio donde aquella sombra tiránica ejercía su mando, habían dudado hasta el último momento de contarnos esta curiosa historia, que nuestras mentes escépticas no estaban ciertamente preparadas para aceptar. Pero el anuncio de la muerte de Joseph Buquet les había servido como un recordatorio brutal de que, cada vez que habían ignorado los deseos del fantasma, algún suceso fantástico o desastroso les había hecho sentir su dependencia.

"Durante estas declaraciones inesperadas, hechas en un tono de la más secreta e importante confianza, miré a Richard. Richard, en sus tiempos de estudiante, había adquirido una gran reputación como bromista, y parecía disfrutar del plato que le servían a su vez. No desperdició ni un bocado, aunque el condimento era un poco macabro debido a la muerte de Buquet. Movía la cabeza con tristeza, mientras los otros hablaban, y sus rasgos adoptaron el aire de un hombre que lamentaba amargamente haber tomado las riendas de la Ópera, ahora que sabía que había un fantasma metido en el asunto. No pude pensar en nada mejor que ofrecerle una imitación servil de esta actitud de desesperación. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no pudimos, al final, evitar estallar en carcajadas en la cara de los señores Debienne y Poligny, quienes, al vernos pasar directamente del estado de ánimo más sombrío a una alegría de lo más insolente, actuaron como si pensaran que nos habíamos vuelto locos.

"La broma se volvió un poco tediosa; y Richard preguntó medio en serio y medio en broma:

"—Pero, después de todo, ¿qué quiere ese fantasma suyo?

"M. Poligny fue a su escritorio y regresó con una copia del libro de normas. El libro de normas comienza con las conocidas palabras que dicen que 'la dirección de la Ópera otorgará a la representación de la Academia Nacional de Música el esplendor que corresponde al primer teatro lírico de Francia' y termina con la Cláusula 98, que dice que el privilegio puede ser revocado si el director infringe las condiciones estipuladas en el libro de normas. A esto le siguen las condiciones, que son cuatro en número.

"La copia presentada por M. Poligny estaba escrita con tinta negra y era exactamente igual a la que estaba en nuestro poder, excepto que, al final, contenía un párrafo con tinta roja y con una caligrafía extraña y trabajosa, como si hubiera sido producida mojando la cabeza de cerillas en la tinta, la escritura de un niño que nunca ha pasado de los trazos descendentes y no ha aprendido a unir sus letras. Este párrafo decía, palabra por palabra, lo siguiente:

"'5. O si el director, en cualquier mes, retrasa más de quince días el pago de la asignación que hará al fantasma de la Ópera, una asignación de veinte mil francos al mes, es decir, doscientos cuarenta mil francos al año'.

"M. Poligny señaló con un dedo vacilante esta última cláusula, que ciertamente no esperábamos.

"—¿Es esto todo? ¿No quiere nada más? —preguntó Richard, con la mayor frialdad.

"—Sí, lo quiere —respondió Poligny.

"Y pasó las páginas del libro de normas hasta llegar a la cláusula que especificaba los días en que ciertos palcos privados debían reservarse para el uso gratuito del presidente de la república, los ministros, etc. Al final de esta cláusula, se había añadido una línea, también con tinta roja:

"'El Palco Cinco del primer piso será puesto a disposición del fantasma de la Ópera para cada representación'.

"Cuando vimos esto, no nos quedó más remedio que levantarnos de nuestras sillas, estrechar calurosamente la mano a nuestros dos predecesores y felicitarlos por haber pensado en esta encantadora bromita, lo que demostraba que el antiguo sentido del humor francés nunca correría el riesgo de extinguirse. Richard añadió que ahora entendía por qué los señores Debienne y Poligny se jubilaban de la dirección de la Academia Nacional de Música. Hacer negocios era imposible con un fantasma tan poco razonable".

«Ciertamente, no se recogen doscientos cuarenta mil francos así porque sí», dijo el señor Poligny, sin mover un músculo de su rostro. «¿Y han considerado lo que supuso para nosotros la pérdida del Palco Cinco? No lo vendimos ni una vez; y no solo eso, sino que tuvimos que devolver el abono: ¡es terrible! ¡Realmente no podemos trabajar para mantener fantasmas! ¡Preferimos irnos!».

«Sí», secundó el señor Debienne, «preferimos irnos. Vámonos».

Y se puso en pie. Richard dijo: «Pero, al fin y al cabo, me parece que han sido demasiado amables con el fantasma. Si yo tuviera un fantasma tan molesto como ese, no dudaría en hacer que lo detuvieran».

«¿Pero cómo? ¿Dónde?», gritaron a coro. «¡Nunca lo hemos visto!».

«¿Pero cuando viene a su palco?».

«NUNCA LO HEMOS VISTO EN SU PALCO».

«Entonces véndanlo».

«¿Vender el palco del fantasma de la Ópera? Bueno, señores, inténtenlo».

Acto seguido, los cuatro abandonamos el despacho. Richard y yo «no nos habíamos reído tanto en nuestras vidas».

Capítulo IV. El Palco Cinco

Armand Moncharmin escribió unas memorias tan voluminosas durante el periodo, bastante largo, de su cogestión, que bien podríamos preguntarnos si alguna vez encontró tiempo para ocuparse de los asuntos de la Ópera que no fueran relatar lo que allí sucedía. El señor Moncharmin no sabía una nota de música, pero llamaba por su nombre de pila al ministro de Educación y Bellas Artes, había hecho sus pinitos en el periodismo social y disfrutaba de unos considerables ingresos privados. Por último, era un tipo encantador y demostró que no le faltaba inteligencia, pues, en cuanto tomó la decisión de ser un socio capitalista en la Ópera, eligió al mejor gestor activo posible y fue directo a Firmin Richard.

Firmin Richard era un compositor muy distinguido, que había publicado varias obras de éxito de todo tipo y al que le gustaba casi toda forma de música y toda clase de músico. Por tanto, estaba claro que era deber de toda clase de músico apreciar al señor Firmin Richard. Lo único que se podía decir en su contra era que tenía unos modales algo autoritarios y que estaba dotado de un carácter muy irascible.

Los primeros días que los socios pasaron en la Ópera los dedicaron al deleite de encontrarse al frente de una empresa tan magnífica; y se habían olvidado por completo de aquella curiosa y fantástica historia del fantasma, cuando ocurrió un incidente que les demostró que la broma —si es que lo era— no había terminado. El señor Firmin Richard llegó a su despacho aquella mañana a las once. Su secretario, el señor Remy, le mostró media docena de cartas que no había abierto porque estaban marcadas como «privadas». Una de las cartas llamó de inmediato la atención de Richard, no solo porque el sobre estaba dirigido con tinta roja, sino porque le parecía haber visto la letra anteriormente. Pronto recordó que era la caligrafía roja con la que se había completado tan curiosamente el cuaderno de notas. Reconoció la letra torpe y aniñada. Abrió la carta y leyó:

ESTIMADO SEÑOR DIRECTOR:

Lamento tener que molestarle en un momento en que debe estar tan ocupado, renovando contratos importantes, firmando otros nuevos y haciendo gala, en general, de su excelente gusto. Sé lo que ha hecho por Carlotta, Sorelli y la pequeña Jammes, y por algunas otras cuyas admirables cualidades de talento o genio usted ha sospechado.

Por supuesto, cuando utilizo estas palabras, no pretendo aplicarlas a La Carlotta, que canta como una regadera y a la que nunca se debería haber permitido abandonar el Ambassadeurs y el Café Jacquin; ni a La Sorelli, que debe su éxito principalmente a los carroceros; ni a la pequeña Jammes, que baila como un ternero en un campo. Y tampoco hablo de Christine Daaé, aunque su genio es indudable, mientras que sus celos le impiden crear cualquier papel importante. Al fin y al cabo, usted es libre de dirigir su pequeño negocio como crea conveniente, ¿no es así?

Con todo, me gustaría aprovechar el hecho de que aún no ha echado a Christine Daaé a la calle para escucharla esta noche en el papel de Siebel, ya que el de Margarita le ha sido prohibido desde su triunfo de la otra noche; y le pediré que no disponga de mi palco hoy ni en los DÍAS SIGUIENTES, pues no puedo terminar esta carta sin decirle lo desagradablemente sorprendido que me he sentido una o dos veces al enterarme, al llegar a la Ópera, de que mi palco había sido vendido, en taquilla, por orden suya.

No protesté, primero, porque detesto el escándalo y, segundo, porque pensé que sus predecesores, los señores Debienne y Poligny, que siempre fueron encantadores conmigo, habían omitido mencionarle mis pequeñas manías antes de marcharse. He recibido ahora una respuesta de aquellos señores a mi carta solicitando una explicación, y esta respuesta demuestra que usted sabe todo lo referente a mi cuaderno de notas y, por consiguiente, que me está tratando con un desprecio indignante. SI DESEA VIVIR EN PAZ, NO DEBE EMPEZAR QUITÁNDOME MI PALCO PRIVADO.

Créame, estimado señor Director, sin perjuicio de estas pequeñas observaciones,

Su más humilde y obediente servidor, EL FANTASMA DE LA ÓPERA.

La carta iba acompañada de un recorte de la columna de anuncios de la Revue Théâtrale, que decía:

O. G.—No hay excusa para R. y M. Se lo dijimos y dejamos su cuaderno de notas en sus manos. Saludos cordiales.

El señor Firmin Richard apenas había terminado de leer esta carta cuando entró el señor Armand Moncharmin, llevando una exactamente igual. Se miraron y se echaron a reír.

«Siguen con la broma», dijo el señor Richard, «pero no me parece gracioso».

«¿Qué significa todo esto?», preguntó el señor Moncharmin. «¿Se imaginan que, porque han sido directores de la Ópera, vamos a dejarles un palco por tiempo indefinido?».

«No estoy de humor para que se rían de mí durante mucho tiempo», dijo Firmin Richard.

«Es bastante inofensivo», observó Armand Moncharmin. «¿Qué es lo que quieren realmente? ¿Un palco para esta noche?».

El señor Firmin Richard le dijo a su secretario que enviara el Palco Cinco del primer piso a los señores Debienne y Poligny, si no estaba vendido. No lo estaba. Se les envió. Debienne vivía en la esquina de la rue Scribe y el bulevar de las Capuchinas; Poligny, en la rue Auber. Las dos cartas del Fantasma habían sido enviadas desde la oficina de correos del bulevar de las Capuchinas, como señaló Moncharmin tras examinar los sobres.

«¡Ya ve!», dijo Richard.

Se encogieron de hombros y lamentaron que dos hombres de esa edad se divirtieran con tales trucos infantiles.

«¡Podrían haber sido educados, a pesar de todo!», dijo Moncharmin. «¿Se fijó en cómo nos tratan con respecto a Carlotta, Sorelli y la pequeña Jammes?».

«¡Vaya, querido amigo, estos dos están locos de celos! ¡Pensar que se tomaron la molestia de pagar un anuncio en la Revue Théâtrale! ¿No tienen nada mejor que hacer?».

«A propósito», dijo Moncharmin, «¡parece que están muy interesados en esa tal Christine Daaé!».

«Sabe tan bien como yo que tiene fama de ser bastante buena», dijo Richard.

«La reputación se obtiene fácilmente», respondió Moncharmin. «¿Acaso no tengo fama de saberlo todo sobre música? Y no distingo una tonalidad de otra».

«No tema: usted nunca tuvo esa reputación», declaró Richard.

Acto seguido ordenó que hicieran pasar a los artistas que, desde hacía dos horas, paseaban de un lado a otro frente a la puerta tras la cual les aguardaba la fama y la fortuna, o el despido.

Pasaron todo el día discutiendo, negociando, firmando o cancelando contratos; y los dos agotados directores se fueron a la cama temprano, sin ni siquiera echar un vistazo al Palco Cinco para ver si el señor Debienne y el señor Poligny estaban disfrutando de la función.

A la mañana siguiente, los directores recibieron una tarjeta de agradecimiento del fantasma:

ESTIMADO SEÑOR DIRECTOR:

Gracias. Noche encantadora. Daaé exquisita. Los coros necesitan despertarse. Carlotta es un espléndido instrumento vulgar. Le escribiré pronto por los 240.000 francos, o 233.424 francos con 70 céntimos, para ser exactos. Los señores Debienne y Poligny me han enviado los 6.575 francos con 30 céntimos que representan los diez primeros días de mi asignación para el año en curso; sus privilegios terminaron la tarde del día diez del presente.

Saludos cordiales. O. G.

Por otro lado, había una carta de los señores Debienne y Poligny:

SEÑORES:

Les estamos muy agradecidos por su amable detalle, pero comprenderán fácilmente que la perspectiva de escuchar de nuevo Fausto, por placentera que sea para unos exdirectores de la Ópera, no puede hacernos olvidar que no tenemos derecho a ocupar el Palco Cinco del primer piso, que es propiedad exclusiva de AQUEL de quien les hablamos cuando repasamos el cuaderno de notas con ustedes por última vez. Véase la Cláusula 98, último párrafo.

Acepten, señores, etc.

«¡Oh, esos tipos empiezan a molestarme!», gritó Firmin Richard, arrebatando la carta.

Y esa noche se vendió el Palco Cinco.

A la mañana siguiente, los señores Richard y Moncharmin, al llegar a su despacho, encontraron un informe del inspector relativo a un incidente ocurrido la noche anterior en el Palco Cinco. Transcribo la parte esencial del informe:

Me vi obligado a llamar a un guardia municipal dos veces, esta noche, para desalojar el Palco Cinco del primer piso, una al principio y otra a mitad del segundo acto. Los ocupantes, que llegaron cuando se levantó el telón del segundo acto, armaron un verdadero escándalo con sus risas y sus observaciones ridículas. Hubo gritos de «¡Silencio!» a su alrededor y todo el público empezaba a protestar, cuando la acomodadora vino a buscarme. Entré en el palco y dije lo que consideré necesario. Las personas no me parecieron estar en sus cabales; hicieron comentarios estúpidos. Dije que, si el ruido se repetía, me vería obligado a desalojar el palco. En cuanto salí, oí de nuevo las risas, con nuevas protestas de la sala. Regresé con un guardia municipal, quien los echó. Protestaron, sin dejar de reír, diciendo que no se irían a menos que les devolvieran el dinero. Al final, se calmaron y les permití entrar de nuevo en el palco. Las risas recomenzaron de inmediato; y, esta vez, los hice echar definitivamente.

«Haga venir al inspector», dijo Richard a su secretario, quien ya había leído el informe y lo había marcado con lápiz azul.

El señor Remy, el secretario, había previsto la orden y llamó al inspector al instante.

«Díganos qué pasó», dijo Richard sin rodeos.

El inspector empezó a balbucear y se remitió al informe.

«Bueno, ¿pero de qué se reía esa gente?», preguntó Moncharmin.

«Debían de haber estado cenando, señor, y parecían más inclinados a bromear que a escuchar buena música. En cuanto entraron en el palco, volvieron a salir y llamaron a la acomodadora, que les preguntó qué querían. Dijeron: “Mire en el palco: no hay nadie, ¿verdad?”. “No”, dijo la mujer. “Bueno”, dijeron ellos, “¡cuando entramos, oímos una voz que decía QUE EL PALCO ESTABA OCUPADO!”».

El señor Moncharmin no pudo evitar sonreír al mirar al señor Richard; pero el señor Richard no sonrió. Él mismo había hecho demasiadas cosas de ese tipo en su época como para no reconocer, en la historia del inspector, todos los rasgos de esas bromas pesadas que empiezan divirtiendo y terminan enfureciendo a las víctimas. El inspector, para congraciarse con el señor Moncharmin, que estaba sonriendo, pensó que lo mejor era sonreír también. ¡Una sonrisa de lo más inoportuna! El señor Richard lanzó una mirada fulminante a su subordinado, quien a partir de ese momento se dedicó a poner cara de absoluta consternación.

«Sin embargo, cuando llegaron esas personas», rugió Richard, «no había nadie en el palco, ¿verdad?».

«¡Ni un alma, señor, ni un alma! Ni en el palco de la derecha, ni en el palco de la izquierda: ¡ni un alma, señor, se lo juro! La acomodadora me lo dijo suficientes veces, lo que demuestra que todo fue una broma».

«¡Ah, está de acuerdo, ¿verdad?!», dijo Richard. «¡Está de acuerdo! ¡Es una broma! ¿Y le parece gracioso, sin duda?».

«Me parece de muy mal gusto, señor».

«¿Y qué dijo la acomodadora?».

«Oh, simplemente dijo que era el fantasma de la Ópera. ¡Eso fue todo lo que dijo!».

Y el inspector sonrió. Pero pronto descubrió que se había equivocado al sonreír, pues no bien salieron las palabras de su boca, el señor Richard, de sombrío, se tornó furioso.

«¡Haga venir a la acomodadora!», gritó. «¡Que venga! ¡Ahora mismo! ¡Ahora mismo! ¡Y tráigamela aquí! ¡Y eche a toda esa gente!».

El inspector intentó protestar, pero Richard le cerró la boca con una airada orden de que se callara. Luego, cuando los labios del desdichado parecieron cerrados para siempre, el director le ordenó que los abriera una vez más.

«¿Quién es este “fantasma de la Ópera”?», gruñó.

Pero el inspector era ya incapaz de articular palabra. Logró dar a entender, mediante un gesto de desesperación, que no sabía nada al respecto, o mejor dicho, que no deseaba saberlo.

«¿Lo ha visto alguna vez, ha visto al fantasma de la Ópera?».

El inspector, mediante un vigoroso movimiento de cabeza, negó haber visto jamás al susodicho fantasma.

«¡Muy bien!», dijo el señor Richard con frialdad.

A los ojos del inspector se les salieron las órbitas, como queriendo preguntar por qué el director había pronunciado ese funesto «¡Muy bien!».

«¡Porque voy a ajustar las cuentas a cualquiera que no lo haya visto!», explicó el director. «Como parece que está en todas partes, no puedo permitir que la gente me diga que no lo ve en ninguna. ¡Me gusta que la gente trabaje para mí cuando la empleo!».

Dicho esto, el señor Richard no prestó atención al inspector y discutió varios asuntos de negocios con su gestor, que había entrado en la habitación mientras tanto. El inspector pensó que podía marcharse y se dirigía con delicadeza —¡oh, con mucha delicadeza!— hacia la puerta, cuando el señor Richard lo clavó en el suelo con un estruendoso:

«¡Quédese donde está!».

El señor Remy había enviado a buscar a la acomodadora a la rue de Provence, cerca de la Ópera, donde trabajaba como portera. Pronto hizo su aparición.

«¿Cómo se llama?».

«Mme. Giry. Me conoce de sobra, señor; soy la madre de la pequeña Giry, ¡la pequeña Meg!».

Esto lo dijo con un tono tan áspero y solemne que, por un momento, el señor Richard quedó impresionado. Miró a Mme. Giry, con su chal desteñido, sus zapatos desgastados, su viejo vestido de tafetán y su sombrero deslucido. Resultaba evidente, por la actitud del director, que no conocía o no recordaba haber conocido a Mme. Giry, ni siquiera a la pequeña Giry, ¡ni siquiera a la «pequeña Meg»! Pero el orgullo de Mme. Giry era tan grande que la célebre acomodadora imaginaba que todo el mundo la conocía.

«¡No he oído hablar de ella en mi vida!», declaró el director. «Pero eso no es motivo, Mme. Giry, para que no le pregunte qué ocurrió anoche para que usted y el inspector llamaran a un guardia municipal».

«Precisamente quería verle, señor, y hablarle de ello, para que no tuviera el mismo disgusto que los señores Debienne y Poligny. Ellos tampoco quisieron escucharme al principio».

«No le estoy preguntando por todo eso. Le pregunto qué ocurrió anoche».

Mme. Giry se puso morada de indignación. Nunca le habían hablado así. Se levantó como para irse, recogiendo los pliegues de su falda y agitando con dignidad las plumas de su deslucido sombrero, pero, cambiando de opinión, volvió a sentarse y dijo con voz altiva:

«Le diré lo que ocurrió. ¡El fantasma estaba molesto otra vez!».

Acto seguido, cuando el señor Richard estaba a punto de estallar, el señor Moncharmin intervino y dirigió el interrogatorio, del cual se dedujo que a Mme. Giry le parecía muy natural que se oyera una voz diciendo que un palco estaba ocupado, cuando no había nadie en él. No supo explicar este fenómeno, que no era nuevo para ella, salvo por la intervención del fantasma. Nadie podía ver al fantasma en su palco, pero todos podían oírlo. Ella lo había oído a menudo; y podían creerle, pues siempre decía la verdad. Podían preguntar a los señores Debienne y Poligny, y a cualquiera que la conociera; ¡y también al señor Isidore Saack, a quien el fantasma le rompió una pierna!

«¡De veras!», dijo Moncharmin, interrumpiéndola. «¿El fantasma le rompió la pierna al pobre Isidore Saack?».

Mme. Giry abrió los ojos con asombro ante tal ignorancia. Sin embargo, consintió en ilustrar a aquellos dos pobres inocentes. El asunto había ocurrido en tiempos de los señores Debienne y Poligny, también en el Palco Cinco y también durante una representación de FAUSTO. Mme. Giry tosió, se aclaró la garganta —sonó como si se preparara para cantar toda la partitura de Gounod— y comenzó:

«Fue así, señor. Aquella noche, el señor Maniera y su señora, los joyeros de la rue Mogador, estaban sentados en la parte delantera del palco, con su gran amigo, el señor Isidore Saack, sentado detrás de la señora Maniera. Mefistófeles cantaba» —Mme. Giry irrumpió aquí a cantar ella misma—: «“Catarina, mientras juegas a dormir”, y entonces el señor Maniera oyó una voz en su oído derecho (su esposa estaba a su izquierda) que decía: “¡Ja, ja! ¡Julie no está jugando a dormir!”. Casualmente su esposa se llamaba Julie. Entonces el señor Maniera se gira a la derecha para ver quién le estaba hablando así. ¡No había nadie! Se frota la oreja y se pregunta si está soñando. Luego Mefistófeles continuó con su serenata... Pero, ¿quizás les estoy aburriendo, señores?».

«No, no, continúe».

«Son ustedes demasiado amables, señores», dijo con una sonrisa afectada. «Bueno, pues Mefistófeles continuó con su serenata» —Mme. Giry irrumpió de nuevo a cantar—: «“Santa, abre tus puertas sagradas y concede la dicha, a un mortal que se inclina humildemente, de un beso de perdón”. Y entonces el señor Maniera oye de nuevo la voz en su oído derecho, diciendo, esta vez: “¡Ja, ja! ¡A Julie no le importaría conceder un beso a Isidore!”. Entonces se da la vuelta otra vez, pero, esta vez, hacia la izquierda; y ¿qué creen que ve? A Isidore, que había tomado la mano de su dama y la estaba cubriendo de besos a través del pequeño orificio redondo del guante, así, señores» —besando con arrebato el trocito de palma que quedaba al descubierto en medio de sus guantes de hilo—. «¡Entonces tuvieron un buen altercado! ¡Pum! ¡Pum! El señor Maniera, que era grande y fuerte, como usted, señor Richard, le dio dos golpes al señor Isidore Saack, que era pequeño y débil como el señor Moncharmin, con el debido respeto. Hubo un gran alboroto. La gente en la sala gritaba: “¡Ya basta! ¡Deténganlos! ¡Lo va a matar!”. Entonces, al final, el señor Isidore Saack consiguió huir».

«¿Entonces el fantasma no le había roto la pierna?», preguntó el señor Moncharmin, un poco molesto porque su figura hubiera causado tan poca impresión en Mme. Giry.

«Se la rompió, señor», respondió Mme. Giry con altivez. «Se la rompió en la gran escalera, por la que bajó demasiado rápido, señor, ¡y pasará mucho tiempo antes de que el pobre caballero pueda volver a subirla!».

«¿Le contó el fantasma lo que dijo en el oído derecho del señor Maniera?», preguntó el señor Moncharmin, con una gravedad que consideró sumamente divertida.

«No, señor, fue el propio señor Maniera. Así que...».

«¿Pero ha hablado usted con el fantasma, mi buena señora?».

«¡Como estoy hablando con usted ahora mismo, mi buen señor!», respondió Mme. Giry.

«Y cuando el fantasma le habla, ¿qué dice?».

«¡Bueno, me dice que le traiga un escabel!».

Esta vez, Richard estalló en carcajadas, al igual que Moncharmin y Remy, el secretario. Solo el inspector, escarmentado por la experiencia, se cuidó mucho de reír, mientras que Mme. Giry se atrevió a adoptar una actitud que era positivamente amenazadora.

«En lugar de reírse», gritó indignada, «harían mejor en hacer como el señor Poligny, que se enteró por sí mismo».

«¿Enterarse de qué?», preguntó Moncharmin, que nunca se había divertido tanto en su vida.

«¡Del fantasma, por supuesto! ... Mire aquí...».

Se calmó de repente, sintiendo que aquel era un momento solemne en su vida:

«MIRE AQUÍ», repitió. «Estaban representando La Juive. El señor Poligny pensó que vería la función desde el palco del fantasma... Bien, cuando Leopold grita: "¡Huyamos!" —ya sabe— y Eleazar los detiene y dice: "¿Adónde vais?"... bueno, el señor Poligny —yo lo estaba observando desde el fondo del palco contiguo, que estaba vacío— el señor Poligny se levantó y salió muy tieso, como una estatua, y antes de que tuviera tiempo de preguntarle: "¿Adónde vais?", como Eleazar, ya estaba al pie de la escalera, pero sin romperse una pierna.

»Aun así, eso no nos permite saber cómo el fantasma de la Ópera llegó a pedirle un escabel», insistió el señor Moncharmin.

»Bueno, desde aquella noche, nadie intentó quitarle al fantasma su palco privado. El director dio órdenes de que lo tuviera en cada representación. Y, siempre que venía, me pedía un escabel».

»¡Vaya, vaya! ¡Un fantasma pidiendo un escabel! Entonces, ¿este fantasma suyo es una mujer?»

»No, el fantasma es un hombre».

»¿Cómo lo sabe?»

»Tiene voz de hombre, ¡oh, qué voz de hombre tan encantadora! Esto es lo que sucede: cuando viene a la ópera, suele ser a mitad del primer acto. Da tres golpecitos en la puerta del palco cinco. La primera vez que escuché esos tres golpes, cuando sabía que no había nadie en el palco, ¡puede imaginar lo desconcertada que estaba! Abrí la puerta, escuché, miré; ¡nadie! Y entonces escuché una voz que decía: "Mme. Jules" —el nombre de mi pobre marido era Jules— "un escabel, por favor". Con su permiso, caballeros, me hizo sentir una sensación extraña. Pero la voz continuó: "No se asuste, Mme. Jules, ¡soy el fantasma de la Ópera!". Y la voz era tan suave y amable que apenas sentí miedo. LA VOZ ESTABA SENTADA EN LA SILLA DE LA ESQUINA, A LA DERECHA, EN LA PRIMERA FILA».

»¿Había alguien en el palco a la derecha del palco cinco?», preguntó Moncharmin.

»No; el palco siete y el palco tres, el de la izquierda, estaban ambos vacíos. El telón acababa de levantarse».

»¿Y qué hizo usted?»

»Bueno, traje el escabel. Por supuesto, no lo quería para él, ¡sino para su dama! Pero nunca la escuché ni la vi».

»¿Eh? ¿Qué? ¡Así que ahora el fantasma está casado!». Los ojos de los dos directores viajaron de Mme. Giry al inspector, quien, de pie detrás de la acomodadora, agitaba los brazos para llamar su atención. Se golpeó la frente con un dedo angustiado para expresar su opinión de que la viuda Jules Giry estaba ciertamente loca, una pantomima que confirmó al señor Richard en su determinación de deshacerse de un inspector que mantenía a una lunática a su servicio. Mientras tanto, la digna dama continuaba hablando de su fantasma, pintando ahora su generosidad:

»Al final de la función, siempre me da dos francos, a veces cinco, a veces hasta diez, cuando ha pasado muchos días sin venir. Solo que, desde que la gente ha empezado a molestarlo de nuevo, no me da nada en absoluto».

»Disculpe, buena mujer», dijo Moncharmin, mientras Mme. Giry sacudía las plumas de su sombrero raído ante esta persistente familiaridad, «disculpe, ¿cómo se las arregla el fantasma para darle sus dos francos?»

»Pues los deja en el pequeño estante del palco, por supuesto. Los encuentro con el programa, que siempre le entrego. Algunas noches, encuentro flores en el palco, una rosa que debe haber caído del corpiño de su dama... porque a veces trae a una dama con él; un día, olvidaron un abanico».

»Oh, ¿el fantasma dejó un abanico, eh? ¿Y qué hizo con él?»

»Bueno, lo llevé de vuelta al palco a la noche siguiente».

Aquí la voz del inspector se alzó.

»Ha roto las reglas; tendré que multarla, Mme. Giry».

»¡Cállese, idiota!», murmuró el señor Firmin Richard.

»Llevó de vuelta el abanico. ¿Y después?»

»Bueno, después se lo llevaron con ellos, señor; no estaba allí al final de la función; y en su lugar me dejaron una caja de dulces ingleses, que me gustan mucho. Ese es uno de los lindos detalles del fantasma».

»Eso es todo, Mme. Giry. Puede retirarse».

Cuando Mme. Giry se hubo despedido con una reverencia, con la dignidad que nunca la abandonaba, el director le dijo al inspector que habían decidido prescindir de los servicios de aquella vieja loca; y, cuando él se fue a su vez, dieron instrucciones al administrador para que liquidara las cuentas del inspector. Quedados a solas, los directores se contaron la idea que ambos tenían en mente, que no era otra que investigar ellos mismos ese pequeño asunto del palco cinco.

Capítulo V El violín encantado

Christine Daaé, debido a intrigas a las que volveré más tarde, no continuó inmediatamente su triunfo en la Ópera. Después de la famosa noche de gala, cantó una vez en casa de la Duquesa de Zúrich; pero esta fue la última ocasión en que se la escuchó en privado. Se negó, sin excusa plausible, a aparecer en un concierto benéfico al que había prometido su ayuda. Actuó en todo momento como si ya no fuera dueña de su propio destino y como si temiera un nuevo triunfo.

Sabía que el Conde de Chagny, para complacer a su hermano, había hecho todo lo posible en su nombre ante el señor Richard; y le escribió para darle las gracias y también para pedirle que dejara de hablar a su favor. La razón de esta curiosa actitud nunca se supo. Algunos pretendían que se debía a un orgullo desmedido; otros hablaban de su celestial modestia. Pero la gente del teatro no es tan modesta como todo eso; y creo que no estaré lejos de la verdad si atribuyo su acción simplemente al miedo. Sí, creo que Christine Daaé estaba asustada por lo que le había sucedido. Tengo una carta de Christine (forma parte de la colección del persa), relativa a este período, que sugiere un sentimiento de absoluta consternación:

«No me reconozco cuando canto», escribe la pobre niña.

No se dejó ver en ninguna parte; y el Vizconde de Chagny intentó en vano encontrarla. Le escribió pidiéndole visitarla, pero desesperaba de recibir respuesta cuando, una mañana, ella le envió la siguiente nota:

SEÑOR:

No he olvidado al niño que se metió en el mar para rescatar mi pañuelo. Siento que debo escribirle hoy, cuando voy a Perros, en cumplimiento de un deber sagrado. Mañana es el aniversario de la muerte de mi pobre padre, a quien usted conoció y quien le tenía mucho cariño. Está enterrado allí, con su violín, en el cementerio de la pequeña iglesia, al pie de la ladera donde solíamos jugar de niños, junto al camino donde, cuando éramos un poco más mayores, nos dijimos adiós por última vez.

El Vizconde de Chagny consultó apresuradamente una guía de ferrocarriles, se vistió tan rápido como pudo, escribió unas líneas para que su ayuda de cámara se las llevara a su hermano y saltó a un coche de caballos que lo llevó a la Gare Montparnasse justo a tiempo para perder el tren de la mañana. Pasó un día sombrío en la ciudad y no recuperó el ánimo hasta la noche, cuando estaba sentado en su compartimento del expreso de Bretaña. Leyó la nota de Christine una y otra vez, oliendo su perfume, recordando las dulces imágenes de su infancia, y pasó el resto de aquel tedioso viaje nocturno entre sueños febriles que empezaban y terminaban con Christine Daaé. Amanecía cuando bajó en Lannion. Se apresuró a tomar la diligencia para Perros-Guirec. Era el único pasajero. Preguntó al conductor y se enteró de que, la tarde del día anterior, una joven que parecía parisina había ido a Perros y se había alojado en la posada conocida como El Sol Poniente.

Cuanto más se acercaba a ella, con más cariño recordaba la historia de la pequeña cantante sueca. La mayoría de los detalles son aún desconocidos para el público.

Hubo una vez, en un pequeño pueblo comercial no lejos de Upsala, un campesino que vivía allí con su familia, cavando la tierra durante la semana y cantando en el coro los domingos. Este campesino tenía una pequeña hija a la que enseñó el alfabeto musical antes de que supiera leer. El padre de Daaé era un gran músico, quizás sin saberlo. Ningún violinista a lo largo y ancho de Escandinavia tocaba como él. Su reputación estaba extendida y siempre era invitado a poner a bailar a las parejas en bodas y otras fiestas. Su esposa murió cuando Christine entraba en su sexto año. Entonces el padre, que solo se preocupaba por su hija y su música, vendió su parcela de tierra y fue a Upsala en busca de fama y fortuna. No encontró más que pobreza.

Regresó al campo, vagando de feria en feria, rasgueando sus melodías escandinavas, mientras su hija, que nunca se separaba de su lado, lo escuchaba en éxtasis o cantaba al son de su música. Un día, en la feria de Ljimby, el profesor Valerius los escuchó y los llevó a Gotemburgo. Sostenía que el padre era el mejor violinista del mundo y que la hija tenía madera de gran artista. Su educación e instrucción fueron aseguradas. Ella hizo rápidos progresos y encantó a todos con su belleza, su gracia de modales y su genuino deseo de complacer.

Cuando Valerius y su esposa fueron a establecerse en Francia, llevaron a Daaé y a Christine con ellos. «Mamá» Valerius trataba a Christine como a su hija. En cuanto a Daaé, empezó a consumirse de nostalgia. Nunca salía de casa en París, sino que vivía en una especie de sueño que alimentaba con su violín. Durante horas, permanecía encerrado en su dormitorio con su hija, tocando y cantando, muy, muy suavemente. A veces, Mamá Valerius venía y escuchaba detrás de la puerta, se secaba una lágrima y bajaba de nuevo de puntillas, suspirando por sus cielos escandinavos.

Daaé no pareció recuperar las fuerzas hasta el verano, cuando toda la familia fue a alojarse en Perros-Guirec, en un rincón lejano de Bretaña, donde el mar era del mismo color que en su tierra natal. A menudo tocaba sus melodías más tristes en la playa y fingía que el mar dejaba de rugir para escucharlas. Y entonces convenció a Mamá Valerius para que accediera a un extraño capricho suyo. En la época de los «perdones», o peregrinaciones bretonas, las fiestas del pueblo y los bailes, se iba con su violín, como en los viejos tiempos, y le permitían llevarse a su hija con él durante una semana. Daban a las aldeas más pequeñas música para durarles un año y dormían por la noche en un granero, rechazando una cama en la posada, tumbados muy juntos sobre la paja, como cuando eran tan pobres en Suecia. Al mismo tiempo, iban muy pulcramente vestidos, no hacían colectas, rechazaban las monedas que les ofrecían; y la gente de alrededor no podía entender la conducta de aquel violinista rústico, que recorría los caminos con aquella niña bonita que cantaba como un ángel del Cielo. Los seguían de pueblo en pueblo.

Un día, un niño pequeño, que estaba de paseo con su institutriz, hizo que ella diera una caminata más larga de lo que pretendía, pues no podía separarse de la niña cuya voz pura y dulce parecía atarlo a ella. Llegaron a la orilla de una ensenada que todavía se llama Trestraou, pero que ahora, creo, alberga un casino o algo por el estilo. En aquel tiempo, no había nada más que cielo y mar y una extensión de playa dorada. Solo que, además, soplaba un fuerte viento, que arrastró el pañuelo de Christine hacia el mar. Christine dio un grito y extendió los brazos, pero el pañuelo estaba ya lejos en las olas. Entonces escuchó una voz que decía:

«No pasa nada, iré a buscar tu pañuelo al mar».

Y vio a un niño pequeño corriendo rápido, a pesar de los gritos y las indignadas protestas de una digna dama vestida de negro. El niño pequeño corrió al mar, vestido como estaba, y le trajo su pañuelo. El niño y el pañuelo estaban empapados. La dama de negro hizo un gran alboroto, pero Christine se rió alegremente y besó al niño, que no era otro que el Vizconde Raoul de Chagny, que se alojaba en Lannion con su tía.

Durante la temporada, se vieron y jugaron juntos casi todos los días. A petición de la tía, secundada por el profesor Valerius, Daaé accedió a dar al joven vizconde algunas lecciones de violín. De este modo, Raoul aprendió a amar los mismos aires que habían encantado la infancia de Christine. Ambos tenían también el mismo carácter tranquilo y soñador. Se deleitaban con las historias, con las viejas leyendas bretonas; y su pasatiempo favorito era ir a pedirlas a las puertas de las cabañas, como mendigos:

«Señora...» o, «Buen caballero... ¿tiene una pequeña historia que contarnos, por favor?»

Y rara vez ocurría que no se la «regalaran»; pues casi todas las viejas abuelas bretonas han visto, al menos una vez en su vida, bailar a los «korrigans» a la luz de la luna sobre el brezo.

Pero su gran deleite era, en el crepúsculo, en el gran silencio de la tarde, después de que el sol se hubiera puesto en el mar, cuando Daaé venía y se sentaba junto a ellos a la orilla del camino y, en voz baja, como si temiera asustar a los fantasmas que evocaba, les contaba las leyendas de las tierras del Norte. Y, en cuanto se callaba, los niños pedían más.

Había una historia que empezaba:

«Un rey estaba sentado en una pequeña barca en uno de aquellos lagos profundos y tranquilos que se abren como un ojo brillante en medio de las montañas noruegas...»

Y otra:

«La pequeña Lotte pensaba en todo y en nada. Su cabello era tan dorado como los rayos del sol y su alma tan clara y azul como sus ojos. Mimaba a su madre, era amable con su muñeca, cuidaba mucho su vestido y sus zapatitos rojos y su violín, pero sobre todo le encantaba, cuando se iba a dormir, escuchar al Ángel de la Música».

Mientras el anciano contaba esta historia, Raoul miraba los ojos azules y el cabello dorado de Christine; y Christine pensaba que Lotte tenía mucha suerte de escuchar al Ángel de la Música cuando se iba a dormir. El Ángel de la Música desempeñaba un papel en todos los cuentos de Papá Daaé; y sostenía que todo gran músico, todo gran artista recibía una visita del Ángel al menos una vez en su vida. A veces el Ángel se inclina sobre su cuna, como le ocurrió a Lotte, y así es como hay pequeños prodigios que tocan el violín a los seis años mejor que hombres de cincuenta, lo cual, hay que admitirlo, es muy maravilloso. A veces, el Ángel viene mucho más tarde, porque los niños son traviesos y no quieren aprender sus lecciones o practicar sus escalas. Y, a veces, no viene en absoluto, porque los niños tienen un mal corazón o una mala conciencia.

Nadie ve nunca al Ángel; pero es escuchado por aquellos que están destinados a oírlo. A menudo viene cuando menos lo esperan, cuando están tristes y desanimados. Entonces sus oídos perciben de repente armonías celestiales, una voz divina, que recuerdan durante toda su vida. Las personas visitadas por el Ángel se estremecen con una emoción desconocida para el resto de la humanidad. Y no pueden tocar un instrumento, o abrir la boca para cantar, sin producir sonidos que hacen que todos los demás sonidos humanos parezcan vergonzosos. Entonces la gente que no sabe que el Ángel ha visitado a esas personas dice que tienen genio.

La pequeña Christine preguntó a su padre si él había escuchado al Ángel de la Música. Pero Papá Daaé sacudió la cabeza con tristeza; y entonces sus ojos se iluminaron, mientras decía:

«¡Lo escucharás algún día, hija mía! Cuando esté en el Cielo, ¡te lo enviaré!»

Papá empezaba a toser en aquella época.

Tres años después, Raoul y Christine se encontraron de nuevo en Perros. El profesor Valerius había muerto, pero su viuda permaneció en Francia con Papá Daaé y su hija, que continuaron tocando el violín y cantando, envolviendo en su sueño de armonía a su amable protectora, que parecía vivir de la música en adelante. El joven, como era ahora, había ido a Perros con la esperanza de encontrarlos y fue directo a la casa en la que solían alojarse. Primero vio al anciano; y luego entró Christine, llevando la bandeja del té. Se sonrojó al ver a Raoul, quien se acercó a ella y la besó. Ella le hizo algunas preguntas, cumplió con sus deberes de anfitriona gentilmente, tomó la bandeja de nuevo y salió de la habitación. Luego corrió al jardín y se refugió en un banco, presa de sentimientos que agitaban su joven corazón por primera vez. Raoul la siguió y hablaron hasta la noche, muy tímidamente. Estaban completamente cambiados, cautelosos como dos diplomáticos, y se contaron cosas que no tenían nada que ver con sus incipientes sentimientos. Cuando se despidieron junto al camino, Raoul, imprimiendo un beso en la mano temblorosa de Christine, dijo:

«Mademoiselle, ¡nunca la olvidaré!»

Y se marchó lamentando sus palabras, pues sabía que Christine no podía ser la esposa del Vizconde de Chagny.

En cuanto a Christine, intentó no pensar en él y se dedicó por completo a su arte. Hizo progresos maravillosos y quienes la escuchaban profetizaban que sería la mayor cantante del mundo. Mientras tanto, el padre murió; y, de repente, pareció haber perdido, con él, su voz, su alma y su genio. Conservó lo justo, pero solo lo justo, de esto para entrar en el CONSERVATORIO, donde no se distinguió en absoluto, asistiendo a las clases sin entusiasmo y obteniendo un premio solo para complacer a la vieja Mamá Valerius, con quien continuó viviendo.

La primera vez que Raoul vio a Christine en la Ópera, quedó encantado por la belleza de la joven y por las dulces imágenes del pasado que evocaba, pero se sorprendió bastante por el lado negativo de su arte. Volvió a escucharla. La siguió entre bastidores. La esperó detrás de una escalera de mano. Intentó atraer su atención. Más de una vez, la siguió hasta la puerta de su palco, pero ella no lo vio. Parecía, por otra parte, no ver a nadie. Todo era indiferencia. Raoul sufría, pues ella era muy hermosa y él era tímido y no se atrevía a confesar su amor, ni siquiera a sí mismo. Y luego vino el relámpago de la función de gala: los cielos desgarrados y una voz de ángel escuchada en la tierra para el deleite de la humanidad y la conquista total de su corazón.

Y entonces... y entonces estaba aquella voz de hombre detrás de la puerta —«¡Debes amarme!»— y nadie en la habitación...

¿Por qué se rió cuando él le recordó el incidente del pañuelo? ¿Por qué no lo reconoció? ¿Y por qué le había escrito?...

Por fin llegaron a Perros. Raoul entró en la ahumada sala de estar de El Sol Poniente y de inmediato vio a Christine de pie ante él, sonriendo y sin mostrar asombro.

«Así que has venido», dijo ella. «Sentí que te encontraría aquí, cuando regresé de misa. Alguien me lo dijo, en la iglesia».

«¿Quién?», preguntó Raoul, tomando su pequeña mano en la suya.

«Pues mi pobre padre, que ha muerto».

Hubo un silencio; y entonces Raoul preguntó:

«¿Te dijo tu padre que te amo, Christine, y que no puedo vivir sin ti?»

Christine se sonrojó hasta las orejas y volvió la cabeza. Con voz temblorosa, dijo:

«¿A mí? ¡Estás soñando, amigo mío!»

Y se echó a reír, para darse ánimos.

«No te rías, Christine; hablo muy en serio», respondió Raoul.

Y ella replicó con gravedad: «No te hice venir para que me dijeras tales cosas».

«Me "hiciste venir", Christine; sabías que tu carta no me dejaría indiferente y que me apresuraría a ir a Perros. ¿Cómo pudiste pensar eso, si no pensabas que te amaba?»

«Pensé que recordarías nuestros juegos aquí, de niños, en los que mi padre participaba tan a menudo. En realidad no sé qué pensé... Tal vez me equivoqué al escribirte... Este aniversario y tu repentina aparición en mi palco de la Ópera, la otra noche, me recordaron el tiempo pasado y me hicieron escribirte como la niña que entonces era...»

Había algo en la actitud de Christine que a Raoul no le pareció natural. No sentía ninguna hostilidad en ella; lejos de eso: el afecto angustiado que brillaba en sus ojos se lo decía. Pero ¿por qué era angustiado este afecto? Eso era lo que él deseaba saber y lo que lo estaba irritando.

«Cuando me viste en tu camerino, ¿fue esa la primera vez que te fijaste en mí, Christine?»

Ella era incapaz de mentir.

«No», dijo, «te había visto varias veces en el palco de tu hermano. Y también en el escenario».

«¡Lo imaginaba!», dijo Raoul, apretando los labios. «Pero entonces, ¿por qué, cuando me viste en tu habitación, a tus pies, recordándote que había rescatado tu bufanda del mar, por qué respondiste como si no me conocieras y por qué también te reíste?»

El tono de estas preguntas era tan rudo que Christine se quedó mirando a Raoul sin responder. El joven mismo estaba horrorizado por la repentina disputa que se había atrevido a suscitar en el preciso momento en que había resuelto dirigir palabras de dulzura, amor y sumisión a Christine. Un marido, un amante con todos sus derechos, no hablaría de otra manera a una esposa, a una amante que lo hubiera ofendido. Pero había ido demasiado lejos y no veía otra forma de salir de la ridícula posición que comportarse de manera odiosa.

«¡No respondes!», dijo con ira y con tristeza. «Pues bien, responderé por ti. ¡Fue porque había alguien en la habitación que te estorbaba, Christine, alguien a quien no querías que supiera que podías interesarte por alguien más!»

«Si alguien me estorbaba, amigo mío», interrumpió Christine con frialdad, «si alguien me estorbaba esa noche, ¡eras tú, ya que te dije que salieras de la habitación!»

«¡Sí, para que pudieras quedarte con el otro!»

«¿Qué estás diciendo, monsieur?», preguntó la joven con agitación. «¿Y a qué otro te refieres?»

«¡Al hombre a quien dijiste: "¡Solo canto para ti! ... ¡esta noche te entregué mi alma y estoy muerta!"»

Christine agarró el brazo de Raoul y lo apretó con una fuerza que nadie habría sospechado en una criatura tan frágil.

«¿Entonces estabas escuchando detrás de la puerta?»

«Sí, porque te amo con todo... Y lo escuché todo...»

«¿Escuchaste qué?»

Y la joven, volviéndose extrañamente tranquila, soltó el brazo de Raoul.

«Él te dijo: "¡Christine, debes amarme!"»

Ante estas palabras, una palidez mortal se extendió por el rostro de Christine, se formaron ojeras alrededor de sus ojos, se tambaleó y pareció a punto de desmayarse. Raoul se lanzó hacia adelante, con los brazos extendidos, pero Christine había superado su desmayo pasajero y dijo, en voz baja:

«¡Continúa! ¡Continúa! ¡Dime todo lo que escuchaste!»

Sin entender absolutamente nada, Raoul respondió: «Le oí responder, cuando dijiste que le habías entregado tu alma: "Tu alma es una cosa hermosa, niña, y te lo agradezco. Ningún emperador recibió jamás un regalo tan hermoso. Los ángeles lloraron esta noche"».

Christine se llevó la mano al corazón, presa de una emoción indescriptible. Sus ojos miraban fijamente ante ella como los de una loca. Raoul estaba aterrorizado. Pero de repente los ojos de Christine se humedecieron y dos grandes lágrimas resbalaron, como dos perlas, por sus mejillas de marfil.

«¡Christine!»

«¡Raoul!»

El joven intentó tomarla en sus brazos, pero ella escapó y huyó en gran desorden.

Mientras Christine permanecía encerrada en su habitación, Raoul no sabía qué hacer. Se negó a desayunar. Estaba terriblemente preocupado y amargamente apenado por ver pasar las horas, que había esperado encontrar tan dulces, sin la presencia de la joven sueca. ¿Por qué no venía a pasear con él por el campo donde tenían tantos recuerdos en común? Se enteró de que había hecho decir una misa, esa mañana, por el descanso del alma de su padre y que pasó mucho tiempo rezando en la pequeña iglesia y sobre la tumba del violinista. Entonces, como parecía no tener nada más que hacer en Perros y, de hecho, no hacía nada allí, ¿por qué no regresaba a París de inmediato?

Raoul se alejó, abatido, hacia el cementerio en el que se alzaba la iglesia y estaba, en efecto, solo entre las tumbas, leyendo las inscripciones; pero, cuando dobló detrás del ábside, se sintió de repente impresionado por la nota deslumbrante de las flores que se esparcían sobre el suelo blanco. Eran maravillosas rosas rojas que habían florecido por la mañana, en la nieve, dejando entrever la vida entre los muertos, pues la muerte estaba a su alrededor. También ella, como las flores, surgía de la tierra, que había arrojado de vuelta a varios de sus cadáveres. Esqueletos y cráneos por cientos estaban amontonados contra la pared de la iglesia, mantenidos en posición por un alambre que dejaba visible toda la macabra pila. Huesos de hombres muertos, dispuestos en filas, como ladrillos, para formar la primera hilera sobre la que se habían construido los muros de la sacristía. La puerta de la sacristía se abría en medio de esa estructura ósea, como a menudo se ve en las antiguas iglesias bretonas.

Raoul rezó una oración por Daaé y luego, dolorosamente impresionado por todas esas sonrisas eternas en las bocas de los cráneos, subió la pendiente y se sentó en el borde del páramo que dominaba el mar. El viento amainó con la llegada de la noche. Raoul estaba rodeado por una oscuridad gélida, pero no sentía frío. Fue aquí, recordó, donde solía venir con la pequeña Christine para ver bailar a los Korrigans al salir la luna. Nunca había visto a ninguno, aunque sus ojos eran buenos, mientras que Christine, que era un poco corta de vista, fingía haber visto muchos. Sonrió ante el pensamiento y luego, de repente, dio un respingo. Una voz detrás de él dijo:

«¿Crees que los Korrigans vendrán esta noche?»

Era Christine. Intentó hablar. Ella puso su mano enguantada sobre su boca.

«Escucha, Raoul. He decidido decirte algo serio, muy serio... ¿Recuerdas la leyenda del Ángel de la Música?»

«Ciertamente», dijo. «Creo que fue aquí donde tu padre nos la contó por primera vez».

«Y fue aquí donde dijo: "Cuando esté en el Cielo, hija mía, te lo enviaré". Pues bien, Raoul, mi padre está en el Cielo, y he sido visitada por el Ángel de la Música».

«No me cabe duda de ello», respondió el joven con gravedad, pues le parecía que su amiga, en obediencia a un pensamiento piadoso, estaba vinculando el recuerdo de su padre con el brillo de su último triunfo.

Christine pareció asombrada por la frialdad del vizconde de Chagny:

«¿Cómo lo entiendes?», preguntó, acercando su rostro pálido al suyo tanto que él podría haber pensado que Christine iba a darle un beso; pero ella solo quería leer sus ojos a pesar de la oscuridad.

«Entiendo», dijo él, «que ningún ser humano puede cantar como cantaste la otra noche sin la intervención de algún milagro. Ningún profesor sobre la tierra puede enseñarte tales acentos como esos. Has escuchado al Ángel de la Música, Christine».

«Sí», dijo solemnemente, «EN MI CAMERINO. Es allí donde viene a darme mis lecciones diariamente».

«¿En tu camerino?», repitió él estúpidamente.

«Sí, ahí es donde lo he escuchado; y no he sido la única en escucharlo».

«¿Quién más lo escuchó, Christine?»

«Tú, amigo mío».

«¿Yo? ¿Yo escuché al Ángel de la Música?»

«Sí, la otra noche, era él quien hablaba cuando tú escuchabas detrás de la puerta. Era él quien decía: "Debes amarme". Pero entonces pensé que yo era la única en escuchar su voz. Imagina mi asombro cuando me dijiste, esta mañana, que tú también podías oírlo».

Raoul estalló en carcajadas. Los primeros rayos de la luna llegaron y envolvieron a los dos jóvenes en su luz. Christine se volvió hacia Raoul con aire hostil. Sus ojos, habitualmente tan dulces, lanzaron fuego.

«¿De qué te ríes? ¿Crees que escuchaste la voz de un hombre, supongo?»

«¡Pues!...», respondió el joven, cuyas ideas empezaban a confundirse ante la actitud decidida de Christine.

«¿Eres tú, Raoul, quien dice eso? ¡Tú, un viejo compañero de juegos mío! ¡Un amigo de mi padre! Pero has cambiado desde aquellos días. ¿En qué estás pensando? Soy una chica honesta, señor vizconde de Chagny, y no me encierro en mi camerino con voces de hombres. ¡Si hubieras abierto la puerta, habrías visto que no había nadie en la habitación!»

«¡Es cierto! Abrí la puerta, cuando ya te habías ido, y no encontré a nadie en la habitación».

«¡Entonces ya ves! ... ¿Y bien?»

El vizconde reunió todo su valor.

«Bueno, Christine, creo que alguien se está burlando de ti».

Ella lanzó un grito y salió corriendo. Él corrió tras ella, pero, en un tono de feroz ira, ella gritó: «¡Déjame! ¡Déjame!» Y desapareció.

Raoul regresó a la posada sintiéndose muy cansado, muy abatido y muy triste. Le dijeron que Christine se había ido a su habitación diciendo que no bajaría a cenar. Raoul cenó solo, con un humor muy sombrío. Luego fue a su habitación e intentó leer, se acostó e intentó dormir. No hubo sonido en la habitación contigua.

Las horas pasaron lentamente. Eran cerca de las once y media cuando escuchó claramente a alguien moverse, con paso ligero y sigiloso, en la habitación al lado de la suya. ¡Entonces Christine no se había acostado! Sin preocuparse por una razón, Raoul se vistió, cuidando de no hacer ruido, y esperó. ¿Esperó qué? ¿Cómo podría saberlo? Pero su corazón latía con fuerza en su pecho cuando escuchó la puerta de Christine girar lentamente sobre sus bisagras. ¿Adónde podría ir, a esta hora, cuando todo el mundo dormía profundamente en Perros? Abriendo suavemente la puerta, vio la forma blanca de Christine, a la luz de la luna, deslizándose por el pasillo. Bajó las escaleras y él se inclinó sobre la barandilla por encima de ella. De repente escuchó dos voces en rápida conversación. Captó una frase: «No pierdas la llave».

Era la voz de la posadera. La puerta que daba al mar se abrió y se cerró de nuevo. Entonces todo quedó en silencio.

Raoul corrió de vuelta a su habitación y abrió la ventana. La forma blanca de Christine estaba en el muelle desierto.

El primer piso del Sol Poniente no estaba a gran altura y un árbol que crecía contra la pared tendió sus ramas a los impacientes brazos de Raoul y le permitió bajar sin que la posadera lo supiera. Su asombro, por lo tanto, fue aún mayor cuando, a la mañana siguiente, el joven fue traído de vuelta a ella medio congelado, más muerto que vivo, y cuando se enteró de que había sido encontrado tendido a lo largo en los escalones del altar mayor de la pequeña iglesia. Corrió de inmediato a contárselo a Christine, quien se apresuró a bajar y, con la ayuda de la posadera, hizo lo posible por reanimarlo. Pronto abrió los ojos y no tardó en recuperarse cuando vio el rostro encantador de su amiga inclinado sobre él.

Unas semanas más tarde, cuando la tragedia en la Ópera obligó a la intervención del fiscal, el señor Mifroid, el comisario de policía, interrogó al vizconde de Chagny sobre los acontecimientos de la noche en Perros. Cito las preguntas y respuestas tal como aparecen en el informe oficial, págs. 150 y ss.:

P. «¿No vio la señorita Daaé que usted bajaba de su habitación por el curioso camino que eligió?»

R. «No, monsieur, no, aunque, al caminar detrás de ella, no me esforcé en amortiguar el sonido de mis pasos. De hecho, estaba ansioso por que ella se diera la vuelta y me viera. Me di cuenta de que no tenía excusa para seguirla y que esta forma de espiarla era indigna de mí. Pero ella parecía no escucharme y actuó exactamente como si yo no estuviera allí. Salió tranquilamente del muelle y luego, de repente, subió rápidamente por el camino. El reloj de la iglesia había marcado las doce menos cuarto y pensé que esto debía haberla hecho apresurarse, pues comenzó casi a correr y continuó haciéndolo hasta que llegó a la iglesia».

P. «¿Estaba abierta la puerta?»

R. «Sí, monsieur, y esto me sorprendió, pero no pareció sorprender a la señorita Daaé».

P. «¿No había nadie en el cementerio?»

R. «No vi a nadie; y, si hubiera habido alguien, debí haberlo visto. La luna brillaba sobre la nieve y hacía que la noche fuera bastante clara».

P. «¿Era posible que alguien se escondiera detrás de las lápidas?»

R. «No, monsieur. Eran lápidas muy pequeñas, pobres, parcialmente ocultas bajo la nieve, con sus cruces justo por encima del nivel del suelo. Las únicas sombras eran las de las cruces y las nuestras. La iglesia destacaba muy brillantemente. Nunca vi una noche tan clara. Hacía muy buen tiempo y mucho frío y se podía ver todo».

P. «¿Es usted en absoluto supersticioso?»

R. «No, monsieur, soy un católico practicante».

P. «¿En qué estado mental se encontraba?»

R. «Muy saludable y tranquilo, se lo aseguro. La curiosa acción de la señorita Daaé al salir a esa hora me había preocupado al principio; pero, tan pronto como la vi dirigirse al cementerio, pensé que pretendía cumplir algún deber piadoso en la tumba de su padre y consideré esto tan natural que recuperé toda mi calma. Solo me sorprendió que no me hubiera escuchado caminar detrás de ella, pues mis pasos eran bastante audibles sobre la nieve dura. Pero ella debía estar absorta en sus intenciones y decidí no molestarla. Se arrodilló junto a la tumba de su padre, se santiguó y comenzó a rezar. En ese momento, sonaron las doce. Con la última campanada, vi a la señorita Daaé levantar los ojos al cielo y extender sus brazos como en éxtasis. Me preguntaba cuál podría ser la razón, cuando yo mismo levanté la cabeza y todo dentro de mí pareció ser atraído hacia lo invisible, ¡QUE ESTABA TOCANDO LA MÚSICA MÁS PERFECTA! Christine y yo conocíamos esa música; la habíamos escuchado de niños. Pero nunca había sido ejecutada con tan divino arte, ni siquiera por el señor Daaé. Recordé todo lo que Christine me había contado del Ángel de la Música. La melodía era La Resurrección de Lázaro, que el viejo señor Daaé solía tocarnos en sus horas de melancolía y fe. Si el Ángel de Christine hubiera existido, no podría haber tocado mejor, esa noche, en el violín del difunto músico. Cuando la música se detuvo, me pareció escuchar un ruido proveniente de los cráneos en el montón de huesos; era como si estuvieran riéndose entre dientes y no pude evitar estremecerme».

P. «¿No se le ocurrió que el músico podría estar escondiéndose detrás de ese mismo montón de huesos?»

R. «Fue el único pensamiento que se me ocurrió, monsieur, tanto que omití seguir a la señorita Daaé cuando ella se levantó y caminó lentamente hacia la puerta. Estaba tan absorta en ese momento que no me sorprende que no me viera».

P. «¿Entonces qué sucedió para que fuera encontrado por la mañana tendido medio muerto en los escalones del altar mayor?»

R. «Primero un cráneo rodó a mis pies... luego otro... luego otro... Fue como si yo fuera el blanco de ese macabro juego de bolos. Y tuve la idea de que ese paso en falso debió destruir el equilibrio de la estructura detrás de la cual nuestro músico estaba oculto. Esta suposición pareció confirmarse cuando vi una sombra deslizarse de repente a lo largo del muro de la sacristía. Corrí hacia ella. La sombra ya había empujado la puerta y entrado en la iglesia. Pero yo fui más rápido que la sombra y agarré un rincón de su capa. En ese momento, estábamos justo frente al altar mayor; y los rayos de la luna caían directamente sobre nosotros a través de los vitrales del ábside. Como no solté la capa, la sombra se dio la vuelta; y vi una terrible cabeza de muerte, que me lanzó una mirada desde un par de ojos abrasadores. Sentí como si estuviera cara a cara con Satanás; y, ante la presencia de esta aparición sobrenatural, mi corazón cedió, mi valor me falló... y no recuerdo nada más hasta que recuperé la conciencia en el Sol Poniente».

Capítulo VI Una visita al palco cinco

Dejamos al señor Firmin Richard y al señor Armand Moncharmin en el momento en que decidían «investigar ese pequeño asunto del palco cinco».

Dejando atrás la amplia escalera que conduce desde el vestíbulo exterior de las oficinas de los directores hasta el escenario y sus dependencias, cruzaron el escenario, salieron por la puerta de los abonados y entraron en la sala a través del primer pasillo pequeño a la izquierda. Luego se abrieron paso a través de las primeras filas de butacas y miraron hacia el palco cinco en el gran anfiteatro. No podían verlo bien, porque estaba medio en la oscuridad y porque grandes cubiertas estaban echadas sobre el terciopelo rojo de las repisas de todos los palcos.

Estaban casi solos en la enorme y sombría sala; y un gran silencio los rodeaba. Era la hora en que la mayoría de los tramoyistas salen a tomar algo. El personal había abandonado las tablas por el momento, dejando una escena a medio montar. Unos pocos rayos de luz, una luz pálida y siniestra, que parecía haber sido robada de un astro moribundo, caían a través de alguna abertura sobre una vieja torre que levantaba sus almenas de cartón piedra en el escenario; todo, bajo esta luz engañosa, adoptaba una forma fantástica. En las butacas de orquesta, la alfombra que las cubría parecía un mar furioso, cuyas olas glaucas habían sido detenidas repentinamente por una orden secreta del fantasma de la tormenta, quien, como todo el mundo sabe, se llama Adamastor. Los señores Moncharmin y Richard eran los náufragos en medio de este movimiento inmóvil de un mar de percal. Se dirigieron a los palcos de la izquierda, abriéndose camino como marineros que abandonan su barco e intentan luchar para llegar a la orilla. Las ocho grandes columnas pulidas se alzaban en la penumbra como otros tantos enormes pilares que sostenían los amenazantes, desmoronados y panzudos acantilados cuyas capas estaban representadas por las líneas circulares, paralelas y onduladas de los balcones de los palcos del gran anfiteatro, primer y segundo piso. En la parte superior, justo en la cima del acantilado, perdidas en el techo de cobre del señor Lenepveu, figuras sonreían y hacían muecas, se reían y se mofaban de la angustia de los señores Richard y Moncharmin. Y sin embargo, estas figuras solían ser muy serias. Sus nombres eran Isis, Anfitrite, Hebe, Pandora, Psique, Tetis, Pomona, Dafne, Clitia, Galatea y Aretusa. Sí, la propia Aretusa y Pandora, a quien todos conocemos por su caja, miraban desde arriba a los dos nuevos directores de la Ópera, quienes terminaron aferrándose a algún resto del naufragio y desde allí contemplaron en silencio el palco cinco del gran anfiteatro.

He dicho que estaban angustiados. Al menos, eso supongo. El señor Moncharmin, en cualquier caso, admite que quedó impresionado. Para citar sus propias palabras, en sus Memorias:

«Esta chifladura sobre el fantasma de la Ópera en la que, desde que nos hicimos cargo de las obligaciones de los señores Poligny y Debienne, habíamos estado tan gratamente sumergidos» —el estilo de Moncharmin no siempre es irreprochable— «sin duda había terminado por cegar mis facultades imaginativas y también mis facultades visuales. Puede que el entorno excepcional en el que nos encontrábamos, en medio de un silencio increíble, nos impresionara en una medida inusual. Puede que fuéramos juguete de una especie de alucinación provocada por la semioscuridad del teatro y la penumbra parcial que llenaba el palco cinco. Sea como fuere, yo vi, y Richard también vio, una forma en el palco. Richard no dijo nada, ni yo tampoco. Pero nos asimos espontáneamente de la mano. Nos quedamos así durante unos minutos, sin movernos, con los ojos fijos en el mismo punto; pero la figura había desaparecido. Luego salimos y, en el vestíbulo, nos comunicamos nuestras impresiones y hablamos de "la forma". La desgracia fue que mi forma no se parecía en absoluto a la de Richard. Yo había visto algo parecido a una calavera descansando en el antepecho del palco, mientras que Richard vio la silueta de una anciana que se parecía a la señora Giry. Pronto descubrimos que en realidad habíamos sido víctimas de una ilusión, tras lo cual, sin más demora y riendo como locos, corrimos al palco cinco del gran anfiteatro, entramos y no encontramos forma de clase alguna».

El palco cinco es exactamente igual que los demás palcos del gran anfiteatro. No hay nada que lo distinga de ninguno de los otros. El señor Moncharmin y el señor Richard, ostensiblemente muy divertidos y riéndose el uno del otro, movieron los muebles del palco, levantaron las fundas y las sillas y examinaron particularmente el sillón en el que solía sentarse «la voz del hombre». Pero vieron que era un sillón respetable, sin magia alguna. En conjunto, el palco era el palco más ordinario del mundo, con sus colgaduras rojas, sus sillas, su alfombra y su antepecho cubierto de terciopelo rojo. Después, tras palpar la alfombra de la manera más seria posible y no descubrir nada ni allí ni en ninguna otra parte, bajaron al palco correspondiente del nivel de platea, justo debajo. En el palco cinco de la platea, que está justo dentro de la primera salida del patio de butacas a la izquierda, tampoco encontraron nada digno de mención.

«¡Toda esa gente se está burlando de nosotros!», terminó exclamando Firmin Richard. «El sábado se representará FAUSTO: ¡veamos ambos la función desde el palco cinco del gran anfiteatro!»

Capítulo VII Fausto y lo que siguió

El sábado por la mañana, al llegar a su despacho, los codirectores encontraron una carta de O. G. redactada en estos términos:

MIS QUERIDOS DIRECTORES:

¿Así que va a haber guerra entre nosotros?

Si aún desean la paz, aquí tienen mi ultimátum. Consta de las cuatro condiciones siguientes:

1. Deben devolverme mi palco privado; y deseo que, de ahora en adelante, esté a mi entera disposición.

2. El papel de Margarita será cantado esta noche por Christine Daae. No se preocupen por Carlotta; estará enferma.

3. Insisto absolutamente en los buenos y leales servicios de la señora Giry, mi acomodadora, a quien reintegrarán en sus funciones de inmediato.

4. Háganme saber mediante una carta entregada a la señora Giry, quien se encargará de hacérmela llegar, que aceptan, como hicieron sus predecesores, las condiciones de mi libreta de notas relativas a mi asignación mensual. Les informaré más adelante de cómo deben pagármela.

Si se niegan, representarán FAUSTO esta noche en un teatro maldito.

Sigan mi consejo y estén advertidos a tiempo. O. G.

«¡Escucha, estoy harto de él, harto de él!», gritó Richard, descargando los puños sobre la mesa de su despacho.

En ese momento, Mercier, el administrador, entró.

«Lachenel desearía ver a uno de ustedes, caballeros», dijo. «Dice que su asunto es urgente y parece bastante alterado».

«¿Quién es Lachenel?», preguntó Richard.

«Es su jefe de caballerizas».

«¿Qué quieres decir? ¿Mi jefe de caballerizas?».

«Sí, señor», explicó Mercier, «hay varios mozos de cuadra en la Ópera y el señor Lachenel está al frente de ellos».

«¿Y qué hace este mozo?».

«Tiene la dirección principal de la cuadra».

«¿Qué cuadra?».

«Pues la suya, señor, la cuadra de la Ópera».

«¿Hay una cuadra en la Ópera? Por mi palabra, no lo sabía. ¿Dónde está?».

«En los sótanos, del lado de la Rotonda. Es un departamento muy importante; tenemos doce caballos».

«¡Doce caballos! ¿Y para qué, en nombre del cielo?».

«Pues porque necesitamos caballos adiestrados para las procesiones en La judía, El profeta y demás; caballos "acostumbrados a las tablas". Es tarea de los mozos de cuadra enseñarlos. El señor Lachenel es muy hábil en ello. Solía dirigir las cuadras de Franconi».

«Muy bien... pero, ¿qué es lo que quiere?».

«No lo sé; nunca lo había visto en tal estado».

«Que pase».

El señor Lachenel entró, llevando una fusta, con la que se golpeó la bota derecha de manera irritable.

«Buenos días, señor Lachenel», dijo Richard, algo impresionado. «¿A qué debemos el honor de su visita?».

«Señor director, he venido a pedirle que se deshaga de toda la cuadra».

«¿Cómo, quiere que nos deshagamos de nuestros caballos?».

«No hablo de los caballos, sino de los mozos de cuadra».

«¿Cuántos mozos de cuadra tiene, señor Lachenel?».

«¡Seis mozos de cuadra! Eso es al menos dos más de la cuenta».

«Son "plazas"», intervino Mercier, «creadas e impuestas por el subsecretario de bellas artes. Están ocupadas por protegidos del gobierno y, si me atrevo a...».

«¡Me importa un bledo el gobierno!», rugió Richard. «No necesitamos más de cuatro mozos de cuadra para doce caballos».

«Once», dijo el jefe de caballerizas, corrigiéndolo.

«Doce», repitió Richard.

«Once», repitió Lachenel.

«¡Oh, el administrador me dijo que tenía doce caballos!».

«Tenía doce, pero solo tengo once desde que robaron a César».

Y el señor Lachenel se propinó un gran golpe en la bota con su fusta.

«¿Han robado a César?», gritó el administrador. «¿César, el caballo blanco de El profeta?».

«No hay dos Césares», dijo el jefe de caballerizas con sequedad. «Llevo diez años en Franconi y he visto muchos caballos en mi tiempo. Pues bien, no hay dos Césares. Y lo han robado».

«¿Cómo?».

«No lo sé. Nadie lo sabe. Por eso he venido a pedirle que despida a toda la cuadra».

«¿Qué dicen sus mozos de cuadra?».

«Todo tipo de tonterías. Algunos acusan a los figurantes. Otros pretenden que es el portero del administrador...».

«¿Mi portero? ¡Respondería por él como por mí mismo!», protestó Mercier.

«Pero, después de todo, señor Lachenel», gritó Richard, «debe tener alguna idea».

«Sí, la tengo», declaró el señor Lachenel. «Tengo una idea y le diré cuál es. No me cabe la menor duda». Se acercó a los dos directores y susurró: «¡Fue el fantasma quien hizo el truco!».

Richard dio un salto.

«¡Qué, usted también! ¡Usted también!».

«¿Qué quiere decir con "usted también"? ¿No es natural, después de lo que vi?».

«¿Qué vio?».

«¡Vi, tan claramente como le veo ahora, una sombra negra montando un caballo blanco que era como dos gotas de agua a César!».

«¿Y corrió tras ellos?».

«Lo hice y grité, pero eran demasiado rápidos para mí y desaparecieron en la oscuridad de la galería subterránea».

El señor Richard se levantó. «Eso es todo, señor Lachenel. Puede irse... Presentaremos una denuncia contra EL FANTASMA».

«¿Y despedir a mi cuadra?».

«¡Oh, por supuesto! Buenos días».

El señor Lachenel hizo una reverencia y se retiró. Richard echaba espuma por la boca.

«Liquide la cuenta de ese idiota de inmediato, por favor».

«¡Es amigo del representante del gobierno!», se aventuró a decir Mercier.

«Y toma su vermú en el Tortoni con Lagrene, Scholl y Pertuiset, el cazador de leones», añadió Moncharmin. «¡Tendremos a toda la prensa en nuestra contra! ¡Contará la historia del fantasma; y todo el mundo se reirá a nuestra costa! ¡Más vale estar muerto que ser ridículo!».

«Está bien, no hablemos más de ello».

En ese momento se abrió la puerta. Debía haber sido abandonada por su cancerbero habitual, pues la señora Giry entró sin ceremonia, con una carta en la mano, y dijo apresuradamente:

«Le pido perdón, discúlpenme, caballeros, pero he recibido esta mañana una carta del fantasma de la Ópera. Me dijo que viniera a verles, que ustedes tenían algo que...».

No terminó la frase. Vio el rostro de Firmin Richard; y era una visión terrible. Parecía a punto de estallar. No dijo nada, no podía hablar. Pero de repente actuó. Primero, su brazo izquierdo se apoderó de la estrafalaria persona de la señora Giry e hizo que describiera un semicírculo tan inesperado que ella lanzó un grito de desesperación. Después, su pie derecho imprimió su suela sobre el tafetán negro de una falda que ciertamente nunca antes había sufrido un ultraje similar en un lugar similar. La cosa ocurrió tan rápidamente que la señora Giry, cuando estaba en el pasillo, seguía totalmente desconcertada y parecía no entender. Pero, de repente, lo entendió; y la Ópera resonó con sus gritos indignados, sus violentas protestas y amenazas.

Casi al mismo tiempo, Carlotta, que tenía su propia casita en la Rue du Faubourg St. Honore, tocó el timbre para llamar a su criada, que le llevó las cartas a la cama. Entre ellas había una misiva anónima, escrita con tinta roja, con letra vacilante y torpe, que decía:

Si aparece esta noche, debe estar preparada para una gran desgracia en el momento en que abra la boca para cantar... una desgracia peor que la muerte.

La carta le quitó a Carlotta el apetito para el desayuno. Dejó a un lado el chocolate, se sentó en la cama y se puso a pensar profundamente. No era la primera carta de ese tipo que recibía, pero nunca había recibido una expresada en términos tan amenazantes.

Por aquel entonces se creía víctima de mil intentos celosos e iba por ahí diciendo que tenía un enemigo secreto que había jurado arruinarla. Fingía que se estaba tramando una perversa conspiración contra ella, una cábala que estallaría uno de estos días; pero añadía que ella no era mujer que se dejara intimidar.

La verdad es que, si había una cábala, la dirigía la propia Carlotta contra la pobre Christine, quien no sospechaba nada. Carlotta nunca le perdonó a Christine el triunfo que había conseguido al sustituirla sin previo aviso. Cuando Carlotta se enteró del asombroso recibimiento que se le brindó a su suplente, se curó al instante de un incipiente ataque de bronquitis y de un mal humor contra la dirección, y perdió la menor inclinación a eludir sus obligaciones. A partir de entonces, trabajó con todas sus fuerzas para «sofocar» a su rival, alistando los servicios de amigos influyentes para persuadir a los directores de que no dieran a Christine la oportunidad de un nuevo triunfo. Ciertos periódicos que habían empezado a ensalzar el talento de Christine se interesaron entonces solo por la fama de Carlotta. Por último, en el propio teatro, la célebre, pero insensible y desalmada diva, hacía los comentarios más escandalosos sobre Christine e intentaba causarle un sinfín de pequeñas molestias.

Cuando Carlotta terminó de reflexionar sobre la amenaza contenida en la extraña carta, se levantó.

«Ya veremos», dijo, añadiendo unos cuantos juramentos en su español nativo con aire muy decidido.

Lo primero que vio, al mirar por la ventana, fue un coche fúnebre. Era muy supersticiosa; y el coche fúnebre y la carta la convencieron de que corría los peligros más graves esa noche. Reunió a todos sus seguidores, les dijo que estaba amenazada en la función de esa noche con un complot organizado por Christine Daae y declaró que debían jugarle una mala pasada a esa chiquilla llenando el teatro con sus admiradores, los de Carlotta. No le faltaban, ¿verdad? Contaba con ellos para que se mantuvieran preparados ante cualquier eventualidad y para silenciar a los adversarios si, como temía, provocaban un altercado.

El secretario particular del señor Richard llamó para preguntar por la salud de la diva y regresó con la seguridad de que estaba perfectamente bien y que, «aunque se estuviera muriendo», cantaría el papel de Margarita esa noche. El secretario le instó, en nombre de su jefe, a no cometer imprudencias, a quedarse en casa todo el día y a tener cuidado con las corrientes de aire; y Carlotta no pudo evitar, después de que él se fuera, comparar este consejo inusual e inesperado con las amenazas contenidas en la carta.

Eran las cinco cuando el correo trajo una segunda carta anónima con la misma letra que la primera. Era breve y decía simplemente:

Tiene un fuerte resfriado. Si es sensata, verá que es una locura intentar cantar esta noche.

Carlotta se burló, se encogió de hombros con elegancia y cantó dos o tres notas para tranquilizarse.

Sus amigos cumplieron su promesa. Todos estaban en la Ópera aquella noche, pero buscaron en vano a los feroces conspiradores a los que debían reprimir. Lo único inusual era la presencia del señor Richard y del señor Moncharmin en el palco cinco. Los amigos de Carlotta pensaron que, tal vez, los directores habían tenido noticias, por su parte, del altercado propuesto y que habían decidido estar en el teatro para detenerlo allí mismo; pero esta era una suposición injustificable, como sabe el lector. El señor Richard y el señor Moncharmin no pensaban en otra cosa que en su fantasma.

«¡Vano! ¡En vano llamo, durante mi vigilia cansada, a la creación y a su Señor! ¡Ninguna respuesta romperá el silencio lúgubre! ¡Ninguna señal! ¡Ni una sola palabra!».

El famoso barítono, Carolus Fonta, apenas había terminado la primera invocación del Doctor Fausto a los poderes de las tinieblas, cuando el señor Firmin Richard, que estaba sentado en la propia silla del fantasma, la silla delantera de la derecha, se inclinó hacia su socio y le preguntó en tono de broma:

«Bueno, ¿el fantasma te ha susurrado ya alguna palabra al oído?».

«Espera, no tengas tanta prisa», respondió el señor Armand Moncharmin, en el mismo tono alegre. «La función apenas ha comenzado y sabes que el fantasma no suele aparecer hasta mediados del primer acto».

El primer acto transcurrió sin incidentes, lo que no sorprendió a los amigos de Carlotta, porque Margarita no canta en este acto. En cuanto a los directores, se miraron el uno al otro cuando cayó el telón.

«¡Es la primera!», dijo Moncharmin.

«Sí, el fantasma llega tarde», dijo Firmin Richard.

«No es un mal público», dijo Moncharmin, «para "un teatro maldito"».

El señor Richard sonrió y señaló a una mujer gorda, bastante vulgar, vestida de negro, sentada en una butaca en medio del patio de butacas con un hombre de levita de paño a cada lado.

«¿Quiénes demonios son "esos"?», preguntó Moncharmin.

«"Esos", mi querido amigo, son mi portera, su marido y su hermano».

«¿Les has dado tú las entradas?».

«Sí... Mi portera nunca había estado en la Ópera —esta es la primera vez— y, como ahora va a venir todas las noches, quería que tuviera un buen asiento antes de pasar su tiempo indicando a los demás dónde están los suyos».

Moncharmin preguntó a qué se refería y Richard respondió que había convencido a su portera, en quien tenía la mayor confianza, para que viniera a ocupar el lugar de la señora Giry. Sí, quería ver si, con esa mujer en lugar de la vieja lunática, el palco cinco seguiría asombrando a los lugareños.

«A propósito», dijo Moncharmin, «sabes que la madre Giry va a presentar una denuncia contra ti».

«¿Ante quién? ¿Ante el fantasma?».

¡El fantasma! Moncharmin casi lo había olvidado. Sin embargo, aquel misterioso personaje no hizo nada para darse a conocer a los directores; y precisamente se lo estaban diciendo por segunda vez cuando la puerta del palco se abrió de repente para dejar entrar al asombrado administrador.

«¿Qué ocurre?», preguntaron ambos, asombrados de verlo allí a tales horas.

«Parece que hay un complot urdido por los amigos de Christine Daae contra Carlotta. Carlotta está furiosa».

«¿Qué demonios...?», dijo Richard, frunciendo el ceño.

Pero se alzó el telón para la escena de la kermés y Richard hizo una señal al administrador para que se fuera. Cuando ambos estuvieron solos de nuevo, Moncharmin se inclinó hacia Richard:

«Entonces, ¿Daae tiene amigos?», preguntó.

«Sí, los tiene».

«¿Quiénes?».

Richard echó una mirada hacia un palco del gran anfiteatro que no contenía más que a dos hombres.

«¿El conde de Chagny?».

«Sí, me habló de ella con tanto entusiasmo que, de no haber sabido que es amigo de Sorelli...».

«¿De verdad? ¿De verdad?», dijo Moncharmin. «¿Y quién es ese joven pálido a su lado?».

«Es su hermano, el vizconde».

«Debería estar en la cama. Parece enfermo».

El escenario resonó con una alegre canción:

«¡Licor tinto o blanco, Tosco o fino! ¿Qué más da, mientras tengamos vino?».

Estudiantes, ciudadanos, soldados, muchachas y matronas giraban despreocupadamente ante la posada que tenía la figura de Baco como enseña. Siebel hizo su entrada. Christine Daae lucía encantadora con su ropa de muchacho; y los partidarios de Carlotta esperaban oírla saludar con una ovación que les habría aclarado las intenciones de sus amigos. Pero no ocurrió nada.

Por otra parte, cuando Margarita cruzó el escenario y cantó las dos únicas frases que se le asignaron en este segundo acto:

«No, mi señor, ni dama soy, ni belleza alguna, y no necesito un brazo que me ayude en mi camino»,

Carlotta fue recibida con aplausos entusiastas. Fue tan inesperado y tan fuera de lugar que quienes no sabían nada de los rumores se miraron unos a otros y preguntaron qué estaba pasando. Y este acto también terminó sin incidentes.

Entonces todos dijeron: «Por supuesto, será durante el próximo acto».

Algunos, que parecían estar mejor informados que el resto, declararon que el «alboroto» comenzaría con la balada del REY DE TULE y corrieron a la entrada de los abonados para avisar a Carlotta. Los directores abandonaron el palco durante el entreacto para averiguar más sobre la cábala de la que había hablado el administrador; pero pronto regresaron a sus asientos, encogiéndose de hombros y tratando todo el asunto como una tontería.

Lo primero que vieron, al entrar en el palco, fue una caja de bombones ingleses en el pequeño estante del antepecho. ¿Quién la había puesto allí? Preguntaron a los acomodadores, pero ninguno lo sabía. Luego volvieron al estante y, junto a la caja de bombones, encontraron unos gemelos de teatro. Se miraron el uno al otro. No tenían ganas de reír. Todo lo que la señora Giry les había dicho regresó a su memoria... y luego... y luego... les pareció sentir una curiosa clase de corriente de aire a su alrededor... Se sentaron en silencio.

La escena representaba el jardín de Margarita:

«Flores gentiles en el rocío, sed mi mensaje...».

Al cantar estos dos primeros versos, con su ramo de rosas y lilas en la mano, Christine, levantando la cabeza, vio al vizconde de Chagny en su palco; y, a partir de ese momento, su voz pareció menos segura, menos cristalina que de costumbre. Algo parecía amortiguar y enturbiar su canto...

«¡Qué chica tan rara es!», dijo uno de los amigos de Carlotta en el patio de butacas, casi en voz alta. «El otro día estuvo divina; y esta noche es un simple balido. No tiene experiencia, ni técnica».

«Flores gentiles, quedaos ahí y decidle de mi parte...».

El vizconde se tapó la cara con las manos y lloró. El conde, detrás de él, se mordía el bigote con rabia, se encogía de hombros y fruncía el ceño. Para que él, habitualmente tan frío y correcto, traicionara sus sentimientos internos de esa manera, con signos externos, el conde debía estar muy enfadado. Lo estaba. Había visto a su hermano regresar de un rápido y misterioso viaje en un estado de salud alarmante. La explicación que siguió fue insatisfactoria y el conde pidió a Christine Daae una cita. Ella tuvo la audacia de responder que no podía ver ni a él ni a su hermano...

«¡Si ella se dignara a escucharme y con una sonrisa alegrarme...!».

«¡La pequeña perdida!», gruñó el conde.

Y se preguntaba qué quería ella. Con qué estaba soñando... Era una chica virtuosa, se decía que no tenía amigos, ni protector de clase alguna... ¡Ese ángel del Norte debía ser muy astuto!

Raoul, detrás del telón de sus manos que velaban sus lágrimas de muchacho, solo pensaba en la carta que recibió a su regreso a París, adonde Christine, huyendo de Perros como una ladrona en la noche, había llegado antes que él:

MI QUERIDO PEQUEÑO COMPAÑERO DE JUEGOS:

Debes tener el valor de no volver a verme, de no volver a hablar de mí. Si me quieres aunque sea un poco, haz esto por mí, por mí que nunca te olvidaré, mi querido Raoul. Mi vida depende de ello. Tu vida depende de ello. TU PEQUEÑA CHRISTINE.

Truenos de aplausos. Carlotta hizo su entrada.

"Quisiera poder saber quién fue aquel Que se dirigió a mí, Si era noble, o, al menos, cuál es su nombre..."

Cuando Margarita terminó de cantar la balada del REY DE THULE, fue aclamada ruidosamente, y de nuevo cuando llegó al final de la canción de las joyas:

"¡Ah, alegría sin par estos brillantes diamantes llevar!..."

De ahí en adelante, segura de sí misma, segura de sus amigos en la sala, segura de su voz y de su éxito, sin temer a nada, Carlotta se lanzó a su papel sin freno de modestia... Ya no era Margarita, era Carmen. Fue aplaudida aún más; y su debut con Fausto parecía a punto de reportarle un nuevo éxito, cuando de repente... ocurrió algo terrible.

Fausto se había arrodillado sobre una rodilla:

"¡Déjame contemplar la forma que ante mí se inclina, Mientras desde el éter azul de allá arriba Mira cómo la estrella de la tarde, brillante y tierna, se demora sobre mí, ¡Para amar también tu belleza!"

Y Margarita respondió:

"¡Oh, qué extraño! ¡Como un hechizo me ata el atardecer! Y un encanto profundo y lánguido Siento sin temor Que con su melodía me envuelve Y todo mi corazón subyuga."

En ese instante, en ese preciso instante, ocurrió lo terrible... Carlotta graznó como un sapo:

"¡Croac!"

Había consternación en el rostro de Carlotta y consternación en los rostros de todo el público. Los dos directores en su palco no pudieron reprimir una exclamación de horror. Todos sintieron que aquello no era natural, que había brujería detrás. Aquel sapo olía a azufre. ¡Pobre, desgraciada, desesperada, destrozada Carlotta!

El alboroto en la sala fue indescriptible. Si aquello le hubiera ocurrido a cualquier otra persona que no fuera Carlotta, la habrían abucheado. Pero todos sabían cuán perfecto era el instrumento de su voz; y no hubo muestra de ira, sino solo de horror y consternación, el tipo de consternación que los hombres habrían sentido si hubieran presenciado la catástrofe que rompió los brazos de la Venus de Milo... E incluso entonces habrían visto... y comprendido...

¡Pero aquí aquel sapo era incomprensible! Tanto, que después de unos segundos pasados preguntándose si realmente había escuchado esa nota, ese sonido, ese ruido infernal brotar de su garganta, intentó convencerse de que no era así, de que era víctima de una ilusión, una ilusión del oído, y no de un acto de traición por parte de su voz...

Mientras tanto, en el Palco Cinco, Moncharmin y Richard se habían puesto muy pálidos. Este incidente extraordinario e inexplicable los llenó de un pavor que era tanto más misterioso cuanto que, desde hacía un tiempo, habían caído bajo la influencia directa del fantasma. Habían sentido su aliento. A Moncharmin se le erizaron los pelos. Richard se secó el sudor de la frente. Sí, el fantasma estaba allí, a su alrededor, detrás de ellos, a su lado; sentían su presencia sin verlo, escuchaban su aliento, ¡cerca, cerca, muy cerca de ellos!... Estaban seguros de que había tres personas en el palco... Temblaban... Pensaron en huir... No se atrevían... ¡No se atrevían a hacer un movimiento o intercambiar una palabra que le revelara al fantasma que sabían que estaba allí!... ¿Qué iba a suceder?

Sucedió esto.

"¡Croac!" Su exclamación conjunta de horror se escuchó en toda la sala. SINTIERON QUE ESTABAN PADECIENDO LOS ATAQUES DEL FANTASMA. Inclinados sobre el borde de su palco, miraban a Carlotta como si no la reconocieran. Esa chica infernal debía haber dado la señal de alguna catástrofe. ¡Ah, estaban esperando la catástrofe! ¡El fantasma les había dicho que vendría! ¡La casa tenía una maldición sobre ella! Los dos directores jadeaban y resoplaban bajo el peso de la catástrofe. La voz ahogada de Richard se escuchó llamando a Carlotta:

"¡Bueno, sigue!"

No, Carlotta no siguió... Valiente, heroicamente, comenzó de nuevo la línea fatal al final de la cual había aparecido el sapo.

Un silencio aterrador sucedió al alboroto. Solo la voz de Carlotta llenó una vez más la resonante sala:

"Siento sin temor..."

El público también sentía, pero no sin temor...

"Siento sin temor... Siento sin temor... ¡croac! Que con su melodía me envuelve... ¡croac! Y todo mi corazón subyu... ¡croac!"

¡El sapo también había comenzado de nuevo!

La sala estalló en un tumulto salvaje. Los dos directores se desplomaron en sus sillas y no se atrevieron ni siquiera a darse la vuelta; no tenían fuerzas; ¡el fantasma se estaba riendo a carcajadas a sus espaldas! Y, por fin, escucharon claramente su voz en sus oídos derechos, la voz imposible, la voz sin boca, diciendo:

"¡ESTA NOCHE CANTA PARA HACER CAER LA ARAÑA!"

Al unísono, elevaron sus ojos al techo y lanzaron un grito terrible. La araña, la inmensa masa de la araña, se deslizaba hacia abajo, acercándose hacia ellos, ante la llamada de esa voz diabólica. Liberada de su gancho, se precipitó desde el techo y se estrelló en medio de la platea, entre mil gritos de terror. Siguió una huida salvaje hacia las puertas.

Los periódicos de la época afirman que hubo numerosos heridos y un muerto. ¡La araña se había desplomado sobre la cabeza de la desgraciada mujer que había ido a la Ópera por primera vez en su vida, aquella a quien el señor Richard había designado para suceder a la señora Giry, la acomodadora del fantasma, en sus funciones! Murió en el acto y, a la mañana siguiente, un periódico apareció con este titular:

DOSCIENTOS KILOS SOBRE LA CABEZA DE UNA CONSERJE

¡Ese fue su único epitafio!

Capítulo VIII El misterioso carruaje

Aquella trágica velada fue mala para todos. Carlotta enfermó. En cuanto a Christine Daaé, desapareció tras la representación. Transcurrió una quincena durante la cual no se la vio ni en la Ópera ni fuera de ella.

Raoul, por supuesto, fue el primero en asombrarse por la ausencia de la prima donna. Le escribió al apartamento de la señora Valerius y no recibió respuesta. Su dolor aumentó y terminó por alarmarse seriamente al no ver nunca su nombre en el programa. FAUSTO se representó sin ella.

Una tarde fue a la oficina de los directores para preguntar el motivo de la desaparición de Christine. Los encontró a ambos con un aspecto extremadamente preocupado. Sus propios amigos no los reconocían: habían perdido toda su alegría y vitalidad. Se les veía cruzar el escenario con la cabeza gacha, el ceño marcado por las preocupaciones, las mejillas pálidas, como si fueran perseguidos por algún pensamiento abominable o presa de algún persistente juego del destino.

La caída de la araña les había acarreado no poca responsabilidad; pero era difícil hacer que hablaran de ello. La investigación había concluido con un veredicto de muerte accidental, causada por el desgaste de las cadenas mediante las cuales la araña estaba suspendida del techo; pero era deber tanto de los antiguos como de los nuevos directores haber descubierto ese desgaste y haberlo remediado a tiempo. Y me veo obligado a decir que los señores Richard y Moncharmin en aquel momento parecían tan cambiados, tan distraídos, tan misteriosos, tan incomprensibles que muchos de los suscriptores pensaron que algún evento aún más horrible que la caída de la araña debía haber afectado su estado mental.

En su trato diario, se mostraban muy impacientes, excepto con la señora Giry, quien había sido restituida en sus funciones. Y su recepción al vizconde de Chagny, cuando fue a preguntar por Christine, fue todo menos cordial. Simplemente le dijeron que se estaba tomando unas vacaciones. Él preguntó cuánto durarían las vacaciones, y ellos respondieron secamente que por un periodo ilimitado, ya que la señorita Daaé había solicitado permiso de ausencia por motivos de salud.

"¡Entonces está enferma!", exclamó él. "¿Qué le pasa?"

"No lo sabemos."

"¿No enviaron al médico de la Ópera a verla?"

"No, ella no lo pidió; y, como confiamos en ella, le creímos."

Raoul abandonó el edificio presa de los pensamientos más sombríos. Resolvió, pasara lo que pasara, ir a preguntar a mamá Valerius. Recordaba las frases contundentes de la carta de Christine, prohibiéndole hacer cualquier intento de verla. Pero lo que había visto en Perros, lo que había oído detrás de la puerta del camerino, su conversación con Christine al borde del páramo le hacían sospechar alguna maquinación que, por diabólica que fuera, no dejaba de ser humana. La imaginación exaltada de la joven, su mente afectuosa y crédula, la educación primitiva que había rodeado su infancia con un círculo de leyendas, la constante obsesión por su padre muerto y, sobre todo, el estado de éxtasis sublime al que la música la transportaba desde el momento en que este arte se le manifestaba en ciertas condiciones excepcionales, como en el cementerio de Perros; todo esto le parecía constituir un terreno moral demasiado favorable para los designios malévolos de alguna persona misteriosa y sin escrúpulos. ¿De quién era víctima Christine Daaé? Esta era la pregunta muy razonable que Raoul se hacía mientras se apresuraba hacia donde estaba mamá Valerius.

Temblaba al llamar a un pequeño apartamento en la Rue Notre-Dame-des-Victoires. La puerta fue abierta por la criada a quien había visto salir del camerino de Christine una noche. Preguntó si podía hablar con la señora Valerius. Le dijeron que estaba enferma en cama y que no recibía visitas.

"Lleve mi tarjeta, por favor", dijo.

La criada pronto regresó y lo condujo a un salón pequeño y escasamente amueblado, en el que los retratos del profesor Valerius y del viejo Daaé colgaban en paredes opuestas.

"Madame ruega al señor vizconde que la disculpe", dijo la sirvienta. "Solo puede recibirle en su dormitorio, porque ya no puede sostenerse sobre sus pobres piernas."

Cinco minutos después, Raoul fue introducido en una habitación mal iluminada donde reconoció de inmediato el rostro bueno y amable de la benefactora de Christine en la penumbra de una alcoba. El cabello de mamá Valerius era ahora completamente blanco, pero sus ojos no habían envejecido; nunca, al contrario, su expresión había sido tan brillante, tan pura, tan infantil.

"¡El señor de Chagny!", exclamó alegremente, tendiendo ambas manos a su visitante. "¡Ah, es el Cielo quien le envía aquí!... Podemos hablar de ELLA."

Esta última frase sonó muy lúgubre en los oídos del joven. Preguntó de inmediato:

"Madame... ¿dónde está Christine?"

Y la anciana respondió con calma:

"¡Está con su buen genio!"

"¿Qué buen genio?", exclamó el pobre Raoul.

"¡Pues el Ángel de la Música!"

El vizconde se dejó caer en una silla. ¿De verdad? ¿Christine estaba con el Ángel de la Música? ¡Y allí estaba mamá Valerius en la cama, sonriéndole y poniéndose un dedo en los labios para advertirle que guardara silencio! Y añadió:

"¡No debe decírselo a nadie!"

"Puede confiar en mí", dijo Raoul.

Apenas sabía lo que decía, pues sus ideas sobre Christine, ya muy confusas, se enredaban cada vez más; y parecía como si todo comenzara a girar alrededor de él, alrededor de la habitación, alrededor de esa extraordinaria buena señora de cabello blanco y ojos color nomeolvides.

"¡Lo sé! ¡Sé que puedo!", dijo ella con una risa feliz. "¿Pero por qué no se acerca a mí, como solía hacer cuando era un niño pequeño? Déme sus manos, como cuando me trajo la historia de la pequeña Lotte, que papá Daaé le había contado. Le tengo mucho cariño, señor Raoul, ¿sabe? ¡Y Christine también!"

"¡Me tiene cariño!", suspiró el joven. Le costaba recoger sus pensamientos y enfocarlos en el "buen genio" de mamá Valerius, en el Ángel de la Música del que Christine le había hablado tan extrañamente, en la calavera que había visto en una especie de pesadilla en el altar mayor de Perros y también en el fantasma de la Ópera, cuya fama había llegado a sus oídos una noche cuando estaba detrás del escenario, al alcance de un grupo de tramoyistas que repetían la espantosa descripción que el ahorcado, Joseph Buquet, había dado del fantasma antes de su misteriosa muerte.

Preguntó en voz baja: "¿Qué le hace pensar que Christine me tiene cariño, madame?"

"Solía hablar de usted todos los días."

"¿De verdad?... ¿Y qué le decía?"

"¡Me decía que usted le había hecho una propuesta!"

Y la buena anciana comenzó a reír de todo corazón. Raoul saltó de su silla, sonrojándose hasta las sienes, sufriendo agonías.

"¿Qué es esto? ¿Adónde va? Siéntese de nuevo ahora mismo, ¿quiere?... ¿Cree que le dejaré ir así?... Si está enfadado conmigo por reírme, le pido perdón... Después de todo, lo que ha pasado no es culpa suya... ¿No lo sabía?... ¿Pensaba que Christine estaba libre?..."

"¿Está Christine comprometida para casarse?", preguntó el desgraciado Raoul, con voz ahogada.

"¡Pues no! ¡Pues no!... ¡Sabe tan bien como yo que Christine no podría casarse, aunque quisiera!"

"¡Pero no sé nada al respecto!... ¿Y por qué no puede casarse Christine?"

"¡Por el Ángel de la Música, por supuesto!..."

"No le sigo..."

"¡Sí, él se lo prohíbe!..."

"¡Él se lo prohíbe!... ¡El Ángel de la Música le prohíbe casarse!"

"Oh, se lo prohíbe... sin prohibírselo. Es así: él le dice que, si se casara, nunca volvería a escucharle. ¡Eso es todo!... ¡Y que se iría para siempre!... Así que, ya comprende, no puede dejar ir al Ángel de la Música. Es muy natural."

"Sí, sí", repitió Raoul sumisamente, "es muy natural."

"Además, pensé que Christine le había contado todo eso, cuando se encontró con usted en Perros, adonde fue con su buen genio."

"Ah, ¿fue a Perros con su buen genio, verdad?"

"Es decir, él se las arregló para encontrarse con ella allá abajo, en el cementerio de Perros, junto a la tumba de Daaé. ¡Prometió tocarle La Resurrección de Lázaro con el violín de su padre!"

Raoul de Chagny se levantó y, con un aire muy autoritario, pronunció estas palabras perentorias:

"Madame, tendrá la bondad de decirme dónde vive ese genio."

La anciana no pareció sorprendida por esta indiscreta orden. Elevó los ojos y dijo:

"¡En el Cielo!"

Tal simplicidad lo desconcertó. No sabía qué decir ante la presencia de esta cándida y perfecta fe en un genio que descendía cada noche del Cielo para frecuentar los camerinos de la Ópera.

Ahora se daba cuenta del posible estado mental de una chica criada entre un violinista supersticioso y una anciana visionaria, y se estremeció al pensar en las consecuencias de todo ello.

"¿Sigue siendo Christine una buena chica?", preguntó de repente, a pesar de sí mismo.

"¡Lo juro, por lo que más quiera!", exclamó la anciana, quien, esta vez, parecía estar indignada. "¡Y, si lo duda, señor, no sé qué hace aquí!"

Raoul se retorció los guantes.

"¿Desde hace cuánto conoce a este 'genio'?"

"Desde hace unos tres meses... Sí, hace tres meses que empezó a darle lecciones."

El vizconde levantó los brazos con un gesto de desesperación.

"¡El genio le da lecciones!... ¿Y dónde, si se puede saber?"

"Ahora que se ha ido con él, no podría decir; pero, hasta hace quince días, era en el camerino de Christine. Sería imposible en este pequeño apartamento. Toda la casa los oiría. Mientras que, en la Ópera, a las ocho de la mañana, no hay nadie cerca, ¡ya ve!"

"¡Sí, ya veo! ¡Ya veo!", gritó el vizconde.

Y se despidió apresuradamente de la señora Valerius, quien se preguntaba si el joven noble no estaría un poco fuera de sus cabales.

Caminó de regreso a la casa de su hermano en un estado lamentable. ¡Podría haberse golpeado a sí mismo, haberse dado cabezazos contra las paredes! ¡Pensar que había creído en su inocencia, en su pureza! ¡El Ángel de la Música! ¡Ya lo conocía ahora! ¡Lo veía! ¡Sin duda era algún tenor indescriptible, un petimetre apuesto, que gesticulaba y ponía morritos mientras cantaba! Se consideraba tan absurdo y tan desgraciado como era posible. Oh, qué miserable, pequeño e insignificante joven era el señor vizconde de Chagny, pensó Raoul, furioso. ¡Y ella, qué criatura audaz y condenadamente astuta!

Su hermano lo estaba esperando y Raoul cayó en sus brazos, como un niño. El conde lo consoló, sin pedirle explicaciones; y Raoul ciertamente habría dudado mucho antes de contarle la historia del Ángel de la Música. Su hermano le sugirió llevarlo a cenar. Abrumado como estaba por la desesperación, Raoul probablemente habría rechazado cualquier invitación esa noche, si el conde no le hubiera dicho, como aliciente, que la dama de sus pensamientos había sido vista, la noche anterior, en compañía del otro sexo en el Bois. Al principio, el vizconde se negó a creerlo; pero recibió detalles tan exactos que dejó de protestar. Se la había visto, al parecer, paseando en un carruaje, con la ventana abierta. Parecía estar recibiendo lentamente el gélido aire nocturno. Había una luna esplendorosa brillando. Fue reconocida sin lugar a dudas. En cuanto a su acompañante, solo se distinguía su contorno sombrío reclinado en la oscuridad. El carruaje iba a paso de peatón por un camino solitario detrás de la tribuna principal en Longchamp.

Raoul se vistió con prisa frenética, dispuesto a olvidar su angustia lanzándose, como suele decirse, al "vórtice del placer". Por desgracia, fue un invitado muy triste y, dejando a su hermano temprano, se encontró, a las diez de la noche, en un coche de alquiler, detrás del hipódromo de Longchamp.

Hacía un frío amargo. El camino parecía desierto y muy brillante bajo la luz de la luna. Le dijo al cochero que lo esperara pacientemente en la esquina de un desvío cercano y, escondiéndose lo mejor que pudo, se quedó dando pisotones para entrar en calor. Había estado entregado a este saludable ejercicio durante media hora más o menos, cuando un carruaje dobló la esquina del camino y se dirigió tranquilamente en su dirección, a paso de peatón.

Al acercarse, vio que una mujer asomaba la cabeza por la ventana. Y, de repente, la luna arrojó un pálido resplandor sobre sus facciones.

"¡Christine!"

El nombre sagrado de su amor había brotado de su corazón y de sus labios. No pudo contenerlo... Habría dado cualquier cosa por retirarlo, porque ese nombre, proclamado en la quietud de la noche, había actuado como si fuera la señal preacordada para una carrera furiosa por parte de todo el carruaje, que pasó ante él antes de que pudiera ejecutar su plan de saltar a las cabezas de los caballos. La ventana del carruaje se había cerrado y el rostro de la joven había desaparecido. Y el carruaje, tras el cual ahora corría, no era más que un punto negro en el camino blanco.

Volvió a llamar: "¡Christine!"

Ninguna respuesta. Y se detuvo en medio del silencio.

Con ojos sin brillo, miró hacia aquel camino frío y desolado y hacia la pálida noche muerta. Nada era más frío que su corazón, nada tan muerto: ¡había amado a un ángel y ahora despreciaba a una mujer!

Raoul, ¡cómo se ha burlado de ti esa pequeña hada del Norte! ¿Era realmente, era realmente necesario tener un rostro tan fresco y joven, una frente tan tímida y siempre lista para cubrirse con el rubor rosado de la modestia para pasar en la noche solitaria, en un carruaje de caballos, acompañada por un amante misterioso? ¡Ciertamente debería haber algún límite para la hipocresía y la mentira!...

Ella había pasado sin responder a su grito... ¡Y él pensaba en morir; y tenía veinte años!...

Su criado lo encontró por la mañana sentado en su cama. No se había desvestido y el sirviente temió, al ver su rostro, que hubiera ocurrido algún desastre. Raoul arrebató sus cartas de las manos del hombre. Había reconocido el papel y la letra de Christine. Ella decía:

QUERIDO:

Ve al baile de máscaras en la Ópera la noche de pasado mañana. A las doce, estate en la pequeña habitación detrás de la chimenea del gran vestíbulo. Quédate cerca de la puerta que conduce a la Rotonda. No menciones esta cita a nadie en el mundo. Lleva un dominó blanco y ve cuidadosamente enmascarado. Como me amas, no te dejes reconocer. CHRISTINE.

Capítulo IX En el baile de máscaras

El sobre estaba cubierto de barro y sin sello. Llevaba las palabras "Entréguese al Sr. Vizconde Raoul de Chagny", con la dirección escrita a lápiz. Debió ser arrojado con la esperanza de que un transeúnte recogiera la nota y la entregara, que fue lo que sucedió. La nota había sido recogida en el pavimento de la Place de l'Opera.

Raoul la leyó de nuevo con ojos febriles. No hacía falta más para revivir su esperanza. El sombrío cuadro que por un momento había imaginado de una Christine olvidando su deber para con ella misma dio paso a su concepción original de una niña desafortunada e inocente, víctima de la imprudencia y de una sensibilidad exagerada. ¿Hasta qué punto, en ese momento, era ella realmente una víctima? ¿De quién era prisionera? ¿En qué torbellino había sido arrastrada? Se hacía estas preguntas con una angustia cruel; pero incluso este dolor parecía soportable al lado del frenesí al que le arrojaba el pensamiento de una Christine mentirosa y engañosa. ¿Qué había pasado? ¿A qué influencia había estado sometida? ¿Qué monstruo la había raptado y por qué medios? ...

¿Por qué medios, en efecto, sino por los de la música? Él conocía la historia de Christine. Tras la muerte de su padre, adquirió un disgusto por todo en la vida, incluyendo su arte. Atravesó el CONSERVATORIO como una pobre máquina de cantar sin alma. Y, de repente, despertó como por la intervención de un dios. ¡El Ángel de la Música apareció en escena! ¡Cantó Margarita en FAUSTO y triunfó! ...

¡El Ángel de la Música! ... Durante tres meses, el Ángel de la Música le había estado dando lecciones a Christine ... ¡Ah, era un maestro de canto puntual! ... ¡Y ahora la llevaba de paseo por el Bois! ...

Los dedos de Raoul se clavaron en su carne, sobre su celoso corazón. En su inexperiencia, se preguntaba ahora con terror qué juego estaba jugando la joven. ¿Hasta qué punto podía una cantante de ópera tomarle el pelo a un joven bonachón, totalmente nuevo en el amor? ¡Oh, miseria! ...

Así volaban los pensamientos de Raoul de un extremo a otro. Ya no sabía si compadecer a Christine o maldecirla; y la compadecía y la maldecía por turnos. En cualquier caso, compró un dominó blanco.

Llegó por fin la hora de la cita. Con el rostro cubierto por una máscara adornada con un encaje largo y grueso, pareciendo un pierrot con su envoltorio blanco, el vizconde se creyó muy ridículo. ¡Los hombres de mundo no van al baile de la Ópera disfrazados! Era absurdo. Una idea, sin embargo, consolaba al vizconde: ¡ciertamente nunca sería reconocido!

Este baile era un acontecimiento excepcional, dado algún tiempo antes de Carnaval, en honor al aniversario del nacimiento de un famoso dibujante; y se esperaba que fuera mucho más alegre, ruidoso y bohemio que el baile de máscaras ordinario. Muchos artistas habían planeado ir, acompañados por toda una cohorte de modelos y alumnos, quienes, para medianoche, empezaron a crear un alboroto tremendo. Raoul subió la gran escalinata a cinco minutos para las doce, no se detuvo a mirar los disfraces variopintos exhibidos a lo largo de los escalones de mármol, uno de los escenarios más ricos del mundo, no permitió que ninguna máscara jocosa le arrastrara a un duelo de ingenio, no respondió a bromas y se sacudió la audaz familiaridad de varias parejas que ya se habían vuelto un poco demasiado alegres. Cruzando el gran vestíbulo y escapando de un torbellino loco de bailarines en el que se vio atrapado por un momento, entró por fin en la habitación mencionada en la carta de Christine. La encontró abarrotada; pues este pequeño espacio era el punto donde todos los que iban a cenar a la Rotonda se cruzaban con los que regresaban de tomar una copa de champán. La diversión, aquí, se volvía rápida y furiosa.

Raoul se apoyó contra el poste de una puerta y esperó. No esperó mucho. Un dominó negro pasó y dio un rápido apretón a las puntas de sus dedos. Comprendió que era ella y la siguió:

—¿Eres tú, Christine? —preguntó entre dientes.

El dominó negro se dio la vuelta rápidamente y se llevó el dedo a los labios, sin duda para advertirle que no volviera a mencionar su nombre. Raoul continuó siguiéndola en silencio.

Tenía miedo de perderla, tras reencontrarla en circunstancias tan extrañas. Su rencor contra ella había desaparecido. Ya no dudaba de que ella no tenía "nada que reprocharse", por muy peculiar e inexplicable que pudiera parecer su conducta. Estaba dispuesto a hacer cualquier demostración de clemencia, perdón o cobardía. Estaba enamorado. Y, sin duda, pronto recibiría una explicación muy natural de su curiosa ausencia.

El dominó negro se volvía de vez en cuando para ver si el dominó blanco todavía la seguía.

Cuando Raoul pasó de nuevo por el gran vestíbulo, esta vez tras su guía, no pudo evitar notar a un grupo que se apiñaba alrededor de una persona cuyo disfraz, aire excéntrico y apariencia espantosa estaban causando sensación. Era un hombre vestido completamente de escarlata, con un sombrero enorme y plumas sobre una maravillosa calavera. De sus hombros colgaba una inmensa capa de terciopelo rojo, que arrastraba por el suelo como la cola de un rey; y en esta capa estaba bordado, en letras de oro, que todos leían y repetían en voz alta: "¡No me toquéis! ¡Soy la Muerte Roja que acecha por todas partes!".

Entonces uno, muy atrevido, intentó tocarlo... pero una mano esquelética salió disparada de una manga carmesí y agarró violentamente la muñeca del imprudente; y este, sintiendo el agarre de los huesos, la furiosa garra de la Muerte, lanzó un grito de dolor y terror. Cuando la Muerte Roja lo soltó por fin, huyó como un loco, perseguido por las burlas de los espectadores.

Fue en este momento cuando Raoul pasó frente al fúnebre enmascarado, que casualmente acababa de girar en su dirección. Y casi exclama:

—¡La calavera de Perros-Guirec!

¡Lo había reconocido! ... Quiso lanzarse hacia adelante, olvidando a Christine; pero el dominó negro, que también parecía presa de una extraña excitación, lo agarró del brazo y lo arrastró fuera del vestíbulo, lejos de la loca multitud a través de la cual acechaba la Muerte Roja...

El dominó negro seguía volviéndose y, al parecer, en dos ocasiones vio algo que la sobresaltó, pues apresuró su paso y el de Raoul como si fueran perseguidos.

Subieron dos pisos. Aquí, las escaleras y pasillos estaban casi desiertos. El dominó negro abrió la puerta de un palco privado y le hizo señas al dominó blanco para que la siguiera. Entonces Christine, a quien reconoció por el sonido de su voz, cerró la puerta tras ellos y le advirtió, en un susurro, que permaneciera al fondo del palco y que bajo ninguna circunstancia se mostrara. Raoul se quitó la máscara. Christine mantuvo la suya puesta. Y, cuando Raoul estuvo a punto de pedirle que se la quitara, se sorprendió al verla acercar el oído al tabique y escuchar con avidez algún sonido en el exterior. Luego abrió la puerta entreabierta, miró hacia el pasillo y, en voz baja, dijo:

—Debe haber subido más arriba. —De repente exclamó—: ¡Está bajando de nuevo!

Intentó cerrar la puerta, pero Raoul se lo impidió; pues había visto, en el último escalón de la escalera que conducía al piso superior, UN PIE ROJO, seguido por otro... y lenta, majestuosamente, todo el vestido escarlata de la Muerte Roja se encontró ante sus ojos. Y vio de nuevo la calavera de Perros-Guirec.

—¡Es él! —exclamó—. ¡Esta vez, no se me escapará! ...

Pero Christine había cerrado la puerta de un golpe en el momento en que Raoul estaba a punto de salir corriendo. Intentó apartarla.

—¿A quién te refieres con "él"? —preguntó ella, con voz cambiada—. ¿Quién no se te escapará?

Raoul intentó vencer la resistencia de la joven por la fuerza, pero ella lo repelió con una fuerza que él no habría sospechado en ella. Entendió, o creyó entender, y perdió los estribos de inmediato.

—¿Quién? —repitió con ira—. ¡Pues él, el hombre que se esconde detrás de esa horrible máscara de muerte! ... ¡El genio maligno del cementerio de Perros! ... ¡La Muerte Roja! ... En una palabra, señora, su amigo... ¡su Ángel de la Música! ... ¡Pero le arrancaré la máscara, al igual que me arrancaré la mía; y, esta vez, nos miraremos a la cara, él y yo, sin velo ni mentiras entre nosotros; y sabré a quién amas y quién te ama!

Soltó una carcajada loca, mientras Christine lanzaba un gemido desconsolado detrás de su máscara de terciopelo. Con un gesto trágico, extendió sus dos brazos, que fijaron una barrera de carne blanca contra la puerta.

—En nombre de nuestro amor, Raoul, ¡no pasarás! ...

Él se detuvo. ¿Qué había dicho? ... ¿En nombre de su amor? ... Nunca antes había confesado que lo amaba. Y, sin embargo, había tenido oportunidades de sobra ... ¡Bah, su único objetivo era ganar unos segundos! ... Quería darle tiempo a la Muerte Roja para escapar... Y, con acentos de odio infantil, dijo:

—¡Miente, señora, porque usted no me ama y nunca me ha amado! ¡Qué tipo tan pobre debo ser para permitir que usted se burle y se ría de mí como lo ha hecho! ¿Por qué me dio todas las razones para la esperanza, en Perros... para una esperanza honesta, señora, pues soy un hombre honesto y la creía a usted una mujer honesta, cuando su única intención era engañarme! ¡Ay, nos ha engañado a todos! ¡Se ha aprovechado vergonzosamente del afecto cándido de su propia benefactora, quien sigue creyendo en su sinceridad mientras usted va al baile de la Ópera con la Muerte Roja! ... ¡Le desprecio! ...

Y estalló en sollozos. Ella le permitió que la insultara. Solo pensaba en una cosa: evitar que saliera del palco.

—¡Algún día me pedirás perdón por todas esas palabras feas, Raoul, y cuando lo hagas, te perdonaré!

Él negó con la cabeza. —¡No, no, me has vuelto loco! ¡Cuando pienso que solo tenía un objetivo en la vida: darle mi nombre a una ramera de ópera!

—¡Raoul! ... ¿Cómo puedes?

—¡Moriré de vergüenza!

—No, querido, ¡vive! —dijo la voz grave y cambiada de Christine—. Y... adiós. Adiós, Raoul...

El muchacho dio un paso adelante, tambaleándose. Se arriesgó a un sarcasmo más:

—¡Oh, debe dejarme venir a aplaudirle de vez en cuando!

—¡Nunca volveré a cantar, Raoul! ...

—¿De verdad? —respondió él, aún más satíricamente—. Así que él la saca del escenario: ¡le felicito! ... ¡Pero nos veremos en el Bois, una de estas noches!

—Ni en el Bois ni en ninguna parte, Raoul: no volverás a verme...

—¿Se puede preguntar al menos a qué oscuridad regresa? ... ¿A qué infierno se marcha, misteriosa dama... o a qué paraíso?

—Vine a decírtelo, querido, pero no puedo decírtelo ahora... ¡no me creerías! Has perdido la fe en mí, Raoul; ¡se acabó!

Hablaba con una voz tan desesperada que el muchacho empezó a sentir remordimiento por su crueldad.

—¡Pero escucha! —gritó—. ¡No puedes decirme qué significa todo esto! ... Eres libre, no hay nadie que interfiera contigo... Vas por París... Te pones un dominó para venir al baile... ¿Por qué no te vas a casa? ... ¿Qué has estado haciendo estas últimas dos semanas? ... ¿Qué es ese cuento sobre el Ángel de la Música que le has estado contando a Mamá Valerius? Alguien puede haberte engañado, jugado con tu inocencia. Yo mismo fui testigo de ello, en Perros... ¡pero ahora ya sabes qué creer! Me pareces bastante sensata, Christine. Sabes lo que haces... Y mientras tanto, Mamá Valerius te espera en casa y apela a tu "buen genio"! ... ¡Explícate, Christine, te lo ruego! Cualquiera podría haber sido engañado como yo. ¿Qué es esta farsa?

Christine simplemente se quitó la máscara y dijo: —¡Querido, es una tragedia!

Raoul vio ahora su rostro y no pudo contener una exclamación de sorpresa y terror. La tez fresca de antaño había desaparecido. Una palidez mortal cubría aquellas facciones, que él había conocido tan encantadoras y gentiles, y la tristeza las había surcado con líneas despiadadas y trazado sombras oscuras e indescriptiblemente tristes bajo sus ojos.

—¡Mi querida! ¡Mi querida! —gimió, extendiendo los brazos—. Prometiste perdonarme...

—¡Quizás! ... ¡Algún día, quizás! —dijo, volviéndose a poner la máscara; y se alejó, prohibiéndole, con un gesto, que la siguiera.

Intentó desobedecerla; pero ella se dio la vuelta y repitió su gesto de despedida con tal autoridad que él no se atrevió a dar un paso.

La observó hasta que estuvo fuera de su vista. Luego él también bajó entre la multitud, sin saber apenas lo que hacía, con las sienes palpitantes y el corazón dolorido; y, mientras cruzaba la pista de baile, preguntó si alguien había visto a la Muerte Roja. Sí, todos habían visto a la Muerte Roja; pero Raoul no pudo encontrarlo; y, a las dos de la mañana, se dirigió por el pasillo, detrás del escenario, que conducía al camerino de Christine Daae.

Sus pasos lo llevaron a esa habitación donde por primera vez conoció el sufrimiento. Llamó a la puerta. No hubo respuesta. Entró, como había entrado cuando buscaba por todas partes "la voz del hombre". La habitación estaba vacía. Un mechero de gas ardía, bajo de intensidad. Vio papel de escribir en un pequeño escritorio. Pensó en escribir a Christine, pero oyó pasos en el pasillo. Solo tuvo tiempo de esconderse en la habitación interior, que estaba separada del camerino por una cortina.

Christine entró, se quitó la máscara con un movimiento de cansancio y la arrojó sobre la mesa. Suspiró y dejó caer su bonita cabeza entre sus dos manos. ¿En qué estaba pensando? ¿En Raoul? No, pues Raoul la oyó murmurar: "¡Pobre Erik!".

Al principio, pensó que debía estar equivocado. Para empezar, estaba persuadido de que, si alguien debía ser compadecido, era él, Raoul. Hubiera sido muy natural que ella hubiera dicho "Pobre Raoul", después de lo que había sucedido entre ellos. Pero, sacudiendo la cabeza, repitió: "¡Pobre Erik!".

¿Qué tenía que ver este Erik con los suspiros de Christine y por qué compadecía a Erik cuando Raoul estaba tan infeliz?

Christine empezó a escribir, deliberada, tranquila y tan plácidamente que Raoul, que todavía temblaba por los efectos de la tragedia que los separaba, quedó dolorosamente impresionado.

—¡Qué frialdad! —se dijo a sí mismo.

Siguió escribiendo, llenando dos, tres, cuatro hojas. De repente, levantó la cabeza y escondió las hojas en su corpiño... Parecía estar escuchando... Raoul también escuchó... ¿De dónde venía ese sonido extraño, ese ritmo distante? ... Un canto tenue parecía salir de las paredes... sí, ¡era como si las paredes mismas estuvieran cantando! ... El canto se hizo más claro... las palabras eran ahora distinguibles... oyó una voz, una voz muy hermosa, muy suave, muy cautivadora... pero, a pesar de su suavidad, seguía siendo una voz masculina... La voz se acercaba más y más... atravesaba la pared... se aproximaba... y ahora la voz estaba EN LA HABITACIÓN, frente a Christine. Christine se levantó y se dirigió a la voz, como si hablara con alguien:

—Aquí estoy, Erik —dijo—. Estoy lista. Pero llegas tarde.

Raoul, espiando desde detrás de la cortina, no podía creer lo que veían sus ojos, que no le mostraban nada. El rostro de Christine se iluminó. Una sonrisa de felicidad apareció en sus labios exangües, una sonrisa como la de los enfermos cuando reciben la primera esperanza de recuperación.

La voz sin cuerpo seguía cantando; y ciertamente Raoul nunca en su vida había oído nada más absoluta y heroicamente dulce, más gloriosamente insidioso, más delicado, más poderoso, en resumen, más irresistiblemente triunfante. La escuchó febrilmente y empezó a comprender cómo Christine Daae pudo aparecer una tarde, ante el público estupefacto, con acentos de una belleza hasta entonces desconocida, de una exaltación sobrehumana, mientras sin duda todavía estaba bajo la influencia del misterioso e invisible maestro.

La voz cantaba la Canción de noche de bodas de Romeo y Julieta. Raoul vio a Christine extender sus brazos hacia la voz como lo había hecho, en el cementerio de Perros, ante el violín invisible que tocaba La resurrección de Lázaro. Y nada podría describir la pasión con la que la voz cantaba:

"¡El destino te une a mí para siempre y un día más!"

Las notas atravesaron el corazón de Raoul. Luchando contra el encanto que parecía privarlo de toda su voluntad y toda su energía y de casi toda su lucidez en el momento en que más la necesitaba, logró retirar la cortina que lo ocultaba y caminó hacia donde estaba Christine. Ella misma se estaba moviendo hacia el fondo de la habitación, cuya pared entera estaba ocupada por un gran espejo que reflejaba su imagen, pero no la de él, pues estaba justo detrás de ella y totalmente cubierto por ella.

"¡El destino te une a mí para siempre y un día más!"

Christine caminó hacia su imagen en el espejo y la imagen vino hacia ella. Las dos Christines —la real y el reflejo— terminaron por tocarse; y Raoul extendió sus brazos para abrazar a las dos en un solo abrazo. Pero, por una especie de milagro deslumbrante que lo hizo tambalearse, Raoul fue arrojado repentinamente hacia atrás, mientras una ráfaga helada recorría su rostro; vio, no dos, sino cuatro, ocho, veinte Christines girando a su alrededor, riéndose de él y huyendo tan rápidamente que no podía tocar a ninguna de ellas. Al final, todo volvió a quedar inmóvil; y se vio a sí mismo en el espejo. Pero Christine había desaparecido.

Se lanzó hacia el cristal. Golpeó las paredes. ¡Nadie! Y mientras tanto la habitación todavía resonaba con un canto apasionado y distante:

"¡El destino te une a mí para siempre y un día más!"

¿Por qué camino, por qué camino se había ido Christine? ... ¿Por qué camino regresaría? ...

¿Regresaría? Ay, ¿no le había declarado que todo había terminado? Y, ¿no repetía la voz?

"¡El destino te une a mí para siempre y un día más!"

¿A mí? ¿A quién?

Entonces, agotado, vencido, con la mente vacía, se sentó en la silla que Christine acababa de dejar. Como ella, dejó caer la cabeza entre las manos. Cuando la levantó, las lágrimas corrían por sus jóvenes mejillas, lágrimas reales y pesadas como las que derraman los niños celosos, lágrimas que lloraban una pena que no era en absoluto fantasiosa, sino que es común a todos los amantes de la tierra y que él expresó en voz alta:

—¿Quién es este Erik? —dijo.

Capítulo X Olvida el nombre de la voz del hombre

El día después de que Christine se desvaneciera ante sus ojos en una especie de deslumbramiento que aún le hacía dudar de la evidencia de sus sentidos, el Sr. Vizconde de Chagny fue a preguntar a casa de Mamá Valerius. Se encontró con un cuadro encantador. Christine misma estaba sentada junto a la cama de la anciana, que estaba incorporada contra las almohadas, tejiendo. El rosa y el blanco habían vuelto a las mejillas de la joven. Las ojeras oscuras habían desaparecido. Raoul ya no reconocía el rostro trágico del día anterior. Si el velo de melancolía sobre aquellas adorables facciones no hubiera seguido pareciéndole al joven el último rastro del extraño drama en cuyas redes luchaba aquella niña misteriosa, podría haber creído que Christine no era la heroína en absoluto.

Se levantó, sin mostrar ninguna emoción, y le ofreció la mano. Pero la estupefacción de Raoul era tan grande que se quedó allí atónito, sin un gesto, sin una palabra.

—Bueno, Sr. de Chagny —exclamó Mamá Valerius—, ¿no conoce a nuestra Christine? ¡Su buen genio la ha traído de vuelta con nosotros!

—¡Mamá! —interrumpió la joven al punto, mientras un rubor intenso le subía hasta los ojos—. ¡Pensaba, mamá, que ya no se hablaría más de eso! ... ¡Sabes que no existe tal cosa como el Ángel de la Música!

—¡Pero, hija, te dio lecciones durante tres meses!

—Mamá, he prometido explicártelo todo uno de estos días; y espero hacerlo, ¡pero me has prometido, hasta ese día, estar callada y no hacerme ninguna otra pregunta en absoluto!

—¡Con tal de que hayas prometido no dejarme nunca más! Pero, ¿has prometido eso, Christine?

—Mamá, todo esto no puede interesarle al Sr. de Chagny.

—Al contrario, mademoiselle —dijo el joven, con una voz que intentó hacer firme y valiente, pero que aún temblaba—, todo lo que le concierne me interesa hasta un punto que quizá comprenda algún día. No niego que mi sorpresa es igual a mi placer al encontrarla con su madre adoptiva y que, después de lo sucedido entre nosotros ayer, después de lo que usted dijo y de lo que pude adivinar, difícilmente esperaba verla aquí tan pronto. Sería el primero en alegrarme de su regreso si usted no estuviera tan empeñada en conservar un secreto que puede serle fatal... y he sido su amigo demasiado tiempo para no alarmarme, junto a la Sra. Valerius, ante una desastrosa aventura que seguirá siendo peligrosa mientras no hayamos desentrañado sus hilos y de la que usted sin duda terminará siendo la víctima, Christine.

Ante estas palabras, Mamá Valerius se revolvió en su cama.

—¿Qué significa esto? —gritó—. ¿Está Christine en peligro?

—Sí, madame —dijo Raoul valientemente, a pesar de las señales que Christine le hacía.

—¡Dios mío! —exclamó la buena y sencilla anciana, jadeando—. ¡Debes contármelo todo, Christine! ¿Por qué intentaste tranquilizarme? ¿Y qué peligro es ese, Sr. de Chagny?

—Un impostor está abusando de su buena fe.

—¿Es el Ángel de la Música un impostor?

—Ella misma le dijo que no existe tal Ángel de la Música.

—¡Pero entonces, qué es, en nombre del cielo? ¡Me va a matar!

—¡Hay un misterio terrible a nuestro alrededor, madame, a su alrededor, alrededor de Christine, un misterio mucho más temible que cualquier número de fantasmas o genios!

Mamá Valerius volvió un rostro aterrorizado hacia Christine, quien ya había corrido hacia su madre adoptiva y la sostenía entre sus brazos.

—No le creas, mamá, no le creas —repetía ella.

—Entonces dime que no me dejarás nunca más —imploró la viuda.

Christine guardó silencio y Raoul prosiguió.

—Eso es lo que debe prometer, Christine. Es lo único que puede tranquilizar a su madre y a mí. Nos comprometeremos a no hacerle ni una sola pregunta sobre el pasado si nos promete permanecer bajo nuestra protección en el futuro.

—¡Ese es un compromiso que no les he pedido y una promesa que me niego a hacerles! —dijo la joven con altivez—. Soy dueña de mis actos, Sr. de Chagny: usted no tiene derecho a controlarlos, y le rogaré que desista de ahora en adelante. En cuanto a lo que he hecho durante la última quincena, solo hay un hombre en el mundo que tiene derecho a pedirme cuentas: ¡mi marido! Pues bien, ¡no tengo marido y nunca pienso casarme!

Extendió las manos para enfatizar sus palabras y Raoul palideció, no solo por las palabras que había escuchado, sino porque había visto un sencillo anillo de oro en el dedo de Christine.

—No tiene marido y, sin embargo, lleva una alianza.

Intentó agarrarle la mano, pero ella la retiró rápidamente.

—¡Es un regalo! —dijo, ruborizándose una vez más y esforzándose en vano por ocultar su embarazo.

—¡Christine! Como no tiene marido, ¡ese anillo solo puede habérselo dado alguien que espera convertirla en su esposa! ¿Por qué seguir engañándonos? ¿Por qué torturarme aún más? Ese anillo es una promesa; ¡y esa promesa ha sido aceptada!

—¡Eso es lo que dije yo! —exclamó la anciana.

—¿Y qué respondió ella, madame?

—Lo que me vino en gana —dijo Christine, exasperada—. ¿No cree, monsieur, que este interrogatorio ha durado ya bastante? En lo que a mí respecta...

Raoul temía dejarla terminar su discurso. La interrumpió:

—Le pido perdón por hablar como lo hice, mademoiselle. Usted conoce las buenas intenciones que me hacen entrometerme, en este momento, en asuntos que, sin duda, piensa que no tienen nada que ver conmigo. Pero permítame decirle lo que he visto —y he visto más de lo que usted sospecha, Christine— o lo que creí ver, pues, a decir verdad, a veces me he sentido inclinado a dudar de lo que veían mis ojos.

—Bueno, ¿qué vio usted, señor, o qué creyó ver?

—Vi su éxtasis AL SON DE LA VOZ, Christine: la voz que venía de la pared o de la habitación contigua a la suya... sí, ¡SU ÉXTASIS! Y eso es lo que me hace alarmarme por usted. Está bajo un hechizo muy peligroso. Y, sin embargo, parece que usted es consciente de la impostura, ¡porque dice hoy QUE NO EXISTE EL ÁNGEL DE LA MÚSICA! En ese caso, Christine, ¿por qué lo siguió aquella vez? ¿Por qué se puso en pie, con el rostro radiante, como si realmente escuchara a los ángeles? ... Ah, es una voz muy peligrosa, Christine, ¡porque yo mismo, cuando la escuché, quedé tan fascinado por ella que usted se desvaneció ante mis ojos sin que viera por qué camino pasó! Christine, Christine, en nombre del cielo, en nombre de su padre que está en el cielo ahora y que la quería tanto y que me quería a mí también, Christine, díganos, dígale a su benefactora y a mí, ¿a quién pertenece esa voz? Si lo hace, la salvaremos a pesar de usted misma. ¡Vamos, Christine, el nombre del hombre! ¡El nombre del hombre que tuvo la audacia de poner un anillo en su dedo!

—Sr. de Chagny —declaró la joven con frialdad—, ¡nunca lo sabrá!

Ante esto, al ver la hostilidad con la que su pupila se había dirigido al vizconde, Mamá Valerius se puso repentinamente del lado de Christine.

—Y, si ella ama a ese hombre, Monsieur le Vicomte, ¡incluso entonces no es asunto suyo!

—Por desgracia, madame —respondió Raoul humildemente, incapaz de contener sus lágrimas—, ¡por desgracia, creo que Christine realmente lo ama! ... ¡Pero no es solo eso lo que me lleva a la desesperación; pues de lo que no estoy seguro, madame, es de que el hombre al que Christine ama sea digno de su amor!

—¡Soy yo quien debe juzgar eso, monsieur! —dijo Christine, mirando a Raoul con enojo a la cara.

—Cuando un hombre —continuó Raoul—, adopta métodos tan románticos para atraer los afectos de una joven...

—El hombre debe ser un villano, o la joven una tonta: ¿es eso?

—¡Christine!

—Raoul, ¿por qué condenas a un hombre al que nunca has visto, a quien nadie conoce y sobre el que tú mismo no sabes nada?

—Sí, Christine... Sí... Al menos sé el nombre que pensabas ocultarme para siempre... ¡El nombre de tu Ángel de la Música, mademoiselle, es Erik!

Christine se delató al instante. Se puso blanca como el papel y tartamudeó: —¿Quién te lo dijo?

—¡Tú misma!

—¿Qué quieres decir?

—Compadeciéndolo la otra noche, la noche del baile de máscaras. Cuando fuiste a tu camerino, ¿no dijiste: "Pobre Erik"? Pues bien, Christine, hubo un pobre Raoul que te escuchó.

—¡Esta es la segunda vez que escuchas detrás de la puerta, Sr. de Chagny!

—No estaba detrás de la puerta... Estaba en el camerino, en la habitación interior, mademoiselle.

—¡Oh, hombre infeliz! —gimió la joven, mostrando signos de un terror indecible—. ¡Hombre infeliz! ¿Quieres que te maten?

—Tal vez.

Raoul pronunció este "tal vez" con tanto amor y desesperación en su voz que Christine no pudo contener un sollozo. Le tomó las manos y lo miró con todo el afecto puro del que era capaz:

—Raoul —dijo—, olvida LA VOZ DEL HOMBRE y ni siquiera recuerdes su nombre... Nunca debes intentar sondear el misterio de LA VOZ DEL HOMBRE.

—¿Es el misterio tan terrible?

—No hay misterio más espantoso sobre esta tierra. Júrame que no intentarás averiguarlo —insistió—. Júrame que nunca vendrás a mi camerino, a menos que te mande llamar.

—¿Entonces prometes mandarme llamar a veces, Christine?

—Lo prometo.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—Entonces juro hacer lo que me pides.

Le besó las manos y se fue, maldiciendo a Erik y decidiendo ser paciente.

Capítulo XI Sobre las trampillas

Al día siguiente, la vio en la Ópera. Seguía llevando el sencillo anillo de oro. Fue dulce y amable con él. Le habló de los planes que él estaba trazando, de su futuro, de su carrera.

Él le contó que la fecha de la expedición polar se había adelantado y que abandonaría Francia en tres semanas, o un mes a más tardar. Ella sugirió, casi alegremente, que debía considerar el viaje con deleite, como una etapa hacia su futura fama. Y cuando él respondió que la fama sin amor no tenía atractivo a sus ojos, ella lo trató como a un niño cuyas penas eran solo pasajeras.

—¿Cómo puedes hablar tan a la ligera de cosas tan serias? —preguntó—. ¡Quizá no volvamos a vernos nunca! Puede que muera durante esa expedición.

—O yo —dijo ella simplemente.

Ya no sonreía ni bromeaba. Parecía estar pensando en algo nuevo que le había venido a la mente por primera vez. Sus ojos estaban encendidos por ello.

—¿En qué piensas, Christine?

—Pienso que no volveremos a vernos...

—¿Y eso te hace estar tan radiante?

—¡Y que, en un mes, tendremos que decir adiós para siempre!

—A menos que, Christine, nos juremos fidelidad y nos esperemos para siempre.

Ella puso su mano sobre su boca.

—¡Calla, Raoul! ... Sabes que no puede haber cuestión de eso... Y nunca nos casaremos: ¡eso está entendido!

Parecía de repente casi incapaz de contener una alegría abrumadora. Aplaudió con infantil alborozo. Raoul la miró con asombro.

—Pero... pero —continuó, tendiendo sus dos manos a Raoul, o mejor dicho, dándoselas, como si de repente hubiera decidido hacerle un regalo con ellas—, pero si no podemos casarnos, ¡podemos... podemos estar comprometidos! Nadie lo sabrá más que nosotros, Raoul. Ha habido muchos matrimonios secretos: ¿por qué no un compromiso secreto? ... ¡Estamos comprometidos, querido, por un mes! ¡En un mes, te irás, y podré ser feliz al pensar en ese mes toda mi vida!

Estaba encantada con su inspiración. Luego volvió a ponerse seria.

—Esto —dijo—, ES UNA FELICIDAD QUE NO HARÁ DAÑO A NADIE.

Raoul se aferró a la idea. Se inclinó ante Christine y dijo:

—Mademoiselle, tengo el honor de pedir su mano.

—¡Vaya, si ya tienes las dos, mi querido prometido! ... ¡Oh, Raoul, qué felices seremos! ... Tenemos que jugar a estar comprometidos todo el día.

Era el juego más bonito del mundo y lo disfrutaron como los niños que eran. ¡Oh, los discursos maravillosos que se decían y los votos eternos que intercambiaban! Jugaban a los corazones como otros niños podrían jugar a la pelota; solo que, como en realidad eran sus dos corazones los que se lanzaban de un lado a otro, tenían que ser muy, muy hábiles para atraparlos, cada vez, sin lastimarlos.

Un día, cerca de una semana después de que empezara el juego, el corazón de Raoul resultó gravemente herido y dejó de jugar y pronunció estas palabras locas:

—¡No iré al Polo Norte!

Christine, quien, en su inocencia, no había soñado con tal posibilidad, descubrió de repente el peligro del juego y se reprochó amargamente. No dijo ni una palabra en respuesta al comentario de Raoul y se fue directamente a casa.

Esto ocurrió por la tarde, en el camerino de la cantante, donde se reunían todos los días y donde se divertían cenando tres bizcochos, dos copas de oporto y un ramo de violetas. Por la noche, ella no cantó; y él no recibió su carta habitual, aunque habían acordado escribirse a diario durante aquel mes. A la mañana siguiente, corrió hacia Mamá Valerius, quien le dijo que Christine se había ido por dos días. Se había marchado a las cinco de la tarde del día anterior.

Raoul estaba fuera de sí. Odiaba a Mamá Valerius por darle tales noticias con una calma tan pasmosa. Intentó sondearla, pero la anciana obviamente no sabía nada.

Christine regresó al día siguiente. Regresó triunfante. Renovó su extraordinario éxito de la gala. Desde la aventura del "sapo", Carlotta no había podido aparecer en escena. El terror a un nuevo "co-ack" llenaba su corazón y la privaba de toda su capacidad para cantar; y el teatro que la había visto en su incomprensible desgracia se le había vuelto odioso. Consiguió rescindir su contrato. Se le ofreció a Daaé la plaza vacante para la ocasión. Recibió truenos de aplausos en Juive.

El vizconde, que, por supuesto, estaba presente, fue el único en sufrir al oír los mil ecos de aquel nuevo triunfo; pues Christine seguía llevando su sencillo anillo de oro. Una voz lejana le susurró al oído al joven:

—Lleva el anillo de nuevo esta noche; y tú no se lo diste. Entregó su alma de nuevo esta noche y no te la entregó a ti... Si no quiere decirte qué ha estado haciendo los últimos dos días... ¡debes ir a preguntárselo a Erik!

Corrió detrás del escenario y se puso en su camino. Ella lo vio, porque sus ojos lo estaban buscando. Dijo:

—¡Rápido! ¡Rápido! ... ¡Ven!

Y lo arrastró hasta su camerino.

Raoul se arrojó de inmediato de rodillas ante ella. Le juró que iría y le suplicó que nunca volviera a privarle ni una sola hora de la felicidad ideal que le había prometido. Ella dejó fluir sus lágrimas. Se besaron como un hermano y una hermana desesperados que han sido golpeados por una pérdida común y que se encuentran para llorar a un padre muerto.

De repente, ella se arrancó del abrazo suave y tímido del joven, pareció escuchar algo y, con un gesto rápido, señaló la puerta. Cuando él estuvo en el umbral, ella dijo, con una voz tan baja que el vizconde adivinó en lugar de escuchar sus palabras:

—¡Mañana, mi querido prometido! Y sé feliz, Raoul: ¡canté para ti esta noche!

Volvió al día siguiente. Pero aquellos dos días de ausencia habían roto el encanto de su encantadora simulación. Se miraron en el camerino con sus ojos tristes, sin intercambiar una palabra. Raoul tuvo que contenerse para no gritar:

—¡Estoy celoso! ¡Estoy celoso! ¡Estoy celoso!

Pero ella lo escuchó de todas formas. Entonces dijo:

—Vamos a dar un paseo, querido. El aire te hará bien.

Raoul pensó que ella propondría un paseo por el campo, lejos de aquel edificio que detestaba como una prisión cuyo carcelero podía sentir caminando entre los muros... el carcelero Erik... Pero ella lo llevó al escenario y lo hizo sentarse en el reborde de madera de un pozo, en la paz y frescura dudosas de una primera escena preparada para la función de la noche.

Otro día, vagó con él, de la mano, por los senderos desiertos de un jardín cuyas enredaderas habían sido recortadas por las hábiles manos de un decorador. Era como si el cielo real, las flores reales, la tierra real le estuvieran prohibidos para siempre y estuviera condenada a no respirar otro aire que el del teatro. Un bombero pasaba ocasionalmente, vigilando su melancólica idilio desde lejos. Y ella lo arrastraba por encima de las nubes, en el desorden magnífico del peine, donde le encantaba marearlo corriendo frente a él a lo largo de los frágiles puentes, entre los miles de cuerdas sujetas a las poleas, los cabrestantes, los rodillos, en medio de un auténtico bosque de vergas y mástiles. Si él dudaba, ella decía, con un adorable puchero en los labios:

—¡Tú, un marinero!

Y luego regresaban a tierra firme, es decir, a algún pasillo que los conducía a la escuela de danza de las niñas, donde mocosas de entre seis y diez años practicaban sus pasos, con la esperanza de convertirse algún día en grandes bailarinas, "cubiertas de diamantes..." Mientras tanto, Christine les daba dulces.

Lo llevó al guardarropa y a las salas de accesorios, lo llevó por todo su imperio, que era artificial, pero inmenso, cubriendo diecisiete pisos desde la planta baja hasta el tejado y habitado por un ejército de súbditos. Se movía entre ellos como una reina popular, animándolos en sus labores, sentándose en los talleres, dando consejos a los obreros cuyas manos vacilaban al cortar las ricas telas que habrían de vestir a los héroes. Había habitantes en aquel país que practicaban todos los oficios. Había zapateros, había orfebres. Todos habían aprendido a conocerla y a amarla, pues ella siempre se interesaba por todos sus problemas y todas sus pequeñas aficiones.

Conocía rincones insospechados que estaban ocupados secretamente por pequeñas parejas de ancianos. Llamaba a su puerta y les presentaba a Raoul como un Príncipe Azul que había pedido su mano; y ambos, sentados sobre algún "accesorio" carcomido, escuchaban las leyendas de la Ópera, tal como, en su infancia, habían escuchado los viejos cuentos bretones. Aquellos ancianos no recordaban nada fuera de la Ópera. Habían vivido allí por años sin cuento. Las gestiones pasadas los habían olvidado; las revoluciones palaciegas no se habían fijado en ellos; la historia de Francia había seguido su curso sin que ellos lo supieran; y nadie recordaba su existencia.

Los días preciosos pasaban de este modo; y Raoul y Christine, al fingir un interés excesivo por asuntos externos, se esforzaban torpemente por ocultar el uno al otro el único pensamiento de sus corazones. Un hecho era cierto, que Christine, quien hasta entonces se había mostrado la más fuerte de los dos, se volvió de repente inexpresablemente nerviosa. Cuando estaban de expedición, se ponía a correr sin razón o se detenía de repente; y su mano, volviéndose helada en un momento, retenía al joven. A veces, sus ojos parecían perseguir sombras imaginarias. Gritaba "¡Por aquí!", y "¡Por aquí!", y "¡Por aquí!", soltando una risa sin aliento que a menudo terminaba en lágrimas. Entonces Raoul intentaba hablar, cuestionarla, a pesar de sus promesas. Pero, incluso antes de haber formulado su pregunta, ella respondía con fiebre:

—Nada... juro que no es nada.

Una vez, cuando pasaban frente a una trampilla abierta en el escenario, Raoul se detuvo sobre la oscura cavidad.

—Me has enseñado la parte superior de tu imperio, Christine, pero se cuentan historias extrañas de la parte inferior. ¿Bajamos?

Ella lo atrapó entre sus brazos, como si temiera verlo desaparecer por el agujero negro y, con voz temblorosa, susurró:

—¡Nunca! ... ¡No quiero que vayas allí! ... Además, no es mío... ¡TODO LO QUE ESTÁ BAJO TIERRA LE PERTENECE A ÉL!

Raoul la miró a los ojos y dijo bruscamente:

—Así que vive ahí abajo, ¿verdad?

—Nunca dije eso... ¿Quién te contó una cosa así? ¡Vamos, aléjate! A veces me pregunto si estás en tus cabales, Raoul... Siempre te tomas las cosas de una manera tan imposible... ¡Vamos! ¡Ven!

Y literalmente lo arrastró, pues él era obstinado y quería permanecer junto a la trampilla; aquel agujero lo atraía.

De repente, la trampilla se cerró y tan rápidamente que ni siquiera vieron la mano que la accionó; y se quedaron completamente atónitos.

—Quizá ÉL estaba allí —dijo Raoul, al fin.

Ella se encogió de hombros, pero no parecía tranquila.

—No, no, fueron los "cierratrampillas". Tienen que hacer algo, ya sabes... Abren y cierran las trampillas sin ninguna razón en particular... Es como los "cierrapuertas": tienen que pasar el tiempo de alguna manera.

—¿Pero y si fuera ÉL, Christine?

—¡No, no! Se ha encerrado, está trabajando.

—¡Oh, de verdad! ¿Así que está trabajando?

—Sí, no puede abrir y cerrar las trampillas y trabajar al mismo tiempo. Ella se estremeció.

—¿En qué está trabajando?

—¡Oh, en algo terrible! ... Pero es mucho mejor para nosotros... Cuando trabaja en eso, no ve nada; no come, no bebe ni respira durante días y noches seguidas... se convierte en un muerto viviente y no tiene tiempo para divertirse con las trampillas. Ella volvió a estremecerse. Todavía lo sostenía entre sus brazos. Luego suspiró y dijo, a su vez:

—¡Supón que fuera ÉL!

—¿Le tienes miedo?

—No, no, por supuesto que no —dijo ella.

A pesar de todo, al día siguiente y los días siguientes, Christine tuvo cuidado de evitar las trampillas. Su agitación solo aumentó a medida que pasaban las horas. Finalmente, una tarde, llegó muy tarde, con el rostro tan desesperadamente pálido y los ojos tan desesperadamente rojos, que Raoul decidió llegar hasta las últimas consecuencias, incluyendo aquello que presagió cuando soltó que no iría a la expedición al Polo Norte a menos que ella primero le contara el secreto de la voz del hombre.

—¡Calla! ¡Calla, en nombre del Cielo! ¡Supón que ÉL te escuchara, desgraciado Raoul!

Y los ojos de Christine miraban salvajemente todo a su alrededor.

—Te sacaré de su poder, Christine, te lo juro. Y no volverás a pensar más en él.

—¿Es posible?

Se permitió esta duda, que era un estímulo, mientras arrastraba al joven hasta el piso más alto del teatro, lejos, muy lejos de las trampillas.

—Te esconderé en algún rincón desconocido del mundo, donde ÉL no pueda venir a buscarte. Estarás a salvo; y luego me iré... ya que has jurado no casarte nunca.

Christine agarró las manos de Raoul y las apretó con un éxtasis increíble. Pero, alarmándose de repente de nuevo, giró la cabeza.

—¡Más alto! —fue todo lo que dijo—. ¡Aún más alto!

Y lo arrastró hacia la cumbre.

A él le costaba seguirla. Pronto estuvieron bajo el mismo techo, en el laberinto de vigas. Se deslizaron a través de los contrafuertes, los cabrios, las viguetas; corrieron de viga en viga como podrían haber corrido de árbol en árbol en un bosque.

Y, a pesar del cuidado que ponía en mirar detrás de ella a cada momento, no logró ver una sombra que la seguía como su propia sombra, que se detenía cuando ella se detenía, que volvía a empezar cuando ella lo hacía y que no hacía más ruido del que debe hacer una sombra bien educada. En cuanto a Raoul, tampoco vio nada; pues, cuando tenía a Christine frente a él, nada de lo que sucedía detrás le interesaba.

Capítulo XII La lira de Apolo

En este camino, llegaron al techo. Christine tropezó con él tan ligeramente como una golondrina. Sus ojos recorrieron el espacio vacío entre las tres cúpulas y el frontón triangular. Ella respiró libremente sobre París, cuyo valle entero se veía trabajando abajo. Llamó a Raoul para que se acercara mucho a ella y caminaron lado a lado por las calles de zinc, en las avenidas de plomo; observaron sus formas gemelas en los enormes tanques, llenos de agua estancada, donde, en el clima cálido, los niños del ballet, una veintena, aprenden a nadar y bucear.

La sombra los había seguido detrás, aferrándose a sus pasos; y los dos niños poco sospechaban de su presencia cuando por fin se sentaron, confiados, bajo la poderosa protección de Apolo, quien, con un gran gesto de bronce, levantaba su enorme lira hacia el corazón de un cielo carmesí.

Era una tarde de primavera maravillosa. Las nubes, que acababan de recibir su túnica de gasa de oro y púrpura del sol poniente, flotaban lentamente; y Christine dijo a Raoul:

—Pronto iremos más lejos y más rápido que las nubes, hasta el fin del mundo, y entonces me dejarás, Raoul. Pero, si cuando llegue el momento de llevarme, me niego a ir contigo... ¡bueno, debes secuestrarme por la fuerza!

—¿Tienes miedo de cambiar de opinión, Christine?

—No lo sé —dijo ella, sacudiendo la cabeza de una manera extraña—. ¡Es un demonio! —Y se estremeció y se acurrucó en sus brazos con un gemido—. ¡Tengo miedo ahora de volver a vivir con él... bajo tierra!

—¿Qué te obliga a volver, Christine?

—¡Si no vuelvo con él, pueden ocurrir desgracias terribles! ... ¡Pero no puedo hacerlo, no puedo hacerlo! ... Sé que uno debería compadecer a las personas que viven bajo tierra... ¡Pero él es demasiado horrible! Y sin embargo, el tiempo se acerca; solo me queda un día; y, si no voy, vendrá a buscarme con su voz. Y me arrastrará con él, bajo tierra, y se pondrá de rodillas ante mí, con su cabeza de muerto. ¡Y me dirá que me ama! ¡Y llorará! ¡Oh, esas lágrimas, Raoul, esas lágrimas en las dos cuencas negras de la cabeza de muerto! ¡No puedo volver a ver fluir esas lágrimas!

Se retorcía las manos con angustia, mientras Raoul la apretaba contra su corazón.

—¡No, no, nunca más le oirás decirte que te ama! ¡No verás sus lágrimas! ¡Huyamos, Christine, huyamos ahora mismo!

Y trató de arrastrarla, allí mismo. Pero ella lo detuvo.

—No, no —dijo, sacudiendo la cabeza con tristeza—. ¡Ahora no! ... Sería demasiado cruel... deja que me oiga cantar mañana por la noche... y luego nos iremos. Debes venir a buscarme a mi camerino a medianoche en punto. Él estará entonces esperándome en el comedor junto al lago... seremos libres y me llevarás lejos... Debes prometérmelo, Raoul, incluso si me niego; porque siento que, si vuelvo esta vez, quizás nunca regrese.

Y soltó un suspiro al que le pareció que otro suspiro, detrás de ella, respondió.

—¿No has oído?

Sus dientes castañetearon.

—No —dijo Raoul—, no he oído nada.

—Es demasiado terrible —confesó ella—, ¡estar siempre temblando así! ... Y sin embargo, no corremos peligro aquí; estamos en casa, en el cielo, al aire libre, a la luz. El sol arde; y las aves nocturnas no pueden soportar mirar el sol. Nunca lo he visto a la luz del día... ¡debe ser espantoso! ... ¡Oh, la primera vez que lo vi! ... Pensé que iba a morir.

—¿Por qué? —preguntó Raoul, realmente asustado por el aspecto que estaba tomando esta extraña confidencia.

—¡PORQUE LO HABÍA VISTO!

Esta vez, Raoul y Christine se dieron la vuelta al mismo tiempo:

—Hay alguien sufriendo —dijo Raoul—. Quizás alguien se haya hecho daño. ¿Has oído?

—No sabría decir —confesó Christine—. Incluso cuando él no está, mis oídos están llenos de sus suspiros. Aún así, si has oído...

Se pusieron de pie y miraron a su alrededor. Estaban completamente solos en el inmenso techo de plomo. Se sentaron de nuevo y Raoul dijo:

—Cuéntame cómo lo viste por primera vez.

—Lo había oído durante tres meses sin verlo. La primera vez que lo oí, pensé, como tú, que esa voz adorable estaba cantando en otra habitación. Salí y busqué por todas partes; pero, como sabes, Raoul, mi camerino está muy apartado; y no pude encontrar la voz fuera de mi habitación, mientras que dentro continuaba constantemente. Y no solo cantaba, sino que me hablaba y respondía a mis preguntas, como la voz de un hombre real, con la diferencia de que era tan hermosa como la voz de un ángel. Nunca había recibido al Ángel de la Música que mi pobre padre había prometido enviarme tan pronto como muriera. Realmente creo que mamá Valerius tuvo un poquito de culpa. Se lo conté; y ella dijo inmediatamente: "Debe ser el Ángel; en cualquier caso, no puedes hacer daño preguntándole". Lo hice; y la voz del hombre respondió que sí, que era la voz del Ángel, la voz que yo esperaba y que mi padre me había prometido. A partir de ese momento, la voz y yo nos hicimos grandes amigos. Pidió permiso para darme lecciones todos los días. Accedí y nunca dejé de acudir a la cita que me dio en mi camerino. No tienes idea, aunque hayas oído la voz, de cómo eran esas lecciones.

—No, no tengo idea —dijo Raoul—. ¿Cuál era tu acompañamiento?

—Estábamos acompañados por una música que no conozco: estaba detrás de la pared y era maravillosamente precisa. La voz parecía entender la mía exactamente, saber con precisión dónde había dejado mi padre de enseñarme. En pocas semanas, apenas me reconocía cuando cantaba. Incluso estaba asustada. Parecía temer una especie de brujería detrás de ello; pero mamá Valerius me tranquilizó. Dijo que sabía que yo era una chica demasiado sencilla para darle al diablo un asidero sobre mí... Mi progreso, por orden de la propia voz, se mantuvo en secreto entre la voz, mamá Valerius y yo misma. Era algo curioso, pero, fuera del camerino, cantaba con mi voz normal de todos los días y nadie notaba nada. Hice todo lo que la voz pidió. Dijo: "Espera y verás: ¡asombraremos a París!". Y esperé y viví en una especie de sueño extático. Fue entonces cuando te vi por primera vez una noche, en la sala. Estaba tan contenta que nunca pensé en ocultar mi alegría cuando llegué a mi camerino. Desafortunadamente, la voz estaba allí antes que yo y pronto notó, por mi aire, que algo había sucedido. Preguntó qué pasaba y no vi razón para mantener nuestra historia en secreto ni ocultar el lugar que ocupabas en mi corazón. Entonces la voz guardó silencio. La llamé, pero no respondió; supliqué y rogué, pero en vano. Estaba aterrorizada de que se hubiera ido para siempre. ¡Ojalá lo hubiera hecho, querido! ... Esa noche, volví a casa en un estado desesperado. Se lo conté a mamá Valerius, quien dijo: "¡Vaya, por supuesto, la voz está celosa!". Y eso, querido, me reveló por primera vez que te amaba.

Christine se detuvo y apoyó la cabeza en el hombro de Raoul. Se quedaron así un momento, en silencio, y no vieron, no percibieron el movimiento, a pocos pasos de ellos, del arrastrarse de la sombra de dos grandes alas negras, una sombra que se acercaba por el techo tan cerca, tan cerca de ellos que podría haberlos asfixiado al cerrarse sobre ellos.

—Al día siguiente —continuó Christine, con un suspiro—, volví a mi camerino con un estado de ánimo muy pensativo. La voz estaba allí, me habló con gran tristeza y me dijo claramente que, si debía entregar mi corazón en la tierra, no quedaba nada por hacer para la voz más que volver al Cielo. Y lo dijo con tal acento de tristeza HUMANA que debería haber sospechado en ese mismo momento y comenzado a creer que era víctima de mis sentidos engañados. Pero mi fe en la voz, con la que el recuerdo de mi padre estaba tan estrechamente entrelazado, permaneció inalterada. No temía nada tanto como no volver a oírla nunca; había pensado en mi amor por ti y me había dado cuenta de todo el peligro inútil de él; y ni siquiera sabía si me recordabas. Pasara lo que pasara, tu posición en la sociedad me prohibía contemplar la posibilidad de casarme contigo alguna vez; y le juré a la voz que no eras más que un hermano para mí ni lo serías nunca y que mi corazón era incapaz de cualquier amor terrenal. Y eso, querido, fue por lo que me negué a reconocerte o verte cuando te encontraba en el escenario o en los pasillos. Mientras tanto, las horas durante las cuales la voz me enseñaba transcurrían en un frenesí divino, hasta que, finalmente, la voz me dijo: "Puedes ahora, Christine Daae, dar a los hombres un poco de la música del Cielo". No sé cómo fue que Carlotta no vino al teatro esa noche ni por qué fui llamada a cantar en su lugar; pero canté con un éxtasis que nunca antes había conocido y ¡sentí por un momento como si mi alma abandonara mi cuerpo!

—Oh, Christine —dijo Raoul—, mi corazón vibró esa noche con cada acento de tu voz. Vi las lágrimas correr por tus mejillas y lloré contigo. ¿Cómo podías cantar, cantar así mientras llorabas?

—Me sentí desmayar —dijo Christine—, cerré los ojos. Cuando los abrí, estabas a mi lado. ¡Pero la voz estaba allí también, Raoul! Tuve miedo por ti y de nuevo no quise reconocerte y comencé a reír cuando me recordaste que habías recogido mi bufanda en el mar! ... ¡Ay, no hay quien engañe a la voz! ... ¡La voz te reconoció y la voz estaba celosa! ... Dijo que, si no te amaba, no te evitaría, sino que te trataría como a cualquier otro viejo amigo. Me hizo escena tras escena. Finalmente, le dije a la voz: "¡Ya basta! Mañana voy a Perros, a rezar en la tumba de mi padre, y le pediré al Sr. Raoul de Chagny que me acompañe". "Haz lo que quieras —respondió la voz—, pero yo también estaré en Perros, pues estoy dondequiera que estés tú, Christine; y, si todavía eres digna de mí, si no me has mentido, te tocaré La Resurrección de Lázaro, al dar la medianoche, en la tumba de tu padre y con el violín de tu padre". Ese, querido, fue el modo en que llegué a escribirte la carta que te llevó a Perros. ¿Cómo pude haber sido tan engañada? ¿Cómo fue, cuando vi el punto de vista personal y egoísta de la voz, que no sospeché de algún impostor? Ay, ya no era dueña de mí misma: ¡me había convertido en su cosa!

—¡Pero, después de todo —gritó Raoul—, pronto llegaste a conocer la verdad! ¿Por qué no te libraste de inmediato de esa abominable pesadilla?

—¿Conocer la verdad, Raoul? ¿Librarme de esa pesadilla? Pero, pobre muchacho, ¡no estuve atrapada en la pesadilla hasta el día en que supe la verdad! ... ¡Compadéceme, Raoul, compadéceme! ... ¿Recuerdas la terrible noche en que Carlotta pensó que se había convertido en un sapo en el escenario y cuando la sala se sumió repentinamente en la oscuridad porque el candelabro se estrelló contra el suelo? Hubo muertos y heridos esa noche y todo el teatro resonó con gritos aterrorizados. Mi primer pensamiento fue para ti y para la voz. Me tranquilicé de inmediato, en lo que a ti se refiere, pues te había visto en el palco de tu hermano y sabía que no estabas en peligro. Pero la voz me había dicho que estaría en la representación y realmente temí por ella, como si fuera una persona corriente capaz de morir. Pensé para mis adentros: "El candelabro puede haber caído sobre la voz". Estaba entonces en el escenario y casi corría hacia la sala, para buscar a la voz entre los muertos y heridos, cuando pensé que, si la voz estaba a salvo, seguramente estaría en mi camerino y corrí a mi habitación. La voz no estaba allí. Cerré mi puerta y, con lágrimas en los ojos, le supliqué, si todavía estaba viva, que se manifestara ante mí. La voz no respondió, pero de repente oí un largo y hermoso lamento que conocía bien. Es el lamento de Lázaro cuando, al sonido de la voz del Redentor, comienza a abrir los ojos y ver la luz del día. Era la música que tú y yo, Raoul, oímos en Perros. Y entonces la voz comenzó a cantar la frase principal: "¡Ven! ¡Y cree en mí! ¡Quien crea en mí vivirá! ¡Camina! ¡Quien haya creído en mí nunca morirá! ...". No puedo decirte el efecto que esa música tuvo en mí. Parecía ordenarme, personalmente, que fuera, que me levantara y fuera hacia ella. Retrocedió y yo la seguí. "¡Ven! ¡Y cree en mí!" Creí en ella, fui... Fui y —esto fue lo extraordinario— mi camerino, a medida que me movía, parecía alargarse... alargarse... Evidentemente, debe haber sido un efecto de espejos... pues tenía el espejo frente a mí... ¡Y, de repente, estaba fuera de la habitación sin saber cómo!

—¡Qué! ¿Sin saber cómo? Christine, Christine, ¡realmente debes dejar de soñar!

—No estaba soñando, querido, estaba fuera de mi habitación sin saber cómo. Tú, que me viste desaparecer de mi habitación una noche, quizás puedas explicarlo; pero yo no puedo. Solo puedo decirte que, de repente, no había espejo frente a mí ni camerino. Estaba en un pasillo oscuro, tuve miedo y grité. Estaba completamente oscuro, salvo por un tenue brillo rojo en un rincón lejano de la pared. Grité. Mi voz era el único sonido, pues el canto y el violín se habían detenido. Y, de repente, una mano se posó sobre la mía... o más bien una cosa ósea y fría como una piedra que se apoderó de mi muñeca y no la soltó. Grité de nuevo. Un brazo me rodeó la cintura y me sostuvo. Luché un poco y luego abandoné el intento. Fui arrastrada hacia la pequeña luz roja y entonces vi que estaba en manos de un hombre envuelto en una gran capa y con una máscara que ocultaba todo su rostro. Hice un último esfuerzo; mis miembros se tensaron, mi boca se abrió para gritar, pero una mano la cerró, una mano que sentí sobre mis labios, sobre mi piel... una mano que olía a muerte. Luego me desmayé.

—Cuando abrí los ojos, todavía estábamos rodeados de oscuridad. Una linterna, apoyada en el suelo, mostraba un pozo burbujeante. El agua que salpicaba del pozo desaparecía, casi de inmediato, bajo el suelo sobre el que estaba acostada, con mi cabeza sobre la rodilla del hombre de la capa negra y la máscara negra. Estaba bañando mis sienes y sus manos olían a muerte. Traté de apartarlas y pregunté: "¿Quién eres? ¿Dónde está la voz?". Su única respuesta fue un suspiro. De repente, un aliento caliente pasó sobre mi rostro y percibí una forma blanca, junto a la forma negra del hombre, en la oscuridad. La forma negra me levantó sobre la forma blanca, un alegre relincho saludó a mis oídos atónitos y murmuré: "¡César!". El animal vibró. Raoul, estaba recostada sobre una silla de montar y había reconocido al caballo blanco de EL PROFETA, al que tantas veces había alimentado con azúcar y dulces. Recordé que, una noche, hubo un rumor en el teatro de que el caballo había desaparecido y que había sido robado por el fantasma de la Ópera. Creía en la voz, pero nunca había creído en el fantasma. Ahora, sin embargo, comencé a preguntarme, con un escalofrío, si yo era la prisionera del fantasma. Llamé a la voz para que me ayudara, pues nunca hubiera imaginado que la voz y el fantasma eran uno solo. Has oído hablar del fantasma de la Ópera, ¿no es así, Raoul?

—Sí, pero dime qué pasó cuando estabas en el caballo blanco del Profeta.

—No hice ningún movimiento y me dejé llevar. La forma negra me sostenía, y no hice esfuerzo alguno por escapar. Me invadió una extraña sensación de paz y pensé que debía de estar bajo el influjo de algún cordial. Tenía el pleno dominio de mis sentidos; y mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, que estaba iluminada, aquí y allá, por destellos intermitentes. Calculé que nos encontrábamos en una estrecha galería circular, que probablemente rodeaba toda la Ópera, la cual es inmensa bajo tierra. Una vez había bajado a esos sótanos, pero me detuve en el tercer nivel, aunque aún quedaban dos más abajo, lo suficientemente grandes como para albergar una ciudad. Pero las figuras que alcancé a ver me hicieron huir. Hay demonios allá abajo, completamente negros, frente a las calderas, y manejan palas y horcas, atizan el fuego y avivan las llamas y, si te acercas demasiado a ellos, te asustan abriendo de repente las bocas rojas de sus hornos... Pues bien, mientras César me llevaba tranquilamente sobre su lomo, vi a esos demonios negros a lo lejos, pareciendo muy pequeños frente a los fuegos rojos de sus hornos: aparecían, desaparecían y volvían a aparecer a medida que avanzábamos por nuestro sinuoso camino. Por fin, desaparecieron por completo. La forma aún me sostenía y César caminaba, sin ser guiado y con paso firme. No podría decirte, ni siquiera aproximadamente, cuánto duró este viaje; solo sé que parecíamos girar y girar, y que a menudo descendíamos por una escalera de caracol hacia el mismo corazón de la tierra. Incluso entonces, puede que me estuviera dando vueltas la cabeza, pero no lo creo: no, mi mente estaba bastante clara. Por último, César alzó los ollares, olfateó el aire y aceleró un poco el paso. Sentí una humedad en el aire y César se detuvo. La oscuridad se había disipado. Una especie de luz azulada nos rodeaba. Estábamos a orillas de un lago, cuyas aguas plomizas se extendían hacia la distancia, hacia la oscuridad; ¡pero la luz azul iluminaba la orilla y vi un pequeño bote atado a una anilla de hierro en el muelle!

—¡Un bote!

—Sí, pero sabía que todo aquello existía y que no había nada sobrenatural en aquel lago subterráneo y en aquel bote. ¡Pero piensa en las condiciones excepcionales en las que llegué a aquella orilla! No sé si los efectos del cordial se habían pasado cuando la forma del hombre me subió al bote, pero mi terror comenzó de nuevo. Mi espantosa escolta debió de notarlo, pues envió a César de regreso y escuché cómo sus cascos pisaban una escalera mientras el hombre saltaba al bote, desataba la cuerda que lo sujetaba y tomaba los remos. Remaba con brazadas rápidas y poderosas; y sus ojos, bajo la máscara, nunca me dejaron de mirar. Nos deslizamos sobre el agua silenciosa bajo la luz azulada de la que te hablé; luego estuvimos de nuevo en la oscuridad y tocamos tierra. Y, una vez más, fui tomada en brazos por el hombre. Grité en voz alta. Y entonces, de repente, me quedé en silencio, aturdida por la luz... Sí, una luz deslumbrante en medio de la cual fui depositada. Salté sobre mis pies. Me encontraba en medio de un salón que me pareció decorado, adornado y amueblado solo con flores, flores tan magníficas como estúpidas, debido a las cintas de seda que las ataban a los cestos, como las que venden en las tiendas de los bulevares. Eran flores demasiado civilizadas, como las que solía encontrar en mi camerino después de una noche de estreno. Y, en medio de todas aquellas flores, estaba la forma negra del hombre de la máscara, con los brazos cruzados, y dijo: «No temas, Christine; no corres peligro». ¡ERA LA VOZ!

—Mi ira igualó mi asombro. Me abalancé sobre la máscara e intenté arrancársela, para ver el rostro de la voz. El hombre dijo: «No corres peligro mientras no toques la máscara». Y, tomándome suavemente de las muñecas, me obligó a sentarme en una silla y luego se arrodilló ante mí y no dijo nada más. Su humildad me devolvió algo de valor; y la luz me devolvió a las realidades de la vida. Por extraordinaria que pudiera ser la aventura, ahora estaba rodeada de cosas mortales, visibles y tangibles. Los muebles, las colgaduras, las velas, los jarrones y las mismas flores en sus cestos, de los que casi habría podido decir de dónde venían y cuánto costaban, debían limitar mi imaginación a los confines de un salón tan común como cualquiera que, al menos, tuviera la excusa de no estar en los sótanos de la Ópera. Sin duda, tenía que habérmelas con una persona terrible y excéntrica que, de manera misteriosa, había logrado instalarse allí, bajo la Ópera, cinco pisos por debajo del nivel del suelo. Y la voz, la voz que yo había reconocido bajo la máscara, estaba de rodillas ante mí, ¡ERA UN HOMBRE! Y comencé a llorar... El hombre, aún de rodillas, debió de entender la causa de mis lágrimas, pues dijo: «¡Es cierto, Christine! ... No soy un ángel, ni un genio, ni un fantasma... ¡Soy Erik!».

El relato de Christine fue interrumpido de nuevo. Un eco detrás de ellos pareció repetir la palabra tras ella.

—¡Erik!

¿Qué eco? ... Ambos se dieron la vuelta y vieron que había caído la noche. Raoul hizo un movimiento como para levantarse, pero Christine lo retuvo a su lado.

—No te vayas —dijo—. ¡Quiero que lo sepas todo AQUÍ!

—Pero ¿por qué aquí, Christine? Temo que te resfríes.

—No tenemos nada que temer salvo las trampillas, querido, y aquí estamos a kilómetros de las trampillas... y no se me permite verte fuera del teatro. Este no es el momento de molestarlo. No debemos despertar sus sospechas.

—¡Christine! ¡Christine! Algo me dice que nos equivocamos al esperar hasta mañana por la noche y que deberíamos huir de inmediato.

—Te digo que, si mañana no me oye cantar, le causará un dolor infinito.

—Es difícil no causarle dolor y, aun así, escapar de él para siempre.

—Tienes razón en eso, Raoul, pues ciertamente morirá con mi huida. —Y añadió con voz apagada—: Pero entonces, cuenta en ambos sentidos... pues arriesgamos que nos mate.

—¿Te quiere tanto?

—Cometería un asesinato por mí.

—Pero se puede averiguar dónde vive. Se puede ir en su busca. ¡Ahora que sabemos que Erik no es un fantasma, se puede hablar con él y obligarlo a responder!

Christine negó con la cabeza.

—¡No, no! ¡No hay nada que hacer con Erik salvo huir!

—Entonces, ¿por qué, cuando podías huir, volviste con él?

—Porque tenía que hacerlo. Y lo entenderás cuando te cuente cómo lo dejé.

—¡Oh, lo odio! —exclamó Raoul—. Y tú, Christine, dime, ¿tú también lo odias?

—No —dijo Christine con sencillez.

—No, por supuesto que no... ¡Vaya, lo amas! Tu miedo, tu terror, todo eso es solo amor y amor del tipo más exquisito, del tipo que la gente no admite ni siquiera ante sí misma —dijo Raoul con amargura—. ¡Del tipo que te estremece cuando piensas en ello! Imagínatelo: ¡un hombre que vive en un palacio bajo tierra! —Y lanzó una mirada de soslayo.

—¿Entonces quieres que vuelva allí? —dijo la joven con crueldad—. Ten cuidado, Raoul; te lo he dicho: ¡nunca regresaría!

Hubo un silencio espantoso entre los tres: los dos que hablaban y la sombra que escuchaba, detrás de ellos.

—Antes de responder a eso —dijo Raoul, por fin, hablando muy despacio—, me gustaría saber qué sentimiento te inspira, ya que no lo odias.

—¡Horror! —dijo ella—. Eso es lo terrible. Me llena de horror y no lo odio. ¿Cómo puedo odiarlo, Raoul? Piensa en Erik a mis pies, en la casa del lago, bajo tierra. Se acusa a sí mismo, se maldice, ¡me implora perdón! ... Confiesa su engaño. ¡Me ama! Deposita a mis pies un amor inmenso y trágico... ¡Me ha raptado por amor! ... ¡Me ha encerrado con él, bajo tierra, por amor! ... Pero me respeta: ¡se arrastra, gime, llora! ... Y, cuando me puse en pie, Raoul, y le dije que solo podría despreciarlo si no me daba, en ese mismo instante, la libertad... la ofreció... ofreció mostrarme el camino misterioso... Solo que... solo que él también se levantó... y me vi obligada a recordar que, aunque no era un ángel, ni un fantasma, ni un genio, seguía siendo la voz... pues cantó. Y escuché... ¡y me quedé! ... Aquella noche, no intercambiamos otra palabra. Me cantó hasta que me dormí.

Cuando desperté, estaba sola, tumbada en un sofá en un pequeño dormitorio amueblado con sencillez, con una cama normal de caoba, iluminada por una lámpara que descansaba sobre el tablero de mármol de una vieja cómoda Luis Felipe. Pronto descubrí que era una prisionera y que la única salida de mi habitación conducía a un cuarto de baño muy cómodo. Al regresar al dormitorio, vi sobre la cómoda una nota, con tinta roja, que decía: «Mi querida Christine, no tienes por qué preocuparte por tu destino. No tienes mejor ni más respetuoso amigo en el mundo que yo. Estás sola, por el momento, en este hogar que es tuyo. Voy a salir a comprar todas las cosas que puedas necesitar». Sentí la certeza de haber caído en manos de un loco. Corrí por mi pequeño apartamento buscando una forma de escapar que no pude encontrar. Me recriminé mi absurda superstición, que me había llevado a caer en la trampa. Me sentí con ganas de reír y llorar al mismo tiempo.

Este era el estado de ánimo en el que me encontró Erik. Tras dar tres golpes en la pared, entró tranquilamente por una puerta que no había notado y que dejó abierta. Tenía los brazos llenos de cajas y paquetes y los colocó sobre la cama, sin prisa, mientras yo lo colmaba de insultos y le exigía que se quitara la máscara, si es que cubría el rostro de un hombre honesto. Él respondió serenamente: «Nunca verás el rostro de Erik». Y me reprochó no haberme terminado de vestir a aquellas horas: tuvo la bondad de decirme que eran las dos de la tarde. Dijo que me daría media hora y, mientras hablaba, dio cuerda a mi reloj y lo puso en hora para mí. Después de lo cual, me pidió que fuera al comedor, donde un agradable almuerzo nos esperaba.

Estaba muy enfadada, le cerré la puerta en las narices y me fui al cuarto de baño... Cuando salí, sintiéndome mucho más despejada, Erik dijo que me amaba, pero que nunca me lo diría salvo cuando yo se lo permitiera y que el resto del tiempo estaría dedicado a la música. «¿Qué quieres decir con el resto del tiempo?», pregunté. «Cinco días», dijo con determinación. Le pregunté si entonces sería libre y dijo: «Serás libre, Christine, pues, cuando esos cinco días pasen, habrás aprendido a no verme; y entonces, de vez en cuando, ¡vendrás a ver a tu pobre Erik!». Señaló una silla frente a él, en una mesa pequeña, y me senté, sintiéndome muy perturbada. Sin embargo, comí unas cuantas gambas y la pechuga de un pollo y bebí medio vaso de Tokaji, el cual él mismo, según me dijo, había traído de las bodegas de Konigsberg. Erik no comió ni bebió. Le pregunté cuál era su nacionalidad y si ese nombre de Erik no apuntaba a su origen escandinavo. Dijo que no tenía nombre ni país y que había tomado el nombre de Erik por accidente.

Tras el almuerzo, se levantó y me ofreció las puntas de sus dedos, diciendo que le gustaría mostrarme su apartamento; pero le arrebaté la mano y solté un grito. Lo que había tocado estaba frío y, al mismo tiempo, huesudo; y recordé que sus manos olían a muerte. «¡Oh, perdóname!», gimió. Y abrió una puerta ante mí. «Este es mi dormitorio, si te apetece verlo. Es bastante curioso». Sus modales, sus palabras, su actitud me dieron confianza y entré sin dudarlo. Sentía como si estuviera entrando en la habitación de una persona muerta. Las paredes estaban todas cubiertas de negro, pero, en lugar de los adornos blancos que suelen realzar ese tapizado funerario, había un enorme pentagrama con las notas del DIES IRAE, repetidas muchas veces. En medio de la habitación había un dosel, del que colgaban cortinas de tela brocada roja y, bajo el dosel, un ataúd abierto. «Ahí es donde duermo», dijo Erik. «Uno tiene que acostumbrarse a todo en la vida, incluso a la eternidad». La visión me perturbó tanto que aparté la vista.

Entonces vi el teclado de un órgano que llenaba un lado entero de las paredes. En el atril había un libro de música cubierto de notas rojas. Pedí permiso para mirarlo y leí: «Don Juan Triunfante». «Sí», dijo, «compongo a veces. Comencé esa obra hace veinte años. Cuando la haya terminado, me la llevaré conmigo en ese ataúd y no despertaré nunca más». «Deberías trabajar en ella tan poco como puedas», le dije. Él respondió: «A veces trabajo en ella durante catorce días y noches seguidos, durante los cuales vivo solo de música, y luego descanso durante años». «¿Me tocarías algo de tu Don Juan Triunfante?», le pregunté, pensando en complacerlo. «Nunca debes pedirme eso», dijo con voz sombría. «Te tocaré a Mozart, si quieres, lo cual solo te hará llorar; pero mi Don Juan, Christine, arde; y, sin embargo, no es alcanzado por el fuego del Cielo». Acto seguido, regresamos al salón. Noté que no había ningún espejo en todo el apartamento. Iba a comentarlo, pero Erik ya se había sentado al piano. Dijo: «Verás, Christine, hay música que es tan terrible que consume a todos los que se acercan a ella. Afortunadamente, aún no has llegado a esa música, pues perderías todo tu bonito color y nadie te reconocería cuando regresaras a París. Cantemos algo de la Ópera, Christine Daae». Pronunció estas últimas palabras como si me lanzara un insulto.

—¿Qué hiciste?

—No tuve tiempo de pensar en el significado que le dio a sus palabras. Comenzamos de inmediato el dúo de Otelo y la catástrofe ya estaba sobre nosotros. Canté Desdémona con una desesperación, un terror que nunca había mostrado antes. En cuanto a él, su voz tronaba su alma vengativa en cada nota. El amor, los celos, el odio, estallaban a nuestro alrededor en gritos desgarradores. La máscara negra de Erik me hizo pensar en la máscara natural del moro de Venecia. Él era el mismo Otelo. De repente, sentí la necesidad de ver bajo la máscara. Quería conocer el ROSTRO de la voz, y, con un movimiento que fui absolutamente incapaz de controlar, mis dedos arrancaron rápidamente la máscara. ¡Oh, horror, horror, horror!

Christine se detuvo, ante el pensamiento de la visión que la había asustado, mientras los ecos de la noche, que habían repetido el nombre de Erik, ahora gimieron tres veces el grito:

—¡Horror! ... ¡Horror! ... ¡Horror!

Raoul y Christine, abrazándose estrechamente, alzaron los ojos a las estrellas que brillaban en un cielo claro y pacífico. Raoul dijo:

—Es extraño, Christine, que esta noche tranquila y suave esté tan llena de sonidos lastimeros. Uno pensaría que se está lamentando con nosotros.

—Cuando conozcas el secreto, Raoul, tus oídos, como los míos, estarán llenos de lamentos.

Ella tomó las manos protectoras de Raoul en las suyas y, con un largo escalofrío, continuó:

—Sí, si viviera hasta los cien años, siempre escucharía el grito sobrehumano de dolor y rabia que lanzó cuando la terrible visión apareció ante mis ojos... Raoul, has visto calaveras, cuando han sido secadas y marchitadas por los siglos, y, tal vez, si no fueras víctima de una pesadilla, viste SU calavera en Perros. Y luego viste a la Muerte Roja merodeando en el último baile de máscaras. Pero todas esas calaveras estaban inmóviles y su horror mudo no estaba vivo. Pero imagina, si puedes, la máscara de la Muerte Roja cobrando vida de repente para expresar, con los cuatro agujeros negros de sus ojos, su nariz y su boca, la ira extrema, la poderosa furia de un demonio; Y NI UN RAYO DE LUZ SALIENDO DE LAS CUENCAS, pues, como aprendí más tarde, no puedes ver sus ojos llameantes salvo en la oscuridad.

Caí contra la pared y él se acercó a mí, rechinando los dientes, y, mientras caía de rodillas, siseó palabras locas e incoherentes y maldiciones hacia mí. Inclinándose sobre mí, gritó: «¡Mira! ¡Querías ver! ¡Mira! ¡Regala tus ojos, sacia tu alma con mi maldita fealdad! ¡Mira el rostro de Erik! ¡Ahora conoces el rostro de la voz! No te bastaba con oírme, ¿eh? ¡Querías saber qué aspecto tenía! ¡Oh, las mujeres sois tan curiosas! Bueno, ¿estás satisfecha? Soy un tipo muy apuesto, ¿eh? ... Cuando una mujer me ha visto, como tú, me pertenece. Me ama para siempre. ¡Soy una especie de Don Juan, sabes!». Y, erguido hasta toda su estatura, con la mano en la cadera, meneando la cosa horrible que era su cabeza sobre sus hombros, rugió: «¡Mírame! ¡SOY DON JUAN TRIUNFANTE!». Y, cuando aparté la cabeza y supliqué clemencia, la atrajo hacia sí, brutalmente, clavando sus dedos muertos en mi cabello.

—¡Basta! ¡Basta! —gritó Raoul—. Lo mataré. En el nombre del Cielo, Christine, ¡dime dónde está el comedor del lago! ¡Debo matarlo!

—¡Oh, cállate, Raoul, si quieres saberlo!

—Sí, quiero saber cómo y por qué volviste; ¡tengo que saberlo! ... Pero, en cualquier caso, ¡lo mataré!

—¡Oh, Raoul, escucha, escucha! ... Me arrastró por el cabello y luego... y luego... ¡Oh, es demasiado horrible!

—¿Bueno, qué? ¡Suéltalo! —exclamó Raoul con ferocidad—. ¡Suéltalo, rápido!

Entonces me siseó: «¡Ah, te doy miedo, ¿verdad? ... ¡Me lo imagino! ... ¿Quizás piensas que tengo otra máscara, eh, y que esta... esta... mi cabeza es una máscara? ¡Pues bien! —rugió—, ¡arráncala como hiciste con la otra! ¡Vamos! ¡Adelante! ¡Insisto! ¡Tus manos! ¡Tus manos! ¡Dame tus manos!». Y me agarró las manos y las hundió en su horrible rostro. ¡Desgarró su carne con mis uñas, desgarró su terrible carne muerta con mis uñas! ... «Sabe —gritó, mientras su garganta palpitaba y jadeaba como un horno—, ¡sabe que estoy hecho de muerte de la cabeza a los pies y que es un cadáver quien te ama y te adora y que nunca, nunca te dejará! ... Mira, ya no me estoy riendo, estoy llorando, llorando por ti, Christine, ¡que has arrancado mi máscara y que, por tanto, ya no puedes dejarme nunca más! ... Mientras me creyeras apuesto, podrías haber vuelto, sé que habrías vuelto... pero, ahora que conoces mi fealdad, huirías para siempre... ¡Así que te retendré aquí! ... ¿Por qué quisiste verme? ¡Oh, loca Christine, que quisiste verme! ... ¡Cuando mi propio padre nunca me vio y cuando mi madre, para no verme, me hizo el regalo de mi primera máscara!».

Finalmente me había soltado y se arrastraba por el suelo, lanzando sollozos terribles. Y luego se alejó reptando como una serpiente, entró en su habitación, cerró la puerta y me dejó sola con mis reflexiones. Al poco rato oí el sonido del órgano; y entonces empecé a comprender la frase desdeñosa de Erik cuando hablaba sobre la música de la Ópera. Lo que escuché ahora era totalmente distinto a lo que había oído hasta entonces. Su Don Juan Triunfante (pues no me cabía duda de que se había precipitado hacia su obra maestra para olvidar el horror del momento) me pareció al principio un largo, terrible y magnífico sollozo. Pero, poco a poco, expresó toda emoción, todo sufrimiento de los que es capaz la humanidad. Me embriagó; y abrí la puerta que nos separaba. Erik se levantó, al entrar yo, PERO NO SE ATREVIÓ A VOLVERSE EN MI DIRECCIÓN. «Erik —grité—, ¡muéstrame tu rostro sin miedo! Juro que eres el más infeliz y sublime de los hombres; y, si alguna vez vuelvo a estremecerme al mirarte, ¡será porque estoy pensando en el esplendor de tu genio!». Entonces Erik se dio la vuelta, pues me creyó, y yo también tuve fe en mí misma. Cayó a mis pies, con palabras de amor... con palabras de amor en su boca muerta... y la música había cesado... Besó el dobladillo de mi vestido y no vio que yo cerraba los ojos.

«¿Qué más puedo decirte, querido? Ya conoces la tragedia. Continuó durante quince días, quince días durante los cuales le mentí. Mis mentiras eran tan horribles como el monstruo que las inspiraba; pero eran el precio de mi libertad. Quemé su máscara; y me las arreglé tan bien que, incluso cuando no cantaba, intentaba captar mi mirada, como un perro sentado junto a su amo. Era mi fiel esclavo y me prodigaba un sinfín de pequeñas atenciones. Poco a poco, le di tanta confianza que se aventuró a llevarme a pasear por las orillas del lago y a remar conmigo en la barca por sus aguas plomizas; hacia el final de mi cautiverio me dejó salir por las puertas que cerraban los pasadizos subterráneos de la Rue Scribe. Allí nos esperaba un carruaje que nos llevó al Bois. La noche en que nos encontramos fue casi fatal para mí, porque él está terriblemente celoso de ti y tuve que decirle que pronto te irías... Luego, por fin, tras quince días de aquel horrible cautiverio, durante los cuales me sentí llena de piedad, entusiasmo, desesperación y horror por turnos, me creyó cuando dije: "¡VOLVERÉ!"».

—Y volviste, Christine —gimió Raoul.

—Sí, querido, y debo decirte que no fueron sus terribles amenazas al dejarme libre lo que me ayudó a cumplir mi palabra, sino el sollozo desgarrador que lanzó en el umbral de la tumba... Ese sollozo me unió al infeliz más de lo que yo misma sospechaba al despedirme de él. ¡Pobre Erik! ¡Pobre Erik!

—Christine —dijo Raoul, poniéndose en pie—, me dices que me amas; ¡pero apenas habías recuperado la libertad unas horas antes de volver con Erik! ¡Recuerda el baile de máscaras!

—Sí; ¿y recuerdas aquellas horas que pasé contigo, Raoul... con gran peligro para ambos?

—Dudé de tu amor por mí durante esas horas.

—¿Sigues dudándolo, Raoul? ... Entonces sabe que cada una de mis visitas a Erik aumentaba mi horror hacia él; pues cada una de aquellas visitas, en lugar de calmarlo, como esperaba, ¡lo volvía loco de amor! Y tengo tanto miedo, ¡tanto miedo! ...

—Tienes miedo... pero ¿me amas? Si Erik fuera apuesto, ¿me amarías, Christine?

Ella se levantó a su vez, rodeó el cuello del joven con sus dos brazos temblorosos y dijo:

—¡Oh, mi prometido de un día, si no te amara, no te daría mis labios! Tómalos, por primera vez y la última.

Él besó sus labios; pero la noche que los rodeaba se rasgó, huyeron como ante la llegada de una tormenta y sus ojos, llenos de pavor ante Erik, les mostraron, antes de desaparecer, muy por encima de ellos, un inmenso pájaro nocturno que los miraba con sus ojos llameantes y parecía aferrarse a la cuerda de la lira de Apolo.

Capítulo XIII Un golpe maestro del amante de la trampilla

Raoul y Christine corrieron, ansiosos por escapar del tejado y de los ojos llameantes que solo se mostraban en la oscuridad; y no se detuvieron hasta llegar al octavo piso en su descenso.

Esa noche no había función en la Ópera y los pasadizos estaban vacíos. De repente, una forma de aspecto extraño se interpuso ante ellos y les cortó el paso:

—¡No, por aquí no!

Y la forma señaló otro pasaje por el cual debían llegar a las bambalinas. Raoul quiso detenerse y pedir una explicación. Pero la forma, que vestía una especie de levita larga y un gorro puntiagudo, dijo:

—¡Deprisa! ¡Idos deprisa!

Christine ya estaba arrastrando a Raoul, obligándolo a empezar a correr de nuevo.

—Pero, ¿quién es? ¿Quién es ese hombre? —preguntó.

Christine respondió: —Es el persa.

—¿Qué hace aquí?

—Nadie lo sabe. Siempre está en la Ópera.

—Me estás haciendo huir, por primera vez en mi vida. Si realmente viéramos a Erik, lo que debería haber hecho es clavarlo en la lira de Apolo, tal como clavamos a los búhos en las paredes de nuestras granjas bretonas; y ya no se habría vuelto a hablar de él.

—Mi querido Raoul, primero habrías tenido que subir hasta la lira de Apolo: eso no es asunto fácil.

—¡Los ojos llameantes estaban allí!

—¡Oh, ahora te estás volviendo como yo, viéndolo en todas partes! Lo que tomé por ojos llameantes era probablemente un par de estrellas brillando a través de las cuerdas de la lira.

Y Christine bajó otro piso, seguida por Raoul.

—Como ya has tomado la firme decisión de irte, Christine, te aseguro que sería mejor irse de inmediato. ¿Por qué esperar a mañana? Puede habernos oído esta noche.

—No, no, está trabajando, te digo, en su Don Juan Triunfante y no está pensando en nosotros.

—¡Estás tan segura de ello que no paras de mirar hacia atrás!

—Ven a mi camerino.

—¿No sería mejor que nos encontráramos fuera de la Ópera?

—¡Jamás, hasta que nos vayamos para siempre! Nos traería mala suerte si no cumplo mi palabra. Le prometí que solo te vería aquí.

—Es una suerte para mí que te haya permitido siquiera eso. ¿Sabes —dijo Raoul con amargura— que fue muy valiente por tu parte dejarnos jugar a estar comprometidos?

—¡Vaya, querido, él lo sabe todo! Dijo: «Confío en ti, Christine. El señor de Chagny está enamorado de ti y se va al extranjero. Antes de que se vaya, quiero que sea tan feliz como yo». ¿Es la gente tan infeliz cuando ama?

—Sí, Christine, cuando se ama y no se está seguro de ser amado.

Llegaron al camerino de Christine.

—¿Por qué crees que estás más segura en esta habitación que en el escenario? —preguntó Raoul—. Lo oíste a través de las paredes aquí, por lo tanto, ciertamente puede oírnos.

—No. Me dio su palabra de no estar de nuevo detrás de las paredes de mi camerino y creo en la palabra de Erik. Esta habitación y mi dormitorio en el lago son para mí, exclusivamente, y él no debe acercarse.

—¿Cómo pudiste haber ido de esta habitación a ese pasaje oscuro, Christine? Supongamos que intentamos repetir tus movimientos; ¿te parece?

—Es peligroso, querido, pues el cristal podría llevarme de nuevo; y, en lugar de huir, me vería obligada a ir hasta el final del pasaje secreto hacia el lago y allí llamar a Erik.

—¿Te oiría?

—Erik me oirá dondequiera que lo llame. Me lo dijo él mismo. Es un genio muy curioso. No debes pensar, Raoul, que es simplemente un hombre que se divierte viviendo bajo tierra. Hace cosas que ningún otro hombre podría hacer; sabe cosas que nadie en el mundo sabe.

—¡Ten cuidado, Christine, lo estás convirtiendo en un fantasma de nuevo!

—No, no es un fantasma; es un hombre del Cielo y de la tierra, eso es todo.

—Un hombre del Cielo y de la tierra... ¡eso es todo! ... ¡Buena forma de hablar de él! ... ¿Y sigues decidida a huir de él?

—Sí, mañana.

—¡Mañana, ya no te quedará ninguna determinación!

—Entonces, Raoul, debes huir conmigo a pesar de mí misma; ¿está entendido?

—Estaré aquí mañana a las doce de la noche; cumpliré mi promesa, pase lo que pase. ¿Dices que, después de escuchar la interpretación, él te esperará en el comedor del lago?

—Sí.

—¿Y cómo vas a llegar hasta él, si no sabes cómo salir por el cristal?

—Pues yendo directamente a la orilla del lago.

Christine abrió una caja, sacó una llave enorme y se la mostró a Raoul.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—La llave de la puerta del pasadizo subterráneo en la Rue Scribe.

—Entiendo, Christine. Lleva directamente al lago. Dámela, Christine, ¿quieres?

—¡Jamás! —dijo—. ¡Eso sería una traición!

De repente, Christine cambió de color. Una palidez mortal se extendió por sus facciones.

—¡Oh, cielos! —gritó—. ¡Erik! ¡Erik! ¡Ten piedad de mí!

—¡Cállate! —dijo Raoul—. ¡Me dijiste que podía oírte!

Pero la actitud de la cantante se volvió cada vez más inexplicable. Se retorcía los dedos, repitiendo, con aire distraído:

—¡Oh, Cielo! ¡Oh, Cielo!

—Pero, ¿qué pasa? ¿Qué pasa? —imploró Raoul.

—El anillo... el anillo de oro que me dio.

—¡Ah, así que Erik te dio ese anillo!

—¡Sabes que sí, Raoul! Pero lo que no sabes es que, cuando me lo dio, dijo: «Te devuelvo tu libertad, Christine, con la condición de que este anillo esté siempre en tu dedo. Mientras lo conserves, estarás protegida contra todo peligro y Erik seguirá siendo tu amigo. ¡Pero ay de ti si alguna vez te separas de él, porque Erik tendrá su venganza!» ... ¡Querido, querido, el anillo ha desaparecido! ... ¡Ay de nosotros dos!

Ambos buscaron el anillo, pero no pudieron encontrarlo. Christine se negó a ser consolada.

—Fue mientras te daba ese beso, allí arriba, bajo la lira de Apolo —dijo—. ¡El anillo debe haberse deslizado de mi dedo y haber caído a la calle! Nunca podremos encontrarlo. ¡Y qué desgracias nos esperan ahora! ¡Oh, huir!

—Huyamos de inmediato —insistió Raoul, una vez más.

Ella dudó. Él pensó que iba a decir que sí... Entonces sus pupilas brillantes se nublaron y dijo:

—¡No! ¡Mañana!

Y se alejó apresuradamente, aún retorciéndose y frotándose los dedos, como si esperara recuperar el anillo así.

Raoul regresó a casa, muy perturbado por todo lo que había oído.

—Si no la salvo de las manos de ese farsante —dijo, en voz alta, mientras se metía en la cama—, está perdida. Pero la salvaré.

Apagó su lámpara y sintió la necesidad de insultar a Erik en la oscuridad. Tres veces gritó:

—¡Farsante! ... ¡Farsante! ... ¡Farsante!

Pero, de repente, se incorporó sobre sus codos. Un sudor frío brotaba de sus sienes. Dos ojos, como carbones ardientes, habían aparecido a los pies de su cama. Lo miraban fijamente, de forma terrible, en la oscuridad de la noche.

Raoul no era un cobarde; y, sin embargo, tembló. Extendió una mano vacilante y tanteadora hacia la mesa de noche. Encontró las cerillas y encendió su vela. Los ojos desaparecieron.

Aún inquieto, pensó para sus adentros:

—Ella me dijo que SUS ojos solo aparecían en la oscuridad. Sus ojos han desaparecido con la luz, pero ÉL puede seguir ahí.

Y se levantó, registró la habitación, dio vueltas por ella. Miró debajo de su cama, como un niño. Luego se consideró absurdo, volvió a meterse en la cama y apagó la vela. Los ojos reaparecieron.

Se sentó y les devolvió la mirada con todo el valor que poseía. Entonces gritó:

—¿Eres tú, Erik? Hombre, genio o fantasma, ¿eres tú?

Reflexionó: «¡Si es él, está en el balcón!».

Entonces corrió hacia la cómoda y buscó a tientas su revólver. Abrió la ventana del balcón, miró hacia fuera, no vio nada y volvió a cerrar la ventana. Regresó a la cama, temblando, pues la noche era fría, y puso el revólver sobre la mesa a su alcance.

Los ojos seguían allí, a los pies de la cama. ¿Estaban entre la cama y el cristal de la ventana o detrás del cristal, es decir, en el balcón? Eso era lo que Raoul quería saber. También quería saber si esos ojos pertenecían a un ser humano... Quería saberlo todo. Entonces, paciente, con calma, agarró su revólver y apuntó. Apuntó un poco por encima de los dos ojos. Seguramente, si eran ojos y si por encima de esos dos ojos había una frente y si Raoul no era demasiado torpe...

El disparo produjo un estruendo terrible en medio del silencio de la casa dormida. Y, mientras se oían pasos apresurados por los pasillos, Raoul se sentó con el brazo extendido, listo para disparar de nuevo, si fuera necesario.

Esta vez, los dos ojos habían desaparecido.

Aparecieron los sirvientes, llevando luces; el conde Philippe, terriblemente ansioso:

—¿Qué pasa?

—Creo que he estado soñando —respondió el joven—. Disparé a dos estrellas que no me dejaban dormir.

—¡Estás delirando! ¿Estás enfermo? Por el amor de Dios, dímelo, Raoul: ¿qué ha pasado?

Y el conde se apoderó del revólver.

—No, no, no estoy delirando... Además, pronto veremos...

Salió de la cama, se puso una bata y zapatillas, tomó una luz de las manos de un sirviente y, abriendo la ventana, salió al balcón.

El conde vio que la ventana había sido atravesada por una bala a la altura de un hombre. Raoul se asomaba al balcón con su vela: —¡Ajá! —dijo—. ¡Sangre! ... ¡Sangre! ... ¡Aquí, allá, más sangre! ... ¡Eso es bueno! ¡Un fantasma que sangra es menos peligroso! —sonrió.

—¡Raoul! ¡Raoul! ¡Raoul!

El conde lo sacudía como si intentara despertar a un sonámbulo.

—¡Pero, querido hermano, no estoy dormido! —protestó Raoul con impaciencia—. Tú mismo puedes ver la sangre. Pensé que había estado soñando y disparando a dos estrellas. Eran los ojos de Erik... ¡y aquí está su sangre! ... Después de todo, quizás me equivoqué al disparar; y Christine es perfectamente capaz de no perdonármelo nunca... Todo esto no habría sucedido si hubiera corrido las cortinas antes de irme a dormir.

—Raoul, ¿te has vuelto loco de repente? ¡Despierta!

—¿Qué, todavía? Harías mejor en ayudarme a encontrar a Erik... porque, después de todo, un fantasma que sangra siempre puede ser encontrado.

El ayuda de cámara del conde dijo:

—Es cierto, señor; hay sangre en el balcón.

El otro sirviente trajo una lámpara, a cuya luz examinaron el balcón cuidadosamente. Las marcas de sangre seguían la barandilla hasta llegar a un canalón; luego subían por el canalón.

—Querido hermano —dijo el conde Philippe—, has disparado a un gato.

—La desgracia es —dijo Raoul, con una mueca— que es muy posible. Con Erik, nunca se sabe. ¿Es Erik? ¿Es el gato? ¿Es el fantasma? No, con Erik, ¡no se puede saber!

Raoul siguió haciendo este tipo de observaciones extrañas que correspondían tan íntima y lógicamente a la preocupación de su cerebro y que, al mismo tiempo, tendían a persuadir a muchas personas de que su mente estaba trastornada. El propio conde se vio asaltado por esta idea; y, más tarde, el juez de instrucción, al recibir el informe del comisario de policía, llegó a la misma conclusión.

—¿Quién es Erik? —preguntó el conde, apretando la mano de su hermano.

—Es mi rival. Y, si no está muerto, es una lástima.

Despidió a los sirvientes con un gesto de la mano y los dos Chagny se quedaron solos. Pero los hombres no estaban fuera del alcance del oído antes de que el ayuda de cámara del conde oyera a Raoul decir, clara y enfáticamente:

—Esta noche raptaré a Christine Daae.

Esta frase fue repetida más tarde al señor Faure, el juez de instrucción. Pero nadie supo nunca exactamente qué ocurrió entre los dos hermanos en esta entrevista. Los sirvientes declararon que esta no era su primera disputa. Sus voces atravesaban la pared; y siempre era una actriz llamada Christine Daae la que estaba en cuestión.

En el desayuno (el desayuno de la mañana temprano, que el conde tomaba en su estudio), Philippe llamó a su hermano. Raoul llegó silencioso y sombrío. La escena fue muy breve. Philippe entregó a su hermano un ejemplar de Le Époque y dijo:

—¡Lee eso!

El vizconde leyó:

«Las últimas noticias en el Faubourg son que hay una promesa de matrimonio entre la señorita Christine Daae, la cantante de ópera, y el vizconde Raoul de Chagny. Si hay que creer a los chismosos, el conde Philippe ha jurado que, por primera vez en la historia, los Chagny no cumplirán su promesa. Pero, como el amor lo puede todo, en la Ópera tanto como (e incluso más que) en cualquier otro lugar, nos preguntamos cómo piensa el conde Philippe evitar que el vizconde, su hermano, lleve al altar a la nueva Margarita. Se dice que los dos hermanos se adoran; pero el conde está curiosamente equivocado si imagina que el amor fraternal triunfará sobre el amor puro y simple».

—Ya ves, Raoul —dijo el conde—, ¡nos estás dejando en ridículo! Esa jovencita te ha trastornado la cabeza con sus historias de fantasmas.

El vizconde había repetido evidentemente el relato de Christine a su hermano durante la noche. Todo lo que dijo ahora fue:

—Adiós, Philippe.

—¿Estás totalmente decidido? ¿Te vas esta noche? ¿Con ella?

Sin respuesta.

—¡Seguramente no harás ninguna tontería así! ¡YO sabré cómo impedírtelo!

—Adiós, Philippe —dijo de nuevo el vizconde y salió de la habitación.

Esta escena fue descrita al juez de instrucción por el propio conde, quien no volvió a ver a Raoul hasta esa noche, en la Ópera, unos minutos antes de la desaparición de Christine.

Raoul, de hecho, dedicó todo el día a sus preparativos para la huida. Los caballos, el carruaje, el cochero, las provisiones, el equipaje, el dinero necesario para el viaje, la ruta a seguir (había resuelto no ir en tren, para despistar al fantasma): todo esto tuvo que ser decidido y previsto; y le ocupó hasta las nueve de la noche.

A las nueve, una especie de coche de viaje con las cortinas de sus ventanas bajadas se colocó en la fila, del lado de la Rotonda. Estaba tirado por dos caballos poderosos, guiados por un cochero cuyo rostro estaba casi oculto por los largos pliegues de una bufanda. Delante de este carruaje de viaje había tres broughams, pertenecientes respectivamente a Carlotta, que había regresado repentinamente a París, a Sorelli y, a la cabeza de la fila, al conde Philippe de Chagny. Nadie bajó del coche de viaje. El cochero permaneció en su pescante, y los otros tres cocheros permanecieron en los suyos.

Una sombra con una larga capa negra y un sombrero flexible de fieltro negro pasó por la acera entre la Rotonda y los carruajes, examinó cuidadosamente el coche de viaje, se acercó a los caballos y al cochero, y luego se alejó sin decir una palabra. El magistrado creyó después que esta sombra era la del vizconde Raoul de Chagny; pero yo no estoy de acuerdo, dado que esa noche, como todas las noches, el vizconde de Chagny llevaba un sombrero de copa, el cual, además, fue encontrado posteriormente. Me inclino más a pensar que la sombra era la del fantasma, quien sabía todo acerca del asunto, como el lector pronto percibirá.

Daban FAUSTO, por casualidad, ante una sala espléndida. El Faubourg estaba magníficamente representado; y el párrafo en el ÉPOQUE de esa mañana ya había producido su efecto, pues todas las miradas se dirigían al palco en el que el conde Philippe estaba sentado solo, aparentemente en un estado de ánimo muy indiferente y despreocupado. El elemento femenino en la brillante audiencia parecía curiosamente desconcertado; y la ausencia del vizconde dio lugar a una gran cantidad de susurros detrás de los abanicos. Christine Daaé tuvo una recepción más bien fría. Aquella audiencia especial no podía perdonarle que apuntara tan alto.

La cantante notó esta actitud desfavorable de una parte de la sala y se sintió confundida por ello.

Los asiduos de la Ópera, que pretendían conocer la verdad sobre la historia de amor del vizconde, intercambiaron sonrisas significativas en ciertos pasajes de la parte de Margarita; y hacían ademán de girarse y mirar hacia el palco de Philippe de Chagny cuando Christine cantaba:

"¡Ojalá pudiera saber quién era él que me dirigió la palabra, si era noble, o al menos cómo se llama!"

El conde estaba sentado con la barbilla sobre la mano y parecía no prestar atención a estas manifestaciones. Mantenía los ojos fijos en el escenario; pero sus pensamientos parecían estar muy lejos.

Christine perdía su seguridad en sí misma cada vez más. Temblaba. Se sentía al borde de un colapso... Carolus Fonta se preguntaba si estaba enferma, si podría mantenerse en el escenario hasta el final del acto del Jardín. En la platea, la gente recordaba la catástrofe que le había ocurrido a Carlotta al final de ese acto y el histórico "croac" que había interrumpido momentáneamente su carrera en París.

Justo en ese momento, Carlotta hizo su entrada en un palco frente al escenario, una entrada sensacional. La pobre Christine levantó los ojos ante este nuevo motivo de conmoción. Reconoció a su rival. Le pareció ver una mueca de burla en sus labios. Eso la salvó. Olvidó todo para triunfar una vez más.

Desde ese momento, la prima donna cantó con todo su corazón y alma. Intentó superar todo lo que había hecho hasta entonces; y lo logró. En el último acto, cuando comenzó la invocación a los ángeles, hizo sentir a todos los miembros de la audiencia como si ellos también tuvieran alas.

En el centro del anfiteatro, un hombre se puso de pie y permaneció así, frente a la cantante. Era Raoul.

"¡Santo ángel, bendito en el Cielo...!"

Y Christine, con los brazos extendidos, la garganta llena de música, la gloria de su cabello cayendo sobre sus hombros desnudos, lanzó el grito divino:

"¡Mi espíritu anhela descansar contigo!"

Fue en ese momento cuando el escenario se sumió repentinamente en la oscuridad. Ocurrió tan rápido que los espectadores apenas tuvieron tiempo de emitir un sonido de estupor, pues el gas iluminó de inmediato el escenario de nuevo. ¡Pero Christine Daaé ya no estaba allí!

¿Qué había sido de ella? ¿Qué era aquel milagro? Todos intercambiaron miradas sin entender, y la agitación alcanzó su punto máximo al instante. La tensión no era menor en el propio escenario. Los hombres salieron corriendo de las bambalinas hacia el lugar donde Christine había estado cantando en ese mismo instante. La representación fue interrumpida en medio del mayor desorden.

¿Adónde había ido Christine? ¿Qué brujería la había arrebatado ante los ojos de miles de entusiastas espectadores y de los brazos del mismo Carolus Fonta? Era como si los ángeles realmente la hubieran llevado "a descansar".

Raoul, todavía de pie en el anfiteatro, había lanzado un grito. El conde Philippe se había levantado de un salto en su palco. La gente miraba al escenario, al conde, a Raoul, y se preguntaba si este curioso acontecimiento estaba relacionado de alguna manera con el párrafo del periódico de esa mañana. Pero Raoul abandonó apresuradamente su asiento, el conde desapareció de su palco y, mientras bajaban el telón, los abonados corrieron hacia la puerta que conducía detrás de las escenas. El resto de la audiencia esperaba en medio de un alboroto indescriptible. Todos hablaban a la vez. Todos intentaban sugerir una explicación para el extraordinario incidente.

Al final, el telón se levantó lentamente y Carolus Fonta se acercó al atril del director y, con voz triste y seria, dijo:

"Señoras y señores, ha tenido lugar un acontecimiento sin precedentes que nos ha sumido en un estado de la mayor alarma. ¡Nuestra compañera artista, Christine Daaé, ha desaparecido ante nuestros ojos y nadie puede decirnos cómo!"

Capítulo XIV La singular actitud de un imperdible

Detrás del telón, había una multitud indescriptible. Artistas, tramoyistas, bailarinas, figurantes, coristas, abonados, todos hacían preguntas, gritaban y se empujaban unos a otros.

"¿Qué ha sido de ella?"

"Se ha escapado."

"¡Con el vizconde de Chagny, por supuesto!"

"¡No, con el conde!"

"¡Ah, ahí está Carlotta! ¡Carlotta hizo el truco!"

"¡No, fue el fantasma!" Y algunos rieron, especialmente porque un examen cuidadoso de las trampillas y las tablas había descartado la idea de un accidente.

En medio de esta ruidosa multitud, tres hombres hablaban en voz baja y con gestos desesperados. Eran Gabriel, el maestro de coro; Mercier, el administrador, y Remy, el secretario. Se retiraron a un rincón del vestíbulo por el cual el escenario se comunica con el ancho pasaje que lleva al foyer del ballet. Allí se quedaron y discutieron detrás de unos enormes "elementos de utilería".

"Llamé a la puerta", dijo Remy. "No respondieron. Quizás no estén en el despacho. En cualquier caso, es imposible saberlo, porque se llevaron las llaves con ellos."

"Ellos" eran, obviamente, los directores, quienes habían dado órdenes, durante el último entreacto, de que no se les molestara bajo ningún pretexto. No recibían a nadie.

"Aun así", exclamó Gabriel, "¡a una cantante no se la llevan, en medio del escenario, todos los días!"

"¿Les gritaste eso?", preguntó Mercier, con impaciencia.

"Volveré de nuevo", dijo Remy, y desapareció corriendo.

En ese momento llegó el regidor.

"Bueno, señor Mercier, ¿vienen? ¿Qué hacen ustedes dos aquí? Le reclaman, señor administrador."

"Me niego a saber o hacer nada antes de que llegue el comisario", declaró Mercier. "He enviado a buscar a Mifroid. ¡Ya veremos cuando llegue!"

"Y yo le digo que debería bajar al órgano de inmediato."

"No antes de que llegue el comisario."

"Yo mismo he bajado ya al órgano."

"¿Ah, sí? ¿Y qué vio?"

"¡Bueno, no vi a nadie! ¿Me oye? ¡A nadie!"

"¿Para qué quiere que baje allí?"

"¡Tiene razón!", dijo el regidor, pasándose frenéticamente las manos por su rebelde cabello. "¡Tiene razón! Pero podría haber alguien en el órgano que pudiera decirnos cómo el escenario se oscureció repentinamente. Ahora, a Mauclair no se le encuentra por ninguna parte. ¿Entiende eso?"

Mauclair era el gasista, quien dispensaba el día y la noche a voluntad en el escenario de la Ópera.

"¡No se encuentra a Mauclair!", repitió Mercier, desconcertado. "¿Bueno, qué hay de sus ayudantes?"

"¡No hay Mauclair ni ayudantes! ¡Nadie en las luces, le digo! Puede imaginarse", rugió el regidor, "que esa niña debe haber sido secuestrada por alguien más: ¡no se escapó sola! Fue un golpe calculado y tenemos que descubrirlo... ¿Y qué están haciendo los directores todo este tiempo? ... Di órdenes de que nadie bajara a las luces y puse a un bombero frente a la cabina del gasista junto al órgano. ¿No estuvo bien?"

"Sí, sí, muy bien, muy bien. Y ahora esperemos al comisario."

El regidor se alejó, encogiéndose de hombros, echando humo, murmurando insultos contra esos flojos que permanecían sentados tranquilamente en un rincón mientras todo el teatro estaba patas arriba.

Gabriel y Mercier no estaban tan tranquilos como eso. Solo que habían recibido una orden que los paralizaba. No se debía molestar a los directores bajo ningún concepto. Remy había violado esa orden y no tuvo éxito.

En ese momento regresó de su nueva expedición, luciendo un aire curiosamente sobresaltado.

"Bueno, ¿los has visto?", preguntó Mercier.

"Moncharmin abrió la puerta al fin. Sus ojos se le salían de las órbitas. Pensé que tenía intención de golpearme. No pude articular palabra; ¿y qué cree que me gritó? '¿Tiene un imperdible?' '¡No!' '¡Bueno, entonces, lárguese!' Intenté decirle que había ocurrido algo inaudito en el escenario, pero él rugió: '¡Un imperdible! ¡Denme un imperdible de inmediato!' Un chico lo oyó (estaba bramando como un toro), corrió con un imperdible y se lo dio; tras lo cual Moncharmin me cerró la puerta en las narices, ¡y eso es todo!"

"¿Y no pudiste haber dicho: 'Christine Daaé'?"

"Me gustaría haberlo visto en mi lugar. Estaba echando espuma por la boca. No pensaba en nada más que en su imperdible. ¡Creo que, si no se lo hubieran traído en el acto, se habría desplomado de un ataque!... Oh, todo esto no es natural; ¡y nuestros directores se están volviendo locos!... Además, ¡no puede seguir así! ¡No estoy acostumbrado a ser tratado de esa manera!"

De repente, Gabriel susurró:

"Es otro truco de O. G."

Remy sonrió, Mercier suspiró y parecía a punto de hablar... pero, al encontrarse con la mirada de Gabriel, no dijo nada.

Sin embargo, Mercier sentía que su responsabilidad aumentaba a medida que pasaban los minutos sin que los directores aparecieran; y, al fin, no pudo soportarlo más.

"¡Mire, iré a buscarlos yo mismo!"

Gabriel, poniéndose muy sombrío y serio, lo detuvo.

"¡Tenga cuidado con lo que hace, Mercier! Si se quedan en su oficina, ¡es probable que sea porque tienen que hacerlo! ¡O. G. tiene más de un truco en su manga!"

Pero Mercier negó con la cabeza.

"¡Ese es su problema! ¡Voy! ¡Si la gente me hubiera escuchado, la policía lo sabría todo desde hace mucho tiempo!"

Y fue.

"¿Qué es 'todo'?", preguntó Remy. "¿Qué había que decirle a la policía? ¿Por qué no respondes, Gabriel?... ¡Ah, así que sabes algo! Bueno, harías mejor en contármelo a mí también, ¡si no quieres que grite que todos ustedes se están volviendo locos!... Sí, eso es lo que son: ¡locos!"

Gabriel puso una cara estúpida y fingió no entender el desatinado exabrupto del secretario privado.

"¿Qué 'algo' se supone que debo saber?", dijo. "No entiendo a qué te refieres."

Remy empezó a perder los estribos.

"Esta noche, Richard y Moncharmin se estaban comportando como lunáticos, aquí, entre los actos."

"No me di cuenta", gruñó Gabriel, muy molesto.

"¡Entonces eres el único!... ¿Crees que no los vi?... ¿Y que el señor Parabise, el director del Crédit Central, no notó nada?... ¿Y que el señor de La Borderie, el embajador, no tiene ojos para ver?... ¡Vaya, todos los abonados señalaban a nuestros directores!"

"¿Pero qué estaban haciendo nuestros directores?", preguntó Gabriel, poniendo su aire más inocente.

"¿Qué estaban haciendo? ¡Tú sabes mejor que nadie lo que estaban haciendo!... ¡Tú estabas allí!... ¡Y los estabas observando, tú y Mercier!... ¡Y fueron los únicos dos que no se rieron!"

"¡No entiendo!"

Gabriel levantó los brazos y los dejó caer a los lados de nuevo, gesto que pretendía transmitir que la pregunta no le interesaba en lo más mínimo. Remy continuó:

"¿Qué sentido tiene esta nueva manía suya? ¿POR QUÉ NO QUIEREN QUE NADIE SE LES ACERQUE AHORA?"

"¿Qué? ¿NO QUIEREN QUE NADIE SE LES ACERQUE?"

"¡Y NO DEJAN QUE NADIE LOS TOQUE!"

"¿De verdad? ¿Ha notado QUE NO DEJAN QUE NADIE LOS TOQUE? ¡Eso es ciertamente extraño!"

"¡Oh, así que lo admite! ¡Y ya era hora! ¡Y ADEMÁS, CAMINAN HACIA ATRÁS!"

"¿HACIA ATRÁS? ¿Ha visto a nuestros directores CAMINAR HACIA ATRÁS? ¡Vaya, pensaba que solo los cangrejos caminaban hacia atrás!"

"¡No se ría, Gabriel; no se ría!"

"No me estoy riendo", protestó Gabriel, luciendo tan solemne como un juez.

"Quizás pueda decirme esto, Gabriel, ya que es amigo íntimo de la dirección: Cuando me acerqué al señor Richard, fuera del vestíbulo, durante el intermedio del Jardín, con la mano extendida frente a mí, ¿por qué el señor Moncharmin me susurró apresuradamente: '¡Váyase! ¡Váyase! ¡Haga lo que haga, no toque al señor director!'? ¿Se supone que tengo una enfermedad infecciosa?"

"¡Es increíble!"

"Y, un poco más tarde, cuando el señor de La Borderie se acercó al señor Richard, ¿no vio al señor Moncharmin arrojarse entre ellos y oírlo exclamar: '¡Señor Embajador, le suplico que no toque al señor director!'?"

"¡Es terrible!... ¿Y qué hacía Richard mientras tanto?"

"¿Qué hacía? ¡Vaya, usted lo vio! Se dio la vuelta, HIZO UNA REVERENCIA HACIA ADELANTE, AUNQUE NO HABÍA NADIE DELANTE DE ÉL, Y SE RETIRÓ HACIA ATRÁS."

"¿HACIA ATRÁS?"

"Y Moncharmin, detrás de Richard, también se dio la vuelta; es decir, describió un semicírculo detrás de Richard y también CAMINÓ HACIA ATRÁS!... Y se fueron ASÍ hacia la escalera que lleva a la oficina de los directores: ¡HACIA ATRÁS, HACIA ATRÁS, HACIA ATRÁS!... Bueno, si no están locos, ¿explicará qué significa?"

"Quizás estaban practicando una figura del ballet", sugirió Gabriel, sin mucha convicción en su voz.

El secretario estaba furioso por esta miserable broma, hecha en un momento tan dramático. Frunció el ceño y contrajo los labios. Luego acercó su boca al oído de Gabriel:

"No seas tan astuto, Gabriel. Hay cosas sucediendo de las cuales tú y Mercier son parcialmente responsables."

"¿Qué quieres decir?", preguntó Gabriel.

"Christine Daaé no es la única que desapareció repentinamente esta noche."

"¡Oh, tonterías!"

"No son tonterías. Quizás puedas decirme por qué, cuando la Madre Giry bajó al vestíbulo hace un momento, ¿Mercier la tomó de la mano y se la llevó apresuradamente con él?"

"¿De verdad?", dijo Gabriel, "no lo vi."

"Lo viste, Gabriel, porque fuiste con Mercier y la Madre Giry a la oficina de Mercier. Desde entonces, a ti y a Mercier se les ha visto, pero nadie ha visto a la Madre Giry."

"¿Crees que nos la hemos comido?"

"No, pero la has encerrado en la oficina; y cualquiera que pase por la oficina puede oírla gritar: '¡Oh, los sinvergüenzas! ¡Oh, los sinvergüenzas!'"

En este punto de esta singular conversación, llegó Mercier, sin aliento.

"¡Ahí!", dijo, con voz sombría. "¡Es peor que nunca!... Grité: '¡Es un asunto serio! ¡Abran la puerta! Soy yo, Mercier.' Oí pasos. La puerta se abrió y apareció Moncharmin. Estaba muy pálido. Dijo: '¿Qué quieres?' Respondí: 'Alguien se ha llevado a Christine Daaé.' ¿Qué creen que dijo? '¡Y qué bien!' Y cerró la puerta, después de poner esto en mi mano."

Mercier abrió la mano; Remy y Gabriel miraron.

"¡El imperdible!", gritó Remy.

"¡Extraño! ¡Extraño!", murmuró Gabriel, que no pudo evitar estremecerse.

De repente, una voz los hizo a los tres darse la vuelta.

"Les ruego me disculpen, caballeros. ¿Podrían decirme dónde está Christine Daaé?"

A pesar de la seriedad de las circunstancias, el absurdo de la pregunta les habría hecho soltar una carcajada, si no hubieran visto un rostro tan afligido que fueron presas de la lástima al instante. Era el vizconde Raoul de Chagny.

Capítulo XV ¡Christine! ¡Christine!

El primer pensamiento de Raoul, tras la fantástica desaparición de Christine Daaé, fue acusar a Erik. Ya no dudaba de los poderes casi sobrenaturales del Ángel de la Música, en este dominio de la Ópera en el que había establecido su imperio. Y Raoul corrió al escenario, en un ataque de locura de amor y desesperación.

"¡Christine! ¡Christine!", gemía, llamándola como sentía que ella debía estar llamándolo desde las profundidades de aquel oscuro abismo al que el monstruo la había llevado. "¡Christine! ¡Christine!"

Y le pareció oír los gritos de la joven a través de las frágiles tablas que lo separaban de ella. Se inclinó hacia adelante, escuchó... vagó por el escenario como un loco. ¡Ah, descender, descender a ese pozo de tinieblas cuya entrada le estaba vedada!... ¡pues las escaleras que llevaban debajo del escenario estaban prohibidas para todos aquella noche!

"¡Christine! ¡Christine!..."

La gente lo apartaba, riendo. Se burlaban de él. ¡Pensaban que el pobre amante había perdido el juicio!

¿Por qué camino loco, a través de qué pasajes de misterio y oscuridad conocidos solo por él, había arrastrado Erik a aquella criatura de alma pura hasta la terrible guarida, con la habitación Luis-Felipe, que daba al lago?

"¡Christine! ¡Christine!... ¿Por qué no contestas?... ¿Estás viva?..."

Pensamientos espantosos cruzaban el cerebro congestionado de Raoul. Por supuesto, Erik debía haber descubierto su secreto, debía saber que Christine le había sido infiel. ¡Qué venganza sería la suya!

Y Raoul pensó de nuevo en las estrellas amarillas que habían venido, la noche anterior, y rondado su balcón. ¿Por qué no las había apagado para siempre? Había ojos de hombres que se dilataban en la oscuridad y brillaban como estrellas o como ojos de gato. Ciertamente, los albinos, que parecían tener ojos de conejo de día, tenían ojos de gato de noche: ¡todo el mundo sabía eso!... Sí, sí, sin duda le había disparado a Erik. ¿Por qué no lo había matado? El monstruo había huido por el canalón como un gato o un convicto que —todo el mundo sabía eso también— escalaría los cielos mismos con la ayuda de un canalón... Sin duda, Erik estaba en aquel momento contemplando algún paso decisivo contra Raoul, pero había sido herido y había escapado para volverse contra la pobre Christine en su lugar.

Tales eran los pensamientos crueles que atormentaban a Raoul mientras corría hacia el camerino de la cantante.

"¡Christine! ¡Christine!"

Lágrimas amargas quemaban los párpados del joven al ver esparcidas sobre el mobiliario las ropas que su bella prometida debía haber llevado a la hora de su huida. Oh, ¿por qué ella se había negado a marcharse antes?

¿Por qué había jugueteado con la catástrofe amenazante? ¿Por qué jugueteó con el corazón del monstruo? ¿Por qué, en un último acceso de piedad, había insistido en arrojar, como último consuelo al alma de aquel demonio, su canto divino:

"¡Santo ángel, bendito en el Cielo, mi espíritu anhela descansar contigo!"

Raoul, con la garganta llena de sollozos, juramentos e insultos, hurgó torpemente en el gran espejo que se había abierto una noche, ante sus ojos, para dejar pasar a Christine hacia la oscura morada inferior. Empujó, presionó, palpó, pero el cristal aparentemente no obedecía a nadie más que a Erik... ¿Quizás las acciones no bastaban con un cristal de ese tipo? ¿Quizás se esperaba que pronunciara ciertas palabras? ¡Cuando era pequeño, había oído que había cosas que obedecían a la palabra hablada!

De repente, Raoul recordó algo acerca de una puerta que abría a la Rue Scribe, un pasadizo subterráneo que iba directo a la Rue Scribe desde el lago... Sí, Christine le había contado sobre eso... Y, cuando descubrió que la llave ya no estaba en la caja, corrió de todos modos a la Rue Scribe. Afuera, en la calle, pasó sus manos temblorosas sobre las enormes piedras, buscó salidas... encontró rejas de hierro... ¿eran esas? ... ¿O estas? ... ¿O podría ser esa rejilla de ventilación?... Hundió sus ojos inútiles a través de las rejas... ¡Qué oscuro estaba allí dentro!... Escuchó... ¡Todo era silencio!... Rodeó el edificio... y llegó a rejas más grandes, ¡inmensas puertas! ... Era la entrada a la Cour de l'Administration.

Raoul corrió a la portería.

—Le ruego me perdone, madame, ¿podría decirme dónde encontrar una reja o puerta, hecha de barrotes, barrotes de hierro, que dé a la Rue Scribe... y que conduzca al lago?... ¿Sabe a qué lago me refiero?... Sí, el lago subterráneo... bajo la Ópera.

—Sí, señor, sé que hay un lago bajo la Ópera, pero no sé qué puerta conduce a él. ¡Nunca he estado allí!

—¿Y la Rue Scribe, madame, la Rue Scribe? ¿Nunca ha estado en la Rue Scribe?

La mujer se rió, ¡lanzó un grito de risa! Raoul salió disparado, rugiendo de rabia, subió las escaleras de cuatro en cuatro, bajó otras, corrió por toda la zona administrativa de la ópera y se encontró una vez más bajo la luz del escenario.

Se detuvo con el corazón palpitándole en el pecho: ¿y si hubieran encontrado a Christine Daaé? Vio a un grupo de hombres y preguntó:

—Le ruego me perdone, caballeros. ¿Podrían decirme dónde está Christine Daaé?

Y alguien se rió.

En el mismo instante, el escenario zumbó con un sonido nuevo y, en medio de una multitud de hombres en traje de etiqueta, todos hablando y gesticulando a la vez, apareció un hombre que parecía muy tranquilo y mostraba un rostro agradable, sonrosado y regordete, coronado por un cabello rizado e iluminado por un par de ojos azules maravillosamente serenos. Mercier, el administrador en funciones, llamó la atención del vizconde de Chagny hacia él y dijo:

—Este es el caballero a quien debe dirigir su pregunta, monsieur. Permítame presentarle a Mifroid, el comisario de policía.

—¡Ah, M. le Vicomte de Chagny! Encantado de conocerle, monsieur —dijo el comisario—. ¿Le importaría venir conmigo?... Y ahora, ¿dónde están los directores?... ¿Dónde están los directores?

Mercier no respondió, y Remy, el secretario, se ofreció a informar que los directores estaban encerrados en su despacho y que aún no sabían nada de lo que había sucedido.

—¡No me diga eso! ¡Vamos al despacho!

Y M. Mifroid, seguido por una multitud cada vez mayor, se volvió hacia la zona administrativa del edificio. Mercier aprovechó la confusión para deslizar una llave en la mano de Gabriel:

—Todo esto va muy mal —susurró—. Será mejor que deje salir a la madre Giry.

Y Gabriel se alejó.

Pronto llegaron a la puerta de los directores. Mercier llamó en vano: la puerta permaneció cerrada.

—¡Abran en nombre de la ley! —ordenó M. Mifroid con voz fuerte y algo ansiosa.

Por fin se abrió la puerta. Todos entraron precipitadamente en el despacho, pisando los talones al comisario.

Raoul fue el último en entrar. Cuando estaba a punto de seguir a los demás al interior de la estancia, una mano se posó sobre su hombro y escuchó estas palabras dichas a su oído:

—¡LOS SECRETOS DE ERIK NO CONCIERNEN A NADIE MÁS QUE A ÉL!

Se dio la vuelta con una exclamación ahogada. La mano que se había posado sobre su hombro estaba ahora colocada sobre los labios de una persona de piel de ébano, con ojos de jade y un gorro de astracán en la cabeza: ¡el persa! El extraño mantuvo el gesto que recomendaba discreción y luego, en el momento en que el asombrado vizconde estaba a punto de preguntar la razón de su misteriosa intervención, hizo una reverencia y desapareció.

Capítulo XVI Las asombrosas revelaciones de la Sra. Giry sobre sus relaciones personales con el Fantasma de la Ópera

Antes de seguir al comisario al despacho del director, debo describir ciertos sucesos extraordinarios que tuvieron lugar en dicho despacho, al que Remy y Mercier habían intentado entrar en vano y en el que los señores Richard y Moncharmin se habían encerrado con un objeto que el lector aún no conoce, pero que es mi deber, como historiador, revelar sin más demora.

He tenido ocasión de decir que el estado de ánimo de los directores había experimentado un cambio desagradable desde hacía algún tiempo y de transmitir el hecho de que este cambio no se debía solo a la caída de la lámpara en la famosa noche de la función de gala.

El lector debe saber que el fantasma había cobrado tranquilamente sus primeros veinte mil francos. ¡Oh, hubo lamentos y crujir de dientes, ciertamente! Y, sin embargo, la cosa había sucedido de la manera más sencilla.

Una mañana, los directores encontraron sobre su mesa un sobre dirigido al "Señor O. G. (privado)" y acompañado por una nota del propio O. G.:

Ha llegado el momento de ejecutar la cláusula del libro de memorandos. Por favor, pongan veinte billetes de mil francos cada uno en este sobre, séllenlo con su propio sello y entréguenlo a la Sra. Giry, quien hará lo necesario.

Los directores no dudaron; sin perder tiempo en preguntar cómo habían llegado estas endiabladas comunicaciones a un despacho que se cuidaban mucho de mantener cerrado bajo llave, aprovecharon esta oportunidad para echar el guante al misterioso chantajista. Y, tras contar toda la historia, bajo promesa de secreto, a Gabriel y Mercier, pusieron los veinte mil francos en el sobre y, sin pedir explicaciones, se lo entregaron a la Sra. Giry, quien había sido restituida en sus funciones. La acomodadora no mostró asombro. Huelga decir que estuvo bien vigilada. Fue directamente al palco del fantasma y colocó el precioso sobre en el pequeño estante unido al borde. Los dos directores, así como Gabriel y Mercier, estaban escondidos de tal manera que no perdieron de vista el sobre ni por un segundo durante la función e incluso después, pues, como el sobre no se había movido, los que lo vigilaban tampoco se movieron; y la Sra. Giry se marchó mientras los directores, Gabriel y Mercier seguían allí. Por fin, se cansaron de esperar y abrieron el sobre, tras comprobar que los sellos no habían sido rotos.

A primera vista, Richard y Moncharmin pensaron que los billetes seguían allí; pero pronto se dieron cuenta de que no eran los mismos. Los veinte billetes reales habían desaparecido y habían sido sustituidos por veinte billetes del "Banco de San Farsa".[1]

La rabia y el espanto de los directores fueron inconfundibles. Moncharmin quiso llamar al comisario de policía, pero Richard se opuso. Sin duda tenía un plan, pues dijo:

—¡No hagamos el ridículo! Todo París se reiría de nosotros. O. G. ha ganado la primera partida: nosotros ganaremos la segunda.

Pensaba en la paga del mes siguiente.

No obstante, habían sido tan absolutamente engañados que estaban obligados a sufrir cierto abatimiento. Y, por mi vida, no era difícil de entender. No debemos olvidar que los directores tenían todo el tiempo en el fondo de sus mentes la idea de que este extraño incidente podría ser una broma pesada de mal gusto por parte de sus predecesores y que no sería conveniente divulgarlo prematuramente. Por otra parte, Moncharmin se veía a veces turbado por una sospecha hacia el propio Richard, quien ocasionalmente tenía antojos caprichosos. Así pues, se contentaron con esperar acontecimientos, mientras vigilaban a la madre Giry. Richard no quiso que se hablara con ella.

—Si es una cómplice —dijo—, los billetes han desaparecido hace mucho. Pero, en mi opinión, es simplemente una idiota.

—No es la única idiota en este asunto —dijo Moncharmin pensativo.

—Bueno, ¿quién podría haberlo pensado? —se lamentó Richard—. Pero no temas... la próxima vez, habré tomado mis precauciones.

La próxima vez cayó en el mismo día que vio la desaparición de Christine Daaé. Por la mañana, una nota del fantasma les recordó que el dinero debía ser entregado. Decía:

Hagan exactamente lo mismo que la última vez. Salió muy bien. Pongan los veinte mil en el sobre y entréguenselo a nuestra excelente Sra. Giry.

Y la nota iba acompañada del sobre habitual. Solo tenían que introducir los billetes.

Esto se hizo aproximadamente media hora antes de que se levantara el telón del primer acto de Fausto. Richard mostró el sobre a Moncharmin. Luego contó los veinte billetes de mil francos delante de él y los puso en el sobre, pero sin cerrarlo.

—Y ahora —dijo—, llamemos a la madre Giry.

Se mandó llamar a la vieja. Entró haciendo una reverencia exagerada. Aún vestía su traje de tafetán negro, cuyo color se estaba convirtiendo rápidamente en óxido y lila, por no hablar del sombrero andrajoso. Parecía estar de buen humor. Dijo de inmediato:

—¡Buenas noches, señores! Es por el sobre, supongo.

—Sí, Sra. Giry —dijo Richard, muy amablemente—. Por el sobre... y por algo más además.

—A su servicio, M. Richard, a su servicio. ¿Y qué es ese algo más, por favor?

—En primer lugar, Sra. Giry, tengo una pequeña pregunta que hacerle.

—Por supuesto, M. Richard: la Sra. Giry está aquí para responderle.

—¿Sigue usted en buenos términos con el fantasma?

—No podría ser mejor, señor; no podría ser mejor.

—Ah, estamos encantados... Mire, Sra. Giry —dijo Richard, en tono de hacer una confidencia importante—. Bien podríamos decírselo, entre nosotros... ¡usted no es ninguna tonta!

—¡Vaya, señor! —exclamó la acomodadora, deteniendo el agradable balanceo de las plumas negras de su sombrero andrajoso—. ¡Le aseguro que nadie ha dudado nunca de eso!

—Estamos totalmente de acuerdo y pronto nos entenderemos. La historia del fantasma es pura patraña, ¿verdad?... Bueno, siempre entre nosotros... ya ha durado bastante.

La Sra. Giry miró a los directores como si estuvieran hablando chino. Se acercó a la mesa de Richard y preguntó, algo ansiosa:

—¿Qué quiere decir? No entiendo.

—Oh, usted entiende perfectamente. En cualquier caso, tiene que entender... Y, en primer lugar, díganos su nombre.

—¿El nombre de quién?

—¡El nombre del hombre de quien usted es cómplice, Sra. Giry!

—¿Yo soy la cómplice del fantasma? ¿Yo?... ¿Su cómplice en qué, por favor?

—Usted hace todo lo que él quiere.

—¡Oh! No es muy molesto, sabe.

—¿Y todavía le da propinas?

—No debo quejarme.

—¿Cuánto le da por llevarle ese sobre?

—Diez francos.

—¡Pobrecilla! Eso no es mucho, ¿verdad?

—¿Por qué?

—Se lo diré en seguida, Sra. Giry. Solo queríamos saber por qué razón extraordinaria se ha entregado en cuerpo y alma a este fantasma... La amistad y la devoción de la Sra. Giry no se compran por cinco o diez francos.

—Eso es muy cierto... Y puedo decirle la razón, señor. No hay deshonra en ello... al contrario.

—¡Estamos seguros de ello, Sra. Giry!

—Bueno, es así... solo que al fantasma no le gusta que hable de sus asuntos.

—¿De verdad? —se mofó Richard.

—Pero este es un asunto que me concierne solo a mí... Bien, fue en el palco cinco una tarde, encontré una carta dirigida a mí, una especie de nota escrita con tinta roja. No hace falta que le lea la carta, señor; la sé de memoria, ¡y nunca la olvidaré aunque viva cien años!

Y la Sra. Giry, irguiéndose, recitó la carta con conmovedora elocuencia:

MADAME:

1825. Mlle. Menetrier, primera bailarina, se convirtió en marquesa de Cussy.

1832. Mlle. Marie Taglioni, bailarina, se convirtió en condesa Gilbert des Voisins.

1846. La Sota, bailarina, se casó con un hermano del rey de España.

1847. Lola Montes, bailarina, se convirtió en esposa morganática del rey Luis de Baviera y fue nombrada condesa de Landsfeld.

1848. Mlle. Maria, bailarina, se convirtió en baronesa d'Herneville.

1870. Theresa Hessier, bailarina, se casó con don Fernando, hermano del rey de Portugal.

Richard y Moncharmin escuchaban a la anciana, quien, a medida que avanzaba en la enumeración de estos gloriosos esponsales, se hinchaba, cobraba valor y, finalmente, con voz estallante de orgullo, lanzó la última frase de la carta profética:

1885. ¡Meg Giry, emperatriz!

Agotada por este esfuerzo supremo, la acomodadora cayó en una silla, diciendo:

—Señores, la carta estaba firmada: "Fantasma de la Ópera". Había oído hablar mucho del fantasma, pero solo creía a medias en él. Desde el día en que declaró que mi pequeña Meg, la carne de mi carne, el fruto de mi vientre, sería emperatriz, creí completamente en él.

Y realmente no era necesario hacer un largo estudio de las facciones excitadas de la Sra. Giry para entender lo que se podía obtener de ese fino intelecto con las dos palabras "fantasma" y "emperatriz".

Pero, ¿quién movía los hilos de esa marioneta extraordinaria? Esa era la cuestión.

—¿Nunca lo ha visto; él le habla y usted cree todo lo que dice? —preguntó Moncharmin.

—Sí. Para empezar, le debo a él que mi pequeña Meg fuera ascendida a primera de fila. Le dije al fantasma: "Si va a ser emperatriz en 1885, no hay tiempo que perder; debe convertirse en primera de fila de inmediato". Él dijo: "Considéralo hecho". Y solo tuvo que decir una palabra a M. Poligny y el asunto quedó hecho.

—¡Así que ve que M. Poligny sí lo vio!

—No, no más que yo; pero lo escuchó. El fantasma le dijo una palabra al oído, ya sabe, la noche en que salió del palco cinco, con un aspecto tan terriblemente pálido.

Moncharmin lanzó un suspiro. —¡Qué asunto! —gimió.

—¡Ah! —dijo la Sra. Giry—. Siempre pensé que había secretos entre el fantasma y M. Poligny. Todo lo que el fantasma le pedía a M. Poligny, M. Poligny lo hacía. M. Poligny no podía negarle nada al fantasma.

—Ya oyes, Richard: Poligny no podía negarle nada al fantasma.

—¡Sí, sí, ya oigo! —dijo Richard—. M. Poligny es amigo del fantasma; y, como la Sra. Giry es amiga de M. Poligny, ¡ahí lo tenemos!... Pero no me importa un bledo M. Poligny —añadió bruscamente—. La única persona cuyo destino realmente me interesa es la Sra. Giry... Sra. Giry, ¿sabe qué hay en este sobre?

—Pues claro que no —dijo.

—Bueno, mire.

La Sra. Giry miró dentro del sobre con un ojo sin brillo, que pronto recuperó su fulgor.

—¡Billetes de mil francos! —exclamó.

—¡Sí, Sra. Giry, billetes de mil francos! ¡Y usted lo sabía!

—¿Yo, señor? ¿Yo?... Lo juro...

—¡No jure, Sra. Giry!... Y ahora le diré la segunda razón por la que la he hecho llamar. Sra. Giry, voy a hacer que la arresten.

Las dos plumas negras del sombrero andrajoso, que solían adoptar la actitud de dos signos de interrogación, cambiaron a dos signos de exclamación; en cuanto al sombrero en sí, se balanceaba amenazador sobre el tempestuoso moño de la anciana. La sorpresa, la indignación, la protesta y la consternación fueron además exhibidas por la madre de la pequeña Meg en una especie de movimiento extravagante de virtud ofendida, mitad salto, mitad deslizamiento, que la llevó justo debajo de la nariz de M. Richard, quien no pudo evitar echar su silla hacia atrás.

—¡HACER QUE ME ARRESTEN!

La boca que pronunció esas palabras pareció escupir los tres dientes que le quedaban a la cara de Richard.

M. Richard se comportó como un héroe. No retrocedió más. Su dedo índice amenazante parecía estar señalando ya a la acomodadora del palco cinco ante los magistrados ausentes.

—¡Voy a hacer que la arresten, Sra. Giry, como ladrona!

—¡Diga eso otra vez!

Y la Sra. Giry le propinó al Sr. Director Richard un tremendo bofetón, antes de que el Sr. Director Moncharmin tuviera tiempo de intervenir. Pero no fue la mano marchita de la vieja colérica la que cayó sobre la oreja directiva, sino el sobre mismo, la causa de todos los problemas, el sobre mágico que se abrió con el golpe, esparciendo los billetes de banco, que escaparon en un torbellino fantástico de mariposas gigantes.

Los dos directores dieron un grito, y el mismo pensamiento hizo que ambos se pusieran de rodillas, febrilmente, recogiendo y examinando apresuradamente los preciosos trozos de papel.

—¿Siguen siendo auténticos, Moncharmin?

—¿Siguen siendo auténticos, Richard?

—¡Sí, siguen siendo auténticos!

Sobre sus cabezas, los tres dientes de la Sra. Giry chocaban en una ruidosa disputa, llena de interjecciones horribles. Pero todo lo que se podía distinguir claramente era este LEIT-MOTIV:

—¡Yo, una ladrona!... ¡Yo, una ladrona, yo?

Se ahogaba de rabia. Gritó:

—¡Nunca había oído tal cosa!

Y, de repente, se abalanzó de nuevo hacia Richard.

—¡En cualquier caso —chilló—, usted, M. Richard, debería saber mejor que yo adónde fueron a parar los veinte mil francos!

—¿Yo? —preguntó Richard, asombrado—. ¿Y cómo iba a saberlo?

Moncharmin, luciendo severo e insatisfecho, insistió de inmediato en que la buena dama se explicara.

—¿Qué significa esto, Sra. Giry? —preguntó—. ¿Y por qué dice que M. Richard debería saber mejor que usted adónde fueron a parar los veinte mil francos?

En cuanto a Richard, que sintió que se ponía rojo bajo los ojos de Moncharmin, tomó a la Sra. Giry por la muñeca y la sacudió violentamente. Con voz que gruñía y retumbaba como el trueno, rugió:

—¿Por qué debería saber mejor que usted adónde fueron a parar los veinte mil francos? ¿Por qué? ¡Contésteme!

—¡Porque fueron a parar a su bolsillo! —jadeó la anciana, mirándolo como si fuera el diablo encarnado.

Richard se habría abalanzado sobre la Sra. Giry si Moncharmin no hubiera detenido su mano vengadora y se hubiera apresurado a preguntarle, con más suavidad:

—¿Cómo puede sospechar de mi socio, M. Richard, de que se ha metido veinte mil francos en el bolsillo?

—Nunca dije eso —declaró la Sra. Giry—, viendo que fui yo misma quien puso los veinte mil francos en el bolsillo de M. Richard. Y añadió, en voz baja: "¡Ahí está! ¡Ya salió!... ¡Y que el fantasma me perdone!".

Richard empezó a bramar de nuevo, pero Moncharmin le ordenó autoritariamente que guardara silencio.

—¡Permítame! ¡Permítame! Deje que la mujer se explique. Déjeme interrogarla. —Y añadió—: ¡Es realmente asombroso que usted tome ese tono!... Estamos a punto de aclarar todo el misterio. ¡Y usted está furioso!... Se equivoca al comportarse así... Me estoy divirtiendo inmensamente.

La Sra. Giry, como la mártir que era, levantó la cabeza, con el rostro radiante de fe en su propia inocencia.

—Usted me dice que había veinte mil francos en el sobre que puse en el bolsillo de M. Richard; ¡pero le vuelvo a decir que yo no sabía nada al respecto!... ¡Ni M. Richard tampoco, dicho sea de paso!

—¡Ajá! —dijo Richard, asumiendo de repente un aire fanfarrón que a Moncharmin no le gustó—. ¡Yo tampoco sabía nada! ¡Usted pone veinte mil francos en mi bolsillo y yo tampoco sabía nada! ¡Me alegra mucho oírlo, Sra. Giry!

—Sí —concordó la terrible dama—, sí, es cierto. Ninguno de los dos sabíamos nada. ¡Pero usted, usted debe haber terminado por descubrirlo!

¡Richard sin duda habría engullido viva a la Sra. Giry si Moncharmin no hubiera estado allí! Pero Moncharmin la protegió. Reanudó sus preguntas:

—¿Qué tipo de sobre puso en el bolsillo de M. Richard? No era el que le dimos, el que usted llevó al palco cinco ante nuestros ojos; y, sin embargo, ese era el que contenía los veinte mil francos.

—Le ruego me perdone. El sobre que M. le Directeur me dio fue el que deslicé en el bolsillo de M. le Directeur —explicó la Sra. Giry—. El que llevé al palco del fantasma era otro sobre, igual a aquel, que el fantasma me dio de antemano y que escondí en mi manga.

Dicho esto, la Sra. Giry sacó de su manga un sobre ya preparado y dirigido de forma similar al que contenía los veinte mil francos. Los directores se lo quitaron. Lo examinaron y vieron que estaba cerrado con sellos estampados con su propio sello directivo. Lo abrieron. Contenía veinte billetes del Banco de San Farsa como aquellos que tanto les habían asombrado el mes anterior.

—¡Qué sencillo! —dijo Richard.

—¡Qué sencillo! —repitió Moncharmin. Y continuó con los ojos fijos en la Sra. Giry, como intentando hipnotizarla.

—¿Así que fue el fantasma quien le dio este sobre y le dijo que lo sustituyera por el que le dimos? ¿Y fue el fantasma quien le dijo que pusiera el otro en el bolsillo de M. Richard?

—Sí, fue el fantasma.

—¿Entonces le importaría darnos una muestra de sus pequeños talentos? Aquí está el sobre. Actúe como si no supiéramos nada.

—Como usted guste, señores.

La Sra. Giry tomó el sobre con los veinte billetes dentro y se dirigió a la puerta. Estaba a punto de salir cuando los dos directores se abalanzaron sobre ella:

—¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡No nos van a "engañar" una segunda vez! ¡Gato escaldado, del agua fría huye!

—Le ruego me perdone, señores —dijo la anciana, en su propia defensa—, me dijeron que actuara como si no supieran nada... Bueno, si ustedes no sabían nada, ¡yo me iría con su sobre!

—¿Y entonces cómo lo deslizaría usted en mi bolsillo? —arguyó Richard, a quien Moncharmin fijaba con su ojo izquierdo, mientras mantenía el derecho sobre la Sra. Giry: un procedimiento capaz de forzar la vista, pero Moncharmin estaba dispuesto a llegar a cualquier extremo para descubrir la verdad.

—Debo deslizarlo en su bolsillo cuando usted menos lo espere, señor. Usted sabe que siempre doy una pequeña vuelta entre bastidores a lo largo de la velada, y a menudo voy con mi hija al vestíbulo del ballet, lo cual tengo derecho a hacer como madre suya; le llevo sus zapatillas cuando el ballet está a punto de comenzar... de hecho, voy y vengo como me place... Los abonados también van y vienen... Usted también, señor... Hay mucha gente por ahí... Me pongo detrás de usted y deslizo el sobre en el bolsillo de la falda de su frac... ¡No hay ninguna brujería en eso!

—¡Ninguna brujería! —gruñó Richard, poniendo los ojos en blanco como Júpiter Tonans—. ¡Ninguna brujería! ¡Pero si acabo de pillarla en una mentira, vieja bruja!

La Sra. Giry se erizó, con sus tres dientes asomando por la boca.

—¿Y por qué, si se puede saber?

—Porque pasé esa velada vigilando el Palco Cinco y el sobre falso que usted puso allí. No fui al vestíbulo del ballet ni un segundo.

—No, señor, y no le di a usted el sobre esa velada, sino en la siguiente representación... la velada en que el subsecretario de Estado de Bellas Artes...

Ante estas palabras, el Sr. Richard interrumpió de repente a la Sra. Giry:

—¡Sí, es verdad, ahora lo recuerdo! El subsecretario fue tras bastidores. Preguntó por mí. Bajé al vestíbulo del ballet un momento. Estaba en los escalones del vestíbulo... El subsecretario y su jefe de negociado estaban en el vestíbulo mismo. De repente me giré... usted había pasado por detrás de mí, Sra. Giry... Parecía tropezar conmigo... ¡Oh, todavía la veo, todavía la veo!

—Sí, es eso, señor, es eso. Acababa de terminar mi pequeño asunto. ¡Ese bolsillo suyo, señor, es muy práctico!

Y la Sra. Giry volvió a acompañar la acción con las palabras. Pasó por detrás del Sr. Richard y, con tanta agilidad que Moncharmin mismo quedó impresionado, deslizó el sobre en el bolsillo de una de las faldas del frac del Sr. Richard.

—¡Por supuesto! —exclamó Richard, palideciendo un poco—. Es muy astuto por parte de O. G. El problema que debía resolver era este: cómo eliminar cualquier intermediario peligroso entre el hombre que da los veinte mil francos y el hombre que los recibe. Y lo mejor que pudo ocurrírsele, con mucho, fue venir a tomar el dinero de mi bolsillo sin que yo lo notara, ya que yo mismo no sabía que estaba allí. ¡Es maravilloso!

—¡Oh, maravilloso, sin duda! —convino Moncharmin—. ¡Solo que olvidas, Richard, que yo puse diez mil francos de los veinte y que nadie puso nada en mi bolsillo!

[1] Los billetes falsos emitidos por el "Banco de San Farsa" en Francia corresponden a los emitidos por el "Banco de Grabado" en Inglaterra.—Nota del traductor.

Capítulo XVII El imperdible de nuevo

La última frase de Moncharmin expresaba tan claramente la sospecha que ahora albergaba hacia su socio que estaba destinada a provocar una explicación tormentosa, al final de la cual se acordó que Richard cedería a todos los deseos de Moncharmin, con el objetivo de ayudarle a descubrir al malhechor que los estaba victimizando.

Esto nos lleva al intermedio después del Acto del Jardín, con la extraña conducta observada por el Sr. Remy y esos curiosos lapsos de la dignidad que cabría esperar de los directores. Se acordó entre Richard y Moncharmin, primero, que Richard repetiría los movimientos exactos que había hecho la noche de la desaparición de los primeros veinte mil francos; y, segundo, que Moncharmin no perdería ni por un instante de vista el bolsillo de la falda del frac de Richard, en el cual la Sra. Giry debía deslizar los veinte mil francos.

El Sr. Richard fue y se colocó en el lugar idéntico en el que había estado cuando hizo una reverencia al subsecretario de Bellas Artes. El Sr. Moncharmin tomó su posición a unos pasos detrás de él.

La Sra. Giry pasó, se rozó con el Sr. Richard, se deshizo de sus veinte mil francos en el bolsillo de la falda del director y desapareció... O mejor dicho, fue escamoteada. De acuerdo con las instrucciones recibidas de Moncharmin unos minutos antes, Mercier llevó a la buena señora a la oficina del director gerente y echó la llave, haciendo así imposible que ella se comunicara con su fantasma.

Mientras tanto, el Sr. Richard se inclinaba, hacía reverencias y caminaba hacia atrás, como si tuviera ante sí a ese alto y poderoso ministro, el subsecretario de Bellas Artes. Solo que, aunque estas muestras de cortesía no habrían creado asombro si el subsecretario de Estado hubiera estado realmente frente al Sr. Richard, causaron un asombro fácilmente comprensible a los espectadores de esta escena tan natural pero completamente inexplicable cuando el Sr. Richard no tenía a nadie frente a él.

El Sr. Richard hacía una reverencia... a nadie; curvaba su espalda... ante nadie; y caminaba hacia atrás... ante nadie... Y, unos pasos detrás de él, el Sr. Moncharmin hacía lo mismo, además de apartar al Sr. Remy y rogar al Sr. de La Borderie, el embajador, y al director del Crédit Central que "no tocaran al Sr. Director".

Moncharmin, que tenía sus propias ideas, no quería que Richard viniera a él más tarde, cuando los veinte mil francos hubieran desaparecido, y dijera:

"Quizás fue el embajador... o el director del Crédit Central... o Remy".

Tanto más cuanto que, en el momento de la primera escena, como el propio Richard admitió, Richard no se había cruzado con nadie en esa parte del teatro después de que la Sra. Giry lo hubiera rozado...

Habiendo comenzado caminando hacia atrás para hacer una reverencia, Richard continuó haciéndolo por prudencia, hasta llegar al pasillo que conducía a las oficinas de la dirección. De este modo, era vigilado constantemente por Moncharmin desde atrás y él mismo vigilaba a cualquiera que se acercara desde el frente. Una vez más, este novedoso método de caminar entre bastidores, adoptado por los directores de nuestra Academia Nacional de Música, llamó la atención; pero los directores mismos no pensaban más que en sus veinte mil francos.

Al llegar al pasillo en penumbra, Richard dijo a Moncharmin, en voz baja:

"Estoy seguro de que nadie me ha tocado... Será mejor que te mantengas a cierta distancia de mí y me vigiles hasta que llegue a la puerta de la oficina: es mejor no despertar sospechas y podremos ver cualquier cosa que suceda".

Pero Moncharmin respondió: "¡No, Richard, no! ¡Tú camina delante y yo caminaré inmediatamente detrás de ti! ¡No te dejaré ni un paso!".

"¡Pero, en ese caso —exclamó Richard—, nunca nos robarán nuestros veinte mil francos!".

"¡Eso espero, ciertamente!", declaró Moncharmin.

"¡Entonces lo que estamos haciendo es absurdo!".

"Estamos haciendo exactamente lo que hicimos la última vez... La última vez, me uní a ti cuando salías del escenario y te seguí de cerca por este pasillo".

"¡Es verdad!", suspiró Richard, negando con la cabeza y obedeciendo pasivamente a Moncharmin.

Dos minutos más tarde, los codirectores se encerraron en su oficina. Moncharmin mismo puso la llave en su bolsillo:

"Permanecimos encerrados así, la última vez —dijo—, hasta que dejaste la Ópera para ir a casa".

"Es cierto. Supongo que nadie vino a molestarnos, ¿verdad?".

"Nadie".

"Entonces —dijo Richard, que intentaba recuperar la memoria—, entonces seguramente me robaron de camino a casa desde la Ópera".

"No —dijo Moncharmin en un tono más seco que nunca—, no, eso es imposible. Pues te dejé en mi coche de punto. Los veinte mil francos desaparecieron en tu casa: no hay ni sombra de duda al respecto".

"¡Es increíble! —protestó Richard—. Confío en mis criados... y si uno de ellos lo hubiera hecho, habría desaparecido desde entonces".

Moncharmin se encogió de hombros, como para decir que no deseaba entrar en detalles, y Richard empezó a pensar que Moncharmin lo trataba de una forma muy insoportable.

"¡Moncharmin, ya he tenido suficiente!".

"¡Richard, yo he tenido demasiado!".

"¿Te atreves a sospechar de mí?".

"Sí, de una broma estúpida".

"No se bromea con veinte mil francos".

"Eso es lo que pienso", declaró Moncharmin, desplegando un periódico y estudiando ostentosamente su contenido.

"¿Qué haces? —preguntó Richard—. ¿Vas a leer el periódico ahora?".

"Sí, Richard, hasta que te lleve a casa".

"¿Como la última vez?".

"Sí, como la última vez".

Richard arrebató el periódico de las manos de Moncharmin. Moncharmin se levantó, más irritado que nunca, y se encontró frente a un Richard exasperado que, cruzándose de brazos sobre el pecho, dijo:

"Mira, estoy pensando en esto, ESTOY PENSANDO EN LO QUE PODRÍA PENSAR si, como la última vez, después de pasar la velada a solas contigo, me llevaras a casa y si, en el momento de despedirnos, percibiera que habían desaparecido veinte mil francos del bolsillo de mi frac... como la última vez".

"¿Y qué podrías pensar?", preguntó Moncharmin, encarnado de rabia.

"¡Podría pensar que, como no te habías separado de mí ni un palmo y como, por tu propio deseo, fuiste el único en acercarte a mí, como la última vez, podría pensar que, si esos veinte mil francos ya no estaban en mi bolsillo, tenían muchas posibilidades de estar en el tuyo!".

Moncharmin dio un salto ante la sugerencia.

"¡Oh! —gritó—. ¡Un imperdible!".

"¿Para qué quieres un imperdible?".

"¡Para sujetarte!... ¡Un imperdible!... ¡Un imperdible!".

"¿Quieres sujetarme con un imperdible?".

"¡Sí, para sujetarte a los veinte mil francos! ¡Entonces, ya sea aquí, o en el trayecto desde aquí hasta tu casa, o en tu casa, sentirás la mano que tira de tu bolsillo y verás si es la mía! ¡Ah, así que ahora sospechas de mí, ¿eh? ¡Un imperdible!".

Y ese fue el momento en que Moncharmin abrió la puerta hacia el pasillo y gritó:

"¡Un imperdible!... ¡que alguien me dé un imperdible!".

Y también sabemos cómo, en ese mismo momento, Remy, que no tenía ningún imperdible, fue recibido por Moncharmin, mientras un botones conseguía el alfiler tan anhelado. Y lo que sucedió fue esto: Moncharmin volvió a cerrar la puerta. Luego se arrodilló detrás de la espalda de Richard.

"Espero —dijo— que los billetes sigan ahí".

"Eso espero yo también", dijo Richard.

"¿Los verdaderos?", preguntó Moncharmin, resuelto a no ser "engañado" esta vez.

"Míralo tú mismo —dijo Richard—. Me niego a tocarlos".

Moncharmin sacó el sobre del bolsillo de Richard y extrajo los billetes con mano temblorosa, pues, esta vez, para asegurarse frecuentemente de la presencia de los billetes, no había sellado el sobre ni siquiera lo había cerrado. Se sintió tranquilizado al comprobar que estaban todos allí y que eran auténticos. Los volvió a poner en el bolsillo de la falda y los prendió con gran cuidado. Luego se sentó detrás de las faldas del frac de Richard y mantuvo los ojos fijos en ellas, mientras Richard, sentado en su escritorio, no se movía.

"Un poco de paciencia, Richard —dijo Moncharmin—. Solo tenemos que esperar unos minutos... El reloj pronto dará las doce. La última vez, nos fuimos a la última campanada de las doce".

"¡Oh, tendré toda la paciencia necesaria!".

El tiempo pasó, lento, pesado, misterioso, sofocante. Richard intentó reír.

"Acabaré creyendo en la omnipotencia del fantasma —dijo—. ¿No te parece que ahora mismo hay algo incómodo, inquietante, alarmante en la atmósfera de esta habitación?".

"Tienes toda la razón", dijo Moncharmin, quien estaba realmente impresionado.

"¡El fantasma! —continuó Richard, en voz baja, como temiendo que lo oyeran oídos invisibles—. ¡El fantasma! Supongamos, de todas formas, que fuera un fantasma quien pone los sobres mágicos sobre la mesa... que habla en el Palco Cinco... que mató a Joseph Buquet... que descolgó la lámpara... ¡y que nos roba! Porque, al fin y al cabo, al fin y al cabo, al fin y al cabo, no hay nadie aquí excepto tú y yo, y, si los billetes desaparecen y ni tú ni yo tenemos nada que ver con ello, bueno, tendremos que creer en el fantasma... en el fantasma".

En ese momento, el reloj de la chimenea emitió su chasquido de aviso y sonó la primera campanada de las doce.

Los dos directores se estremecieron. El sudor corría por sus frentes. La duodécima campanada sonó extrañamente en sus oídos.

Cuando el reloj se detuvo, dieron un suspiro y se levantaron de sus sillas.

"Creo que ya podemos irnos", dijo Moncharmin.

"Eso creo", convino Richard.

"Antes de irnos, ¿te importa si miro en tu bolsillo?".

"¡Pero, por supuesto, Moncharmin, DEBES HACERLO!... ¿Y bien?", preguntó, mientras Moncharmin palpaba el bolsillo.

"Bueno, puedo sentir el alfiler".

"Por supuesto, como dijiste, no pueden robarnos sin que nos demos cuenta".

Pero Moncharmin, cuyas manos seguían hurgando, bramó:

"¡Puedo sentir el alfiler, pero no puedo sentir los billetes!".

"¡Vamos, nada de bromas, Moncharmin!... Este no es el momento".

"Bueno, palpa tú mismo".

Richard se arrancó la chaqueta. Los dos directores pusieron el bolsillo del revés. EL BOLSILLO ESTABA VACÍO. Y lo curioso era que el alfiler permanecía, clavado en el mismo lugar.

Richard y Moncharmin palidecieron. Ya no había duda sobre la brujería.

"¡El fantasma!", murmuró Moncharmin.

Pero Richard se abalanzó de repente sobre su socio.

"¡Nadie más que tú ha tocado mi bolsillo! ¡Devuélveme mis veinte mil francos!... ¡Devuélveme mis veinte mil francos!...".

"Por mi alma —suspiró Moncharmin, que estaba a punto de desmayarse—, ¡por mi alma, juro que no los tengo!".

Entonces alguien llamó a la puerta. Moncharmin la abrió automáticamente, apenas pareció reconocer a Mercier, su administrador, intercambió unas palabras con él sin saber lo que decía y, con un movimiento inconsciente, puso el imperdible, para el cual ya no tenía uso, en manos de su desconcertado subordinado...

Capítulo XVIII El comisario, el vizconde y el persa

Las primeras palabras del comisario de policía, al entrar en la oficina de los directores, fueron para preguntar por la prima donna desaparecida.

"¿Está Christine Daae aquí?".

"¿Christine Daae aquí? —repitió Richard—. No. ¿Por qué?".

En cuanto a Moncharmin, no le quedaba fuerza para articular palabra.

Richard repitió, pues el comisario y la compacta multitud que lo había seguido hasta la oficina observaban un silencio impresionante.

"¿Por qué pregunta si Christine Daae está aquí, Sr. COMISARIO?".

"Porque hay que encontrarla", declaró solemnemente el comisario de policía.

"¿Qué quiere decir con que hay que encontrarla? ¿Ha desaparecido?".

"¡En medio de la representación!".

"¿En medio de la representación? ¡Esto es extraordinario!".

"¿Verdad que sí? ¡Y lo que es igual de extraordinario es que usted se entere primero por mí!".

"Sí —dijo Richard, llevándose la cabeza a las manos y murmurando—. ¿Qué es este nuevo asunto? ¡Oh, es suficiente para que un hombre presente su dimisión!".

Y se arrancó algunos pelos del bigote sin siquiera saber lo que estaba haciendo.

"Así que ella... así que ella desapareció en medio de la representación?", repitió.

"Sí, fue raptada en el Acto de la Prisión, en el momento en que invocaba la ayuda de los ángeles; pero dudo que fuera raptada por un ángel".

"¡Y yo estoy seguro de que lo fue!".

Todo el mundo se giró. Un joven, pálido y temblando de emoción, repitió:

"¡Estoy seguro de ello!".

"¿Seguro de qué?", preguntó Mifroid.

"De que Christine Daae fue raptada por un ángel, Sr. COMISARIO, y puedo decirle su nombre".

"¡Ajá, Sr. Vizconde de Chagny! Así que sostiene que Christine Daae fue raptada por un ángel: ¿un ángel de la Ópera, sin duda?".

"Sí, monsieur, por un ángel de la Ópera; y le diré dónde vive... cuando estemos a solas".

"Tiene razón, monsieur".

Y el comisario de policía, invitando a Raoul a tomar asiento, desalojó la habitación de todos los demás, excepto los directores.

Entonces Raoul habló:

"Sr. Comisario, el ángel se llama Erik, vive en la Ópera y es el Ángel de la Música".

"¡El Ángel de la Música! ¡De verdad! ¡Eso es muy curioso!... ¡El Ángel de la Música!". Y, dirigiéndose a los directores, el Sr. Mifroid preguntó: "¿Tienen ustedes un Ángel de la Música en las instalaciones, caballeros?".

Richard y Moncharmin negaron con la cabeza, sin siquiera hablar.

"Oh —dijo el vizconde—, esos caballeros han oído hablar del fantasma de la Ópera. Pues bien, estoy en condiciones de afirmar que el fantasma de la Ópera y el Ángel de la Música son la misma persona; y su verdadero nombre es Erik".

El Sr. Mifroid se levantó y miró a Raoul atentamente.

"Le pido perdón, monsieur, ¿pero es su intención burlarse de la ley? Y, si no es así, ¿a qué viene todo esto del fantasma de la Ópera?".

"Digo que estos caballeros han oído hablar de él".

"Caballeros, ¿parece que conocen al fantasma de la Ópera?".

Richard se levantó, con los pelos restantes de su bigote en la mano.

"No, Sr. Comisario, no, no lo conocemos, pero desearíamos conocerlo, ¡pues esta misma noche nos ha robado veinte mil francos!".

Y Richard lanzó una mirada terrible a Moncharmin, que parecía decir:

"Devuélveme los veinte mil francos o lo contaré todo".

Moncharmin entendió lo que quería decir, pues, con un gesto distraído, dijo:

"¡Oh, cuéntalo todo y acabemos de una vez!".

En cuanto a Mifroid, miró a los directores y a Raoul por turnos y se preguntó si habría entrado en un manicomio. Se pasó la mano por el pelo.

"Un fantasma —dijo— que, en la misma velada, rapta a una cantante de ópera y roba veinte mil francos es un fantasma que debe tener las manos muy ocupadas. Si no les importa, trataremos las cuestiones en orden. Primero la cantante, después los veinte mil francos. Vamos, Sr. de Chagny, intentemos hablar en serio. Usted cree que la Srta. Christine Daae ha sido raptada por un individuo llamado Erik. ¿Conoce a esta persona? ¿Lo ha visto?".

"Sí".

"¿Dónde?".

"En un cementerio".

El Sr. Mifroid dio un respingo, comenzó a escrutar a Raoul de nuevo y dijo:

"¡Por supuesto!... ¡Ahí es donde suelen pasar el rato los fantasmas!... ¿Y qué hacía usted en ese cementerio?".

"Monsieur —dijo Raoul—, comprendo perfectamente lo absurdas que deben parecerle mis respuestas. Pero le ruego que crea que estoy en pleno uso de mis facultades. La seguridad de la persona más querida para mí en el mundo está en juego. Me gustaría convencerle en pocas palabras, pues el tiempo apremia y cada minuto es valioso. Desgraciadamente, si no le cuento la historia más extraña que jamás haya existido desde el principio, no me creerá. Le diré todo lo que sé sobre el fantasma de la Ópera, Sr. Comisario. ¡Ay, no sé mucho!...".

"¡No importa, continúe, continúe!", exclamaron Richard y Moncharmin, de repente muy interesados.

Desgraciadamente para sus esperanzas de conocer algún detalle que pudiera ponerlos sobre la pista de su bromista, pronto se vieron obligados a aceptar el hecho de que el Sr. Raoul de Chagny había perdido completamente la cabeza. Toda esa historia sobre Perros-Guirec, calaveras y violines encantados solo podía haber nacido en el desordenado cerebro de un joven loco de amor. Era evidente, también, que el Sr. Comisario Mifroid compartía su punto de vista; y el magistrado sin duda habría interrumpido el incoherente relato si las circunstancias no se hubieran encargado de cortarlo.

La puerta se abrió y entró un hombre, curiosamente vestido con un enorme levita y un sombrero de copa, a la vez gastado y brillante, que le llegaba a las orejas. Se acercó al comisario y le habló al oído. Sin duda era un detective que venía a entregar una comunicación importante.

Durante esta conversación, el Sr. Mifroid no apartó los ojos de Raoul. Finalmente, dirigiéndose a él, dijo:

"Monsieur, ya hemos hablado bastante del fantasma. Ahora hablaremos un poco de usted, si no tiene inconveniente: ¿iba usted a raptar a la Srta. Christine Daae esta noche?".

"Sí, Sr. Comisario".

"¿Después de la representación?".

"Sí, Sr. Comisario".

"¿Todos sus preparativos estaban hechos?".

"Sí, Sr. Comisario".

"El carruaje que lo trajo debía llevarlos a ambos... Había caballos frescos listos en cada posta...".

"Es cierto, Sr. Comisario".

"Y, sin embargo, su carruaje sigue fuera de la Rotonda esperando sus órdenes, ¿no es así?".

"Sí, Sr. Comisario".

"¿Sabía que había otros tres carruajes allí, además del suyo?".

—No presté la menor atención.

—Eran los carruajes de la Srta. Sorelli, que no pudo encontrar lugar en la Cour de l'Administration; el de Carlotta; y el de su hermano, el Sr. Conde de Chagny...

—Muy probable...

—Lo que es seguro es que, aunque su carruaje, el de Sorelli y el de Carlotta siguen allí, junto a la acera de la Rotonda, el carruaje del Sr. Conde de Chagny ha desaparecido.

—Esto no tiene nada que ver con...

—Le pido perdón. ¿No se oponía el Sr. Conde a su matrimonio con la Srta. Daae?

—Ese es un asunto que solo concierne a la familia.

—Ha respondido a mi pregunta: se oponía a él... y por eso usted sacaba a Christine Daae fuera del alcance de su hermano... Pues bien, Sr. de Chagny, ¡permítame informarle de que su hermano ha sido más astuto que usted! ¡Es él quien ha raptado a Christine Daae!

—¡Oh, imposible! —gimió Raoul, presionándose el corazón con la mano—. ¿Está seguro?

—Inmediatamente después de la desaparición de la artista, la cual se llevó a cabo mediante medios que aún debemos determinar, se lanzó a su carruaje, que cruzó París a un ritmo furioso.

—¿Cruzó París? —preguntó el pobre Raoul con voz ronca—. ¿Qué quiere decir con eso de cruzar París?

—Cruzar París y salir de París... por la carretera de Bruselas.

—¡Oh! —exclamó el joven—. ¡Los atraparé! —Y salió precipitadamente del despacho.

—¡Y tráiganosla de vuelta! —gritó el comisario alegremente...—. ¡Ah, eso es un truco que vale el doble que el del Ángel de la Música!

Y, volviéndose hacia su audiencia, el Sr. Mifroid pronunció una pequeña conferencia sobre métodos policiales.

—No sé ni por un momento si el Sr. Conde de Chagny realmente ha raptado a Christine Daae o no... pero quiero saberlo y creo que, en este momento, nadie está más ansioso por informarnos que su hermano... ¡Y ahora él vuela en su persecución! ¡Es mi principal auxiliar! Esto, caballeros, es el arte de la policía, que se cree tan complicado y que, sin embargo, parece tan simple en cuanto uno ve que consiste en conseguir que hagan el trabajo personas que no tienen nada que ver con la policía.

Pero el Sr. Comisario de Policía Mifroid no habría estado tan satisfecho consigo mismo si hubiera sabido que la carrera de su rápido emisario fue detenida a la entrada del primer pasillo. Una figura alta bloqueó el camino de Raoul.

—¿Adónde va tan deprisa, Sr. de Chagny? —preguntó una voz.

Raoul levantó los ojos con impaciencia y reconoció el gorro de astracán de hacía una hora. Se detuvo:

—¡Es usted! —exclamó con voz febril—. ¡Usted, que conoce los secretos de Erik y no quiere que hable de ellos! ¿Quién es usted?

—¡Ya sabe quién soy! ... ¡Soy el persa!

Capítulo XIX El vizconde y el persa

Raoul recordó entonces que su hermano le había mostrado una vez a aquel misterioso personaje, del que no se sabía nada, salvo que era persa y que vivía en un pequeño y anticuado apartamento en la Rue de Rivoli.

El hombre de piel de ébano, ojos de jade y gorro de astracán se inclinó sobre Raoul.

—Espero, Sr. de Chagny —dijo—, que no haya traicionado el secreto de Erik.

—¿Y por qué debería dudar en traicionar a ese monstruo, señor? —respondió Raoul con altanería, tratando de sacudirse al intruso—. ¿Es su amigo, por casualidad?

—Espero que no haya dicho nada sobre Erik, señor, ¡porque el secreto de Erik es también el de Christine Daae, y hablar de uno es hablar del otro!

—¡Oh, señor! —dijo Raoul, impacientándose cada vez más—. Parece saber muchas cosas que me interesan; ¡y, sin embargo, no tengo tiempo para escucharlo!

—Una vez más, Sr. de Chagny, ¿adónde va tan deprisa?

—¿No puede adivinarlo? En auxilio de Christine Daae...

—¡Entonces, señor, quédese aquí, porque Christine Daae está aquí!

—¿Con Erik?

—Con Erik.

—¿Cómo lo sabe?

—¡Estuve en la representación y nadie en el mundo, salvo Erik, podría urdir un rapto como ese! ... ¡Oh! —dijo con un profundo suspiro—, ¡reconocí el toque del monstruo! ...

—¿Lo conoce, entonces?

El persa no respondió, pero lanzó un nuevo suspiro.

—Señor —dijo Raoul—, no sé cuáles son sus intenciones, ¿pero puede hacer algo para ayudarme? Quiero decir, ¿para ayudar a Christine Daae?

—Creo que sí, Sr. de Chagny, y por eso le hablé.

—¿Qué puede hacer?

—Intentar llevarlo hasta ella... y hasta él.

—Si puede hacerme ese servicio, señor, ¡mi vida es suya! ... Una palabra más: el comisario de policía me dice que Christine Daae ha sido raptada por mi hermano, el Conde Philippe.

—Oh, Sr. de Chagny, no creo ni una palabra de eso.

—No es posible, ¿verdad?

—No sé si es posible o no; pero hay formas y formas de raptar a las personas; y el Sr. Conde Philippe nunca, que yo sepa, ha tenido nada que ver con la brujería.

—¡Sus argumentos son convincentes, señor, y soy un necio! ... ¡Oh, apresurémonos! ¡Me pongo enteramente en sus manos! ... ¿Cómo no iba a creerle, cuando es usted el único que me cree... cuando es usted el único que no sonríe cuando se menciona el nombre de Erik?

Y el joven se apoderó impetuosamente de las manos del persa. Estaban frías como el hielo.

—¡Silencio! —dijo el persa, deteniéndose y escuchando los sonidos distantes del teatro—. No debemos mencionar ese nombre aquí. Digamos «él» y «su»; entonces habrá menos peligro de atraer su atención.

—¿Cree que está cerca de nosotros?

—Es muy posible, señor, si no está, en este momento, con su víctima, EN LA CASA DEL LAGO.

—¡Ah, así que usted también conoce esa casa!

—¡Si no está allí, puede estar aquí, en esta pared, en este suelo, en este techo! ... ¡Venga!

Y el persa, pidiendo a Raoul que amortiguara el sonido de sus pasos, lo condujo por pasillos que Raoul nunca había visto antes, ni siquiera en la época en que Christine solía llevarlo a pasear por aquel laberinto.

—¡Si al menos hubiera venido Darío! —dijo el persa.

—¿Quién es Darío?

—¿Darío? Mi criado.

Se encontraban ahora en el centro de una verdadera plaza desierta, un inmenso apartamento mal iluminado por una pequeña lámpara. El persa detuvo a Raoul y, en el más suave de los susurros, le preguntó:

—¿Qué le dijo al comisario?

—Le dije que el raptor de Christine Daae era el Ángel de la Música, ALIAS el fantasma de la Ópera, y que el nombre verdadero era...

—¡Chist! ... ¿Y le creyó?

—No.

—¿No dio importancia a lo que dijo?

—No.

—¿Lo tomó por un loco?

—Sí.

—¡Tanto mejor! —suspiró el persa.

Y continuaron su camino. Tras subir y bajar varias escaleras que Raoul nunca había visto antes, los dos hombres se encontraron frente a una puerta que el persa abrió con una llave maestra. El persa y Raoul estaban, por supuesto, en traje de etiqueta; pero, mientras que Raoul llevaba un sombrero de copa, el persa lucía el gorro de astracán que ya he mencionado. Era una infracción de la norma que exige el sombrero de copa tras el escenario; pero en Francia se permite a los extranjeros toda clase de licencias: al inglés su gorra de viaje, al persa su gorro de astracán.

—Señor —dijo el persa—, su sombrero de copa le estorbará: haría bien en dejarlo en el camerino.

—¿Qué camerino? —preguntó Raoul.

—El de Christine Daae.

Y el persa, dejando pasar a Raoul por la puerta que acababa de abrir, le señaló el cuarto de la actriz, enfrente. Estaban al final del pasillo que Raoul estaba acostumbrado a recorrer antes de llamar a la puerta de Christine.

—¡Qué bien conoce la Ópera, señor!

—¡No tan bien como «él»! —dijo el persa con modestia.

Y empujó al joven al interior del camerino de Christine, que estaba tal y como Raoul lo había dejado unos minutos antes.

Al cerrar la puerta, el persa se dirigió a un tabique muy fino que separaba el camerino de un gran trastero contiguo. Escuchó y luego tosió con fuerza.

Se oyó un ruido de alguien moviéndose en el trastero; y, unos segundos después, un dedo llamó a la puerta.

—Adelante —dijo el persa.

Entró un hombre, también con gorro de astracán y vestido con un largo abrigo. Hizo una reverencia, sacó de debajo de su abrigo un estuche ricamente tallado, lo puso sobre el tocador, volvió a hacer una reverencia y se dirigió a la puerta.

—¿Nadie lo vio entrar, Darío?

—No, señor.

—Que nadie lo vea salir.

El criado miró hacia el pasillo y desapareció rápidamente.

El persa abrió el estuche. Contenía un par de pistolas largas.

—Cuando Christine Daae fue raptada, señor, envié a mi criado para que me trajera estas pistolas. Las tengo desde hace mucho tiempo y son de fiar.

—¿Tiene intención de batirse en duelo? —preguntó el joven.

—Sin duda tendremos que librar un duelo —dijo el otro, examinando el cebado de sus pistolas—. ¡Y qué duelo! —Entregándole una de las pistolas a Raoul, añadió—: En este duelo, seremos dos contra uno; pero debe estar preparado para todo, pues nos enfrentaremos al adversario más terrible que pueda imaginar. Pero usted ama a Christine Daae, ¿no es así?

—¡Adoro el suelo que pisa! Pero usted, señor, que no la ama, ¡dígame por qué le encuentro dispuesto a arriesgar su vida por ella! ¡Ciertamente debe odiar a Erik!

—No, señor —dijo el persa con tristeza—, no lo odio. Si lo odiara, hace mucho tiempo que habría dejado de hacer daño.

—¿Le ha hecho daño a usted?

—He perdonado el daño que me ha hecho.

—No le entiendo. Lo trata de monstruo, habla de su crimen, le ha hecho daño y encuentro en usted la misma piedad inexplicable que me llevó a la desesperación cuando la vi en Christine.

El persa no respondió. Fue a buscar un taburete y lo colocó contra la pared frente al gran espejo que ocupaba todo el espacio de la pared opuesta. Luego subió al taburete y, con la nariz pegada al papel de la pared, pareció buscar algo.

—¡Ah! —dijo tras una larga búsqueda—. ¡Lo tengo! —Y, levantando el dedo por encima de su cabeza, presionó contra un rincón del dibujo del papel. Luego se dio la vuelta y saltó del taburete—: En medio minuto —dijo—, ¡estará EN SU CAMINO! —y, cruzando todo el camerino, palpó el gran espejo.

—No, todavía no cede —murmuró.

—¡Oh! ¿Salimos por el espejo? —preguntó Raoul—. Como Christine Daae.

—¿Así que sabía que Christine Daae salió por ese espejo?

—¡Lo hizo ante mis ojos, señor! ¡Estaba escondido detrás de la cortina de la habitación interior y la vi desaparecer, no a través del cristal, sino en el cristal!

—¿Y qué hizo usted?

—Pensé que era una aberración de mis sentidos, un sueño loco.

—¡O alguna nueva fantasía del fantasma! —rio el persa—. ¡Ah, Sr. de Chagny! —continuó, todavía con la mano sobre el espejo—, ¡ojalá tuviéramos que habérnoslas con un fantasma! Entonces podríamos dejar nuestras pistolas en el estuche... Deje su sombrero, por favor... así... y ahora cúbrase el pecho de la camisa tanto como pueda con su abrigo... como yo... Traiga las solapas hacia adelante... levante el cuello... Debemos hacernos lo más invisibles posible.

Apoyándose contra el espejo, tras un breve silencio, dijo:

—Cuesta tiempo soltar el contrapeso cuando se presiona el resorte desde el interior de la habitación. Es distinto cuando uno está detrás de la pared y puede actuar directamente sobre el contrapeso. Entonces el espejo gira al instante y se mueve con una rapidez increíble.

—¿Qué contrapeso? —preguntó Raoul.

—Pues el contrapeso que levanta toda esta pared sobre su pivote. ¡No esperará que se mueva por sí sola, por encantamiento! Si observa, verá que el espejo primero se eleva un par de centímetros y luego se desplaza un par de centímetros de izquierda a derecha. Entonces estará sobre un pivote y girará.

—¡No gira! —dijo Raoul con impaciencia.

—¡Oh, espere! ¡Tiene tiempo de sobra para impacientarse, señor! Evidentemente el mecanismo se ha oxidado, o bien el resorte no funciona... A menos que sea otra cosa —añadió el persa con ansiedad.

—¿Qué?

—Puede que simplemente haya cortado el cable del contrapeso y bloqueado todo el aparato.

—¿Por qué habría de hacerlo? ¡No sabe que venimos por este camino!

—Me atrevería a decir que lo sospecha, pues sabe que entiendo el sistema.

—¡No gira! ... ¿Y Christine, señor, Christine?

El persa dijo con frialdad:

—¡Haremos todo lo humanamente posible! ... ¡Pero él puede detenernos en el primer paso! ... Él domina las paredes, las puertas y las trampillas. En mi país, se le conocía por un nombre que significa el «amante de las trampillas».

—¿Pero por qué estas paredes le obedecen solo a él? ¡Él no las construyó!

—¡Sí, señor, eso es precisamente lo que hizo!

Raoul lo miró con asombro; pero el persa le hizo una señal para que guardara silencio y señaló el cristal... Hubo una especie de reflejo tembloroso. Su imagen se perturbó como en una lámina de agua ondulante y luego todo volvió a quedar inmóvil.

—¡Ve, señor, que no gira! ¡Tomemos otro camino!

—¡Esta noche, no hay otro! —declaró el persa con una voz singularmente lúgubre—. ¡Y ahora, cuidado! Y esté listo para disparar.

Él mismo levantó su pistola frente al cristal. Raoul imitó su movimiento. Con el brazo libre, el persa atrajo al joven hacia su pecho y, de repente, el espejo giró, en un cegador aturdimiento de luces cruzadas: giró como esas puertas giratorias que se han colocado últimamente en las entradas de la mayoría de los restaurantes, giró llevando a Raoul y al persa con él y lanzándolos de repente de la plena luz a la oscuridad más profunda.

Capítulo XX En los sótanos de la Ópera

—¡La mano en alto, listo para disparar! —repitió rápidamente el compañero de Raoul.

La pared, detrás de ellos, tras completar el círculo que describía sobre sí misma, se cerró de nuevo; y los dos hombres permanecieron inmóviles un momento, conteniendo la respiración.

Finalmente, el persa decidió hacer un movimiento; y Raoul le oyó deslizarse de rodillas y buscar algo en la oscuridad con sus manos tanteadoras. De pronto, la oscuridad se hizo visible por una pequeña linterna sorda y Raoul retrocedió instintivamente como para escapar del escrutinio de un enemigo secreto. Pero pronto percibió que la luz pertenecía al persa, cuyos movimientos observaba atentamente. El pequeño disco rojo se dirigió en todas direcciones y Raoul vio que el suelo, las paredes y el techo estaban formados por tablones. Debía ser el camino ordinario tomado por Erik para llegar al camerino de Christine e imponerse a su inocencia. Y Raoul, recordando la observación del persa, pensó que había sido construido misteriosamente por el propio fantasma. Más tarde, supo que Erik había encontrado, todo preparado para él, un pasadizo secreto, conocido desde hacía mucho tiempo solo por él y trazado en la época de la Comuna de París para permitir a los carceleros llevar a sus prisioneros directamente a las mazmorras que se habían construido para ellos en los sótanos; pues los federados habían ocupado el edificio de la ópera inmediatamente después del dieciocho de marzo y habían hecho un punto de partida justo en la parte superior para sus globos Mongolfier, que llevaban sus proclamas incendiarias a los departamentos, y una prisión estatal justo en la parte inferior.

El persa se puso de rodillas y dejó su linterna en el suelo. Parecía estar trabajando en el suelo; y de repente apagó su luz. Entonces Raoul oyó un leve chasquido y vio un cuadrado luminoso muy pálido en el suelo del pasillo. Era como si se hubiera abierto una ventana a los sótanos de la Ópera, que aún estaban iluminados. Raoul ya no veía al persa, pero de pronto lo sintió a su lado y le oyó susurrar:

—Sígame y haga todo lo que yo haga.

Raoul se volvió hacia la abertura luminosa. Entonces vio al persa, que seguía de rodillas, colgarse de las manos por el borde de la abertura, con la pistola entre los dientes, y deslizarse al sótano de abajo.

Curiosamente, el vizconde tenía una confianza absoluta en el persa, aunque no sabía nada de él. Su emoción al hablar del «monstruo» le pareció sincera; y, si el persa hubiera abrigado algún designio siniestro contra él, no lo habría armado con sus propias manos. Además, Raoul debía llegar a Christine a toda costa. Por lo tanto, se puso también de rodillas y se colgó de la trampilla con ambas manos.

—¡Suéltese! —dijo una voz.

Y cayó en los brazos del persa, quien le dijo que se tendiera plano, cerró la trampilla sobre él y se agazapó a su lado. Raoul intentó hacer una pregunta, pero la mano del persa estaba sobre su boca y oyó una voz que reconoció como la del comisario de policía.

Raoul y el persa estaban completamente escondidos detrás de un tabique de madera. Cerca de ellos, una pequeña escalera conducía a una pequeña habitación en la que el comisario parecía caminar de un lado a otro, haciendo preguntas. La luz tenue era justo suficiente para permitir a Raoul distinguir la forma de las cosas a su alrededor. Y no pudo reprimir un grito sordo: había tres cadáveres allí.

El primero yacía en el estrecho rellano de la pequeña escalera; los otros dos habían rodado hasta el fondo de la escalera. Raoul podría haber tocado a uno de los dos pobres desgraciados pasando los dedos a través del tabique.

—¡Silencio! —susurró el persa.

Él también había visto los cuerpos y dijo una sola palabra en explicación:

—¡ÉL!

La voz del comisario se oía ahora con más claridad. Estaba pidiendo información sobre el sistema de iluminación, que el regidor suministraba. El comisario debía estar, por tanto, en el «órgano» o en sus inmediaciones.

Al contrario de lo que uno podría pensar, especialmente en relación con un teatro de ópera, el «órgano» no es un instrumento musical. En aquella época, la electricidad se empleaba solo para unos pocos efectos escénicos y para las campanas. El inmenso edificio y el propio escenario seguían iluminados por gas; el hidrógeno se utilizaba para regular y modificar la iluminación de una escena; y esto se hacía mediante un aparato especial que, debido a la multiplicidad de sus tuberías, se conocía como el «órgano». Un palco al lado del del apuntador estaba reservado para el jefe de gas, quien desde allí daba sus órdenes a sus asistentes y se aseguraba de que fueran ejecutadas. Mauclair permanecía en este palco durante todas las representaciones.

Pero ahora Mauclair no estaba en su palco y sus asistentes no estaban en sus puestos.

—¡Mauclair! ¡Mauclair!

La voz del regidor resonaba por los sótanos. Pero Mauclair no respondió.

He dicho que una puerta daba a una pequeña escalera que conducía al segundo sótano. El comisario la empujó, pero ofreció resistencia.

—Oiga —dijo al regidor—, no puedo abrir esta puerta: ¿es siempre tan difícil?

El regidor la forzó con el hombro. Vio que, al mismo tiempo, estaba empujando un cuerpo humano y no pudo contener una exclamación, pues reconoció el cuerpo al instante:

—¡Mauclair! ¡Pobre diablo! ¡Está muerto!

Pero el Sr. Comisario Mifroid, a quien nada sorprendía, se estaba inclinando sobre aquel gran cuerpo.

—No —dijo—, está borracho perdido, que no es exactamente lo mismo.

—Es la primera vez, si es así —dijo el regidor.

—Entonces alguien le ha dado un narcótico. Eso es muy posible.

Mifroid bajó unos cuantos escalones y dijo:

—¡Mire!

A la luz de una pequeña linterna roja, al pie de la escalera, vieron otros dos cuerpos. El regidor reconoció a los asistentes de Mauclair. Mifroid bajó y escuchó su respiración.

—Están profundamente dormidos —dijo—. ¡Asunto muy curioso! Alguna persona desconocida debe haber interferido con el encargado del gas y su personal... y esa persona desconocida estaba obviamente trabajando en nombre del raptor... ¡Pero qué idea tan divertida la de raptar a un actor en el escenario! ... Avise al médico del teatro, por favor. —Y Mifroid repitió—: ¡Curioso, decididamente un asunto curioso!

Luego se volvió hacia la pequeña habitación, dirigiéndose a las personas a quienes Raoul y el persa no podían ver desde donde yacían.

—¿Qué dicen a todo esto, caballeros? Ustedes son los únicos que no han dado su opinión. Y, sin embargo, deben tener algún tipo de parecer.

Entonces, Raoul y el persa vieron aparecer los rostros atónitos de los codirectores por encima del rellano, y oyeron la voz excitada de Moncharmin:

—Aquí están ocurriendo cosas, señor comisario, que no podemos explicar.

Y los dos rostros desaparecieron.

—Gracias por la información, caballeros —dijo Mifroid, con sorna.

Pero el regidor, sosteniendo su barbilla en el hueco de la mano derecha, que es la actitud propia de una reflexión profunda, dijo:

—No es la primera vez que Mauclair se queda dormido en el teatro. Recuerdo haberlo encontrado, una noche, roncando en su pequeño hueco, con su tabaquera a su lado.

—¿Hace mucho de eso? —preguntó el señor Mifroid, limpiándose cuidadosamente sus gafas.

—No, no hace tanto... ¡Espere un momento!... Fue la noche... por supuesto, sí... ¡Fue la noche en que Carlotta —ya sabe, señor comisario— soltó su famoso «co-ack»!

—¿De verdad? ¿La noche en que Carlotta soltó su famoso «co-ack»?

Y el señor Mifroid, volviendo a colocarse sus brillantes gafas sobre la nariz, clavó en el regidor una mirada contemplativa.

—Así que Mauclair toma rapé, ¿verdad? —preguntó con indiferencia.

—Sí, señor comisario... Mire, ahí está su tabaquera en ese pequeño estante... ¡Oh! ¡Es un gran consumidor de rapé!

—Yo también —dijo Mifroid, y se guardó la tabaquera en el bolsillo.

Raoul y el persa, sin ser vistos, observaron cómo varios tramoyistas retiraban los tres cuerpos, seguidos por el comisario y toda su comitiva. Sus pasos se oyeron durante unos minutos en el escenario, allá arriba. Cuando estuvieron solos, el persa hizo una señal a Raoul para que se pusiera en pie. Raoul lo hizo; pero, como no levantó la mano frente a los ojos, listo para disparar, el persa le ordenó que retomara esa actitud y la mantuviera, ocurriera lo que ocurriera.

—Pero esto cansa la mano innecesariamente —susurró Raoul—. Si llego a disparar, no estaré seguro de mi puntería.

—Entonces cambie la pistola a la otra mano —dijo el persa.

—No puedo disparar con la mano izquierda.

Entonces, el persa hizo esta extraña respuesta, que ciertamente no estaba calculada para arrojar luz en el perturbado cerebro del joven:

—No es cuestión de disparar con la derecha o con la izquierda; es cuestión de mantener una de sus manos como si fuera a apretar el gatillo de una pistola con el brazo doblado. ¡En cuanto a la pistola en sí, a fin de cuentas, puede guardársela en el bolsillo! —Y añadió—: Que esto quede bien claro, o no respondo de nada. Es una cuestión de vida o muerte. Y ahora, ¡silencio y sígame!

Los sótanos de la Ópera son enormes y son cinco en total. Raoul seguía al persa y se preguntaba qué habría hecho sin su compañero en aquel extraordinario laberinto. Bajaron hasta el tercer sótano; y su progreso aún estaba iluminado por alguna lámpara distante.

Cuanto más descendían, más precauciones parecía tomar el persa. Continuaba volviéndose hacia Raoul para ver si mantenía el brazo correctamente, mostrándole cómo él mismo llevaba la mano como si estuviera siempre listo para disparar, aunque tuviera la pistola en el bolsillo.

De repente, una voz fuerte los hizo detenerse. Alguien gritó por encima de ellos:

—¡Todos los que cierran las puertas al escenario! ¡El comisario de policía los requiere!

Se oyeron pasos y sombras se deslizaron a través de la oscuridad. El persa arrastró a Raoul detrás de un decorado. Vieron pasar ante ellos y por encima de ellos a ancianos encorvados por la edad y la carga del pasado de los decorados de la ópera. Algunos apenas podían arrastrarse; otros, por hábito, con el cuerpo inclinado y las manos extendidas, buscaban puertas que cerrar.

Eran los encargados de las puertas, los viejos y desgastados tramoyistas de quienes una dirección caritativa se había apiadado, dándoles el trabajo de cerrar las puertas por encima y por debajo del escenario. Iban de un lado a otro incesantemente, desde la parte superior a la inferior del edificio, cerrando las puertas; y también eran llamados «los espantacorrientes», al menos en aquella época, pues tengo pocas dudas de que a estas alturas todos han muerto. Las corrientes de aire son muy malas para la voz, de dondequiera que provengan.[1]

Los dos hombres podrían haber tropezado con ellos, despertándolos y provocando una solicitud de explicaciones. Por el momento, la investigación del señor Mifroid los salvó de tales encuentros desagradables.

El persa y Raoul agradecieron este incidente, que los libró de testigos inoportunos, pues algunos de aquellos encargados de las puertas, al no tener nada más que hacer ni dónde apoyar la cabeza, se quedaban en la Ópera, por ocio o necesidad, y pasaban allí la noche.

Pero no se les permitió disfrutar de su soledad por mucho tiempo. Otras sombras descendieron ahora por el mismo camino por el que habían subido los encargados de las puertas. Cada una de estas sombras portaba una pequeña linterna y la movía hacia arriba, hacia abajo y por todas partes, como si buscara algo o a alguien.

—¡Maldita sea! —murmuró el persa—. No sé qué están buscando, pero podrían encontrarnos fácilmente... ¡Vámonos, rápido!... ¡Su mano arriba, señor, listo para disparar!... Doble el brazo... más... ¡así está bien!... ¡La mano a la altura de su ojo, como si estuviera batiéndose en duelo y esperando la señal para disparar! Oh, deje la pistola en el bolsillo. Rápido, venga conmigo, bajemos. ¡A la altura de su ojo! ¡Cuestión de vida o muerte!... ¡Aquí, por este camino, estas escaleras! —Llegaron al quinto sótano—. ¡Oh, qué duelo, señor, qué duelo!

Una vez en el quinto sótano, el persa tomó aliento. Parecía disfrutar de una sensación de seguridad algo mayor que la que había mostrado cuando ambos se detuvieron en el tercero; pero nunca alteró la actitud de su mano. Y Raoul, recordando la observación del persa: «Sé que se puede confiar en estas pistolas», estaba cada vez más asombrado, preguntándose por qué alguien debería sentirse tan complacido de poder confiar en una pistola que no tenía intención de usar.

Pero el persa no le dio tiempo para reflexionar. Indicándole a Raoul que se quedara donde estaba, subió unos pocos escalones de la escalera que acababan de dejar y luego regresó.

—¡Qué estúpidos fuimos! —susurró—. Pronto habremos visto el fin de esos hombres con sus linternas. Son los bomberos que hacen su ronda.[2]

Los dos hombres esperaron cinco minutos más. Luego, el persa llevó a Raoul de nuevo escaleras arriba; pero, de repente, lo detuvo con un gesto. Algo se movió en la oscuridad frente a ellos.

—¡Túmbese sobre su estómago! —susurró el persa.

Los dos hombres se tumbaron planos sobre el suelo.

Llegaron justo a tiempo. Una sombra, esta vez sin luz, solo una sombra dentro de la sombra, pasó. Pasó cerca de ellos, lo suficientemente cerca como para tocarlos.

Sintieron el calor de su capa sobre ellos. Pues pudieron distinguir la sombra lo suficiente como para ver que llevaba una capa que la cubría de pies a cabeza. En la cabeza tenía un sombrero de fieltro blando...

Se alejó, arrastrando los pies contra las paredes y a veces dando una patada en un rincón.

—¡Uf! —dijo el persa—. Nos hemos salvado por los pelos; esa sombra me conoce y ya me ha llevado dos veces a la oficina de la dirección.

—¿Es alguien de la policía del teatro? —preguntó Raoul.

—¡Es alguien mucho peor que eso! —respondió el persa, sin dar más explicaciones.[3]

—No será... ¿él?

—¿Él?... Si no viene detrás de nosotros, ¡siempre veremos sus ojos amarillos! Ese es, más o menos, nuestro resguardo esta noche. Pero él podría venir por detrás, acercándose sigilosamente; y somos hombres muertos si no mantenemos nuestras manos como si fuéramos a disparar, ¡a la altura de nuestros ojos, al frente!

El persa apenas había terminado de hablar cuando un rostro fantástico apareció... ¡todo un rostro de fuego, no solo dos ojos amarillos!

Sí, una cabeza de fuego avanzaba hacia ellos, a la altura de un hombre, pero sin cuerpo unido a ella. El rostro despedía fuego, se veía en la oscuridad como una llama con forma de rostro humano.

—Oh —dijo el persa entre dientes—. ¡Nunca había visto esto antes!... Pampin no estaba loco, después de todo: ¡él lo había visto!... ¿Qué puede ser esa llama? ¡No es ÉL, pero puede haberla enviado!... ¡Tenga cuidado!... ¡Tenga cuidado! ¡Su mano a la altura de los ojos, en nombre del cielo, a la altura de los ojos!... Conozco la mayoría de sus trucos... pero no este... Vamos, corramos... es más seguro. ¡La mano a la altura de los ojos!

Y huyeron por el largo pasillo que se abría ante ellos.

Después de unos segundos, que les parecieron largos minutos, se detuvieron.

—Él no suele venir por este camino —dijo el persa—. Este lado no tiene nada que ver con él. Este lado no conduce al lago ni a la casa en el lago... Pero tal vez sabe que estamos pisándole los talones... ¡aunque le prometí dejarlo tranquilo y no volver a meterme en sus asuntos!

Al decir esto, volvió la cabeza y Raoul también, y de nuevo vieron la cabeza de fuego detrás de sus dos cabezas. Los había seguido. Y debió de haber corrido también, y quizás más rápido que ellos, pues parecía estar más cerca.

Al mismo tiempo, empezaron a percibir cierto ruido cuya naturaleza no podían adivinar. Simplemente notaron que el sonido parecía moverse y acercarse con el rostro de fuego. Era un ruido como si miles de uñas hubieran sido raspadas contra una pizarra, el ruido perfectamente insoportable que a veces produce una piedrecita dentro de la tiza que chirría sobre la pizarra.

Continuaron retirándose, pero el rostro de fuego seguía avanzando, avanzando, ganándoles terreno. Ahora podían ver sus rasgos claramente. Los ojos estaban redondos y fijos, la nariz un poco torcida y la boca grande, con el labio inferior colgante, muy parecidos a los ojos, la nariz y el labio de la luna, cuando la luna está bastante roja, roja brillante.

¿Cómo lograba esa luna roja deslizarse a través de la oscuridad, a la altura de un hombre, sin nada que la sostuviera, al menos aparentemente? ¿Y cómo iba tan rápido, tan recta, con esos ojos tan fijos, tan fijos? ¿Y qué era ese sonido de arañazos, raspaduras y chirridos que traía consigo?

El persa y Raoul no pudieron retroceder más y se aplastaron contra la pared, sin saber qué iba a ocurrir debido a esa incomprensible cabeza de fuego y, sobre todo, debido al sonido más intenso, pululante, vivo y «numeroso», pues el sonido estaba formado ciertamente por cientos de pequeños ruidos que se movían en la oscuridad, bajo el rostro de fuego.

Y el rostro de fuego se acercó... con su ruido... ¡se puso a su altura!

Y los dos compañeros, pegados a su pared, sintieron que se les ponía la piel de gallina de horror, pues ahora sabían lo que significaban los mil ruidos. Venían en tropel, empujados en la sombra por innumerables pequeñas olas apresuradas, más veloces que las que corren sobre la arena con la marea alta, pequeñas olas nocturnas que espumaban bajo la luna, bajo la cabeza de fuego que era como una luna. Y las pequeñas olas pasaron entre sus piernas, trepando por sus piernas, irresistiblemente, y Raoul y el persa ya no pudieron contener sus gritos de horror, consternación y dolor. Tampoco pudieron seguir manteniendo las manos a la altura de los ojos: sus manos bajaron a sus piernas para apartar las olas, que estaban llenas de pequeñas patas, uñas, garras y dientes.

Sí, Raoul y el persa estaban a punto de desmayarse, como Pampin el bombero. Pero la cabeza de fuego se dio la vuelta ante sus gritos y les habló:

—¡No se muevan! ¡No se muevan!... ¡Hagan lo que hagan, no me sigan!... ¡Soy el cazarratas!... ¡Déjenme pasar, con mis ratas!...

Y la cabeza de fuego desapareció, se desvaneció en la oscuridad, mientras el pasillo frente a ella se iluminaba como resultado del cambio que el cazarratas había hecho en su linterna sorda. Antes, para no asustar a las ratas que tenía delante, había dirigido la linterna hacia sí mismo, iluminando su propia cabeza; ahora, para acelerar su huida, iluminó el espacio oscuro frente a él. Y saltó, arrastrando consigo las olas de ratas que arañaban, todos los mil sonidos.

Raoul y el persa volvieron a respirar, aunque seguían temblando.

—Debería haber recordado que Erik me habló del cazarratas —dijo el persa—. Pero nunca me dijo que se viera así... y es curioso que nunca me lo hubiera encontrado antes... ¡Por supuesto, Erik nunca viene a esta parte!

—¿Estamos muy lejos del lago, señor? —preguntó Raoul—. ¿Cuándo llegaremos?... ¡Lléveme al lago, oh, lléveme al lago!... ¡Cuando estemos en el lago, gritaremos!... ¡Christine nos oirá!... ¡Y ÉL también nos oirá!... ¡Y, como usted lo conoce, hablaremos con él!

—¡Bebé! —dijo el persa—. ¡Nunca entraremos en la casa en el lago por el lago!... Yo mismo nunca he desembarcado en la otra orilla... la orilla en la que se encuentra la casa... ¡Hay que cruzar el lago primero... y está bien vigilado! Me temo que más de uno de esos hombres —viejos tramoyistas, viejos encargados de puertas— que nunca volvieron a ser vistos, simplemente se vieron tentados a cruzar el lago... Es terrible... Yo mismo casi muero allí... ¡si el monstruo no me hubiera reconocido a tiempo! Un consejo, señor; nunca se acerque al lago... ¡Y, sobre todo, cierre sus oídos si escucha la voz cantando bajo el agua, la voz de la sirena!

—Pero entonces, ¿qué hacemos aquí? —preguntó Raoul, en un transporte de fiebre, impaciencia y rabia—. ¡Si no puede hacer nada por Christine, al menos permítame morir por ella! El persa intentó calmar al joven.

—Solo tenemos un medio para salvar a Christine Daae, créame, que es entrar en la casa sin ser percibidos por el monstruo.

—¿Y hay alguna esperanza de eso, señor?

—¡Ah, si no tuviera esa esperanza, no habría venido a buscarlo!

—¿Y cómo puede uno entrar en la casa en el lago sin cruzar el lago?

—Desde el tercer sótano, del que fuimos tan desafortunadamente expulsados. Volveremos allí ahora... Le diré —dijo el persa, con un cambio repentino en su voz—, le diré el lugar exacto, señor: es entre un decorado y una escena desechada de ROI DE LAHORE, exactamente en el lugar donde murió Joseph Buquet... ¡Vamos, señor, tome valor y sígame! ¡Y mantenga su mano a la altura de sus ojos!... ¿Pero dónde estamos?

El persa volvió a encender su lámpara y lanzó sus rayos hacia dos enormes pasillos que se cruzaban en ángulo recto.

—Debemos estar —dijo— en la parte utilizada más particularmente para las instalaciones de agua. No veo fuego proveniente de los hornos.

Caminó delante de Raoul, buscando su camino, deteniéndose bruscamente cuando temía encontrarse con algún barquero. Luego tuvieron que protegerse del resplandor de una especie de forja subterránea, que los hombres estaban apagando, y en la que Raoul reconoció a los demonios que Christine había visto en el momento de su primer cautiverio.

De este modo, llegaron gradualmente bajo los enormes sótanos del escenario. Debían estar en ese momento en lo más profundo del «tubo» y a una profundidad extremadamente grande, si recordamos que la tierra fue excavada a cincuenta pies por debajo del agua que se encontraba bajo toda esa parte de París.[4]

El persa tocó un muro divisorio y dijo:

—Si no me equivoco, este es un muro que bien podría pertenecer a la casa en el lago.

Estaba golpeando un muro divisorio del «tubo», y tal vez sería bueno que el lector supiera cómo se construyeron el fondo y los muros divisorios del tubo. Para evitar que el agua que rodeaba las obras de construcción permaneciera en contacto inmediato con los muros que soportaban toda la maquinaria teatral, el arquitecto se vio obligado a construir una doble carcasa en todas las direcciones. El trabajo de construcción de esta doble carcasa llevó todo un año. Fue el muro de la primera carcasa interior el que golpeó el persa cuando le hablaba a Raoul de la casa en el lago. Para cualquiera que entendiera la arquitectura del edificio, la acción del persa parecería indicar que la misteriosa casa de Erik había sido construida en la doble carcasa, formada por un muro grueso construido como terraplén o presa, luego por un muro de ladrillo, una tremenda capa de cemento y otro muro de varios metros de espesor.

Ante las palabras del persa, Raoul se arrojó contra el muro y escuchó con avidez. Pero no oyó nada... nada... excepto pasos distantes que sonaban en el suelo de las partes superiores del teatro.

El persa oscureció su linterna de nuevo.

—¡Cuidado! —dijo—. ¡Mantenga la mano arriba! ¡Y silencio! Pues intentaremos otra forma de entrar.

Y lo llevó a la pequeña escalera por la que habían bajado hace poco.

Subieron, deteniéndose en cada escalón, escrutando la oscuridad y el silencio, hasta llegar al tercer sótano. Aquí el persa hizo señas a Raoul para que se pusiera de rodillas; y, de esta manera, gateando sobre ambas rodillas y una mano —pues la otra mano se mantenía en la posición indicada—, llegaron al muro final.

Contra este muro se encontraba una gran escena desechada de ROI DE LAHORE. Cerca de esta escena había un decorado. Entre la escena y el decorado había justo espacio para un cuerpo... para un cuerpo que un día fue encontrado colgado allí. El cuerpo de Joseph Buquet.

El persa, todavía arrodillado, se detuvo y escuchó. Por un momento pareció dudar y miró a Raoul; luego volvió sus ojos hacia arriba, hacia el segundo sótano, que enviaba el tenue resplandor de una linterna, a través de una rendija entre dos tablas. Este resplandor pareció preocupar al persa.

Al final, sacudió la cabeza y se decidió a actuar. Se deslizó entre el decorado y la escena de ROI DE LAHORE, con Raoul pisándole los talones. Con su mano libre, el persa palpó el muro. Raoul lo vio apoyarse fuertemente contra el muro, tal como se había presionado contra el muro en el camerino de Christine. Entonces una piedra cedió, dejando un agujero en el muro.

Esta vez, el persa sacó su pistola del bolsillo e hizo una señal a Raoul para que hiciera lo mismo. Amartilló la pistola.

Y, resueltamente, todavía sobre sus rodillas, se contorsionó a través del agujero en el muro. Raoul, que había deseado pasar primero, tuvo que contentarse con seguirlo.

El agujero era muy estrecho. El persa se detuvo casi de inmediato. Raoul lo oyó palpando las piedras a su alrededor. Luego el persa sacó su linterna sorda de nuevo, se inclinó hacia adelante, examinó algo debajo de él e inmediatamente apagó su linterna. Raoul lo oyó decir, en un susurro:

—Tendremos que dejarnos caer unos metros, sin hacer ruido; quítese las botas.

El persa entregó sus propios zapatos a Raoul.

—Póngalos fuera del muro —dijo—. Los encontraremos allí cuando nos vayamos.[5]

Gateó un poco más sobre sus rodillas, luego se dio la vuelta por completo y dijo:

—Voy a colgarme de las manos del borde de la piedra y dejarme caer DENTRO DE SU CASA. Usted debe hacer exactamente lo mismo. No tenga miedo. Lo atraparé en mis brazos.

Raoul pronto oyó un sonido sordo, evidentemente producido por la caída del persa, y luego se dejó caer.

Se sintió atrapado en los brazos del persa.

—¡Chist! —dijo el persa.

Y se quedaron inmóviles, escuchando.

La oscuridad era espesa a su alrededor, el silencio pesado y terrible.

Entonces el persa comenzó a jugar con la linterna sorda de nuevo, pasando los rayos sobre sus cabezas, buscando el agujero por el que habían venido, y sin lograr encontrarlo.

—¡Oh! —dijo—. ¡La piedra se ha cerrado por sí sola!

Y la luz de la linterna barrió la pared y el suelo.

El persa se agachó y recogió algo, una especie de cuerda, que examinó durante un segundo y arrojó con horror.

—¡El lazo del Punjab! —murmuró.

—¿Qué es eso? —preguntó Raoul.

El persa se estremeció. —Bien podría ser la cuerda con la que el hombre fue ahorcado, y que se buscó durante tanto tiempo.

Y, repentinamente presa de una nueva ansiedad, movió el pequeño disco rojo de su linterna sobre las paredes. De este modo, iluminó una cosa curiosa: el tronco de un árbol, que parecía todavía muy vivo, con sus hojas; y las ramas de aquel árbol subían por las paredes y desaparecían en el techo.

Debido a la pequeñez del disco luminoso, resultaba difícil al principio distinguir el aspecto de las cosas: veían un trozo de rama... y una hoja... y otra hoja... y, al lado, nada en absoluto, nada más que el rayo de luz que parecía reflejarse... Raoul pasó la mano por aquel vacío, por aquel reflejo.

—¡Hola! —dijo—. ¡La pared es un espejo!

—¡Sí, un espejo! —dijo el persa, en un tono de profunda emoción. Y, pasándose la mano que sostenía la pistola por la frente húmeda, añadió: —¡Hemos caído en la cámara de tortura!

Lo que el persa sabía de esta cámara de tortura y lo que allí les ocurrió a él y a su compañero será contado con sus propias palabras, tal y como quedaron escritas en un manuscrito que dejó tras de sí, y que copio TEXTUALMENTE.

[1] El señor Pedro Gailhard me ha dicho él mismo que creó algunos puestos adicionales como porteros para antiguos tramoyistas a los que no quería despedir del servicio de la Ópera.

[2] En aquellos días, todavía era parte del deber de los bomberos velar por la seguridad de la Ópera fuera de las representaciones; pero este servicio ha sido suprimido desde entonces. Le pregunté al señor Pedro Gailhard la razón, y respondió:

—¡Fue porque la dirección temía que, en su total inexperiencia de los sótanos de la Ópera, los bomberos pudieran incendiar el edificio!

[3] Al igual que el persa, no puedo dar más explicaciones sobre la aparición de esta sombra. Mientras que, en esta narración histórica, todo lo demás será explicado normalmente, por muy anormal que parezca el curso de los acontecimientos, no puedo dar a entender expresamente al lector lo que el persa quería decir con las palabras: "¡Es alguien mucho peor que eso!". El lector debe intentar adivinarlo por sí mismo, pues prometí al señor Pedro Gailhard, el antiguo director de la Ópera, guardar su secreto sobre la personalidad extremadamente interesante y útil de la sombra errante y encapuchada que, aunque se condenaba a vivir en los sótanos de la Ópera, prestaba inmensos servicios a quienes, en noches de gala, por ejemplo, se aventuraban a alejarse del escenario. Hablo de servicios de Estado; y, bajo mi palabra de honor, no puedo decir nada más.

[4] Toda el agua tuvo que ser extraída en la construcción de la Ópera. Para dar una idea de la cantidad de agua que fue bombeada, puedo decir al lector que representaba el área del patio del Louvre y una altura equivalente a la mitad de la profundidad de las torres de Notre Dame. Y, sin embargo, los ingenieros tuvieron que dejar un lago.

[5] Estos dos pares de botas, que fueron colocados, según los papeles del persa, justo entre el decorado y la escena de LE ROI DE LAHORE, en el lugar donde Joseph Buquet fue encontrado ahorcado, nunca fueron descubiertos. Debieron de ser tomados por algún tramoyista o "portero".

Capítulo XXI Vicisitudes interesantes e instructivas de un persa en los sótanos de la Ópera

LA NARRACIÓN DEL PERSA

Era la primera vez que entraba en la casa del lago. A menudo le había rogado al "amante de las trampillas", como solíamos llamar a Erik en mi país, que me abriera sus misteriosas puertas. Siempre se negaba. Hice muchos intentos, pero en vano, para obtener acceso. Por mucho que lo vigilara, después de que supe por primera vez que se había instalado permanentemente en la Ópera, la oscuridad siempre era demasiado espesa para permitirme ver cómo accionaba la puerta en la pared sobre el lago. Un día, cuando me creí solo, subí al bote y remé hacia esa parte de la pared a través de la cual había visto desaparecer a Erik. Fue entonces cuando entré en contacto con la sirena que custodiaba el acceso y cuyo encanto estuvo a punto de serme fatal.

Apenas me había alejado de la orilla cuando el silencio en el que flotaba sobre el agua fue perturbado por una especie de canto susurrado que flotaba a mi alrededor. Era medio aliento, medio música; surgía suavemente de las aguas del lago; y me vi rodeado por él a través de no sé qué artificio. Me seguía, se movía conmigo y era tan suave que no me alarmó. Por el contrario, en mi anhelo de acercarme a la fuente de esa dulce y seductora armonía, me incliné desde mi pequeño bote sobre el agua, pues no me cabía duda de que el canto provenía del agua misma. Para entonces, yo estaba solo en el bote en medio del lago; la voz —pues ahora era claramente una voz— estaba a mi lado, sobre el agua. Me incliné, me incliné aún más. El lago estaba perfectamente en calma, y un rayo de luna que pasaba por el respiradero de la Rue Scribe no me mostraba absolutamente nada en su superficie, que era lisa y negra como la tinta. Sacudí mis oídos para deshacerme de un posible zumbido; pero pronto tuve que aceptar el hecho de que no había zumbido en los oídos tan armonioso como el susurro cantante que me seguía y ahora me atraía.

Si hubiera sido dado a la superstición, sin duda habría pensado que tenía que ver con alguna sirena cuya tarea era confundir al viajero que se aventurara en las aguas de la casa del lago. Afortunadamente, vengo de un país donde somos demasiado aficionados a las cosas fantásticas como para no conocerlas de principio a fin; y no tuve duda de que estaba frente a alguna nueva invención de Erik. Pero esta invención era tan perfecta que, mientras me inclinaba desde el bote, me sentía impulsado menos por el deseo de descubrir su truco que por disfrutar de su encanto; y me incliné, me incliné hasta casi volcar el bote.

De repente, dos brazos monstruosos surgieron del seno de las aguas y me agarraron por el cuello, arrastrándome a las profundidades con una fuerza irresistible. Sin duda me habría perdido, si no hubiera tenido tiempo de dar un grito por el que Erik me reconoció. Pues era él; y, en lugar de ahogarme, como seguramente era su primera intención, nadó conmigo y me depositó suavemente en la orilla:

—¡Qué imprudente eres! —dijo, mientras estaba ante mí, goteando agua—. ¿Por qué intentar entrar en mi casa? ¡Nunca te invité! ¡No te quiero allí, ni a nadie! ¿Acaso salvaste mi vida solo para hacérmela insoportable? Por muy grande que fuera el servicio que le prestaste, Erik puede terminar olvidándolo; y sabes que nada puede contener a Erik, ni siquiera el propio Erik.

Habló, pero yo ya no tenía otro deseo que conocer lo que ya llamaba el truco de la sirena. Satisfizo mi curiosidad, pues Erik, que es un verdadero monstruo —lo he visto en acción en Persia, por desgracia—, es también, en ciertos aspectos, un niño habitual, vanidoso y engreído, y no hay nada que ame tanto, después de asombrar a la gente, como demostrar toda la ingeniosidad realmente milagrosa de su mente.

Se rió y me mostró una caña larga.

—Es el truco más tonto que jamás hayas visto —dijo—, pero es muy útil para respirar y cantar en el agua. Lo aprendí de los piratas de Tonkín, que son capaces de permanecer ocultos durante horas en los lechos de los ríos.[1]

Le hablé con severidad.

—¡Es un truco que casi me mata! —dije—. ¡Y puede haber sido fatal para otros! ¿Sabes lo que me prometiste, Erik? ¡No más asesinatos!

—¿He cometido realmente asesinatos? —preguntó, poniéndose su aire más amable.

—¡Desdichado! —grité—. ¿Has olvidado las horas de rosas de Mazenderan?

—Sí —respondió, en un tono más triste—, prefiero olvidarlas. ¡Aunque solía hacer reír a la pequeña sultana!

—Todo eso pertenece al pasado —declaré—; pero está el presente... y tú eres responsable ante mí por el presente, porque, si yo hubiera querido, no habría habido ninguno en absoluto para ti. Recuerda eso, Erik: ¡salvé tu vida!

Y aproveché el giro de la conversación para hablarle de algo que llevaba mucho tiempo en mi mente:

—Erik —pregunté—, Erik, jura que...

—¿Qué? —replicó—. Sabes que nunca cumplo mis juramentos. Los juramentos se hacen para atrapar bobos.

—Dime... al menos puedes decirme...

—¿Bien?

—Bien, la lámpara... la lámpara, Erik?...

—¿Qué pasa con la lámpara?

—Sabes a qué me refiero.

—Oh —rio con sorna—, ¡no me importa contarte sobre la lámpara! ... ¡NO FUI YO! ... La lámpara estaba muy vieja y desgastada.

Cuando Erik se reía, era más terrible que nunca. Saltó al bote, riendo tan horriblemente que no pude evitar temblar.

—Muy vieja y desgastada, mi querido daroga![2] ¡Muy vieja y desgastada, la lámpara! ... ¡Cayó por sí misma! ... ¡Se vino abajo con un estruendo! ... ¡Y ahora, daroga, sigue mi consejo y ve a secarte, o te resfriarás! ... Y no vuelvas a subir nunca más a mi bote... Y, hagas lo que hagas, no intentes entrar en mi casa: no siempre estoy allí... ¡daroga! ¡Y lamentaría tener que dedicarte mi Misa de Requiem!

Dicho esto, balanceándose de un lado a otro, como un mono, y todavía riendo, se alejó y pronto desapareció en la oscuridad del lago.

Desde aquel día, abandoné todo pensamiento de penetrar en su casa por el lago. Esa entrada estaba obviamente demasiado bien vigilada, especialmente desde que supo que yo estaba al tanto. Pero sentía que debía haber otra entrada, pues a menudo había visto a Erik desaparecer en el tercer sótano, cuando lo vigilaba, aunque no podía imaginar cómo.

Desde que descubrí a Erik instalado en la Ópera, vivía en un terror perpetuo por sus horribles fantasías, no en lo que a mí respectaba, sino que temía todo por los demás.[3]

Y cada vez que ocurría algún accidente, algún evento fatal, siempre pensaba para mis adentros: "No me sorprendería si fuera Erik", tal como otros solían decir: "¡Es el fantasma!". ¡Cuántas veces no habré oído a la gente pronunciar esa frase con una sonrisa! ¡Pobres diablos! ¡Si hubieran sabido que el fantasma existía en carne y hueso, juro que no se habrían reído!

Aunque Erik me anunció muy solemnemente que había cambiado y que se había convertido en el más virtuoso de los hombres DESDE QUE ERA AMADO POR SÍ MISMO —una frase que, al principio, me dejó terriblemente perplejo—, no pude evitar estremecerme al pensar en el monstruo. Su horrible, inigualable y repulsiva fealdad lo ponía fuera del alcance de la humanidad; y a menudo me parecía que, por esta razón, ya no creía tener deber alguno para con la raza humana. La forma en que hablaba de sus aventuras amorosas solo aumentaba mi alarma, pues preveía la causa de tragedias nuevas y más espantosas en este evento al que aludía con tanta jactancia.

Por otro lado, pronto descubrí el curioso tráfico moral establecido entre el monstruo y Christine Daae. Escondido en el trastero junto al camerino de la joven prima donna, escuchaba maravillosas exhibiciones musicales que evidentemente sumían a Christine en un éxtasis maravilloso; pero, aun así, nunca habría pensado que la voz de Erik —que era fuerte como el trueno o suave como la voz de los ángeles, a voluntad— hubiera podido hacerle olvidar su fealdad. ¡Lo comprendí todo cuando supe que Christine aún no lo había visto! Tuve ocasión de ir al camerino y, recordando las lecciones que una vez me había dado, no tuve dificultad en descubrir el truco que hacía girar la pared con el espejo y comprobé los medios —ladrillos huecos y demás— mediante los cuales hacía llegar su voz a Christine como si la oyera muy cerca. De este modo también descubrí el camino que conducía al pozo y al calabozo —el calabozo de los comuneros— y también la trampilla que permitía a Erik ir directamente a los sótanos bajo el escenario.

Unos días después, cuál no sería mi asombro al saber por mis propios ojos y oídos que Erik y Christine Daae se veían y al sorprender al monstruo inclinado sobre el pequeño pozo, en el camino de los comuneros, y rociando la frente de Christine Daae, que se había desmayado. Un caballo blanco, el caballo de EL PROFETA, que había desaparecido de los establos bajo la Ópera, estaba parado tranquilamente a su lado. Me mostré. Fue terrible. Vi chispas salir de aquellos ojos amarillos y, antes de que tuviera tiempo de decir una palabra, recibí un golpe en la cabeza que me dejó aturdido.

Cuando volví en mí, Erik, Christine y el caballo blanco habían desaparecido. Me sentí seguro de que la pobre muchacha era prisionera en la casa del lago. Sin dudarlo, resolví regresar a la orilla, a pesar del peligro que conllevaba. Durante veinticuatro horas, aceché al monstruo para que apareciera; pues sentía que debía salir, impulsado por la necesidad de obtener provisiones. Y, a este respecto, puedo decir que, cuando salía a las calles o se aventuraba a mostrarse en público, usaba una nariz de cartón, con un bigote pegado, en lugar de su propio y horrible agujero por nariz. Esto no le quitaba del todo su aire de cadáver, pero lo hacía casi, digo casi, soportable a la vista.

Vigilé pues en la orilla del lago y, cansado de tanta espera, empezaba a pensar que había pasado por la otra puerta, la puerta en el tercer sótano, cuando oí un leve chapoteo en la oscuridad, vi los dos ojos amarillos brillando como velas y pronto el bote tocó tierra. Erik saltó y caminó hacia mí:

—Has estado aquí durante veinticuatro horas —dijo—, y me estás molestando. Te digo que todo esto terminará muy mal. Y te lo habrás buscado tú mismo; pues he sido extraordinariamente paciente contigo. Te crees que me estás siguiendo, gran bobo, cuando en realidad soy yo quien te sigue; y sé todo lo que tú sabes sobre mí, aquí. Te perdoné ayer, en MI CAMINO DE LOS COMUNEROS; pero te advierto, seriamente, ¡no dejes que te sorprenda allí otra vez! ¡Por mi palabra, parece que no eres capaz de entender una indirecta!

Estaba tan furioso que no pensé, por el momento, en interrumpirlo. Después de resoplar y jadear como una morsa, puso su horrible pensamiento en palabras:

—¡Sí, tienes que aprender, de una vez por todas —de una vez por todas, digo—, a entender una indirecta! Te digo que, con tu imprudencia —pues ya has sido arrestado dos veces por la sombra del sombrero de fieltro, que no sabía lo que hacías en los sótanos y te llevó ante los directores, quienes te consideraban un persa excéntrico interesado en la maquinaria del escenario y la vida tras bambalinas: sé todo al respecto, yo estaba allí, en la oficina; sabes que estoy en todas partes—, bueno, te digo que, con tu imprudencia, terminarán preguntándose qué buscas aquí... y terminarán sabiendo que buscas a Erik... y entonces irán ellos mismos tras Erik y descubrirán la casa del lago... Si lo hacen, será un mal asunto para ti, viejo, ¡un mal asunto! ... No responderé de nada.

De nuevo resopló y jadeó como una morsa.

—¡No responderé de nada! ... ¡Si los secretos de Erik dejan de ser los secretos de Erik, SERÁ UN MAL ASUNTO PARA UN BUEN NÚMERO DE LA RAZA HUMANA! Eso es todo lo que tengo que decirte, y a menos que seas un gran bobo, debería ser suficiente para ti... excepto que no sabes cómo entender una indirecta.

Se había sentado en la popa de su bote y golpeaba los talones contra las tablas, esperando oír lo que yo tenía que responder. Simplemente dije:

—¡No es a Erik a quien busco aquí!

—¿Quién entonces?

—Lo sabes tan bien como yo: es Christine Daae —respondí.

Él replicó: —Tengo todo el derecho a verla en mi propia casa. Soy amado por mí mismo.

—Eso no es cierto —dije—. La has secuestrado y la mantienes encerrada.

—Escucha —dijo—. ¿Prometerás no volver a entrometerte nunca más en mis asuntos, si te demuestro que soy amado por mí mismo?

—Sí, te lo prometo —respondí, sin dudarlo, pues me sentía convencido de que para tal monstruo la prueba era imposible.

—Bueno, entonces, es muy simple... ¡Christine Daae saldrá de aquí cuando le plazca y volverá! ... ¡Sí, volverá, porque ella lo desea... volverá por sí misma, porque me ama por mí mismo! ...

—¡Oh, dudo que vuelva! ... Pero es tu deber dejarla ir.

—¡Mi deber, gran bobo! ... Es mi deseo... mi deseo dejarla ir; y ella volverá... ¡porque me ama! ... Todo esto terminará en una boda... ¡una boda en la Madeleine, gran bobo! ¿Me crees ahora? Cuando te digo que mi misa nupcial está escrita... espera a que oigas el KYRIE...

Llevó el ritmo con los talones en las tablas del bote y cantó:

—¡KYRIE! ... ¡KYRIE! ... ¡KYRIE ELEISON! ... Espera a que oigas, espera a que oigas esa misa.

—Mira —dije—. Creeré en ti si veo a Christine Daae salir de la casa del lago y volver a ella por su propia voluntad.

—¿Y no te entrometerás más en mis asuntos?

—No.

—Muy bien, verás eso esta noche. Ven al baile de máscaras. Christine y yo iremos a echar un vistazo. Luego tú podrás esconderte en el trastero y verás a Christine, que habrá ido a su camerino, encantada de volver por el camino de los comuneros... ¡Y, ahora, lárgate, pues debo ir a hacer unas compras!

Para mi intenso asombro, las cosas sucedieron como él había anunciado. Christine Daae salió de la casa del lago y regresó a ella varias veces, sin, aparentemente, ser obligada a hacerlo. Me resultó muy difícil apartar a Erik de mi mente. Sin embargo, resolví ser extremadamente prudente, y no cometí el error de volver a la orilla del lago, o de ir por el camino de los comuneros. Pero la idea de la entrada secreta en el tercer sótano me perseguía, y fui repetidamente a esperar durante horas detrás de una escena de Le Roi de Lahore, que había sido dejada allí por alguna razón u otra. Al fin mi paciencia fue recompensada. Un día, vi al monstruo venir hacia mí, de rodillas. Estaba seguro de que no podía verme. Pasó entre la escena tras la cual yo estaba y un decorado, fue a la pared y presionó un resorte que movió una piedra y le proporcionó una entrada. Pasó a través de ella, y la piedra se cerró tras él.

Esperé al menos treinta minutos y luego presioné el resorte a mi vez. Todo sucedió como con Erik. Pero tuve cuidado de no cruzar yo mismo por el hueco, pues sabía que Erik estaba dentro. Por otra parte, la idea de que pudiera ser atrapado por Erik me hizo pensar de repente en la muerte de Joseph Buquet. No deseaba poner en peligro las ventajas de un descubrimiento tan grande que podría ser útil a muchas personas, "a un buen número de la raza humana", en palabras de Erik; y abandoné los sótanos de la Ópera tras volver a colocar la piedra cuidadosamente.

Seguí sintiendo un gran interés por las relaciones entre Erik y Christine Daaé, no por una curiosidad morbosa, sino por el pensamiento terrible que obsesionaba mi mente de que Erik era capaz de cualquier cosa si alguna vez descubría que no era amado por sí mismo, como él imaginaba. Continué vagando, con mucha cautela, por la Ópera y pronto supo la verdad sobre el triste romance del monstruo.

Él llenaba la mente de Christine a través del terror que le inspiraba, pero el corazón de la querida niña pertenecía por entero al vizconde Raoul de Chagny. Mientras ellos jugaban, como una pareja de prometidos inocentes, en los pisos superiores de la Ópera para evitar al monstruo, poco sospechaban que alguien los vigilaba. Yo estaba dispuesto a todo: a matar al monstruo, si fuera necesario, y explicarlo a la policía después. Pero Erik no se dejó ver; y no por ello me sentí más tranquilo.

Debo explicar todo mi plan. Pensé que el monstruo, al ser expulsado de su casa por los celos, me permitiría entrar en ella, sin peligro, a través del pasaje en el tercer sótano. Era importante, por el bien de todos, que supiera exactamente lo que había dentro. Un día, cansado de esperar una oportunidad, moví la piedra y de inmediato escuché una música asombrosa: el monstruo estaba trabajando en su Don Juan Triunfante, con todas las puertas de su casa abiertas de par en par. Sabía que esta era la obra de su vida. Tuve cuidado de no moverme y permanecí prudentemente en mi oscuro agujero.

Dejó de tocar por un momento y comenzó a caminar por su lugar como un loco. Y dijo en voz alta, a pleno pulmón:

—¡Debe estar terminado PRIMERO! ¡Completamente terminado!

Estas palabras no estaban calculadas para tranquilizarme y, cuando la música recomenzó, cerré la piedra muy suavemente.

El día del secuestro de Christine Daaé, no llegué al teatro hasta bastante entrada la noche, temblando ante la idea de escuchar malas noticias. Había pasado un día horrible, pues, tras leer en un periódico matutino el anuncio de una próxima boda entre Christine y el vizconde de Chagny, me pregunté si, después de todo, no sería mejor denunciar al monstruo. Pero la razón volvió a mí y me convencí de que esta acción solo podría precipitar una posible catástrofe.

Cuando mi carruaje me dejó ante la Ópera, ¡estaba realmente casi asombrado de ver que aún seguía en pie! Pero soy algo fatalista, como todos los buenos orientales, y entré preparado para cualquier cosa.

El secuestro de Christine Daaé en el acto de la prisión, que naturalmente sorprendió a todos, me encontró preparado. Estaba totalmente seguro de que había sido escamoteada por Erik, ese príncipe de los prestidigitadores. Y pensé positivamente que este era el fin de Christine y quizás de todos, tanto que pensé en aconsejar a todas aquellas personas que permanecían en el teatro que aprovecharan para escapar. Sentí, sin embargo, que seguramente me considerarían un loco y me abstuve.

Por otra parte, resolví actuar sin más demora en lo que a mí respecta. Las probabilidades estaban a mi favor de que Erik, en ese momento, solo estuviera pensando en su cautiva. Este era el momento de entrar en su casa a través del tercer sótano; y resolví llevar conmigo a ese pobre vizconde desesperado que, a la primera sugerencia, aceptó con una confianza en mí que me conmovió profundamente. Había enviado a mi criado por mis pistolas. Le di una al vizconde y le aconsejé que estuviera listo para disparar, porque, después de todo, Erik podría estar esperándonos detrás de la pared. Debíamos ir por el camino de los comuneros y a través de la trampilla.

Al ver mis pistolas, el joven vizconde me preguntó si íbamos a batirnos en duelo. Dije:

—Sí; ¡y qué duelo! —Pero, por supuesto, no tuve tiempo de explicarle nada. El joven vizconde es un tipo valiente, pero apenas sabía nada sobre su adversario; y tanto mejor. Mi gran miedo era que ya estuviera en algún lugar cerca de nosotros, preparando el lazo de Punjab. Nadie sabe mejor que él cómo lanzar el lazo de Punjab, pues es el rey de los estranguladores tanto como el príncipe de los prestidigitadores. Cuando terminaba de hacer reír a la pequeña sultana, en la época de las "horas rosadas de Mazenderan", ella misma solía pedirle que la divirtiera dándole un sobresalto. Fue entonces cuando introdujo el deporte del lazo de Punjab.

Había vivido en la India y adquirido una habilidad increíble en el arte de la estrangulación. Hacía que lo encerraran en un patio al que llevaban a un guerrero —generalmente, un hombre condenado a muerte— armado con una pica larga y una espada ancha. Erik solo tenía su lazo; y siempre era justo cuando el guerrero pensaba que iba a derribar a Erik con un golpe tremendo cuando escuchábamos al lazo silbar por el aire. Con un giro de muñeca, Erik apretaba el nudo corredizo alrededor del cuello de su adversario y, de esta forma, lo arrastraba ante la pequeña sultana y sus mujeres, que miraban desde una ventana y aplaudían. La pequeña sultana aprendió ella misma a manejar el lazo de Punjab y mató a varias de sus mujeres e incluso a los amigos que la visitaban. Pero prefiero dejar este terrible tema de las horas rosadas de Mazenderan. Solo lo he mencionado para explicar por qué, al llegar con el vizconde de Chagny a los sótanos de la Ópera, estaba obligado a proteger a mi compañero contra el peligro siempre amenazante de morir estrangulado. Mis pistolas no podían servir de nada, pues era poco probable que Erik se dejara ver; pero Erik siempre podía estrangularnos. No tuve tiempo de explicar todo esto al vizconde; además, no se ganaba nada complicando la situación. Simplemente le dije al señor de Chagny que mantuviera la mano a la altura de los ojos, con el brazo doblado, como si esperara la orden de disparar. Con su víctima en esta actitud, es imposible incluso para el más experto estrangulador lanzar el lazo con ventaja. Te atrapa no solo alrededor del cuello, sino también alrededor del brazo o la mano. Esto permite desenredar fácilmente el lazo, que entonces se vuelve inofensivo.

Tras evitar al comisario de policía, a varios acomodadores y a los bomberos, tras encontrarme con el cazador de ratas y pasar junto al hombre del sombrero de fieltro sin ser visto, el vizconde y yo llegamos sin obstáculos al tercer sótano, entre la pieza de decorado y la escena de Le Roi de Lahore. Accioné la piedra y saltamos a la casa que Erik se había construido a sí mismo en el doble muro de los cimientos de la Ópera. Y esto fue lo más fácil del mundo para él, porque Erik fue uno de los contratistas principales bajo Philippe Garnier, el arquitecto de la Ópera, y continuó trabajando solo cuando las obras fueron suspendidas oficialmente, durante la guerra, el sitio de París y la Comuna.

Conocía demasiado bien a mi Erik como para sentirme cómodo al saltar a su casa. Sabía lo que había hecho de cierto palacio en Mazenderan. De ser el edificio más honesto imaginable, pronto lo convirtió en una casa del mismísimo diablo, donde no podías pronunciar una palabra sin que fuera escuchada o repetida por un eco. Con sus trampillas, el monstruo fue responsable de un sinfín de tragedias de todo tipo. Dio con inventos asombrosos. De ellos, el más curioso, horrible y peligroso era la llamada cámara de tortura. Salvo en casos especiales, cuando la pequeña sultana se divertía infligiendo sufrimiento a algún ciudadano inocente, nadie era admitido en ella sino los desgraciados condenados a muerte. E incluso entonces, cuando estos "habían tenido suficiente", siempre estaban en libertad de poner fin a sus días con un lazo de Punjab o una cuerda de arco, dejados para su uso al pie de un árbol de hierro.

Mi alarma, por tanto, fue grande cuando vi que la habitación en la que el señor vizconde de Chagny y yo habíamos caído era una copia exacta de la cámara de tortura de las horas rosadas de Mazenderan. A nuestros pies, encontré el lazo de Punjab que había estado temiendo toda la noche. Estaba convencido de que esta cuerda ya había servido para Joseph Buquet, quien, como yo, debe haber sorprendido a Erik una noche accionando la piedra en el tercer sótano. Probablemente lo intentó a su vez, cayó en la cámara de tortura y solo salió de ella ahorcado. ¡Bien puedo imaginar a Erik arrastrando el cuerpo, para deshacerse de él, hasta la escena de Le Roi de Lahore, y colgándolo allí como ejemplo, o para aumentar el terror supersticioso que le ayudaría a proteger los accesos a su guarida! Luego, tras reflexionar, Erik volvió a buscar el lazo de Punjab, que está hecho de una forma muy curiosa con tripa de gato, y que podría haber hecho pensar a un juez de instrucción. Esto explica la desaparición de la cuerda.

¡Y ahora descubría el lazo, a nuestros pies, en la cámara de tortura! ... No soy un cobarde, pero un sudor frío cubrió mi frente mientras movía el pequeño disco rojo de mi linterna sobre las paredes.

El señor de Chagny lo notó y preguntó:

—¿Qué sucede, señor?

Le hice una seña violenta para que guardara silencio.

[1] Un informe oficial de Tonkín, recibido en París a finales de julio de 1909, relata cómo el famoso jefe pirata De Tham fue rastreado, junto con sus hombres, por nuestros soldados; y cómo todos lograron escapar, gracias a este truco de los juncos.

[2] DAROGA es, en persa, jefe de policía.

[3] El persa podría haber admitido fácilmente que el destino de Erik también le interesaba a él, pues era muy consciente de que, si el gobierno de Teherán se hubiera enterado de que Erik aún estaba vivo, se habría acabado la modesta pensión del antiguo daroga. Es justo, sin embargo, añadir que el persa tenía un corazón noble y generoso; y no dudo ni por un momento que las catástrofes que temía para otros ocupaban mucho su mente. Su conducta, a lo largo de este asunto, lo demuestra y está por encima de toda alabanza.

Capítulo XXII En la cámara de tortura

EL RELATO DEL PERSA CONTINUADO

Estábamos en medio de una pequeña habitación de seis esquinas, cuyas paredes estaban cubiertas de espejos de arriba a abajo. En las esquinas, podíamos ver claramente las "juntas" de los cristales, los segmentos destinados a girar sobre sus engranajes; sí, los reconocí y reconocí el árbol de hierro en la esquina, en la base de uno de esos segmentos... el árbol de hierro, con su rama de hierro, para los ahorcados.

Aferré el brazo de mi compañero: el vizconde de Chagny estaba todo tembloroso, deseoso de gritar a su prometida que le traía ayuda. Temía que no pudiera contenerse.

De repente, escuchamos un ruido a nuestra izquierda. Parecía al principio como una puerta abriéndose y cerrándose en la habitación contigua; y luego hubo un gemido sordo. Apreté el brazo del señor de Chagny con más firmeza todavía; y entonces escuchamos claramente estas palabras:

—¡Debes elegir! ¡La misa de boda o la misa de réquiem! —Reconocí la voz del monstruo.

Hubo otro gemido, seguido de un largo silencio.

Estaba convencido ya de que el monstruo no era consciente de nuestra presencia en su casa, pues de lo contrario ciertamente se las habría arreglado para no dejarnos oírle. Solo habría tenido que cerrar la pequeña ventana invisible a través de la cual los amantes de la tortura miran hacia la cámara de tortura. Además, estaba seguro de que, si hubiera sabido de nuestra presencia, las torturas habrían comenzado de inmediato.

Lo importante era no dejar que lo supiera; y no temía nada tanto como la impulsividad del vizconde de Chagny, que quería atravesar las paredes hacia Christine Daaé, cuyos gemidos seguíamos escuchando a intervalos.

—La misa de réquiem no es nada alegre —continuó la voz de Erik—, mientras que la misa de boda, puedes creerme, ¡es magnífica! ¡Debes tomar una resolución y saber lo que quieres! ¡No puedo seguir viviendo así, como un topo en una madriguera! Don Juan Triunfante está terminado; y ahora quiero vivir como todos los demás. Quiero tener una esposa como todos los demás y llevarla a pasear los domingos. He inventado una máscara que me hace parecer cualquier persona. La gente ni siquiera se dará la vuelta en las calles. Serás la más feliz de las mujeres. Y cantaremos, todos solos, hasta desmayarnos de placer. ¡Estás llorando! ¡Me tienes miedo! Y, sin embargo, no soy realmente malvado. ¡Ámame y verás! Lo único que quería era ser amado por mí mismo. Si me amaras, sería tan gentil como un cordero; y podrías hacer conmigo lo que quisieras.

Pronto los gemidos que acompañaban esta especie de letanía amorosa aumentaron y aumentaron. Nunca he oído nada más desesperante; y el señor de Chagny y yo reconocimos que esta terrible lamentación provenía del propio Erik. Christine parecía estar muda de horror, sin fuerzas para gritar, mientras el monstruo estaba de rodillas ante ella.

Tres veces, Erik lamentó ferozmente su destino:

—¡No me amas! ¡No me amas! ¡No me amas!

Y luego, más suavemente:

—¿Por qué lloras? ¡Sabes que me duele verte llorar!

Un silencio.

Cada silencio nos daba esperanzas renovadas. Nos decíamos:

—Quizás ha dejado a Christine detrás de la pared.

Y solo pensábamos en la posibilidad de advertir a Christine Daaé de nuestra presencia, sin que el monstruo lo supiera. Éramos incapaces de abandonar la cámara de tortura ahora, a menos que Christine nos abriera la puerta; y solo bajo esta condición podíamos esperar ayudarla, pues ni siquiera sabíamos dónde podría estar la puerta.

De repente, el silencio en la habitación contigua fue interrumpido por el timbre de una campana eléctrica. Hubo un salto al otro lado de la pared y la voz de trueno de Erik:

—¡Alguien llama! ¡Adelante, por favor!

Una risa siniestra.

—¿Quién viene a molestar ahora? Espérame aquí... VOY A DECIRLE A LA SIRENA QUE ABRA LA PUERTA.

Los pasos se alejaron, una puerta se cerró. No tuve tiempo de pensar en el nuevo horror que se preparaba; olvidé que el monstruo quizás solo salía para perpetrar un nuevo crimen; solo entendí una cosa: ¡Christine estaba sola detrás de la pared!

El vizconde de Chagny ya la llamaba:

—¡Christine! ¡Christine!

Como podíamos escuchar lo que se decía en la habitación de al lado, no había razón para que mi compañero no fuera escuchado a su vez. Sin embargo, el vizconde tuvo que repetir su grito una y otra vez.

Al fin, una voz débil nos llegó.

—¡Estoy soñando! —dijo.

—¡Christine, Christine, soy yo, Raoul!

Un silencio.

—¡Pero contéstame, Christine! ... ¡En nombre del Cielo, si estás sola, contéstame!

Entonces la voz de Christine susurró el nombre de Raoul.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Soy yo! ¡No es un sueño! ... ¡Christine, confía en mí! ... Estamos aquí para salvarte... ¡pero sé prudente! ¡Cuando escuches al monstruo, avísanos!

Entonces Christine se entregó al miedo. Temía que Erik descubriera dónde estaba escondido Raoul; nos contó en pocas palabras apresuradas que Erik se había vuelto completamente loco de amor y que había decidido MATAR A TODOS Y A SÍ MISMO CON TODOS si ella no consentía en convertirse en su esposa. Le había dado hasta las once de la noche siguiente para reflexionar. Era la última tregua. Ella debía elegir, como él decía, entre la misa de boda y el réquiem.

Y Erik había pronunciado entonces una frase que Christine no entendió del todo:

—¡Sí o no! ¡Si tu respuesta es no, todos estarán muertos Y ENTERRADOS!

Pero yo entendí la frase perfectamente, pues correspondía de una manera terrible con mi propio pensamiento espantoso.

—¿Puedes decirnos dónde está Erik? —pregunté.

Ella respondió que debía haber abandonado la casa.

—¿Podrías asegurarlo?

—No. Estoy sujeta. No puedo mover ni un miembro.

Cuando escuchamos esto, el señor de Chagny y yo lanzamos un grito de furia. Nuestra seguridad, la seguridad de los tres, dependía de la libertad de movimientos de la joven.

—¿Pero dónde estáis? —preguntó Christine—. Solo hay dos puertas en mi habitación, la sala Luis Felipe de la que te hablé, Raoul; una puerta por la que Erik entra y sale, y otra que él nunca ha abierto ante mí y por la que me ha prohibido pasar nunca, porque dice que es la más peligrosa de las puertas, ¡la puerta de la cámara de tortura!

—¡Christine, ahí es donde estamos nosotros!

—¿Estáis en la cámara de tortura?

—Sí, pero no podemos ver la puerta.

—¡Oh, si pudiera arrastrarme hasta allí! Llamaría a la puerta y eso os diría dónde está.

—¿Es una puerta con cerradura? —pregunté.

—Sí, con cerradura.

—Mademoiselle —dije—, ¡es absolutamente necesario que nos abra esa puerta!

—¿Pero cómo? —preguntó la pobre joven entre lágrimas.

La escuchamos esforzándose, tratando de liberarse de las ataduras que la sujetaban.

—Sé dónde está la llave —dijo, con una voz que parecía agotada por el esfuerzo que había hecho—. Pero estoy atada tan fuerte... ¡Oh, el desgraciado!

Y sollozó.

—¿Dónde está la llave? —pregunté, haciendo señas al señor de Chagny para que no hablara y dejara el asunto en mis manos, pues no teníamos un momento que perder.

—En la habitación de al lado, cerca del órgano, con otra pequeña llave de bronce, que también me prohibió tocar. Ambas están en una pequeña bolsa de cuero que él llama la bolsa de la vida y de la muerte... ¡Raoul! ¡Raoul! ¡Huye! ¡Todo es misterioso y terrible aquí, y Erik pronto se habrá vuelto completamente loco, y estáis en la cámara de tortura! ... Volved por donde vinisteis. ¡Debe haber una razón por la que la habitación se llama por ese nombre!

—Christine —dijo el joven—. ¡O nos vamos de aquí juntos o morimos juntos!

—Debemos mantener la calma —susurré—. ¿Por qué la ha atado, mademoiselle? No puede escapar de su casa; ¡y él lo sabe!

—¡Intenté suicidarme! El monstruo salió anoche, después de traerme aquí desmayada y medio cloroformada. ¡Iba a SU BANQUERO, eso dijo! ... Cuando regresó me encontró con la cara cubierta de sangre... Había intentado matarme golpeando mi frente contra las paredes.

—¡Christine! —gimió Raoul; y comenzó a sollozar.

—Entonces me ató... No se me permite morir hasta las once de la noche de mañana.

—Mademoiselle —declaré—, el monstruo la ató... y él la desatará. ¡Solo tiene que interpretar el papel necesario! ¡Recuerde que la ama!

—¡Ay! —escuchamos—. ¡Cómo voy a olvidarlo!

—Recuérdelo y sonríale... ruéguele... dígale que sus ataduras le hacen daño.

Pero Christine Daaé dijo:

—¡Silencio! ... Escucho algo en la pared sobre el lago! ... Es él! ... ¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!

—No podríamos irnos, incluso si quisiéramos —dije, tan impresionante como pude—. ¡No podemos dejar esto! ¡Y estamos en la cámara de tortura!

—¡Silencio! —susurró Christine de nuevo.

Pasos pesados sonaron lentamente detrás de la pared, luego se detuvieron e hicieron crujir el suelo una vez más. Luego vino un suspiro tremendo, seguido de un grito de horror de Christine, y escuchamos la voz de Erik:

«¡Le pido perdón por dejar que vea un rostro como este! ¡Qué estado el mío, no es así? ¡ES CULPA DEL OTRO! ¿Por qué llamó? ¿Acaso le pido a la gente que pasa que me diga la hora? ¡Él no volverá a pedir la hora a nadie nunca más! Es culpa de la sirena».

Otro suspiro, más profundo, más tremendo aún, brotó de las profundidades abismales de un alma.

«¿Por qué has gritado, Christine?»

«Porque siento dolor, Erik».

«Pensé que te había asustado».

«Erik, suelta mis ataduras... ¿Acaso no soy tu prisionera?»

«Intentarás matarte de nuevo».

«Me has dado hasta las once de la noche de mañana, Erik».

Los pasos se arrastraron de nuevo por el suelo.

«Después de todo, ya que hemos de morir juntos... y yo estoy tan ansioso como tú... sí, estoy harto de esta vida, ¿sabes?... Espera, no te muevas, te soltaré... Solo tienes que decir una palabra: "¡NO!". ¡Y todo habrá terminado al instante PARA TODOS! ... Tienes razón, tienes razón; ¿por qué esperar hasta las once de la noche de mañana? Es cierto, habría sido más grandioso, más fino... Pero eso son tonterías infantiles... Solo deberíamos pensar en nosotros mismos en esta vida, en nuestra propia muerte... lo demás no importa... ¿ME MIRAS PORQUE ESTOY TODO EMPAPADO? ... Oh, querida, ¡está cayendo un diluvio ahí fuera! ... Aparte de eso, Christine, creo que estoy sujeto a alucinaciones... Sabes, el hombre que llamó a la puerta de la sirena hace un momento —ve a mirar si está llamando en el fondo del lago—, era bastante parecido a... Toma, date la vuelta... ¿estás contenta? Ya eres libre... Oh, mi pobre Christine, mira tus muñecas: dime, ¿te he hecho daño? ... Eso solo merece la muerte... Hablando de muerte, ¡DEBO CANTAR SU REQUIEM!»

Al oír estas terribles observaciones, recibí un presentimiento espantoso... Yo también había llamado una vez a la puerta del monstruo... y, sin saberlo, debía de haber puesto en marcha alguna corriente de advertencia.

Y recordé los dos brazos que habían surgido de las aguas tintadas de tinta... ¿Qué pobre desgraciado habría llegado a esa orilla esta vez? ¿Quién era «el otro», aquel cuyo réquiem escuchábamos ahora cantar?

Erik cantaba como el dios del trueno, cantaba un DIES IRAE que nos envolvía como en una tormenta. Los elementos parecían enfurecerse a nuestro alrededor. De repente, el órgano y la voz cesaron tan súbitamente que el señor de Chagny dio un salto hacia atrás, al otro lado del muro, conmovido. Y la voz, cambiada y transformada, chirrió distintamente estas sílabas metálicas: «¿QUÉ HAS HECHO CON MI BOLSA?»

Capítulo XXIII Comienzan las torturas

CONTINUACIÓN DE LA NARRACIÓN DEL PERSA.

La voz repitió con ira: «¿Qué has hecho con mi bolsa? ¡Así que era para tomar mi bolsa que me pediste que te soltara!»

Oímos pasos apresurados, Christine corriendo de vuelta a la habitación Luis Felipe, como si buscara refugio al otro lado de nuestro muro.

«¿Por qué huyes?», preguntó la voz furiosa, que la había seguido. «Devuélveme mi bolsa, ¿quieres? ¿No sabes que es la bolsa de la vida y la muerte?»

«Escúchame, Erik», suspiró la joven. «Ya que está decidido que vamos a vivir juntos... ¿qué diferencia puede haber para ti?»

«Sabes que solo hay dos llaves en ella», dijo el monstruo. «¿Qué quieres hacer?»

«Quiero ver esta habitación que nunca he visto y que siempre me has ocultado... ¡Es curiosidad de mujer!», dijo ella, en un tono que intentó hacer juguetón.

Pero el truco era demasiado infantil para que Erik se dejara engañar por él.

«No me gustan las mujeres curiosas», replicó, «y más te vale recordar la historia de BARBA AZUL y tener cuidado... ¡Vamos, devuélveme mi bolsa! ... ¡Devuélveme mi bolsa! ... Deja la llave en paz, ¿quieres, pequeña entrometida?»

Y soltó una risita, mientras Christine lanzaba un grito de dolor. Evidentemente, Erik le había arrebatado la bolsa.

En ese momento, el vizconde no pudo evitar proferir una exclamación de impotente rabia.

«Vaya, ¿qué es eso?», dijo el monstruo. «¿Has oído, Christine?»

«No, no», respondió la pobre joven. «No he oído nada».

«Me pareció oír un grito».

«¡Un grito! ¿Te estás volviendo loco, Erik? ¿A quién esperas que dé un grito, en esta casa? ... ¡He gritado porque me has hecho daño! No he oído nada».

«¡No me gusta cómo has dicho eso! ... Estás temblando... Estás muy alterada... ¡Estás mintiendo! ... ¡Eso fue un grito, hubo un grito! ... ¡Hay alguien en la cámara de tortura! ... ¡Ah, ahora lo entiendo!»

«¡No hay nadie allí, Erik!»

«¡Lo entiendo!»

«¡Nadie!»

«¡El hombre con el que te quieres casar, tal vez!»

«No quiero casarme con nadie, sabes que no».

Otra risita desagradable. «Bueno, no tardaremos en averiguarlo. Christine, amor mío, no necesitamos abrir la puerta para ver qué ocurre en la cámara de tortura. ¿Te gustaría ver? ¿Te gustaría ver? ¡Mira esto! Si hay alguien, si realmente hay alguien allí, verás encenderse la ventana invisible en lo alto, cerca del techo. Solo tenemos que descorrer la cortina negra y apagar la luz aquí. Ahí, eso es... ¡Apaguemos la luz! ¡No tienes miedo a la oscuridad cuando estás con tu pequeño marido!»

Entonces oímos la voz angustiada de Christine:

«¡No! ... ¡Tengo miedo! ... ¡Te digo que tengo miedo a la oscuridad! ... Ya no me importa esa habitación... ¡Siempre me asustas, como a una niña, con tu cámara de tortura! ... Y por eso me entró curiosidad... Pero ya no me importa... ni un poco... ¡ni un poco!»

Y lo que más temía, AUTOMÁTICAMENTE, comenzó. ¡Nos inundó la luz de repente! Sí, en nuestro lado del muro, todo parecía resplandecer. El vizconde de Chagny quedó tan desconcertado que se tambaleó. Y la voz enfurecida rugió:

«¡Te dije que había alguien! ¿Ves la ventana ahora? ¿La ventana iluminada, ahí arriba? ¡El hombre detrás del muro no puede verla! Pero tú subirás por la escalera plegable: ¡para eso está! ... Me has pedido muchas veces que te lo diga; ¡y ahora ya lo sabes! ... Están ahí para echar un vistazo a la cámara de tortura... ¡pequeña entrometida!»

«¿Qué torturas? ... ¿A quién están torturando? ... ¡Erik, Erik, di que solo intentas asustarme! ... ¡Dilo, si me amas, Erik! ... No hay torturas, ¿verdad?»

«¡Ve a mirar por la pequeña ventana, querida!»

No sé si el vizconde oyó la voz desfalleciente de la joven, pues estaba demasiado ocupado con el asombroso espectáculo que aparecía ahora ante su mirada distraída. En cuanto a mí, había visto esa visión demasiadas veces, a través de la pequeña ventana, en los tiempos de las horas rosadas de Mazenderan; y solo me importaba lo que se decía en la habitación de al lado, buscando una pista sobre cómo actuar, qué resolución tomar.

«¡Ve a espiar por la pequeña ventana! ¡Dime qué aspecto tiene!»

Oímos los escalones arrastrándose contra la pared.

«¡Sube! ... ¡No! ... ¡No, subiré yo misma, querido!»

«Oh, muy bien, subiré yo. ¡Déjame ir!»

«¡Oh, mi amado, mi amado! ... ¡Qué dulce eres! ... ¡Qué amable al ahorrarme el esfuerzo a mi edad! ... ¡Dime qué aspecto tiene!»

En ese momento, oímos claramente estas palabras sobre nuestras cabezas:

«¡No hay nadie allí, querido!»

«¿Nadie? ... ¿Estás segura de que no hay nadie?»

«¡Pues claro que no... nadie!»

«¡Bueno, eso está bien! ... ¿Qué te pasa, Christine? No vas a desmayarte, ¿verdad? ... ¿ya que no hay nadie allí? ... Aquí... baja... ¡eso es! ... Recupérate... ¡ya que no hay nadie allí! ... ¿PERO QUÉ TE PARECE EL PAISAJE?»

«¡Oh, mucho!»

«¡Eso, así está mejor! ... Estás mejor ahora, ¿no es así? ... Eso es, ¡estás mejor! ... ¡Sin nervios! ... Y es una casa curiosa, ¿no?, ¡con paisajes así dentro!»

«Sí, es como el Museo Grevin... Pero, dime, Erik... ¡no hay torturas ahí dentro! ... ¡Qué susto me has dado!»

«¿Por qué... si no hay nadie allí?»

«¿Diseñaste tú esa habitación? Es muy hermosa. Eres un gran artista, Erik».

«Sí, un gran artista, a mi manera».

«Pero dime, Erik, ¿por qué llamaste a esa habitación la cámara de tortura?»

«Oh, es muy sencillo. Primero, ¿qué viste?»

«Vi un bosque».

«¿Y qué hay en un bosque?»

«Árboles».

«¿Y qué hay en un árbol?»

«Pájaros».

«¿Viste algún pájaro?»

«No, no vi ningún pájaro».

«Bueno, ¿qué viste? ¡Piensa! Viste ramas. ¿Y qué son las ramas?», preguntó la terrible voz. «¡HAY UNA HORCA! ¡Por eso llamo a mi bosque la cámara de tortura! ... Ya ves, todo es una broma. Nunca me expreso como los demás. ¡Pero estoy muy cansado de esto! ... ¡Estoy harto de tener un bosque y una cámara de tortura en mi casa y de vivir como un saltimbanqui, en una casa con doble fondo! ... ¡Estoy cansado de esto! ¡Quiero tener un piso agradable y tranquilo, con puertas y ventanas normales y una esposa dentro, como cualquier otra persona! Una esposa a la que pueda amar y sacar a pasear los domingos y mantener entretenida los días de diario... Toma, ¿quiero que te haga unos trucos de cartas? Eso nos ayudará a pasar unos minutos, mientras esperamos a las once de la noche de mañana... ¡Mi querida pequeña Christine! ... ¿Me escuchas? ... ¡Dime que me amas! ... No, no me amas... pero no importa, ¡lo harás! ... Una vez, no podías mirar mi máscara porque sabías lo que había detrás... ¡Y ahora no te importa mirarla y olvidas lo que hay detrás! ... Uno puede acostumbrarse a todo... si quiere... ¡Muchos jóvenes que no se querían antes de casarse se han adorado después! Oh, ¡no sé de lo que estoy hablando! Pero te divertirías mucho conmigo. Por ejemplo, soy el ventrílocuo más grande que jamás haya existido, ¡soy el primer ventrílocuo del mundo! ... Te ríes... ¿Tal vez no me crees? Escucha».

El desgraciado, que realmente era el primer ventrílocuo del mundo, solo intentaba desviar la atención de la niña de la cámara de tortura; pero era un plan estúpido, ¡porque Christine no pensaba más que en nosotros! Ella le suplicó repetidamente, en los tonos más suaves que pudo asumir:

«¡Apaga la luz de la pequeña ventana! ... Erik, ¡apaga la luz de la pequeña ventana!»

Porque ella veía que esa luz, que aparecía tan repentinamente y de la que el monstruo había hablado con voz tan amenazadora, debía significar algo terrible. Una cosa debió haberla tranquilizado por un momento; y fue vernos a los dos, detrás del muro, en medio de esa luz resplandeciente, vivos y sanos. Pero sin duda se habría sentido mucho más aliviada si hubieran apagado la luz.

Mientras tanto, el otro ya había comenzado a actuar como ventrílocuo. Dijo:

«Aquí, levanto mi máscara un poco... ¡Oh, solo un poco! ... ¿Ves mis labios, tal como son? ¡No se mueven! ... Mi boca está cerrada —tal como es mi boca— y sin embargo oyes mi voz... ¿Dónde la quieres? ¿En tu oído izquierdo? ¿En tu oído derecho? ¿En la mesa? ¿En esas cajitas de ébano de la repisa de la chimenea? ... Escucha, querida, está en la cajita a la derecha de la repisa: ¿qué dice? "¿DEBO ACTIVAR AL ESCORPIÓN?" ... Y ahora, ¡crac! ¿Qué dice en la cajita a la izquierda? "¿DEBO ACTIVAR AL SALTAMONTES?" ... Y ahora, ¡crac! Aquí está en la pequeña bolsa de cuero... ¿Qué dice? "¡SOY LA PEQUEÑA BOLSA DE LA VIDA Y LA MUERTE!" ... Y ahora, ¡crac! Está en la garganta de Carlotta, en la garganta de oro de Carlotta, en la garganta de cristal de Carlotta, ¡por mi vida! ¿Qué dice? Dice: "¡Soy yo, el señor Sapo, soy yo cantando! ¡SIENTO SIN ALARMA —CO-ACK— QUE SU MELODÍA ME ENVUELVE —CO-ACK—!" ... Y ahora, ¡crac! Está en una silla en el palco del fantasma y dice: "¡MADAME CARLOTTA ESTÁ CANTANDO ESTA NOCHE PARA HACER CAER EL CANDELABRO!" ... Y ahora, ¡crac! ¡Ajá! ¿Dónde está la voz de Erik ahora? ¡Escucha, Christine, querida! ¡Escucha! ¡Está detrás de la puerta de la cámara de tortura! ¡Escucha! ¡Soy yo mismo en la cámara de tortura! ¿Y qué digo? Digo: "¡Ay de aquellos que tienen nariz, una nariz de verdad, y vienen a echar un vistazo a la cámara de tortura! ¡Ajá, ajá, ajá!"»

Oh, ¡la terrible voz del ventrílocuo! Estaba en todas partes, en todas partes. Atravesaba la pequeña ventana invisible, atravesaba los muros. Corría a nuestro alrededor, entre nosotros. ¡Erik estaba allí, hablándonos! Hicimos un movimiento como para abalanzarnos sobre él. Pero, ¡ya, más rápido, más fugaz que la voz del eco, la voz de Erik había saltado de vuelta detrás del muro!

Pronto no oímos nada más en absoluto, pues esto fue lo que sucedió:

«¡Erik! ¡Erik!», dijo la voz de Christine. «Me cansas con tu voz. ¡No sigas, Erik! ¿No hace mucho calor aquí?»

«Oh, sí», respondió la voz de Erik, «¡el calor es insoportable!»

«¿Pero qué significa esto? ... ¡La pared realmente se está calentando mucho! ... ¡La pared está ardiendo!»

«Te diré por qué, Christine querida: es por el bosque de al lado».

«Bueno, ¿qué tiene que ver eso? ¿El bosque?»

«¡POR QUÉ, ¿NO VISTE QUE ERA UN BOSQUE AFRICANO? ¡»

Y el monstruo se rió tan fuerte y tan horriblemente que ya no pudimos distinguir los gritos suplicantes de Christine. El vizconde de Chagny gritaba y golpeaba las paredes como un loco. No pude contenerlo. Pero no oíamos nada más que la risa del monstruo, y el monstruo mismo no puede haber oído nada más. Y luego se oyó el sonido de un cuerpo cayendo al suelo y siendo arrastrado, y una puerta se cerró de un golpe y luego nada, ¡nada más a nuestro alrededor salvo el silencio abrasador del sur en el corazón de un bosque tropical!

Capítulo XXIV «¡Barriles! ... ¡Barriles! ... ¿Algún barril a la venta?»

CONTINUACIÓN DE LA NARRACIÓN DEL PERSA

He dicho que la habitación en la que estábamos prisioneros el señor vizconde de Chagny y yo era un hexágono regular, forrado completamente con espejos. Se han visto muchas de estas habitaciones desde entonces, principalmente en exposiciones: se llaman «palacios de la ilusión» o algún nombre similar. Pero la invención pertenece enteramente a Erik, quien construyó la primera habitación de este tipo ante mis ojos, en la época de las horas rosadas de Mazenderan. Un objeto decorativo, como una columna, por ejemplo, se colocaba en uno de los rincones e inmediatamente producía una sala de mil columnas; pues, gracias a los espejos, la habitación real se multiplicaba por seis habitaciones hexagonales, cada una de las cuales, a su vez, se multiplicaba indefinidamente. Pero la pequeña sultana pronto se cansó de esta ilusión infantil, por lo que Erik transformó su invento en una «cámara de tortura». Para el motivo arquitectónico colocado en un rincón, sustituyó un árbol de hierro. Este árbol, con sus hojas pintadas, era absolutamente fiel a la realidad y estaba hecho de hierro para resistir todos los ataques del «paciente» que era encerrado en la cámara de tortura. Veremos cómo la escena así obtenida se transformaba dos veces instantáneamente en otras dos escenas sucesivas, mediante la rotación automática de los tambores o rodillos en los rincones. Estos estaban divididos en tres secciones, que encajaban en los ángulos de los espejos y cada uno soportaba un esquema decorativo que aparecía a la vista a medida que el rodillo giraba sobre su eje.

Las paredes de esta extraña habitación no daban al paciente nada de qué agarrarse, porque, aparte del objeto decorativo sólido, estaban simplemente provistas de espejos, lo suficientemente gruesos como para resistir cualquier embestida de la víctima, que era arrojada a la cámara con las manos vacías y descalza.

No había muebles. El techo podía iluminarse. Un ingenioso sistema de calefacción eléctrica, que ha sido imitado desde entonces, permitía aumentar a voluntad la temperatura de las paredes y de la habitación.

Estoy dando todos estos detalles de una invención perfectamente natural, que produce, con unas pocas ramas pintadas, la ilusión sobrenatural de un bosque ecuatorial ardiendo bajo el sol tropical, para que nadie dude de la actual cordura de mi cerebro ni se sienta con derecho a decir que estoy loco, que miento o que lo tomo por tonto.[1]

Ahora vuelvo a los hechos donde los dejé. Cuando el techo se iluminó y el bosque se hizo visible a nuestro alrededor, el estupor del vizconde fue inmenso. Ese bosque impenetrable, con sus innumerables troncos y ramas, lo sumió en un terrible estado de consternación. Se pasó las manos por la frente, como para espantar un sueño; parpadeó; y, por un momento, olvidó escuchar.

Ya he dicho que la visión del bosque no me sorprendió en absoluto; y por lo tanto, escuché por los dos lo que sucedía en la habitación de al lado. Por último, mi atención se vio especialmente atraída, no tanto por la escena, como por los espejos que la producían. Estos espejos estaban rotos en partes. Sí, estaban marcados y rayados; habían sido «estrellados», a pesar de su solidez; y esto me demostró que la cámara de tortura en la que ahora estábamos YA HABÍA TENIDO UN USO.

Sí, algún desgraciado, cuyos pies no estaban descalzos como los de las víctimas de las horas rosadas de Mazenderan, sin duda había caído en esta «ilusión mortal» y, loco de rabia, había pateado contra esos espejos que, sin embargo, continuaban reflejando su agonía. Y la rama del árbol en la que había puesto fin a sus propios sufrimientos estaba dispuesta de tal manera que, antes de morir, había visto, para su último consuelo, a mil hombres retorciéndose en su compañía.

¡Sí, Joseph Buquet sin duda había pasado por todo esto! ¿Íbamos a morir como él lo había hecho? No lo creía así, pues sabía que teníamos unas pocas horas por delante y que podía emplearlas con mejor provecho de lo que Joseph Buquet pudo hacerlo. Después de todo, conocía a fondo la mayoría de los «trucos» de Erik; y ahora o nunca era el momento de hacer valer mis conocimientos.

Para empezar, abandoné toda idea de regresar al pasaje que nos había traído a esa cámara maldita. No me preocupé por la posibilidad de accionar la piedra interior que cerraba el pasaje; y esto por la sencilla razón de que hacerlo estaba fuera de toda duda. Habíamos caído desde demasiada altura a la cámara de tortura; no había muebles que nos ayudaran a alcanzar ese pasaje; ni siquiera la rama del árbol de hierro, ni siquiera los hombros del otro servían de nada.

Solo había una salida posible, esa que daba a la habitación Luis Felipe en la que estaban Erik y Christine Daae. Pero, aunque esta salida parecía una puerta normal del lado de Christine, era absolutamente invisible para nosotros. Debíamos, por tanto, intentar abrirla sin saber siquiera dónde estaba.

Cuando estuve completamente seguro de que no había esperanza para nosotros del lado de Christine Daae, cuando oí al monstruo arrastrar a la pobre joven fuera de la habitación Luis Felipe PARA QUE NO INTERFIERA EN NUESTRAS TORTURAS, resolví ponerme a trabajar sin demora.

Pero primero tenía que calmar al señor de Chagny, que ya caminaba de un lado a otro como un loco, profiriendo gritos incoherentes. Los fragmentos de conversación que había captado entre Christine y el monstruo habían contribuido no poco a volverlo loco: añádase a eso el impacto del bosque mágico y el calor abrasador que empezaba a hacer que el sudor corriera por sus sienes y no les será difícil comprender su estado mental. Gritaba el nombre de Christine, blandía su pistola, golpeaba su frente contra el cristal en sus intentos de correr por los claros del ilusorio bosque. En resumen, la tortura comenzaba a ejercer su hechizo sobre un cerebro no preparado para ella.

Hice cuanto pude por inducir al pobre vizconde a entrar en razón. Le hice tocar los espejos, el árbol de hierro y las ramas, y le expliqué, mediante leyes ópticas, toda la imaginería luminosa que nos rodeaba y de la cual no debíamos permitir ser víctimas, como la gente corriente e ignorante.

«Estamos en una habitación, una habitación pequeña; eso es lo que debe repetirse usted sin cesar. Y saldremos de la habitación tan pronto como encontremos la puerta».

Y le prometí que, si me dejaba actuar, sin distraerme con gritos ni caminando de un lado a otro, descubriría el truco de la puerta en menos de una hora.

Entonces se tumbó en el suelo, como se hace en un bosque, y declaró que esperaría hasta que yo encontrara la puerta del bosque, ¡ya que no había nada mejor que hacer! Y añadió que, desde donde estaba, «¡la vista era espléndida!». La tortura estaba funcionando, a pesar de todo lo que yo había dicho.

Yo, olvidando el bosque, me enfrenté a un panel de cristal y comencé a tantearlo en todas direcciones, buscando el punto débil sobre el que presionar para girar la puerta de acuerdo con el sistema de pivotes de Erik. Este punto débil podría ser una simple mota en el cristal, no mayor que un guisante, bajo la cual se ocultaba el resorte. Busqué y busqué. Palpé hasta donde mis manos pudieron alcanzar. Erik tenía más o menos mi misma estatura y pensé que no habría colocado el resorte más alto de lo que requería su talla.

Mientras palpaba los sucesivos paneles con el mayor cuidado, me esforcé por no perder un minuto, pues me sentía cada vez más superado por el calor y nos estábamos asando literalmente en aquel bosque abrasador.

Llevaba trabajando así media hora y había terminado tres paneles cuando, por mala suerte, me di la vuelta al oír una exclamación entre dientes del vizconde.

«Me asfixio», dijo. «¡Todos esos espejos desprenden un calor infernal! ¿Cree que encontrará ese resorte pronto? Si tarda mucho más, ¡nos asaremos vivos!».

No me disgustó oírle hablar así. No había dicho una palabra del bosque y esperaba que la razón de mi compañero resistiera algún tiempo más contra la tortura. Pero añadió:

«Lo que me consuela es que el monstruo le ha dado a Christine hasta las once de la noche de mañana. Si no podemos salir de aquí e ir en su auxilio, ¡al menos estaremos muertos antes que ella! ¡Entonces la masa de Erik podrá servir para todos nosotros!».

Y tragó una bocanada de aire caliente que casi le hace desmayarse.

Como no tenía las mismas razones desesperadas que el señor vizconde para aceptar la muerte, volví, tras dedicarle una palabra de aliento, a mi panel, pero cometí el error de dar unos pasos mientras hablaba y, en el laberinto del bosque ilusorio, ¡ya no pude encontrar mi panel con certeza! Tuve que empezar de nuevo, al azar, sintiendo, tanteando, palpando.

Ahora la fiebre se apoderó de mí a su vez... pues no encontraba nada, absolutamente nada. En la habitación contigua, todo era silencio. Estábamos completamente perdidos en el bosque, sin salida, brújula, guía ni nada. Oh, sabía lo que nos esperaba si nadie acudía en nuestra ayuda... ¡o si yo no encontraba el resorte! Pero, por más que buscaba, no encontraba más que ramas, hermosas ramas que se alzaban rectas ante mí o se extendían con gracia sobre mi cabeza. Pero no daban sombra. Y esto era bastante natural, ya que estábamos en un bosque ecuatorial, con el sol justo encima de nuestras cabezas, un bosque africano.

El señor de Chagny y yo nos habíamos quitado y puesto la chaqueta repetidamente, encontrando a veces que nos daban aún más calor y otras que nos protegían contra él. Yo todavía mantenía una resistencia moral, pero el señor de Chagny me parecía completamente «ido». Pretendía que llevaba tres días y tres noches caminando por aquel bosque, sin parar, ¡buscando a Christine Daaé! De vez en cuando, creía verla detrás del tronco de un árbol, o deslizándose entre las ramas; y la llamaba con palabras de súplica que me llenaban los ojos de lágrimas. Y entonces, por fin:

«¡Oh, qué sed tengo!», gritó, con acentos delirantes.

Yo también tenía sed. Mi garganta estaba en llamas. Y, sin embargo, agachado en el suelo, seguía buscando, buscando, buscando el resorte de la puerta invisible... especialmente porque era peligroso permanecer en el bosque a medida que se acercaba la tarde. Ya las sombras de la noche empezaban a rodearnos. Había ocurrido muy rápido: la noche cae rápidamente en los países tropicales... de repente, sin apenas crepúsculo.

Ahora bien, la noche, en los bosques del ecuador, es siempre peligrosa, particularmente cuando, como nosotros, uno no tiene los materiales para hacer un fuego que mantenga alejadas a las bestias de presa. Intenté por un momento romper las ramas, que habría encendido con mi linterna sorda, pero también me golpeé contra los espejos y recordé, a tiempo, que solo teníamos imágenes de ramas con las que lidiar.

El calor no se fue con la luz del día; al contrario, ahora hacía todavía más calor bajo los rayos azules de la luna. Insté al vizconde a que tuviera nuestras armas listas para disparar y a que no se alejara del campamento, mientras yo seguía buscando mi resorte.

De repente, oímos a un león rugir a pocos metros.

«Oh», susurró el vizconde, «¡está muy cerca! ... ¿No lo ves? ... Ahí... ¡entre los árboles... en esa espesura! Si vuelve a rugir, ¡dispararé!...».

Y el rugido comenzó de nuevo, más fuerte que antes. Y el vizconde disparó, pero no creo que acertara al león; solo destrozó un espejo, como percibí a la mañana siguiente, al romper el día. Debíamos haber cubierto una buena distancia durante la noche, pues de repente nos encontramos al borde del desierto, un inmenso desierto de arena, piedras y rocas. Realmente no valía la pena salir del bosque para encontrarse con el desierto. Exhausto, me dejé caer junto al vizconde, pues ya estaba harto de buscar resortes que no encontraba.

Me sorprendió bastante —y así se lo dije al vizconde— que no hubiéramos encontrado otros animales peligrosos durante la noche. Normalmente, después del león venía el leopardo y a veces el zumbido de la mosca tsé-tsé. Estos eran efectos fáciles de conseguir; y le expliqué al señor de Chagny que Erik imitaba el rugido de un león en un tambor o pandero largo, con piel de asno en uno de sus extremos. Sobre esta piel ataba una cuerda de tripa, que estaba sujeta por el centro a otra cuerda similar que atravesaba toda la longitud del tambor. A Erik solo le bastaba con frotar esta cuerda con un guante untado en resina y, según la manera en que la frotara, imitaba a la perfección la voz del león o del leopardo, o incluso el zumbido de la mosca tsé-tsé.

La idea de que Erik estaba probablemente en la habitación de al lado, manejando su truco, me hizo resolver de repente entrar en parlamentar con él, pues obviamente debíamos abandonar toda idea de tomarlo por sorpresa. Y para entonces ya debía ser muy consciente de quiénes eran los ocupantes de su cámara de tortura. Lo llamé: «¡Erik! ¡Erik!».

Grité tan fuerte como pude a través del desierto, pero no hubo respuesta a mi voz. A nuestro alrededor reinaba el silencio y la inmensidad desnuda de aquel desierto pedregoso. ¿Qué iba a ser de nosotros en medio de aquella horrible soledad?

Estábamos empezando a morir literalmente de calor, hambre y sed... de sed especialmente. Por fin, vi al señor de Chagny elevarse sobre sus codos y señalar un punto en el horizonte. ¡Había descubierto un oasis!

Sí, a lo lejos había un oasis... ¡un oasis con agua límpida, que reflejaba los árboles de hierro!... Bah, era la escena del espejismo... Lo reconocí al instante... ¡el peor de los tres!... Nadie había sido capaz de luchar contra él... nadie... Hice todo lo posible por mantener la cabeza y NO ESPERAR AGUA, porque sabía que, si un hombre esperaba agua, el agua que reflejaba el árbol de hierro, y si, después de esperar agua, golpeaba contra el espejo, entonces solo le quedaba una cosa por hacer: ¡ahorcarse en el árbol de hierro!

Así que le grité al señor de Chagny:

«¡Es el espejismo!... ¡Es el espejismo! ... ¡No crea en el agua! ... ¡Es otro truco de los espejos!...».

¡Entonces me dijo rotundamente que me callara, con mis trucos de los espejos, mis resortes, mis puertas giratorias y mis palacios de ilusiones! ¡Declaró airadamente que yo debía estar ciego o loco para imaginar que toda aquella agua que fluía allí, entre aquellos espléndidos e innumerables árboles, no era agua de verdad!... ¡Y el desierto era real!... ¡Y el bosque también!... Y no servía de nada intentar engañarle... él era un viajero viejo y experimentado... ¡había estado en todas partes!

Y se arrastró diciendo: «¡Agua! ¡Agua!».

Y su boca estaba abierta, como si estuviera bebiendo.

Y mi boca también estaba abierta, como si estuviera bebiendo.

Porque no solo veíamos el agua, ¡SINO QUE LA OÍAMOS!... La oíamos fluir, ¡la oíamos murmurar!... ¿Entiende usted esa palabra «murmurar»?... ¡ES UN SONIDO QUE SE OYE CON LA LENGUA!... ¡Uno saca la lengua de la boca para escucharlo mejor!

Por último —y esta fue la tortura más despiadada de todas— oímos la lluvia y ¡no estaba lloviendo! Este era un invento infernal... ¡Oh, sabía muy bien cómo lo conseguía Erik! Llenaba de piedrecitas una caja muy larga y estrecha, dividida por dentro con salientes de madera y metal. Las piedras, al caer, golpeaban contra estos salientes y rebotaban de una a otra; y el resultado era una serie de sonidos de golpeteo que imitaban exactamente una tormenta de lluvia.

¡Ah, debería habernos visto sacando la lengua y arrastrándonos hacia la orilla del río murmurante! ¡Nuestros ojos y oídos estaban llenos de agua, pero nuestras lenguas estaban duras y secas como el cuerno!

Cuando llegamos al espejo, el señor de Chagny lo lamió... y yo también lamí el cristal.

¡Estaba hirviendo!

Entonces nos revolcamos por el suelo con un grito ronco de desesperación. El señor de Chagny se puso la única pistola que seguía cargada en la sien; y yo me quedé mirando el lazo punjab al pie del árbol de hierro. ¡Sabía por qué el árbol de hierro había vuelto, en este tercer cambio de escenario!... ¡El árbol de hierro me estaba esperando!

Pero, mientras miraba el lazo punjab, vi una cosa que me hizo sobresaltarme con tal violencia que el señor de Chagny retrasó su intento de suicidio. Le agarré del brazo. Y luego le arrebaté la pistola... y después me arrastré de rodillas hacia lo que había visto.

Había descubierto, cerca del lazo punjab, en una ranura del suelo, un clavo de cabeza negra cuyo uso conocía. ¡Por fin había descubierto el resorte! Palpé el clavo... levanté un rostro radiante hacia el señor de Chagny... El clavo de cabeza negra cedió a mi presión...

Y entonces...

Y entonces no vimos una puerta abrirse en la pared, sino una trampilla de sótano liberada en el suelo. Aire fresco subió hacia nosotros desde el agujero negro de abajo. Nos inclinamos sobre aquel cuadrado de oscuridad como si fuera un pozo límpido. Con la barbilla en la sombra fresca, bebimos de ella. Y nos inclinamos más y más sobre la trampilla. ¿Qué podría haber en aquel sótano que se abría ante nosotros? ¿Agua? ¿Agua para beber?

Metí el brazo en la oscuridad y encontré una piedra y otra piedra... una escalera... una escalera oscura que conducía al sótano. El vizconde quería arrojarse por el agujero; pero yo, temiendo un nuevo truco del monstruo, le detuve, encendí mi linterna sorda y bajé el primero.

La escalera era de caracol y conducía a una oscuridad absoluta. Pero, oh, ¿qué deliciosamente fresca era la oscuridad y la escalera? El lago no podía estar lejos.

Pronto llegamos al fondo. Nuestros ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, a distinguir formas a nuestro alrededor... formas circulares... sobre las que dirigí la luz de mi linterna.

¡Barriles!

Estábamos en el sótano de Erik: era aquí donde debía guardar su vino y quizás su agua potable. Sabía que Erik era un gran amante del buen vino. ¡Ah, había mucho para beber aquí!

El señor de Chagny dio palmaditas a las formas redondas y no paraba de decir:

«¡Barriles! ¡Barriles! ¡Qué cantidad de barriles!...».

Efectivamente, había un buen número de ellos, dispuestos simétricamente en dos filas, una a cada lado de nosotros. Eran barriles pequeños y pensé que Erik debía haberlos elegido de ese tamaño para facilitar su transporte a la casa del lago.

Los examinamos sucesivamente, para ver si alguno no tenía un embudo, lo que indicaría que había sido abierto en algún momento. Pero todos los barriles estaban cerrados herméticamente.

Entonces, tras levantar un poco uno para asegurarme de que estaba lleno, nos pusimos de rodillas y, con la hoja de una pequeña navaja que llevaba, me preparé para forzar el orificio del tapón.

En ese momento, me pareció oír, viniendo de muy lejos, una especie de canto monótono que conocía bien, de haberlo oído a menudo en las calles de París:

«¡Barriles!... ¡Barriles!... ¿Hay barriles a la venta?».

Mi mano desistió de su trabajo. El señor de Chagny también lo había oído. Dijo:

«¡Es curioso! ¡Parece como si el barril estuviera cantando!».

La canción se repitió, más lejos:

«¡Barriles!... ¡Barriles!... ¿Hay barriles a la venta?...».

«Oh, lo juro», dijo el vizconde, «¡que la melodía se apaga en el barril!...».

Nos levantamos y fuimos a mirar detrás del barril.

«Está dentro», dijo el señor de Chagny, «¡está dentro!».

Pero no oímos nada allí y nos vimos obligados a culpar al mal estado de nuestros sentidos. Y volvimos al orificio del tapón. El señor de Chagny juntó sus dos manos debajo y, con un último esfuerzo, hice estallar el tapón.

«¿Qué es esto?», gritó el vizconde. «¡Esto no es agua!».

El vizconde puso sus dos manos llenas cerca de mi linterna... Me incliné para mirar... y al instante tiré la linterna con tal violencia que se rompió y se apagó, dejándonos en la oscuridad absoluta.

¡Lo que había visto en las manos del señor de Chagny... era pólvora!

[1] Es muy natural que, en la época en que el persa escribía, tomara tantas precauciones contra cualquier espíritu de incredulidad por parte de quienes pudieran leer su narración. Hoy en día, cuando todos hemos visto este tipo de habitación, sus precauciones serían superfluas.

Capítulo XXV ¿El escorpión o el saltamontes: cuál?

CONCLUSIÓN DE LA NARRACIÓN DEL PERSA

El descubrimiento nos sumió en un estado de alarma que nos hizo olvidar todos nuestros sufrimientos pasados y presentes. Ahora sabíamos todo lo que el monstruo pretendía transmitir cuando le dijo a Christine Daaé:

«¡Sí o no! Si su respuesta es no, ¡todo el mundo estará muerto Y ENTERRADO!».

¡Sí, enterrado bajo las ruinas de la Gran Ópera de París!

El monstruo le había dado hasta las once de la noche. Había elegido bien su momento. Habría mucha gente, muchos «miembros de la raza humana», allí arriba, en el resplandeciente teatro. ¿Qué mejor cortejo se podría esperar para su funeral? Él bajaría a la tumba escoltado por los hombros más blancos del mundo, adornados con las joyas más ricas.

¡Las once de la noche de mañana!

Todos íbamos a saltar por los aires en mitad de la representación... ¡si Christine Daaé decía que no!

¡Las once de la noche de mañana!...

¿Y qué otra cosa podría decir Christine que no fuera no? ¿Acaso no preferiría desposarse con la muerte misma antes que con aquel cadáver viviente? ¡Ella no sabía que de su aceptación o rechazo dependía el terrible destino de muchos miembros de la raza humana!

¡Las once de la noche de mañana!

Y nos arrastramos a través de la oscuridad, buscando a tientas los escalones de piedra, pues la luz de la trampilla de arriba que conducía a la habitación de los espejos ya se había extinguido; y nos repetíamos:

«¡Las once de la noche de mañana!».

Por fin, encontré la escalera. Pero, de repente, me enderecé en el primer escalón, pues un pensamiento terrible había acudido a mi mente:

«¿Qué hora es?».

¡Ah, qué hora era?... Pues, después de todo, ¡las once de la noche de mañana podrían ser ahora, podrían ser en este mismo momento! ¿Quién podía decirnos la hora? Parecía que llevábamos encarcelados en aquel infierno días y días... durante años... desde el principio del mundo. ¡Quizás saltaríamos por los aires allí mismo! ¡Ah, un sonido! ¡Un crujido! «¿Has oído eso?... Ahí, en el rincón... ¡Dios santo!... ¡Como un sonido de maquinaria!... ¡Otra vez!... ¡Oh, por una luz!... ¡Quizás sea la maquinaria que va a hacerlo saltar todo por los aires!... Te digo, un sonido de crujido: ¿estás sordo?».

El señor de Chagny y yo empezamos a gritar como locos. El miedo nos espoleaba. Subimos los peldaños de la escalera, tropezando a cada paso, ¡cualquier cosa para escapar de la oscuridad, para volver a la luz mortal de la habitación de los espejos!

Encontramos la trampilla aún abierta, pero ahora estaba tan oscuro en la habitación de los espejos como en el sótano que habíamos dejado. Nos arrastramos por el suelo de la cámara de tortura, el suelo que nos separaba del almacén de pólvora. ¿Qué hora era? Gritamos, llamamos: el señor de Chagny a Christine, yo a Erik. Le recordé que le había salvado la vida. Pero ninguna respuesta, salvo la de nuestra desesperación, la de nuestra locura: ¿qué hora era? Discutimos, intentamos calcular el tiempo que habíamos pasado allí, pero éramos incapaces de razonar. ¡Si al menos pudiéramos ver la esfera de un reloj!... El mío se había parado, pero el del señor de Chagny seguía funcionando... Me dijo que le había dado cuerda antes de vestirse para la Ópera... No teníamos una cerilla encima... Y sin embargo debíamos saber... El señor de Chagny rompió el cristal de su reloj y palpó las dos agujas... Interrogó a las agujas del reloj con las puntas de los dedos, guiándose por la posición de la anilla del reloj... A juzgar por el espacio entre las agujas, ¡pensó que podrían ser justo las once!

Pero quizás no eran las once a las que temíamos. ¡Quizás nos quedaban doce horas por delante!

De repente, exclamé: «¡Chist!».

Me pareció oír pasos en la habitación de al lado. Alguien golpeó la pared. La voz de Christine Daaé dijo:

«¡Raoul! ¡Raoul!». Ahora hablábamos todos a la vez, a ambos lados de la pared. Christine sollozaba; no estaba segura de encontrar vivo al señor de Chagny. El monstruo había sido terrible, al parecer, no había hecho más que desvariar, esperando a que ella le diera el «sí» que ella rechazaba. Y sin embargo ella le había prometido ese «sí», si la llevaba a la cámara de tortura. ¡Pero él se había negado obstinadamente y había proferido horribles amenazas contra todos los miembros de la raza humana! Por fin, tras horas y horas de aquel infierno, acababa de salir en ese momento, dejándola sola para reflexionar por última vez.

«¿Horas y horas? ¿Qué hora es ahora? ¿Qué hora es, Christine?».

«¡Son las once! ¡Las once menos cinco minutos!».

«¿Pero qué once?».

«¡Las once que deciden la vida o la muerte! ... Me lo dijo justo antes de irse... Es terrible... Está completamente loco: se arrancó la máscara y sus ojos amarillos lanzaron llamas... ¡No hacía más que reír!... Dijo: "¡Te doy cinco minutos para que evites tus rubores! Toma", dijo, sacando una llave de la cajita de la vida y la muerte, "aquí tienes la pequeña llave de bronce que abre los dos cofres de ébano de la repisa de la chimenea en la habitación Luis Felipe... En uno de los cofres encontrarás un escorpión, en el otro, un saltamontes, ambos imitados con mucha destreza en bronce japonés: ellos dirán sí o no por ti. Si giras el escorpión, eso significará para mí, cuando regrese, que has dicho que sí. El saltamontes significará no". Y se rió como un demonio borracho. Yo no hice más que rogarle y suplicarle que me diera la llave de la cámara de tortura, prometiéndole ser su esposa si me concedía esa petición... ¡Pero me dijo que ya no haría falta esa llave en el futuro y que iba a tirarla al lago!... Y volvió a reírse como un demonio borracho y me dejó. Oh, sus últimas palabras fueron: "¡El saltamontes! ¡Cuidado con el saltamontes! Un saltamontes no solo gira: ¡salta! ¡Salta! ¡Y salta muy alto!"».

Los cinco minutos casi habían transcurrido y el escorpión y el saltamontes me arañaban el cerebro. Sin embargo, me quedaba suficiente lucidez para comprender que, si el saltamontes era girado, saltaría... ¡y con él muchos miembros de la raza humana! ¡No cabía duda de que el saltamontes controlaba una corriente eléctrica destinada a hacer volar el polvorín!

M. de Chagny, que parecía haber recuperado todas sus fuerzas morales al oír la voz de Christine, le explicó, en unas pocas palabras apresuradas, la situación en la que estábamos nosotros y toda la Ópera. Le dijo que girara el escorpión de inmediato.

Hubo una pausa.

—Christine —grité—, ¿dónde estás?

—Junto al escorpión.

—¡No lo toques!

Me había venido la idea —pues conocía a mi Erik— de que el monstruo tal vez había engañado a la joven una vez más. Quizá era el escorpión el que haría saltar todo por los aires. Después de todo, ¿por qué no estaba él allí? Los cinco minutos habían pasado hacía mucho... y no había regresado... ¡Quizá se había puesto a salvo y estaba esperando la explosión!... ¿Por qué no había vuelto?... ¡No podía esperar realmente que Christine consintiera jamás en convertirse en su presa voluntaria!... ¿Por qué no había vuelto?

—¡No toques el escorpión! —dije.

—¡Ya viene! —gritó Christine—. ¡Lo oigo! ¡Aquí está!

Oímos sus pasos acercándose a la habitación Luis Felipe. Se acercó a Christine, pero no habló. Entonces alcé la voz:

—¡Erik! ¡Soy yo! ¿Me conoces?

Con una calma extraordinaria, respondió de inmediato:

—¿Así que no has muerto ahí dentro? Bien, pues procura mantenerte tranquilo.

Intenté hablar, pero él dijo con frialdad:

—Ni una palabra, daroga, o haré saltar todo por los aires. Y añadió: —El honor recae en la señorita... La señorita no ha tocado el escorpión —¡qué deliberadamente hablaba!—, la señorita no ha tocado el saltamontes —¡con esa compostura!—, pero no es demasiado tarde para hacer lo correcto. Ahí, abro los cofres sin llave, pues soy un amante de las trampillas y abro y cierro lo que quiero y como quiero. Abro los pequeños cofres de ébano: señorita, mire a los pequeñines que hay dentro. ¿No son lindos? Si gira el saltamontes, señorita, volaremos todos por los aires. Hay suficiente pólvora bajo nuestros pies para hacer volar todo un barrio de París. Si gira el escorpión, señorita, toda esa pólvora quedará empapada y ahogada. Señorita, para celebrar nuestra boda, usted hará un regalo muy hermoso a unos pocos cientos de parisinos que en este momento están aplaudiendo una pobre obra maestra de Meyerbeer... les hará el regalo de sus vidas... Pues, con sus propias y hermosas manos, girará el escorpión... ¡Y alegremente, alegremente, nos casaremos!

Una pausa; y luego:

—Si, en dos minutos, señorita, no ha girado el escorpión, giraré el saltamontes... y el saltamontes, le digo, ¡SALTA MUY ALTO!

El terrible silencio comenzó de nuevo. El vizconde de Chagny, al darse cuenta de que no quedaba más que rezar, se puso de rodillas y rezó. En cuanto a mí, mi sangre latía tan violentamente que tuve que tomar mi corazón con ambas manos, no fuera a estallar. Por fin, oímos la voz de Erik:

—Los dos minutos han pasado... Adiós, señorita... ¡Salta, saltamontes! —«¡Erik! —gritó Christine—. ¿Me juras, monstruo, me juras que el escorpión es el que hay que girar?».

—Sí, para saltar en nuestra boda.

—¡Ah, ya ves! ¡Dijiste, para saltar!

—¡En nuestra boda, niña ingenua!... El escorpión abre el baile... ¡Pero ya basta!... ¿No quieres el escorpión? ¡Entonces giro el saltamontes!

—¡Erik!

—¡Basta!

Yo gritaba al unísono con Christine. M. de Chagny seguía de rodillas, rezando.

—¡Erik! ¡He girado el escorpión!

¡Oh, el segundo que pasamos!

¡Esperando! ¡Esperando encontrarnos hechos pedazos, entre el estruendo y las ruinas!

Sintiendo algo crujir bajo nuestros pies, oyendo un siseo espantoso a través de la trampilla abierta, ¡un siseo como el primer sonido de un cohete!

Vino suavemente, al principio, luego más fuerte, luego muy fuerte. Pero no era el siseo del fuego. Era más bien el siseo del agua. Y ahora se convirtió en un gorgoteo: «¡Glu! ¡Glu!».

Nos lanzamos hacia la trampilla. Toda nuestra sed, que desapareció cuando llegó el terror, regresó ahora con el chapoteo del agua.

El agua subía en el sótano, por encima de los barriles, los barriles de pólvora —«¡Barriles!... ¡Barriles! ¿Alguien tiene barriles para vender?»— y bajamos hacia ella con las gargantas secas. Nos llegaba a la barbilla, a la boca. Y bebimos. Nos pusimos de pie en el suelo del sótano y bebimos. Y volvimos a subir las escaleras en la oscuridad, paso a paso, subimos con el agua.

El agua salió del sótano con nosotros y se extendió por el suelo de la habitación. Si esto seguía así, toda la casa sobre el lago quedaría inundada. El suelo de la cámara de tortura se había convertido en un pequeño lago, en el que nuestros pies chapoteaban. ¡Seguro que había agua suficiente ya! ¡Erik debía cerrar el grifo!

—¡Erik! ¡Erik! ¡Eso es agua suficiente para la pólvora! ¡Cierra el grifo! ¡Gira el escorpión!

Pero Erik no respondió. No oíamos más que el agua subir: ¡nos llegaba por la cintura!

—¡Christine! —gritó M. de Chagny—. ¡Christine! ¡El agua nos llega por las rodillas!

Pero Christine no respondió... No oíamos más que el agua subir.

¡Nadie, nadie en la habitación de al lado, nadie para cerrar el grifo, nadie para girar el escorpión!

¡Estábamos solos, en la oscuridad, con el agua oscura que nos atrapaba, nos abrazaba y nos helaba!

—¡Erik! ¡Erik!

—¡Christine! ¡Christine!

Para entonces, habíamos perdido el equilibrio y dábamos vueltas en el agua, arrastrados por un remolino irresistible, pues el agua giraba con nosotros y nos arrojaba contra el espejo oscuro, que nos devolvía hacia atrás; y nuestras gargantas, elevadas por encima del torbellino, rugían con fuerza.

¿Íbamos a morir aquí, ahogados en la cámara de tortura? Nunca había visto eso. Erik, en la época de las horas rosadas de Mazenderan, nunca me había mostrado eso a través de la pequeña ventana invisible.

—¡Erik! ¡Erik! —grité—. ¡Salvé tu vida! ¡Recuérdalo!... ¡Fuiste condenado a muerte! ¡De no ser por mí, estarías muerto ahora!... ¡Erik!

Dábamos vueltas en el agua como restos de un naufragio. Pero, de repente, ¡mis manos extraviadas se agarraron al tronco del árbol de hierro! Llamé a M. de Chagny y ambos nos colgamos de la rama del árbol de hierro.

Y el agua subió aún más.

—¡Oh! ¡Oh! ¿Puedes recordar? ¿Cuánto espacio hay entre la rama del árbol y el techo en forma de cúpula? ¡Intenta recordar!... Después de todo, el agua puede detenerse, ¡debe encontrar su nivel!... ¡Ahí, creo que se está deteniendo!... ¡No, no, oh, horrible!... ¡Nada! ¡Nada por tu vida!

Nuestros brazos se enredaron en el esfuerzo de nadar; nos ahogábamos; luchábamos en el agua oscura; ya apenas podíamos respirar el aire oscuro sobre el agua oscura, el aire que escapaba, que podíamos oír escapar a través de algún respiradero o algo parecido.

—¡Oh, giremos y giremos y giremos hasta que encontremos el respiradero y entonces peguemos nuestras bocas a él!

Pero perdí mis fuerzas; ¡intenté agarrarme a las paredes! ¡Oh, cómo se deslizaban esas paredes de cristal bajo mis dedos tanteadores!... ¡Dimos vueltas de nuevo!... ¡Empezamos a hundirnos!... ¡Un último esfuerzo!... ¡Un último grito: "¡Erik!... ¡Christine!..."

«¡Glu, glu, glu!» en nuestros oídos. «¡Glu! ¡Glu!». En el fondo del agua oscura, nuestros oídos hacían: «¡Glu! ¡Glu!».

Y, antes de perder el conocimiento por completo, me pareció oír, entre dos glus:

—¡Barriles! ¡Barriles! ¿Alguien tiene barriles para vender?

Capítulo XXVI El final de la historia de amor del Fantasma

El capítulo anterior marca la conclusión del relato escrito que el persa dejó tras de sí.

A pesar de los horrores de una situación que parecía abandonarlos definitivamente a la muerte, M. de Chagny y su compañera se salvaron por la sublime devoción de Christine Daaé. Y obtuve el resto de la historia de los labios del propio daroga.

Cuando fui a verlo, todavía vivía en su pequeño apartamento de la Rue de Rivoli, frente a las Tullerías. Estaba muy enfermo, y fue necesaria toda mi ardor como historiador comprometido con la verdad para persuadirlo de que reviviera la increíble tragedia en mi beneficio. Su fiel viejo criado Darío me hizo pasar. El daroga me recibió junto a una ventana con vistas al jardín de las Tullerías. Seguía conservando sus magníficos ojos, pero su pobre rostro parecía muy desgastado. Se había afeitado toda la cabeza, que solía cubrir con un gorro de astracán; vestía un abrigo largo y sencillo y se entretenía retorciendo inconscientemente los pulgares dentro de las mangas; pero su mente estaba muy clara, y me contó su historia con perfecta lucidez.

Parece ser que, cuando abrió los ojos, el daroga se encontró tumbado en una cama. M. de Chagny estaba en un sofá, junto al armario. Un ángel y un demonio velaban por ellos.

Tras los engaños e ilusiones de la cámara de tortura, la precisión de los detalles de aquella tranquila y pequeña habitación burguesa parecía haber sido inventada con el propósito expreso de desconcertar la mente del mortal lo suficientemente imprudente como para adentrarse en esa morada de pesadilla viviente. La cama de madera, las sillas de caoba encerada, la cómoda, esos bronces, los pequeños tapetes cuadrados cuidadosamente colocados en el respaldo de las sillas, el reloj de la repisa de la chimenea y los inofensivos cofres de ébano en cada extremo, por último, la estantería llena de conchas, de alfileteros rojos, de barcos de nácar y un enorme huevo de avestruz, todo ello iluminado discretamente por una lámpara con pantalla apoyada sobre una pequeña mesa redonda: esta colección de muebles feos, pacíficos y razonables, EN EL FONDO DE LOS SÓTANOS DE LA ÓPERA, desconcertaba la imaginación más que todos los fantásticos sucesos acaecidos.

Y la figura del hombre enmascarado parecía aún más formidable en este marco antiguo, limpio y ordenado. Se inclinó sobre el persa y le dijo al oído:

—¿Se siente mejor, daroga?... ¿Está mirando mis muebles?... Es todo lo que me queda de mi pobre y desdichada madre.

Christine Daaé no dijo una palabra: se movía sin hacer ruido, como una hermana de la caridad que hubiera hecho voto de silencio. Trajo una taza de cordial, o de té caliente, no recordaba qué. El hombre de la máscara se la tomó de las manos y se la dio al persa. M. de Chagny seguía durmiendo.

Erik vertió una gota de ron en la taza del daroga y, señalando al vizconde, dijo:

—Él recobró el sentido mucho antes de que supiéramos si usted seguía vivo, daroga. Está perfectamente bien. Está dormido. No debemos despertarlo.

Erik abandonó la habitación por un momento, y el persa se incorporó sobre el codo, miró a su alrededor y vio a Christine Daaé sentada junto a la chimenea. Le habló, la llamó, pero estaba aún muy débil y volvió a caer sobre su almohada. Christine se acercó a él, le puso la mano en la frente y se alejó de nuevo. Y el persa recordó que, al marcharse, no dirigió ni una mirada a M. de Chagny, quien, es cierto, dormía plácidamente; y volvió a sentarse en su silla junto al rincón de la chimenea, silenciosa como una hermana de la caridad que hubiera hecho voto de silencio.

Erik regresó con unos frasquitos que colocó sobre la repisa de la chimenea. Y, de nuevo en un susurro, para no despertar a M. de Chagny, le dijo al persa, después de sentarse y tomarle el pulso:

—Ahora están salvados, ambos. Y pronto los llevaré a la superficie de la tierra, PARA COMPLACER A MI ESPOSA.

Acto seguido se levantó, sin más explicaciones, y desapareció una vez más.

El persa miró ahora el perfil tranquilo de Christine bajo la lámpara. Estaba leyendo un librito, con los bordes dorados, como un libro religioso. Hay ediciones de LA IMITACIÓN que parecen así. El persa aún tenía en los oídos el tono natural con el que el otro había dicho, «para complacer a mi esposa». Muy suavemente, la llamó de nuevo; pero Christine estaba absorta en su libro y no lo oyó.

Erik regresó, le preparó al daroga una poción y le aconsejó no volver a hablar con «su esposa» ni con nadie, PORQUE PODRÍA SER MUY PELIGROSO PARA LA SALUD DE TODOS.

Finalmente, el persa se quedó dormido, como M. de Chagny, y no despertó hasta que estuvo en su propia habitación, cuidado por su fiel Darío, quien le contó que, la noche anterior, lo encontraron apoyado contra la puerta de su apartamento, adonde había sido llevado por un desconocido, que tocó el timbre antes de marcharse.

Tan pronto como el daroga recuperó sus fuerzas y su juicio, envió a casa del conde Philippe a preguntar por la salud del vizconde. La respuesta fue que no se había visto al joven y que el conde Philippe estaba muerto. Su cuerpo fue encontrado en la orilla del lago de la Ópera, por el lado de la Rue Scribe. El persa recordó la misa de réquiem que había oído desde detrás del muro de la cámara de tortura, y no tuvo dudas respecto al crimen y al criminal. Conociendo a Erik como lo conocía, reconstruyó fácilmente la tragedia. Pensando que su hermano se había fugado con Christine Daaé, Philippe se había lanzado a su persecución por la carretera de Bruselas, donde sabía que todo estaba preparado para la huida. Al no encontrar a la pareja, se apresuró a volver a la Ópera, recordó la extraña confidencia de Raoul sobre su fantástico rival y se enteró de que el vizconde había hecho todo lo posible por entrar en los sótanos del teatro y que había desaparecido, dejando su sombrero en el camerino de la prima donna junto a un estuche de pistola vacío. Y el conde, que ya no albergaba ninguna duda sobre la locura de su hermano, se lanzó a su vez a aquel laberinto subterráneo infernal. Esto era suficiente, a ojos del persa, para explicar el descubrimiento del cadáver del conde de Chagny en la orilla del lago, donde la sirena, la sirena de Erik, montaba guardia.

El persa no vaciló. Decidió informar a la policía. Ahora el caso estaba en manos de un juez de instrucción llamado Faure, una persona incrédula, vulgar y superficial (escribo lo que pienso), con una mente totalmente desprevenida para recibir una confidencia de esta clase. M. Faure tomó las declaraciones del daroga y procedió a tratarlo como a un loco.

Desesperado por conseguir ser escuchado, el persa se puso a escribir. Ya que la policía no quería su testimonio, tal vez la prensa se alegraría de tenerlo; y acababa de escribir la última línea del relato que he citado en los capítulos anteriores, cuando Darío anunció la visita de un desconocido que se negó a dar su nombre, que no quiso mostrar su rostro y declaró simplemente que no tenía intención de abandonar el lugar hasta haber hablado con el daroga.

El persa intuyó al momento quién era su singular visitante y ordenó que lo hicieran pasar. El daroga tenía razón. ¡Era el fantasma, era Erik!

Parecía extremadamente débil y se apoyó contra la pared, como si temiera caerse. Al quitarse el sombrero, reveló una frente blanca como la cera. El resto del horrible rostro estaba oculto por la máscara.

El persa se puso en pie al entrar Erik.

—Asesino del conde Philippe, ¿qué has hecho con su hermano y Christine Daaé?

Erik se tambaleó ante este ataque directo, guardó silencio un momento, se arrastró hasta una silla y lanzó un profundo suspiro. Luego, hablando en frases cortas y jadeando por falta de aliento entre las palabras:

—Daroga, no me hable... del conde Philippe... Estaba muerto... cuando... salí de mi casa... estaba muerto... cuando... la sirena cantó... Fue un... accidente... un triste... un muy triste... accidente. Cayó muy torpemente... pero simple y naturalmente... ¡al lago!...

—¡Mientes! —gritó el persa.

Erik bajó la cabeza y dijo:

—No he venido aquí... para hablar del conde Philippe... sino para decirle que... voy a... morir...

—¿Dónde están Raoul de Chagny y Christine Daaé?

—Voy a morir.

—¿Raoul de Chagny y Christine Daaé?

—De amor... daroga... Me muero... de amor... Es así... ¡La quería tanto!... Y la sigo queriendo... daroga... y me muero de amor por ella, yo... ¡se lo digo!... Si supiera lo hermosa que estaba... cuando me dejó besarla... viva... Fue la primera... vez, daroga, la primera... vez que besé a una mujer... Sí, viva... La besé viva... ¡y parecía tan hermosa como si hubiera estado muerta!

El persa sacudió a Erik por el brazo:

—¿Me dirá si está viva o muerta?

—¿Por qué me sacude así? —preguntó Erik, haciendo un esfuerzo por hablar con más coherencia—. Le digo que voy a morir... Sí, la besé viva...

—¿Y ahora está muerta?

—Le digo que la besé justo así, en su frente... ¡y no retiró su frente de mis labios!... ¡Oh, es una buena chica!... En cuanto a si está muerta, no lo creo; pero no tiene nada que ver conmigo... ¡No, no, ella no está muerta! ¡Y nadie tocará ni un pelo de su cabeza! Es una buena chica, honesta, y salvó su vida, daroga, en un momento en que no habría dado ni dos céntimos por su piel de persa. De hecho, nadie se preocupó por usted. ¿Por qué estaba usted allí con ese muchachito? ¡Habría muerto igual que él! ¡Vaya, cómo me suplicaba por su muchachito! Pero le dije que, como había girado el escorpión, ella se había comprometido conmigo, por ese mismo hecho y por su propia voluntad, y que no necesitaba tener a dos hombres comprometidos con ella, lo cual era bastante cierto.

«En cuanto a usted, usted no existía, había dejado de existir, se lo digo yo, ¡y usted iba a morir con el otro! ... Solo, óigame bien, daroga, cuando usted gritaba como un demonio a causa del agua, Christine vino hacia mí con sus hermosos ojos azules muy abiertos y me juró, por lo que más quería, ¡que consentía en ser MI ESPOSA VIVA! ... Hasta entonces, en el fondo de sus ojos, daroga, siempre había visto a mi esposa muerta; era la primera vez que veía a MI ESPOSA VIVA en ellos. Fue sincera, por lo que más quería. Ella no se quitaría la vida. Fue un trato ... Medio minuto después, toda el agua había vuelto al lago; y tuve un trabajo arduo con usted, daroga, porque, por mi honor, ¡creí que estaba acabado! ... ¡Sin embargo! ... ¡Ahí estaba usted! ... Se sobreentendía que debía subirlos a ambos a la superficie de la tierra. Cuando, por fin, lo saqué del salón Louis-Philippe, regresé solo ...»

«¿Qué ha hecho con el Vicomte de Chagny?», preguntó el persa, interrumpiéndolo.

«Ah, verá, daroga, no podía subirlo a ÉL así, de inmediato. ... Era un rehén ... Pero tampoco podía retenerlo en la casa del lago, a causa de Christine; así que lo encerré cómodamente, lo encadené bien —un soplo del perfume de Mazenderan lo había dejado tan flácido como un trapo— en el calabozo de los Comunistas, que se encuentra en la parte más desierta y remota de la Ópera, bajo el quinto sótano, donde nunca viene nadie y donde nadie puede oírle. Luego regresé con Christine, ella me estaba esperando.»

Erik se levantó entonces solemnemente. Luego continuó, pero, mientras hablaba, se vio superado por toda su emoción anterior y comenzó a temblar como una hoja:

«Sí, me estaba esperando ... esperándome erguida y viva, una verdadera esposa viva ... por lo que más quería ... Y cuando yo ... me acerqué, más tímido que ... un niño pequeño, ella no salió huyendo ... no, no ... se quedó ... me esperó ... Incluso creo ... daroga ... que adelantó su frente ... un poco ... oh, no mucho ... solo un poco ... como una esposa viva ... Y ... y ... ¡yo ... la besé! ... ¡Yo! ... ¡Yo! ... ¡Yo! ... ¡Y ella no murió! ... Oh, qué bueno es, daroga, ¡besar a alguien en la frente! ... ¡No se puede explicar! ... ¡Pero yo! ¡Yo! ... Mi madre, daroga, mi pobre y desgraciada madre nunca ... me dejó besarla ... Solía salir huyendo ... ¡y tirarme mi máscara! ... Ni ninguna otra mujer ... ¡nunca, nunca! ... Ah, puede entenderlo, mi felicidad era tan grande, que lloré. Y caí a sus pies, llorando ... y besé sus pies ... sus pies pequeños ... llorando. Usted también está llorando, daroga ... y ella también lloró ... ¡el ángel lloró! ...» Erik sollozó en voz alta y el propio persa no pudo contener sus lágrimas en presencia de aquel hombre enmascarado quien, con los hombros sacudidos y las manos aferradas al pecho, gemía de dolor y de amor por turnos.

«Sí, daroga ... sentí sus lágrimas fluir sobre mi frente ... ¡sobre la mía, la mía! ... Eran suaves ... ¡eran dulces! ... Se filtraron bajo mi máscara ... se mezclaron con mis lágrimas en mis ojos ... sí ... fluyeron entre mis labios ... Escuche, daroga, escuche lo que hice ... ¡Me arranqué la máscara para no perder ni una de sus lágrimas ... y ella no huyó! ... ¡Y no murió! ... Permaneció viva, llorando por mí, conmigo. ¡Lloramos juntos! ¡He probado toda la felicidad que el mundo puede ofrecer!»

Y Erik cayó en una silla, sofocado por la falta de aliento:

«Ah, todavía no voy a morir ... pronto lo haré ... ¡pero déjeme llorar! ... Escuche, daroga ... escuche esto ... Mientras estaba a sus pies ... la oí decir: "¡Pobre y desgraciado Erik!" ... ¡Y ELLA TOMÓ MI MANO! ... Yo ya no era más, sabe, que un pobre perro listo para morir por ella ... ¡Lo digo en serio, daroga! ... Tenía en mi mano un anillo, un sencillo anillo de oro que yo le había dado ... que ella había perdido ... y que yo había vuelto a encontrar ... una alianza, sabe ... Lo deslicé en su pequeña mano y le dije: "¡Ahí! ... ¡Tómalo! ... ¡Tómalo para ti ... y para él! ... Será mi regalo de bodas, un regalo de su pobre y desgraciado Erik ... Sé que amas al muchacho ... ¡no llores más! ... Ella me preguntó, con una voz muy suave, a qué me refería ... Entonces le hice entender que, en lo que a ella respecta, yo solo era un pobre perro, listo para morir por ella ... ¡pero que ella podía casarse con el joven cuando quisiera, porque había llorado conmigo y mezclado sus lágrimas con las mías! ...»

La emoción de Erik era tan grande que tuvo que pedirle al persa que no le mirara, pues se estaba ahogando y debía quitarse la máscara. El daroga fue a la ventana y la abrió. Su corazón estaba lleno de piedad, pero tuvo cuidado de mantener los ojos fijos en los árboles de los jardines de las Tullerías, por temor a ver el rostro del monstruo.

«Fui a liberar al joven —continuó Erik— y le dije que viniera conmigo junto a Christine ... Se besaron delante de mí en el salón Louis-Philippe ... Christine tenía mi anillo ... Le hice jurar a Christine que vendría, una noche, cuando yo estuviera muerto, cruzando el lago desde el lado de la Rue-Scribe, y me enterraría en el mayor secreto con el anillo de oro, que ella debía llevar hasta ese momento. ... Le dije dónde encontraría mi cuerpo y qué hacer con él... Entonces Christine me besó, por primera vez, ella misma, aquí, en la frente —¡no mire, daroga!— aquí, en la frente ... en mi frente, la mía —¡no mire, daroga!— y se marcharon juntos... Christine había dejado de llorar ... Solo yo lloraba ... ¡Daroga, daroga, si Christine cumple su promesa, volverá pronto! ...»

El persa no le hizo preguntas. Estaba completamente tranquilizado sobre el destino de Raoul Chagny y Christine Daaé; nadie podría haber dudado de la palabra del lloroso Erik aquella noche.

El monstruo se volvió a poner la máscara y reunió fuerzas para abandonar al daroga. Le dijo que, cuando sintiera que su final estaba muy cerca, le enviaría, en gratitud por la bondad que el persa le había mostrado una vez, lo que más quería en el mundo: todos los papeles de Christine Daaé, que ella había escrito para beneficio de Raoul y dejado con Erik, junto con algunos objetos que le pertenecían, como un par de guantes, una hebilla de zapato y dos pañuelos de bolsillo. En respuesta a las preguntas del persa, Erik le contó que los dos jóvenes, tan pronto como se vieron libres, habían resuelto ir a buscar a un sacerdote en algún lugar solitario donde pudieran ocultar su felicidad y que, con este propósito, habían partido de «la estación de ferrocarril del norte del mundo». Por último, Erik confió en el persa para que, tan pronto como recibiera las reliquias y papeles prometidos, informara a la joven pareja de su muerte y la anunciara en el EPOQUE.

Eso fue todo. El persa acompañó a Erik hasta la puerta de su piso, y Darío le ayudó a bajar a la calle. Un coche de punto le esperaba. Erik subió; y el persa, que había vuelto a la ventana, le oyó decir al cochero:

«Vaya a la Ópera.»

Y el coche se alejó hacia la noche.

El persa había visto al pobre y desgraciado Erik por última vez. Tres semanas más tarde, el Epoque publicó este anuncio:

«Erik ha muerto.»

Epílogo.

He contado ya la singular, pero veraz historia del fantasma de la Ópera. Como declaré en la primera página de esta obra, ya no es posible negar que Erik realmente vivió. Hoy en día existen tantas pruebas de su existencia al alcance de todos que podemos seguir las acciones de Erik lógicamente a través de toda la tragedia de los Chagny.

No hace falta repetir aquí cuánto excitó el caso a la capital. El secuestro de la artista, la muerte del Comte de Chagny en condiciones tan excepcionales, la desaparición de su hermano, el drogamiento del encargado de gas de la Ópera y de sus dos ayudantes: ¡qué tragedias, qué pasiones, qué crímenes habían rodeado el idilio de Raoul y de la dulce y encantadora Christine! ... ¿Qué había sido de aquella maravillosa y misteriosa artista de la que el mundo no volvería a oír hablar nunca, nunca más? ... Fue presentada como la víctima de una rivalidad entre los dos hermanos; y nadie sospechó lo que realmente había sucedido, nadie entendió que, como Raoul y Christine habían desaparecido ambos, ambos se habían retirado lejos del mundo para disfrutar de una felicidad que no habrían querido hacer pública tras la inexplicable muerte del conde Philippe ... Tomaron el tren un día desde «la estación de ferrocarril del norte del mundo». ... Posiblemente, también yo tome el tren en esa estación, algún día, y vaya a buscar alrededor de tus lagos, oh Noruega, oh Escandinavia silenciosa, las huellas quizás aún vivas de Raoul y Christine y también de Mamma Valerius, ¡quien desapareció al mismo tiempo! ... Posiblemente, algún día, oiga los ecos solitarios del Norte repetir el canto de quien conoció al Ángel de la Música! ...

Mucho después de que el caso fuera archivado por el poco inteligente cuidado del M. le Juge d'Instruction Faure, los periódicos hicieron esfuerzos, a intervalos, por sondear el misterio. Un periódico vespertino solamente, que conocía todos los chismes de los teatros, dijo:

«Reconocemos la mano del fantasma de la Ópera.»

E incluso eso fue escrito con ironía.

Solo el persa conocía toda la verdad y tenía las principales pruebas, que le llegaron con las piadosas reliquias prometidas por el fantasma. Me tocó a mí completar esas pruebas con la ayuda del propio daroga. Día a día, le mantuve informado del progreso de mis indagaciones; y él las dirigió. Hacía años y años que no iba a la Ópera, pero conservaba el recuerdo más preciso del edificio, y no podía haber mejor guía que él para ayudarme a descubrir sus rincones más secretos. También me dijo dónde obtener más información, a quién preguntar; y me envió a visitar a M. Poligny, en un momento en que el pobre hombre estaba casi dando su último suspiro. No tenía idea de que estuviera tan enfermo, y nunca olvidaré el efecto que mis preguntas sobre el fantasma produjeron en él. Me miró como si yo fuera el diablo y solo respondió con unas pocas frases incoherentes, que demostraban, sin embargo —y eso era lo principal—, el alcance de la perturbación que O. G., en su tiempo, había traído a aquella vida ya de por sí muy inquieta (pues M. Poligny era lo que la gente llama un hombre de placer).

Cuando fui y le conté al persa el pobre resultado de mi visita a M. Poligny, el daroga esbozó una leve sonrisa y dijo:

«Poligny nunca supo hasta qué punto aquel extraordinario granuja de Erik le tomó el pelo.» —El persa, por cierto, hablaba de Erik a veces como un semidiós y a veces como el más vil de los viles— «Poligny era supersticioso y Erik lo sabía. Erik sabía casi todo sobre los asuntos públicos y privados de la Ópera. Cuando M. Poligny oyó una voz misteriosa decirle, en el Palco Cinco, la manera en que solía pasar su tiempo y abusar de la confianza de su socio, no esperó a oír nada más. Pensando al principio que era una voz del Cielo, se creyó condenado; y luego, cuando la voz empezó a pedir dinero, vio que estaba siendo víctima de un astuto chantajista del que el propio Debienne había sido presa. Ambos, ya cansados de la gestión por diversas razones, se fueron sin tratar de investigar más a fondo la personalidad de aquel curioso O. G., que les había obligado a llevar un cuaderno de notas tan singular. Legaron todo el misterio a sus sucesores y suspiraron aliviados cuando se vieron libres de un asunto que les había dejado perplejos sin divertirles en lo más mínimo.»

Hablé entonces de los dos sucesores y expresé mi sorpresa de que, en sus Memorias de un gerente, M. Moncharmin describiera el comportamiento del fantasma de la Ópera con tanta extensión en la primera parte del libro y apenas lo mencionara en la segunda. En respuesta a esto, el persa, que conocía las MEMORIAS tan a fondo como si las hubiera escrito él mismo, observó que encontraría la explicación de todo el asunto si simplemente recordaba las pocas líneas que Moncharmin dedica al fantasma en la segunda parte antes mencionada. Cito estas líneas, que son particularmente interesantes porque describen la manera tan sencilla en que se cerró el famoso incidente de los veinte mil francos:

«En cuanto a O. G., de cuyos curiosos trucos he relatado algunos en la primera parte de mis Memorias, solo diré que redimió con una sola acción espontánea y buena toda la preocupación que había causado a mi querido amigo y socio y, debo decir, a mí mismo. Sintió, sin duda, que hay límites para una broma, especialmente cuando es tan costosa y cuando el comisario de policía ha sido informado, pues, en el momento en que habíamos concertado una cita en nuestra oficina con M. Mifroid para contarle toda la historia, pocos días después de la desaparición de Christine Daaé, encontramos, sobre la mesa de Richard, un sobre grande, con la inscripción, en tinta roja, "CON LOS CUMPLIDOS DE O. G.". Contenía la gran suma de dinero que había logrado extraer alegremente, por el momento, de la tesorería. Richard fue inmediatamente de la opinión de que debíamos conformarnos con eso y dejar el asunto. Estuve de acuerdo con Richard. Bien está lo que bien acaba. ¿Qué dice usted, O. G.?»

Por supuesto, Moncharmin, especialmente después de que el dinero fuera devuelto, siguió creyendo que había sido, por un corto tiempo, el blanco del sentido del humor de Richard, mientras que Richard, por su parte, estaba convencido de que Moncharmin se había divertido inventando todo el asunto del fantasma de la Ópera, con el fin de vengarse de unas cuantas bromas.

Pregunté al persa con qué truco el fantasma había sacado veinte mil francos del bolsillo de Richard a pesar del imperdible. Me respondió que no se había adentrado en este pequeño detalle, pero que, si yo mismo quisiera hacer una investigación en el lugar, sin duda encontraría la solución al enigma en la oficina de los gerentes al recordar que a Erik no le habían apodado el amante de las trampillas por nada. Prometí al persa hacerlo tan pronto como tuviera tiempo, y bien puedo decirle al lector desde ya que los resultados de mi investigación fueron perfectamente satisfactorios; y difícilmente creí que llegaría a descubrir tantas pruebas innegables de la autenticidad de las hazañas atribuidas al fantasma.

El manuscrito del persa, los papeles de Christine Daaé, las declaraciones hechas a mí por las personas que solían trabajar a las órdenes de los señores Richard y Moncharmin, por la pequeña Meg en persona (la digna Madame Giry, lamento decir, ya no existe) y por Sorelli, que ahora vive retirada en Louveciennes: todos los documentos relativos a la existencia del fantasma, que me propongo depositar en los archivos de la Ópera, han sido comprobados y confirmados por una serie de descubrimientos importantes de los que me siento justamente orgulloso. No he podido encontrar la casa en el lago, pues Erik bloqueó todas las entradas secretas.[1] Por otro lado, he descubierto el pasaje secreto de los Comunistas, cuyo entablado se está cayendo a pedazos en partes, y también la trampilla a través de la cual Raoul y el persa penetraron en los sótanos de la ópera. En el calabozo de los Comunistas, observé números de iniciales trazadas en las paredes por las desafortunadas personas confinadas en él; y entre ellas había una «R» y una «C». R. C.: Raoul de Chagny. Las letras siguen ahí hasta el día de hoy.

Si el lector visita la Ópera una mañana y pide permiso para pasear por donde le plazca, sin ser acompañado por un guía estúpido, que vaya al Palco Cinco y golpee con el puño o el bastón la enorme columna que lo separa del palco de proscenio. Encontrará que la columna suena hueca. Después de eso, no se extrañe de la sugerencia de que estaba ocupada por la voz del fantasma: hay espacio dentro de la columna para dos hombres. Si le sorprende que, cuando ocurrieron los diversos incidentes, nadie se volviera para mirar la columna, debe recordar que presentaba la apariencia de mármol sólido, y que la voz contenida en ella parecía más bien provenir del lado opuesto, pues, como hemos visto, el fantasma era un ventrílocuo experto.

La columna estaba elaboradamente tallada y decorada con el cincel del escultor; y no pierdo la esperanza de descubrir algún día el adorno que podía elevarse o bajarse a voluntad, para permitir la misteriosa correspondencia del fantasma con la Sra. Giry y su generosidad.

Sin embargo, todos estos descubrimientos no son nada, en mi opinión, comparados con el que pude hacer, en presencia del gerente interino, en la oficina de los gerentes, a un par de pulgadas de la silla de escritorio, y que consistía en una trampilla, del ancho de una tabla en el suelo y de la longitud del antebrazo de un hombre y no más; una trampilla que cae hacia atrás como la tapa de una caja; una trampilla a través de la cual puedo ver venir una mano y hurgar con destreza en el bolsillo de un frac.

¡Así es como se fueron los cuarenta mil francos! ... Y así es como, mediante algún truco u otro, fueron devueltos.

Hablando de esto con el persa, le dije:

«Entonces, ¿podemos asumir, ya que los cuarenta mil francos fueron devueltos, que Erik simplemente se estaba divirtiendo con ese cuaderno de notas suyo?»

«¡No se lo crea! —respondió—. Erik quería dinero. Considerándose fuera del alcance de la humanidad, no le frenaba ningún escrúpulo y empleaba sus extraordinarios dones de destreza e imaginación, que había recibido como compensación por su extraordinaria fealdad, para aprovecharse de sus semejantes. Su razón para devolver los cuarenta mil francos, por su propia voluntad, fue que ya no los quería. Había renunciado a su matrimonio con Christine Daaé. Había renunciado a todo lo que había sobre la superficie de la tierra.»

Según el relato del persa, Erik nació en un pequeño pueblo no lejos de Rouen. Era hijo de un maestro albañil. Huyó a temprana edad de la casa de su padre, donde su fealdad era objeto de horror y terror para sus progenitores. Durante un tiempo, frecuentó las ferias, donde un feriante lo exhibía como el «cadáver viviente». Parece haber recorrido toda Europa, de feria en feria, y haber completado su extraña educación como artista y mago en la fuente misma del arte y la magia: entre los gitanos. Un periodo de la vida de Erik permaneció completamente oscuro. Fue visto en la feria de Nijni-Novgorod, donde se exhibió en todo su horroroso esplendor. Ya cantaba como nadie en esta tierra había cantado jamás; practicaba el ventrilocuismo y realizaba demostraciones de prestidigitación tan extraordinarias que las caravanas que regresaban a Asia hablaban de ello durante todo su viaje. De este modo, su reputación penetró los muros del palacio en Mazenderan, donde la pequeña sultana, favorita del Shah-in-Shah, se aburría mortalmente. Un comerciante de pieles, que regresaba a Samarkanda desde Nijni-Novgorod, contó las maravillas que había visto realizar en la tienda de Erik. El comerciante fue convocado al palacio y se ordenó al daroga de Mazenderan que lo interrogara. A continuación, se dio instrucción al daroga de ir a buscar a Erik. Lo llevó a Persia, donde durante algunos meses la voluntad de Erik fue ley. Fue culpable de no pocos horrores, pues parecía no conocer la diferencia entre el bien y el mal. Participó con calma en varios asesinatos políticos y dirigió sus diabólicos poderes inventivos contra el Emir de Afganistán, que estaba en guerra con el imperio persa. El Shah tomó afecto por él.

Esta fue la época de las horas rosadas de Mazenderan, de las cuales el relato del daroga nos ha dado un atisbo. Erik tenía ideas muy originales sobre el tema de la arquitectura y concebía un palacio de forma muy parecida a como un prestidigitador planea un cofre de trucos. El Shah le ordenó construir un edificio de esta clase. Erik lo hizo; y el edificio parece haber sido tan ingenioso que Su Majestad podía moverse por él sin ser visto y desaparecer sin posibilidad de que el truco fuera descubierto. Cuando el Shah-in-Shah se encontró en posesión de esta joya, ordenó que le sacaran los ojos amarillos a Erik. Pero reflexionó que, incluso ciego, Erik aún sería capaz de construir una casa tan notable para otro soberano; y también que, mientras Erik estuviera vivo, alguien conocería el secreto del maravilloso palacio. Se decidió la muerte de Erik, junto con la de todos los obreros que habían trabajado bajo sus órdenes. La ejecución de este abominable decreto recayó en el daroga de Mazenderan. Erik le había prestado algunos pequeños servicios y le había procurado más de una carcajada. Salvó a Erik proporcionándole los medios para escapar, pero casi paga con su cabeza su generosa indulgencia.

Afortunadamente para el daroga, un cadáver, medio devorado por las aves de presa, fue hallado en la orilla del mar Caspio, y se tomó por el cuerpo de Erik, porque los amigos del daroga habían vestido los restos con ropa que pertenecía a Erik. El daroga fue absuelto con la pérdida del favor imperial, la confiscación de sus bienes y una orden de destierro perpetuo. Como miembro de la Casa Real, sin embargo, siguió recibiendo una pensión mensual de unos pocos cientos de francos del tesoro persa; y con esto vino a vivir a París.

En cuanto a Erik, se fue a Asia Menor y de allí a Constantinopla, donde entró al servicio del Sultán. Como explicación de los servicios que pudo prestar a un monarca atormentado por terrores perpetuos, solo necesito decir que fue Erik quien construyó todas las famosas trampillas, cámaras secretas y misteriosos cofres fuertes que fueron encontrados en Yildiz-Kiosk después de la última revolución turca. También inventó aquellos autómatas, vestidos como el Sultán y parecidos al Sultán en todos los aspectos, que hacían creer a la gente que el Comandante de los Fieles estaba despierto en un lugar, cuando, en realidad, dormía en otro.

Por supuesto, tuvo que dejar el servicio del Sultán por las mismas razones que le hicieron huir de Persia: sabía demasiado. Entonces, cansado de su vida aventurera, formidable y monstruosa, anheló ser alguien «como todo el mundo». Y se convirtió en contratista, como cualquier contratista ordinario, construyendo casas ordinarias con ladrillos ordinarios. Presentó una oferta para parte de los cimientos de la Ópera. Su presupuesto fue aceptado. Cuando se encontró en los sótanos del enorme teatro, su naturaleza artística, fantástica y hechicera recuperó el control. Además, ¿no era acaso tan feo como siempre? Soñó con crear para su propio uso una morada desconocida para el resto de la tierra, donde pudiera esconderse de los ojos de los hombres para siempre.

El lector sabe y adivina el resto. Todo está en consonancia con esta increíble y sin embargo veraz historia. ¡Pobre y desdichado Erik! ¿Debemos compadecerlo? ¿Debemos maldecirlo? Solo pedía ser «alguien», como todo el mundo. ¡Pero era demasiado feo! ¡Y tuvo que esconder su genio O USARLO PARA HACER TRUCOS, cuando, con un rostro corriente, habría sido uno de los hombres más distinguidos de la humanidad! Tenía un corazón que podría haber contenido el imperio del mundo; y, al final, tuvo que contentarse con un sótano. Ah, sí, debemos compadecer al fantasma de la Ópera.

He rezado sobre sus restos mortales, para que Dios le muestre misericordia a pesar de sus crímenes. Sí, estoy seguro, muy seguro de que recé junto a su cuerpo, el otro día, cuando lo sacaron del lugar donde estaban enterrando los discos fonográficos. Era su esqueleto. No lo reconocí por la fealdad de la cabeza, pues todos los hombres son feos cuando llevan tanto tiempo muertos, sino por el sencillo anillo de oro que llevaba y que Christine Daaé seguramente había deslizado en su dedo, cuando fue a enterrarlo de acuerdo con su promesa.

El esqueleto yacía cerca del pequeño pozo, en el lugar donde el Ángel de la Música sostuvo por primera vez a Christine Daaé desmayada entre sus brazos temblorosos, la noche en que la llevó a los sótanos de la casa de la ópera.

Y, ahora, ¿qué pretenden hacer con ese esqueleto? ¡Ciertamente no lo enterrarán en la fosa común! ... Yo digo que el lugar del esqueleto del fantasma de la Ópera está en los archivos de la Academia Nacional de Música. No es un esqueleto corriente.

[1] Aun así, estoy convencido de que sería fácil llegar a él drenando el lago, como he solicitado repetidamente al Ministerio de Bellas Artes que haga. Hablaba de ello con M. Dujardin-Beaumetz, el subsecretario de bellas artes, apenas cuarenta y ocho horas antes de la publicación de este libro. ¿Quién sabe si la partitura de DON JUAN TRIUNFANTE podría ser descubierta aún en la casa del lago?

[2] Véase la entrevista del corresponsal especial del MATIN con Mohammed-Ali Bey, el día después de la entrada de las tropas de Salónica en Constantinopla.

FIN

La Ópera de París

EL ESCENARIO DE LA NOVELA DE GASTON LEROUX, «EL FANTASMA DE LA ÓPERA»

Que el señor Leroux ha utilizado, para el escenario de su historia, la Ópera de París tal como es realmente y no ha creado un edificio fruto de su imaginación, lo demuestra esta interesante descripción tomada de un artículo que apareció en Scribner's Magazine en 1879, poco después de que el edificio fuera terminado:

«La nueva Ópera, comenzada bajo el Imperio y terminada bajo la República, es el edificio más completo de su clase en el mundo y, en muchos aspectos, el más hermoso. Ninguna capital europea posee una ópera tan completa en plan y ejecución, y ninguna puede jactarse de un edificio igualmente vasto y espléndido.

«El emplazamiento de la Ópera fue elegido en 1861. Se determinó colocar los cimientos de forma excepcionalmente profunda y sólida. Era bien sabido que se encontraría agua, pero era imposible prever a qué profundidad o en qué cantidad se hallaría. También era necesaria una profundidad excepcional, ya que las disposiciones del escenario debían ser tales que permitieran bajar una escena de cincuenta pies de altura sobre su bastidor. Por tanto, fue necesario colocar unos cimientos en un suelo empapado de agua que debían ser lo suficientemente sólidos para sostener un peso de 22.000.000 de libras y, al mismo tiempo, estar perfectamente secos, ya que los sótanos estaban destinados al almacenamiento de decorados y accesorios. Mientras el trabajo estaba en curso, la excavación se mantuvo libre de agua mediante ocho bombas, accionadas por fuerza de vapor y en funcionamiento, sin interrupción, día y noche, desde el 2 de marzo hasta el 13 de octubre. El suelo del sótano se cubrió con una capa de hormigón, luego con dos capas de cemento, otra capa de hormigón y una capa de betún. El muro incluye un muro exterior construido como ataguía, un muro de ladrillo, una capa de cemento y un muro propiamente dicho, de algo más de una yarda de espesor. Después de que todo esto estuvo hecho, se llenó el conjunto con agua, a fin de que el fluido, al penetrar en los intersticios más minúsculos, pudiera depositar un sedimento que los cerrara de forma más segura y perfecta de lo que sería posible hacer a mano. Transcurrieron doce años antes de la finalización del edificio, y durante ese tiempo se demostró que las precauciones tomadas garantizaban una impermeabilidad y solidez absolutas.

«Los acontecimientos de 1870 interrumpieron el trabajo justo cuando estaba a punto de ejecutarse con más vigor, y la nueva Ópera fue utilizada para usos nuevos e inesperados. Durante el asedio, se convirtió en un vasto almacén militar y se llenó con una masa heterogénea de mercancías. Después del asedio, el edificio cayó en manos de la Comuna y el techo se convirtió en una estación de globos. El daño causado, sin embargo, fue leve.

«La piedra fina empleada en la construcción fue traída de canteras en Suecia, Escocia, Italia, Argelia, Finlandia, España, Bélgica y Francia. Mientras el trabajo en el exterior estaba en curso, el edificio fue cubierto por una estructura de madera, hecha transparente por miles de pequeños paneles de vidrio. En 1867, un enjambre de hombres, provistos de martillos y hachas, desnudó la casa de su hábito y mostró en todo su esplendor la gran estructura. Ninguna imagen puede hacer justicia a los ricos colores del edificio o al tono armonioso resultante del uso hábil de muchos materiales diversos. El efecto de la fachada se completa con la cúpula del auditorio, rematada con una tapa de bronce escasamente adornada con dorados. Más adelante, al nivel de las torres de Notre-Dame, está el hastial del techo del escenario, un "Pegaso", de M. Lequesne, elevándose en cada extremo del techo, y un grupo de bronce de M. Millet, que representa a "Apolo levantando su lira dorada", dominando el vértice. Apolo, cabe mencionar aquí, es útil además de ornamental, pues su lira tiene una punta metálica que hace las veces de pararrayos y conduce el fluido hasta el cuerpo y las extremidades inferiores del dios.

«El espectador, tras haber subido diez escalones y dejado atrás una puerta, llega a un vestíbulo en el que se encuentran estatuas de Lully, Rameau, Gluck y Handel. Diez escalones de mármol verde sueco conducen a un segundo vestíbulo para los vendedores de entradas. Los visitantes que entran por el pabellón reservado para los carruajes pasan a través de un pasillo donde se encuentran las taquillas. La mayor parte del público, antes de entrar en el auditorio, atraviesa un gran vestíbulo circular situado exactamente debajo de él. El techo de esta parte del edificio está sostenido por dieciséis columnas estriadas de piedra de Jura, con capiteles de mármol blanco, formando un pórtico. Aquí los sirvientes deben esperar a sus amos, y los espectadores pueden permanecer hasta que sus carruajes sean llamados. La tercera entrada, que es bastante distinta de las otras, está reservada para el Ejecutivo. La sección del edificio destinada al uso del Emperador Napoleón debía incluir una antecámara para los guardaespaldas; un salón para los ayudantes de campo; un salón grande y uno más pequeño para la Emperatriz; guardarropas para sombreros y abrigos, etc. Además, debía haber, muy cerca de la entrada, establos para tres coches, para los caballos de los escoltas y para los veintiún jinetes que actuaban como escolta; un puesto para un escuadrón de infantería de treinta y un hombres y diez cent-gardes, y un establo para los caballos de estos últimos; y, además, un salón para quince o veinte sirvientes. Así, hubo que hacer los arreglos necesarios para alojar en esta parte del edificio a unas cien personas, cincuenta caballos y media docena de carruajes. La caída del Imperio sugirió algunos cambios, pero aún existen amplias disposiciones para emergencias.

«Su novedosa concepción, su ajuste perfecto y su raro esplendor de materiales hacen que la gran escalera sea, sin duda, una de las características más notables del edificio. Presenta al espectador, que acaba de pasar por el pabellón de los abonados, una imagen espléndida. Desde este punto contempla el techo formado por el rellano central; este y las columnas que lo sostienen, construidos con piedra de Echaillon, están plagados de arabescos y cargados de ornamentos; los escalones son de mármol blanco y los balaustres de mármol rojo antiguo descansan sobre zócalos de mármol verde y sostienen una balaustrada de ónice. A la derecha y a la izquierda de este rellano hay escaleras hacia el piso, al nivel de la primera fila de palcos. En este piso se alzan treinta columnas monolíticas de mármol de Sarrancolin, con bases y capiteles de mármol blanco. Pilastras de piedra color flor de melocotón y violeta se apoyan contra las paredes correspondientes. Hubo que extraer más de cincuenta bloques de la cantera para encontrar treinta monolitos perfectos.

«El foyer de la danse tiene un interés particular para los habituales de la Ópera. Es un lugar de reunión al que los abonados a tres funciones por semana son admitidos entre actos de acuerdo con un uso establecido en 1870. Tres inmensos espejos cubren la pared trasera del FOYER, y una lámpara de araña con ciento siete mecheros le proporciona luz. Las pinturas incluyen veinte medallones ovalados, en los que se retratan las veinte bailarinas de mayor celebridad desde que existe la ópera en Francia, y cuatro paneles de M. Boulanger, que tipifican "La danza de guerra", "La danza rústica", "La danza del amor" y "La danza báquica". Mientras las damas del ballet reciben a sus admiradores en este vestíbulo, pueden practicar sus pasos. Barras con cojines de terciopelo se han fijado a tal efecto en puntos convenientes, y el suelo ha recibido la misma inclinación que el del escenario, de modo que el trabajo realizado pueda ser plenamente provechoso para la función. El vestíbulo de los cantantes, en el mismo piso, es un lugar mucho menos animado que el foyer de la danse, ya que los vocalistas rara vez abandonan sus camerinos antes de ser llamados al escenario. Treinta paneles con retratos de los artistas de renombre en los anales de la Ópera adornan este vestíbulo.

«Se puede llegar a una estimación ... sentándose ante el conserje una hora o más antes de que comience la representación. Primero aparecen los tramoyistas, que son siempre setenta, y a veces, cuando L'Africaine, por ejemplo, con su escena del barco, es la ópera, cien y diez. Luego vienen los tapiceros de escena, cuyo único deber es colocar alfombras, colgar cortinas, etc.; los gasistas y un escuadrón de bomberos. Claqueurs, llamadores, utileros, vestuaristas, peluqueros, supernumerarios y artistas siguen. Los supernumerarios suman unos cien; algunos son contratados por año, pero las "masas" generalmente se reclutan en el último minuto y suelen ser trabajadores que buscan aumentar sus exiguas ganancias. Hay alrededor de cien coristas y unos ochenta músicos.

«Luego vemos a los escuderos, cuyos caballos son izados al escenario mediante un ascensor; electricistas que manejan las baterías que producen la luz; hidráulicos para hacerse cargo de las obras hidráulicas en ballets como La Source; artificieros que preparan el incendio en Le Profeta; floristas que preparan el jardín de Margarita, y una multitud de empleados menores. Este personal se organiza de la siguiente manera: ochenta camerinos están reservados para los artistas, cada uno incluyendo una pequeña antecámara, el camerino propiamente dicho y un pequeño armario. Además de estos apartamentos, la Ópera tiene un camerino para sesenta coristas hombres y otro para cincuenta coristas mujeres; un tercero para treinta y cuatro bailarines hombres; cuatro camerinos para veinte bailarinas de diferentes grados; un camerino para ciento noventa supernumerarios, etc.»

Algunas cifras tomadas del artículo sugerirán la enorme capacidad y la perfecta comodidad de la casa. «Hay 2.531 puertas y 7.593 llaves; 14 hornos y rejillas calientan la casa; las tuberías de gas si se conectaran formarían una tubería de casi 16 millas de largo; 9 depósitos y dos tanques contienen 22.222 galones de agua y distribuyen su contenido a través de 22.829 pies y dos quintos de tuberías; 538 personas tienen lugares asignados donde cambiarse de atuendo. Los músicos tienen un vestíbulo con 100 armarios para sus instrumentos».

El autor comenta sobre su visita a la Ópera que «fue casi tan desconcertante como agradable. Escaleras gigantes y salones colosales, frescos enormes y espejos enormes, oro y mármol, satén y terciopelo, salían al encuentro a cada paso».

En una carta reciente, el señor André Castaigne, cuyas notables imágenes ilustran el texto, habla de un río o lago bajo la Ópera y menciona el hecho de que ahora también hay tres túneles de ferrocarril metropolitano, uno encima del otro.

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