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The Return of Sherlock Holmes

by Arthur Conan Doyle · in Spanish

El Retorno de Sherlock Holmes

por Sir Arthur Conan Doyle

Contenido

La aventura de la casa vacía La aventura del constructor de Norwood La aventura de los muñecos danzantes La aventura del ciclista solitario La aventura de la escuela de Priory La aventura de Black Peter La aventura de Charles Augustus Milverton La aventura de los seis Napoleones La aventura de los tres estudiantes La aventura del quevedos de oro La aventura del tres cuartos desaparecido La aventura de Abbey Grange La aventura de la segunda mancha

LA AVENTURA DE LA CASA VACÍA

Fue en la primavera del año 1894 cuando toda Londres se interesó, y el mundo de la moda se consternó, por el asesinato del honorable Ronald Adair en circunstancias de lo más inusuales e inexplicables. El público ya conoce aquellos pormenores del crimen que salieron a la luz en la investigación policial, pero una buena parte fue suprimida en aquella ocasión, dado que el caso de la acusación era tan abrumadoramente sólido que no fue necesario presentar todos los hechos. Solo ahora, al cabo de casi diez años, se me permite aportar esos eslabones perdidos que conforman la totalidad de esa notable cadena. El crimen era interesante por sí mismo, pero tal interés no era nada para mí en comparación con el inconcebible desenlace, que me produjo la mayor conmoción y sorpresa de cualquier suceso en mi aventurada vida. Incluso ahora, tras este largo intervalo, me estremezco al pensarlo y al sentir una vez más ese repentino torrente de alegría, asombro e incredulidad que sumergió por completo mi mente. Permítaseme decirle a ese público, que ha mostrado cierto interés en aquellos vislumbres que ocasionalmente les he dado de los pensamientos y acciones de un hombre muy notable, que no deben culparme si no he compartido mis conocimientos con ellos, pues habría considerado mi primer deber hacerlo, de no haber estado impedido por una prohibición expresa de sus propios labios, la cual solo fue retirada el día tres del mes pasado.

Puede imaginarse que mi estrecha intimidad con Sherlock Holmes me había interesado profundamente en el crimen, y que tras su desaparición nunca dejé de leer con atención los diversos problemas que se presentaban ante el público. E incluso intenté, más de una vez, para mi propia satisfacción privada, emplear sus métodos en su resolución, aunque con desigual fortuna. No hubo, sin embargo, ninguno que me atrajera tanto como esta tragedia de Ronald Adair. Mientras leía las pruebas en la investigación, que condujeron a un veredicto de asesinato premeditado contra alguna persona o personas desconocidas, comprendí más claramente que nunca la pérdida que la comunidad había sufrido con la muerte de Sherlock Holmes. Había puntos en este extraño asunto que, estaba seguro, le habrían atraído especialmente, y los esfuerzos de la policía habrían sido complementados, o más probablemente anticipados, por la observación entrenada y la mente alerta del primer agente criminal de Europa. Durante todo el día, mientras conducía en mi ronda, le daba vueltas al caso en mi cabeza y no encontraba ninguna explicación que me pareciera adecuada. A riesgo de contar una historia ya contada, recapitularé los hechos tal y como los conocía el público al concluir la investigación.

El honorable Ronald Adair era el segundo hijo del conde de Maynooth, por aquel entonces gobernador de una de las colonias australianas. La madre de Adair había regresado de Australia para someterse a una operación de cataratas, y ella, su hijo Ronald y su hija Hilda vivían juntos en el número 427 de Park Lane. El joven se movía en la mejor sociedad; no tenía, hasta donde se sabía, enemigos ni vicios particulares. Había estado prometido con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero el compromiso se había roto de mutuo acuerdo algunos meses antes, y no había indicios de que aquello hubiera dejado una huella muy profunda. Por lo demás, la vida del hombre se movía en un círculo estrecho y convencional, pues sus hábitos eran tranquilos y su naturaleza impasible. Sin embargo, fue sobre este despreocupado joven aristócrata sobre quien cayó la muerte, de la forma más extraña e inesperada, entre las diez y las once y veinte de la noche del 30 de marzo de 1894.

A Ronald Adair le gustaban las cartas; jugaba continuamente, pero nunca por apuestas que pudieran perjudicarle. Era miembro de los clubes de cartas Baldwin, Cavendish y Bagatelle. Se demostró que, tras la cena del día de su muerte, había jugado una partida de whist en este último club. También había jugado allí por la tarde. El testimonio de quienes habían jugado con él —el señor Murray, Sir John Hardy y el coronel Moran— mostró que el juego era el whist y que las cartas se distribuyeron con bastante igualdad. Adair podría haber perdido cinco libras, pero no más. Su fortuna era considerable y tal pérdida no podía afectarle en absoluto. Había jugado casi todos los días en uno u otro club, pero era un jugador precavido y normalmente se levantaba habiendo ganado. En el juicio se supo que, en asociación con el coronel Moran, había llegado a ganar hasta cuatrocientas veinte libras en una sola sesión, unas semanas antes, a Godfrey Milner y a Lord Balmoral. Hasta aquí su historia reciente tal como salió a la luz en la investigación.

En la noche del crimen, regresó del club exactamente a las diez. Su madre y su hermana estaban fuera pasando la velada con un pariente. La criada declaró que le oyó entrar en la habitación delantera del segundo piso, que solía utilizar como sala de estar. Ella había encendido allí una chimenea y, como humeaba, había abierto la ventana. No se oyó ningún sonido procedente de la habitación hasta las once y veinte, la hora del regreso de Lady Maynooth y su hija. Deseando dar las buenas noches, intentó entrar en la habitación de su hijo. La puerta estaba cerrada por dentro y no se obtuvo respuesta a sus gritos y golpes. Se pidió ayuda y se forzó la puerta. El desafortunado joven fue hallado tendido cerca de la mesa. Su cabeza había sido horriblemente mutilada por una bala de revólver de punta expansiva, pero no se encontró arma de ningún tipo en la habitación. Sobre la mesa había dos billetes de diez libras cada uno y diecisiete libras con diez chelines en plata y oro, el dinero dispuesto en pequeñas pilas de distinta cantidad. Había también algunas cifras en una hoja de papel, con los nombres de algunos amigos del club frente a ellas, de lo que se conjeturó que, antes de su muerte, intentaba calcular sus pérdidas o ganancias en el juego.

Un examen minucioso de las circunstancias solo sirvió para hacer el caso más complejo. En primer lugar, no se pudo dar ninguna razón por la que el joven hubiera cerrado la puerta por dentro. Existía la posibilidad de que el asesino lo hubiera hecho y hubiera escapado después por la ventana. Sin embargo, la caída era de al menos seis metros, y debajo había un lecho de azafranes en plena floración. Ni las flores ni la tierra mostraban señal alguna de haber sido alteradas, ni había marcas en la estrecha franja de césped que separaba la casa de la carretera. Por tanto, al parecer, fue el propio joven quien cerró la puerta. Pero ¿cómo encontró la muerte? Nadie podría haber trepado a la ventana sin dejar huellas. Supongamos que un hombre hubiera disparado a través de la ventana, tendría que ser un tirador verdaderamente notable para infligir una herida tan mortal con un revólver. Además, Park Lane es una vía muy transitada; hay una parada de taxis a menos de cien metros de la casa. Nadie había oído un disparo. Y, sin embargo, allí estaba el hombre muerto y allí la bala de revólver, que se había aplastado, como hacen las balas de punta blanda, e infligido así una herida que debió de causar una muerte instantánea. Tales fueron las circunstancias del misterio de Park Lane, que se vieron complicadas por la ausencia total de móvil, ya que, como he dicho, no se conocía que el joven Adair tuviera enemigos, y no se había intentado llevarse el dinero ni los objetos de valor de la habitación.

Durante todo el día estuve dando vueltas a estos hechos, esforzándome por encontrar alguna teoría que pudiera reconciliarlos todos, y por hallar esa línea de menor resistencia que mi pobre amigo había declarado que era el punto de partida de toda investigación. Confieso que avancé poco. Por la tarde paseé por el parque y hacia las seis me encontré en el extremo de Oxford Street de Park Lane. Un grupo de holgazanes en las aceras, todos mirando hacia una ventana en particular, me indicó la casa que había venido a ver. Un hombre alto y delgado con gafas de color, a quien sospechaba firmemente que era un detective de paisano, estaba exponiendo alguna teoría propia, mientras los demás se agolpaban alrededor para escuchar lo que decía. Me acerqué a él todo lo que pude, pero sus observaciones me parecieron absurdas, así que me retiré de nuevo con cierto disgusto. Al hacerlo, choqué con un hombre mayor y deforme que estaba detrás de mí y tiré al suelo varios libros que llevaba. Recuerdo que, mientras los recogía, observé el título de uno de ellos, El origen del culto a los árboles, y me llamó la atención que el tipo debía de ser algún pobre bibliófilo que, ya fuera por oficio o por afición, coleccionaba volúmenes oscuros. Intenté disculparme por el accidente, pero era evidente que estos libros que había maltratado tan desafortunadamente eran objetos muy preciados a los ojos de su dueño. Con un gruñido de desprecio, se dio la vuelta sobre sus talones, y vi su espalda encorvada y sus patillas blancas desaparecer entre la multitud.

Mis observaciones del número 427 de Park Lane hicieron poco por aclarar el problema que me interesaba. La casa estaba separada de la calle por un muro bajo y una verja, todo ello de no más de metro y medio de altura. Era, por tanto, perfectamente fácil para cualquiera entrar en el jardín, pero la ventana era totalmente inaccesible, ya que no había ninguna tubería ni nada que pudiera ayudar al hombre más activo a trepar. Más desconcertado que nunca, desanduve mis pasos hacia Kensington. No llevaba cinco minutos en mi estudio cuando la criada entró para decirme que una persona deseaba verme. Para mi asombro, no era otro que mi extraño viejo coleccionista de libros, con su rostro afilado y marchito asomando por un marco de pelo blanco, y sus preciosos volúmenes, una docena al menos, apretados bajo el brazo derecho.

—Se sorprende al verme, señor —dijo con una voz extraña y ronca.

Reconocí que sí.

—Bueno, tengo conciencia, señor, y cuando vi por casualidad que entraba en esta casa, mientras le seguía cojeando, pensé para mis adentros: entraré a ver a ese amable caballero y le diré que si fui un poco brusco en mis modales no hubo mala intención, y que le estoy muy agradecido por recoger mis libros.

—Le da demasiada importancia a una pequeñez —dije—. ¿Puedo preguntarle cómo sabía quién era yo?

—Bueno, señor, si no es una indiscreción, soy vecino suyo, pues encontrará mi pequeña librería en la esquina de Church Street, y estoy seguro de que me alegrará verle. Quizá usted también coleccione, señor. Aquí tiene Aves británicas, y Catulo, y La guerra santa... una ganga, todos ellos. Con cinco volúmenes podría llenar ese hueco de la segunda estantería. Se ve desordenado, ¿no es cierto, señor?

Moví la cabeza para mirar el gabinete que tenía detrás. Cuando volví a girarme, Sherlock Holmes estaba de pie, sonriéndome, al otro lado de la mesa de mi estudio. Me puse en pie, le miré durante unos segundos con total asombro y, al parecer, debí de desmayarme por primera y última vez en mi vida. Sin duda, una niebla gris se arremolinó ante mis ojos y, cuando se despejó, encontré los cuellos de mi camisa desabrochados y el hormigueante regusto del brandy en mis labios. Holmes estaba inclinado sobre mi silla, con su frasco en la mano.

—Mi querido Watson —dijo la voz bien recordada—, le debo mil disculpas. No tenía idea de que le afectaría tanto.

Le agarré por los brazos.

—¡Holmes! —grité—. ¿Eres realmente tú? ¿Puede ser cierto que estés vivo? ¿Es posible que lograras salir de ese abismo aterrador?

—Espere un momento —dijo—. ¿Está seguro de que realmente está en condiciones de discutir las cosas? Le he dado un serio disgusto con mi reaparición innecesariamente dramática.

—Estoy bien, pero en verdad, Holmes, apenas puedo creer lo que ven mis ojos. ¡Cielos! pensar que tú... tú, de entre todos los hombres, deberías estar de pie en mi estudio. —De nuevo le agarré por la manga y sentí el brazo fino y nervudo debajo—. Bueno, no eres un espíritu, de todos modos —dije—. Mi querido amigo, estoy lleno de alegría de verte. Siéntate y cuéntame cómo saliste vivo de ese espantoso abismo.

Se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo con su vieja y despreocupada manera. Iba vestido con la raída levita del vendedor de libros, pero el resto de aquel individuo yacía en un montón de pelo blanco y libros viejos sobre la mesa. Holmes parecía incluso más delgado y agudo que antaño, pero había un matiz blanco mortal en su rostro aguileño que me decía que su vida recientemente no había sido saludable.

—Me alegra estirarme, Watson —dijo—. No es ninguna broma cuando un hombre alto tiene que quitarse un pie de estatura durante varias horas seguidas. Ahora, mi querido amigo, en cuanto a estas explicaciones, tenemos, si puedo pedir su cooperación, una noche de trabajo arduo y peligroso por delante. Quizá sería mejor que le diera una cuenta de toda la situación cuando ese trabajo haya terminado.

—Estoy lleno de curiosidad. Preferiría mucho más oírlo ahora.

—¿Vendrá conmigo esta noche?

—Cuando quieras y donde quieras.

—Esto es, en verdad, como los viejos tiempos. Tendremos tiempo para un bocado antes de que tengamos que irnos. Bien, pues, sobre ese abismo. No tuve dificultades serias para salir de él, por la sencilla razón de que nunca estuve en él.

—¿Nunca estuviste en él?

—No, Watson, nunca estuve en él. Mi nota para usted era absolutamente genuina. Tenía pocas dudas de que había llegado al final de mi carrera cuando percibí la figura algo siniestra del difunto profesor Moriarty de pie en el estrecho sendero que conducía a la seguridad. Leí un propósito inexorable en sus ojos grises. Intercambié, por tanto, algunas palabras con él y obtuve su cortés permiso para escribir la breve nota que usted recibió después. La dejé junto a mi pitillera y mi bastón, y caminé a lo largo del sendero, con Moriarty pisándome los talones. Cuando llegué al final, me puse en guardia. No sacó ningún arma, pero se abalanzó sobre mí y me rodeó con sus largos brazos. Sabía que su juego había terminado y solo estaba ansioso por vengarse de mí. Nos tambaleamos juntos al borde del precipicio. Tengo, sin embargo, algún conocimiento del baritsu, o sistema japonés de lucha, que me ha sido muy útil más de una vez. Me escurrí de su agarre y él, con un grito horrible, dio patadas locas durante unos segundos y arañó el aire con ambas manos. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo mantener el equilibrio y se fue hacia abajo. Con mi cara sobre el borde, le vi caer durante un largo trecho. Luego golpeó una roca, rebotó y cayó al agua con un chapoteo.

Escuché con asombro esta explicación, que Holmes pronunció entre bocanadas de su cigarrillo.

—¡Pero las huellas! —grité—. Vi, con mis propios ojos, que dos bajaron por el sendero y ninguna volvió.

—Sucedió de esta manera. En el instante en que el profesor hubo desaparecido, me vino a la cabeza qué oportunidad realmente extraordinariamente afortunada había puesto el destino en mi camino. Sabía que Moriarty no era el único hombre que había jurado mi muerte. Había al menos otros tres cuyo deseo de venganza sobre mí solo se vería acrecentado por la muerte de su líder. Eran todos hombres de lo más peligroso. Uno u otro seguramente me atraparía. Por otro lado, si todo el mundo estaba convencido de que yo estaba muerto, se tomarían libertades, estos hombres, pronto se expondrían, y tarde o temprano podría destruirlos. Entonces sería el momento para mí de anunciar que aún estaba en el mundo de los vivos. Tan rápido actúa el cerebro que creo que ya había pensado todo esto antes de que el profesor Moriarty hubiera llegado al fondo de las cataratas de Reichenbach.

—Me levanté y examiné el muro rocoso detrás de mí. En su pintoresca crónica del asunto, que leí con gran interés unos meses después, usted afirma que el muro era vertical. Eso no era literalmente cierto. Se presentaban unos pocos puntos de apoyo pequeños y había algún indicio de una cornisa. El acantilado es tan alto que escalarlo todo era una imposibilidad obvia, y era igualmente imposible abrirme camino a lo largo del sendero húmedo sin dejar algunas huellas. Podría, es cierto, haber invertido mis botas, como he hecho en ocasiones similares, pero la visión de tres juegos de huellas en una dirección habría sugerido sin duda un engaño. En conjunto, pues, era mejor que me arriesgara a la escalada. No fue un asunto agradable, Watson. La cascada rugía debajo de mí. No soy una persona fantasiosa, pero le doy mi palabra de que me pareció oír la voz de Moriarty gritándome desde el abismo. Un error habría sido fatal. Más de una vez, mientras los manojos de hierba se salían en mi mano o mi pie resbalaba en las húmedas muescas de la roca, pensé que estaba acabado. Pero luché hacia arriba y, al final, llegué a una cornisa de varios pies de profundidad y cubierta de suave musgo verde, donde pude tumbarme sin ser visto, con la mayor comodidad. Allí estaba tendido, cuando usted, mi querido Watson, y todos sus seguidores estaban investigando de la manera más comprensiva e ineficiente las circunstancias de mi muerte.

—Por fin, cuando todos ustedes hubieron formado sus inevitables y totalmente erróneas conclusiones, partieron hacia el hotel y me quedé solo. Había imaginado que había llegado al final de mis aventuras, pero un suceso muy inesperado me mostró que aún me esperaban sorpresas. Una enorme roca, cayendo desde arriba, pasó zumbando junto a mí, golpeó el sendero y rebotó hacia el abismo. Por un instante pensé que había sido un accidente, pero un momento después, mirando hacia arriba, vi la cabeza de un hombre contra el cielo oscurecido, y otra piedra golpeó la misma cornisa sobre la que yo estaba tendido, a menos de un pie de mi cabeza. Por supuesto, el significado de esto era obvio. Moriarty no había estado solo. Un cómplice —e incluso aquel único vistazo me había dicho cuán peligroso era ese cómplice— había montado guardia mientras el profesor me atacaba. Desde la distancia, sin que yo le viera, había sido testigo de la muerte de su amigo y de mi escape. Había esperado y luego, abriéndose camino hasta la cima del acantilado, se había esforzado por triunfar donde su camarada había fracasado.

—No tardé mucho en pensarlo, Watson. De nuevo vi aquel rostro sombrío asomarse por el acantilado y supe que era el precursor de otra piedra. Me deslicé a duras penas por el sendero. No creo que hubiera podido hacerlo a sangre fría. Fue cien veces más difícil que subir. Pero no tuve tiempo de pensar en el peligro, pues otra piedra silbó al pasar junto a mí mientras colgaba de mis manos del borde de la cornisa. A mitad de camino resbalé, pero, por la bendición de Dios, aterricé, desgarrado y sangrando, sobre el camino. Puse pies en polvorosa, hice diez millas por las montañas en la oscuridad y, una semana después, me encontré en Florencia con la certeza de que nadie en el mundo sabía qué había sido de mí.

—Solo tuve un confidente: mi hermano Mycroft. Le debo muchas disculpas, mi querido Watson, pero era de suma importancia que se pensara que estaba muerto, y es totalmente seguro que usted no habría escrito un relato tan convincente de mi triste final si no hubiera creído usted mismo que era verdad. Varias veces durante los últimos tres años he tomado mi pluma para escribirle, pero siempre temí que su afectuoso respeto por mí le tentara a alguna indiscreción que traicionara mi secreto. Por esa razón me aparté de usted esta tarde cuando tiró mis libros, pues en aquel momento corría peligro y cualquier muestra de sorpresa y emoción por su parte podría haber llamado la atención sobre mi identidad y conducido a los resultados más deplorables e irreparables. En cuanto a Mycroft, tuve que confiar en él para obtener el dinero que necesitaba. El curso de los acontecimientos en Londres no fue tan bien como esperaba, pues el juicio de la banda de Moriarty dejó a dos de sus miembros más peligrosos, mis propios enemigos más vengativos, en libertad. Viajé, pues, durante dos años por el Tíbet y me divertí visitando Lhasa y pasando algunos días con el lama principal. Es posible que haya leído acerca de las notables exploraciones de un noruego llamado Sigerson, pero estoy seguro de que nunca se le ocurrió que estaba recibiendo noticias de su amigo. Luego pasé por Persia, eché un vistazo a La Meca e hice una breve pero interesante visita al Jalifa en Jartum, cuyos resultados he comunicado al Ministerio de Asuntos Exteriores. Al regresar a Francia, pasé algunos meses investigando los derivados del alquitrán de hulla, lo cual llevé a cabo en un laboratorio en Montpellier, en el sur de Francia. Habiendo concluido esto a mi satisfacción y sabiendo que solo quedaba uno de mis enemigos en Londres, estaba a punto de regresar cuando mis movimientos se vieron apresurados por la noticia de este mismísimo y notable Misterio de Park Lane, que no solo me atrajo por sus propios méritos, sino que parecía ofrecer algunas oportunidades personales de lo más peculiares. Vine de inmediato a Londres, llamé en persona a Baker Street, sumí a la señora Hudson en una violenta crisis de histeria y descubrí que Mycroft había conservado mis habitaciones y mis papeles exactamente como siempre habían estado. Así fue, mi querido Watson, como a las dos de la tarde de hoy me encontré en mi viejo sillón, en mi propia habitación de siempre, deseando únicamente haber podido ver a mi viejo amigo Watson en la otra silla que tantas veces ha adornado.

Tal fue el notable relato al que escuché en aquella tarde de abril; un relato que habría sido totalmente increíble para mí de no haber sido confirmado por la visión real de la figura alta y enjuta y el rostro agudo y ansioso que nunca pensé volver a ver. De algún modo, se había enterado de mi propia y triste pérdida, y su simpatía se manifestó más en su actitud que en sus palabras. —El trabajo es el mejor antídoto para el dolor, mi querido Watson —dijo—; y tengo una tarea para ambos esta noche que, si logramos llevar a buen puerto, justificará por sí misma la vida de un hombre en este planeta. En vano le rogué que me dijera más. —Oirá y verá lo suficiente antes de la mañana —respondió—. Tenemos tres años de pasado que discutir. Que eso baste hasta las nueve y media, cuando comenzaremos la notable aventura de la casa vacía.

Verdaderamente fue como en los viejos tiempos cuando, a esa hora, me encontré sentado junto a él en un hansom, con mi revólver en el bolsillo y la emoción de la aventura en mi corazón. Holmes estaba frío, severo y silencioso. Mientras el resplandor de las farolas iluminaba sus rasgos austeros, vi que tenía las cejas fruncidas en señal de pensamiento y los labios finos apretados. No sabía qué fiera íbamos a cazar en la oscura jungla de la Londres criminal, pero estaba bien seguro, por el porte de este maestro cazador, de que la aventura era de la mayor gravedad; mientras que la sonrisa sardónica que ocasionalmente rompía su ascética melancolía no presagiaba nada bueno para el objeto de nuestra búsqueda.

Había imaginado que nos dirigíamos a Baker Street, pero Holmes detuvo el coche en la esquina de Cavendish Square. Observé que, al bajar, echó una mirada de lo más escrutadora a derecha e izquierda, y en cada esquina posterior se tomó la máxima molestia para asegurarse de que no le seguían. Nuestra ruta fue, ciertamente, singular. El conocimiento que tenía Holmes de los caminos secundarios de Londres era extraordinario, y en esta ocasión pasó rápida y decididamente por una red de callejones y establos cuya existencia yo nunca había conocido. Finalmente salimos a una pequeña calle, bordeada de casas viejas y sombrías, que nos condujo a Manchester Street, y de ahí a Blandford Street. Aquí giró rápidamente por un pasaje estrecho, atravesó una puerta de madera hacia un patio desierto y luego abrió con una llave la puerta trasera de una casa. Entramos juntos y la cerró tras nosotros.

El lugar estaba sumido en una oscuridad total, pero era evidente para mí que se trataba de una casa vacía. Nuestros pies crujían y chasqueaban sobre el entablado desnudo, y mi mano extendida tocó una pared de la que el papel colgaba en tiras. Los dedos fríos y finos de Holmes se cerraron alrededor de mi muñeca y me guiaron por un largo pasillo hasta que vi vagamente la claraboya turbia sobre la puerta. Aquí, Holmes giró repentinamente a la derecha y nos encontramos en una habitación grande, cuadrada y vacía, intensamente sombreada en los rincones, pero tenuemente iluminada en el centro por las luces de la calle que quedaba más allá. No había ninguna lámpara cerca y la ventana estaba llena de polvo, por lo que apenas podíamos distinguir nuestras figuras en el interior. Mi compañero puso su mano sobre mi hombro y sus labios cerca de mi oído.

—¿Sabe dónde estamos? —susurró.

—Sin duda es Baker Street —respondí, mirando a través de la ventana tenue.

—Exacto. Estamos en Camden House, que se alza frente a nuestras antiguas dependencias.

—¿Pero por qué estamos aquí?

—Porque ofrece una vista excelente de aquel pintoresco edificio. ¿Podría molestarle, mi querido Watson, acercarse un poco más a la ventana, tomando toda precaución de no dejarse ver, y mirar luego hacia nuestras viejas habitaciones, el punto de partida de tantos de sus pequeños cuentos de hadas? Veremos si mis tres años de ausencia han eliminado por completo mi capacidad para sorprenderle.

Me arrastré hacia adelante y miré hacia la ventana familiar. Cuando mis ojos se posaron en ella, di un jadeo y un grito de asombro. La persiana estaba bajada y una luz intensa ardía en la habitación. La sombra de un hombre que estaba sentado en una silla en el interior se proyectaba en un contorno negro y marcado sobre la pantalla luminosa de la ventana. No había forma de confundir el porte de la cabeza, la cuadratura de los hombros, la nitidez de los rasgos. El rostro estaba medio vuelto, y el efecto era el de una de esas siluetas negras que a nuestros abuelos les encantaba enmarcar. Era una reproducción perfecta de Holmes. Estaba tan asombrado que extendí la mano para asegurarme de que el hombre mismo estaba de pie a mi lado. Él estaba temblando de risa silenciosa.

—¿Bien? —dijo.

—¡Cielos! —exclamé—. Es maravilloso.

—Confío en que la edad no marchite ni la costumbre envejezca mi infinita variedad —dijo, y reconocí en su voz la alegría y el orgullo que el artista siente por su propia creación—. Realmente se parece bastante a mí, ¿no es así?

—Estaría dispuesto a jurar que era usted.

—El mérito de la ejecución se debe al señor Oscar Meunier, de Grenoble, quien pasó algunos días haciendo el molde. Es un busto de cera. El resto lo dispuse yo mismo durante mi visita a Baker Street esta tarde.

—¿Pero por qué?

—Porque, mi querido Watson, tenía la razón más poderosa posible para desear que ciertas personas pensaran que yo estaba allí cuando en realidad estaba en otra parte.

—¿Y pensó que las habitaciones estaban vigiladas?

—Sabía que estaban vigiladas.

—¿Por quién?

—Por mis viejos enemigos, Watson. Por la encantadora sociedad cuyo líder yace en las cataratas de Reichenbach. Debe recordar que ellos sabían, y solo ellos sabían, que yo seguía vivo. Tarde o temprano, creían que yo volvería a mis habitaciones. Las vigilaron continuamente y esta mañana me vieron llegar.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque reconocí a su centinela cuando miré por mi ventana. Es un tipo bastante inofensivo, Parker de nombre, garrotista de oficio y un notable intérprete de birimbao. No me preocupaba en absoluto. Pero sí me preocupaba mucho la persona mucho más formidable que estaba detrás de él, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que arrojó las rocas por el acantilado, el criminal más astuto y peligroso de Londres. Ese es el hombre que me busca esta noche, Watson, y ese es el hombre que no tiene ni idea de que nosotros vamos tras él.

Los planes de mi amigo se estaban revelando gradualmente. Desde este refugio conveniente, los vigilantes estaban siendo vigilados y los rastreadores, rastreados. Aquella sombra angular allá arriba era el cebo, y nosotros éramos los cazadores. En silencio nos quedamos juntos en la oscuridad y observamos las figuras apresuradas que pasaban y repasaban frente a nosotros. Holmes estaba silencioso e inmóvil; pero podía notar que estaba intensamente alerta y que sus ojos estaban fijos en la corriente de transeúntes. Era una noche sombría y tempestuosa y el viento silbaba agudamente por la larga calle. Mucha gente iba y venía, la mayoría envuelta en sus abrigos y bufandas. Una o dos veces me pareció haber visto la misma figura antes, y noté especialmente a dos hombres que parecían estar refugiándose del viento en el portal de una casa a cierta distancia calle arriba. Intenté llamar la atención de mi compañero sobre ellos; pero él lanzó una pequeña exclamación de impaciencia y continuó mirando hacia la calle. Más de una vez movió los pies con inquietud y tamborileó rápidamente con los dedos sobre la pared. Era evidente para mí que se estaba poniendo nervioso y que sus planes no estaban funcionando exactamente como esperaba. Por fin, cuando se acercaba la medianoche y la calle se vaciaba gradualmente, paseó de un lado a otro de la habitación en una agitación incontrolable. Estaba a punto de hacerle algún comentario cuando levanté los ojos hacia la ventana iluminada y experimenté de nuevo una sorpresa casi tan grande como la anterior. Agarré el brazo de Holmes y señalé hacia arriba.

—¡La sombra se ha movido! —exclamé.

Ciertamente, ya no era el perfil, sino la espalda lo que estaba vuelto hacia nosotros.

Tres años ciertamente no habían suavizado las asperezas de su temperamento o su impaciencia con una inteligencia menos activa que la suya.

—Por supuesto que se ha movido —dijo—. ¿Soy un chapucero tan ridículo, Watson, que iba a erigir un maniquí obvio y esperar que algunos de los hombres más agudos de Europa se dejaran engañar por él? Hemos estado en esta habitación dos horas, y la señora Hudson ha hecho algún cambio en esa figura ocho veces, o sea, una vez cada cuarto de hora. Ella lo manipula desde el frente, para que su sombra nunca pueda ser vista. ¡Ah! —aspiró el aire con una inhalación aguda y excitada. En la tenue luz vi su cabeza lanzada hacia adelante, toda su actitud rígida de atención. Afuera, la calle estaba absolutamente desierta. Aquellos dos hombres podrían seguir agazapados en el portal, pero ya no podía verlos. Todo estaba quieto y oscuro, salvo por aquella brillante pantalla amarilla frente a nosotros con la figura negra perfilada en su centro. De nuevo, en el silencio absoluto, escuché aquella nota fina y sibilante que hablaba de una intensa emoción reprimida. Un instante después me arrastró hacia el rincón más oscuro de la habitación y sentí su mano de advertencia sobre mis labios. Los dedos que me sujetaban temblaban. Nunca había visto a mi amigo más conmovido, y sin embargo la calle oscura todavía se extendía solitaria e inmóvil ante nosotros.

Pero de repente fui consciente de lo que sus sentidos más agudos ya habían distinguido. Un sonido bajo y sigiloso llegó a mis oídos, no desde la dirección de Baker Street, sino desde la parte trasera de la misma casa en la que estábamos ocultos. Una puerta se abrió y se cerró. Un instante después, unos pasos se arrastraron por el pasillo; pasos que pretendían ser silenciosos, pero que resonaban con dureza en la casa vacía. Holmes se agazapó contra la pared e hice lo mismo, con mi mano cerrándose sobre la empuñadura de mi revólver. Escudriñando a través de la penumbra, vi el contorno vago de un hombre, una sombra más negra que la negrura de la puerta abierta. Se quedó un instante y luego se arrastró hacia adelante, agazapado, amenazante, hacia la habitación. Estaba a tres metros de nosotros, esta figura siniestra, y me había preparado para afrontar su salto antes de darme cuenta de que no tenía idea de nuestra presencia. Pasó cerca de nosotros, se deslizó hacia la ventana y muy suave y silenciosamente la levantó medio pie. A medida que se hundía al nivel de esta abertura, la luz de la calle, ya no atenuada por el cristal polvoriento, cayó de lleno sobre su rostro. El hombre parecía estar fuera de sí por la excitación. Sus dos ojos brillaban como estrellas y sus rasgos se movían convulsivamente. Era un hombre mayor, con una nariz fina y prominente, una frente alta y calva y un enorme bigote canoso. Un sombrero de copa estaba echado hacia atrás en su cabeza y una pechera de camisa de etiqueta brillaba a través de su abrigo abierto. Su rostro era demacrado y moreno, marcado por líneas profundas y salvajes. En la mano llevaba lo que parecía ser un bastón, pero al dejarlo en el suelo dio un tintineo metálico. Entonces, del bolsillo de su abrigo sacó un objeto voluminoso y se ocupó en alguna tarea que terminó con un chasquido fuerte y agudo, como si un resorte o pestillo se hubiera colocado en su lugar. Aún arrodillado en el suelo, se inclinó hacia adelante y volcó todo su peso y fuerza sobre alguna palanca, con el resultado de que se produjo un ruido largo, giratorio y chirriante, que terminó una vez más con un chasquido potente. Se enderezó entonces y vi que lo que sostenía en su mano era una especie de arma, con una culata curiosamente deformada. La abrió por la recámara, puso algo dentro y cerró el pestillo. Entonces, agachándose, apoyó el extremo del cañón en el alféizar de la ventana abierta, y vi su largo bigote caer sobre la culata y su ojo brillar mientras escudriñaba a lo largo de las miras. Escuché un pequeño suspiro de satisfacción cuando acopló la culata a su hombro; y vi aquel objetivo asombroso, el hombre negro sobre el fondo amarillo, destacando claramente al final de su punto de mira. Por un instante estuvo rígido e inmóvil. Luego su dedo se tensó en el gatillo. Hubo un silbido extraño y fuerte y un largo tintineo plateado de cristales rotos. En ese instante Holmes saltó como un tigre sobre la espalda del tirador y lo arrojó de bruces al suelo. Estaba en pie de nuevo en un momento, y con fuerza convulsiva agarró a Holmes por la garganta, pero le golpeé en la cabeza con la culata de mi revólver y volvió a caer al suelo. Me abalancé sobre él y, mientras lo sujetaba, mi camarada hizo sonar un silbato agudo. Hubo un estrépito de pies corriendo por el pavimento y dos policías uniformados, junto con un detective de paisano, entraron precipitadamente por la entrada principal y en la habitación.

—¿Es usted, Lestrade? —dijo Holmes.

—Sí, señor Holmes. Tomé el trabajo yo mismo. Es bueno verlo de vuelta en Londres, señor.

—Creo que necesita un poco de ayuda no oficial. Tres asesinatos sin resolver en un año no están bien, Lestrade. Pero usted manejó el Misterio de Molesey con menos de su habitual... es decir, lo manejó bastante bien.

Todos nos habíamos puesto en pie, con nuestro prisionero respirando con dificultad, con un agente corpulento a cada lado. Ya unos pocos curiosos habían comenzado a reunirse en la calle. Holmes se acercó a la ventana, la cerró y bajó las persianas. Lestrade había sacado dos velas y los policías habían destapado sus linternas. Por fin pude examinar bien a nuestro prisionero.

Era un rostro tremendamente viril y, sin embargo, siniestro el que se volvió hacia nosotros. Con la frente de un filósofo arriba y la mandíbula de un sensualista abajo, el hombre debía haber comenzado con grandes capacidades para el bien o para el mal. Pero uno no podía mirar sus crueles ojos azules, con sus párpados caídos y cínicos, o su nariz feroz y agresiva y su frente amenazante y profundamente marcada, sin leer las señales de peligro más claras de la Naturaleza. No prestó atención a ninguno de nosotros, pero sus ojos estaban fijos en el rostro de Holmes con una expresión en la que el odio y el asombro estaban mezclados por igual. —¡Demonio! —seguía murmurando—. ¡Astuto, astuto demonio!

—¡Ah, coronel! —dijo Holmes, arreglándose el cuello arrugado—. «Los viajes terminan en encuentros de amantes», como dice la vieja obra. No creo haber tenido el placer de verle desde que me favoreció con aquellas atenciones mientras yacía en la cornisa sobre las cataratas de Reichenbach.

El coronel todavía miraba a mi amigo como un hombre en trance. —¡Astuto, astuto demonio! —era todo lo que podía decir.

—Todavía no le he presentado —dijo Holmes—. Este, caballeros, es el coronel Sebastian Moran, antiguo oficial del Ejército de la India de Su Majestad, y el mejor tirador de caza mayor que nuestro Imperio Oriental haya producido jamás. Creo que estoy en lo cierto, coronel, al decir que su colección de tigres sigue sin rival, ¿verdad?

El fiero anciano no dijo nada, pero siguió mirando con furia a mi compañero. Con sus ojos salvajes y su bigote erizado, era maravillosamente parecido a un tigre él mismo.

—Me sorprende que mi estratagema tan simple pudiera engañar a un shikari tan viejo —dijo Holmes—. Debe resultarle muy familiar. ¿No ha atado alguna vez un cabrito joven bajo un árbol, se ha recostado sobre él con su rifle y ha esperado a que el cebo atrajera a su tigre? Esta casa vacía es mi árbol, y usted es mi tigre. Posiblemente haya tenido otras armas en reserva en caso de que hubiera varios tigres, o en la supuesta improbabilidad de que fallara su puntería. Estas —señaló a su alrededor— son mis otras armas. El paralelismo es exacto.

El coronel Moran saltó hacia adelante con un gruñido de rabia, pero los agentes lo arrastraron hacia atrás. La furia en su rostro era terrible de contemplar.

—Confieso que tuvo una pequeña sorpresa para mí —dijo Holmes—. No anticipé que usted mismo hiciera uso de esta casa vacía y de esta conveniente ventana frontal. Le había imaginado operando desde la calle, donde mi amigo, Lestrade y sus alegres hombres le estaban esperando. Con esa excepción, todo ha salido como esperaba.

El coronel Moran se volvió hacia el detective oficial.

—Puede tener o no una causa justa para arrestarme —dijo—, pero al menos no puede haber razón para que tenga que someterme a las burlas de esta persona. Si estoy en manos de la ley, que las cosas se hagan de manera legal.

—Bueno, eso es bastante razonable —dijo Lestrade—. ¿Tiene algo más que decir, señor Holmes, antes de que nos vayamos?

Holmes había recogido del suelo la potente carabina de aire comprimido y estaba examinando su mecanismo.

—Un arma admirable y única —dijo—, silenciosa y de una potencia tremenda: conocí a Von Herder, el mecánico alemán ciego que la construyó por encargo del difunto profesor Moriarty. Durante años he sido consciente de su existencia, aunque nunca antes había tenido la oportunidad de manipularla. Se la recomiendo muy especialmente a su atención, Lestrade, y también las balas que encajan en ella.

—Puede confiar en que nos ocuparemos de eso, señor Holmes —dijo Lestrade, mientras todo el grupo se dirigía hacia la puerta—. ¿Algo más que añadir?

—Solo preguntar qué cargo piensa presentar.

—¿Qué cargo, señor? Pues, por supuesto, el de intento de asesinato del señor Sherlock Holmes.

—No es así, Lestrade. No tengo intención de comparecer en el asunto en absoluto. A usted, y solo a usted, le pertenece el mérito de la notable detención que ha efectuado. Sí, Lestrade, ¡le felicito! Con su habitual y feliz mezcla de astucia y audacia, lo ha atrapado.

—¿Atrapado? ¿A quién he atrapado, señor Holmes?

—Al hombre a quien todo el cuerpo de policía ha estado buscando en vano: el coronel Sebastian Moran, quien disparó al honorable Ronald Adair con una bala expansiva desde una carabina de aire comprimido a través de la ventana abierta del segundo piso de la fachada del número 427 de Park Lane, el día treinta del mes pasado. Ese es el cargo, Lestrade. Y ahora, Watson, si puede soportar la corriente de una ventana rota, creo que media hora en mi estudio con un cigarro podría proporcionarle un entretenimiento provechoso.

Nuestras viejas habitaciones habían permanecido inalteradas bajo la supervisión de Mycroft Holmes y el cuidado inmediato de la señora Hudson. Al entrar vi, es cierto, un orden inusual, pero los viejos puntos de referencia estaban todos en su lugar. Allí estaban el rincón de los productos químicos y la mesa de madera de abeto con manchas de ácido. Allí, en un estante, estaba la hilera de formidables álbumes de recortes y libros de consulta que a muchos de nuestros conciudadanos les habría encantado quemar. Los diagramas, el estuche del violín y el mueble para las pipas —incluso la zapatilla persa que contenía el tabaco—, todo acudió a mis ojos mientras echaba un vistazo a mi alrededor. Había dos ocupantes en la habitación: una, la señora Hudson, que nos sonreía a ambos al entrar; el otro, el extraño maniquí que había desempeñado un papel tan importante en las aventuras de la velada. Era un modelo de mi amigo del color de la cera, hecho de forma tan admirable que era un facsímil perfecto. Estaba sobre una pequeña mesa pedestal con una vieja bata de Holmes tan bien drapeada a su alrededor que la ilusión desde la calle era absolutamente perfecta.

—Espero que haya observado todas las precauciones, señora Hudson —dijo Holmes.

—Fui hasta él de rodillas, señor, tal como me dijo.

—Excelente. Llevó a cabo el asunto muy bien. ¿Observó hacia dónde fue la bala?

—Sí, señor. Me temo que ha estropeado su hermoso busto, pues pasó directamente a través de la cabeza y se aplastó contra la pared. La recogí de la alfombra. ¡Aquí está!

Holmes me la tendió. —Una bala de revólver blanda, como puede observar, Watson. Hay genialidad en ello, pues ¿quién esperaría encontrar tal cosa disparada desde una carabina de aire comprimido? Muy bien, señora Hudson. Le estoy muy agradecido por su ayuda. Y ahora, Watson, déjeme verle en su viejo asiento una vez más, pues hay varios puntos que me gustaría discutir con usted.

Se había quitado la raída levita y ahora era el Holmes de siempre, con la bata color ratón que tomó de su efigie.

—Los nervios del viejo shikari no han perdido su firmeza, ni sus ojos su agudeza —dijo con una carcajada mientras inspeccionaba la frente destrozada de su busto.

—Justo en el centro de la parte posterior de la cabeza y directamente a través del cerebro. Era el mejor tirador de la India, y supongo que hay pocos mejores en Londres. ¿Ha oído el nombre?

—No, no lo he oído.

—Bueno, bueno, ¡así es la fama! Pero, claro, si mal no recuerdo, tampoco había oído el nombre del profesor James Moriarty, quien tenía uno de los grandes cerebros del siglo. Solo bájeme del estante mi índice de biografías.

Pasó las páginas perezosamente, recostándose en su silla y lanzando grandes nubes de humo de su cigarro.

—Mi colección de M es excelente —dijo—. Moriarty mismo es suficiente para hacer ilustre cualquier letra, y aquí está Morgan el envenenador, y Merridew de abominable memoria, y Mathews, que me derribó el canino izquierdo en la sala de espera de Charing Cross, y, finalmente, aquí está nuestro amigo de esta noche.

Me entregó el libro y leí:

Moran, Sebastian, coronel. Desempleado. Antiguamente del 1.er Regimiento de Pioneros de Bangalore. Nacido en Londres, 1840. Hijo de Sir Augustus Moran, C. B., antiguo ministro británico en Persia. Educado en Eton y Oxford. Sirvió en la campaña de Jowaki, la campaña afgana, Charasiab (menciones en partes oficiales), Sherpur y Cabul. Autor de Heavy Game of the Western Himalayas (1881); Three Months in the Jungle (1884). Dirección: Conduit Street. Clubes: The Anglo-Indian, el Tankerville, el Bagatelle Card Club.

En el margen estaba escrito, con la letra precisa de Holmes:

El segundo hombre más peligroso de Londres.

—Esto es asombroso —dije, mientras devolvía el volumen—. La carrera del hombre es la de un soldado honorable.

—Es cierto —respondió Holmes—. Hasta cierto punto lo hizo bien. Siempre fue un hombre de nervios de hierro, y todavía se cuenta en la India cómo se arrastró por un desagüe tras un tigre devorador de hombres herido. Hay algunos árboles, Watson, que crecen hasta cierta altura y luego desarrollan de repente alguna excentricidad desagradable. Lo verá a menudo en los humanos. Tengo la teoría de que el individuo representa en su desarrollo toda la procesión de sus ancestros, y que un giro tan repentino hacia el bien o el mal representa alguna influencia fuerte que entró en el linaje de su pedigrí. La persona se convierte, por así decirlo, en el epítome de la historia de su propia familia.

—Ciertamente resulta bastante fantasioso.

—Bueno, no insisto en ello. Cualquiera que sea la causa, el coronel Moran empezó a desviarse. Sin ningún escándalo público, hizo que la India fuera un lugar demasiado peligroso para él. Se retiró, vino a Londres y volvió a adquirir mala fama. Fue en esta época cuando fue buscado por el profesor Moriarty, de quien durante un tiempo fue jefe de estado mayor. Moriarty le suministraba dinero generosamente y le utilizaba solo en uno o dos trabajos de muy alto nivel, que ningún criminal común habría podido emprender. Quizá recuerde la muerte de la señora Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bien, estoy seguro de que Moran estaba detrás de ello, pero no se pudo probar nada. Tan astutamente estaba oculto el coronel que, incluso cuando la banda de Moriarty fue desmantelada, no pudimos incriminarlo. Recuerda que en aquella época, cuando le visité en sus habitaciones, ¿cómo cerré las contraventanas por miedo a las carabinas de aire comprimido? Sin duda me tuvo por fantasioso. Sabía exactamente lo que hacía, pues conocía la existencia de esta notable arma, y sabía también que uno de los mejores tiradores del mundo estaría tras ella. Cuando estábamos en Suiza, nos siguió con Moriarty, y fue sin duda él quien me dio esos terribles cinco minutos en el saliente de Reichenbach.

—Tal vez piense que leí los periódicos con cierta atención durante mi estancia en Francia, a la espera de cualquier oportunidad para echarle el guante. Mientras él estuviera libre en Londres, mi vida realmente no habría valido la pena. Noche y día la sombra habría estado sobre mí, y tarde o temprano su oportunidad habría llegado. ¿Qué podía hacer? No podía dispararle al verlo, o yo mismo terminaría en el banquillo. No servía de nada apelar a un magistrado. No pueden intervenir basándose en lo que les parecería una sospecha descabellada. Así que no podía hacer nada. Pero vigilé las noticias criminales, sabiendo que tarde o temprano lo atraparía. Entonces llegó la muerte de este Ronald Adair. Mi oportunidad había llegado por fin. Sabiendo lo que sabía, ¿no era seguro que el coronel Moran lo había hecho? Había jugado a las cartas con el muchacho, le había seguido a casa desde el club, le había disparado a través de la ventana abierta. No había duda de ello. Las balas por sí solas bastan para poner su cuello en una soga. Vine enseguida. Fui visto por el centinela, quien, lo sabía, dirigiría la atención del coronel hacia mi presencia. No pudo dejar de relacionar mi repentino regreso con su crimen, y de alarmarse terriblemente. Estaba seguro de que intentaría quitarme de en medio de inmediato, y que traería su arma asesina para ese propósito. Le dejé un excelente blanco en la ventana y, tras advertir a la policía de que podrían ser necesarios —por cierto, Watson, usted localizó su presencia en ese portal con una precisión infalible—, tomé lo que me pareció una posición juiciosa para observar, sin imaginar nunca que él elegiría el mismo lugar para su ataque. Ahora, mi querido Watson, ¿queda algo por explicar?

—Sí —dije—. No ha dejado claro cuál fue el motivo del coronel Moran para asesinar al honorable Ronald Adair.

—¡Ah!, mi querido Watson, ahí entramos en esos reinos de la conjetura donde la mente más lógica puede fallar. Cada uno puede formar su propia hipótesis sobre la evidencia presente, y la suya es tan probable que sea correcta como la mía.

—¿Usted ha formado una, entonces?

—Creo que no es difícil explicar los hechos. Salió a la luz en las pruebas que el coronel Moran y el joven Adair habían ganado, entre ambos, una cantidad considerable de dinero. Ahora bien, Moran sin duda jugó sucio; de eso soy consciente desde hace mucho tiempo. Creo que el día del asesinato Adair había descubierto que Moran estaba haciendo trampas. Muy probablemente había hablado con él en privado y le había amenazado con denunciarle a menos que renunciara voluntariamente a su membresía en el club y prometiera no volver a jugar a las cartas. Es poco probable que un joven como Adair montara de repente un escándalo horrible exponiendo a un hombre bien conocido mucho mayor que él. Probablemente actuó como sugiero. La exclusión de sus clubes significaría la ruina para Moran, que vivía de sus ganancias ilícitas en el juego. Por lo tanto, asesinó a Adair, quien en ese momento estaba tratando de calcular cuánto dinero debería devolver él mismo, ya que no podía beneficiarse del juego sucio de su socio. Cerró la puerta con llave por temor a que las damas le sorprendieran e insistieran en saber qué estaba haciendo con esos nombres y monedas. ¿Pasará la prueba?

—No tengo ninguna duda de que ha dado con la verdad.

—Se verificará o refutará en el juicio. Mientras tanto, pase lo que pase, el coronel Moran no nos molestará más. La famosa carabina de aire comprimido de Von Herder embellecerá el Museo de Scotland Yard, y una vez más el señor Sherlock Holmes es libre de dedicar su vida a examinar esos pequeños problemas interesantes que la compleja vida de Londres presenta tan abundantemente.

LA AVENTURA DEL CONSTRUCTOR DE NORWOOD

—Desde el punto de vista del experto criminal —dijo el señor Sherlock Holmes—, Londres se ha convertido en una ciudad singularmente poco interesante desde la muerte del difunto y lamentado profesor Moriarty.

—Difícilmente puedo pensar que encuentre a muchos ciudadanos decentes que estén de acuerdo con usted —respondí.

—Bueno, bueno, no debo ser egoísta —dijo con una sonrisa, mientras apartaba su silla de la mesa del desayuno—. La comunidad ciertamente sale ganando, y nadie pierde, salvo el pobre especialista en paro, cuya ocupación ha desaparecido. Con ese hombre en el campo, el periódico de la mañana de uno presentaba infinitas posibilidades. A menudo era solo el rastro más pequeño, Watson, la indicación más leve, y sin embargo era suficiente para decirme que el gran cerebro maligno estaba allí, como los temblores más suaves de los bordes de la tela recuerdan a uno la vil araña que acecha en el centro. Pequeños robos, agresiones gratuitas, atropellos sin propósito: para el hombre que tenía la pista, todo podía integrarse en un todo conectado. Para el estudiante científico del mundo criminal superior, ninguna capital en Europa ofrecía las ventajas que Londres poseía entonces. Pero ahora... —Se encogió de hombros en una burlesca desaprobación del estado de las cosas que él mismo había hecho tanto por producir.

En el momento del que hablo, Holmes había regresado hacía algunos meses, y yo, a petición suya, había vendido mi consulta y vuelto a compartir las viejas habitaciones de Baker Street. Un joven médico llamado Verner había comprado mi pequeña consulta de Kensington y había aceptado con una resistencia asombrosamente pequeña el precio más alto que me atreví a pedir: un incidente que solo se explicó algunos años más tarde, cuando descubrí que Verner era un pariente lejano de Holmes y que fue mi amigo quien realmente había puesto el dinero.

Nuestros meses de asociación no habían sido tan carentes de acontecimientos como él había afirmado, pues encuentro, al revisar mis notas, que este período incluye el caso de los documentos del expresidente Murillo, y también el impactante asunto del barco de vapor holandés Friesland, que por poco nos cuesta la vida a ambos. Su naturaleza fría y orgullosa era siempre reacia, sin embargo, a cualquier cosa que tuviera visos de aplauso público, y me obligó en los términos más estrictos a no decir ni una palabra más sobre él, sus métodos o sus éxitos: una prohibición que, como he explicado, solo ahora ha sido levantada.

El señor Sherlock Holmes estaba recostado en su silla después de su estrafalaria protesta y estaba desplegando su periódico matutino de forma pausada, cuando nuestra atención fue captada por un tremendo timbrazo, seguido inmediatamente por un sonido de tamborileo hueco, como si alguien estuviera golpeando la puerta exterior con el puño. Al abrirse, se produjo una tumultuosa entrada en el vestíbulo, unos pies rápidos subieron ruidosamente por la escalera y, un instante después, un joven de ojos desorbitados y frenético, pálido, desaliñado y palpitante, irrumpió en la habitación. Miró de uno a otro de nosotros y, bajo nuestra mirada inquisitiva, se dio cuenta de que se necesitaba alguna disculpa por esta entrada sin ceremonias.

—Lo siento, señor Holmes —exclamó—. No debe culparme. Estoy casi loco. Señor Holmes, soy el infeliz John Hector McFarlane.

Hizo el anuncio como si el nombre por sí solo explicara tanto su visita como su manera, pero pude ver, por el rostro inexpresivo de mi compañero, que no significaba más para él que para mí.

—Tome un cigarrillo, señor McFarlane —dijo, acercándole su pitillera—. Estoy seguro de que, con sus síntomas, mi amigo el doctor Watson aquí presente le recetaría un sedante. El tiempo ha sido muy cálido estos últimos días. Ahora, si se siente un poco más compuesto, me alegraría que se sentara en esa silla y nos dijera muy lenta y tranquilamente quién es usted y qué es lo que quiere. Ha mencionado su nombre como si yo debiera reconocerlo, pero le aseguro que, más allá de los hechos obvios de que es usted soltero, abogado, francmasón y asmático, no sé absolutamente nada de usted.

Familiarizado como estaba con los métodos de mi amigo, no me fue difícil seguir sus deducciones y observar el desaliño de la vestimenta, el fajo de documentos legales, el dije del reloj y la respiración que los habían provocado. Nuestro cliente, sin embargo, miraba con asombro.

—Sí, soy todo eso, señor Holmes; y, además, soy el hombre más desafortunado en este momento en Londres. ¡Por amor de Dios, no me abandone, señor Holmes! Si vienen a arrestarme antes de que haya terminado mi historia, haga que me den tiempo para poder contarle toda la verdad. Podría ir a la cárcel feliz si supiera que usted está trabajando para mí fuera.

—¡Arrestarle! —dijo Holmes—. Esto es realmente muy grat... muy interesante. ¿Bajo qué cargo espera ser arrestado?

—Bajo el cargo de asesinar al señor Jonas Oldacre, de Lower Norwood.

El expresivo rostro de mi compañero mostró una simpatía que no estaba, me temo, totalmente exenta de satisfacción.

—Vaya —dijo—, fue solo hace un momento, en el desayuno, que le decía a mi amigo, el doctor Watson, que los casos sensacionalistas habían desaparecido de nuestros periódicos.

Nuestro visitante estiró una mano temblorosa y tomó el Daily Telegraph, que aún yacía sobre la rodilla de Holmes.

—Si lo hubiera mirado, señor, habría visto de un vistazo cuál es el motivo por el que he venido a verle esta mañana. Siento como si mi nombre y mi desgracia debieran estar en boca de todos. —Lo dio la vuelta para exponer la página central—. Aquí está, y con su permiso se lo leeré. Escuche esto, señor Holmes. Los titulares son: «Misterioso asunto en Lower Norwood. Desaparición de un conocido constructor. Sospecha de asesinato e incendio provocado. Una pista del criminal». Esa es la pista que ya están siguiendo, señor Holmes, y sé que conduce infaliblemente a mí. Me han seguido desde la estación de London Bridge y estoy seguro de que solo están esperando la orden para arrestarme. ¡Le romperá el corazón a mi madre, le romperá el corazón! —Se retorció las manos en una agonía de aprensión y se balanceó de atrás hacia adelante en su silla.

Miré con interés a este hombre, acusado de ser el autor de un crimen violento. Era rubio y apuesto, de una manera apagada y deslucida, con ojos azules asustados y un rostro bien afeitado, con una boca débil y sensible. Su edad podía rondar los veintisiete años, su vestimenta y porte eran los de un caballero. Del bolsillo de su ligero abrigo de verano sobresalía el fajo de documentos endosados que proclamaban su profesión.

—Debemos aprovechar el tiempo que tenemos —dijo Holmes—. Watson, ¿tendría la amabilidad de tomar el periódico y leer el párrafo en cuestión?

Debajo de los contundentes titulares que nuestro cliente había citado, leí la siguiente narración sugerente:

«A última hora de la noche de ayer, o a primera hora de esta mañana, ocurrió un incidente en Lower Norwood que apunta, según se teme, a un delito grave. El señor Jonas Oldacre es un conocido residente de dicho suburbio, donde ha ejercido durante muchos años su profesión de constructor. El señor Oldacre es soltero, tiene cincuenta y dos años y vive en Deep Dene House, en el extremo de Sydenham de la calle del mismo nombre. Ha tenido fama de ser un hombre de hábitos excéntricos, reservado y solitario. Desde hace algunos años se ha retirado prácticamente del negocio, en el que se dice que ha amasado una considerable fortuna. Sin embargo, en la parte trasera de la casa todavía existe un pequeño aserradero y, anoche, alrededor de las doce, se dio la alarma de que una de las pilas de madera estaba en llamas. Los bomberos llegaron pronto al lugar, pero la madera seca ardió con gran furia y fue imposible detener la conflagración hasta que la pila quedó completamente consumida. Hasta este punto, el incidente presentaba el aspecto de un accidente común, pero nuevos indicios parecen apuntar a un delito grave. Se expresó sorpresa por la ausencia del dueño del establecimiento en la escena del incendio y siguió una investigación que demostró que había desaparecido de la casa. Un examen de su habitación reveló que la cama no había sido ocupada, que una caja fuerte que había en ella estaba abierta, que varios papeles importantes estaban esparcidos por la estancia y, finalmente, que había señales de una lucha sangrienta, habiéndose encontrado leves rastros de sangre dentro de la habitación y un bastón de roble que también mostraba manchas de sangre en el puño. Se sabe que el señor Jonas Oldacre había recibido una visita a última hora en su dormitorio esa noche, y el bastón encontrado ha sido identificado como propiedad de esta persona, que es un joven abogado londinense llamado John Hector McFarlane, socio menor de Graham and McFarlane, de Gresham Buildings 426, E.C. La policía cree poseer pruebas que proporcionan un motivo muy convincente para el crimen y, en conjunto, no cabe duda de que seguirán desarrollos sensacionales.

»MÁS INFORMACIÓN.—Se rumorea al cierre de esta edición que el señor John Hector McFarlane ha sido efectivamente arrestado bajo la acusación del asesinato del señor Jonas Oldacre. Al menos es seguro que se ha emitido una orden de detención. Ha habido más desarrollos siniestros en la investigación en Norwood. Además de las señales de una lucha en la habitación del desafortunado constructor, ahora se sabe que las puertas francesas de su dormitorio (que está en la planta baja) fueron encontradas abiertas, que había marcas como si algún objeto voluminoso hubiera sido arrastrado hasta la pila de madera y, finalmente, se asegura que se han encontrado restos carbonizados entre las cenizas del fuego. La teoría de la policía es que se ha cometido un crimen de lo más sensacional, que la víctima fue golpeada hasta la muerte en su propio dormitorio, sus papeles saqueados y su cadáver arrastrado hasta la pila de madera, que luego fue incendiada para ocultar todos los rastros del crimen. La dirección de la investigación criminal ha quedado en las manos expertas del inspector Lestrade, de Scotland Yard, quien está siguiendo las pistas con su acostumbrada energía y sagacidad».

Sherlock Holmes escuchó con los ojos cerrados y las yemas de los dedos juntas este notable relato.

—El caso tiene ciertamente algunos puntos de interés —dijo, con su aire lánguido—. ¿Puedo preguntarle, en primer lugar, señor McFarlane, cómo es que todavía está en libertad, dado que parece haber pruebas suficientes para justificar su arresto?

—Vivo en Torrington Lodge, Blackheath, con mis padres, señor Holmes, pero anoche, al tener que hacer gestiones muy tarde con el señor Jonas Oldacre, me alojé en un hotel de Norwood y desde allí fui a mis asuntos. No supe nada de este asunto hasta que estuve en el tren, cuando leí lo que usted acaba de oír. Inmediatamente vi el horrible peligro de mi posición y me apresuré a poner el caso en sus manos. No tengo dudas de que me habrían arrestado en mi oficina de la ciudad o en mi casa. Un hombre me siguió desde la estación de London Bridge, y no me cabe duda de que... ¡Dios santo! ¿Qué es eso?

Fue un repique de campana, seguido al instante por pasos pesados en la escalera. Un momento después, nuestro viejo amigo Lestrade apareció en el umbral. Sobre su hombro alcancé a vislumbrar a uno o dos policías uniformados afuera.

—¿Señor John Hector McFarlane? —dijo Lestrade.

Nuestro desafortunado cliente se levantó con el rostro desencajado.

—Lo arresto por el asesinato intencionado del señor Jonas Oldacre, de Lower Norwood.

McFarlane se volvió hacia nosotros con un gesto de desesperación y se hundió en su silla una vez más como alguien aplastado.

—Un momento, Lestrade —dijo Holmes—. Media hora más o menos no puede marcar ninguna diferencia para usted, y el caballero estaba a punto de darnos un relato de este interesantísimo asunto, lo cual podría ayudarnos a esclarecerlo.

—Creo que no habrá ninguna dificultad en esclarecerlo —dijo Lestrade, con severidad.

—No obstante, con su permiso, me interesaría mucho escuchar su relato.

—Bueno, señor Holmes, es difícil para mí negarle algo, pues ha sido de utilidad para el cuerpo una o dos veces en el pasado y le debemos un favor en Scotland Yard —dijo Lestrade—. Al mismo tiempo, debo permanecer con mi prisionero y estoy obligado a advertirle que todo lo que diga aparecerá como prueba en su contra.

—No deseo otra cosa —dijo nuestro cliente—. Todo lo que pido es que escuche y reconozca la verdad absoluta.

Lestrade miró su reloj. —Le daré media hora —dijo.

—Debo explicar primero —dijo McFarlane— que no sabía nada del señor Jonas Oldacre. Su nombre me resultaba familiar, pues hace muchos años mis padres tuvieron trato con él, pero se distanciaron. Por ello, me sorprendió mucho cuando ayer, alrededor de las tres de la tarde, entró en mi oficina de la ciudad. Pero quedé aún más asombrado cuando me comunicó el objeto de su visita. Tenía en la mano varias hojas de un cuaderno, cubiertas con escritura garabateada —aquí están— y las puso sobre mi mesa.

»"Aquí está mi testamento", dijo. "Quiero que usted, señor McFarlane, le dé la forma legal adecuada. Me sentaré aquí mientras lo hace".

»Me puse a copiarlo, y puede imaginar mi asombro cuando descubrí que, con algunas reservas, me había dejado todas sus propiedades a mí. Era un hombrecillo extraño, parecido a un hurón, con pestañas blancas, y cuando levanté la vista hacia él, encontré sus agudos ojos grises fijos en mí con expresión divertida. Apenas podía creer lo que leían mis ojos al leer las condiciones del testamento; pero me explicó que era soltero, que apenas tenía parientes vivos, que había conocido a mis padres en su juventud, que siempre había oído hablar de mí como un joven muy meritorio y que estaba seguro de que su dinero estaría en buenas manos. Por supuesto, solo pude balbucear mis agradecimientos. El testamento quedó debidamente terminado, firmado y testificado por mi empleado. Este es el que está en el papel azul, y estas hojas, como he explicado, son el borrador. El señor Jonas Oldacre me informó entonces de que había una serie de documentos —contratos de construcción, títulos de propiedad, hipotecas, acciones, etcétera— que era necesario que yo viera y comprendiera. Dijo que su mente no estaría tranquila hasta que todo estuviera resuelto, y me rogó que fuera a su casa en Norwood esa noche, llevando conmigo el testamento, para arreglar los asuntos. "Recuerda, hijo mío, ni una palabra a tus padres sobre el asunto hasta que todo esté resuelto. Lo mantendremos como una pequeña sorpresa para ellos". Fue muy insistente en este punto y me hizo prometérselo fielmente.

»Puede imaginar, señor Holmes, que no estaba de humor para negarle nada de lo que pudiera pedir. Era mi benefactor y todo mi deseo era cumplir sus deseos en todos los detalles. Envié un telegrama a casa, por tanto, diciendo que tenía asuntos importantes entre manos y que era imposible saber lo tarde que podría llegar. El señor Oldacre me había dicho que le gustaría que cenara con él a las nueve, ya que podría no estar en casa antes de esa hora. Sin embargo, tuve alguna dificultad para encontrar su casa y eran casi las nueve y media cuando llegué. Lo encontré...»

—¡Un momento! —dijo Holmes—. ¿Quién abrió la puerta?

—Una mujer de mediana edad, quien supongo era su ama de llaves.

—Y fue ella, supongo, ¿quien mencionó su nombre?

—Exactamente —dijo McFarlane.

—Por favor, continúe.

McFarlane se secó la frente húmeda y luego continuó su narración:

—Esta mujer me hizo pasar a una sala de estar, donde estaba servida una cena frugal. Después, el señor Jonas Oldacre me llevó a su dormitorio, en el que había una caja fuerte pesada. La abrió y sacó una masa de documentos, que revisamos juntos. Eran entre las once y las doce cuando terminamos. Comentó que no debíamos molestar al ama de llaves. Me acompañó hasta la salida a través de su propia ventana francesa, que había estado abierta todo este tiempo.

—¿Estaba la persiana bajada? —preguntó Holmes.

—No podría asegurarlo, pero creo que estaba solo a media altura. Sí, recuerdo cómo la subió para abrir la ventana. No pude encontrar mi bastón y él dijo: "No te preocupes, hijo mío, espero verte mucho a partir de ahora, y guardaré tu bastón hasta que vuelvas a reclamarlo". Lo dejé allí, con la caja fuerte abierta y los papeles organizados en paquetes sobre la mesa. Era tan tarde que no pude regresar a Blackheath, así que pasé la noche en el Anerley Arms, y no supe nada más hasta que leí sobre este horrible asunto por la mañana.

—¿Algo más que quiera preguntar, señor Holmes? —dijo Lestrade, cuyas cejas se habían alzado una o dos veces durante esta notable explicación.

—No hasta que haya estado en Blackheath.

—Querrá decir en Norwood —dijo Lestrade.

—Oh, sí, sin duda eso es lo que debo haber querido decir —dijo Holmes, con su sonrisa enigmática. Lestrade había aprendido, por más experiencias de las que le gustaría reconocer, que aquel cerebro podía atravesar lo que para él era impenetrable. Le vi mirar con curiosidad a mi compañero.

—Creo que me gustaría tener unas palabras con usted dentro de poco, señor Sherlock Holmes —dijo—. Ahora, señor McFarlane, dos de mis agentes están en la puerta y hay un coche de punto esperando. —El desdichado joven se levantó y, con una última mirada suplicante hacia nosotros, salió de la habitación. Los oficiales lo condujeron al carruaje, pero Lestrade se quedó.

Holmes había recogido las páginas que formaban el borrador del testamento y las estaba mirando con el mayor interés en su rostro.

—Hay algunos puntos sobre ese documento, Lestrade, ¿no es así? —dijo, deslizándoselos.

El oficial los miró con expresión de perplejidad.

—Puedo leer las primeras líneas y estas en medio de la segunda página, y una o dos al final. Esas son tan claras como si estuvieran impresas —dijo—, pero la escritura de en medio es muy mala, y hay tres lugares donde no puedo leerla en absoluto.

—¿Qué opina de eso? —dijo Holmes.

—Bueno, ¿qué opina usted?

—Que fue escrito en un tren. La buena escritura representa las estaciones, la mala escritura el movimiento, y la pésima escritura el paso por los cambios de vía. Un experto científico declararía de inmediato que esto fue redactado en una línea suburbana, ya que en ningún lugar, salvo en las inmediaciones de una gran ciudad, podría haber una sucesión tan rápida de cambios. Admitiendo que todo su viaje transcurrió redactando el testamento, entonces el tren era un expreso, que solo se detuvo una vez entre Norwood y London Bridge.

Lestrade comenzó a reír.

—Usted me supera cuando empieza con sus teorías, señor Holmes —dijo—. ¿Cómo afecta esto al caso?

—Bueno, corrobora la historia del joven en cuanto a que el testamento fue redactado por Jonas Oldacre en su viaje de ayer. Es curioso, ¿no?, que un hombre redacte un documento tan importante de una manera tan fortuita. Sugiere que no pensaba que fuera a tener mucha importancia práctica. Si un hombre redactara un testamento que no pretendiera que fuera efectivo nunca, podría hacerlo así.

—Bueno, redactó su propia sentencia de muerte al mismo tiempo —dijo Lestrade.

—¿Oh, eso cree?

—¿Usted no?

—Bueno, es muy posible, pero el caso aún no está claro para mí.

—¿No está claro? Bueno, si eso no está claro, ¿qué podría estarlo más? Aquí hay un joven que se entera de repente de que, si un determinado hombre mayor muere, heredará una fortuna. ¿Qué hace? No le dice nada a nadie, pero organiza una visita con algún pretexto para ver a su cliente esa noche. Espera hasta que la única otra persona de la casa esté en la cama y luego, en la soledad de la habitación de un hombre, lo asesina, quema su cuerpo en la pila de madera y se marcha a un hotel cercano. Las manchas de sangre en la habitación y también en el bastón son muy leves. Es probable que imaginara que su crimen sería incruento y esperara que, si el cuerpo era consumido, ocultaría todos los rastros del método de su muerte, rastros que, por alguna razón, debían señalarlo a él. ¿No es todo esto obvio?

—Me parece, mi buen Lestrade, que es apenas un poco demasiado obvio —dijo Holmes—. Usted no añade imaginación a sus otras grandes cualidades, pero si pudiera por un momento ponerse en el lugar de este joven, ¿elegiría la misma noche después de haber hecho el testamento para cometer su crimen? ¿No le parecería peligroso establecer una relación tan estrecha entre los dos incidentes? Además, ¿elegiría una ocasión en la que se sabe que usted está en la casa, cuando un criado le ha dejado entrar? Y, finalmente, ¿se tomaría tantas molestias para ocultar el cuerpo y aun así dejaría su propio bastón como señal de que usted fue el criminal? Confiese, Lestrade, que todo esto es muy improbable.

—En cuanto al bastón, señor Holmes, usted sabe tan bien como yo que un criminal a menudo está nervioso y hace tales cosas, que un hombre tranquilo evitaría. Es muy probable que tuviera miedo de volver a la habitación. Deme otra teoría que encaje con los hechos.

—Podría darle fácilmente media docena —dijo Holmes—. Aquí, por ejemplo, hay una muy posible e incluso probable. Se la regalo. El hombre mayor está mostrando documentos que son de evidente valor. Un vagabundo que pasaba los ve a través de la ventana, cuya persiana está solo a media altura. Sale el abogado. ¡Entra el vagabundo! Se apodera de un bastón, que observa allí, mata a Oldacre y se marcha después de quemar el cuerpo.

—¿Por qué habría de quemar el cuerpo el vagabundo?

—Por el mismo motivo, ¿por qué habría de hacerlo McFarlane?

—Para ocultar alguna prueba.

—Posiblemente el vagabundo quería ocultar que se había cometido asesinato alguno.

—¿Y por qué el vagabundo no se llevó nada?

—Porque eran papeles que no podía negociar.

Lestrade negó con la cabeza, aunque me pareció que su manera era menos absolutamente segura que antes.

—Bueno, señor Sherlock Holmes, usted puede buscar a su vagabundo, y mientras lo encuentra, nosotros nos quedaremos con nuestro hombre. El futuro dirá quién tiene razón. Fíjese en este punto, señor Holmes: que hasta donde sabemos, no se sustrajo ninguno de los papeles, y que el prisionero es el único hombre en el mundo que no tenía motivos para sustraerlos, ya que era el heredero legal y los recibiría en cualquier caso.

Mi amigo pareció impresionado por esta observación.

—No pretendo negar que las pruebas están en algunos aspectos muy fuertemente a favor de su teoría —dijo—. Solo deseo señalar que hay otras teorías posibles. Como usted dice, el futuro decidirá. ¡Buenos días! Me atrevo a decir que en el transcurso del día pasaré por Norwood y veré cómo les va.

Cuando el detective partió, mi amigo se levantó e hizo los preparativos para el trabajo del día con el aire alerta de un hombre que tiene una tarea agradable ante sí.

—Mi primer movimiento, Watson —dijo, mientras se abotonaba su levita—, debe ser, como dije, en dirección a Blackheath.

—¿Y por qué no Norwood?

—Porque tenemos en este caso un incidente singular tras otro. La policía está cometiendo el error de concentrar su atención en el segundo, porque da la casualidad de que es el que es realmente criminal. Pero me resulta evidente que la forma lógica de abordar el caso es empezar tratando de arrojar algo de luz sobre el primer incidente: el curioso testamento, hecho tan repentinamente y a un heredero tan inesperado. Puede hacer algo por simplificar lo que siguió. No, querido amigo, no creo que puedas ayudarme. No hay perspectiva de peligro, o no se me ocurriría salir sin ti. Confío en que cuando te vea por la noche, podré informarte de que he sido capaz de hacer algo por este desafortunado joven, quien se ha puesto bajo mi protección.

Era tarde cuando mi amigo regresó, y pude ver, con un vistazo a su rostro demacrado y ansioso, que las grandes esperanzas con las que había comenzado no se habían cumplido. Durante una hora estuvo zumbando con su violín, esforzándose por calmar sus propios ánimos alterados. Por fin, arrojó el instrumento y se sumergió en un relato detallado de sus desventuras.

—Todo va mal, Watson, todo lo mal que puede ir. Mantuve una cara audaz ante Lestrade, pero, por mi alma, creo que por una vez el tipo está en el camino correcto y nosotros estamos en el equivocado. Todos mis instintos van en una dirección y todos los hechos en la otra, y mucho me temo que los jurados británicos aún no han alcanzado ese grado de inteligencia en el que darán preferencia a mis teorías sobre los hechos de Lestrade.

—¿Fuiste a Blackheath?

—Sí, Watson, fui allí, y descubrí muy pronto que el difunto Oldacre era un sinvergüenza bastante considerable. El padre estaba fuera en busca de su hijo. La madre estaba en casa, una personita pequeña, esponjosa y de ojos azules, temblando de miedo e indignación. Por supuesto, no admitiría ni siquiera la posibilidad de su culpabilidad. Pero no expresaría ni sorpresa ni pesar por el destino de Oldacre. Al contrario, habló de él con tal amargura que inconscientemente estaba reforzando considerablemente el caso de la policía porque, por supuesto, si su hijo la hubiera oído hablar del hombre de esta manera, le predispondría hacia el odio y la violencia. "Era más parecido a un simio maligno y astuto que a un ser humano", dijo, "y siempre lo fue, desde que era un hombre joven".

»—¿Usted lo conoció en aquel entonces? —dije.

»—Sí, lo conocí bien, de hecho, fue un antiguo pretendiente mío. Gracias al cielo que tuve el sentido común de apartarme de él y casarme con un hombre mejor, aunque más pobre. Estaba comprometida con él, señor Holmes, cuando oí una historia impactante sobre cómo había soltado a un gato en un aviario, y quedé tan horrorizada por su brutal crueldad que no quise tener nada más que ver con él. —Rebuscó en un escritorio y, poco después, sacó la fotografía de una mujer, vergonzosamente desfigurada y mutilada con un cuchillo—. Esa es mi propia fotografía —dijo—. Me la envió en ese estado, con su maldición, la mañana de mi boda.

»—Bueno —dije—, al menos ahora la ha perdonado, ya que ha dejado todas sus propiedades a su hijo.

—¡Ni mi hijo ni yo queremos nada de Jonas Oldacre, vivo o muerto! —exclamó ella, con un espíritu muy digno—. Hay un Dios en el cielo, señor Holmes, y ese mismo Dios que ha castigado a ese hombre malvado mostrará, a su debido tiempo, que las manos de mi hijo están libres de su sangre.

Bueno, seguí una o dos pistas, pero no pude conseguir nada que ayudara a nuestra hipótesis, y sí varios puntos que la contradecían. Finalmente me rendí y me fui a Norwood.

Este lugar, Deep Dene House, es una gran villa moderna de ladrillo llamativo, retirada dentro de sus propios terrenos, con un césped rodeado de laureles en el frente. A la derecha y a cierta distancia de la carretera estaba el depósito de madera que había sido el escenario del incendio. Aquí tiene un boceto rápido en una hoja de mi cuaderno. Esta ventana a la izquierda es la que da a la habitación de Oldacre. Se puede mirar hacia adentro desde la carretera, ya ve. Ese es casi el único consuelo que he tenido hoy. Lestrade no estaba allí, pero su agente principal hizo los honores. Acababan de encontrar un gran tesoro oculto. Habían pasado la mañana rastreando entre las cenizas de la pila de madera quemada y, además de los restos orgánicos carbonizados, habían conseguido varios discos metálicos descoloridos. Los examiné con cuidado y no cabía duda de que eran botones de pantalón. Incluso distinguí que uno de ellos estaba marcado con el nombre de «Hyams», quien era el sastre de Oldacre. Luego registré el césped con mucha atención en busca de señales y rastros, pero esta sequía ha dejado todo duro como el hierro. No se veía nada, salvo que algún cuerpo o bulto había sido arrastrado a través de un seto bajo de aligustre que está en línea con la pila de madera. Todo eso, por supuesto, encaja con la teoría oficial. Me arrastré por el césped con un sol de agosto sobre mi espalda, pero al cabo de una hora me levanté sin ser más sabio que antes.

Bueno, tras este fiasco entré en el dormitorio y examiné eso también. Las manchas de sangre eran muy leves, simples borrones y decoloraciones, pero indudablemente frescas. El bastón había sido retirado, pero también allí las marcas eran leves. No hay duda de que el bastón pertenecía a nuestro cliente. Él lo admite. Las huellas de ambos hombres podían distinguirse en la alfombra, pero ninguna de una tercera persona, lo cual, de nuevo, es una baza para la otra parte. Iban acumulando puntos todo el tiempo y nosotros estábamos estancados.

Solo obtuve un pequeño rayo de esperanza, y aun así no significaba nada. Examiné el contenido de la caja fuerte, la mayor parte del cual había sido sacado y dejado sobre la mesa. Los papeles habían sido colocados en sobres sellados, uno o dos de los cuales habían sido abiertos por la policía. No eran, hasta donde pude juzgar, de gran valor, ni el libro de cuentas del banco mostraba que el señor Oldacre estuviera en una situación tan acomodada. Pero me pareció que no estaban todos los papeles. Había alusiones a algunas escrituras —posiblemente las más valiosas— que no pude encontrar. Esto, por supuesto, si pudiéramos probarlo definitivamente, volvería el argumento de Lestrade contra él mismo, pues ¿quién robaría algo si supiera que pronto lo heredará?

Finalmente, habiendo rastreado todo otro escondite y no habiendo captado ningún rastro, probé suerte con el ama de llaves. La señora Lexington es su nombre, una persona pequeña, morena y silenciosa, con ojos sospechosos y esquivos. Ella podría decirnos algo si quisiera; estoy convencido de ello. Pero era hermética como una ostra. Sí, ella había dejado entrar al señor McFarlane a las nueve y media. Deseaba que su mano se hubiera marchitado antes de haberlo hecho. Se había ido a la cama a las diez y media. Su habitación estaba al otro extremo de la casa y no pudo oír nada de lo que había pasado. El señor McFarlane había dejado su sombrero y, según creía, su bastón en el vestíbulo. La había despertado la alarma de incendio. Su pobre y querido señor sin duda había sido asesinado. ¿Tenía enemigos? Bueno, todo hombre tiene enemigos, pero el señor Oldacre se mantenía muy reservado y solo conocía a gente por motivos de negocios. Había visto los botones y estaba segura de que pertenecían a la ropa que él llevaba anoche. La pila de madera estaba muy seca, pues no había llovido en un mes. Ardió como yesca y, para cuando llegó al lugar, no se veía nada más que llamas. Ella y todos los bomberos olieron la carne quemada desde dentro. No sabía nada de los papeles, ni de los asuntos privados del señor Oldacre.

Así que, mi querido Watson, ahí tiene mi informe de un fracaso. Y sin embargo, y sin embargo... —apretó sus manos delgadas en un paroxismo de convicción—, sé que todo está mal. Lo siento en los huesos. Hay algo que no ha salido a la luz, y esa ama de llaves lo sabe. Había una especie de desafío hosco en sus ojos, que solo acompaña a un conocimiento culpable. Sin embargo, no sirve de nada hablar más de esto, Watson; pero a menos que surja alguna oportunidad afortunada, me temo que el Caso de la Desaparición de Norwood no figurará en esa crónica de nuestros éxitos que preveo que un público paciente tendrá, tarde o temprano, que soportar.

—Sin duda —dije—, ¿la apariencia del hombre pesaría mucho ante cualquier jurado?

—Ese es un argumento peligroso, mi querido Watson. ¿Recuerdas a ese terrible asesino, Bert Stevens, a quien queríamos librar en el 87? ¿Hubo alguna vez un joven de apariencia más amable y de escuela dominical?

—Es cierto.

—A menos que logremos establecer una teoría alternativa, este hombre está perdido. Difícilmente puedes encontrar un defecto en el caso que ahora se puede presentar contra él, y toda investigación posterior solo ha servido para fortalecerlo. Por cierto, hay un pequeño punto curioso sobre esos papeles que puede servirnos como punto de partida para una indagación. Al revisar el libro de cuentas del banco encontré que el bajo estado del saldo se debía principalmente a grandes cheques que se habían extendido durante el último año a nombre del señor Cornelius. Confieso que me interesaría saber quién puede ser este señor Cornelius con quien un constructor jubilado tiene transacciones tan grandes. ¿Es posible que haya tenido algo que ver en el asunto? Cornelius podría ser un corredor, pero no hemos encontrado acciones que correspondan con estos grandes pagos. A falta de cualquier otra indicación, mis investigaciones deben tomar ahora la dirección de una consulta en el banco sobre el caballero que ha cobrado estos cheques. Pero me temo, mi querido amigo, que nuestro caso terminará de forma poco gloriosa con Lestrade ahorcando a nuestro cliente, lo que sin duda será un triunfo para Scotland Yard.

No sé cuánto durmió Sherlock Holmes aquella noche, pero cuando bajé a desayunar lo encontré pálido y fatigado, sus brillantes ojos aún más brillantes por las sombras oscuras que los rodeaban. La alfombra alrededor de su silla estaba llena de colillas de cigarrillos y de las primeras ediciones de los periódicos de la mañana. Un telegrama abierto yacía sobre la mesa.

—¿Qué piensas de esto, Watson? —preguntó, lanzándolo hacia mí.

Era de Norwood y decía lo siguiente:

«Importante prueba nueva en mano. Culpabilidad de McFarlane definitivamente establecida. Aconséjole abandonar el caso. —LESTRADE.»

—Esto suena serio —dije.

—Es el pequeño canto de victoria de Lestrade —respondió Holmes con una sonrisa amarga—. Y sin embargo, puede ser prematuro abandonar el caso. Después de todo, una nueva prueba importante es un arma de doble filo y posiblemente pueda cortar en una dirección muy distinta a la que imagina Lestrade. Toma tu desayuno, Watson, y saldremos juntos a ver qué podemos hacer. Siento que voy a necesitar tu compañía y tu apoyo moral hoy.

Mi amigo no tomó desayuno él mismo, pues era una de sus peculiaridades que en sus momentos más intensos no se permitía comida alguna, y lo he conocido abusando de su férrea fuerza hasta desmayarse por pura inanición. «En este momento no puedo desperdiciar energía y fuerza nerviosa en la digestión», solía decir en respuesta a mis amonestaciones médicas. No me sorprendió, por tanto, cuando esta mañana dejó atrás su comida intacta y partió conmigo hacia Norwood. Una multitud de curiosos morbosos seguía reunida alrededor de Deep Dene House, que era exactamente la villa suburbana que me había imaginado. Dentro de las puertas, Lestrade se encontró con nosotros, con el rostro enrojecido por la victoria y sus modales groseramente triunfantes.

—Bueno, señor Holmes, ¿ya ha probado que estábamos equivocados? ¿Ya ha encontrado a su vagabundo? —gritó.

—No he formado ninguna conclusión en absoluto —respondió mi compañero.

—Pero nosotros formamos la nuestra ayer, y ahora resulta ser correcta, así que debe reconocer que esta vez hemos estado un poco por delante de usted, señor Holmes.

—Ciertamente tiene el aire de que ha ocurrido algo inusual —dijo Holmes.

Lestrade soltó una carcajada.

—No le gusta ser derrotado, igual que al resto de nosotros —dijo—. Uno no puede esperar salirse siempre con la suya, ¿verdad, doctor Watson? Pasen por aquí, si son tan amables, caballeros, y creo que podré convencerles de una vez por todas de que fue John McFarlane quien cometió este crimen.

Nos condujo a través del pasillo y hacia una oscura sala al fondo.

—Aquí es donde el joven McFarlane debe haber salido a buscar su sombrero después de cometido el crimen —dijo—. Ahora mire esto. Con una brusquedad dramática encendió una cerilla y, a su luz, dejó al descubierto una mancha de sangre sobre la pared encalada. Al acercar la cerilla, vi que era algo más que una mancha. Era la huella bien marcada de un pulgar.

—Mire eso con su lupa, señor Holmes.

—Sí, eso hago.

—¿Sabe usted que no hay dos huellas de pulgar iguales?

—He oído algo parecido.

—Bueno, entonces, ¿sería tan amable de comparar esa huella con esta impresión en cera del pulgar derecho del joven McFarlane, tomada por mis órdenes esta mañana?

Al sostener la impresión de cera cerca de la mancha de sangre, no hizo falta una lupa para ver que ambas provenían sin duda del mismo pulgar. Era evidente para mí que nuestro desafortunado cliente estaba perdido.

—Eso es definitivo —dijo Lestrade.

—Sí, eso es definitivo —repetí involuntariamente.

—Es definitivo —dijo Holmes.

Algo en su tono captó mi atención y me giré para mirarlo. Un cambio extraordinario se había operado en su rostro. Se retorcía con una hilaridad interna. Sus dos ojos brillaban como estrellas. Me pareció que estaba haciendo esfuerzos desesperados por contener un ataque convulsivo de risa.

—¡Vaya, vaya! —dijo por fin—. Bueno, ahora, ¿quién lo habría pensado? ¡Y qué engañosas pueden ser las apariencias, desde luego! ¡Un joven tan agradable a la vista! Es una lección para nosotros no confiar en nuestro propio juicio, ¿no es así, Lestrade?

—Sí, algunos de nosotros somos un poco demasiado propensos a estar seguros de todo, señor Holmes —dijo Lestrade. La insolencia del hombre era enloquecedora, pero no podíamos resentirnos.

—¡Qué cosa más providencial que este joven presionara su pulgar derecho contra la pared al tomar su sombrero del gancho! Una acción tan natural, además, si te pones a pensar en ello. —Holmes estaba exteriormente tranquilo, pero todo su cuerpo dio un respingo de emoción reprimida mientras hablaba.

—Por cierto, Lestrade, ¿quién hizo este notable descubrimiento?

—Fue el ama de llaves, la señora Lexington, quien llamó la atención del agente nocturno sobre ello.

—¿Dónde estaba el agente nocturno?

—Permanecía de guardia en el dormitorio donde se cometió el crimen, para asegurarse de que no se tocara nada.

—¿Pero por qué la policía no vio esta marca ayer?

—Bueno, no teníamos ninguna razón especial para hacer un examen cuidadoso del vestíbulo. Además, no está en un lugar muy destacado, como puede ver.

—No, no, por supuesto que no. Supongo que no hay duda de que la marca estaba ahí ayer.

Lestrade miró a Holmes como si pensara que estaba perdiendo el juicio. Confieso que yo mismo estaba sorprendido tanto por su modo hilarante como por su observación algo descabellada.

—No sé si piensa que McFarlane salió de la cárcel en medio de la noche para fortalecer las pruebas contra sí mismo —dijo Lestrade—. Dejo a cualquier experto del mundo si esa no es la marca de su pulgar.

—Es incuestionablemente la marca de su pulgar.

—Bien, eso es suficiente —dijo Lestrade—. Soy un hombre práctico, señor Holmes, y cuando tengo mis pruebas llego a mis conclusiones. Si tiene algo que decir, me encontrará escribiendo mi informe en la sala de estar.

Holmes había recuperado su ecuanimidad, aunque todavía me pareció detectar destellos de diversión en su expresión.

—Vaya, este es un desarrollo muy triste, Watson, ¿no es así? —dijo—. Y, sin embargo, hay puntos singulares sobre esto que ofrecen algunas esperanzas para nuestro cliente.

—Me alegra mucho oírlo —dije cordialmente—. Temía que todo hubiera acabado para él.

—Difícilmente llegaría tan lejos, mi querido Watson. El hecho es que hay un defecto realmente serio en esta prueba a la que nuestro amigo concede tanta importancia.

—¿De veras, Holmes? ¿Cuál es?

—Solo este: que sé que esa marca no estaba allí cuando examiné el vestíbulo ayer. Y ahora, Watson, demos un pequeño paseo bajo el sol.

Con el cerebro confundido, pero con un corazón en el que volvía a sentir algo de calor de esperanza, acompañé a mi amigo en un paseo por el jardín. Holmes tomó cada cara de la casa por turno y la examinó con gran interés. Luego abrió el camino hacia el interior y recorrió todo el edificio, desde el sótano hasta el ático. La mayoría de las habitaciones estaban sin amueblar, pero Holmes las inspeccionó todas minuciosamente de todos modos. Finalmente, en el pasillo superior, que corría fuera de tres dormitorios deshabitados, fue presa de nuevo de un espasmo de hilaridad.

—Realmente hay algunas características muy singulares en este caso, Watson —dijo—. Creo que es hora ahora de que hagamos a nuestro amigo Lestrade partícipe de nuestra confianza. Él ha tenido su pequeña sonrisa a nuestra costa, y tal vez podamos hacer lo mismo con él, si mi lectura de este problema resulta ser correcta. Sí, sí, creo que veo cómo debemos abordarlo.

El inspector de Scotland Yard seguía escribiendo en la sala cuando Holmes le interrumpió.

—Tenía entendido que estaba escribiendo un informe de este caso —dijo.

—Así es.

—¿No cree que pueda ser un poco prematuro? No puedo evitar pensar que su prueba no está completa.

Lestrade conocía demasiado bien a mi amigo como para ignorar sus palabras. Dejó la pluma y lo miró con curiosidad.

—¿Qué quiere decir, señor Holmes?

—Solo que hay un testigo importante al que no ha visto.

—¿Puede usted presentarlo?

—Creo que puedo.

—Entonces hágalo.

—Haré lo mejor que pueda. ¿Cuántos agentes tiene?

—Hay tres al alcance de la llamada.

—¡Excelente! —dijo Holmes—. ¿Podría preguntar si todos son hombres grandes y capaces, con voces potentes?

—No tengo duda de que lo son, aunque no veo qué tienen que ver sus voces con esto.

—Quizás pueda ayudarle a ver eso y una o dos cosas más también —dijo Holmes—. Por favor, llame a sus hombres, y lo intentaré.

Cinco minutos después, tres policías se habían reunido en el vestíbulo.

—En el cobertizo encontrarán una cantidad considerable de paja —dijo Holmes—. Les pediré que traigan dos fardos. Creo que será de la mayor ayuda para presentar al testigo que requiero. Muchas gracias. Creo que usted tiene algunas cerillas en el bolsillo, Watson. Ahora, señor Lestrade, les pediré a todos que me acompañen al rellano superior.

Como he dicho, había un pasillo ancho allí, que corría fuera de tres dormitorios vacíos. En un extremo del pasillo fuimos todos formados por Sherlock Holmes, con los agentes sonriendo y Lestrade mirando a mi amigo con asombro, expectación y burla persiguiéndose unos a otros por sus rasgos. Holmes se plantó ante nosotros con el aire de un prestidigitador que realiza un truco.

—¿Sería tan amable de enviar a uno de sus agentes por dos cubos de agua? Pongan la paja en el suelo aquí, separada de la pared a ambos lados. Ahora creo que estamos todos listos.

El rostro de Lestrade había empezado a ponerse rojo y enfadado. —No sé si está jugando con nosotros, señor Sherlock Holmes —dijo—. Si sabe algo, seguramente puede decirlo sin toda esta bufonada.

—Le aseguro, mi buen Lestrade, que tengo una excelente razón para todo lo que hago. Quizás recuerde que se burló un poco de mí, hace unas horas, cuando el sol parecía estar de su lado del seto, así que no debe escatimarme un poco de pompa y ceremonia ahora. ¿Podría pedirle, Watson, que abra esa ventana y luego prenda una cerilla en el borde de la paja?

Lo hice, y arrastrada por la corriente, una espiral de humo gris se arremolinó por el pasillo, mientras la paja seca crujía y ardía.

—Ahora debemos ver si podemos encontrar a este testigo para usted, Lestrade. ¿Podría pedirles a todos que se unan al grito de «¡Fuego!»? Ahora pues; uno, dos, tres...

—¡Fuego! —gritamos todos.

—Gracias. Les molestaré una vez más.

—¡Fuego!

—Solo una vez más, caballeros, y todos juntos.

—¡Fuego! El grito debe haber resonado por todo Norwood.

Apenas se había apagado cuando ocurrió algo asombroso. Una puerta se abrió de repente en lo que parecía ser una pared sólida al final del pasillo, y un hombre pequeño y marchito salió disparado de ella, como un conejo de su madriguera.

—¡Capital! —dijo Holmes, con calma—. Watson, un cubo de agua sobre la paja. ¡Eso bastará! Lestrade, permítame presentarle a su principal testigo desaparecido, el señor Jonas Oldacre.

El detective miró al recién llegado con absoluto asombro. Este último parpadeaba ante la luz brillante del pasillo y nos miraba a nosotros y al fuego humeante. Era un rostro odioso: astuto, vicioso, maligno, con ojos esquivos de color gris claro y pestañas blancas.

—¿Qué es esto, entonces? —dijo Lestrade, al fin—. ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo, eh?

Oldacre soltó una risa inquieta, retrocediendo ante el rostro rojo y furioso del detective enfadado.

—No he hecho ningún daño.

—¿Ningún daño? Ha hecho todo lo posible para que ahorquen a un hombre inocente. Si no fuera por este caballero de aquí, no estoy seguro de que no lo hubiera conseguido.

La miserable criatura comenzó a sollozar.

—Estoy seguro, señor, fue solo mi broma pesada.

—¡Oh! ¿Una broma, era? No encontrará la risa de su lado, se lo prometo. Llévenselo abajo y manténganlo en la sala de estar hasta que yo vaya. Señor Holmes —continuó, cuando se hubieron ido—, no podía hablar delante de los agentes, pero no me importa decir, en presencia del doctor Watson, que esto es lo más brillante que ha hecho hasta ahora, aunque es un misterio para mí cómo lo hizo. Ha salvado la vida de un hombre inocente y ha evitado un escándalo muy grave, que habría arruinado mi reputación en el Cuerpo.

Holmes sonrió y dio una palmada en el hombro a Lestrade.

—En lugar de arruinarse, mi buen señor, encontrará que su reputación ha sido enormemente realzada. Solo haga unas pocas modificaciones en ese informe que estaba escribiendo, y entenderán lo difícil que es echar polvo en los ojos del inspector Lestrade.

—¿Y no quiere que aparezca su nombre?

—En absoluto. El trabajo es su propia recompensa. Quizás obtenga el crédito también en algún día lejano, cuando permita a mi celoso historiador desplegar sus folios una vez más, ¿eh, Watson? Bueno, ahora, veamos dónde ha estado acechando esta rata.

Un tabique de listones y yeso había sido levantado a través del pasillo a seis pies del extremo, con una puerta hábilmente oculta en él. Estaba iluminada por dentro mediante rendijas bajo los aleros. Unos pocos muebles y una provisión de comida y agua se encontraban dentro, junto con varios libros y papeles.

«Ahí radica la ventaja de ser constructor», dijo Holmes al salir. «Pudo arreglárselas para montar su propio escondite sin necesidad de cómplices, salvo, por supuesto, esa valiosa ama de llaves suya, a quien no perdería el tiempo en añadir a su lista de arrestos, Lestrade».

«Seguiré su consejo. Pero, ¿cómo supo de este lugar, Mr. Holmes?»

«Llegué a la conclusión de que el sujeto estaba escondido en la casa. Cuando recorrí el pasillo y comprobé que era seis pies más corto que el correspondiente de abajo, quedó bastante claro dónde estaba. Pensé que no tendría el valor de permanecer tranquilo ante una falsa alarma de incendio. Podríamos, por supuesto, haber entrado y capturarlo, pero me divirtió hacer que él mismo se revelara. Además, le debía una pequeña mistificación, Lestrade, por sus burlas de esta mañana».

«Bien, señor, sin duda se ha cobrado la revancha. Pero, ¿cómo diablos supo que estaba en la casa en absoluto?»

«La huella del pulgar, Lestrade. Usted dijo que era definitiva; y así lo fue, en un sentido muy distinto. Sabía que no estaba allí el día anterior. Presto mucha atención a los detalles, como habrá observado, y había examinado el vestíbulo, por lo que estaba seguro de que la pared estaba limpia. Por lo tanto, fue puesta durante la noche».

«¿Pero cómo?»

«Muy sencillo. Cuando se sellaron esos paquetes, Jonas Oldacre hizo que McFarlane asegurara uno de los sellos colocando su pulgar sobre la cera blanda. Se haría de forma tan rápida y natural que me atrevo a decir que el joven ni siquiera lo recuerda. Lo más probable es que sucediera por casualidad y que el propio Oldacre no tuviera idea del uso que le daría. Cavilando sobre el caso en esa guarida suya, se le ocurrió de repente la evidencia absolutamente condenatoria que podría fabricar contra McFarlane usando esa huella. Fue lo más sencillo del mundo tomar una impresión en cera del sello, humedecerla con tanta sangre como pudo obtener de un pinchazo de aguja y colocar la marca en la pared durante la noche, ya fuera con su propia mano o con la de su ama de llaves. Si examina entre los documentos que llevó consigo a su retiro, le apuesto a que encontrará el sello con la huella del pulgar».

«¡Maravilloso!», dijo Lestrade. «¡Maravilloso! Todo está tan claro como el cristal, como usted dice. Pero, ¿cuál es el objetivo de este profundo engaño, Mr. Holmes?»

Me resultó divertido ver cómo el aire prepotente del detective había cambiado de repente al de un niño que hace preguntas a su maestro.

«Bueno, no creo que eso sea muy difícil de explicar. El caballero que nos espera abajo es una persona muy profunda, maliciosa y vengativa. ¿Sabe que una vez fue rechazado por la madre de McFarlane? ¡No lo sabe! Le dije que debía ir primero a Blackheath y luego a Norwood. Pues bien, esta ofensa, como él la consideraría, ha estado carcomiendo su mente malvada y calculadora, y durante toda su vida ha ansiado vengarse, pero nunca vio su oportunidad. Durante el último año o dos, las cosas le han ido mal —especulaciones secretas, creo— y se encuentra en una mala situación. Decide estafar a sus acreedores y, para ello, paga grandes cheques a un tal Mr. Cornelius, que imagino es él mismo bajo otro nombre. Aún no he rastreado esos cheques, pero no me cabe duda de que fueron ingresados bajo ese nombre en algún pueblo de provincias donde Oldacre llevaba una doble vida de vez en cuando. Su intención era cambiarse de nombre por completo, retirar ese dinero y desaparecer para empezar una nueva vida en otra parte».

«Bueno, eso es bastante probable».

«Se le ocurriría que, al desaparecer, podría despistar a cualquier perseguidor y, al mismo tiempo, obtener una venganza amplia y demoledora sobre su antigua novia, si lograba dar la impresión de que había sido asesinado por su único hijo. Fue una obra maestra de villanía, y la llevó a cabo como un maestro. La idea del testamento, que daría un motivo obvio para el crimen, la visita secreta desconocida para sus propios padres, la retención del bastón, la sangre, los restos animales y los botones en la pila de leña, todo fue admirable. Era una red de la que, hace unas horas, me parecía que no había forma posible de escapar. Pero le faltó ese don supremo del artista, el saber cuándo detenerse. Quiso mejorar lo que ya era perfecto —apretar aún más la soga alrededor del cuello de su desafortunada víctima— y así lo arruinó todo. Bajemos, Lestrade. Hay una o dos preguntas que me gustaría hacerle».

La maligna criatura estaba sentada en su propio salón, con un policía a cada lado.

«Fue una broma, mi buen señor, una broma pesada, nada más», gimió incesantemente. «Le aseguro, señor, que simplemente me oculté para ver el efecto de mi desaparición, y estoy seguro de que usted no sería tan injusto como para imaginar que habría permitido que le ocurriera daño alguno al pobre joven Mr. McFarlane».

«Eso lo decidirá un jurado», dijo Lestrade. «De todos modos, le acusaremos de conspiración, si no de tentativa de asesinato».

«Y probablemente descubrirá que sus acreedores confiscarán la cuenta bancaria de Mr. Cornelius», añadió Holmes.

El hombrecillo se sobresaltó y clavó sus ojos malignos en mi amigo.

«Tengo que agradecerle muchas cosas», dijo. «Quizás algún día pague mi deuda».

Holmes sonrió con indulgencia.

«Me temo que, durante algunos años, encontrará su tiempo muy ocupado», dijo. «Por cierto, ¿qué puso en la pila de leña además de sus viejos pantalones? ¿Un perro muerto, o conejos, o qué? ¿No quiere decirlo? ¡Vaya, qué poco amable por su parte! Bueno, bueno, me atrevo a decir que un par de conejos explicarían tanto la sangre como las cenizas carbonizadas. Si alguna vez escribe un relato, Watson, puede usar a los conejos para su propósito».

LA AVENTURA DE LOS MUÑECOS DANZANTES

Holmes llevaba algunas horas sentado en silencio con su espalda larga y delgada curvada sobre un recipiente químico en el que estaba preparando un producto particularmente maloliente. Tenía la cabeza hundida sobre el pecho y, desde mi punto de vista, parecía un pájaro extraño y desgarbado, con plumaje gris mate y un copete negro.

«Así que, Watson», dijo de repente, «¿no piensa invertir en valores sudafricanos?»

Di un respingo de asombro. Por muy acostumbrado que estuviera a las curiosas facultades de Holmes, esta repentina intrusión en mis pensamientos más íntimos era absolutamente inexplicable.

«¿Cómo diablos sabe eso?», pregunté.

Se giró sobre su taburete, con un tubo de ensayo humeante en la mano y un brillo de diversión en sus ojos hundidos.

«Vamos, Watson, confiese que se ha quedado totalmente desconcertado», dijo.

«Lo estoy».

«Debería hacerle firmar un papel al respecto».

«¿Por qué?»

«Porque en cinco minutos dirá que todo es absurdamente sencillo».

«Estoy seguro de que no diré nada por el estilo».

«Verá, mi querido Watson» —colocó su tubo de ensayo en la gradilla y comenzó a dar una lección con el aire de un profesor dirigiéndose a su clase—, «no es realmente difícil construir una serie de inferencias, cada una dependiente de la anterior y cada una simple en sí misma. Si, después de hacerlo, uno simplemente elimina todas las inferencias centrales y presenta a su audiencia el punto de partida y la conclusión, puede producir un efecto sorprendente, aunque posiblemente artificioso. Ahora bien, no fue realmente difícil, mediante una inspección del surco entre su dedo índice izquierdo y su pulgar, estar seguro de que no pensaba invertir su pequeño capital en los campos de oro».

«No veo ninguna conexión».

«Es muy probable que no; pero puedo mostrarle rápidamente una conexión estrecha. Aquí están los eslabones perdidos de la cadena, muy simple: 1. Tenía tiza entre los dedos índice y pulgar de la mano izquierda cuando regresó del club anoche. 2. Usted se pone tiza ahí cuando juega al billar, para estabilizar el taco. 3. Nunca juega al billar excepto con Thurston. 4. Hace cuatro semanas me dijo que Thurston tenía una opción sobre una propiedad sudafricana que expiraría en un mes y en la que deseaba que usted participara con él. 5. Su chequera está bajo llave en mi cajón y usted no me ha pedido la llave. 6. Usted no piensa invertir su dinero de esa manera».

«¡Qué absurdamente sencillo!», exclamé.

«¡Exacto!», dijo, un poco molesto. «Todo problema se vuelve muy infantil una vez que se le explica. Aquí tiene uno sin explicar. Vea qué puede sacar de esto, amigo Watson». Dejó caer una hoja de papel sobre la mesa y se volvió de nuevo hacia su análisis químico.

Miré con asombro los absurdos jeroglíficos en el papel.

«Vaya, Holmes, es un dibujo de niño», dije.

«¡Oh, esa es su opinión!»

«¿Qué otra cosa podría ser?»

«Eso es lo que Mr. Hilton Cubitt, de Riding Thorpe Manor, Norfolk, está muy ansioso por saber. Este pequeño acertijo llegó en el primer correo, y él debía seguirle en el siguiente tren. Hay un timbre en la puerta, Watson. No me sorprendería mucho si fuera él».

Se oyó un paso pesado en la escalera y, un instante después, entró un caballero alto, rubicundo y afeitado, cuyos ojos claros y mejillas sonrosadas hablaban de una vida llevada lejos de las nieblas de Baker Street. Parecía traer consigo una ráfaga de aire fuerte, fresco y estimulante de la costa este al entrar. Tras estrecharnos la mano a ambos, estaba a punto de sentarse cuando su mirada se posó en el papel con las curiosas marcas que yo acababa de examinar y dejado sobre la mesa.

«Bueno, Mr. Holmes, ¿qué saca de esto?», gritó. «Me dijeron que usted era aficionado a los misterios extraños, y no creo que pueda encontrar uno más extraño que este. Envié el papel por adelantado para que tuviera tiempo de estudiarlo antes de que yo llegara».

«Es ciertamente una producción bastante curiosa», dijo Holmes. «A primera vista parecería una broma infantil. Consiste en una serie de pequeñas figuras absurdas que bailan a través del papel sobre el que están dibujadas. ¿Por qué debería atribuir alguna importancia a un objeto tan grotesco?»

«Nunca lo haría, Mr. Holmes. Pero mi mujer sí. La está asustando a muerte. No dice nada, pero puedo ver el terror en sus ojos. Por eso quiero llegar al fondo del asunto».

Holmes sostuvo el papel para que la luz del sol brillara de lleno sobre él. Era una página arrancada de una libreta. Las marcas estaban hechas a lápiz y decían así:

AM-HERE-ABE-SLANEY

Holmes lo examinó durante un tiempo y luego, doblándolo cuidadosamente, lo guardó en su cartera.

«Este promete ser un caso de lo más interesante e inusual», dijo. «Me dio algunos detalles en su carta, Mr. Hilton Cubitt, pero le agradecería mucho que volviera a contarlo todo para beneficio de mi amigo, el Dr. Watson».

«No soy muy buen narrador», dijo nuestro visitante, entrelazando y desenlazando nerviosamente sus manos grandes y fuertes. «Usted simplemente pregúnteme cualquier cosa que no deje clara. Comenzaré en el momento de mi matrimonio el año pasado, pero quiero decir primero que, aunque no soy un hombre rico, mi familia ha estado en Riding Thorpe durante unos cinco siglos, y no hay familia mejor conocida en el condado de Norfolk. El año pasado vine a Londres para el Jubileo y me alojé en una pensión en Russell Square, porque Parker, el vicario de nuestra parroquia, se hospedaba allí. Había una joven estadounidense —Patrick era el nombre—, Elsie Patrick. De alguna manera nos hicimos amigos, hasta que antes de que terminara mi mes estaba tan enamorado como un hombre puede estarlo. Nos casamos discretamente en el registro civil y regresamos a Norfolk como pareja casada. Pensará que es una locura, Mr. Holmes, que un hombre de buena familia antigua se case de esta manera, sin saber nada de su pasado ni de su gente, pero si la viera y la conociera, le ayudaría a entenderlo».

«Ella fue muy franca al respecto, Elsie. No puedo decir que no me diera todas las oportunidades de echarme atrás si así lo deseaba. “He tenido algunas relaciones muy desagradables en mi vida”, dijo, “quisiera olvidarme de todo ello. Prefiero no aludir nunca al pasado, pues me resulta muy doloroso. Si me tomas, Hilton, te llevarás a una mujer que no tiene nada de lo que deba avergonzarse personalmente, pero tendrás que conformarte con mi palabra y permitirme guardar silencio sobre todo lo que pasó hasta el momento en que fui tuya. Si estas condiciones son demasiado duras, vuelve a Norfolk y déjame a la vida solitaria en la que me encontraste”. Fue el día antes de nuestra boda cuando me dijo esas mismas palabras. Le dije que me contentaba con tenerla en sus términos, y he cumplido mi palabra».

«Bien, llevamos casados un año y hemos sido muy felices. Pero hace cosa de un mes, a finales de junio, vi por primera vez señales de problemas. Un día mi esposa recibió una carta de América. Vi el sello estadounidense. Se puso mortalmente pálida, leyó la carta y la echó al fuego. No hizo ninguna alusión a ello después, y yo tampoco, pues una promesa es una promesa, pero no ha conocido una hora de tranquilidad desde ese momento. Siempre hay una mirada de miedo en su rostro, una mirada como si estuviera esperando y anticipando algo. Haría mejor en confiar en mí. Descubriría que soy su mejor amigo. Pero hasta que ella no hable, yo no puedo decir nada. Fíjese bien, ella es una mujer veraz, Mr. Holmes, y cualquier problema que haya podido haber en su vida pasada no ha sido culpa suya. Solo soy un simple hacendado de Norfolk, pero no hay hombre en Inglaterra que valore más su honor familiar que yo. Ella lo sabe bien, y lo sabía bien antes de casarse conmigo. Ella nunca traería ninguna mancha sobre él, de eso estoy seguro».

«Bien, ahora llego a la parte extraña de mi historia. Hace cosa de una semana —era el martes de la semana pasada— encontré en uno de los alféizares de las ventanas varias figuras danzantes absurdas como estas del papel. Estaban garabateadas con tiza. Pensé que había sido el mozo de cuadra quien las había dibujado, pero el muchacho juró que no sabía nada al respecto. De todos modos, aparecieron allí durante la noche. Hice que las borraran y solo mencioné el asunto a mi esposa después. Para mi sorpresa, se lo tomó muy en serio y me rogó que si aparecían más, la dejara verlas. No vino ninguna durante una semana y, ayer por la mañana, encontré este papel tirado en el reloj de sol del jardín. Se lo mostré a Elsie y cayó en un desmayo absoluto. Desde entonces ha parecido una mujer en un sueño, medio aturdida y con el terror siempre acechando en sus ojos. Fue entonces cuando escribí y le envié el papel a usted, Mr. Holmes. No era algo que pudiera llevar a la policía, pues se habrían reído de mí, pero usted me dirá qué hacer. No soy un hombre rico, pero si hay algún peligro que amenace a mi mujercita, gastaría hasta mi último centavo para protegerla».

Era una criatura admirable, este hombre de la vieja tierra inglesa: sencillo, directo y gentil, con sus grandes y sinceros ojos azules y su rostro amplio y afable. Su amor por su esposa y su confianza en ella brillaban en sus facciones. Holmes había escuchado su historia con la máxima atención y ahora permaneció sentado durante un tiempo en silencio, pensando.

«¿No cree, Mr. Cubitt», dijo finalmente, «que su mejor plan sería hacer un llamamiento directo a su esposa y pedirle que comparta su secreto con usted?»

Hilton Cubitt sacudió su cabeza maciza.

«Una promesa es una promesa, Mr. Holmes. Si Elsie quisiera contármelo, lo haría. Si no, no soy quién para forzar su confianza. Pero estoy justificado para tomar mis propias medidas, y lo haré».

«Entonces le ayudaré con todo mi corazón. En primer lugar, ¿ha oído hablar de algún extraño visto por su vecindario?»

«No».

«Supongo que es un lugar muy tranquilo. ¿Cualquier cara nueva causaría comentarios?»

«En el vecindario inmediato, sí. Pero tenemos varios pequeños lugares de veraneo no muy lejos. Y los agricultores admiten huéspedes».

«Estos jeroglíficos tienen evidentemente un significado. Si es uno puramente arbitrario, puede que sea imposible resolverlo. Si, por el contrario, es sistemático, no me cabe duda de que llegaremos al fondo de ello. Pero esta muestra en particular es tan corta que no puedo hacer nada, y los hechos que me ha traído son tan indefinidos que no tenemos base para una investigación. Sugeriría que vuelva a Norfolk, que esté muy atento y que tome una copia exacta de cualquier nuevo hombre danzante que pueda aparecer. Es una lástima que no tengamos una reproducción de los que estaban hechos con tiza en el alféizar de la ventana. Haga también una investigación discreta sobre cualquier extraño en el vecindario. Cuando haya reunido nuevas pruebas, vuelva a verme. Ese es el mejor consejo que puedo darle, Mr. Hilton Cubitt. Si hubiera algún acontecimiento nuevo y urgente, estaré siempre dispuesto a bajar a verle en su hogar de Norfolk».

La entrevista dejó a Sherlock Holmes muy pensativo y, varias veces en los días siguientes, le vi sacar su trozo de papel de su libreta y mirar larga y atentamente las curiosas figuras inscritas en él. Sin embargo, no hizo ninguna alusión al asunto hasta una tarde, unos quince días después. Yo estaba saliendo cuando me llamó para que volviera.

«Será mejor que se quede aquí, Watson».

«¿Por qué?»

«Porque he recibido un telegrama de Hilton Cubitt esta mañana. ¿Recuerda a Hilton Cubitt, el de los hombres danzantes? Debía llegar a Liverpool Street a la una y veinte. Puede estar aquí en cualquier momento. Deduzco de su telegrama que ha habido algunos incidentes nuevos de importancia».

No tuvimos que esperar mucho, pues nuestro hacendado de Norfolk vino directamente de la estación tan rápido como pudo traerlo un coche de caballos. Se le veía preocupado y deprimido, con los ojos cansados y la frente surcada.

«Me está afectando a los nervios, este asunto, Mr. Holmes», dijo mientras se hundía, como un hombre agotado, en un sillón. «Es bastante malo sentir que estás rodeado de gente invisible y desconocida que tiene algún tipo de plan contra ti, pero cuando, además de eso, sabes que está matando a tu esposa por pulgadas, entonces se convierte en algo más de lo que la carne y la sangre pueden soportar. Se está consumiendo bajo ello, consumiendo ante mis ojos».

«¿Ha dicho algo ella todavía?»

«No, Mr. Holmes, no lo ha hecho. Y, sin embargo, ha habido veces en que la pobre chica ha querido hablar y no ha podido decidirse a dar el paso. He intentado ayudarla, pero me atrevo a decir que lo hice torpemente y la asusté. Ha hablado de mi vieja familia, de nuestra reputación en el condado y de nuestro orgullo por nuestro honor inmaculado, y siempre sentí que conducía al punto central, pero de alguna manera se desviaba antes de que llegáramos».

«¿Pero usted ha descubierto algo por su cuenta?»

«Bastante, Mr. Holmes. Tengo varias imágenes nuevas de hombres danzantes para que usted las examine y, lo que es más importante, he visto al sujeto».

«¿Qué, al hombre que los dibuja?»

«Sí, lo vi en su trabajo. Pero le contaré todo en orden. Cuando regresé después de mi visita a usted, lo primero que vi a la mañana siguiente fue una nueva cosecha de hombres danzantes. Habían sido dibujados con tiza sobre la puerta de madera negra del cobertizo de herramientas, que se encuentra al lado del césped, a plena vista de las ventanas delanteras. Tomé una copia exacta y aquí la tiene». Desplegó un papel y lo puso sobre la mesa. He aquí una copia de los jeroglíficos:

AT-ELRIGES

«¡Excelente! —dijo Holmes—. ¡Excelente! Le ruego que continúe».

«Cuando hube tomado la copia, borré las marcas, pero, dos mañanas después, había aparecido una nueva inscripción. Tengo una copia aquí:»

COME-ELSIE

Holmes se frotó las manos y rio con deleite.

«Nuestro material se está acumulando rápidamente», dijo.

«Tres días después, un mensaje quedó garabateado en un papel y colocado bajo un guijarro sobre el reloj de sol. Aquí está. Los caracteres son, como ve, exactamente iguales a los del último. Después de eso decidí quedarme al acecho, así que saqué mi revólver y me senté en mi estudio, que da al césped y al jardín. Alrededor de las dos de la madrugada estaba sentado junto a la ventana, estando todo oscuro salvo por la luz de la luna afuera, cuando escuché pasos detrás de mí, y allí estaba mi esposa en bata. Me suplicó que me fuera a la cama. Le dije francamente que deseaba ver quién era el que nos gastaba bromas tan absurdas. Ella respondió que era alguna broma pesada sin sentido y que no debía hacerle ningún caso.

—Si realmente te molesta, Hilton, podríamos irnos de viaje, tú y yo, y así evitar este fastidio.

—¿Qué, dejar que nos expulsen de nuestra propia casa por un bromista? —dije—. ¡Vaya, tendríamos a todo el condado riéndose de nosotros!

—Bueno, vámonos a la cama —dijo ella— y podremos discutirlo por la mañana.

De repente, mientras hablaba, vi que su rostro blanco se volvía aún más blanco bajo la luz de la luna, y su mano se apretó sobre mi hombro. Algo se movía en la sombra del cobertizo de herramientas. Vi una figura oscura y sigilosa que se arrastró por la esquina y se agachó frente a la puerta. Agarrando mi pistola, me disponía a salir corriendo cuando mi esposa me rodeó con los brazos y me sujetó con fuerza convulsiva. Intenté apartarla, pero se aferró a mí desesperadamente. Finalmente logré liberarme, pero para cuando abrí la puerta y llegué al cobertizo, la criatura se había ido. Sin embargo, había dejado un rastro de su presencia, pues allí, en la puerta, estaba exactamente la misma disposición de hombres danzantes que ya había aparecido dos veces, y que he copiado en ese papel. No había ninguna otra señal del sujeto en ninguna parte, aunque recorrí todo el terreno. Y, sin embargo, lo asombroso es que debe haber estado allí todo el tiempo, pues cuando examiné la puerta de nuevo por la mañana, había garabateado algunos dibujos más debajo de la línea que ya había visto».

«¿Tiene ese nuevo dibujo?»

«Sí, es muy corto, pero hice una copia de él, y aquí está».

Nuevamente sacó un papel. La nueva danza tenía esta forma:

NEVER

«Dígame —dijo Holmes, y pude ver por sus ojos que estaba muy excitado—, ¿fue esto una mera adición al primero o parecía ser algo completamente separado?»

«Estaba en un panel diferente de la puerta».

«¡Excelente! Esta es, con mucho, la más importante de todas para nuestros propósitos. Me llena de esperanzas. Ahora, Mr. Hilton Cubitt, por favor, continúe con su interesantísima declaración».

«No tengo nada más que decir, Mr. Holmes, salvo que me enfadé con mi esposa esa noche por haberme retenido cuando podría haber atrapado al sinvergüenza que acechaba. Ella dijo que temía que a mí me pudiera pasar algo. Por un instante cruzó por mi mente que tal vez lo que ella realmente temía era que a él le pudiera pasar algo, pues no podía dudar de que ella sabía quién era este hombre y qué significaban esas extrañas señales. Pero hay un tono en la voz de mi esposa, Mr. Holmes, y una mirada en sus ojos que prohíben la duda, y estoy seguro de que, en efecto, era mi propia seguridad lo que estaba en su mente. Ese es todo el caso, y ahora quiero su consejo sobre lo que debo hacer. Mi propia inclinación es poner a media docena de mis muchachos de la granja en el arbusto, y cuando este sujeto vuelva, darle tal paliza que nos deje en paz para el futuro».

«Me temo que es un caso demasiado profundo para remedios tan simples», dijo Holmes. «¿Cuánto tiempo puede quedarse en Londres?»

«Debo regresar hoy. No dejaría a mi esposa sola toda la noche por nada. Está muy nerviosa y me suplicó que volviera».

«Me atrevo a decir que tiene razón. Pero si hubiera podido quedarse, posiblemente podría haber regresado con usted en un día o dos. Mientras tanto, me dejará estos papeles, y creo que es muy probable que pueda hacerle una visita en breve y arrojar algo de luz sobre su caso».

Sherlock Holmes mantuvo su calma profesional hasta que nuestro visitante nos dejó, aunque para mí, que lo conocía tan bien, era fácil ver que estaba profundamente excitado. En el momento en que la ancha espalda de Hilton Cubitt desapareció por la puerta, mi camarada corrió a la mesa, extendió todos los trozos de papel que contenían a los hombres danzantes frente a él y se lanzó a un intrincado y elaborado cálculo. Durante dos horas lo observé mientras cubría hoja tras hoja de papel con cifras y letras, tan completamente absorto en su tarea que evidentemente había olvidado mi presencia. A veces avanzaba y silbaba y cantaba en su trabajo; a veces estaba desconcertado y se sentaba durante largos períodos con el ceño fruncido y la mirada perdida. Finalmente, saltó de su silla con un grito de satisfacción y caminó de un lado a otro de la habitación frotándose las manos. Luego escribió un largo telegrama en un formulario de cable. «Si mi respuesta a esto es como espero, tendrá un caso muy bonito que añadir a su colección, Watson —dijo—. Espero que podamos bajar a Norfolk mañana y llevarle a nuestro amigo noticias muy definitivas sobre el secreto de su molestia».

Confieso que estaba lleno de curiosidad, pero era consciente de que a Holmes le gustaba hacer sus revelaciones a su debido tiempo y a su manera, así que esperé hasta que le conviniera hacerme partícipe de su confianza.

Pero hubo un retraso en ese telegrama de respuesta, y siguieron dos días de impaciencia, durante los cuales Holmes aguzaba el oído ante cada toque del timbre. En la tarde del segundo día llegó una carta de Hilton Cubitt. Todo estaba tranquilo con él, salvo que esa mañana había aparecido una larga inscripción en el pedestal del reloj de sol. Adjuntaba una copia de la misma, que aquí se reproduce:

ELSIE-PREPARE-TO-MEET-THY-GOD

Holmes se inclinó sobre este grotesco friso durante algunos minutos y luego saltó repentinamente con una exclamación de sorpresa y consternación. Su rostro estaba demacrado por la ansiedad.

«Hemos dejado que este asunto llegara demasiado lejos —dijo—. ¿Hay un tren a North Walsham esta noche?»

Consulté el horario. El último acababa de salir.

«Entonces desayunaremos temprano y tomaremos el primero de la mañana —dijo Holmes—. Nuestra presencia es requerida con suma urgencia. ¡Ah! aquí está nuestro esperado cablegrama. Un momento, Mrs. Hudson, puede haber una respuesta. No, eso es justo lo que esperaba. Este mensaje hace que sea aún más esencial que no perdamos ni una hora en hacerle saber a Hilton Cubitt cómo están las cosas, pues es una red singular y peligrosa en la que nuestro sencillo hacendado de Norfolk está atrapado».

Así, en efecto, resultó ser, y al llegar a la oscura conclusión de una historia que me había parecido solo infantil y extraña, experimento una vez más la consternación y el horror que me embargaron. Ojalá tuviera un final más brillante que comunicar a mis lectores, pero estas son las crónicas de hechos reales, y debo seguir hasta su oscura crisis la extraña cadena de sucesos que durante algunos días hizo de Riding Thorpe Manor un nombre familiar a lo largo y ancho de Inglaterra.

Apenas habíamos bajado en North Walsham y mencionado el nombre de nuestro destino, cuando el jefe de estación se apresuró hacia nosotros. «Supongo que son los detectives de Londres», dijo.

Una mirada de molestia pasó por el rostro de Holmes.

«¿Qué le hace pensar tal cosa?»

«Porque el inspector Martin de Norwich acaba de pasar por aquí. Pero tal vez sean los cirujanos. Ella no está muerta, o no lo estaba según las últimas noticias. Puede que lleguen a tiempo para salvarla todavía, aunque sea para la horca».

La frente de Holmes estaba oscura de ansiedad.

«Vamos a Riding Thorpe Manor —dijo—, pero no hemos oído nada de lo que ha sucedido allí».

«Es un asunto terrible —dijo el jefe de estación—. Les han disparado, tanto a Mr. Hilton Cubitt como a su esposa. Ella le disparó a él y luego a sí misma, eso dicen los criados. Él está muerto y de ella se desespera por su vida. Vaya, vaya, una de las familias más antiguas del condado de Norfolk, y una de las más honradas».

Sin una palabra, Holmes se apresuró a subir a un carruaje, y durante el largo viaje de siete millas no abrió la boca. Rara vez lo había visto tan profundamente abatido. Había estado inquieto durante todo nuestro viaje desde la ciudad, y había observado que hojeaba los periódicos de la mañana con ansiosa atención, pero ahora este repentino reconocimiento de sus peores temores lo dejó en una melancolía vacía. Se recostó en su asiento, perdido en sombrías especulaciones. Sin embargo, había mucho alrededor para interesarnos, pues estábamos atravesando un campo tan singular como cualquier otro en Inglaterra, donde unas pocas cabañas dispersas representaban la población de hoy, mientras que por todas partes enormes iglesias de torre cuadrada erizadas sobre el plano paisaje verde hablaban de la gloria y la prosperidad de la antigua East Anglia. Finalmente, el borde violeta del Mar del Norte apareció sobre el borde verde de la costa de Norfolk, y el cochero señaló con su látigo dos viejos hastiales de ladrillo y madera que sobresalían de una arboleda. «Eso es Riding Thorpe Manor», dijo.

Mientras conducíamos hacia la puerta principal porticada, observé frente a ella, junto a la pista de tenis, el cobertizo de herramientas negro y el reloj de sol con pedestal con los que teníamos asociaciones tan extrañas. Un hombrecito elegante, de modales rápidos y alertas y con un bigote encerado, acababa de bajar de un carruaje alto. Se presentó como el inspector Martin, de la policía de Norfolk, y se mostró considerablemente asombrado cuando escuchó el nombre de mi compañero.

«Vaya, Mr. Holmes, el crimen se cometió hace apenas tres horas, esta mañana. ¿Cómo pudo enterarse en Londres y llegar al lugar tan pronto como yo?»

«Lo anticipé. Vine con la esperanza de evitarlo».

«Entonces debe tener pruebas importantes, de las cuales somos ignorantes, pues se decía que eran una pareja de lo más unida».

«Solo tengo la evidencia de los hombres danzantes —dijo Holmes—. Le explicaré el asunto más tarde. Mientras tanto, dado que es demasiado tarde para evitar esta tragedia, estoy muy ansioso por utilizar el conocimiento que poseo para asegurar que se haga justicia. ¿Me asociará en su investigación o preferiría que actuara de forma independiente?»

«Me sentiría orgulloso de sentir que actuamos juntos, Mr. Holmes», dijo el inspector con seriedad.

«En ese caso, me gustaría escuchar las pruebas y examinar las instalaciones sin un instante de demora innecesaria».

El inspector Martin tuvo el buen sentido de permitir que mi amigo hiciera las cosas a su manera, y se contentó con anotar cuidadosamente los resultados. El cirujano local, un anciano de cabello blanco, acababa de bajar de la habitación de Mrs. Hilton Cubitt e informó que sus heridas eran graves, pero no necesariamente fatales. La bala había atravesado la parte frontal de su cerebro, y probablemente pasaría algún tiempo antes de que pudiera recuperar la conciencia. Sobre la cuestión de si le habían disparado o se había disparado a sí misma, no se aventuró a expresar ninguna opinión decidida. Ciertamente, la bala había sido disparada a muy corta distancia. Solo se encontró la pistola en la habitación, cuyos dos cañones habían sido vaciados. A Mr. Hilton Cubitt le habían disparado en el corazón. Era igualmente concebible que él le hubiera disparado a ella y luego a sí mismo, o que ella hubiera sido la criminal, pues el revólver yacía en el suelo a medio camino entre ellos.

«¿Lo han movido?», preguntó Holmes.

«No hemos movido nada, excepto a la dama. No podíamos dejarla tirada herida en el suelo».

«¿Cuánto tiempo lleva aquí, doctor?»

«Desde las cuatro».

«¿Alguien más?»

«Sí, el agente de policía de aquí».

«¿Y no han tocado nada?»

«Nada».

«Han actuado con gran discreción. ¿Quién los llamó?»

«La doncella, Saunders».

«¿Fue ella quien dio la alarma?»

«Ella y Mrs. King, la cocinera».

«¿Dónde están ahora?»

«En la cocina, creo».

«Entonces creo que será mejor que escuchemos su historia de inmediato».

El viejo vestíbulo, con paneles de roble y ventanas altas, se había convertido en un tribunal de investigación. Holmes se sentó en una gran silla pasada de moda, con sus ojos inexorables brillando desde su rostro demacrado. Podía leer en ellos un propósito fijo de dedicar su vida a esta búsqueda hasta que el cliente al que no había podido salvar fuera finalmente vengado. El pulcro inspector Martin, el viejo médico rural de cabellos grises, yo mismo y un impasible policía del pueblo formábamos el resto de aquella extraña compañía.

Las dos mujeres contaron su historia con bastante claridad. Habían sido despertadas de su sueño por el sonido de una explosión, a la que siguió un minuto después una segunda. Dormían en habitaciones contiguas, y Mrs. King había corrido hacia Saunders. Juntas bajaron las escaleras. La puerta del estudio estaba abierta y una vela ardía sobre la mesa. Su amo yacía boca abajo en el centro de la habitación. Estaba completamente muerto. Cerca de la ventana, su esposa estaba agachada, con la cabeza apoyada contra la pared. Estaba horriblemente herida y el lado de su cara estaba rojo de sangre. Respiraba con dificultad, pero era incapaz de decir nada. El pasillo, así como la habitación, estaba lleno de humo y olor a pólvora. La ventana estaba ciertamente cerrada y asegurada por dentro. Ambas mujeres fueron tajantes en ese punto. Habían enviado inmediatamente por el médico y el agente de policía. Luego, con la ayuda del mozo de cuadra y el ayudante, trasladaron a su ama herida a su habitación. Tanto ella como su marido habían ocupado la cama. Ella estaba vestida con su traje, él con su bata, sobre su ropa de dormir. No se había movido nada en el estudio. Hasta donde sabían, nunca había habido ninguna disputa entre marido y mujer. Siempre los habían considerado una pareja muy unida.

Estos fueron los puntos principales de las declaraciones de los criados. En respuesta al inspector Martin, fueron claras en que todas las puertas estaban aseguradas por dentro y que nadie podría haber escapado de la casa. En respuesta a Holmes, ambas recordaron que fueron conscientes del olor a pólvora desde el momento en que salieron corriendo de sus habitaciones en el piso superior. «Recomiendo ese hecho muy cuidadosamente a su atención», dijo Holmes a su colega profesional. «Y ahora creo que estamos en condiciones de emprender un examen exhaustivo de la habitación».

El estudio resultó ser una pequeña cámara, forrada en tres lados con libros, y con una mesa de escritorio frente a una ventana común que daba al jardín. Nuestra primera atención se dirigió al cuerpo del infortunado hacendado, cuyo enorme armazón yacía estirado por toda la habitación. Su ropa desordenada mostraba que había sido despertado apresuradamente de su sueño. La bala le había sido disparada desde el frente y había permanecido en su cuerpo tras penetrar el corazón. Su muerte había sido ciertamente instantánea e indolora. No había rastro de pólvora ni en su bata ni en sus manos. Según el cirujano rural, la dama tenía manchas en la cara, pero ninguna en las manos.

«La ausencia de esto último no significa nada, aunque su presencia pueda significar todo», dijo Holmes. «A menos que la pólvora de un cartucho mal ajustado ocurra que salte hacia atrás, uno puede disparar muchos tiros sin dejar una señal. Sugeriría que el cuerpo de Mr. Cubitt puede ser retirado ahora. Supongo, doctor, que no ha recuperado la bala que hirió a la dama».

«Será necesaria una operación seria antes de que eso pueda hacerse. Pero todavía hay cuatro cartuchos en el revólver. Se han disparado dos y se han infligido dos heridas, por lo que cada bala puede justificarse».

«Así parece», dijo Holmes. «¿Quizás pueda explicar también la bala que tan obviamente ha golpeado el borde de la ventana?»

Se había girado repentinamente y su largo y delgado dedo señalaba un agujero que había sido taladrado justo a través del marco inferior de la ventana, aproximadamente una pulgada por encima del fondo.

«¡Por Dios!», gritó el inspector. «¿Cómo demonios vio eso?»

«Porque lo busqué».

«¡Maravilloso!», dijo el médico rural. «Ciertamente tiene razón, señor. Entonces se ha disparado un tercer tiro, y por lo tanto una tercera persona debe haber estado presente. Pero ¿quién podría haber sido y cómo pudo haber escapado?»

«Ese es el problema que ahora vamos a resolver», dijo Sherlock Holmes. «¿Recuerda, inspector Martin, cuando los criados dijeron que al salir de su habitación fueron conscientes inmediatamente de un olor a pólvora, comenté que el punto era extremadamente importante?»

«Sí, señor; pero confieso que no le seguí del todo».

«Sugería que en el momento del disparo, tanto la ventana como la puerta de la habitación habían estado abiertas. De lo contrario, los vapores de la pólvora no podrían haber sido arrastrados tan rápidamente a través de la casa. Era necesaria una corriente de aire en la habitación para eso. Sin embargo, tanto la puerta como la ventana solo estuvieron abiertas por un tiempo muy breve».

«¿Cómo prueba eso?»

«Porque la vela no se había derretido».

«¡Excelente!», gritó el inspector. «¡Excelente!»

«Seguro de que la ventana había estado abierta en el momento de la tragedia, concebí que podría haber habido una tercera persona en el asunto, que estaba fuera de esta abertura y disparó a través de ella. Cualquier disparo dirigido a esta persona podría golpear el marco. Miré y, efectivamente, ¡ahí estaba la marca de la bala!»

«¿Pero cómo es que la ventana estaba cerrada y asegurada?»

«El primer instinto de la mujer sería cerrar y asegurar la ventana. Pero, ¡hola! ¿Qué es esto?»

Era un bolso de mano de dama que estaba sobre la mesa del estudio, un pequeño y elegante bolso de piel de cocodrilo y plata. Holmes lo abrió y vertió el contenido. Había veinte billetes de cincuenta libras del Banco de Inglaterra, sujetos por una banda de goma; nada más.

«Esto debe ser preservado, pues figurará en el juicio», dijo Holmes, mientras entregaba el bolso con su contenido al inspector. «Ahora es necesario que intentemos arrojar algo de luz sobre esta tercera bala, que claramente, por el astillamiento de la madera, ha sido disparada desde el interior de la habitación. Me gustaría ver a Mrs. King, la cocinera, de nuevo. Dijo, Mrs. King, que la despertó una fuerte explosión. Cuando dijo eso, ¿quería decir que le pareció que era más fuerte que la segunda?»

«Bueno, señor, me despertó de mi sueño, así que es difícil juzgar. Pero sí pareció muy fuerte».

«¿No cree que podrían haber sido dos disparos hechos casi al mismo instante?»

«Estoy segura de que no podría decirlo, señor».

«Creo que fue indudablemente así. Más bien pienso, inspector Martin, que ahora hemos agotado todo lo que esta habitación puede enseñarnos. Si tiene la amabilidad de acompañarme, veremos qué nuevas pruebas tiene que ofrecer el jardín».

Un parterre de flores se extendía hasta la ventana del despacho, y todos prorrumpimos en una exclamación al acercarnos a él. Las flores estaban pisoteadas y el suelo blando estaba lleno de huellas. Eran pies grandes, masculinos, con dedos peculiarmente largos y afilados. Holmes hurgó entre la hierba y las hojas como un perro perdiguero tras un pájaro herido. Entonces, con un grito de satisfacción, se inclinó hacia adelante y recogió un pequeño cilindro de latón.

—Eso pensaba —dijo—, el revólver tenía un extractor, y aquí está el tercer cartucho. Realmente creo, inspector Martin, que nuestro caso está casi completo.

El rostro del inspector rural mostraba un asombro intenso ante el rápido y magistral progreso de la investigación de Holmes. Al principio había mostrado cierta disposición a hacer valer su propia posición, pero ahora estaba sobrecogido por la admiración y listo para seguir sin rechistar a dondequiera que Holmes guiara.

—¿A quién sospecha? —preguntó.

—Entraré en eso más tarde. Hay varios puntos en este problema que aún no he podido explicarle. Ahora que he llegado tan lejos, será mejor que proceda según mis propios métodos, y luego aclarar todo el asunto de una vez por todas.

—Como usted desee, señor Holmes, siempre y cuando atrapen al hombre.

—No tengo deseo de crear misterios, pero es imposible en el momento de la acción entrar en largas y complejas explicaciones. Tengo los hilos de este asunto todos en mi mano. Incluso si esta señora nunca recuperara el conocimiento, todavía podemos reconstruir los eventos de anoche y asegurar que se haga justicia. En primer lugar, deseo saber si hay alguna posada en este vecindario conocida como «Elrige’s».

Se interrogó a los sirvientes, pero ninguno de ellos había oído hablar de tal lugar. El mozo de cuadra arrojó luz sobre el asunto al recordar que un granjero de ese nombre vivía a unas millas de distancia, en dirección a East Ruston.

—¿Es una granja solitaria?

—Muy solitaria, señor.

—¿Quizás aún no se han enterado de todo lo que sucedió aquí durante la noche?

—Tal vez no, señor.

Holmes pensó un poco, y luego una sonrisa curiosa se dibujó en su rostro.

—Ensille un caballo, muchacho —dijo—. Desearé que lleve una nota a la granja de Elrige.

Sacó de su bolsillo los diversos fragmentos de los hombrecillos danzantes. Con ellos frente a él, trabajó durante un tiempo en la mesa del despacho. Finalmente, entregó una nota al muchacho, con instrucciones de ponerla en manos de la persona a la que iba dirigida, y especialmente de no responder a ninguna pregunta de ningún tipo que pudiera hacérsele. Vi el exterior de la nota, dirigida con caracteres irregulares y desordenados, muy diferentes a la mano precisa de Holmes. Estaba consignada al señor Abe Slaney, Elriges Farm, East Ruston, Norfolk.

—Creo, inspector —observó Holmes—, que haría bien en telegrafiar solicitando una escolta, ya que, si mis cálculos resultan ser correctos, puede que tenga un prisionero particularmente peligroso que trasladar a la cárcel del condado. El muchacho que lleva esta nota sin duda podría enviar su telegrama. Si hay un tren de tarde hacia la ciudad, Watson, creo que haríamos bien en tomarlo, ya que tengo un análisis químico de cierto interés que terminar, y esta investigación llega rápidamente a su fin.

Cuando el joven fue despachado con la nota, Sherlock Holmes dio sus instrucciones a los sirvientes. Si algún visitante llamaba preguntando por la señora Hilton Cubitt, no se debía dar información sobre su estado, sino que se le debía mostrar de inmediato al salón. Les recalcó estos puntos con la mayor seriedad. Finalmente, abrió el camino hacia el salón, con el comentario de que el asunto estaba ahora fuera de nuestras manos, y que debíamos matar el tiempo lo mejor que pudiéramos hasta que pudiéramos ver qué nos tenía reservado el destino. El médico se había marchado con sus pacientes, y solo el inspector y yo permanecimos allí.

—Creo que puedo ayudarle a pasar una hora de una manera interesante y provechosa —dijo Holmes, acercando su silla a la mesa y extendiendo ante sí los diversos papeles en los que estaban registradas las contorsiones de los hombrecillos danzantes—. En cuanto a usted, amigo Watson, le debo toda compensación por haber permitido que su curiosidad natural permaneciera tanto tiempo insatisfecha. Para usted, inspector, todo el incidente puede atraerle como un notable estudio profesional. Debo contarle, antes que nada, las interesantes circunstancias relacionadas con las consultas previas que el señor Hilton Cubitt ha tenido conmigo en Baker Street. —Luego recapituló brevemente los hechos que ya han sido registrados—. Tengo aquí frente a mí estas singulares producciones, de las que uno podría sonreír, si no hubieran demostrado ser los precursores de una tragedia tan terrible. Estoy bastante familiarizado con todas las formas de escritura secreta, y soy autor de una insignificante monografía sobre el tema, en la que analizo ciento sesenta cifrados distintos, pero confieso que esto es completamente nuevo para mí. El objetivo de quienes inventaron el sistema ha sido aparentemente ocultar que estos caracteres transmiten un mensaje, y dar la idea de que son meros bocetos aleatorios de niños.

—Habiendo reconocido una vez, sin embargo, que los símbolos representaban letras, y habiendo aplicado las reglas que nos guían en todas las formas de escritura secreta, la solución fue bastante fácil. El primer mensaje que se me presentó era tan corto que me fue imposible hacer más que decir, con cierta confianza, que el símbolo XXX representaba la E. Como sabe, la E es la letra más común en el alfabeto inglés, y predomina hasta un grado tan marcado que incluso en una oración corta uno esperaría encontrarla con mayor frecuencia. De quince símbolos en el primer mensaje, cuatro eran iguales, por lo que era razonable establecer esto como E. Es cierto que en algunos casos la figura llevaba una bandera, y en otros no, pero era probable, por la forma en que estaban distribuidas las banderas, que se usaran para dividir la oración en palabras. Acepté esto como hipótesis y noté que la E estaba representada por

E

—Pero ahora vino la verdadera dificultad de la investigación. El orden de las letras inglesas después de la E no está de ninguna manera bien marcado, y cualquier preponderancia que pueda mostrarse en un promedio de una hoja impresa puede invertirse en una sola oración corta. Hablando a grandes rasgos, T, A, O, I, N, S, H, R, D y L son el orden numérico en el que ocurren las letras, pero T, A, O e I están casi a la par entre sí, y sería una tarea interminable probar cada combinación hasta llegar a un significado. Por lo tanto, esperé por material nuevo. En mi segunda entrevista con el señor Hilton Cubitt, pudo darme otras dos oraciones cortas y un mensaje, que parecía —ya que no había bandera— ser una sola palabra. Aquí están los símbolos. Ahora, en la palabra única, ya tengo las dos E ocupando el segundo y cuarto lugar en una palabra de cinco letras. Podría ser «sever», «lever» o «never». No puede haber duda de que esta última, como respuesta a una súplica, es con mucho la más probable, y las circunstancias señalaban que era una respuesta escrita por la dama. Aceptándola como correcta, ahora podemos decir que los símbolos representan respectivamente N, V y R.

N-V-R

—Incluso ahora, estaba en considerable dificultad, pero una idea feliz me puso en posesión de varias otras letras. Se me ocurrió que si estas súplicas venían, como esperaba, de alguien que había tenido intimidad con la dama en su vida temprana, una combinación que contuviera dos E con tres letras en medio muy bien podría representar el nombre «ELSIE». Al examinarlo, encontré que tal combinación formaba la terminación del mensaje que se repetía tres veces. Ciertamente era alguna súplica a «Elsie». De esta manera había obtenido mi L, S e I. ¿Pero qué clase de súplica podría ser? Solo había cuatro letras en la palabra que precedía a «Elsie», y terminaba en E. Seguramente la palabra debía ser «COME». Probé todas las otras palabras de cuatro letras terminadas en E, pero no pude encontrar ninguna que encajara en el caso. Así que ahora estaba en posesión de C, O y M, y estaba en posición de atacar el primer mensaje una vez más, dividiéndolo en palabras y poniendo puntos para cada símbolo que aún era desconocido. Tratado de esta manera, se resolvió de esta forma:

.M .ERE ..E SL.NE.

—Ahora, la primera letra solo puede ser A, lo cual es un descubrimiento sumamente útil, ya que ocurre no menos de tres veces en esta corta oración, y la H también es evidente en la segunda palabra. Ahora se convierte en:

AM HERE A.E SLANE.

O, completando los vacíos obvios en el nombre:

AM HERE ABE SLANEY.

Tenía ya tantas letras que pude proceder con considerable confianza al segundo mensaje, que se resolvió de esta manera:

A. ELRI. ES.

Aquí solo pude encontrar sentido poniendo T y G para las letras faltantes, y suponiendo que el nombre era el de alguna casa o posada en la que el escritor se estaba alojando.

El inspector Martin y yo habíamos escuchado con el máximo interés el relato completo y claro de cómo mi amigo había producido resultados que habían llevado a un dominio tan completo de nuestras dificultades.

—¿Qué hizo entonces, señor? —preguntó el inspector.

—Tenía todas las razones para suponer que este Abe Slaney era estadounidense, ya que «Abe» es una contracción estadounidense, y dado que una carta desde Estados Unidos había sido el punto de partida de todo el problema. También tenía motivos para pensar que había algún secreto criminal en el asunto. Las alusiones de la dama a su pasado y su negativa a confiar en su marido apuntaban en esa dirección. Por lo tanto, envié un cable a mi amigo, Wilson Hargreave, de la Oficina de Policía de Nueva York, quien ha hecho uso más de una vez de mi conocimiento sobre el crimen en Londres. Le pregunté si el nombre de Abe Slaney le resultaba conocido. Aquí está su respuesta: «El delincuente más peligroso de Chicago». Esa misma tarde, en la que recibí su respuesta, Hilton Cubitt me envió el último mensaje de Slaney. Trabajando con las letras conocidas, tomó esta forma:

ELSIE .RE.ARE TO MEET THY GO.

La adición de una P y una D completó un mensaje que me mostró que el sinvergüenza estaba pasando de la persuasión a las amenazas, y mi conocimiento de los delincuentes de Chicago me preparó para encontrar que podría poner sus palabras en acción muy rápidamente. Vine de inmediato a Norfolk con mi amigo y colega, el Dr. Watson, pero, lamentablemente, solo a tiempo para descubrir que lo peor ya había ocurrido.

—Es un privilegio estar asociado con usted en el manejo de un caso —dijo el inspector, calurosamente—. Me disculpará, sin embargo, si le hablo con franqueza. Usted solo responde ante sí mismo, pero yo debo responder ante mis superiores. Si este Abe Slaney, que vive en Elrige’s, es de hecho el asesino, y si ha escapado mientras estoy sentado aquí, sin duda me meteré en serios problemas.

—No necesita estar inquieto. Él no intentará escapar.

—¿Cómo lo sabe?

—Huir sería una confesión de culpabilidad.

—Entonces vamos a arrestarlo.

—Lo espero aquí en cualquier instante.

—¿Pero por qué habría de venir?

—Porque le he escrito y se lo he pedido.

—¡Pero esto es increíble, señor Holmes! ¿Por qué habría de venir porque usted se lo ha pedido? ¿No despertaría tal petición más bien sus sospechas y le haría huir?

—Creo que he sabido cómo redactar la carta —dijo Sherlock Holmes—. De hecho, si no me equivoco mucho, ahí viene el caballero mismo subiendo por el camino de entrada.

Un hombre caminaba a zancadas por el sendero que conducía a la puerta. Era un tipo alto, apuesto y moreno, vestido con un traje de franela gris, con un sombrero Panamá, una poblada barba negra y una gran y agresiva nariz ganchuda, y blandía un bastón mientras caminaba. Caminaba con arrogancia por el sendero como si el lugar le perteneciera, y oímos su fuerte y confiado toque de timbre.

—Creo, caballeros —dijo Holmes, en voz baja—, que será mejor que tomemos posición detrás de la puerta. Toda precaución es necesaria cuando se trata con un tipo así. Necesitará sus esposas, inspector. Puede dejarme hablar a mí.

Esperamos en silencio durante un minuto, uno de esos minutos que uno nunca puede olvidar. Entonces la puerta se abrió y el hombre entró. En un instante, Holmes le puso una pistola en la cabeza y Martin le deslizó las esposas por las muñecas. Todo se hizo tan rápida y hábilmente que el sujeto estaba indefenso antes de saber que estaba siendo atacado. Miró de uno a otro de nosotros con un par de ojos negros llameantes. Entonces prorrumpió en una risa amarga.

—Bueno, caballeros, me han pillado esta vez. Parece que me he topado con algo duro. Pero vine aquí en respuesta a una carta de la señora Hilton Cubitt. No me digan que ella está metida en esto. ¿No me digan que ella ayudó a tenderme una trampa?

—La señora Hilton Cubitt resultó gravemente herida y está a las puertas de la muerte.

El hombre lanzó un grito ronco de dolor que resonó por toda la casa.

—¡Están locos! —gritó, con ferocidad—. Fue él quien resultó herido, no ella. ¿Quién habría hecho daño a la pequeña Elsie? Puede que la haya amenazado —¡que Dios me perdone!—, pero no habría tocado ni un pelo de su hermosa cabeza. ¡Retráctense, ustedes! ¡Digan que ella no está herida!

—Fue encontrada gravemente herida, junto a su marido muerto.

Se hundió con un gemido profundo en el sofá y enterró su rostro en sus manos esposadas. Durante cinco minutos permaneció en silencio. Luego levantó su rostro una vez más y habló con la fría compostura de la desesperación.

—No tengo nada que ocultarles, caballeros —dijo—. Si disparé al hombre, él hizo lo propio conmigo, y no hay asesinato en eso. Pero si piensan que podría haber herido a esa mujer, entonces no me conocen ni a ella ni a mí. Les digo que nunca hubo un hombre en este mundo que amara a una mujer más de lo que yo la amé. Tenía derecho sobre ella. Se comprometió conmigo hace años. ¿Quién era este inglés para interponerse entre nosotros? Les digo que yo tenía el primer derecho sobre ella, y que solo estaba reclamando lo que era mío.

—Ella rompió con su influencia cuando descubrió al hombre que usted es —dijo Holmes, con severidad—. Huyó de Estados Unidos para evitarle, y se casó con un caballero honorable en Inglaterra. Usted la acosó, la siguió y convirtió su vida en una miseria para inducirla a abandonar al esposo a quien amaba y respetaba, para huir con usted, a quien temía y odiaba. Ha terminado provocando la muerte de un hombre noble y llevando a su esposa al suicidio. Ese es su historial en este asunto, señor Abe Slaney, y responderá por ello ante la ley.

—Si Elsie muere, no me importa lo que sea de mí —dijo el estadounidense. Abrió una de sus manos y miró una nota arrugada en su palma—. Escuchen, señor —gritó, con un destello de sospecha en sus ojos—, no están tratando de asustarme con esto, ¿verdad? Si la dama está tan gravemente herida como dicen, ¿quién fue el que escribió esta nota? —La arrojó sobre la mesa.

—Yo la escribí, para traerlo aquí.

—¿Usted la escribió? No había nadie en la tierra fuera del Sindicato que conociera el secreto de los hombrecillos danzantes. ¿Cómo llegó a escribirla?

—Lo que un hombre puede inventar, otro puede descubrirlo —dijo Holmes—. Hay un coche de alquiler viniendo para llevarlo a Norwich, señor Slaney. Pero mientras tanto, tiene tiempo para hacer una pequeña reparación por el daño que ha causado. ¿Es consciente de que la señora Hilton Cubitt ha estado ella misma bajo graves sospechas por el asesinato de su marido, y que solo fue mi presencia aquí, y el conocimiento que casualmente poseía, lo que la salvó de la acusación? Lo menos que le debe es dejar claro ante todo el mundo que ella no fue en modo alguno, directa o indirectamente, responsable de su trágico final.

—No pido nada mejor —dijo el estadounidense—. Supongo que el mejor caso que puedo presentar para mí mismo es la verdad absoluta y desnuda.

—Es mi deber advertirle que será usada en su contra —gritó el inspector, con el magnífico juego limpio de la ley penal británica.

Slaney se encogió de hombros.

—Me arriesgaré —dijo—. En primer lugar, quiero que los caballeros entiendan que he conocido a esta dama desde que era una niña. Éramos siete en una banda en Chicago, y el padre de Elsie era el jefe del Sindicato. Era un hombre inteligente, el viejo Patrick. Fue él quien inventó esa escritura, que pasaría como el garabato de un niño a menos que casualmente tuvieras la clave. Bueno, Elsie aprendió algunas de nuestras formas, pero no podía soportar el negocio, y tenía algo de dinero honesto propio, así que nos engañó a todos y se escapó a Londres. Ella había estado comprometida conmigo, y se habría casado conmigo, creo, si yo hubiera adoptado otra profesión, pero no quería tener nada que ver con nada ilegal. Solo después de su matrimonio con este inglés pude averiguar dónde estaba. Le escribí, pero no obtuve respuesta. Después de eso vine, y, como las cartas no servían de nada, puse mis mensajes donde ella pudiera leerlos.

—Bueno, llevo un mes aquí. Vivía en esa granja, donde tenía una habitación abajo, y podía entrar y salir todas las noches, sin que nadie se diera cuenta. Intenté todo lo que pude para convencer a Elsie de que se fuera. Sabía que ella leía los mensajes, porque una vez escribió una respuesta debajo de uno de ellos. Entonces mi temperamento me venció y comencé a amenazarla. Entonces me envió una carta, suplicándome que me fuera y diciendo que le rompería el corazón si algún escándalo cayera sobre su marido. Dijo que bajaría cuando su marido estuviera dormido a las tres de la mañana y hablaría conmigo a través de la ventana del extremo, si me iba después y la dejaba en paz. Bajó y trajo dinero consigo, tratando de sobornarme para que me fuera. Esto me volvió loco, la agarré del brazo e intenté sacarla por la ventana. En ese momento irrumpió el marido con su revólver en la mano. Elsie se había hundido en el suelo y estábamos cara a cara. Yo también estaba armado, y levanté mi arma para asustarlo y permitirme escapar. Él disparó y me falló. Yo disparé casi al mismo instante y él cayó. Me fui a través del jardín y, mientras lo hacía, oí la ventana cerrarse detrás de mí. Esa es la verdad de Dios, caballeros, cada palabra de ella, y no supe nada más hasta que ese muchacho llegó cabalgando con una nota que me hizo caminar hasta aquí, como un tonto, y entregarme en sus manos.

Un coche de alquiler había llegado mientras el estadounidense hablaba. Dos policías uniformados estaban sentados dentro. El inspector Martin se levantó y tocó el hombro de su prisionero.

—Es hora de que nos vayamos.

—¿Puedo verla primero?

—No, ella no está consciente. Señor Sherlock Holmes, solo espero que si alguna vez vuelvo a tener un caso importante, tenga la buena fortuna de tenerlo a mi lado.

Nos quedamos en la ventana y vimos cómo se alejaba el coche. Cuando me di la vuelta, mi ojo captó el trozo de papel que el prisionero había arrojado sobre la mesa. Era la nota con la que Holmes lo había atraído.

—A ver si puedes leerlo, Watson —dijo él, con una sonrisa.

No contenía más que esta pequeña línea de hombres danzantes:

VEN-AQUÍ-INMEDIATAMENTE

—Si utilizas el código que te he explicado —dijo Holmes—, verás que simplemente significa «Ven aquí inmediatamente». Estaba convencido de que era una invitación que no podría rechazar, ya que jamás imaginaría que pudiera provenir de alguien que no fuera la dama. Y así, mi querido Watson, hemos terminado utilizando a los hombres danzantes para el bien cuando tantas veces han sido agentes del mal, y creo que he cumplido mi promesa de darte algo inusual para tu cuaderno de notas. Nuestro tren sale a las tres y cuarenta, y me imagino que deberíamos estar de vuelta en Baker Street para la cena.

Solo una palabra de epílogo. El estadounidense, Abe Slaney, fue condenado a muerte en las sesiones judiciales de invierno en Norwich, pero su pena fue conmutada por trabajos forzados en consideración a las circunstancias atenuantes y a la certeza de que Hilton Cubitt había disparado el primer tiro. De la señora Hilton Cubitt solo sé que he oído que se recuperó por completo y que sigue siendo viuda, dedicando toda su vida al cuidado de los pobres y a la administración de la hacienda de su marido.

LA AVENTURA DEL CICLISTA SOLITARIO

Desde el año 1894 hasta 1901 inclusive, el señor Sherlock Holmes fue un hombre muy ocupado. Se puede afirmar con seguridad que no hubo caso público de dificultad alguna en el que no fuera consultado durante esos ocho años, y hubo cientos de casos privados, algunos de ellos del carácter más intrincado y extraordinario, en los que desempeñó un papel destacado. Muchos éxitos sorprendentes y algunos fracasos inevitables fueron el resultado de este largo período de trabajo continuo. Como he conservado notas muy completas de todos estos casos y estuve personalmente involucrado en muchos de ellos, puede imaginarse que no es tarea fácil saber cuál debería seleccionar para presentarlo ante el público. Sin embargo, mantendré mi regla anterior y daré preferencia a aquellos casos cuyo interés no deriva tanto de la brutalidad del crimen como del ingenio y la calidad dramática de la resolución. Por esta razón, expondré ahora ante el lector los hechos relacionados con la señorita Violet Smith, la ciclista solitaria de Charlington, y el curioso desenlace de nuestra investigación, que culminó en una tragedia inesperada. Es cierto que la circunstancia no permitió ninguna ilustración sorprendente de aquellos poderes por los que mi amigo era famoso, pero hubo algunos puntos en el caso que hicieron que destacara en esos largos archivos criminales de los que reúno el material para estas pequeñas narraciones.

Al consultar mi cuaderno de notas para el año 1895, encuentro que fue el sábado 23 de abril cuando supimos por primera vez de la señorita Violet Smith. Su visita, recuerdo, fue extremadamente inoportuna para Holmes, pues en ese momento estaba inmerso en un problema muy abstruso y complicado relacionado con la peculiar persecución a la que había sido sometido John Vincent Harden, el conocido millonario del tabaco. Mi amigo, que amaba por encima de todas las cosas la precisión y la concentración mental, se irritaba ante cualquier cosa que distrajera su atención del asunto que tenía entre manos. Y, sin embargo, sin caer en una aspereza ajena a su naturaleza, resultaba imposible negarse a escuchar la historia de aquella mujer joven y hermosa, alta, elegante y majestuosa, que se presentó en Baker Street al caer la noche y suplicó su asistencia y consejo. Fue inútil insistir en que su tiempo ya estaba totalmente ocupado, pues la joven había venido con la determinación de contar su historia, y era evidente que nada menos que la fuerza podría sacarla de la habitación hasta que lo hubiera hecho. Con aire resignado y una sonrisa algo cansada, Holmes rogó a la hermosa intrusa que tomara asiento y nos informara de qué era lo que le preocupaba.

—Al menos no puede ser su salud —dijo, mientras sus ojos agudos se posaban sobre ella—, una ciclista tan ardiente debe estar llena de energía.

Ella miró hacia abajo con sorpresa a sus propios pies, y observé el ligero desgaste en el costado de la suela causado por la fricción del borde del pedal.

—Sí, monto mucho en bicicleta, señor Holmes, y eso tiene algo que ver con mi visita a usted hoy.

Mi amigo tomó la mano enguantada de la dama y la examinó con tanta atención y tan poco sentimiento como un científico mostraría a un espécimen.

—Me disculpará, estoy seguro. Es mi trabajo —dijo, mientras la soltaba—. Casi caigo en el error de suponer que usted escribía a máquina. Por supuesto, es obvio que es música. ¿Observa las puntas de los dedos espatuladas, Watson, que son comunes a ambas profesiones? Hay, sin embargo, una espiritualidad en el rostro —ella lo giró suavemente hacia la luz— que la máquina de escribir no genera. Esta dama es música.

—Sí, señor Holmes, enseño música.

—En el campo, supongo, por su tez.

—Sí, señor, cerca de Farnham, en los límites de Surrey.

—Un vecindario hermoso y lleno de las asociaciones más interesantes. Recuerda, Watson, que fue cerca de allí donde capturamos a Archie Stamford, el falsificador. Ahora bien, señorita Violet, ¿qué le ha ocurrido a usted, cerca de Farnham, en los límites de Surrey?

La joven, con gran claridad y compostura, hizo la siguiente declaración curiosa:

—Mi padre ha muerto, señor Holmes. Era James Smith, quien dirigía la orquesta en el antiguo Imperial Theatre. Mi madre y yo quedamos sin un pariente en el mundo excepto un tío, Ralph Smith, que se fue a África hace veinticinco años, y desde entonces nunca habíamos tenido noticias suyas. Cuando murió mi padre, quedamos muy pobres, pero un día nos dijeron que había un anuncio en The Times preguntando por nuestro paradero. Puede imaginar lo emocionados que estábamos, pues pensamos que alguien nos había dejado una fortuna. Fuimos de inmediato al abogado cuyo nombre aparecía en el periódico. Allí conocimos a dos caballeros, el señor Carruthers y el señor Woodley, que estaban de visita desde Sudáfrica. Dijeron que mi tío era amigo suyo, que había muerto meses atrás en la mayor pobreza en Johannesburgo, y que les había pedido con su último aliento que buscaran a sus parientes y se aseguraran de que no pasaran necesidades. Nos pareció extraño que el tío Ralph, que no nos hizo caso mientras vivió, fuera tan cuidadoso de velar por nosotros cuando ya estaba muerto, pero el señor Carruthers explicó que la razón era que mi tío acababa de enterarse de la muerte de su hermano y, por tanto, se sentía responsable de nuestra suerte.

—Disculpe —dijo Holmes—. ¿Cuándo fue esta entrevista?

—El diciembre pasado, hace cuatro meses.

—Por favor, continúe.

—El señor Woodley me pareció una persona de lo más odiosa. No dejaba de hacerme ojitos: un joven grosero, de rostro hinchado y bigote rojo, con el pelo engominado a ambos lados de la frente. Me pareció absolutamente detestable, y estaba segura de que Cyril no querría que yo conociera a tal persona.

—¡Oh, Cyril es su nombre! —dijo Holmes, sonriendo.

La joven se sonrojó y rio.

—Sí, señor Holmes, Cyril Morton, un ingeniero eléctrico, y esperamos casarnos a finales de verano. Vaya, ¿cómo he empezado a hablar de él? Lo que quería decir es que el señor Woodley era perfectamente odioso, pero que el señor Carruthers, que era un hombre mucho mayor, era más agradable. Era una persona morena, cetrina, afeitada y silenciosa, pero tenía modales educados y una sonrisa agradable. Preguntó cómo habíamos quedado y, al descubrir que éramos muy pobres, sugirió que viniera a enseñar música a su única hija, de diez años. Le dije que no me gustaba dejar a mi madre, a lo que sugirió que volviera a casa cada fin de semana, y me ofreció cien libras al año, lo cual era sin duda una paga espléndida. Así que terminó con mi aceptación, y me fui a Chiltern Grange, a unas seis millas de Farnham. El señor Carruthers era viudo, pero había contratado a una ama de llaves, una persona mayor muy respetable llamada señora Dixon, para que se ocupara de su casa. La niña era un encanto y todo prometía ir bien. El señor Carruthers era muy amable y muy aficionado a la música, y pasábamos veladas de lo más agradables juntos. Cada fin de semana iba a casa de mi madre a la ciudad.

—La primera grieta en mi felicidad fue la llegada del señor Woodley, el del bigote rojo. Vino por una visita de una semana y, ¡oh!, me pareció de tres meses. Era una persona terrible, un matón para todos los demás, pero para mí algo infinitamente peor. Me cortejaba de forma odiosa, presumía de su riqueza, decía que si me casaba con él podría tener los diamantes más finos de Londres y, finalmente, cuando no quise tener nada que ver con él, me agarró en sus brazos un día después de cenar —era horriblemente fuerte— y juró que no me dejaría ir hasta que lo hubiera besado. El señor Carruthers entró y lo arrancó de mí, a lo que él se volvió contra su propio anfitrión, derribándolo y cortándole la cara. Ese fue el fin de su visita, como puede imaginar. El señor Carruthers se disculpó conmigo al día siguiente y me aseguró que nunca volvería a estar expuesta a tal insulto. No he vuelto a ver al señor Woodley desde entonces.

—Y ahora, señor Holmes, llego por fin a lo especial que me ha llevado a pedirle consejo hoy. Debe saber que cada sábado por la mañana voy en bicicleta a la estación de Farnham para tomar el tren de las 12:22 a la ciudad. El camino desde Chiltern Grange es solitario y, en un punto, lo es especialmente, pues se extiende durante más de una milla entre Charlington Heath a un lado y los bosques que rodean Charlington Hall al otro. No podría encontrar un tramo de carretera más solitario en ninguna parte, y es bastante raro encontrarse siquiera con un carro o un campesino hasta llegar a la carretera principal cerca de Crooksbury Hill. Hace dos semanas pasaba por este lugar cuando casualmente miré por encima de mi hombro y, a unas doscientas yardas detrás de mí, vi a un hombre, también en bicicleta. Parecía ser un hombre de mediana edad, con una barba oscura y corta. Miré hacia atrás antes de llegar a Farnham, pero el hombre había desaparecido, así que no pensé más en ello. Pero puede imaginar mi sorpresa, señor Holmes, cuando, a mi regreso el lunes, vi al mismo hombre en el mismo tramo de carretera. Mi asombro aumentó cuando el incidente ocurrió de nuevo, exactamente igual que antes, el sábado y el lunes siguientes. Siempre mantuvo la distancia y no me molestó de ninguna manera, pero aun así, ciertamente era muy extraño. Se lo mencioné al señor Carruthers, quien pareció interesado en lo que dije y me comunicó que había pedido un caballo y un carruaje para que en el futuro no tuviera que pasar por estos caminos solitarios sin compañía.

—El caballo y el carruaje debían haber llegado esta semana, pero por alguna razón no fueron entregados y tuve que volver a ir en bicicleta a la estación. Eso fue esta mañana. Puede pensar que miré a mi alrededor cuando llegué a Charlington Heath y allí, efectivamente, estaba el hombre, exactamente como había estado las dos semanas anteriores. Siempre se mantuvo tan lejos de mí que no pude ver claramente su rostro, pero era sin duda alguien a quien no conocía. Iba vestido con un traje oscuro y una gorra de tela. Lo único de su rostro que pude ver claramente fue su barba oscura. Hoy no me sentí alarmada, pero estaba llena de curiosidad y decidí averiguar quién era y qué quería. Reduje la velocidad de mi máquina, pero él redujo la suya. Luego me detuve por completo, pero él también se detuvo. Entonces le tendí una trampa. Hay una curva cerrada en la carretera, pedaleé muy rápido por ella, y luego me detuve y esperé. Esperaba que él saliera disparado y me adelantara antes de que pudiera detenerse. Pero nunca apareció. Luego volví y miré a la vuelta de la esquina. Podía ver una milla de carretera, pero él no estaba en ella. Para hacerlo aún más extraordinario, no había camino lateral en este punto por el que pudiera haberse ido.

Holmes soltó una risita y se frotó las manos. —Este caso ciertamente presenta algunas características propias —dijo—. ¿Cuánto tiempo transcurrió entre que usted dobló la esquina y su descubrimiento de que la carretera estaba despejada?

—Dos o tres minutos.

—Entonces no pudo haber retrocedido por la carretera, ¿y dice usted que no hay caminos laterales?

—Ninguno.

—Entonces, sin duda, tomó un sendero a un lado o al otro.

—No pudo haber sido en el lado del brezal, o lo habría visto.

—Así, por el proceso de exclusión, llegamos al hecho de que se dirigió hacia Charlington Hall, que, según entiendo, está situado en sus propios terrenos a un lado de la carretera. ¿Algo más?

—Nada, señor Holmes, salvo que estaba tan perpleja que sentí que no estaría feliz hasta que lo hubiera visto y tenido su consejo.

Holmes permaneció en silencio durante un buen rato.

—¿Dónde está el caballero con el que está comprometida? —preguntó al fin.

—Está en la Midland Electrical Company, en Coventry.

—¿No le daría una visita sorpresa?

—¡Oh, señor Holmes! ¡Como si no lo reconociera!

—¿Ha tenido algún otro admirador?

—Varios antes de conocer a Cyril.

—¿Y desde entonces?

—Estaba este hombre terrible, Woodley, si es que se le puede llamar admirador.

—¿Nadie más?

Nuestra bella clienta pareció un poco confundida.

—¿Quién era? —preguntó Holmes.

—Oh, puede ser solo una fantasía mía, pero me ha parecido a veces que mi empleador, el señor Carruthers, se interesa mucho por mí. Estamos bastante juntos. Le toco los acompañamientos por la noche. Nunca ha dicho nada. Es un perfecto caballero. Pero una chica siempre lo sabe.

—¡Ja! —Holmes se mostró serio—. ¿A qué se dedica?

—Es un hombre rico.

—¿Sin carruajes ni caballos?

—Bueno, al menos está bastante acomodado. Pero va a la ciudad dos o tres veces por semana. Está muy interesado en las acciones de oro de Sudáfrica.

—Hágame saber cualquier novedad, señorita Smith. Estoy muy ocupado ahora mismo, pero encontraré tiempo para hacer algunas averiguaciones sobre su caso. Mientras tanto, no tome ninguna medida sin avisarme. Adiós, y confío en que no tendremos más que buenas noticias de usted.

—Es parte del orden establecido de la Naturaleza que una chica así tenga seguidores —dijo Holmes, mientras tiraba de su pipa meditativa—, pero preferiblemente no en bicicleta por caminos rurales solitarios. Algún amante secreto, sin duda alguna. Pero hay detalles curiosos y sugerentes en este caso, Watson.

—¿Que aparezca solo en ese punto?

—Exactamente. Nuestro primer esfuerzo debe ser averiguar quiénes son los inquilinos de Charlington Hall. Luego, de nuevo, ¿qué hay de la conexión entre Carruthers y Woodley, dado que parecen ser hombres de tipos tan diferentes? ¿Cómo es que ambos estaban tan interesados en buscar a los parientes de Ralph Smith? Un punto más. ¿Qué clase de casa es la que paga el doble del precio de mercado por una institutriz pero no mantiene un caballo, a pesar de estar a seis millas de la estación? Extraño, Watson, ¡muy extraño!

—¿Irá usted?

—No, mi querido amigo, irá usted. Esto puede ser alguna intriga insignificante y no puedo interrumpir mi otra investigación importante por ello. El lunes llegará temprano a Farnham; se ocultará cerca de Charlington Heath; observará estos hechos por usted mismo y actuará como su propio juicio le aconseje. Luego, habiendo indagado sobre los ocupantes del Hall, volverá a mí e informará. Y ahora, Watson, ni una palabra más sobre el asunto hasta que tengamos algunos peldaños sólidos sobre los que podamos esperar cruzar hacia nuestra solución.

Habíamos confirmado por la dama que ella iba el lunes en el tren que sale de Waterloo a las 9:50, así que partí temprano y tomé el de las 9:13. En la estación de Farnham no tuve dificultad en que me indicaran el camino a Charlington Heath. Era imposible confundir el escenario de la aventura de la joven, pues el camino corre entre el brezal abierto a un lado y un viejo seto de tejos al otro, rodeando un parque que está salpicado de árboles magníficos. Había una puerta principal de piedra cubierta de líquenes, con cada pilar lateral rematado por emblemas heráldicos en descomposición, pero además de esta entrada central para carruajes, observé varios puntos donde había huecos en el seto y senderos que los atravesaban. La casa era invisible desde la carretera, pero los alrededores hablaban de penumbra y decadencia.

El brezal estaba cubierto de parches dorados de aulagas en flor, brillando magníficamente bajo la luz del brillante sol primaveral. Detrás de uno de estos matorrales tomé mi posición, de modo que pudiera controlar tanto la puerta del Hall como un largo tramo de la carretera a ambos lados. Estaba desierta cuando la dejé, pero ahora vi a un ciclista rodando por ella desde la dirección opuesta a la que yo había venido. Iba vestido con un traje oscuro y vi que tenía una barba negra. Al llegar al final de los terrenos de Charlington, saltó de su máquina y la llevó a través de un hueco en el seto, desapareciendo de mi vista.

Pasó un cuarto de hora y luego apareció un segundo ciclista. Esta vez era la joven que venía de la estación. La vi mirar a su alrededor cuando llegó al seto de Charlington. Un instante después, el hombre emergió de su escondite, saltó sobre su bicicleta y la siguió. En todo el amplio paisaje, esas eran las únicas figuras en movimiento: la elegante muchacha sentada muy recta sobre su máquina y el hombre detrás de ella, inclinado sobre su manillar con una sugerencia curiosamente furtiva en cada movimiento. Ella miró hacia atrás y redujo su ritmo. Él redujo también. Ella se detuvo. Él, de inmediato, se detuvo también, manteniendo doscientas yardas de distancia detrás de ella. Su siguiente movimiento fue tan inesperado como decidido. De repente, giró bruscamente sus ruedas y se lanzó directamente hacia él. Él fue tan rápido como ella, sin embargo, y salió disparado en una huida desesperada. Poco después, ella volvió a subir por la carretera, con la cabeza altiva en el aire, sin dignarse a prestar más atención a su silencioso seguidor. Él también se había dado la vuelta y mantuvo su distancia hasta que la curva de la carretera los ocultó de mi vista.

Permanecí en mi escondite, y fue bueno que lo hiciera, pues poco después el hombre reapareció, pedaleando lentamente de regreso. Entró por las puertas del Hall y se bajó de su máquina. Durante unos minutos pude verlo de pie entre los árboles. Sus manos estaban levantadas y parecía estarse arreglando la corbata. Luego montó su bicicleta y se alejó de mí por el camino hacia el Hall. Corrí a través del brezal y miré a través de los árboles. A lo lejos, pude vislumbrar el viejo edificio gris con sus erizadas chimeneas Tudor, pero el camino de entrada atravesaba un espeso arbusto y no vi nada más de mi hombre.

Sin embargo, me pareció que había hecho una mañana de trabajo bastante buena y caminé de regreso a Farnham con gran entusiasmo. El agente inmobiliario local no pudo decirme nada sobre Charlington Hall y me remitió a una firma conocida en Pall Mall. Allí me detuve de camino a casa y fui tratado con cortesía por el representante. No, no podía tener Charlington Hall para el verano. Llegué justo a tiempo para nada. Se había alquilado hace aproximadamente un mes. El señor Williamson era el nombre del inquilino. Era un caballero respetable y de edad avanzada. El educado agente temía no poder decir más, ya que los asuntos de sus clientes no eran temas que pudiera discutir.

El señor Sherlock Holmes escuchó con atención el largo informe que pude presentarle aquella tarde, pero no suscitó esa palabra de breve elogio que yo había esperado y que habría valorado. Por el contrario, su rostro austero estaba incluso más severo de lo habitual mientras comentaba las cosas que había hecho y las que no.

—Su escondite, mi querido Watson, fue muy defectuoso. Debería haber estado detrás del seto; entonces habría tenido una visión cercana de esta interesante persona. Tal como están las cosas, usted estaba a cientos de metros de distancia y puede decirme incluso menos que la señorita Smith. Ella cree que no conoce al hombre; yo estoy convencido de que sí. ¿Por qué, si no, habría de estar tan desesperadamente ansioso de que ella no se acercara lo suficiente como para ver sus rasgos? Usted lo describe inclinado sobre el manillar. Ocultación de nuevo, ya ve. Realmente lo ha hecho rematadamente mal. Él regresa a la casa y usted quiere averiguar quién es. ¡Se dirige a una agencia inmobiliaria de Londres!

—¿Qué debería haber hecho? —exclamé con cierto calor.

—Ir a la taberna más cercana. Ese es el centro de los chismes rurales. Le habrían dicho cada nombre, desde el amo hasta la fregona. ¿Williamson? No me sugiere nada. Si es un hombre mayor, no es este ciclista activo que se aleja a toda velocidad de la persecución atlética de esa joven. ¿Qué hemos ganado con su expedición? El conocimiento de que la historia de la chica es cierta. Nunca lo dudé. Que hay una conexión entre el ciclista y el Hall. Tampoco lo dudé nunca. Que el Hall está arrendado por Williamson. ¿Quién saca algo en claro de eso? Bien, bien, mi querido señor, no se muestre tan deprimido. Poco más podemos hacer hasta el próximo sábado, y mientras tanto, tal vez haga yo mismo una o dos averiguaciones.

A la mañana siguiente, recibimos una nota de la señorita Smith, relatando de forma breve y precisa los mismos incidentes que yo había visto, pero la esencia de la carta residía en la posdata:

«Estoy segura de que respetará mi confidencialidad, señor Holmes, cuando le diga que mi puesto aquí se ha vuelto difícil, debido al hecho de que mi empleador me ha propuesto matrimonio. Estoy convencida de que sus sentimientos son muy profundos y muy honorables. Al mismo tiempo, mi promesa está, por supuesto, dada. Tomó mi negativa muy en serio, pero también con mucha delicadeza. Puede comprender, sin embargo, que la situación es un poco tensa».

—Nuestra joven amiga parece estar metiéndose en aguas profundas —dijo Holmes, pensativo, mientras terminaba la carta—. El caso ciertamente presenta más rasgos de interés y más posibilidades de desarrollo de lo que yo había pensado originalmente. No me vendría mal un día tranquilo y apacible en el campo, y estoy inclinado a bajar esta tarde y probar una o dos teorías que he formado.

El día tranquilo de Holmes en el campo tuvo una terminación singular, pues llegó a Baker Street tarde por la noche, con un labio cortado y un bulto amoratado en la frente, además de un aire general de disipación que habría hecho de su propia persona el objeto apropiado de una investigación de Scotland Yard. Estaba inmensamente divertido por sus propias aventuras y se rió de buena gana mientras las relataba.

—Recibo tan poco ejercicio activo que siempre es un placer —dijo—. Usted sabe que tengo cierta destreza en el buen y viejo deporte británico del boxeo. De vez en cuando, es de utilidad; hoy, por ejemplo, habría llegado a un final muy ignominioso sin él.

Le rogué que me contara qué había ocurrido.

—Encontré aquel pub rural que ya le había recomendado a su atención, y allí hice mis discretas averiguaciones. Estaba en el bar, y un tabernero locuaz me estaba dando todo lo que quería. Williamson es un hombre de barba blanca y vive solo con un pequeño grupo de sirvientes en el Hall. Existe el rumor de que es o ha sido clérigo, pero uno o dos incidentes de su corta residencia en el Hall me llamaron la atención por ser peculiarmente antieclesiásticos. Ya he hecho algunas consultas en una agencia clerical, y me dicen que hubo un hombre de ese nombre en el clero cuya carrera ha sido singularmente oscura. El tabernero me informó además de que suele haber visitantes de fin de semana —«una calaña animada, señor»— en el Hall, y especialmente un caballero con bigote rojo, llamado señor Woodley, que siempre estaba allí. Habíamos llegado hasta aquí, cuando quién iba a entrar sino el caballero mismo, que había estado bebiendo su cerveza en la sala común y había escuchado toda la conversación. ¿Quién era yo? ¿Qué quería? ¿Qué pretendía al hacer preguntas? Tenía un buen dominio del lenguaje y sus adjetivos eran muy vigorosos. Terminó una sarta de insultos con un revés vicioso, que no logré evitar del todo. Los siguientes minutos fueron deliciosos. Fue un directo de izquierda contra un rufián que repartía golpes. Salí como me ve. El señor Woodley se fue a casa en un carro. Así terminó mi viaje al campo, y hay que confesar que, aunque agradable, mi día en el límite de Surrey no ha sido mucho más provechoso que el suyo.

El jueves nos trajo otra carta de nuestra cliente.

«No se sorprenderá, señor Holmes —decía ella—, al oír que dejo el empleo del señor Carruthers. Ni siquiera el alto sueldo puede reconciliarme con las incomodidades de mi situación. El sábado voy a la ciudad y no tengo intención de regresar. El señor Carruthers tiene un carruaje, así que los peligros del camino solitario, si es que alguna vez hubo peligros, han terminado. En cuanto a la causa especial de mi marcha, no es solo la tensa situación con el señor Carruthers, sino la reaparición de ese hombre odioso, el señor Woodley. Siempre fue horrible, pero ahora se ve más espantoso que nunca, pues parece haber tenido un accidente y está muy desfigurado. Lo vi desde la ventana, pero me alegra decir que no me encontré con él. Tuvo una larga charla con el señor Carruthers, quien parecía muy excitado después. Woodley debe estar alojándose en el vecindario, pues no durmió aquí, y aun así volví a vislumbrarlo esta mañana, acechando entre los arbustos. Preferiría tener un animal salvaje y feroz suelto por el lugar. Lo detesto y le temo más de lo que puedo decir. ¿Cómo puede el señor Carruthers soportar a una criatura así ni por un momento? Sin embargo, todos mis problemas terminarán el sábado».

—Así lo espero, Watson, así lo espero —dijo Holmes, gravemente—. Hay alguna intriga profunda ocurriendo alrededor de esa mujercita, y es nuestro deber ver que nadie la moleste en ese último viaje. Creo, Watson, que debemos sacar tiempo para bajar juntos el sábado por la mañana y asegurarnos de que esta curiosa e incluyente investigación no tenga un final adverso.

Confieso que hasta ahora no había tomado una visión muy seria del caso, que me había parecido más grotesco y bizarro que peligroso. Que un hombre aceche y siga a una mujer muy hermosa no es algo inaudito, y si tiene tan poca audacia que no solo no se atrevió a dirigirse a ella, sino que incluso huyó ante su aproximación, no era un agresor muy formidable. El rufián Woodley era una persona muy diferente, pero, excepto en una ocasión, no había molestado a nuestra cliente, y ahora visitaba la casa de Carruthers sin entrometerse en su presencia. El hombre de la bicicleta era sin duda un miembro de esas fiestas de fin de semana en el Hall de las que había hablado el tabernero, pero quién era, o qué quería, era tan oscuro como siempre. Fue la severidad del modo de actuar de Holmes y el hecho de que se metiera un revólver en el bolsillo antes de salir de nuestras habitaciones lo que me impresionó con la sensación de que la tragedia podría estar acechando detrás de esta curiosa cadena de eventos.

A una noche lluviosa le había seguido una mañana gloriosa, y el campo cubierto de brezos, con los brillantes grupos de aulagas en flor, parecía aún más hermoso a unos ojos que estaban cansados de los tonos pardos, ocres y gris pizarra de Londres. Holmes y yo caminamos por el ancho camino de arena inhalando el aire fresco de la mañana y regocijándonos con la música de los pájaros y el aliento fresco de la primavera. Desde una elevación del camino en el hombro de Crooksbury Hill, podíamos ver el sombrío Hall erizándose en medio de los antiguos robles, que, por viejos que fueran, eran aún más jóvenes que el edificio que rodeaban. Holmes señaló a lo largo del largo tramo de camino que serpenteaba, una banda de color amarillo rojizo, entre el marrón del brezo y el verde incipiente de los bosques. A lo lejos, como un punto negro, podíamos ver un vehículo moviéndose en nuestra dirección. Holmes lanzó una exclamación de impaciencia.

—He dado un margen de media hora —dijo—. Si ese es su carruaje, debe estar dirigiéndose al tren más temprano. Me temo, Watson, que habrá pasado Charlington antes de que podamos encontrarnos con ella.

Desde el instante en que pasamos la elevación, ya no pudimos ver el vehículo, pero nos apresuramos a tal ritmo que mi vida sedentaria empezó a pasarme factura y me vi obligado a quedarme atrás. Holmes, sin embargo, estaba siempre en forma, pues tenía reservas inagotables de energía nerviosa de las que echar mano. Su paso elástico nunca disminuyó hasta que, repentinamente, cuando estaba a cien metros delante de mí, se detuvo, y lo vi levantar la mano con un gesto de dolor y desesperación. En el mismo instante, un dog-cart vacío, con el caballo al trote y las riendas arrastrando, apareció alrededor de la curva del camino y avanzó rápidamente hacia nosotros.

—¡Demasiado tarde, Watson, demasiado tarde! —gritó Holmes, mientras yo corría jadeante a su lado—. ¡Tonto de mí por no contar con ese tren más temprano! ¡Es un secuestro, Watson, un secuestro! ¡Asesinato! ¡El cielo sabe qué! ¡Bloquea el camino! ¡Detén al caballo! Eso es. Ahora, salta, y veamos si puedo reparar las consecuencias de mi propio error.

Habíamos saltado al dog-cart, y Holmes, después de girar al caballo, le dio un golpe seco con el látigo, y volamos de vuelta a lo largo del camino. Al girar la curva, se abrió todo el tramo de camino entre el Hall y el brezal. Agarré el brazo de Holmes.

—¡Ese es el hombre! —jadeé.

Un ciclista solitario venía hacia nosotros. Tenía la cabeza gacha y los hombros encorvados, mientras ponía cada gramo de energía que poseía en los pedales. Volaba como un corredor. De repente levantó su rostro barbudo, nos vio cerca de él y se detuvo, saltando de su máquina. Esa barba negra como el carbón contrastaba singularmente con la palidez de su rostro, y sus ojos brillaban como si tuviera fiebre. Nos miró a nosotros y al dog-cart. Entonces una mirada de asombro cruzó su rostro.

—¡Hola! ¡Deténganse ahí! —gritó, sosteniendo su bicicleta para bloquear nuestro camino—. ¿De dónde sacaron ese dog-cart? ¡Deténganse, hombre! —bramó, sacando una pistola de su bolsillo lateral—. ¡Deténganse, digo, o, por Dios, le meteré una bala a su caballo!

Holmes arrojó las riendas a mi regazo y saltó del carro.

—Usted es el hombre que queremos ver. ¿Dónde está la señorita Violet Smith? —dijo, de su manera rápida y clara.

—Eso es lo que les pregunto a ustedes. Están en su dog-cart. Deberían saber dónde está.

—Nos encontramos con el dog-cart en el camino. No había nadie en él. Regresamos para ayudar a la joven.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué haré? —gritó el extraño, en un éxtasis de desesperación—. La tienen, ese sabueso infernal de Woodley y el cura granuja. Vengan, hombre, vengan, si realmente son amigos suyos. Apóyenme y la salvaremos, aunque tenga que dejar mi cadáver en Charlington Wood.

Corrió distraído, con su pistola en la mano, hacia un hueco en el seto. Holmes lo siguió, y yo, dejando al caballo pastando al lado del camino, seguí a Holmes.

—Por aquí es por donde pasaron —dijo, señalando las marcas de varios pies sobre el camino embarrado—. ¡Hola! ¡Deténganse un minuto! ¿Quién es este en el arbusto?

Era un joven de unos diecisiete años, vestido como un mozo de cuadra, con pantalones de cuero y polainas. Yacía sobre su espalda, con las rodillas dobladas, un corte terrible en la cabeza. Estaba inconsciente, pero vivo. Una mirada a su herida me dijo que no había penetrado en el hueso.

—Es Peter, el mozo —gritó el extraño—. Él la llevaba. Las bestias lo han bajado y golpeado. Déjenlo estar; no podemos hacerle ningún bien, pero podemos salvarla del peor destino que le puede ocurrir a una mujer.

Corrimos frenéticamente por el camino, que serpenteaba entre los árboles. Habíamos llegado al matorral que rodeaba la casa cuando Holmes se detuvo.

—No fueron a la casa. Aquí están sus marcas a la izquierda; aquí, junto a los arbustos de laurel. Ah, lo dije.

Mientras hablaba, un grito agudo de mujer —un grito que vibraba con un frenesí de horror— estalló desde el espeso grupo verde de arbustos frente a nosotros. Terminó repentinamente en su nota más alta con una asfixia y un gorgoteo.

—¡Por aquí! ¡Por aquí! Están en la bolera —gritó el extraño, lanzándose a través de los arbustos—. ¡Ah, los perros cobardes! ¡Síganme, caballeros! ¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! ¡Por el cielo santo!

Habíamos irrumpido repentinamente en un hermoso claro de césped rodeado de árboles antiguos. En el lado opuesto, bajo la sombra de un poderoso roble, había un grupo singular de tres personas. Una era una mujer, nuestra cliente, desplomada y débil, con un pañuelo alrededor de la boca. Frente a ella estaba un joven brutal, de rostro pesado y bigote rojo, sus piernas con polainas ampliamente separadas, un brazo en jarras, el otro agitando una fusta, toda su actitud sugería una bravuconería triunfante. Entre ellos, un hombre mayor, de barba gris, que llevaba un sobrepelliz corto sobre un traje de tweed claro, evidentemente acababa de completar el servicio de bodas, pues guardaba su libro de oraciones mientras aparecíamos, y le daba palmaditas en la espalda al siniestro novio en jovial felicitación.

—¡Están casados! —jadeé.

—¡Vamos! —gritó nuestro guía—, ¡vamos! —Corrió a través del claro, con Holmes y conmigo pisándole los talones. A medida que nos acercábamos, la dama se tambaleó contra el tronco del árbol para sostenerse. Williamson, el ex clérigo, nos hizo una reverencia con fingida cortesía, y el matón, Woodley, se adelantó con un grito de risa brutal y exultante.

—Puedes quitarte la barba, Bob —dijo—. Te conozco, y bien. Bueno, tú y tus compinches acaban de llegar a tiempo para que pueda presentarles a la señora Woodley.

La respuesta de nuestro guía fue singular. Se arrancó la barba oscura que lo había disfrazado y la arrojó al suelo, revelando un rostro largo, cetrino y afeitado debajo de ella. Luego levantó su revólver y encañonó al joven rufián, que avanzaba hacia él con su peligrosa fusta balanceándose en la mano.

—Sí —dijo nuestro aliado—, soy Bob Carruthers, y haré que se haga justicia con esta mujer, aunque tenga que ir a la horca por ello. Te dije lo que haría si la molestabas y, ¡por Dios!, cumpliré mi palabra.

—Llegas tarde. Es mi esposa.

—No, es tu viuda.

Su revólver estalló y vi la sangre brotar del frente del chaleco de Woodley. Giró con un grito y cayó sobre su espalda, su horrible rostro rojo volviéndose repentinamente a una espantosa palidez moteada. El anciano, todavía vestido con su sobrepelliz, estalló en una sarta de juramentos tan inmundos como nunca había oído, y sacó un revólver propio, pero, antes de que pudiera levantarlo, estaba mirando el cañón del arma de Holmes.

—Basta de esto —dijo mi amigo, fríamente—. ¡Suelta esa pistola! ¡Watson, recógela! Ponla contra su cabeza. Gracias. Usted, Carruthers, deme ese revólver. No tendremos más violencia. ¡Vamos, entréguelo!

—¿Quién es usted, entonces?

—Mi nombre es Sherlock Holmes.

—¡Dios mío!

—Ha oído hablar de mí, ya veo. Representaré a la policía oficial hasta su llegada. ¡Eh, usted! —gritó a un mozo asustado, que había aparecido en el borde del claro—. Venga aquí. Lleve esta nota tan rápido como pueda montar a Farnham. —Garabateó unas pocas palabras en una hoja de su cuaderno—. Désela al superintendente en la comisaría de policía. Hasta que él llegue, debo detenerlos a todos bajo mi custodia personal.

La fuerte y magistral personalidad de Holmes dominó la escena trágica, y todos fueron igualmente marionetas en sus manos. Williamson y Carruthers se encontraron llevando al herido Woodley a la casa, y yo le di mi brazo a la joven asustada. El hombre herido fue acostado en su cama, y a petición de Holmes lo examiné. Llevé mi informe a donde él estaba sentado en el antiguo comedor tapizado con tapices, con sus dos prisioneros ante él.

—Vivirá —dije.

—¡Qué! —gritó Carruthers, saltando de su silla—. Subiré y terminaré con él primero. ¿Me dice que ese ángel va a estar atada a Roaring Jack Woodley de por vida?

—No necesita preocuparse por eso —dijo Holmes—. Hay dos muy buenas razones por las que ella debería, bajo ninguna circunstancia, ser su esposa. En primer lugar, estamos muy seguros al cuestionar el derecho del señor Williamson a solemnizar un matrimonio.

—He sido ordenado —gritó el viejo sinvergüenza.

—Y también expulsado del sacerdocio.

—Una vez clérigo, siempre clérigo.

—Creo que no. ¿Qué hay de la licencia?

—Teníamos una licencia para el matrimonio. La tengo aquí en mi bolsillo.

—Entonces la consiguió mediante engaño. Pero, en cualquier caso, un matrimonio forzado no es un matrimonio, sino un delito muy grave, como descubrirá antes de haber terminado. Tendrá tiempo para pensar en el punto durante los próximos diez años más o menos, a menos que me equivoque. En cuanto a usted, Carruthers, habría hecho mejor en mantener su pistola en el bolsillo.

—Empiezo a pensarlo, señor Holmes, pero cuando pensaba en toda la precaución que había tomado para proteger a esta chica —pues la amaba, señor Holmes, y es la única vez que supe lo que era el amor—, me volvía loco pensar que ella estaba en manos del mayor bruto y matón de Sudáfrica; un hombre cuyo nombre es un terror sagrado desde Kimberley hasta Johannesburgo. Vaya, señor Holmes, apenas lo creerá, pero desde que esa chica ha estado a mi servicio, nunca la dejé pasar frente a esta casa, donde sabía que los rufianes estaban acechando, sin seguirla en mi bicicleta, solo para ver que no le pasara nada malo. Mantuve mi distancia de ella y usé una barba para que no me reconociera, pues es una chica buena y llena de espíritu, y no se habría quedado en mi empleo mucho tiempo si hubiera pensado que la estaba siguiendo por los caminos rurales.

—¿Por qué no le dijo nada del peligro?

—Porque entonces, de nuevo, me habría dejado, y no podía soportar enfrentarme a eso. Incluso si ella no podía amarme, significaba mucho para mí simplemente ver su delicada figura por la casa y escuchar el sonido de su voz.

—Bueno —dije—, usted llama a eso amor, señor Carruthers, pero yo lo llamaría egoísmo.

—Tal vez las dos cosas van juntas. De cualquier modo, no podía dejarla ir. Además, con esta banda alrededor, era bueno que ella tuviera a alguien cerca para cuidarla. Entonces, cuando llegó el cable, supe que estaban destinados a hacer un movimiento.

—¿Qué cable?

Carruthers sacó un telegrama de su bolsillo.

—Es ese —dijo.

Era breve y conciso:

«El anciano ha muerto».

—¡Hum! —dijo Holmes—. Creo que veo cómo funcionaron las cosas, y puedo entender cómo este mensaje, como usted dice, los llevaría a un punto crítico. Pero mientras espera, podría decirme lo que pueda.

El viejo réprobo con sobrepelliz estalló en una andanada de lenguaje soez.

—¡Por el cielo! —dijo él—. Si nos delatas, Bob Carruthers, te haré lo mismo que tú le hiciste a Jack Woodley. Puedes balbucear sobre la chica todo lo que quieras, pues eso es asunto tuyo, pero si traicionas a tus amigos ante este policía de paisano, será el peor trabajo que hayas hecho nunca.

—Su reverencia no necesita excitarse —dijo Holmes, encendiendo un cigarrillo—. El caso está bastante claro en su contra, y todo lo que pido son algunos detalles para mi curiosidad personal. Sin embargo, si tiene alguna dificultad para contármelo, yo haré la parte de hablar, y entonces verá hasta qué punto tiene posibilidades de guardarse sus secretos. En primer lugar, tres de ustedes vinieron de Sudáfrica para este juego: usted Williamson, usted Carruthers y Woodley.

—Mentira número uno —dijo el anciano—; nunca vi a ninguno de ellos hasta hace dos meses, y nunca he estado en África en mi vida, ¡así que puede meterse eso en su pipa y fumárselo, señor entrometido Holmes!

—Lo que dice es verdad —dijo Carruthers.

—Bien, bien, dos de ustedes vinieron. Su reverencia es nuestro artículo de fabricación casera. Ustedes habían conocido a Ralph Smith en Sudáfrica. Tenían motivos para creer que no viviría mucho tiempo. Descubrieron que su sobrina heredaría su fortuna. ¿Qué tal eso, eh?

Carruthers asintió y Williamson soltó un juramento.

—Ella era la pariente más cercana, sin duda, y ustedes eran conscientes de que el viejo no haría testamento.

—No sabía leer ni escribir —dijo Carruthers.

—Así que vinieron, ustedes dos, y buscaron a la chica. La idea era que uno de ustedes se casara con ella y el otro obtuviera una parte del botín. Por alguna razón, Woodley fue elegido como el marido. ¿Por qué fue eso?

—Nos la jugamos a las cartas durante el viaje. Él ganó.

—Ya veo. Lograron que la joven entrara a su servicio, y allí Woodley debía hacer el cortejo. Ella reconoció a la bestia borracha que era y no quiso saber nada de él. Mientras tanto, su arreglo se vio un tanto trastornado por el hecho de que usted mismo se había enamorado de la dama. ¿Ya no podía soportar la idea de que este rufián fuera su dueño?

—¡No, por Jorge, no podía!

—Hubo una disputa entre ustedes. Él los dejó furioso y comenzó a hacer sus propios planes independientemente de ustedes.

—Me parece, Williamson, que no hay mucho que podamos decirle a este caballero —exclamó Carruthers con una risa amarga—. Sí, nos peleamos y él me derribó. Estoy a mano con él por eso, al menos. Luego le perdí la vista. Fue entonces cuando se juntó con este padre marginado de aquí. Descubrí que habían instalado su hogar juntos en este lugar, en la línea que ella tenía que pasar para ir a la estación. Vigilé a la chica después de eso, pues sabía que había alguna diablura en marcha. Los vi de vez en cuando, pues estaba ansioso por saber qué buscaban. Hace dos días, Woodley vino a mi casa con este cable, que demostraba que Ralph Smith había muerto. Me preguntó si cumpliría el trato. Le dije que no. Me preguntó si me casaría yo mismo con la chica y le daría una parte. Le dije que lo haría de buena gana, pero que ella no me aceptaría. Él dijo: «Casémosla primero y después de una semana o dos puede que vea las cosas un poco diferente». Le dije que no tendría nada que ver con la violencia. Así que se marchó maldiciendo, como el sinvergüenza de lengua sucia que era, y jurando que la conseguiría de todos modos. Ella me dejaba este fin de semana, y yo había conseguido un carruaje para llevarla a la estación, pero estaba tan inquieto que la seguí en mi bicicleta. Sin embargo, ella me llevaba ventaja y, antes de que pudiera alcanzarla, el daño estaba hecho. Lo primero que supe de esto fue cuando vi a ustedes dos caballeros conduciendo de regreso en su carricoche.

Holmes se levantó y arrojó la colilla de su cigarrillo a la rejilla. —He sido muy obtuso, Watson —dijo—. Cuando en tu informe dijiste que habías visto al ciclista, como pensabas, arreglándose la corbata en el matorral, eso solo debería habérmelo dicho todo. Sin embargo, podemos felicitarnos por un caso curioso y, en algunos aspectos, único. Percibo a tres miembros de la policía del condado en el camino de entrada, y me alegra ver que el pequeño mozo de cuadra es capaz de seguirles el ritmo, así que es probable que ni él ni el interesante novio sufran daños permanentes por las aventuras de esta mañana. Creo, Watson, que en tu capacidad médica podrías atender a la señorita Smith y decirle que, si se ha recuperado lo suficiente, estaremos encantados de escoltarla a casa de su madre. Si no está del todo convaleciente, verás que una indirecta sobre que estábamos a punto de enviar un telegrama a un joven electricista en las Midlands probablemente completaría la cura. En cuanto a usted, señor Carruthers, creo que ha hecho lo que ha podido para enmendar su participación en una trama malvada. Aquí tiene mi tarjeta, señor, y si mi testimonio puede ser de ayuda en su juicio, estará a su disposición.

En el torbellino de nuestra incesante actividad, a menudo me ha resultado difícil, como el lector probablemente habrá observado, redondear mis narraciones y dar esos detalles finales que los curiosos podrían esperar. Cada caso ha sido el preludio de otro y, una vez superada la crisis, los actores han desaparecido para siempre de nuestras ajetreadas vidas. Encuentro, sin embargo, una breve nota al final de mi manuscrito sobre este caso, en la que he dejado constancia de que la señorita Violet Smith sí heredó una gran fortuna y que ahora es la esposa de Cyril Morton, el socio principal de Morton & Kennedy, los famosos electricistas de Westminster. Williamson y Woodley fueron juzgados por secuestro y agresión; el primero recibió siete años y el segundo diez. Del destino de Carruthers no tengo registro, pero estoy seguro de que su agresión no fue vista con mucha gravedad por el tribunal, ya que Woodley tenía fama de ser un rufián sumamente peligroso, y creo que unos pocos meses fueron suficientes para satisfacer las demandas de la justicia.

LA AVENTURA DE LA ESCUELA PRIORY

Hemos tenido algunas entradas y salidas dramáticas en nuestro pequeño escenario de Baker Street, pero no puedo recordar nada más repentino y sorprendente que la primera aparición de Thorneycroft Huxtable, M.A., Ph.D., etc. Su tarjeta, que parecía demasiado pequeña para soportar el peso de sus distinciones académicas, le precedió por unos segundos, y luego entró él mismo: tan grande, tan pomposo y tan digno que era la encarnación misma de la serenidad y la solidez. Y, sin embargo, su primera acción, cuando la puerta se hubo cerrado tras él, fue tambalearse contra la mesa, desde donde resbaló hacia el suelo, y allí quedó aquella figura majestuosa, postrada e insensible sobre nuestra alfombra de piel de oso frente a la chimenea.

Nos habíamos puesto en pie y, por unos momentos, contemplamos con asombro silencioso este pesado resto de naufragio, que hablaba de alguna tormenta súbita y fatal en alta mar de la vida. Entonces Holmes se apresuró con un cojín para su cabeza, y yo con brandy para sus labios. El rostro blanco y pesado estaba surcado por líneas de problemas, las bolsas colgantes bajo los ojos cerrados eran de color plomizo, la boca flácida se curvaba lúgubremente en las comisuras, las barbillas prominentes estaban sin afeitar. El cuello y la camisa llevaban la mugre de un largo viaje, y el cabello erizado y descuidado brotaba de la cabeza bien formada. Era un hombre profundamente afligido el que yacía ante nosotros.

—¿Qué es, Watson? —preguntó Holmes.

—Agotamiento absoluto: posiblemente simple hambre y fatiga —dije, con el dedo sobre el pulso filiforme, por donde el hilo de la vida corría débil y escaso.

—Billete de regreso desde Mackleton, en el norte de Inglaterra —dijo Holmes, sacándolo del bolsillo del reloj—. Aún no son las doce. Ciertamente ha madrugado mucho.

Los párpados arrugados habían comenzado a temblar, y ahora un par de ojos grises y vacíos nos miraban. Un instante después, el hombre se había puesto en pie de un salto, con el rostro encendido de vergüenza.

—Perdonen esta debilidad, señor Holmes; he estado un poco agotado. Gracias, si pudiera tener un vaso de leche y una galleta, no me cabe duda de que me sentiría mejor. He venido personalmente, señor Holmes, para asegurarme de que regresara conmigo. Temía que ningún telegrama le convenciera de la absoluta urgencia del caso.

—Cuando esté completamente restablecido…

—Estoy bien de nuevo. No puedo imaginar cómo llegué a estar tan débil. Deseo que usted, señor Holmes, venga a Mackleton conmigo en el próximo tren.

Mi amigo negó con la cabeza.

—Mi colega, el doctor Watson, podría decirle que estamos muy ocupados en este momento. Estoy contratado en el caso de los Documentos Ferrers, y el asesinato de Abergavenny está a punto de ir a juicio. Solo un asunto muy importante podría sacarme de Londres actualmente.

—¡Importante! —nuestro visitante levantó las manos—. ¿No ha oído nada sobre el secuestro del único hijo del duque de Holdernesse?

—¡Qué! ¿El difunto ministro del Gabinete?

—Exactamente. Habíamos tratado de mantenerlo fuera de los periódicos, pero hubo algún rumor en el Globe anoche. Pensé que podría haber llegado a sus oídos.

Holmes sacó su brazo largo y delgado y tomó el volumen «H» de su enciclopedia de referencia.

—«Holdernesse, 6.º duque, K.G., P.C.»: ¡la mitad del alfabeto! «Barón Beverley, conde de Carston»: ¡Dios mío, qué lista! «Lord teniente de Hallamshire desde 1900. Casado con Edith, hija de Sir Charles Appledore, 1888. Heredero e hijo único, Lord Saltire. Posee unas doscientas cincuenta mil acres. Minerales en Lancashire y Gales. Dirección: Carlton House Terrace; Holdernesse Hall, Hallamshire; Carston Castle, Bangor, Gales. Lord del Almirantazgo, 1872; Secretario Jefe de Estado para…» Bien, bien, ¡este hombre es ciertamente uno de los más grandes súbditos de la Corona!

—El más grande y quizás el más rico. Soy consciente, señor Holmes, de que usted sigue una línea muy alta en asuntos profesionales, y que está dispuesto a trabajar por amor al trabajo. Puedo decirle, sin embargo, que su Gracia ya ha dado a entender que se entregará un cheque de cinco mil libras a la persona que pueda decirle dónde está su hijo, y otras mil a quien pueda nombrar al hombre o a los hombres que se lo han llevado.

—Es una oferta principesca —dijo Holmes—. Watson, creo que acompañaremos al doctor Huxtable de regreso al norte de Inglaterra. Y ahora, doctor Huxtable, cuando haya consumido esa leche, tendrá la amabilidad de decirme qué ha sucedido, cuándo sucedió, cómo sucedió y, finalmente, qué tiene que ver el doctor Thorneycroft Huxtable, de la Escuela Priory, cerca de Mackleton, con el asunto, y por qué viene tres días después de un evento —el estado de su barbilla indica la fecha— a pedir mis humildes servicios.

Nuestro visitante había consumido su leche y sus galletas. La luz había vuelto a sus ojos y el color a sus mejillas mientras se disponía con gran vigor y lucidez a explicar la situación.

—Debo informarles, caballeros, que el Priory es una escuela preparatoria de la que soy fundador y director. *Huxtable’s Sidelights on Horace* posiblemente pueda recordar mi nombre a sus memorias. El Priory es, sin excepción, la mejor y más selecta escuela preparatoria de Inglaterra. Lord Leverstoke, el conde de Blackwater, Sir Cathcart Soames: todos me han confiado a sus hijos. Pero sentí que mi escuela había llegado a su cenit cuando, hace semanas, el duque de Holdernesse envió al señor James Wilder, su secretario, con la indicación de que el joven Lord Saltire, de diez años, su único hijo y heredero, estaba a punto de ser puesto bajo mi cargo. Poco imaginé que esto sería el preludio de la desgracia más aplastante de mi vida.

—El 1 de mayo llegó el niño, siendo ese el comienzo del trimestre de verano. Era un joven encantador y pronto se adaptó a nuestras costumbres. Puedo decirles —confío en no ser indiscreto, pero las medias confidencias son absurdas en un caso así— que no era del todo feliz en casa. Es un secreto a voces que la vida matrimonial del duque no había sido pacífica, y el asunto terminó en una separación por mutuo consentimiento, instalándose la duquesa en el sur de Francia. Esto había ocurrido muy poco antes, y se sabe que las simpatías del niño estaban fuertemente con su madre. Él se entristeció tras su partida de Holdernesse Hall, y fue por esta razón que el duque deseó enviarlo a mi establecimiento. En quince días el niño estaba completamente adaptado con nosotros y aparentemente era absolutamente feliz.

—Fue visto por última vez la noche del 13 de mayo, es decir, la noche del lunes pasado. Su habitación estaba en el segundo piso y se accedía a ella a través de otra habitación más grande, en la que dormían dos niños. Estos niños no vieron ni oyeron nada, por lo que es seguro que el joven Saltire no salió por allí. Su ventana estaba abierta y hay una robusta planta de hiedra que conduce al suelo. No pudimos rastrear ninguna huella debajo, pero es seguro que esta es la única salida posible.

—Su ausencia fue descubierta a las siete de la mañana del martes. Su cama había sido ocupada. Se había vestido completamente antes de marcharse con su traje escolar habitual de chaqueta negra Eton y pantalones gris oscuro. No hubo señales de que nadie hubiera entrado en la habitación, y es bastante seguro que cualquier tipo de gritos o forcejeo se habría oído, ya que Caunter, el niño mayor en la habitación interior, tiene el sueño muy ligero.

—Cuando se descubrió la desaparición de Lord Saltire, llamé de inmediato a todo el personal del establecimiento: niños, maestros y sirvientes. Fue entonces cuando comprobamos que Lord Saltire no había estado solo en su huida. Heidegger, el maestro de alemán, había desaparecido. Su habitación estaba en el segundo piso, en el extremo más alejado del edificio, orientada de la misma manera que la de Lord Saltire. Su cama también había sido ocupada, pero aparentemente se había ido parcialmente vestido, ya que su camisa y calcetines estaban tirados en el suelo. Indudablemente se había descolgado por la hiedra, pues podíamos ver las marcas de sus pies donde había aterrizado en el césped. Su bicicleta se guardaba en un pequeño cobertizo junto a este césped, y también había desaparecido.

—Había estado conmigo durante dos años y llegó con las mejores referencias, pero era un hombre silencioso y hosco, no muy popular ni entre los maestros ni entre los niños. No se pudo encontrar rastro de los fugitivos, y ahora, el jueves por la mañana, somos tan ignorantes como lo éramos el martes. Por supuesto, se hicieron averiguaciones de inmediato en Holdernesse Hall. Está a solo unos kilómetros de distancia, y pensamos que, en algún ataque repentino de nostalgia, había regresado con su padre, pero no se había oído nada de él. El duque está muy agitado y, en cuanto a mí, ustedes mismos han visto el estado de postración nerviosa al que el suspenso y la responsabilidad me han reducido. Señor Holmes, si alguna vez ha desplegado todas sus facultades, le imploro que lo haga ahora, pues nunca en su vida podría tener un caso que sea más digno de ellas.

Sherlock Holmes había escuchado con la mayor atención la declaración del infeliz director de escuela. Sus cejas fruncidas y el profundo surco entre ellas mostraban que no necesitaba exhortación para concentrar toda su atención en un problema que, aparte de los tremendos intereses involucrados, debía apelar tan directamente a su amor por lo complejo y lo inusual. Ahora sacó su cuaderno y anotó uno o dos memorandos.

—Ha sido muy negligente al no acudir a mí antes —dijo severamente—. Me inicia en mi investigación con una desventaja muy seria. Es inconcebible, por ejemplo, que esta hiedra y este césped no hubieran rendido nada a un observador experto.

—No tengo la culpa, señor Holmes. Su Gracia deseaba extremadamente evitar todo escándalo público. Temía que su infelicidad familiar fuera arrastrada ante el mundo. Tiene un profundo horror a cualquier cosa por el estilo.

—¿Pero ha habido alguna investigación oficial?

—Sí, señor, y ha resultado muy decepcionante. Se obtuvo de inmediato una pista aparente, ya que se informó que un niño y un joven habían sido vistos saliendo de una estación vecina en un tren temprano. Solo anoche recibimos noticias de que la pareja había sido localizada en Liverpool, y resulta que no tienen conexión alguna con el asunto en cuestión. Entonces fue cuando, en mi desesperación y decepción, tras una noche sin dormir, vine directamente a usted en el tren temprano.

—Supongo que la investigación local se relajó mientras se seguía esta pista falsa.

—Se abandonó por completo.

—De modo que se han desperdiciado tres días. El asunto ha sido manejado de manera deplorable.

—Lo siento y lo admito.

—Y, sin embargo, el problema debería ser capaz de una solución definitiva. Estaré muy feliz de examinarlo. ¿Ha sido capaz de rastrear alguna conexión entre el niño desaparecido y este maestro de alemán?

—Ninguna en absoluto.

—¿Estaba en la clase del maestro?

—No, nunca intercambió una palabra con él, que yo sepa.

—Eso es ciertamente muy singular. ¿Tenía el niño una bicicleta?

—No.

—¿Faltaba alguna otra bicicleta?

—No.

—¿Es eso seguro?

—Totalmente.

—Bien, ahora, ¿no querrá sugerir seriamente que este alemán se fue en bicicleta en mitad de la noche, llevando al niño en sus brazos?

—Ciertamente no.

—Entonces, ¿cuál es la teoría en su mente?

—La bicicleta puede haber sido un señuelo. Puede haber sido escondida en algún lugar y la pareja haberse ido a pie.

—Exactamente, pero parece un señuelo bastante absurdo, ¿no es así? ¿Había otras bicicletas en este cobertizo?

—Varias.

—¿No habría escondido un par, si hubiera deseado dar la idea de que se habían ido en ellas?

—Supongo que sí.

—Por supuesto que lo haría. La teoría del señuelo no sirve. Pero el incidente es un punto de partida admirable para una investigación. Después de todo, una bicicleta no es algo fácil de ocultar o destruir. Otra pregunta: ¿alguien vino a ver al niño el día antes de que desapareciera?

—No.

—¿Recibió alguna carta?

—Sí, una carta.

—¿De quién?

—De su padre.

—¿Abre usted las cartas de los niños?

—No.

—¿Cómo sabe que era del padre?

—El escudo de armas estaba en el sobre, y estaba dirigida con la peculiar letra rígida del duque. Además, el duque recuerda haber escrito.

—¿Cuándo tuvo una carta antes de esa?

—No desde hacía varios días.

—¿Tuvo alguna vez una de Francia?

—No, nunca.

—Ve el punto de mis preguntas, por supuesto. O el niño fue llevado por la fuerza o se fue por su propia voluntad. En este último caso, uno esperaría que se necesitara algún estímulo desde fuera para hacer que un niño tan pequeño hiciera tal cosa. Si no ha tenido visitas, ese estímulo debe haber venido en cartas; de ahí que trate de averiguar quiénes eran sus corresponsales.

—Me temo que no puedo ayudarle mucho. Su único corresponsal, hasta donde yo sé, era su propio padre.

—Quien le escribió el mismo día de su desaparición. ¿Eran las relaciones entre padre e hijo muy amistosas?

—Su Gracia nunca es muy amistoso con nadie. Está completamente inmerso en grandes cuestiones públicas y es bastante inaccesible a todas las emociones ordinarias. Pero siempre fue amable con el niño a su manera.

—¿Pero las simpatías de este último estaban con la madre?

—Sí.

—¿Lo dijo él?

—No.

—¿El duque, entonces?

—¡Cielo santo, no!

—Entonces, ¿cómo podría saberlo?

—He tenido algunas charlas confidenciales con el señor James Wilder, el secretario de su Gracia. Fue él quien me dio la información sobre los sentimientos de Lord Saltire.

—Ya veo. Por cierto, esa última carta del duque, ¿fue encontrada en la habitación del niño después de que se fuera?

—No, se la había llevado con él. Creo, señor Holmes, que es hora de que nos vayamos hacia Euston.

«Pediré un coche de caballos. En un cuarto de hora estaremos a su disposición. Si piensa enviar un telegrama a casa, Sr. Huxtable, sería conveniente dejar que la gente de su entorno imagine que la investigación continúa en Liverpool, o dondequiera que esa pista falsa haya llevado a su jauría. Mientras tanto, haré un poco de trabajo silencioso en su propia puerta, y tal vez el rastro no esté tan frío como para que dos viejos sabuesos como Watson y yo no podamos olfatearlo».

Aquella tarde nos encontramos en el frío y tonificante ambiente de la región de Peak, donde se sitúa la famosa escuela del Dr. Huxtable. Ya había oscurecido cuando llegamos. Había una tarjeta sobre la mesa del vestíbulo y el mayordomo susurró algo a su amo, quien se volvió hacia nosotros con agitación en cada uno de sus pesados rasgos.

«El duque está aquí», dijo. «El duque y el Sr. Wilder están en el estudio. Vengan, caballeros, y se los presentaré».

Yo estaba, por supuesto, familiarizado con las imágenes del famoso estadista, pero el hombre en persona era muy distinto de su representación. Era una persona alta y majestuosa, vestido escrupulosamente, con un rostro delgado y contraído, y una nariz grotescamente larga y curvada. Su tez era de una palidez mortal, lo que resultaba más sorprendente al contrastar con una larga y rala barba de un rojo vivo, que caía sobre su chaleco blanco dejando ver su cadena de reloj reluciendo a través de su franja. Tal era la majestuosa presencia que nos miraba con frialdad desde el centro de la alfombra de la chimenea del Dr. Huxtable. A su lado estaba un hombre muy joven, a quien entendí que era Wilder, el secretario privado. Era pequeño, nervioso, alerta, con inteligentes ojos azul claro y rasgos móviles. Fue él quien, de inmediato, en un tono incisivo y positivo, abrió la conversación.

«He venido esta mañana, Dr. Huxtable, demasiado tarde para evitar que partiera hacia Londres. Me enteré de que su objetivo era invitar al Sr. Sherlock Holmes a hacerse cargo de este caso. Su Gracia está sorprendido, Dr. Huxtable, de que haya dado tal paso sin consultarle».

«Cuando me enteré de que la policía había fracasado...»

«Su Gracia no está de ninguna manera convencido de que la policía haya fracasado».

«Pero, ciertamente, Sr. Wilder...»

«Usted sabe bien, Dr. Huxtable, que a Su Gracia le preocupa particularmente evitar todo escándalo público. Prefiere confiar en el menor número de personas posible».

«El asunto puede remediarse fácilmente», dijo el intimidado doctor; «el Sr. Sherlock Holmes puede regresar a Londres en el tren de la mañana».

«Difícilmente eso, doctor, difícilmente eso», dijo Holmes con su voz más suave. «Este aire del norte es vigorizante y agradable, así que propongo pasar unos días en sus páramos y ocupar mi mente lo mejor que pueda. Si cuento con el refugio de su techo o el de la posada del pueblo, es, por supuesto, algo que usted debe decidir».

Pude ver que el desafortunado doctor estaba en la última etapa de la indecisión, de la cual fue rescatado por la voz profunda y sonora del duque de barba roja, que retumbó como un gong de cena.

«Estoy de acuerdo con el Sr. Wilder, Dr. Huxtable, en que habría hecho bien en consultarme. Pero puesto que el Sr. Holmes ya ha sido puesto al corriente, sería en verdad absurdo que no aprovecháramos sus servicios. Lejos de ir a la posada, Sr. Holmes, me complacería que viniera a alojarse conmigo en Holdernesse Hall».

«Agradezco a su Gracia. Para los fines de mi investigación, creo que sería más prudente que permaneciera en el lugar del misterio».

«Como usted guste, Sr. Holmes. Cualquier información que el Sr. Wilder o yo podamos darle está, por supuesto, a su disposición».

«Probablemente será necesario que le vea en el Hall», dijo Holmes. «Solo le pediría ahora, señor, si ha formado alguna explicación en su propia mente sobre la misteriosa desaparición de su hijo».

«No, señor, no la he formado».

«Disculpe si aludo a lo que le resulta doloroso, pero no tengo alternativa. ¿Cree usted que la duquesa tuvo algo que ver con el asunto?»

El gran ministro mostró una notable vacilación.

«No lo creo», dijo, finalmente.

«La otra explicación más obvia es que el niño haya sido secuestrado con el fin de exigir un rescate. ¿No ha tenido ninguna demanda de ese tipo?»

«No, señor».

«Una pregunta más, su Gracia. Tengo entendido que escribió a su hijo el día en que ocurrió este incidente».

«No, escribí el día anterior».

«Exacto. ¿Pero la recibió ese mismo día?»

«Sí».

«¿Había algo en su carta que pudiera haberlo desequilibrado o inducido a dar tal paso?»

«No, señor, ciertamente no».

«¿Echó usted mismo esa carta al correo?»

La respuesta del noble fue interrumpida por su secretario, que intervino con cierta vehemencia.

«Su Gracia no tiene la costumbre de echar las cartas él mismo», dijo. «Esta carta fue puesta junto con otras sobre la mesa del estudio, y yo mismo las puse en el saco de correo».

«¿Está seguro de que esta estaba entre ellas?»

«Sí, me fijé en ella».

«¿Cuántas cartas escribió su Gracia ese día?»

«Veinte o treinta. Tengo una numerosa correspondencia. Pero, ¿no es esto algo irrelevante?»

«No del todo», dijo Holmes.

«Por mi parte», continuó el duque, «he aconsejado a la policía que dirija su atención al sur de Francia. Ya he dicho que no creo que la duquesa alentara una acción tan monstruosa, pero el muchacho tenía opiniones muy erróneas, y es posible que haya huido hacia ella, ayudado y secundado por este alemán. Creo, Dr. Huxtable, que ahora regresaremos al Hall».

Pude ver que había otras preguntas que Holmes habría deseado formular, pero los modales bruscos del noble indicaron que la entrevista había terminado. Era evidente que para su naturaleza intensamente aristocrática esta discusión sobre sus asuntos familiares íntimos con un extraño resultaba de lo más aborrecible, y que temía que cada nueva pregunta arrojara una luz más intensa sobre los rincones discretamente sombreados de su historia ducal.

Cuando el noble y su secretario se marcharon, mi amigo se lanzó de inmediato con su característico entusiasmo a la investigación.

La habitación del niño fue cuidadosamente examinada y no dio más resultado que la absoluta convicción de que solo a través de la ventana podría haber escapado. La habitación y los efectos del maestro alemán no proporcionaron ninguna pista adicional. En su caso, un sarmiento de hiedra había cedido bajo su peso, y vimos a la luz de una linterna la marca en el césped donde sus talones habían aterrizado. Esa única hendidura en la hierba corta y verde era el único testigo material que quedaba de esta inexplicable huida nocturna.

Sherlock Holmes salió solo de la casa y no regresó hasta después de las once. Había conseguido un mapa topográfico grande de los alrededores, y lo trajo a mi habitación, donde lo extendió sobre la cama y, tras equilibrar la lámpara en medio, comenzó a fumar sobre él, señalando ocasionalmente objetos de interés con la humeante boquilla de su pipa.

«Este caso me atrae, Watson», dijo. «Hay, sin duda, algunos puntos de interés en relación con él. En esta etapa temprana, quiero que te des cuenta de las características geográficas que pueden tener mucho que ver con nuestra investigación».

«Mira este mapa. Este cuadrado oscuro es la Escuela Priory. Pondré un alfiler en él. Ahora, esta línea es la carretera principal. Ves que discurre de este a oeste pasando por la escuela, y ves también que no hay camino lateral en una milla hacia ambos lados. Si estas dos personas se fueron por carretera, fue por esta carretera».

«Exacto».

«Por un singular y feliz azar, podemos hasta cierto punto comprobar lo que pasó por esta carretera durante la noche en cuestión. En este punto, donde descansa ahora mi pipa, un agente de policía del condado estuvo de servicio desde las doce hasta las seis. Es, como puedes ver, el primer cruce de caminos en el lado este. Este hombre declara que no se ausentó de su puesto ni un instante, y está convencido de que ni niño ni hombre podrían haber pasado por allí sin ser vistos. He hablado con este policía esta noche y me parece una persona perfectamente fiable. Eso bloquea este extremo. Ahora tenemos que ocuparnos del otro. Hay una posada aquí, el Toro Rojo, cuya propietaria estaba enferma. Había enviado a Mackleton a buscar a un médico, pero no llegó hasta la mañana, al estar ausente en otro caso. La gente de la posada estuvo alerta toda la noche, esperando su llegada, y uno u otro parece haber tenido continuamente un ojo puesto en la carretera. Declaran que nadie pasó. Si su testimonio es bueno, entonces tenemos la suerte de poder bloquear el oeste, y también de poder decir que los fugitivos no utilizaron la carretera en absoluto».

«¿Pero la bicicleta?», objeté.

«Cierto. Llegaremos a la bicicleta en un momento. Para continuar nuestro razonamiento: si estas personas no fueron por la carretera, deben haber atravesado el campo al norte de la casa o al sur de la casa. Eso es seguro. Pesemos uno contra el otro. Al sur de la casa hay, como puedes ver, un gran distrito de tierras de cultivo, dividido en pequeños campos, con muros de piedra entre ellos. Ahí, admito que una bicicleta es imposible. Podemos descartar la idea. Nos volvemos hacia el campo al norte. Aquí se encuentra una arboleda, marcada como 'Ragged Shaw', y al otro lado se extiende un gran páramo ondulado, Lower Gill Moor, que se extiende diez millas y se inclina gradualmente hacia arriba. Aquí, a un lado de este desierto, está Holdernesse Hall, a diez millas por carretera, pero solo a seis a través del páramo. Es una llanura peculiarmente desolada. Unos pocos granjeros del páramo tienen pequeñas propiedades, donde crían ovejas y ganado. Excepto ellos, el avefría y el chorlito son los únicos habitantes hasta llegar a la carretera principal de Chesterfield. Hay una iglesia allí, ves, unas pocas casas de campo y una posada. Más allá, las colinas se vuelven escarpadas. Sin duda es aquí, al norte, donde debe residir nuestra búsqueda».

«¿Pero la bicicleta?», insistí.

«¡Bien, bien!», dijo Holmes, con impaciencia. «Un buen ciclista no necesita una carretera principal. El páramo está surcado de caminos, y la luna estaba llena. ¡Hola! ¿Qué es esto?»

Hubo un golpe agitado en la puerta, y un instante después el Dr. Huxtable estaba en la habitación. En su mano sostenía una gorra de críquet azul con un galón blanco en la visera.

«¡Al fin tenemos una pista!», gritó. «¡Gracias al cielo! ¡Al fin estamos en la pista del querido muchacho! Es su gorra».

«¿Dónde fue encontrada?»

«En la caravana de los gitanos que acamparon en el páramo. Se fueron el martes. Hoy la policía los localizó y examinó su caravana. Esto fue encontrado».

«¿Cómo explican ellos esto?»

«Se escabulleron y mintieron: dijeron que la encontraron en el páramo el martes por la mañana. ¡Saben dónde está, los sinvergüenzas! Gracias a Dios, todos están a buen recaudo bajo llave. Ya sea por el miedo a la ley o por la bolsa del duque, sin duda obtendremos de ellos todo lo que saben».

«Hasta aquí todo bien», dijo Holmes, cuando el doctor hubo dejado finalmente la habitación. «Al menos confirma la teoría de que es en el lado de Lower Gill Moor donde debemos esperar resultados. La policía realmente no ha hecho nada a nivel local, salvo el arresto de estos gitanos. ¡Mira, Watson! Hay un curso de agua a través del páramo. Lo ves marcado aquí en el mapa. En algunas partes se ensancha en un pantano. Esto es particularmente así en la región entre Holdernesse Hall y la escuela. Es en vano buscar huellas en otro lugar con este clima seco, pero en ese punto existe ciertamente una posibilidad de que haya quedado algún registro. Te llamaré temprano mañana por la mañana, y tú y yo intentaremos arrojar algo de luz sobre el misterio».

El día apenas estaba amaneciendo cuando me desperté para encontrar la larga y delgada figura de Holmes junto a mi cama. Estaba completamente vestido y aparentemente ya había salido.

«He revisado el césped y el cobertizo de las bicicletas», dijo. «También he dado un vistazo por Ragged Shaw. Ahora, Watson, hay cacao listo en la habitación de al lado. Debo rogarte que te des prisa, pues tenemos un gran día por delante».

Sus ojos brillaban y sus mejillas estaban encendidas por el regocijo del maestro artesano que ve su obra lista ante sí. Un Holmes muy diferente, este hombre activo y alerta, del soñador introspectivo y pálido de Baker Street. Sentí, al mirar esa figura flexible, viva con energía nerviosa, que era, en efecto, un día extenuante el que nos esperaba.

Y, sin embargo, comenzó con la mayor decepción. Con grandes esperanzas cruzamos el páramo de turba y rojizo, surcado por mil senderos de ovejas, hasta llegar a la ancha franja de color verde claro que marcaba el pantano entre nosotros y Holdernesse. Ciertamente, si el muchacho se hubiera dirigido a casa, habría tenido que pasar por aquí, y no podría haberlo hecho sin dejar sus rastros. Pero no se veía rastro de él ni del alemán. Con el rostro oscurecido, mi amigo caminó a lo largo del margen, observando con avidez cada mancha de barro sobre la superficie cubierta de musgo. Había marcas de ovejas en abundancia, y en un lugar, unas millas más abajo, las vacas habían dejado sus huellas. Nada más.

«Primer obstáculo», dijo Holmes, mirando sombríamente la extensión ondulada del páramo. «Hay otro pantano allá abajo, y un estrecho pasaje entre ambos. ¡Hola! ¡hola! ¡hola! ¿qué tenemos aquí?»

Habíamos llegado a una pequeña cinta negra de sendero. En medio de ella, claramente marcada en el suelo empapado, estaba la huella de una bicicleta.

«¡Hurra!», grité. «Lo tenemos».

Pero Holmes negaba con la cabeza, y su rostro estaba desconcertado y expectante más que alegre.

«Una bicicleta, ciertamente, pero no la bicicleta», dijo. «Estoy familiarizado con cuarenta y dos impresiones diferentes dejadas por neumáticos. Este, como puedes ver, es un Dunlop, con un parche en la cubierta exterior. Los neumáticos de Heidegger eran Palmer, dejando rayas longitudinales. Aveling, el profesor de matemáticas, estaba seguro al respecto. Por lo tanto, no es la huella de Heidegger».

«¿La del muchacho, entonces?»

«Posiblemente, si pudiéramos probar que hubiera tenido una bicicleta en su posesión. Pero en eso hemos fracasado por completo. Esta huella, como puedes ver, fue hecha por un ciclista que iba en la dirección de la escuela».

«¿O hacia ella?»

«No, no, mi querido Watson. La impresión más profundamente hundida es, por supuesto, la de la rueda trasera, sobre la que descansa el peso. Observas varios lugares donde ha pasado por encima y ha borrado la marca más superficial de la delantera. Indudablemente se dirigía lejos de la escuela. Puede o no estar conectada con nuestra investigación, pero la seguiremos hacia atrás antes de ir más lejos».

Así lo hicimos, y al final de unos cientos de yardas perdimos las huellas al emerger de la parte pantanosa del páramo. Siguiendo el camino hacia atrás, encontramos otro punto donde un manantial goteaba a través de él. Aquí, una vez más, estaba la marca de la bicicleta, aunque casi borrada por los cascos de las vacas. Después de eso no hubo señal, pero el camino corría directamente hacia Ragged Shaw, el bosque que respaldaba la escuela. Desde este bosque debe haber surgido la bicicleta. Holmes se sentó en una roca y apoyó la barbilla en las manos. Había fumado dos cigarrillos antes de que se moviera.

«Bien, bien», dijo, al fin. «Es, por supuesto, posible que un hombre astuto pueda cambiar los neumáticos de su bicicleta para dejar huellas desconocidas. Un criminal capaz de tal pensamiento es un hombre con el que estaría orgulloso de hacer negocios. Dejaremos esta cuestión indecisa y volveremos a nuestro pantano, pues hemos dejado mucho sin explorar».

Continuamos nuestro estudio sistemático del borde de la parte empapada del páramo, y pronto nuestra perseverancia fue recompensada gloriosamente. Justo a través de la parte inferior del pantano yacía un camino fangoso. Holmes dio un grito de alegría al acercarse a él. Una impresión como un fino manojo de cables telegráficos corría por el centro. Eran los neumáticos Palmer.

«¡Aquí está Herr Heidegger, sin duda!», gritó Holmes, con júbilo. «Mi razonamiento parece haber sido bastante sólido, Watson».

«Te felicito».

«Pero tenemos un largo camino por recorrer todavía. Por favor, camina lejos del camino. Ahora sigamos el rastro. Me temo que no llegará muy lejos».

Sin embargo, descubrimos, a medida que avanzábamos, que esta parte del páramo está surcada de parches blandos, y, aunque frecuentemente perdimos de vista la huella, siempre logramos recogerla una vez más.

«¿Observas», dijo Holmes, «que el ciclista está ahora indudablemente forzando el ritmo? No puede haber duda de ello. Mira esta impresión, donde obtienes ambos neumáticos claramente. Uno es tan profundo como el otro. Eso solo puede significar que el ciclista está volcando su peso sobre el manillar, como hace un hombre cuando está esprintando. ¡Por Júpiter! ha tenido una caída».

Había una mancha ancha e irregular cubriendo algunos metros de la pista. Luego hubo unas pocas huellas de pies, y el neumático reapareció una vez más.

«Un deslizamiento lateral», sugerí.

Holmes levantó una rama arrugada de aulaga en flor. Para mi horror, percibí que las flores amarillas estaban todas manchadas de carmesí. En el camino, también, y entre el brezo había manchas oscuras de sangre coagulada.

«¡Mal!», dijo Holmes. «¡Mal! ¡Apártate, Watson! ¡Ni un paso innecesario! ¿Qué leo aquí? Cayó herido; se levantó; volvió a montar; continuó. Pero no hay otra huella. Ganado en este camino lateral. ¿Seguramente no fue corneado por un toro? ¡Imposible! Pero no veo rastros de nadie más. Debemos seguir adelante, Watson. Seguramente, con manchas además de la huella para guiarnos, no puede escapársenos ahora».

Nuestra búsqueda no fue muy larga. Las huellas del neumático comenzaron a curvarse fantásticamente sobre el camino húmedo y brillante. De repente, mientras miraba hacia adelante, el destello del metal captó mi ojo entre los espesos arbustos de aulagas. De ellos arrastramos una bicicleta, de neumáticos Palmer, con un pedal doblado y todo el frontal horriblemente manchado y salivado de sangre. Al otro lado de los arbustos, un zapato sobresalía. Corrimos alrededor, y allí yacía el desafortunado ciclista. Era un hombre alto, de barba completa, con gafas, de las cuales un cristal había sido arrancado. La causa de su muerte fue un golpe terrible en la cabeza, que había aplastado parte de su cráneo. Que pudiera haber continuado después de recibir tal herida decía mucho de la vitalidad y el coraje del hombre. Llevaba zapatos, pero no calcetines, y su abrigo abierto revelaba un camisón debajo. Era, sin duda, el maestro alemán.

Holmes dio la vuelta al cuerpo con reverencia y lo examinó con gran atención. Luego se sentó en profunda meditación durante un tiempo, y pude ver por su frente arrugada que este sombrío descubrimiento no había, en su opinión, avanzado mucho en nuestra investigación.

«Es un poco difícil saber qué hacer, Watson», dijo, al fin. «Mis propias inclinaciones son seguir adelante con esta investigación, pues ya hemos perdido tanto tiempo que no podemos permitirnos desperdiciar otra hora. Por otro lado, estamos obligados a informar a la policía del hallazgo y asegurarnos de que el cuerpo de este pobre hombre sea atendido».

«Podría llevar una nota de vuelta».

«Pero necesito tu compañía y ayuda. ¡Espera un poco! Hay un tipo cortando turba allí arriba. Tráelo aquí, y guiará a la policía».

Traje al campesino, y Holmes despachó al hombre asustado con una nota para el Dr. Huxtable.

«Ahora, Watson», dijo él, «hemos recogido dos pistas esta mañana. Una es la bicicleta con el neumático Palmer, y ya vemos a dónde nos ha llevado. La otra es la bicicleta con el Dunlop parcheado. Antes de que empecemos a investigar eso, tratemos de comprender lo que sí sabemos, para así aprovecharlo al máximo y separar lo esencial de lo accidental».

«En primer lugar, quiero recalcarle que el muchacho ciertamente se marchó por su propia voluntad. Bajó por su ventana y se fue, ya sea solo o con alguien. Eso es seguro».

Yo asentí.

«Bueno, ahora, pasemos a este desafortunado maestro alemán. El chico estaba completamente vestido cuando huyó. Por lo tanto, previó lo que iba a hacer. Pero el alemán se fue sin sus calcetines. Ciertamente actuó con muy poca antelación».

«Indudablemente».

«¿Por qué fue? Porque, desde la ventana de su dormitorio, vio la huida del chico, porque deseaba alcanzarlo y traerlo de vuelta. Tomó su bicicleta, persiguió al muchacho y, al perseguirlo, encontró la muerte».

«Así parecería».

«Ahora llego a la parte crítica de mi argumento. La acción natural de un hombre al perseguir a un niño pequeño sería correr tras él. Sabría que podría alcanzarlo. Pero el alemán no lo hace. Se dirige a su bicicleta. Me han dicho que era un ciclista excelente. No haría esto si no viera que el chico tenía algún medio rápido de escape».

«La otra bicicleta».

«Continuemos nuestra reconstrucción. Encuentra la muerte a cinco millas de la escuela; no por una bala, fíjese, que incluso un muchacho podría concebiblemente disparar, sino por un golpe salvaje propinado por un brazo vigoroso. El muchacho, entonces, tenía un compañero en su huida. Y la huida fue rápida, ya que tomó cinco millas antes de que un ciclista experto pudiera alcanzarlos. Sin embargo, observamos el terreno alrededor de la escena de la tragedia. ¿Qué encontramos? Unas cuantas huellas de ganado, nada más. Di una amplia vuelta por los alrededores y no hay sendero en cincuenta yardas a la redonda. Otro ciclista no podría haber tenido nada que ver con el asesinato en sí, ni había huellas de pies humanos».

«Holmes», exclamé, «esto es imposible».

«¡Admirable!», dijo. «Una observación de lo más esclarecedora. Es imposible tal como lo planteo, y por lo tanto, debo haberlo planteado mal en algún aspecto. Sin embargo, usted mismo lo vio. ¿Puede sugerir alguna falacia?»

«¿No podría haberse fracturado el cráneo en una caída?»

«¿En un pantano, Watson?»

«Estoy en un callejón sin salida».

«Bah, bah, hemos resuelto problemas peores. Al menos tenemos material de sobra, si tan solo podemos usarlo. Venga, pues, y, habiendo agotado el Palmer, veamos qué tiene que ofrecernos el Dunlop con la cubierta parcheada».

Recogimos el rastro y lo seguimos durante cierta distancia, pero pronto el páramo se elevó en una larga curva cubierta de brezo, y dejamos atrás el curso de agua. No se podía esperar más ayuda de las huellas. En el punto donde vimos el último rastro del neumático Dunlop, este podría haber llevado igualmente a Holdernesse Hall, cuyas majestuosas torres se alzaban a unas millas a nuestra izquierda, o a un pueblo bajo y gris que se extendía frente a nosotros y marcaba la posición del camino real de Chesterfield.

Al acercarnos a la prohibida y sórdida posada, con el cartel de un gallo de pelea sobre la puerta, Holmes dio un gemido repentino y me agarró por el hombro para evitar caerse. Había sufrido uno de esos violentos esguinces de tobillo que dejan a un hombre indefenso. Con dificultad, cojeó hasta la puerta, donde un hombre corpulento, moreno y de edad avanzada estaba fumando una pipa de arcilla negra.

«¿Cómo está, Sr. Reuben Hayes?», dijo Holmes.

«¿Quién es usted y cómo sabe mi nombre con tanta precisión?», respondió el campesino, con un destello sospechoso en un par de ojos astutos.

«Bueno, está impreso en el cartel sobre su cabeza. Es fácil reconocer a un hombre que es dueño de su propia casa. Supongo que no tendrá algo así como un carruaje en sus establos, ¿verdad?»

«No, no lo tengo».

«Apenas puedo apoyar el pie en el suelo».

«No lo apoye en el suelo».

«Pero no puedo caminar».

«Bueno, entonces dé saltitos».

Los modales del Sr. Reuben Hayes estaban lejos de ser amables, pero Holmes los tomó con un buen humor admirable.

«Mire, buen hombre», dijo él. «Esto es realmente un apuro bastante incómodo para mí. No me importa cómo pueda continuar».

«A mí tampoco», dijo el hosco posadero.

«El asunto es muy importante. Le ofrecería un soberano por el uso de una bicicleta».

El posadero aguzó los oídos.

«¿A dónde quiere ir?»

«A Holdernesse Hall».

«Amigos del Duque, supongo», dijo el posadero, examinando nuestras ropas manchadas de barro con ojos irónicos.

Holmes rió bondadosamente.

«Se alegrará de vernos, de todos modos».

«¿Por qué?»

«Porque le traemos noticias de su hijo perdido».

El posadero dio un sobresalto muy visible.

«¿Qué, están tras su rastro?»

«Se ha sabido de él en Liverpool. Esperan atraparlo a cada hora».

De nuevo, un cambio rápido pasó sobre la cara pesada y sin afeitar. Sus modales fueron repentinamente afables.

«Tengo menos motivos para desearle el bien al Duque que la mayoría de los hombres», dijo, «pues fui jefe de cocheros una vez, y me trató cruelmente mal. Fue él quien me despidió sin referencias por la palabra de un mentiroso vendedor de grano. Pero me alegra saber que el joven lord ha sido visto en Liverpool, y les ayudaré a llevar la noticia al Hall».

«Gracias», dijo Holmes. «Primero comeremos algo. Luego podrá traer la bicicleta».

«No tengo bicicleta».

Holmes sostuvo un soberano.

«Le digo, hombre, que no tengo ninguna. Le dejaré dos caballos hasta el Hall».

«Bien, bien», dijo Holmes, «hablaremos de ello cuando hayamos comido algo».

Cuando nos dejaron solos en la cocina de suelo de piedra, fue sorprendente lo rápido que se recuperó aquel tobillo torcido. Ya estaba casi anocheciendo y no habíamos comido nada desde temprano en la mañana, por lo que dedicamos algún tiempo a nuestra comida. Holmes estaba sumido en sus pensamientos, y una o dos veces caminó hacia la ventana y miró intensamente hacia afuera. Daba a un patio sórdido. En el rincón más alejado había una herrería, donde un muchacho mugriento trabajaba. Al otro lado estaban los establos. Holmes se había vuelto a sentar tras una de estas excursiones, cuando de repente saltó de su silla con una exclamación sonora.

«¡Por el cielo, Watson, creo que lo tengo!», gritó. «Sí, sí, debe ser así. Watson, ¿recuerda haber visto huellas de vaca hoy?»

«Sí, varias».

«¿Dónde?»

«Bueno, en todas partes. Estaban en el pantano, y otra vez en el camino, y de nuevo cerca de donde el pobre Heidegger encontró la muerte».

«Exactamente. Bueno, ahora, Watson, ¿cuántas vacas vio en el páramo?»

«No recuerdo haber visto ninguna».

«Extraño, Watson, que veamos huellas a lo largo de toda nuestra ruta, pero ni una sola vaca en todo el páramo. Muy extraño, Watson, ¿eh?»

«Sí, es extraño».

«Ahora, Watson, haga un esfuerzo, recupere la memoria. ¿Puede ver esas huellas en el camino?»

«Sí, puedo».

«¿Puede recordar que las huellas a veces eran así, Watson» —arregló varias migas de pan de esta manera—: : : : :—«y a veces así»—: . : . : . : .—«y ocasionalmente así»—:. . . . . . «¿Puede recordar eso?»

«No, no puedo».

«Pero yo sí. Podría jurarlo. Sin embargo, volveremos con calma y lo verificaremos. Qué escarabajo ciego he sido por no sacar mi conclusión».

«¿Y cuál es su conclusión?»

«Solo que es una vaca notable la que camina, trota y galopa. ¡Por Jorge! Watson, no fue el cerebro de un tabernero de campo el que pensó en un engaño así. La costa parece estar despejada, salvo por ese muchacho en la herrería. Salgamos a escondidas y veamos qué podemos ver».

Había dos caballos de pelo áspero y desaliñados en el establo en ruinas. Holmes levantó la pata trasera de uno de ellos y se rió en voz alta.

«Herraduras viejas, pero recién puestas; herraduras viejas, pero clavos nuevos. Este caso merece ser un clásico. Vayamos a la herrería».

El muchacho continuó su trabajo sin mirarnos. Vi los ojos de Holmes escudriñando a derecha e izquierda entre el desorden de hierro y madera que estaba esparcido por el suelo. De repente, sin embargo, oímos un paso detrás de nosotros, y allí estaba el posadero, con sus cejas espesas fruncidas sobre sus ojos salvajes, sus facciones oscuras convulsionadas por la pasión. Sostenía un palo corto con cabeza de metal en la mano, y avanzó de una manera tan amenazante que me alegré mucho de sentir el revólver en mi bolsillo.

«¡Malditos espías!», gritó el hombre. «¿Qué están haciendo ahí?»

«Vaya, Sr. Reuben Hayes», dijo Holmes con calma, «uno podría pensar que tiene miedo de que descubramos algo».

El hombre se dominó con un esfuerzo violento, y su boca sombría se relajó en una risa falsa, que era más amenazante que su ceño fruncido.

«Son bienvenidos a todo lo que puedan encontrar en mi herrería», dijo. «Pero escuche, señor, no me gusta que la gente curiosee por mi establecimiento sin mi permiso, así que cuanto antes paguen su cuenta y se vayan de aquí, mejor me sentiré».

«Está bien, Sr. Hayes, no pretendíamos hacer daño», dijo Holmes. «Hemos estado echando un vistazo a sus caballos, pero creo que caminaré, después de todo. No está lejos, creo».

«No más de dos millas hasta las puertas del Hall. Ese es el camino a la izquierda». Nos observó con ojos hoscos hasta que salimos de su propiedad.

No avanzamos mucho por el camino, pues Holmes se detuvo en el instante en que la curva nos ocultó de la vista del posadero.

«Estábamos cerca, como dicen los niños, en esa posada», dijo él. «Parece que me enfrío más a cada paso que me alejo de ella. No, no, no puedo dejarlo así».

«Estoy convencido», dije, «de que este Reuben Hayes sabe todo al respecto. Nunca vi un villano más evidente».

«¡Oh! ¿Le impresionó de esa manera, eh? Ahí están los caballos, ahí está la herrería. Sí, es un lugar interesante, este Gallo de Pelea. Creo que le echaremos otro vistazo de una manera discreta».

Una larga ladera inclinada, salpicada de rocas grises de piedra caliza, se extendía detrás de nosotros. Nos habíamos desviado del camino y estábamos subiendo la colina cuando, mirando en dirección a Holdernesse Hall, vi a un ciclista que venía rápidamente.

«¡Agáchese, Watson!», gritó Holmes, con una mano pesada sobre mi hombro. Apenas nos habíamos ocultado cuando el hombre pasó volando junto a nosotros por el camino. En medio de una nube de polvo, vislumbré un rostro pálido y agitado; un rostro con horror en cada facción, la boca abierta, los ojos mirando salvajemente al frente. Era como una extraña caricatura del elegante James Wilder que habíamos visto la noche anterior.

«¡El secretario del Duque!», gritó Holmes. «Vamos, Watson, veamos qué hace».

Escalamos de roca en roca hasta que, en pocos momentos, llegamos a un punto desde el que podíamos ver la puerta principal de la posada. La bicicleta de Wilder estaba apoyada contra la pared a su lado. Nadie se movía por la casa, ni pudimos vislumbrar rostros en las ventanas. Lentamente, el crepúsculo descendió a medida que el sol se hundía tras las altas torres de Holdernesse Hall. Luego, en la penumbra, vimos encenderse las dos lámparas laterales de un carruaje en el patio de los establos de la posada, y poco después oímos el traqueteo de los cascos, mientras salía a toda velocidad hacia el camino y partía a un ritmo furioso en dirección a Chesterfield.

«¿Qué deduce de eso, Watson?», susurró Holmes.

«Parece una huida».

«Un solo hombre en un carruaje de dos ruedas, por lo que pude ver. Bueno, ciertamente no era el Sr. James Wilder, porque ahí está él en la puerta».

Un cuadrado de luz roja había brotado de la oscuridad. En medio de él estaba la figura negra del secretario, con la cabeza adelantada, escudriñando la noche. Era evidente que esperaba a alguien. Entonces, finalmente, hubo pasos en el camino, una segunda figura fue visible por un instante contra la luz, la puerta se cerró y todo volvió a estar negro. Cinco minutos después se encendió una lámpara en una habitación del primer piso.

«Parece ser una clase curiosa de clientela la que atiende el Gallo de Pelea», dijo Holmes.

«El bar está al otro lado».

«Ciertamente. Estos son lo que uno podría llamar los huéspedes privados. Ahora, ¿qué rayos hace el Sr. James Wilder en esa guarida a esta hora de la noche, y quién es el compañero que viene a reunirse con él allí? Venga, Watson, realmente debemos correr un riesgo e intentar investigar esto un poco más de cerca».

Juntos nos deslizamos hacia el camino y nos arrastramos hasta la puerta de la posada. La bicicleta seguía apoyada contra la pared. Holmes encendió una cerilla y la acercó a la rueda trasera, y lo oí reírse entre dientes cuando la luz cayó sobre un neumático Dunlop parcheado. Arriba de nosotros estaba la ventana iluminada.

«Debo echar un vistazo por ahí, Watson. Si dobla la espalda y se apoya en la pared, creo que podré arreglármelas».

Un instante después, sus pies estaban sobre mis hombros, pero apenas había subido cuando volvió a bajar.

«Vamos, amigo mío», dijo, «nuestra jornada ha sido bastante larga. Creo que hemos reunido todo lo que podíamos. Es un largo camino hasta la escuela, y cuanto antes empecemos, mejor».

Apenas abrió los labios durante ese cansado caminar a través del páramo, ni quiso entrar en la escuela cuando llegamos, sino que continuó hasta la estación de Mackleton, desde donde pudo enviar algunos telegramas. A altas horas de la noche, lo oí consolando al Dr. Huxtable, postrado por la tragedia de la muerte de su maestro, y más tarde todavía entró en mi habitación tan alerta y vigoroso como cuando partió por la mañana. «Todo va bien, amigo mío», dijo. «Le prometo que antes de mañana por la tarde habremos llegado a la solución del misterio».

A las once de la mañana siguiente, mi amigo y yo caminábamos por la famosa avenida de tejos de Holdernesse Hall. Fuimos conducidos a través de la magnífica puerta isabelina y entramos en el estudio de su Gracia. Allí encontramos al Sr. James Wilder, recatado y cortés, pero con algún rastro de aquel terror salvaje de la noche anterior todavía acechando en sus ojos furtivos y en sus facciones inquietas.

«¿Han venido a ver a su Gracia? Lo siento, pero el hecho es que el Duque no se encuentra bien. Ha estado muy afectado por la trágica noticia. Recibimos un telegrama del Dr. Huxtable ayer por la tarde, que nos informó de su descubrimiento».

«Debo ver al Duque, Sr. Wilder».

«Pero está en su habitación».

«Entonces debo ir a su habitación».

«Creo que está en su cama».

«Lo veré allí».

El tono frío e inexorable de Holmes le mostró al secretario que era inútil discutir con él.

«Muy bien, Sr. Holmes, le diré que están aquí».

Tras una hora de espera, el gran noble apareció. Su rostro estaba más cadavérico que nunca, sus hombros se habían encorvado y me pareció un hombre mucho más viejo de lo que había sido la mañana anterior. Nos saludó con una cortesía majestuosa y se sentó en su escritorio, con su barba roja cayendo sobre la mesa.

«¿Bien, Sr. Holmes?», dijo.

Pero los ojos de mi amigo estaban fijos en el secretario, que estaba junto a la silla de su amo.

«Creo, su Gracia, que podría hablar con más libertad en ausencia del Sr. Wilder».

El hombre se puso un tono más pálido y lanzó una mirada maligna a Holmes.

«Si su Gracia desea...»

«Sí, sí, será mejor que se vaya. Ahora, Sr. Holmes, ¿qué tiene que decir?»

Mi amigo esperó hasta que la puerta se cerró tras el secretario que se retiraba.

«El hecho es, su Gracia», dijo él, «que mi colega, el Dr. Watson, y yo mismo recibimos la seguridad del Dr. Huxtable de que se había ofrecido una recompensa en este caso. Me gustaría que esto fuera confirmado por sus propios labios».

«Ciertamente, Sr. Holmes».

«Ascendía, si estoy bien informado, a cinco mil libras para cualquiera que le diga dónde está su hijo, ¿verdad?»

«Exactamente».

«¿Y otras mil para el hombre que nombre a la persona o personas que lo mantienen bajo custodia?»

«Exactamente».

«Bajo este último apartado se incluye, sin duda, no solo a aquellos que puedan habérselo llevado, sino también a aquellos que conspiran para mantenerlo en su posición actual, ¿no es así?»

«Sí, sí», gritó el Duque con impaciencia. «Si hace bien su trabajo, Sr. Sherlock Holmes, no tendrá motivos para quejarse de un trato mezquino».

Mi amigo frotó sus manos delgadas con una apariencia de avidez que fue una sorpresa para mí, que conocía sus gustos frugales.

«Me parece ver la chequera de su Gracia sobre la mesa», dijo. «Me alegraría si me hiciera un cheque por seis mil libras. Quizás sería mejor que lo cruzara. El Capital and Counties Bank, sucursal de Oxford Street, son mis agentes».

Su Gracia se sentó muy serio y erguido en su silla y miró impasiblemente a mi amigo.

«¿Es esto una broma, Sr. Holmes? Difícilmente es un tema para bromas».

«En absoluto, su Gracia. Nunca he hablado más en serio en mi vida».

«¿Qué quiere decir, entonces?»

«Quiero decir que me he ganado la recompensa. Sé dónde está su hijo y conozco a algunos, al menos, de los que lo retienen».

La barba del Duque se había vuelto más agresivamente roja que nunca contra su rostro blanco como la muerte.

«¿Dónde está?», jadeó.

«Está, o estaba anoche, en la posada Gallo de Pelea, a unas dos millas de la puerta de su parque».

El Duque se reclinó en su silla.

«¿Y a quién acusa?»

La respuesta de Sherlock Holmes fue asombrosa. Dio un paso rápido hacia adelante y tocó al Duque en el hombro.

«Lo acuso a usted», dijo. «Y ahora, su Gracia, le pediré ese cheque».

Nunca olvidaré la apariencia del Duque mientras saltaba y arañaba con las manos, como alguien que se hunde en un abismo. Luego, con un esfuerzo extraordinario de autocontrol aristocrático, se sentó y hundió el rostro en sus manos. Pasaron algunos minutos antes de que hablara.

«¿Cuánto sabe?», preguntó al fin, sin levantar la cabeza.

«Los vi juntos anoche».

«¿Alguien más, además de su amigo, lo sabe?»

«No he hablado con nadie».

El Duque tomó una pluma con los dedos temblorosos y abrió su chequera.

«Seré fiel a mi palabra, Sr. Holmes. Estoy a punto de escribir su cheque, por muy desagradable que sea la información que ha obtenido. Cuando se hizo la oferta por primera vez, poco pensé en el giro que podrían tomar los acontecimientos. Pero usted y su amigo son hombres discretos, ¿verdad, Sr. Holmes?»

«Difícilmente entiendo a su Gracia».

«Debo ser claro, Sr. Holmes. Si solo ustedes dos saben de este incidente, no hay razón para que vaya más allá. Creo que doce mil libras es la suma que le debo, ¿no es así?»

Pero Holmes sonrió y negó con la cabeza.

«Me temo, su Gracia, que los asuntos difícilmente pueden arreglarse tan fácilmente. Hay que rendir cuentas por la muerte de este maestro de escuela».

«Pero James no sabía nada de eso. No puede hacerlo responsable de eso. Fue obra de este rudo rufián a quien tuvo la desgracia de emplear».

«Debo sostener el punto de vista, su Gracia, de que cuando un hombre se embarca en un crimen, es moralmente culpable de cualquier otro crimen que pueda derivar de él».

«Moralmente, Sr. Holmes. Sin duda tiene razón. Pero ciertamente no a los ojos de la ley. Un hombre no puede ser condenado por un asesinato en el que no estuvo presente y que detesta y aborrece tanto como usted. En el instante en que supo de él, me hizo una confesión completa, tan lleno estaba de horror y remordimiento. No perdió ni una hora en romper completamente con el asesino. ¡Oh, Sr. Holmes, debe salvarlo, debe salvarlo! ¡Le digo que debe salvarlo!». El Duque había abandonado el último intento de autocontrol y recorría la habitación con el rostro convulso y las manos cerradas gesticulando en el aire. Por fin se dominó y se sentó una vez más a su escritorio. «Aprecio su conducta al venir aquí antes de hablar con nadie más», dijo. «Al menos, podemos deliberar sobre cómo minimizar este horrible escándalo».

«Exacto», dijo Holmes. «Creo, su Gracia, que esto solo puede hacerse con absoluta franqueza entre nosotros. Estoy dispuesto a ayudar a su Gracia lo mejor que pueda, pero, para hacerlo, debo comprender hasta el último detalle cómo está el asunto. Comprendo que sus palabras se referían al Sr. James Wilder y que él no es el asesino».

«No, el asesino ha escapado».

Sherlock Holmes sonrió con modestia.

«Su Gracia difícilmente habrá oído hablar de la pequeña reputación que poseo, o no imaginaría que es tan fácil escapar de mí. El Sr. Reuben Hayes fue arrestado en Chesterfield, por mi información, a las once de la noche pasada. Tuve un telegrama del jefe de la policía local antes de salir de la escuela esta mañana».

El Duque se reclinó en su silla y miró con asombro a mi amigo.

«Parece tener facultades que difícilmente son humanas», dijo. «¿Así que Reuben Hayes ha sido capturado? Me alegra mucho saberlo, si no repercutirá en el destino de James».

«¿Su secretario?»

«No, señor, mi hijo».

Fue el turno de Holmes de parecer asombrado.

«Confieso que esto es totalmente nuevo para mí, su Gracia. Debo rogarle que sea más explícito».

«No le ocultaré nada. Estoy de acuerdo con usted en que la completa franqueza, por dolorosa que sea para mí, es la mejor política en esta situación desesperada a la que la insensatez y los celos de James nos han reducido. Cuando era un hombre muy joven, Sr. Holmes, amé con un amor como el que solo llega una vez en la vida. Le ofrecí matrimonio a la dama, pero ella lo rechazó bajo el argumento de que tal unión podría arruinar mi carrera. Si ella hubiera vivido, ciertamente nunca me habría casado con ninguna otra. Murió y dejó a este único hijo, a quien por su bien he apreciado y cuidado. No pude reconocer la paternidad ante el mundo, pero le di la mejor de las educaciones y, desde que llegó a la edad adulta, lo he mantenido cerca de mi persona. Él supuso mi secreto y ha presumido desde entonces de la reclamación que tiene sobre mí y de su poder para provocar un escándalo que sería aborrecible para mí. Su presencia tuvo algo que ver con el infeliz desenlace de mi matrimonio. Sobre todo, odió a mi joven heredero legítimo desde el principio con un odio persistente. Bien puede preguntarme por qué, dadas estas circunstancias, seguí manteniendo a James bajo mi techo. Respondo que fue porque podía ver el rostro de su madre en el suyo, y que por su querido bien no hubo fin a mi paciencia. Todos sus gestos encantadores también; no había uno de ellos que él no pudiera sugerir y traer de vuelta a mi memoria. No podía enviarlo lejos. Pero temía tanto que le hiciera daño a Arthur —es decir, a Lord Saltire— que lo despaché para mayor seguridad a la escuela del Dr. Huxtable.

»James entró en contacto con este sujeto, Hayes, porque el hombre era un arrendatario mío y James actuaba como agente. El tipo fue un bribón desde el principio, pero, de alguna manera extraordinaria, James se volvió íntimo de él. Siempre tuvo gusto por las malas compañías. Cuando James decidió secuestrar a Lord Saltire, fue del servicio de este hombre del que se valió. Recuerda que le escribí a Arthur en ese último día. Pues bien, James abrió la carta e insertó una nota pidiendo a Arthur que se reuniera con él en un pequeño bosque llamado Ragged Shaw, que está cerca de la escuela. Usó el nombre de la Duquesa y, de esa manera, consiguió que el chico viniera. Esa tarde James fue en bicicleta —le estoy contando lo que él mismo me ha confesado— y le dijo a Arthur, a quien encontró en el bosque, que su madre anhelaba verlo, que lo estaba esperando en el páramo y que si volvía al bosque a medianoche encontraría a un hombre con un caballo que lo llevaría hasta ella. El pobre Arthur cayó en la trampa. Acudió a la cita y encontró a este sujeto, Hayes, con un poni llevado de la brida. Arthur montó y partieron juntos. Parece ser —aunque esto James solo lo supo ayer— que fueron perseguidos, que Hayes golpeó al perseguidor con su bastón y que el hombre murió a causa de sus heridas. Hayes llevó a Arthur a su taberna, el Fighting Cock, donde fue confinado en una habitación del piso superior, bajo el cuidado de la Sra. Hayes, que es una mujer bondadosa, pero totalmente bajo el control de su brutal marido.

»Bien, Sr. Holmes, ese era el estado de las cosas cuando lo vi por primera vez hace dos días. Yo no tenía más idea de la verdad que usted. Me preguntará cuál fue el motivo de James para cometer tal acto. Respondo que había una gran parte irracional y fanática en el odio que profesaba a mi heredero. A su juicio, él mismo debería haber sido el heredero de todas mis propiedades, y resentía profundamente esas leyes sociales que lo hacían imposible. Al mismo tiempo, tenía también un motivo definido. Estaba ansioso porque yo rompiera el vínculo sucesorio y era de la opinión de que estaba en mi poder hacerlo. Tenía la intención de hacer un trato conmigo: devolver a Arthur si yo rompía el vínculo, y así hacer posible que la propiedad le fuera legada por testamento. Sabía bien que yo nunca invocaría voluntariamente la ayuda de la policía contra él. Digo que me habría propuesto tal trato, pero en realidad no lo hizo, pues los acontecimientos se movieron demasiado rápido para él y no tuvo tiempo de poner sus planes en práctica.

»Lo que llevó a todo su malvado plan al desastre fue su descubrimiento del cuerpo sin vida de este hombre, Heidegger. James se apoderó de horror ante la noticia. Nos llegó ayer, mientras estábamos sentados juntos en este estudio. El Dr. Huxtable había enviado un telegrama. James estaba tan abrumado por el dolor y la agitación que mis sospechas, que nunca habían estado ausentes del todo, se convirtieron instantáneamente en una certeza, y le reclamé el acto. Hizo una confesión completa y voluntaria. Luego me imploró que guardara su secreto por tres días más, para darle a su miserable cómplice la oportunidad de salvar su culpable vida. Cedí —como siempre he cedido— a sus ruegos, e instantáneamente James salió apresurado hacia el Fighting Cock para advertir a Hayes y darle los medios para huir. Yo no podía ir allí a plena luz del día sin provocar comentarios, pero tan pronto como cayó la noche me apresuré a ver a mi querido Arthur. Lo encontré sano y salvo, pero horrorizado más allá de toda expresión por el terrible acto que había presenciado. En deferencia a mi promesa, y muy en contra de mi voluntad, accedí a dejarlo allí por tres días, bajo el cargo de la Sra. Hayes, ya que era evidente que era imposible informar a la policía de dónde estaba sin decirles también quién era el asesino, y no veía cómo ese asesino podía ser castigado sin la ruina de mi desafortunado James. Usted pidió franqueza, Sr. Holmes, y le he tomado la palabra, pues ahora le he dicho todo sin intentar circunloquios ni ocultamientos. Sea usted, a su vez, tan franco conmigo».

«Lo seré», dijo Holmes. «En primer lugar, su Gracia, estoy obligado a decirle que se ha colocado en una posición muy seria ante los ojos de la ley. Ha encubierto un delito grave y ha ayudado a la fuga de un asesino, pues no puedo dudar de que cualquier dinero que fuera tomado por James Wilder para ayudar a su cómplice en su huida salió del bolsillo de su Gracia».

El Duque asintió con la cabeza.

«Este es, de hecho, un asunto muy serio. Aún más culpable en mi opinión, su Gracia, es su actitud hacia su hijo menor. Lo deja en esa guarida durante tres días».

«Bajo promesas solemnes...»

«¿Qué son las promesas para personas como estas? No tiene ninguna garantía de que no sea secuestrado de nuevo. Para complacer a su culpable hijo mayor, ha expuesto a su inocente hijo menor a un peligro inminente e innecesario. Fue una acción totalmente injustificable».

El orgulloso señor de Holdernesse no estaba acostumbrado a ser reprendido de tal modo en su propio salón ducal. La sangre subió a su alta frente, pero su conciencia lo mantuvo mudo.

«Lo ayudaré, pero solo bajo una condición. Es que toque la campanilla para el lacayo y me permita dar las órdenes que me plazcan».

Sin una palabra, el Duque presionó el timbre eléctrico. Un sirviente entró.

«Se alegrará de saber», dijo Holmes, «que su joven amo ha sido encontrado. Es el deseo del Duque que el carruaje vaya de inmediato a la posada Fighting Cock para traer a casa a Lord Saltire».

«Ahora», dijo Holmes, cuando el regocijado lacayo hubo desaparecido, «habiendo asegurado el futuro, podemos permitirnos ser más indulgentes con el pasado. No estoy en una posición oficial y no hay razón, siempre que se cumplan los fines de la justicia, por la cual deba revelar todo lo que sé. En cuanto a Hayes, no digo nada. La horca lo espera y no haría nada para salvarlo de ella. Qué divulgará, no puedo decirlo, pero no tengo duda de que su Gracia podría hacerle comprender que le interesa guardar silencio. Desde el punto de vista policial, él habrá secuestrado al niño con fines de rescate. Si ellos mismos no lo descubren, no veo razón para incitarlos a adoptar un punto de vista más amplio. Le advertiría a su Gracia, sin embargo, que la presencia continua del Sr. James Wilder en su casa solo puede conducir a la desgracia».

«Lo entiendo, Sr. Holmes, y ya está decidido que me dejará para siempre y se irá a buscar fortuna a Australia».

«En ese caso, su Gracia, dado que usted mismo ha declarado que cualquier infelicidad en su vida matrimonial fue causada por su presencia, le sugeriría que hiciera las paces como pueda con la Duquesa y que intente reanudar esas relaciones que han sido tan infelizmente interrumpidas».

«Eso también lo he arreglado, Sr. Holmes. Le escribí a la Duquesa esta mañana».

«En ese caso», dijo Holmes, poniéndose de pie, «creo que mi amigo y yo podemos felicitarnos por varios resultados muy felices de nuestra pequeña visita al Norte. Hay un pequeño punto más sobre el cual deseo algo de luz. Este sujeto, Hayes, había herrado a sus caballos con herraduras que falsificaban las huellas de las vacas. ¿Fue del Sr. Wilder de quien aprendió tan extraordinario dispositivo?».

El Duque se quedó pensativo por un momento, con una mirada de intensa sorpresa en el rostro. Luego abrió una puerta y nos mostró una gran habitación amueblada como un museo. Nos guio hacia una vitrina en una esquina y señaló la inscripción.

«Estas herraduras», rezaba, «fueron desenterradas en el foso de Holdernesse Hall. Son para uso de caballos, pero tienen forma inferior de pezuña hendida de hierro, para despistar a los perseguidores. Se supone que pertenecieron a algunos de los barones merodeadores de Holdernesse en la Edad Media».

Holmes abrió la vitrina y, humedeciéndose el dedo, lo pasó a lo largo de la herradura. Una fina película de barro reciente quedó sobre su piel.

«Gracias», dijo, mientras volvía a colocar el cristal. «Es el segundo objeto más interesante que he visto en el Norte».

«¿Y el primero?».

Holmes dobló su cheque y lo colocó cuidadosamente en su cuaderno. «Soy un hombre pobre», dijo, mientras le daba unas palmaditas afectuosas y lo introducía en las profundidades de su bolsillo interior.

LA AVENTURA DE BLACK PETER

Nunca he conocido a mi amigo en mejor forma, tanto mental como física, que en el año 95. Su creciente fama había traído consigo una inmensa clientela, y sería culpable de una indiscreción si siquiera insinuara la identidad de algunos de los ilustres clientes que cruzaron nuestro humilde umbral en Baker Street. Holmes, sin embargo, como todos los grandes artistas, vivía por amor a su arte y, salvo en el caso del Duque de Holdernesse, rara vez lo he visto reclamar una gran recompensa por sus inestimables servicios. Era tan poco mundano —o tan caprichoso— que con frecuencia rechazaba su ayuda a los poderosos y ricos cuando el problema no apelaba a sus simpatías, mientras que dedicaba semanas de la más intensa aplicación a los asuntos de algún humilde cliente cuyo caso presentaba esas cualidades extrañas y dramáticas que apelaban a su imaginación y desafiaban su ingenio.

En este memorable año 95, una curiosa e incongruente sucesión de casos había ocupado su atención, desde su famosa investigación sobre la muerte repentina del Cardenal Tosca —una pesquisa que llevó a cabo por deseo expreso de Su Santidad el Papa— hasta su arresto de Wilson, el notorio entrenador de canarios, que eliminó un foco de infección del East End de Londres. Pisándole los talones a estos dos famosos casos llegó la tragedia de Woodman’s Lee y las circunstancias muy oscuras que rodearon la muerte del Capitán Peter Carey. Ningún registro de las andanzas del Sr. Sherlock Holmes estaría completo si no incluyera algún relato de este asunto tan inusual.

Durante la primera semana de julio, mi amigo había estado ausente tan a menudo y por tanto tiempo de nuestro alojamiento que supe que tenía algo entre manos. El hecho de que varios hombres de aspecto rudo llamaran durante ese tiempo y preguntaran por el Capitán Basil me hizo entender que Holmes estaba trabajando en algún lugar bajo uno de los numerosos disfraces y nombres con los que ocultaba su propia y formidable identidad. Tenía al menos cinco pequeños refugios en diferentes partes de Londres en los que podía cambiar su personalidad. No me dijo nada de sus asuntos y no era mi costumbre forzar una confidencia. La primera señal positiva que me dio de la dirección que estaba tomando su investigación fue extraordinaria. Había salido antes del desayuno y yo me había sentado al mío cuando entró a zancadas en la habitación, con su sombrero puesto y una enorme lanza de punta de arpón metida como un paraguas bajo el brazo.

«¡Cielo santo, Holmes!», exclamé. «¿No querrás decir que has estado caminando por Londres con esa cosa?».

«Fui a la carnicería y volví».

«¿A la carnicería?».

«Y regreso con un excelente apetito. No puede haber duda, mi querido Watson, del valor del ejercicio antes del desayuno. Pero estoy dispuesto a apostar que no adivinarás la forma que ha tomado mi ejercicio».

«No lo intentaré».

Se rio entre dientes mientras servía el café.

«Si hubieras podido mirar en la trastienda de Allardyce, habrías visto a un cerdo muerto colgado de un gancho en el techo y a un caballero en mangas de camisa apuñalándolo furiosamente con esta arma. Yo era esa persona enérgica y me he convencido de que, por ningún esfuerzo de mi fuerza, puedo atravesar al cerdo con un solo golpe. ¿Quizás te gustaría intentarlo?».

«Ni por todo el oro del mundo. Pero, ¿por qué hacías esto?».

«Porque me pareció que tenía una relación indirecta con el misterio de Woodman’s Lee. Ah, Hopkins, recibí tu telegrama anoche y te he estado esperando. Ven y únete a nosotros».

Nuestro visitante era un hombre sumamente alerta, de treinta años de edad, vestido con un traje de tweed discreto, pero que conservaba el porte erguido de alguien acostumbrado al uniforme oficial. Lo reconocí de inmediato como Stanley Hopkins, un joven inspector de policía para cuyo futuro Holmes albergaba grandes esperanzas, mientras que él, a su vez, profesaba la admiración y el respeto de un alumno por los métodos científicos del famoso aficionado. La frente de Hopkins estaba nublada y se sentó con aire de profundo abatimiento.

«No, gracias, señor. Desayuné antes de venir. Pasé la noche en la ciudad, pues vine ayer para informar».

«¿Y qué tenías que informar?».

«Fracaso, señor, absoluto fracaso».

«¿No has hecho ningún progreso?».

«Ninguno».

«¡Vaya! Debo echar un vistazo al asunto».

«Ojalá lo hiciera, Sr. Holmes. Es mi primera gran oportunidad y estoy al límite de mis fuerzas. Por el amor de Dios, venga y écheme una mano».

«Bueno, bueno, da la casualidad de que ya he leído toda la evidencia disponible, incluido el informe de la investigación, con cierto cuidado. Por cierto, ¿qué opinas de esa tabaquera encontrada en la escena del crimen? ¿No hay ninguna pista allí?».

Hopkins pareció sorprendido.

«Era la propia tabaquera del hombre, señor. Sus iniciales estaban dentro. Y era de piel de foca, y él era un viejo cazador de focas».

«Pero no tenía pipa».

«No, señor, no pudimos encontrar ninguna pipa. De hecho, fumaba muy poco, y sin embargo podría haber guardado algo de tabaco para sus amigos».

«Sin duda. Solo lo menciono porque, si hubiera estado manejando el caso, me habría inclinado a hacer de eso el punto de partida de mi investigación. Sin embargo, mi amigo, el Dr. Watson, no sabe nada de este asunto, y no me vendría mal escuchar la secuencia de los hechos una vez más. Solo danos unos breves bocetos de lo esencial».

Stanley Hopkins sacó un trozo de papel de su bolsillo.

«Tengo algunas fechas aquí que le darán la carrera del hombre muerto, el Capitán Peter Carey. Nació en el 45: cincuenta años de edad. Fue un audaz y exitoso pescador de focas y ballenas. En 1883 comandó el barco cazador de focas a vapor Sea Unicorn, de Dundee. Entonces había tenido varios viajes exitosos seguidos y, al año siguiente, 1884, se retiró. Después de eso viajó durante algunos años y finalmente compró un pequeño lugar llamado Woodman’s Lee, cerca de Forest Row, en Sussex. Allí ha vivido durante seis años y allí murió hace apenas una semana, hoy mismo».

«Había algunos puntos sumamente singulares sobre el hombre. En la vida ordinaria, era un puritano estricto, un tipo silencioso y sombrío. Su casa consistía en su esposa, su hija de veinte años y dos criadas. Estas últimas cambiaban continuamente, pues nunca fue una situación muy alegre y, a veces, se volvía insoportable. El hombre era un borracho intermitente y, cuando le daban los ataques, era un demonio perfecto. Se sabe que sacó a su esposa y a su hija a la calle en mitad de la noche y las azotó por el parque hasta que todo el pueblo fuera de las puertas se vio despertado por sus gritos.

»Una vez fue citado por un asalto salvaje contra el anciano vicario, quien lo había visitado para reprenderlo por su conducta. En resumen, Sr. Holmes, tendría que buscar mucho antes de encontrar a un hombre más peligroso que Peter Carey, y he oído que tenía el mismo carácter cuando comandaba su barco. Era conocido en el oficio como Black Peter, y el nombre se le dio, no solo por sus rasgos morenos y el color de su enorme barba, sino por los humores que eran el terror de todos a su alrededor. No hace falta decir que era detestado y evitado por todos y cada uno de sus vecinos, y que no he oído ni una sola palabra de pesar por su terrible final».

«Usted habrá leído en el informe de la investigación forense acerca de la cabaña del hombre, Sr. Holmes, pero tal vez su amigo aquí presente no haya oído hablar de ella. Se había construido una dependencia de madera —él siempre la llamaba la "cabaña"— a unos cientos de metros de su casa, y era allí donde dormía cada noche. Era una choza pequeña, de una sola habitación, de dieciséis pies por diez. Guardaba la llave en su bolsillo, se hacía la cama él mismo, la limpiaba por su cuenta y no permitía que ningún otro pie cruzara el umbral. Hay pequeñas ventanas a cada lado, que estaban cubiertas por cortinas y nunca se abrían. Una de estas ventanas daba al camino real, y cuando la luz ardía en ella por la noche, la gente solía señalarla y preguntarse qué estaría haciendo Black Peter allí dentro. Esa es la ventana, Sr. Holmes, que nos proporcionó una de las pocas pruebas positivas que surgieron en la investigación».

«Recuerde que un cantero llamado Slater, que caminaba desde Forest Row alrededor de la una de la madrugada —dos días antes del asesinato—, se detuvo al pasar por los terrenos y miró el cuadrado de luz que aún brillaba entre los árboles. Jura que la sombra de la cabeza de un hombre vuelta de lado era claramente visible en la persiana, y que esta sombra ciertamente no era la de Peter Carey, a quien conocía bien. Era la de un hombre barbudo, pero la barba era corta y erizada hacia adelante, de una manera muy diferente a la del capitán. Eso dice él, pero había estado dos horas en la taberna, y hay bastante distancia desde el camino hasta la ventana. Además, esto se refiere al lunes, y el crimen se cometió el miércoles».

«El martes, Peter Carey estaba en uno de sus peores estados de ánimo, sofocado por la bebida y tan salvaje como una peligrosa bestia salvaje. Deambulaba por la casa y las mujeres huían al oírlo llegar. A última hora de la tarde, bajó a su propia choza. Alrededor de las dos de la madrugada siguiente, su hija, que dormía con la ventana abierta, oyó un grito de lo más espantoso proveniente de esa dirección, pero no era extraño que él gritara y vociferara cuando estaba bebido, así que no se le prestó atención. Al levantarse a las siete, una de las criadas notó que la puerta de la choza estaba abierta, pero era tal el terror que el hombre causaba que fue mediodía antes de que alguien se aventurara a bajar a ver qué había sido de él. Al asomarse por la puerta abierta, vieron una visión que los hizo salir huyendo, con el rostro pálido, hacia el pueblo. En menos de una hora, yo estaba en el lugar y me había hecho cargo del caso».

«Bueno, tengo los nervios bastante templados, como sabe, Sr. Holmes, pero le doy mi palabra de que me estremecí cuando metí la cabeza en esa casita. Zumbaba como un armonio con las moscas y los moscardones, y el suelo y las paredes parecían un matadero. Lo había llamado cabaña, y cabaña era, sin duda, pues habría pensado que estaba en un barco. Había una litera en un extremo, un baúl de marino, mapas y cartas, un cuadro del Sea Unicorn, una hilera de diarios de navegación en una estantería, todo exactamente como uno esperaría encontrarlo en el camarote de un capitán. Y allí, en medio, estaba el propio hombre: su rostro retorcido como el de un alma perdida en el tormento, y su gran barba atigrada pegada hacia arriba en su agonía. Un arpón de acero había sido clavado a través de su ancho pecho, y se había hundido profundamente en la madera de la pared detrás de él. Estaba sujeto como un escarabajo en un cartón. Por supuesto, estaba completamente muerto, y lo había estado desde el instante en que profirió aquel último grito de agonía».

«Conozco sus métodos, señor, y los apliqué. Antes de permitir que se moviera nada, examiné con el mayor cuidado el suelo exterior, así como el suelo de la habitación. No había huellas».

«¿Quiere decir que no vio ninguna?»

«Le aseguro, señor, que no había ninguna».

«Mi buen Hopkins, he investigado muchos crímenes, pero todavía no he visto uno que haya sido cometido por una criatura voladora. Mientras el criminal permanezca sobre dos piernas, debe haber alguna muesca, alguna abrasión, algún desplazamiento insignificante que pueda ser detectado por el investigador científico. Es increíble que esta habitación salpicada de sangre no contuviera rastro alguno que pudiera habernos ayudado. Entiendo, sin embargo, por la investigación, ¿que hubo algunos objetos que no pasó por alto?»

El joven inspector hizo una mueca ante los comentarios irónicos de mi compañero.

«Fui un necio al no llamarlo a usted en aquel momento, Sr. Holmes. Sin embargo, eso ya no tiene remedio. Sí, hubo varios objetos en la habitación que requerían especial atención. Uno fue el arpón con el que se cometió el acto. Había sido arrancado de un estante en la pared. Otros dos permanecían allí, y había un lugar vacío para el tercero. En el asta estaba grabado "SS. Sea Unicorn, Dundee". Esto parecía establecer que el crimen se había cometido en un momento de furia, y que el asesino había agarrado la primera arma que encontró a su paso. El hecho de que el crimen se cometiera a las dos de la madrugada, y aun así Peter Carey estuviera completamente vestido, sugería que tenía una cita con el asesino, lo que se confirma por el hecho de que una botella de ron y dos vasos sucios estaban sobre la mesa».

«Sí», dijo Holmes; «creo que ambas deducciones son admisibles. ¿Había alguna otra bebida espirituosa además de ron en la habitación?»

«Sí, había un tantalus con brandy y whisky sobre el baúl de marino. No tiene importancia para nosotros, sin embargo, ya que los decantadores estaban llenos y, por lo tanto, no se había utilizado».

«A pesar de todo, su presencia tiene cierto significado», dijo Holmes. «Sin embargo, escuchemos algo más sobre los objetos que sí le parecen relevantes para el caso».

«Había esta bolsa de tabaco sobre la mesa».

«¿En qué parte de la mesa?»

«Estaba en el centro. Era de piel de foca basta, la piel de pelo liso, con una tira de cuero para atarla. Dentro estaba la inscripción "P.C." en la solapa. Había media onza de tabaco fuerte de barco en su interior».

«¡Excelente! ¿Qué más?»

Stanley Hopkins sacó de su bolsillo una libreta de notas de cubierta color grisáceo. El exterior estaba rugoso y desgastado, las hojas descoloridas. En la primera página estaban escritas las iniciales "J.H.N." y la fecha "1883". Holmes la puso sobre la mesa y la examinó a su manera minuciosa, mientras Hopkins y yo observábamos por encima de cada hombro. En la segunda página estaban las letras impresas "C.P.R.", y luego venían varias hojas de números. Otro encabezado era "Argentine", otro "Costa Rica" y otro "San Paulo", cada uno con páginas de signos y cifras a continuación.

«¿Qué saca usted de esto?», preguntó Holmes.

«Parecen ser listas de valores de la Bolsa. Pensé que "J.H.N." eran las iniciales de un agente de bolsa, y que "C.P.R." podría haber sido su cliente».

«Pruebe con Canadian Pacific Railway», dijo Holmes.

Stanley Hopkins maldijo entre dientes y se golpeó el muslo con la mano cerrada.

«¡Qué necio he sido!», exclamó. «Por supuesto, es como usted dice. Entonces "J.H.N." son las únicas iniciales que tenemos que resolver. Ya he examinado las viejas listas de la Bolsa, y no puedo encontrar a nadie en 1883, ni en la casa ni entre los agentes externos, cuyas iniciales correspondan con estas. Sin embargo, siento que la pista es la más importante que tengo. Admitirá, Sr. Holmes, que existe la posibilidad de que estas iniciales sean las de la segunda persona que estaba presente; en otras palabras, del asesino. También insistiría en que la introducción en el caso de un documento relativo a grandes masas de valores valiosos nos da por primera vez algún indicio de un motivo para el crimen».

El rostro de Sherlock Holmes mostró que estaba completamente desconcertado por este nuevo desarrollo.

«Debo admitir ambos puntos», dijo. «Confieso que esta libreta, que no apareció en la investigación, modifica cualquier opinión que pudiera haber formado. Había llegado a una teoría del crimen en la que no encuentro lugar para esto. ¿Ha intentado rastrear alguno de los valores aquí mencionados?»

«Se están realizando averiguaciones en las oficinas, pero me temo que el registro completo de los accionistas de estas empresas sudamericanas está en Sudamérica, y que deben pasar algunas semanas antes de que podamos rastrear las acciones».

Holmes había estado examinando la cubierta de la libreta con su lente de aumento.

«Ciertamente hay algo de decoloración aquí», dijo.

«Sí, señor, es una mancha de sangre. Le dije que recogí el libro del suelo».

«¿Estaba la mancha de sangre por encima o por debajo?»

«En el lado pegado a las tablas».

«Lo cual prueba, por supuesto, que el libro se dejó caer después de que se cometiera el crimen».

«Exactamente, Sr. Holmes. Aprecié ese punto, y conjeturé que fue dejado caer por el asesino en su huida precipitada. Estaba cerca de la puerta».

«Supongo que ninguno de estos valores ha sido encontrado entre las propiedades del hombre muerto».

«No, señor».

«¿Tiene alguna razón para sospechar de robo?»

«No, señor. Nada parecía haber sido tocado».

«Dios mío, es ciertamente un caso muy interesante. Entonces había un cuchillo, ¿no es así?»

«Un cuchillo de funda, todavía en su funda. Yacía a los pies del hombre muerto. La Sra. Carey lo ha identificado como propiedad de su marido».

Holmes estuvo sumido en sus pensamientos durante un tiempo.

«Bueno», dijo al fin, «supongo que tendré que salir y echarle un vistazo».

Stanley Hopkins lanzó un grito de alegría.

«Gracias, señor. Eso será, ciertamente, un peso menos para mi mente».

Holmes agitó su dedo hacia el inspector.

«Habría sido una tarea más fácil hace una semana», dijo. «Pero aun así mi visita puede no ser totalmente infructuosa. Watson, si puede disponer del tiempo, me gustaría mucho contar con su compañía. Si llama a un coche de alquiler, Hopkins, estaremos listos para partir hacia Forest Row en un cuarto de hora».

Al bajar en la pequeña estación de camino, condujimos durante varias millas a través de los restos de extensos bosques, que alguna vez fueron parte de aquel gran bosque que durante tanto tiempo mantuvo a raya a los invasores sajones: el impenetrable "weald", durante sesenta años el baluarte de Gran Bretaña. Vastas secciones han sido despejadas, ya que este es el asiento de las primeras herrerías del país, y los árboles han sido talados para fundir el mineral. Ahora los campos más ricos del Norte han absorbido el comercio, y nada salvo estas arboledas devastadas y grandes cicatrices en la tierra muestran el trabajo del pasado. Aquí, en un claro sobre la ladera verde de una colina, se alzaba una casa de piedra larga y baja, a la que se llegaba por un camino curvo que atravesaba los campos. Más cerca del camino, y rodeada por tres lados por arbustos, había una pequeña dependencia, con una ventana y la puerta mirando en nuestra dirección. Era el escenario del asesinato.

Stanley Hopkins nos condujo primero a la casa, donde nos presentó a una mujer demacrada y canosa, la viuda del hombre asesinado, cuyo rostro huesudo y profundamente surcado, con la mirada furtiva de terror en el fondo de sus ojos enrojecidos, contaba los años de privaciones y malos tratos que había soportado. Con ella estaba su hija, una chica pálida y de cabello claro, cuyos ojos destellaban desafiantes ante nosotros mientras nos decía que se alegraba de que su padre estuviera muerto, y que bendecía la mano que lo había derribado. Era un hogar terrible el que Black Peter Carey se había creado para sí mismo, y fue con una sensación de alivio que nos encontramos de nuevo bajo la luz del sol y recorriendo un sendero que había sido desgastado a través de los campos por los pies del hombre muerto.

La dependencia era la más simple de las viviendas, con paredes de madera y techo de tejas, una ventana al lado de la puerta y otra en el lado opuesto. Stanley Hopkins sacó la llave de su bolsillo y se inclinó hacia la cerradura, cuando hizo una pausa con una mirada de atención y sorpresa en su rostro.

«Alguien ha estado manipulándola», dijo.

No podía haber duda del hecho. La madera estaba cortada, y los arañazos se veían blancos a través de la pintura, como si hubieran sido hechos en ese mismo instante. Holmes había estado examinando la ventana.

«Alguien ha intentado forzar esta también. Quienquiera que fuera, no ha logrado entrar. Debió ser un ladrón muy torpe».

«Esto es algo de lo más extraordinario», dijo el inspector, «podría jurar que estas marcas no estaban aquí ayer por la tarde».

«Alguna persona curiosa del pueblo, tal vez», sugerí.

«Muy improbable. Pocos de ellos se atreverían a poner un pie en los terrenos, y mucho menos intentar forzar la entrada a la cabaña. ¿Qué piensa de esto, Sr. Holmes?»

«Pienso que la fortuna es muy amable con nosotros».

«¿Quiere decir que la persona volverá?»

«Es muy probable. Vino esperando encontrar la puerta abierta. Intentó entrar con la hoja de una navaja muy pequeña. No pudo conseguirlo. ¿Qué haría?»

«Volver la noche siguiente con una herramienta más útil».

«Eso diría yo. Será culpa nuestra si no estamos allí para recibirlo. Mientras tanto, déjeme ver el interior de la cabaña».

Los rastros de la tragedia habían sido eliminados, pero el mobiliario dentro de la pequeña habitación seguía estando como lo estaba la noche del crimen. Durante dos horas, con la más intensa concentración, Holmes examinó cada objeto por turno, pero su rostro mostraba que su búsqueda no había sido exitosa. Solo una vez hizo una pausa en su paciente investigación.

«¿Ha sacado algo de este estante, Hopkins?»

«No, no he movido nada».

«Algo ha sido tomado. Hay menos polvo en este rincón del estante que en otra parte. Puede haber sido un libro apoyado de lado. Puede haber sido una caja. Bien, bien, no puedo hacer nada más. Paseemos por estos hermosos bosques, Watson, y dediquemos unas horas a los pájaros y las flores. Nos reuniremos con usted aquí más tarde, Hopkins, y veremos si podemos acercarnos más al caballero que ha hecho esta visita en la noche».

Había pasado de las once cuando formamos nuestra pequeña emboscada. Hopkins era partidario de dejar abierta la puerta de la choza, pero Holmes opinaba que esto despertaría las sospechas del extraño. La cerradura era perfectamente sencilla, y solo se necesitaba una hoja fuerte para hacerla retroceder. Holmes también sugirió que esperáramos, no dentro de la choza, sino fuera, entre los arbustos que crecían alrededor de la ventana más alejada. De esta manera, podríamos observar a nuestro hombre si encendía una luz, y ver cuál era su objetivo en esta sigilosa visita nocturna.

Fue una vigilia larga y melancólica, y sin embargo trajo consigo algo de la emoción que siente el cazador cuando yace junto a la charca de agua y espera la llegada de la sedienta bestia de presa. ¿Qué criatura salvaje sería la que podría acecharnos desde la oscuridad? ¿Sería un feroz tigre del crimen, que solo podría ser capturado luchando arduamente con colmillos y garras relucientes, o resultaría ser algún chacal furtivo, peligroso solo para los débiles y desprevenidos?

En absoluto silencio nos agachamos entre los arbustos, esperando lo que pudiera venir. Al principio, los pasos de algunos aldeanos rezagados, o el sonido de voces desde el pueblo, aligeraron nuestra vigilia, pero uno a uno estos inconvenientes se desvanecieron, y una quietud absoluta cayó sobre nosotros, salvo por las campanadas de la lejana iglesia, que nos informaban del avance de la noche, y por el susurro y el murmullo de una fina lluvia que caía entre el follaje que nos cubría.

Habían sonado las dos y media, y era la hora más oscura que precede al alba, cuando todos nos sobresaltamos al oír un clic bajo pero agudo procedente de la dirección de la verja. Alguien había entrado por el camino. De nuevo hubo un largo silencio, y había empezado a temer que fuera una falsa alarma, cuando se oyó un paso sigiloso al otro lado de la choza, y un momento después un raspado y tintineo metálico. El hombre estaba intentando forzar la cerradura. Esta vez su habilidad fue mayor o su herramienta fue mejor, pues hubo un chasquido repentino y el crujido de las bisagras. Entonces se encendió una cerilla, y al instante siguiente la luz constante de una vela llenó el interior de la choza. A través de la cortina de gasa, nuestros ojos estaban todos clavados en la escena del interior.

El visitante nocturno era un joven, frágil y delgado, con un bigote negro que intensificaba la palidez mortal de su rostro. No debía tener mucho más de veinte años de edad. Nunca había visto a ningún ser humano que pareciera estar en un susto tan lamentable, pues sus dientes castañeteaban visiblemente y le temblaban todos los miembros. Estaba vestido como un caballero, con chaqueta Norfolk y calzones, con una gorra de tela sobre la cabeza. Lo observamos mirando a su alrededor con ojos asustados. Luego dejó el cabo de vela sobre la mesa y desapareció de nuestra vista en uno de los rincones. Regresó con un libro grande, uno de los diarios de navegación que formaban una línea en los estantes. Apoyándose en la mesa, pasó rápidamente las páginas de este volumen hasta llegar a la entrada que buscaba. Entonces, con un gesto de enfado de su mano cerrada, cerró el libro, lo volvió a colocar en el rincón y apagó la luz. Apenas se había vuelto para salir de la choza cuando la mano de Hopkins estuvo en el cuello del individuo, y oí su fuerte jadeo de terror al comprender que había sido capturado. Se volvió a encender la vela, y allí estaba nuestro miserable cautivo, temblando y encogiéndose en el agarre del detective. Se hundió en el baúl de marino y miró impotente de uno a otro de nosotros.

«Ahora, jovencito», dijo Stanley Hopkins, «¿quién es usted y qué quiere aquí?»

El hombre se recompuso y nos enfrentó con un esfuerzo por mantener la compostura.

«Ustedes son detectives, supongo», dijo. «Imaginan que estoy relacionado con la muerte del Capitán Peter Carey. Les aseguro que soy inocente».

«Ya veremos eso», dijo Hopkins. «En primer lugar, ¿cuál es su nombre?»

«Es John Hopley Neligan».

Vi a Holmes y a Hopkins intercambiar una mirada rápida.

«¿Qué hace usted aquí?»

«¿Puedo hablar de forma confidencial?»

«No, ciertamente no».

«¿Por qué debería decírselo?»

«Si no tiene respuesta, puede irle mal en el juicio».

El joven se estremeció.

«Bueno, se lo diré», dijo. «¿Por qué no debería? Y sin embargo, odio pensar en que este viejo escándalo cobre una nueva vida. ¿Alguna vez oyó hablar de Dawson y Neligan?»

Pude ver, por el rostro de Hopkins, que nunca lo había hecho, pero Holmes estaba profundamente interesado.

«Se refiere a los banqueros de West Country», dijo. «Que quebraron por un millón, arruinaron a la mitad de las familias del condado de Cornualles, y Neligan desapareció».

«Exactamente. Neligan era mi padre».

Por fin estábamos obteniendo algo positivo, y sin embargo parecía haber un largo trecho entre un banquero fugitivo y el Capitán Peter Carey clavado contra la pared con uno de sus propios arpones. Todos escuchamos atentamente las palabras del joven.

«Fue mi padre quien estaba realmente preocupado. Dawson se había jubilado. Yo solo tenía diez años en aquel entonces, pero era lo suficientemente mayor como para sentir la vergüenza y el horror de todo aquello. Siempre se ha dicho que mi padre robó todos los valores y huyó. No es cierto. Él creía que si le daban tiempo para liquidarlos, todo saldría bien y cada acreedor sería pagado por completo. Partió en su pequeño yate hacia Noruega justo antes de que se emitiera la orden de arresto. Puedo recordar aquella última noche cuando se despidió de mi madre. Nos dejó una lista de los valores que se llevaba y juró que regresaría con su honor limpio y que nadie que hubiera confiado en él sufriría. Bien, nunca más se supo de él. Tanto el yate como él desaparecieron por completo. Creímos, mi madre y yo, que él y la embarcación, junto con los valores que se había llevado, estaban en el fondo del mar. Sin embargo, teníamos un amigo fiel, que es un hombre de negocios, y fue él quien descubrió hace algún tiempo que algunos de los valores que mi padre llevaba consigo habían reaparecido en el mercado de Londres. Puede imaginar nuestro asombro. Pasé meses intentando rastrearlos y, al fin, tras muchas dudas y dificultades, descubrí que el vendedor original había sido el capitán Peter Carey, el dueño de esta cabaña.

»Naturalmente, hice algunas indagaciones sobre el hombre. Descubrí que había estado al mando de un ballenero que debía regresar de los mares árticos precisamente en el momento en que mi padre cruzaba hacia Noruega. El otoño de aquel año fue tormentoso y hubo una larga sucesión de vendavales del sur. Es muy posible que el yate de mi padre fuera arrastrado hacia el norte y allí se encontrara con el barco del capitán Peter Carey. Si eso fue así, ¿qué fue de mi padre? En cualquier caso, si pudiera probar mediante el testimonio de Peter Carey cómo llegaron estos valores al mercado, sería una prueba de que mi padre no los había vendido y de que no buscaba beneficio personal cuando se los llevó.

»Bajé a Sussex con la intención de ver al capitán, pero fue en ese momento cuando ocurrió su terrible muerte. Leí en la investigación una descripción de su camarote, en la que se indicaba que los antiguos diarios de navegación de su buque se conservaban allí. Se me ocurrió que, si pudiera ver lo que ocurrió en el mes de agosto de 1883 a bordo del Sea Unicorn, podría resolver el misterio del destino de mi padre. Anoche intenté acceder a esos diarios, pero no pude abrir la puerta. Esta noche lo intenté de nuevo y lo logré, pero me encuentro con que las páginas que tratan de aquel mes han sido arrancadas del libro. Fue en ese momento cuando me encontré prisionero en sus manos».

—¿Es eso todo? —preguntó Hopkins.

—Sí, eso es todo. —Sus ojos se desviaron mientras lo decía.

—¿No tiene nada más que decirnos?

Vaciló.

—No, no hay nada.

—¿No ha estado usted aquí antes de anoche?

—No.

—Entonces, ¿cómo se explica esto? —gritó Hopkins, mientras sostenía la condenatoria libreta, con las iniciales de nuestro prisionero en la primera hoja y la mancha de sangre en la cubierta.

El desgraciado hombre se derrumbó. Hundió el rostro en sus manos y tembló por completo.

—¿Dónde la consiguió? —gimió—. No lo sabía. Pensé que la había perdido en el hotel.

—Eso es suficiente —dijo Hopkins con severidad—. Cualquier otra cosa que tenga que decir, deberá decirla en el tribunal. Ahora vendrá conmigo a la comisaría. Bien, Sr. Holmes, le estoy muy agradecido a usted y a su amigo por haber venido a ayudarme. Como resulta, su presencia era innecesaria y habría llevado el caso a este exitoso desenlace sin ustedes, pero, aun así, estoy agradecido. Se han reservado habitaciones para ustedes en el Brambletye Hotel, así que todos podemos caminar juntos hasta el pueblo.

—Bien, Watson, ¿qué piensa de esto? —preguntó Holmes mientras regresábamos a la mañana siguiente.

—Puedo ver que usted no está satisfecho.

—Oh, sí, mi querido Watson, estoy perfectamente satisfecho. Al mismo tiempo, los métodos de Stanley Hopkins no me parecen recomendables. Estoy decepcionado con Stanley Hopkins. Esperaba mejores cosas de él. Uno siempre debe buscar una posible alternativa y prevenirla. Es la primera regla de la investigación criminal.

—¿Cuál es, entonces, la alternativa?

—La línea de investigación que yo mismo he estado siguiendo. Puede que no nos dé nada. No puedo decirlo. Pero al menos la seguiré hasta el final.

Varias cartas esperaban a Holmes en Baker Street. Agarró una de ellas, la abrió y soltó una carcajada triunfal.

—¡Excelente, Watson! La alternativa se desarrolla. ¿Tiene formularios de telegramas? Escriba un par de mensajes para mí: «Sumner, agente marítimo, Ratcliff Highway. Envíe a tres hombres para que lleguen mañana a las diez.—Basil». Ese es mi nombre en aquellas partes. El otro es: «Inspector Stanley Hopkins, 46 Lord Street, Brixton. Venga a desayunar mañana a las nueve y media. Importante. Avise si no puede venir.—Sherlock Holmes». Ahí está, Watson, este caso infernal me ha perseguido durante diez días. Por la presente lo destierro por completo de mi presencia. Mañana, confío en que oiremos hablar de él por última vez para siempre.

Puntual a la hora señalada apareció el inspector Stanley Hopkins y nos sentamos juntos al excelente desayuno que la Sra. Hudson había preparado. El joven detective estaba muy animado por su éxito.

—¿Realmente cree que su solución debe ser la correcta? —preguntó Holmes.

—No podría imaginar un caso más completo.

—No me pareció concluyente.

—Me asombra, Sr. Holmes. ¿Qué más se podría pedir?

—¿Cubre su explicación todos los puntos?

—Indudablemente. Descubro que el joven Neligan llegó al Brambletye Hotel el mismo día del crimen. Vino con la excusa de jugar al golf. Su habitación estaba en la planta baja y podía salir cuando quisiera. Esa misma noche bajó a Woodman’s Lee, vio a Peter Carey en la cabaña, discutió con él y lo mató con el arpón. Luego, horrorizado por lo que había hecho, huyó de la cabaña, dejando caer la libreta que había traído consigo para interrogar a Peter Carey sobre estos diferentes valores. Puede haber observado que algunos de ellos estaban marcados con marcas de verificación y los otros —la gran mayoría— no lo estaban. Aquellos que están marcados han sido rastreados en el mercado de Londres, pero los otros, presumiblemente, todavía estaban en posesión de Carey, y el joven Neligan, según su propia versión, estaba ansioso por recuperarlos para hacer lo correcto con los acreedores de su padre. Tras su huida, no se atrevió a acercarse a la cabaña de nuevo durante algún tiempo, pero al fin se obligó a hacerlo para obtener la información que necesitaba. ¿Ciertamente todo eso es simple y obvio?

Holmes sonrió y negó con la cabeza.

—Me parece que solo tiene un inconveniente, Hopkins, y es que es intrínsecamente imposible. ¿Ha intentado clavar un arpón a través de un cuerpo? ¿No? Tsk, tsk, mi querido señor, realmente debe prestar atención a estos detalles. Mi amigo Watson podría decirle que pasé toda una mañana en ese ejercicio. No es asunto fácil y requiere un brazo fuerte y ejercitado. Pero este golpe fue propinado con tal violencia que la cabeza del arma se hundió profundamente en la pared. ¿Se imagina que este joven anémico fuera capaz de tan espantosa agresión? ¿Es él el hombre que tomaba ron con agua con el Negro Pedro en la oscuridad de la noche? ¿Fue su perfil el que se vio en la persiana dos noches antes? No, no, Hopkins, es otra y más formidable persona a la que debemos buscar.

El rostro del detective se había vuelto más y más largo durante el discurso de Holmes. Sus esperanzas y sus ambiciones se desmoronaban a su alrededor. Pero no abandonaría su posición sin luchar.

—No puede negar que Neligan estaba presente esa noche, Sr. Holmes. El libro lo probará. Me parece que tengo pruebas suficientes para satisfacer a un jurado, incluso si usted es capaz de encontrarle un defecto. Además, Sr. Holmes, he puesto mi mano sobre mi hombre. En cuanto a esa terrible persona suya, ¿dónde está?

—Me inclino a pensar que está en la escalera —dijo Holmes con serenidad—. Creo, Watson, que haría bien en poner ese revólver donde pueda alcanzarlo. —Se levantó y dejó un papel escrito sobre una mesa auxiliar—. Ahora estamos listos —dijo.

Había habido algunas conversaciones con voces rudas afuera y ahora la Sra. Hudson abrió la puerta para decir que había tres hombres preguntando por el capitán Basil.

—Hágalos entrar uno por uno —dijo Holmes.

El primero en entrar era un hombre pequeño como una manzana, con mejillas sonrosadas y esponjosas patillas blancas. Holmes había sacado una carta de su bolsillo.

—¿Qué nombre? —preguntó.

—James Lancaster.

—Lo siento, Lancaster, pero el puesto está lleno. Aquí tiene media soberana por las molestias. Simplemente pase a esta habitación y espere allí unos minutos.

El segundo hombre era una criatura larga y reseca, con pelo lacio y mejillas cetrinas. Su nombre era Hugh Pattins. También recibió su despido, su media soberana y la orden de esperar.

El tercer solicitante era un hombre de aspecto notable. Un rostro fiero de bulldog estaba enmarcado en una maraña de pelo y barba, y dos ojos oscuros y audaces brillaban tras la cobertura de unas cejas gruesas, pobladas y salientes. Saludó y se puso en posición marinera, haciendo girar su gorra entre las manos.

—¿Su nombre? —preguntó Holmes.

—Patrick Cairns.

—¿Arponero?

—Sí, señor. Veintiséis viajes.

—Dundee, supongo.

—Sí, señor.

—¿Y listo para partir con un barco de exploración?

—Sí, señor.

—¿Qué salario?

—Ocho libras al mes.

—¿Podría empezar de inmediato?

—Tan pronto como consiga mi equipo.

—¿Tiene sus documentos?

—Sí, señor. —Sacó un fajo de formularios gastados y grasientos de su bolsillo. Holmes los miró por encima y se los devolvió.

—Usted es justo el hombre que quiero —dijo—. Aquí está el acuerdo sobre la mesa auxiliar. Si lo firma, todo el asunto quedará resuelto.

El marinero se tambaleó a través de la habitación y tomó la pluma.

—¿Debo firmar aquí? —preguntó, inclinándose sobre la mesa.

Holmes se inclinó sobre su hombro y pasó ambas manos sobre su cuello.

—Esto bastará —dijo.

Oí un clic de acero y un bramido como el de un toro enfurecido. Al instante siguiente, Holmes y el marinero rodaban juntos por el suelo. Era un hombre de tal fuerza gigantesca que, incluso con las esposas que Holmes había abrochado tan hábilmente en sus muñecas, habría dominado rápidamente a mi amigo si Hopkins y yo no nos hubiéramos apresurado a su rescate. Solo cuando presioné el frío cañón del revólver contra su sien comprendió por fin que la resistencia era vana. Atamos sus tobillos con una cuerda y nos levantamos sin aliento de la lucha.

—Realmente debo disculparme, Hopkins —dijo Sherlock Holmes—. Me temo que los huevos revueltos están fríos. Sin embargo, disfrutará del resto de su desayuno mucho mejor, ¿no es así?, con la idea de que ha llevado su caso a una conclusión triunfal.

Stanley Hopkins estaba sin habla por el asombro.

—No sé qué decir, Sr. Holmes —balbuceó al fin, con la cara muy roja—. Me parece que he estado comportándome como un tonto desde el principio. Comprendo ahora, lo que nunca debí haber olvidado, que yo soy el alumno y usted es el maestro. Incluso ahora veo lo que ha hecho, pero no sé cómo lo hizo ni qué significa.

—Bien, bien —dijo Holmes con buen humor—. Todos aprendemos por experiencia y su lección esta vez es que nunca debe perder de vista la alternativa. Usted estaba tan absorto en el joven Neligan que no pudo dedicar un pensamiento a Patrick Cairns, el verdadero asesino de Peter Carey.

La voz ronca del marinero interrumpió nuestra conversación.

—Mire aquí, mister —dijo—, no me quejo de ser tratado de esta manera, pero le pediría que llamara a las cosas por sus nombres correctos. Usted dice que asesiné a Peter Carey, yo digo que maté a Peter Carey, y ahí está toda la diferencia. Quizás no crea lo que digo. Quizás piense que solo le estoy contando una bola.

—En absoluto —dijo Holmes—. Escuchemos lo que tiene que decir.

—Se cuenta pronto y, por el Señor, cada palabra es la verdad. Conocía al Negro Pedro y, cuando sacó su cuchillo, le clavé un arpón con rapidez, pues sabía que era él o yo. Así fue como murió. Puede llamarlo asesinato. De cualquier modo, preferiría morir con una soga al cuello que con el cuchillo del Negro Pedro en el corazón.

—¿Cómo llegó usted allí? —preguntó Holmes.

—Se lo contaré desde el principio. Solo siénteme un poco, para que pueda hablar tranquilo. Fue en el 83 cuando ocurrió, agosto de ese año. Peter Carey era capitán del Sea Unicorn y yo era arponero de reserva. Estábamos saliendo del campo de hielo de camino a casa, con vientos contrarios y una semana de vendaval del sur, cuando recogimos una pequeña embarcación que había sido arrastrada hacia el norte. Solo había un hombre en ella, un hombre de tierra. La tripulación había pensado que se hundiría y se dirigió a la costa noruega en el bote. Supongo que todos se ahogaron. Bien, lo subimos a bordo, a este hombre, y él y el capitán tuvieron algunas conversaciones largas en el camarote. Todo el equipaje que sacamos con él fue una caja de hojalata. Hasta donde sé, el nombre del hombre nunca fue mencionado y en la segunda noche desapareció como si nunca hubiera existido. Se dijo que se había arrojado por la borda o que había caído por la borda con el mal tiempo que teníamos. Solo un hombre sabía lo que le había ocurrido, y ese era yo, pues, con mis propios ojos, vi al capitán darle una patada y echarlo por la borda durante el turno de guardia de una noche oscura, dos días antes de avistar las luces de las Shetland. Bien, me guardé mi conocimiento para mí y esperé a ver qué salía de ello. Cuando volvimos a Escocia, el asunto se silenció fácilmente y nadie hizo preguntas. Un extraño murió por accidente y no era asunto de nadie indagar. Poco después, Peter Carey dejó el mar y pasaron muchos años antes de que pudiera encontrar dónde estaba. Supuse que había hecho el trabajo por el bien de lo que había en esa caja de hojalata y que ahora podría permitirse pagarme bien por mantener la boca cerrada. Averigüé dónde estaba a través de un marinero que lo había conocido en Londres, y bajé allí para presionarlo. La primera noche fue bastante razonable y estaba dispuesto a darme lo que me haría libre del mar de por vida. Íbamos a arreglarlo todo dos noches después. Cuando llegué, lo encontré borracho hasta los topes y con un humor vil. Nos sentamos, bebimos y charlamos sobre los viejos tiempos, pero cuanto más bebía, menos me gustaba el aspecto de su cara. Vi ese arpón sobre la pared y pensé que podría necesitarlo antes de terminar. Entonces, al final, estalló contra mí, escupiendo y maldiciendo, con asesinato en sus ojos y un gran cuchillo de hoja plegable en su mano. No tuvo tiempo de sacarlo de la funda antes de que yo le atravesara con el arpón. ¡Cielos! ¡Qué grito dio! Y su cara se interpone entre mí y mi sueño. Me quedé allí, con su sangre salpicándome, y esperé un poco, pero todo estaba tranquilo, así que cobré ánimo una vez más. Miré a mi alrededor y allí estaba la caja de hojalata en el estante. Tenía tanto derecho a ella como Peter Carey, de todas formas, así que la tomé conmigo y abandoné la cabaña. Como un idiota, dejé mi bolsa de tabaco sobre la mesa.

»Ahora le contaré la parte más extraña de toda la historia. Apenas había salido de la cabaña cuando oí a alguien venir y me escondí entre los arbustos. Un hombre vino caminando sigilosamente, entró en la cabaña, dio un grito como si hubiera visto a un fantasma y salió corriendo tan rápido como pudo hasta que estuvo fuera de vista. Quién era o qué quería es más de lo que puedo decir. Por mi parte, caminé diez millas, tomé un tren en Tunbridge Wells y así llegué a Londres, sin que nadie se enterara.

»Bien, cuando examiné la caja, descubrí que no había dinero en ella y nada más que papeles que no me atrevería a vender. Había perdido mi dominio sobre el Negro Pedro y estaba varado en Londres sin un chelín. Solo me quedaba mi oficio. Vi estos anuncios sobre arponeros y altos salarios, así que fui a los agentes marítimos y ellos me enviaron aquí. Eso es todo lo que sé y digo de nuevo que, si maté al Negro Pedro, la ley debería darme las gracias, pues les ahorré el precio de una soga de cáñamo».

—Una declaración muy clara —dijo Holmes, levantándose y encendiendo su pipa—. Creo, Hopkins, que no debería perder tiempo en llevar a su prisionero a un lugar seguro. Esta habitación no está bien adaptada para ser una celda y el Sr. Patrick Cairns ocupa una proporción demasiado grande de nuestra alfombra.

—Sr. Holmes —dijo Hopkins—, no sé cómo expresar mi gratitud. Incluso ahora no entiendo cómo obtuvo este resultado.

—Simplemente por haber tenido la buena fortuna de obtener la pista correcta desde el principio. Es muy posible que si hubiera sabido acerca de esta libreta, podría haber alejado mis pensamientos, como hizo con los suyos. Pero todo lo que oí apuntaba en una sola dirección. La fuerza asombrosa, la habilidad en el uso del arpón, el ron con agua, la bolsa de tabaco de piel de foca con tabaco basto; todo esto apuntaba a un marinero, y a uno que había sido ballenero. Estaba convencido de que las iniciales «P.C.» en la bolsa eran una coincidencia y no las de Peter Carey, ya que él rara vez fumaba y no se encontró ninguna pipa en su camarote. Recuerda que pregunté si había whisky y brandy en el camarote. Usted dijo que sí. ¿Cuántos hombres de tierra hay que beban ron cuando pueden conseguir estos otros licores? Sí, estaba seguro de que era un marinero.

—¿Y cómo lo encontró?

—Mi querido señor, el problema se había convertido en uno muy simple. Si era un marinero, solo podía ser un marinero que hubiera estado con él en el Sea Unicorn. Hasta donde pude averiguar, no había navegado en ningún otro barco. Pasé tres días enviando telegramas a Dundee y al final de ese tiempo había averiguado los nombres de la tripulación del Sea Unicorn en 1883. Cuando encontré a Patrick Cairns entre los arponeros, mi investigación estaba llegando a su fin. Argumenté que el hombre probablemente estaba en Londres y que desearía abandonar el país por un tiempo. Por lo tanto, pasé algunos días en el East End, ideé una expedición al Ártico, presenté términos tentadores para los arponeros que sirvieran bajo el capitán Basil, ¡y he aquí el resultado!

—¡Maravilloso! —gritó Hopkins—. ¡Maravilloso!

—Debe obtener la liberación del joven Neligan tan pronto como sea posible —dijo Holmes—. Confieso que creo que le debe alguna disculpa. La caja de hojalata debe serle devuelta, pero, por supuesto, los valores que Peter Carey vendió están perdidos para siempre. Ahí está el taxi, Hopkins, y puede llevarse a su hombre. Si me necesita para el juicio, mi dirección y la de Watson estará en alguna parte de Noruega; enviaré los detalles más tarde.

Han pasado años desde que tuvieron lugar los incidentes de los que hablo, y sin embargo, es con recelo que hago alusión a ellos. Durante mucho tiempo, incluso con la mayor discreción y reserva, habría sido imposible hacer públicos los hechos, pero ahora la persona principal involucrada está fuera del alcance de la ley humana, y con la debida supresión, la historia puede contarse de tal manera que no perjudique a nadie. Registra una experiencia absolutamente única en la carrera tanto de Mr. Sherlock Holmes como en la mía. El lector me disculpará si oculto la fecha o cualquier otro dato mediante el cual pudiera rastrear el suceso real.

Habíamos salido a uno de nuestros paseos vespertinos, Holmes y yo, y habíamos regresado alrededor de las seis de una fría y gélida tarde de invierno. Mientras Holmes encendía la lámpara, la luz cayó sobre una tarjeta en la mesa. La miró y luego, con una exclamación de disgusto, la arrojó al suelo. La recogí y leí:

CHARLES AUGUSTUS MILVERTON, Appledore Towers, Hampstead. Agente.

—¿Quién es él? —pregunté.

—El peor hombre de Londres —respondió Holmes, mientras se sentaba y estiraba las piernas frente a la chimenea—. ¿Hay algo al dorso de la tarjeta?

Le di la vuelta.

—Pasaré a las 6:30 —C.A.M. —leí.

—¡Hum! Está al caer. ¿Sientes una sensación de escalofrío y encogimiento, Watson, cuando te paras frente a las serpientes en el zoo y ves a las criaturas escurridizas, deslizantes y venenosas, con sus ojos mortales y sus caras malvadas y aplanadas? Bueno, así es como me impresiona Milverton. He tenido que tratar con cincuenta asesinos en mi carrera, pero el peor de ellos nunca me provocó la repulsión que siento por este sujeto. Y, sin embargo, no puedo evitar hacer negocios con él; de hecho, está aquí por invitación mía.

—¿Pero quién es él?

—Te lo diré, Watson. Es el rey de todos los chantajistas. ¡Que el cielo ayude al hombre, y más aún a la mujer, cuya intimidad y reputación caigan en poder de Milverton! Con una cara sonriente y un corazón de mármol, apretará y apretará hasta dejarlos secos. El tipo es un genio a su manera, y habría dejado huella en algún oficio más digno. Su método es el siguiente: deja saber que está dispuesto a pagar sumas muy altas por cartas que comprometan a personas de riqueza y posición. Recibe estas mercancías no solo de criados o doncellas traicioneros, sino a menudo de rufianes refinados que han ganado la confianza y el afecto de mujeres confiadas. No trata con mano tacaña. Sé que pagó setecientas libras a un lacayo por una nota de dos líneas de largo, y que el resultado fue la ruina de una familia noble. Todo lo que está en el mercado va a Milverton, y hay cientos en esta gran ciudad que palidecen ante su nombre. Nadie sabe dónde puede caer su garra, porque es demasiado rico y demasiado astuto para trabajar al día. Guardará una carta durante años para jugarla en el momento en que la apuesta valga más la pena. He dicho que es el peor hombre de Londres, y te preguntaría cómo podría uno comparar al rufián, que en un arrebato de ira golpea a su compañero, con este hombre, que metódica y pausadamente tortura el alma y tensa los nervios para añadir más a sus bolsas de dinero ya hinchadas.

Rara vez había oído a mi amigo hablar con tal intensidad de sentimiento.

—Pero seguramente —dije—, ¿el sujeto debe estar al alcance de la ley?

—Técnicamente, sin duda, pero prácticamente no. ¿Qué ganaría una mujer, por ejemplo, con que le dieran unos meses de prisión si su propia ruina debe seguir inmediatamente? Sus víctimas no se atreven a devolver el golpe. Si alguna vez chantajeara a una persona inocente, entonces sí lo atraparíamos, pero es tan astuto como el Maligno. No, no, debemos encontrar otras formas de luchar contra él.

—¿Y por qué está aquí?

—Porque una ilustre clienta ha puesto su penoso caso en mis manos. Es Lady Eva Blackwell, la debutante más hermosa de la última temporada. Se casará dentro de quince días con el Conde de Dovercourt. Este demonio tiene varias cartas imprudentes —imprudentes, Watson, nada peor— que fueron escritas a un joven escudero sin dinero en el campo. Serían suficientes para romper el compromiso. Milverton enviará las cartas al Conde a menos que se le pague una gran suma de dinero. He sido comisionado para reunirme con él y... para obtener las mejores condiciones que pueda.

En ese instante hubo un ruido metálico en la calle de abajo. Al mirar hacia abajo, vi un carruaje señorial con dos caballos, las brillantes lámparas resplandeciendo sobre las lustrosas ancas de los nobles castaños. Un lacayo abrió la puerta y descendió un hombre pequeño y robusto con un abrigo de astracán peludo. Un minuto después estaba en la habitación.

Charles Augustus Milverton era un hombre de cincuenta años, con una cabeza grande e intelectual, una cara redonda, regordeta y sin vello, una sonrisa perpetua y congelada, y dos ojos grises penetrantes que brillaban intensamente detrás de unas anchas gafas con montura de oro. Había algo de la benevolencia de Mr. Pickwick en su apariencia, empañada solo por la insinceridad de la sonrisa fija y por el brillo duro de esos ojos inquietos y penetrantes. Su voz era tan suave y amable como su semblante, mientras avanzaba con una mano pequeña y regordeta extendida, murmurando su pesar por no habernos encontrado en su primera visita. Holmes ignoró la mano extendida y lo miró con rostro de granito. La sonrisa de Milverton se ensanchó, se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo dobló con gran deliberación sobre el respaldo de una silla y luego tomó asiento.

—¿Este caballero? —dijo, con un gesto en mi dirección—. ¿Es discreto? ¿Es correcto?

—El Dr. Watson es mi amigo y socio.

—Muy bien, Mr. Holmes. Solo por los intereses de su clienta protesté. El asunto es tan delicado...

—El Dr. Watson ya ha oído hablar de él.

—Entonces podemos proceder a los negocios. Usted dice que actúa en nombre de Lady Eva. ¿Le ha autorizado a aceptar mis condiciones?

—¿Cuáles son sus condiciones?

—Siete mil libras.

—¿Y la alternativa?

—Mi querido señor, me resulta doloroso discutirlo, pero si el dinero no se paga el día 14, ciertamente no habrá boda el 18. Su insoportable sonrisa era más complaciente que nunca.

Holmes pensó un poco.

—Le parece a usted —dijo al fin— que estoy dando las cosas por sentadas. Estoy, por supuesto, familiarizado con el contenido de estas cartas. Mi clienta ciertamente hará lo que yo aconseje. Le aconsejaré que le cuente a su futuro marido toda la historia y que confíe en su generosidad.

Milverton se rió entre dientes.

—Evidentemente, no conoce al Conde —dijo.

Por la mirada de desconcierto en el rostro de Holmes, pude ver claramente que sí lo conocía.

—¿Qué daño hay en las cartas? —preguntó.

—Son vivaces, muy vivaces —respondió Milverton—. La dama era una corresponsal encantadora. Pero puedo asegurarle que el Conde de Dovercourt no sabría apreciarlas. Sin embargo, puesto que usted piensa de otra manera, dejaremos que así sea. Es puramente un asunto de negocios. Si piensa que es en el mejor interés de su clienta que estas cartas sean puestas en manos del Conde, entonces sería ciertamente una tontería pagar una suma tan grande de dinero para recuperarlas. Se levantó y agarró su abrigo de astracán.

Holmes estaba gris de ira y mortificación.

—Espere un poco —dijo—. Va demasiado rápido. Ciertamente deberíamos hacer todo lo posible por evitar el escándalo en un asunto tan delicado.

Milverton volvió a sentarse en su silla.

—Estaba seguro de que lo vería bajo esa luz —ronroneó.

—Al mismo tiempo —continuó Holmes—, Lady Eva no es una mujer rica. Le aseguro que dos mil libras serían un drenaje para sus recursos, y que la suma que nombra está totalmente fuera de su alcance. Le ruego, por tanto, que modere sus exigencias y que devuelva las cartas al precio que indico, que es, le aseguro, el más alto que puede obtener.

La sonrisa de Milverton se ensanchó y sus ojos brillaron con picardía.

—Soy consciente de que lo que dice es cierto sobre los recursos de la dama —dijo—. Al mismo tiempo, debe admitir que la ocasión de la boda de una dama es un momento muy adecuado para que sus amigos y parientes hagan algún pequeño esfuerzo en su nombre. Pueden dudar en cuanto a un regalo de bodas aceptable. Permítame asegurarles que este pequeño fajo de cartas daría más alegría que todos los candelabros y mantequeras de Londres.

—Es imposible —dijo Holmes.

—¡Dios mío, Dios mío, qué desafortunado! —exclamó Milverton, sacando una voluminosa cartera—. No puedo evitar pensar que las damas están mal aconsejadas al no hacer un esfuerzo. ¡Mire esto! —sostuvo una pequeña nota con un escudo de armas en el sobre—. Eso pertenece a... bueno, quizás apenas sea justo decir el nombre hasta mañana por la mañana. Pero a esa hora estará en manos del marido de la dama. Y todo porque ella no encontrará una suma miserable que podría conseguir convirtiendo sus diamantes en pasta. ¡Es una lástima! Ahora, ¿recuerda el final repentino del compromiso entre la Honorable Miss Miles y el Coronel Dorking? Solo dos días antes de la boda, hubo un párrafo en el Morning Post diciendo que todo se había cancelado. ¿Y por qué? Es casi increíble, pero la absurda suma de mil doscientas libras habría resuelto toda la cuestión. ¿No es lamentable? Y aquí lo encuentro a usted, un hombre sensato, regateando sobre las condiciones, cuando el futuro y el honor de su clienta están en juego. Me sorprende, Mr. Holmes.

—Lo que digo es cierto —respondió Holmes—. El dinero no se puede encontrar. ¿Seguramente es mejor para usted tomar la suma sustancial que ofrezco que arruinar la carrera de esta mujer, lo cual no puede reportarle ningún beneficio?

—Ahí comete un error, Mr. Holmes. Una exposición me beneficiaría indirectamente en una medida considerable. Tengo ocho o diez casos similares madurando. Si se hiciera circular entre ellos que he dado un ejemplo severo con Lady Eva, los encontraría a todos mucho más abiertos a la razón. ¿Entiende mi punto?

Holmes saltó de su silla.

—¡Ponte detrás de él, Watson! ¡No lo dejes salir! Ahora, señor, veamos el contenido de ese cuaderno.

Milverton se había deslizado tan rápido como una rata hacia un lado de la habitación y se quedó con la espalda contra la pared.

—Mr. Holmes, Mr. Holmes —dijo, abriendo la parte delantera de su abrigo y exhibiendo la culata de un gran revólver que sobresalía del bolsillo interior—. He estado esperando que hiciera algo original. Esto se ha hecho tan a menudo, ¿y qué bien ha salido de ello? Le aseguro que estoy armado hasta los dientes, y estoy perfectamente preparado para usar mis armas, sabiendo que la ley me apoyará. Además, su suposición de que traería las cartas aquí en un cuaderno es totalmente errónea. No haría nada tan estúpido. Y ahora, caballeros, tengo una o dos pequeñas entrevistas esta noche, y es un largo camino hasta Hampstead. Dio un paso adelante, tomó su abrigo, puso su mano sobre su revólver y se volvió hacia la puerta. Yo recogí una silla, pero Holmes negó con la cabeza y la volví a dejar. Con una inclinación, una sonrisa y un brillo en los ojos, Milverton salió de la habitación, y pocos momentos después escuchamos el golpe de la puerta del carruaje y el traqueteo de las ruedas mientras se alejaba.

Holmes se sentó inmóvil junto a la chimenea, con las manos profundamente enterradas en los bolsillos de sus pantalones, la barbilla hundida en el pecho y los ojos fijos en las brasas resplandecientes. Durante media hora permaneció silencioso y quieto. Luego, con el gesto de un hombre que ha tomado una decisión, se puso de pie y pasó a su dormitorio. Un poco más tarde, un joven trabajador desenfadado, con perilla y pavoneándose, encendió su pipa de arcilla en la lámpara antes de bajar a la calle. —Volveré en algún momento, Watson —dijo, y desapareció en la noche. Entendí que había comenzado su campaña contra Charles Augustus Milverton, pero poco imaginaba la extraña forma que esa campaña estaba destinada a tomar.

Durante algunos días Holmes iba y venía a todas horas con este atuendo, pero más allá de un comentario de que pasaba su tiempo en Hampstead, y que no era tiempo perdido, no sabía nada de lo que estaba haciendo. Finalmente, sin embargo, en una noche salvaje y tempestuosa, cuando el viento gritaba y golpeaba contra las ventanas, regresó de su última expedición, y tras haberse quitado el disfraz se sentó frente a la chimenea y se rio de buena gana a su silenciosa manera interior.

—No me llamarías un hombre dado al matrimonio, ¿verdad, Watson?

—¡No, ciertamente!

—Te interesará saber que estoy comprometido.

—¡Querido amigo! Te felicito...

—Con la criada de Milverton.

—¡Cielos, Holmes!

—Necesitaba información, Watson.

—¿Seguramente has ido demasiado lejos?

—Fue un paso muy necesario. Soy fontanero con un negocio en ascenso, Escott de nombre. He salido con ella cada tarde, y he hablado con ella. ¡Cielos, esas charlas! Sin embargo, he conseguido todo lo que quería. Conozco la casa de Milverton como la palma de mi mano.

—¿Pero la chica, Holmes?

Se encogió de hombros.

—No puedes evitarlo, mi querido Watson. Debes jugar tus cartas lo mejor que puedas cuando hay una apuesta así sobre la mesa. Sin embargo, me alegra decir que tengo un rival odiado, que seguramente me desplazará en cuanto dé la espalda. ¡Qué noche espléndida es!

—¿Te gusta este tiempo?

—Se adapta a mi propósito. Watson, tengo la intención de robar la casa de Milverton esta noche.

Sentí que me faltaba el aliento y mi piel se enfrió ante las palabras, que fueron pronunciadas lentamente en un tono de concentrada resolución. Como un relámpago en la noche revela en un instante cada detalle de un paisaje salvaje, así, de un vistazo, parecí ver cada resultado posible de tal acción: el descubrimiento, la captura, la honorable carrera terminando en un fracaso irreparable y desgracia, mi propio amigo yaciendo a merced del odioso Milverton.

—Por el amor de Dios, Holmes, piensa en lo que estás haciendo —grité.

—Mi querido amigo, le he dado toda la consideración posible. Nunca soy precipitado en mis acciones, ni adoptaría un curso tan enérgico y, de hecho, tan peligroso, si fuera posible cualquier otro. Analicemos el asunto con claridad y justicia. Supongo que admitirás que la acción es moralmente justificable, aunque técnicamente criminal. Robar su casa no es más que tomar a la fuerza su cartera, una acción en la que estabas dispuesto a ayudarme.

Le di vueltas en mi mente.

—Sí —dije—, es moralmente justificable siempre que nuestro objetivo sea no tomar ningún artículo salvo aquellos que se utilizan para un fin ilegal.

—Exactamente. Como es moralmente justificable, solo tengo que considerar la cuestión del riesgo personal. ¿Seguramente un caballero no debería dar mucha importancia a esto, cuando una dama necesita desesperadamente su ayuda?

—Estarás en una posición tan falsa.

—Bueno, eso es parte del riesgo. No hay otra forma posible de recuperar estas cartas. La desafortunada dama no tiene el dinero, y no hay nadie de su entorno en quien pueda confiar. Mañana es el último día de gracia, y a menos que podamos conseguir las cartas esta noche, este villano cumplirá su palabra y provocará su ruina. Por lo tanto, debo abandonar a mi clienta a su suerte o debo jugar esta última carta. Entre nosotros, Watson, es un duelo deportivo entre este sujeto Milverton y yo. Él tuvo, como viste, la ventaja en los primeros intercambios, pero mi respeto por mí mismo y mi reputación me obligan a luchar hasta el final.

—Bueno, no me gusta, pero supongo que debe ser —dije—. ¿Cuándo empezamos?

—Tú no vienes.

—Entonces tú no vas —dije—. Te doy mi palabra de honor, y nunca la he roto en mi vida, de que tomaré un taxi directamente a la comisaría y te delataré, a menos que me dejes compartir esta aventura contigo.

—No puedes ayudarme.

—¿Cómo lo sabes? No puedes saber qué puede pasar. De todos modos, mi resolución está tomada. Otras personas además de ti tienen amor propio, e incluso reputación.

Holmes había parecido molesto, pero su frente se despejó y me dio una palmada en el hombro.

—Bueno, bueno, mi querido amigo, que así sea. Hemos compartido esta misma habitación durante algunos años, y sería divertido si termináramos compartiendo la misma celda. Sabes, Watson, no me importa confesarte que siempre he tenido la idea de que habría sido un criminal altamente eficiente. Esta es la oportunidad de mi vida en esa dirección. ¡Mira esto! —Sacó un pequeño y elegante estuche de cuero de un cajón, y al abrirlo exhibió una serie de instrumentos brillantes—. Este es un equipo de robo de primera clase y actualizado, con palanca niquelada, cortador de vidrio con punta de diamante, llaves adaptables y todas las mejoras modernas que exige el avance de la civilización. Aquí también está mi linterna sorda. Todo está en orden. ¿Tienes un par de zapatos silenciosos?

—Tengo zapatillas de tenis con suela de goma.

—¡Excelente! ¿Y una máscara?

—Puedo hacer un par con seda negra.

—Puedo ver que tienes una fuerte inclinación natural por este tipo de cosas. Muy bien, haz las máscaras. Cenaremos algo frío antes de empezar. Son las nueve y media. A las once iremos en coche hasta Church Row. Hay un cuarto de hora a pie desde allí hasta Appledore Towers. Estaremos manos a la obra antes de la medianoche. Milverton es un durmiente profundo y se retira puntualmente a las diez y media. Con un poco de suerte deberíamos estar aquí de vuelta a las dos, con las cartas de Lady Eva en mi bolsillo.

Holmes y yo nos pusimos nuestra ropa de etiqueta para poder parecer dos espectadores de teatro que regresan a casa. En Oxford Street tomamos un hansom y nos dirigimos a una dirección en Hampstead. Aquí pagamos nuestro taxi, y con nuestros abrigos abotonados, pues hacía un frío glacial y el viento parecía atravesarnos, caminamos a lo largo del borde del páramo.

—Es un asunto que necesita un trato delicado —dijo Holmes—. Estos documentos están contenidos en una caja fuerte en el estudio del sujeto, y el estudio es la antesala de su dormitorio. Por otra parte, como todos estos hombres pequeños y robustos que se cuidan bien, es un durmiente pletórico. Agatha, esa es mi prometida, dice que es un chiste en el servicio que es imposible despertar al amo. Tiene un secretario que está dedicado a sus intereses y que nunca se mueve del estudio en todo el día. Por eso vamos de noche. Luego tiene un perro bestial que deambula por el jardín. Conocí a Agatha tarde las dos últimas noches, y ella encierra a la bestia para darme vía libre. Esta es la casa, esta grande en sus propios terrenos. A través de la puerta, ahora a la derecha entre los laureles. Creo que podríamos ponernos nuestras máscaras aquí. Verás, no hay ni un destello de luz en ninguna de las ventanas, y todo está funcionando espléndidamente.

Con nuestras cubiertas faciales de seda negra, que nos convirtieron en dos de las figuras más truculentas de Londres, nos deslizamos hacia la casa silenciosa y sombría. Una especie de veranda de baldosas se extendía a lo largo de un lado de la misma, bordeada por varias ventanas y dos puertas.

—Ese es su dormitorio —susurró Holmes—. Esta puerta da directamente al estudio. Nos vendría mejor, pero está echada la llave además de cerrada, y haríamos demasiado ruido al entrar. Ven por aquí. Hay un invernadero que abre al salón.

El lugar estaba cerrado con llave, pero Holmes quitó un círculo de cristal y giró la llave desde el interior. Un instante después, había cerrado la puerta detrás de nosotros, y nos habíamos convertido en criminales a los ojos de la ley. El aire cálido y espeso del invernadero y la rica y sofocante fragancia de las plantas exóticas nos agarraron por la garganta. Me tomó de la mano en la oscuridad y me guio rápidamente entre grupos de arbustos que nos rozaban la cara. Holmes poseía facultades notables, cuidadosamente cultivadas, para ver en la oscuridad. Aún sosteniendo mi mano en la suya, abrió una puerta, y fui vagamente consciente de que habíamos entrado en una habitación grande en la que se había fumado un cigarro poco tiempo antes. Palpó el camino entre los muebles, abrió otra puerta y la cerró tras nosotros. Al extender la mano, sentí varios abrigos colgados de la pared y comprendí que estaba en un pasillo. Lo recorrimos y Holmes abrió muy suavemente una puerta en el lado derecho. Algo salió disparado hacia nosotros y el corazón me dio un vuelco, pero podría haberme reído al darme cuenta de que era el gato. Había un fuego ardiendo en esta nueva habitación y, de nuevo, el aire estaba cargado de humo de tabaco. Holmes entró de puntillas, esperó a que yo le siguiera y luego cerró la puerta con mucha suavidad. Estábamos en el estudio de Milverton, y una cortina en el extremo opuesto mostraba la entrada a su dormitorio.

Era un buen fuego y la habitación estaba iluminada por él. Cerca de la puerta vi el brillo de un interruptor eléctrico, pero era innecesario, incluso si hubiera sido seguro, encenderlo. A un lado de la chimenea había una cortina pesada que cubría el ventanal que habíamos visto desde el exterior. En el otro lado estaba la puerta que comunicaba con la veranda. Un escritorio se alzaba en el centro, con una silla giratoria de cuero rojo brillante. Enfrente había una gran librería, con un busto de mármol de Atenea en la parte superior. En la esquina, entre la librería y la pared, se alzaba una caja fuerte alta y verde, con la luz del fuego reflejándose en los pomos de latón pulido de su frente. Holmes se acercó sigilosamente y la observó. Luego se deslizó hasta la puerta del dormitorio y se quedó de pie, con la cabeza inclinada, escuchando atentamente. No llegó ningún sonido desde el interior. Mientras tanto, se me ocurrió que sería prudente asegurar nuestra retirada a través de la puerta exterior, así que la examiné. Para mi asombro, no estaba ni cerrada con llave ni echado el cerrojo. Toqué el brazo de Holmes y él giró su rostro enmascarado hacia esa dirección. Vi que se sobresaltaba y, evidentemente, estaba tan sorprendido como yo.

—No me gusta esto —susurró, acercando sus labios a mi oído—. No logro entenderlo. De cualquier modo, no tenemos tiempo que perder.

—¿Puedo hacer algo?

—Sí, quédate junto a la puerta. Si oyes a alguien venir, echa el cerrojo desde dentro y podremos escapar como entramos. Si vienen por el otro lado, podemos salir por la puerta si nuestro trabajo está hecho, o escondernos detrás de estas cortinas si no lo está. ¿Entiendes?

Asentí y me quedé junto a la puerta. Mi primer sentimiento de miedo había desaparecido y ahora me embargaba un entusiasmo más intenso que el que jamás había disfrutado cuando éramos los defensores de la ley en lugar de sus transgresores. El elevado objetivo de nuestra misión, la conciencia de que era desinteresada y caballeresca, el carácter villano de nuestro oponente, todo añadía interés deportivo a la aventura. Lejos de sentirme culpable, me regocijé y me exulté ante nuestros peligros. Con un destello de admiración observé a Holmes desenrollar su estuche de instrumentos y elegir su herramienta con la precisión tranquila y científica de un cirujano que realiza una operación delicada. Sabía que la apertura de cajas fuertes era un pasatiempo particular suyo, y entendí la alegría que le producía enfrentarse a este monstruo verde y dorado, el dragón que guardaba en sus fauces la reputación de muchas damas distinguidas. Arremangándose la chaqueta —había dejado su abrigo sobre una silla—, Holmes dispuso dos taladros, una palanqueta y varias llaves maestras. Me quedé en la puerta central con los ojos puestos en cada una de las otras, preparado para cualquier emergencia, aunque, en verdad, mis planes eran algo vagos respecto a lo que debería hacer si nos interrumpían. Durante media hora, Holmes trabajó con energía concentrada, dejando una herramienta y tomando otra, manejando cada una con la fuerza y delicadeza del mecánico experto. Finalmente oí un chasquido, la ancha puerta verde se abrió de par en par y, en el interior, vislumbré una serie de paquetes de papel, cada uno atado, sellado y rotulado. Holmes tomó uno, pero era difícil de leer a la luz parpadeante del fuego, y sacó su pequeña linterna sorda, pues era demasiado peligroso, con Milverton en la habitación contigua, encender la luz eléctrica. De repente lo vi detenerse, escuchar atentamente y, en un instante, cerró de golpe la puerta de la caja fuerte, tomó su abrigo, metió las herramientas en los bolsillos y se lanzó detrás de la cortina de la ventana, haciéndome señas para que hiciera lo mismo.

Solo cuando me hube unido a él allí escuché lo que había alarmado sus sentidos más agudos. Hubo un ruido en algún lugar de la casa. Una puerta se cerró de golpe en la distancia. Entonces, un murmullo confuso y sordo se rompió en el golpe medido de pasos pesados que se acercaban rápidamente. Estaban en el pasillo fuera de la habitación. Hicieron una pausa ante la puerta. La puerta se abrió. Se oyó un chasquido seco al encenderse la luz eléctrica. La puerta se cerró una vez más y el olor acre de un cigarro fuerte llegó hasta nuestras fosas nasales. Luego, los pasos continuaron de un lado a otro, de un lado a otro, a pocos metros de nosotros. Finalmente, hubo un crujido de una silla y los pasos cesaron. Entonces, una llave chasqueó en una cerradura y oí el crujir de papeles.

Hasta entonces no me había atrevido a mirar, pero ahora separé suavemente la división de las cortinas frente a mí y espié. Por la presión del hombro de Holmes contra el mío, supe que compartía mis observaciones. Justo frente a nosotros, y casi a nuestro alcance, estaba la espalda ancha y redondeada de Milverton. Era evidente que habíamos calculado mal sus movimientos, que nunca había estado en su dormitorio, sino que había estado sentado en alguna sala de fumadores o de billar en el ala más alejada de la casa, cuyas ventanas no habíamos visto. Su cabeza ancha y canosa, con su brillante calva, estaba en el primer plano de nuestra visión. Estaba recostado profundamente en la silla de cuero rojo, con las piernas extendidas y un cigarro largo y negro sobresaliendo en ángulo de su boca. Vestía una chaqueta de fumar de estilo semimilitar, color granate, con cuello de terciopelo negro. En su mano sostenía un largo documento legal que leía con aire indolente, soltando anillos de humo de tabaco de sus labios mientras lo hacía. No había promesa de una partida rápida en su porte compuesto y su actitud cómoda.

Sentí que la mano de Holmes se colaba en la mía y me daba un apretón tranquilizador, como para decir que la situación estaba bajo su control y que estaba tranquilo. No estaba seguro de si él había visto lo que era demasiado obvio desde mi posición, que la puerta de la caja fuerte estaba mal cerrada y que Milverton podría observarla en cualquier momento. En mi mente, había determinado que si estaba seguro, por la rigidez de su mirada, de que la había visto, saltaría de inmediato, arrojaría mi abrigo sobre su cabeza, lo inmovilizaría y dejaría el resto a Holmes. Pero Milverton nunca levantó la vista. Estaba lánguidamente interesado por los papeles en su mano, y página tras página pasaba mientras seguía el argumento del abogado. Al menos, pensé, cuando termine el documento y el cigarro irá a su habitación, pero antes de que llegara al final de ambos, ocurrió un desarrollo notable que desvió nuestros pensamientos hacia un canal completamente diferente.

Varias veces observé que Milverton miraba su reloj, y una vez se levantó y volvió a sentarse con un gesto de impaciencia. La idea, sin embargo, de que pudiera tener una cita a una hora tan extraña nunca se me ocurrió hasta que un leve sonido llegó a mis oídos desde la veranda exterior. Milverton dejó caer sus papeles y se quedó rígido en su silla. El sonido se repitió y luego hubo un suave golpe en la puerta. Milverton se levantó y la abrió.

—Bien —dijo con brusquedad—, llegas casi media hora tarde.

Así que esta era la explicación de la puerta sin llave y de la vigilia nocturna de Milverton. Hubo el suave crujido del vestido de una mujer. Había cerrado la rendija entre las cortinas cuando el rostro de Milverton se volvió hacia nuestra dirección, pero ahora me aventuré a abrirla de nuevo con mucho cuidado. Él había retomado su asiento, el cigarro aún sobresaliendo en un ángulo insolente de la comisura de su boca. Frente a él, bajo el resplandor total de la luz eléctrica, estaba una mujer alta, delgada y morena, con un velo sobre el rostro y un manto envuelto alrededor de su barbilla. Su respiración era rápida y agitada, y cada centímetro de su figura esbelta estaba temblando de intensa emoción.

—Bueno —dijo Milverton—, me has hecho perder una buena noche de descanso, querida. Espero que valga la pena. No podías venir en otro momento, ¿eh?

La mujer negó con la cabeza.

—Bueno, si no podías, no podías. Si la Condesa es una ama dura, tienes la oportunidad de ajustar cuentas con ella ahora. Dios bendiga a la chica, ¿por qué estás temblando? Eso es. Cálmate. Ahora, vamos al grano. —Tomó un cuaderno del cajón de su escritorio—. Dices que tienes cinco cartas que comprometen a la Condesa d'Albert. Quieres venderlas. Yo quiero comprarlas. Hasta aquí, todo bien. Solo queda fijar un precio. Tendría que inspeccionar las cartas, por supuesto. Si son realmente buenos ejemplares... ¡Cielos, eres tú!

La mujer, sin decir una palabra, se había levantado el velo y dejado caer el manto de su barbilla. Era un rostro oscuro, hermoso y de rasgos claros el que se enfrentaba a Milverton: un rostro con nariz curvada, fuertes cejas oscuras que daban sombra a ojos duros y brillantes, y una boca recta de labios finos, marcada con una sonrisa peligrosa.

—Soy yo —dijo ella—, la mujer cuya vida has arruinado.

Milverton se rio, pero el miedo vibraba en su voz. —Fuiste muy obstinada —dijo—. ¿Por qué me llevaste a tales extremos? Te aseguro que no le haría daño a una mosca voluntariamente, pero cada hombre tiene su negocio, ¿y qué iba a hacer? Puse el precio al alcance de tus medios. No quisiste pagar.

—Así que enviaste las cartas a mi marido, y él... el caballero más noble que jamás haya vivido, un hombre cuyas botas nunca fui digna de atar... rompió su valiente corazón y murió. Recuerdas que la última noche, cuando crucé esa puerta, te rogué y supliqué clemencia, y te reíste en mi cara como intentas reírte ahora, solo que tu corazón cobarde no puede evitar que tus labios tiemblen. Sí, nunca pensaste volver a verme aquí, pero fue esa noche la que me enseñó cómo podía enfrentarme a ti cara a cara, y a solas. Bueno, Charles Milverton, ¿qué tienes que decir?

—No imagines que puedes intimidarme —dijo, poniéndose de pie—. Solo tengo que alzar la voz y podría llamar a mis sirvientes y hacer que te arresten. Pero tendré en cuenta tu ira natural. Sal de la habitación inmediatamente, tal como viniste, y no diré nada más.

La mujer permaneció de pie con la mano hundida en su pecho y la misma sonrisa mortal en sus labios finos.

—No arruinarás más vidas como arruinaste la mía. No retorcerás más corazones como retorciste el mío. Liberaré al mundo de una cosa venenosa. ¡Toma eso, sabueso, y eso! ¡Y eso! ¡Y eso!

Había sacado un pequeño revólver brillante y vaciado tambor tras tambor en el cuerpo de Milverton, con el cañón a menos de dos pies de su pecho. Él se encogió y luego cayó hacia adelante sobre la mesa, tosiendo furiosamente y arañando entre los papeles. Luego se tambaleó hasta ponerse en pie, recibió otro disparo y rodó por el suelo. —Me has liquidado —gritó, y se quedó quieto. La mujer lo miró intensamente y hundió el tacón en su rostro vuelto hacia arriba. Miró de nuevo, pero no hubo sonido ni movimiento. Oí un crujido seco, el aire nocturno sopló en la habitación caldeada y la vengadora se había ido.

Ninguna interferencia por nuestra parte podría haber salvado al hombre de su destino, pero, mientras la mujer vertía bala tras bala en el cuerpo encogido de Milverton, estaba a punto de salir, cuando sentí el agarre frío y fuerte de Holmes en mi muñeca. Entendí todo el argumento de aquel agarre firme y restrictivo: que no era asunto nuestro, que la justicia había alcanzado a un villano, que teníamos nuestros propios deberes y nuestros propios objetivos, que no debían perderse de vista. Pero apenas la mujer se hubo precipitado fuera de la habitación, Holmes, con pasos rápidos y silenciosos, llegó a la otra puerta. Giró la llave en la cerradura. En el mismo instante oímos voces en la casa y el sonido de pies apresurados. Los disparos del revólver habían despertado a la servidumbre. Con perfecta calma, Holmes se deslizó hacia la caja fuerte, llenó sus dos brazos de fajos de cartas y los arrojó todos al fuego. Una y otra vez lo hizo, hasta que la caja fuerte quedó vacía. Alguien giró el picaporte y golpeó la parte exterior de la puerta. Holmes miró rápidamente a su alrededor. La carta que había sido la mensajera de la muerte para Milverton yacía, toda manchada de su sangre, sobre la mesa. Holmes la arrojó entre los papeles en llamas. Luego sacó la llave de la puerta exterior, pasó después de mí y la cerró por fuera. —Por aquí, Watson —dijo—, podemos saltar el muro del jardín en esta dirección.

No podría haber creído que una alarma pudiera haberse extendido tan rápidamente. Mirando hacia atrás, la enorme casa era un resplandor de luz. La puerta principal estaba abierta y las figuras corrían por el camino de entrada. Todo el jardín estaba vivo con gente, y un tipo lanzó un grito de caza cuando salimos de la veranda y nos siguió de cerca. Holmes parecía conocer los terrenos perfectamente, y se abrió paso rápidamente entre una plantación de árboles pequeños, yo pisándole los talones, y nuestro perseguidor principal jadeando detrás de nosotros. Era un muro de dos metros el que bloqueaba nuestro camino, pero él saltó hasta la cima y pasó al otro lado. Cuando hice lo mismo, sentí que la mano del hombre detrás de mí se agarraba a mi tobillo, pero me liberé a patadas y trepé por una coronación cubierta de hierba. Caí de bruces entre unos arbustos, pero Holmes me puso en pie en un instante, y juntos salimos disparados a través de la enorme extensión de Hampstead Heath. Habíamos corrido tres kilómetros, supongo, antes de que Holmes finalmente se detuviera y escuchara atentamente. Todo era silencio absoluto detrás de nosotros. Nos habíamos sacudido a nuestros perseguidores y estábamos a salvo.

Habíamos desayunado y estábamos fumando nuestra pipa matutina el día después de la notable experiencia que he registrado, cuando el Sr. Lestrade, de Scotland Yard, muy solemne e impresionante, fue introducido en nuestra modesta sala de estar.

—Buenos días, Sr. Holmes —dijo—; buenos días. ¿Puedo preguntar si está muy ocupado en este momento?

—No demasiado ocupado para escucharlo.

—Pensé que, tal vez, si no tenía nada particular entre manos, podría interesarle ayudarnos en un caso de lo más notable que ocurrió apenas anoche en Hampstead.

—¡Vaya! —dijo Holmes—. ¿Qué fue eso?

—Un asesinato, un asesinato de lo más dramático y notable. Sé lo interesado que está en estas cosas, y lo tomaría como un gran favor si bajara a Appledore Towers y nos diera el beneficio de su consejo. No es un crimen común. Hemos tenido nuestros ojos puestos en este Sr. Milverton desde hace algún tiempo y, entre nosotros, era un poco villano. Se sabe que tenía papeles que usaba para fines de chantaje. Todos estos papeles han sido quemados por los asesinos. No se tomó ningún objeto de valor, ya que es probable que los criminales fueran hombres de buena posición, cuyo único objetivo era evitar la exposición social.

—¿Criminales? —dijo Holmes—. ¿En plural?

—Sí, eran dos. Casi fueron capturados con las manos en la masa. Tenemos sus huellas, tenemos su descripción, es diez contra uno que los rastreamos. El primero fue un poco demasiado activo, pero el segundo fue atrapado por el jardinero ayudante y solo escapó tras un forcejeo. Era un hombre de mediana estatura, de complexión fuerte: mandíbula cuadrada, cuello grueso, bigote, una máscara sobre los ojos.

—Eso es bastante vago —dijo Sherlock Holmes—. ¡Caramba, podría ser una descripción de Watson!

—Es cierto —dijo el inspector, divertido—. Podría ser una descripción de Watson.

—Bueno, me temo que no puedo ayudarle, Lestrade —dijo Holmes—. El hecho es que conocía a este tal Milverton, que lo consideraba uno de los hombres más peligrosos de Londres y que creo que hay ciertos crímenes que la ley no puede tocar y que, por lo tanto, hasta cierto punto, justifican la venganza privada. No, no tiene sentido discutir. He tomado una decisión. Mis simpatías están con los criminales más que con la víctima, y no llevaré este caso.

Holmes no me había dicho ni una palabra sobre la tragedia que habíamos presenciado, pero observé durante toda la mañana que estaba en su estado de ánimo más pensativo, y me dio la impresión, por sus ojos vacíos y su aire abstraído, de un hombre que se esfuerza por recordar algo. Estábamos a mitad de nuestro almuerzo, cuando de repente saltó de su silla. —¡Por Júpiter, Watson, lo tengo! —gritó—. ¡Toma tu sombrero! ¡Ven conmigo! Se apresuró a toda velocidad por Baker Street y a lo largo de Oxford Street, hasta que casi llegamos a Regent Circus. Aquí, a mano izquierda, hay un escaparate lleno de fotografías de las celebridades y bellezas del día. Los ojos de Holmes se fijaron en una de ellas y, siguiendo su mirada, vi la imagen de una dama real y majestuosa con traje de Corte, con una alta tiara de diamantes sobre su noble cabeza. Miré esa nariz delicadamente curvada, las cejas marcadas, la boca recta y la fuerte barbilla debajo. Entonces me quedé sin aliento al leer el título consagrado del gran noble y estadista de quien había sido esposa. Mis ojos se encontraron con los de Holmes, y él se llevó el dedo a los labios mientras nos alejábamos del escaparate.

«—Locura, de cualquier modo. Y una locura extraña, además. No pensaríais que queda nadie viviendo en estos tiempos que tenga tal odio a Napoleón el Primero como para romper cualquier imagen suya que pueda ver».

Holmes se reclinó en su silla.

«Eso no es asunto mío», dijo.

«Exacto. Eso es lo que dije. Pero entonces, cuando el hombre comete un robo con allanamiento para romper imágenes que no son suyas, eso aleja el caso del médico y lo acerca al policía».

Holmes volvió a incorporarse.

«¡Robo! Esto es más interesante. Dejadme oír los detalles».

Lestrade sacó su libreta oficial y refrescó su memoria con sus páginas.

«El primer caso denunciado fue hace cuatro días», dijo. «Fue en la tienda de Morse Hudson, quien tiene un local para la venta de cuadros y estatuas en Kennington Road. El asistente había dejado la tienda principal por un instante, cuando oyó un estrépito, y al entrar apresuradamente encontró un busto de yeso de Napoleón, que estaba con otras varias obras de arte sobre el mostrador, yaciendo hecho añicos. Salió corriendo a la carretera, pero, aunque varios transeúntes declararon que habían visto a un hombre salir corriendo de la tienda, no pudo ver a nadie ni encontró medio alguno de identificar al granuja. Parecía ser uno de esos actos sin sentido de gamberrismo que ocurren de vez en cuando, y se denunció como tal al agente de policía de servicio. El molde de yeso no valía más que unos pocos chelines, y todo el asunto parecía demasiado infantil para una investigación particular».

«El segundo caso, sin embargo, fue más serio, y también más singular. Ocurrió justo la pasada noche».

«En Kennington Road, y a unos pocos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un conocido médico, llamado Dr. Barnicot, que tiene una de las consultas más grandes en el lado sur del Támesis. Su residencia y principal consultorio está en Kennington Road, pero tiene una sucursal y dispensario en Lower Brixton Road, a dos millas de distancia. Este Dr. Barnicot es un entusiasta admirador de Napoleón, y su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del Emperador francés. Hace algún tiempo, compró a Morse Hudson dos moldes de yeso duplicados de la famosa cabeza de Napoleón del escultor francés Devine. Uno de ellos lo colocó en su vestíbulo en la casa de Kennington Road, y el otro sobre la repisa de la chimenea de la consulta en Lower Brixton. Pues bien, cuando el Dr. Barnicot bajó esta mañana se quedó atónito al encontrar que su casa había sido robada durante la noche, pero que no se habían llevado nada salvo la cabeza de yeso del vestíbulo. Había sido sacada y estrellada salvajemente contra el muro del jardín, bajo el cual se descubrieron sus fragmentos astillados».

Holmes se frotó las manos.

«Esto es ciertamente muy novedoso», dijo.

«Pensé que le complacería. Pero aún no he llegado al final. El Dr. Barnicot debía estar en su consulta a las doce, y podéis imaginar su asombro cuando, al llegar allí, encontró que la ventana había sido abierta durante la noche y que los trozos rotos de su segundo busto estaban esparcidos por toda la habitación. Había sido hecho pedazos donde estaba. En ninguno de los casos hubo señales que pudieran darnos una pista sobre el criminal o lunático que había hecho el daño. Ahora, Sr. Holmes, ya tiene los hechos».

«Son singulares, por no decir grotescos», dijo Holmes. «¿Puedo preguntar si los dos bustos destrozados en las habitaciones del Dr. Barnicot eran los duplicados exactos del que fue destruido en la tienda de Morse Hudson?».

«Fueron sacados del mismo molde».

«Tal hecho debe ir en contra de la teoría de que el hombre que los rompe está influenciado por algún odio general hacia Napoleón. Considerando cuántos cientos de estatuas del gran Emperador deben existir en Londres, es demasiado suponer tal coincidencia como que un iconoclasta promiscuo pudiera empezar por tres especímenes del mismo busto».

«Bueno, pensé como usted», dijo Lestrade. «Por otra parte, este Morse Hudson es el proveedor de bustos en esa parte de Londres, y estos tres eran los únicos que habían estado en su tienda durante años. Así que, aunque, como dice, hay muchos cientos de estatuas en Londres, es muy probable que estos tres fueran los únicos en ese distrito. Por lo tanto, un fanático local empezaría por ellos. ¿Qué piensa, Dr. Watson?».

«No hay límites a las posibilidades de la monomanía», respondí. «Existe la condición que los psicólogos franceses modernos han llamado la *idée fixe*, que puede ser insignificante en cuanto al carácter, y estar acompañada de una completa cordura en todo lo demás. Un hombre que hubiera leído profundamente sobre Napoleón, o que posiblemente hubiera recibido algún daño familiar hereditario a través de la gran guerra, podría concebiblemente formar tal *idée fixe* y, bajo su influencia, ser capaz de cualquier ultraje fantástico».

«Eso no servirá, mi querido Watson», dijo Holmes, sacudiendo la cabeza, «pues ninguna cantidad de *idée fixe* permitiría a vuestro interesante monomaníaco averiguar dónde estaban situados estos bustos».

«Bueno, ¿cómo lo explica usted?».

«No intento hacerlo. Solo observaría que hay un cierto método en el proceder excéntrico del caballero. Por ejemplo, en el vestíbulo del Dr. Barnicot, donde un ruido podría despertar a la familia, el busto fue llevado fuera antes de ser roto, mientras que en la consulta, donde había menos peligro de una alarma, fue destrozado donde estaba. El asunto parece absurdamente trivial, y sin embargo no me atrevo a llamar trivial a nada cuando reflexiono que algunos de mis casos más clásicos han tenido el comienzo menos prometedor. Recordaréis, Watson, cómo el terrible asunto de la familia Abernetty llegó por primera vez a mi conocimiento por la profundidad a la que se había hundido el perejil en la mantequilla en un día caluroso. No puedo permitirme, por tanto, sonreír ante sus tres bustos rotos, Lestrade, y le estaré muy agradecido si me deja saber de cualquier novedad en tan singular cadena de eventos».

El desarrollo que mi amigo había pedido llegó de una forma más rápida e infinitamente más trágica de lo que podría haber imaginado. Todavía me estaba vistiendo en mi dormitorio a la mañana siguiente, cuando hubo un golpe en la puerta y Holmes entró, con un telegrama en la mano. Lo leyó en voz alta:

«Venid al instante, Pitt Street, 131, Kensington.—LESTRADE».

«¿Qué es, entonces?», pregunté.

«No lo sé; puede ser cualquier cosa. Pero sospecho que es la secuela de la historia de las estatuas. En ese caso, nuestro amigo el rompedor de imágenes ha comenzado las operaciones en otro barrio de Londres. Hay café en la mesa, Watson, y tengo un coche en la puerta».

En media hora habíamos llegado a Pitt Street, un remanso de paz justo al lado de una de las corrientes más vivas de la vida londinense. El número 131 era uno de una hilera de viviendas todas de pecho plano, respetables y de lo más poco romántico. Al acercarnos, encontramos las barandillas delante de la casa rodeadas por una multitud curiosa. Holmes silbó.

«¡Por Jorge! Es intento de asesinato como mínimo. Nada menos retendrá al chico de los recados de Londres. Hay un acto de violencia indicado en los hombros redondeados y el cuello estirado de ese sujeto. ¿Qué es esto, Watson? Los escalones de arriba fregados y los otros secos. ¡Huellas suficientes, de cualquier modo! Bueno, bueno, ahí está Lestrade en la ventana principal, y pronto sabremos todo al respecto».

El oficial nos recibió con una cara muy grave y nos hizo pasar a una sala de estar, donde un hombre mayor extremadamente desaliñado y agitado, vestido con una bata de franela, estaba paseando de un lado a otro. Nos fue presentado como el dueño de la casa, el Sr. Horace Harker, del Sindicato de Prensa Central.

«Es el asunto del busto de Napoleón otra vez», dijo Lestrade. «Parecía interesado anoche, Sr. Holmes, así que pensé que tal vez se alegraría de estar presente ahora que el asunto ha tomado un giro mucho más grave».

«¿A qué se ha vuelto, entonces?».

«A asesinato. Sr. Harker, ¿quiere contar a estos caballeros exactamente lo que ha ocurrido?».

El hombre de la bata se volvió hacia nosotros con una cara de lo más melancólica.

«Es algo extraordinario», dijo, «que toda mi vida haya estado recopilando las noticias de otros, y ahora que una verdadera noticia ha llegado a mi camino estoy tan confundido y molesto que no puedo poner dos palabras juntas. Si hubiera entrado aquí como periodista, me habría entrevistado a mí mismo y tendría dos columnas en todos los periódicos de la tarde. Tal como están las cosas, estoy regalando una copia valiosa contando mi historia una y otra vez a una serie de personas diferentes, y no puedo hacer uso de ella yo mismo. Sin embargo, he oído su nombre, Sr. Sherlock Holmes, y si solo explica este extraño asunto, seré pagado por mi molestia al contarle la historia».

Holmes se sentó y escuchó.

«Todo parece centrarse en ese busto de Napoleón que compré para esta misma habitación hace unos cuatro meses. Lo conseguí barato en Harding Brothers, a dos puertas de la estación de High Street. Gran parte de mi trabajo periodístico lo hago de noche, y a menudo escribo hasta la madrugada. Así fue hoy. Estaba sentado en mi despacho, que está en la parte trasera de la parte superior de la casa, alrededor de las tres, cuando me convencí de que oía algunos sonidos abajo. Escuché, pero no se repitieron, y concluí que venían de fuera. Entonces, de repente, unos cinco minutos después, se oyó un grito de lo más horrible; el sonido más espantoso, Sr. Holmes, que jamás haya oído. Resonará en mis oídos mientras viva. Me quedé helado de horror durante un minuto o dos. Luego agarré el atizador y bajé las escaleras. Cuando entré en esta habitación encontré la ventana abierta de par en par, y observé de inmediato que el busto había desaparecido de la repisa de la chimenea. Por qué cualquier ladrón debería llevarse tal cosa escapa a mi entendimiento, pues solo era un molde de yeso y sin ningún valor real en absoluto».

«Puede ver por sí mismo que cualquiera que saliera por esa ventana abierta podría llegar al escalón delantero dando una zancada larga. Esto es claramente lo que había hecho el ladrón, así que di la vuelta y abrí la puerta. Al salir a la oscuridad, casi me caigo sobre un hombre muerto, que yacía allí. Corrí a buscar una luz y ahí estaba el pobre hombre, una gran herida en la garganta y todo el lugar nadando en sangre. Yacía de espaldas, con las rodillas recogidas y la boca horriblemente abierta. Lo veré en mis sueños. Solo tuve tiempo de soplar mi silbato de policía, y luego debo haberme desmayado, pues no supe nada más hasta que encontré al policía de pie sobre mí en el vestíbulo».

«Bueno, ¿quién era el hombre asesinado?», preguntó Holmes.

«No hay nada que muestre quién era», dijo Lestrade. «Veréis el cuerpo en el depósito de cadáveres, pero no hemos sacado nada de ello hasta ahora. Es un hombre alto, bronceado, muy poderoso, de no más de treinta años. Está mal vestido, y sin embargo no parece ser un trabajador. Una navaja de bolsillo con mango de asta yacía en un charco de sangre junto a él. Si fue el arma que cometió el hecho, o si pertenecía al hombre muerto, no lo sé. No había nombre en su ropa, y nada en sus bolsillos salvo una manzana, algo de cuerda, un mapa de Londres de un chelín y una fotografía. Aquí está».

Evidentemente, fue tomada por una instantánea de una cámara pequeña. Representaba a un hombre simiesco, alerta y de rasgos afilados, con cejas gruesas y una proyección muy peculiar de la parte inferior de la cara, como el hocico de un babuino.

«¿Y qué fue del busto?», preguntó Holmes, después de un estudio cuidadoso de esta imagen.

«Tuvimos noticias de ello justo antes de que llegarais. Ha sido encontrado en el jardín delantero de una casa vacía en Campden House Road. Estaba roto en fragmentos. Voy a ir ahora mismo a verlo. ¿Vendréis?».

«Ciertamente. Debo echar un vistazo rápido». Examinó la alfombra y la ventana. «El sujeto o bien tenía las piernas muy largas o era un hombre de lo más activo», dijo. «Con un patio debajo, no fue ninguna hazaña menor alcanzar ese alféizar y abrir esa ventana. Volver fue comparativamente sencillo. ¿Viene con nosotros a ver los restos de su busto, Sr. Harker?».

El desconsolado periodista se había sentado a una mesa de escritorio.

«Debo intentar sacar algo de esto», dijo, «aunque no tengo duda de que las primeras ediciones de los periódicos de la tarde están fuera ya con todos los detalles. ¡Es como mi suerte! ¿Recuerda cuando cayó la grada en Doncaster? Bueno, yo era el único periodista en la grada, y mi periódico el único que no tenía una crónica de ello, pues estaba demasiado conmocionado para escribirlo. Y ahora llegaré demasiado tarde con un asesinato cometido en mi propia puerta».

Mientras salíamos de la habitación, oímos su pluma viajando estridentemente sobre el papel.

El lugar donde se habían encontrado los fragmentos del busto estaba a solo unos cientos de metros de distancia. Por primera vez nuestros ojos descansaron sobre esta representación del gran emperador, que parecía suscitar un odio tan frenético y destructivo en la mente del desconocido. Yacía esparcido, en fragmentos astillados, sobre la hierba. Holmes recogió varios de ellos y los examinó cuidadosamente. Estaba convencido, por su rostro atento y su manera resuelta, de que por fin estaba sobre una pista.

«¿Bien?», preguntó Lestrade.

Holmes se encogió de hombros.

«Nos queda un largo camino por recorrer aún», dijo. «Y sin embargo... y sin embargo... bueno, tenemos algunos hechos sugerentes sobre los cuales actuar. La posesión de este busto insignificante valía más, a los ojos de este extraño criminal, que una vida humana. Ese es un punto. Luego está el hecho singular de que no lo rompió en la casa, o inmediatamente fuera de la casa, si romperlo era su único objetivo».

«Estaba nervioso y azorado por encontrarse con este otro sujeto. Apenas sabía lo que estaba haciendo».

«Bueno, eso es bastante probable. Pero deseo llamar su atención muy particularmente sobre la posición de esta casa, en cuyo jardín fue destruido el busto».

Lestrade miró a su alrededor.

«Era una casa vacía, y así sabía que no sería molestado en el jardín».

«Sí, pero hay otra casa vacía más arriba en la calle por la que debió pasar antes de llegar a esta. ¿Por qué no lo rompió allí, ya que es evidente que cada metro que lo llevaba aumentaba el riesgo de que alguien se encontrara con él?».

«Me rindo», dijo Lestrade.

Holmes señaló la farola sobre nuestras cabezas.

«Podía ver lo que estaba haciendo aquí, y no podía allí. Esa fue su razón».

«¡Por Júpiter! es verdad», dijo el detective. «Ahora que caigo en la cuenta, el busto del Dr. Barnicot fue roto no lejos de su lámpara roja. Bueno, Sr. Holmes, ¿qué vamos a hacer con ese hecho?».

«Recordarlo, registrarlo. Podemos encontrar algo más tarde que influya en ello. ¿Qué pasos propone dar ahora, Lestrade?».

«La manera más práctica de llegar a ello, en mi opinión, es identificar al hombre muerto. No debería haber dificultad con eso. Cuando hayamos encontrado quién es y quiénes son sus asociados, deberíamos tener un buen comienzo para aprender qué estaba haciendo en Pitt Street anoche, y quién fue quien lo encontró y lo mató en la puerta del Sr. Horace Harker. ¿No lo creéis así?».

«Sin duda; y sin embargo no es exactamente la manera en que yo abordaría el caso».

«¿Qué haría usted entonces?».

«Oh, no debe dejar que le influya de ninguna manera. Sugiero que usted siga su línea y yo la mía. Podemos comparar notas después, y cada uno complementará al otro».

«Muy bien», dijo Lestrade.

«Si va a volver a Pitt Street, podría ver al Sr. Horace Harker. Dígale de mi parte que ya me he decidido, y que es seguro que un peligroso lunático homicida, con delirios napoleónicos, estaba en su casa anoche. Será útil para su artículo».

Lestrade se quedó mirando.

«¿No cree eso seriamente?».

Holmes sonrió.

«¿No lo creo? Bueno, quizás no. Pero estoy seguro de que interesará al Sr. Horace Harker y a los suscriptores del Sindicato de Prensa Central. Ahora, Watson, creo que encontraremos que tenemos un día largo y más bien complejo de trabajo ante nosotros. Me alegraría, Lestrade, si pudiera encontrar conveniente reunirse con nosotros en Baker Street a las seis de esta tarde. Hasta entonces me gustaría quedarme con esta fotografía, encontrada en el bolsillo del hombre muerto. Es posible que tenga que pedir su compañía y asistencia en una pequeña expedición que tendrá que llevarse a cabo esta noche, si mi cadena de razonamiento resulta ser correcta. ¡Hasta entonces, adiós y buena suerte!».

Sherlock Holmes y yo caminamos juntos hasta High Street, donde nos detuvimos en la tienda de Harding Brothers, de donde se había comprado el busto. Un joven asistente nos informó de que el Sr. Harding estaría ausente hasta la tarde, y que él mismo era un recién llegado, que no podía darnos información alguna. El rostro de Holmes mostró su decepción y molestia.

«Bueno, bueno, no podemos esperar tenerlo todo a nuestra manera, Watson», dijo, al fin. «Debemos volver por la tarde, si el Sr. Harding no estará aquí hasta entonces. Estoy, como sin duda habrá conjeturado, esforzándome por rastrear estos bustos hasta su origen, con el fin de averiguar si no hay algo peculiar que pueda explicar su notable destino. Vamos hacia el Sr. Morse Hudson, de Kennington Road, y veamos si puede arrojar algo de luz sobre el problema».

Un viaje de una hora nos llevó al establecimiento del vendedor de cuadros. Era un hombre pequeño, robusto, de cara roja y carácter irascible.

«Sí, señor. En mi propio mostrador, señor», dijo. «Para qué pagamos tasas e impuestos no lo sé, cuando cualquier rufián puede entrar y romper los bienes de uno. Sí, señor, fui yo quien vendió al Dr. Barnicot sus dos estatuas. ¡Vergonzoso, señor! Un complot nihilista; eso es lo que deduzco. Nadie más que un anarquista iría por ahí rompiendo estatuas. Republicanos rojos; eso es lo que les llamo. ¿A quién le conseguí las estatuas? No veo qué tiene eso que ver con el asunto. Bueno, si realmente quiere saberlo, las conseguí de Gelder & Co., en Church Street, Stepney. Son una casa bien conocida en el comercio, y han estado así veinte años. ¿Cuántas tenía? Tres, dos y una son tres; dos del Dr. Barnicot, y una destrozada a plena luz del día en mi propio mostrador. ¿Conozco esa fotografía? No, no la conozco. Sí, la conozco, sin embargo. Vaya, es Beppo. Era una especie de trabajador italiano a destajo, que se hacía útil en la tienda. Podía tallar un poco, dorar y enmarcar, y hacer trabajos ocasionales. El sujeto me dejó la semana pasada, y no he sabido nada de él desde entonces. No, no sé de dónde vino ni adónde fue. No tenía nada contra él mientras estuvo aquí. Se fue dos días antes de que el busto fuera destrozado».

«Bueno, eso es todo lo que podíamos esperar razonablemente de Morse Hudson», dijo Holmes, al salir de la tienda. «Tenemos a este Beppo como un factor común, tanto en Kennington como en Kensington, así que vale la pena un viaje de diez millas. Ahora, Watson, vayamos a Gelder & Co., de Stepney, la fuente y origen de los bustos. Me sorprenderé si no conseguimos algo de ayuda allí abajo».

Pasamos en rápida sucesión por la periferia del Londres elegante, el Londres de los hoteles, el Londres teatral, el Londres literario, el Londres comercial y, finalmente, el Londres marítimo, hasta llegar a una ciudad ribereña de cien mil almas, donde las casas de vecindad sofocan y apestan con los marginados de Europa. Allí, en una ancha avenida que antaño fuera morada de acaudalados mercaderes de la City, encontramos el taller de escultura que buscábamos. En el exterior había un considerable patio lleno de trabajos monumentales de piedra. En el interior, una gran sala donde cincuenta trabajadores tallaban o moldeaban. El gerente, un hombre alto, rubio y alemán, nos recibió con cortesía y dio una respuesta clara a todas las preguntas de Holmes. Una consulta a sus libros mostró que se habían sacado cientos de moldes de una copia en mármol del busto de Napoleón de Devine, pero que los tres que habían sido enviados a Morse Hudson un año antes, aproximadamente, habían sido la mitad de una partida de seis, habiéndose enviado los otros tres a Harding Brothers, de Kensington. No había razón para que aquellos seis fueran diferentes de cualquier otro de los bustos. No pudo sugerir causa alguna por la que alguien deseara destruirlos; de hecho, se rio de la idea. Su precio al por mayor era de seis chelines, pero el minorista obtenía doce o más. El busto se realizaba con dos moldes, uno para cada lado de la cara, y luego se unían estos dos perfiles de yeso para formar el busto completo. El trabajo solía ser realizado por italianos, en la sala en la que nos encontrábamos. Una vez terminados, los bustos se colocaban en una mesa del pasillo para que se secaran y, después, se almacenaban. Eso era todo lo que podía decirnos.

Pero la exhibición de la fotografía tuvo un efecto notable en el gerente. Su rostro se encendió de ira y sus cejas se anudaron sobre sus ojos azules teutónicos.

—¡Ah, el granuja! —exclamó—. Sí, por supuesto, lo conozco muy bien. Este ha sido siempre un establecimiento respetable, y la única vez que hemos tenido a la policía en él fue por este mismo sujeto. Fue hace más de un año. Apuñaló a otro italiano en la calle y luego vino al taller con la policía pisándole los talones, y aquí fue detenido. Beppo era su nombre; su segundo nombre nunca lo supe. Bien merecido me lo tengo por contratar a un hombre con semejante cara. Pero era un buen trabajador, uno de los mejores.

—¿Qué condena recibió?

—El hombre sobrevivió y él salió libre con un año. No me cabe duda de que ya está en libertad, pero no se ha atrevido a asomar la nariz por aquí. Tenemos a un primo suyo en la plantilla y me atrevería a decir que podría decirle dónde se encuentra.

—No, no —gritó Holmes—, ni una palabra al primo, ni una palabra, se lo ruego. El asunto es muy importante y, cuanto más avanzo en él, más importante parece volverse. Cuando usted se refirió en su libro de contabilidad a la venta de esos bustos, observé que la fecha era el 3 de junio del año pasado. ¿Podría decirme la fecha en que arrestaron a Beppo?

—Podría decírselo aproximadamente por la lista de pagos —respondió el gerente—. Sí —continuó, tras pasar algunas páginas—, se le pagó por última vez el 20 de mayo.

—Gracias —dijo Holmes—. No creo que necesite importunarle más tiempo ni paciencia. Con una última advertencia de que no dijera nada sobre nuestras investigaciones, volvimos a enfilar nuestros rostros hacia el oeste.

La tarde estaba muy avanzada cuando pudimos tomar un almuerzo apresurado en un restaurante. Un cartel de noticias en la entrada anunciaba: «Atentado en Kensington. Asesinato por un loco», y el contenido del periódico mostraba que el señor Horace Harker había logrado, después de todo, que su relato apareciera impreso. Dos columnas estaban ocupadas con una versión altamente sensacionalista y florida de todo el incidente. Holmes lo apoyó contra el servilletero y lo leyó mientras comía. Una o dos veces soltó una risita.

—Esto está bien, Watson —dijo—. Escucha esto:

«Es satisfactorio saber que no puede haber diferencia de opinión sobre este caso, ya que el señor Lestrade, uno de los miembros más experimentados del cuerpo oficial, y el señor Sherlock Holmes, el conocido experto consultor, han llegado, cada uno por su lado, a la conclusión de que la grotesca serie de incidentes, que ha terminado de forma tan trágica, surge de la demencia antes que de un crimen deliberado. Ninguna explicación salvo la aberración mental puede cubrir los hechos».

—La prensa, Watson, es una institución de lo más valiosa, si uno sabe cómo utilizarla. Y ahora, si has terminado, volveremos a Kensington para ver qué tiene que decir al respecto el gerente de Harding Brothers.

El fundador de aquel gran emporio resultó ser una persona pequeña, vivaz y cortante, muy pulcro y rápido, con una cabeza despejada y una lengua pronta.

—Sí, señor, ya he leído el relato en los periódicos de la tarde. El señor Horace Harker es cliente nuestro. Le suministramos el busto hace algunos meses. Pedimos tres bustos de esa clase a Gelder & Co., de Stepney. Ya están todos vendidos. ¿A quién? Oh, me atrevo a decir que consultando nuestro libro de ventas podríamos decírselo muy fácilmente. Sí, aquí tenemos los asientos. Uno al señor Harker, como ve, otro al señor Josiah Brown, de Laburnum Lodge, Laburnum Vale, Chiswick, y otro al señor Sandeford, de Lower Grove Road, Reading. No, nunca he visto esta cara que me muestra en la fotografía. Difícilmente se olvidaría, ¿verdad, señor?, porque rara vez he visto una más fea. ¿Tenemos algún italiano en la plantilla? Sí, señor, tenemos varios entre nuestros trabajadores y personal de limpieza. Me atrevo a decir que podrían echar un vistazo a ese libro de ventas si quisieran. No hay ninguna razón especial para vigilar ese libro. Bueno, bueno, es un asunto muy extraño, y espero que me haga saber si sus investigaciones dan algún fruto.

Holmes había tomado varias notas durante el testimonio del señor Harding, y pude ver que estaba completamente satisfecho con el giro que tomaban los acontecimientos. No hizo, sin embargo, comentario alguno, salvo decir que, si no nos dábamos prisa, llegaríamos tarde a nuestra cita con Lestrade. Efectivamente, cuando llegamos a Baker Street el detective ya estaba allí, y lo encontramos caminando de un lado a otro en un arrebato de impaciencia. Su aire de importancia demostraba que su día de trabajo no había sido en vano.

—¿Bueno? —preguntó—. ¿Qué suerte, señor Holmes?

—Hemos tenido un día muy ajetreado, y no del todo perdido —explicó mi amigo—. Hemos visto tanto a los minoristas como a los fabricantes mayoristas. Ahora puedo seguir la pista de cada uno de los bustos desde el principio.

—Los bustos —gritó Lestrade—. Bueno, bueno, usted tiene sus propios métodos, señor Sherlock Holmes, y no soy quién para decir una palabra en su contra, pero creo que he hecho un trabajo mejor que el suyo hoy. He identificado al muerto.

—¿No me diga?

—Y he encontrado una causa para el crimen.

—¡Espléndido!

—Tenemos un inspector que se especializa en Saffron Hill y el Barrio Italiano. Pues bien, este muerto llevaba un emblema católico alrededor del cuello y eso, junto con su color, me hizo pensar que era del sur. El inspector Hill lo reconoció en cuanto lo vio. Se llama Pietro Venucci, de Nápoles, y es uno de los mayores asesinos de Londres. Está relacionado con la Mafia, que, como sabe, es una sociedad política secreta que hace cumplir sus decretos mediante el asesinato. Ahora, ya ve cómo el asunto empieza a aclararse. El otro sujeto es probablemente también italiano y miembro de la Mafia. Ha quebrantado las reglas de alguna manera. Pietro es puesto tras su pista. Probablemente la fotografía que encontramos en su bolsillo sea el hombre mismo, para que no apuñale a la persona equivocada. Sigue al sujeto, lo ve entrar en una casa, espera fuera por él y, en el forcejeo, recibe su propia herida mortal. ¿Qué le parece, señor Sherlock Holmes?

Holmes aplaudió con aprobación.

—¡Excelente, Lestrade, excelente! —exclamó—. Pero no entendí del todo su explicación sobre la destrucción de los bustos.

—¡Los bustos! Nunca podrá quitarse esos bustos de la cabeza. A fin de cuentas, eso no es nada; hurtos menores, seis meses a lo sumo. Es el asesinato lo que realmente estamos investigando, y le digo que estoy reuniendo todos los cabos en mis manos.

—¿Y la siguiente etapa?

—Es muy sencilla. Iré con Hill al Barrio Italiano, encontraré al hombre cuya fotografía tenemos y lo arrestaré bajo el cargo de asesinato. ¿Vendrá con nosotros?

—Creo que no. Me figuro que podemos lograr nuestro fin de una manera más sencilla. No puedo asegurarlo, porque todo depende... bueno, todo depende de un factor que está completamente fuera de nuestro control. Pero tengo grandes esperanzas —de hecho, las apuestas son exactamente de dos a uno— de que, si viene con nosotros esta noche, podré ayudarle a echarle el guante.

—¿En el Barrio Italiano?

—No, me parece que Chiswick es una dirección que tiene más probabilidades de encontrarlo. Si quiere venir conmigo a Chiswick esta noche, Lestrade, le prometo ir al Barrio Italiano con usted mañana, y el retraso no hará ningún daño. Y ahora, creo que unas horas de sueño nos vendrían bien a todos, pues no pienso salir antes de las once, y es poco probable que volvamos antes de la mañana. Cenará con nosotros, Lestrade, y luego es bienvenido al sofá hasta que llegue la hora de partir. Mientras tanto, Watson, me alegraría que llamara a un mensajero urgente, pues tengo una carta que enviar y es importante que salga de inmediato.

Holmes pasó la velada rebuscando entre los archivos de los viejos periódicos diarios con los que estaba repleto uno de nuestros cuartos trasteros. Cuando por fin bajó, lo hizo con triunfo en los ojos, pero no dijo nada a ninguno de los dos sobre el resultado de sus investigaciones. Por mi parte, había seguido paso a paso los métodos por los cuales él había trazado los diversos giros de este complejo caso y, aunque todavía no podía percibir la meta a la que llegaríamos, entendí claramente que Holmes esperaba que este grotesco criminal hiciera un intento contra los dos bustos restantes, uno de los cuales, recordaba, estaba en Chiswick. Sin duda, el objetivo de nuestro viaje era atraparlo con las manos en la masa, y no pude sino admirar la astucia con la que mi amigo había insertado una pista falsa en el periódico de la tarde, para darle al sujeto la idea de que podía continuar su plan con impunidad. No me sorprendió cuando Holmes sugirió que llevara mi revólver conmigo. Él mismo había tomado la fusta cargada, que era su arma favorita.

Un coche de punto estaba en la puerta a las once, y en él nos dirigimos a un punto al otro lado del puente de Hammersmith. Allí se le ordenó al cochero que esperara. Un corto paseo nos llevó a una calle apartada bordeada de casas agradables, cada una en su propia parcela. Bajo la luz de una farola leímos «Laburnum Villa» en el poste de la puerta de una de ellas. Sus ocupantes se habían retirado evidentemente a descansar, pues todo estaba oscuro salvo por una ventana sobre la puerta principal, que proyectaba un único círculo borroso en el camino del jardín. La valla de madera que separaba el terreno de la calle proyectaba una densa sombra negra en el lado interior, y fue allí donde nos agazapamos.

—Me temo que tendrán que esperar mucho —susurró Holmes—. Podemos dar gracias a las estrellas de que no esté lloviendo. No creo que podamos siquiera aventurarnos a fumar para pasar el tiempo. Sin embargo, hay una probabilidad de dos a uno de que obtengamos algo que nos compense por nuestras molestias.

Resultó, sin embargo, que nuestra vigilia no iba a ser tan larga como Holmes nos había hecho temer, y terminó de una manera muy repentina y singular. En un instante, sin el menor sonido que nos advirtiera de su llegada, la puerta del jardín se abrió de golpe y una figura ágil y oscura, tan veloz y activa como un simio, corrió por el camino del jardín. La vimos pasar veloz ante la luz que se proyectaba sobre la puerta y desaparecer en la sombra negra de la casa. Hubo una larga pausa, durante la cual contuvimos el aliento, y entonces llegó a nuestros oídos un sonido muy leve de crujido. Estaban abriendo la ventana. El ruido cesó y volvió a reinar un largo silencio. El sujeto se estaba abriendo paso al interior de la casa. Vimos el destello repentino de una linterna sorda dentro de la habitación. Lo que buscaba evidentemente no estaba allí, pues volvimos a ver el destello tras otra persiana, y luego tras otra.

—Vayamos a la ventana abierta. Lo atraparemos cuando salga —susurró Lestrade.

Pero antes de que pudiéramos movernos, el hombre había emergido de nuevo. Al salir al resplandeciente parche de luz, vimos que llevaba algo blanco bajo el brazo. Miró furtivamente a su alrededor. El silencio de la calle desierta le tranquilizó. Dándonos la espalda, dejó su carga y al instante siguiente se oyó un golpe seco, seguido de un estrépito y un tintineo. El hombre estaba tan concentrado en lo que hacía que ni siquiera oyó nuestros pasos mientras nos deslizábamos por el césped. Con el salto de un tigre, Holmes se le echó encima y, un instante después, Lestrade y yo lo teníamos por ambas muñecas y le habíamos puesto las esposas. Al darle la vuelta, vi un rostro horrible y cetrino, con rasgos retorcidos y furiosos, fulminándonos con la mirada, y supe que efectivamente habíamos capturado al hombre de la fotografía.

Pero no era a nuestro prisionero a quien Holmes prestaba atención. Acluclillado en el umbral, se dedicaba a examinar con sumo cuidado lo que el hombre había sacado de la casa. Era un busto de Napoleón, como el que habíamos visto aquella mañana, y había sido roto en fragmentos similares. Holmes sostuvo cada fragmento cuidadosamente a la luz, pero en nada difería de cualquier otro trozo de yeso destrozado. Acababa de terminar su examen cuando se encendieron las luces del recibidor, se abrió la puerta y el dueño de la casa, una figura jovial y redonda en camisa y pantalón, se presentó.

—El señor Josiah Brown, supongo —dijo Holmes.

—Sí, señor; y usted, sin duda, es el señor Sherlock Holmes. Recibí la nota que envió por el mensajero urgente e hice exactamente lo que me dijo. Cerramos todas las puertas desde dentro y esperamos acontecimientos. Bueno, me alegra mucho ver que han atrapado al granuja. Espero, caballeros, que entren a tomar algún refrigerio.

Sin embargo, Lestrade estaba ansioso por llevar a su hombre a un lugar seguro, así que a los pocos minutos llamamos a nuestro coche y los cuatro nos dirigimos a Londres. Ni una palabra quiso decir nuestro cautivo, pero nos fulminó con la mirada desde la sombra de su pelo enmarañado y, una vez, cuando mi mano pareció estar a su alcance, chasqueó los dientes como un lobo hambriento. Nos quedamos el tiempo suficiente en la comisaría para saber que un registro de sus ropas no reveló nada salvo unos pocos chelines y una navaja de vaina larga, cuyo mango presentaba abundantes rastros de sangre reciente.

—Todo está bien —dijo Lestrade al despedirnos—. Hill conoce a toda esta gente y le pondrá nombre. Ya verá cómo mi teoría sobre la Mafia resulta ser correcta. Pero estoy seguro de que le estoy sumamente agradecido, señor Holmes, por la forma tan profesional en que le echó el guante. Todavía no lo entiendo del todo.

—Me temo que es una hora demasiado avanzada para explicaciones —dijo Holmes—. Además, hay uno o dos detalles que no están terminados, y es uno de esos casos que vale la pena trabajar hasta el final. Si vuelven a pasar por mis habitaciones a las seis de mañana, creo que podré demostrarles que todavía no han captado el significado total de este asunto, que presenta algunas características que lo hacen absolutamente original en la historia del crimen. Si alguna vez le permito relatar más de mis pequeños problemas, Watson, presiento que animará sus páginas con un relato de la singular aventura de los bustos napoleónicos.

Cuando nos reunimos de nuevo a la tarde siguiente, Lestrade contaba con mucha información sobre nuestro prisionero. Su nombre, al parecer, era Beppo, segundo nombre desconocido. Era un conocido holgazán entre la colonia italiana. Había sido un hábil escultor y se había ganado la vida honradamente, pero se había dejado llevar por malos caminos y ya había estado dos veces en la cárcel: una por un hurto menor y otra, como ya habíamos oído, por apuñalar a un compatriota. Hablaba inglés perfectamente. Sus razones para destruir los bustos seguían siendo desconocidas, y se negó a responder a cualquier pregunta al respecto, pero la policía había descubierto que esos mismos bustos bien podrían haber sido hechos por sus propias manos, ya que trabajaba en ese tipo de labor en el establecimiento de Gelder & Co. A toda esta información, mucha de la cual ya conocíamos, Holmes escuchó con cortés atención, pero yo, que lo conocía tan bien, pude ver claramente que sus pensamientos estaban en otra parte, y detecté una mezcla de inquietud y expectación bajo esa máscara que solía asumir. Por fin, se sobresaltó en su silla y sus ojos se iluminaron. Habían llamado al timbre. Un minuto después oímos pasos en la escalera y se nos presentó un hombre mayor, de rostro rubicundo y patillas entrecanas. En su mano derecha llevaba una alfombrilla de viaje pasada de moda, que colocó sobre la mesa.

—¿Está aquí el señor Sherlock Holmes?

Mi amigo se inclinó y sonrió.

—El señor Sandeford, de Reading, supongo —dijo.

—Sí, señor, me temo que llego un poco tarde, pero los trenes fueron complicados. Usted me escribió sobre un busto que está en mi poder.

—Exactamente.

—Tengo su carta aquí. Usted decía: «Deseo poseer una copia del Napoleón de Devine, y estoy dispuesto a pagarle diez libras por la que está en su poder». ¿Es correcto?

—Ciertamente.

—Me sorprendió mucho su carta, pues no podía imaginar cómo sabía que yo poseía tal cosa.

—Por supuesto que debió sorprenderse, pero la explicación es muy sencilla. El señor Harding, de Harding Brothers, dijo que le habían vendido su última copia, y me dio su dirección.

—Oh, ¿fue eso? ¿Le dijo cuánto pagué por él?

—No, no lo hizo.

—Bueno, soy un hombre honrado, aunque no muy rico. Solo di quince chelines por el busto, y creo que debería saberlo antes de aceptar diez libras de usted.

—Estoy seguro de que el escrúpulo le honra, señor Sandeford. Pero he fijado ese precio, así que pienso mantenerlo.

—Bueno, es muy generoso por su parte, señor Holmes. He traído el busto conmigo, como me pidió. ¡Aquí está! —Abrió su bolsa y, por fin, vimos colocado sobre nuestra mesa un ejemplar completo de aquel busto que ya habíamos visto más de una vez en fragmentos.

Holmes sacó un papel de su bolsillo y puso un billete de diez libras sobre la mesa.

—Firmará amablemente ese papel, señor Sandeford, en presencia de estos testigos. Es simplemente para decir que me transfiere todo derecho posible que alguna vez tuvo sobre el busto. Soy un hombre metódico, ya ve, y nunca se sabe qué giro pueden tomar los acontecimientos después. Gracias, señor Sandeford; aquí tiene su dinero, y le deseo muy buenas noches.

Cuando nuestro visitante hubo desaparecido, los movimientos de Sherlock Holmes fueron tales que captaron toda nuestra atención. Empezó por sacar un paño blanco y limpio de un cajón y extenderlo sobre la mesa. Luego colocó su recién adquirido busto en el centro del paño. Finalmente, tomó su fusta y asestó a Napoleón un golpe seco en la parte superior de la cabeza. La figura se rompió en fragmentos, y Holmes se inclinó con avidez sobre los restos destrozados. Al instante siguiente, con un fuerte grito de triunfo, sostuvo una astilla en la que un objeto redondo y oscuro estaba incrustado como una pasa en un pudín.

—Caballeros —exclamó—, permítanme presentarles la famosa perla negra de los Borgia.

Lestrade y yo permanecimos sentados en silencio por un momento y luego, en un impulso espontáneo, ambos rompimos a aplaudir, como ante la crisis bien lograda de una obra de teatro. Un rubor de color brotó en las pálidas mejillas de Holmes, y nos hizo una reverencia como el dramaturgo maestro que recibe el homenaje de su público. Era en tales momentos cuando, por un instante, dejaba de ser una máquina de razonar y traicionaba su amor humano por la admiración y el aplauso. La misma naturaleza singularmente orgullosa y reservada que se apartaba con desdén de la notoriedad popular era capaz de conmoverse hasta lo más profundo por el asombro y el elogio espontáneos de un amigo.

—Sí, caballeros —dijo—, es la perla más famosa que existe actualmente en el mundo, y ha sido mi buena fortuna, mediante una cadena conectada de razonamiento inductivo, rastrearla desde el dormitorio del Príncipe de Colonna en el Hotel Dacre, donde se perdió, hasta el interior de este, el último de los seis bustos de Napoleón fabricados por Gelder & Co., de Stepney. Recordarán, Lestrade, la sensación causada por la desaparición de esta valiosa joya y los vanos esfuerzos de la policía de Londres por recuperarla. Fui consultado personalmente sobre el caso, pero fui incapaz de arrojar luz alguna sobre él. La sospecha recayó sobre la doncella de la Princesa, que era italiana, y se probó que tenía un hermano en Londres, pero fracasamos en rastrear conexión alguna entre ellos. El nombre de la doncella era Lucretia Venucci, y no me cabe duda de que este Pietro, que fue asesinado hace dos noches, era el hermano. He estado consultando las fechas en los viejos archivos del periódico y encuentro que la desaparición de la perla fue exactamente dos días antes del arresto de Beppo por algún crimen de violencia; un evento que tuvo lugar en la fábrica de Gelder & Co. en el mismo momento en que estos bustos estaban siendo fabricados. Ahora ven claramente la secuencia de los hechos, aunque la ven, por supuesto, en orden inverso al que se presentaron ante mí. Beppo tenía la perla en su poder. Quizá se la robó a Pietro, quizá fue cómplice de Pietro, quizá fue el intermediario entre Pietro y su hermana. No es de importancia para nosotros cuál sea la solución correcta.

—El hecho principal es que él tenía la perla, y en ese momento, cuando la llevaba consigo, fue perseguido por la policía. Se dirigió a la fábrica en la que trabajaba y sabía que solo tenía unos pocos minutos para ocultar este premio enormemente valioso, que de lo contrario sería encontrado en él cuando lo registraran. Seis moldes de yeso de Napoleón se estaban secando en el pasillo. Uno de ellos todavía estaba blando. En un instante, Beppo, un obrero hábil, hizo un pequeño agujero en el yeso húmedo, dejó caer la perla y, con unos pocos toques, cubrió la abertura de nuevo. Fue un escondite admirable. Nadie podría encontrarla jamás. Pero Beppo fue condenado a un año de prisión, y mientras tanto sus seis bustos fueron dispersados por todo Londres. Él no podía saber cuál contenía su tesoro. Solo rompiéndolos podía verlo. Incluso sacudiéndolos no sabría nada, pues como el yeso estaba húmedo era probable que la perla se adhiriera a él, como, de hecho, ha sucedido. Beppo no se desesperó y condujo su búsqueda con considerable ingenio y perseverancia. A través de un primo que trabaja con Gelder, descubrió las firmas minoristas que habían comprado los bustos. Se las arregló para encontrar empleo con Morse Hudson y, de esa manera, rastreó tres de ellos. La perla no estaba allí. Luego, con la ayuda de algún empleado italiano, logró averiguar a dónde habían ido los otros tres bustos. El primero estaba en casa de Harker. Allí fue seguido por su cómplice, quien responsabilizó a Beppo por la pérdida de la perla, y lo apuñaló en el forcejeo que siguió.

—Si era su cómplice, ¿por qué habría de llevar su fotografía? —pregunté.

—Como medio para rastrearlo, si deseaba preguntar por él a alguna tercera persona. Esa era la razón obvia. Bien, después del asesinato calculé que Beppo probablemente se apresuraría en lugar de retrasar sus movimientos. Temería que la policía leyera su secreto, así que se apresuró antes de que ellos pudieran adelantársele. Por supuesto, no podía decir que no hubiera encontrado la perla en el busto de Harker. Ni siquiera había concluido con certeza que fuera la perla, pero era evidente para mí que buscaba algo, ya que llevó el busto más allá de las otras casas para romperlo en el jardín que tenía una lámpara que lo iluminaba desde arriba. Como el busto de Harker era uno de tres, las probabilidades eran exactamente como les dije: dos contra uno en contra de que la perla estuviera dentro. Quedaban dos bustos, y era obvio que iría primero por el de Londres. Advertí a los ocupantes de la casa para evitar una segunda tragedia, y bajamos, con los resultados más felices. Para ese entonces, por supuesto, sabía con certeza que era la perla de los Borgia lo que buscábamos. El nombre del hombre asesinado vinculó un evento con el otro. Solo quedaba un busto —el de Reading—, y la perla debía estar allí. La compré en su presencia al dueño, y ahí yace.

Nos sentamos en silencio por un momento.

—Bueno —dijo Lestrade—, le he visto manejar muchos casos, señor Holmes, pero no sé si alguna vez conocí uno más profesional que este. No sentimos celos de usted en Scotland Yard. No, señor, estamos muy orgullosos de usted, y si viene mañana, no hay un solo hombre, desde el inspector más veterano hasta el agente más joven, que no se alegraría de estrecharle la mano.

—¡Gracias! —dijo Holmes—. ¡Gracias! —y al darse la vuelta, me pareció que estaba más cerca de conmoverse por las emociones humanas más tiernas de lo que jamás le había visto. Un momento después, era el pensador frío y práctico una vez más—. Guarde la perla en la caja fuerte, Watson —dijo—, y saque los documentos del caso de falsificación de Conk-Singleton. Adiós, Lestrade. Si algún pequeño problema se cruza en su camino, estaré encantado, si puedo, de darle una pista o dos sobre su solución.

LA AVENTURA DE LOS TRES ESTUDIANTES

Fue en el año 95 cuando una combinación de eventos, en los que no necesito entrar, causó que el señor Sherlock Holmes y yo pasáramos algunas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y fue durante este tiempo que la pequeña pero instructiva aventura que estoy a punto de relatar nos ocurrió. Será obvio que cualquier detalle que ayudara al lector a identificar exactamente la universidad o al criminal sería imprudente y ofensivo. Un escándalo tan doloroso bien puede permitirse morir. Con la debida discreción, el incidente en sí puede, sin embargo, ser descrito, ya que sirve para ilustrar algunas de esas cualidades por las que mi amigo era notable. Me esforzaré, en mi declaración, por evitar términos que sirvan para limitar los eventos a cualquier lugar en particular, o dar una pista sobre las personas involucradas.

Residíamos en aquel entonces en un alojamiento amueblado cerca de una biblioteca donde Sherlock Holmes estaba realizando algunas laboriosas investigaciones sobre las primeras cartas inglesas; investigaciones que condujeron a resultados tan sorprendentes que pueden ser el tema de una de mis futuras narraciones. Fue allí donde una tarde recibimos la visita de un conocido, el señor Hilton Soames, tutor y profesor en el College of St. Luke’s. El señor Soames era un hombre alto y delgado, de temperamento nervioso y excitable. Siempre le había conocido por ser inquieto en sus maneras, pero en esta ocasión particular estaba en tal estado de agitación incontrolable que estaba claro que algo muy inusual había ocurrido.

—Confío, señor Holmes, en que pueda dedicarme unas pocas horas de su valioso tiempo. Hemos tenido un incidente muy doloroso en St. Luke’s y, realmente, de no ser por la feliz casualidad de que usted esté en la ciudad, no habría sabido qué hacer.

—Estoy muy ocupado ahora mismo y no deseo distracciones —respondió mi amigo—. Preferiría mucho que buscara la ayuda de la policía.

—No, no, mi querido señor; tal curso es absolutamente imposible. Una vez que se invoca a la ley, no puede ser detenida de nuevo, y este es precisamente uno de esos casos en los que, por el crédito de la universidad, es de lo más esencial evitar el escándalo. Su discreción es tan bien conocida como sus poderes, y usted es el único hombre en el mundo que puede ayudarme. Le ruego, señor Holmes, que haga lo que pueda.

El temperamento de mi amigo no había mejorado desde que había sido privado del entorno agradable de Baker Street. Sin sus libros de recortes, sus productos químicos y su familiar desorden, era un hombre incómodo. Se encogió de hombros con una aquiescencia poco amable, mientras nuestro visitante, con palabras apresuradas y mucha gesticulación excitable, vertía su historia.

—Debo explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día del examen para la Beca Fortescue. Soy uno de los examinadores. Mi asignatura es griego, y el primero de los ejercicios consiste en un largo pasaje de traducción griega que el candidato no ha visto. Este pasaje está impreso en el examen, y sería naturalmente una inmensa ventaja si el candidato pudiera prepararlo de antemano. Por esta razón, se tiene gran cuidado en mantener el ejercicio en secreto.

—Hoy, alrededor de las tres, llegaron las pruebas de este examen de la imprenta. El ejercicio consiste en medio capítulo de Tucídides. Tuve que leerlo con cuidado, pues el texto debe ser absolutamente correcto. A las cuatro y media, mi tarea aún no estaba terminada. Sin embargo, había prometido tomar el té en las habitaciones de un amigo, así que dejé la prueba sobre mi escritorio. Estuve ausente algo más de una hora.

—Usted sabe, señor Holmes, que las puertas de nuestra universidad son dobles: una de bayeta verde por dentro y una pesada de roble por fuera. Al acercarme a mi puerta exterior, me quedé asombrado al ver una llave en ella. Por un instante imaginé que había dejado la mía allí, pero al palpar en mi bolsillo descubrí que todo estaba bien. El único duplicado que existía, hasta donde yo sabía, era el que pertenecía a mi sirviente, Bannister; un hombre que ha cuidado de mi habitación durante diez años y cuya honestidad está absolutamente por encima de toda sospecha. Descubrí que la llave era, en efecto, suya, que había entrado en mi habitación para saber si quería té y que había dejado la llave en la puerta con gran descuido al salir. Su visita a mi habitación debió ser a los pocos minutos de que yo la dejara. Su olvido respecto a la llave habría importado poco en cualquier otra ocasión, pero en este día ha producido las consecuencias más deplorables.

—En el momento en que miré a mi mesa, fui consciente de que alguien había hurgado entre mis papeles. La prueba estaba en tres tiras largas. Las había dejado todas juntas. Ahora, encontré que una de ellas estaba tirada en el suelo, una estaba en la mesa auxiliar cerca de la ventana, y la tercera estaba donde la había dejado.

Holmes se movió por primera vez.

—La primera página en el suelo, la segunda en la ventana, la tercera donde la dejó —dijo.

—Exactamente, señor Holmes. Me asombra. ¿Cómo pudo saber eso?

—Le ruego que continúe su tan interesante declaración.

—Por un instante imaginé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de examinar mis papeles. Lo negó, sin embargo, con la mayor sinceridad, y estoy convencido de que decía la verdad. La alternativa era que alguien que pasaba hubiera observado la llave en la puerta, hubiera sabido que yo estaba fuera y hubiera entrado a mirar los papeles. Una gran suma de dinero está en juego, pues la beca es muy valiosa, y un hombre sin escrúpulos bien podría correr un riesgo para obtener una ventaja sobre sus compañeros.

—Bannister estaba muy alterado por el incidente. Casi se desmaya cuando descubrimos que los papeles habían sido indudablemente manipulados. Le di un poco de brandy y lo dejé desplomado en una silla, mientras yo hacía un examen de lo más cuidadoso de la habitación. Pronto vi que el intruso había dejado otros rastros de su presencia además de los papeles arrugados. Sobre la mesa de la ventana había varios fragmentos de un lápiz que había sido afilado. Una punta de grafito rota yacía allí también. Evidentemente, el sinvergüenza había copiado el papel con gran prisa, había roto su lápiz y se había visto obligado a sacarle una punta nueva.

—¡Excelente! —dijo Holmes, quien estaba recuperando su buen humor a medida que su atención se absorbía más por el caso—. La fortuna ha sido su amiga.

—Esto no fue todo. Tengo una nueva mesa de escritorio con una fina superficie de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, y Bannister también, que estaba lisa y sin manchas. Ahora encontré un corte limpio en ella de unas tres pulgadas de largo; no un simple rasguño, sino un corte positivo. No solo esto, sino que en la mesa encontré una pequeña bola de masa negra o arcilla, con motas de algo que parece serrín. Estoy convencido de que estas marcas fueron dejadas por el hombre que robó los papeles. No hubo huellas y ninguna otra evidencia sobre su identidad. Estaba al límite de mis fuerzas cuando, de repente, se me ocurrió la feliz idea de que usted estaba en la ciudad, y vine directamente a poner el asunto en sus manos. Ayúdeme, señor Holmes. Vea mi dilema. O encuentro al hombre o el examen debe posponerse hasta que se preparen nuevos ejercicios, y puesto que esto no puede hacerse sin explicación, se producirá un escándalo espantoso, que arrojará una sombra no solo sobre la universidad, sino sobre la institución. Por encima de todo, deseo resolver el asunto silenciosa y discretamente.

—Estaré encantado de investigarlo y de darle el consejo que pueda —dijo Holmes, levantándose y poniéndose su abrigo—. El caso no está del todo desprovisto de interés. ¿Alguien le visitó en su habitación después de que llegaran los papeles?

—Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, entró a preguntarme algunos detalles sobre el examen.

—¿Para el cual estaba inscrito?

—Sí.

—¿Y los papeles estaban sobre su mesa?

—Hasta donde alcanza mi creencia, estaban enrollados.

—¿Pero podrían reconocerse como pruebas?

—Posiblemente.

—¿Nadie más en su habitación?

—No.

—¿Alguien sabía que estas pruebas estarían allí?

—Nadie salvo el impresor.

—¿Lo sabía este hombre, Bannister?

—No, ciertamente no. Nadie lo sabía.

—¿Dónde está Bannister ahora?

—Estaba muy enfermo, pobre hombre. Lo dejé desplomado en la silla. Tenía mucha prisa por venir a verle.

—¿Dejó su puerta abierta?

—Cerré los papeles bajo llave primero.

—Entonces se reduce a esto, señor Soames: que, a menos que el estudiante indio reconociera el rollo como las pruebas, el hombre que las manipuló se topó con ellas accidentalmente sin saber que estaban allí.

—Así me lo parece.

Holmes esbozó una sonrisa enigmática.

—Bueno —dijo—, vamos allá. No es uno de sus casos, Watson; mental, no físico. Está bien; venga si quiere. Ahora, señor Soames, ¡a su disposición!

La sala de estar de nuestro cliente daba, a través de una ventana larga, baja y enrejada, al antiguo patio teñido de líquenes de la vieja universidad. Una puerta de arco gótico conducía a una escalera de piedra desgastada. En la planta baja estaba la habitación del tutor. Arriba había tres estudiantes, uno en cada piso. Ya era el crepúsculo cuando llegamos a la escena de nuestro problema. Holmes se detuvo y miró intensamente por la ventana. Luego se acercó a ella y, poniéndose de puntillas con el cuello estirado, miró dentro de la habitación.

—Debe haber entrado por la puerta. No hay apertura excepto el único cristal —dijo nuestro erudito guía.

—¡Vaya por Dios! —dijo Holmes, y sonrió de una manera singular mientras lanzaba una mirada a nuestro compañero—. Bueno, si no hay nada que aprender aquí, lo mejor será entrar.

El profesor abrió la puerta exterior y nos hizo pasar a su habitación. Nos quedamos en la entrada mientras Holmes examinaba la alfombra.

—Me temo que no hay señales aquí —dijo—. Difícilmente podría esperarse alguna en un día tan seco. Su sirviente parece haberse recuperado por completo. Lo dejó en una silla, dice usted. ¿Qué silla?

—Junto a la ventana, allí.

—Ya veo. Cerca de esta pequeña mesa. Pueden pasar ahora. He terminado con la alfombra. Empecemos primero con la mesita. Por supuesto, lo que ha ocurrido es muy claro. El hombre entró y tomó los papeles, hoja por hoja, de la mesa central. Los llevó a la mesa de la ventana, porque desde allí podía ver si usted cruzaba el patio y, de ese modo, podía efectuar una huida.

—De hecho, no podría —dijo Soames—, pues yo entré por la puerta lateral.

—¡Ah, eso es bueno! Bueno, de todos modos, eso estaba en su mente. Déjeme ver las tres tiras. Sin huellas dactilares, ¡no! Bueno, llevó esta primero y la copió. ¿Cuánto tiempo le llevaría hacer eso, usando todas las abreviaturas posibles? Un cuarto de hora, no menos. Luego la arrojó y se apoderó de la siguiente. Estaba en medio de eso cuando su regreso le hizo realizar una retirada muy apresurada; muy apresurada, ya que no tuvo tiempo de reemplazar los papeles que le dirían a usted que él había estado allí. ¿No fue consciente de ningún paso apresurado en la escalera mientras entraba por la puerta exterior?

—No, no puedo decir que lo fuera.

—Bueno, escribió tan furiosamente que rompió su lápiz y tuvo, como observa, que afilarlo de nuevo. Esto es de interés, Watson. El lápiz no era uno ordinario. Era de un tamaño superior al usual, con una mina blanda, el color exterior era azul oscuro, el nombre del fabricante estaba impreso en letras de plata y la pieza restante tiene solo una pulgada y media de largo. Busque un lápiz así, señor Soames, y habrá encontrado a su hombre. Cuando añado que posee un cuchillo grande y muy desafilado, tiene una ayuda adicional.

El señor Soames estaba algo abrumado por este torrente de información.

—Puedo seguir los otros puntos —dijo—, pero realmente, en este asunto de la longitud...

Holmes sostuvo una pequeña astilla con las letras NN y un espacio de madera clara después de ellas.

—¿Lo ve?

—No, me temo que incluso ahora...

«Watson, siempre he sido injusto con usted. Hay otros. ¿Qué podría ser esta NN? Está al final de una palabra. Usted sabe que Johann Faber es el nombre de fabricante más común. ¿No es evidente que queda tanto lápiz como lo que habitualmente sigue a Johann?». Sostuvo la mesita de lado hacia la luz eléctrica. «Esperaba que, si el papel en el que escribió era fino, algún rastro de ello pudiera haber quedado marcado en esta superficie pulida. No, no veo nada. No creo que haya nada más que aprender aquí. Ahora, la mesa central. Esta pequeña bolita es, supongo, la masa negra y pastosa de la que habló. De forma aproximadamente piramidal y ahuecada, percibo. Como usted dice, parece haber granos de serrín en ella. Vaya, vaya, esto es muy interesante. Y el corte: una hendidura clara, ya veo. Comenzó con un rasguño fino y terminó en un agujero dentado. Le estoy muy agradecido por dirigir mi atención a este caso, señor Soames. ¿A dónde lleva esa puerta?».

«A mi dormitorio».

«¿Ha estado en él desde su aventura?».

«No, vine directamente a por usted».

«Me gustaría echar un vistazo. ¡Qué habitación tan encantadora y anticuada! Quizá tenga la amabilidad de esperar un minuto, hasta que haya examinado el suelo. No, no veo nada. ¿Qué hay de esta cortina? Usted cuelga su ropa detrás de ella. Si alguien se viera obligado a esconderse en esta habitación, tendría que hacerlo ahí, ya que la cama es demasiado baja y el armario demasiado poco profundo. Supongo que no hay nadie, ¿verdad?».

Mientras Holmes corría la cortina, noté, por cierta rigidez y alerta en su actitud, que estaba preparado para una emergencia. De hecho, la cortina apartada no reveló nada más que tres o cuatro trajes colgados de una hilera de perchas. Holmes se dio la vuelta y se inclinó bruscamente hacia el suelo.

«¡Hola! ¿Qué es esto?», dijo.

Era una pequeña pirámide de materia negra, parecida a la masilla, exactamente igual a la que había sobre la mesa del despacho. Holmes la sostuvo en la palma de su mano abierta bajo el resplandor de la luz eléctrica.

«Su visitante parece haber dejado rastros en su dormitorio tanto como en su sala de estar, señor Soames».

«¿Qué podría haber querido allí?».

«Creo que está bastante claro. Usted regresó por un camino inesperado, así que él no tuvo aviso hasta que usted estuvo en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Agarró todo lo que pudiera delatarle y se precipitó a su dormitorio para esconderse».

«¡Dios mío, señor Holmes!, ¿quiere decirme que, todo el tiempo que estuve hablando con Bannister en esta habitación, tuvimos al hombre prisionero si solo lo hubiéramos sabido?».

«Eso es lo que interpreto».

«Seguramente hay otra alternativa, señor Holmes. No sé si se fijó en la ventana de mi dormitorio».

«Marco de celosía, estructura de plomo, tres ventanas separadas, una oscilante sobre bisagra, y lo suficientemente grande para admitir a un hombre».

«Exactamente. Y da a un ángulo del patio, de modo que queda parcialmente invisible. El hombre podría haber efectuado su entrada por allí, dejar rastros mientras pasaba por el dormitorio y, finalmente, al encontrar la puerta abierta, haber escapado por ese camino».

Holmes negó con la cabeza con impaciencia.

«Seamos prácticos», dijo. «Entiendo que dice que hay tres estudiantes que utilizan esta escalera y que tienen la costumbre de pasar por delante de su puerta».

«Sí, los hay».

«¿Y todos ellos se presentan a este examen?».

«Sí».

«¿Tiene alguna razón para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?».

Soames dudó.

«Es una cuestión muy delicada», dijo. «A uno apenas le gusta arrojar sospechas donde no hay pruebas».

«Oigamos las sospechas. Yo me ocuparé de las pruebas».

«Le diré, pues, en pocas palabras, el carácter de los tres hombres que habitan estas habitaciones. El de abajo es Gilchrist, un excelente estudiante y atleta, juega en el equipo de rugby y en el de críquet de la universidad, y obtuvo su distinción en salto de vallas y salto de longitud. Es un hombre estupendo y viril. Su padre fue el notorio Sir Jabez Gilchrist, quien se arruinó en las carreras. Mi alumno se ha quedado muy pobre, pero es trabajador y aplicado. Le irá bien».

«El segundo piso está habitado por Daulat Ras, el indio. Es un tipo tranquilo e inescrutable, como la mayoría de esos indios. Está bien preparado en sus estudios, aunque el griego es su asignatura débil. Es constante y metódico».

«El último piso pertenece a Miles McLaren. Es un tipo brillante cuando decide trabajar, uno de los intelectos más agudos de la universidad; pero es caprichoso, disipado y carece de principios. Casi fue expulsado por un escándalo de cartas en su primer año. Ha estado holgazaneando todo este trimestre y debe esperar con pavor el examen».

«¿Entonces es a él a quien sospecha?».

«No me atrevo a llegar tan lejos. Pero, de los tres, quizás es el menos improbable».

«Exactamente. Ahora, señor Soames, echemos un vistazo a su criado, Bannister».

Era un hombre de cincuenta años, menudo, de rostro pálido, bien afeitado y pelo entrecano. Seguía sufriendo por esta repentina perturbación de la tranquila rutina de su vida. Su rostro rechoncho se contraía por el nerviosismo y sus dedos no podían estarse quietos.

«Estamos investigando este desgraciado asunto, Bannister», dijo su amo.

«Sí, señor».

«Entiendo», dijo Holmes, «¿que dejó su llave en la puerta?».

«Sí, señor».

«¿No fue muy extraordinario que hiciera esto el mismo día en que estaban estos documentos dentro?».

«Fue de lo más desafortunado, señor. Pero ocasionalmente he hecho lo mismo en otras ocasiones».

«¿Cuándo entró en la habitación?».

«Fue alrededor de las cuatro y media. Esa es la hora del té del señor Soames».

«¿Cuánto tiempo se quedó?».

«Cuando vi que él estaba ausente, me retiré de inmediato».

«¿Miró estos documentos sobre la mesa?».

«No, señor; ciertamente no».

«¿Cómo se le ocurrió dejar la llave en la puerta?».

«Tenía la bandeja del té en la mano. Pensé que volvería a por la llave. Luego lo olvidé».

«¿Tiene la puerta exterior una cerradura de resorte?».

«No, señor».

«¿Entonces estuvo abierta todo el tiempo?».

«Sí, señor».

«¿Cualquiera en la habitación podía salir?».

«Sí, señor».

«Cuando el señor Soames regresó y le llamó, ¿se sintió usted muy perturbado?».

«Sí, señor. Tal cosa nunca había sucedido durante los muchos años que llevo aquí. Casi me desmayo, señor».

«Eso entiendo. ¿Dónde estaba cuando empezó a sentirse mal?».

«¿Dónde estaba, señor? Pues aquí, cerca de la puerta».

«Eso es singular, porque usted se sentó en esa silla de ahí, cerca de la esquina. ¿Por qué pasó por delante de estas otras sillas?».

«No lo sé, señor, no me importaba dónde me sentaba».

«Realmente no creo que supiera mucho al respecto, señor Holmes. Se veía muy mal, completamente cadavérico».

«¿Se quedó aquí cuando su amo se fue?».

«Solo por un minuto o algo así. Luego cerré la puerta con llave y fui a mi habitación».

«¿A quién sospecha usted?».

«Oh, no me aventuraría a decir nada, señor. No creo que haya ningún caballero en esta universidad que sea capaz de sacar provecho de tal acción. No, señor, no quiero creerlo».

«Gracias, eso es todo», dijo Holmes. «Oh, una palabra más. ¿No ha mencionado a ninguno de los tres caballeros a los que sirve que algo va mal?».

«No, señor; ni una palabra».

«¿No ha visto a ninguno de ellos?».

«No, señor».

«Muy bien. Ahora, señor Soames, daremos un paseo por el patio, si le parece bien».

Tres cuadrados amarillos de luz brillaban sobre nosotros en la penumbra creciente.

«Sus tres pájaros están todos en sus nidos», dijo Holmes, mirando hacia arriba. «¡Hola! ¿Qué es eso? Uno de ellos parece bastante inquieto».

Era el indio, cuya silueta oscura apareció repentinamente sobre su persiana. Caminaba rápidamente de un lado a otro de su habitación.

«Me gustaría echar un vistazo a cada uno de ellos», dijo Holmes. «¿Es posible?».

«No hay dificultad alguna en el mundo», respondió Soames. «Este conjunto de habitaciones es el más antiguo de la universidad y no es raro que los visitantes las recorran. Vamos, y le acompañaré personalmente».

«¡Sin nombres, por favor!», dijo Holmes, mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist. Un joven alto, de cabello rubio y esbelto, la abrió y nos dio la bienvenida cuando entendió nuestro cometido. Había algunas piezas realmente curiosas de arquitectura doméstica medieval en el interior. Holmes quedó tan encantado con una de ellas que insistió en dibujarla en su cuaderno, rompió su lápiz, tuvo que pedir prestado uno a nuestro anfitrión y finalmente pidió prestado un cuchillo para afilar el suyo. El mismo curioso accidente le ocurrió en las habitaciones del indio, un tipo silencioso, menudo y de nariz ganchuda, que nos miró de reojo y obviamente se alegró cuando los estudios arquitectónicos de Holmes llegaron a su fin. No pude ver que, en ninguno de los dos casos, Holmes hubiera dado con la pista que estaba buscando. Solo en la tercera nuestra visita resultó infructuosa. La puerta exterior no se abrió a nuestra llamada y nada más sustancial que un torrente de malas palabras salió de detrás de ella. «¡No me importa quiénes sean. Pueden irse al diablo!», rugió la voz enfadada. «Mañana es el examen y no voy a dejar que nadie me moleste».

«Un tipo grosero», dijo nuestro guía, sonrojándose de ira mientras nos retirábamos por la escalera. «Por supuesto, no se dio cuenta de que era yo quien llamaba, pero, no obstante, su conducta fue muy descortés y, de hecho, dadas las circunstancias, bastante sospechosa».

La respuesta de Holmes fue curiosa.

«¿Puede decirme su estatura exacta?», preguntó.

«Realmente, señor Holmes, no puedo aventurarme a decirlo. Es más alto que el indio, no tan alto como Gilchrist. Supongo que un metro setenta sería aproximadamente».

«Eso es muy importante», dijo Holmes. «Y ahora, señor Soames, le deseo buenas noches».

Nuestro guía exclamó en voz alta por su asombro y consternación. «¡Dios mío, señor Holmes!, ¡seguramente no va a dejarme de esta manera tan brusca! No parece darse cuenta de la situación. Mañana es el examen. Debo tomar alguna medida definitiva esta noche. No puedo permitir que se celebre el examen si uno de los documentos ha sido manipulado. Hay que afrontar la situación».

«Debe dejarlo como está. Pasaré temprano mañana por la mañana y hablaremos del asunto. Es posible que para entonces esté en condiciones de indicar algún curso de acción. Mientras tanto, no cambie nada, nada en absoluto».

«Muy bien, señor Holmes».

«Puede estar perfectamente tranquilo. Ciertamente encontraremos alguna salida a sus dificultades. Me llevaré la arcilla negra, así como los restos del lápiz. Adiós».

Cuando estuvimos fuera, en la oscuridad del patio, volvimos a mirar hacia las ventanas. El indio seguía caminando por su habitación. Los otros eran invisibles.

«Bien, Watson, ¿qué piensa de esto?», preguntó Holmes, mientras salíamos a la calle principal. «Todo un pequeño juego de salón, una especie de truco de cartas, ¿no es así? Ahí tiene a sus tres hombres. Debe ser uno de ellos. Usted elija. ¿Cuál es el suyo?».

«El tipo malhablado de arriba. Es el que tiene el peor historial. Y, sin embargo, ese indio también era un tipo astuto. ¿Por qué estaría caminando por su habitación todo el tiempo?».

«No hay nada en eso. Muchos hombres lo hacen cuando intentan aprender algo de memoria».

«Nos miró de una forma extraña».

«Lo mismo haría usted si un grupo de desconocidos entrara cuando se está preparando para un examen al día siguiente y cada momento es valioso. No, no veo nada en eso. Los lápices, también, y los cuchillos; todo fue satisfactorio. Pero ese tipo sí me desconcierta».

«¿Quién?».

«Pues Bannister, el criado. ¿Cuál es su papel en este asunto?».

«Me dio la impresión de ser un hombre perfectamente honesto».

«A mí también. Esa es la parte desconcertante. Por qué un hombre perfectamente honesto... bueno, bueno, aquí hay una gran papelería. Empezaremos nuestras investigaciones aquí».

Solo había cuatro papelerías de importancia en la ciudad y en cada una Holmes mostró sus virutas de lápiz y ofreció una buena suma por un duplicado. Todos coincidieron en que se podía pedir uno, pero que no era un tamaño de lápiz habitual y que rara vez lo tenían en existencia. Mi amigo no pareció deprimirse por su fracaso, sino que se encogió de hombros con una resignación medio humorística.

«No sirve de nada, mi querido Watson. Esta, la mejor y única pista final, no ha llegado a nada. Pero, de hecho, tengo pocas dudas de que podemos construir un caso suficiente sin ella. ¡Por Júpiter!, mi querido amigo, son casi las nueve y la casera balbuceó algo sobre guisantes a las siete y media. Con su eterno tabaco, Watson, y su irregularidad en las comidas, espero que le den el aviso de desalojo y que yo comparta su caída; no, sin embargo, antes de que hayamos resuelto el problema del tutor nervioso, el criado descuidado y los tres estudiantes emprendedores».

Holmes no hizo más alusiones al asunto ese día, aunque permaneció perdido en sus pensamientos durante mucho tiempo después de nuestra tardía cena. A las ocho de la mañana, entró en mi habitación justo cuando terminaba de asearme.

«Bien, Watson», dijo, «es hora de que vayamos a St. Luke’s. ¿Puede prescindir del desayuno?».

«Ciertamente».

«Soames estará en un estado de nervios terrible hasta que podamos decirle algo positivo».

«¿Tiene algo positivo que decirle?».

«Creo que sí».

«¿Ha llegado a una conclusión?».

«Sí, mi querido Watson, he resuelto el misterio».

«¿Pero qué pruebas nuevas podría haber conseguido?».

«¡Ajá! No es por nada que me he levantado de la cama a la intempestiva hora de las seis. He realizado dos horas de duro trabajo y recorrido al menos cinco millas, con algo que mostrar por ello. ¡Mire esto!».

Extendió la mano. En la palma había tres pequeñas pirámides de arcilla negra y pastosa.

«Vaya, Holmes, ayer solo tenía dos».

«Y una más esta mañana. Es un argumento justo que de dondequiera que provenga la número tres es también la fuente de las números uno y dos. ¿Eh, Watson? Bueno, vamos allá y liberemos al amigo Soames de su dolor».

El desafortunado tutor estaba ciertamente en un estado de lamentable agitación cuando le encontramos en sus aposentos. En pocas horas comenzaría el examen y todavía estaba en el dilema entre hacer públicos los hechos y permitir que el culpable compitiera por la valiosa beca. Apenas podía estarse quieto, tan grande era su agitación mental, y corrió hacia Holmes con dos manos ansiosas extendidas.

«¡Gracias al cielo que ha venido! Temía que se hubiera rendido por desesperación. ¿Qué debo hacer? ¿Debe proceder el examen?».

«Sí, que proceda, por todos los medios».

«¿Pero este sinvergüenza...?».

«No competirá».

«¿Le conoce?».

«Creo que sí. Si este asunto no va a hacerse público, debemos otorgarnos ciertos poderes y constituirnos en un pequeño tribunal marcial privado. ¡Usted ahí, si es tan amable, Soames! ¡Watson, usted aquí! Yo tomaré el sillón en el medio. Creo que ahora somos lo suficientemente imponentes como para infundir terror en un pecho culpable. ¡Por favor, toque el timbre!».

Bannister entró y retrocedió con evidente sorpresa y miedo ante nuestra apariencia judicial.

«Será tan amable de cerrar la puerta», dijo Holmes. «Ahora, Bannister, ¿quiere decirnos la verdad sobre el incidente de ayer?».

El hombre se puso blanco hasta las raíces del pelo.

«Se lo he dicho todo, señor».

«¿Nada que añadir?».

«Nada en absoluto, señor».

«Bueno, entonces, debo hacerle algunas sugerencias. Cuando se sentó en esa silla ayer, ¿lo hizo para ocultar algún objeto que hubiera mostrado quién había estado en la habitación?».

El rostro de Bannister era cadavérico.

«No, señor, ciertamente no».

«Es solo una sugerencia», dijo Holmes, suavemente. «Admito francamente que soy incapaz de probarlo. Pero parece bastante probable, ya que en el momento en que el señor Soames le dio la espalda, usted liberó al hombre que se escondía en ese dormitorio».

Bannister se lamió los labios secos.

«No había ningún hombre, señor».

«Ah, eso es una lástima, Bannister. Hasta ahora puede haber dicho la verdad, pero ahora sé que ha mentido».

El rostro del hombre se endureció con hosco desafío.

«No había ningún hombre, señor».

«¡Vamos, vamos, Bannister!».

«No, señor, no había nadie».

«En ese caso, no puede darnos más información. ¿Le importaría permanecer en la habitación? Quédese allí, cerca de la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, voy a pedirle que tenga la gran amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y pedirle que baje a la suya».

Un instante después, el tutor regresó, trayendo consigo al estudiante. Era un hombre de buena presencia, alto, esbelto y ágil, con un paso elástico y un rostro agradable y abierto. Sus atribulados ojos azules nos miraron a cada uno y finalmente se posaron con una expresión de completa consternación sobre Bannister, en el rincón más alejado.

«Cierre la puerta», dijo Holmes. «Ahora, señor Gilchrist, estamos todos completamente solos aquí y nadie tiene por qué saber nunca una palabra de lo que pase entre nosotros. Podemos ser perfectamente francos los unos con los otros. Queremos saber, señor Gilchrist, ¿cómo usted, un hombre honorable, llegó a cometer tal acción como la de ayer?».

El desafortunado joven se tambaleó hacia atrás y lanzó una mirada llena de horror y reproche a Bannister.

«¡No, no, señor Gilchrist, señor, nunca dije una palabra, nunca una palabra!», gritó el criado.

«No, pero lo ha hecho ahora», dijo Holmes. «Ahora, señor, debe ver que, después de las palabras de Bannister, su posición es desesperada y que su única oportunidad reside en una confesión franca».

Por un momento, Gilchrist, con la mano levantada, intentó controlar sus facciones retorcidas. Al siguiente, se había arrojado de rodillas junto a la mesa y, hundiendo el rostro entre las manos, había estallado en un torrente de sollozos apasionados.

«Vamos, vamos», dijo Holmes amablemente, «es humano errar y, al menos, nadie puede acusarle de ser un criminal insensible. Quizás le resultaría más fácil si yo le cuento al señor Soames lo que ocurrió, y usted puede corregirme donde me equivoque. ¿Lo hago? Bueno, bueno, no se moleste en contestar. Escuche y vea que no le hago ninguna injusticia».

«Desde el momento, señor Soames, en que me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, podría haber sabido que los documentos estaban en su habitación, el caso comenzó a tomar una forma definida en mi mente. Al impresor, por supuesto, uno podía descartarlo. Él podría examinar los documentos en su propia oficina. Del indio tampoco pensé nada. Si las pruebas estaban en un rollo, no podría saber posiblemente qué eran. Por otro lado, parecía una coincidencia impensable que un hombre se atreviera a entrar en la habitación y que, por casualidad, ese mismo día los documentos estuvieran sobre la mesa. Lo descarté. El hombre que entró sabía que los documentos estaban allí. ¿Cómo lo supo?».

«Cuando me acerqué a su habitación, examiné la ventana. Usted me divirtió suponiendo que yo estaba contemplando la posibilidad de que alguien, a plena luz del día y bajo la mirada de todas estas habitaciones opuestas, se hubiera forzado a entrar por ella. Tal idea era absurda. Yo estaba midiendo cuán alto tendría que ser un hombre para ver, al pasar, qué documentos había sobre la mesa central. Mido un metro ochenta y tres y podría hacerlo con un esfuerzo. Nadie menos que eso tendría una oportunidad. Ya ve que tenía razones para pensar que, si uno de sus tres estudiantes era un hombre de altura inusual, era el más digno de vigilar de los tres».

«Entré y le hice partícipe de mis sugerencias sobre la mesa lateral. De la mesa central no pude sacar nada, hasta que en su descripción de Gilchrist mencionó que era saltador de longitud. Entonces todo se me ocurrió en un instante y solo necesitaba ciertas pruebas corroborativas, que obtuve rápidamente».

«Sucedió lo siguiente. Este joven había pasado la tarde en las pistas de atletismo, donde había estado practicando el salto. Regresó cargando sus zapatillas de salto, las cuales están provistas, como bien sabe, de varios clavos afilados. Al pasar frente a su ventana vio, gracias a su gran estatura, esas pruebas sobre su mesa y conjeturó lo que eran. No se habría hecho daño alguno de no haber sido porque, al pasar frente a su puerta, se percató de la llave que había dejado allí por el descuido de su criado. Un impulso repentino le llevó a entrar para ver si eran, en efecto, las pruebas. No era una hazaña peligrosa, pues siempre podía fingir que simplemente había echado un vistazo para hacer una pregunta.

»Bien, cuando vio que efectivamente eran las pruebas, fue entonces cuando cedió a la tentación. Puso sus zapatillas sobre la mesa. ¿Qué fue lo que puso usted en esa silla cerca de la ventana?».

«Guantes», dijo el joven.

Holmes miró triunfalmente a Bannister. «Puso sus guantes en la silla y tomó las pruebas, hoja por hoja, para copiarlas. Pensó que el tutor debía regresar por la puerta principal y que le vería. Como sabemos, volvió por la puerta lateral. De repente, le oyó en la misma puerta. No había escapatoria posible. Olvidó sus guantes, pero agarró sus zapatillas y entró precipitadamente en el dormitorio. Observará que el rasguño en esa mesa es leve a un lado, pero se profundiza en dirección a la puerta del dormitorio. Eso, de por sí, basta para demostrarnos que la zapatilla fue arrastrada en esa dirección y que el culpable se había refugiado allí. La tierra que rodeaba el clavo había quedado en la mesa, y una segunda muestra se desprendió y cayó en el dormitorio. Puedo añadir que esta mañana caminé hasta las pistas de atletismo, vi que en el foso de salto se utiliza esa arcilla negra tenaz y me llevé una muestra, junto con algo del fino bronceado o serrín que se esparce sobre él para evitar que el atleta resbale. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?».

El estudiante se había puesto erguido.

«Sí, señor, es cierto», dijo.

«¡Cielo santo! ¿No tiene nada que añadir?», exclamó Soames.

«Sí, señor, tengo, pero el impacto de esta vergonzosa exposición me ha dejado desconcertado. Tengo aquí una carta, señor Soames, que le escribí esta mañana temprano, en medio de una noche inquieta. Fue antes de saber que mi pecado me había encontrado. Aquí está, señor. Verá que he escrito: "He decidido no presentarme al examen. Me han ofrecido un puesto en la Policía de Rodesia y me marcho a Sudáfrica inmediatamente"».

«Me complace mucho saber que no pretendía aprovecharse de su ventaja injusta», dijo Soames. «Pero ¿por qué cambió de propósito?».

Gilchrist señaló a Bannister.

«Ahí está el hombre que me puso en el camino correcto», dijo.

«Vamos, Bannister», dijo Holmes. «Le resultará claro, por lo que he dicho, que solo usted podría haber dejado salir a este joven, ya que se quedó en la habitación y debió cerrar la puerta al salir. En cuanto a su huida por esa ventana, era increíble. ¿No puede aclarar el último punto de este misterio y decirnos las razones de su acción?».

«Era bien sencillo, señor, si usted lo hubiera sabido, pero, con toda su astucia, era imposible que usted pudiera saberlo. Hubo un tiempo, señor, en que yo era mayordomo del viejo Sir Jabez Gilchrist, el padre de este joven caballero. Cuando se arruinó, vine a la universidad como criado, pero nunca olvidé a mi antiguo empleador porque estaba en la miseria. Vigilé a su hijo todo lo que pude por el bien de los viejos tiempos. Pues bien, señor, cuando entré en esta habitación ayer, cuando se dio la voz de alarma, lo primero que vi fueron los guantes de cuero de Mr. Gilchrist tirados en esa silla. Conocía bien esos guantes y entendí su mensaje. Si el señor Soames los veía, el juego se habría acabado. Me desplomé en esa silla y nada me movió hasta que el señor Soames fue a buscarle a usted. Entonces salió mi pobre joven amo, a quien yo había acunado en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No era natural, señor, que yo le salvara, y no era natural también que intentara hablarle como lo habría hecho su difunto padre, y hacerle entender que no podía beneficiarse de tal acción? ¿Podría culparme, señor?».

«No, en absoluto», dijo Holmes, con entusiasmo, poniéndose en pie de un salto. «Bien, Soames, creo que hemos resuelto su pequeño problema y nuestro desayuno nos espera en casa. ¡Vamos, Watson! En cuanto a usted, señor, confío en que le aguarde un futuro brillante en Rodesia. Por una vez ha caído bajo. Veamos, en el futuro, cuán alto puede llegar».

LA AVENTURA DEL QUEVEDO DE ORO

Cuando miro los tres volúmenes masivos de manuscritos que contienen nuestro trabajo del año 1894, confieso que me resulta muy difícil, entre tal riqueza de material, seleccionar los casos que son más interesantes en sí mismos y, al mismo tiempo, más propicios para exhibir aquellos poderes peculiares por los que mi amigo era famoso. Mientras paso las páginas, veo mis notas sobre la repulsiva historia de la sanguijuela roja y la terrible muerte de Crosby, el banquero. Aquí encuentro también un relato de la tragedia de Addleton y el singular contenido del antiguo túmulo británico. El famoso caso de la sucesión Smith-Mortimer también entra en este periodo, al igual que el seguimiento y detención de Huret, el asesino del bulevar, una hazaña que le valió a Holmes una carta autógrafa de agradecimiento del Presidente francés y la Orden de la Legión de Honor. Cada uno de ellos proporcionaría una narración, pero, en conjunto, soy de la opinión de que ninguno de ellos reúne tantos puntos singulares de interés como el episodio de Yoxley Old Place, que incluye no solo la lamentable muerte del joven Willoughby Smith, sino también aquellos desarrollos posteriores que arrojaron una luz tan curiosa sobre las causas del crimen.

Era una noche salvaje y tempestuosa, hacia finales de noviembre. Holmes y yo nos sentamos juntos en silencio toda la velada, él ocupado con una potente lente descifrando los restos de la inscripción original sobre un palimpsesto, yo inmerso en un reciente tratado de cirugía. Afuera, el viento aullaba por Baker Street, mientras la lluvia golpeaba con ferocidad contra las ventanas. Era extraño allí, en lo más profundo de la ciudad, con diez millas de obra humana a nuestro alrededor, sentir el agarre de hierro de la Naturaleza y ser consciente de que, ante las enormes fuerzas elementales, todo Londres no era más que los montículos de tierra que salpican los campos. Caminé hacia la ventana y miré a la calle desierta. Las lámparas ocasionales brillaban en la extensión del camino embarrado y el pavimento reluciente. Un único coche de punto abría su camino desde el extremo de Oxford Street.

«Bueno, Watson, es una suerte que no tengamos que salir esta noche», dijo Holmes, dejando a un lado su lente y enrollando el palimpsesto. «He hecho suficiente por una sesión. Es un trabajo agotador para la vista. Por lo que alcanzo a distinguir, no es más emocionante que unas cuentas de una abadía que datan de la segunda mitad del siglo XV. ¡Hola! ¡hola! ¡hola! ¿Qué es esto?».

En medio del zumbido del viento se había escuchado el pisar de los cascos de un caballo y el largo chirrido de una rueda al rozar el bordillo. El coche de punto que había visto se había detenido ante nuestra puerta.

«¿Qué puede querer?», exclamé, mientras un hombre bajaba de él.

«¿Querer? Nos quiere a nosotros. Y nosotros, mi pobre Watson, necesitamos abrigos, corbatas, chanclos y toda ayuda que el hombre haya inventado jamás para luchar contra el tiempo. ¡Espere un poco, sin embargo! ¡Ahí se va el coche de nuevo! Todavía hay esperanza. Se lo habría quedado si hubiera querido que fuéramos. Baje, mi querido amigo, y abra la puerta, pues toda la gente virtuosa lleva ya mucho tiempo en la cama».

Cuando la luz de la lámpara del vestíbulo cayó sobre nuestro visitante de medianoche, no tuve dificultad en reconocerle. Era el joven Stanley Hopkins, un detective prometedor en cuya carrera Holmes había mostrado varias veces un interés muy práctico.

«¿Está él?», preguntó con ansiedad.

«Suba, mi querido señor», dijo la voz de Holmes desde arriba. «Espero que no tenga planes con nosotros en una noche como esta».

El detective subió las escaleras y nuestra lámpara brilló sobre su reluciente impermeable. Le ayudé a quitárselo, mientras Holmes hacía que las brasas de la chimenea prendieran con fuerza.

«Ahora, mi querido Hopkins, acérquese y caliéntese los pies», dijo. «Aquí tiene un cigarro, y el doctor tiene una receta que contiene agua caliente y un limón, que es buena medicina en una noche como esta. Debe ser algo importante lo que le ha traído con este vendaval».

«Lo es, en efecto, Mr. Holmes. He tenido una tarde ajetreada, se lo aseguro. ¿Vio algo del caso de Yoxley en las últimas ediciones?».

«No he visto nada posterior al siglo XV el día de hoy».

«Bueno, solo era un párrafo, y además todo erróneo, así que no se ha perdido nada. No he dejado que la hierba crezca bajo mis pies. Está en Kent, a siete millas de Chatham y a tres de la línea de ferrocarril. Me enviaron un telegrama a las 3:15, llegué a Yoxley Old Place a las 5, llevé a cabo mi investigación, estaba de vuelta en Charing Cross en el último tren y directo a usted en coche de punto».

«Lo que significa, supongo, que no tiene nada claro sobre su caso».

«Significa que no puedo encontrar ni pies ni cabeza. Por lo que puedo ver, es un asunto tan enredado como cualquier otro que haya manejado, y sin embargo, al principio parecía tan sencillo que uno no podía equivocarse. No hay motivo, Mr. Holmes. Eso es lo que me molesta: no puedo encontrar un motivo. Aquí hay un hombre muerto —no hay forma de negarlo—, pero, por lo que veo, no hay razón en la tierra por la que nadie desee hacerle daño».

Holmes encendió su cigarro y se reclinó en su silla.

«Hablemos de ello», dijo.

«Tengo mis hechos bastante claros», dijo Stanley Hopkins. «Todo lo que quiero ahora es saber qué significan. La historia, tal como la he podido reconstruir, es así. Hace algunos años, esta casa de campo, Yoxley Old Place, fue alquilada por un hombre mayor que se dio el nombre de Profesor Coram. Era un inválido que guardaba cama la mitad del tiempo y la otra mitad cojeaba por la casa con un bastón o era empujado por los terrenos por el jardinero en una silla de ruedas. Era apreciado por los pocos vecinos que le visitaban y tiene fama allí de ser un hombre muy culto. Su hogar solía estar compuesto por una ama de llaves mayor, la señora Marker, y una criada, Susan Tarlton. Ambas han estado con él desde su llegada y parecen ser mujeres de excelente carácter. El profesor está escribiendo un libro erudito y le resultó necesario, hace aproximadamente un año, contratar a un secretario. Los dos primeros que probó no tuvieron éxito, pero el tercero, Mr. Willoughby Smith, un hombre muy joven recién salido de la universidad, parece haber sido justo lo que su empleador quería. Su trabajo consistía en escribir toda la mañana al dictado del profesor, y solía pasar la tarde buscando referencias y pasajes que tuvieran relación con el trabajo del día siguiente. Este Willoughby Smith no tiene nada en su contra, ni como muchacho en Uppingham ni como joven en Cambridge. He visto sus referencias y, desde el principio, fue un tipo decente, tranquilo y trabajador, sin ningún punto débil en absoluto. Y, sin embargo, este es el muchacho que ha encontrado la muerte esta mañana en el estudio del profesor bajo circunstancias que solo pueden señalar a un asesinato».

El viento aullaba y gritaba en las ventanas. Holmes y yo nos acercamos más al fuego, mientras el joven inspector desarrollaba lenta y punto por punto su singular narración.

«Si usted buscara por toda Inglaterra», dijo, «no creo que pudiera encontrar un hogar más autosuficiente o más libre de influencias externas. Pasaban semanas enteras sin que ninguno de ellos pasara de la puerta del jardín. El profesor estaba enterrado en su trabajo y no existía para nada más. El joven Smith no conocía a nadie en el vecindario y vivía muy parecido a su empleador. Las dos mujeres no tenían nada que las sacara de la casa. Mortimer, el jardinero, que empuja la silla de ruedas, es un pensionista del ejército, un veterano de Crimea de excelente carácter. No vive en la casa, sino en una cabaña de tres habitaciones en el otro extremo del jardín. Esas son las únicas personas que encontraría dentro de los terrenos de Yoxley Old Place. Al mismo tiempo, la puerta del jardín está a cien yardas de la carretera principal de Londres a Chatham. Se abre con un pestillo y no hay nada que impida a nadie entrar».

«Ahora le daré el testimonio de Susan Tarlton, que es la única persona que puede decir algo positivo sobre el asunto. Fue antes del mediodía, entre las once y las doce. En ese momento estaba ocupada colgando unas cortinas en el dormitorio de arriba, al frente. El profesor Coram aún estaba en la cama, pues cuando hace mal tiempo rara vez se levanta antes del mediodía. El ama de llaves estaba ocupada con algún trabajo en la parte trasera de la casa. Willoughby Smith había estado en su dormitorio, que utiliza como sala de estar, pero la criada le oyó en ese momento pasar por el pasillo y bajar al estudio inmediatamente debajo de ella. No le vio, pero dice que no podía equivocarse con sus pasos rápidos y firmes. No oyó cerrarse la puerta del estudio, pero un minuto o algo después se produjo un grito terrible en la habitación de abajo. Fue un grito salvaje y ronco, tan extraño y antinatural que podría haber venido tanto de un hombre como de una mujer. Al mismo instante hubo un golpe sordo, que sacudió la vieja casa, y luego todo fue silencio. La criada se quedó petrificada por un momento y luego, recuperando el valor, corrió escaleras abajo. La puerta del estudio estaba cerrada y ella la abrió. Dentro, el joven Mr. Willoughby Smith estaba tendido en el suelo. Al principio no pudo ver ninguna herida, pero al intentar levantarle vio que la sangre manaba de la parte inferior de su cuello. Estaba atravesado por una herida muy pequeña pero muy profunda, que había seccionado la arteria carótida. El instrumento con el que se había infligido la herida yacía sobre la alfombra a su lado. Era uno de esos pequeños cuchillos para lacre que se encuentran en las mesas de escribir de estilo antiguo, con mango de marfil y hoja rígida. Formaba parte del equipamiento del propio escritorio del profesor».

«Al principio la criada pensó que el joven Smith ya estaba muerto, pero al verter un poco de agua de la garrafa sobre su frente, abrió los ojos por un instante. "El profesor", murmuró, "fue ella". La criada está dispuesta a jurar que esas fueron las palabras exactas. Intentó desesperadamente decir algo más y levantó su mano derecha en el aire. Luego cayó muerto».

«Entretanto, el ama de llaves también había llegado a la escena, pero fue demasiado tarde para escuchar las palabras moribundas del joven. Dejando a Susan con el cuerpo, corrió a la habitación del profesor. Él estaba sentado en la cama, horriblemente agitado, pues había oído lo suficiente para convencerle de que algo terrible había ocurrido. La señora Marker está dispuesta a jurar que el profesor aún estaba con su ropa de dormir, y de hecho le era imposible vestirse sin la ayuda de Mortimer, cuyas órdenes eran venir a las doce en punto. El profesor declara que oyó el grito distante, pero que no sabe nada más. No puede dar ninguna explicación de las últimas palabras del joven: "El profesor... fue ella", sino que imagina que fueron producto del delirio. Cree que Willoughby Smith no tenía ni un enemigo en el mundo y no puede dar ninguna razón para el crimen. Su primera acción fue enviar a Mortimer, el jardinero, a buscar a la policía local. Un poco después, el jefe de policía me llamó. Nada se movió antes de que yo llegara allí y se dieron órdenes estrictas de que nadie caminara por los senderos que conducen a la casa. Era una oportunidad espléndida para poner sus teorías en práctica, Mr. Sherlock Holmes. Realmente no faltaba nada».

«Excepto Mr. Sherlock Holmes», dijo mi compañero con una sonrisa algo amarga. «Bien, hablemos de ello. ¿Qué tipo de trabajo hizo usted?».

«Debo pedirle primero, Mr. Holmes, que eche un vistazo a este plano aproximado, que le dará una idea general de la posición del estudio del profesor y los diversos puntos del caso. Le ayudará a seguir mi investigación».

Desplegó el gráfico aproximado, que reproduzco aquí, y lo dejó sobre las rodillas de Holmes. Me levanté y, situándome detrás de Holmes, lo estudié por encima de su hombro.

Estudio del Profesor

«Es muy aproximado, por supuesto, y solo trata los puntos que me parecen esenciales. Todo lo demás lo verá usted mismo más adelante. Ahora, en primer lugar, suponiendo que el asesino entró en la casa, ¿cómo entró él o ella? Indudablemente por el sendero del jardín y la puerta trasera, desde donde hay acceso directo al estudio. Cualquier otro camino habría sido sumamente complicado. La huida también debió hacerse por esa línea, pues de las otras dos salidas de la habitación, una estaba bloqueada por Susan mientras corría escaleras abajo y la otra conduce directamente al dormitorio del profesor. Por lo tanto, dirigí mi atención inmediatamente al sendero del jardín, que estaba saturado por la lluvia reciente y ciertamente mostraría cualquier huella».

«Mi examen me mostró que me enfrentaba a un criminal cauteloso y experto. No se encontraron huellas en el sendero. Sin embargo, no podía haber duda de que alguien había pasado por el borde de hierba que bordea el camino, y que lo había hecho para evitar dejar rastro. No pude encontrar nada que fuera una impresión clara, pero la hierba estaba pisoteada y alguien sin duda había pasado. Solo podía haber sido el asesino, ya que ni el jardinero ni nadie más había estado allí esa mañana, y la lluvia solo había comenzado durante la noche».

«Un momento», dijo Holmes. «¿A dónde conduce este sendero?».

«A la carretera».

«¿Cuánto mide?».

«Unas cien yardas más o menos».

«En el punto donde el sendero pasa por la puerta, ¿seguramente pudo captar las huellas?».

«Desafortunadamente, el sendero estaba embaldosado en ese punto».

«Bueno, ¿y en la carretera misma?».

«No, todo estaba pisoteado en el cieno».

«¡Tch, tch! Bueno, entonces, estas huellas sobre la hierba, ¿venían o iban?».

«Era imposible decirlo. Nunca hubo contorno alguno».

«¿Un pie grande o pequeño?».

«No se podía distinguir».

Holmes profirió una exclamación de impaciencia.

«Ha estado cayendo lluvia y soplando un huracán desde entonces», dijo. «Será más difícil de leer ahora que ese palimpsesto. Bueno, bueno, no tiene remedio. ¿Qué hizo usted, Hopkins, después de haberse asegurado de que no se había asegurado de nada?».

«Creo que me aseguré de muchas cosas, Sr. Holmes. Sabía que alguien había entrado en la casa con cautela desde el exterior. A continuación, examiné el pasillo. Está cubierto con estera de fibra de coco y no había tomado impresión alguna. Esto me llevó al estudio mismo. Es una habitación escasamente amueblada. El mueble principal es una gran mesa de escritorio con un buró fijo. Este buró consiste en una doble columna de cajones, con un pequeño armario central entre ellos. Los cajones estaban abiertos, el armario cerrado con llave. Al parecer, los cajones estaban siempre abiertos y no se guardaba en ellos nada de valor. Había algunos documentos importantes en el armario, pero no había señales de que este hubiera sido forzado, y el profesor me asegura que no faltaba nada. Es seguro que no se ha cometido ningún robo.

»Llego ahora al cuerpo del joven. Fue hallado cerca del buró, y justo a la izquierda de este, tal como está marcado en ese plano. La puñalada fue en el lado derecho del cuello y de atrás hacia adelante, de modo que es casi imposible que pudiera habérsela infligido él mismo».

«A menos que cayera sobre el cuchillo», dijo Holmes.

«Exacto. La idea cruzó mi mente. Pero encontramos el cuchillo a algunos pies de distancia del cuerpo, por lo que eso parece imposible. Luego, por supuesto, están las propias palabras del hombre al morir. Y, finalmente, hubo esta pieza de evidencia tan importante que fue encontrada aferrada en la mano derecha del hombre muerto».

De su bolsillo, Stanley Hopkins sacó un pequeño paquete de papel. Lo desplegó y dejó al descubierto un par de quevedos de oro, con dos extremos rotos de cordón de seda negra colgando de ellos. «Willoughby Smith tenía una vista excelente», añadió. «No puede haber duda de que esto fue arrebatado del rostro o de la persona del asesino».

Sherlock Holmes tomó las gafas en sus manos y las examinó con la mayor atención e interés. Se las sostuvo sobre la nariz, intentó leer a través de ellas, fue a la ventana y miró calle arriba con ellas, las observó minuciosamente bajo la plena luz de la lámpara y, finalmente, con una risita, se sentó a la mesa y escribió unas pocas líneas en una hoja de papel, que lanzó hacia Stanley Hopkins.

«Es lo mejor que puedo hacer por usted», dijo. «Puede resultar de alguna utilidad».

El asombrado detective leyó la nota en voz alta. Decía lo siguiente:

«Se busca a una mujer de buenos modales, vestida como una dama. Tiene una nariz notablemente gruesa, con ojos que están situados muy cerca a cada lado de ella. Tiene la frente arrugada, una expresión inquisitiva y probablemente los hombros redondeados. Hay indicios de que ha recurrido a un óptico al menos dos veces durante los últimos meses. Dado que sus gafas son de una graduación notable y que los ópticos no son muy numerosos, no debería haber dificultad en localizarla».

Holmes sonrió ante el asombro de Hopkins, que debió de haberse reflejado en mis facciones. «Ciertamente, mis deducciones son sencillez pura», dijo. «Sería difícil nombrar artículos que ofrezcan un campo más refinado para la inferencia que un par de gafas, especialmente un par tan notable como este. Que pertenecen a una mujer lo infiero por su delicadeza y también, por supuesto, por las últimas palabras del moribundo. En cuanto a que sea una persona refinada y bien vestida, están, como usted percibe, elegantemente montadas en oro macizo, y es inconcebible que alguien que usara tales gafas pudiera ser descuidada en otros aspectos. Usted encontrará que los clips son demasiado anchos para su nariz, lo que muestra que la nariz de la dama era muy ancha en la base. Esta clase de nariz es usualmente corta y basta, pero hay un número suficiente de excepciones para evitar que sea dogmático o que insista en este punto en mi descripción. Mi propio rostro es estrecho y, sin embargo, encuentro que no puedo colocar mis ojos en el centro, ni cerca del centro, de estas gafas. Por lo tanto, los ojos de la dama están situados muy cerca de los lados de la nariz. Usted percibirá, Watson, que las gafas son cóncavas y de una graduación inusual. Una dama cuya visión ha estado tan extremadamente contraída toda su vida seguramente tendrá las características físicas de tal visión, que se ven en la frente, los párpados y los hombros».

«Sí», dije, «puedo seguir cada uno de sus argumentos. Confieso, sin embargo, que soy incapaz de entender cómo llega a la conclusión de la doble visita al óptico».

Holmes tomó las gafas en su mano.

«Usted percibirá», dijo, «que los clips están forrados con diminutas bandas de corcho para suavizar la presión sobre la nariz. Una de ellas está descolorida y desgastada en cierta medida, pero la otra es nueva. Evidentemente, una se cayó y fue reemplazada. Juzgaría que la más antigua de ellas no ha estado ahí más que unos pocos meses. Corresponden exactamente, así que deduzco que la dama volvió al mismo establecimiento por segunda vez».

«¡Por Dios, es maravilloso!», exclamó Hopkins, en un éxtasis de admiración. «¡Pensar que tuve toda esa evidencia en mi mano y nunca la supe! Tenía la intención, sin embargo, de hacer la ronda de los ópticos de Londres».

«Por supuesto que lo haría. Mientras tanto, ¿tiene algo más que contarnos sobre el caso?»

«Nada, Sr. Holmes. Creo que usted sabe tanto como yo ahora; probablemente más. Hemos hecho averiguaciones sobre cualquier extraño visto en los caminos rurales o en la estación de ferrocarril. No hemos oído hablar de ninguno. Lo que me desconcierta es la absoluta falta de todo objetivo en el crimen. Nadie puede sugerir ni una sombra de motivo».

«¡Ah! Ahí no estoy en posición de ayudarle. Pero supongo que quiere que vayamos mañana».

«Si no es pedir demasiado, Sr. Holmes. Hay un tren de Charing Cross a Chatham a las seis de la mañana, y deberíamos estar en Yoxley Old Place entre las ocho y las nueve».

«Entonces lo tomaremos. Su caso tiene ciertamente algunos rasgos de gran interés, y estaré encantado de examinarlo. Bueno, es casi la una, y lo mejor será que durmamos unas cuantas horas. Me atrevo a decir que podrá arreglárselas bien en el sofá frente al fuego. Encenderé mi lámpara de alcohol y le daré una taza de café antes de que partamos».

El vendaval se había calmado al día siguiente, pero era una mañana amarga cuando emprendimos nuestro viaje. Vimos el frío sol de invierno alzarse sobre las lúgubres marismas del Támesis y los largos y sombríos tramos del río, que siempre asociaré con nuestra persecución del isleño de Andamán en los primeros días de nuestra carrera. Tras un largo y fatigoso viaje, bajamos en una pequeña estación a algunas millas de Chatham. Mientras enganchaban un caballo a un coche en la posada local, tomamos un desayuno apresurado, y así estábamos listos para el trabajo cuando al fin llegamos a Yoxley Old Place. Un agente de policía nos recibió en la verja del jardín.

«Bueno, Wilson, ¿alguna noticia?»

«No, señor; nada».

«¿Ningún informe de algún extraño visto?»

«No, señor. Abajo en la estación están seguros de que ningún extraño llegó ni salió ayer».

«¿Ha hecho averiguaciones en las posadas y alojamientos?»

«Sí, señor: no hay nadie de quien no podamos dar cuenta».

«Bueno, es solo una caminata razonable hasta Chatham. Cualquiera podría alojarse allí o tomar un tren sin ser observado. Este es el sendero del jardín del que hablé, Sr. Holmes. Doy mi palabra de que ayer no había ninguna marca en él».

«¿En qué lado estaban las marcas sobre la hierba?»

«En este lado, señor. Este estrecho margen de hierba entre el sendero y el parterre. No puedo ver las huellas ahora, pero estaban claras para mí entonces».

«Sí, sí: alguien ha pasado por aquí», dijo Holmes, inclinándose sobre el borde de hierba. «Nuestra dama debe de haber medido sus pasos con cuidado, ¿no es así?, puesto que a un lado dejaría una huella en el sendero, y al otro, una aún más clara en el lecho blando».

«Sí, señor, debe de haber sido una persona de sangre fría».

Vi una mirada de intención cruzar el rostro de Holmes.

«¿Dice usted que debe haber vuelto por este camino?»

«Sí, señor, no hay otro».

«¿Sobre esta tira de hierba?»

«Ciertamente, Sr. Holmes».

«¡Hum! Fue una actuación muy notable, muy notable. Bueno, creo que hemos agotado el sendero. Vayamos más lejos. Esta puerta del jardín suele estar abierta, supongo. Entonces esta visitante no tenía más que entrar. La idea del asesinato no estaba en su mente, o se habría provisto de algún tipo de arma, en lugar de tener que tomar este cuchillo de la mesa de escritorio. Avanzó por este pasillo, sin dejar rastro sobre la estera de fibra de coco. Luego se encontró en este estudio. ¿Cuánto tiempo estuvo allí? No tenemos medios para juzgarlo».

«No más que unos pocos minutos, señor. Olvidé decirle que la Sra. Marker, el ama de llaves, había estado allí ordenando no hacía mucho; hace cerca de un cuarto de hora, dice ella».

«Bueno, eso nos da un límite. Nuestra dama entra en esta habitación, ¿y qué hace? Va a la mesa de escritorio. ¿Para qué? No para algo en los cajones. Si hubiera habido algo que valiera la pena llevarse, seguramente habría estado bajo llave. No, fue para algo en ese buró de madera. ¡Hola! ¿Qué es ese rasguño en la parte frontal? Sostenga una cerilla, Watson. ¿Por qué no me habló de esto, Hopkins?»

La marca que estaba examinando comenzaba en la pieza de latón a la derecha del ojo de la cerradura, y se extendía por cerca de cuatro pulgadas, donde había rayado el barniz de la superficie.

«Lo noté, Sr. Holmes, pero siempre encontrará rasguños alrededor de un ojo de cerradura».

«Este es reciente, muy reciente. Mire cómo brilla el latón donde está cortado. Un rasguño viejo tendría el mismo color que la superficie. Mírelo a través de mi lente. Ahí está el barniz, también, como tierra a cada lado de un surco. ¿Está la Sra. Marker ahí?»

Una mujer anciana de rostro triste entró en la habitación.

«¿Limpió este buró ayer por la mañana?»

«Sí, señor».

«¿Notó este rasguño?»

«No, señor, no lo hice».

«Estoy seguro de que no lo hizo, porque un trapero habría barrido estos jirones de barniz. ¿Quién tiene la llave de este buró?»

«El profesor la guarda en la cadena de su reloj».

«¿Es una llave sencilla?»

«No, señor, es una llave Chubb».

«Muy bien. Sra. Marker, puede irse. Ahora estamos haciendo un pequeño progreso. Nuestra dama entra en la habitación, avanza hacia el buró y o bien lo abre o intenta hacerlo. Mientras está así ocupada, el joven Willoughby Smith entra en la habitación. En su prisa por retirar la llave, hace este rasguño en la puerta. Él la sujeta, y ella, tomando el objeto más cercano, que resulta ser este cuchillo, le ataca para hacer que suelte su agarre. El golpe es fatal. Él cae y ella escapa, ya sea con o sin el objeto por el que ha venido. ¿Está Susan, la criada, ahí? ¿Podría alguien haber escapado por esa puerta después del momento en que usted oyó el grito, Susan?»

«No, señor, es imposible. Antes de que bajara la escalera, habría visto a cualquiera en el pasaje. Además, la puerta nunca se abrió, o lo habría oído».

«Eso resuelve esta salida. Entonces, sin duda, la dama salió por donde vino. Entiendo que este otro pasaje conduce solo a la habitación del profesor. ¿No hay salida por ahí?»

«No, señor».

«Bajaremos por él y conoceremos al profesor. ¡Hola, Hopkins! esto es muy importante, muy importante, en verdad. El pasillo del profesor también está cubierto con estera de fibra de coco».

«Bueno, señor, ¿qué hay con eso?»

«¿No ve ninguna relación con el caso? Bueno, bueno. No insisto en ello. Sin duda estoy equivocado. Y aun así me parece sugerente. Venga conmigo y presénteme».

Pasamos por el pasaje, que era de la misma longitud que el que conducía al jardín. Al final había un corto tramo de escalones que terminaban en una puerta. Nuestro guía llamó y luego nos hizo pasar al dormitorio del profesor.

Era una cámara muy grande, forrada con innumerables volúmenes, que habían desbordado los estantes y yacían en montones en los rincones, o estaban apilados por todas partes en la base de las estanterías. La cama estaba en el centro de la habitación, y en ella, apuntalado con almohadas, estaba el dueño de la casa. Raramente he visto a una persona de aspecto más notable. Era un rostro aguileño y demacrado el que se volvió hacia nosotros, con penetrantes ojos oscuros, que acechaban en profundos huecos bajo cejas sobrepuestas y pobladas. Su cabello y barba eran blancos, salvo porque esta última estaba curiosamente manchada de amarillo alrededor de la boca. Un cigarrillo brillaba en medio del enmarañado pelo blanco, y el aire de la habitación estaba fétido por el humo de tabaco rancio. Mientras tendía su mano a Holmes, percibí que también estaba manchada de nicotina amarilla.

«¿Fumador, Sr. Holmes?», dijo, hablando en un inglés bien elegido, con un curioso y pequeño acento afectado. «Le ruego que tome un cigarrillo. ¿Y usted, señor? Puedo recomendarlos, pues los tengo especialmente preparados por Ionides, de Alejandría. Me envía mil a la vez, y me apena decir que tengo que arreglar un nuevo suministro cada quince días. Malo, señor, muy malo, pero un anciano tiene pocos placeres. El tabaco y mi trabajo: eso es todo lo que me queda».

Holmes había encendido un cigarrillo y lanzaba pequeñas miradas furtivas por toda la habitación.

«El tabaco y mi trabajo, pero ahora solo el tabaco», exclamó el anciano. «¡Ay! ¡Qué interrupción fatal! ¿Quién podría haber previsto una catástrofe tan terrible? ¡Tan estimable joven! Le aseguro que, tras unos meses de entrenamiento, era un asistente admirable. ¿Qué piensa del asunto, Sr. Holmes?»

«Aún no me he formado una opinión».

«Ciertamente estaré en deuda con usted si puede arrojar luz donde todo es tan oscuro para nosotros. Para un pobre ratón de biblioteca y un inválido como yo, tal golpe es paralizante. Parece que he perdido la facultad de pensar. Pero usted es un hombre de acción; usted es un hombre de mundo. Es parte de la rutina diaria de su vida. Puede conservar su equilibrio en cualquier emergencia. Somos afortunados, ciertamente, de tenerle a nuestro lado».

Holmes caminaba de un lado a otro a un costado de la habitación mientras el viejo profesor hablaba. Observé que fumaba con extraordinaria rapidez. Era evidente que compartía el gusto de nuestro anfitrión por los frescos cigarrillos alejandrinos.

«Sí, señor, es un golpe aplastante», dijo el anciano. «Ese es mi magnum opus: la pila de documentos en la mesa auxiliar de allí. Es mi análisis de los documentos encontrados en los monasterios coptos de Siria y Egipto, una obra que cortará profundamente en los mismísimos cimientos de la religión revelada. Con mi salud debilitada no sé si seré capaz de completarla, ahora que mi asistente me ha sido arrebatado. ¡Dios mío! Sr. Holmes, pues usted es un fumador aún más rápido que yo mismo».

Holmes sonrió.

«Soy un conocedor», dijo, tomando otro cigarrillo de la caja —el cuarto— y encendiéndolo con la colilla del que había terminado. «No le molestaré con ningún interrogatorio largo, Profesor Coram, ya que deduzco que usted estaba en la cama en el momento del crimen y no podía saber nada al respecto. Solo le pediría esto: ¿Qué se imagina que quiso decir este pobre hombre con sus últimas palabras: “El profesor... fue ella”?».

El profesor sacudió la cabeza.

«Susan es una chica de campo», dijo, «y usted conoce la increíble estupidez de esa clase. Me imagino que el pobre hombre murmuró algunas palabras incoherentes y delirantes, y que ella las retorció en este mensaje sin sentido».

«Ya veo. ¿No tiene usted mismo ninguna explicación de la tragedia?»

«Posiblemente un accidente, posiblemente —solo lo susurro entre nosotros— un suicidio. Los jóvenes tienen sus problemas ocultos; algún asunto del corazón, quizás, que nunca hemos conocido. Es una suposición más probable que el asesinato».

«¿Pero los anteojos?»

«¡Ah! Solo soy un estudioso, un hombre de sueños. No puedo explicar las cosas prácticas de la vida. Pero aun así, amigo mío, somos conscientes de que las prendas de amor pueden tomar formas extrañas. Por favor, tome otro cigarrillo. Es un placer ver a alguien apreciarlos tanto. Un abanico, un guante, unas gafas... ¿quién sabe qué artículo puede ser llevado como recuerdo o atesorado cuando un hombre pone fin a su vida? Este caballero habla de huellas en la hierba, pero, después de todo, es fácil equivocarse en tal punto. En cuanto al cuchillo, bien podría haber sido arrojado lejos del infortunado hombre al caer. Es posible que hable como un niño, pero para mí parece que Willoughby Smith ha encontrado su destino por su propia mano».

Holmes parecía impresionado por la teoría así expuesta, y continuó caminando de un lado a otro durante algún tiempo, perdido en sus pensamientos y consumiendo cigarrillo tras cigarrillo.

«Dígame, Profesor Coram», dijo al fin, «¿qué hay en ese armario del buró?»

«Nada que pudiera ayudar a un ladrón. Documentos familiares, cartas de mi pobre esposa, diplomas de universidades que me han honrado. Aquí está la llave. Puede buscar por usted mismo».

Holmes recogió la llave y la miró por un instante, luego la devolvió.

«No, difícilmente creo que me ayudara», dijo. «Preferiría bajar tranquilamente a su jardín y darle vueltas a todo el asunto en mi cabeza. Hay algo que decir a favor de la teoría del suicidio que ha expuesto. Debemos disculparnos por habernos entrometido con usted, Profesor Coram, y le prometo que no le molestaremos hasta después del almuerzo. A las dos en punto volveremos e informaremos de cualquier cosa que pueda haber sucedido en el intervalo».

Holmes estaba curiosamente distraído, y caminamos de un lado a otro por el sendero del jardín durante un tiempo en silencio.

«¿Tiene alguna pista?», pregunté al fin.

«Depende de esos cigarrillos que fumé», dijo. «Es posible que esté completamente equivocado. Los cigarrillos me lo dirán».

«Mi querido Holmes», exclamé, «¿cómo rayos...?»

«Bueno, bueno, podrá verlo por usted mismo. Si no, no hay daño hecho. Por supuesto, siempre tenemos la pista del óptico a la que recurrir, pero tomo un atajo cuando puedo conseguirlo. ¡Ah, aquí está la buena Sra. Marker! Disfrutemos de cinco minutos de conversación instructiva con ella».

Quizá haya mencionado antes que Holmes tenía, cuando quería, una manera peculiarmente encantadora con las mujeres, y que muy fácilmente establecía términos de confianza con ellas. En la mitad del tiempo que había nombrado, se había ganado la buena voluntad del ama de llaves y charlaba con ella como si la conociera desde hacía años.

«Sí, Sr. Holmes, es como usted dice, señor. Fuma algo terrible. Todo el día y a veces toda la noche, señor. He visto esa habitación por la mañana... bueno, señor, habría pensado que era una niebla de Londres. El pobre joven Sr. Smith, él también era fumador, pero no tan malo como el profesor. Su salud... bueno, no sé si es mejor ni peor por el tabaco».

«¡Ah!», dijo Holmes, «pero mata el apetito».

«Bueno, no sé sobre eso, señor».

«Supongo que el profesor apenas come nada».

«Bueno, es variable. Eso se lo concederé».

«Apostaría a que no tomó desayuno esta mañana, y no se enfrentará a su almuerzo después de todos los cigarrillos que vi consumir».

«Bueno, ahí se equivoca, señor, pues da la casualidad de que esta mañana tomó un desayuno notablemente grande. No sé cuándo le he conocido hacer uno mejor, y ha pedido un buen plato de chuletas para su almuerzo. Yo misma estoy sorprendida, pues desde que entré en esa habitación ayer y vi al joven Sr. Smith yaciendo allí en el suelo, no podía soportar mirar la comida. Bueno, se necesita de todo para hacer un mundo, y el profesor no ha dejado que eso le quite el apetito».

Pasamos la mañana holgazaneando en el jardín. Stanley Hopkins había bajado al pueblo para investigar unos rumores sobre una mujer extraña que había sido vista por unos niños en Chatham Road la mañana anterior. En cuanto a mi amigo, toda su energía habitual parecía haberle abandonado. Nunca le había visto llevar un caso de forma tan desganada. Incluso las noticias traídas por Hopkins de que había encontrado a los niños, y que sin duda habían visto a una mujer que correspondía exactamente con la descripción de Holmes y que llevaba gafas o anteojos, no lograron despertar en él señal alguna de interés profundo. Se mostró más atento cuando Susan, que nos servía el almuerzo, ofreció voluntariamente la información de que creía que el Sr. Smith había salido a pasear ayer por la mañana, y que solo había regresado media hora antes de que ocurriera la tragedia. Yo mismo no podía ver la relación de este incidente, pero percibí claramente que Holmes lo estaba tejiendo en el esquema general que había formado en su cerebro. De repente, saltó de su silla y miró su reloj. «Las dos, caballeros», dijo. «Debemos subir y aclarar las cosas con nuestro amigo, el profesor».

El anciano acababa de terminar su almuerzo, y ciertamente su plato vacío daba fe del buen apetito que su ama de llaves le había atribuido. Era, en efecto, una figura extraña al volver hacia nosotros su melena blanca y sus ojos brillantes. El eterno cigarrillo humeaba en su boca. Se había vestido y estaba sentado en un sillón junto al fuego.

«Bueno, Sr. Holmes, ¿ha resuelto ya este misterio?». Empujó hacia mi compañero la gran caja de cigarrillos que estaba sobre una mesa a su lado. Holmes extendió la mano en el mismo instante, y entre ambos volcaron la caja sobre el borde. Durante un minuto o dos estuvimos todos de rodillas recuperando los cigarrillos dispersos en lugares imposibles. Cuando nos levantamos de nuevo, observé que los ojos de Holmes brillaban y que sus mejillas estaban teñidas de color. Solo en situaciones críticas he visto ondear esas señales de batalla.

«Sí», dijo, «lo he resuelto».

Stanley Hopkins y yo miramos con asombro. Algo parecido a una mueca de desprecio recorrió las demacradas facciones del viejo profesor.

«¿De verdad? ¿En el jardín?».

«No, aquí».

«¡Aquí! ¿Cuándo?».

«En este instante».

«Sin duda está bromeando, Sr. Sherlock Holmes. Me veo obligado a decirle que este es un asunto demasiado serio para tratarlo de tal manera».

«He forjado y probado cada eslabón de mi cadena, Profesor Coram, y estoy seguro de que es sólida. Cuáles sean sus motivos, o qué papel exacto desempeña usted en este extraño asunto, todavía no soy capaz de decirlo. En unos minutos probablemente lo escucharé de sus propios labios. Mientras tanto, reconstruiré lo sucedido para su beneficio, de modo que pueda conocer la información que aún requiero.

Una dama entró ayer en su estudio. Venía con la intención de apoderarse de ciertos documentos que estaban en su escritorio. Ella tenía su propia llave. He tenido la oportunidad de examinar la suya, y no encuentro esa ligera decoloración que el arañazo hecho sobre el barniz habría producido. Usted no fue cómplice, por lo tanto, y ella vino, hasta donde alcanzo a leer las pruebas, sin su conocimiento para robarle».

El profesor lanzó una nube de humo de sus labios. «Esto es de lo más interesante e instructivo», dijo. «¿No tiene nada más que añadir? Seguramente, habiendo seguido a esta dama hasta aquí, también puede decir qué ha sido de ella».

«Me esforzaré por hacerlo. En primer lugar, fue interceptada por su secretario, y ella le apuñaló para escapar. Me inclino a considerar esta catástrofe como un desgraciado accidente, pues estoy convencido de que la dama no tenía intención de infligir una lesión tan grave. Un asesino no viene desarmado. Horrorizada por lo que había hecho, huyó salvajemente de la escena de la tragedia. Desafortunadamente para ella, había perdido sus gafas en el forcejeo, y como era extremadamente miope, estaba realmente indefensa sin ellas. Corrió por un pasillo, que imaginó ser aquel por el que había venido —ambos estaban revestidos con esteras de fibra de coco— y solo cuando fue demasiado tarde comprendió que había tomado el camino equivocado, y que su retirada estaba cortada tras ella. ¿Qué iba a hacer? No podía volver atrás. No podía permanecer donde estaba. Tenía que seguir adelante. Siguió adelante. Subió una escalera, empujó una puerta y se encontró en su habitación».

El anciano permaneció sentado con la boca abierta, mirando fijamente a Holmes. El asombro y el miedo estaban estampados en sus expresivos rasgos. Ahora, con un esfuerzo, se encogió de hombros y estalló en una risa insincera.

«Muy bonito, Sr. Holmes», dijo. «Pero hay un pequeño defecto en su espléndida teoría. Yo mismo estaba en mi habitación, y nunca salí de ella durante el día».

«Soy consciente de ello, Profesor Coram».

«¿Y pretende decir que podría estar tumbado en esa cama sin ser consciente de que una mujer había entrado en mi habitación?».

«Nunca dije eso. Usted fue consciente. Habló con ella. La reconoció. La ayudó a escapar».

De nuevo el profesor estalló en una risa aguda. Se había puesto en pie y sus ojos brillaban como brasas.

«¡Está loco!», gritó. «Está hablando de forma insensata. ¿La ayudé a escapar? ¿Dónde está ella ahora?».

«Está ahí», dijo Holmes, y señaló una alta estantería en el rincón de la habitación.

Vi al anciano levantar los brazos, una terrible convulsión recorrió su rostro sombrío y cayó de nuevo en su silla. En el mismo instante, la estantería que señalaba Holmes giró sobre una bisagra, y una mujer salió precipitadamente a la habitación. «¡Tiene razón!», gritó con una extraña voz extranjera. «¡Tiene razón! Estoy aquí».

Estaba morena por el polvo y cubierta con las telarañas que provenían de las paredes de su escondite. Su rostro, también, estaba surcado de suciedad, y en el mejor de los casos nunca podría haber sido hermosa, pues tenía las características físicas exactas que Holmes había adivinado, además de una barbilla larga y obstinada. Entre su ceguera natural y el cambio de la oscuridad a la luz, permaneció aturdida, parpadeando a su alrededor para ver dónde estábamos y quiénes éramos. Y, sin embargo, a pesar de todas estas desventajas, había cierta nobleza en el porte de la mujer; una gallardía en la barbilla desafiante y en la cabeza erguida, que obligaba a sentir cierto respeto y admiración.

Stanley Hopkins había puesto su mano sobre el brazo de ella y la reclamó como su prisionera, pero ella le apartó suavemente, y aun así con una dignidad superior que obligaba a la obediencia. El anciano yacía en su silla con el rostro crispado y la miraba con ojos sombríos.

«Sí, señor, soy su prisionera», dijo ella. «Desde donde estaba podía oírlo todo, y sé que usted ha descubierto la verdad. Lo confieso todo. Fui yo quien mató al joven. Pero tiene razón: usted, que dice que fue un accidente. Ni siquiera sabía que era un cuchillo lo que sostenía en mi mano, pues en mi desesperación arrebaté cualquier cosa de la mesa y le golpeé para que me dejara ir. Es la verdad lo que digo».

«Señora», dijo Holmes, «estoy seguro de que es la verdad. Me temo que usted no se encuentra nada bien».

Había adquirido un color terrible, aún más espantoso bajo las oscuras vetas de polvo en su rostro. Se sentó en el borde de la cama; luego continuó.

«Solo tengo poco tiempo aquí», dijo, «pero querría que supieran toda la verdad. Soy la esposa de este hombre. Él no es inglés. Es ruso. No diré su nombre».

Por primera vez el anciano se movió. «¡Dios te bendiga, Anna!», gritó. «¡Dios te bendiga!».

Ella le lanzó una mirada del más profundo desdén. «¿Por qué te aferras tanto a esa miserable vida tuya, Sergius?», dijo. «Ha hecho daño a muchos y bien a nadie, ni siquiera a ti mismo. Sin embargo, no me corresponde a mí hacer que el frágil hilo se rompa antes del tiempo de Dios. Ya tengo suficiente sobre mi alma desde que crucé el umbral de esta casa maldita. Pero debo hablar o será demasiado tarde.

He dicho, caballeros, que soy la esposa de este hombre. Él tenía cincuenta años y yo una joven insensata de veinte cuando nos casamos. Fue en una ciudad de Rusia, una universidad; no nombraré el lugar».

«¡Dios te bendiga, Anna!», murmuró el anciano de nuevo.

«Éramos reformistas, revolucionarios, nihilistas, entienden. Él, yo y muchos más. Entonces llegó un tiempo de problemas, un oficial de policía fue asesinado, muchos fueron arrestados, se buscaban pruebas, y para salvar su propia vida y ganar una gran recompensa, mi marido traicionó a su propia esposa y a sus compañeros. Sí, todos fuimos arrestados por su confesión. Algunos de nosotros encontramos nuestro camino a la horca, y algunos a Siberia. Yo estaba entre estos últimos, pero mi condena no era de por vida. Mi marido vino a Inglaterra con sus ganancias mal habidas y ha vivido en silencio desde entonces, sabiendo bien que si la Hermandad supiera dónde estaba, no pasaría una semana antes de que se hiciera justicia».

El anciano extendió una mano temblorosa y se sirvió un cigarrillo. «Estoy en tus manos, Anna», dijo. «Siempre fuiste buena conmigo».

«Aún no les he contado la magnitud de su villanía», dijo ella. «Entre nuestros camaradas de la Orden, había uno que era el amigo de mi corazón. Era noble, desinteresado, cariñoso; todo lo que mi marido no era. Odiaba la violencia. Todos éramos culpables, si es que eso es culpabilidad, pero él no. Escribió siempre disuadiéndonos de tal camino. Estas cartas le habrían salvado. También lo habría hecho mi diario, en el que, día a día, había anotado tanto mis sentimientos hacia él como el punto de vista que cada uno de nosotros había adoptado. Mi marido encontró y guardó tanto el diario como las cartas. Los escondió e intentó con ahínco jurar en falso para acabar con la vida del joven. En esto fracasó, pero Alexis fue enviado como convicto a Siberia, donde ahora, en este momento, trabaja en una mina de sal. ¡Piensa en eso, villano, villano!, ahora, ahora mismo, en este preciso momento, Alexis, un hombre cuyo nombre no eres digno de pronunciar, trabaja y vive como un esclavo, y sin embargo tengo tu vida en mis manos y te dejo marchar».

«Siempre fuiste una mujer noble, Anna», dijo el anciano, dando una calada a su cigarrillo.

Se había levantado, pero volvió a caer con un pequeño grito de dolor.

«Debo terminar», dijo. «Cuando terminó mi condena, me propuse conseguir el diario y las cartas que, de ser enviados al gobierno ruso, procurarían la liberación de mi amigo. Sabía que mi marido había venido a Inglaterra. Tras meses de búsqueda descubrí dónde estaba. Sabía que aún tenía el diario, pues cuando estaba en Siberia tuve una carta suya una vez, reprochándome y citando algunos pasajes de sus páginas. Sin embargo, estaba segura de que, con su naturaleza vengativa, nunca me lo daría por su propia voluntad. Debía conseguirlo yo misma. Con este objeto contraté a un agente de una firma de detectives privados, que entró en la casa de mi marido como secretario; fue su segundo secretario, Sergius, el que le dejó tan apresuradamente. Descubrió que los papeles se guardaban en el armario y consiguió una impresión de la llave. No quiso ir más lejos. Me facilitó un plano de la casa y me dijo que por la mañana el estudio estaba siempre vacío, ya que el secretario estaba empleado aquí arriba. Así que, al fin, tomé mi valor con ambas manos y bajé a por los papeles yo misma. Lo logré; ¡pero a qué precio!

Acababa de tomar el papel y estaba cerrando el armario cuando el joven me atrapó. Ya le había visto esa misma mañana. Me había encontrado en el camino y le había pedido que me dijera dónde vivía el Profesor Coram, sin saber que estaba a su servicio».

«¡Exacto! ¡Exacto!», dijo Holmes. «El secretario volvió y le contó a su empleador acerca de la mujer que había conocido. Luego, en su último aliento, intentó enviar un mensaje de que era ella, la que acababa de discutir con él».

«Debe dejarme hablar», dijo la mujer con voz imperativa, y su rostro se contrajo como si sintiera dolor. «Cuando él cayó, salí precipitadamente de la habitación, elegí la puerta equivocada y me encontré en la habitación de mi marido. Él habló de entregarme. Le demostré que, si lo hacía, su vida estaba en mis manos. Si me entregaba a la ley, yo podría entregarle a él a la Hermandad. No era que deseara vivir por mi propio bien, sino que deseaba cumplir mi propósito. Él sabía que yo haría lo que dije, que su propio destino estaba involucrado en el mío. Por esa razón, y por ninguna otra, me protegió. Me empujó a ese oscuro escondite, una reliquia de los viejos tiempos, conocida solo por él. Tomaba sus comidas en su propia habitación, y así pudo darme parte de su alimento. Se acordó que cuando la policía abandonara la casa, yo me escabulliría de noche y no volvería más. Pero de algún modo usted ha leído nuestros planes». Se arrancó del pecho de su vestido un pequeño paquete. «Estas son mis últimas palabras», dijo; «aquí está el paquete que salvará a Alexis. Lo confío a su honor y a su amor por la justicia. ¡Tómelo! Lo entregará en la Embajada de Rusia. Ahora, he cumplido con mi deber, y...».

«¡Deténganla!», gritó Holmes. Había cruzado la habitación de un salto y le había arrebatado un pequeño frasco de la mano.

«¡Demasiado tarde!», dijo ella, hundiéndose en la cama. «¡Demasiado tarde! Tomé el veneno antes de dejar mi escondite. ¡Me da vueltas la cabeza! ¡Me voy! Le encargo, señor, que recuerde el paquete».

«Un caso sencillo y, sin embargo, en cierto modo instructivo», comentó Holmes mientras regresábamos a la ciudad. «Dependía desde el principio del quevedos. De no haber sido por la afortunada casualidad de que el moribundo los hubiera agarrado, no estoy seguro de que hubiéramos podido llegar nunca a nuestra solución. Me quedó claro, por la graduación de las gafas, que quien las llevaba debía de haber estado muy ciega e indefensa al verse privada de ellas. Cuando me pidió que creyera que ella caminó a lo largo de una estrecha franja de hierba sin dar ni un solo paso en falso, remarqué, como podrá recordar, que era una proeza notable. En mi mente, lo califiqué de proeza imposible, salvo en el caso improbable de que tuviera un segundo par de gafas. Me vi obligado, por tanto, a considerar seriamente la hipótesis de que ella hubiera permanecido dentro de la casa. Al percibir la similitud de los dos pasillos, quedó claro que muy bien podría haber cometido tal error y, en ese caso, era evidente que debía haber entrado en la habitación del profesor. Estuve muy alerta, pues, ante cualquier cosa que confirmara esta suposición, y examiné la habitación minuciosamente en busca de cualquier cosa que pudiera servir de escondite. La alfombra parecía continua y firmemente clavada, así que descarté la idea de una trampilla. Bien podría haber un hueco detrás de los libros. Como sabe, tales artilugios son comunes en las bibliotecas antiguas. Observé que los libros estaban amontonados en el suelo en todos los demás puntos, pero que una estantería estaba libre. Esta, pues, podría ser la puerta. No pude ver marcas que me guiaran, pero la alfombra era de color pardo, lo que se presta muy bien al examen. Por lo tanto, fumé un gran número de esos excelentes cigarrillos y dejé caer la ceniza por todo el espacio frente a la sospechosa estantería. Fue un truco sencillo, pero extremadamente eficaz. Entonces bajé las escaleras y comprobé, en su presencia, Watson, sin que usted percibiera el rumbo de mis observaciones, que el consumo de comida del Profesor Coram había aumentado, como cabría esperar cuando está abasteciendo a una segunda persona. Luego volvimos a subir a la habitación, donde, al volcar la caja de cigarrillos, obtuve una visión excelente del suelo y pude ver con bastante claridad, por los rastros sobre la ceniza del cigarrillo, que la prisionera había salido de su escondite durante nuestra ausencia. Bien, Hopkins, aquí estamos en Charing Cross, y le felicito por haber llevado su caso a una conclusión exitosa. Sin duda, va usted al cuartel general. Creo, Watson, que usted y yo iremos juntos a la Embajada de Rusia».

LA AVENTURA DEL TRES CUARTOS DESAPARECIDO

Estábamos bastante acostumbrados a recibir extraños telegramas en Baker Street, pero recuerdo particularmente uno que nos llegó en una sombría mañana de febrero, hace unos siete u ocho años, y le dio al Sr. Sherlock Holmes un cuarto de hora de perplejidad. Estaba dirigido a él y decía así:

Por favor espéreme. Terrible infortunio. Falta el tres cuartos ala derecha, indispensable mañana. OVERTON.

«Matasellos de Strand y enviado a las diez y treinta y seis», dijo Holmes, leyéndolo una y otra vez. «El Sr. Overton estaba evidentemente bastante excitado cuando lo envió, y algo incoherente como consecuencia. Bien, bien, supongo que estará aquí para cuando haya terminado de revisar el Times, y entonces sabremos todo al respecto. Incluso el problema más insignificante sería bienvenido en estos días de estancamiento».

Las cosas habían ido de hecho muy despacio para nosotros, y yo había aprendido a temer tales períodos de inactividad, pues sabía por experiencia que el cerebro de mi compañero era tan anormalmente activo que resultaba peligroso dejarlo sin material sobre el que trabajar. Durante años le había ido destetando gradualmente de esa manía por las drogas que una vez amenazó con frenar su notable carrera. Ahora sabía que en condiciones normales ya no ansiaba este estímulo artificial, pero era muy consciente de que el demonio no estaba muerto sino dormido, y he sabido que el sueño era ligero y el despertar cercano cuando en períodos de ocio he visto la mirada contraída en el rostro ascético de Holmes y la cavilación de sus ojos hundidos e inescrutables. Por lo tanto, bendije a este Sr. Overton, quienquiera que fuera, ya que había venido con su enigmático mensaje para romper esa calma peligrosa que traía más peligro a mi amigo que todas las tormentas de su vida tempestuosa.

Como esperábamos, el telegrama fue seguido pronto por su remitente, y la tarjeta del Sr. Cyril Overton, del Trinity College, Cambridge, anunció la llegada de un hombre joven enorme, dieciséis stone de hueso y músculo sólidos, que abarcaba el umbral con sus amplios hombros y miraba de uno a otro de nosotros con un rostro atractivo que estaba demacrado por la ansiedad.

«¿Sr. Sherlock Holmes?».

Mi compañero hizo una inclinación de cabeza.

«He estado en Scotland Yard, Sr. Holmes. Vi al inspector Stanley Hopkins. Me aconsejó que viniera a usted. Dijo que el caso, por lo que él podía ver, estaba más en su línea que en la de la policía regular».

«Por favor, siéntese y dígame qué ocurre».

«Es terrible, Sr. Holmes, ¡simplemente terrible! Me extraña que no tenga el pelo gris. Godfrey Staunton... ha oído hablar de él, por supuesto. Es sencillamente el eje sobre el que gira todo el equipo. Preferiría prescindir de dos hombres del paquete, y tener a Godfrey para mi línea de tres cuartos. Ya sea pasando, placando o regateando, no hay nadie que le supere, y además, tiene cabeza y sabe mantenernos unidos a todos. ¿Qué debo hacer? Eso es lo que le pregunto, Sr. Holmes. Está Moorhouse, el primer reserva, pero está entrenado como medio y siempre se mete hacia la melé en lugar de mantenerse en la banda. Es un buen chutador de golpes de castigo, es cierto, pero no tiene criterio y no puede esprintar ni por asomo. Vaya, Morton o Johnson, los velocistas de Oxford, podrían darle vueltas alrededor. Stevenson es lo bastante rápido, pero no sabe hacer un drop desde la línea de veinticinco, y un tres cuartos que no sabe ni patear ni hacer un drop no merece un puesto solo por su velocidad. No, Sr. Holmes, estamos perdidos a menos que pueda ayudarme a encontrar a Godfrey Staunton».

Mi amigo había escuchado con divertida sorpresa este largo discurso, que fue pronunciado con extraordinaria energía y seriedad, enfatizando cada punto con palmadas de una mano fornida sobre la rodilla del hablante. Cuando nuestro visitante calló, Holmes extendió la mano y bajó la letra «S» de su libro de notas. Por una vez, hurgó en vano en esa mina de información variada.

«Está Arthur H. Staunton, el joven falsificador en ciernes», dijo, «y estaba Henry Staunton, a quien ayudé a llevar a la horca, pero Godfrey Staunton es un nombre nuevo para mí».

Fue el turno de nuestro visitante de parecer sorprendido.

«Vaya, Sr. Holmes, pensaba que usted sabía las cosas», dijo. «Supongo, entonces, que si nunca ha oído hablar de Godfrey Staunton, ¿tampoco conoce a Cyril Overton?».

Holmes negó con la cabeza de buen grado.

«¡Rayos!», exclamó el atleta. «Pero si fui el primer reserva de Inglaterra contra Gales, y he sido capitán de la Universidad todo este año. ¡Pero eso no es nada! No pensé que hubiera un alma en Inglaterra que no conociera a Godfrey Staunton, el crack de los tres cuartos, Cambridge, Blackheath y cinco veces internacional. ¡Dios mío! Sr. Holmes, ¿dónde ha vivido usted?».

Holmes se rio ante el ingenuo asombro del joven gigante.

«Usted vive en un mundo diferente al mío, Sr. Overton, uno más dulce y saludable. Mis ramificaciones se extienden por muchas secciones de la sociedad, pero nunca, me alegra decir, en el deporte amateur, que es lo mejor y más sano que hay en Inglaterra. Sin embargo, su inesperada visita de esta mañana me demuestra que incluso en ese mundo de aire fresco y juego limpio, puede haber trabajo para mí. Así que ahora, mi buen señor, le ruego que se siente y me diga, lenta y tranquilamente, exactamente qué es lo que ha ocurrido y cómo desea que le ayude».

El rostro del joven Overton adoptó la expresión azorada del hombre que está más acostumbrado a usar sus músculos que su ingenio, pero poco a poco, con muchas repeticiones y oscuridades que puedo omitir de su narración, expuso su extraña historia ante nosotros.

«Es así, Sr. Holmes. Como he dicho, soy el capitán del equipo de rugby de la Universidad de Cambridge, y Godfrey Staunton es mi mejor hombre. Mañana jugamos contra Oxford. Ayer llegamos todos y nos instalamos en el hotel privado de Bentley. A las diez di una vuelta y vi que todos los muchachos se habían ido a dormir, pues creo en el entrenamiento estricto y en dormir mucho para mantener a un equipo en forma. Crucé un par de palabras con Godfrey antes de que se acostara. Me pareció que estaba pálido y molesto. Le pregunté qué le pasaba. Dijo que estaba bien, solo un toque de dolor de cabeza. Le di las buenas noches y le dejé. Media hora más tarde, el portero me dice que un hombre de aspecto rudo con barba vino con una nota para Godfrey. No se había acostado, y la nota fue llevada a su habitación. Godfrey la leyó y se dejó caer en una silla como si le hubieran dado un mazazo. El portero estaba tan asustado que iba a buscarme, pero Godfrey lo detuvo, bebió un poco de agua y se recompuso. Luego bajó las escaleras, dijo unas pocas palabras al hombre que esperaba en el vestíbulo, y ambos se fueron juntos. Lo último que vio el portero de ellos es que casi iban corriendo por la calle en dirección al Strand. Esta mañana la habitación de Godfrey estaba vacía, su cama nunca se había usado y sus cosas estaban todas tal y como las vi la noche anterior. Se había marchado de repente con este desconocido, y desde entonces no ha llegado ninguna noticia de él. No creo que vuelva jamás. Era un deportista, Godfrey, hasta la médula, y no habría interrumpido su entrenamiento ni dejado tirado a su capitán si no fuera por una causa que era demasiado fuerte para él. No, siento como si se hubiera ido para siempre y no volviéramos a verle nunca más».

Sherlock Holmes escuchó con la máxima atención esta singular narración.

«¿Qué hizo usted?», preguntó.

«Envié un telegrama a Cambridge para saber si se había oído algo de él allí. He tenido respuesta. Nadie le ha visto».

«¿Podría haber vuelto a Cambridge?».

«Sí, hay un tren tarde, a las once y cuarto».

«Pero, hasta donde usted puede averiguar, ¿no lo tomó?».

«No, no ha sido visto».

«¿Qué hizo después?».

«Envié un telegrama a Lord Mount-James».

«¿Por qué a Lord Mount-James?».

«Godfrey es huérfano, y Lord Mount-James es su pariente más cercano, su tío, creo».

«Entiendo. Esto arroja una nueva luz sobre el asunto. Lord Mount-James es uno de los hombres más ricos de Inglaterra».

«Eso le he oído decir a Godfrey».

«¿Y su amigo era pariente cercano?».

«Sí, era su heredero, y el viejo tiene casi ochenta años, además de estar lleno de gota. Dicen que podría marcar su taco de billar con los nudillos. Nunca le dio a Godfrey ni un chelín en su vida, pues es un avaro absoluto, pero todo irá a parar a él sin duda».

«¿Ha tenido noticias de Lord Mount-James?».

«No».

«¿Qué motivo podría tener su amigo para ir a ver a Lord Mount-James?».

«Bueno, algo le preocupaba la noche anterior, y si tenía que ver con dinero, es posible que se dirigiera a su pariente más cercano, que tenía tanto, aunque por todo lo que he oído no tendría muchas posibilidades de conseguirlo. A Godfrey no le gustaba el viejo. No iría si pudiera evitarlo».

«Bueno, pronto podemos determinar eso. Si su amigo iba a ver a su pariente, Lord Mount-James, entonces tiene que explicar la visita de ese tipo de aspecto rudo a una hora tan tardía, y la agitación que causó su llegada».

Cyril Overton se llevó las manos a la cabeza. «No puedo entender nada», dijo.

«Bien, bien, tengo el día libre y estaré encantado de investigar el asunto», dijo Holmes. «Le recomendaría encarecidamente que haga los preparativos para su partido sin contar con este joven caballero. Debe haber sido, como usted dice, una necesidad abrumadora la que le arrancó de allí de tal manera, y es probable que esa misma necesidad le mantenga alejado. Vayamos juntos al hotel y veamos si el portero puede arrojar alguna luz nueva sobre el asunto».

Sherlock Holmes era un maestro en el arte de poner a un humilde testigo a gusto, y muy pronto, en la privacidad de la habitación abandonada de Godfrey Staunton, extrajo todo lo que el portero tenía que contar. El visitante de la noche anterior no era un caballero, ni tampoco un trabajador. Era simplemente lo que el portero describió como un «tipo de aspecto corriente», un hombre de cincuenta años, barba canosa, rostro pálido, vestido con sencillez. Él mismo parecía estar agitado. El portero había observado que le temblaba la mano cuando entregó la nota. Godfrey Staunton se había metido la nota en el bolsillo. Staunton no había estrechado la mano del hombre en el vestíbulo. Habían intercambiado unas pocas frases, de las que el portero solo había distinguido la palabra «tiempo». Luego se habían marchado apresuradamente de la manera descrita. Eran exactamente las diez y media según el reloj del vestíbulo.

«Veamos», dijo Holmes, sentándose en la cama de Staunton. «Usted es el portero de día, ¿verdad?».

«Sí, señor, termino mi turno a las once».

«El portero de noche no vio nada, supongo».

«No, señor, un grupo del teatro entró tarde. Nadie más».

«¿Estuvo usted de servicio todo el día de ayer?».

«Sí, señor».

«¿Llevó algún mensaje al Sr. Staunton?».

«Sí, señor, un telegrama».

«¡Ah! Eso es interesante. ¿A qué hora fue esto?».

«Alrededor de las seis».

«¿Dónde estaba el Sr. Staunton cuando lo recibió?».

«Aquí, en su habitación».

«¿Estuvo usted presente cuando lo abrió?».

«Sí, señor, esperé para ver si había respuesta».

«Bueno, ¿la hubo?».

«Sí, señor, escribió una respuesta».

«¿La llevó usted?».

«No, la llevó él mismo».

«Pero la escribió en su presencia».

«Sí, señor. Yo estaba de pie junto a la puerta, y él de espaldas en esa mesa. Cuando la hubo escrito, dijo: 'Está bien, portero, yo mismo llevaré esto'».

«¿Con qué la escribió?».

«Con una pluma, señor».

«¿Era el formulario telegráfico uno de estos que hay en la mesa?».

«Sí, señor, era el de arriba».

Holmes se levantó. Tomando los formularios, los llevó a la ventana y examinó cuidadosamente el que estaba arriba.

«Es una lástima que no escribiera con lápiz», dijo, arrojándolos de nuevo con un encogimiento de hombros de decepción. «Como sin duda habrá observado frecuentemente, Watson, la impresión suele traspasar, un hecho que ha disuelto muchos matrimonios felices. Sin embargo, no encuentro rastro alguno aquí. Me alegra, no obstante, percibir que escribió con una pluma de punta ancha, y difícilmente puedo dudar que encontraremos alguna impresión en esta almohadilla secante. ¡Ah, sí, sin duda esto es exactamente lo que buscamos!».

Arrancó una tira del papel secante y nos mostró el siguiente jeroglífico:

Cyril Overton estaba muy excitado. «¡Póngalo frente al cristal!», gritó.

«Eso es innecesario», dijo Holmes. «El papel es fino, y el reverso dará el mensaje. Aquí está». Lo giró y leímos:

«Ese es el final del telegrama que Godfrey Staunton despachó pocas horas antes de su desaparición. Hay al menos seis palabras del mensaje que se nos han escapado; pero lo que queda, '¡Por amor de Dios, ayúdanos!', prueba que este joven vio un peligro formidable que se le acercaba, y del cual alguien más podría protegerle. ¡'Nosotros', fíjese bien! Otra persona estaba involucrada. ¿Quién podría ser sino el hombre de rostro pálido y barba, que él mismo parecía estar en un estado tan nervioso? ¿Cuál es, entonces, la conexión entre Godfrey Staunton y el hombre barbudo? ¿Y cuál es la tercera fuente de la que cada uno de ellos buscó ayuda contra un peligro inminente? Nuestra investigación ya se ha reducido a eso».

«Solo tenemos que averiguar a quién va dirigido ese telegrama», sugerí.

«Exacto, mi querido Watson. Su reflexión, aunque profunda, ya había pasado por mi mente. Pero me atrevo a decir que habrá notado que, ante el duplicado del mensaje de otro hombre, puede haber cierta reticencia por parte de los funcionarios a obligarle. Hay mucha burocracia en estos asuntos. Sin embargo, no me cabe duda de que con un poco de delicadeza y finura se puede conseguir el objetivo. Mientras tanto, me gustaría, en su presencia, Sr. Overton, revisar estos papeles que se han quedado sobre la mesa».

Había una serie de cartas, facturas y cuadernos, que Holmes revolvió y examinó con dedos rápidos y nerviosos y ojos penetrantes que revoloteaban. «Nada aquí», dijo, al fin. «Por cierto, supongo que su amigo era un joven sano, ¿nada malo con él?».

«Tan sano como una campana».

«¿Le ha conocido enfermo alguna vez?».

«Ni un día. Ha estado en cama por una tos, y una vez se dislocó la rótula, pero eso no fue nada».

«Quizás no era tan fuerte como usted supone. Creo que puede haber tenido algún problema secreto. Con su consentimiento, pondré uno o dos de estos papeles en mi bolsillo, en caso de que influyan en nuestra futura investigación».

«¡Un momento, un momento!», gritó una voz quejumbrosa, y levantamos la vista para encontrar a un extraño hombrecito anciano, que se sacudía y se retorcía en el umbral. Iba vestido de negro deslucido, con un sombrero de copa de ala muy ancha y una corbata blanca floja; el efecto total era el de un párroco muy rústico o el de un mudo de funeraria. Sin embargo, a pesar de su aspecto andrajoso e incluso absurdo, su voz tenía un chasquido agudo, y sus modales una intensidad rápida que imponía atención.

«¿Quién es usted, señor, y con qué derecho toca los papeles de este caballero?», preguntó.

«Soy detective privado, y estoy tratando de explicar su desaparición».

«Oh, ¿lo es, verdad? ¿Y quién le dio instrucciones, eh?».

«Este caballero, amigo del Sr. Staunton, fue remitido a mí por Scotland Yard».

«¿Quién es usted, señor?».

«Soy Cyril Overton».

«Entonces es usted quien me envió un telegrama. Mi nombre es Lord Mount-James. Vine tan rápido como el autobús de Bayswater pudo traerme. ¿Así que ha contratado a un detective?».

«Sí, señor».

«¿Y está usted dispuesto a hacer frente al coste?».

«No tengo ninguna duda, señor, de que mi amigo Godfrey, cuando le encontremos, estará dispuesto a hacerlo».

«¿Pero si nunca es encontrado, eh? ¡Contésteme a eso!».

«En ese caso, sin duda su familia...».

«¡Nada de eso, señor!», gritó el hombrecito. «¡No espere de mí ni un penique, ni un penique! ¡Entienda eso, Sr. Detective! Soy toda la familia que tiene este joven, y le digo que no soy responsable. Si tiene alguna expectativa, se debe al hecho de que nunca he malgastado dinero, y no pienso empezar a hacerlo ahora. En cuanto a esos papeles con los que se está tomando tantas libertades, le diré que, en caso de que hubiera algo de valor entre ellos, se le pedirá cuentas estrictamente por lo que haga con ellos».

«Muy bien, señor», dijo Sherlock Holmes. «¿Puedo preguntarle, mientras tanto, si tiene usted alguna teoría para explicar la desaparición de este joven?».

«No, señor, no la tengo. Es lo suficientemente grande y mayor como para cuidar de sí mismo, y si es tan tonto como para perderse, me niego rotundamente a aceptar la responsabilidad de buscarle».

«Entiendo perfectamente su posición», dijo Holmes, con un brillo malicioso en los ojos. «Quizás usted no entienda del todo la mía. Godfrey Staunton parece haber sido un hombre pobre. Si ha sido secuestrado, no podría haber sido por nada que él mismo posea. La fama de su riqueza ha circulado por todas partes, Lord Mount-James, y es totalmente posible que una banda de ladrones se haya apoderado de su sobrino para obtener de él alguna información sobre su casa, sus hábitos y su tesoro».

El rostro de nuestro desagradable visitante se puso tan blanco como su corbata.

«¡Cielos, señor, qué idea! ¡Nunca pensé en tal villanía! ¡Qué granujas inhumanos hay en el mundo! Pero Godfrey es un buen muchacho, un muchacho leal. Nada le induciría a delatar a su viejo tío. Haré que trasladen la vajilla al banco esta misma tarde. Mientras tanto, ¡no escatime esfuerzos, Sr. Detective! Le ruego que no deje piedra sin remover para traerlo de vuelta a salvo. En cuanto al dinero, bueno, en lo que a un billete de cinco o incluso uno de diez libras se refiere, siempre puede contar conmigo».

Incluso en su estado de ánimo escarmentado, el noble avaro no pudo darnos ninguna información que pudiera ayudarnos, pues sabía poco de la vida privada de su sobrino. Nuestra única pista residía en el telegrama truncado, y con una copia de este en su mano, Holmes se dispuso a encontrar un segundo eslabón para su cadena. Nos habíamos librado de Lord Mount-James, y Overton se había ido a consultar con los otros miembros de su equipo sobre la desgracia que les había sobrevenido.

Había una oficina de telégrafos a poca distancia del hotel. Nos detuvimos fuera de ella.

«Vale la pena intentarlo, Watson», dijo Holmes. «Por supuesto, con una orden judicial podríamos exigir ver los duplicados, pero aún no hemos llegado a esa etapa. No creo que recuerden los rostros en un lugar tan concurrido. Vamos a arriesgarnos».

«Siento molestarle», dijo, en su tono más amable, a la joven detrás de la rejilla; «hay un pequeño error en un telegrama que envié ayer. No he recibido respuesta, y mucho me temo que debo haber olvidado poner mi nombre al final. ¿Podría decirme si fue así?».

La joven revolvió un fajo de duplicados.

«¿A qué hora fue?», preguntó.

«Poco después de las seis».

«¿A quién iba dirigido?».

Holmes se llevó el dedo a los labios y me miró. «Las últimas palabras eran 'Por amor de Dios'», susurró confidencialmente; «estoy muy ansioso por no recibir respuesta».

La joven separó uno de los formularios.

«Es este. No hay nombre», dijo, alisándolo sobre el mostrador.

«Entonces eso, por supuesto, explica que no haya recibido respuesta», dijo Holmes. «¡Cielo santo, qué estúpido de mi parte, desde luego! Buenos días, señorita, y muchas gracias por haber aliviado mi mente». Rio entre dientes y se frotó las manos cuando nos encontramos en la calle una vez más.

«¿Y bien?», pregunté.

«Progresamos, mi querido Watson, progresamos. Tenía siete planes diferentes para echar un vistazo a ese telegrama, pero difícilmente podía esperar tener éxito a la primera».

«¿Y qué ha conseguido?».

«Un punto de partida para nuestra investigación». Llamó a un taxi. «Estación de King's Cross», dijo.

«¿Tenemos un viaje, entonces?».

«Sí, creo que debemos bajar juntos a Cambridge. Todas las indicaciones parecen señalar en esa dirección».

«Dígame», pregunté, mientras traqueteábamos por Gray's Inn Road, «¿tiene alguna sospecha todavía sobre la causa de la desaparición? No creo que entre todos nuestros casos haya conocido uno donde los motivos sean más oscuros. ¿Seguro que no imagina realmente que pueda estar secuestrado para dar información contra su rico tío?».

«Confieso, mi querido Watson, que eso no me parece una explicación muy probable. Sin embargo, me llamó la atención por ser la que más probabilidades tenía de interesar a esa persona tan sumamente desagradable».

«Ciertamente lo hizo; pero ¿cuáles son sus alternativas?».

«Podría mencionar varias. Debe admitir que es curioso y sugerente que este incidente ocurra en vísperas de este importante partido, y que involucre al único hombre cuya presencia parece esencial para el éxito del equipo. Puede ser, por supuesto, una coincidencia, pero es interesante. El deporte amateur está libre de apuestas, pero una buena cantidad de apuestas externas se realizan entre el público, y es posible que valga la pena que alguien se acerque a un jugador como los rufianes del hipódromo se acercan a un caballo de carreras. Esa es una explicación. Una segunda muy obvia es que este joven es realmente el heredero de una gran propiedad, por modestos que sean sus medios actuales, y no es imposible que se haya fraguado un complot para retenerlo a cambio de un rescate».

«Estas teorías no tienen en cuenta el telegrama».

«Muy cierto, Watson. El telegrama sigue siendo la única cosa sólida con la que tenemos que tratar, y no debemos permitir que nuestra atención se desvíe de él. Es para arrojar luz sobre el propósito de este telegrama por lo que estamos ahora de camino a Cambridge. El camino de nuestra investigación es por ahora oscuro, pero me sorprendería mucho si antes de que anochezca no lo hayamos aclarado, o hayamos hecho un avance considerable en él».

Ya estaba oscuro cuando llegamos a la vieja ciudad universitaria. Holmes tomó un taxi en la estación y ordenó al hombre que le llevara a la casa del Dr. Leslie Armstrong. Unos minutos más tarde, nos habíamos detenido ante una gran mansión en la calle más transitada. Nos hicieron pasar, y tras una larga espera fuimos finalmente admitidos en la consulta, donde encontramos al doctor sentado detrás de su mesa.

Argumenta el grado en que había perdido el contacto con mi profesión el hecho de que el nombre de Leslie Armstrong me fuera desconocido. Ahora soy consciente de que no solo es uno de los jefes de la facultad de medicina de la universidad, sino un pensador de reputación europea en más de una rama de la ciencia. Sin embargo, incluso sin conocer su brillante historial, uno no podría dejar de sentirse impresionado con solo echar un vistazo al hombre: el rostro cuadrado y macizo, los ojos pensativos bajo las cejas pobladas y el modelado granítico de la mandíbula inflexible. Un hombre de carácter profundo, un hombre de mente alerta, severo, ascético, reservado, formidable; así es como interpreté al Dr. Leslie Armstrong. Sostenía la tarjeta de mi amigo en la mano y levantó la vista con una expresión no muy complacida en sus facciones adustas.

«He oído su nombre, Sr. Sherlock Holmes, y soy consciente de su profesión, una que de ninguna manera apruebo».

«En eso, doctor, se encontrará usted de acuerdo con todos los criminales del país», dijo mi amigo con tranquilidad.

«En la medida en que sus esfuerzos se dirigen hacia la supresión del crimen, señor, deben contar con el apoyo de todo miembro razonable de la comunidad, aunque no puedo dudar de que la maquinaria oficial es ampliamente suficiente para tal propósito. Donde su vocación es más abierta a la crítica es cuando se entromete en los secretos de individuos privados, cuando remueve asuntos familiares que es mejor mantener ocultos y cuando, incidentalmente, hace perder el tiempo a hombres que están más ocupados que usted. En este preciso momento, por ejemplo, debería estar escribiendo un tratado en lugar de conversar con usted».

«Sin duda, doctor; y, sin embargo, la conversación puede resultar más importante que el tratado. Incidentalmente, puedo decirle que estamos haciendo lo contrario de lo que usted, muy justamente, censura, y que nos esforzamos por evitar cualquier tipo de exposición pública de asuntos privados que, inevitablemente, ocurriría una vez que el caso estuviera debidamente en manos de la policía oficial. Puede considerarme simplemente como un pionero irregular que va por delante de las fuerzas regulares del país. He venido a preguntarle por el Sr. Godfrey Staunton».

«¿Qué hay de él?»

«Usted le conoce, ¿no es así?»

«Es un amigo íntimo mío».

«¿Es consciente de que ha desaparecido?»

«¡Ah, de veras!» No hubo cambio de expresión en las rudas facciones del doctor.

«Abandonó su hotel anoche; no se ha tenido noticia de él».

«Sin duda volverá».

«Mañana es el partido de fútbol universitario».

«No siento ninguna simpatía por estos juegos infantiles. El destino del joven me interesa profundamente, ya que le conozco y le aprecio. El partido de fútbol no entra en mi horizonte en absoluto».

«Reclamo entonces su simpatía en mi investigación sobre el destino del Sr. Staunton. ¿Sabe dónde está?»

«Ciertamente, no».

«¿No le ha visto desde ayer?»

«No, no le he visto».

«¿Era el Sr. Staunton un hombre sano?»

«Absolutamente».

«¿Alguna vez le supo enfermo?»

«Jamás».

Holmes puso una hoja de papel ante los ojos del doctor. «Entonces, tal vez pueda explicar este recibo de trece guineas, pagado por el Sr. Godfrey Staunton el mes pasado al Dr. Leslie Armstrong, de Cambridge. Lo saqué de entre los papeles que había sobre su escritorio».

El doctor se ruborizó de ira.

«No considero que haya razón alguna por la que deba darle explicaciones a usted, Sr. Holmes».

Holmes volvió a guardar la factura en su libreta. «Si prefiere una explicación pública, llegará tarde o temprano», dijo. «Ya le he dicho que puedo silenciar lo que otros se verán obligados a publicar, y sería realmente más sensato que me depositara su total confianza».

«No sé nada al respecto».

«¿Tuvo noticias del Sr. Staunton en Londres?»

«Ciertamente, no».

«¡Dios mío, Dios mío, la oficina de correos otra vez!» Holmes suspiró con cansancio. «Un telegrama de lo más urgente le fue enviado desde Londres por Godfrey Staunton a las seis y cuarto de la tarde de ayer, un telegrama que sin duda está relacionado con su desaparición, y sin embargo, usted no lo ha recibido. Es sumamente culpable. Sin duda iré a la oficina de aquí a presentar una queja».

El Dr. Leslie Armstrong saltó de detrás de su escritorio y su rostro oscuro estaba encendido de furia.

«Le agradecería que saliera de mi casa, señor», dijo. «Puede decirle a su empleador, Lord Mount-James, que no deseo tener nada que ver ni con él ni con sus agentes. ¡No, señor, ni una palabra más!» Tocó el timbre con furia. «¡John, acompañe a estos caballeros a la salida!» Un mayordomo pomposo nos condujo con severidad hasta la puerta y nos encontramos en la calle. Holmes estalló en carcajadas.

«El Dr. Leslie Armstrong es, sin duda, un hombre de energía y carácter», dijo. «No he visto a un hombre que, si dirigiera sus talentos hacia ese fin, estuviera más capacitado para llenar el vacío dejado por el ilustre Moriarty. Y ahora, mi pobre Watson, aquí estamos, abandonados y sin amigos en esta inhóspita ciudad, de la cual no podemos irnos sin abandonar nuestro caso. Esta pequeña posada justo enfrente de la casa de Armstrong está singularmente adaptada a nuestras necesidades. Si usted alquilara una habitación que dé a la calle y comprara lo necesario para pasar la noche, quizás yo tenga tiempo de hacer algunas averiguaciones».

Estas pocas averiguaciones resultaron ser, sin embargo, un procedimiento más largo de lo que Holmes había imaginado, pues no regresó a la posada hasta casi las nueve. Estaba pálido y abatido, manchado de polvo y agotado por el hambre y la fatiga. Una cena fría estaba lista sobre la mesa y, cuando hubo satisfecho sus necesidades y encendido su pipa, estuvo listo para adoptar esa visión medio cómica y totalmente filosófica que le era natural cuando sus asuntos se torcían. El sonido de las ruedas de un carruaje le hizo levantarse y mirar por la ventana. Un cupé tirado por dos caballos tordos, bajo el resplandor de una farola de gas, estaba detenido ante la puerta del doctor.

«Ha estado fuera tres horas», dijo Holmes; «salió a las seis y media y aquí está de vuelta. Eso da un radio de diez o doce millas, y lo hace una vez, o a veces dos veces, al día».

«No es algo inusual para un médico en ejercicio».

«Pero Armstrong no es realmente un médico en ejercicio. Es profesor y consultor, pero no le interesa la medicina general, que le distrae de su trabajo literario. ¿Por qué, entonces, hace estos largos viajes, que deben ser sumamente molestos para él, y a quién visita?»

«Su cochero...»

«Mi querido Watson, ¿puede dudar de que fue a él a quien primero me dirigí? No sé si fue por su propia depravación innata o por las instrucciones de su amo, pero fue lo suficientemente grosero como para azuzarme un perro. Sin embargo, ni al perro ni al hombre les gustó el aspecto de mi bastón, y el asunto quedó en nada. Las relaciones se tensaron después de eso y cualquier otra indagación quedó fuera de toda duda. Todo lo que he aprendido lo obtuve de un amable lugareño en el patio de nuestra propia posada. Fue él quien me habló de los hábitos del doctor y de su viaje diario». En ese instante, para dar énfasis a sus palabras, el carruaje dobló hacia la puerta.

«¿No podría haberlo seguido?»

«¡Excelente, Watson! Está usted brillante esta noche. La idea pasó por mi mente. Hay, como habrá observado, una tienda de bicicletas al lado de nuestra posada. Entré corriendo, alquilé una bicicleta y pude ponerme en marcha antes de que el carruaje estuviera fuera de la vista. Lo alcancé rápidamente y, manteniéndome a una distancia prudente de cien yardas más o menos, seguí sus luces hasta que estuvimos fuera de la ciudad. Estábamos bien adentrados en el camino rural cuando ocurrió un incidente algo mortificante. El carruaje se detuvo, el doctor bajó, caminó rápidamente hasta donde yo también me había detenido y me dijo, con un aire sardónico excelente, que temía que el camino fuera estrecho y que esperaba que su carruaje no impidiera el paso de mi bicicleta. Nada podría haber sido más admirable que su forma de decirlo. Inmediatamente pasé el carruaje y, manteniéndome en la carretera principal, continué durante unas pocas millas y luego me detuve en un lugar conveniente para ver si el carruaje pasaba. No había rastro de él, sin embargo, por lo que se hizo evidente que había tomado uno de los varios caminos laterales que había observado. Regresé, pero tampoco vi el carruaje y ahora, como percibe, ha regresado después de mí. Por supuesto, al principio no tenía ninguna razón particular para relacionar estos viajes con la desaparición de Godfrey Staunton, y solo estaba inclinado a investigarlos bajo la premisa general de que todo lo que concierne al Dr. Armstrong es actualmente de nuestro interés, pero, ahora que descubro que vigila tan de cerca a cualquiera que pueda seguirle en estas excursiones, el asunto parece más importante y no estaré satisfecho hasta que lo haya aclarado».

«Podemos seguirle mañana».

«¿Podemos? No es tan fácil como parece pensar. Usted no está familiarizado con el paisaje de Cambridgeshire, ¿verdad? No se presta al ocultamiento. Todo este campo por el que pasé esta noche es tan plano y limpio como la palma de su mano, y el hombre al que seguimos no es ningún tonto, como demostró muy claramente esta noche. He enviado un telegrama a Overton para que nos comunique cualquier novedad de Londres a esta dirección y, mientras tanto, solo podemos concentrar nuestra atención en el Dr. Armstrong, cuyo nombre la servicial joven de la oficina me permitió leer en el talón del mensaje urgente de Staunton. Él sabe dónde está el joven, lo juro, y si él lo sabe, entonces debe ser culpa nuestra si no logramos saberlo también. Por el momento, hay que admitir que tiene la baza ganadora y, como sabe, Watson, no es mi hábito dejar el juego en esas condiciones».

Y, sin embargo, el día siguiente no nos acercó más a la solución del misterio. Tras el desayuno, nos entregaron una nota que Holmes me pasó con una sonrisa.

SEÑOR [decía], —Puedo asegurarle que está perdiendo el tiempo siguiendo mis movimientos. Tengo, como descubrió anoche, una ventana en la parte trasera de mi cupé, y si desea un paseo de veinte millas que le llevará al lugar desde el que partió, solo tiene que seguirme. Mientras tanto, puedo informarle de que ningún espionaje hacia mí puede ayudar de ninguna manera al Sr. Godfrey Staunton, y estoy convencido de que el mejor servicio que puede hacer a ese caballero es regresar de inmediato a Londres e informar a su empleador de que no puede localizarle. Su tiempo en Cambridge estará ciertamente desperdiciado.

Atentamente, LESLIE ARMSTRONG.

«Un antagonista franco y honesto, el doctor», dijo Holmes. «Bueno, bueno, despierta mi curiosidad y realmente debo saberlo antes de dejarlo».

«Su carruaje está ahora en su puerta», dije. «Ahí está subiendo a él. Le vi mirar hacia nuestra ventana mientras lo hacía. ¿Qué tal si pruebo suerte con la bicicleta?»

«¡No, no, mi querido Watson! Con todo el respeto por su agudeza natural, no creo que esté a la altura del digno doctor. Creo que posiblemente pueda alcanzar nuestro fin mediante algunas exploraciones independientes propias. Me temo que debo dejarle a su suerte, ya que la aparición de dos extranjeros curiosos en un campo adormecido podría suscitar más cotilleos de los que me gustaría. Sin duda encontrará algunas vistas que le entretendrán en esta venerable ciudad, y espero traerle un informe más favorable antes del anochecer».

Una vez más, sin embargo, mi amigo estaba destinado a la decepción. Regresó por la noche cansado y sin éxito.

«He tenido un día en blanco, Watson. Habiendo obtenido la dirección general del doctor, pasé el día visitando todas las aldeas de ese lado de Cambridge y comparando notas con taberneros y otras agencias de noticias locales. He cubierto bastante terreno. Chesterton, Histon, Waterbeach y Oakington han sido explorados, y cada uno ha resultado decepcionante. La aparición diaria de un cupé con sus caballos difícilmente podría haber pasado desapercibida en tales rincones olvidados. El doctor ha anotado un tanto más. ¿Hay algún telegrama para mí?»

«Sí, lo abrí. Aquí está:

“Pregunte por Pompey a Jeremy Dixon, Trinity College”».

«No lo entiendo».

«Oh, está bastante claro. Es de nuestro amigo Overton y es en respuesta a una pregunta mía. Enviaré una nota al Sr. Jeremy Dixon y entonces no me cabe duda de que nuestra suerte cambiará. Por cierto, ¿hay alguna noticia del partido?»

«Sí, el periódico local de la tarde tiene un excelente relato en su última edición. Oxford ganó por un gol y dos ensayos. Las últimas frases de la descripción dicen:

“‘La derrota de los Light Blues puede atribuirse enteramente a la desafortunada ausencia del as internacional, Godfrey Staunton, cuya falta se sintió en cada instante del juego. La falta de combinación en la línea de tres cuartos y su debilidad tanto en ataque como en defensa neutralizaron con creces los esfuerzos de un paquete pesado y trabajador’”».

«Entonces los presentimientos de nuestro amigo Overton se han visto justificados», dijo Holmes. «Personalmente, estoy de acuerdo con el Dr. Armstrong, y el fútbol no entra en mi horizonte. A dormir temprano esta noche, Watson, pues preveo que mañana puede ser un día lleno de acontecimientos».

Me horroricé al ver a Holmes a la mañana siguiente, pues estaba sentado junto al fuego sosteniendo su diminuta jeringuilla hipodérmica. Asociaba ese instrumento con la única debilidad de su naturaleza y temí lo peor cuando lo vi brillar en su mano. Se rió de mi expresión de consternación y la dejó sobre la mesa.

«No, no, mi querido amigo, no hay motivo de alarma. No es en esta ocasión el instrumento del mal, sino que resultará ser la llave que desbloqueará nuestro misterio. En esta jeringuilla baso todas mis esperanzas. Acabo de regresar de una pequeña expedición de reconocimiento y todo es favorable. Coma un buen desayuno, Watson, porque me propongo seguir el rastro del Dr. Armstrong hoy, y una vez en él, no me detendré para descansar o comer hasta que le arrincone en su madriguera».

«En ese caso», dije, «será mejor que llevemos nuestro desayuno con nosotros, pues él comienza temprano. Su carruaje está en la puerta».

«No importa. Déjele ir. Será astuto si puede conducir a donde yo no pueda seguirle. Cuando termine, baje conmigo y le presentaré a un detective que es un especialista muy eminente en el trabajo que tenemos por delante».

Cuando descendimos, seguí a Holmes al patio de las caballerizas, donde abrió la puerta de un establo y sacó a un perro bajo, de orejas caídas, blanco y tostado, algo entre un beagle y un foxhound.

«Permítame presentarle a Pompey», dijo. «Pompey es el orgullo de los perros de rastro locales; no es un gran corredor, como mostrará su constitución, pero es un sabueso tenaz siguiendo un rastro. Bueno, Pompey, puede que no seas rápido, pero espero que seas demasiado rápido para un par de caballeros londinenses de mediana edad, así que me tomaré la libertad de atar esta correa de cuero a tu collar. Vamos, chico, ven y muestra lo que puedes hacer». Lo llevó hasta la puerta del doctor. El perro olfateó alrededor por un instante y luego, con un gemido agudo de emoción, salió calle abajo, tirando de su correa en sus esfuerzos por ir más rápido. En media hora, estábamos fuera de la ciudad y apresurándonos por un camino rural.

«¿Qué ha hecho, Holmes?», pregunté.

«Un dispositivo viejo y trillado, pero útil en ocasiones. Entré en el patio del doctor esta mañana y rocié mi jeringuilla llena de anís sobre la rueda trasera. Un perro de rastro seguirá el anís desde aquí hasta John o'Groat's, y nuestro amigo Armstrong tendría que conducir a través del Cam antes de que lograra quitarse a Pompey de encima. ¡Oh, el astuto granuja! Así es como me dio esquinazo la otra noche».

El perro se había desviado repentinamente de la carretera principal hacia un sendero cubierto de hierba. Media milla más adelante, este se abría a otra carretera ancha, y el rastro giraba bruscamente a la derecha en dirección a la ciudad que acabábamos de dejar. La carretera daba un rodeo hacia el sur de la ciudad y continuaba en la dirección opuesta a la que habíamos empezado.

«¿Este desvío ha sido completamente para nuestro beneficio, entonces?», dijo Holmes. «No me extraña que mis averiguaciones entre esos aldeanos no llevaran a nada. El doctor ciertamente ha jugado sus cartas al máximo, y a uno le gustaría saber la razón de tan elaborado engaño. Este debería ser el pueblo de Trumpington a nuestra derecha. ¡Y, por Júpiter! Aquí viene el cupé doblando la esquina. ¡Rápido, Watson, rápido, o estamos perdidos!»

Saltó a través de una puerta hacia un campo, arrastrando al reacio Pompey tras él. Apenas nos habíamos puesto bajo el refugio del seto cuando el carruaje pasó traqueteando. Alcancé a ver al Dr. Armstrong en su interior, con los hombros encorvados y la cabeza hundida en las manos, la imagen misma de la angustia. Pude notar por el rostro más grave de mi compañero que él también lo había visto.

«Me temo que hay algún final oscuro en nuestra búsqueda», dijo. «No pasará mucho tiempo antes de que lo sepamos. ¡Vamos, Pompey! ¡Ah, es la cabaña en el campo!»

No podía haber duda de que habíamos llegado al final de nuestro viaje. Pompey corría y gemía ansiosamente fuera de la verja, donde las marcas de las ruedas del cupé todavía eran visibles. Un sendero conducía a la solitaria cabaña. Holmes ató al perro al seto y nos apresuramos. Mi amigo llamó a la pequeña puerta rústica, y llamó de nuevo sin respuesta. Y sin embargo, la cabaña no estaba desierta, pues un sonido grave llegó a nuestros oídos: una especie de zumbido de miseria y desesperación que era indescriptiblemente melancólico. Holmes se detuvo indeciso y luego miró hacia el camino que acababa de recorrer. Un cupé venía por él y no había posibilidad de confundir a esos caballos tordos.

«¡Por Júpiter, el doctor regresa!», gritó Holmes. «Eso lo decide todo. Estamos obligados a ver qué significa antes de que llegue».

Abrió la puerta y entramos en el recibidor. El zumbido se hizo más fuerte en nuestros oídos hasta convertirse en un largo y profundo lamento de angustia. Venía de arriba. Holmes subió de un salto y yo le seguí. Empujó una puerta entreabierta y ambos nos quedamos horrorizados ante la vista que teníamos delante.

Una mujer, joven y hermosa, yacía muerta sobre la cama. Su rostro tranquilo y pálido, con ojos azules tenues y muy abiertos, miraba hacia arriba desde un gran enredo de cabello dorado. A los pies de la cama, medio sentado, medio arrodillado, con el rostro hundido en las sábanas, estaba un joven, cuyo cuerpo estaba sacudido por sollozos. Tan absorto estaba en su amargo dolor que no miró hacia arriba hasta que la mano de Holmes estuvo sobre su hombro.

«¿Es usted el Sr. Godfrey Staunton?»

«Sí, sí, lo soy, pero llega demasiado tarde. Está muerta».

El hombre estaba tan aturdido que no se le podía hacer entender que éramos algo más que médicos enviados en su ayuda. Holmes intentaba pronunciar unas pocas palabras de consuelo y explicar la alarma que había causado a sus amigos su repentina desaparición, cuando se oyó un paso en la escalera y allí estaba el rostro pesado, severo y cuestionador del Dr. Armstrong en la puerta.

«Así que, caballeros», dijo, «han logrado su fin y sin duda han elegido un momento particularmente delicado para su intrusión. No armaría un alboroto en presencia de la muerte, pero puedo asegurarles que si fuera un hombre más joven, su conducta monstruosa no quedaría impune».

«Discúlpeme, Dr. Armstrong, creo que nos hemos malentendido un poco», dijo mi amigo con dignidad. «Si pudiera bajar con nosotros, tal vez podamos arrojar algo de luz el uno al otro sobre este miserable asunto».

Un minuto después, el sombrío doctor y nosotros estábamos en la sala de estar de abajo.

«¿Bien, señor?», dijo.

«Deseo que comprenda, en primer lugar, que no estoy empleado por Lord Mount-James y que mis simpatías en este asunto están totalmente en contra de ese noble. Cuando un hombre se pierde es mi deber averiguar su destino, pero una vez hecho esto, el asunto termina en lo que a mí respecta, y mientras no haya nada delictivo, estoy mucho más ansioso por ocultar escándalos privados que por darles publicidad. Si, como imagino, no hay infracción de la ley en este asunto, puede depender absolutamente de mi discreción y de mi cooperación para mantener los hechos fuera de los periódicos».

El Dr. Armstrong dio un paso rápido hacia adelante y estrechó la mano de Holmes.

«Es usted un buen tipo», dijo. «Le había juzgado mal. Agradezco al cielo que mi remordimiento por dejar al pobre Staunton tan solo en este aprieto me hiciera dar media vuelta a mi carruaje y así conocerle. Sabiendo lo que usted sabe, la situación se explica muy fácilmente. Hace un año, Godfrey Staunton se alojó en Londres durante un tiempo y se encariñó apasionadamente de la hija de su casera, con quien se casó. Ella era tan buena como hermosa y tan inteligente como buena. Ningún hombre debería avergonzarse de una esposa así. Pero Godfrey era el heredero de este viejo y cascarrabias noble, y era bastante seguro que la noticia de su matrimonio habría sido el fin de su herencia. Conocía bien al muchacho y le quería por sus muchas cualidades excelentes. Hice todo lo que pude para ayudarle a mantener las cosas en orden. Hicimos todo lo posible por ocultar el asunto a todo el mundo, pues, cuando un rumor así empieza a circular, no pasa mucho tiempo antes de que todos lo hayan oído. Gracias a esta cabaña solitaria y a su propia discreción, Godfrey lo ha logrado hasta ahora. Su secreto no lo conocía nadie más que yo y un excelente sirviente, que actualmente ha ido en busca de ayuda a Trumpington. Pero al fin llegó un golpe terrible en forma de una enfermedad peligrosa para su esposa. Era un consumo del tipo más virulento. El pobre chico estaba medio loco de dolor, y sin embargo tuvo que ir a Londres a jugar este partido, pues no podía librarse de él sin explicaciones que expondrían su secreto. Intenté animarle por telegrama, y él me envió uno en respuesta, suplicándome que hiciera todo lo que pudiera. Este fue el telegrama que usted parece haber visto de alguna manera inexplicable. No le dije lo urgente que era el peligro, pues sabía que no podía hacer nada bueno aquí, pero envié la verdad al padre de la joven, y él muy imprudentemente se la comunicó a Godfrey. El resultado fue que él vino directamente en un estado cercano al frenesí, y ha permanecido en el mismo estado, arrodillado al pie de su cama, hasta que esta mañana la muerte puso fin a sus sufrimientos. Eso es todo, Sr. Holmes, y estoy seguro de que puedo confiar en su discreción y en la de su amigo».

Holmes estrechó la mano del doctor.

«Vamos, Watson», dijo, y salimos de aquella casa de duelo hacia la pálida luz del sol de un día de invierno.

LA AVENTURA DE ABBEY GRANGE

Fue en una mañana de helada y frío amargo, hacia el final del invierno del 97, cuando me despertó un tirón en el hombro. Era Holmes. La vela en su mano brillaba sobre su rostro ansioso e inclinado, y me indicó de un vistazo que algo andaba mal.

«¡Vamos, Watson, vamos!», gritó. «La pieza está en marcha. ¡Ni una palabra! ¡Vístete y ven!».

Diez minutos después, ambos íbamos en un coche de alquiler, traqueteando por las calles silenciosas de camino a la estación de Charing Cross. El primer débil amanecer de invierno empezaba a aparecer, y podíamos ver vagamente la figura ocasional de un obrero madrugador mientras nos pasaba, borroso e indistinto en el hedor opalescente de Londres. Holmes se acurrucó en silencio en su pesado abrigo, y yo me alegré de hacer lo mismo, pues el aire era de lo más amargo y ninguno de los dos había roto nuestro ayuno.

No fue hasta que consumimos un poco de té caliente en la estación y tomamos nuestros asientos en el tren de Kent que estuvimos lo suficientemente descongelados, él para hablar y yo para escuchar. Holmes sacó una nota de su bolsillo y leyó en voz alta:

Abbey Grange, Marsham, Kent, 3:30 A.M. MI QUERIDO SR. HOLMES:

Estaría muy agradecido por su asistencia inmediata en lo que promete ser un caso de lo más notable. Es algo totalmente de su estilo. Excepto por liberar a la dama, me aseguraré de que todo se mantenga exactamente como lo he encontrado, pero le ruego que no pierda un instante, ya que es difícil dejar a Sir Eustace allí.

Atentamente, STANLEY HOPKINS.

«Hopkins me ha llamado siete veces, y en cada ocasión su llamada ha estado totalmente justificada», dijo Holmes. «Me imagino que cada uno de sus casos ha encontrado su camino hacia su colección, y debo admitir, Watson, que usted tiene cierto poder de selección, que compensa mucho de lo que deploro en sus narraciones. Su fatal hábito de mirar todo desde el punto de vista de una historia en lugar de como un ejercicio científico ha arruinado lo que podría haber sido una serie de demostraciones instructivas e incluso clásicas. Usted pasa por alto el trabajo de la mayor delicadeza y finura, con el fin de insistir en detalles sensacionalistas que pueden excitar, pero que no pueden instruir al lector».

«¿Por qué no los escribe usted mismo?», dije, con cierta amargura.

«Lo haré, mi querido Watson, lo haré. En este momento estoy, como sabe, bastante ocupado, pero propongo dedicar mis años de declive a la composición de un libro de texto, que concentre todo el arte de la detección en un solo volumen. Nuestra investigación actual parece ser un caso de asesinato».

«¿Piensa entonces que este Sir Eustace está muerto?».

«Eso diría. La escritura de Hopkins muestra una agitación considerable, y no es un hombre emocional. Sí, deduzco que ha habido violencia y que el cuerpo ha sido dejado para nuestra inspección. Un simple suicidio no le habría causado enviarme a buscar. En cuanto a la liberación de la dama, parecería que ha estado encerrada en su habitación durante la tragedia. Nos estamos moviendo en la alta sociedad, Watson, papel que cruje, monograma 'E.B.', escudo de armas, dirección pintoresca. Creo que el amigo Hopkins estará a la altura de su reputación y que tendremos una mañana interesante. El crimen fue cometido antes de las doce de anoche».

«¿Cómo puede usted saberlo posiblemente?».

«Mediante una inspección de los trenes y contando el tiempo. La policía local tuvo que ser llamada, tuvieron que comunicarse con Scotland Yard, Hopkins tuvo que salir y él, a su vez, tuvo que enviarme a buscar. Todo eso hace una buena noche de trabajo. Bueno, aquí estamos en la estación de Chiselhurst, y pronto despejaremos nuestras dudas».

Un viaje de un par de millas a través de estrechos caminos rurales nos llevó a la puerta de un parque, que fue abierta para nosotros por un viejo portero, cuyo rostro demacrado reflejaba algún gran desastre. La avenida discurría a través de un noble parque, entre hileras de antiguos olmos, y terminaba en una casa baja y extensa, con columnas al frente al estilo de Palladio. La parte central era evidentemente de gran antigüedad y estaba cubierta de hiedra, pero las grandes ventanas mostraban que se habían llevado a cabo cambios modernos, y un ala de la casa parecía ser completamente nueva. La figura juvenil y el rostro alerta y ansioso del inspector Stanley Hopkins nos confrontaron en la puerta abierta.

«Me alegro mucho de que haya venido, Sr. Holmes. Y usted también, Dr. Watson. Pero, en verdad, si pudiera volver a empezar, no le habría molestado, pues desde que la dama ha vuelto en sí, ha dado una cuenta tan clara del asunto que no queda mucho por hacer para nosotros. ¿Recuerda a esa banda de ladrones de Lewisham?».

«¿Qué, los tres Randall?».

«Exactamente; el padre y dos hijos. Es obra suya. No tengo ninguna duda. Hicieron un trabajo en Sydenham hace quince días y fueron vistos y descritos. Bastante fríos para hacer otro tan pronto y tan cerca, pero son ellos, sin lugar a dudas. Es un asunto de horca esta vez».

«¿Sir Eustace está muerto, entonces?».

«Sí, le destrozaron la cabeza con su propio atizador».

«Sir Eustace Brackenstall, me dice el conductor».

«Exactamente, uno de los hombres más ricos de Kent. Lady Brackenstall está en la sala de estar. Pobre dama, ha tenido una experiencia de lo más terrible. Parecía medio muerta cuando la vi por primera vez. Creo que será mejor que la vea y escuche su relato de los hechos. Luego examinaremos juntos el comedor».

Lady Brackenstall no era una persona ordinaria. Rara vez he visto una figura tan grácil, una presencia tan femenina y un rostro tan hermoso. Era rubia, de cabello dorado, ojos azules, y sin duda habría tenido la tez perfecta que acompaña a tal coloración, si su reciente experiencia no la hubiera dejado demacrada y extenuada. Sus sufrimientos eran tanto físicos como mentales, pues sobre un ojo se alzaba una hinchazón horrible, de color ciruela, que su doncella, una mujer alta y austera, estaba bañando asiduamente con vinagre y agua. La dama yacía exhausta sobre un sofá, pero su mirada rápida y observadora, mientras entrábamos en la habitación, y la expresión alerta de sus hermosos rasgos, mostraban que ni su ingenio ni su valor habían sido sacudidos por su terrible experiencia. Estaba envuelta en una bata suelta de azul y plata, pero un vestido de noche negro cubierto de lentejuelas yacía sobre el sofá junto a ella.

«Les he contado todo lo que pasó, Sr. Hopkins», dijo, con cansancio. «¿No podría repetirlo por mí? Bueno, si cree que es necesario, les diré a estos caballeros lo que ocurrió. ¿Han estado ya en el comedor?».

«Pensé que sería mejor que escucharan primero la historia de su señoría».

«Me alegraré cuando pueda arreglar las cosas. Es horrible para mí pensar en él todavía yaciendo allí». Se estremeció y enterró su rostro en sus manos. Mientras lo hacía, la bata suelta se deslizó de sus antebrazos. Holmes profirió una exclamación.

«¡Tiene otras lesiones, señora! ¿Qué es esto?». Dos vívidas manchas rojas destacaban sobre uno de los miembros blancos y redondos. Ella lo cubrió apresuradamente.

«No es nada. No tiene ninguna relación con este horrible asunto de esta noche. Si usted y su amigo quieren sentarse, les contaré todo lo que pueda.

«Soy la esposa de Sir Eustace Brackenstall. Llevo casada alrededor de un año. Supongo que no sirve de nada que intente ocultar que nuestro matrimonio no ha sido feliz. Me temo que todos nuestros vecinos se lo dirían, incluso aunque yo intentara negarlo. Quizás la culpa sea en parte mía. Fui criada en la atmósfera más libre y menos convencional de Australia del Sur, y esta vida inglesa, con sus propiedades y su rigidez, no es compatible conmigo. Pero la razón principal reside en el único hecho, que es notorio para todos, y es que Sir Eustace era un borracho empedernido. Estar con un hombre así durante una hora es desagradable. ¿Puede imaginar lo que significa para una mujer sensible y de espíritu elevado estar atada a él día y noche? Es un sacrilegio, un crimen, una villanía sostener que tal matrimonio es vinculante. Digo que estas monstruosas leyes suyas traerán una maldición sobre la tierra; Dios no permitirá que tal maldad perdure». Por un instante se sentó, con las mejillas sonrojadas y los ojos ardiendo bajo la terrible marca en su frente. Entonces, la mano fuerte y calmante de la doncella austera atrajo su cabeza hacia el cojín, y la ira salvaje se desvaneció en sollozos apasionados. Por fin, continuó:

«Les contaré sobre anoche. Son conscientes, quizás, de que en esta casa todos los sirvientes duermen en el ala moderna. Este bloque central se compone de las salas de estar, con la cocina detrás y nuestro dormitorio arriba. Mi doncella, Theresa, duerme encima de mi habitación. No hay nadie más, y ningún sonido podría alarmar a los que están en el ala más lejana. Esto debió ser bien conocido por los ladrones, o no habrían actuado como lo hicieron.

«Sir Eustace se retiró alrededor de las diez y media. Los sirvientes ya se habían ido a sus aposentos. Solo mi doncella estaba levantada, y se había quedado en su habitación en la parte superior de la casa hasta que necesité sus servicios. Me senté hasta después de las once en esta habitación, absorta en un libro. Luego caminé para ver que todo estuviera bien antes de subir las escaleras. Era mi costumbre hacer esto yo misma, pues, como he explicado, no siempre se podía confiar en Sir Eustace. Fui a la cocina, la despensa del mayordomo, el cuarto de armas, la sala de billar, el salón y finalmente el comedor. Al acercarme a la ventana, que está cubierta con cortinas gruesas, sentí de repente que el viento soplaba en mi cara y me di cuenta de que estaba abierta. Aparté la cortina y me encontré cara a cara con un hombre mayor de hombros anchos, que acababa de entrar en la habitación. La ventana es una larga francesa, que realmente forma una puerta que conduce al césped. Sostenía la vela de mi dormitorio encendida en mi mano, y, a su luz, detrás del primer hombre vi a otros dos, que estaban en el acto de entrar. Retrocedí, pero el sujeto se me echó encima en un instante. Me agarró primero por la muñeca y luego por la garganta. Abrí la boca para gritar, pero él me dio un golpe salvaje con el puño sobre el ojo y me derribó al suelo. Debí de estar inconsciente durante unos minutos, pues cuando volví en mí, descubrí que habían arrancado el cordón de la campana y me habían asegurado firmemente a la silla de roble que está a la cabecera de la mesa del comedor. Estaba tan firmemente atada que no podía moverme, y un pañuelo alrededor de mi boca me impedía articular un sonido. Fue en este instante cuando mi desafortunado marido entró en la habitación. Evidentemente, había oído algunos sonidos sospechosos, y vino preparado para tal escena como la que encontró. Estaba vestido con camisón y pantalones, con su garrote de endrino favorito en la mano. Se abalanzó sobre los ladrones, pero otro —era un hombre mayor— se inclinó, recogió el atizador de la rejilla y le dio un golpe horrible mientras pasaba. Cayó con un gemido y nunca volvió a moverse. Me desmayé una vez más, pero de nuevo solo pudo haber sido por unos pocos minutos durante los cuales estuve insensible. Cuando abrí los ojos, descubrí que habían recogido la plata del aparador y habían descorchado una botella de vino que había allí. Cada uno de ellos tenía una copa en la mano. Ya les he dicho, ¿no es así?, que uno era mayor, con barba, y los otros jóvenes, muchachos sin pelo. Podrían haber sido un padre con sus dos hijos. Hablaban juntos en susurros. Luego se acercaron y se aseguraron de que estaba bien atada. Finalmente se retiraron, cerrando la ventana tras ellos. Pasó un buen cuarto de hora antes de que pudiera liberar mi boca. Cuando lo hice, mis gritos llevaron a la doncella a mi ayuda. Los otros sirvientes se alarmaron pronto, y enviamos a buscar a la policía local, que se comunicó instantáneamente con Londres. Eso es realmente todo lo que puedo decirles, caballeros, y confío en que no será necesario que vuelva a pasar por una historia tan dolorosa».

«¿Alguna pregunta, Sr. Holmes?», preguntó Hopkins.

«No impondré más impuestos a la paciencia y el tiempo de Lady Brackenstall», dijo Holmes. «Antes de ir al comedor, me gustaría escuchar su experiencia». Miró a la doncella.

«Vi a los hombres antes incluso de que entraran en la casa», dijo ella. «Mientras estaba sentada junto a la ventana de mi dormitorio vi a tres hombres a la luz de la luna junto a la puerta de la portería allá abajo, pero no pensé nada de ello en ese momento. Fue más de una hora después que oí gritar a mi señora, y bajé corriendo, para encontrarla, pobre cordera, tal como dice, y a él en el suelo, con su sangre y sesos por toda la habitación. Fue suficiente para volver loca a una mujer, atada allí, y su propio vestido manchado con él, pero nunca le faltó valor a la señorita Mary Fraser de Adelaida, y Lady Brackenstall de Abbey Grange no ha aprendido nuevos caminos. Ustedes la han interrogado lo suficiente, caballeros, y ahora ella viene a su propia habitación, solo con su vieja Theresa, para obtener el descanso que necesita desesperadamente».

Con una ternura maternal, la mujer huesuda puso su brazo alrededor de su ama y la guio fuera de la habitación.

«Ha estado con ella toda su vida», dijo Hopkins. «La cuidó como a un bebé y vino con ella a Inglaterra cuando salieron de Australia por primera vez, hace dieciocho meses. Theresa Wright es su nombre, y el tipo de doncella que no se encuentra hoy en día. ¡Por aquí, Sr. Holmes, si me hace el favor!».

El interés agudo había desaparecido del rostro expresivo de Holmes, y supe que con el misterio se había ido todo el encanto del caso. Todavía quedaba un arresto por efectuar, pero ¿qué eran estos bribones comunes para que él se ensuciara las manos con ellos? Un especialista abstruso y erudito que descubre que ha sido llamado para un caso de sarampión experimentaría algo de la molestia que leí en los ojos de mi amigo. Sin embargo, la escena en el comedor de Abbey Grange era lo suficientemente extraña como para detener su atención y recuperar su menguante interés.

Era una cámara muy grande y alta, con techo de roble tallado, paneles de roble y una fina hilera de cabezas de ciervo y armas antiguas alrededor de las paredes. En el extremo opuesto a la puerta estaba la alta ventana francesa de la que habíamos oído hablar. Tres ventanas más pequeñas a la derecha llenaban el apartamento con la fría luz del sol invernal. A la izquierda había una chimenea grande y profunda, con una repisa de roble maciza y sobresaliente. Junto a la chimenea había una pesada silla de roble con brazos y travesaños en la parte inferior. Dentro y fuera a través de la carpintería abierta estaba tejido un cordón carmesí, que estaba asegurado a cada lado al travesaño de abajo. Al liberar a la dama, el cordón se le había quitado, pero los nudos con los que se había asegurado aún permanecían. Estos detalles solo llamaron nuestra atención después, pues nuestros pensamientos estaban totalmente absorbidos por el terrible objeto que yacía sobre la alfombra de piel de tigre frente al fuego.

Era el cuerpo de un hombre alto y bien hecho, de unos cuarenta años. Yacía boca arriba, con la cara vuelta hacia arriba, con sus dientes blancos sonriendo a través de su corta barba negra. Sus dos manos apretadas estaban elevadas sobre su cabeza, y un pesado bastón de endrino yacía sobre ellas. Sus oscuros y hermosos rasgos aguileños estaban convulsionados en un espasmo de odio vengativo, que había fijado su rostro muerto en una expresión terriblemente diabólica. Evidentemente había estado en su cama cuando estalló la alarma, pues vestía un camisón bordado de moda, y sus pies descalzos sobresalían de sus pantalones. Su cabeza estaba horriblemente herida, y toda la habitación daba testimonio de la salvaje ferocidad del golpe que lo había derribado. Junto a él yacía el pesado atizador, doblado en una curva por la conmoción. Holmes examinó tanto este como el indescriptible desastre que había causado.

«Debe ser un hombre poderoso, este Randall mayor», comentó.

«Sí», dijo Hopkins. «Tengo algún registro del sujeto, y es un cliente rudo».

«No debería tener ninguna dificultad en atraparlo».

«No la más mínima. Hemos estado buscándolo, y había alguna idea de que se había escapado a América. Ahora que sabemos que la banda está aquí, no veo cómo pueden escapar. Ya tenemos la noticia en todos los puertos marítimos, y se ofrecerá una recompensa antes de la noche. Lo que me supera es cómo pudieron haber hecho algo tan loco, sabiendo que la dama podía describirlos y que no podíamos dejar de reconocer la descripción».

«Exactamente. Uno habría esperado que silenciaran también a Lady Brackenstall».

«Puede que no se hayan dado cuenta —sugerí— de que ella se había recuperado de su desmayo».

«Eso es bastante probable. Si parecía no tener sentido, no le habrían quitado la vida. ¿Qué hay de este pobre diablo, Hopkins? Me parece haber oído algunas historias extrañas sobre él».

«Era un hombre de buen corazón cuando estaba sobrio, pero un demonio absoluto cuando estaba borracho, o mejor dicho, medio borracho, pues rara vez llegaba hasta el final. El diablo parecía habérsele metido dentro en tales momentos, y era capaz de cualquier cosa. Por lo que oigo, a pesar de toda su riqueza y su título, estuvo a punto de acabar como nosotros un par de veces. Hubo un escándalo sobre lo de bañar a un perro en petróleo y prenderle fuego —el perro de su señoría, para empeorar las cosas— y eso solo se silenció con dificultad. Luego le lanzó una licorera a esa criada, Theresa Wright; hubo problemas por eso. En conjunto, y dicho sea entre nosotros, será una casa más alegre sin él. ¿Qué está mirando ahora?».

Holmes estaba de rodillas, examinando con gran atención los nudos de la cuerda roja con la que la dama había sido atada. Luego escudriñó cuidadosamente el extremo roto y deshilachado por donde se había partido cuando el ladrón la había tirado hacia abajo.

«Cuando esto se soltó, la campana de la cocina debió de sonar con fuerza», observó.

«Nadie pudo oírla. La cocina está justo en la parte trasera de la casa».

«¿Cómo sabía el ladrón que nadie la oiría? ¿Cómo se atrevió a tirar de la cuerda de la campana de esa manera tan temeraria?».

«Exactamente, Sr. Holmes, exactamente. Usted plantea la misma pregunta que yo me he hecho una y otra vez. No cabe duda de que este individuo debía conocer la casa y sus costumbres. Debía saber perfectamente que los criados estarían todos en la cama a esa hora comparativamente temprana, y que nadie podría oír una campana en la cocina. Por lo tanto, debe haber estado en estrecho contacto con uno de los criados. Ciertamente, eso es evidente. Pero hay ocho criados, y todos de buena reputación».

«En igualdad de condiciones —dijo Holmes—, uno sospecharía de aquel a cuya cabeza el amo lanzó una licorera. Y, sin embargo, eso implicaría una traición hacia la señora a la que esta mujer parece estar dedicada. Bien, bien, el punto es secundario, y cuando tenga a Randall probablemente no le resultará difícil asegurar a su cómplice. La historia de la dama parece estar corroborada, si es que necesitaba corroboración, por cada detalle que vemos ante nosotros». Caminó hacia el ventanal francés y lo abrió de par en par. «Aquí no hay señales, pero el suelo está duro como el hierro, y uno no esperaría encontrarlas. Veo que estas velas en la repisa de la chimenea han sido encendidas».

«Sí, fue a su luz y a la de la vela del dormitorio de la dama que los ladrones se orientaron».

«¿Y qué se llevaron?».

«Bueno, no se llevaron mucho; solo media docena de piezas de plata del aparador. Lady Brackenstall cree que ellos mismos quedaron tan perturbados por la muerte de Sir Eustace que no saquearon la casa, como habrían hecho de otro modo».

«Sin duda es cierto, y sin embargo bebieron algo de vino, según tengo entendido».

«Para calmar sus nervios».

«Exactamente. Estas tres copas sobre el aparador han permanecido intactas, supongo».

«Sí, y la botella está tal como la dejaron».

«Veamos. ¡Hola, hola! ¿Qué es esto?».

Las tres copas estaban agrupadas, todas teñidas con vino, y una de ellas contenía algunos posos de sedimentos. La botella estaba cerca, llena en dos tercios, y a su lado yacía un corcho largo y profundamente manchado. Su aspecto y el polvo sobre la botella mostraban que no era una cosecha común la que los asesinos habían disfrutado.

Un cambio se había operado en la actitud de Holmes. Había perdido su expresión apática, y de nuevo vi una luz de alerta e interés en sus ojos penetrantes y hundidos. Levantó el corcho y lo examinó minuciosamente.

«¿Cómo lo sacaron?», preguntó.

Hopkins señaló un cajón entreabierto. En él había ropa de mesa y un sacacorchos grande.

«¿Dijo Lady Brackenstall que se usó ese sacacorchos?».

«No, usted recuerda que ella estaba sin sentido en el momento en que se abrió la botella».

«Muy bien. A decir verdad, ese sacacorchos no se utilizó. Esta botella fue abierta por un sacacorchos de bolsillo, probablemente contenido en una navaja, y de no más de una pulgada y media de largo. Si examina la parte superior del corcho, observará que el tornillo se introdujo tres veces antes de extraerlo. Nunca ha sido atravesado por completo. Este tornillo largo lo habría atravesado y extraído de un solo tirón. Cuando atrape a este sujeto, encontrará que tiene una de esas navajas múltiples en su poder».

«¡Excelente!», dijo Hopkins.

«Pero estas copas me desconciertan, lo confieso. Lady Brackenstall vio realmente a los tres hombres bebiendo, ¿no es así?».

«Sí; fue clara al respecto».

«Entonces se acabó. ¿Qué más se puede decir? Y, sin embargo, debe admitir que las tres copas son muy notables, Hopkins. ¿Qué? ¿No ve nada notable? Bien, bien, dejémoslo pasar. Quizás, cuando un hombre posee conocimientos especiales y facultades especiales como las mías, esto le incita más bien a buscar una explicación compleja cuando hay una más sencilla a mano. Por supuesto, debe ser una mera casualidad lo de las copas. Bien, buenos días, Hopkins. No veo que pueda serle de utilidad, y parece tener su caso muy claro. Me hará saber cuándo detengan a Randall y cualquier otro acontecimiento que pueda ocurrir. Confío en que pronto tendré que felicitarle por una conclusión exitosa. Vamos, Watson, me imagino que podremos ocuparnos más provechosamente en casa».

Durante nuestro viaje de regreso, pude ver por el rostro de Holmes que estaba muy desconcertado por algo que había observado. De vez en cuando, con un esfuerzo, se sacudía la impresión y hablaba como si el asunto estuviera claro, pero luego sus dudas volvían a asentarse sobre él, y sus cejas fruncidas y sus ojos abstraídos mostraban que sus pensamientos habían regresado una vez más al gran comedor de Abbey Grange, en el que esta tragedia de medianoche había tenido lugar. Por fin, por un impulso repentino, justo cuando nuestro tren salía arrastrándose de una estación suburbana, saltó al andén y me arrastró tras él.

«Discúlpeme, querido amigo —dijo, mientras observábamos los últimos vagones de nuestro tren desaparecer en una curva—, siento hacerle víctima de lo que puede parecer un mero capricho, pero por mi vida, Watson, simplemente no puedo dejar ese caso en estas condiciones. Cada instinto que poseo clama contra ello. Está mal, todo está mal, juraría que está mal. Y sin embargo, la historia de la dama era completa, la corroboración de la criada era suficiente, el detalle era bastante exacto. ¿Qué tengo para oponer a eso? Tres copas de vino, eso es todo. Pero si no hubiera dado las cosas por sentadas, si hubiera examinado todo con el cuidado que habría mostrado si hubiéramos abordado el caso desde cero y no tuviéramos una historia prefabricada que deformara mi mente, ¿no habría encontrado entonces algo más definido sobre lo cual trabajar? Por supuesto que sí. Siéntese en este banco, Watson, hasta que llegue un tren para Chiselhurst, y permítame exponerle las pruebas, rogándole en primer lugar que descarte de su mente la idea de que cualquier cosa que la criada o su señora hayan dicho deba ser necesariamente cierta. La personalidad encantadora de la dama no debe permitir que se deforme nuestro juicio.

»Sin duda hay detalles en su historia que, si los miráramos con frialdad, despertarían nuestras sospechas. Estos ladrones dieron un gran golpe en Sydenham hace quince días. Se dio cuenta de ellos y de su apariencia en los periódicos, y se le ocurriría naturalmente a cualquiera que quisiera inventar una historia en la que los ladrones imaginarios desempeñaran un papel. A decir verdad, los ladrones que han hecho un buen negocio suelen estar demasiado contentos de disfrutar de los beneficios en paz y tranquilidad sin embarcarse en otra empresa peligrosa. Además, es inusual que los ladrones operen a una hora tan temprana, es inusual que los ladrones golpeen a una dama para evitar que grite, ya que uno imaginaría que esa es la forma segura de hacerla gritar, es inusual que cometan un asesinato cuando su número es suficiente para dominar a un hombre, es inusual que se conformen con un botín limitado cuando había mucho más a su alcance, y finalmente, diría que era muy inusual que tales hombres dejaran una botella medio vacía. ¿Cómo le suenan todas estas irregularidades, Watson?».

«Su efecto acumulativo es ciertamente considerable, y sin embargo cada una de ellas es bastante posible en sí misma. Lo más inusual de todo, a mi modo de ver, es que la dama estuviera atada a la silla».

«Bueno, no estoy tan seguro de eso, Watson, pues es evidente que debían matarla o bien asegurarla de tal modo que no pudiera dar aviso inmediato de su huida. Pero, en cualquier caso, he demostrado, ¿no es así?, que existe un cierto elemento de improbabilidad en la historia de la dama. Y ahora, encima de esto, viene el incidente de las copas de vino».

«¿Qué pasa con las copas de vino?».

«¿Puede verlas en el ojo de su mente?».

«Las veo claramente».

«Se nos dice que tres hombres bebieron de ellas. ¿Le parece probable?».

«¿Por qué no? Había vino en cada copa».

«Exactamente, pero solo había sedimentos en una copa. Debe haber notado ese hecho. ¿Qué sugiere eso a su mente?».

«La última copa servida sería la más propensa a contener sedimentos».

«En absoluto. La botella estaba llena de ellos, y es inconcebible que las dos primeras copas estuvieran limpias y la tercera cargada de ellos. Hay dos explicaciones posibles, y solo dos. Una es que, después de servir la segunda copa, la botella fue agitada violentamente, y así la tercera recibió los sedimentos. Eso no parece probable. No, no, estoy seguro de estar en lo cierto».

«¿Qué supone entonces?».

«Que solo se usaron dos copas, y que los restos de ambas se vertieron en una tercera, para dar la falsa impresión de que tres personas habían estado allí. De ese modo, todos los sedimentos estarían en la última copa, ¿no es así? Sí, estoy convencido de que es así. Pero si he dado con la verdadera explicación de este pequeño fenómeno, entonces, en un instante, el caso pasa de lo común a lo extraordinariamente notable, pues solo puede significar que Lady Brackenstall y su criada nos han mentido deliberadamente, que no hay que creer ni una palabra de su historia, que tienen alguna razón muy poderosa para encubrir al verdadero criminal, y que debemos construir nuestro caso por nosotros mismos sin ninguna ayuda de ellas. Esa es la misión que ahora nos espera, y aquí, Watson, está el tren de Sydenham».

La familia en Abbey Grange se sorprendió mucho de nuestro regreso, pero Sherlock Holmes, descubriendo que Stanley Hopkins se había ido a informar a la jefatura, tomó posesión del comedor, cerró la puerta por dentro y se dedicó durante dos horas a una de esas investigaciones minuciosas y laboriosas que forman la base sólida sobre la que se erigieron sus brillantes edificios de deducción. Sentado en un rincón como un estudiante interesado que observa la demostración de su profesor, seguí cada paso de esa notable investigación. La ventana, las cortinas, la alfombra, la silla, la cuerda; cada una fue examinada minuciosamente y debidamente meditada. El cuerpo del desafortunado baronet había sido retirado, y todo lo demás permanecía como lo habíamos visto por la mañana. Finalmente, para mi asombro, Holmes se subió a la maciza repisa de la chimenea. Muy por encima de su cabeza colgaban los pocos centímetros de cuerda roja que aún estaban unidos al cable. Durante mucho tiempo miró hacia arriba, y luego, en un intento de acercarse más, apoyó la rodilla en un soporte de madera en la pared. Esto llevó su mano a pocos centímetros del extremo roto de la cuerda, pero no fue tanto esto como el soporte en sí lo que pareció atraer su atención. Finalmente, saltó al suelo con una exclamación de satisfacción.

«Todo está bien, Watson —dijo—. Hemos conseguido nuestro caso; uno de los más notables de nuestra colección. Pero, cielo santo, ¡qué lento he sido, y qué cerca he estado de cometer el error de mi vida! Ahora, creo que, con algunos eslabones perdidos, mi cadena está casi completa».

«¿Tiene a sus hombres?».

«Hombre, Watson, hombre. Solo uno, pero una persona muy formidable. Fuerte como un león; ¡sea testigo del golpe que dobló ese atizador! Un metro noventa de altura, activo como una ardilla, diestro con los dedos, y finalmente, notablemente rápido de mente, pues toda esta ingeniosa historia es de su invención. Sí, Watson, nos hemos encontrado con la obra de un individuo muy notable. Y, sin embargo, en esa cuerda de campana, nos ha dado una pista que no debería habernos dejado ninguna duda».

«¿Dónde estaba la pista?».

«Bueno, si usted tirara de una cuerda de campana, Watson, ¿por dónde esperaría que se rompiera? Seguramente en el punto donde está unida al cable. ¿Por qué debería romperse a tres pulgadas de la parte superior, como ha hecho esta?».

«¿Porque está deshilachada ahí?».

«Exactamente. Este extremo, que podemos examinar, está deshilachado. Él fue lo suficientemente astuto como para hacerlo con su cuchillo. Pero el otro extremo no está deshilachado. Usted no podría observar eso desde aquí, pero si estuviera en la repisa de la chimenea vería que está cortado limpiamente sin ninguna marca de deshilachado en absoluto. Puede reconstruir lo que ocurrió. El hombre necesitaba la cuerda. No la arrancaría por miedo a dar la alarma al hacer sonar la campana. ¿Qué hizo? Saltó sobre la repisa de la chimenea, no pudo alcanzarla del todo, puso la rodilla en el soporte (verá la impresión en el polvo) y así consiguió que su cuchillo cortara la cuerda. Yo no pude alcanzar el lugar por al menos tres pulgadas; de lo cual infiero que es al menos tres pulgadas más grande que yo. ¡Mire esa marca en el asiento de la silla de roble! ¿Qué es?».

«Sangre».

«Indudablemente es sangre. Esto solo invalida la historia de la dama. Si ella estaba sentada en la silla cuando se cometió el crimen, ¿cómo es que está esa marca? No, no, fue colocada en la silla después de la muerte de su marido. Apostaría a que el vestido negro muestra una marca correspondiente a esta. Todavía no nos hemos encontrado con nuestro Waterloo, Watson, pero este es nuestro Marengo, pues comienza en la derrota y termina en la victoria. Me gustaría ahora tener unas palabras con la enfermera, Theresa. Debemos ser cautelosos por un tiempo, si queremos obtener la información que queremos».

Era una persona interesante, esta severa enfermera australiana; taciturna, suspicaz, poco amable; pasó algún tiempo antes de que el modo agradable de Holmes y la aceptación franca de todo lo que ella decía la ablandaran hasta una amabilidad correspondiente. No intentó ocultar su odio hacia su antiguo empleador.

«Sí, señor, es cierto que me lanzó la licorera. Le oí llamar a mi señora por un nombre, y le dije que no se atrevería a hablar así si su hermano hubiera estado allí. Entonces fue cuando me la lanzó. Podría haber lanzado una docena si tan solo hubiera dejado en paz a mi pajarito. Siempre la estaba maltratando, y ella demasiado orgullosa para quejarse. Ni siquiera me contará todo lo que le ha hecho. Nunca me contó lo de esas marcas en su brazo que vio esta mañana, pero sé muy bien que vienen de un pinchazo con un alfiler de sombrero. El demonio astuto; ¡que Dios me perdone por hablar de él así, ahora que está muerto! Pero un demonio era, si es que alguno ha caminado sobre la tierra. Era todo miel cuando lo conocimos, hace solo dieciocho meses, y ambos sentimos como si fueran dieciocho años. Ella acababa de llegar a Londres. Sí, era su primer viaje; nunca había salido de casa antes. La conquistó con su título, su dinero y sus falsas maneras de Londres. Si cometió un error, lo ha pagado, si es que alguna vez una mujer lo hizo. ¿En qué mes lo conocimos? Bueno, le diré que fue justo después de llegar. Llegamos en junio, y era julio. Se casaron en enero del año pasado. Sí, ella está de nuevo en el salón, y no dudo que le recibirá, pero no debe pedirle demasiado, pues ha pasado por todo lo que carne y sangre pueden soportar».

Lady Brackenstall estaba recostada en el mismo sofá, pero parecía más radiante que antes. La criada había entrado con nosotros y comenzó una vez más a aplicar compresas en el moratón de la frente de su señora.

«Espero —dijo la dama— que no haya venido a interrogarme de nuevo».

«No —respondió Holmes, con su voz más suave—, no le causaré ninguna molestia innecesaria, Lady Brackenstall, y mi único deseo es facilitarle las cosas, pues estoy convencido de que es usted una mujer que ha sufrido mucho. Si me trata como a un amigo y confía en mí, puede que descubra que justificaré su confianza».

«¿Qué quiere que haga?».

«Que me diga la verdad».

«¡Sr. Holmes!».

«No, no, Lady Brackenstall; no sirve de nada. Puede haber oído hablar de la pequeña reputación que poseo. Apostaré todo a que su historia es una absoluta invención».

La señora y la criada miraban fijamente a Holmes con rostros pálidos y ojos asustados.

«¡Es usted un tipo insolente! —gritó Theresa—. ¿Quiere decir que mi señora ha mentido?».

Holmes se levantó de su silla.

«¿No tiene nada que decirme?».

«Le he dicho todo».

«Piénselo una vez más, Lady Brackenstall. ¿No sería mejor ser franca?».

Por un instante hubo duda en su hermoso rostro. Luego, algún pensamiento nuevo y fuerte hizo que se endureciera como una máscara.

«Le he dicho todo lo que sé».

Holmes tomó su sombrero y se encogió de hombros. «Lo siento», dijo, y sin una palabra más salimos de la habitación y de la casa. Había un estanque en el parque, y hacia él dirigió el camino mi amigo. Estaba cubierto de hielo, pero quedaba un solo agujero para la comodidad de un cisne solitario. Holmes lo miró y luego siguió hacia la puerta de la portería. Allí garabateó una breve nota para Stanley Hopkins y la dejó con el portero.

«Puede ser un acierto o puede ser un error, pero estamos obligados a hacer algo por el amigo Hopkins, solo para justificar esta segunda visita —dijo—. No le confiaré nada todavía. Creo que nuestro próximo escenario de operaciones debe ser la oficina de la naviera de la línea Adelaida-Southampton, que se encuentra al final de Pall Mall, si no recuerdo mal. Hay una segunda línea de vapores que conecta Australia del Sur con Inglaterra, pero empezaremos por la más importante».

La tarjeta de Holmes entregada al gerente aseguró una atención inmediata, y no tardó mucho en obtener toda la información que necesitaba. En junio del 95, solo uno de sus barcos había llegado a puerto base. Era el Rock of Gibraltar, su barco más grande y mejor. Una consulta a la lista de pasajeros reveló que la señorita Fraser, de Adelaida, había realizado el viaje en él junto a su doncella. El barco se encontraba ahora en algún lugar al sur del Canal de Suez, en su ruta hacia Australia. Sus oficiales eran los mismos que en el 95, con una excepción. El primer oficial, el señor Jack Crocker, había sido ascendido a capitán y debía hacerse cargo de su nuevo barco, el Bass Rock, que zarparía en dos días desde Southampton. Vivía en Sydenham, pero era probable que pasara esa mañana por allí para recibir instrucciones, si nos interesaba esperarle.

No, el señor Holmes no tenía ningún deseo de verle, pero estaría encantado de saber más sobre su historial y su carácter.

Su historial era magnífico. No había un oficial en la flota que le igualara. En cuanto a su carácter, era de fiar en el servicio, pero un hombre salvaje y temerario fuera de la cubierta de su barco: impulsivo, excitable, pero leal, honesto y de buen corazón. Ese era el núcleo de la información con la que Holmes dejó la oficina de la compañía Adelaide-Southampton. Desde allí se dirigió a Scotland Yard, pero, en lugar de entrar, se sentó en su coche de punto con las cejas fruncidas, perdido en profundos pensamientos. Finalmente, se dirigió a la oficina de telégrafos de Charing Cross, envió un mensaje y, por fin, nos encaminamos de nuevo a Baker Street.

—No, no podría hacerlo, Watson —dijo al volver a entrar en nuestra habitación—. Una vez que se emitiera esa orden de arresto, nada en el mundo le salvaría. Una o dos veces en mi carrera siento que he hecho más daño real con mi descubrimiento del criminal que el que él mismo hizo con su crimen. He aprendido a ser cauto ahora, y prefiero jugar con la ley de Inglaterra que con mi propia conciencia. Sepamos un poco más antes de actuar.

Antes del anochecer, recibimos la visita del inspector Stanley Hopkins. Las cosas no le iban muy bien.

—Creo que usted es un mago, señor Holmes. A veces pienso de verdad que tiene facultades que no son humanas. Ahora, ¿cómo diablos pudo saber que la plata robada estaba en el fondo de ese estanque?

—No lo sabía.

—Pero me dijo que lo examinara.

—¿La encontró, entonces?

—Sí, la encontré.

—Me alegro mucho si le he ayudado.

—Pero no me ha ayudado. Ha hecho que el asunto sea mucho más difícil. ¿Qué clase de ladrones roban plata y luego la tiran al estanque más cercano?

—Ciertamente fue un comportamiento bastante excéntrico. Yo simplemente partía de la idea de que si la plata había sido sustraída por personas que no la querían —que simplemente la tomaron como una maniobra de distracción, por así decirlo—, entonces estarían naturalmente ansiosas por deshacerse de ella.

—¿Pero por qué debería ocurrírsele tal idea?

—Bueno, pensé que era posible. Cuando salieron por la puerta acristalada, allí estaba el estanque con un tentador agujero en el hielo, justo delante de sus narices. ¿Podría haber un mejor escondite?

—¡Ah, un escondite, eso es mejor! —exclamó Stanley Hopkins—. ¡Sí, sí, ahora lo veo todo! Era temprano, había gente en los caminos, tenían miedo de ser vistos con la plata, así que la hundieron en el estanque con la intención de volver a por ella cuando el camino estuviera despejado. Excelente, señor Holmes, eso es mejor que su idea de la distracción.

—Exacto, tiene usted una teoría admirable. No me cabe duda de que mis propias ideas fueron bastante disparatadas, pero debe admitir que han terminado por descubrir la plata.

—Sí, señor, sí. Todo fue obra suya. Pero he tenido un serio contratiempo.

—¿Un contratiempo?

—Sí, señor Holmes. La banda Randall fue arrestada en Nueva York esta mañana.

—¡Vaya, Hopkins! Eso es ciertamente algo contrario a su teoría de que ellos cometieron un asesinato en Kent anoche.

—Es fatal, señor Holmes, absolutamente fatal. Aun así, hay otras bandas de tres además de los Randall, o puede que sea alguna nueva banda de la que la policía nunca ha oído hablar.

—Exacto, es perfectamente posible. ¿Qué, ya se va?

—Sí, señor Holmes, no hay descanso para mí hasta que llegue al fondo del asunto. Supongo que no tendrá ninguna pista que darme.

—Ya le he dado una.

—¿Cuál?

—Bueno, le sugerí una distracción.

—¿Pero por qué, señor Holmes, por qué?

—Ah, esa es la pregunta, por supuesto. Pero le encomiendo la idea. Quizás descubra que había algo en ella. ¿No se quedará a cenar? Bien, adiós, y háganos saber cómo le va.

La cena había terminado y la mesa estaba despejada antes de que Holmes volviera a aludir al asunto. Había encendido su pipa y mantenía sus pies calzados con zapatillas ante la alegre llama del fuego. De repente, miró su reloj.

—Espero acontecimientos, Watson.

—¿Cuándo?

—Ahora, dentro de unos minutos. Me atrevería a decir que pensó que actué bastante mal con Stanley Hopkins hace un momento.

—Confío en su criterio.

—Una respuesta muy sensata, Watson. Debe mirarlo de esta manera: lo que yo sé es extraoficial, lo que él sabe es oficial. Yo tengo derecho al juicio privado, pero él no. Debe revelarlo todo o es un traidor a su servicio. En un caso dudoso no le pondría en una posición tan dolorosa, y por eso reservo mi información hasta que mi propia mente esté clara sobre el asunto.

—¿Pero cuándo será eso?

—Ha llegado el momento. Ahora será testigo de la última escena de un pequeño y notable drama.

Se oyó un ruido en la escalera y nuestra puerta se abrió para dejar entrar a un espécimen de hombre tan magnífico como el que jamás haya cruzado el umbral. Era un joven muy alto, de bigote dorado, ojos azules, con la piel curtida por los soles tropicales y un paso elástico que demostraba que aquel cuerpo enorme era tan activo como fuerte. Cerró la puerta tras de sí y luego se quedó allí con los puños apretados y el pecho agitado, sofocando alguna emoción irresistible.

—Siéntese, capitán Crocker. ¿Recibió mi telegrama?

Nuestro visitante se hundió en una butaca y nos miró a uno y a otro con ojos interrogantes.

—Recibí su telegrama y vine a la hora que dijo. Me enteré de que había estado en la oficina. No había forma de escapar de usted. Digamos lo peor. ¿Qué va a hacer conmigo? ¿Arrestarme? ¡Hable, hombre! No puede quedarse ahí sentado y jugar conmigo como un gato con un ratón.

—Déle un cigarro —dijo Holmes—. Muerda eso, capitán Crocker, y no deje que sus nervios le dominen. No estaría sentado aquí fumando con usted si pensara que es un vulgar criminal, puede estar seguro de ello. Sea franco conmigo y puede que hagamos algo bueno. Si intenta engañarme, le aplastaré.

—¿Qué desea que haga?

—Que me dé una versión veraz de todo lo que ocurrió en Abbey Grange anoche; una versión veraz, tenga cuidado, sin añadir nada y sin quitar nada. Sé tanto ya que, si se desvía un milímetro de la verdad, tocaré este silbato policial desde mi ventana y el asunto se escapará de mis manos para siempre.

El marinero reflexionó un poco. Luego se golpeó la pierna con su gran mano quemada por el sol.

—Me arriesgaré —exclamó—. Creo que es un hombre de palabra y un caballero, y le contaré toda la historia. Pero una cosa diré primero. En lo que a mí respecta, no me arrepiento de nada y no temo nada, y lo volvería a hacer todo de nuevo y estaría orgulloso del trabajo. ¡Maldita sea la bestia, si tuviera tantas vidas como un gato, me las debería todas! Pero es la dama, Mary, Mary Fraser, pues nunca la llamaré por ese nombre maldito. Cuando pienso en meterla en problemas, yo que daría mi vida solo por traer una sonrisa a su querido rostro, es eso lo que me parte el alma. Y sin embargo... y sin embargo... ¿qué menos podía hacer? Les contaré mi historia, caballeros, y luego les preguntaré, de hombre a hombre, ¿qué menos podía hacer?

—Debo retroceder un poco. Usted parece saberlo todo, así que supongo que sabe que la conocí cuando ella era pasajera y yo era primer oficial del Rock of Gibraltar. Desde el primer día que la conocí, fue la única mujer para mí. Cada día de aquel viaje la amé más, y muchas veces desde entonces me he arrodillado en la oscuridad de la guardia nocturna y he besado la cubierta de ese barco porque sabía que sus queridos pies la habían pisado. Nunca estuvo comprometida conmigo. Me trató tan justamente como una mujer puede tratar a un hombre. No tengo ninguna queja. Todo fue amor por mi parte, y toda buena camaradería y amistad por la suya. Cuando nos separamos, ella era una mujer libre, pero yo nunca podría volver a ser un hombre libre.

—La siguiente vez que volví del mar, me enteré de su matrimonio. Bueno, ¿por qué no iba a casarse con quien quisiera? Título y dinero, ¿quién podría llevarlos mejor que ella? Nació para todo lo que es bello y delicado. No me afligí por su matrimonio. No era un perro tan egoísta. Simplemente me alegré de que la buena suerte se hubiera cruzado en su camino y de que no se hubiera arrojado a los brazos de un marinero sin un céntimo. Así es como amé a Mary Fraser.

—Bueno, nunca pensé que la volvería a ver, pero el último viaje fui ascendido, y el nuevo barco aún no estaba botado, así que tuve que esperar un par de meses con los míos en Sydenham. Un día, en un camino rural, me encontré con Theresa Wright, su antigua doncella. Me lo contó todo sobre ella, sobre él, sobre todo. Les digo, caballeros, que casi me vuelve loco. ¡Este sabueso borracho, que se atreviera a levantar su mano contra ella, a la que no era digno de lamerle las botas! Me volví a encontrar con Theresa. Luego me encontré con Mary misma, y la vi de nuevo. Luego ella no quiso verme más. Pero el otro día recibí la noticia de que debía empezar mi viaje dentro de una semana, y determiné que la vería una vez antes de partir. Theresa siempre fue mi amiga, porque ella amaba a Mary y odiaba a este villano casi tanto como yo. De ella aprendí las costumbres de la casa. Mary solía quedarse leyendo en su pequeña habitación de abajo. Me arrastré hasta allí anoche y arañé la ventana. Al principio no quiso abrirme, pero en su corazón sé que ahora me ama, y no pudo dejarme en la noche helada. Me susurró que fuera a la gran ventana del frente, y la encontré abierta ante mí, para dejarme entrar en el comedor. Una vez más escuché de sus propios labios cosas que hicieron hervir mi sangre, y una vez más maldije a este bruto que maltrataba a la mujer que amaba. Bueno, caballeros, estaba de pie con ella justo dentro de la ventana, con toda inocencia, que Dios me juzgue, cuando él irrumpió como un loco en la habitación, la llamó con el nombre más vil que un hombre puede usar con una mujer y le dio un latigazo en la cara con el bastón que tenía en la mano. Salté a por el atizador, y fue una pelea justa entre nosotros. Mire aquí, en mi brazo, donde cayó su primer golpe. Luego fue mi turno, y lo atravesé como si hubiera sido una calabaza podrida. ¿Creen que me arrepentí? ¡Yo no! Era su vida o la mía, pero mucho más que eso, era su vida o la suya, porque ¿cómo podía dejarla en poder de este loco? Así fue como le maté. ¿Me equivoqué? Bueno, entonces, ¿qué habrían hecho cualquiera de ustedes, caballeros, si hubieran estado en mi lugar?

—Ella había gritado cuando él la golpeó, y eso hizo bajar a la vieja Theresa desde la habitación de arriba. Había una botella de vino en el aparador, la abrí y puse un poco entre los labios de Mary, pues estaba medio muerta por el shock. Luego tomé un trago yo mismo. Theresa estaba tan fría como el hielo, y fue su plan tanto como el mío. Debíamos hacer parecer que habían sido ladrones. Theresa seguía repitiendo nuestra historia a su ama, mientras yo trepaba y cortaba la cuerda de la campana. Luego la até a su silla y deshilaché el extremo de la cuerda para que pareciera natural, de lo contrario se preguntarían cómo diablos pudo un ladrón haber subido allí a cortarla. Luego recogí algunos platos y piezas de plata, para seguir con la idea del robo, y allí los dejé, con órdenes de dar la alarma cuando yo llevara un cuarto de hora de ventaja. Tiré la plata al estanque y me fui a Sydenham, sintiendo que por una vez en mi vida había hecho un buen trabajo nocturno. Y esa es la verdad y toda la verdad, señor Holmes, aunque me cueste el cuello.

Holmes fumó durante un tiempo en silencio. Luego cruzó la habitación y estrechó la mano de nuestro visitante.

—Eso es lo que pienso —dijo—. Sé que cada palabra es cierta, pues apenas ha dicho una palabra que yo no supiera. Nadie más que un acróbata o un marinero podría haber subido a esa cuerda de la campana desde el soporte, y nadie más que un marinero podría haber hecho los nudos con los que la cuerda estaba sujeta a la silla. Solo una vez esta dama tuvo contacto con marineros, y fue en su viaje, y fue alguien de su propia clase social, ya que ella se esforzaba mucho en protegerlo, demostrando así que le amaba. Vea qué fácil fue para mí poner mis manos sobre usted una vez que empecé por el rastro correcto.

—Pensé que la policía nunca podría haber visto a través de nuestro engaño.

—Y la policía no lo ha hecho, ni lo hará, según mi criterio. Ahora mire, capitán Crocker, este es un asunto muy serio, aunque estoy dispuesto a admitir que actuó bajo la provocación más extrema a la que cualquier hombre podría estar sometido. No estoy seguro de que, en defensa de su propia vida, su acción no sea declarada legítima. Sin embargo, eso es para que lo decida un jurado británico. Mientras tanto, tengo tanta simpatía por usted que, si decide desaparecer en las próximas veinticuatro horas, le prometo que nadie le detendrá.

—¿Y entonces todo saldrá a la luz?

—Ciertamente saldrá a la luz.

El marinero se sonrojó de rabia.

—¿Qué clase de propuesta es esa para hacerle a un hombre? Sé lo suficiente de leyes para entender que Mary sería considerada cómplice. ¿Cree que la dejaría sola para enfrentarse a la música mientras yo me escabullo? No, señor, que hagan lo peor conmigo, pero por el amor de Dios, señor Holmes, encuentre alguna manera de mantener a mi pobre Mary fuera de los tribunales.

Holmes por segunda vez tendió su mano al marinero.

—Solo le estaba poniendo a prueba, y usted suena auténtico en todo momento. Bueno, es una gran responsabilidad la que asumo, pero le he dado a Hopkins una excelente pista y si no puede aprovecharla, no puedo hacer más. Mire, capitán Crocker, haremos esto en debida forma de ley. Usted es el prisionero. Watson, usted es un jurado británico, y nunca conocí a un hombre que fuera más eminentemente apto para representar a uno. Yo soy el juez. Ahora, señores del jurado, han oído las pruebas. ¿Encuentran al prisionero culpable o no culpable?

—No culpable, mi señor —dije yo.

—Vox populi, vox Dei. Está absuelto, capitán Crocker. Mientras la ley no encuentre a otra víctima, está a salvo de mí. ¡Vuelva con esta dama en un año, y que su futuro y el suyo nos justifiquen en el juicio que hemos pronunciado esta noche!

LA AVENTURA DE LA SEGUNDA MANCHA

Había intentado que "La aventura de Abbey Grange" fuera la última de aquellas hazañas de mi amigo, el señor Sherlock Holmes, que alguna vez comunicaría al público. Esta resolución mía no se debió a ninguna falta de material, ya que tengo notas de muchos cientos de casos a los que nunca he aludido, ni fue causada por ningún interés decreciente por parte de mis lectores en la singular personalidad y los métodos únicos de este hombre notable. La verdadera razón residía en la renuencia que el señor Holmes ha mostrado a la continua publicación de sus experiencias. Mientras estuvo en ejercicio profesional, los registros de sus éxitos fueron de algún valor práctico para él, pero desde que se ha retirado definitivamente de Londres y se ha dedicado al estudio y a la apicultura en las colinas de Sussex, la notoriedad le ha resultado odiosa, y ha solicitado perentoriamente que sus deseos en este asunto sean estrictamente observados. Fue solo al representarle que había hecho la promesa de que "La aventura de la segunda mancha" debería ser publicada cuando llegara el momento oportuno, y al señalarle que es apropiado que esta larga serie de episodios culmine en el caso internacional más importante que jamás se le haya llamado a manejar, que finalmente logré obtener su consentimiento para que una cuenta cuidadosamente guardada del incidente fuera finalmente presentada al público. Si al contar la historia parezco algo vago en ciertos detalles, el público comprenderá fácilmente que hay una excelente razón para mi reticencia.

Fue, pues, en un año, e incluso en una década, que permanecerá sin nombre, que una mañana de martes en otoño encontramos a dos visitantes de fama europea dentro de las paredes de nuestra humilde habitación en Baker Street. El uno, austero, de nariz aguileña, ojos de águila y dominante, no era otro que el ilustre Lord Bellinger, dos veces Primer Ministro de Gran Bretaña. El otro, oscuro, de rasgos definidos y elegante, apenas llegado a la mediana edad, y dotado de toda belleza de cuerpo y de mente, era el Muy Honorable Trelawney Hope, Secretario de Asuntos Europeos, y el estadista con mayor proyección del país. Se sentaron uno al lado del otro en nuestro sofá sembrado de papeles, y era fácil ver por sus rostros cansados y ansiosos que era un asunto de la mayor urgencia lo que les había traído. Las manos delgadas y de venas azules del Primer Ministro estaban fuertemente entrelazadas sobre el pomo de marfil de su paraguas, y su rostro demacrado y ascético miraba sombríamente de Holmes a mí. El Secretario Europeo tiraba nerviosamente de su bigote y jugueteaba con los sellos de la cadena de su reloj.

—Cuando descubrí mi pérdida, señor Holmes, que fue a las ocho de esta mañana, informé inmediatamente al Primer Ministro. Fue sugerencia suya que ambos viniéramos a usted.

—¿Ha informado a la policía?

—No, señor —dijo el Primer Ministro, con el modo rápido y decisivo por el que era famoso—. No lo hemos hecho, ni es posible que lo hagamos. Informar a la policía debe, a la larga, significar informar al público. Esto es lo que deseamos evitar particularmente.

—¿Y por qué, señor?

—Porque el documento en cuestión es de tal inmensa importancia que su publicación podría muy fácilmente —podría casi decir probablemente— conducir a complicaciones europeas de suma importancia. No es demasiado decir que la paz o la guerra pueden depender del resultado. A menos que su recuperación pueda llevarse a cabo con la máxima reserva, entonces bien podría no ser recuperado en absoluto, pues todo lo que pretenden aquellos que lo han tomado es que su contenido sea conocido generalmente.

—Comprendo. Ahora, señor Trelawney Hope, le agradecería mucho que me dijera exactamente las circunstancias bajo las cuales desapareció este documento.

—Eso puede decirse en muy pocas palabras, señor Holmes. La carta —pues se trataba de una carta de un potentado extranjero— fue recibida hace seis días. Era de tal importancia que nunca la he dejado en mi caja fuerte, sino que la he llevado conmigo cada tarde a mi casa en Whitehall Terrace y la he guardado en mi dormitorio, dentro de un maletín cerrado con llave. Estaba allí anoche. De eso estoy seguro. De hecho, abrí el maletín mientras me vestía para la cena y vi el documento dentro. Esta mañana había desaparecido. El maletín había permanecido junto al espejo de mi tocador durante toda la noche. Tengo el sueño ligero, al igual que mi esposa. Ambos estamos dispuestos a jurar que nadie pudo haber entrado en la habitación durante la noche. Y, sin embargo, repito que el papel ha desaparecido.

—¿A qué hora cenó?

—A las siete y media.

—¿Cuánto tiempo pasó antes de que se fuera a dormir?

—Mi esposa había ido al teatro. La esperé. Eran las once y media cuando fuimos a nuestra habitación.

—¿Entonces, durante cuatro horas, el maletín estuvo sin vigilancia?

—A nadie se le permite entrar en esa habitación, salvo a la criada por la mañana y a mi ayuda de cámara, o a la doncella de mi esposa, durante el resto del día. Ambos son sirvientes de confianza que llevan mucho tiempo con nosotros. Además, ninguno de ellos podría haber sabido que había algo más valioso que los documentos departamentales ordinarios en mi maletín.

—¿Quién sabía de la existencia de esa carta?

—Nadie en la casa.

—¿Seguramente su esposa lo sabía?

—No, señor. No le había dicho nada a mi esposa hasta que eché en falta el papel esta mañana.

El primer ministro asintió con aprobación.

—Hace mucho que sé, señor, cuán alto es su sentido del deber público —dijo—. Estoy convencido de que, en el caso de un secreto de esta importancia, se impondría por encima de los vínculos domésticos más íntimos.

El ministro de Asuntos Europeos hizo una inclinación de cabeza.

—No me hace usted más que justicia, señor. Hasta esta mañana, nunca le había dicho ni una palabra a mi esposa sobre este asunto.

—¿Podría haberlo adivinado?

—No, señor Holmes, no podría haberlo adivinado, ni tampoco nadie más.

—¿Ha perdido algún documento anteriormente?

—No, señor.

—¿Quién hay en Inglaterra que supiera de la existencia de esta carta?

—Cada miembro del Gabinete fue informado de ello ayer, pero la promesa de secreto que conlleva cada reunión del Gabinete fue reforzada por la solemne advertencia que dio el primer ministro. ¡Cielo santo, pensar que en pocas horas la he perdido yo mismo! Su apuesto rostro se distorsionó con un espasmo de desesperación y sus manos se hundieron en su cabello. Por un momento vislumbramos al hombre natural, impulsivo, ardiente, profundamente sensible. Al instante siguiente, la máscara aristocrática volvió a su lugar y su voz suave regresó. —Además de los miembros del Gabinete, hay dos, o posiblemente tres, funcionarios del departamento que conocen la existencia de la carta. Nadie más en Inglaterra, señor Holmes, se lo aseguro.

—¿Pero en el extranjero?

—Creo que nadie en el extranjero la ha visto, salvo el hombre que la escribió. Estoy bien convencido de que sus ministros, de que los canales oficiales habituales, no han sido empleados.

Holmes reflexionó durante un buen rato.

—Ahora, señor, debo pedirle más concretamente qué es este documento y por qué su desaparición habría de tener consecuencias tan trascendentales.

Los dos estadistas intercambiaron una rápida mirada y las pobladas cejas del primer ministro se fruncieron en una mueca.

—Señor Holmes, el sobre es largo, fino y de color azul pálido. Tiene un sello de lacre rojo impreso con un león agazapado. Está dirigido con una letra grande y audaz a...

—Me temo, señor —dijo Holmes—, que, por interesantes y de hecho esenciales que sean estos detalles, mis indagaciones deben ir más a la raíz de las cosas. ¿Qué era la carta?

—Eso es un secreto de Estado de la mayor importancia y me temo que no puedo decírselo, ni veo que sea necesario. Si con la ayuda de las facultades que se dice que posee puede encontrar un sobre como el que describo con su contenido, se habrá hecho merecedor de la gratitud de su país y habrá ganado cualquier recompensa que esté en nuestro poder otorgar.

Sherlock Holmes se levantó con una sonrisa.

—Ustedes son dos de los hombres más ocupados del país —dijo—, y en mi pequeña esfera también tengo bastantes ocupaciones. Lamento profundamente no poder ayudarles en este asunto, y cualquier continuación de esta entrevista sería una pérdida de tiempo.

El primer ministro se puso en pie de un salto con ese rápido y feroz brillo en sus ojos hundidos ante el cual un Gabinete ha llegado a temblar. —No estoy acostumbrado, señor —comenzó, pero dominó su ira y volvió a sentarse. Durante un minuto o más permanecimos todos en silencio. Luego, el viejo estadista se encogió de hombros.

—Debemos aceptar sus condiciones, señor Holmes. Sin duda tiene razón, y no es razonable que esperemos que actúe a menos que le demos nuestra entera confianza.

—Estoy de acuerdo con usted —dijo el estadista más joven.

—Entonces se lo diré, confiando plenamente en su honor y en el de su colega, el doctor Watson. También puedo apelar a su patriotismo, pues no podría imaginar una desgracia mayor para el país que el que este asunto saliera a la luz.

—Puede confiar en nosotros.

—La carta, pues, procede de cierto potentado extranjero que se ha sentido ofendido por algunos acontecimientos coloniales recientes de este país. Ha sido escrita apresuradamente y bajo su entera responsabilidad. Las investigaciones han demostrado que sus ministros no saben nada del asunto. Al mismo tiempo, está redactada de una manera tan desafortunada, y ciertas frases en ella son de un carácter tan provocador, que su publicación conduciría sin duda a un estado de ánimo muy peligroso en este país. Habría tal fermento, señor, que no dudo en decir que, en menos de una semana desde la publicación de esa carta, este país se vería envuelto en una gran guerra.

Holmes escribió un nombre en un trozo de papel y se lo entregó al primer ministro.

—Exacto. Fue él. Y es esta carta —esta carta que bien puede significar el gasto de mil millones y la vida de cien mil hombres— la que se ha perdido de esta forma inexplicable.

—¿Ha informado al remitente?

—Sí, señor, se ha enviado un telegrama cifrado.

—Quizás él desea la publicación de la carta.

—No, señor, tenemos razones fundadas para creer que ya entiende que ha actuado de manera indiscreta y temeraria. Sería un golpe mayor para él y para su país que para nosotros si esta carta llegara a salir a la luz.

—Si esto es así, ¿en interés de quién está que la carta salga a la luz? ¿Por qué alguien desearía robarla o publicarla?

—Ahí, señor Holmes, me lleva usted a regiones de alta política internacional. Pero si considera la situación europea, no tendrá dificultad en percibir el motivo. Toda Europa es un campamento armado. Existe una doble liga que mantiene un equilibrio justo de poder militar. Gran Bretaña mantiene la balanza. Si Gran Bretaña fuera arrastrada a una guerra con una confederación, aseguraría la supremacía de la otra confederación, tanto si se unieran a la guerra como si no. ¿Me sigue?

—Muy claramente. ¿Es entonces interés de los enemigos de este potentado conseguir y publicar esta carta, a fin de provocar una ruptura entre su país y el nuestro?

—Sí, señor.

—¿Y a quién se enviaría este documento si cayera en manos de un enemigo?

—A cualquiera de las grandes cancillerías de Europa. Probablemente esté dirigiéndose hacia allí en este mismo instante tan rápido como el vapor pueda llevarlo.

El señor Trelawney Hope dejó caer la cabeza sobre el pecho y soltó un gemido. El primer ministro puso su mano con bondad sobre su hombro.

—Es su desgracia, querido amigo. Nadie puede culparle. No hay precaución que haya descuidado. Ahora, señor Holmes, usted está en plena posesión de los hechos. ¿Qué curso de acción recomienda?

Holmes negó con la cabeza con tristeza.

—¿Cree usted, señor, que a menos que este documento sea recuperado habrá guerra?

—Creo que es muy probable.

—Entonces, señor, prepárese para la guerra.

—Esas son palabras duras, señor Holmes.

—Considere los hechos, señor. Es inconcebible que fuera tomado después de las once y media de la noche, ya que entiendo que el señor Hope y su esposa estuvieron ambos en la habitación desde esa hora hasta que se descubrió la pérdida. Fue tomado, entonces, ayer por la tarde entre las siete y media y las once y media, probablemente cerca de la primera hora, ya que quienquiera que lo tomara evidentemente sabía que estaba allí y naturalmente lo aseguraría lo antes posible. Ahora, señor, si un documento de esta importancia fue tomado a esa hora, ¿dónde puede estar ahora? Nadie tiene motivos para retenerlo. Ha pasado rápidamente a manos de quienes lo necesitan. ¿Qué oportunidad tenemos ahora de alcanzarlo o incluso de rastrearlo? Está fuera de nuestro alcance.

El primer ministro se levantó del sofá.

—Lo que dice es perfectamente lógico, señor Holmes. Siento que el asunto está realmente fuera de nuestras manos.

—Supongamos, para argumentar, que el documento fue tomado por la criada o por el ayuda de cámara...

—Ambos son sirvientes antiguos y de confianza.

—Entiendo que dice que su habitación está en el segundo piso, que no hay entrada desde el exterior y que, desde el interior, nadie podría subir sin ser observado. Debe ser, pues, alguien de la casa quien lo haya tomado. ¿A quién llevaría el ladrón el documento? A uno de los varios espías internacionales y agentes secretos, cuyos nombres me son bastante familiares. Hay tres que pueden considerarse los jefes de su profesión. Comenzaré mi investigación yendo a ver si cada uno de ellos está en su puesto. Si falta uno —especialmente si ha desaparecido desde anoche— tendremos alguna indicación de adónde ha ido a parar el documento.

—¿Por qué habría de faltar? —preguntó el ministro de Asuntos Europeos—. Lo más probable es que llevara la carta a una embajada en Londres.

—No lo creo. Estos agentes trabajan de forma independiente y sus relaciones con las embajadas suelen ser tensas.

El primer ministro asintió con asentimiento.

—Creo que tiene razón, señor Holmes. Llevaría un premio tan valioso al cuartel general con sus propias manos. Creo que su plan de acción es excelente. Mientras tanto, Hope, no podemos descuidar todas nuestras otras obligaciones a causa de este único infortunio. Si hubiera algún acontecimiento nuevo durante el día, nos comunicaremos con usted, y sin duda nos hará saber los resultados de sus propias investigaciones.

Los dos estadistas hicieron una inclinación de cabeza y salieron gravemente de la habitación.

Cuando nuestros ilustres visitantes se hubieron marchado, Holmes encendió su pipa en silencio y permaneció sentado durante un buen rato sumido en la más profunda reflexión. Yo había abierto el periódico de la mañana y estaba inmerso en un crimen sensacional que había ocurrido en Londres la noche anterior, cuando mi amigo dio una exclamación, se puso en pie de un salto y dejó su pipa sobre la repisa de la chimenea.

—Sí —dijo—, no hay mejor forma de abordarlo. La situación es desesperada, pero no desesperada. Incluso ahora, si pudiéramos estar seguros de cuál de ellos lo ha tomado, es posible que todavía no haya pasado de sus manos. Al fin y al cabo, es una cuestión de dinero con estos tipos, y tengo al Tesoro británico detrás de mí. Si está en el mercado, lo compraré, aunque signifique otro penique en el impuesto sobre la renta. Es concebible que el sujeto pueda retenerlo para ver qué ofertas vienen de este lado antes de probar suerte en el otro. Solo hay esos tres capaces de jugar una partida tan audaz: Oberstein, La Rothiere y Eduardo Lucas. Veré a cada uno de ellos.

Eché un vistazo a mi periódico de la mañana.

—¿Es ese Eduardo Lucas de Godolphin Street?

—Sí.

—No le verá usted.

—¿Por qué no?

—Fue asesinado en su casa anoche.

Mi amigo me ha sorprendido tan a menudo en el curso de nuestras aventuras que fue con un sentimiento de júbilo como me di cuenta de lo completamente que le había sorprendido yo a él. Se quedó mirando con asombro y luego me arrebató el periódico de las manos. Este era el párrafo que yo estaba leyendo cuando se levantó de su silla:

ASESINATO EN WESTMINSTER

Un crimen de carácter misterioso fue cometido anoche en el número 16 de Godolphin Street, una de las hileras de casas antiguas y apartadas del siglo XVIII que se encuentran entre el río y la Abadía, casi a la sombra de la gran torre del Parlamento. Esta pequeña pero selecta mansión ha sido habitada durante algunos años por el señor Eduardo Lucas, bien conocido en los círculos sociales tanto por su encantadora personalidad como porque tiene la merecida reputación de ser uno de los mejores tenores aficionados del país. El señor Lucas es un hombre soltero, de treinta y cuatro años, y su personal consiste en la señora Pringle, una ama de llaves de avanzada edad, y Mitton, su ayuda de cámara. La primera se retira temprano y duerme en la parte superior de la casa. El ayuda de cámara estaba fuera por la tarde, visitando a un amigo en Hammersmith. Desde las diez en adelante, el señor Lucas tuvo la casa para él solo. Lo que ocurrió durante ese tiempo aún no ha trascendido, pero a las doce menos cuarto, el agente de policía Barrett, al pasar por Godolphin Street, observó que la puerta del número 16 estaba entreabierta. Llamó, pero no recibió respuesta. Al ver una luz en la habitación del frente, entró en el pasillo y volvió a llamar, pero sin respuesta. Entonces empujó la puerta y entró. La habitación estaba en un estado de gran desorden, con los muebles todos barridos hacia un lado y una silla tirada boca abajo en el centro. Junto a esta silla, y todavía agarrado a una de sus patas, yacía el infortunado inquilino de la casa. Había sido apuñalado en el corazón y debió de morir al instante. El cuchillo con el que se cometió el crimen era una daga india curva, arrancada de un trofeo de armas orientales que adornaba una de las paredes. El robo no parece haber sido el motivo del crimen, pues no hubo intento de retirar los valiosos objetos de la habitación. El señor Eduardo Lucas era tan conocido y popular que su destino violento y misterioso despertará un doloroso interés y una intensa simpatía en un círculo muy amplio de amigos.

—Bien, Watson, ¿qué deduce de esto? —preguntó Holmes tras una larga pausa.

—Es una coincidencia asombrosa.

—¡Una coincidencia! Aquí está uno de los tres hombres que habíamos señalado como posibles actores en este drama, y encuentra una muerte violenta durante las mismas horas en que sabemos que ese drama se estaba representando. Las probabilidades en contra de que sea una coincidencia son enormes. Ninguna cifra podría expresarlas. No, mi querido Watson, los dos acontecimientos están conectados, deben estar conectados. Nos corresponde a nosotros encontrar la conexión.

—Pero ahora la policía oficial debe saberlo todo.

—En absoluto. Saben todo lo que ven en Godolphin Street. No saben —y no sabrán— nada de Whitehall Terrace. Solo nosotros conocemos ambos acontecimientos y podemos rastrear la relación entre ellos. Hay un punto obvio que, en cualquier caso, habría volcado mis sospechas contra Lucas. Godolphin Street, Westminster, está a solo unos minutos a pie de Whitehall Terrace. Los otros agentes secretos que he mencionado viven en el extremo del West End. Era más fácil, por tanto, para Lucas que para los demás establecer una conexión o recibir un mensaje de la casa del ministro de Asuntos Europeos; una pequeña cosa, y sin embargo, donde los acontecimientos se comprimen en unas pocas horas, puede resultar esencial. ¡Hola! ¿qué tenemos aquí?

La señora Hudson había aparecido con la tarjeta de una dama sobre su bandeja. Holmes le echó un vistazo, levantó las cejas y me la pasó.

—Pida a lady Hilda Trelawney Hope que tenga la bondad de subir —dijo.

Un momento después, nuestro modesto apartamento, ya tan distinguido aquella mañana, se vio honrado con la entrada de la mujer más hermosa de Londres. A menudo había oído hablar de la belleza de la hija menor del duque de Belminster, pero ninguna descripción, ni la contemplación de fotografías incoloras, me había preparado para el encanto sutil y delicado y el hermoso colorido de aquella cabeza exquisita. Y, sin embargo, tal como la vimos aquella mañana de otoño, no era su belleza lo que impresionaba primero al observador. La mejilla era hermosa, pero estaba pálida por la emoción; los ojos brillaban, pero era el brillo de la fiebre; la boca sensible estaba apretada y contraída en un esfuerzo por mantener el autocontrol. El terror —no la belleza— fue lo primero que saltó a la vista mientras nuestra hermosa visitante permanecía enmarcada por un instante en la puerta abierta.

—¿Ha estado mi marido aquí, señor Holmes?

—Sí, señora, ha estado aquí.

—Señor Holmes, le imploro que no le diga que he venido. —Holmes hizo una inclinación de cabeza con frialdad e indicó a la dama que se sentara en una silla.

—Su señoría me coloca en una posición muy delicada. Le ruego que se siente y me diga lo que desea, pero me temo que no puedo hacer ninguna promesa incondicional.

Ella cruzó la habitación y se sentó de espaldas a la ventana. Era una presencia majestuosa: alta, elegante e intensamente femenina. —Señor Holmes —dijo, y sus manos enguantadas de blanco se entrelazaban y desentrelazaban mientras hablaba—, le hablaré con franqueza con la esperanza de que eso le induzca a hablar con franqueza a cambio. Existe una confianza completa entre mi marido y yo en todos los asuntos, salvo en uno. Ese es la política. En esto, sus labios están sellados. No me dice nada. Ahora, soy consciente de que hubo un suceso de lo más deplorable en nuestra casa anoche. Sé que un papel ha desaparecido. Pero como el asunto es político, mi marido se niega a depositar en mí su completa confianza. Ahora es esencial —esencial, digo— que lo comprenda a fondo. Usted es la única otra persona, salvo estos políticos, que conoce los verdaderos hechos. Le ruego entonces, señor Holmes, que me diga exactamente qué ha ocurrido y a qué conducirá. Cuéntemelo todo, señor Holmes. Que ninguna consideración por los intereses de su cliente le mantenga en silencio, pues le aseguro que sus intereses, si tan solo pudiera verlo, estarían mejor servidos al depositar en mí su completa confianza. ¿Qué era este papel que fue robado?

—Señora, lo que me pide es realmente imposible.

Ella soltó un gemido y hundió el rostro entre las manos.

—Debe comprender que esto es así, señora. Si su marido considera oportuno mantenerla en la oscuridad sobre este asunto, ¿debo ser yo, que solo he conocido los verdaderos hechos bajo la promesa de secreto profesional, quien diga lo que él ha ocultado? No es justo pedirlo. Es a él a quien debe preguntar.

—Se lo he preguntado. Vengo a usted como último recurso. Pero sin que usted me diga nada definitivo, señor Holmes, puede hacerme un gran servicio si me aclarara un punto.

—¿De qué se trata, señora?

—¿Es probable que la carrera política de mi marido sufra a causa de este incidente?

—Bueno, señora, a menos que se corrija, ciertamente puede tener un efecto muy desafortunado.

—¡Ah! —aspiró con fuerza como alguien cuyas dudas se disipan.

—Una pregunta más, señor Holmes. Por una expresión que mi marido dejó escapar en el primer impacto de este desastre, entendí que podrían derivarse consecuencias públicas terribles de la pérdida de este documento.

—Si él lo dijo, ciertamente no puedo negarlo.

—¿De qué naturaleza son?

—No, señora, ahí de nuevo me pide usted más de lo que posiblemente puedo responder.

—Entonces no le quitaré más tiempo. No puedo culparle, señor Holmes, por haberse negado a hablar con más libertad, y usted por su parte no pensará peor de mí, estoy segura, porque deseo, incluso contra su voluntad, compartir las ansiedades de mi marido. Una vez más, le ruego que no diga nada de mi visita.

Nos miró desde la puerta y tuve una última impresión de aquel hermoso rostro atormentado, los ojos asustados y la boca contraída. Luego, se fue.

—Ahora, Watson, el bello sexo es su departamento —dijo Holmes, con una sonrisa, cuando el tenue frufrú de las faldas terminó con el portazo de la puerta principal—. ¿Cuál era el juego de la bella dama? ¿Qué quería realmente?

—Sin duda su propia declaración es clara y su ansiedad muy natural.

—¡Hum! Piense en su aspecto, Watson: sus modales, su excitación contenida, su inquietud, su tenacidad al hacer preguntas. Recuerde que proviene de una casta que no muestra sus emociones a la ligera.

—Sin duda estaba muy conmovida.

—Recuerde también la curiosa seriedad con la que nos aseguró que para su marido era mejor que ella lo supiera todo. ¿Qué quiso decir con eso? Y debe haber observado, Watson, cómo maniobró para tener la luz a sus espaldas. No deseaba que leyéramos su expresión.

—Sí, eligió la única silla de la habitación.

—Y, sin embargo, los motivos de las mujeres son tan inescrutables. Recuerda a la mujer de Margate a quien sospeché por la misma razón. Sin polvos en la nariz; eso resultó ser la solución correcta. ¿Cómo puede uno construir sobre arenas movedizas? Su acción más trivial puede significar volúmenes, o su conducta más extraordinaria puede depender de una horquilla o unas tenacillas. Buenos días, Watson.

—¿Se marcha?

—Sí, pasaré la mañana en Godolphin Street con nuestros amigos del cuerpo oficial. En Eduardo Lucas reside la solución de nuestro problema, aunque debo admitir que no tengo la menor idea de qué forma puede tomar. Es un error capital teorizar antes de tener los hechos. Quédese usted de guardia, mi buen Watson, y reciba a cualquier visitante nuevo. Me reuniré con usted en el almuerzo si puedo.

Durante todo ese día, y el siguiente, y el otro, Holmes estuvo en un estado de ánimo que sus amigos llamarían taciturno, y otros, hosco. Entraba y salía, fumaba incesantemente, tocaba fragmentos en su violín, se hundía en ensoñaciones, devoraba sándwiches a horas irregulares y apenas respondía a las preguntas casuales que le dirigía. Era evidente para mí que las cosas no iban bien con él ni con su búsqueda. No decía nada del caso, y fue por los periódicos por lo que me enteré de los detalles de la investigación y del arresto, con la posterior liberación, de John Mitton, el ayuda de cámara del difunto. El jurado del forense dictaminó el obvio Asesinato Premeditado, pero los responsables seguían siendo tan desconocidos como siempre. No se sugirió ningún motivo. La habitación estaba llena de objetos de valor, pero no se había llevado ninguno. Los papeles del difunto no habían sido manipulados. Fueron examinados cuidadosamente y demostraron que era un ávido estudiante de política internacional, un chismoso infatigable, un lingüista notable y un escritor de cartas incansable. Había mantenido relaciones íntimas con los principales políticos de varios países. Pero no se descubrió nada sensacional entre los documentos que llenaban sus cajones. En cuanto a sus relaciones con las mujeres, parecían haber sido promiscuas pero superficiales. Tenía muchas conocidas entre ellas, pero pocos amigos, y a nadie a quien amara. Sus hábitos eran regulares, su conducta inofensiva. Su muerte era un misterio absoluto y probablemente lo seguiría siendo.

En cuanto al arresto de John Mitton, el ayuda de cámara, fue una medida de desesperación como alternativa a la inacción absoluta. Pero no se pudo sostener ningún caso contra él. Había visitado a unos amigos en Hammersmith esa noche. La coartada era completa. Es cierto que salió hacia su casa a una hora que debería haberlo traído a Westminster antes de la hora en que se descubrió el crimen, pero su propia explicación de que había caminado parte del camino parecía bastante probable a la vista de lo agradable de la noche. De hecho, había llegado a las doce y parecía estar abrumado por la inesperada tragedia. Siempre había estado en buenos términos con su amo. Varias de las posesiones del difunto —especialmente un pequeño estuche de navajas de afeitar— se habían encontrado en los baúles del ayuda de cámara, pero él explicó que habían sido regalos del fallecido, y el ama de llaves pudo corroborar la historia. Mitton había estado al servicio de Lucas durante tres años. Era notable que Lucas no llevara a Mitton al continente con él. A veces visitaba París durante tres meses seguidos, pero Mitton se quedaba a cargo de la casa de Godolphin Street. En cuanto al ama de llaves, no había oído nada la noche del crimen. Si su amo tenía una visita, él mismo le había abierto.

Así, durante tres mañanas el misterio permaneció, en la medida en que pude seguirlo en los periódicos. Si Holmes sabía más, se guardaba su opinión, pero como me dijo que el inspector Lestrade le había hecho partícipe de su confianza en el caso, supe que estaba en estrecho contacto con cada novedad. Al cuarto día apareció un largo telegrama de París que parecía resolver toda la cuestión.

Se acaba de hacer un descubrimiento por parte de la policía parisina (decía el Daily Telegraph) que descorre el velo que pendía sobre el trágico destino del Sr. Eduardo Lucas, quien encontró la muerte por violencia el pasado lunes por la noche en Godolphin Street, Westminster. Nuestros lectores recordarán que el caballero fallecido fue encontrado apuñalado en su habitación, y que ciertas sospechas recayeron sobre su ayuda de cámara, pero que el caso se vino abajo por una coartada. Ayer, una dama, conocida como Mme. Henri Fournaye, que ocupaba un pequeño chalet en la Rue Austerlitz, fue denunciada a las autoridades por sus sirvientes como demente. Un examen demostró que efectivamente había desarrollado una manía de forma peligrosa y permanente. Tras investigar, la policía ha descubierto que Mme. Henri Fournaye solo regresó de un viaje a Londres el martes pasado, y hay pruebas que la vinculan con el crimen de Westminster. Una comparación de fotografías ha demostrado de manera concluyente que M. Henri Fournaye y Eduardo Lucas eran realmente la misma persona, y que el difunto había vivido por alguna razón una doble vida en Londres y París. Mme. Fournaye, de origen criollo, es de naturaleza extremadamente excitable y ha sufrido en el pasado ataques de celos que han llegado al frenesí. Se conjetura que fue en uno de ellos cuando cometió el terrible crimen que ha causado tal sensación en Londres. Sus movimientos durante la noche del lunes aún no han sido rastreados, pero es indudable que una mujer que responde a su descripción atrajo mucha atención en la estación de Charing Cross el martes por la mañana por la naturaleza salvaje de su aspecto y la violencia de sus gestos. Es probable, por tanto, que el crimen fuera cometido cuando estaba loca, o que su efecto inmediato fuera llevar a la infeliz mujer a perder la razón. En la actualidad, es incapaz de dar una explicación coherente de lo sucedido, y los médicos no albergan esperanzas de que recupere la cordura. Existen pruebas de que una mujer, que podría haber sido Mme. Fournaye, fue vista durante algunas horas la noche del lunes vigilando la casa de Godolphin Street.

—¿Qué piensa de eso, Holmes? —Le había leído el relato en voz alta mientras terminaba su desayuno.

—Mi querido Watson —dijo, mientras se levantaba de la mesa y paseaba por la habitación—, usted es muy paciente, pero si no le he dicho nada en los últimos tres días es porque no hay nada que decir. Incluso ahora, este informe de París no nos ayuda mucho.

—Seguramente es definitivo en lo que respecta a la muerte del hombre.

—La muerte del hombre es un mero incidente —un episodio trivial— en comparación con nuestra verdadera tarea, que es rastrear este documento y salvar una catástrofe europea. Solo una cosa importante ha sucedido en los últimos tres días, y es que no ha sucedido nada. Recibo informes casi cada hora del gobierno, y es seguro que en ninguna parte de Europa hay señales de problemas. Ahora bien, si esta carta estuviera suelta... no, no puede estar suelta... pero si no está suelta, ¿dónde puede estar? ¿Quién la tiene? ¿Por qué se retiene? Esa es la pregunta que golpea en mi cerebro como un martillo. ¿Fue, de hecho, una coincidencia que Lucas encontrara la muerte la noche en que la carta desapareció? ¿Llegó la carta a sus manos? Si es así, ¿por qué no está entre sus papeles? ¿Se la llevó esta mujer loca con ella? Si es así, ¿está en su casa de París? ¿Cómo podría buscarla sin que la policía francesa despertara sus sospechas? Es un caso, mi querido Watson, en el que la ley es tan peligrosa para nosotros como los criminales. Todo el mundo está en nuestra contra y, sin embargo, los intereses en juego son colosales. Si logro llevarlo a una conclusión exitosa, sin duda representará la gloria suprema de mi carrera. ¡Ah, aquí tengo lo último del frente! —Miró apresuradamente la nota que le habían entregado—. ¡Hola! Lestrade parece haber observado algo de interés. Póngase el sombrero, Watson, y daremos un paseo juntos hasta Westminster.

Fue mi primera visita a la escena del crimen: una casa alta, lúgubre y estrecha, pulcra, formal y sólida, como el siglo que la vio nacer. Los rasgos de bulldog de Lestrade nos observaron desde la ventana frontal, y nos saludó calurosamente cuando un gran agente de policía abrió la puerta y nos dejó entrar. La habitación a la que nos condujeron era aquella en la que se había cometido el crimen, pero ya no quedaba rastro de él, salvo una mancha fea e irregular en la alfombra. Esta alfombra era un pequeño cuadrado de moqueta en el centro de la habitación, rodeado por una amplia extensión de un hermoso suelo de madera a la antigua usanza, en bloques cuadrados, muy pulidos. Sobre la chimenea había un magnífico trofeo de armas, una de las cuales había sido utilizada en aquella trágica noche. En la ventana había un suntuoso escritorio, y cada detalle del apartamento, los cuadros, las alfombras y los tapices, todo apuntaba a un gusto que era lujoso hasta el punto de la afeminación.

—¿Ha visto las noticias de París? —preguntó Lestrade.

Holmes asintió.

—Nuestros amigos franceses parecen haber dado en el clavo esta vez. Sin duda es tal como dicen. Llamó a la puerta —una visita sorpresa, supongo, pues él mantenía su vida en compartimentos estancos—, él la dejó entrar, no podía mantenerla en la calle. Ella le contó cómo le había seguido la pista, le reprochó. Una cosa llevó a la otra, y luego, con esa daga tan a mano, el final llegó pronto. No se hizo todo en un instante, sin embargo, pues estas sillas estaban todas volcadas por allá, y él tenía una en la mano como si hubiera intentado defenderse con ella. Lo tenemos todo tan claro como si lo hubiéramos visto.

Holmes arqueó las cejas.

—¿Y, sin embargo, me ha enviado a buscar?

—Ah, sí, eso es otro asunto; una mera minucia, pero del tipo de cosas en las que usted se interesa; extraño, sabe, y lo que se podría llamar caprichoso. No tiene nada que ver con el hecho principal; no puede tenerlo, a simple vista.

—¿Qué es, entonces?

—Bueno, sabe, después de un crimen de este tipo somos muy cuidadosos en mantener las cosas en su sitio. No se ha movido nada. Un agente a cargo aquí día y noche. Esta mañana, como el hombre fue enterrado y la investigación terminada —en lo que respecta a esta habitación—, pensamos que podíamos ordenar un poco. Esta alfombra. Vea, no está fijada, solo puesta ahí. Tuvimos ocasión de levantarla. Encontramos...

—¿Sí? Encontraron...

El rostro de Holmes se tensó de ansiedad.

—Bueno, estoy seguro de que nunca adivinaría en cien años lo que encontramos. ¿Ve esa mancha en la alfombra? Bueno, gran parte debe haber calado a través, ¿no es así?

—Indudablemente, debe haberlo hecho.

—Bueno, le sorprenderá saber que no hay ninguna mancha en la madera blanca que corresponda.

—¡Ninguna mancha! Pero debe haber...

—Sí, eso diría usted. Pero el hecho es que no la hay.

Tomó la esquina de la alfombra con la mano y, al darle la vuelta, demostró que era efectivamente como decía.

—Pero la parte inferior está tan manchada como la superior. Debe haber dejado una marca.

Lestrade rio con deleite por haber desconcertado al famoso experto.

—Ahora le mostraré la explicación. Hay una segunda mancha, pero no corresponde con la otra. Véalo usted mismo. —Mientras hablaba, dio la vuelta a otra parte de la alfombra y allí, efectivamente, había un gran derrame carmesí sobre la cara cuadrada y blanca del suelo a la antigua. —¿Qué opina de eso, Sr. Holmes?

—Vaya, es bastante simple. Las dos manchas sí correspondían, pero la alfombra ha sido girada. Como era cuadrada y no estaba fijada, se hizo fácilmente.

—La policía oficial no necesita que usted, Sr. Holmes, les diga que la alfombra debe haber sido girada. Eso está bastante claro, porque las manchas quedan una encima de la otra si la coloca de esta manera. Pero lo que quiero saber es quién movió la alfombra y por qué.

Pude ver por el rostro rígido de Holmes que estaba vibrando de emoción interior.

—Escuche, Lestrade —dijo—, ¿ha estado ese agente en el pasillo a cargo del lugar todo el tiempo?

—Sí, lo ha estado.

—Bien, siga mi consejo. Interróguelo cuidadosamente. No lo haga delante de nosotros. Esperaremos aquí. Llévelo a la habitación trasera. Será más probable que le saque una confesión a solas. Pregúntele cómo se atrevió a dejar entrar a gente y dejarlos solos en esta habitación. No le pregunte si lo ha hecho. Délo por hecho. Dígale que usted sabe que alguien ha estado aquí. Presiónelo. Dígale que una confesión completa es su única oportunidad de perdón. ¡Haga exactamente lo que le digo!

—¡Por Jorge, si lo sabe, se lo sacaré! —gritó Lestrade. Se lanzó al pasillo y, momentos después, su voz autoritaria sonó desde la habitación de atrás.

—¡Ahora, Watson, ahora! —gritó Holmes con frenético entusiasmo. Toda la fuerza demoníaca del hombre enmascarada tras esos modales apáticos estalló en un paroxismo de energía. Arrancó la moqueta del suelo y, en un instante, estuvo de rodillas hurgando en cada uno de los cuadrados de madera que había debajo. Uno giró hacia un lado cuando clavó las uñas en el borde. Se abrió como la tapa de una caja. Una pequeña cavidad negra se abrió debajo. Holmes hundió su mano ansiosa en ella y la sacó con un amargo gruñido de ira y decepción. Estaba vacía.

—¡Rápido, Watson, rápido! ¡Vuelva a ponerla! —Se volvió a colocar la tapa de madera y la moqueta apenas se había estirado cuando se oyó la voz de Lestrade en el pasillo. Encontró a Holmes apoyado lánguidamente en la repisa de la chimenea, resignado y paciente, tratando de ocultar sus irreprimibles bostezos.

—Perdón por hacerle esperar, Sr. Holmes, veo que está aburrido a más no poder con todo este asunto. Bueno, ha confesado, todo está bien. Entre aquí, MacPherson. Deje que estos caballeros escuchen sobre su conducta más inexcusable.

El gran agente, muy acalorado y arrepentido, entró de lado en la habitación.

—No quise hacer daño, señor, estoy seguro. La joven vino a la puerta ayer por la tarde; se equivocó de casa, eso hizo. Y luego empezamos a hablar. Es solitario cuando estás de guardia aquí todo el día.

—Bueno, ¿qué pasó entonces?

—Quería ver dónde se cometió el crimen; lo había leído en los periódicos, dijo. Era una joven muy respetable y bien hablada, señor, y no vi daño en dejarla echar un vistazo. Cuando vio esa marca en la alfombra, se dejó caer al suelo y se quedó como si estuviera muerta. Corrí a la parte de atrás y busqué un poco de agua, pero no pude hacerla reaccionar. Luego fui a la esquina al Ivy Plant a por un poco de brandy, y para cuando lo traje, la joven se había recuperado y se había ido; avergonzada de sí misma, me atrevería a decir, y no se atrevió a enfrentarse a mí.

—¿Qué hay de mover esa moqueta?

—Bueno, señor, estaba un poco arrugada, ciertamente, cuando volví. Verá, se cayó sobre ella y está sobre un suelo pulido sin nada que la mantenga en su lugar. La enderecé después.

—Es una lección para usted que no puede engañarme, agente MacPherson —dijo Lestrade con dignidad—. Sin duda pensó que su incumplimiento del deber nunca podría ser descubierto y, sin embargo, una simple mirada a esa moqueta fue suficiente para convencerme de que alguien había sido admitido en la habitación. Tiene suerte, hombre, de que no falte nada, o se encontraría en un grave aprieto. Siento haberle llamado por un asunto tan insignificante, Sr. Holmes, pero pensé que el punto de que la segunda mancha no correspondiera con la primera le interesaría.

—Ciertamente, fue de lo más interesante. ¿Ha estado esta mujer aquí solo una vez, agente?

—Sí, señor, solo una vez.

—¿Quién era ella?

—No sé el nombre, señor. Estaba respondiendo a un anuncio sobre mecanografía y vino al número equivocado; una joven muy agradable y elegante, señor.

—¿Alta? ¿Guapa?

—Sí, señor, era una joven bien desarrollada. Supongo que podría decir que era guapa. Quizás algunos dirían que era muy guapa. "¡Oh, agente, déjeme echar un vistazo!", dice ella. Tenía formas bonitas y persuasivas, por así decirlo, y pensé que no había daño en dejar que simplemente asomara la cabeza por la puerta.

—¿Cómo iba vestida?

—Discreta, señor; una capa larga hasta los pies.

—¿Qué hora era?

—Estaba empezando a anochecer en ese momento. Estaban encendiendo las lámparas cuando volví con el brandy.

—Muy bien —dijo Holmes—. Vamos, Watson, creo que tenemos trabajo más importante en otra parte.

Cuando salimos de la casa, Lestrade permaneció en la habitación principal, mientras el arrepentido agente abría la puerta para dejarnos salir. Holmes se volvió en el escalón y sostuvo algo en su mano. El agente miró fijamente.

—¡Dios mío, señor! —exclamó con asombro en su rostro. Holmes se llevó el dedo a los labios, volvió a meter la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y se echó a reír mientras girábamos por la calle. —¡Excelente! —dijo—. Vamos, amigo Watson, el telón se alza para el último acto. Se sentirá aliviado al saber que no habrá guerra, que el Honorable Trelawney Hope no sufrirá ningún contratiempo en su brillante carrera, que el indiscreto Soberano no recibirá ningún castigo por su indiscreción, que el Primer Ministro no tendrá ninguna complicación europea con la que lidiar, y que con un poco de tacto y gestión por nuestra parte nadie se verá perjudicado por lo que podría haber sido un incidente muy desagradable.

Mi mente se llenó de admiración por este hombre extraordinario.

—¡Lo ha resuelto! —exclamé.

—Apenas eso, Watson. Hay algunos puntos que siguen siendo tan oscuros como siempre. Pero tenemos tanto que será culpa nuestra si no podemos conseguir el resto. Iremos directamente a Whitehall Terrace y llevaremos el asunto a un punto crítico.

Cuando llegamos a la residencia del Secretario para Asuntos Europeos, fue por Lady Hilda Trelawney Hope por quien preguntó Sherlock Holmes. Nos hicieron pasar al salón de mañana.

—¡Sr. Holmes! —dijo la dama, y su rostro estaba sonrosado de indignación—. Esto es ciertamente muy injusto y poco generoso por su parte. Deseaba, como ya he explicado, mantener mi visita a usted en secreto, para que mi marido no pensara que me estaba entrometiendo en sus asuntos. Y, sin embargo, usted me compromete viniendo aquí y mostrando así que hay relaciones comerciales entre nosotros.

—Desafortunadamente, señora, no tenía ninguna alternativa posible. He sido comisionado para recuperar este papel inmensamente importante. Debo, por lo tanto, pedirle, señora, que tenga la bondad de ponerlo en mis manos.

La dama se puso en pie de un salto, con el color desapareciendo al instante de su hermoso rostro. Sus ojos se vidriaron; se tambaleó; pensé que se desmayaría. Luego, con un gran esfuerzo, se recuperó del impacto, y un asombro e indignación supremos desplazaron cualquier otra expresión de sus rasgos.

—Usted... usted me insulta, Sr. Holmes.

—Vamos, vamos, señora, es inútil. Entregue la carta.

Corrió hacia el timbre.

—El mayordomo le acompañará a la salida.

—No toque el timbre, Lady Hilda. Si lo hace, entonces todos mis sinceros esfuerzos por evitar un escándalo se verán frustrados. Entregue la carta y todo se arreglará. Si trabaja conmigo, puedo arreglarlo todo. Si trabaja en mi contra, tendré que exponerla.

Permanecía allí con una altiva y grandiosa actitud de desafío, una figura majestuosa, con los ojos fijos en los suyos como si quisiera leer su propia alma. Su mano estaba sobre el timbre, pero se había abstenido de tocarlo.

—Usted intenta asustarme. No es algo muy caballeroso, Sr. Holmes, venir aquí a intimidar a una mujer. Dice usted que sabe algo. ¿Qué es lo que sabe?

—Le ruego que se siente, señora. Se hará daño si se cae ahí. No hablaré hasta que se siente. Gracias.

—Le doy cinco minutos, Sr. Holmes.

—Uno basta, Lady Hilda. Sé de su visita a Eduardo Lucas, de que le entregó este documento, de su ingenioso regreso a la habitación anoche y de la manera en que sacó la carta del escondite bajo la alfombra.

Ella lo miró fijamente con el rostro ceniciento y tragó saliva dos veces antes de poder hablar.

—¡Está loco, Sr. Holmes, está loco! —exclamó al fin.

Él sacó un pequeño trozo de cartón de su bolsillo. Era el rostro de una mujer recortado de un retrato.

—He llevado esto conmigo porque pensé que podría ser útil —dijo—. El agente de policía lo ha reconocido.

Ella lanzó un jadeo y su cabeza se reclinó sobre la silla.

—Vamos, Lady Hilda. Usted tiene la carta. El asunto aún puede arreglarse. No tengo deseo alguno de causarle problemas. Mi deber termina cuando le haya devuelto la carta perdida a su marido. Siga mi consejo y sea franca conmigo. Es su única oportunidad.

Su coraje era admirable. Incluso ahora no quería admitir la derrota.

—Le digo de nuevo, Sr. Holmes, que usted está bajo alguna ilusión absurda.

Holmes se levantó de su silla.

—Lo siento por usted, Lady Hilda. He hecho todo lo que he podido por usted. Veo que todo es en vano.

Tocó el timbre. El mayordomo entró.

—¿Está en casa el Sr. Trelawney Hope?

—Estará en casa, señor, a menos cuarto.

Holmes miró su reloj.

—Aún queda un cuarto de hora —dijo—. Muy bien, esperaré.

El mayordomo apenas había cerrado la puerta tras de sí cuando Lady Hilda estaba ya de rodillas a los pies de Holmes, con las manos extendidas, su hermoso rostro vuelto hacia arriba y bañado en lágrimas.

—¡Oh, apiádese de mí, Sr. Holmes! ¡Apiádese de mí! —suplicó en un frenesí de súplica—. ¡Por el amor de Dios, no se lo diga! ¡Le amo tanto! No quisiera traer ni una sombra sobre su vida, y sé que esto rompería su noble corazón.

Holmes levantó a la dama. —¡Me alegra, señora, que haya recobrado el juicio incluso en este último momento! No hay un instante que perder. ¿Dónde está la carta?

Ella corrió hacia un escritorio, lo abrió y sacó un sobre azul alargado.

—Aquí está, Sr. Holmes. ¡Ojalá nunca la hubiera visto!

—¿Cómo podemos devolverla? —murmuró Holmes—. ¡Rápido, rápido, debemos pensar en alguna forma! ¿Dónde está el maletín de despacho?

—Todavía en su dormitorio.

—¡Qué golpe de suerte! ¡Rápido, señora, tráigalo aquí! —Un momento después ella apareció con una caja plana roja en la mano.

—¿Cómo lo abrió antes? ¿Tiene una llave duplicada? Sí, por supuesto que la tiene. ¡Ábralo!

Del interior de su corpiño, Lady Hilda había sacado una pequeña llave. La caja se abrió de golpe. Estaba llena de papeles. Holmes introdujo el sobre azul profundamente en el corazón de ellos, entre las hojas de algún otro documento. La caja fue cerrada, clausurada y devuelta al dormitorio.

—Ahora estamos listos para él —dijo Holmes—. Todavía nos quedan diez minutos. Voy a hacer mucho por protegerla, Lady Hilda. A cambio, dedicará el tiempo a contarme francamente el significado real de este extraordinario asunto.

—Sr. Holmes, se lo contaré todo —exclamó la dama—. ¡Oh, Sr. Holmes, me cortaría la mano derecha antes de darle un momento de tristeza! No hay mujer en todo Londres que ame a su marido como yo, y sin embargo, si él supiera cómo he actuado, cómo me he visto obligada a actuar, nunca me perdonaría. Pues su propio honor es tan alto que no podría olvidar ni perdonar un desliz en otro. ¡Ayúdeme, Sr. Holmes! ¡Mi felicidad, su felicidad, nuestras propias vidas están en juego!

—¡Rápido, señora, el tiempo apremia!

—Era una carta mía, Sr. Holmes, una carta indiscreta escrita antes de mi matrimonio; una carta insensata, la carta de una joven impulsiva y enamorada. No pretendía hacer daño, y sin embargo él habría pensado que era criminal. Si hubiera leído esa carta, su confianza se habría destruido para siempre. Han pasado años desde que la escribí. Creía que todo el asunto estaba olvidado. Entonces, al fin, supe por este hombre, Lucas, que había caído en sus manos y que se la mostraría a mi marido. Le imploré clemencia. Dijo que me devolvería mi carta si le llevaba cierto documento que describió, el cual estaba en el maletín de despacho de mi marido. Tenía algún espía en la oficina que le había hablado de su existencia. Me aseguró que no le ocurriría ningún daño a mi marido. ¡Póngase en mi lugar, Sr. Holmes! ¿Qué iba a hacer?

—Confiar en su marido.

—¡No podía, Sr. Holmes, no podía! Por un lado parecía una ruina segura; por el otro, aunque terrible parecía tomar el papel de mi marido, en un asunto de política no podía comprender las consecuencias, mientras que en un asunto de amor y confianza eran demasiado claras para mí. ¡Lo hice, Sr. Holmes! Tomé una impresión de su llave. Este hombre, Lucas, me proporcionó un duplicado. Abrí su maletín de despacho, tomé el papel y lo llevé a Godolphin Street.

—¿Qué sucedió allí, señora?

—Llamé a la puerta como habíamos acordado. Lucas abrió. Le seguí hasta su habitación, dejando la puerta del recibidor entreabierta tras de mí, pues temía quedarme a solas con aquel hombre. Recuerdo que había una mujer fuera cuando entré. Nuestro trato se cerró pronto. Él tenía mi carta sobre su escritorio, yo le entregué el documento. En ese instante se oyó un ruido en la puerta. Hubo pasos en el pasillo. Lucas retiró rápidamente la alfombra, introdujo el documento en algún escondite allí y lo cubrió.

—Lo que ocurrió después es como un sueño aterrador. Tengo la visión de un rostro oscuro y frenético, de la voz de una mujer que gritó en francés: «¡Mi espera no ha sido en vano! ¡Al fin, al fin te he encontrado con ella!». Hubo una lucha salvaje. Le vi con una silla en la mano, un cuchillo brilló en la de ella. Salí corriendo de la horrible escena, huí de la casa, y solo a la mañana siguiente supe por el periódico el terrible desenlace. Esa noche fui feliz, pues tenía mi carta y aún no había visto lo que el futuro traería.

—Fue a la mañana siguiente cuando me di cuenta de que solo había cambiado un problema por otro. La angustia de mi marido por la pérdida de su papel me partió el corazón. Apenas pude evitar arrodillarme ante él en aquel momento y contarle lo que había hecho. Pero eso significaría de nuevo una confesión del pasado. Fui a verle a usted aquella mañana para comprender la plena enormidad de mi ofensa. Desde el instante en que lo comprendí, toda mi mente se centró en la idea de recuperar el papel de mi marido. Debía seguir donde Lucas lo había colocado, pues fue ocultado antes de que esa terrible mujer entrara en la habitación. Si no hubiera sido por su llegada, no habría sabido dónde estaba su escondite. ¿Cómo iba a entrar en la habitación? Durante dos días vigilé el lugar, pero la puerta nunca quedó abierta. Anoche hice un último intento. Lo que hice y cómo tuve éxito, ya lo sabe usted. Traje el papel conmigo y pensé en destruirlo, ya que no veía forma de devolverlo sin confesar mi culpa a mi marido. ¡Cielos, oigo sus pasos en la escalera!

El Ministro de Asuntos Europeos irrumpió con agitación en la habitación. —¿Alguna noticia, Sr. Holmes, alguna noticia? —exclamó.

—Tengo algunas esperanzas.

—¡Ah, gracias al cielo! —Su rostro se iluminó—. El Primer Ministro está almorzando conmigo. ¿Puede compartir sus esperanzas? Tiene nervios de acero, y sin embargo sé que apenas ha dormido desde este terrible suceso. Jacobs, ¿pedirías al Primer Ministro que suba? En cuanto a ti, querida, me temo que esto es un asunto de política. Nos reuniremos con vosotros en unos minutos en el comedor.

El modo del Primer Ministro era comedido, pero pude ver por el brillo de sus ojos y los espasmos de sus manos huesudas que compartía la agitación de su joven colega.

—Entiendo que tiene algo que informar, Sr. Holmes.

—Puramente negativo por ahora —respondió mi amigo—. He preguntado en todos los puntos donde podría estar y estoy seguro de que no hay peligro que temer.

—Pero eso no es suficiente, Sr. Holmes. No podemos vivir eternamente sobre tal volcán. Debemos tener algo definitivo.

—Tengo esperanzas de conseguirlo. Por eso estoy aquí. Cuanto más pienso en el asunto, más convencido estoy de que la carta nunca ha salido de esta casa.

—¡Sr. Holmes!

—Si lo hubiera hecho, ciertamente sería pública a estas alturas.

—¿Pero por qué alguien iba a tomarla para mantenerla en su casa?

—No estoy convencido de que alguien la tomara.

—¿Entonces cómo pudo salir del maletín de despacho?

—No estoy convencido de que alguna vez saliera del maletín de despacho.

—Sr. Holmes, esta broma está muy fuera de lugar. Tiene mi seguridad de que salió de la caja.

—¿Ha examinado la caja desde el martes por la mañana?

—No. No era necesario.

—Es concebible que la haya pasado por alto.

—Imposible, digo.

—Pero no estoy convencido de ello. He sabido de casos así. Supongo que hay otros papeles allí. Bien, puede haberse mezclado con ellos.

—Estaba encima.

—Alguien puede haber sacudido la caja y haberla desplazado.

—No, no, lo saqué todo.

—Seguramente es fácil de decidir, Hope —dijo el Primer Ministro—. Hagamos traer el maletín de despacho.

El Secretario tocó el timbre.

—Jacobs, trae mi maletín de despacho. Esto es una pérdida de tiempo ridícula, pero aun así, si nada más puede satisfacerles, se hará. Gracias, Jacobs, ponlo aquí. Siempre he tenido la llave en la cadena de mi reloj. Aquí están los papeles, ya ve. Carta de Lord Merrow, informe de Sir Charles Hardy, memorando de Belgrado, nota sobre los impuestos al grano ruso-alemanes, carta de Madrid, nota de Lord Flowers... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¡Lord Bellinger! ¡Lord Bellinger!

El Primer Ministro arrebató el sobre azul de su mano.

—Sí, es ella, y la carta está intacta. Hope, le felicito.

—¡Gracias! ¡Gracias! Qué peso me quito del corazón. Pero esto es inconcebible, imposible. Sr. Holmes, ¡es usted un mago, un hechicero! ¿Cómo sabía que estaba allí?

—Porque sabía que no estaba en ningún otro sitio.

—¡No puedo creer lo que ven mis ojos! —Corrió alocadamente hacia la puerta—. ¿Dónde está mi esposa? Debo decirle que todo está bien. ¡Hilda! ¡Hilda! —oímos su voz en las escaleras.

El Primer Ministro miró a Holmes con ojos centelleantes.

—Vamos, señor —dijo—. Hay más en esto de lo que parece. ¿Cómo volvió la carta a la caja?

Holmes se apartó sonriendo del atento escrutinio de aquellos ojos maravillosos.

—Nosotros también tenemos nuestros secretos diplomáticos —dijo y, recogiendo su sombrero, se dirigió a la puerta.

FIN

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