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The Return of Sherlock Holmes

by Arthur Conan Doyle · in Spanish

y Roger Squires

EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES.

Por Arthur Conan Doyle.

Índice:

La aventura de la casa vacía. La aventura del constructor de Norwood. La aventura de los muñecos danzantes. La aventura de la ciclista solitaria. La aventura del colegio Priory. La aventura de Pedro «el Negro». La aventura de Charles Augustus Milverton. La aventura de los seis Napoleones. La aventura de los tres estudiantes. La aventura de los impertinentes de oro. La aventura del tres cuartos desaparecido. La aventura de Abbey Grange. La aventura de la segunda mancha.]

THE STRAND MAGAZINE Vol. 26 OCTUBRE, 1903 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

I.--La aventura de la casa vacía.

Fue en la primavera del año 1894 cuando todo Londres se mostró interesado, y la alta sociedad consternada, por el asesinato del honorable Ronald Adair en circunstancias extraordinariamente extrañas e inexplicables. El público ya ha conocido los detalles del crimen que salieron a la luz en la investigación policial; pero en aquella ocasión se ocultó una buena parte, puesto que la acusación disponía de pruebas tan abrumadoras que no fue necesario sacar a relucir todos los hechos. Solo ahora, al cabo de casi diez años, se me permite aportar los eslabones perdidos que completan tan singular cadena. El crimen tenía interés por sí mismo, pero ese interés no era nada para mí en comparación con la inconcebible secuela, que me produjo la mayor conmoción y sorpresa de cuantas he experimentado en mi azarosa vida. Incluso ahora, tras este largo intervalo, me descubro estremeciéndome al pensar en ello, y sintiendo una vez más aquella repentina ola de júbilo, asombro e incredulidad que sumergió por completo mi ánimo. Permítaseme decir a ese público que ha mostrado algún interés por las pinceladas que de vez en cuando le he ofrecido de los pensamientos y acciones de un hombre verdaderamente extraordinario, que no debe culparme por no haber compartido antes mis conocimientos con él, pues habría considerado un deber primordial haberlo hecho de no habérmelo impedido una prohibición expresa de sus propios labios, levantada tan solo el tres del mes pasado.

Se comprenderá que mi íntima amistad con Sherlock Holmes despertara en mí un profundo interés por el crimen y que, tras su desaparición, nunca dejara de leer con atención los diversos problemas que se presentaban ante la opinión pública; e incluso intenté más de una vez, para mi propia satisfacción personal, aplicar sus métodos a su resolución, aunque con escaso éxito. Ninguno, sin embargo, me atrajo tanto como la tragedia de Ronald Adair. Al leer las declaraciones presentadas en las diligencias judiciales, que condujeron a un veredicto de asesinato premeditado contra alguna persona o personas desconocidas, comprendí con mayor claridad que nunca la pérdida que la comunidad había sufrido con la muerte de Sherlock Holmes. Había aspectos en este extraño asunto que, estaba seguro, le habrían atraído de modo especial, y los esfuerzos de la policía se habrían visto complementados, o más probablemente anticipados, por la observación adiestrada y la mente alerta del primer agente criminalista de Europa. Durante todo el día, mientras hacía mis visitas médicas, le di vueltas al caso en mi cabeza sin hallar explicación alguna que me pareciera adecuada. A riesgo de repetir una historia ya sabida, recapitularé los hechos tal como los conoció el público al término de las diligencias.

El honorable Ronald Adair era el segundo hijo del conde de Maynooth, por aquel entonces gobernador de una de las colonias australianas. La madre de Adair había regresado de Australia para someterse a una operación de cataratas, y ella, su hijo Ronald y su hija Hilda vivían juntos en el número 427 de Park Lane. El joven se movía en la mejor sociedad y no tenía, que se supiera, enemigos ni vicios destacables. Había estado prometido con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero el compromiso se había roto por mutuo acuerdo hacía unos meses, sin que hubiera muestras de que el hecho hubiese dejado tras de sí un pesar muy profundo. Por lo demás, la vida del muchacho transcurría en un círculo estrecho y convencional, pues sus hábitos eran tranquilos y su naturaleza poco emotiva. Sin embargo, fue sobre este aristócrata de apacible existencia sobre quien la muerte cayó de la forma más extraña e inesperada entre las diez y las once y veinte de la noche del 30 de marzo de 1894.

A Ronald Adair le gustaban las cartas y jugaba continuamente, pero nunca por apuestas que pudieran perjudicarle. Era miembro de los clubes de naipes Baldwin, Cavendish y Bagatelle. Se demostró que, después de cenar el día de su muerte, había jugado una partida de whist en este último club. También había jugado allí por la tarde. Las declaraciones de quienes jugaron con él —el señor Murray, sir John Hardy y el coronel Moran— mostraron que el juego era el whist y que el reparto de cartas fue bastante equilibrado. Adair pudo haber perdido unas cinco libras, pero no más. Su fortuna era considerable y semejante pérdida no le afectaba en absoluto. Jugaba casi todos los días en uno u otro club, pero era un jugador cauteloso y casi siempre se levantaba ganando. En las diligencias salió a relucir que, en pareja con el coronel Moran, había llegado a ganar hasta cuatrocientas veinte libras en una sola sesión, unas semanas antes, a Godfrey Milner y lord Balmoral. Esto es cuanto se refiere a sus antecedentes recientes, tal como surgieron en el proceso.

La noche del crimen regresó del club exactamente a las diez. Su madre y su hermana estaban fuera, pasando la velada con un pariente. La sirvienta declaró que le oyó entrar en la habitación delantera del segundo piso, utilizada habitualmente como su sala de estar. Ella había encendido el fuego allí y, como echaba humo, había abierto la ventana. No se oyó ningún sonido procedente de la estancia hasta las once y veinte, hora del regreso de lady Maynooth y su hija. Deseando darle las buenas noches, la madre intentó entrar en la habitación de su hijo. La puerta estaba cerrada por dentro con llave, y no se obtuvo respuesta alguna a sus llamadas y golpes. Se consiguió ayuda y se forzó la puerta. El desdichado joven fue hallado tendido cerca de la mesa. Tenía la cabeza horriblemente mutilada por una bala expansiva de revólver, pero no se encontró arma alguna en la habitación. Sobre la mesa había dos billetes de diez libras y diecisiete libras con diez chelines en oro y plata, colocados en pequeños montones de diferente cuantía. Había también algunas cifras en una hoja de papel con los nombres de varios amigos del club enfrente, de lo que se conjeturó que antes de morir intentaba calcular sus pérdidas o ganancias en el juego.

Un minucioso examen de las circunstancias solo sirvió para complicar más el caso. En primer lugar, no se podía dar razón alguna de por qué el joven habría echado la llave a la puerta por dentro. Existía la posibilidad de que el asesino lo hubiera hecho y se hubiera dado a la fuga por la ventana. La caída, sin embargo, era de al menos veinte pies, y debajo había un parterre de crocus en plena floración. Ni las flores ni la tierra mostraban el menor signo de haber sido alteradas, ni había marca alguna en la estrecha franja de césped que separaba la casa de la calle. Por lo tanto, parecía que había sido el propio joven quien había cerrado la puerta. Pero ¿cómo halló la muerte? Nadie habría podido trepar hasta la ventana sin dejar rastros. Suponiendo que alguien hubiera disparado desde la ventana, tendría que haber sido un tirador extraordinario para infligir con un revólver una herida tan mortífera. Por otra parte, Park Lane es una vía muy transitada y hay una parada de coches de alquiler a menos de cien yardas de la casa. Nadie oyó un disparo. Y, sin embargo, allí estaba el cadáver, y allí la bala de revólver, que se había deformado, como hacen las balas de punta blanda, produciendo una herida que debió de causarle la muerte instantánea. Tales eran las circunstancias del misterio de Park Lane, que se complicaban aún más por la absoluta falta de móvil, ya que, como he dicho, no se conocía que el joven Adair tuviera enemigo alguno, y no se había intentado sustraer el dinero ni los objetos de valor de la habitación.

Durante todo el día le di vueltas a estos hechos en mi mente, intentando dar con alguna teoría que pudiera reconciliarlos todos y encontrar esa línea de menor resistencia que mi pobre amigo consideraba el punto de partida de toda investigación. Confieso que progresé muy poco. Por la tarde crucé el parque y hacia las seis me hallé en el extremo de Park Lane que da a Oxford Street. Un grupo de curiosos en la acera, mirando hacia una ventana en particular, me indicó la casa que había ido a ver. Un hombre alto y delgado con gafas de color, de quien sospeché firmemente que era un detective de paisano, exponía una teoría propia mientras los demás se agolpaban a su alrededor para escuchar lo que decía. Me acerqué a él todo lo que pude, pero sus observaciones me parecieron tan absurdas que me retiré de nuevo con cierto disgusto. Al hacerlo tropecé con un anciano deforme que estaba detrás de mí e hice caer varios libros que llevaba. Recuerdo que al recogerlos me fijé en el título de uno de ellos, «El origen del culto a los árboles», y se me ocurrió que el sujeto debía de ser un pobre bibliófilo que, ya fuera por oficio o por afición, coleccionaba volúmenes raros. Intenté disculparme por el accidente, pero era evidente que aquellos libros que tan desafortunadamente había maltratado eran objetos de gran valor a ojos de su dueño. Con un gruñido de desprecio dio media vuelta sobre sus talones y vi desaparecer entre la multitud su espalda encorvada y sus patillas blancas.

Mis observaciones del número 427 de Park Lane sirvieron de poco para aclarar el problema que me interesaba. La casa estaba separada de la calle por un muro bajo y una verja, todo de no más de cinco pies de altura. Era sumamente fácil, por lo tanto, que cualquiera entrara en el jardín, pero la ventana resultaba del todo inaccesible, pues no había tubería de agua ni nada que pudiera ayudar al hombre más ágil a trepar por ella. Más desconcertado que nunca, desanduve mis pasos hacia Kensington. No llevaba ni cinco minutos en mi despacho cuando la sirvienta entró para decirme que una persona deseaba verme. Para mi asombro no era otro que el viejo y extraño coleccionista de libros, con su rostro afilado y curtido asomando entre un marco de pelo blanco, y sus valiosos volúmenes, al menos una docena, encajados bajo el brazo derecho.

—Le sorprende verme, señor —dijo con una voz extraña y grasienta.

Reconocí que así era.

—Bueno, es que tengo conciencia, señor, y cuando por casualidad le vi entrar en esta casa, mientras venía cojeando tras usted, me dije a mí mismo: voy a entrar a ver a ese amable caballero y a decirle que si fui un poco brusco en mi trato no había mala intención, y que le estoy muy agradecido por haberme recogido los libros.

—Le da demasiada importancia a una minucia —dije—. ¿Puedo preguntarle cómo supo quién era yo?

—Bueno, señor, si no es tomarme demasiada confianza, soy vecino suyo, pues encontrará mi pequeña librería en la esquina de Church Street, y me alegraré mucho de verle por allí, seguro. A lo mejor usted también colecciona, señor; aquí tengo «Aves británicas», y «Catulo», y «La guerra santa»... chollos todos ellos. Con cinco volúmenes podría llenar ese hueco en el segundo estante. Queda un poco feo así, ¿a que sí, señor?

Moví la cabeza para mirar la librería que tenía a mis espaldas. Cuando me volví de nuevo, Sherlock Holmes me miraba sonriente desde el otro lado de la mesa de mi despacho. Me puse en pie, le miré fijamente durante unos segundos sumido en el más absoluto asombro, y luego parece ser que me desmayé por primera y última vez en mi vida. Desde luego, una niebla gris giró ante mis ojos, y cuando se aclaró me encontré con las puntas del cuello desabrochadas y el cosquilleo de un regusto a brandy en los labios. Holmes estaba inclinado sobre mi silla, con su petaca en la mano.

—Mi querido Watson —dijo la voz tan bien recordada—, le debo mil disculpas. No tenía ni idea de que fuera a afectarle de este modo.

Le agarré por el brazo.

—¡Holmes! —exclamé—. ¿De verdad es usted? ¿Puede ser cierto que esté vivo? ¿Es posible que consiguiera salir de aquel espantoso abismo?

—Espere un momento —dijo—. ¿Está seguro de que se encuentra en condiciones de hablar? Le he dado un golpe muy serio con mi reaparición, innecesariamente dramática.

—Estoy bien, pero de verdad, Holmes, apenas puedo dar crédito a mis ojos. ¡Cielos, pensar que usted... usted, de entre todos los hombres, está de pie en mi despacho! —Volví a agarrarle por la manga y sentí el brazo delgado y enjuto debajo—. Bueno, al menos no es un fantasma —dije—. Mi querido amigo, me alegro infinitamente de verle. Siéntese y cuénteme cómo salió con vida de esa terrible sima.

Se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo con su antigua actitud nonchalant. Vestía la raída levita del mercader de libros, pero el resto de dicho individuo yacía en un montón de pelo blanco y libros viejos sobre la mesa. Holmes parecía aún más delgado y demacrado que antes, pero había un matiz de blanco cadavérico en su rostro aguileño que me indicó que su vida reciente no había sido muy saludable.

—Me alegro de estirarme, Watson —dijo—. No es ninguna broma para un hombre alto tener que reducir un pie de su estatura durante varias horas seguidas. Y ahora, mi querido amigo, en lo tocante a estas explicaciones, tenemos por delante, si me permite pedirle su colaboración, un trabajo nocturno duro y peligroso. Quizá fuera mejor que le diera cuenta de toda la situación cuando hayamos terminado esa labor.

—Estoy lleno de curiosidad. Preferiría con mucho oírlo ahora.

—¿Vendrá conmigo esta noche?

—Cuando quiera y adonde quiera.

—Esto se parece de verdad a los viejos tiempos. Tendremos tiempo de comer un bocado antes de tener que salir. Bien, respecto a esa sima, no tuve ninguna dificultad grave para salir de ella por la sencillísima razón de que nunca estuve dentro.

—¿Nunca estuvo dentro?

—No, Watson, nunca estuve dentro. Mi nota para usted era absolutamente genuina. Apenas dudaba de que había llegado al final de mi carrera cuando percibí la figura algo siniestra del difunto profesor Moriarty sobre el estrecho sendero que conducía a la salvación. Leí un propósito inexorable en sus ojos grises. Cambié algunas palabras con él

y le pedí el permiso que él me concedió gustosamente para escribir una pequeña nota de despedida, que dejé sobre mi pitillera de plata. La dejé sobre una roca y, tras un breve intercambio de puntos de vista, me deshice de él. No me llevó mucho tiempo pensarlo, Watson. Volví a ver aquel rostro sombrío asomándose sobre el precipicio y supe que era el presagio de otra piedra. Me arrastré hacia el sendero. No creo que hubiera podido hacerlo a sangre fría. Fue cien veces más difícil que subir. Pero no tuve tiempo de pensar en el peligro, pues otra piedra pasó silbando junto a mí mientras permanecía colgado de las manos por el borde de la cornisa. A mitad de camino resbalé, pero por la bendición de Dios aterricé, desgarrado y sangrando, sobre el camino. Eché a correr, hice diez millas por las montañas en la oscuridad y una semana después me encontré en Florencia con la certeza de que nadie en el mundo sabía qué había sido de mí.

Solo tuve un confidente: mi hermano Mycroft. Le debo muchas disculpas, mi querido Watson, pero era sumamente importante que se pensara que estaba muerto, y es bien seguro que usted no habría escrito un relato tan convincente de mi infeliz final si usted mismo no hubiera creído que era cierto. Varias veces durante los últimos tres años he tomado mi pluma para escribirle, pero siempre temí que su afectuoso aprecio por mí le tentara a alguna indiscreción que traicionara mi secreto. Por esa razón me aparté de usted esta tarde cuando tiró mis libros, pues en aquel momento estaba en peligro, y cualquier muestra de sorpresa y emoción por su parte podría haber atraído la atención sobre mi identidad y conducido a los resultados más deplorables e irreparables. En cuanto a Mycroft, tuve que confiar en él para obtener el dinero que necesitaba. El curso de los acontecimientos en Londres no fue tan bien como esperaba, pues el juicio de la banda de Moriarty dejó en libertad a dos de sus miembros más peligrosos, mis enemigos más vengativos. Viajé, por tanto, durante dos años por el Tíbet, y me divertí visitando Lhasa y pasando algunos días con el gran lama. Quizás haya leído sobre las notables exploraciones de un noruego llamado Sigerson, pero estoy seguro de que nunca se le ocurrió que estaba recibiendo noticias de su amigo. Luego pasé por Persia, eché un vistazo en La Meca y realicé una breve pero interesante visita al Jalifa en Jartum, cuyos resultados he comunicado al Ministerio de Asuntos Exteriores. Al regresar a Francia pasé algunos meses investigando los derivados del alquitrán de hulla, lo cual llevé a cabo en un laboratorio en Montpellier, en el sur de Francia. Una vez concluido esto a mi satisfacción, y sabiendo que solo quedaba uno de mis enemigos en Londres, estaba a punto de regresar cuando mis movimientos se vieron apresurados por la noticia de este mismísimo y notable Misterio de Park Lane, que no solo me atrajo por sus propios méritos, sino que pareció ofrecer algunas oportunidades personales de lo más peculiares. Vine de inmediato a Londres, llamé en persona a Baker Street, sumí a la señora Hudson en una crisis de histeria y descubrí que Mycroft había conservado mis habitaciones y mis papeles exactamente como siempre habían estado. Así fue, mi querido Watson, que a las dos de esta tarde me encontré en mi viejo sillón, en mi propia y vieja habitación, deseando únicamente haber podido ver a mi viejo amigo Watson en la otra silla, la que tan a menudo ha adornado.

Tal fue el notable relato que escuché en aquella tarde de abril; un relato que me habría resultado absolutamente increíble si no se hubiera visto confirmado por la visión real de aquella figura alta y enjuta y aquel rostro agudo y ansioso que nunca pensé volver a ver. De alguna manera se había enterado de mi propia y triste pérdida, y su simpatía se mostró más en su actitud que en sus palabras. «El trabajo es el mejor antídoto contra la tristeza, mi querido Watson», dijo, «y tengo un trabajo para ambos esta noche que, si logramos llevarlo a una conclusión exitosa, justificará por sí mismo la vida de un hombre en este planeta». En vano le rogué que me contara más. «Oirá y verá suficiente antes de la mañana», respondió. «Tenemos tres años del pasado que discutir. Que eso baste hasta las nueve y media, cuando comenzaremos la notable aventura de la casa vacía».

Fue, en efecto, como en los viejos tiempos cuando, a esa hora, me encontré sentado a su lado en un hansom, con mi revólver en el bolsillo y la emoción de la aventura en mi corazón. Holmes estaba frío, severo y silencioso. A medida que el brillo de las farolas iluminaba sus rasgos austeros, vi que tenía las cejas fruncidas en señal de pensamiento y los labios finos apretados. No sabía qué fiera estábamos a punto de acechar en la oscura jungla de la criminalidad londinense, pero estaba bien seguro, por el comportamiento de este maestro cazador, de que la aventura era sumamente grave, mientras que la sonrisa sardónica que ocasionalmente rompía su ascética melancolía presagiaba poco bien para el objeto de nuestra búsqueda.

Había imaginado que nos dirigíamos a Baker Street, pero Holmes detuvo el coche en la esquina de Cavendish Square. Observé que, al bajar, dirigió una mirada muy escrutadora a derecha e izquierda, y en cada esquina de calle posterior se tomó las máximas molestias para asegurarse de que no le seguían. Nuestra ruta fue, ciertamente, singular. El conocimiento que Holmes tenía de los callejones de Londres era extraordinario, y en esta ocasión pasó rápidamente, y con paso seguro, a través de una red de cocheras y establos cuya existencia misma yo nunca había conocido. Emergimos al fin en un camino pequeño, bordeado de casas viejas y sombrías, que nos llevó a Manchester Street, y de ahí a Blandford Street. Aquí giró velozmente por un pasaje estrecho, pasó por una puerta de madera hacia un patio desierto y luego abrió con una llave la puerta trasera de una casa. Entramos juntos y él la cerró tras nosotros.

El lugar estaba sumido en la oscuridad total, pero para mí era evidente que se trataba de una casa vacía. Nuestros pies crujían y chasqueaban sobre el entablado desnudo, y mi mano extendida tocó una pared de la que el papel colgaba en jirones. Los dedos fríos y delgados de Holmes se cerraron alrededor de mi muñeca y me guiaron hacia adelante por un largo vestíbulo, hasta que vi vagamente la claraboya turbia sobre la puerta. Aquí Holmes giró repentinamente a la derecha, y nos encontramos en una habitación grande, cuadrada y vacía, intensamente sombreada en los rincones, pero débilmente iluminada en el centro por las luces de la calle exterior. No había ninguna lámpara cerca y la ventana estaba espesa de polvo, de modo que apenas podíamos distinguir las figuras del otro en su interior. Mi compañero puso su mano sobre mi hombro y sus labios cerca de mi oído.

«¿Sabe dónde estamos?», susurró.

«Seguramente es Baker Street», respondí, mirando a través de la ventana oscura.

«Exacto. Estamos en Camden House, que se alza frente a nuestras antiguas dependencias».

«¿Pero por qué estamos aquí?»

«Porque ofrece una vista excelente de ese pintoresco edificio. ¿Podría molestarle, mi querido Watson, acercarse un poco más a la ventana, tomando todas las precauciones para no dejarse ver, y luego mirar hacia nuestras viejas habitaciones, el punto de partida de tantas de nuestras pequeñas aventuras? Veremos si mis tres años de ausencia han eliminado por completo mi capacidad para sorprenderle».

Me arrastré hacia adelante y miré hacia la ventana familiar. Cuando mis ojos se posaron en ella, di un jadeo y un grito de asombro. La persiana estaba bajada y una luz intensa ardía en la habitación. La sombra de un hombre que estaba sentado en una silla en el interior se proyectaba en un contorno negro y nítido sobre la pantalla luminosa de la ventana. No había confusión posible en el porte de la cabeza, la cuadratura de los hombros, la agudeza de los rasgos. El rostro estaba vuelto de medio lado, y el efecto era el de una de esas siluetas negras que a nuestros abuelos les encantaba enmarcar. Era una reproducción perfecta de Holmes. Estaba tan asombrado que extendí la mano para asegurarme de que el hombre mismo estaba de pie a mi lado. Él estaba temblando de risa silenciosa.

«¿Bien?», dijo.

«¡Cielo santo!», exclamé. «Es maravilloso».

«Confío en que 'la edad no marchite ni la costumbre agoste mi infinita variedad'», dijo, y reconocí en su voz la alegría y el orgullo que el artista siente por su propia creación. «Es realmente bastante parecida a mí, ¿no es así?»

«Estaría dispuesto a jurar que era usted».

«El mérito de la ejecución se debe al señor Oscar Meunier, de Grenoble, quien pasó algunos días haciendo el moldeado. Es un busto de cera. El resto lo dispuse yo mismo durante mi visita a Baker Street esta tarde».

«¿Pero por qué?»

«Porque, mi querido Watson, tenía la razón más poderosa posible para desear que ciertas personas pensaran que estaba allí cuando, en realidad, estaba en otro lugar».

«¿Y pensó que las habitaciones estaban vigiladas?»

«SABÍA que estaban vigiladas».

«¿Por quién?»

«Por mis viejos enemigos, Watson. Por la encantadora sociedad cuyo líder yace en las cataratas de Reichenbach. Debe recordar que ellos sabían, y solo ellos sabían, que yo seguía vivo. Tarde o temprano creyeron que volvería a mis habitaciones. Las vigilaron continuamente, y esta mañana me vieron llegar».

«¿Cómo lo sabe?»

«Porque reconocí a su centinela cuando miré por mi ventana. Es un tipo bastante inofensivo, de nombre Parker, estrangulador de oficio y un notable intérprete de arpa de boca. No me preocupaba en absoluto. Pero sí me preocupaba mucho la persona mucho más formidable que estaba detrás de él, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que arrojó las rocas por el precipicio, el criminal más astuto y peligroso de Londres. Ese es el hombre que me busca esta noche, Watson, y ese es el hombre que ignora por completo que nosotros estamos tras ÉL».

Los planes de mi amigo se estaban revelando gradualmente. Desde este cómodo refugio, los vigilantes estaban siendo vigilados y los rastreadores rastreados. Aquella sombra angular allá arriba era el cebo y nosotros éramos los cazadores. En silencio permanecimos juntos en la oscuridad y observamos las figuras apresuradas que pasaban y repasaban frente a nosotros. Holmes estaba silencioso e inmóvil; pero podía notar que estaba sumamente alerta, y que sus ojos estaban fijos con atención en el flujo de transeúntes. Era una noche desolada y tormentosa, y el viento silbaba con fuerza por la larga calle. Mucha gente se movía de un lado a otro, la mayoría abrigados con sus abrigos y corbatines. Una o dos veces me pareció haber visto la misma figura antes, y especialmente noté a dos hombres que parecían refugiarse del viento en el portal de una casa a cierta distancia calle arriba. Intenté atraer la atención de mi compañero hacia ellos, pero él lanzó una pequeña exclamación de impaciencia y continuó mirando hacia la calle. Más de una vez se inquietó con los pies y tamborileó rápidamente con los dedos sobre la pared. Para mí era evidente que se estaba poniendo nervioso y que sus planes no estaban saliendo del todo como él esperaba. Por fin, cuando la medianoche se acercaba y la calle se despejaba gradualmente, caminó de un lado a otro de la habitación en una agitación incontrolable. Estaba a punto de hacerle algún comentario cuando levanté los ojos hacia la ventana iluminada y volví a experimentar una sorpresa casi tan grande como la anterior. Agarré el brazo de Holmes y señalé hacia arriba.

«¡La sombra se ha movido!», grité.

En efecto, ya no era el perfil, sino la espalda, lo que estaba vuelto hacia nosotros.

Tres años ciertamente no habían suavizado las asperezas de su temperamento ni su impaciencia con una inteligencia menos activa que la suya propia.

«Por supuesto que se ha movido», dijo. «¿Soy un chapucero tan ridículo, Watson, que erigiría un maniquí obvio y esperaría que algunos de los hombres más agudos de Europa se dejaran engañar por él? Hemos estado en esta habitación dos horas, y la señora Hudson ha hecho algún cambio en esa figura ocho veces, o una vez cada cuarto de hora. Ella lo manipula desde el frente para que su sombra nunca sea vista. ¡Ah!». Inhaló aire con una aspiración aguda y excitada. En la penumbra vi su cabeza proyectada hacia adelante, toda su postura rígida de atención. Afuera, la calle estaba absolutamente desierta. Aquellos dos hombres podrían seguir agazapados en el portal, pero ya no podía verlos. Todo estaba quieto y oscuro, salvo solo por aquella brillante pantalla amarilla frente a nosotros con la figura negra perfilada en su centro. De nuevo en el silencio absoluto escuché aquella nota fina y sibilante que hablaba de una intensa emoción reprimida. Un instante después me tiró hacia el rincón más oscuro de la habitación, y sentí su mano de advertencia sobre mis labios. Los dedos que me atenazaban estaban temblando. Nunca había conocido a mi amigo más conmovido, y sin embargo la oscura calle seguía extendiéndose solitaria e inmóvil ante nosotros.

Pero de repente fui consciente de lo que sus sentidos más agudos ya habían distinguido. Un sonido bajo y furtivo llegó a mis oídos, no desde la dirección de Baker Street, sino desde la parte trasera de la misma casa en la que estábamos ocultos. Una puerta se abrió y se cerró. Un instante después, pasos se deslizaron por el pasaje; pasos que pretendían ser silenciosos, pero que reverberaban con dureza por la casa vacía. Holmes se agazapó contra la pared y yo hice lo mismo, mi mano cerrándose sobre el mango de mi revólver. Escudriñando a través de la penumbra, vi el vago contorno de un hombre, una sombra más negra que la negrura de la puerta abierta. Permaneció un instante, y luego se arrastró hacia adelante, agazapado, amenazante, hacia la habitación. Estaba a tres yardas de nosotros, esta figura siniestra, y yo me había preparado para hacer frente a su salto, antes de darme cuenta de que no tenía idea de nuestra presencia. Pasó muy cerca de nosotros, se deslizó hacia la ventana y, muy suave y silenciosamente, la levantó medio pie. A medida que se hundía hasta el nivel de esta abertura, la luz de la calle, ya no atenuada por el cristal polvoriento, cayó de lleno sobre su rostro. El hombre parecía estar fuera de sí por la excitación. Sus dos ojos brillaban como estrellas y sus facciones se contraían convulsivamente. Era un hombre mayor, con una nariz fina y prominente, una frente alta y calva y un enorme bigote grisáceo. Llevaba un sombrero de copa echado hacia la parte posterior de la cabeza, y la pechera de una camisa de etiqueta brillaba a través de su abrigo abierto. Su rostro era demacrado y moreno, marcado con líneas profundas y salvajes. En la mano llevaba lo que parecía ser un bastón, pero al dejarlo sobre el suelo dio un clang metálico. Entonces, del bolsillo de su abrigo sacó un objeto voluminoso y se ocupó en alguna tarea que terminó con un clic fuerte y agudo, como si un resorte o un cerrojo hubiera caído en su lugar. Aún arrodillado sobre el suelo, se inclinó hacia adelante y cargó todo su peso y fuerza sobre una palanca, con el resultado de que hubo un largo ruido de giro y chirrido, que terminó una vez más en un clic potente. Se enderezó entonces, y vi que lo que sostenía en su mano era una especie de arma, con una culata curiosamente deforme. La abrió por la recámara, puso algo dentro y encajó el bloque de la recámara. Luego, agazapándose, apoyó el extremo del cañón sobre el alféizar de la ventana abierta, y vi su largo bigote caer sobre la culata y su ojo brillar mientras escudriñaba a lo largo de las miras. Escuché un pequeño suspiro de satisfacción cuando acopló la culata a su hombro, y vi aquel objetivo asombroso, el hombre negro sobre el fondo amarillo, destacando claramente al final de su punto de mira. Por un instante estuvo rígido e inmóvil. Luego su dedo se tensó sobre el gatillo. Hubo un silbido extraño y fuerte y un largo tintineo plateado de cristal roto. En ese instante, Holmes saltó como un tigre sobre la espalda del tirador y lo arrojó de bruces al suelo. Estaba en pie de nuevo en un momento, y con una fuerza convulsiva agarró a Holmes por la garganta; pero yo le golpeé en la cabeza con la culata de mi revólver y volvió a caer sobre el suelo. Me abalancé sobre él y, mientras lo sujetaba, mi camarada sopló un llamado agudo con un silbato. Hubo el estrépito de pies corriendo sobre el pavimento, y dos policías uniformados, con un detective de paisano, irrumpieron a través de la entrada principal y hacia la habitación.

«¿Es usted, Lestrade?», dijo Holmes.

«Sí, señor Holmes. Tomé el trabajo personalmente. Es bueno verle de vuelta en Londres, señor».

«Creo que necesita un poco de ayuda extraoficial. Tres asesinatos sin resolver en un año no están bien, Lestrade. Pero usted manejó el Misterio de Molesey con menos de su habitual... es decir, lo manejó bastante bien».

Todos nos habíamos puesto en pie, nuestro prisionero respirando con dificultad, con un agente corpulento a cada lado de él. Ya unos pocos curiosos habían comenzado a reunirse en la calle. Holmes se acercó a la ventana, la cerró y bajó las persianas. Lestrade había sacado dos velas y los policías habían descubierto sus linternas. Pude finalmente echar un buen vistazo a nuestro prisionero.

Era un rostro tremendamente viril y, sin embargo, siniestro el que se volvió hacia nosotros. Con la frente de un filósofo arriba y la mandíbula de un sensualista abajo, el hombre debe haber comenzado con grandes capacidades para el bien o para el mal. Pero uno no podía contemplar sus crueles ojos azules, con sus párpados caídos y cínicos, o su nariz feroz y agresiva y su frente amenazante y profundamente marcada, sin leer las señales de peligro más claras de la Naturaleza. No nos prestó atención a ninguno de nosotros, pero sus ojos estaban fijos en el rostro de Holmes con una expresión en la que el odio y el asombro estaban mezclados por igual. «¡Demonio!», seguía murmurando. «¡Astuto, astuto demonio!».

«¡Ah, Coronel!», dijo Holmes, arreglándose el cuello arrugado; «'los viajes terminan en encuentros de amantes', como dice la vieja obra. No creo haber tenido el placer de verle desde que me favoreció con esas atenciones mientras yacía en la cornisa sobre las cataratas de Reichenbach».

El Coronel seguía mirando a mi amigo como un hombre en trance. «¡Astuto, astuto demonio!», era todo lo que podía decir.

«Todavía no le he presentado», dijo Holmes. «Este, caballeros, es el Coronel Sebastian Moran, anteriormente del Ejército de la India de Su Majestad, y el mejor tirador de caza mayor que nuestro Imperio Oriental haya producido jamás. Creo que estoy en lo cierto, Coronel, al decir que su registro de tigres sigue siendo inigualable».

El feroz anciano no dijo nada, pero siguió mirando fijamente a mi compañero; con sus ojos salvajes y su bigote erizado, era maravillosamente parecido a un tigre él mismo.

«Me extraña que mi estratagema tan simple pudiera engañar a un shikari tan viejo», dijo Holmes. «Debe serle muy familiar. ¿Acaso no ha atado a un cabrito joven bajo un árbol, se ha recostado sobre él con su rifle y ha esperado a que el cebo atrajera a su tigre? Esta casa vacía es mi árbol y usted es mi tigre. Posiblemente haya tenido otras armas en reserva en caso de que hubiera varios tigres, o en la supuesta improbabilidad de que su propia puntería fallara. Estas», señaló a su alrededor, «son mis otras armas. El paralelo es exacto».

El Coronel Moran saltó hacia adelante, con un gruñido de rabia, pero los agentes lo arrastraron hacia atrás. La furia en su rostro era terrible de contemplar.

«Admito que tuvo una pequeña sorpresa para mí», dijo Holmes. «No anticipé que usted mismo hiciera uso de esta casa vacía y de esta conveniente ventana frontal. Le había imaginado operando desde la calle, donde mi amigo Lestrade y sus hombres alegres le estaban esperando. Con esa excepción, todo ha salido como esperaba».

El Coronel Moran se dirigió al detective oficial.

«Puede o no tener una causa justa para arrestarme», dijo, «pero al menos no puede haber razón para que me someta a las burlas de esta persona. Si estoy en manos de la ley, que las cosas se hagan de manera legal».

«Bueno, eso es bastante razonable», dijo Lestrade. «¿Tiene algo más que añadir, Mr. Holmes, antes de que nos vayamos?»

Holmes había recogido la potente escopeta de aire comprimido del suelo y estaba examinando su mecanismo.

«Un arma admirable y única», dijo, «silenciosa y de una potencia tremenda. Conocía a Von Herder, el mecánico alemán ciego, que la construyó por encargo del difunto profesor Moriarty. Durante años he sido consciente de su existencia, aunque nunca antes había tenido la oportunidad de manipularla. Se la recomiendo muy especialmente a su atención, Lestrade, así como a las balas que encajan en ella».

«Puede confiar en que nos ocuparemos de eso, Mr. Holmes», dijo Lestrade, mientras todo el grupo se movía hacia la puerta. «¿Algo más que decir?»

«Solo preguntar qué cargo tiene intención de presentar».

«¿Qué cargo, señor? Pues, por supuesto, el de intento de asesinato de Mr. Sherlock Holmes».

«No es así, Lestrade. No tengo intención de comparecer en el asunto en absoluto. A usted, y solo a usted, pertenece el crédito de la notable detención que ha efectuado. Sí, Lestrade, ¡le felicito! Con su habitual y feliz mezcla de astucia y audacia, le ha atrapado».

«¡Atrapado! ¿A quién, Mr. Holmes?»

«Al hombre al que todo el cuerpo de policía ha estado buscando en vano: el coronel Sebastian Moran, quien disparó al honorable Ronald Adair con una bala expansiva desde una escopeta de aire comprimido a través de la ventana abierta del segundo piso de la fachada del número 427 de Park Lane, el día 30 del mes pasado. Ese es el cargo, Lestrade. Y ahora, Watson, si puede soportar la corriente de una ventana rota, creo que media hora en mi estudio con un cigarro podría proporcionarle un entretenimiento provechoso».

Nuestras antiguas habitaciones habían permanecido inalteradas gracias a la supervisión de Mycroft Holmes y el cuidado inmediato de Mrs. Hudson. Al entrar vi, es cierto, un orden inusual, pero los viejos puntos de referencia estaban todos en su lugar. Allí estaban el rincón de química y la mesa de madera de pino manchada de ácido. Allí, en un estante, estaba la hilera de formidables álbumes de recortes y libros de consulta que a muchos de nuestros conciudadanos les habría encantado quemar. Los diagramas, el estuche del violín y el mueble para las pipas —incluso la zapatilla persa que contenía el tabaco—, todo acudió a mis ojos mientras miraba a mi alrededor. Había dos ocupantes en la habitación: uno, Mrs. Hudson, que nos sonrió a ambos al entrar; el otro, el extraño maniquí que había desempeñado un papel tan importante en las aventuras de la velada. Era un modelo de mi amigo del color de la cera, tan admirablemente hecho que era un facsímil perfecto. Estaba sobre una pequeña mesa con pedestal, con una vieja bata de Holmes envuelta alrededor de tal manera que la ilusión desde la calle era absolutamente perfecta.

«Espero que haya tomado todas las precauciones, Mrs. Hudson», dijo Holmes.

«Me acerqué de rodillas, señor, tal como me dijo».

«Excelente. Llevó a cabo el asunto muy bien. ¿Observó hacia dónde fue la bala?»

«Sí, señor. Me temo que ha estropeado su hermoso busto, pues atravesó la cabeza y se aplastó contra la pared. La recogí de la alfombra. ¡Aquí está!»

Holmes me la tendió. «Una bala de revólver de plomo, como puede observar, Watson. Hay genialidad en ello, pues ¿quién esperaría encontrar algo así disparado desde una escopeta de aire comprimido? Muy bien, Mrs. Hudson, le estoy muy agradecido por su ayuda. Y ahora, Watson, permítame verle en su viejo asiento una vez más, pues hay varios puntos que me gustaría discutir con usted».

Se había quitado la raída levita, y ahora era el Holmes de siempre con la bata de color ratón que tomó de su efigie.

«Los nervios del viejo shikari no han perdido su firmeza ni sus ojos su agudeza», dijo, con una risa, mientras inspeccionaba la frente destrozada de su busto.

«Justo en el medio de la parte posterior de la cabeza y directo a través del cerebro. Era el mejor tirador de la India, y supongo que hay pocos mejores en Londres. ¿Ha oído el nombre?»

«No, no lo he oído».

«Bueno, bueno, ¡así es la fama! Pero, claro, si mal no recuerdo, usted no había oído el nombre del profesor James Moriarty, quien poseía uno de los grandes cerebros del siglo. Solo bájeme mi índice de biografías del estante».

Pasó las páginas con indolencia, reclinándose en su silla y exhalando grandes nubes de humo de su cigarro.

«Mi colección de M es una buena colección», dijo. «Moriarty por sí solo es suficiente para hacer ilustre cualquier letra, y aquí está Morgan el envenenador, y Merridew de abominable memoria, y Mathews, quien me rompió el canino izquierdo en la sala de espera de Charing Cross, y, finalmente, aquí está nuestro amigo de esta noche».

Me entregó el libro y leí: «MORAN, SEBASTIAN, CORONEL. Desempleado. Antiguamente del 1.er Regimiento de Pioneros de Bengala. Nacido en Londres, 1840. Hijo de Sir Augustus Moran, C.B., en una época ministro británico en Persia. Educado en Eton y Oxford. Sirvió en la campaña de Jowaki, la campaña afgana, Charasiab (despachos), Sherpur y Cabul. Autor de 'Heavy Game of the Western Himalayas', 1881; 'Three Months in the Jungle', 1884. Dirección: Conduit Street. Clubes: The Anglo-Indian, The Tankerville, The Bagatelle Card Club».

En el margen estaba escrito, con la precisa caligrafía de Holmes: «El segundo hombre más peligroso de Londres».

«Esto es asombroso», dije, al devolverle el volumen. «La carrera del hombre es la de un soldado honorable».

«Es cierto», respondió Holmes. «Hasta cierto punto lo hizo bien. Siempre fue un hombre de nervios de hierro, y todavía se cuenta en la India la historia de cómo se arrastró por una alcantarilla tras un tigre devorador de hombres herido. Hay algunos árboles, Watson, que crecen hasta cierta altura y luego desarrollan repentinamente alguna excentricidad desagradable. Lo verá a menudo en los humanos. Tengo la teoría de que el individuo representa en su desarrollo toda la procesión de sus antepasados, y que tal giro repentino hacia el bien o el mal representa alguna influencia fuerte que entró en la línea de su pedigrí. La persona se convierte, por así decirlo, en el epítome de la historia de su propia familia».

«Es ciertamente algo fantasioso».

«Bueno, no insisto en ello. Cualquiera que sea la causa, el coronel Moran empezó a desviarse. Sin escándalo abierto, aun así hizo que la India fuera un lugar demasiado peligroso para él. Se retiró, vino a Londres y volvió a adquirir una mala reputación. Fue en este momento cuando fue buscado por el profesor Moriarty, de quien por un tiempo fue jefe de estado mayor. Moriarty lo abasteció generosamente de dinero y lo utilizó solo en uno o dos trabajos de muy alto nivel que ningún criminal común habría podido emprender. Quizás tenga algún recuerdo de la muerte de Mrs. Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bueno, estoy seguro de que Moran estuvo detrás de ello; pero no se pudo probar nada. Tan ingeniosamente estaba oculto el coronel que, incluso cuando la banda de Moriarty fue desmantelada, no pudimos incriminarlo. ¿Recuerda en aquella época, cuando le visité en sus habitaciones, cómo cerré las contraventanas por miedo a las escopetas de aire comprimido? Sin duda pensó que era un fantasioso. Yo sabía exactamente lo que hacía, pues conocía la existencia de esta arma notable, y también sabía que uno de los mejores tiradores del mundo estaría detrás de ella. Cuando estábamos en Suiza nos siguió con Moriarty, y fue sin duda él quien me dio aquellos malvados cinco minutos en la repisa de Reichenbach».

«Podrá pensar que leí los periódicos con cierta atención durante mi estancia en Francia, a la espera de cualquier oportunidad para echarle el guante. Mientras él estuviera libre en Londres, mi vida realmente no habría valido la pena. Noche y día la sombra habría estado sobre mí, y tarde o temprano su oportunidad habría llegado. ¿Qué podía hacer? No podía dispararle al verlo, o yo mismo estaría en el banquillo. No servía de nada apelar a un magistrado. No pueden intervenir basándose en lo que les parecería una sospecha descabellada. Así que no pude hacer nada. Pero vigilé las noticias criminales, sabiendo que tarde o temprano lo atraparía. Luego vino la muerte de este Ronald Adair. ¡Mi oportunidad había llegado al fin! Sabiendo lo que sabía, ¿no era seguro que el coronel Moran lo había hecho? Había jugado a las cartas con el muchacho; lo había seguido a casa desde el club; le había disparado a través de la ventana abierta. No había duda de ello. Las balas por sí solas son suficientes para poner su cabeza en una soga. Vine de inmediato. Fui visto por el centinela, quien, lo sabía, dirigiría la atención del coronel hacia mi presencia. No podía dejar de relacionar mi repentino regreso con su crimen y sentirse terriblemente alarmado. Estaba seguro de que intentaría quitarme de en medio DE INMEDIATO, y que traería su arma asesina para ese propósito. Le dejé un blanco excelente en la ventana y, habiendo advertido a la policía de que podrían ser necesarios —por cierto, Watson, usted detectó su presencia en ese portal con una precisión infalible—, tomé lo que me pareció un puesto juicioso para observar, sin imaginar nunca que él elegiría el mismo lugar para su ataque. Ahora, mi querido Watson, ¿queda algo por explicar?»

«Sí», dije. «No ha dejado claro cuál fue el motivo del coronel Moran para asesinar al honorable Ronald Adair».

«¡Ah!, mi querido Watson, ahí entramos en esos reinos de la conjetura donde la mente más lógica puede fallar. Cada uno puede formar su propia hipótesis sobre la evidencia presente, y la suya tiene tantas probabilidades de ser correcta como la mía».

«¿Usted ha formado una, entonces?»

«Creo que no es difícil explicar los hechos. Salió a la luz en las pruebas que el coronel Moran y el joven Adair habían ganado entre ambos una suma considerable de dinero. Ahora bien, Moran sin duda jugó sucio; de eso he sido consciente hace mucho tiempo. Creo que el día del asesinato Adair había descubierto que Moran estaba haciendo trampas. Muy probablemente había hablado con él en privado, y le había amenazado con exponerle a menos que renunciara voluntariamente a su membresía del club y prometiera no volver a jugar a las cartas. Es poco probable que un joven como Adair montara de inmediato un escándalo espantoso exponiendo a un hombre bien conocido mucho mayor que él. Probablemente actuó como sugiero. La exclusión de sus clubes significaría la ruina para Moran, quien vivía de sus ganancias ilícitas en el juego. Por lo tanto, asesinó a Adair, quien en ese momento intentaba calcular cuánto dinero debía devolver, ya que no podía beneficiarse del juego sucio de su socio. Cerró la puerta con llave para que las damas no le sorprendieran e insistieran en saber qué estaba haciendo con esos nombres y monedas. ¿Es creíble?»

«No me cabe duda de que ha dado con la verdad».

«Se verificará o refutará en el juicio. Mientras tanto, pase lo que pase, el coronel Moran no nos molestará más, la famosa escopeta de aire comprimido de Von Herder adornará el museo de Scotland Yard, y una vez más Mr. Sherlock Holmes es libre de dedicar su vida a examinar esos interesantes pequeños problemas que la compleja vida de Londres presenta tan abundantemente».

THE STRAND MAGAZINE Vol. 26 NOVIEMBRE, 1903 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

II.—La aventura del constructor de Norwood.

«Desde el punto de vista del experto criminal», dijo Mr. Sherlock Holmes, «Londres se ha convertido en una ciudad singularmente poco interesante desde la muerte del difunto y lamentado profesor Moriarty».

«Difícilmente puedo pensar que encontrará muchos ciudadanos decentes que estén de acuerdo con usted», respondí.

«Bueno, bueno, no debo ser egoísta», dijo, con una sonrisa, mientras apartaba su silla de la mesa del desayuno. «La comunidad es ciertamente la que gana, y nadie pierde, salvo el pobre especialista en paro, cuya ocupación ha desaparecido. Con ese hombre en el campo, el periódico de la mañana presentaba infinitas posibilidades. A menudo era solo el rastro más pequeño, Watson, la indicación más tenue, y sin embargo era suficiente para decirme que el gran cerebro maligno estaba allí, como los temblores más leves de los bordes de la red recuerdan a uno la asquerosa araña que acecha en el centro. Pequeños robos, asaltos gratuitos, ultrajes sin propósito... para el hombre que tenía la clave, todo podía trabajarse en un todo conectado. Para el estudiante científico del mundo criminal superior, ninguna capital en Europa ofrecía las ventajas que Londres poseía entonces. Pero ahora...» Se encogió de hombros en una burla humorística ante el estado de cosas que él mismo había hecho tanto por producir.

En el momento del que hablo, Holmes había vuelto hacía algunos meses, y yo, a petición suya, había vendido mi consulta y vuelto a compartir las viejas habitaciones de Baker Street. Un joven médico, llamado Verner, había comprado mi pequeña consulta de Kensington y había dado con una resistencia asombrosamente pequeña el precio más alto que me aventuré a pedir; un incidente que solo se explicó algunos años después cuando descubrí que Verner era un pariente lejano de Holmes, y que era mi amigo quien realmente había encontrado el dinero.

Nuestros meses de asociación no habían sido tan exentos de acontecimientos como él había declarado, pues encuentro, al revisar mis notas, que este período incluye el caso de los papeles del ex presidente Murillo, y también el impactante asunto del barco de vapor holandés FRIESLAND, que estuvo a punto de costarnos la vida a ambos. Su naturaleza fría y orgullosa siempre fue reacia, sin embargo, a cualquier cosa que tuviera forma de aplauso público, y me obligó en los términos más estrictos a no decir una palabra más sobre él, sus métodos o sus éxitos; una prohibición que, como he explicado, solo ahora ha sido eliminada.

Mr. Sherlock Holmes estaba reclinado en su silla después de su caprichosa protesta, y estaba desplegando su periódico de la mañana de forma pausada, cuando nuestra atención fue atraída por un tremendo toque en el timbre, seguido inmediatamente por un sonido de tamborileo hueco, como si alguien estuviera golpeando la puerta exterior con el puño. Al abrirse, se produjo una tumultuosa entrada en el pasillo, unos pies rápidos subieron por la escalera y, un instante después, un joven de ojos salvajes y frenético, pálido, desaliñado y palpitante, irrumpió en la habitación. Miró de uno a otro de nosotros, y bajo nuestra mirada de interrogación se dio cuenta de que se necesitaba alguna disculpa por esta entrada sin ceremonias.

«Lo siento, Mr. Holmes», gritó. «No debe culparme. Estoy casi loco. Mr. Holmes, soy el infeliz John Hector McFarlane».

Hizo el anuncio como si el nombre por sí solo explicara tanto su visita como su manera; pero pude ver por el rostro indiferente de mi compañero que no significaba más para él que para mí.

«Tome un cigarrillo, Mr. McFarlane», dijo, empujando su pitillera hacia él. «Estoy seguro de que con sus síntomas mi amigo el Dr. Watson aquí le recetaría un sedante. El tiempo ha sido muy cálido estos últimos días. Ahora, si se siente un poco más compuesto, me gustaría que se sentara en esa silla y nos dijera muy lenta y tranquilamente quién es usted y qué es lo que quiere. Mencionó su nombre como si yo debiera reconocerlo, pero le aseguro que, más allá de los hechos obvios de que usted es soltero, abogado, francmasón y asmático, no sé nada en absoluto sobre usted».

Familiarizado como estaba con los métodos de mi amigo, no me resultó difícil seguir sus deducciones y observar el desorden en la vestimenta, el fajo de documentos legales, el dije del reloj y la respiración que los habían provocado. Nuestro cliente, sin embargo, miraba con asombro.

«Sí, soy todo eso, Mr. Holmes, y además soy el hombre más desafortunado en este momento en Londres. ¡Por amor de Dios, no me abandone, Mr. Holmes! Si vienen a arrestarme antes de que haya terminado mi historia, haga que me den tiempo para poder contarle toda la verdad. Podría ir a la cárcel feliz si supiera que usted estaba trabajando para mí fuera».

«¡Arrestarle!» dijo Holmes. «Esto es realmente de lo más agra... de lo más interesante. ¿Bajo qué cargo espera ser arrestado?»

«Bajo el cargo de asesinar a Mr. Jonas Oldacre, de Lower Norwood».

El rostro expresivo de mi compañero mostró una simpatía que no estaba, me temo, completamente exenta de satisfacción.

«Vaya», dijo; «fue solo en este momento en el desayuno cuando le estaba diciendo a mi amigo, el Dr. Watson, que los casos sensacionales habían desaparecido de nuestros periódicos».

Nuestro visitante estiró hacia adelante una mano temblorosa y recogió el DAILY TELEGRAPH, que aún yacía sobre la rodilla de Holmes.

«Si lo hubiera mirado, señor, habría visto de un vistazo cuál es el encargo por el que he venido a usted esta mañana. Siento como si mi nombre y mi desgracia debieran estar en boca de todos». Lo dio la vuelta para exponer la página central. «Aquí está, y con su permiso se lo leeré. Escuche esto, Mr. Holmes. Los titulares son: 'Misterioso asunto en Lower Norwood. Desaparición de un conocido constructor. Sospecha de asesinato e incendio provocado. Una pista sobre el criminal'. Esa es la pista que ya están siguiendo, Mr. Holmes, y sé que conduce infaliblemente a mí. He sido seguido desde la estación de London Bridge, y estoy seguro de que solo están esperando la orden judicial para arrestarme. ¡Le romperá el corazón a mi madre, le romperá el corazón!» Se retorció las manos en una agonía de aprensión y se balanceó de atrás hacia adelante en su silla.

Miré con interés a este hombre, que estaba acusado de ser el perpetrador de un crimen violento. Era de cabello rubio y apuesto de una manera lavada y negativa, con ojos azules asustados y un rostro bien afeitado, con una boca débil y sensible. Su edad podría haber sido de unos veintisiete años; su vestimenta y porte los de un caballero. Del bolsillo de su abrigo ligero de verano sobresalía el fajo de documentos endosados que proclamaban su profesión.

«Debemos usar el tiempo que tenemos», dijo Holmes. «Watson, ¿tendría la amabilidad de tomar el periódico y leerme el párrafo en cuestión?»

Debajo de los vigorosos titulares que nuestro cliente había citado, leí la siguiente narrativa sugerente:

A última hora de la noche pasada, o a primera hora de esta mañana, ocurrió un incidente en Lower Norwood que apunta, se teme, a un crimen grave. Mr. Jonas Oldacre es un conocido residente de ese suburbio, donde ha llevado a cabo su negocio como constructor durante muchos años. Mr. Oldacre es soltero, de cincuenta y dos años de edad, y vive en Deep Dene House, en el extremo de Sydenham de la carretera del mismo nombre. Ha tenido la reputación de ser un hombre de hábitos excéntricos, reservado y retraído. Durante algunos años se ha retirado prácticamente del negocio, en el que se dice que ha amasado una riqueza considerable. Un pequeño almacén de madera todavía existe, sin embargo, en la parte posterior de la casa, y anoche, alrededor de las doce, se dio la alarma de que una de las pilas estaba en llamas. Los camiones de bomberos pronto estuvieron en el lugar, pero la madera seca ardió con gran furia, y fue imposible detener el incendio hasta que la pila fue consumida por completo. Hasta este punto el incidente tenía la apariencia de un accidente ordinario, pero nuevas indicaciones parecen apuntar a un crimen grave. Se expresó sorpresa por la ausencia del dueño del establecimiento de la escena del incendio, y siguió una investigación, que mostró que había desaparecido de la casa. Un examen de su habitación reveló que no se había dormido en la cama, que una caja fuerte que estaba en ella estaba abierta, que una serie de documentos importantes estaban dispersos por la habitación y, finalmente, que había signos de una lucha asesina, encontrándose ligeros rastros de sangre dentro de la habitación, y un bastón de roble, que también mostraba manchas de sangre en el mango. Se sabe que Mr. Jonas Oldacre había recibido un visitante a última hora en su dormitorio esa noche, y el bastón encontrado ha sido identificado como propiedad de esta persona, quien es un joven abogado de Londres llamado John Hector McFarlane, socio menor de Graham and McFarlane, de 426, Gresham Buildings, E.C. La policía cree que posee pruebas que proporcionan un motivo muy convincente para el crimen y, en conjunto, no puede dudarse de que seguirán desarrollos sensacionales.

MÁS TARDE.—Se rumorea al entrar en prensa que el Sr. John Hector McFarlane ha sido efectivamente arrestado bajo el cargo de asesinato del Sr. Jonas Oldacre. Es al menos cierto que se ha emitido una orden de detención. Ha habido más desarrollos siniestros en la investigación en Norwood. Además de las señales de una lucha en la habitación del infortunado constructor, ahora se sabe que las puertas francesas de su dormitorio (que se encuentra en la planta baja) fueron halladas abiertas, que había marcas como si algún objeto voluminoso hubiera sido arrastrado hasta la pila de leña y, finalmente, se afirma que se han encontrado restos carbonizados entre las cenizas de carbón del fuego. La teoría de la policía es que se ha cometido un crimen de lo más sensacional, que la víctima fue golpeada hasta la muerte en su propio dormitorio, sus papeles registrados y su cuerpo inerte arrastrado hasta la pila de leña, la cual fue entonces prendida para ocultar todo rastro del crimen. La dirección de la investigación criminal ha quedado en las manos expertas del inspector Lestrade, de Scotland Yard, quien sigue las pistas con su acostumbrada energía y sagacidad.

Sherlock Holmes escuchó con los ojos cerrados y las yemas de los dedos juntas este notable relato.

—El caso tiene ciertamente algunos puntos de interés —dijo, a su manera lánguida—. ¿Puedo preguntarle, en primer lugar, Sr. McFarlane, cómo es que aún está usted en libertad, dado que parece haber pruebas suficientes para justificar su arresto?

—Vivo en Torrington Lodge, Blackheath, con mis padres, Sr. Holmes; pero anoche, al tener que tratar asuntos muy tarde con el Sr. Jonas Oldacre, me alojé en un hotel de Norwood y desde allí me dirigí a mis asuntos. No supe nada de este asunto hasta que estuve en el tren, cuando leí lo que usted acaba de oír. Vi al instante el horrible peligro de mi posición y me apresuré a poner el caso en sus manos. No me cabe duda de que me habrían arrestado ya sea en mi oficina de la City o en mi casa. Un hombre me siguió desde la estación de London Bridge, y no me cabe duda... ¡Cielo santo, qué es eso!

Fue un tañido de campana, seguido al instante por pasos pesados sobre la escalera. Un momento después, nuestro viejo amigo Lestrade apareció en el umbral. Sobre su hombro alcancé a vislumbrar a uno o dos policías uniformados afuera.

—¿Sr. John Hector McFarlane? —dijo Lestrade.

Nuestro infortunado cliente se levantó con el rostro demudado.

—Lo arresto por el asesinato premeditado del Sr. Jonas Oldacre, de Lower Norwood.

McFarlane se volvió hacia nosotros con un gesto de desesperación y se hundió de nuevo en su silla como alguien que está destrozado.

—Un momento, Lestrade —dijo Holmes—. Media hora más o menos no puede marcar ninguna diferencia para usted, y el caballero estaba a punto de darnos un relato de este asunto tan interesante, lo cual podría ayudarnos a esclarecerlo.

—Creo que no habrá dificultad en esclarecerlo —dijo Lestrade con severidad.

—No obstante, con su permiso, me interesaría mucho escuchar su relato.

—Bueno, Sr. Holmes, me es difícil negarle algo, pues usted ha sido de utilidad para el cuerpo una o dos veces en el pasado y le debemos un favor en Scotland Yard —dijo Lestrade—. Al mismo tiempo, debo permanecer con mi prisionero y estoy obligado a advertirle que cualquier cosa que pueda decir aparecerá como prueba en su contra.

—No deseo nada mejor —dijo nuestro cliente—. Todo lo que pido es que escuchen y reconozcan la verdad absoluta.

Lestrade miró su reloj. —Le daré media hora —dijo.

—Debo explicar primero —dijo McFarlane— que no sabía nada del Sr. Jonas Oldacre. Su nombre me resultaba familiar, pues hace muchos años mis padres fueron conocidos suyos, pero perdieron el contacto. Me sorprendió mucho, por tanto, cuando ayer, alrededor de las tres de la tarde, entró en mi oficina de la City. Pero me asombré aún más cuando me dijo el objeto de su visita. Tenía en la mano varias hojas de un cuaderno, cubiertas de escritura garabateada —aquí están— y las puso sobre mi mesa.

—«Aquí está mi testamento», dijo. «Quiero que usted, Sr. McFarlane, le dé la forma legal adecuada. Me sentaré aquí mientras lo hace».

—Me dispuse a copiarlo, y puede imaginar mi asombro cuando descubrí que, con algunas reservas, me había dejado todas sus propiedades a mí. Era un hombre pequeño y extraño, parecido a un hurón, con pestañas blancas, y cuando levanté la vista hacia él, encontré sus penetrantes ojos grises fijos en mí con una expresión divertida. Apenas podía creer mis propios sentidos mientras leía los términos del testamento; pero él explicó que era soltero, casi sin ningún pariente vivo, que había conocido a mis padres en su juventud y que siempre había oído hablar de mí como un joven muy meritorio, y estaba seguro de que su dinero quedaría en buenas manos. Por supuesto, solo pude balbucear mis agradecimientos. El testamento fue debidamente terminado, firmado y testificado por mi empleado. Este es el que está en el papel azul, y estas hojas, como he explicado, son el borrador. El Sr. Jonas Oldacre me informó entonces de que había una cantidad de documentos —contratos de construcción, títulos de propiedad, hipotecas, acciones, etcétera— que era necesario que yo viera y comprendiera. Dijo que su mente no estaría tranquila hasta que todo estuviera resuelto y me rogó que fuera a su casa en Norwood esa noche, llevando el testamento conmigo, para arreglar los asuntos. «Recuerda, hijo mío, ni una palabra a tus padres sobre el asunto hasta que todo esté arreglado. Lo guardaremos como una pequeña sorpresa para ellos». Fue muy insistente en este punto y me hizo prometérselo fielmente.

—Puede imaginar, Sr. Holmes, que yo no estaba de humor para negarle nada de lo que pudiera pedir. Era mi benefactor y todo mi deseo era cumplir sus deseos en cada detalle. Envié un telegrama a casa, por lo tanto, para decir que tenía un asunto importante entre manos y que me era imposible decir cuán tarde podría llegar. El Sr. Oldacre me había dicho que le gustaría que cenara con él a las nueve, ya que podría no estar en casa antes de esa hora. Sin embargo, tuve alguna dificultad para encontrar su casa y eran casi las nueve y media cuando llegué. Lo encontré...

—¡Un momento! —dijo Holmes—. ¿Quién abrió la puerta?

—Una mujer de mediana edad, que supongo era su ama de llaves.

—Y fue ella, supongo, quien mencionó su nombre.

—Exactamente —dijo McFarlane.

—Por favor, continúe.

McFarlane se secó la frente húmeda y luego continuó su relato:

—Fui conducido por esta mujer a una sala de estar, donde estaba servida una cena frugal. Después, el Sr. Jonas Oldacre me llevó a su dormitorio, en el cual había una pesada caja fuerte. La abrió y sacó una masa de documentos, que revisamos juntos. Estábamos entre las once y las doce cuando terminamos. Comentó que no debíamos molestar al ama de llaves. Me acompañó hacia afuera a través de su propia ventana francesa, que había estado abierta todo este tiempo.

—¿Estaba la persiana bajada? —preguntó Holmes.

—No estaré seguro, pero creo que solo estaba a medias. Sí, recuerdo cómo la subió para abrir la ventana. No pude encontrar mi bastón y él dijo: «No importa, hijo mío; espero ver mucho de ti ahora, y guardaré tu bastón hasta que vuelvas a reclamarlo». Lo dejé allí, con la caja fuerte abierta y los papeles organizados en paquetes sobre la mesa. Era tan tarde que no pude regresar a Blackheath, así que pasé la noche en el Anerley Arms, y no supe nada más hasta que leí sobre este horrible asunto por la mañana.

—¿Alguna otra cosa que le gustaría preguntar, Sr. Holmes? —dijo Lestrade, cuyas cejas se habían levantado una o dos veces durante esta notable explicación.

—No hasta que haya estado en Blackheath.

—Se refiere a Norwood —dijo Lestrade.

—Oh, sí; sin duda eso es lo que debo haber querido decir —dijo Holmes con su sonrisa enigmática. Lestrade había aprendido por más experiencias de las que le gustaría admitir que aquel cerebro afilado como una navaja podía cortar a través de lo que era impenetrable para él. Lo vi mirar con curiosidad a mi compañero.

—Creo que me gustaría tener una palabra con usted dentro de poco, Sr. Sherlock Holmes —dijo—. Ahora, Sr. McFarlane, dos de mis agentes están en la puerta y hay un coche de cuatro ruedas esperando. El desdichado joven se levantó y, con una última mirada suplicante hacia nosotros, salió de la habitación. Los oficiales lo condujeron al coche, pero Lestrade permaneció allí.

Holmes había recogido las páginas que formaban el borrador del testamento y las miraba con el mayor interés en el rostro.

—Hay algunos puntos sobre ese documento, Lestrade, ¿no es así? —dijo, empujándolas hacia él.

El oficial las miró con expresión de desconcierto.

—Puedo leer las primeras líneas, estas en medio de la segunda página y una o dos al final. Esas son tan claras como si estuvieran impresas —dijo—; pero la escritura en medio es muy mala, y hay tres lugares donde no puedo leerla en absoluto.

—¿Qué saca usted de eso? —dijo Holmes.

—Bueno, ¿qué saca USTED de ello?

—Que fue escrito en un tren; la buena escritura representa las estaciones, la mala el movimiento y la muy mala el paso sobre cambios de vía. Un experto científico declararía al instante que esto fue redactado en una línea suburbana, ya que en ningún otro lugar salvo en las inmediaciones de una gran ciudad podría haber una sucesión tan rápida de cambios. Concediendo que todo su viaje estuvo ocupado en redactar el testamento, entonces el tren era un expreso, que solo se detuvo una vez entre Norwood y London Bridge.

Lestrade empezó a reír.

—Usted es demasiado para mí cuando empieza con sus teorías, Sr. Holmes —dijo—. ¿Cómo afecta esto al caso?

—Bueno, corrobora la historia del joven en cuanto a que el testamento fue redactado por Jonas Oldacre en su viaje de ayer. Es curioso, ¿no?, que un hombre redacte un documento tan importante de una manera tan improvisada. Sugiere que no pensó que fuera a tener mucha importancia práctica. Si un hombre redactara un testamento que no pretendiera que fuera efectivo, podría hacerlo así.

—Bueno, redactó su propia sentencia de muerte al mismo tiempo —dijo Lestrade.

—Oh, ¿usted lo cree?

—¿Usted no?

—Bueno, es bastante posible; pero el caso no me queda claro todavía.

—¿No está claro? Bueno, si eso no está claro, ¿qué PODRÍA estarlo? Aquí hay un joven que se entera de repente de que si cierto hombre mayor muere, heredará una fortuna. ¿Qué hace? No dice nada a nadie, pero arregla ir bajo algún pretexto a ver a su cliente esa noche; espera hasta que la única otra persona en la casa esté en cama y entonces, en la soledad de la habitación de un hombre, lo asesina, quema su cuerpo en la pila de leña y parte hacia un hotel vecino. Las manchas de sangre en la habitación y también en el bastón son muy leves. Es probable que imaginara que su crimen era uno sin sangre y esperara que, si el cuerpo era consumido, ocultaría todos los rastros del método de su muerte, rastros que por alguna razón debieron señalarlo a él. ¿No es todo esto obvio?

—Me parece, mi buen Lestrade, que es apenas un poco demasiado obvio —dijo Holmes—. Usted no suma imaginación a sus otras grandes cualidades; pero si pudiera por un momento ponerse en el lugar de este joven, ¿elegiría la misma noche después de que se hizo el testamento para cometer su crimen? ¿No le parecería peligroso crear una relación tan estrecha entre los dos incidentes? De nuevo, ¿elegiría una ocasión en la que se sabe que usted está en la casa, cuando un sirviente le ha dejado entrar? Y, finalmente, ¿se tomaría tantas molestias para ocultar el cuerpo y aun así dejaría su propio bastón como señal de que usted fue el criminal? Confiese, Lestrade, que todo esto es muy improbable.

—En cuanto al bastón, Sr. Holmes, usted sabe tan bien como yo que un criminal a menudo está aturdido y hace cosas que un hombre calmado evitaría. Es muy probable que tuviera miedo de volver a la habitación. Deme otra teoría que encaje con los hechos.

—Podría darle fácilmente media docena —dijo Holmes—. Aquí, por ejemplo, hay una muy posible e incluso probable. Se la regalo gratuitamente. El hombre mayor está mostrando documentos que son de evidente valor. Un vagabundo que pasa los ve a través de la ventana, cuya persiana está solo a medias bajada. Sale el abogado. ¡Entra el vagabundo! Se apodera de un bastón, que observa allí, mata a Oldacre y parte después de quemar el cuerpo.

—¿Por qué habría de quemar el cuerpo el vagabundo?

—A propósito de eso, ¿por qué habría de hacerlo McFarlane?

—Para ocultar alguna prueba.

—Posiblemente el vagabundo quería ocultar que se hubiera cometido asesinato alguno.

—¿Y por qué el vagabundo no tomó nada?

—Porque eran papeles que no podía negociar.

Lestrade negó con la cabeza, aunque me pareció que su manera era menos absolutamente segura que antes.

—Bueno, Sr. Sherlock Holmes, puede usted buscar a su vagabundo, y mientras usted lo encuentra, nosotros nos aferraremos a nuestro hombre. El futuro mostrará quién tiene razón. Solo note este punto, Sr. Holmes: que hasta donde sabemos, ninguno de los papeles fue retirado, y que el prisionero es el único hombre en el mundo que no tenía razón para retirarlos, ya que era el heredero legal y los recibiría en cualquier caso.

Mi amigo pareció impresionado por esta observación.

—No pretendo negar que las pruebas están en algunos aspectos muy fuertemente a favor de su teoría —dijo—. Solo deseo señalar que hay otras teorías posibles. Como usted dice, el futuro decidirá. ¡Buenos días! Me atrevo a decir que en el transcurso del día me pasaré por Norwood y veré cómo les va.

Cuando el detective partió, mi amigo se levantó e hizo sus preparativos para el trabajo del día con el aire alerta de un hombre que tiene una tarea agradable por delante.

—Mi primer movimiento, Watson —dijo mientras se ajustaba su levita—, debe, como dije, ser en dirección a Blackheath.

—¿Y por qué no Norwood?

—Porque tenemos en este caso un incidente singular siguiendo los talones de otro incidente singular. La policía está cometiendo el error de concentrar su atención en el segundo, porque da la casualidad de ser el que es realmente criminal. Pero es evidente para mí que la forma lógica de abordar el caso es comenzar tratando de arrojar algo de luz sobre el primer incidente: el curioso testamento, hecho tan repentinamente y a un heredero tan inesperado. Puede hacer algo para simplificar lo que siguió. No, mi querido amigo, no creo que puedas ayudarme. No hay prospecto de peligro, o no soñaría con salir sin ti. Confío en que cuando te vea por la noche pueda informarte de que he sido capaz de hacer algo por este infortunado joven que se ha puesto bajo mi protección.

Era tarde cuando mi amigo regresó, y pude ver por un vistazo a su rostro demacrado y ansioso que las grandes esperanzas con las que había comenzado no se habían cumplido. Durante una hora zumbó con su violín, esforzándose por calmar sus propios ánimos alterados. Al final, arrojó el instrumento y se sumergió en un relato detallado de sus desventuras.

—Todo va mal, Watson, todo tan mal como puede ir. Mantuve una cara audaz ante Lestrade, pero, por mi alma, creo que por una vez el tipo está en el camino correcto y nosotros estamos en el equivocado. Todos mis instintos van en una dirección y todos los hechos en la otra, y mucho me temo que los jurados británicos aún no han alcanzado ese grado de inteligencia en el que darán preferencia a mis teorías sobre los hechos de Lestrade.

—¿Fuiste a Blackheath?

—Sí, Watson, fui allí, y descubrí muy rápidamente que el difunto y lamentado Oldacre era un sinvergüenza bastante considerable. El padre estaba fuera en busca de su hijo. La madre estaba en casa: una persona pequeña, esponjosa, de ojos azules, en un temblor de miedo e indignación. Por supuesto, no admitía ni siquiera la posibilidad de su culpa. Pero no expresó ni sorpresa ni pesar por el destino de Oldacre. Al contrario, habló de él con tal amargura que inconscientemente fortalecía considerablemente el caso de la policía, pues, por supuesto, si su hijo la hubiera oído hablar del hombre de esta manera, lo predispondría hacia el odio y la violencia. «Era más como un simio maligno y astuto que como un ser humano», dijo, «y siempre lo fue, desde que era un hombre joven».

—«¿Lo conocía usted en ese tiempo?», dije.

—«Sí, lo conocía bien; de hecho, fue un antiguo pretendiente mío. Gracias al cielo que tuve el sentido de alejarme de él y casarme con un hombre mejor, aunque más pobre. Estaba comprometida con él, Sr. Holmes, cuando oí una historia espantosa de cómo había soltado un gato en un aviario, y estaba tan horrorizada por su brutal crueldad que no quise tener nada más que ver con él». Ella rebuscó en un escritorio y pronto sacó una fotografía de una mujer, vergonzosamente desfigurada y mutilada con un cuchillo. «Esa es mi propia fotografía», dijo. «Me la envió en ese estado, con su maldición, la mañana de mi boda».

—«Bueno», dije, «al menos lo ha perdonado ahora, ya que ha dejado todas sus propiedades a su hijo».

—«Ni mi hijo ni yo queremos nada de Jonas Oldacre, muerto o vivo», gritó, con un espíritu apropiado. «Hay un Dios en el cielo, Sr. Holmes, y ese mismo Dios que ha castigado a ese hombre malvado mostrará a su debido tiempo que las manos de mi hijo están libres de su sangre».

—Bueno, probé una o dos pistas, pero no pude conseguir nada que ayudara a nuestra hipótesis, y varios puntos que jugarían en contra de ella. Me rendí al final y me fui a Norwood.

—Este lugar, Deep Dene House, es una gran villa moderna de ladrillo llamativo, situada atrás en sus propios terrenos, con un césped rodeado de laureles frente a ella. A la derecha y a cierta distancia de la carretera estaba el depósito de madera que había sido escenario del fuego. Aquí hay un plano aproximado en una hoja de mi cuaderno. Esta ventana a la izquierda es la que da a la habitación de Oldacre. Puedes mirar dentro desde la carretera, ya ves. Ese es casi el único consuelo que he tenido hoy. Lestrade no estaba allí, pero su jefe de policía hizo los honores. Acababan de hacer un gran hallazgo. Habían pasado la mañana rastrillando entre las cenizas de la pila de leña quemada y, además de los restos orgánicos carbonizados, habían asegurado varios discos metálicos descoloridos. Los examiné con cuidado y no hubo duda de que eran botones de pantalón. Incluso distinguí que uno de ellos estaba marcado con el nombre de «Hyams», que era el sastre de Oldacre. Luego trabajé el césped con mucho cuidado en busca de señales y rastros, pero esta sequía ha hecho que todo esté duro como el hierro. No se veía nada, salvo que algún cuerpo o paquete había sido arrastrado a través de un seto bajo de aligustre que está en línea con la pila de leña. Todo eso, por supuesto, encaja con la teoría oficial. Me arrastré por el césped con un sol de agosto sobre mi espalda, pero me levanté al final de una hora no más sabio que antes.

—Bien, después de este fiasco, fui al dormitorio y también lo examiné. Las manchas de sangre eran muy leves, simples borrones y decoloraciones, pero indudablemente frescas. El bastón había sido retirado, pero allí también las marcas eran leves. No cabe duda de que el bastón pertenece a nuestro cliente. Él lo admite. Se podían distinguir huellas de ambos hombres en la alfombra, pero ninguna de una tercera persona, lo cual, de nuevo, es una trampa de la otra parte. Iban sumando puntos a su favor todo el tiempo y nosotros estábamos estancados.

—Solo obtuve un pequeño rayo de esperanza, y aun así no resultó en nada. Examiné el contenido de la caja fuerte, la mayor parte del cual había sido extraído y dejado sobre la mesa. Los documentos estaban en sobres sellados, uno o dos de los cuales habían sido abiertos por la policía. No eran, hasta donde pude juzgar, de gran valor, ni la libreta bancaria mostraba que el señor Oldacre tuviera una situación tan acomodada. Pero me pareció que no estaban todos los papeles. Había alusiones a algunas escrituras —posiblemente las más valiosas— que no pude encontrar. Esto, por supuesto, si pudiéramos probarlo de manera definitiva, volvería el argumento de Lestrade contra sí mismo, pues ¿quién robaría algo si supiera que pronto lo heredará?

—Finalmente, tras haber registrado cada rincón y no haber encontrado rastro alguno, probé suerte con el ama de llaves. La señora Lexington es su nombre, una persona pequeña, morena y silenciosa, con ojos sospechosos y de reojo. Podría decirnos algo si quisiera, estoy convencido de ello. Pero era hermética como una tumba. Sí, ella había dejado entrar al señor McFarlane a las nueve y media. Deseaba que su mano se hubiera marchitado antes de haberlo hecho. Se había ido a dormir a las diez y media. Su habitación estaba en el otro extremo de la casa y no pudo oír nada de lo que pasó. El señor McFarlane había dejado su sombrero y, según creía, su bastón en el vestíbulo. La había despertado la alarma de incendio. Su pobre y querido amo ciertamente había sido asesinado. ¿Tenía enemigos? Bueno, todo hombre tiene enemigos, pero el señor Oldacre se mantenía muy reservado y solo conocía a la gente por motivos de negocios. Había visto los botones y estaba segura de que pertenecían a la ropa que él había llevado puesta la noche anterior. La pila de leña estaba muy seca, pues no había llovido en un mes. Ardió como yesca y, para cuando ella llegó al lugar, no se veía nada más que llamas. Ella y todos los bomberos olieron la carne quemada desde dentro. No sabía nada de los documentos ni de los asuntos privados del señor Oldacre.

—Así que, mi querido Watson, ahí tienes mi informe de un fracaso. Y, sin embargo... y sin embargo... —apretó sus manos delgadas en un paroxismo de convicción—, SÉ que todo está mal. Lo siento en mis huesos. Hay algo que no ha salido a la luz y esa ama de llaves lo sabe. Había una especie de desafío hosco en sus ojos, que solo acompaña al conocimiento de la culpa. Como sea, no tiene sentido hablar más de ello, Watson; pero a menos que surja alguna oportunidad afortunada, me temo que el caso de la Desaparición de Norwood no figurará en esa crónica de nuestros éxitos que preveo que un público paciente tendrá que soportar tarde o temprano.

—Sin duda —dije—, ¿la apariencia del hombre pesaría mucho ante cualquier jurado?

—Ese es un argumento peligroso, mi querido Watson. ¿Recuerdas a aquel terrible asesino, Bert Stevens, a quien queríamos sacar libre en el 87? ¿Hubo alguna vez un joven de modales más suaves y de escuela dominical?

—Es cierto.

—A menos que logremos establecer una teoría alternativa, este hombre está perdido. Difícilmente puedes encontrar una fisura en el caso que ahora puede presentarse contra él, y toda investigación adicional solo ha servido para fortalecerlo. Por cierto, hay un pequeño punto curioso sobre esos papeles que puede servirnos como punto de partida para una investigación. Al revisar la libreta bancaria, encontré que el bajo saldo se debía principalmente a grandes cheques que se habían extendido durante el último año a nombre de un tal señor Cornelius. Confieso que me interesaría saber quién puede ser este señor Cornelius con quien un constructor retirado tiene transacciones tan importantes. ¿Es posible que haya tenido algo que ver en el asunto? Cornelius podría ser un agente de bolsa, pero no hemos encontrado valores que se correspondan con estos grandes pagos. A falta de cualquier otra indicación, mis investigaciones deben tomar ahora la dirección de una consulta en el banco sobre el caballero que ha cobrado estos cheques. Pero me temo, querido amigo, que nuestro caso terminará sin gloria con Lestrade ahorcando a nuestro cliente, lo cual será ciertamente un triunfo para Scotland Yard.

No sé cuánto durmió Sherlock Holmes aquella noche, pero cuando bajé a desayunar lo encontré pálido y fatigado, con sus ojos brillantes aún más relucientes por las sombras oscuras que los rodeaban. La alfombra alrededor de su silla estaba llena de colillas de cigarrillos y de las primeras ediciones de los periódicos de la mañana. Un telegrama abierto yacía sobre la mesa.

—¿Qué opinas de esto, Watson? —preguntó, lanzándomelo.

Era de Norwood y decía lo siguiente:

«IMPORTANTE NUEVA EVIDENCIA RECIBIDA. CULPABILIDAD DE MCFARLANE DEFINITIVAMENTE ESTABLECIDA. ACONSEJO ABANDONAR EL CASO. —LESTRADE».

—Esto suena serio —dije.

—Es el pequeño canto de victoria de Lestrade —respondió Holmes con una sonrisa amarga—. Y, sin embargo, puede ser prematuro abandonar el caso. Después de todo, una nueva evidencia importante es un arma de doble filo y posiblemente pueda cortar en una dirección muy distinta a la que Lestrade imagina. Toma tu desayuno, Watson, y saldremos juntos a ver qué podemos hacer. Siento que necesitaré tu compañía y tu apoyo moral hoy.

Mi amigo no desayunó, pues era una de sus peculiaridades que, en sus momentos más intensos, no se permitía ningún alimento, y lo he visto abusar de su fuerza de hierro hasta desmayarse por pura inanición. «En este momento no puedo desperdiciar energía y fuerza nerviosa en la digestión», solía decir en respuesta a mis advertencias médicas. No me sorprendió, por tanto, cuando esta mañana dejó su comida intacta y partió conmigo hacia Norwood. Una multitud de curiosos morbosos todavía se agolpaba alrededor de Deep Dene House, que era exactamente la villa suburbana que yo había imaginado. Dentro de las puertas, Lestrade nos recibió, con el rostro encendido por la victoria y sus modales groseramente triunfantes.

—Bueno, señor Holmes, ¿ya ha probado que estábamos equivocados? ¿Ha encontrado a su vagabundo? —exclamó.

—No he llegado a ninguna conclusión —respondió mi compañero.

—Pero nosotros formamos la nuestra ayer y ahora resulta ser correcta; así que debe reconocer que esta vez hemos ido un poco por delante de usted, señor Holmes.

—Ciertamente parece que ha ocurrido algo inusual —dijo Holmes.

Lestrade soltó una carcajada.

—No le gusta ser derrotado más que al resto de nosotros —dijo—. Uno no puede esperar salirse siempre con la suya, ¿verdad, doctor Watson? Pasen por aquí, por favor, caballeros, y creo que puedo convencerles de una vez por todas de que fue John McFarlane quien cometió este crimen.

Nos llevó a través del pasillo y hacia una oscura entrada al fondo.

—Aquí es donde el joven McFarlane debe haber salido a buscar su sombrero después de cometido el crimen —dijo—. Ahora, mire esto. Con dramatismo repentino, encendió una cerilla y, a su luz, expuso una mancha de sangre sobre la pared encalada. A medida que acercaba la cerilla, vi que era algo más que una mancha. Era la impresión bien marcada de un pulgar.

—Mire eso con su lupa, señor Holmes.

—Sí, eso hago.

—¿Sabe usted que no hay dos marcas de pulgar iguales?

—He oído algo parecido.

—Bueno, entonces, ¿sería tan amable de comparar esa impresión con esta impresión en cera del pulgar derecho del joven McFarlane, tomada bajo mis órdenes esta mañana?

Mientras sostenía la impresión de cera cerca de la mancha de sangre, no hizo falta una lupa para ver que ambas provenían, sin duda, del mismo pulgar. Era evidente para mí que nuestro desafortunado cliente estaba perdido.

—Eso es definitivo —dijo Lestrade.

—Sí, eso es definitivo —repetí involuntariamente.

—Es definitivo —dijo Holmes.

Algo en su tono captó mi atención y me volví para mirarlo. Un cambio extraordinario se había producido en su rostro. Se retorcía con una alegría interior. Sus dos ojos brillaban como estrellas. Me pareció que estaba haciendo esfuerzos desesperados por contener un ataque convulsivo de risa.

—¡Vaya, vaya! —dijo al fin—. Bueno, ahora, ¿quién lo hubiera pensado? ¡Y qué engañosas pueden ser las apariencias, por cierto! ¡Un joven tan agradable a la vista! Es una lección para nosotros no confiar en nuestro propio juicio, ¿no es así, Lestrade?

—Sí, algunos de nosotros somos un poco demasiado propensos a estar seguros de todo, señor Holmes —dijo Lestrade. La insolencia del hombre era enloquecedora, pero no podíamos resentirla.

—¡Qué cosa más providencial que este joven presionara su pulgar derecho contra la pared al tomar su sombrero del gancho! Una acción tan natural, si te pones a pensarlo. —Holmes estaba exteriormente tranquilo, pero todo su cuerpo daba un estremecimiento de emoción reprimida mientras hablaba—. Por cierto, Lestrade, ¿quién hizo este notable descubrimiento?

—Fue el ama de llaves, la señora Lexington, quien llamó la atención del agente nocturno.

—¿Dónde estaba el agente nocturno?

—Permanecía de guardia en el dormitorio donde se cometió el crimen, para asegurarse de que no se tocara nada.

—¿Pero por qué la policía no vio esta marca ayer?

—Bueno, no teníamos ninguna razón especial para hacer un examen minucioso del vestíbulo. Además, no está en un lugar muy prominente, como puede ver.

—No, no, por supuesto que no. Supongo que no hay duda de que la marca estaba allí ayer.

Lestrade miró a Holmes como si pensara que estaba perdiendo el juicio. Confieso que yo mismo estaba sorprendido tanto por su manera hilarante como por su observación algo descabellada.

—No sé si piensa que McFarlane salió de la cárcel en mitad de la noche para fortalecer la evidencia contra sí mismo —dijo Lestrade—. Dejo a cualquier experto del mundo decidir si esa no es la marca de su pulgar.

—Es incuestionablemente la marca de su pulgar.

—Bien, eso es suficiente —dijo Lestrade—. Soy un hombre práctico, señor Holmes, y cuando tengo mi evidencia, llego a mis conclusiones. Si tiene algo que decir, me encontrará escribiendo mi informe en la sala de estar.

Holmes había recuperado su ecuanimidad, aunque todavía me parecía detectar destellos de diversión en su expresión.

—Vaya, este es un acontecimiento muy triste, Watson, ¿no es así? —dijo—. Y, sin embargo, hay puntos singulares que ofrecen algunas esperanzas para nuestro cliente.

—Me alegra oírlo —dije cordialmente—. Temía que todo hubiera terminado para él.

—Difícilmente iría tan lejos como para decir eso, mi querido Watson. El hecho es que hay una fisura realmente seria en esta evidencia a la que nuestro amigo concede tanta importancia.

—¿De verdad, Holmes? ¿Cuál es?

—Solo esta: que YO SÉ que esa marca no estaba allí cuando examiné el vestíbulo ayer. Y ahora, Watson, demos un pequeño paseo bajo el sol.

Con el cerebro confundido, pero con un corazón en el que volvía a sentir algo de esperanza, acompañé a mi amigo en un paseo por el jardín. Holmes tomó cada fachada de la casa por turno y la examinó con gran interés. Luego abrió el camino hacia el interior y recorrió todo el edificio, desde el sótano hasta los desvanes. La mayoría de las habitaciones estaban sin amueblar, pero Holmes las inspeccionó todas minuciosamente. Finalmente, en el pasillo superior, que corría fuera de tres dormitorios desocupados, fue presa de nuevo de un espasmo de alegría.

—Realmente hay algunas características muy singulares en este caso, Watson —dijo—. Creo que es hora de que pongamos a nuestro amigo Lestrade al tanto. Él ha tenido su pequeña sonrisa a nuestras expensas, y tal vez podamos hacer lo mismo con él si mi lectura de este problema resulta ser correcta. Sí, sí; creo que veo cómo debemos abordarlo.

El inspector de Scotland Yard todavía estaba escribiendo en la sala cuando Holmes lo interrumpió.

—Tenía entendido que estaba escribiendo un informe sobre este caso —dijo.

—Así es.

—¿No cree que pueda ser un poco prematuro? No puedo evitar pensar que su evidencia no está completa.

Lestrade conocía demasiado bien a mi amigo como para desestimar sus palabras. Dejó su pluma y lo miró con curiosidad.

—¿Qué quiere decir, señor Holmes?

—Solo que hay un testigo importante al que no ha visto.

—¿Puede presentarlo?

—Creo que puedo.

—Entonces hágalo.

—Haré lo mejor que pueda. ¿Cuántos agentes tiene?

—Hay tres a mi disposición.

—¡Excelente! —dijo Holmes—. ¿Puedo preguntar si todos son hombres grandes y capaces, con voces potentes?

—No tengo duda de que lo son, aunque no veo qué tienen que ver sus voces con esto.

—Quizás pueda ayudarle a ver eso y un par de cosas más —dijo Holmes—. Por favor, llame a sus hombres y lo intentaré.

Cinco minutos después, tres policías se habían reunido en el vestíbulo.

—En el cobertizo encontrarán una cantidad considerable de paja —dijo Holmes—. Les pediré que traigan dos haces. Creo que será de gran ayuda para atraer al testigo que necesito. Muchas gracias. Creo que tiene algunas cerillas en el bolsillo, Watson. Ahora, señor Lestrade, les pediré a todos que me acompañen al rellano superior.

Como he dicho, había un pasillo ancho allí, que corría fuera de tres dormitorios vacíos. En un extremo del pasillo, fuimos todos alineados por Sherlock Holmes; los agentes sonreían y Lestrade miraba a mi amigo con asombro, expectación y burla cruzándose en sus facciones. Holmes se puso frente a nosotros con el aire de un prestidigitador que está realizando un truco.

—¿Sería tan amable de enviar a uno de sus agentes por dos cubos de agua? Pongan la paja en el suelo aquí, libre de la pared a ambos lados. Ahora creo que estamos todos listos.

El rostro de Lestrade había empezado a ponerse rojo y enfadado.

—No sé si está jugando con nosotros, señor Sherlock Holmes —dijo—. Si sabe algo, seguramente puede decirlo sin toda esta payasada.

—Le aseguro, mi buen Lestrade, que tengo una excelente razón para todo lo que hago. Quizás recuerde que se burló un poco de mí hace unas horas, cuando el sol parecía estar de su lado, así que no debe escatimarme un poco de pompa y ceremonia ahora. ¿Podría pedirle, Watson, que abra esa ventana y luego prenda fuego al borde de la paja?

Lo hice y, arrastrada por la corriente, una estela de humo gris se arremolinó por el pasillo, mientras la paja seca crujía y ardía.

—Ahora debemos ver si podemos encontrar a este testigo para usted, Lestrade. ¿Podría pedirles a todos que se unan al grito de «¡Fuego!»? Vamos, pues; uno, dos, tres...

—¡Fuego! —gritamos todos.

—Gracias. Les pediré que lo hagan una vez más.

—¡Fuego!

—Solo una vez más, caballeros, y todos juntos.

—¡Fuego! —El grito debió resonar sobre todo Norwood.

Apenas se había apagado cuando ocurrió algo asombroso. Una puerta se abrió de repente en lo que parecía ser una pared sólida al final del pasillo, y un hombre pequeño y marchito salió disparado de ella, como un conejo de su madriguera.

—¡Excelente! —dijo Holmes con calma—. Watson, un cubo de agua sobre la paja. ¡Eso bastará! Lestrade, permítame presentarle a su principal testigo desaparecido, el señor Jonas Oldacre.

El detective miró al recién llegado con asombro absoluto. Este último parpadeaba ante la luz brillante del pasillo y nos miraba a nosotros y al fuego humeante. Era un rostro odioso: astuto, vicioso, maligno, con ojos grises claros y huidizos y pestañas blancas.

—¿Qué es esto, entonces? —dijo Lestrade al fin—. ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo, eh?

Oldacre soltó una risa inquieta, encogiéndose ante el rostro rojo y furioso del detective irritado.

—No he hecho ningún daño.

—¿Ningún daño? Ha hecho todo lo posible para que ahorquen a un hombre inocente. Si no fuera por este caballero aquí presente, no estoy seguro de que no lo hubiera logrado.

La miserable criatura comenzó a sollozar.

—Estoy seguro, señor, de que solo fue mi broma pesada.

—¡Oh! ¿una broma, fue? Le prometo que no encontrará la risa de su lado. Llévenlo abajo y manténganlo en la sala de estar hasta que yo vaya. Señor Holmes —continuó, cuando se hubieron ido—, no podía hablar delante de los agentes, pero no me importa decir, en presencia del doctor Watson, que esto es lo más brillante que ha hecho hasta ahora, aunque es un misterio para mí cómo lo hizo. Ha salvado la vida de un hombre inocente y ha evitado un escándalo muy grave, que habría arruinado mi reputación en el cuerpo.

Holmes sonrió y dio una palmada en el hombro a Lestrade.

—En lugar de ser arruinado, mi buen señor, encontrará que su reputación ha sido enormemente mejorada. Solo haga algunos cambios en ese informe que estaba escribiendo, y entenderán lo difícil que es echar polvo en los ojos del inspector Lestrade.

—¿Y no quiere que aparezca su nombre?

—En absoluto. El trabajo es su propia recompensa. Tal vez obtenga el crédito también en algún día lejano cuando permita a mi entusiasta historiador desplegar sus folios una vez más, ¿eh, Watson? Bueno, ahora, veamos dónde ha estado escondida esta rata.

Un tabique de listones y yeso había sido colocado a través del pasillo a seis pies del extremo, con una puerta hábilmente oculta en él. Estaba iluminado en su interior por rendijas bajo el alero. Unos pocos muebles y una provisión de comida y agua estaban dentro, junto con una cantidad de libros y papeles.

—Ahí está la ventaja de ser constructor —dijo Holmes mientras salíamos—. Pudo arreglar su propio pequeño escondite sin ningún cómplice, salvo, por supuesto, esa preciada ama de llaves suya, a quien no perdería tiempo en añadir a su bolsa, Lestrade.

—Seguiré su consejo. Pero, ¿cómo supo de este lugar, señor Holmes?

—Decidí que el sujeto estaba escondido en la casa. Cuando medí un pasillo y encontré que era seis pies más corto que el correspondiente de abajo, quedó bastante claro dónde estaba. Pensé que no tendría el valor de permanecer tranquilo ante una alarma de incendio. Podríamos, por supuesto, haber entrado y haberlo detenido, pero me divirtió hacer que se revelara a sí mismo; además, le debía una pequeña mistificación, Lestrade, por sus burlas de la mañana.

—Bueno, señor, ciertamente se ha igualado conmigo en eso. Pero, ¿cómo diablos supo que él estaba en la casa en absoluto?

—La marca del pulgar, Lestrade. Usted dijo que era definitiva; y así lo era, en un sentido muy diferente. Sabía que no había estado allí el día anterior. Presto mucha atención a los detalles, como habrá observado, y había examinado el vestíbulo y estaba seguro de que la pared estaba limpia. Por lo tanto, había sido puesta durante la noche.

—¿Pero cómo?

«Muy sencillo. Cuando esos paquetes fueron precintados, Jonas Oldacre consiguió que McFarlane asegurara uno de los sellos poniendo su pulgar sobre la cera blanda. Se habría hecho tan rápida y naturalmente que me atrevo a decir que el propio joven no tiene recuerdo de ello. Lo más probable es que simplemente sucediera así, y el mismo Oldacre no tuviera noción del uso que le daría. Cavilando sobre el caso en esa guarida suya, de repente le vino a la mente qué evidencia absolutamente incriminatoria podría fabricar contra McFarlane usando esa huella del pulgar. Fue la cosa más sencilla del mundo para él tomar una impresión en cera del sello, humedecerla con tanta sangre como pudo obtener de un pinchazo de alfiler y poner la marca en la pared durante la noche, ya fuera con su propia mano o con la de su ama de llaves. Si examina entre aquellos documentos que se llevó consigo a su refugio, le apuesto a que encontrará el sello con la marca del pulgar en él».

«¡Maravilloso! —dijo Lestrade—. ¡Maravilloso! Todo está tan claro como el agua, como usted dice. Pero, ¿cuál es el objetivo de este profundo engaño, Sr. Holmes?».

Me resultó divertido ver cómo los modales prepotentes del detective habían cambiado repentinamente a los de un niño haciendo preguntas a su maestro.

«Bueno, no creo que eso sea muy difícil de explicar. Un hombre muy profundo, malicioso y vengativo es el caballero que ahora nos espera abajo. ¿Sabe que una vez fue rechazado por la madre de McFarlane? ¡No lo sabe! Le dije que debía ir primero a Blackheath y después a Norwood. Pues bien, este agravio, como él lo consideraría, se ha enconado en su cerebro malvado y calculador, y toda su vida ha anhelado la venganza, pero nunca vio su oportunidad. Durante el último año o dos, las cosas le han ido mal —especulaciones secretas, creo— y se encuentra en una mala situación. Decide estafar a sus acreedores y, para este propósito, paga grandes cheques a un tal Sr. Cornelius, quien es, imagino, él mismo bajo otro nombre. Todavía no he rastreado estos cheques, pero no tengo duda de que fueron depositados bajo ese nombre en alguna ciudad de provincias donde Oldacre llevaba de vez en cuando una doble vida. Tenía la intención de cambiar su nombre por completo, retirar este dinero y desaparecer, comenzando su vida de nuevo en otra parte».

«Bueno, eso es bastante probable».

«Se le ocurriría que al desaparecer podría despistar a cualquier persecución y, al mismo tiempo, obtener una venganza amplia y aplastante contra su antigua novia, si pudiera dar la impresión de que había sido asesinado por su único hijo. Fue una obra maestra de villanía, y la llevó a cabo como un maestro. La idea del testamento, que daría un motivo obvio para el crimen, la visita secreta desconocida para sus propios padres, la retención del bastón, la sangre y los restos de animales y botones en la pila de leña, todo fue admirable. Era una red de la que, hace unas pocas horas, me parecía que no había posible escape. Pero no tenía ese don supremo del artista: el conocimiento de cuándo detenerse. Quiso mejorar lo que ya era perfecto —apretar aún más la soga alrededor del cuello de su desafortunada víctima— y así lo arruinó todo. Bajemos, Lestrade. Hay una o dos preguntas que quisiera hacerle».

La maligna criatura estaba sentada en su propio salón con un policía a cada lado de él.

«Fue una broma, mi buen señor, una broma pesada, nada más», gimió incesantemente. «Le aseguro, señor, que simplemente me oculté para ver el efecto de mi desaparición, y estoy seguro de que usted no sería tan injusto como para imaginar que hubiera permitido que le ocurriera algún daño al pobre joven Sr. McFarlane».

«Eso lo decidirá un jurado —dijo Lestrade—. De todos modos, lo tendremos bajo un cargo de conspiración, si no de intento de asesinato».

«Y probablemente encontrará que sus acreedores confiscarán la cuenta bancaria del Sr. Cornelius», dijo Holmes.

El hombrecillo se sobresaltó y clavó sus malignos ojos en mi amigo.

«Tengo que agradecerle por un buen número de cosas», dijo. «Quizás algún día pague mi deuda».

Holmes sonrió con indulgencia.

«Me imagino que por algunos años encontrará su tiempo muy ocupado», dijo. «A propósito, ¿qué puso en la pila de leña además de sus pantalones viejos? ¿Un perro muerto, o conejos, o qué? ¿No lo dirá? ¡Dios mío, qué poco amable de su parte! Bueno, bueno, me atrevo a decir que un par de conejos explicarían tanto la sangre como las cenizas carbonizadas. Si alguna vez escribe un relato, Watson, puede hacer que los conejos le sirvan para su propósito».

*****

THE STRAND MAGAZINE Vol. 26 DICIEMBRE, 1903 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

III.—La aventura de los hombres danzantes.

HOLMES había estado sentado durante algunas horas en silencio con su espalda larga y delgada curvada sobre un recipiente químico en el que estaba preparando un producto particularmente maloliente. Tenía la cabeza hundida sobre el pecho y, desde mi punto de vista, parecía un ave extraña y desgarbada, con un plumaje gris apagado y un copete negro.

«Así que, Watson —dijo de repente—, ¿no piensa invertir en valores sudafricanos?».

Di un salto de asombro. Acostumbrado como estaba a las curiosas facultades de Holmes, esta repentina intrusión en mis pensamientos más íntimos era totalmente inexplicable.

«¿Cómo diablos sabe eso?», pregunté.

Giró sobre su taburete, con un tubo de ensayo humeante en la mano y un brillo de diversión en sus ojos hundidos.

«Vamos, Watson, confiese que está totalmente desconcertado», dijo.

«Lo estoy».

«Debería hacerle firmar un papel al respecto».

«¿Por qué?».

«Porque en cinco minutos dirá que todo es absurdamente sencillo».

«Estoy seguro de que no diré nada por el estilo».

«Verá, mi querido Watson» —colocó su tubo de ensayo en la gradilla y comenzó a dar una lección con el aire de un profesor dirigiéndose a su clase—, «no es realmente difícil construir una serie de inferencias, cada una dependiente de su predecesora y cada una sencilla en sí misma. Si, después de hacerlo, uno simplemente elimina todas las inferencias centrales y presenta a su audiencia el punto de partida y la conclusión, uno puede producir un efecto sorprendente, aunque posiblemente engañoso. Ahora bien, no fue realmente difícil, mediante una inspección del surco entre su dedo índice izquierdo y el pulgar, estar seguro de que usted NO pensaba invertir su pequeño capital en los campos de oro».

«No veo conexión alguna».

«Es muy probable que no; pero puedo mostrarle rápidamente una estrecha conexión. Aquí están los eslabones perdidos de la cadena tan sencilla: 1. Tenía tiza entre su dedo índice izquierdo y el pulgar cuando regresó del club anoche. 2. Se pone tiza ahí cuando juega al billar para estabilizar el taco. 3. Nunca juega al billar excepto con Thurston. 4. Me dijo hace cuatro semanas que Thurston tenía una opción sobre alguna propiedad sudafricana que expiraría en un mes, y en la que deseaba que usted participara con él. 5. Su talonario de cheques está cerrado en mi cajón, y no ha pedido la llave. 6. No piensa invertir su dinero de esta manera».

«¡Qué absurdamente sencillo!», exclamé.

«¡Exactamente! —dijo, un poco molesto—. Todo problema se vuelve muy infantil una vez que se le explica. Aquí hay uno sin explicar. Vea qué puede hacer con esto, amigo Watson». Arrojó una hoja de papel sobre la mesa y volvió una vez más a su análisis químico.

Miré con asombro los absurdos jeroglíficos sobre el papel.

«Vaya, Holmes, es un dibujo de niño», exclamé.

«¡Oh, esa es su idea!».

«¿Qué otra cosa podría ser?».

«Eso es lo que el Sr. Hilton Cubitt, de Riding Thorpe Manor, Norfolk, está muy ansioso por saber. Este pequeño acertijo llegó en el primer correo, y él debía seguir en el siguiente tren. Hay un toque en el timbre, Watson. No me sorprendería mucho si fuera él».

Se escuchó un paso pesado en la escalera, y un instante después entró un caballero alto, rubicundo y bien afeitado, cuyos ojos claros y mejillas floridas hablaban de una vida llevada lejos de las nieblas de Baker Street. Parecía traer una bocanada de su aire fuerte, fresco y vigorizante de la costa este al entrar. Después de estrechar la mano de cada uno de nosotros, estaba a punto de sentarse cuando su mirada se posó en el papel con las curiosas marcas, que yo acababa de examinar y dejado sobre la mesa.

«Bueno, Sr. Holmes, ¿qué opina de esto? —exclamó—. Me dijeron que usted era aficionado a los misterios extraños, y no creo que pueda encontrar uno más extraño que ese. Envié el papel por adelantado para que pudiera tener tiempo de estudiarlo antes de que yo llegara».

«Es ciertamente una producción bastante curiosa —dijo Holmes—. A primera vista parecería ser alguna travesura infantil. Consiste en una serie de pequeñas figuras absurdas bailando a través del papel sobre el cual están dibujadas. ¿Por qué debería atribuir importancia a un objeto tan grotesco?».

«Nunca lo haría, Sr. Holmes. Pero mi esposa sí. La está asustando hasta la muerte. No dice nada, pero puedo ver terror en sus ojos. Es por eso que quiero llegar al fondo del asunto».

Holmes sostuvo el papel de modo que la luz del sol brillara de lleno sobre él. Era una página arrancada de una libreta. Las marcas estaban hechas a lápiz, y eran así:--

GRÁFICO

Holmes lo examinó durante algún tiempo y luego, doblándolo cuidadosamente, lo guardó en su cartera.

«Esto promete ser un caso de lo más interesante e inusual —dijo—. Me dio algunos detalles en su carta, Sr. Hilton Cubitt, pero le agradecería mucho si tuviera la amabilidad de repasarlo todo de nuevo para beneficio de mi amigo, el Dr. Watson».

«No soy muy bueno contando historias —dijo nuestro visitante, apretando y soltando nerviosamente sus manos grandes y fuertes—. Usted solo pregúnteme cualquier cosa que no deje clara. Comenzaré en el momento de mi matrimonio el año pasado; pero quiero decir primero que, aunque no soy un hombre rico, mi familia ha estado en Ridling Thorpe durante unos cinco siglos, y no hay familia mejor conocida en el condado de Norfolk. El año pasado vine a Londres para el Jubileo, y me alojé en una pensión en Russell Square, porque Parker, el vicario de nuestra parroquia, se estaba quedando allí. Había una joven estadounidense allí —Patrick era el apellido— Elsie Patrick. De alguna manera nos hicimos amigos, hasta que antes de que terminara mi mes estaba tan enamorado como un hombre puede estarlo. Nos casamos discretamente en un registro civil, y regresamos a Norfolk como pareja casada. Pensará que es una locura, Sr. Holmes, que un hombre de una buena y antigua familia se case con una esposa de esta manera, sin saber nada de su pasado ni de su gente; pero si usted la viera y la conociera, le ayudaría a entenderlo.

«Ella fue muy directa al respecto, Elsie. No puedo decir que no me diera todas las oportunidades para echarme atrás si así lo deseaba. "He tenido algunas asociaciones muy desagradables en mi vida —dijo ella—. Deseo olvidarme de todo ello. Preferiría no aludir nunca al pasado, pues es muy doloroso para mí. Si me tomas, Hilton, tomarás a una mujer que no tiene nada de lo que deba avergonzarse personalmente; pero tendrás que contentarte con mi palabra al respecto, y permitirme guardar silencio sobre todo lo que pasó hasta el momento en que me convertí en tuya. Si estas condiciones son demasiado difíciles, entonces regresa a Norfolk y déjame a la vida solitaria en la que me encontraste". Fue solo el día antes de nuestra boda que me dijo esas mismas palabras. Le dije que estaba contento de aceptarla bajo sus propios términos, y he sido tan bueno como mi palabra.

«Bueno, hemos estado casados durante un año ahora, y hemos sido muy felices. Pero hace aproximadamente un mes, a finales de junio, vi por primera vez señales de problemas. Un día mi esposa recibió una carta de Estados Unidos. Vi el sello estadounidense. Ella se puso mortalmente pálida, leyó la carta y la arrojó al fuego. No hizo alusión a ello después, y yo tampoco, porque una promesa es una promesa; pero nunca ha conocido una hora de tranquilidad desde ese momento. Siempre hay una mirada de miedo en su rostro: una mirada como si estuviera esperando y anticipando algo. Haría mejor en confiar en mí. Descubriría que soy su mejor amigo. Pero hasta que ella hable, no puedo decir nada. Fíjese, ella es una mujer veraz, Sr. Holmes, y cualquier problema que pudiera haber habido en su vida pasada, no ha sido culpa suya. Solo soy un sencillo terrateniente de Norfolk, pero no hay un hombre en Inglaterra que valore el honor de su familia más de lo que yo lo hago. Ella lo sabe bien, y lo sabía bien antes de casarse conmigo. Nunca traería ninguna mancha sobre él: de eso estoy seguro.

«Bueno, ahora llego a la parte extraña de mi historia. Hace aproximadamente una semana —fue el martes de la semana pasada— encontré en uno de los alféizares de las ventanas una serie de pequeñas figuras danzantes absurdas, como estas en el papel. Estaban garabateadas con tiza. Pensé que era el mozo de cuadra quien las había dibujado, pero el muchacho juró que no sabía nada al respecto. De cualquier modo, habían aparecido allí durante la noche. Hice que las borraran, y solo mencioné el asunto a mi esposa después. Para mi sorpresa, se lo tomó muy en serio y me rogó que, si aparecían más, la dejara verlas. No aparecieron ninguna durante una semana, y entonces ayer por la mañana encontré este papel tirado en el reloj de sol del jardín. Se lo mostré a Elsie, y cayó al suelo en un desmayo mortal. Desde entonces ha parecido una mujer en un sueño, medio aturdida, y con el terror acechando siempre en sus ojos. Fue entonces cuando le escribí y le envié el papel, Sr. Holmes. No era algo que pudiera llevar a la policía, porque se habrían reído de mí, pero usted me dirá qué hacer. No soy un hombre rico; pero si hay algún peligro que amenace a mi mujercita, gastaría mi último centavo para protegerla».

Era una criatura noble, este hombre de la vieja tierra inglesa, sencillo, directo y gentil, con sus ojos azules grandes y sinceros y su rostro amplio y apuesto. Su amor por su esposa y su confianza en ella brillaban en sus rasgos. Holmes había escuchado su historia con la mayor atención, y ahora permaneció durante algún tiempo sumido en un pensamiento silencioso.

«¿No cree, Sr. Cubitt —dijo al fin—, que su mejor plan sería hacer un llamamiento directo a su esposa y pedirle que comparta su secreto con usted?».

Hilton Cubitt sacudió su cabeza maciza.

«Una promesa es una promesa, Sr. Holmes. Si Elsie quisiera contármelo, lo haría. Si no, no soy quién para forzar su confianza. Pero tengo derecho a tomar mi propio camino, y lo haré».

«Entonces le ayudaré con todo mi corazón. En primer lugar, ¿ha oído hablar de algún extraño visto en su vecindario?».

«No».

«Supongo que es un lugar muy tranquilo. ¿Cualquier cara nueva causaría comentarios?».

«En el vecindario inmediato, sí. Pero tenemos varios centros turísticos pequeños no muy lejos. Y los agricultores hospedan inquilinos».

«Estos jeroglíficos tienen evidentemente un significado. Si es uno puramente arbitrario, puede que sea imposible para nosotros resolverlo. Si, por otro lado, es sistemático, no tengo duda de que llegaremos al fondo de ello. Pero esta muestra en particular es tan corta que no puedo hacer nada, y los hechos que me ha traído son tan indefinidos que no tenemos base para una investigación. Sugeriría que regrese a Norfolk, que esté muy atento y que tome una copia exacta de cualquier nuevo hombre danzante que pueda aparecer. Es una pena mil veces mayor que no tengamos una reproducción de aquellos que fueron hechos con tiza sobre el alféizar de la ventana. Haga también una indagación discreta sobre cualquier extraño en el vecindario. Cuando haya recopilado alguna evidencia fresca, venga a mí de nuevo. Ese es el mejor consejo que puedo darle, Sr. Hilton Cubitt. Si hay algún desarrollo nuevo y urgente, estaré siempre listo para bajar y verle en su hogar de Norfolk».

La entrevista dejó a Sherlock Holmes muy pensativo, y varias veces en los días siguientes le vi tomar su trozo de papel de su libreta y mirar larga y atentamente a las curiosas figuras inscritas en él. No hizo alusión al asunto, sin embargo, hasta una tarde, quince días más o menos después. Estaba saliendo cuando me llamó de vuelta.

«Será mejor que se quede aquí, Watson».

«¿Por qué?».

«Porque tuve un telegrama de Hilton Cubitt esta mañana; ¿recuerda a Hilton Cubitt, el de los hombres danzantes? Debía llegar a Liverpool Street a la una y veinte. Puede estar aquí en cualquier momento. Deduzco de su telegrama que ha habido algunos incidentes nuevos de importancia».

No tuvimos que esperar mucho, pues nuestro terrateniente de Norfolk vino directamente de la estación tan rápido como un coche de alquiler pudo traerlo. Parecía preocupado y deprimido, con ojos cansados y la frente marcada.

«Me está poniendo de los nervios este asunto, Sr. Holmes», dijo, mientras se hundía, como un hombre agotado, en un sillón. «Es bastante malo sentir que estás rodeado por gente invisible y desconocida, que tiene algún tipo de designio sobre ti; pero cuando, además de eso, sabes que simplemente está matando a tu esposa por pulgadas, entonces se convierte en tanto como la carne y la sangre pueden soportar. Se está consumiendo bajo ello, simplemente consumiéndose ante mis ojos».

«¿Ha dicho algo todavía?».

«No, Sr. Holmes, no lo ha hecho. Y, sin embargo, ha habido momentos en que la pobre chica ha querido hablar, y aun así no podía decidirse a dar el paso. He intentado ayudarla; pero me atrevo a decir que lo hice torpemente y la ahuyenté. Ha hablado sobre mi antigua familia, y nuestra reputación en el condado, y nuestro orgullo en nuestro honor inmaculado, y siempre sentí que conducía al punto; pero de alguna manera se desvió antes de que llegáramos allí».

«¿Pero usted ha descubierto algo por su cuenta?».

«Mucho, Sr. Holmes. Tengo varias imágenes frescas de hombres danzantes para que usted las examine y, lo que es más importante, he visto al sujeto».

«¿Qué, al hombre que los dibuja?».

«Sí, lo vi trabajando. Pero le contaré todo en orden. Cuando regresé después de mi visita a usted, lo primero que vi a la mañana siguiente fue una nueva cosecha de hombres danzantes. Habían sido dibujados con tiza en la puerta de madera negra del cobertizo de herramientas, que se encuentra al lado del césped a plena vista de las ventanas delanteras. Tomé una copia exacta, y aquí está». Desplegó un papel y lo puso sobre la mesa. Aquí hay una copia de los jeroglíficos:--

GRÁFICO

«¡Excelente! —dijo Holmes—. ¡Excelente! Por favor, continúe».

«Cuando tomé la copia, borré las marcas; pero dos mañanas después había aparecido una nueva inscripción. Tengo una copia aquí»:--

GRÁFICO

Holmes se frotó las manos y se rió con deleite.

«Nuestro material se está acumulando rápidamente», dijo.

«Tres días después, un mensaje apareció garabateado en un papel, colocado bajo un guijarro sobre el reloj de sol. Aquí lo tiene. Los caracteres son, como puede ver, exactamente iguales a los del anterior. Tras aquello, decidí quedarme al acecho; así que saqué mi revólver y me quedé despierto en mi estudio, que da al césped y al jardín. Sobre las dos de la madrugada, estaba sentado junto a la ventana, estando todo a oscuras salvo por la luz de la luna en el exterior, cuando escuché pasos tras de mí, y allí estaba mi esposa en bata. Me suplicó que me fuera a la cama. Le dije francamente que deseaba ver quién era el que nos gastaba bromas tan absurdas. Ella respondió que se trataba de alguna broma pesada sin sentido y que no debía prestarle atención.

—Si realmente te molesta, Hilton, podríamos irnos de viaje, tú y yo, y así evitar este fastidio.

—¿Qué? ¿Dejarnos expulsar de nuestra propia casa por un bromista? —dije yo—. ¡Vaya, tendríamos a todo el condado riéndose de nosotros!

—Bueno, vámonos a la cama —dijo ella—, y podremos discutirlo por la mañana.

De repente, mientras hablaba, vi que su rostro blanco se volvía aún más pálido bajo la luz de la luna, y su mano se apretó sobre mi hombro. Algo se movía en la sombra de la caseta de herramientas. Vi una figura oscura y sigilosa que se arrastró por la esquina y se agazapó frente a la puerta. Agarrando mi pistola, me disponía a salir corriendo cuando mi esposa rodeó mi cuerpo con sus brazos y me sujetó con una fuerza convulsiva. Intenté apartarla, pero se aferró a mí desesperadamente. Al final logré soltarme, pero para cuando abrí la puerta y llegué a la caseta, la criatura había desaparecido. Sin embargo, había dejado una huella de su presencia, pues allí, en la puerta, estaba exactamente la misma disposición de hombres danzantes que ya había aparecido dos veces y que he copiado en ese papel. No había ninguna otra señal del sujeto por ninguna parte, aunque registré todo el terreno. Y, sin embargo, lo asombroso es que debió de estar allí todo el tiempo, pues cuando examiné la puerta de nuevo por la mañana, había garabateado algunos dibujos más bajo la línea que ya había visto».

«¿Tiene ese nuevo dibujo?».

«Sí; es muy corto, pero hice una copia, y aquí está».

De nuevo sacó un papel. La nueva danza tenía esta forma:--

GRÁFICO

«Dígame —dijo Holmes, y pude ver por sus ojos que estaba muy excitado—, ¿fue esto un simple añadido al primero o pareció ser algo totalmente independiente?».

«Estaba en un panel diferente de la puerta».

«¡Excelente! Esto es, con mucho, lo más importante de todo para nuestros propósitos. Me llena de esperanzas. Ahora, Sr. Hilton Cubitt, por favor, continúe con su interesantísima exposición».

«No tengo nada más que decir, Sr. Holmes, salvo que aquella noche me enfadé con mi esposa por haberme retenido cuando podría haber atrapado al pícaro furtivo. Ella dijo que temía que me hiciera daño. Por un instante me cruzó por la mente que quizá lo que ella realmente temía era que ÉL saliera herido, pues no podía dudar de que ella sabía quién era aquel hombre y qué significaban aquellas extrañas señales. Pero hay un tono en la voz de mi esposa, Sr. Holmes, y una mirada en sus ojos que prohíben la duda, y estoy seguro de que era, de hecho, mi propia seguridad lo que estaba en su mente. Ese es todo el caso, y ahora quiero su consejo sobre lo que debería hacer. Mi propia inclinación es poner a media docena de mis mozos de granja en el arbusto y, cuando este tipo vuelva, darle tal paliza que nos deje en paz para el futuro».

«Me temo que es un caso demasiado profundo para remedios tan sencillos —dijo Holmes—. ¿Cuánto tiempo puede quedarse en Londres?».

«Debo volver hoy mismo. No dejaría a mi esposa sola toda la noche por nada del mundo. Está muy nerviosa y me suplicó que volviera».

«Me atrevería a decir que tiene razón. Pero si hubiera podido quedarse, es posible que yo hubiera sido capaz de regresar con usted en uno o dos días. Mientras tanto, déjeme estos papeles, y creo que es muy probable que pueda hacerle una visita en breve y arrojar algo de luz sobre su caso».

Sherlock Holmes mantuvo su calma profesional hasta que nuestro visitante nos dejó, aunque para mí, que lo conocía tan bien, era fácil ver que estaba profundamente excitado. En el momento en que la ancha espalda de Hilton Cubitt desapareció por la puerta, mi camarada corrió a la mesa, extendió todos los papeles con los hombres danzantes frente a él y se lanzó a un intrincado y elaborado cálculo. Durante dos horas lo observé mientras cubría hoja tras hoja de papel con cifras y letras, tan completamente absorto en su tarea que evidentemente había olvidado mi presencia. A veces avanzaba y silbaba o cantaba mientras trabajaba; otras veces se quedaba desconcertado y permanecía sentado durante largos ratos con el ceño fruncido y la mirada vacía. Finalmente, saltó de su silla con un grito de satisfacción y paseó de un lado a otro de la habitación frotándose las manos. Luego escribió un largo telegrama en un formulario de cable. «Si mi respuesta a esto es como espero, tendrá un caso muy bonito que añadir a su colección, Watson —dijo—. Espero que podamos ir a Norfolk mañana y llevarle a nuestro amigo noticias muy concretas sobre el secreto de su molestia».

Confieso que estaba lleno de curiosidad, pero sabía que a Holmes le gustaba hacer sus revelaciones en su propio momento y a su propia manera; así que esperé hasta que le conviniera confiar en mí.

Pero hubo un retraso en aquel telegrama de respuesta, y siguieron dos días de impaciencia durante los cuales Holmes aguzaba el oído ante cada toque del timbre. En la tarde del segundo día llegó una carta de Hilton Cubitt. Todo estaba tranquilo en su casa, salvo que esa mañana había aparecido una larga inscripción en el pedestal del reloj de sol. Adjuntaba una copia, que se reproduce aquí:--

GRÁFICO

Holmes se inclinó sobre aquel friso grotesco durante unos minutos y, de repente, saltó sobre sus pies con una exclamación de sorpresa y consternación. Su rostro estaba demacrado por la ansiedad.

«Hemos dejado que este asunto llegara demasiado lejos —dijo—. ¿Hay algún tren a North Walsham esta noche?».

Consulté el horario. El último acababa de salir.

«Entonces desayunaremos temprano y tomaremos el primero de la mañana —dijo Holmes—. Nuestra presencia es urgentemente necesaria. ¡Ah! Aquí está el telegrama que esperábamos. Un momento, Sra. Hudson; puede haber una respuesta. No, eso es exactamente lo que esperaba. Este mensaje hace aún más esencial que no perdamos ni una hora en hacer saber a Hilton Cubitt cómo están las cosas, pues es una red singular y peligrosa en la que nuestro sencillo hacendado de Norfolk está enredado».

Así resultó ser, en efecto, y a medida que llego a la oscura conclusión de una historia que me había parecido solo infantil y bizarra, experimento una vez más el desánimo y el horror que me invadieron. Ojalá tuviera un final más brillante que comunicar a mis lectores, pero estas son crónicas de hechos, y debo seguir hasta su oscura crisis la extraña cadena de acontecimientos que durante algunos días convirtió a Ridling Thorpe Manor en un tema de conversación a lo largo y ancho de Inglaterra.

Apenas habíamos bajado en North Walsham y mencionado el nombre de nuestro destino cuando el jefe de estación se apresuró hacia nosotros. «Supongo que ustedes son los detectives de Londres», dijo.

Una mirada de molestia pasó por el rostro de Holmes.

«¿Qué le hace pensar tal cosa?».

«Porque el inspector Martin, de Norwich, acaba de pasar por aquí. Pero tal vez sean ustedes los cirujanos. Ella no está muerta, o no lo estaba según las últimas noticias. Puede que todavía lleguen a tiempo para salvarla, aunque sea para la horca».

La frente de Holmes estaba sombría por la ansiedad.

«Nos dirigimos a Ridling Thorpe Manor —dijo—, pero no sabemos nada de lo que ha ocurrido allí».

«Es un asunto terrible —dijo el jefe de estación—. Están heridos de bala, tanto el Sr. Hilton Cubitt como su esposa. Ella le disparó a él y luego a sí misma, eso dicen los criados. Él está muerto y se teme por la vida de ella. Vaya, vaya, una de las familias más antiguas del condado de Norfolk, y una de las más honradas».

Sin decir palabra, Holmes se apresuró hacia un carruaje, y durante los largos siete kilómetros de trayecto no abrió la boca. Rara vez lo había visto tan profundamente abatido. Había estado inquieto durante todo nuestro viaje desde la ciudad, y había observado que hojeaba los periódicos de la mañana con ansiosa atención; pero ahora esta repentina confirmación de sus peores temores lo dejó en una melancolía vacía. Se recostó en su asiento, perdido en sombrías especulaciones. Sin embargo, había mucho a nuestro alrededor que nos interesaba, pues atravesábamos un campo tan singular como cualquiera de Inglaterra, donde unas pocas casas dispersas representaban la población de hoy, mientras que por todas partes enormes iglesias de torre cuadrada surgían del paisaje verde y llano y hablaban de la gloria y prosperidad de la antigua East Anglia. Finalmente, el borde violeta del Mar del Norte apareció sobre el borde verde de la costa de Norfolk, y el cochero señaló con su látigo dos viejos hastiales de ladrillo y madera que sobresalían de un bosquecillo de árboles. «Ese es Ridling Thorpe Manor», dijo.

Mientras nos dirigíamos a la puerta principal con pórtico, observé frente a ella, junto a la pista de tenis, la caseta de herramientas negra y el reloj de sol sobre pedestal con los que teníamos tan extrañas asociaciones. Un hombre pequeño y elegante, con modales rápidos y alerta y un bigote encerado, acababa de bajar de un coche de caballos. Se presentó como el inspector Martin, de la policía de Norfolk, y se quedó considerablemente asombrado cuando escuchó el nombre de mi compañero.

«Vaya, Sr. Holmes, el crimen solo se cometió a las tres de esta madrugada. ¿Cómo pudo enterarse en Londres y llegar al lugar tan pronto como yo?».

«Lo anticipé. Vine con la esperanza de prevenirlo».

«Entonces debe tener pruebas importantes de las que nosotros carecemos, pues decían que eran una pareja de lo más unida».

«Solo tengo la evidencia de los hombres danzantes —dijo Holmes—. Le explicaré el asunto más tarde. Mientras tanto, dado que es demasiado tarde para evitar esta tragedia, estoy muy ansioso por utilizar el conocimiento que poseo para asegurar que se haga justicia. ¿Me asociará en su investigación o prefiere que actúe de forma independiente?».

«Me sentiría orgulloso de sentir que actuamos juntos, Sr. Holmes», dijo el inspector con sinceridad.

«En ese caso, me gustaría escuchar las pruebas y examinar las instalaciones sin un instante de demora innecesaria».

El inspector Martin tuvo el buen sentido de permitir que mi amigo hiciera las cosas a su manera, y se contentó con anotar cuidadosamente los resultados. El cirujano local, un hombre anciano de pelo blanco, acababa de bajar de la habitación de la Sra. Hilton Cubitt e informó de que sus heridas eran graves, pero no necesariamente mortales. La bala había atravesado la parte frontal de su cerebro, y probablemente pasaría algún tiempo antes de que pudiera recuperar el conocimiento. Sobre la cuestión de si ella había sido disparada o si se había disparado a sí misma, no se atrevería a expresar ninguna opinión decidida. Ciertamente, la bala había sido disparada a muy corta distancia. Solo se encontró una pistola en la habitación, cuyos dos cañones habían sido vaciados. Al Sr. Hilton Cubitt le habían disparado al corazón. Era igualmente concebible que él le hubiera disparado a ella y luego a sí mismo, o que ella hubiera sido la criminal, pues el revólver yacía en el suelo a medio camino entre ambos.

«¿Lo han movido?», preguntó Holmes.

«No hemos movido nada excepto a la dama. No podíamos dejarla tirada herida en el suelo».

«¿Cuánto tiempo lleva aquí, doctor?».

«Desde las cuatro en punto».

«¿Alguien más?».

«Sí, el agente de policía de aquí».

«¿Y no han tocado nada?».

«Nada».

«Han actuado con gran discreción. ¿Quién le envió a buscar?».

«La criada, Saunders».

«¿Fue ella quien dio la voz de alarma?».

«Ella y la Sra. King, la cocinera».

«¿Dónde están ahora?».

«En la cocina, creo».

«Entonces creo que será mejor que escuchemos su historia de inmediato».

El viejo vestíbulo, con paneles de roble y ventanas altas, se había convertido en un tribunal de investigación. Holmes se sentó en una silla grande y pasada de moda, con sus ojos inexorables brillando en su rostro demacrado. Podía leer en ellos el firme propósito de dedicar su vida a esta búsqueda hasta que el cliente a quien no pudo salvar fuera finalmente vengado. El pulcro inspector Martin, el viejo médico rural de cabeza gris, yo mismo y un impasible policía de pueblo formábamos el resto de aquella extraña compañía.

Las dos mujeres contaron su historia con bastante claridad. Habían sido despertadas de su sueño por el sonido de una explosión, a la que siguió un minuto después una segunda. Dormían en habitaciones contiguas y la Sra. King había corrido hacia Saunders. Juntas bajaron las escaleras. La puerta del estudio estaba abierta y una vela ardía sobre la mesa. Su amo yacía boca abajo en el centro de la habitación. Estaba muerto. Cerca de la ventana, su esposa estaba agazapada, con la cabeza apoyada contra la pared. Estaba horriblemente herida y el lado de su rostro estaba rojo de sangre. Respiraba con dificultad, pero era incapaz de decir nada. El pasillo, así como la habitación, estaba lleno de humo y olor a pólvora. La ventana estaba ciertamente cerrada y asegurada por dentro. Ambas mujeres eran tajantes en ese punto. De inmediato enviaron a buscar al médico y al agente. Luego, con la ayuda del mozo de cuadra y el ayudante, trasladaron a su ama herida a su habitación. Tanto ella como su marido habían ocupado la cama. Ella estaba vestida con su traje, él con su bata sobre la ropa de dormir. No se había movido nada en el estudio. Hasta donde sabían, nunca había habido ninguna disputa entre marido y mujer. Siempre los habían considerado una pareja muy unida.

Estos fueron los puntos principales de la declaración de los criados. En respuesta al inspector Martin, fueron claras al afirmar que todas las puertas estaban cerradas por dentro y que nadie podría haber escapado de la casa. En respuesta a Holmes, ambas recordaron que fueron conscientes del olor a pólvora desde el momento en que salieron de sus habitaciones en el piso superior. «Recomiendo ese hecho muy cuidadosamente a su atención», dijo Holmes a su colega profesional. «Y ahora creo que estamos en condiciones de emprender un examen exhaustivo de la habitación».

El estudio resultó ser una pequeña cámara, forrada en tres de sus lados por libros, y con una mesa de escritorio frente a una ventana normal que daba al jardín. Nuestra primera atención se dirigió al cuerpo del infortunado hacendado, cuyo enorme cuerpo yacía tendido a través de la habitación. Su ropa desordenada mostraba que había sido despertado apresuradamente de su sueño. La bala le había sido disparada de frente y había permanecido en su cuerpo tras penetrar el corazón. Su muerte había sido ciertamente instantánea e indolora. No había rastro de pólvora ni en su bata ni en sus manos. Según el cirujano rural, la dama tenía manchas en el rostro, pero ninguna en las manos.

«La ausencia de esto último no significa nada, aunque su presencia podría significarlo todo —dijo Holmes—. A menos que la pólvora de un cartucho mal ajustado ocurra que salte hacia atrás, uno puede disparar muchos tiros sin dejar una señal. Sugeriría que el cuerpo del Sr. Cubitt puede ser retirado ahora. Supongo, doctor, que no ha recuperado la bala que hirió a la dama».

«Será necesaria una operación seria antes de que eso pueda hacerse. Pero todavía hay cuatro cartuchos en el revólver. Dos han sido disparados y se han infligido dos heridas, de modo que cada bala puede justificarse».

«Así parece —dijo Holmes—. ¿Quizá pueda justificar también la bala que tan obviamente ha golpeado el borde de la ventana?».

Se había vuelto repentinamente, y su dedo largo y delgado señalaba un agujero que había sido perforado justo a través del marco inferior de la ventana, aproximadamente a una pulgada por encima de la base.

«¡Por Dios! —exclamó el inspector—. ¿Cómo diablos vio eso?».

«Porque lo busqué».

«¡Maravilloso! —dijo el médico rural—. Ciertamente tiene razón, señor. Entonces se ha disparado un tercer tiro, y por lo tanto una tercera persona debe haber estado presente. Pero ¿quién podría haber sido y cómo pudo haberse escapado?».

«Ese es el problema que ahora estamos a punto de resolver —dijo Sherlock Holmes—. ¿Recuerda, inspector Martin, cuando los criados dijeron que al salir de su habitación fueron conscientes de inmediato de un olor a pólvora, que comenté que el punto era extremadamente importante?».

«Sí, señor; pero confieso que no le seguí del todo».

«Sugería que, en el momento del disparo, tanto la ventana como la puerta de la habitación habían estado abiertas. De lo contrario, los vapores de la pólvora no habrían podido ser arrastrados tan rápidamente a través de la casa. Era necesaria una corriente de aire en la habitación para ello. Sin embargo, tanto la puerta como la ventana solo estuvieron abiertas por un tiempo muy breve».

«¿Cómo prueba eso?».

«Porque la vela no se ha derretido».

«¡Excelente! —exclamó el inspector—. ¡Excelente!».

«Sintiéndome seguro de que la ventana había estado abierta en el momento de la tragedia, concebí que podría haber habido una tercera persona en el asunto, que permaneció fuera de esta abertura y disparó a través de ella. Cualquier disparo dirigido a esta persona podría impactar en el marco. Miré, y allí, efectivamente, estaba la marca de la bala».

«¿Pero cómo es que la ventana estaba cerrada y asegurada?».

«El primer instinto de la mujer sería cerrar y asegurar la ventana. Pero, ¡hola! ¿Qué es esto?».

Era un bolso de mano de dama que estaba sobre la mesa del estudio, un bolso pequeño y pulcro de piel de cocodrilo y plata. Holmes lo abrió y vació el contenido. Había veinte billetes de cincuenta libras del Banco de Inglaterra, sujetos por una banda de goma; nada más.

«Esto debe ser preservado, pues figurará en el juicio —dijo Holmes, mientras entregaba el bolso con su contenido al inspector—. Ahora es necesario que intentemos arrojar algo de luz sobre esta tercera bala, que claramente, por el astillamiento de la madera, ha sido disparada desde dentro de la habitación. Me gustaría ver a la Sra. King, la cocinera, de nuevo. Dijo, Sra. King, que fue despertada por una FUERTE explosión. Cuando dijo eso, ¿quiso decir que le pareció que era más fuerte que la segunda?».

«Bueno, señor, me despertó de mi sueño, así que es difícil de juzgar. Pero sí que pareció muy fuerte».

«¿No cree que podrían haber sido dos disparos hechos casi en el mismo instante?».

«Estoy segura de que no podría decirlo, señor».

«Creo que indudablemente fue así. Más bien pienso, inspector Martin, que hemos agotado ahora todo lo que esta habitación puede enseñarnos. Si tiene la amabilidad de venir conmigo, veremos qué nueva evidencia tiene el jardín que ofrecer».

Un parterre de flores se extendía hasta la ventana del estudio, y todos exclamamos al acercarnos. Las flores estaban pisoteadas y el suelo blando estaba impreso por todas partes con marcas de pies. Eran pies grandes y masculinos, con dedos peculiarmente largos y afilados. Holmes buscó entre la hierba y las hojas como un perro perdiguero tras un pájaro herido. Luego, con un grito de satisfacción, se inclinó hacia adelante y recogió un pequeño cilindro de bronce.

«Lo pensaba —dijo—; el revólver tenía un extractor, y aquí está el tercer cartucho. Realmente creo, inspector Martin, que nuestro caso está casi completo».

El rostro del inspector rural mostraba su intenso asombro ante el rápido y magistral progreso de la investigación de Holmes. Al principio había mostrado cierta disposición a hacer valer su propia posición; pero ahora estaba superado por la admiración y listo para seguir sin cuestionar a donde fuera que Holmes guiara.

«¿A quién sospecha?», preguntó.

«Me ocuparé de eso más adelante. Hay varios puntos en este problema que aún no he podido explicarles. Ahora que he llegado tan lejos, lo mejor será que proceda según mis propios métodos y luego aclare todo el asunto de una vez por todas».

«Como usted desee, Sr. Holmes, siempre y cuando atrape a nuestro hombre».

«No tengo deseo alguno de crear misterios, pero es imposible, en el momento de la acción, entrar en explicaciones largas y complejas. Tengo todos los hilos de este asunto en mi mano. Incluso si esta dama nunca recuperara el conocimiento, aún podemos reconstruir los acontecimientos de anoche y asegurar que se haga justicia. En primer lugar, deseo saber si hay alguna posada en este vecindario conocida como "Elrige's"».

Se interrogó a los criados, pero ninguno de ellos había oído hablar de tal lugar. El mozo de cuadra arrojó luz sobre el asunto al recordar que un granjero con ese nombre vivía a algunas millas de distancia en dirección a East Ruston.

«¿Es una granja solitaria?»

«Muy solitaria, señor».

«¿Quizás no se hayan enterado aún de todo lo que sucedió aquí durante la noche?»

«Tal vez no, señor».

Holmes pensó un poco y luego una sonrisa curiosa se dibujó en su rostro.

«Ensille un caballo, muchacho», dijo. «Quiero que lleve una nota a la granja de Elrige».

Sacó de su bolsillo los diversos trozos de papel con los hombres danzantes. Con ellos frente a sí, trabajó durante un tiempo en la mesa de estudio. Finalmente, entregó una nota al muchacho con instrucciones de ponerla en manos de la persona a quien iba dirigida y, especialmente, de no responder a ninguna pregunta de ningún tipo que pudiera hacérsele. Vi el exterior de la nota, dirigida con caracteres irregulares y torpes, muy diferentes a la mano precisa de Holmes. Estaba consignada al Sr. Abe Slaney, granja de Elrige, East Ruston, Norfolk.

«Creo, inspector», comentó Holmes, «que haría bien en telegrafiar pidiendo una escolta, ya que, si mis cálculos resultan ser correctos, es posible que tenga a un prisionero particularmente peligroso que trasladar a la cárcel del condado. El muchacho que lleva esta nota, sin duda, podría enviar su telegrama. Si hay un tren por la tarde hacia la ciudad, Watson, creo que haríamos bien en tomarlo, ya que tengo un análisis químico de cierto interés que terminar, y esta investigación se acerca rápidamente a su fin».

Cuando el joven fue despachado con la nota, Sherlock Holmes dio sus instrucciones a los sirvientes. Si algún visitante llamaba preguntando por la Sra. Hilton Cubitt, no se debía dar información sobre su estado, sino que debía ser conducido de inmediato al salón. Les recalcó estos puntos con la mayor seriedad. Finalmente, nos condujo al salón con el comentario de que el asunto ya estaba fuera de nuestras manos y que debíamos matar el tiempo lo mejor posible hasta que pudiéramos ver qué nos deparaba el destino. El médico se había marchado a atender a sus pacientes, y solo quedamos el inspector y yo.

«Creo que puedo ayudarles a pasar una hora de una manera interesante y provechosa», dijo Holmes, acercando su silla a la mesa y extendiendo frente a sí los diversos papeles en los que estaban registrados los movimientos de los hombres danzantes. «En cuanto a usted, amigo Watson, le debo toda reparación por haber permitido que su curiosidad natural permaneciera tanto tiempo insatisfecha. Para usted, inspector, todo el incidente puede resultar un notable estudio profesional. Debo contarles primero las interesantes circunstancias relacionadas con las consultas previas que el Sr. Hilton Cubitt tuvo conmigo en Baker Street». A continuación, recapituló brevemente los hechos que ya han sido registrados. «Tengo aquí frente a mí estas singulares producciones, ante las cuales uno podría sonreír si no hubieran demostrado ser los precursores de una tragedia tan terrible. Estoy bastante familiarizado con todas las formas de escritura secreta y soy yo mismo el autor de una pequeña monografía sobre el tema, en la que analizo ciento sesenta cifrados distintos; pero confieso que esto es completamente nuevo para mí. El objeto de quienes inventaron el sistema ha sido, aparentemente, ocultar que estos caracteres transmiten un mensaje y dar la idea de que son simples garabatos al azar de niños.

«Sin embargo, una vez reconocido que los símbolos representaban letras y aplicada la regla que nos guía en todas las formas de escritura secreta, la solución fue bastante fácil. El primer mensaje que se me presentó era tan corto que me resultó imposible hacer más que afirmar con cierta seguridad que el símbolo XXX significaba E. Como ustedes saben, la E es la letra más común en el alfabeto inglés, y predomina de una manera tan marcada que incluso en una frase corta uno esperaría encontrarla con mayor frecuencia. De los quince símbolos en el primer mensaje, cuatro eran iguales, así que era razonable establecer esto como E. Es cierto que en algunos casos la figura llevaba una bandera y en otros no, pero era probable, por la forma en que estaban distribuidas las banderas, que se usaran para dividir la frase en palabras. Acepté esto como hipótesis y anoté que la E estaba representada por XXX.

«Pero ahora llegó la verdadera dificultad de la investigación. El orden de las letras inglesas después de la E no está de ninguna manera bien marcado, y cualquier preponderancia que pueda mostrarse en el promedio de una página impresa puede invertirse en una sola frase corta. Hablando a grandes rasgos, T, A, O, I, N, S, H, R, D y L son el orden numérico en el que aparecen las letras; pero la T, la A, la O y la I están muy igualadas entre sí, y sería una tarea interminable probar cada combinación hasta llegar a un significado. Por lo tanto, esperé a obtener material nuevo. En mi segunda entrevista con el Sr. Hilton Cubitt, pudo darme otras dos frases cortas y un mensaje que parecía —dado que no tenía bandera— ser una sola palabra. Aquí están los símbolos. Ahora, en la palabra única ya he obtenido las dos E ocupando el segundo y cuarto lugar en una palabra de cinco letras. Podría ser "sever", "lever" o "never". No hay duda de que esta última, como respuesta a una súplica, es con mucho la más probable, y las circunstancias apuntaban a que era una respuesta escrita por la dama. Aceptándola como correcta, ahora podemos decir que los símbolos XXX representan, respectivamente, N, V y R.

«Incluso entonces, me encontraba en una dificultad considerable, pero una idea feliz me puso en posesión de otras varias letras. Se me ocurrió que si estas súplicas venían, como esperaba, de alguien que había tenido intimidad con la dama en sus primeros años, una combinación que contuviera dos E con tres letras en medio bien podría significar el nombre "ELSIE". Al examinarlo, descubrí que tal combinación formaba la terminación del mensaje que se repetía tres veces. Ciertamente era algún llamamiento a "Elsie". De esta manera, obtuve mis L, S e I. Pero, ¿qué llamamiento podría ser? Solo había cuatro letras en la palabra que precedía a "Elsie", y terminaba en E. Seguramente la palabra debía ser "COME". Probé con todas las otras palabras de cuatro letras que terminan en E, pero no pude encontrar ninguna que encajara en el caso. Así que ahora estaba en posesión de la C, la O y la M, y estaba en condiciones de atacar el primer mensaje una vez más, dividiéndolo en palabras y poniendo puntos para cada símbolo que aún era desconocido. Así tratado, resultó de esta manera:

.M .ERE ..E SL.NE.

«Ahora, la primera letra SOLO puede ser A, lo cual es un descubrimiento de lo más útil, ya que aparece nada menos que tres veces en esta corta frase, y la H también es evidente en la segunda palabra. Ahora se convierte en:

AM HERE A.E SLANE.

O, completando los vacíos obvios en el nombre:

AM HERE ABE SLANEY.

Tenía ya tantas letras que podía proceder con considerable confianza al segundo mensaje, que resultó de esta manera:

A. ELRI.ES.

Aquí solo pude encontrar sentido poniendo T y G para las letras faltantes, y suponiendo que el nombre era el de alguna casa o posada en la que el escritor se estaba alojando».

El inspector Martin y yo habíamos escuchado con el mayor interés el relato completo y claro de cómo mi amigo había producido resultados que habían llevado a un dominio tan absoluto de nuestras dificultades.

«¿Qué hizo usted entonces, señor?», preguntó el inspector.

«Tenía todas las razones para suponer que este Abe Slaney era estadounidense, ya que "Abe" es una abreviatura estadounidense, y ya que una carta de América había sido el punto de partida de todo el problema. También tenía todos los motivos para pensar que había algún secreto criminal en el asunto. Las alusiones de la dama a su pasado y su negativa a confiar en su marido apuntaban en esa dirección. Por lo tanto, envié un cable a mi amigo, Wilson Hargreave, de la Oficina de Policía de Nueva York, quien más de una vez ha hecho uso de mis conocimientos sobre el crimen en Londres. Le pregunté si el nombre de Abe Slaney le resultaba conocido. Aquí está su respuesta: "El criminal más peligroso de Chicago". Esa misma tarde, en la que recibí su respuesta, Hilton Cubitt me envió el último mensaje de Slaney. Trabajando con las letras conocidas, tomó esta forma:

ELSIE .RE.ARE TO MEET THY GO.

La adición de una P y una D completó un mensaje que me mostró que el sinvergüenza estaba pasando de la persuasión a las amenazas, y mi conocimiento de los criminales de Chicago me preparó para encontrar que podría poner sus palabras en acción con mucha rapidez. Vine de inmediato a Norfolk con mi amigo y colega, el Dr. Watson, pero, lamentablemente, solo a tiempo para descubrir que lo peor ya había ocurrido».

«Es un privilegio estar asociado con usted en el manejo de un caso», dijo el inspector con entusiasmo. «Me disculpará, sin embargo, si le hablo con franqueza. Usted solo responde ante sí mismo, pero yo tengo que responder ante mis superiores. Si este Abe Slaney, que vive en Elrige's, es en verdad el asesino, y si ha escapado mientras estoy sentado aquí, sin duda me meteré en serios problemas».

«No necesita estar inquieto. Él no intentará escapar».

«¿Cómo lo sabe?»

«Huír sería una confesión de culpa».

«Entonces vamos a arrestarlo».

«Lo espero aquí en cualquier instante».

«¿Pero por qué habría de venir?»

«Porque se lo he pedido por escrito».

«¡Pero esto es increíble, Sr. Holmes! ¿Por qué habría de venir porque usted se lo ha pedido? ¿No despertaría tal petición más bien sus sospechas y le haría huir?»

«Creo que he sabido cómo redactar la carta», dijo Sherlock Holmes. «De hecho, si no me equivoco mucho, aquí viene el caballero mismo subiendo por el camino de entrada».

Un hombre caminaba a grandes zancadas por el sendero que conducía a la puerta. Era un tipo alto, apuesto y de tez oscura, vestido con un traje de franela gris, con un sombrero Panamá, una barba negra erizada y una gran nariz ganchuda y agresiva, y balanceaba un bastón mientras caminaba. Avanzó por el camino con aire fanfarrón, como si el lugar le perteneciera, y escuchamos su fuerte y segura llamada en el timbre.

«Creo, caballeros», dijo Holmes en voz baja, «que será mejor que tomemos posición detrás de la puerta. Toda precaución es necesaria cuando se trata con un tipo así. Necesitará sus esposas, inspector. Puede dejarme hablar a mí».

Esperamos en silencio durante un minuto, uno de esos minutos que uno nunca puede olvidar. Luego, la puerta se abrió y el hombre entró. En un instante, Holmes le puso una pistola en la cabeza y Martin le deslizó las esposas en las muñecas. Todo fue hecho con tanta rapidez y destreza que el sujeto quedó indefenso antes de saber que estaba siendo atacado. Nos miró de uno a otro con un par de ojos negros llameantes. Luego, soltó una risa amarga.

«Bien, caballeros, esta vez me han pillado. Parece que he tropezado con algo duro. Pero vine aquí en respuesta a una carta de la Sra. Hilton Cubitt. ¡No me digan que ella está metida en esto! ¡No me digan que ella ayudó a tender una trampa para mí!»

«La Sra. Hilton Cubitt ha sido gravemente herida y está a las puertas de la muerte».

El hombre lanzó un grito ronco de dolor que resonó en toda la casa.

«¡Está loco!», gritó con vehemencia. «Fue él quien resultó herido, no ella. ¿Quién iba a querer herir a la pequeña Elsie? Puede que la haya amenazado, que Dios me perdone, pero no habría tocado ni un pelo de su hermosa cabeza. ¡Retráctese, usted! ¡Diga que no está herida!»

«Fue encontrada gravemente herida al lado de su marido muerto».

Se desplomó con un profundo gemido en el sofá y enterró el rostro en sus manos esposadas. Durante cinco minutos permaneció en silencio. Luego levantó el rostro una vez más y habló con la fría compostura de la desesperación.

«No tengo nada que ocultarles, caballeros», dijo. «Si disparé al hombre, él también me disparó a mí, y no hay asesinato en eso. Pero si piensan que pude haber hecho daño a esa mujer, entonces no me conocen ni a mí ni a ella. Les digo que nunca hubo un hombre en este mundo que amara a una mujer más de lo que yo la amaba. Tenía derecho sobre ella. Se comprometió conmigo hace años. ¿Quién era este inglés para interponerse entre nosotros? Les digo que yo tenía el primer derecho sobre ella y que solo estaba reclamando lo que era mío».

«Ella se liberó de su influencia cuando descubrió la clase de hombre que usted es», dijo Holmes con severidad. «Huyó de América para evitarlo y se casó con un caballero honorable en Inglaterra. Usted la acosó, la persiguió e hizo de su vida una miseria para inducirla a abandonar al marido a quien amaba y respetaba, con el fin de huir con usted, a quien temía y odiaba. Ha terminado provocando la muerte de un hombre noble y empujando a su esposa al suicidio. Ese es su historial en este asunto, Sr. Abe Slaney, y responderá por ello ante la ley».

«Si Elsie muere, no me importa lo que sea de mí», dijo el estadounidense. Abrió una de sus manos y miró una nota arrugada en su palma. «Mire aquí, mister», gritó, con un destello de sospecha en los ojos, «no estará tratando de asustarme con esto, ¿verdad? Si la dama está tan herida como dice, ¿quién fue el que escribió esta nota?» La arrojó sobre la mesa.

«La escribí yo para traerlo aquí».

«¿Usted la escribió? No había nadie en la tierra fuera de la banda que conociera el secreto de los hombres danzantes. ¿Cómo llegó a escribirla?»

«Lo que un hombre puede inventar, otro puede descubrirlo», dijo Holmes. «Hay un coche esperando para trasladarlo a Norwich, Sr. Slaney. Pero, mientras tanto, tiene tiempo para hacer alguna pequeña reparación por el daño que ha causado. ¿Es consciente de que la Sra. Hilton Cubitt ha estado bajo graves sospechas del asesinato de su marido, y que solo mi presencia aquí y el conocimiento que poseía han logrado salvarla de la acusación? Lo menos que le debe es aclarar ante el mundo entero que ella no fue, de ninguna manera, directa o indirectamente, responsable de su trágico final».

«No pido nada mejor», dijo el estadounidense. «Supongo que el mejor caso que puedo presentar para mí es la verdad absoluta y desnuda».

«Es mi deber advertirle que será utilizada en su contra», gritó el inspector, con la magnífica deportividad de la ley penal británica.

Slaney se encogió de hombros.

«Me arriesgaré», dijo. «En primer lugar, quiero que los caballeros entiendan que conozco a esta dama desde que era una niña. Éramos siete en una banda en Chicago, y el padre de Elsie era el jefe del grupo. Era un hombre inteligente, el viejo Patrick. Fue él quien inventó esa escritura, que pasaría por un garabato infantil a menos que, casualmente, tuvieras la clave. Bien, Elsie aprendió algunas de nuestras formas; pero no pudo soportar el negocio, y tenía algo de dinero honesto propio, así que se escapó de todos nosotros y se marchó a Londres. Estaba comprometida conmigo, y creo que se habría casado conmigo si hubiera adoptado otra profesión; pero ella no quería tener nada que ver con nada que fuera ilegal. Fue solo después de su matrimonio con este inglés que pude averiguar dónde estaba. Le escribí, pero no obtuve respuesta. Después de eso vine, y, como las cartas no servían de nada, puse mis mensajes donde ella pudiera leerlos.

«Bueno, llevo aquí un mes. Vivía en esa granja, donde tenía una habitación abajo, y podía entrar y salir cada noche sin que nadie se enterara. Intenté todo lo que pude para convencer a Elsie de que se fuera. Sabía que ella leía los mensajes, porque una vez escribió una respuesta debajo de uno de ellos. Entonces mi temperamento me venció y empecé a amenazarla. Ella me envió una carta entonces, suplicándome que me fuera y diciendo que se le rompería el corazón si algún escándalo afectaba a su marido. Dijo que bajaría cuando su marido estuviera dormido, a las tres de la mañana, y hablaría conmigo a través de la ventana del extremo, si me iba después y la dejaba en paz. Bajó y trajo dinero consigo, intentando sobornarme para que me fuera. Esto me volvió loco, la agarré del brazo e intenté sacarla por la ventana. En ese momento irrumpió el marido con su revólver en la mano. Elsie se había desplomado en el suelo y estábamos cara a cara. Yo también estaba armado, y levanté mi pistola para asustarlo y que me dejara escapar. Él disparó y me erró. Yo disparé casi al mismo instante, y él cayó. Me fui a través del jardín y, mientras me marchaba, escuché la ventana cerrarse tras de mí. Esa es la verdad de Dios, caballeros, cada palabra, y no supe más hasta que ese muchacho vino cabalgando con una nota que me hizo entrar aquí, como un tonto, y entregarme en sus manos».

Un coche de alquiler había llegado mientras el estadounidense hablaba. Dos policías uniformados estaban sentados dentro. El inspector Martin se levantó y tocó el hombro de su prisionero.

«Es hora de que nos vayamos».

«¿Puedo verla primero?»

«No, no está consciente. Sr. Sherlock Holmes, solo espero que si alguna vez vuelvo a tener un caso importante, tenga la buena suerte de tenerlo a mi lado».

Nos quedamos en la ventana y vimos alejarse el coche. Al volverme, mi ojo captó el trozo de papel que el prisionero había arrojado sobre la mesa. Era la nota con la que Holmes lo había atraído.

«A ver si puedes leerlo, Watson», dijo con una sonrisa.

No contenía ninguna palabra, solo esta pequeña línea de hombres danzantes:

[GRÁFICO]

«Si utilizas el código que he explicado», dijo Holmes, «descubrirás que simplemente significa "Ven aquí de inmediato". Estaba convencido de que era una invitación que él no rechazaría, ya que nunca podría imaginar que pudiera provenir de alguien que no fuera la dama. Y así, mi querido Watson, hemos terminado convirtiendo a los hombres danzantes en algo bueno cuando tantas veces han sido los agentes del mal, y creo que he cumplido mi promesa de darte algo inusual para tu cuaderno. Nuestro tren sale a las tres y cuarenta, y me imagino que deberíamos estar de vuelta en Baker Street para la cena».

Solo una palabra de epílogo. El estadounidense, Abe Slaney, fue condenado a muerte en las sesiones de invierno en Norwich; pero su pena fue conmutada por trabajos forzados en consideración a las circunstancias atenuantes y a la certeza de que Hilton Cubitt había disparado el primer tiro. De la señora Hilton Cubitt solo sé que he oído decir que se recuperó por completo y que sigue siendo viuda, dedicando toda su vida al cuidado de los pobres y a la administración de la finca de su marido.

*****

THE STRAND MAGAZINE Vol. 27 ENERO, 1904 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

IV.—La aventura de la ciclista solitaria.

DESDE los años 1894 a 1901 inclusive, el señor Sherlock Holmes fue un hombre muy ocupado. Es seguro decir que no hubo caso público de dificultad alguna en el que no fuera consultado durante esos ocho años, y hubo cientos de casos privados, algunos de ellos de carácter sumamente intrincado y extraordinario, en los que desempeñó un papel destacado. Muchos éxitos sorprendentes y unos pocos fracasos inevitables fueron el resultado de este largo periodo de trabajo continuo. Como he conservado notas muy completas de todos estos casos, y yo mismo participé personalmente en muchos de ellos, puede imaginarse que no es tarea fácil saber cuáles debería seleccionar para presentar al público. Sin embargo, mantendré mi regla anterior y daré preferencia a aquellos casos cuyo interés no deriva tanto de la brutalidad del crimen como del ingenio y la calidad dramática de la solución. Por esta razón, expondré ahora ante el lector los hechos relacionados con la señorita Violet Smith, la ciclista solitaria de Charlington, y el curioso desenlace de nuestra investigación, que culminó en una tragedia inesperada. Es cierto que las circunstancias no permitieron una ilustración llamativa de esas facultades por las que mi amigo era famoso, pero hubo algunos puntos en el caso que hicieron que destacara en esos largos registros de crímenes de los que reúno el material para estas pequeñas narraciones.

Al consultar mi cuaderno de notas para el año 1895, encuentro que fue el sábado 23 de abril cuando oímos hablar por primera vez de la señorita Violet Smith. Su visita fue, recuerdo, extremadamente inoportuna para Holmes, pues estaba inmerso en ese momento en un problema muy abstruso y complicado relativo a la peculiar persecución a la que había sido sometido John Vincent Harden, el conocido millonario del tabaco. Mi amigo, que amaba por encima de todas las cosas la precisión y la concentración mental, se molestaba ante cualquier cosa que distrajera su atención del asunto que tenía entre manos. Y, sin embargo, sin una dureza que era ajena a su naturaleza, resultaba imposible negarse a escuchar la historia de la joven y hermosa mujer, alta, elegante y majestuosa, que se presentó en Baker Street a última hora de la tarde y suplicó su ayuda y consejo. Fue inútil insistir en que su tiempo estaba ya totalmente ocupado, pues la joven había venido con la determinación de contar su historia, y era evidente que nada menos que la fuerza podría sacarla de la habitación hasta que lo hubiera hecho. Con aire resignado y una sonrisa algo cansada, Holmes rogó a la hermosa intrusa que tomara asiento y nos informara de qué era lo que la preocupaba.

—Al menos no puede ser su salud —dijo, mientras sus ojos agudos la escudriñaban—; una ciclista tan ardiente debe estar llena de energía.

Ella miró hacia abajo con sorpresa a sus propios pies, y observé el ligero desgaste del lado de la suela causado por la fricción del borde del pedal.

—Sí, voy mucho en bicicleta, señor Holmes, y eso tiene algo que ver con mi visita de hoy.

Mi amigo tomó la mano sin guante de la dama y la examinó con tanta atención y tan poco sentimiento como un científico mostraría ante un espécimen.

—Me disculpará, estoy seguro. Es mi trabajo —dijo, mientras la soltaba—. Casi caigo en el error de suponer que usted escribía a máquina. Por supuesto, es obvio que es música. ¿Observa la punta de los dedos espatulada, Watson, que es común a ambas profesiones? Hay, sin embargo, una espiritualidad en el rostro —la giró suavemente hacia la luz— que la máquina de escribir no genera. Esta dama es música.

—Sí, señor Holmes, enseño música.

—En el campo, supongo, por su tez.

—Sí, señor; cerca de Farnham, en los límites de Surrey.

—Un vecindario hermoso y lleno de las asociaciones más interesantes. Recuerda, Watson, que fue cerca de allí donde capturamos a Archie Stamford, el falsificador. Ahora, señorita Violet, ¿qué le ha ocurrido cerca de Farnham, en los límites de Surrey?

La joven, con gran claridad y compostura, hizo la siguiente curiosa declaración:

—Mi padre ha muerto, señor Holmes. Era James Smith, quien dirigía la orquesta en el viejo Teatro Imperial. Mi madre y yo quedamos sin un pariente en el mundo excepto un tío, Ralph Smith, que se fue a África hace veinticinco años, y nunca hemos tenido noticias suyas desde entonces. Cuando mi padre murió nos quedamos muy pobres, pero un día nos dijeron que había un anuncio en el TIMES preguntando por nuestro paradero. Puede imaginar lo emocionados que estábamos, pues pensamos que alguien nos había dejado una fortuna. Fuimos de inmediato al abogado cuyo nombre aparecía en el periódico. Allí conocimos a dos caballeros, el señor Carruthers y el señor Woodley, que estaban de visita desde Sudáfrica. Dijeron que mi tío era amigo suyo, que murió algunos meses antes en gran pobreza en Johannesburgo, y que les había pedido con su último aliento que buscaran a sus parientes y se aseguraran de que no tuvieran carencias. Nos pareció extraño que el tío Ralph, que no se ocupó de nosotras cuando vivía, fuera tan cuidadoso de velar por nosotras cuando estaba muerto; pero el señor Carruthers explicó que la razón era que mi tío acababa de enterarse de la muerte de su hermano, y por eso se sentía responsable de nuestro destino.

—Perdone —dijo Holmes—; ¿cuándo fue esta entrevista?

—El pasado diciembre, hace cuatro meses.

—Por favor, continúe.

—El señor Woodley me pareció una persona de lo más odiosa. No dejaba de hacerme ojitos; un joven vulgar, de cara abotargada, bigote rojo y el cabello pegado a ambos lados de la frente. Me pareció absolutamente detestable, y estaba segura de que Cyril no querría que conociera a tal persona.

—¡Oh, Cyril es su nombre! —dijo Holmes, sonriendo.

La joven se sonrojó y rió.

—Sí, señor Holmes; Cyril Morton, un ingeniero eléctrico, y esperamos casarnos a finales de verano. Válgame Dios, ¿cómo he empezado a hablar de él? Lo que quería decir es que el señor Woodley era perfectamente odioso, pero que el señor Carruthers, que era un hombre mucho mayor, era más agradable. Era una persona morena, cetrina, afeitada y silenciosa; pero tenía buenos modales y una sonrisa agradable. Preguntó cómo nos habíamos quedado, y al descubrir que éramos muy pobres, sugirió que viniera a enseñar música a su única hija, de diez años. Le dije que no me gustaba dejar a mi madre, a lo que sugirió que fuera a casa con ella cada fin de semana, y me ofreció cien al año, lo cual era sin duda una paga espléndida. Así que terminó por aceptarlo, y fui a Chiltern Grange, a unas seis millas de Farnham. El señor Carruthers era viudo, pero había contratado a una dama ama de llaves, una persona mayor muy respetable llamada señora Dixon, para que cuidara de su establecimiento. La niña era un encanto, y todo prometía bien. El señor Carruthers era muy amable y muy musical, y pasábamos veladas de lo más agradables juntos. Cada fin de semana iba a casa de mi madre en la ciudad.

—La primera fisura en mi felicidad fue la llegada del señor Woodley, el del bigote rojo. Vino por una visita de una semana y, ¡oh, me parecieron tres meses! Era una persona terrible, un matón con todos los demás, pero conmigo algo infinitamente peor. Me cortejaba de forma odiosa, presumía de su riqueza, decía que si me casaba con él tendría los mejores diamantes de Londres, y finalmente, cuando no quise tener nada que ver con él, me agarró en sus brazos un día después de cenar —era horriblemente fuerte— y juró que no me dejaría ir hasta que lo hubiera besado. El señor Carruthers entró y lo arrancó de mí, a lo que él se volvió contra su propio anfitrión, derribándolo y cortándole la cara. Ese fue el fin de su visita, como puede imaginar. El señor Carruthers se disculpó conmigo al día siguiente y me aseguró que nunca volvería a estar expuesta a tal insulto. No he vuelto a ver al señor Woodley desde entonces.

—Y ahora, señor Holmes, llego por fin al asunto especial que me ha hecho pedir su consejo hoy. Debe saber que cada sábado por la mañana voy en mi bicicleta a la estación de Farnham para tomar el tren de las 12.22 a la ciudad. El camino desde Chiltern Grange es solitario, y en un punto es particularmente así, pues se extiende durante más de una milla entre Charlington Heath por un lado y los bosques que rodean Charlington Hall por el otro. No podría encontrar un tramo de carretera más solitario en ninguna parte, y es bastante raro encontrarse siquiera con un carro o un campesino hasta llegar a la carretera principal cerca de Crooksbury Hill. Hace dos semanas pasaba por este lugar cuando se me ocurrió mirar por encima del hombro, y a unas doscientas yardas detrás de mí vi a un hombre, también en bicicleta. Parecía un hombre de mediana edad, con una barba oscura y corta. Miré hacia atrás antes de llegar a Farnham, pero el hombre había desaparecido, así que no le di más importancia. Pero puede imaginar lo sorprendida que quedé, señor Holmes, cuando a mi regreso el lunes vi al mismo hombre en el mismo tramo de carretera. Mi asombro aumentó cuando el incidente volvió a ocurrir, exactamente igual que antes, el sábado y el lunes siguientes. Siempre mantenía su distancia y no me molestaba de ninguna manera, pero aun así era ciertamente muy extraño. Se lo mencioné al señor Carruthers, quien pareció interesado en lo que dije y me dijo que había encargado un coche de caballos, para que en el futuro no pasara por estos caminos solitarios sin algún acompañante.

—El coche de caballos debería haber llegado esta semana, pero por alguna razón no lo entregaron, y de nuevo tuve que ir en bicicleta a la estación. Eso fue esta mañana. Puede pensar que miré hacia afuera cuando llegué a Charlington Heath, y allí, efectivamente, estaba el hombre, exactamente como había estado las dos semanas anteriores. Siempre se mantenía tan lejos de mí que no podía ver claramente su rostro, pero era ciertamente alguien a quien no conocía. Iba vestido con un traje oscuro y una gorra de tela. Lo único de su rostro que pude ver claramente fue su barba oscura. Hoy no me alarmé, pero estaba llena de curiosidad y decidí averiguar quién era y qué quería. Reduje la velocidad de mi máquina, pero él redujo la suya. Luego me detuve por completo, pero él también se detuvo. Entonces le tendí una trampa. Hay una curva cerrada en el camino, y pedaleé muy rápidamente rodeándola, y entonces me detuve y esperé. Esperaba que él apareciera a toda velocidad y me pasara antes de que pudiera detenerse. Pero nunca apareció. Entonces volví y miré a la vuelta de la esquina. Podía ver una milla de carretera, pero él no estaba en ella. Para hacerlo aún más extraordinario, no había ningún camino lateral en este punto por el que pudiera haberse ido.

Holmes soltó una risita y se frotó las manos. —Este caso ciertamente presenta algunas características propias —dijo—. ¿Cuánto tiempo transcurrió entre que usted dobló la esquina y su descubrimiento de que el camino estaba libre?

—Dos o tres minutos.

—Entonces no pudo haberse retirado por el camino, ¿y usted dice que no hay caminos laterales?

—Ninguno.

—Entonces ciertamente tomó un sendero a un lado o al otro.

—No pudo ser por el lado del brezal o lo habría visto.

—Así que, por el proceso de exclusión, llegamos al hecho de que se dirigió hacia Charlington Hall, que, según tengo entendido, está situado en sus propios terrenos a un lado de la carretera. ¿Algo más?

—Nada, señor Holmes, salvo que estaba tan perpleja que sentí que no estaría feliz hasta que le hubiera visto y tuviera su consejo.

Holmes permaneció en silencio durante un buen rato.

—¿Dónde está el caballero con el que está comprometida? —preguntó, finalmente.

—Está en la Midland Electrical Company, en Coventry.

—¿No le haría una visita sorpresa?

—¡Oh, señor Holmes! ¡Como si no lo conociera!

—¿Ha tenido otros admiradores?

—Varios antes de conocer a Cyril.

—¿Y desde entonces?

—Estaba este hombre terrible, Woodley, si es que se le puede llamar admirador.

—¿Nadie más?

Nuestra bella cliente parecía un poco confundida.

—¿Quién era él? —preguntó Holmes.

—Oh, puede ser una simple fantasía mía; pero a veces me ha parecido que mi empleador, el señor Carruthers, tiene mucho interés en mí. Estamos bastante unidos. Toco sus acompañamientos por la noche. Nunca ha dicho nada. Es un perfecto caballero. Pero una chica siempre lo sabe.

—¡Ja! —Holmes se puso serio—. ¿De qué vive?

—Es un hombre rico.

—¿No tiene carruajes ni caballos?

—Bueno, al menos está bastante acomodado. Pero va a la City dos o tres veces por semana. Está muy interesado en las acciones de oro sudafricanas.

—Hágame saber cualquier novedad, señorita Smith. Estoy muy ocupado ahora mismo, pero encontraré tiempo para hacer algunas indagaciones sobre su caso. Mientras tanto, no dé ningún paso sin avisarme. Adiós, y confío en que no tendremos más que buenas noticias de usted.

—Es parte del orden establecido de la Naturaleza que una chica así tenga seguidores —dijo Holmes, mientras daba una calada a su pipa meditativa—, pero, a elegir, no en bicicletas por caminos rurales solitarios. Algún amante secreto, sin duda alguna. Pero hay detalles curiosos y sugerentes en el caso, Watson.

—¿Que apareciera solo en ese punto?

—Exactamente. Nuestro primer esfuerzo debe ser averiguar quiénes son los inquilinos de Charlington Hall. Luego, de nuevo, ¿qué hay de la conexión entre Carruthers y Woodley, ya que parecen ser hombres de un tipo tan diferente? ¿Cómo es que AMBOS estaban tan interesados en buscar a los parientes de Ralph Smith? Un punto más. ¿Qué clase de MENAGE es ese que paga el doble del precio de mercado por una institutriz, pero no tiene un caballo aunque está a seis millas de la estación? Extraño, Watson, ¡muy extraño!

—¿Irá usted?

—No, mi querido amigo, USTED irá. Esto puede ser alguna intriga insignificante, y no puedo interrumpir mi otra investigación importante por ella. El lunes llegará temprano a Farnham; se ocultará cerca de Charlington Heath; observará estos hechos por usted mismo y actuará según su propio criterio. Luego, tras haber preguntado por los ocupantes del Hall, volverá a mí e informará. Y ahora, Watson, ni una palabra más sobre el asunto hasta que tengamos algunos puntos de apoyo sólidos sobre los que podamos esperar cruzar hacia nuestra solución.

Habíamos comprobado por la dama que ella iba el lunes en el tren que sale de Waterloo a las 9.50, así que salí temprano y tomé el de las 9.13. En la estación de Farnham no tuve dificultad en que me indicaran el camino a Charlington Heath. Era imposible confundir el escenario de la aventura de la joven, pues el camino discurre entre el brezal abierto por un lado y un viejo seto de tejos por el otro, rodeando un parque que está salpicado de árboles magníficos. Había una puerta principal de piedra salpicada de líquenes, con cada pilar lateral coronado por emblemas heráldicos en descomposición; pero, además de esta entrada central para carruajes, observé varios puntos donde había huecos en el seto y senderos que conducían a través de ellos. La casa era invisible desde la carretera, pero los alrededores hablaban de penumbra y decadencia.

El brezal estaba cubierto de parches dorados de aulagas en flor, brillando magníficamente bajo la luz del brillante sol primaveral. Detrás de uno de estos matorrales tomé mi posición, de modo que pudiera controlar tanto la puerta de entrada del Hall como un largo tramo de carretera a ambos lados. Estaba desierto cuando lo dejé, pero ahora vi a un ciclista circulando por él desde la dirección opuesta a la que yo había venido. Iba vestido con un traje oscuro y vi que tenía una barba negra. Al llegar al final de los terrenos de Charlington, saltó de su máquina y la llevó a través de un hueco en el seto, desapareciendo de mi vista.

Pasó un cuarto de hora y entonces apareció un segundo ciclista. Esta vez era la joven que venía de la estación. La vi mirar a su alrededor cuando llegó al seto de Charlington. Un instante después, el hombre emergió de su escondite, saltó sobre su ciclo y la siguió. En todo el vasto paisaje esas eran las únicas figuras en movimiento, la elegante chica sentada muy recta sobre su máquina, y el hombre detrás de ella inclinado bajo sobre su manillar, con una sugerencia curiosamente furtiva en cada movimiento. Ella miró hacia atrás y disminuyó su ritmo. Él también disminuyó. Ella se detuvo. Él inmediatamente se detuvo también, manteniéndose a doscientas yardas detrás de ella. Su siguiente movimiento fue tan inesperado como decidido. ¡De repente giró las ruedas y salió disparada directamente hacia él! Él fue tan rápido como ella, sin embargo, y salió disparado en una huida desesperada. Poco después ella volvió por el camino, con la cabeza altiva en el aire, sin dignarse a prestar más atención a su silencioso acompañante. Él también había girado, y seguía manteniendo su distancia hasta que la curva del camino los ocultó de mi vista.

Permanecí en mi escondite, y fue bueno que lo hiciera, pues poco después el hombre reapareció pedaleando lentamente de regreso. Giró hacia las puertas del Hall y se bajó de su máquina. Durante unos minutos pude verlo de pie entre los árboles. Sus manos estaban levantadas y parecía estar arreglándose la corbata. Luego montó en su ciclo y se alejó de mí por el camino hacia el Hall. Corrí a través del brezal y miré a través de los árboles. A lo lejos podía vislumbrar el viejo edificio gris con sus erizadas chimeneas Tudor, pero el camino corría a través de un denso matorral, y no vi nada más de mi hombre.

Sin embargo, me pareció que había hecho un trabajo de mañana bastante bueno, y caminé de regreso con gran ánimo a Farnham. El agente inmobiliario local no pudo decirme nada sobre Charlington Hall, y me remitió a una firma bien conocida en Pall Mall. Allí me detuve en mi camino a casa, y fui recibido con cortesía por el representante. No, no podía tener Charlington Hall para el verano. Llegué justo demasiado tarde. Había sido alquilado hace aproximadamente un mes. El señor Williamson era el nombre del inquilino. Era un caballero mayor respetable. El amable agente temía no poder decir más, ya que los asuntos de sus clientes no eran cuestiones que pudiera discutir.

El señor Sherlock Holmes escuchó con atención el largo informe que pude presentarle esa misma tarde, pero no provocó esa palabra de elogio seco que yo esperaba y que habría valorado. Por el contrario, su rostro austero estaba incluso más severo de lo habitual mientras comentaba las cosas que había hecho y las que no.

—Su escondite, mi querido Watson, fue muy defectuoso. Debería haberse colocado detrás del seto; entonces habría tenido una visión cercana de esta interesante persona. Tal como están las cosas, usted estaba a varios cientos de metros de distancia y puede contarme incluso menos que la señorita Smith. Ella cree que no conoce al hombre; yo estoy convencido de que sí. ¿Por qué, si no, habría de estar tan desesperadamente ansioso por que ella no se acercara lo suficiente como para ver sus rasgos? Usted lo describe inclinado sobre el manillar. Ocultación de nuevo, ya ve. Realmente lo ha hecho rematadamente mal. Él regresa a la casa y usted quiere averiguar quién es. ¡Y acude a un agente inmobiliario de Londres!

—¿Qué debería haber hecho? —exclamé con cierto acaloramiento.

—Ir a la taberna más cercana. Ese es el centro de los chismes rurales. Le habrían dicho cada nombre, desde el amo hasta la fregona. ¡Williamson! No me dice nada. Si es un hombre de edad avanzada, no es este ciclista activo que sale a toda velocidad de la persecución de esa atlética joven. ¿Qué hemos ganado con su expedición? El conocimiento de que la historia de la chica es cierta. Nunca lo dudé. Que hay una conexión entre el ciclista y el Hall. Tampoco dudé nunca de eso. Que el Hall está arrendado por Williamson. ¿Quién sale ganando con eso? Bueno, bueno, mi querido señor, no se muestre tan deprimido. Poco más podemos hacer hasta el próximo sábado, y mientras tanto puede que yo mismo haga una o dos averiguaciones.

A la mañana siguiente recibimos una nota de la señorita Smith, relatando de forma breve y precisa los mismos incidentes que yo había presenciado, pero el quid de la carta residía en la posdata:

«Estoy segura de que respetará mi confidencialidad, Sr. Holmes, cuando le diga que mi puesto aquí se ha vuelto difícil debido al hecho de que mi empleador me ha propuesto matrimonio. Estoy convencida de que sus sentimientos son muy profundos y muy honorables. Al mismo tiempo, mi promesa está, por supuesto, dada. Tomó mi negativa muy en serio, pero también con mucha suavidad. Puede comprender, sin embargo, que la situación es un poco tensa».

—Nuestra joven amiga parece estar metiéndose en aguas profundas —dijo Holmes, pensativo, mientras terminaba la carta—. El caso ciertamente presenta más rasgos de interés y más posibilidad de desarrollo de lo que yo había pensado originalmente. No me vendría mal un día tranquilo y apacible en el campo, y estoy inclinado a bajar esta tarde y probar una o dos teorías que he formado.

El día tranquilo en el campo de Holmes tuvo un final singular, pues llegó a Baker Street a última hora de la tarde con el labio cortado y un bulto amoratado en la frente, además de un aire general de disipación que habría hecho de su propia persona el objeto adecuado de una investigación de Scotland Yard. Estaba inmensamente divertido por sus propias aventuras y se rió de buena gana mientras las relataba.

—Hago tan poco ejercicio activo que siempre es un placer —dijo—. Usted sabe que tengo cierta destreza en el buen deporte británico del boxeo. Ocasionalmente es de utilidad. Hoy, por ejemplo, habría llegado a un desenlace muy ignominioso sin él.

Le rogué que me contara lo que había ocurrido.

—Encontré aquella taberna rural que ya le había recomendado a su atención, y allí hice mis discretas pesquisas. Estaba en la barra y un tabernero locuaz me estaba dando todo lo que quería. Williamson es un hombre de barba blanca y vive solo con un pequeño grupo de sirvientes en el Hall. Hay algún rumor de que es o ha sido clérigo; pero uno o dos incidentes de su corta residencia en el Hall me parecieron peculiarmente poco eclesiásticos. Ya he hecho algunas averiguaciones en una agencia clerical y me dicen que HUBO un hombre con ese nombre en las órdenes cuya carrera ha sido singularmente oscura. El tabernero me informó además de que suele haber visitantes de fin de semana —«un grupo animado, señor»— en el Hall, y especialmente un caballero con bigote rojo, el Sr. Woodley de nombre, que siempre estaba allí. Habíamos llegado hasta aquí cuando, quién iba a entrar sino el propio caballero, que había estado bebiendo su cerveza en la sala y había escuchado toda la conversación. ¿Quién era yo? ¿Qué quería? ¿Qué pretendía al hacer preguntas? Tenía un buen caudal de lenguaje y sus adjetivos eran muy vigorosos. Terminó una sarta de insultos con un revés vicioso que no pude evitar del todo. Los siguientes minutos fueron deliciosos. Fue un directo de izquierda contra un rufián pendenciero. Surgí como me ve. El Sr. Woodley se fue a casa en un carro. Así terminó mi viaje al campo, y hay que confesar que, aunque agradable, mi día en la frontera de Surrey no ha sido mucho más provechoso que el suyo.

El jueves nos trajo otra carta de nuestra cliente.

«No le sorprenderá, Sr. Holmes —decía ella—, saber que dejo el empleo del Sr. Carruthers. Ni siquiera el alto sueldo puede reconciliarme con las incomodidades de mi situación. El sábado voy a la ciudad y no tengo intención de volver. El Sr. Carruthers ha conseguido un carruaje, así que los peligros del camino solitario, si es que alguna vez hubo alguno, han terminado ya.

»En cuanto a la causa especial de mi partida, no es solo la tensa situación con el Sr. Carruthers, sino la reaparición de ese hombre odioso, el Sr. Woodley. Siempre fue horrible, pero ahora parece más espantoso que nunca, pues parece que ha tenido un accidente y está muy desfigurado. Lo vi desde la ventana, pero me alegra decir que no me encontré con él. Tuvo una larga charla con el Sr. Carruthers, quien parecía muy excitado después. Woodley debe estar quedándose en el vecindario, pues no durmió aquí, y sin embargo, esta mañana alcancé a verlo de nuevo merodeando por los arbustos. Preferiría tener a un animal salvaje suelto por el lugar. Lo detesto y le temo más de lo que puedo decir. ¿Cómo PUEDE el Sr. Carruthers soportar a semejante criatura ni por un momento? Sin embargo, todos mis problemas habrán terminado el sábado».

—Eso espero, Watson; eso espero —dijo Holmes, con gravedad—. Hay alguna intriga profunda ocurriendo alrededor de esa mujercita, y es nuestro deber ver que nadie la moleste en ese último viaje. Creo, Watson, que debemos sacar tiempo para bajar juntos el sábado por la mañana y asegurarnos de que esta curiosa e inconclusa investigación no tenga un final adverso.

Confieso que hasta ahora no había tomado una visión muy seria del caso, que me había parecido más grotesco y extraño que peligroso. Que un hombre aceche y siga a una mujer muy hermosa no es algo inaudito, y si tenía tan poca audacia que no solo no se atrevía a dirigirse a ella, sino que incluso huía de su acercamiento, no era un agresor muy formidable. El rufián Woodley era una persona muy distinta, pero, salvo en una ocasión, no había molestado a nuestra cliente, y ahora visitaba la casa de Carruthers sin importunarla. El hombre de la bicicleta era sin duda uno de esos miembros de las fiestas de fin de semana en el Hall de los que había hablado el tabernero; pero quién era o qué quería seguía siendo tan oscuro como siempre. Fue la severidad del modo de Holmes y el hecho de que se metiera un revólver en el bolsillo antes de salir de nuestras habitaciones lo que me impresionó con el presentimiento de que la tragedia podría esconderse detrás de esta curiosa cadena de eventos.

Una noche lluviosa había sido seguida por una mañana gloriosa, y el campo cubierto de brezos con los brillantes grupos de aulagas en flor parecía aún más hermoso a los ojos que estaban cansados de los tonos pardos, ocres y gris pizarra de Londres. Holmes y yo caminamos por el ancho camino de arena inhalando el fresco aire de la mañana y regocijándonos con la música de los pájaros y el aliento fresco de la primavera. Desde una elevación del camino en el hombro de Crooksbury Hill podíamos ver el sombrío Hall erizándose de entre los antiguos robles, que, por viejos que fueran, eran aún más jóvenes que el edificio que rodeaban. Holmes señaló hacia el largo tramo de camino que serpenteaba, como una cinta de color amarillo rojizo, entre el marrón del brezo y el verde brotante de los bosques. A lo lejos, como un punto negro, podíamos ver un vehículo moviéndose en nuestra dirección. Holmes dio una exclamación de impaciencia.

—Había dado un margen de media hora —dijo—. Si ese es su carruaje, debe ir hacia el tren más temprano. Me temo, Watson, que pasará Charlington antes de que podamos encontrarnos con ella.

Desde el instante en que pasamos la elevación ya no pudimos ver el vehículo, pero nos apresuramos a tal ritmo que mi vida sedentaria empezó a pasarme factura y me vi obligado a quedarme atrás. Holmes, sin embargo, estaba siempre en forma, pues tenía reservas inagotables de energía nerviosa a las que recurrir. Su paso elástico nunca disminuyó hasta que, de repente, cuando estaba a cien metros delante de mí, se detuvo, y lo vi levantar la mano con un gesto de dolor y desesperación. En el mismo instante, un carruaje de dos ruedas vacío, con el caballo al trote y las riendas arrastrando, apareció en la curva del camino y pasó a gran velocidad hacia nosotros.

—¡Demasiado tarde, Watson; demasiado tarde! —gritó Holmes, mientras yo corría jadeando a su lado—. ¡Tonto de mí por no contar con ese tren más temprano! ¡Es un secuestro, Watson, un secuestro! ¡Asesinato! ¡Dios sabe qué más! ¡Bloquee el camino! ¡Detenga al caballo! Eso es. Ahora, salte dentro, y veamos si puedo reparar las consecuencias de mi propio error.

Habíamos saltado al carruaje y Holmes, tras girar al caballo, le dio un corte seco con el látigo y volamos de vuelta por el camino. Al girar la curva, todo el tramo de camino entre el Hall y el brezal quedó a la vista. Agarré el brazo de Holmes.

—¡Ese es el hombre! —exclamé.

Un ciclista solitario venía hacia nosotros. Tenía la cabeza baja y los hombros encorvados mientras ponía cada gramo de energía que poseía en los pedales. Volaba como un corredor. De repente, levantó su rostro barbudo, nos vio cerca de él y se detuvo, saltando de su máquina. Esa barba negra como el carbón contrastaba singularmente con la palidez de su rostro, y sus ojos brillaban como si tuviera fiebre. Nos miró fijamente a nosotros y al carruaje. Entonces, una mirada de asombro apareció en su rostro.

—¡Hola! ¡Deténganse ahí! —gritó, sosteniendo su bicicleta para bloquear nuestro camino—. ¿De dónde han sacado ese carruaje? ¡Deténganse, hombre! —bramó, sacando una pistola de su bolsillo lateral—. ¡Deténganse, digo, o por Jorge, le meteré una bala a su caballo!

Holmes arrojó las riendas a mi regazo y saltó del carro.

—Usted es el hombre que queremos ver. ¿Dónde está la señorita Violet Smith? —dijo, de su manera rápida y clara.

—Eso es lo que les estoy preguntando yo a ustedes. Están en su carruaje. Deberían saber dónde está ella.

—Nos encontramos el carruaje en el camino. No había nadie en él. Condujimos de vuelta para ayudar a la joven.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? —gritó el extraño, en un éxtasis de desesperación—. La tienen, ese sabueso infernal de Woodley y el cura canalla. Venga, hombre, venga, si es usted realmente su amigo. Apóyeme y la salvaremos, aunque tenga que dejar mi carcasa en Charlington Wood.

Corrió distraídamente, con su pistola en la mano, hacia un hueco en el seto. Holmes lo siguió, y yo, dejando al caballo pastando al lado del camino, seguí a Holmes.

—Por aquí es por donde pasaron —dijo, señalando las marcas de varios pies en el sendero embarrado—. ¡Hola! ¡Deténgase un minuto! ¿Quién es este en el arbusto?

Era un joven de unos diecisiete años, vestido como un mozo de cuadra, con pantalones de cuero y polainas. Yacía de espaldas, con las rodillas dobladas, y un corte terrible en la cabeza. Estaba inconsciente, pero vivo. Un vistazo a su herida me dijo que no había penetrado en el hueso.

—Es Peter, el mozo —gritó el extraño—. Él la llevaba. Las bestias lo han tirado y apaleado. Déjenlo estar; no podemos hacer nada por él, pero tal vez podamos salvarla del peor destino que puede caerle a una mujer.

Corrimos frenéticamente por el sendero, que serpenteaba entre los árboles. Habíamos llegado a los arbustos que rodeaban la casa cuando Holmes se detuvo.

—No fueron a la casa. Aquí están sus marcas a la izquierda... ¡aquí, al lado de los arbustos de laurel! ¡Ah, eso dije!

Mientras hablaba, un grito agudo de mujer —un grito que vibraba con un frenesí de horror— estalló desde el espeso grupo de arbustos verdes frente a nosotros. Terminó repentinamente en su nota más alta con una asfixia y un gorgoteo.

—¡Por aquí! ¡Por aquí! Están en la pista de bolos —gritó el extraño, lanzándose a través de los arbustos—. ¡Ah, los perros cobardes! ¡Síganme, caballeros! ¡Demasiado tarde! ¡demasiado tarde! ¡por los cielos!

Habíamos irrumpido de repente en un hermoso claro de césped rodeado de árboles antiguos. En el lado opuesto, bajo la sombra de un roble imponente, había un grupo singular de tres personas. Una era una mujer, nuestra cliente, encorvada y débil, con un pañuelo alrededor de la boca. Frente a ella estaba un joven brutal, de rostro pesado y bigote rojo, con sus piernas con polainas bien abiertas, un brazo en jarras y el otro agitando una fusta; toda su actitud sugería una bravuconería triunfante. Entre ellos, un hombre mayor de barba gris, vistiendo una sobrepelliz corta sobre un traje de tweed claro, evidentemente acababa de completar el servicio matrimonial, pues guardaba su libro de oraciones en el bolsillo mientras aparecíamos y daba una palmada en la espalda al siniestro novio en jovial felicitación.

—¡Están casados! —exclamé.

—¡Vamos! —gritó nuestro guía—; ¡vamos! —Corrió a través del claro, con Holmes y yo pisándole los talones. Al acercarnos, la dama se tambaleó contra el tronco del árbol para apoyarse. Williamson, el ex-clérigo, nos hizo una reverencia con fingida cortesía, y el matón Woodley avanzó con un grito de risa brutal y exultante.

—Puedes quitarte la barba, Bob —dijo—. Te conozco lo suficiente. Bueno, tú y tus colegas han llegado justo a tiempo para que pueda presentarles a la Sra. Woodley.

La respuesta de nuestro guía fue singular. Se arrancó la barba oscura que lo había disfrazado y la arrojó al suelo, revelando un rostro largo, cetrino y afeitado debajo. Luego levantó su revólver y apuntó al joven rufián, que avanzaba hacia él con su peligrosa fusta balanceándose en la mano.

—Sí —dijo nuestro aliado—, SOY Bob Carruthers, y me aseguraré de que se haga justicia con esta mujer aunque tenga que acabar en la horca. ¡Le dije lo que haría si la molestaba, y, por el Señor, cumpliré mi palabra!

—Llegas demasiado tarde. ¡Es mi esposa!

—No, es tu viuda.

Su revólver detonó y vi la sangre brotar del frente del chaleco de Woodley. Giró con un grito y cayó de espaldas, su horrible rostro rojo tornándose repentinamente a una espantosa palidez moteada. El anciano, todavía vestido con su sobrepelliz, prorrumpió en una sarta de juramentos tan inmundos como nunca había oído, y sacó un revólver propio, pero antes de que pudiera levantarlo, estaba mirando el cañón del arma de Holmes.

—Ya basta de esto —dijo mi amigo, con frialdad—. ¡Suelte esa pistola! ¡Watson, recójala! ¡Apúntele a la cabeza! Gracias. Usted, Carruthers, deme ese revólver. No habrá más violencia. ¡Vamos, entréguelo!

—¿Quién es usted, entonces?

—Mi nombre es Sherlock Holmes.

—¡Dios mío!

—Ha oído hablar de mí, veo. Representaré a la policía oficial hasta su llegada. ¡Eh, usted! —gritó a un mozo asustado que había aparecido en el borde del claro—. Venga aquí. Lleve esta nota tan rápido como pueda montar a Farnham. —Garabateó unas pocas palabras en una hoja de su cuaderno—. Entréguesela al superintendente en la comisaría. Hasta que él llegue, debo retenerlos a todos bajo mi custodia personal.

La personalidad fuerte y dominante de Holmes dominó la trágica escena, y todos fueron igualmente marionetas en sus manos. Williamson y Carruthers se vieron cargando al herido Woodley hacia la casa, y yo ofrecí mi brazo a la asustada joven. El hombre herido fue acostado en su cama y, a petición de Holmes, lo examiné. Llevé mi informe a donde él estaba sentado en el antiguo comedor tapizado con sus dos prisioneros ante él.

—Vivirá —dije.

—¡Qué! —gritó Carruthers, saltando de su silla—. Subiré y terminaré con él primero. ¿Me dice usted que esa chica, ese ángel, va a estar atada a Roaring Jack Woodley de por vida?

—No necesita preocuparse por eso —dijo Holmes—. Hay dos razones muy buenas por las que bajo ninguna circunstancia debería ser su esposa. En primer lugar, podemos cuestionar con mucha seguridad el derecho del Sr. Williamson a solemnizar un matrimonio.

—He sido ordenado —gritó el viejo sinvergüenza.

—Y también expulsado.

—Una vez clérigo, siempre clérigo.

—Creo que no. ¿Qué hay de la licencia?

—Teníamos una licencia para el matrimonio. La tengo aquí en mi bolsillo.

—Entonces la obtuvo mediante un truco. Pero en cualquier caso, un matrimonio forzado no es un matrimonio, sino un delito grave, como descubrirá antes de haber terminado. Tendrá tiempo para reflexionar sobre el asunto durante los próximos diez años más o menos, a menos que me equivoque. En cuanto a usted, Carruthers, habría hecho mejor en mantener su pistola en el bolsillo.

—Empiezo a pensarlo, Sr. Holmes; pero cuando pensaba en toda la precaución que había tomado para proteger a esta chica —pues la amaba, Sr. Holmes, y es la única vez que supe lo que era el amor—, me volvía loco pensar que estaba en manos del mayor bruto y matón de Sudáfrica, un hombre cuyo nombre es un terror sagrado desde Kimberley hasta Johannesburgo. Vaya, Sr. Holmes, difícilmente lo creerá, pero desde que la chica ha estado a mi servicio nunca la dejé pasar frente a esta casa, donde sabía que estos rufianes estaban al acecho, sin seguirla en mi bicicleta solo para ver que no le pasara nada malo. Mantuve mi distancia de ella y usé una barba para que no me reconociera, pues es una chica buena y con mucho espíritu, y no se habría quedado en mi empleo mucho tiempo si hubiera pensado que yo la estaba siguiendo por los caminos rurales.

—¿Por qué no le advirtió del peligro?

—Porque entonces, de nuevo, me habría dejado, y no podía soportar afrontar eso. Incluso si no podía amarme, significaba mucho para mí simplemente ver su delicada figura por la casa y escuchar el sonido de su voz.

—Bueno —dije yo—, usted llama a eso amor, Sr. Carruthers, pero yo lo llamaría egoísmo.

—Quizás las dos cosas van juntas. De cualquier modo, no podía dejarla ir. Además, con esta pandilla alrededor, era bueno que tuviera a alguien cerca para cuidar de ella. Luego, cuando llegó el cable, supe que estaban obligados a actuar.

—¿Qué cable?

Carruthers sacó un telegrama de su bolsillo.

—Es ese —dijo.

Era corto y conciso:

«El anciano ha muerto».

—¡Hum! —dijo Holmes—. Creo que veo cómo funcionaron las cosas, y puedo entender cómo este mensaje habría, como usted dice, llevado la situación a un punto crítico. Pero mientras esperamos, podría decirme lo que pueda.

El viejo reprobado con la sobrepelliz estalló en una andanada de lenguaje soez.

—Por el Cielo —dijo—, si nos delatas, Bob Carruthers, te haré lo mismo que le hiciste a Jack Woodley. Puedes balar sobre la chica todo lo que quieras, pues eso es asunto tuyo, pero si traicionas a tus amigos ante este policía de paisano, será el peor día de trabajo que hayas hecho nunca.

—No hace falta que su reverencia se excite —dijo Holmes, encendiendo un cigarrillo—. El caso está lo suficientemente claro en su contra, y todo lo que pido son unos pocos detalles para mi curiosidad privada. Sin embargo, si tiene alguna dificultad en contármelo, yo haré la charla, y entonces verá hasta qué punto tiene posibilidades de guardarse sus secretos. En primer lugar, tres de ustedes vinieron de Sudáfrica para este juego: usted Williamson, usted Carruthers y Woodley.

—Mentira número uno —dijo el viejo—; jamás vi a ninguno de ellos hasta hace dos meses, y nunca he estado en África en mi vida, ¡así que puede meterse eso en la pipa y fumarlo, señor metomentodo Holmes!

—Lo que dice es cierto —dijo Carruthers.

—Bien, bien, dos de ustedes vinieron. Su reverencia es nuestro artículo de fabricación casera. Usted conocía a Ralph Smith en Sudáfrica. Tenía razones para creer que no viviría mucho. Averiguó que su sobrina heredaría su fortuna. ¿Qué tal eso, eh?

Carruthers asintió y Williamson soltó un taco.

—Ella era la pariente más próxima, sin duda, y usted sabía que el viejo no haría testamento.

—No sabía leer ni escribir —dijo Carruthers.

—Así que vinieron, ustedes dos, y buscaron a la chica. La idea era que uno de ustedes se casara con ella y el otro tuviera una parte del botín. Por alguna razón, Woodley fue elegido como el marido. ¿Por qué fue eso?

—Nos la jugamos a las cartas durante el viaje. Él ganó.

—Ya veo. Ustedes pusieron a la joven a su servicio, y allí Woodley debía realizar el cortejo. Ella reconoció al bruto borracho que era él, y no quiso saber nada de sus pretensiones. Mientras tanto, su arreglo se vio un tanto alterado por el hecho de que usted mismo se había enamorado de la dama. Ya no podía soportar la idea de que este rufián fuera su dueño.

—¡No, por Dios, no podía!

—Hubo una disputa entre ustedes. Él lo dejó a usted furioso y comenzó a hacer sus propios planes independientemente de usted.

—Me parece, Williamson, que no hay mucho que podamos decirle a este caballero —gritó Carruthers con una risa amarga—. Sí, nos peleamos, y él me derribó. Estoy a mano con él por eso, al menos. Luego le perdí la pista. Fue entonces cuando se juntó con este padre de pacotilla de aquí. Descubrí que habían montado su casa juntos en este lugar, en la línea que ella tenía que cruzar para llegar a la estación. Después de eso no le quité el ojo de encima, pues sabía que se tramaba alguna maldad. Los veía de vez en cuando, ya que estaba ansioso por saber qué pretendían. Hace dos días, Woodley vino a mi casa con este cable, que mostraba que Ralph Smith había muerto. Me preguntó si cumpliría el trato. Le dije que no. Me preguntó si me casaría yo mismo con la chica y le daría una parte. Le dije que lo haría con gusto, pero que ella no me querría a mí. Él dijo: «Casémonos primero, y después de una semana o dos puede que vea las cosas de otro modo». Le dije que no tendría nada que ver con la violencia. Así que se marchó maldiciendo, como el canalla de lengua sucia que era, y jurando que la tendría a toda costa. Ella iba a dejarme este fin de semana, y yo había conseguido un coche de caballos para llevarla a la estación, pero estaba tan inquieto que la seguí en mi bicicleta. Ella, sin embargo, se había adelantado, y antes de que pudiera alcanzarla, el mal ya estaba hecho. Lo primero que supe de esto fue cuando los vi a ustedes dos caballeros regresando en su calesa.

Holmes se levantó y arrojó la colilla de su cigarrillo a la rejilla de la chimenea. —He sido muy obtuso, Watson —dijo—. Cuando en tu informe dijiste que habías visto al ciclista, según creías, arreglándose la corbata en el arbusto, eso solo debería habérmelo dicho todo. Sin embargo, podemos felicitarnos por un caso curioso y, en algunos aspectos, único. Diviso a tres miembros de la policía del condado en el camino de entrada, y me alegra ver que el pequeño mozo de cuadra es capaz de seguirles el ritmo; así que es probable que ni él ni el interesante novio sufran daños permanentes por las aventuras de esta mañana. Creo, Watson, que en tu calidad de médico podrías visitar a la señorita Smith y decirle que, si está lo suficientemente recuperada, estaremos encantados de escoltarla hasta el hogar de su madre. Si no está del todo restablecida, encontrarás que una insinuación de que estábamos a punto de telegrafiar a un joven electricista en las Midlands probablemente completaría la cura. En cuanto a usted, señor Carruthers, creo que ha hecho lo que ha podido para enmendar su parte en un plan malvado. Aquí tiene mi tarjeta, señor, y si mi testimonio puede serle de ayuda en su juicio, estará a su disposición.

En el torbellino de nuestra incesante actividad me ha resultado a menudo difícil, como el lector habrá observado, redondear mis narraciones y ofrecer esos detalles finales que los curiosos podrían esperar. Cada caso ha sido el preludio de otro, y una vez pasada la crisis, los actores han desaparecido para siempre de nuestras ajetreadas vidas. Encuentro, sin embargo, una breve nota al final de mis manuscritos sobre este caso, en la que he dejado constancia de que la señorita Violet Smith sí heredó una gran fortuna, y que ahora es la esposa de Cyril Morton, el socio principal de Morton & Kennedy, los famosos electricistas de Westminster. Williamson y Woodley fueron juzgados por secuestro y agresión; el primero fue condenado a siete años y el segundo a diez. Sobre el destino de Carruthers no tengo registro, pero estoy seguro de que su agresión no fue vista con mucha gravedad por el Tribunal, dado que Woodley tenía fama de ser un rufián sumamente peligroso, y creo que unos pocos meses fueron suficientes para satisfacer las demandas de la justicia.

«Pediré un coche de caballos. En un cuarto de hora estaremos a su disposición. Si piensa enviar un telegrama a casa, Sr. Huxtable, sería conveniente dejar que la gente de su entorno imagine que la investigación sigue su curso en Liverpool, o dondequiera que esa pista falsa haya guiado a su jauría. Mientras tanto, realizaré un poco de trabajo silencioso en sus propias puertas, y tal vez el rastro no esté tan frío como para que dos viejos sabuesos como Watson y yo no podamos olfatearlo».

Aquella tarde nos encontramos en la fría y vigorizante atmósfera de la región del Peak, donde se encuentra la famosa escuela del Dr. Huxtable. Ya había oscurecido cuando llegamos. Había una tarjeta sobre la mesa del vestíbulo y el mayordomo susurró algo a su amo, quien se volvió hacia nosotros con agitación en cada uno de sus pesados rasgos.

«El Duque está aquí —dijo—. El Duque y el Sr. Wilder están en el estudio. Vengan, caballeros, y les presentaré».

Yo estaba, por supuesto, familiarizado con las fotografías del famoso estadista, pero el hombre en persona era muy distinto a su representación. Era una persona alta y majestuosa, escrupulosamente vestida, con un rostro fino y demacrado, y una nariz grotescamente larga y curvada. Su tez era de una palidez mortal, que resultaba más sorprendente al contrastar con una larga y rala barba de un rojo intenso, que caía sobre su chaleco blanco, con la cadena de su reloj brillando a través de su franja. Tal era la imponente presencia que nos miraba con frialdad desde el centro de la alfombra de la chimenea del Dr. Huxtable. A su lado estaba un hombre muy joven, a quien entendí que era Wilder, el secretario privado. Era pequeño, nervioso, alerta, con inteligentes ojos azul claro y rasgos móviles. Fue él quien, de inmediato, con un tono incisivo y positivo, abrió la conversación.

«He venido esta mañana, Dr. Huxtable, demasiado tarde para evitar que partiera hacia Londres. Me enteré de que su objetivo era invitar al Sr. Sherlock Holmes a hacerse cargo de este caso. A Su Gracia le sorprende, Dr. Huxtable, que haya dado semejante paso sin consultarle».

«Cuando supe que la policía había fracasado...»

«Su Gracia no está en absoluto convencido de que la policía haya fracasado».

«Pero, ciertamente, Sr. Wilder...»

«Usted sabe bien, Dr. Huxtable, que Su Gracia está particularmente ansioso por evitar todo escándalo público. Prefiere confiar en el menor número de personas posible».

«El asunto puede remediarse fácilmente —dijo el intimidado doctor—; el Sr. Sherlock Holmes puede regresar a Londres en el tren de la mañana».

«Difícilmente, doctor, difícilmente —dijo Holmes, con su voz más suave—. Este aire del norte es vigorizante y agradable, así que me propongo pasar unos días en sus páramos y ocupar mi mente lo mejor que pueda. Si cuento con el refugio de su techo o con el de la posada del pueblo es, por supuesto, algo que usted debe decidir».

Pude ver que el infortunado doctor se encontraba en la última etapa de la indecisión, de la cual fue rescatado por la profunda y sonora voz del Duque de barba roja, que retumbó como un gong de cena.

«Coincido con el Sr. Wilder, Dr. Huxtable, en que hubiera hecho bien en consultarme. Pero puesto que el Sr. Holmes ya ha sido puesto al tanto, sería absurdo que no aprovecháramos sus servicios. Lejos de ir a la posada, Sr. Holmes, me complacería que viniera a alojarse conmigo en Holdernesse Hall».

«Agradezco a Su Gracia. Para los propósitos de mi investigación, creo que sería más prudente que permaneciera en la escena del misterio».

«Como usted desee, Sr. Holmes. Cualquier información que el Sr. Wilder o yo podamos darle está, por supuesto, a su disposición».

«Probablemente sea necesario que le vea en el Hall —dijo Holmes—. Solo le preguntaría ahora, señor, si se ha formado alguna explicación en su propia mente sobre la misteriosa desaparición de su hijo».

«No, señor, no la tengo».

«Disculpe si aludo a algo que le resulta doloroso, pero no tengo alternativa. ¿Cree que la Duquesa ha tenido algo que ver en el asunto?»

El gran Ministro mostró una vacilación perceptible.

«No lo creo», dijo, finalmente.

«La otra explicación más obvia es que el niño haya sido secuestrado con el fin de exigir un rescate. ¿No ha recibido ninguna demanda de ese tipo?»

«No, señor».

«Una pregunta más, Su Gracia. Entiendo que usted escribió a su hijo el día en que ocurrió este incidente».

«No; escribí el día anterior».

«Exacto. ¿Pero la recibió ese día?»

«Sí».

«¿Había algo en su carta que pudiera haberle desequilibrado o inducido a tomar semejante decisión?»

«No, señor, ciertamente no».

«¿Echó usted mismo esa carta al correo?»

La respuesta del noble fue interrumpida por su secretario, quien intervino con cierta acritud.

«Su Gracia no tiene la costumbre de echar las cartas al correo él mismo —dijo—. Esta carta fue colocada con otras sobre la mesa del estudio, y yo mismo las puse en la saca del correo».

«¿Está seguro de que esta estaba entre ellas?»

«Sí; me fijé».

«¿Cuántas cartas escribió Su Gracia ese día?»

«Veinte o treinta. Tengo una correspondencia extensa. ¿Pero no es esto algo irrelevante?»

«No del todo», dijo Holmes.

«Por mi parte —continuó el Duque—, he aconsejado a la policía que centre su atención en el sur de Francia. Ya he dicho que no creo que la Duquesa fomentara una acción tan monstruosa, pero el muchacho tenía opiniones de lo más obstinadas, y es posible que haya huido hacia ella, ayudado y secundado por este alemán. Creo, Dr. Huxtable, que ahora regresaremos al Hall».

Pude ver que había otras preguntas que Holmes hubiera deseado plantear; pero el modo brusco del noble mostró que la entrevista había terminado. Era evidente que, para su naturaleza intensamente aristocrática, esta discusión sobre sus asuntos familiares íntimos con un extraño era de lo más aborrecible, y que temía que cada nueva pregunta arrojara una luz más intensa sobre los rincones discretamente sombreados de su historia ducal.

Cuando el noble y su secretario se marcharon, mi amigo se lanzó de inmediato con su característica avidez a la investigación.

La habitación del muchacho fue examinada cuidadosamente y no arrojó nada más que la absoluta convicción de que solo a través de la ventana pudo haber escapado. La habitación y las pertenencias del maestro alemán no dieron más pistas. En su caso, un vástago de hiedra había cedido bajo su peso, y vimos a la luz de una linterna la marca en el césped donde sus talones habían aterrizado. Aquella única muesca en la hierba corta y verde era el único testigo material que quedaba de esta inexplicable huida nocturna.

Sherlock Holmes salió solo de la casa y solo regresó después de las once. Había obtenido un gran mapa de artillería de la zona, y lo trajo a mi habitación, donde lo extendió sobre la cama y, tras equilibrar la lámpara en el centro, comenzó a fumar sobre él, señalando de vez en cuando objetos de interés con el humeante ámbar de su pipa.

«Este caso me atrapa, Watson —dijo—. Definitivamente hay algunos puntos de interés relacionados con él. En esta etapa temprana quiero que se dé cuenta de las características geográficas que pueden tener mucho que ver con nuestra investigación.

GRÁFICO

Mire este mapa. Este cuadrado oscuro es la Priory School. Pondré un alfiler en él. Ahora, esta línea es la carretera principal. Vea que corre de este a oeste pasando la escuela, y vea también que no hay ninguna carretera secundaria durante una milla en ninguna dirección. Si estas dos personas se fueron por carretera, fue por ESTA carretera».

«Exacto».

«Por un singular y feliz azar podemos comprobar hasta cierto punto lo que pasó por esta carretera durante la noche en cuestión. En este punto, donde descansa ahora mi pipa, un agente de policía rural estaba de servicio de doce a seis. Es, como percibe, el primer cruce en el lado este. Este hombre declara que no se ausentó de su puesto ni un instante, y está seguro de que ni un niño ni un hombre podrían haber pasado por allí sin ser vistos. He hablado con este policía esta noche y me parece una persona perfectamente fiable. Eso bloquea este extremo. Ahora tenemos que ocuparnos del otro. Hay una posada aquí, el Red Bull, cuya dueña estaba enferma. Había enviado a buscar un médico a Mackleton, pero no llegó hasta la mañana, al estar ausente en otro caso. La gente de la posada estuvo alerta toda la noche, esperando su llegada, y uno u otro parece haber tenido continuamente un ojo puesto en la carretera. Declaran que nadie pasó. Si su testimonio es bueno, entonces tenemos la suerte de poder bloquear el oeste, y también de poder decir que los fugitivos NO utilizaron la carretera en absoluto».

«¿Pero y la bicicleta?», objeté.

«Cierto. Llegaremos a la bicicleta en un momento. Para continuar nuestro razonamiento: si estas personas no fueron por la carretera, deben haber atravesado el campo al norte de la casa o al sur de la casa. Eso es seguro. Sopesemos una contra otra. Al sur de la casa hay, como percibe, un gran distrito de tierra cultivable, dividido en pequeños campos, con muros de piedra entre ellos. Allí, admito que una bicicleta es imposible. Podemos descartar la idea. Nos volvemos hacia el campo al norte. Aquí se encuentra una arboleda, marcada como el "Ragged Shaw", y al otro lado se extiende un gran páramo ondulado, Lower Gill Moor, que se extiende por diez millas y se inclina gradualmente hacia arriba. Aquí, a un lado de este desierto, está Holdernesse Hall, a diez millas por carretera, pero solo a seis a través del páramo. Es una llanura peculiarmente desolada. Unos pocos granjeros del páramo tienen pequeñas propiedades, donde crían ovejas y ganado. Excepto ellos, el chorlito y el zarapito son los únicos habitantes hasta llegar a la carretera principal de Chesterfield. Hay una iglesia allí, ve, unas pocas cabañas y una posada. Más allá, las colinas se vuelven escarpadas. Sin duda es aquí, al norte, donde debe estar nuestra búsqueda».

«¿Pero y la bicicleta?», insistí.

«¡Bien, bien! —dijo Holmes, con impaciencia—. Un buen ciclista no necesita una carretera principal. El páramo está surcado de caminos y la luna estaba llena. ¡Hola! ¿Qué es esto?»

Hubo un golpe agitado en la puerta y, un instante después, el Dr. Huxtable estaba en la habitación. En su mano sostenía una gorra de críquet azul, con un galón blanco en la visera.

«¡Por fin tenemos una pista! —gritó—. ¡Gracias al Cielo! ¡Por fin estamos tras la pista del querido chico! Es su gorra».

«¿Dónde fue encontrada?»

«En el carromato de los gitanos que acamparon en el páramo. Se marcharon el martes. Hoy la policía los localizó y registró su caravana. Esto fue encontrado».

«¿Cómo explican ellos esto?»

«Se anduvieron con rodeos y mintieron; dijeron que la encontraron en el páramo el martes por la mañana. ¡Saben dónde está, los granujas! Gracias a Dios, están todos a salvo bajo llave. Ya sea el miedo a la ley o la bolsa del Duque, sin duda obtendremos de ellos todo lo que saben».

«Hasta aquí, todo bien», dijo Holmes, cuando el doctor hubo dejado finalmente la habitación. «Al menos corrobora la teoría de que es en el lado de Lower Gill Moor donde debemos esperar resultados. La policía realmente no ha hecho nada a nivel local, salvo el arresto de estos gitanos. ¡Mire aquí, Watson! Hay un curso de agua a través del páramo. Lo ve marcado aquí en el mapa. En algunas partes se ensancha hasta convertirse en un pantano. Esto es particularmente así en la región entre Holdernesse Hall y la escuela. Es inútil buscar pistas en otros lugares con este tiempo seco; pero en ESE punto hay ciertamente una posibilidad de que haya quedado algún registro. Le llamaré temprano mañana por la mañana, y usted y yo intentaremos arrojar un poco de luz sobre el misterio».

El día apenas estaba amaneciendo cuando desperté y encontré la larga y delgada figura de Holmes junto a mi cama. Estaba completamente vestido y aparentemente ya había salido.

«He registrado el césped y el cobertizo de las bicicletas —dijo—. También he dado un paseo por el Ragged Shaw. Ahora, Watson, hay cacao listo en la habitación de al lado. Le ruego que se dé prisa, pues tenemos un gran día por delante».

Sus ojos brillaban y sus mejillas estaban encendidas por la euforia del maestro artesano que ve su obra dispuesta ante él. Un Holmes muy distinto, este hombre activo y alerta, del soñador introspectivo y pálido de Baker Street. Sentí, al mirar aquella figura flexible, viva con energía nerviosa, que era, en efecto, un día extenuante el que nos esperaba.

Y sin embargo, comenzó con la decepción más negra. Con grandes esperanzas atravesamos el páramo de turba y color rojizo, surcado por mil caminos de ovejas, hasta llegar a la ancha franja de color verde claro que marcaba el pantano entre nosotros y Holdernesse. Ciertamente, si el muchacho se hubiera dirigido a casa, debía haber pasado por aquí, y no podría haberlo hecho sin dejar sus huellas. Pero no se veía rastro de él ni del alemán. Con el rostro oscurecido, mi amigo caminó a lo largo del margen, observando con avidez cada mancha de barro sobre la superficie musgosa. Había marcas de ovejas en abundancia, y en un lugar, a unas millas de distancia, las vacas habían dejado sus huellas. Nada más.

«Primer obstáculo», dijo Holmes, mirando con tristeza la ondulada extensión del páramo. «Hay otro pantano allá abajo y un cuello estrecho entre ambos. ¡Hola! ¡hola! ¡hola! ¿Qué tenemos aquí?»

Habíamos llegado a una pequeña cinta negra de sendero. En medio de ella, claramente marcada en el suelo empapado, estaba la huella de una bicicleta.

«¡Hurra! —grité—. Lo tenemos».

Pero Holmes negaba con la cabeza, y su rostro estaba desconcertado y expectante más que alegre.

«Una bicicleta, ciertamente, pero no LA bicicleta», dijo. «Estoy familiarizado con cuarenta y dos impresiones diferentes dejadas por neumáticos. Este, como percibe, es un Dunlop, con un parche en la cubierta exterior. Los neumáticos de Heidegger eran Palmer, dejando rayas longitudinales. Aveling, el profesor de matemáticas, estaba seguro al respecto. Por lo tanto, no es la huella de Heidegger».

«¿La del chico, entonces?»

«Posiblemente, si pudiéramos probar que hubiera tenido una bicicleta en su poder. Pero en esto hemos fracasado por completo. Esta huella, como percibe, fue hecha por un ciclista que venía de la dirección de la escuela».

«¿O hacia ella?»

«No, no, mi querido Watson. La impresión más profundamente hundida es, por supuesto, la de la rueda trasera, sobre la que descansa el peso. Percibe varios lugares donde ha pasado por encima y ha obliterado la marca más superficial de la delantera. Sin duda se dirigía alejándose de la escuela. Puede estar o no conectada con nuestra investigación, pero seguiremos esta pista hacia atrás antes de ir más lejos».

Así lo hicimos, y al cabo de unos cientos de yardas perdimos las huellas al salir de la parte pantanosa del páramo. Siguiendo el camino hacia atrás, localizamos otro punto, donde un manantial lo atravesaba. Aquí, una vez más, estaba la marca de la bicicleta, aunque casi obliterada por las pezuñas de las vacas. Después de eso no hubo más señales, pero el camino continuaba directamente hacia Ragged Shaw, el bosque que estaba detrás de la escuela. De este bosque debió salir la bicicleta. Holmes se sentó en una piedra y apoyó la barbilla en sus manos. Yo había fumado dos cigarrillos antes de que se moviera.

«Bueno, bueno —dijo, finalmente—. Es, por supuesto, posible que un hombre astuto pueda cambiar el neumático de su bicicleta para dejar huellas desconocidas. Un criminal capaz de tal pensamiento es un hombre con el que estaría orgulloso de hacer negocios. Dejaremos esta cuestión sin decidir y volveremos de nuevo a nuestro pantano, pues hemos dejado mucho por explorar».

Continuamos nuestro estudio sistemático del borde de la parte empapada del páramo, y pronto nuestra perseverancia fue gloriosamente recompensada. Justo a través de la parte baja del pantano yacía un camino fangoso. Holmes lanzó un grito de deleite al acercarse a él. Una impresión como un fino manojo de cables de telégrafo recorría el centro del mismo. Era el neumático Palmer.

«¡Aquí está el Herr Heidegger, sin duda! —gritó Holmes, exultante—. Mi razonamiento parece haber sido bastante sólido, Watson».

«Le felicito».

«Pero aún nos queda un largo camino por recorrer. Por favor, camine fuera del camino. Ahora sigamos el rastro. Me temo que no conducirá muy lejos».

Sin embargo, a medida que avanzábamos, descubrimos que esta parte del páramo está surcada de zonas blandas, y aunque perdimos la vista de la huella con frecuencia, siempre logramos recuperarla una vez más.

«¿Observa —dijo Holmes— que el ciclista está ahora sin duda forzando el paso? No puede haber duda de ello. Mire esta impresión, donde se ven ambos neumáticos con claridad. El uno es tan profundo como el otro. Eso solo puede significar que el ciclista está echando su peso sobre el manillar, como hace un hombre cuando está esprintando. ¡Por Júpiter! Ha tenido una caída».

Había una mancha ancha e irregular que cubría unos metros de la pista. Luego hubo unas pocas huellas de pisadas y el neumático reapareció una vez más.

«Un resbalón lateral», sugerí.

Holmes levantó una rama arrugada de aulaga en flor. Para mi horror, percibí que las flores amarillas estaban todas manchadas de carmesí. En el camino, también, y entre el brezo, había manchas oscuras de sangre coagulada.

«¡Mal! —dijo Holmes—. ¡Mal! ¡Apártese, Watson! ¡Ni un paso innecesario! ¿Qué leo aquí? Cayó herido, se levantó, volvió a montar, continuó. Pero no hay otra huella. Ganado en este sendero lateral. ¿Seguramente no fue corneado por un toro? ¡Imposible! Pero no veo rastros de nadie más. Debemos seguir adelante, Watson. Sin duda, con manchas y el rastro para guiarnos, no puede escapársenos ahora».

Nuestra búsqueda no fue muy larga. Las huellas del neumático comenzaron a curvarse fantásticamente sobre el camino húmedo y brillante. De repente, mientras miraba hacia adelante, el brillo de un metal llamó mi atención entre los espesos arbustos de aulaga. De entre ellos arrastramos una bicicleta, con neumático Palmer, un pedal doblado y todo el frente horriblemente manchado y salpicado de sangre. Al otro lado de los arbustos sobresalía un zapato. Corrimos y allí yacía el infortunado ciclista. Era un hombre alto, con barba completa y gafas, de las cuales un cristal había sido arrancado. La causa de su muerte fue un golpe espantoso en la cabeza, que había aplastado parte de su cráneo. Que pudiera haber continuado después de recibir tal herida decía mucho de la vitalidad y el coraje del hombre. Llevaba zapatos, pero no calcetines, y su abrigo abierto dejaba ver una camisa de dormir debajo. Sin duda era el maestro alemán.

Holmes dio la vuelta al cuerpo con reverencia y lo examinó con gran atención. Luego se sentó en profunda reflexión durante un tiempo, y pude ver por su ceño fruncido que este sombrío descubrimiento no había, en su opinión, adelantado mucho nuestra investigación.

«Es un poco difícil saber qué hacer, Watson —dijo, finalmente—. Mis propias inclinaciones son seguir adelante con esta investigación, pues ya hemos perdido tanto tiempo que no podemos permitirnos desperdiciar ni una hora más. Por otro lado, estamos obligados a informar a la policía del hallazgo y a asegurarnos de que el cuerpo de este pobre hombre sea atendido».

«Podría llevar una nota de vuelta».

«Pero necesito su compañía y asistencia. ¡Espere un poco! Hay un tipo cortando turba allá arriba. Tráigalo aquí y él guiará a la policía».

Llevé al campesino y Holmes despachó al hombre asustado con una nota para el Dr. Huxtable.

—Ahora, Watson —dijo él—, hemos recogido dos pistas esta mañana. Una es la bicicleta con el neumático Palmer, y ya vemos a dónde nos ha conducido. La otra es la bicicleta con el Dunlop reparado. Antes de que empecemos a investigar eso, tratemos de comprender lo que SÍ sabemos para aprovecharlo al máximo y separar lo esencial de lo accidental.

—En primer lugar, deseo recalcarle que el muchacho se marchó sin duda por su propia voluntad. Bajó por su ventana y se fue, ya sea solo o con alguien. Eso es seguro.

Asentí.

—Bien, ahora volvamos a este infortunado maestro alemán. El chico estaba completamente vestido cuando huyó. Por lo tanto, previó lo que iba a hacer. Pero el alemán se fue sin sus calcetines. Ciertamente actuó con muy poco margen de tiempo.

—Indudablemente.

—¿Por qué se fue? Porque, desde la ventana de su dormitorio, vio la huida del muchacho. Porque deseaba alcanzarlo y traerlo de vuelta. Tomó su bicicleta, persiguió al joven y, al perseguirlo, encontró la muerte.

—Así parece.

—Ahora llego a la parte crítica de mi razonamiento. La acción natural de un hombre al perseguir a un niño pequeño sería correr tras él. Sabría que podría alcanzarlo. Pero el alemán no hace eso. Se dirige a su bicicleta. Me han dicho que era un ciclista excelente. No haría esto si no viera que el muchacho tenía algún medio rápido de escape.

—La otra bicicleta.

—Sigamos con nuestra reconstrucción. Encuentra la muerte a cinco millas de la escuela; no por una bala, fíjese bien, que incluso un muchacho podría concebiblemente disparar, sino por un golpe salvaje propinado por un brazo vigoroso. El joven, entonces, TENÍA un compañero en su huida. Y la huida fue rápida, ya que tomó cinco millas antes de que un ciclista experto pudiera alcanzarlos. Sin embargo, observamos el terreno alrededor de la escena de la tragedia. ¿Qué encontramos? Unas cuantas huellas de ganado, nada más. Di una amplia vuelta alrededor, y no hay camino a menos de cincuenta yardas. Otro ciclista no podría haber tenido nada que ver con el asesinato real. Tampoco había huellas humanas.

—Holmes —exclamé—, esto es imposible.

—¡Admirable! —dijo—. Una observación de lo más esclarecedora. ES imposible tal como lo planteo, y por lo tanto debo haberlo planteado mal en algún aspecto. Aun así, usted mismo lo vio. ¿Puede sugerir alguna falacia?

—¿No podría haberse fracturado el cráneo en una caída?

—¿En un pantano, Watson?

—Estoy al límite de mis fuerzas.

—Tut, tut; hemos resuelto problemas peores. Al menos tenemos mucho material, si tan solo podemos usarlo. Venga, pues, y, habiendo agotado la Palmer, veamos qué tiene que ofrecernos la Dunlop con la cubierta reparada.

Recogimos el rastro y lo seguimos durante cierta distancia; pero pronto el páramo se elevó en una larga curva salpicada de brezo, y dejamos atrás el curso de agua. No cabía esperar más ayuda de las huellas. En el lugar donde vimos por última vez el neumático Dunlop, este podría haber llevado igualmente a Holdernesse Hall, cuyas majestuosas torres se alzaban a unas millas a nuestra izquierda, o a un pueblo bajo y gris que yacía frente a nosotros, y que marcaba la posición de la carretera principal de Chesterfield.

Al acercarnos a la prohibida y sórdida posada, con el cartel de un gallo de pelea sobre la puerta, Holmes dio un gemido repentino y me agarró por el hombro para evitar caerse. Había sufrido uno de esos violentos esguinces de tobillo que dejan a un hombre indefenso. Con dificultad, cojeó hasta la puerta, donde un hombre corpulento, moreno y de edad avanzada estaba fumando una pipa de arcilla negra.

—¿Cómo está, Sr. Reuben Hayes? —dijo Holmes.

—¿Quién es usted y cómo sabe mi nombre tan de repente? —respondió el campesino, con un destello sospechoso en un par de ojos astutos.

—Bueno, está impreso en el cartel sobre su cabeza. Es fácil ver a un hombre que es dueño de su propia casa. Supongo que no tendrá algo como un carruaje en sus establos, ¿verdad?

—No; no lo tengo.

—Apenas puedo apoyar el pie en el suelo.

—No lo apoye en el suelo.

—Pero no puedo caminar.

—Bueno, entonces dé saltitos.

El trato del Sr. Reuben Hayes estaba lejos de ser amable, pero Holmes lo tomó con un buen humor admirable.

—Mire, buen hombre —dijo él—. Esto es realmente un aprieto bastante incómodo para mí. No me importa cómo pueda seguir.

—A mí tampoco —dijo el hosco posadero.

—El asunto es muy importante. Le ofrecería una soberana por el uso de una bicicleta.

El posadero aguzó los oídos.

—¿A dónde quiere ir?

—A Holdernesse Hall.

—Colegas del Duque, supongo —dijo el posadero, observando nuestras prendas manchadas de barro con ojos irónicos.

Holmes se rió con buen talante.

—Se alegrará de vernos, de todas formas.

—¿Por qué?

—Porque le traemos noticias de su hijo perdido.

El posadero dio un salto muy visible.

—¿Qué, están tras su pista?

—Se ha tenido noticia de él en Liverpool. Esperan atraparlo a cada hora.

De nuevo, un cambio rápido pasó por el rostro pesado y sin afeitar. Su actitud se volvió repentinamente afable.

—Tengo menos razones que la mayoría para desearle el bien al Duque —dijo—, pues fui su cochero principal una vez, y me trató cruelmente mal. Fue él quien me despidió sin referencias por la palabra de un mentiroso vendedor de grano. Pero me alegra saber que se tuvo noticias del joven lord en Liverpool, y les ayudaré a llevar la noticia al Hall.

—Gracias —dijo Holmes—. Primero comeremos algo. Luego puede traer la bicicleta.

—No tengo bicicleta.

Holmes levantó una moneda soberana.

—Le digo, hombre, que no tengo ninguna. Les dejaré dos caballos hasta el Hall.

—Bien, bien —dijo Holmes—, hablaremos de ello cuando hayamos comido algo.

Cuando nos quedamos solos en la cocina de suelo de piedra, fue asombroso lo rápido que se recuperó aquel tobillo torcido. Ya estaba casi anocheciendo y no habíamos comido nada desde la mañana temprano, así que pasamos algún tiempo durante nuestra comida. Holmes estaba absorto en sus pensamientos, y una o dos veces caminó hasta la ventana y miró con atención hacia afuera. Daba a un patio sórdido. En el rincón lejano había una herrería, donde un muchacho mugriento estaba trabajando. Al otro lado estaban los establos. Holmes se había vuelto a sentar tras una de estas incursiones, cuando de repente saltó de su silla con una fuerte exclamación.

—¡Por el cielo, Watson, creo que lo tengo! —gritó—. Sí, sí, tiene que ser así. Watson, ¿recuerda haber visto huellas de vaca hoy?

—Sí, varias.

—¿Dónde?

—Bueno, en todas partes. Estaban en el pantano, y otra vez en el camino, y otra vez cerca de donde el pobre Heidegger encontró la muerte.

—Exacto. Bueno, ahora, Watson, ¿cuántas vacas vio en el páramo?

—No recuerdo haber visto ninguna.

—Es extraño, Watson, que veamos huellas a lo largo de nuestra ruta, pero nunca una vaca en todo el páramo; muy extraño, Watson, ¿eh?

—Sí, es extraño.

—Ahora, Watson, haga un esfuerzo; ¡haga memoria! ¿Puede ver esas huellas en el camino?

—Sí, puedo.

—¿Puede recordar que las huellas eran a veces así, Watson? —dispuso una serie de migas de pan de esta manera— ::::: —y a veces así— :.:.:.:. —y ocasionalmente así— . '. '. '. —¿Puede recordar eso?

—No, no puedo.

—Pero yo sí. Podría jurarlo. Sin embargo, volveremos con calma y lo verificaremos. ¡Qué escarabajo ciego he sido por no sacar mi conclusión!

—¿Y cuál es su conclusión?

—Solo que es una vaca notable la que camina, trota y galopa. ¡Por Dios, Watson, no fue el cerebro de un posadero rural el que ideó semejante engaño! La costa parece estar despejada, salvo por ese muchacho en la herrería. Salgamos y veamos qué podemos ver.

Había dos caballos de pelo áspero y descuidados en el establo en ruinas. Holmes levantó la pata trasera de uno de ellos y soltó una carcajada.

—Herraduras viejas, pero recién puestas; herraduras viejas, pero clavos nuevos. Este caso merece ser un clásico. Vamos a la herrería.

El muchacho continuó su trabajo sin prestarnos atención. Vi los ojos de Holmes lanzarse de derecha a izquierda entre el montón de hierro y madera que estaba esparcido por el suelo. De repente, sin embargo, oímos un paso detrás de nosotros, y allí estaba el posadero, con sus pesadas cejas fruncidas sobre sus ojos salvajes, sus rasgos oscuros convulsionados por la pasión. Sostenía un bastón corto de punta metálica en la mano, y avanzó de una manera tan amenazante que me alegré mucho de sentir el revólver en mi bolsillo.

—¡Malditos espías! —gritó el hombre—. ¿Qué están haciendo ahí?

—Bueno, Sr. Reuben Hayes —dijo Holmes, con calma—, uno podría pensar que teme que descubramos algo.

El hombre se dominó con un esfuerzo violento, y su boca severa se distendió en una risa falsa, que era más amenazante que su ceño.

—Son bienvenidos a todo lo que puedan averiguar en mi herrería —dijo—. Pero escuche, señor, no me gusta la gente fisgoneando en mi propiedad sin mi permiso, así que cuanto antes paguen su cuenta y se vayan de aquí, más complacido estaré.

—Está bien, Sr. Hayes, no queríamos causar problemas —dijo Holmes—. Hemos estado echando un vistazo a sus caballos, pero creo que caminaré después de todo. No está lejos, creo.

—No más de dos millas hasta las puertas del Hall. Ese es el camino a la izquierda. Nos observó con ojos sombríos hasta que abandonamos su propiedad.

No fuimos muy lejos por el camino, pues Holmes se detuvo en el instante en que la curva nos ocultó de la vista del posadero.

—Estábamos calientes, como dicen los niños, en esa posada —dijo—. Parezco enfriarme a cada paso que me alejo de ella. No, no; no puedo dejarlo de ninguna manera.

—Estoy convencido —dije—, de que este Reuben Hayes lo sabe todo al respecto. Nunca vi un villano más evidente.

—¡Oh! ¿Le impresionó de esa manera, verdad? Ahí están los caballos, ahí está la herrería. Sí, es un lugar interesante, este Fighting Cock. Creo que le echaremos otro vistazo de una manera discreta.

Una larga ladera inclinada, salpicada de rocas de piedra caliza gris, se extendía detrás de nosotros. Nos habíamos desviado del camino y subíamos la colina, cuando, mirando en dirección a Holdernesse Hall, vi a un ciclista que venía rápidamente.

—¡Agáchese, Watson! —gritó Holmes, con una mano pesada sobre mi hombro. Apenas nos habíamos ocultado cuando el hombre pasó volando junto a nosotros por el camino. En medio de una nube de polvo, vislumbré un rostro pálido y agitado; un rostro con horror en cada facción, la boca abierta, los ojos mirando salvajemente hacia adelante. Era como una extraña caricatura del pulcro James Wilder que habíamos visto la noche anterior.

—¡El secretario del Duque! —gritó Holmes—. Vamos, Watson, veamos qué hace.

Trepamos de roca en roca hasta que en pocos momentos llegamos a un punto desde el que podíamos ver la puerta principal de la posada. La bicicleta de Wilder estaba apoyada contra la pared a su lado. Nadie se movía por la casa, ni podíamos ver rostro alguno en las ventanas. Lentamente, el crepúsculo se extendió mientras el sol se hundía tras las altas torres de Holdernesse Hall. Entonces, en la penumbra, vimos encenderse las dos lámparas laterales de un coche en el patio de establos de la posada, y poco después escuchamos el traqueteo de los cascos, mientras salía hacia el camino y partía a un ritmo furioso en dirección a Chesterfield.

—¿Qué saca de esto, Watson? —susurró Holmes.

—Parece una huida.

—Un solo hombre en un coche ligero, por lo que pude ver. Bueno, ciertamente no era el Sr. James Wilder, pues ahí está él en la puerta.

Un cuadrado de luz roja había brotado de la oscuridad. En medio estaba la figura negra del secretario, con la cabeza adelantada, escudriñando la noche. Era evidente que esperaba a alguien. Entonces, por fin, hubo pasos en el camino, una segunda figura fue visible por un instante contra la luz, la puerta se cerró y todo volvió a quedar negro una vez más. Cinco minutos después, se encendió una lámpara en una habitación del primer piso.

—Parece ser una clase curiosa de clientela la que atiende el Fighting Cock —dijo Holmes.

—El bar está al otro lado.

—Exacto. Estos son lo que uno podría llamar los invitados privados. Ahora, ¿qué demonios hace el Sr. James Wilder en esa guarida a esta hora de la noche, y quién es el compañero que viene a reunirse con él allí? Vamos, Watson, realmente debemos correr un riesgo e intentar investigar esto un poco más de cerca.

Juntos bajamos al camino y nos arrastramos hasta la puerta de la posada. La bicicleta seguía apoyada contra la pared. Holmes encendió una cerilla y la sostuvo frente a la rueda trasera, y lo oí reírse entre dientes cuando la luz cayó sobre un neumático Dunlop reparado. Arriba de nosotros estaba la ventana iluminada.

—Debo echar un vistazo a través de eso, Watson. Si dobla la espalda y se apoya en la pared, creo que puedo lograrlo.

Un instante después, sus pies estaban sobre mis hombros. Pero apenas subió cuando volvió a bajar.

—Vamos, amigo mío —dijo—, nuestra jornada de trabajo ya ha sido bastante larga. Creo que hemos reunido todo lo que podemos. Es una caminata larga hasta la escuela, y cuanto antes empecemos, mejor.

Apenas abrió los labios durante esa agotadora caminata a través del páramo, ni quiso entrar en la escuela cuando llegamos, sino que siguió hasta la estación de Mackleton, desde donde pudo enviar algunos telegramas. A altas horas de la noche le oí consolar al Dr. Huxtable, postrado por la tragedia de la muerte de su maestro, y más tarde aún entró en mi habitación tan alerta y vigoroso como lo había estado cuando partió por la mañana. —Todo va bien, amigo mío —dijo—. Le prometo que antes de mañana por la tarde habremos llegado a la solución del misterio.

A las once de la mañana siguiente, mi amigo y yo caminábamos por la famosa avenida de tejos de Holdernesse Hall. Nos hicieron pasar por la magnífica entrada isabelina hasta el estudio de su Gracia. Allí encontramos al Sr. James Wilder, recatado y cortés, pero con algún rastro de aquel terror salvaje de la noche anterior todavía acechando en sus ojos furtivos y en sus rasgos crispados.

—¿Han venido a ver a su Gracia? Lo siento; pero el hecho es que el Duque no se encuentra bien. Ha estado muy alterado por las trágicas noticias. Recibimos un telegrama del Dr. Huxtable ayer por la tarde, que nos informó de su descubrimiento.

—Debo ver al Duque, Sr. Wilder.

—Pero está en su habitación.

—Entonces debo ir a su habitación.

—Creo que está en su cama.

—Le veré allí.

El trato frío e inexorable de Holmes le mostró al secretario que era inútil discutir con él.

—Muy bien, Sr. Holmes; le diré que están aquí.

Tras media hora de espera apareció el gran noble. Su rostro era más cadavérico que nunca, sus hombros se habían encorvado y me pareció un hombre mucho más viejo de lo que había sido la mañana anterior. Nos saludó con una cortesía majestuosa y se sentó a su escritorio, con su barba roja cayendo sobre la mesa.

—¿Bien, Sr. Holmes? —dijo.

Pero los ojos de mi amigo estaban fijos en el secretario, que permanecía junto a la silla de su amo.

—Creo, su Gracia, que podría hablar con mayor libertad en ausencia del Sr. Wilder.

El hombre se puso un tono más pálido y lanzó una mirada maligna a Holmes.

—Si su Gracia lo desea...

—Sí, sí; será mejor que te vayas. Ahora, Sr. Holmes, ¿qué tiene que decir?

Mi amigo esperó hasta que la puerta se cerró tras el secretario que se retiraba.

—El hecho es, su Gracia —dijo—, que mi colega, el Dr. Watson, y yo mismo recibimos la seguridad del Dr. Huxtable de que se había ofrecido una recompensa en este caso. Me gustaría que esto fuera confirmado por sus propios labios.

—Ciertamente, Sr. Holmes.

—Ascendía, si estoy bien informado, a cinco mil libras a cualquiera que le diga dónde está su hijo, ¿no es así?

—Exacto.

—¿Y otras mil al hombre que nombre a la persona o personas que lo mantienen bajo custodia?

—Exacto.

—Bajo este último encabezado se incluye, sin duda, no solo a aquellos que puedan habérselo llevado, sino también a aquellos que conspiran para mantenerlo en su posición actual.

—Sí, sí —gritó el Duque, con impaciencia—. Si hace bien su trabajo, Sr. Sherlock Holmes, no tendrá motivos para quejarse de un trato mezquino.

Mi amigo se frotó las manos delgadas con una apariencia de avidez que fue una sorpresa para mí, que conocía sus gustos frugales.

—Me parece ver el talonario de cheques de su Gracia sobre la mesa —dijo—. Me alegraría si me hiciera un cheque por seis mil libras. Quizás sería bueno que lo cruzara. El Capital and Counties Bank, sucursal de Oxford Street, son mis agentes.

Su Gracia se sentó muy severo y erguido en su silla, y miró fríamente a mi amigo.

—¿Es esto una broma, Sr. Holmes? Difícilmente es un tema para bromear.

—En absoluto, su Gracia. Nunca he hablado más en serio en mi vida.

—¿Qué quiere decir, entonces?

—Quiero decir que me he ganado la recompensa. Sé dónde está su hijo, y conozco a algunos, al menos, de los que lo tienen retenido.

La barba del Duque se había vuelto más agresivamente roja que nunca contra su rostro blanco como la muerte.

—¿Dónde está? —jadeó.

—Está, o estaba anoche, en la posada Fighting Cock, a unas dos millas de la puerta de su parque.

El Duque se reclinó en su silla.

—¿Y a quién acusa?

La respuesta de Sherlock Holmes fue asombrosa. Dio un paso rápido hacia adelante y tocó al Duque en el hombro.

—Le acuso a USTED —dijo—. Y ahora, su Gracia, le pediré ese cheque.

Nunca olvidaré el aspecto del Duque mientras se levantaba de un salto y arañaba con las manos como alguien que se está hundiendo en un abismo. Luego, con un esfuerzo extraordinario de autocontrol aristocrático, se sentó y hundió el rostro en las manos. Pasaron algunos minutos antes de que hablara.

—¿Cuánto sabe? —preguntó al fin, sin levantar la cabeza.

—Les vi juntos anoche.

—¿Alguien más aparte de su amigo lo sabe?

—No he hablado con nadie.

El Duque tomó una pluma con sus dedos temblorosos y abrió su talonario.

—Seré fiel a mi palabra, Sr. Holmes. Estoy a punto de escribir su cheque, por muy desagradable que sea la información que ha obtenido para mí. Cuando se hizo la oferta por primera vez, poco pensé en el giro que podrían tomar los acontecimientos. Pero usted y su amigo son hombres discretos, ¿verdad, Sr. Holmes?

—Difícilmente entiendo a su Gracia.

—Debo decirlo claramente, Sr. Holmes. Si solo ustedes dos saben de este incidente, no hay razón para que vaya más lejos. Creo que doce mil libras es la suma que le debo, ¿no es así?

Pero Holmes sonrió y negó con la cabeza.

—Me temo, su Gracia, que los asuntos difícilmente pueden arreglarse tan fácilmente. Está la muerte de este maestro de escuela que debe ser aclarada.

—Pero James no sabía nada de eso. No puede hacerlo responsable de eso. Fue obra de este bruto rufián a quien tuvo la desgracia de emplear.

—Debo considerar, su Gracia, que cuando un hombre se embarca en un crimen, es moralmente culpable de cualquier otro crimen que pueda derivar de él.

—Moralmente, Sr. Holmes. Sin duda tiene usted razón. Pero seguramente no a los ojos de la ley. Un hombre no puede ser condenado por un asesinato en el que no estuvo presente y que detesta y aborrece tanto como usted. En el instante en que tuvo noticia de ello, me hizo una confesión completa, tan lleno estaba de horror y remordimiento. No perdió ni una hora en romper completamente con el asesino. ¡Oh, Sr. Holmes, debe salvarlo; debe salvarlo! ¡Le digo que debe salvarlo! —El Duque había abandonado el último intento de autocontrol y caminaba por la habitación con el rostro convulso y los puños cerrados gesticulando en el aire. Por fin, se dominó y se sentó una vez más a su escritorio—. Aprecio su conducta al venir aquí antes de hablar con nadie más —dijo—. Al menos, podemos deliberar sobre cómo podemos minimizar este espantoso escándalo.

—Exacto —dijo Holmes—. Creo, su Gracia, que esto solo puede hacerse mediante una absoluta y completa franqueza entre nosotros. Estoy dispuesto a ayudar a su Gracia en la medida de mis posibilidades, pero para hacerlo debo entender hasta el último detalle cómo está el asunto. Me doy cuenta de que sus palabras se referían al Sr. James Wilder y de que él no es el asesino.

—No; el asesino ha escapado.

Sherlock Holmes sonrió con modestia.

—Su Gracia difícilmente habrá oído hablar de la pequeña reputación que poseo, o no imaginaría que es tan fácil escaparse de mí. El Sr. Reuben Hayes fue arrestado en Chesterfield por información mía a las once de la noche pasada. Recibí un telegrama del jefe de la policía local antes de abandonar la escuela esta mañana.

El Duque se reclinó en su silla y miró con asombro a mi amigo.

—Parece tener facultades que difícilmente son humanas —dijo—. ¿Así que Reuben Hayes ha sido capturado? Me alegra mucho oírlo, si es que no repercutirá en el destino de James.

—¿Su secretario?

—No, señor; mi hijo.

Fue el turno de Holmes de parecer sorprendido.

—Confieso que esto es completamente nuevo para mí, su Gracia. Debo rogarle que sea más explícito.

—No le ocultaré nada. Estoy de acuerdo con usted en que la franqueza completa, por dolorosa que sea para mí, es la mejor política en esta situación desesperada a la que la locura y los celos de James nos han reducido. Cuando era muy joven, Sr. Holmes, amé con un amor como el que solo llega una vez en la vida. Le ofrecí matrimonio a la dama, pero ella lo rechazó bajo el argumento de que tal enlace podría arruinar mi carrera. Si ella hubiera vivido, ciertamente nunca me habría casado con otra persona. Murió y dejó a este único hijo, a quien, por su bien, he apreciado y cuidado. No podía reconocer la paternidad ante el mundo, pero le di la mejor educación y, desde que llegó a la edad adulta, lo he mantenido cerca de mi persona. Él descubrió mi secreto y desde entonces se ha aprovechado de la reclamación que tiene sobre mí y de su poder para provocar un escándalo, lo cual sería detestable para mí. Su presencia tuvo algo que ver con el infeliz desenlace de mi matrimonio. Sobre todo, odió a mi joven heredero legítimo desde el principio con un odio persistente. Bien puede preguntarme por qué, en estas circunstancias, seguí manteniendo a James bajo mi techo. Respondo que fue porque podía ver el rostro de su madre en el suyo, y que por amor a ella no hubo fin a mi paciencia. Además, todos sus encantadores modales: no había ni uno solo que él no pudiera sugerir y traer de vuelta a mi memoria. NO podía enviarlo lejos. Pero temía tanto que le hiciera a Arthur —esto es, Lord Saltire— algún daño, que lo envié para su seguridad a la escuela del Dr. Huxtable.

—James entró en contacto con este sujeto Hayes porque el hombre era un inquilino mío, y James actuaba como agente. El individuo era un sinvergüenza desde el principio; pero, de alguna manera extraordinaria, James se volvió íntimo de él. Siempre tuvo gusto por la mala compañía. Cuando James decidió secuestrar a Lord Saltire, fue del servicio de este hombre del que se valió. Recuerda que le escribí a Arthur en aquel último día. Pues bien, James abrió la carta e insertó una nota pidiendo a Arthur que se reuniera con él en un pequeño bosque llamado Ragged Shaw, que está cerca de la escuela. Usó el nombre de la Duquesa y de esa manera consiguió que el niño viniera. Esa tarde, James fue en bicicleta —le estoy contando lo que él mismo me ha confesado— y le dijo a Arthur, a quien encontró en el bosque, que su madre anhelaba verlo, que lo estaba esperando en el páramo y que, si volvía al bosque a medianoche, encontraría a un hombre con un caballo que lo llevaría con ella. El pobre Arthur cayó en la trampa. Acudió a la cita y encontró a este sujeto Hayes con un poni llevado de la brida. Arthur montó y se marcharon juntos. Parece —aunque esto James solo lo supo ayer— que fueron perseguidos, que Hayes golpeó al perseguidor con su bastón y que el hombre murió a causa de sus heridas. Hayes llevó a Arthur a su taberna, el Fighting Cock, donde estuvo confinado en una habitación superior, bajo el cuidado de la Sra. Hayes, que es una mujer bondadosa, pero totalmente bajo el control de su brutal marido.

—Bien, Sr. Holmes, ese era el estado de las cosas cuando le vi por primera vez hace dos días. Yo no tenía más idea de la verdad que usted. Me preguntará cuál fue el motivo de James para cometer tal acto. Respondo que había una gran parte de irracionalidad y fanatismo en el odio que profesaba a mi heredero. En su opinión, él mismo debería haber sido heredero de todas mis propiedades, y resentía profundamente esas leyes sociales que lo hacían imposible. Al mismo tiempo, tenía también un motivo definido. Estaba ansioso porque yo rompiera el vínculo sucesorio, y era de la opinión de que estaba en mi poder hacerlo. Pretendía hacer un trato conmigo: devolver a Arthur si yo rompía el vínculo, haciendo así posible que la propiedad le fuera legada por testamento. Sabía bien que yo nunca invocaría voluntariamente la ayuda de la policía contra él. Digo que me habría propuesto tal trato, pero en realidad no lo hizo, pues los acontecimientos se movieron demasiado rápido para él y no tuvo tiempo de poner sus planes en práctica.

—Lo que llevó a todo su malvado plan al desastre fue su descubrimiento del cuerpo muerto de este hombre, Heidegger. James fue presa del horror ante la noticia. Nos llegó ayer mientras estábamos sentados juntos en este estudio. El Dr. Huxtable había enviado un telegrama. James estaba tan abrumado por el dolor y la agitación que mis sospechas, que nunca habían estado del todo ausentes, se convirtieron instantáneamente en una certeza, y le increpé por el hecho. Hizo una confesión completa y voluntaria. Luego me imploró que guardara su secreto tres días más, para darle a su miserable cómplice la oportunidad de salvar su culpable vida. Cedí —como siempre he cedido— a sus súplicas, e instantáneamente James salió a toda prisa hacia el Fighting Cock para advertir a Hayes y darle los medios para huir. Yo no podía ir allí a plena luz del día sin provocar comentarios, pero tan pronto como cayó la noche, me apresuré a ir a ver a mi querido Arthur. Lo encontré sano y salvo, pero horrorizado más allá de toda expresión por el terrible acto que había presenciado. Por deferencia a mi promesa, y muy en contra de mi voluntad, consentí en dejarlo allí durante tres días bajo el cargo de la Sra. Hayes, ya que era evidente que era imposible informar a la policía de dónde estaba sin decirles también quién era el asesino, y no podía ver cómo se podía castigar a ese asesino sin la ruina de mi desafortunado James. Usted pidió franqueza, Sr. Holmes, y he tomado sus palabras al pie de la letra, pues ahora le he contado todo sin intentar circunloquios ni ocultamientos. Sea usted, a su vez, tan franco conmigo.

—Lo seré —dijo Holmes—. En primer lugar, su Gracia, estoy obligado a decirle que se ha colocado en una posición muy grave a los ojos de la ley. Ha condonado un delito grave y ha ayudado a la huida de un asesino; pues no puedo dudar de que cualquier dinero que tomara James Wilder para ayudar a su cómplice en su huida salió de la bolsa de su Gracia.

El Duque inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Este es, en verdad, un asunto muy grave. Aún más culpable en mi opinión, su Gracia, es su actitud hacia su hijo menor. Lo deja en esa guarida durante tres días.

—Bajo promesas solemnes...

—¿Qué son las promesas para personas como estas? No tiene garantía de que no sea secuestrado de nuevo. Para complacer a su culpable hijo mayor, ha expuesto a su inocente hijo menor a un peligro inminente e innecesario. Fue una acción totalmente injustificable.

El orgulloso señor de Holdernesse no estaba acostumbrado a ser reprendido de tal manera en su propio salón ducal. La sangre subió a su alta frente, pero su conciencia lo mantuvo mudo.

—Le ayudaré, pero solo con una condición. Es que toque la campana para el lacayo y me deje dar las órdenes que me plazcan.

Sin decir palabra, el Duque presionó el timbre eléctrico. Un sirviente entró.

—Se alegrará de saber —dijo Holmes— que su joven señor ha sido encontrado. Es el deseo del Duque que el carruaje vaya inmediatamente a la posada Fighting Cock para traer a Lord Saltire a casa.

—Ahora —dijo Holmes, cuando el regocijado lacayo hubo desaparecido—, habiendo asegurado el futuro, podemos permitirnos ser más indulgentes con el pasado. No estoy en una posición oficial y no hay razón, mientras se cumplan los fines de la justicia, por la cual deba revelar todo lo que sé. En cuanto a Hayes, no digo nada. La horca lo espera, y no haría nada para salvarlo de ella. Qué divulgará, no puedo decirlo, pero no tengo duda de que su Gracia podría hacerle entender que le interesa estar en silencio. Desde el punto de vista policial, él habrá secuestrado al niño con el propósito de pedir un rescate. Si ellos mismos no descubren nada más, no veo ninguna razón por la que deba incitarles a adoptar un punto de vista más amplio. Sin embargo, advertiría a su Gracia que la presencia continuada del Sr. James Wilder en su hogar solo puede conducir a la desgracia.

—Lo entiendo, Sr. Holmes, y ya está decidido que me dejará para siempre e irá a buscar fortuna a Australia.

—En ese caso, su Gracia, dado que usted mismo ha declarado que cualquier infelicidad en su vida matrimonial fue causada por su presencia, le sugeriría que haga las paces con la Duquesa tanto como pueda, y que intente reanudar esas relaciones que han sido tan infelizmente interrumpidas.

—Eso también lo he arreglado, Sr. Holmes. Escribí a la Duquesa esta mañana.

—En ese caso —dijo Holmes, levantándose—, creo que mi amigo y yo podemos felicitarnos por varios resultados de lo más felices de nuestra pequeña visita al Norte. Hay un pequeño punto más sobre el que deseo algo de luz. Este sujeto Hayes había herrado a sus caballos con herraduras que imitaban las huellas de las vacas. ¿Fue del Sr. Wilder de quien aprendió tan extraordinario dispositivo?

El Duque se quedó pensativo por un momento, con una mirada de intensa sorpresa en su rostro. Luego abrió una puerta y nos mostró una gran habitación amueblada como un museo. Nos guio hasta una vitrina en un rincón y señaló la inscripción.

—Estas herraduras —decía—, fueron desenterradas en el foso de Holdernesse Hall. Son para el uso de caballos; pero están formadas por debajo con una pezuña hendida de hierro, para despistar a los perseguidores. Se supone que pertenecieron a algunos de los barones merodeadores de Holdernesse en la Edad Media.

Holmes abrió la vitrina y, humedeciéndose el dedo, lo pasó a lo largo de la herradura. Una fina película de barro reciente quedó sobre su piel.

—Gracias —dijo, mientras volvía a colocar el cristal—. Es el segundo objeto más interesante que he visto en el Norte.

—¿Y el primero?

Holmes dobló su cheque y lo colocó cuidadosamente en su cuaderno.

—Soy un hombre pobre —dijo, mientras lo acariciaba afectuosamente y lo hundía en las profundidades de su bolsillo interior.

*****

THE STRAND MAGAZINE Vol. 27 MARZO, 1904 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

VI.—La aventura de Peter el Negro.

NUNCA he conocido a mi amigo en mejor forma, tanto mental como física, que en el año 95. Su creciente fama había traído consigo una inmensa clientela, y sería culpable de una indiscreción si siquiera sugiriera la identidad de algunos de los ilustres clientes que cruzaron nuestro humilde umbral en Baker Street. Holmes, sin embargo, como todos los grandes artistas, vivía por amor a su arte y, salvo en el caso del Duque de Holdernesse, rara vez le he visto reclamar una gran recompensa por sus inestimables servicios. Tan poco mundano era —o tan caprichoso— que frecuentemente rechazaba su ayuda a los poderosos y ricos cuando el problema no apelaba a sus simpatías, mientras dedicaba semanas de la más intensa aplicación a los asuntos de algún humilde cliente cuyo caso presentaba esas cualidades extrañas y dramáticas que apelaban a su imaginación y desafiaban su ingenio.

En este memorable año 95, una curiosa e incongruente sucesión de casos había ocupado su atención, desde su famosa investigación sobre la repentina muerte del Cardenal Tosca —una indagación que fue llevada a cabo por él por expreso deseo de Su Santidad el Papa— hasta su arresto de Wilson, el notorio entrenador de canarios, que eliminó un foco de infección en el East-End de Londres. Pisándole los talones a estos dos famosos casos llegó la tragedia de Woodman's Lee y las circunstancias muy oscuras que rodearon la muerte del Capitán Peter Carey. Ningún registro de las actividades del Sr. Sherlock Holmes estaría completo si no incluyera algún relato de este asunto tan inusual.

Durante la primera semana de julio, mi amigo había estado ausente tan a menudo y durante tanto tiempo de nuestras habitaciones que supe que tenía algo entre manos. El hecho de que varios hombres de aspecto rudo llamaran durante ese tiempo y preguntaran por el Capitán Basil me hizo entender que Holmes estaba trabajando en algún lugar bajo uno de los numerosos disfraces y nombres con los que ocultaba su propia y formidable identidad. Tenía al menos cinco pequeños refugios en diferentes partes de Londres en los que era capaz de cambiar su personalidad. No me dijo nada de sus asuntos, y no era mi costumbre forzar una confidencia. La primera señal positiva que me dio de la dirección que tomaba su investigación fue extraordinaria. Había salido antes del desayuno, y yo me había sentado al mío, cuando entró a grandes zancadas en la habitación, con el sombrero puesto y una enorme lanza de punta de arpón metida bajo el brazo como si fuera un paraguas.

—¡Cielos, Holmes! —exclamé—. ¿No querrás decir que has estado caminando por Londres con eso?

—Fui al carnicero y volví.

—¿Al carnicero?

—Y vuelvo con un apetito excelente. No puede haber duda, mi querido Watson, del valor del ejercicio antes del desayuno. Pero estoy dispuesto a apostar a que no adivinarás la forma que ha tomado mi ejercicio.

—No lo intentaré.

Él se rio entre dientes mientras servía el café.

—Si hubieras podido mirar en la trastienda de Allardyce, habrías visto un cerdo muerto colgado de un gancho en el techo y a un caballero en mangas de camisa apuñalándolo furiosamente con esta arma. Yo era esa persona enérgica, y me he convencido de que, por más que ejerza mi fuerza, no puedo atravesar al cerdo de un solo golpe. ¿Quizás te gustaría intentarlo?

—Ni por todo el oro del mundo. Pero ¿por qué hacías esto?

—Porque me pareció que tenía una relación indirecta con el misterio de Woodman's Lee. Ah, Hopkins, recibí tu telegrama anoche y te estaba esperando. Ven y únete a nosotros.

Nuestro visitante era un hombre sumamente alerta, de treinta años, vestido con un sencillo traje de tweed, pero conservando el porte erguido de quien estaba acostumbrado al uniforme oficial. Lo reconocí al instante como Stanley Hopkins, un joven inspector de policía para cuyo futuro Holmes tenía grandes esperanzas, mientras que él, a su vez, profesaba la admiración y el respeto de un alumno por los métodos científicos del famoso aficionado. La frente de Hopkins estaba nublada y se sentó con un aire de profundo abatimiento.

—No, gracias, señor. Desayuné antes de venir. Pasé la noche en la ciudad, pues vine ayer para informar.

—¿Y qué tenías que informar?

—Fracaso, señor; fracaso absoluto.

—¿No has hecho ningún progreso?

—Ninguno.

—¡Vaya, vaya! Debo echar un vistazo al asunto.

—Ojalá lo hiciera, Sr. Holmes. Es mi primera gran oportunidad y estoy desesperado. Por el amor de Dios, venga y écheme una mano.

—Bien, bien, da la casualidad de que ya he leído toda la evidencia disponible, incluido el informe de la investigación, con cierto cuidado. Por cierto, ¿qué opinas de esa bolsa de tabaco encontrada en la escena del crimen? ¿No hay ninguna pista allí?

Hopkins parecía sorprendido.

—Era la bolsa del propio hombre, señor. Sus iniciales estaban dentro. Y era de piel de foca, siendo él un viejo cazador de focas.

—Pero no tenía pipa.

—No, señor, no pudimos encontrar ninguna pipa; de hecho, fumaba muy poco. Y, sin embargo, podría haber guardado algo de tabaco para sus amigos.

—Sin duda. Solo lo menciono porque, si hubiera estado manejando el caso, me habría inclinado a convertir eso en el punto de partida de mi investigación. Sin embargo, mi amigo el Dr. Watson no sabe nada de este asunto, y no me vendría mal escuchar la secuencia de los hechos una vez más. Danos un breve resumen de lo esencial.

Stanley Hopkins sacó un trozo de papel de su bolsillo.

—Tengo algunas fechas aquí que le darán la carrera del hombre muerto, el Capitán Peter Carey. Nació en el 45: cincuenta años de edad. Fue un audaz y exitoso pescador de focas y ballenas. En 1883 comandó el barco foquero a vapor SEA UNICORN, de Dundee. Había tenido entonces varios viajes exitosos seguidos, y al año siguiente, 1884, se retiró. Después de eso viajó durante algunos años y finalmente compró un pequeño lugar llamado Woodman's Lee, cerca de Forest Row, en Sussex. Allí vivió durante seis años, y allí murió justo hace una semana hoy.

—Hubo algunos puntos muy singulares sobre el hombre. En la vida ordinaria era un estricto puritano, un tipo silencioso y sombrío. Su hogar consistía en su esposa, su hija de veinte años y dos sirvientas. Estas últimas cambiaban continuamente, pues nunca era una situación muy alegre, y a veces se volvía insoportable. El hombre era un borracho intermitente, y cuando le daban los ataques era un demonio perfecto. Se sabe que echaba a su esposa y a su hija de casa en mitad de la noche y las azotaba a través del parque hasta que todo el pueblo fuera de las puertas era despertado por sus gritos.

—Fue citado una vez por una agresión salvaje al viejo vicario, quien lo había visitado para reprenderlo por su conducta. En resumen, Sr. Holmes, tendría que buscar mucho antes de encontrar a un hombre más peligroso que Peter Carey, y he oído que tenía el mismo carácter cuando comandaba su barco. Era conocido en el oficio como Peter el Negro, y el nombre le fue dado no solo debido a sus rasgos oscuros y al color de su enorme barba, sino por los humores que eran el terror de todos a su alrededor. No hace falta decir que era detestado y evitado por todos sus vecinos, y que no he oído ni una sola palabra de pena por su terrible final.

«Debe haber leído en el informe de la investigación lo referente a la cabaña del hombre, señor Holmes; pero quizá su amigo aquí presente no haya oído hablar de ello. Se había construido una dependencia de madera —él siempre la llamaba "la cabaña"— a unos pocos cientos de metros de su casa, y era allí donde dormía cada noche. Era una caseta pequeña, de una sola estancia, de dieciséis pies por diez. Guardaba la llave en su bolsillo, se hacía la cama, la limpiaba él mismo y no permitía que ningún otro pie cruzara el umbral. Hay pequeñas ventanas a cada lado, que estaban cubiertas por cortinas y nunca se abrían. Una de estas ventanas daba al camino real, y cuando la luz ardía en ella por la noche, la gente solía señalarla y preguntarse qué estaría haciendo Peter el Negro allí dentro. Esa es la ventana, señor Holmes, que nos proporcionó uno de los pocos datos positivos que surgieron en la investigación.

»¿Recuerda que un cantero, llamado Slater, que caminaba desde Forest Row alrededor de la una de la mañana —dos días antes del asesinato—, se detuvo al pasar por los terrenos y miró el cuadrado de luz que aún brillaba entre los árboles? Jura que la sombra de la cabeza de un hombre vuelta de lado era claramente visible en la persiana, y que esa sombra ciertamente no era la de Peter Carey, a quien conocía bien. Era la de un hombre barbudo, pero la barba era corta y erizada hacia adelante, de una manera muy diferente a la del capitán. Eso dice él, pero había estado dos horas en la taberna, y hay bastante distancia desde el camino hasta la ventana. Además, esto se refiere al lunes, y el crimen se cometió el miércoles.

»El martes, Peter Carey estaba en uno de sus estados de ánimo más negros, sofocado por la bebida y tan salvaje como una peligrosa fiera. Vagaba por la casa y las mujeres salían corriendo cuando le oían venir. A última hora de la tarde, bajó a su propia cabaña. Alrededor de las dos de la mañana siguiente, su hija, que dormía con la ventana abierta, oyó un grito espantoso en esa dirección, pero no era extraño que él gritara y vociferara cuando estaba bebido, así que no se le prestó atención. Al levantarse a las siete, una de las criadas notó que la puerta de la cabaña estaba abierta, pero era tal el terror que el hombre causaba que fue mediodía antes de que alguien se atreviera a bajar a ver qué había sido de él. Asomándose por la puerta abierta, vieron un espectáculo que les hizo salir volando con los rostros pálidos hacia el pueblo. En menos de una hora yo estaba en el lugar y me hice cargo del caso.

»Bien, tengo los nervios bastante templados, como sabe, señor Holmes, pero le doy mi palabra de que me estremecí cuando metí la cabeza en esa caseta. Zumbaba como un armonio con las moscas y los moscardones, y el suelo y las paredes parecían un matadero. Él la llamaba cabaña, y ciertamente lo era, pues habría jurado que estaba en un barco. Había una litera en un extremo, un cofre de marinero, mapas y cartas, una imagen del SEA UNICORN, una hilera de diarios de a bordo en una estantería, todo exactamente como uno esperaría encontrarlo en el camarote de un capitán. Y allí, en medio, estaba el hombre mismo, con el rostro retorcido como el de un alma perdida en el tormento, y su gran barba grisácea apuntando hacia arriba en su agonía. Atravesándole el pecho ancho, un arpón de acero había sido clavado y se había hundido profundamente en la madera de la pared detrás de él. Estaba sujeto como un escarabajo en un cartón. Por supuesto, estaba completamente muerto, y lo había estado desde el instante en que profirió ese último grito de agonía.

»Conozco sus métodos, señor, y los apliqué. Antes de permitir que se moviera nada, examiné con el mayor cuidado el suelo exterior y también el interior de la habitación. No había huellas».

«¿Quiere decir que no vio ninguna?».

«Le aseguro, señor, que no había ninguna».

«Mi buen Hopkins, he investigado muchos crímenes, pero todavía no he visto ninguno que haya sido cometido por una criatura voladora. Mientras el criminal permanezca sobre dos piernas, siempre debe haber alguna marca, alguna abrasión, algún desplazamiento insignificante que pueda ser detectado por el investigador científico. Es increíble que esta habitación salpicada de sangre no contuviera rastro alguno que pudiera habernos ayudado. Comprendo, sin embargo, por la investigación, ¿que hubo algunos objetos que no pasó por alto?».

El joven inspector se estremeció ante los comentarios irónicos de mi compañero.

«Fui un tonto al no llamarle en su momento, señor Holmes. Sin embargo, ya no hay nada que hacer al respecto. Sí, hubo varios objetos en la habitación que reclamaron especial atención. Uno fue el arpón con el que se cometió el acto. Había sido arrancado de un soporte en la pared. Otros dos permanecían allí, y había un lugar vacío para el tercero. En el asta estaba grabado 'Ss. SEA UNICORN, Dundee'. Esto parecía establecer que el crimen se había cometido en un momento de furia, y que el asesino se había apoderado de la primera arma que encontró a su paso. El hecho de que el crimen se cometiera a las dos de la mañana, y aun así Peter Carey estuviera completamente vestido, sugería que tenía una cita con el asesino, lo que se confirma por el hecho de que una botella de ron y dos vasos sucios estaban sobre la mesa».

«Sí», dijo Holmes; «creo que ambas deducciones son permisibles. ¿Había algún otro licor además del ron en la habitación?».

«Sí; había un mueble bar con brandy y whisky sobre el cofre de marinero. No tiene importancia para nosotros, sin embargo, ya que los decantadores estaban llenos, y por tanto no se había usado».

«Aun así, su presencia tiene cierta importancia», dijo Holmes. «Sin embargo, escuchemos algo más sobre los objetos que a usted sí le parecen relevantes para el caso».

«Estaba esta tabaquera sobre la mesa».

«¿Qué parte de la mesa?».

«Estaba en el medio. Era de piel de foca basta —la piel de pelo liso, con una tira de cuero para atarla. Dentro estaba grabado 'P.C.' en la solapa. Había media onza de fuerte tabaco de barco en su interior».

«¡Excelente! ¿Qué más?».

Stanley Hopkins sacó de su bolsillo un cuaderno de notas de cubierta color grisáceo. El exterior estaba áspero y desgastado, las hojas descoloridas. En la primera página estaban escritas las iniciales “J.H.N.” y la fecha “1883”. Holmes lo puso sobre la mesa y lo examinó a su manera minuciosa, mientras Hopkins y yo mirábamos por encima de cada hombro. En la segunda página estaban impresas las letras “C.P.R.”, y luego venían varias hojas de números. Otro encabezamiento era Argentina, otro Costa Rica, y otro San Paulo, cada uno con páginas de signos y cifras tras él.

«¿Qué deduce de esto?», preguntó Holmes.

«Parecen ser listas de valores de la Bolsa. Pensé que 'J.H.N.' eran las iniciales de un corredor, y que 'C.P.R.' podía haber sido su cliente».

«Pruebe con Canadian Pacific Railway», dijo Holmes.

Stanley Hopkins maldijo entre dientes y se golpeó el muslo con la mano cerrada.

«¡Qué tonto he sido!», gritó. «Por supuesto, es como usted dice. Entonces, 'J.H.N.' son las únicas iniciales que tenemos que resolver. Ya he examinado las viejas listas de la Bolsa, y no encuentro a nadie en 1883, ni en el recinto ni entre los corredores externos, cuyas iniciales correspondan con estas. Sin embargo, siento que la pista es la más importante que tengo. Admitirá, señor Holmes, que existe la posibilidad de que estas iniciales sean las de la segunda persona que estaba presente; en otras palabras, la del asesino. También insistiría en que la introducción en el caso de un documento relacionado con grandes masas de valores valiosos nos da por primera vez algún indicio de un motivo para el crimen».

El rostro de Sherlock Holmes mostró que estaba completamente desconcertado por este nuevo desarrollo.

«Debo admitir ambos puntos», dijo. «Confieso que este cuaderno, que no apareció en la investigación, modifica cualquier opinión que pudiera haberme formado. Había llegado a una teoría del crimen en la que no encuentro lugar para esto. ¿Ha intentado rastrear alguno de los valores aquí mencionados?».

«Se están haciendo averiguaciones en las oficinas, pero me temo que el registro completo de los accionistas de estas empresas sudamericanas está en Sudamérica, y que deben pasar algunas semanas antes de que podamos rastrear las acciones».

Holmes había estado examinando la cubierta del cuaderno con su lente de aumento.

«Sin duda hay alguna decoloración aquí», dijo.

«Sí, señor, es una mancha de sangre. Le dije que recogí el libro del suelo».

«¿La mancha de sangre estaba arriba o abajo?».

«En el lado que tocaba las tablas».

«Lo cual demuestra, por supuesto, que el libro se cayó después de que se cometiera el crimen».

«Exactamente, señor Holmes. Aprecié ese punto y conjeturé que lo dejó caer el asesino en su huida apresurada. Estaba cerca de la puerta».

«Supongo que no se ha encontrado ninguno de estos valores entre las pertenencias del hombre muerto».

«No, señor».

«¿Tiene alguna razón para sospechar robo?».

«No, señor. Nada parecía haber sido tocado».

«Caramba, es ciertamente un caso muy interesante. Entonces había un cuchillo, ¿no es así?».

«Un cuchillo de funda, todavía en su funda. Estaba a los pies del hombre muerto. La señora Carey lo ha identificado como propiedad de su marido».

Holmes permaneció sumido en sus pensamientos durante un buen rato.

«Bien», dijo finalmente, «supongo que tendré que salir a echarle un vistazo».

Stanley Hopkins dio un grito de alegría.

«Gracias, señor. Eso será, sin duda, un peso menos sobre mi mente».

Holmes sacudió el dedo hacia el inspector.

«Habría sido una tarea más fácil hace una semana», dijo. «Pero aun ahora mi visita puede no ser totalmente infructuosa. Watson, si puede disponer de tiempo, me encantaría contar con su compañía. Si llama a un coche de caballos, Hopkins, estaremos listos para partir hacia Forest Row en un cuarto de hora».

Al bajar en la pequeña estación de paso, condujimos durante algunos kilómetros a través de los restos de extensos bosques, que antaño fueron parte de aquel gran bosque que durante tanto tiempo mantuvo a raya a los invasores sajones: el impenetrable “weald”, durante sesenta años el baluarte de Britania. Vastas secciones han sido despejadas, pues este es el asiento de las primeras fundiciones de hierro del país, y los árboles han sido talados para fundir el mineral. Ahora, los campos más ricos del Norte han absorbido el comercio, y nada salvo estos bosques devastados y grandes cicatrices en la tierra muestran el trabajo del pasado. Aquí, en un claro sobre la ladera verde de una colina, se alzaba una casa de piedra, larga y baja, a la que se llegaba por un camino curvo que atravesaba los campos. Más cerca del camino, y rodeada por tres lados por arbustos, había una pequeña dependencia, con una ventana y la puerta orientadas en nuestra dirección. ¡Era el escenario del asesinato!

Stanley Hopkins nos llevó primero a la casa, donde nos presentó a una mujer demacrada y de pelo cano, la viuda del hombre asesinado, cuyo rostro huesudo y profundamente marcado, con la mirada furtiva de terror en el fondo de sus ojos enrojecidos, hablaba de los años de privaciones y malos tratos que había soportado. Con ella estaba su hija, una muchacha pálida y rubia, cuyos ojos destellaban desafiantes hacia nosotros mientras nos decía que se alegraba de que su padre estuviera muerto, y que bendecía la mano que lo había derribado. Era un hogar terrible el que Peter el Negro Carey se había construido para sí mismo, y fue con una sensación de alivio que nos encontramos de nuevo bajo la luz del sol y recorriendo un sendero que había sido desgastado a través de los campos por los pies del hombre muerto.

La dependencia era la más simple de las viviendas, de paredes de madera, techo de tejas, una ventana junto a la puerta y otra en el lado opuesto. Stanley Hopkins sacó la llave de su bolsillo y se había inclinado hacia la cerradura cuando hizo una pausa con una mirada de atención y sorpresa en su rostro.

«Alguien ha estado manipulándola», dijo.

No podía haber duda del hecho. La madera estaba cortada y los arañazos se veían blancos a través de la pintura, como si se hubieran hecho en ese mismo instante. Holmes había estado examinando la ventana.

«Alguien ha intentado forzarla también. Quienquiera que haya sido, no ha logrado entrar. Debe ser un ladrón muy torpe».

«Esto es algo de lo más extraordinario», dijo el inspector; «podría jurar que estas marcas no estaban aquí ayer por la tarde».

«Alguna persona curiosa del pueblo, tal vez», sugerí.

«Muy poco probable. Pocos de ellos se atreverían a poner un pie en los terrenos, y mucho menos intentar forzar su entrada en la cabaña. ¿Qué piensa de esto, señor Holmes?».

«Pienso que la fortuna es muy amable con nosotros».

«¿Quiere decir que la persona volverá?».

«Es muy probable. Vino esperando encontrar la puerta abierta. Intentó entrar con la hoja de una navaja muy pequeña. No pudo conseguirlo. ¿Qué haría él?».

«Volver la noche siguiente con una herramienta más útil».

«Eso diría yo. Será culpa nuestra si no estamos allí para recibirle. Mientras tanto, déjeme ver el interior de la cabaña».

Los rastros de la tragedia habían sido eliminados, pero el mobiliario dentro de la pequeña estancia seguía estando como lo estuvo la noche del crimen. Durante dos horas, con la más intensa concentración, Holmes examinó cada objeto por turno, pero su rostro mostraba que su búsqueda no era exitosa. Solo una vez hizo una pausa en su paciente investigación.

«¿Ha sacado algo de esta estantería, Hopkins?».

«No; no he movido nada».

«Algo ha sido tomado. Hay menos polvo en este rincón de la estantería que en el resto. Puede que fuera un libro apoyado de lado. Puede que fuera una caja. Bien, bien, no puedo hacer nada más. Caminemos por estos hermosos bosques, Watson, y dediquemos unas horas a los pájaros y las flores. Le veremos aquí más tarde, Hopkins, y veremos si podemos acercarnos más al caballero que ha hecho esta visita nocturna».

Pasaban de las once de la noche cuando formamos nuestra pequeña emboscada. Hopkins era partidario de dejar la puerta de la cabaña abierta, pero Holmes opinaba que esto despertaría las sospechas del extraño. La cerradura era perfectamente simple, y solo se necesitaba una hoja fuerte para empujarla hacia atrás. Holmes también sugirió que esperáramos, no dentro de la cabaña, sino fuera, entre los arbustos que crecían alrededor de la ventana más lejana. De esta forma, podríamos observar a nuestro hombre si encendía una luz y ver cuál era su objetivo en esta visita nocturna sigilosa.

Fue una vigilia larga y melancólica, y sin embargo trajo consigo algo de la emoción que siente el cazador cuando yace junto a la charca de agua y espera la llegada de la sedienta bestia de presa. ¿Qué criatura salvaje sería la que podría acecharnos desde la oscuridad? ¿Sería un feroz tigre del crimen, al que solo se podría capturar luchando duramente con colmillos y garras relucientes, o resultaría ser algún chacal cobarde, peligroso solo para los débiles y desprevenidos?

En absoluto silencio nos agazapamos entre los arbustos, esperando lo que fuera que viniera. Al principio, los pasos de algunos aldeanos rezagados, o el sonido de voces desde el pueblo, aligeraron nuestra vigilia; pero una a una estas interrupciones se desvanecieron y una quietud absoluta cayó sobre nosotros, salvo por las campanadas de la lejana iglesia, que nos informaban del progreso de la noche, y por el susurro y el murmullo de una fina lluvia cayendo entre el follaje que nos cubría.

Dieron las dos y media, y era la hora más oscura que precede al amanecer, cuando todos nos sobresaltamos ante un chasquido bajo pero agudo que provenía de la dirección de la cancela. Alguien había entrado por el camino. Hubo de nuevo un largo silencio, y había empezado a temer que fuera una falsa alarma, cuando se escuchó un paso sigiloso al otro lado de la cabaña, y un momento después un raspado y tintineo metálico. ¡El hombre estaba intentando forzar la cerradura! Esta vez su habilidad fue mayor o su herramienta mejor, pues hubo un chasquido repentino y el crujido de las bisagras. Entonces se encendió una cerilla y, al instante siguiente, la luz constante de una vela llenó el interior de la cabaña. A través de la cortina de gasa, nuestros ojos estaban todos clavados en la escena del interior.

El visitante nocturno era un hombre joven, frágil y delgado, con un bigote negro que intensificaba la palidez mortal de su rostro. No debía tener mucho más de veinte años de edad. Nunca he visto a ningún ser humano que pareciera estar en un susto tan lamentable, pues sus dientes castañeteaban visiblemente y le temblaba cada miembro. Vestía como un caballero, con chaqueta Norfolk y pantalones bombachos, con una gorra de tela sobre la cabeza. Le observamos mirando a su alrededor con ojos asustados. Luego, puso el cabo de la vela sobre la mesa y desapareció de nuestra vista hacia uno de los rincones. Regresó con un libro grande, uno de los diarios de a bordo que formaban una línea en las estanterías. Apoyándose en la mesa, pasó rápidamente las hojas de este volumen hasta que llegó a la entrada que buscaba. Entonces, con un gesto de ira de su mano cerrada, cerró el libro, lo volvió a colocar en el rincón y apagó la luz. Apenas se había vuelto para salir de la cabaña cuando la mano de Hopkins estuvo en el cuello del tipo, y oí su fuerte jadeo de terror al comprender que había sido capturado. Se volvió a encender la vela, y allí estaba nuestro miserable cautivo temblando y encogiéndose en el agarre del detective. Se hundió en el cofre de marinero y miró con impotencia de uno a otro de nosotros.

«Ahora, jovencito», dijo Stanley Hopkins, «¿quién es usted y qué busca aquí?».

El hombre se recompuso y nos enfrentó con un esfuerzo por mantener la compostura.

«Son detectives, supongo», dijo. «Imagino que creen que estoy relacionado con la muerte del capitán Peter Carey. Les aseguro que soy inocente».

«Ya veremos eso», dijo Hopkins. «Primero, ¿cuál es su nombre?».

«Es John Hopley Neligan».

Vi a Holmes y Hopkins intercambiar una mirada rápida.

«¿Qué hace aquí?».

«¿Puedo hablar confidencialmente?».

«No, ciertamente no».

«¿Por qué debería decírselo?».

«Si no tiene respuesta, puede irle mal en el juicio».

El joven se estremeció.

«Bien, se lo diré», dijo. «¿Por qué no debería? Y sin embargo, odio pensar en que este viejo escándalo gane una nueva vida. ¿Alguna vez oyeron hablar de Dawson y Neligan?».

Pude ver por el rostro de Hopkins que nunca lo había hecho; pero Holmes estaba profundamente interesado.

«Se refiere a los banqueros del Oeste», dijo. «Quebraron por un millón, arruinaron a la mitad de las familias del condado de Cornualles, y Neligan desapareció».

«Exactamente. Neligan era mi padre».

Por fin estábamos consiguiendo algo positivo, y sin embargo parecía haber una gran brecha entre un banquero fugitivo y el capitán Peter Carey clavado contra la pared con uno de sus propios arpones. Todos escuchamos con atención las palabras del joven.

«Era mi padre quien estaba verdaderamente preocupado. Dawson se había jubilado. Yo solo tenía diez años en aquel entonces, pero era lo bastante mayor para sentir la vergüenza y el horror de todo aquello. Siempre se ha dicho que mi padre robó todos los valores y huyó. No es cierto. Él creía que si le daban tiempo para venderlos, todo saldría bien y cada acreedor sería pagado por completo. Partió en su pequeño yate hacia Noruega justo antes de que se emitiera la orden de detención. Recuerdo aquella última noche cuando se despidió de mi madre. Nos dejó una lista de los valores que se llevaba y juró que volvería con el honor limpio y que nadie que hubiera confiado en él sufriría. Pues bien, nunca se volvió a saber nada de él. Tanto el yate como él mismo desaparecieron por completo. Creímos, mi madre y yo, que él y la embarcación, con los valores que se había llevado consigo, estaban en el fondo del mar. Sin embargo, teníamos un amigo fiel, un hombre de negocios, y fue él quien descubrió hace algún tiempo que algunos de los valores que mi padre llevaba consigo habían reaparecido en el mercado de Londres. Puede imaginar nuestro asombro. Pasé meses intentando localizarlos y, por fin, tras muchos rodeos y dificultades, descubrí que el vendedor original había sido el capitán Peter Carey, el dueño de esta choza.

»Naturalmente, hice algunas averiguaciones sobre el hombre. Descubrí que había estado al mando de un ballenero que debía regresar de los mares árticos justo en el momento en que mi padre cruzaba hacia Noruega. El otoño de aquel año fue tormentoso y hubo una larga sucesión de vendavales del sur. Es muy posible que el yate de mi padre fuera arrastrado hacia el norte y allí se encontrara con el barco del capitán Peter Carey. Si eso fue así, ¿qué había sido de mi padre? En cualquier caso, si pudiera demostrar, a partir del testimonio de Peter Carey, cómo llegaron estos valores al mercado, sería una prueba de que mi padre no los había vendido y de que no tenía intención de obtener un beneficio personal cuando los tomó.

»Vine a Sussex con la intención de ver al capitán, pero fue en ese momento cuando ocurrió su terrible muerte. Leí en la investigación una descripción de su camarote, en la que se decía que los viejos libros de registro de su barco se conservaban allí. Se me ocurrió que si pudiera ver lo que ocurrió en el mes de agosto de 1883 a bordo del SEA UNICORN, podría resolver el misterio del destino de mi padre. Intenté anoche acceder a esos libros de registro, pero no pude abrir la puerta. Esta noche lo intenté de nuevo y lo logré; pero descubrí que las páginas que tratan de ese mes han sido arrancadas del libro. Fue en ese momento cuando me encontré prisionero en sus manos».

«¿Eso es todo?», preguntó Hopkins.

«Sí, eso es todo». Sus ojos se desviaron al decirlo.

«¿No tiene nada más que decirnos?».

Dudó.

«No; no hay nada más».

«¿No ha estado usted aquí antes de anoche?».

«No».

«Entonces, ¿cómo explica esto?», gritó Hopkins, mientras sostenía la condenatoria libreta, con las iniciales de nuestro prisionero en la primera página y la mancha de sangre en la cubierta.

El miserable hombre se derrumbó. Hundió el rostro en sus manos y tembló por completo.

«¿Dónde la consiguió?», gimió. «No lo sabía. Pensé que la había perdido en el hotel».

«Eso es suficiente», dijo Hopkins con severidad. «Cualquier otra cosa que tenga que decir, deberá decirla ante el tribunal. Ahora vendrá conmigo a la comisaría. Bien, Sr. Holmes, le estoy muy agradecido a usted y a su amigo por haber venido a ayudarme. Resulta que su presencia era innecesaria y yo habría llevado el caso a este exitoso desenlace sin ustedes; pero, de todos modos, estoy muy agradecido. Se han reservado habitaciones para ustedes en el hotel Brambletye, así que podemos ir todos juntos al pueblo».

«Bueno, Watson, ¿qué te parece?», preguntó Holmes mientras viajábamos de regreso a la mañana siguiente.

«Puedo ver que no estás satisfecho».

«Oh, sí, mi querido Watson, estoy perfectamente satisfecho. Al mismo tiempo, los métodos de Stanley Hopkins no me convencen. Estoy decepcionado con Stanley Hopkins. Esperaba mejores cosas de él. Uno siempre debe buscar una posible alternativa y tomar precauciones contra ella. Es la primera regla de la investigación criminal».

«¿Cuál es, entonces, la alternativa?».

«La línea de investigación que yo mismo he estado siguiendo. Puede que no nos dé nada. No lo sé. Pero al menos la seguiré hasta el final».

Varias cartas esperaban a Holmes en Baker Street. Agarró una de ellas, la abrió y estalló en una carcajada triunfal.

«Excelente, Watson. La alternativa se desarrolla. ¿Tienes formularios de telegramas? Escribe un par de mensajes para mí: "Sumner, agente naviero, Ratcliff Highway. Envíe tres hombres, para llegar mañana a las diez.--Basil". Ese es mi nombre en esos lugares. El otro es: "Inspector Stanley Hopkins, 46, Lord Street, Brixton. Venga a desayunar mañana a las nueve y media. Importante. Avise si no puede venir.--Sherlock Holmes". Ahí tienes, Watson, este caso infernal me ha perseguido durante diez días. Por la presente lo destierro por completo de mi presencia. Mañana confío en que oiremos hablar de él por última vez para siempre».

A la hora señalada, el inspector Stanley Hopkins apareció y nos sentamos juntos al excelente desayuno que la Sra. Hudson había preparado. El joven detective estaba muy animado por su éxito.

«¿De verdad cree que su solución debe ser la correcta?», preguntó Holmes.

«No podría imaginar un caso más completo».

«A mí no me pareció concluyente».

«Me sorprende, Sr. Holmes. ¿Qué más se podría pedir?».

«¿Su explicación cubre todos los puntos?».

«Indudablemente. Descubrí que el joven Neligan llegó al hotel Brambletye el mismo día del crimen. Llegó con el pretexto de jugar al golf. Su habitación estaba en la planta baja y podía salir cuando quisiera. Esa misma noche bajó a Woodman's Lee, vio a Peter Carey en la choza, discutió con él y lo mató con el arpón. Luego, horrorizado por lo que había hecho, huyó de la choza, dejando caer la libreta que había llevado consigo para interrogar a Peter Carey sobre estos diferentes valores. Puede haber observado que algunos de ellos estaban marcados con garabatos, y los otros —la gran mayoría— no lo estaban. Aquellos que están marcados han sido rastreados en el mercado de Londres; pero los otros, presumiblemente, todavía estaban en posesión de Carey, y el joven Neligan, según su propio relato, estaba ansioso por recuperarlos para hacer lo correcto con los acreedores de su padre. Tras su huida, no se atrevió a acercarse de nuevo a la choza durante algún tiempo; pero al final se obligó a hacerlo para obtener la información que necesitaba. ¿No es todo eso sencillo y obvio?».

Holmes sonrió y negó con la cabeza.

«Me parece que solo tiene un inconveniente, Hopkins, y es que es intrínsecamente imposible. ¿Ha intentado clavar un arpón a través de un cuerpo? ¿No? Vaya, vaya, mi querido señor, realmente debe prestar atención a esos detalles. Mi amigo Watson podría decirle que pasé toda una mañana en ese ejercicio. No es un asunto fácil y requiere un brazo fuerte y practicado. Pero este golpe fue propinado con tal violencia que la cabeza del arma se hundió profundamente en la pared. ¿Se imagina que este joven anémico fuera capaz de tan espantosa agresión? ¿Es él el hombre que departía entre ron y agua con Black Peter en la oscuridad de la noche? ¿Fue su perfil el que se vio en la persiana dos noches antes? No, no, Hopkins; es otra persona, más formidable, a la que debemos buscar».

El rostro del detective se había ido alargando más y más durante el discurso de Holmes. Sus esperanzas y ambiciones se desmoronaban a su alrededor. Pero no abandonaría su posición sin luchar.

«No puede negar que Neligan estaba presente esa noche, Sr. Holmes. El libro lo demostrará. Me imagino que tengo pruebas suficientes para satisfacer a un jurado, incluso si usted es capaz de encontrarle una falla. Además, Sr. Holmes, he puesto mis manos sobre MI hombre. En cuanto a esa terrible persona suya, ¿dónde está?».

«Más bien creo que está en la escalera», dijo Holmes serenamente. «Creo, Watson, que harías bien en poner ese revólver donde puedas alcanzarlo». Se levantó y colocó un papel escrito sobre una mesa auxiliar. «Ahora estamos listos», dijo.

Se habían escuchado unas voces ásperas fuera y ahora la Sra. Hudson abrió la puerta para decir que había tres hombres preguntando por el capitán Basil.

«Hágalos pasar de uno en uno», dijo Holmes.

El primero que entró fue un hombrecito parecido a una manzana, con mejillas sonrosadas y patillas blancas y esponjosas. Holmes había sacado una carta de su bolsillo.

«¿Su nombre?», preguntó.

«James Lancaster».

«Lo siento, Lancaster, pero el puesto está ocupado. Aquí tiene medio soberano por las molestias. Entre en esta habitación y espere allí unos minutos».

El segundo hombre era una criatura larga y seca, con el pelo lacio y las mejillas cetrinas. Su nombre era Hugh Pattins. También recibió su despido, su medio soberano y la orden de esperar.

El tercer solicitante era un hombre de aspecto notable. Un rostro feroz de bulldog estaba enmarcado en un enredo de pelo y barba, y dos ojos oscuros y audaces brillaban tras la cubierta de unas cejas gruesas, tupidas y prominentes. Saludó y se puso en posición de marinero, haciendo girar su gorra entre las manos.

«¿Su nombre?», preguntó Holmes.

«Patrick Cairns».

«¿Arponero?».

«Sí, señor. Veintiséis viajes».

«De Dundee, supongo».

«Sí, señor».

«¿Y listo para partir con una expedición de exploración?».

«Sí, señor».

«¿Qué salario?».

«Ocho libras al mes».

«¿Podría empezar de inmediato?».

«Tan pronto como recoja mi equipo».

«¿Tiene sus documentos?».

«Sí, señor». Sacó un fajo de formularios desgastados y grasientos de su bolsillo. Holmes los miró y se los devolvió.

«Usted es justo el hombre que busco», dijo. «Aquí está el contrato en la mesa auxiliar. Si lo firma, todo el asunto quedará resuelto».

El marinero se tambaleó por la habitación y tomó la pluma.

«¿Firmo aquí?», preguntó, inclinándose sobre la mesa.

Holmes se inclinó sobre su hombro y pasó ambas manos por su cuello.

«Esto servirá», dijo.

Escuché un chasquido de acero y un bramido como el de un toro enfurecido. Al instante siguiente, Holmes y el marinero rodaban juntos por el suelo. Era un hombre de una fuerza tan gigantesca que, incluso con las esposas que Holmes le había colocado tan hábilmente en las muñecas, habría dominado rápidamente a mi amigo si Hopkins y yo no nos hubiéramos apresurado a rescatarlo. Solo cuando presioné el cañón frío del revólver contra su sien comprendió por fin que la resistencia era inútil. Le atamos los tobillos con una cuerda y nos levantamos sin aliento tras la lucha.

«Realmente debo disculparme, Hopkins», dijo Sherlock Holmes; «me temo que los huevos revueltos están fríos. Sin embargo, disfrutará mucho más del resto de su desayuno, ¿no es así?, pensando que ha llevado su caso a una conclusión triunfal».

Stanley Hopkins estaba mudo de asombro.

«No sé qué decir, Sr. Holmes», soltó al fin, con el rostro muy rojo. «Me parece que he estado haciendo el ridículo desde el principio. Comprendo ahora, lo que nunca debería haber olvidado, que yo soy el aprendiz y usted es el maestro. Incluso ahora veo lo que ha hecho, pero no sé cómo lo hizo ni qué significa».

«Bien, bien», dijo Holmes con buen humor. «Todos aprendemos de la experiencia, y su lección esta vez es que nunca debe perder de vista la alternativa. Estaba tan absorto en el joven Neligan que no pudo dedicar un pensamiento a Patrick Cairns, el verdadero asesino de Peter Carey».

La voz ronca del marinero interrumpió nuestra conversación.

«Mire, señor», dijo, «no me quejo de ser tratado de esta manera, pero le pido que llame a las cosas por su nombre correcto. Usted dice que asesiné a Peter Carey; yo digo que MATÉ a Peter Carey, y hay una gran diferencia. Tal vez no crea lo que digo. Tal vez piense que solo le estoy contando una milonga».

«En absoluto», dijo Holmes. «Escuchemos lo que tiene que decir».

«Es pronto dicho y, por el Señor, cada palabra es verdad. Conocía a Black Peter, y cuando sacó su cuchillo, le lancé un arpón rápidamente, pues sabía que era él o yo. Así es como murió. Puede llamarlo asesinato. De todas formas, prefiero morir con una soga al cuello que con el cuchillo de Black Peter en el corazón».

«¿Cómo llegó usted allí?», preguntó Holmes.

«Se lo contaré desde el principio. Solo siénteme un poco para que pueda hablar tranquilo. Fue en el 83 cuando sucedió, en agosto de aquel año. Peter Carey era capitán del SEA UNICORN y yo era el arponero suplente. Estábamos saliendo del campo de hielo de camino a casa, con vientos en contra y una semana de vendaval del sur, cuando recogimos una pequeña embarcación que había sido arrastrada hacia el norte. Solo había un hombre en ella, un civil. La tripulación había pensado que se hundiría y se habían dirigido a la costa noruega en el bote. Supongo que todos se ahogaron. Pues bien, lo subimos a bordo, a este hombre, y él y el capitán tuvieron largas conversaciones en el camarote. Todo el equipaje que sacamos con él fue una caja de hojalata. Hasta donde yo sé, el nombre del hombre nunca se mencionó, y en la segunda noche desapareció como si nunca hubiera existido. Se dijo que se había arrojado por la borda o que se había caído en el mal tiempo que estábamos teniendo. Solo un hombre sabía lo que le había pasado, y ese era yo, porque con mis propios ojos vi al capitán darle una patada y arrojarlo por la borda durante la guardia central de una noche oscura, dos días antes de que avistáramos las luces de las Shetland.

»Bien, me guardé mi conocimiento y esperé a ver qué salía de ello. Cuando volvimos a Escocia, fue fácilmente encubierto y nadie hizo preguntas. Un extraño murió en un accidente y no era asunto de nadie investigar. Poco después, Peter Carey dejó el mar y pasaron muchos años antes de que pudiera encontrar dónde estaba. Supuse que había cometido el hecho por el bien de lo que había en esa caja de hojalata y que ahora podría permitirse pagarme bien por mantener la boca cerrada.

»Averigüé dónde estaba a través de un marinero que lo había conocido en Londres, y fui allí para presionarlo. La primera noche estuvo bastante razonable y estaba dispuesto a darme lo que me haría libre del mar de por vida. Íbamos a arreglarlo todo dos noches después. Cuando llegué, lo encontré medio borracho y de un humor vil. Nos sentamos, bebimos y charlamos sobre los viejos tiempos, pero cuanto más bebía, menos me gustaba el aspecto de su rostro. Vi aquel arpón en la pared y pensé que podría necesitarlo antes de terminar. Entonces, al fin, estalló contra mí, escupiendo y maldiciendo, con odio en los ojos y una gran navaja en la mano. No tuvo tiempo de sacarla de la funda antes de que yo le atravesara con el arpón. ¡Cielos! ¡Qué grito dio!; ¡su rostro se interpone entre mí y mi sueño! Me quedé allí, con su sangre salpicándome, y esperé un poco; pero todo estaba en silencio, así que cobré ánimo una vez más. Miré a mi alrededor y allí estaba la caja de hojalata en un estante. Tenía tanto derecho a ella como Peter Carey, de todos modos, así que me la llevé conmigo y salí de la choza. Como un tonto, dejé mi tabaquera sobre la mesa.

»Ahora le contaré la parte más extraña de toda la historia. Apenas había salido de la choza cuando escuché a alguien venir y me escondí entre los arbustos. Un hombre vino caminando a escondidas, entró en la choza, dio un grito como si hubiera visto un fantasma y salió corriendo tan rápido como pudo hasta que desapareció de vista. Quién era o qué quería, es más de lo que puedo decir. Por mi parte, caminé diez millas, tomé un tren en Tunbridge Wells y así llegué a Londres, sin que nadie sospechara nada.

»Bien, cuando examiné la caja, descubrí que no había dinero en ella, nada más que papeles que no me atrevería a vender. Había perdido mi dominio sobre Black Peter y estaba varado en Londres sin un chelín. Solo me quedaba mi oficio. Vi esos anuncios sobre arponeros y altos salarios, así que fui a los agentes navieros y ellos me enviaron aquí. Eso es todo lo que sé, y digo de nuevo que si maté a Black Peter, la ley debería darme las gracias, pues les ahorré el precio de una soga de cáñamo».

«Una declaración muy clara», dijo Holmes, levantándose y encendiendo su pipa. «Creo, Hopkins, que no debería perder tiempo en llevar a su prisionero a un lugar seguro. Esta habitación no es muy adecuada para una celda y el Sr. Patrick Cairns ocupa una proporción demasiado grande de nuestra alfombra».

«Sr. Holmes», dijo Hopkins, «no sé cómo expresar mi gratitud. Incluso ahora no comprendo cómo obtuvo este resultado».

«Simplemente teniendo la buena fortuna de obtener la pista correcta desde el principio. Es muy posible que si hubiera sabido de esta libreta, podría haber desviado mis pensamientos, como lo hizo con los suyos. Pero todo lo que escuché apuntaba en una sola dirección. La fuerza asombrosa, la habilidad en el uso del arpón, el ron con agua, la tabaquera de piel de foca con el tabaco grueso... todo eso apuntaba a un marinero, y a alguien que había sido ballenero. Estaba convencido de que las iniciales "P.C." en la bolsa eran una coincidencia y no las de Peter Carey, ya que rara vez fumaba y no se encontró ninguna pipa en su camarote. Recuerda que pregunté si había whisky y brandy en el camarote. Usted dijo que sí. ¿Cuántos civiles hay que beban ron cuando pueden conseguir esas otras bebidas? Sí, estaba seguro de que era un marinero».

«¿Y cómo lo encontró?».

«Mi querido señor, el problema se había vuelto muy simple. Si era un marinero, solo podía ser un marinero que hubiera estado con él en el SEA UNICORN. Hasta donde pude saber, no había navegado en ningún otro barco. Pasé tres días enviando telegramas a Dundee y, al final de ese tiempo, había averiguado los nombres de la tripulación del SEA UNICORN en 1883. Cuando encontré a Patrick Cairns entre los arponeros, mi investigación estaba llegando a su fin. Razoné que el hombre probablemente estaba en Londres y que desearía abandonar el país por un tiempo. Por lo tanto, pasé algunos días en el East End, ideé una expedición al Ártico, puse condiciones tentadoras para los arponeros que sirvieran bajo el mando del capitán Basil... ¡y he aquí el resultado!».

«¡Maravilloso!», gritó Hopkins. «¡Maravilloso!».

«Debe obtener la liberación del joven Neligan tan pronto como sea posible», dijo Holmes. «Confieso que creo que le debe alguna disculpa. La caja de hojalata debe serle devuelta, pero, por supuesto, los valores que Peter Carey ha vendido están perdidos para siempre. Ahí está el coche, Hopkins, y puede llevarse a su hombre. Si me necesita para el juicio, mi dirección y la de Watson estarán en algún lugar de Noruega; enviaré los detalles más tarde».

Han pasado años desde que tuvieron lugar los incidentes de los que hablo, y sin embargo es con recelo que hago alusión a ellos. Durante mucho tiempo, incluso con la mayor discreción y reserva, habría sido imposible hacer públicos los hechos; pero ahora la persona principal involucrada está fuera del alcance de la ley humana, y con la debida supresión, la historia puede contarse de tal manera que no perjudique a nadie. Registra una experiencia absolutamente única en la carrera tanto del señor Sherlock Holmes como en la mía propia. El lector me disculpará si oculto la fecha o cualquier otro dato mediante el cual pudiera rastrear el suceso real.

Habíamos salido a dar uno de nuestros paseos vespertinos, Holmes y yo, y habíamos regresado alrededor de las seis de una fría y gélida tarde de invierno. Mientras Holmes encendía la lámpara, la luz cayó sobre una tarjeta en la mesa. La miró de soslayo y luego, con una exclamación de disgusto, la arrojó al suelo. La recogí y leí:

CHARLES AUGUSTUS MILVERTON, APPLEDORE TOWERS, AGENTE. HAMPSTEAD.

—¿Quién es él? —pregunté.

—El peor hombre de Londres —respondió Holmes, mientras se sentaba y estiraba las piernas ante el fuego—. ¿Hay algo escrito al dorso de la tarjeta?

Le di la vuelta.

—«Pasaré a las 6.30--C.A.M.» —leí.

—¡Hum! Está al llegar. ¿Sientes una sensación de escalofrío y encogimiento, Watson, cuando te paras frente a las serpientes en el zoológico y ves a esas criaturas viscosas, deslizantes y venenosas, con sus ojos mortales y sus caras malvadas y aplanadas? Bueno, así es como Milverton me impresiona a mí. He tenido que tratar con cincuenta asesinos en mi carrera, pero el peor de ellos nunca me provocó la repulsión que siento por este sujeto. Y, sin embargo, no puedo evitar hacer negocios con él; de hecho, está aquí por mi invitación.

—Pero, ¿quién es él?

—Te lo diré, Watson. Es el rey de todos los chantajistas. Que el cielo ayude al hombre, y más aún a la mujer, cuyo secreto y reputación caigan en poder de Milverton. Con un rostro sonriente y un corazón de mármol, apretará y apretará hasta dejarlos secos. El tipo es un genio a su manera, y habría dejado huella en algún oficio más respetable. Su método es el siguiente: deja que se sepa que está dispuesto a pagar sumas muy elevadas por cartas que comprometan a personas de riqueza o posición. Recibe estas mercancías no solo de criados o criadas traicioneros, sino frecuentemente de rufianes refinados que han ganado la confianza y el afecto de mujeres confiadas. No es nada tacaño. Sé de buena tinta que pagó setecientas libras a un lacayo por una nota de dos líneas de extensión, y que el resultado fue la ruina de una familia noble. Todo lo que está en el mercado va a parar a Milverton, y hay cientos en esta gran ciudad que palidecen ante su nombre. Nadie sabe dónde puede caer su garra, pues es demasiado rico y demasiado astuto para actuar al día. Guardará una carta durante años con el fin de jugarla en el momento en que la apuesta valga más la pena. He dicho que es el peor hombre de Londres, y te preguntaría cómo se podría comparar al rufián que en un arrebato de ira golpea a su compañero con este hombre, que metódica y pausadamente tortura el alma y tensa los nervios para añadir más a sus ya hinchadas bolsas de dinero.

Raramente había escuchado a mi amigo hablar con tal intensidad de sentimientos.

—Pero, seguramente —dije—, ¿el tipo debe estar al alcance de la ley?

—Técnicamente, sin duda, pero en la práctica no. ¿Qué ganaría una mujer, por ejemplo, con que le cayeran unos meses de cárcel si su propia ruina debe seguirle inmediatamente? Sus víctimas no se atreven a devolver el golpe. Si alguna vez chantajeara a una persona inocente, entonces, sí, le atraparíamos; pero es tan astuto como el Maligno. No, no; debemos encontrar otras formas de luchar contra él.

—¿Y por qué está aquí?

—Porque una clienta ilustre ha puesto su penoso caso en mis manos. Es Lady Eva Brackwell, la debutante más hermosa de la temporada pasada. Va a casarse dentro de quince días con el conde de Dovercourt. Este demonio tiene varias cartas imprudentes —imprudentes, Watson, nada peor— que fueron escritas a un joven hacendado sin dinero en el campo. Serían suficientes para romper el compromiso. Milverton enviará las cartas al conde a menos que se le pague una gran suma de dinero. Se me ha encargado reunirme con él y... llegar a los mejores términos que pueda.

En ese instante se oyó un ruido de cascos y un traqueteo en la calle de abajo. Al mirar hacia abajo vi un majestuoso carruaje de tiro, con las brillantes lámparas resplandeciendo sobre los lustrosos cuartos traseros de los nobles caballos alazanes. Un lacayo abrió la puerta y descendió un hombre pequeño y robusto con un abrigo de astracán peludo. Un minuto después estaba en la habitación.

Charles Augustus Milverton era un hombre de cincuenta años, con una cabeza grande e intelectual, una cara redonda, regordeta y sin vello, una perpetua sonrisa congelada y dos ojos grises y agudos, que brillaban intensamente detrás de anchas gafas con montura de oro. Había algo de la benevolencia del señor Pickwick en su aspecto, empañado solo por la insinceridad de la sonrisa fija y por el brillo duro de aquellos ojos inquietos y penetrantes. Su voz era tan suave y amable como su semblante, mientras avanzaba con una mano regordeta extendida, murmurando su pesar por no habernos encontrado en su primera visita. Holmes ignoró la mano extendida y lo miró con un rostro de granito. La sonrisa de Milverton se ensanchó; se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo dobló con gran deliberación sobre el respaldo de una silla y luego tomó asiento.

—¿Este caballero? —dijo, haciendo un gesto en mi dirección—. ¿Es discreto? ¿Es correcto?

—El doctor Watson es mi amigo y socio.

—Muy bien, señor Holmes. Solo por los intereses de su clienta protesté. El asunto es tan sumamente delicado...

—El doctor Watson ya ha oído hablar de ello.

—Entonces podemos proceder a los negocios. Usted dice que actúa en nombre de Lady Eva. ¿Le ha facultado para aceptar mis condiciones?

—¿Cuáles son sus condiciones?

—Siete mil libras.

—¿Y la alternativa?

—Mi querido señor, me resulta penoso discutirlo; pero si el dinero no se paga el día 14, ciertamente no habrá boda el 18. —Su insoportable sonrisa era más complaciente que nunca.

Holmes reflexionó un poco.

—Me parece —dijo, finalmente— que está dando por sentadas demasiadas cosas. Estoy, por supuesto, familiarizado con el contenido de esas cartas. Mi clienta ciertamente hará lo que yo aconseje. Le aconsejaré que le cuente a su futuro marido toda la historia y que confíe en su generosidad.

Milverton se rio entre dientes.

—Evidentemente, usted no conoce al conde —dijo.

Por la mirada de desconcierto en el rostro de Holmes pude ver claramente que sí lo conocía.

—¿Qué daño hay en las cartas? —preguntó.

—Son vivaces, muy vivaces —respondió Milverton—. La dama era una corresponsal encantadora. Pero puedo asegurarle que el conde de Dovercourt no sabría apreciarlas. Sin embargo, ya que usted piensa de otra manera, dejémoslo así. Es puramente un asunto de negocios. Si usted cree que es lo mejor para los intereses de su clienta que estas cartas sean puestas en manos del conde, entonces, en verdad, sería una tontería pagar una suma tan grande de dinero para recuperarlas. —Se levantó y agarró su abrigo de astracán.

Holmes estaba gris de ira y mortificación.

—Espere un poco —dijo—. Va demasiado rápido. Ciertamente haríamos todo lo posible para evitar el escándalo en un asunto tan delicado.

Milverton volvió a sentarse en su silla.

—Estaba seguro de que lo vería bajo esa luz —ronroneó.

—Al mismo tiempo —continuó Holmes—, Lady Eva no es una mujer rica. Le aseguro que dos mil libras serían un drenaje para sus recursos, y que la suma que usted menciona está totalmente fuera de su alcance. Le ruego, por lo tanto, que modere sus demandas y que devuelva las cartas al precio que le indico, que es, le aseguro, el más alto que puede conseguir.

La sonrisa de Milverton se ensanchó y sus ojos brillaron con picardía.

—Soy consciente de que lo que dice es cierto acerca de los recursos de la dama —dijo—. Al mismo tiempo, debe admitir que la ocasión de la boda de una dama es un momento muy adecuado para que sus amigos y parientes hagan algún pequeño esfuerzo en su nombre. Pueden dudar sobre un regalo de bodas aceptable. Permítame asegurarles que este pequeño paquete de cartas daría más alegría que todos los candelabros y mantequeras de Londres.

—Es imposible —dijo Holmes.

—¡Vaya, vaya, qué desgracia! —exclamó Milverton, sacando una voluminosa cartera—. No puedo evitar pensar que las damas están mal aconsejadas al no hacer un esfuerzo. ¡Mire esto! —sostuvo una pequeña nota con un escudo de armas en el sobre—. Eso pertenece a... bueno, quizás apenas sea justo decir el nombre hasta mañana por la mañana. Pero a esa hora estará en manos del marido de la dama. Y todo porque ella no encontrará una mísera suma que podría conseguir convirtiendo sus diamantes en bisutería. Es una lástima. Ahora, ¿recuerda el repentino fin del compromiso entre la Honorable señorita Miles y el coronel Dorking? Solo dos días antes de la boda hubo un párrafo en el MORNING POST diciendo que todo se había cancelado. ¿Y por qué? Es casi increíble, pero la absurda suma de mil doscientas libras habría resuelto toda la cuestión. ¿No es lastimoso? Y aquí lo encuentro a usted, un hombre de sentido común, regateando sobre los términos cuando el futuro y el honor de su clienta están en juego. Me sorprende, señor Holmes.

—Lo que digo es cierto —respondió Holmes—. El dinero no se puede encontrar. ¿Seguramente es mejor para usted tomar la suma sustancial que le ofrezco que arruinar la carrera de esta mujer, lo cual no puede beneficiarle de ninguna manera?

—Ahí comete un error, señor Holmes. Una exposición me beneficiaría indirectamente en una medida considerable. Tengo ocho o diez casos similares madurando. Si se difundiera entre ellos que he dado un ejemplo severo con Lady Eva, encontraría a todos ellos mucho más abiertos a la razón. ¿Entiende mi punto?

Holmes saltó de su silla.

—¡Ponte detrás de él, Watson! ¡No le dejes salir! Ahora, señor, veamos el contenido de esa libreta.

Milverton se había deslizado tan rápido como una rata hacia un lado de la habitación y se quedó de espaldas contra la pared.

—Señor Holmes, señor Holmes —dijo, abriendo la parte delantera de su abrigo y exhibiendo la culata de un gran revólver, que sobresalía del bolsillo interior—. He estado esperando que hiciera algo original. Esto se ha hecho tantas veces, ¿y qué bien ha salido de ello? Le aseguro que estoy armado hasta los dientes y que estoy perfectamente preparado para usar mis armas, sabiendo que la ley me apoyará. Además, su suposición de que traería las cartas aquí en una libreta es totalmente errónea. No haría nada tan estúpido. Y ahora, caballeros, tengo una o dos pequeñas entrevistas esta noche, y es un largo trayecto hasta Hampstead. —Dio un paso adelante, tomó su abrigo, puso su mano sobre su revólver y se giró hacia la puerta. Yo levanté una silla, pero Holmes negó con la cabeza y la dejé de nuevo. Con una reverencia, una sonrisa y un guiño, Milverton salió de la habitación, y pocos momentos después escuchamos el golpe de la puerta del carruaje y el traqueteo de las ruedas mientras se alejaba.

Holmes se sentó inmóvil junto al fuego, con las manos profundamente enterradas en los bolsillos de sus pantalones, la barbilla hundida sobre el pecho, los ojos fijos en las brasas resplandecientes. Durante media hora estuvo silencioso y quieto. Luego, con el gesto de un hombre que ha tomado una decisión, saltó de su asiento y pasó a su dormitorio. Poco después, un joven trabajador desaliñado con perilla y aire arrogante encendió su pipa de arcilla en la lámpara antes de bajar a la calle. —Volveré en algún momento, Watson —dijo, y se desvaneció en la noche. Entendí que había comenzado su campaña contra Charles Augustus Milverton; pero poco imaginaba la extraña forma que esa campaña estaba destinada a tomar.

Durante algunos días Holmes fue y vino a todas horas con este atuendo, pero más allá de un comentario de que pasaba su tiempo en Hampstead y que no era en vano, no sabía nada de lo que estaba haciendo. Finalmente, sin embargo, en una noche salvaje y tempestuosa, cuando el viento aullaba y golpeaba contra las ventanas, regresó de su última expedición y, habiéndose quitado el disfraz, se sentó ante el fuego y se rio de buena gana a su silenciosa y profunda manera.

—No me llamarías un hombre casado, ¿verdad, Watson?

—¡No, ciertamente!

—Te interesará saber que estoy comprometido.

—¡Querido amigo! Te felicito...

—Con la criada de Milverton.

—¡Cielos, Holmes!

—Necesitaba información, Watson.

—¿Seguramente has ido demasiado lejos?

—Fue un paso muy necesario. Soy fontanero con un negocio en ascenso, llamado Escott. He salido con ella cada noche y he hablado con ella. ¡Cielos, esas charlas! Sin embargo, he conseguido todo lo que quería. Conozco la casa de Milverton como la palma de mi mano.

—Pero la chica, Holmes...

Él se encogió de hombros.

—No puedes evitarlo, mi querido Watson. Debes jugar tus cartas lo mejor que puedas cuando hay una apuesta así sobre la mesa. Sin embargo, me alegra decir que tengo un odiado rival que sin duda me suplantará en cuanto me dé la vuelta. ¡Qué noche tan espléndida es!

—¿Te gusta este clima?

—Se adapta a mi propósito. Watson, tengo la intención de robar la casa de Milverton esta noche.

Sentí que me faltaba el aliento y mi piel se quedó fría ante las palabras, que fueron pronunciadas lentamente en un tono de concentrada resolución. Como un relámpago en la noche que muestra en un instante cada detalle de un amplio paisaje, así, de un vistazo, parecí ver cada posible resultado de tal acción: la detección, la captura, la carrera honrada terminando en un fracaso irreparable y desgracia, mi amigo mismo yacente a merced del odioso Milverton.

—Por el amor de Dios, Holmes, piensa en lo que estás haciendo —grité.

—Mi querido amigo, le he dado toda la consideración. Nunca soy precipitado en mis acciones, ni adoptaría un curso tan enérgico y, de hecho, tan peligroso si cualquier otro fuera posible. Miremos el asunto de forma clara y justa. Supongo que admitirás que la acción es moralmente justificable, aunque técnicamente criminal. Robar su casa no es más que quitarle a la fuerza su billetera, una acción en la que estabas dispuesto a ayudarme.

Le di vueltas en mi mente.

—Sí —dije—; es moralmente justificable siempre que nuestro objetivo sea no tomar artículos salvo aquellos que se utilizan con un fin ilegal.

—Exactamente. Puesto que es moralmente justificable, solo tengo que considerar la cuestión del riesgo personal. ¿Seguramente un caballero no debería dar mucha importancia a esto cuando una dama necesita desesperadamente su ayuda?

—Estarás en una posición tan falsa...

—Bueno, eso es parte del riesgo. No hay otra forma posible de recuperar estas cartas. La desafortunada dama no tiene el dinero, y no hay nadie de su entorno en quien pueda confiar. Mañana es el último día de gracia, y a menos que podamos conseguir las cartas esta noche, este villano cumplirá su palabra y provocará su ruina. Por lo tanto, debo abandonar a mi clienta a su suerte o debo jugar esta última carta. Entre nosotros, Watson, es un duelo deportivo entre este tipo Milverton y yo. Él tuvo, como viste, lo mejor de los primeros intercambios; pero mi respeto propio y mi reputación me obligan a luchar hasta el final.

—Bueno, no me gusta; pero supongo que debe ser así —dije—. ¿Cuándo empezamos?

—Tú no vienes.

—Entonces tú no vas —dije—. Te doy mi palabra de honor, y nunca la he roto en mi vida, de que tomaré un coche directamente a la comisaría y te delataré a menos que me dejes compartir esta aventura contigo.

—No puedes ayudarme.

—¿Cómo sabes eso? No puedes decir lo que pueda pasar. De cualquier manera, mi resolución está tomada. Otras personas además de ti tienen amor propio e incluso reputaciones.

Holmes había parecido molesto, pero su frente se despejó y me dio una palmada en el hombro.

—Bueno, bueno, mi querido amigo, que así sea. Hemos compartido la misma habitación durante algunos años, y sería divertido si termináramos compartiendo la misma celda. Sabes, Watson, no me importa confesarte que siempre tuve la idea de que habría sido un criminal altamente eficiente. Esta es la oportunidad de mi vida en esa dirección. ¡Mira aquí! —sacó un pequeño estuche de cuero de un cajón y, al abrirlo, mostró una serie de instrumentos brillantes—. Este es un equipo de robo de primera clase y actualizado, con palanca niquelada, cortador de vidrio con punta de diamante, llaves adaptables y todas las mejoras modernas que exige el progreso de la civilización. Aquí también está mi linterna sorda. Todo está en orden. ¿Tienes un par de zapatos silenciosos?

—Tengo zapatillas de tenis con suela de goma.

—Excelente. ¿Y una máscara?

—Puedo hacer un par con seda negra.

—Puedo ver que tienes una fuerte inclinación natural por este tipo de cosas. Muy bien; haz las máscaras. Cenaremos algo frío antes de empezar. Son las nueve y media. A las once iremos en coche hasta Church Row. Hay un cuarto de hora de camino desde allí hasta Appledore Towers. Estaremos manos a la obra antes de medianoche. Milverton es de sueño pesado y se retira puntualmente a las diez y media. Con un poco de suerte, deberíamos estar de vuelta aquí a las dos, con las cartas de Lady Eva en mi bolsillo.

Holmes y yo nos pusimos nuestra ropa de etiqueta, para que pareciéramos dos asistentes al teatro que regresaban a casa. En Oxford Street tomamos un hansom y nos dirigimos a una dirección en Hampstead. Allí pagamos el coche y, con nuestros abrigos abotonados, pues hacía un frío glacial y el viento parecía atravesarnos, caminamos por el borde del Heath.

—Es un negocio que necesita un trato delicado —dijo Holmes—. Estos documentos están contenidos en una caja fuerte en el estudio del sujeto, y el estudio es la antesala de su dormitorio. Por otra parte, como todos estos hombres pequeños y robustos que se cuidan bien, es un durmiente pletórico. Agatha, esa es mi prometida, dice que es una broma en el servicio que es imposible despertar al amo. Tiene un secretario que está dedicado a sus intereses y nunca se mueve del estudio en todo el día. Por eso vamos de noche. Luego tiene un perro bestial que deambula por el jardín. Conocí a Agatha tarde las dos últimas noches, y ella encierra a la bestia para darme vía libre. Esta es la casa, esta grande en sus propios terrenos. A través de la puerta... ahora a la derecha entre los laureles. Creo que podríamos ponernos nuestras máscaras aquí. Verás, no hay ni un destello de luz en ninguna de las ventanas, y todo está funcionando espléndidamente.

Con nuestras cubiertas faciales de seda negra, que nos convirtieron en dos de las figuras más truculentas de Londres, nos acercamos sigilosamente a la casa silenciosa y sombría. Una especie de veranda de azulejos se extendía a lo largo de un lado de la misma, bordeada por varias ventanas y dos puertas.

—Ese es su dormitorio —susurró Holmes—. Esta puerta da directamente al estudio. Nos vendría mejor, pero está cerrada con cerrojo además de con llave, y haríamos demasiado ruido al entrar. Ven por aquí. Hay un invernadero que da al salón.

El lugar estaba cerrado con llave, pero Holmes quitó un círculo de cristal y giró la llave desde el interior. Un instante después, había cerrado la puerta tras nosotros y nos habíamos convertido en criminales ante los ojos de la ley. El aire denso y cálido del invernadero y la fragancia rica y sofocante de las plantas exóticas nos tomó por el cuello. Me agarró de la mano en la oscuridad y me llevó rápidamente junto a hileras de arbustos que nos rozaban la cara. Holmes tenía dotes extraordinarias, cuidadosamente cultivadas, para ver en la oscuridad. Sin soltar mi mano, abrió una puerta y fui vagamente consciente de que habíamos entrado en una habitación grande en la que se había fumado un cigarro poco antes. Palpó el camino entre los muebles, abrió otra puerta y la cerró tras nosotros. Extendí la mano y sentí varios abrigos colgados de la pared, y comprendí que estaba en un pasillo. Caminamos por él y Holmes abrió muy suavemente una puerta en el lado derecho. Algo salió disparado hacia nosotros y se me saltó el corazón, pero podría haberme reído al darme cuenta de que era el gato. En esta nueva habitación ardía un fuego y, de nuevo, el aire estaba cargado de humo de tabaco. Holmes entró de puntillas, esperó a que yo le siguiera y luego cerró la puerta muy suavemente. Estábamos en el despacho de Milverton, y una *portière* al fondo mostraba la entrada a su dormitorio.

Era un buen fuego y la habitación estaba iluminada por él. Cerca de la puerta vi el brillo de un interruptor eléctrico, pero era innecesario, incluso si hubiera sido seguro, encenderlo. A un lado de la chimenea había una pesada cortina que cubría el ventanal que habíamos visto desde fuera. Al otro lado estaba la puerta que comunicaba con la veranda. En el centro había un escritorio con una silla giratoria de brillante cuero rojo. Enfrente había una gran estantería con un busto de mármol de Atenea en la parte superior. En la esquina entre la estantería y la pared había una alta caja fuerte verde, con la luz del fuego reflejándose en los pomos de latón pulido de su frente. Holmes se deslizó hasta ella y la miró. Luego se acercó a la puerta del dormitorio y se quedó escuchando atentamente con la cabeza inclinada. No venía ningún sonido del interior. Mientras tanto, me pareció sensato asegurar nuestra retirada por la puerta exterior, así que la examiné. ¡Para mi asombro, no estaba ni cerrada con llave ni echado el cerrojo! Toqué a Holmes en el brazo y él giró su rostro enmascarado hacia esa dirección. Le vi sobresaltarse, y era evidente que estaba tan sorprendido como yo.

—No me gusta —susurró, acercando sus labios a mi oído—. No logro entenderlo. De todos modos, no tenemos tiempo que perder.

—¿Puedo hacer algo?

—Sí, quédate junto a la puerta. Si oyes que alguien viene, echa el cerrojo por dentro y podremos escapar por donde vinimos. Si vienen por el otro lado, podemos salir por la puerta si nuestro trabajo está hecho, o escondernos detrás de estas cortinas si no es así. ¿Entiendes?

Asentí y me quedé junto a la puerta. Mi primer sentimiento de miedo se había desvanecido y ahora me emocionaba con un entusiasmo más agudo del que jamás había disfrutado cuando éramos defensores de la ley en lugar de sus desafiantes. El noble objetivo de nuestra misión, la conciencia de que era desinteresada y caballeresca, el carácter villano de nuestro oponente, todo añadía interés deportivo a la aventura. Lejos de sentirme culpable, me regocijé y me exalté en nuestros peligros. Con un resplandor de admiración, observé a Holmes desplegar su estuche de instrumentos y elegir su herramienta con la calma y precisión científica de un cirujano que realiza una operación delicada. Sabía que abrir cajas fuertes era una afición particular suya y comprendí la alegría que le producía enfrentarse a este monstruo verde y dorado, el dragón que guardaba en sus fauces la reputación de muchas damas distinguidas. Subiéndose las mangas de su chaqueta —había dejado su abrigo en una silla—, Holmes dispuso dos taladros, una palanqueta y varias llaves maestras. Me quedé en la puerta central con los ojos puestos en las otras, listo para cualquier emergencia; aunque, en verdad, mis planes eran algo vagos sobre lo que debía hacer si nos interrumpían. Durante media hora, Holmes trabajó con energía concentrada, dejando una herramienta, recogiendo otra, manejando cada una con la fuerza y delicadeza del mecánico entrenado. Finalmente oí un chasquido, la ancha puerta verde se abrió de par en par y, en el interior, vislumbré una cantidad de paquetes de papel, cada uno atado, sellado y rotulado. Holmes tomó uno, pero era difícil leer bajo la vacilante luz del fuego, y sacó su pequeña linterna sorda, pues era demasiado peligroso, con Milverton en la habitación de al lado, encender la luz eléctrica. De repente, le vi detenerse, escuchar atentamente y, en un instante, cerró la puerta de la caja fuerte, recogió su abrigo, metió las herramientas en los bolsillos y se lanzó detrás de la cortina de la ventana, haciéndome señas para que hiciera lo mismo.

Solo cuando me hube reunido con él allí oí lo que había alarmado sus sentidos más agudos. Había un ruido en algún lugar de la casa. Una puerta se cerró de un golpe a lo lejos. Luego, un murmullo confuso y sordo se rompió en el golpe medido de pasos pesados que se acercaban rápidamente. Estaban en el pasillo fuera de la habitación. Se detuvieron ante la puerta. La puerta se abrió. Hubo un chasquido agudo cuando se encendió la luz eléctrica. La puerta se cerró una vez más y el olor acre de un cigarro fuerte llegó a nuestras fosas nasales. Luego, los pasos continuaron de ida y vuelta, de ida y vuelta, a pocos metros de nosotros. Finalmente, hubo un crujido de una silla y los pasos cesaron. Entonces, una llave chasqueó en una cerradura y oí el crujir de papeles.

Hasta entonces no me había atrevido a mirar, pero ahora separé suavemente la división de las cortinas frente a mí y miré a través. Por la presión del hombro de Holmes contra el mío, supe que estaba compartiendo mis observaciones. Justo frente a nosotros, y casi a nuestro alcance, estaba la espalda ancha y redondeada de Milverton. Era evidente que habíamos calculado mal sus movimientos, que nunca había estado en su dormitorio, sino que había estado sentado en algún salón de fumadores o de billar en el ala más alejada de la casa, cuyas ventanas no habíamos visto. Su cabeza ancha y canosa, con su brillante calva, estaba en el primer plano de nuestra visión. Estaba reclinado en la silla de cuero rojo, con las piernas estiradas y un largo cigarro negro sobresaliendo en ángulo de su boca. Llevaba una chaqueta de fumador de estilo semimilitar, de color burdeos, con cuello de terciopelo negro. En la mano sostenía un largo documento legal que leía de forma indolente, lanzando anillos de humo de tabaco por los labios mientras lo hacía. No había promesa de una pronta partida en su porte compuesto y su actitud cómoda.

Sentí que la mano de Holmes se deslizaba en la mía y me daba un apretón tranquilizador, como para decir que la situación estaba bajo su control y que estaba tranquilo. No estaba seguro de si había visto lo que era demasiado obvio desde mi posición: que la puerta de la caja fuerte estaba mal cerrada y que Milverton podría observarlo en cualquier momento. En mi mente, había decidido que si estaba seguro, por la rigidez de su mirada, de que la había visto, saltaría de inmediato, arrojaría mi abrigo sobre su cabeza, lo inmovilizaría y dejaría el resto a Holmes. Pero Milverton nunca levantó la vista. Estaba languidamente interesado por los papeles que tenía en la mano, y pasaba página tras página mientras seguía el argumento del abogado. Al menos, pensé, cuando termine el documento y el cigarro irá a su habitación; pero antes de que llegara al final de ambos, ocurrió un desarrollo notable que desvió nuestros pensamientos hacia otro canal.

Varias veces observé que Milverton miraba su reloj, y una vez se levantó y volvió a sentarse con un gesto de impaciencia. Sin embargo, la idea de que pudiera tener una cita a una hora tan extraña nunca se me ocurrió hasta que un leve sonido llegó a mis oídos desde la veranda exterior. Milverton dejó caer sus papeles y se quedó rígido en su silla. El sonido se repitió y luego hubo un suave golpe en la puerta. Milverton se levantó y la abrió.

—Bien —dijo bruscamente—, llegas casi media hora tarde.

Así que esta era la explicación de la puerta sin llave y de la vigilia nocturna de Milverton. Se oyó el suave crujido del vestido de una mujer. Había cerrado la rendija entre las cortinas cuando el rostro de Milverton se volvió en nuestra dirección, pero ahora me aventuré a abrirla de nuevo con mucho cuidado. Él había vuelto a su asiento, con el cigarro todavía proyectándose en un ángulo insolente desde la comisura de su boca. Frente a él, bajo el resplandor total de la luz eléctrica, estaba una mujer alta, delgada y morena, con un velo sobre la cara y un manto echado sobre la barbilla. Su respiración era rápida y agitada, y cada centímetro de su figura flexible vibraba con una fuerte emoción.

—Bien —dijo Milverton—, me has hecho perder una buena noche de descanso, querida. Espero que valgas la pena. No podías venir en otro momento, ¿eh?

La mujer negó con la cabeza.

—Bueno, si no podías, no podías. Si la condesa es una ama dura, ahora tienes la oportunidad de vengarte de ella. Bendita sea la chica, ¿por qué tiemblas? ¡Eso es! ¡Cálmate! Ahora, vayamos al grano. —Tomó una nota del cajón de su escritorio—. Dices que tienes cinco cartas que comprometen a la condesa d'Albert. Quieres venderlas. Yo quiero comprarlas. Hasta aquí, todo bien. Solo queda fijar un precio. Tendría que inspeccionar las cartas, por supuesto. Si son realmente buenos especímenes... ¡Cielos, eres tú!

La mujer, sin decir palabra, se había levantado el velo y dejado caer el manto de la barbilla. Era un rostro moreno, hermoso y de rasgos definidos el que se enfrentaba a Milverton, un rostro con nariz curva, cejas fuertes y oscuras que sombreaban ojos duros y brillantes, y una boca recta de labios finos con una sonrisa peligrosa.

—Soy yo —dijo ella—; la mujer cuya vida has arruinado.

Milverton se rió, pero el miedo vibró en su voz. —Fuiste muy obstinada —dijo—. ¿Por qué me llevaste a tales extremos? Te aseguro que no haría daño a una mosca por mi propia voluntad, pero cada hombre tiene su negocio, ¿y qué iba a hacer? Puse el precio bien al alcance de tus medios. No quisiste pagar.

—Así que enviaste las cartas a mi marido, y él... el caballero más noble que jamás haya existido, un hombre cuyas botas nunca fui digna de atar... se rompió su valiente corazón y murió. Recuerdas aquella última noche cuando entré por esa puerta, te rogué y supliqué clemencia, y te reíste en mi cara como intentas reírte ahora, ¿solo que tu corazón cobarde no puede evitar que tus labios tiemblen? Sí, nunca pensaste volver a verme aquí, pero fue esa noche la que me enseñó cómo podía enfrentarme a ti cara a cara, y a solas. Bien, Charles Milverton, ¿qué tienes que decir?

—No imagines que puedes intimidarme —dijo, levantándose—. Solo tengo que alzar la voz y podría llamar a mis sirvientes y hacer que te arresten. Pero tendré en cuenta tu ira natural. Sal de la habitación inmediatamente por donde viniste y no diré nada más.

La mujer permaneció de pie con la mano hundida en su pecho y la misma sonrisa mortal en sus labios finos.

—No arruinarás más vidas como arruinaste la mía. No retorcerás más corazones como retorciste el mío. Liberaré al mundo de una cosa venenosa. ¡Toma eso, sabueso, y eso! ¡Y eso! ¡Y eso!

Había sacado un revólver pequeño y brillante y vaciado barril tras barril en el cuerpo de Milverton, con el cañón a menos de dos pies de su pecho. Él se encogió y luego cayó hacia adelante sobre la mesa, tosiendo furiosamente y arañando entre los papeles. Luego se tambaleó hasta ponerse en pie, recibió otro disparo y rodó por el suelo. —Me has matado —gritó, y quedó inmóvil. La mujer lo miró fijamente y hundió el tacón en su rostro vuelto hacia arriba. Volvió a mirar, pero no hubo sonido ni movimiento. Oí un crujido agudo, el aire nocturno sopló dentro de la habitación caldeada y la vengadora se había ido.

Ninguna interferencia por nuestra parte podría haber salvado al hombre de su destino; pero mientras la mujer vertía bala tras bala en el cuerpo encogido de Milverton, yo estaba a punto de saltar, cuando sentí el agarre frío y fuerte de Holmes en mi muñeca. Entendí todo el argumento de aquel agarre firme y restrictivo: que no era asunto nuestro; que la justicia había alcanzado a un villano; que teníamos nuestros propios deberes y nuestros propios objetivos que no debíamos perder de vista. Pero apenas la mujer salió corriendo de la habitación, Holmes, con pasos rápidos y silenciosos, estaba en la otra puerta. Giró la llave en la cerradura. Al mismo instante oímos voces en la casa y el sonido de pasos apresurados. Los disparos del revólver habían despertado a la casa. Con perfecta frialdad, Holmes se deslizó hacia la caja fuerte, llenó sus dos brazos con fajos de cartas y los vertió todos en el fuego. Lo hizo una y otra vez, hasta que la caja fuerte quedó vacía. Alguien giró el picaporte y golpeó el exterior de la puerta. Holmes miró rápidamente a su alrededor. La carta que había sido el mensajero de la muerte para Milverton yacía, toda manchada con su sangre, sobre la mesa. Holmes la arrojó entre los papeles en llamas. Luego sacó la llave de la puerta exterior, pasó tras de mí y la cerró por fuera. —Por aquí, Watson —dijo—; podemos escalar el muro del jardín en esta dirección.

No podría haber creído que una alarma pudiera haberse extendido tan rápidamente. Mirando hacia atrás, la enorme casa era un resplandor de luz. La puerta principal estaba abierta y las figuras corrían por el camino de entrada. Todo el jardín estaba vivo con gente, y un individuo lanzó un grito de caza cuando salimos de la veranda y nos siguió de cerca. Holmes parecía conocer el terreno perfectamente, y se abrió camino rápidamente entre una plantación de árboles pequeños, yo pisándole los talones, y nuestro perseguidor más cercano jadeando detrás de nosotros. Era un muro de seis pies el que bloqueaba nuestro camino, pero él saltó hasta la cima y pasó al otro lado. Mientras yo hacía lo mismo, sentí que la mano del hombre detrás de mí agarraba mi tobillo; pero me solté a patadas y trepé sobre una albardilla cubierta de cristales. Caí de bruces entre unos arbustos; pero Holmes me puso en pie en un instante y juntos salimos disparados a través de la enorme extensión de Hampstead Heath. Habíamos corrido dos millas, supongo, antes de que Holmes finalmente se detuviera y escuchara atentamente. Todo era silencio absoluto detrás de nosotros. Nos habíamos quitado a nuestros perseguidores de encima y estábamos a salvo.

Habíamos desayunado y estábamos fumando nuestra pipa de la mañana el día después de la notable experiencia que he registrado cuando el Sr. Lestrade, de Scotland Yard, muy solemne e impresionante, fue conducido a nuestra modesta sala de estar.

—Buenos días, Sr. Holmes —dijo—; buenos días. ¿Puedo preguntar si está muy ocupado en este momento?

—No demasiado ocupado para escucharlo.

—Pensé que, tal vez, si no tenía nada particular entre manos, podría interesarle ayudarnos en un caso de lo más notable que ocurrió apenas anoche en Hampstead.

—¡Vaya por Dios! —dijo Holmes—. ¿Qué ha sido eso?

—Un asesinato, un asesinato de lo más dramático y notable. Sé lo interesado que está usted en estas cosas, y me haría un gran favor si pudiera bajar a Appledore Towers y darnos el beneficio de su consejo. No es un crimen ordinario. Hemos tenido los ojos puestos en este Sr. Milverton desde hace algún tiempo y, entre nosotros, era un poco villano. Se sabe que poseía papeles que utilizaba para fines de chantaje. Estos papeles han sido todos quemados por los asesinos. No se llevaron ningún artículo de valor, ya que es probable que los criminales fueran hombres de buena posición, cuyo único objetivo era evitar la exposición social.

—¡Criminales! —dijo Holmes—. ¡En plural!

—Sí, eran dos. Casi fueron capturados con las manos en la masa. Tenemos sus huellas, tenemos su descripción; es diez contra uno que los rastrearemos. El primero fue un poco demasiado activo, pero el segundo fue atrapado por el jardinero y solo escapó tras una lucha. Era un hombre de mediana estatura, de constitución fuerte: mandíbula cuadrada, cuello grueso, bigote, una máscara sobre los ojos.

—Eso es bastante vago —dijo Sherlock Holmes—. ¡Vaya, podría ser una descripción de Watson!

—Es cierto —dijo el inspector con mucha diversión—. Podría ser una descripción de Watson.

—Bueno, me temo que no puedo ayudarle, Lestrade —dijo Holmes—. El hecho es que conocía a este tal Milverton, que lo consideraba uno de los hombres más peligrosos de Londres y que creo que hay ciertos crímenes que la ley no puede tocar y que, por tanto, en cierta medida, justifican la venganza privada. No, no sirve de nada discutir. He tomado una decisión. Mis simpatías están con los criminales más que con la víctima, y no me haré cargo de este caso.

Holmes no me había dicho ni una palabra sobre la tragedia que habíamos presenciado, pero observé durante toda la mañana que estaba en su estado más pensativo, y me dio la impresión, por sus ojos vacíos y su aire abstraído, de un hombre que se esfuerza por recordar algo. Estábamos en medio de nuestro almuerzo cuando de repente saltó de su asiento. —¡Por Júpiter, Watson; ya lo tengo! —gritó—. ¡Coge tu sombrero! ¡Ven conmigo! —Se apresuró a toda velocidad por Baker Street y a lo largo de Oxford Street, hasta que casi llegamos a Regent Circus. Aquí, a mano izquierda, hay un escaparate lleno de fotografías de las celebridades y bellezas del día. Los ojos de Holmes se fijaron en una de ellas, y siguiendo su mirada vi la imagen de una dama real y majestuosa con traje de corte, con una alta tiara de diamantes sobre su noble cabeza. Miré esa nariz delicadamente curvada, las cejas marcadas, la boca recta y la barbilla pequeña y fuerte debajo. Entonces me quedé sin aliento al leer el antiguo título del gran noble y estadista de quien había sido esposa. Mis ojos se encontraron con los de Holmes, y él se llevó el dedo a los labios mientras nos alejábamos del escaparate.

—Bien, señor Holmes, no sirve de nada negar que hay algo que me preocupa. Y, sin embargo, es un asunto tan absurdo que he dudado en molestarle con ello. Por otra parte, aunque es trivial, es indudablemente extraño, y sé que usted tiene gusto por todo lo que se sale de lo común. Pero, en mi opinión, entra más en el campo del doctor Watson que en el nuestro.

—¿Enfermedad? —dije yo.

—Locura, en cualquier caso. ¡Y una locura extraña también! No pensaría usted que hay alguien viviendo en estos tiempos que sienta tal odio por Napoleón I como para romper cualquier imagen suya que pueda ver.

Holmes se hundió en su silla.

—Eso no es asunto mío —dijo.

—Exactamente. Eso es lo que dije. Pero entonces, cuando el hombre comete un robo con el fin de romper imágenes que no son suyas, eso lo aleja del médico y lo acerca al policía.

Holmes se incorporó de nuevo.

—¡Robo! Esto es más interesante. Déjeme oír los detalles.

Lestrade sacó su cuaderno oficial y refrescó su memoria con sus páginas.

—El primer caso denunciado fue hace cuatro días —dijo—. Fue en la tienda de Morse Hudson, que tiene un local para la venta de cuadros y estatuas en Kennington Road. El ayudante había dejado la tienda principal por un instante cuando oyó un estrépito, y al entrar apresuradamente encontró un busto de yeso de Napoleón, que estaba con otras obras de arte sobre el mostrador, hecho añicos. Salió corriendo a la calle, pero, aunque varios transeúntes declararon haber visto a un hombre salir corriendo de la tienda, no pudo ver a nadie ni encontró forma de identificar al sinvergüenza. Parecía uno de esos actos insensatos de vandalismo que ocurren de vez en cuando, y fue denunciado como tal al agente de guardia. El molde de yeso no valía más que unos pocos chelines, y todo el asunto parecía demasiado infantil para una investigación especial.

—El segundo caso, sin embargo, fue más serio y también más singular. Ocurrió justo anoche.

—En Kennington Road, y a pocos cientos de metros de la tienda de Morse Hudson, vive un conocido médico llamado doctor Barnicot, que tiene una de las consultas más grandes en el lado sur del Támesis. Su residencia y principal consultorio están en Kennington Road, pero tiene una sucursal y farmacia en Lower Brixton Road, a dos millas de distancia. Este doctor Barnicot es un entusiasta admirador de Napoleón, y su casa está llena de libros, cuadros y reliquias del emperador francés. Hace algún tiempo compró a Morse Hudson dos moldes de yeso duplicados de la famosa cabeza de Napoleón del escultor francés Devine. Uno de ellos lo colocó en su vestíbulo en la casa de Kennington Road, y el otro en la repisa de la chimenea de la consulta en Lower Brixton. Pues bien, cuando el doctor Barnicot bajó esta mañana, se quedó atónito al descubrir que su casa había sido robada durante la noche, pero que no se habían llevado nada excepto la cabeza de yeso del vestíbulo. Se la habían llevado fuera y la habían estrellado salvajemente contra el muro del jardín, bajo el cual se descubrieron sus fragmentos astillados.

Holmes se frotó las manos.

—Esto es ciertamente muy novedoso —dijo.

—Pensé que le complacería. Pero aún no he llegado al final. El doctor Barnicot debía estar en su consulta a las doce, y puede imaginar su asombro cuando, al llegar, descubrió que la ventana había sido abierta durante la noche y que los trozos rotos de su segundo busto estaban esparcidos por toda la habitación. Había sido destrozado hasta convertirlo en átomos donde estaba. En ninguno de los casos hubo señales que pudieran darnos una pista sobre el criminal o lunático que cometió el acto. Ahora, señor Holmes, ya tiene los hechos.

—Son singulares, por no decir grotescos —dijo Holmes—. ¿Puedo preguntar si los dos bustos destrozados en las habitaciones del doctor Barnicot eran duplicados exactos del que fue destruido en la tienda de Morse Hudson?

—Fueron tomados del mismo molde.

—Tal hecho debe ir en contra de la teoría de que el hombre que los rompe está influenciado por un odio general hacia Napoleón. Considerando cuántos cientos de estatuas del gran emperador deben existir en Londres, es demasiado suponer tal coincidencia como que un iconoclasta al azar se dedique a empezar por tres ejemplares del mismo busto.

—Bueno, yo pensaba como usted —dijo Lestrade—. Por otro lado, este Morse Hudson es el proveedor de bustos en esa parte de Londres, y estos tres eran los únicos que había tenido en su tienda durante años. Así que, aunque, como usted dice, hay muchos cientos de estatuas en Londres, es muy probable que estas tres fueran las únicas en ese distrito. Por tanto, un fanático local empezaría por ellas. ¿Qué opina usted, doctor Watson?

—No hay límites a las posibilidades de la monomanía —respondí—. Existe la condición que los psicólogos franceses modernos han llamado la «idée fixe», que puede ser insignificante en su carácter y estar acompañada de una completa cordura en todo lo demás. Un hombre que haya leído profundamente sobre Napoleón, o que posiblemente haya recibido algún daño familiar hereditario a causa de la gran guerra, podría concebiblemente formar tal «idée fixe» y, bajo su influencia, ser capaz de cualquier ultraje fantástico.

—Eso no servirá, mi querido Watson —dijo Holmes, negando con la cabeza—; pues ninguna cantidad de «idée fixe» permitiría a su interesante monomaníaco descubrir dónde estaban situados estos bustos.

—Bueno, ¿cómo lo explica usted?

—No intento hacerlo. Solo observaría que hay cierto método en los procedimientos excéntricos del caballero. Por ejemplo, en el vestíbulo del doctor Barnicot, donde un ruido podría despertar a la familia, el busto fue llevado fuera antes de ser roto, mientras que en la consulta, donde había menos peligro de alarma, fue destrozado donde estaba. El asunto parece absurdamente trivial, y sin embargo, no me atrevo a llamar trivial a nada cuando reflexiono que algunos de mis casos más clásicos tuvieron los comienzos menos prometedores. Recordará, Watson, cómo el terrible asunto de la familia Abernetty llegó por primera vez a mi conocimiento por la profundidad a la que se había hundido el perejil en la mantequilla en un día caluroso. No puedo permitirme, por tanto, sonreír ante sus tres bustos rotos, Lestrade, y le estaré muy agradecido si me deja saber cualquier novedad de tan singular cadena de acontecimientos.

El desarrollo que mi amigo había solicitado llegó de una forma más rápida e infinitamente más trágica de lo que habría podido imaginar. Todavía me estaba vistiendo en mi dormitorio a la mañana siguiente cuando hubo un golpe en la puerta y Holmes entró con un telegrama en la mano. Lo leyó en voz alta:

«Venga inmediatamente, 131, Pitt Street, Kensington. —Lestrade».

—¿Qué es, entonces? —pregunté.

—No lo sé; puede ser cualquier cosa. Pero sospecho que es la secuela de la historia de las estatuas. En ese caso, nuestro amigo, el rompedor de imágenes, ha comenzado sus operaciones en otra parte de Londres. Hay café en la mesa, Watson, y tengo un coche en la puerta.

En media hora habíamos llegado a Pitt Street, un pequeño y tranquilo remanso justo al lado de una de las corrientes más activas de la vida londinense. El número 131 era una de tantas viviendas de fachada plana, respetables y de lo más poco románticas. Al acercarnos, encontramos las barandillas frente a la casa llenas de una multitud curiosa. Holmes silbó.

—¡Por Jorge! Se trata al menos de un intento de asesinato. Nada menos que eso retendrá al repartidor de periódicos de Londres. Hay un acto de violencia indicado en los hombros redondeados y el cuello estirado de ese sujeto. ¿Qué es esto, Watson? Los escalones superiores lavados y los otros secos. ¡Huellas suficientes, en cualquier caso! Bueno, bueno, ahí está Lestrade en la ventana delantera, y pronto lo sabremos todo.

El oficial nos recibió con un rostro muy grave y nos hizo pasar a una sala de estar, donde un hombre mayor extremadamente desaliñado y agitado, vestido con una bata de franela, caminaba de un lado a otro. Nos fue presentado como el dueño de la casa, el señor Horace Harker, del Central Press Syndicate.

—Es el asunto del busto de Napoleón de nuevo —dijo Lestrade—. Usted parecía interesado anoche, señor Holmes, así que pensé que quizás le alegraría estar presente ahora que el asunto ha dado un giro mucho más grave.

—¿A qué ha girado, entonces?

—A un asesinato. Señor Harker, ¿querrá contarles a estos caballeros exactamente lo que ha ocurrido?

El hombre de la bata se volvió hacia nosotros con una cara de lo más melancólica.

—Es algo extraordinario —dijo—, que toda mi vida haya estado coleccionando las noticias de otros, y ahora que una verdadera noticia ha llegado a mi camino, estoy tan confundido y molesto que no puedo poner dos palabras juntas. Si hubiera entrado aquí como periodista, me habría entrevistado a mí mismo y tendría dos columnas en todos los periódicos de la tarde. Tal como están las cosas, estoy regalando información valiosa contando mi historia una y otra vez a una serie de personas diferentes, y no puedo sacar provecho de ello yo mismo. Sin embargo, he oído su nombre, señor Sherlock Holmes, y si usted solo explica este extraño asunto, me daré por pagado por mi molestia al contarle la historia.

Holmes se sentó y escuchó.

—Todo parece centrarse en ese busto de Napoleón que compré para esta misma habitación hace unos cuatro meses. Lo conseguí barato en Harding Brothers, a dos puertas de la estación de High Street. Gran parte de mi trabajo periodístico lo hago de noche, y a menudo escribo hasta la madrugada. Así fue hoy. Estaba sentado en mi estudio, que está en la parte trasera de la parte superior de la casa, alrededor de las tres, cuando me convencí de que oía algunos sonidos en la planta baja. Escuché, pero no se repitieron, y concluí que venían de fuera. Entonces, de repente, unos cinco minutos después, se produjo un grito de lo más horrible; el sonido más espantoso, señor Holmes, que jamás haya oído. Resonará en mis oídos mientras viva. Me quedé congelado de horror por un minuto o dos. Luego tomé el atizador y bajé las escaleras. Cuando entré en esta habitación encontré la ventana abierta de par en par, y observé de inmediato que el busto había desaparecido de la repisa de la chimenea. Por qué cualquier ladrón debería llevarse tal cosa supera mi comprensión, pues solo era un molde de yeso y no tenía ningún valor real.

—Puede ver por usted mismo que cualquiera que saliera por esa ventana abierta podría llegar al escalón delantero dando una zancada. Esto es claramente lo que hizo el ladrón, así que di la vuelta y abrí la puerta. Al salir a la oscuridad casi me caigo sobre un hombre muerto que yacía allí. Corrí a buscar una luz, y ahí estaba el pobre hombre, con un gran corte en la garganta y todo el lugar nadando en sangre. Yacía de espaldas, con las rodillas encogidas y la boca horriblemente abierta. Lo veré en mis sueños. Solo tuve tiempo de tocar mi silbato de policía, y luego debo haberme desmayado, pues no supe nada más hasta que encontré al policía de pie sobre mí en el vestíbulo.

—Bueno, ¿quién era el hombre asesinado? —preguntó Holmes.

—No hay nada que indique quién era —dijo Lestrade—. Verá el cuerpo en el depósito de cadáveres, pero no hemos sacado nada en claro hasta ahora. Es un hombre alto, bronceado, muy poderoso, de no más de treinta años. Está mal vestido y, sin embargo, no parece ser un trabajador. Una navaja con mango de asta yacía en un charco de sangre junto a él. Si fue el arma que cometió el acto, o si pertenecía al hombre muerto, no lo sé. No había ningún nombre en su ropa, y nada en sus bolsillos excepto una manzana, un poco de cuerda, un mapa de Londres de un chelín y una fotografía. Aquí está.

Evidentemente, fue tomada por una instantánea de una cámara pequeña. Representaba a un hombre simiesco, alerta y de rasgos afilados, con cejas pobladas y una proyección muy peculiar de la parte inferior de la cara, como el hocico de un babuino.

—¿Y qué fue del busto? —preguntó Holmes, tras un cuidadoso estudio de esta imagen.

—Tuvimos noticias justo antes de que llegaran ustedes. Se ha encontrado en el jardín delantero de una casa vacía en Campden House Road. Estaba roto en fragmentos. Voy ahora mismo a verlo. ¿Vendrán?

—Ciertamente. Solo debo echar un vistazo por aquí. —Examinó la alfombra y la ventana—. El tipo tenía o bien unas piernas muy largas o era un hombre de lo más activo —dijo—. Con un patio debajo, no fue una hazaña pequeña alcanzar ese alféizar y abrir esa ventana. Volver fue comparativamente sencillo. ¿Viene con nosotros a ver los restos de su busto, señor Harker?

El desconsolado periodista se había sentado a una mesa de escribir.

—Debo intentar sacar algo de esto —dijo—, aunque no me cabe duda de que las primeras ediciones de los periódicos de la tarde ya están fuera con todos los detalles. ¡Es mi suerte! ¿Recuerda cuando cayó la grada en Doncaster? Pues bien, yo era el único periodista en la grada, y mi diario el único que no tuvo una crónica del suceso, pues estaba demasiado conmocionado para escribirla. Y ahora llegaré tarde con un asesinato cometido en mi propia puerta.

Al salir de la habitación, oímos su pluma viajando con estridencia sobre el papel.

El lugar donde se habían encontrado los fragmentos del busto estaba solo a unos cientos de metros de distancia. Por primera vez nuestros ojos descansaron sobre esta presentación del gran emperador, que parecía despertar un odio tan frenético y destructivo en la mente del desconocido. Yacía esparcido en fragmentos astillados sobre la hierba. Holmes recogió varios de ellos y los examinó cuidadosamente. Estaba convencido por su rostro concentrado y su manera resuelta de que, por fin, estaba tras una pista.

—¿Y bien? —preguntó Lestrade.

Holmes se encogió de hombros.

—Todavía nos queda un largo camino por recorrer —dijo—. Y, sin embargo... y, sin embargo... bueno, tenemos algunos hechos sugerentes sobre los cuales actuar. La posesión de este insignificante busto valía más a los ojos de este extraño criminal que una vida humana. Ese es un punto. Luego está el hecho singular de que no lo rompió en la casa, o inmediatamente fuera de la casa, si romperlo era su único objetivo.

—Estaba nervioso y azorado por encontrarse con este otro sujeto. Apenas sabía lo que hacía.

—Bueno, eso es bastante probable. Pero deseo llamar su atención muy particularmente sobre la posición de esta casa en cuyo jardín fue destruido el busto.

Lestrade miró a su alrededor.

—Era una casa vacía, así que sabía que no sería molestado en el jardín.

—Sí, pero hay otra casa vacía más arriba en la calle por la que debe haber pasado antes de llegar a esta. ¿Por qué no lo rompió allí, ya que es evidente que cada metro que lo cargaba aumentaba el riesgo de que alguien se encontrara con él?

—Me rindo —dijo Lestrade.

Holmes señaló la farola sobre nuestras cabezas.

—Podía ver lo que estaba haciendo aquí y no podía allí. Esa fue su razón.

—¡Por Júpiter! Eso es cierto —dijo el detective—. Ahora que caigo en la cuenta, el busto del doctor Barnicot fue roto no lejos de su lámpara roja. Bueno, señor Holmes, ¿qué hacemos con ese hecho?

—Recordarlo, archivarlo. Puede que más tarde encontremos algo que tenga relación con ello. ¿Qué pasos propone seguir ahora, Lestrade?

—La forma más práctica de llegar a ello, en mi opinión, es identificar al hombre muerto. No debería haber dificultad en eso. Cuando hayamos descubierto quién es y quiénes son sus socios, deberíamos tener un buen comienzo para saber qué estaba haciendo en Pitt Street anoche, y quién fue el que se encontró con él y lo mató en la puerta del señor Horace Harker. ¿No lo cree así?

—Sin duda; y, sin embargo, no es exactamente la forma en que yo abordaría el caso.

—¿Qué haría usted, entonces?

—¡Oh, no debe dejar que le influya de ninguna manera! Sugiero que usted siga su camino y yo el mío. Podemos comparar notas después, y cada uno complementará al otro.

—Muy bien —dijo Lestrade.

—Si va a volver a Pitt Street, podría ver al señor Horace Harker. Dígale de mi parte que ya me he decidido, y que es seguro que un peligroso lunático homicida con delirios napoleónicos estuvo en su casa anoche. Será útil para su artículo.

Lestrade se quedó mirando.

—¿No creerá eso en serio?

Holmes sonrió.

—¿No? Bueno, quizás no. Pero estoy seguro de que interesará al señor Horace Harker y a los suscriptores del Central Press Syndicate. Ahora, Watson, creo que veremos que tenemos un largo y más bien complejo día de trabajo por delante. Me alegraría, Lestrade, si pudiera encontrar el momento de reunirse con nosotros en Baker Street a las seis de esta tarde. Hasta entonces, me gustaría conservar esta fotografía encontrada en el bolsillo del hombre muerto. Es posible que tenga que pedir su compañía y asistencia en una pequeña expedición que habrá que emprender esta noche, si mi cadena de razonamientos resulta ser correcta. Hasta entonces, ¡adiós y buena suerte!

Sherlock Holmes y yo caminamos juntos hasta High Street, donde él se detuvo en la tienda de Harding Brothers, de donde se había comprado el busto. Un joven ayudante nos informó de que el señor Harding estaría ausente hasta después del mediodía, y que él mismo era un recién llegado que no podía darnos ninguna información. El rostro de Holmes mostró su decepción y molestia.

—Bueno, bueno, no podemos esperar que todo salga como queremos, Watson —dijo, por fin—. Debemos volver por la tarde si el señor Harding no estará aquí hasta entonces. Estoy, como sin duda habrá sospechado, intentando rastrear estos bustos hasta su origen, con el fin de ver si no hay algo peculiar que pueda explicar su notable destino. Vamos hacia Morse Hudson, de Kennington Road, y veamos si puede arrojar algo de luz sobre el problema.

Un trayecto de una hora nos llevó al establecimiento del vendedor de cuadros. Era un hombre pequeño y robusto, con la cara roja y un carácter irascible.

—Sí, señor. En mi propio mostrador, señor —dijo—. Para qué pagamos impuestos y tasas no lo sé, cuando cualquier rufián puede entrar y romper los bienes de uno. Sí, señor, fui yo quien vendió al doctor Barnicot sus dos estatuas. ¡Vergonzoso, señor! Un complot nihilista, eso es lo que deduzco. Nadie más que un anarquista iría por ahí rompiendo estatuas. Republicanos rojos, eso es como los llamo. ¿De quién conseguí las estatuas? No veo qué tiene eso que ver con el asunto. Bueno, si realmente quiere saberlo, las conseguí de Gelder y Co., en Church Street, Stepney. Son una casa bien conocida en el comercio, y lo han sido durante veinte años. ¿Cuántas tuve? Tres, dos y una son tres, dos del doctor Barnicot y una destrozada a plena luz del día en mi propio mostrador. ¿Conozco esa fotografía? No, no la conozco. Sí, la conozco, sin embargo. ¡Vaya, es Beppo! Era una especie de trabajador italiano a destajo, que se hacía útil en la tienda. Podía tallar un poco, dorar y enmarcar, y hacer trabajos ocasionales. El tipo me dejó la semana pasada, y no he sabido nada de él desde entonces. No, no sé de dónde vino ni adónde fue. No tengo nada contra él mientras estuvo aquí. Se fue dos días antes de que el busto fuera destrozado.

—Bueno, eso es todo lo que podíamos esperar razonablemente obtener de Morse Hudson —dijo Holmes, mientras salíamos de la tienda—. Tenemos a este Beppo como factor común, tanto en Kennington como en Kensington, así que vale la pena un viaje de diez millas. Ahora, Watson, vayamos a Gelder y Co., de Stepney, la fuente y origen de los bustos. Me sorprenderá si no obtenemos algo de ayuda allí abajo.

A rápida sucesión atravesamos los límites del Londres de moda, el Londres hotelero, el Londres teatral, el Londres literario, el Londres comercial y, finalmente, el Londres marítimo, hasta llegar a una ciudad ribereña de cien mil almas, donde las casas de vecindad se sofocan y apestan con los marginados de Europa. Aquí, en una amplia calzada, antaño morada de ricos comerciantes de la City, encontramos el taller de escultura que buscábamos. En el exterior había un patio considerable lleno de cantería monumental. En el interior, una gran sala en la que cincuenta trabajadores tallaban o moldeaban. El gerente, un hombre corpulento, rubio y alemán, nos recibió cortésmente y dio una respuesta clara a todas las preguntas de Holmes. Una consulta a sus libros mostró que se habían sacado cientos de moldes de una copia en mármol de la cabeza de Napoleón de Devine, pero que los tres que se habían enviado a Morse Hudson hacía un año más o menos habían sido la mitad de una partida de seis, siendo los otros tres enviados a Harding Brothers, de Kensington. No había razón para que esos seis fueran diferentes de cualquiera de los otros moldes. No pudo sugerir ninguna causa posible por la que alguien quisiera destruirlos; de hecho, se rio ante la idea. Su precio al por mayor era de seis chelines, pero el minorista obtendría doce o más. El molde se tomaba en dos partes de cada lado de la cara y luego estos dos perfiles de yeso se unían para formar el busto completo. El trabajo solía ser realizado por italianos en la sala en la que estábamos. Una vez terminados, los bustos se colocaban en una mesa en el pasillo para que se secaran y luego se almacenaban. Eso era todo lo que podía decirnos.

Pero la aparición de la fotografía tuvo un efecto notable en el gerente. Su rostro se encendió de ira y sus cejas se anudaron sobre sus ojos azules teutónicos.

—¡Ah, el granuja! —exclamó—. Sí, ciertamente, le conozco muy bien. Este siempre ha sido un establecimiento respetable, y la única vez que hemos tenido a la policía en él fue por culpa de este mismo individuo. Hace ya más de un año. Apuñaló a otro italiano en la calle y luego vino al taller con la policía pisándole los talones, y fue capturado aquí. Beppo era su nombre; su segundo nombre nunca lo supe. Bien merecido me lo tengo por contratar a un hombre con tal rostro. Pero era un buen trabajador, uno de los mejores.

—¿Qué condena recibió?

—El hombre sobrevivió y salió con un año. No me cabe duda de que ya está libre; pero no se ha atrevido a asomar la nariz por aquí. Tenemos a un primo suyo en la plantilla y me atrevería a decir que podría decirle dónde está.

—No, no —exclamó Holmes—, ni una palabra al primo; ni una palabra, se lo ruego. El asunto es muy importante, y cuanto más avanzo, más importante parece volverse. Cuando usted se refirió en su libro de contabilidad a la venta de esos bustos, observé que la fecha era el 3 de junio del año pasado. ¿Podría darme la fecha en que arrestaron a Beppo?

—Podría decírselo aproximadamente por la lista de pagos —respondió el gerente—. Sí —continuó, tras pasar algunas hojas—, se le pagó por última vez el 20 de mayo.

—Gracias —dijo Holmes—. No creo que necesite importunarle más con su tiempo y su paciencia. Con una última advertencia de que no dijera nada sobre nuestras investigaciones, volvimos a dirigirnos hacia el oeste una vez más.

La tarde estaba muy avanzada antes de que pudiéramos tomar un almuerzo apresurado en un restaurante. Un cartel de noticias en la entrada anunciaba: «Atentado en Kensington. Asesinato por un loco», y el contenido del periódico mostraba que el señor Horace Harker había logrado que su relato se imprimiera después de todo. Dos columnas estaban ocupadas con una interpretación altamente sensacionalista y florida de todo el incidente. Holmes lo apoyó contra el servilletero y lo leyó mientras comía. Una o dos veces soltó una risita.

—Todo esto está bien, Watson —dijo—. Escucha esto: «Resulta satisfactorio saber que no puede haber diferencia de opinión sobre este caso, ya que el señor Lestrade, uno de los miembros más experimentados del cuerpo oficial, y el señor Sherlock Holmes, el conocido experto consultor, han llegado cada uno a la conclusión de que la grotesca serie de incidentes, que han terminado de manera tan trágica, surge de la demencia más que de un crimen deliberado. Ninguna explicación salvo la aberración mental puede cubrir los hechos». La prensa, Watson, es una institución de lo más valiosa si sabes cómo utilizarla. Y ahora, si has terminado ya, volveremos a Kensington y veremos qué tiene que decir el gerente de Harding Brothers sobre el asunto.

El fundador de aquel gran emporio resultó ser una persona pequeña, vivaz y cortante, muy pulcro y rápido, con una mente clara y lengua fácil.

—Sí, señor, ya he leído el relato en los periódicos de la tarde. El señor Horace Harker es cliente nuestro. Le suministramos el busto hace algunos meses. Pedimos tres bustos de ese tipo a Gelder and Co., de Stepney. Ya están todos vendidos. ¿A quién? Oh, me atrevo a decir que consultando nuestro libro de ventas podríamos decírselo muy fácilmente. Sí, tenemos los asientos aquí. Uno para el señor Harker, como ve, uno para el señor Josiah Brown, de Laburnum Lodge, Laburnum Vale, Chiswick, y uno para el señor Sandeford, de Lower Grove Road, Reading. No, nunca he visto este rostro que me muestra en la fotografía. Difícilmente lo olvidaría, ¿verdad, señor? Pues rara vez he visto uno más feo. ¿Tenemos italianos en el personal? Sí, señor, tenemos varios entre nuestros trabajadores y personal de limpieza. Me atrevo a decir que podrían echar un vistazo a ese libro de ventas si quisieran. No hay ninguna razón particular para vigilar ese libro. Bueno, bueno, es un asunto muy extraño, y espero que me haga saber si sus investigaciones llevan a algo.

Holmes había tomado varias notas durante el testimonio del señor Harding, y pude ver que estaba completamente satisfecho con el giro que estaban tomando los acontecimientos. Sin embargo, no hizo ningún comentario, salvo que, si no nos dábamos prisa, llegaríamos tarde a nuestra cita con Lestrade. Efectivamente, cuando llegamos a Baker Street, el detective ya estaba allí, y lo encontramos caminando de un lado a otro en un estado de febril impaciencia. Su aire de importancia demostraba que su día de trabajo no había sido en vano.

—¿Bien? —preguntó—. ¿Qué tal suerte, señor Holmes?

—Hemos tenido un día muy ajetreado, y no del todo desperdiciado —explicó mi amigo—. Hemos visto tanto a los minoristas como a los fabricantes mayoristas. Ahora puedo seguir la pista de cada uno de los bustos desde el principio.

—¡Los bustos! —exclamó Lestrade—. Bueno, bueno, usted tiene sus propios métodos, señor Sherlock Holmes, y no soy quién para decir una palabra en su contra, pero creo que he hecho un mejor día de trabajo que usted. He identificado al muerto.

—¿No me diga?

—Y he encontrado la causa del crimen.

—¡Espléndido!

—Tenemos un inspector que se especializa en Saffron Hill y en el barrio italiano. Bueno, este hombre muerto llevaba algún emblema católico alrededor del cuello y eso, junto con su color, me hizo pensar que venía del sur. El inspector Hill lo reconoció en el momento en que lo vio. Su nombre es Pietro Venucci, de Nápoles, y es uno de los mayores asesinos de Londres. Está relacionado con la Mafia, que, como sabe, es una sociedad política secreta que hace cumplir sus decretos mediante el asesinato. Ahora ve cómo el asunto empieza a aclararse. El otro individuo es probablemente también italiano y miembro de la Mafia. Ha roto las reglas de alguna manera. Pietro es enviado a rastrearlo. Probablemente la fotografía que encontramos en su bolsillo sea el hombre mismo, para no apuñalar a la persona equivocada. Acecha al individuo, lo ve entrar en una casa, espera fuera por él y, en el forcejeo, recibe su propia herida mortal. ¿Qué le parece eso, señor Sherlock Holmes?

Holmes aplaudió con aprobación.

—¡Excelente, Lestrade, excelente! —exclamó—. Pero no acabo de seguir su explicación sobre la destrucción de los bustos.

—¡Los bustos! Nunca podrá quitarse esos bustos de la cabeza. Al fin y al cabo, eso no es nada; hurto menor, seis meses como mucho. Es el asesinato lo que realmente estamos investigando, y le digo que estoy reuniendo todos los hilos en mis manos.

—¿Y la siguiente etapa?

—Es muy sencilla. Iré con Hill al barrio italiano, encontraré al hombre cuya fotografía tenemos y lo arrestaré por el cargo de asesinato. ¿Vendrá con nosotros?

—Creo que no. Imagino que podemos alcanzar nuestro objetivo de una manera más sencilla. No puedo decirlo con certeza, porque todo depende... bueno, todo depende de un factor que está completamente fuera de nuestro control. Pero tengo grandes esperanzas; de hecho, la apuesta es exactamente de dos a uno, de que si viene con nosotros esta noche podré ayudarle a echarle el guante.

—¿En el barrio italiano?

—No; me imagino que Chiswick es una dirección donde es más probable encontrarlo. Si viene conmigo a Chiswick esta noche, Lestrade, le prometo ir al barrio italiano con usted mañana, y el retraso no causará ningún daño. Y ahora creo que unas horas de sueño nos vendrían bien a todos, pues no propongo salir antes de las once, y es poco probable que estemos de vuelta antes de la mañana. Cenará con nosotros, Lestrade, y luego es bienvenido a usar el sofá hasta que sea hora de partir. Mientras tanto, Watson, me alegraría si llamara a un mensajero urgente, pues tengo una carta que enviar y es importante que llegue de inmediato.

Holmes pasó la velada rebuscando entre los archivos de los viejos periódicos diarios con los que estaba lleno uno de nuestros trasteros. Cuando por fin bajó, lo hizo con triunfo en los ojos, pero no dijo nada a ninguno de nosotros sobre el resultado de sus investigaciones. Por mi parte, había seguido paso a paso los métodos por los que había rastreado las diversas vueltas y revueltas de este caso complejo y, aunque todavía no podía percibir el objetivo al que llegaríamos, entendí claramente que Holmes esperaba que este criminal grotesco hiciera un intento contra los dos bustos restantes, uno de los cuales, recordaba, estaba en Chiswick. Sin duda, el objetivo de nuestro viaje era atraparlo con las manos en la masa, y no pude dejar de admirar la astucia con la que mi amigo había insertado una pista falsa en el periódico de la tarde, para dar al individuo la idea de que podía continuar con su plan con impunidad. No me sorprendió cuando Holmes sugirió que llevara mi revólver conmigo. Él mismo había tomado la fusta cargada que era su arma favorita.

Un coche de punto estaba en la puerta a las once, y en él nos dirigimos a un punto al otro lado del puente de Hammersmith. Allí se ordenó al cochero que esperara. Un corto paseo nos llevó a una carretera apartada bordeada de agradables casas, cada una situada en su propio terreno. A la luz de una farola leímos «Laburnum Villa» en el poste de la puerta de una de ellas. Los ocupantes se habían retirado evidentemente a descansar, pues todo estaba oscuro excepto por una luz sobre la puerta del vestíbulo, que proyectaba un único círculo borroso en el camino del jardín. La valla de madera que separaba el terreno de la carretera proyectaba una densa sombra negra en el lado interior, y fue allí donde nos agazapamos.

—Me temo que tendrán que esperar mucho —susurró Holmes—. Podemos dar gracias a las estrellas de que no esté lloviendo. No creo que podamos siquiera aventurarnos a fumar para pasar el tiempo. Sin embargo, hay una probabilidad de dos a uno de que consigamos algo que compense nuestras molestias.

Resultó, sin embargo, que nuestra vigilia no iba a ser tan larga como Holmes nos había hecho temer, y terminó de una manera muy repentina y singular. En un instante, sin el menor sonido que nos advirtiera de su llegada, la puerta del jardín se abrió de golpe y una figura ágil y oscura, tan veloz y activa como un simio, subió corriendo por el camino del jardín. Lo vimos pasar velozmente ante la luz arrojada desde la puerta y desaparecer contra la sombra negra de la casa. Hubo una larga pausa, durante la cual contuvimos el aliento, y luego un sonido muy leve de crujido llegó a nuestros oídos. Estaban abriendo la ventana. El ruido cesó y volvió a haber un largo silencio. El individuo se estaba abriendo paso hacia el interior de la casa. Vimos el destello repentino de una linterna sorda dentro de la habitación. Lo que buscaba evidentemente no estaba allí, pues vimos de nuevo el destello a través de otra persiana, y luego a través de otra.

—Vamos a la ventana abierta. Lo atraparemos cuando salga —susurró Lestrade.

Pero antes de que pudiéramos movernos, el hombre había emergido de nuevo. Al salir al resplandeciente parche de luz, vimos que llevaba algo blanco bajo el brazo. Miró furtivamente a su alrededor. El silencio de la calle desierta le tranquilizó. Dándonos la espalda, dejó su carga, y al instante siguiente se oyó el sonido de un golpe seco, seguido de un estrépito y un tintineo. El hombre estaba tan absorto en lo que hacía que nunca escuchó nuestros pasos mientras nos deslizábamos por el césped. Con el salto de un tigre, Holmes estuvo sobre su espalda, y un instante después Lestrade y yo lo teníamos sujeto por ambas muñecas y las esposas habían sido cerradas. Al darle la vuelta vi un rostro horrible y amarillento, con rasgos retorcidos y furiosos que nos miraban fijamente, y supe que era, efectivamente, el hombre de la fotografía a quien habíamos capturado.

Pero no era a nuestro prisionero a quien Holmes prestaba atención. Agachado en el escalón de la puerta, se dedicaba a examinar con sumo cuidado lo que el hombre había traído de la casa. Era un busto de Napoleón como el que habíamos visto esa mañana, y se había roto en fragmentos similares. Holmes sostuvo cuidadosamente cada trozo separado a la luz, pero de ninguna manera difería de cualquier otro trozo de yeso destrozado. Acababa de completar su examen cuando las luces del vestíbulo se encendieron, la puerta se abrió y el dueño de la casa, una figura jovial y rotunda en camisa y pantalones, se presentó.

—¿El señor Josiah Brown, supongo? —dijo Holmes.

—Sí, señor; ¿y usted, sin duda, es el señor Sherlock Holmes? Recibí la nota que envió por el mensajero urgente e hice exactamente lo que me dijo. Cerramos todas las puertas desde dentro y esperamos acontecimientos. Bueno, me alegra mucho ver que han atrapado al granuja. Espero, caballeros, que pasen y tomen algo de refrigerio.

Sin embargo, Lestrade estaba ansioso por llevar a su hombre a un lugar seguro, así que a los pocos minutos nuestro coche había sido llamado y los cuatro estábamos camino a Londres. Ni una palabra quiso decir nuestro cautivo; pero nos miró desde la sombra de su pelo enmarañado, y una vez, cuando mi mano pareció estar a su alcance, chasqueó los dientes como un lobo hambriento. Nos quedamos el tiempo suficiente en la comisaría para saber que un registro de su ropa no reveló nada más que unos pocos chelines y un largo cuchillo de funda, cuyo mango presentaba abundantes rastros de sangre reciente.

—Todo está bien —dijo Lestrade mientras nos despedíamos—. Hill conoce a toda esta gente y le pondrá nombre. Verá que mi teoría de la Mafia funcionará perfectamente. Pero estoy seguro de que estoy sumamente agradecido a usted, señor Holmes, por la manera profesional en la que le echó el guante. Todavía no lo entiendo todo del todo.

—Me temo que es una hora demasiado avanzada para explicaciones —dijo Holmes—. Además, hay uno o dos detalles que no están terminados, y es uno de esos casos que vale la pena resolver hasta el final. Si vuelve a pasar por mis habitaciones a las seis de la tarde de mañana, creo que podré mostrarle que incluso ahora no ha captado el significado completo de este asunto, que presenta algunos rasgos que lo hacen absolutamente original en la historia del crimen. Si alguna vez permito que narre alguno más de mis pequeños problemas, Watson, preveo que animará sus páginas con un relato de la singular aventura de los bustos napoleónicos.

Cuando nos reunimos de nuevo a la tarde siguiente, Lestrade estaba provisto de mucha información sobre nuestro prisionero. Su nombre, al parecer, era Beppo, segundo nombre desconocido. Era un conocido holgazán entre la colonia italiana. Había sido alguna vez un escultor hábil y se había ganado la vida honradamente, pero se había desviado por malos caminos y ya había estado dos veces en la cárcel: una por un robo menor y otra, como ya habíamos oído, por apuñalar a un compatriota. Podía hablar inglés perfectamente bien. Sus razones para destruir los bustos seguían siendo desconocidas, y se negó a responder a ninguna pregunta sobre el tema; pero la policía había descubierto que esos mismos bustos bien podrían haber sido hechos por sus propias manos, ya que trabajaba en este tipo de labor en el establecimiento de Gelder and Co. A toda esta información, gran parte de la cual ya conocíamos, Holmes escuchó con atenta cortesía; pero yo, que lo conocía tan bien, pude ver claramente que sus pensamientos estaban en otra parte, y detecté una mezcla de inquietud y expectación bajo esa máscara que solía asumir. Por fin, se sobresaltó en su silla y sus ojos se iluminaron. Habían llamado al timbre. Un minuto después oímos pasos en la escalera, y un hombre mayor, de rostro rubicundo y patillas canosas, fue conducido al interior. En su mano derecha llevaba una vieja bolsa de viaje, que colocó sobre la mesa.

—¿Está aquí el señor Sherlock Holmes?

Mi amigo se inclinó y sonrió. —El señor Sandeford, de Reading, supongo —dijo.

—Sí, señor, me temo que llego un poco tarde; pero los trenes fueron complicados. Me escribió sobre un busto que está en mi posesión.

—Exactamente.

—Tengo su carta aquí. Usted decía: «Deseo poseer una copia del Napoleón de Devine, y estoy preparado para pagarle diez libras por el que está en su posesión». ¿Es correcto?

—Ciertamente.

—Me sorprendió mucho su carta, pues no podía imaginar cómo sabía que yo poseía tal cosa.

—Por supuesto que debe haberse sorprendido, pero la explicación es muy sencilla. El señor Harding, de Harding Brothers, dijo que le habían vendido su última copia y me dio su dirección.

—Oh, ¿era eso? ¿Le dijo cuánto pagué por él?

—No, no lo hizo.

—Bueno, soy un hombre honrado, aunque no muy rico. Solo pagué quince chelines por el busto, y creo que debería saberlo antes de aceptar diez libras de usted.

—Estoy seguro de que el escrúpulo le honra, señor Sandeford. Pero he fijado ese precio, así que tengo la intención de mantenerlo.

—Bueno, es muy generoso por su parte, señor Holmes. Traje el busto conmigo, como me pidió que hiciera. ¡Aquí está! Abrió su bolsa y por fin vimos colocado sobre nuestra mesa un espécimen completo de aquel busto que ya habíamos visto más de una vez hecho fragmentos.

Holmes tomó un papel de su bolsillo y puso un billete de diez libras sobre la mesa.

—Tenga la bondad de firmar ese papel, señor Sandeford, en presencia de estos testigos. Es simplemente para decir que me transfiere cualquier derecho que haya tenido sobre el busto. Soy un hombre metódico, ya ve, y nunca se sabe qué giro pueden tomar los acontecimientos después. Gracias, señor Sandeford; aquí tiene su dinero, y le deseo muy buenas noches.

Cuando nuestro visitante hubo desaparecido, los movimientos de Sherlock Holmes fueron tales que captaron toda nuestra atención. Empezó por sacar un paño blanco y limpio de un cajón y extenderlo sobre la mesa. Luego, colocó su recién adquirido busto en el centro del paño. Finalmente, tomó su fusta y asestó a Napoleón un golpe seco en la parte superior de la cabeza. La figura se rompió en fragmentos y Holmes se inclinó con avidez sobre los restos destrozados. Al instante siguiente, con un fuerte grito de triunfo, sostuvo una esquirla en la que un objeto redondo y oscuro estaba incrustado como una ciruela en un pudin.

—Caballeros —exclamó—, permítanme presentarles la famosa perla negra de los Borgia.

Lestrade y yo nos quedamos en silencio un momento y, entonces, con un impulso espontáneo, ambos rompimos a aplaudir como ante el bien logrado clímax de una obra de teatro. Un rubor de color brotó en las pálidas mejillas de Holmes, y nos hizo una reverencia como el maestro dramaturgo que recibe el homenaje de su público. Era en tales momentos cuando, por un instante, dejaba de ser una máquina de razonar y traicionaba su humano amor por la admiración y el aplauso. La misma naturaleza singularmente orgullosa y reservada que se apartaba con desdén de la notoriedad popular era capaz de conmoverse hasta sus profundidades ante el asombro y la alabanza espontáneos de un amigo.

—Sí, caballeros —dijo—, es la perla más famosa que existe actualmente en el mundo, y he tenido la fortuna, mediante una cadena conexa de razonamiento inductivo, de rastrearla desde el dormitorio del príncipe de Colonna en el Dacre Hotel, donde se perdió, hasta el interior de este, el último de los seis bustos de Napoleón que fueron fabricados por Gelder and Co., de Stepney. Recordarán, Lestrade, la sensación causada por la desaparición de esta valiosa joya y los vanos esfuerzos de la policía de Londres por recuperarla. Yo mismo fui consultado sobre el caso, pero fui incapaz de arrojar luz alguna sobre él. Las sospechas recayeron sobre la doncella de la princesa, que era italiana, y se demostró que tenía un hermano en Londres, pero no logramos rastrear conexión alguna entre ellos. El nombre de la doncella era Lucretia Venucci, y no me cabe duda de que este Pietro, que fue asesinado hace dos noches, era el hermano. He estado consultando las fechas en los viejos archivos del periódico y encuentro que la desaparición de la perla fue exactamente dos días antes del arresto de Beppo por un delito de violencia, suceso que tuvo lugar en la fábrica de Gelder and Co. en el preciso momento en que se estaban fabricando estos bustos. Ahora ven claramente la secuencia de los acontecimientos, aunque los ven, por supuesto, en orden inverso a como se me presentaron a mí. Beppo tenía la perla en su poder. Puede que la haya robado a Pietro, puede que fuera su cómplice, puede que fuera el intermediario entre Pietro y su hermana. No tiene importancia para nosotros cuál es la solución correcta.

—El hecho principal es que ÉL tenía la perla y, en ese momento, cuando la llevaba consigo, fue perseguido por la policía. Se dirigió a la fábrica en la que trabajaba y supo que solo disponía de unos minutos para ocultar este premio enormemente valioso, que de lo contrario sería hallado en su poder cuando lo registraran. Seis moldes de yeso de Napoleón se estaban secando en el pasillo. Uno de ellos estaba aún blando. En un instante, Beppo, un hábil trabajador, hizo un pequeño agujero en el yeso húmedo, dejó caer la perla y, con unos pocos toques, cubrió de nuevo la abertura. Era un escondite admirable. Nadie podría encontrarla jamás. Pero Beppo fue condenado a un año de prisión y, mientras tanto, sus seis bustos se dispersaron por Londres. No podía saber cuál contenía su tesoro. Solo rompiéndolos podría verlo. Incluso sacudiéndolos no sabría nada, pues al estar el yeso húmedo era probable que la perla se adhiriera a él, como, de hecho, ha ocurrido. Beppo no se desesperó y llevó a cabo su búsqueda con considerable ingenio y perseverancia. A través de un primo que trabaja con Gelder, averiguó las firmas minoristas que habían comprado los bustos. Logró encontrar empleo con Morse Hudson y, de ese modo, localizó tres de ellos. La perla no estaba allí. Entonces, con la ayuda de algún EMPLEADO italiano, consiguió averiguar adónde habían ido los otros tres bustos. El primero estaba en casa de Harker. Allí fue seguido por su cómplice, quien hacía a Beppo responsable de la pérdida de la perla, y lo apuñaló en el forcejeo que siguió.

—Si era su cómplice, ¿por qué habría de llevar su fotografía? —pregunté.

—Como medio de rastrearlo si deseaba preguntar por él a una tercera persona. Esa fue la razón obvia. Bien, después del asesinato calculé que Beppo probablemente se daría prisa en lugar de retrasar sus movimientos. Temería que la policía leyera su secreto, y por eso se apresuró antes de que ellos se le adelantaran. Por supuesto, no podía afirmar que no hubiera encontrado la perla en el busto de Harker. Ni siquiera había concluido con certeza que se tratara de la perla, pero era evidente para mí que buscaba algo, puesto que llevó el busto más allá de las otras casas para romperlo en el jardín que tenía una lámpara que lo iluminaba. Dado que el busto de Harker era uno de tres, las probabilidades eran exactamente como les dije, dos a uno en contra de que la perla estuviera dentro. Quedaban dos bustos y era obvio que iría primero por el de Londres. Advertí a los ocupantes de la casa para evitar una segunda tragedia, y fuimos con los resultados más felices. Para aquel entonces, por supuesto, ya sabía con certeza que era la perla de los Borgia lo que buscábamos. El nombre del hombre asesinado vinculaba un suceso con el otro. Solo quedaba un único busto, el de Reading, y la perla debía estar allí. La compré en su presencia al propietario, y ahí yace.

Nos quedamos sentados en silencio un momento.

—Bueno —dijo Lestrade—, le he visto llevar muchos casos, señor Holmes, pero no sé si alguna vez conocí uno más profesional que este. No estamos celosos de usted en Scotland Yard. No, señor, estamos muy orgullosos de usted, y si viene mañana no hay un hombre, desde el inspector más veterano hasta el agente más joven, que no estaría encantado de estrecharle la mano.

—¡Gracias! —dijo Holmes—. ¡Gracias! —y al darse la vuelta me pareció que estaba más cerca de conmoverse por las emociones humanas más tiernas de lo que jamás le había visto. Un momento después, volvía a ser el pensador frío y práctico—. Guarde la perla en la caja fuerte, Watson —dijo—, y saque los documentos del caso de falsificación de Conk-Singleton. Adiós, Lestrade. Si se le presenta algún pequeño problema, estaré encantado, si puedo, de darle una pista o dos sobre su solución.

*****

THE STRAND MAGAZINE Vol. 27 JUNIO, 1904 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

IX.—La aventura de los tres estudiantes.

Fue en el año '95 cuando una combinación de acontecimientos, en los que no necesito entrar, causó que el señor Sherlock Holmes y yo pasáramos algunas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y fue durante este tiempo cuando ocurrió la pequeña pero instructiva aventura que estoy a punto de relatar. Resultará obvio que cualquier detalle que ayudara al lector a identificar exactamente la facultad o al criminal sería imprudente y ofensivo. Un escándalo tan doloroso bien puede dejarse morir. Con la debida discreción, el incidente en sí puede, sin embargo, ser descrito, ya que sirve para ilustrar algunas de esas cualidades por las que mi amigo era notable. Me esforzaré en mi exposición por evitar aquellos términos que sirvieran para limitar los sucesos a un lugar particular, o dar una pista sobre las personas implicadas.

Residíamos por aquel entonces en una habitación alquilada cerca de una biblioteca donde Sherlock Holmes estaba realizando unas laboriosas investigaciones sobre antiguas cartas inglesas, investigaciones que condujeron a resultados tan sorprendentes que podrían ser objeto de una de mis futuras narraciones. Fue aquí donde una tarde recibimos la visita de un conocido, el señor Hilton Soames, tutor y profesor en el College of St. Luke's. El señor Soames era un hombre alto y enjuto, de temperamento nervioso y excitable. Siempre le había conocido por ser inquieto en sus modales, pero en esta ocasión particular se encontraba en tal estado de agitación incontrolable que estaba claro que algo muy inusual había ocurrido.

—Confío, señor Holmes, en que pueda dedicarme unas pocas horas de su valioso tiempo. Hemos tenido un incidente muy doloroso en St. Luke's y, realmente, de no ser por la feliz casualidad de que usted esté en la ciudad, no habría sabido qué hacer.

—Estoy muy ocupado en este momento y no deseo distracciones —respondió mi amigo—. Preferiría mucho más que recurriera a la ayuda de la policía.

—No, no, mi querido señor; tal proceder es absolutamente imposible. Una vez que se invoca a la ley, ya no se puede detener, y este es precisamente uno de esos casos en los que, por el crédito de la facultad, es más esencial evitar el escándalo. Su discreción es tan conocida como sus facultades, y usted es el único hombre en el mundo que puede ayudarme. Le ruego, señor Holmes, que haga lo que pueda.

El humor de mi amigo no había mejorado desde que se le privó del entorno agradable de Baker Street. Sin sus álbumes de recortes, sus productos químicos y su familiar desorden, era un hombre incómodo. Se encogió de hombros con una aquiescencia poco amable, mientras nuestro visitante, con palabras apresuradas y mucha gesticulación excitable, vertía su historia.

—Debo explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día del examen para la beca Fortescue. Soy uno de los examinadores. Mi asignatura es el griego, y la primera de las pruebas consiste en un largo pasaje de traducción al griego que el candidato no ha visto. Este pasaje está impreso en el examen, y sería naturalmente una ventaja inmensa si el candidato pudiera prepararlo de antemano. Por esta razón, se tiene gran cuidado en mantener el examen en secreto.

—Hoy, alrededor de las tres, llegaron las pruebas de este examen procedentes de la imprenta. El ejercicio consiste en medio capítulo de Tucídides. Tuve que leerlo atentamente, pues el texto debe ser absolutamente correcto. A las cuatro y media mi tarea aún no estaba completada. Sin embargo, había prometido tomar el té en la habitación de un amigo, así que dejé la prueba sobre mi escritorio. Estuve ausente poco más de una hora.

—Usted sabe, señor Holmes, que las puertas de nuestra facultad son dobles: una de paño verde por dentro y una pesada de roble por fuera. Al acercarme a mi puerta exterior me quedé asombrado al ver una llave en ella. Por un instante imaginé que había dejado la mía allí, pero al palpar mi bolsillo descubrí que todo estaba en orden. El único duplicado que existía, hasta donde yo sabía, era el que pertenecía a mi criado, Bannister, un hombre que ha cuidado de mi habitación durante diez años y cuya honestidad está absolutamente fuera de toda sospecha. Descubrí que la llave era, en efecto, la suya, que había entrado en mi habitación para saber si quería té y que, muy descuidadamente, había dejado la llave en la cerradura al salir. Su visita a mi habitación debió ocurrir a los pocos minutos de que yo la abandonara. Su olvido respecto a la llave habría importado poco en cualquier otra ocasión, pero en este día ha producido las más deplorables consecuencias.

—En el momento en que miré a mi mesa, fui consciente de que alguien había hurgado entre mis papeles. La prueba estaba en tres largas tiras. Las había dejado todas juntas. Ahora, descubrí que una de ellas estaba en el suelo, otra en la mesa auxiliar cerca de la ventana, y la tercera estaba donde yo la dejé.

Holmes se movió por primera vez.

—La primera página en el suelo, la segunda en la ventana, la tercera donde la dejó —dijo.

—Exactamente, señor Holmes. Me asombra. ¿Cómo pudo saber eso?

—Le ruego que continúe con su interesantísima exposición.

—Por un instante imaginé que Bannister había tomado la libertad imperdonable de examinar mis papeles. Sin embargo, lo negó con la mayor seriedad y estoy convencido de que decía la verdad. La alternativa era que alguien que pasaba hubiera observado la llave en la puerta, hubiera sabido que yo estaba fuera y hubiera entrado para mirar los papeles. Hay una gran suma de dinero en juego, pues la beca es muy valiosa, y un hombre sin escrúpulos bien podría correr un riesgo con tal de obtener una ventaja sobre sus compañeros.

—Bannister estaba muy alterado por el incidente. Casi se desmayó cuando descubrimos que los papeles habían sido indudablemente manipulados. Le di un poco de brandy y lo dejé desplomado en una silla mientras yo hacía un examen minucioso de la habitación. Pronto vi que el intruso había dejado otros rastros de su presencia además de los papeles arrugados. En la mesa de la ventana había varios restos de un lápiz que había sido afilado. Una punta de grafito rota yacía allí también. Evidentemente, el granuja había copiado el papel con gran prisa, había roto su lápiz y se había visto obligado a sacarle punta de nuevo.

—¡Excelente! —dijo Holmes, quien recuperaba su buen humor a medida que su atención quedaba más absorbida por el caso—. La fortuna ha sido su amiga.

—Esto no fue todo. Tengo una mesa de escribir nueva con una fina superficie de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, y Bannister también, que estaba lisa y sin manchas. Ahora encontré en ella un corte limpio de unos tres pulgadas de largo; no un simple rasguño, sino un corte positivo. No solo esto, sino que sobre la mesa encontré una pequeña bola de masa negra, o arcilla, con motas de algo que parece serrín. Estoy convencido de que estas marcas fueron dejadas por el hombre que registró los papeles. No había huellas y ninguna otra evidencia sobre su identidad. Estaba al límite de mis fuerzas, cuando de repente se me ocurrió la feliz idea de que usted estaba en la ciudad, y vine directamente a poner el asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Vea mi dilema. O debo encontrar al hombre o el examen debe posponerse hasta que se preparen nuevos ejercicios, y dado que esto no puede hacerse sin explicaciones, sobrevendrá un escándalo horrible, que arrojará una sombra no solo sobre la facultad, sino sobre la Universidad. Por encima de todas las cosas, deseo resolver el asunto con tranquilidad y discreción.

—Estaré encantado de examinarlo y de darle el consejo que pueda —dijo Holmes, levantándose y poniéndose su abrigo—. El caso no carece del todo de interés. ¿Le visitó alguien en su habitación después de que llegaran los papeles?

—Sí; un joven estudiante indio, Daulat Ras, que vive en el mismo rellano, vino a preguntarme algunos detalles sobre el examen.

—¿Para el cual estaba inscrito?

—Sí.

—¿Y los papeles estaban sobre su mesa?

—Hasta donde alcanza mi creencia, estaban enrollados.

—¿Pero podrían ser reconocidos como pruebas?

—Posiblemente.

—¿Nadie más en su habitación?

—No.

—¿Sabía alguien que estas pruebas estarían allí?

—Nadie, salvo el impresor.

—¿Lo sabía este hombre, Bannister?

—No, ciertamente no. Nadie lo sabía.

—¿Dónde está Bannister ahora?

—Estaba muy enfermo, pobre hombre. Lo dejé desplomado en la silla. Tenía mucha prisa por venir a verle.

—¿Dejó su puerta abierta?

—Primero cerré los papeles bajo llave.

—Entonces se resume en esto, señor Soames: a menos que el estudiante indio reconociera el rollo como las pruebas, el hombre que las manipuló dio con ellas accidentalmente sin saber que estaban allí.

—Así me lo parece a mí.

Holmes esbozó una sonrisa enigmática.

—Bueno —dijo—, vayamos allá. No es uno de sus casos, Watson; mental, no físico. Está bien; venga si quiere. Ahora, señor Soames, ¡a su disposición!

La sala de estar de nuestro cliente daba, a través de una ventana larga, baja y con celosías, al antiguo patio, teñido de líquenes, de la vieja facultad. Una puerta de arco gótico conducía a una desgastada escalera de piedra. En la planta baja estaba la habitación del tutor. Arriba había tres estudiantes, uno en cada piso. Ya caía la tarde cuando llegamos al escenario de nuestro problema. Holmes se detuvo y miró con atención la ventana. Luego se acercó a ella y, poniéndose de puntillas con el cuello estirado, miró hacia el interior de la habitación.

—Debió entrar por la puerta. No hay ninguna abertura excepto ese cristal —dijo nuestro docto guía.

—¡Vaya, vaya! —dijo Holmes, y sonrió de una manera singular mientras lanzaba una mirada a nuestro compañero—. Bueno, si no hay nada que aprender aquí, lo mejor será que entremos.

El profesor abrió la puerta exterior y nos hizo pasar a su habitación. Nos quedamos en la entrada mientras Holmes examinaba la alfombra.

—Me temo que no hay señales aquí —dijo—. Difícilmente se podría esperar alguna en un día tan seco. Su criado parece haberse recuperado por completo. Lo dejó en una silla, dice; ¿qué silla?

—Junto a la ventana, allí.

—Entiendo. Cerca de esta mesita. Pueden pasar ahora. He terminado con la alfombra. Tomemos primero la mesita. Por supuesto, lo que ha ocurrido es muy claro. El hombre entró y tomó los papeles, hoja por hoja, de la mesa central. Los llevó a la mesa de la ventana porque desde allí podía ver si usted cruzaba el patio y, de ese modo, podía efectuar una huida.

—En realidad no podría —dijo Soames—, pues yo entré por la puerta lateral.

—¡Ah, eso es bueno! Bueno, de cualquier modo, eso estaba en su mente. Déjeme ver las tres tiras. Sin impresiones dactilares, ¡no! Bien, llevó primero esta y la copió. ¿Cuánto tiempo le llevaría hacer eso, usando todas las abreviaturas posibles? Un cuarto de hora, no menos. Luego la arrojó y tomó la siguiente. Estaba a mitad de ella cuando su regreso le obligó a realizar una retirada muy apresurada; MUY apresurada, puesto que no tuvo tiempo de reemplazar los papeles que le dirían a usted que había estado allí. ¿No notó ningún paso apresurado en la escalera cuando entró por la puerta exterior?

—No, no podría decir que sí.

—Bien, escribió tan furiosamente que rompió su lápiz y tuvo, como usted observa, que sacarle punta de nuevo. Esto es interesante, Watson. El lápiz no era uno ordinario. Era mayor del tamaño habitual, con una mina blanda; el color exterior era azul oscuro, el nombre del fabricante estaba impreso en letras plateadas y el trozo que queda tiene solo unas pulgada y media de largo. Busque ese lápiz, señor Soames, y tendrá a su hombre. Cuando añado que posee un cuchillo grande y muy desafilado, tiene una ayuda adicional.

El señor Soames estaba algo abrumado por esta avalancha de información. —Puedo seguir los otros puntos —dijo—, pero realmente, en este asunto de la longitud...

Holmes sostuvo una pequeña astilla con las letras NN y un espacio de madera limpia después de ellas.

—¿Lo ve?

—No, me temo que incluso ahora...

—Watson, siempre le he cometido una injusticia. Hay otros. ¿Qué podría ser este NN? Está al final de una palabra. Usted sabe que Johann Faber es el nombre de fabricante más común. ¿No está claro que queda tanto lápiz como suele quedar después del Johann? —Sostuvo la mesita de lado hacia la luz eléctrica—. Tenía la esperanza de que, si el papel sobre el que escribió era fino, algún rastro podría haber pasado a esta superficie pulida. No, no veo nada. No creo que haya nada más que aprender aquí. Ahora vamos a la mesa central. Esta pequeña bola es, supongo, la masa negra y pastosa de la que habló. Tiene forma aproximadamente piramidal y está ahuecada, percibo. Como usted dice, parece haber granos de serrín en ella. Vaya, esto es muy interesante. Y el corte... un desgarro claro, veo. Comenzó con un rasguño fino y terminó en un agujero dentado. Le estoy muy agradecido por dirigir mi atención a este caso, señor Soames. ¿A dónde conduce esa puerta?

—A mi dormitorio.

—¿Ha estado en él desde su aventura?

—No; vine directamente por usted.

—Me gustaría echar un vistazo. ¡Qué habitación tan encantadora y anticuada! Quizás tenga la amabilidad de esperar un minuto hasta que haya examinado el suelo. No, no veo nada. ¿Qué hay de esta cortina? Usted cuelga su ropa detrás de ella. Si alguien se viera obligado a ocultarse en esta habitación, tendría que hacerlo allí, ya que la cama es demasiado baja y el armario demasiado poco profundo. Supongo que no hay nadie allí.

Mientras Holmes descorría la cortina, me di cuenta, por cierta rigidez y alerta en su actitud, de que estaba preparado para una emergencia. De hecho, la cortina corrida no reveló nada más que tres o cuatro trajes colgados de una fila de perchas. Holmes se dio la vuelta y se agachó repentinamente hacia el suelo.

—¡Hola! ¿Qué es esto? —dijo.

Era una pequeña pirámide de sustancia negra, parecida a la masilla, exactamente igual a la que estaba sobre la mesa del estudio. Holmes la sostuvo en la palma de su mano abierta bajo el resplandor de la luz eléctrica.

—Su visitante parece haber dejado rastros en su dormitorio tanto como en su sala de estar, señor Soames.

—¿Qué podría haber querido allí?

—Creo que está bastante claro. Usted regresó por un camino inesperado, y por eso no tuvo aviso hasta que estuvo en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Agarró todo lo que pudiera delatarlo y se precipitó a su dormitorio para esconderse.

—Dios mío, señor Holmes, ¿quiere decirme que todo el tiempo que estuve hablando con Bannister en esta habitación tuvimos al hombre prisionero si lo hubiéramos sabido?

—Así es como lo interpreto.

—Seguramente hay otra alternativa, señor Holmes. No sé si observó la ventana de mi dormitorio.

—Marco de celosía, estructura de plomo, tres ventanas separadas, una oscilante sobre bisagra y lo suficientemente grande como para admitir a un hombre.

—Exactamente. Y da a un ángulo del patio de modo que queda parcialmente invisible. El hombre podría haber efectuado su entrada por allí, dejar rastros mientras pasaba por el dormitorio y, finalmente, al encontrar la puerta abierta, haber escapado por ese camino.

Holmes negó con la cabeza con impaciencia.

—Seamos prácticos —dijo—. Entiendo que dice que hay tres estudiantes que usan esta escalera y tienen la costumbre de pasar por su puerta.

—Sí, los hay.

—¿Y todos ellos se presentan a este examen?

—Sí.

—¿Tiene alguna razón para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?

Soames dudó.

—Es una pregunta muy delicada —dijo—. A uno apenas le gusta lanzar sospechas donde no hay pruebas.

—Escuchemos las sospechas. Yo me ocuparé de las pruebas.

—Le diré, entonces, en pocas palabras, el carácter de los tres hombres que habitan estas habitaciones. El de abajo de los tres es Gilchrist, un excelente estudiante y atleta; juega en el equipo de rugby y en el de críquet de la universidad, y obtuvo su distinción por las vallas y el salto de longitud. Es un tipo excelente y varonil. Su padre fue el notorio Sir Jabez Gilchrist, quien se arruinó en las carreras. Mi estudiante ha quedado muy pobre, pero es trabajador y aplicado. Le irá bien.

—El segundo piso está habitado por Daulat Ras, el indio. Es un tipo tranquilo e inescrutable, como la mayoría de esos indios. Está bien preparado en su trabajo, aunque el griego es su asignatura débil. Es constante y metódico.

—El piso de arriba pertenece a Miles McLaren. Es un tipo brillante cuando decide trabajar, una de las mentes más lúcidas de la Universidad, pero es caprichoso, disipado y sin principios. Casi fue expulsado por un escándalo de cartas en su primer año. Ha estado holgazaneando todo este trimestre, y debe esperar con pavor el examen.

—Entonces, ¿es a él a quien sospecha?

—No me atrevo a llegar tan lejos. Pero de los tres, es quizás el menos improbable.

—Exactamente. Ahora, señor Soames, echemos un vistazo a su criado, Bannister.

Era un hombre de cincuenta años, menudo, de rostro pálido, afeitado y canoso. Todavía sufría por esta repentina perturbación de la tranquila rutina de su vida. Su rostro rechoncho se contraía por el nerviosismo y sus dedos no podían quedarse quietos.

—Estamos investigando este desgraciado asunto, Bannister —dijo su amo.

—Sí, señor.

—Tengo entendido —dijo Holmes—, ¿que dejó su llave en la puerta?

—Sí, señor.

—¿No fue muy extraordinario que hiciera esto el mismo día en que estaban estos documentos dentro?

—Fue muy desafortunado, señor. Pero ocasionalmente he hecho lo mismo en otras ocasiones.

—¿Cuándo entró en la habitación?

—Eran cerca de las cuatro y media. Esa es la hora del té del señor Soames.

—¿Cuánto tiempo se quedó?

—Cuando vi que estaba ausente, me retiré de inmediato.

—¿Miró estos documentos sobre la mesa?

—No, señor; ciertamente no.

—¿Cómo se le ocurrió dejar la llave en la puerta?

—Tenía la bandeja del té en la mano. Pensé que volvería a por la llave. Luego lo olvidé.

—¿La puerta exterior tiene una cerradura de resorte?

—No, señor.

—Entonces, ¿estuvo abierta todo el tiempo?

—Sí, señor.

—¿Cualquiera en la habitación podría salir?

—Sí, señor.

—Cuando el señor Soames regresó y lo llamó, ¿estaba usted muy perturbado?

—Sí, señor. Tal cosa nunca ha sucedido durante los muchos años que llevo aquí. Casi me desmayo, señor.

—Así lo entiendo. ¿Dónde estaba cuando empezó a sentirse mal?

—¿Dónde estaba, señor? Pues, aquí, cerca de la puerta.

—Eso es singular, porque se sentó en esa silla de allí cerca de la esquina. ¿Por qué pasó por delante de estas otras sillas?

—No lo sé, señor. No me importaba dónde me sentaba.

—Realmente no creo que supiera mucho al respecto, señor Holmes. Se veía muy mal, bastante cadavérico.

—¿Se quedó aquí cuando su amo se fue?

—Solo por un minuto o dos. Luego cerré la puerta y fui a mi habitación.

—¿A quién sospecha?

—Oh, no me atrevería a decir, señor. No creo que haya ningún caballero en esta universidad que sea capaz de aprovecharse de tal acción. No, señor, no lo creeré.

—Gracias; eso será todo —dijo Holmes—. Oh, una palabra más. ¿No ha mencionado a ninguno de los tres caballeros a los que sirve que algo anda mal?

—No, señor; ni una palabra.

—¿No ha visto a ninguno de ellos?

—No, señor.

—Muy bien. Ahora, señor Soames, daremos un paseo por el patio, si le place.

Tres cuadrados amarillos de luz brillaban sobre nosotros en la creciente penumbra.

—Sus tres pájaros están todos en sus nidos —dijo Holmes, mirando hacia arriba—. ¡Hola! ¿Qué es eso? Uno de ellos parece bastante inquieto.

Era el indio, cuya silueta oscura apareció repentinamente sobre su persiana. Caminaba rápidamente de un lado a otro de su habitación.

—Me gustaría echar un vistazo a cada uno de ellos —dijo Holmes—. ¿Es posible?

—Ninguna dificultad en el mundo —respondió Soames—. Este conjunto de habitaciones es el más antiguo de la universidad, y no es inusual que los visitantes las recorran. Venga, lo guiaré personalmente.

—¡Sin nombres, por favor! —dijo Holmes, mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist. Un joven alto, rubio y delgado la abrió, y nos dio la bienvenida cuando entendió nuestro cometido. Había algunas piezas realmente curiosas de arquitectura doméstica medieval en el interior. Holmes estaba tan encantado con una de ellas que insistió en dibujarla en su cuaderno, rompió su lápiz, tuvo que pedir prestado uno a nuestro anfitrión y finalmente tomó prestado un cuchillo para afilar el suyo. El mismo curioso accidente le ocurrió en las habitaciones del indio, un tipo silencioso, menudo y de nariz ganchuda, que nos miraba de reojo y obviamente se alegró cuando los estudios arquitectónicos de Holmes llegaron a su fin. No pude ver que en ninguno de los dos casos Holmes hubiera dado con la pista que estaba buscando. Solo en la tercera nuestra visita resultó infructuosa. La puerta exterior no se abrió a nuestra llamada, y nada más sustancial que un torrente de malas palabras salió de detrás de ella. —¡No me importa quiénes sean! ¡Pueden irse al infierno! —rugió la voz enfadada—. Mañana es el examen y no dejaré que nadie me distraiga.

—Un tipo grosero —dijo nuestro guía, ruborizándose de ira mientras bajábamos la escalera—. Por supuesto, no se dio cuenta de que era yo quien llamaba, pero no obstante su conducta fue muy descortés y, de hecho, dadas las circunstancias, bastante sospechosa.

La respuesta de Holmes fue curiosa.

—¿Puede decirme su altura exacta? —preguntó.

—Realmente, señor Holmes, no puedo aventurarme a decirlo. Es más alto que el indio, no tan alto como Gilchrist. Supongo que un metro sesenta y ocho centímetros sería lo correcto.

—Eso es muy importante —dijo Holmes—. Y ahora, señor Soames, le deseo buenas noches.

Nuestro guía gritó en su asombro y consternación. —¡Dios mío, señor Holmes, seguramente no va a dejarme de esta forma tan brusca! No parece darse cuenta de la situación. Mañana es el examen. Debo tomar alguna medida definitiva esta noche. No puedo permitir que el examen se celebre si uno de los documentos ha sido manipulado. Hay que enfrentar la situación.

—Debe dejarlo como está. Pasaré temprano mañana por la mañana y charlaremos sobre el asunto. Es posible que entonces esté en condiciones de indicar algún curso de acción. Mientras tanto, no cambie nada; nada en absoluto.

—Muy bien, señor Holmes.

—Puede estar perfectamente tranquilo. Ciertamente encontraremos alguna salida a sus dificultades. Me llevaré la arcilla negra conmigo, también los recortes de lápiz. Adiós.

Cuando estábamos en la oscuridad del patio, volvimos a mirar hacia las ventanas. El indio todavía caminaba por su habitación. Los otros eran invisibles.

—Bueno, Watson, ¿qué piensa de esto? —preguntó Holmes, mientras salíamos a la calle principal—. Todo un pequeño juego de salón; una especie de truco de cartas, ¿no es así? Ahí están sus tres hombres. Debe ser uno de ellos. Usted elige. ¿Cuál es el suyo?

—El tipo malhablado de arriba. Es el que tiene el peor historial. Y, sin embargo, ese indio también era un tipo astuto. ¿Por qué debería estar caminando por su habitación todo el tiempo?

—No hay nada en eso. Muchos hombres lo hacen cuando intentan aprender algo de memoria.

—Nos miró de una manera extraña.

—Usted también lo haría si un grupo de extraños entrara cuando se está preparando para un examen al día siguiente, y cada momento fuera valioso. No, no veo nada en eso. Los lápices, también, y los cuchillos; todo fue satisfactorio. Pero ese tipo SÍ me desconcierta.

—¿Quién?

—Pues, Bannister, el criado. ¿Cuál es su papel en el asunto?

—Me impresionó como un hombre perfectamente honesto.

—A mí también. Esa es la parte desconcertante. ¿Por qué un hombre perfectamente honesto...? Bueno, bueno, aquí hay una gran papelería. Empezaremos nuestras investigaciones aquí.

Solo había cuatro papelerías de alguna importancia en la ciudad, y en cada una Holmes presentó sus fragmentos de lápiz y ofreció un buen precio por un duplicado. Todos estuvieron de acuerdo en que se podía pedir uno, pero que no era un tamaño habitual de lápiz y que rara vez se tenía en existencia. Mi amigo no pareció deprimido por su fracaso, sino que se encogió de hombros con una resignación medio humorística.

—No sirve de nada, mi querido Watson. Esta, la mejor y única pista definitiva, no ha llevado a nada. Pero, de hecho, tengo pocas dudas de que podemos construir un caso suficiente sin ella. ¡Por Júpiter! mi querido amigo, son casi las nueve, y la patrona parloteaba sobre guisantes verdes a las siete y media. Con su eterno tabaco, Watson, y su irregularidad en las comidas, espero que le den aviso de desahucio y que yo comparta su caída; no, sin embargo, antes de haber resuelto el problema del tutor nervioso, el criado descuidado y los tres estudiantes emprendedores.

Holmes no hizo más alusiones al asunto ese día, aunque se sentó perdido en sus pensamientos durante mucho tiempo después de nuestra tardía cena. A las ocho de la mañana entró en mi habitación justo cuando terminaba de arreglarme.

—Bueno, Watson —dijo—, es hora de que bajemos a St. Luke's. ¿Puede prescindir del desayuno?

—Ciertamente.

—Soames estará en un estado de nervios terrible hasta que podamos decirle algo positivo.

—¿Tiene algo positivo que decirle?

—Creo que sí.

—¿Ha llegado a una conclusión?

—Sí, mi querido Watson; he resuelto el misterio.

—¿Pero qué nueva evidencia podría haber conseguido?

—¡Ajá! No es por nada que me he levantado de la cama a la intempestiva hora de las seis. He hecho dos horas de duro trabajo y recorrido al menos ocho kilómetros, con algo que mostrar por ello. ¡Mire eso!

Extendió la mano. En la palma había tres pequeñas pirámides de arcilla negra y pastosa.

—¡Vaya, Holmes, solo tenía dos ayer!

—Y una más esta mañana. Es un argumento justo que de dondequiera que vino la número tres es también la fuente de las números uno y dos. ¿Eh, Watson? Bueno, vamos y saquemos al amigo Soames de su dolor.

El desafortunado tutor estaba ciertamente en un estado de lamentable agitación cuando lo encontramos en sus habitaciones. En pocas horas comenzaría el examen, y todavía estaba en el dilema entre hacer públicos los hechos y permitir que el culpable compitiera por la valiosa beca. Apenas podía quedarse quieto, tan grande era su agitación mental, y corrió hacia Holmes con dos manos ansiosas extendidas.

—¡Gracias al Cielo que ha venido! Temía que se hubiera rendido en la desesperación. ¿Qué debo hacer? ¿Debe proceder el examen?

—Sí; que proceda por todos los medios.

—¿Pero este sinvergüenza...?

—No competirá.

—¿Lo conoce?

—Creo que sí. Si este asunto no se va a hacer público, debemos otorgarnos ciertos poderes y constituirnos en un pequeño consejo de guerra privado. ¡Usted ahí, por favor, Soames! ¡Watson, usted aquí! Yo tomaré el sillón en el medio. Creo que ahora somos lo suficientemente imponentes como para infundir terror en un pecho culpable. ¡Por favor, toque la campana!

Bannister entró y retrocedió con evidente sorpresa y miedo ante nuestra apariencia judicial.

—Tendrá la amabilidad de cerrar la puerta —dijo Holmes—. Ahora, Bannister, ¿por favor nos dirá la verdad sobre el incidente de ayer?

El hombre se puso blanco hasta la raíz del pelo.

—Le he dicho todo, señor.

—¿Nada que añadir?

—Nada en absoluto, señor.

—Bueno, entonces, debo hacerle algunas sugerencias. Cuando se sentó en esa silla ayer, ¿lo hizo para ocultar algún objeto que hubiera mostrado quién había estado en la habitación?

El rostro de Bannister era cadavérico.

—No, señor; ciertamente no.

—Es solo una sugerencia —dijo Holmes, con suavidad—. Admito francamente que soy incapaz de probarlo. Pero parece bastante probable, ya que en el momento en que el señor Soames dio la espalda, usted liberó al hombre que se escondía en ese dormitorio.

Bannister se lamió los labios secos.

—No había ningún hombre, señor.

—Ah, eso es una lástima, Bannister. Hasta ahora puede haber dicho la verdad, pero ahora sé que ha mentido.

El rostro del hombre se tensó en un desafío hosco.

—No había ningún hombre, señor.

—¡Vamos, vamos, Bannister!

—No, señor; no había nadie.

—En ese caso, no puede darnos más información. ¿Tendría la amabilidad de permanecer en la habitación? Quédese allí, cerca de la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, voy a pedirle que tenga la gran amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y pedirle que baje a la suya.

Un instante después, el tutor regresó, trayendo consigo al estudiante. Era un hombre de buena figura, alto, esbelto y ágil, con un paso elástico y un rostro agradable y abierto. Sus preocupados ojos azules nos miraron a cada uno de nosotros y finalmente se posaron con una expresión de consternación absoluta sobre Bannister, en el rincón más alejado.

—Solo cierre la puerta —dijo Holmes—. Ahora, señor Gilchrist, estamos todos completamente solos aquí, y nadie tiene por qué saber nunca una palabra de lo que pase entre nosotros. Podemos ser perfectamente francos el uno con el otro. Queremos saber, señor Gilchrist, ¿cómo usted, un hombre honorable, llegó a cometer tal acción como la de ayer?

El desafortunado joven se tambaleó hacia atrás y lanzó una mirada llena de horror y reproche a Bannister.

—¡No, no, señor Gilchrist, señor; nunca dije una palabra, nunca una palabra! —gritó el criado.

—No, pero lo ha hecho ahora —dijo Holmes—. Ahora, señor, debe ver que después de las palabras de Bannister, su posición es desesperada y que su única oportunidad reside en una confesión franca.

Por un momento, Gilchrist, con la mano levantada, trató de controlar sus rasgos convulsionados. Al momento siguiente, se había arrojado de rodillas junto a la mesa y, enterrando el rostro en las manos, había estallado en una tormenta de sollozos apasionados.

—Vamos, vamos —dijo Holmes, amablemente—; es humano errar, y al menos nadie puede acusarlo de ser un criminal insensible. Quizás sería más fácil para usted si yo le contara al señor Soames lo que ocurrió, y usted puede corregirme donde me equivoque. ¿Lo hago? Bueno, bueno, no se moleste en responder. Escuche y vea que no le cometo ninguna injusticia.

—Desde el momento, señor Soames, en que me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, podría haber sabido que los documentos estaban en su habitación, el caso comenzó a tomar una forma definida en mi mente. Al impresor, por supuesto, se le podía descartar. Podría examinar los documentos en su propia oficina. Del indio tampoco pensé nada. Si las pruebas estaban en un rollo, no podría saber qué eran. Por otro lado, parecía una coincidencia impensable que un hombre se atreviera a entrar en la habitación y que, por casualidad, ese mismo día los documentos estuvieran sobre la mesa. Descarté eso. El hombre que entró sabía que los documentos estaban allí. ¿Cómo lo supo?

—Cuando me acerqué a su habitación, examiné la ventana. Me divirtió al suponer que yo contemplaba la posibilidad de que alguien, a plena luz del día, bajo la mirada de todas esas habitaciones de enfrente, se hubiera colado por ella. Tal idea era absurda. Estaba midiendo cuán alto tendría que ser un hombre para ver, al pasar, qué documentos había sobre la mesa central. Mido un metro ochenta y tres centímetros y podría hacerlo con un esfuerzo. Nadie menos que eso tendría una oportunidad. Ya ve que tenía razones para pensar que si uno de sus tres estudiantes era un hombre de altura inusual, era el más digno de vigilar de los tres.

—Entré y le hice partícipe de mis sugerencias sobre la mesa lateral. De la mesa central no pude sacar nada, hasta que en su descripción de Gilchrist mencionó que era saltador de longitud. Entonces todo me vino en un instante, y solo necesitaba ciertas pruebas corroborativas, que obtuve rápidamente.

«Lo que ocurrió fue esto. Este joven había pasado la tarde en el campo de deportes, donde había estado practicando el salto. Regresó llevando sus zapatillas de salto, que están provistas, como bien sabe, de varios clavos afilados. Al pasar junto a su ventana vio, gracias a su gran estatura, estas pruebas sobre su mesa y conjeturó lo que eran. No habría ocurrido nada de haber sido porque, al pasar ante su puerta, percibió la llave que había quedado olvidada por descuido de su criado. Un impulso repentino le invadió: entrar y ver si eran realmente las pruebas. No era una hazaña peligrosa, pues siempre podría fingir que simplemente se había asomado para hacer una pregunta.

»Bien, cuando vio que eran efectivamente las pruebas, fue entonces cuando cedió a la tentación. Puso sus zapatillas sobre la mesa. ¿Qué fue lo que usted puso en esa silla junto a la ventana?».

«Guantes», dijo el joven.

Holmes miró triunfante a Bannister. «Puso sus guantes en la silla y tomó las pruebas, hoja por hoja, para copiarlas. Pensó que el tutor debía regresar por la puerta principal y que lo vería. Como sabemos, regresó por la puerta lateral. De repente, le oyó en la misma puerta. No había escapatoria posible. Olvidó sus guantes, pero cogió sus zapatillas y entró precipitadamente en el dormitorio. Observará que el arañazo en esa mesa es leve en un lado, pero se profundiza en dirección a la puerta del dormitorio. Eso por sí solo basta para demostrarnos que la zapatilla fue arrastrada en esa dirección y que el culpable se había refugiado allí. La tierra que rodeaba el clavo había quedado sobre la mesa, y una segunda muestra se soltó y cayó en el dormitorio. Debo añadir que esta mañana fui al campo de deportes, vi que en el foso de salto se utiliza esa arcilla negra tenaz, y me llevé una muestra, junto con algo del fino bronceado o serrín que se esparce sobre él para evitar que el atleta resbale. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?».

El estudiante se había puesto en pie.

«Sí, señor, es cierto», dijo.

«¡Cielo santo! ¿No tiene nada que añadir?», gritó Soames.

«Sí, señor, tengo, pero la conmoción de esta vergonzosa exposición me ha dejado aturdido. Tengo aquí una carta, señor Soames, que le escribí a primera hora de esta mañana, en medio de una noche inquieta. Fue antes de saber que mi pecado me había descubierto. Aquí está, señor. Verá que he dicho: "He decidido no presentarme al examen. Me han ofrecido una plaza en la Policía de Rodesia y voy a partir a Sudáfrica de inmediato"».

«Me complace enormemente saber que no tenía intención de sacar provecho de su ventaja injusta», dijo Soames. «¿Pero por qué cambió de propósito?».

Gilchrist señaló a Bannister.

«Ahí está el hombre que me puso en el camino correcto», dijo.

«Vamos, Bannister», dijo Holmes. «Le resultará evidente por lo que he dicho que solo usted pudo haber dejado salir a este joven, ya que usted se quedó en la habitación y debió cerrar la puerta al salir. En cuanto a que escapara por esa ventana, era increíble. ¿No puede aclarar el último punto de este misterio y decirnos las razones de su acción?».

«Fue bastante sencillo, señor, si usted lo hubiera sabido; pero con toda su inteligencia era imposible que pudiera saberlo. Hubo un tiempo, señor, en que yo era mayordomo del viejo Sir Jabez Gilchrist, el padre de este joven caballero. Cuando él se arruinó, vine a la universidad como criado, pero nunca olvidé a mi antiguo empleador porque estaba en la miseria. Vigilé a su hijo todo lo que pude por el bien de los viejos tiempos. Bien, señor, cuando entré en esta habitación ayer al darse la alarma, lo primero que vi fueron los guantes de cuero de ciervo del señor Gilchrist tirados en esa silla. Conocía bien esos guantes y entendí su mensaje. Si el señor Soames los veía, todo habría acabado. Me dejé caer en esa silla y nada me movió hasta que el señor Soames fue a buscarle. Entonces salió mi pobre joven amo, a quien había acunado en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No era natural, señor, que le salvara, y no era natural también que intentara hablarle como lo habría hecho su difunto padre, y hacerle entender que no podía beneficiarse de tal acción? ¿Puede culparme, señor?».

«No, en efecto», dijo Holmes, de corazón, poniéndose en pie de un salto. «Bien, Soames, creo que hemos aclarado su pequeño problema y nuestro desayuno nos espera en casa. ¡Vamos, Watson! En cuanto a usted, señor, confío en que le espere un futuro brillante en Rodesia. Por una vez ha caído bajo. Veamos en el futuro cuán alto puede llegar».

*****

THE STRAND MAGAZINE Vol. 28 JULIO, 1904 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES Por ARTHUR CONAN DOYLE

X.—La aventura del quevedos de oro.

CUANDO observo los tres volúmenes manuscritos masivos que contienen nuestro trabajo del año 1894, confieso que me resulta muy difícil, entre tal riqueza de material, seleccionar los casos que son más interesantes en sí mismos y, al mismo tiempo, más propicios para mostrar esos poderes peculiares por los que mi amigo era famoso. Mientras paso las páginas, veo mis notas sobre la repulsiva historia de la sanguijuela roja y la terrible muerte de Crosby, el banquero. Aquí también encuentro un relato de la tragedia de Addleton y el singular contenido del antiguo túmulo británico. El famoso caso de sucesión Smith-Mortimer también entra en este período, y lo mismo ocurre con el seguimiento y arresto de Huret, el asesino del bulevar; una hazaña que le valió a Holmes una carta autógrafa de agradecimiento del Presidente francés y la Orden de la Legión de Honor. Cada uno de ellos proporcionaría una narración, pero, en conjunto, soy de la opinión de que ninguno de ellos reúne tantos puntos singulares de interés como el episodio de Yoxley Old Place, que incluye no solo la lamentable muerte del joven Willoughby Smith, sino también aquellos acontecimientos posteriores que arrojaron una luz tan curiosa sobre las causas del crimen.

Era una noche salvaje y tempestuosa hacia finales de noviembre. Holmes y yo permanecimos sentados en silencio toda la velada, él ocupado con una potente lente descifrando los restos de la inscripción original sobre un palimpsesto, yo inmerso en un reciente tratado de cirugía. Fuera, el viento aullaba a lo largo de Baker Street, mientras la lluvia golpeaba con furia contra las ventanas. Era extraño, allí en lo más profundo de la ciudad, con diez millas de obra humana a cada lado de nosotros, sentir el agarre de hierro de la Naturaleza y ser conscientes de que para las enormes fuerzas elementales todo Londres no era más que los montículos de tierra que salpican los campos. Caminé hacia la ventana y miré a la calle desierta. Las lámparas ocasionales brillaban sobre la extensión del camino embarrado y el pavimento reluciente. Un único coche de punto se abría paso chapoteando desde el extremo de Oxford Street.

«Bueno, Watson, es bueno que no tengamos que salir esta noche», dijo Holmes, dejando a un lado su lente y enrollando el palimpsesto. «He hecho suficiente por una sesión. Es un trabajo agotador para los ojos. Por lo que alcanzo a ver, no es nada más emocionante que unas cuentas de una abadía que datan de la segunda mitad del siglo XV. ¡Hola! ¡hola! ¡hola! ¿Qué es esto?».

En medio del zumbido del viento se había escuchado el pisoteo de los cascos de un caballo y el largo chirrido de una rueda al rozar el bordillo. El coche de punto que yo había visto se había detenido ante nuestra puerta.

«¿Qué puede querer?», exclamé, mientras un hombre bajaba de él.

«¡Querer! Nos quiere a nosotros. Y nosotros, mi pobre Watson, necesitamos abrigos, corbatas y chanclos, y toda ayuda que el hombre haya inventado jamás para luchar contra el tiempo. ¡Espera un poco, sin embargo! ¡Ahí vuelve a salir el coche! Todavía hay esperanza. Lo habría retenido si hubiera querido que fuéramos. Baja, querido amigo, y abre la puerta, pues toda la gente virtuosa lleva mucho tiempo en la cama».

Cuando la luz de la lámpara del vestíbulo cayó sobre nuestro visitante de medianoche, no tuve dificultad en reconocerle. Era el joven Stanley Hopkins, un detective prometedor en cuya carrera Holmes había mostrado varias veces un interés muy práctico.

«¿Está dentro?», preguntó con ansiedad.

«Suba, mi querido señor», dijo la voz de Holmes desde arriba. «Espero que no tenga planes sobre nosotros en una noche como esta».

El detective subió las escaleras y nuestra lámpara brilló sobre su impermeable reluciente. Le ayudé a quitárselo mientras Holmes hacía estallar una llama de los troncos en la chimenea.

«Ahora, mi querido Hopkins, acérquese y caliéntese los pies», dijo. «Aquí tiene un cigarro, y el doctor tiene una receta que contiene agua caliente y un limón, que es buena medicina en una noche como esta. Debe ser algo importante lo que le ha hecho salir en medio de tal vendaval».

«Lo es, ciertamente, señor Holmes. He tenido una tarde ajetreada, se lo aseguro. ¿Vio algo del caso de Yoxley en las últimas ediciones?».

«No he visto nada posterior al siglo XV el día de hoy».

«Bueno, solo fue un párrafo, y además todo equivocado, así que no se ha perdido nada. No he dejado que crezca la hierba bajo mis pies. Está en Kent, a siete millas de Chatham y a tres de la línea de ferrocarril. Me enviaron un telegrama a las tres y cuarto, llegué a Yoxley Old Place a las cinco, realicé mi investigación, estuve de vuelta en Charing Cross en el último tren y directo a usted en coche».

«Lo que significa, supongo, ¿que no tiene nada claro sobre su caso?».

«Significa que no puedo encontrarle ni pies ni cabeza. Por lo que veo, es un asunto tan embrollado como cualquier otro que haya manejado y, sin embargo, al principio parecía tan sencillo que uno no podía equivocarse. No hay motivo, señor Holmes. Eso es lo que me molesta: no puedo dar con un motivo. Aquí hay un hombre muerto —no hay forma de negar eso—, pero, por lo que veo, ninguna razón en la tierra por la cual alguien debería desearle daño».

Holmes encendió su cigarro y se reclinó en su silla.

«Oigamos acerca de ello», dijo.

«Tengo mis hechos bastante claros», dijo Stanley Hopkins. «Todo lo que quiero ahora es saber qué significan todos ellos. La historia, hasta donde logro entenderla, es así. Hace algunos años, esta casa de campo, Yoxley Old Place, fue alquilada por un hombre de edad avanzada, que dio el nombre de Profesor Coram. Era un inválido, que guardaba cama la mitad del tiempo y la otra mitad caminaba cojeando por la casa con un bastón o siendo empujado por los terrenos por el jardinero en una silla de ruedas. Era bien apreciado por los pocos vecinos que le visitaban, y tiene reputación allí de ser un hombre muy erudito. Su casa solía consistir en una ama de llaves anciana, la señora Marker, y una criada, Susan Tarlton. Ambas han estado con él desde su llegada y parecen ser mujeres de excelente carácter. El profesor está escribiendo un libro erudito y le resultó necesario, hace aproximadamente un año, contratar a un secretario. Los dos primeros que probó no fueron éxitos; pero el tercero, el señor Willoughby Smith, un joven recién salido de la Universidad, parece haber sido exactamente lo que su empleador quería. Su trabajo consistía en escribir toda la mañana al dictado del profesor, y solía pasar la tarde buscando referencias y pasajes que tuvieran relación con el trabajo del día siguiente. Este Willoughby Smith no tiene nada en su contra, ni como muchacho en Uppingham ni como joven en Cambridge. He visto sus referencias y, desde el principio, fue un tipo decente, tranquilo y trabajador, sin ningún punto débil en absoluto. Y, sin embargo, este es el muchacho que ha encontrado la muerte esta mañana en el estudio del profesor bajo circunstancias que solo pueden apuntar a un asesinato».

El viento aullaba y gritaba en las ventanas. Holmes y yo nos acercamos más al fuego mientras el joven inspector desarrollaba lenta y metódicamente su singular narración.

«Si usted registrara toda Inglaterra», dijo, «no creo que pudiera encontrar una casa más autosuficiente o libre de influencias externas. Pasarían semanas enteras sin que uno de ellos pasara de la puerta del jardín. El profesor estaba sumergido en su trabajo y no existía para ninguna otra cosa. El joven Smith no conocía a nadie en el vecindario y vivía en gran medida como su empleador. Las dos mujeres no tenían nada que las llevara fuera de la casa. Mortimer, el jardinero, que empuja la silla de ruedas, es un pensionista del ejército, un viejo veterano de Crimea de excelente carácter. No vive en la casa, sino en una cabaña de tres habitaciones al otro extremo del jardín. Esas son las únicas personas que encontraría dentro de los terrenos de Yoxley Old Place. Al mismo tiempo, la puerta del jardín está a cien yardas de la carretera principal de Londres a Chatham. Se abre con un pestillo y no hay nada que impida a nadie entrar».

«Ahora le daré el testimonio de Susan Tarlton, que es la única persona que puede decir algo positivo sobre el asunto. Fue por la mañana, entre las once y las doce. Estaba en ese momento ocupada colgando unas cortinas en el dormitorio delantero de arriba. El profesor Coram seguía en cama, pues cuando el tiempo es malo rara vez se levanta antes del mediodía. El ama de llaves estaba ocupada con algún trabajo en la parte trasera de la casa. Willoughby Smith había estado en su dormitorio, que utiliza como sala de estar; pero la criada le oyó en ese momento pasar por el pasillo y bajar al estudio directamente debajo de ella. No le vio, pero dice que no podía estar equivocada en su paso rápido y firme. No oyó cerrarse la puerta del estudio, pero un minuto después hubo un grito terrible en la habitación de abajo. Fue un alarido salvaje y ronco, tan extraño y antinatural que podría haber venido tanto de un hombre como de una mujer. Al mismo tiempo, hubo un golpe sordo y pesado que sacudió la vieja casa, y luego todo quedó en silencio. La criada se quedó petrificada por un momento y luego, recuperando el valor, bajó las escaleras corriendo. La puerta del estudio estaba cerrada y ella la abrió. Dentro, el joven señor Willoughby Smith estaba tendido en el suelo. Al principio no pudo ver ninguna herida, pero al intentar levantarle vio que la sangre brotaba de la parte inferior de su cuello. Estaba atravesado por una herida muy pequeña pero muy profunda, que había seccionado la arteria carótida. El instrumento con el que se había infligido la lesión yacía sobre la alfombra a su lado. Era uno de esos pequeños cuchillos para lacre que se encuentran en los escritorios a la antigua, con un mango de marfil y una hoja rígida. Era parte del equipamiento del propio escritorio del profesor».

«Al principio, la criada pensó que el joven Smith ya estaba muerto, pero al verter un poco de agua de la garrafa sobre su frente, abrió los ojos por un instante. "El profesor", murmuró, "fue ella". La criada está dispuesta a jurar que esas fueron las palabras exactas. Intentó desesperadamente decir algo más y levantó su mano derecha en el aire. Luego cayó muerto».

«Mientras tanto, el ama de llaves también había llegado a la escena, pero fue demasiado tarde para escuchar las últimas palabras del joven. Dejando a Susan con el cuerpo, se apresuró al cuarto del profesor. Él estaba sentado en la cama, horriblemente agitado, pues había oído lo suficiente para convencerle de que algo terrible había ocurrido. La señora Marker está dispuesta a jurar que el profesor seguía en ropa de dormir y, de hecho, era imposible que se vistiera sin la ayuda de Mortimer, cuyas órdenes eran venir a las doce en punto. El profesor declara que oyó el grito lejano, pero que no sabe nada más. No puede dar ninguna explicación de las últimas palabras del joven, "El profesor... fue ella", sino que imagina que fueron producto del delirio. Cree que Willoughby Smith no tenía un enemigo en el mundo y no puede dar ninguna razón para el crimen. Su primera acción fue enviar a Mortimer, el jardinero, a buscar a la policía local. Poco después, el jefe de policía me envió a llamar. Nada fue movido antes de que yo llegara allí, y se dieron órdenes estrictas de que nadie caminara por los senderos que conducen a la casa. Era una oportunidad espléndida para poner sus teorías en práctica, señor Sherlock Holmes. Realmente, no faltaba nada».

«Excepto el señor Sherlock Holmes», dijo mi compañero con una sonrisa algo amarga. «Bien, oigamos acerca de ello. ¿Qué clase de trabajo hizo usted con esto?».

«Debo pedirle primero, señor Holmes, que eche un vistazo a este plano aproximado, que le dará una idea general de la posición del estudio del profesor y los diversos puntos del caso. Le ayudará a seguir mi investigación».

Desplegó el gráfico aproximado, que reproduzco aquí, y lo colocó sobre las rodillas de Holmes. Me levanté y, situándome detrás de Holmes, lo estudié por encima de su hombro.

GRÁFICO

«Es muy aproximado, por supuesto, y solo trata los puntos que me parecen esenciales. Todo lo demás lo verá usted mismo más adelante. Ahora, primero que nada, presumiendo que el asesino entró en la casa, ¿cómo entró él o ella? Indudablemente por el sendero del jardín y la puerta trasera, desde la cual hay acceso directo al estudio. Cualquier otro camino habría sido sumamente complicado. El escape también debe haberse hecho por esa línea, pues de las otras dos salidas de la habitación, una estaba bloqueada por Susan mientras corría escaleras abajo y la otra conduce directamente al dormitorio del profesor. Por lo tanto, dirigí mi atención de inmediato al sendero del jardín, que estaba saturado por la lluvia reciente y que ciertamente mostraría cualquier huella».

«Mi examen me mostró que estaba tratando con un criminal cauteloso y experto. No se encontraron huellas en el sendero. Sin embargo, no podía haber duda de que alguien había pasado por el borde de hierba que bordea el sendero, y que lo había hecho para evitar dejar un rastro. No pude encontrar nada que pareciera una impresión distinta, pero la hierba estaba pisoteada y alguien sin duda había pasado. Solo podía haber sido el asesino, ya que ni el jardinero ni nadie más había estado allí esa mañana y la lluvia solo había comenzado durante la noche».

«Un momento», dijo Holmes. «¿A dónde conduce este sendero?».

«A la carretera».

«¿Cuánto mide?».

«Cien yardas o algo así».

«En el punto donde el sendero pasa por la puerta, ¿podría usted seguramente recoger las huellas?».

«Desafortunadamente, el sendero estaba embaldosado en ese punto».

«Bueno, ¿y en la carretera misma?».

«No; estaba todo pisoteado hasta convertirse en barro».

«¡Tut-tut! Bueno, entonces, estas huellas en la hierba, ¿iban o venían?».

«Era imposible saberlo. Nunca hubo ningún contorno».

«¿Un pie grande o uno pequeño?».

«No se podía distinguir».

Holmes profirió una exclamación de impaciencia.

«Ha estado cayendo lluvia y soplando un huracán desde entonces», dijo. «Será más difícil de leer ahora que ese palimpsesto. Bien, bien, no tiene remedio. ¿Qué hizo usted, Hopkins, después de haberse asegurado de que no se había asegurado de nada?».

«Creo que me aseguré de muchas cosas, Sr. Holmes. Sabía que alguien había entrado en la casa cautelosamente desde el exterior. A continuación, examiné el pasillo. Está cubierto con una estera de fibra de coco y no había tomado ninguna impresión de ningún tipo. Esto me llevó al estudio mismo. Es una habitación escasamente amueblada. El mueble principal es un gran escritorio con una cómoda fija. Esta cómoda consiste en una columna doble de cajones con un pequeño armario central entre ellos. Los cajones estaban abiertos, el armario cerrado con llave. Los cajones, al parecer, siempre estaban abiertos, y no se guardaba nada de valor en ellos. Había algunos papeles importantes en el armario, pero no había señales de que hubiera sido forzado, y el Profesor me asegura que no faltaba nada. Es seguro que no se ha cometido ningún robo.

Vengo ahora al cuerpo del joven. Fue encontrado cerca de la cómoda, y justo a la izquierda de la misma, como está marcado en ese plano. La puñalada fue en el lado derecho del cuello y desde atrás hacia adelante, por lo que es casi imposible que haya sido autoinfligida».

«A menos que cayera sobre el cuchillo», dijo Holmes.

«Exacto. La idea cruzó por mi mente. Pero encontramos el cuchillo a unos metros del cuerpo, así que eso parece imposible. Luego, por supuesto, están las propias palabras del hombre agonizante. Y, finalmente, estaba esta pieza de evidencia tan importante que fue encontrada aferrada en la mano derecha del hombre muerto».

De su bolsillo, Stanley Hopkins sacó un pequeño paquete de papel. Lo desplegó y reveló un par de quevedos de oro, con dos extremos rotos de cordón de seda negro colgando de ellos. «Willoughby Smith tenía una vista excelente», añadió. «No puede haber duda de que esto fue arrancado de la cara o de la persona del asesino».

Sherlock Holmes tomó las gafas en su mano y las examinó con la mayor atención e interés. Las sostuvo sobre su nariz, intentó leer a través de ellas, fue a la ventana y miró hacia la calle con ellas, las observó minuciosamente a plena luz de la lámpara y, finalmente, con una risita, se sentó a la mesa y escribió unas líneas en una hoja de papel, que lanzó hacia Stanley Hopkins.

«Eso es lo mejor que puedo hacer por usted», dijo. «Puede resultar de alguna utilidad».

El asombrado detective leyó la nota en voz alta. Decía lo siguiente:

«Se busca a una mujer de buenos modales, vestida como una dama. Tiene una nariz notablemente gruesa, con ojos que están situados muy cerca a ambos lados de la misma. Tiene la frente arrugada, una expresión inquisitiva y probablemente los hombros redondeados. Hay indicios de que ha recurrido a un óptico al menos dos veces durante los últimos meses. Como sus gafas son de una graduación extraordinaria y los ópticos no son muy numerosos, no debería haber dificultad en localizarla».

Holmes sonrió ante el asombro de Hopkins, el cual debió de haberse reflejado en mis facciones.

«Seguramente mis deducciones son de lo más simples», dijo. «Sería difícil nombrar artículos que ofrezcan un campo más propicio para la inferencia que un par de gafas, especialmente un par tan notable como este. Que pertenecen a una mujer lo infiero por su delicadeza, y también, por supuesto, por las últimas palabras del hombre moribundo. En cuanto a que sea una persona refinada y bien vestida, están, como usted percibe, elegantemente montadas en oro macizo, y es inconcebible que alguien que usara tales gafas pudiera ser descuidado en otros aspectos. Usted notará que los clips son demasiado anchos para su nariz, lo que demuestra que la nariz de la dama era muy ancha en la base. Este tipo de nariz suele ser corta y basta, pero hay un número suficiente de excepciones como para evitar que sea dogmático o que insista en este punto de mi descripción. Mi propia cara es estrecha y, sin embargo, encuentro que no puedo colocar mis ojos en el centro, o cerca del centro, de estas gafas. Por lo tanto, los ojos de la dama están situados muy cerca de los lados de la nariz. Percibirá, Watson, que las gafas son cóncavas y de una graduación inusual. Una dama cuya visión ha estado tan extremadamente contraída durante toda su vida está segura de tener las características físicas de tal visión, que se ven en la frente, los párpados y los hombros».

«Sí», dije, «puedo seguir cada uno de sus argumentos. Confieso, sin embargo, que soy incapaz de entender cómo llega a la conclusión de la doble visita al óptico».

Holmes tomó las gafas en su mano.

«Percibirá», dijo, «que los clips están forrados con pequeñas bandas de corcho para suavizar la presión sobre la nariz. Una de ellas está descolorida y algo desgastada, pero la otra es nueva. Evidentemente, una se cayó y fue reemplazada. Yo juzgaría que la más vieja no ha estado allí más que unos pocos meses. Corresponden exactamente, así que deduzco que la dama volvió al mismo establecimiento por la segunda».

«¡Por Dios, es maravilloso!», exclamó Hopkins, en un éxtasis de admiración. «¡Pensar que tenía toda esa evidencia en mi mano y nunca la conocí! Había pensado, sin embargo, hacer la ronda de los ópticos de Londres».

«Por supuesto que lo habría hecho. Mientras tanto, ¿tiene algo más que decirnos sobre el caso?»

«Nada, Sr. Holmes. Creo que ahora sabe tanto como yo... probablemente más. Hemos hecho averiguaciones sobre cualquier extraño visto en los caminos rurales o en la estación de tren. No hemos oído hablar de ninguno. Lo que me desconcierta es la absoluta falta de todo objetivo en el crimen. Nadie puede sugerir ni una sombra de motivo».

«¡Ah! Ahí no estoy en posición de ayudarle. ¿Pero supongo que quiere que vayamos mañana?»

«Si no es pedir demasiado, Sr. Holmes. Hay un tren de Charing Cross a Chatham a las seis de la mañana, y deberíamos estar en Yoxley Old Place entre las ocho y las nueve».

«Entonces lo tomaremos. Su caso tiene ciertamente algunos rasgos de gran interés, y estaré encantado de examinarlo. Bien, es casi la una, y será mejor que durmamos unas cuantas horas. Me atrevo a decir que podrá arreglárselas bien en el sofá frente al fuego. Encenderé mi lámpara de alcohol y le daré una taza de café antes de que partamos».

El vendaval se había apaciguado al día siguiente, pero era una mañana gélida cuando comenzamos nuestro viaje. Vimos el sol frío del invierno alzarse sobre las lúgubres marismas del Támesis y los largos y sombríos tramos del río, que siempre asociaré con nuestra persecución del isleño de Andamán en los primeros días de nuestra carrera. Después de un largo y fatigoso viaje, bajamos en una pequeña estación a unas millas de Chatham. Mientras enganchaban un caballo a un coche de alquiler en la posada local, tomamos un desayuno apresurado, y así estábamos listos para el trabajo cuando por fin llegamos a Yoxley Old Place. Un agente de policía nos recibió en la puerta del jardín.

«Bueno, Wilson, ¿alguna noticia?»

«No, señor, nada».

«¿Ningún informe de algún extraño visto?»

«No, señor. En la estación están seguros de que ningún extraño llegó ni se fue ayer».

«¿Ha hecho averiguaciones en las posadas y pensiones?»

«Sí, señor; no hay nadie de quien no podamos dar cuenta».

«Bueno, es solo un paseo razonable hasta Chatham. Cualquiera podría alojarse allí, o tomar un tren sin ser observado. Este es el camino del jardín del que hablé, Sr. Holmes. Le doy mi palabra de que ayer no había ninguna marca en él».

«¿A qué lado estaban las marcas en la hierba?»

«A este lado, señor. Este estrecho margen de hierba entre el camino y el parterre. No puedo ver las huellas ahora, pero estaban claras para mí entonces».

«Sí, sí; alguien ha pasado por aquí», dijo Holmes, inclinándose sobre el borde de hierba. «Nuestra dama debe haber elegido sus pasos con cuidado, ¿no es cierto?, ya que, por un lado, dejaría una huella en el camino y, por el otro, una aún más clara en el lecho blando».

«Sí, señor, debe haber tenido sangre fría».

Vi una mirada intensa pasar por el rostro de Holmes.

«¿Dice usted que debe haber regresado por este camino?»

«Sí, señor; no hay otro».

«¿En esta franja de hierba?»

«Ciertamente, Sr. Holmes».

«¡Hum! Fue una actuación muy notable... muy notable. Bien, creo que hemos agotado el camino. Vayamos más lejos. Esta puerta del jardín suele mantenerse abierta, supongo. Entonces esta visitante no tenía más que entrar. La idea del asesinato no estaba en su mente, o se habría provisto de algún tipo de arma, en lugar de tener que tomar este cuchillo de la mesa de escribir. Avanzó por este pasillo, sin dejar huellas en la estera de fibra de coco. Luego se encontró en este estudio. ¿Cuánto tiempo estuvo allí? No tenemos forma de juzgarlo».

«No más de unos minutos, señor. Olvidé decirle que la Sra. Marker, el ama de llaves, había estado allí ordenando no hace mucho tiempo... unos quince minutos, dice».

«Bien, eso nos da un límite. Nuestra dama entra en esta habitación y ¿qué hace? Se dirige a la mesa de escribir. ¿Para qué? No para nada de los cajones. Si hubiera habido algo que valiera la pena llevarse, seguramente habría estado bajo llave. No; era para algo en esa cómoda de madera. ¡Hola! ¿Qué es ese arañazo en la cara de la misma? Sostenga una cerilla, Watson. ¿Por qué no me habló de esto, Hopkins?»

La marca que estaba examinando comenzaba en el latón del lado derecho de la cerradura y se extendía unos diez centímetros, donde había arañado el barniz de la superficie.

«Lo noté, Sr. Holmes. Pero siempre encontrará arañazos alrededor de una cerradura».

«Este es reciente, bastante reciente. Vea cómo brilla el latón donde está cortado. Un arañazo viejo tendría el mismo color que la superficie. Mírelo a través de mi lente. Ahí está el barniz, también, como tierra a cada lado de un surco. ¿Está la Sra. Marker ahí?»

Una mujer anciana de rostro triste entró en la habitación.

«¿Limpió el polvo de esta cómoda ayer por la mañana?»

«Sí, señor».

«¿Notó este arañazo?»

«No, señor, no lo hice».

«Estoy seguro de que no, porque un trapero habría barrido estos restos de barniz. ¿Quién tiene la llave de esta cómoda?»

«El Profesor la guarda en la cadena de su reloj».

«¿Es una llave sencilla?»

«No, señor; es una llave Chubb».

«Muy bien. Sra. Marker, puede retirarse. Ahora estamos haciendo un pequeño progreso. Nuestra dama entra en la habitación, avanza hacia la cómoda y o la abre o intenta hacerlo. Mientras está así ocupada, el joven Willoughby Smith entra en la habitación. En su prisa por retirar la llave, hace este arañazo en la puerta. Él la agarra, y ella, tomando el objeto más cercano, que resulta ser este cuchillo, le apuñala para hacer que suelte su agarre. El golpe es fatal. Él cae y ella escapa, con o sin el objeto por el que ha venido. ¿Está Susan la criada ahí? ¿Alguien podría haber escapado por esa puerta después del momento en que usted oyó el grito, Susan?»

«No, señor; es imposible. Antes de que bajara la escalera habría visto a alguien en el pasaje. Además, la puerta nunca se abrió, porque lo habría oído».

«Eso resuelve esta salida. Entonces, sin duda, la dama salió por donde vino. Entiendo que este otro pasaje conduce solo a la habitación del Profesor. ¿No hay salida por ese lado?»

«No, señor».

«Bajaremos por él y conoceremos al Profesor. ¡Hola, Hopkins! esto es muy importante, muy importante de hecho. El pasillo del Profesor también está forrado con estera de fibra de coco».

«Bueno, señor, ¿qué hay con eso?»

«¿No ve ninguna relación con el caso? Bueno, bueno, no insisto en ello. Sin duda estoy equivocado. Y, sin embargo, me parece sugerente. Venga conmigo y presénteme».

Pasamos por el pasillo, que era de la misma longitud que el que conducía al jardín. Al final había un corto tramo de escaleras que terminaba en una puerta. Nuestro guía llamó y luego nos introdujo en el dormitorio del Profesor.

Era una cámara muy grande, forrada con innumerables volúmenes, que se habían desbordado de las estanterías y yacían en pilas en las esquinas, o estaban apilados por todas partes en la base de las estanterías. La cama estaba en el centro de la habitación, y en ella, apoyado con almohadas, estaba el dueño de la casa. Rara vez he visto una persona de aspecto más notable. Era un rostro demacrado y aguileño el que se volvió hacia nosotros, con penetrantes ojos oscuros, que acechaban en profundos huecos bajo cejas colgantes y pobladas. Su cabello y barba eran blancos, salvo que esta última estaba curiosamente manchada de amarillo alrededor de la boca. Un cigarrillo brillaba en medio de la maraña de pelo blanco, y el aire de la habitación era fétido por el humo de tabaco rancio. Mientras extendía su mano hacia Holmes, percibí que también estaba manchada de amarillo por la nicotina.

«¿Un fumador, Sr. Holmes?», dijo, hablando un inglés bien elegido con un curioso y pequeño acento refinado. «Por favor, tome un cigarrillo. ¿Y usted, señor? Puedo recomendarlos, pues los tengo especialmente preparados por Ionides de Alejandría. Me envía mil a la vez, y me entristece decir que tengo que organizar un nuevo suministro cada quince días. Malo, señor, muy malo, pero un anciano tiene pocos placeres. El tabaco y mi trabajo... eso es todo lo que me queda».

Holmes había encendido un cigarrillo y lanzaba pequeñas miradas rápidas por toda la habitación.

«El tabaco y mi trabajo, pero ahora solo el tabaco», exclamó el anciano. «¡Ay! ¡Qué interrupción tan fatal! ¿Quién podría haber previsto una catástrofe tan terrible? ¡Un joven tan estimable! Le aseguro que después de unos meses de entrenamiento era un asistente admirable. ¿Qué piensa del asunto, Sr. Holmes?»

«Todavía no me he formado una opinión».

«Le estaré muy agradecido si puede arrojar luz donde todo es tan oscuro para nosotros. Para un pobre ratón de biblioteca e inválido como yo, tal golpe es paralizante. Me parece haber perdido la facultad de pensar. Pero usted es un hombre de acción, usted es un hombre de mundo. Es parte de la rutina diaria de su vida. Puede mantener su equilibrio en cualquier emergencia. Somos afortunados de tenerle a nuestro lado».

Holmes caminaba de un lado a otro por un costado de la habitación mientras el viejo Profesor hablaba. Observé que fumaba con extraordinaria rapidez. Era evidente que compartía el gusto de nuestro anfitrión por los cigarrillos frescos de Alejandría.

«Sí, señor, es un golpe demoledor», dijo el anciano. «Ese es mi MAGNUM OPUS: la pila de papeles en la mesa auxiliar de allá. Es mi análisis de los documentos encontrados en los monasterios coptos de Siria y Egipto, un trabajo que cortará profundamente en los cimientos mismos de la religión revelada. Con mi salud debilitada, no sé si alguna vez podré completarlo ahora que mi asistente me ha sido arrebatado. Dios mío, Sr. Holmes; vaya, usted es un fumador aún más rápido que yo mismo».

Holmes sonrió.

«Soy un conocedor», dijo, tomando otro cigarrillo de la caja —el cuarto— y encendiéndolo con la colilla del que había terminado. «No le molestaré con ningún interrogatorio largo, Profesor Coram, ya que deduzco que usted estaba en la cama en el momento del crimen y no pudo saber nada al respecto. Solo le pediría esto. ¿Qué imagina que quiso decir este pobre hombre con sus últimas palabras: 'El Profesor... fue ella'?»

El Profesor negó con la cabeza.

«Susan es una chica de campo», dijo, «y usted conoce la increíble estupidez de esa clase. Me imagino que el pobre hombre murmuró algunas palabras incoherentes y delirantes, y que ella las retorció en este mensaje sin sentido».

«Ya veo. ¿Usted mismo no tiene ninguna explicación sobre la tragedia?»

«Posiblemente un accidente; posiblemente... solo lo susurro entre nosotros... un suicidio. Los jóvenes tienen sus problemas ocultos... algún asunto del corazón, tal vez, que nunca hemos conocido. Es una suposición más probable que el asesinato».

«¿Pero las gafas?»

«¡Ah! Solo soy un estudiante, un hombre de sueños. No puedo explicar las cosas prácticas de la vida. Pero aun así, somos conscientes, amigo mío, de que las prendas de amor pueden tomar formas extrañas. Por favor, tome otro cigarrillo. Es un placer ver a alguien apreciarlos tanto. Un abanico, un guante, unas gafas... ¿quién sabe qué artículo puede ser llevado como símbolo o atesorado cuando un hombre pone fin a su vida? Este caballero habla de huellas en la hierba; pero, al fin y al cabo, es fácil equivocarse en tal punto. En cuanto al cuchillo, bien podría haber sido arrojado lejos del desafortunado hombre mientras caía. Es posible que hable como un niño, pero para mí parece que Willoughby Smith encontró su destino por su propia mano».

Holmes parecía impresionado por la teoría así presentada, y continuó caminando de un lado a otro durante algún tiempo, perdido en sus pensamientos y consumiendo cigarrillo tras cigarrillo.

«Dígame, Profesor Coram», dijo, por fin, «¿qué hay en ese armario de la cómoda?»

«Nada que pudiera ayudar a un ladrón. Papeles familiares, cartas de mi pobre esposa, diplomas de Universidades que me han honrado. Aquí tiene la llave. Puede mirar usted mismo».

Holmes tomó la llave y la miró por un instante; luego se la devolvió.

«No; difícilmente creo que me ayudara», dijo. «Preferiría bajar tranquilamente a su jardín y darle vueltas a todo el asunto en mi cabeza. Hay algo que decir a favor de la teoría del suicidio que usted ha presentado. Debemos disculparnos por haberle importunado, Profesor Coram, y le prometo que no le molestaremos hasta después del almuerzo. A las dos vendremos de nuevo e informaremos de cualquier cosa que pueda haber sucedido en el intervalo».

Holmes estaba curiosamente distraído, y caminamos por el camino del jardín durante algún tiempo en silencio.

«¿Tiene alguna pista?», pregunté, por fin.

«Depende de esos cigarrillos que fumé», dijo. «Es posible que esté completamente equivocado. Los cigarrillos me lo mostrarán».

«Mi querido Holmes», exclamé, «¿cómo es posible...?»

«Bueno, bueno, puede verlo usted mismo. Si no, no se ha hecho daño. Por supuesto, siempre tenemos la pista del óptico a la que recurrir, pero tomo un atajo cuando puedo. ¡Ah, aquí está la buena Sra. Marker! Disfrutemos de cinco minutos de instructiva conversación con ella».

Quizás he mencionado antes que Holmes tenía, cuando quería, una forma peculiarmente complaciente con las mujeres, y que muy fácilmente establecía términos de confianza con ellas. En la mitad del tiempo que había nombrado, había captado la buena voluntad del ama de llaves, y estaba charlando con ella como si la conociera desde hacía años.

«Sí, Sr. Holmes, es como usted dice, señor. Fuma algo terrible. Todo el día y a veces toda la noche, señor. He visto esa habitación por la mañana... bueno, señor, habría pensado que era una niebla de Londres. El pobre joven Sr. Smith también era fumador, pero no tan malo como el Profesor. Su salud... bueno, no sé si es mejor ni peor por el tabaco».

«¡Ah!», dijo Holmes, «pero mata el apetito».

«Bueno, no sé sobre eso, señor».

«¿Supongo que el Profesor apenas come nada?»

«Bueno, es variable. Le diré eso por él».

«Apostaré a que no tomó desayuno esta mañana, y no se enfrentará a su almuerzo después de todos los cigarrillos que le vi consumir».

«Bueno, ahí se equivoca, señor, porque comió un desayuno notablemente abundante esta mañana. No sé cuándo le he conocido hacer uno mejor, y ha pedido un buen plato de chuletas para su almuerzo. Yo misma estoy sorprendida, porque desde que entré en esa habitación ayer y vi al joven Sr. Smith tendido allí en el suelo, no podía soportar mirar la comida. Bueno, se necesita de todo para hacer un mundo, y el Profesor no ha dejado que esto le quite el apetito».

Pasamos la mañana holgazaneando en el jardín. Stanley Hopkins había bajado al pueblo para investigar unos rumores sobre una mujer extraña que había sido vista por unos niños en Chatham Road la mañana anterior. En cuanto a mi amigo, toda su energía habitual parecía haberle abandonado. Nunca le había visto llevar un caso de una forma tan desganada. Incluso las noticias que trajo Hopkins de que había encontrado a los niños y que sin duda habían visto a una mujer que correspondía exactamente con la descripción de Holmes, y que llevaba gafas o lentes, no lograron despertar en él ninguna señal de interés profundo. Se mostró más atento cuando Susan, que nos servía el almuerzo, ofreció la información de que creía que el Sr. Smith había salido a caminar ayer por la mañana, y que solo había regresado media hora antes de que ocurriera la tragedia. Yo mismo no lograba ver la relación de este incidente, pero percibí claramente que Holmes lo estaba integrando en el esquema general que había formado en su cerebro. De repente, saltó de su silla y miró su reloj. «Las dos, caballeros», dijo. «Debemos subir y aclarar las cosas con nuestro amigo el Profesor».

El anciano acababa de terminar su almuerzo, y ciertamente su plato vacío daba fe del buen apetito que su ama de llaves le había atribuido. Era, en efecto, una figura extraña al volver hacia nosotros su melena blanca y sus ojos brillantes. El eterno cigarrillo humeaba en su boca. Se había vestido y estaba sentado en un sillón junto al fuego.

«Bueno, Sr. Holmes, ¿ya ha resuelto este misterio?». Empujó hacia mi compañero la gran lata de cigarrillos que estaba sobre una mesa a su lado. Holmes estiró la mano en el mismo momento, y entre ambos volcaron la caja sobre el borde. Durante un minuto o dos estuvimos todos de rodillas recuperando cigarrillos perdidos en lugares imposibles. Cuando nos levantamos de nuevo, observé que los ojos de Holmes brillaban y sus mejillas estaban teñidas de color. Solo en momentos críticos he visto ondear esas señales de batalla.

«Sí», dijo, «lo he resuelto».

Stanley Hopkins y yo nos quedamos mirando con asombro. Algo parecido a una mueca burlona se agitó en los rasgos demacrados del viejo Profesor.

«¿De veras? ¿En el jardín?».

«No, aquí».

«¿Aquí? ¿Cuándo?».

«En este instante».

«Sin duda está bromeando, Sr. Sherlock Holmes. Me obliga a decirle que este es un asunto demasiado serio para ser tratado de tal manera».

«He forjado y probado cada eslabón de mi cadena, Profesor Coram, y estoy seguro de que es sólida. Cuáles sean sus motivos o qué parte exacta desempeña usted en este extraño asunto no soy capaz de decir todavía. En unos minutos probablemente lo oiré de sus propios labios. Mientras tanto, reconstruiré lo pasado para su beneficio, de modo que pueda conocer la información que aún requiero.

Una dama entró ayer en su estudio. Llegó con la intención de hacerse con ciertos documentos que estaban en su escritorio. Tenía su propia llave. He tenido la oportunidad de examinar la suya, y no encuentro esa ligera decoloración que el rasguño hecho sobre el barniz habría producido. Usted no fue cómplice, por lo tanto, y ella vino, por lo que puedo leer en la evidencia, sin su conocimiento para robarle».

El Profesor exhaló una nube de sus labios. «Esto es sumamente interesante e instructivo», dijo. «¿No tiene nada más que añadir? Seguramente, habiendo rastreado a esta dama hasta aquí, también puede decir qué ha sido de ella».

«Me esforzaré por hacerlo. En primer lugar, fue interceptada por su secretario, y ella le apuñaló para escapar. Esta catástrofe me inclino a considerarla como un triste accidente, pues estoy convencido de que la dama no tenía intención de infligir una lesión tan grave. Un asesino no viene desarmado. Horrorizada por lo que había hecho, salió corriendo locamente de la escena de la tragedia. Desafortunadamente para ella, había perdido sus gafas en el forcejeo, y como era extremadamente miope, estaba realmente indefensa sin ellas. Corrió por un pasillo, que imaginó que era por el que había venido —ambos estaban cubiertos con alfombras de fibra de coco— y solo cuando fue demasiado tarde comprendió que había tomado el pasaje equivocado y que su retirada estaba cortada tras ella. ¿Qué iba a hacer? No podía volver atrás. No podía permanecer donde estaba. Debía seguir adelante. Siguió. Subió una escalera, empujó una puerta y se encontró en su habitación».

El anciano se sentó con la boca abierta mirando fijamente a Holmes. El asombro y el miedo estaban estampados en sus expresivos rasgos. Ahora, con un esfuerzo, se encogió de hombros y estalló en una risa poco sincera.

«Muy bien, Sr. Holmes», dijo. «Pero hay un pequeño fallo en su espléndida teoría. Yo mismo estaba en mi habitación, y nunca la abandoné durante el día».

«Soy consciente de eso, Profesor Coram».

«¿Y pretende decir que podría estar acostado en esa cama y no darme cuenta de que una mujer había entrado en mi habitación?».

«Nunca dije eso. Usted FUE consciente de ello. Habló con ella. La reconoció. La ayudó a escapar».

De nuevo el Profesor estalló en una risa aguda. Se había puesto de pie y sus ojos brillaban como brasas.

«¡Está loco!», gritó. «Está hablando de forma insensata. ¿Yo la ayudé a escapar? ¿Dónde está ella ahora?».

«Ella está allí», dijo Holmes, y señaló una alta estantería en la esquina de la habitación.

Vi al anciano levantar los brazos, una terrible convulsión pasó por su rostro adusto, y cayó hacia atrás en su silla. En el mismo instante, la estantería a la que Holmes señalaba giró sobre una bisagra, y una mujer salió precipitadamente a la habitación. «¡Tiene razón!», gritó con una extraña voz extranjera. «¡Tiene razón! Estoy aquí».

Estaba morena por el polvo y cubierta con las telarañas que provenían de las paredes de su escondite. Su rostro, también, estaba rayado de mugre, y en el mejor de los casos nunca podría haber sido hermosa, pues tenía las características físicas exactas que Holmes había adivinado, con, además, una barbilla larga y obstinada. Entre su ceguera natural y el cambio de la oscuridad a la luz, permaneció como aturdida, parpadeando a su alrededor para ver dónde estábamos y quiénes éramos. Y, sin embargo, a pesar de todas estas desventajas, había cierta nobleza en el porte de la mujer, una gallardía en la barbilla desafiante y en la cabeza levantada, que obligaba a cierto respeto y admiración. Stanley Hopkins había puesto su mano sobre su brazo y la reclamó como su prisionera, pero ella lo apartó suavemente, y aun así con una dignidad dominante que obligaba a la obediencia. El anciano yacía en su silla, con el rostro crispado, y la miraba con ojos sombríos.

«Sí, señor, soy su prisionera», dijo. «Desde donde estaba podía oírlo todo, y sé que ha descubierto la verdad. Lo confieso todo. Fui yo quien mató al joven. Pero tiene razón, usted que dice que fue un accidente. Ni siquiera sabía que era un cuchillo lo que sostenía en mi mano, pues en mi desesperación arrebaté cualquier cosa de la mesa y le golpeé para que me dejara ir. Es la verdad lo que digo».

«Señora», dijo Holmes, «estoy seguro de que es la verdad. Me temo que usted no está nada bien».

Se había vuelto de un color terrible, más espantoso bajo las oscuras rayas de polvo en su rostro. Se sentó en el borde de la cama; luego continuó.

«Solo tengo poco tiempo aquí», dijo, «pero querría que supieran toda la verdad. Soy la esposa de este hombre. Él no es inglés. Es ruso. Su nombre no lo diré».

Por primera vez, el anciano se movió. «¡Que Dios te bendiga, Anna!», gritó. «¡Que Dios te bendiga!».

Ella lanzó una mirada del más profundo desdén en su dirección. «¿Por qué te aferras con tanta fuerza a esa miserable vida tuya, Sergius?», dijo. «Ha hecho daño a muchos y bien a nadie, ni siquiera a ti mismo. Sin embargo, no me corresponde a mí causar que el hilo frágil se rompa antes del tiempo de Dios. Ya tengo suficiente sobre mi alma desde que crucé el umbral de esta casa maldita. Pero debo hablar o será demasiado tarde.

He dicho, caballeros, que soy la esposa de este hombre. Él tenía cincuenta años y yo una chica tonta de veinte cuando nos casamos. Fue en una ciudad de Rusia, una Universidad; no nombraré el lugar».

«¡Que Dios te bendiga, Anna!», murmuró el anciano de nuevo.

«Éramos reformistas, revolucionarios, nihilistas, entienden. Él y yo y muchos más. Luego llegó un tiempo de problemas, un oficial de policía fue asesinado, muchos fueron arrestados, se buscaban pruebas, y para salvar su propia vida y ganar una gran recompensa mi esposo traicionó a su propia esposa y a sus compañeros. Sí, todos fuimos arrestados por su confesión. Algunos de nosotros encontramos nuestro camino a la horca y otros a Siberia. Yo estaba entre estos últimos, pero mi condena no era de por vida. Mi esposo vino a Inglaterra con sus ganancias mal habidas, y ha vivido en paz desde entonces, sabiendo bien que si la Hermandad supiera dónde estaba, no pasaría una semana antes de que se hiciera justicia».

El anciano extendió una mano temblorosa y tomó un cigarrillo. «Estoy en tus manos, Anna», dijo. «Siempre fuiste buena conmigo».

«Aún no les he dicho la altura de su villanía», dijo ella. «Entre nuestros camaradas de la Orden había uno que era el amigo de mi corazón. Era noble, desinteresado, amoroso, todo lo que mi esposo no era. Odiaba la violencia. Todos éramos culpables, si es que eso es culpa, pero él no. Escribió siempre disuadiéndonos de tal camino. Estas cartas le habrían salvado. También mi diario, en el que día a día había anotado tanto mis sentimientos hacia él como la visión que cada uno de nosotros tenía. Mi esposo encontró y guardó tanto el diario como las cartas. Los escondió, e intentó con ahínco jurar en falso para acabar con la vida del joven. En esto falló, pero Alexis fue enviado como convicto a Siberia, donde ahora, en este momento, trabaja en una mina de sal. Piensa en eso, villano, villano; ahora, ahora, en este preciso momento, Alexis, un hombre cuyo nombre no eres digno de pronunciar, trabaja y vive como un esclavo, y aun así tengo tu vida en mis manos y te dejo ir».

«Siempre fuiste una mujer noble, Anna», dijo el anciano, fumando su cigarrillo.

Ella se había levantado, pero volvió a caer con un pequeño grito de dolor.

«Debo terminar», dijo. «Cuando terminó mi condena me propuse conseguir el diario y las cartas que, si se enviaban al Gobierno ruso, procurarían la liberación de mi amigo. Sabía que mi esposo había venido a Inglaterra. Tras meses de búsqueda descubrí dónde estaba. Sabía que aún tenía el diario, pues cuando estaba en Siberia tuve una carta suya una vez reprochándome y citando algunos pasajes de sus páginas. Sin embargo, estaba segura de que con su naturaleza vengativa nunca me lo daría por su propia voluntad. Debía conseguirlo yo misma. Con este objetivo contraté a un agente de una firma de detectives privados, que entró en la casa de mi esposo como secretario; fue su segundo secretario, Sergius, el que le dejó tan apresuradamente. Descubrió que los papeles se guardaban en el armario, y consiguió una impresión de la llave. No quiso ir más lejos. Me proporcionó un plano de la casa, y me dijo que por la mañana el estudio estaba siempre vacío, ya que el secretario estaba empleado aquí arriba. Así que al fin tomé valor y bajé a buscar los papeles yo misma. Lo logré, ¡pero a qué precio!

Acababa de tomar los papeles y estaba cerrando el armario cuando el joven me agarró. Ya le había visto esa mañana. Me había encontrado en el camino y le había pedido que me dijera dónde vivía el Profesor Coram, sin saber que estaba a su servicio».

«¡Exacto! ¡Exacto!», dijo Holmes. «El secretario volvió y le contó a su empleador acerca de la mujer que había conocido. Luego, en su último aliento, intentó enviar un mensaje de que era ella, la misma de la que acababa de hablar con él».

«Debe dejarme hablar», dijo la mujer con voz imperativa, y su rostro se contrajo como si sintiera dolor. «Cuando cayó, salí corriendo de la habitación, elegí la puerta equivocada y me encontré en la habitación de mi esposo. Habló de entregarme. Le mostré que si lo hacía, su vida estaba en mis manos. Si me entregaba a la ley, yo podía entregarlo a él a la Hermandad. No era que deseara vivir por mi propio bien, sino que deseaba cumplir mi propósito. Él sabía que haría lo que dije, que su propio destino estaba involucrado en el mío. Por esa razón y por ninguna otra me protegió. Me empujó a ese oscuro escondite, una reliquia de otros tiempos, conocido solo por él. Tomaba sus comidas en su propia habitación, y así pudo darme parte de su comida. Se acordó que cuando la policía abandonara la casa yo me escabulliría de noche y no volvería más. Pero de alguna manera ha leído nuestros planes». Arrancó del pecho de su vestido un pequeño paquete. «Estas son mis últimas palabras», dijo; «aquí está el paquete que salvará a Alexis. Se lo confío a su honor y a su amor por la justicia. ¡Tómelo! Lo entregará en la Embajada rusa. Ahora he cumplido con mi deber, y...».

«¡Deténganla!», gritó Holmes. Había cruzado la habitación de un salto y le había arrebatado un pequeño frasco de la mano.

«¡Demasiado tarde!», dijo ella, hundiéndose en la cama. «¡Demasiado tarde! Tomé el veneno antes de salir de mi escondite. ¡Mi cabeza da vueltas! ¡Me voy! Le encargo, señor, que recuerde el paquete».

«Un caso sencillo, y sin embargo, en algunos aspectos, instructivo», comentó Holmes mientras regresábamos a la ciudad. «Dependió desde el principio del quevedos. De no haber sido por la afortunada casualidad de que el hombre moribundo los hubiera agarrado, no estoy seguro de que hubiéramos podido llegar a nuestra solución. Me quedó claro por la graduación de las gafas que quien las usaba debía de estar muy ciega e indefensa al verse privada de ellas. Cuando me pidió que creyera que ella caminó por una estrecha franja de hierba sin dar un solo paso en falso, señalé, como recordará, que fue una actuación notable. En mi mente la descarté como una actuación imposible, salvo en el caso improbable de que tuviera un segundo par de gafas. Me vi obligado, por tanto, a considerar seriamente la hipótesis de que ella había permanecido dentro de la casa. Al notar la similitud de los dos pasillos, quedó claro que podría haber cometido tal error muy fácilmente, y en ese caso era evidente que debía haber entrado en la habitación del Profesor. Estuve, por tanto, muy atento a cualquier cosa que confirmara esta suposición, y examiné la habitación minuciosamente en busca de cualquier forma de escondite. La alfombra parecía continua y firmemente clavada, así que descarté la idea de una trampilla. Bien podría haber un hueco detrás de los libros. Como sabe, tales dispositivos son comunes en las bibliotecas antiguas. Observé que los libros estaban apilados en el suelo en todos los demás puntos, pero que una estantería estaba despejada. Esta, entonces, podría ser la puerta. No pude ver marcas que me guiaran, pero la alfombra era de un color pardo, que se presta muy bien al examen. Por lo tanto, fumé un gran número de esos excelentes cigarrillos, y dejé caer la ceniza por todo el espacio frente a la sospechosa estantería. Fue un truco sencillo, pero extremadamente efectivo. Luego bajé las escaleras y comprobé, en su presencia, Watson, sin que usted percibiera el trasfondo de mis comentarios, que el consumo de comida del Profesor Coram había aumentado, como cabría esperar cuando está suministrando a una segunda persona. Luego subimos de nuevo a la habitación, cuando, al volcar la caja de cigarrillos, obtuve una vista excelente del suelo, y pude ver con bastante claridad, por los rastros en la ceniza de cigarrillo, que la prisionera había salido de su escondite durante nuestra ausencia. Bueno, Hopkins, aquí estamos en Charing Cross, y le felicito por haber llevado su caso a una conclusión exitosa. Se dirige al cuartel general, sin duda. Creo, Watson, que usted y yo iremos juntos a la Embajada rusa».

—¡Es terrible, Sr. Holmes, simplemente terrible! Me asombra que no se me haya vuelto el pelo gris. Godfrey Staunton... habrá oído hablar de él, por supuesto. Es sencillamente la pieza clave sobre la que gira todo el equipo. Preferiría prescindir de dos hombres del bloque y tener a Godfrey para mi línea de tres cuartos. Ya sea pasando, placando o regateando, no hay nadie que le supere; y, además, tiene cabeza y sabe mantenernos unidos a todos. ¿Qué debo hacer? Eso es lo que le pregunto, Sr. Holmes. Está Moorhouse, el primer reserva, pero está entrenado como medio y siempre se mete justo en la melé en lugar de mantenerse fuera, en la línea de banda. Es un buen pateador a balón parado, es cierto, pero no tiene criterio y no puede esprintar ni por asomo. Vaya, Morton o Johnson, los velocistas de Oxford, podrían darle vueltas alrededor. Stevenson es lo bastante rápido, pero no sabe hacer un drop desde la línea de veinticinco, y un tres cuartos que no sabe ni despejar ni hacer un drop no merece un puesto solo por su velocidad. No, Sr. Holmes, estamos perdidos a menos que pueda ayudarme a encontrar a Godfrey Staunton.

Mi amigo había escuchado con divertida sorpresa este largo discurso, que fue pronunciado con extraordinario vigor y vehemencia, remarcando cada punto con el golpe de una mano robusta sobre la rodilla del orador. Cuando nuestro visitante guardó silencio, Holmes estiró el brazo y descolgó la letra «S» de su libro de notas. Por una vez, hurgó en vano en aquella mina de información variada.

—Está Arthur H. Staunton, el joven falsificador en ciernes —dijo—, y estaba Henry Staunton, a quien ayudé a enviar a la horca, pero Godfrey Staunton es un nombre nuevo para mí.

Fue el turno de nuestro visitante de mostrarse sorprendido.

—Vaya, Sr. Holmes, pensaba que usted sabía cosas —dijo—. Supongo, entonces, que si nunca ha oído hablar de Godfrey Staunton, ¿tampoco conoce a Cyril Overton?

Holmes negó con la cabeza de buen humor.

—¡Por todos los cielos! —exclamó el atleta—. ¡Si fui el primer reserva de Inglaterra contra Gales y he sido el capitán de la Universidad durante todo este año! ¡Pero eso no es nada! No pensé que hubiera un alma en Inglaterra que no conociera a Godfrey Staunton, el gran tres cuartos, de Cambridge, Blackheath y cinco veces internacional. ¡Dios santo! Sr. Holmes, ¿dónde HA vivido usted?

Holmes se rió ante el ingenuo asombro del joven gigante.

—Usted vive en un mundo diferente al mío, Sr. Overton, uno más dulce y saludable. Mis ramificaciones se extienden por muchas secciones de la sociedad, pero nunca, me alegra decir, en el deporte amateur, que es lo mejor y más sano que hay en Inglaterra. Sin embargo, su inesperada visita de esta mañana me demuestra que incluso en ese mundo de aire fresco y juego limpio puede haber trabajo para mí; así que ahora, buen amigo, le ruego que se siente y me cuente lenta y tranquilamente qué es exactamente lo que ha ocurrido y cómo desea que le ayude.

El rostro del joven Overton adoptó la expresión turbada de quien está más acostumbrado a usar los músculos que el ingenio; pero poco a poco, con muchas repeticiones y oscuridades que puedo omitir de su narración, nos expuso su extraña historia.

—Es así, Sr. Holmes. Como he dicho, soy el capitán del equipo de rugby de la Universidad de Cambridge, y Godfrey Staunton es mi mejor hombre. Mañana jugamos contra Oxford. Ayer vinimos todos y nos instalamos en el hotel privado de Bentley. A las diez fui a ver que todos los muchachos se hubieran ido a dormir, pues creo en el entrenamiento estricto y en dormir mucho para mantener a un equipo en forma. Intercambié unas palabras con Godfrey antes de que se acostara. Me pareció que estaba pálido y molesto. Le pregunté qué le pasaba. Dijo que estaba bien, solo un poco de dolor de cabeza. Le di las buenas noches y le dejé. Media hora más tarde, el portero me dijo que un hombre de aspecto rudo y con barba había venido con una nota para Godfrey. Él no se había acostado y la nota le fue entregada en su habitación. Godfrey la leyó y cayó hacia atrás en una silla como si le hubieran dado un mazazo. El portero estaba tan asustado que iba a buscarme, pero Godfrey le detuvo, bebió un poco de agua y recuperó la compostura. Luego bajó las escaleras, dijo unas palabras al hombre que esperaba en el vestíbulo y ambos se marcharon juntos. Lo último que vio el portero de ellos es que casi corrían por la calle en dirección al Strand. Esta mañana la habitación de Godfrey estaba vacía, su cama no había sido usada y sus cosas estaban todas tal como las vi la noche anterior. Se marchó de repente con este desconocido y desde entonces no hemos tenido noticias suyas. No creo que vuelva jamás. Godfrey era un deportista, hasta la médula, y no habría interrumpido su entrenamiento ni dejado tirado a su capitán si no fuera por una causa demasiado poderosa para él. No; siento como si se hubiera ido para siempre y no volviéramos a verle nunca.

Sherlock Holmes escuchó con la más profunda atención esta singular narración.

—¿Qué hizo usted? —preguntó.

—Envié un telegrama a Cambridge para saber si se sabía algo de él allí. He recibido respuesta. Nadie le ha visto.

—¿Podría haber regresado a Cambridge?

—Sí, hay un tren tarde, a las once y cuarto.

—Pero, hasta donde usted puede averiguar, ¿no lo tomó?

—No, no ha sido visto.

—¿Qué hizo a continuación?

—Envié un telegrama a Lord Mount-James.

—¿Por qué a Lord Mount-James?

—Godfrey es huérfano, y Lord Mount-James es su pariente más cercano; su tío, creo.

—Ya veo. Esto arroja nueva luz sobre el asunto. Lord Mount-James es uno de los hombres más ricos de Inglaterra.

—Eso he oído decir a Godfrey.

—¿Y su amigo era pariente cercano?

—Sí, era su heredero, y el viejo tiene casi ochenta años, además de estar lleno de gota. Dicen que podría marcar su taco de billar con los nudillos. Nunca le dio un chelín a Godfrey en su vida, porque es un absoluto avaro, pero todo irá a parar a él sin duda alguna.

—¿Ha tenido noticias de Lord Mount-James?

—No.

—¿Qué motivo podría tener su amigo para ir a ver a Lord Mount-James?

—Bueno, algo le preocupaba la noche anterior, y si tenía que ver con dinero, es posible que se dirigiera a su pariente más cercano, que tenía tanto, aunque por todo lo que he oído, no tendría muchas posibilidades de conseguirlo. A Godfrey no le gustaba el viejo. No iría si pudiera evitarlo.

—Bueno, pronto podremos determinarlo. Si su amigo iba a ver a su pariente, Lord Mount-James, entonces debe explicar la visita de ese tipo de aspecto rudo a una hora tan tardía, y la agitación que causó su llegada.

Cyril Overton se llevó las manos a la cabeza. —No puedo entenderlo —dijo.

—Bueno, bueno, tengo el día libre y estaré encantado de investigar el asunto —dijo Holmes—. Le recomiendo encarecidamente que haga los preparativos para su partido sin contar con este joven caballero. Debe haber sido, como dice, una necesidad abrumadora la que le apartó de esa manera, y es probable que la misma necesidad le mantenga alejado. Vayamos juntos a ese hotel y veamos si el portero puede arrojar algo de luz nueva sobre el asunto.

Sherlock Holmes era un maestro en el arte de hacer que un humilde testigo se sintiera cómodo, y muy pronto, en la intimidad de la habitación abandonada de Godfrey Staunton, había extraído todo lo que el portero tenía que contar. El visitante de la noche anterior no era un caballero, ni tampoco un trabajador. Era sencillamente lo que el portero describió como un «tipo de aspecto corriente»; un hombre de cincuenta años, barba canosa, rostro pálido, vestido discretamente. Parecía estar él mismo agitado. El portero había observado que le temblaba la mano cuando entregó la nota. Godfrey Staunton se había metido la nota en el bolsillo. Staunton no le había dado la mano al hombre en el vestíbulo. Habían intercambiado unas pocas frases, de las cuales el portero solo había distinguido la palabra «tiempo». Luego se habían marchado apresuradamente de la manera descrita. Eran exactamente las diez y media según el reloj del vestíbulo.

—A ver —dijo Holmes, sentándose en la cama de Staunton—. Usted es el portero de día, ¿verdad?

—Sí, señor; termino mi turno a las once.

—El portero de noche no vio nada, supongo.

—No, señor; un grupo del teatro llegó tarde. Nadie más.

—¿Estuvo usted de servicio todo el día de ayer?

—Sí, señor.

—¿Entregó algún mensaje al Sr. Staunton?

—Sí, señor; un telegrama.

—¡Ah! Eso es interesante. ¿A qué hora fue esto?

—Sobre las seis.

—¿Dónde estaba el Sr. Staunton cuando lo recibió?

—Aquí, en su habitación.

—¿Estaba usted presente cuando lo abrió?

—Sí, señor; esperé a ver si había respuesta.

—Bueno, ¿la hubo?

—Sí, señor. Escribió una respuesta.

—¿La llevó usted?

—No; la llevó él mismo.

—¿Pero la escribió en su presencia?

—Sí, señor. Yo estaba junto a la puerta y él, de espaldas, en esa mesa. Cuando terminó de escribirla dijo: «Muy bien, portero, la llevaré yo mismo».

—¿Con qué la escribió?

—Con una pluma, señor.

—¿El formulario del telegrama era uno de estos que hay sobre la mesa?

—Sí, señor; era el que estaba encima.

Holmes se levantó. Tomando los formularios, los llevó a la ventana y examinó cuidadosamente el que estaba más arriba.

—Es una lástima que no escribiera a lápiz —dijo, arrojándolos de nuevo con un encogimiento de hombros lleno de decepción—. Como sin duda habrá observado frecuentemente, Watson, la impresión suele traspasar, un hecho que ha disuelto muchos matrimonios felices. Sin embargo, no encuentro rastro alguno aquí. Me alegra, no obstante, percibir que escribió con una pluma de ganso de punta ancha, y apenas puedo dudar que encontraremos alguna impresión en este papel secante. ¡Ah, sí, sin duda esto es exactamente lo que buscaba!

Arrancó una tira del papel secante y nos mostró el siguiente jeroglífico:

GRÁFICO

Cyril Overton estaba muy emocionado. —¡Póngalo frente al cristal! —gritó.

—Eso es innecesario —dijo Holmes—. El papel es fino y el reverso dará el mensaje. Aquí está. —Le dio la vuelta y leímos:

GRÁFICO

—Así pues, ese es el final del telegrama que Godfrey Staunton envió pocas horas antes de su desaparición. Hay al menos seis palabras del mensaje que se nos han escapado; pero lo que queda, «¡Ayudadnos por el amor de Dios!», demuestra que este joven vio un peligro formidable que se le venía encima y del que alguien más podía protegerle. «Nosotros», ¡fíjese bien! Otra persona estaba involucrada. ¿Quién iba a ser sino el hombre de rostro pálido y barba, que parecía estar él mismo en un estado tan nervioso? ¿Cuál es, entonces, la conexión entre Godfrey Staunton y el hombre barbudo? ¿Y cuál es la tercera fuente de la que cada uno de ellos buscaba ayuda contra un peligro inminente? Nuestra investigación ya se ha limitado a eso.

—Solo tenemos que averiguar a quién va dirigido ese telegrama —sugerí.

—Exactamente, mi querido Watson. Su reflexión, aunque profunda, ya había pasado por mi mente. Pero me atrevo a decir que habrá notado que si uno entra en una oficina de correos y pide ver el talón del mensaje de otro, puede haber cierta reticencia por parte de los funcionarios a complacerle. ¡Hay tanta burocracia en estos asuntos! Sin embargo, no tengo duda de que con un poco de delicadeza y finura se puede conseguir el fin. Mientras tanto, me gustaría, en su presencia, Sr. Overton, revisar estos papeles que se han quedado sobre la mesa.

Había una serie de cartas, facturas y cuadernos, que Holmes revolvió y examinó con dedos rápidos y nerviosos y ojos penetrantes y huidizos. —Nada aquí —dijo, por fin—. Por cierto, supongo que su amigo era un joven sano, ¿nada que objetar sobre él?

—Tan sano como una campana.

—¿Alguna vez le ha conocido enfermo?

—Ni un día. Ha estado de baja por una pequeña lesión, y una vez se le salió la rótula, pero eso no fue nada.

—Quizás no era tan fuerte como usted supone. Creo que pudo haber tenido algún problema secreto. Con su consentimiento, pondré uno o dos de estos papeles en mi bolsillo, por si pudieran influir en nuestra futura investigación.

—¡Un momento! ¡Un momento! —gritó una voz quejumbrosa, y levantamos la vista para encontrar a un extraño hombrecillo, dando tirones y espasmos en el umbral. Iba vestido de negro deslucido, con un sombrero de copa de ala muy ancha y una corbata blanca floja; el efecto total era el de un párroco muy rústico o el de un empleado de funeraria. Sin embargo, a pesar de su aspecto andrajoso e incluso absurdo, su voz tenía un crujido agudo y su actitud una intensidad rápida que imponía atención.

—¿Quién es usted, señor, y con qué derecho toca los papeles de este caballero? —preguntó.

—Soy detective privado y estoy tratando de explicar su desaparición.

—Oh, ¿lo es? ¿Y quién le dio instrucciones, eh?

—Este caballero, amigo del Sr. Staunton, fue remitido a mí por Scotland Yard.

—¿Quién es usted, señor?

—Soy Cyril Overton.

—Entonces es usted quien me envió un telegrama. Mi nombre es Lord Mount-James. Vine tan rápido como el autobús de Bayswater pudo traerme. ¿Así que ha contratado a un detective?

—Sí, señor.

—¿Y está usted preparado para cubrir el gasto?

—No tengo duda, señor, de que mi amigo Godfrey, cuando le encontremos, estará preparado para hacerlo.

—¿Pero si nunca se le encuentra, eh? ¡Contésteme a eso!

—En ese caso, sin duda su familia...

—¡Nada de eso, señor! —chilló el hombrecillo—. ¡No espere de mí ni un penique, ni uno solo! ¡Entienda eso, Sr. Detective! Soy toda la familia que tiene este joven, y le digo que no soy responsable. Si tiene alguna expectativa, se debe al hecho de que nunca he desperdiciado dinero, y no pienso empezar a hacerlo ahora. En cuanto a esos papeles con los que se está tomando tantas libertades, le diré que, en caso de que hubiera algo de valor entre ellos, se le pedirá cuenta estrictamente de lo que haga con ellos.

—Muy bien, señor —dijo Sherlock Holmes—. ¿Puedo preguntarle mientras tanto si usted mismo tiene alguna teoría para explicar la desaparición de este joven?

—No, señor, no la tengo. Es lo bastante mayor y grande para cuidarse solo, y si es tan tonto como para perderse, me niego completamente a aceptar la responsabilidad de buscarle.

—Entiendo perfectamente su posición —dijo Holmes, con un brillo malicioso en los ojos—. Quizás usted no entienda del todo la mía. Godfrey Staunton parece haber sido un hombre pobre. Si ha sido secuestrado, no podría haber sido por nada de lo que él mismo posea. La fama de su riqueza ha llegado lejos, Lord Mount-James, y es perfectamente posible que una banda de ladrones se haya apoderado de su sobrino para obtener de él alguna información sobre su casa, sus hábitos y su tesoro.

El rostro de nuestro desagradable y pequeño visitante se puso tan blanco como su corbata.

—¡Cielos, señor, qué idea! ¡Nunca pensé en tal villanía! ¡Qué hombres tan inhumanos hay en el mundo! Pero Godfrey es un buen muchacho, un muchacho leal. Nada le induciría a delatar a su viejo tío. Esta misma tarde haré trasladar la vajilla al banco. Mientras tanto, ¡no escatime esfuerzos, Sr. Detective! Le ruego que no deje piedra sin mover para traerle sano y salvo de vuelta. En cuanto al dinero, bueno, en lo que respecta a cinco libras, o incluso diez, siempre puede contar conmigo.

Incluso en su estado de ánimo escarmentado, el noble avaro no pudo darnos ninguna información que pudiera ayudarnos, pues sabía poco de la vida privada de su sobrino. Nuestra única pista residía en el telegrama truncado, y con una copia en la mano, Holmes se dispuso a encontrar un segundo eslabón para su cadena. Nos habíamos librado de Lord Mount-James, y Overton se había ido a consultar con los otros miembros de su equipo sobre la desgracia que les había sobrevenido.

Había una oficina de telégrafos a poca distancia del hotel. Nos detuvimos frente a ella.

—Vale la pena intentarlo, Watson —dijo Holmes—. Por supuesto, con una orden judicial podríamos exigir ver los talones, pero no hemos llegado a esa etapa todavía. No supongo que recuerden las caras en un lugar tan concurrido. Aventurémonos.

—Siento molestarle —dijo, de la forma más amable, a la joven detrás de la rejilla—; hay un pequeño error con un telegrama que envié ayer. No he tenido respuesta y mucho me temo que debí omitir poner mi nombre al final. ¿Podría decirme si fue así?

La joven revolvió un fajo de talones.

—¿A qué hora fue? —preguntó.

—Un poco después de las seis.

—¿A quién iba dirigido?

Holmes se llevó el dedo a los labios y me miró. —Las últimas palabras eran «por el amor de Dios» —susurró, confidencialmente—; estoy muy ansioso por no haber recibido respuesta.

La joven separó uno de los formularios.

—Es este. No hay nombre —dijo, alisándolo sobre el mostrador.

—Entonces, eso, por supuesto, explica que no haya recibido respuesta —dijo Holmes—. ¡Dios mío, qué estúpido he sido, sin duda! Buenos días, señorita, y muchas gracias por haber aliviado mi mente. —Se rió entre dientes y se frotó las manos cuando nos encontramos de nuevo en la calle.

—¿Y bien? —pregunté.

—Progresamos, mi querido Watson, progresamos. Tenía siete planes diferentes para echar un vistazo a ese telegrama, pero apenas podía esperar tener éxito a la primera.

—¿Y qué ha ganado?

—Un punto de partida para nuestra investigación. —Llamó a un coche de punto—. Estación de King's Cross —dijo.

—¿Tenemos un viaje, entonces?

—Sí; creo que debemos ir juntos a Cambridge. Todas las indicaciones me parecen apuntar en esa dirección.

—Dígame —pregunté, mientras traqueteábamos por Gray's Inn Road—, ¿tiene ya alguna sospecha sobre la causa de la desaparición? No creo que entre todos nuestros casos haya conocido uno en el que los motivos sean más oscuros. ¿Seguro que no imagina realmente que pueda haber sido secuestrado para dar información contra su rico tío?

—Confieso, mi querido Watson, que eso no me parece una explicación muy probable. Me llamó la atención, sin embargo, como la que más probabilidades tenía de interesar a esa persona mayor sumamente desagradable.

—Desde luego que lo hizo. Pero, ¿cuáles son sus alternativas?

—Podría mencionar varias. Debe admitir que es curioso y sugerente que este incidente ocurra en vísperas de este importante partido, y que involucre al único hombre cuya presencia parece esencial para el éxito del equipo. Puede ser, por supuesto, coincidencia, pero es interesante. El deporte amateur está libre de apuestas, pero hay una gran cantidad de apuestas externas entre el público, y es posible que valga la pena para alguien influir en un jugador, tal como los rufianes del hipódromo influyen en un caballo de carreras. Esa es una explicación. Una segunda, muy obvia, es que este joven es realmente el heredero de una gran propiedad, por muy modestos que sean sus medios en este momento, y no es imposible que se haya urdido un plan para retenerle a cambio de un rescate.

—Estas teorías no tienen en cuenta el telegrama.

—Muy cierto, Watson. El telegrama sigue siendo lo único sólido con lo que tenemos que tratar, y no debemos permitir que nuestra atención se desvíe de él. Es para obtener luz sobre el propósito de este telegrama por lo que estamos ahora de camino a Cambridge. El camino de nuestra investigación es por el momento oscuro, pero me sorprendería mucho si antes de la noche no lo hayamos aclarado o hayamos avanzado considerablemente en él.

Ya oscurecía cuando llegamos a la vieja ciudad universitaria. Holmes tomó un coche de punto en la estación y ordenó al hombre que condujera a la casa del doctor Leslie Armstrong. Pocos minutos después nos detuvimos ante una gran mansión en la vía más concurrida. Nos hicieron pasar y, tras una larga espera, fuimos finalmente admitidos en la consulta, donde encontramos al doctor sentado tras su mesa.

Dice mucho del grado en que había perdido el contacto con mi profesión el que el nombre de Leslie Armstrong me fuera desconocido. Ahora sé que no solo es uno de los jefes de la facultad de medicina de la Universidad, sino un pensador de reputación europea en más de una rama de la ciencia. Aun así, incluso sin conocer su brillante historial, uno no podía dejar de impresionarse con solo echar un vistazo al hombre: el rostro cuadrado y macizo, los ojos pensativos bajo las cejas pobladas y el moldeado granítico de la mandíbula inflexible. Un hombre de carácter profundo, un hombre de mente alerta, severo, ascético, reservado, formidable; así interpreté yo al doctor Leslie Armstrong. Sostenía la tarjeta de mi amigo en la mano y levantó la vista con una expresión no muy complacida en sus facciones adustas.

—He oído su nombre, señor Sherlock Holmes, y soy consciente de su profesión, una que de ninguna manera apruebo.

—En eso, doctor, encontrará que está de acuerdo con cada criminal del país —dijo mi amigo, con calma.

—En la medida en que sus esfuerzos se dirijan hacia la supresión del crimen, señor, deben contar con el apoyo de todo miembro razonable de la comunidad, aunque no puedo dudar de que la maquinaria oficial es ampliamente suficiente para tal propósito. Donde su vocación es más abierta a la crítica es cuando se entromete en los secretos de individuos privados, cuando remueve asuntos familiares que están mejor ocultos y cuando, de paso, malgasta el tiempo de hombres que están más ocupados que usted mismo. En este momento, por ejemplo, debería estar escribiendo un tratado en lugar de conversar con usted.

—Sin duda, doctor; y, sin embargo, la conversación puede resultar más importante que el tratado. De paso, le diré que estamos haciendo lo contrario de lo que usted, con mucha justicia, critica, y que nos esforzamos por evitar cualquier cosa parecida a la exposición pública de asuntos privados que necesariamente ocurrirá una vez que el caso esté totalmente en manos de la policía oficial. Puede verme simplemente como un pionero irregular que va por delante de las fuerzas regulares del país. He venido a preguntarle por el señor Godfrey Staunton.

—¿Qué pasa con él?

—Usted lo conoce, ¿no es así?

—Es un amigo íntimo mío.

—¿Es consciente de que ha desaparecido?

—¡Ah, de veras! —No hubo cambio de expresión en las rudas facciones del doctor.

—Salió de su hotel anoche. No se ha sabido nada de él.

—Sin duda regresará.

—Mañana es el partido de fútbol universitario.

—No siento simpatía alguna por estos juegos infantiles. El destino del joven me interesa profundamente, ya que lo conozco y le tengo aprecio. El partido de fútbol no entra en absoluto en mi horizonte.

—Reclamo su simpatía, pues, en mi investigación sobre el destino del señor Staunton. ¿Sabe dónde está?

—Ciertamente, no.

—¿No lo ha visto desde ayer?

—No, no lo he hecho.

—¿Era el señor Staunton un hombre sano?

—Absolutamente.

—¿Alguna vez supo que estuviera enfermo?

—Nunca.

Holmes colocó una hoja de papel ante los ojos del doctor. —Entonces, tal vez pueda explicar esta factura pagada por trece guineas, abonada por el señor Godfrey Staunton el mes pasado al doctor Leslie Armstrong de Cambridge. La saqué de entre los papeles sobre su escritorio.

El doctor se ruborizó de ira.

—No considero que haya ninguna razón por la que deba darle una explicación a usted, señor Holmes.

Holmes volvió a guardar la factura en su libreta. —Si prefiere una explicación pública, tendrá que llegar tarde o temprano —dijo—. Ya le he dicho que puedo silenciar lo que otros estarán obligados a publicar, y sería realmente más sabio que me otorgara su completa confianza.

—No sé nada al respecto.

—¿Tuvo noticias del señor Staunton en Londres?

—Ciertamente, no.

—Vaya, vaya; ¡la oficina de correos de nuevo! —Holmes suspiró con cansancio—. Un telegrama de lo más urgente fue enviado a usted desde Londres por Godfrey Staunton a las seis y cuarto de la tarde de ayer; un telegrama que sin duda está asociado con su desaparición, y sin embargo, usted no lo ha recibido. Es de lo más censurable. Ciertamente iré a la oficina aquí y presentaré una queja.

El doctor Leslie Armstrong se levantó de un salto tras su escritorio, y su rostro oscuro estaba carmesí de furia.

—Le agradecería que saliera de mi casa, señor —dijo—. Puede decirle a su empleador, lord Mount-James, que no deseo tener nada que ver ni con él ni con sus agentes. ¡No, señor, ni una palabra más! —Hizo sonar la campanilla furiosamente—. ¡John, acompañe a estos caballeros a la salida! —Un mayordomo pomposo nos condujo severamente hacia la puerta, y nos encontramos en la calle. Holmes estalló en carcajadas.

—El doctor Leslie Armstrong es ciertamente un hombre de energía y carácter —dijo—. No he visto a un hombre que, si dirigiera sus talentos hacia ello, estuviera más capacitado para llenar el vacío dejado por el ilustre Moriarty. Y ahora, mi pobre Watson, aquí estamos, abandonados y sin amigos en esta ciudad inhóspita, de la que no podemos salir sin abandonar nuestro caso. Esta pequeña posada justo enfrente de la casa de Armstrong está singularmente adaptada a nuestras necesidades. Si usted alquilara una habitación exterior y comprara lo necesario para la noche, yo podría tener tiempo para hacer algunas averiguaciones.

Estas pocas averiguaciones resultaron, sin embargo, ser un procedimiento más largo de lo que Holmes había imaginado, pues no regresó a la posada hasta casi las nueve. Estaba pálido y abatido, manchado de polvo y agotado por el hambre y la fatiga. Una cena fría estaba lista sobre la mesa, y cuando sus necesidades quedaron satisfechas y su pipa encendida, estuvo listo para adoptar esa visión medio cómica y totalmente filosófica que le era natural cuando sus asuntos se torcían. El sonido de ruedas de carruaje le hizo levantarse y mirar por la ventana. Un coche de caballos y una pareja de grises bajo el resplandor de una farola de gas estaban frente a la puerta del doctor.

—Ha estado fuera tres horas —dijo Holmes—; salió a las seis y media, y aquí está de vuelta. Eso da un radio de diez o doce millas, y lo hace una, o a veces dos veces, al día.

—No es algo inusual para un médico en ejercicio.

—Pero Armstrong no es realmente un médico en ejercicio. Es conferenciante y consultor, pero no le interesa la medicina general, que le distrae de su trabajo literario. ¿Por qué, entonces, realiza estos largos viajes, que deben serle extremadamente molestos, y a quién visita?

—Su cochero...

—Mi querido Watson, ¿puede dudar de que fue a él a quien me dirigí primero? No sé si provenía de su propia depravación innata o de las incitaciones de su amo, pero fue lo suficientemente grosero como para azuzarme un perro. Sin embargo, ni al perro ni al hombre les gustó el aspecto de mi bastón, y el asunto quedó en nada. Las relaciones quedaron tensas después de eso, y otras averiguaciones quedaron descartadas. Todo lo que he aprendido lo obtuve de un nativo amistoso en el patio de nuestra propia posada. Fue él quien me contó sobre los hábitos del doctor y su viaje diario. En ese instante, para dar sentido a sus palabras, el carruaje dobló hacia la puerta.

—¿No pudo seguirlo?

—¡Excelente, Watson! Está brillante esta noche. La idea pasó por mi mente. Hay, como habrá observado, una tienda de bicicletas al lado de nuestra posada. Entré corriendo, alquilé una bicicleta y pude empezar antes de que el carruaje estuviera fuera de vista. Lo alcancé rápidamente y luego, manteniéndome a una distancia discreta de unas cien yardas más o menos, seguí sus luces hasta que estuvimos fuera de la ciudad. Estábamos bien adentrados en el camino rural cuando ocurrió un incidente algo mortificante. El carruaje se detuvo, el doctor bajó, caminó rápidamente hacia donde yo también me había detenido y me dijo, con un tono sardónico excelente, que temía que el camino fuera estrecho y que esperaba que su carruaje no impidiera el paso de mi bicicleta. Nada podría haber sido más admirable que su forma de decirlo. Inmediatamente pasé el carruaje y, manteniéndome en la carretera principal, continué durante unas pocas millas y luego me detuve en un lugar conveniente para ver si el carruaje pasaba. Sin embargo, no hubo señales de él, por lo que se hizo evidente que había tomado uno de los varios caminos secundarios que había observado. Regresé, pero de nuevo no vi nada del carruaje, y ahora, como percibe, ha regresado tras de mí. Por supuesto, al principio no tenía ninguna razón particular para conectar estos viajes con la desaparición de Godfrey Staunton, y solo me inclinaba a investigarlos por la razón general de que todo lo que concierne al doctor Armstrong es actualmente de nuestro interés; pero ahora que encuentro que vigila tan de cerca a cualquiera que pueda seguirle en estas excursiones, el asunto parece más importante y no estaré satisfecho hasta que lo haya aclarado.

—Podemos seguirlo mañana.

—¿Podemos? No es tan fácil como usted parece pensar. Usted no está familiarizado con el paisaje de Cambridgeshire, ¿verdad? No se presta al ocultamiento. Todo este campo por el que pasé esta noche es tan plano y limpio como la palma de su mano, y el hombre al que seguimos no es ningún tonto, como demostró muy claramente esta noche. He telegrafiado a Overton para que nos haga saber cualquier novedad en Londres a esta dirección, y mientras tanto solo podemos concentrar nuestra atención en el doctor Armstrong, cuyo nombre la servicial joven de la oficina me permitió leer en el talón del mensaje urgente de Staunton. Él sabe dónde está el joven, de eso doy fe, y si él lo sabe, entonces debe ser culpa nuestra si no logramos saberlo también. Por el momento, debe admitirse que la baza está en su poder y, como sabe, Watson, no es mi costumbre dejar el juego en ese estado.

Y, sin embargo, el día siguiente no nos acercó a la solución del misterio. Tras el desayuno nos entregaron una nota, que Holmes me pasó con una sonrisa.

—Señor —decía—, le aseguro que está perdiendo el tiempo acechando mis movimientos. Tengo, como descubrió anoche, una ventana en la parte trasera de mi coche, y si desea un viaje de veinte millas que le llevará al lugar del que partió, solo tiene que seguirme. Mientras tanto, puedo informarle de que ningún espionaje hacia mi persona puede ayudar de ninguna manera al señor Godfrey Staunton, y estoy convencido de que el mejor servicio que puede hacer a ese caballero es regresar de inmediato a Londres e informar a su empleador de que es incapaz de localizarlo. Su tiempo en Cambridge estará ciertamente desperdiciado.

—Atentamente,

—LESLIE ARMSTRONG.

—Un antagonista honesto y franco es el doctor —dijo Holmes—. Bien, bien, despierta mi curiosidad, y realmente debo saber más antes de dejarlo.

—Su carruaje está ahora a su puerta —dije—. Ahí está subiendo a él. Le vi mirar hacia nuestra ventana al hacerlo. ¿Supone que pruebe mi suerte con la bicicleta?

—¡No, no, mi querido Watson! Con todo respeto a su sagacidad natural, no creo que sea usted rival para el digno doctor. Creo que posiblemente pueda lograr nuestro objetivo mediante algunas exploraciones independientes por mi cuenta. Me temo que debo dejarle a sus propios recursos, ya que la aparición de DOS extraños inquisitivos en un campo somnoliento podría atraer más cotilleos de los que me gustaría. Sin duda encontrará algunos lugares que le diviertan en esta venerable ciudad, y espero traerle un informe más favorable antes de la noche.

Una vez más, sin embargo, mi amigo estaba destinado a la decepción. Regresó por la noche cansado y sin éxito.

—He tenido un día en blanco, Watson. Habiendo obtenido la dirección general del doctor, pasé el día visitando todos los pueblos de ese lado de Cambridge y comparando notas con taberneros y otras agencias de noticias locales. He cubierto bastante terreno: Chesterton, Histon, Waterbeach y Oakington han sido explorados y cada uno ha resultado decepcionante. La aparición diaria de un coche de caballos difícilmente podría haber pasado desapercibida en tales rincones olvidados. El doctor ha anotado un tanto una vez más. ¿Hay algún telegrama para mí?

—Sí; lo abrí. Aquí está: «Pregunte por Pompey a Jeremy Dixon, Trinity College». No lo entiendo.

—Oh, es bastante claro. Es de nuestro amigo Overton y es en respuesta a una pregunta mía. Enviaré una nota al señor Jeremy Dixon y entonces no me cabe duda de que nuestra suerte cambiará. Por cierto, ¿hay alguna noticia del partido?

—Sí, el periódico local de la tarde tiene un excelente relato en su última edición. Oxford ganó por un gol y dos ensayos. Las últimas frases de la descripción dicen: «La derrota de los Azul Claro puede atribuirse enteramente a la desafortunada ausencia del as internacional, Godfrey Staunton, cuya falta se hizo notar en cada instante del juego. La falta de combinación en la línea de tres cuartos y su debilidad tanto en ataque como en defensa neutralizaron más que de sobra los esfuerzos de un paquete pesado y trabajador».

—Entonces los presentimientos de nuestro amigo Overton han sido justificados —dijo Holmes—. Personalmente estoy de acuerdo con el doctor Armstrong, y el fútbol no entra en mi horizonte. A dormir temprano esta noche, Watson, pues preveo que mañana puede ser un día lleno de acontecimientos.

Me horroricé al ver a Holmes a la mañana siguiente, pues estaba sentado junto al fuego sosteniendo su pequeña jeringa hipodérmica. Asocié ese instrumento con la única debilidad de su naturaleza y temí lo peor cuando lo vi brillar en su mano. Se rió de mi expresión de consternación y lo dejó sobre la mesa.

—No, no, querido amigo, no hay motivo de alarma. En esta ocasión no es el instrumento del mal, sino que más bien resultará ser la llave que abrirá nuestro misterio. En esta jeringa baso todas mis esperanzas. Acabo de regresar de una pequeña expedición de reconocimiento y todo es favorable. Coma un buen desayuno, Watson, pues propongo seguir el rastro del doctor Armstrong hoy, y una vez en él no me detendré para descansar o comer hasta que lo atrape en su madriguera.

—En ese caso —dije—, será mejor que llevemos nuestro desayuno con nosotros, pues va a empezar temprano. Su carruaje está a la puerta.

—No importa. Déjelo ir. Será astuto si puede conducir donde yo no pueda seguirlo. Cuando haya terminado, baje conmigo y le presentaré a un detective que es un especialista muy eminente en el trabajo que tenemos por delante.

Cuando descendimos, seguí a Holmes al patio de la caballeriza, donde abrió la puerta de un box y sacó un perro achaparrado, de orejas caídas, blanco y fuego, algo entre un beagle y un foxhound.

—Permítame presentarle a Pompey —dijo—. Pompey es el orgullo de los sabuesos de rastro locales, no es un gran corredor, como mostrará su complexión, pero es un sabueso tenaz en el rastro. Bien, Pompey, puede que no seas rápido, pero espero que seas demasiado rápido para un par de caballeros londinenses de mediana edad, así que me tomaré la libertad de atar esta correa de cuero a tu collar. Ahora, chico, ven conmigo y muestra lo que puedes hacer. —Lo llevó hacia la puerta del doctor. El perro olfateó alrededor por un instante y luego, con un gemido agudo de emoción, salió calle abajo, tirando de su correa en sus esfuerzos por ir más rápido. En media hora estábamos fuera de la ciudad y apresurándonos por un camino rural.

—¿Qué ha hecho, Holmes? —pregunté.

—Un dispositivo manido y venerable, pero útil en ocasiones. Entré en el patio del doctor esta mañana y disparé mi jeringa llena de anís sobre la rueda trasera. Un sabueso seguirá el anís desde aquí hasta John o' Groat's, y nuestro amigo Armstrong tendría que conducir a través del Cam antes de librarse de Pompey. ¡Oh, el astuto granuja! Así es como me dio esquinazo la otra noche.

El perro se había desviado repentinamente de la carretera principal hacia un sendero cubierto de hierba. Media milla más adelante, este se abría a otra carretera ancha, y el rastro giró bruscamente a la derecha en dirección a la ciudad que acabábamos de abandonar. La carretera hizo una curva hacia el sur de la ciudad y continuó en dirección opuesta a la que habíamos empezado.

—¿Este desvío ha sido enteramente para nuestro beneficio, entonces? —dijo Holmes—. No es de extrañar que mis averiguaciones entre esos pueblos no llevaran a nada. El doctor ciertamente ha jugado el juego con todas sus fuerzas, y a uno le gustaría saber la razón de tal engaño tan elaborado. Este debería ser el pueblo de Trumpington a nuestra derecha. ¡Y, por Dios! ¡Aquí viene el coche doblando la esquina! ¡Rápido, Watson, rápido, o estamos perdidos!

Saltó a través de una verja hacia un campo, arrastrando al reacio Pompey tras él. Apenas nos habíamos puesto bajo el refugio del seto cuando el carruaje pasó traqueteando. Alcancé a ver al doctor Armstrong en su interior, con los hombros encorvados, la cabeza hundida sobre sus manos, la mismísima imagen de la angustia. Pude notar por el rostro más grave de mi compañero que él también lo había visto.

—Me temo que hay un final oscuro para nuestra búsqueda —dijo—. No puede pasar mucho tiempo antes de que lo sepamos. ¡Ven, Pompey! ¡Ah, es la cabaña en el campo!

No cabía duda de que habíamos llegado al final de nuestro viaje. Pompey corrió y gimió con entusiasmo fuera de la verja donde las marcas de las ruedas del coche aún podían verse. Un sendero conducía hacia la solitaria cabaña. Holmes ató al perro al seto y nos apresuramos. Mi amigo llamó a la pequeña puerta rústica y llamó de nuevo sin respuesta. Y, sin embargo, la cabaña no estaba desierta, pues un sonido bajo llegó a nuestros oídos: una especie de zumbido de miseria y desesperación, que era indescriptiblemente melancólico. Holmes hizo una pausa indeciso y luego miró hacia atrás, al camino que acabábamos de recorrer. Un coche de caballos venía por él, y no había error posible respecto a esos caballos grises.

—¡Por Dios, el doctor está volviendo! —gritó Holmes—. Eso lo decide. Estamos obligados a ver qué significa antes de que él llegue.

Abrió la puerta y entramos en el recibidor. El zumbido se hizo más fuerte en nuestros oídos hasta convertirse en un largo y profundo lamento de angustia. Venía de arriba. Holmes subió de un salto y yo le seguí. Empujó una puerta entreabierta y ambos quedamos consternados ante la vista que teníamos delante.

Una mujer, joven y hermosa, yacía muerta sobre la cama. Su rostro pálido y tranquilo, con sus ojos azules tenues y muy abiertos, miraba hacia arriba desde una gran maraña de cabellos dorados. A los pies de la cama, medio sentado, medio arrodillado, con el rostro hundido en las ropas, estaba un joven, cuyo cuerpo estaba sacudido por los sollozos. Estaba tan absorto en su amargo dolor que no levantó la vista hasta que la mano de Holmes estuvo sobre su hombro.

—¿Es usted el señor Godfrey Staunton?

—Sí, sí; lo soy, pero llega demasiado tarde. Ella ha muerto.

El hombre estaba tan aturdido que no se le pudo hacer entender que éramos algo más que médicos que habían sido enviados en su auxilio. Holmes se esforzaba por pronunciar unas pocas palabras de consuelo y por explicar la alarma que había sido causada a sus amigos por su repentina desaparición, cuando hubo un paso en las escaleras, y allí estaba el rostro pesado, severo y escrutador del doctor Armstrong en la puerta.

—Así que, caballeros —dijo—, han logrado su objetivo y, ciertamente, han elegido un momento particularmente delicado para su intrusión. No armaría un escándalo en presencia de la muerte, pero puedo asegurarles que, si fuera un hombre más joven, su conducta monstruosa no quedaría impune.

—Disculpe, doctor Armstrong, creo que nos estamos malentendiendo un poco —dijo mi amigo con dignidad—. Si pudiera bajar con nosotros, tal vez ambos podamos arrojar algo de luz sobre este lamentable asunto.

Un minuto después, el severo doctor y nosotros estábamos en la sala de estar de abajo.

—¿Y bien, señor? —dijo él.

—Deseo que comprenda, en primer lugar, que no estoy empleado por Lord Mount-James y que mis simpatías en este asunto están totalmente en contra de ese noble. Cuando un hombre se pierde, es mi deber determinar su destino, pero una vez hecho esto, el asunto termina en lo que a mí respecta; y mientras no haya nada criminal, estoy mucho más ansioso por silenciar escándalos privados que por darles publicidad. Si, como imagino, no hay violación de la ley en este asunto, puede confiar absolutamente en mi discreción y mi cooperación para mantener los hechos fuera de los periódicos.

El doctor Armstrong dio un paso rápido hacia adelante y estrechó la mano de Holmes.

—Es usted un buen hombre —dijo—. Lo había juzgado mal. Agradezco al Cielo que mis remordimientos por dejar al pobre Staunton tan solo en este aprieto me hicieran dar la vuelta a mi carruaje y, así, conocerle. Sabiendo lo que sabe, la situación es muy fácil de explicar. Hace un año, Godfrey Staunton se alojó en Londres durante un tiempo y se encariñó apasionadamente de la hija de su casera, con quien se casó. Ella era tan buena como hermosa, y tan inteligente como buena. Ningún hombre debería avergonzarse de una esposa así. Pero Godfrey era el heredero de este viejo noble cascarrabias, y era totalmente seguro que la noticia de su matrimonio habría sido el fin de su herencia. Conocía bien al muchacho y le quería por sus muchas cualidades excelentes. Hice todo lo que pude para ayudarle a mantener las cosas en orden. Hicimos todo lo posible por ocultar el asunto a todo el mundo, pues cuando un susurro así se extiende, no pasa mucho tiempo antes de que todos lo hayan oído. Gracias a esta cabaña solitaria y a su propia discreción, Godfrey ha tenido éxito hasta ahora. Su secreto no era conocido por nadie salvo por mí y por un excelente sirviente que actualmente ha ido a buscar ayuda a Trumpington. Pero al final llegó un golpe terrible en forma de una enfermedad peligrosa para su esposa. Era un consumo del tipo más virulento. El pobre muchacho estaba medio loco de dolor, y aun así tuvo que ir a Londres a jugar este partido, pues no podía librarse de él sin explicaciones que expondrían su secreto. Intenté animarle con un telegrama, y él me envió uno en respuesta implorándome que hiciera todo lo que pudiera. Este fue el telegrama que usted parece haber visto de alguna manera inexplicable. No le dije lo urgente que era el peligro, porque sabía que no podía hacer ningún bien aquí, pero envié la verdad al padre de la joven, y él la comunicó muy imprudentemente a Godfrey. El resultado fue que vino directamente en un estado cercano al frenesí, y ha permanecido en el mismo estado, arrodillado al pie de su cama, hasta que esta mañana la muerte puso fin a sus sufrimientos. Eso es todo, señor Holmes, y estoy seguro de que puedo confiar en su discreción y en la de su amigo.

Holmes estrechó la mano del doctor.

—Vamos, Watson —dijo, y salimos de esa casa de dolor hacia la pálida luz del sol del día de invierno.

*****

THE STRAND MAGAZINE Vol. 28 SEPTIEMBRE, 1904 EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES. Por ARTHUR CONAN DOYLE.

XII.—La aventura de Abbey Grange.

Fue en una mañana de invierno de 1897, amargamente fría y helada, cuando me despertó un tirón en el hombro. Era Holmes. La vela en su mano iluminaba su rostro ansioso e inclinado y me indicó de un vistazo que algo andaba mal.

—¡Vamos, Watson, vamos! —gritó—. La partida está en marcha. ¡Ni una palabra! ¡Ponte la ropa y ven!

Diez minutos después, ambos íbamos en un coche de punto traqueteando por las calles silenciosas camino a la estación de Charing Cross. El primer y tenue amanecer de invierno empezaba a aparecer, y podíamos ver vagamente la figura ocasional de un obrero madrugador mientras nos pasaba, borroso e indistinto en el opalescente vaho londinense. Holmes se acurrucó en silencio dentro de su pesado abrigo, y yo me alegré de hacer lo mismo, pues el aire era sumamente amargo y ninguno de los dos había probado bocado. No fue hasta que consumimos un poco de té caliente en la estación y tomamos nuestros asientos en el tren de Kent, que estuvimos lo suficientemente descongelados, él para hablar y yo para escuchar. Holmes sacó una nota de su bolsillo y la leyó en voz alta:

«Abbey Grange, Marsham, Kent, 3.30 a.m. MI ESTIMADO SR. HOLMES:—Me sentiría muy agradecido por su ayuda inmediata en lo que promete ser un caso de lo más notable. Es algo muy de su estilo. Excepto por liberar a la dama, me aseguraré de que todo se mantenga exactamente como lo he encontrado, pero le ruego no perder un instante, ya que es difícil dejar a Sir Eustace allí. Suyo fielmente, STANLEY HOPKINS.»

—Hopkins me ha llamado en siete ocasiones, y en cada una de ellas su requerimiento ha estado totalmente justificado —dijo Holmes—. Me imagino que cada uno de sus casos ha encontrado su camino hacia su colección, y debo admitir, Watson, que usted tiene cierto poder de selección que compensa mucho de lo que deploro en sus relatos. Su fatal hábito de mirar todo desde el punto de vista de una historia en lugar de como un ejercicio científico ha arruinado lo que podría haber sido una serie de demostraciones instructivas e incluso clásicas. Usted pasa por alto el trabajo de la mayor finura y delicadeza para detenerse en detalles sensacionalistas que pueden excitar, pero no pueden instruir al lector en absoluto.

—¿Por qué no las escribe usted mismo? —dije, con cierta amargura.

—Lo haré, mi querido Watson, lo haré. Por el momento, como usted sabe, estoy bastante ocupado, pero me propongo dedicar mis años de declive a la composición de un libro de texto que concentre todo el arte de la detección en un solo volumen. Nuestra actual investigación parece ser un caso de asesinato.

—¿Piensa entonces que este Sir Eustace está muerto?

—Yo diría que sí. La escritura de Hopkins muestra una agitación considerable, y no es un hombre emocional. Sí, deduzco que ha habido violencia y que el cuerpo se deja para nuestra inspección. Un simple suicidio no le habría hecho enviarme a llamar. En cuanto a la liberación de la dama, parecería que ha estado encerrada en su habitación durante la tragedia. Nos movemos en la alta sociedad, Watson; papel crujiente, monograma "E.B.", escudo de armas, dirección pintoresca. Creo que el amigo Hopkins estará a la altura de su reputación y que tendremos una mañana interesante. El crimen fue cometido antes de las doce de anoche.

—¿Cómo puede saberlo con certeza?

—Mediante una inspección de los trenes y calculando el tiempo. La policía local tuvo que ser llamada, tuvieron que comunicarse con Scotland Yard, Hopkins tuvo que salir, y él, a su vez, tuvo que enviarme a llamar. Todo eso hace una buena noche de trabajo. Bueno, aquí estamos en la estación de Chislehurst, y pronto despejaremos nuestras dudas.

Un trayecto de un par de millas a través de estrechos caminos rurales nos llevó a una puerta de parque, que nos fue abierta por un anciano guardés, cuyo rostro demacrado reflejaba algún gran desastre. La avenida discurría a través de un noble parque, entre hileras de antiguos olmos, y terminaba en una casa baja y extensa, con columnas en el frente al estilo de Palladio. La parte central era evidentemente de gran antigüedad y estaba cubierta de hiedra, pero las grandes ventanas mostraban que se habían llevado a cabo cambios modernos, y un ala de la casa parecía ser totalmente nueva. La figura juvenil y el rostro alerta y ansioso del inspector Stanley Hopkins nos confrontaron en la puerta abierta.

—Me alegra mucho que haya venido, señor Holmes. ¡Y usted también, doctor Watson! Pero, en verdad, si tuviera que volver a empezar, no le habría molestado, pues desde que la dama ha vuelto en sí, ha dado una cuenta tan clara del asunto que no queda mucho por hacer para nosotros. ¿Recuerda esa banda de ladrones de Lewisham?

—¿Qué, los tres Randall?

—Exactamente; el padre y dos hijos. Es obra suya. No tengo ninguna duda. Hicieron un trabajo en Sydenham hace quince días, y fueron vistos y descritos. Bastante fríos para hacer otro tan pronto y tan cerca, pero son ellos, sin lugar a dudas. Es un asunto de horca esta vez.

—¿Sir Eustace está muerto, entonces?

—Sí; le rompieron la cabeza con su propio atizador.

—Sir Eustace Brackenstall, me dice el conductor.

—Exactamente; uno de los hombres más ricos de Kent. Lady Brackenstall está en la sala de estar. Pobre dama, ha tenido una experiencia de lo más espantosa. Parecía medio muerta cuando la vi por primera vez. Creo que será mejor que la vea y escuche su relato de los hechos. Luego examinaremos el comedor juntos.

Lady Brackenstall no era una persona común. Rara vez he visto una figura tan elegante, una presencia tan femenina y un rostro tan hermoso. Era rubia, de cabello dorado y ojos azules, y, sin duda, habría tenido el cutis perfecto que acompaña a tal coloración si su reciente experiencia no la hubiera dejado demacrada y extenuada. Sus sufrimientos eran tanto físicos como mentales, pues sobre un ojo se alzaba una hinchazón horrible, de color ciruela, que su doncella, una mujer alta y austera, estaba bañando asiduamente con vinagre y agua. La dama yacía exhausta sobre un sofá, pero su mirada rápida y observadora al entrar nosotros en la habitación, y la expresión alerta de sus hermosas facciones, mostraban que ni su ingenio ni su valor habían sido sacudidos por su terrible experiencia. Estaba envuelta en una bata holgada de color azul y plata, pero un vestido de noche negro cubierto de lentejuelas estaba colgado en el sofá junto a ella.

—Les he contado todo lo que sucedió, señor Hopkins —dijo con cansancio—; ¿no podría repetirlo por mí? Bueno, si cree que es necesario, les diré a estos caballeros lo que ocurrió. ¿Han estado ya en el comedor?

—Pensé que sería mejor que escucharan primero la historia de su señoría.

—Me alegrará cuando pueda arreglar los asuntos. Es horrible para mí pensar en él todavía yaciendo allí. —Se estremeció y enterró su rostro en sus manos. Al hacerlo, la bata holgada se deslizó de sus antebrazos. Holmes profirió una exclamación.

—¡Tiene otras lesiones, señora! ¿Qué es esto? —Dos manchas rojas vívidas destacaban en uno de los miembros blancos y redondeados. Ella lo cubrió apresuradamente.

—No es nada. No tiene conexión con el horrible asunto de anoche. Si usted y su amigo quieren sentarse, les diré todo lo que pueda.

—Soy la esposa de Sir Eustace Brackenstall. Llevo casada alrededor de un año. Supongo que no sirve de nada intentar ocultar que nuestro matrimonio no ha sido feliz. Me temo que todos nuestros vecinos se lo dirían, incluso si intentara negarlo. Quizás la culpa sea en parte mía. Fui criada en la atmósfera más libre y menos convencional de Australia del Sur, y esta vida inglesa, con sus convencionalismos y su rigidez, no es compatible conmigo. Pero la razón principal reside en el único hecho que es notorio para todos, y es que Sir Eustace era un borracho empedernido. Estar con un hombre así durante una hora es desagradable. ¿Pueden imaginar lo que significa para una mujer sensible y de gran espíritu estar atada a él día y noche? Es un sacrilegio, un crimen, una villanía sostener que tal matrimonio es vinculante. Digo que estas leyes monstruosas de ustedes traerán una maldición sobre la tierra... el Cielo no dejará que tal maldad perdure. —Por un instante se sentó erguida, con las mejillas encendidas y los ojos brillando bajo la terrible marca en su frente. Entonces, la mano fuerte y calmante de la doncella austera llevó su cabeza hacia el cojín, y la ira salvaje se disipó en sollozos apasionados. Finalmente, continuó:

—Les contaré sobre anoche. Son conscientes, quizás, de que en esta casa todos los sirvientes duermen en el ala moderna. Este bloque central está compuesto por las salas de estar, con la cocina detrás y nuestro dormitorio arriba. Mi doncella Theresa duerme encima de mi habitación. No hay nadie más, y ningún sonido podría alarmar a quienes están en el ala más alejada. Esto debe haber sido bien conocido por los ladrones, o no habrían actuado como lo hicieron.

—Sir Eustace se retiró alrededor de las diez y media. Los sirvientes ya se habían ido a sus habitaciones. Solo mi doncella estaba levantada, y había permanecido en su habitación en la parte superior de la casa hasta que necesité sus servicios. Me senté hasta después de las once en esta habitación, absorta en un libro. Luego caminé para ver que todo estuviera bien antes de subir. Era mi costumbre hacer esto yo misma, porque, como he explicado, no siempre se podía confiar en Sir Eustace. Fui a la cocina, a la despensa del mayordomo, al cuarto de las armas, al salón de billar, al salón y finalmente al comedor. Al acercarme a la ventana, que está cubierta con cortinas gruesas, de repente sentí el viento soplar en mi rostro y me di cuenta de que estaba abierta. Aparté la cortina y me encontré cara a cara con un hombre mayor, de hombros anchos, que acababa de entrar en la habitación. La ventana es una larga ventana francesa, que en realidad forma una puerta que conduce al césped. Sostenía la vela de mi dormitorio encendida en mi mano, y, a su luz, detrás del primer hombre vi a otros dos, que estaban en el acto de entrar. Retrocedí, pero el sujeto estuvo sobre mí en un instante. Me atrapó primero por la muñeca y luego por la garganta. Abrí la boca para gritar, pero me dio un golpe salvaje con el puño sobre el ojo y me derribó al suelo. Debo haber estado inconsciente durante unos minutos, porque cuando volví en mí descubrí que habían arrancado el cordón de la campana y me habían asegurado firmemente a la silla de roble que está a la cabecera de la mesa del comedor. Estaba tan firmemente atada que no podía moverme, y un pañuelo alrededor de mi boca me impedía emitir sonido alguno. Fue en este instante cuando mi desafortunado marido entró en la habitación. Evidentemente había oído algunos sonidos sospechosos, y vino preparado para tal escena como la que encontró. Estaba vestido con su camisa y pantalones, con su garrote de endrino favorito en la mano. Se abalanzó contra uno de los ladrones, pero otro —era el hombre mayor— se agachó, recogió el atizador de la rejilla y le dio un golpe horrible al pasar. Cayó sin un gemido, y nunca volvió a moverse. Me desmayé una vez más, pero de nuevo solo habrán sido unos pocos minutos durante los cuales estuve insensible. Cuando abrí los ojos, descubrí que habían recogido la plata del aparador y habían abierto una botella de vino que estaba allí. Cada uno de ellos tenía un vaso en la mano. Ya les he dicho, ¿no es así?, que uno era mayor, con barba, y los otros jóvenes, muchachos lampiños. Podrían haber sido un padre con sus dos hijos. Hablaron entre ellos en susurros. Luego se acercaron y se aseguraron de que todavía estaba bien atada. Finalmente se retiraron, cerrando la ventana detrás de ellos. Pasó un buen cuarto de hora antes de que pudiera liberar mi boca. Cuando lo hice, mis gritos trajeron a la doncella en mi ayuda. Los otros sirvientes pronto se alarmaron, y enviamos a buscar a la policía local, que se comunicó instantáneamente con Londres. Eso es realmente todo lo que puedo decirles, caballeros, y confío en que no será necesario para mí repasar una historia tan dolorosa de nuevo.

—¿Alguna pregunta, señor Holmes? —preguntó Hopkins.

—No impondré más carga a la paciencia y el tiempo de Lady Brackenstall —dijo Holmes—. Antes de entrar al comedor me gustaría escuchar su experiencia. —Miró a la doncella.

—Vi a los hombres antes incluso de que entraran en la casa —dijo ella—. Mientras estaba sentada junto a la ventana de mi dormitorio vi a tres hombres a la luz de la luna junto a la puerta de la portería allá abajo, pero no pensé nada al respecto en ese momento. Fue más de una hora después cuando oí gritar a mi señora, y bajé corriendo, para encontrarla, pobre cordera, tal como dice, y a él en el suelo con su sangre y sus sesos por toda la habitación. Fue suficiente para volver loca a una mujer, atada allí, y su propio vestido manchado con él; pero a ella nunca le faltó valor, la señorita Mary Fraser de Adelaida, y Lady Brackenstall de Abbey Grange no ha aprendido nuevas formas. Ustedes los caballeros la han interrogado lo suficiente, y ahora ella va a su propia habitación, solo con su vieja Theresa, para obtener el descanso que tanto necesita.

Con una ternura maternal, la mujer huesuda puso su brazo alrededor de su señora y la llevó fuera de la habitación.

—Ha estado con ella toda su vida —dijo Hopkins—. La crió de bebé y vino con ella a Inglaterra cuando dejaron Australia por primera vez hace dieciocho meses. Theresa Wright es su nombre, y es el tipo de doncella que no se encuentra hoy en día. ¡Por aquí, señor Holmes, si le place!

El intenso interés se había desvanecido del expresivo rostro de Holmes, y supe que con el misterio todo el encanto del caso había desaparecido. Todavía quedaba un arresto por efectuar, ¿pero qué eran estos pícaros de poca monta para que él se ensuciara las manos con ellos? Un especialista abstruso y erudito que descubre que ha sido llamado para un caso de sarampión experimentaría algo del fastidio que leí en los ojos de mi amigo. Sin embargo, la escena en el comedor de Abbey Grange era lo suficientemente extraña como para detener su atención y recordar su interés menguante.

Era una cámara muy grande y alta, con techo de roble tallado, paneles de roble y una fina variedad de cabezas de ciervo y armas antiguas alrededor de las paredes. En el extremo más alejado de la puerta estaba la alta ventana francesa de la que habíamos oído hablar. Tres ventanas más pequeñas en el lado derecho llenaban el apartamento con la fría luz del sol de invierno. A la izquierda había una chimenea grande y profunda, con una repisa de roble maciza y sobresaliente. Junto a la chimenea había una pesada silla de roble con brazos y travesaños en la parte inferior. Entrando y saliendo a través de la madera abierta estaba tejido un cordón carmesí, que estaba asegurado a cada lado al travesaño inferior. Al liberar a la dama, el cordón se le había deslizado, pero los nudos con los que se había asegurado aún permanecían. Estos detalles solo llamaron nuestra atención después, pues nuestros pensamientos estaban completamente absorbidos por el terrible objeto que yacía sobre la alfombra de piel de tigre frente al fuego.

Era el cuerpo de un hombre alto y bien formado, de unos cuarenta años de edad. Yacía sobre su espalda, con el rostro hacia arriba, con sus dientes blancos sonriendo a través de su corta barba negra. Sus dos manos cerradas estaban levantadas sobre su cabeza, y un pesado bastón de endrino yacía sobre ellas. Sus oscuras, hermosas y aguileñas facciones estaban convulsionadas en un espasmo de odio vengativo, que había fijado su rostro muerto en una expresión terriblemente diabólica. Evidentemente había estado en su cama cuando estalló la alarma, pues vestía una camisa de dormir bordada de forma elegante, y sus pies descalzos sobresalían de sus pantalones. Su cabeza estaba horriblemente herida, y toda la habitación daba testimonio de la salvaje ferocidad del golpe que lo había derribado. Junto a él yacía el pesado atizador, doblado en una curva por la conmoción. Holmes examinó tanto este como el indescriptible destrozo que había causado.

—Debe ser un hombre poderoso, este Randall mayor —observó.

—Sí —dijo Hopkins—. Tengo algunos antecedentes del sujeto y es un individuo peligroso.

—No debería tener dificultades para atraparlo.

—Ni la más mínima. Hemos estado buscándolo, y existía la idea de que había escapado a América. Ahora que sabemos que la banda está aquí, no veo cómo pueden escapar. Ya hemos dado la noticia a todos los puertos marítimos, y se ofrecerá una recompensa antes de que caiga la tarde. Lo que me desconcierta es cómo pudieron hacer una cosa tan insensata, sabiendo que la dama podía describirlos y que no podíamos dejar de reconocer la descripción.

—Exacto. Uno habría esperado que también hubieran silenciado a Lady Brackenstall.

—Puede que no se dieran cuenta —sugerí— de que se había recuperado de su desmayo.

—Es muy probable. Si parecía estar inconsciente, no le habrían quitado la vida. ¿Qué hay de este pobre sujeto, Hopkins? Me parece haber oído algunas historias extrañas sobre él.

—Era un hombre de buen corazón cuando estaba sobrio, pero un demonio absoluto cuando estaba borracho, o mejor dicho, medio borracho, pues rara vez llegaba hasta el final. El diablo parecía estar dentro de él en tales momentos, y era capaz de cualquier cosa. Por lo que he oído, a pesar de toda su riqueza y su título, estuvo muy cerca de cruzarse en nuestro camino una o dos veces. Hubo un escándalo sobre su costumbre de rociar a un perro con petróleo y prenderle fuego —el perro de su señora, para empeorar las cosas— y eso solo se ocultó con dificultad. Luego le lanzó una licorera a la criada, Theresa Wright; hubo problemas por eso. En conjunto, y hablando entre nosotros, será una casa más alegre sin él. ¿Qué está mirando ahora?

Holmes estaba de rodillas examinando con gran atención los nudos de la cuerda roja con la que la dama había sido atada. Luego escudriñó cuidadosamente el extremo roto y deshilachado por donde se había soltado cuando el ladrón la había tirado hacia abajo.

—Cuando esto fue arrancado, la campana de la cocina debió de sonar con fuerza —observó.

—Nadie pudo oírla. La cocina está justo en la parte trasera de la casa.

—¿Cómo sabía el ladrón que nadie la oiría? ¿Cómo se atrevió a tirar de una cuerda de campana de esa manera tan imprudente?

—Exacto, señor Holmes, exacto. Usted plantea la misma pregunta que yo me he hecho una y otra vez. No puede haber duda de que este sujeto debía conocer la casa y sus costumbres. Debió comprender perfectamente que los criados estarían todos en la cama a esa hora comparativamente temprana, y que nadie podría oír sonar una campana en la cocina. Por lo tanto, debía estar en estrecha complicidad con uno de los criados. Ciertamente, eso es evidente. Pero hay ocho criados, y todos de buena reputación.

—En igualdad de condiciones —dijo Holmes—, uno sospecharía de aquel a cuya cabeza el amo lanzó una licorera. Y, sin embargo, eso implicaría traición hacia la señora a la que esta mujer parece estar dedicada. Bien, bien, el punto es secundario, y cuando atrapen a Randall probablemente no encontrarán dificultades para asegurar a su cómplice. La historia de la dama ciertamente parece corroborarse, si es que necesitaba corroboración, por cada detalle que vemos ante nosotros. —Caminó hacia la ventana francesa y la abrió de par en par—. Aquí no hay señales, pero el suelo está duro como el hierro, y uno no esperaría verlas. Veo que estas velas en la repisa de la chimenea han sido encendidas.

—Sí; fue a su luz y a la de la vela del dormitorio de la dama como los ladrones vieron el camino.

—¿Y qué se llevaron?

—Bueno, no se llevaron mucho; solo media docena de artículos de plata del aparador. Lady Brackenstall cree que ellos mismos quedaron tan perturbados por la muerte de Sir Eustace que no registraron la casa como lo habrían hecho de otra manera.

—Sin duda eso es cierto. Y, sin embargo, bebieron algo de vino, según tengo entendido.

—Para calmar sus propios nervios.

—Exacto. Estas tres copas sobre el aparador no han sido tocadas, supongo.

—Sí; y la botella está tal como la dejaron.

—Veamos. ¡Hola! ¡hola! ¿qué es esto?

Las tres copas estaban agrupadas, todas ellas teñidas de vino, y una de ellas contenía algunos posos de vino añejo. La botella estaba cerca de ellas, llena en dos tercios, y a su lado yacía un corcho largo y profundamente manchado. Su apariencia y el polvo sobre la botella mostraban que no era una cosecha común la que los asesinos habían disfrutado.

Un cambio se había producido en el modo de ser de Holmes. Había perdido su expresión apática, y de nuevo vi una luz alerta de interés en sus ojos penetrantes y hundidos. Levantó el corcho y lo examinó minuciosamente.

—¿Cómo lo sacaron? —preguntó.

Hopkins señaló un cajón entreabierto. En él había ropa de mesa y un sacacorchos grande.

—¿Dijo Lady Brackenstall que se usó ese sacacorchos?

—No; recuerda que ella estaba inconsciente en el momento en que se abrió la botella.

—Ciertamente. De hecho, ese sacacorchos NO fue usado. Esta botella fue abierta por un sacacorchos de bolsillo, probablemente contenido en una navaja, y no más largo de una pulgada y media. Si examina la parte superior del corcho, observará que el tornillo se introdujo tres veces antes de que el corcho fuera extraído. Nunca ha sido atravesado. Este tornillo largo lo habría atravesado y extraído con un solo tirón. Cuando atrape a este sujeto, encontrará que tiene una de estas navajas múltiples en su posesión.

—¡Excelente! —dijo Hopkins.

—Pero estas copas sí me desconciertan, lo confieso. Lady Brackenstall realmente VIÓ a los tres hombres bebiendo, ¿no es así?

—Sí; fue clara al respecto.

—Entonces se acabó. ¿Qué más se puede decir? Y, sin embargo, debe admitir que las tres copas son muy notables, Hopkins. ¿Qué, no ve nada notable? Bien, bien, déjelo pasar. Quizás cuando un hombre tiene conocimientos especiales y poderes especiales como los míos, le anima a buscar una explicación compleja cuando una más simple está a mano. Por supuesto, debe ser una mera casualidad lo de las copas. Bien, buenos días, Hopkins. No veo que pueda serle de alguna utilidad, y parece tener su caso muy claro. Me avisará cuando Randall sea arrestado, y cualquier otro acontecimiento que pueda ocurrir. Confío en que pronto tendré que felicitarle por una conclusión exitosa. Vamos, Watson, imagino que podemos emplearnos más provechosamente en casa.

Durante nuestro viaje de regreso pude ver por el rostro de Holmes que estaba muy desconcertado por algo que había observado. De vez en cuando, mediante un esfuerzo, se sacudía la impresión y hablaba como si el asunto estuviera claro, pero entonces sus dudas volvían a asentarse sobre él, y sus cejas fruncidas y sus ojos abstraídos mostraban que sus pensamientos habían vuelto una vez más al gran comedor de la Abbey Grange en el que esta tragedia de medianoche se había representado. Por fin, por un impulso repentino, justo cuando nuestro tren salía arrastrándose de una estación suburbana, saltó al andén y me arrastró tras él.

—Discúlpeme, querido amigo —dijo, mientras observábamos los últimos vagones de nuestro tren desaparecer tras una curva—; siento hacerle víctima de lo que puede parecer un mero capricho, pero por mi vida, Watson, simplemente NO puedo dejar ese caso en este estado. Cada instinto que poseo clama contra ello. Está mal, está todo mal; juraría que está mal. Y, sin embargo, la historia de la dama era completa, la corroboración de la criada era suficiente, el detalle era bastante exacto. ¿Qué tengo para contrarrestar eso? Tres copas de vino, eso es todo. Pero si no hubiera dado las cosas por sentado, si hubiera examinado todo con el cuidado que habría mostrado si hubiéramos abordado el caso DE NOVO y no tuviéramos una historia prefabricada para distorsionar mi mente, ¿no habría encontrado entonces algo más definido sobre lo que basarme? Por supuesto que sí. Siéntese en este banco, Watson, hasta que llegue un tren para Chislehurst, y permítame exponerle las pruebas, suplicándole en primera instancia que descarte de su mente la idea de que todo lo que la criada o su señora hayan podido decir debe ser necesariamente cierto. La encantadora personalidad de la dama no debe permitir que distorsione nuestro juicio.

—Ciertamente hay detalles en su historia que, si los miramos en frío, despertarían nuestras sospechas. Estos ladrones dieron un gran golpe en Sydenham hace quince días. Algunos informes sobre ellos y su apariencia estaban en los periódicos, y naturalmente se le ocurrirían a cualquiera que deseara inventar una historia en la que los ladrones imaginarios desempeñaran un papel. De hecho, los ladrones que han hecho un buen negocio, por regla general, están demasiado contentos de disfrutar de las ganancias en paz y tranquilidad sin embarcarse en otra empresa peligrosa. Además, es inusual que los ladrones operen a una hora tan temprana; es inusual que los ladrones golpeen a una dama para evitar que grite, ya que uno imaginaría que esa es la forma segura de hacerla gritar; es inusual que cometan asesinato cuando su número es suficiente para dominar a un hombre; es inusual que se contenten con un botín limitado cuando hay mucho más a su alcance; y finalmente diría que es muy inusual que tales hombres dejen una botella medio vacía. ¿Cómo le parecen todos estos aspectos inusuales, Watson?

—Su efecto acumulativo es ciertamente considerable, y sin embargo cada uno de ellos es perfectamente posible en sí mismo. Lo más inusual de todo, a mi parecer, es que la dama estuviera atada a la silla.

—Bueno, no estoy tan claro sobre eso, Watson; pues es evidente que debían matarla o bien asegurarla de tal manera que no pudiera dar aviso inmediato de su huida. Pero, de todos modos, he demostrado, ¿no es así?, que hay un cierto elemento de improbabilidad en la historia de la dama. Y ahora, además de esto, llega el incidente de las copas de vino.

—¿Qué pasa con las copas de vino?

—¿Puede verlas en el ojo de su mente?

—Las veo claramente.

—Se nos dice que tres hombres bebieron de ellas. ¿Le parece probable?

—¿Por qué no? Había vino en cada copa.

—Exacto; pero solo había posos en una copa. Debe haber notado ese hecho. ¿Qué sugiere eso a su mente?

—La última copa servida sería la más probable de contener posos.

—En absoluto. La botella estaba llena de ellos, y es inconcebible que las dos primeras copas estuvieran claras y la tercera fuertemente cargada de ellos. Hay dos explicaciones posibles, y solo dos. Una es que después de servir la segunda copa, la botella fue agitada violentamente, y así la tercera copa recibió los posos. Eso no parece probable. No, no; estoy seguro de que tengo razón.

—¿Qué supone, entonces?

—Que solo se usaron dos copas, y que los posos de ambas fueron vertidos en una tercera copa, para dar la falsa impresión de que tres personas habían estado aquí. De esa manera, todos los posos estarían en la última copa, ¿no es así? Sí, estoy convencido de que esto es así. Pero si he dado con la verdadera explicación de este pequeño fenómeno, entonces, en un instante, el caso se eleva de lo común a lo extremadamente notable, porque solo puede significar que Lady Brackenstall y su criada nos han mentido deliberadamente, que no debemos creer ni una palabra de su historia, que tienen alguna razón muy fuerte para encubrir al verdadero criminal, y que debemos construir nuestro caso por nosotros mismos sin ninguna ayuda de ellas. Esa es la misión que ahora tenemos ante nosotros, y aquí, Watson, está el tren de Chislehurst.

La servidumbre de la Abbey Grange se sorprendió mucho por nuestro regreso, pero Sherlock Holmes, al descubrir que Stanley Hopkins se había marchado a informar a la central, tomó posesión del comedor, cerró la puerta por dentro y se dedicó durante dos horas a una de esas investigaciones minuciosas y laboriosas que formaban la base sólida sobre la que se erigían sus brillantes edificios de deducción. Sentado en un rincón como un estudiante interesado que observa la demostración de su profesor, seguí cada paso de esa notable investigación. La ventana, las cortinas, la alfombra, la silla, la cuerda; cada uno a su vez fue examinado minuciosamente y debidamente ponderado. El cuerpo del infortunado baronet había sido retirado, pero todo lo demás permanecía como lo habíamos visto por la mañana. Entonces, para mi asombro, Holmes subió a la maciza repisa de la chimenea. Muy por encima de su cabeza colgaban los pocos centímetros de cuerda roja que aún estaban unidos al cable. Durante mucho tiempo miró hacia arriba, y luego, en un intento de acercarse más, apoyó su rodilla sobre un soporte de madera en la pared. Esto puso su mano a pocos centímetros del extremo roto de la cuerda, pero no fue esto tanto como el propio soporte lo que pareció atraer su atención. Finalmente saltó al suelo con una exclamación de satisfacción.

—Todo está bien, Watson —dijo—. Tenemos nuestro caso, uno de los más notables de nuestra colección. Pero, cielo santo, ¡qué lento he sido, y qué cerca he estado de cometer el error de mi vida! Ahora, creo que con unos pocos eslabones perdidos mi cadena está casi completa.

—¿Ha atrapado a sus hombres?

—Hombre, Watson, hombre. Solo uno, pero una persona muy formidable. Fuerte como un león; sea testigo el golpe que dobló ese atizador. Un metro noventa de altura, activo como una ardilla, diestro con sus dedos; finalmente, notablemente ingenioso, pues toda esta ingeniosa historia es producto de su invención. Sí, Watson, nos hemos topado con la obra de un individuo muy notable. Y, sin embargo, en esa cuerda de campana nos ha dado una pista que no debería habernos dejado ninguna duda.

—¿Dónde estaba la pista?

—Bueno, si usted tirara de una cuerda de campana, Watson, ¿por dónde esperaría que se rompiera? Seguramente en el punto donde está unida al cable. ¿Por qué debería romperse a tres pulgadas de la parte superior como lo ha hecho esta?

—¿Porque está deshilachada ahí?

—Exacto. Este extremo, que podemos examinar, está deshilachado. Fue lo suficientemente astuto como para hacer eso con su navaja. Pero el otro extremo no está deshilachado. No podría observar eso desde aquí, pero si estuviera sobre la repisa de la chimenea vería que está cortado limpiamente sin ninguna marca de deshilachado en absoluto. Puede reconstruir lo que ocurrió. El hombre necesitaba la cuerda. No la arrancaría por miedo a dar la alarma haciendo sonar la campana. ¿Qué hizo? Saltó sobre la repisa de la chimenea, no pudo alcanzarla del todo, puso su rodilla en el soporte (verá la impresión en el polvo) y así consiguió que su navaja entrara en contacto con la cuerda. No pude alcanzar el lugar por al menos tres pulgadas, de lo cual infiero que es al menos tres pulgadas más grande que yo. ¡Mire esa marca sobre el asiento de la silla de roble! ¿Qué es?

—Sangre.

—Indudablemente es sangre. Esto por sí solo invalida la historia de la dama. Si ella estaba sentada en la silla cuando se cometió el crimen, ¿de dónde viene esa marca? No, no; ella fue colocada en la silla DESPUÉS de la muerte de su esposo. Apuesto a que el vestido negro muestra una marca correspondiente a esta. Todavía no hemos encontrado nuestro Waterloo, Watson, pero este es nuestro Marengo, pues comienza en la derrota y termina en la victoria. Quisiera ahora tener unas palabras con la enfermera Theresa. Debemos ser cautelosos por un tiempo, si queremos obtener la información que queremos.

Era una persona interesante, esta severa enfermera australiana. Taciturna, recelosa, desagradable; tomó algún tiempo antes de que el modo de ser agradable de Holmes y su franca aceptación de todo lo que decía la ablandaran hasta alcanzar una amabilidad correspondiente. No intentó ocultar su odio por su difunto empleador.

—Sí, señor, es cierto que me lanzó la licorera. Le oí llamar a mi señora de una manera, y le dije que no se atrevería a hablar así si su hermano hubiera estado allí. Entonces fue cuando me la lanzó. Podría haber lanzado una docena si tan solo hubiera dejado en paz a mi pajarito. Siempre la estaba maltratando, y ella demasiado orgullosa para quejarse. Ni siquiera me contará todo lo que le ha hecho. Nunca me contó de esas marcas en su brazo que vio esta mañana, pero sé muy bien que provienen de una puñalada con un alfiler de sombrero. El demonio astuto; el Cielo me perdone que hable de él así, ahora que está muerto, pero un demonio era si alguna vez uno caminó por la tierra. Era todo miel cuando lo conocimos, hace solo dieciocho meses, y ambos sentimos como si fueran dieciocho años. Ella acababa de llegar a Londres. Sí, fue su primer viaje; nunca antes había estado fuera de casa. La ganó con su título y su dinero y sus falsos modales de Londres. Si cometió un error, lo ha pagado, si alguna vez una mujer lo hizo. ¿En qué mes lo conocimos? Bueno, le diré que fue justo después de que llegamos. Llegamos en junio, y era julio. Se casaron en enero del año pasado. Sí, ella está de nuevo en la sala de estar, y no dudo que le recibirá, pero no debe pedirle demasiado, pues ha pasado por todo lo que carne y sangre pueden soportar.

Lady Brackenstall estaba reclinada en el mismo sofá, pero parecía más alegre que antes. La criada había entrado con nosotros, y comenzó una vez más a aplicar fomentos al hematoma en la frente de su señora.

—Espero —dijo la dama—, que no haya venido a interrogarme de nuevo.

—No —respondió Holmes, con su voz más suave—, no le causaré ninguna molestia innecesaria, Lady Brackenstall, y mi único deseo es hacer las cosas fáciles para usted, pues estoy convencido de que es una mujer que ha sufrido mucho. Si me trata como a un amigo y confía en mí, puede que descubra que justificaré su confianza.

—¿Qué quiere que haga?

—Que me diga la verdad.

—¡Señor Holmes!

—No, no, Lady Brackenstall, no sirve de nada. Puede haber oído hablar de la pequeña reputación que poseo. Lo apostaré todo al hecho de que su historia es una fabricación absoluta.

Señora y criada miraban fijamente a Holmes con rostros pálidos y ojos asustados.

—¡Usted es un sujeto insolente! —gritó Theresa—. ¿Quiere decir que mi señora ha dicho una mentira?

Holmes se levantó de su silla.

—¿No tiene nada que decirme?

—Le he dicho todo.

—Piénselo una vez más, Lady Brackenstall. ¿No sería mejor ser franca?

Por un instante hubo vacilación en su hermoso rostro. Luego, algún pensamiento nuevo y fuerte hizo que se pusiera rígido como una máscara.

—Le he dicho todo lo que sé.

Holmes tomó su sombrero y se encogió de hombros. —Lo siento —dijo, y sin decir una palabra más salimos de la habitación y de la casa. Había un estanque en el parque, y hacia allí se dirigió mi amigo. Estaba cubierto de hielo, pero se había dejado un único agujero para la conveniencia de un cisne solitario. Holmes lo miró y luego pasó a la puerta de la portería. Allí garabateó una nota corta para Stanley Hopkins y la dejó con el portero.

—Puede que sea un acierto o puede que sea un error, pero estamos obligados a hacer algo por el amigo Hopkins, solo para justificar esta segunda visita —dijo—. No le confiaré mis pensamientos todavía. Creo que nuestra próxima escena de operaciones debe ser la oficina de embarque de la línea Adelaida-Southampton, que se encuentra al final de Pall Mall, si no recuerdo mal. Hay una segunda línea de barcos de vapor que conecta Australia del Sur con Inglaterra, pero cubriremos primero la mayor.

La tarjeta de Holmes entregada al gerente aseguró una atención inmediata, y no tardó mucho en obtener toda la información que necesitaba. En junio del 95, solo uno de los barcos de su línea había llegado a un puerto nacional. Era el ROCK OF GIBRALTAR, su barco más grande y mejor. Una consulta a la lista de pasajeros mostró que la señorita Fraser, de Adelaida, junto con su doncella, había realizado el viaje en él. El barco se encontraba ahora en camino a Australia, en algún lugar al sur del canal de Suez. Sus oficiales eran los mismos que en el 95, con una excepción. El primer oficial, el señor Jack Croker, había sido ascendido a capitán y debía hacerse cargo de su nuevo barco, el BASS ROCK, que zarpaba en dos días desde Southampton. Vivía en Sydenham, pero era probable que estuviera allí esa misma mañana para recibir instrucciones, si nos interesaba esperarlo.

No; el señor Holmes no tenía deseos de verlo, pero le agradaría saber más sobre su historial y carácter.

Su historial era magnífico. No había oficial en la flota que estuviera a su altura. En cuanto a su carácter, era fiable en el servicio, pero un hombre salvaje y temerario fuera de la cubierta de su barco, de carácter ardiente y excitable, pero leal, honesto y de buen corazón. Ese fue el núcleo de la información con la que Holmes dejó la oficina de la compañía Adelaida-Southampton. Desde allí se dirigió a Scotland Yard, pero en lugar de entrar, se sentó en su coche de punto con las cejas fruncidas, perdido en profundos pensamientos. Finalmente, se dirigió a la oficina de telégrafos de Charing Cross, envió un mensaje y, entonces, por fin, nos dirigimos a Baker Street una vez más.

—No, no podría hacerlo, Watson —dijo, mientras volvíamos a entrar en nuestra habitación—. Una vez que se emitiera esa orden de detención, nada en la tierra podría salvarlo. Una o dos veces en mi carrera siento que he hecho más daño real con mi descubrimiento del criminal que el que él jamás hizo con su crimen. Ahora he aprendido a ser precavido, y prefiero jugar con la ley de Inglaterra que con mi propia conciencia. Sepamos un poco más antes de actuar.

Antes del atardecer recibimos la visita del inspector Stanley Hopkins. Las cosas no le estaban yendo muy bien.

—Creo que usted es un mago, señor Holmes. Realmente, a veces pienso que tiene poderes que no son humanos. Ahora, ¿cómo demonios pudo saber que la plata robada estaba en el fondo de ese estanque?

—No lo sabía.

—Pero me dijo que lo examinara.

—¿La encontró, entonces?

—Sí, la encontré.

—Me alegra mucho haberle ayudado.

—Pero no me ha ayudado. Ha hecho el asunto mucho más difícil. ¿Qué clase de ladrones son esos que roban plata y luego la arrojan al estanque más cercano?

—Ciertamente fue un comportamiento bastante excéntrico. Yo simplemente partía de la idea de que si la plata había sido tomada por personas que no la querían, que solo la tomaron como una distracción, por así decirlo, entonces estarían naturalmente ansiosas por deshacerse de ella.

—¿Pero por qué debería cruzársele tal idea por la mente?

—Bueno, pensé que era posible. Cuando salieron por la ventana francesa, ahí estaba el estanque, con un tentador agujerito en el hielo, justo delante de sus narices. ¿Podría haber un escondite mejor?

—¡Ah, un escondite..., eso es mejor! —exclamó Stanley Hopkins—. ¡Sí, sí, ahora lo veo todo! Era temprano, había gente en los caminos, tenían miedo de ser vistos con la plata, así que la hundieron en el estanque, con la intención de volver por ella cuando la costa estuviera despejada. Excelente, señor Holmes; eso es mejor que su idea de la distracción.

—Así es; tiene usted una teoría admirable. No me cabe duda de que mis propias ideas fueron bastante disparatadas, pero debe admitir que han terminado por descubrir la plata.

—Sí, señor, sí. Todo fue gracias a usted. Pero he tenido un serio revés.

—¿Un revés?

—Sí, señor Holmes. La banda Randall fue arrestada en Nueva York esta mañana.

—¡Vaya, Hopkins! Eso ciertamente va en contra de su teoría de que cometieron un asesinato en Kent anoche.

—Es fatal, señor Holmes, absolutamente fatal. Aun así, hay otras bandas de tres además de los Randall, o podría ser alguna banda nueva de la que la policía nunca haya oído hablar.

—Así es; es perfectamente posible. ¿Qué, ya se va?

—Sí, señor Holmes; no hay descanso para mí hasta que llegue al fondo del asunto. ¿Supongo que no tendrá ninguna pista que darme?

—Le he dado una.

—¿Cuál?

—Bueno, sugerí una distracción.

—¿Pero por qué, señor Holmes, por qué?

—Ah, esa es la cuestión, por supuesto. Pero le recomiendo la idea. Podría darse cuenta de que había algo en ella. ¿No se quedará a cenar? Bueno, adiós, y háganos saber cómo le va.

La cena había terminado y la mesa estaba recogida antes de que Holmes volviera a aludir al asunto. Había encendido su pipa y mantenía sus pies calzados con zapatillas frente al alegre resplandor del fuego. De repente, miró su reloj.

—Espero novedades, Watson.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo, dentro de unos minutos. Me atrevería a decir que pensó que actué bastante mal con Stanley Hopkins hace un momento.

—Confío en su criterio.

—Una respuesta muy sensata, Watson. Debe verlo de esta manera: lo que yo sé es extraoficial; lo que él sabe es oficial. Yo tengo derecho al juicio privado, pero él no. Debe revelarlo todo, o es un traidor a su servicio. En un caso dudoso, no lo pondría en una posición tan dolorosa, y por eso reservo mi información hasta que mi propia mente esté clara sobre el asunto.

—¿Pero cuándo será eso?

—Ha llegado el momento. Usted será ahora testigo de la última escena de un drama notable.

Hubo un sonido en la escalera y nuestra puerta se abrió para admitir al ejemplar de hombre más magnífico que jamás hubiera cruzado por ella. Era un joven muy alto, de bigote rubio, ojos azules, con una piel que había sido quemada por los soles tropicales y un paso elástico que demostraba que su enorme complexión era tan activa como fuerte. Cerró la puerta tras de sí y luego permaneció allí con las manos apretadas y el pecho agitado, sofocando alguna emoción irresistible.

—Siéntese, capitán Croker. ¿Recibió mi telegrama?

Nuestro visitante se hundió en un sillón y nos miró de uno a otro con ojos interrogantes.

—Recibí su telegrama y vine a la hora que dijo. Me enteré de que había estado en la oficina. No había forma de escapar de usted. Oigamos lo peor. ¿Qué va a hacer conmigo? ¿Arrestarme? ¡Hable, hombre! No puede sentarse ahí y jugar conmigo como un gato con un ratón.

—Déle un cigarro —dijo Holmes—. Muerda eso, capitán Croker, y no deje que sus nervios le dominen. Puede estar seguro de que no me sentaría aquí a fumar con usted si pensara que es un criminal común. Sea franco conmigo y podremos hacer algo bueno. Juegue conmigo y lo aplastaré.

—¿Qué desea que haga?

—Que me dé una cuenta verdadera de todo lo que ocurrió en Abbey Grange anoche; una cuenta VERDADERA, entiéndalo, sin añadir nada ni quitar nada. Sé tanto ya que si se desvía un centímetro del camino recto, haré sonar este silbato policial desde mi ventana y el asunto escapará de mis manos para siempre.

El marinero pensó un poco. Luego se golpeó la pierna con su mano grande y quemada por el sol.

—Me la jugaré —exclamó—. Creo que es un hombre de palabra, un hombre íntegro, y le contaré toda la historia. Pero primero diré una cosa. En lo que a mí respecta, no me arrepiento de nada ni temo nada, y lo haría todo de nuevo y me sentiría orgulloso de la obra. ¡Maldita sea la bestia, si tuviera tantas vidas como un gato, me las debería todas! Pero es la dama, Mary... Mary Fraser, pues nunca la llamaré por ese nombre maldito. Cuando pienso en meterla en problemas, yo, que daría mi vida solo por traer una sonrisa a su rostro querido, eso es lo que me deshace el alma. Y sin embargo..., y sin embargo..., ¿qué otra cosa podía hacer? Les contaré mi historia, caballeros, y luego les preguntaré de hombre a hombre qué otra cosa podía hacer.

—Debo retroceder un poco. Usted parece saberlo todo, así que supongo que sabe que la conocí cuando ella era pasajera y yo era primer oficial del ROCK OF GIBRALTAR. Desde el primer día que la conocí, ella fue la única mujer para mí. Cada día de aquel viaje la amé más, y muchas veces desde entonces me he arrodillado en la oscuridad de la guardia nocturna y besado la cubierta de ese barco porque sabía que sus pies queridos la habían pisado. Nunca se comprometió conmigo. Me trató tan justamente como una mujer puede tratar a un hombre. No tengo quejas. Todo fue amor por mi parte, y toda buena camaradería y amistad por la suya. Cuando nos separamos, ella era una mujer libre, pero yo nunca podría volver a ser un hombre libre.

—La siguiente vez que regresé del mar, me enteré de su matrimonio. Bueno, ¿por qué no iba a casarse con quien quisiera? Título y dinero... ¿quién podría llevarlos mejor que ella? Ella nació para todo lo que es hermoso y delicado. No me afligí por su matrimonio. No era un sabueso tan egoísta. Simplemente me alegré de que la buena fortuna hubiera llegado a su camino y de que no se hubiera echado a perder con un marinero sin un céntimo. Así es como amé a Mary Fraser.

—Bueno, nunca pensé volver a verla; pero en el último viaje fui ascendido, y el nuevo barco aún no había sido botado, así que tuve que esperar un par de meses con los míos en Sydenham. Un día, en un camino rural, me encontré con Theresa Wright, su antigua doncella. Me contó sobre ella, sobre él, sobre todo. Les digo, caballeros, que casi me vuelve loco. ¡Este sabueso borracho, que se atreviera a levantar la mano contra ella, a quien no era digno ni de lamerle las botas! Volví a encontrarme con Theresa. Luego me encontré con Mary misma... y volví a encontrarla. Entonces ella ya no quiso verme más. Pero el otro día recibí un aviso de que debía comenzar mi viaje en una semana, y decidí que la vería una vez antes de irme. Theresa siempre fue mi amiga, pues amaba a Mary y odiaba a este villano casi tanto como yo. De ella aprendí las costumbres de la casa. Mary solía quedarse leyendo en su pequeña habitación de abajo. Me arrastré por allí anoche y arañé la ventana. Al principio no quiso abrirme, pero en el fondo sé que ahora me ama, y no pudo dejarme en la noche helada. Me susurró que fuera a la gran ventana del frente, y la encontré abierta ante mí para dejarme entrar al comedor. De nuevo escuché de sus labios cosas que me hicieron hervir la sangre, y de nuevo maldije a este bruto que maltrataba a la mujer que amaba. Bueno, caballeros, estaba allí con ella justo dentro de la ventana, con toda inocencia, que el cielo sea mi testigo, cuando él irrumpió como un loco en la habitación, la llamó con el nombre más vil que un hombre puede usar con una mujer y le golpeó la cara con el bastón que tenía en la mano. Salté a por el atizador, y fue una pelea justa entre nosotros. Vean aquí en mi brazo donde cayó su primer golpe. Luego fue mi turno, y lo atravesé como si hubiera sido una calabaza podrida. ¿Creen que lo lamenté? ¡Yo no! Era su vida o la mía, pero mucho más que eso, era su vida o la suya, ¿pues cómo iba a dejarla en poder de este loco? Así fue como lo maté. ¿Me equivoqué? Bueno, entonces, ¿qué hubieran hecho cualquiera de ustedes, caballeros, si hubieran estado en mi posición?

—Ella había gritado cuando él la golpeó, y eso trajo a la vieja Theresa desde la habitación de arriba. Había una botella de vino en el aparador, y la abrí y vertí un poco entre los labios de Mary, pues estaba medio muerta por el impacto. Luego tomé un trago yo mismo. Theresa estaba tan fría como el hielo, y fue su plan tanto como mío. Debíamos hacer parecer que unos ladrones habían hecho el trabajo. Theresa seguía repitiendo nuestra historia a su señora, mientras yo trepaba y cortaba la cuerda de la campana. Luego la até a su silla y deshilaché el extremo de la cuerda para que pareciera natural, de lo contrario se preguntarían cómo diablos un ladrón pudo haber subido allí para cortarla. Luego recogí algunos platos y piezas de plata, para llevar a cabo la idea de un robo, y allí los dejé con órdenes de dar la alarma cuando yo llevara un cuarto de hora de ventaja. Tiré la plata al estanque y me fui hacia Sydenham, sintiendo que por una vez en mi vida había hecho un trabajo realmente bueno. Y esa es la verdad y toda la verdad, señor Holmes, aunque me cueste el cuello.

Holmes fumó durante algún tiempo en silencio. Luego cruzó la habitación y estrechó la mano de nuestro visitante.

—Eso es lo que pienso —dijo—. Sé que cada palabra es cierta, pues apenas ha dicho una palabra que yo no supiera. Nadie más que un acróbata o un marinero podría haber subido a esa cuerda de campana desde el soporte, y nadie más que un marinero podría haber hecho los nudos con los que la cuerda estaba sujeta a la silla. Solo una vez esta dama había estado en contacto con marineros, y fue en su viaje, y era alguien de su propia clase social, ya que ella se esforzaba mucho por protegerlo y así demostraba que lo amaba. Vea lo fácil que fue para mí poner mis manos sobre usted una vez que comencé por el rastro correcto.

—Pensé que la policía nunca podría haber visto a través de nuestro engaño.

—Y la policía no lo ha hecho; ni lo hará, según mi leal saber y entender. Ahora, escuche, capitán Croker, este es un asunto muy serio, aunque estoy dispuesto a admitir que usted actuó bajo la provocación más extrema a la que cualquier hombre podría ser sometido. No estoy seguro de que en defensa de su propia vida su acción no sea declarada legítima. Sin embargo, eso es algo que un jurado británico debe decidir. Mientras tanto, tengo tanta simpatía por usted que, si decide desaparecer en las próximas veinticuatro horas, le prometo que nadie le obstaculizará.

—¿Y entonces todo saldrá a la luz?

—Ciertamente saldrá a la luz.

El marinero se sonrojó de ira.

—¿Qué clase de propuesta es esa para hacerle a un hombre? Sé lo suficiente de leyes para entender que Mary sería tomada como cómplice. ¿Cree que la dejaría sola para afrontar la música mientras yo me escabullo? No, señor; que hagan lo peor conmigo, pero por el amor de Dios, señor Holmes, encuentre alguna manera de mantener a mi pobre Mary fuera de los tribunales.

Holmes, por segunda vez, extendió su mano al marinero.

—Solo le estaba poniendo a prueba, y resulta usted ser auténtico cada vez. Bueno, es una gran responsabilidad la que asumo, pero le he dado a Hopkins una pista excelente, y si no puede aprovecharla, no puedo hacer más. Mire aquí, capitán Croker, haremos esto según el debido proceso de la ley. Usted es el prisionero. Watson, usted es un jurado británico, y nunca conocí a un hombre que estuviera más eminentemente capacitado para representar a uno. Yo soy el juez. Ahora, señores del jurado, han escuchado el testimonio. ¿Declaran al prisionero culpable o no culpable?

—No culpable, señoría —dije.

—Vox populi, vox Dei. Queda absuelto, capitán Croker. Mientras la ley no encuentre a otra víctima, está a salvo de mí. Vuelva con esta dama en un año, y que su futuro y el suyo nos justifiquen en el juicio que hemos pronunciado esta noche.

—Comprendo. Ahora, señor Trelawney Hope, le quedaría muy agradecido si me explicara exactamente las circunstancias en las que desapareció este documento.

—Eso puede hacerse en muy pocas palabras, señor Holmes. La carta —pues se trataba de una carta de un potentado extranjero— fue recibida hace seis días. Era de tal importancia que nunca la he dejado en mi caja fuerte, sino que la he llevado conmigo cada tarde a mi casa de Whitehall Terrace y la he guardado en mi dormitorio, dentro de un maletín cerrado con llave. Estaba allí anoche. De eso estoy seguro. De hecho, abrí el maletín mientras me vestía para cenar y vi el documento dentro. Esta mañana había desaparecido. El maletín había permanecido junto al espejo de mi tocador durante toda la noche. Tengo el sueño ligero, al igual que mi esposa. Ambos estamos dispuestos a jurar que nadie pudo haber entrado en la habitación durante la noche. Y, sin embargo, repito que el papel ha desaparecido.

—¿A qué hora cenaron?

—A las siete y media.

—¿Cuánto tiempo pasó antes de que se fueran a dormir?

—Mi esposa había ido al teatro. La esperé levantado. Eran las once y media cuando fuimos a nuestra habitación.

—¿Entonces, durante cuatro horas el maletín permaneció sin vigilancia?

—A nadie se le permite entrar en esa habitación, salvo a la doncella por la mañana y a mi ayuda de cámara, o a la doncella de mi esposa, durante el resto del día. Ambos son sirvientes de confianza que llevan tiempo con nosotros. Además, ninguno de ellos podría haber sabido que había algo más valioso que los documentos habituales del departamento en mi maletín.

—¿Quién sabía de la existencia de esa carta?

—Nadie en la casa.

—¿Seguramente su esposa lo sabía?

—No, señor; no le dije nada a mi esposa hasta que eché en falta el papel esta mañana.

El Primer Ministro asintió con aprobación.

—Hace mucho que sé, señor, lo elevado que es su sentido del deber público —dijo—. Estoy convencido de que, en el caso de un secreto de esta importancia, se impondría sobre los lazos domésticos más íntimos.

El Secretario de Asuntos Europeos hizo una reverencia.

—No me hace más que justicia, señor. Hasta esta mañana, nunca he pronunciado una palabra a mi esposa sobre este asunto.

—¿Podría haberlo adivinado?

—No, señor Holmes, no podría haberlo adivinado, ni nadie podría haberlo hecho.

—¿Ha perdido algún documento anteriormente?

—No, señor.

—¿Quién hay en Inglaterra que supiera de la existencia de esta carta?

—Cada miembro del Gabinete fue informado de ello ayer; pero la promesa de secreto que conlleva toda reunión del Gabinete fue reforzada por la solemne advertencia que dio el Primer Ministro. ¡Cielo santo, pensar que en pocas horas yo mismo la he perdido! Su apuesto rostro se contrajo con un espasmo de desesperación y sus manos se hundieron en su cabello. Por un momento vislumbramos al hombre natural, impulsivo, ardiente, sumamente sensible. Al siguiente, la máscara aristocrática volvió a colocarse y recuperó su voz amable. Además de los miembros del Gabinete, hay dos, o posiblemente tres, funcionarios del departamento que conocen la existencia de la carta. Nadie más en Inglaterra, señor Holmes, se lo aseguro.

—¿Pero en el extranjero?

—Creo que nadie en el extranjero la ha visto, salvo el hombre que la escribió. Estoy bien convencido de que sus ministros, de que no se han empleado los canales oficiales habituales.

Holmes reflexionó durante un buen rato.

—Ahora, señor, debo preguntarle con más detalle qué es este documento y por qué su desaparición debería tener consecuencias tan trascendentales.

Los dos estadistas intercambiaron una rápida mirada y las pobladas cejas del Primer Ministro se fruncieron.

—Señor Holmes, el sobre es largo y delgado, de color azul pálido. Tiene un sello de lacre rojo impreso con un león agazapado. Está dirigido con una letra grande y audaz a...

—Me temo, señor —dijo Holmes—, que, por interesantes y de hecho esenciales que sean estos detalles, mis indagaciones deben ir más a la raíz de las cosas. ¿Qué ERA la carta?

—Eso es un secreto de Estado de la mayor importancia y me temo que no puedo decírselo, ni veo que sea necesario. Si con la ayuda de las facultades que se dice que usted posee puede encontrar un sobre como el que describo con su contenido, habrá hecho un buen servicio a su país y se habrá ganado cualquier recompensa que esté en nuestras manos otorgar.

Sherlock Holmes se levantó con una sonrisa.

—Ustedes son dos de los hombres más ocupados del país —dijo—, y a mi pequeña escala yo también tengo muchas exigencias. Lamento profundamente no poder ayudarles en este asunto, y cualquier continuación de esta entrevista sería una pérdida de tiempo.

El Primer Ministro se puso en pie de un salto con ese brillo rápido y feroz en sus ojos hundidos ante el cual se había acobardado un Gabinete. —No estoy acostumbrado, señor... —comenzó, pero dominó su ira y volvió a sentarse. Durante un minuto o más nos quedamos todos en silencio. Luego, el viejo estadista se encogió de hombros.

—Debemos aceptar sus condiciones, señor Holmes. Sin duda tiene razón y es irrazonable por nuestra parte esperar que actúe a menos que le demos nuestra total confianza.

—Estoy de acuerdo con usted, señor —dijo el estadista más joven.

—Entonces se lo diré, confiando plenamente en su honor y en el de su colega, el doctor Watson. También puedo apelar a su patriotismo, pues no podría imaginar una desgracia mayor para el país que la de que este asunto saliera a la luz.

—Puede confiar en nosotros.

—La carta, entonces, es de un cierto potentado extranjero que ha sido molestado por algunos acontecimientos coloniales recientes de este país. Ha sido escrita a toda prisa y bajo su exclusiva responsabilidad. Las investigaciones han demostrado que sus ministros no saben nada del asunto. Al mismo tiempo, está redactada de una manera tan desafortunada, y ciertas frases en ella tienen un carácter tan provocador, que su publicación conduciría sin duda a un estado de ánimo muy peligroso en este país. Habría tal fermento, señor, que no dudo en decir que, en el plazo de una semana desde la publicación de esa carta, este país se vería envuelto en una gran guerra.

Holmes escribió un nombre en un trozo de papel y se lo entregó al Primer Ministro.

—Exactamente. Fue él. Y es esta carta —esta carta que bien podría significar el gasto de mil millones y la vida de cien mil hombres— la que se ha perdido de esta manera inexplicable.

—¿Han informado al remitente?

—Sí, señor, se ha enviado un telegrama cifrado.

—Quizás él desea la publicación de la carta.

—No, señor, tenemos fuertes razones para creer que él ya comprende que ha actuado de una manera indiscreta y precipitada. Sería un golpe mayor para él y para su país que para nosotros si esta carta saliera a la luz.

—Si esto es así, ¿a quién le interesa que la carta salga a la luz? ¿Por qué alguien desearía robarla o publicarla?

—Ahí, señor Holmes, usted me lleva a regiones de alta política internacional. Pero si considera la situación europea no tendrá ninguna dificultad en percibir el motivo. Toda Europa es un campamento armado. Hay una doble liga que equilibra equitativamente el poder militar. Gran Bretaña sostiene la balanza. Si Gran Bretaña fuera arrastrada a una guerra contra una confederación, aseguraría la supremacía de la otra confederación, tanto si se unieran a la guerra como si no. ¿Me sigue?

—Muy claramente. Entonces es interés de los enemigos de este potentado conseguir y publicar esta carta, para crear una brecha entre su país y el nuestro.

—Sí, señor.

—¿Y a quién sería enviado este documento si cayera en manos de un enemigo?

—A cualquiera de las grandes cancillerías de Europa. Probablemente esté viajando hacia allí en este mismo instante tan rápido como el vapor puede llevarlo.

El señor Trelawney Hope dejó caer la cabeza sobre el pecho y gimió en voz alta. El Primer Ministro puso su mano amablemente sobre su hombro.

—Es su desgracia, querido amigo. Nadie puede culparle. No hay ninguna precaución que haya descuidado. Ahora, señor Holmes, usted está en plena posesión de los hechos. ¿Qué curso de acción recomienda?

Holmes negó con la cabeza con tristeza.

—¿Cree usted, señor, que a menos que se recupere este documento habrá guerra?

—Creo que es muy probable.

—Entonces, señor, prepárese para la guerra.

—Es una afirmación dura, señor Holmes.

—Considere los hechos, señor. Es inconcebible que fuera tomado después de las once y media de la noche, ya que entiendo que el señor Hope y su esposa estuvieron ambos en la habitación desde esa hora hasta que se descubrió la pérdida. Fue tomado, entonces, ayer por la tarde entre las siete y media y las once y media, probablemente cerca de la primera hora, ya que quienquiera que lo tomara evidentemente sabía que estaba allí y naturalmente lo aseguraría lo antes posible. Ahora, señor, si un documento de esta importancia fue tomado a esa hora, ¿dónde puede estar ahora? Nadie tiene motivos para retenerlo. Ha sido pasado rápidamente a quienes lo necesitan. ¿Qué oportunidad tenemos ahora de alcanzarlo o incluso de rastrearlo? Está fuera de nuestro alcance.

El Primer Ministro se levantó del sofá.

—Lo que usted dice es perfectamente lógico, señor Holmes. Siento que el asunto está realmente fuera de nuestras manos.

—Supongamos, para el caso, que el documento fue tomado por la doncella o por el ayuda de cámara...

—Ambos son sirvientes antiguos y probados.

—Entiendo que dice que su habitación está en el segundo piso, que no hay entrada desde el exterior y que desde el interior nadie podría subir sin ser visto. Debe ser, entonces, alguien de la casa quien lo ha tomado. ¿A quién se lo llevaría el ladrón? A uno de los varios espías internacionales y agentes secretos, cuyos nombres me son bastante familiares. Hay tres que pueden considerarse los jefes de su profesión. Comenzaré mi investigación yendo a ver si cada uno de ellos está en su puesto. Si falta uno —especialmente si ha desaparecido desde anoche— tendremos alguna indicación de adónde ha ido el documento.

—¿Por qué habría de faltar? —preguntó el Secretario de Asuntos Europeos—. Lo más probable es que llevara la carta a una embajada en Londres.

—Me temo que no. Estos agentes trabajan de forma independiente y sus relaciones con las embajadas suelen ser tensas.

El Primer Ministro asintió con la cabeza en señal de consentimiento.

—Creo que tiene razón, señor Holmes. Llevaría un premio tan valioso al cuartel general con sus propias manos. Creo que su curso de acción es excelente. Mientras tanto, Hope, no podemos descuidar todos nuestros otros deberes debido a esta única desgracia. Si hubiera algún acontecimiento nuevo durante el día, nos comunicaremos con usted, y sin duda nos hará saber los resultados de sus propias investigaciones.

Los dos estadistas hicieron una reverencia y salieron gravemente de la habitación.

Cuando nuestros ilustres visitantes se hubieron marchado, Holmes encendió su pipa en silencio y se quedó durante algún tiempo perdido en los pensamientos más profundos. Yo había abierto el periódico de la mañana y estaba inmerso en un crimen sensacional que había ocurrido en Londres la noche anterior, cuando mi amigo exclamó, se puso en pie de un salto y dejó su pipa sobre la repisa de la chimenea.

—Sí —dijo—, no hay mejor manera de abordar esto. La situación es desesperada, pero no desesperanzadora. Incluso ahora, si pudiéramos estar seguros de cuál de ellos lo ha tomado, es muy posible que aún no haya salido de sus manos. Al fin y al cabo, es una cuestión de dinero con estos tipos, y tengo al Tesoro Británico detrás de mí. Si está en el mercado, lo compraré, aunque signifique otro penique en el impuesto sobre la renta. Es concebible que el individuo pueda retenerlo para ver qué ofertas llegan de este lado antes de probar suerte en el otro. Solo hay esos tres capaces de jugar una partida tan audaz; están Oberstein, La Rothiere y Eduardo Lucas. Veré a cada uno de ellos.

Eché un vistazo a mi periódico de la mañana.

—¿Es ese Eduardo Lucas de Godolphin Street?

—Sí.

—No lo verá.

—¿Por qué no?

—Fue asesinado en su casa anoche.

Mi amigo me ha sorprendido tantas veces en el curso de nuestras aventuras que fue con un sentimiento de júbilo que me di cuenta de lo completamente que le había sorprendido a él. Se quedó mirando con asombro y luego arrebató el periódico de mis manos. Este era el párrafo que yo estaba leyendo cuando se levantó de su silla:

—ASESINATO EN WESTMINSTER.

—Un crimen de carácter misterioso se cometió anoche en el número 16 de Godolphin Street, una de las hileras de casas del siglo XVIII, antiguas y apartadas, que se encuentran entre el río y la Abadía, casi a la sombra de la gran torre de las Casas del Parlamento. Esta pequeña pero selecta mansión ha sido habitada durante algunos años por el señor Eduardo Lucas, bien conocido en los círculos sociales tanto por su encantadora personalidad como porque tiene la merecida reputación de ser uno de los mejores tenores aficionados del país. El señor Lucas es un hombre soltero, de treinta y cuatro años, y su establecimiento consiste en la señora Pringle, una ama de llaves anciana, y en Mitton, su ayuda de cámara. La primera se retira temprano y duerme en la parte alta de la casa. El ayuda de cámara estaba fuera pasando la velada, visitando a un amigo en Hammersmith. A partir de las diez, el señor Lucas se quedó solo en la casa. Lo que ocurrió durante ese tiempo aún no ha trascendido, pero a las doce menos cuarto, el agente de policía Barrett, que pasaba por Godolphin Street, observó que la puerta del número 16 estaba entreabierta. Llamó, pero no recibió respuesta. Al ver una luz en la habitación delantera, entró en el pasillo y volvió a llamar, pero sin respuesta. Entonces empujó la puerta y entró. La habitación estaba en un estado de gran desorden, con los muebles barridos hacia un lado y una silla tumbada de espaldas en el centro. Al lado de esta silla, y todavía agarrado a una de sus patas, yacía el desafortunado inquilino de la casa. Había sido apuñalado en el corazón y debió de morir al instante. El cuchillo con el que se cometió el crimen era una daga india curva, arrancada de un trofeo de armas orientales que adornaba una de las paredes. El robo no parece haber sido el motivo del crimen, pues no hubo ningún intento de llevarse el valioso contenido de la habitación. El señor Eduardo Lucas era tan conocido y popular que su violento y misterioso destino despertará un doloroso interés y una intensa simpatía en un amplio círculo de amigos.

—Bueno, Watson, ¿qué piensa de esto? —preguntó Holmes tras una larga pausa.

—Es una coincidencia asombrosa.

—¡Una coincidencia! Aquí tenemos a uno de los tres hombres a quienes habíamos señalado como posibles actores en este drama, y encuentra una muerte violenta durante las mismas horas en las que sabemos que se estaba representando ese drama. Las probabilidades en contra de que sea una coincidencia son enormes. Ninguna cifra podría expresarlas. No, mi querido Watson, los dos acontecimientos están conectados... DEBEN estar conectados. Nos corresponde a nosotros encontrar la conexión.

—Pero ahora la policía oficial debe saberlo todo.

—En absoluto. Saben todo lo que ven en Godolphin Street. No saben —y no sabrán— nada de Whitehall Terrace. Solo NOSOTROS sabemos de ambos acontecimientos y podemos rastrear la relación entre ellos. Hay un punto obvio que, en cualquier caso, habría inclinado mis sospechas contra Lucas. Godolphin Street, en Westminster, está solo a unos minutos a pie de Whitehall Terrace. Los otros agentes secretos que he nombrado viven en el extremo más alejado del West-end. Era más fácil, por lo tanto, para Lucas que para los otros establecer una conexión o recibir un mensaje de la casa del Secretario de Asuntos Europeos; una pequeña cosa, y sin embargo, donde los eventos están comprimidos en unas pocas horas, puede resultar esencial. ¡Hola! ¿Qué tenemos aquí?

La señora Hudson había aparecido con la tarjeta de una dama en su bandeja. Holmes la miró, levantó las cejas y me la entregó.

—Pídale a Lady Hilda Trelawney Hope que tenga la amabilidad de subir —dijo.

Un momento después, nuestro modesto apartamento, ya tan distinguido esa mañana, se vio honrado además por la entrada de la mujer más hermosa de Londres. Había oído hablar a menudo de la belleza de la hija menor del duque de Belminster, pero ninguna descripción, ni ninguna contemplación de fotografías incoloras, me habían preparado para el encanto sutil y delicado y el hermoso colorido de aquella exquisita cabeza. Y sin embargo, tal como la vimos aquella mañana de otoño, no fue su belleza lo primero que impresionó al observador. La mejilla era hermosa, pero estaba pálida por la emoción; los ojos eran brillantes, pero era el brillo de la fiebre; la boca sensible estaba apretada y contraída en un esfuerzo por mantener el autocontrol. Terror —no belleza— fue lo primero que saltó a la vista cuando nuestra bella visitante quedó enmarcada por un instante en la puerta abierta.

—¿Ha estado mi marido aquí, señor Holmes?

—Sí, señora, ha estado aquí.

—Señor Holmes, le imploro que no le diga que he venido. Holmes hizo una reverencia con frialdad e indicó a la dama que se sentara en una silla.

—Su señoría me coloca en una posición muy delicada. Le ruego que se siente y me diga qué desea; pero me temo que no puedo hacer ninguna promesa incondicional.

Ella cruzó la habitación y se sentó de espaldas a la ventana. Era una presencia regia: alta, elegante e intensamente femenina.

—Señor Holmes —dijo, y sus manos enguantadas en blanco se entrelazaban y desentrelazaban mientras hablaba—, le hablaré con franqueza con la esperanza de que eso le induzca a hablar con franqueza a cambio. Hay una confianza total entre mi marido y yo en todos los asuntos, salvo en uno. Ese uno es la política. Sobre esto sus labios están sellados. No me dice nada. Ahora bien, soy consciente de que hubo un suceso de lo más deplorable en nuestra casa anoche. Sé que ha desaparecido un papel. Pero debido a que el asunto es político, mi marido se niega a hacerme partícipe de su total confianza. Ahora bien, es esencial —esencial, digo— que lo comprenda a fondo. Usted es la única otra persona, salvo estos políticos, que conoce los hechos reales. Le ruego, entonces, señor Holmes, que me diga exactamente qué ha sucedido y a qué conducirá. Cuéntemelo todo, señor Holmes. Que ninguna consideración por los intereses de su cliente le mantenga en silencio, pues le aseguro que sus intereses, si tan solo pudiera verlo, estarían mejor servidos al hacerme partícipe de su total confianza. ¿Qué era este papel que fue robado?

—Señora, lo que me pide es realmente imposible.

Ella gimió y hundió el rostro entre las manos.

—Debe comprender que esto es así, señora. Si su marido cree conveniente mantenerla en la oscuridad sobre este asunto, ¿me corresponde a mí, que solo he conocido los hechos reales bajo la promesa de secreto profesional, contar lo que él ha ocultado? No es justo pedirlo. Es a él a quien debe preguntar.

—Se lo he preguntado. Vengo a usted como último recurso. Pero sin que me diga nada definitivo, señor Holmes, puede hacer un gran servicio si me aclara un punto.

—¿De qué se trata, señora?

—¿Es probable que la carrera política de mi marido sufra a causa de este incidente?

—Bien, señora, a menos que se arregle, ciertamente puede tener un efecto muy desafortunado.

—¡Ah! —aspiró el aire bruscamente como alguien cuyas dudas quedan resueltas.

—Una pregunta más, señor Holmes. Por una expresión que mi marido dejó escapar en el primer impacto de este desastre, entendí que podrían surgir consecuencias públicas terribles de la pérdida de este documento.

—Si él lo dijo, ciertamente no puedo negarlo.

—¿De qué naturaleza son?

—No, señora, ahí de nuevo me pide más de lo que posiblemente puedo responder.

—Entonces no le quitaré más tiempo. No puedo culparle, señor Holmes, por haberse negado a hablar con más libertad, y usted por su parte no pensará, estoy segura, mal de mí porque desee, incluso contra su voluntad, compartir las ansiedades de mi marido. Una vez más le ruego que no diga nada de mi visita. Nos miró desde la puerta, y me quedé con una última impresión de aquel hermoso rostro atormentado, los ojos asustados y la boca contraída. Entonces se marchó.

—Ahora, Watson, el bello sexo es su departamento —dijo Holmes, con una sonrisa, cuando el tenue frufrú de las faldas terminó con el portazo de la entrada—. ¿Cuál era el juego de la bella dama? ¿Qué es lo que quería realmente?

—Ciertamente su propia declaración es clara y su ansiedad muy natural.

—¡Hum! Piense en su aspecto, Watson; en sus modales, su excitación reprimida, su inquietud, su tenacidad al hacer preguntas. Recuerde que ella pertenece a una casta que no muestra sus emociones a la ligera.

—Sin duda estaba muy conmovida.

—Recuerde también la curiosa seriedad con la que nos aseguró que era mejor para su marido que ella lo supiera todo. ¿Qué quiso decir con eso? Y usted debe haber observado, Watson, cómo maniobró para tener la luz a sus espaldas. No deseaba que leyéramos su expresión.

—Sí; eligió la única silla de la habitación.

—Y, sin embargo, los motivos de las mujeres son tan inescrutables. Recuerda a la mujer de Margate a quien sospeché por la misma razón. Sin polvos en la nariz; eso resultó ser la solución correcta. ¿Cómo puede uno construir sobre arenas movedizas? Su acción más trivial puede significar volúmenes, o su conducta más extraordinaria puede depender de una horquilla o de unas tenacillas. Buenos días, Watson.

—¿Se marcha?

—Sí; iré a pasar la mañana a Godolphin Street con nuestros amigos del cuerpo oficial. En Eduardo Lucas reside la solución de nuestro problema, aunque debo admitir que no tengo ni idea de qué forma pueda adoptar. Es un error capital teorizar antes de tener los hechos. Quédese usted de guardia, mi buen Watson, y reciba a cualquier visitante nuevo. Me uniré a usted en el almuerzo si puedo.

Todo ese día, el siguiente y el otro, Holmes estuvo en un estado de ánimo que sus amigos llamarían taciturno y otros, hosco. Entraba y salía corriendo, fumaba incesantemente, tocaba fragmentos con su violín, se hundía en ensoñaciones, devoraba sándwiches a horas intempestivas y apenas respondía a las preguntas casuales que le dirigía. Era evidente para mí que las cosas no iban bien con él o con su búsqueda. No decía nada del caso, y fue por los periódicos que me enteré de los pormenores de la investigación y del arresto, con la posterior puesta en libertad, de John Mitton, el ayuda de cámara del difunto. El jurado del forense emitió el veredicto obvio de «homicidio voluntario», pero los implicados seguían siendo tan desconocidos como siempre. No se sugirió ningún motivo. La habitación estaba llena de objetos de valor, pero no se había llevado nada. Los papeles del hombre muerto no habían sido manipulados. Fueron examinados cuidadosamente y demostraron que era un estudioso entusiasta de la política internacional, un cotilla infatigable, un lingüista notable y un escritor de cartas incansable. Había mantenido relaciones íntimas con los principales políticos de varios países. Pero no se descubrió nada sensacional entre los documentos que llenaban sus cajones. En cuanto a sus relaciones con las mujeres, parecían haber sido promiscuas pero superficiales. Tenía muchos conocidos entre ellas, pero pocos amigos, y nadie a quien amara. Sus hábitos eran regulares, su conducta inofensiva. Su muerte era un misterio absoluto, y probablemente seguiría siéndolo.

En cuanto al arresto de John Mitton, el ayuda de cámara, fue un recurso desesperado como alternativa a la inacción absoluta. Pero no se pudo sostener ninguna acusación contra él. Había visitado a unos amigos en Hammersmith aquella noche. La coartada era completa. Es cierto que salió hacia casa a una hora que debería haberlo traído a Westminster antes del momento en que se descubrió el crimen, pero su propia explicación de que había caminado parte del camino parecía bastante probable dada la benignidad de la noche. De hecho, había llegado a las doce y parecía estar abrumado por la inesperada tragedia. Siempre había tenido buenas relaciones con su amo. Varias posesiones del muerto —en particular un pequeño estuche de navajas de afeitar— habían sido encontradas en los baúles del ayuda de cámara, pero él explicó que eran regalos del difunto, y el ama de llaves pudo corroborar la historia. Mitton había estado al servicio de Lucas durante tres años. Era notable que Lucas no llevara a Mitton al continente con él. A veces visitaba París durante tres meses seguidos, pero Mitton se quedaba a cargo de la casa de Godolphin Street. En cuanto al ama de llaves, no había oído nada la noche del crimen. Si su amo tenía una visita, él mismo la había dejado entrar.

Así, durante tres mañanas, el misterio permaneció, tal como pude seguirlo en los periódicos. Si Holmes sabía más, se lo guardaba, pero como me dijo que el inspector Lestrade le había hecho partícipe de su confianza en el caso, supe que estaba en estrecho contacto con cada novedad. Al cuarto día apareció un largo telegrama de París que parecía resolver toda la cuestión.

«Se acaba de realizar un descubrimiento por parte de la policía parisina», decía el Daily Telegraph, «que levanta el velo que pendía sobre el trágico destino del Sr. Eduardo Lucas, quien encontró la muerte por violencia el pasado lunes por la noche en Godolphin Street, Westminster. Nuestros lectores recordarán que el difunto caballero fue encontrado apuñalado en su habitación y que recayeron ciertas sospechas sobre su ayuda de cámara, pero que el caso se vino abajo por una coartada. Ayer, una dama, conocida como Mme. Henri Fournaye, que ocupa un pequeño chalé en la Rue Austerlitz, fue denunciada a las autoridades por sus sirvientes como loca. Un examen demostró que, efectivamente, había desarrollado una manía de forma peligrosa y permanente. Tras las investigaciones, la policía ha descubierto que Mme. Henri Fournaye solo regresó de un viaje a Londres el martes pasado, y existen pruebas que la vinculan con el crimen de Westminster. Una comparación de fotografías ha probado de manera concluyente que M. Henri Fournaye y Eduardo Lucas eran realmente la misma persona, y que el difunto había vivido por alguna razón una doble vida en Londres y París. Mme. Fournaye, de origen criollo, es de naturaleza extremadamente excitable y ha sufrido en el pasado ataques de celos que han llegado al frenesí. Se conjetura que fue en uno de ellos cuando cometió el terrible crimen que ha causado tal sensación en Londres. Sus movimientos durante la noche del lunes aún no han sido rastreados, pero es indudable que una mujer que responde a su descripción atrajo mucha atención en la estación de Charing Cross el martes por la mañana por la naturaleza salvaje de su aspecto y la violencia de sus gestos. Es probable, por tanto, que el crimen fuera cometido cuando estaba loca, o que su efecto inmediato fuera llevar a la infeliz mujer a perder la razón. En este momento, es incapaz de dar una explicación coherente de lo pasado, y los médicos no albergan esperanzas de que recupere la cordura. Existen pruebas de que una mujer, que podría haber sido Mme. Fournaye, fue vista durante algunas horas la noche del lunes vigilando la casa de Godolphin Street».

—¿Qué piensa de eso, Holmes? —Le había leído el relato en voz alta mientras terminaba su desayuno.

—Mi querido Watson —dijo, mientras se levantaba de la mesa y paseaba de un lado a otro de la habitación—, usted es muy paciente, pero si no le he dicho nada en los últimos tres días es porque no hay nada que decir. Incluso ahora, este informe de París no nos ayuda mucho.

—Seguramente es definitivo en lo que respecta a la muerte del hombre.

—La muerte del hombre es un mero incidente, un episodio trivial, en comparación con nuestra verdadera tarea, que es rastrear este documento y evitar una catástrofe europea. Solo una cosa importante ha sucedido en los últimos tres días, y es que no ha sucedido nada. Recibo informes casi cada hora del Gobierno, y es seguro que en ninguna parte de Europa hay señales de problemas. Ahora bien, si esta carta estuviera suelta... no, no puede estar suelta; pero si no está suelta, ¿dónde puede estar? ¿Quién la tiene? ¿Por qué la retienen? Esa es la pregunta que golpea mi cerebro como un martillo. ¿Fue, en efecto, una coincidencia que Lucas encontrara la muerte la misma noche en que desapareció la carta? ¿Llegó la carta a sus manos? Si es así, ¿por qué no está entre sus papeles? ¿Se la llevó su loca esposa con ella? Si es así, ¿está en su casa de París? ¿Cómo podría buscarla sin que la policía francesa levantara sospechas? Es un caso, mi querido Watson, en el que la ley es tan peligrosa para nosotros como lo son los criminales. La mano de todos está en nuestra contra y, sin embargo, los intereses en juego son colosales. Si logro llevar esto a una conclusión exitosa, representará sin duda la gloria suprema de mi carrera. ¡Ah, aquí tengo lo último del frente! —Echó un vistazo apresurado a la nota que le habían entregado—. ¡Hola! Lestrade parece haber observado algo de interés. Póngase el sombrero, Watson, y daremos un paseo juntos hasta Westminster.

Fue mi primera visita al escenario del crimen: una casa alta, lúgubre y estrecha, seria, formal y sólida, como el siglo que la vio nacer. Los rasgos de bulldog de Lestrade se asomaban por la ventana principal y nos saludó calurosamente cuando un gran agente de policía abrió la puerta y nos dejó entrar. La habitación en la que nos mostraron fue aquella en la que se había cometido el crimen, pero ya no quedaba rastro de él, salvo una mancha fea e irregular en la alfombra. Esta alfombra era un pequeño cuadrado de moqueta en el centro de la habitación, rodeado por una amplia extensión de hermoso suelo de madera a la antigua usanza, en bloques cuadrados altamente pulidos. Sobre la chimenea había un magnífico trofeo de armas, una de las cuales había sido utilizada en aquella trágica noche. En la ventana había un suntuoso escritorio, y cada detalle del apartamento —los cuadros, las alfombras y las cortinas— apuntaba a un gusto que era lujoso hasta el borde de la afeminación.

—¿Ha visto las noticias de París? —preguntó Lestrade.

Holmes asintió.

—Nuestros amigos franceses parecen haber dado en el clavo esta vez. Sin duda, es tal como dicen. Ella llamó a la puerta; una visita sorpresa, supongo, porque él mantenía su vida en compartimentos estancos. Él la dejó entrar; no podía mantenerla en la calle. Ella le contó cómo lo había rastreado, le reprochó, una cosa llevó a la otra y luego, con esa daga tan a mano, llegó el final. No todo se hizo en un instante, sin embargo, porque estas sillas estaban todas volcadas por allá, y él tenía una en la mano como si hubiera intentado defenderse con ella. Lo tenemos todo tan claro como si lo hubiéramos visto.

Holmes arqueó las cejas.

—¿Y, sin embargo, me ha enviado a buscar?

—Ah, sí, eso es otro asunto; una mera minucia, pero del tipo de cosas en las que usted se interesa: extraña, ya sabe, y lo que podría llamar estrafalaria. No tiene nada que ver con el hecho principal; no puede tenerlo, a primera vista.

—¿Qué es, entonces?

—Bueno, ya sabe, después de un crimen de este tipo somos muy cuidadosos en mantener las cosas en su sitio. No se ha movido nada. Un agente a cargo aquí día y noche. Esta mañana, como el hombre fue enterrado y la investigación terminada —en lo que respecta a esta habitación—, pensamos que podíamos ordenar un poco. Esta alfombra. Ya ve, no está fijada; solo puesta ahí. Tuvimos ocasión de levantarla. Encontramos...

—¿Sí? ¿Encontraron...?

El rostro de Holmes se tensó de ansiedad.

—Bueno, estoy seguro de que nunca adivinaría en cien años lo que encontramos. ¿Ve esa mancha en la alfombra? Pues bien, una gran parte debe haberse filtrado, ¿no es así?

—Sin duda debe haber sido así.

—Bueno, le sorprenderá saber que no hay ninguna mancha en la madera blanca que corresponda.

—¡Sin mancha! Pero debe haber...

—Sí; eso es lo que usted diría. Pero el hecho es que no la hay.

Tomó la esquina de la alfombra en su mano y, al darle la vuelta, demostró que era efectivamente como decía.

—Pero el reverso está tan manchado como el anverso. Debe haber dejado una marca.

Lestrade se rió entre dientes de puro deleite por haber desconcertado al famoso experto.

—Ahora le mostraré la explicación. SÍ hay una segunda mancha, pero no corresponde con la otra. Véalo usted mismo. —Mientras hablaba, dio la vuelta a otra parte de la alfombra y, efectivamente, allí había una gran mancha carmesí sobre la superficie blanca y cuadrada del suelo a la antigua usanza—. ¿Qué piensa de eso, Sr. Holmes?

—Vaya, es bastante simple. Las dos manchas sí correspondían, pero la alfombra ha sido girada. Como era cuadrada y no estaba fijada, fue fácil hacerlo.

—La policía oficial no necesita que usted, Sr. Holmes, les diga que la alfombra debe haber sido girada. Eso está bastante claro, porque las manchas quedan una sobre la otra si la coloca de esta manera. Pero lo que quiero saber es quién movió la alfombra y por qué.

Pude ver por el rostro rígido de Holmes que estaba vibrando de excitación interior.

—Mire aquí, Lestrade —dijo—, ¿ese agente en el pasillo ha estado a cargo del lugar todo el tiempo?

—Sí, lo ha estado.

—Bueno, siga mi consejo. Interróguelo con cuidado. No lo haga delante de nosotros. Esperaremos aquí. Llévelo a la habitación trasera. Será más probable que obtenga una confesión de él a solas. Pregúntele cómo se atrevió a dejar entrar a gente y dejarla sola en esta habitación. No le pregunte si lo ha hecho. Délo por sentado. Dígale que SABE que alguien ha estado aquí. Presiónelo. Dígale que una confesión completa es su única oportunidad de perdón. ¡Haga exactamente lo que le digo!

—¡Por Dios, si lo sabe, se lo sacaré! —gritó Lestrade. Salió disparado al pasillo y, pocos momentos después, su voz autoritaria resonó desde la habitación trasera.

—¡Ahora, Watson, ahora! —gritó Holmes con un entusiasmo frenético. Toda la fuerza demoníaca del hombre, enmascarada tras esos modales apáticos, estalló en un paroxismo de energía. Arrancó la moqueta del suelo y, en un instante, estaba de rodillas, arañando cada uno de los cuadrados de madera que había debajo. Uno giró lateralmente cuando hincó las uñas en su borde. Se abrió como la tapa de una caja. Una pequeña cavidad negra apareció debajo. Holmes hundió su mano ansiosa en ella y la sacó con un gruñido amargo de ira y decepción. Estaba vacía.

—¡Rápido, Watson, rápido! ¡Vuelva a ponerla! —La tapa de madera fue reemplazada y la moqueta apenas se había estirado cuando se escuchó la voz de Lestrade en el pasillo. Encontró a Holmes apoyado lánguidamente en la repisa de la chimenea, resignado y paciente, tratando de ocultar sus bostezos incontenibles.

—Siento haberle hecho esperar, Sr. Holmes. Puedo ver que está aburrido de todo este asunto. Bueno, ha confesado, todo está bien. Entre aquí, MacPherson. Deje que estos caballeros escuchen sobre su comportamiento más inexcusable.

El gran agente, muy acalorado y arrepentido, se escabulló en la habitación.

—No quise causar ningún daño, señor, se lo aseguro. La joven vino a la puerta anoche, se equivocó de casa, eso hizo. Y luego nos pusimos a hablar. Es solitario cuando estás de servicio aquí todo el día.

—Bueno, ¿qué pasó después?

—Quería ver dónde se cometió el crimen; había leído sobre ello en los periódicos, dijo. Era una joven muy respetable y bien educada, señor, y no vi ningún daño en dejarle echar un vistazo. Cuando vio esa marca en la alfombra, se desplomó en el suelo y se quedó como si estuviera muerta. Corrí a la parte de atrás y traje un poco de agua, pero no pude hacerla reaccionar. Luego fui a la esquina, al Ivy Plant, por un poco de brandy, y para cuando regresé, la joven se había recuperado y se había ido; avergonzada de sí misma, me atrevería a decir, y no se atrevió a enfrentarme.

—¿Qué hay de mover esa moqueta?

—Bueno, señor, estaba un poco arrugada, ciertamente, cuando regresé. Ya ve, ella cayó sobre ella, y está sobre un suelo pulido sin nada que la mantenga en su sitio. La enderecé después.

—Es una lección para usted que no puede engañarme, agente MacPherson —dijo Lestrade con dignidad—. Sin duda pensó que su incumplimiento del deber nunca podría ser descubierto y, sin embargo, una simple mirada a esa moqueta fue suficiente para convencerme de que alguien había sido admitido en la habitación. Es una suerte para usted, hombre, que no falte nada, o se encontraría en un grave aprieto. Lamento haberlo hecho venir por un asunto tan insignificante, Sr. Holmes, pero pensé que el detalle de que la segunda mancha no correspondiera con la primera le interesaría.

—Ciertamente, fue de lo más interesante. ¿Ha estado esta mujer aquí solo una vez, agente?

—Sí, señor, solo una vez.

—¿Quién era ella?

—No sé el nombre, señor. Estaba respondiendo a un anuncio sobre mecanografía y vino al número equivocado; una joven muy agradable y elegante, señor.

—¿Alta? ¿Guapa?

—Sí, señor; era una joven bien desarrollada. Supongo que podría decirse que era guapa. Quizás algunos dirían que era muy guapa. «¡Oh, oficial, déjeme echar un vistazo!», decía ella. Tenía maneras bonitas y persuasivas, por así decirlo, y pensé que no había daño en dejar que solo asomara la cabeza por la puerta.

—¿Cómo iba vestida?

—Discretamente, señor; una capa larga hasta los pies.

—¿A qué hora fue?

—Estaba empezando a oscurecer en ese momento. Estaban encendiendo las lámparas cuando regresé con el brandy.

—Muy bien —dijo Holmes—. Vamos, Watson, creo que tenemos trabajo más importante en otro lugar.

Al salir de la casa, Lestrade permaneció en la habitación principal, mientras el arrepentido agente abría la puerta para dejarnos salir. Holmes se volvió en el escalón y sostuvo algo en su mano. El agente miró fijamente.

—¡Dios mío, señor! —exclamó con asombro en su rostro. Holmes se llevó el dedo a los labios, volvió a meter la mano en el bolsillo de su chaqueta y se echó a reír mientras doblábamos la calle. —¡Excelente! —dijo—. Venga, amigo Watson, el telón se levanta para el último acto. Se sentirá aliviado al saber que no habrá guerra, que el Muy Honorable Trelawney Hope no sufrirá ningún contratiempo en su brillante carrera, que el indiscreto Soberano no recibirá ningún castigo por su indiscreción, que el Primer Ministro no tendrá ninguna complicación europea con la que lidiar y que, con un poco de tacto y gestión por nuestra parte, nadie saldrá perjudicado por lo que podría haber sido un incidente muy desagradable.

Mi mente se llenó de admiración por este hombre extraordinario.

—¡Lo ha resuelto! —exclamé.

—Apenas eso, Watson. Hay algunos puntos que están tan oscuros como siempre. Pero tenemos tanto que sería culpa nuestra si no pudiéramos conseguir el resto. Iremos directamente a Whitehall Terrace y llevaremos el asunto a su desenlace.

Cuando llegamos a la residencia del Secretario Europeo, fue por Lady Hilda Trelawney Hope por quien preguntó Sherlock Holmes. Nos hicieron pasar al salón de mañana.

—¡Sr. Holmes! —dijo la dama, y su rostro estaba sonrosado de indignación—. Esto es seguramente de lo más injusto y poco generoso por su parte. Deseaba, como he explicado, mantener mi visita a usted en secreto, para que mi marido no pensara que me estaba entrometiendo en sus asuntos. Y, sin embargo, usted me compromete viniendo aquí y demostrando así que existen relaciones comerciales entre nosotros.

—Desafortunadamente, señora, no tenía ninguna alternativa posible. He sido comisionado para recuperar este papel inmensamente importante. Por lo tanto, debo pedirle, señora, que tenga la amabilidad de ponerlo en mis manos.

La dama se puso en pie de un salto, con el color desapareciendo en un instante de su hermoso rostro. Sus ojos se vidriaron, se tambaleó; pensé que se desmayaría. Luego, con un gran esfuerzo, se recuperó del impacto, y un asombro e indignación supremos ahuyentaron cualquier otra expresión de sus facciones.

—Usted... usted me insulta, Sr. Holmes.

—Vamos, vamos, señora, es inútil. Entregue la carta.

Se lanzó hacia el timbre.

—El mayordomo le mostrará la salida.

—No toque el timbre, Lady Hilda. Si lo hace, entonces todos mis fervientes esfuerzos por evitar un escándalo se verán frustrados. Entregue la carta y todo se arreglará. Si colabora conmigo, puedo arreglarlo todo. Si trabaja en mi contra, tendré que exponerla.

Permanecía allí con una altivez desafiante, una figura regia, con la mirada fija en la suya como si pretendiera leerle el alma. Tenía la mano sobre el timbre, pero se había abstenido de tocarlo.

—Usted está intentando asustarme. No es una actitud muy varonil, Sr. Holmes, venir aquí a intimidar a una mujer. Usted dice que sabe algo. ¿Qué es lo que sabe?

—Le ruego que se siente, señora. Se hará daño ahí si se cae. No hablaré hasta que se siente. Gracias.

—Le doy cinco minutos, Sr. Holmes.

—Uno es suficiente, Lady Hilda. Sé de su visita a Eduardo Lucas, de que le entregó este documento, de su ingenioso regreso a la habitación anoche y de la forma en que tomó la carta del escondite bajo la alfombra.

Ella lo miró fijamente con el rostro ceniciento y tragó saliva dos veces antes de poder hablar.

—¡Usted está loco, Sr. Holmes, usted está loco! —exclamó, al fin.

Él sacó un pequeño trozo de cartón de su bolsillo. Era el rostro de una mujer recortado de un retrato.

—He llevado esto conmigo porque pensé que podría ser útil —dijo—. El policía lo ha reconocido.

Ella dio un jadeo y dejó caer la cabeza hacia atrás en la silla.

—Vamos, Lady Hilda. Usted tiene la carta. El asunto aún puede arreglarse. No tengo deseo alguno de traerle problemas. Mi deber termina cuando le haya devuelto la carta perdida a su marido. Siga mi consejo y sea franca conmigo; es su única oportunidad.

Su valentía era admirable. Incluso ahora no quería admitir la derrota.

—Le digo de nuevo, Sr. Holmes, que usted está bajo alguna ilusión absurda.

Holmes se levantó de su silla.

—Siento lástima por usted, Lady Hilda. He hecho lo mejor que he podido por usted; veo que todo es en vano.

Tocó el timbre. El mayordomo entró.

—¿Está el Sr. Trelawney Hope en casa?

—Estará en casa, señor, a las doce y tres cuartos.

Holmes miró su reloj.

—Aún queda un cuarto de hora —dijo—. Muy bien, esperaré.

Apenas había cerrado el mayordomo la puerta tras de sí cuando Lady Hilda estaba de rodillas a los pies de Holmes, con las manos extendidas, su hermoso rostro vuelto hacia arriba y bañado en lágrimas.

—¡Oh, apiádese de mí, Sr. Holmes! ¡Apiádese de mí! —suplicó, en un frenesí de súplica—. ¡Por el amor de Dios, no se lo diga! ¡Le amo tanto! No querría traer ni una sombra a su vida, y sé que esto rompería su noble corazón.

Holmes levantó a la dama. —¡Estoy agradecido, señora, de que haya entrado en razón incluso en este último momento! No hay un instante que perder. ¿Dónde está la carta?

Ella salió disparada hacia un escritorio, lo abrió y sacó un largo sobre azul.

—Aquí está, Sr. Holmes. ¡Ojalá nunca la hubiera visto!

—¿Cómo podemos devolverla? —murmuró Holmes—. ¡Rápido, rápido, debemos pensar en alguna manera! ¿Dónde está el maletín de despacho?

—Aún en su dormitorio.

—¡Qué golpe de suerte! ¡Rápido, señora, tráigalo aquí!

Un momento después apareció con una caja roja y plana en la mano.

—¿Cómo lo abrió antes? ¿Tiene una llave duplicada? Sí, por supuesto que la tiene. ¡Ábralo!

Del escote de su vestido, Lady Hilda había sacado una pequeña llave. La caja se abrió de golpe. Estaba llena de papeles. Holmes introdujo el sobre azul profundamente en el corazón de los mismos, entre las hojas de algún otro documento. La caja fue cerrada, trabada y devuelta al dormitorio.

—Ahora estamos listos para él —dijo Holmes—; aún nos quedan diez minutos. Voy a hacer mucho para protegerla, Lady Hilda. A cambio, pasará el tiempo contándome francamente el verdadero significado de este extraordinario asunto.

—Sr. Holmes, se lo contaré todo —exclamó la dama—. ¡Oh, Sr. Holmes, me cortaría la mano derecha antes de causarle un momento de pesar! No hay mujer en todo Londres que ame a su marido como yo, y sin embargo, si él supiera cómo he actuado, cómo me he visto obligada a actuar, nunca me perdonaría. Pues su propio honor es tan elevado que no podría olvidar ni perdonar un desliz en otro. ¡Ayúdeme, Sr. Holmes! ¡Mi felicidad, la suya, nuestras propias vidas están en juego!

—¡Rápido, señora, el tiempo apremia!

—Era una carta mía, Sr. Holmes, una carta indiscreta escrita antes de mi matrimonio; una carta tonta, la carta de una chica impulsiva y enamorada. No quería hacer ningún daño, y sin embargo él lo habría considerado criminal. Si hubiera leído esa carta, su confianza se habría destruido para siempre. Hace años que la escribí. Pensé que todo el asunto estaba olvidado. Entonces, por fin, supe por este hombre, Lucas, que había caído en sus manos y que se la mostraría a mi marido. Le imploré clemencia. Dijo que me devolvería mi carta si le llevaba cierto documento que describió, el cual estaba en el maletín de despacho de mi marido. Tenía algún espía en la oficina que le había hablado de su existencia. Me aseguró que ningún daño le ocurriría a mi marido. ¡Póngase en mi lugar, Sr. Holmes! ¿Qué debía hacer?

—Confíe en su marido.

—¡No podía, Sr. Holmes, no podía! Por un lado parecía la ruina segura; por el otro, aunque terrible pareciera tomar el documento de mi marido, en un asunto de política no podía comprender las consecuencias, mientras que en un asunto de amor y confianza eran demasiado claras para mí. ¡Lo hice, Sr. Holmes! Tomé una impresión de su llave; este hombre, Lucas, me facilitó un duplicado. Abrí su maletín de despacho, tomé el papel y lo llevé a Godolphin Street.

—¿Qué sucedió allí, señora?

—Llamé a la puerta según lo acordado. Lucas abrió. Le seguí hasta su habitación, dejando la puerta del vestíbulo entornada detrás de mí, pues temía estar a solas con aquel hombre. Recuerdo que había una mujer fuera cuando entré. Nuestro asunto concluyó pronto. Él tenía mi carta en su escritorio; yo le entregué el documento. En ese instante hubo un ruido en la puerta. Hubo pasos en el pasillo. Lucas rápidamente apartó la alfombra, metió el documento en algún escondite allí y lo cubrió.

—Lo que ocurrió después es como un sueño temible. Tengo la visión de un rostro oscuro y frenético, de una voz de mujer que gritaba en francés: "¡Mi espera no ha sido en vano! ¡Al fin, al fin te he encontrado con ella!". Hubo una lucha salvaje. Le vi con una silla en la mano, un cuchillo brilló en la de ella. Salí corriendo de la horrible escena, huí de la casa, y solo a la mañana siguiente, en el periódico, me enteré del terrible resultado. Esa noche fui feliz, pues tenía mi carta y aún no había visto lo que el futuro me depararía.

—Fue a la siguiente mañana cuando me di cuenta de que solo había cambiado un problema por otro. La angustia de mi marido por la pérdida de su documento me partió el corazón. Apenas pude evitar arrodillarme allí mismo ante sus pies y contarle lo que había hecho. Pero eso, de nuevo, significaría una confesión del pasado. Fui a verle esa misma mañana para comprender la plena enormidad de mi ofensa. Desde el instante en que la comprendí, toda mi mente se volcó en la única idea de recuperar el papel de mi marido. Debía seguir donde Lucas lo había colocado, pues fue escondido antes de que esta terrible mujer entrara en la habitación. Si no hubiera sido por su llegada, no habría sabido dónde estaba su escondite. ¿Cómo iba a entrar en la habitación? Durante dos días vigile el lugar, pero la puerta nunca quedó abierta. Anoche hice un último intento. Lo que hice y cómo lo logré, ya lo sabe usted. Traje el papel conmigo y pensé en destruirlo, ya que no veía forma de devolverlo sin confesar mi culpa a mi marido. ¡Cielos, oigo sus pasos en la escalera!

El Secretario Europeo irrumpió emocionado en la habitación.

—¿Alguna noticia, Sr. Holmes, alguna noticia? —gritó.

—Tengo algunas esperanzas.

—¡Ah, gracias al cielo! —Su rostro se iluminó—. El Primer Ministro está almorzando conmigo. ¿Puede compartir sus esperanzas? Tiene nervios de acero y, sin embargo, sé que apenas ha dormido desde este terrible suceso. Jacobs, ¿pedirás al Primer Ministro que suba? En cuanto a ti, querida, me temo que esto es un asunto de política. Nos uniremos a ti en unos minutos en el comedor.

El comportamiento del Primer Ministro era comedido, pero pude ver por el brillo de sus ojos y los espasmos de sus manos huesudas que compartía la emoción de su joven colega.

—Entiendo que tiene algo que informar, ¿Sr. Holmes?

—Puramente negativo hasta ahora —respondió mi amigo—. He preguntado en cada punto donde podría estar y estoy seguro de que no hay peligro que temer.

—Pero eso no es suficiente, Sr. Holmes. No podemos vivir para siempre sobre un volcán. Debemos tener algo definido.

—Tengo esperanzas de conseguirlo. Por eso estoy aquí. Cuanto más pienso en el asunto, más convencido estoy de que la carta nunca ha salido de esta casa.

—¡Sr. Holmes!

—Si lo hubiera hecho, ciertamente habría sido pública a estas alturas.

—¿Pero por qué alguien habría de tomarla para guardarla en su propia casa?

—No estoy convencido de que alguien la tomara.

—Entonces, ¿cómo pudo salir del maletín de despacho?

—No estoy convencido de que alguna vez saliera del maletín de despacho.

—Sr. Holmes, esta broma está muy fuera de lugar. Tiene mi garantía de que salió de la caja.

—¿Ha examinado la caja desde el martes por la mañana?

—No; no era necesario.

—Es posible que lo haya pasado por alto.

—Imposible, le digo.

—Pero no estoy convencido de ello; he conocido casos así. Supongo que hay otros papeles allí. Bueno, puede haberse mezclado con ellos.

—Estaba encima.

—Alguien puede haber sacudido la caja y haberlo desplazado.

—No, no; lo saqué todo.

—Ciertamente es fácil de decidir, Hope —dijo el Primer Ministro—. Hagamos que traigan el maletín de despacho.

El Secretario tocó el timbre.

—Jacobs, trae mi maletín de despacho. Esto es una pérdida de tiempo ridícula, pero aun así, si nada más le satisface, así se hará. Gracias, Jacobs; ponlo aquí. Siempre he tenido la llave en mi cadena del reloj. Aquí están los papeles, ya ve. Carta de Lord Merrow, informe de Sir Charles Hardy, memorándum de Belgrado, nota sobre los impuestos al grano ruso-alemanes, carta de Madrid, nota de Lord Flowers... ¡cielos!, ¿qué es esto? ¡Lord Bellinger! ¡Lord Bellinger!

El Primer Ministro arrebató el sobre azul de su mano.

—Sí, es este... y la carta está intacta. Hope, le felicito.

—¡Gracias! ¡Gracias! Qué peso me quito de encima. Pero esto es inconcebible... imposible. Sr. Holmes, ¡usted es un mago, un hechicero! ¿Cómo sabía que estaba allí?

—Porque sabía que no estaba en ningún otro lugar.

—¡No puedo creer lo que ven mis ojos! —Corrió alocadamente hacia la puerta—. ¿Dónde está mi mujer? Debo decirle que todo está bien. ¡Hilda! ¡Hilda! —oímos su voz en la escalera.

El Primer Ministro miró a Holmes con ojos centelleantes.

—Vamos, señor —dijo—. Hay más en esto de lo que parece a simple vista. ¿Cómo volvió la carta a la caja?

Holmes se alejó sonriendo del escrutinio penetrante de aquellos ojos maravillosos.

—Nosotros también tenemos nuestros secretos diplomáticos —dijo, y recogiendo su sombrero, se volvió hacia la puerta.

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