myebooksbuy
My Books

The Riddle of the Sands

by Erskine Childers · in Spanish

The Riddle of the Sands

A Record of Secret Service Recently Achieved

Edited by

Erskine Childers

(1870-1922)

Contents

Preface I. The Letter II. The Dulcibella III. Davies IV. Retrospect V. Wanted, a North Wind VI. Schlei Fiord VII. The Missing Page VIII. The Theory IX. I Sign Articles X. His Chance XI. The Pathfinders XII. My Initiation XIII. The Meaning of our Work XIV. The First Night in the Islands XV. Bensersiel XVI. Commander von Brüning XVII. Clearing the Air XVIII. Imperial Escort XIX. The Rubicon XX. The Little Drab Book XXI. Blindfold to Memmert XXII. The Quartette XXIII. A Change of Tactics XXIV. Finesse XXV. I Double Back XXVI. The Seven Siels XXVII. The Luck of the Stowaway XXVIII. We Achieve our Double Aim Epilogue Postscript (March 1903)

Maps and Charts

Map A—General Map Chart A—Chart to Illustrate the Stranding of the Dulcibella, etc. Map B—Map of East Friesland Chart B—Chart of Juist, Memmert, and Part of Norderney Sketch—Memmert Salvage Depot

Preface

Unas palabras sobre el origen y la autoría de este libro.

En octubre pasado (1902), mi amigo «Carruthers» me visitó en mis oficinas y, bajo una promesa provisional de secreto, me contó con franqueza la totalidad de la aventura descrita en estas páginas. Hasta entonces, yo solo sabía lo mismo que el resto de sus amigos, a saber, que recientemente había experimentado vivencias durante un crucero en yate con un tal Sr. «Davies» que habían dejado una profunda huella en su carácter y costumbres.

Al final de su relato —que, por su relación con mis propios estudios y especulaciones, así como por su interés intrínseco y su animada narración, me causó una impresión muy profunda—, añadió que los importantes hechos descubiertos en el transcurso del crucero habían sido comunicados sin un momento de demora a las autoridades pertinentes, quienes, tras cierta digna incredulidad, debida en parte, tal vez, a la lamentable insuficiencia de su propio servicio secreto, habían, según él creía, hecho uso de ellos para evitar un gran peligro nacional. Digo «según él creía», pues aunque no cabía duda de que el peligro fue evitado por el momento, resultaba dudoso si habían movido un dedo para combatirlo, siendo el secreto descubierto de tal naturaleza que la mera sospecha del mismo en este lado probablemente destruiría su eficacia.

Sea como fuere, el asunto quedó ahí por un tiempo, ya que, por razones personales que resultarán manifiestas al lector, él y el Sr. «Davies» deseaban expresamente que así fuera.

Pero los acontecimientos les empujaban a reconsiderar su decisión. Estos parecían demostrar que la información arrancada con tal peligro y esfuerzo al Gobierno alemán, y transmitida con tanta prontitud al nuestro, no había tenido más que la más transitoria influencia en nuestra política. Forzados a la conclusión de que la seguridad nacional estaba siendo realmente descuidada, los dos amigos tuvieron entonces la intención de hacer pública su historia; y fue sobre esto que «Carruthers» quiso mi consejo. El gran inconveniente era que un inglés, portador de un nombre honrado, estaba vergonzosamente implicado, y que a menos que se utilizara una delicadeza infinita, personas inocentes, y especialmente una joven, sufrirían dolor e indignidad si se conocía su identidad. De hecho, ya circulaban rumores molestos que contenían un grano de verdad y una masa de falsedad.

Tras sopesar ambos lados de la cuestión, di mi voto enfáticamente a favor de la publicación. Los inconvenientes personales podrían, pensé, ser neutralizados con tacto; mientras que, desde el punto de vista público, solo podría resultar algo bueno de someter el caso al sentido común del país en general. Se acordó, por tanto, la publicación, y el siguiente punto fue la forma que debía adoptar. «Carruthers», con la conformidad del Sr. «Davies», era partidario de una exposición escueta de los hechos esenciales, despojados de su cálida envoltura humana. Yo estaba firmemente en contra de este curso, primero, porque agravaría en lugar de mitigar los rumores que circulaban; segundo, porque en tal forma el relato no resultaría convincente y, por tanto, frustraría su propio fin. Las personas y los acontecimientos estaban indisolublemente unidos; evadir, abreviar, suprimir, sería transmitir al lector la idea de un engaño inventado. De hecho, adopté una postura aún más audaz, instando a que la historia fuera lo más explícita y circunstanciada posible, franca y honestamente con el propósito de entretener y, así, atraer a un amplio círculo de lectores. Incluso el anonimato era indeseable. Sin embargo, ciertas precauciones eran imperativamente necesarias.

Para abreviar, pidieron mi ayuda y la recibieron de inmediato. Se dispuso que yo editara el libro; que «Carruthers» me diera su diario y me relatara con mayor detalle y desde su propio punto de vista todas las fases de la «búsqueda», como solían llamarla; que el Sr. «Davies» se reuniera conmigo con sus cartas y mapas y hiciera lo mismo; y que toda la historia fuera escrita, como salida de la boca del primero, con sus humores y errores, su lado claro y su lado oscuro, tal como sucedió; con las siguientes pocas limitaciones. El año al que pertenece está disfrazado; los nombres de las personas son ficticios de principio a fin; y, a instancias mías, se han tomado ciertas ligeras libertades para ocultar la identidad de los personajes ingleses.

Recuerden, también, que estas personas viven ahora entre nosotros, y si encuentran un tema tratado con una pluma ligera y vacilante, no culpen al Editor, quien, sean conocidos o no, preferiría decir demasiado poco antes que decir una palabra que pudiera parecer impertinente.

E. C.

Marzo de 1903

NOTA

Los mapas y cartas se basan en las cartas del Almirantazgo británico y alemán, con los detalles irrelevantes omitidos.

CAPÍTULO I. La carta

He leído sobre hombres que, cuando se ven obligados por su oficio a vivir durante largos períodos en absoluta soledad —salvo por unos pocos rostros negros—, han hecho norma vestirse formalmente para la cena con el fin de mantener su respeto propio y evitar una recaída en la barbarie. Fue con un espíritu similar, con un toque añadido de timidez, que, a las siete de la tarde del 23 de septiembre de un año reciente, estaba haciendo mi aseo vespertino en mis oficinas en Pall Mall. Pensé que la fecha y el lugar justificaban el paralelo; incluso en mi beneficio; pues el oscuro administrador birmano bien podría ser un hombre de sensibilidades embotadas y fibra tosca, y al menos está solo con la naturaleza, mientras que yo —bueno, un joven de condición y moda, que conoce a la gente adecuada, pertenece a los clubes adecuados, tiene un futuro seguro, posiblemente brillante, en el Ministerio de Asuntos Exteriores— puede ser disculpado por un sentido de martirio complaciente cuando, con su aguda apreciación del calendario social, está condenado a la soledad exterior de Londres en septiembre. Digo «martirio», pero de hecho el caso era infinitamente peor. Pues sentirse mártir, como todo el mundo sabe, es algo placentero, y la verdadera tragedia de mi posición era que yo había superado esa etapa. Había disfrutado de los dulces que tenía que ofrecer en grado cada vez menor desde mediados de agosto, cuando los vínculos aún eran frescos y la simpatía abundante. Había sido consciente de que me echaban de menos en la fiesta de Morven Lodge. La propia Lady Ashleigh lo había dicho de la manera más amable posible, cuando escribió para acusar recibo de la carta en la que yo explicaba, con una reserva de lenguaje eficazmente austera, que las circunstancias me obligaban a permanecer en mi oficina. «Sabemos lo ocupado que debes estar ahora mismo», escribió, «y espero que no te excedas con el trabajo; todos te echaremos mucho de menos». Amigo tras amigo «se escapó» hacia el deporte y el aire fresco, con promesas de escribir y condolencias burlonas, y mientras cada uno desertaba del barco que se hundía, yo sentía un placer sombrío en mi miseria, disfrutando positivamente casi las primeras semanas después de que mi mundo se hubiera disipado finalmente a los cuatro vientos vigorizantes del cielo. Empecé a interesarme de forma espuria por los cinco millones restantes, y escribí varias cartas ingeniosas en un tono de sátira barata, sugiriendo indirectamente el patetismo de mi posición, pero indicando que tenía la amplitud de miras suficiente para encontrar entretenimiento intelectual en las escenas, personas y hábitos de Londres en la temporada muerta. Incluso hice cosas racionales por instigación de otros. Pues, aunque me hubiera gustado más el aislamiento total, descubrí, por supuesto, que había un sedimento de infortunados como yo, quienes, a diferencia de mí, veían la situación bajo una luz muy prosaica. Hubo excursiones fluviales y demás después del horario de oficina; pero me desagrada el río en cualquier momento por su ruidosa vulgaridad, y más que nunca en esta temporada. Así que abandoné la brigada del aire fresco y rechacé la oferta de H—— de compartir una casa de campo junto al río y subir a la ciudad por las mañanas. Pasé uno o dos fines de semana con los Catesby en Kent; pero no quedé inconsolable cuando alquilaron su casa y se fueron al extranjero, pues descubrí que tales compensaciones parciales no me sentaban bien. Tampoco duró el gusto por la observación satírica. Una sed pasajera, que me atrevo a decir que muchos han compartido, de aventuras del tipo fascinante descrito en *Nuevas noches árabes* me llevó algunas noches a algunos refugios turbios en el Soho y más al este; pero finalmente se apagó una calurosa noche de sábado tras una hora de inmersión en la atmósfera apestosa de un music-hall de baja categoría en Ratcliffe Highway, donde me senté junto a una mujer robusta que sufría por el calor y, a intervalos frecuentes, se refrescaba a sí misma y a un infante con una botella de cerveza tibia.

Para la primera semana de septiembre había abandonado todos los paliativos y me había instalado en la lúgubre pero digna rutina de oficina, club y oficinas. Y ahora llegaba la prueba más cruel, pues la horrible verdad alboreó sobre mí: que el mundo que yo encontraba tan indispensable podía, después de todo, prescindir de mí. Estaba muy bien que Lady Ashleigh me asegurara que se me echaba mucho de menos; pero una carta de F——, que era uno de los invitados, escrita «con prisa, justo antes de salir a cazar», y que llegaba como una respuesta tardía a una de mis más ingeniosas, me hizo darme cuenta de que la fiesta en la casa había sufrido poco por mi ausencia, y que pocos suspiros se desperdiciaban en mí, incluso en el sector que yo había supuesto que había sido discretamente aludido por el «todos» subrayado en el «todos te echaremos de menos» de Lady Ashleigh. Un golpe que escocía más, si bien mordía menos profundamente, vino de mi prima Nesta, que escribió: «Es horrible para ti tener que estar horneándote en Londres ahora; pero, después de todo, debe ser un gran placer para ti» (¡pequeña maliciosa!) «tener un trabajo tan interesante e importante que hacer». Aquí había una némesis para una ilusión inocente que yo había estado acostumbrado a fomentar en las mentes de mis parientes y conocidos, especialmente en los pechos de las doncellas confiadas y admiradoras a las que había llevado a cenar en las dos últimas temporadas; una ficción en la que casi había llegado al punto de creer yo mismo. Pues la pura verdad era que mi trabajo no era ni interesante ni importante, y consistía principalmente en el presente en fumar cigarrillos, en decir que el Sr. Fulano estaba fuera y que volvería alrededor del 1 de octubre, en estar ausente para almorzar de doce a dos, y en mis momentos libres hacer resúmenes de —digamos— los informes consulares menos confidenciales, y exprimir los resultados en cronogramas rígidos. La razón de mi detención no era una nube en el horizonte internacional —aunque puedo decir de paso que existía tal nube—, sino un capricho por parte de un personaje remoto y poderoso, cuyo efecto, ramificándose hacia abajo, había dislocado los planes de vacaciones cuidadosamente trazados de los humildes subalternos, y en mi propio pequeño caso había trastornado el acuerdo entre mí y K——, a quien positivamente le gustaban los días caniculares en Whitehall.

Solo faltaba una cosa para llenar mi copa de amargura, y esto era lo que me ocupaba especialmente mientras me vestía para la cena esta tarde. Dos días más en esta ciudad muerta y fermentante y mi esclavitud llegaría a su fin. Sí, pero —¡ironía de ironías!— ¡no tenía adónde ir! La fiesta de Morven Lodge se estaba disolviendo. Un terrible rumor sobre un compromiso que había sido uno de sus frutos malditos me atormentaba con la fresca certeza de que no me habían echado de menos, y engendraba en mí esa marca más desoladora de cinismo que es producida por la derrota a través de la insignificancia. Las invitaciones para una fecha posterior, que yo había declinado en julio con un sentimiento gratificante de ser muy solicitado, surgían ahora espectralmente para burlarse de mí. Había al menos una que fácilmente podría haber revivido, pero ni en este caso ni en ningún otro había habido ninguna renovación de presión, y hay momentos en que la diferencia entre proponerse uno mismo y rendirse como un premio a una de las varias anfitrionas que compiten ávidamente parece demasiado aplastante para ser contemplada. Los míos estaban en Aix por la gota de mi padre; unirme a ellos era un *pis-aller* cuya banalidad me resultaba repelente. Además, pronto partirían hacia nuestra casa en Yorkshire, y yo no era profeta en mi propia tierra. En resumen, estaba en el extremo de la depresión.

El habitual alboroto preliminar en la escalera me preparó para el golpe y entrada de Withers. (Una de las cosas que desde hacía algún tiempo había dejado de divertirme era la laxitud de modales, propia de la temporada, entre los sirvientes del gran bloque de oficinas donde vivía). Withers me entregó discretamente una carta con matasellos alemán y marcada como «Urgente». Acababa de terminar de vestirme y estaba recogiendo mi dinero y guantes. Un momento de curiosidad irrumpió en mi depresión mientras me sentaba a abrirla. Una esquina en el reverso del sobre llevaba la leyenda borrosa: «Muy apenado, pero hay una cosa más: un par de tensores de jarcia de Carey and Neilson, tamaño 1⅜, galvanizados». Aquí está:

Yate Dulcibella, Flensburg, Schleswig-Holstein, 21 de septiembre.

Querido Carruthers: Me atrevo a decir que te sorprenderá saber de mí, ya que hace siglos que no nos vemos. Es más que probable, también, que lo que voy a sugerir no te venga bien, pues no sé nada de tus planes, y si estás en la ciudad probablemente acabas de ponerte en marcha de nuevo y no puedes escaparte. Así que simplemente te escribo por casualidad para preguntarte si te gustaría venir aquí y unirte a mí en un poco de navegación a vela y, espero, caza de patos. Sé que te apasiona la caza, y recuerdo vagamente que también has hecho algo de navegación, aunque olvido un poco eso. Esta parte del Báltico —los fiordos de Schleswig— es un terreno de crucero espléndido —paisaje A1— y debería haber muchos patos pronto, si hace suficiente frío. Llegué aquí vía Holanda y las islas Frisias, empezando a principios de agosto. Mis amigos han tenido que dejarme, y necesito desesperadamente otro, ya que no quiero dejarlo todavía. No hace falta decir lo contento que me pondría si pudieras venir. Si puedes, envíame un telegrama a la oficina de correos de aquí. Flushing y luego por Hamburgo será tu mejor ruta, creo. Estoy haciendo algunas reparaciones aquí, y las tendré listas justo para cuando llegue tu tren. Trae tu escopeta y un buen lote de cartuchos del número 4; y ¿te importaría pasar por Lancaster y preguntar por la mía, y traerla también? Trae algunos trajes de agua. Mejor consigue el tipo de once chelines, chaqueta y pantalones —no la marca de «navegación»—; y si pintas, trae tu equipo. Sé que hablas alemán como un nativo, y eso será de gran ayuda. Perdona esta lluvia de instrucciones, pero tengo la sensación de que tengo suerte y de que vendrás. De todos modos, espero que tú y el Ministerio de Asuntos Exteriores prosperéis. Adiós.

Siempre tuyo, Arthur H. Davies.

¿Te importaría traerme una brújula prismática y una libra de mezcla Raven?

Esta carta marcó una época para mí; pero poco sospechaba el hecho mientras la arrugaba en mi bolsillo y comenzaba lánguidamente la *voie douloureuse* que seguía cada noche hasta el club. En Pall Mall no había saludos dignos que intercambiar ahora con conocidos bien vestidos. Las únicas personas que se veían eran algunos rezagados tardíos del parque, con un cochecito y algunos niños calientes y polvorientos que se quedaban atrás con mal humor; algunos turistas rústicos que agotaban los últimos posos de la luz del día en un esfuerzo por descifrar de sus guías cuál de estos edificios reverendos era cuál; un policía y un carro de constructor. Por supuesto, el club era extraño, estando cerrado el mío por limpieza, una coincidencia planificada expresamente por la Providencia para mi inconveniencia. El club que «se te permite usar» en estas ocasiones siempre irrita por su extrañeza e incomodidad. Los pocos ocupantes parecen extraños y vestidos de forma extraña, y te preguntas cómo llegaron allí. El semanario particular que quieres no está disponible; la cena es execrable, y la ventilación una farsa. Todos estos males me oprimían esta noche. Y sin embargo, me desconcertaba descubrir que en algún lugar dentro de mí había un ligero alivio de espíritu; sin causa, hasta donde pude descubrir. No podía ser la carta de Davies. ¡Navegar en el Báltico a finales de septiembre! La sola idea hacía estremecerse a uno. Cowes, con una fiesta agradable y hoteles a mano, estaba muy bien. Un crucero en agosto en un yate de vapor en aguas francesas o en las Tierras Altas estaba muy bien; pero ¿qué clase de yate era este? Debe ser de cierto tamaño para haber llegado tan lejos, pero pensé que recordaba lo suficiente de los medios de Davies para saber que no tenía dinero para desperdiciar en lujos. Eso me llevó al hombre mismo. Lo había conocido en Oxford —no como parte de mi grupo inmediato; pero éramos una universidad sociable, y lo había visto bastante, apreciándolo por su energía física combinada con cierta simplicidad y modestia, aunque, en realidad, no tenía nada de qué presumir; apreciándolo, de hecho, de la manera en que en ese período receptivo uno aprecia a muchos hombres con los que nunca mantiene el contacto más tarde. Ambos nos habíamos ido el mismo año —hace tres años ya. Yo había ido a Francia y Alemania durante dos años para aprender los idiomas; él había suspendido para el Servicio Civil Indio, y luego había entrado en un bufete de abogados. Solo lo había visto desde entonces a intervalos raros, aunque admitía para mis adentros que, por su parte, se había aferrado lealmente a los vínculos de amistad que existían entre nosotros. Pero la verdad era que nos habíamos distanciado por la naturaleza de las cosas. Yo había entrado brillantemente en mi profesión, y en las pocas ocasiones en que lo había encontrado desde que hice mi debut triunfal en la sociedad, no había encontrado nada en común entre nosotros. Parecía no conocer a ninguno de mis amigos, se vestía de forma indiferente y lo encontraba aburrido. Siempre lo había relacionado con barcos y el mar, pero nunca con la navegación de recreo, en el sentido en que yo la entendía. En los días de la universidad casi me había persuadido de compartir una semana sórdida en algún bote abierto que había conseguido, y que iba a navegar entre unas desoladoras marismas en algún lugar de la costa este. No había nada más, y la fúnebre función de la cena continuaba. Pero me encontré recordando en el entremés que había oído recientemente, de segunda o tercera mano, algo más sobre él —exactamente qué no podía recordar. Cuando llegué al plato sabroso, había llegado a la conclusión, en la medida en que había centrado mi mente en ello, de que todo el asunto era una ironía culminante, como, de hecho, lo era el plato sabroso a su manera. ¡Después del naufragio de mis planes agradables y el fiasco de mi martirio, ser invitado como consuelo a pasar octubre congelándome en el Báltico con un don nadie excéntrico que me aburría! Sin embargo, mientras fumaba mi cigarro en el esplendor fantasmal de la sala de fumadores vacía, el tema volvió a surgir. ¿Había algo en ello? Ciertamente no había alternativas a mano. Y enterrarme en el Báltico en esta época antinatural del año tenía al menos un toque de trágica exhaustividad.

Volví a sacar la carta y recorrí sus frases impulsivas y entrecortadas, fingiendo ignorar qué ráfaga de aire fresco, buen ánimo y camaradería insuflaba aquel endeble trozo de papel en la hastiada sala del club. Al releerla, estaba llena de funestos presagios —«paisajes de primera»—, pero ¿qué decir de las tormentas equinocciales y las nieblas de octubre? Todo navegante sensato estaba despidiendo a su tripulación en aquel momento. «Debería haber patos»: vago, muy vago. «Si hace suficiente frío»: el frío y la navegación a vela me parecían una unión gratuita y monstruosa. Sus amigos lo habían abandonado; ¿por qué? «No son del tipo de navegantes»; ¿y por qué no? En cuanto al tamaño, la comodidad y la tripulación del yate, todo se ignoraba alegremente; tantas lagunas enloquecedoras. Y, a propósito, ¿por qué demonios «una brújula prismática»? Hojeé algunas revistas, jugué una partida de cincuenta con un viejo amigo cargante, demasiado inoportuno como para merecer el esfuerzo de resistirse, y regresé a mis aposentos para acostarme, ignorante de que una Providencia amiga había acudido en mi rescate; y, de hecho, resentido por cualquier intento torpe de tal amabilidad.

CAPÍTULO II. El Dulcibella

Que dos días después me encontrara paseando por la cubierta del vapor de Flushing con un billete para Hamburgo en el bolsillo puede parecer un resultado extraño, aunque no tanto si se ha adivinado mi estado de ánimo. Supondrán, en cualquier caso, que estaba armado con la convicción de que estaba realizando un acto de oscura penitencia, cuyos rumores podrían atraer la atención sobre mi suerte y tal vez despertar remordimientos en el lugar adecuado, mientras me dejaba libre para disfrutar discretamente en el remoto caso de que el disfrute fuera posible.

El hecho es que, en el desayuno de la mañana siguiente a la llegada de la carta, todavía había encontrado ese alivio inexplicable que mencioné antes, y lo suficientemente fuerte como para justificar una reevaluación de los pros y los contras. Un pro importante en el que no había pensado antes era que, al fin y al cabo, era un acto de desinterés bondadoso unirme a Davies; pues había hablado de la falta de un compañero y parecía estar sinceramente necesitado de mí. Casi me aferré a esta consideración. Fue una excusa admirable, cuando llegué a mi oficina ese día, para un estudio resignado del Bradshaw continental, y para ordenar a Carter que desplegara un gran y chirriante mapa mural de Alemania y me buscara Flensburg. Esta última labor podría habérsela ahorrado, pero era bueno para Carter tener algo que hacer; y su paciente ignorancia era divertida. Con la mayor parte del mapa y lo que sugería estaba bastante familiarizado, pues no había desperdiciado mi año en Alemania, hiciera lo que hiciera o dejara de hacer desde entonces. Su gente, historia, progreso y futuro me habían interesado intensamente, y todavía tenía amigos en Dresde y Berlín. Flensburg recordaba la guerra danesa del 64, y para cuando las investigaciones de Carter terminaron con éxito, había olvidado la tarea que le encomendé y me preguntaba si la perspectiva de ver algo de esa hermosa región de Schleswig-Holstein [véase el mapa A], como sabía por referencias, compensaba en absoluto una forma tan incómoda de verla, con la temporada tan avanzada, la compañía tan poco atractiva y todos los demás inconvenientes que contaba y atesoraba como pruebas de mi desesperada condición, si es que iba a ir. Poco hizo falta para decidirme, y creo que la llegada de K—— desde Suiza, ofensivamente bronceado, fue el toque final. Su saludo fue: «Hola, Carruthers, ¿tú por aquí? Pensé que te habías marchado hace mucho. Qué suerte tienes, sin embargo, de irte ahora, justo a tiempo para la mejor temporada de caza y los primeros faisanes. El calor ha sido horroroso allí fuera. Carter, tráeme un Bradshaw» (un libro extraordinario, el Bradshaw, al que se recurre por hábito, incluso cuando menos se necesita, al igual que los hombres acarician las escopetas y las cañas en la temporada de veda).

A la hora del almuerzo, el peso de la indecisión había desaparecido, y me encontré encargando a Carter un telegrama para Davies, apartado de correos, Flensburg. «Gracias; espérame a las 9.34 p.m. el día 26»; lo que produjo, tres horas después, una respuesta: «Encantado; por favor, trae una estufa Rippingille del número 3», una instrucción desconcertante y ominosa que, de alguna manera, me enfrió a pesar de su contenido.

En efecto, mi resolución flaqueaba continuamente. Flaqueó cuando saqué mi escopeta por la noche y pensé en los urogallos que debería haber cobrado. Flaqueó de nuevo cuando contemplé la variada lista de encargos, esparcidos por la carta de Davies, cuyo cumplimiento parecía convertirme en una herramienta dispuesta cuando mi papel elegido era el de un exiliado amargado, o al menos un aliado condescendiente. Sin embargo, afronté los encargos con valentía, después de salir de la oficina.

En Lancaster’s pregunté por su escopeta, fui recibido con frialdad y tuve que pagar una factura elevada, que al parecer había acumulado, antes de que me fuera entregada. Tras pedir que enviaran la escopeta y los cartuchos del número 4 a mis aposentos, compré la mezcla Raven con esa peculiar sensación de agravio que siempre conlleva la perspectiva de contrabandear en nombre de otro; y me pregunté dónde demonios estaba Carey and Neilson’s, una firma de la que Davies hablaba como si fuera tan conocida como el Banco de Inglaterra o los Almacenes, en lugar de especializarse en «tensores de jarcia», sea lo que sea eso. Sin embargo, sonaban importantes, y sería de mala educación no localizarlos. Los relacioné con las «pocas reparaciones» y desperté nuevas dudas. En los Almacenes pregunté por una estufa Rippingille del número 3 y me enfrenté a un formidable y horroroso objeto de ferretería, que quemaba petróleo en dos tanques espaciosos, horriblemente profético de un olor a aceite caliente. Pagué por ello miserablemente, convencido de su sombría eficacia, pero especulando sobre las condiciones domésticas que hacían que se pidiera por telegrama como una ocurrencia tardía. También pregunté por los tensores de jarcia en el departamento de náutica, pero aprendí que no los tenían en existencia; que Carey and Neilson’s sin duda los tendría, y que su tienda estaba en Minories, en el extremo este, lo que significaba un viaje casi tan largo como a Flensburg, y el doble de tedioso. Estarían cerrados para cuando llegara allí, así que, tras esta agotadora ronda de deberes, me fui a casa en coche de punto, omití vestirme para cenar (una época en sí misma), pedí una chuleta a la cocina del sótano y pasé el resto de la noche empacando y escribiendo, con la metódica tristeza de un hombre que pone sus asuntos en orden por última vez.

Pasó la última de aquellas noches sofocantes. El asombrado Withers me vio desayunando a las ocho, y a las 9.30 examinaba distraídamente los tensores de jarcia con lo poco que me quedaba de ingenio tras un viaje sulfuroso en el metro hasta Aldgate. Puse mucho énfasis en los de 3/8 y el galvanizado, y los tomé por fe, ignorante de sus funciones. Para los trajes de aguas de once chelines me remitieron a una guarida infame en una callejuela, que el dependiente dijo que siempre recomendaban, y donde un hebreo sucio y lleno de joyas regateó conmigo (empezando por 18 chelines) por dos trozos de naranja apestosos que se parecían remotamente a partes del cuerpo humano. Su hedor me hizo cerrar prematuramente por 14 chelines, y me apresuré a volver (pues debía estar allí a las 11) a mi oficina con mis dos paquetes de papel marrón de dudosa reputación, uno de los cuales se hizo tan notable en el aire cerrado de la oficina que Carter preguntó atentamente si me gustaría que lo enviaran a mis aposentos, y K—— fue curioso hasta la impertinencia sobre ello y mis movimientos. Pero no me preocupé por ilustrar a K——, cuyos comentarios sabía que serían provocadoramente envidiosos o hirientes para mi orgullo de alguna manera.

Recordé, más tarde, la brújula prismática y envié un telegrama a Minories para que enviaran una de inmediato, sintiéndome bastante aliviado de no estar presente allí para ser interrogado sobre el tamaño y la marca. La respuesta fue: «No tenemos existencias; pruebe en un fabricante de instrumentos de topografía», una respuesta a la vez desconcertante y tranquilizadora, pues la solicitud de una brújula por parte de Davies me había causado más inquietud que cualquier otra cosa, mientras que descubrir que lo que quería resultaba ser un instrumento de topografía era un descubrimiento no menos desconcertante. Ese día hice mis últimos resúmenes y entregué mis cronogramas —camas de Procusto, donde los hechos reacios eran estirados y torturados— y me despedí de mi jefe temporal, el afable y tolerante M——, quien me deseó unas felices vacaciones con toda sinceridad.

A las siete observaba cómo cargaban en un coche de punto mi equipaje personal y la colección de paquetes voluminosos e incongruentes que mis compras me habían atraído. Dos desvíos después de aquella maldita brújula prismática —que obtuve finalmente de segunda mano, faute de mieux, cerca de Victoria, en una de esas tiendas llamativas que parecen joyerías y en realidad son casas de empeño— casi me hacen perder el tren. Pero a las 8.30 me había sacudido el polvo de Londres de los pies, y a las 10.30 estaba, como he anunciado, paseando por la cubierta de un vapor de Flushing, a la deriva en estas vacaciones fatuas en el lejano Báltico.

Un aire del oeste, enfriado por una tormenta de mediodía, siguió al vapor mientras se deslizaba por los tranquilos canales del estuario del Támesis, pasaba el cordón de buques faro centelleantes que vigilan las rutas marítimas hacia la ciudad imperial como piquetes alrededor de un ejército dormido, y se deslizaba hacia los oscuros espacios del Mar del Norte. Las estrellas brillaban, los aromas veraniegos de los acantilados de Kent se mezclaban tímidamente con los vulgares olores del vapor; el tiempo estival se mantenía inmutable. La naturaleza, por su parte, parecía decidida a no ser parte de mi penitencia, sino a estar imperturbablemente decidida a arrojar un suave ridículo sobre mis agravios. Una irresistible sensación de paz y desapego, combinada con ese delicioso despertar físico que palpita a través del ciudadano enfermo de nervios cuando los aires de la ciudad y la rutina monótona quedan atrás, se combinaron para proporcionarme, por muy ingrato que fuera el sujeto, un sólido trasfondo de resignación. Guardando esto a buen recaudo, pude calcular mis intenciones con frío egoísmo. Si el tiempo aguantaba, podría pasar una quincena no intolerable con Davies. Cuando empezara a empeorar, como seguramente lo haría, podría excusarme fácilmente de la persecución de los patos problemáticos; la lógica invernal de los hechos, en cualquier caso, le decidiría a dejar su yate en puerto, pues difícilmente podría pensar en navegar a casa en tal estación. Podría entonces aprovechar una oportunidad lista para pasar unas semanas en Dresde o en cualquier otro lugar. Resolví este programa cómodamente y luego me retiré.

De Flushing hacia el este hasta Hamburgo, y luego hacia el norte hasta Flensburg, acorté la historia bochornosa del día siguiente. Pasando diques, molinos de viento y canales tranquilos, hacia rastrojos ardientes y ciudades ruidosas; al final, después del anochecer, a través de una región tranquila y llana donde el tren avanzaba trabajosamente de una estación pequeña y perezosa a otra, y a las diez en punto me encontré, rígido y sofocado, en el andén de Flensburg, intercambiando saludos con Davies.

—Es terriblemente amable de tu parte venir.

—En absoluto; es muy amable de tu parte invitarme.

Ambos estábamos incómodos. Incluso a la luz tenue del gas, él chocaba con mis nociones de un navegante: nada de blancos pantalones de lona o pulcro azul marino; ¿y dónde estaba la gorra de yate de copa nevada, ese encanto precioso que convierte tan fácilmente a un hombre de tierra en un intrépido navegante? Consciente de que este impresionante uniforme, en alta perfección, yacía listo en mi maleta, me sentí extrañamente culpable. Llevaba una vieja chaqueta Norfolk, zapatos color marrón embarrado, pantalones de franela gris (¿o habrían sido blancos?) y una gorra de tweed normal. La mano que me dio estaba endurecida y parecía estar manchada de pintura; la otra, que llevaba un paquete, tenía un vendaje que habría necesitado un cambio. Hubo un instante de inspección mutua. Pensé que me lanzó una mirada tímida y apresurada, como si quisiera comprobar conjeturas pasadas, con algo de ansiedad en ella, y quizás (¡dios me libre!) un tinte de admiración. El rostro era familiar, y sin embargo no; los agradables ojos azules, los rasgos abiertos y bien definidos, la frente poco intelectual eran los mismos; también lo eran los movimientos vivaces e impulsivos; había algún cambio; pero el momento de torpe vacilación había terminado y la luz era mala; y, mientras paseábamos por el andén buscando mi equipaje, charlamos con rigidez sobre cosas triviales.

—Por cierto —dijo de repente, riendo—, me temo que no estoy presentable; pero es tan tarde que no importa. He estado pintando todo el día y acabo de terminar. Solo espero que tengamos algo de viento mañana; últimamente ha estado desesperadamente en calma. Digo, has traído muchas cosas —concluyó, mientras mis pertenencias empezaban a acumularse.

¡Aquí estaba la recompensa por mis sumisos esfuerzos en el lejano este!

—¡Me diste muchos encargos!

—Oh, no me refería a esas cosas —dijo, distraído—. Gracias por traerlas, por cierto. Esa es la estufa, supongo; cartuchos, esta, por el peso. Conseguiste los tensores de jarcia, espero. No son realmente necesarios, por supuesto —asentí distraídamente, y me sentí un poco herido—; pero son más sencillos que los cabos y no puedes conseguirlos aquí. Es esa maleta —dijo, lentamente, midiéndola con ojo dudoso—. ¡No importa! lo intentaremos. ¿No podrías arreglártelas solo con el maletín, supongo? Verás, el bote auxiliar... ejem, y también está la escotilla... —se perdió en sus pensamientos—. De todos modos, lo intentaremos. Me temo que no hay coches de punto; pero está muy cerca, y el mozo ayudará.

Presentimientos enfermizos se apoderaron de mí, mientras Davies cargaba con mi maleta y agarraba los paquetes.

—¿No están tus hombres aquí? —pregunté, débilmente.

—¿Hombres? —pareció confundido—. Oh, tal vez debería haberte dicho, nunca tengo tripulación pagada; es un barco bastante pequeño, sabes; espero que no esperaras lujo. Lo he manejado solo durante algún tiempo. Un hombre no serviría de nada, y sería una molestia horrible. Reveló estas verdades espantosas con una seguridad alegre, que no hacía nada por ocultar una ingenua aprensión sobre su efecto en mí. Hubo una pausa en nuestra movilización.

—Es bastante tarde para ir a bordo, ¿no? —dije con voz inexpresiva. Alguien estaba apagando las luces de gas, y el mozo bostezó ostentosamente—. Creo que preferiría dormir en un hotel esta noche. Una pausa tensa.

—Oh, por supuesto que puedes hacerlo, si quieres —dijo Davies, con una angustia evidente—. Pero parece que apenas vale la pena llevar todo esto hasta un hotel (creo que todos están al otro lado del puerto) y volver al barco mañana. Es bastante cómodo, y seguro que duermes bien, ya que estás cansado.

—Podemos dejar las cosas aquí —argumenté débilmente— y caminar con mi bolsa.

—Oh, de todos modos tendré que ir a bordo —replicó—; nunca duermo en tierra.

Parecía aferrarse tímidamente, pero desesperadamente, a algún fin diplomático. Una desesperación pétrea me estaba invadiendo y paralizando la resistencia. Mejor afrontar lo peor y acabar con ello.

—Vamos —dije, con severidad.

Cargados pesadamente, tropezamos con vías de tren y montones de escombros, y llegamos al puerto. Davies abrió el camino hacia una escalera, cuyos escalones llenos de maleza desaparecían abajo en la penumbra.

—Si entras en el bote —dijo, todo vivacidad ahora—, pasaré las cosas hacia abajo.

Descendí con cuidado, sosteniendo como guía un cabo empapado que terminaba en un bote pequeño, y consciente de que estaba acumulando limo en los puños y pantalones.

—¡Sujétate! —gritó Davies, alegremente, mientras me sentaba de repente cerca del fondo, con un pie en el agua.

Subí miserablemente al bote y esperé los acontecimientos.

—Ahora, flota hasta el muro del muelle y asegúrate al anillo de ahí abajo —me llegó desde arriba, seguido por el cabo empapado, que me tiró la gorra cuando cayó—. ¿Todo asegurado? Cualquier nudo servirá —escuché, mientras luchaba con esta tarea repugnante, y entonces un objeto grande y oscuro surgió sobre mi cabeza y fue bajado al bote. Era mi maleta, y, colocada transversalmente, llenó exactamente todo el espacio en el centro. —¿Cabe? —fue la pregunta ansiosa desde lo alto.

—Perfectamente.

—¡Estupendo!

Arañando el muro grasiento para mantener el bote cerca, recibí sucesivamente nuestras provisiones, y estibé la carga lo mejor que pude, mientras el bote se hundía cada vez más en el agua, y su precaria superestructura crecía más y más.

—¡Coge! —fue la dirección final desde arriba, y un paquete húmedo y blando me golpeó en el pecho. —Ten cuidado con eso, es carne. ¡Ahora, vuelve a las escaleras!

Accedí dolorosamente, y apareció Davies.

—Es un poco de carga, y está bastante profunda; pero creo que nos las arreglaremos —reflexionó—. Siéntate bien a popa, y yo remaré.

Estaba demasiado lejos para sentir curiosidad sobre cómo se remaría esta monstruosa pirámide, o incluso por conjeturas sobre su hundimiento en el camino. Me arrastré hasta mi asiento designado, y Davies extrajo los remos enterrados mediante una serie de tirones, que sacudieron toda la estructura y nos hicieron balancearnos alarmantemente. Cómo se colocó en posición de remar no tengo la menor idea, pero finalmente nos movíamos lentamente hacia aguas abiertas, su cabeza apenas visible en la proa. Habíamos partido de lo que parecía ser la cabecera de un lago estrecho, y dejábamos atrás las luces de una gran ciudad. Una larga fachada de muelles iluminados por lámparas estaba a nuestra izquierda, con aquí y allá el casco vago de un vapor al costado. Pasamos la última de las luces y salimos a una franja de agua más ancha, donde soplaba una ligera brisa y se podían ver colinas oscuras en ambas orillas.

—Estoy atracado un poco más abajo del fiordo, ya ves —dijo Davies—. Odio estar demasiado cerca de una ciudad, y encontré un carpintero útil aquí... ¡Ahí está! ¡Me pregunto si te gustará!

Me animé. Entrábamos en una pequeña ensenada rodeada de árboles, y nos acercábamos a una luz que parpadeaba en el aparejo de una pequeña embarcación, cuyo contorno se definió gradualmente.

—Mantenla alejada —dijo Davies, mientras nos acercábamos.

En un momento saltó a cubierta, ató el cabo y estuvo alrededor de mi extremo.

—Pásamelas —ordenó—, y yo las tomaré.

Fue una tarea laboriosa, con el único alivio de que no estaba lejos para pasárselas; una compensación dudosa, por otras razones que se perfilaban distantemente. Cuando la pila fue transferida a la cubierta, la seguí, tropezando con el paquete de carne flácida, que ya mostraba signos espantosos de desintegración bajo el rocío. Nebulosamente flotó en mi mente mi último embarque en un yate; mi atuendo impecable, el bote pulcro y los marineros obsequiosos, la escala real brillando con barniz y latón bajo el sol de agosto; las cubiertas ordenadas y nevadas y las sillas de mimbre bajo el toldo de popa. ¡Qué contraste con este sórdido revuelo de medianoche, sobre carne húmeda y cajas de embalaje tiradas! El toque más amargo de todos era una creciente sensación de inferioridad e ignorancia que nunca antes se me había permitido sentir en mi experiencia con yates.

Davies despertó de otro ensueño sobre mi maleta para decir, alegremente: —Primero te enseñaré el interior, y luego guardaremos las cosas y nos iremos a la cama.

Se zambulló por la escala de acceso, y lo seguí con cautela. Un olor complejo a parafina, cocina pasada, tabaco y alquitrán saludó mis fosas nasales.

—Cuidado con la cabeza —dijo Davies, encendiendo un fósforo y una vela, mientras yo tanteaba hacia el interior de la cabina. —Será mejor que te sientes; es más fácil mirar alrededor.

Bien podría haber habido sarcasmo en este consejo, pues debía haber dado una figura ridícula, mirando incómoda y sospechosamente alrededor, con los hombros y la cabeza inclinados para evitar el techo, que parecía en la media luz estar aún más cerca del suelo de lo que estaba.

—Ya ves —fueron las palabras tranquilizadoras de Davies—, hay mucho espacio para sentarse erguido (lo cual era estrictamente cierto; pero no soy muy alto, y él es bajo). Algunas personas insisten en la altura, pero a mí nunca me importa mucho. Esa es la caja de la orza —explicó, mientras, al estirar las piernas, mi rodilla entraba en contacto con un borde afilado.

No había visto esta obstrucción diabólica, ya que estaba oculta bajo la mesa, que de hecho descansaba sobre ella en un extremo. Parecía ser un triángulo largo y bajo, que recorría longitudinalmente el barco y dividía el espacio naturalmente limitado en dos.

—Ya ves, es un barco de fondo plano, que cala muy poca agua sin la orza; por eso hay tan poca altura. Para aguas profundas bajas la orza; así, de una forma u otra, puedes ir prácticamente a cualquier parte.

No era yo lo bastante náutico para sacar conclusiones muy definitivas de esto, pero las que saqué no eran prometedoras. Las últimas frases fueron pronunciadas desde el castillo de proa, adonde Davies se había deslizado por una puerta baja y corredera, similar a la de una conejera, y ya estaba ocupado con un hervidor sobre un hornillo que identifiqué como un hermano gemelo, destartalado y de mala reputación, del Rippingille número 3.

—Estará hirviendo pronto —comentó—, y tomaremos algo de grog.

Mis ojos ya estaban acostumbrados a la luz y examiné el resto de mi entorno, que puede describirse de forma muy sencilla. Dos largos asientos cubiertos con cojines flanqueaban la cabina, limitados en el extremo de popa por armarios, uno de los cuales estaba cortado a baja altura para formar una especie de aparador en miniatura, con vasos colgados en una rejilla sobre él. La cubierta superior era muy baja a cada lado, pero se elevaba hasta la altura de los hombros en un espacio central, donde un "techo de caseta" con una claraboya proporcionaba espacio adicional en la cabina. Justo fuera de la puerta había un lavabo plegable. En ambas paredes había largas redes que contenían una mezcla de banderas, cartas náuticas, gorras, cajas de puros, madejas de hilo y cosas por el estilo. A través del mamparo de proa había una estantería abarrotada hasta los topes con volúmenes de todos los tamaños, muchos del revés y algunos sin cubierta. Debajo de esto había un estante para pipas, un aneroide y un reloj con un tictac vigoroso. Toda la carpintería estaba pintada de blanco y, para unos ojos menos predispuestos que los míos, el interior podría haber tenido un aspecto tentador de comodidad. Algunas impresiones Kodak estaban clavadas toscamente en el mamparo de popa, y justo encima de la puerta había una fotografía de una joven.

—Esa es mi hermana —dijo Davies, que había salido y me vio mirándola—. Ahora, bajemos las cosas.

Subió la escalera y pronto mi maleta oscureció la escotilla, y comenzó un gran esfuerzo de fuerza y presión.

—Temía que fuera demasiado grande —dijo desde abajo—; lo siento, pero tendrás que deshacerla en cubierta; quizá podamos aplastarla cuando esté vacía.

Entonces, la tediosa hilera de paquetes comenzó a formar una nueva pila en el espacio reducido a mis pies, y me dolía la espalda de tanto agacharme y forcejear en lugares desconocidos. Davies bajó y, con un orgullo que no ocultó, me presentó el camarote (él llamaba al otro "el salón"). Se encendió otra vela y mostró dos literas cortas y estrechas con mantas, pero ni rastro de sábanas; debajo de ellas había cajones, de uno de los cuales Davies me hizo dueño, pensando evidentemente que eran una concesión principesca de espacio para mi guardarropa.

—Puedes echar tus cosas por la claraboya a tu litera mientras las desempaquetas —comentó—. Por cierto, dudo que haya sitio para todo lo que tienes. Supongo que no podrías arreglártelas...

—No, no podría —dije secamente.

Lo absurdo de la discusión me golpeó; dos hombres, doblados como monos, no pueden discutir.

—Si sales, yo también podré salir —añadí. Parecía miserable ante este fantasma de altercado, pero pasé de largo, subí la escalera y, bajo la luz de la luna que se extinguía, desabroché esa maldita maleta y, rebosante de irritación, palpé entre su contenido, clasificando algunos en la claraboya con la misma sensación de que ya nada importaba mucho y que lo mejor era terminar con ello; volviendo a empaquetar el resto con culpable sigilo antes de que Davies pudiera descubrir su naturaleza, y volviendo a atar el conjunto. Luego me senté sobre mi elefante blanco y temblé, pues el frío del otoño estaba en el aire. De repente me llamó la atención que, si hubiera estado lloviendo, las cosas podrían haber sido aún peores. La idea me hizo mirar alrededor. La pequeña cala estaba quieta como el cristal; estrellas arriba y estrellas abajo; unas pocas casas blancas brillando en un punto de la orilla; al oeste, las luces de Flensburg; al este, el fiordo ensanchándose hacia una oscuridad desconocida. Desde donde Davies trabajaba abajo llegaban sonidos amortiguados de forcejeos, empujones y martillazos, puntuados ocasionalmente por un fuerte chapoteo cuando algo salía disparado de la escotilla y caía al agua.

Cómo sucedió, no lo sé. Si fue algo patético en la expresión que vi por última vez en su rostro —una mirada que asocié sin motivo alguno con su mano vendada—; si fue uno de esos instantes de visión clara en los que nuestros seres separados se ven divididos, lo más bajo de lo mejor, y vi mi estúpido egoísmo en contraste con una naturaleza sencilla y generosa; si fue un aire impalpable de misterio que impregnaba toda la empresa y se negaba a ser disipado por sus incidentes más mortificantes y vulgarizadores —un misterio vagamente relacionado con la evidente conciencia de mi compañero de haberme engañado al unirme a él—; si fueron solo las estrellas y el aire fresco despertando instintos atrofiados de juventud y espíritu; probablemente, de hecho, fueron todas estas influencias, cementadas en fuerza por un despiadado sentido del humor que me susurraba que estaba en peligro de convertirme en un simple tonto común a pesar de todos mis laboriosos cálculos; pero fuera lo que fuera, en un instante mi estado de ánimo cambió. La corona del martirio desapareció, la vanidad herida se curó; ese precioso fondo de resignación ficticia se drenó, pero no dejó vacío. Quedaba un joven elegante y desaliñado sentado en el rocío y en la oscuridad sobre una maleta ridícula que empequeñecía al yate que debía transportarla; un joven agudamente consciente de su ignorancia en una atmósfera extraña y extenuante; todavía sintiéndose dolido y victimizado; pero, a la vez, sanamente avergonzado y sanamente resuelto a disfrutar. Me anticipo; pues aunque el cambio fue radical, su pleno desarrollo fue lento. Pero en cualquier caso fue aquí y ahora donde nació.

—¡El grog está listo! —llegó desde abajo. Agrupándome para el descenso, descubrí para mi asombro que todo rastro de desorden había desaparecido milagrosamente y reinaba una pulcra comodidad. Los vasos y los limones estaban sobre la mesa, y un olor fragante a ponche había amortiguado los olores anteriores. Mostré poca emoción ante estas comodidades, pero la suficiente para dar un intenso alivio a Davies, que deleitado me mostró sus ingenios para el almacenamiento, elogiando la "amplitud" de su guarida flotante. —Ahí tienes tu hornillo, ya ves —concluyó—; he tirado el viejo por la borda. —Era una debilidad suya, debo decir aquí, alegrarse de tirar cosas por la borda bajo los pretextos más frívolos. Después sospeché que el hornillo nuevo no era "realmente necesario", al igual que los tensores de la jarcia, sino que era una excusa para satisfacer este curioso gusto.

Fumamos y charlamos un poco, y luego llegó el problema de irse a dormir. Tras muchos golpes de nudillos y cabeza, y muchos retorcimientos vertiginosos, lo dominé y me tumbé entre las mantas ásperas. Davies, moviéndose con rapidez y destreza, pronto estuvo en la suya.

—Es bastante cómodo, ¿verdad? —dijo, mientras apagaba la luz desde donde estaba tumbado, con una precisión que debía ser fruto de una larga práctica.

Me sentí con hormigueo por todas partes, y había una mancha húmeda en la almohada, que pronto se explicó con una pesada gota de humedad que cayó sobre mi frente.

—Supongo que la cubierta no tiene goteras —dije, lo más suavemente que pude.

—Lo siento muchísimo —dijo Davies, seriamente, saliendo de su litera—. Debe ser el rocío pesado. Estuve calafateando mucho ayer, pero supongo que pasé por alto ese lugar. Subiré y lo arreglaré con un hule.

—¿Qué le pasa a tu mano? —pregunté, somnoliento, a su regreso, pues la gratitud me recordó aquel vendaje.

—Nada importante; me la torcí el otro día —fue la respuesta; y luego el comentario aparentemente inconsecuente—: Me alegro de que hayas traído esa brújula prismática. No es realmente necesaria, por supuesto; pero —amortiguado por las mantas— puede ser útil.

CAPÍTULO III. Davies

Dormité, pero de forma intermitente, con una sensación irritable de codos y cuello doloridos y muchos hiatos corrientes de aire entre las mantas. Era pleno día antes de haber llegado al estado de estupor en el que se fusiona tal sueño. Aquello fue finalmente interrumpido por el descenso a través de la claraboya de un torrente de agua. Me sobresalté, me golpeé la cabeza fuertemente contra las cubiertas y parpadeé con ojos plomizos hacia arriba.

—¡Perdona! Estoy fregando las cubiertas. Sube y báñate. ¿Dormiste bien? —oí decir a una voz desde lo alto.

—Bastante bien —gruñí, saliendo a un charco de agua sobre el hule. Desde allí tropecé hasta la escalera, me zambullí por la borda y enterré los malos sueños, la rigidez, la desidia y los nervios atormentados en el fiordo más encantador del encantador Báltico. Un nado corto y furioso y volví, buscando un medio de ascenso por el costado negro y liso que, por bajo que fuera, era resbaladizo e indiferente. Davies, con una camisa de lona holgada, con las mangas remangadas y pantalones de franela subidos hasta la rodilla, se inclinaba sobre mí con un cabo y charlaba despreocupadamente sobre la facilidad del trabajo cuando sabes cómo, instándome a tener cuidado con la pintura y hablando de una escala real que tuvo una vez, pero que tiró por la borda porque estorbaba horriblemente. Cuando llegué arriba, mis rodillas y codos estaban marcados con pintura negra, para su consternación. No obstante, mientras usaba la toalla, supe que había dejado en aquellas profundidades límpidas otra capa más de descontento y vanidad.

Mientras me vestía con franelas y americana, miré alrededor de la cubierta y, con un ojo inexperto y dudoso, examiné todo lo que la oscuridad había ocultado hasta entonces. Parecía muy pequeña (de hecho, tenía siete toneladas), algo más de treinta pies de eslora y nueve de manga, un tamaño muy adecuado para fines de semana en el Solent, para quienes gustaban de ese tipo de cosas; pero que hubiera venido de Dover al Báltico sugería un mundo de esfuerzo físico con el que nunca había soñado. Pasé al lado estético. La elegancia y la belleza eran esenciales para los yates, en mi opinión, pero con los mejores propósitos de estar complacido, encontré poco aliento aquí. El casco parecía demasiado bajo y el palo mayor demasiado alto; el techo de la cabina parecía torpe y las claraboyas entristecían la vista con hierro opaco y vetas plebeyas. El latón que había, en la cabeza del timón y en otros lugares, estaba empañado con un verde enfermizo. Las cubiertas no tenían esa pureza cremosa que Cowes espera, sino que eran ásperas y grises, y mostraban exhalaciones de alquitrán alrededor de las costuras y manchas de óxido cerca de la proa. Los cabos y la jarcia estaban de luto en comparación con el delicado color ante del manila, tan satisfactorio para el ojo artístico cuando se ve contra el azul de un cielo de junio en Southsea. Tampoco mejoraba el efecto general por muchos signos de reacondicionamiento reciente. Una impresión de pintura, barniz y carpintería estaba en el aire; una banderola nueva y llamativa ondeaba en lo alto; parecía haber una cuerda o dos nuevas, especialmente alrededor del diminutivo palo de mesana, que él mismo parecía totalmente nuevo. Pero todo esto solo enfatizaba la sencillez general, recordándole a uno a una mujer respetable de la clase trabajadora tratando de vestirse por encima de su posición, y que pronto probablemente renunciaría a ello.

Que el conjunto era práctico y sólido, incluso mi ojo inexperto podía verlo. Muchos de los accesorios de cubierta parecían desproporcionadamente sustanciales. La cadena del ancla parecía despreciar su carga; la bitácora con su brújula era de un tamaño y prominencia casi cómicamente impresionantes, y era, además, la única pieza de latón que estaba bruñida y mostraba trazas de cuidado reverente. Dos enormes bobinas de cabo grueso y sucio yacían justo detrás del palo mayor, y resumían el aspecto curtido por la intemperie del pequeño barco. Debo añadir aquí que en el pasado lejano había sido un bote salvavidas, y había sido convertido torpemente en un yate mediante la adición de una popa, cubierta y los mástiles necesarios. Estaba construido, como todos los botes salvavidas, diagonalmente, de dos pieles de teca, y por lo tanto tenía una fuerza inmensa, aunque, en cuanto a apariencia, todas las fallas de un híbrido.

El hambre y un "¡El té está hecho!" desde abajo me llevaron a la cabina, donde encontré el desayuno servido sobre la mesa, sobre la caja de la orza, con Davies presidiendo seriamente, algo sonrojado de cara y con los dedos tiznados. Había una ligera escasez de platos y vajilla, pero alabé el beicon y podía hacerlo con sinceridad, pues sus lonchas crujientes y humeantes habrían avergonzado los esfuerzos de mi cocinero londinense. De hecho, habría disfrutado de la comida de todo corazón si no fuera por la baja altura del sofá y la mesa, que causaba una curvatura del cuerpo que hacía que tragar fuera un proceso más largo de lo habitual, e inducía un deseo periódico de levantarse y estirarse, un alivio que significaba un desastre para el cráneo. Noté, también, que Davies hablaba con un entusiasmo, siniestro para mí, de las delicias del pan blanco y la leche fresca, que parecía considerar lujos inusuales, aunque adecuados para un banquete inaugural en honor de un extraño exigente. —Uno no puede estar siempre yendo a tierra —dijo, cuando mostré un interés discreto por estas cosas—. Viví durante diez días con un gran pan de centeno allá en las islas Frisias.

—Y murió duro, supongo.

—Muy duro, pero —gravemente— bastante bueno. Después de eso aprendí a hacer bollos; al principio no tenía levadura en polvo, así que usé sal de frutas Eno, pero no subían mucho con eso. En cuanto a la leche, la condensada es... ¿espero que no te importe?

Cambié de tema y pregunté por sus planes.

—Pongámonos en marcha enseguida —dijo—, y naveguemos por el fiordo. Intenté algo más específico, pero él ya se había ido, y su voz quedó ahogada en el castillo de proa por el estrépito y el chapoteo de lavar los platos. De ahí en adelante los acontecimientos se movieron con una rapidez desconcertante. Humildemente deseoso de ser útil, me uní a él en cubierta, solo para descubrir que apenas me notaba, salvo como un obstáculo nuevo e inesperado en su ronda de actividad. Estaba en todas partes a la vez: izando cadena, enganchando drizas, tirando de cabos; mientras mi papel se convertía en el del payaso que hace las cosas después de que ya están hechas, pues mi conocimiento de un yate era de esa clase flotante e inexacta que es inútil en la práctica. Pronto el ancla estuvo izada (¡era un gran monstruo oxidado!), las velas puestas, y Davies se movía rápidamente de un lado a otro entre el timón y las escotas del foque, mientras el Dulcibella inclinaba una despedida prolongada a la orilla y se dirigía al fiordo abierto. Las ráfagas erráticas de la tierra alta detrás hicieron su progreso timorato al principio, pero pronto se alcanzó el canal y una brisa verdadera desde Flensburg y el oeste la tomó en su agarre amistoso. Firmemente, ella susurró por la tranquila carretera azul cuya suave belleza fue la introducción a un pasaje en mi vida, breve, pero cargado de fuerza moldeadora, a través de estrés y tensión, para mí y para otros.

Davies recuperaba gradualmente su yo natural, con intervalos abstraídos en los que ataba el timón para tocar un cabo distante, con tal velocidad que los movimientos parecían simultáneos. Una vez desapareció, solo para reaparecer en un instante con una carta náutica, que estudió, mientras dirigía, con un éxito que sus pliegues reacios parecían hacer imposible. Esperando respetuosamente su resurgimiento, tuve tiempo suficiente para mirar alrededor. El fiordo aquí tenía aproximadamente una milla de ancho. Desde la orilla que habíamos dejado, las colinas se elevaban abruptamente, pero sin grandeza escarpada; los contornos eran suaves; había espacios verdes y ricos bosques en las laderas más bajas; un pequeño pueblo blanco se abría paso en un lugar, y granjas dispersas salpicaban el prospecto. La otra orilla, que apenas podía ver, enmarcada entre la regala y la vela mayor, mientras me sentaba apoyado contra la escotilla, echando tristemente de menos una silla de cubierta, era más baja y solitaria, aunque próspera y agradable a la vista. Espaciosos pastos conducían por grados lentos a racimos ordenados de madera, que insinuaban la presencia de alguna gran casa señorial. Detrás de nosotros, Flensburg se asentaba en la bruma. Por delante, la escena estaba cerrada por los contornos de colinas, algunas claras, otras soñadoras y distantes. Por último, un solo vistazo de agua brillando entre los pliegues de la colina a lo lejos insinuaba espacios de mar distante de los cuales esto era solo una entrada aislada. En todas partes había ese encanto peculiar engendrado por la asociación de un campo pastoral tranquilo y una atmósfera humana hogareña con una rama del gran océano que baña todas las costas de nuestro globo.

Había otro encanto en la escena, debido a la forma en que lo estaba viendo: no como un pasajero mimado en un "yate de vapor fino", o incluso en "una poderosa goleta moderna", como anuncian los agentes de yates, sino desde la cubierta de una pequeña embarcación descuidada de construcción dudosa y planicie angustiosa, que sin embargo había olfateado su camino persistente hasta este fiordo distante a través de no sé qué de dificultad y peligro, sin motivo aparente en su único ocupante, quien hablaba tan vagamente y despreocupadamente sobre su crucero aventurero como si todo fuera una tarde prolongada en Southampton Water.

Miré a Davies. Había dejado caer la carta náutica y estaba sentado, o más bien medio acostado, en la cubierta con un brazo bronceado sobre el timón, mirando fijamente hacia adelante, con solo una mirada ocasional alrededor y arriba. Todavía parecía absorto en sí mismo, y por un momento o dos estudié su rostro con una atención que nunca, desde que lo conocía, le había prestado. Siempre lo había pensado común, al igual que lo había pensado común a él, hasta donde había pensado en ambos. Siempre me había irritado un poco por un exceso de candor y jovialidad. Estas cualidades las había mantenido, pero las escamas caían de mis ojos, y vi otras. Vi fuerza hasta la obstinación y coraje hasta la imprudencia, en las líneas firmes de la barbilla; una mirada más vieja y profunda en los ojos. Esos cambios extraños de brillante movilidad a seriedad distante, que hasta ahora me habían divertido y principalmente molestado, parecían ahora perderse en una reserva sensible, no fría o egoísta, sino extrañamente ganadora por su franqueza paradójica. La sinceridad estaba estampada en cada facción. Una profunda duda me agitó de que, por inteligente que me creyera, bien perceptivo de los hombres correctos y afines que conocer, había cometido grandes errores —¡cuántos, me pregunté!—. Un alivio, apenas menos profundo porque no confesado, se apoderó de mí con la sospecha de que, por poco que lo mereciera, los pacientes hadas me estaban ofreciendo una oportunidad de oro de reparar al menos uno. Y sin embargo, reflexioné, los pacientes hadas tienen métodos torcidos, además de cierto humor travieso, pues fue Davies quien me pidió venir —aunque ahora apenas parecía necesitarme—, casi me engañó para venir, pues podría haber sabido que no era adecuado para tal vida; sin embargo, engaño y Davies sonaban como una extraña coyuntura.

Probablemente fue la creciente incomodidad de mi actitud la que produjo este retroceso. Mi descanso nocturno y el "ascenso del baño" habían, de hecho, hecho poco para prepararme para el contacto con bordes afilados y superficies duras. Pero Davies había vuelto de repente a sí mismo, y con un "¿Dices, estás cómodo? ¿Quieres algo sobre lo que sentarte?", giró el timón un poco hacia barlovento, lo sintió como un pulso por un momento, con una mirada rápida hacia barlovento, y se zambulló abajo, de donde regresó con un par de cojines, que me lanzó. Me sentí perversamente resentido por estos lujos, y pregunté:

—¿No puedo ser de ninguna utilidad?

—Oh, no te preocupes —respondió—. Supongo que estás cansado. ¿No estamos teniendo una navegación espléndida? Ese debe ser Ekken por la amura de babor —mirando bajo la vela—, donde entran los árboles. Dices, ¿te importa mirar la carta? —Me la lanzó. La extendí dolorosamente, pues se enrollaba como un muelle de reloj al menor relajamiento de la presión. No estaba familiarizado con las cartas náuticas, y esta confianza repentina depositada en mí, después de un buen descuido, me puso nervioso.

—Ves Flensburg, ¿no? —dijo—. Ahí es donde estamos —dando un toque con un largo alcance a un espacio indefinido en la hoja abarrotada—. ¿Ahora por qué lado de esa boya frente a la punta pasamos?

Apenas había asimilado cuál era tierra y cuál agua, mucho menos el significado de la boya, cuando reanudó:

—No importa; estoy bastante seguro de que es todo agua profunda por aquí. Supongo que eso marca el canal para los barcos de vapor.

Al cabo de un minuto o dos, pasábamos la boya en cuestión, por el lado equivocado, estoy bastante seguro, pues bajo nosotros aparecieron de repente algas y arena con una nitidez incómoda. Pero lo único que dijo Davies fue:

—Aquí nunca hay mar, y la orza no está bajada —una oscura declaración sobre la que reflexioné con dudas—. Lo mejor de estas aguas de Schleswig —continuó— es que un barco de este tamaño puede ir a casi cualquier parte. No se requiere navegación. ¿Por qué...? —En ese momento se sintió, más que se oyó, un leve raspado bajo nosotros.

—¿No estamos encallados? —pregunté con gran calma.

—Oh, saldrá a flote —respondió él, haciendo una pequeña mueca.

Salió a flote, pero el episodio causó una pequeña y cándida contrariedad en Davies. Lo relato como un buen ejemplo de una de sus peculiaridades menores. Carecía por completo de esa pedantería didáctica que el yate tiene una tendencia fatal a engendrar en los hombres que la profesan. Me había lanzado la carta náutica sin pensar ni por un momento que yo era un ignorante para quien sería griego, y que le proporcionaría un tema admirable para instruirme y sermonearme, del mismo modo que su descuido hacia mí durante toda la mañana había sido simplemente una independencia habitual e inconsciente. En segundo lugar, siendo maestro de su métier, como supe después que era, ingenioso, hábil y alerta, tendía a caer en cierta vaguedad de aficionado, mitad irritante, mitad divertida. Creo sinceramente que ambas peculiaridades provenían de la misma fuente: un odio a cualquier tipo de afectación. A la misma fuente atribuí el hecho de que él y su yate no observaran ninguna de las etiquetas superficiales de los yates y los navegantes, que, por ejemplo, nunca izara un pabellón nacional y que él nunca vistiera un "traje de navegación".

Bordeamos una punta baja y verde que apenas había notado antes.

—Debemos virar —dijo Davies—: solo toma el timón, ¿quieres? —y, sin esperar mi cooperación, empezó a cobrar la escota de la mayor con gran vigor. Yo tenía nociones rudimentarias de gobierno, pero virar es una operación delicada. Ningún navegante se sorprenderá al oír que la botavara vio su oportunidad y se balanceó con un poderoso estruendo, con la escota de la mayor enredada a mi alrededor y al timón.

—Virada en redondo —fue su triste comentario—. Aún no estás acostumbrado a ella. Es muy rápida al timón.

—¿Hacia dónde debo gobernar? —pregunté, desesperado.

—Oh, no te preocupes, la llevaré yo ahora —respondió.

Sentí que era hora de dejar clara mi posición. —Soy un completo patán navegando —comencé—. Tendrás mucho que enseñarme, o uno de estos días te haré naufragar. Verás, siempre ha habido una tripulación...

—¡Tripulación! —con soberano desprecio—: ¡pero si la gracia de todo esto es hacer uno mismo cada cosa!

—Bueno, me he sentido estorbando toda la mañana.

—¡Lo siento muchísimo! —Su consternación y arrepentimiento fueron cómicos—. ¡Pero si es justo al revés; puedes ser de toda la utilidad del mundo! —Se quedó ausente.

Seguíamos la tendencia interior de una pequeña bahía hacia una hendidura en la orilla baja.

—Eso es el estrecho de Ekken —dijo Davies—; echemos un vistazo —y un minuto o dos después derivábamos a través de un delicado y pequeño estrecho, con un atisbo de aguas abiertas al final. Cabañas bordeaban ambos lados, algunas colgando sobre el agua misma, algunas conectando con ella mediante una escalinata de madera destartalada o un embarcadero en miniatura. Enredaderas y rosas se desbordaban sobre los muros y diminutos porches. Por un espacio en un lado, un muelle rudimentario, con pequeñas barcas flotando a su alrededor, hablaba de unos intereses comerciales minúsculos; un jardín de té muy pequeño, con cenadores de aspecto descuidado y mesas cubiertas de hojas, insinuaba un interés turístico igualmente minúsculo. Un tono predominante de bronce y rosa mezclados provenía en parte de la madera suavizada por el tiempo de las cabañas y los embarcaderos, y en parte de las enredaderas y los árboles detrás, donde los dedos sutiles del otoño ya estaban trabajando. Nos deslizamos por este exquisito carril marino hasta que terminó en una amplia laguna, donde nuestras velas, que habían estado tiritando y quejándose, se llenaron en un silencio satisfecho.

—¡Preparados para virar! —dijo Davies, insensiblemente—. Debemos salir de esto de nuevo —y viramos.

—¿Por qué no fondear y quedarnos aquí? —protesté; pues una vista de una belleza tentadora se estaba desplegando ante nosotros.

—Oh, hemos visto todo lo que hay que ver, y debemos aprovechar esta brisa mientras la tengamos —. Para Davies siempre era una tortura sentir que una buena brisa se desperdiciaba mientras él estaba inactivo en el anclaje o en tierra. La "tierra" para él era un elemento inferior, que solo servía como un anexo útil al agua: una fuente de suministros necesarios.

—Almorcemos —continuó, mientras reanudábamos nuestro camino por el fiordo. Una visión de bebidas heladas, ensaladas tentadoras, mantelería blanca y un atento camarero se burló de mí con recuerdos pasados.

—Encontrarás lengua —dijo la voz del destino— en el armario del sofá de estribor; cerveza bajo el suelo en la sentina. Vigilaré cómo rodea esa boya, si no te importa empezar. —Obedecí de mala gana, pero el aire cerrado y la postura encogida debieron de entumecer mis facultades, pues abrí el armario del lado de babor, metí la mano y agarré un cuerpo pegajoso, que resultó ser un bote de barniz. Retrocediendo miserablemente, probé el opuesto, combatiendo la embarazosa escora del barco y los bordes obstructores de la caja de la orza. Una mezcolanza de latas húmedas de variados tamaños apareció en la penumbra, exudando un olor a moho. Leyendas descoloridas sobre papel disolvente, como los restos de viejos carteles en una valla publicitaria en desuso, hablaban de sopas, curries, carnes, carnes en conserva y otras delicias ocultas. Escogí una lengua, volví a encerrar el olor y exploré en busca de cerveza. Era cierto, supuse, que a la sentina no le hacía daño, mientras tiraba de la tabla a gatas, pero yo mismo hubiera preferido una bodega más accesible y menos húmeda que las cavidades entre el viscoso lastre de donde extraje las botellas. Consideré mis prendas de comida, duramente ganadas y de aspecto desagradable, con mareo y desaliento.

—¿Cómo te va? —gritó Davies—; el abrelatas está colgado en el mamparo; los platos y los cuchillos están en el armario.

Perseguí mis funciones con tenacidad. Los platos y los cuchillos se encontraron conmigo a medio camino, pues, al estar en el lado de barlovento y, por tanto, tener una inclinación hacia abajo, su contenido, cuando solté el pestillo, se deslizó afectuosamente hacia mi pecho y se desbordó con un estrépito y tintineo sobre el suelo.

—Eso ocurre a menudo —oí desde arriba—. ¡No importa! No hay nada que se rompa. Voy a bajar a ayudar —y bajó, dejando al Dulcibella a su suerte.

—Creo que voy a subir a cubierta —dije—. ¿Por qué demonios no pudiste almorzar cómodamente en Ekken y ahorrarte este infernal pandemónium de picnic? ¿Adónde va el yate mientras tanto? ¿Y cómo vamos a almorzar en esa mesa inclinada? Estoy cubierto de barniz y barro, y con los tobillos hundidos en vajilla. ¡Ahí se va la cerveza!

—No deberías haberla puesto en la mesa con esta escora —dijo Davies, con intensa compostura—, pero no hará daño; se drenará hacia la sentina (cenizas a las cenizas, polvo al polvo, pensé). Tú sube a cubierta ahora, y yo terminaré de preparar todo. —Lamenté mi explosión, aunque arrancada de mí bajo gran provocación.

—Manténla recta tal como va —dijo Davies, mientras yo trepaba fuera del caos, cepillando el polvo de mis pantalones y barnizando la escalera con mis manos. Desaté el timón y la mantuve tal como iba.

Habíamos rodeado una curva cerrada en el fiordo y navegábamos por un tramo ancho y recto que a cada momento revelaba nuevas bellezas, vistas lo suficientemente hermosas como para ser un bálsamo para el espíritu más iracundo. Una aldea de tejados rojos estaba a nuestra izquierda; a la derecha, una ruina cubierta de hiedra, cerca del agua, donde algunas reses contemplativas estaban hasta las rodillas en el agua. La vista más adelante era una playa blanca que bordeaba ambas orillas, y hacia ella caían laderas arboladas, interrumpidas aquí y allá por bajos acantilados de arenisca de cálido colorido rojo, y de vez en cuando por una cañada con parches de hierba verde.

Olvidé las pequeñas miserias y disfruté de las cosas: el temblor tímido del timón y el remanso de aire de la sucia vela mayor y, con un entusiasmo algo moderado, el almuerzo que Davies me trajo y que observó solícitamente cómo comía.

Más tarde, mientras el viento disminuía a aires perezosos, él se ocupó con una vela de gavia más grande y un foque; pero yo me contenté con dormitar durante la tarde, empapando el cerebro y el cuerpo en la dulce y novedosa atmósfera extranjera, y observando soñadoramente el borde del acantilado de la cañada y la fresca arena blanca mientras pasaban cada vez más lentamente.

CAPÍTULO IV Retrospectiva

—¡Despierta! —Me froté los ojos y me pregunté dónde estaba; me estiré dolorosamente, también, pues ni siquiera los cojines me habían proporcionado un verdadero lecho de rosas. Oscurecía, y el yate estaba estacionario en aguas vítreas, coloreadas por el último resplandor. Un techo de nubes altas y finas se había extendido sobre la mayor parte del cielo, y un olor sutil a lluvia estaba en el aire. Parecíamos estar en medio del fiordo, cuyas orillas se veían distantes y empinadas en la oscuridad creciente. Justo delante se desvanecían de repente, y la vista se perdía en un vacío gris. La quietud era absoluta.

—No podemos llegar a Sonderburg esta noche —dijo Davies.

—¿Qué se puede hacer entonces? —pregunté, recobrando mis sentidos.

—¡Oh! fondearemos en cualquier parte aquí, estamos justo en la boca del fiordo; remolcaré el bote hacia la orilla si quieres gobernar en esa dirección —señaló vagamente un borrón de árboles y acantilados. Luego saltó al bote, soltó el cabo y, tras agarrar el sobrante de una cuerda, comenzó a remolcar al reacio yate con pequeños tirones de los remos. El aspecto amenazante de ese vacío gris, combinado con una preferencia natural por llegar a algún lugar definido por la noche, se combinó para deprimir mis ánimos de nuevo. En mi sueño había soñado con Morven Lodge, con fiestas de té de brezo después de gloriosas matanzas de urogallos, con salmones saltando en charcos de ámbar... y ahora...

—Solo haz una sonda con la plomada, ¿quieres? —llegó la voz de Davies sobre el chapoteo de los remos.

—¿Dónde está? —grité de vuelta.

—No importa; estamos lo suficientemente cerca ya; deja... ¿Puedes arreglártelas para soltar el ancla?

Corrí hacia proa y hurgué impotente en las ataduras del monstruo durmiente. Pero Davies estaba a bordo de nuevo, y lo agitó con un toque hábil o dos, hasta que se estrelló contra el agua con un chirrido de cadena.

—Estaremos bien aquí —dijo.

—¿No es este un fondeadero bastante abierto? —sugerí.

—Solo está abierto desde ese lado —respondió—. Si empieza a soplar desde allí, tendremos que salir; pero creo que es solo lluvia. Recojamos las velas.

Otro torbellino de actividad, en el que participé tan efectivamente como pude, oprimido por la perspectiva de tener que "salir" —quién sabe adónde— a medianoche. Pero el sang froid de Davies era contagioso, supongo, y el pequeño cubil de abajo, brillantemente iluminado y pronto fragante con la cocina, suplicaba insistentemente afecto. Navegar en este estilo singular era un trabajo hambriento, descubrí. El filete no sabe peor por haber estado envuelto en papel de periódico, y los ligeros rastros de las noticias del día desaparecen friéndolo con cebollas y patatas fritas. Davies estaba de hecho en su mejor momento para esta, su primera cena para su invitado; pues produjo con orgullo furtivo, no de la tumba deshonrada de la cerveza, sino de algún nicho más sagrado, una botella de champán alemán, de la que bebimos por el éxito del Dulcibella.

—Desearía que me contaras todo sobre tu crucero desde Inglaterra —pedí—. Debes haber tenido algunas aventuras emocionantes. Aquí están las cartas; repasémoslas.

—Primero debemos lavar los platos —respondió, y fui introducido con tacto en una de sus muy pocas "órdenes permanentes", que el tabaco no debe quemarse, ni la charla después de la cena debe comenzar, hasta que ese proceso desagradable hubiera terminado. —De lo contrario, nunca se haría —opinó sabiamente. Pero cuando finalmente nos acomodamos con cigarros, una variedad de los cuales, recolectados de muchos puertos —alemanes, holandeses y belgas—, Davies guardaba en una vieja caja maltratada en la red, la charla prometida se estancó.

—No soy bueno en descripciones —se quejó—; y realmente hay muy poco que contar. Dejamos Dover —Morrison y yo— el 6 de agosto; hicimos una buena travesía hasta Ostende.

—Os divertisteis allí, supongo —intervine, pensando en... bueno, en Ostende en agosto.

—¡Diversión! Un agujero inmundo, lo llamo; tuvimos que parar un par de días, ya que chocamos con una boya al entrar y nos llevamos el estay de galope; estábamos en un sucio pequeño muelle de marea, y no había nada que hacer en tierra.

—Bueno, ¿qué más?

—Tuvimos una navegación espléndida hasta el Escalda Oriental, pero luego, como tontos, decidimos ir por Holanda a través de canales y ríos. Fue divertido navegar por el estuario —las mareas y los bancos allí son espantosos—, pero más hacia el interior fue un asunto lamentable, solo pagar peajes de esclusas, chocar contra barcazas y remolcar por canales apestosos. Nunca una noche tranquila como esta; siempre amarrados a algún muelle o camino de sirga, con gente pasando y muchachos. ¡Cielos! ¿Olvidaré alguna vez a esos muchachos? Una plaga absoluta de ellos infesta Holanda; parece que no tienen nada en el mundo que hacer más que tirar piedras y barro a los yates extranjeros.

—Necesitan un Herodes, con algunas opiniones de estadista sobre el infanticidio.

—¡Por Dios! sí; pero el hecho es que necesitas una tripulación para ese trabajo de andar por casa; pueden abofetear a los muchachos y vigilar los remos. Un barco como este debería ceñirse al mar, o a lugares apartados de la costa. Bueno, después de Ámsterdam...

—Te has saltado mucho, ¿no? —interrumpí.

—¿Ah, sí? Bueno, a ver, fuimos por Dordrecht hasta Rotterdam; nada que ver allí, y enjambres de remolcadores zumbando y rozando nuestras proas a cada segundo. Seguimos por el río Vecht hasta Ámsterdam, y luego... ¡Señor, qué alivio fue!..., de nuevo al Mar del Norte. El tiempo había estado tranquilo y bochornoso; pero mejoró mucho ahora, y tuvimos una navegación vibrante de tres rizos hasta el Zuiderzee.

Alargó la mano hacia la estantería por lo que parecía un antiguo libro de contabilidad, y pasó las hojas.

—¿Es ese tu diario de navegación? —pregunté—. Me gustaría echarle un vistazo.

—¡Oh! lo encontrarías aburrido de leer, si es que pudieras leerlo; son solo notas breves sobre vientos y rumbos, y así sucesivamente —. Estaba pasando algunas hojas rápidamente—. Ahora, ¿por qué no llevas tú un diario de lo que hacemos? Yo no puedo describir las cosas, y tú sí.

—Tengo ganas de intentarlo —dije.

—Necesitamos otra carta ahora —y bajó una segunda, aún más manchada y deshilachada que la primera—. Tuvimos un tiempo espléndido entonces explorando el Zuiderzee, su parte norte al menos, y alrededor de esas islas que lo limitan por el norte. Esas son las islas Frisias, y se extienden unas 120 millas hacia el este. Verás, las dos primeras, Texel y Vlieland, cierran el Zuiderzee, y el resto bordean las costas holandesa y alemana. [Ver Mapa A]

—¿Qué es todo esto? —dije, pasando mi dedo sobre algunos parches punteados que cubrían gran parte de la carta. Esta última se estaba volviendo ininteligible; costas bien definidas y regimientos ordenados de pequeñas cifras habían dado paso a una confusión de líneas sinuosas y entrecruzadas y espacios vacíos.

—Todo arena —dijo Davies, con entusiasmo—. No puedes imaginar qué espléndido terreno de navegación es. Puedes explorar durante días sin ver a un alma. Estos son los canales, ya ves; están muy mal cartografiados. Esta carta era casi inútil, pero eso hacía que fuera aún más divertido. Sin ciudades ni puertos, solo un pueblo o dos en las islas, si necesitabas suministros.

—Parecen bastante desoladas —dije.

—"Desoladas" no es la palabra; son realmente solo gigantescos bancos de arena en sí mismos.

—¿No era todo esto bastante peligroso? —pregunté.

—Ni un poco; verás, ahí es donde nuestro escaso calado y fondo plano entraban en juego: podíamos ir a cualquier parte, y no importaba encallar; ella es perfecta para ese tipo de trabajo; y tampoco tiene mal aspecto, ¿verdad? —preguntó, con cierta nostalgia. Supongo que dudé, pues dijo bruscamente:

—De todos modos, no me dedico a los aspectos.

Se había reclinado, y detecté trazas de distracción incipiente. Su cigarro, que últimamente había estado encendiendo y volviendo a encender febrilmente —un hábito suyo cuando estaba emocionado—, parecía ahora haberse apagado para siempre.

—Sobre encallar —insistí—; ¿no es eso propenso a ser peligroso?

Se sentó y tanteó en busca de una cerilla.

—En absoluto, si sabes dónde puedes correr riesgos y dónde no; de todos modos, no puedes evitarlo. Esa carta puede parecerte simple —("¡simple!", pensé)—, pero a media marea todos esos bancos están cubiertos; las islas y las costas apenas son visibles, son tan bajas, y todo parece lo mismo. —Esta descripción gráfica de un "espléndido terreno de crucero" me dejó sin aliento—. Por supuesto, hay riesgo a veces; elegir un anclaje requiere cuidado. Por lo general, puedes conseguir un buen amarre a sotavento de un banco, pero las mareas corren fuertes en los canales, y si sopla un vendaval...

—¿Nunca contrataste un práctico? —interrumpí.

—¿Práctico? Pero si toda la gracia del asunto... —se detuvo en seco—. Sí contraté uno una vez, más adelante —reanudó, con una sonrisa extraña, que se desvaneció al instante.

—¿Y bien? —insistí, pues vi que se acercaba una ensoñación.

—¡Oh! me encalló, por supuesto. Me lo merecía. Me pregunto qué tiempo hará —se levantó, miró el aneroide, el reloj y la claraboya entreabierta con un curioso movimiento circular, y subió un par de escalones por la escala de acceso, donde permaneció durante varios minutos con la cabeza y los hombros al aire libre.

No se oía ningún sonido de viento fuera, pero el Dulcibella había comenzado a moverse mientras dormía, por así decirlo, balanceándose con sueño al compás de un leve movimiento del mar, con algún salto corto ocasional, como el sobresalto de un soñador inquieto.

—¿Qué aspecto tiene? —llamé desde mi sofá. Tuve que repetir la pregunta.

—Viene lluvia —dijo Davies, regresando—, y posiblemente viento; pero estamos bastante seguros aquí. Viene del suroeste; ¿nos acostamos?

—Todavía no hemos terminado tu crucero —dije—. Enciende una pipa y cuéntame el resto.

—Está bien —acordó, con más prontitud de la que esperaba.

—Después de Terschelling —aquí está, la tercera isla desde el oeste—, fui avanzando hacia el este. [Ver Mapa A]

—¿Yo?

—¡Oh! lo olvidé. Morrison tuvo que dejarme allí. Le eché mucho de menos, pero esperaba en aquel momento que —— se uniera a mí. Yo podía arreglármelas solo, pero para ese tipo de trabajo dos son mucho mejores que uno. La orza es terriblemente pesada; de hecho, tuve que dejar de usarla por miedo a una rotura.

—¿Después de Terschelling? —le refresqué la memoria.

—Bueno, seguí las islas holandesas, Ameland, Schiermonnikoog, Rottum (nombres extravagantes, ¿verdad?), a veces fuera de ellas, a veces dentro. Fue un poco solitario, pero un gran deporte y muy interesante. Las cartas eran pésimas, pero descubrí la mayoría de los canales.

—Supongo que esas aguas solo las utilizan pequeñas embarcaciones locales —intervine—; eso explicaría las inexactitudes. —¿Pensaba Davies que el Almirantazgo tenía tiempo que perder suavizando el camino para barcos tan quijotescos como el suyo, en todos sus viajes inquisitivos? Pero él se encendió.

—Eso está muy bien —dijo—, pero piensa qué locura es. Sin embargo, esa es una larga historia, y te aburrirá. Para abreviar, pues deberíamos ir acostándonos, llegué a Borkum; esa es la primera de las islas alemanas —señaló un rombo redondo y desnudo que yacía en medio de un revoltijo de bancos de arena—. Rottum —esta pequeña y extraña—, solo tiene una casa en ella, es la más oriental de las islas holandesas, y el continente de Holanda termina aquí, frente a ella, en el río Ems —indicando una lúgubre cavidad en la costa, sembrada de nombres sugerentes de barro, naufragios y desolación.

—¿Qué fecha era esta? —pregunté.

—Alrededor del nueve de este mes.

—¡Vaya, eso es solo quince días antes de que me enviaras el telegrama! Fuiste bastante rápido llegando a Flensburg. Espera un poco, necesitamos otra carta. ¿Es esta la siguiente?

—Sí; pero apenas la necesitamos. Solo fui un poco más lejos, de hecho a Norderney, la tercera isla alemana; luego decidí dirigirme directamente al Báltico. Siempre había tenido la idea de llegar allí, como hizo Knight en el Falcon. Así que hice una travesía hasta el río Eider, allí en la costa de Schleswig Occidental, tomé el río y el canal hasta Kiel, en el Báltico, y desde allí hice otra travesía hacia el norte, hasta Flensburg. Estuve una semana allí, luego viniste tú, y aquí estamos. Y ahora, a dormir. ¡Mañana tendremos una buena navegación! —Terminó con una vivacidad algo forzada y enrolló la carta con presteza. La reticencia que había mostrado desde el principio a hablar sobre su crucero había sido olvidada por un breve instante en su entusiasmo por una parte del mismo, pero había regresado marcadamente en esta escueta conclusión. Sentí la seguridad de que había algo más que una simple desgana por contar historias náuticas al estilo del «robusto corintio», que puede resultar tan ofensivo en los navegantes aficionados; y creí adivinar la explicación. Su viaje en solitario al Báltico desde las islas frisias había sido una empresa temeraria, con incidentes peligrosos, los cuales, antes que restarles importancia, prefería no mencionar en absoluto. Probablemente se avergonzaba de su imprudencia y deseaba ignorarla conmigo, un conocido sin experiencia que aún no estaba enamorado del modo de vida del Dulcibella, a quien tanto la cortesía como el interés exigían que inspirara confianza. Me cayó mucho mejor al llegar a esta conclusión, pero me sentí tentado a insistir un poco.

—Dormí toda la tarde —dije—; y, a decir verdad, me aterra un poco la idea de irme a la cama, es tan agotador. Mira, has pasado por esa última parte como un tren expreso. Esa travesía a la costa de Schleswig, ¿el río Eider, dijiste?, fue bastante larga, ¿no?

—Bueno, ya ves cómo fue; unas setenta millas, supongo, en línea recta. —Habló en voz baja, inclinándose para recoger unas cenizas de cigarro del suelo.

—¿En línea recta? —insinué—. Entonces, ¿hiciste escala en algún lugar?

—Me detuve una vez, anclé para pasar la noche; oh, eso no es nada de navegación con viento a favor. ¡Rayos! He olvidado calafatear esa costura sobre tu litera, y va a llover. Debo hacerlo ahora. Tú acuéstate.

Desapareció. Mi curiosidad, nunca demasiado absorbente, fue desterrada por la preocupación ante la costura abierta; pues la perspectiva de una gota grande, implacable y regular como el Destino, cayendo sobre mi frente durante toda la noche, como en la cámara de tortura de la Inquisición, era lo suficientemente alarmante como para devolverme por completo al futuro inmediato. Así que me fui a la cama, descubriendo que, en general, había progresado en el ejercicio, aunque todavía estaba lejos de ser el contorsionista entrenado que la ocasión requería. El martilleo cesó y Davies reapareció justo cuando estaba estirado en el potro; quiero decir, metido en mi litera.

—Dime —dijo, cuando estuvo instalado en la suya y reinaba la oscuridad—, ¿crees que te gustará este tipo de cosas?

—Si hay muchos lugares por aquí tan hermosos como este —respondí—, creo que sí. Pero me gustaría desembarcar de vez en cuando y dar un paseo. Por supuesto, mucho depende del clima, ¿verdad? Espero que esta lluvia —las gotas habían comenzado a repiquetear sobre nuestras cabezas— no signifique que el verano ha terminado para siempre.

—Oh, puedes navegar igual —dijo Davies—, a menos que sea muy malo. Hay mucha agua protegida. Seguro que pronto habrá un cambio. Pero luego están los patos. Cuanto más frío y tormentoso sea, mejor para ellos.

Había olvidado los patos y el frío, y, al presentárseme de repente como un refugio de caza en clima inclemente, el Dulcibella perdió puntos en mi estima, los cuales había ganado últimamente.

—Me gusta disparar —dije—, pero me temo que solo soy un navegante de buen tiempo, y preferiría mucho más el sol y el paisaje.

—Paisaje —repitió reflexivamente—. Oye, debes haber pensado que era un gusto extraño el mío navegar por esa costa frisia tan extraña. ¿Cómo te gustaría ese tipo de cosas?

—Lo detestaría —respondí sin vacilar, con la conciencia tranquila—. ¿No estabas encantado tú mismo de llegar al Báltico? Debe ser un contraste maravilloso con lo que describiste. ¿Viste alguna vez otro yate allí?

—Solo uno —respondió—. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!

CAPÍTULO V. Se busca, un viento del norte

Nada perturbó mi descanso esa noche, tan adaptable es la juventud y tan dominante es la naturaleza. Por momentos percibía remotamente un azote de lluvia y un zumbido de viento, con una patada nerviosa del pequeño casco, y en un momento soñé que veía una aparición a la luz de las velas de Davies, vestido con pijama y enormes botas altas, agarrando una linterna brumosa de proporciones gigantescas. Pero la aparición subió la escalera y desapareció, y pasé a otros sueños.

Una ráfaga en mi oído, como la voz de cincuenta trombones, me galvanizó hasta la plena conciencia. El músico, sonriente y despeinado, estaba a mi lado, levantando una bocina de niebla hacia sus labios con intención mortal. —Es una costumbre que tenemos en el Dulcibella —dijo, mientras yo me incorporaba sobre un codo—. No te asusté mucho, ¿verdad? —añadió.

—Bueno, me gusta más la mattinata que la ducha fría —respondí, pensando en ayer.

—¡Buen día y brisa magnífica! —respondió. Mis sensaciones esta mañana eran mucho más vivas que las de ayer a la misma hora. Mis extremidades estaban ágiles de nuevo y mi cabeza despejada. Ni siquiera el viento penetrante pudo estropear el éxtasis de esa zambullida hacia la arena suave y seductora, donde enterré mis dedos ávidos y miré a través de un medio azul, con ese azul traslúcido, tenue como un hada y puro como un ángel, que solo ves en la perfección en el corazón del hielo. De vuelta al sol, al viento y a los susurros del bosque desde la orilla; de vuelta una vez más para ver el tosco ancla apuñalando el suave pecho de la arena con un colmillo oxidado, sordo e inerte a los débiles esfuerzos del Dulcibella por arrastrarlo de su presa. De regreso, aferrándome al cable como un hilo oxidado del cielo a la tierra, hasta la proa de esa pequeña doncella burguesa; de regreso al desayuno, con un apetito que no se vería frenado por la leche condensada y el pan algo pasado. Una hora después habíamos vestido al Dulcibella para el camino, y espumábamos hacia el vacío gris de ayer, ahora una noble extensión de azul azotado por el viento, medio rodeada por colinas distantes, cada uno de sus contornos vívido en el aire lavado por la lluvia.

No puedo fingir que realmente disfruté esta primera navegación hacia mar abierto, aunque estaba muy ansioso por hacerlo. Sentí la emoción de esos saltos hacia adelante, escuché esa canción persuasiva que la espuma canta bajo la amura de sotavento, vi las armonías parpadeantes del mar y el cielo; pero la percepción sensorial estaba amortiguada por el nerviosismo. El yate parecía más pequeño que nunca fuera del tranquilo fiordo. El canto de la espuma parecía muy cercano, las crestas de las olas a popa muy altas. El novato en la navegación se aferra desesperadamente a los pensamientos de los marineros: personas eficaces y prudentes, con una jerga típica y una vestimenta típica, versadas en las corrientes y vientos locales. No podía evitar extrañar este elemento profesional. Davies, mientras se sentaba agarrando su amado timón, parecía notablemente eficiente a su manera, y supremamente cómodo en su entorno; pero parecía el aficionado de pies a cabeza, mientras con una mano, y (parecía) un ojo, luchaba con una carta salpicada de rocío medio desplegada en la cubierta a su lado. Todas sus formas informales volvieron a mí: su charla casual y ese último viaje aventurero al Báltico, y las sospechas que su reticencia había despertado.

—¿Ves algún monumento en algún lugar? —dijo, de repente; y, antes de que pudiera responder—: Debemos tomar otro rizo. —Soltó el timón y volvió a encender su pipa, mientras el yate giraba bruscamente y en un abrir y cerrar de ojos cabeceaba hacia el mar con fuertes palmadas de su lona y tirones apasionados de su botavara, mientras el viento saltaba sobre su presa, ahora acorralada, con fuerza redoblada. El escozor del rocío en mis ojos y la Babel de ruido me aturdieron; pero Davies, con un tirón en la escota de foque, calmó al atormentado barquito y lo dejó peleando con calma con las olas mientras reducía el velamen y fumaba su pipa. Una hora después, la estrecha vista de Als Sound era visible, con la tranquila y antigua Sonderburg tomando el sol en la costa de la isla, y las alturas de Dybbol elevándose por encima: el Dybbol de sangrienta memoria; escenario de la última resistencia desesperada de los daneses en el 64, antes de que los prusianos les arrebataran las dos hermosas provincias.

—Es temprano para anclar, y odio las ciudades —dijo Davies, mientras una sección de un pesado puente de pontones se abría para darnos paso. Pero fui firme en la necesidad de caminar, y conseguí mi objetivo con la condición de que también comprara provisiones y regresara a tiempo para permitir un mayor avance hacia un «fondeadero tranquilo». Nunca pisé la tierra firme con sentimientos más extraños, en parte debido al alivio del confinamiento, en parte a esa sensación de independencia al viajar, que, para aquellos que se lanzan al mar en barcos pequeños, puede hacer que el puerto carbonero más sucio de Northumbria parezca atractivo. Y aquí tenía la fascinante Sonderburg, con sus casas de aleros anchos de madera tallada, cada una fresca con limpieza, pero venerable por la edad; sus hombres de cabello rubio, parecidos a los vikingos, y sus mujeres de cara sencilla y sonrosada, con sus frentes de bala y bocas grandes; Sonderburg todavía danesa hasta la médula bajo su chapa teutona. Cruzando el puente subí al Dybbol, salpicado de monumentos de esa heroica defensa, y desde allí pude ver la pequeña forma y el aparejo de gasa del Dulcibella en la cinta plateada del estrecho, y me recordó la visión que había provisiones que comprar. Así que me apresuré a bajar de nuevo al barrio antiguo y negocié huevos y pan con una querida anciana, rosada como una debutante, hice una pretensión patriótica de no entender alemán y llamé a su fornido hijo, cuyas pocas palabras de inglés, siendo principalmente jerga náutica aprendida en un arrastrero británico, eran peculiarmente inútiles para el propósito. Davies tenía el té listo cuando volví a bordo, y, bebiéndolo en cubierta, avanzamos por el estrecho protegido, que, a pesar de su nombre imponente, no era más grande que un río interior, solo las hordas de medusas arcoíris nos recordaban que estábamos recorriendo una carretera del océano. No hay subida ni bajada de marea en estas regiones para desfigurar la orilla con barro. Aquí había un banco de grava en pendiente; allá un lecho de juncos susurrantes; allí de nuevo abedules jóvenes creciendo hasta el mismo borde, cada uno usando una media de musgo brillante y poniendo su pie firmemente entre hojas doradas y hongos escarlata.

Davies estaba preocupado, pero se iluminó cuando hablé de la guerra danesa. —Alemania es una nación tremendamente grande —dijo—; me pregunto si alguna vez lucharemos contra ella. Un pequeño incidente que ocurrió después de que anclamos profundizó la impresión dejada por esta conversación. Nos deslizamos al atardecer hacia un remanso sombreado, donde nuestra quilla casi tocaba el lecho de grava. Frente a nosotros, en la costa de Alsen, se mostraba, recortada contra el cielo, la aguja de un pequeño monumento que surgía de un hueco frondoso.

—Me pregunto qué es eso —dije. No era ni un minuto de remo en el bote auxiliar, y cuando el ancla estuvo abajo, remamos hacia él. Un banco de marga conducía a aliagas y zarzas. Apartando algunas ramas llegamos a un esbelto monumento gótico de piedra gris, grabado con bajorrelieves de escenas de batalla, que mostraban a los prusianos forzando un desembarco en botes y a los daneses resistiendo con salvaje tenacidad. Con la luz escasa deletreamos una inscripción: «Den bei dem Meeres Uebergange und der Eroberung von Alsen am 29. Juni 1864 heldenmüthig gefallenen zum ehrenden Gedächtniss». «A la honrosa memoria de aquellos que murieron heroicamente en la invasión y toma de Alsen». Conocía la pasión alemana por la conmemoración; había visto monumentos similares en los campos de batalla alsacianos, y varios en el Dybbol esa misma tarde; pero había algo en la escena, la hora y las circunstancias que hacía que este pareciera singularmente conmovedor. En cuanto a Davies, apenas lo reconocí; sus ojos brillaron y se llenaron de lágrimas mientras miraba desde la inscripción hacia el camino que habíamos seguido y el agua más allá. —Fue un desembarco en botes, supongo —dijo, medio para sí mismo—. Me pregunto cómo lo lograron. ¿Qué significa heldenmüthig? —«Heroicamente». —«Heldenmüthig gefallenen», repitió, en voz baja, deteniéndose en cada sílaba. Era como un colegial leyendo sobre Waterloo.

Nuestra conversación durante la cena giró naturalmente hacia la guerra, y en la guerra naval descubrí que me había topado con la afición literaria de Davies. No había prestado atención hasta ahora a la mezcla en nuestra estantería, pero ahora vi que, además de un Almanaque Náutico y algunas Derrotas de navegación en ruinas, había varios libros sobre los cruceros de yates pequeños, y también algunos volúmenes grandes aplastados de cualquier manera o tirados encima. Entornando los ojos dolorosamente hacia ellos vi la Vida de Nelson de Mahan, el Anuario Naval de Brassey y otros.

—Es un tema tremendamente interesante —dijo Davies, bajando (en dos piezas) un volumen de la Influencia del Poder Marítimo de Mahan.

La cena decayó (y se enfrió) mientras él ilustraba un punto mediante la referencia a las páginas muy manoseadas. Estaba muy entusiasmado y no muy articulado. Sabía lo suficiente como para ser un oyente inteligente y, aunque tenía hambre, estaba encantado de oírlo hablar.

—No te estoy aburriendo, ¿verdad? —dijo, de repente.

—Ni mucho menos —protesté—. Pero podrías echar un vistazo a las chuletas.

De hecho, habían estado pidiendo atención a gritos durante unos minutos, y llamaron la atención sincera sobre su negligencia cuando aparecieron. La distracción que causaron sacó a Davies de su vena. Intenté revivir el tema, pero se mostró reservado y tímido.

La estantería desordenada me recordó el libro de registro, y cuando Davies se hubo retirado con la vajilla al castillo de proa, bajé el libro y pasé las hojas. Era una masa de entradas cortas, con abreviaturas crípticas, vientos, mareas, clima y rumbos pareciendo predominar. El viaje de Dover a Ostende fue descartado en dos líneas: «En marcha 7 p.m., viento O.S.O. moderado; West Hinder 5 a.m., fuera de todos los bancos; Ostende 11 a.m.». El Escalda tenía un par de páginas de estilo muy técnico y entrecortado. Holanda interior recibió un resumen despectivo, con algunas alusiones a medias a los molinos de viento, etcétera, y una palabra cáustica o dos sobre los chicos, la pintura y los olores a canal.

En Ámsterdam comenzaron de nuevo los tecnicismos, y un tono más vivo impregnó las entradas, que se volvieron progresivamente más completas a medida que el escritor navegaba por la costa frisia. Estaba claramente de mejor humor, pues aquí y allá había intentos pintorescos y laboriosos de describir la naturaleza a partir de material que, por lo que podía juzgar, era lo suficientemente repelente como para desanimar al más brillante y observador de los escritores; con alguna nota ocasional de una visita a tierra, generalmente alcanzada por una caminata de media milla sobre arena, y de charlas con tenderos y pescadores. Pero tal alivio ligero era raro. La mayor parte trataba sobre canales y bancos de arena con nombres extraños y deprimentes, sobre la orza, las velas y el viento, boyas y «balizas», mareas y «amarres» para la noche. «Desencallar» parecía ser una diversión frecuente; «encallar» era algo de ocurrencia casi diaria.

No era una lectura fácil, y pasé las hojas rápidamente. Tenía curiosidad, también, por ver la última parte. Llegué a un punto donde la lluvia de pequeñas frases, repiqueteando como perdigones, cesó abruptamente. Fue al final del 9 de septiembre. Ese día, con su «desencallado» y «esquiva de botavaras», estaba relleno con el detalle habitual. El registro luego saltaba tres días, y continuaba: «13 de septiembre. Viento O.N.O. fresco. Decidí ir al Báltico. Navegué 4 a.m. Travesía rápida E. 1/2 S. a la desembocadura del Weser. Anclado para la noche bajo Hohenhörn Sand. 14 de septiembre, nada. 15 de septiembre, en marcha a las 4 a.m. Viento Este moderado. Rumbo O. por S.; cuatro millas; N.E. por N. quince millas. Norderpiep 9.30. Río Eider 11.30». Esta relación de hechos desnudos era bastante característica cuando se trataba de «travesías», y cualquier curiosidad que hubiera sentido sobre su reticencia la noche anterior se habría visto más bien calmada que estimulada si no hubiera notado que una página había sido arrancada del libro justo en este punto. El borde deshilachado que quedaba había sido podado y recogido en límites muy pequeños; pero la disimulación no era el punto fuerte de Davies, y un niño podría haber visto que faltaba una hoja, y que las entradas, comenzando desde la tarde del 9 de septiembre (donde terminaba una página), habían sido escritas juntas en una sola sesión. Estaba a punto de llamar a Davies y burlarme de él por haber cometido una grave ofensa contra la ley marítima al haber «cocinado» su registro; pero me contuve, apenas sé por qué, probablemente porque adiviné que la broma tocaría un punto sensible y fallaría. La delicadeza se encogió ante la idea de verlo obligado a ampliar un engaño o soltar una confesión; era una presa demasiado fácil; y, después de todo, el asunto era de poca importancia. Devolví el libro a la estantería, siendo el único resultado definitivo de su lectura el recordar mi promesa de llevar yo mismo un diario, y allí mismo dediqué un cuaderno al propósito.

Estábamos justo encendiendo nuestros cigarros cuando escuchamos voces y el chapoteo de los remos, seguido de un golpe contra el casco que hizo que Davies se estremeciera, como siempre hacían las violaciones de su pintura. —Guten Abend; wo fahren Sie hin? —nos saludaron mientras subíamos a cubierta. Resultaron ser unos pescadores joviales que regresaban a su embarcación de una visita a Sonderburg. Un breve diálogo les demostró que éramos ingleses locos con una necesidad amarga de caridad.

—Vengan a Satrup —dijeron—; todos los barcos están allí, alrededor de la punta. Hay un buen ponche en la posada.

Nada reacios, los seguimos en el bote auxiliar, bordeamos una curva del estrecho y abrimos las luces de un pueblo, con algunos barcos anclados frente a él. Nos escoltaron a la posada y nos presentaron a una bebida formidable, llamada ponche de café, y a un círculo envuelto en humo de pescadores, que hablaban alemán por cortesía, pero eran daneses en todo lo demás. Davies se sintió inmediatamente como en casa con ellos, hasta un grado, de hecho, que envidié. Su alemán era del tipo más crudo, extraño en vocabulario y cómico en acento; pero la masonería del mar, o algún encanto propio, dio intuición tanto a él como a sus oyentes. Yo hice un pobre papel en esta reunión náutica, aunque Davies, que persistentemente se refería a mí como «meiner Freund», se esforzó mucho por presentarme como un espíritu afín e incluirme en la charla general. Fui detectado de inmediato como un híbrido poco interesante. Davies, que a veces me pedía una palabra, estaba profundamente metido en la charla sobre fondeaderos y patos, especialmente, como recuerdo bien ahora, sobre la posibilidad de practicar deporte en cierto fiordo de Schlei. Caí en un abandono total, hasta ser rescatado por una persona taciturna con gafas y una gorra muy alta, que parecía ser el único hombre de tierra presente. Después de soplar humo silenciosamente en mi dirección durante algún tiempo, me preguntó si estaba casado y, si no, cuándo pensaba estarlo. Tras esta inquisición me abandonó.

Eran las once antes de que dejáramos esta hospitalaria posada, escoltados por todo el grupo hasta el bote. Nuestros amigos del barco insistieron en que compartiéramos su bote por pura camaradería —pues no había espacio suficiente para nosotros— y no nos dejaron ir hasta que un balde de pescado recién capturado se hubo vaciado en su fondo. Tras muchos apretones de manos escamosas, remamos de vuelta al Dulcibella, donde dormía en un lecho de estrellas trémulas.

Davies olfateó el viento y escudriñó las copas de los árboles, donde ráfagas ligeras jugaban con las hojas.

—Suroeste todavía —dijo—, y viene más lluvia. Pero seguro que cambiará al norte.

—¿Será ese un buen viento para nosotros?

—Depende de a dónde vayamos —dijo, lentamente—. Estaba preguntando a esos tipos sobre la caza de patos. Parecían pensar que el mejor lugar sería el fiordo de Schlei. Eso está a unas quince millas al sur de Sonderburg, camino a Kiel. Dijeron que había un tipo práctico viviendo en la desembocadura que nos diría todo al respecto. Aunque no fueron muy alentadores. Necesitaríamos un viento del norte para eso.

—No me importa a dónde vayamos —dije, para mi propia sorpresa.

—¿De verdad que no? —replicó él, con repentino entusiasmo. Luego, con un ligero cambio de tono—: ¿Quieres decir que todo esto es muy alegre por aquí?

Por supuesto que quería decir eso. Antes de bajar, ambos observamos un momento el pequeño monumento gris; su esbelto arco calado perfilado en suaves luces y sombras sobre la hondonada en la costa de Alsen. La noche era la del 27 de septiembre, la tercera que pasaba en el Dulcibella.

CAPÍTULO VI. Fiordo de Schlei

No me disculpo por haber descrito estos primeros días con cierto detalle. No es de extrañar que sus trivialidades estén tan vívidamente ante mí como los colores de la tierra y el mar en este encantador rincón del mundo. Pues cada pequeñez, sórdida o pintoresca, era relevante; cada retazo de conversación, un eslabón; cada estado de ánimo pasajero, crucial para bien o para mal. Tan ligeras fueron, en efecto, las causas determinantes que transformaron mis vacaciones de otoño en la empresa más trascendental a la que jamás me haya enfrentado.

Dos días más precedieron al cambio. En el primero, persistiendo el viento del suroeste, salimos hacia el fiordo de Augustenburg, «para practicar agilidad en una marejada fuerte», como dijo Davies. Fue el día del estreno de esos asquerosos trajes de agua, recluido en cuyos rígidos y olorosos ángulos me sentía penosamente torpe; un día de prueba, en verdad, para mí, pues fuertes ráfagas barrían incesantemente la ensenada, y Davies, a petición mía, no me dio respiro. Viramos de un lado a otro, entrando y saliendo con estrépito de las calas, tomando y soltando rizos, unas veces picado por la lluvia, otras calentado por el sol, pero nunca con tiempo para respirar o pensar.

Forcejeé con cabos intratables, esclavos si se lograban someter, tiranos si tomaban la delantera; arrastrándome, estirándome, esforzándome, hice el penoso recorrido por la cubierta, mientras Davies, sin sombrero y tranquilo, dirigía mis movimientos torpes.

—Ahora toma el timón e intenta gobernar con una brisa fuerte a barlovento. Es el mejor deporte del mundo.

Así que me las vi con las sutilezas de aquella delicada destreza; ojos irritados, manos rozadas y cerebro aturdido, todo puesto al servicio de la tarea, mientras Davies, domando los cabos a la vez, me gritaba al oído los sutiles misterios del arte: ese rizado nervioso en la gratil de la vela mayor y el tintineo lejano del foque hambriento, señales de que están faltos de viento y necesitan más; la fuerte escora y el balanceo del casco, la sensación del viento en la mejilla en lugar de en la nariz, el ángulo más amplio de la bandera en el tope del mástil, señales de que tienen demasiado y que ella está cediendo cobardemente a sotavento en lugar de luchar a barlovento. Me enseñó las tácticas para enfrentarme a las ráfagas y la forma de aprovechar la ventaja cuando son derrotadas: la mano de hierro en el guante de terciopelo que el voluntarioso timón necesita si quieres lograr tus fines con él; el ajuste exacto de las escotas necesario para obtener el juego más fácil y rápido del casco; todas estas cosas y muchas más luché por comprender, sin importarme por el momento si valían la pena, pero obstinadamente decidido a conocerlas. Ni que decir tiene que no tenía ojos para la belleza. Las ensenadas arboladas en las que nos sumergíamos daban un breve respiro del viento y la espuma, pero obligaban a usar la sonda y el aparejo de la orza, dos complejidades nuevas y engorrosas. La pasión de Davies por la navegación intrincada tenía que verse saciada incluso en estas aguas seguras y sin mareas.

—Acerquémonos tanto como podamos; tú prepárate con la sonda —era su fórmula; así que hacía lanzamientos falsos, tropezaba con el cabo flojo, enviaba ríos de agua por mis mangas y cometía todas las demás torpezas que los principiantes en el arte cometen, mientras la arena se mostraba más blanca bajo la quilla, hasta que Davies, con pesar, se alejaba y gritaba: «¡Listo para virar, baja la orza!», y yo corría hacia los aparejos de aquel artefacto diabólico, la única parte del equipo del Dulcibella que odié ferozmente hasta el final. Tenía la odiosa costumbre, cuando se bajaba, de lanzar chorros de agua a través de su caja de cadena hacia el suelo de la cabina. Uno de mis deberes era taponarlo con estopa, pero incluso así su gorgoteo ahogado era un sonido de lo más incómodo en tu comedor. En un minuto, el arroyo quedaba atrás y estábamos golpeando con nuestra proa las cortas y huecas olas del fiordo, y escorando entre el rocío y la lluvia hacia algún punto en la orilla opuesta. De nuestro destino y objetivos, si es que teníamos alguno, no sabía nada. En el extremo norte del fiordo, justo antes de girar, Davies se había puesto soñador de la manera más exasperante, pues yo estaba al timón en ese momento y necesitaba desesperadamente una guía comprensiva si quería evitar una trasluchada repentina. Como si continuara en voz alta algún debate interno, mantuvo una discusión unilateral en el sentido de que no tenía sentido ir más al norte. Patos, tiempo y cartas náuticas figuraban en ella, pero no seguí los pros y los contras. Solo sé que de repente giramos y comenzamos a «luchar» de nuevo hacia el sur. Al atardecer estábamos otra vez en la misma piscina tranquila entre los árboles y campos del estrecho de Als, una paz maravillosa sucediendo al tumulto. Magullado y empapado, me estaba liberando de mi prisión aceitosa, y más tarde estaba probando (aunque todavía no en su perfección) la euforia única que sigue a un día así, cuando, brillando por todas partes, deliciosamente cansado y agradablemente dolorido, comes lo que parece ambrosía, aunque solo sea carne en lata; y bebes néctar, aunque solo sea destilado de lúpulo terrestre o bayas de café, e inhalas como lujo supremo vapores balsámicos que ni siquiera los felices dioses homéricos conocieron.

A la mañana siguiente, el 30, un grito alegre de «Viento del noroeste» me envió tiritando a cubierta, de madrugada, a manejar la lona rígida por la lluvia y la cadena cortante. Fue un día nublado e inestable, pero lo suficientemente tranquilo después de la bochornosa odisea de ayer. Retrazamos nuestro camino pasando Sonderburg y desde allí navegamos hacia una línea tenue de verde pálido en el lejano horizonte suroeste. Fue durante esta travesía que ocurrió un incidente que, por leve que fuera, me abrió los ojos a mucho.

Una bandada de patos salvajes cruzó nuestra proa a cierta distancia, una falange en forma de cuña de cuellos estirados y alas batientes. Yo estaba al timón mientras Davies verificaba nuestro rumbo abajo; pero lo llamé de inmediato y comenzó una discusión sobre nuestras posibilidades de caza. Davies se mostró sombrío al respecto.

—Aquellos tipos en Satrup tenían bastantes dudas —dijo—. Hay muchos patos, pero entendí que no es fácil para los extraños conseguir permiso para disparar. Todo el país está muy civilizado; no es lo suficientemente salvaje, ¿verdad?

Me miró. No tenía una opinión muy clara. Era todo menos salvaje en cierto sentido, pero parecía haber lugares lo suficientemente salvajes para los patos. La orilla por la que pasábamos parecía estar bordeada por marismas solitarias, aunque se veía una vasta llanura detrás. Si no fuera por los hermosos lugares que habíamos visto, y mi creciente gusto por nuestra forma de verlos, su decepcionante vaguedad me habría irritado más de lo que lo hizo. Pues, al fin y al cabo, me había traído cargado de equipo deportivo bajo la promesa de cazar.

—El mal tiempo es lo que necesitamos para los patos —dijo—, pero me temo que estamos en el lugar equivocado para ellos. Ahora, si fuera el Mar del Norte, entre esas islas frisias... —Su tono era tímido e interrogativo, y sentí de inmediato que me estaba sondeando sobre algún plan desagradable cuya naturaleza comenzaba a vislumbrar.

Balbuceó un par de frases sobre la «naturaleza salvaje» y «nadie que te moleste», y entonces interrumpí: —¿Seguro que no querrás dejar el Báltico?

—¿Por qué no? —dijo, mirando fijamente la brújula.

—¡Demonios, hombre! —repliqué con aspereza—, estamos en octubre, el verano ha terminado y el tiempo se ha echado a perder. Estamos solos en un bote de cáscara de nuez, en un momento en que cualquier otro yate de nuestro tamaño se está preparando para el invierno. Por suerte, parece que hemos encontrado una zona de navegación ideal, con una amplia variedad de fiordos seguros y una buena perspectiva de patos, si decidimos esforzarnos un poco. No puedes pretender perder el tiempo y correr riesgos (pensé en la página arrancada del cuaderno de bitácora) en un largo viaje a esos lugares prohibidos tuyos en el Mar del Norte.

—No es muy largo —dijo Davies, obstinado—. Parte es canal y el resto es bastante seguro si tienes cuidado. Hay mucha agua resguardada y no es realmente necesario...

—¿Para qué es todo esto? —interrumpí, impaciente—. Todavía no hemos intentado cazar aquí. No tendrás la idea, ¿verdad?, de llevar el barco de vuelta a Inglaterra este otoño.

—¿Inglaterra? —murmuró—. Oh, no me importa mucho. —De nuevo su vaguedad me chirriaba; parecía haber alguna barrera entre nosotros, invisible e insuperable. Y, al fin y al cabo, ¿qué estaba haciendo allí? Viviendo con dificultades en un yate pequeño y raído, totalmente fuera de mi elemento, con un hombre que, hace una semana, no era nada para mí y que ahora era un enigma fastidioso. Como un veneno rápido, el viejo estado de ánimo mórbido en el que dejé Londres se extendió por mí. Todo lo que había aprendido y visto se desvaneció; lo que había sufrido permaneció. Estaba a punto de decir algo que podría haber puesto un final precipitado a nuestro crucero, pero él se me adelantó.

—Lo siento muchísimo —soltó— por ser un bruto tan egoísta. No sé en qué estaba pensando. Eres un sol al unirte a mí en este tipo de vida, y me temo que soy un anfitrión infernalmente malo. Por supuesto que este es el lugar perfecto para navegar. Me olvidé del paisaje y todo eso. Preguntemos por los patos aquí. Como dices, seguro que conseguiremos cazar si nos esforzamos un poco. Debemos estar casi allí ahora... sí, ahí está la entrada. Toma el timón, ¿quieres?

Saltó por el mástil como un mono y observó la tierra desde las crucetas. Miré hacia arriba a mi enigma y agradecí a la Providencia no haber hablado; pues nadie podría haber resistido su franco estallido de buena naturaleza. Sin embargo, se me ocurrió que, considerando las condiciones de nuestra vida, nuestra intimidad era extrañamente lenta en su crecimiento. Todavía no tenía ni idea de dónde empezaban sus peculiaridades y dónde terminaba su propio ser, y él, supuse, estaba en la misma etapa conmigo. De lo contrario, le habría presionado más ahora, pues me sentía convencido de que había algún misterio en su comportamiento que aún no había descifrado. Sin embargo, la luz pronto iba a aparecer.

No pude ver ninguna señal de la entrada de la que había hablado, y no era de extrañar, pues solo tiene ochenta yardas de ancho, aunque conduce a un fiordo de treinta millas de largo. De repente, nos estábamos sacudiendo en un tumulto de mar, y el canal se reveló a regañadientes, deslizándose entre marismas y praderas y luego ensanchándose hasta convertirse en una laguna, como en Ekken. Anclamos cerca de la desembocadura, y no lejos de un grupo de embarcaciones de un tipo que más tarde me resultó muy familiar. Eran barcazas de vela, algo parecidas a las que navegan por el Támesis, embarcaciones de proa roma y popa alta de unas cincuenta toneladas, aparejadas en ketch y equipadas con orzas laterales, mástiles muy ligeros y un largo bauprés inclinado. (En el futuro las llamaré «galiotas»). Por lo demás, la única señal de vida era una casa blanca solitaria —la casa del piloto, nos dijo la carta náutica— cerca de la punta norte de la entrada. Después del té visitamos al piloto. Patriarcalmente instalado ante una estufa rugiente, en compañía de una robusta y atareada nuera y algunos nietos sonrosados, encontramos a una persona rotunda y rubicunda, que nos saludó con un ronco rugido de bienvenida en alemán, que cambió instantáneamente, cuando nos vio, a un divertidísimo inglés entrecortado, hablado con intenso placer y orgullo. Explicamos nuestra presencia y nuestra misión lo mejor que pudimos a través de las hospitalarias interrupciones causadas por la cerveza y los sones de una enorme caja de música, que se había puesto en marcha en honor a nuestra llegada. Ni que decir tiene que fui leído como un libro de inmediato y caí en el papel de oyente.

—Sí, sí —dijo—, todo bien. Hay muchos patos, pero primero beberemos un vaso de cerveza; luego moveremos su barco, capitán; no está bien ahí. (Davies se sobresaltó presa del pánico, pero fue obligado a volver a su cerveza con un gesto). Luego beberemos juntos otro vaso de cerveza; luego hablaremos de patos... no, luego mataremos patos; eso es mejor. Luego tomaremos muchos vasos de cerveza.

Este fue un clímax inesperado y prometía mucho para nuestras perspectivas. Y el programa se llevó a cabo por completo. Después de la cerveza, nuestro anfitrión fue empaquetado vivamente por su hija en una armadura de polainas de lana, abrigos y bufandas, rematada con un casco de estambre, que no dejaba nada de su cara visible más que un par de ojos centelleantes. Así equipado, abrió el camino al exterior y rugió llamando a Hans y su escopeta, hasta que un gran joven desgarbado, con pómulos altos y barba rala, salió del patio y nos estrechó la mano tímidamente.

Juntos nos dirigimos al muelle, donde el piloto permanecía de pie, pareciendo una alegre bola de lana, y gritó roncas instrucciones mientras trasladábamos el Dulcibella a un amarre en la otra orilla, cerca de las otras embarcaciones. Regresamos con nuestras escopetas y siguió el intervalo de refrescos. Apenas oscurecía cuando salimos de nuevo, cruzamos un tramo de terreno pantanoso y tomamos posiciones estratégicas alrededor de un estanque estancado. Habían enviado a Hans para que espantara a las aves, y el resultado fue un hermoso ánade real y tres patos. Era cierto que todos cayeron ante la escopeta del piloto, tal vez debido al instinto filial de Hans y al astuto egoísmo de su padre al elegir su propia guarida, o tal vez fue pura casualidad; pero la partida de caza fue, no obstante, un éxito triunfal. Se celebró con cerveza y música como antes, mientras el piloto, con un niño en cada rodilla regordeta, disertaba con exuberancia sobre las glorias de su país y el contentamiento elíseo de su vida. «Hay mucha cerveza, mucha carne, mucho dinero, muchos patos», resumió su estudio.

Puede que fuera imaginación, pero Davies, aunque tenía arrebatos de vivacidad, parecía muy distraído, considerando que estábamos sentados a los pies de un oráculo tan expansivo. Fui yo quien obtuvo la mayor parte de la información práctica: detalles sobre el tiempo, el clima y los lugares probables para cazar, con algunas astutas pistas sobre el tipo de personas a las que congraciarse. Independientemente de lo que pensara de mí, me calenté con simpatía hacia el piloto, pues supuso que habíamos terminado de navegar por el año y nos creía lo suficientemente locos como para haber estado a flote tanto tiempo, y aún más locos por pretender vivir en «un barco tan pequeño» cuando podíamos vivir en tierra con cerveza y música a mano. Sentí la tentación de plantear la cuestión del Mar del Norte, solo para ver a Davies bajo el trueno de las reprimendas que seguirían. Pero me abstuve por un deseo de ser tierno con él, ahora que todo iba tan bien. Las islas frisias eran ahora un absurdo extravagante. Ni siquiera me referí a ellas mientras remábamos de vuelta al Dulcibella, después de jurar amistad eterna con el buen piloto y su familia.

Davies y yo nos retiramos como buenos amigos aquella noche, o mejor dicho, debería decir que yo me retiré, pues lo dejé chupando una pipa vacía y jugueteando sin rumbo con un volumen de Mahan; y una vez, cuando me desperté por la noche, sentí de alguna manera que su litera estaba vacía y que él estaba allí, en la oscura cabina, soñando.

CAPÍTULO VII. La página perdida

Me desperté (el 1 de octubre) con esa sensación desalentadora de que ha ocurrido un contratiempo en un plan establecido. Se explicó cuando subí a cubierta y encontré al Dulcibella envuelto en una niebla, silencioso, pegajoso, sin nada visible desde sus cubiertas más que el casco fantasmal de una galiota anclada cerca de nosotros. Debe de haber llegado allí durante la noche, pues no había nada tan cerca la noche anterior; y recordé que mi sueño se había visto interrumpido una vez por sonidos de cadenas retumbando y voces ásperas.

—Esto parece bastante desesperanzador para hoy —dije, con un escalofrío, a Davies, que estaba preparando el desayuno.

—Bueno, no podemos hacer nada hasta que esta niebla se levante —respondió, con mucha resignación. El desayuno fue una comida poco alegre. La humedad penetraba hasta la misma cabina, cuyo techo y paredes lloraban un fino rocío. Había temido un baño, y sin embargo lo echaba de menos, y la luz fantasmal hacía que el mantel pareciera más sucio de lo que naturalmente era, y todos los accesorios, más sórdidos. Algo había salido mal con el tocino, y la falta de hueveras no tenía ni pizca de gracia.

Davies estaba empezando, a su manera sumaria, a amontonar las cosas para fregar, cuando se oyó un paso en cubierta, un par de botas de mar aparecieron en la escalera y, antes de que pudiéramos preguntarnos quién era el visitante, un hombrecito con traje de agua y un sou’wester se inclinaba hacia nosotros en la puerta de la cabina, sonriendo afectuosamente a Davies desde una barba redonda y canosa.

—Bien hallado, capitán —dijo, tranquilamente, en alemán—. ¿A dónde se dirige esta vez?

—¡Bartels! —exclamó Davies, saltando. Las dos figuras encorvadas, joven y viejo, se iluminaron el uno al otro como padre e hijo.

—¿De dónde vienes? Toma un poco de café. ¿Cómo está el Johannes? ¿Fuiste tú quien entró anoche? ¡Estoy encantado de verte! (Me ahorro al lector su jerga tosca). El hombrecito fue arrastrado al interior y sentado en el sofá opuesto a mí.

—Llevé mis manzanas a Kappeln —dijo, con aplomo—, y ahora navego hacia Kiel, y de allí a Hamburgo, donde están mi esposa y mis hijos. Es mi último viaje del año. Veo que ya no estás solo, capitán. Se había quitado su sou’wester goteante y se inclinaba ceremoniosamente hacia mí.

—¡Oh, lo olvidé por completo! —dijo Davies, que había estado arrodillado sobre una rodilla en el umbral bajo, absorto en su visitante. —Este es «meiner Freund», el señor Carruthers. Carruthers, este es mi amigo, el patrón Bartels, de la galiota Johannes.

¿Acaso nunca iba a llegar al final de los rompecabezas que Davies me presentaba? Toda la cordialidad impulsiva murió en su voz y manera mientras pronunciaba las últimas palabras, y ahí estaba él, mirando nerviosamente del visitante a mí, como alguien que, contra su voluntad o por falta de tacto, ha presentado a dos personas que sabe que no se llevarán bien.

Hubo una pausa mientras él jugueteaba con las tazas, servía un poco de café frío y reflexionaba sobre ello como si fuera un experimento químico. Luego murmuró algo sobre hervir un poco más de agua y se refugió en el castillo de proa. Yo me sentía incómodo en este periodo con la gente de mar, pero este hombrecito amable era terreno fácil para un principiante. Además, cuando se quitó su abrigo de agua me recordó menos a un marinero que a un hogareño vendedor de telas de algún pueblo rural, con su cuello limpio y vuelto hacia abajo y su chaqueta de lana ajustada. Intercambiamos algunas trivialidades educadas sobre la niebla y su viaje anoche desde Kappeln, que parecía ser una ciudad a unas quince millas fiordo arriba.

Davies se unió desde el castillo de proa con un exceso de calidez que casi me quita las palabras de la boca. Agotamos el tema muy pronto, y entonces mi interlocutor me sonrió paternalmente, como lo había hecho con Davies, y dijo, confidencialmente:

—Es bueno que el capitán ya no esté solo. Es un buen joven —¡cielos, qué buen joven! Lo quiero como a un hijo—, pero es demasiado valiente, demasiado imprudente. Es bueno para él tener un amigo.

Asentí y reí, aunque en realidad estaba muy lejos de divertirme.

—¿Dónde se conocieron? —pregunté.

—En un lugar feo y con un tiempo feo —respondió gravemente, pero con un brillo de diversión en los ojos—. ¿Pero no te lo ha contado? —añadió, con una pesada picardía—. Llegué justo a tiempo. ¡No! ¿Qué estoy diciendo? Es valiente como un león y rápido como un gato. Creo que no puede ahogarse; pero aun así era un lugar feo y un tiempo...

—¿De qué estás hablando, Bartels? —interrumpió Davies, emergiendo ruidosamente con un hervidor de agua hirviendo.

Respondí a la pregunta: —Solo le estaba preguntando a tu amigo cómo fue que hiciste su conocido.

«Oh, me sacó de un pequeño apuro en el Mar del Norte, ¿verdad, Bartels?», dijo.

«No fue nada», dijo Bartels. «Pero el Mar del Norte no es lugar para su barquito, capitán. Se lo he dicho muchas veces. ¿Qué le ha parecido Flensburg? Una ciudad fina, ¿no es así? ¿Encontró al señor Krank, el carpintero? Veo que ha colocado un pequeño palo de mesana. El timón no era gran cosa, pero fue bueno que aguantara hasta el Eider. Pero es fuerte y buena, su pequeña nave, y —¡cielo santo!—, más le vale que lo sea». Rió entre dientes y sacudió la cabeza ante Davies como si fuera un niño díscolo.

Esta es toda la conversación que necesito registrar. Por mi parte, simplemente esperé a que terminara, decidido en mi propósito, que era conocer la verdad de una vez por todas y acabar con estas desconcertantes mistificaciones. Davies sirvió café a su amigo y mantuvo la charla con gallardía; pero, por muy afectuoso que fuera, su actitud mostraba claramente que quería estar a solas conmigo.

El quid de la charla del pequeño patrón fue una advertencia paternal de que, aunque estábamos bien aquí en el «Ost-See», ya era hora de que los barcos pequeños buscaran refugio para el invierno. Que él mismo iba a ir por el Canal de Kiel a Hamburgo para pasar un invierno acogedor como un ciudadano decente junto a su cálida chimenea, y que nosotros deberíamos seguir su ejemplo. Terminó con una invitación para que lo visitáramos en el Johannes y, con suaves despedidas, desapareció en la niebla. Davies lo acompañó hasta su bote, regresó sin perder un instante y se sentó en el sofá frente a mí.

«¿Qué quería decir?», pregunté.

«Te lo diré», dijo Davies, «te lo contaré todo. En lo que a ti respecta, es en parte una confesión. Anoche había decidido no decir nada, pero cuando apareció Bartels supe que todo debía salir a la luz. Me ha tenido terriblemente preocupado y quizás tú puedas ayudarme. Pero es algo que debes decidir tú».

«¡Dispara!», dije.

«¿Sabes lo que dije sobre las Islas Frisias el otro día? Allí sucedió algo que nunca te conté, cuando preguntabas por mi viaje».

«Empezó cerca de Norderney», intervine.

«¿Cómo lo has adivinado?», preguntó.

«Eres un mal actor para la duplicidad», repliqué. «Continúa».

«Bueno, tienes toda la razón, fue allí, el 9 de septiembre. Te conté el tipo de cosas que hacía en esa época, pero no creo haber dicho que hice averiguaciones a una o dos personas sobre la caza de patos, y que unos pescadores en Borkum me dijeron que había un gran yate de vela en aquellas aguas, cuyo dueño, un alemán llamado Dollmann, cazaba bastante y podría darme algunos consejos. Bueno, encontré este yate una tarde, sabiendo que debía ser el suyo por la descripción que tenía. Era lo que se llama un 'yate-gabarra', de cincuenta o sesenta toneladas, construido para aguas poco profundas siguiendo las líneas de un galeote holandés, con orzas laterales y esos extraños cascos redondos y popa cuadrada. Es parecido a esos galeotes anclados cerca de nosotros ahora. A veces se ve el mismo tipo de yate en aguas inglesas, solo que allí copian a las gabarras del Támesis. Parecía un clipper en su estilo, y muy elegante; barnizado de arriba abajo y brillando como el oro. Me encontré con él al atardecer, después de un largo día explorando alrededor del estuario del Ems. Estaba fondeado en...»

«Espera un poco, veamos la carta», interrumpí.

Davies la encontró y la extendió sobre la mesa entre nosotros, apartando primero el mantel y las cosas del desayuno hacia un extremo, donde quedaron en un desorden descuidado. Esta fue una de las únicas dos ocasiones en las que le vi posponer el rito de lavar los platos, y decía mucho de la urgencia del asunto que nos ocupaba.

«Aquí está», dijo Davies [Ver Mapa A] y miré con un interés nuevo y extraño la larga hilera de esbeltas islas, la línea paralela de la costa y la confusión de bancos de arena, bajos y canales que yacían entre medias. «Aquí está Norderney, ya ves. Por cierto, hay un puerto allí en el extremo oeste de la isla, el único puerto real en toda la línea de islas, holandesas o alemanas, excepto en Terschelling. También hay una ciudad bastante grande, un lugar de veraneo, donde los alemanes van a bañarse en el mar durante el verano. Bueno, el Medusa, que así se llamaba, estaba fondeado en el rada de Riff Gat, enarbolando el pabellón alemán, y anclé para pasar la noche bastante cerca de él. Tenía la intención de visitar a su dueño más tarde, pero estuve a punto de cambiar de opinión, ya que siempre me siento un poco tonto en yates elegantes, y mi alemán no es muy bueno. Sin embargo, pensé que bien podría hacerlo; así que, después de cenar, cuando ya estaba oscuro, remé en el bote auxiliar, llamé a un marinero en cubierta, dije quién era y pregunté si podía ver al dueño. El marinero era un tipo hosco, y hubo una larga espera mientras permanecía en cubierta, sintiéndome cada vez más incómodo. Poco después, un mayordomo subió y me acompañó a bajar por la escala hasta el salón, que, después de esto, parecía... bueno, horriblemente lujoso; ya sabes a lo que me refiero, salones de felpa, cojines de seda y cosas así. La cena parecía haber terminado justo, y había vino y fruta sobre la mesa. El señor Dollmann estaba allí con su café. Me presenté como pude...»

«Espera un momento», dije; «¿cómo era él?»

«Oh, un tipo alto y delgado, en traje de etiqueta; unos cincuenta años supongo, con el pelo grisáceo y una barba corta. No soy bueno describiendo a la gente. Tenía una frente alta y abultada, y había algo en él... pero creo que será mejor que te cuente primero los hechos puros y duros. No puedo decir que pareciera complacido de verme, no hablaba inglés y, de hecho, me sentí infernalmente incómodo. Aun así, tenía un objetivo al venir, y como ya estaba allí, pensé que bien podría lograrlo».

La idea de Davies con su chaqueta Norfolk y sus franelas raídas arengando a un alemán gélido en traje de etiqueta en un salón «lujoso» me hizo mucha gracia.

«Parecía muy sorprendido de verme; evidentemente había visto llegar al Dulcibella y se preguntaba qué era. Empecé tan pronto como pude a hablar de los patos, pero me cortó de inmediato, dijo que no podía hacer nada por aquí. Lo atribuí a los celos de deportista; ya sabes cómo es eso. Pero vi que había llegado al lugar equivocado y estaba a punto de retirarme y terminar esta desagradable entrevista, cuando se relajó un poco, me ofreció algo de vino y empezó a hablar de una manera bastante amistosa, interesándose mucho por mi viaje y mis planes para el futuro. Al final nos quedamos despiertos hasta muy tarde, aunque nunca me sentí realmente a gusto. Parecía estar evaluándome todo el tiempo, como si yo fuera algún animal nuevo». (¡Cómo simpatizaba con aquel alemán!) «Nos despedimos con bastante cortesía, remé de vuelta y me acosté, con la intención de navegar hacia el este temprano al día siguiente».

«Pero me despertaron al amanecer con un marinero que traía un mensaje de Dollmann preguntando si podía venir a desayunar conmigo. Me quedé bastante pasmado, pero no quise ser grosero, así que dije: 'Sí'. Bueno, vino, le devolví la visita y... bueno, el final fue que me quedé fondeado allí durante tres días». Esto fue bastante abrupto.

«¿Cómo pasaste el tiempo?», pregunté. Quedarse tres días en cualquier lugar era un hecho inusual para él, como sabía por su cuaderno de bitácora.

«Oh, almorcé o cené con él una o dos veces; con ellos, debería decir», añadió apresuradamente. «Su hija estaba con él. No apareció la noche en que llamé por primera vez».

«¿Y cómo era ella?», pregunté rápidamente, antes de que pudiera seguir adelante.

«Oh, parecía una chica muy simpática», fue la respuesta cautelosa, pronunciada con particular despreocupación, «y... el final fue que el Medusa y yo navegamos juntos. Tengo que contarte cómo sucedió, solo en pocas palabras por ahora».

«Fue sugerencia suya. Dijo que tenía que navegar a Hamburgo y propuso que yo fuera con él en el Dulcibella hasta el Elba, y luego, si quería, podía tomar el canal de barcos en Brunsbüttel hasta Kiel y el Báltico. Yo no tenía planes muy fijos, aunque tenía la intención de seguir explorando hacia el este entre las islas y la costa, y así llegar al Elba de una manera mucho más lenta. Me disuadió de esto, insistiendo en que no tendría ninguna oportunidad con los patos y aduciendo otras razones. De cualquier modo, acordamos navegar juntos directamente a Cuxhaven, en el Elba. Con viento favorable y una salida temprana, debería ser solo un día de navegación de unas sesenta millas».

«El plan solo se concretó la noche del tercer día, el 12 de septiembre».

«Te dije, creo, que el tiempo había cambiado después de una larga racha de calor. Ese mismo día había soplado bastante fuerte del oeste, y el barómetro seguía bajando. Dije, por supuesto, que no podía ir con él si el tiempo estaba demasiado mal, pero él profetizó un buen día, dijo que era una navegación fácil y, en conjunto, puso a prueba mi temple. Ya puedes imaginar cómo fue. Quizás había hablado de navegar en solitario como si fuera más fácil de lo que es, aunque nunca quise decir eso alardeadno, pues detesto ese tipo de cosas, y además no hay peligro si eres cuidadoso...»

«Oh, continúa», dije.

«En fin, nos fuimos a la mañana siguiente a las seis. Era un día de aspecto sombrío, viento del O.N.O., pero sus velas subían y las mías le siguieron. Tomé dos rizos y navegamos hacia mar abierto, poniendo rumbo al E.N.E. a lo largo de la costa hacia el buque faro del Elba Exterior, a unas cincuenta millas náuticas. Aquí está todo, ya ves». (Me mostró el rumbo en la carta). «El viaje no era nada para su barco, por supuesto, un viejo cacharro seguro y potente, avanzando a través del mar tan firme como una casa. Al principio le seguí el ritmo fácilmente. Tenía las manos bastante ocupadas, porque había un viento fuerte por mi aleta y un mar molesto; pero mientras no viniera nada peor, sabía que estaría bien, aunque también sabía que era un tonto por haber venido».

Ilustración: Carta A para ilustrar la varada del Dulcibella, etc.

«Todo fue bien hasta que estuvimos frente a Wangeroog, la última de las islas —aquí—, y entonces empezó a soplar realmente fuerte. Tuve la tentación de dejarlo y entrar en el río Jade, allí abajo, pero no tuve valor para hacerlo, así que puse el barco a la capa y tomé mi último rizo». (Palabras sencillas, pronunciadas sencillamente; pero había visto la maniobra en aguas tranquilas y me estremecí ante la imagen actual). «Habíamos ido más o menos a la par hasta entonces, pero con mi velamen reducido me quedé atrás. No es que eso importara en lo más mínimo. Conocía mi rumbo, había estudiado mis mareas y, a pesar de lo espeso que estaba el tiempo, no tenía dudas de poder encontrar el buque faro. Ya no era posible cambiar de plan. El estuario del Weser estaba a mi estribor, pero todo el lugar era una costa de sotavento y una masa de bancos desconocidos; míralos. Seguí adelante, el Dulcibella haciendo su mejor esfuerzo, pero estuvimos a punto de ser abordados por la popa en varias ocasiones. Estaba más o menos por aquí, digamos a seis millas al suroeste del buque faro, [Ver Carta A] cuando de repente vi que el Medusa se había puesto a la capa justo delante, como si esperara a que llegara. Viró de nuevo en el rumbo cuando me puse a su altura, y navegamos juntos un rato. Dollmann amarró el timón, se inclinó sobre su popa y gritó, muy despacio y con claridad para que pudiera entenderle: 'Sígueme, el mar es demasiado malo para ti por fuera, atajo a través de las arenas, ahorra seis millas'».

«Me costaba todo mi esfuerzo manejar el timón, pero supe al instante a qué se refería, pues había estudiado la carta cuidadosamente la noche anterior. [Ver Mapa A] Ya ves, toda la bahía entre Wangeroog y el Elba está obstruida por arena. Un gran trozo dentado de ella sale de Cuxhaven en dirección noroeste durante quince millas más o menos, terminando en una punta afilada llamada Scharhorn. Para llegar al Elba desde el oeste tienes que ir justo por fuera de esto, rodear el buque faro, que está frente al Scharhorn, y volver atrás. Por supuesto, eso es lo que hacen todos los grandes barcos. Pero, como ves, estas arenas están cruzadas aquí y allá por canales, muy poco profundos y sinuosos, exactamente como los que hay detrás de las Islas Frisias. Ahora mira este, que atraviesa el gran trozo de arena y sale cerca de Cuxhaven. El Telte [Ver Carta A] se llama. Es ancho de varias millas, ya ves, en la entrada, pero más adelante se divide en dos por el banco Hohenhörn: luego se vuelve poco profundo y muy complicado, y termina en un mero reguero de marea con otro nombre. Es justo el tipo de canal en el que me gustaría entrar en un día bueno o con viento de tierra. Solo, con tiempo espeso y mar gruesa, hubiera sido una locura intentarlo, salvo como recurso desesperado. Pero, como dije, supe de inmediato que Dollmann proponía arriesgarse y guiarme».

«No me gustaba la idea, porque me gusta hacer las cosas por mí mismo y, por tonto que suene, creo que me molestó que me dijeran que el mar era demasiado malo para mí, lo cual era cierto. Sin embargo, el atajo ahorraba varias millas y un viaje infernal frente al Scharhorn, donde se encuentran dos mareas. Tenía fe ciega en Dollmann y supongo que decidí que sería un tonto si no aprovechaba una buena oportunidad. Dudé, lo sé; pero al final asentí y levanté el brazo mientras él seguía adelante. Poco después, cambió su rumbo y yo le seguí. Me preguntaste una vez si alguna vez tomé un piloto. Esa fue la única vez».

Habló con amarga gravedad, se echó hacia atrás y buscó su pipa en el bolsillo. No pretendía ser una pausa dramática, pero ciertamente lo fue. Tuve un atisbo de otro Davies: un Davies cinco años mayor, vibrando con emociones profundas, desdén, pasión y un propósito obstinado; un ser por encima de mi nivel, de madera más firme, de mayor alcance. Por intenso que se hubiera vuelto mi interés, esperé casi tímidamente mientras él mecánicamente metía tabaco en su pipa y encendía cerillas ineficaces. Sentí que, fuera cual fuera el enigma a resolver, no era uno insignificante. Se contuvo con un esfuerzo, medio se levantó, dirigió su mirada circular al reloj, al barómetro y a la claraboya, y luego continuó.

«Pronto llegamos a lo que sabía que debía ser el comienzo del canal Telte. Por todas partes se oía el romper de las olas en las arenas, aunque estaba demasiado espeso para verlas aún. A medida que el agua disminuía, el mar, por supuesto, se volvía más corto y empinado. Había más viento, un vendaval en toda regla, debería decir».

«Me mantuve justo en la estela del Medusa, pero para mi disgusto vi que me estaba ganando mucho terreno. Por supuesto, había dado por hecho, cuando dijo que me guiaría, que reduciría la velocidad y se mantendría cerca de mí. Podría haberlo hecho fácilmente haciendo que sus hombres tensaran sus escotas o arriaran su pico. En lugar de eso, iba a toda máquina. Una vez, en un chubasco, le perdí de vista por completo; volví a verlo débilmente, pero tenía suficiente con mi propio timón como para no querer estar escudriñando a través de la espuma tras un piloto fugitivo. Todo iba bien hasta entonces, pero nos acercábamos rápidamente a la peor parte de todo el pasaje, donde el banco Hohenhörn bloquea el camino y el canal se divide. No sé cómo te parece a ti en la carta: tal vez bastante sencillo, porque puedes seguir los giros de los canales, como en un plano; pero un extraño que llega a un lugar como ese (donde no hay boyas, tenlo en cuenta) no puede decir nada seguro a simple vista —a menos quizás en bajamar, cuando los bancos están secos y en tiempo muy despejado—, debe confiar en la sonda y la brújula, y tantear el camino paso a paso. Sabía perfectamente que lo que pronto vería sería un muro de oleaje extendiéndose justo a través y a ambos lados. Tantear el camino en ese tipo de tiempo es imposible. Debes conocer tu camino o tener un piloto. Yo tenía uno, pero estaba jugando a su propio juego».

«Con un segundo tripulante a bordo para gobernar mientras yo dirigía, me habría sentido menos idiota. Tal como estaba, sabía que debería estar enfrentando la situación en alta mar, y me maldije por haber roto mi regla y haberme metido a ciegas en este maldito atajo. Estaba dejándome llevar, haciendo justo lo mismo que no puedes hacer al navegar en solitario».

«Para cuando me di cuenta del peligro, era demasiado tarde para virar y salir a mar abierto. Estaba en lo profundo del cuello de botella de las arenas, atrapado en una costa de sotavento y con una fuerte marea creciente arrastrándome. Esa marea, por cierto, dio solo un rayo de esperanza. Tenía las horas en mi cabeza y sabía que era aproximadamente la marea alta, con dos horas más de agua subiendo. Eso significaba que los bancos estarían cubiertos cuando llegara a ellos y serían más difíciles que nunca de localizar; pero también significaba que podría flotar justo por encima de los peores si acertaba en un lugar afortunado». Davies golpeó la mesa con disgusto. «¡Bah! Me pone enfermo pensar en tener que confiar en un accidente así, como un torpe londinense de excursión para una borrachera de día festivo. Bueno, tal como preví, el muro de oleaje apareció limpiamente por todo el horizonte, cerrándose para encerrarme, retumbando como un trueno. Cuando vi por última vez al Medusa, parecía estar embistiéndolo como un caballo ante una valla, y tomé una marcación aproximada de su posición con una mirada rápida a la brújula. En ese mismo momento pensé que parecía orzar y mostrar parte de su costado; pero un chubasco lo borró y me hizo pasar un infierno con el timón. Después de eso se perdió en la niebla blanca que colgaba sobre la línea de rompientes. Mantuve mi rumbo lo mejor que pude, pero ya estaba fuera del canal. Lo supe por el aspecto del agua, y al acercarme al banco vi que estaba todo inundado y sin rastro de una abertura. No iba a echar el barco contra él sin intentarlo; así que, más por instinto que con alguna esperanza particular, puse el timón a la vía, con la intención de trabajar a lo largo del borde con la posibilidad de encontrar un camino por encima. Quedó enterrado de inmediato por el mar de través, y el foque voló en pedazos; pero la vela de estay rizada aguantó, se recuperó valientemente y continué, aunque sabía que solo podría ser por unos minutos, ya que la orza estaba subida y el barco derivaba terriblemente hacia el banco».

Estaba medio cegado por la espuma, pero de repente noté lo que parecía una brecha, detrás de una lengua de arena que se curvaba justo delante. Orcé aún más para evitar esta lengua, pero ella no pudo superarla. Antes de que pudieras decir «cuchillo», el barco la estaba atravesando, golpeó con fuerza, se sacudió hacia adelante, volvió a golpear y —¡se abrió camino en aguas más profundas! No puedo describir los siguientes minutos. Estaba en una especie de canal, pero muy estrecho, y el mar rompía por todas partes. Tampoco tenía el control adecuado, pues el timón se había estropeado de algún modo en el último golpe. Me sentía como un hombre borracho corriendo por su vida en un callejón oscuro, golpeándose en cada esquina. No podía durar mucho, y finalmente chocamos contra algo y nos detuvimos allí, crujiendo y golpeando. Así terminó aquel pequeño viaje con práctico.

«Bueno, fue así: en realidad no hubo peligro» —abrí los ojos ante la característica frase—. «Quiero decir, ese afortunado traspié en un canal fue mi salvación. Desde entonces, había luchado a través de una milla de bancos de arena, todos los cuales yacían detrás de mí como un rompeolas contra el vendaval. Estaban cubiertos, por supuesto, y bullían como espuma de jabón; pero la fuerza del mar estaba amortiguada. El Dulce golpeaba, pero no con demasiada violencia. Se acercaba la marea alta, y en la bajamar quedaría en seco.

De forma normal, habría echado un anclote con el bote, y en la siguiente marea alta habría navegado más adentro y fondeado donde pudiera quedar a flote. El problema ahora era que tenía la mano herida y el bote destrozado, por no mencionar el asunto del timón. Fue el primer golpe en el borde exterior lo que causó el daño. Había un fuerte oleaje allí, y cuando chocamos, el bote, que remolcábamos a popa, se vino encima tirando de su cabo y cayó con estrépito sobre la amura de barlovento del yate. Estiré una mano para apartarlo y me la pillé contra la borda. Estaba muy destrozado e inservible, así que no pude echar el anclote» —esto era griego para mí, pero le dejé continuar— «y, por el momento, mi mano estaba demasiado dolorida incluso para asegurar la botavara y las velas, que azotaban y hacían ruido de cualquier manera. Estaba también el timón por reparar; y estábamos a varias millas de la tierra más cercana. Por supuesto, si el viento caía, todo era fácil; pero si se mantenía o aumentaba, el panorama era desolador. Hay un límite para el esfuerzo de ese tipo, y podrían haber sucedido otras cosas.

De hecho, fue una suerte inmensa que apareciera Bartels. Su galeota estaba fondeada a una milla de distancia, en una ramificación del canal. En un claro entre las rachas nos vio y, como un buen camarada, remó con su bote; él y su muchacho, y qué diablos de esfuerzo debieron hacer. Me alegré mucho de verlos; no, eso no es cierto; estaba en tal furia de disgusto y vergüenza que creo que habría sido tan idiota como para decir que no quería ayuda, si él no se hubiera subido a bordo y empezado a trabajar. Es una fiera trabajando, ese pequeñajo como un ratón. En media hora había recogido las velas, desengrilletado el ancla grande, largado cincuenta brazas de cabo y sacado el barco de allí mismo hacia aguas profundas. Luego lo remolcaron por el canal —estaba a sotavento total y fue un trabajo fácil— y lo atracaron cerca de su propio buque. Ya estaba oscuro para entonces, así que les di un trago y les di las buenas noches. Sopló un vendaval aullante esa noche, pero el lugar era lo bastante seguro, con buen equipo de fondeo.

Todo el asunto había terminado; y después de cenar, reflexioné profundamente sobre ello».

CAPÍTULO VIII. La teoría

Davies se reclinó y dio un profundo suspiro, como si todavía sintiera el alivio de cierta tensión. Yo hice lo mismo y sentí el mismo alivio. La carta náutica, liberada de la presión de nuestros dedos, se enrolló con un chasquido, como queriendo decir: «¿Qué piensas de eso?». He enderezado un poco sus frases, pues en la emoción de su relato se habían vuelto cada vez más entrecortadas y elípticas.

«¿Qué hay de Dollmann?», pregunté.

«Por supuesto», dijo Davies, «¿qué hay de él? No averigüé mucho esa noche. Todo fue tan repentino. Lo único de lo que podría haber jurado desde el principio era que me había dejado abandonado a propósito aquel día. Fui componiendo el resto en los días siguientes, que concluiré tan brevemente como pueda. Bartels vino a bordo a la mañana siguiente y, aunque todavía soplaba con fuerza, conseguimos trasladar al Dulcibella a un lugar donde quedó en seco a salvo en la bajamar del mediodía, y pudimos llegar al timón. La placa de tornillo inferior en el codaste se había arrancado, y la remendamos toscamente como apaño. Hubo otras pequeñas roturas, pero nada importante, y la pérdida del foque no fue nada, ya que tenía dos de repuesto. El bote estaba irreparablemente dañado en aquel momento, y lo amarré en cubierta.

Resultó que Bartels transportaba manzanas de Bremen a Kappeln (en este fiordo), y había entrado en aquel canal entre los bancos de arena para refugiarse del mal tiempo. Aquel día se dirigía al río Eider, desde donde, como te dije, se puede pasar (por río y canal) al Báltico. Por supuesto, la ruta del Elba, por el nuevo canal marítimo Kaiser Wilhelm, es la más corta. La ruta del Eider es la antigua, pero él esperaba deshacerse de algunas de sus manzanas en Tönning, la ciudad en su desembocadura. Ambas rutas llegan al Báltico en Kiel. Como sabes, yo me había dirigido hacia el Elba, pero el desastre de ayer me disuadió y cambié de opinión —ya te contaré por qué más tarde— y decidí navegar hacia el Eider junto con el Johannes y pasar por allí. El tiempo aclaró desde el este al día siguiente, y competí con él hasta allí, ganándole fácilmente, le dejé en Tönning y en tres días estaba en el Báltico. Fue justo una semana después de encallar cuando te envié el telegrama. Verás, había llegado a la conclusión de que *aquel tipo era un espía*».

Al final salió de forma bastante tranquila y repentina, y me dejó en un asombro profundo. «Te envié el telegrama: aquel tipo era un espía». Fue la estrecha asociación de estas dos ideas lo que más me impactó en aquel momento. Por un segundo volví a la lúgubre pompa del club londinense, deletreando aquel garabato difícil de leer de Davies y criticando con fastidio su propuesta a la luz de unas vacaciones. ¡Vacaciones! ¿Cuál sería su desenlace? Fría y opaca como la niebla que se filtraba por la claraboya, una bruma de duda y miedo inundó mi imaginación.

«¡Un espía!», repetí sin comprender. «¿Qué quieres decir? ¿Por qué me enviaste el telegrama? ¿Espía de qué?, ¿de quién?».

«Te diré cómo lo deduje», dijo Davies. «No creo que "espía" sea la palabra correcta; pero me refiero a algo bastante malo.

Me puso en tierra a propósito. No creo ser sospechoso por naturaleza, pero sé algo sobre barcos y el mar. Sé que podría haberme mantenido cerca si hubiera querido, y vi todo el lugar durante la bajamar cuando dejamos aquellas arenas el segundo día. Mira la carta de nuevo. Aquí está el banco de Hohenhörn que te mostré como obstáculo en el camino. *[Ver Carta A]*. Está en dos partes: primero el oeste y luego el este. Ves el canal Telte dividiéndose en dos ramales y rodeándolo. Ambos ramales son anchos y profundos, para ser canales en esas aguas. Ahora bien, al navegar hacia adentro, no estuve cerca de ninguno de los dos. Cuando vi a Dollmann por última vez, él debía estar dirigiéndose directamente hacia el banco mismo, en un punto por aquí, a más de una milla del brazo norte del canal, y a dos del sur. Seguí por brújula, como sabes, y no encontré más que rompientes delante. ¿Cómo pasé? Ahí es donde entró la suerte. Solo hablé de dos canales, es decir, alrededor del banco: uno al norte y otro al sur. Pero mira de cerca y verás que justo a través del centro del West Hohenhörn corre otro, muy estrecho y serpenteante, tan pequeño que ni siquiera lo había notado la noche anterior cuando repasaba la carta. Ese fue en el que tropecé de forma tan torpe, mientras tanteaba a lo largo del borde de la resaca en un intento desesperado por ganar tiempo. Me metí por él a ciegas, salí a esta franja de agua abierta, crucé sin rumbo y acabé en el borde del East Hohenhörn, aquí. Fue más de lo que merecía. Puedo ver ahora que había cien contra uno a favor de que chocara en un mal lugar fuera, donde me habría hecho pedazos en tres minutos».

«¿Y por dónde fue Dollmann?», pregunté.

«Está tan claro como el agua», respondió Davies. «Dio media vuelta hacia el canal norte cuando ya me hubo engañado lo suficiente. ¿Recuerdas que dije que cuando lo vi por última vez pensé que había orzado y mostrado su costado? Tuve otro golpe de suerte en eso. Estaba orzando hacia el norte —así me pareció a través de la bruma— y cuando yo, a mi vez, llegué al banco y tuve que girar hacia un lado o hacia el otro para evitarlo, creo que naturalmente habría girado al norte también, como hizo él. En ese caso, habría acabado, pues habría tenido una milla de banco que bordear antes de llegar al canal norte, y habría encallado mucho antes de llegar allí. Pero, de hecho, giré al sur».

«¿Por qué?».

«No pude evitarlo. Navegaba a un largo por amura de estribor; girar al norte habría significado una trasluchada, y tal como estaban las cosas no podía arriesgarme a una. Soplaba como un loco; si algo se hubiera roto, habría estado en tierra en un santiamén. Apenas lo pensé, puse el timón a la vía y giré al sur. Aunque no sabía nada de ello, ese pequeño canal central estaba ahora por mi amura de babor, a unas dos cables de distancia. Todo fue suerte de principio a fin».

Ayudada por el valor, pensé para mis adentros, mientras intentaba con mi imaginación de hombre de tierra evocar aquella escena peligrosa. En cuanto a la veracidad del asunto, la carta y la versión de Davies eran bastante fáciles de seguir, pero me sentí solo medio convencido. El «espía», como Davies llamaba extrañamente a su práctico, podría haber confundido honestamente el rumbo él mismo, haber superado a su convoy sin darse cuenta y haber escapado del desastre por los pelos al igual que el otro. Sugerí esto impulsivamente, pero Davies se mostró impaciente.

«Espera a oírlo todo», dijo. «Debo volver al momento en que le conocí. Te dije que aquella primera tarde comenzó siendo grosero como un oso y frío como una piedra, y luego se volvió repentinamente amistoso. Puedo ver ahora que en la charla que siguió me estuvo interrogando intensamente. Era un juego fácil de jugar, pues no había visto a un caballero desde que Morrison me dejó, estaba tremendamente entusiasmado con mi viaje y pensaba que el tipo era un buen deportista, aunque fuera un poco reservado sobre los patos. Hablé con total libertad —al menos, con tanta libertad como podía con mi mal alemán— sobre mis últimas dos semanas de navegación; cómo había estado olfateando todos los canales de entrada y salida de las islas, lo interesado que había estado en todo el asunto, descifrando el efecto de los vientos sobre las mareas, el curso de las corrientes, etcétera. Hablé de mis dificultades también; los cambios en las boyas, la podredumbre prehistórica de las cartas inglesas. Me hizo hablar tanto como pudo, y a la luz de lo que siguió, puedo ver el punto de muchas de sus preguntas.

Al día siguiente y al otro vi mucho de él, y lo mismo continuó ocurriendo. Y luego estaban mis planes para el futuro. Mi idea era, como te dije, seguir explorando la costa alemana igual que había hecho con la holandesa. Su idea —¡Cielos, qué claramente la veo ahora!— era desalentarme, conseguir que me marchara por completo de aquella parte de la costa. Por eso dijo que no había patos. Por eso elogió el Báltico como terreno de crucero y caza. Y por eso propuso y se mantuvo firme en aquel plan de navegar en compañía directamente hacia el Elba. Era para asegurarse de que me fuera.

Él mejoró aquello».

«Sí, pero después de eso, es una conjetura. Quiero decir que no puedo saber cuándo decidió primero ir más allá y ahogarme. No podía contar con seguridad con el mal tiempo, aunque me tuvo sometido a él cuando llegó. Pero, admitiendo que quería librarse de mí por completo, tuvo una oportunidad magnífica en aquel viaje al barco faro del Elba. Supongo que se le ocurrió de repente y actuó por impulso. Si me hubiera dejado solo, habría estado bien; pero el atajo fue una idea genial por su parte. Todo estaba a su favor: viento, mar, arena, marea. Él cree que estoy muerto».

«¿Pero la tripulación?», dije; «¿qué hay de la tripulación?».

«Eso es otra cosa. Cuando se puso al pairo por primera vez, esperándome, por supuesto que estaban en cubierta (dos de ellos, creo) tirando de las escotas. Pero para cuando me puse a su altura, el Medusa había virado de nuevo en su rumbo, y no había nadie en cubierta excepto Dollmann al timón. Nadie escuchó lo que dijo».

«¿No habrán vuelto a verte?».

«Muy probablemente no; el tiempo estaba muy cerrado y el Dulce es muy pequeño».

La incongruencia de todo el asunto me estaba llamando la atención. ¿Por qué alguien iba a querer matar a Davies, y por qué Davies, el alma de la modestia y la sencillez, iba a imaginar que alguien quería matarlo? Debía tener razones convincentes, pues era el último hombre en dejarse llevar por una fantasía morbosa.

«Sigue», dije. «¿Cuál era su motivo? Un alemán encuentra a un inglés explorando un trozo de costa alemana, decide detenerlo, e incluso deshacerse de él. Hasta ahora parece como si pensaran que tú eres el espía».

Davies se estremeció. «Pero no es alemán», dijo, acalorado. «Es inglés».

«¿Un inglés?».

«Sí, estoy seguro. No es que tenga mucho en qué apoyarme. Profesaba saber muy poco inglés y nunca lo hablaba, excepto una o dos palabras de vez en cuando para ayudarme a terminar una frase; y en cuanto a su alemán, me parecía que lo hablaba como un nativo; pero, por supuesto, no soy juez». Davies suspiró. «Ahí es donde quería a alguien como tú. Lo habrías identificado al instante si no fuera alemán. Me baso más en una... ¿cómo lo llamas? ¿Una...?».

«¿Impresión general?», sugerí.

«Sí, eso es lo que quiero decir. Era algo en su mirada y en sus modales; sabes cuán diferentes somos de los extranjeros. Y no era solo él, era la forma en que hablaba; me refiero a sobre cruceros y el mar, especialmente. Es cierto que me dejó hablar a mí la mayor parte del tiempo; pero, aun así, ¿cómo puedo explicarlo? Sentí que nos entendíamos, de una forma en que dos extranjeros no lo harían.

Se hizo el que me consideraba un poco loco por llegar tan lejos en un bote pequeño, pero podría jurar que sabía tanto del juego como yo; pues muchas de las pequeñas preguntas que hizo tenían el tono correcto. Ten en cuenta que todo esto es a posteriori. Nunca me habría preocupado por ello —no estoy hecho para ser un Sherlock Holmes— si no fuera por lo que siguió».

«Es bastante vago», dije. «¿No tienes una razón más concreta para pensar que es inglés?».

«Hubo una o dos cosas más concretas», dijo Davies, lentamente. «Sabes que cuando se puso al pairo y me llamó, proponiendo el atajo, te dije a grandes rasgos lo que dijo. Olvido las palabras exactas, pero apareció "abschneiden" (cortar camino), "durch Watten" (a través de los bancos de arena; los llaman "watts", ya sabes); eran palabras sencillas, y las gritó fuerte para que llegaran a través del viento. Entendí lo que quería decir, pero, como te dije, dudé antes de aceptar. Supongo que pensó que no entendía, pues justo cuando se adelantaba de nuevo, señaló hacia el sur y luego gritó con las manos como trompeta: "Verstehen Sie? short-cut through sands: follow me!" (¿Entiende? atajo a través de los bancos: ¡sígame!), las dos últimas frases en inglés puro. Puedo oír esas palabras ahora, y juraría que estaban en su lengua materna. Por supuesto, no pensé nada de ello en ese momento. Era muy consciente de que sabía algunas palabras en inglés, aunque siempre las había pronunciado mal; un truco fácil cuando tu interlocutor no sospecha nada. Pero no hace falta decir que justo entonces yo estaba atento a las minucias. No pretendo ser capaz de desentrañar un complot y llevar un bote pequeño ante un mar embravecido al mismo tiempo».

«¡Y si te estaba guiando al otro mundo, podía permitirse descubrirse antes de que os separarais! ¿Hubo algo más? Por cierto, ¿qué te pareció la hija? ¿Parecía inglesa también?».

Dos hombres no pueden discutir sobre una mujer libremente sin una profunda base de intimidad, y, hasta este día, el tema nunca había surgido entre nosotros de ninguna forma. Era el último que probablemente lo hiciera, pues podría haber adivinado que Davies se habría enfrentado a él con una armadura de reserva. Estaba ocupado poniéndose esta armadura ahora; sin embargo, no pude evitar sentirme un poco brutal al ver lo mal que encajaba su torpe traje de cota de malla. Nuestras edades eran las mismas, pero me río ahora al pensar cuán viejo y hastiado me sentí mientras el rubor calentaba su piel morena, y lentamente propuso el veredicto: «Sí, creo que lo parecía».

«Ella no hablaba más que alemán, supongo».

«Oh, por supuesto».

«¿La veías mucho?».

«Bastante».

«¿Era ella...?», (¿cómo plantearlo?) «¿Quería ella que navegaras hasta el Elba con ellos?».

«Parecía querer», admitió Davies, de mala gana, aferrándose a su aliado, la caja de cerillas. «Pero, maldita sea, ni sueñes que ella supiera lo que iba a pasar», añadió, con repentino ardor.

Reflexioné y me pregunté, encogiéndome ante más investigaciones, por fácil que hubiera sido con una víctima tan veraz, y desterrando todo pensamiento de bromas inoportunas. Había una corriente cruzada en este extraño asunto, cuya profundidad y fuerza empezaba a calibrar con creciente seriedad. Todavía no conocía a mi hombre, y no me conocía a mí mismo. La convicción de que los acontecimientos del futuro cercano nos obligarían a una completa confianza mutua me impidió presionarlo demasiado. Volví a la cuestión principal: ¿quién era Dollmann y cuál era su motivo? Davies luchó para salir de su armadura.

«Estoy convencido», dijo, «de que es un inglés al servicio de Alemania. Debe estar al servicio de Alemania, pues evidentemente había estado en esas aguas mucho tiempo, y conocía cada pulgada de ellas; por supuesto, es una parte del mundo muy solitaria, pero tiene una casa en la isla de Norderney; y él, y todos a su alrededor, deben ser bien conocidos por cierto número de personas. A uno de sus amigos me encontré por casualidad; ¿qué crees que era? Un oficial naval. Fue en la tarde del tercer día, y estábamos tomando café en la cubierta del Medusa, hablando del viaje del día siguiente, cuando una pequeña lancha llegó zumbando desde mar adentro, se puso a nuestro lado y este tipo del que hablo subió a bordo, estrechó la mano de Dollmann y me miró fijamente. Dollmann nos presentó, llamándolo Comandante von Brüning, al mando del cañonero torpedero Blitz. Señaló hacia Norderney, y lo vi: un barco bajo, gris, con aspecto de rata, fondeado en la rada a unas dos millas de distancia. Resultó que estaba realizando el trabajo de buque guardacostas de pesca en aquella parte de la costa.

—Debo decir que me cayó bien al instante. Parecía un tipo realmente bueno y, además, un oficial espléndido; justo la clase de individuo que me habría gustado ser. Sabes que siempre quise... pero eso es una vieja historia y puede esperar. Charlé un poco con él y nos entendimos de maravilla hasta donde pudimos, pero no fue mucho, porque me marché bastante pronto, adivinando que querían estar a solas.

—¿Estaban solos entonces? —pregunté, inocentemente.

—Oh, la Fräulein Dollmann estaba allí, por supuesto —explicó Davies, buscando de nuevo su armadura.

—¿Parecía conocerlos bien? —continué, de forma inconsecuente.

—Oh, sí, muy bien.

Olfateando una pista tenue, sentí la necesidad de usar armas femeninas para mi sensible antagonista. Pero la oportunidad pasó.

—Esa fue la última vez que le vi —dijo—. Zarpamos, como te dije, al amanecer de la mañana siguiente. Ahora, ¿tienes alguna idea de a dónde quiero ir a parar?

—Una idea aproximada —respondí—. Adelante.

Davies se sentó a la mesa, desenrolló la carta náutica con un movimiento vigoroso de ambas manos y tomó su parábola con nuevo entusiasmo.

—Empiezo con dos certezas —dijo—. Una es que me «invitaron a marcharme» de esa costa porque era demasiado inquisitivo. La otra es que Dollmann está metido en algún asunto diabólico allí que merece la pena descubrir. Ahora —hizo una pausa en un esfuerzo jadeante por ser lógico y articulado—. Ahora... bueno, mira la carta. No, mejor aún, mira primero este mapa de Alemania. Está a pequeña escala y puedes ver todo el asunto. —Arrancó un mapa de bolsillo de la estantería y lo desplegó. [Ver Mapa A]—. Aquí está este inmenso imperio, extendiéndose por la mitad de Europa central; un imperio que crece como la pólvora, creo, en gente, riqueza y todo lo demás. Han derrotado a los franceses y a los austriacos, y son la mayor potencia militar de Europa. Ojalá supiera más sobre todo eso, pero lo que me concierne es su poder marítimo. Es algo nuevo para ellos, pero va viento en popa, y ese Emperador suyo lo está llevando a toda máquina. Es un tipo espléndido y cualquiera puede ver que tiene razón. No tienen colonias de importancia y deben tenerlas, como nosotros. No pueden conseguirlas ni mantenerlas, y no pueden proteger su enorme comercio sin fuerza naval. El dominio del mar es lo que importa hoy en día, ¿no? Oye, no pienses que estas son mis ideas —añadió, ingenuamente—. Todo viene de Mahan y esos tipos. Bueno, los alemanes tienen una flota pequeña en la actualidad, pero es una flota endiabladamente buena, y están construyendo sin parar. Ahí está el... y el... —Se interrumpió con una digresión sobre armamentos y velocidades que no pude seguir. Parecía conocer cada barco de memoria. Tuve que devolverlo al punto—. Bien, piensa en Alemania como una nueva potencia marítima —reanudó—. Lo siguiente es, ¿cuál es su línea costera? Es muy extraña, como sabes, dividida limpiamente en dos por Dinamarca, la mayor parte situada al este de esta y mirando al Báltico, que es prácticamente un mar interior, con su entrada bloqueada por las islas danesas. Fue para evitar ese bloqueo que Guillermo construyó el canal marítimo de Kiel al Elba, pero eso podría ser fácilmente destruido en tiempo de guerra. Con mucho, la parte más importante de la línea costera es la que se encuentra al oeste de Dinamarca y da al Mar del Norte. Es ahí donde Alemania saca la cabeza al abierto, por así decirlo. Es ahí donde nos hace frente a nosotros y a Francia, las dos grandes potencias marítimas de Europa Occidental, y es ahí donde están sus mayores puertos y su comercio más rico.

—Ahora, debe llamarte la atención de inmediato que es ridículamente corta en comparación con el enorme país que hay detrás. Desde Borkum hasta el Elba, en línea recta, hay solo setenta millas. Añade a eso la costa oeste de Schleswig, digamos 120 millas. Total, digamos, doscientas. Compáralo con el litoral de Francia e Inglaterra. ¿No es lógico que cada pulgada sea importante? Ahora, ¿qué clase de costa es? Incluso en este mapa pequeño puedes ver de inmediato, por todas esas líneas onduladas, bajíos y arena por todas partes, bloqueando nueve décimas partes de la tierra por completo, y haciendo todo lo posible por bloquear la décima restante donde desembocan los grandes ríos. Ahora vamos parte por parte. Ves que se divide en tres. Empezando desde el oeste, la primera pieza es desde Borkum hasta Wangeroog: cincuenta y tantas millas. ¿Cómo es eso? Una cadena de islas arenosas respaldadas por arena; el río Ems en el extremo occidental, en la frontera holandesa, que lleva a Emden: no es gran cosa. Por lo demás, no hay pueblos costeros en absoluto. Segunda pieza: una especie de bahía profunda que consiste en los tres grandes estuarios —el Jade, el Weser y el Elba— que conducen a Wilhelmshaven (su base naval del Mar del Norte), Bremen y Hamburgo; la anchura total de la bahía, de solo veinte y tantas millas; bancos de arena desperdigados por todas partes. Tercera pieza: la costa de Schleswig, irremediablemente cercada tras una franja de arena de seis a ocho millas. Sin grandes ciudades; un río moderado, el Eider. Dejemos esa tercera pieza a un lado. Puedo estar equivocado, pero, al pensar en este asunto, me he centrado principalmente en las otras dos, el tramo de setenta millas desde Borkum hasta el Elba: la mitad estuarios y la mitad islas. Fue allí donde encontré a la Medusa, y es ese tramo el que, gracias a él, dejé de explorar.

Hice una conjetura obvia. —Supongo que hay fuertes y defensas costeras, ¿no? Quizás pensó que verías demasiado. Por cierto, él vio tus libros navales, por supuesto.

—Exacto. Por supuesto, esa fue mi primera idea; pero no puede ser eso. No explica las cosas en absoluto. Para empezar, no hay fuertes y no puede haber ninguno en esa primera división, donde están las islas. Podría haber algo en Borkum para defender el Ems; pero es muy poco probable, y, de todos modos, yo había pasado Borkum y estaba en Norderney. No hay nada más que defender. Por supuesto, es diferente en la segunda división, donde están los grandes ríos. Probablemente haya montones de fuertes y minas alrededor de Wilhelmshaven y Bremerhaven, y en Cuxhaven justo en la desembocadura del Elba. No es que yo fuera a molestarme nunca con ellos; cada barco de vapor que entra vería tanto como yo. Personalmente, prefiero quedarme a bordo y no suelo ir a tierra. Y, ¡buenos cielos! —Davies se reclinó y se rió alegremente—, ¿parezco ese tipo de espía?

Me imaginé a uno de esos caballeros románticos de los que uno lee en las revistas de seis peniques, con una Kodak en el alfiler de corbata, un cuaderno de bocetos en el forro de su abrigo y una selección de disfraces en su equipaje de mano. Poco dispuesto a la alegría como estaba, no pude evitar sonreír también.

—Sobre esta costa —reanudó Davies—. En caso de guerra, me parece que cada pulgada sería importante, arena y todo. Toma primero los grandes estuarios, que, por supuesto, podrían ser atacados o bloqueados por un enemigo. A primera vista dirías que sus canales principales eran lo único que importaba. Ahora, en tiempo de paz no hay secreto sobre la navegación de estos. Están balizados e iluminados como calles, abiertos a todo el mundo y con un tráfico inmenso; bien cartografiados, además, ya que millones de libras en comercio dependen de ellos. Pero ahora mira las arenas por las que discurren, intersectadas, como te mostré, por hilos de canales, mayormente de marea, y probablemente solo conocidos por barcazas y costeros de poco calado, como ese galeote de Bartels.

—Me da la impresión de que en una guerra mucho podría depender de estos, tanto en defensa como en ataque, porque hay mucha agua en ellos con la marea adecuada para patrulleras y pequeñas embarcaciones torpederas, aunque veo que requieren mucho conocimiento. Ahora, digamos que estuviéramos en guerra con Alemania: ambos bandos podrían usarlos como líneas entre los tres estuarios; y, para tomar nuestro propio caso, una pequeña lancha torpedera (no un destructor, fíjate) podría, en una noche oscura, cruzar limpiamente desde el Jade hasta el Elba y hacer estragos con el transporte marítimo allí. Pero el problema es que dudo que haya alguien en nuestra flota que conozca esos canales. No tenemos costeros allí; y, en cuanto a los yates, es un juego de lo más improbable para un yate inglés, pero da la casualidad de que tengo debilidad por ese tipo de cosas y habría explorado esos canales en el curso ordinario. —Comencé a ver hacia dónde apuntaba.

—Ahora, las islas. Al principio me quedé un poco perplejo, lo admito, porque, aunque hay montones de arena detrás de ellas y el mismo tipo de canales que se cruzan, parece que no hay nada importante que proteger o atacar.

—¿Por qué un extraño no debería deambular como le plazca a través de ellas? Aun así, Dollmann tenía allí su cuartel general, y estaba seguro de que eso tenía algún significado. Entonces me di cuenta de que el mismo punto era válido, porque esa franja de costa frisia linda con los estuarios, y también formaría una base espléndida para incursiones de naves pequeñas, que podrían viajar sin ser vistas a través del Ems hasta el Jade, y luego hasta el Elba, como por un camino cubierto entre una línea de fuertes.

—Ahora, aquí también es una tierra desconocida para nosotros. Muchos galeotes locales la recorren, pero extranjeros nunca, diría yo. Quizás, como mucho, algún yate extranjero ocasional se abre paso a tientas por una de las brechas entre las islas para refugiarse del mal tiempo, y tiene mucha suerte de llegar a salvo. Una vez más, era mi capricho gustar de esos lugares, y Dollmann me eliminó. No es alemán, pero está compinchado con los alemanes, y con alemanes navales además. Está establecido en esa costa y la conoce de memoria. Y trató de ahogarme. ¿Qué piensas ahora? —Me miró larga y ansiosamente.

CAPÍTULO IX. Firmo contrato

No era una pregunta fácil de responder, pues el asunto estaba completamente fuera de toda mi experiencia; su telón de fondo era el mar, y su escenario real una región del mar de la que era totalmente ignorante. Había otras dificultades que podía ver quizás mejor que Davies, un entusiasta con aficiones, que había estado rumiando en soledad sobre su peligrosa aventura. Sin embargo, tanto la narración como la teoría (que han perdido, me temo, en la interpretación para el lector) me habían afectado profundamente; sus asperezas contundentes, sus trucos de comportamiento, sus repentinos arrebatos de ardor, sus repentinos retiros hacia la timidez, componían un encanto que no puedo transmitir. Me encontré tratando continuamente de ver al hombre a través del niño, de distinguir el juicio sobrio de los caprichos exaltados de la juventud. No es que soñara ni por un momento en descartar la historia de su naufragio como una alucinación. Sus claros ojos azules y su sana sencillez arrojaban ridículo sobre tal tratamiento.

Evidentemente, también quería mi ayuda, un asunto que bien podría haber influido en mi opinión sobre los hechos, si hubiera sido otro de lo que era. Pero habría hecho falta un «terrón acabado y finito» para resistir la atracción del hombre y de la empresa; y no me doy ningún crédito por decidir seguirle, estuviera bien o mal. Así que, cuando expuse mis dificultades, sabía muy bien que iríamos.

—Hay dos puntos principales que no entiendo —dije—. Primero, nunca has explicado por qué un inglés debería estar vigilando esas aguas y expulsando a los intrusos; segundo, tu teoría no aporta suficiente motivo. Puede haber mucho en lo que dices sobre la navegación de esos canales, pero no es suficiente. Dices que quiso ahogarte: una acusación grave, que requiere un gran motivo para respaldarla. Pero no niego que tienes un caso sólido. —Davies se iluminó—. Estoy dispuesto a dar muchas cosas por sentado, hasta que sepamos más.

Saltó de un salto e hizo algo que nunca le vi hacer antes ni después: se golpeó la cabeza contra el techo de la cabina.

—¿Quieres decir que vendrás? —exclamó—. ¡Vaya, ni siquiera te lo había pedido! Sí, quiero volver y aclarar todo el asunto. Sé ahora que quiero hacerlo; contártelo todo ha sido un alivio inmenso. Y mucho dependía de ti también, y es por eso que me he sentido como un hipócrita absoluto. Digo, ¿cómo puedo disculparme?

—No te preocupes por mí; he pasado un tiempo espléndido. Y vendré, claro; pero me gustaría saber exactamente qué es lo que tú...

—No; pero espera a que me desahogue de una vez, sobre ti, quiero decir. Verás, llegué a la conclusión de que no podía hacer nada solo; no es que realmente sean necesarios dos para manejar el barco de la forma habitual, pero para este tipo de trabajo sí se necesitan dos; además, no puedo hablar alemán correctamente y soy un tipo soso en todos los aspectos. Si mi teoría, como tú la llamas, es correcta, es un caso para ingenios agudos, si es que alguna vez hubo uno; así que pensé en ti. Eres inteligente y sabía que habías vivido en Alemania y sabías alemán, y sabía —añadió, con algo de torpeza—, que habías hecho bastante navegación de yate; pero, por supuesto, debería haberte dicho a qué te enfrentabas: pasar penalidades en un barco pequeño sin tripulación. Me sentí avergonzado de mí mismo cuando respondiste tan pronto al telegrama, y cuando viniste... eh... —Davies tartamudeó y dudó en la resolución humana de no herir mis sentimientos—. Por supuesto, no pude evitar notar que no era lo que esperabas —fue el delicado resumen al que llegó—. Pero lo tomaste espléndidamente —se apresuró a añadir—. Solo que, de alguna manera, no podía decidirme a hablar sobre el plan. Ya fue bastante bueno de tu parte venir, sin molestarte con planes descabellados. Además, ni siquiera estaba seguro de mí mismo. Es un asunto enrevesado. Había razones, todavía hay razones —me miró nerviosamente—, que... bueno, que lo convierten en un asunto enrevesado. —Había pensado que vendría una confidencia, y me sentí decepcionado—. Estaba en un estado idiota de incertidumbre —continuó apresuradamente—; pero el plan creció en mí cada vez más, cuando vi cómo te estabas adaptando a la vida y empezabas a disfrutar. Todo eso sobre los patos en la costa frisia fue un engaño; parte de una idea estúpida de atraerte allí y ganar tiempo. Sin embargo, te opusiste con toda naturalidad, y anoche tuve la intención de abandonar todo el asunto y darte el mejor tiempo que pudiera aquí. Entonces apareció Bartels...

—Para —interpuse—. ¿Sabías que podría aparecer cuando zarpaste hacia aquí?

—Sí —dijo Davies, con culpa—. Sabía que podría; ¡y ahora todo ha salido a la luz, y vendrás! ¡Qué tonto he sido!

Mucho antes de que terminara, había captado todo el significado de los últimos días, y había interpretado su sentido en montones de pequeños incidentes que me habían dejado perplejo.

—Por el amor de Dios, no te disculpes —protesté—. Yo también podría hacer confesiones si quisiera. Y dudo que hayas sido tan tonto como crees. Soy un paciente que necesita cuidados atentos, y ha sido pura casualidad que no me haya rebelado y salido corriendo. Tenemos mucho que agradecer al clima y a otros pequeños estimulantes. Y todavía no conoces mis razones para decidir probar tu cura en absoluto.

—¿Mi cura? —dijo Davies—; ¿qué demonios quieres decir? Fue muy decente de tu parte...

—¡No importa! Hay otro punto de vista, pero ya no importa. Volvamos al grano. ¿Cuál es tu plan de acción?

—Es este —fue la pronta respuesta—: volver al Mar del Norte, vía Kiel y el canal marítimo. Entonces habrá dos objetivos: uno, trabajar de vuelta hacia Norderney, donde lo dejé antes, explorando todos esos canales a través de los estuarios e islas; el otro, encontrar a Dollmann, descubrir qué está tramando y ajustar cuentas con él. Las dos cosas pueden solaparse, aún no podemos saberlo. Ni siquiera sé dónde están él y su yate; pero apuesto a que están en algún lugar de esas mismas aguas, y probablemente de vuelta en Norderney.

—Es un asunto delicado —reflexioné, dudoso—, si tu teoría es correcta. Espiar a un espía...

—No es así —dijo Davies, indignado—. Cualquiera que quiera puede navegar por allí y explorar esas aguas. Digo, en realidad no piensas que sea así, ¿verdad?

—No creo que seas capaz de hacer nada deshonroso —me apresuré a explicar—. Te concedo que el mar es propiedad pública en tu sentido. Solo quiero decir que son posibles desarrollos con los que no cuentas. Debe haber más que descubrir que la mera navegación de esos canales, y si es así, ¿no podríamos llegar a ser nosotros mismos espías genuinos?

—¡Y, después de todo, maldita sea! —exclamó Davies—. Si llega a eso, ¿por qué no deberíamos? Lo veo así. El hombre es inglés, y si está compinchado con Alemania, es un traidor para nosotros, y nosotros, como ingleses, tenemos derecho a exponerlo. Si no podemos hacerlo sin espiar, tenemos derecho a espiar, bajo nuestro propio riesgo...

—Hay un argumento más fuerte que ese. Intentó quitarte la vida.

—No me importa un bledo eso. No soy tan asno como para tener sed de venganza y todo eso, como algún tipo en un thriller de a chelín. Pero me pone frenético pensar en ese tipo disfrazado de alemán, y metido en quién sabe qué travesuras; travesuras suficientes para hacer que quiera deshacerse de cualquiera. Me apasiona el mar, y creo que tienden a ser un poco laxos en casa —continuó de forma inconsecuente—. Esos tipos del Almirantazgo necesitan que los despierten. De todos modos, en lo que a mí respecta, es bastante natural que vuelva a buscarlo.

—Completamente —estuve de acuerdo—; os separasteis como amigos, y puede que estén encantados de verte. Tendréis mucho de qué hablar.

—Hm —dijo Davies, marchitado hasta el silencio por el «estén». —¡Hola! Digo, ¿sabes que son las tres? ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Y, por Júpiter! Creo que la niebla se está levantando.

Regresé, con un choque, al presente, a las paredes llorosas, a la mesa de pino descolorida, a los espantosos restos del desayuno; todos los símbolos visibles de la vida a la que me había comprometido. La desilusión estaba avanzando rápidamente cuando Davies regresó y dijo, con energía:

—¿Qué dices de salir hacia Kiel ahora mismo? La niebla se va y hay una brisa del suroeste.

—¿Ahora? —protesté—. Vaya, significará navegar toda la noche, ¿no?

—Oh, no —dijo Davies—. No con suerte.

—¡Vaya, oscurece a las siete!

—Sí, pero son solo veinticinco millas. Sé que no es exactamente un viento a favor, pero navegaremos ceñidos la mayor parte del camino. El barómetro está cayendo y deberíamos aprovechar esta oportunidad.

Discutir sobre vientos con Davies era inútil, y el resultado fue que salimos sin almorzar. Un sol pálido parpadeaba entre masas de vapor que corrían, y a través de delicados vislumbres entre ellas, la hermosa tierra de Schleswig revelaba y retiraba su bonita cara, como si sonriera diciendo adiós a sus cortesanos infieles.

El tintineo de nuestra cadena hizo que Bartels subiera a la cubierta del Johannes, frotándose los ojos y envolviéndose la garganta con un chal gris, que le daba un parecido cómico con la patrona de una pensión recibiendo la leche en ropa de mañana.

—Nos vamos, Bartels —dijo Davies, sin levantar la vista de su trabajo—. Espero verte en Kiel.

—Siempre tiene prisa, capitán —baló el viejo, sacudiendo la cabeza—. Debería esperar hasta mañana. El cielo no es bueno y oscurecerá antes de que esté frente a Eckenförde.

Davies se rió, y muy pronto la triste y pequeña figura de su mentor se perdió en la bruma.

Aquella fue una tarde curiosa. Pronto cayó el crepúsculo, y el demonio hizo un esfuerzo decidido por desmoralizarme; primero, con el té revuelto que fue el tardío sustituto de un almuerzo en condiciones, luego con la nueva y nauseabunda tarea de llenar las luces laterales, lo que significaba ponerse en cuclillas en el castillo de proa para inhalar parafina y mancharse con el negro de humo; por último, con un ataque en toda regla a mis nervios mientras la noche caía sobre nuestra frágil y pequeña embarcación, que cabeceaba en su precaria ruta a través de una niebla cerrada. En cierto sentido, creo que pasé por el mismo tipo de crisis mental que cuando me senté sobre mi maleta en Flensburg. El asunto principal no estaba seriamente en duda, pues me había alistado en el Dulcibella para lo bueno y para lo malo; pero al hacerlo, me había sobrepasado, y todavía necesitaba una perspectiva, un estado de ánimo adecuado para la empresa, a prueba de desalientos mezquinos. No por primera vez, un sentido de lo ridículo vino en mi auxilio, al verme a mí mismo preocupado en Londres bajo mi carga de penas autoimpuestas, sopesando minuciosamente aquella insidiosa invitación y entrando finalmente en la trampa con la dignidad debida a mi importancia; secuestrado tan pulcramente como cualquier pacífico oficinista lo fuera por una banda de reclutamiento forzoso, y, al final, encontrando como archiconspirador a un amigo cándido y de buen corazón, que me llamaba inteligente, me alojaba en una celda y me invitaba amablemente a hablar alemán con un propósito, ya que él aspiraba a un pequeño servicio secreto en alta mar. Muy de cerca, tras el Humor, llegó el Romance, velando su rostro, pero supe que era el susurro de sus vestiduras lo que oía en la espuma bajo mis pies; supe que era ella quien me tendía la copa de vino espumoso y me pedía que bebiera y me alegrara. Aunque me resultaba extraño, conocía el sabor cuando tocó mis labios. No era ese brebaje bastardo que había probado en las pseudo-bohemias del Soho; no era la bebida vistosa pero insípida de la que habría bebido hasta saciarme en Morven Lodge; era el más puro de sus caldos puros, instilando la antigua inspiración que, bajo muchos disfraces, vivifica a miles de cerebros mejores que el mío, pero cuya esencia es siempre la misma: la alegre persecución de una búsqueda peligrosa. Allí mismo intenté zanjar la cuestión y mantener ese estado de ánimo. En general, creo que lo conseguí, aunque tuve muchos lapsos.

Por el momento, mis venas vibraban con el trago. El viento zumbando en la vela mayor, las fantasmagóricas crestas de las olas surgiendo del vacío, susurraban un coro bajo y emocionante en alabanza a la aventura. Potente debió de ser el hechizo, pues, en realidad, aquella primera navegación nocturna rebosaba terrores para mí. Es cierto que empezó bien, pues la bruma se disipó, como Davies había profetizado, y el faro de Bulk Point nos guio a salvo hasta la boca del fiordo de Kiel. Fue durante esta etapa cuando, agachados juntos en popa, con los hornillos de nuestras pipas brillando con simpatía, volvimos al problema que teníamos ante nosotros; pues habíamos salido disparados en nuestra búsqueda con una precipitación volcánica, dejando mucho por discutir. Recolecté algunos hechos más, aunque no disipé ninguna duda. Davies solo había visto a los Dollmann en su yate, donde padre e hija vivían por aquel entonces. Su villa en Norderney y su vida hogareña allí le eran desconocidas, aunque él mismo había desembarcado una vez en el puerto. Además, había oído hablar vagamente de una madrastra, ausente en Hamburgo. Debían reunirse con ella a su llegada a esa ciudad, la cual, nótese, se encuentra muy arriba en el Elba, a cuarenta millas y más por encima de Cuxhaven, la ciudad en la desembocadura.

El arreglo exacto hecho el día anterior al viaje fatal era que los dos yates debían reunirse por la tarde en Cuxhaven y proceder río arriba juntos. Entonces, en el curso ordinario, Davies se habría separado en Brunsbüttel (quince millas río arriba), que es la terminal occidental del canal marítimo hacia el Báltico. Tal había sido al menos su intención original; pero, atando cabos, deduje que últimamente, y quizás sin confesárselo a sí mismo, su resolución se había debilitado, y que habría seguido al Medusa hasta Hamburgo, o incluso hasta el fin del mundo, impulsado por el mismo motivo que, en contra de todos sus gustos y principios, le había inducido a abandonar su vida en las islas y emprender el viaje en absoluto. Pero sobre ese punto se mostraba inamoviblemente reservado, y todo lo que pude concluir fue que la extraña corriente cruzada relacionada con la hija de Dollmann le había causado un dolor cruel y nublado su juicio hasta la distracción, pero que ahora estaba preparado para olvidarlo o ignorarlo, y mantener un rumbo fijo.

Los hechos que deduje plantearon varias cuestiones importantes. ¿No se sabía ya a esas alturas que él y su yate habían sobrevivido? Davies estaba convencido de que no. —Puede que haya esperado en Cuxhaven, o preguntado en la esclusa de Brunsbüttel —dijo—. Pero no había necesidad, porque te digo que la cosa era una certeza. Si hubiera chocado y quedado atrapado en ese banco exterior, como era cien contra uno que sucedería, el yate se habría destrozado en tres minutos. Bartels nunca me habría visto, y no podría haber llegado hasta mí si lo hubiera hecho. Nadie me habría visto. Y nada en absoluto ha sucedido desde entonces para demostrar que sepan que estoy vivo.

—Ellos —sugerí—. ¿Quiénes son «ellos»? ¿Quiénes son nuestros adversarios? Si Dollmann fuera un agente acreditado del Almirantazgo alemán… Pero, no, ¡era increíble que el asesinato de un joven inglés fuera consentido en los tiempos modernos por un gobierno amistoso y civilizado! Sin embargo, si no fuera tal agente, toda la teoría se vendría abajo.

—Creo —dijo Davies— que Dollmann lo hizo por su cuenta, y más allá de eso no puedo ver. Y no sé si eso importa por el momento. Vivos o muertos, no estamos haciendo nada malo, y no tenemos nada de qué avergonzarnos.

—Creo que importa bastante —objeté—. ¿Quién se interesará por nuestra resurrección, y cómo vamos a proceder, abierta o secretamente? Supongo que nos mantendremos fuera de la vista tanto como podamos.

—En cuanto a mantenerse fuera de la vista —dijo Davies, entrecortadamente, mientras escudriñaba a barlovento bajo la vela de proa—, debemos pasar el canal; esa es una vía pública, donde cualquiera puede verte. Después de eso no habrá mucha dificultad. ¡Espera a ver el lugar! —Soltó una risa baja y satisfecha, que ayer me habría helado la médula—. Por cierto, eso me recuerda —añadió—: debemos parar en Kiel por menos de un día y aprovisionarnos. Queremos ser independientes de la orilla. No dije nada. ¡Independencia de la orilla en un barco de siete toneladas en octubre! ¡Qué final al que aspirar!

Alrededor de las nueve capeamos el punto, entramos en el fiordo de Kiel y comenzamos un bordejeo de siete millas a barlovento hasta el final, donde se encuentra Kiel. Hasta ahora, salvo por los recelos latentes sobre mi total impotencia si algo le sucedía a Davies, el interés y la emoción me habían sostenido bien. Mis alarmas solo comenzaron cuando pensé que casi habían terminado. Davies me había instado frecuentemente a acostarme y dormir, y llegué a bajar y enroscarme en el sofá de sotavento con mi lápiz y mi diario. De repente hubo un aleteo y un traqueteo en cubierta, y comencé a deslizarme hacia el suelo. —¿Qué ha pasado? —grité, presa del pánico, pues allí estaba Davies asomándose por la puerta de la cabina.

—Nada —dijo, frotándose las manos para entrar en calor—; solo estoy virando. Pásame los prismáticos, ¿quieres? Hay un vapor delante. Digo, si realmente no quieres acostarte, podrías hacer algo de sopa. Déjame mirar la carta. —La estudió con una deliberación enloquecedora, mientras yo me preguntaba a qué distancia estaba el vapor y qué estaba haciendo el yate mientras tanto.

—Supongo que no es realmente necesario que alguien esté al timón —comenté.

—Oh, ella va bien por un minuto —dijo, sin levantar la vista—. Dos, uno y medio, uno, luces alineadas al suroeste por oeste, ¿tienes una cerilla? —Gastó dos, y volvió a subir las escaleras.

—No me necesitas, ¿verdad? —le grité.

—No, pero sube cuando hayas puesto el hervidor. Es un bonito bordejeo por el fiordo. Brisa encantadora.

Sus piernas desaparecieron. Una especie de fatalismo boyante me poseyó mientras terminaba mis notas y hurgaba en la estufa. Me sostuvo, también, cuando subí a cubierta y observé el «bonito bordejeo», cuya belleza se debía principalmente a la multitud de barcos bloqueados por la niebla —vapores, pesqueros y veleros—, ahora una vez más en movimiento en el estrecho canal del fiordo, sus ojos funestos de color rojo, verde o amarillo, abriéndose y cerrándose, iluminándose y apagándose; mientras las luces de la orilla y las de los anclajes aumentaban mi desconcierto, y un latido de hélices llenaba el aire como el rugido distante de las calles de Londres. De hecho, cada vez que girábamos para nuestro avance a través del fiordo, me sentía como una matrona rústica recogiendo sus faldas para cruzar el Strand en una noche ajetreada. Davies, sin embargo, era el pilluelo de la calle que zigzaguea bajo los pies de los caballos ileso; y todo el tiempo disertaba plácidamente sobre la simplicidad y seguridad de la navegación nocturna si uno es cuidadoso, obedece las reglas y enciende buenas luces. Mientras nos acercábamos al brillo cálido en el cielo que denotaba Kiel, pasamos un enorme bulto centelleante amarrado en medio del canal. —Buques de guerra —murmuró, extasiado.

A la una de la madrugada anclamos frente a la ciudad.

CAPÍTULO X. Su oportunidad

—Digo, Davies —dije—, ¿cuánto tiempo crees que durará este viaje? Solo tengo un mes de permiso.

Estábamos de pie ante pupitres inclinados en la oficina de correos de Kiel, Davies rascando diligentemente su tarjeta postal, y yo mirando débilmente la mía.

—¡Por Júpiter! —dijo Davies, con un sobresalto de consternación—; eso son solo tres semanas más; nunca pensé en eso. ¿No podrías conseguir una prórroga, podrías?

—Puedo escribir al jefe —admití—; pero ¿a dónde debe llegar la respuesta? Supongo que es mejor sin dirección.

—Está Cuxhaven —reflexionó Davies—; pero eso está demasiado cerca, y está... pero no queremos estar atados a desembarcar en ningún sitio. Te diré qué: pon «Oficina de Correos, Norderney», solo tu nombre, no el del yate. Quizás lleguemos allí y podamos pasar a recoger las cartas. El carácter casual de nuestra aventura nunca me impactó con tanta fuerza como entonces.

—¿Eso es lo que vas a hacer tú? —pregunté.

—Oh, yo no recibiré cartas importantes como tú.

—Pero, ¿qué vas a poner?

—Oh, solo que estamos teniendo un crucero espléndido y que estamos de camino a casa.

La idea me divirtió, y dije lo mismo en mi carta a casa, añadiendo que buscábamos a un amigo de Davies que podría mostrarnos algo de diversión. Escribí una línea también a mi jefe (sin ser consciente de la gravedad del paso que estaba dando) diciendo que era posible que tuviera que solicitar más permiso, ya que tenía asuntos importantes que tratar en Alemania, y pidiéndole amablemente que escribiera a la misma dirección. Luego cargamos con nuestros paquetes y reanudamos nuestros asuntos.

Trasladamos dos cargamentos completos de bote al Dulcibella, entre los cuales destacaban dos inmensas latas de petróleo, que constituían nuestras reservas de calor y luz, y un saco de harina. Había cabos y poleas de repuesto, también; cartas alemanas de excelente calidad; cigarros y muchas marcas extrañas de salchichas y carnes en conserva, además de una miscelánea de objetos diversos, algunos de los cuales solo sirvieron al final para saciar el ansia de mi compañero por arrojar cosas por la borda. La ropa era mi mayor preocupación, pues, por mucho que la hubiera purgado en Flensburg, mi vestuario seguía siendo muy inadecuado, y ya había arruinado irremediablemente dos pares impecables de pantalones de franela blanca. («Podremos tirarlos por la borda», dijo Davies, esperanzado). Así que compré un gran par de botas de mar del país, forradas de fieltro y con suela de madera, y ambos conseguimos una cantidad de prendas de lana áspera (como las que usan los pescadores locales), calzones, jerséis, cascos, guantes; todo de un color elegido para armonizar con las manchas de parafina y el barro del ancla.

Esa misma tarde echamos nuestra última mirada al Báltico, navegando junto a buques de guerra y grupos de yates ociosos cerrados a cal y canto para su sueño invernal; mientras las nobles orillas del fiordo, con sus villas rodeadas de follaje cobrizo, se volvían oscuras y tenues sobre nosotros.

Bordeamos el último promontorio, navegamos hacia una galaxia de luces de colores, arriamos nuestras velas y llegamos bajo las colosales puertas de la esclusa de Holtenau. Que estas se abrieran ante tal suplicante infinitesimal parecía inconcebible. Pero se abrieron, con una majestad ponderosa, y nuestro minúsculo casco se perdió en el vientre de una esclusa diseñada para hacer flotar a los acorazados más grandes. Pensé en Boulter’s un domingo caluroso de agosto, y me pregunté si realmente era el mismo petimetre irritable que había sido empujado y sofocado allí con la ruidosa multitud londinense hace un mes. Había un resplandor de electricidad arriba, pero un silencio absoluto hasta que una solitaria figura envuelta en una capa nos llamó y pidió al capitán. Davies subió por una escalera, desapareció con la figura encapuchada y regresó arrugando un papel en su bolsillo. Se encuentra ante mí ahora, y establece, bajo el sello del Königliches Zollamt, que, en consideración a la suma de diez marcos por derechos y cuatro por tonelaje, un remolcador imperial remolcaría el buque Dulcibella (patrón A. H. Davies) a través del canal Kaiser Wilhelm desde Holtenau hasta Brunsbüttel. ¡Magnífica condescendencia! Me sonrojo cuando miro este documento amarillo y recuerdo la cortés majestuosidad de las grandes puertas de la esclusa; pues los adormilados funcionarios del Königliches Zollamt poco sabían qué víbora pequeña e insidiosa estaban admitiendo en el seno imperial por el ligero peaje de catorce chelines.

—Parece barato —dijo Davies, uniéndose a mí—, ¿no? Tienen una tarifa regular por tonelaje, la misma para yates que para grandes barcos. Empezamos a las cuatro de mañana con un montón de otros barcos. Me pregunto si Bartels está aquí.

El mismo silencio reinaba, pero fuerzas invisibles estaban trabajando. Las compuertas interiores se abrieron y nos forzamos a pasar a una espaciosa dársena, donde yacía amarrada, lado a lado, una flotilla de embarcaciones de vela de diversos tamaños. Tras haber amarrado junto a un espacio vacío de muelle, cenamos y luego salimos con cigarros a buscar al Johannes. Lo encontramos encajado entre una pila de goletas, y a su patrón sentado formalmente abajo ante una estufa encendida, leyendo su Biblia a través de gafas. Produjo una botella de schnapps y algunas peras muy pequeñas y duras, mientras Davies le molestaba sin piedad por sus falsas predicciones.

—El cielo no era bueno —fue todo lo que dijo, sonriendo indulgentemente a su incorregible joven amigo.

Antes de separarnos por la noche, se acordó que a la mañana siguiente nos amarraríamos junto al Johannes cuando la flotilla fuera organizada para el remolque a través del canal.

—Karl llevará el timón para ambos —dijo—, y nosotros estaremos calientes en la cabina.

El plan se llevó a cabo, no sin mucha confusión y pérdida de pintura, en las pequeñas horas de una mañana oscura y lloviznosa. Pequeños y bulliciosos remolcadores nos clasificaron en grupos, y medio perdidos bajo las macizas amuradas del Johannes fuimos llevados hacia un vacío negro. Si quedaba alguna duda sobre el significado de nuestro cambio de zonas de crucero, el amanecer la disipó. No había vista desde la cubierta del Dulcibella; solo poniéndose de pie sobre la botavara se podía ver por encima de los terraplenes la vasta llanura de Holstein, gris y monótona bajo un manto de niebla. El suave paisaje de la costa de Schleswig era un sueño sin fundamento del pasado, y una fría lluvia penetrante añadió el último toque de plenitud dramática a la puesta en escena del nuevo acto.

Durante dos días viajamos lentamente por la poderosa vía navegable que es el enlace estratégico entre los dos mares de Alemania. Amplio y recto, masivamente terraplenado, iluminado por electricidad por la noche hasta que es más claro que muchas grandes calles de Londres; atravesado por grandes buques de guerra, ricos mercantes y humildes costeros por igual, es un símbolo de la nueva y poderosa fuerza que, controlada por el genio de estadistas e ingenieros, está empujando al imperio irresistiblemente hacia adelante, hacia la meta de la grandeza marítima.

—¿No es espléndido? —dijo Davies—. Es un buen tipo, ese emperador.

Karl era el chico de pelo revuelto y extremidades robustas de unos dieciséis años, que constituía toda la tripulación del Johannes, y era tan sucio como limpio era su amo. Sentí una cierta reverencia envidiosa por este joven poco atractivo, viendo en él una contraparte mucho más eficiente de mí mismo; pero cómo él y su pequeño amo conseguían manejar su embarcación torpe era un milagro que nunca comprendí. Flemáticamente impermeable a la lluvia y al frío, dirigía el Johannes por los largos tramos grises tras el remolcador, mientras nosotros y Bartels celebrábamos reuniones cómodas abajo, a veces en su cabina, a veces en la nuestra. Los arreglos de calefacción de esta última comenzaron a ser un tema de seria preocupación. Finalmente hicimos lo único lógico, y trajimos la cocina al salón, fijando la estufa Rippingille en el extremo delantero de la mesa de la cabina, donde podía calentar además de cocinar para nosotros. Como adorno era monstruosa, y el tufo a aceite que introducía era un inconveniente repugnante; pero, después de todo, lo importante —como decía Davies— es estar cómodo, y después de eso, estar limpio.

Davies mantuvo largas consultas con Bartels, quien estaba completamente familiarizado con la navegación de las arenas a las que nos dirigíamos, siendo su propio barco un tipo de las mismas embarcaciones que las surcan. No olvidaré el momento en que se dio cuenta por primera vez de que la curiosidad de su joven amigo era práctica; pues había pensado que nuestra meta era su amada Hamburgo, reina de las ciudades, un lugar para ver y morir.

—Es demasiado tarde —se lamentó—. Usted no conoce el Mar del Norte como yo.

—Oh, tonterías, Bartels, es bastante seguro.

—¡Seguro! ¿Y acaso no le encontré atrapado en Hohenhörn, en una tormenta, con su timón roto? Dios fue bueno con usted entonces, hijo mío.

—Sí, pero no fue mi... —Davies se contuvo—. Vamos a casa. No hay nada en eso. Bartels se mostró tristemente resignado.

—Es bueno que tenga un amigo —fue su última palabra sobre el asunto; pero aun así, siempre me miraba con un ojo algo dudoso. En cuanto a Davies y a mí, nuestra amistad se desarrolló rápidamente sobre ciertas líneas limitadas, siendo el principal obstáculo, como bien sé ahora, su renuencia a hablar sobre el lado personal de nuestra búsqueda.

Por otro lado, hablé sobre mi propia vida e intereses, con una perspicacia implacable, de la que habría sido incapaz hace un mes, y a cambio obtuve la clave de su propio carácter. Era devoción al mar, casada con un fuego de patriotismo reprimido que luchaba incesantemente por una salida en una expresión física extenuante; una humanidad, nacida de una sensibilidad aguda a sus propias limitaciones, que solo echaba más leña al fuego. Aprendí por primera vez ahora que en su primera juventud había suspendido para la marina, el primero de varios fracasos en su carrera. —Y no puedo establecerme en ninguna otra cosa —dijo—. Leo muchísimo sobre ello, y sin embargo soy un extraño inútil. Todo lo que he podido hacer es perder el tiempo en barcos pequeños; pero todo ha sido desperdiciado hasta que llegó esta oportunidad. Me temo que no entenderás cómo me siento al respecto; pero al fin, por una vez, veo una oportunidad de ser útil.

—Debería haber oportunidades para tipos como tú —dije—, sin el accidente de un trabajo como este.

—¡Oh, mientras lo consiga, qué importa! Pero sé a lo que te refieres. Debe haber cientos de tipos como yo —yo mismo conozco a unos cuantos— que conocen nuestras costas como la palma de su mano: bajos, ensenadas, mareas, rocas; no tiene nada de especial, es solo práctica. Deberían hacernos útiles como reserva naval. Lo intentaron una vez, pero se desvaneció, y a nadie le importa realmente. ¿Y cuál es el resultado? Usando a cada hombre de las reservas que tenemos, apenas hay suficiente para dotar a la flota en pie de guerra, y nada más. Han jugueteado con pescadores, marineros mercantes y tripulaciones de yates, pero habría que echar mano de todos ellos; y de las colonias también. ¿Cabe la menor duda de que, si estallara una guerra, habría llamamientos desesperados a voluntarios, mendicidad sin rumbo, prisas, confusión, despilfarro? Mi propia idea es que deberíamos ir mucho más allá y entrenar a cada hombre apto durante un par de años como marinero. ¿Ejército? Oh, supongo que habría que darles a elegir. No es que sepa mucho del Ejército ni que me importe, aunque al escuchar hablar a la gente pensarías que realmente importa tanto como la Marina. Somos una nación marítima; hemos crecido junto al mar y vivimos de él; si perdemos el dominio de este, moriremos de hambre. Somos únicos en ese sentido, igual que nuestro inmenso imperio, solo unido por el mar, es único. Y, sin embargo, lee a Brassey, Dilke y esos *Naval Annuals*, y verás qué montañas de apatía y presunción han tenido que ser abordadas. No es culpa de la gente. Hemos estado seguros tanto tiempo, y nos hemos hecho tan ricos, que hemos olvidado a qué se lo debemos. Pero no hay excusa para esos cabezas cuadradas de estadistas, como ellos se hacen llamar, a quienes se les paga para ver las cosas como son. Tienen que acudir a un estadounidense para aprender su abecedario, y solo cuando son pateados y golpeados por agitadores civiles, un mero puñado de hombres de los que se burlan por sus esfuerzos, es cuando despiertan, hacen algo de trabajo, lo señalan con orgullo y vuelven a dormirse, hasta que reciben otra patada. ¡Por Júpiter! Necesitamos a un hombre como este Kaiser, que no espera a que le pateen, sino que trabaja como un negro por su país y ve más allá.

—Estamos mejorando, ¿no?

—¡Oh, por supuesto que sí! Pero es una lucha constante cuesta arriba; y no estamos listos. Hablan de un estándar de dos potencias... —Se sumergió en regiones donde el espacio me prohíbe seguirlo. Esta es solo una muestra de muchas conversaciones similares que mantuvimos después, siempre culminando en la candente cuestión de Alemania. Lejos de incluirme a mí y al Ministerio de Asuntos Exteriores entre sus objetivos de vaga invectiva, tenía un profundo respeto por mi sagacidad y experiencia como miembro de esa institución; un respeto que me avergonzaba no poco cuando pensaba en mis redacciones de resúmenes y mis cigarrillos, mis bailes y mis cenas. Pero sí sabía algo de Alemania y podía satisfacer su incansable cuestionamiento con cierta autoridad. Solía escuchar embelesado mientras describía su maravilloso despertar en la última generación, bajo la fuerza y sabiduría de sus gobernantes; su intenso ardor patriótico; su efervescente actividad industrial y, lo más potente de todo, las fuerzas que están moldeando la Europa moderna, su sueño de un imperio colonial, que conlleva su transformación de una potencia terrestre a una potencia marítima. Impregnablemente basada en vastos recursos territoriales que no podemos molestar, los oscuros instintos de su pueblo, no solo dirigidos sino anticipados por el genio de su casa gobernante, nuestros grandes rivales comerciales del presente, nuestro gran rival naval del futuro, crece, se fortalece y espera, un factor cada vez más formidable en el futuro de nuestra delicada red de imperio, sensible como el hilo de una araña a los golpes externos, y que irradia desde una isla cuyo comercio es su vida, y que depende incluso para su ración diaria de pan del libre paso de los mares.

—Y no estamos listos para ella —decía Davies—; no miramos hacia ella. No tenemos base naval en el Mar del Norte, ni Flota del Mar del Norte. Nuestros mejores acorazados tienen un calado demasiado profundo para las operaciones en el Mar del Norte. Y, para colmo, fuimos lo bastante asnos como para darle Heligoland, que domina su costa del Mar del Norte. Y suponiendo que se apodere de Holanda; ¿no se habla algo de eso?

Eso me llevaría a describir las ambiciones desmedidas del partido pangermánico y sus incesantes intrigas para promover la absorción de Austria, Suiza y —una amenaza directa y flagrante para nosotros— de Holanda.

—No los culpo —dijo Davies, quien, a pesar de todo su patriotismo, no tenía una pizca de odio racial en su composición—. No los culpo; su Rin deja de ser alemán justo cuando empieza a ser más valioso. La desembocadura es holandesa y les daría puertos magníficos justo enfrente de las costas británicas. No podemos hablar de conquista y acaparamiento. Hemos acaparado una buena parte del mundo, y tienen todo el derecho a estar celosos. Que nos odien y que lo digan; nos enseñará a despabilar; y eso es lo que realmente importa.

En estas charlas se produjo un contacto singular de mentes. Estaba muy bien que yo hilara sonoras generalidades, pero nunca hasta ahora había soñado con ser tan vulgar como para traducirlas en la práctica. Siempre había detestado al alarmista entrometido, que oculta su ignorancia bajo el ruido y entona siempre su canto de lúgubre pesimismo. Estar con Davies fue recibir un choque de iluminación; pues aquí, al menos, había un espécimen de la raza que exigía respeto. Es cierto que utilizaba la jerga habitual, entreverando sus frases entrecortadas (a veces, cuando estaba emocionado, con el efecto más extraño) con las frases hechas del periodista y del orador de tribuna. Pero estos no eran más que accidentes; pues parecía haber captado su convicción más íntima del alma misma del mar. Un crítico de sillón es una cosa, pero un fanático curtido por el sol y la sal, que sufre un descontento personal, sediento de un medio, por tortuoso que sea, para aportar su esfuerzo a la gran causa, la supremacía marítima de Gran Bretaña, eso era otra cosa muy distinta. Sacaba inspiración del mismo viento y del rocío. Comulgaba con su timón, creo, y organizaba sus cifras con su ayuda. Escucharle hablar era sentir una corriente de aire clarificador que entraba con fuerza en un club cerrado, donde los hombres intercambian lugares comunes ineficaces, murmuran viejos eslóganes y se van sin hacer nada.

En nuestras charlas sobre política y estrategia éramos Bismarcks y Rodneys, manejando naciones y armadas; y, de hecho, no me cabe duda de que nuestra fantasía emprendió vuelos extravagantes a veces. En realidad, no éramos más que dos jóvenes caballeros en un barco de recreo de siete toneladas, con afición por la hidrografía amateur y los deberes policiales combinados. No es que Davies dudara nunca. Una vez puesto en camino, se aferraba a su propósito con fe y tenacidad infantiles. Era su "oportunidad".

CAPÍTULO XI. Los exploradores

A última hora de la tarde del segundo día, nuestra flotilla llegó al Elba en Brunsbüttel y se alineó en el muelle interior, mientras un gran transatlántico, gimoteando como un bebé irritable, era introducido con ternura en la esclusa. Durante la espera, Davies me dejó a cargo y salió disparado con una aceitera y una jarra de leche. Un funcionario uniformado pasaba por el muelle de barco en barco refrendando papeles. Me acerqué a recibirlo con nuestro recibo de tasas, que firmó con descuido. Luego se detuvo y murmuró "Dooltzhibella", rascándose la cabeza, "ese era el nombre. ¿Inglés?" preguntó.

—Sí.

—Pequeño lust-cutter, así es; hubo una pregunta sobre ustedes.

—¿De parte de quién?

—Un amigo suyo de un gran yate de vela.

—Oh, ya veo; supongo que se fue a Hamburgo, ¿no?

—No tuvo esa suerte, capitán; iba de salida.

¿Qué quería decir el hombre? Parecía estar enormemente divertido por algo.

—¿Cuándo fue esto, hace unas tres semanas? —pregunté, con indiferencia.

—¿Tres semanas? Fue anteayer. ¡Qué lástima perderlo por tan poco! —Se rió y me guiñó un ojo.

—¿Dejó algún mensaje? —pregunté.

—Fue una dama quien preguntó —susurró el tipo, soltando una risita—. Oh, de verdad —dije, empezando a sentirme sumamente absurdo, pero intensamente curioso—. ¿Y preguntó por el Dulcibella?

—¡Herrgott! ¡Era difícil de satisfacer! Estuvo encima de mí mientras buscaba en los libros. "Uno muy pequeño", no paraba de decir, y "¿Estás seguro de que todos los nombres están aquí?". La vi subir a su kleine Boot y se alejó remando bajo la lluvia. No, no dejó ningún mensaje. Hacía un tiempo asqueroso para que una joven Fräulein estuviera fuera sola. ¡Ach! aunque estaba a salvo. Verla cruzar el reflujo con la marea picada fue un espectáculo.

—¿Y el yate siguió río abajo? ¿A dónde se dirigía?

—¿Cómo voy a saberlo? Bremen, Wilhelmshaven, Emden, algún lugar en el Mar del Norte; demasiado lejos para ustedes.

—No sé yo eso —dije, valientemente.

—¡Ach! ¿No seguirán en eso? ¿No se dirigen a Hamburgo?

—Podemos cambiar nuestros planes. Parece una lástima haberlos perdido.

—Piénselo dos veces, capitán, hay muchas chicas bonitas en Hamburgo. Pero ustedes, los ingleses, hacen cualquier cosa. ¡Bien, viel Glück!

Siguió su camino, riéndose entre dientes, hacia el siguiente barco. Davies regresó pronto con sus latas y un brazo lleno de panes de centeno oscuro, justo a tiempo, pues, al haber pasado el transatlántico, la flotilla ya empezaba a empujarse para entrar en la esclusa y Bartels se estaba impacientando.

—Durarán diez días —dijo, mientras seguíamos a la multitud, aferrándonos todavía como una lapa al costado del Johannes. Pasamos los pocos minutos mientras se vaciaba la esclusa en una charla de despedida con Bartels. Karl había enganchado sus drizas mayores al cabrestante y estaba moliendo con un acharnement de industria, con su cabeza desgreñada sacudiéndose y su cara sucia sudando. Entonces se abrieron las puertas de la esclusa; y así, en una Babel de gritos, chirridos de poleas y crujidos de mástiles, todo nuestro grupo fue expulsado al lúgubre seno del Elba. El Johannes ganó velocidad con el viento y la marea y se dirigió hacia el centro del río. Un último apretón de manos, y Bartels soltó a regañadientes el cabo de proa y nos separamos. "¡Gute Reise! ¡Gute Reise!" No era momento para miradas de arrepentimiento, pues la marea alta nos barría hacia arriba y hacia afuera, y no fue hasta que izamos la vela de proa, nos acercamos a una ensenada poco profunda y soltamos el ancla cuando tuvimos tiempo de pensar en él de nuevo; pero para entonces su embarcación y la otra eran sombras en el turbio este.

Oscilamos cerca de un glacis de suave barro azul que ascendía hacia un dique cubierto de maleza; detrás se extendía el mismo terreno llano, incoloro, húmedo; y frente a nosotros, a dos millas de distancia, apenas visible en el crepúsculo cada vez más profundo, corría el contorno de una orilla similar. Entre ambos fluía el turbio Elba. "El Estigia fluyendo a través del Tártaro", pensé para mis adentros, recordando algunos de nuestros anclajes en el Báltico.

Le conté mis noticias a Davies tan pronto como el ancla estuvo abajo, dejando instintivamente el sexo de quien preguntó para el final, tal como había hecho mi informante.

—¿La Medusa llamó ayer? —interrumpió—. ¿Y de salida? Es algo extraño. ¿Por qué no preguntó cuando subía?

—Era una dama —y conté secamente la historia del funcionario, muy ocupado con una escoba de cubierta mientras tanto—. Ya estamos a mano, ¿no? —terminé—. Bajaré a encender la estufa.

Davies había estado ocupado arreglando la luz de fondeo. Cuando lo vi por última vez, todavía estaba en ello, pero inmóvil, con la linterna bajo el brazo izquierdo y la mano derecha agarrando el estay y el cabo medio anudado; sus ojos mirando fijamente río abajo, una expresión extraña en su rostro, medio triunfante, medio perpleja. Cuando se unió a mí y habló, parecía estar concluyendo un argumento difícil.

—De todos modos, prueba —dijo— que la Medusa ha vuelto a Norderney. Eso es lo principal.

—Probablemente —asentí—, pero resumamos todo lo que sabemos. Primero, es seguro que nadie de los que hemos conocido hasta ahora sospecha de nosotros...

—Te dije que lo hizo por su propia cuenta —intervino Davies.

—O, en segundo lugar, de él. Si es lo que crees, no se sabe aquí.

—No puedo evitar eso.

—Tercero, pregunta por ti a su regreso de Hamburgo, tres semanas después del evento. No parece que pensara que se había librado de ti; no parece que hubiera tenido la intención de librarse de ti. Envía a su hija también; un procedimiento curioso dadas las circunstancias. Quizás todo sea un error.

—No es un error —dijo Davies, casi para sí mismo—. ¿Pero la envió él? Habría enviado a uno de sus hombres. Puede que ni siquiera esté a bordo.

Esto arrojaba una nueva luz.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Debe haber dejado el yate cuando llegó a Hamburgo; alguna otra obra del diablo, supongo. Lo están llevando de vuelta ahora, y pasando por aquí...

—¡Ah, ya veo! Es una investigación complementaria privada.

—Ese es un nombre muy largo para llamarlo.

—¿Navegaría la chica sola con la tripulación?

—Está acostumbrada al mar... y tal vez no esté sola. Estaba esa madrastra... Pero no cambia ni un ápice nuestros planes; partiremos con el reflujo mañana por la mañana.

Estábamos más ocupados de lo habitual esa noche, calculando provisiones, ordenando armarios y asegurando objetos móviles. "Debemos economizar", dijo Davies, como si fuéramos náufragos en una balsa. "Es una desgracia tener que aterrizar en algún lugar para comprar aceite", era una de sus observaciones favoritas.

Antes de dormir me hicieron reconocer un nuevo factor en las condiciones de navegación, ahora que el Báltico sin mareas había quedado atrás. Una fuerte corriente pasaba a toda velocidad por nuestros costados, y a última hora me hicieron levantarme, vestido con pijama y ropa de agua (una combinación horrible), para ayudar a lanzar un ancla de capa o ancla de respeto.

—¿Qué es el "kedging-off"? —pregunté cuando estuvimos arropados de nuevo—. Oh, es cuando encallas; tienes que... pero pronto aprenderás todo al respecto. —Endurecí mi corazón para el día siguiente.

Así que véanos, pues, a las ocho de la mañana del 5 de octubre, navegando río abajo hacia el campo de nuestras primeras labores. Hay quince millas hasta la desembocadura; millas monótonas y lúgubres como los tramos más aburridos del Támesis inferior; pero el paisaje no nos preocupaba, y una brisa del suroeste que soplaba desde un cielo gris nos mantuvo constantemente al borde de tomar rizos. La marea, a medida que ganaba fuerza, nos arrastraba hacia abajo con una fuerza atestiguada por la velocidad con la que las boyas aparecían, asentían sobre nosotros y pasaban, cada una hirviendo en su remolino de espuma sucia. Apenas me di cuenta al principio —tan tranquila estaba el agua y tan regulares eran las boyas, como hitos a lo largo de un camino— de que la línea norte de la costa se retiraba rápidamente y que el "río" estaba llegando a ser solo una cinta de agua profunda que bordeaba un vasto estuario, de tres, siete, diez millas de ancho, hasta que se fundía en mar abierto.

—¡Vaya, estamos en el mar! —exclamé de repente—, ¡después de una hora de navegación!

—¿Recién descubres eso? —dijo Davies, riendo.

—Dijiste que eran quince millas —me quejé.

—Así es, hasta que llegamos a esta costa en Cuxhaven; pero supongo que se puede decir que estamos en el mar; por supuesto, todo eso es arena allí a estribor. ¡Mira! parte de ella ya está apareciendo.

Señaló hacia el norte. Mirando más atentamente noté que fuera de la línea de boyas, parches de la superficie se elevaban y trabajaban; en uno o dos lugares se estaban formando franjas y círculos de blanco; en medio de uno de esos círculos se había alzado una joroba malva y lisa, como el lomo de una ballena durmiente. Vi que un viejo hechizo estaba cautivando a Davies mientras su mirada se alejaba hacia el horizonte vacío. También lo escaneó todo con una avidez crítica, como alguien que busca un nuevo significado en el rostro de un viejo amigo. Algo de su entusiasmo se comunicó a mí y calmó la emoción escalofriante que me había invadido. La tierra protectora seguía siendo una vecina reconfortante; pero nuestra separación de ella llegó rápidamente. La marea nos hizo girar hacia abajo, y ayudados por nuestro lienzo tenso, pronto estuvimos frente a Cuxhaven, que se agazapaba tan bajo detrás de su poderoso dique, que de algunas de sus casas solo eran visibles las chimeneas. Luego, una milla más o menos después, la orilla se afiló hasta una punta como una garra, donde el inocente dique se convirtió en un fuerte largo y bajo, con algunos cañones grandes asomando por encima; luego, de repente, cesó, retirándose hacia el lejano sur en una tenue perspectiva de espigones y dunas.

Salimos a mar abierto y nos inclinamos pesadamente ante el viento ahora sin obstáculos. El yate subía y bajaba con un pequeño oleaje, pero mi primera impresión fue de asombro ante la calma del mar, pues el viento soplaba fresco y libre de horizonte a horizonte.

—Vaya, todo es arena allí ahora, y estamos a sotavento de ella —dijo Davies, con un barrido entusiasta de su mano sobre el mar a nuestra izquierda o babor—. Ese es nuestro terreno de caza.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.

—Recoger el Sticker's Gat —fue la respuesta—. Debería estar cerca de la Boya K.

Una boya roja con una enorme K pronto apareció a la vista. Davies miró por encima de babor.

—Solo levanta la orza, ¿quieres? —comentó distraídamente, añadiendo—, y pásame los prismáticos ya que estás ahí abajo.

—No te preocupes por los prismáticos. Ya lo tengo, acércate a la escota mayor —fue el siguiente comentario.

Puso el timón y dirigió el yate directamente hacia la extensión turbulenta y descolorida que cubría las arenas sumergidas. Una "ballena durmiente", con un ligero oleaje salpicando sobre ella, estaba justo en nuestro camino.

—¿Te ocupas de la sonda? —dijo Davies, cortésmente—. Yo me encargaré de las escotas, es un borde directo hacia adentro. ¡Preparados para virar!

El viento nos daba de frente ahora, y durante una media hora llena de gente nos abrimos paso hacia adelante mediante bordos cada vez más cortos hacia los sinuosos recovecos de un canal que recorría los bajíos hacia el oeste. Me arrodillé en un enredo de cabos y, bajo la vaga impresión de que algo muy crítico estaba ocurriendo, manejé la sonda furiosamente, golpeándome y salpicándome, y gritando las profundidades, que disminuían constantemente, con un gran sentido de la importancia de mi función. Davies nunca pareció escuchar, sino que viró imperturbable, haciendo malabares con el timón, las escotas y la carta, de una manera que mareaba al mirar. A pesar de todo nuestro celo, parecíamos avanzar muy lentamente.

—No sirve de nada, la marea es demasiado fuerte; tenemos que arriesgarnos —dijo al fin.

"¿Arriesgar qué?", me preguntaba a mí mismo. Nuestros bordos empezaron a ser más largos de repente, y las profundidades, que yo registraba, más superficiales. Sin embargo, todo fue bien durante algún tiempo y avanzamos mejor. Luego vino un tramo más largo de lo habitual.

—Dos y medio, dos, uno y medio, uno, solo cinco pies —dije jadeando, con reproche. El agua se estaba volviendo espesa y espumosa.

—No importa si lo hacemos —dijo Davies, pensando en voz alta—. Hay un remolino aquí, y es una lástima desperdiciarlo. ¡Preparados para virar! ¡Atrás el foque!

Pero ya era demasiado tarde. El yate respondió débilmente al timón, se detuvo y se inclinó pesadamente, revolcándose y crujiendo. Davies bajó la vela mayor en un abrir y cerrar de ojos; me medio asfixió mientras me agachaba en el lado de sotavento entre mis enredadas madejas de cabo, asustado e indefenso. Salí a gatas de entre los pliegues y lo vi de pie junto al mástil, sumido en un ensueño.

—No sirve de mucho —dijo—, con la marea bajando, pero intentaremos salir con el ancla de capa. Suelta ese cabo mientras yo saco el ancla.

Como un rayo había soltado el cabo del bote auxiliar, arrojó el ancla de capa y a sí mismo al bote, remó cincuenta yardas hacia el agua más profunda y arrojó el ancla.

—¡Ahora tira! —gritó.

Tiré, empezando a entender lo que significaba salir con el ancla de capa.

—¡Calma! No te agotes —dijo Davies, saltando a bordo de nuevo.

—Está viniendo —dije, triunfante.

—El cabo sí, el yate no; estás arrastrando el ancla. No importa, aquí estará bien. Vamos a almorzar.

El yate estaba inmóvil y el agua a su alrededor visiblemente más baja. Unas olas petulantes golpeaban sus costados, pero, por muy dispersos que estuvieran mis sentidos, comprendí que no había vestigio de peligro alguno. A nuestro alrededor, toda la faz de las aguas cambiaba de un momento a otro, blanqueándose en algunos lugares, amarilleándose en otros, donde empezaban a quedar al descubierto extensiones de arena. Justo a nuestra derecha, el canal que habíamos dejado comenzó a parecer un pequeño río turbio; y comprendí por qué nuestro avance había sido tan lento cuando vi su corriente corriendo de regreso al encuentro del Elba. Davies ya estaba abajo, preparando un almuerzo más elaborado de lo habitual, con gran contento de ánimo.

—Se queda tranquila, ¿verdad? —observó—. Si es que uno quiere un almuerzo sentado, no hay nada como encallar para ello. Y, de todas formas, aquí estamos tan a mano para trabajar como en cualquier otro sitio. Ya verás.

Como la mayoría de los hombres de tierra, yo tenía un sano prejuicio contra el encallar, así que la inclinación de mi mentor por la alegre paradoja resultó al principio bastante exasperante. Después del almuerzo bajamos la carta náutica a gran escala de los estuarios y la examinamos juntos, trazando el trabajo para los próximos días. No hay necesidad de cansar al lector general con sus complejidades, ni hay espacio para reproducirla en beneficio del lector instruido. Para ambas clases, el mapa general debería ser suficiente, tomado junto con el fragmento a gran escala [Ver Carta A] que da un buen ejemplo de la región en detalle. Se verá que los tres amplios canales del Jade, el Weser y el Elba dividen las arenas en dos grupos principales. El más occidental de estos es simétrico en su contorno, un triángulo de ángulo agudo, muy parecido a una pica afilada con punta de acero, si uno imagina que la península de la que surge es el asta de madera. El otro es un enorme conjunto de bancos, con su base apoyada en la costa de Hannover, dos de sus lados bastante limpios y uniformes, y el tercero, el que mira al noroeste, acintado y lacerado por la furia del mar, que ha devorado cavidades profundas y ha clavado tentáculos hambrientos profundamente en el interior. El conjunto se asemeja a una E invertida, o, mejor aún, a un tenedor tosco, en cuyos tres dientes mortales, el arrecife Scharhorn, la arena Knecht y la meseta Tegeler, así como en la no menos mortal punta de la pica, muchos buenos barcos se hacen astillas en los vendavales del norte. Siguiendo este símil, el banco Hohenhörn, donde Davies naufragó, es uno de los que yacen entre los dientes superior y medio.

Nuestro asunto consistía en explorar la Pica, el Tenedor y los canales que se ramifican a través de ellos. Uso la palabra general "canal", pero, de hecho, difieren mucho en carácter y son llamados en alemán por varios nombres: Balje, Gat, Loch, Diep, Rinne. Para mi propósito, solo necesito dividirlos en dos tipos: aquellos que tienen agua en ellos en todos los estados de la marea y aquellos que no, es decir, los que se secan, ya sea total o parcialmente, en la marea baja.

Davies explicó que los últimos requerirían más estudio y serían nuestra principal preocupación, porque eran las "rutas de paso", los enlaces de conexión entre los estuarios. Siempre se pueden detectar en la carta por filas de pequeños trazos en forma de Y que denotan "balizas", es decir, postes o vástagos fijados en la arena para marcar el pasaje. Los trazos, por supuesto, son solo signos convencionales y no corresponden en absoluto a "balizas" individuales, que son demasiado numerosas y complejas para indicarse con precisión en una carta, incluso a la mayor escala. Lo mismo se aplica al curso de los canales mismos, cuyos meandros menores no pueden reproducirse.

Era en el borde de uno de estos canales mareales donde el yate yacía ahora. Se llama Sticker’s Gat, y no puedes perderlo [Ver Carta A] si llevas la vista hacia el oeste a lo largo de nuestro rumbo desde Cuxhaven. Era, según me dijo Davies, la última y más intrincada etapa del "atajo" que la Medusa había tomado en aquel día memorable; una etapa a la que él mismo nunca había llegado. Terminada la discusión, salimos a cubierta, armándose Davies con un cuaderno, prismáticos y la brújula prismática, cuyo uso —para mapear los ángulos de los canales— era por fin evidente. Esto es lo que vi cuando salimos.

CAPÍTULO XII. Mi iniciación

El yate yacía con una escora muy leve (gracias a un par de pequeñas quillas de balance en su fondo) en una especie de artesa que él mismo había cavado, de modo que todavía estaba rodeado por unos pocos centímetros de agua, como si fuera un foso.

Durante kilómetros en todas direcciones se extendía un desierto de arena. Hacia el norte tocaba el horizonte y solo se veía interrumpido por el punto azul de la isla Neuerk y su faro. Hacia el este parecía extenderse también hasta el infinito, pero el humo de un vapor mostraba dónde estaba atravesado por la corriente del Elba. Hacia el sur llegaba hasta la línea de lápiz de la costa de Hannover. Solo hacia el oeste su contorno se veía roto por algún vestigio del mar del que había surgido. Allí estaba agitado con filamentos blancos que se arrastraban, anudados confusamente en un punto al noroeste, de donde venía un murmullo sibilante como el siseo de muchas serpientes. Desierto, como lo llamo, no carecía por completo de rasgos. Su color variaba desde el cervato claro, donde los niveles más altos se habían secado con el viento, hasta el marrón o violeta oscuro, donde aún estaba húmedo, y gris pizarra donde parches de barro ensuciaban su limpio seno. Aquí y allá había charcos de agua, convertidos en ondas por el viento impotente; aquí y allá estaba salpicado de conchas y algas. Y cerca de nosotros, comenzando a desviarse hacia ese nudo sibilante en el noroeste, serpenteaba nuestro pobre canal, despiadadamente expuesto como una zanja fangosa y estancada con apenas un pie de agua, no lo suficientemente profunda como para ocultar nuestra pequeña ancla de capa, que asomaba una uña en insolente burla. El cielo opaco y duro, el viento gimiendo en el aparejo como si llorara desesperado por una presa que se le había escapado, hacían que la escena fuera inexpresablemente desoladora.

Davies la escudriñó con entusiasmo por un momento, trepó a un punto de ventaja en la botavara y barrió con sus gafas de un lado a otro a lo largo del curso del canal.

—Bastante bien balizado —dijo, meditativo—, pero uno o dos están muy fuera de lugar. ¡Por Júpiter! Esa curva de ahí es complicada. —Tomó una marcación con la brújula, hizo un par de anotaciones y saltó con un vigoroso brinco sobre la arena.

Esto, debo decir, era la única forma de "ir a tierra" que realmente le gustaba. Salimos corriendo tan rápido como nuestras torpes botas de mar nos permitieron y seguimos el curso de nuestro canal hacia el oeste, reconociendo el camino que tendríamos que seguir cuando la marea subiera.

—La única forma de aprender un lugar como este —gritó— es verlo en marea baja. Los bancos están secos entonces y los canales son claros. Mira esa baliza —se detuvo y señaló con desprecio—, está toda fuera de lugar. Supongo que el canal se ha movido allí. Además, es justo en una curva importante. Si la tomaras como guía cuando el agua estuviera alta, encallarías.

—Lo cual sería muy útil —observé.

—¡Oh, vamos! —rió él—, estamos explorando. Quiero ser capaz de recorrer este canal sin un error. Lo haremos, la próxima vez. —Se detuvo y utilizó la brújula y el cuaderno. Luego seguimos corriendo hasta que se pidió la siguiente parada.

—Mira —dijo—, el canal se está profundizando, estaba casi seco hace un momento; ¿ves la corriente en él ahora? Esa es la marea entrante, desde el oeste, ¡cuidado!; es decir, desde el lado del Weser. Eso demuestra que hemos pasado la divisoria de aguas.

—¿Divisoria de aguas? —repetí, inexpresivo.

—Sí, así es como yo la llamo. Verás, una arena grande como esta es como una cordillera que divide dos llanuras, nunca es completamente plana aunque lo parezca; siempre hay un punto, una cresta, más bien, donde es más alta. Ahora, un canal que corta a través de la arena es, por supuesto, siempre más superficial cuando cruza esta cresta; en marea baja generalmente está seco allí, y gradualmente se profundiza a medida que se acerca al mar a cada lado. Ahora, en marea alta, cuando toda la arena está cubierta, el agua puede viajar por donde quiera; pero apenas comienza la bajamar, el agua se retira a ambos lados de la cresta y el canal se convierte en dos ríos que fluyen en direcciones opuestas desde el centro, o divisoria de aguas, como yo la llamo. Así también, cuando la bajamar ha terminado y comienza la creciente, el canal es alimentado por dos corrientes que fluyen hacia el centro y se encuentran en medio. Aquí el Elba y el Weser son nuestros dos alimentadores. Ahora, esta corriente aquí va hacia el este; sabemos por la hora del día que la marea está subiendo, por lo tanto, la divisoria de aguas está entre nosotros y el yate.

—¿Por qué es tan importante saber eso?

—Porque estas corrientes son fuertes y quieres saber cuándo perderás una a favor y encontrarás una en contra. Además, la cresta es el punto crítico cuando estás cruzando con marea descendente, y quieres saber cuándo la has pasado.

Seguimos adelante hasta que nuestro camino fue bloqueado por una gran laguna. Parecía mucho más imponente que el canal; pero Davies, tras un rápido escrutinio, la trató con un gruñido de desprecio.

—Es un callejón sin salida —dijo—. ¿Ves ese montículo de arena hacia el que se dirige, más allá?

—Está balizado —repliqué, señalando un tallo decrépito que colgaba sobre el banco y sacudiendo un dedo paralizado ante la impostura.

—Sí, ahí es exactamente donde uno se equivoca, es un antiguo corte que se ha colmatado. Esa baliza es un fraude; no hay tiempo para ir más lejos, la creciente avanza rápido. Solo tomaré las marcaciones de lo que podemos ver.

La falsa laguna fue la primera de varias que comenzaron a ser visibles en el oeste, hinchándose y uniendo sus manos sobre las costillas de arena que las dividían. Todo el tiempo, el siseo distante se hizo más cercano y más fuerte, y una nota profunda y atronadora comenzó a sonar debajo de él. Dimos la espalda al viento y nos apresuramos de regreso hacia el Dulcibella, con la corriente en nuestro canal apresurándose y subiendo a nuestro lado.

—Hay justo tiempo para hacer el otro lado —dijo Davies cuando llegamos a él, y yo me estaba felicitando por haber recuperado nuestra base sin encontrar nuestras comunicaciones cortadas. Y salimos escabulléndonos en la dirección por la que habíamos venido aquella mañana, chapoteando a través de charcos y saltando los riachuelos incipientes que se escapaban a través de las brechas desde el canal madre a medida que subía la marea. Completadas nuestras observaciones, viajamos de regreso, haciendo un amplio circuito sobre terreno más alto para evitar la creciente inundación, y vadeando hasta las espinillas en la aproximación final al yate.

Mientras trepaba agradecido a bordo, me pareció oír una voz lejana diciendo, en lánguido menosprecio de la navegación a vela, que no le daba a uno suficiente ejercicio. Era la mía, hace siglos, en otra vida. Desde el este y el oeste dos sábanas de agua habían cubierto el desierto, cada una empujando lenguas de espuma que se encontraron y se fusionaron.

Esperé en cubierta y observé la agonía mortal de las arenas sofocantes bajo el implacable embate del mar. Las últimas fortalezas fueron golpeadas, asaltadas y abrumadas; el tumulto de sonidos se calmó y estabilizó, y el mar barrió victoriosamente toda la extensión. El Dulcibella, hasta entonces inerte con desprecio, comenzó a despertarse y temblar bajo los golpes que recibía. Luego, con un esfuerzo, se sacudió hasta quedar en posición vertical y chocó y se tensó con inquietud, impaciente por vencer a este invasor insolente y convertirlo en un esclavo para sus propios fines. Pronto su cabo se tensó y su proa giró lentamente; solo su popa golpeaba ahora, y eso con fuerza decreciente. De repente quedó libre y a la deriva de costado al viento hasta que el ancla la detuvo y quedó a sotavento de ella, balanceándose fácil y triunfalmente. ¡Pequeña persona de buen humor! En el fondo era amiga tanto de la arena como del mar. Solo cuando el viejo amor y el nuevo amor estaban en combate mortal por sus favores, y ella era maltratada en el tumulto, su temperamento se alzaba en rebelión.

Tragamos una taza de té apresurada, izamos las velas y comenzamos a salir de nuevo hacia el oeste. Una vez cruzada la "divisoria de aguas", nos encontramos con una fuerte corriente, pero la tendencia del pasaje era ahora más hacia el noroeste, por lo que podíamos mantener nuestro rumbo sin virar, y en consecuencia podíamos remontar la marea. —Dale solo un pie a la orza —dijo Davies—. Conocemos el camino aquí, y derivará menos; pero generalmente tendremos que prescindir de ella siempre en marea descendente. Si encallas con la orza abajo, mereces ahogarte. —Ahora vi lo valioso que había sido nuestro paseo. Las balizas estaban a nuestra derecha; pero eran cañas rotas, sin dar pista alguna sobre la anchura del canal. Unas pocas habían perdido sus cimas y estaban siendo engullidas por completo por el agua creciente. Cuando llegamos al punto donde cesaban y donde había estado la falsa laguna, me habría sentido totalmente perdido. Habíamos cruzado las arenas altas y relativamente planas que forman la base del Tenedor, y estábamos entrando en el laberinto de bancos separados que obstruyen la cavidad en forma de embudo entre los dientes superior y medio. Esto lo sabía por la carta. Mi ojo sin ayuda no veía nada más que el mar abierto, volviéndose verde oscuro a medida que la profundidad aumentaba; un mar hosco y amenazador que mostraba sus colmillos blancos. Las olas se volvieron más largas y empinadas, pues los canales, aunque todavía tortuosos, comenzaban ahora a ser anchos y profundos.

Davies tenía sus marcaciones y tomó su rumbo con confianza. —Ahora a por la sonda —dijo—; la brújula servirá de poco pronto. Debemos sentir el borde de las arenas hasta que recojamos más balizas.

—¿Dónde vamos a anclar para pasar la noche? —pregunté.

—Bajo el Hohenhörn —dijo Davies—, ¡por los viejos tiempos!

En parte por la vista y mayormente por el tacto, nos arrastramos alrededor del callejón más externo del laberinto oculto hasta que apareció un nuevo grupo de balizas, sin sentido para mí, pero analizado por él en dos grupos. Seguimos uno durante cierta distancia, y luego nos desviamos finalmente y comenzamos otro bordo hacia barlovento.

Caía el crepúsculo. La línea costera de Hannover, nunca muy distinta, se había desvanecido por completo; un ominoso vaivén de oleaje corría bajo el mar corto. Dejé de prestar atención a Davies impartiendo instrucciones sobre su amado pasatiempo, y busqué sofocar en el duro trabajo manual el miedo que había estado latente en mí todo el día ante la perspectiva de nuestro primer anclaje en el mar.

—¡Sondea, como un demonio ahora! —dijo al fin. Alcancé una braza y media. —Ese es el banco —dijo—; le daremos un poco de resguardo y luego soltaremos.

—¡Suelta ahora! —fue la orden después de un minuto, y la cadena salió con un gemido prolongado. El Dulcibella se tensó ante ella y enfrentó con despreocupación el Mar del Norte y la noche creciente.

—¡Ahí estamos! —dijo Davies, mientras terminábamos de estibar la vela mayor—, seguros y cómodos a cuatro brazas en un magnífico puerto de arena, sin nadie que nos moleste y con todo el lugar para nosotros. Sin tasas, sin apestos, sin tráfico, sin preocupaciones de ningún tipo. Es mejor incluso que una cala báltica, con menos civilización despreciable alrededor. Estamos a siete millas de la costa más cercana, y a cinco incluso de Neuerk; mira, están iluminando. —Había una pequeña chispa en el este.

—Supongo que todo está bien —dije—, pero preferiría ver un rompeolas sólido en alguna parte; es una noche de aspecto sucio y no me gusta este oleaje.

—El oleaje no es nada —dijo Davies—; es solo un drenaje perdido del exterior. En cuanto a los rompeolas, los tienes por todas partes, solo que están ocultos. Hacia proa y a estribor está el West Hohenhörn, curvándose hacia el suroeste por todas partes como un muelle de piedra. Puedes oír el oleaje golpeando en su exterior hacia el norte. Ahí es donde casi naufrago aquel día, y el pequeño canal con el que tropecé debe estar muy cerca de nosotros en alguna parte. A media milla de distancia, a babor, está el East Hohenhörn, donde recalé después de correr a través de este lago en el que estamos. Otra milla a popa está el cuerpo principal de las arenas, el diente superior de tu tenedor. Así que ves que estamos encerrados, prácticamente. ¿Seguro que recuerdas la carta? Vaya, es...

—¡Oh, al diablo con la carta! —exclamé, encontrando este flujo de plausible consuelo demasiado lúgubre para mis nervios—. ¡Mírala, hombre! ¡Suponiendo que pase algo, suponiendo que sople un vendaval! Pero no sirve de nada temblar aquí y mirar el paisaje. Me voy abajo.

Hubo un mauvais quart d’heure abajo, durante el cual, me avergüenza decir, olvidé la búsqueda.

—¿Qué sopa te apetece? —dijo Davies, tímidamente, tras un negro silencio de algunos minutos.

Ese simple comentario, más elocuente de seguridad que mil argumentos técnicos, salvó la situación.

—Dime, Davies —dije—, soy un cobarde de hígado blanco en el mejor de los casos, y no debes tenerme compasión. Pero no eres como ningún navegante que haya conocido antes, o cualquier marinero de cualquier tipo. Eres tan casual y tranquilo en las cosas extraordinarias que haces. Creo que me caerías mejor si soltaras una descarga de juramentos de alta mar a veces, o me amenazaras con ponerme en grilletes.

Davies abrió mucho los ojos y dijo que todo era culpa suya por olvidar que yo no estaba tan acostumbrado a tales anclajes como él. —Y, por cierto —añadió—, en cuanto a que sople un vendaval, no me extrañaría que lo hiciera; el barómetro está bajando fuerte; pero no puede hacernos daño. Verás, incluso en marea alta la deriva del mar...

—Oh, por el amor de Dios, no empieces de nuevo. Pronto probarás que estamos más seguros aquí que en un hotel. ¡Vamos a cenar, y una cena de mil demonios de buena!

La cena siguió un curso suave, pero justo cuando se estaba preparando el café, el casco, de cabecear regularmente, comenzó a balancearse.

—Sabía que lo haría —dijo Davies—. Iba a avisarte, solo que... la bajamar ha comenzado contra el viento. Es bastante seguro...

—¿Pensé que dijiste que se calmaría cuando la marea bajara?

—Así será, pero puede parecer más agitado. Las mareas son cosas raras —añadió, como si defendiera a algunos conocidos no muy respetables.

Se ocupó de su cuaderno de bitácora, balanceándose fácilmente al movimiento del barco; y yo, por mi parte, intenté escribir mi diario, pero no pude fijar mi atención. Cada artículo suelto en el barco se volvió audiblemente inquieto. Las latas tintineaban, los armarios traqueteaban, los casilleros emitían huecos gemidos. Pequeñas cosas se deslizaban fuera de oscuros escondites y bailaban figuras grotescas y borrachas en el suelo, como duendes en un claro embrujado. El mástil gimió dolorosamente en cada escora, y la orza tuvo hipo y se ahogó. Sobre nuestras cabezas, otra horda de demonios parecía haber sido liberada. La cubierta y el mástil eran conductores que magnificaban cada sonido y hacían que el golpeteo de cada cabo se asemejara a los golpes de un martillo, y el chasquido de las drizas contra el mástil al traqueteo de una ametralladora Maxim. Todo el tumulto marcaba el ritmo de un coro rítmico que se volvía enloquecedor.

—Podríamos acostarnos ahora —dijo Davies—; son las diez y media.

—¿Qué, dormir a través de esto? —exclamé—. No puedo soportar esto, debo hacer algo. ¿No podemos ir a dar otro paseo?

Hablé en una broma amarga y medio delirante.

—Por supuesto que podemos —dijo Davies—, si no te importa un pequeño tumbo en el bote.

Reconsideré mi precipitada sugerencia, pero ya era demasiado tarde para retroceder, y era necesario algún expediente desesperado. Me encontré en cubierta, agarrado a un estay y mirando con vértigo hacia abajo y luego hacia arriba al bote auxiliar, mientras se balanceaba como un corcho en el seno del mar al costado, mientras Davies acomodaba los remos y los toletes.

—¡Salta! —gritó, y antes de que pudiera reunir mi ingenio y agarrarme a los costados estábamos a la deriva en la noche, tambaleándonos de hueco en hueco de las olas empinadas y rizadas. Davies cuidó nuestra cáscara de nuez con ternura sobre sus crestas, inclinándola transversalmente a través de su curso. Hizo muy poco esfuerzo, confiando en la marea para llevarnos a nuestro objetivo. De repente el movimiento cesó. Una pendiente oscura surgió de la noche y el bote descansó suavemente en un remolino poco profundo.

«El West Hohenhörn», dijo Davies. Saltamos y nos hundimos en el barro blando, arrastramos el bote un pie o dos, luego subimos por la orilla y estuvimos sobre arena firme y mojada. El viento se abalanzó sobre nosotros y ahogó nuestras voces.

«Busquemos mi canal», gritó Davies. «Por aquí. Mantén la luz de Neuerk justo a tu popa».

Partimos con una zancada larga y encorvada frente al viento y directamente hacia el rugido de las rompientes en el lado más alejado de la arena. Un verso de Matthew Arnold, «los guijarros desnudos del mundo», me daba vueltas en la cabeza. «A siete millas de tierra», pensaba, «escabulléndonos como aves marinas en un islote de arena transitorio, rodeados por mareas apresuradas y golpeados por el océano, a medianoche en un vendaval creciente; aislados incluso de nuestro único refugio dudoso». Era el momento, si es que alguna vez lo hubo, de vencer la debilidad. Una alegría loca surgió en mí mientras bebía el viento y avanzaba. Pareció solo un minuto o dos cuando Davies me agarró.

«¡Cuidado!», gritó. «Es mi canal».

El terreno descendía y un río veloz brillaba ante nosotros. Nos desviamos tangencialmente y seguimos su curso hacia el norte, tropezando en grietas fangosas, resbalando en algas, empezando a quedar cegados por una fina neblina salina y ensordecidos por el trueno del oleaje oceánico. El río se ensanchó, se volvió blanco, se agitó, se preparó para el choque, se hizo añicos y se disolvió en una penumbra lechosa. Giramos a la derecha y chapoteamos en espuma espumosa. Volví la espalda al viento, retiré la salmuera de mis ojos, me giré de nuevo y vi que nuestro camino estaba bloqueado por un batiburrillo de surf. La voz de Davies estaba en mi oído y su brazo señalaba hacia el mar.

«Este—es—más o menos por donde—choqué primero—peor entonces—viento del noroeste—esto—no es—nada. Vamos—a rodearlo—completamente».

Galopamos con el viento a nuestras espaldas, bordeando la línea de surf. Perdí toda noción del tiempo y la dirección. Otro mar bloqueó nuestro camino, convirtiéndose en otro río a medida que avanzábamos oblicuamente a lo largo de su orilla. De nuevo estábamos frente a aquel viento embriagador. Entonces, un punto de luz se balanceaba y parpadeaba a la izquierda, y ahora nos deteníamos y dábamos vueltas. Tropecé contra algo afilado: la borda del bote. Así que habíamos completado el circuito de nuestro dominio fugitivo, esa isla de ensueño; isla de pesadilla, como siempre la recuerdo.

«Debes remar también», dijo Davies. «Está soplando fuerte ahora. ¡Mantén su proa un poco arriba, todo lo que puedas!».

Avanzamos a trompicones, con mi remo a veces enterrado hasta el tolete, a veces golpeando las burbujas de la cresta de una ola. Davies, en la proa, decía «¡Tira!» o «¡Estable!» a intervalos. Oía la espuma golpeando contra su espalda de hule. Entonces, una luz pálida y amarilla pasó por encima de las olas. «¡Suave! ¡Déjala venir!», y el bauprés del Dulcibella, hinchado a proporciones espectrales, apuñalaba la oscuridad sobre mí. «¡Un poco atrás! Dos buenas paladas. ¡Guarda el remo! ¡Ahora salta!». Me aferré al casco que se mecía y aterricé en un montón. Davies siguió con el cabo de remolque y el bote se alejó hacia popa.

«Navega magníficamente ahora», dijo, cuando hubo asegurado el cabo. «No habrá balanceo con la marea alta, y está casi en bajamar».

No creo que me hubiera importado, por mucho que se hubiera balanceado. Finalmente me curé del miedo.

Fue bueno que así fuera, porque ser arrojado de la litera sobre hule mojado es un comienzo desalentador para un día. Esto sucedió alrededor de las ocho. El yate cabeceaba violentamente y me arrastré a cuatro patas hacia el camarote, donde Davies estaba preparando el desayuno en el suelo.

«Te dejé dormir más», dijo; «no podemos hacer nada hasta que el agua baje. Nunca deberíamos poder levantar el ancla en este mar. Ven a echar un vistazo. Ya está aclarando», continuó, cuando estábamos agachados en la cubierta, agarrándonos a las cornamusas por seguridad. «El viento ha virado al noroeste. Ha estado soplando un vendaval completo y el mar está en su peor momento ahora, cerca de la pleamar. Nunca verás algo peor que esto».

Estaba preparado para lo que vi —el mar tormentoso por leguas a la redonda y un caos de rompientes donde nuestra isla de ensueño había estado— y lo acepté con calma, incluso con una especie de entusiasmo. El Dulcibella enfrentaba la tormenta tan obstinadamente como siempre, hundiendo su bauprés en el mar y arrojando agua verde sobre su proa. Una oleada de confianza y afecto por ella brotó en mí. Había estado acostumbrado a resentir el peso y el volumen de su ancla y cadena pesadas, pero ahora veía su utilidad; el barniz, la pintura, las cubiertas impecables y las velas blancas eran absurdos de vanidoso de un pasado odioso.

«¿Qué podemos hacer hoy?», pregunté.

«Debemos mantenernos bien dentro de los bancos y ser extremadamente cuidadosos dondequiera que haya oleaje. Aquí dentro es desenfrenado, ya ves, a pesar de la barrera de arena. Pero hay mucho que podemos hacer más atrás».

Desayunamos con una incomodidad horrible; luego fumamos y hablamos hasta que el rugido de las rompientes disminuyó. Ante la primera señal de arena descubierta, nos pusimos en marcha, solo con la mesana y las velas de proa, y aprendí a sacar un ancla reacia del suelo. Girando, navegamos hacia el este con el viento a favor, sobre el terreno que habíamos atravesado la noche anterior, mientras un archipiélago de nuevos bancos se alzaba lentamente sobre las olas que se debilitaban rápidamente. Caminamos con delicadeza entre ellos y a su alrededor, sondeando y observando; capeando donde el espacio lo permitía y a veces usando el bote. Empecé a ver dónde residían los riesgos en este tipo de navegación. Dondequiera que penetraba el oleaje oceánico, o el viento soplaba directamente por un canal profundo y largo, debíamos ser muy cautelosos y dejar buenos márgenes. «Ese es el tipo de lugar en el que no debes encallar», solía decir Davies.

Al final atravesamos el Steil Sand de nuevo, pero por un canal diferente, y anclamos, después de un día arduo, en una muesca en su límite oriental, justo fuera del oleaje que entraba desde el turbulento estuario del Elba. La noche estuvo despejada y, cuando la marea bajó, permanecimos perfectamente quietos, con el viento fresco enviando solo un leve chapoteo de ondas contra nuestros costados.

CAPÍTULO XIII. El significado de nuestro trabajo

No ocurrió nada durante los siguientes diez días que nos perturbara en nuestro trabajo. Durante cada hora de luz diurna y muchas de oscuridad, navegando o anclados, encallados o a flote, bajo la lluvia y el sol, el viento y la calma, estudiamos el lecho de los estuarios y nos ejercitamos en enhebrar la red de canales; sin mantener comunicación con tierra y rara vez acercándonos a ella. Fue una vida de esfuerzo, exposición y peligro; una lucha contra viento y marea, además; pues el clima otoñal salvaje era la regla, con el viento rolando y virando entre el suroeste y el noroeste, y solo durante dos días plácidos soplando suavemente desde el este, el cuadrante seguro para esta región. Su fuerza y dirección determinaban cada nueva elección de terreno. Si era fuerte y del norte, explorábamos las fortalezas interiores; en intervalos moderados, la franja exterior, lanzándonos cuando nos sorprendían a la guarida más conveniente.

A veces caminábamos por vastas soledades de arena, a veces navegábamos a través de extensiones efímeras de mar poco profundo. De nuevo, nos arrastrábamos con cautela alrededor de las arterias más profundas que rodean el Great Knecht, examinando sus circunvoluciones como si fueran las venas de un tejido vivo, y la circulación de la marea palpitando a través de ellas como sangre. De nuevo, nos tambaleábamos a través de las corrientes de marea y las caídas que infestan el canal abierto del Weser en nuestro paso entre el Fork y el Pike. En uno de nuestros días buenos vi la escena de la aventura original de Davies a la luz del día, con los bancos secos y los canales manifiestos. El lector lo ha visto en la carta y puede, hasta cierto punto, formarse su opinión; solo puedo añadir que me di cuenta por prueba ocular de que no se podría haber ideado una trampa más fatal para un extraño inocente; pues al acercarse desde el noroeste bajo las condiciones más fáciles, era bastante difícil verificar nuestro rumbo verdadero. En un período tan lleno de nuevas emociones no es fácil para mí decir cuándo estuvimos más apurados, especialmente porque era una regla para Davies nunca admitir que estábamos en peligro alguno. Pero creo que nuestra experiencia más fea fue el día 10, cuando, debido a un pequeño error de cálculo, encallamos en un lugar peligroso. El simple hecho de encallar, por supuesto, era parte del trabajo diario; la pregunta que surgía constantemente era cuándo y dónde buscarlo o arriesgarlo. Esta vez estábamos situados de tal manera que cuando la marea creciente volvió, estábamos en una costa de sotavento, de costado ante un vendaval que enviaba un mar desagradable —con una deriva de tres millas para darle fuerza— hacia abajo por Robin’s Balje, que es una de las arterias más profundas de las que hablé arriba, y ahora yacía directamente a barlovento de nosotros. El clímax llegó alrededor de las diez de la noche. «No podemos hacer nada hasta que flote», dijo Davies; y puedo verlo ahora fumando tranquilamente y empalmando un cabo desgastado mientras explicaba que su doble revestimiento de teca la capacitaba para resistir cualquier cosa razonable. Ciertamente tuvo una prueba terrible esa noche, pues el fondo era arena dura e inflexible, sobre la cual subía y bajaba con una vehemencia convulsiva. La última media hora fue para mí de una tensión casi intolerable. La pasé en cubierta, incapaz de soportar el suspenso abajo. Láminas de mar agitado volaban sobre el casco, y una veintena de veces pensé que debía sucumbir mientras se estremecía ante los golpes de su quilla en la arena. Pero esos revestimientos robustos, unidos por un trabajo honesto, resistieron la prueba. Un último golpe y se liberó por completo, encontró su ancla y quedó libre.

En general, creo que cometimos pocos errores. Davies tenía una aptitud suprema para el trabajo. Cada hora, a veces cada minuto, traía su problema, y su recurso nunca fallaba. Cuanto más difícil era, más tranquilo se volvía. Tenía, además, esa intuición que es independiente de la habilidad adquirida, y que está en la raíz de todo genio; que, para tomar casos análogos al suyo, es la cualidad última del guía o explorador perfecto. Creo que podía oler la arena donde no podía verla ni tocarla.

En cuanto a mí, el mar nunca ha sido mi elemento, y nunca lo será; sin embargo, me endurecí a la vida, me volví salado, resistente y tolerablemente alerta. Como un soldado aprende más en una semana de guerra que en años de desfiles y limpieza, así, aislado de todas las distracciones, moviéndome de vivac en vivac precario, y dependiendo, hasta cierto punto, para mi vida de mis músculos y mi ingenio, aprendí rápidamente mi trabajo y gané cierta destreza. Conocía mis cabos en la oscuridad, podía ceñir económicamente contra el viento a través de chubascos, tomar rumbos y estimar la interacción del viento y la marea.

Generalmente estábamos en soledad, pero ocasionalmente nos encontrábamos con galiotas como el Johannes haciendo bordos a través de las arenas, y una o dos veces encontramos una flota de tales barcos anclados en un paso, esperando agua. Su calado, cargados, era de seis a siete pies, el nuestro solo cuatro, sin nuestra orza, pero tomamos su calado medio como el estándar de todas nuestras observaciones. Es decir, nos propusimos determinar cuándo y cómo un barco que calara seis pies y medio podía navegar por las arenas.

Una palabra más sobre nuestro motivo. Era la convicción de Davies, como he dicho, que toda la región sería en guerra un coto de caza ideal para pequeños merodeadores independientes, y empecé a saber que tenía razón; pues miren los tres caminos marítimos a través de las arenas hacia Hamburgo, Bremen, Wilhelmshaven y el corazón de la Alemania comercial. Son como carreteras que atraviesan un distrito montañoso por desfiladeros, donde un puñado de hombres desesperados puede detener a un ejército.

Sigan el paralelo de una guerra en tierra. Poblen sus montañas con una raza audaz e ingeniosa, que posea un conocimiento íntimo de cada sendero y camino de herradura, que opere en pequeñas bandas, viaje ligera y se mueva rápidamente. Vean qué inmensa ventaja poseen tales guerrilleros sobre un enemigo que se aferra a caminos trillados, se mueve en grandes cuerpos, lentamente, y no «conoce el país». Vean cómo no solo pueden infligir desastres a un enemigo que los supera vastamente en fuerza, sino que pueden prolongar una resistencia semipasiva mucho después de que todas las batallas decisivas se hayan librado. Vean, también, cómo el invasor fuerte solo puede conquistar a sus huidizos antagonistas aprendiendo sus métodos, estudiando el país e igualándolos en movilidad y astucia. El paralelo no debe forzarse demasiado; pero que este tipo de guerra tendrá su contraparte en el mar es una verdad que no puede cuestionarse.

Davies, en su entusiasmo, no ponía límites a su importancia. El bote pequeño en aguas poco profundas desempeñaba un papel poderoso en su visión de una guerra naval, un papel que crecería en importancia a medida que la guerra se desarrollara y alcanzaría su cenit en las etapas finales.

«Las flotas de batalla pesadas están muy bien», solía decir, «pero si los bandos están bien equipados podría no quedar nada de ellos después de unos meses de guerra. Podrían destruirse mutuamente, dejando como vencedor nominal a un almirante con apenas un acorazado con el que bendecirse. Es entonces cuando comenzará la verdadera lucha; y es entonces cuando cualquier cosa que flote será presionada al servicio, y cualquiera que pueda gobernar un barco, conozca sus aguas y no le importe un comino su vida, tendrá oportunidades magníficas. Es un arma de doble filo. Lo que los botes pequeños pueden hacer en estas aguas es bastante claro; pero tomemos nuestro propio caso. Digamos que somos derrotados en alta mar por una coalición. Existe entonces el riesgo de hambruna o invasión. Es todo una tontería lo que dicen sobre la rendición instantánea. Podemos vivir con medias raciones, recuperarnos y construir; pero debemos tener tiempo. Mientras tanto, nuestra costa y puertos están en peligro, porque los millones que hundimos en fuertes y minas no nos llevarán lejos. Son fijos: pura defensa pasiva. Lo que necesitas son botes: mosquitos con aguijones, enjambres de ellos, botes patrulleros, botes exploradores, torpederos; irregulares inteligentes tripulados por hombres locales, con bastante libertad para jugar su propio juego. ¡Y qué juego tan espléndido para jugar! Hay lugares muy parecidos a este allí; nada ni la mitad de bueno, pero similar: el estuario del Mersey, el Dee, el Severn, el Wash y, mejor que todo, el Támesis, con todos los bancos de Kent, Essex y Suffolk a su alrededor. Pero en cuanto a defender nuestras costas de la manera que digo, no tenemos nada listo, ¡absolutamente nada! Ni siquiera construimos o usamos pequeños torpederos. Estos rápidos 'destructores' no sirven para este trabajo: demasiado largos e inmanejables, y la mayoría de ellos demasiado profundos. Lo que necesitas es algo fuerte y simple, de calado ligero y con solo un torpedo de pértiga, si llegara el caso. Remolcadores, lanchas, yates pequeños; cualquier cosa serviría en un apuro, pues el éxito dependería de la inteligencia, no de la fuerza bruta o un mecanismo complicado. Los eliminarían a menudo, ¿pero qué importa? No habría falta de hombres del tipo adecuado para ellos si la cosa estuviera organizada. ¿Pero dónde están los hombres?

O, supongamos que tenemos la ventaja en alta mar y tenemos que atacar o bloquear una costa como esta, que es arena de principio a fin. No puedes improvisar personas que estén en casa en tales aguas. Los tipos de la marina no lo aprenden, aunque, ¡por Júpiter!, son el servicio más magnífico del mundo en valor, nervio y todo lo demás. Intentarán cualquier cosa y a menudo hacen lo imposible. Pero sus barcos son profundos y obtienen poca práctica en este tipo de cosas».

Davies nunca llevó su argumento hasta el final aquí; pero sé que era el deseo apasionado de su corazón, de alguna manera y en algún lugar, tener la oportunidad de aprovechar su conocimiento de esta costa para fines prácticos en la guerra que él sentía que estaba destinada a llegar, para jugar ese «espléndido juego» en este, el campo más fascinante para ello.

No puedo hacer más que esbozar sus puntos de vista. Al escucharlos como lo hice, con el mismo chapoteo del oleaje y la burbuja de las mareas en mis oídos, me causaron una impresión profunda y me dieron el mismo celo por nuestro trabajo que él, por temperamento, poseía.

Pero a medida que pasaban los días y no ocurría nada que nos perturbara, sentí cada vez más fuertemente que, en cuanto a nuestra búsqueda, estábamos en el camino equivocado. No encontramos nada sospechoso, nada que sugiriera un motivo realmente adecuado para la traición de Dollmann. Me impacienté y quería seguir avanzando más rápidamente hacia el oeste. Davies todavía se aferraba a su teoría, pero el mismo sentimiento lo influenciaba.

«Tiene algo que ver con estos canales en la arena», insistía, «pero me temo, como dices, que no hemos llegado al corazón del misterio. A nadie parece importarle un bledo lo que hacemos. No hemos hecho los estuarios tan bien como me gustaría, pero será mejor que sigamos hacia las islas. Es exactamente el mismo tipo de trabajo, y creo que igual de importante. Estamos destinados a conseguir una pista pronto».

También estaba la cuestión del tiempo, para mí al menos. Tenía que estar de vuelta en Londres, a menos que obtuviera una extensión, el día 28, y nuestro ritmo actual de progreso era lento. Pero no puedo decir conscientemente que hice un punto serio de esto. Si había algún valor en nuestra empresa en absoluto, el deber oficial palidece a su lado. La maquinaria del Estado no sufriría por mi ausencia; habría que dar excusas y afrontar los resultados.

Todo el tiempo nuestra pequeña y robusta embarcación se volvía más raída y desgastada por el clima, el barniz más fino, las cubiertas más grises, las velas más oscuras y el techo del camarote más turbio donde los humos de la estufa lo manchaban. Pero la única belleza que ella poseyó alguna vez, la de una aptitud perfecta para sus funciones, permaneció. Sin nada con qué compararla, se convirtió en un hogar para mí. Mis articulaciones se adaptaron a sus límites huraños, mis gustos y hábitos a su simple economía doméstica.

Pero el aceite y el agua se estaban acabando, y había llegado el momento en que nos veríamos obligados a desembarcar y renovar nuestras existencias.

CAPÍTULO XIV. La primera noche en las islas

Una baja línea de dunas de arena, rosa y leonada bajo el sol poniente, en uno de sus extremos un pequeño pueblo blanco acurrucado alrededor de la base de un faro masivo de cuatro lados; tal era Wangeroog, la más oriental de las Islas Frisias, como la vi en la tarde del 15 de octubre. Habíamos decidido convertirla en nuestro primer lugar de desembarque; y dado que no posee puerto y está rodeada por una milla de arena en bajamar, habíamos entrado con la marea creciente hasta que el yate encalló, para evitarnos tanto trabajo como fuera posible en el transporte de ida y vuelta de los pesados barriles de agua y latas de aceite que teníamos que reponer. En tenue contorno, a tres millas al sur de nosotros, estaba la llanura plana de Frisia, rota solo por algunos árboles, un molino de viento o dos y la aguja de una iglesia. Entre medias, la extensión poco profunda del mar comenzaba ya a retirarse en lagunas, la principal de las cuales era el paso estrecho por el que nos habíamos acercado desde el este. Este continuaba su curso hacia el oeste, directamente paralelo a la isla, y en él, a una distancia de media milla de nosotros, tres galiotas yacían ancladas.

Antes de que terminara la cena el yate estaba en seco, y cuando terminamos de comer, Davies se cargó con latas y barriles. Yo iba a tomar mi parte, pero me indujo a quedarme a bordo; pues estaba muerto de cansancio después de un día inusualmente largo y agotador, que había comenzado a las 2 a.m. cuando, usando una preciosa entrega de viento del este, habíamos comenzado un paso completo de las arenas desde el Elba hasta el Jade. Era una proeza apenas posible para un barco de nuestra baja velocidad realizar en solo dos mareas; y aunque lo logramos por los pelos, fue solo a fuerza de vigilancia incansable y severa tensión física.

«Pon el ancla cuando hayas fumado un cigarrillo», dijo Davies, «y mantén un ojo en la luz de fondeo; es mi única guía de regreso».

Se dejó caer y oí el crujido de sus botas de mar a medida que desaparecía en la oscuridad. Era una noche espléndida y estrellada, con un toque de escarcha en el aire. Encendí un cigarro y me estiré en un sofá cerca del resplandor de la estufa. El cigarro pronto languideció y cayó, y dormité inquieto, pues la luz de fondeo me rondaba la cabeza. Me levanté una vez y la escudriñé a través de la claraboya entreabierta, vi que ardía con firmeza y me volví a acostar. A la lámpara de la cabina le faltaba aceite y se estaba apagando hasta quedar en una mecha al rojo vivo, pero yo estaba demasiado somnoliento para atenderla y se extinguió. Volví a encender la punta de mi cigarro e intenté mantenerme despierto pensando. Era la primera vez que Davies y yo nos separábamos por tanto tiempo; sin embargo, nos habíamos acostumbrado tanto a la libertad de interferencias que esto no me habría inquietado lo más mínimo de no ser por una repentina premonición de que, en esta primera noche de la segunda etapa de nuestras labores, algo iba a suceder. De repente, oí un ruido en el exterior, el paso chapoteante de un hombre pisando un charco. Me desperté por completo en un instante, pero ni se me pasó por la cabeza gritar «¿Eres tú, Davies?», pues supe en un destello que no era él. Eran los pasos de un hombre sigiloso. Poco después oí otro paso —el golpeteo de una bota sobre la arena—, esta vez cerca de mi oído, justo fuera del casco; luego algunos más, más débiles y más a popa. Me levanté suavemente y miré a popa a través de la claraboya. Un destello de luz, reflejado desde abajo, se balanceaba sobre el palo de mesana y el pescante; no tenía nada que ver con la luz de fondeo, que colgaba del estay de proa. Mi merodeador, comprendí, había encendido una cerilla y estaba leyendo el nombre en la popa. ¿Hasta dónde le llevaría su curiosidad? La cerilla se apagó y los pasos fueron audibles de nuevo. Entonces, una voz fuerte y gutural llamó en alemán: «¡Yate a la vista!». Guardé silencio. «¡Yate a la vista!», esta vez un poco más fuerte. Una pausa, y luego una vibración del casco mientras unas botas raspaban contra él y unas manos agarraban la borda. Mi visitante estaba en cubierta. Me agaché, me senté en el sofá y le oí moverse por la cubierta, rápida y confiadamente, primero hacia proa, donde se detuvo, y luego de vuelta hacia la entrada del camarote en el centro del barco. Dentro de la cabina estaba oscuro como la boca de un lobo, pero oí sus botas en la escala, tanteando los peldaños. En otro momento estaría en la puerta encendiendo su segunda cerilla. ¿Seguro que estaba más oscuro que antes? Había habido un pequeño resplandor de la luz de fondeo reflejado en la claraboya, pero había desaparecido. Miré hacia arriba, me di cuenta y me comporté como un necio. En unos segundos más habría visto a mi visitante cara a cara, tal vez habría tenido una entrevista; pero era nuevo en este tipo de trabajos y perdí los nervios. Todo lo que pensé fue en las últimas palabras de Davies, y lo vi extraviado en las arenas, sin luz que le guiara de regreso, con la marea subiendo y una carga pesada. Me levanté involuntariamente, tropecé con la mesa e hice que la estufa tintineara. Un paso largo y un manotazo hacia la escala, ¡pero justo demasiado tarde! Agarré algo húmedo y grasiento, hubo un forcejeo y respiraciones agitadas, y me quedé abrazado a una bota de mar grande, cuyo dueño oí saltar a la arena y correr. Salí a tropezones, salté por la borda y le seguí a ciegas guiándome por el sonido. Él había rodeado la proa del yate y yo hice lo mismo, me agaché bajo el bauprés, olvidándome del barbiquejo, y caí violentamente de cabeza, quedando sin aliento por un cable de acero y una polea cuya resistencia y volumen eran uno de los orgullos del Dulcibella. Me esforcé por seguir adelante tan pronto como recuperé el aliento, pero mi presa invisible estaba muy por delante. Me quité las botas pesadas, las llevé conmigo y corrí en calcetines, cortándome rápidamente el pie con unas conchas de berberecho. La persecución era inútil, y un tropiezo final con un trozo de madera a la deriva me envió al suelo con un dolor agónico en los dedos de los pies.

Cojueando de regreso, decidí que había tenido un comienzo muy pobre como aventurero activo. No había ganado nada, y había perdido una gran cantidad de aliento y piel, y ni siquiera sabía con certeza dónde estaba. La luz del yate estaba apagada y, aun con el faro de Wangeroog para guiarme, no me resultó fácil encontrarlo. Si la marea subía, no tenía el ancla echada. ¿Y cómo iba a encontrarlo Davies? Después de dar muchas vueltas inútiles, opté por tumbarme plano a intervalos con la esperanza de ver su silueta contra el cielo estrellado. Este plan tuvo éxito al fin, y con alivio y humildad subí a bordo, volví a encender la luz de fondeo y retiré el ancla de respeto. La bota extraña yacía al pie de la escala, pero no dijo nada cuando la examiné. Eran las once, pasada la bajamar. Davies lo tenía difícil si quería subir a bordo sin la ayuda del bote. Pero, finalmente, reapareció de la manera más prosaica, exhausto por su pesada carga, pero lleno de charla sobre su visita a tierra. Comenzó mientras estábamos aún en cubierta.

«Mira, deberíamos haber acordado mejor qué decir cuando nos hagan preguntas. Elegí una tienda de aspecto tranquilo, pero resultó ser una especie de posada, donde estaban bebiendo ginebra rosada; todo muy amistoso, como de costumbre, y me encontré bajo una lluvia de preguntas. Dije que estábamos de camino de regreso a Inglaterra. Hubo la habitual estupidez sobre lo pequeño que era el barco, etcétera. Se me ocurrió que necesitaríamos otra excusa para ir tan despacio y detenernos a explorar, así que tuve que sacar a relucir lo de los patos, aunque Dios sabe que no queremos perder el tiempo con ellos. El tema no tuvo mucho éxito. Dijeron que era demasiado pronto; celosos, supongo; pero luego dos tipos hablaron y pidieron que los lleváramos para ayudar. Dijeron que traerían su bote; sin ayuda local no haríamos nada bueno. Todo muy cierto, sin duda, pero qué molestia habrían sido. Me zafé de ellos...»

«Menos mal que lo hiciste», intervine yo. «Nunca podremos dejar el barco solo. Creo que nos vigilan», y le relaté mi experiencia.

«¡Mh! Es una lástima que no vieras quién era. ¡Maldito sea ese barbiquejo!» (su forma diplomática de reflexionar sobre mi torpeza); «¿hacia dónde corrió?». Señalé vagamente hacia el oeste. «¿No hacia la isla? Me pregunto si será alguien de uno de esos pailebotes. Hay tres fondeados en el canal de allí; puedes ver sus luces. ¿No oíste un bote alejándose?»

Le expliqué que había sido un fracaso miserable como detective.

«Creo que lo has hecho muy bien», dijo Davies. «Si hubieras gritado cuando lo oíste por primera vez, sabríamos aún menos. Y tenemos una bota, que puede ser útil. ¿El ancla está bien? Bajemos».

Fumamos y hablamos hasta que la nueva marea creciente, lamiendo suavemente el Dulcibella, lo levantó sin un sacudón.

Por supuesto, argumenté, podría no haber nada en ello. El visitante podría haber sido un ladrón común; un yate aparentemente abandonado era un cebo tentador. Davies descartó esta posibilidad desde el principio.

«No son así en Alemania», dijo. «En Holanda, si quieres, harán cualquier cosa. Y no me gusta eso de apagar el farol para ganar tiempo, si es que estábamos fuera».

A mí tampoco. A pesar de mis torpezas en los detalles, acogí el incidente como la primera prueba concreta de que el objeto de nuestra búsqueda no era una fantasía. El siguiente punto era: ¿cuál era el objetivo del visitante? Si era buscar, ¿qué habría encontrado?

«Las cartas, por supuesto, con todas nuestras correcciones y notas, y el cuaderno de bitácora. Nos habrían delatado», fue la conclusión instantánea de Davies. Al no compartir su fe en la teoría del canal, yo me mostraba escéptico sobre sus preciosas cartas.

«Después de todo, no estamos haciendo nada malo, como tú mismo has dicho a menudo», le dije.

Aun así, como fiel índice de nuestro modo de vida, eran las únicas cosas a bordo que podían comprometernos o sugerir que éramos algo más que jóvenes ingleses excéntricos navegando por deporte (doy fe de las escopetas para patos) y placer. Teníamos dos juegos de cartas, alemanas e inglesas. Decidimos usar las primeras en la práctica y esconderlas, junto con el cuaderno de bitácora, si la ocasión lo requería. Mi diario, resolví, nunca saldría de mi persona. Luego estaban los libros navales. Davies los escaneó con una mirada que conocía bien.

«Hay demasiados», dijo, en el tono de un cocinero decidiendo el destino de unos gatitos superfluos. «Tirémoslos por la borda. Son muy viejos de todas formas, y los sé de memoria».

«¡Bueno, aquí no!», protesté, pues estaba poniendo manos codiciosas sobre el estante; «los encontrarán en la bajamar. De hecho, los dejaría como están. Los tenías cuando estuviste aquí antes, y Dollmann sabe que los tenías. Si regresas sin ellos, parecerá extraño». Se salvaron.

Las cartas inglesas, siendo relativamente inútiles, aunque más adecuadas para nuestro papel de navegantes ingleses, se dejarían a la vista como pruebas brillantes de nuestra inocencia. Todo era deliciosamente informal, no pude evitar pensar. Un yate de siete toneladas no abunda en escondites (secos) y estábamos indefensos ante una búsqueda drástica. Si había secretos en esta costa que guardar y se nos sospechaba de espías, nada impedía una visita oficial y una advertencia. No tenía por qué haber merodeadores saliendo a escape cuando se alarmaban, a menos que, en efecto, se pensara que era mejor no tocar lo que está bien si éramos inofensivos, y no despertar sospechas donde no las había. Aquí nos perdimos en conjeturas. ¿De quién era agente el merodeador? Si era de Dollmann, ¿sabía ahora Dollmann que el Dulcibella estaba a salvo y de vuelta en la región de la que le había expulsado? Si era así, ¿era probable que volviera a la política de violencia? Nos encontramos ambos mirando las escopetas para patos colgadas bajo los estantes, y entonces ambos nos reímos y pusimos cara de tontos. «Una guerra de ingenio, no de escopetas para patos», opiné. «Veamos la carta».

Ilustración: Mapa B de Frisia Oriental. Mapa B

El lector ya está familiarizado con el aspecto general de esta singular región, y solo necesito recordarle que el territorio continental es ese distrito de Prusia conocido como Frisia Oriental. Es una [Véase Mapa B] península corta y de cima plana, delimitada al oeste por el estuario del Ems y más allá por Holanda, y al este por el estuario del Jade; un país de tierras bajas, que contiene grandes extensiones de pantanos y brezales, y pocas ciudades de cierto tamaño; ninguna en la parte norte. Siete islas se encuentran frente a la costa. Todas, excepto Borkum, que es redonda, son franjas atenuadas, ligeramente en forma de media luna, rara vez de más de una milla de ancho, y que se estrechan en los extremos; con una longitud media de unas seis millas, desde Norderney y Juist, que tienen siete y nueve respectivamente, hasta la pequeña Baltrum, que solo tiene dos y media.

De los espacios de bajíos que se encuentran entre ellas y el continente, dos tercios se secan con la marea baja, y el tercio restante se convierte en un sistema de lagunas cuya distribución está controlada por la deriva natural del Mar del Norte a medida que se abre paso a través de los intervalos entre las islas. Cada uno de estos intervalos se asemeja a la barra de un río y está obstruido por bancos peligrosos, sobre los cuales el mar se vierte con cada marea, excavando una poza profunda. Esta se abanica y se ramifica hacia el este y el oeste a medida que la corriente represada se libera, rodea las islas y se extiende sobre las llanuras intermedias. Pero cuanto más penetra, menos fuerza de curso tiene, y como resultado, ninguna isla está rodeada completamente por un canal de bajamar. Aproximadamente a mitad de camino, detrás de cada una de ellas, hay una «divisoria de aguas», solo cubierta durante cinco o seis horas de cada doce. Un barco, incluso del calado más ligero, que navegue detrás de las islas debe elegir el momento adecuado para cruzarlas. En cuanto a la navegabilidad, el *North Sea Pilot* resume el asunto en estos términos secos: «Los canales que separan estas islas entre sí y de la costa proporcionan a las pequeñas embarcaciones del país los medios de comunicación entre el Ems y el Jade, para cuyo tipo de buques únicamente están disponibles». Las islas son descartadas con una o dos notas breves sobre balizas y luces.

Cuanto más miraba la carta, más desconcertado me sentía. Las islas eran evidentemente meros bancos de arena, con un grupo de casas y una iglesia en cada una, siendo el único atisbo de animación en su conjunto desolado la palabra ocasional «Bade-strand», que sugería que eran visitadas en los meses de verano por un puñado de habitantes de la ciudad para bañarse en el mar. Norderney, por supuesto, era conspicua a este respecto; pero incluso su ciudad, que conozco de oídas como un balneario alegre y de moda, estaría muerta y vacía durante algunos meses del año, y no podría tener importancia comercial. Nadie podría hacer nada en la costa continental: una línea monótona de dique marcada a intervalos por un pueblo infinitesimal. Echando un vistazo ocioso a los nombres de estos pueblos, noté que la mayoría terminaban en -siel, una terminación repulsiva que parecía apropiada para toda la región. Estaban Carolinensiel, Bensersiel, etc. *Siel* significa ya sea una alcantarilla o una esclusa, esta última probablemente en este caso, pues noté que cada pueblo se encontraba en la desembocadura de un pequeño arroyo que evidentemente evacuaba el drenaje de las tierras bajas detrás. Sería necesaria una esclusa, o compuerta, en la boca, pues con la marea alta la tierra está por debajo del nivel del mar. Mirando luego a las arenas exteriores, noté que a través de ellas y hacia cada salida había marcada una línea de boyas, lo que mostraba que había algún tipo de acceso por marea al pueblo, evidentemente formado por el arrastre del pequeño arroyo.

«¿Vamos a explorar esos?», pregunté a Davies.

«No veo la utilidad», respondió; «solo conducen a esos lugares insignificantes. Supongo que los pailebotes locales los usan».

«¿Qué hay de tus torpederos y patrulleras?»

«Podrían, con ciertas mareas. Pero no veo qué valor tendrían, a menos que fuera como refugio para un barco alemán en el último recurso. No conducen a ningún puerto. ¡Espera! Hay una pequeña muesca en el dique en Neuharlingersiel y Dornumersiel, que puede significar algún tipo de disposición de muelle, pero ¿qué utilidad tiene eso?»

«Supongo que podríamos visitar uno o dos, ¿no?»

«Supongo; pero no queremos estar jugueteando por los pueblos. Hay montones de trabajo realmente importante que hacer, más lejos».

«Bueno, ¿qué opinas de esta costa?»

Davies no tenía nada más que la misma vieja teoría, pero la defendió con una fuerza y agudeza que me impresionaron más profundamente que nunca.

«¡Mira esas islas!», dijo. «Son claramente la antigua línea de costa, machacada en brechas por el mar. El espacio detrás de ellas es como un inmenso puerto de marea, de treinta millas por cinco, y lo protegen de forma impenetrable. Está absolutamente hecho para barcos de guerra de poco calado bajo pilotaje experto. Pueden entrar y salir rápidamente de las brechas y esquivar de un extremo a otro. A un lado está el Ems, al otro los grandes estuarios. Es una base perfecta para embarcaciones torpederas».

Estuve de acuerdo (y sigo estándolo), pero aun así me encogí de hombros.

«Seguimos explorando, entonces, de la misma manera».

«Sí; manteniendo una vigilancia estrecha, sin embargo. Recuerda, siempre estaremos a la vista de tierra ahora».

«¿Qué dice el barómetro?»

«Más alto que en mucho tiempo. Espero que no traiga niebla. Sé que este distrito es famoso por las nieblas, y el buen tiempo en esta época del año es malo para ellas en cualquier parte. Preferiría que soplara, si no fuera por explorar esas brechas, donde un viento de tierra sería desagradable. Seis y media mañana; no más tarde. Creo que dormiré en el salón en el futuro, después de lo que pasó esta noche».

CAPÍTULO XV. Bensersiel

[Para este capítulo véase el Mapa B.]

Los incidentes decisivos de nuestra travesía se acercaban rápidamente. Mirando hacia atrás a los pasos que llevaron a ellos, y ansioso de que el lector estuviera totalmente con nosotros en nuestro punto de vista, creo que no puedo hacer nada mejor que dar extractos de mi diario de los próximos tres días:

«16 de octubre (en pie a las 6.30, yate en seco). De los tres pailebotes fondeados ayer en el canal, solo queda uno... Hice mi turno con los rompedores esta mañana y caminé hasta Wangeroog, cuyo pueblo encontré medio perdido en los bancos de arena, que están plantados con matas de carrizo en filas matemáticas, para dar estabilidad y evitar una catástrofe como la de Pompeya. Un tendero amable me contó todo lo que hay que saber, que es poco. Las islas son lo que pensábamos: áridas en su mayor parte, con una pequeña población pesquera y una escasa afluencia de visitantes de verano para bañarse. La temporada ha terminado ahora y el negocio está flojo para él. Todavía hay, sin embargo, un pequeño comercio con el continente en pailebotes y lanchones, pocos de los cuales vienen de los "siels" del continente. "¿Tienen estos puertos?", pregunté. "¡Agujeros de barro!", respondió con una risa desdeñosa. (Él es un colono en estos parajes, no un nativo). Dijo que había oído hablar de planes para mejorarlos, a fin de desarrollar las islas como balnearios, pero pensaba que era solo una especulación descabellada.

«Una caminata pesada de regreso al yate, casi aplastado por los impedimentos. Mientras Davies hacía otro viaje más, aceché algunas aves con una escopeta y obtuve lo que parecía un espécimen de la variedad más pequeña de agachadiza, y pequeña además; pero hice un gran ruido, que espero convenciera a alguien de la pureza de nuestros motivos.

«Levamos anclas a la una y, al pasar junto al pailebote fondeado, le echamos un buen vistazo. Kormoran estaba en su popa; por lo demás era igual que otros cien. No había nadie en cubierta.

«Pasamos toda la tarde hasta el anochecer explorando el Harle, o brecha entre Wangeroog y Spiekeroog; el mar rompiendo pesadamente en los bancos exteriores... Por muy bueno que fuera el día, la escena desde alta mar era desoladora en grado sumo. Los puntos desnudos de las dos islas son horribles en su esterilidad: trozos melancólicos de restos de naufragios son su único alivio, salvo por una o dos balizas grotescas y, lo más extraño de todo, una gran torre de iglesia, que se encuentra realmente en el agua, en el lado norte de Wangeroog, un testigo sorprendente de la invasión del mar. En el continente, que apenas era visible, había un punto de referencia muy destacado, una aguja, que por la carta tomamos como la de Esens, un pueblo a cuatro millas tierra adentro.

«Los días se están haciendo cortos. La puesta de sol es poco después de las cinco, y una hora más tarde está demasiado oscuro para ver boyas y balizas con claridad. Las mareas también son incómodas justo ahora[1]. La marea alta por la mañana y por la tarde es entre las cinco y las seis, justo al crepúsculo. Para la noche, tanteamos con la sonda hacia el Muschel Balge, el canal tributario que rodea el interior de Spiekeroog, y yacimos en dos brazas, libres del oleaje exterior, pero balanceándonos un poco cuando la marea baja se volvió fuerte contra el viento.

[1] Excluyo todas las tecnicismos que puedo, pero el lector debe tener en cuenta que la tabla de mareas es muy importante a partir de ahora.

«Un pailebote nos pasó, yendo hacia el oeste, justo cuando estábamos estibando las velas; demasiado oscuro para ver su nombre. Más tarde, vimos su luz de fondeo más arriba en nuestro canal.

«El gran evento del día ha sido el avistamiento de un pequeño cañonero alemán, navegando lentamente hacia el oeste a lo largo de la costa. Eso fue alrededor de las cuatro y media, cuando estábamos sondeando a lo largo del Harle».

Davies la identificó de inmediato como el Blitz, el cañonero del comandante von Brüning. Nos preguntamos si él habría reconocido al Dulcibella, pero, en cualquier caso, pareció no reparar en nosotros y siguió navegando lentamente. Esperábamos encontrárnoslo cuando llegáramos a las islas, pero el hecho de verlo realmente nos ha excitado bastante. Es una embarcación pequeña, fea y caprichosa, pintada de gris y con una sola chimenea. Davies siente desprecio por su baja obra muerta a proa; dice que preferiría ir a la mar en el Dulce. Tiene sus dimensiones y armamento (aprendidos de Brassey) al dedillo: ciento cuarenta pies por veinticinco, un cañón de 4.9, uno de 3.4 y cuatro ametralladoras Maxim, de un tipo antiguo. Me voy a la cama; es una noche terriblemente fría.

17 de octubre.—El barómetro ha bajado mucho esta mañana, para nuestro gran disgusto. El viento ha vuelto al suroeste y hace mucho más calor. Empezamos a las 5:30 y bordejeamos con la marea sobre la «divisorias de aguas» detrás de Spiekeroog. Lo mismo hizo el pailebote que habíamos visto anoche, pero de nuevo no logramos identificarlo, ya que levó anclas antes de que llegáramos a su fondeadero. Davies, sin embargo, juró que era el Kormoran. Perdimos su rastro por completo durante la mayor parte del día, que pasamos explorando el Otzumer Ee (el paso entre Langeoog y Spiekeroog), disparando de vez en cuando algunos tiros rutinarios a focas y aves marinas . . . (detalles náuticos omitidos). . . . Por la tarde, nos apresurábamos a volver a un fondeadero interior cuando cometimos un grave error; hicimos, de hecho, lo que nunca habíamos hecho antes: encallamos justo en el momento de la pleamar, y ahora estamos varados con firmeza en el borde del Rute Flat, al sur de la punta este de Langeoog. La luz era mala y una boya mal colocada nos engañó; el intento de desvarar con el anclote fracasó y, a las 8 p.m., nos quedamos sobre un perfecto Ararat de arena, a solo una o dos yardas de esa boya maldita, que está posada en la misma cresta como señuelo para los incautos. Además, va a soplar fuerte, aunque eso no es gran cosa, ya que estamos resguardados por bancos en los lados suroeste y noroeste, que son los cuadrantes probables. Esperamos flotar a las 6:15 de mañana por la mañana, pero para asegurarnos de poder sacarla, hemos estado trasladando parte del lastre al bote, para aligerar el yate; una tarea horrible manejar los lingotes de plomo, pesados, grasientos y negros. El salón es un infierno, la cubierta parece la de un carbonero y nosotros parecemos deshollinadores.

Las anclas han sido caladas y no hay nada más que hacer.

18 de octubre.—Soplaba medio vendaval del suroeste cuando salimos, pero nos ayudó a reflotar con seguridad a las seis. El bote estuvo a punto de hundirse con el peso del plomo y volver a subir el lastre al yate fue la tarea más dura de todas. Pusimos el bote al costado y Davies saltó dentro (casi hundiéndolo para siempre), se equilibró, se separó del casco y, siempre que tuvo ocasión, enganchó los lingotes uno a uno a un seno de cabo, asegurado a las drizas de pico, sobre las cuales yo izaba desde cubierta. Fue cuestión de vida o muerte durante unos minutos, y luego fue más fácil.

Eran las nueve cuando terminamos de colocar los lingotes en la bodega, una operación sucia pero delicada, ya que encajan como un rompecabezas y, si uno queda fuera de lugar, las tablas del suelo no cierran. Al subir a cubierta después, vimos con sorpresa al Blitz, fondeado en el Schill Balje, dentro de Spiekeroog, a una milla y media de distancia. Debió de entrar en el Otzumer Ee en pleamar para resguardarse del vendaval; una maniobra pulcra para un buque de su tamaño, ya que Davies dice que cala nueve pies y diez pulgadas, y no puede haber más de doce en la barra durante las mareas muertas de pleamar. Varias lanchas también habían entrado, y había dos pailebotes más arriba en nuestro canal, pero no pudimos distinguir si el Kormoran era uno de ellos.

Cuando los bancos quedaron al descubierto, permanecimos más tranquilos, así que desembarcamos y dimos un largo y tempestuoso paseo por el Rute, con brújula y cuadernos. Al regresar a las dos, vimos que el barómetro bajaba casi visiblemente.

Sugerí salir hacia Bensersiel, uno de los pueblos de tierra firme al suroeste de nosotros, con la marea entrante de la tarde, ya que parecía la oportunidad perfecta, si es que debíamos visitar uno de esos «siels». Davies se mostró muy tibio, pero los acontecimientos lo superaron. A las 3:30, una nube negra y desgarrada, que parecía arrastrarse hasta el mismo mar, trajo una ráfaga terrible. Esta pasó, y hubo una pausa mortal de diez minutos mientras todo el cielo se arremolinaba como con nubes de humo. Luego, una ráfaga helada nos golpeó desde el noroeste, rolando rápidamente hasta alcanzar el noreste; allí se asentó y arreció a cada momento.

—Del suroeste al noreste, solo los peores tipos hacen eso —dijo Davies.

El cambio al este alteró toda la situación (como a menudo han hecho los cambios antes), haciendo del Rute Flat una costa a sotavento, mientras que a barlovento quedaban las lagunas profundas del Otzumer Ee, limitadas ciertamente por Spiekeroog, pero ofreciendo aún una gran deriva para el viento y el mar. Tuvimos que salir rápidamente, izar la mesana. Estaba fuera de toda duda bordear contra el viento, pues en pocos minutos soplaba un huracán. Debíamos ir a sotavento, y Davies era partidario de navegar más adentro, bien detrás de la arena de Jans, y no arriesgar Bensersiel. Un error mío, cuando fui al cabrestante para levar el ancla, zanjó la cuestión. Teníamos fuera treinta de nuestros cuarenta brazas de cadena. Confundido por el movimiento y un chaparrón cegador que había comenzado, y olvidando la tremenda tensión del cable, solté el seno de las cornamusas y lo dejé libre. Solo quedaba una vuelta de cadena alrededor del tambor, suficiente en tiempo normal para evitar que se soltara. Pero ahora, mi primer tirón en la palanca del cabrestante hizo que patinara, y en un instante silbaba saliendo por la escoben y cayendo por la borda. Intenté detenerla con el pie, tropecé con un fuerte bandazo del yate, escuché algo romperse abajo y vi desaparecer el último eslabón. El yate cayó hacia sotavento y derivó por la popa. Grité y tuve la sensatez de izar inmediatamente el foque rizado. Davies lo tuvo bajo control en un momento y gobernaba hacia el suroeste. Al ir a popa, lo encontré tranquilo y característico.

—No importa —dijo—; el ancla está boyada. (Desde que dejamos el Elba, habíamos tenido un cabo de boya en nuestra ancla ante la emergencia de tener que soltar el cable y huir. Por la misma razón, el extremo de la cadena no estaba asegurado permanentemente abajo.) Volveremos mañana y la recogeremos. Ahora no podemos. De todos modos, habría tenido que soltarla; el viento y el mar eran demasiado fuertes. Intentaremos llegar a Bensersiel. No podemos fiarnos de un cabo y un anclote aquí fuera.

Fue una travesía emocionante, campo a través, por así decirlo, sobre una divisoria de aguas sin boyas; pero teníamos referencias de nuestro paseo matutino. Aguas someras durante todo el camino y un mar hueco rompiendo por todas partes. Pronto distinguimos las boyas de Bensersiel, pero incluso solo con mesana y foque íbamos demasiado rápido, y tuvimos que ponernos a la capa fuera de ellas, pues el canal parecía demasiado somero todavía. Bajamos la mitad de la orza y la mantuvimos apenas aguantando contra el viento, durante un período de lo más agotador. Al final tuvimos que entrar antes de lo que pretendíamos, ya que nos desviábamos a sotavento a pesar de todo, y la luz estaba fallando. Arribamos a las 5:15 y corrimos por el canal con las boyas a nuestra izquierda, apenas visibles entre el oleaje y el agua creciente. Davies se puso a proa, haciendo señales —a babor, a estribor o firme— con los brazos, mientras yo luchaba con el timón, lanzado de un lado a otro y azotado por las crestas de las olas. De repente encontramos una especie de dique a nuestra derecha, que empezaba a cubrirse con el mar. La orilla apareció a través de la bruma, y hombres en un muelle gritando. Davies blandió su brazo izquierdo furiosamente; puse babor a fondo y entramos en aguas más tranquilas. Unos segundos más y silbábamos a través de una brecha entre dos espigones de madera. Dentro, se veía un pequeño puerto cuadrado, pero no había espacio para virar adecuadamente y no había tiempo para arriar las velas. Davies simplemente lanzó el anclote, y este se enganchó justo a tiempo para frenar nuestro impulso y salvar nuestro bauprés del muelle. Un hombre nos lanzó un cabo y atracamos al costado, algo desconcertados.

No más que los nativos, que parecían pensar que habíamos caído del cielo. Fueron muy amables, con un trasfondo de decepción, supongo que porque esperaban trabajos de salvamento fuera. Todos mostraron una servicialidad embarazosa al estibar las velas, etc. Fuimos rescatados por un tipo meticuloso con uniforme y gafas, que los apartó de un barrido y se anunció como el oficial de aduanas (¡imaginen tal cosa en este absurdo agujero de barro!), bajó al camarote, que estaba hecho un desastre y empapado, y produciendo tinta, pluma y un enorme formulario impreso, quiso saber nuestra carga, nuestra tripulación, nuestro último puerto, nuestro destino, nuestra comida, provisiones y todo. Sin carga (placer); capitán, Davies; tripulación, yo; último puerto, Brunsbüttel; destino, Inglaterra. ¿Qué bebidas espirituosas teníamos? Whisky, producido. ¿Qué sal? Un bote de Cerebos, producido, y un depósito húmedo en un platillo. ¿Qué café?, etc. Registraron los armarios, tocaron las armas, hurgaron en los jergones. Mientras tanto, las cartas alemanas y el diario de a bordo, las pruebas condenatorias de nuestro propósito, estaban a la vista, clamando por una atención que no recibieron. (Habíamos olvidado nuestras precauciones en la prisa de nuestra salida del Rute.) Cuando el enorme formulario estuvo tan lleno como pudo, de repente se volvió humano, comunicativo y sediento; y, cuando le invitamos, condescendiente. Pareció ocurrírsele que, bajo nuestras ropas ásperas y nuestra costra de salitre y mugre, éramos dos aristócratas locos y ricos, dignos protegidos de un alto funcionario. Insistió en que lleváramos nuestros cojines a secar a su casa, y para deshacernos de él accedimos, pues estábamos mojados, hambrientos y deseosos de cambiarnos y lavarnos. Finalmente habló hasta marcharse y escondimos el diario y las cartas; pero volvió, esta vez con el uniforme de administrador de correos, antes de que termináramos de cenar, y nos llevó a nosotros y a nuestros cojines a través de la oscuridad y el barro hasta su cabaña cerca del muelle. Para llegar, cruzamos un pequeño puente que salvaba lo que parecía ser un pequeño río con esclusas, tal como habíamos pensado.

Mostró sus trofeos a su esposa, quien estaba bastante nerviosa por los distinguidos extranjeros, y recibió los cojines con asombro; y a continuación fuimos llevados al Gasthaus y exhibidos ante el círculo del pueblo, donde hablamos de patos y del tiempo. (Nadie nos toma en serio; nunca me sentí menos como un conspirador.) Nuestro amigo, que es un charlatán descerebrado, se da una importancia enorme sobre su ridículo puertito, cuyo cliente principal parece ser el barco de correos de Langeoog, un pailebote que va y viene según la marea. Unas pocas barcazas también bajan por el arroyo con ladrillos y productos del interior, y son remolcadas a las islas. ¡El puerto tiene de cinco a siete pies de agua durante dos horas de cada doce! Herr Schenkel nos acompañó hablando hasta el yate, al que encontramos descansando sobre el barro, y aquí estamos. Davies finge que hay olores de puerto y dice que no podrá dormir; ya está preocupado por cómo salir de aquí. En tierra, decían que es imposible, a vela, con vientos fuertes del noreste, ya que el canal es demasiado estrecho para bordear. Por mi parte, encuentro un gran alivio estar en cualquier tipo de puerto después de quince días en mar abierto. No hay mareas ni anclas en las que pensar, y no hay golpes ni balanceos. ¡Leche fresca mañana!

CAPÍTULO XVI El comandante von Brüning

Para retomar mi historia en forma narrativa.

Me despertó a las diez de la mañana del día 19, después de un largo y delicioso sueño, la voz de Davies afuera, hablando su inconfundible alemán. Al mirar hacia afuera, en pijama, lo vi en el muelle de arriba conversando con un hombre con un impermeable largo y una gorra de la marina con galones de oro. Tenía una barba castaña bien recortada, una cara inteligente y guapa, y unos modales animados. Llovía en un aire crudo.

Nos vieron, y Davies dijo: —¡Hola, Carruthers! Aquí está el comandante von Brüning del Blitz; este es «meiner Freund» Carruthers. (Davies era lamentablemente débil en las terminaciones.)

El comandante me sonrió ampliamente, y yo incliné una cabeza despeinada, mientras, por un momento, la búsqueda era un sueño, y yo mismo me sentía increíblemente sórdido y estúpido. Me agaché, los oí despedirse, y Davies subió a bordo.

—Nos reuniremos con él en la posada para hablar a las doce —dijo.

Su noticia era que la lancha de vapor del Blitz había entrado con la marea de la mañana, y se había encontrado con von Brüning cuando compraba en la posada. En segundo lugar, el Kormoran también había entrado y estaba amarrado cerca. Por lo tanto, estaba tan claro como el agua que este último nos había vigilado, que estaba en contacto con el Blitz y que ambos habían aprovechado la oportunidad de estar encerrados en Bensersiel para observarnos más de cerca. ¿Qué había pasado hasta ahora? Nada importante. Von Brüning había saludado a Davies con cordial sorpresa y dijo que ayer se preguntaba si era el Dulcibella el que había visto fondeado detrás de Langeoog. Davies explicó que habíamos dejado el Báltico y que íbamos de camino a casa, refugiándonos en las islas.

—¿Suponiendo que venga a bordo y pida ver nuestro diario? —dije.

—Sácalo —dijo Davies—. Es una estupidez esto de esconderlo, después de todo, digo. Me da un poco de miedo esta entrevista; ¿qué vamos a decir? No es lo mío.

Decidimos abruptamente un cambio importante de plan, reemplazando el diario y las cartas en el estante como primer paso lógico. No contenían nada más que rumbos, cursos y los datos básicos de la navegación. Para Davies eran secretos ganados con esfuerzo de vital importancia, por los que había que mentir, por muy duro y desagradable que fuera mentir. Yo estaba más tranquilo respecto a su valor, pero en cualquier caso lo mismo estaba ahora en nuestras mentes. Habría grandes dificultades en la próxima entrevista si intentábamos ser demasiado inteligentes y ocultar el hecho de que habíamos estado explorando. No sabíamos cuánto sabía von Brüning. ¿Cuándo empezó nuestra vigilancia por parte del Kormoran? Aparentemente en Wangeroog, pero posiblemente en los estuarios, donde no habíamos disparado ni un tiro a los patos. Quizás sabía incluso más: la traición de Dollmann, la huida de Davies y nuestros movimientos posteriores; no podíamos saberlo. Por otra parte, se sabía que la exploración era una manía de Davies, y en septiembre no lo había ocultado.

Era más seguro ser coherente ahora. Después del desayuno, decidimos averiguar algo sobre el Kormoran, que estaba sobre el barro al otro lado del puerto, y en consecuencia nos dirigimos a dos poderosos marineros, cuyas camisetas llevaban la leyenda «Post» y que sobresalían entre una fila de estoicos frisones en el muelle, todos mirando gravemente hacia nosotros como a una curiosa pieza de baratija marina. Los gemelos (pues tales resultaron ser) fueron gigantes muy benévolos y nos invitaron a bordo del pailebote de correos para charlar. Fue fácil llevar la conversación naturalmente al punto que deseábamos, y pronto obtuvimos información muy interesante, entregada en el frisón más cerrado, pero lo suficientemente inteligible. Llamaron al Kormoran un barco de Memmert, o barco de «trabajos de naufragio». Parecía que frente al extremo occidental de Juist, la isla que se encuentra al oeste de Norderney, yacían los restos de un buque de guerra francés, naufragado hace siglos. Llevaba oro que nunca se ha recuperado, a pesar de muchos esfuerzos. Una empresa de salvamento lo estaba intentando ahora y tenía trabajos en Memmert, un banco de arena adyacente. —Ese es Herr Grimm, el capataz mismo —dijeron, señalando el puente sobre las esclusas. (Lo llamo «Grimm» porque lo describe exactamente.) Un hombre con chaqueta de piloto y gorra estaba apoyado en el parapeto.

—¿Qué hace aquí? —pregunté.

Respondieron que solía subir y bajar la costa, ya que el trabajo en el naufragio era imposible con mal tiempo. Suponían que traía carga en su pailebote desde Wilhelmshaven, ya que toda la planta y los almacenes de la empresa venían de ese puerto. Era un hombre local de Aurich; un ex patrón de remolcador.

Discutimos esta información mientras caminábamos por las arenas para ver el canal con la marea baja.

—¿Oíste algo sobre esto en septiembre? —pregunté.

—Ni una palabra. No fui a Juist. Probablemente lo habría hecho si no hubiera conocido a Dollmann.

¿Qué demonios significaba? ¿Cómo afectaba a nuestros planes?

—Mírale las botas si nos cruzamos con él —fue todo lo que Davies sugirió.

El canal era ahora una zanja, con un hilo de agua, que corría aproximadamente hacia el norte por el este, y bordeado por un dique de mimbre durante el primer cuarto de milla. Todavía soplaba fresco del noreste, y vimos que la salida era imposible con tal viento.

Así que volvimos al pueblo, un lugar pequeño, miserable y desolado. Pasamos junto al amigo Grimm en el puente; un hombre oscuro, afeitado, saturnino, que llevaba zapatos. Acercándonos a la posada:

—No hemos decidido lo suficiente, ¿verdad? —dijo Davies—. ¿Qué hay de nuestros planes futuros?

—Dios sabe que no —dije—. Pero no veo cómo podemos. Debemos ver cómo van las cosas. Son más de las doce, y no estaría bien llegar tarde.

—Bueno, te lo dejo a ti.

—Muy bien, haré lo que pueda. Todo lo que tienes que hacer es ser tú mismo y decir una mentira, si es necesario, sobre la jugarreta que te hizo Dollmann.

La siguiente escena: von Brüning, Davies y yo, sentados con café y Kümmel en una mesa en un lúgubre salón de posada con vistas al puerto y al mar, Davies con una caja llena de cerillas sobre la mesa frente a él. El comandante nos dio una cálida bienvenida, y debo decir que me cayó bien de inmediato, como a Davies; pero también le temía, pues tenía ojos honestos, pero abominablemente inteligentes.

Le había insistido a Davies en hablar y preguntar tan libre y naturalmente como si nada inusual hubiera sucedido desde que vio por última vez a von Brüning en la cubierta del Medusa. Debía preguntar por Dollmann —el amigo común— desde el principio, y, si le preguntaban sobre aquel viaje en su compañía al Elba, debía mentir como un bellaco sobre el peligro en el que había estado. Esta era la única necesidad clara y esencial, donde mucho era difícil. Davies cumplió con su deber con precipitación, y se sonrojó cuando hizo su pregunta, de una manera que me horrorizó, hasta que recordé que su vergüenza era debida, y sería atribuida, a otra causa.

—El señor Dollmann sigue fuera, creo —dijo von Brüning. (Así que Davies había tenido razón en Brunsbüttel.) —¿Pensabais volver a buscarlo? —añadió.

—Sí —dijo Davies, bruscamente.

—Bueno, estoy seguro de que no está. Pero su yate ha vuelto, creo, y la señorita Dollmann, supongo.

—¡H’m! —dijo Davies—; ese es un barco muy bueno.

Nuestro anfitrión sonrió, mirando pensativo a Davies, que estaba miserable. Vi una oportunidad y la aproveché sin piedad.

—Al menos podemos visitar a la señorita Dollmann, Davies —dije, con una sonrisa significativa a von Brüning.

—¡H’m! —dijo Davies—; ¿crees que volverá pronto?

El comandante había comenzado a encender un cigarro y se tomó su tiempo para responder. —Probablemente —dijo, después de algunas bocanadas—, nunca está fuera mucho tiempo. Pero vosotros los habéis visto más tarde que yo. ¿No navegasteis al Elba juntos el día después de que os viera por última vez?

—Oh, parte del camino —dijo Davies, con gran negligencia—. No lo he vuelto a ver. Llegó primero; navegó mejor que yo.

—¿Te dio esquinazo, de hecho?

—Por supuesto que me ganó; yo estaba con rizos. Además...

—Oh, recuerdo; hubo un soplo fuerte, un soplo endemoniadamente fuerte. Pensé en vosotros ese día. ¿Cómo os las arreglasteis?

—Oh, fue un viento favorable; no estaba lejos, ya sabes.

—¡Grosse Gott! En eso. —Señaló hacia la ventana desde donde el fino mástil del Dulcibella se podía ver apuntando recatadamente hacia el cielo.

—Es un barco espléndido para la mar —dijo Davies, indignado.

—¡Mil perdones! —dijo von Brüning, riendo.

—No sacudas mi fe en él —intervine—. Tengo que llegar a Inglaterra en él.

—El cielo nos libre; solo pensaba que debió de haber algo de mar gruesa alrededor del Scharhorn aquel día; un asunto sencillo, sin duda, ¿Herr Davies?

—¿Scharhorn? —dijo Davies, que no captó el modismo en la última frase—. Oh, no fuimos por ahí. Cortamos a través de las arenas, por el Telte.

—¡El Telte! ¡Con un vendaval del noroeste! —El Comandante se sobresaltó, dejó de sonreír y solo se quedó mirando. (Era una sorpresa genuina; podría jurarlo. No había oído nada de esto antes).

—Herr Dollmann conocía el camino —dijo Davies, obstinado—. Amablemente se ofreció a guiarme y de otro modo no habría ido. Hubo una pequeña pausa incómoda.

—Parece que le guio bien, ¿no? —dijo von Brüning.

—Sí; aunque hay un oleaje desagradable allí, ¿verdad? Pero ahorra diez kilómetros, y el Scharhorn. No es que yo ahorrara distancia. Fui tan tonto como para encallar.

—¡Ah! —dijo el otro, con interés.

—No importó, porque entonces ya estaba bien adentro. Esas arenas son difíciles con la marea alta. Ya sabe que hemos vuelto por ahí.

(«Y encallamos todos los días», remarqué, con resignación).

—¿Es ahí donde la Medusa le dio esquinazo? —preguntó von Brüning, que seguía estudiando a Davies con una mirada extraña, la cual me esforcé ansiosamente por analizar.

—No se habría dado cuenta —dijo Davies—. Estaba muy cerrado y había rachas, y ella se había adelantado un buen trecho. De todas formas, no había necesidad de que se detuviera. Salí bien; la marea seguía subiendo. Pero, por supuesto, anclé allí para pasar la noche.

—¿Dónde?

—Allí dentro, bajo el Hohenhörn —dijo Davies, simplemente.

—¿Bajo el qué?

—El Hohenhörn.

—Siga; ¿no le esperaron en Cuxhaven?

—No lo sé; no fui por allí. —El Comandante parecía cada vez más desconcertado.

—No por el canal marítimo, quiero decir. Cambié de opinión al respecto, porque al día siguiente el viento era del este. Habría sido un bordo mortal a través de las arenas hasta Cuxhaven, mientras que era un viento favorable directo hacia el río Eider. Así que navegué hasta allí y llegué al Báltico de esa manera. Fue todo lo mismo.

Hubo otra pausa.

«Bien hecho, Davies», pensé. Había contado su historia bien, sin usar sutilezas. Sabía que era exactamente como se lo habría contado a cualquiera, si no hubiera tenido pruebas irrefutables de que algo andaba mal.

El Comandante se rió, repentina y cordialmente.

—¿Otro licor? —dijo. Luego, a mí—: Por mi palabra, su amigo me divierte. Es imposible hacer que se invente una historia. Supongo que lo pasó mal.

—Eso para él no es nada —dije—; lo prefiere. El otro día me ancló detrás del Hohenhörn con un vendaval; dijo que era más seguro que un puerto y más higiénico.

—Me extraña que le trajera aquí anoche. Tenía viento favorable para Inglaterra; y no está muy lejos.

—No había ningún práctico a quien seguir, ya sabe.

—Con una hija encantadora, no.

Davies frunció el ceño y me lanzó una mirada fulminante. Fui misericordioso y cambié de tema.

—Además —dije—, hemos dejado nuestro ancla y nuestra cadena allí fuera. —Y confesé mi pecado.

—Bueno, como está marcada con boya, le aconsejaría que la recogiera tan pronto como pueda —dijo von Brüning, despreocupado—; o alguien más lo hará.

—¡Sí, por Júpiter! Carruthers —dijo Davies, con entusiasmo—, debemos salir con esta próxima marea.

—Oh, no hay prisa —dije, en parte por estrategia, en parte porque la comodidad de la orilla se había apoderado de mí. Sentarse erguido en una silla es todo un lujo, por muy buena que sea la causa por la que uno ha estado agachado como un mono sobre una mesa al nivel de las rodillas, con un hornillo de petróleo apestoso al oído.

—Son bastante honestos por aquí, ¿verdad? —añadí. Mientras las palabras estaban en mis labios, recordé al visitante de medianoche en Wangeroog y supuse que von Brüning me estaba llevando hacia una prueba. Grimm (si es que él era el visitante) le habría contado sobre su estrecha escapada de ser descubierto, y nuestra reserva demostraría que sospechábamos algo. Podría haberme dado patadas a mí mismo, pero no era demasiado tarde. Agarré el toro por los cuernos y, antes de que el Comandante pudiera responder, añadí:

—¡Por Júpiter! Davies, me olvidé de ese tipo en Wangeroog. El ancla podría ser robada, como él dice.

Davies puso cara de no entender nada, pero von Brüning se había vuelto hacia mí.

—Nunca soñamos que hubiera ladrones entre estas islas —dije—, pero la otra noche casi pillo a un tipo con las manos en la masa. Pensó que el yate estaba vacío.

Describí el asunto con detalle y con todo el humor que pude. Nuestro anfitrión se divirtió y se disculpó en nombre de los isleños.

—Son gente excelente —dijo—, pero nacen con instintos depredadores. Sus padres se ganaban la vida con los naufragios en esta costa, y los hijos heredan una debilidad por el pillaje. Cuando se construyó el faro de Wangeroog, solicitaron una indemnización al Gobierno, con total buena fe. La costa está bien iluminada ahora y los beneficios inesperados son raros, pero ver un yate encallado, con los dueños en tierra, inflamaría la vieja pasión; y, créame, alguien ha visto esa boya del ancla.

La palabra «naufragios» me había hecho estremecer. ¿Era otra prueba? Imposible saberlo; pero la audacia era más segura que la reserva y podría evitar problemas en el futuro.

—¿No hay el pecio de un barco cargado de tesoros en algún lugar más al oeste? —pregunté—. Oímos hablar de ello en Wangeroog (mi primera inexactitud). Dijeron que una compañía lo estaba explotando.

—Muy correcto —dijo el Comandante, sin signo de embarazo—. No me extraña que oyera hablar de ello. Es una de las pocas cosas de las que la gente tiene para hablar por estas partes. Se encuentra en Juister Riff, un bajo frente a Juist. [Véase el Mapa B]. Era una fragata francesa, la Corinne, que iba de Hamburgo al Havre en 1811, cuando Napoleón controlaba Hamburgo tan fuertemente como París. Llevaba un millón y medio en lingotes de oro y estaba asegurada en Hamburgo; se hundió a cuatro brazas, se hizo pedazos, y allí yace el tesoro.

—¿Nunca se ha reflotado?

—No. Los aseguradores fracasaron y quebraron, y el pecio pasó a manos de sus Lloyd’s ingleses. Siguió siendo de su propiedad hasta el 75, pero nunca llegaron a los lingotes. De hecho, durante cincuenta años nadie lo tocó, y su posición misma se volvió dudosa, porque la arena se tragó cada astilla. Los derechos pasaron por diversas manos y en el 86 los tenía una empresa sueca emprendedora, que trajo equipos modernos, buceó, dragó y excavó, sacó un montón de madera y baratijas, y luego quebró. Desde entonces, dos firmas de Hamburgo han abordado el trabajo y perdido su capital. Se han gastado montones de vidas en ello, en total, y probablemente un millón de dinero. Aun así, ahí están los lingotes, en alguna parte.

—¿Y qué se está haciendo ahora?

—Bueno, recientemente se formó una pequeña compañía local. Tiene un depósito en Memmert y está trabajando con bastante perseverancia. Un ingeniero de Bremen fue el principal impulsor, y unos pocos hombres de Norderney y Emden suscribieron el capital. Por cierto, nuestro amigo Dollmann está muy interesado en ello.

Por el rabillo del ojo vi la cara reveladora de Davies, que se volvía preocupada por interrogantes internos.

—No debemos volver a él —dije, riendo—. No es justo para mi amigo. Pero todo esto es muy interesante. ¿Conseguirán alguna vez esos lingotes?

—¡Ah! Ese es el punto —dijo von Brüning, con un brillo misterioso—. Es una empresa de inmensa dificultad; porque el pecio está totalmente desintegrado, y el oro, siendo la parte más pesada, se ha hundido, por supuesto, más profundamente. El dragado es inútil después de cierto punto; y los buzos tienen que hacer excavaciones en la arena y apuntalarlas lo mejor que pueden. Cada vendaval anula la mitad de su trabajo, y un tiempo como este de la última quincena hace estragos en el trabajo. Solo esta mañana me encontré con el supervisor, que casualmente está en tierra aquí. Estaba negro como el azabache por las perspectivas.

—Bueno, es una especulación romántica —dije—. Merecen un retorno por su dinero.

—Espero que lo consigan —dijo el Comandante—. El hecho es que yo mismo tengo unas cuantas acciones.

—¡Oh, espero no haber hecho preguntas indiscretas!

—Oh, querido no; todo el mundo sabe lo que le he dicho. Pero entenderá que uno tiene que ser reservado sobre los resultados en tal caso. Es una apuesta grande y el título no es nada sólido. Ha habido litigios al respecto. No es que me preocupe mucho mi inversión; porque, en el peor de los casos, no perderé mucho. Pero da un interés por esta abominable costa. Voy a ver cómo les va a veces, cuando estoy por esa zona.

—Es una costa abominable —coincidí de todo corazón—, aunque no conseguirá que Davies esté de acuerdo.

—Es un lugar magnífico para navegar —dijo Davies, mirando con nostalgia el gris moteado por la tormenta del Mar del Norte.

Sufrió algunas burlas más y la conversación pasó a nuestras aventuras de crucero en el Báltico y los estuarios. Von Brüning nos interrogó con la mayor urbanidad y habilidad. Nada de lo que preguntó podría causarnos la menor ofensa; y una franqueza receptiva fue nuestro único camino posible. Así, fecha tras fecha e incidente tras incidente, fueron extraídos de la manera más natural. Mientras hablábamos, me sorprendió descubrir lo poco que había que mereciera la pena ocultar, y me sentí profundamente agradecido de haber decidido ser sincero. Mi fluidez me dio la delantera y Davies me siguió; pero su propia personalidad fue realmente nuestra torre de fortaleza. Me di cuenta de ello mientras observaba el juego de sus rasgos entusiastas y lo oía luchar por expresarse en su pasatiempo favorito; todas sus frases hechas traducidas burdamente al alemán más atroz. Era convincente porque era él mismo.

—¿Hay muchos como usted en Inglaterra? —preguntó von Brüning una vez.

—¿Como yo? Por supuesto, muchísimos —dijo Davies.

—Ojalá hubiera más en Alemania; aquí juegan a navegar, la mitad del tiempo en tierra, bebiendo y holgazaneando; tripulaciones pagadas, manos limpias, pantalones blancos; guardados a mediados de septiembre.

—No hemos visto muchos yates por ahí —dijo Davies, cortésmente.

Por mi parte, no fingí ser un Davies. Fiel a mi naturaleza inferior, juré que los alemanes tenían razón y, no sin un secreto entusiasmo, pinté un cuadro truculento de los horrores de navegar sin tripulación y de la esclavitud que mi implacable patrón me infligía. Fue encantador ver a Davies estremecerse cuando describí mi primera noche en Flensburg, pues al fin tuve mi venganza y no le perdoné. Soportó valientemente mis bromas, pero sabía muy bien por sus modales que no me había perdonado mi burla sobre la «hija encantadora».

—Habla bien alemán —dijo von Brüning.

—He vivido en Alemania —dije.

—Estudiando para una profesión, supongo.

—Sí —dije, pensando en el futuro. «Servicio Civil», fue mi respuesta preparada para la siguiente pregunta, pero de nuevo (de forma enfermiza, tal vez) vi una trampa. ¿Esa carta de mi jefe esperándome en Norderney? Mi nombre era conocido y nos vigilaban. Podría ser abierta. ¡Señor, qué casuales hemos sido!

—¿Puedo preguntar cuál?

—El Ministerio de Asuntos Exteriores. —Sonaba sospechoso, pero ahí estaba—. De veras, ¿en el servicio del Gobierno? ¿Cuándo tiene que volver?

Así fue como surgió la cuestión de nuestras intenciones futuras, prematuramente por mi parte; pues dos teorías conflictivas chocaban en mi cerebro. Pero el contenido de la carta me acosaba ahora, y «cuando estés perdido, di la verdad» era un axioma que estaba encontrando acertado. Así que respondí:

—Bastante pronto, dentro de una semana aproximadamente. Pero espero una carta en Norderney que quizás me dé una prórroga. Davies dijo que era una buena dirección para dar —añadí, sonriendo.

—Naturalmente —dijo von Brüning, secamente; la broma aparentemente había dejado de divertirle—. Pero entonces no tiene mucho tiempo, ¿verdad? —añadió—, a menos que deje a su patrón en la estacada. Es un largo camino hasta Inglaterra y la temporada está avanzada para los yates.

Sentí que me estaban apresurando.

—Oh, no entiende —expliqué—; él no tiene ninguna prisa. Es un hombre de ocio; ¿verdad, Davies?

—¿Qué? —dijo Davies.

Traduje mi cruel pregunta.

—Sí —dijo Davies, con patetismo sencillo.

—Si tengo que dejarlo, no me echarán de menos, al menos como marinero competente. Él simplemente seguirá navegando por las islas, encallando y sacándose con un ancla de respeto, y llegará más o menos por Navidad.

—O tomará el primer viento favorable hacia Dover —se rio el Comandante.

—O eso. Así que, ve, no tenemos prisa; y nunca hacemos planes. Y en cuanto a un pasaje directo a Inglaterra, no soy tan cobarde como al principio, pero pongo el límite ahí.

—Son un par de compañeros de barco curiosos; ¿cuál es su punto de vista, Herr Davies?

—Me gusta esta costa —dijo Davies—. Y... queremos cazar algunos patos. —Estaba nervioso y se olvidó de sí mismo. Yo ya había satirizado nuestro armamento deportivo y nuestras hazañas, y esperaba que el tema estuviera zanjado. Los patos eran pretextos y podrían llevar a complicaciones. Quería particularmente tener libertad de acción.

—En cuanto a las aves silvestres —dijo nuestro amigo—, me gustaría darles un consejo a los caballeros. Hay muchas que conseguir, ahora que ha empezado el tiempo de otoño (no habría conseguido un tiro en septiembre, Herr Davies; recuerdo que preguntó por ellas cuando le vi la última vez). Y aun ahora es pronto para los aficionados. En tiempo de invierno duro, un niño puede recogerlas; pero siguen siendo salvajes y requieren una caza astuta. Necesitan una barca local y, sobre todo, un hombre local (podrían estibarlo en su castillo de proa), y ponerse a trabajar en serio. Ahora, si realmente desea hacer deporte, podría ayudarle. Podría conseguirle un... de confianza...

—Oh, es muy amable de su parte —balbuceó Davies, con un acento más infeliz de lo habitual—. Podemos encontrar fácilmente uno nosotros mismos. Un hombre en Wangeroog ofreció...

—¡Oh! ¿Sí? —interrumpió von Brüning, riendo—. No me sorprende. No conoce a los frisones. Son ingenuos, como dije, pero se aferran a sus pequeñas ventajas. (Se lo traduje a Davies). Los han engañado con los naufragios y son aún más sensibles con los patos, que son más lucrativos que los peces. Un extraño es un cazador furtivo. Su hombre habría cometido pequeños errores en cuanto a tiempo y lugar.

—Dijiste que eran raros en sus modales, ¿no, Davies? —intervine—. Mire, esto es muy amable por parte del Comandante von Brüning; pero ¿no será mejor que estemos seguros de mis planes antes de ponernos a cazar? Sigamos directamente hacia Norderney y consigamos esa carta mía, y luego decidiremos. Pero supongo que no le volveremos a ver, ¿Comandante?

—¿Por qué no? Estoy navegando hacia el oeste y probablemente haré escala en Norderney. Suba a bordo si está allí, ¿no? Me gustaría enseñarle el Blitz.

—Muchas gracias —dijo Davies, inquieto.

—Muchas gracias —dije yo, lo más cordialmente que pude.

Nuestro grupo se separó poco después.

—Bueno, caballeros, debo despedirme de ustedes —dijo nuestro amigo—. Tengo que ir en coche a Esens. Volveré al Blitz con la marea de la tarde, pero ustedes estarán ocupados entonces con su propio barco.

Había sido una entrevista desconcertante, pero el mayor rompecabezas estaba aún por llegar. Mientras íbamos hacia la puerta, von Brüning me hizo una señal. Dejamos pasar a Davies y nos quedamos de pie.

—Una palabra en confianza con usted, Herr Carruthers —dijo, hablando bajo—. No pensará que soy entrometido, espero. Solo hablo por un gran respeto a su amigo. Es sobre los Dollmann... ¿ve cómo están las cosas? Yo no le animaría.

—Gracias —dije—, pero realmente...

—Es solo una pista. Es un joven espléndido, pero si algo... ya entiende... demasiado honesto y sencillo. Supongo que usted tiene influencia sobre él, y yo la usaría.

—No hablaba en serio —dije—. Nunca he visto a los Dollmann; pensé que eran amigos suyos —añadí, mirándole directamente a los ojos.

—Los conozco, pero... —se encogió de hombros—, conozco a todo el mundo.

—¿Qué les pasa? —pregunté, sin rodeos.

—¡Suave! Herr Carruthers. Recuerde, hablo por pura amistad hacia ustedes como extraños, extranjeros y jóvenes. Le tomo a usted por alguien que tiene discreción, o no habría dicho ni una palabra. Aun así, añadiré esto. Sabemos muy poco del Herr Dollmann, de su origen, sus antecedentes. Es medio sueco, creo, ciertamente no prusiano; llegó a Norderney hace tres años, parece ser rico y ha participado en varias empresas comerciales. ¿Poca oportunidad por aquí? Oh, hay más iniciativa de la que cree: desarrollo de centros de baño, ya sabe, especulación con terrenos en estas islas. ¿Prácticas turbias? ¡Oh, no! Es perfectamente correcto en ese aspecto. Pero es un tipo raro, de hábitos excéntricos, y... y, bueno, como digo, se sabe poco de él. Eso es todo, solo una advertencia. Vamos.

Vi que insistir más era inútil.

—Gracias; lo recordaré —dije.

—Y mire —añadió, mientras caminábamos por el pasillo—, si acepta mi consejo, omitirá esa visita a la Medusa por completo. —Me lanzó una mirada fija, sonriendo gravemente.

«¿Cuánto sabe y qué quiere decir?» eran las preguntas que palpitaban en mis pensamientos; pero no pude pronunciarlas, así que no dije nada y me sentí muy joven.

Afuera nos unimos a Davies, que estaba frunciendo el ceño ante las perspectivas.

—Esto pasa por meterse en lugares como este —me dijo—. Podemos quedarnos atrapados aquí durante días. Demasiado viento para salir remolcando con el bote, y un canal demasiado estrecho para bordear.

Von Brüning estaba listo con una nueva propuesta.

—¿Por qué no lo pensé antes? —dijo—. Los remolcaré con mi lancha. Estén listos a las 6:30; tendremos agua suficiente entonces. Mis hombres les enviarán un cabo.

Era imposible negarse, pero una sensación de estar siendo conducido personalmente me oprimió de nuevo; y la última esperanza de una cama en la posada se desvaneció. Davies tampoco se mostró muy efusivo. Un remolque significaba un práctico, y ya había tenido suficiente de ellos.

—Se opone al remolque por principio —dije.

—¡Igual que él! —se rio el otro—. ¡Entonces, está decidido! —Un coche de caballos estaba esperando ante la puerta de la posada, listo para von Brüning. Sentía curiosidad por Esens y sus asuntos allí. Esens, dijo, era la ciudad principal del distrito, a cuatro millas hacia el interior.

—Tengo que ir allí —se ofreció—, por un caso de caza furtiva: un holandés arrastrando dentro de nuestros límites. Ese es mi trabajo, ya sabe: labores policiales.

¿Tenían las palabras un significado más profundo?

—¿Alguna vez atrapa a algún inglés? —pregunté, imprudentemente.

—Oh, muy raramente; sus compatriotas no llegan tan lejos como esto, excepto por placer. —Se inclinó ante cada uno de nosotros y sonrió.

—No hay mucho de eso que conseguir en Bensersiel —me reí.

—Me temo que tendrán una tarde aburrida. Mire. Sé que no pueden dejar su barco por completo, y no tiene sentido preguntárselo al Herr Davies; pero, ¿vendrá a Esens conmigo y verá una ciudad frisona, por lo que vale? Están teniendo una impresión lúgubre de Frisia.

Me disculpé, dije que me quedaría con Davies; caminaríamos por las arenas y exploraríamos para la navegación de la tarde.

—Bueno, adiós entonces —dijo—, hasta la tarde. Estén listos para el cabo a las 6:30.

Saltó, y el carro se alejó traqueteando por el barro, cruzó el puente y desapareció en el sombrío interior.

CAPÍTULO XVII. Aclarando el aire

—¿Crees que ha ido a buscar a la policía? —dijo Davies, con tono sombrío.

—No lo creo —dije—. Vamos a bordo antes de que ese tipo de Aduanas nos aborde.

Una hilera disminuida de estólidos frisones seguía rumiando sobre el Dulcibella. El amigo Grimm era visible fumando en su castillo de proa. Subimos a bordo en silencio.

—Primero de todo, ¿dónde está exactamente Memmert? —dije.

Davies bajó la carta náutica, dijo «Ahí» y se dejó caer a lo largo en un sofá.

El lector puede ver Memmert por sí mismo. Al sur de Juist, [Véase el mapa B], colindando con el delta del Ems, se encuentra un extenso banco de arena llamado Nordland, cuyo extremo occidental permanece descubierto durante las mareas más altas; el efecto es dejar una isla en forma de C, una mera lasca de arena como un bumerán, de casi dos millas de largo, pero de solo 150 yardas de ancho, de contorno curiosamente simétrico, excepto en un punto, donde se abulta hasta alcanzar el cuarto de milla de anchura. En la carta inglesa su desnudez era absoluta, salvo por una baliza al sur; pero la carta alemana marcaba un edificio en el punto donde ocurre el abultamiento. Ese era, evidentemente, el depósito. «¡Imagínate vivir allí!», pensé, pues el nombre mismo me heló la sangre. No era de extrañar que Grimm fuera sombrío; y no era de extrañar que estuviera acostumbrado a buscar un cambio de aires. Pero las ventajas del lugar eran obvias. Estaba notablemente aislado, incluso en una región donde el aislamiento es la norma; sin embargo, estaba convenientemente cerca del naufragio que, según habíamos oído, yacía a dos millas de distancia en el arrecife de Juist. Por último, era claramente accesible en cualquier estado de la marea, pues el canal de seis brazas del estuario del Ems llega hasta él por el sur, y desde allí envía una ramificación hacia el este que bordea estrechamente el cuerno sur, ofreciendo así un fondeadero que es a la vez práctico, profundo y protegido de los vendavales marinos.

Tal era Memmert, tal como lo vi en la carta, absorbiendo sus características mecánicamente, pues mientras Davies yacía allí indiferente y taciturno, una pretensión de interés era inútil. Yo sabía perfectamente lo que había entre nosotros, pero no veía por qué debía ser yo quien diera el primer paso; pues yo también tenía un agravio, uno antiguo. Así que me recosté en mi sofá y anoté en mi cuaderno los puntos clave de nuestra conversación en la posada mientras estaba fresca en mi memoria, y me esforcé por sacar conclusiones. Pero, como el silencio continuaba y se volvía absurdo, arrojé mi orgullo a los vientos y mi cuaderno sobre la mesa.

—Oye, Davies —dije—, siento muchísimo haberte hecho bromas sobre la Fräulein Dollmann. (Sin respuesta). —¿No viste que no podía evitarlo?

—Ojalá nunca hubiéramos entrado aquí —dijo él, con voz dura—; es lo que pasa por desembarcar siquiera. (No pude evitar sonreír ante esto, pero él no me miraba). —Aquí estamos, vendidos, desplazados, puestos bajo vigilancia, organizados como turistas de Cook. No pude seguir tu juego, demasiado infernalmente profundo para mí, pero... —Eso me dolió.

—Mira —dije—, hice lo que pude. Fuiste tú quien lo estropeó. ¿Por qué insististe tanto con los patos?

—Podríamos haber salido de esa. ¿Por qué insististe con todo lo idiota: tu carta, el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Kormoran, el naufragio, el...?

—Eres totalmente irrazonable. ¿No viste qué trampas había? Me vi obligado a ir por donde fui. Empezamos sin preparación, y bastante bien que estamos fuera de esto.

Davies continuó ciegamente. —Ya fue bastante malo contar todo sobre los canales y explorar...

—¡Pero si tú mismo estuviste de acuerdo con eso!

—Cedí ante ti. Ya no podemos explorar más.

—Aunque está el naufragio.

—¡Oh, al diablo con el naufragio! Es todo una cortina de humo, o no le habría dado tanta importancia. Están todos estos canales por...

—¡Oh, al diablo con los canales! Sé que queríamos libertad de acción, pero tenemos que ir a Norderney en algún momento, y si Dollmann no está...

—¿Por qué insististe con la señorita Dollmann? —dijo Davies.

Habíamos dado una vuelta, a través de recriminaciones ociosas, hacia el verdadero punto de partida. Sabía que Davies no estaba en sus cabales, y no volvería a ser él mismo hasta que se llegara al fondo del asunto.

—Mira —dije—, me trajiste aquí para ayudarte porque, como dices, era listo, hablaba alemán y... me gustaba navegar (no pude resistirme a añadir esto). Pero en cuanto realmente me necesitas, te das la vuelta y la emprendes conmigo.

—Oh, no quería decir todo eso, de verdad —dijo Davies—; lo siento, estaba preocupado.

—Lo sé; pero es tu culpa. No has sido justo conmigo. Hay una complicación en este negocio de la que nunca has hablado. Nunca te he presionado porque pensé que te confiarías a mí. Tú...

—Sé que no lo he hecho —dijo Davies.

—Bueno, ya ves el resultado. Nos vimos obligados a actuar. No haber dicho nada sobre Dollmann era una locura; haber dicho que intentó hacerte naufragar era igual de estúpido. La historia en la que acordamos fue la mejor y la más segura, y la contaste magníficamente. Pero por dos razones tuve que insistir con la hija: una, porque tu actitud cuando se les mencionaba era tan confusa que ponía en peligro toda nuestra posición. Dos, porque tu historia, aunque era la más segura, era, en el mejor de los casos, sospechosa. Incluso según tu propia versión, Dollmann te trató mal, descortésmente, digamos; aunque fingiste no haberlo visto. Necesitas un motivo para neutralizar eso e inducirte a volver a visitarlo de forma amistosa. Yo lo proporcioné, o mejor dicho, solo animé a von Brüning a que lo proporcionara.

—¿Por qué volver a visitarlo, después de todo? —dijo Davies.

—Oh, vamos...

—¿Pero no ves en qué aprieto tan horrible me has metido? ¿Lo despreciable que me siento al respecto?

Lo veía, y yo mismo me sentía despreciable cuando su angustia total me golpeó. Pero también sentía que, de quienquiera que fuera la culpa, nos habíamos deslizado hacia una situación ridícula, y éramos como personajes de esas tediosas obras de teatro donde los malentendidos se fabrican y se sostienen con tanto cuidado que el público está demasiado aburrido para esperar el desenlace. Puedes hacer eso en el escenario; pero nosotros queríamos nuestro desenlace.

—Lo siento mucho —dije—, pero ojalá me lo hubieras contado todo. ¿No lo harás ahora? Solo la verdad desnuda y objetiva. Odio el sentimentalismo, y tú también.

—Me resulta muy difícil contarle cosas a la gente —dijo Davies—, cosas como esta. —Esperé—. Ella me gustaba, mucho. —Nuestras miradas se cruzaron por un segundo, en el cual se dijo todo lo que era necesario decir, como entre dos personas de nuestra raza flemática—. Y ella es... independiente de él. Esa fue la razón de todas mis indecisiones. —Continuó apresuradamente—. Solo te dije la mitad en Schlei. Sé que debería haber sido abierto y pedirte consejo. Pero lo dejé pasar. He estado esperando todo este tiempo que pudiéramos encontrar lo que queremos y ganar el juego sin volver a entrar en contacto estrecho.

Ya no me extrañaba su devoción por la teoría de los canales, ya que, construida sobre la convicción, estaba así doblemente fortificada.

—Sin embargo, siempre supiste lo que podía pasar —dije—. En Schlei hablaste de «ajustar cuentas» con Dollmann.

—Lo sé. Cuando pensaba en él, estaba loco. Me obligaba a olvidar la otra parte.

—¿La cual volvió a aparecer en Brunsbüttel? —Pensé en las noticias que tuvimos allí.

—Sí.

—Davies, no debemos tener más secretos. Voy a hablar claro. ¿Estás seguro de que no la has malinterpretado? Dices —y estoy dispuesto a asumirlo— que Dollmann es un traidor y un asesino.

—¡Oh, al diablo con la parte del asesinato! —dijo Davies, impacientemente—. ¿Qué importa eso?

—Bien, traidor. Muy bien; pero en ese caso sospecho de su hija. ¡No! Déjame seguir. Ella era útil, por decir lo menos. Ella te animó —me lo has dicho tú— a hacer esa travesía con ellos.

—Para, Carruthers —dijo Davies, con firmeza—. Sé que tus intenciones son buenas; pero no sirve de nada. Creo en ella.

Pensé por un momento.

—En ese caso —dije—, tengo algo que proponer. Cuando salgamos de este lugar, naveguemos directamente a Inglaterra. («Ahí tienes, comandante von Brüning —pensé—, nunca podrás decir que ignoré tu consejo»).

—¡No! —exclamó Davies, levantándose y enfrentándose a mí—. Ni hablar. Piensa en lo que está en juego. Piensa en ese traidor, conspirando con los alemanes. ¡Dios mío!

—Muy bien —dije—. Estoy contigo para seguir adelante. Pero enfrentemos los hechos. Debemos neutralizar a Dollmann. No podemos hacerlo sin lastimarla a ella.

—¿No podemos de ninguna manera?

—Por supuesto que no; sé sensato, hombre. Acepta eso. Siguiente punto; es absurdo esperar que no tengamos que volver a verlos; es diez contra uno que debemos hacerlo si queremos tener éxito. Su intento contra ti es todo el fundamento de nuestras sospechas. Y ni siquiera sabemos con certeza quién es él todavía. Estamos comprometidos, lo sé, a ir directamente a Norderney ahora; pero incluso si no lo estuviéramos, ¿haríamos algún bien explorando y fisgoneando? Es muy dudoso. Sabemos que estamos vigilados, si no sospechados, y eso acaba con nueve décimas partes de nuestro poder. ¿Los canales? Sí, ¿pero es probable que nos dejen aprenderlos de memoria, si son de tal importancia vital, incluso si se piensa que somos navegantes de buena fe? Y, seriamente, aparte de su valor en la guerra, que no niego, ¿están en la raíz de este asunto? Pero hablaremos de eso en un momento. La cuestión ahora es, ¿qué haremos si nos encontramos con los Dollmann?

Gotas de sudor aparecieron en la frente de Davies. Me sentí como un torturador, pero no se podía evitar. —¿Acusarlo de haberte hecho naufragar? ¡Nuestra misión habría terminado! Debemos ser amistosos. Debes contar la historia que contaste hoy y arriesgarte a que él la crea. Si lo hace, mucho mejor; si no lo hace, no se atreverá a decirlo, y todavía tenemos oportunidades. Ganamos tiempo y tenemos un control tremendo sobre él, si somos amistosos. —Davies hizo una mueca. Di otra vuelta de tuerca—. Amistosos con ambos, por supuesto. Ya lo fuiste antes, sabes; te gustaba mucho ella, debes seguir pareciéndolo.

—Oh, detén tu lógica infernal.

—¿Lo dejamos y nos vamos a Inglaterra? —pregunté de nuevo, como podría preguntar un inquisidor: «¿Has tenido suficiente?». Sin respuesta. Continué: —Para hacerlo más fácil, ella todavía te gusta. —Había despertado a mi víctima por fin.

—¿Qué diablos quieres decir, Carruthers? ¿Que debo comerciar con mi afecto por ella, con su inocencia, para... Dios mío! ¿qué quieres decir?

—No, no, eso no. No soy tan despreciable, ni tan tonto, ni te desconozco tanto. Si ella no sabe nada del carácter de su padre y le gustas, y tú le gustas a ella, y tú eres quien eres... ¡oh, cielos!, hombre, enfréntalo, date cuenta. Pero lo que quiero decir es esto: ¿es ella, puede ser ella, lo que tú crees? Imagina su posición si tenemos razón sobre él; la criatura más vil de la tierra de Dios, un pasado vergonzoso que lo ha llevado a esto, a sueldo de Alemania. Quiero ahorrarte miseria. —Iba a añadir: «Y si estás alerta, aumentar nuestras posibilidades». Pero la absoluta inutilidad de tales sugerencias me silenció. ¡Qué plan había esbozado! Un plan tentador y justo también, contra tales adversarios; convirtiendo esta desconcertante corriente transversal en ventaja, como muchas veces habíamos trabajado los remolinos de una marea adversa en estos mares difíciles. Pero Davies era Davies, y se acabó; su fe y su sencillez me avergonzaban. Y lo más lamentable, lo más cruel, era que sus propias cualidades eran su última tortura, elevando al punto más agudo el conflicto entre el amor y el patriotismo. Recuerda que este último era su motivo de vida dominante, y que aquí y ahora era su oportunidad, si quieres medir la amargura de ese conflicto.

Estaba en sus últimas agonías ahora. Tenía los codos sobre la mesa y sus manos temblorosas presionaban su frente. Las retiró.

—Por supuesto que debemos seguir. No se puede evitar, eso es todo.

—¿Y crees en ella?

—Recordaré lo que has dicho. Puede haber alguna salida. Y... preferiría no hablar más de eso. ¿Qué pasa con el naufragio?

Cualquier argumento posterior era inútil. Davies, con un esfuerzo, pareció barrer el tema de sus pensamientos, y yo hice todo lo posible por hacer lo mismo. En cualquier caso, el aire se aclaró; éramos amigos; y solo quedaba enfrentarse al problema principal a la luz de la entrevista de la mañana.

Cada palabra que pude recordar de esa conversación crítica la revisé con Davies, quien había entendido imperfectamente lo que no le concernía directamente; y, al hacerlo, empecé a ver con qué astucia cada frase sucesiva de von Brüning estaba diseñada para adaptarse a cualquiera de las dos contingencias. Si éramos viajeros inocentes, él era el anfitrión genial, comunicativo y servicial. Si éramos espías, sus tácticas habían sido igualmente aplicables. Nos había superado en aparente franqueza, sin ocultar nada que supiera que descubriríamos por nosotros mismos, y logrando al mismo tiempo obtener conocimiento y control de nuestros movimientos, y transmitirnos advertencias, que solo serían entendidas si éramos culpables, de que estábamos jugando un juego ocioso y peligroso, y que sería mejor desistir. Pero en un aspecto habíamos tenido la ventaja, y eso fue en la versión que Davies había dado de su encallamiento en el Hohenhörn. Por muy inescrutable que fuera nuestro interrogador, dejó ver no solo que el incidente era nuevo para él, sino que conjeturaba su significado siniestro. Un poco de interrogatorio sobre los detalles habría sido fatal para la versión de Davies; pero ahí era donde residía nuestra fuerza; él no se atrevió a interrogar por miedo a sugerir a Davies sospechas que tal vez nunca habría sentido. De hecho, pensé que detecté ese miedo subyacente en toda su actitud hacia nosotros, y fortaleció una convicción que había estado creciendo en mí desde la furtiva visita de medianoche de Grimm, de que el secreto de esta costa era de una naturaleza tan importante y delicada que, antes que atraer la atención sobre él, solo se tomarían medidas abiertas contra los intrusos como último recurso, y con pruebas irrefutables de intención delictiva.

Ahora, por nuestras pistas. Había salido con dos, cada una el germen de una teoría distinta, y ambas oscurecidas por la ambigüedad imperante. Ahora, sin embargo, mientras hojeábamos la carta y daba rienda suelta a mi imaginación, una de ellas, la idea de Memmert, ganaba precisión y vigor a cada momento. Es cierto, la información que teníamos sobre el naufragio francés y su propia conexión con él fue puesta muy fácilmente a nuestra disposición por von Brüning; pero la tomé como información calculada solo para prevenir sospechas, ya que él era consciente de que ya lo asociábamos con Dollmann, posiblemente también con Grimm, y era muy probable que, en el curso normal, supiéramos que el trío estaba conjuntamente involucrado en Memmert. Tanto por los hechos; en cuanto a la interpretación que quería que les diéramos, me sentí seguro de que era absolutamente falsa. Quería darnos la impresión de que el tesoro enterrado en sí mismo estaba en la raíz de cualquier misterio que pudiéramos haber olfateado. No sé si el lector apreció completamente esa astuta sugerencia: la insinuación de que el secreto sobre los resultados era necesario debido tanto a la gran suma en juego como al defecto en el título, que él había tenido cuidado de informarnos que había pasado por manos británicas. Lo que quería implicar era: «No se sorprendan si tienen visitantes de medianoche; los ingleses que merodean por esta costa son sospechosos de ser agentes de Lloyd's». Una insinuación ingeniosa, que, en el momento en que se hizo, me había hecho contemplar una solución nueva y mucho más común para nuestro enigma de la que nunca se nos había ocurrido; pero fue solo una duda pasajera, y la descarté por completo ahora.

El hecho era que, o explicaba todo o nada. Mientras nos mantuviéramos en nuestra suposición fundamental (que Davies había sido atraído a una trampa mortal en septiembre), no explicaba nada. Era demasiado fantástico suponer que las exigencias de una especulación comercial llevarían a tales extremos. No estábamos en las islas de los Mares del Sur; ni éramos las marionetas de un romance. Estábamos en Europa, tratando no solo con un Dollmann, sino con un oficial de la Armada Imperial Alemana, quien apenas estaría conectado con una empresa comercial que pudiera concebiblemente reducirse a promover sus objetivos de tal manera. Era bastante chocante encontrarlo en relaciones con tal sinvergüenza, pero era explicable si el motivo era imperial, no así si fuera financiero. No; para aceptar la sugerencia debemos declarar toda la búsqueda como un error de principio a fin; el intento contra Davies, una ilusión de su propia imaginación; toda la estructura que habíamos construido sobre ella, sin fundamento.

«Bueno», puedo oír decir al lector, «¿por qué no? Tú, al menos, siempre fuiste un poco escéptico».

Concedido; sin embargo, puedo decir con sinceridad que apenas vacilé por un momento. Mucho había sucedido desde el fiordo de Schlei. Había visto el mecanismo de la trampa mortal; había vivido con Davies durante una quincena tormentosa, cada hora de la cual había aumentado mi confianza en su pericia marinera, y por lo tanto, también, en su relato de un evento que dependía en gran medida para su correcta interpretación de un juicio náutico equilibrado. Finalmente, había estado dándome cuenta inconscientemente, y supe de su boca hoy, que él había ejercido y actuado según ese juicio a pesar de las consideraciones personales, que su naturaleza leal hacía abrumadoras en su fuerza.

¿Qué significaba, entonces, Memmert? Desde el principio fijó mi atención en el estuario del Ems, cuya boca adyace. Siempre habíamos descuidado bastante el Ems en nuestros cálculos; con alguna excusa, también, pues a primera vista su importancia no guarda proporción con la de los otros tres mayores estuarios. Estos últimos llevan buques del mayor tonelaje y calado más profundo hasta los mismos muelles de Hamburgo, Bremerhaven y el astillero naval de Wilhelmshaven; mientras que dos de ellos, el Elba y el Weser, son transportadores de comercio a la escala más vasta para todo el imperio. El Ems, por otro lado, solo sirve a ciudades de segunda clase. Una mirada a la carta explica esto. Ves un estuario de lo más imponente a una escala mayor que cualquiera de los otros tres tomados individualmente, con una longitud de treinta millas y un frente en el Mar del Norte de diez millas, o un setentavo, aproximadamente, de toda la costa; obstaculizado por bajíos periféricos, y bloqueado en el centro por la isla de Borkum, pero presentando dos finos canales de aguas profundas para el buque que entra. Estos ruedan magníficamente a través de enormes láminas de arena, se unen y se acercan a tierra firme en una corriente majestuosa de tres millas de ancho. Pero entonces viene una triste decadencia. El canal navegable se vuelve poco profundo y se encoge, terrenos intermedios lo obstruyen, y las costas inclinadas le niegan persistentemente ese fácil acceso a la tierra que solo puede crear grandes ciudades costeras. Todos los puertos del Ems dependen de la marea; el puerto de Delfzyl, en el lado holandés, se seca en marea baja, y Emden, el principal puerto alemán, solo puede ser alcanzado por una esclusa y una milla de canal.

Pero esta depreciación es solo relativa. Juzgado por sus méritos, y no por el estándar del Elba, es un río muy importante. Emden es un puerto floreciente y en crecimiento. Para embarcaciones de poco calado, la corriente es navegable hasta bien entrado el interior, donde, ayudado por afluentes y canales aliados (notablemente la conexión con el Rin en Dortmund, que entonces se acercaba a su finalización), explota los recursos de una gran área. Estratégicamente, había aún menos razón para subestimarlo. Es una de las grandes puertas marítimas de Alemania; y es la puerta más occidental, la más cercana a Gran Bretaña y Francia, contigua a Holanda. Su gran delta bifurcado presenta dos brechas abiertas en ese singular baluarte de islotes y bajíos que enmascara la costa alemana (una costa en sí misma tan corta en proporción al volumen del imperio que, como solía decir Davies, «cada pulgada de ella debe ser importante»). Los buques de guerra podrían forzar estas brechas y así amenazar el continente en uno de sus pocos puntos vulnerables. El alojamiento en el muelle no es objeto para tales visitantes; la navegación intrincada no es un impedimento. Incluso los acorazados más pesados podrían acercarse a distancia de ataque de la tierra, mientras que los cruceros y transportes militares podrían penetrar hasta el nivel de Emden mismo. Emden, como Davies había señalado a menudo, está conectado por canal con Wilhelmshaven en el Jade, un canal estratégico, diseñado para transportar cañoneras tanto como mercancías.

Ahora bien, Memmert era parte del baluarte exterior; su hoz afilada de arena comandaba directamente la brecha oriental; debía estar conectada con la defensa de esta brecha. No se podía imaginar base más admirable; autónoma y aislada, pero protegida, accesible; mejor que Juist y Borkum. Y suponiendo que se deseara envolver la naturaleza del trabajo en secreto absoluto, ¡qué pretexto había a mano en el naufragio y su oro enterrado, que yacía en alta mar frente al canal navegable!

En Memmert se encontraba el depósito para las operaciones de salvamento. El trabajo de salvamento, con su dragado y su buceo, ofrecía precisamente el disfraz que se necesitaba. Era submarino, y también lo son algunas de las defensas más importantes de los puertos, las minas y los torpedos dirigibles. Todos los detalles de la historia eran sugerentes: la «pequeña compañía local»; el «ingeniero de Bremen» (¿quién sería?, me preguntaba); las pocas acciones en poder de von Brüning, suficientes para justificar sus visitas; los suministros y equipos que llegaban de Wilhelmshaven, un astillero naval.

Por mucho que me esforzara, no logré despertar la imaginación de Davies como la mía estaba despierta. Él se empeñaba solo en ver las objeciones, que, por supuesto, eran lo bastante numerosas. ¿Podía garantizarse el secreto bajo el pretexto de salvar un naufragio? Tendría que ser un secreto compartido por muchos: buzos, tripulaciones de remolcadores, empleados de todo tipo. Respondí que los secretos comerciales a menudo se conservan en condiciones no menos difíciles, ¿y por qué no los secretos imperiales?

—¿Por qué el Ems y no el Elba? —preguntó.

—Quizás —repliqué—, el Elba también guarde misterios similares. La isla de Neuerk podría ser, que sepamos, otra Memmert; cuando navegábamos por esa región no teníamos ojos para esas cosas, absortos en una teoría propia preconcebida. Además, no debemos tomarnos demasiado en serio. Somos aficionados, no expertos en defensa costera, y rechazar con tanta exquisitez una pista que llegaba tan lejos como esta, basándonos en fundamentos tan vagos, sería pelearse con nuestra propia suerte. Había un corolario desalentador para este último argumento ante el cual, en mi celo recién nacido, cerré los ojos. Como aficionados, ¿éramos capaces de utilizar nuestra pista y obtener un conocimiento exacto de las defensas en cuestión? Sabía que Davies sentía esto con fuerza, y creo que eso explicaba su visión tibia sobre Memmert más de lo que él mismo era consciente. Se aferraba más obstinadamente que nunca a su «teoría del canal», consciente de que ofrecía el único tipo de oportunidad de la que, con sus dones peculiares, era capaz de sacar provecho. Admitió, sin embargo, que actualmente estaba bajo sospecha, pues si el conocimiento de la navegación costera fuera un delito en sí mismo, apenas estaríamos sentados aquí ahora. —¡De todos modos, tiene algo que ver con ello! —insistió.

CAPÍTULO XVIII. Escolta imperial

Memmert me atrapaba, pues, excluyendo una noción rival que me había causado no poca perplejidad durante la conversación con von Brüning. Su insistente consejo de que no perdiéramos tiempo en recoger nuestro ancla y nuestra cadena había terminado por darme la idea de que estaba ansioso por alejarnos de Bensersiel y del continente. Al principio había tomado el consejo en parte como una prueba de nuestra veracidad (como le di a entender al lector) y en parte como un método indirecto para calmar cualquier sospecha que la visita de medianoche de Grimm hubiera podido causar. Luego me golpeó la idea de que esto podría ser un exceso de sutileza por mi parte, y la idea volvió a surgir cuando surgió la cuestión de nuestros planes futuros, y me obstaculizó a la hora de decidir un rumbo. Regresó de nuevo cuando von Brüning se ofreció a remolcarnos al atardecer. Estaba en mi mente cuando le pregunté sobre sus asuntos en tierra, pues se me ocurrió que tal vez su desembarco allí no se debía únicamente al deseo de inspeccionar a la tripulación del Dulcibella. Luego vino su explicación perfectamente franca (con su siniestro doble sentido para nosotros), junto con una invitación a acompañarlo a Esens. Pero, siguiendo el principio del *timeo Danaos*, etcétera, olí al instante una artimaña, no porque soñara con que me iban a atraer hacia el cautiverio; pero si había algo aquí que nosotros dos pudiéramos descubrir en las pocas horas que nos quedaban, era un plan ingenioso para eliminar al más observador de los dos hasta la hora de la partida.

Davies los despreciaba, y yo solo había sentido una leve curiosidad por estas insignificantes aldeas, influido, me temo, principalmente por un anhelo de tierra firme que el rigor despiadado de su entrenamiento no había podido curar.

Pero era imprudente descuidar la más mínima oportunidad. Eran las tres y creo que nuestros cerebros empezaban a enturbiarse por pensar en un confinamiento tan estrecho. Sugerí que termináramos nuestro consejo de guerra al aire libre, y ambos nos pusimos los impermeables y salimos. El cielo se había endurecido y acumulado en un dosel uniforme de plomo, y el viento arrastraba consigo una lluvia fina y fría. Se podía escuchar el murmullo de la marea creciente sobre las arenas del exterior, pero el puerto todavía estaba muy por encima, y el Dulcibella y los otros barcos se agachaban en un lecho de cieno negro. El interés nativo parecía al fin saciado, pues no se veía ni un alma en el banco (no puedo llamarlo muelle); pero la parte superior de un *sou’wester* negro con una pluma de humo rizándose a su alrededor se mostraba sobre la escotilla de proa del Kormoran.

«Ojalá pudiera echar un vistazo a tu carga, amigo mío», pensé para mis adentros.

Observamos Bensersiel en silencio.

—¿No puede haber nada aquí? —dije.

—¿Qué puede haber? —dijo Davies.

—¿Qué hay de ese dique? —dije, con una inspiración repentina.

Desde el banco podíamos ver toda la línea costera, que está diicada continuamente, como ya he dicho. El dique era aquí un terraplén sustancial revestido de ladrillo, muy similar, aunque a menor escala, al que bordeaba el Elba cerca de Cuxhaven, y sobre cuya cumbre habíamos visto las bocas de los cañones.

—Dime, Davies —dije—, ¿crees que esta costa podría ser invadida? Por aquí, quiero decir, ¿detrás de estas islas?

Davies negó con la cabeza. —He pensado en eso —dijo—. No hay nada. Es justo el último lugar de la tierra donde sería posible un desembarco. Ningún transporte podría acercarse más de donde está fondeado el Blitz, a cuatro millas mar adentro.

—Bueno, ¿dices que cada pulgada de esta costa es importante?

—Sí, pero me refiero al agua.

—Bueno, quiero ver ese dique. Caminemos por él.

Mi teoría de las setas murió en cuanto puse un pie en él. Era la estructura más inocente del mundo —como miles de otras en Essex y Holanda—, rematada por un sendero estrecho donde caminamos en fila india con los brazos en jarras para mantener el equilibrio en las ráfagas de viento. Debajo de nosotros yacían las arenas a un lado y los pantanos inmundos al otro, salpicados de cuadrados de pasto rodeados de zanjas. Después de media milla bajamos y regresamos por un corto circuito tierra adentro, siguiendo un camino laberíntico —que era en su mayoría ángulos rectos y pequeños puentes de tablones— hasta que llegamos al camino de Esens. Lo cruzamos y poco después encontramos nuestro camino bloqueado por el arroyo del que hablé. Esto implicó un desvío hacia el puente del pueblo y una evitación sigilosa de la oficina de correos, por miedo a su locuaz ocupante. Luego seguimos el dique en la otra dirección y terminamos con un circuito sobre las arenas, que estaban siendo cubiertas rápidamente por la marea, y así de regreso al yate.

Nadie parecía haber prestado la menor atención a nuestros movimientos.

Mientras caminábamos, habíamos abordado la última pregunta: «¿Qué vamos a hacer?», y encontramos muy poco que decir al respecto. Debíamos partir esta noche (a menos que apareciera la policía de Esens) y nos habíamos comprometido a navegar directamente a Norderney, como la única alternativa a la caza de patos bajo el espionaje de un candidato «digno de confianza» de von Brüning. Más allá de eso, vaguedad y dificultad de todo tipo.

En Norderney estaría encadenado por mi carta. Si parecía haber sido abierta y ordenaba mi regreso, estaba limitado a una semana, o debía arriesgarme a la sospecha quedándome. Dollmann estaba fuera (según von Brüning), «probablemente volvería pronto»; ¿pero qué tan pronto? Más allá de Norderney estaba Memmert. ¿Cómo sondear su secreto? El ardor que había despertado en mí estaba dando paso a un mortificante sentimiento de impotencia. La vista del Kormoran, con su tripulación preparándose para hacerse a la mar, era un comentario punzante sobre mi diplomacia y, sobre todo, sobre mi ridículo reconocimiento de los diques. Al fin y al cabo, éramos protegidos de von Brüning y seguidos de cerca por Grimm. ¿Era probable que nos dejaran tener éxito?

La marea se arremolinaba hacia el puerto en remolinos de espuma de chocolate, y a medida que subía, todo Bensersiel, dominado como antes por el señor Schenkel, se arrastraba hasta el muelle para observar los movimientos de los barcos durante la hora transitoria pero trascendental en la que el agujero de barro era un puerto marítimo. La lancha de vapor del capitán ya estaba a flote, y sus marineros ocupados con las luces de posición y los motores. Cuando se supo que nosotros también íbamos a zarpar, y bajo una escolta tan distinguida, la emoción se intensificó.

De nuevo nuestro amigo de Aduanas extendía papeles para firmar, mientras una multitud de serviciales frisones, encabezados por los gigantes gemelos del barco de correos, abarrotaban nuestras cubiertas y nos preparaban para el mar a su manera confusa. De nuevo fuimos llevados a la posada y abrumados con consejos, advertencias y brindis de despedida. Luego, de regreso para encontrar al Dulcibella a flote, y a von Brüning recién llegado, maldiciendo el clima y el barro, bromeando con Davies, afable y *débonnaire* como siempre.

—Guarden esa vela mayor, no la necesitarán —dijo—. Los remolcaré directamente hasta Spiekeroog. Es su único fondeadero para la noche con este viento, bajo la isla, cerca del Blitz, y eso significaría para ustedes un esfuerzo constante en la oscuridad.

El hecho era tan cierto y la oferta tan oportuna que las débiles protestas de Davies fueron barridas por un torrente de burlas.

—Y ahora que lo pienso —terminó el comandante—, haré el viaje con ustedes, si me permiten. Será más agradable y seco.

Los tres subimos al Dulcibella, y luego llegó el final. Se enganchó nuestro cable de remolque, y a las seis y media la pequeña lancha se puso en marcha y, en medio de una demostración que no podría haber sido más cordial si hubiéramos sido embajadores de visita en una potencia amiga, salimos deslizándonos por los espigones.

Nos tomó más de una hora cubrir las cinco millas hasta Spiekeroog, pues el Dulcibella era una carga pesada con el fuerte viento en contra, y Davies, aunque no dijo nada, mostró una desconfianza indisimulada en las capacidades de nuestro remolcador. Inmediatamente dejó el timón para mí y se lanzó sobre el aparejo, no descansando hasta que cada cuerda estuvo lista, la vela mayor rizada, la bitácora encendida y todo listo para izar velas o anclar en cualquier momento. Nuestro invitado observaba estas precauciones con infinita diversión. Estaba de un humor excelente y travieso, lanzando bromas a Davies y falsa simpatía hacia mí, riéndose de nuestra enorme brújula, soltando el escandallo él mismo, sobresaltándonos con sondeos imaginarios y dudando de si sus hombres estaban sobrios. Ofrecí entretenimiento y calor abajo, pero se negó alegando que Davies se vería tentado a cortar el cable de remolque y hacernos pasar la noche en un banco de arena seguro. Davies recibió las pullas imperturbable. Terminado su trabajo, tomó la caña del timón y se sentó con la cabeza descubierta, atento a la lancha, el rumbo, los detalles y las oportunidades del presente. Saqué puros y nos acomodamos frente a él, de espaldas al viento y al rocío. Y así hicimos el resto del pasaje, con von Brüning acurrucado contra mí y la escotilla de la cabina, gritando alternativamente una broma a Davies y hablándome con un tono ligero y encantador, con ese matiz de patrocinio que la disparidad en nuestras edades justificaba, sobre mi tiempo en Alemania, lugares, personas y libros que conocía, y sobre la vida, especialmente la vida de los jóvenes, en Inglaterra, un país que nunca había visitado, pero esperaba hacerlo; yo respondiendo lo mejor que podía, esforzándome por seguirle el humor, comportarme como un hombre, extraer entusiasmo en lugar de humillación de la ironía de nuestra posición, pero apenas logrando avanzar contra un sentimiento paralizante de derrota e incapacidad. Un pensamiento extraño me perseguía también, que tal habilidad y juicio como poseía se me escapaba a medida que dejábamos la tierra y enfrentábamos de nuevo los rigores de este mar exigente. Davies, sabía muy bien, estaba bajo el efecto exactamente opuesto, un hechizo que ni siquiera el reproche del cable de remolque podía anular. Su rostro, bajo el resplandor de la bitácora, comenzaba a lucir esa misma mirada de satisfacción y resolución que había visto en él la noche que navegamos a Kiel desde el fiordo de Schlei. Dios sabe que tenía más motivos para preocuparse que yo, un camarada casual en una aventura que era peculiarmente suya, que significaba todo en el mundo para él; pero allí estaba, lavando la perplejidad en el viento salino, extrayendo consejo y confianza de la fuente inagotable de todas sus inspiraciones: el mar.

—Parece feliz, ¿no? —dijo el capitán una vez. Gruñí que sí, avergonzado al notar cuán irritado me dejaba el comentario.

—Recordarás lo que dije —añadió en mi oído.

—Sí —dije—. Pero me gustaría verla. ¿Cómo es ella?

—Peligrosa. Bien podía creerlo.

El casco del Blitz apareció, y un minuto después nuestra ancla de capa chapoteaba por la borda y la lancha retrocedía hacia un costado.

—Buenas noches, caballeros —dijo nuestro pasajero—. Están a salvo aquí, y pueden cruzar en diez minutos por la mañana y recoger su ancla, si es que todavía está allí. Luego tienen un viento favorable hacia el oeste, hacia Inglaterra si lo desean. Si deciden quedarse un poco más por estos lares, y estoy a su alcance, cuenten conmigo para ayudarles, para la caza o cualquier otra cosa.

Le dimos las gracias, nos dimos la mano y se fue.

—Es un buen tipo, después de todo —dijo Davies; y estuve cordialmente de acuerdo.

La vida estrecha y vigilante comenzó de nuevo al instante. Estábamos «a lo bastante a salvo» en cierto sentido, pero un cabo y un ancla de veinte libras eran una seguridad pobre si el viento cambiaba o aumentaba. Hubo que hacer planes para las contingencias y mantener guardias en cubierta hasta la medianoche, cuando el tiempo pareció mejorar y aparecieron las estrellas. El barómetro subía, así que nos retiramos y dormimos bajo el ala misma, por así decirlo, del Gobierno Imperial.

—Davies —dije, cuando nos acomodamos en nuestras literas—, solo es un día de navegación hasta Norderney, ¿no?

—Con viento favorable, menos, si vamos directo por fuera de las islas.

—Bueno, ¿está decidido que hagamos eso mañana?

—Supongo que sí. Primero tenemos que recuperar el ancla. Buenas noches.

CAPÍTULO XIX. El Rubicón

Fue un amanecer frío y vaporoso, el barómetro subiendo y el viento reducido a una brisa ligera todavía del noreste. Nuestras velas arrugadas y empapadas apenas respondían a ella mientras nos deslizábamos a través del oleaje aceitoso hacia Langeoog. «Nieblas y calmas», profetizó Davies. El Blitz estaba en movimiento cuando pasamos junto a él, y poco después salió hacia el mar abierto. Una vez superada la barra, viró hacia el oeste y se perdió de vista en la bruma. Lamentaría tener que explicar cómo encontramos esa diminuta boya de anclaje, en la inexpresiva extensión de gris. Solo sé que lancé el escandallo incesantemente mientras Davies dirigía, hasta que por fin estuvo tanteando por la borda con el bichero, y allí estaba la boya en cubierta. El cable no tardó en seguirla, y finalmente el monstruo oxidado mismo, más repugnante de lo habitual, tras su larga estancia en el cieno.

—Todo bien —dijo Davies—. Ahora podemos ir a cualquier parte.

—Bueno, es Norderney, ¿no? Lo hemos decidido.

—Sí, supongo que sí. Me preguntaba si no sería más corto ir por dentro de Langeoog después de todo.

—Seguramente no —insistí—. La marea está bajando ahora, y la luz es mala; es terreno nuevo, con una «línea divisoria de aguas» que cruzar, y es seguro que encallaremos.

—Está bien, por fuera. Listo para virar. —Viramos perezosamente y nos dirigimos al mar abierto. Registro el hecho, pero en verdad Davies podría haberme llevado donde quisiera, pues no se veía tierra, solo un par de boyas fantasmales.

—Parece una pena perderse ese canal —dijo Davies con un suspiro—; justo cuando el Kormoran no puede vigilarnos. (No lo habíamos visto en absoluto esta mañana).

Me dediqué de nuevo al escandallo, reacio a reabrir una discusión estéril. Grimm había hecho su trabajo por el momento, me sentía seguro, y estaba en camino por la ruta más corta hacia Norderney y Memmert.

Pronto estuvimos fuera y dirigiéndonos al oeste, nuestra botavara ajustada y las dunas de arena de la isla apenas visibles bajo nuestro sotavento. Entonces la brisa murió hasta convertirse en la corriente más mínima, dejándonos rodar inertes en un largo oleaje. Consumido por la impaciencia por seguir adelante, vi fatalidad en este fracaso del viento, después de una quincena de deambulaciones infructuosas, cuando generalmente habíamos tenido demasiado, y siempre suficiente para nuestro propósito. Intenté leer abajo, pero el vil chirrido de la orza me obligó a subir.

—¿No podemos ir más rápido? —estallé una vez. Sentía que debería haber una pirámide de lona gaseosa en lo alto, *spinnakers*, foques voladores y qué sé yo.

—No me dedico a la velocidad —dijo Davies secamente. Él hizo lealmente todo lo posible por «empujarla», pero las ráfagas y las calmas fueron la regla todo el día, y solo remolcando en el bote auxiliar durante dos horas por la tarde cubrimos la longitud de Langeoog y nos arrastramos antes del anochecer hacia un fondeadero detrás de Baltrum, su vecino con forma de babosa al oeste. Estrictamente, creo, deberíamos haber permanecido en el mar toda la noche; pero no tuve el valor para sugerir ese curso, y Davies estaba demasiado contento con una excusa para surcar los bajíos del Accumer Ee con marea creciente. La atmósfera se había ido despejando lentamente a medida que pasaba el día; pero apenas habíamos anclado diez minutos cuando un manto de niebla blanca, rodando desde el mar, nos envolvió. Davies ya estaba explorando en el bote auxiliar, y tuve que guiarlo de regreso con una bocina de niebla, cuya música despertó a hordas de aves marinas de las llanuras circundantes, y las trajo revoloteando y quejándose a nuestro alrededor, un coro invisible y extraño para mi lúgubre solo.

La niebla seguía siendo pesada al amanecer del día 20, pero se dispersó parcialmente bajo una ráfaga del sur alrededor de las ocho, a tiempo para que atravesáramos el canal balizado detrás de Baltrum, antes de que la marea dejara la línea divisoria.

—No llegaremos lejos hoy —dijo Davies, con filosofía—. Y este tipo de cosas puede seguir así cualquier tiempo. Es un anticiclón otoñal normal, barómetro en treinta punto cinco y estable. Ese vendaval fue el último de un equinoccio tormentoso.

Tomamos la ruta interior como algo natural hoy. Era ahora la más corta hacia el puerto de Norderney, y apenas menos intrincada que el Wichter Ee, que parecía estar casi totalmente bloqueado por bancos, y es, de hecho, la más intransitable de todas estas salidas al Mar del Norte. Pero, como digo, este tipo de navegación, siempre desconcertante para mí, era totalmente confuso en tiempo brumoso. Cualquier intento de orientación me mareaba. Así que trabajé en el escandallo, variando mi labor con una feroz sesión de trabajo con el ancla de capa cuando encallábamos en alguna parte. Tuve dos descansos antes de las dos, uno de una hora, cuando entramos en un parche de niebla sin viento; otro de unos momentos, cuando Davies dijo: «¡Ahí está Norderney!», y vi, coronando una larga pendiente de arena llena de maleza, todavía mojada por el mar en retirada, un grupo de dunas de arena exactamente iguales a cien otras que había visto últimamente, pero cargadas de un interés nuevo y único.

La fórmula habitual: «¿Qué tienes ahora?», detuvo mis ensueños, y «A babor», terminó por el momento. Viramos (pues el viento nos había dado de frente) en aguas muy poco profundas.

De repente, Davies dijo: —¿Es ese un barco allá adelante?

—¿Te refieres a ese galeote? —pregunté. Podía distinguir claramente una de esas embarcaciones familiares a media milla de distancia, justo dentro del límite de visión.

—¿El Kormoran, crees? —añadí. Davies no dijo nada, pero se volvió desatento a su trabajo. «Apenas cuatro», dije, pero no obtuvo respuesta, y tocamos fondo una vez, pero nos liberamos bajo el juego de la corriente. Luego vino abruptamente: «Prepárate con el ancla. Suelta», y nos detuvimos en medio de la corriente del arroyo estrecho que seguíamos. Izé la amura mayor y guardé las velas de proa sin ayuda. Cuando terminé, Davies todavía estaba mirando hacia barlovento a través de sus binoculares y, para mi asombro, noté que sus manos temblaban violentamente. Nunca había visto que esto sucediera antes, incluso en momentos en que un giro falso de la muñeca significaba la muerte en un banco azotado por el oleaje.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Tienes frío?

«Ese pequeño bote», dijo. Yo también miré hacia barlovento y vi ahora un jirón de blanco en la distancia, en un relieve marcado.

«Una pequeña vela al tercio y foque; es ella, sin duda», dijo Davies para sí mismo, en una especie de tartamudeo nervioso.

«¿Quién? ¿Qué?»

«El chinchorro de la Medusa».

Me entregó, o más bien me empujó, los binoculares, sin dejar de mirar.

«¿Dollmann?», exclamé.

«No, es el suyo, el que siempre usa. Ha venido a encontrarse con m... nosotros».

A través de los lentes, el jirón blanco se convirtió en una pequeña y elegante vela, ajustada para la ligera brisa que nos seguía. Un recodo del arroyo ocultó el casco, luego se deslizó a la vista. Alguien estaba sentado a popa gobernando, hombre o mujer no podría decirlo, pues la vela ocultaba la mayor parte de la figura. Durante dos minutos completos —dos minutos largos y preñados de significado— lo observamos en silencio. El aire húmedo empañaba los lentes, pero los mantuve en mis ojos, pues no quería mirar a Davies. Por fin le oí respirar profundamente, enderezarse y soltar uno de sus característicos «h’ms». Entonces se giró vivamente hacia popa, soltó el cabo del chinchorro y lo atrajo junto al costado.

«Ven tú también», dijo, saltando dentro y fijando los toletes. (Sus manos estaban firmes de nuevo). Me reí y empujé el chinchorro.

«Prefiero que lo hagas tú», dijo, desafiante.

«Prefiero quedarme. Ordenaré un poco y pondré la tetera al fuego». Davies había dado media palada, pero hizo una pausa.

«No debería subir a bordo», dijo.

«Quizá le apetezca», sugerí. «Día frío, lejos de casa, cortesía común...»

«Carruthers», dijo Davies, «si sube a bordo, por favor recuerda que ella está fuera de este asunto. No hay pistas que obtener de ella».

Una pequeña lección que me habría molestado más si no me hubiera estado diciendo triunfalmente a mí mismo que, de una vez por todas, para bien o para mal, el Rubicón había sido cruzado.

«Es tu asunto esta vez», dije; «dirígelo como quieras».

Se alejó remando con brazadas vigorosas. «Tal como es», pensé para mis adentros: cabeza descubierta, perlada por el rocío de la niebla, viejo abrigo de hule (con un solo botón); jersey gris; pantalones de lana gris (como los de un pescador de alta mar) metidos dentro de botas altas. Una visión de su antítesis, el *Cowes Philanderer*, cruzó por mi mente por un segundo. En cuanto a su rostro, bueno, solo podía juzgar por él, y maravillarme, que estaba agarrando su dilema por ambos cuernos, tan firmemente como agarraba sus remos.

Observé a los dos botes convergiendo. Se habrían encontrado en el curso natural a unos trescientos metros de distancia, pero ocurrió un contratiempo. Primero, el velero se detuvo y viró; «encallado», concluí. El bote de remos saltó hacia adelante todavía; luego se detuvo también. De ambos flotó a través del aire quieto un gran chapoteo de remos, luego silencio. La cima de la divisoria de aguas, un Rubicón físico, prosaico y viscoso, aún tenía que ser cruzado, al parecer. Pero podía ser evadido. Ambos botes se dirigieron al lado norte del arroyo: dos figuras estaban fuera en la orilla, tirando de dos cabos. Entonces Davies caminaba a grandes zancadas sobre la arena, y una joven —podía verla ahora— venía a su encuentro. Y entonces pensé que era hora de ir abajo y ordenar.

Nada en la tierra habría hecho del salón del Dulcibella una digna sala de recepción para una dama. Solo pude usar esfuerzos apresurados para que luciera lo mejor posible manejando un manojo de estopa y un cepillo para el suelo; arrojando a los estantes y armarios el desorden de pipas, cartas, prendas sueltas, etcétera, que tenían una forma de acumularse de nuevo, por muy recientemente que hubiéramos ordenado; arreglando pulcramente nuestra biblioteca desmoralizada, y encendiendo la estufa y velando la mesa bajo un limpio mantel blanco.

Supongo que habían transcurrido unos veinte minutos, y estaba restregando infructuosamente la mancha de hollín en el techo, cuando oí el sonido de remos y voces afuera. Arrojé la estopa al sollado, hice un ataque contra mis manos y luego subí por la escalera de acompañamiento. Nuestro propio chinchorro estaba justo acercándose al costado, Davies remando en la proa, frente a él en la popa una joven con una boina gris, chaqueta impermeable suelta y falda de sarga oscura, esta última, para ser fríamente exacto, revelando un par de botas de goma prácticas que, *mutatis mutandis*, eran muy parecidas a las que usaba Davies. Su cabello, como el de él, estaba salpicado de humedad, y su piel de color marrón rosado marcaba una nota de delicioso color contra el trasfondo sombrío y estigio.

«Ahí está él», dijo Davies. Nunca sonó tan agradablemente en mis oídos su «meiner Freund, Carruthers»; nunca tan discordante el «Fräulein Dollmann» que le siguió. Cada sílaba de las cuatro era una mentira. Dos honestos ojos ingleses miraban hacia arriba a los míos; una honesta mano inglesa —¿es esto una tontería insular? Quizá sí, pero me mantengo en ello— una mano marrón y firme —no, no tan pequeña, mi sentimental lector— estaba estrechando la mía. Por supuesto, tenía razones de peso, aparte del instinto racial, para pensar que ella era inglesa, pero creo que si no hubiera tenido ninguna, de todos modos habría felicitado a Alemania por un hábil trozo de plagio. Por su voz, cuando habló, supe que debía haber hablado alemán habitualmente desde la infancia; la dicción y el acento eran impecables, al menos para mi oído inglés; pero el tono constitucional nativo faltaba.

Subió a bordo. Hubo una discusión hueca primero sobre el tiempo y el clima, pero terminó como todos en nuestros corazones deseábamos que terminara. Ninguno de nosotros expresó nuestros verdaderos escrúpulos. Los míos, en verdad, eran demasiado nuevos y rudimentarios para valer la pena expresarlos, así que dije cosas de sentido común sobre el té y el calor; pero empecé a pensar en mi pacto con Davies.

«Solo unos minutos, entonces», dijo.

Extendí mi mano y la subí. Miró alrededor de la cubierta y la jarcia con profundo interés —un interés ansioso y sin aliento— conmovedor de ver.

«Ya la has visto antes, ¿no es cierto?», dije.

«No he estado a bordo antes», respondió.

Esto me pareció extraño de pasada; pero entonces yo tenía muy pocos detalles de Davies sobre sus días en Norderney en septiembre.

«Por supuesto, eso es lo que me desconcertaba», exclamó, de repente, señalando el palo de mesana. «Sabía que había algo diferente».

Davies había amarrado el cabo, y ahora tenía que explicar el origen de la mesana. Este fue un proceso engorroso, y la atención de su oyente pronto se desvió del tema y se centró en él —la suya ya estaba más que a medias en ella— y el resultado fue una oportunidad de oro para el espectador perspicaz. Fue muy breve, pero la aproveché al máximo; enterré profundamente algunos arrepentimientos, hice una pequeña penitencia sentida, me dije a mí mismo que había sido un cínico tonto por no haber previsto esto, y enfrenté la nueva situación con el corazón encogido; no me avergüenza admitirlo, pues sentía afecto por Davies, y estaba entusiasmado con la búsqueda.

Ella nunca había sido un agente culpable en ese intento contra Davies. ¿Había sido una herramienta inconsciente o solo una renuente? Si lo segundo, ¿conocía el secreto que buscábamos? En el último grado improbable, decidí. Pero, fiel al pacto, cuya importancia ahora apreciaba plenamente, arrojé mis armas diplomáticas, retrocediendo, tan fuertemente, o casi tan fuertemente, digamos, de cualquier esfuerzo directo o indirecto para obtener información de tal fuente. No era culpa nuestra si por su propia conversación y comportamiento nos daba alguna idea de cómo estaban las cosas. Davies ya sabía más que yo.

Pasamos unos minutos en cubierta mientras ella hacía preguntas ansiosas sobre nuestra construcción, equipo y navegabilidad, con una pintoresca mezcla de perspicacia profesional y curiosidad personal.

«¿Cómo te las arreglaste solo ese día?», le preguntó a Davies, de repente.

«Oh, fue bastante seguro», fue la respuesta. «Pero es mucho mejor tener un amigo».

Ella me miró; y —bueno, habría muerto por Davies allí mismo.

«Padre dijo que estarías a salvo», remarcó, con decisión —un ligero exceso de decisión, pensé. Y ante eso se volvió hacia algún cabo o polea y continuó con sus preguntas. Encontró la brújula impresionante, y los arreos de esa odiosa orza tenían una fascinación peculiar para ella. ¿Era esta la forma en que lo hacíamos en Inglaterra? era su pregunta constante.

Sin embargo, a pesar de una libertad superficial, todos estábamos tímidos y cohibidos. El descenso al interior fue una distracción bienvenida, pues habríamos sido menos que humanos si no hubiéramos extraído algo de diversión espontánea de los humores del salón. Bajé primero para ver lo del té, dejándolos luchando por una comprensión mutua sobre la teoría de un bote salvavidas inglés. Pronto siguieron, y puedo verla ahora inclinándose en la entrada, pisando delicadamente, como un gatito, más allá de la obstructiva orza hacia un lugar en el sofá de estribor, luego absorbiendo su entorno con un tímido éxtasis que estalló en deleite ante todos los arreglos primitivos y las lúgubres comodidades de nuestra guarida. Exploró los cavernosos recovecos del Rippingille, palpó las escopetas de patos y la miscelánea en los estantes, y se asomó al sollado con delicado asombro. Todo era fuente de regocijo, desde nuestras posturas encogidas hasta la dolorosa deficiencia de cucharas y lo «yachty» (no hay otra palabra para describirlo) del pan, que había sido comprado en Bensersiel, y había sufrido por el encarcelamiento y el clima. Este hecho salió a la luz, y dio lugar a algunas preguntas, mientras esperábamos que el agua hirviera, sobre la tormenta y nuestra visita allí. El tema, uno preñado para nosotros, parecía no tener un significado especial para ella. Ante la mención de von Brüning no mostró emoción de ningún tipo; al contrario, se desvió de su camino, por un motivo inocente que cualquiera podría haber adivinado, para mostrar que podía hablar de él con desapego imparcial.

«Vino a vernos cuando estuviste aquí la última vez, ¿no es así?», le dijo a Davies. «A menudo viene. A veces va con padre a Memmert. ¿Sabes sobre Memmert? Están buceando buscando dinero de un viejo naufragio».

«Sí, habíamos oído hablar de ello».

«Por supuesto que sí. Padre es director de la compañía, y el comandante von Brüning tiene gran interés en ello; me llevaron abajo en una campana de buceo una vez».

Murmuré: «¡De veras!», y Davies serró laboriosamente el pan. Ella debe haber interpretado mal nuestro silencio apocado, pues se detuvo y se irguió con un toque de momentánea altivez, totalmente perdido para Davies. Podría haberme reído a carcajadas ante esta pequeña y transitoria comedia de errores.

«¿Vieron algo de oro?», dijo Davies por fin, con ronca solemnidad. Algo tenía que decirse o derrotaríamos nuestro propio fin; pero dejé que él lo dijera. Él no tenía mi fe en Memmert.

«No, solo barro y madera... oh, olvidé...»

«No debes traicionar los secretos de la compañía», dije, riendo; «el comandante von Brüning no nos dijo ni una palabra sobre el oro». («¡Eso es abnegación!», me dije a mí mismo).

«Oh, no creo que importe mucho», respondió, riendo también. «Ustedes son solo visitantes».

«Eso es todo», remarcé, recatado. «Solo viajeros de paso».

«¿Se detendrán en Norderney?», dijo, con ingenua ansiedad. «Herr Davies dijo...»

Miré a Davies; era su asunto. Justa y directa vino su respuesta, en un alemán rudo.

«Sí, por supuesto, lo haremos. Me gustaría volver a ver a tu padre».

Hasta este momento yo había estado dudoso de su decisión final; pues desde nuestra explicación en Bensersiel había tenido la sensación de que estaba sosteniendo su nariz contra una piedra de afilar muy cruel. Esta palabra directa, clara y contundente, más allá de cualquier cosa que hubiera esperado, me trajo a la cordura y me mostró que su mente había estado trabajando mucho más allá de la mía; y más, dando forma a un doble propósito que nunca había soñado.

«¿Mi padre?», dijo Fräulein Dollmann; «sí, estoy segura de que estará muy contento de verlos».

No había convicción en su tono, y sus ojos estaban distantes y turbados.

«No está en casa ahora, ¿verdad?», pregunté.

«¿Cómo lo sabías?» (una pequeña confusión virginal). «Oh, el comandante von Brüning».

Podría haber añadido que había estado claro como el día desde el principio que esta visita era de la naturaleza de una escapada que su padre podría no aprobar. Intenté decir «no lo diré», sin palabras, y puede que lo lograra.

«Se lo dije al señor Davies cuando nos conocimos», continuó. «Espero que regrese muy pronto, mañana de hecho; escribió desde Ámsterdam. Me dejó en Hamburgo y ha estado fuera desde entonces. Por supuesto, no sabrá que su yate está de vuelta. Creo que esperaba que el señor Davies se quedara en el Báltico, ya que la temporada estaba tan avanzada. Pero... pero estoy segura de que estará contento de verlos».

«¿Está la Medusa en el puerto?», dijo Davies.

«Sí; pero no vivimos en ella ahora. Estamos en nuestra villa en la Schwannallée, mi madrastra y yo, es decir». Añadió algunos detalles, y Davies anotó gravemente la dirección en una hoja del libro de bitácora; una formalidad que de alguna manera parecía regularizar la posición actual.

«Estaremos en Norderney mañana», dijo.

Mientras tanto, la tetera hervía alegremente, y preparé el té —cacao, debería decir, pues el menú fue cambiado en deferencia a los gustos de nuestra visitante. «¡Esto es divertido!», dijo. Y por consentimiento común nos entregamos, tres marineros jóvenes y hambrientos, al disfrute de este picnic improvisado. Tal oportunidad podría no volver a ocurrir nunca: *carpamus diem*.

Pero el banquete nunca se celebró. Como en la fiesta de Baltasar, había una escritura en la pared; no una inscripción sobrenatural, sino solo un nombre impreso; un apellido inglés con título e iniciales, en letras doradas baratas en el lomo de un libro viejo; un testigo silencioso y burlón de nuestra acogedora fiesta. La catástrofe vino y pasó tan repentinamente que en ese momento apenas tuve siquiera una idea de lo que la causó; pero ahora sé que así es como sucedió. Nuestra visitante estaba sentada en el extremo delantero del sofá de estribor, cerca del mamparo. Davies y yo estábamos frente a ella. A través del mamparo, a la altura de nuestras cabezas, corría la estantería de libros, cuyo contenido, recuerden, había enderezado cuidadosamente solo hace media hora, sin soñar con la consecuencia. Alguna pequeñez, probablemente el libro de bitácora que Davies había alcanzado de la estantería, llamó su atención sobre el resto de nuestra biblioteca. Mientras estaba ocupado con el cacao, la oí deletrear algunos títulos, palpando las hojas, y regañando a Davies por el poco cuidado que tenía con sus libros. De repente hubo un silencio que me hizo mirar hacia arriba, para ver un cambio sobresaltado y lastimero en ella. Estaba mirando a Davies con ojos muy abiertos y labios entreabiertos, un rubor ardiente subiendo a su frente, y tal expresión en su rostro como la que podría llevar un sonámbulo, que despierta con miedo sin saber dónde está.

La mitad de su mente estaba lejos, esforzándose por interpretar algún sueño horrible del pasado; la mitad estaba en el presente, encogiéndose ante alguna realidad repugnante. Permaneció así durante quizás diez segundos, y luego —valiente muchacha que era— se dominó, miró deliberadamente alrededor y hacia arriba con una mirada circular, extrañamente a la manera del propio Davies, y habló. Qué tarde era, tenía que irse, su bote no estaba seguro. Al mismo tiempo se levantó para irse, o mejor dicho se deslizó a lo largo del sofá, pues levantarse era imposible. Nos sentamos como patanes sin modales, en blanco asombro. Davies al principio había dicho: «¿Qué pasa?», en inglés sencillo, y luego recayó en la estupefacción. Me recuperé el primero, y protesté de alguna manera torpe sobre el cacao, el tiempo, la ausencia de niebla. Al intentar responder, su compostura se quebró, pobre niña, y su retirada se convirtió en una huida ciega, como la de un animal herido, mientras cada circunstancia sórdida parecía acentuar su pánico.

Inclinó la esquina de la mesa al dejar el sofá y derramó cacao sobre su falda; se golpeó la cabeza con dolorosa fuerza contra el dintel afilado de la puerta, y tropezó en los escalones de la escalera. Yo estaba justo detrás, pero cuando llegué a la cubierta ella ya estaba en el espejo de popa subiendo el chinchorro. Incluso había saltado dentro y puesto las manos en los remos antes de que ocurriera cualquier control en sus movimientos precipitados. Ahora se le ocurrió el hecho patente de que el chinchorro era nuestro, y que alguien debía acompañarla para traerlo de vuelta.

«Davies te llevará», dije.

«Oh no, gracias», tartamudeó. «Si fuera tan amable, Herr Carruthers. Es su turno. No, quiero decir, yo quiero...»

«Ve», me dijo Davies en inglés.

Subí al chinchorro y le hice señas para tomar los remos. Parecía no verme, y se alejó mientras Davies le bajaba su chaqueta, que había dejado en la cabina. Ninguno de nosotros trató de mejorar la situación con disculpas convencionales. Quedó en ella, en el último momento, hacer un intento de excusarse, un intento tan valiente y sin embargo tan miserablemente cojo que me hormigueó todo el cuerpo de caliente vergüenza. Ella solo empeoró las cosas, y Davies la interrumpió.

«Auf Wiedersehen», dijo, simplemente.

Sacudió la cabeza, ni siquiera ofreció su mano, y remó; Davies se giró bruscamente y bajó al interior.

Ya no había Rubicón fangoso que nos obstruyera, pues la marea había subido bastante, y las arenas se estaban cubriendo. Ofrecí de nuevo tomar los remos, pero ella no prestó atención y siguió remando, de modo que fui un pasajero silencioso en el asiento de popa hasta que llegamos a su bote, un pequeño y elegante chinchorro de yate, construido según el modelo nativo, con proa de cuchara y diminutas orzas laterales. Ya estaba a flote, pero navegando con bastante seguridad hacia un cabo y un pequeño garfio, que ella procedió a recoger.

«Era bastante seguro después de todo, ya ves», dije.

«Sí, pero no podía quedarme. Herr Carruthers, quiero decirle algo». (Sabía que venía; la advertencia de von Brüning otra vez). «Cometí un error hace un momento; no sirve de nada que vengan a vernos mañana».

«¿Por qué no?»

«No verán a mi padre».

«¿Pensé que dijiste que vendría de vuelta?»

«Sí, en el vapor de la mañana; pero estará muy ocupado».

«Podemos esperar. Tenemos varios días de sobra, y tenemos que recoger cartas de todos modos».

«No deben retrasarse por nuestra cuenta. El tiempo es muy bueno al fin. Sería una lástima perder la oportunidad de un viaje tranquilo a Inglaterra. La temporada...»

«No tenemos planes fijos. Davies quiere cazar algo».

«Mi padre estará muy ocupado».

«Podemos verte a ti».

Insistí en ser obtuso, pues aunque esta esgrima con una muchacha desequilibrada era un trabajo odioso, la búsqueda estaba en juego. Íbamos a Norderney, pasara lo que pasara, y tarde o temprano teníamos que ver a Dollmann. No servía de nada prometer que no. No había dado ninguna promesa a von Brüning, y no daría ninguna a ella. La única alternativa era violar el pacto (que el fiasco actual seguramente había debilitado), hablar claro, e intentar hacer una aliada de ella. ¿Contra su propio padre? Me encogí de hombros ante la responsabilidad y conté el costo del fracaso; fracaso seguro, a juzgar por su conducta. Ella comenzó a izar su vela al tercio de una manera aturdida y negligente, mientras nuestros dos botes derivaban lentamente a sotavento.

«A padre podría no gustarle», dijo, tan bajo y con labios tan temblorosos que apenas capté sus palabras. «No le gustan mucho los extranjeros. Me temo... que no quería volver a ver al señor Davies».

«Pero pensé...»

«Fue un error de mi parte subir a bordo; lo recordé de repente; pero no podía decírselo al señor Davies».

«Entiendo», respondí. «Se lo diré».

«Sí, que no debe acercarse a nosotros».

«Él lo entenderá. Sé que estará muy apenado, pero», añadí con firmeza, «puedes confiar implícitamente en él para hacer lo correcto». ¡Y cómo recé para que esto la contentara! Gracias al cielo, así fue.

«Sí», dijo, «me temo que no me despedí de él. ¿Lo harás tú?». Me dio su mano.

«Una cosa más», añadí, sosteniéndola, «¿será mejor que no se diga nada sobre este encuentro?».

«No, no, nada. Nunca debe saberse».

Solté la borda del chinchorro y la vi tensar su escota y dar un par de bordos a barlovento. Entonces remé de regreso al Dulcibella tan fuerte como pude.

CAPÍTULO XX. El librito deslucido

Encontré a Davies en la mesa de la cabina, rodeado de un montón de libros. El estante estaba vacío y su contenido se hallaba esparcido entre las tazas y por el suelo. Ambos hablamos al mismo tiempo.

—Bueno, ¿qué era?

—Bueno, ¿qué dijo ella?

Cediendo yo, conté mi historia brevemente. Me escuchó en silencio, tamborileando sobre la mesa con un libro que sostenía.

—No es un adiós —dijo—. Pero no me extraña; ¡mira esto! —y me tendió un pequeño volumen, cuya apariencia me resultaba muy familiar, aunque su contenido lo fuera menos. Como señalé en un capítulo anterior, la biblioteca de Davies, excluyendo las tablas de mareas, los «pilotos», etcétera, se limitaba a dos clases de libros: los de guerra naval y los de su propia afición, la navegación en pequeños yates. Tenía seis o siete de estos últimos, incluyendo el *Falcon in the Baltic* de Knight, los *Sailing Tours* de Cowper, el *Down Channel* de Macmullen y otras historias de viajes aventureros menos conocidas. Apenas había hecho más que echar un vistazo a algunos de ellos en momentos libres, pues nuestra vida no dejaba ocio para la lectura. Este volumen en particular era —no, mejor no lo describiré con demasiado detalle; pero diré que era viejo y sencillo, encuadernado en tela barata de un estilo bastante anticuado, con un título que indicaba ser una guía para navegantes de un cierto estuario británico. Una etiqueta blanca parcialmente desgarrada llevaba la inscripción «3d.». Le había echado un vistazo una o dos veces sin especial interés.

—¿Y bien? —dije, pasando algunas páginas amarillentas.

—¡Dollmann! —exclamó Davies—. Dollmann lo escribió. —Pasé a la página del título y leí: «Por el Teniente X——, R.N.». El nombre en sí no me decía nada, pero empecé a comprender. Davies continuó: —El nombre también está en el lomo, y estoy seguro de que es lo último que ella miró.

—Pero, ¿cómo lo sabes?

—Y ahí está el hombre mismo. ¡Asno que soy por no haberlo visto antes! Mira el frontispicio.

Era una pieza de ilustración lamentable, del tipo anticuado, carente de definición y acabado, pero eficaz a pesar de ello; pues era evidentemente la reproducción, aunque mediante un proceso barato e imperfecto, de una fotografía. Representaba un pequeño yate fondeado bajo unos bosques, con el propietario de pie en cubierta en mangas de camisa: un hombre bien constituido, robusto, joven, de mediana estatura, afeitado. No parecía haber nada notable en el rostro; el retrato estaba a una escala demasiado pequeña y la expresión, tal como era, tenía ese carácter «fotográfico» fijo.

—¿Cómo lo reconoces? Dijiste que tenía cincuenta años, con barba grisácea.

—Por la forma de la cabeza; eso no ha cambiado. Mira cómo se ensancha en la parte superior y luego se aplana —una especie de forma de cuña— con una frente alta y empinada; apenas lo notarías en eso —(los puntos no eran muy notables, pero vi a lo que Davies se refería)—. La estatura y la figura también son correctas; y las fechas coinciden más o menos. Mira abajo.

Bajo la imagen estaba el nombre de un yate y una fecha. La fecha del editor en la página del título era la misma.

—Hace dieciséis años —dijo Davies—. Se ve de treinta y tantos en eso, ¿verdad? Y cincuenta ahora.

—Analicemos esto. Hace dieciséis años todavía era inglés, oficial de la Marina de Su Majestad. Ahora es alemán. En algún momento entre aquello y esto, supongo, cayó en desgracia: deshonra, huida, exilio. ¿Cuándo ocurrió?

—Llevan aquí tres años; von Brüning lo dijo.

—Fue mucho antes de eso. Ella habla alemán desde niña. ¿Qué edad crees que tiene, diecinueve o veinte?

—Alrededor de eso.

—Digamos que tenía cuatro cuando se publicó este libro. El desastre debió ocurrir poco después.

—Y han estado escondiéndose en Alemania desde entonces.

—¿Es un libro conocido?

—Nunca vi otro ejemplar; lo compré en un puesto de libros de segunda mano por tres peniques.

—Ella lo miró, ¿dices?

—Sí, estoy seguro de ello.

—¿No estuvo nunca a bordo contigo en septiembre?

—No; se lo pedí a ambos, pero Dollmann puso excusas.

—Pero él, ¿vino a bordo? Me lo dijiste.

—Una vez; se invitó a desayunar el primer día. ¡Por Júpiter! sí; ¿quieres decir que vio el libro?

—Explica muchas cosas.

—Lo explica todo.

Nos quedamos sumidos en una profunda reflexión durante un minuto o dos.

—¿Realmente quieres decir todo? —dije—. En ese caso, zarpemos de inmediato y olvidemos todo el asunto. No es más que un pobre diablo con un pasado, cuyo secreto descubriste y, medio loco de miedo, intentó hacerte callar. Pero no buscas venganza, así que no es asunto nuestro. Podemos arruinarlo si queremos; pero, ¿vale la pena?

—No dices ni una palabra de lo que piensas —dijo Davies—, aunque sé por qué lo dices; y muchas gracias, viejo amigo. No quise decir «todo». Él está conspirando con los alemanes, ¿o por qué nos espió Grimm y nos interrogó von Brüning? Tenemos que averiguar qué trama, además de quién es. Y respecto a ella, ¿qué piensas de ella ahora?

Hice mi mea culpa de corazón. «Inocente e ignorante», fue mi veredicto. «Ignorante, es decir, de las maquinaciones traicioneras de su padre; pero consciente, claramente, de que eran refugiados ingleses con un pasado que ocultar». Dije otras cosas, pero no importan. «Solo que —concluí—, esto hace que el dilema sea infinitamente peor».

—No hay dilema alguno —dijo Davies—. Dijiste en Bensersiel que no podíamos hacerle daño sin hacérselo a ella. Bueno, todo lo que puedo decir es que tenemos que hacerlo. El momento de cortar y huir, si es que alguna vez lo hubo, fue cuando avistamos su chinchorro. Pasé un mal rato entonces.

—Después de todo, nos ha dado un par de pistas.

—No fue culpa nuestra. Negarnos a tenerla a bordo habría sido revelar nuestras cartas; y el mismo hecho de que nos haya dado pistas decide el asunto. Ella no debe sufrir por ello.

—¿Qué hará ella?

—Quedarse con su padre, supongo.

—¿Y qué haremos nosotros?

—Aún no lo sé; ¿cómo puedo saberlo? Depende —dijo Davies lentamente—. Pero el punto es que tenemos dos objetivos, igualmente importantes —¡sí, igualmente, por Júpiter!—: frustrarlo a él y salvarla a ella.

Hubo una pausa.

—Eso es pedir mucho —observé—. ¿Te das cuenta de que en este mismo momento probablemente hemos logrado el primer objetivo? Si fuéramos a casa ahora, entráramos en el Almirantazgo y les presentáramos nuestros hechos, ¿cuál sería el resultado?

—¡El Almirantazgo! —dijo Davies con inefable desprecio.

—Bueno, Scotland Yard también, entonces. Ambos quieren a nuestro hombre, me atrevo a decir. Sería extraño que entre ambos no pudieran desalojarlo y, de paso, descubrir qué está pasando aquí o atraer tal atención sobre este tramo de costa que hacer más secretismo fuera imposible.

—¡Está fuera de toda duda dejar que ella traicione a su padre y luego huir! Además, no sabemos lo suficiente y podrían no creernos. Es un proceder cobarde, lo mires por donde lo mires.

—¡Oh! eso lo decide todo —respondí apresuradamente—. Ahora quiero repasar los hechos. ¿Cuándo la viste por primera vez?

—Aquella primera mañana.

—¿No estaba en el salón la noche anterior?

—No; y él no la mencionó.

—¿Te habrías ido a la mañana siguiente si él no hubiera llamado?

—Sí; ya te lo dije.

—¿Permitió que ella te convenciera de hacer ese viaje con ellos?

—Supongo que sí.

—¿Pero la envió abajo cuando se estaba realizando el pilotaje?

—Por supuesto.

—Ella dijo hace un momento: «Padre dijo que estaríais a salvo». ¿Qué le habías estado diciendo tú?

—Fue cuando la encontré en la arena. (Por cierto, no fue un encuentro casual; ella había estado preguntando y supo de nosotros por un patrón que había visto el yate cerca de Wangeroog, y ella ya había estado por esta zona). Preguntó enseguida por aquel día y empezó a disculparse, bastante torpemente, ya sabes, por su rudeza al no haberme esperado en Cuxhaven. Su padre descubrió que debía seguir hacia Hamburgo de inmediato.

—Pero tú no fuiste a Cuxhaven; ¿le dijiste eso? ¿Qué le dijiste exactamente? Esto es importante.

—Estaba en un aprieto terrible, sin saber qué le había dicho él. Así que dije algo vago, y luego ella hizo la misma pregunta que von Brüning: «¿No hubo un mar *schrecklich* alrededor del Scharhorn?».

—Entonces, ¿ella no sabía que tomaste el atajo?

—No; él no se había atrevido a decírselo.

—¿Ella sabía que ellos lo tomaron?

—Sí. Él no podría haberlo ocultado. Ella lo habría sabido por el aspecto del mar desde los ojos de buey, el menor tiempo, etcétera.

—Pero cuando el Medusa se puso al pairo y él te gritó que lo siguieras, ¿no entendió ella lo que estaba pasando?

—No, evidentemente no. Ten en cuenta que ella no podría haber oído lo que dijimos, con ese tiempo, desde abajo. No pude interrogarla, pero estaba bastante claro lo que pensaba; a saber, que él se había puesto al pairo por la razón exactamente opuesta, para decir que tomaba el atajo y que yo no intentara seguirlo.

—¿Por eso insistió en haberte esperado en Cuxhaven?

—Por supuesto; el mío habría sido el trayecto más largo.

—¿No tenía idea de que hubiera malas intenciones?

—Ninguna, que yo pudiera ver. Después de todo, allí estaba yo, vivo y coleando.

—Pero ella estaba arrepentida de haberte inducido a navegar ese día y de no haber esperado para ver si llegabas a salvo.

—Más o menos eso.

—¿Ahora, qué dijiste sobre Cuxhaven?

—Nada. Le dejé entender que fui allí y, al no encontrarlos, seguí hacia el Báltico por el río Eider, habiendo cambiado de opinión sobre el canal marítimo.

—Ahora, ¿qué hay de su viaje de regreso desde Hamburgo? ¿Estaba sola?

—No; la madrastra se unió a ella.

—¿Dijo que había preguntado por ti en Brunsbüttel?

—No; supongo que no quiso. Y no había necesidad, porque el hecho de haber tomado el Eider lo explicaba.

Reflexioné. —¿Estás seguro de que ella no tenía idea de que tomaste el atajo?

—Muy seguro; pero puede que lo adivine ahora. Adivinó las malas intenciones al ver ese libro.

—Por supuesto que sí; pero yo pensaba en otra cosa. Hay dos historias circulando ahora: la tuya ante von Brüning, la verdadera, que seguiste al Medusa hacia el atajo; y la de Dollmann ante ella, que rodeaste el Scharhorn. Esa es evidentemente su versión del asunto, la versión que habría dado si te hubieras ahogado y se hubieran hecho preguntas; la versión a la que habría jurado a su tripulación si descubrieran la verdad.

—Pero debe abandonar ese cuento cuando sepa que estoy vivo y de regreso.

—Sí; pero mientras tanto, suponiendo que von Brüning lo vea antes de saber que estás de regreso y quiera averiguar la verdad sobre ese incidente. Si yo fuera von Brüning diría: «Por cierto, ¿qué fue de aquel joven inglés al que atrajo al Báltico?». Dollmann daría su versión, y von Brüning, al haber oído la nuestra, sabría que miente y que intentó ahogarte.

—¿Importa eso? Ya debe saber que Dollmann es un sinvergüenza.

—Eso hemos estado suponiendo; pero podemos estar equivocados. Seguimos a oscuras sobre la posición de Dollmann ante estos alemanes. Puede que ni siquiera sepan que es inglés, o que lo sepan y no conozcan su verdadero nombre y pasado. Qué efecto tendrá tu historia en sus relaciones con él es algo que no podemos prever. Pero tengo claro una cosa: nuestro interés primordial es mantener el *statu quo* mientras podamos, minimizar el peligro que corriste aquel día y actuar como testigos en su defensa. No podemos hacerlo si su historia y la tuya no coinciden. La discrepancia no solo lo condenará a él (eso puede ser irrelevante), sino que arrojará dudas sobre nosotros.

—¿Por qué?

—Porque si el atajo era tan peligroso que él no se atrevió a confesar haberte llevado a él, era lo suficientemente peligroso como para hacerte sospechar de malas intenciones; la misma suposición que queremos evitar. Queremos ser considerados simples viajeros, sin cuentas pendientes y sin secretos que husmear.

—Bueno, ¿qué propones?

—Hasta ahora creo que estamos bastante bien. Supongamos que engañamos a von Brüning en Bensersiel y basemos nuestra política en esa suposición. Se deduce que debemos mostrarle a Dollmann lo antes posible que has vuelto, y darle tiempo para revisar sus tácticas antes de comprometerse. Ahora...

—Pero ella le dirá que hemos vuelto —interrumpió Davies.

—No lo creo. Acabamos de acordar mantener el episodio de esta tarde en secreto. Ella espera no volver a vernos nunca.

—Ahora, él viene mañana en el barco de la mañana, dijo ella. ¿Qué significaba eso? ¿Barco desde dónde?

—Lo sé. Desde Norddeich, en el continente frente a nosotros. Hay un ferrocarril allí desde Norden y un transbordador de vapor cruza a la isla.

—¿A qué hora?

—Tu Bradshaw nos lo dirá; aquí está: «Servicio de invierno, 8:30 a. m., llega a las 9:05».

—Vámonos de inmediato.

Tuvimos un forcejeo con la marea al principio, pero una vez pasada la divisoria, el canal mejoró y la bruma se aclaró gradualmente. Un faro apareció entre las dunas de arena en la costa de la isla y, antes de que cayera la oscuridad, vimos vagamente las agujas y los tejados de un pueblo, y dos largos muelles negros extendiéndose hacia el sur. Estábamos apenas a una milla cuando perdimos el viento por completo y tuvimos que fondear. Decididos a llegar a nuestro destino esa noche, esperamos hasta que la marea bajó y luego remolcamos el yate con el chinchorro. Durante este proceso, una niebla cayó sobre nosotros de repente, igual que ayer. Yo estaba remolcando en ese momento y, por supuesto, me detuve en seco; pero Davies me gritó desde el timón que continuara, que podía arreglárselas con la sonda y la brújula. Y el resultado fue que, alrededor de las nueve, fondeamos a salvo en el radas de cinco brazas, cerca del muelle este, como una breve inspección nos confirmó. Había sido una pequeña obra maestra de destreza marinera.

Hubo un silencio absoluto hasta que nuestra cadena sonó al caer, cuando un grito ahogado vino desde la dirección del muelle y pronto oímos un bote tanteando hacia nosotros. Era un oficial de puerto cortés pero adormilado, que pidió de manera rutinaria nuestros datos y, al oírlos, recordó la visita anterior del *Dulcibella*.

—¿A dónde se dirigen? —preguntó.

—A Inglaterra, tarde o temprano —dijo Davies.

El hombre se rió con sorna. —No este año —dijo—; habrá niebla durante otra semana; siempre es así, y luego tormentas. Mejor dejen su balandro aquí. Las tasas serán solo de seis peniques al mes para ustedes.

—Lo pensaré —dijo Davies—. Buenas noches.

El hombre se desvaneció como un fantasma en la noche espesa.

—¿Está abierta la oficina de correos? —le grité.

—No; a las ocho de mañana —respondió desde la niebla.

Estábamos demasiado emocionados para cenar cómodamente, dormir en paz o hacer otra cosa que planear y especular. Nunca hasta esta noche habíamos hablado con absoluta confianza mutua, pues Davies derribó las últimas barreras de reserva y me permitió ver toda su mente. Amaba a esta chica y amaba a su país, dos pasiones sencillas que por el momento absorbían toda su capacidad moral. No quedaba lugar para la casuística. Pesar una pasión frente a la otra, con las voces discordantes del honor y la conveniencia retumbando en sus oídos, lo había mantenido demasiado tiempo en una tortura infructuosa. Ambas eran correctas; ninguna podía ser abandonada. Si los hechos las mostraban irreconciliables, *tant pis pour les faits*. Debía encontrarse un camino para satisfacer a ambas o a ninguna.

Habría sido un perro sin espíritu si no me hubiera contagiado de su estado de ánimo. Pero, en verdad, su forma de cortar el nudo era en esta coyuntura exactamente lo que me atraía. Yo también estaba cansado de la casuística vicaria, y la fascinación de nuestra empresa, intensificada por el descubrimiento de esa tarde, nunca había sido tan fuerte en mí. Para no ser insincero, no puedo pretender que viera la situación con su mentalidad única. Mi filosofía al dejar Londres era de un tipo muy mundano, y nadie puede cambiar su temperamento en tres semanas. Se lo dije claramente a Davies y, de hecho, sentí una satisfacción perversa al exponer con énfasis brutal algunas verdades sociales que afectaban a este apego suyo hacia la hija de un proscrito. Verdades, las llamo, pero las pronuncié más de memoria que por convicción, y él las escuchó impasible. Y mientras tanto, me aferré imprudentemente a su propia solución. Si eso introducía en nuestra aventura una nota de caballerosidad loca más adecuada a los caballeros andantes de la Edad Media que a jóvenes modernos y sobrios —bueno, gracias al cielo, no era demasiado sobrio y todavía lo suficientemente joven como para aferrarme a esa fantasía con un ardor de imaginación, si no de carácter; tal vez, también de carácter, porque los Galaad no son tan comunes como para que la gente corriente no tenga que extraer valor de su ejemplo y poner algo de confianza ciega en su fuerza decuplicada.

Reducir un ideal romántico a un plan de trabajo es algo muy difícil.

—Tendremos que razonar hacia atrás —dije—. ¿Cuál será la etapa final? Porque eso debe regir a las otras.

Solo había una respuesta: sacar a Dollmann, secretos y todo, hija y todo, fuera de Alemania por completo. Solo así podríamos satisfacer el doble objetivo que nos habíamos propuesto. ¡Qué alegría es, cuando uno está acosado por dudas, encontrar una necesidad fundamental, por inalcanzable que sea! Nos aferramos a ella y razonamos a partir de ahí. La primera lección fue que, por muchos y fuertes que fueran los enemigos con los que tuviéramos que lidiar, nuestro único enemigo declarado debía ser Dollmann. El resultado de la lucha debía ser conocido solo por nosotros y por él. Si ganábamos y descubríamos «qué tramaba», debíamos a toda costa ocultar nuestro éxito a sus amigos alemanes y separarlo de ellos antes de que se viera comprometido. (Notarás que aceptar alegremente esta limitación demostraba un espíritu muy optimista en nosotros). La siguiente pregunta, cómo averiguar qué tramaba, era mucho más espinosa. Si no hubiera sido por el descubrimiento de la identidad de Dollmann, lo habríamos encontrado un hueso tan duro de roer como siempre. Pero este descubrimiento fue esclarecedor. Puso de relieve dos métodos de acción que hasta entonces habíamos estado buscando combinar vagamente, oscilando entre uno y otro, influenciados cada uno de nosotros en diferentes momentos por diferentes motivos. Uno era confiar en la investigación independiente; el otro, extorsionar el secreto a Dollmann directamente, mediante astucia o amenazas. La moraleja de hoy era abandonar el primero y abrazar el segundo.

Las perspectivas de la investigación independiente no eran ni un ápice mejores que antes. Solo había dos teorías sobre el terreno, la teoría del canal y la teoría de Memmert. La primera languidecía por falta de corroboración; la segunda también parecía haberse debilitado. Para la señorita Dollmann, las obras del naufragio eran evidentemente lo que pretendían ser, y nada más. Este hecho en sí carecía de importancia, pues estaba claro como el agua que ella no era parte de las intrigantes traiciones de su padre, si es que estaba involucrado en tales. Pero si Memmert era su esfera de acción, resultaba desconcertante encontrarla tan familiarizada con ese entorno, hablando a la ligera de un descenso en una campana de buceo; insinuando, además, que el misterio en cuanto a los resultados era solo para consumo local. No obstante, el encanto de Memmert como el lugar donde habíamos rastreado a Grimm, y como la única pista tangible que habíamos obtenido, seguía siendo muy grande. La objeción realmente convincente era la dificultad insuperable, siendo como éramos conocidos y vigilados, de averiguar su significado. Si había algo importante que ver allí, nunca se nos permitiría verlo, mientras que al intentar y fracasar lo arriesgábamos todo. Fue en este punto donde se disipó el último de todos los malentendidos entre Davies y yo. En Bensersiel, él se había visto influido más de lo que admitía por mis argumentos sobre Memmert; pero en aquel entonces (como insinué) estaba sesgado por un prejuicio radical. La teoría del canal se había convertido en una especie de religión para él, prometiendo una doble salvación: no solo evitar a los Dollmann, sino alcanzar el éxito en la búsqueda mediante métodos en los que era un maestro. Tener que abandonarla y recurrir al espionaje de las defensas navales era una idea que temía y en la que desconfiaba. No era la moralidad del curso lo que le molestaba. Tenía la mente demasiado despejada para cerrar los ojos al hecho esencial de que, en el fondo, éramos espías de una potencia extranjera en tiempos de paz, o para aliviar su conciencia mediante distinciones especiosas sobre nuestro modo de operar. La potencia extranjera para él era Dollmann, un traidor. Esa era su justificación definitiva, adoptada sin miedo y mantenida hasta el final. Era más bien que, conociendo sus propias limitaciones, toda su naturaleza se retraía ante el tipo de acción que conllevaba la teoría de Memmert. Y había un gran sentido común en su antipatía.

Hasta aquí la investigación independiente.

Por otra parte, el camino estaba ahora despejado para el otro método. Davies ya no temía enfrentarse al embrollo en Norderney; y aquel día la fortuna nos había dado un arma nueva y potente contra Dollmann; cuán potente exactamente, no podíamos saberlo, pues solo habíamos tenido un vistazo de su pasado y desconocíamos sus relaciones exactas con el Gobierno. Pero sabíamos quién era. Usando este conocimiento con destreza, ¿no podríamos arrancarle el resto? Sondear el terreno, por supuesto, guiándonos por su propia conducta, pero al final, ¿golpear duro y apostarlo todo a ese golpe? Tal era, al menos, nuestro plan esta noche. Más tarde, dando vueltas en mi litera, recordé el pequeño libro color pardo, encendí una vela y lo busqué. Un prefacio explicaba que había sido escrito durante un permiso de dos meses del servicio naval y expresaba la esperanza de que pudiera ser de utilidad para los navegantes corintios. El estilo era sencillo, pero erudito y conciso. No había rastro de la individualidad del escritor, salvo cierto gusto contenido al describir bancos y bajíos, lo que me recordó al propio Davies. Por lo demás, encontré el libro aburrido y, de hecho, me hizo dormir.

CAPÍTULO XXI. A ciegas hacia Memmert

—Ahí viene —dijo Davies. Eran las nueve de la mañana siguiente, 22 de octubre, y estábamos en cubierta esperando la llegada del vapor de Norddeich. No había cambios en el tiempo: seguía el mismo frío intenso, con el barómetro alto y solo ráfagas de aire caprichosas; pero la mañana era gloriosamente clara, a excepción de una o dos coronas de bruma que se enroscaban como humo sobre el mar, y una banda atenuada de niebla opaca en el horizonte norte. El puerto se abría ante nosotros y se veía muy cómodo y civilizado, encerrado entre dos largos muelles que se extendían casi media milla desde tierra hasta el fondeadero (llamado Riff Gat) donde nos encontrábamos. Un extraño podría haberlo tomado por un refugio profundo y espacioso; pero esto, por supuesto, era una ilusión debida a la marea alta. Davies sabía que tres cuartas partes del mismo eran lodo, siendo el resto un canal dragado a lo largo del muelle occidental. Un par de remolcadores, una draga y un transbordador con vapor a presión estaban amarrados en ese lado; un pequeño grupo de galiotas en el otro. Más allá de estos había otra embarcación, una galiota en su construcción, pero radiante como una reina entre golfas; sus costados barnizados y sus mástiles brillaban de color naranja al sol. Estos, junto con sus fundas de vela blancas como la nieve y el brillo del latón y el bronce, proclamaban que era un yate. Ya lo había estudiado a través de los prismáticos y leído en su popa: Medusa. Un par de marineros estaban fregando sus cubiertas; se podía oír el chapoteo del agua y el restregar de las escobas de cubierta. —De todos modos pueden vernos —había dicho Davies.

Por lo demás, todo el mundo podía vernos; sin duda el vapor que llegaba debía hacerlo; pues estábamos tan cerca del muelle como la seguridad permitía, frente al atraque que ocuparía, como sabíamos por una pasarela y un grupo de marineros.

Un barco de correos, no más grande que un remolcador grande, se acercaba desde el sur.

—Recuerda, se supone que no sabemos que viene —dije—; bajemos. Además de la claraboya, el techo de nuestra cabina tenía pequeñas ventanas laterales rectangulares. Limpiamos las del lado de babor y observamos los acontecimientos desde ellas, arrodillados en el sofá.

El vapor invirtió sus paletas, lanzando un oleaje que nos hizo balancear hasta los imbornales. Parecía haber muy pocos pasajeros a bordo, pero todos ellos miraban al Dulcibella mientras el barco era arrastrado hacia el muelle. En la cubierta de proa había algunas vendedoras de mercado con cestas, un cartero y un joven desgarbado que podría ser camarero de hotel; en la cubierta de popa, de pie muy juntos, había dos hombres con abrigos largos y sombreros de fieltro blando.

—¡Ahí está! —dijo Davies en un susurro tenso—; el alto. Pero el alto se giró bruscamente mientras Davies hablaba y se alejó a zancadas detrás de la caseta de cubierta, dejándome solo una impresión relámpago de una barba gris y una frente bronceada y pronunciada, detrás de una nube de humo de cigarro. Fue una perversidad por mi parte, pero, a decir verdad, apenas lo extrañé, tan ocupado estaba con el bajo, que permaneció apoyado en la barandilla, contemplando pensativo al Dulcibella a través de un quevedos con montura de oro: un tipo viejo, cetrino y arrugado, de cejas pobladas, con un espeso bigote canoso y un mechón de barba negro azabache en la barbilla. El rasgo más notable era la nariz, que era ancha y plana, fundiéndose casi imperceptiblemente con las mejillas arrugadas. Ligeramente ganchuda en su extremidad inferior, se inclinaba hacia un enorme cigarro que apuntaba hacia nosotros como un arma recién disparada. Parecía sabio como Satanás, y diría que sonreía por dentro.

—¿Quién es ese? —susurré a Davies. (No había necesidad de hablar en susurros, pero lo hicimos instintivamente).

—No se me ocurre —dijo Davies—. ¡Hola! Está retrocediendo y no han desembarcado.

Se habían arrojado algunos paquetes y sacas de correo, y el camarero desgarbado y dos vendedoras habían subido por la pasarela, que ahora estaba siendo izada, y estaban de pie en el muelle. Creo que una o dos personas más habían subido a bordo antes sin que nosotros lo notáramos, pero en el último momento un hombre al que no habíamos visto antes saltó a la cubierta de proa. —¡Grimm! —exclamamos ambos a la vez.

El vapor silbó agudamente, dio una vuelta hacia el fondeadero y luego se alejó. El muelle pronto lo ocultó, pero su humo mostraba que se dirigía hacia el Mar del Norte.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

—Debe haber algún otro muelle donde parar más cerca de la ciudad —dijo Davies—. Vamos a tierra y busquemos tus cartas.

Habíamos hecho una larga y penosa toilette esa mañana, y nos sentíamos bastante cohibidos el uno del otro mientras remábamos hacia el muelle, con trajes azules muy arrugados, cuellos convencionales y botas marrones. Era la primera vez en dos años que veía a Davies con algo parecido a un atuendo respetable; pero un balneario de moda, incluso en temporada baja, exige respeto; y, además, teníamos amigos a los que visitar.

Atamos el bote a una escalera de hierro y en el muelle encontramos a nuestro inquisidor de la noche anterior fumando en la puerta de un cobertizo marcado como "Capitanía de Puerto". Tras algunas cortesías, preguntamos por el vapor. La respuesta fue que era sábado y, por tanto, había seguido hacia Juist. ¿Queríamos un buen hotel? El "Vier Jahreszeiten" seguía abierto, etcétera.

—¡Juist, por Jove! —dijo Davies mientras seguíamos caminando—. ¿Por qué van esos tres a Juist?

—Debería haber pensado que estaba bastante claro. Van de camino a Memmert.

Davies estuvo de acuerdo, y ambos miramos con anhelo hacia el oeste, a una franja de color paja en el mar.

—¿Es alguna reunión, crees? —dijo Davies.

—Lo parece. Probablemente encontraremos al Kormoran aquí, retenido por el viento.

Y lo encontramos poco después, siendo la más externa del grupo de galiotas, al otro lado del puerto. Dos hombres, cuyas caras observamos con atención, estaban sentados en su escotilla remendando una vela.

Inundada de sol, pero silenciosa como la tumba, la ciudad era como una mariposa muerta para la cual los rayos curativos habían llegado demasiado tarde. Cruzamos unos jardines públicos desiertos dominados por un casino magnífico, cuyos pórticos estaban atestados de mesas y sillas; así pasamos quioscos y cafés, grandes hoteles blancos con ventanas tapiadas, bazares y puestos, y todos los posos rancios de la vulgar frivolidad, hasta la oficina de correos, que al menos estaba viva. Recibí un paquete de cartas y compré un horario local, del cual supimos que el vapor navegaba diariamente a Borkum vía Norderney, haciendo escala tres veces por semana en Juist (si el tiempo lo permitía). En el viaje de vuelta de hoy debía estar en Norderney a las 7:30 p.m. Entonces pregunté por el camino al "Vier Jahreszeiten". —Porque sean cuales sean tus principios, Davies —dije—, ¡vamos a tomar el mejor desayuno que el dinero pueda comprar! Tenemos todo el día por delante.

El hotel "Cuatro Estaciones" estaba en la explanada frente a la playa norte. Haciendo honor a su nombre, anunciaba en un cartel iluminado: "Tarifas con todo incluido para visitantes de invierno; atención especial a inválidos, etcétera". Allí, en un gran restaurante de cristal, con el azul tranquilo del océano extendido ante nosotros, comimos el rey de los desayunos, despedimos al camarero y, sobre largos y fragantes habanos, examinamos mi correspondencia con calma.

—¡Qué desperdicio de buena diplomacia! —fue mi primer pensamiento, pues nada había sido manipulado, hasta donde podíamos juzgar tras el examen más minucioso, dirigido, por supuesto, en particular a las cartas oficiales franqueadas (pues para mi sorpresa había dos) desde Whitehall.

La primera por orden de fecha (6 de octubre) decía: "Estimado Carruthers: Tómese otra semana sin falta. Saludos, etcétera".

La segunda (marcada como "urgente") había sido enviada a mi domicilio y reenviada. Estaba fechada el 15 de octubre y cancelaba la carta anterior, pidiéndome que regresara a Londres sin demora: "Siento acortar sus vacaciones, pero estamos muy ocupados y, por el momento, faltos de personal. Saludos, etcétera". Había una posdata seca en el sentido de que en otra ocasión tuviera la bondad de dejar información más regular y definida sobre mi paradero cuando estuviera ausente.

—¡Me temo que nunca recibí esto! —dije, entregándosela a Davies.

—No irás a ir, ¿verdad? —dijo él, mirando, no obstante, con un asombro no disimulado la caligrafía del gran hombre bajo el altivo sello oficial. Mientras tanto, descubrí una anotación en una esquina del sobre: "No te preocupes; son solo las prisas del jefe. M——". Rompí el sobre al instante. Hay misterios domésticos que sería indecente y desleal revelar, incluso al mejor amigo. El resto de mis cartas no necesitaban comentarios; sonreí ante algunas y me sonrojé ante otras; todas eran voces de una vida infinitamente lejana. Davies, mientras tanto, estaba absorto en la información extranjera de un periódico, deletreándola línea por línea y refiriéndose impacientemente a mí para conocer el significado de las palabras.

—¡Hola! —dijo de repente—; ¡el mismo juego de siempre! ¿Oyes esa sirena? Una cortina de niebla había crecido en el horizonte norte y se acercaba a la costa lenta pero seguramente.

—No importa, ¿verdad? —dije.

—Bueno, debemos volver al yate. No podemos dejarlo solo en la niebla.

Había algunas compras que hacer en el camino de vuelta, y mientras buscábamos las tiendas que queríamos, nos encontramos con la Schwannallée y anotamos su posición. Antes de llegar al puerto, la niebla estaba sobre nosotros, cargando contra las calles en densas masas. Afortunadamente, una línea de tranvía conducía directamente al muelle, o habríamos perdido el camino y desperdiciado tiempo que, a la postre, fue de valor incalculable. Poco después tropezamos con la Capitanía de Puerto, que era nuestro punto de referencia para las escaleras donde habíamos atado el bote. El mismo funcionario apareció y amablemente sostuvo el cabo mientras entregábamos nuestros paquetes. Quería saber por qué habíamos abandonado los placeres del "Vier Jahreszeiten". Para cuidar nuestro yate, por supuesto. No era necesario, objetó; no habría tráfico mientras durara la niebla, y la niebla, habiendo llegado a esa hora, había venido para quedarse. Si se despejaba, vigilaría el yate por nosotros. Le dimos las gracias, pero pensamos que subiríamos a bordo.

—Tendrán problemas para encontrarlo ahora —dijo.

La distancia era de ochenta yardas como máximo, pero tuvimos que utilizar un método científico, el mismo, de hecho, que Davies había utilizado la noche anterior al acercarse al muelle este.

—Rema recto en ángulo recto con el muelle —dijo ahora. Lo hice, mientras Davies sondeaba el fondo con su remo entre paladares. Encontró el fondo después de veinte yardas, que era el ancho del canal dragado en este punto. Luego giramos a la derecha y avanzamos suavemente, manteniendo el contacto con el borde del banco de lodo (como ciegos palpando a lo largo de un bordillo) y haciendo breves incursiones desde él, hasta que el Dulcibella apareció a la vista. —Eso es en parte suerte —comentó Davies—; deberíamos haber tenido la brújula también.

Intercambiamos gritos con el hombre del muelle para mostrar que habíamos llegado.

—Es muy buena práctica, ese tipo de cosas —dijo Davies cuando desembarcamos.

—Tienes un sexto sentido —observé—. ¿Hasta dónde podrías llegar así?

—No lo sé. Intentemos otra vez. No puedo quedarme sentado todo el día. Exploremos este canal.

—¿Por qué no ir a Memmert? —dije, en broma.

—¿A Memmert? —dijo Davies, lentamente—; ¡por Jove! ¡Eso es una idea!

—¡Cielo santo, hombre! Estaba bromeando. Son diez millas mortales.

—Más —dijo Davies, distraído—. No es tanto la distancia... ¿qué hora es? Diez y quince; cuarto de marea bajante... ¿De qué estoy hablando? Hicimos nuestros planes anoche.

Pero al verle, para mi asombro, serio, me sentí picado por el esplendor de la idea que había despertado. La confianza en su habilidad era una segunda naturaleza para mí. Me dejé llevar directamente por la lógica del asunto, la grandeza, la completitud de la oportunidad, si por un milagro pudiera ser aprovechada y utilizada. Algo estaba pasando en Memmert hoy; nuestros hombres habían ido allí; aquí estábamos nosotros, a diez millas de distancia, en una niebla sofocante y cegadora. Se sabía que estábamos aquí: Dollmann y Grimm lo sabían; la tripulación del Medusa lo sabía; la tripulación del Kormoran lo sabía; el hombre del muelle, le importara o no, lo sabía. Pero ninguno de ellos conocía a Davies como yo lo conocía. ¿Alguien soñaría por un instante...?

—Espera un segundo —dijo Davies—; dame dos minutos. —Sacó la carta alemana—. ¿A dónde deberíamos ir exactamente? ("¡Exactamente!" La palabra me hizo mucha gracia).

—Al depósito, por supuesto; es nuestra única oportunidad.

—Escucha entonces: hay dos rutas: la exterior por mar abierto, rodeando Juist y doblando hacia el sur; la más sencilla, pero la más larga; el depósito está en la punta sur de Memmert, y Memmert tiene casi dos millas de largo. [Ver Carta B]

—¿Qué distancia sería esa?

—Dieciséis millas buenas. Y tendríamos que remar con un oleaje rompiente la mayor parte del camino, cerca de tierra.

—Fuera de toda duda; además, es demasiado público si se despeja. El vapor fue por ese camino y volverá por ahí. Debemos ir por el interior sobre las arenas. ¿Estoy soñando, sin embargo? ¿Podrás encontrar el camino?

—No me extrañaría. Pero no creo que veas el inconveniente. Es el tiempo y la marea bajante. La marea alta fue alrededor de las 8:15; ahora son las 10:15, y todas esas arenas se están secando. Debemos cruzar el See Gat y alcanzar ese canal balizado, el Memmert Balje; alcanzarlo, pegarnos a él (no se puede recortar ni un centímetro) y pasar esa "divisoria" que ves ahí antes de que sea demasiado tarde. Es infernalmente mala, puedo verlo. Ni siquiera un bote la cruzará una hora antes o después de la marea baja.

—Bueno, ¿qué tan lejos está la "divisoria"?

—¡Dios santo! ¿Para qué estamos hablando? ¡Cámbiate, hombre, cámbiate! Habla mientras nos cambiamos. (Empezó a quitarse la ropa de tierra y yo hice lo mismo). Está al menos a cinco millas del final; seis, permitiendo curvas; hora y media de remo duro; dos, permitiendo retrasos. ¿Estás en forma? Tendrás que remar más. Luego hay seis o siete millas más; más fáciles. Y entonces... ¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos allí?

—Déjame eso a mí —dije—. Tú llévame allí.

—¿Suponiendo que se despeje?

—¿Después de llegar allí? Mal; pero debemos arriesgarnos. Si se despeja en el camino hacia allí no importa por esta ruta; estaremos a millas de tierra.

—¿Qué hay de la vuelta?

—Tendremos marea creciente, de todos modos. Si la niebla dura, ¿puedes arreglártelas con niebla y oscuridad?

—La oscuridad no lo hace más difícil, si tenemos una luz para ver la brújula y la carta. Prepara la lámpara de bitácora... no, la luz de fondeo. Ahora dame las tijeras y no digas ni una palabra en diez minutos. Mientras tanto, piénsalo y carga el bote (¡por Jove!, no hagas ni un ruido)... algo de comida y whisky, la brújula de mano, la sonda, la luz de fondeo, cerillas, un pequeño bichero, un ancla de garfio y cabo.

—¿Corneta de niebla?

—Sí, y el silbato también.

—¿Un arma?

—¿Para qué?

—Vamos a por patos.

—Está bien. Y amortigua los toletes con estopa.

Dejé a Davies absorto en las cartas y me ocupé silenciosamente de mis propias funciones. En diez minutos estaba en la escalera, llamándome.

—He terminado —susurró—. ¿Nos vamos?

—Lo he pensado. Sí —respondí.

Esto solo era aproximadamente cierto, pues no podría haber expresado con palabras todos los pros y los contras que había sopesado. Fue un impulso lo que me llevó hacia adelante; pero un impulso fundado en la razón, con un tinte, quizás, de superstición; pues la búsqueda había comenzado en una niebla y bien podría terminar en una.

Faltaban veinticinco minutos para las once cuando nos alejamos sin ruido. —Deja que derive —susurró Davies—, la marea bajante la llevará más allá del muelle.

Nos deslizamos junto al Dulcibella y desapareció. Luego nos sentamos sin hablar ni movernos durante unos cinco minutos, mientras el gorgoteo de la marea a través de los pilotes se acercaba y pasaba. El bote parecía estar inmóvil, tal como un globo en las nubes puede parecer inmóvil a sus ocupantes, aunque impulsado por una corriente de aire. En realidad, estábamos saliendo del Riff Gat hacia el See Gat. El bote se balanceaba ante un ligero oleaje.

—Ahora, rema —dijo Davies en voz baja—; mantén el ritmo largo y constante, sobre todo constante; ambos brazos con igual fuerza.

Yo estaba en el banco de proa; él, frente a mí en el banco de popa, con la mano izquierda detrás, sobre la caña del timón, y el índice derecho sobre un pequeño cuadrado de papel que descansaba en sus rodillas; se trataba de una sección recortada de la gran carta alemana. [Véase la Carta B] En el banco central, entre nosotros, yacían la brújula y un reloj. Sus ojos saltaban constantemente entre estos tres objetos —brújula, reloj y carta—, sin levantar nunca la vista ni mirar hacia afuera, salvo ocasionalmente para echar un vistazo rápido por la borda a las burbujas que pasaban volando, para comprobar si yo mantenía una velocidad regular. Mi deber era ser su autómata, el equivalente humano de un motor marino cuyas revoluciones pueden contarse y utilizarse como datos por el navegante. Mis brazos debían ser regulares como pistones gemelos; la energía que los impulsaba, tan controlable como el vapor. Era un ideal difícil de alcanzar, pues el complejo mortal tiende a confiar en todos los sentidos que Dios le ha dado, incapacitándose así para la exactitud mecánica cuando un sentido (la vista, en mi caso) le falla. Al principio, Davies no dejaba de decirme «izquierda» o «derecha», acompañado por el gorgoteo del timón.

—Así no sirve, demasiada caña —dijo Davies, sin levantar la vista—. Mantén el ritmo, pero escúchame. ¿Puedes ver la rosa de la brújula?

—Cuando me inclino hacia adelante.

—Tómate tu tiempo y no te agobies, pero cada vez que te inclines, échale un buen vistazo. El rumbo es suroeste, medio oeste. Tú toma el opuesto, noreste, medio este, y mantén la popa sobre él. Será duro, pero ahorrará timón y me dejará una mano libre si la necesito.

Hice lo que me pidió, no sin esfuerzo, y nuestro avance se volvió gradualmente más suave, hasta que ya no tuvo necesidad de hablar en absoluto. El único sonido ahora era uno similar al suave hervor de una cacerola hacia babor —el siseo del oleaje, que supe reconocer— y el gruñido amortiguado de los toletes. Rompí el silencio una vez para decir: «Es muy poco profundo». Había tocado arena con mi remo derecho.

—No hables —dijo Davies.

Pasó media hora, y luego añadió el sondeo a sus otras ocupaciones. «Plum» sonaba la sonda a intervalos regulares, y él timoneaba con la cadera mientras recogía el cabo. Al principio salía muy poco, luego aún menos. De nuevo toqué fondo y, mirando de reojo, vi algas. De repente, obtuvo una brazada profunda y el bote, liberado del ligero arrastre que las aguas poco profundas siempre imponen a una embarcación pequeña, saltó boyante hacia adelante. Al mismo tiempo, supe por los hervores en la superficie lisa que estábamos en una fuerte corriente de marea.

—El Buse Tief —murmuró Davies—. Rema fuerte ahora, y constante como un reloj.

Durante cien yardas o más me incliné sobre mis remos y la hice volar. Davies obtenía brazadas de seis pies, hasta que, tan repentinamente como se había profundizado, el agua se hizo somera: diez pies, seis, tres, uno; el bote encalló.

—¡Bien! —dijo Davies—. ¡Atrás! ¡Tira solo del derecho! —El bote giró sobre sí mismo con la proa hacia el N.N.O—. ¡Ambos brazos a la vez! No te preocupes por la brújula ahora; solo rema y escucha las órdenes. Viene un tramo complicado.

Dejó de lado la carta, pateó la sonda bajo el asiento y, arrodillándose sobre las espirales húmedas del cabo, sondeó continuamente con el extremo del bichero, un instrumento pequeño y rechoncho, con muescas a intervalos de un pie, que ya había utilizado antes para el mismo fin. De repente me di cuenta de que habíamos sufrido un contratiempo, pues el bote viró y dobló como un sabueso siguiendo un rastro.

—Detente —dijo de repente— y lanza el ancla.

Obedecí y nos detuvimos, oscilando ante una ligera corriente, cuya dirección Davies verificó con la brújula. Luego, durante medio minuto, se entregó a una reflexión concentrada. Lo que más me llamó la atención de él fue que ni por un momento forzó la vista a través de la niebla; un ejercicio inútil (ya que el radio de nuestra visión era de unas cinco yardas) al que, sin embargo, yo no podía evitar entregarme mientras descansaba. Tomó una decisión y volvimos a partir, rectos y veloces como una flecha esta vez, y en aguas más profundas que el bichero. Pude ver por su rostro que estaba adoptando algún arriesgado recurso cuyo resultado pendía de un hilo... Nuevamente tocamos lodo, y la alegría del artista ante el logro brilló en sus ojos. Retrocediendo, nos dirigimos al oeste y, por primera vez, comenzó a escudriñar la niebla.

—¡Ahí hay uno! —espetó al fin—. ¡Suave todos!

Una baliza, uno de los habituales vástagos verticales, se deslizó fuera de la bruma. Se agarró a él y nos detuvimos.

—Descansa tres minutos ahora —dijo—. Llevamos bastante buen ritmo.

Eran las 11:10. Comí unas galletas y tomé un sorbo de whisky mientras Davies se preparaba para la siguiente etapa.

Habíamos llegado a la salida oriental de Memmert Balje, el canal que corre de este a oeste detrás de la isla de Juist, directamente hasta el punto sur de Memmert. Cómo habíamos llegado hasta allí era incomprensible para mí en ese momento, pero el lector lo entenderá comparando mi narración con la línea de puntos en la carta. Añado esta breve explicación: el método de Davies había sido cruzar el canal llamado Buse Tief y alcanzar el otro lado en un punto bien al sur de la salida del Memmert Balje (en vista del flujo hacia el norte de la marea vaciante), y luego retroceder hacia el norte y tantear el camino hasta la salida. El contratiempo fue causado por una profunda hendidura en el banco de Itzendorf; un callejón sin salida, con una boca ancha, que Davies estuvo a punto de confundir con el propio Balje. No teníamos tiempo para bordear muescas tan profundas; de ahí la carrera a través de su boca con el riesgo de perder el labio superior por completo y, o bien ser arrastrados al mar (pues el más mínimo error era acumulativo), o vagar infructuosamente a lo largo del borde.

Las siguientes tres millas fueron las más críticas de todas. Incluían la «cuenca divisoria», cuya longitud y profundidad eran dudosas; incluían, también, el quid de todo el pasaje, un punto donde el canal se bifurca, continuando nuestra rama hacia el oeste y otra desviándose hacia el noroeste. Debíamos remar contra el tiempo y, sin embargo, debíamos negociar ese quid. Añádase a esto que la corriente estaba en nuestra contra hasta cruzar la divisoria; que la marea estaba justo en su etapa más desconcertante, demasiado baja para permitirnos arriesgar atajos y demasiado alta para dar definición a las orillas del canal; y que la brújula no servía de nada para las curvas menores. «Se acabó el tiempo», dijo Davies, y continuamos. Yo me aferraba al reconfortante pensamiento de que ahora tendríamos balizas a nuestro estribor durante todo el trayecto; a nuestro estribor, digo, pues la experiencia nos había enseñado que todos los canales que corrían paralelos a la costa y las islas estaban uniformemente balizados en el lado norte. Alguien menos seguro que Davies habría sucumbido a la tentación de confiar servilmente en estas marcas, arrastrándose de una a otra y desperdiciando un tiempo precioso. Pero Davies conocía demasiado bien a nuestro amigo la «baliza» y sus excentricidades, y prefería confiar en su sentido del tacto, que ninguna niebla del mundo podría mermar. Si por casualidad divisábamos una, bien, sabríamos en qué lado del canal estábamos. Pero incluso esta ventaja eventual la sacrificó deliberadamente tras una corta distancia, pues cruzó al lado sur, el no balizado, y timoneó y sondeó a lo largo de él, utilizando el banco de Itzendorf como su pasamanos, por así decirlo. Se vio obligado a hacerlo, me dijo después, en vista del quid, donde las líneas convergentes de balizas nos habrían envuelto en una confusión irremediable. Nuestra rama era la del sur, y se deducía que debíamos utilizar la orilla sur y posponer la obtención de cualquier ayuda de las balizas hasta estar seguros de haber pasado ese punto crítico.

Durante una hora estuvimos bajo la máxima tensión, yo de esfuerzo físico, él de mental. No lograba entrar en un ritmo constante, pues los pequeños contratiempos eran constantes. Mi remo derecho patinaba continuamente sobre lodo o algas, y la succión trasera de las aguas someras obstruía nuestro progreso. Una vez, ambos estuvimos fuera, en el limo, tirando de los costados del bote; luego de nuevo dentro, avanzando a trompicones. La niebla me confundía, perdí toda noción del tiempo y el espacio, y me sentí como una marioneta sin sentido pateando y sacudiéndose al ritmo de una música loca sin melodía ni compás. La forma brumosa de Davies, mientras se sentaba con su brazo derecho oscilando rítmicamente hacia adelante y hacia atrás, era una figura de relojería tan loca como yo, pero didáctica y balbuceante en su locura. Entonces, el bichero que blandía con un movimiento circular comenzó a tomar formas grotescas en mi fantasía acalorada; ahora era la antena de un insecto que tanteaba, ahora la manivela del cochecito autopropulsado de un lisiado, ahora el piolet de un montañero lunático que, sentado en su silla, escala y escala hacia una «cuenca divisoria» fantasma. En el fondo de lo que quedaba de mi mente se alojaban dos pensamientos insistentes: «debemos darnos prisa», «nos estamos equivocando». En cuanto a esto último, lleve a un muchacho con antorcha a través de una niebla de Londres y experimentará lo mismo: siempre va por el camino que usted piensa que es erróneo. «¡Estamos remando hacia atrás!», recuerdo haberle gritado a Davies una vez, al darme cuenta de que ahora era mi remo izquierdo el que salpicaba contra los obstáculos. «Tonterías», dijo Davies. «He cruzado»; y recaí.

Poco a poco volví a la cordura, gracias a las mejores condiciones. No hay mal que por bien no venga, y el estado de la marea, aunque nos amenazaba con el fracaso total, tenía la ventaja compensatoria de que cuanto más bajaba, más constreñido y definido se volvía nuestro canal; hasta que llegó el momento en que la brújula y el bichero resultaron innecesarios, porque nuestro pasamanos, el borde fangoso del canal, era visible a la vista, cerca de nosotros; siempre a nuestra derecha ahora, pues el quid quedaba muy atrás y el lado norte era ahora nuestra guía. Todo lo que quedaba era avanzar con todas nuestras fuerzas antes de que el lecho del arroyo se secara.

¡Qué carrera fue! Homérica, en efecto; una lucha de hombres con dioses, pues, ¿qué eran los dioses sino fuerzas de la naturaleza personificadas? Si el Dios de la Marea Vaciante no figuraba en el círculo olímpico, no deja de ser una poderosa divinidad. Davies dejó su puesto y remó al ritmo. Bajo nuestros esfuerzos unidos, el bote avanzaba en saltos extenuantes, lanzando rodillos en miniatura sobre la orilla a nuestro lado. Mis palmas, por curtidas que estuvieran, escocían con ampollas de agua. El ritmo era demasiado intenso para mi fuerza y mi aliento.

—Necesito descansar —jadeé.

—Bueno, creo que ya lo hemos superado —dijo Davies.

Detuvimos el bote en seco y él pinchó por la borda con el bichero. Pasó suavemente por nuestra popa, e incluso mi cerebro desconcertado comprendió el significado de aquello.

—Tres pies y la corriente a favor. Bien superado —dijo—. Remaré un poco mientras descansas y comes.

Eran pocos minutos después de la una y todavía, según sus cálculos, teníamos ocho millas por delante, contando las curvas.

—Pero es una mera cuestión de músculo —dijo.

Le creí y mordisqueé lengua y galletas. En cuanto al músculo, ambos estábamos en buena forma. Él estaba fresco, y el malestar que yo sentía se debía principalmente al esfuerzo espasmódico que culminó en aquel arranque desesperado. En cuanto a la niebla, más de una vez había mostrado una leve tendencia a levantarse, volviéndose más delgada y luminosa, a la manera de las nieblas, para siempre asentarse de nuevo, pesada como una colcha.

Observe el punto marcado como «segundo descanso» (aproximadamente correcto, dice Davies) y el curso del canal desde ese punto hacia el oeste. Verá cómo se ensancha y profundiza hasta las dimensiones de un gran río, para finalmente fusionarse en el estuario del Ems. Observe también que su límite norte, el borde del banco de Nordland, ahora descubierto, conduce, con una interrupción (marcada con A), directamente a Memmert, y está balizado en su totalidad. Entenderá entonces por qué Davies restó importancia al resto de su problema. Comparado con las hazañas que había realizado, era un juego de niños, pues siempre tenía ese margen visible con el que mantenerse en contacto si lo deseaba, o al que regresar en caso de duda. De hecho —observe nuestra línea de puntos—, hizo dos atrevidas desviaciones, la primera puramente para ganar tiempo, la segunda en parte para ganar tiempo y en parte para evitar el punto tan incómodo marcado como A, donde un arroyo con balizas y un pequeño delta propio interrumpe la orilla uniforme. Durante la primera de estas desviaciones —la más corta pero la más brillante—, dejó que yo remara y se dedicó a las sutilezas del rumbo; durante la segunda, y a través de ambas etapas intermedias, remó él mismo, con pausas ocasionales para inspeccionar la carta. Caímos en un ritmo largo y medido, y cubrimos las millas rápidamente, apenas intercambiando una sola palabra hasta que, al final de un largo tirón a través del vacío, Davies dijo de repente:

—¿Y ahora dónde desembarcamos?

Un banco de arena se alzaba sobre nosotros, coronado por una solitaria baliza.

—¿Dónde estamos?

—A un cuarto de milla de Memmert.

—¿Qué hora es?

—Casi las tres.

CAPÍTULO XXII. El cuarteto

Su proeza se había logrado y, por un momento, se produjo algo parecido a un colapso.

—¿A qué hemos venido aquí? —murmuró—; me siento un poco mareado.

Le hice beber un poco de whisky, lo que le reanimó; y luego, hablando en susurros, acordamos ciertos puntos.

Solo yo debía desembarcar. Davies se opuso por lealtad, pero el sentido común, coincidiendo con una fuerte aversión propia, resolvió el asunto. Dos eran más propensos a ser detectados que uno. Yo hablaba bien el idioma y, si me interpelaban, podía cubrir mi retirada con una palabra o dos; con mis monos de lana, botas de mar, abrigo de hule y un sombrero de ala ancha hundido hasta los ojos, pasaría en la niebla por un frisón. Davies debía cuidar el bote; pero, ¿cómo volvería a él? Esperaba hacerlo sin ayuda, usando el borde de la arena; pero si oía un silbido largo, debía tocar la bocina de niebla.

—Toma la brújula de bolsillo —dijo—. No te muevas de la orilla sin usarla, y ponla en el suelo para mayor estabilidad. Toma también este trozo de carta; puede ser útil, pero no puedes perder el depósito, parece estar cerca de la orilla. ¿Cuánto tardarás?

—¿Cuánto tiempo tengo?

—La marea creciente está empezando, ha estado subiendo durante casi una hora; ese banco (lo midió con la mirada) quedará cubierto en una hora y media.

—Eso debería bastar.

—No apures demasiado. Aquí es empinado, pero puede que se suavice más adelante. Si tienes que vadear, nunca me encontrarás y harás un ruido del demonio. ¿Tienes tu reloj, cerillas, cuchillo? ¿No tienes cuchillo? Toma el mío; nunca vayas a ninguna parte sin un cuchillo. (Era su idea de marinero sobre la eficiencia).

—Espera un poco, debemos acordar un lugar de encuentro en caso de que llegue tarde y no pueda alcanzarte aquí.

—No llegues tarde. Tenemos que volver al yate antes de que nos echen de menos.

—Pero puede que tenga que esconderme y esperar a que oscurezca; la niebla puede aclararse.

—Creo que fuimos unos tontos al venir —dijo Davies, sombrío—. No hay lugares de reunión en un sitio como este. Aquí está lo mejor que veo en la carta: una gran baliza triangular marcada en la misma punta de Memmert. Pasarás por ella.

—Muy bien. Me voy.

—Buena suerte —dijo Davies, débilmente.

Bajé, trepé por un glacis fangoso de cinco o seis pies, llegué a arena dura y mojada y me alejé a grandes zancadas con la lenta ondulación del Balje a mi izquierda. Una cortina cayó entre Davies y yo, y me quedé solo; solo, pero cuánto me emocionó sentir la arena firme crujir bajo mis botas; saber que conducía a tierra firme, donde, pasara lo que pasara, podría dar rienda suelta a mi ingenio. Atravesé la niebla con paso vivo.

¡Cielo santo! ¿Qué fue eso? Me detuve en seco y escuché. Desde el agua a mi izquierda sonaron, amortiguados por la niebla, pero distintos al oído, tres golpes dobles en una campana o gong. Miré mi reloj.

«Barco anclado», me dije. «Seis campanadas en la guardia de la tarde». Sabía que el Balje era aquí un fondeadero profundo, donde un barco que entrara en el Ems Oriental podría muy bien anclar para capear una niebla.

Estaba a punto de dar un paso adelante cuando otro sonido siguió desde el mismo lugar, una llamada de corneta esta vez. Entonces lo comprendí; solo los buques de guerra tocan cornetas; el Blitz estaba allí entonces; y muy natural, pensé, y seguí adelante. La arena se volvía más seca, el agua más lejos bajo mis pies; luego apareció una fina cinta negra de algas: la marca de pleamar. Unos pocos pasos cautelosos a la derecha y toqué matas de grama. Era Memmert. Saqué la carta y refresqué mi memoria. ¡No! No podía haber error; mantén el mar a mi izquierda y debo ir bien. Seguí la cinta de algas, manteniéndola a la vista, pero caminando por el borde de la hierba por el bien del silencio. De repente, casi tropiezo con una barra de hierro masiva; otras, una red oxidada de ellas, surgieron por encima y alrededor de mí, como los brazos de un pólipo fantasmal.

«¿Qué infernal telaraña es esta?», pensé, y tropecé saliendo de ella. Había entrado en la base de un trípode gigantesco, sus patas descarnadas arriostradas y cruzadas, su vértice perdido en la niebla; la baliza, recordé. Cien yardas más allá estaba de nuevo de rodillas, escuchando con todas mis fuerzas; pues había varios sonidos pequeños en el aire: voces, el rasquido de la quilla de un bote, el silbido de una melodía. Estaban justo delante. Más a la izquierda, hacia el mar, tenía pruebas auditivas de la presencia de un barco de vapor; uno pequeño, pues el siseo del vapor que escapaba era bajo. A mi derecha, al frente, aún no oía nada, pero el depósito debía estar allí.

Me preparé para alejarme de mi base y puse la brújula en el suelo; calculé el rumbo a N.O. aproximadamente. («Sureste, sureste para volver», repetía interiormente, como un niño aprendiendo la lección). Entonces, de mis dos aliados abandoné uno, la playa, y me entregué por completo a la niebla.

«Juega la partida», me dije. «Nadie te espera; nadie te reconocerá».

Avanzaba en etapas rápidas de diez yardas más o menos, mientras la hierba desaparecía y la arena blanda ocupaba su lugar, plagada de huellas por todas partes. Caminé con cuidado, pues los obstáculos comenzaron a mostrarse: un ancla, un montón de cable oxidado; luego un bote boca abajo y, sobre él, una vieja y sucia pipa de espuma de mar. Me detuve aquí y agucé el oído, pues había sonidos en muchas direcciones; el mismo silbido (detrás de mí ahora), pasos pesados al frente y en algún lugar más allá, a cincuenta yardas calculé, un zumbido de conversación gutural; desde el mismo lugar llegó a mis fosas nasales el olor acre del tabaco barato. Luego una puerta se cerró de un golpe.

Guardé la brújula en mi bolsillo (pensando «sureste, sureste»), me puse la pipa entre los dientes (¡fuj!, el sabor rancio de la misma), me encasqueté el sombrero de ala ancha y caminé encorvado en la dirección de la puerta que se había cerrado. Una voz al frente llamó: «Karl Schicker»; una voz más cercana, la del hombre cuyos pasos había oído acercarse, tomó el relevo y llamó: «Karl Schicker»; yo también lo hice y, dándome la vuelta, llamé «Karl Schicker» tan ruda y guturalmente como pude. Los pasos pasaron muy cerca de mí y, mirando por encima del hombro, vi a un joven pasar, vestido muy parecido a mí, pero con un gorro de piel de foca en lugar de un sombrero de ala ancha. Mientras caminaba, parecía contar monedas en la palma de su mano. Un grito respondió desde la playa y el silbido cesó.

Me di cuenta entonces de que me encontraba en un sendero transitado. Estos encuentros eran peligrosos, así que me desvié, aunque no sin recelo, pues el camino conducía hacia el murmullo de voces y el golpeteo de una puerta, y estas eran mis únicas guías hacia el depósito. De repente, y mucho antes de lo esperado, supe más que vi que tenía un muro frente a mí; ahora era visible, el costado de un edificio bajo de hierro corrugado. Una pausa para reconocer el terreno era absolutamente necesaria; pero el grupo de hablantes podría haber oído mis pasos, y a toda costa debía evitar parecer un extraño tanteando a ciegas. Encendí una cerilla —dos— y di una calada fuerte (como había visto hacer a los obreros) a mi pipa, estudiando la orientación del muro a través de los sonidos. Había una colilla rancia atascada en la cazoleta, y se desprendieron unos vapores nauseabundos. En ese instante, la misma puerta volvió a cerrarse de golpe; se gritó otro nombre, que he olvidado. Decidí que estaba en el extremo de un edificio rectangular que imaginé como una «barraca» de Aldershot, y que la puerta que oía estaba a la vuelta de la esquina, a mi izquierda. Un grupo de hombres debía estar reunido allí, entrando por turnos. Tras escupir ruidosamente, seguí el muro de chapa hacia mi derecha y, al doblar una esquina, paseé tranquilamente, pasando junto a signos de vida doméstica, una tina de lavar, un barril de agua, y luego un camino de baldosas hacia una puerta abierta. Me percaté entonces de la esquina de un segundo edificio, también de zinc, paralelo al primero, pero más alto, pues apenas podía ver el alero. Estaba a punto de desviarme hacia él como un campo de exploración más prometedor, cuando oí abrirse una ventana frente a mí en el edificio original.

Temo estar volviéndome oscuro, así que adjunto un esbozo aproximado de la escena, tal como la vi en parte y la imaginé en su mayor parte. Fue la ventana (A) la que oí abrirse. Desde ella, a través de la niebla, apenas pude distinguir una mano que sobresalía y arrojaba algo: ¿una punta de cigarro? La mano, limpia y con un sello de oro, descansó un instante después sobre el marco y luego cerró la ventana.

Ilustración: diagrama, Depósito de Salvamento de Memmert

Mi geografía estaba clara ahora en un aspecto. Esa ventana pertenecía a la misma habitación que la puerta que se cerraba de golpe (B); pues oí claramente cómo esta última se abría y cerraba de nuevo, frente a mí, al otro lado del edificio. Me pareció que podría ser interesante ver el interior de esa habitación. «Juega limpio», me recordé a mí mismo, y retrocedí unos metros de puntillas, luego me di la vuelta y pasé con aire despreocupado frente a la ventana, dando caladas a mi infame pipa y lanzando una mirada larga y deliberada al interior mientras pasaba: tanto más deliberada cuanto que en el primer instante me di cuenta de que nadie dentro se molestaba por mi presencia. Como esperaba (dada la niebla y la hora), había luz artificial en el interior. Mi fotografía mental fue la siguiente: una habitación pequeña con paredes de madera barnizada y amueblada como una oficina; en el rincón lejano de la derecha, un escritorio de contable, con Grimm sentado en un taburete alto, de perfil a mí, contando dinero; frente a él, en una postura incómoda, un tipo corpulento con ropa de marinero que sostenía un casco de buzo. En el centro de la habitación, una mesa de madera, y sobre ella algo grande y negro. Repanchigados en sillas cerca de ella, de espaldas a mí y con el rostro vuelto hacia el escritorio y el buzo, dos hombres: von Brüning y un hombre mayor de cabeza amarilla y calva (sin duda, el compañero de Dollmann en el vapor). En otra silla, con el respaldo apoyado contra la ventana, Dollmann.

Esas fueron las características principales de la escena; para los detalles tuve que realizar otra inspección. Agachándome, me arrastré de vuelta, silencioso como un gato, hasta que estuve bajo la ventana y, según mis cálculos, directamente detrás de la silla de Dollmann. Luego, con gran cautela, levanté la cabeza. Solo había un par de ojos en la habitación que temiera lo más mínimo, y eran los de Grimm, que estaba sentado de perfil a mí, más lejos. Puse al instante la espalda de Dollmann entre Grimm y yo, y realicé mi escrutinio. Mientras lo hacía, podía sentir un sudor frío destilando por mi frente y hormigueando en mi columna; no por miedo o excitación, sino por pura ignominia. Pues, más allá de toda duda, estaba presente en la reunión de una compañía de salvamento auténtica. Era día de pago, y los directores parecían estar haciendo balance del trabajo realizado; eso era todo.

Sobre la puerta había un viejo grabado de un navío de dos puentes a toda vela; clavado en la pared, una carta náutica y el plano de un barco. Abundaban las reliquias de la fragata naufragada. En un estante sobre la estufa había una pequeña pirámide de balas de cañón incrustadas, y apoyadas en clavos en lugares aislados de las paredes había viejas pistolas corroídas y lo que tomé por los restos de un sextante. En un rincón del suelo se sentaba una pequeña y venerable carronada, cureña y todo. Ninguna de estas cosas me afectó tanto como un montón de madera en el suelo, no leña, sino madera de naufragio inconfundible, negra como el roble de turbera, todavía apelmazada en algunos lugares con el barro de los siglos. Ni fue la mera visión de esta madera lo que me dejó estupefacto. Fue el hecho de que un fragmento de la misma, un madero curvo adornado con unos pernos masivos, yacía sobre la mesa y era, evidentemente, objeto de serio interés. El buzo se había girado y discutía gesticulando sobre él; von Brüning y Grimm insistían en otro punto de vista. El buzo negó con la cabeza repetidamente, finalmente se encogió de hombros, hizo una salutación y salió de la habitación. Sus movimientos me habían obligado a agachar la cabeza con bastante frecuencia, pero ahora me volví casi imprudente respecto a si me veían o no. Todas las debilidades de mi teoría se amontonaron sobre mí: los argumentos que Davies había usado en Bensersiel; la charla irreflexiva de la Fräulein Dollmann; la facilidad (comparativa) con la que había llegado a este punto, sin una barrera que cruzar ni una cerradura que forzar; la publicidad de su viaje a Memmert por parte de Dollmann, su amigo y Grimm; y ahora este vistazo a una rutina de trabajo. En pocos momentos me hundí de profundidad en profundidad de escepticismo. ¿Dónde estaban mis minas, torpedos y submarinos, y dónde mis conspiradores imperiales? ¿Estaba el oro al fondo de este sórdido misterio después de todo? ¿Era Dollmann, al fin y al cabo, un criminal de poca monta? La escalera de pruebas que había subido se tambaleaba y se sacudía bajo mis pies. «No seas tonto», dijo la débil voz de la razón. «Ahí están tus cuatro hombres. Espera».

Dos empleados más entraron en la habitación en rápida sucesión y recibieron sus salarios; uno parecía un fogonero, el otro de un tipo superior, el capitán de un remolcador, digamos. Hubo otra discusión con este último sobre el madero del naufragio, y este hombre, también, se encogió de hombros. Su partida pareció poner fin a la reunión. Grimm cerró un libro de cuentas y me encogí de rodillas, pues comenzó un movimiento general de sillas. Al mismo tiempo, desde el otro lado del edificio, oí a mi grupo de hombres retirándose hacia la playa, escupiendo y charlando mientras se iban. Poco después, alguien cruzó la habitación hacia mi ventana. Me alejé de lado a cuatro patas, me levanté y me aplasté erguido contra la pared, con un desánimo enfermizo sobre mí; mi intención era escabullirme hacia el sureste tan pronto como la costa estuviera despejada. Pero el sonido que vino después me pinchó como un choque eléctrico; era el tintineo y roce de las anillas de una cortina.

Rápido como el pensamiento, volví a mi antigua posición, solo para encontrar mi vista bloqueada por una cortina de cretona. Era de una sola pieza, sin rendija para mi beneficio, pero no colgaba recta, abultándose hacia mí bajo la presión de algo: hombros humanos por la forma. Dollmann, concluí, seguía en su antiguo lugar. Me exasperé ahora al descubrir que apenas podía oír una palabra de lo que se decía, ni siquiera presionando mi oído contra el vidrio. No es que los hablantes estuvieran bajando la voz a propósito —usaban un tono ordinario para una discusión íntima—, sino que el vidrio y la cortina amortiguaban las palabras reales. Aun así, pronto pude distinguir características generales. La voz de von Brüning —la única que había oído antes— la reconocí de inmediato; estaba a la izquierda de la mesa, y la de Dollmann la conocía por su posición. La tercera era un graznido áspero, perteneciente al anciano a quien, por conveniencia, empezaré prematuramente a llamar Herr Böhme. Era una voz demasiado vieja para ser la de Grimm; además, tenía el timbre de autoridad y estaba tratando en ese momento con interrogatorios agudos. Tres de sus frases las capté en su totalidad. «¿Cuándo fue eso?», «¿No fueron más allá?» y «Demasiado tiempo; fuera de toda duda». La voz de Dollmann, aunque la más cercana a mí, era la menos audible de todas. Era un monólogo obstinado, ¿y qué era ese extraño movimiento de la cortina a su espalda? Sí, sus manos estaban detrás de él, agarrando y amasando un pliegue de la cretona. «Te sientes incómodo, amigo mío», fue mi comentario. De repente, echó la cabeza hacia atrás —vi la hendidura de la misma— y habló de tal manera que no pude perder ni una palabra. «Muy bien, señor, los verá en la cena de esta noche; les preguntaré a ambos».

(No les sorprenderá saber que miré al instante mi reloj —aunque lleva mucho tiempo escribir lo que he descrito—, pero apenas eran las cuatro menos cuarto). Añadió algo sobre la niebla, y su silla crujió. Agachándome rápidamente, oí las anillas de la cortina chirriar, y: «Tan espesa como siempre».

«Su informe, Herr Dollmann», dijo Böhme, bruscamente. Dollmann dejó la ventana y acercó su silla a la mesa; los otros dos acercaron las suyas y se acomodaron.

«Chatham», dijo Dollmann, como si anunciara un encabezado. Era una palabra fácil de captar, pronunciada con rapidez, y pueden imaginar cómo me sobresaltó. «¡Ahí es donde has estado el último mes!», me dije a mí mismo. Un mapa crujió y supe que se estaban inclinando sobre él, mientras Dollmann explicaba algo. Pero ahora mi exasperación se volvió aguda, pues ni una sílaba más llegó hasta mí. Poniéndome de cuclillas sobre mis talones, busqué expedientes. ¿Debía escabullirme y probar la puerta? Demasiado peligroso. ¿Subir al tejado y escuchar por el tubo de la estufa? Demasiado ruidoso, y en general, sin esperanza. Intenté forzar hacia abajo la mitad superior de la ventana, que era del tipo sencillo en dos secciones, operando verticalmente. Inútil; resistía la presión suave, se soltaría con un tirón repentino si la forzaba. Saqué la navaja de Davies y pasé la punta de la hoja entre el marco y la ventana para darle juego; sin resultado; pero la navaja era náutica, con un punzón además de una hoja grande.

Justo en ese momento, la puerta interior se abrió y cerró de nuevo, y oí pasos acercándose a la vuelta de la esquina a mi derecha. Tuve la presencia de ánimo de no perder un momento, sino moverme silenciosamente (bendiciendo la arena profunda de Frisia) alrededor de la esquina del gran edificio paralelo. Alguien a quien no pude ver pasó caminando hasta que sus botas resonaron en las baldosas, luego resonaron en las tablas. «Grimm en su sala de estar», deduje. Los minutos preciosos se escaparon: cinco, diez, quince. ¿Se habría ido para siempre? No me atrevía a volver de otro modo. Dieciocho: ¡estaba saliendo! Esta vez me adelanté audazmente cuando el hombre acababa de pasar, vi vagamente una figura y, con bastante claridad, el destello de un papel blanco que sostenía. Hizo su circuito y volvió a entrar en la habitación.

Aquí sentí y superé una recaída en el escepticismo. «Si este es un cónclave importante, ¿por qué no ponen guardias?». Respuesta, la única posible: «Porque están solos. Sus empleados, como todos los que habíamos conocido hasta ahora, no saben nada. El verdadero objetivo de esta compañía de salvamento (una pobre especulación, opiné) es únicamente ofrecer un pretexto para el cónclave». «¿Por qué la cortina, incluso?». «¡Porque hay mapas, estúpido!».

Estaba de vuelta en la ventana, pero tan impotente como siempre contra ese flujo constante de charla baja y confidencial. Pero no me rendiría. El destino y la niebla me habían traído aquí, quizás el alma solitaria que, por la cadena de circunstancias, tenía tanto la voluntad como la oportunidad de arrancarles su secreto a estos cuatro hombres.

¡El punzón! Donde la mitad inferior de la ventana se encontraba con el alféizar, se hundía en una ranura poco profunda. Empujé la punta del punzón hacia abajo en el intersticio entre el marco y la ventana y ejercí una fuerza que aumentaba lentamente, la cual podía regular hasta la fracción de onza, sobre esta poderosa palanca. El marco cedió, con la protesta más leve posible, y por grados imperceptibles lo levanté hasta la parte superior de la ranura, y un poco por encima, digamos media pulgada en total; pero marcó una diferencia apreciable en los sonidos del interior, como cuando retiras el pie del pedal suave de un piano. No pude hacer más, pues no había más punto de apoyo para el punzón, y no me atreví a arriesgar lo que había ganado usando mis manos.

La esperanza se hundió de nuevo cuando puse mi mejilla en el alféizar húmedo y mi oído en la rendija. Mis hombres estaban cerca alrededor de la mesa, refiriéndose a papeles que oí crujir. El «informe» de Dollmann estaba evidentemente terminado, y raramente oía su voz; ocasionalmente la de Grimm, frecuentemente la de von Brüning y Böhme; pero, como antes, era solo la de este último con la que siempre podía contar para una palabra inteligible. Pues, por desgracia, los villanos de la pieza conspiraban sin tener en cuenta la adecuación dramática ni mis intereses. Inmersos en un tema con el que todos estaban familiarizados, eran alusivos, elípticos y persistentemente técnicos. Muchas de las palabras que capté eran desconocidas para mí. El resto eran, en su mayor parte, letras del alfabeto o cifras estadísticas de profundidad, distancia y, una o dos veces, de tiempo. Las letras del alfabeto recurrían a menudo y parecían, por lo que pude entender, representar la clave del cifrado. Los números que se agrupaban a su alrededor eran en su mayoría muy pequeños, con decimales. Lo que más me enfurecía era la escasez de sustantivos sencillos.

Informar al lector de lo que oí sería imposible; era tan caótico que la mayor parte no dejó ninguna impresión en mi propia memoria. Todo lo que puedo hacer es decirle qué fragmentos se me quedaron grabados y qué clasificación nebulosa utilicé. Las letras iban de la A a la G, y mi mejor oportunidad continua llegó cuando Böhme, leyendo rápidamente desde un papel, creo, repasó las letras, hacia atrás, desde la G, añadiendo observaciones a cada una; así: «G... completado». «F... mal... 1.3 (¿metros?).... 2.5 (¿kilómetros?)». «E... treinta y dos... 1.2». «D... 3 semanas... treinta». «C...» y así sucesivamente.

Otra vez repasó esta lista, nombrando él mismo cada letra y recibiendo respuestas lacónicas de Grimm: respuestas que parecían ser números, pero no podía estar seguro. Durante minutos seguidos no capté nada más que el chirrido de plumas y murmullos inarticulados. Pero del montón de basura recogí cinco perlas: cuatro sustantivos sibilantes y un nombre que ya conocía. Los sustantivos eran «Schleppboote» (remolcadores); «Wassertiefe» (profundidad del agua); «Eisenbahn» (ferrocarril); «Lotsen» (pilotos). El nombre, también sibilante y por tanto más fácil de oír, era «Esens».

Dos o tres veces tuve que dar un paso atrás y aliviar mi cuello entumecido, y en cada ocasión miré mi reloj, pues escuchaba contra el tiempo, igual que habíamos remado contra el tiempo. Nos iban a pedir que cenáramos y debíamos estar de vuelta a bordo del yate a tiempo para recibir la invitación. La niebla aún se cernía pesadamente y la luz, siempre mala, iba empeorando. ¿Cómo volverían? ¿Cómo habían venido de Juist? ¿Podríamos adelantarnos? Cuestiones de tiempo, marea, distancia —justo el tipo de sumas odiosas con las que no estaba capacitado para lidiar— estaban distrayendo mi atención cuando debería haber estado totalmente en otra parte. 4.20, 4.25... ya pasaban de las 4.30 cuando Davies dijo que el banco se cubriría. Tendría que dirigirme hacia la baliza; pero estaba fatalmente cerca de ese camino de barcos de vapor, etc., y todavía oía voces de allí a intervalos. Debían ser cerca de las 4.35 cuando hubo otro movimiento de sillas dentro. Entonces alguien se levantó, recogió papeles y salió; alguien más, sin levantarse (por tanto, Grimm), le siguió.

Hubo silencio en la habitación durante un minuto, y después de eso, por primera vez, oí algo de alemán coloquial sencillo, sin acompañamiento de chirridos o crujidos. «Debo esperar por esto», pensé, y esperé.

«Insiste en venir», dijo Böhme.

«¡Ach!» (una exclamación de sorpresa y protesta de von Brüning).

«Dije el 25».

«¿Por qué?».

«La marea sirve bien. El tren nocturno, por supuesto. Dile a Grimm que esté listo...» (Una pregunta inaudible de von Brüning).

«No, en cualquier clima». Una risa de von Brüning y algunas palabras que no pude captar.

«Solo uno, con media carga».

«.....¿reunirse?».

«En la estación».

«So... ¿cómo está la niebla?».

Esto pareció ser realmente el final. Ambos hombres se levantaron y los pasos se dirigieron hacia la ventana. Salté a un lado cuando oí que la abrían, y cubierto por el ruido retrocedí a un lugar seguro. Von Brüning llamó: «¡Grimm!», y eso, junto con la ventana abierta, me decidió a que mi línea de avance era ahora demasiado peligrosa para retirarme por ella. La única alternativa era dar un rodeo alrededor del más grande de los dos edificios —y un rodeo interminable pareció ser— y todo el tiempo supe que mi rumbo de brújula «sureste» se estaba volviendo inútil. Pasé una puerta cerrada con candado, dos esquinas, y me enfrenté al vacío de la niebla. Saqué la brújula y me preparé para el cálculo. «Sureste antes... ahora estoy más al este... el este servirá»; y me fui, con un error de cuatro puntos enteros, sobre montículos y arena profunda. La playa parecía mucho más lejos de lo que había pensado, y empecé a alarmarme, confundido sobre la brújula varias veces, y finalmente me di cuenta de que había perdido el camino. Tuve el sentido común de no empeorar las cosas tratando de encontrarlo de nuevo, y, como el menor de dos males, toqué mi silbato, suavemente al principio, luego más fuerte. El rebuzno de una sirena de niebla sonó justo detrás de mí. Silbé de nuevo y luego corrí por mi vida, mientras la sirena sonaba a intervalos. En tres o cuatro minutos estaba en la playa y en el bote.

CAPÍTULO XXIII. Un cambio de táctica

Nos alejamos de la orilla sin decir palabra y remamos hasta perder de vista la playa. Una voz se acercaba, gritándonos. «Devuelve el saludo», susurró Davies; «haz como si fuéramos un galeote».

«Ho-a», grité, «¿dónde estoy?».

«Frente a Memmert», respondió. «¿A dónde os dirigís?».

«Delfzyl», susurró Davies.

«Delf-zyl», vociferé.

Una frase que terminaba en «ancla» fue devuelta.

«La marea está subiendo hacia el este», susurró Davies; «quédate quieto».

No oímos nada más y, tras unos minutos a la deriva, «¿qué tal?», dijo Davies.

«Una o dos pistas, y una invitación a cenar».

Dejé las pistas para más tarde; la invitación era lo importante, y le expliqué su urgencia.

«¿Cómo volverán?», dijo Davies; «si la niebla persiste, el vapor seguro llegará tarde».

«No podemos contar con nada», respondí. «Había un pequeño vapor cerca del depósito, y la niebla podría levantarse. ¿Cuál es nuestro camino más rápido?».

«Con esta marea, en línea recta a Norderney con la brújula; tendremos agua sobre todos los bancos».

Él tenía todos sus preparativos hechos, la lámpara encendida de antemano, la brújula en posición, y partimos de inmediato; él en el remo de proa donde tenía mejor control sobre la proa del bote; lámpara y brújula en el suelo entre nosotros. El crepúsculo se espesó hasta convertirse en oscuridad —una oscuridad sofocante y pastosa— y aun así avanzamos sin vacilar sobre aquel páramo sin caminos, sentados y balanceándonos en nuestra pequeña piscina de luz naranja sofocada. Para ahogar el cansancio y el suspense, repasé mis pistas e intenté grabar en mi memoria cada palabra fugitiva que había escuchado.

«¿Qué hay siete de por aquí?», le grité a Davies una vez (pensando en la A a la G). «Lo siento», añadí, pues no llegó ninguna respuesta.

«Veo una estrella», fue mi siguiente palabra, tras un largo intervalo. «Ahora se ha ido. ¡Ahí está otra vez! ¡Justo a popa!».

«Esa es la luz de Borkum», dijo Davies al poco tiempo; «la niebla se está levantando». Un viento agudo del oeste golpeó nuestros rostros y, tan rápido como había llegado, la niebla se alejó de nosotros en una masa imponente, dejando al descubierto, limpia y pura, la cúpula estrellada del cielo, todavía brillante por el resplandor crepuscular del oeste y empezando a teñirse de rojo en el este por la luna naciente. La luz de Norderney parpadeaba más adelante, y Davies pudo apartar sus ojos cansados de la poza de luz.

«¡Maldita sea!», fue todo lo que pronunció como gratitud por esta merced, y yo sentí exactamente lo mismo; pues, con niebla, Davies en un bote era rival para un vapor; en campo abierto, perdía su ventaja.

Eran las siete menos cuarto. «Una hora bastará, si nos esforzamos», sentenció, después de tomar una marcación aproximada con las dos luces. Me señaló una estrella que debíamos mantener exactamente a popa y, de nuevo, apliqué mi espalda dolorida y mis palmas escocidas a su labor.

«¿Qué dijiste sobre siete de algo?», preguntó Davies.

«¿De qué hay siete por aquí?».

«Islas, por supuesto», dijo Davies. «¿Es esa la pista?».

«Quizá».

Entonces siguió la más singular de todas nuestras conversaciones. Dos recuerdos son mejores que uno, y cuanto antes grabara el cifrado en su memoria tanto como en la mía, mejor registro tendríamos. Así, con rígida economía de aliento, solté toda mi historia y respondí a sus preguntas jadeantes. Eso me salvó de quedar hipnotizado por la estrella, y a ambos de la conciencia del agotamiento excesivo.

«¿Espiando en Chatham, el sinvergüenza?», siseó.

«¿Qué sacas en limpio?», pregunté.

«¿Nada sobre acorazados, minas, fuertes?», dijo.

«No».

«¿Nada sobre el Ems, Emden, Wilhelmshaven?».

«No».

«¿Nada sobre transportes?».

«No».

«Creo... que tenía razón... después de todo... algo que ver... con los canales... detrás de las islas».

Y así, ese credo desgastado cobró nueva vida; aunque, por mi parte, las palabras que chocaban con él eran las que se habían hundido más profundamente.

«Esens», protesté; «ese pueblo detrás de Bensersiel».

«Wassertiefe, Lotsen, Schleppboote», escupió Davies.

«Kilometre—Eisenbahn», por mi parte, y así sucesivamente.

Me ganaría la justa execración del lector si continuara relatando tal diálogo. Baste decir que pronto nos dimos cuenta de que el fondo de la trama seguía siendo un enigma. Por otro lado, había un rastro fresco, abundante; y la pregunta ya estaba tomando forma: ¿debíamos seguirlo o volver a la decisión de anoche y atacar con las armas que tuviéramos? Era además una pregunta apremiante, la última de muchas —¿es que no iba a haber fin a las emergencias de este día tan atareado?—, apremiante por razones que no podía definir, aunque estaba convencido de que debíamos tener una respuesta lista para la hora de la cena de esta noche.

Mientras tanto, nos acercábamos a Norderney; el See Gat había quedado atrás y, con lo último de la marea entrante justo bajo nosotros y la luz roja del espigón oeste brillando por delante, comenzamos a relajar nuestros esfuerzos sin darnos cuenta. Pero no me atreví a descansar, pues estaba en ese punto de agotamiento en el que el movimiento mecánico era mi única esperanza.

«Luz a popa», dije con voz espesa. «Dos... blanca y roja».

«Vapor», dijo Davies; «aunque va hacia el sur».

«Tres ahora».

Un pulcro triángulo de gemas —topacio, rubí y esmeralda— colgaba fijo tras nosotros.

«Ha virado al este», dijo Davies. «Esfuérzate... un vapor de Juist. No, ¡por Júpiter! demasiado pequeño. ¿Qué es?».

Seguimos esforzándonos, mientras las gemas aumentaban en brillantez a medida que el vapor nos alcanzaba.

«Tranquilo», dijo Davies, «me parece conocer esas luces... la lancha del Blitz... no dejemos que nos pillen remando como locos sudando la gota gorda. Rema un poco hacia la orilla». Tenía razón y, como en un sueño, vi acercarse apresurada y palpitante la misma pequeña lancha que nos había remolcado fuera de Bensersiel.

«Estamos perdidos ahora», recuerdo haber pensado, pues la culpa del fugitivo era fuerte en mí; y un viejo comentario de von Brüning sobre la «policía» resonaba en mis oídos. Pero la embarcación estaba a nuestra altura y nos había sobrepasado antes de que pudiera hundirme mucho en la desesperación.

«Tres de ellos detrás de la capota», dijo Davies: «¿qué vamos a hacer?».

«Seguir», respondí, e intenté una palada débil, pero la pala resbaló sobre la superficie.

«Esperemos un poco», dijo Davies. «Llegamos tarde de todos modos. Si van al yate, pensarán que estamos en tierra».

«Nuestra ropa de calle... tirada por ahí».

«¿Estás en condiciones de hablar?».

«No; pero debemos hacerlo. La menor sospecha bastará para acabar con nosotros ahora».

«Dame tu remo, viejo, y ponte la chaqueta».

Apagó el farol, encendió una pipa y luego remó lentamente, mientras yo me sentaba en un montón flojo en la popa y dedicaba mis últimos recursos de voluntad a la emancipación del espíritu de la carne cansada.

En unos diez minutos estábamos doblando el espigón, y allí estaba el mastelerillo del yate contra el cielo. Vi también que la lancha estaba atracada junto a él y se lo dije a Davies. Entonces encendí un cigarrillo e hice un esfuerzo lamentable por silbar. Davies me siguió y emitió una extraña melodía que tomé por «Home, Sweet Home», pero no tiene el menor oído para la música.

«Vaya, creo que están a bordo», dije; «la cabina está iluminada. ¡Ah del barco!», grité al acercarnos. «¿Quién es?».

«Buenas noches, señor», dijo un marinero que mantenía el yate separado con un bichero. «Es la lancha del comandante von Brüning. Creo que los caballeros quieren verle».

Antes de que pudiéramos responder, una exclamación de: «¡Vaya, aquí están!», vino desde la cubierta del Dulcibella, y la forma tenue del mismísimo von Brüning emergió de la bajada. Se produjo un pequeño forcejeo abajo, que el comandante casi logró disimular con la jovialidad de su saludo. Mientras tanto, la escala crujió bajo un nuevo peso y apareció Dollmann.

«¿Es usted, Herr Davies?», dijo.

«¡Hola! Herr Dollmann», dijo Davies; «¿cómo está?».

Debo explicar que habíamos flotado entre el yate y la lancha, cuyos marineros la habían apartado un poco para dejarnos sitio. La luz de posición de estribor estaba justo detrás y encima de nosotros, vertiendo sus rayos verdes oblicuamente sobre la cubierta del Dulcibella, mientras nosotros y el bote estábamos en profunda sombra entre ambos. El cálculo más estudiado no nos podría haber asegurado condiciones más favorables para un momento que siempre había temido: el encuentro de Davies y Dollmann. El primero, habiendo acortado sus remos, simplemente se quedó donde estaba, medio girado hacia el yate y mirando hacia arriba a su enemigo. Ninguna línea de su propio rostro habría sido visible para este último, mientras que esos despiadados rayos verdes —ya conoce usted su efecto devastador sobre la fisonomía humana— golpeaban de lleno el rostro de Dollmann. Fue mi primera visión clara de cerca, y, seguro en mi fondo de penumbra, me deleité con un lujo de repugnancia supersticiosa en la máscara lívida y sonriente que por unos momentos se inclinó escrutando hacia Davies. Uno de los caprichos de la luz cruda era borrar, o al menos penetrar tanto, la barba y el bigote, como para revelar en silueta los labios y la barbilla, los rasgos en los que los defectos de carácter se traicionan con mayor seguridad, especialmente cuando tu víctima sonríe. Acúsame, si quieres, de recurrir a adornos melodramáticos; objeta que mi propia imaginación prejuiciosa contribuyó al resultado; pero, sin embargo, nunca podré borrar la impresión de pérfida malignidad y baja pasión, exagerada hasta la caricatura, que recibí en esos pocos instantes. Otro capricho de la luz fue identificar al hombre con el retrato suyo cuando era más joven y afeitado, en el frontispicio de su propio libro; y otro aún, el más repulsivamente caprichoso de todos, fue evocar un fuerte parecido con la dulce joven que había estado con nosotros ayer.

¡Basta! Nunca volveré a ofender de esta manera. En realidad, estoy mucho más inclinado a reír que a estremecerme por este encuentro; pues mientras tanto, el tercero de nuestros invitados no invitados se había elevado a la escena con jadeos estertóreos, igual que un demonio saliendo de una trampilla, especialmente cuando entró en la zona de aquella luz sobrenatural. Y allí estaban, en fila, como delincuentes ante el juicio, mientras nosotros, los verdaderos culpables, solo teníamos que aceptar pasivamente las explicaciones. Por supuesto, estas eran lo suficientemente plausibles. Dollmann, al haber visto el yate en puerto esa mañana, había pasado a visitarnos al regresar de Memmert para invitarnos a cenar. Al no encontrar a nadie a bordo y concluir que estábamos en tierra, había tenido la intención de dejar una nota para Davies en la cabina. Su amigo, el Herr Böhme, *«el distinguido ingeniero»*, estaba ansioso por ver el pequeño barco que había llegado de tan lejos, y sabía que a Davies no le importaría la intrusión. En absoluto, dijo Davies; ¿no se quedarían a tomar algo? No, pero ¿iríamos a cenar a la villa de Dollmann? Con placer, dijo Davies, pero primero teníamos que cambiarnos. Hasta este punto habíamos sido los dueños de la situación; pero aquí von Brüning, que era el único de los tres que parecía estar completamente a sus anchas, hizo el *retour offensif*.

«¿Dónde han estado?», preguntó.

«Oh, remando desde que se despejó la niebla», dijo Davies.

Supongo que pensó que esa evasiva pasaría el corte, pero mientras hablaba, noté con horror que un rayo de luz perdido jugaba sobre el manojo de estopa blanca que adornaba uno de los toletes: pues habíamos olvidado quitar esos apéndices reveladores. Así que añadí:

«Tras unos patos otra vez»; y, levantando una de las escopetas, dejé que la luz destellara sobre su cañón. A mis propios oídos, mi voz sonó ronca y distante.

«Siempre patos», rió von Brüning. «Sin suerte, supongo».

«No», dijo Davies; «pero debería ser una buena hora después del atardecer...».

«¿Qué, con la marea subiendo y los bancos cubiertos?».

«Vimos algunos», dijo Davies, con brusquedad.

«Les diré una cosa, mis jóvenes deportistas entusiastas, son temerarios al dejar su barco anclado aquí después del anochecer sin luz. Subí a bordo para encontrar su lámpara y encenderla».

«Oh, gracias», dijo Davies; «nos la llevamos con nosotros».

«¿Para ver y disparar mejor?».

Nos reímos incómodos, y Davies compuso una maravillosa frase en alemán en el sentido de que «podría resultar útil». Afortunadamente, el asunto no fue más lejos, pues la situación era tensa en el mejor de los casos y no soportaba alargarse. La lancha se puso al costado y los invasores evacuaron el suelo británico, pareciendo, a pesar de la despreocupación desenfadada de von Brüning, un grupo bastante abatido. Tanto, que, por muy agudo que fuera mi ansiedad, me armé de valor para susurrar a Davies, mientras el transbordo del Herr Böhme estaba en marcha: «Pide a Dollmann que se quede mientras nos vestimos».

«¿Por qué?», susurró.

«Hazlo».

«Diga, Herr Dollmann», dijo Davies, «¿no se quedará a bordo con nosotros mientras nos vestimos? Hay mucho que contarle, y... y podemos ir con usted cuando estemos listos».

Dollmann aún no se había subido a la lancha. «Con placer», dijo; pero siguió un silencio ominoso, roto por von Brüning.

«Oh, vamos, Dollmann, déjalos en paz», dijo bruscamente. «Estarás horriblemente estorbando ahí abajo, y nunca cenaremos si los retienes charlando».

«Y ya son las ocho y cuarto», gruñó el Herr Böhme desde su rincón detrás de la capota. Dollmann se sometió, se disculpó y la lancha se alejó a vapor.

«Creo que lo pillo», dijo Davies, mientras me ayudaba, casi me izaba, a bordo. «Un poco arriesgado, ¿eh?».

«Sabía que se opondrían; solo quería asegurarme».

La cabina estaba tal como la habíamos dejado, nuestra ropa de calle tirada en desorden sobre las literas, un armario o dos entreabiertos.

«Bueno, me pregunto qué habrán hecho aquí abajo», dijo Davies.

Por mi parte, fui directo a la estantería.

«¿Te llama la atención algo de esto?», pregunté, arrodillándome en el sofá.

«El libro de bitácora ha sido movido», dijo Davies. «Juro que antes estaba al final».

«Eso no importa. ¿Algo más?».

«¡Por Júpiter! ¿Dónde está el libro de Dollmann?».

«Está aquí, pero no donde debería». Yo lo había estado leyendo, recuerda, la noche anterior, y por la mañana lo había colocado a la vista entre los otros libros. Ahora lo encontré detrás de ellos, en una posición forzada, que mostraba que alguien que no tenía tiempo que perder lo había empujado bruscamente hacia adentro.

«¿Qué sacas de eso?», dijo Davies.

Sirvió copas largas y nos permitimos diez minutos de descanso absoluto, estirados a lo largo de los sofás.

«No se fían de Dollmann», dije. «Eso ya lo noté en Memmert».

«¿Cómo?».

«Primero, cuando hablaban de ti y de mí. Él estaba a la defensiva, y con un miedo de mil demonios, además. Böhme le estaba presionando mucho. Después, al final, cuando salió de la habitación seguido por Grimm, quien estoy seguro de que fue enviado a vigilarlo. Fue mientras estaba fuera cuando los otros dos organizaron esa cita para la noche del día 25. Y otra vez ahora, cuando le pediste que se quedara. Creo que todo está saliendo como pensaba. Von Brüning, y a través de él Böhme (que es el «ingeniero de Bremen»), conocen la historia de ese atajo y sospechan que fue un intento contra tu vida. Dollmann no se atreve a confesar eso, porque, dejando a un lado la moralidad, solo podría haber sido provocado por una necesidad extrema; es decir, por el conocimiento de que realmente eras peligroso y no solo un extraño curioso. Ahora nosotros conocemos su motivo; pero ellos aún no. La posición de ese libro lo demuestra».

«¿Él lo metió a empujones?».

«Para evitar que lo vieran. No hay ninguna razón terrenal por la que ellos lo hubieran escondido».

«Entonces estamos avanzando», dijo Davies. «Eso demuestra que saben su nombre real, ¿o por qué habría de meter el libro ahí? Pero no saben que escribió un libro, y que yo tengo una copia».

«En cualquier caso, él cree que no lo saben; no podemos decir más que eso».

«¿Y qué piensa él de mí... y de ti?».

«Ese es el punto. Diez contra uno a que está torturado por las dudas y daría una fortuna por tener cinco minutos a solas contigo para ver cómo va la cosa y obtener tu versión del incidente del atajo. Pero no le dejan. Quieren vigilarlo en nuestra compañía y a nosotros en la suya; ya ves, es un reencuentro interesante para ti y para él».

«Bueno, pongámonos esta ropa infernal para ello», gimió Davies. «Me voy a dar un chapuzón por la borda».

Se requería algo drástico, y seguí su ejemplo, por curiosa que fuera la hora para bañarse.

«Creo que sé lo que pasó hace un momento», dije, mientras usábamos toallas ásperas en el calor de abajo. «Llegaron a vapor y no encontraron a nadie a bordo. «Dejaré una nota», dice Dollmann. «Nada de comunicaciones independientes», dicen ellos (o piensan), «iremos también y aprovecharemos para inspeccionar este avispero». Bajan, y Dollmann, que sabe lo primero que debe buscar, ve esa prueba condenatoria mirándole a la cara. Ellos miran casualmente la estantería entre otras cosas —examinan el libro de bitácora, digamos— y él se las arregla para empujar su propio libro fuera de la vista. Pero no pudo recolocarlo cuando llegó la interrupción. La acción habría atraído la atención entonces, y Böhme le hizo salir de la cabina antes, ya sabes».

«Todo esto está muy bien», dijo Davies, haciendo una pausa en su aseo, «pero ¿sospechan cómo hemos pasado el día? ¡Por Júpiter, Carruthers, esa carta con el cuadrado recortado; ahí está en el estante!».

«Debemos arriesgarnos y farolear todo lo que podamos», dije. El hecho era que Davies no terminaba de darse cuenta de que había hecho algo muy notable aquel día; sin embargo, esas catorce millas sinuosas recorridas con los ojos vendados, por no hablar del viaje de regreso y mis propias hazañas, constituían un logro lo suficientemente audaz e improbable como para disipar cualquier sospecha. No obstante, la burla de von Brüning había sido inquietante, y si una pizca de nuestra expedición había cruzado por su mente o la de ellos, había formas de ponernos a prueba que requerirían toda nuestra desfachatez para vencer.

«¿Qué estás buscando?», dijo Davies. Yo estaba en la etapa de cuello y gemelos, pero había hecho una pausa para estudiar el horario que habíamos comprado esa mañana.

«Alguien insiste en venir en el tren nocturno a alguna parte, el día 25», le recordé. «Böhme, von Brüning y Grimm deben reunirse con ese Alguien».

«¿Dónde?».

«¡En una estación de tren! No sé dónde. Parecían darlo por hecho. Pero debe ser en algún lugar del mar, porque Böhme dijo: «la marea lo permite»».

«Puede ser en cualquier lugar desde Emden a Hamburgo». [Véase el Mapa B]

«No, hay un límite; probablemente sea en algún lugar cercano. Grimm tenía que venir, y él está en Memmert».

«Aquí está el mapa... Emden y Norddeich son las únicas estaciones de la costa hasta llegar a Wilhelmshaven... no, a Carolinensiel; pero esas están muy al este».

«Y Emden está muy al sur. Digamos Norddeich entonces; pero según esto no hay tren allí después de las 6:15 p.m.; eso apenas es «noche». ¿Cuándo es la marea alta el día 25?».

«Veamos... 8:30 aquí esta noche... Norddeich será igual. En algún lugar entre las 10:30 y las 11 el día 25».

«Hay un tren en Emden a las 9:22 desde Leer y el sur, y uno a las 10:50 desde el norte».

«¿Cuentas con otra niebla?», dijo Davies, burlón.

«No; pero quiero saber cuáles son nuestros planes».

«¿No podemos esperar a que termine esta maldita inspección?».

«No, no podemos; saldríamos mal parados». Esto no era una perogrullada estéril, pues yo tenía listo un plan propio, aunque me resistía a planteárselo a Davies.

Mientras tanto, listos o no, teníamos que empezar. Dejamos la cabina tal como estaba, sin cambiar nada y sin ocultar nada; el camino más seguro a seguir, pensamos, a pesar del riesgo de una nueva búsqueda. Pero, como de costumbre, trasladé mi diario al bolsillo de mi pecho y me aseguré de que las dos cartas oficiales de Inglaterra estuvieran a salvo en uno de sus compartimentos.

«¿Qué propones?», pregunté, cuando estuvimos de nuevo en el bote.

«Es un caso de «como antes»», dijo Davies. «El viaje de hoy fue una oportunidad que no volveremos a tener. Debemos volver a la decisión de anoche: decirles que nos vamos a quedar aquí un tiempo. Cazar, supongo que tendremos que decir».

«¿Y cortejar?», sugerí.

«Bueno, ellos ya saben todo sobre eso. Y luego debemos estar atentos a una oportunidad de abordar a Dollmann en privado. No esta noche, porque necesitamos tiempo para considerar esas pistas tuyas».

«¿«Considerar»?», dije: «eso es decir poco».

Estábamos en la escala, y no supe qué rigidez lánguida me oprimía hasta que toqué sus peldaños helados, cada uno de los cuales quemaba mis palmas doloridas como hierro al rojo vivo.

El vapor retrasado estaba llegando justo cuando pusimos el pie en el muelle. «Y, sin embargo, ¡por Júpiter!, ¿por qué no esta noche?», continuó Davies, comenzando a caminar por el muelle a un paso que yo no podía imitar.

«Cálmate», protesté; «y, mira, no estoy de acuerdo en absoluto. Creo que hoy hemos duplicado nuestras posibilidades, pero a menos que cambiemos nuestras tácticas, hemos duplicado nuestros riesgos. Nos hemos metido en una red demasiado enredada. No me gusta esta inspección, y temo a ese viejo zorro de Böhme que la instigó. El mero hecho de que nos inviten demuestra que estamos en una mala posición; pues va en contra de la advertencia de Brüning en Bensersiel y huele sospechosamente a arresto. Hay una brecha entre Dollmann y los demás, pero es un asunto delicado para meter nuestra cuña; en cuanto a esta noche, sin esperanza; están al acecho y no nos darán oportunidad. Y, después de todo, ¿sabemos lo suficiente? No sabemos por qué huyó de Inglaterra y se hizo alemán. Puede haber sido un crimen extraditable, pero puede que no. ¿Suponiendo que nos desafíe? Está la chica, ya sabes: ella nos ata las manos, y si él se entera de eso y comercia con nuestra debilidad, se acabó el juego».

«¿A dónde quieres llegar?».

«Queremos separarlo de Alemania, pero probablemente llegará a cualquier extremo antes que abandonar su posición aquí. Su intento contra ti es la medida de su interés en ella. Ahora bien, ¿se va a desperdiciar el día de hoy?». Estábamos pasando por los jardines públicos y me dejé caer en un banco para descansar un momento, crujiendo las hojas secas bajo mí. Davies permaneció de pie y picoteaba la grava con la punta del pie.

«Tenemos dos pistas valiosas», continué; «esa cita el día 25 es una, y el nombre Esens es la otra. Podemos considerarlas hasta la eternidad; yo voto por actuar según ellas».

«¿Cómo?», dijo Davies. «Estamos bajo un foco de luz aquí; y si nos pillan...».

«Tu plan... ¡buf!, es tan arriesgado como el mío, y aún más», respondí, incorporándome de un tirón, pues un espasmo de calambre me atenazó. «Debemos separarnos», añadí, mientras continuábamos caminando. «Queremos, de un golpe, demostrarles que no somos peligrosos y conseguir un nuevo comienzo. Yo regreso a Londres».

«¡A Londres!», dijo Davies. Estábamos pasando bajo una lámpara de arco y, por la consternación que mostró su rostro, bien podría haber dicho Kamchatka.

«Bueno, después de todo, es donde debería estar en este momento», observé.

«Sí, lo olvidé. ¿Y yo?».

«Tú no puedes arreglártelas sin mí, así que dejas el yate aquí, tomándote tu tiempo».

«¿Mientras tú?».

«Tras indagar sobre el pasado de Dollmann, vuelvo sobre mis pasos haciéndome pasar por otro y sigo las pistas».

«Tendrás que ser rápido», dijo Davies, distraído.

«Puedo llegar justo a tiempo para el día 25».

«Cuando dices “indagar”», continuó, mirando al frente, «espero que no te refieras a poner a otros tras su pista».

«¡Es presa legítima!», no pude evitar decir; pues había momentos en que me irritaba esta fidelidad escrupulosa a nuestra ordenanza de abnegación.

«Es nuestra presa, o de nadie», dijo Davies, tajante.

«Oh, guardaré el secreto», repliqué.

«Mantengámonos juntos», soltó de repente. «Haré un desastre sin ti. ¿Y cómo nos comunicaremos? ¿Cómo nos veremos?».

«De algún modo... eso puede esperar. Sé que es un salto en la oscuridad, pero hay seguridad en ella».

«¡Carruthers! ¿De qué estamos hablando? Si tienen la más mínima idea de dónde hemos estado hoy, nos delatas marchándote a Londres. Pensarán que conocemos su secreto y nos largamos para aprovecharlo. ¡Eso significa arresto, si es lo que quieres!».

«¡Pesimista! ¿Acaso no tengo en mi bolsillo una prueba escrita de buena fe: cartas oficiales de llamada a filas, recibidas hoy? Es un engaño menos, ya ves; pues esas cartas pueden haber sido abiertas; hecho con habilidad, es imposible detectarlo. ¡Ante la duda, di la verdad!».

«Es curioso lo a menudo que compensa en este negocio del espionaje», dijo Davies pensativo.

Habíamos estado caminando por calles desiertas bajo el resplandor de la electricidad, yo con mi andar pesado y plomizo, él con la inclinación decidida hacia delante y los brazos oscilantes que siempre caracterizaban su paso en tierra.

«Bueno, ¿qué hacemos?», dije. «Aquí está la Schwannallée».

«No me gusta», dijo él; «pero confío en tu criterio».

Bajamos lentamente, repasando algunos puntos finales donde era esencial un acuerdo previo. Mientras estábamos en la misma puerta de la villa, dije: «No te comprometas con fechas; no digas nada que te impida estar aquí al menos dentro de una semana con el yate aún a flote». Y mis últimas palabras, mientras esperábamos en la puerta a que respondieran al timbre, fueron: «No hagas caso de lo que diga. Si las cosas se ponen feas, puede que tengamos que aligerar el barco».

«¿Aligerar?», susurró Davies; «oh, espero no estropearlo».

«Espero no tener calambres», murmuré entre dientes.

Se recordará que Davies nunca había estado en la villa antes.

CAPÍTULO XXIV. Finesse

Un criado nos abrió la puerta de una habitación en la planta baja. Al entrar, el tintineo de un piano cesó y una oleada caliente de perfume mezclado con humo de cigarro me golpeó las fosas nasales. Lo primero que noté sobre el hombro de Davies, mientras me precedía en la habitación, fue a una mujer —la fuente del perfume, decidí— girándose desde el piano a su paso y mirándolo de arriba abajo con una familiaridad desdeñosa que de inmediato resentí con vehemencia. Llevaba traje de noche, de corte y color pronunciados; tenía una cierta belleza exuberante, no atribuible del todo a la naturaleza, y una notable falta de educación. Otra mirada me mostró a Dollmann dejando una copa de licor de brandy y levantándose de una silla baja con un sobresalto; y otra, a von Brüning, recostado en un rincón del sofá, fumando; en el mismo sofá, frente a él, estaba... sí, por supuesto que era... Clara Dollmann; pero cómo cambia la gente según su entorno, me sorprendí pensando. Por lo demás, me di cuenta de que la habitación estaba amueblada con ostentación y estaba cargada de un calor generado por la estufa. Davies trazó un rumbo directo hacia Dollmann y le estrechó la mano con resolución profesional. Luego viró hacia el sofá, abandonándome frente al enemigo.

«¿El señor...?», dijo Dollmann.

«Carruthers», respondí claramente. «Estaba con Davies en el barco hace un momento, pero no creo que él me haya presentado. Y ahora lo ha vuelto a olvidar», añadí con sequedad, girándome hacia Davies, quien, tras haberse presentado a la señorita Dollmann, miraba débilmente de ella a von Brüning, la viva imagen de la torpeza muda. (El comandante asintió hacia mí y se desperezó con un bostezo).

«Von Brüning me habló de usted», dijo Dollmann, ignorando mi alusión, «pero no estaba muy seguro del nombre. No; no fue una ocasión para formalidades, ¿verdad?». Soltó una risa repentina, sin alegría. Me pareció rubicundo y excitable; sin embargo, visto bajo una luz normal, era en ciertos aspectos una sorpresa agradable, pues la notable conformación de su cabeza daba una impresión de poder intelectual y de energía inquieta, casi demencialmente inquieta.

«¿Qué necesidad había?», dije. «He oído hablar tanto de usted a Davies —y al comandante von Brüning— que ya parecemos viejos amigos».

Me lanzó una mirada de duda, y una distracción vino desde el piano.

«¡Y ahora, por el amor de Dios!», gritó la dama del perfume, «¡vamos a unirnos al señor Böhme en la cena!».

«Permítame presentarle a mi esposa», dijo Dollmann.

Así que esta era la madrastra; inconfundiblemente alemana, debo añadir. Hice mi reverencia y me sometí a una escrutinio tan franco como el de Davies, solo que algo más favorable para mí, y que terminó en una sonrisa color carmín.

Hubo un movimiento general y más presentaciones. Davies fue conducido ante la madrastra y me encontré frente a la hija con el pulso acelerado y una repentina sensación de mayor complejidad en los asuntos. Yo, por supuesto, había decidido ignorar nuestro encuentro de ayer y daba por sentado que ella haría lo mismo. Y lo ignoró: nos conocimos como absolutos desconocidos; ni me aventuré (pues otros ojos estaban sobre nosotros) a transmitirle ninguna señal de entendimiento. Pero al momento siguiente me preguntaba si no habría caído en una trampa. Ella había prometido no contarlo, pero ¿bajo qué circunstancias? Vi la escena de nuevo: las marismas brumosas, el pequeño y elegante velero y su dulce joven ama, fresca como una flor bañada en rocío, pero pálida y desmoralizada por un miedo horrible, apelando a mi honor para que actuara de tal modo que nosotros tres nunca volviéramos a encontrarnos, prometiendo guardar silencio, pero tanto en su interés como en el nuestro, y bajo esa condición implícita que yo solo había rechazado equívocamente. La condición fue violada, no por culpa suya ni nuestra, pero violada. Ella era libre de ayudar a su padre contra nosotros, ¿y le estaba ayudando? Lo que me inquietaba era su cambio; que ella —¡cómo expresarlo sin ofender!— estaba menos en discordia con su entorno de lo que debería haber estado; que en el vestido, la pose y los modales (mientras intercambiábamos trivialidades) reflejaba demasiado el estilo de la otra mujer; que, de hecho, ella realizaba de algún modo mi concepción original de ella, tan brutalmente confesada a Davies, tan señaladamente, como yo había pensado, falsificada. En la perplejidad enfermiza que este descubrimiento me causó, me atrevo a decir que me vi tan tonto como Davies, y más aún, pues el calor sofocante de la habitación y su atmósfera viciada, sucediendo tan abruptamente al saludable pellizco del aire exterior, me estaban dando un desmayo que este freno moral disminuía mi poder para combatir. El rostro de von Brüning lucía una sonrisa burlona que me hizo estremecer; y, al girarme, encontré otro par de ojos fijos en mí, los del señor Böhme, cuya figura rechoncha había aparecido en una puerta doble que conducía a una habitación contigua. Servilleta en mano, observaba la escena ante él con benevolencia gorda, pero con una astucia excesiva. Instantáneamente noté una leve marca roja que resaltaba en el marfil de su cabeza calva; y yo mismo había sufrido demasiado a menudo en la misma zona para equivocarme sobre su origen: el marco de la puerta de nuestro camarote.

«Este es el otro joven explorador, Böhme», dijo von Brüning. «El señor Davies lo secuestró hace un mes y lo intimidó y mató de hambre hasta someterlo; todavía se ahogarán juntos. Creo que sus sufrimientos han sido terribles».

«Sus sufrimientos han terminado», repliqué. «Me he amotinado... desertado... ¿verdad, Davies?». Pillé a Davies mirando con solemne torpeza a la señorita Dollmann.

«Oh, ¿qué?», balbuceó. Se lo expliqué en inglés. «Oh, sí, Carruthers tiene que volver a casa», dijo, en su vil jerga.

Nadie habló durante un momento, e incluso von Brüning no tenía listo ningún comentario mordaz.

«Bueno, ¿es que nunca vamos a cenar?», dijo Madame con impaciencia; y con eso nos movimos todos hacia las puertas dobles. Había habido poca formalidad en los procedimientos hasta ahora, y hubo aún menos en el comedor. Böhme reanudó su comida con apetito y el resto nos sentamos aparentemente al azar, aunque se podía discernir un método subyacente. Al final, Dollmann estaba en un extremo de la pequeña mesa, con Davies a su derecha y Böhme a su izquierda; Frau Dollmann en el otro, conmigo a su derecha y von Brüning a su izquierda. El séptimo personaje, la señorita Dollmann, estaba entre el comandante y Davies en el lado opuesto a mí. No aparecieron criados y nos servimos nosotros mismos. Tengo un recuerdo vago de varios platos excelentes, y uno claro de abundancia de vino. Alguien me llenó una copa de champán y confieso que la apuré con honesta avidez, bendiciendo al artesano que extrajo su esencia, a la fruta que la albergaba, al sol que la calentaba.

«¿Por qué se marcha tan repentinamente?», me dijo von Brüning desde el otro lado de la mesa.

«¿No le dije que teníamos que hacer escala aquí por correo? Recibí el mío esta mañana y, entre otros, un requerimiento para volver al trabajo. Por supuesto, debo obedecer». (Me encontré hablando en un gélido silencio). «Lo molesto fue que había dos cartas, y si hubiera venido aquí solo dos días antes, solo habría recibido la primera, que me daba una prórroga».

«Es usted muy concienzudo. ¿Cómo van a saberlo ellos?».

«Ah, pero la segunda es bastante urgente». Hubo otro silencio incómodo, roto por Dollmann.

«Por cierto, señor Davies», comenzó, «debería disculparme ante usted por...».

Esto no era asunto mío, y cuanto menos interés mostrara en ello, mejor; así que me giré hacia Frau Dollmann y critiqué la niebla.

«¿Han estado en el puerto todo el día?», preguntó ella, «entonces, ¿cómo es que no nos visitaron? ¿Era el señor Davies tan tímido?». (¿Curiosidad o malicia?).

«Todo lo contrario; pero yo sí», respondí con frialdad; «verá, sabíamos que el señor Dollmann estaba fuera, y realmente solo vinimos aquí para recoger mis cartas; además, no sabíamos su dirección». Miré a Clara y la encontré hablando alegremente con von Brüning, sorda aparentemente a nuestro pequeño diálogo.

«Cualquiera se la habría dicho», dijo Madame, alzando las cejas.

«No lo dudo; pero justo después del desayuno llegó la niebla, y bueno, uno no puede dejar un yate solo en la niebla», dije, con solidez profesional.

Von Brüning aguzó el oído ante esto. «¡Que me ahorquen si esa fue su máxima!», rio; «¡es usted demasiado aficionado a la costa!».

Le envié una mirada de protesta, como diciendo: «¿De qué sirve su advertencia si no me deja actuar según ella?».

Porque, por supuesto, mis excusas estaban destinadas principalmente a su consumo y al de la señorita Dollmann. Que la dama a la que me dirigía las encontrara poco convincentes no fue culpa mía.

«¿Entonces se quedaron sentados en su miserable pequeño camarote todo el día?», insistió.

«Todo el día», dije, descaradamente; «era lo más seguro que podíamos hacer». Y miré de nuevo a la señorita Dollmann, franca y directamente. Nuestros ojos se encontraron y ella bajó los suyos al instante, pero no sin que yo hubiera aprendido algo; pues si alguna vez vi miseria bajo una máscara, fue en su rostro. No; ella no había hablado.

Creo que desconcerté a la madrastra, quien se encogió de hombros y dijo que, en ese caso, se maravillaba de que nos hubiéramos atrevido a abandonar nuestro preciado barco y venir a cenar. Si conociéramos las nieblas frisias tanto como ella...

Oh, expliqué, no estábamos tan nerviosos; y en cuanto a cenar en tierra, si supiera la vida espartana que llevábamos...

«¡Oh, por amor de Dios, no me cuente nada de eso!», gritó, con una mueca; «odio que se hable de yates. Cuando pienso en ese Medusa terrible viniendo de Hamburgo...». Simpatizé con la mitad de mi atención, manteniendo un oído atento a los acontecimientos a mi derecha. Davies, lo sabía, estaba en medio de todo, y no muy feliz bajo la mirada de Böhme, pero trabajando con valentía. «Mi culpa» — «repentina ráfaga» — «totalmente seguro», fueron algunas de las frases que capté; mientras me daba cuenta, para mi alarma, de que estaba dibujando un diagrama de algo con migas de pan y cuchillos de mesa. El tema pareció desvanecerse en un final incómodo, y de repente Böhme, que era mi vecino de la derecha, se giró hacia mí. «¿Se marcha a Inglaterra mañana por la mañana?», dijo.

«Sí», respondí; «hay un vapor a las 8:15, creo».

«Eso es bueno. Seremos compañeros».

«¿Va usted a Inglaterra también, señor?», pregunté, con acalorados recelos.

«¡No, no! Voy a Bremen; pero viajaremos juntos hasta... usted va por Ámsterdam, supongo... hasta Leer, al menos. Eso será muy agradable». Imaginé que había un gusto macabro en su tono.

«Muy agradable», asentí. «¿Hace una estancia corta aquí, entonces?».

«Como de costumbre. Visito el trabajo en Memmert una vez al mes aproximadamente, paso una noche con mi amigo Dollmann y su encantadora familia» (lanzó una mirada lasciva a su alrededor), «y regreso».

Si estuve acertado o no en mi siguiente paso, nunca lo sabré, pero obedeciendo a un fuerte instinto: «Memmert», dije; «hábleme más de Memmert. Oímos mucho sobre ello del comandante von Brüning; pero...».

«Él fue discreto, supongo», dijo Böhme.

«Se quedó en la parte más interesante».

«¿Qué es eso sobre mí?», se unió von Brüning.

«Decía que nos morimos de ganas por saber más sobre Memmert, ¿verdad, Davies?».

«Oh, no lo sé», dijo Davies, evidentemente horrorizado por mi temeridad; pero no me importó. Si él arruinaba mi juego, tanto mejor; yo pretendía arruinar el suyo.

«Nos dio mucha historia, comandante, pero no la puso al día». La triple alianza rio, Dollmann estruendosamente.

«Bueno», dijo von Brüning; «le di muy buenas razones, y usted estuvo de acuerdo».

«Y ahora está intentando sacarme información», dijo Böhme, con su risa chirriante.

«Espere un poco, señor; tengo una excusa. El comandante no solo fue misterioso, sino inexacto. Apelo a usted, señor Dollmann, pues fue a propósito de usted. Cuando nos encontramos con él en Bensersiel, Davies le preguntó si usted estaba en casa, y dijo “No”. ¿Cuándo volvería? Probablemente pronto; pero no sabía cuándo».

«¿Oh, dijo eso?», dijo Dollmann.

«Bueno, solo tres días después llegamos a Norderney y descubrimos que usted había regresado ese mismo día, pero que se había ido a Memmert. De nuevo (por cierto) el misterioso Memmert. Pero más misterioso que nunca ahora, pues por la tarde, no solo usted y el señor Böhme...».

«¡Qué penetración!», rió von Brüning.

«¡Sino también el comandante von Brüning, nos hacen una visita en su lancha, todos viniendo de Memmert!».

«¿Y usted deduce?», dijo von Brüning.

«¡Vaya, que usted debía de saber en Bensersiel —hace solo tres días— exactamente cuándo regresaba el señor Dollmann, teniendo una cita en Memmert con él para hoy!».

«¿Lo cual quise ocultarle a usted?».

«Sí, y por eso soy tan curioso; es enteramente culpa suya».

«Eso parece», dijo él, con fingida humildad; «pero llene su copa y continúe, joven. ¿Por qué iba a querer engañarle?».

«Eso es justo lo que quiero saber. Vamos, confiese ahora; ¿no había algo importante hoy en Memmert? ¿Algo que ver con el oro? ¿Lo estaba inspeccionando, clasificando, pesando? ¡O ya sé! ¿Lo transportaba secretamente a tierra firme?».

«¡No es un día muy bueno para eso! Pero con calma, señor Carruthers; nada de pescar admisiones. ¿Quién dijo que hubiéramos encontrado oro?».

«Bueno, ¿lo han hecho? ¡Ahí tiene!».

«¡Eso está mejor! Nada como la franqueza, mi joven investigador. Pero me temo que, al no tener autoridad, no puedo ayudarle en absoluto. Mejor intente con el señor Böhme de nuevo. Solo soy un espectador casual».

«Con acciones».

«¡Ah! ¿se acuerda de eso? (¡Lo recuerda todo!). Con algunas acciones, entonces; pero sin conocimientos expertos. Ahora, Böhme es el ingeniero consultor. Rescátame, Böhme».

«No puedo negar los conocimientos expertos», dijo Böhme, con gravedad humorística; «pero niego la responsabilidad. Ahora bien, el señor Dollmann es el presidente de la compañía».

«Y yo», dijo Dollmann, con una risa ruidosa, «debo recurrir a los accionistas, cuyos intereses debo proteger. Uno no puede ser demasiado cuidadoso en estos asuntos confidenciales».

«Aquí hay uno que da su consentimiento», dije. «¿No puede representar a los demás?».

«Extorsionado mediante tortura», dijo von Brüning. «Me retracto».

«No les haga caso, señor Carruthers», gritó Frau Dollmann, «se están burlando de usted; pero le daré una pista; ninguna mujer puede guardar un secreto...».

«¡Ah!», grité triunfante, «¿usted ha estado allí?».

«¿Yo? No yo; ¡detesto el mar! Pero Clara sí». Todos miraron a Clara, quien a su vez miraba con ingenuo desconcierto de mí a su padre.

«¿De veras?», dije, más sobrio, «pero quizás ella no es una agente libre».

«¡Perfectamente libre!», dijo Dollmann.

«Solo he estado allí una vez, hace algún tiempo», dijo ella, «y no vi ningún oro en absoluto».

«Guardado», observé. «Le pido perdón; quiero decir que quizás usted solo vio lo que le permitieron ver. Y, en cualquier caso, la señorita no tiene conocimientos expertos ni responsabilidad y, quizás, ninguna acción. Su provincia es ser encantadora, no guardar secretos financieros».

«He hecho lo mejor que he podido para ayudarle», dijo la madrastra.

«Están todos contra nosotros, Davies».

«¡Oh, déjalo ya, Carruthers!», dijo Davies, en inglés.

«Es insaciable», dijo von Brüning, y hubo una pausa; claramente, pretendían sonsacar más.

«Bueno, sacaré mis propias conclusiones», dije.

«Esto es interesante», dijo von Brüning, «¿en qué sentido?».

«Empieza a amanecer en mí que nos tomaron por tontos en Bensersiel. ¿No recuerdas, Davies, el interés que mostró en todas nuestras actividades? ¿Me pregunto si temía que nuestras propensiones exploradoras pudieran llevarnos posiblemente a Memmert?».

«Por mi palabra, esta es la más negra ingratitud. Pensé que me había hecho particularmente agradable con ustedes».

«Sí, de veras; ¡especialmente con lo de la caza de patos! ¡Qué útil habría sido su hombre local, tanto para nosotros como para usted!».

«Continúe», dijo el comandante, imperturbable.

«Espere un momento; lo estoy pensando». Y pensándolo estaba muy en serio, a pesar de toda mi frivolidad, mientras presionaba mi mano contra mi ardiente frente y me preguntaba dónde debía detenerme en este seductor pero peligroso fraude. Llevarlo demasiado lejos era tentar una exposición completa; detenerlo demasiado pronto era igualmente comprometedor.

«¿De qué está hablando y por qué seguir con este ridículo misterio?», dijo Frau Dollmann.

«Estaba pensando en esta cena, y en la forma en que surgió», continué, despacio.

«¿Nada de qué quejarse, espero?», dijo Dollmann.

«¡Por supuesto que no! Las fiestas improvisadas son siempre las más agradables, y esta fue deliciosamente improvisada. ¡Ahora apuesto a que sé su origen! ¿No discutieron sobre nosotros en Memmert? ¿Y no sugirió uno de ustedes...?».

«Casi se diría que ha estado allí», dijo Dollmann.

«Pueden agradecer a su vil clima que no hayamos estado», repliqué, riendo. «Pero, como decía, ¿no sugirió uno de ustedes...? ¿Cuál de ustedes? Bueno, estoy seguro de que no fue el comandante...».

«¿Por qué no?», dijo Böhme.

«Es difícil de explicar... una intuición, digamos... estoy seguro de que nos defendió; y no creo que fuera el señor Dollmann, porque ya conoce a Davies y siempre está en el lugar; y, en resumen, juraría que fue el señor Böhme, que se marcha temprano mañana y nunca había visto a ninguno de los dos. ¿Fue usted, señor, quien propuso que nos invitaran a cenar esta noche... para una inspección?».

«¿Inspección?», dijo Böhme; «¡qué idea más extraordinaria!».

«¡No puede negarlo, sin embargo! Y una cosa más; en el puerto hace un momento... no, esto es ir demasiado lejos; le ofenderé mortalmente». Me eché a reír de buena gana.

«Vamos, suéltelo. Sus alucinaciones son divertidas».

«Si insiste; pero es un asunto algo delicado. Sabe que nos sorprendió un poco encontrarles a todos a bordo; y usted, Herr Böhme, ¿siempre ha sentido un interés tan profundo por los pequeños yates? ¡Me temo que fue con cierto sacrificio de su comodidad como inspeccionó el nuestro!». Y lancé una mirada al recuerdo que lucía de su encuentro con nuestro dintel. Hubo una explosión de alegría contenida, en la que Dollmann se llevó la parte más ruidosa.

«Se lo advertí, Böhme», dijo.

El ingeniero se tomó la broma de la mejor manera posible.

«Le debemos disculpas», concedió.

«Ni lo mencione», dijo Davies.

«A él no le importa», dije yo; «el perjudicado soy yo. Estoy seguro de que usted nunca sospechó de Davies, ¿quién podría hacerlo?». (¿Quién, en efecto? Ahí estaba sobre terreno firme).

«La cuestión es, ¿por qué me tomó?».

«Quizás le tomemos por ello todavía», dijo von Brüning.

«¡Oho! ¿Aún sospechan? No me lleven a los extremos».

«¿Qué extremos?».

«¡Cuando vuelva a Londres iré al Lloyd’s! No he olvidado ese defecto en el título». Hubo un silencio impresionante.

«Caballeros», dijo Dollmann, con exagerada solemnidad, «debemos llegar a un acuerdo con este formidable joven. ¿Qué dicen ustedes?».

«Llévenme a Memmert», exclamé. «¡Esas son mis condiciones!».

«¿Llevarle a Memmert? Pero, ¿no creía que partía hacia Inglaterra mañana?».

«Debería; pero me quedaré por eso».

«Dijo que era urgente. Su conciencia es muy elástica».

«Eso es asunto mío. ¿Me llevarán a Memmert?».

«¿Qué dicen, caballeros?». Böhme asintió. «Creo que debemos alguna reparación. ¿Bajo promesa de secreto absoluto, entonces?».

«Por supuesto, ahora que confían en mí. Pero me lo enseñarán todo... palabra de honor... el naufragio, el depósito y todo lo demás».

«Todo; si no pone objeciones a un traje de buzo».

«¡Victoria!», grité, triunfante. «Hemos ganado nuestra apuesta, Davies. Y ahora, caballeros, no me importa decir que, en lo que a mí respecta, la broma ha terminado; y, a pesar de su amable oferta, debo partir hacia Inglaterra mañana bajo el ala del buen Herr Böhme. Y por si su conciencia elástica les inquieta (pues veo que me toman por una veleta), aquí tienen las cartas recibidas esta mañana, que establecen mi identidad como un humilde pero respetable empleado del Servicio Civil británico, llamado a interrumpir sus vacaciones por un superior tiránico». (Saqué mis cartas y se las lancé a Dollmann). «Ah, ¿quizá no lee el inglés con facilidad? Me atrevería a decir que Herr Böhme sí».

Dejando a Böhme que estudiara fechas, matasellos y contenidos a sus anchas, y sin ser observado, me giré para compadecer a mi bella vecina, quien se quejaba de que le daba vueltas la cabeza; y no era para menos. Pero en este momento, y para mi gran sorpresa, Davies intervino.

«Me gustaría ir a Memmert», dijo.

«¿Usted?», dijo von Brüning. «Ahora sí que me sorprende».

«Pero usted tampoco se quedará aquí, Davies», objeté.

«Sí, me quedaré», dijo Davies. «Vaya, le dije que lo haría. Si me dejan en la estacada así, debo tener tiempo para mirar a mi alrededor».

«No hace falta que finja que no puede navegar solo», dijo von Brüning.

«Es mucho más divertido entre dos; creo que enviaré un telegrama a otro amigo. Mientras tanto, me gustaría ver Memmert».

«Me temo que eso es solo una excusa», dije.

«También quiero cazar patos», continuó Davies, sonrojándose. «Siempre he querido hacerlo; y usted prometió ayudar en eso, comandante».

«Ya no puede echarse atrás», me reí.

«Ciertamente no», dijo él, imperturbable; «pero, sinceramente, le aconsejaría al señor Davies, si es que alguna vez piensa llegar a casa esta temporada, que aproveche este buen tiempo».

«Es demasiado bueno», dijo Davies; «prefiero el viento. Si no puedo conseguir un amigo, creo que dejaré de navegar, dejaré el yate aquí y volveré a por él el año que viene».

Hubo una telegrafía muda entre los aliados.

«Puede dejarlo a mi cargo», dijo Dollmann, «y partir con su amigo mañana».

«Gracias; pero no hay prisa», dijo Davies, poniéndose más rojo que nunca. «Me gusta Norderney... y podríamos navegar otra vez en su bote, Fräulein», soltó de repente.

«Gracias», dijo ella, con esa voz baja y seca que había oído ayer; «pero creo que no volveré a navegar... empieza a hacer demasiado frío».

«¡Oh, no!», dijo Davies, «es espléndido». Pero ella se había vuelto hacia von Brüning y no le prestó atención.

«Bueno, envíeme un informe sobre Memmert, Davies», me reí, con la idea de desviar la atención de su desplante. Pero Davies, habiendo desahogado su alma una vez, parecía haber perdido su timidez y solo miraba a su vecina con la expresión plácida y obstinada que tan bien conocía. Ese fue el fin de aquellos temas delicados; y la convivencia creció rápidamente.

No soy indiferente en ningún momento al buen vino y a la buena mesa, ni fue por falta de insistencia que bebí con tanta moderación como pude y fingí una euforia mayor de la que sentía. Ni ciertamente fue por escrúpulos refinados sobre el carácter del caballero cuya hospitalidad recibíamos; escrúpulos que sabía que afectaban a Davies, quien comía poco y no bebía nada. En cualquier caso, él era inflexible en tales asuntos, y sinceramente creo que en cualquier momento habría preferido nuestros pequeños platos con sabor a parafina a la mejor cena del mundo. Fue una precaución muy sensata la que me advirtió no abusar del mejor tónico cerebral jamás inventado por el ingenio humano. Había hecho una finesse con Memmert, como quien juega una carta baja teniendo una más alta; pero tenía demasiado respeto por nuestros adversarios como para comerciar con cualquier seguridad imaginaria que hubiéramos ganado gracias a ello. Me habían permitido ganar la baza, pero les atribuía un mejor conocimiento de mi mano del que elegían mostrar. Por otro lado, me aferré a la máxima de que en todos los conflictos es tan fatal subestimar las dificultades de tu enemigo como sobreestimar las propias. Su principal dificultad —y multiplicaba por mil la emoción de la contienda— era, estaba seguro, el miedo a atacar por error; de usar un martillo pilón para romper una nuez. Al romperla, se arriesgaban a la publicidad, y la publicidad, me sentía convencido, era la muerte para su secreto. Así que, incluso suponiendo que hubieran detectado la finesse y adivinado que, de hecho, nos habíamos enterado de los designios imperiales; aun así, contaba con la inmunidad mientras pensaran que estábamos en la pista equivocada, con Memmert, y solo con Memmert, como fuente de nuestras sospechas.

Si hubiera sido necesario, estaba preparado para fomentar tal visión, admitiendo que el hábito que vestía von Brüning hacía su relación con Memmert curiosa, y que había sugerido a Davies —pues se lo atribuiría a él, con sus entusiasmos navales— que las obras de los naufragios eran en realidad obras de defensa naval. Si iban más allá y sospechaban que habíamos intentado ir a Memmert ese mismo día, la posición era peor, pero no desesperada; porque el miedo a que dieran el paso final y supusieran que realmente habíamos llegado allí y escuchado su conversación, me negué rotundamente a contemplarlo, hasta que me encontrara bajo arresto.

Exactamente cuán cerca estuvimos de ello nunca lo sabré con certeza; pero tengo buenas razones para creer que temblamos al borde del abismo. El asunto principal era suficiente para mí, y solo en destellos pasajeros seguí el juego de las corrientes subterráneas en guerra. Y, sin embargo, al mirar atrás a la escena, juraría que no hubo grupo de siete personas en Europa esa noche donde un estudiante de documentos humanos hubiera encontrado un campo tan rico, ambiciones tan nobles e innobles, miedos tan viles y sagrados, sí, y agonías tan lamentables del espíritu. Divididos a grandes rasgos como estábamos en campos separados, ninguno de nosotros estaba totalmente de acuerdo con el otro. Cada uno llevaba una máscara en la gran impostura; excepto, estoy inclinado a pensar, la dama a mi izquierda, quien, fuera de su propio bienestar, que cultivaba sin reservas, tenía, hasta donde pude ver, solo un interés propio —la intimidad de von Brüning y su hijastra— y lo perseguía abiertamente.

Ni siquiera Böhme y von Brüning estaban totalmente de acuerdo; y en lo que a distancias morales se refiere, Davies y yo estábamos a leguas de distancia. Sentado entre Dollmann y la hija de Dollmann, los símbolos vivos y palpitantes de las dos pasiones polares que había jurado armonizar, mantuvo un equilibrio que, aunque sus objetivos eran nominalmente los míos, yo no podía alcanzar. Para mí, el hombre era la figura central; si tenía atención de sobra, era en él en quien la depositaba; hurgando con disgusto tras sus resortes ocultos de acción, observando las evidencias de grandes dones desperdiciados y prostituidos; cuestionando dónde era más vulnerable; a quién temía más, a nosotros o a sus colegas; si estaba abierto al remordimiento o a la vergüenza; o si meditaba nuevos crímenes. La chica era incidental. Tras el primer choque de sorpresa, pronto había descubierto que ella, como el resto, había asumido un disfraz; pues era demasiado inocente para mantener el engaño; y el día de ayer estaba fresco en mi memoria. Me vi obligado a seguir sacando provecho de su carácter asumido; pero sería farisaico de mi parte decir que alcancé cumbres morales a su respecto; el vino y la excitación habían adormecido mi naturaleza superior hasta tal punto. Pensaba que se veía más bonita que nunca y, con el paso del tiempo, caí en una cínica despreocupación sobre ella. Este vistazo a su vida doméstica y los desesperados expedientes a los que se veía empujada (ya fuera por compulsión o por su propio respeto hacia Davies) para repelerlo y despedirlo, no me impactaron como podrían haberlo hecho como el argumento supremo a favor del curso que habíamos adoptado la noche anterior, el de lograr nuestro fin sin ruido ni escándalo, desarmando a Dollmann, pero ayudándole a escapar de los aliados a los que había traicionado. Para Davies, el hombre, si no era una pura abstracción, era a lo sumo una alimaña nociva que debía ser pisoteada por el bien público; mientras que la chica, en su entorno canalla y con su futuro siniestro, se había convertido en la fuente misma de su impulso.

¿Y los otros jugadores? Böhme era mi abstracción, la fortaleza cuyas bases estábamos minando, la encarnación de esa fuerza sistematizada que es congénita al pueblo alemán. En von Brüning, el factor personal era predominante. Por muy insensible que estuviera esa noche, no podía evitar preguntarme ocasionalmente, mientras hablaba y reía con Clara Dollmann, qué sentía y qué pretendía en sus pensamientos más íntimos, conociendo a su padre. Es un punto que no puedo ni quiero perseguir y, gracias al Cielo, ahora no importa; sin embargo, con un mayor conocimiento de los hechos y, confío, un juicio más maduro, a menudo vuelvo al mismo debate y, por no sé qué vericuetos ilógicos, siempre llego a la misma conclusión: que el hombre me caía bien y me sigue cayendo bien.

Nos comportamos como deportistas en cuanto al tiempo, dándoles más de dos horas para que se decidieran sobre nosotros. Fue solo cuando el humo del tabaco y el calor hicieron volver mi desfallecimiento, y un pinchazo de calambre me advirtió de que la fuerza humana tiene límites, que me levanté y dije que debíamos irnos; que tenía que empezar temprano al día siguiente. Mis recuerdos sobre las despedidas son vagos, pero creo que Dollmann fue el más cordial, conmigo al menos, y saqué buenos augurios de ello. Böhme dijo que volvería a verme. Von Brüning, aunque también se dirigía al puerto, consideró que era demasiado pronto para irse y se despidió.

«Quieren deliberar sobre nosotros», recuerdo haber dicho, con el último destello de alegría que pude reunir.

Estábamos de nuevo en las calles, bajo una noche plateada y sin aliento; subiendo vertiginosamente la grasienta escala de nuevo; en el camarote de nuevo, donde me desplomé en un sofá tal como estaba, y dormí un sueño tan profundo y riguroso que los hombres de la lancha del Blitz podrían haberme esposado, atado y llevado sin incomodarme en lo más mínimo.

CAPÍTULO XXV. Doy media vuelta

«Adiós, viejo amigo», llamó Davies.

«Adiós», el silbato sonó y el transbordador se puso en marcha, dejando a Davies en el muelle, con la cabeza descubierta y vistiendo su vieja chaqueta Norfolk y sus manchados pantalones de franela gris, tal como en nuestro primer encuentro en la estación de Flensburg. Esta vez no llevaba la mano vendada, pero se veía demacrado y deprimido; sus ojos tenían ojeras negras; y de nuevo sentí ese mismo patetismo indefinible en él.

«Su amigo está de bajo ánimo», dijo Böhme, quien estaba instalado en un asiento a mi lado, voluminosamente envuelto en capas y mantas contra el aire cortante. Era un día quieto y sin sol.

«Yo también», gruñí, y era la verdad literal. Solo estaba medio despierto, me sentía sin lavar y disipado, pesado de cabeza y miembros. Si no fuera por Davies, nunca habría estado donde estaba. Fue él quien me convenció pacientemente de salir de mi litera, empacó mi bolsa, me alimentó con té y una tortilla (a la que creo que dedicó un cuidado particularmente tierno) y, en general, me cuidó para la partida. Mientras tragaba mi segunda taza, él estaba cepillando el moho y alisando las abolladuras de mi sombrero de fieltro, que había estado sepultado durante un mes en el guardavelas; trabajando en ello con una preocupación remordida en el rostro. La única iniciativa que soy consciente de haber mostrado fue en el asunto de mi bolsa. «Mete mi ropa de mar, los aceites y todo», había dicho; «puede que los vuelva a necesitar». Había una necesidad mortal de una consulta exhaustiva, pero esto estaba fuera de toda duda. Davies no me molestó ni se quejó, sino que solo me preguntó tímidamente cómo nos íbamos a encontrar y comunicar, una cuestión sobre la que mi mente estaba absolutamente en blanco.

«Busca mi contacto alrededor del día 26», sugerí débilmente.

Antes de abandonar el camarote, me dio un trozo de papel escrito a lápiz y se aseguró de que entrara a buen recaudo en mi cartera. «Míralo en el tren», dijo.

Incapaz de lidiar con Böhme, caminé por la cubierta sin rumbo mientras doblábamos el See Gat hacia el Buse Tief, intentando identificar el punto por donde lo cruzamos ayer con los ojos vendados. Pero la marea estaba alta y las aguas estaban desiertas por millas a la redonda hasta que se fundieron en la bruma. Pronto bajé al salón y, acurrucado sobre una estufa, saqué ese trozo de papel. Con una letra torpe e infantil, y muy manchada de ceniza de tabaco, encontré las siguientes notas:

(1) Tu viaje. [Ver mapas A y B.] Norddeich 8.58, Emden 10.32, Leer 11.16 (Böhme cambia para Bremen), Rheine 1.08 (transbordo), Amsterdam 7.17 p.m. Salir de nuevo vía Hook 8.52, Londres 9 a.m.

(2) La estación costera —su punto de encuentro— pregunta: ¿es Norden? (Pasas por allí a las 9.13); hay un arroyo de marea que llega hasta allí. Pleamar allí el día 25, digamos de 10.30 a 11 p.m. No puede ser Norddeich, que encuentro que tiene un canal de bajamar dragado para el vapor, así que la marea «no serviría».

(3) Tus otras pistas (remolcadores, pilotos, profundidades, ferrocarril, Esens, siete de algo). Pregunta: ¿Esquema de defensa por tierra y mar para la costa del Mar del Norte?

Mar: 7 islas, 7 canales entre ellas (contando el Ems Occidental), profundidades muy pequeñas (lo que dijiste) en la mayoría de ellos. Remolcadores y pilotos para patrullar detrás de las islas, como siempre dije. Pregunta: ¿El punto de encuentro es para inspeccionar los canales?

Tierra: Mira el ferrocarril (mapa en el bolsillo del abrigo) que recorre en un bucle toda Frisia, a unas pocas millas de la costa. Pregunta: Para ser usado como línea de comunicación para el cuerpo de ejército. Las tropas podrían ser enviadas rápidamente a cualquier punto amenazado. ¿Esens la base? Está en la parte superior central del bucle. Von Brüning nos engañó bastante con eso en Bensersiel.

Chatham: D. estaba espiando tras nuestros planes navales para la guerra con Alemania.

Von Brüning dirige la parte naval aquí.

¿Dónde entra Burmer? Pregunta: ¿Vas a Bremen y averiguas sobre él?

Asentí estúpidamente sobre este documento, tan estúpidamente que me encontré preguntándome si Burmer era un lugar o una persona. Luego dormité, para despertar con un violento sobresalto y encontrar el papel en el suelo. Presa del pánico, lo escondí y salí a cubierta, donde descubrí que estábamos cerca de Norddeich, acercándonos al más sombrío de los embarcaderos levantados desde los pólderes rodeados de diques del continente. Böhme y yo desembarcamos juntos, y él estaba a mi lado cuando pedí un billete para Ámsterdam, y me dieron uno hasta Rheine, un nudo ferroviario cerca de la frontera holandesa. Estaba instalado en un rincón opuesto a mí en el vagón, luciendo como un ídolo indio. «¿Dónde entras tú?», reflexioné, soñadoramente. Demasiado somnoliento para hablar, solo podía parpadear ante él, sentado muy erguido con los brazos cruzados sobre mi preciada cartera. Finalmente, abandoné la lucha, abotoné mi abrigo firmemente, y dándole la espalda con una disculpa, me tumbé a dormir, la preciada cartera debajo. Él era libre de registrar mi bolsa si quería, y me atrevería a decir que lo hizo. No puedo asegurarlo, porque desde este punto hasta Rheine, durante la mayor parte de cuatro horas, es decir, solo tuve dos intervalos lúcidos.

El primero fue en Emden, donde ambos tuvimos que hacer transbordo. Aquí, mientras nos abríamos paso por el concurrido andén, Böhme, tras ser saludado respetuosamente por varias personas, fue finalmente acorralado sin escapatoria por un caballero obsequioso, cuya descripción no tiene importancia, pero cuya conversación sí. Se trataba de un canal; qué canal no capté, aunque, por un nombre que soltó, lo identifiqué después como uno en construcción como alimentador del Ems. La cuestión es que el tema eran los canales. En ese momento fue semilla caída en tierra poco receptiva, pero germinó más tarde. Seguí adelante, mezclándome con la multitud, y pronto me quedé dormido de nuevo en otro vagón donde Böhme esta vez no me siguió.

La segunda ocasión fue en Leer, donde me oí llamar por mi nombre, y desperté para encontrarlo en la ventana. Tenía que cambiar de tren y había venido a despedirse. «No olvide ir al Lloyd’s», me susurró al oído. Supongo que fue una sonrisa lánguida la que le devolví, pues estaba en mis horas más bajas, y mi fortaleza parecía sarcásticamente inexpugnable. Pero el zapador estaba libre; «libre» fue mi último pensamiento consciente.

Incluso después de Rheine, donde hice el último transbordo, una somnolencia brutal me encadenó, y la tarde estaba bastante avanzada antes de que mis facultades comenzaran a revivir.

El tren avanzaba como un caracol de estación en estación. Podría, según me dijo un compañero de viaje, haber esperado tres horas en Rheine por un expreso que me habría llevado a Ámsterdam casi a la misma hora; o, si hubiera elegido romper el viaje más atrás, dos horas ya fuera en Emden o en Leer me habrían permitido tomar dicho expreso en Rheine. Estas alternativas se le habían escapado a Davies y, supuse, habían sido suprimidas por Böhme, quien sin duda no me quería detrás de él, libre para dar media vuelta o seguirle hasta Bremen.

En consecuencia, el ritmo fue execrable y hubo retrasos; íbamos con retraso en Hengelo, treinta minutos tarde en Apeldoorn; de modo que bien podría haberme puesto nervioso por mis conexiones en Ámsterdam, que estaban en cierto peligro. Pero a medida que luchaba por salir de mi letargo y empezaba a evaluar nuestra posición y perspectivas, un pensamiento muy diferente me asaltó al principio. La ansiedad por llegar a Londres se vio anegada por la renuencia a abandonar Alemania, de modo que me descubrí lamentando cada milla que interponía entre mí y la frontera. Era la vieja cuestión de la urgencia. Hoy era el día 23. La visita a Londres significaba una ausencia mínima de cuarenta y ocho horas, contando desde Ámsterdam; es decir, viajando durante dos noches y un día, y dedicando el otro día a investigar el pasado de Dollmann, era humanamente posible que estuviera de vuelta en la costa frisia la tarde del día 25. Sí, podría estar en Norden, si ese era el «punto de encuentro», a las 7 p.m. ¡Pero qué alboroto! Sin margen para retrasos, sin respiro físico. Algunos pasados requieren mucho esfuerzo para desenterrarlos; otras personas pueden verse afectadas; los hombres son cautelosos, te hacen tropezar con la burocracia; o el hombre que sabe está fuera almorzando —un almuerzo prolongado—; o en el campo —un fin de semana prolongado—. ¿Atenderá al señor fulano o prefiere dejar una nota? ¡Oh! ¡Conozco esos departamentos públicos, desde dentro! ¡Y el Almirantazgo!... Me veía frustrado y corriendo de vuelta la misma noche a Alemania, con dos días perdidos, llegando, sin servir para nada, a Norden, sin tiempo para reconocer mi terreno; para ser frustrado de nuevo allí, probablemente, pues no siempre se puede contar con la niebla (como decía Davies). Esens era otra pista, y «seguir a Burmer» —había algo en esa idea—. Pero necesitaba tiempo, ¿y tenía tiempo? ¿Cuánto tiempo podría mantenerse Davies en Norderney? No mucho, por lo que recordaba de anoche. ¿Y estaba siquiera a salvo allí? Un sueño febril regresó a mí: un sueño con Davies vestido de buzo; de un lamentable contratiempo en el suministro de aire... ¡Espera, eso era una tontería!... Seamos sensatos. ¿Qué importaba si tenía que irse? ¿Qué importaba si me tomaba mi tiempo en Londres? Entonces, con un torrente de vergüenza, vi el rostro anhelante de Davies en el muelle, escuché su sombría exclamación: «Él es nuestra presa o de nadie»; y mi propio y hosco «¡Oh, guardaré el secreto!». Londres era absolutamente imposible. Si encontraba a mi informante, ¿qué credenciales tenía, qué derecho a confidencias? Ninguna, a menos que contara toda la historia. Pues mi sola presencia en Whitehall pondría en peligro el secreto; ya que, una vez en mi tierra natal, sería reconocido —posiblemente llevado a juicio—; en el mejor de los casos escaparía en una nube de rumores: «visto por última vez en Norderney»; «solo esta mañana estaba armando un escándalo en el Almirantazgo por un teniente mítico». ¡No! La palabra era volver a Frisia. Un descanso de una noche —debía tenerlo— entre sábanas, en un colchón de plumas; una larga y lujosa noche, y luego regresar refrescado a Frisia, para terminar nuestro trabajo a nuestra manera, y sin más armas que las nuestras.

Habiendo llegado a esta resolución, casi la pongo en ejecución instantánea al bajarme en Amersfoort, pero lo pensé mejor. Tenía una transformación que efectuar antes de regresar al norte, y cuanto más poblado fuera el centro donde la hiciera, menos probable sería que atrajera la atención. Además, tenía en mi mente una cama perfecta en una hostelería perfecta junto al río Amstel. Al final, era un ahorro.

Así, a las ocho y media estaba tomando mi café en la citada hostelería, con un periódico de Londres ante mí, que era inusualmente interesante, y algunos diarios alemanes que, «por odio a un mal que no era suyo», estaban todos hirviendo de una rencorosa anglofobia. A las nueve estaba en el barrio judío, cerrando tratos en una infame tienda de ropa marina. A las nueve y media enviaba este telegrama sin escrúpulos a mi jefe: «Muy apenado, no pude llamar a Norderney; espero que la extensión esté bien; por favor escriba al Hôtel du Louvre, París». A las diez estaba en la cama perfecta, lanzando mis extremidades con arrebato en sus gloriosas redundancias. Y a las 8.28 de la mañana siguiente, con un frescor novedoso en el labio superior y un vasto exceso de fuerza y espíritu, estaba sentado en un vagón de tercera clase, con destino a Alemania, y vestido como un joven marinero, con una chaqueta de guisante, gorra de visera y bufanda.

La transición no había sido difícil. Me había afeitado el bigote y desayunado apresuradamente en mi dormitorio, listo y equipado para un viaje con mi ulster y gorra de paño. Había despedido al botones del hotel en la estación y dejado mi maleta en el guardarropa, después de sacar de ella un fardo color ocre y sustituirlo por el ulster. El fardo ocre, que consistía en mis ropas de agua y, dentro de ellas, mis botas de mar y algunas otras prendas y necesidades, todo ello atado con un trozo de cuerda alquitranada, estaba ahora en la rejilla sobre mí y (con un bastón resistente) representaba mi equipaje. Cada artículo en él —me estremezco al pensar en su origen— estaba en estricta consonancia con mi humilde oficio, pues sabía que estaban sujetos a registro en la aduana fronteriza; pero había una Baedeker del norte de Alemania en el bolsillo de mi chaqueta.

Por el momento, si se hacían preguntas, yo era un marinero inglés que iba a Emden a unirme a un barco, con un billete hasta la frontera. Más allá, aún quedaba por pensar un esquema de acción definido. Una cosa, sin embargo, era segura. Estaba decidido a estar en Norden mañana por la noche, el día 25. Una palabra sobre Norden, que es una pequeña ciudad a siete millas al sur de Norddeich. Al escanear apresuradamente el mapa en busca de estaciones costeras en el camarote ayer, no había pensado en Norden porque no parecía estar en la costa, pero Davies se había fijado en ella mientras yo dormía, y ahora veía que su pista a lápiz era astuta. El arroyo del que hablaba, aunque apenas visible en el mapa, [Ver Mapa B] desembocaba en el estuario del Ems en dirección suroeste. El «tren nocturno» encajaba a la perfección, pues la marea alta en el arroyo sería, según estimaba Davies, entre las 10.30 y las 11 p.m. de la noche del día 25; y el horario mostraba que el único tren nocturno que llegaba a Norden era uno procedente del sur a las 10.46 p.m. Esto parecía prometedor. Emden, por la que me había inclinado impulsivamente, quedaba fuera de juego en comparación, por muchas razones; no siendo la menor el hecho de que estaba servida por tres trenes entre las 9 p.m. y la 1 a.m., por lo que la frase «tren nocturno» sería ambigua y no decisiva como con Norden.

Hasta aquí bien; pero ¿cómo iba a pasar el tiempo intermedio? ¿Debía actuar según la «consulta» de Davies e ir a Bremen a buscar a Böhme? Pronto descarté esa idea. Era algo que hacer si otras fallaban; por el momento significaba otro alboroto. Bremen está a seis horas de Norden en tren. Gastaría una cantidad desproporcionada de mi limitado tiempo en trenes, y necesitaría un disfraz diferente. Además, ya había aprendido algo nuevo sobre Böhme; pues la semilla sembrada ayer en la estación de Emden había cobrado vida. Ya sabía que era ingeniero de submarinos; ahora sabía que los canales eran otra rama de sus labores —un hecho no muy esclarecedor—; pero ¿podría averiguar más en un solo día?

Quedaba Esens, y fue hacia allí adonde decidí ir esta noche; un viaje tedioso, que duraba hasta pasadas las ocho de la tarde; pero allí solo estaría a una hora de Norden en tren.

¿Y en Esens?

Todo el día me esforcé por arrojar luz sobre el misterio central, recopilando de mi diario, mi memoria, mi imaginación, del mapa, del horario y de las notas sucias de Davies, cada átomo de material esquivo. A veces salía de un ensueño con un sobresalto, al encontrar a un flemático campesino holandés mirándome extrañamente sobre su pipa de porcelana. Fui más cuidadoso al cruzar la frontera alemana. Pronto me supe de memoria el papel de Davies. Me lo imaginaba escribiéndolo con su puño crispado en su rincón junto a la estufa, luchando contra el sueño, encendiendo distraídamente salvas de cerillas mientras yo roncaba en mi litera; desviándose distraídamente hacia sueños, lo sabía, de un rostro color rosa pálido bajo un cabello húmedo de rocío y una boina gris; aunque ni una palabra de ella aparecía en el documento. Sonreí al ver su fe inquebrantable en la «teoría del canal» reconciliada en el último momento con nuevos datos relativos a la descuidada «tierra».

El resultado era ciertamente interesante, pero me dejó frío. Que existiera en los archivos alemanes algún plan de defensa similar para la costa del Mar del Norte era muy probable. Las siete islas, con sus siete canales poco profundos (aunque, a propósito, dos de ellos, las ramas gemelas del Ems, no son en absoluto tan poco profundas), eran una conjetura bastante acertada y encajaban admirablemente con la teoría del canal, cuyos méritos intrínsecos siempre había reconocido; siendo mi objeción constante que no llegaba ni de lejos a explicar nuestro trato. El anillo de ferrocarril alrededor de la península, con Esens en el vértice, también era sugerente; pero se aplicaba la misma objeción. Todo país con frontera marítima tiene, supongo, planes secretos de movilización para su defensa, pero no son tales que pudieran ser descubiertos por viajeros de paso, ni tales que justificaran registros sigilosos, o requirieran para su elaboración un lugar de encuentro tan recóndito como Memmert. Dollmann era otro punto débil; Dollmann en Inglaterra, espiando. Todos los países, incluida Alemania, tienen espías a su servicio, herramientas sucias pero necesarias; pero Dollmann en una asociación tan íntima con los principales conspiradores de este lado; Dollmann rico, influyente, un poder en los asuntos locales... estaba claro que no era un espía corriente.

Y aquí detecté una vacilación en el boceto de Davies, una renuencia, por así decirlo, a seguir una pista hasta su conclusión lógica. Hablaba de un plan alemán de defensa costera, y acto seguido de Dollmann espiando los planes ingleses en caso de guerra con Alemania, y ahí dejaba el asunto; pero ¿qué clase de planes? Obviamente (si estaba en el camino correcto) planes de ataque a la costa alemana en contraposición a los de estrategia en alta mar. ¿Pero qué clase de ataque? Obviamente, de nuevo, si su anillo ferroviario significaba algo, un ataque por invasión en ese litoral remoto y desolado que él mismo había declarado tantas veces inexpugnablemente seguro tras su red de arenas y bajíos. Mi mente volvió a mi pregunta en Bensersiel, «¿Puede ser invadida esta costa?», a su negativa y a nuestro infructuoso examen de los diques y pólderes. ¿Estaba volviendo ahora a una fantasía que ambos habíamos rechazado, mientras se encogía de dar voz explícita a ella? La duda era angustiosa.

Una breve digresión aquí sobre las fases de mi viaje. En Rheine cambié de tren, me dirigí hacia el norte y me convertí en un marinero alemán. Había poco riesgo en un acento defectuoso —los marineros son tan políglotas—; mientras que un marinero inglés merodeando por Esens podría despertar curiosidad. Ayer no había prestado atención al paisaje; hoy no descuidé nada que pudiera proporcionar una pista.

Desde Rheine hasta Emden descendimos por el valle del Ems; al principio a través de una tierra de ciudades prósperas y pastos fértiles, degenerando más al norte en espacios de brezales y páramos —un país triste, pero con su mejor aspecto, tal como era, pues debo mencionar aquí que el tiempo, que a primera hora de la mañana había sido tan frío y brumoso como siempre, se volvió gradualmente más suave y brillante a medida que avanzaba el día; mientras mi periódico afirmaba que el barómetro estaba bajando y el anticiclón dando paso a la presión del Atlántico.

En Emden, donde entramos en la Frisia propiamente dicha, el tren cruzó un gran canal, y por vigésima vez ese día (pues habíamos pasado por varios de ellos en Holanda, y no pocos en Alemania), me dije: «Canales, canales. ¿Dónde entra Böhme en esto?». Anochecía, pero había suficiente luz para ver una embarcación poco familiar, un torpedero de hecho, amarrado a estacas a un lado. En un momento recordé aquella página del *North Sea Pilot* donde se hace referencia al canal Ems-Jade como lo suficientemente profundo para transportar cañoneras, y como utilizado para ese propósito estratégico entre Wilhelmshaven y Emden, es decir, a lo largo de la base de la península frisia. Le pregunté a un campesino de enfrente; sí, ese era el canal Ems-Jade. ¿Lo había olvidado Davies? Habría fortalecido mucho su vacilante boceto.

En el quiosco de Emden compré un mapa topográfico de bolsillo [Por supuesto, no hay espacio para reproducirlo, pero aquí y en lo sucesivo se remite al lector al Mapa B.] de Frisia, a una escala mucho mayor que cualquier cosa que hubiera usado antes, y cuando no me observaban estudié el curso del canal, con una impaciencia que, ¡ay!, se enfrió rápidamente. Desde Emden hacia el norte utilicé el mismo mapa para ayudar a mi vista, y con su ayuda vi en la penumbra creciente más brezales y pantanos, antaño un gran lago resplandeciente, y a intervalos extensiones cultivadas; una tierra acuosa como siempre; charcas, arroyos e incontables drenajes y zanjas. También se marcaban extensos bosques, pero más tierra adentro. Pasamos Norden a las siete, ya oscuro. Busqué el arroyo y, efectivamente, lo cruzamos justo antes de entrar en la estación. Su lecho estaba casi seco y distinguí barcazas varadas en él. Siendo este el enlace para Esens, tuve que esperar tres cuartos de hora, y luego me dirigí hacia el este a través de las tierras salvajes más al norte, deteniéndome en estaciones de aldeas ocasionales y manteniéndome a cinco o seis millas del mar. Fue durante esta etapa, en un compartimento miserablemente iluminado, y solo en su mayor parte, cuando finalmente reuní todos mis hilos e intenté tejerlos en un cable cuyo núcleo fuera Esens; «una ciudad», decía Baedeker, «de 3.500 habitantes, el centro de una rica región agrícola. Hermosa aguja».

Esens está a cuatro millas tierra adentro de Bensersiel. Repasé cada circunstancia de aquel día en Bensersiel, y me hervía la sangre al pensar en cómo von Brüning me había engañado. Había conducido hasta Esens él mismo, y me leyó tan bien que incluso se ofreció a llevarme con él, y yo me negué por exceso de astucia. Pero espera; si hubiera aceptado, se habría encargado muy bien de que no viera nada importante. El secreto, por tanto, no estaba escrito en letras grandes en las paredes de Esens. ¿Estaba relacionado con Bensersiel también, o con el campo intermedio? Volví a examinar el mapa topográfico, poniéndome de pie para obtener mejor luz y menos sacudidas. Ahí estaba el camino hacia el norte desde Esens a Bensersiel, pasando por puntos y cuadrados de tablero de ajedrez, significando lo primero pantano, lo segundo campos, según decía la referencia. Algo más, también, captó inmediatamente mi atención, y fue un arroyo que corría hacia Bensersiel. Lo reconocí al instante como el arroyo fangoso o drenaje que habíamos visto en el puerto, saliendo a través de la esclusa o *siel* de la que Bensersiel tomaba su nombre. Pero captó mi atención ahora porque parecía más prominente de lo que habría esperado. Las cartas suelen ignorar la geografía de la tierra firme, excepto en la medida en que ofrece marcas de mar a los navegantes. En la carta, este arroyo se había mostrado como un pequeño sacacorchos tosco, como la cola de un lechón. En el mapa topográfico estaba marcado con una línea azul oscura, etiquetado como «Benser Tief», y se le daba un curso más resuelto; las curvas se convertían en ángulos, y había lo que parecían ser rectitudes artificiales en ciertos puntos. Uno de los hilos de mi madeja, el hilo del canal, hormigueó comprensivamente, como un cable cargado de corriente. De pie, a horcajadas sobre ambos asientos, con el mapa cerca de la lámpara, seguí ávidamente el curso del «tief» hacia el sur. Se desviaba del camino a Esens y pasaba la ciudad a aproximadamente una milla al oeste, sumergiéndose bajo el ferrocarril. Poco después tomaba ángulos hacia el este y se unía a otra línea azul que se dirigía al sureste, y rotulada «Canal Esens-Wittmunder». Este canal, sin embargo, terminaba abruptamente a mitad de camino a Wittmund, una ciudad vecina.

Por primera vez en aquel día me sobrevino una sensación de auténtica inspiración. Aquellas profundidades poco profundas y distancias cortas, fracciones de metros y kilómetros, que había escuchado de labios de Böhme en Memmert, y que Davies había atribuido a los canales exteriores, ¿se referían a un canal? Recordé haber visto barcazas en el puerto de Bensersiel. Recordé conversaciones con los lugareños en la posada, fragmentos de la pomposa locuacidad del jefe de correos, charlas sobre el comercio creciente, sobre ladrillos y grano pasando del interior a las islas: de otra fuente —¿era el tendero de Wangeroog?— sobre la expansión de los negocios en las islas mismas como centros de baño; de otra fuente de nuevo —von Brüning mismo, seguramente— sobre la actividad personal de Dollmann en el desarrollo de las islas. En oscura conexión con estas cosas, vi el torpedero en el canal Ems-Jade.

Fue entre Dornum y Esens que estas ideas vinieron, y todavía estaba absorto en ellas cuando el tren se detuvo, justo a las nueve en punto, en mi destino, y después de diez minutos de caminata, junto con un puñado de otros pasajeros, me encontré en las tranquilas calles empedradas de Esens, con la gran aguja de la iglesia, que tantas veces habíamos visto desde el mar, alzándose sobre mí a la luz de la luna.

CAPÍTULO XXVI. Los siete Siels

Seleccionando la *Gasthaus* más humilde que pude descubrir, dejé mi fardo y pedí cerveza, pan y *Wurst*. El posadero, como esperaba, hablaba el dialecto frisón, de modo que, aunque era bastante difícil de entender, no tenía dudas sobre la pureza de mi propio acento alemán culto. Era un tipo digno y hospitalariamente interesado: «¿Quería una cama?». «No; voy a Bensersiel», dije, «a dormir allí, y tomar el *Postschiff* de la mañana a la isla Langeoog». (No había olvidado a nuestros amigos los gigantes gemelos y sus funciones.) «¿No es usted isleño?», preguntó. «No, pero tengo una hermana casada allí; acabo de regresar de un año de viaje y voy a visitarla». «Por cierto», pregunté, «¿cómo van con el Benser Tief?». Mi amigo se encogió de hombros; creía que estaba terminado. «¿Y la conexión a Wittmund?». «Todavía en construcción». «¿Langeoog estará progresando entonces?». «¡Oh! Supongo que sí, pero no creo en estos esquemas de moda». «Pero es bueno para el comercio, supongo. Esens se beneficiaría enviando mercancías por el 'tief', ¿cuál es el tráfico, por cierto?». «Oh, un poco más de carga de barcazas que antes de ladrillos, madera, carbón, etc., pero no llegará a nada, lo sé: las *Aktiengesellschaften* (sociedades) son una invención del diablo. Unos pocos especuladores las organizan y ganan dinero ellos mismos con tierras y contratos, mientras que los accionistas a los que han engañado pasan hambre». «Hay algo de razón en eso», admití ante este viejo conservador fanático; «mi hermana en Langeoog alquila su pensión a un hombre llamado Dollmann; dicen que posee un montón de tierras por aquí. Vi su yate una vez —terciopelo rosa y luz eléctrica por dentro, dicen——».

«Ese es el nombre», dijo mi anfitrión, «ese es uno de ellos, una especie de extranjero, he oído; también dirige una empresa de salvamento, hacia Juist».

«¡Bueno, no se quedará con ninguno de mis ahorros!», me reí, y poco después me despedí, y pregunté a un transeúnte el camino a Dornum. «Siga el ferrocarril», me dijeron.

Con un viento cálido en mi cara desde el suroeste, nubes esponjosas y una media luna sobre mi cabeza, partí, no para Bensersiel sino para Benser Tief, que sabía que debía cruzar el camino a Dornum en algún lugar. Una milla o así de calzada empedrada flanqueada por zanjas y sauces, y corriendo codo con codo con la vía del ferrocarril; luego un puente, y debajo de mí el «Tief»; que era, de hecho, un pequeño canal. Una pista llena de surcos dejaba el camino y descendía hacia él por un lado; un apartadero tosco dejaba el ferrocarril y descendía hacia él por el otro.

Encendí una pipa y me senté un momento en el pretil. Nadie se movía, así que, con gran circunspección, comencé a reconocer la margen izquierda hacia el norte. El apartadero entraba en un recinto cercado por una puerta cerrada con llave; una puerta que podría haber saltado fácilmente, pero juzgué más prudente rodearla por el puente de nuevo y mirar desde allí. El recinto era un pequeño almacén de carbón, nada más; había montones descarnados de carbón brillando bajo la luz de la luna, una barcaza a medio cargar amarrada a un costado y un edificio de oficinas desierto. Me escabullí a lo largo de un camino de sirga arenoso en soledad. Los pantanos y los campos me rodeaban, tal como decía el mapa; sauces y mimbreras; las formas tenues del ganado; la suave melodía del viento vagando sin trabas sobre una llanura; una o dos veces el aleteo y el graznido de un ánade real sobresaltado.

Poco después llegué a una granja, oscura y silenciosa; frente a ella, en el canal, un par de barcazas vacías. Subí a una de ellas y sondeé con mi bastón por el lado exterior: apenas tres pies; y el torpedero se desvaneció de mis especulaciones. El cauce, observé también, era apenas lo suficientemente ancho para que dos barcazas pasaran con comodidad. Vi otras granjas, o creí verlas, y unas pocas barcazas más descansando en derivaciones laterales conectadas por alcantarillas al canal, pero nada digno de mención; y, consciente de que tenía que explorar también el lado de Wittmund del ferrocarril, regresé, con el ánimo ya un poco decaído, pero aún vivamente expectante.

Pasando por debajo de la carretera y el ferrocarril, seguí de nuevo el camino de sirga, que, tras media milla, se sumergió en unos bosques, luego entró en un claro y en otro recinto cercado; un aserradero, a juzgar por su aspecto. Esta vez me desnudé de cintura para abajo, crucé vadeando, me vestí de nuevo y trepé por la empalizada. (Había una cabaña un poco retirada, pero sus ocupantes evidentemente dormían). Estaba en un aserradero, por las pilas de madera y el aserradero de vapor; pero era algo más que un aserradero, pues a medida que avanzaba con cautela bajo la sombra de los árboles en el borde del claro, llegué a un largo cobertizo de chapa que extrañamente me recordó a Memmert, y debajo de él, más cerca del canal, se alzaba una oscura estructura esquelética que resultó ser una embarcación a medio construir sobre una grada. Cerca había un objeto similar, solo que casi terminado: una barcaza. Una grada pavimentada conducía aquí al agua, y el canal se ensanchaba hasta formar un apartadero o remanso en el que yacían otras siete u ocho barcazas en hileras. Escalé otra empalizada y continué, caminando, supongo, tres millas por el lado del canal, hasta que la cuestión de la cama y los planes ulteriores me obligaron a detenerme. Pasaba de medianoche y no estaba añadiendo gran cosa a mi información. Me había topado con una fábrica de ladrillos, pero poco después hubo pruebas crecientes de que el canal se utilizaba todavía poco para el tráfico. Se estrechaba y había muchas señales de trabajos recientes para su mejora. En un lugar se estaba excavando una desviación con diques, evidentemente para acortar una curva imposible. El camino se había vuelto atroz y mis botas estaban pesadas de arcilla. Teniendo en cuenta la línea azul que terminaba abruptamente en el mapa, consideré inútil seguir adelante y volví sobre mis pasos, tratando de inventar una historia que convenciera a un irritable posadero de Esens de que era un viajero respetable, y no un vagabundo o un lunático, quien le despertaba a la una y media o por ahí.

Pero se me ocurrió un recurso mucho más práctico mientras me acercaba al aserradero; pues allí, libre y accesible, tenía alojamiento a mano. Subí a una de las barcazas vacías en el remanso y examiné mis aposentos para la noche. Era de un modelo similar a todas las demás que había visto; una alijadora, estrictamente, en el sentido de que no tenía medios de autopropulsión y no contaba con cuartos separados para una tripulación, quedando todo el interior del casco libre para la carga. Tanto en la proa como en la popa había unos tres metros de cubierta, guarnecida con bitas y bolardos. El resto era una bodega abierta, flanqueada por pasillos de considerable anchura; todo ello de construcción robusta y, para una humilde alijadora, de diseño bien proporcionado e incluso elegante, con una marcada arrufa hacia proa y, como había observado en el ejemplar en grada, líneas finas en la popa. En resumen, resultaba evidente, incluso para un profano ignorante como yo, que estaba diseñada no solo para el trabajo en canales sino para aguas bravas; y bien podía serlo, pues, aunque los pocos kilómetros de mar que debía cruzar para llegar a las islas eran tanto poco profundos como abrigados, sabía por experiencia el feroz oleaje en que podían transformarse por un vendaval repentino. No debe suponerse que me detuve en este asunto. En líneas limitadas estaba progresando, pero las alas de la imaginación aún colgaban inertes a mis costados. De lo contrario, tal vez habría examinado esta alijadora con más detalle, en lugar de considerarla principalmente como un escondite conveniente. Bajo la cubierta de popa había guardado un rollo macizo de lona, un rincón del cual constituía una manta excelente, y mi fardo una buena almohada. Era un descenso respecto al lujo de la noche anterior; pero un espía, reflexioné filosóficamente, no puede esperar una cama de plumas dos noches seguidas, y esta al menos era más ventilada y espaciosa que el camarote tipo ataúd del Dulcibella, y no mucho más dura.

Una vez cómodamente instalado, estudié el mapa a la luz intermitente de las cerillas. Durante la última media hora me había ido dando cuenta de que este canal era solo uno de tantos; que al concentrarme en Esens y Bensersiel, había olvidado que había otros pueblos terminados en siel, también provistos en la carta náutica de arroyos serpenteantes; y, además, que las estadísticas de profundidad y distancia de Böhme se habían organizado en siete categorías, de la A a la G. La primera cerilla me trajo el recuerdo completo sobre los pueblos. El sufijo siel se repetía por toda la línea costera. Cinco millas al este de Bensersiel estaba Neuharlingersiel, y más allá Carolinensiel. Cuatro millas al oeste estaba Dornumersiel; y más allá Nessmersiel y Hilgenriedersiel. Eran seis solo en la costa norte de la península. En la costa oeste, frente al Ems, solo había uno, Greetsiel, bastante al sur de Norden. Pero en el este, frente al Jade, no había menos de ocho, a intervalos muy cortos. Tras pensarlo un momento, descarté este último grupo; no tenían nada que ver con Esens, ni tenían ninguna razón de ser imaginable como vías para el comercio; diferenciándose marcadamente en este aspecto del grupo de seis de la costa norte, cuya perspectiva era la cadena de islas, y cuyo centro interior, casi exactamente, era Esens. Todavía me faltaba uno para completar siete, y como hipótesis de trabajo añadí el solitario Greetsiel. En los siete pueblos desembocaban arroyos, como en Bensersiel. Desde los siete puntos de salida había líneas punteadas marcadas hacia el mar, que cruzaban las grandes arenas mareales y conducían hacia las islas. Y en el continente, detrás de todo el sistema séptuple, corría el bucle del ferrocarril. Pero había múltiples puntos menores de diferencia. Ningún arroyo presumía de un dintel azul tan profundo y decisivo como el Benser Tief; ninguno penetraba tan profundamente en el interior. Variaban en longitud y sinuosidad. Dos, los pertenecientes a Hilgenriedersiel y Greetsiel, parecían no llegar siquiera al ferrocarril. Por otro lado, Carolinensiel, frente a la isla de Wangeroog, tenía un ramal ferroviario para sí sola.

Cerilla tras cerilla se encendían y apagaban mientras me devanaba los sesos con el místico siete. Al final, me quedé dormido de tanto pensar, con la única idea fija de que mañana, en mi camino de vuelta a Norden, debía ver más de estos canales en ciernes, si es que lo eran. Mis sueños aquella noche fueron sobre una poderosa cadena de reductos y baterías ocultas agazapadas perdus entre las dunas de islotes desolados; construidos, como corales, mediante una labor infinitamente lenta y secreta; alimentados por cargas letales transportadas en alijadoras y a cargo de silenciosos mudos que, uno y todos, guardaban el parecido de Grimm.

Estaba levantado y fuera al amanecer (el clima era templado y con chubascos), encontrándome con algunos obreros de camino a la carretera, que me dieron los buenos días y una mirada fija. En el puente me detuve y caí en tormentos de indecisión. Había mucho por hacer y poco tiempo para hacerlo. Todo el problema parecía haberse multiplicado por siete, y el total de nuevo duplicado y reduplicado: siete líneas azules en tierra, siete líneas punteadas en el mar, siete islas en el horizonte. Una vez estuve a punto de decidir poner en práctica mi pretexto y cruzar a Langeoog; pero eso significaba faltar a la cita, y no estaba dispuesto a hacerlo.

En cualquier caso, necesitaba desayunar desesperadamente; y la mejor manera de conseguirlo, y al mismo tiempo de abrir nuevos campos, era caminar hasta Dornum. Entonces encontraría una línea azul llamada Neues Tief que conducía a Dornumersiel, en la costa. Explorada esa, podría pasar a Nesse, donde había otra línea azul hacia Nessmersiel. Todo esto estaba en el camino a Norden, y tendría el ferrocarril constantemente a mis espaldas para llevarme allí por la tarde. El último tren (mi horario me decía) era uno que llegaba a Norden a las 7.15 p.m. Podría tomarlo en la estación de Hage a las 7.05.

Una caminata rápida de seis millas me llevó, hambriento vorazmente, a Dornum. La carretera y el ferrocarril se habían mantenido juntos todo el tiempo, y a mitad de camino se les había unido por la izquierda un tercer compañero en forma de un arroyo diminuto que sabía por el mapa que era la parte superior del Neues Tief. Retorciéndose y doblando como una anguila, ahogado por juncos y cañas, no tenía pretensiones de ser navegable. Finalmente, se alejó hacia los pantanos fuera de la vista, solo para reaparecer cerca de Dornum con un aspecto mucho más digno.

No había apartadero donde el ferrocarril lo cruzaba, pero en la propia ciudad, que bordeaba por el este, comenzaba un camino de sirga y se había construido recientemente un muelle de pilotes. Dando a este había un edificio de ladrillo rojo con aspecto de almacén, todavía sin techo y con obreros en sus andamios. Aquello agudizó mi apetito.

Si hubiera sido sensato, me habría conformado con un bocado comprado en un mostrador, pero la sed de café caliente y pistas me indujo a repetir el experimento de Esens y buscar una taberna primitiva. Tuve menos suerte en esta ocasión. La casa que elegí era lo suficientemente oscura, pero su propietario no era un simple frisón, sino un sinvergüenza de mal aspecto, con ojos esquivos y complexión libertina, que mostró una curiosidad de lo más inoportuna por su cliente. Como fatalidad final, llevaba una gorra de visera como la mía y resultó ser un exmarinero. Debería haber huido al verlo si hubiera tenido la oportunidad, pero primero me atendió una chica desaliñada que, estoy seguro, le llamó para que me observara. Para explicar mis botas y pantalones embarrados dije que había caminado desde Esens, y a partir de ahí me vi envuelto en una maraña de mentiras improvisadas. Siguiendo por un viejo camino, esta vez coloqué a mi hermana en la isla de Baltrum y dije que iba a Dornumersiel (que está frente a Baltrum) para cruzar desde allí. Como esto era disparar al aire, no me atreví a fingir conocimiento local y hablé de la visita como la primera. Dornumersiel fue un tiro afortunado; había un galeón de transbordo desde allí a Baltrum; pero él conocía, o fingía conocer, Baltrum, y no había oído hablar de mi hermana. Me puse más nervioso al ver desde el principio que me tomaba por alguien de mejor condición que la mayoría de los marinos mercantes; y, para empeorar las cosas, tuve la imprudencia de sacar de un bolsillo interior, al alegar prisa, mi reloj de oro con la cadena y los sellos puestos. Me dijo que no había prisa, que perdería la marea en Dornumersiel, y luego se puso a ofrecerme bebidas fuertes y a hacerme preguntas cuya grosería insinuante me dio la clave de su biografía. Debió haber sido en una etapa de su carrera un reclutador de muelles, uno de esos tiburones inmundos que se aprovechan de los marineros desempleados, y que a menudo son exmarineros ellos mismos, versados en las debilidades de la tribu. Ahora estaba practicando conmigo, quien, desafortunadamente, pretendía pertenecer a la misma clase a la que estaba acostumbrado a victimizar y, además, tenía un reloj de oro y, sin duda, una bolsa llena. Nada más ridículamente inoportuno podría haberme ocurrido, ni más peligroso; pues los de su clase son tan cosmopolitas como los camareros y conserjes, con un don tan fácil para los idiomas y un olfato tan infalible para la nacionalidad. Efectivamente, el sujeto reconoció la mía y positivamente me desafió con ella en un inglés bastante fluido con acento yanqui. Cargado con la hermana mítica, por supuesto, me mantuve en mi mentira, dije que había estado en un barco inglés tanto tiempo que había adquirido el acento, y también le dije algunas palabras en inglés entrecortado. Al mismo tiempo, le hice ver que lo consideraba un molesto impertinente, pagué mi cuenta y salí. ¿Libre de él? ¡Ni mucho menos! Insistió en mostrarme el camino a Dornumersiel y me siguió por la calle. Al percibir que estaba bajo los efectos del alcohol, a pesar de la hora temprana, no me atreví a arriesgarme a una escena conflictiva con un hombre que ya sabía tanto sobre mí y que podría en cualquier momento sonsacarme más. Así que me ablandé y le seguí la corriente; le invité en una taberna con la esperanza de darle esquinazo, un recurso desastroso que se convirtió en precedente para más libaciones en otros lugares. Gustosamente correría un velo sobre nuestro escandaloso progreso a través del pacífico Dornum, sobre los terrores que experimenté cuando me presentaba como su amigo, y como su amigo inglés, y sobre el abatimiento que sentí, también, mientras, unidos brazo con brazo, recorríamos las tres millas de carretera hacia la costa. Fue su capricho malicioso que habláramos inglés; un capricho afortunado, al final, porque yo no sabía alemán de marinería, pero tenía nociones de inglés de marinería, recogidas de Cutcliffe Hyne y Kipling. Con ellas improvisé un híbrido despreciable, compuesto mayormente de juramentos y blasfemias, y así conté historias de viajes imaginarios. Por supuesto, él conocía todos los puertos del mundo, pero afortunadamente no era demasiado crítico, debido a los repetidos schnappsen.

Sin embargo, fue un contratiempo deplorable desde todo punto de vista. Estaba perdiendo el tiempo, porque la carretera tomaba una dirección diferente a la del Neues Tief, de modo que ni siquiera tuve la ventaja de inspeccionar el canal y solo me encontré con él al llegar al mar. Aquí se dividía en dos bocas, ambas provistas de esclusas, y desembocaba en dos pequeños puertos de lodo, réplicas de Bensersiel, cada uno con su grupo de casas. Me dirigí directamente a la Gasthaus en Dornumersiel, preparé bien a mi compañero y le pedí que esperara mientras veía lo de un barco en el puerto; pero, huelga decir, nunca me reuní con él. Solo eché un vistazo rápido al puerto de la izquierda, vi una alijadora pasando por la esclusa (pues la marea estaba alta), y luego caminé tan rápido como mis piernas me permitieron hasta el dique más exterior, lo monté y caminé a lo largo del mar hacia el oeste bajo un fuerte chubasco, lleno de profundos temores por el revuelo y los cotilleos que mi desaparición podría causar si mi odioso reclutador estaba lo suficientemente sobrio como para descubrirla. Tan pronto como lo consideré seguro, bajé a la arena y corrí hasta que no pude correr más. Luego me senté sobre mi fardo con la espalda contra el dique para refugiarme parcialmente de la lluvia, observando cómo el mar retrocedía de las llanuras y disminuía en delgados estanques, y las nubes cargadas volaban llorando sobre las islas hasta que aquellas pálidas formas se perdieron en la bruma.

La barcaza que había visto pasar por la esclusa se arrastraba hacia Langeoog detrás de un remolcador y un hilo de humo.

¡No más exploración a la luz del día! Esa fue mi primera determinación, pues sentía como si el país debiera estar resonando con informes de un inglés disfrazado. Debía permanecer escondido hasta el anochecer, luego recuperar el ferrocarril y deslizarme en ese tren a Norden. Ahora, tan pronto como empecé a resignarme a la inacción temporal y a centrar mis pensamientos en la cita, una nueva duda me asaltó. Nada había parecido más seguro ayer que Norden como escenario de la cita, pero eso fue antes de que los siete siels cobraran protagonismo. El nombre de Norden ahora sonaba desnudo y poco convincente. Mientras me preguntaba por qué, se me ocurrió de repente que todas las estaciones a lo largo de esta línea norte, aunque más tierra adentro que Norden, eran igualmente «estaciones costeras», en el sentido de que estaban en contacto con puertos (de algún tipo) en la costa. Norden tenía su arroyo mareal, pero Esens y Dornum tenían sus «tiefs» o canales. ¡Necio de mí por haber dado una interpretación tan estrecha y literal a la frase «la marea sirve»! ¿Cuál era más probable que visitaran mis conspiradores: Norden, cuya intrusión en nuestras teorías era puramente hipotética, o uno de estos siels a cuyos sistemas séptuples daban mis últimas observaciones una importancia trascendente?

Solo había una respuesta; y me llenó de profundo desaliento. ¡Siete posibles puntos de encuentro! —ocho, contando Norden. ¿Hacia cuál dirigirme? Saqué el horario y el mapa, y con ellos la esperanza. El caso no era tan malo después de todo; no exigía ningún cambio inmediato de planes, aunque importaba graves incertidumbres y riesgos. Norden seguía siendo el objetivo, pero principalmente como nudo ferroviario, solo remotamente como puerto marítimo. Aunque los posibles encuentros eran ocho, las posibles estaciones se reducían a cinco: Norden, Hage, Dornum, Esens, Wittmund, todas en una sola línea. Los trenes de este a oeste a lo largo de esta línea eran insignificantes, porque no había ninguno que pudiera llamarse tren nocturno, siendo el último el que esta mañana había fijado para llevarme a Norden, donde llegaba a las 7.15. De los trenes de oeste a este solo había uno que considerar, el mismo en el que había viajado anoche, que salía de Norden a las 7.43 y llegaba a Esens a las 8.50, y a Wittmund a las 9.13. Este tren, como el lector que estuvo conmigo en él sabe, estaba en correspondencia con otro de Emden y el sur, y también, ahora descubría, con servicios desde Hannover, Bremen y Berlín. También recordará que tuve que esperar tres cuartos de hora en Norden, de 7 a 7.43.

La plataforma en la estación de Norden, por tanto, entre las 7.15, cuando debería llegar de este, y las 7.43, cuando Böhme y su amigo desconocido deberían salir hacia el este; ahí, y en esa media hora, estaba mi oportunidad para reconocer y seguir al menos a dos de los conspiradores. Debía tomar el tren que ellos tomaran y bajar donde ellos bajaran. Si no podía encontrarlos en absoluto, me vería obligado a volver a la opinión descartada de que Norden era el lugar de encuentro, y esperaría allí hasta las 10.46.

Mientras tanto, estaba muy bien resolver la inacción hasta el anochecer; pero tras una hora de descanso, la ropa y los pies húmedos, y la ausencia de perseguidores, me tentaron a volver al campo. Evitando carreteras y pueblos mientras hubo luz, atravesé el campo hacia el suroeste, un viaje lúgubre y laborioso, con pantanos fangosos y drenajes hasta las rodillas que cruzar, con rodeos que hacer para evitar a los campesinos, y muchos agazapamientos furtivos detrás de diques y sauces. Lo poco que aprendí estaba en armonía con exploraciones previas, pues mi trayectoria cortaba en ángulo recto la línea del Harke Tief, el arroyo que desemboca en Nessmersiel. Este, también, tenía la naturaleza de un canal, pero solo en embrión en el punto en que lo toqué, al sur de Nesse. Se estaban realizando obras de desviación y, en una breve digresión río abajo, avisté otro astillero de construcción de alijadoras. En cuanto a Hilgenriedersiel, el cuarto de los siete, no tuve tiempo de ver nada en absoluto. A las siete en punto estaba en la estación de Hage, muy cansado, mojado y con los pies doloridos, tras haber cubierto casi veinte millas en total desde que abandoné mi cama en la alijadora.

Desde allí hasta Norden había un trayecto de diez minutos en tren, que pasé comiendo algo de pan de centeno y anguila ahumada, y raspando el barro de mis botas y pantalones. La fatiga se esfumó cuando el tren se detuvo en la estación y los trascendentales veintiocho minutos comenzaron a correr. Tras haberme embozado en una voluminosa bufanda y subido el cuello de mi chaquetón, crucé inmediatamente al andén de salida, caminé con audacia hacia la ventanilla de billetes y avisté de inmediato a von Brüning; sí, a von Brüning de paisano; pero no había duda posible sobre su alta figura atlética, sus rasgos agradables y su pulcra barba castaña. Acababa de dejar la ventanilla, recogiendo un billete y algunas monedas. Me uní a una cola de tres o cuatro personas que aguardaban su turno, aplastándome entre ellos y el tabique hasta que le oí marcharse. Como no había escuchado para qué estación había sacado el billete, compré uno de cuarta clase a Wittmund, lo que cubría todas las posibilidades. Luego, con la barbilla hundida en mi bufanda, busqué el rincón más oscuro de la mal iluminada combinación de bar y sala de espera donde, según la tediosa costumbre en Alemania, se encierra a los viajeros hasta que el tren está listo. Divisé a von Brüning sentado en otro rincón, con el sombrero sobre los ojos y un cigarro entre los labios. Un muchacho me trajo una jarra de cerveza tostada de Múnich y, mientras la bebía a sorbos, observaba. La gente pasaba entrando y saliendo, pero nadie hablaba con el marino de paisano. Cuando hubo transcurrido un cuarto de hora, se abrió una puerta al andén y una voz ronca gritó: «¡Hage, Dornum, Esens, Wittmund!». Un grupo de pasajeros se abrió paso a empujones hacia el andén, mostrando sus billetes. Fui lento con mi cerveza y fui el último del grupo, con von Brüning justo delante de mí, tan cerca que el humo de su cigarro se arremolinaba en mi cara. Miré por encima de su hombro el billete que mostraba, perdí el nombre, pero capté un sibilante doble murmurado por el funcionario que lo comprobaba; repasé las estaciones en mi cabeza y me lancé sobre Esens. Eso era todo lo que necesitaba saber por el momento; así que me dirigí a un compartimento de cuarta clase y perdí de vista a mi presa, sin aventurarme a mirar por la ventana hasta que la última puerta hubo cerrado de golpe. Cuando lo hice, dos personas que llegaban tarde se apresuraban hacia un vagón: una alta, otra de estatura media; ambas con capas y bufandas. No pude distinguir sus rasgos, pero ciertamente ninguno de ellos era Böhme. No habían pasado por la puerta de la sala de espera, sino que, claramente, venían del extremo oscuro del andén, donde habían estado esperando. Un revisor, con algunas protestas hoscas, los encerró y el tren se puso en marcha.

Esens: el nombre no me había sorprendido; cumplía un presentimiento que había ido cobrando fuerza durante toda la tarde. Por última vez consulté el mapa, pastoso y borroso por la exposición del día, e intenté grabarlo en mi cerebro. Marqué el camino a Bensersiel y cómo convergía gradualmente hacia el Benser Tief hasta encontrarse en el mar. «¡La marea es favorable!». Anhelando la ayuda de Davies, calculé, con la ayuda de mi diario, que la marea alta en Bensersiel sería alrededor de las once, y durante dos horas (digamos de diez a doce de esta noche), habría de cinco a seis pies de agua en el puerto.

Deberíamos llegar a Esens a las 8.50. ¿Irían en coche, como lo había hecho von Brüning hace una semana? Me apreté el cinturón, golpeé mis botas cargadas de barro y di gracias a Dios por la cerveza de Múnich. ¿Adónde iban desde Bensersiel, y en qué; y cómo iba a seguirlos? Eran preguntas nebulosas, pero yo estaba en condiciones para cualquier cosa; robar un barco era una nadería. La fortuna, pensé, sonreía; el romance me llamaba; incluso el mar parecía amable. Sí, y no sé si la imaginación ya estaba empezando a desentumecer y agitar esas alas sin nervio.

CAPÍTULO XXVII. La suerte del polizón

En la estación de Esens invertí mis tácticas de Norden, salté ágilmente y llegué primero a la puerta de salida, entregué mi billete y me quedé merodeando por la verja de la estación bajo el amparo de la oscuridad. La fortuna seguía sonriendo; no había ningún vehículo esperando y solo había media docena de pasajeros. Dos de ellos eran los caballeros con capa que casi se habían quedado atrás en Norden, y otro era von Brüning. Este último caminaba bastante por delante de la primera pareja, pero en la verja hacia la carretera principal los tres mostraron un propósito común, ya que, a diferencia del resto, que giraron hacia el pueblo de Esens, ellos se dirigieron hacia el sur; para mi gran desconcierto, pues esa era la dirección contraria a Bensersiel y el mar. Yo, con mi hatillo al hombro, había ido cerrando la marcha y, como su fiel sombra, giré también a la derecha, sin prever las consecuencias. Cuando ya era demasiado tarde para dar media vuelta, vi que, a cincuenta yardas por delante, el camino estaba cortado por las barreras de un paso a nivel, y que los cuatro inevitablemente tendríamos que acumularnos en la barrera hasta que el tren se hubiera marchado. Esto, de hecho, ocurrió, y durante un minuto o dos estuvimos todos en grupo, elaboradamente indiferentes los unos a los otros, silenciosos, pero estoy seguro de que muy conscientes. En cuanto a mí, «una risa secreta me cosquilleaba en toda el alma». Cuando se abrieron las barreras, los tres parecieron dispuestos a rezagarse, así que, con tacto, tomé la iniciativa, caminé con paso firme y me detuve al cabo de unos minutos para escuchar. Al no oír nada, regresé con cautela y descubrí que habían desaparecido; en qué dirección no tardó en quedar claro, pues encontré un sendero herboso que conducía a los campos a la izquierda o al oeste de la carretera, y aunque no pude ver a nadie, oí el murmullo lejano de voces que se alejaban.

Orienté mi posición con calma, puse un pie en el sendero, me lo pensé mejor y regresé hacia Esens. Sabía, sin consultar el mapa, que ese camino los llevaría al Benser Tief en un punto cercano al aserradero. Con niebla podría haberlos seguido hasta allí; tal como estaban las cosas, la noche no era demasiado oscura y tenía que conservar mis fuerzas; y grabadas en mi memoria estaban las palabras «la marea es favorable». Juzgué un uso más sensato del tiempo y de los nervios anticiparme a ellos en Bensersiel por el camino más corto, dejándoles llegar a través del tortuoso Tief, examinar el cual, estaba convencido, era uno de sus objetivos.

Eran las nueve de una noche fresca y salvaje, con un halo rodeando la luna nublada. Atravesé la tranquila Esens y en una hora estaba cerca de Bensersiel, y podía oír el mar. Con la idea arraigada de que encontraría a Grimm en las afueras, esperando visitas, abandoné la carretera antes de llegar al pueblo y di un rodeo al puerto a través del muro de contención. Las ventanas inferiores de la posada arrojaban un cálido resplandor a la noche, y dentro pude ver al círculo del pueblo reunido en torno a las cartas, y dominado como siempre por el asertivo y pequeño jefe de correos, cuya voz aguda y excitable podía distinguir claramente, mientras estaba sentado con la gorra en la nuca y un «feine schnapps» a su alcance. El puerto mismo parecía exactamente igual a como lo recordaba hace una semana. El barco de correos yacía en su viejo atracadero en el muelle oriental, con su vela mayor izada y sus dos gigantes escupiendo por la borda. Los llamé con audacia desde la orilla (sin mostrarles quién era yo), y me dijeron que partían hacia Langeoog en unos minutos; el viento soplaba desde tierra, el correo estaba a bordo y el agua tenía la altura suficiente. «¿Quería pasaje?». «No, creo que esperaré». Convencido de que mi grupo nunca podría haber llegado aquí tan pronto, no obstante, mantuve un ojo en la goleta hasta que soltó su cabo de popa y se deslizó. Una contingencia quedó eliminada. Algunos rezagados se dispersaron y todo el movimiento portuario pareció haber terminado por la noche.

Transcurrieron tres cuartos de hora de tensa espera. La mayor parte la pasé de rodillas en un ángulo oscuro entre el dique y el muelle occidental, desde donde tenía una visión estratégica de la dársena; pero a veces me veía obligado a aliviar la inacción con incursiones que aumentaban en audacia. Exploré el camino más allá del puente, merodeé por la esclusa y miré en el salón de la posada; pero en ninguna parte pude ver ni rastro de Grimm. Examiné cada objeto flotante en el puerto (eran muy pocos), bajé a dos barcazas y curioseé bajo lonas, subí a un remolcador abandonado y a dos o tres torpes botes de remos amarrados a un poste de amarre. Solo uno de ellos tenía aspecto de estar listo, el resto carecía de remos y toletes; un estado de cosas desalentador para un aspirante a ladrón de barcos. Fue la visión de estos botes de remos la que sugirió una última y más perturbadora posibilidad: que el barco que esperaba, si es que había algún barco, podría no estar en el puerto en absoluto, sino en algún lugar de las arenas fuera del dique, donde, con este estado de marea alta, tendría agua de sobra. Volví entonces al dique; pero mientras escudriñaba hacia el mar en el camino, las contingencias se evaporaron y sobrevino un hecho sólido, pues vi las luces de un barco de vapor acercándose a la boca del puerto. Apenas tuve tiempo de ganar mi punto estratégico antes de que hubiera entrado entre los muelles y, con un siseo intermitente de su hélice, estuviera girando y retrocediendo hacia un atracadero justo delante de una de las barcazas, y a no más de cincuenta pies de mi escondite. Un marinero saltó a tierra con un cabo, mientras el hombre al timón daba instrucciones bruscas. El barco era un pequeño remolcador, y el hombre al timón reveló su identidad cuando, tras apagar sus motores, saltó a tierra también, miró su reloj bajo el haz de la luz de posición y caminó hacia el pueblo. Era Grimm, por la altura y la complexión; Grimm vestido con un largo abrigo impermeable y un sombrero de ala ancha. Lo vi cruzar el haz de luz de la ventana de la posada y desaparecer en dirección al canal.

Apareció entonces otro marinero que ayudó a su compañero a amarrar el remolcador. Ambos juntos fueron a popa y comenzaron a ocuparse de alguna tarea cuya naturaleza no pude determinar. Salir era peligroso, así que me ocupé de una tarea propia, rasgando mi hatillo y poniéndome una chaqueta y pantalones de hule sobre la ropa, y descartando mi gorra de visera por un sombrero de ala ancha. Esta operación fue impulsada instantáneamente por la vestimenta de los dos marineros, que al tirar del cabo de proa entraron en el campo de luz de la luz del tope del mástil.

Fue una especie de obra maestra gimnástica, ya que estaba tumbado —o, mejor dicho, de pie de lado— en el rugoso muro de contención, con hendiduras de ladrillo para apoyar los pies y el agua chapoteando debajo de mí; pero después de todo, no había vivido en el Dulcibella en vano. Mi cadena de pensamiento, supongo, fue esta: el remolcador va a llevar a mi grupo; no puedo seguir a un remolcador en un bote de remos, pero pretendo seguir a mi grupo; por lo tanto, debo ir con ellos en el remolcador, y el primer y más sensato paso es imitar a su tripulación. Pero el siguiente paso fue un asunto difícil, pues la tripulación, habiendo terminado su trabajo, se sentó lado a lado en las bordas y encendió sus pipas. Sin embargo, pronto se produjo una pequeña pantomima, tan divertida como alentadora. Parecieron consultar juntos, mirando del remolcador a la posada y de la posada al remolcador. Uno de ellos caminó unos pasos hacia la posada y llamó al otro, quien a su vez gritó algo por la claraboya de la sala de máquinas, y luego se unió a su compañero en una carrera hacia la posada. Incluso mientras observaba la pantomima, me estaba quitando las botas, y no había pasado ni un segundo cuando ya las tenía en mis brazos y estaba tropezando sobre el barro en mis calcetines. Una docena de pasos silenciosos y ya estaba sobre las bordas entre el timón y la chimenea, buscando un escondite. El polizón convencional se esconde en la bodega, pero aquí solo había una carbonera, además ocupada; ni había un barril de manzanas vacío, como el que Jim de La isla del tesoro encontró tan útil. Hasta donde pude ver —y no me atreví a aventurarme lejos por miedo a la claraboya—, la superficie de la cubierta no ofrecía nada seguro. Pero en el lado más alejado o de estribor, bastante a popa de la cuaderna maestra, había un pequeño bote en los pescantes, colgado hacia afuera, hacia el cual el sentido común, y tal vez una vaga presciencia de su utilidad posterior, apuntaba irresistiblemente. En cualquier caso, la discriminación estaba fuera de lugar, así que monté la borda y entré suavemente en mi refugio. Los aparejos chirriaron un poco, los remos y los bancos me estorbaron; pero mucho antes de que los sedientos fugitivos hubieran regresado, ya estaba instalado en el suelo entre dos bancos, colocado de tal manera que pudiera, si fuera necesario, asomarme por la regala.

Los dos marineros regresaron corriendo, y muy poco después se acercaron voces, y reconocí la de Herr Schenkel parloteando volublemente. Él y Grimm subieron al remolcador y bajaron por una escala de popa, cerca de la cual, al asomarme, vi una segunda claraboya, no más grande que la del Dulcibella, iluminada desde abajo. Luego oí descorchar una botella y el beso de los vasos, y en un minuto o dos volvieron a emerger. Era evidente que Herr Schenkel estaba inclinado a quedarse y divertirse, y que Grimm estaba ansioso por deshacerse de él, y no demasiado cortés al mostrarlo. El primero insistió en que la marea de mañana serviría, el segundo dio órdenes de soltar amarras y, finalmente, observó con un juramento airado que el agua estaba bajando y que debía partir; y, para cerrar el asunto, con un brusco buenas noches, se fue al timón y puso en marcha sus motores. Herr Schenkel desembarcó y se pavoneó indignado, mientras la hélice del remolcador comenzaba a girar. Solo habíamos avanzado unos metros cuando los motores se detuvieron, sonó un breve pitido del silbato y, antes de que hubiera tenido tiempo de replantearme el futuro, oí un apresuramiento de pasos desde la dirección del dique, primero en el banco, luego en la cubierta. El último de estos nuevos recién llegados jadeaba audiblemente mientras subía a bordo y caía sobre los tablones con un golpe sordo y falto de elasticidad.

Con su dotación completa, el remolcador abandonó el puerto, pero no solo. Mientras ganaba velocidad lentamente, el casco se detuvo de golpe con una sacudida brusca, se recuperó y aumentó su rapidez. Llevábamos algo a remolque: ¿qué? La barcaza, por supuesto, que había estado a nuestra popa.

Ahora sabía lo que había en esa barcaza, porque había ido a verlo media hora antes. No era una carga letal, sino carbón, carbón doméstico común; no una carga completa, recordaba, solo un montículo de buen tamaño en el centro, arreglado con listones a proa y popa para evitar que se desplazara. «Bueno», pensé, «esto es bastante inteligible. Grimm estaba ostensiblemente allí para recoger una carga de carbón para Memmert. ¿Pero significa eso que vamos a Memmert?». Al mismo tiempo recordé una frase escuchada en el depósito: «Solo una, media carga». ¿Por qué media carga?

Durante algunos minutos hubo mucho movimiento en cubierta y órdenes gritadas por Grimm y respondidas por una voz desde lejos en la popa de la barcaza. Sin embargo, pronto el remolcador se calentó en su trabajo, el casco vibró con energía y una paz ordenada reinó a bordo. También me di cuenta de que, tras haber salido del canal señalizado, habíamos girado hacia el oeste, pues el viento, que nos había soplado favorable, ahora soplaba con fuerza sobre la amura de babor.

Miré fuera de mi nido y me convencí en un momento de que, mientras no hiciera ruido y observara la prudencia adecuada, estaba perfectamente a salvo hasta que necesitaran el bote. No había lámparas de cubierta; las dos claraboyas apenas difundían una luz enfermiza, y yo estaba a popa de las luces de navegación. También estaba a popa del timón, aunque escalofriantemente cerca en términos de distancia —unos doce pies, diría yo—; y Grimm estaba al timón. El timón, debo mencionar aquí, estaba elevado, como a menudo se ven, en una especie de púlpito, al que se accedía por dos o tres escalones y cercado por un arco de tablones a la altura del pecho. Solo era visible uno de la tripulación, y actuaba como vigía en la proa extrema, los rayos de las luces del tope del mástil —pues se había izado una segunda en señal de remolque— brillando sobre su espalda de hule. El otro hombre, concluí, estaba dirigiendo la barcaza, que podía localizar vagamente por la espuma pálida en su proa.

¿Y los pasajeros? Estaban todos juntos a popa, tres de ellos, inclinados sobre la borda de popa, con las espaldas vueltas hacia mí. Uno era bajo y robusto: Böhme indudablemente; el jadeo y el golpe sordo sobre los tablones me habían preparado para ello, aunque de dónde había surgido no lo sabía. Dos eran altos, y uno de ellos debía ser von Brüning. Debería haber cuatro, calculé; pero tres eran todos los que podía ver. ¿Y qué hay del tercero? Debe ser él quien «insiste en venir», el superior desconocido a cuya instancia y para cuyo beneficio se había planeado esta expedición secreta. ¿Y quién podría ser? Muchas veces, no hace falta decirlo, me había hecho esa pregunta, pero nunca hasta ahora, cuando había encontrado el punto de encuentro y me había unido a la expedición, se convirtió en una cuestión de importancia candente.

«Cualquier clima» era otra de esas frases almacenadas que venían al caso. Era una noche sucia y con ráfagas, no muy fría, pues el viento aún se mantenía en el S.S.O., un viento de tierra en esta costa, que no causaba un oleaje apreciable en los espacios poco profundos que atravesábamos. En cuanto a nuestra orientación, me dediqué obstinadamente a superar ese desconcierto paralizante que siempre me inducía la noche o la niebla en estas aguas intrincadas; y, girando y girando, logré identificar dos luces intermitentes: una alternativamente roja y blanca, lejana y débil a popa; la otra justo delante y algo más fuerte, dando solo destellos blancos. La primera y menos familiar era, deduje, del faro de Wangeroog; la segunda, bien conocida por mí como nuestra estrella guía en la carrera desde Memmert, era la luz en el centro de la isla de Norderney, a unas diez millas de distancia.

No tenía una idea precisa de la hora, pues no podía ver mi reloj, pero pensé que debíamos haber partido alrededor de las once y cuarto. Viajábamos rápido, la chimenea arrojando humo y la estela de proa encrespándose alto; pues el remolcador parecía ser una pequeña embarcación potente, y su carga era comparativamente ligera.

Hasta aquí la situación general. En cuanto a mi propio aprieto, no estaba de humor para reflexionar sobre los peligros de esta loca aventura, cien veces más peligrosa que mi escucha oculta por la niebla en Memmert. La crisis, lo sabía, había llegado, y la imprudencia temeraria que me había traído aquí debía servirme aún y sacarme del apuro. La fortuna ama el cortejo duro. Aposté por mi suerte y observé.

El comportamiento de los pasajeros me pareció extraño. Permanecían en fila en la borda de popa, mirando hacia atrás como emigrantes arrepentidos, y a veces, gesticulando y señalando. Ahora no era visible ningún vestigio de la tierra baja, así que me vi obligado a llegar a la conclusión de que era la barcaza lo que estaban discutiendo; y fecho mi despertar desde el momento en que me di cuenta de ello. Pero el hilo se rompió prematuramente; pues los pasajeros comenzaron a pasear por la cubierta y tuve que agacharme. Cuando pude volver a levantar la cabeza, estaban alrededor de Grimm al timón, ocupados, hasta donde pude descubrir por sus gestos, en una discusión sobre nuestro rumbo y la hora, pues Grimm miraba su reloj a la luz de una linterna de mano.

Navegábamos hacia el norte y, por el oleaje, supe que debíamos estar cerca del Accumer Ee, el paso entre Langeoog y Baltrum. ¿Íbamos a salir a mar abierto? Me sobrevino de golpe la idea de que debíamos hacerlo si queríamos dejar esa gabarra en Memmert. Si yo hubiera sido Davies, habría sido más rápido en captar ciertas condiciones inflexibles de esta travesía, que ninguna fuerza humana podía modificar. Habíamos partido después de la marea alta. Por tanto, el agua bajaba por todas partes; y los canales tributarios detrás de las islas se volvían lentamente intransitables. Había al menos treinta millas hasta Memmert, con tres divisorias de aguas que pasar; detrás de Baltrum, Norderney y Juist. Un patrón con nervios y absoluta confianza podría llevarnos por encima de una de ellas en la oscuridad, pero la mayor parte del trayecto tendría que hacerse inevitablemente por fuera. Ahora comprendía mejor las protestas del Herr Schenkel a Grimm. Jamás habíamos visto una gabarra a remolque en alta mar, aunque sí muchas tras la barrera de las islas; de hecho, era la existencia misma de los canales protegidos lo que generaba el tráfico que pudiera haber. Solo el oficio de Grimm y la pesadilla de la gabarra habían sugerido Memmert como nuestro destino, y ahora empezaba a dudarlo. Aquel traicionero anillo de arena nos había engañado antes.

En ese momento, y como para corroborar mi pensamiento, el telégrafo sonó y el remolcador redujo la velocidad. Me escabullí y escuché a Grimm gritarle al hombre de la gabarra que metiera el timón a estribor, y al vigía que viniera a popa. La siguiente orden me heló la sangre; fue "arriar". Alguien estaba en los pescantes de mi bote palpando los aparejos; el cabo de proa resbaló realmente por el motón e inclinó el bote un poco. Me estaba preguntando cuánto faltaría para nadar hasta Langeoog, cuando una voz fuerte e imperiosa (desconocida para mí) resonó: "¡No, no! No queremos el bote. El oleaje no es nada; ¡podemos saltar! ¿Verdad, Böhme?". El hablante terminó con una risa jovial. "¡Cielo santo!", pensé, "¿van a nadar hasta Langeoog?", pero también jadeé de alivio. El remolcador se balanceó sin vida en el oleaje durante un poco, y los pasos se retiraron hacia popa. Hubo gritos de "Achtung!" y algunas risas, un gran golpe y un buen chirrido; y volvimos a movernos, soportando la tensión del cable de remolque con cuidado, y luego a toda máquina. Los pasajeros, al parecer, preferían la gabarra al remolcador para navegar; el polvo de carbón y la intemperie frente a las tablas limpias y un camarote cálido. Cuando reinó el silencio de nuevo, espié. Grimm seguía al timón, haciendo girar los radios con impasibilidad, con una mirada por encima del hombro a su preciada carga. Y, después de todo, íbamos por fuera.

Cerca de la amura de babor yacía una forma negra bordeada de espuma, la punta este de Baltrum. Se fundió con la noche, mientras girábamos lentamente hacia barlovento sobre la agitada barra. Ahora estábamos en los vastos dominios del mar del Norte; y sintiéndolo también en el aumento del oleaje y las descargas de rociones.

En este punto comenzaron las evoluciones. Grimm cedió el timón al vigía y se dirigió él mismo a la barandilla de popa, desde donde gritaba órdenes de "¡Babor!" o "¡Estribor!" en respuesta a las señales de la gabarra. Hicimos un círculo completo, gobernando sucesivamente en cada punto del viento, después de lo cual trabajamos directamente mar adentro hasta que el agua estuvo bastante más agitada, y volvimos en tangente, hasta estar al alcance del oído del oleaje en la playa de la isla. Allí terminaron las maniobras, que claramente eran una prueba de navegación; y nos pusimos al pairo para transbordar a nuestros pasajeros. Ellos, cuando subieron a bordo, bajaron directamente, y Grimm, habiendo estabilizado el remolcador en un rumbo fijo y confiado el timón de nuevo al marinero, se quitó su abrigo de hule goteante, lo tiró sobre la claraboya del camarote y los siguió. El rumbo que había marcado era aproximadamente al oeste, con el faro de Norderney a un par de puntos por la amura de babor. ¿El rumbo a Memmert? Posiblemente; pero no me importaba, pues mi mente estaba lejos de Memmert esta noche. *Era también el rumbo a Inglaterra.* Sí, al fin comprendía. Estaba asistiendo a un ensayo experimental de una gran escena, que se representaría, tal vez, en un futuro cercano; una escena en la que multitud de gabarras de navegación costera, cargadas con soldados, no con medias cargas de carbón, saldrían simultáneamente, en siete flotas ordenadas, de siete salidas poco profundas y, bajo la escolta de la Armada Imperial, atravesarían el mar del Norte y se lanzarían físicamente sobre las costas inglesas.

Indulgente lector, puede que te plazca decir que he sido muy obtuso; y, sin embargo, con humildad, protesto contra ese veredicto. Recuerda que, por muy recientes que sean los acontecimientos que describo, es solo desde que ocurrieron cuando la posibilidad de una invasión de Inglaterra por parte de Alemania se ha convertido en un tema de debate público. Davies y yo nunca... iba a decir que nunca lo habíamos considerado; pero eso no sería exacto, pues lo habíamos vislumbrado un par de veces; y si algún incidente aislado de su travesía o de nuestra travesía conjunta hubiera proporcionado un atisbo de confirmación, él, al menos, se habría encendido con esa chispa. Pero verás qué perversamente, de principio a fin, las circunstancias nos llevaron cada vez más profundo hacia el camino equivocado, hasta que la idea se arraigó de que el secreto que buscábamos era uno de defensa y no de ataque. Por lo tanto, se requería un salto mental completo y, como aficionado, me resultó difícil; más aún porque el método de invasión, tal como lo comprendía vagamente ahora, era de un carácter tan extraño y sin precedentes; pues las invasiones ortodoxas comienzan desde grandes puertos e involucran una flota de transportes oceánicos, mientras que ninguna de nuestras pistas apuntaba en esa dirección. Descuidar los métodos obvios, recurrir a los recursos oscuros de una franja de costa oscura, mejorar y explotar una cantidad de arroyos insignificantes y salidas de marea, y desde allí, protegidos por las islas, despachar una armada de barcazas de poco calado, capaces de arrojarse sobre una porción correspondientemente oscura y, por tanto, inesperada de la costa del enemigo; eso era una concepción tan audaz, sí, y tan quijotesca en algunos de sus aspectos, que incluso ahora estaba medio incrédulo. Sin embargo, debía ser la verdadera. Poco a poco los fragmentos del rompecabezas encajaron hasta que se esbozó un todo coherente. [El lector encontrará todo el asunto tratado en el Epílogo].

El remolcador avanzó hacia la noche; una ráfaga de lluvia saltó sobre nosotros y barrió siseando hacia popa. Baltrum desapareció y las playas de Norderney brillaron bajo la luz lunar transitoria. Embriagado por el triunfo, me acurruqué en mi cuna oscilante y registré cada cámara inexplorada de la memoria, arrojando sus polvorientos contenidos para hacer una alegre hoguera con algunos y ver cómo el resto cobraba vida y sentido a la luz de la gran revelación.

Mi ensueño era de cosas, no de personas; de vastos asuntos nacionales más que de los conmovedores intereses humanos tan estrechamente vinculados a ellos. Pero de repente fui llamado, con un sobresalto, a mí mismo, a Davies y al presente.

Estábamos cambiando nuestro rumbo, como supe por las variaciones en el torbellino de corrientes que silbaban a mi alrededor. Escuché a Grimm de nuevo en pie y, eligiendo mi momento, examiné la escena. A babor estaban las luces llamativas de la ciudad y el paseo marítimo de Norderney, y el remolcador, percibí, se acercaba para entrar en el See Gat. [Ver Carta B].

Giró, abriéndose paso a través del agua agitada de la barra, hasta que su proa estuvo al sur y el viento por la amura de estribor. A menos de una milla de mí estaban la villa y el yate, y las tres personas del drama; tres, es decir, si Davies estaba a salvo.

¿Íbamos a desembarcar en el puerto de Norderney? ¡Cielos, qué magnífico clímax!—si tan solo pudiera estar a la altura. Mi trabajo aquí estaba hecho. ¡De un golpe, reunirme con Davies y ser libre para consumar nuestros diseños!

Una idea desesperada de cortar los aparejos de los pescantes —me sonrojo al pensar en la estupidez— fue rechazada tan pronto como nació, y en su lugar, intenté imaginar nuestra aproximación al muelle. Mi bote colgaba del lado de estribor; ese sería el lado alejado del muelle, y la marea estaría baja. Podría descender por los pescantes durante el ajetreo de la llegada, caer al mar y nadar los pocos metros a través del canal dragado, vadear el barro hasta una corta distancia del Dulcibella y nadar el resto. Me froté la sal de los ojos y moví mis piernas acalambradas... ¡Hola! ¿Por qué Grimm dejaba el timón de nuevo? Volvió al camarote, dejando al marinero al timón... Deberíamos estar girando a babor ahora; pero no; seguimos avanzando, al sur, hacia tierra firme.

Aunque un plan fue frustrado, el anhelo de llegar a Davies, una vez implantado, creció rápidamente.

Nuestro destino estaba al fin fuera de toda disputa. [Ver Carta]. El canal en el que estábamos era el mismo que habíamos atravesado en nuestro viaje a ciegas a Memmert, y el mismo que mi ferry había seguido hace dos días. Era un callejón sin salida que conducía a un solo lugar, el desembarcadero en Norddeich. El único lugar en toda la costa, ahora que lo pensaba, donde el remolcador podía atracar con esta marea. Allí el muelle estaría en el lado de estribor, y me vi atado a mi nido mientras los pasajeros desembarcaban y el remolcador y la gabarra regresaban a Memmert; en Memmert, el amanecer y el descubrimiento.

Había alguna salida; alguna salida, me repetí a mí mismo; alguna forma de cosechar el fruto de la larga tutela de Davies en la tradición de esta extraña región. ¿Qué haría él?

Como respuesta llegó el familiar *frou-frou* del suave oleaje sobre las arenas que se secaban. El oleaje estaba disminuyendo, el canal estrechándose; oscura y extraña a estribor se extendían leguas de arena recién surgida. Solo había dos hombres en cubierta; la luna se apagó bajo las nubes de vanguardia de una nueva ráfaga.

Un plan disparatado bailó ante mí. ¡El tiempo, debía saber la hora! Agachándome y cubriendo la llama con mi chaqueta, encendí una cerilla; 2:30 a.m.—la marea había estado bajando durante unas tres horas y media. Bajamar alrededor de las cinco; estarían encallados hasta las 7:30. ¿Peligro para la vida? Ninguno. ¿Bengalas y rescatadores? No es probable, con "aquel que insiste" a bordo; además, nadie podría venir, al no haber peligro. Tendría viento y marea favorables para mi viaje. El abrigo de Grimm estaba en la claraboya; ambos estábamos afeitados.

El timonel miraba hacia adelante, concentrado en su difícil rumbo, y el viento aullaba a la perfección. Me arrodillé y examiné uno de los aparejos de los pescantes. No había nada notable en él, un motón doble y uno simple (como nuestras propias drizas de pico), el inferior enganchado en una anilla en el bote, la parte de izado amarrada a una cornamusa en el pescante mismo. Algo debía haber para dar soporte lateral o el bote habría traqueteado hacia afuera con el balanceo en el exterior. El soporte, descubrí, consistía en dos cabos empalmados a los pescantes y pasados a través de agujeros en la quilla. Estos me incliné y los corté con mi navaja; el resultado fue un balanceo apenas perceptible del bote, pues el remolcador estaba al resguardo de las arenas y con quilla uniforme. Luego dejé mi escondite, subiendo desde los bancos de popa por el pescante de popa, y preparando cada movimiento sucesivo con exquisita ternura, hasta que estuve en la cubierta. En otro momento estaba en la claraboya del camarote, levantando el largo abrigo de hule de Grimm. (Un segundo de ceder a la tentación aquí; pero no, la claraboya era de vidrio esmerilado, sujeta desde abajo. Así que, con el abrigo puesto, subí el cuello y me dirigí al timón de puntillas). Tan pronto como llegué a la claraboya de la sala de máquinas (es decir, bien por delante del techo del camarote) asumí un paso natural, subí al puente y toqué al timonel en el brazo, como había visto hacer a Grimm. El hombre se hizo a un lado, gruñendo algo sobre una luz, y tomé el timón de él. Grimm era un hombre de pocas palabras, así que simplemente empujé a su satélite y señalé hacia adelante. Se fue como un cordero a su lugar habitual en la proa, sin haber soñado—¿por qué habría de hacerlo?— con examinarme, pero en él había reconocido al instante a uno de la tripulación del Kormoran.

Mi artimaña se desarrolló con toda su deliciosa simplicidad. Estábamos, calculé, a mitad de camino de Norddeich, en el Buse Tief, un canal de una anchura navegable, a lo sumo, de doscientas yardas en este período de la marea. Dos luces tenues, una sobre la otra, parpadeaban muy adelante. Qué significaban, ni lo sabía ni me importaba, ya que el único uso que les di fue probar el efecto del timón, pues era la primera vez que probaba las dulzuras del mando en un barco de vapor. Unos pocos intentos cautelosos me enseñaron los rudimentos, y nada podría evitar la catástrofe ahora.

Me moví hacia estribor—ese era el lado que había seleccionado—y de nuevo un poco más, hasta que la espalda brillante del vigía tuvo un ligero movimiento; pero era un subordinado bien entrenado, con una confianza implícita en el "viejo". ¡Ahora, todo a la banda! y radio a radio le di toda la presión del timón. El vigía gritó una advertencia, y levanté el brazo en señal de calma. Un grito vino de la gabarra, y recuerdo que justo estaba pensando "¿Qué diablos le pasará a ella?" cuando llegó el final; una eutanasia tan suave y gradual (pues las arenas están bordeadas de barro) que el desastre nos alcanzó antes de que me diera cuenta. Hubo solo el más pequeño estremecimiento premonitorio mientras nuestra quilla hendía el medio mantecoso, una cascada de ondas desde cada amura, y el timón se atascó con rigidez en mis manos, mientras el remolcador se acomodaba en su lugar de descanso.

En la escena de pánico que siguió, es seguro decir que yo era la única alma a bordo que actuaba con metódica tranquilidad. El vigía voló hacia popa como una flecha, gritando a la gabarra. Grimm, con los pasajeros cayendo tras él, estuvo en cubierta en un instante, furioso y maldiciendo; se lanzó sobre el timón que yo había abandonado respetuosamente, hizo sonar el telégrafo y tiró de los radios. El remolcador se inclinó bajo la fuerza de la marea; el viento, la oscuridad y la lluvia agravaron la confusión.

Por mi parte, di un paso atrás detrás de la chimenea, me quité mi túnica de oficina y fui hacia el bote. La larga y amarga experiencia de encallar me había dicho que eso sería seguro necesario. En el camino choqué contra uno de los pasajeros y lo obligué a mi servicio; viendo incidentalmente su rostro, y verificando una vieja conjetura. Era alguien que, en Alemania, tiene un derecho mejor a insistir que cualquier otro.

Cuando llegamos a los pescantes hubo un disparo como un pistoletazo desde el lado de babor; el cable de remolque rompiéndose, creo, mientras la gabarra, con su calado más superficial, pasaba junto al remolcador. Surgió un nuevo tumulto, en el que escuché: "Arriad el bote", de Grimm; pero la orden ya estaba ejecutada. Mi aliado el Pasajero y yo habíamos soltado cada uno un aparejo, y arriamos de golpe; hecho eso, agarré rápidamente el cabo de acero para estabilizarme y caí dentro. (No fue mucha la caída, pues el remolcador se inclinó fuertemente a estribor; piense en nuestro rumbo y en la dirección de la corriente de reflujo, y verá por qué). El cabo de proa se desenganchó dulcemente; pero el de popa perdió juego. "Arriad", grité imperiosamente, y busqué mi cuchillo. Mi ayudante arriba obedeció; el gancho cedió; aparté de un golpe el aparejo suelto, y el bote se alejó flotando.

CAPÍTULO XXVIII. Logramos nuestro doble objetivo

Cuándo, exactamente, se disipó la atmósfera de malentendido en el remolcador encallado, no lo sé, pues para cuando hube ajustado los toletes y colocado los remos, la marea y el viento me habían atrapado, y me llevaban alegremente de vuelta en el camino a Norderney, cuyas luces parpadeaban a través de la borrasca en el norte. Con mis primeras brazadas me dirigí hacia la gabarra —que podía ver hundiéndose sin remedio hacia sotavento— pero tan pronto como pensé que estaba fuera de la vista del remolcador, viré y trabajé para mi propia salvación. Hubo un estallido de gritos que pronto se desvaneció. ¡A toda máquina con marea baja! Estaban atrapados allí durante cinco horas seguro. Era imposible perder el camino, y con mis robustos aliados empujándome hacia adelante, hice un trabajo rápido del pasaje de dos millas. Hubo un duro forcejeo al final, donde el Riff Gat vertía su corriente a través de mi camino, y luego estaba estirando el cuello sobre mi hombro, Dios sabe con qué tensa ansiedad, por el casco bajo y el mástil cónico del Dulcibella. ¡No estaba allí! No, no donde la había dejado. Remé furiosamente por el puerto pasando un ferry dormido y—¡alabado sea el Cielo!— la encontré atracada a lo largo del muelle.

"¿Quién es?", vino desde abajo, mientras subía a bordo.

"¡Chist! Soy yo". Y Davies y yo nos tanteamos en la oscuridad del camarote.

"¿Estás bien, viejo?", dijo él.

"Sí; ¿tú? ¡Una cerilla! ¿Qué hora es? ¡Rápido!"

"¡Cielo santo, Carruthers! ¿Qué diablos te has hecho?" (Sospecho que presentaba un bonito aspecto después de mis dos días de excursión).

"Las tres y diez. ¡Es la invasión de Inglaterra! ¿Está Dollmann en la villa?"

"¿Invasión?"

"¿Está Dollmann en la villa?"

"Sí."

"¿Está el Medusa a flote?"

"No, en el barro."

"¡El diablo! ¿Estamos nosotros a flote?"

"Creo que todavía, pero me hicieron cambiar."

"¡Piensa! ¡Sácala con pértiga! ¡Sácala! ¡Corta esos cabos!"

Durante unos pocos minutos extenuantes trabajamos en los remos hasta que el Dulcibella estuvo atracado delante del vapor, en aguas más profundas. Mientras tanto, le había susurrado algunos hechos.

"¿Cuándo puedes zarpar?", pregunté.

"Diez minutos."

"¿Cuándo es el amanecer?"

"Salida del sol alrededor de las siete, primera luz alrededor de las cinco. ¿A dónde vamos?"

"A Holanda o Inglaterra."

"¿Están invadiéndola ahora?", dijo Davies, con calma.

"¡No, solo ensayando!", reí salvajemente.

"Entonces podemos esperar."

"Podemos esperar exactamente una hora y media. Sal a tierra y llama a Dollmann; debemos denunciarlo y conseguir que ambos suban a bordo; es ahora o nunca. ¡Santos cielos, hombre! ¡No así!" (Estaba en pijama). "¡Ropa de mar!"

Mientras se ponía una vestimenta cristiana, reanudé mis hechos y tracé un plan. "¿Te vigilan?", pregunté.

"Eso creo; por los hombres del Kormoran."

"¿Está el Kormoran aquí?"

"Sí."

"¿Los hombres?"

"Esta noche no. Grimm los llamó en ese remolcador. Estaba vigilando. Y, Carruthers, el Blitz está aquí."

"¿Dónde?"

"En las radas de afuera; ¿no lo viste?"

"No estaba mirando. Su patrón está a salvo de todos modos; igual que Böhme, igual que el Tertium Quid, y los hombres del Kormoran. La costa está despejada; es ahora o nunca."

Una vez más recorríamos el largo muelle y las calles silenciosas, la lluvia golpeando a nuestras espaldas. Caminábamos sobre el aire, creo; no recuerdo fatiga. Davies a veces rompía a correr un poco, murmurando "sinvergüenza" para sí mismo.

"Tenía razón; solo que al revés", murmuró más de una vez. "Siempre tenía razón; esos canales son la llave de todo el asunto. Chatham, nuestra única base oriental; sin base ni escuadrón en el mar del Norte; desembarcarían en una de esas planicies olvidadas por Dios junto al Crouch y el Blackwater."

"Parece un plan descabellado", observé.

"¿Descabellado? En cierto modo. Cualquier invasión lo es. Pero es completo; es alemán. Ningún otro país podría hacerlo. Todo me está amaneciendo; ¡por Júpiter! Será en el Wash; mucho más cerca, y tan arenoso como este lado."

"¿Cómo ha estado Dollmann?", pregunté.

"Educado, pero raro y nervioso. Es una historia demasiado larga."

"¿Clara?"

"Ella está bien. ¡Por Júpiter, Carruthers!; no importa."

Encontramos un timbre nocturno en la puerta de la villa y lo tocamos con fuerza. Una ventana arriba se abrió, y "Un mensaje del Comandante von Brüning, urgente", grité hacia arriba.

La ventana se cerró, y poco después el vestíbulo se iluminó y la puerta fue abierta por Dollmann en bata.

"Buenos días, Teniente X...", dije, en inglés. "¡Detente, somos amigos, idiota!", cuando la puerta estuvo a punto de cerrarse. Se abrió muy lentamente de nuevo, y entramos.

—¡Silencio! —siseó. El sudor perlaba su frente alta y un rubor febril ardía en sus mejillas, pero había una sonrisa —¡qué sonrisa!— en sus labios. Haciéndonos señas para que camináramos sin hacer ruido (un ideal vano para mí), nos condujo al salón que conocíamos, encendió la luz y nos hizo frente.

—¿Bien? —dijo, en inglés, sin dejar de sonreír.

Consulté mi reloj, y debo decir que, si mi mano era un índice de mi aspecto general, debía de tener el aspecto del rufián más abyecto bajo el cielo.

—Probablemente nos entendemos —dije—, y explicar es perder el tiempo. Zarpamos hacia Holanda, o tal vez Inglaterra, a las cinco a más tardar, y queremos el placer de su compañía. Le prometemos inmunidad bajo ciertas condiciones, que pueden esperar. Solo tenemos dos literas, así que solo podemos acomodar a la señorita Clara además de a usted.

Él siguió sonriendo durante esta breve perorata, pero la sonrisa se congeló, como si bajo ella se librara un debate crucial. De repente se rio (una risa baja e irónica).

—Insensatos —dijo—, jóvenes idiotas malditos y entrometidos; creí que había terminado con ustedes. ¿Prometerme inmunidad? ¿Darme hasta las cinco? ¡Por Dios, les daré cinco minutos para que se larguen a Inglaterra y que les den, o de lo contrario serán encerrados por espías! ¿Por quién diablos me toman?

—Por un traidor al servicio de Alemania —dijo Davies, no con demasiada firmeza. Ambos nos quedamos desconcertados por este ataque cortante.

—¿Un tra...? ¡Pequeños entrometidos testarudos! ¡Estoy al servicio de Gran Bretaña! Están arruinando el trabajo de años, y justo en el umbral del éxito.

Por un instante, Davies y yo nos miramos estupefactos. Mentía; podría jurar que mentía; pero ¿cómo estar seguros?

—¿Por qué intentó arruinar a Davies? —dije, mecánicamente.

—¡Bah! Ellos me obligaron a quitarlo de en medio. Sabía que estaba a salvo, y a salvo está.

Solo había una cosa que hacer: una última maniobra, ponerlo a prueba.

—Muy bien —dije, después de un momento o dos—, nos marcharemos —¡silencio, Davies!—, ya que parece que hemos actuado por error; pero es justo decirle que lo sabemos todo.

—¡No tan fuerte, maldito sea! ¿Qué es lo que saben?

—Estuve tomando notas en Memmert la otra noche.

—¡Imposible!

—Gracias a Davies. Con dificultades, por supuesto, pero escuché lo suficiente. Usted estaba informando sobre su gira por Inglaterra; Chatham, ya sabe, y el plan inglés de ataque, un plan mítico, sin duda, ¡ya que usted está en el bando correcto! Böhme y los demás estaban tratando el esquema alemán de defensa de la A a la G —lo escuché todo—, las siete islas y los siete canales entre ellas (Davies los conoce todos de memoria); y luego, en tierra, el anillo ferroviario, Esens como centro, el cuerpo de ejército para movilizar y atrincherar; todo inútil, desperdiciado, ¡ja, ja!, ya que usted está en el bando correc...

—¡No tan fuerte, demonio de la discordia! —Dio media vuelta y dio un par de pasos irresolutos hacia la puerta, con las manos amasando los pliegues de su bata como habían amasado la cortina en Memmert. Dos veces comenzó una pregunta y dos veces se interrumpió—. Los felicito, caballeros —dijo, finalmente, y con más compostura, enfrentándonos de nuevo—, han hecho maravillas en su celo fuera de lugar; pero ya me han comprometido demasiado. Tendré que hacer que los arresten, puramente por guardar las formas...

—Gracias —interrumpí—. Hemos perdido cinco minutos, y el tiempo apremia. Zarpamos a las cinco y, puramente por guardar las formas, preferiríamos tenerlo con nosotros.

—¿Qué quiere decir? —gruñó.

—Tuve ventaja sobre usted en Memmert, a pesar de los obstáculos acústicos. Sus amigos concertaron una cita a sus espaldas, y yo, en mi celo fuera de lugar, me he tomado la molestia de asistir; así que he tenido una demostración práctica sobre otro asunto, la invasión de Inglaterra desde los siete siels. —(Davies me dio un codazo). —No, debería dejar esa pistola; y no, yo no tocaría el timbre. Puede arrestarnos si quiere, pero el secreto está en buenas manos.

—¡Miente! —Tenía razón en eso; pero no podía saberlo.

—¿Supone que no he tomado esa precaución? Pero no se mencionan nombres. —Soltó una especie de gemido, se desplomó en una silla y pareció envejecer y encanecer ante nuestros propios ojos.

—¿Qué dijo sobre la inmunidad y sobre Clara? —murmuró.

—¡Somos amigos, somos amigos! —exclamó Davies, con un nudo en la garganta—. Queremos ayudarlos a ambos. —(A través de una niebla repentina que nubló mis ojos, lo vi caminar impetuosamente y poner su mano sobre el hombro del otro). —Esos tipos nos siguen la pista a nosotros y a usted. Venga con nosotros. Despiértela, dígaselo. Pronto será demasiado tarde.

X se apartó de su toque. —¿Decírselo? No puedo decírselo. Díselo tú, muchacho. —Se estaba encogiendo en su silla. Davies se volvió hacia mí.

—¿Dónde está su habitación? —dije bruscamente.

—Encima de esta.

—Sube, Carruthers —dijo Davies.

—Yo no; la asustaré hasta que tenga un ataque.

—No me gusta hacerlo.

—¡Tonterías, hombre! Entonces subiremos los dos.

—No hagan ruido —dijo una voz aturdida. Dejamos a aquella figura encogida y subimos a hurtadillas; escaleras con alfombras gruesas, afortunadamente. La puerta que buscábamos estaba entreabierta y la habitación detrás estaba iluminada. En el umbral había una figura blanca y esbelta, descalza y con el cuello desnudo.

—¿Qué pasa, padre? —preguntó en un susurro—. ¿Con quién has estado hablando? —Empujé a Davies hacia adelante, pero él se resistió.

—Shh, no se asuste —dije—, soy yo, Carruthers, y Davies, y Davies. ¿Podemos entrar, solo por un momento?

Ensanché suavemente la abertura de la puerta, mientras ella retrocedía y se ponía una mano en la garganta.

—Por favor, venga con su padre —dije—. Vamos a llevarlos a ambos a Inglaterra en el Dulcibella, ahora, inmediatamente.

Me había oído, pero sus ojos se desviaron hacia Davies.

—No entiendo —balbuceó, temblando y encogiéndose en un desconcierto tan conmovedor que no pude soportar mirarla.

—Por el amor de Dios, di algo, Davies —murmuré.

—¡Clara! —dijo Davies—. ¿No confías en nosotros?

Oí un pequeño jadeo de ella. Hubo un revoloteo de encaje y cambray y ella estaba en sus brazos, sollozando como una niña cansada, sus piececitos blancos entre sus grandes y torpes botas de marinero; su mejilla de color marrón rosado sobre su áspero suéter.

—Son más de las cuatro, viejo amigo —observé, brutalmente—. Voy a bajar con él de nuevo. Nada de hacer equipaje, recuerda. Deben estar fuera de aquí en media hora. —Tropecé torpemente en las escaleras (¡otra vez esa molesta niebla!) y lo encontré metiendo algunos papeles a toda prisa en la estufa. Solo había brasas latentes en ella, pero no pareció notarlo—. Debe estar vestido en media hora —dije, guardando sigilosamente en mi bolsillo una pistola que estaba sobre la mesa.

—¿Se lo has dicho? Llévala a Inglaterra, ustedes dos muchachos. Creo que me quedaré. —Se desplomó de nuevo en una silla.

—Tonterías, ella no se irá sin usted. Debe hacerlo, por su bien; en media hora, además.

Prefiero pasar por alto esa media hora. Davies se fue antes que yo para preparar el yate para la navegación, y tuve que llevarme la peor parte de lo que siguió, incluida (como un mero episodio) una escena con la madrastra, cuyo recuerdo aún me escuece. Después de todo, era una mujer sensata.

En cuanto a los otros dos, la chica, cuando la vi a continuación, con su falda corta de navegación y su gorro tam-o’-shanter, era un milagro de calma y valor. De no ser por ella, nunca lo habría sacado de allí. ¡Y ah!, qué bien se sentía estar de nuevo bajo la lluvia saludable, apresurándome hacia el puerto con mis dos protegidos, apresurándolos por la escalera grasienta hasta ese frágil átomo de suelo inglés, su primera recompensa de hogar y seguridad.

Nuestra huida del puerto no fue molestada, ni advertida. Solo los primeros indicios espantosos del amanecer se mezclaban con la luz de la luna estrangulada, mientras virábamos alrededor de la cabecera del muelle y nos dirigíamos con los rizos puestos por el Riff Gat a sotavento de la marea vaciante. Tuvimos que pasar justo por la popa del Blitz, según dijo Davies; pues, por supuesto, solo él estuvo en cubierta hasta que llegamos a mar abierto. Entonces estaba amaneciendo. La marea estaba en su punto más bajo, y, muy lejos hacia el sur, entre franjas de arena de color pardo, me pareció ver —pero probablemente fue solo una fantasía— dos motas negras varadas. Con la regala a ras de agua y las cubiertas chorreando, tomamos el oleaje exterior y ganamos barlovento bordeando a sotavento de Juist, hacia el oeste, apresurándonos hacia el oeste.

—Río Ems arriba con la marea creciente, y hacia Delfzyl, en los Países Bajos —insistí. No, pensó Davies; estaba demasiado cerca de Alemania, y había un canal de marea que atravesaba desde Buse Tief. Mejor escabullirse detrás de la isla de Rottum. Así que seguimos presionando, pasando Memmert, sobre el arrecife de Juister y los millones enterrados del Corinne, a través de las dos anchas y espumosas bocas del Ems, hasta que Rottum, un islote pequeño y solitario, el primero del archipiélago holandés, estuvo cerca por la amura de barlovento.

—Debemos meternos detrás de eso —dijo Davies—; entonces estaremos a salvo; creo que conozco el camino, pero busca la siguiente carta; y luego descansa, viejo amigo. Clara y yo podemos arreglárnoslas. —(Ella había estado en cubierta la mayor parte del tiempo, tan capaz como uno pudiera desear, mucho mejor que yo en mi actual estado de agotamiento). Gateé por los tablones resbaladizos e inclinados y bajé al interior.

—¿Dónde estamos? —gritó Dollmann, sobresaltándose en el sofá de sotavento, donde parecía haber estado en una especie de trance. Un libro, su propio libro, se deslizó de sus rodillas y vi el frontispicio tirado en el suelo en un charco de aceite; pues la estufa se había soltado, y el salón estaba en un estado lamentable de miseria y desorden.

—Cerca de Rottum —dije, y me arrodillé para encontrar la carta. Había una mirada en sus ojos que supongo debería haber entendido, pero apenas puedo culparme, porque el cansancio acumulado, no solo de los últimos tres días y noches, sino de todo el arduo mes de mi crucero con Davies, estaba empezando a pasarme factura, ahora que la seguridad y el éxito estaban al alcance de la mano. Subí la carta a través de la escotilla y luego me arrastré al foque tambaleante y me tumbé sobre las bolsas de velas de repuesto, con el trueno y el golpe de los mares a mi alrededor y sobre mí.

Debo citar a Davies para el evento que ocurrió entonces; pues para cuando respondí a la alarma y subí por la escotilla de proa, toda la tragedia había terminado y concluido.

—X subió por la escotilla —dice—, poco después de que bajaras. Se sujetó del tirante y miró a barlovento hacia Rottum, como si conociera el lugar muy bien. Y luego vino hacia nosotros, moviéndose tan inestablemente que le di el timón a Clara y fui a ayudarlo. Intenté hacer que bajara de nuevo, pero no quiso, y vino hacia la popa.

“‘Dame el timón’, dijo, casi para sí mismo. ‘El mar está demasiado mal afuera, hay un atajo por aquí’.

“‘Gracias’, dije, ‘conozco este’. (No creo que quisiera ser sarcástico). No dijo nada, y se acomodó en la popa detrás de nosotros, bastante seguro, con los pies contra la regala de sotavento, y luego, para mi asombro, comenzó a hablar por encima de mi hombro muy sensatamente sobre el curso, señalando una boya que está mal en la carta (como yo sabía), y diciéndome que estaba mal, etcétera. Bueno, llegamos a la barra del Schild, y tuvimos que girar al sur para ese trozo sinuoso de bordada entre Rottum y el banco de Bosch. Clara estaba en la escota del foque, yo tenía la carta y el timón (ya sabes lo distraído que me pongo así); había un oleaje de mar, y ambos teníamos mucho que hacer, y... bueno... me dio por mirar hacia atrás, y él había desaparecido. No había hablado en un minuto o dos, pero creo que lo último que le oí decir (apenas estaba prestando atención en ese momento, porque estábamos en medio de ello) fue algo sobre un ‘atajo’ otra vez. Debe haberse deslizado tranquilamente... Llevaba un abrigo largo y botas grandes.”

Navegamos alrededor durante un tiempo, pero nunca lo encontramos.

Esa tarde, después de recorrer el laberinto de bajíos entre el continente holandés y las islas, anclamos frente a la pequeña aldea de Ostmahorn, entregamos el yate a cargo de unos pescadores asombrados y, desde allí, por carretera y ferrocarril, apresurándonos todavía, llegamos a Harlingen y tomamos un vapor a Londres. Desde ese punto, nuestra historia personal no es de interés para el mundo exterior, y aquí, por lo tanto, doy por terminado este relato.

Epílogo

POR EL EDITOR

[Para este capítulo, véase el Mapa A.]

Un documento interesante, algo dañado por el fuego, descansa sobre la mesa de mi estudio.

Es una copia (en clave) de un memorando confidencial para el Gobierno alemán que contiene un plan para la invasión de Inglaterra por parte de Alemania. No está firmado, pero la evidencia interna y el hecho de que fue tomado por el señor «Carruthers» de la estufa de la villa en Norderney no dejan lugar a dudas sobre su autoría. Por muchas razones, está fuera de toda discusión imprimir la traducción textual del mismo, tal como fue descifrada; pero me propongo ofrecer un resumen de su contenido.

Incluso esto debe llevar la discreción a sus límites más extremos, y si solo tuviera que considerar a los pocos instruidos que siguen la tendencia de la opinión profesional sobre tales temas, dejaría que el relato anterior hablara por sí mismo. Pero, como se indicó en el prefacio, nuestro propósito principal es llegar a todos; y puede haber muchos que, a pesar de las advertencias capaces y autorizadas expresadas frecuentemente desde que ocurrieron estos eventos, todavía se inclinen a tratar el peligro alemán como un "espantapájaros" ocioso, y puedan estar dispuestos, en este caso, a imaginar que se les ha endilgado un romance sin fundamento.

Algunas personas (inglesas y alemanas) sostienen que Alemania es lo suficientemente fuerte ahora para enfrentarnos sola y lanzar un ejército a nuestras costas. El memorando rechaza este punto de vista, postergando la acción aislada por al menos una década; y suponiendo, para los fines actuales, una coalición de tres potencias contra Gran Bretaña. Y las investigaciones posteriores a través de los canales habituales dejan fuera de toda duda que esta condición fue en la que confió el Gobierno alemán al adoptar el esquema. Se dieron cuenta de que incluso si, debido a nuestras fuerzas ampliamente dispersas, obtuvieran ese mando temporal del Mar del Norte que sería esencial para un desembarco exitoso, lo perderían inevitablemente cuando nuestras flotas permanentes estuvieran concentradas y nuestros barcos de reserva movilizados. Con sus comunicaciones marítimas cortadas, las perspectivas del ejército invasor serían demasiado dudosas. Lo planteo de esa manera leve, pues parece que no se consideró que el fracaso fuera absolutamente seguro; y acertadamente, creo, a pesar de los dogmas de los estrategas, pues el caso trasciende toda experiencia. Nadie puede calcular el efecto sobre nuestro delicado tejido económico de un golpe bien sincronizado y bien planeado contra el corazón industrial del reino, las grandes ciudades del norte y de las Midlands, con sus poblaciones repletas de pacíficos trabajadores asalariados. En este caso, sin embargo, la acción conjunta (cuya ocasión quizás no sea difícil de adivinar) fue claramente contemplada, y el papel de Alemania en la coalición fue exclusivamente el de invasor. Su flota debía mantenerse intacta, y ella misma permanecer ostensiblemente neutral hasta que el primer choque hubiera pasado, y nuestras propias flotas de batalla estuvieran derrotadas, o, el evento mucho más probable, tan paralizadas por una victoria duramente ganada como para ser incapaces de resistir fuerzas compactas e indemnes. Entonces, manteniendo el equilibrio de poder, ella atacaría. ¿Y el golpe? No fue hasta que leí este memorando que comprendí todos los méritos de ese audaz plan, bajo el cual cada ventaja, moral, material y geográfica, poseída por Alemania, se utiliza al máximo, y cada desventaja nuestra se vuelve en nuestra contra.

Dos principios fundamentales lo impregnan: perfecta organización; perfecto secreto. Bajo el primer punto se incluyen algunas consideraciones generales. El autor (que está íntimamente familiarizado con las condiciones en ambos lados del Mar del Norte) argumentó que Alemania está preeminentemente capacitada para emprender una invasión de Gran Bretaña. Tiene un gran ejército (una mera fracción del cual bastaría) en un estado de alta eficiencia, pero un arma inútil, frente a nosotros, a menos que sea transportada por mar. Posee un genio peculiar para la organización, no solo en la elaboración de detalles minuciosos, sino en la comprensión de un todo coherente. Conoce el arte de dar cerebro a una máquina, de transmitir potencia hasta el último engranaje, y al mismo tiempo de concentrar la responsabilidad en un centro supremo. Tiene una armada pequeña, pero muy efectiva para su propósito, construida, entrenada y tripulada sobre principios metódicos, para fines definidos, y respaldada por una reserva inagotable de hombres de su conscripción marítima. Estudia y practica la cooperación entre su ejército y su armada. Sus manos están libres para la ofensiva en aguas nacionales, ya que no tiene una red distante de codiciadas colonias y dependencias en las que disipar sus energías defensivas. Finalmente, es, en comparación con nosotros, económicamente independiente, teniendo acceso comercial a través de sus fronteras terrestres a toda Europa. Tiene poco que perder y mucho que ganar.

El autor se detiene aquí para contrastar nuestra propia situación, y resumo sus puntos. Tenemos un ejército pequeño, disperso por todo el globo y administrado bajo un sistema gravemente defectuoso. No tenemos ninguna teoría establecida de defensa nacional, ni ninguna autoridad competente cuyo negocio sea darnos una. El asunto todavía está en la etapa de controversia civil. La cooperación entre el ejército y la armada no se estudia ni se practica; mucho menos existen planes, dignos de tal nombre, para el rechazo de una invasión, o cualquier preparación digna de consideración para el equipo y la dirección rápidos de nuestras fuerzas nacionales para enfrentar una emergencia repentina. Tenemos una armada grande y, en muchos aspectos, magnífica, pero no lo suficientemente grande para los intereses que asegura, y con instituciones igualmente defectuosas; no construida o tripulada metódicamente, teniendo una reserva de hombres totalmente inadecuada, todas cuyas clases serían absorbidas desde el principio, sin un vestigio de preparación para el alistamiento de voluntarios; distraída por la multiplicidad de sus funciones en la guardia de nuestro colosal imperio y comercio, y visiblemente carente de cerebro, no meramente para el control fluido de su propio mecanismo inmanejable, sino para el estudio de los objetivos y sistemas rivales. No tenemos base naval en el Mar del Norte, ni Flota en el Mar del Norte, ni política para el Mar del Norte. Por último, nos encontramos en una posición económica altamente peligrosa.

El autor trata entonces el método de invasión, y rechaza de inmediato el obvio, el de enviar una flota de transportes desde uno o más de los puertos del Mar del Norte. Combate especialmente la idea de hacer de Emden (el más cercano a nuestras costas) el puerto de partida. Menciono esto porque, dado que se adoptó su propio plan, es instructivo notar que Emden había sido utilizado (con precaución) como una pista falsa por la prensa alemana inspirada, cuando se mencionaba el tema en absoluto, y arrastrada laboriosamente a través del rastro. Sus objeciones a los puertos del Mar del Norte se aplican, comenta, en realidad a todos los planes de invasión, sean o no favorables las condiciones. Una es que el secreto se vuelve imposible, y el secreto es vital. La recolección de los transportes sería conocida en Inglaterra semanas antes de que llegara la hora de atacar; pues todos los grandes puertos son cosmopolitas y están repletos de espías potenciales. En el caso de Alemania, además, los barcos adecuados no son muy abundantes, y el número requerido implicaría una gran deducción de su marina mercante. La otra razón concierne al desembarco real. Este debe tener lugar en una parte abierta de la costa este de Inglaterra. Ningún otro objetivo se considera siquiera. Ahora bien, la dificultad de transbordar y desembarcar tropas mediante barcos desde transportes anclados en aguas profundas, de una manera segura, rápida y ordenada, en una playa abierta, es enorme. La resistencia más improvisada podría causar un desastre humillante. Sin embargo, la primera etapa es la más importante de todas. Es imperativo que los invasores se apoderen y atrincheren rápidamente una línea de país preestablecida, para servir como base inicial. Una vez hecho esto, pueden usar otros recursos; pueden traer transportes, desembarcar caballería y armas pesadas, verter suministros y avanzar. Pero a menos que esto se haga, son impotentes, por muy seguras que sean sus comunicaciones marítimas.

Se propone entonces la única alternativa lógica: despachar un ejército de infantería con el tipo más ligero de cañones de campaña en grandes barcazas de alta mar, remolcadas por remolcadores potentes pero de poco calado, bajo la escolta de un poderoso escuadrón compuesto de buques de guerra; y arrojar la flotilla, durante la marea alta, si fuera posible, directamente sobre la costa.

Tal expedición podría prepararse con absoluta reserva, aprovechando las características naturales de la costa alemana. Ningún gran puerto tendría que intervenir en absoluto. Todo lo que se requería era suficiente profundidad de agua para hacer flotar las barcazas y los remolcadores; y esto lo proporcionan siete arroyos insignificantes que salen del litoral frisón, y que ya están dotados de pequeños puertos y esclusas, con una excepción, a saber, el arroyo de marea en Norden; pues este, al parecer, era uno de los siete elegidos, y no, como suponía «Carruthers», Hilgenriedersiel, que, si recuerdan, no tuvo tiempo de visitar, y que, de hecho, no tiene arroyo de ningún valor, ni puerto alguno. Todos estos arroyos tendrían que ser mejorados, profundizados y canalizados en general; ostensiblemente con un fin comercial, para propósitos de tráfico con las islas, que son centros turísticos en crecimiento durante una temporada de verano limitada.

Toda la expedición se organizaría bajo siete subdivisiones distintas, un número no demasiado elevado dada su naturaleza aparatosa. Hacia el mar, toda la costa está velada por la franja de islas y la zona de bajíos. Hacia tierra, el bucle ferroviario alrededor de la península frisona formaría la línea de comunicación a retaguardia de los siete arroyos. Esens sería el centro local de administración cuando el plan madurara, pero no antes. Cada detalle para el movimiento de tropas bajo los siete encabezamientos diferentes debía arreglarse con secreto y exactitud muchos meses por adelantado, y desde el cuartel general en Berlín. No se esperaba que nada se filtrara, pero se tendría cuidado de que cualquier cosa que lo hiciera fuera atribuida a medidas defensivas, pues una característica permanente en la movilización alemana es el establecimiento de un cuerpo de observación a lo largo de la costa frisona; de hecho, se utilizaría el mismo mecanismo, y su conversión para la ofensiva se ocultaría hasta el último momento posible. Las mismas precauciones se tomarían en el trabajo preliminar sobre el terreno. Allí, solo cuatro hombres (se calculaba) necesitarían estar en plena posesión del secreto. Uno representaría a la Armada Imperial (un puesto ocupado por nuestro amigo von Brüning). Otro (Böhme) supervisaría los seis canales y la construcción de las barcazas. Las funciones del tercero eran dobles. Debía organizar lo que puedo llamar la mano de obra local, es decir, los ayudantes necesarios para el embarque, las tripulaciones de los remolcadores y, lo más importante de todo, el servicio de pilotos para la navegación de las siete flotillas a través de los canales correspondientes hacia mar abierto. Debe ser un hombre local, perfectamente familiarizado con la costa, de una posición social no mucho más alta que la media de los aldeanos y pescadores, y debe estar listo cuando llegue el momento con listas de los hombres adecuados para los deberes adecuados, listas a las que las autoridades de reclutamiento podrían, cuando fuera necesario, dar efecto legal instantáneo. Su otra función era vigilar la costa en busca de espías e informar de cualquier cosa sospechosa a von Brüning, quien nunca estaría lejos. En general, creo que encontraron en el sombrío Grimm una joya para sus propósitos.

Como cuarto personaje, el autor se designa a sí mismo, el promotor del plan, el eslabón indispensable entre las dos naciones. Se compromete a proporcionar información fiable sobre la disposición de las tropas en Inglaterra, sobre la hidrografía de la costa seleccionada para el desembarco, sobre los suministros disponibles en sus cercanías y sobre los puntos estratégicos que deben ser tomados. Se propone ser el guía principal de la expedición durante el tránsito. Y mientras tanto (cuando no estuviera empleado en otra cosa) residiría en Norderney, en estrecho contacto con los otros tres, y controlando las empresas comerciales que debían echar tierra a los ojos de los curiosos. [Memmert, dicho sea de paso, no se menciona en este memorando.]

Habla del lugar «seleccionado para el desembarco» y procede a considerar esta cuestión en detalle. No puedo seguirle en su revisión, por muy interesante que sea, y diré de inmediato que reduce los posibles lugares de desembarco a dos: los bajíos de la costa de Essex entre Foulness y Brightlingsea, y el Wash, con una decidida preferencia por este último. Suponiendo que el enemigo, si llegara a tener noticia de una invasión, esperaría que se emplearan transportes, elige el tipo de lugar que menos probabilidades tendrían de defender y que, sin embargo, era adecuado para el carácter de las flotillas y similar a la región de la que partieron. Existe tal lugar en la costa de Lincolnshire, en el lado norte del Wash, [Véase el Mapa A] conocido como East Holland. Es una tierra baja, protegida del mar por diques y bordeada, al igual que Frisia, por bancos de arena que quedan al descubierto durante la marea baja. Es de fácil acceso desde el este, a través de Boston Deeps, un canal de aguas profundas formado por un banco separado, llamado Long Sand, que corre paralelo a la costa durante diez millas. Este banco constituye un rompeolas natural contra el oleaje del este (el único lado que hay que temer); y los Deeps detrás de él, donde hay una profundidad media de treinta y cuatro pies en marea baja, formarían un excelente fondeadero para el escuadrón de cobertura, cuyos cañones dominarían la costa a corta distancia. Se observa de pasada que este es precisamente el caso en el que los acorazados alemanes de primera clase tendrían ventaja sobre los buques británicos del mismo calibre. Estos últimos son de un calado demasiado pesado para navegar por tales aguas sin peligro, si es que pudieran entrar en este fondeadero, pues hay una barra en su entrada con solo treinta y un pies en marea alta, durante las mareas vivas. Los primeros, construidos como fueron con vistas a maniobrar en el Mar del Norte, están justo dentro del margen de seguridad. East Holland está a una distancia de fácil ataque de los distritos manufactureros, una incursión vigorosa sobre los cuales es, insiste el autor, la verdadera política de un invasor. Informa positivamente que no existen (en un sentido militar adecuado) preparativos de ningún tipo para hacer frente a tal ataque. East Holland es también el punto más cercano de las costas británicas a Alemania, exceptuando la costa de Norfolk; mucho más cerca, de hecho, que los bajíos de Essex aludidos, y alcanzado por un simple paso de alta mar, sin ninguna región peligrosa que navegar, como la boca del Canal y el estuario del Támesis desde Harwich hacia el oeste. La distancia es de 240 millas náuticas, aproximadamente al oeste-suroeste, desde la isla de Borkum, y 280 desde Wangeroog. El tiempo estimado para el tránsito una vez que las flotillas se hubieran reunido fuera de las islas es de treinta a treinta y cuatro horas.

El embarque es el siguiente tema. Esto podría y debería efectuarse en una sola marea. En los seis siels había un período medio de dos horas y media cada doce en el que el agua estaba lo suficientemente alta. En Norden se disponía de un tiempo algo mayor. Pero esto debería ser más que suficiente si el mecanismo estuviera en buen estado de funcionamiento y se pusiera en marcha puntualmente. La marea alta ocurre aproximadamente al mismo tiempo en las siete salidas, siendo la diferencia entre las dos más alejadas, Carolinensiel y Greetsiel, de solo media hora.

Por último, se sopesan con imparcialidad los riesgos especiales que conlleva tal expedición. X——, aunque muy ansioso por recomendar su plan, no escribe con un espíritu ciegamente optimista. No existen precedentes modernos para ninguna invasión ni remotamente comparable a la de Inglaterra por parte de Alemania. Cualquier intento de este tipo será un experimento arriesgado. Pero sostiene que las ventajas de su método superan los riesgos, y que la mayoría de los riesgos mismos se aplicarían por igual a cualquier otro método. Independientemente de la habilidad de predicción que se utilizara, el mal tiempo podría alcanzar a la expedición. Sí; pero si se utilizaran transportes, el transbordo a botes para el desembarco en caso de mal tiempo conllevaría el mismo y un mayor peligro. Pero los transportes podrían mantenerse alejados y esperar. La demora es fatal en cualquier caso; una prontitud inquebrantable es la esencia de tal empresa. ¿Las barcazas estarían en peligro de naufragar? Fuera de lugar; si vale la pena alcanzar el fin, hay que afrontar los riesgos. Las vidas de los soldados se sacrifican por decenas de miles en los campos de batalla. ¿La flotilla se desmoralizaría durante el tránsito por el ataque de unos pocos torpederos? Concedido; pero lo mismo se aplicaría a una flota de transportes, con la certeza añadida de que un tiro afortunado enviaría al fondo a diez veces el número de soldados, con menos esperanza de rescate. En ambos casos, debe confiarse en la eficacia y vigilancia de la escolta. Se admite, sin embargo, en un pasaje que bien podría hacer que mis dos aventureros se sintieran triunfantes, que si por alguna desgracia los británicos descubrieran lo que se tramaba a tiempo y fueran capaces de enviar una nube de botes de poco calado, que pudieran eludir a los buques de guerra alemanes y meterse entre las flotillas mientras aún estaban en proceso de salir de los siels; se admite que, en ese caso, la expedición estaba condenada. Pero se sostiene que tal evento no era de temer. El valor temerario abunda en la Marina británica, pero carece por completo de un conocimiento experto de las mareas y los bajíos en estas aguas. Las cartas náuticas británicas no tienen valor, y no hay evidencia (informa) de que el tema haya sido estudiado de ninguna manera por el Almirantazgo británico. Permítanme señalar aquí que creo que las opiniones del Sr. «Davies», tal como se expresaron en los capítulos anteriores, cuando todavía estaban entre los grandes estuarios, son todas absolutamente sólidas. La «teoría del canal», aunque solo afectaba indirectamente a la gran cuestión que tenían ante sí, era cierta y debería tenerse presente, o no habría desperdiciado espacio en ella.

Una palabra más, para concluir. Hay un axioma, muy de moda ahora, de que no hay miedo a una invasión de las Islas Británicas porque, si perdemos el dominio del mar, podemos morir de hambre: una forma más barata y segura de reducirnos a la sumisión. Es un axioma vago y sin valor, pero por pura repetición se está convirtiendo en un artículo de fe. Implica que el «dominio del mar» es algo que se gana o se pierde definitivamente; que podemos tenerlo hoy y perderlo para siempre mañana. Por el contrario, lo más probable es que en cualquier lucha más o menos igualada el dominio del mar penda de un hilo durante un tiempo indefinido. E incluso contra grandes probabilidades, probablemente sería imposible para nuestros enemigos bloquear las vías de nuestro comercio, bloquear los puertos de nuestra extensa costa y superar el interés que los neutrales tendrán en abastecernos, como para ponernos de rodillas en menos de dos años, tiempo durante el cual podemos recuperarnos y reconstruir a partir de nuestros singulares recursos internos, e intentar recuperar el dominio.

No; el mejor axioma es que nada menos que una invasión exitosa podría obligarnos finalmente a hacer la paz. Nuestros corazones son valientes, esperamos; pero los hechos son hechos; y una incursión exitosa, como la que aquí se esboza, si se piensa en sus consecuencias, debe consternar al corazón más valiente. Fue jaqueada, pero pueden concebirse otras. En cualquier caso, sabemos la forma en que ven estas cosas en Alemania.

Posdata (marzo de 1903)

Da la casualidad de que mientras este libro estaba en prensa, el Gobierno ha tomado una serie de medidas para contrarrestar algunas de las mismas debilidades y peligros a los que se alude anteriormente. Se ha creado un Comité de Defensa Nacional, y la acogida que se le dio fue un comentario verdaderamente extraordinario sobre la apatía y la confusión que pretende suplantar. Se ha seleccionado un lugar en el Forth para una nueva base naval en el Mar del Norte: una decisión excelente, aunque tardía; pues deben transcurrir unos diez años antes de que el fondeadero existente se convierta en cualquier sentido en una «base». También se ha creado una flota del Mar del Norte; otra buena medida; pero debe recordarse que sus buques no son modernos, ni en lo más mínimo capaces de enfrentarse a los principales escuadrones alemanes en las circunstancias supuestas anteriormente.

Por último, un Comité de Dotaciones (entre otros asuntos) ha informado vagamente a favor de una Reserva de Voluntarios. No hay forma de saber a qué conducirá esta recomendación; esperemos que no al fiasco del último experimento mal concebido. ¿No se está volviendo evidente que ha llegado el momento de entrenar a todos los ingleses sistemáticamente, ya sea para el mar o para el fusil?

Public-domain source text from Project Gutenberg, translated into Spanish by AI under our editorial direction. Machine translation of a whole book is not flawless — this exists so you can read a book otherwise closed to you, not as a scholarly edition. How this is made.