LA ESPOSA DE LA PRADERA
Jueves diecinueve
¡Plash!... ¡Esa soy yo, Matilda Anne! ¡Esa soy yo, cayendo de golpe en el charco del matrimonio antes de haber tenido tiempo de enamorarme! Y oh, Matilda Anne, Matilda Anne, ¡tengo que hablarte! Puede que estés a seis mil millas de distancia, pero aun así tienes que ser mi válvula de seguridad. Estallaría y explotaría si no me desahogara con alguien. Porque aquí afuera me siento tan sola que podría ir a departir con las tuzas. Esta no es una carta de veinte entregas, querida, ni es un diario. Es el anillo de coral con el que estoy mordiendo mis dientes de desolación. Porque, de vez en cuando, simplemente tengo que sentarme y hablar con alguien, o me volvería loca, loca de remate, ¡y me pondría a mordisquear las puntas de la hierba dulce! Puede incluso que esto nunca llegue a tus manos. Pero me gusta pensar que lo leerás algún día, página a página, cuando yo sea una cuarentona entrada en carnes o, lo que es más probable, cuando Duncan me tenga encadenada a un poste del corral o encerrada definitivamente en una celda acolchada. Porque tú fuiste quien estuvo más cerca de mí en los viejos tiempos, Matilda Anne, y cuando estaba en problemas siempre fuiste el báculo en el que me apoyaba, la Tillie de mirada serena y siempre dispuesta que nunca parecía fallarme. Y creo que lo entenderás.
Pero hay tanto de qué hablar que apenas sé por dónde empezar. Lo divertido de todo esto es que me he ido y me he casado con el Otro Hombre. Y no lo entenderás en absoluto a menos que empiece por el principio. Pero cuando miro hacia atrás, no parece haber ningún principio, porque solo en los libros las cosas realmente empiezan y terminan en una sola vida.
Sin embargo, como solía decir Chinkie, cuando te dejé a ti y a Scheming Jack en esa pequeña y divertida casa de piedra que tenéis en Corfú, y llegué a Palermo, encontré a Lady Agatha y a Chinkie allí, en el Hotel des Palmes, y el yate siendo cargado de carbón desde las bodegas de un vapor tramp en el puerto. Así que seguí con ellos a Montecarlo. Tuvimos un viaje terrible hasta llegar a la Riviera, y sufrí muchísimo mareo, y esas novelistas que adoran llevar a sus heroínas en un yate privado no sueñan que, salvo en un clima de estanque de patos, el yate ordinario en el mar es casi la habitación más miserable entre el Cielo y la tierra. Pero fue en Montecarlo donde recibí el cable de mi tío Carlton diciéndome que la revolución chilena había acabado con nuestras concesiones mineras de nitrato y que el último pequeño nido de ahorros de tu pobre Tabby había sido destruido. En otras palabras, desperté y me encontré siendo una mendiga, y por unas horas incluso pensé que tendría que viajar a casa con ese fondo del viático de Montecarlo que tan discretamente envía lejos al aventurero varado antes de que ensucie el paisaje del Mediterráneo pegándose un tiro. Entonces recordé mi carta de crédito y, firme pero apenada, despedí a la pobre Hortense, quien entre lágrimas proclamó que iría conmigo a cualquier parte, sin pensar en su salario (¡imagínate ser ayudada a vestirte por una doncella ante la que tenías tales obligaciones democratizadoras!). Pero fui firme, pues sabía que a la situación, bien podría hacérsele frente antes que después.
Así que conté mi carta de crédito y descubrí que tenía exactamente seiscientos setenta y un dólares, dinero americano, entre la mendicidad y yo. Entonces envié un cable a Theobald Gustav (tan condensado que pensó que era un código) y más tarde descubrí que él había estado enviando flores y bombones todo el tiempo al Hotel de L'Athenee, las cajas largas debidamente apiladas en niveles, como ataúdes en la morgue. Luego, la tía de Theobald, la baronesa, me visitó, en plan oficial. Vino en ese landó suyo, divertido, anticuado y poco profundo, donde parecía a todas luces una ostra en su concha, y habló tan incisivamente sobre el peligro de los matrimonios internacionales que me sentí segura de que estaba tratando de ahuyentarme de mi apuesto y regio Theobald Gustav; lo cual me hizo decirle con bastante calma y solemnidad que tenía la intención de sacar a Theobald de los puestos de subsecretario, que realmente pertenecían a las novelas de Oppenheim, ¡y ponerlo en el negocio del calzado en algún lindo pueblo de Nueva Inglaterra!
Desde Montecarlo me escabullí directamente a París. Dos días después, como pretendía escribirte pero no lo hice, tomé el tren-barco hacia Cherburgo. Y allí, en la barandilla, mientras subía al Baltic, estaba el Otro Hombre, a saber, Duncan Argyll McKail, con un impermeable inglés de cuadros amarillos que se veía horrible. Su rostro se quedó un poco en blanco cuando puso sus ojos en mí, porque él había pasado por Banff en octubre pasado cuando Chinkie, Lady Agatha y yo estuvimos allí durante una semana. Había sido muy amable, esa semana en Banff, y me gustaba mucho. Pero cuando Chinkie vio que él "se estaba pasando un poco de la raya", como decía, y avisó discretamente a Duncan Argyll sobre Theobald Gustav, el susodicho D. A. salió disparado hacia su rancho sin siquiera decirme adiós. Porque Duncan Argyll McKail no es irlandés, como podrías deducir con el tiempo por ese nombre suyo. Es un escocés-canadiense, y no es más que un ingeniero civil fracasado que se ha dedicado a la agricultura en el Noroeste. Pero pude ver de inmediato que era un caballero (odio esa palabra, ¿pero dónde vas a encontrar otra que tome su lugar?) y que había conocido a gente agradable, incluso antes de que descubriera que le había enseñado a la Duquesa de S. a cazar muflones. Había ido a Inglaterra para financiar un plan cooperativo de cultivo de trigo, pero había fracasado, porque todo está tan inestable en Inglaterra en este momento.
Pero eres mujer, y antes de seguir adelante querrás saber cómo es Duncan.
Bueno, no se parece en nada a su nombre. El Oeste ha sacudido gran parte del Covenanter que había en él. Es alto, demacrado y de hombros anchos, tiene ojos marrones con motas avellana, una boca exactamente igual a la del "Astrónomo" de Holbein, y una piel que es casi tan vergonzosamente morena como la de un indio. En general, si una Lina Cavalieri se hubiera casado con un Lord Kitchener, y hubiera tenido un hijo de treinta años, estoy muy segura de que habría sido la viva estampa, como dicen los irlandeses, de mi propio Duncan Argyll. Y Duncan Argyll, alias Dinky-Dunk, es bastante reservado y tranquilo y, me temo, bastante dominante, pero no como Theobald Gustav podría haberlo sido, porque con toda su fuerza, el alemán moderno, me parece, es como la gaita en cuanto a que carece algo de suavidad.
Y durante todo el viaje, Dinky-Dunk fue tan amable que casi me dejó sin aliento. También fue bastante audaz, apretando los dientes ante el peligro alemán, y llegué a tomarle tanto cariño que decidí secretamente que siempre seríamos buenos amigos, buenos amigos platónicos, a la antigua, sin tapujos. Pero el problema del amor platónico es que siempre resulta ser demasiado bueno para ser platónico, o demasiado platónico para ser bueno. Así que tuve que mirar directamente al pecho de ese horrible impermeable inglés de cuadros amarillos y decirle la verdad a Dinky-Dunk. Y Dinky-Dunk escuchó, con su boca de astrónomo bastante seria, y por lo demás sin inmutarse en lo más mínimo. Su confianza me preocupaba. Era como la tranquilidad del hombre que se guarda su carta de triunfo. Y no fue hasta que la imposible esposita de un imposible gran maderero de Saginaw, Michigan, me mostró el Paris Herald con el cable sobre esa bailarina rusa, L----, tan parecida a una araña, que casi muere en el coche de Theobald en Long Beach, que me di cuenta de que había una carta de triunfo y que Dinky-Dunk había sido demasiado hombre para jugarla.
Tuve mucho en qué pensar durante los siguientes tres días.
Cuando Theobald vino de Washington y recibió al vapor, mi conciencia me molestó y debería haber seguido siendo la amabilidad misma con él, si no hubiera sido por sus modales posesivos (que, por cierto, nunca me habían molestado antes), sumados a lo que yo ya sabía. Almorzamos en la sala Della Robbia del Vanderbilt y yo estaba sacando los marrons de un Nesselrode cuando, ¡presto!, de repente me vino a la mente que la baronesa tenía razón y que nunca podría casarme con un extranjero. Llegó como un trueno. Pero en algún lugar de ese senado del instinto que debate sobre tales cosas en lo profundo de las cámaras secretas de nuestras almas, supongo, todo el problema había sido discutido, resuelto y sometido a votación. Y frente al hecho de que Theobald Gustav siempre había parecido estar más emparentado con uno de los semidioses de Ouida que cualquier otro hombre que yo hubiera conocido, la votación había ido en su contra. Mi héroe ya no era un héroe. Sabía que había habido momentos, por supuesto, en los que ese héroe, siendo alemán, había considerado este universo nuestro como unos grandes almacenes y esta tierra como la sección particular sobre la cual el Augusto Maestro lo había designado supervisor de planta. Había pensado en él como mi Eisenfresser y mi gran rubio Saebierassler. Pero mis ojos se abrieron con mi último marron y de repente me recosté y me quedé mirando la apuesto rostro rosado de Theobald con sus ojos azul acero Krupp y sus puntas de bigote altivamente levantadas. Debe haber visto esa mirada de evaluación en mi propia cara, porque, con todo su prusianismo de hierro y sangre, se nubló como un niño herido. Pero era demasiado diplomático para mostrar sus sentimientos. Simplemente se volvió tan untuosamente educado que tuve ganas de pincharle en su ojo azul acero con mi pajita de menta.
Recuerda, Matilda Anne, no se dijo ni una palabra, ni una sílaba sobre lo que había en ambas almas. Sin embargo, fue uno de los momentos más grandes de la vida, la Gran Divisoria de toda una carrera, y seguí comiendo Nesselrode y Theobald siguió fumando agradablemente su cigarrillo e inspeccionando con aprobación sus uñas bien cuidadas.
Fue gracioso, pero me hizo sentir triste, desapegada y terriblemente sola en el mundo. Ahora puedo ver las cosas más claramente. Sé que ese estado de ánimo mío no fue el simple hijo del capricho. Mirando hacia atrás, puedo ver cómo Theobald había sido más crítico, más silenciosamente combativo, desde el momento en que bajé del Baltic. Me di cuenta, de repente, de que él había estado poniéndome a prueba secretamente. No diré que fue porque mi dote se había ido con las Minas de Nitrato, o que había descubierto que Duncan había cruzado en el mismo vapor conmigo, o que sabía que pronto me enteraría del episodio de L----. Pero estos huesos proféticos míos me decían que había problemas en camino. Y me sentí tan abandonada y desolada en espíritu que cuando Duncan me llevó a Westbury, en un coche de alquiler, para ver a los Great Neck First derrotados por los Meadow Brook Hunters, fui con la alegría despreocupada de una truhana a la que no le importa un bledo lo que pase. Dinky-Dunk estaba interesado en los ponis de polo, que, me explicó, no son una raza particular, sino que simplemente aparecen por accidente; porque él había criado y vendido monturas a los clubes de Coronado y San Mateo y a los chicos de la Caballería de la Ciudad de Filadelfia. Y le encantaba el juego. Era tan genuino, sincero y humano, mientras estábamos sentados allí, hombro con hombro, que no tuve ni un poco de miedo de él y supe que podíamos ser amigos, y no me importaron sus lapsos de silencio o sus zapatos ingleses con suela de extensión y su loca corbata londinense.
Y fui feliz, hasta que sonó la campana de la escuela, lo que tomó la forma del mensaje telefónico de Theobald al Ritz recordándome nuestra cita para cenar. Fue una cena terrible, porque intuitivamente sabía lo que se avecinaba, y él, con la misma intuición, sabía lo que se avecinaba, e incluso el camarero supo cuándo llegó, porque arrojé el anillo de Theobald directamente contra su imponente pecho alemán. No serviría de nada contarte, Matilda Anne, qué condujo a esa acción tan poco propia de una dama. No pretendo quemar incienso frente a mí misma. Puede haber parecido incorrecto. Pero sé que aceptarás mi palabra cuando digo que se lo merecía. Lo único que duele es que él tuvo el triunfo de ser el primero en romper las relaciones diplomáticas. En el lenguaje de Shorty McCabe y mis compatriotas, ¡me dejó plantada! Veinte minutos después, tras componer mi alma y empolvarme la nariz, estaba llamando por teléfono a toda la ciudad tratando de encontrar a Duncan. Lo conseguí al final, y vino al Ritz a toda prisa. Luego tomamos un viejo coche de caballos residual en la Quinta Avenida y fuimos traqueteando por Central Park. Allí, yo, que una vez me jacté de siete propuestas y tres veces ese número de intentos, le propuse matrimonio pronta y desvergonzadamente a mi Dinky-Dunk, ¡aunque él es demasiado caballero para jurar que es una mentira horrible y que habría luchado a través de un acre de fuego griego para conseguirme!
Pero pase lo que pase, el Conde Theobald Gustav Von Guntner me dejó plantada, y Dinky-Dunk me atrapó al rebote, y ahora, en lugar de ir a bailes de embajadas y hablar de política mundial como una heroína de la Sra. Humphry Ward, me he casado con el dueño de una cabaña que cultiva trigo en el Noroeste canadiense. ¡Y en lugar de llevar una tiara en el Gran Nivel del Metropolitan, estoy aquí arriba, un punto en la pradera, usando un delantal hecho de lino de carnicero! Sursum corda! Porque todavía estoy en el ruedo. Y no es fácil enamorarse y aterrizar sobre tus pies. Pero lo he hecho. He dado el gran salto. He hecho mi cama, como mi tío Carlton tuvo el valor de decirme, y ahora tengo que acostarme en ella. ¡Pero assez d'Etrangers!
Ese día de mi boda siempre lo recordaré como un día de olores, el olor de los cojines de los bancos en la iglesia vacía, el olor de los lirios de los valles, que la querida, dulce y alocada Fanny-Rain-In-The-Face (corrió a la ciudad una hora después de recibir mi telegrama) insistió en llevar, el olor del cuero en el taxi húmedo, el olor a tabaco del padrino de bodas, bastante imposible, de Dinky-Dunk, a quien recogieron en el hotel, sobre la marcha, para actuar como testigo, y el olor de los guantes nuevos de Dinky-Dunk mientras levantaba mi barbilla y me besaba de esa manera lenta, tierna, trágica y de fin del mundo que los hombres grandes y tímidos a veces tienen con las mujeres. Todo es una mezcla de olores.
Entonces Dinky-Dunk recibió el telegrama diciendo que podría perder su oportunidad en el Rancho Stuart, si no cerraba antes de que los intereses de Calgary se apoderaran de él. Y Dinky-Dunk quería ese rancho. Así que lo discutimos y en cinco minutos habíamos abandonado la idea de ir a Aiken y estábamos llamando por teléfono para reservar el camarote en el Montreal Express. Solo tuve cuatro horas para ir de compras, corriendo de un lado a otro en busca de libros de cocina, botas de golf, mantelería y un plato de frotamiento, y muchas otras cosas absurdas que pensé que necesitaríamos en el rancho. Y luego salimos volando hacia el Oeste, antes de que las treinta y seis orquídeas de boda de Dinky-Dunk, de Thorley's, que el pobre, extravagante y extasiado Dinky-Dunk compró, se hubieran marchitado y antes de que tuviera la oportunidad de mostrarle a Fanny mis camisones.
¿Estoy loca? ¿Está todo mal? ¿Amo a mi Dinky-Dunk? ¿Lo amo? ¡Dios sabe, Matilda Anne! Oh Dios, oh Dios, ¿si resulta que no lo amo, que no puedo? ¡Pero lo haré! ¡Sé que lo voy a hacer! Y hay otra cosa que sé, y cuando la recuerdo, envía una ola cálida y reconfortante por todo mi cuerpo: Dinky-Dunk me ama. Está loco como un sombrerero por mí. Merece ser amado a cambio. Y voy a amarlo a cambio. Ese es un voto que registro debidamente aquí. Voy a amar a mi Dinky-Dunk. Pero, oh, ¿no es maravilloso despertar el amor en un hombre, en un hombre fuerte? Ser capaz de arrastrarlo, de esa manera, en una marea que lo deja bastante pálido y con la voz temblorosa y los dedos inquietos, y parece encender un pequeño fuego luminoso en la parte posterior de sus globos oculares para que puedas ver las pupilas brillar, ¡como las de un animal cuando los faros de tu coche los golpean! ¡Es como tomar un fósforo y encender un incendio en la pradera y ver cómo las llamas se arrastran y se extienden hasta que los cielos rugen! ¿Me pregunto si soy egoísta? ¿Me pregunto? Pero no puedo responder a eso ahora, porque es la hora de la cena, ¡y tu Tabby tiene comida que preparar!
Sábado veintiuno
Estoy sola en la cabaña esta noche, y estoy decidida a no pensar en mis problemas. Así que voy a escribirte una resma, Matilda Anne, te guste o no. Y debo empezar hablándote de la cabaña misma, y de cómo llegué aquí. Durante todo el camino desde Montreal, Dinky-Dunk, a su manera amable, hizo todo lo posible por calmarme y hacer que no esperara demasiado. Pero yo le tomaba la mano, debajo de la revista que pretendía leer, y silbaba Home, Sweet Home! Él seguía diciendo que sería difícil, durante el primer o segundo año, y que habría una cantidad terrible de cosas que seguro extrañaría. ¡Ámame y el mundo es mío!, tarareaba, mientras me apoyaba contra su hombro grande y ancho. Y me quedé allí sonriendo y feliz, ciega a todo lo que tenía delante, y solo me reí cuando Dinky-Dunk me preguntó si todavía diría eso cuando descubriera que no había un rallador de nuez moscada a menos de siete millas de mi cocina.
—¿Me amas? —le pregunté, aferrándome a él justo delante del mozo del vagón.
—¡Te amo más que a cualquier otra cosa en este vasto mundo! —fue su respuesta lenta y solemne.
Cuando salimos de Winnipeg, también intentó explicarme qué tipo de choza tan sencilla tendríamos que aguantar durante uno o dos años, y cómo no sería mucho mejor que vivir de campamento, y cómo sabía que yo era de una pieza y que le ayudaría a ganar esa primera batalla del año. No hubo nada de desalentador para mí en la idea de vivir en una cabaña de la pradera. Por supuesto, nunca supe exactamente cómo sería, y no tenía forma de saberlo. Recordaba la pequeña y encantadora granja de Chinkie en Sussex, y había estado una semana en la finca de los Westbury en Long Island, con sus jardines en terrazas, sus invernaderos y sus caminos macadamizados. Y, en conjunto, esperaba una mezcla entre un pabellón de caza y un chalet suizo, un nido de hogar tan pequeño que resultara adorable, con una rosa trepadora cubriendo la fachada y un manantial de cristal burbujeando en la puerta trasera; una pequeña isla florida en la pradera donde pudiéramos jugar a la familia Robinson suiza y salir a cazar urogallos y perdices nival a nuestro antojo.
¡Bueno, esa choza no era exactamente lo que esperaba! Pero no debo adelantarme a mi historia, Matilda Anne, así que volveré al momento en que Dinky-Dunk y yo bajamos del tren de pasajeros en Buckhorn, con nuestros equipajes, baúles, bolsos y maletas. Y apenas se habían amontonado en el andén de madera cuando el agente de la estación vino corriendo hacia Duncan con una hoja amarilla en la mano. Y Duncan parecía preocupado mientras la leía, y dejó de hablar con su hombre llamado Olie, que estaba allí junto al andén, con un gran sombrero Stetson manchado de sudor, con una gran yunta enganchada a un gran vagón con paja en el fondo de la caja.
Olie, me dije al instante, era sueco. Era uno de los hombres más feos que he visto en mi vida, pero después descubrí que su rostro se había congelado en una ventisca, años atrás, y su nariz se había partido. Esto lo había desfigurado, y el trabajo quedó hecho para toda la vida. Sus ojos eran grandes y azul pálido, y su pelo y sus cejas eran de un amarillo pálido. Era el hombre más silencioso que jamás haya visto. Pero Dinky-Dunk ya me había dicho que era un gran trabajador y un buen tipo en el fondo. Y cuando Dinky-Dunk dice que confiaría en un hombre, contra viento y marea, debe haber algo bueno en ese hombre, sin importar cuán bulbosa sea su nariz o cuán asustado se vea cuando una mujer le habla. Olie parecía más asustado que nunca cuando Dinky-Dunk corrió de repente hacia donde el revisor del tren estaba junto a los escalones de su vagón, le pidió que retuviera ese tren medio minuto, sacó su maleta de debajo de mi pila de equipajes y me agarró a mí, a su pequeña, en sus brazos.
—¡Rápido —dijo—, adiós! Tengo que ir a Calgary. Hay problemas con mis registros.
Me colgué de él por puro instinto. —¿No me vas a dejar aquí, Dinky-Dunk, en medio de este desierto? —exclamé, mientras el revisor, el guardafrenos y el agente de la estación llamaban, gritaban y clamaban para que Duncan se diera prisa.
—Olie te llevará a casa, querida —intentó asegurarme Dinky-Dunk—. ¡Estarás allí para medianoche, y yo volveré para el sábado por la tarde!
Empecé a sollozar. —¡No te vayas! ¡No me dejes! —le supliqué. Pero el revisor simplemente lo arrancó de mis brazos y lo empujó a bordo del extremo del último coche. Le hice una mueca a un hombre gordo que me miraba por una ventana. Me quedé allí, mientras el tren empezaba a moverse, sintiendo que se llevaba mi corazón con él.
Entonces Dinky-Dunk le gritó a Olie, desde la plataforma trasera: —¿Recibiste mi mensaje y pintaste la choza? Y Olie, con mi manta de viaje en la mano, solo puso cara de extrañeza y respondió: "No". Pero ni siquiera creo que Dinky-Dunk lo oyera, pues estaba ocupado lanzándome besos. Me quedé allí, al borde del andén, viendo cómo ese solitario último vagón se desvanecía en la solitaria línea del horizonte. Luego me sequé los ojos, respiré profundamente con un temblor, y dije en voz alta, como Birdalone Pebbley dijo que hizo Shiner cuando yacía herido en el campo de Magersfontein: —"Squealer, squealer, ¿quién es un squealer?"
Encontré la gran caja del vagón llena de nuestras cosas y a Olie sentado allí esperando, observándome con un asombro mudo pero respetuoso. Olie, de hecho, todavía no se ha acostumbrado a mí. Es un buen tipo, a su manera tosca y poco articulada, y no hay nada que no hiciera por mí. Pero soy una novedad para él. Sus ojos azul pálido parecen asustados y se sonroja cuando le hablo. Y me estudia en secreto, como si fuera un dromedario, o un arcángel, o un juguete mecánico cuyo mecanismo interno lo dejara perplejo. Pero ayer descubrí a través de Dinky-Dunk cuál era el probable secreto de la mistificación de Olie. Era mi sombrero. —"It ban so dam' foolish!" —confesó fervientemente.
Aquel viaje en vagón desde Buckhorn hasta el rancho pareció interminable. Pensé que estábamos viajando hasta el Polo Norte. Al principio había lo que se podría llamar un camino, recto y profundamente desgastado, entre líneas paralelas de cercas de alambre de espino. Pero este camino pronto se convirtió en nada más que un sendero, un sendero interminable que se curvaba suavemente y que se extendía como una cinta a través del suelo de la pradera hasta donde alcanzaba la vista. Fue una tarde gloriosa, uno de esos días de otoño de arco azul y opalino en los que debería haber sido una alegría simplemente estar vivo. Pero yo estaba de un humor antagonista, y las pequeñas casas de granja que de vez en cuando se alzaban contra el horizonte me hacían sentir sola, y el traqueteo del pesado vagón me cansaba, y a las seis de la tarde tenía tanta hambre que me dolían las costillas. Llevábamos entonces casi cinco horas en el camino, y Olie me informó con calma que faltaban solo unas pocas horas más. Refrescó bastante cuando el sol se puso, y tuve que desatar mi manta de viaje y envolverme en ella. Y seguimos adelante. Parecía como estar en el mar, con una luz de vez en cuando, a kilómetros y kilómetros de distancia. Algo aulló tristemente en la distancia, y me dio escalofríos. Olie me dijo que era solo un coyote. Pero seguimos, y mis costillas dolían más que nunca.
Entonces di un grito que casi asusta a Olie fuera del asiento, porque recordé la caja de bombones que habíamos tenido en el tren. Nos detuvimos y encontramos mi bolso, encendimos cerillas y lo registramos. Luego di un segundo grito más lúgubre, pues recordé que Dinky-Dunk lo había metido a la fuerza en su maleta en el último momento. Luego continuamos de nuevo, conmigo siendo una mujer india envuelta en su manta. Debo haberme quedado dormida, pues desperté con un sobresalto. Olie se había detenido en un pantano para dar de beber a su yunta, y dijo que llegaríamos a casa en otra hora o dos. Cómo encontró su camino a través de esa pradera, solo el Cielo lo sabe. Ya no me preocupaba. Estaba demasiado cansada para pensar. El aire libre y el balanceo y traqueteo me habían cloroformado hasta la insensibilidad. Olie podría haber conducido por el borde de un cañón y yo nunca lo habría detenido.
En lugar de caer en un cañón, sin embargo, exactamente a diez minutos para las doce nos detuvimos junto a la puerta de la choza, que había quedado sin llave, y Olie entró y encendió una lámpara y acercó una cerilla al fuego ya preparado en la estufa. No recuerdo haberme bajado del asiento del vagón y no recuerdo haber entrado en la choza. Pero cuando Olie regresó de guardar su yunta, yo estaba profundamente dormida en un lujoso diván hecho de una piel de novillo algo maloliente estirada sobre dos delgados cedros sobre cuatro pequeñas patas de cedro, con una bolsa llena de agujas de pino en la cabecera. Me quedé allí mirando a Olie, en una especie de sopor. Me sorprendió lo rápido que podía moverse su gran cuerpo desgarbado, y lo diestras que podían ser sus grandes manos quemadas por el sol.
Entonces, tan afilado como una flecha a través de una cortina de terciopelo, llegó el olor a tocino a través de mi somnolencia. Y era un aroma celestial. Ni siquiera me lavé. Comí tocino con huevos, bizcochos tostados y mermelada de naranja y café, este último con leche condensada, que detesto. No sé cómo llegué a mi cama, o me quité la ropa, o dónde durmió el digno Olie, o quién apagó la luz, o si la puerta había quedado abierta o cerrada. Nunca supe que la cama era dura, o que los coyotes estaban aullando. Solo sé que dormí durante diez horas seguidas, sin darme la vuelta, y que cuando abrí los ojos vi un gran cuadrado de luz solar dorada bailando en las tablas de pino sin pintar de la pared de la choza. Y la parte divertida de todo ello, Matilda Anne, es que no tuve el dolor de cabeza terrible que tan dolorosamente había profetizado para mí misma. En lugar de eso, me sentí llena de energía. Empecé a cantar mientras me ponía las medias. Y de repente recordé que tenía mucha hambre otra vez.
Abrí la ventana a mi lado, pues estaba sobre bisagras, y asomé la cabeza. Pude ver un corral, y un edificio largo y bajo que supuse eran los establos del rancho, y otro edificio de aspecto más nuevo con techo de metal, y varias pilas de heno rodeadas por una cerca, y una hilera de graneros portátiles. Y más allá de esto se extendía la pradera abierta, ilimitada y hermosa bajo la clara luz del sol de la mañana. Sobre ella se arqueaba un cielo del color de un huevo de petirrojo, fundiéndose en ópalo y oro pálido hacia el borde del mundo. Respiré bocanadas de aire claro, seco y ozónico, y realmente creo que me dejó un poco ligera de cabeza, era tan estimulante, tan lleno de las burbujas invisibles de la vida.
Necesitaba ese estimulante etéreo, Matilda Anne, antes de mirar con calma y espíritu crítico nuestra choza. ¡Oh, esa choza, esa choza! ¡Qué bajada a la tierra fue para tu afligida Chaddie! En primer lugar, no parecía más grande que el camarote de un barco, y ni la mitad de ordenado. Está hecha de madera, no de troncos, y mide unos doce pies de ancho y dieciocho de largo. Tiene tres ventanas, sobre bisagras, y una sola puerta. El suelo es bastante tosco, y tiene una trampilla que conduce a un pequeño sótano, donde se pueden guardar verduras para el invierno. El extremo de la choza está cerrado por una "tarp", que acabo de descubrir que es la abreviatura de lona. En otras palabras, la privacidad de mi dormitorio está asegurada por nada más sustancial que una cortina de lona, cerrando mi tocador, donde nunca podría hacer pucheros con éxito, de la sala de estar más grande.
Esta sala de estar es también la cocina, el lavadero, el costurero, la sala de recepción y la biblioteca. Tiene una buena y gran cocina económica, que quema tanto leña como carbón, un armario empotrado con una colección de platos de cerámica indeciblemente feos, una hilera de estantes para guardar latas, libros y revistas, utensilios de cocina, cartuchos de escopeta, botes de tabaco, herramientas de carpintero y una lámpara de queroseno. También hay una mesa de pino sencilla, algunas sillas, una mecedora que claramente ha sido hecha a mano, y un barril de harina. Fuera de la puerta hay un banco de madera ancho sobre el que se apoya un gran lavabo de estaño y un trozo de jabón en una lata de sardinas que ha sido perforada con agujeros a lo largo del fondo. Sobre él colgaba una toalla de rodillo que parecía algo desgastada. ¡Y ese iba a ser mi hogar, mi única morada, durante años y años! ¡Ese pequeño cubículo de ojo de gato de lugar!
Me senté sobre una tina de lavar invertida a unos veinte pasos de la choza, y la estudié con ojos tranquilos y reflexivos. Parecía infinitamente peor desde el exterior. La razón de esto era que el revestimiento de tablas se había cubierto primero con papel de alquitrán, por el bien del calor, y sobre esto se habían clavado trozos de estaño, estaño de todos los colores, tamaños y descripciones. Parte de ello era tubería de estufa aplanada, y parte eran obviamente los lados de latas de tomate. Incluso botes de tabaco de estaño y envases de mermelada Dundee y los fondos de viejos moldes de horno y los costados de una vieja caldera de lavar habían sido unidos y clavados pacientemente sobre los lados de esa choza. Debió de llevar semanas y semanas hacerlo. Y de repente me pareció algo conmovedor, algo con el toque virgiliano de las lágrimas en ello. Parecía tan lleno de historia, tan elocuente de los trágicos recursos a los que deben recurrir los hombres en la pradera. Parecía patético. Me hizo un nudo en la garganta. Sin embargo, ese Abrigo de José de metal era un trozo de trabajo hecho con esmero. Todo lo que necesitaba era una o dos capas de pintura, y se parecería menos a una colcha de retazos solidificada en una propiedad. Y de repente recordé la pregunta de Dinky-Dunk gritada a Olie desde el extremo del vagón, y supe que se había apresurado a enviar un mensaje para que ese trabajo de estañado revelador fuera pintado antes de que me ocurriera echarle un vistazo.
Como Olie había desaparecido de la escena y no se encontraba por ninguna parte, entré y preparé mi propio desayuno. Fue la cena otra vez, solo que hice huevos revueltos en lugar de fritos. Y durante todo el tiempo que estuve comiendo esa comida, estudié las paredes de la choza e hice nota mental de lo que debería cambiarse y lo que debería hacerse. Había tanto, que me abrumó bastante. Me senté a la mesa, llena de platos sucios, preguntándome por dónde empezar. Y entonces la vista infinita de todo ello se abrió repentinamente ante mí. Me volví nerviosamente consciente del silencio ininterrumpido que me rodeaba, y me di cuenta de lo diferente que debía ser esta nueva vida de la antigua. Parecía la muerte misma, y se apoderó de mis nervios, y supe que iba a hacer el ridículo la primera mañana en mi nuevo hogar, en mi hogar y el de Dinky-Dunk. Pero me negué a rendirme. Hice algo que me sobresaltó un poco, algo que no había hecho en años. Me puse de rodillas al lado de esa silla de madera sencilla y recé a Dios. Le pedí que me diera fuerzas para evitar ser una cobarde y hacerme una esposa digna del hombre que me amaba, y guiarme en el camino de traer felicidad al hogar que iba a ser nuestro. Luego me arremangué, me até una toalla facial sobre la cabeza y me puse a trabajar.
Fue una limpieza real, puedo decírtelo. Por la tarde tuve a Olie de rodillas fregando el suelo. Cuando terminó de lavar las ventanas le hice buscar un rastrillo de jardín y limpiar la basura que ensuciaba el patio. Cubrí las ventanas con cortinas de cretona, e hice que Olie clavara dos estantes en una caja de embalaje y luego la llevara a mi tocador detrás de la cortina de lona. Sobre esta caja clavé cretona fresca (pues la choza no poseía una cosa tan femenina como un tocador) y sobre ella puse mi espejo plegable y mi reloj de viaje Tiffany y todos mis tontos y brillantes artículos de tocador de plata. Luego clavé fotografías e impresiones de revistas sobre las paredes de madera desnudas, y decidí que antes de que llegara el invierno esas paredes estarían pintadas y empapeladas, o sabría la razón. Luego aireé la ropa de cama y el colchón, y desempaqué mis sábanas de lino nuevas y las ridículas fundas de almohada con dobladillo que tan frenéticamente había buscado por la ciudad, y guardé mis cosas en los estantes de la caja, e hice que Olie golpeara hasta el cansancio las almohadas bien asoleadas, y volví a hacer la cama cuidadosamente.
Y luego me puse con la sala de estar. Y no fue una tarea fácil, reorganizar esos horribles estantes y asegurarme de no tirar cosas que Dinky-Dunk podría querer más adelante. Pero la carnicería fue grande, y toda la tarde el humo subió al cielo desde mis fuegos de destrucción. Y cuando terminó, le dije a Olie que saliera a dar un buen paseo, pues tenía intención de bañarme. Lo cual hice en la tina de lavar, con mucha alegría y mi último trozo de jabón Roger-and-Gallet. Y tuve que gritarle al pobre Olie que andaba por ahí durante media hora antes de poder convencerlo de que viniera a cenar. E incluso entonces llegó tarde, con innumerables dudas y pausas, como si una dama lo suficientemente temeraria como para darse un baño estuviera para siempre tabú para la raza humana. Y cuando finalmente se aventuró a entrar por la puerta, con los ojos redondos y sonrojándose de un color rojizo intenso, se quedó boquiabierto ante mi blusa blanca y mi pequeño delantal blanco con esa admiración silenciosa pero elocuente que no podía dejar de calentar los corazones de la ama de casa más impasible.
Lunes, día veintitrés
Mi Dinky-Dunk ha vuelto, ¡y oh, la diferencia para mí! Me repetía que estaba demasiado ocupada para echarlo de menos. Vino el sábado por la noche mientras me preparaba para acostarme. Había estado observando el sendero de vez en cuando, durante todo el día, y a las nueve de la noche ya lo había dado por perdido. Cuando lo oí gritar a Olie, corrí hacia él, con solo la mitad de mi ropa puesta, y casi mato de un susto a Olie y a un hombre desconocido, que había llevado a Dinky-Dunk a casa. ¡Cómo abracé a mi esposo! Mi esposo, me encanta escribir esa palabra. Y cuando lo tuve dentro lo tuvimos todo de nuevo. Era como un niño grande y crecido. Y puso la mesa entre nosotros, para tener oportunidad de hablar. Pero ni siquiera eso funcionó. Ahogó mi risa en besos, y me sostuvo cerca de él y dijo que yo era maravillosa. Luego intentábamos volver a la tierra otra vez, y hablar sensatamente, y entonces había otro abrazo mortal. Dinky-Dunk dice que soy peor que él. —"Por supuesto que todo se acaba para un hombre —confesó—, cuando te ve venir hacia él con ese estilo de nado australiano tuyo!"
Por lo cual hice lo mejor que pude para romperle las costillas flotantes. Solo el Cielo sabe lo tarde que hablamos esa noche. Y Dinky-Dunk tenía un paquete de sorpresas para mí. La primera era una lámpara de lectura de bronce. La segunda era una alfombra pequeña y suave para el dormitorio, solo una Axminster, pero muy aceptable. La tercera era un par de zapatillas Julieta, forradas de piel, y océanos demasiado grandes para mí. Y Dinky-Dunk dice que para el martes tendremos dos vacas lecheras, parte Jersey, en el rancho, y dentro de una semana una caja de gallinas será nuestra. Entonces no pude evitar llevar a Duncan al inventario que había hecho de lo que teníamos, y la lista, en el lado opuesto, de lo que teníamos que tener. Lo segundo bajo el encabezado de "Necesidades" era "lámpara", lo quinto era "alfombra de dormitorio", lo decimotercero era "gallinas", y lo siguiente era "vaca". Creo que estaba bastante asombrado por la longitud de esa lista de "necesidades", pero dice que tendré todo lo razonable. Y cuando se calmó un poco, y notó los cambios en la sala de estar y luego entró e inspeccionó el dormitorio, se puso muy serio de repente. Me preocupó.
—Lady Bird —dijo, tomándome en sus brazos—, esta es una vida bastante dura en la que te he atrapado. Tendrá que ser dura durante uno o dos años, pero ganaremos, al final, ¡y supongo que valdrá la pena la lucha!
Dinky-Dunk es un encanto. Le dije que por supuesto ganaríamos, pero que no le sería de mucha utilidad al principio. Tendría que ser domada y acostumbrada a la brida.
—Pero, oh, Dinky-Dunk, pase lo que pase, ¡siempre debes amarme! —y me imagino que nadé hacia él con mi brazada australiana de nuevo. Todo lo que recuerdo es que nos quedamos dormidos en los brazos del otro. Y como empecé a decir y olvidé terminar, había echado de menos a mi Dinky-Dunk más de lo que imaginaba, esos últimos días. Después de esa noche ya no fue solo una choza. Fue "Hogar". Hogar, ¡es una palabra tan hermosa! Debe significar mucho para cada mujer. Y me quedé dormida diciéndome a mí misma que era la palabra más encantadora del idioma inglés.
Por la mañana me escabullí de la cama antes de que Dinky-Dunk despertara, pues el desayuno sería nuestra primera comida en casa y quería que fuera una decente. Der Mensch ist was er isst —así que debo alimentar a mi señor y dueño con lo mejor de la tierra. En consecuencia, añadí una cucharada extra de nata a los huevos revueltos y dos huevos enteros al café, para asegurar que quedara completamente transparente. Luego, sintiéndome como Van Roon cuando Berlín le declaró la guerra a Francia, levanté a Dinky-Dunk, lo obligué a lavarse y lo senté en pijama y con su vieja y harapienta bata.
—Supongo —dije al ver sus ojos vagar por la mesa—, que te sientes exactamente como un ostra-hombre que acaba de abrir su ostra Blue-Point y ha metido el filo del cuchillo bajo la concha. ¡Y el siguiente tirón te dirá exactamente qué clase de ostra tienes!
Dinky-Dunk me sonrió mientras untaba mantequilla en su tostada, bien caliente tras salir de la estufa. —Bueno, Lady Bird, ¡de todas formas tú no eres del tipo que necesita pimentón! —anunció mientras empezaba a comer. Y comió como una boa constrictor, se dio palmadas en el pecho del pijama y anunció estentóreamente que había elegido a una reina —solo que pronunció "kaveen", al estilo de nuestro pobre y viejo Olie, el sueco.
Como era domingo, pasamos la mañana explorando el lugar. Dinky-Dunk me llevó a ver los establos, los pajares y los graneros —que acababa de impermeabilizar para que no hubiera más grano estropeado en aquella granja—, el "agujero fresco" que solía usar antes de que se construyera el sótano, y las ruinas de la choza de césped donde vivió el primer colono que fue dueño de aquellas tierras. Luego me enseñó el nuevo barracón para los hombres, que Olie está terminando en su tiempo libre. Parece mucho mejor que nuestra propia choza, al ser de madera cepillada. Pero Dinky-Dunk es fiel a la choza y dice que está realmente mejor construida y que es la más cálida del Oeste, como descubriré antes de que el invierno termine.
Luego nos detuvimos ante la bomba y Dinky-Dunk hizo una confesión. Cuando compró aquel rancho por primera vez, no había agua en la choza, salvo la que podía recoger del tejado. Había que traer agua desde kilómetros de distancia y, además, era turbia y salada. Solían llamarla "sopa de topillo". Esta falta de agua siempre le preocupaba, dijo, porque las mujeres siempre quieren agua, y a raudales. Fue el año anterior, después de dejarme en Banff, cuando se decidió a conseguir agua. Fue un trabajo duro cavar ese pozo y, hasta casi el último momento, prometía ser un pozo seco. Pero cuando dieron con el agua, dice Dinky-Dunk, decidió en su alma que me tendría, si es que podía tenerme. Era agua digna de una reina. Y él quería a su reina. Pero, por supuesto, incluso las reinas deben estar bien lavadas y bien aseadas. Dijo que no durmió en toda la noche tras descubrir que el agua estaba allí. Estaba demasiado feliz; simplemente se dedicó a vagar por la pradera, cantando para sí mismo.
—¿Así que estabas bastante seguro de mí, Kitten-Cats, incluso entonces? —pregunté.
Me miró con sus solemnes ojos escoceses-canadienses. —No estoy seguro de ti ni siquiera ahora —fue su respuesta. Pero le hice retractarse.
Es bastante curioso cómo Dinky-Dunk consiguió este rancho, que solía llamarse el Rancho Cochrane, pues incluso detrás de este pequeño y tranquilo hogar nuestro hay un toque de tragedia. Hugh Cochrane fue uno de los topógrafos de Dinky-Dunk cuando empezó a trabajar en el ferrocarril en Columbia Británica. Hugh tenía un hermano menor, Andrew, que era bastante salvaje y había sido traído aquí y plantado en la pradera para mantenerlo alejado de los problemas. Una noche de invierno cabalgó casi cincuenta kilómetros hasta un baile (aparentemente hacen eso aquí y no le dan importancia) y, en lugar de volver a casa a las cinco de la mañana con los demás, visitó a un contrabandista de whisky que operaba un antro clandestino. Allí adquirió mucho más whisky del que le convenía y se perdió en el camino. Eso significó que sufrió graves congelaciones y probablemente perdió el juicio antes de llegar de vuelta a la choza. No fue capaz de mantener el fuego, por supuesto, ni de hacer nada por sí mismo, y supongo que el pobre chico simplemente murió congelado. Estaba solo allí, y pasaron semanas y semanas antes de que encontraran su cuerpo. Pero la parte más espeluznante de todo es que sus caballos habían sido estabulados, atados en sus puestos sin comida. Los encontraron a todos muertos, pobres bestias. Incluso se habían comido las tablas de madera de las que estaban hechos los pesebres. Hugh Cochrane no pudo superarlo y estaba a punto de vender el rancho por mil cuatrocientos dólares cuando Dinky-Dunk se enteró, intervino y compró toda la media sección. Luego compró la propiedad de McKinnon, una media sección al norte de esta, después de que McKinnon perdiera todos sus edificios por ser demasiado descuidado para hacer un cortafuegos. Y cuando terminó el trabajo ferroviario, Dinky-Dunk se dedicó al cultivo de trigo. Es un gran creyente en el trigo. Dice que el trigo significa riqueza en este país. Algunos lo llaman "minero de tierras", dice, pero cuando le den la oportunidad de hacer las cosas como él quiere, les demostrará quién tiene razón.
Miércoles veinticinco
Dinky-Dunk y yo hemos estado haciendo planes. Ha prometido construir un anexo a la choza, una ala en el lado norte, para que yo pueda tener un almacén y un armario para la ropa en un extremo y una habitación de invitados en el otro. Y voy a tener una máquina de coser y una amasadora, y el apestoso diván de piel de novillo será desterrado al barracón. Y Dinky-Dunk dice que debo tener un pinto, un caballo de montar, tan pronto como pueda echarle el guante al animal adecuado. Más adelante dice que debo tener ayuda, pero aquí en el Oeste las mujeres son difíciles de conseguir y aún más difíciles de retener. Son arrebatadas por solteros solitarios como Dinky-Dunk. Ni siquiera pueden evitar que las maestras de escuela (en su mayoría chicas de Ontario) se casen. Pero yo no quiero a una mujer por aquí, no por unos meses todavía. Quiero a Dinky-Dunk solo para mí. ¡Y la libertad de un aislamiento como este es un lujo! Ser simplemente uno mismo, en la civilización, es un lujo, es el mayor lujo del mundo, y también el más caro, lo he descubierto con pesar.
Aquí fuera, no tiene sentido ser otra cosa que uno mismo. ¡La vida es tan sencilla y honesta, tan vuelta a los principios fundamentales! Hay alegría en la idea de deshacerse de toda la basura sublimada de la vida urbana. Yo solo soy una mujer; y Dinky-Dunk solo es un hombre. Tenemos un techo, una cama y un fuego. Eso es todo. ¿Y qué hay realmente después de eso? Tenemos que comer, por supuesto, pero realmente vivimos bien. Hay toda la caza que queremos, especialmente patos salvajes y urogallos de las praderas, por no hablar de las liebres. Dinky-Dunk sale y los caza a medida que los necesitamos. Conseguimos nuestra ternera y carne de vacuno por cuartos, pero no se conserva bien hasta que el clima refresca, así que pongo lo que no necesitamos en salmuera y lo uso para hervir. No tenemos fruta fresca, pero incluso los melocotones evaporados pueden estofarse de manera que resulten apetitosos. Y como tuve el buen juicio de traerme nada menos que tres libros de cocina, de Brentano's, soy capaz de intentar platos cada vez más elaborados.
Olie tiene un cuadrado cercado con alambre donde cultivaba remolachas, zanahorias, cebollas, nabos y las patatas más grandes que he visto. Estas se almacenarán en fosos antes de que lleguen las heladas fuertes. Conseguimos nuestra mantequilla y manteca por cubos, y nuestra harina por sacos, pero conseguir las cosas en grandes cantidades a veces tiene sus inconvenientes. Cuando examiné la caja de avena, encontré gorgojos en ella y tiré inmediatamente toda esa avena. Dinky-Dunk, al entrar desde el corral, contempló el montón con asombro y ojos redondos. —¡Tiene gusanos! —le grité. Tomó un puñado y lo miró con trágica tristeza. —Vaya, yo comí gorgojos todo el invierno pasado —observó con tono de reproche. Dinky-Dunk, con su ascendencia escocesa, adora sus gachas. Así que tendremos que conseguir cien libras, garantizadas estrictamente deshabitadas, cuando vayamos en carreta a Buckhorn.
¡Los hombres son divertidos! Una mujer nunca conoce realmente a un hombre hasta que ha vivido con él y día a día ha descubierto sus pequeñas idiosincrasias. Puede parecer cercana a él en aquellos primeros días de romance, pero nunca llega a conocerlo realmente, ¡ni más ni menos que un gorrión en un cable telegráfico conoce el código Morse que vibra bajo sus patas! Los hombres tienen tantas pequeñas manías y giros, incluso los mejores de ellos. Puse hule en una caja de zapatos y la cubrí con chintz, y arreglé un lugar para que Dinky-Dunk se lavara en el dormitorio cuando entra al mediodía. Por la noche sabía que sería imposible, pues ha construido un pequeño lavadero con lona vieja de encuadernadora clavada en cuatro postes, y allí Olie y él se desnudan cada atardecer y se salpican con cubos de agua de pozo. Dinky-Dunk está limpio, sea lo que sea, pero pensé que se vería más civilizado si realizara sus limitadas abluciones del mediodía en el dormitorio. Lo hizo durante un día, en silenciosa meditación, y luego escabulló los utensilios de aseo de vuelta al viejo y destartalado banco fuera de la puerta. Dijo que ahorraba tiempo.
Entre otras cosas vitales, he descubierto que Dinky-Dunk odia la tostada quemada. Ayer por la mañana, Matilda Anne, me quedé pensando en Corfú, en Ragusa y en ti, y supongo que se quemó un poco por los bordes. Así que le besé la oreja y le dije que el carbón le blanquearía los dientes. Pero se levantó y salió con una expresión del tipo "por este camino se llega a la locura", y me sentí desgraciada todo el día. Así que esta mañana fui más cuidadosa. Hice la tostada en su punto exacto. —¡Festín, oh Kaikobad, con la más rubia de las tostadas! —dije mientras hacía una reverencia y le entregaba el plato. Arrugó un poco la frente ante el aguijón de esas palabras, pero no pudo evitar sonreír. Además, Dinky-Dunk siempre se enjabona el dorso de la mano para lavarse la espalda y alcanzar bien arriba. Yo también. Y en las mañanas frías, él dice: "¡Uno, dos, tres, la abeja abejorro!", antes de saltar de la cama, y yo imaginaba que era la única adulta en todo el ancho mundo que todavía utilizaba esa tonta rima. Y el otro día, cuando estaba acalorado y cansado, lo encontré bebiendo un cazo lleno de agua fría recién sacada del pozo. Así que dije:
—¡Muchos hombres han ido a su sarcófago por verter agua fría en un cálido esófago!
Cuando le recité esa rima, se giró como si le hubieran disparado. —¿Dónde has oído eso alguna vez? —preguntó. Le dije que eso era lo que Lady Agatha siempre me decía cuando me pillaba bebiendo agua helada. —Pensé que era el único hombre en el mundo que conocía ese loco pareado antiguo —confesó, y me persiguió por la choza con el resto del cazo, para evitar enfriar su barriga, explicó. Además, a Dinky-Dunk y a mí nos gusta poner apodos a las cosas. Él me llama "Lady Bird", "Gee-Gee", a veces "Honey", "Boca Chica" y "Tabby". Y yo lo llamo Dinky-Dunk, "The Dour Maun" (el hombre hosco) y "Kitten-Cats" (gatito), aunque por alguna razón u otra odia este último nombre. Creo que siente que es una afrenta a su dignidad. Y a ningún hombre le gusta un rastro de burla en una mujer. Pero los nombres de Dinky-Dunk nacen del afecto y lo amo por ellos.
Incluso los caballos del rancho han sido marcados con nombres. Están "Slip-Along", "Water Light", "Bronk", "Patsy Crocker", "Pick and Shovel" y "Tumble Weed", y otros que no recuerdo en este momento. Y descubro que estoy adquiriendo algunos de los pequeños hábitos de Dinky-Dunk y cayendo en el truco de ver las cosas desde su punto de vista. ¿Me pregunto si los esposos y las esposas realmente llegan a ser iguales? Hay momentos en que Dinky-Dunk parece saber exactamente lo que estoy pensando, pues cuando habla dice exactamente lo que yo iba a preguntarle. Y es inexorable en su creencia de que el zapato derecho de uno siempre debe ponerse primero. ¡Yo también!
Jueves veintiséis
Dinky-Dunk anda algo corto de dinero en efectivo. Es lo que llaman "pobre de tierras" aquí. Tiene grandes planes, pero no mucho dinero. Así que tendremos que ser frugales. Había decidido realizar cambios vastos y repentinos en este hogar, pero tendré que recoger velas un poco. Afortunadamente, me quedan casi doscientos dólares de mi propio dinero, y nunca se lo he mencionado a Dinky-Dunk. Así que casi todas las noches estudio los anuncios de las revistas y el catálogo de la casa de pedidos por correo de Winnipeg. Cada noche añado algo a mi lista de "Necesidades" y luego vuelvo atrás y tacho algunos de los primeros, por ser demasiado extravagantes, pues la longitud de mi lista casi me provoca un ataque al corazón. Y mientras me siento allí pensando en lo que tengo que prescindir, envidio a las mujeres que he conocido en otros tiempos, las mujeres con todo su lino blanco, su cristal tallado, su cubertería, sus alfombras de oración, sus habitaciones de época, sus baños de azulejos blancos y su maquinaria para hacer la vida tan cómoda y tan fácil. Las envidio. Guardo mi lista y me voy a la cama envidiándolas. Pero, oh, duermo tan profundamente y me despierto tan llena de energía, tan ansiosa por ponerme con el trabajo del día siguiente, tan contenta de ver que poco a poco estoy dejando las cosas más ordenadas. No deja espacio para el arrepentimiento. Y siempre está el futuro, el mañana más feliz hacia el que se dirigen nuestros pensamientos. Vuelvo a pensar en la ciudad, en los cientos de mujeres que conozco yendo como cientos de ardillas locas en su loca cinta de correr de diversiones, y en los miles y miles de mujeres que trabajan sin esperanza, siguiendo en la misma vieja rutina día tras día, encerradas en pequeños apartamentos y habitaciones traseras, con mal aire, mala comida y mala circulación, mientras yo tengo todo el exterior de Dios para vagar y puedo sentir los ríos cantores de la salud en mis venas. Y aquí esquivo mi voluntario Cantar de los Cantares, porque tienen una cosa que sí echo de menos, y es la música. ¡Ojalá tuviera un piano de pared, o un piano de cola, o un Welte Mignon! ¡Ojalá tuviera cualquier tipo de piano viejo! ¡Ojalá tuviera un acordeón, o una ocarina, o incluso un arpa de boca!
Pero, ¿qué sentido tiene desear lujos cuando ni siquiera tenemos un abrelatas? ¡Dinky-Dunk dice que ha usado un hacha durante más de un año! Y nuestra única tostadora es un tenedor de cocina atado al extremo de un listón. Incluso vi a Dinky-Dunk pasar media hora enderezando clavos viejos sacados de una de nuestras cajas de envío. Y el único colador que tenemos fue hecho con una bandeja de leche agujereada con orificios perforados en el fondo. Y no tenemos olla doble, ni cuenco para mezclar, ni cortador de rosquillas. Cuando le dije ayer a Dinky-Dunk que nos estábamos quedando sin jabón, dijo que construiría una lixiviadora de cenizas de madera, conseguiría sebo de res y haría jabón blando. Le pregunté cuánto tiempo querría besar una mejilla suave que hubiera sido lavada con jabón blando. Dijo que seguiría besándome aunque yo fuera una momia encurtida en betún. Pero prefiero no arriesgarme demasiado al proceso de encurtido.
Lo que me recuerda el hecho de que encuentro mi cabello una molestia terrible, sin Hortense para luchar con él cada mañana. Como sabes, es tan grueso como una cuerda y tan largo como mi brazo. Me duele el tiempo que lleva cuidarlo, y algo como un buen champú es un evento al que acercarse con inquietud y para el que prepararse con celo. "¡Maldita sea mi belleza!", creo que voy a cortarme esa lana. Pero en cada ocasión en que tengo la mente casi decidida experimento uno de los momentos de "perrito" del Sr. Polly. Lo que me hace dudar es el pensamiento de que Dinky-Dunk podría odiarme por el resto de sus días. Y ahora que nuestra aristocracia de grandes almacenes parece tener el monopolio de los condes y yo parezco destinada a arreglármelas solo con un marido estadounidense, ¡no tengo intención de tirar las cucharas con el agua del plato! Pero tener que hacer tanto aspaviento con ese pelo es una molestia, especialmente por la noche, cuando estoy tan cansada que mi almohada parece ladrar como un perro para que vaya a acariciarla.
Y hablando de eso, me recuerdo que tengo que pedir soportes para el arco de mis pies. Estoy tanto tiempo sobre ellos que, a la hora de dormir, mis tobillos se sienten como una mousse de chocolate que se ha dejado al sol. Sin embargo, esto no es un gemido, Matilda Anne, porque cuando me acuesto duermo como una niña. Se acabaron los conteos y las visitas al botiquín para tomar pastillas de alquitrán de hulla. Las abjuro. Yo, que solía tener tantos trucos para atraer a la diosa de ojos estrellados para que se inclinara sobre mi almohada, ¡declaro aquí que soy la durmiente más noble al norte del Ecuador! Ya no necesito contar las ovejas mientras saltan el muro, ni intentar imaginar pacientemente el sonido de las olas, ni rediseñar laboriosamente ese vestido de cena perenne que he mantenido guardado en el cofre de cedro de la imaginación desde que tengo memoria, elaborándolo una y otra vez hasta el más mínimo detalle durante la hora más larga de mi noche más blanca, ¡hasta que empezó a fundirse con las túnicas aterciopeladas del sueño mismo! Hoy en día, un ogro llamado "Las Diez" se acerca sigilosamente detrás de mi silla con un garrote en la mano y me deja inconsciente. De hecho, un par de veces, mi querido y viejo Dinky-Dunk, torpe con los dedos, me ha ayudado a quitarme la ropa. Pero dice que el sonido más agradable que conoce es acostarse en la cama y escuchar el tintineo de mis horquillas mientras las arrojo en la pequeña bandeja de alfileres Coalport sobre mi tocador, lo que me recuerda lo que dijo Chinkie una vez sobre que su idea del Paraíso era comer mi dulce de chocolate al sonido de las trompetas.
Presumo de estar ocupada, pero no soy la única persona ocupada en este refugio. Olie y Dinky-Dunk hablan de barbecho de verano, de pasar el disco doble y la grada de arrastre y de cortafuegos, y estoy empezando a entender lo que significa todo eso. Están fuera con sus equipos todo el día, trabajando como troyanos. Tenemos la cena al mediodía, que Olie engulle en silencio y con la rapidez de un rayo. Es el más experto de los tragasables con un cuchillo de mesa, y Dinky-Dunk dice que le recuerda cómo Burbank podría hacer una fortuna inventando un guisante cuadrado que se quedara en la hoja del cuchillo. Pero Dinky-Dunk evitó que yo lo llamara "el tragasables" y ha puesto al tanto a Olie, en privado, sobre las funciones del tenedor de mesa. ¡Cómo se mantienen unidos los machos de esta vieja tierra! ¡El mundo de los hombres es una orden secreta, y todo hombre es un miembro!
Tras haber engullido su cena, Olie siempre sale al exterior. Entonces Dinky-Dunk viene a mi lado de la mesa. Nos sentamos juntos, con nuestros brazos alrededor del otro. A veces le lleno la pipa y la enciendo. Luego hablamos perezosamente, felices, contentos y a veces escandalosamente. Entonces mira nuestro reloj despertador de níquel, arriba en las estanterías de libros que hice con cajas viejas de galletas, e invariablemente dice: "Este no es el espíritu que construyó Roma", y me besa tres veces, una vez en cada párpado, apretando, y una vez en la boca. Ni siquiera me molesta el sabor de la pipa. Luego se va, y me quedo sola el resto de la tarde.
Pero estoy organizando las cosas ahora para tener algo de tiempo libre. Y con tiempo en mis manos, me encuentro muy inquieta. Ayer vagué por la pradera y casi me pierdo. Dinky-Dunk dice que debo ser más cuidadosa hasta que conozca mejor el país. Me puso sobre su hombro y me hizo prometer. Luego me bajó. Me hizo preguntarme si no me habría casado con un hombre dominante. Por encima de todas las cosas, siempre he querido libertad.
—Soy una mujer salvaje, Duncan. Nunca me domarás —le confesé.
Él se rió un poco.
—¿Así que crees que lo harás? —le exigí.
—No, no lo haré, Gee-Gee, ¡pero la vida lo hará!
Y de nuevo sentí un espíritu fantasmal de rebeldía agitándose en mi interior, muy en lo profundo. Creo que él vio alguna sombra de ello, captó algún eco, pues su actitud cambió y apartó el cabello de mi frente y me besó, casi con lástima.
—¡Hay una cosa que no debe suceder! —le dije mientras me estrechaba entre sus brazos.
No permitió que sus ojos se encontraran con los míos.
—¿Por qué? —preguntó.
—Tengo miedo... ¡aquí fuera! —confesé mientras me aferraba a él y sentía la necesidad de tenerlo cerca. Estuvo muy callado y pensativo toda la tarde. Antes de quedarme dormida, me dijo que el lunes iríamos juntos a Buckhorn y cargaríamos el carromato de provisiones.
Sábado, veintiocho
Ya tengo mi cayuse. Dinky-Dunk quería que fuera una sorpresa, pero el vaquero más tímido y pelirrojo que jamás se haya sentado en una silla de montar vino trotando por el sendero, y yo lo vi primero. Llevaba al cayuse más peludo, más manchado, de barriga más abultada y de aspecto más loco que jamás haya llevado brida. Eché un vistazo a su mechón de color leonado, que se erguía al estilo pompadour sobre sus orejas, y grité: «¡Paderewski!». Dinky-Dunk vino, se puso a mi lado y se rio. Dijo que aquel cayuse sí parecía Paderewski, pero el joven de los mechones encendidos explicó sonrojado que su nombre actual era «Jail-Bird», que algún escandinavo tonto había usado en lugar de «Grey-Bird», su apelativo auténtico y original. Pero me mantuve en mi nombre, aunque lo hemos acortado a «Paddy». Y Paddy debió ser realmente un pájaro de presidio, o merecer serlo, pues está marcado y lleno de cicatrices de principio a fin. Pero es de buen carácter, duro como el nogal y obligadamente omnívoro. Todo el mundo en el Oeste, hombres y mujeres por igual, monta a horcajadas, y he estado practicando con Paddy. Parece una forma de montar muy cómoda y sensata, pero tendré que endurecerme un poco antes de salir al sendero durante mucho tiempo.
Me he estado preguntando, Matilda Anne, si todo esto te suena pagano y absurdo, inculto, como diría Theobald Gustav. También me he estado preguntando, desde que escribí esa última frase, si la gente realmente necesita cultura, o lo que solíamos llamar cultura, y si significa tanto para la vida como tantos imaginan. Aquí estamos, sin ninguno de los refinamientos de la civilización, y estamos tan en paz con nuestras propias almas como los pájaros del cielo... ¡cuando hay pájaros en el cielo, cosa que no ocurre en nuestras tierras! La cultura, me parece ahora que miro atrás, tiende a hacer que la gente sea cada vez más mera espectadora de la vida, separándola de ella y elevándola por encima. ¿O será que los meros espectadores exigen cultura para ocupar el lugar de lo que pierden al no ser constructores ni trabajadores reales?
Somos granjeros, simples paletos y rústicos, como dicen en mi país. Pero estamos labrando la tierra y cultivando trigo. Estamos creando un gran país nuevo de lo que antes era un desierto. Para mí, eso parece casi suficiente. Trabajamos para alimentar al mundo, ya que el mundo necesita pan, y hay algo satisfactorio y edificante en el simple pensamiento de que al final podemos responder ante Dios por nuestras vidas, por muy crudas y rudas que hayan sido. Y hay mañanas en las que soy el «Saúl» de Browning en carne y hueso. El gran baño de aire de horizonte a horizonte pone algo en mi sangre o en mi cerebro que me deja casi mareada. ¡Me chisporroteo! Me hace palpitar y sentir un hormigueo y gritar que la vida es buena, ¡buena! Supongo que no es más que altitud y ozono. Pero en materia de embriagantes, está a la par con cualquier cosa que se haya servido alguna vez de botellas en Martin's o Bustanoby's. Y al amanecer, cuando la pradera está ligeramente plateada por el rocío, cuando las diminutas hamacas de las telas de araña se balancean con un millón de redes brillantes ensartadas con diamantes, cuando cada brizna de hierba es una cuerda musical de perlas, himnando al Dios de las Alturas por el nacimiento de un día dorado, puedo sentir cómo mi corazón se hincha, y estoy tan abundante, tan inefablemente viva, ¡viva hasta la punta de los dedos! ¡Tal espacio, tal luz, tales distancias! ¡Y ser Saúl es mucho mejor que leer sobre él!
Miércoles, primero
Estaba demasiado cansada para escribir nada anoche, aunque parecía haber mucho de qué hablar. Fuimos en carromato a Buckhorn a por provisiones, dos días tranquilos, encantadores y perezosos por el camino, que convertimos en una especie de fiesta gitana. Llevamos mantas, comida para nosotros y para los caballos, y una sartén, y acampamos en la pradera. La noche fue bastante fresca, pero hicimos un buen fuego y tomamos café caliente. Dinky-Dunk fumaba y yo cantaba. Luego nos envolvimos en nuestras mantas y, mientras yacía allí observando las estrellas, me puse a pensar en las luces de la Gran Vía Blanca. Entonces le di un codazo a mi marido y le pregunté si sabía cuál solía ser mi mayor ambición en la vida. Y, por supuesto, no lo sabía. «Bueno, Dinky-Dunk —le dije—, ¡era ser el chico que abre la puerta en Malliard's! Durante dos años enteros me consumí de envidia por ese chico, que siempre vivía en el olor de aquel chocolate caliente celestial, llevaba dos filas de botones brillantes en su levita trenzada, nunca le faltaban los guantes blancos y, mañana, tarde y noche, desfilaba con el gorrito más mono del mundo, inclinado hacia un lado como el de un granadero». Y Dinky-Dunk me dijo que me durmiera o me asfixiaría con una manta de caballo. Así que me acurruqué de nuevo en mi manta, me «anidé» y observé cómo el fuego se apagaba mientras, muy, muy lejos, aullaba un coyote. Eso me hizo sentir sola, así que agarré la mano de Dinky-Dunk y me quedé dormida sosteniéndola entre las mías.
Me desperté temprano. Dinky-Dunk se había olvidado de mi mano y estaba fría. En el este había una franja baja de plata etérea y pálida, que se tornó ámbar, luego ceniza de rosas y finalmente oro. Vi una sublime estrella blanca apagarse en el oeste, y luego, tras las rejas de oro, el cielo se volvió sonrosado con la mañana hasta convertirse en un motín borgoñón de colores desconcertantes. Me senté a observarlo. Luego me incliné y sacudí a Dinky-Dunk. Era un amanecer demasiado glorioso para perdérselo. Me miró con un ojo abierto, como un sabueso soñoliento.
—¡Tienes que verlo, Dinky-Dunk! ¡Es tan resplandeciente que resulta positivamente vulgar!
Se sentó, contempló la gala de colores durante un momento y luego se volvió a meter en su manta. Le hice cosquillas en la nariz con una brizna de hierba dulce. Luego me lavé la cara con el rocío, igual que hacíamos en Christ-Church Meadow aquel glorioso día de mayo en Oxford. Para cuando Dinky-Dunk se despertó, ya tenía el café hirviendo y el beicon chisporroteando en la sartén. Era el olor más celestial que jamás haya asaltado las fosas nasales humanas, y me sonrojo de vergüenza al pensar en lo mucho que comí en aquel desayuno, sentada sobre un saco de avena vacío y apoyada en la rueda de un carromato. A las ocho estábamos en la metrópolis de Buckhorn, ocupados recogiendo nuestras cosas. Y formaron un cargamento muy respetable.
Jueves, segundo
He estado practicando como una loca para aprender a tocar la armónica. La compré en Buckhorn, sin que Dinky-Dunk lo supiera, y durante todo el día, cuando sabía que estaba a salvo, he estado con ella. Así que esta noche, cuando tuve la mesa lista para la cena, busqué la escalera apoyada contra uno de los graneros y subí al pajar más cercano. Allí, totalmente oculta, esperé hasta que Dinky-Dunk llegó con su tiro. Lo vi entrar en la cabaña y luego salir de nuevo, mirando a su alrededor, sumido en sus pensamientos. Entonces empecé a tocar Traumerei.
¡Tendrías que haber visto la cara de ese chico! Miró al cielo, como si mi pobre armónica fueran las efusiones aéreas de los arcángeles. Se quedó quieto, empapándose de ello. Luego salió disparado hacia los establos, pensando que venía de allí. Le llevó un tiempo acorralarme en la cima de mi pajar. Luego me deslicé hasta sus brazos. Y creo que le encanta la música de esa armónica. Después de cenar me obligó a salir, sentarme en la caja de avena y tocar mi repertorio. Dice que es maravilloso, desde la distancia. Pero esa armónica es un poco metálica y me hace daño en los labios. Además, mi boca no es lo suficientemente grande para «lengüetearla» adecuadamente. Cuando le dije esto a Dinky-Dunk, me respondió:
—¡Por supuesto que no! ¿Por qué crees que te he estado llamando Boca Chica?
Y acabo de descubrir que «Boca Chica» es español para «Little Mouth»... ¡y yo con una trampa, Matilda Anne, a la que solías llamar la Cueva de los Vientos! ¡Ahora Dinky-Dunk jura que tendrá un Victrola antes de que termine el invierno! ¡Dioses y pececillos, qué lujo! ¡Hubo un tiempo, no hace mucho, en que me inclinaba a burlarme del piano eléctrico de los Westbury y su armario de clásicos enlatados! ¡Cómo nos humilla la vida! ¡Y qué ciegas están todas las mujeres en sus ideales y en su búsqueda de la felicidad! ¡Las piedras marinas que brillan en las orillas de la juventud pueden secarse y perder su brillo en la mano de la experiencia! Y, sin embargo, como anunció una vez la niñera de Birdalone: «¡Si las chupas, dicen cosas hermosas!». Y supongo que debe ser más o menos lo mismo con el matrimonio. Ni siquiera puedes permitirte dejar de lado tu trabajo de amar. Cuanto más pedimos, más debemos dar. Estaba pensando en aquellos días de mi infancia ferozmente descuidada, cuando mi alma flotaba hacia una plácida felicidad con un trozo de pastel de ciruelas... aunque incluso entonces, por desgracia, flotaba como un oso polar en su iceberg, pues mientras ese pastel desaparecía, mi tranquilidad se iba con él, por mucho que me aferrara a la última migaja. Pero ahora que soy una mujer casada, no pretendo ser un Hamlet con enaguas. Un buen hombre me ama y yo le correspondo. Y pretendo mantener ese amor vivo.
Viernes, tercero
Acabo de emitir un ultimátum respecto a los cerdos. No habrá más marranos sueltos vagando por mi puerta. Es un anuncio de mala gestión. Y lo que es más, cuando estaba tendiendo la ropa esta mañana, un lechón hurgó en mi cesta de ropa blanca con su nariz sucia, y mientras iba tras él, su hermano mayor intentó comerse una de mis servilletas mojadas. Y eso significó otra hora de duro trabajo antes de reparar el daño.
Sábado, cuarto
Olie está pintando la cabaña, por dentro y por fuera, y ahora nunca reconocerías nuestro pobre hogar de colores. Le dije a Dinky-Dunk que si alguna vez hubiéramos puesto un camaleón en la pared de esa cabaña, habría muerto de agotamiento mental intentando acertar con los esquemas de color. Así que Dinky-Dunk hizo que Olie se tomara el día libre y pasara el pincel. Pero el olor a pintura me hizo pensar en los viajes por el Canal, así que me fui con Dinky-Dunk, en tiro y carromato, al rancho Dixon para ver unos caballos, casi setenta millas de ida y vuelta. Fue un glorioso día de otoño, y un paseo glorioso, con «Bronk» y «Tumble-Weed» galopando por el sendero doble y el aire cristalino.
Dinky-Dunk y yo cantamos casi todo el camino. Los gopher debieron pensar que estábamos locos. Mi señor y dueño está perdidamente orgulloso de su voz, especialmente de los tonos de pecho, pero se queda un poco atrás en la melodía, claramente no siempre seguro de sí mismo. Comimos con los Dixon, y con unos tres millones de moscas. Me dieron tristeza, esa familia, y especialmente la señora Dixon. Parecía hacer que la vida en la pradera fuera tan fea, vacía y endurecedora. Pobre alma seca y de ojos tristes, parecía una mujer de sesenta años, y sin embargo su marido dijo que solo tenía treinta y siete. Su agua es fuerte en álcali, y esto y el viento de la pradera (combinado con algo profundo en su propia constitución) la han hecho como un buitre, flaca, desgarbada y seca. Miré esa línea dura de la mandíbula y los pómulos y me pregunté cuánto tiempo hacía que las curvas suaves estuvieron allí, y si esas manos sobrecargadas habían sido alguna vez bonitas, y si esa espalda plana había sido alguna vez redondeada y con hoyuelos. Su cabello estaba desaliñado. Su delantal estaba indeciblemente sucio, y lo usaba tanto como pañuelo como toalla de mano. Su voz era dura como el acero, y su cocina era miserable. No había ni una puerta ni ventana con mosquitera, y, como dije antes, estábamos casi asfixiados por las moscas.
Dinky-Dunk no se atrevió a mirarme en toda la cena. Y de camino a casa, los ojos de la señora Dixon siguieron atormentándome, parecían tan cansados, vacíos y acusadores, como si secretamente estuvieran pidiendo cuentas a Dios mismo por haberla privado de su herencia de alegría como mujer. Le pregunté a Dinky-Dunk si alguna vez llegaríamos a ser así. Dijo: «¡Ni hablar!» y citó la frase latina sobre la mente controlando la materia. Los Dixon, continuó explicando, eran del tipo de «barrio bajo», solo que no vivían en una ciudad. Pero, cansada y soñolienta como estaba esa noche, me levanté para ponerme crema en la cara y los brazos. Y mañana voy a escribir para pedir harina de almendras y glicerina a la casa de venta por correo. Y un sujetador, pues vi lo que parecía la sospecha de una sonrisa en los labios sin afeitar de Dinky-Dunk mientras me veía luchar con mi corsé esta mañana. Me costó retorcerme, y aun así apenas pude. Le lancé mi esponja mojada cuando se volvió en el umbral con la pregunta levemente impersonal: «¿Quién es tu amiga gorda?». Luego salió disparado hacia el corral, y yo volví a estudiar mi barbilla en el espejo del tocador, para asegurarme de que no se estaba convirtiendo en una papada como la del tío Carlton.
Pero no puedo evitar pensar en los Dixon y sentirme estúpida e impotentemente triste por ellos. Oscurecía cuando regresamos de ese largo viaje a su rancho, y las estrellas empezaban a salir. Podía ver nuestra cabaña a millas de distancia, un pequeño y solitario punto negro contra el horizonte. Hice que Dinky-Dunk detuviera el tiro, y nos sentamos a mirarla. Parecía tan diminuta allí, tan solitaria, tan extraña, en medio de tales millas y millas de vacío, con un pequeño surco de humo subiendo desde su desolada chimenea. Entonces dije, en voz alta: «¡Hogar! ¡Mi hogar!». Y de un cielo despejado, sin ninguna razón terrenal, empecé a llorar como una niña. ¡Las mujeres somos tan tontas a veces! Le dije a Dinky-Dunk que debíamos conseguir libros, buenos libros, y pasar las largas noches de invierno leyendo juntos, para evitar caer en el olvido.
Dijo: «Está bien, Gee-Gee», y me dio unas palmaditas en la rodilla. Luego seguimos al trote por el sendero hacia el solitario puntito negro que teníamos delante. Pero me aferré al brazo de Dinky-Dunk durante todo el resto del camino, hasta que nos detuvimos junto a la cabaña, y el pobre viejo Olie, con una sartén en la mano, se recortaba contra la luz de la puerta abierta.
Lunes, sexto
Estos últimos días no he sido más que una retriever de dos patas, correteando y trayendo cosas a casa conmigo. Ha habido lluvias, pero el tiempo sigue siendo glorioso. Y he descubierto montones y montones de setas en el viejo rancho Titchborne. Están espesas por todo el corral y en el pasto de allí. Ahora soy lo que tu lord y amo inglés llamaría «un asiento perfecto» sobre Paddy, y cada mañana voy a caballo a por mi cesta llena de Agaricus Campestris; ¡eso debería estar en plural, pero he olvidado cómo! Las tomamos con crema sobre tostadas; las tomamos fritas en mantequilla; y las tomamos en sopa... ¡y qué bellezas! Voy a intentar enlatar algunas para el invierno y la primavera. Pero lo mejor de la seta es encontrarla. Cabalgar hacia una pequeña ciudad blanca que ha surgido de la noche a la mañana y parece un campamento de soldados de hadas, ver las cúpulas blancas lechosas contra el verde intenso de la hierba de la pradera, ver otro grupo de ellas, de repente, como estrellas contra un cielo esmeralda, a cien yardas de distancia, inhalar el aire limpio de la mañana y sentir cómo hormiguea la sangre, y escuchar el zumbido de los urogallos y el graznido de los patos salvajes a lo largo de los bordes del barranco... Te lo digo, Matilda Anne, ¡vale la pena perder un poco de sueño de belleza para vivirlo! Estoy despierta incluso antes que Dinky-Dunk, y lo saqué de sus sueños esta mañana pinchándole los dientes con mi dedo meñique y diciendo:
«Doce caballos blancos En una colina roja...»
y le pregunté si sabía lo que era, y dio la respuesta correcta, y dijo que no había oído ese acertijo desde que era un niño.
Toda la tarde he estado ayudando a Dinky-Dunk a poner una cerca de alambre de espino. El alambre de espino es casi tan difícil de manejar como una mujer. Dinky-Dunk está cercando parte del pasto para que sirva de corral para nuestras dos vacas lecheras. Dice que es solo un campo pequeño, pero parecía haber millas y millas de esa cerca. No teníamos tensor, así que Dinky-Dunk se las arregló conmigo y un martillo de orejas. Él sujetaba el alambre, hacía palanca con su martillo sobre un poste, y yo clavaba la grapa con mi propio martillo. Conseguí golpear la grapa casi en cada golpe, aunque una grapa salió disparada como metralla y golpeó la oreja de Diddum. Así que soy de alguna utilidad, ya ves, ¡incluso aunque sea una chekako! Pero un alambre se soltó y desgarró mi falda y mi media, me arañó la pierna e hizo que la sangre corriera. Fue solo el corte más pequeño, en realidad, pero aproveché al máximo; Dinky-Dunk fue adorablemente amable curándome. Llegamos a casa cansados y felices, cantando juntos, y Olie, como de costumbre, debió pensar que ambos nos habíamos vuelto locos.
Este marido mío es tan elemental. Secretamente imagina que es uno de los hombres más complejos. Pero en muchas cosas es tan simple como un niño. Y le amo por ello, aunque creo que me gusta fastidiarle un poco. Es digno y odia la frivolidad. Así que cuando le saludo con un «¡Buenos días, viejo!», puedo ver esa pequeña sombra sin nombre cruzar su rostro. Entonces digo: «¡Oh, pido perdón a su señoría!». Por lo general, termina sonriendo, y creo que poco a poco le estoy quitando ese aire monitorizador, aunque una o dos veces he tenido que recordarle lo que decía La Rochefoucauld sobre que la gravedad es una estratagema inventada para ocultar la pobreza de espíritu. Pero Dinky-Dunk todavía se opone a que le ponga el dedo en la nuez cuando está hablando. Lleva una camisa de franela cuando trabaja fuera, y su cuello está al descubierto. Ayer enterré mi cara en el rincón junto a su omóplato y le hice retorcerse. Como ahora solo se afeita los domingos por la mañana, ese es casi el único punto blando, porque su cara es espinosa y me hace daño en la barbilla, ¡el bruto barbudo! Entonces le mordí; no fuerte, pero Satanás me dijo que mordiera, y simplemente tuve que hacerlo. Se puso bastante pálido, me hizo girar para quedar flácida en sus brazos y cerró su boca sobre la mía. Me escapé y él me persiguió. Tiramos cosas. Entonces salí de la cabaña, corrí alrededor del corral de los caballos y luego alrededor de los pajares, con Dinky-Dunk justo detrás de mí, dándome escalofríos en cada curva. Me sentí como una mujer de las cavernas. Me agarró como un hombre de la edad de piedra, me levantó y me llevó sobre su hombro a una pila de hierba dulce de la pradera que se había dejado allí para el colchón de Olie. Tenía el pelo suelto. Estaba gritando, entre sollozando y riendo. Me dejó caer en el heno, como un saco de trigo. Empecé a pelear con él de nuevo. Pero no pude vencerle. Entonces toda mi fuerza pareció desvanecerse. Él mismo se reía, pero me asustó un poco ver sus pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros. Me sentí como un cordero en las fauces de un león, Dinky-Dunk es mucho más fuerte que yo. Me quedé allí muy quieta, con los ojos cerrados. Me desplomé. Sabía que estaba conquistada.
Entonces volví a la vida. De repente me di cuenta de que era mediodía, al aire libre, entre el suelo calvo de la pradera y el cielo azul de Dios, donde Olie podía tropezar con nosotros en cualquier momento, ¡y posiblemente morir con las botas puestas! Dinky-Dunk estaba besando mi párpado izquierdo. Era una taza en la que sus labios parecían encajar perfectamente. Intenté moverme. Pero él me retuvo allí. Me sostuvo con tanta firmeza que me dolió. Sin embargo, no pude evitar abrazarlo. ¡Pobre, grande, tonto y tierno Dinky-Dunk! ¡Y pobre, débil, loca y zarandeada yo! Pero, oh, Dios, ¡es glorioso, de alguna manera misteriosa, agitar la sangre de un hombre grande y fuerte! Es el cielo, y no sé muy bien por qué. Pero me encanta ver cómo los ojos de Dinky-Dunk se vuelven negros. Aunque me da un poco de miedo. Puedo oír su corazón latir, a veces, con bastante claridad. Y a veces parece haber algo tan patético en todo ello; ¡somos criaturas tan insignificantes, pequeñas partículas de emoción sobre las que la naturaleza juega para sus propios e inmutables fines! Pero toda mujer quiere ser amada. Dinky-Dunk me preguntó por qué cierro los ojos cuando me besa. Me pregunto por qué. A veces, también, dice que mis besos son perversos, y que le gusta que lo sean. Es una mezcla divertida. Tiene el alma de un calvinista escocés enredada en alguna parte, y después de la tormenta es muy propenso a ponerse piadoso y un poco sermoneador. Pero tiene sentimientos, solo que se avergüenza de ellos. Creo que estoy quitando un poco de la costra de hielo de sus emociones. Es una arcilla rígida que necesita ser bien removida y volteada antes de que pueda madurar. Y yo debo ser una marga arenosa que gasta toda su fuerza en una sola cosecha breve. Eso suena como si me estuviera convirtiendo en una verdadera esposa de granjero con un vasto conocimiento de los suelos, ¿verdad? De todos modos, mi marido, con su vasto conocimiento sobre mí, dice que tengo la maña del cedro de pantano de estallar en una atractividad súbita y explosiva. Entonces, dice, arrojo chispas. Como ya le he dicho, soy una mujer salvaje y seré difícil de domesticar, porque como dice Víctor Hugo en alguna parte, ¡nosotras, las mujeres, no somos más que diablos perfeccionados!
Miércoles día ocho
Me he cortado el pelo, así, de golpe. Cuando me levanté ayer por la mañana con tanto trabajo por delante, con tanto que hacer y tan poco tiempo para hacerlo, empecé a arreglarme el pelo. También empecé a pensar en aquel francés que se suicidó tras contar el número de botones que tenía que abrochar y desabrochar cada mañana y cada tarde de todos los días de todos los años de su vida. Intenté calcular el tiempo que estaba desperdiciando en esa melena mía. Entonces se me ocurrió la Gran Idea.
Cogí las tijeras y en seis cortes me lo quité, un gran montón enredado de oro parduzco, bastante blanqueado por el sol en las puntas. Y en el momento en que lo vi allí sobre mi tocador, y vi mi cabeza en el espejo, me arrepentí. Parecía un cuervo desplumado. Podría haber descarrilado un tren de mercancías. Y me sentí positivamente ligera de cabeza. Pero ya era demasiado tarde para las lágrimas. Recorté los bordes irregulares lo mejor que pude, y lo que no se me metió en los ojos se me bajó por el cuello y me picaba tanto que tuve que cambiarme de ropa. Entonces saqué un punzón del kit de herramientas de Dinky-Dunk, lo calenté sobre la lámpara y le di un poco más de onda a ese rastrojo de cinco centímetros. Entonces no se veía tan mal, y cuando me probé el abrigo de Dinky-Dunk frente al espejo vi que no me vería tan mal como chico.
Pero esperé hasta el mediodía con el corazón en la boca, para ver qué diría Dinky-Dunk. Lo que realmente dijo no puedo escribirlo aquí, porque hubo una palabrota perversa mezclada en su exclamación de asombro sobresaltado. Luego vio las lágrimas en mis ojos, supongo, porque vino corriendo hacia mí con los brazos abiertos, me abrazó fuerte y dijo que me veía linda, y que todo lo que tendría que hacer sería acostumbrarme. Pero durante toda la comida se quedó mirándome como si fuera una mujer extraña, y más tarde lo vi de pie frente al tocador, inclinado sobre aquel trágico montón de serpientes de color amarillo parduzco. Me recordó a un hombre inclinado sobre una tumba. Me escabullí sin dejar que me viera. Pero esta mañana lo desperté temprano y le pregunté si todavía amaba a su esposa. Y cuando juró que sí, intenté que me dijera cuánto. Pero eso lo dejó perplejo. Se comprometió diciendo que no podía abaratar su amor definiéndolo con palabras; era ilimitado. Lo seguí después del desayuno, con un hambre en el corazón que el tocino y los huevos no habían aliviado ni un poco, y le dije que si realmente me amaba podría decirme cuánto.
Me miró directamente a los ojos, un poco con lástima, me pareció, se rió y volvió a ponerse serio. Luego se inclinó y recogió una pequeña brizna de hierba de la pradera y la sostuvo frente a mí.
—¿Tienes alguna idea de lo lejos que está desde las Montañas Rocosas hasta la Bahía de Hudson y desde la Frontera hasta el valle del río Peace?
Por supuesto que no la tenía.
—¿Y tienes alguna idea de cuántos millones de acres de tierra son esos, y cuántos millones de briznas de hierba como esta hay en cada acre? —preguntó con seriedad.
Y de nuevo, por supuesto, no la tenía.
—Bueno, ¡esta única brizna de hierba es la cantidad de amor que soy capaz de expresar por ti, y todas esas otras briznas en todos esos millones de acres es lo que es el amor mismo!
Lo medité, tan seriamente como él lo había dicho. Creo que quedé satisfecha. Porque cuando mi Dinky-Dunk estaba lejos en la pradera, trabajando como un condenado, y yo estaba sola en la choza, fui a su viejo abrigo que colgaba allí —el viejo abrigo que tenía un aroma sutil a la esencia misma de Dinky-Dunk en cada centímetro— y lo besé en la manga.
Esta tarde, mientras Paddy y yo nos dirigíamos a casa con un cubo de setas, me encontré cara a cara con mi primer coyote. Nos quedamos mirándonos. Mi corazón saltó directo a mi garganta, y por un momento me pregunté si iba a ser devorada por un lobo de bosque hambriento, con Dinky-Dunk encontrando mis huesos limpios como esos cadáveres de animales que vemos de vez en cuando en un revolcadero de búfalos. Mantuve mi parte de la mirada, preguntándome si avanzar o retroceder, y no fue hasta que aquel coyote dio media vuelta y salió corriendo que mi valor volvió. Entonces Paddy y yo fuimos tras él, como el viento. Pero tuvimos que rendirnos. Y en la cena, Dinky-Dunk me dijo que los coyotes eran demasiado cobardes para acercarse a una persona y que eran bastante inofensivos. Dijo que incluso cuando mostraban los dientes, el resto de su cara se disculpaba por la amenaza. Y antes de que terminara la cena, aquel coyote, al menos supongo que era el mismo, aullaba a la luna llena naciente. Salí con la pistola de Dinky-Dunk, pero no pude acercarme a la bestia. Entonces regresé.
—¡Canta, hijo de mala madre, canta! —le grité desde la puerta de la choza. Y eso escandalizó tanto a mi señor y dueño que me regañó, por primera vez en su vida. Y cuando le pinché la nuez de Adán con el dedo, se puso digno. Estaba cansado, pobre muchacho, y debería haberlo recordado. Y cuando le pedí que no se quedara ahí parado mirándome con la rigidez hierática de un ídolo egipcio, pude ver un pequeño rubor de ira cruzar su rostro. No dijo nada. Pero tomó una de las lámparas y una revista Pall-Mall de hace tres años y se encerró en la barraca.
Entonces me arrepentí.
Caminé de puntillas hasta la puerta y descubrí que estaba cerrada con llave. Luego fui a buscar mi armónica y me senté humildemente en el escalón de la puerta y comencé a tocar el vals "No estés enfadado". Lo arrastré lastimeramente, con un trémolo vox humana en el pequeño estribillo suplicante. Finalmente oí un resoplido ahogado, la puerta se abrió de repente y Dinky-Dunk me levantó, armónica y todo. Me sacudió y dijo que era una pequeña diablesa, y yo le llamé gran bruto británico. Pero se estaba riendo, estaba un poco avergonzado de su temperamento y fue muy amable conmigo durante el resto de la velada.
Empiezo, descubro, a depender mucho de Dinky-Dunk, y a veces me da miedo por el futuro. Parece capaz de deslizar una mano bajo mi corazón y levantarlo, exactamente como si fuera la barbilla de un niño descarriado. Sin embargo, me resiento de su poder y sigo abriéndome paso a codazos buscando más espacio para respirar, como un pasajero en hora punta en el metro. A veces, también, me molesta la veta demasiado solemne de su constitución mental. Abomina del ragtime, y yo tengo cierta debilidad por él. Así que una o dos veces, en sus días sombríos, he encontrado un deleite casi satánico en cantar "The Humming Coon". Y el saber que le gustaría prohibirme cantar ragtime parece darle un toque especial. Así que voy por ahí blandiendo mi sable de independencia:
"¡El viejo Ephr'm Johnson era diácono de la iglesia en Tennessee, y, por supuesto, estaba contra las reglas cantar melodías de ragtime!"
Pero soy yo, me doy cuenta, quien siempre se reconcilia primero. Esta noche, mientras preparaba cacao antes de irnos a dormir, intenté decirle a mi Diddums que había algo positivamente perruno en mi devoción hacia él. Relinchó como un poni y dijo que él era el perro en este trato. Luego me atrajo hacia su regazo y dijo que los hombres se vuelven irritables cuando están agotados por la preocupación y el trabajo duro, y que probablemente sería difícil incluso para dos serafines llevarse bien siempre en una choza de dos por cuatro, donde ni siquiera podías tener un límite por el bien de la dignidad. Sabía que era mayormente culpa suya, pero que iba a intentar luchar contra ello. Y experimenté la alegría irrazonable de una mujer irrazonable que ha logrado poner en el error al hombre al que ama con todo su corazón y alma. Así que podía permitirme ser humilde yo misma y hacer un montón de tonterías por él. Pero siempre lucharé por mi espacio personal. ¡Porque hay momentos en los que mi Dinky-Dunk, a pesar de su corpulencia y fuerza, tiene que ser remolcado con calma, de la misma manera que un automóvil de carreras tiene que ser arrastrado por las calles de la ciudad por un pequeño coche de baja potencia!
Sábado día diez
Hemos tenido una racha de frío, con fuertes heladas por la noche, pero los días siguen siendo gloriosos. Los días nublados son tan pocos en el Oeste que me he estado preguntando si el optimismo de los occidentales no se debe realmente al sol que reciben. ¿Quién podría estar triste bajo cielos tan dorados? ¡Cada poro de mi cuerpo tiene una garganta y está gritando su propia Tarentella Sincera! Pero no es el tiempo lo que me ha animado esta vez. Es otro cargamento de suministros que Olie trajo de Buckhorn ayer. Tengo papel pintado y una nueva cama de hierro para el anexo, y bañeras de zinc galvanizado y una mantequera de barro y botas para tormentas y suficiente tela para hacer diez almohadas grandes, y lino sin blanquear para dos docenas de fundas —me encanta una almohada grande— y he estado ahorrando plumas de pato salvaje durante semanas, las plumas más suaves en las que jamás hayas hundido la oreja, Matilda Anne; y si las almohadas pueden hacerlo, ¡voy a hacer que esta casa parezca un harén! ¿Te imaginas un hogar con solo tres fundas de almohada, que tenían que quitarse por la mañana, lavarse, secarse, plancharse y volver a ponerse en sus tres solas almohadas antes de dormir? Bueno, no habrá más de eso en esta choza.
Pero la noticia importante es que tengo una escopeta para patos, la escopeta más bonita que hayas visto jamás, y vadeadores, y un abrigo y gorro de piel de mapache y una gran mochila de cuero para llevarla colgada al hombro sobre Paddy. El abrigo y el gorro son como aquellos de los que solíamos reírnos cuando íbamos a Montreal para tirarnos en trineo, en los días en que yo era joven y tonta y estaba dispuesta a sacrificar la comodidad en el altar de las apariencias externas. Las pieles de mapache me hacen parecer una lapona, pero serán muy cómodas cuando llegue el clima frío, porque Dinky-Dunk dice que a veces baja a cuarenta y cincuenta grados bajo cero.
También obtuve un montón de cosas pequeñas que había pedido por catálogo, pequeñas cosas femeninas que una mujer simplemente tiene que tener. Pero lo más importante fue la escopeta.
Ya no me da un infarto cuando oigo el zumbido de una perdiz de las praderas, sino que derribo a mi pájaro antes de que esté fuera de alcance. ¡Pobres, regordetas, heridas, de cuerpo caliente y plumíferas criaturitas! Algunas siguen volando después de haber sido disparadas justo a través del cuerpo, continuando directamente durante un par de cientos de pies, o incluso más, y luego cayendo como una piedra. ¡Qué insensibles nos volvemos pronto! Solía preocuparme. Ahora las recojo como si fueran astillas y las arrojo a la caja del carro; o a mi mochila, si es una expedición privada solo de Paddy y mía. Y así es como la vida nos trata a nosotros también.
He estado practicando con las tuzas con mi nueva escopeta, y con el rifle del calibre .22 de Dinky-Dunk. Una tuza es solo un poco más grande que una ardilla listada, y por lo general no asoma nada más que la cabeza fuera de su agujero, así que cuando logré trece de quince disparos comencé a sentir que era una tiradora experta. Pero no consideres esto como una crueldad gratuita, porque la tuza es peor que una rata, y en este país los agentes del gobierno suministran a los colonos una ración anual de estricnina gratuita para envenenarlas.
Domingo día once
He hecho mi primera mantequilla, que conste, pero al hacerlo logré salpicar el techo, las paredes y mi propia cabeza lanuda, porque no tuve la sensatez de atar un paño húmedo alrededor del mango de la mantequera hasta que se produjo el daño. Estaba demasiado concentrada en conseguir mi mantequilla para prestar atención a los detalles, aunque llevó un tiempo desalentador y mis brazos estaban agotados antes de terminar. Y cuando me vi salpicada de pies a cabeza me recordó lo que una vez dijiste sobre mí y mis lecturas, que tenía la costumbre de salir de un libro como un spaniel del agua, dispersando ideas a medida que salía. Pero no hay muchos libros nuevos en mi vida estos días. Es mayormente trabajo duro, aunque le recordé a Dinky-Dunk anoche que, si bien Omar insinuaba que el amor, el pan y el vino eran suficientes para cualquier desierto, ¡no debemos olvidar que también incluyó un libro de versos bajo la rama! Mi señor dice que para el año que viene podremos forrar nuestras paredes con libros. Pero soy como Moisés en el Monte Nebo: puedo ver mi tierra prometida, pero parece terriblemente lejana. Pero esto, como diría Dinky-Dunk, no es el espíritu que construyó Roma, y me ha alejado de mi mantequilla, cuya elaboración llenó mi cara de crema hasta que parecía que tenía nieve en la frente. Sin embargo, hay una alegría real en encontrar esos hermosos gránulos amarillos en el fondo de tu mantequera y luego trabajarla una y otra vez con un platillo en un cuenco de cocina hasta que es una masa dorada. Varias veces antes había batido crema agria en un frasco sellador, pero esta fue mi primera verdadera elaboración de mantequilla. Acabo de descubrir, sin embargo, que no la "lavé" lo suficiente, por lo que no se eliminó todo el suero de la leche de mi primer producto lácteo. Dinky-Dunk, como el erudito y caballero que es, juró que valía su peso en oro de Klondike. Y la próxima vez lo haré mejor.
Lunes día doce
¡Tiempo dorado de nuevo, con un cielo despejado y un aire suave y balsámico! Justo antes de nuestra comida del mediodía llegó Olie con el correo para nosotros. ¡Hemos recibido cartas de casa! En lugar de animarme, me pusieron triste, porque parecían traer noticias de otro mundo, ¡un mundo tan, tan lejano!
Decidí pasar medio día al aire libre, así que me até la escopeta y me fui en Paddy, tan pronto como terminamos de comer y los hombres se fueron. Fuimos como el viento, hasta que tanto Paddy como yo nos cansamos de ello. Entonces encontré un estanque de "agua blanda" escondido detrás de una franja de sauces y álamos. El sol del mediodía lo había calentado a una temperatura tentadora. Así que até a Paddy, me desnudé y me di un baño glorioso. Me acababa de enjabonar con barro de la orilla (que es un solvente sorprendentemente bueno) y me había tirado de cabeza y estaba nadando de espaldas, parpadeando hacia el cielo azul, tan feliz como una tortuga de barro en un estanque de molino, cuando oí a Paddy relinchar. Eso me inquietó un poco, pero me sentí segura de que no podía haber nadie a kilómetros de mí. Sin embargo, nadé de regreso a donde estaba mi ropa, me sequé al sol y justo me estaba levantando para sacudir las puntas de mi pelo corto cuando vi la cabeza de un hombre al otro lado del estanque, mirándome a través de los arbustos. No sé cómo ni por qué es, pero de repente vi rojo. No recuerdo haber recogido la escopeta, y no recuerdo haber apuntado.
Pero disparé, con ambos cañones, directamente a esa cabeza que me miraba, o al menos debería haber sido una cabeza que me miraba, ¡sea lo que sea que eso signifique! ¡El aullido que salió de la naturaleza, al momento siguiente, podría haberse oído a una milla de distancia!
Era Dinky-Dunk, y dijo que podría haberle sacado los ojos con perdigones si no hubiera hecho la caída más rápida de su vida. Y también dijo que me había visto, una mancha distintiva de blanco contra el verde de la pradera, a tres buenas millas de distancia, y que si no me avergonzaba de mí misma, y ¿qué habría hecho si él hubiera sido Olie o el viejo Dixon? Pero besó mi hombro donde la culata de la escopeta lo había magullado, y me ayudó a vestirme.
Luego nos fuimos juntos, a cuatro o cinco millas al norte, donde Dinky-Dunk estaba seguro de que podíamos conseguir una buena cantidad de patos. Lo cual hicimos, trece en total, y emprendimos el camino a casa mientras el sol bajaba y el aire de la tarde se volvía frío. Fue un paseo celestial. En el oeste, un pequeño ejército de delgadas nubes azules estaba bordeado de oro resplandeciente, y entre ellas se extendían grandes rayos de luz ámbar en forma de abanico. Luego vino un alboroto de amarillo anaranjado y ceniza de rosas y el oro más pálido con pequeñas islas de azul en él. Entonces, mientras el resplandor moribundo parecía mantener todo en un baño luminoso de aire, las estrellas salieron, una a una, y un viento suave y fresco barrió la pradera, y la luz se oscureció, y me alegré de tener a Dinky-Dunk a mi lado, o habría llorado un poco, porque la pradera al crepúsculo siempre me hace sentir solitaria de una manera que nunca podría expresarse con palabras.
Intenté explicarle el sentimiento a Dinky-Dunk. Dijo que entendía. "Soy un 'Sour-Dough' (veterano de Klondike), Gee-Gee, pero todavía me afecta de esa manera", confesó solemnemente. Dijo que cuando escuchaba música hermosa sentía lo mismo. Y eso me hizo pensar en la gran ópera, y en aquella noche de *Romeo y Julieta* en La Scala, en Milán, cuando conocí a Theobald Gustav. Entonces me detuve para decirle a Dinky-Dunk que había estado perdidamente enamorada de un tenor a los trece años y que había escrito en mi diario: "Moriré y me convertiré en polvo sin dejar de adorarlo". Luego le conté sobre mi primera ópera, *Rigoletto*, y tarareé "La Donna È Mobile", que por supuesto él mismo recordaba. Me llevó de vuelta a Florencia, a un palco en el Pagliano, conmigo vestida de dimity y rizos en espiral, llorando deliciosamente por una dama de blanco, cuyos problemas no podía entender del todo. Entonces me puse a pensar en Nueva York y el Metropolitan, y en los versos del pobre viejo Morris:
Y todavía con alma que escucha oigo Tonadas calladas por muchos un año ruidoso: Los acordes apasionados que despiertan la lágrima, Los amados cuentos de amor de voz baja...
Apenas cambiados, los mismos músicos tocan Los mismos temas hoy; ¡Suenan las veloces sonatas plateadas, y cantan las voces que se elevan!
Y podía imaginarme el viejo Metropolitan en una noche de Caruso. Podía ver la Herradura de Oro y los adornos color geranio y las espaldas blancas como el satén de las mujeres, y sentir ese olor lujoso y pesado a aire cálido, a flores de invernadero, a perfumes de París y a felices cuerpos humanos, y oír el susurro de la seda a lo largo de las escaleras carmesí. Podía ver las luces bajar, en una especie de suspiro, antes de que comenzara la obertura, y las manchas de blanco con aspecto asustado en las partituras de los músicos y las otras manchas hechas por sus pecheras de camisa, y los violines subiendo y bajando, subiendo y bajando, como si fueran una sola pieza de maquinaria, y luego el pesado telón deslizándose hacia arriba, y la emoción al ver abrirse ese nuevo cielo para mí, ¡una chica desgarbada en su primer vestido de noche escotado!
Le conté a Dinky-Dunk que me había sentado en todos los rincones de aquel viejo teatro, arriba en el paraíso con los peluqueros italianos, en los asientos de prensa de la segunda galería con la querida y vieja Fanny-Rain-in-the-Face, y en el palco de los Westbury con la Primera Dama de la Nación y una princesa española de uñas extremadamente sucias. ¡Parecía tan lejano, otra vida y otro mundo! Y por tres horas de "Manon" estaría dispuesta a colgarme como un chimpancé del candelabro central del Metropolitan. De pronto me di cuenta de cuánto lo echaba de menos. Podría haberle cantado a la Ciudad como la "Louise" del pobre Charpentier le cantaba a su París. Y un coyote aulló cerca del sendero, y la pradera se oscureció, con una pálida franja de luz verde a lo largo del noroeste, y supe que habría una fuerte helada antes de la mañana.
Esta noche, después de la cena, mi alma y yo nos sentamos e hicimos un poco de contabilidad. Dinky-Dunk, que me había estado observando por el rabillo del ojo, fue a la ventana y dijo que parecía que venía una tormenta. Y supe que se refería a que yo era la Medicine Hat de donde había de provenir, pues antes de levantarse de la mesa me había explicado que el matrimonio era como el automovilismo porque en realidad era viajar mediante una serie de explosiones. Luego intentó explicarme que en pocas semanas la fiebre del otoño habría terminado y tendríamos más tiempo para obtener lo que merecemos de la vida. Pero me volví hacia él con repentina ferocidad y declaré que no iba a ser simplemente un animal. Tenía la intención de mantener mi alma viva, que era deber de todos, sin importar dónde estuvieran, ennoblecer su espíritu manteniéndose en contacto con lo mejor que se ha sentido y pensado alguna vez.
Cuando con severidad saqué mi armónica y toqué el Coro de los Peregrinos, tan bien como pude recordarlo, Dinky-Dunk se sentó a escuchar en silencioso asombro. Mantuvo el fuego y esperó hasta que terminé. Luego tomó la palangana y dijo, con total naturalidad: "¡Esta noche te ayudaré a lavar los platos, Gee-Gee!". Y así guardé la armónica y lavé los platos. Pero antes de irme a dormir saqué mi pequeña edición en vitela de El anillo y el libro de Browning, y leí con aplicación, con tenacidad, con determinación, durante una hora entera. De qué trata todo eso, no lo sé. En lugar de ennoblecer mi espíritu, solo me cansó el cerebro y terminó haciéndome enojar tanto que arrojé el libro al cajón de la leña... Dinky-Dunk acaba de prender un papel en mi puerta; es una sentencia de Epicteto. Y dice: "¡Mejor es que las grandes almas vivan en pequeñas moradas a que los esclavos abyectos se escondan en grandes casas!".
Domingo dieciocho
Pasé una hora hoy tratando de dispararle a un halcón gallinero que ha estado sobrevolando la cabaña toda la tarde. Va tras mis pollos, y como los huevos frescos valen más que Browning para una colona, saqué mi escopeta de patos. Me dio una sensación de mal inminente tener a ese enorme pájaro merodeando. Me recordó que había maldad y rapiña en el mundo. Odiaba al bruto. Pero me escondí bajo uno de los cajones del vagón y, al final, lo alcancé. Lo hice caer, en un revuelo de alas, como la caída de Satanás desde el Cielo. Sin embargo, cuando corrí a apoderarme de su cuerpo satánico, solo estaba herido y listo para dar pelea. Entonces volví a ver rojo. Lo golpeé con la culata del arma, arremetiendo contra él con furia. Estaba húmeda de sudor cuando terminé con él. Era un monstruo. Lo clavé con las alas extendidas en la pared de la barraca, y Olie gritó y llamó a Dinky-Dunk cuando regresaron de reunir los caballos, que se habían escapado por la pradera. Dinky-Dunk me advirtió solemnemente que no corriera riesgos, ya que podría haberme sacado un ojo o desgarrado la cara con sus garras. Dijo que podría haber disecado y montado mi halcón, si no hubiera golpeado al pobre animal casi hasta destrozarlo. Hay un demonio en mí en alguna parte, le dije a Dinky-Dunk. Pero él solo se rio.
Lunes diecinueve
Esta noche Dinky-Dunk y yo pasamos una hora entera tratando de decidir un nombre para la cabaña. Yo quería llamarla "Crucknacoola", que en gaélico significa "Una pequeña colina de sueño", pero Dinky-Dunk presentó la objeción de que no había ninguna colina. Luego sugerí "Barnavista", ya que casi todo lo que podemos ver desde la puerta son los establos. Luego dije "The Builtmore", con espíritu de burla, y entonces Dinky-Dunk, en tono irónico, sugirió "Casa Grande". Y al final nos unimos en "Casa Grande". Es maravilloso cómo crece mi cabello. Olie ahora me observa con estudio mientras como. Puedo ver que está imitando pacientemente mis modales en la mesa. No hay nada que ese hombre silencioso y de modales rudos no hiciera por mí. He llegado al punto de no notar su nariz, tanto como solía no notar la barbilla retraída del tío Carlton. Pero no creo que Olie esté comiendo lo suficiente. Toda su mente parece estar ocupada en tratar de recordar no beber de su platillo, ¡como dice la historia que hizo el mismísimo George Washington en una ocasión!
Martes veinte
Sabía que ese viejo halcón gallinero significaba problemas para mí, y el problema llegó, por cierto. Me temo que no puedo contarlo de forma muy coherente, pero así fue como empezó: ayer por la tarde estaba sola, ocupada en la cabaña, cuando un policía montado llegó a la puerta y, por un momento, casi me mata de un susto. Simplemente me quedé allí mirándolo, pues era el primer hombre real, de verdad, fuera de Olie y mi marido, que veía en mucho tiempo. Y se veía muy elegante con su chaqueta escarlata y sus solapas amarillas. Pero no tuve mucho tiempo para meditar sobre su combinación de colores, pues anunció con calma que un ranchero llamado McMein había sido asesinado por un vaquero borracho en una disputa salarial, y que el asesino había sido visto dirigiéndose hacia el rancho Cochrane. Él (el P. M.) preguntó si me opondría a que registrara los edificios.
¿Que si me opondría? Ciertamente que no, pues pequeños escalofríos empezaron a subir y bajar por mi columna vertebral, y no me hacía mucha gracia la idea de tener a un asesino fugitivo saliendo de un pajar a medianoche y cortándome el cuello. El ranchero McMein había sido asesinado el sábado, y el vaquero había estado huyendo durante dos días. Mientras me decían esto, traté de recordar dónde había guardado Dinky-Dunk su funda de revólver, su eyector sin martillo y su repetidora Colt. Pero hice que ese apuesto joven de casaca escarlata entrara directamente en la cabaña y comenzara su búsqueda mirando debajo de la cama, y luego bajando al sótano.
Me quedé sosteniendo la trampilla y le advertí que no rompiera mis tarros de encurtidos. Luego subió y se quedó mirando pensativo a través del umbral.
—¿Tiene usted un arma? —me preguntó de repente.
Le mostré mi escopeta de patos con sus monturas de plata, y él sonrió un poco.
—¿No tiene un rifle? —exigió.
Le expliqué que mi marido sí tenía, y él seguía mirando a través del umbral mientras yo hurgaba en los rincones de la cabaña y encontraba la repetidora de Dinky-Dunk. Era un joven muy autoritario y seguro de sí mismo. Me quitó el rifle, examinó el cargador y se aseguró de que estuviera cargado. Luego me lo devolvió.
—Tengo que registrar esos edificios y los pajares —me dijo—. Y solo puedo estar en un lugar a la vez. Si ve a un hombre salir de su escondite en algún lugar, mientras estoy dentro, ¡tenga la bondad de dispararle!
Se marchó sin decir una palabra más, con su gran revólver reglamentario en la mano. Mis dientes empezaron a bailar una foxtrot por sí solos.
—¡Espere! ¡Deténgase! —le grité—. ¡No se vaya!
Se detuvo y me preguntó qué pasaba. —¡Yo... yo no quiero dispararle a un hombre! ¡No quiero dispararle a nadie! —intenté explicarle.
—Probablemente no tendrá que hacerlo —fue su respuesta fría—. Pero es mejor hacer eso que dejar que él le dispare a usted, ¿no es así?
Tras lo cual el Sr. Casaca Roja se dirigió directamente a los pajares, y yo me quedé en el umbral, con el rifle de Dinky-Dunk en las manos y las rodillas temblando un poco.
Lo observé mientras buscaba alrededor de los pajares. Luego me cansé de sostener el arma pesada y la apoyé contra la pared de la cabaña. Vi la casaca roja entrar por la puerta del establo y me sentí vagamente consternada ante la idea de que quien la vestía estaba ahora completamente fuera de mi vista.
Entonces mi corazón dejó de latir. Pues de una pila de paja que Olie había amontonado a menos de treinta metros de la casa, para cubrir un hoyo para nuestras verduras de invierno, un hombre brotó de repente. Parecía salir de la misma tierra, como un hongo.
Era el hombre más repulsivo que jamás tuve el placer de ver. Su ropa estaba harapienta, rota y manchada de barro. Su cara estaba cubierta de rastrojo, sus mejillas estaban hundidas y su piel era del color de una silla de montar nueva.
Podía ver el blanco de sus ojos mientras corría hacia la cabaña, mirando por encima del hombro hacia la puerta del establo mientras se acercaba. Tenía un revólver en la mano. Me di cuenta de eso, pero no pareció preocuparme mucho. Supongo que ya me había asustado tanto como la carne mortal podía asustarse. De hecho, estaba pensando con bastante claridad qué hacer, y no dudé ni un momento.
—Baje esa tontería —le dije, mientras corría hacia mí con la cabeza gacha y esa mirada indescriptiblemente desesperada en sus ojos grandes y asustados—. Si no eres un tonto, puedo esconderte —le dije. ¡Me tranquilizó ver que sus rodillas temblaban mucho más que las mías, mientras estaba allí de pie, en el centro de la cabaña! Me incliné sobre la trampilla y la levanté. —¡Baja ahí rápido! Ya registró ese sótano y no volverá a revisarlo. ¡Quédate ahí hasta que diga que se ha ido!
Se deslizó hacia la trampilla y bajó lentamente los escalones, con los ojos entornados y el revólver en alto, como si todavía esperara encontrar a alguien allí para enfrentarlo con un trabuco. Luego cerré la trampilla rápidamente. Pero no había forma de cerrarla con llave.
Tenía a mi asesino allí, atrapado, pero la cuestión era mantenerlo allí. Tu pequeña Chaddie no perdió muchos momentos preciosos en ensueños. Caminé de puntillas hasta el dormitorio y quité el colchón, ropa de cama y todo, de la estructura de la cama. Lo arrastré y lo coloqué en silencio sobre la trampilla. Luego, sin hacer ruido, volqué la mesa sobre él. Pero sabía que él aún podía levantar esa mesa, incluso conmigo sentada encima. Así que empecé a apilar cosas sobre la mesa volcada, hasta que pareció una furgoneta de mudanzas lista para una migración de primero de mayo. Luego me senté encima de esa pila de enseres domésticos, alcancé la repetidora de Dinky-Dunk y disparé deliberadamente un tiro a través de la puerta abierta.
Me senté allí, estudiando mi pila, sintiéndome segura de que una bala de revólver no podría atravesar todo aquello. Pero antes de que tuviera mucho tiempo para pensar en esto, mi cabo de la R. N. W. M. P. (lo que significa, Matilda Anne, la Real Policía Montada del Noroeste) entró por la puerta corriendo. Pareció aliviado cuando me vio triunfante a horcajadas sobre esa mesa volcada cargada con casi todos mis cachivaches domésticos.
—Lo tengo para usted —anuncié con calma.
—¿Tiene qué? —dijo, aparentemente pensando que me había vuelto loca.
—Tengo a su hombre para usted —repetí—. Está ahí abajo, en mi sótano. Y en un minuto le expliqué exactamente lo que había sucedido. No hubo parlamento, ni deliberación, ni vacilación.
—¿No sería mejor que saliera? —sugirió mientras comenzaba a apartar las cosas de la trampilla.
—¿No va a bajar ahí? —exigí.
—¿Por qué no? —preguntó.
—¡Pero tiene un revólver! —grité—, ¡y seguro que disparará!
—Por eso creo que sería mejor que usted saliera un momento —fue la respuesta casual de mi joven soldado.
Caminé y tomé la repetidora de Dinky-Dunk. Luego crucé al otro lado de la cabaña, con el rifle en mis manos.
—Me voy a quedar —anuncié.
—Está bien —fue la respuesta despreocupada del oficial mientras lanzaba el colchón a un lado y, con un tirón rápido, abría la trampilla.
Un disparo resonó desde abajo cuando la puerta golpeó la pared. Pero no se repitió, pues el hombre de la casaca roja saltó físicamente, con los talones por delante, hacia aquel agujero negro. No pareció contar con el riesgo ni con lo que pudiera haber delante de él. Simplemente saltó, con las espuelas por delante, sobre aquel otro hombre con el revólver en la mano. Pude oír pequeños gruñidos, resoplidos y un golpe o dos contra los escalones del sótano. Luego hubo silencio, excepto por un doble "clic-clic" que no pude comprender.
Oh, Matilda Anne, ¡cómo observé aquella abertura del sótano! Y vi una espalda con una casaca roja elevarse lentamente del agujero. Él, el dueño de la espalda por supuesto, estaba arrastrando al otro hombre físicamente por las estrechas y pequeñas escaleras. Había un par de esposas ya en sus muñecas y parecía aturdido e indefenso, pues aquel joven soldado de aspecto esbelto lo había golpeado sin piedad, arrancándole los dos dientes frontales, uno de los cuales encontré en el umbral cuando estaba barriendo.
—Lo siento, pero tendré que tomar uno de sus caballos por un día o dos —fue todo lo que mi héroe de la R. N. W. M. P. se dignó decirme mientras pasaba el brazo por el de su prisionero y lo ayudaba a salir por la puerta.
—¿Qué... qué harán con él? —grité tras el cabo.
—Ahorcarlo, por supuesto —fue la respuesta cortante.
Luego me senté a pensar en las cosas y, como una solterona con vahídos, decidí que no me vendría mal una taza de té bien fuerte. Y para cuando terminé mi té, puse las cosas en orden y, de paso, descubrí que no menos de cinco de mis latas de champiñones habían sido hechas pedazos en el piso de abajo, escuché el estruendo del vagón y supe que Olie y Dinky-Dunk habían vuelto. Y di un largo suspiro de alivio, pues con todos sus inconvenientes, ¡los hombres no son algo malo de tener cerca, de vez en cuando!
Jueves veintidós
Fue el martes temprano por la mañana cuando Dinky-Dunk anunció firmemente que él y yo nos íbamos de viaje de caza de tres días. No había dormido bien la noche anterior, pues mis nervios seguían algo alterados, y Dinky-Dunk dijo que necesitaba un picnic. Así que tomamos armas, cartuchos, mantas, impermeables y utensilios de cocina, y los guardamos en el cajón del vagón. Luego hicimos una lista de las provisiones que necesitaríamos, y mientras Dinky-Dunk llenaba unos sacos con avena para los caballos, yo estaba ocupada empacando la caja de provisiones. Y la empaqué a tope, y llevé también la vieja caja de pan de hojalata, junto con harina para panqueques, fruta seca y un trozo extra de tocino... y tocino es como se llama ahora en esta cabaña, pues le he prohibido terminantemente a Dinky-Dunk hablar de él como "panza de cerda" o incluso como un "trozo de gruñido" nunca más.
Luego partimos a través de la pradera, tras instruir debidamente a Olie sobre cómo alimentar a los pollos, cuidar la crema y terminar el hoyo para las verduras de invierno. Aun así, creo que Olie pensó que ambos estábamos un poco locos, pues no teníamos más idea de adónde íbamos que el hombre de la luna.
Pero había algo glorioso en la idea de ir de gitanos por la pradera otoñal así, sin pensar ni preocuparse por dónde debemos detenernos o qué camino debemos tomar. Hacía que el movimiento de cada día fuera una gran aventura. Y el clima era divino.
Dormíamos por la noche bajo el cajón del vagón, con una lona a lo largo de un lado para mantener el viento fuera, y un fuego parpadeando frente a nuestras caras del otro lado, con los caballos atados, las estrellas girando sobre nuestras cabezas y la paz de Dios en nuestros corazones. ¡Qué bien sabía cada comida! ¡Y cómo aquel aire agudo y cortante hacía que acurrucarse bajo un par de mantas de cinco puntos de Hudson Bay fuera un lujo del que solo se podía hablar en los susurros más reverentes! ¡Y hubo un tiempo, como ya sabes, en el que solía tomar bromuro y a veces hasta sulfonal para poder dormir! ¡Pero aquí es tan diferente! Cansarse las piernas al aire libre, caminando por los bordes de los pantanos llenos de juncos tras ánades reales y patos de cabeza roja, oler café, tocino y urogallos friéndose al fresco de la tarde, a través de un fino velo de humo de fogata, ver al mundo cansado darse la vuelta sobre su hombro e irse a dormir... todo es una especie de canción de cuna monumental.
El viento de la pradera parece buscarte y hacer una apuesta con la Osa Mayor de que te hará dormir en un abrir y cerrar de ojos, y la orquesta de las esferas susurra a través de sus millones de cuerdas y canta para que tu alma descanse. Pues te digo aquí y ahora, Matilda Anne, que yo, la pobre, diminuta, inútil e insignificante yo, he escuchado esa música de las esferas tan claramente como tú escuchaste Funiculi-Funicula en aquel pequeño vapor de Nápoles que solía llevarte a Capri. Y cuando salía arrastrándome de debajo de aquel viejo cajón de vagón, como un topo de su agujero, en el primer delicado rosado del alba, me sentía inefablemente agradecida de estar viva, de escuchar las cantatas de salud cantando profundamente en mi alma, de saber que, sin importar lo que la vida haga conmigo, ¡había arrebatado mi parte de felicidad de la despensa de los dioses! Y el interminable cambio de color, desde la dedalera leonada en la tierra más clara, el amarillo pálido de la piel de un león bajo el sol inclinado del otoño, hasta las temblorosas y brillantes glorias de las Luces del Norte que bailan en el norte, que despliegan sus estandartes de rubí, oro y verde, y tiemblan, se fusionan y palpitan hasta que siento que puedo oír el choque de platillos invisibles. Me pregunto si puedes entender mi sentimiento cuando saqué el alfiler de sombrero de mi viejo Stetson gris ayer, descubrí mi cabeza y miré directamente hacia el firmamento azul sobre mí. Entonces dije: "¡Gracias, Dios, por un día tan hermoso!".
Dinky-Dunk dijo prontamente que era una blasfemia... ¡es tan estricto y solemne! Pero mientras miraba hacia las profundidades de esa intensa luz opalina, tan clara, tan pura, me di cuenta de cómo el aire, solo aire y nada más, podía dejar a una dama distraída como yo medio borracha. ¡Solo que es un champán que nunca te deja dolor de cabeza al día siguiente!
Dinky-Dunk, quien parece empeñado en mantenerme la mente ocupada, me trajo anoche un fajo de revistas viejas a casa. Estaban tan deshilachadas y sobadas que algunas de las páginas me recordaban a billetes de banco muy usados. He estado leyendo algunos de los relatos, y todos parecen una tontería. ¡Parece que todo el mundo está enamorado de la mujer de otro! ¡Y luego, las personas están divididas tan estrictamente en dos clases, los buenos y los malos! En cuanto a la mujer del prójimo, la vida en la pradera pronto les quitaría esa tontería de la cabeza. No hay mucho espacio para el Triángulo en una cabaña de dos por tres. ¡La vida es tan normal, natural y grande aquí que a un Pierre Loti lo echarían a patadas a un baño para ovejas antes de que pudiera terminar su primera caja de colorete! Quieres a tu propia esposa, y la quieres tanto que te sientes satisfecho. ¡No es que Dinky-Dunk y yo seamos tan santurrones! Solo estamos sanos y somos humanos, eso es todo, y nunca serviríamos para la ficción.
Después de comer, apartamos los platos y nos sentamos uno al lado del otro, con los brazos sobre los hombros del otro, llenos de la alegría de vivir, satisfechos, felices, de mente sana, de vez en cuando un poco rabelesianos en nuestra conversación, serpenteando con ojos inocentes a través de esas intimidades más terrenales que la mayoría de las personas casadas parecen afrontar sin vergüenza, siempre y cuando se haga en secreto. No parece darnos vergüenza ese rasgo terriblemente humano que hay en nosotros. Y ninguno de los dos es malo, en el fondo. Pero sé que no somos como esos personajes de revista, que parecen tener agua de Florida en lugar de sangre roja en las venas, y que están tan, tan lejos de la vida.
Sin embargo, incluso esa incursión en la ficción educadamente erótica pareció canalizar mi pobre y pequeña mente cubierta de hierba hacia la actividad, y Diddums y yo nos quedamos despiertos hasta las horas pequeñas hablando de la vida y las letras. Él me puso en marcha al comentar con cierta melancolía que todas las mujeres parecen querer ser intelectuales y tener un salón.
—No, Dinky-Dunk, no quiero un salón —anuncié prontamente—. Nunca quise uno, porque no creo que fueran tan emocionantes como imaginamos. Y odio a la gente literaria casi tanto como odio a los actores. Siempre sentí que eran como el decorado de un escenario, no hecho para una inspección cercana. Porque después de cinco inviernos en Nueva York y un par en Londres, no puedes evitar tropezarte con el tipo bohemio, por no mencionar un choque ocasional con ellos a lo largo y ancho del Continente. Cuando son mujeres, siempre parecen llevar el tipo equivocado de corsé. Y cuando son hombres, se observan a sí mismos en los espejos, o hablan tanto de sí mismos que no tienes oportunidad de hablar de ti mismo... lo cual es, en realidad, la definición más completa de un pesado, ¿no es así? Preferiría mucho conocerlos a través de sus libros que a través de esas horribles tertulias de domingo por la noche donde el pobre y viejo leonino M---- solía sudar leyendo esos poemas socialistas suyos a las damas adoradoras, y John el Sanguinario solía llevar la misma camisa de franela que lo protegía de las ráfagas polares allá en Alaska... abierta en la garganta, y todo ese tipo de cosas, justo como un vaquero de película, ¡solo que John se había puesto un poco gordo y seguía arruinando la imagen de Hombre Fuerte posando tan eternamente en un extremo del piano de cola! Ya sabes cómo lo hacen, un codo pensativo sobre el extremo del piano y la palma delicadamente caída sosteniendo el cerebro cansado, ¡igual que sostienes una rama de naranjo King cuando se vuelve demasiado pesada con la fruta! Y luego tenía un flequillo encantador y una voz como la de una solterona de Maine. Y créeme, oh señor y amo, ese hombre devoraba toda su carne cruda y sangre en su cinta de escribir. Lo apodé el Rey de la escuela de la Cuenca del Ojo, y en lugar de enfadarse, realmente me lo agradeció. Ese era el tipo de publicidad que buscaba.
Dinky-Dunk sonrió un poco mientras yo seguía parloteando. Luego se puso serio de nuevo. —¿Por qué es —preguntó— que un escritor en la Abadía de Westminster es siempre un genio, pero un escritor en la habitación de al lado es más bien una broma?
Intenté explicárselo. —Porque los escritores son como los indios. Los únicos buenos son los muertos. Y lo mismo ocurre con esas sirenas de la historia. Annie Laurie vivió hasta los ochenta, aunque la balada no lo diga. Y Lady Hamilton murió pobre y fea y andaba con arenques rojos en el bolsillo. Y Cleopatra era en realidad una vieja intrigante política pelirroja, y París se cansó de Helena de Troya. ¡Lo que significa que la historia, al igual que la literatura, es solo *Le mensonge convenu*!
Esto hizo que Dinky-Dunk se sentara y me mirara fijamente. —Mira, Gee-Gee, no me importa un poco de cultura libresca, ¡pero odio verte arrancar todo el árbol del conocimiento de raíz y golpearme con él! ¡Y eran salones de lo que estábamos hablando, y no de las damas malvadas del pasado!
—Bueno, el único salón que vi en Estados Unidos tenía el aire comercial de una inauguración de sombrerería donde se servía té —declaré prontamente—. Y la única mujer estadounidense que conocí que quería tener un salón era una chica a la que solíamos llamar Ana Asafétida. Y si te explicara por qué, pondrías una cara mucho peor que esa, mi Diddums. ¡Pero tenía debilidad por las pieles negras y nunca se lavaba el cuello! ¡Así que la Marca Plimpton siempre estaba ahí!
—No te amargues, Gee-Gee —anunció Dinky-Dunk mientras procedía a encender su pipa. Y yo podía permitirme reír ante su solemnidad.
—No estoy amargada, Honey Chile; solo me alegro de haberme librado de toda esa basura bohemia. Puedes llamarme parlanchina y acusarme de ser temperamental de vez en cuando... lo cual no soy... pero lo único en la vida que amo es la cordura. Y eso, Dinky-Dunk, es por lo que te amo, ¡aunque solo seas un gran granjero quemado por el sol luchando y planeando y trabajando duro por un hogar para una esposa vacía de cabeza que va a fracasar en todo menos en hacer que te enamores de ella!
Entonces siguieron unos momentos en los que no pude hablar,
... La secuela es apenas esencial— ¡No, más que esto, la mantengo aún Profundamente confidencial!
Entonces, mientras estábamos allí sentados, lado a lado, me puse a pensar en el pasado y en los bohemios ante quienes una vez había quemado incienso. Y recordando una cierta visita a Box Hill con la madre de Lady Agatha, hace años y años, tuve que revisar mi veredicto sobre los autores, porque uno de los recuerdos más cálidos de toda mi vida es el del querido y viejo Meredith en su silla de ruedas, con su rostro barbudo todavía inundado de su amable luz interior y su espíritu todavía suave con su inagotable amor por la vida. Y una vez, de niña, continué diciéndole a Dinky-Dunk, conocí a Stevenson. Fue en Mentone, y todavía puedo recordarlo inclinándose y tomando mi mano. Su propia mano estaba fría y delgada, como una garra, y con el rápido instinto de la infancia me di cuenta, también, de que era condescendiente mientras me hablaba, a pesar de la risa que mostraba los dientes blancos bajo su bigote negro caído. Por extraño que pareciera, no me gustó más de lo que después me gustó el retrato de Sargent de él, que era en realidad un eco de mi propia primera impresión, aunque muchas, muchas veces he intentado borrar esa primera estimación injusta de un verdadero hombre de genio. Hay tanto en el *Jardín de versos de un niño* que amo; hay tanto en la vida del hombre que exige admiración, que parece incorrecto no capitular ante su encanto. Pero cuando la propia familia de uno son sus biógrafos, es difícil mantenerse humano. "Sin embargo, hay una cosa, Dinky-Dunk, por la que sí lo respeto", continué. "Había visto las partes más hermosas de este mundo, y, cuando tuvo que hacerlo, pudo renunciar a todo alegremente y vivir en este Oeste americano nuestro, ¡incluso como tú y yo!". Ante lo cual Dinky-Dunk argumentó que deberíamos perdonar a un inválido su estridulante predicación sobre la valentía y la virilidad y su excesivo énfasis en la fortaleza, ya que estaba claramente basado en un esfuerzo por reaccionar contra una debilidad constitucional de la que él mismo no podía ser culpado.
Y confesé que podía perdonarlo más fácilmente que a John el Sanguinario con su diabolismo literario y esa ostentosa truculencia de la edad de piedra con la que le encantaba poner la piel de gallina a las damas, ¡fingiendo que era un toro en una tienda de porcelana cuando en realidad solo es un ratón blanco en un tintero! Y después de que Dinky-Dunk golpeó su pipa y dio cuerda a su reloj, me miró con su lenta sonrisa escocesa-canadiense. "Para un par de paletos que han estado arponeando la idea del salón", anunció solemnemente, "¡llamo a esto una velada bastante literaria!". Pero, ¿de qué sirve tener una idea o dos en la cabeza si no puedes airearlas de vez en cuando?
Martes veintisiete
¡Hoy me topé con la sorpresa de mi vida! ¡Era un hombre! Cogí a Paddy y galopé hasta el viejo rancho Titchborne y estuve merodeando por el corral, esperando encontrar algunos hongos tardíos. Pero no había ni uno. Así que silbé con mis cuatro dedos para Paddy (he estado enseñándole a venir ante esa llamada) y casualmente miré en dirección a la cabaña abandonada. Entonces vi la puerta abrirse, y *salió un hombre*.
Era un hombre joven, con polainas, pantalones de montar y chaqueta Norfolk, y estaba fumando un cigarrillo. Me miró como si yo fuera el eslabón perdido. Luego dijo "¡Hola!" de manera bastante inadecuada, me pareció a mí.
Respondí "Hola", y me pregunté si debía salir corriendo o no. Pero mi coraje tomó un segundo aire, y me quedé. Luego nos dimos la mano, muy formalmente, y explicamos quiénes éramos. Y descubrí que su nombre era Percival Benson Woodhouse (¡y que el Señor me perdone si alguna vez lo llaman Percy para abreviar!) y que su tía es la Condesa de D---- y que conoce a varias personas de las que tú y Lady Agatha han hablado a menudo. Tiene un sirviente japonés llamado Kino, o quizás se escribe Keeno, no sé cuál, que es ama de llaves, lavandera, ayuda de cámara, jardinero, mozo de cuadra y chef, todo en uno... así, al menos, me confesó Percival Benson. También confesó que había comprado el rancho Titchborne, a partir de fotografías, a "uno de esos tipos de tierras" en Londres. Quería vivir un poco de forma austera, y le dijeron que habría una caza de animales muy buena. Así que incluso trajo un rifle para elefantes, que su primo había usado en la India. Las fotografías que el "tipo de las tierras" le había mostrado resultaron ser imágenes de las Selkirks. Y, considerando todo, pensó que lo habían engañado bastante bien. Pero Percival pareció aceptarlo con el estoicismo del británico bien nacido. Intentaría probar el lugar, aunque no hubiera caza.
"Pero sí hay caza", le dije, "¡montones de ella, muchísima!".
Preguntó suavemente dónde y qué. Se lo dije: patos salvajes, urogallos de la pradera, gansos salvajes, liebres, de vez en cuando un zorro, y montones de coyotes. Explicó, entonces, que se refería a caza mayor... ¡y qué magníficamente ruedan esas dos palabras, "caza mayor", en la lengua inglesa! Tiene una hermana en las Bahamas, que puede unirse a él el próximo verano si decide quedarse. Consideró que sería un poco duro para una chica, durante la temporada de invierno aquí arriba.
Sin embargo, antes de seguir adelante debo describirte a Percival Benson Woodhouse, porque no solo es de "nuestra clase", sino también un tipo.
En primer lugar, es un hombre del Magdalen College, del tipo que hemos visto subiendo y bajando por High muchas y muchas veces. Es bastante flaco y bastante alto, y se encorva un poco. "En casa" lo llaman la "encorvadura de Oxford", si no me equivoco mucho. Sus manos son delgadas, largas y huesudas. Sus ojos son bonitos, y tiene muy buen aspecto. Quiero decir que es el tipo de hombre al que nunca tomarías por un "forastero" o un "despreciable". Es del tipo que parece tener el privilegio real de hacer incluso cosas dudosamente educadas y aun así hacerlas de tal manera que parezcan bastante apropiadas. No sé si dejo eso claro o no, pero una cosa está clara, y es que nuestro Percival Benson es un aristócrata. Lo ves en su rostro excesivamente sensible, excesivamente refinado, casi delicadamente femenino, con esos ojos suyos idealistas y bastante poco prácticos. Lo ves en la nariz delgada, arqueada y huesuda (¡casi un pico tan fino como el que pertenece a Su Gracia, el Duque de M----!) y lo ves en el rostro triste y algo alargado, como si hubiera estudiado demasiado libros grandes, una especie de aire de patetismo y distanciamiento de las cosas. Su boca te parece bastante escasa, hasta que sonríe, lo cual es bastante a menudo, porque, gloria a Dios, tiene un buen sentido del humor. Pero además de eso, tiene una pulcritud, una frialdad, una especie de facilidad impersonal, que te haría pensar que podría haber salido de una de las primeras novelas de Henry James de la época de *Retrato de una dama*. Y me gusta. Lo supe de inmediato. Es decadente y del viejo mundo y probablemente inútil, aquí fuera, pero representa algo que he estado extrañando, ¡y estaré muy equivocada si Percival Benson y Chaddie McKail no son muy buenos amigos antes de que termine el invierno! Ha preguntado si se le permitiría venir de visita, y vendrá a cenar mañana por la noche, y espero que Dinky-Dunk sea amable con él... si vamos a ser vecinos. Pero Dinky-Dunk dice que los occidentales no piden permiso para visitar. Simplemente meten su *cayuse* en el corral y entran, igual que hace un indio. ¡Y Dinky-Dunk dice que si viene en traje de noche, le disparará, seguro!
Jueves veintinueve
Percy (¡cómo odio ese nombre!) estuvo aquí para cenar anoche, y considerando todo, no nos fue tan mal. Tuvimos sopa de tomate, patatas gratinadas y urogallo de la pradera (necesitan ser bien bañados en su jugo) y galletas calientes y melocotones secos guisados con nata. Luego tomamos café y los hombres fumaron sus pipas. Hablamos hasta las doce y cuarto de la noche, y mi pobre Dinky-Dunk, que ha estado trabajando tanto y no viendo a nadie, realmente disfrutó esa visita y realmente le gusta Percival Benson.
Percy empezó a hablar de Oxford, y podías ver que amaba la vieja ciudad y que se sentía más en casa en el Isis que en la pradera. Dijo que una vez escuchó a Freeman contar una historia sobre Goldwin Smith, quien solía ser Regius Professor de Historia en la Universidad. G. S. parecía sorprendido de que F. no pudiera decirle, en algún examen *viva voce*, lo que sea que eso signifique, la causa de la muerte del Rey Juan. Entonces G. S. explicó que el pobre Juan murió de demasiados melocotones y cerveza fresca, "lo que le daría a un hombre un dolor de barriga considerable", anunció solemnemente el Regius Professor de Historia a Freeman.
Percy dijo que sus pulmones le daban problemas en Inglaterra, y ha pasado más de un año en Florencia y Roma y puede hablar de pinturas como una guía de Grant Allen. Y ha asistido a muchas óperas en La Scala, pero consideró al coyote canadiense un vocalista mucho mejor que la mayoría de los tenores italianos menores. Y conoce Capri y Taormina y dice que le gustaría envejecer y morir en Sicilia. Contrajo neumonía en Messina, y casi muere joven allí y después de cinco meses en Suiza un especialista le dijo que probara en Canadá.
He notado que uno de los delirios de los estadounidenses es que un inglés es silencioso. Ahora, mi convicción personal es que los ingleses son los mayores conversadores del mundo, y tengo a Percy para respaldarme en ello. De hecho, nos sentamos a hablar tanto tiempo que Percy preguntó si no podía quedarse toda la noche, ya que era un mal jinete y aún no estaba seguro de los senderos. Así que le preparamos un lugar para dormir en la sala de estar. Y cuando Dinky-Dunk se fue a la cama me confió que Percy estaba tranquilamente leyendo y fumándose a sí mismo hasta quedarse dormido, con mi tristemente despreciada copia de *El anillo y el libro*, con la lámpara en el suelo, a un lado de él, y un platillo al otro, como cenicero. Pero estaba levantado y fuera esta mañana, antes de que cualquiera de nosotros se moviera, volviendo a Casa Grande, sin embargo, cuando vio el humo en la parte superior de la chimenea. Sus mejillas delgadas estaban bastante rosadas y explicó disculpándose que había estado tratando durante una hora y media de atrapar a su *cayuse*. Olie había acudido a su rescate. Pero nuestro exiliado de Oxford de hombros delgados dijo que nunca había visto un amanecer tan glorioso, y que el ozono lo había dejado un poco achispado. Hablando de especímenes de hombros delgados, Matilda Anne, una vez fui una treinta y seis; ahora soy una cuarenta y dos perfecta.
Viernes cinco
El clima ha sido malo toda esta semana, pero he tenido mucho que coser, y durante dos días Dinky-Dunk se quedó dentro y me ayudó a arreglar la cabaña. Hice más estantes para libros con más cajas de galletas viejas y mi señor hizo un estante para nuestras armas de fuego. Percival Benson vino una vez, a través de la tormenta, y nos tomó media hora descongelarlo. Pero trajo algunos libros, y dice que tiene cuatro cajas, en total, y que somos bienvenidos a todos los que deseemos. Se quedó hasta el mediodía del día siguiente, esta vez durmiendo en el anexo, que Dinky-Dunk y yo hemos empapelado, para que se vea bastante presentable. Pero todavía no hay forma de calentarlo. Nuestro nuevo vecino, imagino, está muy solo.
Domingo siete
El clima ha despejado: hay un arco de *chinook* en el cielo, y una especie de bruma de verano de San Martín en toda la pradera. Pero hay noticias hoy. Kino, el japonés de nuestro nuevo vecino, se ha escapado con una buena cantidad de dinero y casi todos los objetos de valor de Percival Benson. El pobre chico está casi indefenso, pero no es alguien que se rinda. Dijo que cortó su primera leña hoy, aunque tuvo que pararse en una tina de lavar, mientras lo hacía, para evitar cortarse los pies. El cumpleaños de Dinky-Dunk es solo dentro de tres semanas, y estoy haciendo planes para una celebración.
Martes nueve
Los días pasan volando, y apenas me dejan tiempo para escribir. Dinky-Dunk es una especie de péndulo, oscilando hacia fuera para trabajar, volviendo para comer, y luego hacia fuera, y luego volviendo otra vez. Olie está transportando madera y hierro galvanizado para un nuevo edificio de algún tipo. Mi señor, por las noches, se sienta con papel y lápiz, calculando medidas y haciendo planes. Yo me siento al otro lado de la mesa, por lo general, cosiendo. A veces voy a su lado de la mesa, y le hago guardar sus planes por unos minutos. Somos muy felices. Pero a dónde vuelan los días apenas lo sé. Siempre estamos mirando hacia el futuro, hablando sobre el futuro, "imaginando" para el futuro, como dicen los irlandeses. El próximo verano será nuestro año estelar. Dinky-Dunk va a arriesgarlo todo en el trigo. Es como un general trazando un plan de campaña futuro... porque cuando llegue el trabajo, dice, llegará de golpe. La ayuda será difícil de conseguir, así que venderá sus derechos de madera de la Columbia Británica y comprará un tractor de gasolina de cuarenta caballos de fuerza. Al menos lo hará si la gasolina se vuelve más barata, porque con el "gas" todavía a veintiséis centavos el galón, la fuerza de los caballos es lo más barato. Pero durante la temporada de roturación en abril y mayo, uno de estos motores puede arrastrar ocho arados de varias rejas detrás de él. En veinticuatro horas será capaz de remover treinta y cinco acres de suelo de pradera... y el hombre y equipo ordinario cuenta dos acres de arado como un día de trabajo decente.
Esta noche le pregunté a Dinky-Dunk por qué arriesgaba todo en el trigo y le advertí que quizás tendríamos que revisar el viejo eslogan del caminante de Kansas para decir:
"¡En el trigo confiamos, En el trigo nos arruinamos!"
Dinky-Dunk explicó que seguir cultivando solo trigo sería perjudicial para la tierra, e incluso ahora significaba correr un riesgo, pero, dada su situación, era lo que aportaba el dinero más rápidamente. Y él quería dinero con urgencia, porque tenía un nido que acolchar para una pajarilla silvestre que había capturado; lo cual significaba yo. Más adelante tiene la intención de dedicarse al lino —para fibra y no para semilla— y, como nuestra tierra debería producir dos toneladas de la mejor paja de lino por acre y el producto belga e irlandés vale ahora más de cuatrocientos dólares la tonelada, me dijo que me sentara a calcular lo que producirían cuatrocientos acres, incluso con una cosecha de dos tercios.
El granjero canadiense del Oeste, continuó explicando, mayormente cultivaba lino solo por la semilla, quemando más de un millón de toneladas de paja cada año, solo para quitarla de en medio, igual que hace con su paja de trigo. Pero todo eso cambiará pronto. Apenas la semana pasada Dinky-Dunk escribió al Departamento de Agricultura para pedir información sobre la fibra de Courtrai —ese es el tipo que se usa para el encaje de aguja y vale un dólar la libra—, pues mi señor se siente convencido de que su suelo y condiciones climáticas son especialmente adecuados para algunas de las variedades más finas. Incluso admitió que el lino sería mejor en su tierra en este momento, ya que liberaría algunos de los fertilizantes naturales que a veces dejan la tierra virgen demasiado rica para el trigo. Pero lo que más me impresionó de la charla de Dinky-Dunk fue su absoluta e inquebrantable fe en este Oeste nuestro, una vez que despierte a sus oportunidades. Es un granero acumulado de riqueza, declara, ¡y todo lo que hemos hecho hasta ahora es mordisquear junto a las grietas del suelo!
Sábado, veintiuno
Hoy es el cumpleaños de Dinky-Dunk. Él siempre ha pensado, por supuesto, que soy una indigente, y nunca soñó con mi pequeño y pobre ahorro residual. Había encargado una caja de manzanas del valle de Okanagan, un gramófono y una docena de discos de ópera, una pipa de brezo y dos libras de "Honey-Dew" inglés, una chaqueta de fumar, algunas corbatas, calcetines y camisas nuevas, y un Stetson nuevo de estreno, pues el viejo sombrero de Dinky-Dunk es casi un saco de trapos. Y encargué media docena de las novelas más recientes y una colección de Herbert Spencer que le oí decir que quería, y una impresión en sepia de la Mona Lisa (que mi señor dice que me parezco cuando estoy tramando problemas) y un colchón de fieltro y un juego de muelles para la cama (¡así que adiós, viejo amigo combado cuyas protuberancias me han magullado el cuerpo y el espíritu tantas noches!) y una docena de naranjas grandes y tres docenas de velitas para el pastel de cumpleaños. Y entonces me quedé sin nada: ¡cada bendito centavo se fue! Pero Percy (hemos sido, ya ve, incapaces de escapar a ese nombre) encargó una caja de cigarros y un par de zapatillas de casa acolchadas, así que fue un despliegue bastante formidable.
Yo, en consecuencia, hice que Olie transportara secretamente este despliegue todo el camino desde Buckhorn hasta la casa de Percy, donde fue debidamente emboscado y atrincherado, para esperar el día fatal. Como quiso la suerte, o pareció querer, Dinky-Dunk tuvo que salir al camino durante una noche, para ver el registro de sus transferencias para su nueva media sección, en el pueblo de H----. Así que tan pronto como Dinky-Dunk estuvo fuera de vista, terminé apresuradamente mi trabajo e hice que Tumble-Weed y Bronk se dirigieran al viejo rancho Titchborne.
Allí llegué a media tarde, ¡y qué momento pasamos, desempacando esas cosas, mirándolas y planeando y hablando! Pero todo se echó a perder.
Olvidamos atar a los caballos. Así que mientras tomábamos el té, Bronk y Tumble-Weed salieron al camino, por su cuenta. Se dirigieron a casa, arreos y todo, pero por supuesto yo nunca supe esto en ese momento. Buscamos y buscamos, volvimos para cenar, y luego volvimos a salir. Buscamos hasta que oscureció. Mis pies estaban como plomo, y no habría podido caminar ni una milla más. Estaba tan rígida y cansada que simplemente tuve que rendirme. Percy se preocupó, por supuesto, pues no teníamos forma de enviar un mensaje a Dinky-Dunk. Entonces nos sentamos y hablamos de las posibilidades, como un par de náufragos en una isla de Robinson Crusoe. Percy se ofreció a dormir en el establo y dejarme la cabaña. Pero no quise ni oír hablar de eso. En primer lugar, me sentía bastante segura de que Percy era lo que llaman un "tísico" aquí, y no me apetecía la idea de dormir en una cama tuberculosa. Pedí una manta y le dije que iba a dormir debajo del vagón, como a menudo había hecho con Dinky-Dunk. Percy finalmente accedió, pero esto también le preocupó. Incluso sacó su arma de "caza mayor" para que yo tuviera protección, y palpó la hierba para ver si estaba húmeda, y declaró que no podía dormir en un colchón cuando sabía que yo estaba en el suelo duro. Le dije que me encantaba, y que se fuera a la cama, pues quería quitarme parte de mi armadura. Se fue, a regañadientes.
Fue una noche hermosa, y no hacía tanto frío, con apenas un soplo de viento. Me quedé mirando a través de los radios de la rueda hacia la Vía Láctea, y justo me estaba quedando dormida cuando Percy salió de nuevo. Estaba con una bata acolchada y tenía una manta sobre los hombros. Eso le hacía parecer, a ojos vista, al Padre Tiempo. Quería saber si estaba bien, y me había traído una almohada, que no usé. Luego se sentó en el suelo de la pradera, cerca del vagón, y fumó y habló. Me señaló algunas de las constelaciones y dijo que la única vez que había visto las estrellas más grandes fue una noche tranquila en el Océano Índico, cuando regresaba de Singapur. Nunca olvidaría esa noche, dijo, las estrellas eran tan maravillosas, tan grandes, tan cercanas, tan suaves y luminosas. Pero las estrellas del norte eran diferentes. Carecían del tono anaranjado que pertenece al Sur. Parecían más remotas y más imponentes, y siempre había un tono verdoso en su blancura.
Luego empezamos a hablar de "partes extranjeras" y Percy me preguntó si alguna vez había visto Nápoles de noche desde San Martino, y yo le pregunté si alguna vez había visto Broadway de noche desde lo alto del Edificio Times. Luego me preguntó si alguna vez había visto París desde Montmartre, o visto el Templo de Neptuno en Paestum bañado por la luz de la luna lucana, lo cual le dije muy prontamente que sí, pues fue en el viaje de regreso de Paestum que cierta persona me había propuesto matrimonio. Hablamos de templos y dioses griegos y la edad del mundo y leyendas indias hasta que me dio un sueño profundo. Entonces Percy tiró su último cigarrillo y se levantó. Dijo "Buenas noches"; yo dije "Buenas noches"; y él entró en la cabaña. Dijo que dejaría la puerta abierta, en caso de que llamara. Solo éramos nosotros dos, entre la tierra y el cielo, esa noche, y no había otra alma en un radio de siete millas a nuestro alrededor. Estaba muy contento de tener a alguien con quien hablar. Probablemente sea uno o dos años mayor que yo, pero soy bastante maternal con él. Y es escandalosamente incompetente, como colono, por el aspecto de su cabaña. Pero es un caballero, a veces siento que demasiado "gentil", un laodicense, mentalmente demasiado refinado hasta el punto de dejarlo incapaz de lidiar con la vida real. Es uno de esos hombres hechos para ser "espectador", y no actor, en la vida. Y hay algo tan absurdo en que esté donde está que siento lástima por él.
Dormí como un tronco. Una vez que me quedé dormida, me olvidé del suelo duro, del olor de las mantas de caballo y del hecho de que había perdido el tiro de mi pobre Dinky-Dunk. Cuando desperté, era el primer gris del amanecer. Dos hombres estaban de pie, uno al lado del otro, mirándome debajo del vagón. Uno era Percy, y el otro era el mismísimo Dinky-Dunk.
Había llegado a casa a las tres de la mañana, dándose prisa, pues estaba nervioso porque yo estuviera sola. Pero encontró la casa vacía, el tiro parado junto al corral y a mí desaparecida. Naturalmente, no era una situación muy feliz. El pobre Dinky-Dunk salió al camino de inmediato, y había estado cabalgando toda la noche buscando a su esposa perdida. Luego se dirigió a casa de Percy, lo despertó y descubrió a su esposa roncando plácidamente debajo de la caja de un vagón. Ni siquiera sonrió ante esto. Estaba muy cansado y muy silencioso. Pensé, por un momento, que vi desconfianza en el rostro de Dinky-Dunk, por primera vez. Pero no ha dicho nada. Odiaba verlo salir a trabajar, cuando llegamos a casa, pero se negó a tomar una siesta al mediodía, como yo quería que hiciera. Así que esta noche, cuando entró para su cena, tuve el pastel de cumpleaños debidamente adornado y todos los regalos expuestos.
Pero su entusiasmo fue forzado, y durante toda la comida mostró una tendencia a estar distraído. No tenía explicaciones que dar, así que no di ninguna. Pero noté que se puso sus viejas zapatillas. Pensé que lo había hecho deliberadamente.
—No parece que te vuelvas más dulce con la edad —anuncié, con las cejas arqueadas. Se sonrojó ante eso, claramente. Luego se estiró y tomó mi mano. Pero lo hizo solo con un esfuerzo, y después de una tremenda lucha interior que no era del todo halagadora para mí.
—Por favor, quita tu mano para que pueda alcanzar el paño de cocina —le dije. Y la mano se apartó como un disparo. Después de que terminé mi trabajo, saqué mi George Meredith y leí "Modern Love". Dinky-Dunk no vino a la cama hasta tarde. Yo estaba despierta cuando llegó, pero no dejé que lo supiera.
Domingo, veintinueve
No me he sentido con muchas ganas de escribir esta última semana. Apenas sé por qué. Creo que es porque Dinky-Dunk está en su dignidad. Se está poniendo delgado, por cierto. Sus pómulos sobresalen y su nuez de Adán resalta. Está preocupado por los pagos de sus tierras, y le digo que sería más feliz con una media sección. Pero Dinky-Dunk quiere riqueza. Y no puedo ayudarlo mucho. Me temo que soy una carga. ¡Y las estrellas me hacen sentir sola, y el viento de la pradera a veces me da escalofríos! Y el invierno se acerca.
Me temo que estoy fuera de mi entorno, tan fuera de él como lo está Percival Benson. No sería tan malo, supongo, si nunca hubiera visto rincones tan encantadores del mundo, antes de venir aquí a ser un punto en el desierto. ¡Si nunca hubiera tenido ese verano celestial en Fiesole, y esos meses contigo en Corfú, y ese invierno en Roma con la pobre, querida y difunta Katrinka! A veces pienso en las noches en que solíamos mirar sobre París, desde el techo sobre el estudio de 'Tite Daneau. Y a veces pienso en el Pincio, con la banda tocando, y los carruajes pasando a toda velocidad, y los oficiales de uniforme, y las estatuas blanco lechoso entre los árboles, y las brumas doradas del final de la tarde sobre la Ciudad Inmortal. Y me digo que todo fue un sueño. Y entonces siento que yo misma soy un sueño, y la pradera es un sueño, y Paddy y Olie y Dinky-Dunk y toda esta nueva vida no es nada más que un sueño. Oh, Matilda Anne, ¡he tenido nostalgia esta semana, tan infeliz y nostálgica por algo... por algo, y ni siquiera sé qué es!
Lunes, séptimo
¡Gloria sea! El invierno está aquí con un viento de sable de doble filo desde el norte y nieve en el suelo. Le da un toque a las cosas. Hace que nuestra pequeña y cómoda cabaña parezca tan acogedora como el camarote de un barco. Y tengo un trineo ligero, y con mi abrigo de piel de mapache, guantes y gorro de cuña, puedo estar tan caliente como una tostada con cualquier viento. Y hay mucho que hacer. Y no voy a ser una cobarde. Esta es la tierra donde la gente triunfa o se vuelve loca. Solo tienes que depender de ti misma, y culparte a ti misma, si las cosas salen mal. Y voy a hacer que salgan bien. No tiene sentido lamentarse aquí en el Oeste. Un par de versos de Laurence Hope han estado dando vueltas todo el día por mi cabeza:
"Esta es mi gente, y esta es mi tierra; Oigo el pulso de su alma secreta. Esta es la vida que entiendo, Salvaje y simple, y cuerda y completa."
Viernes, undécimo
Dinky-Dunk llegó a casa con una chica india hoy, una joven mestiza de unos dieciséis años. Será tanto compañera como camarera, pues Dinky-Dunk tiene que salir apresuradamente hacia la Columbia Británica, para intentar vender sus derechos de madera allí y poder hacer frente a sus pagos de tierras. Se va mañana. Me hace sentir desgraciada, pero estoy consumiendo mi propio humo, pues no quiero que me considere una carga. Mi chica india habla un poco de inglés. También come azúcar a puñados, siempre que puede robarla. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo "Queenie MacKenzie". Ese nombre casi me quita el aliento. ¡Cómo esa aborigen inculta del Noroeste llegó a adoptar este nombre de corista de Broadway, solo el Cielo lo sabe! Pero tengo mis sospechas sobre Queenie. Tiene ciertos movimientos exploratorios que me convencen de que tiene piojos. Duerme en el anexo, me alegra decir.
En la cena de hoy, mientras le enseñaba a Dinky-Dunk cómo hacer un conejo con su servilleta y un pasajero mareado con la última de sus naranjas, explicó que tal vez no llegaría a tiempo para Navidad, y preguntó si me importaría. Sabía que su viaje era importante, así que mantuve la compostura y dije que por supuesto que no me importaría. Pero la idea de una Navidad sola me heló el corazón. Intenté estar alegre, e hice mi repertorio con la armónica, lo que detuvo inmediatamente todas las actividades por parte de la Queenie MacKenzie de ojos redondos. ¡Pero toda esa tontería era tan forzada como la frivolidad de la Conciergerie de la Revolución Francesa, donde los alegres comensales no podían olvidar del todo que iban a perder la cabeza por la mañana!
Domingo, decimotercero
No solo Duncan se ha ido, sino que Queenie también ha hecho su partida sin ceremonia alguna. Surgió del hecho de que le pedí que se bañara. El único miembro decepcionado de la familia es el pobre viejo Olie, quien realmente le estaba haciendo ojitos a esa pequeña y sucia criatura. La imaginación desfallece ante lo que podría haber hecho con un dólar de azúcar moreno. Cuando Queenie se fue, descubrí que mi armónica se fue con ella. ¡Me gustaría darle una lección a esa chica india!
Miércoles, decimosexto
Fue un día claro y brillante hoy, sin viento, así que cabalgué hacia el viejo rancho Titchborne con mi pequeño trineo. Allí encontré a Percival Benson en una condición de lo más lamentable. Había estado postrado con gripe. Su lugar estaba desordenado, sus platos sin lavar y su combustible se estaba agotando. Su apariencia, de hecho, me asustó bastante. Así que lo abrigué bien, lo subí al trineo y lo traje directamente a casa conmigo. Tuvo un escalofrío en el camino, así que tan pronto como llegamos a Casa Grande lo envié a la cama, le di whisky caliente y puse mi bolsa de agua caliente en sus pies. Intentó aceptar todo el asunto como una broma, y juró que lo estaba cocinando de lo lindo. Pero esta noche tiene fiebre alta y me temo que le espera un serio asedio de enfermedad. Tengo la intención de enviar a Olie para recoger algunas de sus cosas y que su ganado sea traído con el nuestro.
Domingo, vigésimo
Percy ha tenido tres noches muy malas, pero parece un poco mejor hoy. Tiene el pulmón congestionado, y podría ser neumonía, pero creo que mi emplasto de mostaza salvó el día. Intenta esforzarse mucho por estar alegre, y está muy agradecido por cada pequeña cosa. Pero desearía que Dinky-Dunk estuviera aquí para decirme qué hacer.
Nunca habría sobrevivido a esta última semana sin Olie. Es tan vigilante y atento como un collie de granja. ¡Pero quiero a mi Dinky-Dunk! Puede que haya malcriado un poco a mi Dinky-Dunk, pero es solo una vez cada siglo o dos que Dios hace a un hombre como él. Quiero ser una buena esposa. Quiero hacer mi parte, y mantener el hombro en la rueda, si el camino tiene que ser pesado durante el próximo año o dos. No seré del tipo Dixon. No lo seré... ¡no lo seré! Mi Duncan me necesitará durante este próximo año, y será una alegría ayudarlo. Porque amo a ese hombre, Matilda Anne, ¡lo amo tanto que duele!
Domingo, vigesimoséptimo
La Navidad ha llegado y se ha ido. Fue muy solitaria en Casa Grande. Prefiero no escribir sobre ello. Percy está mejorando, pero todavía está algo débil. Creo que tuvo un escape estrecho.
Miércoles, trigésimo
Mi paciente está arriba y activo, luciendo como un hombre diferente. Muestra los efectos de mi alimentación forzada, aunque declara que estoy tratando de convertirlo en un ganso de Estrasburgo, por el bien del paté de foie gras cuando lo corte. Pero ha decidido ir a Santa Bárbara para el invierno; y creo que es sensato. Así que esta tarde me vestí con mis pieles, tomé el trineo y salí volando hacia el rancho Titchborne. ¡Oh, qué cabaña! ¡Qué desorden, qué falta de limpieza, qué desolación que adormece el espíritu! No culpo al pobre Percival Benson por irse a California. Sin embargo, recogí las cosas que necesitaba y salí volando de regreso a casa.
Jueves, trigésimo primero
Apenas sé cómo empezar. Pero debe ser escrito o de repente me volveré loca y empezaré a morder las paredes de la cabaña. Anoche, después de que Percy me ayudara a girar la mezcladora de pan (porque, pase lo que pase, al menos tenemos que comer) lo ayudé a empacar. Entre otras cosas, encontró una copia de "Shropshire Lad" de Housman y, después de hojearlo, anunció que le gustaría leerme dos o tres pequeñas cosas de él. Así que me agaché frente al fuego, hurgando ociosamente en las brasas rojas, y él se sentó al lado de la estufa con su libro, en zapatillas y bata. Y ahí estaba él, leyendo solemnemente en voz alta, cuando la puerta se abrió y entró Dinky-Dunk.
Digo que entró caminando, pero eso no es del todo correcto. Se quedó en la puerta abierta, mirándonos, con una expresión que habría hecho honor a la Musa Trágica. Imagino que Enoch Arden lució una mirada muy parecida cuando vio el círculo familiar después de esa ausencia prolongada suya. Entonces Dinky-Dunk hizo una cosa de lo más imperdonable. En lugar de decir "¡Hola!" como un erudito y un caballero, retrocedió fuera de la cabaña y cerró la puerta de golpe. Cuando recuperé el aliento, salí por esa puerta tras él. Era una noche de frío amargo, pero no me detuve a ponerme nada. Estaba demasiado asombrada, demasiado indignada, demasiado arrastrada por lo absurdo de todo ello. Podía ver a Dinky-Dunk bajo la clara luz de las estrellas, quitando las mantas a su tiro. Se había apresurado a la cabaña, sin siquiera desenganchar a los caballos. Podía oír a los neumáticos de las ruedas quejarse sobre la nieve crujiente, pues los pobres animales estaban cansados e inquietos. Fui directamente al carromato en el que Dinky-Dunk estaba subiendo. Parecía un oso canela con su gran abrigo peludo. Y no podía ver su rostro. Pero recordé cómo se había visto en la puerta. Era del color de un zapato curtido. Estaba demasiado curtido por el viento y el resplandor del sol para volverse blanco, o, supongo, habría sido del color del papel.
—¿No tienes —exigí—, no tienes ninguna explicación para actuar así? —Se sentó en el asiento del carromato, con las riendas en las manos.
—Supongo que tengo el primer derecho a esa pregunta —dijo finalmente con voz sofocada.
—Entonces, ¿por qué no la haces? —fue mi respuesta para él. De nuevo esperó un momento antes de hablar, como si sintiera la necesidad de sopesar sus palabras.
—¡No necesito hacerlo... ahora! —dijo, mientras tensaba las riendas.
—Espera —le grité—. ¡Hay ciertas cosas que quiero que sepas!
No iba a dar explicaciones. No dignificaría su estupidez de bruto con tales cosas. Apenas sé lo que pretendía hacer. Mientras lo miraba allí, en su rudo abrigo de piel, por un momento me pareció que estaba a millones y millones de kilómetros de mí. Lo observé fijamente, tratando de comprender su absoluta falta de comprensión. Me pareció verlo a través del mismo abismo que separa a un visitante meditabundo de un zoológico de algún animal abismalmente hirsuto que, hace eones y eones, debió ser su compañero de cueva y de hogar. Pero ahora parecíamos no tener nada en común, ni siquiera un lenguaje con el que enlazar aquellas edades perdidas. Sin embargo, de toda esa mezcla de sentimientos solo uno sobrevivió: no quería que mi marido se fuera.
Fue el tiro, hasta donde recuerdo, lo que realmente decidió el asunto. Habían estado inquietos, retrocediendo, dando tirones, escarbando y relinchando por su comedero. Y de repente saltaron hacia adelante. Pero esta vez siguieron adelante. Si Dinky-Dunk intentó detenerlos o no, no podría decirlo. Pero regresé a la cabaña, temblando. Percy, gracias al cielo, estaba en su habitación.
—¡Creo que me voy a acostar! —gritó, con mucha naturalidad, a través del tabique.
Dije «Está bien» y me senté frente al fuego, tratando de poner las cosas en orden. ¡Mi Dinky-Dunk se había ido! Me había fulminado con la mirada, con odio en sus ojos, mientras estaba sentado en aquel carromato. Todo ha terminado. ¡No tiene fe en mí, su propia esposa!
Me fui a la cama e intenté dormir. Pero dormir estaba fuera de toda duda. Todo el asunto me parecía tan absurdo, tan irracional, tan injusto. Podía sentir oleadas de ira recorriendo mi cuerpo con el simple pensamiento de ello. Luego, una oleada de otra cosa, de algo entre la ansiedad y el terror, ocupaba el lugar de la ira. Mi marido se había ido y nunca volvería. Había puesto todos mis huevos en una misma cesta, y la cesta se había volcado, haciendo una tortilla de color azafrán de toda mi vida.
Y así fue como esperé la llegada del Año Nuevo; ni siquiera pude permitirme el lujo de llorar un poco, porque temía que Percy me oyera. Debía de ser casi de mañana cuando me quedé dormida.
Cuando desperté, Percival Benson se había ido con todos sus bártulos. Al principio me resentí ante la idea de que se fuera así, sin decir palabra, pero al pensarlo bien decidí que había hecho lo correcto. No hay nada como la cruda y fría luz de una mañana de invierno para devolverte a la cruda y fría realidad. Olie había llevado a Percy a la estación. Así que estuve sola en la cabaña todo el día. Pensé muchísimo durante esas largas horas de soledad. Y de toda esa paja de autoexamen trillé un solo granito de verdad. Nunca podría vivir sola en la pradera. Y hiciera lo que hiciera, o fuera a donde fuera, nunca podría ser feliz sin mi Dinky-Dunk...
Acababa de terminar de cenar esta noche, tan triste como el añil y tan desanimada como una gallina mojada, cuando oí el sonido de voces. Solo me tomó diez segundos asegurarme de quiénes eran. ¡Dinky-Dunk había vuelto con Olie! Me lancé rápidamente hacia un libro del estante más cercano, hice girar el sillón con un tirón y me hundí lujosamente en él, con los pies sobre el cálido regulador y mis ojos leyendo pausada y contentamente las Confesiones de un joven de George Moore (¡aunque odio esa cosa libidinosa como al veneno!). Entonces entró Dinky-Dunk. Pude verlo mirarme con cierta torpeza y remordimiento (¿qué mujer no puede leer un libro y estudiar a un hombre al mismo tiempo?) y pude ver que estaba esperando una oportunidad. Pero no le di ninguna. Naturalmente, Olie se lo había explicado todo. Pero yo había sido humillada, mi orgullo había sido pisoteado de cabo a rabo. Mi espíritu había sido aplastado, y yo había decidido mi plan de acción. Simplemente ignoré a Duncan.
Leí un rato, luego tomé una lámpara, fui a mi habitación y cerré deliberadamente la puerta. Mi único pesar era no poder ver la cara de Dinky-Dunk cuando giró la llave. Y ahora debo dejar de escribir e irme a la cama, porque estoy agotada. Sé que dormiré mejor esta noche. Es agradable recordar que hay un hombre cerca, si resulta ser el hombre que te importa un poco, aunque le hayas cerrado la puerta con llave con toda tranquilidad.
Domingo tres
Dinky-Dunk tiene al menos la sensibilidad de respetar mi privacidad. Sabe dónde está el límite y no lo ignora. Pero es terriblemente difícil ser trágica en una cabaña de dos por cuatro. Te pierdes los toques dignificantes. Y no tienes mucho margen para los cambios voluminosos de la grandeza.
Durante todo un día no le hablé a Dinky-Dunk, ni siquiera reconocí su existencia. Comí sola e hice mi trabajo —cuando el monstruo estaba cerca— con toda la preocupación de una sonámbula. Pero algo pasó y me olvidé de mí misma. Antes de darme cuenta, le estaba haciendo una pregunta. Él la respondió, con total sobriedad, con total naturalidad. Si hubiera sonreído o mostrado una pizca de triunfo, habría salido de la cabaña y nunca más le habría vuelto a hablar. Creo que él sabía que estaba en un terreno terriblemente peligroso. Se abrió camino con cuidado. Me hizo una pregunta a cambio, con total despreocupación, y por el momento dejó que el asunto quedara ahí. Pero la brecha estaba en mis muros, Matilda Anne, y yo estaba totalmente indefensa. Ambos fuimos muy impersonales y muy educados cuando él entró a la hora de cenar, aunque creo que me puse visiblemente sonrosada cuando me senté a la mesa, pues nuestros ojos se encontraron allí, solo un momento y nada más. Sabía que me estaba observando, furtivamente, todo el tiempo. Y sabía que lo estaba haciendo sentir bastante miserable. Pero no me avergonzaba en absoluto de ello.
Después de cenar, anunció con indiferencia que no tenía nada que hacer y que bien podría ayudarme a lavar los platos. Fui a darle un paño de cocina. En lugar de tomar el paño, me tomó de la mano, con la blasfemia, al hacerlo, de: «Oh, rayos, Gee-Gee, ¿qué sentido tiene?».
Entonces, antes de que me diera cuenta, me tuvo en sus brazos (nuestra mantequera se rompió en la colisión) y fui lo suficientemente débil como para sentir lástima por él y por sus ojos pobres, trágicos y suplicantes. Entonces me rendí. Si fui lo suficientemente tonta como para llorar un poco sobre su hombro, tuve la satisfacción de sentir que él mismo daba un par de sollozos.
—¡Eres la mujer más maravillosa del mundo! —me dijo solemnemente, y luego, de una manera mucho menos solemne, comenzó a besarme de nuevo. Pero las barreras habían caído. ¡Y cómo hablamos esa noche! ¡Y qué diferente parecía todo! ¡Y qué agradable fue sentir su brazo sobre mi hombro y su respiración tranquila en la nuca mientras me quedaba dormida! Parecía como si el Amor me estuviera abanicando con sus alas más suaves. Vuelvo a ser feliz. Pero me he estado preguntando si es el entorno lo que crea el carácter, o el carácter lo que crea el entorno. A veces pienso que es de una manera, y a veces siento que es de la otra. Pero no puedo estar segura de mi respuesta... ¡aún! Es difícil para una mujer mimada recordar que su vida tiene que fundirse con la vida de otra persona. Me he estado preguntando si el matrimonio no es como un biombo de dos paneles, que no se mantiene en pie si ambos paneles están demasiado alineados. ¡El cielo sabe que quiero armonía! Pero a una mujer le gusta sentir que, en lugar de estar fuera de paso con todo su regimiento de vida, es el regimiento el que está fuera de paso con ella. Esta noche le desaté los zapatos a Dinky-Dunk, le puse sus zapatillas y me senté en el suelo entre sus rodillas con la cabeza contra el constante tic-tac del bolsillo de su reloj. —Dinky-Dunk —anuncié solemnemente—, ese tipo llamado Pope era un mal adivino. ¡El estudio adecuado del hombre debería haber sido la mujer!
Jueves siete
Todo en Casa Grande ha vuelto a la rutina habitual. Hay mucho que hacer en la cabaña. El coco más sombrío del trabajo doméstico es lavar los platos. Una pila de platos grasientos es la única cosa que me pone nerviosa. Y es un pequeño Waterloo que debe enfrentarse tres veces cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año. ¡Y nunca fui debidamente «domada» para la domesticidad y el barreño! ¿Por qué algún genio no puede inventar una sartén autolimpiable? Mi cabello está creciendo tanto que ahora puedo hacérmelo en una especie de moño francés a medio hacer. Ha hecho bastante frío, con una nevada maravillosa. El paseo en trineo no podría ser mejor.
Sábado nueve
El regalo de Navidad de Dinky-Dunk llegó hoy, con más de dos semanas de retraso. Nunca lo había mencionado, y yo no solo había guardado silencio, sino que había renunciado a toda idea de recibir un regalo de verdad de mi señor y dueño.
Lo trajeron desde Buckhorn, en el trineo, todo envuelto en viejas pieles de búfalo, mantas y lonas. *Es un piano de cola*, una belleza, y vino desde Winnipeg. Pero ya sea por el envío, los golpes o el frío extremo, está terriblemente desafinado y no se puede usar hasta que el afinador de pianos viaje un par de cientos de millas hasta aquí para ponerlo en condiciones. Y es demasiado grande para la cabaña, incluso cuando se empuja directamente hacia la esquina. Pero Dinky-Dunk dice que antes del próximo invierno habrá un tipo de casa diferente en este lugar donde ahora se encuentra Casa Grande.
—Y eso es para mantener viva tu alma, mientras tanto —anunció. Lo regañé por ser tan extravagante, cuando necesitaba cada dólar que pudiera conseguir. Pero no me escuchó. De hecho, solo inició un estallido.
—Dios mío, Gee-Gee —gritó—, ¿no has renunciado ya a suficiente por mí? ¿No has sacrificado lo suficiente al venir aquí, al fin de la nada, y dejar atrás todo lo que hacía que la vida fuera decente?
—Bueno, Honey Chile, ¿acaso no te tengo a ti? —pregunté. Pero ni siquiera eso lo detuvo.
—¿No supones que alguna vez pienso en lo que ha significado para ti, para una mujer como tú? Hay ciertas cosas que no podemos tener, pero hay algunas cosas que vamos a tener. Estos próximos diez o doce meses serán duros, pero después de eso va a haber un cambio, ¡si el Señor está conmigo y tengo la suerte de un hombre blanco!
—¿Y suponiendo que tengamos mala suerte? —le pregunté. Se quedó en silencio un momento o dos.
—Siempre podemos rendirnos y volver a la ciudad —dijo finalmente.
—¡Rendirnos! —dije con un grito—. ¿Rendirnos? ¡Ni hablar, Mister Dour Man! ¡No vamos a ser Dixonitas! ¡Vamos a ganar! Y estábamos juntos en un abrazo mortal, ahogándonos el aliento, cuando entró Olie para preguntar si no sería mejor que estabulara el ganado, ya que se avecinaba mal tiempo.
Lunes once
Estamos teniendo la primera ventisca real del invierno. Comenzó ayer, como insinuó Olie, y durante todo el resto del día mi Dinky-Dunk estuvo en movimiento, en el frío glacial, cuidando el combustible y el pienso y dejando las cosas en orden, como todo un capitán que ha leído su barómetro y ha visto venir un huracán. No había habido viento durante un par de días, solo cielos apagados y pesados con una inquietante sensación de calma. Incluso cuando oí a Olie y a Dinky-Dunk gritando afuera, y apuntalando las paredes de la cabaña con postes, no pude entender del todo lo que significaba.
Entonces llegó la ventisca. Bajó del noroeste, como una tromba de agua. Zumbaba y cantaba, y luego gimió, y luego gritó, ¡gritó en un falsete agudo que te hacía pensar que la pobre Madre Tierra estaba en sus últimas agonías! La nieve era fina y dura, partículas de hielo realmente minúsculas, y no nieve en absoluto, como la conocemos en el Este, pequeños puntos de diamante de ángulos afilados que picaban la piel como fuego. Llegó en líneas casi horizontales, desplazándose planas a través de la pradera ininterrumpida y desafiando a cualquier cosa hecha por Dios o por el hombre para detenerla. Nada la detuvo. Nuestra cabaña, la barraca, los establos y los pajares le arrancaron algunas plumas de su pecho, sin embargo; y esas pocas plumas son ventisqueros más altos que mi cabeza, acumulados contra todos y cada uno de los edificios.
Rascé la escarcha de un cristal de la ventana, por donde se filtraban pequeños ventisqueros emplumados a través de las grietas del alféizar, cuando empezó. Pero el viento soplaba cada vez con más fuerza y la cabaña se mecía y se sacudía con la tensión. ¡Oh, qué viento! Producía un gemido y un lamento, cada nota más alta, y cuando sentías que no podía aumentar más, que simplemente tenía que amainar, o todo el mundo se haría añicos, bueno, esa nota quejumbrosa simplemente se volvía más tensa y el viento más fuerte. ¡Cómo azotaba las cosas! ¡Cómo sacudió, vapuleó y pisoteó esta pobre tierra nuestra! Justo antes de cenar, Olie anunció que se ocuparía de mis pollitos. Le dije, con total naturalidad, que me ocuparía de ellos yo misma. Suelo esparcir una mezcla de trigo y avena sobre la cama en el gallinero durante la noche. Esto tenía dos ventajas: una era que no me obligaba a salir tan temprano por la mañana, y la otra era que los propios pollitos empezaban a escarbar a primera hora de la mañana y así hacían ejercicio, mantenían sus cuerpos más calientes y estaban mejor de salud.
No era esencial que fuera yo misma al gallinero, pero estaba poseída por un deseo repentino de enfrentarme a ese tornado blanco y cantante. Así que me puse mis cosas, mientras Dinky-Dunk trabajaba en los establos. Me puse pieles, polainas, guantes y todo, como si estuviera empezando un viaje de noventa millas, y me escabullí. Dinky-Dunk había hecho un túnel a través del ventisquero frente a la puerta, pero ese túnel ya empezaba a llenarse de nuevo. Pasé a través de él e intenté mirar a mi alrededor. Todo era una especie de gris brumoso y veteado, un maelstrom plomizo que lo envolvía todo y que te dolía en la piel cuando levantabas la cabeza e intentabas mirarlo de frente. Una vez, en una calma del viento cuando la nieve no era tan espesa, pude ver los pajares. Eso me dio una referencia hacia el gallinero. Así que me dirigí hacia él, corriendo, manteniendo la cabeza baja mientras avanzaba.
Fue glorioso, al principio, hizo que mis pulmones bombearan, mi sangre corriera y mis piernas hormiguearan. Luego, los demonios de la tormenta aullaron en mis ojos y los latigazos de hielo chasquearon en mi cara. Luego el viento se desbocó de nuevo y no pude ver. No podía avanzar. Ni siquiera podía respirar. Entonces me asusté.
Me apoyé allí contra el viento llamando a Dinky-Dunk y a Olie, siempre que podía tomar suficiente aire para emitir un sonido. Pero hubiera sido lo mismo que un bebé llorando en medio del océano a una niñera de Kensington Gardens.
Entonces supe que estaba perdida. Nadie podría oírme nunca en ese rugido. Y no había nada que ver, solo una mortaja gris, cegadora y punzante de furia voladora que irritaba la piel desnuda como un masaje eléctrico y te quitaba el aliento del cuerpo maltratado. No había ningún punto de referencia, ni un atisbo de edificio, nada en absoluto para guiarse. ¡Y me sentí tan indefensa ante ese viento! Parecía quitarle el poder de locomoción a mis piernas. No me sorprendió del todo pensar que podría morir allí, a cien yardas de mi propio hogar, tan cerca de esas paredes estrechas dentro de las cuales había calor, refugio y tranquilidad. Imaginé cómo encontrarían mi cuerpo, profundamente bajo la nieve, alguna mañana; cómo Dinky-Dunk buscaría, tal vez durante días. ¡Sentí tanta lástima por él que decidí no rendirme, que no me perdería, que no moriría allí como una mosca en una hoja de papel matamoscas!
Me había caído de rodillas, de espaldas al viento, y la nieve ya se había acumulado a mi alrededor. También descubrí que mis pestañas estaban congeladas, y perdí varias pestañas al deshacerme de aquellas lágrimas solidificadas. Pero me puse de pie y seguí luchando, llamando cuando podía. Seguí adelante, dando vueltas y vueltas en círculo, supongo, como hace siempre la gente cuando está perdida en una tormenta. Luego el viento empeoró de nuevo. No pude avanzar contra él. ¡Tenía que rendirme! ¡Simplemente tenía que hacerlo! No tenía miedo. No estaba aterrorizada ante la idea de lo que me estaba pasando. Solo sentía lástima, con una especie de tristeza brumosa que no puedo explicar. Y no recuerdo haberme sentido particularmente incómoda, excepto por el hecho de que me resultó bastante difícil respirar.
Fue Olie quien me encontró. Venía tambaleándose a través de la nieve con combustible adicional para la barraca y casi me atropella. Como descubrimos después, no estaba a más de treinta pasos de la puerta de esa barraca. Olie me sacó de la nieve igual que sacarías una madeja de seda de zurcir de una cesta de costura. Casi me llevó a rastras hasta la barraca, se orientó y luego me condujo hacia la cabaña. Fue una lucha, pero lo logramos. Y Dinky-Dunk todavía estaba fuera cuidando de su ganado y no sabe lo cerca que estuvo de perder a su Lady Bird. Le he hecho prometer a Olie que no diga una palabra al respecto. Pero la punta de mi nariz está roja e hinchada. Creo que debe haberse congelado un poco en el encuentro. El tiempo se ha despejado ahora y el viento ha bajado. Pero hace mucho frío, y Dinky-Dunk acaba de informar que ya estamos a cuarenta y ocho grados bajo cero.
Martes diecinueve
Los días se escapan y apenas sé a dónde van. El tiempo es maravilloso. Claro y frío, con tantos montones de sol que nunca soñarías que hace una temperatura bajo cero. Pero hay que tener cuidado, y llevar siempre pieles cuando conduces o cuando sales durante un tiempo prolongado. Tres horas al aire libre valen tanto como una pinta del mejor champán de Chinkie. Me hace hormiguear. Vivimos a cuerpo de rey, con varios barriles de carne congelada —gansos, patos y pollos de la pradera— y también un viejo baúl de lata relleno de asados de ternera, cortados al tamaño adecuado. Los traigo y los descongelo durante la noche, a medida que los necesito. La congelación los hace muy tiernos. Pero deben estar completamente descongelados antes de entrar en el horno, o el exterior quedará demasiado hecho y el interior todavía crudo. Aprendí eso por experiencia. Mi apetito es vergonzoso, y sigo ganando peso. Chinkie nunca podría volver a decir que le recordaba a una de las vacas flacas del sueño del Faraón.
Le he estado preguntando a Dinky-Dunk si no es una crueldad absoluta dejar a los caballos y al ganado en la pradera con un tiempo como este. Mi marido dice que no, siempre y cuando tengan un cortavientos en momentos de tormenta. Los animales escarban en la nieve para buscar hierba para comer, y cuando tienen sed pueden comer la propia nieve, que, Dinky-Dunk me asegura solemnemente, ¡casi nunca les da dolor de garganta! Pero la pradera abierta, justo en esta temporada, es un pastizal de aspecto muy inhóspito, y el resplandor blanco ininterrumpido me hace doler los ojos... Hay una gran tarea bajo techo que finalmente he completado, y es afinar mi piano. Me pesaba el corazón, estar allí sin uso, un sombrío monumento de grandeza irónica.
De niña solía ver al alsaciano de pelo largo de Katrinka enderezando su piano de cola y sabía que mi oído era lo suficientemente fiable. Así que el segundo día tras la llegada de mi piano de media cola, me puse manos a la obra con una llave inglesa. Pero aquello fue un fracaso. Entonces hice un dibujo de una llave de afinación e hice que Olie lo llevara secretamente al herrero de Buckhorn, quien a su vez inventó una monstruosidad de acero de cabeza hueca que realmente encaja en las clavijas a las que se tensan las cuerdas del piano, aunque la susodicha monstruosidad es lo suficientemente pesada como para dejar grogui a un buey. Pero hizo el trabajo, aunque me tomó cerca de dos medios días, y ahora cada nota es exacta. ¡Así que ahora tengo música! Y Dinky-Dunk disfruta mucho de mi interpretación, estas largas tardes de invierno. Algunas noches dejamos que Olie entre y escuche el concierto. Se sienta embelesado, especialmente cuando toco ragtime, que parece ser lo único que toca su santo de los santos. ¡Pobre Olie! ¡Ciertamente tengo un buen amigo en ese sueco silencioso, fiel y tosco!
Dinky-Dunk mismo está tan delgado que me preocupa. Pero come bien y no anatematiza mi cocina. Le están saliendo algunas canas, en las sienes. Creo que le hacen lucir bastante distinguido. Pero preocupan a mi pobre Dinky-Dunk. "Hully Gee", dijo ayer, estudiándose por tercera vez en su espejo de afeitar, "¡me estoy haciendo viejo!". Se rió cuando empecé a silbar "Believe me if all those endearing young charms, which I gaze on so fondly to-day", pero en el fondo estaba realmente perturbado por el descubrimiento de esos pocos pelos blancos. Le he estado diciendo que las damas ya no le amarán más, y que sus días de galán han terminado. Dice que tendré que compensar por las demás. Así que fui a por él con mi brazada de natación australiana. Me tomó una hora quitarme el sabor a jabón de afeitar de la boca. Dinky-Dunk dice que estoy tan llena de vida que chispeo. ¡Todo lo que sé es que soy feliz, suprema y ridículamente feliz!
Domingo treinta y uno
Ha ocurrido lo inevitable. ¡No sé cómo escribir sobre ello! ¡No puedo escribir sobre ello! Mi corazón se hunde como un montacargas, lenta, enfermizamente, incluso cuando pienso en ello. Dinky-Dunk entró y me vio estudiando una pequeña hilera de fechas escritas en el papel tapiz junto a la ventana del dormitorio. Fingí estar acomodando la cortina. "¿Qué pasa, Lady Bird?", exigió al ver mi rostro. Le dije con calma que no pasaba nada. Pero no me dejó ir. Quería estar sola, pensar las cosas. Pero siguió reteniéndome allí, con mi cara hacia la luz. Supongo que debí estar todo ojos, y probablemente temblando un poco. Y no quería que él sospechara.
"¡Discúlpame si te encuentro indescriptiblemente molesto!", dije con una voz que era tan desesperadamente fría que incluso sorprendió a mis propios oídos. Me soltó como si hubiera sido una patata caliente. Pude ver que le había herido, y herido mucho. Mi primer impulso fue correr hacia él con una lluvia de besos arrepentidos, como uno suele hacer, igual que uno espolvorea sal sobre las manchas de claret. Pero en él contemplé la causa original y completa... y simplemente no pude hacerlo. Me llamó demonio de gran espíritu con temperamento de gatillo fácil. Pero me dejó sola para pensar las cosas.
Martes nueve
He comenzado a decir mis oraciones de nuevo. Eso asustó un poco a Dinky-Dunk, quien se sentó en la cama y me preguntó si no me sentía bien. Rápidamente le aseguré que estaba con la mejor salud. No solo estuvo de acuerdo conmigo, sino que dijo que estaba tan rolliza como una perdiz. Sin embargo, cuando estoy sola, me asusto y me pongo inquieta. Así que me arrodillo cada noche y mañana ahora y le pido a Dios ayuda y guía. Quiero ser una buena mujer y una mejor esposa. Pero nunca dejaré que Duncan lo sepa... ¡nunca!
Miércoles diecisiete
¿Recuerdas a la tía Harriet, que siempre lloraba cuando leía *Las islas de Grecia*? Ni siquiera sabía dónde estaban, y nunca había estado al este de Salem. Pero todos los Woodberry eran así. Dinky-Dunk entró y me encontró llorando hoy, por segunda vez en una semana. Hizo esfuerzos tan valientemente pesados para animarme, pobre chico, y sacudió la cabeza y dijo que pronto sería una mejora del Sistema Snider, ¡que es un sistema de irrigación por rociado durante la noche desde tuberías! Mis nervios no parecen tan buenos como solían ser. El invierno es tan largo. Ya estoy contando los días para la primavera.
Jueves veinticinco
Dinky-Dunk ha llegado a la conclusión de que estoy demasiado sola; ha estado preocupándose por ello. Puedo notarlo. Intento no ser temperamental, pero a veces simplemente no puedo evitarlo. Ayer por la tarde condujo hasta Casa Grande, orgulloso como un pavo real, con un gatito blanco y negro en el hueco de su brazo. ¡Había recorrido veintiocho millas de camino por ese gatito! Será mi compañero. Pero el gatito está tan solo como yo, y ha estado llorando, y casi volviéndome loca.
Martes dos
El clima ha sido malo, pero el invierno se está escapando. Dinky-Dunk se ha estado quedando en casa por las mañanas, ayudándome con la casa. Es torpe y lento, y ha roto dos o tres platos. Pero odio decir nada; sus ojos se vuelven tan trágicos. Declara que tan pronto como los senderos sean transitables tendrá a una mujer para ayudarme, que este tipo de cosas no pueden continuar por más tiempo. Imagina que es simplemente la monotonía de las tareas domésticas lo que está haciendo que mis nervios estén tan mal.
Ayer por la mañana estaba secando los platos y Dinky-Dunk estaba lavando. Encontré la segunda cuchara con huevo. No sé por qué fue, pero esa trivial racha amarilla a lo largo del borde de una cuchara de repente pareció enfurecerme. Se volvió monumental, un emblema de vagas incapacidades a las que tendría que enfrentarme hasta el final de mis días. Lancé esa cuchara de vuelta al lavaplatos. Entonces me volví hacia mi esposo y le grité, con una voz que no parecía del todo mía: "¡Oh, Dios, no puedes lavarlas bien? ¡No puedes lavarlas bien?". Incluso creo que corrí de un lado a otro de la habitación y más o menos hice lo que Percival Benson llamaría "un completo idiota" de mí misma. Dinky-Dunk ni siquiera me respondió. Pero se secó las manos y tomó sus cosas y salió al exterior, a los establos, supongo. Su rostro estaba tan incoloro como podía estarlo. Me sentí arrepentida; pero era demasiado tarde. Y mis sollozos no sirvieron de nada. Y me sobresaltó, mientras me sentaba a reflexionar sobre las cosas, darme cuenta de que había perdido mi sentido del humor.
Jueves cuatro
Dinky-Dunk piensa que estoy loca. Estoy bastante segura de que lo hace. Entró hoy al mediodía y me encontró en el suelo con el gatito. Había atado un trozo de piel al extremo de una cuerda. ¡Oh, cómo se revolvía ese gatito detrás de esa piel, dando vueltas y vueltas en círculo hasta que caía sobre sus propias orejas! Estaba chillando y débil de risa cuando Dinky-Dunk se paró en la puerta. Pobre chico, ¡se toma las cosas tan solemnemente! Pero sé que piensa que estoy completamente loca. Quizás lo esté. Lloré hasta quedarme dormida anoche. Y desde hace varios días tengo un anhelo de caviar.
Miércoles diecisiete
La primavera ciertamente está llegando. Promete ser temprana. Me siento mejor ante la idea de ello, y de salir de nuevo. Pero los caminos son completamente intransitables. ¡Qué barro! ¡Qué océanos de tierra pegajosa! Tienen un dicho por aquí de que el suelo es tan rico como pegajoso. Si esto es cierto, Dinky-Dunk tiene un segundo Jardín del Edén. Este barro se pega a todo, a los pies, a la ropa, a las ruedas de los vagones. Pero está empezando a haber un calor real en el sol que brilla a través de mi ventana.
Sábado veintisiete
Un cálido Chinook ha lamido el resto de la nieve. Incluso Dinky-Dunk admite que la primavera se acerca. Durante tres horas seguidas, una mosca azul despertada ha estado zumbando contra el cristal de la ventana de mi dormitorio. Me pregunto si la mayoría de nosotros no somos como esa mosca, ¿mistificados por la ilusión de luz que no logra conducir a la libertad? Esta mañana vi a Dinky-Dunk con su abrigo de piel, subiéndose al coche de caballos. Siempre odiaré verlo con esa vestimenta. Me hace pensar en cierta noche. Y odiamos que la memoria ponga un dedo sobre nuestras cicatrices mentales. Cuando era niña, el segundo marido de la tía Charlotte, un demonio, me encerró en esa solitaria casa Derby porque tiré piedras a los cisnes. Luego se fueron a cenar a algún lugar y me dejaron prisionera allí, donde me quedé escuchando las campanas de All Saints mientras la casa gradualmente se oscurecía. Y desde entonces, las campanas al atardecer me han hecho sentir sola y me han dejado infeliz.
Pero el renacimiento del coche de caballos significa que la primavera está aquí de nuevo. Y para mi Dinky-Dunk eso significa más trabajo. Es lo que llaman un "rustler" por aquí. Cree en la velocidad. Ni siquiera espera a que la helada salga del suelo antes de empezar a sembrar; simplemente pone una sembradora sobre una capa de barro descongelado de dos pulgadas, está tan loco por llegar temprano a la tierra. Dice que quiere trigo temprano o no quiere trigo. Pero tiene que tener ayuda, y los hombres son casi imposibles de conseguir. Había esperado un tractor a gasolina, pero no puede financiarse esta primavera, me ha confesado. ¡Y sé, en el secreto de lo más profundo de mi corazón, que el tractor habría estado aquí si no fuera por mi piano!
Todavía hay cientos y cientos de acres de césped de pradera para "romper" para el trigo de primavera. Dinky-Dunk declara que va a arriesgarlo todo en el trigo este año. Dice que trabajando con dos equipos de caballos él mismo puede sembrar cuarenta acres al día, pero eso significa mantener a los caballos al trote parte del tiempo. Está pensando tanto en su cosecha que le acusé de descuidarme.
"¿Está empezando a desgastarse el barniz?", pregunté con un trago secreto de autocompasión femenina. Salvó la situación declarando que yo estaba tan loca y tan adorable como siempre. Luego me preguntó, con bastante tristeza, si estaba aburrida. "¿Aburrida?", dije, "¿cómo podría estar aburrida con todas estas incomodidades? ¡Nadie está nunca aburrido hasta que está cómodo!". Pero al momento siguiente de haberlo dicho, me arrepentí.
Martes seis
La primavera está aquí, con un cálido Chinook arrastrándose desde las Rocosas y un cielo azul huevo de petirrojo. Las tuzas han salido de sus cuarteles de invierno y están charlando y corriendo por todas partes. Vimos una falange de gansos salvajes yendo hacia el norte, y Dinky-Dunk dice que ha visto una gran cantidad de patos. Van en Vs a la deriva, y me encanta verlos fundirse en la línea del horizonte. El suelo de la pradera se está volviendo del más hermoso de los verdes, y es una alegría simplemente estar viva. He estado fuera toda la tarde. ¡Las tuzas no me van a ganar!
Lunes doce
¿Qué dirías si vieras a Brunhild llegar a tu puerta trasera? ¿Qué harías si descubrieras a una diosa nórdica observándote plácidamente desde el asiento de un vagón verde? ¿Cómo actuarías si contemplaras a una gran Valquiria rubia introduciéndose repentinamente en tus pequeños asuntos terrenales?
Bueno, ¿puedes extrañarte de que me quedara mirando, todo ojos, cuando Dinky-Dunk trajo a casa una figura como esta, en la forma de una chica finlandesa llamada Olga Sarristo? Olga trabajará en los campos, y me ayudará cuando tenga tiempo. Pero nunca me acostumbraré a tener una Leyenda Nórdica parada a mi lado, porque Olga es la criatura más maravillosa que he visto jamás. Digo eso sin duda, y sin exageración. Y lo que completó la imagen, vino conduciendo una yunta de bueyes, porque Dinky-Dunk necesitará cada caballo y animal de tiro que pueda tener en sus manos. Simplemente contuve el aliento mientras la miraba hacia arriba, en lo alto de su asiento de vagón, bloqueada en silueta contra la pálida línea del horizonte, una Brunhild con botas de cuero de vaca. Llevaba una enagua azul pálido y un chal negro de aspecto sueco con flores de colores brillantes trabajadas a lo largo del dobladillo. No llevaba sombrero. Pero tenía dos grandes cuerdas de pelo de oro pálido, casi tan gruesas como mi brazo, y colgando casi hasta sus rodillas. Parecía colosal en el asiento del vagón, pero cuando bajó al suelo no era tan inmensa. Es, sin embargo, una mujer robusta, ¡y no creo haber visto nunca tales hombros! Es olímpica, ¡titánica! Me hace pensar en la Venus de Milo; hay tal grandeza, calma y suavidad de superficie en ella. Supongo que un Saint-Gaudens podría decir que su boca era demasiado grande y un Gibson podría añadir que su nariz no tenía la estrecha rectitud de la estatua griega, pero ella es una hermosa, una hermosa... "mujer" era la palabra que iba a escribir, pero la palabra "animal" simplemente irrumpe y se empuja, como una vaca en el establo insistiendo en su propio puesto. Pero si la consideras solo como animal, debes al menos aceptarla como una perfecta. Su boca es grande, pero nunca vi labios tan rojos, llenos y rojos y húmedos. Su frente es baja y cuadrada, pero suave como la leche, y sé que podría romper un hueso de pollo entre esos dientes blancos suyos. Incluso su lengua, noté, es de un rojo sandía. Debe estar saludable. Dinky-Dunk dice que es un hallazgo, que puede conducir una sembradora doble tan bien como cualquier hombre en el Oeste, y que al tomarla por la temporada obtiene el uso del equipo de bueyes también. Me advirtió que no le preguntara por su familia, ya que hace solo unas semanas su padre y su hermano menor fueron quemados hasta la muerte en su choza, a cien millas o más al norte de nosotros.
Martes veinte
Olga ha estado con nosotros una semana, y todavía me fascina. Está instalada en el anexo, y parece tranquilamente satisfecha con su entorno. Trajo todo lo que posee atado en un saco de avena. Le he dado algunas de mis cosas, por lo que parece muda de agradecimiento. Rara vez habla, y nunca ríe. Pero le estoy enseñando a decir "sí" en lugar de "yaw". Me estudia con sus límpidos ojos azules, y si es silenciosa, nunca es hosca. No tiene la frente y la mandíbula pesadas de las mujeres gallegas y no tiene el rasgo asiático de la cara que pertenece al campesino ruso. Y tiene la mejor dentadura que he visto en la cabeza de un ser humano, ¡y nunca usó un cepillo de dientes en su vida! Solo tiene diecinueve años, ¡pero qué busto, qué extremidades, qué fuerza!
Esto es mucho hablar sobre Olga, me temo, pero debes recordar que Olga es un evento. Esperaba que Olie quedara impresionado por su llegada, pero parecen mirarse el uno al otro con desprecio silencioso. Supongo que es porque racial y físicamente son del mismo tipo. Estoy ansiosa por ver qué piensa Percival Benson de Olga cuando regrese; serían polos opuestos. Olga está trabajando con su equipo de bueyes en la tierra. Hace dos días monté a Paddy y la observé. Había algo homérico en ello, algo por lo que Sorolla habría saltado. Parecía tan parecida a sus bueyes. Se movía como ellos, y sus ojos eran como los de ellos. Tiene la misma fuerza y solemnidad cuando camina. Es tan primitiva y natural e instintiva en sus acciones. Ayer, después de la cena, se acurrucó en un montón de heno en un extremo del corral y se quedó dormida por unos minutos, plana bajo la fuerte luz del mediodía. Vi a Dinky-Dunk detenerse en su camino al establo y quedarse mirando hacia ella. Me deslicé fuera junto a él. "¡Dios, qué mujer!", dijo en voz baja. Una vaga puñalada de celos me atravesó al oírle decir eso. Luego miré su mano, grande, relajada, endurecida por todo tipo de clima y callosa por el trabajo pesado. Y esta vez fue una igualmente vaga puñalada de lástima la que me atravesó.
Lunes veintiséis
La fiebre está en marcha, y Dinky-Dunk siempre está fuera antes de las seis. Si es cierto, como alguien dijo una vez, que los placeres de la vida dependen de sus ansiedades, entonces deberíamos ser un hogar hilarante. Todos están ocupados, y hago lo que puedo para ayudar. No sé por qué es, pero encuentro un consuelo extraño en el pensamiento de tener a otra mujer cerca de mí, incluso a Olga. Ella también me ayuda mucho con las tareas domésticas. Esas manos enormes suyas tienen una destreza que nunca habrías imaginado. Piensa que el piano es una especie de milagro, y yo un segundo milagro por ser capaz de tocarlo. Por la noche se sienta en un rincón, el rincón más oscuro que puede encontrar, y escucha. Nunca habla, nunca se mueve, nunca expresa ni un ápice de emoción. Pero en la penumbra a menudo puedo captar el brillo animal de sus ojos. Parecen casi fosforescentes. Dinky-Dunk tuvo una larga carta de Percival Benson hoy. Fue interesante y alegre de manera informal y justo del tipo correcto. Y Percy dice que estará de vuelta en la propiedad de Titchborne en unas pocas semanas.
Miércoles veintiocho
Olga atravesó las tablas de su caja de vagón y tuvo un mal rasguño en su pierna. Me mostró el alcance de sus heridas, sin la menor vacilación, y le di tratamiento de primeros auxilios con mi vaselina carbolatada. Y todavía otra vez tuve que pensar en la Venus de Milo, porque era una rodilla como la de una estatua, blanca lechosa y redonda y suave, con una piel como la de un bebé, y tan diferente a sus antebrazos quemados por el sol. Era más olímpica que de la Quinta Avenida. Era una pierna que me hizo pensar, no en Rubens, sino en Tiziano, y mis pensamientos fueron inmediatamente hacia la dama de la derecha del "Amor Sagrado y Amor Profano", en la Borghese, había tal suavidad y redondez combinadas con su fuerza. Y Dinky-Dunk entró y se quedó allí mirándola, él mismo, sin ni siquiera una palabra de disculpa. Olga lo miró sin un parpadeo de sus ojos bovinos. No fue hasta que hice un movimiento de enojo para que bajara su falda que se dio cuenta de cualquier necesidad de cubrir la rodilla de Tiziano. Pero de nuevo sentí esa extraña punzada de celos atravesarme al ver su rostro. Al menos supongo que eran celos, los celos de una pequeña gata Mona Lisa ingeniosa que ni siquiera clasificaba con los semidioses. Cuando Olga se fue, sin embargo, le dije a Dinky-Dunk: "¿No es esa una extremidad para toda la vida?".
Él simplemente dijo: "No cultivamos extremidades por aquí, Tabby. ¡Son piernas, simplemente piernas!".
"¡Cualquier cosa menos simples!", le corregí. Luego reconoció que había visto esas rodillas antes. Había tropezado con Olga y su hermano hasta las rodillas en barro y estiércol de vaca, pisando una mezcla para revocar su chocha, igual que hacen los Doukhobors. Me dejó menos envidiosa de esas rodillas junonianas.
Lunes dos
Mantener gallinas es una cosa mucho más complicada de lo que imagina el extraño. Por ejemplo, varias de mis mejores gallinas, completamente intactas por el espíritu moderno de inquietud femenina, han estado desarrollando "cluequedad" y he estado tratando de "romperlas", como dicen los avicultores. Pero están decididas a empollar. Este instinto maternal es una cosa bastante buena a su manera, pero ha estado estropeando demasiados buenos huevos. Así que he estado tratando de emancipar a estas hembras alborotadas. Las levanto del nido por las plumas de la cola, diez veces al día. Les arrojo agua fría a sus solemnes caras maternales. Les pongo pequeños anillos de alambre de púas bajo sus sentimentales viejos pechos. Pero aún así empollan. Y una, habiéndome picoteado en la muñeca hasta que salió sangre, recibió sus orejas prontamente abofeteadas, a pesar del hecho de que todos los criadores de aves reconocen que la amabilidad con una gallina mejora sus cualidades de puesta.
Jueves cinco
Casa Grande es un hervidero de actividad. Cada uno tiene un papel que desempeñar. Ya no se espera de mí que me siente junto al fuego a ronronear. Por las noches coso. ¡Dinky-Dunk es tan duro con su ropa! Cuando no es poner parches, es coser botones. Luego nos vamos a la cama a las nueve y media. ¡A las nueve y media, piénsalo! La pequeña yo, que más de una vez subió tarareando por la Quinta Avenida cuando la mañana se mostraba gris sobre el East River, y a menudo abandonaba Sherry's (¡oh, aquellos queridos viejos días de baile!) cuando los carros de leche retumbaban por la Calle Cuarenta y cuatro, y que una vez anunció triunfalmente, al salir de Dorlon's y estudiar el viejo reloj Oyster-Letter, ¡que había aguantado hasta los Y minutos pasados de la O! Pero no es ningún sacrificio levantarse a las cinco, en estas mañanas gloriosas. Los días se alargan y el tiempo es perfecto. Y la pradera parece como si una aspiradora hubiera trabajado en ella durante la noche. Positivamente, ¡hay una mujer de la limpieza que rehace este viejo mundo mientras dormimos! Por la mañana está tan brillante como un alfiler nuevo. Y aquí fuera todos piensan en el día que tienen por delante; Dinky-Dunk, en su cosecha; Olga, en el par de corsés azul cielo que he pedido por correo a la casa de Winnipeg; Olie, en la impermeabilización final de los graneros para que el trigo no se eche a perder más; Gee-Gee, ella misma, en... en algo en lo que casi teme pensar.
Dinky-Dunk, en sus momentos de travesura, dice que ahora soy una vieja mujer casada, que me he asentado, ¡que ya he comido mi pastel! Quizás sea así. No soy imaginativa, así que debo depender de otros para mi alegría de vivir. Sé ahora que nunca podré crear, que nunca podré expresarme realmente de ninguna manera valiosa, ya sea en papel, sobre lienzo o ante el teclado. Y la gente sin imaginación, supongo, simplemente tiene que volver a las simplicidades raciales, lo que significa que tendré que tener una familia, y alimentar bocas hambrientas, y mantener un hogar. Y tendré que obtener todo mi arte de segunda mano, de revistas, discos de gramófono y moldes de yeso. ¡Solo una ama de casa! ¡Y yo que quería ser algo más, una vez! Sin embargo, me pregunto si, después de todo, lo uno es mucho mejor que lo otro. ¿Me lo pregunto? ¡Y aquí viene mi Dinky-Dunk, y en tres minutos me estará besando en la punta de la barbilla y preguntándome qué va a haber bueno para cenar! ¡Y eso es mejor que la fama! Porque durante toda la tarde esos doce pequeños versos de Dobson han estado dando vueltas por mi cabeza:
La fama es un alimento que comen los muertos... No tengo estómago para tal carne. En habitaciones pequeñas y estrechas, La comen en las tumbas silenciosas, Sin la voz amable de un camarada cerca Para pedir que el banquete sea de alegría.
Pero la Amistad es algo noble... De la Amistad es bueno cantar, Porque verdaderamente cuando un hombre termina, Vive en la memoria de su amigo ¡Quien recuerda su mejor parte Y de sus faltas hace un funeral!
Pero cuando pones la palabra "amor" ahí en lugar de "amistad" lo haces aún mejor... Olga, por cierto, no es tan estúpida como podrías imaginar. Ha descubierto algo que no pretendía que descubriera... Y Olie, también por cierto, ha resuelto el problema de "romper" mis gallinas cluecas. Ha hecho un gallinero oscilante con un fondo de malla de alambre, parecido en todo al mundo a los jardines colgantes de Babilonia, y en él han sido metidas todas las alborotadas futuras madres y el gallinero colgado en la pared del corral. El alambre abierto es algo muy incómodo para sentarse, y estas gallinas finalmente han descubierto ese hecho. He estado fuera mirándolas. Nunca vi tal parlamento de solemne indignación. Pero su orgullo ha sido quebrantado, y están empezando a mostrar un interés más saludable en sus comidas.
Martes diez
Me he estado preguntando si Dinky-Dunk se va a enamorar de Olga. Ayer lo vi mirando fijamente su cuello. Ella es el tipo de mujer que realmente formaría el tipo adecuado de esposa para el desierto. Parece una parte integral de la pradera, de pecho amplio, fecunda, opulenta. Y es tan plácida, grande, de voz suave y fácil de convivir. Ella no tiene mis humores y rabietas.
Sus corsés llegaron hoy, y le enseñé cómo ponérselos. Está incontinentemente orgullosa de ellos, pero a mi juicio solo la hacen ridícula. Es tan tonto como ponerle un toque francés a uno de sus bueyes. La piel de los grandes hombros de Olga es tan suave y cremosa como la de un bebé. He estado observando sus ojos. No son de un azul oscuro, pero bajo una fuerte luz lateral parecen pozos profundos de luz, capa tras capa de azur. Y ella es misteriosa para mí, tranquila y magníficamente inescrutable. Y una vez la consideré un animal tosco. Pero es de gran ayuda. Ha plantado hileras y hileras de guisantes de olor por toda Casa Grande y está empezando a hacer un huerto, que va a cercar y cuidar con sus propias manos. Será el doble de grande que el de Olie. Pero espero que nunca se convierta en algo misterioso para mi Dinky-Dunk. Esta mañana dijo que debería trabajar en el jardín, que cuanto más me mantuviera en pie mejor sería para mí más adelante.
En cuanto a Dinky-Dunk, el pobre chico se está trabajando hasta quedar demacrado. Sin embargo, por cansado que esté, intenta leer unas pocas páginas de algo valioso cada noche. A veces nos turnamos para leer. Anoche me entregó su volumen de Spencer con una marca de lápiz a lo largo de un pasaje. Este pasaje decía: "La actividad intelectual en las mujeres es susceptible de disminuir después del matrimonio por ese antagonismo entre la individuación y la reproducción que opera en todas partes en todo el mundo orgánico". No sé por qué, pero ese pasaje me puso tan caliente como una avispa. En el fondo de mi cerebro guardaba un vago recuerdo de George Eliot atrapando una vez a este mismo filosofante Spencer pescando con una mosca compuesta, y, comentando su pasión por las generalizaciones, declarando que incluso pescaba con una generalización. Así que pude permitirme reír. "¡La idea de tragedia de Spencer", le dije a Dinky-Dunk, "es una deducción asesinada por un hecho!" Y de nuevo sonreí con mi sonrisa a lo Mona Lisa. "¡Y yo voy a ser uno de los hechos!", proclamé con orgullo.
Dinky-Dunk, después de pensarlo, estalló en una carcajada. "Sabes, Gee-Gee", anunció solemnemente, "¡hay veces en que pareces casi inteligente!" ¡Pero no fui inteligente en este caso, porque pasaron horas hasta que vi la trampa que Dinky-Dunk me había tendido!
Lunes dieciséis
Todo el día del sábado Olga y Dinky-Dunk estuvieron fuera en el carro de suministros, trabajando demasiado lejos para volver a casa a cenar. La idea de ellos estando allí fuera, lado a lado, se cernió sobre mí como una nube. Recordé cómo él había mirado distraídamente la columna blanca de su cuello. Y me lo imaginé deteniéndose en su trabajo y estudiando su blusa de algodón azul desteñido tirante a través de la línea de ese opulento busto. ¿Qué hombre no quedaría impresionado por tal magnificencia corporal, tal juventud y fuerza lujuriantes y ondulantes? ¡Y hay algo tan suave y difuso en esos ojos suyos como de buey! No piensas, entonces, en que sus ojos sean de un azul tan pálido, del mismo modo que no podrías detenerte a acusar a la luz de luna de verano de no ser rojiza. Y esos ojos azules imperturbables nunca parecen verte; más bien parecen bañarte en una mirada tan suave e impersonal como la luz de la luna misma.
Simplemente no pude soportarlo más. Monté en Paddy y galopé hacia mi Dinky-Dunk, como si fuera mi deber repentino y solemne salvarlo de alguna catástrofe inminente y terrible.
Me detuve en el camino para observar a un par de gallos de las praderas bailando a través de los giros de sus cortesías primaverales. Los pomposos pequeñajos con las barbas infladas y los cuellos de volante estaban haciendo positivamente cancán y pasos de baile a lo largo del suelo de la pradera. El amor estaba en el aire, esa perfecta tarde de primavera, incluso para el mundo animal. Así que, en lugar de cabalgar abierta y honestamente hacia Dinky-Dunk y Olga, me mantuve a cubierto tanto como pude y los aceché, como si hubiera sido un lobo de madera.
Entonces me sentí profunda e indescriptiblemente avergonzada de mí misma, porque vislumbré a Olga en lo alto de su carro, como una Valquiria en una nube, y a Dinky-Dunk trabajando arduamente a unos buenos dos kilómetros de distancia.
Se sorprendió un poco al verme llegar al trote sobre Paddy. No sé si fue una tontería o no, pero le conté directamente qué me había traído. Me abrazó como un oso y luego se sentó en la pradera y se rió. "¿Con esa vaca?", gritó. Y estoy segura de que ningún hombre podría llamar vaca a la mujer que ama... Creo que Dinky-Dunk sospecha algo. Solo me ha pedido que sea más cuidadosa al montar a Paddy. Y ha sido más solemnemente amable últimamente. ¡Pero nunca se lo diré... nunca... nunca!
Martes veinticuatro
Percy volverá mañana. Será un país con un aspecto diferente al que tenía cuando se fue. He estado mirando fijamente a un cielo cobalto, y empiezo a entender por qué la gente solía pensar que el Cielo estaba en algún lugar allá arriba en medio de tal azul celestial. Y en la pradera el cielo es tu primer y último amigo. ¿No fue Emerson quien dijo en alguna parte que el firmamento era el pan de cada día para los ojos de uno? ¡Y oh, el encantador suelo verdeante del país del trigo ahora! ¡Tal gloria de color amarillo-verde suave extendiéndose tan lejos en todas direcciones, volviéndose mucho más profunda día a día! ¡Y el sol y el espacio y la luz clara en la línea del horizonte y las columnas de humo a kilómetros de distancia y la maravillosa y misteriosa promesa que cuelga sobre este rebosante, humeante, centelleante y abundante seno ancho de la tierra! Me emociona de una manera que no puedo explicar. De noche y de día, antes del desayuno y después de la cena, la charla es sobre trigo, trigo, trigo, hasta que casi me vuelvo loca. Me quejé a Dinky-Dunk de que estaba soñando trigo, viviendo trigo, respirando trigo, que él y el resto del mundo parecían locos por el trigo.
"Y hay solo una cosa más que debes recordar, Lady Bird", fue su respuesta. "Todo el resto del mundo está comiendo trigo. No puede vivir sin trigo. ¡Y prefiero estar cultivando el pan que alimenta a los hambrientos que hacerme rico fabricando cordita y cañones Krupp!" Así que lo está arriesgando todo en esta cosecha suya, y está eternamente calculando, planeando y preparándose para el gran desastre. Dice que será como una batalla. Y ningún general entra en una batalla sin estar preparado para ello. Pero cuando leemos sobre los asuntos del mundo exterior, parece como si leyéramos sucesos que han tenido lugar en el planeta Marte. Somos nuestro propio pequeño mundo en este momento, autosuficiente, redondeado, completo.
Viernes tres
Han sucedido dos cosas de gran importancia. Dinky-Dunk ha hecho las maletas y se ha ido a Edmonton para entrevistarse con algunos funcionarios ferroviarios, y Percy ha vuelto. Dinky-Dunk es tan misteriosamente silencioso sobre el asunto de su viaje que me temo que está preocupado por cuestiones de dinero. Y me preguntó si me importaría mantener los gastos del hogar tan bajos como pudiera, sin privaciones reales, durante los próximos meses.
En cuanto a Percy, parecía un poco cohibido, pero se veía mucho mejor. Está bastante bronceado, le gusta California y dice que deberíamos tener un bungaló de invierno allí (¡y Dinky-Dunk justo advirtiéndome que ahorrara en los centavos de la despensa!). Ha traído consigo a una pequeña y refinada anciana inglesa como ama de llaves, una tal Sra. Watson, y parece tanto capaz como práctica. A pesar del hecho de que parece haber salido directamente de Dickens, y lleva un enorme gato Manx consigo, Percy dijo que pensaba que se arreglarían de alguna manera. Pensativo chico que era, me trajo una maleta llena de las novelas y revistas más recientes, y un frasco de dos libras de tabaco para fumar para Dinky-Dunk.
Jueves nueve
Un Belasco no podría haber dirigido con más cuidado la primera reunión entre Percy y Olga. Sentí que ella era mi descubrimiento, y quería presentársela, en el momento adecuado y de la manera correcta. Quería obtener el efecto de Valquiria en una nube. Así que mantuve a Percy en la casa con el pretexto de darle una taza de té, hasta que pudiera escuchar el retumbar del carro y saber que Olga volvía a casa con su tiro. Sucedió que, cuando escuché el primer trueno lejano y tenue de aquel carro que regresaba, Percy estaba sentado en mi sillón, con una taza de mi porcelana más fina en una mano y un ejemplar de _Mario el epicúreo_ de Walter Pater en la otra. Habíamos estado hablando del clima, y él quería buscar el pasaje donde Pater decía, "uno siempre muere de frío" —¡lo cual considero un desaire al Noroeste!
No pude evitar darme cuenta, mientras permanecía mirando a Percy, la cara delgada y demasiado sensible, la nariz arqueada y excesivamente refinada, y los hombros estrechos, encorvados y demasiado delicados, qué opuesto era a Olga, en todos los sentidos. En lugar de porcelana fina y Pater en su mano en ese mismo momento, recordé que ella probablemente tendría un tenedor de cuatro puntas o un tensor de valla manchado de barro.
Fui a la puerta y miré hacia afuera. En el momento oportuno llamé a Percy. Olga estaba de pie en la caja del carro, girando alrededor de una esquina del corral. Se mantuvo con los hombros bien hacia atrás, pues su peso ya estaba sobre las riendas, para detener al tiro. El borde de su falda azul suelta ondeaba con el viento, pero por delante estaba sujeto con fuerza contra sus piernas, como el drapeado de la figura de la Paz en la estatua de Sherman en la Plaza. A través de ese pecho similar al de Artemisa, su blusa fina estaba estirada con fuerza. No llevaba sombrero, y su cabello rubio pálido, que había sido trenzado y retorcido en una corona pesada, tenía el brillo del metal, bajo el sol de la última tarde. Y en ese claro resplandor de luz, que tan a menudo juega trucos tipo espejismo con la visión, ella se alzaba como un semidiós, o una mujer Mercurio que debería haber tenido pequeñas ruedas de bicicleta unidas a sus talones.
Percy nunca es demostrativo. Pero pude ver que estaba más que impresionado. Estaba asombrado.
"¡Por Dios!", dijo muy quedamente.
"¿Qué te hace pensar ella?", pregunté.
Percy dejó su taza de té.
"No te vayas", ordené, "pero dime qué te hace pensar ella". Él seguía de pie mirándola con los ojos entornados.
"¡Es como música de banda pasando!", proclamó. "No, es más que eso; es Wagner sobre ruedas", dijo finalmente. "¡No, eso no! ¡Un mito nórdico en muselina!"
Le dije que no era muselina, pero él estaba demasiado interesado en Olga como para escucharme.
Media hora después, cuando se encontró con él, ella era muy tímida. Se puso de un color rosa adorable, y luego volvió a abotonarse tranquilamente los dos botones superiores de su blusa, que habían estado colgando sueltos. Y noté que Percy hizo precisamente lo que vi a Dinky-Dunk hacer una vez. ¡Se quedó sentado mirando distraída pero estudiosamente la columna blanca lechosa del cuello de Olga! Y tuve que hablarle dos veces antes de que incluso se despertara al hecho de que estaba siendo abordado por su anfitriona.
Miércoles quince
Dinky-Dunk ha vuelto, y muy ocupado de nuevo. Durante el día apenas logro vislumbrarlo, excepto a la hora de las comidas. Tengo una sensación constante de estar siendo descuidada, pero sé cómo odia un hombre preocupado la petulancia. Lo realmente importante es que Percy le está dando a Olga lecciones de lectura y escritura. Porque, aunque es finlandesa, es una finlandesa canadiense de casi la sombra de los subárticos, y ha tenido pocas oportunidades para la educación. Pero su mente no es obtusa.
Ayer le pregunté a Olga qué pensaba de Percival Benson. "Ah lak heem" (Me gusta él), admitió con calma en su majestuosa y monosilábica manera. "He is a fonny leetle man" (Es un hombrecito divertido). Y el "hombrecito divertido" que en realidad no es pequeño, parece gustar de Olga, por extraño que pueda sonar. ¡Son tan opuestos, tan contradicciones! Percy dice que ella es homérica. Dice que nunca vio ojos tan límpidos, o tales pozos de paz y calma. Insiste en el hecho de que ella es esencialmente maternal, tan maternal como el suelo sobre el que camina, como dijo Percy. Le conté lo que Dinky-Dunk me había dicho una vez, sobre Olga matando a un toro. El toro era una bestia feroz que había atacado a su padre y lo había derribado. Estaba golpeando al hombre caído con sus patas delanteras cuando Olga escuchó sus gritos. Rápidamente fue a por ese toro con una horca. Y hablando de Homero, debe haber sido una batalla bastante épica, pues ella mató al toro y dejó las puntas de la horca ocho pulgadas dentro de su cuerpo mientras recogía a su padre y lo llevaba de vuelta a la casa. Y yo ni siquiera mato a mis propias gallinas, sino que siempre he designado a Olie como el verdugo.
Viernes diecisiete
Es divertido ver a Percy enseñando a Olga. Ella lo observa como si fuera un hombre milagroso. Sus labios rojos y húmedos forman las palabras lentamente, y la garganta blanca y llena las pronuncia de manera amplia, laboriosa, como instrumentos sobre ellos, y de alguna manera quizás tosca las hace encantadoras. Me siento con mi costura, escuchando. A veces abro el piano y toco. Pero me siento fuera de lugar. Parezco estar en la periferia de cosas que son trascendentales solo para otras personas. Anoche, cuando Percy dijo que pensaba que vendería su rancho, Dinky-Dunk levantó la vista de su escritorio lleno de papeles y le dijo que se aferrara a esa tierra como una sanguijuela. Pero no explicó por qué.
Sábado diecinueve
Ni siquiera puedo recordar la fecha. Pero sé que el pleno verano está aquí, que la gente está tan ocupada que tengo que arreglármelas por mi cuenta, y que la charla sigue siendo sobre el trigo, y cómo está espigando, y cómo el clima seco de las últimas semanas afectará la longitud de la paja. Dinky-Dunk está haciendo esfuerzos desesperados por conseguir hombres para cortar el heno silvestre. Ha comprado los derechos de heno de una gran extensión entre algunas ciénagas a unos once kilómetros al este de nuestra casa. Dice que los hombres son más escasos que los dientes de gallina, pero tiene la promesa de un par de rufianes que fueron echados de un tren de mercancías cerca de Buckhorn. Percy se ofreció voluntario para ayudar, y estaba convencido de que podía conducir una segadora. Olie, que alberga un vasto desprecio por Percy, y, creo secretamente, resiente bastante sus atenciones hacia Olga, puso el nuevo tiro de potros en la segadora. Rápidamente se escaparon con Percy, que estuvo a un tris de ser lanzado frente a la cuchilla de la segadora, lo cual lo habría picado en carne picada muy poco académica. Olga montó en un caballo, a pelo, y reunió a los potros. Luego arrulló sobre el pobre Percy magullado e intentó convencerlo de que viniera a la casa. Pero Percy dijo que iba a conducir ese tiro, incluso si tenía que ser atado al asiento de la segadora. Y, curiosamente, logró "gat them beat" (vencerlos), como expresó Olga, pero lo agotó y marchitó su cuello y el sudor corría por su cara cuando entró al mediodía. Olga está muy orgullosa de él. Pero anunció que ella misma conduciría esa segadora, y cargó contra Olie por darle a un novato un tiro como ese para conducir. Fue su primer arrebato. No pude entender una palabra de lo que dijo, pero sé que fue magnífica. ¡Parecía una estatua de la Justicia que de repente hubiera saltado de su pedestal y estuviera haciendo todo lo posible por sacar de circulación a un Daniel Webster!
Viernes veintiocho
El clima sigue siendo muy seco. Pero Dinky-Dunk se siente seguro de que no afectará su cosecha. Dice que los filamentos de una planta de trigo irán casi sesenta centímetros de profundidad en busca de humedad. Ayer Percy apareció con una camisa de franela, y sin sus gafas. Creo que está practicando calistenia en secreto. Dijo que iba a dejar el té de la tarde, porque no parece encajar con la vida en la pradera. Me imagino que veo la influencia re-bárbarica de Olga trabajando en Percival Benson Woodhouse. ¡Ya sea Dinky-Dunk o Olie, descubro, ha escondido mi silla de montar!
Hoy ha sido uno de los días más calurosos del año. Puede que sea bueno para el trigo, pero no puedo decir que me siente bien a mí. He pasado todo el día inquietándome por cosas lejanas, por cosas absurdas e imposibles. Intenté leer a Keats, pero eso solo me puso peor que nunca. He anhelado vislumbrar los Jardines de Luxemburgo en primavera, con todos los castaños de indias en flor. Me he preguntado qué maravilloso sería dejarse llevar a la Gruta Azul de Capri y ver cómo el agua azul del mar gotea de los remos arrastrados de la barca. Me he consumido con el deseo de ver un huerto de Nueva Inglaterra bajo la luz oblicua de una tarde de principios de junio. La luz blanca y caliente de este campo abierto me hace doler los ojos y parece secar mi alma. No puedo evitar pensar en sombras verdes y frescas, y en pequeños valles almizclados de penumbra con un arroyo murmurando sobre piedras cubiertas de musgo. Anhelo el verdor solemne de los grandes olmos, pasillos y pasillos de penumbra catedralicia y luz solar filtrada por las hojas. Me encantaría volver a oír un cuco inglés y sentir el aire suave y templado del mar que sopla a través del querido jardincito de Louis en Devonshire. ¡Pero de qué sirve!
Fui al piano y aporreé el Kennst Du Das Land con toda mi alma, y me imagino que me hizo bien. Al menos bombardeó el silencio fuera de Casa Grande. ¡El ruido de la vida está tan lejos de ti en la pradera! No es un silencio absoluto, solo ese suspiro soñador y desencarnado del viento y la hierba contra el cual una llamada humana apunta como una bala de plomo contra el metal. Es casi peor que el silencio.
Domingo treinta
Mi estado de ánimo ha pasado. Temprano, muy temprano esta mañana, salí de la cama y vi romper el día. Vi el primer borde anaranjado tenue a lo largo de la línea del horizonte ilimitada, y luego el rosa nacarado sobre él, y toda la dulce penumbra y suavidad y misterio de la mano de Dios apartando las cortinas de la mañana. Y entonces las orquestas desenfrenadas de color comenzaron a sonar, y me incliné por la ventana bañada en gloria mientras el disco dorado del sol aparecía sobre el borde rociado de la pradera. ¡Oh, la grandeza de ello! ¡Y oh, la frescura dada por Dios de ese aire pelúcido! ¡Amo mi tierra! ¡La amo!
Martes primero
¡Me he casado con un hombre! Mi Dinky-Dunk no es un blando. Eso me quedó demostrado ayer, cuando puse a Paddy en el armón y conduje hasta donde los hombres trabajaban en el heno. Les llevaba su cena, cuidadosamente empaquetada en la caja de provisiones. Uno de los hombres nuevos, que había sido contratado para la temporada alta, había estado sobrecargando a su equipo. El bruto los había estado pinchando con una horca, en lugar de usar un látigo. Dinky-Dunk vio las marcas y notó que uno de los caballos sangraba. Pero no intervino hasta que sorprendió al hombre en el acto de clavar las púas en el flanco de Maid Marian. Entonces saltó hacia él, justo cuando yo llegaba. Maldijo a ese hombre, lo maldijo y lo condenó de la manera más terrible y lo bajó del carro de heno. Luego pelearon.
Pelearon como dos gatos monteses. La nariz de Dinky-Dunk sangraba y su labio estaba cortado. Pero derribó al otro hombre de un golpe, y cuando intentó levantarse lo volvió a golpear. Parecía cruel; era repugnante. Pero algo en mí se regocijó y se exaltó al ver a ese armatoste de animal retorcerse y tambalearse sobre el rastrojo. Intenté limpiar la sangre de la nariz de Dinky-Dunk. Pero me empujó hacia atrás y dijo que este no era lugar para una mujer. No tenía lugar en su universo, en ese momento en particular. Pero Dinky-Dunk puede pelear, si tiene que hacerlo. ¡Es un hombre tan magistral! No le teme a nada.
Pero esa fue una victoria que casi cuesta caro. Ambos hombres nuevos, por supuesto, renunciaron a sus trabajos, allí mismo. Dinky-Dunk les pagó en el acto, y comenzaron a caminar a través de la pradera abierta, sin siquiera esperar su comida. Dinky-Dunk, mientras nos sentábamos en la hierba seca y comíamos juntos, dijo que era un alivio, y justo estaba diciendo que solo me permitiría besarle el lado izquierdo de la boca durante la próxima semana cuando de repente dejó caer su trozo de pastel de natilla, se puso de pie y miró hacia el este. Hice lo mismo, preguntándome qué había sucedido.
Podía ver una columna de humo larga, delgada e inclinada atravesando el aire caliente del mediodía. Entonces mi corazón dejó de latir. Era la pradera en llamas.
Había oído mucho sobre cortafuegos y protección contra incendios, tres hileras alrededor de los cultivos y diez alrededor de los edificios; y sabía que Olie aún no había terminado de arar todos esos surcos esenciales. Y si esa columna de humo, que se balanceaba a través de la bruma plateada donde la bóveda índigo del cielo se fundía con la blancura polvorienta de los pastizales resecos, hubiera salido de la boca de un cañón de asedio que nos estaba bombardeando donde estábamos, no podría haberme helado la sangre más completamente. Porque sabía que ese viento del este llevaría la línea de fuego crepitante a través del suelo de la pradera hasta el trigo de Dinky-Dunk, hasta los establos y edificios anexos, hasta la misma Casa Grande, y todos nuestros planes, proyectos, afanes y esfuerzos se irían en una bocanada de humo amarillo. Y una vez iniciado, nada podría detener ese río de llamas en expansión.
Fue Dinky-Dunk quien saltó a la acción como si realmente hubiera sido bombardeado. De un salto llegó al armón y arrebató la manta de caballo que yacía doblada bajo el asiento. Luego soltó las riendas del freno de Paddy, enganchándolas a la manta, una a la hebilla y la otra al extremo de la correa. En otro minuto le quitó las trabas a Paddy y me subió al lomo de ese sorprendido pinto. Al minuto siguiente él mismo estaba sobre Maid Marian, metiendo un extremo de la rienda larga en mi mano y diciéndome que le siguiera el ritmo.
Cabalgamos como locos. Apenas entendía lo que significaba en ese momento, pero al menos le seguí el ritmo. Pasamos chapoteando por un extremo de un pantano hasta que la manta estuvo mojada y pesada y apenas podía sostenerla. Pero me aferré a ella por mi vida. Luego nos desviamos a través de la hierba seca hacia ese semicírculo de fuego que avanzaba, tan separados como las riendas tensas nos permitían cabalgar. Dinky-Dunk tomó el lado de barlovento. Entonces nos lanzamos, a lo largo de esa frontera oscilante de llamas, cuello a cuello, arrastrando la manta mojada a lo largo de su cresta teñida de naranja, aplanándola y extinguiéndola a medida que avanzábamos. Hicimos el círculo completo, jadeando; vimos dónde las llamas habían estallado de nuevo, y regresamos con nuestra manta de arrastre. Pero cuando un lado era conquistado, otro lado revivía, y teníamos que salir de nuevo, hasta que sentí que mi brazo iba a ser arrancado de su cavidad.
Pero ganamos esa pelea, al final. Me deslicé del lomo de Paddy y me acosté de largo sobre el césped, débil, temblando, preguntándome por qué el suelo firme se balanceaba lentamente de lado a lado como un barco. Pero Dinky-Dunk ni siquiera me observó. Estaba extinguiendo el último parche de fuego, a pie.
Cuando vino a donde yo lo esperaba, estaba tan lleno de hollín y negro como un calderero. Se dejó caer a mi lado, respirando con dificultad. Nos sentamos allí tomándonos de la mano, durante varios minutos, en total silencio. Luego dijo, con voz algo espesa: "¿Estás bien?". Y le dije que, por supuesto, estaba bien. Entonces dijo, sin mirarme: "¡Se me olvidó!". Luego tomó a Paddy, arregló el arnés y me llevó a casa en el armón.
Pero durante el resto del día se quedó dando vueltas por la cabaña, tan solemne como un búho. Y una vez en la noche se levantó, encendió la lámpara, se acercó y estudió mi rostro. Parpadeé hacia él con sueño, porque estaba agotada y había estado soñando que estábamos de vuelta en París en el Bal des Quatz Arts y estábamos a punto de terminar con un desayuno temprano en el Madrid. Se veía tan divertido con su cabello alborotado y su pijama descolorido que no pude evitar reírme un poco mientras apagaba la luz y volvía a la cama.
"Dinky-Dunk", dije, mientras daba vuelta a mi almohada y me ponía cómoda de nuevo, "¿no hubiera sido un infierno si todo nuestro trigo se hubiera quemado?". Olvidé lo que dijo Duncan, porque en dos minutos estaba dormida de nuevo.
Lunes siete
El período seco se ha roto, y se ha roto con venganza. Uno se acostumbra bastante a los fuertes vientos en el Oeste. Solía haber días enteros en los que ese viento incesante me hacía pensar que algo iba a suceder, llenándome de una vaga sensación de calamidad inminente y haciéndome imaginar que una gran tormenta iba a estallar y borrar a Casa Grande y su pequeño círculo del mapa. Pero hemos tenido una verdadera tormenta de viento, esta vez, con lluvia y granizo. El trigo de Dinky-Dunk parece tristemente estropeado y aplastado, pero él dice que no hubo suficiente granizo para dañar nada; que la paja volverá a enderezarse, y que este aguacero era justo lo que quería. Temprano en la tarde, al mirar por la puerta de la cabaña, vi un enredo de nubes en la línea del horizonte. Parecían retorcidas como una madeja de lana con la que un gatito hubiera estado jugando. Luego parecieron organizarse en una línea sólida y barrer el cielo, volviéndose cada vez más negras a medida que avanzaban. Olga corrió con su cabello amarillo volando, cerrando de golpe y echando los cerrojos de las puertas del establo, cerrando el gallinero y llamándome para que quitara mi ropa de la cuerda o sería destrozada. Incluso entonces podía sentir el viento. Azotó mi propio cabello, soltándolo, y aplanó mi falda contra mi cuerpo, y tuve que inclinarme hacia adelante para avanzar contra él.
Para entonces, el ejército negro de los cielos se había acumulado sobre nuestras cabezas y comenzaron a caer unas cuantas gotas de lluvia grandes como ranas, levantando pequeñas nubes de polvo, como lo haría una bala de rifle. Saqué un par de tinas, con la esperanza de atrapar un poco de agua blanda. No fue hasta más tarde que me di cuenta del significado de la leve mirada de reproche de Olga. Porque al momento siguiente llegó el aguacero, y con él el viento. ¡Y qué viento! No había habido nada que detuviera su paso, por supuesto, durante cientos y cientos de millas, y nos golpeó igual que un huracán en el mar golpea a un transatlántico. La cabaña se sacudió con su fuerza. Mis dos tinas de lavar salieron rebotando y escorando por el paisaje, el gallinero volcó como un bolo, y el aire se llenó de trozos de madera volando. El carro de Olga, con el portaheno encima, se movió solemne y pesadamente a través del corral y se estrelló contra el redil, impulsado por ninguna otra fuerza que no fuera la del viento. Mis setos de guisantes dulces fueron arrancados de sus alambres, y un brazo lleno de heno golpeó la ventana de la cabaña y quedó allí sostenido por el viento, oscureciendo la habitación más que nunca.
Luego la tormenta se desahogó, aunque llovió durante dos o tres horas después. Y todo el tiempo, aunque me regocijaba en ese juego de fuerza elemental, me preocupaba por mi Dinky-Dunk, que estaba fuera durante el día, haciendo lo que podía para organizar algunos trabajadores de cosecha, cuando llegara el momento de cortar. Porque el trigo, al parecer, madura todo a la vez, y luego comienza la gran carrera. Si no se corta en el momento en que está maduro, el grano se desprende, y eso significa pérdida. Olga ha estado diciendo que el trigo en la sección Cummins alcanzará fácilmente cuarenta fanegas por acre y más. También tendrá una alta clasificación, sea lo que sea que eso signifique. Hay seiscientas cuarenta acres de él en esa sección, y acabo de calcular que esto significa poco más de veinticinco mil fanegas de grano. Nuestra otra pieza en el rancho principal es una extensión más grande, pero un poco más ligera en cosecha. Ese trigo apenas está comenzando a cambiar de verde al amarillo más pálido. Y tiene una buena posibilidad, dice Olga, si las heladas se mantienen alejadas y no cae granizo. Nuestra única ocupación, durante las próximas semanas, será vigilar el clima.
Domingo trece
Percy y la Sra. Watson vinieron a ver cómo habíamos resistido todos la tormenta. Encontraron el gallinero una vez más en pie, y todo en orden. Percy preguntó inmediatamente dónde estaba Olga. La señalé para él, a la altura del pecho en el trigo en crecimiento. Parecía Ceres, con su gran blusa azul nueva y holgada, con el sol del mediodía sobre su cabeza rubia dorada y sus ojos dulces y rumiantes con su efecto de horizonte brumoso. Siempre parece encajar en el paisaje aquí. Supongo que es porque es una hija nata de la tierra. Y un mar de trigo es un marco perfecto para esa figura masiva y benigna suya.
Miré a Percy, al poco práctico Percy de nariz fina, con todas sus sensibilidades delicadas, con sus altas y fastidiosas reticencias, con su delgadez de huesos y tendones inbreeding y decadente, con su distinguido orgullo de raza distinguida que se marchita. Y me quedé maravillada ante la sabiduría de la vieja Madre Naturaleza, que tan claramente lo estaba impulsando hacia este tipo revitalizante, revivificante, reanimalizante y redentor que sus pálidas austeridades de espíritu nunca podrían neutralizar por completo. Incluso Dinky-Dunk ha notado lo que está sucediendo. Los vio parados lado a lado en el grano. Cuando entró, me los señaló y simplemente dijo: "¡Hermann und Dorothea!". Pero recordaba a mi Goethe lo suficiente como para entender.
Lunes veintiocho
Desperté a Dinky-Dunk anoche llorando junto a él en la cama. Simplemente volví a pensar en las cosas, en lo lejos que estábamos de todo, en lo difícil que sería conseguir ayuda si la necesitáramos, y en cuánto daría si solo te tuviera a ti, Matilda Anne, durante las próximas semanas... Me levanté, fui a la ventana y miré hacia afuera. La luna estaba grande y amarilla, como un queso. Y la medianoche en la pradera misma parecía tan grande, amplia y solitaria, y yo parecía una mota tan diminuta en su superficie, tan lejos de todos, del mismo Dios, que el valor salió de mi cuerpo como el aire de un neumático. Dinky-Dunk tenía razón; es la vida la que me está domesticando.
Me quedé en la ventana rezando, y luego me deslicé de vuelta a la cama. Dinky-Dunk trabaja tan duro y se cansa tanto que se necesitaría un gong del diablo chino para despertarlo, una vez que está dormido. No se movió cuando me escabullí de vuelta a la cama. Y eso, mientras yacía allí despierta, me hizo sentir que incluso mi propio esposo me había traicionado. Y lloré a gritos. Debo haber sacudido la cama, porque Dinky-Dunk finalmente se despertó. No pude decirle qué pasaba. Sollocé que solo quería que me abrazara. Me tomó en sus brazos y besó mis párpados mojados, abrazándome contra él, hasta que me calmé. Luego me quedé dormida. Pero el pobre Dinky-Dunk estaba despierto cuando abrí los ojos alrededor de las cuatro, y había estado así durante horas. Tenía miedo de molestarme al sacar su brazo de debajo de mi cabeza. Hoy se ve cansado y oscuro alrededor de los ojos. Pero se levantó y se fue temprano. ¡Hay tanto que hacer estos días! Está instalando una tienda de campaña para la comida y una cabaña rudimentaria para dormir para los "trabajadores" de la cosecha, para que no me molesten con un montón de hombres rudos en la casa aquí. Me temo que soy un estorbo, cuando debería estar ayudando. Pero parecen estar quitándolo todo de mis manos.
Sábado dos
Me encanta ver el trigo, ahora que realmente está cambiando. Se agita como un mar y se extiende hacia la distancia tanto como el ojo puede seguirlo. Me llega a la cintura, y a veces se mueve hacia arriba y hacia abajo como un pecho que respira lentamente. Cuando el sol está bajo, se vuelve de un oro romano puro, y me hace doler los ojos. Pero me encanta. Me parece glorioso y, al mismo tiempo, patético; apenas sé por qué. No puedo analizar mis sentimientos. Pero la pradera trae una gran paz a mi alma. Es tan rica, tan maternal, tan generosa. Parece estar meditando bajo una pasión por dar, por ceder, por entregar todo lo que se le pide. Y es tan tranquila. Parece un seno al que le ha soplado el aliento de Dios.
Miércoles seis
Ha pasado casi un año desde que llegué por primera vez a Casa Grande. Apenas puedo creerlo. Las noches se están volviendo muy frescas de nuevo y en cualquier momento podría haber una helada fuerte. Si se congelara esta próxima semana o dos, creo que mi Dinky-Dunk simplemente se encogería y moriría. ¡Pobre chico, trabaja tan duro! Rezo por esa cosecha todas las noches. Me preocupo por ella. Anoche soñé que se quemaba en un incendio de pradera y desperté gritando por mantas mojadas. Dinky-Dunk tuvo que abrazarme hasta que me calmé de nuevo. Le pregunté si me amaba, ahora que me estaba volviendo vieja y fea. Dijo que yo era la cosa más hermosa que Dios jamás creó y que me amaba de una manera más profunda y noble que hace un año. Luego le pregunté si alguna vez volvería a casarse, si yo muriera. Me llamó tonta y dijo que iba a vivir hasta los ochenta, y que un tractor a gasolina no podría matarme. Pero prometió que yo sería la única, pasara lo que pasara. Y le creo. Sé que Dinky-Dunk vestiría de luto riguroso durante un año entero si yo muriera, y nunca, nunca volvería a casarse, porque es el tipo de "Viejo Serio" que solo puede amar a una mujer en toda una vida. ¡Y yo soy esa mujer, gloria sea!
Martes doce
El tiempo de cosecha está aquí. El escenario está despejado, y comienza ahora el último y gran acto del drama. Es un drama con un escenario de mil millas de ancho. Puedo oír a través de las ventanas abiertas el traqueteo de las segadoras-atadoras. Olga está conduciendo una, como una rubia Boudica subida a su carro. Dijo que nunca vio tales espigas de trigo. Este es el primer día de corte, pero esas correas de lona que se agitan y esos brazos incansables de madera y hierro no tendrán ni una décima parte de la cosecha de Dinky-Dunk atada para la medianoche. Hace mucho frío, y Olie ha anunciado lúgubremente que seguramente se va a congelar. Así que tres veces he salido a mirar el termómetro y tres veces he dicho mi pequeña oración solemne: "Querido Dios, ¡por favor no congeles el trigo del pobre Dinky-Dunk!". Y el Señor escuchó esa oración, porque un Chinook llegó alrededor de las dos de la mañana y el mercurio subió lenta pero constantemente.
Jueves catorce
Tenía mucho de qué hablar hoy. Pero no puedo escribir mucho... Tengo miedo. Temo estar sola. ¡Ojalá hubiera sido una mejor esposa para mi pobre y viejo Dinky-Dunk, engañado por el oro! Pero somos lo que somos, con nuestros defectos de carácter y todo. Así que cuando él lo entienda, quizás me perdone. Soy como una liebre en medio de un campo de trigo con las segadoras dando vueltas y vueltas y cada pasada cortando un poco más de mi cobertura. Y no puede haber mucha más ocultación con mi secreto. Pero nunca hablaré de ello abiertamente. La segadora puede cortarme los pies primero, tal como hizo Olie con aquella madre coneja que permanecía temblando sobre su nido de crías. ¿Por qué la vida a veces tiene que ser tan despiadadamente trágica? ¿Y por qué, oh, por qué, las mujeres a veces somos tan absurdas? ¿Y por qué debería tener miedo de lo que toda mujer que quiera justificar su feminidad debe enfrentar? Aún así, ¡tengo miedo!
Miércoles cinco
Tres largas semanas desde que se escribieron esas últimas palabras. ¿Y qué diré, o cómo empezaré?
¡He sobrevivido! He regresado del valle de la sombra, donde el tiempo se detiene y la vida se entrelaza con la muerte, para encontrarme aquí, en la luz, con mi pequeño y milagroso hijo acunado entre mis brazos. Todo ha cambiado y, sin embargo, nada ha cambiado; el mundo sigue girando, y yo, a pesar de mis temores, sigo aquí, más fuerte, más sabia y más plena de lo que jamás imaginé.
El pequeño Dinky-Dink, mi tesoro, mi sol, mi propia carne, es la criatura más exquisita que jamás haya bendecido nuestra casa. Olvidé, en mi angustia, que el amor tiene el poder de sanar todas las heridas. ¿Acaso no es la vida una serie de batallas que libramos con la esperanza de que, al final, la paz nos reciba con los brazos abiertos?
Olga ha sido maravillosa, una roca de fuerza en medio de mi debilidad. Olie, con su callada devoción, ha velado por nosotros como un guardián de las praderas. Y mi Dinky-Dunk, mi amado compañero, cuyos ojos se llenaron de lágrimas al verme a salvo, es ahora un padre orgulloso que camina con paso firme por la vida, cargando con la alegría de este nuevo comienzo.
A veces, al caer la tarde, cuando la pradera se tiñe de violeta y el silencio desciende sobre Casa Grande, me siento en el porche, con el pequeño dormido contra mi pecho, y me pregunto si alguna vez volveré a sentir aquel miedo paralizante que me invadió durante tantos meses. Pero luego, al sentir su respiración rítmica y cálida, el miedo se disipa como la niebla al amanecer.
Somos una familia, pequeña y humilde en este vasto horizonte, pero el amor que nos une es más grande que cualquier inmensidad. Me he dado cuenta de que la verdadera valentía no consiste en no sentir miedo, sino en enfrentarlo y, aun así, seguir adelante con la frente en alto y el corazón abierto a todo lo que el destino nos depare.
El invierno se acerca, con sus vientos gélidos y sus largas noches, pero aquí dentro, frente al fuego, la vida es cálida y acogedora. Tenemos planes, tenemos sueños y tenemos a nuestro hijo, cuya sola existencia es la respuesta a todas mis dudas pasadas. Nunca más volveré a ser la misma, y por eso, agradezco cada instante de esta vida que, a pesar de sus tragedias y sus absurdos, sigue siendo, ante todo, un regalo bendito.
No era una historia agradable, y mis esfuerzos por visualizar la escena me provocaron una sensación erizada en la zona de los cañones de mis plumas anatómicas. Y, una vez más, se manifestaron signos indudables de angustia en el pobre Olie. El rostro de aquel sueco de alma sencilla adoptó tal aire de turbación asombrada que Dinky-Dunk, deliberadamente y con gran detalle, contó la historia de un fantasma que había sido visto repetidamente en un wickyup abandonado un poco más al oeste, en la provincia.
Y eso, por supuesto, encendió el alma celta de Terry, quien habló de la hermana de su antiguo amo de la Vieja Patria, que una vez había sido llevada a un hospital. Y justo al atardecer del tercer día después de aquello, su joven amo caminaba por el oscuro pasillo. Al pasar por la puerta de su hermana, allí estaba ella, toda de blanco, peinándose tranquilamente, tan clara como el día ante sus ojos. Ante esto, el amo bajó corriendo las escaleras para preguntarle a su madre cómo había regresado Sheila del hospital. Y su anciana madre, al ser lenta de movimientos, se dirigió hacia la habitación de Sheila. Pero antes siquiera de llegar al pie de la escalera, una vecina entró corriendo, secándose los ojos con el borde de su chal y diciendo: "¡La pobre Sheila acaba de morir en el hospital!". No puedo contarlo como lo contó Terry, y no sé si él mismo creía en ello o no, pero el enorme cuerpo de Olie Larson estaba sentado allí, bañado en un sudor frío, con los ojos fijos en el frente de la estufa. No estaba feliz en absoluto y, sin embargo, parecía incapaz de marcharse, tal como Gimlets y yo solíamos sentarnos encadenados al sitio mientras el abuelo Heppelwhite seguía entonando la dolorosa historia de "Los niños del bosque" hasta nuestro último e inevitable colapso en lágrimas.
Así que Percy, que no carece de espíritu bromista, contó varias mentiras, que más tarde confesó provenían de los registros de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas. Y yo, con voz ronca, relaté la historia del tío Carlton sobre la paciente neurasténica que fue al consultorio de un médico y allí vio un cráneo sobre su escritorio de palo de rosa pulido. Entonces, mientras ella lo miraba fijamente, este cráneo comenzó a moverse lentamente hacia ella. Resultó ser solo un pisapapeles de yeso, y un ratón se había metido dentro y había encontrado un trozo de galleta allí (y "galleta", tuve que explicarle a Percy, era el nombre bajo el cual una biscuit solía disfrazarse en Estados Unidos). Ese ratón, en sus esfuerzos por conseguir el resto de la galleta, había, por supuesto, desplazado el cráneo sobre la madera pulida.
Esto le recordó a Dinky-Dunk a los tres estudiantes de medicina que habían intentado asustar a la hija de su casera metiendo de contrabando un brazo de la sala de disección y escondiéndolo bajo la almohada de la joven. Dinky-Dunk incluso afirmó solemnemente que los tres hombres eran compañeros suyos de la universidad. Esperaron a escuchar el grito de la chica, pero como solo hubo silencio, finalmente se colaron en la habitación. Y allí vieron a la chica sentada en el suelo, sosteniendo el brazo entre sus manos. ¡Mientras estaba allí sentada, murmuraba para sí misma y se comía un extremo del mismo! Por supuesto, la pobre criatura se había vuelto completamente loca.
Olie gimió audiblemente ante esto y se secó la frente con la manga de su abrigo. Pero antes de que pudiera alejarse, Terry comenzó a contar la historia del capitán de barco irlandés, bebedor de cuatro botellas, que solo estaba sobrio cuando estaba en el mar y que una noche, en puerto, tropezó camino a la cama con tres copas de más. Cuando hubo navegado hasta lo que él pensaba que era su propia habitación, se quedó estupefacto al encontrar a un hombre ya en la cama, incluso más borracho que él, demasiado borracho, de hecho, para moverse. E incluso las velas se habían dejado encendidas. Pero el viejo capitán trepó hasta quedar junto a la pared, con ropa y todo, y se habría quedado profundamente dormido en dos minutos si dos robustas ancianas no hubieran entrado y empezado a llorar y a decir una o dos oraciones al lado de la cama. Acto seguido, el viejo capitán, confuso como estaba, estiró la mano con cautela pero con curiosidad y tocó al hombre que estaba a su lado. ¡Y aquel hombre estaba frío como el hielo! El capitán dio un aullido y se lanzó hacia la puerta. Pero las ancianas fueron primero, y los tres rodaron por las escaleras uno tras otro y salieron corriendo como el viento. "¡Y ni una vez se detuvieron!", declaró Terry con su marcado acento, "¡hasta que se estamparon contra el muro del malecón!".
Olie, que se había alejado hasta el otro extremo de la mesa, se levantó en ese momento, fue a la puerta y miró hacia afuera. Suspiró lúgubremente mientras contemplaba la oscuridad de la noche. La penumbra exterior, al parecer, era demasiado para él, pues regresó lenta y renuentemente a su silla en el extremo de la mesa y era evidente que estaba tan asustado como un niño de cinco años. Los hombres, supongo, lo habrían hostigado hasta la medianoche, pues Terry había comenzado la historia de un negro al que habían enviado a robar una tumba y encontró que el muerto no estaba del todo muerto. Pero declaré que ya habíamos tenido suficientes horrores y me negué a escuchar nada más sobre fantasmas o muertos. Yo misma, de hecho, estaba empezando a sentir un poco de escalofrío en las terminaciones nerviosas. Y Babe gimió un poco en su cuna y nos trajo a todos repentinamente desde la Era del Wendigo hasta el tiempo de la lámpara de queroseno. "¡De brujas y brujos,", entoné solemnemente, "de espíritus malignos y espectros, y de todas las cosas extrañas que chillan y golpean en la noche, líbranos, buen Señor!". Y esa invocación, estoy segura, aclaró el aire tanto para mi propia descendencia amenazada por los espíritus como para el ingenuo Olie, aunque Dinky-Dunk explicó que mi escocés era bastante peor que las historias.
Pero fue esta mañana, después del desayuno, cuando supe por Olga por qué nunca le gustó comer setas. Y durante todo el día su historia ha estado colgando entre mí y el sol, como una nube. No es que haya nada tan maravilloso en la historia en sí, más allá de su desnuda tragedia. Pero creo que fue más bien la forma en que esa chica enorme de ojos plácidos la contó, con su inglés entrecortado y sus pausas ocasionales para buscar la palabra correcta. O quizás fue porque llegó como una realidad tan sombría después de las triviales extravagancias de la noche anterior. En cualquier caso, tal como la escuché esta mañana, pareció tan terrible como cualquier cosa en el Corazón de las tinieblas de Tolstói, y más de una vez envió mis pensamientos de regreso a las penas de la casa de Edipo. También me sorprendió un poco, pues nunca pensé encontrar un eco de tragedia griega saliendo de los labios llenos y suaves de una chica finlandesa que me ayudaba a lavar los platos del desayuno.
Comenzó mientras yo decidía el menú de la cena y revisaba si todas nuestras setas se habían terminado. Eso me llevó a preguntarle a la chica por qué nunca las comía. Pude ver una mirada de barricada en sus ojos, pero ella simplemente se encogió de hombros y dijo que a veces eran venenosas y mataban a la gente. Le dije que eso era absurdo y que cualquiera con inteligencia ordinaria pronto aprendía a reconocer una seta de prado cuando la veía. Pero a veces, insistió Olga, eran copas de la muerte. Si comías una copa de la muerte, morías, y nada podía salvarte. Intenté convencerla de que eso era solo una superstición campesina, pero ella anunció que había visto copas de la muerte, muchas de ellas, y había visto a personas que habían sido asesinadas por ellas. Y entonces, entrecortadamente y con muchos gestos pesados de vacilación, me contó la historia.
Casi setenta millas al noroeste de nosotros, cerca de su antiguo hogar, según dijo, vivían un polaco llamado Andrei Przenikowski y su esposa. Tenían un hijo, cuyo nombre era Jozef. Eran pobres, siempre pobres, y nunca pudieron prosperar. Así que, cuando Jozef tenía quince años, se fue a la costa a hacer fortuna. Y el viejo padre y la madre pasaron muchas dificultades, pues al viejo Andrei no le resultaba fácil moverse, al habérsele congelado los pies años atrás. Caminaba cojeando como una gallina con las garras congeladas, dijo Olga, y su esposa, vieja como era, tenía que ayudarlo en los campos. Un invierno entero, le contó al padre de Olga, habían vivido de nabos. Pero estación tras estación se arrastraban, y aun así sobrevivían, Dios sabe cómo. De Jozef nunca volvieron a tener noticias. Pero con el propio Jozef fue una historia distinta. El muchacho se fue a Alaska, antes de los días de la fiebre del Klondike. Allí trabajó en las pesquerías y en los campamentos madereros, y más tarde se unió a un equipo minero. Luego se internó en el Yukón.
Eso fue doce años después de que abandonara su hogar por primera vez. Ya era un hombre fuerte y hablaba inglés muy bien. Y al año siguiente tuvo suerte y lavó gran cantidad de oro, miles de dólares en oro. Pero lo ahorró todo, pues nunca había olvidado a los ancianos en su pequeña granja. Así que reunió su dinero y bajó a Seattle, y luego cruzó a Vancouver. Desde allí emprendió el camino de regreso a su antigua casa, vestido como un hombre de mundo y luciendo un gran reloj de oro con cadena y un anillo de oro. Y cuando entró por sorpresa donde los ancianos, no lo reconocieron, y eso a Jozef le pareció la broma más divertida. Llenó la pequeña choza cubierta de césped con sus risas, pues estaba feliz. Sabía que por el resto de sus días sus problemas habían terminado. Así que caminaba de un lado a otro y hacía planes, pero aún no les decía quién era. Era una broma tan buena que pretendía aprovecharla al máximo. Pero dijo que tenía noticias de su Jozef, que no estaba tan mal para ser un holgazán. Antes de irse al día siguiente, prometió, les contarían sobre su hijo. Y volvió a reír y a darse palmadas en el bolsillo lleno de oro, y los dos ancianos se sentaron parpadeando ante él con asombro, hasta que anunció que tenía hambre y les confió que su amigo Jozef le había dicho una vez que había setas maravillosas por los alrededores en esa época del año.
Andrei y su esposa hablaron juntos en el establo, antes de que el anciano saliera cojeando a recoger las setas. La pobreza y el sufrimiento los habían endurecido y la vista de aquel extraño con tanto oro era demasiado para ellos. Así que fue un plato lleno de copas de la muerte lo que la esposa de Andrei cocinó para el extraño de cara morena y risa estridente. Y se quedaron allí de pie, observándolo comerlas. Luego murió, tal como Andrei sabía que debía morir. Pero la anciana se escondió en el establo hasta que todo terminó, pues llevó su tiempo. Entonces, juntos, la vieja pareja registró las bolsas y los bolsillos del hombre muerto. Encontraron papeles y ciertas marcas en su cuerpo. Entonces supieron que habían asesinado a su propio hijo. El anciano cojeó todo el camino hasta el pueblo más cercano, donde envió una carta al padre de Olga y compró una cuerda de tender ropa para llevar a casa. El viaje le tomó un día entero. Con esa cuerda, Andrei Przenikowski y su esposa se ahorcaron de una de las vigas del establo.
Olga dijo que solo tenía cinco años entonces, pero recuerda haber ido en coche con los demás, después de que la carta llegara a la casa de su padre. Todavía puede recordar haber visto los dos cuerpos viejos colgando uno al lado del otro y girando lentamente con el viento. Y vio lo que quedaba de las setas. Dice que nunca podrá olvidarlo y sueña con ello muy a menudo. Y Olga no es lo que llamarías una persona emocional. Me contó, mientras se secaba las manos y colgaba la palangana, que todavía puede ver a su gente mirando fijamente lo que quedaba de aquel plato de copas de la muerte envenenadas, que se habían vuelto completamente negras, casi tan negras como el hombre muerto que vio cómo levantaban sobre la cama sucia.
Lunes doce
Ayer fue domingo y Olga, con sus mejores galas, se sentó al sol con Dinky-Dunk. Parecía perfectamente feliz solo con sostenerlo. Miré afuera para asegurarme de que estuviera bien, pues unos días antes Olga casi me provoca un fallo cardíaco al equilibrar a mi hijo en una mano enorme, como si fuera una chuleta de cordero, para que el adorador Olie pudiera verlo patalear. Mientras estaba allí de pie viendo a Olga arrullando a Buddy Boy, Percy llegó a caballo. Luego se acercó y se unió a Olga, quien levantó cuidadosamente el velo que cubría la cara de Dinky-Dunk y se lo mostró al algo intimidado Percy. Percy le tocó con un dedo, hizo ruidos absurdos, le palpó las piernas como Olga le indicaba y luego se sentó frente a ella.
Hablaron allí durante mucho tiempo, completamente ajenos a todo lo que les rodeaba. Al menos Percy hablaba, pues las respuestas de Olga parecían en su mayoría monosilábicas. Pero ella no dejaba de bañarlo con esa mirada mística, como a la luz de la luna, y a veces mostraba los dientes en una sonrisa lenta y nostálgica. Percy seguía parloteando, completamente inconsciente de que yo estaba parada en el umbral mirándolo. Parecían grandes amigos. Y me he estado preguntando de qué hablarían.
Miércoles catorce
Hoy, después de la cena, Dinky-Dunk tomó al Niño y lo sostuvo sobre el lomo de Paddy, donde parecía un bulto en un tronco. Y eso me hizo pensar que no faltaría mucho para que mi pequeña Snoozerette tuviera su propio poni y estuviera galopando por la pradera como un mono en un caballo de circo. Porque quiero que mi hijo monte, y que monte bien. Y luego, poco después, estaría galopando hacia la escuela. Y entonces no pasaría mucho tiempo antes de que estuviera recorriendo el sendero junto a alguna chica de ojos claros de la pradera sobre un pinto moteado, ¡y yo sería una anciana de cabellos plateados preguntándome si esa chica de ojos claros era lo suficientemente buena para mi hijo! ¡Y allí estaba yo, como de costumbre, soñando con el futuro!
Todo el día, el hecho de que Dinky-Dunk se está volviendo extravagante me ha estado golpeando justo debajo de la quinta costilla. Así que le pregunté si realmente podíamos permitirnos un coche de seis cilindros con fundas de color canela y luces eléctricas. "¿Permitírnoslo?", repitió, "por supuesto que podemos. Podemos permitirnos cualquier cosa. Maldita sea, nuestros días de escasez han terminado y no hemos tenido la imaginación para despertar ante ese hecho. ¿Y sabes lo que voy a hacer si ciertas cosas se dan? ¡Voy a enviarte a ti y al Bebé a Nueva York para pasar el invierno!".
"¿Y dónde estarás tú?", pregunté prontamente. La mirada de orgullo y determinación se desvaneció de su rostro.
"Oh, tendré que quedarme por aquí, en las regiones polares, para ocuparme de las cosas. Pero tú y el Niño tienen que tener su oportunidad. ¡Y bajaré por dos semanas en Pascua y los traeré a casa conmigo!".
"¿Y estarás disfrutando aquí arriba?", inquirí.
"Por supuesto que no", admitió Dinky-Dunk. "¡Pero piensa lo que significará para ti, Gee-Gee, tener unos meses en la ciudad otra vez! ¡Y piensa en lo que te has estado perdiendo!".
"¡Ganso, ganso, ganso!", dije mientras atrapaba su vieja y tonta cabeza entre mis brazos. "Quiero que me escuches. No hay nada que me haya estado perdiendo. Y estás completamente loco, mi dulce cariño, si piensas que podría ser feliz lejos de ti, en Nueva York o en cualquier otra ciudad. ¡Y no iría allí para el invierno aunque me dieras el Plaza y todo el Parque como patio trasero!".
Esa declaración mía pareció desconcertarlo. "¡Pero piensa lo que significaría para el Niño!", argumentó.
"¿Bueno, qué?", exigí.
"¡Oh, buenas... bueno, buena música, cuadros y toda esa clase de cosas!", explicó vagamente. No pude evitar reírme de él.
"Pero, Dinky-Dunk, ¿no crees que el Bebé es un mes o algo así demasiado joven para empezar con Debussy y los postimpresionistas, tú gran, tonto, adorable y viejo captor de corazones de damas indefensas!". Y anuncié firmemente que nunca, nunca podría deshacerse de mí.
Jueves quince
Ahora que Olga trabaja por completo dentro de casa conmigo, está perdiendo bastante de su bronceado. Su piel es más suave y ha adquirido un poco más de ese aire de Leonardo da Vinci. Casi parece estar espiritualizándose, pero puede ser simplemente porque ha alargado sus faldas. Ella ama a Babe y, me temo, lo está malcriando un poco. La encuentro cada vez mejor compañera, no solo porque habla más, sino porque parece, de alguna manera, estar subiendo a un nivel más nuevo. Entre ratos, le estoy enseñando a cocinar. Aprende con facilidad y está orgullosa de su progreso. Pero de lo que está más orgullosa es de sus corsés. Y marcan una diferencia. Incluso Dinky-Dunk lo ha notado. Ayer se quedó parado mirándola mientras se alejaba.
"Rayos", comentó sabiamente, "¡esa chica está consiguiendo una figura!". Los hombres son tan absurdos. Cuando esta misma Olga andaba medio descubierta, él ni siquiera la notó. Ahora que ha mistificado sus extremidades inferiores con un poco de drapeado, se queda mirándola como si fuera una Venus de Milo que hubiera cobrado vida. Y Olga está perdiendo lenta pero seguramente un poco de su simplicidad arcadiana. Ayer la sorprendí quemando sus botas de cuero. Se avergüenza de ellas. Y está gastando la mayor parte de su dinero en ropa, haciéndome muchas preguntas extrañas sobre vestimenta y llevándose mis revistas de moda a su dormitorio para leerlas en secreto. Por primera vez en su vida está usando crema fría. Y el fin parece justificar los medios, pues su piel ahora es como los brotes de manzana. ¡Rodin, estoy segura, habría llevado a esa mujer por todo Estados Unidos sobre su espalda, solo para haberla metido en su taller!
La semana pasada convencí a Terry de que probara con Meredith y le presté mi copia en tela verde de Harry Richmond. Hace tres días encontré la séptima página doblada por la esquina, y sospechando que esto marcaba la frontera final de su avance, até un hilo de seda verde alrededor del volumen. ¡Todavía estaba allí esta mañana, aunque Terry sostiene diaria y firmemente que está progresando a pasos agigantados con ese fino libro mío! Pero hoy al mediodía, cuando Dinky-Dunk regresó de Buckhorn, le entregó un paquete a Terry, y noté que este último miró con algo de inquietud a su alrededor mientras lo desenvolvía. Esta tarde descubrí que contenía dos libros nuevos en cubiertas de papel. Uno era La mano oculta y el otro se titulaba El terror de Tamaraska Gulch. Terry, últimamente, ha estado leyendo en su propia habitación. Y Nick Carter, al parecer, no es tan fácil de desplazar. Pero un hombre que puede hacerte leer sus libros por tercera vez debe ser un genio. Si yo fuera autora, ese es el tipo de hombre al que envidiaría. ¡Y creo que probaré con Percival Benson y El terror de Tamaraska Gulch cuando Terry termine con él!
Viernes dieciséis
Acabábamos de terminar de cenar hoy, y me pareció una cena excepcionalmente buena, y yo miraba con satisfacción a mi pequeño círculo familiar, preguntándome qué más podría depararle la vida a una mujer grande, sana y corpulenta como yo, cuando el zumbido y el ronroneo de un automóvil que se acercaba irrumpió en el sonido de nuestra conversación. Dinky-Dunk, de hecho, estaba sentando cátedra sobre el granjero del Oeste, sosteniendo que era un hombre de espíritu más amplio y mentalidad más grande que su hermano del Este, y señalando que la esposa del occidental era una reina que, si bien tenía poco descanso, al menos gozaba de gran honor. Y yo justo pensaba que una cosa gloriosa de esta misma reina era que al menos escapaba de toda la tensión y dislocación del siglo veinte en la relación entre los hombres y mujeres de ciudad, cuando el zumbido de aquel coche me devolvió a la realidad y me recordó que podría tener una mesa llena de invitados a los que alimentar. El coche mismo se detuvo, con un aleteo de su motor, a medio camino entre la cabaña y el corral, y ante ese sonido imagino que todos nos sentimos un poco como Robinson Crusoe escuchando el traqueteo de la cadena de un ancla en la bahía más tranquila de Juan Fernández. Y a través de la ventana abierta pude distinguir un enorme coche de turismo bastante cubierto de polvo y con no menos de seis hombres dentro.
Terry, todo ojos, se zambulló hacia la ventana, y Olie, todo boca, hacia la puerta. Olga se inclinó hasta la mitad de la mesa para mirar hacia afuera, y yo misma me quedé mirando un poco. La única persona que permaneció tranquila fue Dinky-Dunk. Vació su pipa, la metió en su bolsillo, se puso el sombrero y tomó un paquete de papeles de su mesa de trabajo. Luego salió a grandes zancadas, con esa mirada gris y combativa en los ojos. Salió justo cuando uno de los hombres más grandes estaba a punto de bajar del coche, por lo que el hombre más grande cambió de opinión y volvió a subir a su asiento, como un rey volviendo a ocupar su trono. Y todos se sentaron allí tan serenos, reservados y dignos, más bien como unos sepultureros polvorientos en una carroza fúnebre, que inmediatamente decidí que habían venido a ejecutar una hipoteca y quitarle a mi Dinky-Dunk su tierra, ¡de un solo golpe!
Pude ver a mi señor caminar directamente hacia el estribo, con breves asentimientos hacia sus visitantes, y supe por la forma de sus hombros que se avecinaban problemas. Sin embargo, empezaron a hablar con bastante calma. Pero en menos de dos minutos mi Dinky-Dunk estaba sacudiendo el puño en la cara de uno de los hombres más jóvenes y grandes, llamándolo mentiroso y acusándolo de forma algo tautológica de saber que era un mentiroso y que siempre lo había sido. Este lenguaje totalmente impropio de un caballero naturalmente provocó un lenguaje igual de poco caballeroso por parte del acusado, quien se puso de pie en el coche y tomó su turno para bailar y sacudir su propio puño. Y entonces los otros parecieron tomar partido, y las voces subieron hasta convertirse en gritos, y vi que iba a haber otra pelea en Casa Grande, y decidí rápidamente participar en ella. Así que me quité el delantal y salí.
Fue divertido. Pues, curiosamente, el efecto de mi entrada en escena fue como el de un salón de clases ruidoso ante el regreso del maestro. El tumulto cesó, de manera algo avergonzada, y aquel grupo de hombres se puso instintivamente su armadura de galantería sexual excesivamente servil. Sabían que yo no era una inculta. Me acerqué directamente a ellos, aunque algo en su fúnebre desconcierto me hizo sonreír. ¡Así que Dinky-Dunk, por muy furioso que estuviera, tuvo que presentarme a cada uno de ellos! Uno era miembro del Parlamento, y otro pertenecía a algún tipo de comité ferroviario, y otro era un funcionario de construcción de carreteras, y otro era un simple capitalista que poseía dos o tres periódicos. El hombre al que Dinky-Dunk había llamado mentiroso era un ingeniero civil, aunque me pareció que se había estado comportando de manera decididamente incivil. Se aventuraron con un lugar común sobre el hermoso clima del verano indio y se esforzaron por soltar una broma pesada o dos acerca de que un hombre tan malhumorado tuviera una esposa tan atractiva, por lo cual los desprecié a todos. Pero pude ver que, aunque mi intrusión había suavizado su conversación, también había dejado todo incómodamente tentativo y reservado. Por alguna razón, esta era una pelea de hombres, una que tenía que resolverse a la manera de los hombres. Así que decidí retirarme con dignidad exterior, aunque con vergüenza interior. Pero me resentí de su tosca galantería comercial casi tanto como abominaba su intento de intimidar a mi Verdadero Amor. Y les lancé una última estocada antes de alejarme.
—La última pelea de boxeo que vi fue en una especie de cabaret de rufianes en la Avenue des Tilleuls —les expliqué dulcemente—. Pero eso fue hace casi tres años. Así que, si va a haber un combate en mi patio trasero, ¡espero que sean tan amables como para avisarme!
Y sonriendo ante sus rostros algo desconcertados, di media vuelta y entré en la casa. Uno de los hombres se rió fuerte y profundamente ante este comentario mío, y un par de los otros parecieron quedarse pensativos al respecto. Sin embargo, dos minutos después de que yo estuviera dentro de la cabaña, aquel ingeniero civil tan incivil y Dinky-Dunk estaban otra vez en las mismas. Su lenguaje era más de lo que me gustaría repetir. El final de todo, sin embargo, fue que los seis sepultureros polvorientos bajaron rígidamente de su coche y Dinky-Dunk llamó a gritos a Olie y a Terry. Al principio pensé que iba a ser un duelo, solo que no podía entender cómo se podría pelear con un barreno para postes y unos trozos de tubería de gas articulada, pues eso era lo que los hombres se llevaban.
A lo lejos, a través de la pradera, pude verlos aparentemente ocupados en la tonta y bastante inútil tarea de cavar un agujero para poste donde no era necesario en absoluto, y luego agrupándose alrededor de este agujero como un grupo de profesores importantes alrededor de un nuevo espécimen en una placa de microscopio. Luego se movieron e hicieron otro agujero, y otro más, hasta que me cansé de observarlos. Pasaron dos horas antes de que regresaran. Sus voces ahora parecían más jocosas y había más risas y bromas, siendo Dinky-Dunk y el ingeniero civil incivil los únicos callados. Y entonces el motor del coche ronroneó y zumbó, y se subieron pesadamente, encendieron cigarros, agitaron las manos y se marcharon en una nube de polvo.
Pero Dinky-Dunk, cuando volvió a la cabaña con sus papeles, no estaba de humor para hablar. Y yo sabía muy bien que no debía intentar sonsacarle nada. Esta noche llegó temprano para cenar y anunció que tendría que marcharse a Winnipeg de inmediato y que incluso podría tener que seguir hasta Ottawa. Así que le preparé la cena, le hice la maleta y sostuve a Babe para que él se despidiera con un beso. Pero aun así no lo molesté con preguntas, porque temía malas noticias. Y él sabía que yo sabía que podía confiar en él.
Me besó para despedirse de una manera trágicamente tierna, o mejor dicho, tiernamente trágica, lo que me hizo preguntarme por un momento si acaso nunca volvería. Así que hice que todos esperaran mientras me daba uno extra, por si acaso, por si me quedaba como viuda de pradera el resto de mis días.
Esta noche, sin embargo, senté a Terry al final de la mesa y lo interrogué al gusto de la reina. La pelea, hasta donde puedo averiguar por este joven e indirecto irlandés, trata sobre un derecho de paso a través de nuestra parte de la provincia. Dinky-Dunk, al parecer, ha estado trabajando en ello durante más de un año. Y el hombre al que llamó con nombres malvados había sido enviado por los funcionarios para informar sobre el territorio. Mi esposo afirma que fue sobornado por el partido de la oposición y entregó un informe diciendo que nuestro distrito estaba sin agua. ¡También proclamó que nuestra tierra, nuestra tierra, fíjense bien!, ¡era un suelo invariablemente pobre e inferior! ¡No me extraña que mi Dinky-Dunk hubiera estallado! Entonces Terry me inquietó un poco al anunciar entre risas que se la habían jugado a todo el grupo. Pues, tres días antes, había cavado silenciosamente veinte agujeros de prueba de suelo y agua y los había vuelto a rellenar con cuidado. Pero había encontrado lo que buscaba. Y ese pequeño ejército de detractores pagados, reconoció, había sido conducido al vecindario donde el suelo era más profundo y el agua estaba más cerca. ¡Y eso demostró pronto quién era el mentiroso, porque, por supuesto, todo salió como Dinky-Dunk quería que saliera!
Pero esta fase del asunto no la discutí con Terry, pues no tenía deseo alguno de airear las oblicuidades morales de mi esposo ante su empleado. Sin embargo, sigo perturbada por lo que he oído. Oh, Dinky-Dunk, ¡nunca imaginé que fueras ni un poco astuto, ni siquiera en los negocios!
Domingo dieciocho
Olie y Terry parecen convencidos del hecho de que la agricultura de Dinky-Dunk ha sido un éxito. Hemos cosechado todo nuestro trigo, y es una barbaridad. Terry, con sus locos entusiasmos celtas, dice que para el año que viene llamarán a Dinky-Dunk el Rey del Trigo del Oeste. Olga y Percy fueron a pasear en coche de caballos esta tarde. Ojalá tuviera algún tipo de báscula para pesar a mi Snoozerette. Sé que ha duplicado su peso en las últimas tres semanas.
Domingo veinticinco
Mi Dinky-Dunk ha vuelto a casa. Se ve un poco cansado y con los ojos hundidos, pero cuando el Niño arrulló y le sonrió, su pobre rostro cansado se suavizó tan maravillosamente que me saltaron las lágrimas a los ojos. Finalmente lo persuadí de que dejara de mimar a Babe y me prestara un poco de atención a mí. Después de cenar, abrió su maletín extra y sacó los montones de cosas que nos había traído a Babe y a mí. Luego me senté en su regazo, le sostuve las orejas y le hice soplar el humo, hasta la última brizna, para poder besarlo en mis lugares preferidos.
Martes veintisiete
Dinky-Dunk ha zarpado hacia Buckhorn para hacer algunos telegramas que debería haber hecho el sábado por la noche. Mis sospechas sobre su astucia, dicho sea de paso, eran totalmente infundadas. Fue el cándido Terry quien guio a esos funcionarios ferroviarios hasta el lugar donde ya había probado secretamente la existencia de agua y encontrado indicios de ella. ¡Y Terry ni siquiera puede entender por qué Dinky-Dunk está tan increíblemente furioso por todo esto!
Miércoles veintiocho
Cuando Dinky-Dunk entró anoche, después de su viaje desde Buckhorn, había una mirada en su rostro que me asustó bastante. Lo acorralé contra la puerta, después de que hubo echado un vistazo al Niño, y le dije: —¡Déjeme oler su aliento, señor!— Porque con esa luz extraña en sus ojos, ciertamente pensé que había estado bebiendo. —¡Los labios que tocan licor —canté— jamás tocarán los míos!
Pero me equivocaba. Y Dinky-Dunk solo se rio con una especie de retumbo interno y silencioso que era nuevo en él. —Creo que estoy borracho, Boca Chica —confesó solemnemente—, ¡borracho como un señor!— Luego tomó mis dos manos entre las suyas.
—¿Sabes lo que va a pasar?— preguntó. Y, por supuesto, yo no lo sabía. Entonces me lo lanzó a bocajarro.
—¡Va a llegar el ferrocarril!
—¿Llegar a dónde?— jadeé.
—¡Llegar aquí, justo a través de nuestras tierras! Está decidido. Y no hay error posible esta vez. ¡En menos de diez meses habrá trenes resoplando frente a Casa Grande!
—¡Skookum!— grité.
—¡Y habrá una estación a menos de una milla de donde estás parada! Y dentro de dos años, estos mil setecientos u ochocientos acres de tierra valdrán cuarenta dólares el acre, fácilmente, y quizás hasta cincuenta. ¡Y lo que eso significa puedes calcularlo tú misma!
—¡Whoopee!— jadeé, intentando en vano calcular cuánto era cuarenta veces mil setecientos.
Pero eso no era todo. Eliminaría el transporte por carretera hasta el elevador, lo que podría haber consumido la mayor parte de las ganancias de su cultivo de granos. Llevar el trigo a Buckhorn en carromato habría sido un descuento terrible, sin importar la suerte que pudiera tener con sus cosechas. Así que había movido cielo y tierra para que el acero llegara a su terreno. Había movido hilos, entrevistado a miembros, garantizado un suministro para el tanque de agua, prometido un derecho de paso y hecho uso de sus viejos amigos ingenieros, hasta que ganó su batalla. Y su última pelea había sido contra el mentiroso que había enviado informes falsos sobre su distrito. Pero eso ya terminó, y Casa Grande ya no será el punto de partida de la civilización, el punto en el desierto. ¡Estará en los horarios y en las rutas postales, y sé que mi Dinky-Dunk será el primer alcalde de la nueva ciudad, si es que llega a haber una ciudad de la que ser alcalde!
Viernes treinta
Dinky-Dunk entró al mediodía de hoy, se acercó de puntillas a la cuna para ver si el Niño estaba bien, y luego vino y puso sus manos sobre mis hombros, mirándome solemnemente a los ojos: —¿Qué supones que ha pasado?— exigió.
—¿Otro ferrocarril?— aventuré.
Negó con la cabeza. Por supuesto, era inútil que intentara adivinar. Presioné mi dedo contra la nuez de Dinky-Dunk y le pregunté cuál era la noticia.
—Percival Benson Woodhouse acaba de anunciarme con calma que, la próxima semana, se va a casar con Olga— fue la respuesta de mi esposo.
Y se preguntó por qué sonreí.
Domingo uno
El pequeño Dinky-Dink está profundamente dormido en su cuna escandinava tallada a mano. La noche es fresca, así que tenemos el fuego encendido. El gran Dinky-Dunk, que ha estado fumando su pipa, está sentado a un lado de la mesa, y yo estoy sentada al otro. Entre nosotros yace el fajo de planos de la casa que nos acaban de enviar por correo desde Filadelfia. Esta es la segunda noche que los examinamos minuciosamente. Y hemos decidido lo que vamos a hacer en Casa Grande. Tendremos teléfono, tan pronto como llegue el ferrocarril, y un molino de viento y agua corriente, y un granero nuevo con un tanque de agua blanda en un extremo, y una caldera de agua caliente en la nueva casa, y porches para dormir, y una despensa de mayordomo, y un conducto para la ropa sucia, y el próximo invierno en California, si queremos. Y Dinky-Dunk se culpa a sí mismo por no haber tenido nunca la inteligencia suficiente para plantar una avenida o dos de álamos o arces de Manitoba alrededor de Casa Grande, pues ahora tendremos que esperar unos años para tener follaje y sombra. Y tiene la intención de tener un patio de recreo para el pequeño Dinky-Dink, pues está de acuerdo conmigo en que nuestro hijo debe ser fuerte, varonil y musculoso, y no debe consumir tabaco de ninguna forma hasta que tenga al menos veinte años. ¡Y Dinky-Dunk también ha acordado que yo seré la encargada de todos los castigos, si es que alguna vez es necesario castigar! Su padre, por cierto, acaba de anunciar que quiere que Babe vaya a McGill y luego a Oxford. Pero yo he estado insistiendo en Harvard, y seré firme al respecto.
Eso prometía llevarnos a un punto muerto, así que volvimos a los planos de nuestra casa, y Dinky-Dunk señaló que la nueva sala de estar sería más grande que toda nuestra cabaña actual y el anexo juntos. Y eso me hizo mirar alrededor de nuestra pobre pequeña ratonera de choza y, por primera vez, darme cuenta de que nuestro primer hogar iba a ser borrado del mapa. ¡Y nada volvería a ser igual, e incluso la pradera sobre la que había contemplado mis alegrías y mis penas siempre sería diferente! Se me hizo un nudo en la garganta. Y cuando Olga entró y le entregué a Dinky-Dink, pudo ver que mis pestañas estaban húmedas. Pero ella no podía entenderlo.
Así que me deslicé hacia el piano y comencé a tocar. Muy suavemente canté la canción irlandesa de Herman Lohr que comienza:
En el silencio de la noche, acushla, Cuando la nueva casa grande está en calma...
Pero antes de llegar a las dos últimas estrofas, me temo que mi voz estaba bastante temblorosa.
En el silencio del año, acushla, Cuando mis amplios campos nuevos están oscuros, ¡Pienso en una casita vieja, Al borde de un viejo pueblo gris!
Pienso en los rostros iluminados por el junco, Donde el espacio y el pan eran escasos: *¡Pero los años nuevos parecen años magros, Y los años viejos, los mejores de todos!*
Dinky-Dunk vino y se paró muy cerca de mí. —¿Tiene mi Gee-Gee una gran tristeza en su pequeño corazón de pradera?— preguntó mientras deslizaba sus brazos a mi alrededor. Pero yo estaba sollozando y no podía responderle. Y el abrazo de sus benditos brazos grandes solo pareció empeorarlo todo. Así que estaba llorando abiertamente cuando él levantó mi rostro y se sirvió lo que debió ser un beso terriblemente salado. Pero me escapé a mi dormitorio, pues no soy una de esas mujeres de flor de manzano que pueden llorar y seguir viéndose lindas. Y durante dos horas benditas he estado sentada aquí, Matilda Anne, preguntándome si nuestra nueva vida será tan feliz como lo fue nuestra vieja vida... Esos viejos días han terminado y se han ido, y la página debe pasarse. Y en esa última página estaba a punto de escribir "Tamam shud". Pero, real e imperativo a través de la quietud de Casa Grande, escucho la llamada de mi amado pequeño tenor robusto, ¡y si es la voz del hambre, es también la voz de la esperanza!
EL FIN
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Waif-o'-the-Sea. Por Cyrus Townsend Brady. Wall of Men, A. Por Margaret H. McCarter. Watchers of the Plains, The. Por Ridgwell Cullum. Way Home, The. Por Basil King. Way of an Eagle, The. Por E. M. Dell. Way of the Strong, The. Por Ridgwell Cullum. Way of These Women, The. Por E. Phillips Oppenheim. We Can't Have Everything. Por Major Rupert Hughes. Weavers, The. Por Gilbert Parker. When a Man's a Man. Por Harold Bell Wright. When Wilderness Was King. Por Randall Parrish. Where the Trail Divides. Por Will Lillibridge. Where There's a Will. Por Mary R. Rinehart. White Sister, The. Por Marion Crawford. Who Goes There? Por Robert W. Chambers. Why Not. Por Margaret Widdemer. Window at the White Cat, The. Por Mary Roberts Rinehart. Winds of Chance, The. Por Rex Beach. Wings of Youth, The. Por Elizabeth Jordan. Winning of Barbara Worth, The. Por Harold Bell Wright. Wire Devils, The. Por Frank L. Packard. Winning the Wilderness. Por Margaret Hill McCarter. Wishing Ring Man, The. Por Margaret Widdemer. With Juliet in England. Por Grace S. Richmond. Wolves of the Sea. Por Randall Parrish. Woman Gives, The. Por Owen Johnson. Woman Haters, The. Por Joseph C. Lincoln. Woman in Question, The. Por John Reed Scott. Woman Thou Gavest Me, The. Por Hall Caine. Woodcarver of 'Lympus, The. Por Mary E. Waller. Wooing of Rosamond Fayre, The. Por Berta Ruck. World for Sale, The. Por Gilbert Parker. Years for Rachel, The. Por Berta Ruck. Yellow Claw, The. Por Sax Rohmer. You Never Know Your Luck. Por Gilbert Parker. Zeppelin's Passenger, The. Por E. Phillips Oppenheim.
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
1. La puntuación ha sido normalizada a los estándares contemporáneos. 2. Se ha añadido una Tabla de Contenidos que no estaba en la edición original. 3. Las ligaduras del inglés antiguo han sido expandidas.