LOS ROVER BOYS EN LA GRANJA
O
ÚLTIMOS DÍAS EN PUTNAM HALL
POR ARTHUR M. WINFIELD (Edward Stratemeyer)
AUTOR DE LOS ROVER BOYS EN LA ESCUELA, LOS ROVER BOYS EN EL OCÉANO, LA SERIE DE PUTNAM HALL, Etc.
ILUSTRADO
NUEVA YORK GROSSET & DUNLAP EDITORES
Hecho en los Estados Unidos de América
PREFACIO.
MIS QUERIDOS MUCHACHOS: Con esto les presento «Los Rover Boys en la granja», el duodécimo volumen de la «Serie de los Rover Boys para jóvenes estadounidenses».
Es un gran número de volúmenes para escribir sobre un mismo grupo de personajes, ¿verdad? Cuando comencé la serie, hace muchos años, tenía en mente, como les he dicho antes, escribir tres libros, posiblemente cuatro. Pero tan pronto como hube escrito «Los Rover Boys en la escuela», «Los Rover Boys en el océano» y «Los Rover Boys en la selva», hubo un clamor por más, y así escribí «Los Rover Boys en el Oeste», «En los Grandes Lagos», «En las montañas», «En tierra y mar», «En el campamento», «En el río», «En las llanuras» y luego «En las aguas del sur», donde dejamos por última vez a nuestros héroes.
En la presente historia, como se prometió en el último volumen, el escenario se traslada de nuevo a la granja y a la querida y vieja Putnam Hall, con sus muchas asociaciones agradables. Como antes, Sam, Tom y Dick están al frente, junto con varios de sus amigos, y hay una serie de aventuras, algunas cómicas y otras extrañas y desconcertantes. En la escuela las rivalidades son tan intensas como siempre, pero los chicos Rover están en su elemento y demuestran su valía en más de una ocasión.
De nuevo agradezco a mis numerosos lectores por todas las amables palabras que han dicho sobre mis historias. Espero que el presente volumen les complazca en todos los sentidos.
Afectuosa y sinceramente suyo,
EDWARD STRATEMEYER
CONTENIDO.
I. ALGO SOBRE LOS ROVER BOYS
II. LO QUE SUCEDIÓ EN LA MONTAÑA
III. UNA CUEVA MISTERIOSA
IV. EN LA GRANJA
V. LA HISTORIA DE RANDOLPH ROVER
VI. ESPERANDO NOTICIAS
VII. UN EXTRAÑO BUZÓN
VIII. ÚLTIMOS DÍAS EN LA GRANJA
IX. EN EL ESPECTÁCULO DEL OESTE SALVAJE
X. ALEGRES VIEJOS COMPAÑEROS DE ESCUELA
XI. WILLIAM PHILANDER TUBBS
XII. LO QUE SUCEDIÓ EN LAS ESCALERAS
XIII. DORA, GRACE Y NELLIE
XIV. EN LA HELADERÍA
XV. UN REGALO ASOMBROSO
XVI. LA CAZA DE UNA SERPIENTE
XVII. UNA ESCENA AGITADA EN EL AULA
XVIII. EN LA QUE TAD SOBBER DESAPARECE
XIX. LO QUE SUCEDIÓ EN LA FIESTA
XX. DICK Y DORA
XXI. UNA CARRERA DE TRINEOS
XXII. EL EXTRAÑO PASEO DE PELEG SNUGGERS
XXIII. VACACIONES EN LA GRANJA
XXIV. UNA CAPTURA Y UNA SORPRESA
XXV. NAVIDAD EN LA GRANJA
XXVI. LA CARRERA DE PATINAJE
XXVII. EN EL LAGO
XXVIII. EN LA VIEJA CASA
XXIX. UN NAUFRAGIO Y UNA CAPTURA
XXX. ADIÓS A PUTNAM HALL
LOS ROVER BOYS EN LA GRANJA
CAPÍTULO I
ALGO SOBRE LOS ROVER BOYS
—Sam, este no es el camino.
—Lo sé, Tom.
—Nos hemos perdido —continuó Tom Rover, con una mirada seria en su rostro habitualmente alegre.
—Eso me parece a mí —respondió Sam Rover, su hermano menor—. Creo que tomamos un giro equivocado después de deslizarnos por el acantilado.
—¿Qué retiene a Dick?
—No lo sé.
—Llamémoslo —continuó Tom, y lanzó un fuerte grito, al que se unió su hermano. Ambos escucharon atentamente, pero no llegó ninguna respuesta.
—No me gusta esto —dijo Sam, con una mirada de ansiedad en sus ojos claros—. Quizás Dick esté en problemas.
—Tal vez —respondió Tom Rover.
Los dos muchachos estaban muy arriba en la ladera de una montaña, y a su alrededor había árboles altos, matorrales espesos e inmensas crestas de rocas. Había sido un día despejado y soleado, pero ahora el cielo estaba nublado y parecía que iba a llover.
—Tenemos que volver por Dick —dijo Tom, tras una pausa dolorosa—. No tiene sentido seguir sin él.
—Espero que no se haya caído por algún acantilado y se haya hecho daño —respondió su hermano menor.
—No veo por qué no nos responde, si está bien —fue la respuesta insatisfactoria—. Vamos, o la tormenta nos alcanzará antes de que bajemos de la montaña y estaremos empapados para cuando lleguemos a casa.
Lado a lado, los hermanos volvieron sobre sus pasos; una tarea difícil, pues es mucho más fácil bajar una ladera empinada que subirla.
Para aquellos que hayan leído los volúmenes anteriores de esta «Serie de los Rover Boys», los dos hermanos recién mencionados no necesitarán presentación especial. Los chicos Rover eran tres, Dick era el mayor, el amante de la diversión Tom venía después, y Sam cerraba la fila. Todos eran muchachos brillantes, vivaces, modernos, y honestos y varoniles hasta la médula. Vivían en una granja llamada Valley Brook, en el estado de Nueva York, un hermoso lugar propiedad de su tío, Randolph Rover, y su esposa, Martha. Su padre, Anderson Rover, también vivía en la granja cuando estaba en casa, pero pasaba mucho tiempo fuera por negocios.
Desde la granja, los chicos habían sido enviados, algunos años antes, a Putnam Hall, un lugar ideal de aprendizaje, del cual sabremos más a medida que avance nuestro relato. Lo que los muchachos hicieron allí a su llegada ya ha sido narrado en «Los Rover Boys en la escuela», el primer volumen de esta serie.
Un breve periodo en Putnam Hall fue seguido por un viaje en el océano, y luego un largo viaje a las selvas de África, en busca de Anderson Rover, quien había desaparecido. Después vino una gran excursión al Oeste, y otra excursión a los Grandes Lagos, seguidas por algunas aventuras emocionantes en las montañas del estado de Nueva York.
Al bajar de las montañas, los tres jóvenes esperaban volver a Putnam Hall de inmediato, pero el destino dictó lo contrario y naufragaron en el Océano Pacífico, como se relata en «Los Rover Boys en tierra y mar». Tuvieron una dura tarea para llegar a casa, y luego regresaron a la escuela y disfrutaron de momentos espléndidos mientras estuvieron de campamento con los otros cadetes.
Cuando las vacaciones estuvieron de nuevo a la mano, los chicos pronto resolvieron el problema de qué hacer. Su tío Randolph había tomado una casa flotante por una deuda. La embarcación estaba situada en el río Ohio, y se decidió hacer un viaje por el Misisipi.
—¡Será lo mejor de todo! —declaró Tom, y comenzaron con mucho entusiasmo, llevándose con ellos a «Songbird» Powell, un compañero de escuela adicto a hacer versos mediocres que llamaba poesía, Fred Garrison, un chico valiente que había estado a su lado en las buenas y en las malas, y Hans Mueller, un joven alemán que todavía luchaba con los misterios de la lengua inglesa. Con los chicos fue una vieja amiga, la señora Stanhope, y su hermana, la señora Laning. Con la señora Stanhope iba su única hija, Dora, a quien Dick Rover consideraba la chica más dulce de todo el mundo, y la señora Laning llevaba a sus dos hijas, Grace y Nellie, amigas especiales de Sam y Dick.
El viaje en la casa flotante resultó largo y lleno de acontecimientos, y durante ese tiempo los chicos y su compañía se encontraron con Dan Baxter, Lew Flapp y varios otros enemigos. En el Misisipi la embarcación sufrió daños, y mientras la reparaban el grupo hizo una excursión tierra adentro, como se relata en «Los Rover Boys en las llanuras». Luego la casa flotante fue robada, y a lo que esto condujo se ha relatado en detalle en «Los Rover Boys en las aguas del sur». En ese volumen llevaron ante la justicia a varios de los sinvergüenzas que los habían molestado, e hicieron que Dan Baxter se sintiera tan avergonzado de sí mismo que el abusón decidió reformarse.
Cansados tras su largo viaje, los chicos Rover se alegraron mucho de volver a casa. Durante casi una semana sus amigos permanecieron con ellos en la granja Valley Brook y luego partieron: los Stanhope y los Laning a sus hogares, y Fred, Hans y Songbird a Putnam Hall.
—¿Por supuesto que volverán al Hall? —había dicho Fred al marcharse.
—¿Volver? —había sido la respuesta de Tom—. ¡Vaya, no podrían mantenernos alejados ni con una ametralladora Gatling!
—Por supuesto que volveremos —respondió Dick Rover.
—Y pasaremos los mejores momentos de nuestra vida —añadió Sam—. Me muero de ganas por ver de nuevo la querida vieja escuela.
—Y al capitán Putnam, y a todos los demás —continuó Tom.
—Y divertirnos un poco, ¿eh, Tom? —y Sam le dio un codazo a su hermano amante de la diversión en las costillas.
—Bueno, cuando volvamos tenemos que estudiar un poco —había intervenido Dick—. ¿Saben lo que dijo papá ayer?
—No, ¿qué? —respondieron simultáneamente sus hermanos.
—Dijo que nos estábamos haciendo demasiado mayores para ir a Putnam Hall, que deberíamos pensar en ir a la universidad o meternos en los negocios.
—¡Hum! —murmuró Tom, y se quedó repentinamente pensativo.
—Sé por qué dijo eso —dijo Sam, con un guiño a su hermano mayor—. Sabe lo dulce que está Dick con Dora, y...
—¡Eh! ¡Ya basta! —gritó Dick, enrojeciendo—. No era eso en absoluto. Nos estamos haciendo bastante mayores para Putnam Hall, y lo saben.
—Parece que nunca querría dejar la querida vieja escuela —murmuró Tom—. Vaya, es como un segundo hogar para nosotros. Piensen en todos los momentos alegres que hemos pasado allí, y en la multitud de amigos que hemos hecho.
—Y los enemigos —añadió Sam—. No los olviden, o podrían sentirse menospreciados.
—Dan Baxter era nuestro peor enemigo en esa escuela, y se va a reformar, Sam.
—Tal vez. No estaré seguro de ello hasta que realmente lo vea —respondió el más joven de los Rover.
—Por cierto, hoy recibí una postal de Dan —dijo Dick—. Está en Filadelfia y trabajando para un fabricante de alfombras.
—Bueno, si se ha puesto a trabajar, es una buena señal —dijo Tom.
A su llegada a la granja los chicos habían sido recibidos por su padre, pero ahora Anderson Rover se había marchado a un viaje de negocios que iba a durar varios días. Como de costumbre, dejó a los muchachos al cuidado de su hermano y de la tía de los chicos.
—Ahora, tómenlo con calma por un tiempo —fue el consejo del señor Rover al marcharse—. Descansen todo lo que puedan, y luego, cuando vuelvan a la escuela, se sentirán tan brillantes como una moneda.
—¿De plata o de papel, papá? —preguntó Tom, travieso.
—Ahora, Tom...
—Oh, sé lo que quieres decir, papá, y estaré tan tranquilo como una mula con una bolsa de arena atada a la cola —respondió la descendencia amante de la diversión.
El día después de la partida de Anderson Rover de la granja fue lo suficientemente tranquilo, pero la mañana siguiente el tío de los chicos recibió una carta en el correo que pareció preocuparle no poco.
—Debo atender este asunto sin demora —dijo Randolph Rover a su esposa.
—¿Qué pasa, Randolph?
—No creo que pueda explicártelo, Martha. Se trata de esos bonos de la compañía de tracción que compré hace unos meses.
—¿Aquellos por los que pagaste diez mil dólares?
—Sí.
—¿Qué pasa con ellos?
—Como dije antes, no puedo explicarlo; es un asunto bastante complicado.
—Son tuyos, ¿no es así, Randolph?
—Oh, sí. Pero...
—¿No valen lo que diste por ellos?
—Eso espero.
—¿No puedes averiguarlo y asegurarte?
—Eso es lo que voy a hacer —respondió Randolph Rover, y soltó un profundo suspiro. Como mis viejos lectores saben, era una persona muy retirada, dedicada a la investigación científica, especialmente en relación con la agricultura, y sabía poco de negocios.
—Si te han estafado de alguna manera, debes ir tras los hombres que te vendieron los bonos —dijo la señora Rover—. No podemos permitirnos perder tanto dinero.
—No creo que me hayan estafado, al menos, si lo han hecho, creo que la parte que me vendió los bonos los hará valer, Martha. Lo sabré todo mañana —respondió Randolph Rover, y ahí terminó la conversación.
CAPÍTULO II
LO QUE SUCEDIÓ EN LA MONTAÑA
Fue el día en que Randolph Rover iba a ir a la ciudad de Carwell, a quince millas de distancia, para ver lo de los bonos, cuando los tres chicos Rover planearon una excursión de un día.
—Vamos a la cima de Chase Mountain —sugirió Sam—. No he estado allí desde hace tres años.
—Apoyo la sugerencia —respondió Tom—. Podemos llevar un almuerzo y pasar el día allí —y así se arregló.
Chase Mountain estaba a unas tres millas de distancia, al otro lado de Humpback Falls, donde Sam había tenido una vez una aventura tan emocionante, como se cuenta en detalle en «Los Rover Boys en la escuela». Era una eminencia irregular, y desde la cima se podía tener una vista del campo durante muchas millas a la redonda.
El día parecía ser perfecto cuando los tres jóvenes comenzaron, y cuando llegaron a la cima de la montaña disfrutaron del vasto panorama extendido ante ellos. Asimismo, disfrutaron del almuerzo sustancioso que su tía Martha había preparado, y comieron hasta que Tom estuvo listo para «hacer estallar sus botones», como él mismo expresó.
—Intentemos un nuevo camino de bajada —dijo Sam, cuando llegó la hora de volver a casa, y él y Tom abrieron el camino, sobre una serie de crestas rocosas y acantilados que eran cualquier cosa menos fáciles de atravesar. En algunos lugares tuvieron que descender diez o quince pies, y una vez Tom cayó sobre su tobillo de una manera que le hizo llorar de dolor.
—Ten cuidado —advirtió Dick—. Si te tuerces un tobillo aquí arriba tendremos un problema para llevarte a casa.
—Nada de tobillos torcidos para mí, gracias —respondió Tom. Y fue más cuidadoso después de eso.
Mientras Dick seguía a sus hermanos, vio algo peculiar a un lado del camino que estaba siguiendo. Parecía ser una fiambrera de hojalata suspendida de la rama de un árbol por un trozo de alambre. La caja estaba pintada de rojo y parecía ser nueva.
—Eso es extraño —se dijo el mayor de los chicos Rover—. ¿Quién dejaría una cosa así en esa posición? Tendré que investigar.
Sin decir a Sam y Tom lo que iba a hacer, Dick dejó el camino y se hundió en los arbustos que crecían entre él y el árbol del que estaba suspendida la caja de hojalata. Entre los arbustos el apoyo era incierto, y apenas había dado una docena de pasos cuando se sintió hundirse.
—¡Eh! ¡Esto no servirá! —gritó alarmado, y luego se desplomó en un gran agujero, mientras unos arbustos, musgo y hojas muertas caían sobre él.
Mientras tanto, Sam y Tom habían seguido adelante. Al llegar donde el camino parecía dividirse, giraron a la derecha, solo para descubrir, cinco minutos después, que habían cometido un error.
—¿Dónde diablos puede estar Dick? —murmuró Sam, después de que él y su hermano llamaran de nuevo—. Pensé que estaba justo detrás de nosotros.
—Yo también, Sam. Es muy extraño qué ha sido de él. Si se cayó por un acantilado... —Tom no terminó, pero soltó un profundo suspiro.
Con el corazón ansioso, los dos muchachos intentaron volver sobre sus pasos por la ladera de la montaña. Tuvieron que subir uno de los acantilados, y justo cuando lo lograron, comenzó a llover.
—Más mala suerte —gruñó Sam—. Si esto continúa pronto estaremos empapados.
—¡Escupe, escupe, escupe! ¿A dónde fue ese camino de montaña? —gritó Tom, repitiendo una rima infantil. —¡Dick! ¡Dick! —gritó, a pleno pulmón. Luego Sam se unió a la llamada una vez más. Pero como antes, no hubo respuesta.
Debe confesarse que los dos chicos Rover estaban ahora completamente alarmados. Como habían subido por la ladera de la montaña, sabían que debían estar cerca del lugar donde vieron a Dick por última vez. ¿Qué había sido de su hermano mayor?
—Tom, ¿crees que podría haberse caído por algún acantilado y rodado hasta el fondo de la montaña? —preguntó Sam, ansioso.
—¿Cómo podría rodar hasta el fondo con los árboles tan espesos? Habría tenido muchas oportunidades de agarrarse a uno de ellos.
—No si se quedó inconsciente.
—Bueno, ¿dónde puede estar?
—No lo sé.
Ahora llovía constantemente, y para protegerse los dos muchachos se bajaron bien las gorras sobre la cabeza y se subieron los cuellos de los abrigos. Se detuvieron bajo las ramas extendidas de una cicuta.
—Supera a la nación, eso es lo que hace —declaró Tom—. ¡Tal vez la tierra se abrió y lo tragó!
—Tom, esto no es ninguna broma.
—Y no estoy bromeando, Sam. No puedo entenderlo en absoluto.
—¿Es ese el camino de allí? —continuó el más joven de los Rover, señalando un punto más allá del lado opuesto de la cicuta.
—Parece un poco —fue la respuesta de Tom—. Será mejor que vayamos y nos aseguremos.
Dejando el refugio del árbol, se abrieron paso a través de los arbustos, que ahora empezaban a gotear por la lluvia. A medida que avanzaban, Sam apartó una gran rama y dejó que volviera a balancearse de repente, golpeando a Tom de lleno en la cara.
—¡Guau! —escupió el Rover amante de la diversión, mientras se tambaleaba hacia atrás—. ¡Eh! Sam, ¿crees que necesito un baño de ducha? Ya estoy bastante mojado. Y Tom comenzó a quitarse el agua de la cara.
—No quise dejar que se deslizara —respondió Sam—. Pero di...
Lo que Sam iba a decir después nunca se sabrá, pues justo entonces sintió que se deslizaba hacia algún tipo de agujero. Intentó saltar hacia atrás, y se agarró a las piernas de Tom, y al instante siguiente ambos rodaron una y otra vez y dispararon hacia abajo, saliendo de la luz del día hacia la oscuridad total.
Fueron tomados tan completamente por sorpresa que ninguno dijo una palabra. Rodaron una y otra vez, mientras una lluvia de tierra, palos y hojas muertas les seguía. Luego aterrizaron sobre un gran montón de hojas descompuestas y se quedaron allí, con el aliento casi expulsado de sus cuerpos.
—¿Qué... qué... dónde estamos? —jadeó Sam, cuando se sintió capaz de hablar.
—Di, ¿es es... esto un nu... nuevo tobogán? —preguntó Tom, quien estaba decidido a divertirse sin importar lo que ocurriera.
—¿Estás herido?
—No creo que lo esté, pero calculo que mi hígado se dio la vuelta unas diez veces. ¿Qué hay de ti?
—Sacudido, eso es todo —respondió Sam, después de ponerse de pie—. Di, bajamos con prisa, ¿no?
—Sí, y sin boleto de vuelta tampoco. —Tom miró hacia arriba—. ¡Cielos! ¡La parte superior de este agujero está a unos cincuenta pies de distancia! ¡Somos afortunados de no habernos roto el cuello!
—Ahora que estamos aquí abajo, la pregunta es, ¿cómo salimos, Tom?
—No me hagas acertijos.
—Tenemos que salir de alguna manera.
—A menos que queramos quedarnos aquí y ahorrarnos el gasto de una parcela en el cementerio.
—¡Tom!
—Oh, sé que no es ninguna broma, Sam. ¿Pero qué se puede hacer? Aquí hay un agujero de al menos cincuenta pies de profundidad y los lados son casi perpendiculares. ¿Crees que podemos subir? Temo que, si lo intentamos, terminaremos rompiéndonos el cuello.
—Ciertamente es empinado —respondió el hermano menor, mirando hacia arriba—. ¡Di! —añadió, de repente—, ¿supones que Dick bajó por algún agujero como este?
—Tal vez; donde hay un agujero puede haber más. Si bajó, esperemos que no haya muerto.
Lo mejor que pudieron, los dos muchachos miraron a su alrededor. El agujero era de forma irregular, pero de unos quince pies de diámetro. Un lado era de rocas rugosas y el otro de tierra y raíces de árboles. En la parte superior, los arbustos traicioneros sobresalían por todos los lados de la abertura, ocultando parcialmente el abismo que se abría debajo.
—La lluvia está entrando bastante animada —fue el comentario de Sam, poco después—. Me pregunto si hay algún peligro de que este agujero se llene de agua.
—No lo creo, pero si lo hace podemos nadar hacia afuera.
—O ahogarnos.
—¿Ahora quién se está poniendo triste? —exigió Tom.
Para mantenerse fuera de lo peor de la lluvia, Sam se apoyó contra uno de los lados del agujero. Sintió que cedía bajo su peso y antes de que pudiera salvarse cayó en otro agujero, y Tom fue tras él.
Los muchachos estaban asustados y ambos gritaron con fuerza. Sin embargo, no cayeron mucho; de hecho, más bien rodaron, porque la segunda abertura estaba en una pendiente de cuarenta y cinco grados. Aterrizaron contra algo blando, pero esta vez no era un banco de hojas descompuestas.
—¡Sam! ¡Y Tom!
—¡Dick!
—¿De dónde viniste?
—¿Cómo llegaste aquí?
—¿Estás herido?
—No, ¿tú lo estás?
—No.
Estas fueron algunas de las preguntas formuladas y respondidas mientras los tres hermanos Rover se miraban unos a otros. Otras preguntas siguieron rápidamente, y Dick contó cómo había empezado a buscar la caja de hojalata y había caído de forma tan inesperada.
—Tenéis que tener cuidado —advirtió—. Esta ladera está llena de agujeros y trampas. Bajé por un hoyo y luego salí disparado hacia otro.
—¡Y nosotros hicimos lo mismo! —gritó Tom—. ¡Gracias al cielo que ninguno de nosotros tiene huesos rotos!
—¿No nos oísteis llamaros? —preguntó el menor de los Rover.
—Creí oír algo, pero no estaba seguro. Respondí a la llamada.
—Nosotros no te oímos —respondió Tom.
Dick había estado intentando salir del agujero en el que había caído, pero sin éxito. Ahora las paredes se estaban volviendo resbaladizas por la lluvia, por lo que el ascenso se volvía más difícil que nunca.
—Estamos en un apuro —suspiró Sam.
—Oh, tenemos que salir de alguna manera —respondió su hermano mayor—. No podemos quedarnos aquí para siempre.
La abertura era casi cuadrada, con tres lados de roca rugosa. Al intentar trepar por algunas de las rocas, Tom empujó una y esta se deslizó fuera de la vista, revelando una abertura más allá.
—¡Hola! ¡Otro agujero! —gritó el joven, saltando hacia atrás consternado—. Vaya, la vieja montaña está prácticamente llena de ellos.
—Nunca antes había estado en este lado de la montaña —dijo Dick—. Solían contar algunas historias extrañas sobre esta parte.
—¿No decían que algunas zonas estaban encantadas? —preguntó Sam.
—Sí, y se decía que, hace años, muchos viajeros que venían por aquí desaparecieron.
—Bueno, ¿por qué no iban a hacerlo, con tantos agujeros alrededor? —dijo Tom—. Si salimos vivos, tendremos suerte.
Con gran cuidado se pusieron de rodillas y examinaron la abertura que había más allá de las rocas.
—Creo que es una cueva grande —anunció Dick unos minutos después—. Y si lo es, estoy bastante inclinado a echar un vistazo por dentro. Quizá lleve a alguna salida en la ladera de la montaña por donde podamos escapar.
CAPÍTULO III
UNA CUEVA MISTERIOSA
Al principio, Sam y Tom se resistieron a entrar en la cueva, que parecía oscura y desalentadora. Pero Dick insistió en que él iba a seguir adelante, y antes que quedarse atrás, le acompañaron.
—Encenderemos algún tipo de antorcha —dijo el mayor de los Rover—. ¿Tenéis cerillas?
—Sí, he traído un bolsillo lleno —respondió Sam—. No sabía si querríamos hacer una hoguera este mediodía.
—Ahora la necesitaremos para secar nuestra ropa —dijo Tom—. Recojamos los palos más secos.
Eso hicieron y, tras entrar en la cueva, hicieron una hoguera de buen tamaño. Esto proyectó un resplandor rojizo por toda la caverna y, mientras los muchachos se movían, sombras fantásticas bailaban en las paredes rocosas, añadiendo misterio a la escena.
Desde el fuego, cada uno de los jóvenes se proveyó de una antorcha y, así equipados, se movieron por la cueva con cuidado, tomando precauciones para no caer en más agujeros. Pronto encontraron la abertura en la ladera de la montaña, larga y estrecha, que descendía.
—No queremos perdernos —advirtió Sam.
—Oh, siempre podemos volver al fuego —respondió Dick.
—A menos que se apague.
—No se consumirá por sí solo en una hora, me aseguré de ello antes de dejarlo.
A medida que los muchachos avanzaban por la cueva, se toparon con un montón de huesos. Dick los examinó con atención.
—¿Esqueletos? —preguntó Sam, y su voz tembló ligeramente.
—Sí, de corderos y cerdos —fue la seca respuesta—. Alguien ha estado usando este lugar como refugio y viviendo de lo mejor.
—Quizá eso explique las pérdidas de Jerry Burden —sugirió Tom—. Dijo que perdió un cordero la primavera pasada, y dos cerdos.
—Sí, y el viejo Richard Feltham perdió un cerdo y algunas gallinas —añadió Dick—. Puede que este sea un escondite para vagabundos.
—¿Creéis que siguen aquí? —cuestionó Sam—. No queremos tener problemas.
—Estoy seguro de que no lo sé, Sam. Pero esto prueba una cosa.
—¿Que podemos salir de la cueva?
—Exactamente. Mirad, aquí hay un abrigo viejo y un par de zapatos viejos. Alguien ha tenido la costumbre de venir aquí, y no tenía la costumbre de entrar por donde entramos nosotros.
Siguieron adelante y pronto llegaron a una abertura más grande. Aquí encontraron un trozo de arnés viejo y, más adelante, donde el suelo era blando, las huellas de ruedas de carro.
—¡Alguien ha tenido la costumbre de entrar aquí conduciendo! —exclamó Tom—. ¡Seguro que saldremos! —y su rostro mostró alivio.
—¡Escuchad! ¿Qué es eso? —gritó Sam, y retrocedió al oír un extraño retumbar—. ¿Es un terremoto o un derrumbe?
—Es un trueno, eso es todo —dijo Dick, un minuto después, mientras escuchaban.
—Cierto, la tormenta nos alcanzó cuando caímos en el primer agujero —respondió el más joven de los Rover.
—Quizá podamos alegrarnos de estar a cubierto, si la tormenta va a ser fuerte —dijo Tom—. Pero vamos, quiero volver a ver la luz del día.
Avanzó y luego lanzó un grito de asombro.
—¡Mirad!
Sus hermanos lo hicieron. A un lado de la cueva había apiladas treinta o cuarenta cajas de embalaje. La mayoría estaban vacías, pero tres, dirigidas a un tal Jackson Dwight, de Carwell, estaban llenas y clavadas.
—¡Bueno, vaya! —murmuró Sam—. Dick...
—¡Los ladrones de carga! —exclamó el mayor de los Rover—. ¿No recordáis lo que decía el periódico antes de que fuéramos al sur, y lo que decía de nuevo ayer mismo? Han estado desapareciendo mercancías de Carwell, Boxton y media docena de estaciones más durante más de un año. Los ladrones debieron traer su mercancía aquí y luego llevarse parte de ella de las cajas de embalaje para transportarla de nuevo.
—Sin duda lo parece —respondió Tom—. Solo quedan tres cajas llenas. Me pregunto cuándo se llevaron estas.
—Lo más probable es que fuera hace poco tiempo —dijo Dick—. Las cajas parecen nuevas.
—¿Creéis que hay alguno de los ladrones de carga por aquí? Si es así, tenemos que mantenernos alejados de ellos, si son personajes peligrosos.
Siguieron adelante y entonces Dick pidió una parada repentina.
—Puedo ver la luz del día más adelante —dijo—. Y alguien se está moviendo. Apaguemos las antorchas.
Su sugerencia fue seguida rápidamente, y los tres hermanos Rover avanzaron con cautela. En su extremo exterior, la cueva se volvía más ancha, mientras que el techo solo tenía unos tres metros de altura.
—Hola, aquí hay otra sorpresa —susurró Dick mientras se acercaban a la abertura—. ¡Mirad eso!
Señaló hacia un lado de la cueva y allí los demás vieron un automóvil tipo runabout aparcado y, en el asiento, a dos hombres vestidos para un viaje. Estaban hablando con un tercer hombre, que descansaba contra una rueda delantera fumando una pipa de brezo.
—Quizás ellos sean los ladrones de carga —susurró Tom—. Mantengámonos fuera de su vista y escuchemos lo que tienen que decir.
Era fácil mantenerse oculto, ya que las paredes de la cueva eran muy irregulares en ese punto. Se colocaron detrás de un saliente y, trepando por una repisa rocosa, consiguieron llegar a un punto por encima y a un lado del runabout, a no más de cuatro metros de él.
—¿Así que no pensabais parar aquí, Merrick? —preguntó el hombre apoyado contra la rueda.
—No ahora, Dangler —fue la respuesta del hombre de la pipa—. La tormenta nos obligó a entrar.
—¿Cuándo esperáis encontraros con ese Randolph Rover?
—Muy pronto.
—Debería ser fácil, es tan ingenuo.
—Oh, creo que podemos manejarlo perfectamente —intervino el tercer hombre, que era alto y de mejillas delgadas.
—Bueno, si lo hacéis, no olvidéis que yo quiero mi parte, Pike —dijo el hombre llamado Dangler.
—¿No has recibido siempre tu parte? —exigió Pike.
—Supongo que sí.
—¿Y no te hemos dado nosotros la información cada vez que venía mercancía valiosa por aquí? —intervino el hombre llamado Merrick.
—Sí, y obtuve mi parte completa de las ganancias, mientras yo corría el riesgo —gruñó Dangler—. Se está volviendo peligroso, voy a dejarlo después del próximo gran golpe —continuó el hombre de la pipa.
—Muy bien, como desees —respondió Merrick—. Ojalá escampara esta tormenta. El camino va a ser terrible para nuestro runabout.
—Y malo para mi carro —gruñó Dangler en respuesta.
Los muchachos escucharon la conversación con profundo interés. La mención a su tío les asombró y se preguntaron qué pretendían hacer los dos hombres del runabout. Por su charla, era evidente que querían llevar a cabo algo ilegal.
—Van a jugarle alguna mala pasada al tío Randolph —susurró Sam—. Debemos volver a casa y avisarle.
—Lo que deberíamos hacer es que arresten a todo el grupo —respondió Tom—. Todos están implicados en el robo de mercancías.
—Eso es —dijo Dick—. La cuestión es, ¿cómo podemos hacerlo? No somos rivales para esos tres hombres, y lo más probable es que vayan armados.
Después de esto, los tres hombres hablaron en un tono tan bajo que los muchachos no pudieron oír ni una cuarta parte de lo que se decía. Pero aprendieron lo suficiente para saber que Merrick y Pike iban a encontrarse con su tío y traicionarlo de alguna manera, y oyeron las palabras "bonos de tracción" y "cupones" varias veces.
—El tío Randolph tenía diez mil dólares en bonos de una compañía de tracción —dijo Dick—. Los compró hace poco tiempo. Pagan un cinco y medio por ciento de interés y él pensó que eran una inversión de primera clase.
—Oh, tendremos que avisarle —dijo Sam—. Es tan bondadoso que confiaría en cualquiera.
Merrick había bajado del runabout y salido de la cueva. Ahora volvía, decía algo a los otros y ponía en marcha el coche. Un momento después, tenía la máquina girada. Entonces salió disparada de la cueva y bajó por un camino bastante bueno en dirección a Carwell. El hombre llamado Dangler siguió al runabout hasta la carretera y lo vio desaparecer tras una curva bordeada de árboles. La tormenta se alejaba hacia el oeste y la lluvia había cesado.
—¡Se han ido! —gritó Tom—. ¿Adónde?
—Quizás a nuestra granja, a ver al tío Randolph —respondió Sam—. Deberíamos seguirlos tan rápido como podamos.
—Creo que deberíamos capturar al tipo que se quedó atrás —dijo Dick—. Deberíamos ser capaces de hacerlo.
—Eso es —dijo Tom—. Seguro que podemos, siendo tres contra uno.
Dangler observó el runabout y luego miró hacia arriba y abajo de la montaña durante varios minutos. Entonces, de repente, empezó a caminar en dirección opuesta a la tomada por la máquina.
—¡Se está yendo! —gritó Sam.
—¡Id tras él! —gritó su hermano mayor, y salió corriendo de la cueva con los demás pisándole los talones. Justo cuando lo hacía, Dangler miró atrás y los vio.
—¡Eh, vosotros! —gritó consternado.
—¡Detente! —exclamó Dick—. Te queremos a ti.
Ante esta orden, Dangler se mostró más asombrado que nunca. Pero, de repente, pareció darse cuenta de lo que había ocurrido y comenzó a correr.
—¡Detente! —gritaron Tom y Sam, pero ante esto, el hombre solo corrió más rápido.
—Vamos, ¡tenemos que atrapar a ese sinvergüenza! —exclamó Dick, y comenzó a correr a toda velocidad. Los demás le siguieron tan rápido como pudieron, y se produjo una rápida persecución por el camino de la montaña. Pero si los muchachos podían correr, también podía el ladrón de carga, e hizo el mejor uso posible de sus piernas hasta que llegó a un sendero lateral. Entonces se lanzó por él, y cuando los hermanos Rover llegaron, había desaparecido.
—¿Dónde está? —jadeó Sam.
—Tomó este camino, pero no está a la vista —respondió Dick. Él mismo estaba casi sin aliento.
—Vamos, tiene que estar en algún lugar por aquí —dijo Tom, y corrió por el sendero varios cientos de metros. Entonces tropezó con un tronco caído y cayó de cabeza entre los arbustos y la hierba mojada. Se levantó con aspecto cansado y malhumorado.
—Lo hemos perdido —anunció Dick, bastante desconsolado—. Es una pena, también. Merece ser puesto bajo arresto.
—Creo que será mejor que vayamos a casa y avisemos al tío Randolph —respondió Sam—. Si no lo hacemos, no se sabe qué pueden hacer ese tal Merrick y ese Pike.
CAPÍTULO IV
EN LA GRANJA
Los demás consideraron que el consejo de Sam era bueno y, tras mirar una vez más alrededor en busca de Dangler, se dirigieron hacia casa. Estaban a unos cinco kilómetros de la granja y tenían que cruzar el río por encima de las cataratas, añadiendo así casi un kilómetro más al viaje. El camino estaba mojado y embarrado, y no habían recorrido ni un kilómetro y medio cuando Tom pidió una parada.
—Estoy agotado —anunció—. Me pregunto si no podremos alquilar un coche de caballos en la próxima granja.
—Podemos intentarlo al menos —respondió Dick.
Justo después de cruzar el río llegaron a una pequeña granja y caminaron hacia la cocina, donde vieron a una anciana desgranando guisantes.
—No podemos dejaros ningún carruaje —dijo—. Los hombres están en el pueblo y se han llevado los caballos.
Los muchachos estaban a punto de darse la vuelta cuando Dick pensó en algo.
—Por cierto, ¿conoce usted a un hombre llamado Dangler? —preguntó.
—Claro que sí —fue la respuesta.
—¿Vive por aquí?
—Supongo que vive donde le place. Es un soltero viejo y va y viene como quiere. Solía tener una cabaña por la carretera, pero se quemó el invierno pasado.
—¿Entonces no tiene idea de dónde se está quedando ahora?
—No.
—¿Conoce a un hombre llamado Merrick y a otro llamado Pike? —continuó el mayor de los hermanos Rover.
Ante esto, la anciana sacudió la cabeza.
—Nunca he oído hablar de ellos —dijo.
—¿Tiene este Dangler algún pariente por aquí? —preguntó Tom.
—Ninguno que yo sepa.
—¿Sabe qué clase de hombre es? —preguntó Sam.
—Nunca hablo de mis vecinos —respondió la anciana, apretó sus labios finos y continuó desgranando guisantes.
Sintiendo que sería inútil hacer más preguntas, los tres muchachos continuaron cansados hacia la siguiente granja. Esta pertenecía a un alemán gordo llamado Gus Schmidt, que conocía bastante bien a los Rover.
—Ja, os dejaré un carruaje —dijo Gus Schmidt—. Pero debéis traerlo de vuelta mañana, ¿eh?
—Lo haremos —respondió Dick.
—He oído algunas historias bastante buenas sobre vosotros, los muchachos Rover —continuó el señor Schmidt mientras enganchaba su caballo—. Estuvisteis en el río Misisipi, ¿eh?
—Lo estuvimos —respondió Sam.
—¿Y fuisteis a las llanuras y atrapasteis a unos falsificadores, eh?
—Sí, tuvimos algo que ver con eso —dijo Tom.
—¿Y luego fuisteis al Golfo de México y encontrasteis un barco de vapor en el que no había nadie? —continuó Gus Schmidt—. Ach, es maravilloso lo que le pasa a alguien, ¿no?
—¿A usted nunca le pasó nada, señor Schmidt? —preguntó Sam.
—Solo una vez, y eso fue suficiente. Estuve en Nueva York, y los chicos me llamaron por nombres. Luego corrí tras ellos, y fueron a un sótano lleno de agua. Corrí sobre una tabla, y los chicos giraron esa tabla...
—Y usted cayó al agua —terminó Tom.
—¡Ni mucho menos! Salté de vuelta a la acera —respondió Gus Schmidt, y luego se rió de buena gana de su pequeña broma.
Los tres hermanos Rover pronto estuvieron en el carruaje y de camino a la granja. El caballo que les habían prestado era un animal veloz y avanzaron a buen ritmo a pesar del barro del camino. La breve tormenta había sido severa y, en un punto, la base de la carretera estaba considerablemente erosionada.
Los muchachos llevaron el carruaje al granero y lo dejaron a cargo de Jack Ness, el hombre para todo. Luego se apresuraron hacia la casa.
—¡Oh, muchachos, me alegro mucho de que hayáis vuelto! —exclamó la señora Rover al verlos—. Supongo que estáis empapados. Será mejor que os sequéis la ropa enseguida, o os cambiéis, y os prepararé un poco de té caliente para beber.
—Estamos bien, tía Martha —respondió Dick—. Estuvimos a cubierto durante lo peor de la tormenta. ¿Está el tío Randolph?
—No, fue a Carwell por negocios. Estoy preocupada por él, porque temo que le pillara la tormenta, ya que fue en coche.
—¿Para qué fue? —preguntó Tom rápidamente.
—Oh, era un asunto privado.
—¿Sobre unos bonos de una compañía de tracción? —preguntó Sam, que no pudo contener su curiosidad.
—Sí. Pero, ¿cómo sabéis eso? —exigió su tía, asombrada.
—Descubrimos algo hoy, tía —dijo Dick—. Es un asunto extraño. ¿Sabe adónde iba el tío Randolph?
—¿Te refieres a en Carwell?
—Sí.
—Creo que al hotel.
—Hum —reflexionó el mayor de los hermanos Rover—. Me pregunto si podré localizarle por teléfono. Pues se había instalado una línea telefónica desde Oak Run hasta la granja.
—¿Por qué, Dick? ¿Pasa algo malo? —preguntó la señora Rover, palideciendo.
—Espero que no, tía Martha. Pronto lo sabremos. No se preocupe, por favor.
—Tu tío estaba muy perturbado cuando se fue.
—Voy a intentar telefonearle enseguida —dijo Dick.
El teléfono estaba en un rellano de las escaleras, donde la campana podía oírse fácilmente arriba y abajo, y Dick no perdió tiempo en descolgar el auricular y llamar a la oficina de Oak Run.
—Quiero hablar con el hotel de Carwell —le dijo al operador—. Es el 685 W —añadió.
—No puedo comunicarle con Carwell —fue la respuesta.
—¿Por qué no?
—El rayo derribó algunos de nuestros postes y la línea está fuera de servicio.
Esta fue una noticia desalentadora y, por un momento, Dick se quedó desconcertado. Luego volvió a hablar con el operador.
—¿Puede llegar a Farleytown?
—Sí, pero la línea de Farleytown a Carwell también está caída —se oyó por el hilo.
—¿Puede llegar a Deeming's Corners?
—No. No puedo llegar a Carwell de ninguna manera —fue la respuesta tajante, y Dick colgó el auricular muy abatido.
—La tormenta ha dejado el servicio telefónico hecho polvo —explicó a los demás—. La única manera de llegar a Carwell es ir en coche.
—¡Entonces hagámoslo, y enseguida! —gritó Tom, que había estado hablando con su tía—. El tío Randolph se llevó esos diez mil dólares en bonos de la compañía de tracción, y la tía Martha dice que los bonos no estaban registrados, así que cualquiera podría usarlos.
—¿Creéis que alguien va a robar los bonos? —preguntó la tía.
—Dos hombres están tramando algo; es todo lo que sabemos —dijo Dick, pensando que no era prudente mantener a su tía en la oscuridad por más tiempo—. Y sabemos que esos hombres son unos sinvergüenzas —añadió.
—Oh, ¿van a... atacar a vuestro tío?
—No creo que sean de esa clase —dijo Sam—. Creo que intentarán conseguir los bonos con algún truco astuto.
A la tía no le gustaba ver a los muchachos ir a una misión de posible peligro, pero quería que su marido fuera advertido. Los muchachos corrieron al granero e hicieron que Jack Ness enganchara un equipo nuevo a un carromato. Ahora estaba oscureciendo.
—Cuidaos mucho —gritó la señora Rover mientras se alejaban—. Si los postes de teléfono y telégrafo están caídos en el camino, aseguraos de no chocar contra ninguno de ellos.
Iban conduciendo hacia la puerta de la gran granja cuando vieron a Alexander Pop corriendo tras ellos, blandiendo algo en su mano. Aleck era un hombre de color que había trabajado una vez en Putnam Hall, pero que ahora estaba unido a la familia Rover.
—Pensé que quizás vosotros, muchachos, no estabais armados —dijo—. Si no lo estáis, ¿no queréis esta pistola? —y sostuvo un arma que había comprado durante el viaje por el río con ellos.
—No pensé que hubiera ningún tiroteo —respondió Dick—. Pero ya que la has traído, podría llevarme la pistola —y colocó el arma en su bolsillo.
—¿Quizás os gustaría llevar este pollo? —continuó el hombre de color. Le encantaba estar con los muchachos Rover en cada ocasión posible.
—No, el carromato ya está lleno —respondió Dick—. Tú haz lo que puedas para tranquilizar a la señora Rover.
—Sí, dile que no se preocupe por nosotros —añadió Tom.
—Y no menciones la pistola —gritó Sam, mientras el vehículo se ponía en marcha de nuevo.
Después de dejar las inmediaciones de la granja, los muchachos tenían que cubrir una distancia de trece millas. Parte del camino transcurría por el valle que le había dado nombre a la granja, pero luego se elevaba sobre una serie de colinas y atravesaba varios parches de bosque. Bajo los árboles estaba oscuro, y tuvieron que reducir la velocidad por miedo a sufrir un accidente.
—¡Peligro adelante! —gritó Sam de repente, y Dick, que conducía, detuvo el tiro. A través del camino yacía un árbol arrancado de raíz.
—No podemos pasar por ahí —anunció Sam, tras una inspección—. Y será un trabajo duro arrastrarlo para quitarlo de en medio.
—Pasaremos por encima —anunció Dick—. Agárrense bien, si no quieren salir despedidos.
Llamó a los caballos y el tiro avanzó lentamente. Llevaban varios días sin salir del establo y estaban con ganas de bailar y encabritarse. Se metieron entre las ramas del árbol y entonces uno de los animales se encabritó e intentó retroceder.
—¡Arre, Dan! —gritó Dick—. ¡Nada de tonterías! ¡Arre, he dicho!
El otro caballo quería seguir adelante y arrastró a su compañero más profundamente entre las ramas del árbol. Entonces, sin previo aviso, el animal obstinado dio un salto, superó el árbol y comenzó a bajar por el camino a una velocidad vertiginosa.
—¡Cuidado, los caballos se han desbocado! —gritó Sam, y luego se detuvo en seco, pues él, al igual que los demás, corría el peligro de salir despedido de la carreta.
CAPÍTULO V
LA HISTORIA DE RANDOLPH ROVER
Era un momento de peligro, y todos los hermanos Rover se daban cuenta plenamente. La carreta era resistente, pero el camino había sido tan erosionado por la tormenta que estaba muy irregular, y los botes amenazaban en cada instante con hacer caer a uno u otro muchacho de cabeza.
—¡So! ¡so! —gritaba Dick, haciendo todo lo posible por sujetar al tiro. Pero, como se mencionó antes, no habían salido en varios días y, por lo tanto, estaban frescos y con ganas de seguir. Cada uno tenía el bocado entre los dientes, así que tirar de las riendas servía de poco.
—Si no paramos pronto, algo va a pasar —fue el comentario de Tom, y apenas había hablado cuando cayeron en una rodada y Sam salió despedido por encima de una rueda hacia unos matorrales. Entonces el tiro siguió adelante como antes.
Tras dejar atrás el bosque, llegaron a un gran campo abierto donde el suelo era bastante blando.
—Gira aquí, Dick, si puedes —gritó Tom.
—Eso es lo que intento hacer —respondió el mayor de los hermanos Rover, tirando de una rienda con todas sus fuerzas.
Al principio los caballos se negaron a dejar el camino, pero al final la tensión en una de las riendas surtió efecto y Dan viró a la derecha, arrastrando a su compañero con él. A medida que las ruedas de la carreta se hundían en la tierra blanda del campo, el esfuerzo se volvió más difícil y, finalmente, los caballos pasaron al paso y luego fueron detenidos con facilidad.
—¿Me pregunto si Sam se habrá hecho daño? —fueron las primeras palabras de Dick, mientras saltaba al suelo y corría hacia las cabezas del tiro para calmarlos.
—Salió disparado con prisa, eso es seguro —fue la respuesta de Tom—. ¿Puedes sujetarlos ahora?
—Sí, ya se les ha pasado el fuego.
—Entonces correré a ver a Sam. —Y Tom partió al trote hacia el lugar donde había ocurrido el percance de su hermano menor. Encontró a Sam sentado sobre una roca, frotándose la muñeca izquierda.
—¿Te has hecho daño? —preguntó con ansiedad.
—Esta muñeca está un poco dolorida y tengo la rodilla raspada —fue la respuesta—. ¿Se han escapado y te han tirado?
—No, Dick logró detenerlos girando hacia un campo blando. Es una suerte que no te hayas roto el cuello.
—Podría haberlo hecho si no hubiera caído en los arbustos, Tom. ¡Cielos, cómo saltaba la carreta!
Cojueando un poco debido a la rodilla magullada, Sam siguió a su hermano por el camino. Encontraron que Dick había llevado al tiro fuera del campo. Él también se alegró al saber que Sam no estaba gravemente herido.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Tom—. No me gusta confiar mucho en ese tiro.
—Oh, ya están calmados —aseguró Dick—. Estoy seguro de que no querrán volver a desbocarse.
—Queremos llegar a Carwell lo antes posible, pero no queremos hacerlo rompiéndonos el cuello —continuó el bromista Rover.
Una vez más, los tres jóvenes subieron a la carreta y Dick puso en marcha el tiro. Ya no les quedaba fuego y avanzaban a su paso normal. Había oscurecido tanto que los muchachos tuvieron que encender un farol que habían traído consigo.
—¡Escuchad! —dijo Sam de repente, levantando la mano. Desde la oscuridad oyeron el chug-chug constante de un automóvil. Parecía venir hacia ellos.
—¡Quizás sea el coche de esos dos hombres! —gritó Tom.
—Si lo es, intentemos detenerlos —respondió Dick.
Detuvieron el tiro y escucharon. Durante unos segundos el chug-chug se acercó, luego se desvaneció en la distancia a su izquierda.
—La máquina debe haber tomado un camino secundario —fue el comentario de Dick.
—Sí, y será mejor que sigamos —respondió Tom.
Una vez más, siguieron su camino. No habían recorrido ni cien yardas cuando llegaron al camino secundario. En el suelo embarrado se veían claramente las marcas de los neumáticos de goma del automóvil.
—Si estuviéramos seguros de que son esos hombres, podríamos ir tras ellos —dijo Sam.
—No los alcanzaríamos con los caballos —respondió Dick.
—Y podría ser otra máquina —añadió Tom—. Hay muchas de ellas en Carwell.
Estaban ahora a menos de dos millas del pueblo y las casas de campo empezaban a ser más numerosas. Justo cuando llegaban a una calle pavimentada, Tom exclamó:
—¡Aquí viene el tío Randolph!
Señaló hacia adelante, donde la luz de una farola iluminaba a un caballo y un carruaje. En el asiento de este último iba Randolph Rover, conduciendo con satisfacción.
—¡Hola, tío Randolph! —gritó Dick, y detuvo la carreta.
—¡Vaya, Dick! —exclamó el tío, mirando a los tres muchachos con sorpresa—. ¿Qué os trae por aquí a estas horas de la noche?
—Vinimos a buscarte, tío Randolph —dijo Tom, y añadió—: ¿Están a salvo tus bonos de la compañía de tracción?
—¿Mis bonos? ¿Qué sabéis de mis bonos? —Y ahora el carruaje se detuvo junto a la carreta.
—Sabemos que dos hombres van tras ellos —dijo Sam.
—Oh, pensé que eso era un secreto —respondió el señor Rover.
—¿Pero viste a los hombres? —preguntó Dick con impaciencia.
—Oh, sí, y me he librado por los pelos de ser estafado —respondió el tío con calma.
—Oh, entonces te has librado —dijo Dick, y él y sus hermanos soltaron un suspiro de alivio.
—Sí, me he librado —respondió Randolph Rover—. Fue muy amable por parte del señor Jardell venir a verme como lo hizo —continuó.
—¿El señor Jardell? —preguntó Tom—. ¿Quién es él?
—Pues el tesorero de la compañía de tracción.
—¿Entonces no has visto a un hombre llamado Merrick y a otro llamado Pike? —preguntó Sam.
—Pues no. ¿Quiénes son ellos?
—Dos sinvergüenzas que estaban tramando algo. Creemos que iban tras tus bonos de la compañía de tracción.
—¡Ja! quizás... Pero no, eso no podría ser —murmuró el señor Rover, limpiándose las gafas que llevaba—. Yo... eh... realmente no entiendo esto, muchachos.
—Cuéntanos qué has estado haciendo, tío, y luego te diremos lo que sabemos —dijo Dick.
—¡Mmm! Bueno, sabéis que hace algún tiempo invertí diez mil dólares en bonos de la compañía de tracción... los conseguí a través de un agente en Nueva York.
—Sí.
—Bueno, hace una semana recibí una carta privada del señor Jardell, de la compañía de tracción, indicando que algo iba mal con los bonos. Habían robado algunas planchas y se habían impreso bonos falsificados.
—Sí.
—Me pidieron que mantuviera el asunto en secreto, porque si los hechos se conocían, el público se asustaría y los bonos caerían en la bolsa. El señor Jardell dijo que se reuniría conmigo en Carwell y haría que el impresor examinara mis bonos para saber si eran auténticos o no.
—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó Dick, quien empezaba a sospechar algo, como suele decirse.
—Le envié un mensaje al señor Jardell diciendo que me reuniría con él en el hotel de Carwell hoy. Nos reunimos, y él y su impresor, un hombre llamado Grimes, dijeron que los bonos que yo poseía eran falsificados.
—¿Y luego qué?
—Por supuesto, estaba muy angustiado —continuó Randolph Rover con calma—. No sabía qué hacer. Pero el señor Jardell fue muy amable al respecto. Dijo que tomaría los bonos y conseguiría que la compañía emitiera otros buenos en su lugar. Me dio un recibo por ellos y tendré los bonos buenos la próxima semana.
—¿Por qué iba a darte bonos buenos por unos malos? —dijo Tom, quien, al igual que Dick, estaba casi seguro de que algo iba mal.
—Yo también hice esa pregunta, Thomas, pero dijo que estaba en juego la reputación de su empresa. No quería que el público en general supiera que había bonos falsos en el mercado.
—Tío Randolph, ¿conoces personalmente a este señor Jardell? —preguntó Dick.
—Pues... eh... no exactamente. Pero sus cartas...
—¿Qué aspecto tenía?
Tan bien como pudo, el señor Rover describió al hombre y también a su compañero. Los muchachos intercambiaron miradas.
—Merrick y Pike —murmuró Tom.
—¿Qué es eso que dices, Thomas?
—Creemos que esos hombres eran estafadores —dijo Sam.
—¡Estafadores! ¡Oh, mi querido Samuel, imposible! —gritó Randolph Rover horrorizado—. ¡Vaya! Eran caballeros muy amables, muy amables. Me preguntaron cómo iba mi agricultura científica, y ambos habían leído mi artículo en la Review sobre el injerto de vides, y...
—Pero nosotros conocemos a estos tipos —dijo Dick—, y se llaman Merrick y Pike.
—Y hablaron sobre sacar provecho de ti —añadió Tom—. Por eso te seguimos a Carwell. ¿Dónde están los hombres ahora?
—Se han ido. Pero...
—¿Iban en un coche verde? ¿Un coche pequeño de motor?
—Tenían un coche, sí. No recuerdo de qué color era.
—¡Los mismos sujetos! —gritó Dick—. ¡Tío Randolph, a menos que estemos muy equivocados, te han engañado, te han estafado! ¡Te han robado los diez mil dólares en bonos!
CAPÍTULO VI
ESPERANDO NOTICIAS
A Randolph Rover le tomó varios minutos comprender las diversas declaraciones hechas por los muchachos. Que realmente hubiera sido estafado por hombres tan educados como los que había conocido en el hotel de Carwell le parecía extraordinario.
—Entiendo que los bonos no estaban registrados —dijo Dick.
—Es cierto —gimió su tío.
—Entonces cualquiera podría usarlos.
—Sí, aunque tengo los números... en una hoja en mi escritorio en casa.
—Bueno, eso hará que sea más difícil para los sinvergüenzas deshacerse de ellos —dijo Sam.
—Me gustaría atrapar a ese Merrick y a ese Pike, y darles una paliza —comentó Tom. Le enfurecía ver con qué facilidad su ingenuo pariente había caído en la trampa de los estafadores.
—Pero podría haber algún error —dijo Randolph Rover, en tono desconsolado—. ¿Se atrevería ese Merrick a suplantar al señor Jardell?
—Los estafadores hacen cualquier cosa —respondió Sam.
—Podemos asegurarnos de ese punto enviando un mensaje a las oficinas de la compañía de tracción —respondió Dick—. ¿Estás seguro de que el señor Jardell es el tesorero?
—Sí... el señor Andrew D. Jardell.
—Volvamos al pueblo y veamos si podemos contactar con él por teléfono de larga distancia o por telégrafo.
Sacudiendo la cabeza con tristeza, Randolph Rover dio la vuelta a su carruaje y siguió a los muchachos hasta la oficina central de la compañía telefónica. Allí todo era actividad debido a los cables rotos, pero las comunicaciones se estaban reanudando gradualmente. Buscaron en la guía telefónica y, finalmente, consiguieron una conexión que, unos minutos después, los puso en comunicación con la residencia privada de Andrew D. Jardell en la ciudad.
—¿Está el señor Jardell en casa? —preguntó Dick, que era quien hacía la llamada.
—El señor Jardell está fuera —fue la respuesta.
—¿Está en o cerca de Carwell, en el estado de Nueva York?
—No, está en París, y ha estado allí durante dos semanas.
—¿Está segura de esto?
—Sí.
—¿Quién es usted?
—Soy la señora Jardell. ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Richard Rover. Mi tío, Randolph Rover, ha sido estafado con algunos bonos de la compañía de tracción por un hombre que dijo ser el señor Jardell.
—¡Cielos! ¡No me diga! Bueno, mi marido no tuvo nada que ver con eso, puede estar seguro. Primero fue a Londres y luego a París, y en un día o dos partirá hacia Suiza. Su salud es muy precaria y el médico dijo que necesitaba el viaje.
Siguió algo más de conversación, y la señora Jardell aconsejó a Dick que se comunicara con la compañía de tracción de inmediato, y él dijo que lo haría.
—No era el señor Jardell en absoluto, tío Randolph —dijo el joven, al colgar el auricular—. Todo el asunto fue una estafa inteligentemente planeada, y a menos que puedas recuperar los bonos, perderás el dinero.
Ante este anuncio, el señor Rover casi se desploma, pues era un hombre más bien retirado y había tenido poco que ver en los negocios desde su viaje a África con los muchachos, como se relata en "Los hermanos Rover en la selva". No sabía qué hacer y permanecía allí frotándose las manos con nerviosismo.
—¡Los estafadores! —murmuró—. ¡Realmente, está llegando un punto en el que no se puede confiar en nadie!
—Lo mejor que podemos hacer es enviar un aviso a los diversos pueblos para que detengan el coche con los dos hombres en él al verlo y hagan que las autoridades retengan a los sinvergüenzas —dijo Dick, quien sintió que debía hacerse cargo de los asuntos.
—¡Eso es! —gritó Tom—, y cuanto antes lo hagamos, mejor.
—Averigüemos a dónde lleva ese camino secundario —añadió Sam—, me refiero al camino en el que oímos el auto.
En menos de una hora se habían enviado varios mensajes por teléfono y telégrafo. Ya se estaba haciendo tarde y los Rover apenas sabían qué hacer a continuación. De su tío, los muchachos obtuvieron toda la historia sobre los bonos, pero la nueva luz arrojada sobre el tema no ayudó en nada.
También informaron a las autoridades sobre la cueva y las cajas almacenadas allí, y se envió de inmediato a unos hombres a investigar y tomar posesión de lo que pudieran encontrar.
—Creo que algunos de nosotros deberíamos ir a casa —dijo Sam—. La tía Martha no se irá a dormir hasta que regresemos y estará muy preocupada.
Finalmente se decidió que Tom y Dick se quedarían en el hotel de Carwell durante la noche y Sam y su tío regresarían a casa en el carruaje. El tiro fue guardado en el establo del hotel, y luego todos fueron al comedor para una cena tardía.
—Tengo hambre como dos osos —anunció Tom.
—Bueno, no diré que no a una buena comida —respondió Sam.
Randolph Rover apenas pudo comer. Ahora que se daba cuenta de lo que había ocurrido, se reprochaba amargamente haberse dejado engañar tanto.
—Hablaron sobre agricultura científica solo para ponerme de buen humor —dijo amargamente—. ¡Lo veo todo! ¡Oh, si tan solo pudiera poner mis manos sobre ellos!
Después de que el señor Rover y Sam se marcharon, Dick y Tom vagaron por el hotel y sus alrededores durante tres horas. Esperaban ansiosos algún mensaje sobre los dos estafadores, pero no llegó nada. Luego, agotados por el día extenuante que habían pasado, se fueron a dormir y durmieron profundamente hasta la mañana.
Antes de desayunar, preguntaron por mensajes. Había uno de un pueblo llamado Bahan, diciendo que un coche verde con dos hombres había pasado por allí alrededor de medianoche. Pero los hombres no habían sido capturados y no se sabía qué había sido de ellos.
Al mediodía, la línea telefónica entre Oak Run y Carwell estaba en funcionamiento una vez más, y los muchachos enviaron un aviso a casa. Luego dejaron instrucciones en el hotel para que cualquier mensaje que llegara pudiera ser transmitido a la granja Rover.
—¡Bueno, nunca lo hubiera dicho! —gritó Dick de repente.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó su hermano.
—Ese ladrón de carga, y esas cosas en la cueva...
—Humph, se me había pasado por completo. Solo pensaba en los bonos del tío Randolph.
—Averigüemos si se ha hecho algo.
En la jefatura de policía local encontraron que acababa de llegar un carro cargado con las tres cajas llenas de mercancías localizadas en la cueva. Se seguía buscando a Dangler, pero hasta el momento no había sido localizado.
—Esto aclara el misterio de los robos de carga —dijo un agente a los muchachos—. Solo espero que podamos echarle el guante a Bill Dangler.
—¿Lo conoce? —preguntó Dick.
—Oh, sí. Hace años trabajaba para la división de carga del ferrocarril.
—¿Sabe algo de este Merrick y del tipo llamado Pike?
—No, pero nuestra idea es que los tres hombres estaban en el ajo juntos. Probablemente, este Merrick y este Pike llevaron a cabo este asunto de los bonos de la compañía de tracción como algo secundario.
—¿Han sido grandes los robos de carga? —preguntó Sam.
—No tanto a la vez, pero han estado ocurriendo durante meses, y el total de cuatro estaciones diferentes a lo largo de la línea suma varios miles de dólares.
—Bueno, espero que atrapemos a los tres hombres, y a cualquier otro que esté compinchado con ellos —dijo Dick, y luego él y Tom se alejaron. Un poco más tarde estaban en la carreta, camino a casa.
Cuando llegaron a la granja, descubrieron que su tío había enviado una larga carta a los directivos de la compañía de tracción, relatando con detalle lo ocurrido. A cambio, los funcionarios de la empresa dijeron que pondrían a un detective privado en el caso, y así se hizo. Pero pasaron las semanas y no se vio ni se supo nada de Merrick y Pike, y lo que había sido de los bonos desaparecidos seguía siendo un misterio.
—Tengo ganas de echar un vistazo a esa cueva donde estaba almacenada la carga robada —dijo Sam un día—. ¿Qué tal si vamos en coche hasta allí?
—Me parece bien —respondió Dick—. Quiero saber sobre otra cosa: esa caja de lata roja que vi colgando de un árbol.
—Oh, sí, me había olvidado de eso —intervino Tom—. Bueno, ¿vamos andando o en coche?
Se decidió ir en coche hasta la cueva y, sin saber cuánto tiempo estarían fuera, los muchachos llevaron un almuerzo.
—Ahora, cuiden de ustedes mismos —advirtió Randolph Rover—. No se caigan en más agujeros.
—¡Intentaremos tener cuidado! —gritó Tom.
Entonces Dick chasqueó el látigo y el tiro partió a buen paso, aunque el mayor de los Rover los mantenía bajo control. Era un día despejado y hermoso. Los muchachos no imaginaban la extraña aventura que les esperaba.
CAPÍTULO VII
UN EXTRAÑO BUZÓN
—No pasará mucho tiempo antes de que tengamos que volver a Putnam Hall —observó Sam mientras conducían—. ¡Querida y vieja escuela! ¡Cuánto la quiero!
—Es una lástima que nos estemos haciendo demasiado mayores para ir allí —dijo Tom—. Pero no podemos ser muchachos siempre.
—Me alegrará volver a ver a los otros compañeros —dijo Dick.
—¿Sabéis lo que pienso? —declaró Tom—. ¡Creo que los cadetes de Putnam Hall son el mejor grupo de muchachos del mundo!
—¿Lanzándote flores a ti mismo, Tom? —dijo Sam con una carcajada.
—Bueno, ¿no estás de acuerdo conmigo?
—Ciertamente, Sam, y el capitán Putnam es el mejor maestro del mundo. ¡Vaya, pero qué bien lo pasaremos cuando volvamos!
—Tendremos que organizar un banquete en honor a nuestro regreso —dijo Dick, y sonrió con esa sonrisa tranquila suya que significaba tanto.
La distancia a la cueva se cubrió pronto, y los muchachos ataron su tiro a un árbol en las cercanías. Entraron y descubrieron que todo, incluso las cajas vacías, había sido retirado. El lugar había sido explorado por varios curiosos.
—Es extraño que esta cueva no fuera descubierta antes —fue el comentario de Dick, después de que hubieran pasado media hora caminando por allí.
—Quizás la abertura hacia el camino no era tan grande antes —sugirió Tom—. Dangler puede haberla ampliado para poder entrar con el carro.
—Eso es verdad. Bueno, después de esto será un lugar habitual de picnic. Su fama se extenderá por kilómetros a la redonda. Y Dick tenía razón, la cueva es un sitio bien conocido en esa parte del estado de Nueva York hasta el día de hoy.
Los muchachos habían traído consigo dos linternas eléctricas de bolsillo, como se les llama —linternas que habían comprado durante su excursión por el río— y, con ellas encendidas, caminaron hasta la parte trasera de la cueva y a lo largo de los diversos pasadizos que subían por la ladera de la montaña.
—Aquí es donde caímos —dijo Dick, señalando el lugar.
—Ojalá pudiéramos salir, y aterrizar en la montaña, afuera —respondió su hermano menor. —Entonces, quizás, podrías localizar esa caja de almuerzo de hojalata, o lo que fuera.
—¡Me levantaría, Muy pronto, Si tuviera, Un gran globo!
cantó Tom alegremente. —Pero como no parece haber un globo a mano, ¿qué tal si intentamos subir? —añadió.
—Y hacer que se desplomen varias toneladas de tierra y roca sobre tu cabeza —dijo Dick—. Mejor ir despacio. Ya sabemos lo traicioneros que son estos agujeros. Saldrás de uno para meterte en otro peor.
—Traje un lazo conmigo —dijo Sam.
—¿Un lazo? —preguntaron los demás.
—Claro, el que compré cuando estuvimos en el oeste. Pensé que podríamos usarlo para escalar. Es ligero pero fuerte, y podemos enlazar un árbol o un tocón allá arriba con él.
—¡Hurra! ¡Sam ha resuelto el problema de cómo los hermanos Rover ascenderán en la vida! —exclamó Tom, alegremente—. Sam, demuestra tu habilidad sin falta.
—Muéstrenme el árbol o el tocón y lo haré —respondió su hermano con prontitud.
Lo mejor que pudieron, se arrastraron desde una parte del agujero hasta un punto que estaba algo más alto. Entonces encontraron una roca que sobresalía sobre ellos y Sam lanzó el lazo del suyo alrededor de esta.
—¿Aguantará? —preguntó Dick—. No querrás intentar subir y caerte.
Con precaución, Sam tiró del lazo. Se sostuvo y subió ayudándose con las manos, pues era un atleta bastante capaz. Luego le siguieron sus hermanos. Ahora estaban parados en una repisa de roca, y la parte superior del agujero todavía estaba a doce pies por encima de ellos.
—Ahí hay un árbol pequeño, Sam —dijo Tom, mirando hacia arriba—. Si puedes enlazarlo, creo que estaremos bien.
Una vez más, el menor de los Rover comenzó a usar el lazo. Al balancearse hacia arriba, no alcanzó el árbol y pasó silbando, perdiéndose de vista sobre el borde del agujero.
—¡Ay! —vino el grito inesperado desde arriba—. ¡Oh, mi ojo!
—¡Hola! ¡Has enlazado a alguien! —exclamó Dick.
—No sabía que hubiera nadie allá arriba —respondió Sam, mientras el lazo de la soga se deslizaba hacia abajo.
Los tres hermanos Rover miraron hacia arriba. Escucharon un movimiento apresurado entre los arbustos y vislumbraron brevemente el rostro de un hombre. Al instante, el hombre desapareció, murmurando algo entre dientes.
—¡Era Dangler! —exclamó Dick.
—¿Estás seguro? —preguntaron los otros dos, al unísono.
—Casi seguro.
Dick apenas había pronunciado las últimas palabras cuando cayó al agujero una lluvia de tierra y piedras, empujadas desde el borde superior. Los muchachos fueron golpeados por las piedras y algo de tierra les entró en los ojos. Luego cayó una segunda masa del mismo tipo.
—¡De... detente! —balbuceó Tom, cuando pudo hablar—. ¿Quieres matarnos?
No hubo respuesta, pero siguió cayendo más tierra y piedras, hasta que los muchachos quedaron casi cubiertos. No sabían qué hacer, hasta que Dick sugirió que se dejaran caer desde la repisa y buscaran refugio en la cueva. Mientras bajaban, una roca de buen tamaño los siguió, rozando el hombro de Tom y haciéndolo soltar un grito agudo de dolor.
—¿Estás herido, Tom? —preguntaron sus dos hermanos.
—Oh, no es mucho —jadeó Tom—. ¡Pero ojalá pudiera poner mis manos sobre ese sinvergüenza, eso es todo!
—Ahora estoy seguro de que debe ser Dangler —dijo Dick—. Nadie más por aquí intentaría hacernos daño. Está furioso porque lo hemos expuesto. Debe saber que los agentes de la ley lo están buscando.
—Ojalá pudiéramos atrapar al sinvergüenza —murmuró Tom.
—¿Qué tal si subimos la montaña desde afuera? —sugeriró Sam—. Es un día perfectamente despejado y aún es temprano. Ya seremos lo suficientemente listos como para cuidarnos de las trampas. Si podemos atrapar a este Dangler, los tres deberíamos ser capaces de manejarlo.
—Si vamos a intentar algo así, debemos darnos prisa —respondió Dick—. No permanecerá mucho tiempo en esta localidad, ahora que sabe que ha sido descubierto.
—Quizás piensa que no lo vimos —dijo Tom.
—Bueno, eso estará a nuestro favor. Pero sabrá que alguien irá tras él por haber arrojado la tierra y las piedras.
Después de haber almorzado apresuradamente y haberlo bajado con agua de un manantial cercano, los tres muchachos comenzaron el ascenso de la montaña. Fue un trabajo duro que los hizo sudar profusamente.
—Me alegro de no ser gordo —dijo Tom—. Si lo fuera, seguro estaría sin aliento.
—Creo que será mejor que nos mantengamos en silencio tan pronto como lleguemos a las cercanías de los agujeros —advirtió Dick.
Media hora de dura escalada llevó a los muchachos a la vecindad donde habían caído primero en los agujeros que conducían a la cueva, y luego avanzaron con cautela y en un silencio casi absoluto. Se detuvieron a escuchar varias veces, pero no oyeron nada más que el canto de algunos pájaros y el goteo de agua sobre las rocas.
Al llegar a la cima del agujero desde donde se habían arrojado la tierra y las piedras, miraron a su alrededor con interés. Donde el suelo estaba blando, pudieron ver huellas de zapatos mucho más grandes que los que ellos mismos usaban.
—Aquí está su rastro, alejándose —dijo Dick, tras un examen minucioso.
—¡Ahí está tu caja de hojalata! —gritó Sam, señalando el objeto, que aún colgaba de un árbol distante.
—Espera a que vea qué hay dentro —respondió su hermano mayor—. No llevará más de un minuto o dos.
—¡Cuidado con los agujeros! —advirtió Tom.
Abriéndose paso a través de la maleza, Dick se acercó a la caja de hojalata colgante. Era un objeto pequeño y ahora estaba abierta. Se sintió seguro de que cuando la había visto antes, estaba cerrada.
La caja resultó estar vacía y Dick, de alguna manera, se sintió decepcionado. Miró al suelo y vio varios trozos de papel, algunos de aspecto antiguo y otros nuevos. Recogió algunos de los trozos y vio que habían sido escritos a lápiz, pero las palabras o partes de palabras eran indescifrables.
—Bueno, ¿qué sacas de esto? —preguntó Sam, mientras él y Tom se acercaban.
—Creo que sé lo que es esto —respondió Dick.
—¿Qué?
—Una especie de oficina de correos privada. Alguien tenía la costumbre de dejar mensajes aquí, y Dangler o alguien más recogía los mensajes de vez en cuando.
CAPÍTULO VIII
ÚLTIMOS DÍAS EN LA GRANJA
—Creo que tienes razón —dijo Tom, después de que él también hubiera examinado algunos de los trozos de papel esparcidos por todas partes—. Aquí está la palabra "caja" y aquí está la palabra "sábado".
—Sí, y aquí están las palabras, "carga rápida" —añadió Sam—. Esto no era más que un buzón para los ladrones de carga.
—¿Pero por qué se colocó aquí? —preguntó Dick—. Es un lugar muy apartado y difícil de alcanzar.
—Quizás alguien tenía que venir por este camino —respondió Tom—. Mira, aquí hay algo parecido a un rastro.
—¡Sí, y aquí están esas mismas huellas grandes! —exclamó Sam—. Por lo que sabemos, pueden conducir a alguna casa o choza en la ladera de la montaña.
Tras haber recogido la mayoría de los trozos de papel y guardarlos en sus bolsillos para un examen futuro, los tres hermanos Rover siguieron el camino o rastro que habían descubierto. Este conducía a lo largo de la ladera de la montaña hasta donde había un pequeño claro, respaldado por una serie de rocas de las que brotaba un manantial, brillando intensamente bajo la luz del sol.
—Me gustaría tomar otro trago —dijo Sam; —tengo una sed terrible hoy.
—¡Espera! —advirtió Dick, y sujetó a su hermano menor por el brazo.
—¿Qué pasa, Dick?
—Veo una cabaña de troncos... allá arriba, entre los árboles.
—¡Sí, y veo a Dangler! —gritó Tom, de repente—. ¡Allí va, con un gran fardo sobre el hombro! —y señaló hacia la parte trasera de la cabaña. Un hombre estaba desapareciendo justo detrás de un borde de maleza. El fardo que llevaba parecía estar atado en una manta de caballo. Corría tan rápido como podía.
Por un momento, los muchachos no supieron qué hacer. Luego corrieron hacia la cabaña y entraron. Solo contenía una habitación, y pronto descubrieron que estaba desierta. En la chimenea un fuego estaba ardiendo lentamente, y los restos de una comida yacían esparcidos sobre una caja que servía como mesa.
—Este debe haber sido el escondite de Dangler —fue el comentario de Dick—. Debe haber vuelto por sus cosas.
—Sí, y esto explica por qué ese extraño buzón estaba colocado allá atrás —dijo Tom.
—¿No van a intentar atraparlo? —preguntó Sam, con impaciencia.
—Por supuesto —respondió Dick, y salió corriendo, y los demás tras él.
—¡Retrocedan! —oyeron gritar a Dangler, mientras aparecían en el camino detrás de la cabaña de troncos—. ¡Retrocedan, o será peor para ustedes!
—¡Detente! —llamó Dick—. Será mejor que te rindas, Dangler; estás destinado a ser atrapado en algún momento.
—¡Ni hablar! Estoy armado y les advierto que se mantengan atrás —respondió el ladrón de carga, y entonces una curva del camino lo ocultó de su vista.
—¿Crees que se atrevería a disparar? —preguntó Tom.
—No se puede decir lo que hará un hombre desesperado —respondió Dick—. Será mejor que seamos cautelosos.
Después de eso, avanzaron con cuidado. Pronto el camino salió a una carretera de montaña, la cual pasaba sobre algunas rocas y cruzaba otras dos carreteras. No vieron más a Dangler, y las huellas habían desaparecido.
—Se nos ha escapado —dijo Tom, deteniéndose y descansando sobre un árbol caído—. ¡Maldita sea la suerte!
—Volvió a la cabaña por sus cosas —reflexionó Sam—. Supongo que va a abandonar el vecindario, y quizás para siempre.
Decepcionados por su fracaso al atrapar al ladrón de carga, los muchachos miraron a su alrededor por un rato y luego volvieron sobre sus pasos hacia la cabaña de troncos. Allí encontraron varios artículos viejos de vestir y algunos periódicos.
—Aquí hay un sobre —dijo Sam, pescando el objeto de detrás de la caja que había servido como mesa—. Está dirigido a William Dangler. Debe haber sido alguna carta que recibió.
—¿Hay algo dentro?
—No.
—¿Cuál es el sello postal?
—Está casi borrado —dijo Sam. Llevó el sobre hacia la luz—. ¡Bueno, me declaro! ¡Ithaca!
—¡Ithaca! —gritó Tom.
—¡Vaya, esa es la ciudad en la que paramos para tomar el barco hacia Putnam Hall! —exclamó Dick.
—Lo sé.
—Esto es interesante, por decir lo menos —fue el comentario del mayor de los hermanos Rover—. ¿Me pregunto si Dangler tendrá amigos o cómplices en Ithaca?
—Debemos notificar a la policía sobre esto —dijo Tom—. Y cuanto antes, mejor.
Satisfechos de que no podían aprender nada más permaneciendo alrededor de la cabaña de troncos, los muchachos partieron, y en menos de una hora estaban en su coche de caballos, dirigiéndose a la granja. Desde ese lugar llamaron a las autoridades y les informaron de lo que habían descubierto. Se organizó de inmediato otra búsqueda de Bill Dangler, pero el sinvergüenza no fue capturado.
Al día siguiente, el Sr. Anderson Rover regresó a casa, y los muchachos y Randolph Rover tuvieron que ponerlo al tanto de todo lo que había sucedido. Sacudió la cabeza cuando escuchó sobre los bonos no registrados.
—Me temo que nunca los volverán a ver, Randolph —le dijo a su hermano.
—Me temo que yo también —fue la triste respuesta.
Anderson Rover había regresado a casa para despedir a sus muchachos antes de que regresaran a la escuela.
—Quiero que aprovechen al máximo sus oportunidades mientras estén en Putnam Hall este trimestre —dijo—, porque será el último.
—Sí, lo sé —respondió Tom—. ¿Pero después de eso, qué?
—Hablaremos de eso más tarde, Tom. Deben ir a la universidad o prepararse para entrar en el mundo de los negocios.
—¡Me gustaría ir a la universidad! —intervino Dick.
—A mí también, si supiera qué clase de lugar era —añadió Tom.
—Si fuera un lugar tan bueno como Putnam Hall, aceptaría sin dudarlo —dijo Sam.
Los siguientes días pasaron rápidamente. Durante ese tiempo, Dick recibió una carta de Dan Baxter, el antiguo acosador de Putnam Hall, que le interesó bastante. Esta carta decía, en parte, lo siguiente:
"Me alegra decir que ahora me va bastante bien. Intenté en varios puestos y ahora soy vendedor viajero para una gran casa de alfombras. Gano quince dólares por semana, con todos mis gastos pagados y una comisión por ventas, así que me considero afortunado.
Cuando recuerdo lo que alguna vez fui, Dick, apenas puedo darme cuenta del cambio que ha ocurrido. Pero me siento más feliz de lo que nunca fui, y tengo la esperanza de que viviré para convertirme en un hombre de bien todavía. Estoy tratando de abandonar todos mis malos hábitos, y no he fumado, ni bebido un vaso de licor, desde que los dejé en el sur."
* * * * *
—Ese es el tipo de carta que me gusta recibir —dijo Dick, mientras dejaba que sus hermanos leyeran la misiva—. Le hace bien al corazón de uno, ¿no es cierto?
—Me alegra que le hayamos dejado tener esos cien dólares —dijo Sam—. ¿Crees que los devolverá?
—Aquí hay una posdata en la que dice que enviará un giro postal la próxima semana.
—Ciertamente tiene la intención de enderezar su camino —dijo Tom—. Bueno, ahora que ha pasado página, le deseo la mejor de las suertes.
Casi antes de que se dieran cuenta, era hora de dejar la granja y emprender el viaje hacia Putnam Hall. A todos les entristeció verlos partir.
—¡No puedo soportar que ustedes, muchachos, se vayan de ninguna manera! —se lamentó Aleck Pop—. ¡Simplemente no parece natural que se hayan ido, eso es lo que es!
—Oh, volveremos algún día, Aleck —respondió Dick—. Y si nos vamos de viaje más tarde, quizás te llevemos con nosotros.
—Casi desearía ser camarero otra vez en el Hall —suspiró el hombre de color.
—No pueden prescindir de ti aquí —dijo Sam.
—Oh, lo sé, Sam.
Los baúles de los muchachos habían sido empacados y enviados por adelantado, así que todo lo que llevaban con ellos eran sus maletas de mano. Su padre los llevó a la estación de ferrocarril en Oak Run, y su tía y su tío y los demás en la granja salieron al porche para despedirlos.
—Ahora sean buenos chicos —amonestó su tía Martha—. Y cuídense y no se enfermen.
—Y asegúrense de estudiar todo lo que puedan —dijo su tío Randolph—. Recuerden que nada es tan grandioso como aprender en este mundo.
—¡Manténganse fuera de problemas! —gritó Aleck Pop, agitando un dedo de advertencia hacia Tom, quien sonrió ampliamente.
Y entonces el carruaje partió, y comenzó el viaje hacia Putnam Hall.
CAPÍTULO IX
EN EL ESPECTÁCULO DEL OESTE
Como mis antiguos lectores saben, Putnam Hall estaba ubicado no lejos del pueblo de Cedarville, en el lago Cayuga. Para llegar a la escuela, los muchachos tenían que tomar un tren hasta Ithaca y luego abordar un pequeño vapor de lago que hacía escala en Cedarville y en varios otros puntos a lo largo de la orilla.
—Parece que ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos en el Hall —observó Dick, mientras se acomodaban en el tren.
—¡Y cuántas cosas han pasado desde entonces! —exclamó Sam—. Les diré una cosa, tendremos una historia que contar a los demás, ¿no es así?
—Supongo que Songbird, Fred y Hans Mueller ya han contado todo —respondió Tom—. Lo más probable es que Songbird haya inventado algunos versos al respecto.
El viaje a Ithaca tomó varias horas, y almorzaron al mediodía en el coche comedor. Era un día hermoso, y los muchachos disfrutaron del paisaje tanto como si nunca lo hubieran visto antes.
—Espero que podamos hacer una buena conexión para Cedarville —dijo Sam mientras dejaban el tren y comenzaban a caminar hacia el muelle desde el cual el Golden Star hacía sus viajes en el lago. Pero estaban destinados a la decepción: el barco de vapor había tenido una avería y se retrasaría dos horas o más.
Como no había nada que hacer más que esperar, los muchachos facturaron sus maletas de mano y luego comenzaron un paseo por la ciudad. Pronto se enteraron de que un espectáculo del Salvaje Oeste estaba dando una exhibición allí y, por lo tanto, el lugar estaba lleno de gente de los distritos circundantes.
—No me importaría ir al espectáculo del Salvaje Oeste —observó Tom—. ¿Creen que tengamos tiempo?
—Podríamos pasar una hora allí de todos modos —respondió Sam.
—Depende de dónde se vaya a celebrar el espectáculo —dijo Dick.
Pronto se enteraron de que los terrenos del espectáculo no estaban lejos, y se dirigieron hacia allí. La exhibición ya había comenzado, y entraron dentro del recinto parecido a una gran carpa tan rápido como pudieron.
El espectáculo era bastante bueno, y los muchachos disfrutaron plenamente de las habilidades de equitación de los vaqueros y del tiro al blanco con rifle. Luego vinieron algunas cabalgatas salvajes de verdaderos indios.
—Casi hace que uno sienta como si quisiera estar él mismo sobre un caballo —dijo Tom. Le gustaba mucho montar a caballo.
—Oigan, quiero que miren hacia allá —dijo Sam, señalando los asientos a cierta distancia—. ¿Ven a ese hombre sentado cerca de la parte inferior, justo al lado de ese chico con la cesta de cacahuetes?
Tom y Dick miraron en la dirección señalada, y el mayor de los Rover dio un respingo.
—Sam, ¿crees que es el tipo llamado Merrick? —exclamó.
—¿No se le parece?
—Ciertamente se le parece —dijo Tom—. Y, por cierto, ¿no recuerdas sobre ese sobre recogido en la cabaña de troncos? Tenía el sello postal de Ithaca.
—¡Es verdad! Quizás este Merrick vive aquí.
—Vamos hacia allá y echemos un vistazo más de cerca —dijo Dick, y dejó su asiento, seguido por los otros.
Había una gran multitud, así que tuvieron algo de dificultad para abrirse camino hasta donde estaba el hombre. En su prisa, Dick tropezó contra un camarero que vendía limonada y derramó el contenido de dos vasos en el suelo.
—Disculpe —dijo.
—¡Hola! Tienes que pagar por la limonada —rugió el camarero, con enfado—. ¡Paga, payaso torpe!
—Escuche, buen hombre, le pagaré, pero quiero que entienda que no puede llamarme payaso —dijo Dick, con enfado.
—¡Ah! ¡Vete a paseo! ¡Paga, entiendes?
—Aquí está su dinero —y Dick extendió diez centavos—. Ahora, ¿soy un payaso o no?
—Bueno, eh...
—¿Lo soy o no? —y el mayor de los hermanos Rover cerró los puños. Sabía que debía "tomar al toro por los cuernos" con un individuo así ante él.
—Disculpe —masculló el sujeto y se alejó—. Yo... eh... supongo que no pudo evitarlo.
Sam y Tom se habían adelantado y ahora estaban cerca del hombre que creían que era Merrick.
—¡No hay error aquí! —declaró Sam, al ver de frente y claramente el rostro del sujeto.
—¡Nos ha visto! —exclamó Tom, un segundo después—. Está tratando de escapar.
El chico tenía razón, Merrick los había visto. Estaba muy asombrado, pues no había imaginado que estuvieran en esa vecindad. Dejó su asiento a toda prisa y, abriéndose paso a codazos entre la multitud, comenzó a dirigirse hacia la entrada del recinto parecido a una gran carpa.
Para entonces, Dick se estaba acercando y Sam y Tom rápidamente lo pusieron al tanto de lo que estaba sucediendo. Los tres Rovers empujaron a través de la gran multitud tras Merrick, pero antes de que pudieran acercarse, el sinvergüenza ya estaba afuera y corriendo entre una serie de carruajes y vagones estacionados en esa vecindad.
—¡Vengan tras él! —gritó Tom—. ¡Debemos capturarlo si podemos!
Salieron corriendo a gran velocidad, pero Merrick también podía correr, y el miedo ahora daba velocidad a sus pies voladores. El estafador siguió adelante, con los hermanos Rover a menos de una manzana detrás de él. Luego, al llegar a una serie de edificios altos, Merrick dobló una esquina y desapareció de la vista.
Cuando los hermanos Rover llegaron a la esquina, miraron en todas direcciones buscando al hombre. Solo había unas pocas personas cerca, pues la mayoría de los habitantes del pueblo estaban en el espectáculo.
—Me pregunto si siguió derecho o si tomó alguna calle lateral —reflexionó Dick.
—Yo seguiré derecho —dijo Sam—. Dick, tú puedes tomar una calle lateral y Tom puede tomar la otra —y el menor de los Rover se alejó con un nuevo estallido de velocidad.
El consejo de Sam fue considerado bueno y, al poco tiempo, todos los muchachos se habían dispersado. La calle que siguió Tom estaba bordeada de altos edificios de viviendas y terminaba poco más que en un callejón.
Al llegar a otra esquina, Tom se detuvo y miró en todas direcciones. Al girar la cabeza, vio a un hombre asomarse por la puerta de un edificio. Entonces, la cabeza fue retirada rápidamente hacia adentro.
—¡Merrick! —masculló Tom para sí mismo, y se volvió hacia el edificio, que tenía cuatro pisos de altura. A un lado había una especie de callejón y más allá había otros edificios de viviendas, y la parte trasera de una gran estructura utilizada como fábrica y oficinas.
Tom encontró la puerta principal del edificio abierta de par en par y no dudó en entrar. No se veía a nadie, pero escuchó pasos apresurados en el piso de arriba.
—¡Merrick! ¡Más te vale rendirte! —gritó—. ¡Baja aquí!
—¡Ocúpate de tus asuntos, jovencito! —llegó la respuesta—. ¡Si intentas seguirme, te irá de lo peor!
Sin dejarse intimidar por esta amenaza, Tom subió las escaleras de dos en dos. Mientras lo hacía, escuchó a Merrick subir un segundo tramo y luego un tercero.
—Debe de pensar que puede esconderse en el tejado —pensó Tom—. Bien, lo acorralaré si puedo.
Mientras Tom corría por el pasillo del tercer piso, una puerta se abrió y una anciana le salió al paso.
—¿Qué quereis aquí? —preguntó ella, con marcado acento irlandés.
—Voy tras un ladrón —respondió Tom.
—¡Un ladrón! Claro que no hay ladrones en esta casa.
—Acaba de entrar aquí desde la calle.
—¡Por Dios, ¿es eso cierto ahora? ¿Adónde fue?
—No lo sé. ¿Cómo se llega al tejado?
—Por la escalera al fondo del pasillo.
La anciana señaló la dirección y Tom se apresuró. Pronto llegó a una escalera de madera común que conducía a una escotilla, la cual estaba abierta de par en par. Mientras el joven subía, la escotilla fue cerrada de golpe, golpeándole casi en la coronilla. Luego escuchó pasos apresurados cruzando el tejado.
—Tal vez piense que puede saltar a uno de los otros edificios —se dijo Tom—. Bueno, si él puede hacerlo, yo también.
Empujó la escotilla con dificultad, pues era pesada. Luego, con cautela, pues no quería recibir una patada en la cabeza, miró alrededor del tejado del edificio. No se veía a nadie.
Con precaución, Tom salió al tejado. Varias chimeneas no estaban lejos, y se preguntó si Merrick estaba escondido detrás de ellas.
—Ojalá tuviera un garrote o algo así —pensó—. Me costaría mucho trabajo aquí arriba si llegara a producirse una pelea cuerpo a cuerpo.
Con los ojos alertas, Tom se dirigió a una chimenea y luego a otra. El estafador no estaba allí, ni tampoco en el tejado contiguo. Entonces el joven se puso a gatas y miró por el borde del edificio, hacia el lado del callejón. Allí había una escalera de incendios de hierro que bajaba desde el cuarto piso hasta el segundo. En la escalera de incendios vio a Merrick, descendiendo al suelo con toda la rapidez posible.
CAPÍTULO X
ALEGRES VIEJOS COMPAÑEROS DE ESCUELA
Evidentemente, el estafador se había dejado caer desde el tejado hasta el rellano superior de la escalera de incendios. Ahora estaba casi abajo.
—¡Detente! —gritó Tom, pero sabía que la orden era inútil. Al oír su voz, Merrick miró hacia arriba y masculló algo que el muchacho no pudo entender. Luego se balanceó desde el rellano inferior de la escalera de incendios y se dejó caer al suelo.
—Si él puede bajar de esa manera, yo también —pensó Tom, y en otro momento estaba descendiendo la escalera de la misma forma que lo había hecho el estafador. Al llegar al segundo rellano de la escalera, vio a Merrick doblar la esquina del callejón y desaparecer en la calle de más allá.
Cuando Tom salió a la calle, casi choca contra los brazos de dos hombres corpulentos que habían salido del edificio. Ambos lo atraparon por los brazos.
—¿Qué significa esto, jovencito? —preguntó uno, salvajemente—. ¿Haciendo el papel de carterista?
—Voy tras un ladrón —fue la respuesta—. ¿Vieron a un hombre salir corriendo?
—No, y no creemos que hubiera ningún hombre —respondió uno de los inquilinos del edificio.
—Bueno, sí había un hombre —dijo Tom—. Vamos, si me ayudan a atraparlo, los recompensaré bien.
—¿Qué robó?
—Unos bonos por valor de diez mil dólares; pertenecían a mi tío —explicó Tom rápidamente.
La promesa de una recompensa hizo que los hombres prestaran atención y pronto aceptaron ayudar a Tom tanto como fuera posible. Entonces Dick y Sam aparecieron a la vista y tuvieron que ser informados de lo que había sucedido.
Los dos hombres conocían bien el distrito de edificios y fábricas, y encabezaron una búsqueda que duró más de media hora; un policía también fue llamado al servicio.
—He oído hablar de ese caso de los bonos —dijo el policía—. Me gustaría poner mis manos sobre Merrick.
Pero la búsqueda fue inútil, pues Merrick no pudo ser encontrado. Por sus molestias, Tom les dio un dólar a cada uno de los hombres del edificio, con lo que tuvieron que conformarse. El policía prometió informar del asunto en la comisaría y, como no parecía haber nada más que hacer, los tres hermanos Rover caminaron hacia el muelle del barco de vapor, no sin antes enviar un telegrama a Randolph Rover relatando brevemente lo ocurrido.
—Es una gran lástima que no hayamos atrapado a este Merrick —suspiró Tom mientras navegaban a lo largo de la orilla del lago—. Quizás nunca volvamos a verle ni sepamos de él.
—Bueno, no queremos tanto a Merrick como los bonos de la compañía de tracción del tío Randolph —respondió Dick—. Si él se ha deshecho de los bonos, no servirá de mucho atraparlo, a menos que, por supuesto, pueda recuperar los bonos.
—Y puede que él no tuviera los bonos —añadió Sam—. Ese tal Pike pudo haberlos manejado.
—Eso también es cierto, aunque de alguna manera creo que Merrick es el principal instigador de esta estafa.
—Yo también lo creo —dijo Tom.
El Golden Star era un pequeño y elegante barco de ruedas laterales con una cubierta de tamaño razonable a proa y popa. Los muchachos se sentaron en la cubierta de proa y, mientras el barco recorría la orilla del lago, señalaban muchas localidades conocidas por ellos.
—Ahí es donde fuimos a la persecución de papel —dijo Sam.
—Sí, y ahí es donde fuimos a uno de los campamentos —añadió Tom.
—Vinimos a pescar por aquí una vez —intervino Dick—. Uno de los muchachos cayó por la borda.
—Fue John Fenwick, el tipo al que solíamos llamar Mumps —dijo Tom—. Por cierto, me pregunto qué habrá sido de él.
—Se fue al oeste, creo —respondió Sam—. Uno de los chicos dijo que estaba en el negocio de seguros con algún pariente.
—Era un gran adulador de Dan Baxter.
—Lo era, pero también tenía algunas virtudes.
Así siguió la charla hasta que llegaron a Cedarville. Debido al retraso, ya estaba oscuro y los muchachos se preguntaban si encontrarían algún medio de transporte que los llevara a la Academia.
—¡Hola, ahí está Peleg Snuggers con el carruaje! —gritó Sam, cuando apareció el hombre de servicios generales de la escuela—. ¿Cómo estás, Peleg?
—De primera —respondió el hombre, sonriendo—. Llevo mucho tiempo esperándolos.
—Lo sentimos, pero no pudimos hacer que el capitán apresurara el barco —respondió Dick.
—Peleg, eres un espectáculo para ojos cansados —dijo Tom, dándole un apretón a la mano del hombre que le hizo estremecerse—. ¿Cómo está tu abuela?
—Bueno, señor Tom, yo no tengo...
—¿Y tu tatarabuelo? ¿Ya se ha recuperado de la erupción?
—Bueno, señor Tom, yo no tengo...
—¿Y tu primo segundo por parte de la hermana de tu primera esposa? ¿Se recuperó del ataque al corazón que le dio cuando al canario le dio un ataque?
—Ahora, mire aquí, señor Tom, no se ponga a bromear con un viejo...
—¿Bromeando, Peleg? —respondió Tom, solemnemente—. Sabes que nunca bromeo. —Y adoptó una expresión de ofendido.
—No bromea, ¿eh? Bueno, si usted no es el bromista más grande que jamás haya visto Putnam Hall, entonces me comeré mi sombrero —declaró Peleg—. Suban y no me pregunten por abuelos, hermanas de esposas, ni nada. ¿No tienen hambre?
—¿Hambre? Podría comerme un ladrillo frito en aceite de limón.
—Entonces, si no se dan prisa, no recibirán ni la cena.
—Oh, la señora Green conseguirá algo para nosotros, no temas —dijo Dick, mencionando a la matrona de Putnam Hall, quien era una mujer bondadosa y generosa, aunque un poco "picante" a veces.
—¿Están todos los demás chicos aquí ya? —preguntó Dick mientras se alejaban en dirección a Putnam Hall.
—Supongo que la mayoría lo está, señor Dick. Con tantos yendo y viniendo apenas puedo llevar la cuenta.
—¿Están de vuelta Fred Garrison, Songbird Powell y Hans Mueller? —preguntó Sam.
—Sí, y me contaron unas historias maravillosas de sus andanzas por el sur.
—¿Están aquí Larry Colby y George Granbury? —preguntó Dick.
—Sí.
—Me alegrará volver a ver a Larry y a George —continuó Dick—. Supongo que tendrán algo que contar sobre lo que hicieron durante las vacaciones.
—Cada vez que vengo al Hall, pienso en la primera vez que vine —dijo Tom—. ¿Recuerdan cómo hice estallar aquel petardo gigante?
—Sí, y cómo el viejo Josiah Crabtree te puso bajo arresto por ello —añadió Sam—. Me pregunto dónde estará ahora el viejo Crabtree.
—Está fuera de prisión —respondió Peleg Snuggers—. Eso lo supe por un hombre en Cedarville. El hombre dijo que Crabtree se fue a Canadá.
—Espero que se quede allí y nunca intente molestar a la señora Stanhope otra vez —fue el comentario de Dick.
Habían recorrido aproximadamente la mitad del camino hacia el Hall cuando se oyó un grito en la carretera y Peleg Snuggers tuvo que frenar su tiro. Entonces aparecieron varios muchachos, vestidos con uniformes de cadetes, pues Putnam Hall era una academia militar.
—¡Hurra! ¡Aquí están, muchachos! ¡Vivan los Rover!
—¡Rovers de nombre y rovers por naturaleza!
—Dime, Tom, ¿qué se siente al estar a la deriva en el Golfo de México?
—Sam, ¿no quieres convertirte en un vaquero de verdad?
—Dick, cuando compre una casa flotante, te contrataré como capitán.
Entonces, los estudiantes en el camino subieron al carruaje y se abalanzaron sobre los Rover, abrazándolos y tratando de darles la mano al mismo tiempo.
—Larry, me alegra verte, pero por favor no me ahogues.
—Te querré, George, solo con que no me claves el codo en las costillas.
—Sabía que Fred vendría a recibirnos.
—Me das el honor de esto —dijo Hans Mueller—. Les dije a esos muchachos que vinieran ya.
—¡Bien por ti, Hansy, viejo amigo! —gritó Sam, y le dio al cadete alemán un fuerte abrazo.
—Songbird, ¿por qué no abres la tubería de poesía y dejas que fluya? —preguntó Larry Colby, quien, a pesar de ser oficial de una de las compañías, era tan alegre como el resto de los estudiantes.
—Sí, danos algo a toda costa —dijo Tom—. Algo sobre "noche silenciosa", "recuerdos entrañables", "gatos hambrientos" y cosas así.
—¡Hum! ¡"Noche silenciosa" y "gatos hambrientos"! —resopló Songbird Powell—. Debes pensar que dirijo un molino de picadillo en lugar de...
—¡De ninguna manera, querido Songbird! —exclamó Tom—. Todos sabemos que eres el único dueño de la fábrica de poemas más grande del estado de Nueva York. Deja que fluya, por favor.
—Si no recitas, cantaremos —dijo Dick.
—No, no hagan eso todavía —suplicó Songbird—. Tengo un verso o dos ya listos —y comenzó, en tonos lentos y medidos:
—¡De vuelta al querido y viejo Putnam Hall! ¡De vuelta a los días de antaño! ¡De vuelta a los buenos tiempos que tuvimos! ¡Que tengamos muchos más! De vuelta a nuestras lecciones y libros, Y a los maestros también, De vuelta a los ejercicios y las horas libres...
—¡Y al estofado de cordero! —terminó Tom—. No te olvides de incluir los maravillosos estofados de cordero de la señora Green.
—¡Nada de estofados de cordero en esto! —resopló Songbird—. La última línea era: "Cuando los días eran brillantes y azules" —y luego continuó:
—Nos encanta reunirnos aquí de nuevo, Y hablar de los tiempos por venir, Y tramar y planear, y planear y tramar... Y planear y tramar... y tramar y planear... Y planear... y planear... y planear...
—Songbird, has tramado y planeado demasiado —interrumpió Dick, mientras el aspirante a poeta dudaba—. Cantemos una canción.
—¡Eso es lo que hay que hacer! —gritó Fred Garrison, y comenzó la canción bien conocida por todos ellos:
—¡Putnam Hall es el lugar para mí! ¡Tra la lee! ¡Tra la lee! ¡Putnam Hall es el lugar para mí! ¡La mejor escuela vieja que conozco!
Y entonces, mientras el carruaje entraba al campus, entonaron el grito de guerra de la escuela, lo que atrajo a una veintena de estudiantes para presenciar la llegada de los hermanos Rover.
CAPÍTULO XI
WILLIAM PHILANDER TUBBS
Como saben mis viejos lectores, Putnam Hall era una hermosa estructura de ladrillo y piedra situada en el centro de un gran terreno, limitado en dos lados por bosques de cedros. Al frente estaba el campus y el camino de carretas, y más allá, una pendiente que conducía al lago. En la parte trasera había ricas tierras de cultivo, cultivadas únicamente para beneficio de la institución. Además de la escuela, había un edificio equipado como gimnasio, y también varios graneros y cocheras. El Hall estaba construido en forma de letra E y tenía tres pisos de altura. Contenía numerosas aulas, una oficina privada, un gran comedor y dormitorios tanto grandes como pequeños.
El director de la escuela era el capitán Victor Putnam, quien era soltero y tan amable como estricto. El capitán Putnam era graduado de West Point y había modelado su escuela siguiendo, en cierto modo, a esa famosa institución gubernamental. Cuando la escuela se organizó por primera vez, los hermanos Rover no fueron allí, pero sí otros muchachos brillantes y vivaces, y lo que estos cadetes lograron ya ha sido relatado en una serie de historias llamadas "La serie de Putnam Hall", que comienza con "Los cadetes de Putnam Hall". Estos muchachos tuvieron algunas peleas terribles con el asistente principal, Josiah Crabtree, y se alegraron cuando aparecieron los Rover e hicieron que las cosas fueran tan difíciles para Crabtree que tuvo que irse. George Strong era ahora el primer asistente en lugar de Crabtree, y los cadetes lo consideraban un maestro según su propio corazón.
—¡Hurra! ¡Aquí están los Rover! —fue el grito desde el campus—. ¡Bienvenidos de vuelta!
—Muchachos, me alegra verlos de nuevo —dijo el capitán Putnam, mientras aparecía en la puerta principal y les daba la mano—. Por lo que he oído, han tenido momentos bastante extenuantes durante las pasadas vacaciones.
—Es verdad, capitán —respondió Dick—. Me alegra estar de vuelta.
—A mí también me alegra —dijeron Tom y Sam, y todos se dieron la mano. Luego se les dijo a los muchachos que fueran al comedor, donde les esperaba una cena caliente. Allí la señora Green los recibió con su rostro redondo, sonrosado y sonriente.
—He oído historias maravillosas de ustedes —dijo la matrona—. Declaro que tendrán que ir a un museo.
—No hasta después de cenar, de todos modos —respondió Tom, secamente. Y entonces todos los presentes se rieron.
Terminada la cena, los muchachos subieron a su dormitorio, y allí se apiñaron tantos cadetes como pudieron, para hablar sobre las andanzas de las vacaciones pasadas. Larry Colby había pasado el tiempo en la costa de Maine, y George Granbury había estado en las Mil Islas y en Montreal.
—Sí, Crabtree está en Canadá —dijo George—. Lo vi en Montreal, y puedo decirles que se veía bastante desaliñado.
—Bueno, merece estar desaliñado —fue el comentario de Dick. No podía olvidar cómo el antiguo maestro había intentado hipnotizar a la viuda Stanhope para que se casara con él, para poder obtener posesión del dinero que ella guardaba en fideicomiso para Dora.
Por supuesto, todos los muchachos querían saber sobre Dan Baxter, pues había sido un personaje destacado en el Hall durante muchos años. Algunos negaron con la cabeza ante la idea de que el antiguo matón se reformara.
—Será la mayor sorpresa de la que haya oído hablar —fue el comentario de Larry.
—Lo hará, marquen mis palabras —dijo Dick.
—Esperemos que así sea —dijo George.
—Bueno, parecería que Putnam Hall no sufrirá por falta de un matón —dijo Fred—. Tenemos uno nuevo aquí que es tan malo como Dan Baxter lo fue alguna vez.
—¿Quién es? —preguntó Dick, con interés.
—Un tipo llamado Tad Sobber. Es un sujeto grande y autoritario sin apenas educación, y quiere gobernar a todos. No puedo entender cómo el capitán Putnam lo aceptó como alumno.
—Vino con buenas recomendaciones, por eso —respondió Songbird—. Pero supongo que el capitán se ha enterado de que la recomendación era falsa.
—No me gobernará a mí —dijo Tom, con decisión.
—Aquí no queremos matones —intervino Dick—. El día para todos ellos ya pasó.
—¡Eso decimos todos! —gritaron varios cadetes.
En ese momento llamaron a la puerta y entró un joven alto, con un cuello inusualmente alto y puños muy grandes.
—Bueno, si no es nuestro viejo amigo, ¡William Philander Tubbs! —gritó Dick, corriendo hacia adelante y estrechando la mano del estudiante elegante.
—¡Hola, Tubbsey, viejo amigo! —dijo Tom, alegremente—. ¿Cuál es el precio de la mejor colonia ahora?
—Muy... ah... me alegra verte de nuevo —dijo Tubbs arrastrando las palabras—. Pero... er... por favor, no me llames Tubbsey, porque ese no es mi nombre, ¿sabes?
—Por supuesto, Buttertub... quiero decir Washtub —respondió Tom—. ¿Te has rizado el pelo últimamente?
—Ahora, Tom, nunca me rizo el pelo, daña el color, ¿sabes? —explicó William Philander—. Uso...
—Pegamento con un batidor de huevos —terminó Tom con un guiño a sus amigos—. Por cierto, Tubblets, ¿sabes lo que escuché decir a unas chicas la semana pasada? Dijeron que pensaban que eras un modelo de moda.
—¿De verdad lo dijeron? —se entusiasmó el elegante, muy complacido—. ¿Quién... er... lo dijo?
—Dos chicas que viven a no muchas millas de aquí.
—Tú... ah... ¿no sabrás por casualidad sus nombres?
—No. Pero puedo contarte todo sobre ellas.
—¡Ah! Entonces, por favor, hazlo, Tom —dijo el elegante con entusiasmo. Que alguna joven pensara en él le complacía inmensamente.
—Bueno, son un par de señoritas que trabajan en una lavandería. Tal vez lavan tus camisas. Son de color, y...
—¡De color! —jadeó el elegante, y luego estalló una carcajada, en medio de la cual William Philander comenzó a salir de la habitación.
—No te vayas enfadado, Billy —gritó Tom—. ¿No es agradable que incluso dos damiselas oscuras piensen en ti?
—No, no lo es, es... es horrible —respondió William Philander—. Creo que te estás... er... burlando de mí.
—Nunca hice tal cosa en mi vida, mi querido amigo; va en contra de mis regulaciones internas. Pero, ¿cómo has estado desde la semana anterior al próximo mes?
—Tuve unas vacaciones encantadoras.
—Llevaste a las chicas a helados y tés amarillos todos los días que no estabas jugando al golf o a la rayuela, supongo.
—Yo... er... llevé a las señoritas a pasear algunas veces; pasamos momentos gloriosos, ¿sabes? Nunca olvidaré una noche de luna en el lago George, ¿sabes? Estábamos en un bote de remos diminuto y la luna brillaba sobre el agua, y Geraldine y yo...
—¡Afortunada Geraldine! —suspiró Tom—. ¡Y tres veces afortunado Philander Willander, quiero decir, William Philander!
—¿No puedes inventar un poema sobre Geraldine, Songbird? —preguntó Sam.
—Y no te olvides de incluir la luz de la luna —dijo Dick.
—Y las olas plateadas y la brisa murmurante —añadió Fred.
—¿Cuántos años mayor que tú es Geraldine, de todas formas? —preguntó Tom.
—Geraldine es...
—No tienes que decir su edad si es mayor de treinta, Billy —dijo Larry—. Su edad es sagrada después de eso, ya sabes.
—Y no nos digas ni siquiera si tiene dientes postizos —dijo Sam.
—Y no hace ninguna diferencia real si su cabello es suyo o no.
—Es suyo si está pagado —dijo Tom—. ¿No supondrás que una chica de la que Billy se enamoraría usaría trenzas que fueron robadas?
—¡Y pensar que puede estar gorda! —suspiró Sam—. Espero que no pese más de doscientas libras, Willy.
—¡Oh, Dios mío! —gritó el elegante, desesperado—. Quiero que recuerden...
—Que ella es tuya y solo tuya —terminó Tom—. Sí, nadie caminará por tu parcela de maíz, Bill; no mientras yo esté vivo. Pero dinos, en secreto si es necesario, ¿usa un zapato del número ocho o del doce?
—Si no dejan sus burlas... —jadeó el elegante.
—Va a guardarse sus terribles secretos para sí mismo —exclamó Tom con tristeza—. ¡Ay! ¡Y qué mal! Pero no importa, todos iremos a la boda, Tubblets, ¿y llevaremos limones si nos lo pides?
—¿Quién dijo que me iba a casar?
—¿Será una ceremonia en la iglesia o solo una pequeña reunión privada en casa? —continuó Tom con seriedad—. Si es en una iglesia, y nos quieres a todos como acomodadores, es decir, ujieres, pues...
—Estaremos listos para el trabajo —terminó Dick—. No perderíamos la oportunidad por una granja con una mula ciega de regalo.
—¿Vots der madder mid me peing a flower girl? —preguntó Hans, sonriendo ampliamente.
—No, Hansy, tendrás que cargarle los faldones del frac a Billy —dijo Fred—. El último estilo de Londres, ¿sabes?, es llevarlos arrastrando detrás como...
—¡Oh, basta! ¡Basta! —gritó William Philander, llevándose las manos a los oídos—. ¡Son todos perfectamente horribles, ¿sabes?! ¡No me quedaré ni un minuto más! —y salió huyendo del dormitorio, con las risas de la multitud resonando en sus oídos mientras se marchaba.
CAPÍTULO XII
LO QUE SUCEDIÓ EN LAS ESCALERAS
En pocos días los hermanos Rover se sintieron como en casa una vez más; de hecho, era como si nunca se hubieran ido, según dijo Sam. La mayoría de los estudiantes eran viejos amigos, aunque había una buena cantidad de alumnos nuevos.
No fue hasta el final de la semana que Dick Rover entró en contacto con Tad Sobber, un joven robusto, con una mata de cabello negro y ojos fríos y penetrantes. Sobber estaba con un amigo llamado Nick Pell, y ambos miraron a Dick de una manera calculadora que resultó sumamente ofensiva.
—Es el tipo que hace el papel de héroe —susurró Sobber a Pell, de una manera destinada a llegar a los oídos de Dick—. Quiere lucirse todo el tiempo.
Sin dudarlo, Dick se dio la vuelta.
—¿Ese comentario iba dirigido a mí? —preguntó bruscamente.
Su rapidez tomó a Tad Sobber desprevenido.
—¿Y qué si lo era? —exigió a su vez.
—No me gusta, eso es todo.
—¡Humph! No me importa si te gusta o no —gruñó Sobber.
—Escucha, Tad Sobber, lleguemos a un entendimiento —dijo Dick con calma—. Entiendo que intentas intimidar a todos en esta escuela. Pues bien, esto no puede ser. Hemos tenido varios bravucones aquí y nos hemos deshecho de todos ellos. No queremos más.
—¡Humph! ¿Tratando de ser el bravucón tú mismo, eh? —se burló Sobber.
—No, solo te estoy advirtiendo. Los otros chicos me han hablado de ti.
—Tad tiene derecho a actuar como le plazca —intervino Nick Pell.
—No, no lo tiene. El capitán Putnam espera que cada estudiante aquí sea un caballero.
—Oh, no sermonees, Rover —gritó Tad Sobber—. Puedo cuidarme solo sin tus consejos.
—Bien, te advierto que mantengas tu distancia en lo que a mí respecta y que cuides tu lenguaje —dijo Dick.
A qué podría haber llevado esta guerra de palabras no hay forma de saberlo. Justo en ese momento sonó la campana de la escuela y todos los estudiantes tuvieron que apresurarse a sus respectivas clases.
Se puede mencionar aquí que Sam, Tom y Dick estaban ahora en el mismo grado. Esto puede resultar sorprendente, pero el hecho es que Sam, mediante un arduo trabajo el trimestre anterior, había alcanzado a Tom, mientras que Dick, debido a que estuvo ausente por algunos asuntos de su padre en varias ocasiones, se había quedado un poco atrás.
—Tuve un pequeño enfrentamiento con Sobber —les dijo Dick a sus hermanos, cuando tuvo la oportunidad, y les relató los detalles.
—Dijo algo sobre mí a mis espaldas —dijo Sam—. No sé qué fue, pero estoy seguro de que no fue nada halagador.
—Debemos vigilarlo —dijo Tom—. Si no lo hacemos, podría intentar jugarnos una mala pasada.
Como este iba a ser su último trimestre en Putnam Hall, todos los Rover decidieron dar lo mejor de sí en sus estudios, así que no perdieron el tiempo con bromas mientras estaban en clase. Una o dos veces, Tom encontró difícil resistirse a hacer una broma, pero una mirada de Dick generalmente lo hacía volver a sus libros.
Era ahora la temporada de fútbol, y se habían organizado varios equipos escolares. Tom y Dick estaban en un equipo, dirigido por Larry Colby. Había otro equipo dirigido por Tad Sobber, y en este Nick Pell era el mariscal de campo. Cómo Sobber había conseguido la capitanía de este equipo era un misterio.
—Quieren jugar contra nosotros el próximo sábado —dijo Larry una tarde—. ¿Qué dicen ustedes? —les preguntó a sus compañeros del equipo.
—No tengo muchas ganas de jugar contra Sobber y Pell —dijo Tom rápidamente.
—Exactamente lo que pienso —añadió Dick—. Pero jugaré si los demás quieren.
Algunos se opusieron, pero al final el partido se organizó y comenzó en los terrenos de la escuela a las dos de la tarde del sábado siguiente.
—Creo que será inútil intentar cualquier jugada de fuerza —dijo Larry—. Sobber, Pell y algunos de los otros son demasiado pesados para nosotros. Tendremos que confiar en algunos pases rápidos y carreras veloces.
En la primera mitad del juego, el equipo de Sobber consiguió diez puntos, mientras que el de Larry no obtuvo nada.
—Sobber es demasiado brutal para mí —dijo Tom—. Me pateó deliberadamente en las espinillas.
—Si lo hace otra vez, derríbalo —le aconsejó Dick de inmediato.
El equipo de Larry entró en la segunda mitad con vigor. Pronto consiguieron un gol y lo siguieron con dos más. Entonces Sobber reclamó una falta, pero no se le concedió.
—Si alguien está cometiendo faltas eres tú —dijo Dick—. Le hiciste falta a Tom dos veces. Si lo haces de nuevo...
—No te preocupes, Dick —interrumpió Larry—. Sigue jugando o ríndete —añadió dirigiéndose a Tad Sobber.
—Quiero que Dick Rover entienda que él... —comenzó Sobber, cuando otro jugador lo tiró hacia atrás. Siguieron algunas palabras fuertes y luego el juego continuó. El equipo de Larry hizo otro touchdown y anotó el gol, ganando así una victoria sustancial, para disgusto de Sobber y su compinche, Nick Pell.
—No tiene sentido hablar, esos chicos Rover me enferman —dijo Sobber cuando él y Nick Pell estuvieron solos—. Todos en esta escuela parecen adularlos.
—Si yo hubiera sido tú, me habría lanzado contra Dick Rover en el campo —respondió Pell.
—Bueno, quería hacerlo, pero los demás no lo habrían permitido. Pero lo ajusticiaré algún día, y también a Tom —añadió Sobber con malicia.
Dos de los niños pequeños de la escuela se habían enfermado, y para mantenerlos tranquilos fueron trasladados al último piso de la institución, y se ordenó a uno de los camareros de color que les subiera la comida. Dick conocía a ambos muchachos y subía frecuentemente a visitarlos y animarlos un poco.
Un día, justo cuando regresaba de una visita a los estudiantes enfermos, escuchó un ruido en el pasillo del segundo piso. Miró hacia las escaleras y vio a Tom y Tad Sobber cerca de un rellano, teniendo una discusión acalorada. Nick Pell se acercaba, al igual que Fred y Hans.
—Por nada del mundo te daría una buena paliza, Rover —decía el bravucón—. No puedes señoritear conmigo, entiende eso.
—Bueno, quiero que mantengas tu distancia, Tad Sobber —respondió Tom—. Y me mantengo en que me pateaste a propósito durante el partido de fútbol.
Ambos chicos caminaban hacia el rellano de las escaleras, y Dick y los demás que escucharon las palabras los siguieron. Entonces, de repente, la multitud que se había reunido vio a Sobber agarrar a Tom por la garganta.
—¡Su-suéltame! —jadeó Tom.
—¡Toma esto! —replicó el bravucón, y golpeó la cabeza de Tom contra la pared.
Hubo un forcejeo cerca de las escaleras y ambos chicos cayeron contra la barandilla.
—¡Cuidado, Tom! —gritó Dick—. ¡Te tirará por las escaleras! —e intentó ir en ayuda de su hermano. Pero antes de que pudiera llegar al lugar, los dos contendientes se habían separado.
—¡Toma eso! —rugió Sobber, y lanzó un golpe hacia el ojo de Tom. Tom se agachó y luego soltó un golpe con su puño derecho. El golpe aterrizó en la barbilla del bravucón. Este se tambaleó hacia atrás, perdió el equilibrio y cayó por las escaleras.
Justo cuando el bravucón caía hacia atrás, se abrió una puerta lateral del comedor y salió el camarero de color que llevaba la comida a los chicos enfermos de arriba. Sostenía una bandeja llena de delicias en sus manos. ¡Crash! Sobber chocó contra la bandeja, y él, los platos y el camarero fueron a parar al suelo en un montón confuso.
—¡Por el amor de Dios! —jadeó el camarero—. ¿Qué es lo que me has hecho?
—¡Oh! —gimió el bravucón, e intentó levantarse. En una mejilla tenía una mancha de gelatina y su mano y la parte delantera de su camisa estaban cubiertas de caldo. La visión era tan cómica que los chicos en el rellano no pudieron evitar reírse.
—¡Has destrozado toda la cena! —fue el comentario del camarero, mientras se levantaba y observaba los restos. La comida se había esparcido en todas direcciones y la mitad de los platos estaban rotos.
—¡No fue mi culpa! —gruñó Tad Sobber—. Tom Rover me tiró por las escaleras.
—Fue tu propia culpa —gritó Tom—. Tú empezaste la pelea, yo no.
—Alguien tiene que pagar por este destrozo —dijo el camarero—. Yo no voy a hacerlo. Vaya, debería demandarte por daños, ¡eso es lo que haré! —añadió, mirando con ira a Sobber.
—¡Me las pagaré con Tom Rover por esto! —exclamó el bravucón, y miró hacia arriba de las escaleras a los estudiantes que se reían—. ¡Haré que se ría por el otro lado de la cara!
Y corrió escaleras arriba con la intención de atacar a Tom de nuevo.
CAPÍTULO XIII
DORA, GRACE Y NELLIE
Que Tad Sobber estaba en una rabia profunda era fácil de ver. Sus ojos estaban llenos de odio y parecía listo para abalanzarse sobre Tom y despedazarlo.
Todos los chicos esperaban ver una gran pelea, y algunos se alejaron del rellano para dar más espacio a los contendientes.
Pero antes de que se pudiera hacer nada, Dick saltó al frente y bloqueó el avance del bravucón.
—Detente, Sobber —dijo tranquila pero firmemente.
—¡Quítate de mi camino, Dick Rover! —rugió el bravucón—. Esto no es asunto tuyo.
—Entonces haré que sea mi asunto —respondió el mayor de los hermanos Rover—. No atacarás a mi hermano aquí.
—No te preocupes, Dick, puedo encargarme de él —intervino Tom, con valentía, y cerró los puños—. Tal vez le gustaría bajar las escaleras de nuevo y romper más platos.
—No cuando John Fly los esté llevando —intervino el camarero de color, que permanecía mirando los restos con cara seria—. ¡No quiero más caídas como esa, no señor! —y sacudió su cabeza lanuda con firmeza.
El ruido había atraído a numerosos cadetes a la escena, y ahora aparecía George Strong, el maestro principal.
—¿Qué ocurre aquí? —exigió saber.
Por un momento nadie le respondió, y él contempló con asombro los platos rotos y la comida esparcida.
—Ha sido un accidente, señor —dijo John Fly—. Ese joven se cayó por las escaleras y me derribó, con bandeja y todo, señor.
—¿Te caíste por las escaleras, Sobber?
—No, señor, Tom Rover me tiró —respondió el bravucón.
—¿Te tiró? —repitió el maestro principal con sorpresa.
—Él me atacó y yo me defendí —explicó Tom—. Fue su propia culpa que cayera por las escaleras. Si me hubiera dejado en paz, no habría habido problemas.
—Es falso, él me golpeó primero —dijo el bravucón.
—Eso no es cierto —gritó Fred—. Sobber lanzó el primer golpe.
—Yah, dot is der fact alretty —intervino Hans—. ¡Atrapó a Dom por la garganta y golpeó su cabeza contra la pared tan fuerte como nunca!
—Él me golpeó primero, ¿no es así, Nick? —dijo el bravucón, volviéndose hacia su compinche.
—Yo... creo que sí —tartamudeó Nick Pell. No se atrevió a decir una mentira directa—. Creo que fue toda culpa de Tom Rover —añadió, después de recibir una mirada hosca de Sobber.
—Todos ustedes saben que está prohibido pelear en esta escuela —dijo el Sr. Strong con severidad.
—Bueno, solo peleé después de ser atacado —respondió Tom con terquedad.
—Sr. Strong, lo crea o no, mi hermano dice la pura verdad —dijo Dick—. Venía de la habitación de Larmore y lo vi todo. Si usted hubiera estado en el lugar de Tom, habría hecho lo mismo.
Estas palabras claras de Dick hicieron que George Strong dudara. Conocía bien a los chicos Rover y sabía que generalmente tenían la razón. Más que esto, había sorprendido a Tad Sobber en una mentira apenas el día anterior.
—Pueden ir todos a sus habitaciones y me ocuparé de esto más tarde —dijo—. Sobber, como rompiste los platos, tendrás que pagarlos.
—¿No puede Rover pagar la mitad de la cuenta? —gruñó el bravucón.
—No, porque no veo cómo él tiene la culpa de eso.
Después de esto siguieron algunas palabras agudas. Tad Sobber fue insolente y, como consecuencia, fue llevado a un almacén que los maestros y el capitán Putnam utilizaban ocasionalmente como "cuerpo de guardia". Allí tuvo que permanecer en confinamiento solitario durante veinticuatro horas y con el tipo de dieta más sencilla. Este encarcelamiento puso a Sobber furioso, y juró que se desquitaría con Tom y Dick por ello aunque le costara la vida.
—Puede que hayan podido derribar a otros compañeros en esta escuela, pero no me derribarán a mí —fue lo que le dijo a Nick Pell.
—Bueno, deberías ir despacio en lo que haces —respondió Pell—. He estado hablando con algunos de los otros y me enteré de que se salieron con la suya con varios que estuvieron aquí en diferentes momentos: Dan Baxter, Lew Flapp y algunos otros.
—¡Humph! No les tengo miedo —gruñó Tad Sobber—. Supongo que piensan que, porque son ricos y han viajado algo, pueden tratar a todos con superioridad. Bueno, les enseñaré un par de trucos antes de terminar con ellos.
Después de que Tad Sobber salió del confinamiento, los chicos Rover pensaron que podría intentar jugar alguna mala pasada a Tom, y por consiguiente mantuvieron los ojos abiertos. Pero nada sucedió durante algunos días, y luego ocurrió de una manera de lo más inesperada.
Los chicos se concentraron en sus estudios, pero no estaba en su naturaleza solo trabajar y no jugar. El sábado siguiente pidieron permiso para visitar Cedarville, para comprar algunas cosas que Sam y Tom necesitaban. Llevaron consigo a Songbird y a Hans, y fueron a pie, siendo el clima ideal para caminar. Justo antes de irse vieron a Sobber y Pell alejarse apresuradamente, también en dirección al pueblo.
—Me pregunto a dónde van —reflexionó Dick.
—Sobber va a tomar un barco de vapor a Ithaca —respondió Songbird—. Lo escuché hablar con el capitán Putnam al respecto.
—¿Va Pell con él?
—No lo creo.
Los tres hermanos Rover y sus amigos pronto estuvieron en camino. Se sentían de lo más animados, y Powell no pudo resistir la tentación de estallar en su habitual doggerel:
—Me encanta vagar por colinas y valles, En calma, en tormenta o en vendavales, Amo el valle y la colina, El arroyuelo y la fuente cristalina, Amo el lago ancho y sereno...
—Donde podemos nadar o patinar —terminó Tom, y luego continuó:
—¡Y recuerden, sobre todo, Que amo al viejo Putnam Hall con todo!
—Ese último sentimiento me llega —dijo Fred—. Les digo algo, muchachos, no hay lugar como nuestra escuela.
—Dink que hago algo de boesía alretty —dijo Hans solemnemente, y comenzó:
—¡Me encanta oír zumbar a los insectos, Me encanta masticar chicle de efectos! Me encanta ver la luna brillar...
—Y me encanta comer mi chucrut —añadió Tom alegremente—. Songbird, ¿no puedes inventar unos versos realmente bonitos sobre chucrut y queso Limburger para beneficio de Hans?
—¡La idea de poesía sobre chucrut y queso Limburger! —bufó el autor de versos con disgusto.
—Bueno, de todos modos, las líneas sobre el queso serían buenas y fuertes —fue el comentario de Dick.
—Un poema sobre chucrut no serviría para esta era del automóvil —dijo Sam secamente.
—¿Por qué no? —preguntó Tom.
—Porque el chucrut pertenece al repollo —respondió el más joven de los Rover, y luego esquivó un golpe que Tom le lanzó juguetonamente.
—No intentaré inventar más versos —dijo Songbird—. Cada vez que intento...
—Hola, ahí viene un carruaje con tres señoritas —exclamó Dick.
—Me resultan familiares —anunció Tom—. ¡Sí, son Dora Stanhope y Grace y Nellie Laning! —gritó.
—Bueno, esto es un placer —dijo Songbird, y se olvidó por completo de lo que iba a decir sobre su composición de versos.
El carruaje pronto estuvo a su altura. Era un vehículo de dos asientos, y en el asiento delantero estaban Dora y Nellie y en la parte trasera Grace y la Sra. Stanhope.
—Íbamos a detenernos en Putnam Hall por unos minutos —dijo Dora, después de que terminaron los saludos—. Era un día tan hermoso que no pudimos resistir la tentación de salir a dar un largo paseo.
—Lamentamos no estar en el Hall para recibirlas —respondió Dick, y le lanzó a Dora una mirada tan sincera que la linda joven se sonrojó.
—Las chicas tienen algo bajo la manga —dijo la Sra. Stanhope—. Y querían verlos a ustedes y al capitán Putnam al respecto.
—Estamos organizando una pequeña fiesta —anunció Nellie—. Será en casa de Dora en algún momento de este otoño. Queríamos averiguar si el capitán Putnam permitiría que ustedes y algunos de sus amigos vinieran.
—¡Oh, tendrá que dejarnos ir! —gritó Tom—. Vaya, ¡no me perdería una fiesta por nada del mundo! —y dijo esto de una manera tan cómica que todas las chicas se rieron.
—Todavía no hemos fijado ninguna fecha —dijo Grace—. Pero le hablarán al capitán Putnam sobre esto, ¿verdad? Pensamos que podrían formar un grupo de, digamos, ocho o diez chicos, y venir en el carruaje.
—Está hecho —anunció Sam con una profunda reverencia—. Por favor, anótenme en su tarjeta para el primer two-step.
—Und ponme para un dree-steps —añadió Hans, y ante esto hubo otra risa.
—No sé si tendremos baile o no —dijo la Sra. Stanhope—. Pero trataremos de pasar un buen rato.
—¿A quién quieren que invitemos, si podemos ir? —preguntó Dick.
—Oh, Dick, se lo dejaremos a ti. Por supuesto, queremos a todos los que estaban en la casa flotante —y Dora miró a los Rover, a Songbird y a Hans.
—Con Fred, eso hará seis. ¿Debo invitar a Larry Colby y George Granbury?
—Si quieres, y a dos más. Pero por favor, no invites a esos chicos que acabamos de conocer —continuó Dora apresuradamente.
—¿Te refieres a Tad Sobber y Nick Pell? —preguntó Tom rápidamente.
—Uno llamó al otro Nick. Era un chico muy grande —dijo la Sra. Stanhope.
—Sobber y Pell, seguro —murmuró Tom—. ¿Qué hicieron?
—Se pararon justo en medio del camino y no quisieron quitarse —explicó Grace—. ¡Creo que fueron perfectamente horribles!
—Nos obligaron a rodear por un lado y casi nos vamos a una zanja —añadió Dora.
—Y luego, después de que pasamos, se echaron a reír de nosotras —continuó Nellie—. Ciertamente no fueron nada amables.
—Tendremos que ajustar cuentas con Sobber y Pell por esto —dijo Dick, y su rostro adquirió una expresión seria que no presagiaba nada bueno para los cadetes que habían jugado un papel tan poco caballeroso hacia sus amigas.
CAPÍTULO XIV
EN EL ESTABLECIMIENTO DE HELADOS
Las Laning y las Stanhope habían gozado de la mejor salud desde que regresaron del sur. La Sra. Stanhope ya no era la persona pálida y delicada que había sido, y su anterior manera nerviosa había desaparecido por completo. Las mejillas de las tres chicas eran como rosas, y no era de extrañar que los Rover las consideraran las señoritas más agradables de todo el mundo.
—Ojalá estuviéramos en un carruaje —observó Tom, después de que el coche se alejara—. Entonces podríamos haber ido a dar un paseo juntos.
—Sé lo que le gustaría a Tom —dijo Sam—. Un buen cochecito, un caballo lento y Nellie a su lado...
—Hum, por favor, cambia los nombres por Sam y Grace y acertarás más —respondió Tom, mientras su rostro se ponía rojo.
—Voy a escribir un poema sobre ellos algún día —dijo Songbird—. Lo titularé... déjame ver... ah, sí... Las tres bellas doncellas de Cedarville.
—¡Ni se te ocurra! —gritó Dick—. Songbird, si te atreves a hacer algo así...
—De todos modos, tendrás que dejar fuera a Dora —dijo Tom—. Si no lo haces, Dick se las verá contigo, seguro. Él...
—Oigan, ¿qué hay de Sobber y Pell? —interrumpió el mayor de los Rover, con el rostro bastante encendido—. Me dan ganas de castigarlos por hacer que las damas se desviaran hacia la zanja.
—Lo tendremos en cuenta —respondió Sam—. Si los atrapamos en Cedarville, mencionémoslo y veamos qué tienen que decir en su defensa.
—Hablando de una fiesta —observó Songbird, mientras se acercaban al pueblo—, ¿se dan cuenta de que no hemos tenido ningún tipo de banquete en el Hall desde que volvimos a la rutina?
—Fred decía lo mismo hace solo unos días —respondió Tom—. Sin duda deberíamos organizar algún tipo de juerga.
—¿Qué vas a arar? —preguntó Hans con inocencia.
—Arar el relleno de una tarta de carne picada, Hansy.
—¿Adónde vas a ararlos, Dom?
—Ararlos hacia tu estómago. Tener un festín, un banquete, un llenazo, por así decirlo... algo de comer, queso, sándwiches, pastel, tarta, pudin, mermelada, naranjas, plátanos, manteca, sal, pudin de ciruela, palillos, helado, nabos y otras exquisiteces —continuó el bromista Rover, rápidamente.
—¡Ach, yah, ya entiendo, no es así! Me gustan esos banquetes. ¿Lo tenemos en uno de los dormitorios, eh?
—Si el grupo está de acuerdo —dijo Sam—. Por mi parte, voto a favor.
—Secundo la moción —añadió Tom, sin demora—. Se aprueba por voto unánime que tengamos un banquete en la escuela, alguna noche en un futuro próximo, a las once en punto, G. M.
La idea de un festín complació a todos los chicos. Siempre comían lo suficiente durante las horas de comida habituales en el Hall, pero había algo tentador en la idea de organizar un banquete a escondidas una noche en uno de los dormitorios. Ya habían tenido varios en el pasado y habían dado lugar a mucha diversión.
—Bajemos al muelle del barco de vapor a ver si vemos a Pell y Sobber —sugirió Dick—. Si Sobber va a Ithaca, lo más probable es que vaya en el Golden Star.
Caminaban por la calle principal de Cedarville cuando se les ocurrió mirar dentro de la principal tienda de dulces. Allí, frente a la fuente de soda, estaban el matón del Hall y su compinche. Bebían refrescos y hablaban con una joven que los atendía.
—¡Hola, aquí están! —gritó Sam, y se detuvo en seco.
Al mirar dentro del local, vieron a Tad Sobber estirar la mano sobre el mostrador y agarrar a la dependienta por sus rizos. La retuvo con fuerza, sonriéndole en la cara, mientras ella intentaba zafarse.
—¡Qué miserable! —exclamó Dick—. Intenta hacerse lo más odioso posible con todo el mundo que conoce.
—¡Oh, por favor, suéltame! —se oyó la voz de la chica a través de la puerta abierta—. ¡Me haces daño!
—No te preocupes, no te haré daño —respondió Sobber, sin dejar de sonreír.
—Pero... yo no quiero que me tiren de los rizos —suplicó la chica, asustada—. Oh, por favor, suéltame, ¿quieres?
—Quiero que tú... —comenzó el matón, pero no terminó, pues en ese momento sintió la mano de Dick en su oreja. Entonces recibió un tirón que le causó un dolor extremo.
—¡Ay! —bramó, y soltó a la chica—. ¡Oh, mi oreja! Dick Rover, ¿por qué has hecho eso?
—Lo hice para que te comportes —respondió Dick con severidad—. Sobber, realmente no pensé que pudieras ser tan despreciable —continuó.
—Yo... yo no le estaba haciendo daño a la chica —gruñó el matón—. Y de todos modos, no es asunto tuyo —añadió, de repente, en un arrebato de ira.
—A partir de ahora, déjala en paz.
Tad Sobber miró a Dick con furia por un instante. Luego levantó su vaso de refresco e intentó lanzarlo a la cara de Dick. Pero Sam vio el movimiento, golpeó el brazo del matón y el refresco fue a parar a la oreja de Nick Pell.
—¡Oye, para! —rugió Nick Pell, mientras el refresco le escurría por el cuello—. ¿Por qué has hecho eso?
—Fue culpa de Sam Rover —respondió Sobber.
—¡Mi cuello nuevo está arruinado!
—Cárgaselo a tu compinche —dijo Tom.
—¡Ya me las pagaré con ustedes! —bramó el matón, y levantó el vaso de refresco vacío sobre la cabeza de Dick. Pero en ese momento, Tom se lanzó hacia adelante y le arrebató el vaso de la mano a Sobber. Mientras tanto, la chica tras el mostrador, más asustada que nunca, corrió a la parte trasera de la tienda a pedir ayuda.
Parecía que podría haber una pelea en toda regla, pero en pocos segundos apareció el propietario de la tienda, armado con un palo de fregona que había recogido. Resultó ser el padre de la chica, y ella le contó cómo Tad Sobber la había agarrado por el pelo.
—A ver —comenzó el dueño de la tienda de dulces, blandiendo el palo de fregona hacia el matón. Entonces Sobber se retiró del establecimiento, Nick Pell hizo lo mismo, y ambos echaron a correr calle arriba.
—¿Qué pretenden ustedes, cadetes, viniendo aquí a molestar a mi hija? —exigió saber el tendero con vehemencia—. Si no saben comportarse, mejor será que se mantengan alejados.
—No le hicimos daño a su hija —dijo Sam.
—Mi hermano aquí presente hizo lo que pudo para evitar que la molestaran —dijo Tom.
—¡Oh, conozco a estos cadetes! ¡Todos son iguales! —refunfuñó el tendero—. ¡Quiero que se larguen y no vuelvan!
—Sí, pero... —comenzó Dick.
—Nada de «peros», joven. Quiero que se larguen.
—Padre, él hizo que el otro chico me soltara los rizos —explicó la chica—. Agarró al otro chico por la oreja.
—Puede ser, Fanny, pero estos jovenzuelos son todos iguales. No quiero sus negocios. Deben marcharse y no volver.
—Vámonos, chicos —dijo Dick—. No nos quedaremos si no somos bienvenidos. Se volvió de nuevo hacia el tendero—. Pero quiero que recuerde una cosa: nosotros no tuvimos nada que ver con molestar a su hija.
—¿Pagaron el refresco? —preguntó el hombre de repente.
—No —respondió la chica.
—Entonces este grupo tiene que pagar —continuó el tendero, de forma irracional—. ¿Cuánto era?
—Diez centavos.
—Nosotros no hemos comprado nada y no pagaremos nada —dijo Sam.
—Ni un centavo pagaré —añadió Songbird.
—¡Eso es un atropello! —estalló Hans—. ¡Si nos siguen insultando, llamaré a un policía! —Y se hinchó el pecho con indignación.
—¡Pues lárguense, y rápido! —gritó el hombre, levantando su palo—. ¡Y no dejen que los vuelva a ver por aquí!
—No se preocupe, podemos gastar nuestro dinero en otra parte —dijo Tom.
—Donde nos traten decentemente —añadió Dick, y salió de la tienda de dulces.
Una vez fuera, los chicos hablaron de la situación durante unos diez minutos, pero sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Todos estaban indignados por la forma en que el tendero los había tratado, y Tom quería volver a escondidas para jugarle una broma, pero Dick se opuso.
—Déjalo, Tom. Es un hombre despreciable, eso es todo.
—Bueno, voy a mostrarle a la gente lo generoso que es —respondió Tom, con una sonrisa repentina—. Esperen aquí unos minutos —y se lanzó a una tienda cercana donde vendían artículos de papelería. Cuando salió, llevaba una hoja de papel de buen tamaño y varios sellos rojos grandes.
—¿Qué es eso? —preguntó Sam.
—Es un cartel para el escaparate del tendero de dulces.
Con precaución, Tom regresó a la tienda. Vio que el propietario estaba en el salón trasero, sirviendo helado a varios clientes que habían entrado. La chica también estaba en la parte de atrás. Rápidamente, Tom pegó la hoja de papel debajo del escaparate, fijándola con los sellos adhesivos. El papel decía lo siguiente:
RAMOS DE ROSAS GRATIS PARA TODAS LAS JÓVENES QUE COMPREN HELADO AQUÍ HOY. ¡ENTREN!
—Ahora esperemos a ver qué tal sale —dijo Tom.
No tuvieron que esperar mucho. El barco de vapor había llegado y varios pasajeros caminaban por la calle. Pronto, un grupo de tres chicas y un joven vieron el cartel.
—Oh, Clara —gritó una de las chicas—. Rosas gratis en esta época del año, ¡piénsalo!
—Entremos —dijo el joven, y los guio al interior de la tienda. Luego llegó otro joven con una chica, leyeron el cartel y entraron. Pronto, dos solteronas se detuvieron y leyeron el anuncio.
—Me encanta el helado, Angelina —dijo una—. Entremos, compremos uno de chocolate y consigamos también los ramos. —Y siguieron a la multitud al interior.
La tienda tenía dos ventanas laterales que estaban abiertas unos centímetros por la parte inferior para la ventilación, y los cadetes se acercaron sigilosamente a ellas para escuchar la conversación. Todos pidieron helado, empezaron a comer y luego preguntaron por los ramos.
—¿Ramos? —preguntó el tendero, desconcertado.
—Pues sí —dijo el joven que había traído a las tres chicas.
—Si no le importa, me gustaría una rosa Jack —dijo una de las doncellas.
—Y a mí me gustan las American Beauty —dijo otra.
—No me importa qué tipo sea, mientras sea un buen ramo —añadió la tercera chica.
—¿De qué están hablando? —exigió saber el tendero.
—Hablamos de los ramos que está regalando —dijo el joven. Se había comido casi todo su helado y las chicas casi habían terminado.
—No estoy regalando ningún ramo.
—¡Pues sí que lo hace! —gritaron las chicas.
—¡Por supuesto! —añadió una de las solteronas, con recelo—. Y quiero un ramo de rosas tan bueno como el de cualquiera.
—Yo también —añadió la segunda solterona.
—¿Están todos locos? —exigió el tendero—. No estoy regalando nada.
—¡Qué! —exigió el joven que había entrado con una chica—. Su cartel no dice eso. Dice «ramos de rosas gratis para todas las jóvenes que compren helado aquí hoy». ¡Tiene que darle a esta joven su ramo o no pagaré este helado!
—¿Dónde está ese cartel? —exigió el tendero, y cuando se lo indicaron, salió corriendo, arrancó el anuncio y lo hizo pedazos—. ¡Esto es... un atropello! ¡Yo no puse ese cartel!
Después de esto, hubo una guerra verbal que duró varios minutos. Nadie quería pagar por el helado consumido, y como él no podía proporcionar los ramos, el tendero no pudo cobrar. Enfurecido, echó a los clientes y luego comenzó a buscar a la persona que le había jugado tal broma. Pero los cadetes de Putnam Hall se habían retirado de las inmediaciones y se cuidaron muy bien de no dejarse ver.
CAPÍTULO XV
UN REGALO ASOMBROSO
El barco de vapor debía cargar una cantidad considerable de mercancía en Cedarville, por lo que permaneció en el pequeño muelle durante casi media hora. Durante ese tiempo, los Rover y sus amigos vieron a Tad Sobber y Nick Pell caminando por el pueblo, pero no les hablaron.
—Hola, aquí hay algo nuevo —dijo Songbird, mientras caminaban frente a las tiendas—. ¡Un museo de rarezas!
—Algo así nunca será rentable aquí —fue el comentario de Dick—. No hay suficiente gente.
—Solo estará una semana —dijo Sam, tras leer el cartel sobre la puerta.
—Me pregunto si realmente tienen cien serpientes en la colección —reflexionó Tom, leyendo también el cartel—. Si es así, sería divertido si el grupo se escapara.
—¿Quieren entrar a ver las serpientes? —preguntó Songbird.
—Yo no —respondió Hans—. Si miro a tantas de esas criaturas asquerosas, no podría dormir durante un mes o siete días, ¿a que no? —Y se estremeció.
Mientras los chicos se alejaban, se les ocurrió mirar atrás y vieron a Tad Sobber y Nick Pell salir del «museo», así llamado. El matón hablaba con un hombre relacionado con el espectáculo, un tipo que solía estar fuera, «pregonando» como se dice... es decir, pidiendo a la gente que subiera, entrara y viera las maravillas del interior.
—Sobber debe conocer a ese tipo —fue el comentario de Dick, pero no pensó más en ello hasta mucho después. Poco más tarde vieron al matón embarcar en el vapor, y Nick Pell regresó solo hacia Putnam Hall.
Los chicos compraron lo que necesitaban y regresaron a la escuela. No vieron a Nick Pell hasta el día siguiente, y entonces este no les prestó atención. Sobber no regresó a Putnam Hall durante casi una semana. Entonces apareció muy pensativo y observó a todos los chicos Rover de una manera astuta y especulativa.
—Nos la tiene jurada —dijo Tom, pero cuánto se la tenía jurada Tad Sobber a los Rover estaba aún por verse.
Los chicos no se habían olvidado del banquete propuesto, y se acordó que se llevaría a cabo en el dormitorio ocupado por los Rover y algunos otros el martes siguiente por la noche, tan pronto como se apagaran las luces. La noticia se difundió discretamente, y los chicos Rover pensaron que solo sus amigos íntimos sabían lo que estaba pasando, pero se equivocaban.
Por puro accidente, Nick Pell escuchó a Larry Colby y Fred Garrison hablar del banquete. Se había acordado que Larry y Fred contribuirían con un gran pastel de pasas y los dos chicos se preguntaban cómo podrían conseguirlo en la panadería de Cedarville y llevarlo al dormitorio sin ser vistos.
—No importa, nos las arreglaremos de alguna manera, aunque tengamos que usar una cuerda —dijo Larry.
—Van a tener un banquete —dijo Nick Pell, corriendo hacia Tad Sobber con la historia—. Deberíamos decírselo al capitán Putnam y arruinarles las cosas.
—Eso no nos servirá de nada, Nick —respondió el matón—. El capitán tiene a los Rover en muy alta estima; no los castigaría mucho, especialmente ahora que es su último trimestre aquí. Pensaré en otra cosa. Quiero hacerles algo que recuerden mientras vivan.
—Pareces estar extra amargado contra los Rover desde que volviste de Ithaca —dijo Pell, con curiosidad.
—¿Lo estoy? Bueno, tengo buenos motivos para estarlo —gruñó Tad Sobber—. Solo déjame pensar, y me las pagaré con ellos, ¡y no lo olvides!
Esa noche, el matón pidió permiso para ir a Cedarville por asuntos importantes. Fue solo y, una vez en el pueblo, se dirigió directamente al museo antes mencionado. El propietario apenas había hecho negocios en el pueblo y estaba a punto de mudarse a otro lugar.
Cuando Tad Sobber regresó a Putnam Hall, llevaba bajo el brazo una pesada caja de cartón que transportaba con gran cuidado. Escondió esta caja en un rincón del granero, entre algo de heno suelto.
—Ya estoy listo para arreglar cuentas con los Rover —le dijo a Nick Pell—. Mantén la boca cerrada pero los ojos bien abiertos.
—¿Qué vas a hacer?
—Solo espera y verás.
En el momento acordado, los Rover y sus amigos se reunieron en el dormitorio para el banquete. Se había conseguido una gran cantidad de cosas buenas, incluyendo sándwiches de pollo, pastel, naranjas y limonada. Tom incluso había hecho que un comerciante de Cedarville le preparara varios bloques de helado, y estos descansaban ahora sobre algo de hielo picado en un lavabo.
—Digan lo que digan, esto es un toque de los viejos tiempos —dijo Sam—. ¿Recuerdan el primer banquete que tuvimos aquí, cuando Mumps se murió de miedo?
—¡Vaya que sí! —gritó uno de los otros estudiantes—. ¡Por los viejos tiempos! —y levantó su vaso de limonada a sus labios.
En poco tiempo, el banquete estaba en pleno apogeo. Había un monitor de pasillo que debía estar de guardia, pero Tom lo había sobornado con un trozo de pastel, algunos dulces y una naranja, y se mantenía en un pasillo delantero, donde no podía oír lo que sucedía.
—Si no fuera por el ruido, podríamos cantar una canción —dijo Sam—. Como es el caso, propongo que Songbird recite «María tenía una pequeña vaca», o algo igual de edificante.
—Puedo ofrecerles un verso original que he titulado «Cuando las flores llenan el huerto, Molly querida» —respondió el fabricante de versos.
—Vaya, eso suena como una partitura nueva de nueve centavos —murmuró Dick.
—¿No puedes silbarla? —sugirió Tom—. Puede que suene mejor.
—Tócala con un peine de dientes finos —sugirió Larry.
—¿Quién quiere helado? —preguntó Tom, después de que todos soltaran una carcajada—. Esto no se mantendrá duro para siempre.
Todos estaban listos, se cortaron los bloques, se pusieron los trozos en pequeños platos de madera que se habían proporcionado y se repartieron. Luego vinieron más pasteles y fruta.
En medio de la alegría, hubo un golpe repentino e inesperado en la puerta.
—¿Quién podrá ser? —susurraron varios, alarmados.
—¡Apaguen las luces! —dijo Tom—. Los que no pertenezcan a este dormitorio, debajo de las camas. —Y comenzó a ocultar las evidencias del banquete, asistido por Dick y Sam.
Con el corazón palpitante, los fiesteros esperaron a que el golpe se repitiera, y esperaron oír la voz del capitán Putnam o la del primer profesor asistente.
—Bartlett podría habernos avisado —susurró Fred. Bartlett era el monitor que había sido sobornado.
No hubo más golpes en la puerta, ni nadie pidió entrar. Los chicos esperaron varios segundos, conteniendo la respiración con ansiedad.
—¿Quién podrá ser? —preguntó Sam a su hermano mayor.
—Supongo que será mejor que vaya a ver —dijo Dick—. Quizás otros chicos estén haciendo alguna de las suyas.
Con cautela se acercó a la puerta del pasillo y la abrió. Solo una luz tenue estaba encendida y, por un instante, no pudo ver nada. Entonces vio un objeto blanco en el suelo y lo recogió. Era una caja de cartón, atada con una cuerda resistente.
—Esto debe ser algún tipo de broma —dijo, y regresó al dormitorio con la caja en las manos—. Enciendan la luz y dejen que vea qué es esto.
Se encendieron las luces y varios chicos comenzaron a comer las cosas que habían sido barridas. Todos miraron con curiosidad la caja de cartón.
—Aquí hay una tarjeta encima —dijo Dick, y comenzó a leerla. La inscripción era la siguiente:
Para los chicos Rover, de sus amigas Dora, Grace y Nellie.
Manténganlo en secreto entre ustedes y sus amigos en el banquete.
—¿Cómo demonios sabían que íbamos a tener un banquete? —preguntó Sam.
—¿Y cómo se las arreglaron para meter la caja de contrabando en el Hall? —preguntó Larry.
—Ábrela y mira qué hay dentro, Dick —vino de parte de Tom—. Apuesto a que nos han enviado algo bueno.
—Quizás sea un pastel —dijo Fred.
—O un pudin —interrumpió Hans—. ¡Me encantan los pudines de chocolate, yah!
—No puedes meter un pudin en una caja muy bien —comentó Songbird.
Sosteniendo la caja con una mano, Dick deshizo el cordel y quitó la tapa.
Al instante siguiente, soltó un grito de horror y Tom, que estaba cerca, hizo lo mismo y cayó sobre una silla por el susto.
¡Pues de la caja se deslizó una serpiente real, viva, de un metro de largo, con ojos brillantes y de aspecto peligroso!
CAPÍTULO XVI
LA CAZA DE UNA SERPIENTE
—¡Es una serpiente!
—¡Y está viva!
—¡Cuidado, o te morderá!
—¡Ahí va por el suelo!
Estos y otros gritos resonaron en el dormitorio cuando los cadetes vieron el contenido de la caja. Varios intentaron alejarse, y Hans tropezó sobre Tom, y ambos cayeron en un montón.
—¡No dejen que esa serpiente me muerda! —rugió el joven alemán.
—¡Quizás sea venenosa! —vino de parte de Larry, quien había buscado refugio saltando sobre una cama.
Lentamente, la serpiente se había erguido de la caja para fulminar con la mirada a varios de los muchachos. Entonces, sus ojos fríos y brillantes se fijaron en Dick y profirió un siseo feroz. Esto era más de lo que el mayor de los Rover podía soportar, así que dejó caer la caja y la serpiente a toda prisa. La serpiente se deslizó fuera de la vista debajo de una cama.
—Esto es una broma, sin duda —murmuró Sam—. Me pregunto quién la habrá gastado.
—¿Crees que las chicas enviarían una serpiente? —preguntó Larry.
—Por supuesto que no —respondió Tom, quien se había levantado a trompicones—. Esto es obra de algún enemigo.
—¡Cuidado! ¡La serpiente se está poniendo activa! —gritó Sam, y tenía razón; el reptil había abandonado el refugio de la cama y se deslizaba por la habitación en dirección a Songbird.
El aspirante a poeta no se detuvo a discutir con el ofidio, sino que, soltando un grito salvaje, saltó a lo alto de un pequeño estante que estaba en un rincón. El estante era frágil y se vino abajo con un estrépito, atrapando los restos del mueble la cola de la serpiente. Esta se giró rápidamente y lanzó una estocada al pie de Songbird, pero el joven fue demasiado ágil y saltó sobre la cama.
—Tenemos que matar a esa serpiente —observó Dick, después de que el reptil desapareciera por un momento bajo un lavabo—. Si no lo hacemos...
¡Crash! Fue un plato que Sam lanzó contra la serpiente, cuando su cabeza apareció por un instante. Luego cayó una lluvia de zapatos, cepillos, platos y una pastilla de jabón. Pero la serpiente no sufrió heridas graves. Siseó con saña y se lanzó de un lado a otro del dormitorio, haciendo que todos los muchachos treparan por los muebles.
—Este alboroto despertará a todo el mundo en la escuela —dijo Dick, y tenía razón. Los muchachos apenas tuvieron tiempo de quitar de en medio la mayor parte de las pruebas del festín cuando oyeron un golpe en la puerta.
—¡Cuidado ahí! —gritó Tom—. ¡No abras esa puerta si valoras tu vida!
—¿Qué sucede? —se oyó la voz de George Strong.
—¡Una serpiente! —respondió Dick, y luego añadió en un susurro: —¡Rápido, muchachos, aparten el resto de las cosas!
Sus amigos comprendieron, y los restos del festín fueron barridos bajo las colchas de las camas en un santiamén.
—¿Dijeron que había una serpiente ahí dentro? —exigió saber el profesor.
—Sí, señor —dijo Sam—. Ahora está muy cerca de la puerta. Y lo que decía era verdad.
Pensando que el más joven de los Rover podría estar bromeando, el primer asistente del profesor abrió la puerta con cautela y miró al interior del dormitorio. Entonces, él también soltó un grito de alarma, pues la serpiente se lanzó hacia adelante e hizo ademán de morderle el pie. Para no ser atrapado, retrocedió, dejando la puerta abierta unos treinta centímetros. A través de esta abertura, la serpiente se deslizó y desapareció en el pasillo en penumbra.
Para entonces, Putnam Hall era un hervidero y los muchachos acudían a los pasillos exigiendo saber si había un incendio o un robo. Pronto apareció el capitán Putnam, envuelto en una bata y usando zapatillas.
—¡Cuidado todos! —gritó George Strong—. Es una serpiente y anda suelta en algún lugar de este pasillo.
—¡Una serpiente! —exclamó el director de Putnam Hall—. ¿De dónde salió?
—Estaba en el dormitorio de allí. Escuché un ruido y fui a ver qué sucedía, y la serpiente salió de la habitación y huyó en esa dirección —y George Strong señaló con la mano.
—¡Hum! —gruñó el capitán Putnam—. Esto debe ser investigado. ¿Qué clase de serpiente era?
—No lo sé, señor, pero medía al menos noventa centímetros de largo y siseó ruidosamente al pasar a mi lado.
—Supongo que son más de las jugarretas de los muchachos. Pero esto es ir demasiado lejos, especialmente si el reptil es venenoso.
Se encendieron las luces, se subieron al máximo y comenzó un registro de todos los pasillos. Cuando los cadetes supieron que una serpiente estaba realmente suelta en la escuela, muchos de los más tímidos se asustaron terriblemente.
—Podría envenenar a un compañero y matarlo —dijo un joven.
—Oh, no soporto las serpientes —dijo otro—. Si viniera a por mí, seguro me daría un ataque.
La búsqueda de la serpiente continuó durante la mayor parte de una hora, pero sin éxito. Peleg Snuggers se vio obligado a unirse a la cacería y casi colapsa al ver algo debajo de un estante en un rincón lejano.
—¡La serpiente! ¡La serpiente! —gritó y comenzó a huir. Pero lo que había visto resultó ser solo un trozo de cuerda vieja de ventana, y el hombre para todo fue objeto de tantas burlas que se alegró de escabullirse fuera de la vista.
—Debe haber bajado las escaleras —dijo Dick, y entonces se hizo una búsqueda en la planta baja. Aquí algunas ventanas se habían dejado abiertas para ventilar, y el capitán Putnam dijo que era posible que el reptil hubiera escapado de esa manera. No lo creía del todo, pero pensó que la serpiente debía ser inofensiva y quería decir algo para tranquilizar a los alumnos más tímidos.
—¿Cómo entró la serpiente en su habitación? —preguntó más tarde a los Rover y a sus compañeros de dormitorio.
—Entró en esta caja —respondió Dick, y sacó la caja de cartón en cuestión—. Alguien llamó a la puerta y, cuando la abrimos, la caja estaba en el suelo.
El capitán Putnam miró la caja y la inscripción.
—Sus amigas deben tener gustos peculiares —dijo sonriendo.
—Por supuesto que eso fue un truco, solo para que tomáramos la caja y la abriéramos —respondió Tom.
—¿Sospecha de alguien, Thomas?
—Bueno, no exactamente —dijo el bromista Rover, lentamente.
—¿Qué tiene que decir usted, Samuel?
—Estoy seguro de que no puedo imaginar quién pudo enviar esa caja.
—Richard, ¿qué puede decirme de esto?
Dick hizo una pausa y respiró profundamente.
—No puedo decirle nada por ahora, capitán Putnam —respondió lentamente—. Pero tengo una idea de cómo llegó esta caja aquí. Aunque odiaría acusar a alguien a menos que estuviera seguro.
—El señor Strong dijo que la serpiente medía al menos noventa centímetros.
—Sin duda medía eso.
—¿Cree que era una serpiente venenosa?
—No era una serpiente de cascabel, ni era ninguna clase de serpiente de las que se encuentran habitualmente en esta parte de nuestro país, de eso estoy seguro.
—Entonces, ¿la vio bien?
—Sí.
—Ciertamente, no tenía idea de que se pudieran encontrar serpientes de tal tamaño cerca de la escuela.
—Estoy casi seguro de que esa serpiente nunca fue encontrada por aquí. Durante mis viajes he estudiado un poco las serpientes y esa variedad era una desconocida para mí.
—Ya veo. —El director de Putnam Hall reflexionó por un momento—. Bueno, es muy extraño. Pero, como la serpiente ha desaparecido, creo que podemos retirarnos una vez más. No imagino que tengamos nada que temer.
Pasó una hora larga hasta que la escuela estuvo en calma. Muchos de los muchachos tenían miedo de irse a la cama y los profesores no podían culparlos. Los Rover y sus amigos se reunieron para discutir la situación en susurros y, al mismo tiempo, eliminar todos los rastros del festín que había sido interrumpido de forma tan curiosa.
—Dick, ¿qué piensas de esto? —preguntó Tom.
—Creo que Tad Sobber es el culpable, Tom, pero no quería decírselo al capitán Putnam.
—¿Crees que sacó la serpiente de ese museo?
—Lo creo.
—Yo opino lo mismo —intervino Sam—. ¿No recuerdan cómo estaba hablando con ese pregonero, como si fueran amigos? Sin duda fue Sobber quien hizo esa jugarreta.
—Si fue Sobber, deberíamos devolverle la jugada —dijo Songbird con tono sombrío—. ¡Una serpiente! Ugh, me hace estremecer solo de pensarlo.
—¿No quieres componer una oda en su honor? —preguntó Tom con sequedad—. Podría ser algo así:
«¡Una serpiente que sisea y se desliza, puso a toda la escuela deprisa; cada chico, en su terror, buscaba un mordisco con pavor!»
—Puedes burlarte si quieres, pero creo que no es un asunto de risa —observó Fred—. ¡Imaginen que un compañero se queda dormido y despierta al encontrar esa serpiente arrastrándose sobre él! ¡Puf! ¡Ni hablar de las pesadillas!
—Ciertamente haría que uno se sintiera raro —respondió Sam—. Pero digo yo, Dick, si estás seguro de que Sobber lo hizo, ¿por qué no podemos devolvérsela con la misma moneda?
—Estoy dispuesto, pero ¿cómo se puede hacer?
—Esperen hasta mañana por la noche y se los mostraré —respondió el menor de los Rover—. Es decir, a menos que atrapen a la serpiente mientras tanto.
—¿Tienes un plan para vengarte? —preguntó Larry.
—Sí.
—Entonces adelante, seguro —dijo Hans—. ¡Si ese tal Sobber ha sido culpable, debería ser colgado en el fondo del mar ahora mismo!
—Solo esperen, y arreglaremos al señor Tad Sobber —respondió Dick—. Deseará no haber visto nunca una serpiente. Tenía una idea de lo que su hermano Sam pensaba hacer.
CAPÍTULO XVII
UNA ESCENA AGITADA EN EL AULA
La búsqueda de la serpiente continuó durante todo el día siguiente, pero sin éxito. Para entonces, la emoción había disminuido y muchos de los cadetes olvidaron por completo el incidente. Unos pocos dijeron que debía ser una broma y se rieron a espaldas de George Strong.
—Es una de las jugarretas de Tom Rover —dijo un alumno—. Apuesto a que se está riendo por lo bajo del señor Strong y del capitán Putnam.
—¿Crees que era una serpiente viva? —preguntó otro.
—No, probablemente era un juguete con un hilo.
En la privacidad de su habitación, Tad Sobber y Nick Pell se rieron de corazón por la conmoción creada; es decir, Pell se rió y el matón se rió con él. Pero Sobber, en el fondo, estaba preocupado.
La verdad del asunto era que esperaba que la serpiente hubiera sido asesinada. El hombre que le había vendido el reptil había dicho que era de América Central y venenosa, pero había añadido que la serpiente estaba enferma y no era probable que hiciera daño alguno. A Sobber no le hubiera importado si Dick o sus hermanos hubieran sido mordidos por la serpiente, pero que el reptil estuviera suelto era otra historia.
—¿Crees que sería lo suficientemente venenosa como para matar a alguien? —preguntó Pell repentinamente, y se puso serio mientras hablaba.
—Oh, no, por supuesto que no —respondió el matón, pero apartó el rostro mientras hablaba. Había pagado cinco dólares por la serpiente y ahora estaría dispuesto a dar una suma igual para asegurarse de su muerte.
Por la tarde, Sam guio el camino hacia una pequeña vitrina de reptiles que colgaba en la pared del laboratorio escolar. En ella había una serpiente disecada casi del mismo tamaño que la que había desaparecido.
—Creo que podemos asustar a Sobber y Pell con eso —les dijo a sus hermanos.
—De cualquier modo, podemos intentarlo —respondió Tom, uniéndose al plan de inmediato.
—Queremos tener cuidado con lo que hacemos —añadió Dick—. De lo contrario, el par sospechará algo.
Hablaron sobre el asunto y lograron subir la serpiente sin que nadie los viera. Luego hicieron una visita al dormitorio ocupado por el matón y sus compinches y colocaron unos hilos negros fuertes por el suelo y en otros lugares. Después de eso, contaron a Songbird y a sus otros amigos lo que habían hecho.
Aquella noche, Sobber, Pell y sus amigos se fueron a dormir como de costumbre. Pero apenas habían apagado las luces cuando oyeron un sonido de crujido curioso en el suelo cerca de la puerta.
—¿Qué es eso? —preguntó Pell, quien tendía a ser nervioso.
—No lo sé, estoy seguro —respondió Sobber.
El crujido continuó y algo pareció moverse por el suelo. Preguntándose qué podría ser, el matón se levantó y encendió una luz. Entonces soltó un grito y saltó hacia atrás.
—¡La serpiente!
—¿Dónde está? —gritó Pell, sentándose de golpe y con los pelos de punta.
—Ahí está, en el rincón.
—¡La serpiente! ¡La serpiente! —gritaron los otros muchachos en la habitación, y algunos estaban tan asustados que se sumergieron bajo las mantas de la cama.
La luz no era lo suficientemente fuerte como para ver con claridad y nadie tuvo el valor de iluminar más el lugar. Sobber permaneció en el centro de la habitación y, mientras lo hacía, la serpiente de repente pareció volar por el aire directamente hacia él.
—¡Oh! —gritó—. ¡Vete! —y se desplomó sobre su cama y se lanzó una manta encima. Sintió que el reptil cruzaba la cama y se quedó allí temblando de terror mortal. Entonces escuchó algo moviéndose por el suelo.
—¡Esa serpiente está decidida a morderme! —murmuró para sí mismo—. ¡Oh, por qué la traje a la escuela!
—¡Que alguien llame al capitán Putnam! —salió de Nick Pell. Estaba tan asustado que apenas podía hablar.
Había una campana de emergencia cerca de la puerta, para ser usada en caso de incendio, y uno de los muchachos la tocó. De inmediato sonó la alarma y en pocos minutos los pasillos se llenaron de alumnos como en la noche anterior, mientras algunos de los profesores y Peleg Snuggers aparecían con extintores químicos en las manos.
—¿Dónde está el fuego?
—¿Debo llamar por teléfono al departamento de bomberos de Cedarville?
—¿Alguien se ha quemado?
—¿En qué habitación está?
Tales fueron algunas de las preguntas formuladas. Entonces el capitán Putnam irrumpió en la escena.
—¡Es la serpiente otra vez! —se lamentó uno de los cadetes, que ahora estaba de pie sobre su cama, con los ojos saliéndose de sus órbitas.
—¿Estás seguro?
—Sí, la serpiente está aquí dentro —respondió Tad Sobber—. ¡Vaya, prácticamente saltó sobre mi cama!
—¡Intentó morderme la cara! —dijo Nick Pell, quien estaba tan excitado que apenas sabía lo que decía.
Se encendieron más luces y el capitán Putnam fue a buscar una escopeta.
—Si la veo, la haré pedazos —dijo a George Strong.
Siguió una larga búsqueda y entonces se escuchó un grito repentino desde un rincón del dormitorio.
—¡Ahí está!
—¡Dispárele, capitán Putnam!
El director del Hall apuntó y se acercó lentamente. Entonces, de repente, bajó el cañón de su escopeta, dio un paso adelante y agarró a la serpiente por la cola.
—Es una serpiente disecada —dijo—. Pertenece a la vitrina del laboratorio.
—¿Una serpiente disecada? —preguntó Tad Sobber, y cuando se dio cuenta de la verdad, fue el chico más furioso de toda la escuela.
—A ver —dijo el director del Hall, volviéndose hacia Dick—. ¿Fue esto lo que vieron anoche?
—No, señor —fue la respuesta rápida—. Lo que vimos era una serpiente real y viva.
—Ciertamente lo era —dijo George Strong.
—¿Está seguro de que esta es de la vitrina del laboratorio, capitán Putnam? —preguntó Andrew Garmore, uno de los profesores.
—Sí, la conozco bien. Además, aquí está la etiqueta.
—Bueno, miré la vitrina temprano esta mañana y estaba llena, como siempre lo ha estado.
—¡Es una jugarreta contra mí! —rugió Tad Sobber, enojado—. ¡Solo esperen, me vengaré de alguien por esto! —Y miró fijamente a los Rover.
—A Sobber deben gustarle las serpientes; lo vi en el museo de Cedarville un día —respondió Dick, mirando al matón con audacia. Ante esto, Sobber se puso rojo y se escabulló fuera de la vista.
—A la cama, todos ustedes —dijo el capitán Putnam con severidad—. Investigaré esto por la mañana.
Al igual que la noche anterior, le tomó mucho tiempo a la escuela calmarse. Los muchachos Rover y sus amigos se rieron de lo lindo por el éxito del truco.
—¡Vaya! Pero qué enfadado está Sobber —dijo Fred—. Tienen que tener cuidado, hará cualquier cosa para vengarse.
La prometida investigación del día siguiente no se materializó, debido a que el capitán Putnam fue llamado por asuntos importantes. Así pasaron dos días y el incidente de la serpiente fue prácticamente olvidado de nuevo por la mayoría de los estudiantes.
Al día siguiente, el director del Hall regresó y dijo que comenzaría su investigación esa tarde después de la sesión escolar.
—Y déjenme decirles una cosa —anunció—. Quienquiera que haya traído esa serpiente real a esta academia tendrá que sufrir las consecuencias.
Esa tarde, en una de las aulas, algunos de los alumnos recitaban historia cuando de repente un grito salvaje resonó en el aire y se vio a Nick Pell saltar de su asiento y correr lejos de su escritorio como si un demonio estuviera tras él.
—¿Qué pasa, Pell? —exigió saber el profesor.
—¡La... la serpiente! —gimió Nick—. ¡Oh, soy un chico muerto!
—¿Dónde está? —preguntaron una veintena de voces.
—¡En mi escritorio! ¡Acaba de morderme la mano! ¡Oh, soy un chico muerto, sé que lo soy! —Y Nick Pell temblaba de pies a cabeza en su terror.
El anuncio de que la serpiente estaba en el escritorio de Nick fue recibido de diversas maneras por los muchachos presentes. Algunos pensaron que debía ser la serpiente real y otros pensaron que podría ser solo un truco. Con cautela, el profesor se acercó al escritorio, armado con una regla. Entonces se escuchó un siseo y la serpiente sacó su cabeza.
—¡Está viva! —gritaron una docena de cadetes.
—¡Mátenla! ¡Mátenla!
—¡Vayan ustedes y mátenla!
—No tengo nada.
—Yo tampoco.
—Láncenle un libro —sugirió Tom, y lanzó su César. Su puntería fue buena y la serpiente fue golpeada en el cuello y cayó al suelo. Entonces los muchachos lanzaron libros, reglas y tinteros al reptil, y fue arrinconado. Dick tomó un atlas de geografía grande, lo dejó caer sobre la serpiente y se paró encima. El reptil se retorció, pero no pudo escapar, y en pocos segundos más fue asesinado.
—Ese es el fin de esa serpiente —dijo Sam, soltando un suspiro de alivio—. Y estoy muy contento por ello.
—¡Estoy envenenado! ¡Estoy envenenado! —gritó Nick Pell—. ¡Miren, mi mano ya se está hinchando!
—¿Crees que realmente fue mordido? —susurró Tom.
—Parece que sí —respondió Dick—. Qué mal, si la serpiente realmente era venenosa.
Para entonces, el capitán Putnam había entrado. Echó un vistazo a la serpiente muerta y dio un salto.
—¿Esa cosa te mordió, Pell? —preguntó.
—Sí, señor, justo aquí, en... en la palma de la mano —gritó el joven aludido—. Miren cómo se está hinchando.
—Llamaré por teléfono a un médico de inmediato. Venga a mi oficina y veré qué puedo hacer por usted.
Nick ciertamente había sido mordido y ahora la mano tenía el doble de su tamaño normal, mientras que el dolor era agudo. El chico temblaba como una hoja.
—¡Estoy envenenado, sé que lo estoy! —se lamentó—. ¡Además, todo es culpa de Tad Sobber! ¡Oh, si muriera! —Y entonces, de repente, cayó al suelo con convulsiones.
CAPÍTULO XVIII
EN EL QUE TAD SOBBER DESAPARECE
Todos los que estaban cerca de Nick Pell se quedaron asombrados al ver al chico caer al suelo. El capitán Putnam y Dick Rover lo levantaron. Sus ojos giraban de forma espantosa y sus mandíbulas se abrían y cerraban con un chasquido que resultaba enfermizo.
—Algo está ciertamente mal con él —susurró Sam a Tom.
—Sí, no actuaría así si estuviera simplemente asustado —fue la respuesta—. ¡Y mira su mano!
—Lo llevaremos a uno de los dormitorios vacíos —dijo el capitán Putnam—. Y, señor Strong, asegúrese de que traigamos a un médico aquí tan pronto como sea posible. Dígale que es un caso de envenenamiento por serpiente y pregúntele por teléfono qué es lo mejor que podemos hacer.
Nick Pell fue llevado arriba. Para entonces había dejado de moverse y yacía como un tronco en manos de quienes lo sostenían.
Muchos lo habían escuchado mencionar a Tad Sobber y todos miraron al matón con aire inquisitivo. Sobber estaba mortalmente pálido, pero se las arregló para mantener una postura audaz.
—Yo no tengo la culpa —dijo, en respuesta a una pregunta de uno de los profesores—. Yo no puse la serpiente en el escritorio de Pell.
—¿Trajiste tú la serpiente a la escuela?
—Ciertamente no —respondió el matón descaradamente. Se decidió a mantenerse fuera de problemas incluso si fuera necesario mentir para hacerlo.
Se envió una llamada urgente al Doctor Fremley de Cedarville y llegó tan rápido como su yegua pudo traerlo. Solo los profesores y el médico fueron admitidos en el dormitorio con Pell, por lo que los cadetes no supieron lo que sucedió.
—Está tan claro como el día —dijo Dick a su hermano y a sus amigos—. Sobber consiguió la serpiente y la metió en la caja. Por eso Pell dijo que él era el culpable.
—Pero Sobber le dijo a un profesor que él no trajo la serpiente al Hall —respondió Songbird.
—No le creo —vino de parte de Tom.
—Ni yo —añadió Sam—. Es un mal bicho, si es que alguna vez hubo uno.
El envenenamiento de Nick Pell ensombreció a toda la escuela, y ni los profesores ni los alumnos pudieron concentrarse en las lecciones. El médico permaneció con el paciente durante dos horas, y cuando salió, tenía un aspecto muy grave.
—De ninguna manera está fuera de peligro —anunció el médico—. Pero esperemos lo mejor. Creo que sus padres deberían ser avisados.
Esto se hizo, y el señor y la señora Pell vinieron al día siguiente a ver a su hijo. Lo encontraron con algo de fiebre y fuera de sí, gritando continuamente que Sobber quitara la serpiente.
—Richard, quiero verte —dijo el capitán Putnam esa misma tarde, y llevó a Dick a su oficina privada. Allí le exigió saber qué sabía el mayor de los Rover sobre el incidente de la serpiente.
—Capitán Putnam, le contaré todo de principio a fin —respondió Dick—. Si tengo que sufrir, aceptaré mi castigo, y Tom y Sam dicen que están dispuestos a hacer lo mismo. Y entonces Dick relató los pormenores del problema con el matón y Pell, y cómo él y sus hermanos, Songbird y Hans, habían visto a Sobber y Pell en el museo donde estaban las serpientes. Luego contó lo del festín y cómo se descubrió la serpiente en la caja.
—He guardado la caja —añadió—, y puede mirar la escritura si lo desea. Creo que es letra de Tad Sobber, aunque algo disimulada.
La dirección en la caja fue investigada por el director del Hall, quien mandó llamar varias redacciones que Tad Sobber había escrito. El matón se sintió muy perturbado cuando tuvo que entregar las redacciones a George Strong.
—¿Para qué es eso? —preguntó, con el ceño fruncido.
—El capitán Putnam las quiere —respondió el profesor, y no quiso decir nada más.
Con ojos ansiosos, el matón observó al primer asistente desaparecer en la oficina con las redacciones. Luego, mirando para asegurarse de que nadie lo observaba, se deslizó hasta la puerta y pegó el oído a la cerradura. Lo que oyó le llenó de una alarma creciente.
—Es la letra de Sobber, sin lugar a dudas —dijo el capitán Putnam, después de comparar las redacciones con la dirección en la tapa de la caja—. ¿Me pregunto si sabía que la serpiente era venenosa?
—Quizás Nick Pell pueda decir eso... después de que supere su problema —respondió Dick.
—Siempre y cuando lo supere, Richard.
—¿No cree que se recuperará? —gritó Dick, consternado.
—Puede que no. Es un caso muy serio, según me informa el doctor Fremley.
—¿Qué dice el señor Pell al respecto?
—Quiere que yo investigue. Dice que puede hacer que arresten a alguien por esto... y apenas puedo culparlo. Fue algo vil de hacer: traer una serpiente venenosa a la escuela.
Al mencionar el arresto, Tad Sobber apretó los dientes con fuerza.
—Supongo que es hora de hacerme el desaparecido —murmuró—. Tal vez sea mejor que me vaya y me una al tío Sid. Y se alejó silenciosamente hacia su habitación. Permaneció allí unos diez minutos, luego salió a hurtadillas por un camino trasero, con un fardo de buen tamaño bajo el brazo.
Al concluir la entrevista en la oficina, el capitán Putnam mandó llamar a Tad Sobber. Uno de los monitores fue a hacer el recado y regresó al cabo de un cuarto de hora con la información de que el joven no pudo ser encontrado.
—¿Tenía permiso para salir del recinto? —preguntó el capitán a los profesores.
—El mío no —dijo un instructor tras otro.
Entonces se envió a Peleg Snuggers a buscar al matón, quien pronto regresó con la noticia de que Sobber no estaba por los alrededores, pero que dos de los cadetes lo habían visto caminar en dirección a Cedarville. Sobber le había dado a uno de los cadetes una nota para el director del Hall. Esta decía lo siguiente:
—Debo ir al pueblo por un asunto de gran importancia. Explicaré todo cuando regrese.—T. Sobber.
—Quizás ha ido a averiguar sobre esa serpiente —sugirió Tom.
—¿Cómo podría? —dijo su hermano menor—. El cuidador del museo se ha mudado.
—Tad puede saber a dónde se mudó —intervino Larry.
Pasó un día entero y el matón no apareció. Entonces el capitán Putnam condujo hasta el pueblo e intentó buscarlo, pero sin éxito. Se enteró de que el hombre del museo había enviado su equipo a Boston.
—Se ha escapado —dijo el director del Hall al señor Pell y a George Strong—. Ahora estoy convencido de que era culpable. Pero como Nick lo sabía, debe haber tenido algo que ver —añadió.
—Confío en que mi hijo se recupere —respondió el señor Pell, con un profundo suspiro. Pero los días pasaron y Nick Pell seguía en mal estado, muy débil y fuera de sí durante la mayor parte del tiempo. Durante sus intervalos lúcidos contó cómo Sobber había comprado la serpiente por cinco dólares, diciendo el dueño que estaba enferma y que probablemente moriría en el futuro cercano. Añadió que el matón había dicho que esperaba que la serpiente mordiera a uno de los Rover.
—Yo no quería que usara la serpiente —dijo el paciente—, pero él insistió y me dijo que mantuviera la boca cerrada al respecto. Después de eso, el pobre Nick comenzó a delirar de nuevo y tuvieron que darle medicina para mantenerlo tranquilo. Durante uno de sus momentos buenos fue trasladado a una casa situada a media milla de Putnam Hall, donde podía beneficiarse de una tranquilidad absoluta. Su padre volvió a sus negocios, pero su madre se quedó para cuidar a su hijo.
Las vacaciones de Acción de Gracias estaban cerca, pero los hermanos Rover decidieron quedarse en el Hall y no volver a casa hasta Navidad. Además, se estaban preparando para la fiesta en la casa de campo de los Stanhope, que tendría lugar el miércoles siguiente por la noche. Habían visto a Dora, Nellie y Grace varias veces, y todas se habían preparado para «el mejor momento de todos», como decían las chicas. El capitán Putnam dio permiso a los muchachos para llevar el carruaje y les permitió salir de la escuela el día de la fiesta a las seis en punto.
—¡Ajá! ¡Aquí vamos! —gritó Tom, mientras tomaba el látigo y lo hacía chasquear ruidosamente—. ¡Agárrense todos! Peleg, no dejes que el equipo se rezague —continuó, dirigiéndose al conductor.
—Y no se le ocurra hacer que se escapen, maestro Tom —respondió el conductor, con severidad.
—Es un viaje bastante largo y no queremos llegar tarde —dijo Dick—. Así que avanza tan rápido como puedas.
—Dime, Tubby, ¿dónde está tu sombrero de copa? —preguntó Sam al cadete presumido, que formaba parte del grupo.
—Yo... ah... pensé que no sería... ah... bastante apropiado —ceceó William Philander—. Al no ser... ah... traje de gala, ya sabes.
—Tenía miedo de que se lo aplastaran —dijo Fred—. ¡Hurra! ¡Nos vamos! ¡Ahora por una buena noche de diversión!
Iban a tener una buena noche de diversión, y una aventura de lo más inusual con ella.
CAPÍTULO XIX
LO QUE SUCEDIÓ EN LA FIESTA
Era una noche clara y brillante cuando los muchachos condujeron hasta la casa de campo de los Stanhope. Todos estaban de muy buen humor y cantaban y bromeaban a sus anchas. Por el momento, el problema con Tad Sobber estaba totalmente olvidado. Hasta ahora no se había sabido nada más del matón, y todos estaban convencidos de que había abandonado tanto Putnam Hall como Cedarville, y quizás para siempre.
—Un chico me dijo que solía vivir con un tío en la ciudad de Nueva York —dijo Larry—. No sabía el nombre del tío.
Cuando el carruaje llegó a la propiedad de los Stanhope, encontraron la casa bien iluminada. Dora había invitado a varias de sus amigas y estas, junto con sus primas Grace y Nellie, ya estaban allí. Los muchachos lanzaron un sonoro vítores al detenerse en el bloque de montar, y las chicas salieron a recibirlos.
—¿Están todos? —gritó Dora.
—Todos —fue la respuesta.
—¡Bien! —exclamaron varias de las chicas.
—Supongo que llegamos un poco temprano —observó Dick—. Pero queríamos asegurarnos de no llegar tarde, y es un viaje largo.
—No llegaron ni un poco temprano —respondió Dora, y le dio su delicada mano que él apretó con ardor.
Pronto los muchachos salieron del carruaje y siguió un intercambio general de saludos. Se presentó a quienes no se conocían, y todos entraron en la casa, donde se había preparado una habitación en la planta superior para la recepción de los cadetes.
—Ahora, todos deben sentirse como en su casa —dijo la señora Stanhope, quien era asistida por la señora Laning y el señor Laning. Los adultos prepararon los refrescos mientras los jóvenes se sentaban en el salón y la sala de estar.
Al principio, como en todas las fiestas, hubo un poco de rigidez, pero esto se rompió pronto cuando Tom preguntó con voz solemne:
—Digan, ¿alguien trajo un iceberg en el bolsillo? Si es así, por favor, póngalo en la estufa de la cocina para que se derrita.
—¡Oh, Tom! —chilló Nellie, y todas las chicas se rieron. Entonces «se rompió el hielo» y todos empezaron a hablar a la vez. Incluso William Philander estaba complacido, pues había descubierto a una chica alta y esbelta que se ajustaba exactamente a sus gustos y que le encontraba encantador.
Al principio jugaron a media docena de juegos diferentes y lanzaron adivinanzas, y Songbird recitó un poema escrito en honor a la ocasión. El poema era el mejor esfuerzo que había hecho hasta ahora en el verso y, por supuesto, todos aplaudieron. Entonces Grace dijo que debería publicarlo en el periódico semanal de Cedarville, y esto complació mucho al poeta.
—Tal vez puedas conseguir un dólar por línea por él, Songbird —sugirió Dick.
—Si puede, dejaremos que lo reparta con nosotros —añadió Tom, y esto causó una carcajada.
Poco después se anunciaron los refrescos, y los muchachos y las chicas se emparejaron y entraron en el comedor. Allí había una mesa larga extendida, decorada con hojas de otoño y los colores de Putnam Hall. Había seis velas de colores sobre la mesa, cada una con una elaborada pantalla roja, y el efecto general era cálido y agradable. Había muchas cosas buenas para comer, incluido helado congelado en todo tipo de formas. Cuando pasaron las formas, Dick consiguió un tambor mayor, Tom un Tío Sam, y Sam un dirigible. Hans consiguió un niño holandés gordo, lo que le hizo mucha gracia.
—Esto se ve chustamente como algunos muchachos por el Fadderlandt —observó.
Con el helado llegaron bombones de chasquido, llenos de todo tipo de cosas hechas de papel, y pronto un muchacho llevaba un delantal, otro un gorro de dormir, y cosas así. Dora consiguió una chaqueta amarilla, y Nellie un gorro de panadero, mientras que Grace saltaba por ahí usando un sombrero de ala alta de más de un pie. Hubo muchas risas, y los mayores no dudaron en unirse. Las nueces y las pasas siguieron al helado, y luego los jóvenes regresaron a la sala de estar y al salón para terminar sus juegos y escuchar un poco de música.
—Dora, debes tocar para nosotros —dijo Dick, y la llevó al piano. Entonces, mientras algunos de los otros se reunían alrededor, la chica tocó «Waiting for the Wagon», «Aunt Dinah's Quilting Party» y varios otros favoritos, y la multitud los cantó con entusiasmo.
—Supongo que es hora de que nos vayamos —susurró Fred a Dick, al poco rato—. Sé que te gustaría que Dora tocara toda la noche para ti, pero no puede ser.
Dick miró su reloj.
—¡Uf! ¡Tan tarde como esto! —exclamó en voz baja—. Sí, tendremos que irnos.
—Cantemos «Home, Sweet Home» —sugirió uno de los muchachos, y Dora comenzó a tocar los acordes iniciales. Estaban a mitad de la primera estrofa cuando Dick miró casualmente hacia una de las ventanas y se detuvo en seco.
Un hombre estaba afuera mirando la fiesta.
¡Era Merrick!
—¡Bueno, no me lo puedo creer! —exclamó el mayor de los hermanos Rover, y su exclamación repentina hizo que Dora lo mirara con curiosidad y dejara de tocar.
—¿Qué pasa, Dick?
—¿Viste a ese hombre en la ventana? Ya se ha ido.
—No vi a nadie.
—¿Quién era? —preguntó Tom rápidamente.
—¡Era ese sinvergüenza de Merrick!
—¡Merrick! —exclamó Sam—. ¿El tipo que se llevó los bonos del tío Randolph?
—El mismo.
—Oh, Dick, debes estar equivocado.
—No me equivoqué; lo vi tan claro como el día. Voy a buscarlo —añadió el mayor de los Rover, pues el hombre ya había desaparecido.
Corrió hacia la puerta del vestíbulo y los otros muchachos lo siguieron. Las chicas permanecieron en el salón, muy asustadas, pues ya pasaba de medianoche.
Cuando Dick llegó al porche, vio una forma oscura deslizándose a lo largo de una hilera de arbustos cerca de la cerca del jardín.
—¡Ahí está! —exclamó—. ¡Detente! —gritó en voz alta—. ¡Detente, te lo digo!
—¿Quién dijiste que era? —preguntó John Laning, mientras salía de la cocina con un bastón robusto en la mano.
—Ese sinvergüenza de Merrick, uno de los dos hombres que robaron los bonos de la compañía de tracción de mi tío —explicó Dick.
—¿Qué puede estar haciendo aquí?
—No lo sé. ¡Ahí va, sobre la cerca!
—¡Se dirige hacia el camino lateral! —exclamó Sam—. ¡Vamos tras él!
—Esperen a que busquemos nuestros sombreros y abrigos —dijo Tom, y corrió de regreso a recoger los artículos mencionados. Esto tomó un par de minutos, y para cuando regresó, Merrick estaba fuera de vista.
Los tres Rover corrieron hacia el camino lateral, acompañados por Fred Garrison y el señor Laning.
—Desearía tener una pistola —comentó John Laning—. No hay forma de saber cuán desesperado puede ser un personaje como ese villano.
—Me gustaría saber si vino a pie o con un caballo —dijo Dick.
—¿Crees que nos siguió hasta este lugar? —preguntó Sam.
—Seguro que no lo sé. Todo esto me parece muy raro.
No había luna, pero las estrellas brillaban intensamente, así que podían ver bastante bien en el camino. Al llegar a una curva, Tom señaló hacia adelante.
—¡Ahí está, justo entrando en los arbustos!
—Será mejor que no vaya por ese camino —fue el comentario del señor Laning—, a menos que conozca bien el terreno.
—¿Por qué no? —preguntó Sam.
—Justo más allá de ese parche de madera está el pantano de Nixon, como lo llaman: un lugar tan pantanoso y traicionero como se puede encontrar en kilómetros a la redonda. Si no tiene cuidado, se quedará atrapado allí y nunca saldrá.
—¿Conoce el pantano? —preguntó Dick—. Quiero decir, ¿los buenos lugares?
—Bastante bien; solía venir aquí cuando era un niño, a recoger arándanos. Son abundantes al otro lado del pantano.
—Entonces supongo que usted guiará el camino y nosotros lo seguiremos.
Pronto estuvieron en el bosque y vieron un sendero bien definido que corría hacia el este. Más allá estaba el pantano de Nixon, y aún más lejos otro bosque.
Temían haber perdido el rastro del hombre al que perseguían cuando escucharon un crujido delante de ellos, seguido de un breve grito de alarma. Merrick había tropezado con un tronco caído y se había precipitado de cabeza contra unos arbustos espinosos. Le llevó algún tiempo liberarse, y mientras tanto los perseguidores se acercaron.
—¡Lo veo! —gritó Tom—. ¡Está girando a la derecha!
—Se dirige a la peor parte del pantano —fue el comentario del señor Laning—. Si no tiene cuidado...
Un minuto después, un grito salvaje resonó desde adelante. El grito se repitió dos veces, y luego todo quedó tan silencioso como la tumba.
—Debe haberse hundido en el pantano —exclamó Dick.
—Sí, y lo más probable es que se esté ahogando —añadió John Laning.
CAPÍTULO XX
DICK Y DORA
Los muchachos tenían casi miedo de penetrar más en el bosque, pues encontraron que el suelo se volvía húmedo y esponjoso bajo sus pies. Todos se detuvieron y se reunieron alrededor del señor Laning.
—¿Crees que realmente se ha ahogado? —preguntó Sam, con un ligero escalofrío.
—Puede ser —fue la respuesta del granjero—. Conozco a un hombre que se ahogó aquí hace algunos años, y cada año se pierde ganado aquí. El fondo del pantano es muy pegajoso, y una vez que una persona entra, se hunde hacia abajo y hacia el fondo.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Tom.
—Podemos seguir adelante, pero debemos ser muy cuidadosos. No den un paso hasta que estén seguros de su pisada. Si sienten que se hunden, agárrense de algún árbol o arbusto.
El señor Laning guio el camino y los muchachos lo siguieron, hasta que cubrieron una distancia de cincuenta o sesenta pies. Aquí el suelo era tan blando que tenían que saltar de una raíz de árbol o un grupo de arbustos a otro. Mientras avanzaban, escuchaban atentamente cualquier sonido adicional de Merrick, pero no vino ninguno.
—Hola, ¿qué es esto? —gritó Dick, poco después, y se movió a un lado, cerca de una poza de agua oscura y de aspecto traicionero—. ¡El sombrero de un hombre!
Lo recogió y le dio la vuelta. En el interior estaban las iniciales, S. A. M.
—Debe ser de Merrick —continuó—. ¿Puede haberse hundido aquí?
Los demás se acercaron a su llamada y todos miraron el sombrero, que había estado tirado en el barro al lado de la poza. Luego se encendió una cerilla, y todos miraron alrededor y dentro de la poza mientras duraba esta tenue iluminación. No se vio otro rastro del hombre desaparecido.
—Merrick, ¿dónde estás? —gritó Dick—. Si necesitas ayuda, dilo, e intentaremos sacarte.
—¿Crees que respondería a esa llamada? —preguntó Fred.
—Creo que preferiría ir a la cárcel que morir en este pantano —fue la respuesta.
Los estudiantes y el señor Laning se movieron con cautela alrededor del borde del pantano durante media hora y luego regresaron al camino. Para marcar el lugar donde se había encontrado el sombrero, Dick colgó el tocado en la rama de un árbol.
—Podemos volver a la luz del día y hacer otra búsqueda —dijo—. Y también podemos notificar a las autoridades.
Cuando regresaron a la casa de campo de los Stanhope, encontraron a los demás esperando ansiosamente su regreso.
—¿Lo atraparon?
—¿Les hizo daño?
—No, no lo atrapamos, y nadie está herido —respondió el señor Laning—. Lo perdimos en el pantano, y no hay forma de saber dónde está ahora.
—Quiero atraparlo por dos razones, es decir, si está vivo —dijo Dick—. Quiero recuperar esos bonos y quiero saber qué lo trajo a esta casa.
—Tal vez vino aquí para robar a los Stanhope —susurró Tom—. Pero no debería decírselo, porque las asustará demasiado.
—No, no digas una palabra, Tom. Si lo haces, la señora Stanhope estará tan nerviosa como siempre.
—Yo y mi familia nos vamos a quedar aquí esta noche —anunció el señor Laning—, así que podemos ir a cazar a ese hombre a primera hora de la mañana.
—Y yo conduciré hasta aquí, si el capitán Putnam me deja —respondió Dick.
La aparición de Merrick había empañado la despedida de la fiesta, y los Rover estaban algo callados mientras regresaban a la escuela. Era demasiado tarde para hablar con el capitán Putnam esa noche, pero Dick se levantó temprano y vio al director del Hall antes del desayuno.
—Espero que se hayan divertido anoche —dijo el capitán Putnam, sonriendo.
—Lo hicimos, señor —dijo Dick—. Pero nuestra fiesta terminó de una manera que no anticipamos —y luego contó lo que había ocurrido.
El capitán había oído hablar de los bonos perdidos de la compañía de tracción, y permitió fácilmente que Dick regresara a la casa de campo, usando un caballo y un coche para ese propósito. Sam y Tom también querían ir, pero el capitán Putnam se opuso.
—Creo que uno es suficiente, especialmente porque el señor Laning también está allí —dijo.
Con un buen caballo y un coche ligero, no le tomó mucho tiempo al mayor de los hermanos Rover llegar a la casa de los Stanhope. La familia acababa de desayunar y se sorprendió de verlo tan temprano.
—¿No comiste nada? —preguntó Dora—. Si no lo hiciste, entra ahora mismo y te prepararé una tortilla y un poco de café.
—No, gracias, Dora —susurró—. Tendré que esperar a eso hasta que vivamos juntos. Entonces...
—¡Oh, Dick! —exclamó ella, y se sonrojó como una rosa.
—Desayuné mientras venía en el coche: una naranja y unos sándwiches —continuó el joven—. La señora Green los preparó para mí. ¿Hay algo nuevo?
—No. El tío John te está esperando. Está en el cobertizo de leña, probándose unas viejas botas de goma. Dice que uno debería tener botas de goma para entrar al pantano.
Dick se apresuró al cobertizo y allí descubrió que el señor Laning había desenterrado dos pares de botas, y se puso un par mientras el granjero se ponía el otro. Poco después, ambos subieron al coche y condujeron por el camino que habían recorrido la noche anterior. Luego ataron el caballo a un árbol y siguieron el sendero que conducía al borde del pantano.
—¡Hola, el sombrero ha desaparecido! —exclamó Dick al acercarse al pozo negro.
—Quizá se cayó al suelo —sugirió John Laning.
Ambos miraron a su alrededor, pero no pudieron ver nada del accesorio perdido. Entonces, Dick divisó un trozo de papel prendido al árbol.
—Aquí hay un mensaje de algún tipo —dijo, y lo leyó. El mensaje decía lo siguiente:
«Supongo que esta vez te engañé. Estuve en el árbol todo el tiempo. Para cuando leas esto, estaré a kilómetros de distancia. Adiós hasta la próxima».
—¡Hum! —masculló Dick—. ¿Qué piensas de esto? —Y le pasó el mensaje a su compañero.
—Ciertamente nos engañó —respondió el señor Laning—. Supongo que esos gritos solo fueron para hacernos bajar la guardia. Es una pena que no nos lleváramos su sombrero como recuerdo de la ocasión, como dicen ustedes, los jóvenes —y el granjero sonrió.
—Quizás todavía esté por aquí —sugirió Dick—. Si intentó engañarnos una vez, podría intentar engañarnos otra.
—Eso es cierto también. No hará daño echar un buen vistazo mientras estamos aquí, Dick.
Pasaron toda la mañana caminando por el pantano e intentando rastrear los movimientos de Merrick, pero sin éxito. No se encontró nada relacionado con el sinvergüenza, y cuando ambos se sintieron agotados y hambrientos, regresaron a la cabaña de los Stanhope. Allí, las chicas y las señoras tenían una cena caliente esperándolos y les sirvieron generosamente, terminando con una tarta de manzana que Dora había hecho especialmente para Dick.
—¡Está buenísima! —le dijo a ella, en voz baja.
—¿Entonces te gusta? —respondió ella, con una sonrisa.
—¿Que si me gusta? Dora, cuando vivamos juntos, me harás una tarta como esta dos veces por semana —añadió, con entusiasmo.
—Dick, si no dejas de bromear...
—Oh, no estoy bromeando, Dora. Por supuesto, si no estás dispuesta a hacerme una tarta de vez en cuando...
—Oh, no es eso; haré todas las tartas que quieras. Pero... pero... —y entonces Dora se sonrojó tan furiosamente que tuvo que salir corriendo de la habitación. Dick la miró con nostalgia y lanzó un suspiro profundo. Deseaba que sus días en la academia hubieran terminado, estar trabajando y asentado en la vida. Sabía exactamente qué tipo de hogar quería y a quién quería en él además de a sí mismo; y quizá Dora también lo supiera.
—Pero aún no puedo pensar en esas cosas —reflexionó al terminar de cenar—. Primero tengo que salir al mundo, entrar en los negocios y demostrar mi valía.
Terminada la comida, se decidió que Dick y el señor Laning irían a Cedarville para comunicarse con las autoridades locales y también con las de Ithaca. Así se hizo, y al día siguiente se realizó otra búsqueda de Merrick. Pero no pudo ser encontrado; y allí, por el momento, quedó el asunto.
—Creo que volveremos a saber de él algún día —dijo Dick, y tenía razón; efectivamente supieron del estafador, y cuando menos lo esperaban.
CAPÍTULO XXI
UNA CARRERA DE TRINEOS
—¡Guau! ¡Hurra! ¡Está nevando!
Así gritó Tom un día, mientras irrumpía en la biblioteca de la residencia, donde Dick, Sam y varios otros estaban hojeando libros y las últimas revistas.
—¿Fuerte? —preguntó Sam, dejando la revista que sostenía.
—No, pero constante. Peleg Snuggers dice que será una nevada fuerte, y él generalmente sabe de esto.
—Y le encantan tanto las tormentas de nieve —añadió Fred, con una risa—. ¿Recuerdas la vez que hicimos un gran fuerte y tuvimos una batalla real?
—¡Claro que sí! —gritó Larry—. ¡Fue genial! Deberíamos hacer algo parecido este invierno.
—Esperaba que pudiéramos patinar antes de que nevara —intervino Songbird.
—Bueno, no podemos tener todas las cosas buenas a la vez —respondió Dick—. Creo que una fuerte tormenta de nieve es alegre. De alguna manera, cuando nieva, siempre tengo ganas de silbar y cantar.
—Y yo tengo ganas de componer versos —murmuró el poeta de la escuela, y continuó:
«Oh, la nieve, la hermosa nieve, que cae cuando el viento sopla. Cayendo día y noche, ¡dejando la tierra con una vista maravillosa! Oh, la nieve, la nieve celestial...»
«¡Mojándonos los pies dondequiera que vamos!»
continuó Tom, y añadió:
«Oh, la nieve, cuando el viento sopla, lleva un ritmo y golpea nuestra cara y estamos congelados hasta los dedos de los pies y en la nieve derretida, que es como papilla, no podemos parar, ¡sino ir de bruces!»
—Tom, lo primero que sepas, le habrás quitado los laureles a Songbird —observó Larry.
—¡Ni lo digas! —respondió el divertido Rover, trágicamente.
—No espero que llames a eso poesía —dijo Songbird, con profundo disgusto—. Vaya, Hans puede hacerlo mejor que eso; ¿verdad, holandés?
—Seguro, puedo inventar una buena boesía —respondió Hans—. Escuchen esto. La inventé una noche que no podía dormir.
«Había un pajarito, se sentaba en un árbol, ese pajarito estaba feliz como un pajarito podía estar. Un cazador con una escopeta junto al árbol se puso, disparó su terrible escopeta, y ese pájaro... ¡voló lejos!»
—¡Bien por Hans! —gritó Dick, y hubo una risa general. Luego, la reunión en la biblioteca se disolvió y todos los cadetes salieron afuera para ver cómo lucía la nieve. Poco después, había suficiente en el suelo para hacer bolas de nieve, y entonces sobrevino una batalla campal por todas partes. Mientras tuvieran cuidado de no romper ninguna ventana, al capitán Putnam no le importaba esto, y desde su oficina, el director de la residencia y George Strong observaban el deporte.
—Hace que uno se sienta joven otra vez —comentó el capitán a su primer asistente.
—Me gustaría salir yo mismo —respondió George Strong.
—Recuerdo un año en que tuvimos una gran pelea de bolas de nieve en West Point —continuó el capitán—. Se llevó a cabo al estilo militar regular y duró medio día. Nuestro bando salió victorioso, pero tuvimos que luchar desesperadamente para ganar. Me golpearon en la barbilla y en la oreja, y tres de los cadetes quedaron inconscientes. Pero fue un buen entrenamiento, pues nos mostró algo de lo que significaba una lucha cuerpo a cuerpo.
La nieve cayó durante todo el día y la noche, y a la mañana siguiente cubría el suelo con una profundidad de unos treinta centímetros. Estaba algo húmeda y era de primera categoría para hacer muñecos de nieve y bolas.
—Hagamos una estatua del capitán Putnam —dijo Fred, y así se hizo, siendo la estatua de casi tres metros de altura. Debe confesarse que no era un retrato muy fiel, pero lucía notablemente feroz con unos tallos de paja para el bigote, un palo de madera plano para la espada y una vieja gorra militar en la parte superior de la cabeza. Cuando la vio, el capitán Putnam se rio tanto como cualquiera. Por muy viejo que se estuviera volviendo, nunca se permitía olvidar la época en que él era un niño.
A cierta distancia de la residencia había una colina de tamaño considerable, utilizada por los cadetes para deslizarse. Tan pronto como terminaron las clases ese día, los muchachos sacaron sus trineos, y pronto la colina se llenó de chicos, cuyas risas alegres resonaban a lo lejos. Los Rover tenían un trineo grande, que era utilizado por los tres y también por varios de sus amigos.
—¡Les reto a una carrera! —gritó Dick, quien estaba a cargo del trineo. Se dirigió a otro estudiante llamado Peter Slade. Slade tenía un trineo grande y había estado alardeando de que este podría vencer a cualquier otro en la colina.
—Está bien —respondió Slade. Era un joven larguirucho, bastante perezoso y dado a presumir mucho.
Pronto se acordó que cada trineo debía llevar seis muchachos, y Fred, Hans y Songbird fueron con los Rover. Los dos trineos se alinearon uno al lado del otro, y Larry Colby dio la señal de salida.
—¡Ya estamos en marcha! —gritó Tom, dando un empujón y saltando detrás.
Al principio, los dos trineos se mantuvieron lado a lado. La pista estaba en excelentes condiciones, y todos los demás cadetes se alinearon a ambos lados para observar el desenlace de la carrera.
—¡Hurra por los Rover!
—¡Hurra por Peter Slade!
—¡Que gane el mejor trineo! —gritó un estudiante, con entusiasmo.
—¡Buena suerte, Tom! —gritó George Granbury, y lanzó una bola de nieve que alcanzó a Tom en el cuello.
—¡Gracias! —gritó Tom, agitando el puño—. ¡Te lo pagaré con intereses cuando tenga la oportunidad!
Ya se había cubierto la mitad del recorrido y los trineos seguían lado a lado. Pero entonces, el trineo de los Rover comenzó a quedarse atrás.
—¡Hurra, vamos a ganar! —gritó uno de los chicos del otro trineo.
—¡Te dije que podía ganarte! —gritó Peter Slade a Dick.
—La carrera aún no ha terminado —replicó el mayor de los hermanos Rover.
Los dos trineos siguieron adelante, y gradualmente el de Peter Slade se adelantó por una longitud completa. Dick miró hacia atrás con ansiedad.
—Algo parece estar enganchándose bajo los patines —dijo—. Miren si todo está despejado.
Los chicos de atrás miraron, y de repente Songbird lanzó un grito.
—¡Es la bufanda de Hans! ¡Hans, ponte ese extremo de la bufanda alrededor del cuello y no dejes que arrastre debajo del trineo!
El joven alemán llevaba una bufanda de estilo antiguo alrededor del cuello, con los extremos sueltos volando hacia atrás. Uno de los extremos se había metido bajo los patines del trineo y estaba raspando la nieve.
—¡Vaya, nunca! —gritó Hans, y tiró de la bufanda con tanta fuerza que el largo trineo comenzó a virar hacia un lado.
—¡Cuidado ahí! —gritó Sam—. ¡No nos tires!
—Espera, aflojaré la bufanda —dijo Songbird, y liberó la prenda del trineo. Luego Hans tomó los extremos y se los ató alrededor de la cintura.
El arrastre había hecho que el trineo de los Rover quedara dos largos por detrás del otro, y Peter Slade y sus compañeros se sentían seguros de ganar.
—¡No puedes tocarnos, Dick Rover! —gritó Slade, triunfante.
—¡Adiós! —llamó otro chico—. Les diremos a los que están al pie de la colina que ya vienen.
—¿Estamos ganando velocidad? —preguntó Tom, ansiosamente—. Si no, me bajaré y empujaré —añadió, bromeando.
—¡Agárrate fuerte ahora! —gritó Dick, y un instante después el trineo pasó sobre una cresta de la colina. Libre del arrastre, salió disparado como una flecha de un arco y pronto comenzó a acercarse al vehículo de Peter Slade.
—¡Los Rover se están acercando!
—¡Sí, pero es demasiado tarde para ganar!
—¡Tenemos que ganar! —gritó Sam.
Y entonces ambos trineos pasaron otra cresta y corrieron hacia el final del recorrido, a menos de cien metros.
CAPÍTULO XXII
EL EXTRAÑO PASEO DE PELEG SNUGGERS
La carrera había llegado a su punto crítico y todos los cadetes en la colina esperaban el desenlace con gran interés. El trineo de Peter Slade todavía iba dos largos por delante, y parecía muy probable que Peter fuera el vencedor.
Pero al pasar la última cresta, el trineo de los Rover pareció dotarse de una nueva vida. Sin arrastre en los patines, salió disparado hacia adelante con una velocidad que sorprendió incluso a Dick. Constantemente fue ganando terreno al otro trineo, hasta que, cuando el final del recorrido estaba a solo cincuenta metros, ambos estaban casi lado a lado.
—¡Dale fuerte, Pete! —gritó uno de los chicos del trineo de Slade, pero Peter no podía hacer más.
—¡Es un empate! —gritaron varios, pero apenas se habían pronunciado las palabras, el trineo de los Rover se adelantó y llegó al final del recorrido como ganador por siete metros.
—¡Hurra! ¡Los Rover ganan!
—¡Te lo digo, no puedes superar a Dick Rover y a su grupo!
Peter Slade estaba muy disgustado por haber sido despojado de la victoria y comenzó a murmurar algo sobre que la carrera no había sido justa.
—Estoy de acuerdo contigo, no fue justa —respondió Sam—. La bufanda de Hans se enganchó bajo nuestros patines y nos frenó bastante.
—Si no hubiera sido por eso, habríamos ganado por tres veces la distancia —añadió Tom.
—¡Hum! —masculló Peter Slade—. Supongo que saltaste una vez y empujaste.
—No lo hice —respondió Tom, acalorado.
—Creo que sí.
—Y yo digo que no —y ahora Tom apretó los puños.
—Oh, no se peleen —intervino Larry, que estaba cerca—. Si Peter no está satisfecho, ¿por qué no repetir la carrera?
—Estoy dispuesto —respondió Dick, prontamente.
—Estoy cansado de montar —dijo Slade—. Yo... eh... no me siento muy bien y me sacude demasiado.
—Entonces deja que algunos de los otros usen el trineo.
—No, necesita una revisión y voy a arreglarlo —fue la respuesta de Slade, y comenzó a alejarse hacia la residencia, arrastrando su trineo tras él.
—Tiene miedo de correr —dijo George—. ¡Vaya! ¡Cómo enfurece a algunos tipos ser derrotados!
Puede mencionarse aquí que Peter Slade había sido uno de los compinches de Tad Sobber, y ahora que Sobber se había ido, se tomó la libertad de ocupar el lugar del abusón en el grupo al que pertenecía. Era un joven de temperamento rápido y había estado en más de una pelea desde su llegada a Putnam Hall.
Los chicos que no podían montar en la colina se divirtieron haciendo algunas bolas de nieve grandes, que permitieron rodar por otra colina. Una de las bolas de nieve hechas tenía casi dos metros y medio de diámetro, y fue un gran espectáculo verla bajar, haciéndose cada vez más grande a medida que avanzaba.
—¡Hola, tengo una idea! —gritó Tom, mientras observaba el rodar de las grandes bolas de nieve.
—¿Algo nuevo, Tom? —preguntó Larry.
—Eso creo. Vamos a hacer rodar a Peleg Snuggers. Le hará bien: sacudirle el hígado y todo eso.
—¿Quieres decir rodarlo colina abajo? —preguntó un estudiante llamado Morley.
—Exacto.
—Podría lastimarse.
—No si primero le ponemos un abrigo de nieve —respondió Tom.
—¿Qué quieres decir? —preguntó otro estudiante.
—Hagamos una bola grande con forma de huevo y ahuequemos el medio. Luego, con un truco, podemos conseguir que Peleg se meta dentro, y...
—¡Eso es! —gritó George Garrison—. Vamos. ¿Dónde está Peleg?
—Abajo en los establos.
Con manos ansiosas, los cadetes se pusieron a trabajar y formaron una bola grande con forma de huevo, para luego cavar el medio con una pala. Mientras tanto, se envió un mensaje al encargado de mantenimiento informándole que se le necesitaba en la cima de la colina de inmediato.
—Deben querer que repare un trineo —reflexionó, y se apresuró a ir, llevando consigo algunas herramientas, clavos y cuerda. A menudo hacía favores a los cadetes, quienes le daban "propinas" a cambio.
Cuando Peleg Snuggers llegó a la cima de la colina, la gran bola de nieve estaba lista para ser usada.
—¡Aquí está Peleg! —gritó Tom—. Él puede hacer el truco por nosotros. ¿No es así, Peleg?
—¿Qué es eso, Tom? —preguntó el hombre de mantenimiento, inocentemente.
—Queremos sujetar este cordel en el agujero a través de esa gran bola de nieve, pero no queremos que se cruce —continuó Tom, ansiosamente—. ¿Tomarás el cordel, te arrastrarás ahí dentro y luego pasarás el extremo hacia afuera y sobre el extremo de esta pala, y luego lo pasarás hacia el otro lado?
—Vaya... eh... no entiendo —tartamudeó Peleg Snuggers.
—Te lo explicaré después de que estés dentro de la bola —dijo Tom—. Aquí tienes el cordel —y condujo al hombre al agujero y le ayudó a entrar.
Sin sospechar el truco, Snuggers se arrastró dentro de la gran bola de nieve. Antes de que pudiera hacer nada con el cordel que le habían dado, los cadetes se apresuraron hacia adelante y dieron un empujón a la bola de nieve hacia el borde de la colina.
—¡Hola! ¡Detengan eso! —rugió el hombre, tratando de salir marcha atrás.
—¡Agárrate fuerte, la bola de nieve se nos escapa! —gritó Tom—. ¡Que alguien evite que baje por la colina!
—¡No podemos detenerla! —gritó Larry, sonriendo al mismo tiempo.
—Está destinada a irse, ¡qué pena! —se lamentó otro.
—¡Oigan, déjenme salir! —gritó Peleg Snuggers, pero en ese momento la bola de nieve comenzó a girar—. ¡Me van a matar! ¡Oh, Dios, creo que hicieron esto a propósito, sinvergüenzas!
—¡Nunca! —respondieron prontamente.
—¡Disfruta del viaje mientras tengas la oportunidad, Peleg!
—¡Tienes un boleto gratis hasta el fondo de la colina!
—¡Déjenme salir! ¡Deténganla! —gritó Snuggers, y vieron sus pies en un extremo de la gran bola de nieve y sus manos en el otro—. ¡No soporto rodar, de ninguna manera!
—No estás de pie —dijo Sam—. Solo estás rodando.
La gran bola de nieve se alejó por la larga colina, y los cadetes detrás de ella. A medida que avanzaba, se hacía más y más grande. Vieron a Peleg Snuggers sacar la cabeza por un extremo, y la cabeza daba vueltas como un trompo.
—Supongo que estará bastante mareado cuando termine el viaje —observó Songbird.
Finalmente, la bola de nieve se detuvo en un tramo de pradera. Los estudiantes llegaron justo a tiempo para ver a Peleg Snuggers salir gateando. Cuando se levantó, se tambaleó como si estuviera intoxicado.
—¡Oigan, jóvenes villanos! —jadeó, y luego tuvo que detenerse para recuperar el aliento.
—Oh, Peleg, ¿por qué te fuiste con nuestra bola de nieve? —preguntó Tom, inocentemente.
—Fue algo malo de hacer —intervino Dick.
—Queríamos divertirnos con esa bola —añadió Sam.
—¿Yo... me fui... con la... la bola de nieve? —jadeó el encargado—. ¡Quiero que sepan...!
—Oh, lo sabemos todo al respecto —interrumpió Tom—. Sé cuál es el problema. Has estado bebiendo y no sabías lo que hacías.
—Quizás sería mejor informar esto al capitán Putnam —dijo Larry—. Beber no está permitido por aquí, ya sabes.
—No he bebido ni una gota, es el rodar lo que me dejó mareado —rugió Peleg Snuggers—. Oh, Dios, no puedo mantenerme derecho —y chocó contra la gran bola de nieve y se sentó en un montón.
—Te diré lo que creo que deberías hacer —prosiguió Tom, con calma—. Creo que deberías devolvernos nuestra bola de nieve a la cima de la colina.
—¿Rodarla de vuelta? —resopló Snuggers—. ¡Vaya, cuatro caballos no podrían tirar de ese peso de nieve colina arriba! No voy a tocar esa bola de nieve.
—Entonces, al menos, páganos por el viaje que has tenido —sugirió Sam.
—¡Tampoco voy a hacer eso! ¡Es un truco, eso es lo que es! —gruñó el hombre, y se levantó tambaleándose—. ¡Estaré enfermo por una semana después de esto, lo sé!
—No te preocupes —dijo Dick, con suavidad—. Solo pide a la señora Green que te dé una dosis de píldoras rosadas de torbellino, y estarás bien de nuevo.
—No volveré a salir a esta colina nunca más, ni por nadie —gruñó el hombre, y se alejó. Luego se volvió para mirar a los cadetes—. Si vuelven a hacer algo así, se lo diré al capitán Putnam, ¡ya verán si no lo hago! ¡No voy a ser ningún tiovivo ni un trompo para nadie! —Y luego se apresuró hacia los establos y desapareció.
CAPÍTULO XXIII
VACACIONES EN LA GRANJA
...pero el capitán Putnam se opuso. —Creo que uno es suficiente, especialmente porque el señor Laning también está allí —dijo. Con un buen caballo y un coche ligero, no le tomó mucho tiempo al mayor de los hermanos Rover llegar a la casa de los Stanhope. La familia acababa de desayunar y se sorprendió de verlo tan temprano. —¿No comiste nada? —preguntó Dora—. Si no lo hiciste, entra ahora mismo y te prepararé una tortilla y un poco de café.
Casi antes de darse cuenta, las vacaciones de mitad de invierno estaban encima, y los hermanos Rover regresaron a casa para disfrutar de la Navidad y el Año Nuevo. De camino, hicieron una parada en varias tiendas de Ithaca, donde compraron un buen número de regalos navideños. Algunos de ellos los enviaron por correo desde la oficina postal. Dick envió un bonito libro a Dora, y Tom y Sam enviaron libros a Grace y Nellie. Los muchachos también se unieron para hacer un regalo conjunto: un alfiler de corbata para la señora Stanhope y otro para la señora Laning, además de enviarle una corbata al señor Laning. El capitán Putnam no fue olvidado, y también se acordaron de George Strong. El resto de sus compras las llevaron a casa para distribuirlas allí.
Varios de los otros estudiantes habían llegado hasta Ithaca con ellos, y allí el grupo cenó en uno de los hoteles, el mismo lugar donde Tom había gastado una vez su gran broma a Josiah Crabtree.
—A propósito, ¿alguien sabe algo de Nick Pell? —preguntó uno de los estudiantes mientras cenaban.
—Ha sido trasladado a su casa en la ciudad —respondió George Granbury.
—¿Está mejor? —cuestionó Dick.
—Dicen que hay días en que mejora, pero otros está peor. El veneno afectó de algún modo a su mente.
—Qué cosa tan terrible que haya sucedido —murmuró el mayor de los Rover, y luego se estremeció al pensar en lo que podría haber ocurrido si la serpiente lo hubiera mordido a él.
—¿Alguna noticia de Tad Sobber? —preguntó otro cadete. Miró a cada uno de los demás, pero todos negaron con la cabeza.
—Es extraño a dónde habrá ido —dijo Songbird—. Me pregunto si el capitán Putnam habrá intentado comunicarse con sus familiares.
—Solo tiene un tío, y el capitán no pudo encontrarlo —respondió otro joven que estaba presente.
A medida que avanzaba la cena, los muchachos se animaron, y al terminar cantaron varias canciones. Luego, los Rover tuvieron que correr hacia su tren y lo alcanzaron justo cuando estaba saliendo de la estación.
—¡Hola! —gritó Sam al dejarse caer en un asiento, y señaló hacia afuera de la ventana del vagón.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Tom.
—¡Vi a un sujeto en el andén de la estación que se parecía a Tad Sobber!
—¿Estás seguro de que era Sobber? —exigió Dick.
—No, no estoy totalmente seguro, pero el sujeto se parecía mucho a Tad.
—Debe haber sido una equivocación —fue el comentario de Tom—. ¿Qué estaría haciendo él por Ithaca?
—Bueno, tiene que estar en algún lugar, Tom.
—Pero no se quedaría tan cerca de Cedarville; probablemente iría a alguna ciudad grande —intervino Dick.
Mientras el tren avanzaba, los hermanos Rover discutieron el asunto, pero no pudieron sacar nada en claro.
—Supongo que está escondido esperando a ver si Nick Pell se recupera —dijo Dick—. Él sabe que si Nick no supera su problema, será pasible de procesamiento.
En la estación de Oak Run, los muchachos encontraron a su padre esperándolos con el gran trineo familiar. Todos subieron y, sobre la nieve crujiente, partieron hacia la granja Valley Brook.
—No necesito preguntar cómo se sienten —dijo Anderson Rover—. Cada uno de ustedes es la viva imagen de la salud.
—Nunca me he sentido mejor en mi vida —declaró Dick, y Tom y Sam dijeron lo mismo.
—¿Ha escuchado el tío Randolph algo más sobre sus bonos de la compañía de tracción? —preguntó Tom mientras conducían.
—Ni una palabra más —respondió su padre—. Es una gran pérdida para él.
—¿Crees que le hayan hecho la misma jugada a alguien más? —preguntó Sam.
—No hemos oído nada al respecto.
Al llegar a casa, los muchachos fueron recibidos calurosamente por su tío y su tía, y también por los demás en la casa. Su tía tenía una cena caliente esperándolos, y mientras comían, todo el tema de los bonos desaparecidos fue discutido a fondo. Los muchachos se enteraron de que un detective privado seguía tras la pista de Merrick y Pike, pero hasta el momento no había reportado nada de importancia.
—Creo que esos granujas, o al menos Merrick, deben pertenecer a los alrededores del lago Cayuga —observó Dick—. De lo contrario, no habríamos visto a Merrick en Ithaca y en la propiedad de los Stanhope.
—Fui muy ingenuo al dejar que me engañaran. La próxima vez seré más cuidadoso —dijo Randolph Rover.
Los muchachos se enteraron por Jack Ness de que la caza en los bosques detrás de la granja era buena, y dos días antes de Navidad salieron con el empleado. Fueron tras conejos y ardillas, y cada uno llevó su escopeta y un almuerzo sustancioso, pues esperaban estar fuera la mayor parte del día.
El clima era claro y frío, con el sol brillando intensamente sobre la nieve. Se dirigieron directamente a una parte del bosque que sabían era un lugar favorito para los conejos, y no pasó mucho tiempo antes de que levantaran a varios.
—¡Ahí van! —gritó Dick, y apuntó. ¡Bang! ¡bang!, sonó su arma, y los disparos de la de Tom siguieron. Tres conejos cayeron, y pocos minutos después, Sam abatió a otro.
—Cuatro para empezar no está nada mal —comentó Tom, mientras la presa era colocada en sus bolsas—. Incluso si no conseguimos más, no tendremos que volver a casa con las manos vacías.
Para el mediodía, habían atravesado el bosque y tenían once conejos y tres ardillas en su haber. Entonces Tom sugirió que encendieran una fogata y descansaran mientras comían, y así lo hicieron.
—Ojalá pudiéramos atrapar un zorro o dos —dijo Jack Ness—. Han estado molestando a las gallinas de nuevo últimamente; se llevaron dos hace apenas dos noches.
—¿Sabes dónde se esconden? —preguntó Dick.
—Creo que vienen de allá —y el empleado señaló con la mano hacia el norte.
—Viajemos en esa dirección después de comer —sugerir Sam—. Incluso si no vemos ningún zorro, puede que encontremos tantos conejos y ardillas allí como en cualquier otro sitio.
Los otros estuvieron de acuerdo, y pasaron la mitad de la tarde los cuatro cazadores en una localidad que les era nueva. Avistaron un zorro, y Jack Ness le disparó al animal en los cuartos traseros, y luego Sam lo remató con un disparo en el costado.
—Bueno, eso hace un zorro menos de todas formas —dijo el empleado.
Siguieron adelante y abatieron dos conejos y un pavo salvaje. Para entonces estaban bastante cansados, y Tom sugirió que comenzaran a volver a casa.
—Es una caminata larga —dijo—, y para cuando lleguemos, supongo que todos estaremos listos para descansar.
—En cuanto a eso, yo estoy listo para descansar ahora —dijo Sam—. Caminar por la nieve no es tarea fácil.
—Especialmente si uno no tiene las piernas muy largas —respondió Dick con una sonrisa.
—Bueno, las mías son tan largas como deben ser —respondió Sam rápidamente—. Llegan hasta el suelo, y las tuyas no llegan más lejos —y entonces hubo una risa general, con Jack Ness soltando una carcajada sonora.
El empleado dijo que conocía un atajo hacia la granja, y lo siguieron por una especie de sendero a través del bosque y luego hacia un camino trazado años atrás por los carboneros. Pronto divisaron una cabaña, de cuya chimenea salía humo.
—¿Quién vive aquí? —preguntó Dick.
—Un anciano llamado Derringham —respondió Jack Ness—. Es muy viejo y está un poco mal de la cabeza. Se gana la vida vendiendo hierbas y cortezas para medicina. Hace años, dicen, era herborista, pero no tenía certificado, o algo así, por lo que las autoridades le cerraron el negocio. Después de eso, se volvió extraño y se retiró al bosque.
—Entremos a verlo —dijo Tom, cuya curiosidad había sido despertada. Caminó audazmente hasta la choza y golpeó fuertemente la puerta destartalada.
—¿Quién es, viejo? —oyó que alguien preguntaba con voz sobresaltada.
—No lo sé, señor —fue la respuesta, con la voz de un anciano.
—No quiero ver a nadie —continuó el primer hablante—. Haz que se vaya, quienquiera que sea.
—¡Váyanse! —gritó el anciano—. No quiero a nadie por aquí.
Para entonces, todo el grupo estaba fuera de la puerta. El rostro de Tom mostraba que estaba bajo una sorpresa repentina.
—Evidentemente, el anciano no quiere visitas —fue el comentario de Dick.
—Hay alguien más ahí dentro con él —susurró Tom—. ¡Por su voz, diría que es Bill Dangler!
CAPÍTULO XXIV
UNA CAPTURA Y UNA SORPRESA
Los demás quedaron muy asombrados por lo que dijo Tom, y apenas podían creer lo que habían oído.
—¡Bill Dangler! —gritó Sam, pero Tom puso su mano sobre la boca de su hermano para silenciarlo. Luego asintió vigorosamente.
—¿Qué estaría haciendo aquí ese ladrón de mercancías? —cuestionó Dick en un susurro.
—No estoy seguro, no lo sé. Pero estoy casi seguro de que era la voz de Dangler. Si recuerdan, tiene cierto tono agudo.
—Sí, lo sé.
Durante esta charla hubo murmullos en la cabaña que los que estaban afuera no pudieron entender. Luego, el anciano se acercó a la puerta y corrió un cerrojo.
—¡Quiero que se vayan! —dijo bruscamente—. No me gustan los extraños por aquí.
—No le haremos daño, señor Derringham —dijo Dick—. Vinimos a hacerle una visita amistosa.
—¿No le gustaría un buen conejo de nuestra parte? —preguntó Tom, decidido a entrar en la cabaña de alguna manera.
—No tengo dinero para comprar conejos.
—Le haremos un regalo de uno —dijo Sam.
—No quiero regalos de nadie. Quiero que se vayan —dijo el anciano, con un tono agudo y nervioso.
—Señor Derringham, ¿no me recuerda? —preguntó Jack Ness—. Yo solía comprarle hierbas y berros. Me gustaría hablar con usted un minuto.
—¿Quién es usted?
—Soy Jack Ness, el hombre que trabaja en la granja Rover.
—¡La granja Rover! —masmuró una voz en la cabaña—. ¡No los dejes entrar! ¡No lo hagas!
—¡Estoy seguro de que es Dangler! —gritó Tom, cuyos oídos estaban alerta—. ¡Si realmente está ahí, lo tenemos acorralado!
—Sí, y no se nos volverá a escapar —añadió Dick.
—Si lo intenta, podemos detenerlo con una dosis de perdigones —intervino Sam.
Después de eso, hubo una pausa; los muchachos no sabían exactamente cómo proceder. Tom presionó la puerta, pero esta no cedió.
—¡Les digo que quiero que se marchen! —gritó el anciano, después de más susurros en la cabaña—. Si no se van, buscaré mi escopeta.
—Somos cuatro y todos estamos armados —respondió Dick—. Así que será mejor que no dispare. Pero tiene que abrir esa puerta. No le haremos daño.
—¿Qué quieren aquí?
—Queremos ver quién está ahí dentro con usted —respondió Tom audazmente.
—¿No saben que estoy solo?
—No está solo —dijo Sam.
—Bueno, yo sé mejor —fue la respuesta vacilante—. Si estuviera seguro de que no me harán daño, los dejaría entrar.
—No le haremos ningún daño —respondió Dick.
Hubo un movimiento dentro de la cabaña y lo que pareció ser el golpe de una puerta al caer. Luego, el viejo Derringham se adelantó de nuevo.
—¿Están seguros de que no me robarán si abro la puerta? —preguntó.
—No le deseamos ningún mal, si hace lo correcto —dijo Tom.
Entonces la puerta se abrió de par en par y los hermanos Rover y Jack Ness se encontraron frente a un hombre de al menos setenta años. Tenía el cabello blanco como la nieve y una barba nívea que le llegaba a la cintura.
Los muchachos y el empleado entraron apresuradamente en la cabaña y miraron a su alrededor. Nadie más que Derringham estaba a la vista. Dick miró al suelo debajo de la mesa y vio algo que parecía una trampilla.
—Debe haberse metido en el sótano —les dijo a los demás, y dio un paso hacia adelante.
—¡Deténganse, no toquen esa mesa! —gritó el anciano, alarmado.
—Señor Derringham, escúcheme —dijo el mayor de los hermanos Rover con firmeza—. Buscamos a un criminal, un hombre que durante años robó mercancía valiosa a la compañía ferroviaria. Sabemos que está en algún lugar de su propiedad. Si protege a este criminal o lo ayuda a escapar, será culpable de un delito.
Ante esta fuerte afirmación, el anciano comenzó a temblar y miró de uno a otro de los que estaban ante él con alarma.
—Yo... Bill Dangler dijo que no era cierto, que era un complot contra él —murmuró.
—Es cierto, y no hay ningún complot contra él, excepto hacer que pague la pena por sus delitos —intervino Tom—. Si lo ha escondido, será mejor que lo entregue.
—Lo conozco —dijo el viejo Derringham, volviéndose hacia Jack Ness—. Usted solía pagarme buenos precios por lo que me compraba. ¿Puedo confiar en usted? —continuó, suplicante.
—Ciertamente puede, y también puede confiar en estos muchachos —fue la respuesta del empleado—. Si quiere evitar problemas, será mejor que nos ayude en todo lo que pueda.
Para entonces, Dick había apartado la mesa. Bajo la base de una de las patas encontró un pequeño anillo de hierro, conectado con la puerta del suelo. Tiró de él y la puerta se levantó, dejando ver un pequeño sótano debajo, utilizado principalmente por el anciano para almacenar vegetales de invierno y las raíces que recolectaba.
—¡Dangler, será mejor que subas! —exclamó Dick—. No te servirá de nada intentar esconderte.
—¿Qué quieren de mí? —salió una voz hosca desde abajo.
—Sabes muy bien lo que queremos.
—No he hecho nada.
—Puedes decirle eso a la policía, después de que te encierren. Sube.
Lenta y con la mirada baja, Bill Dangler se arrastró desde el pequeño sótano y se impulsó hasta el suelo de la cabaña. Miró con reproche al anciano, que volvía a temblar.
—Me las pagarás por traicionarme —masculló.
—Dicen que eres un ladrón —respondió el anciano—. Si lo eres, no quiero tener nada más que ver contigo. Soy pobre, pero soy honrado; todo el que me conoce lo sabe.
—No le hará daño —intervino Tom—. Pronto estará tras las rejas.
Una mirada al grupo de cuatro, con sus escopetas, convenció al ladrón de que la huida estaba descartada.
—Supongo que tendré que rendirme —gruñó—. Pero no soy tan culpable como creen.
—Eres lo suficientemente culpable —dijo Sam.
—Yo no planeé esos robos de mercancías.
—¿Quién lo hizo entonces? —cuestionó Tom.
—Merrick y Pike. No me importa delatarlos, porque me han traicionado.
—¿Es Merrick el jefe de la banda? —preguntó Dick.
—Sí.
—¿Dónde está ahora?
—Si les digo, ¿me dejarán ir?
—No puedo hacer eso, Dangler.
—Bueno, no me importa de todos modos. Merrick no me ha tratado bien, y debería sufrir. Tiene un escondite a unas pocas millas de la ciudad de Ithaca, si saben dónde está.
—Sí, en el lago Cayuga.
—Ese es.
—Dices que a unas pocas millas de la ciudad —continuó Sam—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Él y algunos de sus amigos, Pike entre ellos, tienen un lugar de reunión a lo largo del lago. Es una casa vieja, sin pintar y con ventanas muy estrechas, según me han dicho. Si encuentran esa casa, probablemente encontrarán a Merrick y Pike.
—¿Creía que esos sujetos eran de la ciudad? —dijo Sam.
—Lo son, pero de vez en cuando les resulta conveniente desaparecer, y entonces van a ese lugar en el lago Cayuga. Es una antigua propiedad familiar que solía pertenecer a la hermana de Merrick.
—Deberíamos ser capaces de encontrar ese lugar —dijo Tom a sus hermanos—. Especialmente si era una propiedad familiar.
—¿El apellido de la hermana también era Merrick, o estaba casada? —preguntó Sam.
—Era viuda, según me dijeron. Cuando murió, dejó a su hijo al cuidado de Merrick, pero no creo que él se haya ocupado mucho del chico.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Dick.
—Sobber... Mary Ann Sobber.
—¡Sobber! —exclamaron los tres hermanos Rover.
—Ese es.
—¿Alguna vez escucharon el nombre del hijo? —preguntó Dick.
—No recuerdo... sí, lo recuerdo. Merrick tuvo una carta de él una vez. El nombre del chico era Tad Sobber. Estaba en un internado en algún lugar.
CAPÍTULO XXV
NAVIDAD EN LA GRANJA
—¿Qué piensan de eso?
—¡No es increíble!
—Bueno, lo siento por Tad.
Tales fueron las exclamaciones de los tres hermanos Rover después de escuchar la declaración de Bill Dangler de que el muchacho que había huido de Putnam Hall era el sobrino de Merrick.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Dick.
—Ciertamente lo estoy. Pero, ¿por qué les interesa tanto la hermana de Merrick y su hijo?
—Te lo diré —respondió Tom—. Tad Sobber solía ir a la escuela con nosotros, pero huyó hace poco tiempo y no hemos sabido nada de él desde entonces.
—¡Uf! ¡así que es eso! Tal vez esté con su tío.
—Lo más probable. Me pregunto si sabrá que su tío es un ladrón.
—No sé nada de eso. Sid Merrick es muy astuto y puede poner la cara más inocente que jamás hayan visto.
—¿Qué sabes de Pike?
—Oh, John Pike es solo una herramienta, igual que yo.
Después de eso, Bill Dangler pareció ansioso por desahogarse, y relató muchos de los detalles de los robos. Dijo que todo había sido planeado por Sid Merrick, y que otros dos hombres estaban implicados además de él y Pike, y mencionó sus nombres. Dijo que Merrick había vendido lo robado en varias ciudades grandes.
—¿Repartía con los demás? —preguntó Dick.
—Se suponía que lo haría, pero no creo que ninguno de nosotros recibiera nunca su parte completa.
El viejo Derringham escuchó el relato del ladrón con gran interés. Pero de repente se adelantó y tomó a Bill Dangler por el brazo.
—¡Quiero que te vayas! —gritó, casi con furia—. ¡No quiero a ningún ladrón bajo mi techo!
—Se irá, y de inmediato —declaró Dick—. Se está haciendo tarde, y es un largo camino hasta Oak Run.
—Me debe un dólar por mantenerlo varios días —continuó el anciano.
—Entonces será mejor que le pague —dijo Tom.
Dangler quiso protestar, pero al final pagó por su comida, y luego todo el grupo se marchó, mientras el anciano los observaba con curiosidad. Que él hubiera sido completamente inocente en el asunto, no cabía la menor duda.
—Ahora, Dangler, no te servirá de nada intentar escapar —dijo Dick mientras caminaban por la nieve—. Somos cuatro contra uno y estamos armados.
—No intentaré huir —fue la respuesta obstinada.
—Si le das a las autoridades toda la ayuda que puedas, tal vez, cuando llegue el juicio, sean un poco benévolos contigo —intervino Tom.
—Espero que sí. Me convencieron para hacer esto. Solía ser un hombre honrado —respondió el ladrón.
—Bueno, antes de morir aprenderás que "la honradez es la mejor política" —observó Sam.
—Ya lo he aprendido. He perdido a todos mis viejos amigos y ya no puedo mostrarme en ningún lugar.
El grupo tuvo que caminar una milla y media antes de llegar a una granja donde pudieron conseguir un coche y un trineo lo suficientemente grande para llevarlos a todos a Oak Run. Luego partieron a buen ritmo y, a la hora de la cena, llegaron a la granja Rover.
Los que estaban en la granja quedaron muy asombrados por la "presa traída", como declaró Anderson Rover. Los muchachos esperaron lo suficiente para comer, le dieron algo de alimento al prisionero, y luego partieron hacia Oak Run con su padre y Dangler. Allí, el ladrón fue puesto bajo custodia del alguacil local, quien lo encerró en el desván de su propia casa.
Aquella noche y el día siguiente, el telégrafo y el teléfono estuvieron ocupados, y algunos oficiales de la ley de Ithaca visitaron la vieja propiedad de los Sobber. Encontraron el lugar desierto y no hubo rastro de Merrick, Pike o Tad Sobber.
—Es una lástima —declaró Dick cuando llegaron las noticias—. Estaba seguro de que atraparíamos a los granujas.
De las autoridades, los muchachos aprendieron una cosa: que la propiedad de los Sobber estaba en el mismo camino que pasaba frente a la casa de los Stanhope.
«Eso puede explicar que Merrick viniera a mirar por la ventana aquella noche», dijo Dick. «Quizás pasaba de viaje y quería ver qué estaba ocurriendo».
«Lo más probable es que estuviera buscando la oportunidad de robar en la casa», fue el sombrío comentario de Tom.
En el día de Navidad los muchachos recibieron varios regalos valiosos y dieron regalos a todos a cambio. Hubo una gran cena familiar, tal como solo su tía Martha podía preparar, y no hace falta decir que todos hicieron plena justicia al banquete. Después de cenar, los muchachos salieron a jugar con bolas de nieve y convencieron a Aleck Pop y a Jack Ness para que hicieran lo mismo. Los chicos lanzaron bolas de nieve al hombre de color y a Jack Ness con tanta energía que la pareja tuvo que correr hacia el granero.
«¡Santo cielo, muchachos!», gritó Aleck Pop, después de haber recibido una bola de nieve en la oreja. «¡Estáis trabajando vuestras bolas de nieve como si vinieran de una ametralladora Gatling!».
Durante la semana entre Navidad y Año Nuevo, Bill Dangler fue trasladado a la cárcel del condado, allí para esperar la acción del gran jurado. Mientras tanto, las autoridades continuaron la búsqueda de Merrick, Pike y los otros, pero sin éxito.
«Realmente me gustaría saber qué ha sido de Tad Sobber», comentó Dick. «Es una pena si depende de un tipo como Merrick para su sustento».
«Quizás su madre le dejó dinero», dijo Tom.
Por fin llegó el día en que los muchachos regresaron a Putnam Hall. En el tren se encontraron con Larry Colby y George Granbury, y contaron lo que habían aprendido.
«Tuve noticias de Nick Pell ayer», dijo Larry. «Se está recuperando gradualmente, pero pasará algún tiempo antes de que sea él mismo otra vez».
«¿Todavía culpa a Tad Sobber?»
«Sí, y dice que nunca volverá a tener nada que ver con Sobber».
«Nadie puede culparlo por eso», dijo Sam.
«No creo que Sobber vuelva jamás a Putnam Hall», vino de parte de Tom. «Especialmente cuando se entere de que sabemos que es el sobrino de un estafador como Merrick».
En pocos días los muchachos se asentaron de nuevo en sus estudios. Los Rover estaban sumamente ansiosos por lograr buenos expedientes para sí mismos, y cada vez que una lección era demasiado difícil para Tom o Sam, Dick los ayudaba en todo lo que podía. El mayor de los hermanos Rover lamentaba haber perdido su posición anterior por haber estado ausente, pero estaba encantado de saber que él y sus hermanos terminarían ahora sus estudios en Putnam Hall juntos.
«No podía soportar la idea de estar separado de vosotros», les dijo a Tom y a Sam.
«No queremos estar separados», respondió Tom.
«¡Esa es la actitud!», declaró Sam. «¡Estaremos juntos siempre!».
Aproximadamente una semana después del regreso a la escuela, la nieve se despejó y entonces vino una ola de frío que permitió un patinaje excelente. De inmediato, todos los chicos sacaron sus patines, y durante sus horas libres se divirtieron mucho en el lago.
Una tarde se organizó una carrera entre media docena de chicos, incluyendo a Dick, Larry Colby y Peter Slade. Slade estaba seguro de que ganaría, y anduvo presumiendo de ello.
«He estado en seis carreras sobre patines», declaró, «y gané cada una de ellas».
«Debe ser un patinador famoso», dijo Tom, cuando se enteró de esto. «Dick, no creo que tengas muchas posibilidades contra él».
«No lo sé. ¿Sabes qué pienso de Peter Slade? Creo que es un fanfarrón».
«Yo pienso lo mismo. Aun así, si ha ganado seis carreras debe saber algo sobre competir».
«Bueno, si pierdo no lloraré por ello», dijo Dick, y ahí terminó la charla.
La carrera iba a ser de dos millas: una milla hasta la orilla del lago y una milla de regreso. A la hora señalada, los concursantes se alinearon y, a una señal de George Strong, quien había consentido en darles la salida, partieron.
Era fácil ver que Peter Slade era un buen patinador, y casi sin esfuerzo se puso en cabeza durante el primer cuarto de la carrera. Pero entonces Larry y Dick comenzaron a presionarlo, y cuando se llegó al giro de la milla, Larry estaba a solo dos yardas por detrás, con Dick casi sobre sus talones.
«¡Adelante, Slade, puedes ganar fácilmente!»
«¡Atrápalo, Larry!»
«¡Ponle más vapor, Dick!», gritaba Tom, entusiasmado.
Y entonces el punto de giro fue pasado por todos los corredores y comenzó la lucha en la recta final.
CAPÍTULO XXVI
LA CARRERA DE PATINAJE
Durante casi media milla, Peter Slade mantuvo el liderazgo con facilidad, pero entonces su aliento comenzó a fallarle. Mirando por encima del hombro, vio a Larry y a Dick acercándose.
«¡No, eso no!», murmuró, y puso una nueva ráfaga de velocidad que aumentó su ventaja en dos yardas.
«¡Peter Slade va a ganar!»
«¡Miren cómo se aleja de los otros!»
Así surgieron los gritos y ciertamente parecía que el joven mencionado no podría ser derrotado de ninguna manera.
Pero ahora tanto Larry como Dick «se esforzaron todo lo que pudieron», como ellos mismos expresaron. Mientras aún quedaba un cuarto de milla por recorrer, Dick dio un impulso y se colocó al lado de su amigo.
«¡Lo siento, pero tengo que pasar!», gritó alegremente.
«¡Vamos, iremos ambos!», gritó Larry, de buen humor, y entonces la pareja hizo un nuevo esfuerzo y en un momento se colocaron a ambos lados de Peter Slade.
«¡Hola, están en línea!»
«¡Ahí va Larry Colby por delante!»
«¡Dick Rover va con él!»
«¡Digan, pero eso sí es patinar, eh! ¡Solo miren a Dick lanzarse!»
«¡Sandwick también se acerca!»
«¡Y también Marley!»
Los últimos informes eran ciertos. El cuarto y el quinto chico estaban ahora directamente detrás de Slade. Mientras Dick y Larry se lanzaban adelante, todavía lado a lado, Sandwick alcanzó a Slade y también lo hizo Marley. Mientras tanto, el sexto chico había perdido un patín y se había retirado.
Con un esfuerzo final desesperado, Peter Slade intentó ganar el primer lugar. Pero su aliento se había ido y su fuerza también, y se quedó atrás más y más.
«¡Hurra, aquí vienen!»
«¡Es un empate entre Dick y Larry!»
«¡Marley es tercero!»
«Sí, y Sandwick cuarto».
«Peter Slade es quinto».
«¡Humph! ¡Y Peter dijo que ganaría sin falta!»
Entonces, los patinadores cruzaron la línea, Dick y Larry uno al lado del otro y riendo alegremente. Tan pronto como terminó la carrera, entrelazaron sus brazos para mostrar su buena sintonía. Luego llegó Marley con Sandwick pisándole los talones. Con profundo disgusto, Peter Slade se negó a terminar, se desvió hacia un lado y se apresuró hacia la caseta de botes, para allí quitarse los patines y desaparecer.
«Fue una carrera bien patinada», declaró George Strong. Luego les preguntó a Dick y a Larry si querían desempatar patinando.
«No nos molestaremos», dijo Dick, después de consultar a su amigo. «Estamos satisfechos con dejarlo como está, considerando que no había premio que otorgar».
El hecho de haber perdido la carrera de patinaje hizo que Peter Slade se volviera más agrio que nunca, y después de eso, cada vez que se encontraba con Dick, miraba al mayor de los hermanos Rover de manera desafiante.
«Actúa como si tuviera un rencor personal contra mí», dijo Dick a sus hermanos.
«Bueno, actúa de esa manera conmigo también», respondió Tom.
«Debería recibir un buen puñetazo en la cabeza», fue el comentario de Sam.
A Peter Slade no parecía importarle que Larry lo hubiera vencido; su enemistad estaba dirigida principalmente hacia Dick.
Slade estaba en una de las clases inferiores, pero un día uno de los profesores anunció una conferencia sobre los acorazados de la marina estadounidense, y un gran número de muchachos asistió para escuchar y tomar notas.
En medio de la conferencia, Dick tuvo ocasión de pasar por uno de los pasillos. Al pasar junto a Peter Slade, este último extendió su mano y lo golpeó en la rodilla. La mano de Slade tenía tinta y la tinta fue a parar al uniforme limpio de Dick.
«¿Por qué hiciste eso?», exigió Dick, deteniéndose.
«¡Cállate!», susurró Slade, con maldad.
«Tengo ganas de darte una bofetada», continuó Dick.
«¿Lo harás?», rugió el matón, saltando. «¡Inténtalo!». Y diciendo esto, lanzó un golpe hacia la cabeza de Dick.
El golpe aterrizó en el hombro de Dick, dejando una mancha de tinta. El mayor de los hermanos Rover había saltado a un lado. Pero ahora se lanzó hacia adelante, y un golpe bien dirigido de su puño envió a Slade tambaleándose hacia atrás sobre un escritorio.
«¡Detengan eso!», gritó el profesor, alarmado, y puso fin a su conferencia bruscamente.
«¡Una pelea! ¡Una pelea!», gritaron varios de los chicos, y dejaron sus asientos para rodear a Dick y al matón.
Slade quedó aturdido por un momento, pero al recuperarse saltó sobre Dick e intentó forzarlo contra el suelo. La pareja daba vueltas y más vueltas, chocando contra los escritorios y lanzando algunos libros al suelo. El profesor intentó acercarse a ellos, pero antes de que pudiera hacerlo se separaron. Entonces Dick le dio a Slade un golpe certero en el ojo izquierdo que hizo que el matón cayera en un asiento cercano.
«¡Deténganse, en este instante!», gritó el profesor, y luego, dirigiéndose a algunos de los chicos, añadió: «Llamen al Capitán Putnam de inmediato».
El salón estaba en alboroto, y muchos querían que Dick y Slade continuaran la batalla. Pero el puñetazo en el ojo le había quitado el valor al matón y no se levantó para continuar la contienda.
«¿Qué significa esto?», exigió el Capitán Putnam, al entrar, y enfrentó a Dick y a Slade con severidad.
«Significa que ese sujeto merece una buena paliza, señor», respondió Dick, audazmente, señalando al matón.
«Es su culpa, no es la mía», intervino Peter Slade, apresuradamente. «Él empezó».
«Eso no es cierto, Capitán Putnam. Yo pasaba por su asiento cuando extendió la mano y manchó de tinta mi rodilla», y Dick señaló sus pantalones sucios. «No iba a tolerar eso y se lo dije. Luego saltó y me golpeó en el hombro, dejándome más tinta encima. Después de eso, le pegué».
«¡No es cierto!», rugió Peter Slade.
«Es la verdad», dijeron varios. «La mano de Peter está llena de tinta».
«Tiró un tintero justo antes de que Dick pasara», dijo Fred. «Lo vi hacerlo».
«Yo también», añadió Songbird.
«¿Lo viste?», preguntó el Capitán Putnam al instructor.
«No vi nada hasta que los muchachos estaban peleando en el pasillo», respondió el profesor que había estado dando la conferencia.
«Capitán Putnam, estoy seguro de que Dick Rover no tiene la culpa», dijo un estudiante muy tranquilo llamado Rames. «Slade puso la tinta en Rover y lanzó el primer golpe; de eso estoy seguro».
«Fue mi tintero el que tiró», dijo otro chico. «Le dije que lo dejara en paz, pero no me hizo caso».
«¡Oh, todos están en mi contra!», rugió Peter Slade.
«Evidentemente eres culpable», dijo el director de la institución, severamente. «Quiero que tanto tú como Richard Rover vengan a mi oficina. Rames, tú también puedes venir, y tú también, Brocton».
En la oficina se llevó a cabo una investigación exhaustiva. Se llamó a otros cadetes para testificar, y se demostró que Peter Slade era el único culpable de lo ocurrido.
«No debiste atacarlo, Richard», le dijo el capitán a Dick. «Pero dadas las circunstancias, no puedo culparte. Puedes irte».
Por su mala conducta, Peter Slade fue confinado en el «cuerpo de guardia» durante tres días. El ojo morado que Dick le había dejado no desapareció muy rápido y, cuando salió y reanudó su lugar entre los estudiantes, era un espectáculo digno de ver. Que estaba muy enojado con el mayor de los hermanos Rover es fácil de imaginar.
«Algún día se las pagaré», murmuró.
«Dick, tienes que vigilar a Slade», dijo Tom, un día, al pasar junto al matón en el pasillo.
«Creo que es mejor que lo vigiles tú mismo, Tom».
«Eso voy a hacer, no temas. ¿Qué hizo el capitán con tu uniforme manchado?»
«Hizo que Slade pagara por lavarlo».
«¿Lo hizo?»
«Tuvo que hacerlo; el Capitán Putnam lo puso en la cuenta de sus padres».
«Eso estuvo bien».
«Por supuesto que sí. Pero entiendo que puso a Slade furioso. Oh, ciertamente nos la tiene jurada», continuó Dick, y ahí se dejó el tema.
CAPÍTULO XXVII
EN EL LAGO
Casi antes de que los muchachos se dieran cuenta, el invierno había terminado y la primavera estaba cerca. El hielo del lago desapareció como por arte de magia, y las colinas detrás de Putnam Hall adquirieron un verdor fresco agradable a la vista.
Con la llegada del clima cálido, los cadetes pasaban gran parte de su tiempo libre al aire libre. Algunos comenzaron a remar, y entre ellos estaban Sam y Tom. Larry Colby se había convertido en el dueño de un balandro de buen tamaño, y frecuentemente llevaba a algunos de sus amigos a dar un crucero por el lago.
«¿Saben qué me gustaría hacer?», dijo Dick un día. «Me gustaría visitar esa vieja propiedad de los Sobber y ver cómo luce».
«He pensado mucho en eso», respondió Sam. «¿Me pregunto cómo podemos arreglárnoslas?»
El asunto se discutió en presencia de Larry, y el cadete que poseía el balandro dijo que podrían hacer el viaje en esa embarcación, siempre que el director de Putnam Hall les diera el permiso necesario.
«Le pediremos al Capitán Putnam de inmediato», declaró Dick.
Se les concedió permiso para salir de Putnam Hall temprano a la mañana siguiente, sábado, siempre que el clima estuviera despejado, y se acordó que el grupo estaría formado por los tres hermanos Rover, Larry, Fred y Songbird. El capitán dijo que prefería que regresaran el sábado por la noche, pero que podían quedarse fuera durante el domingo si lo encontraban necesario.
«¿Creen que obtendremos alguna pista sobre Merrick y Tad Sobber?», preguntó Dick, con una leve sonrisa.
«Posiblemente», respondió el Capitán Putnam, sonriendo también. «Ustedes, los Rover, son unos tipos estupendos para descubrir cosas».
El balandro estaba provisto de un pequeño camarote, y en él los muchachos colocaron una pequeña provisión de víveres y también una escopeta y algunos sedales de pesca. Salieron de la institución después del desayuno y estaban contentos por la promesa de un día cálido, con la brisa en la dirección correcta.
«Ustedes tendrán que decirme hacia dónde dirigir el balandro», dijo Larry, después de haber izado la vela mayor. «No sé dónde está esa vieja casa».
«Tenemos una idea general de dónde está», respondió Dick. «Por supuesto, podemos tener algunos problemas para encontrarla. Pero si nos confundimos, podemos ir a tierra y preguntar a la gente que vive en esa vecindad».
La distancia a recorrer a lo largo de la orilla del lago era de unas doce millas, así que los muchachos tenían una buena navegación por delante. Se turnaron para gobernar, y dijeron que les gustaba mucho el balandro.
Habían recorrido unas cuatro millas cuando la brisa comenzó a morir. Esto era exasperante, pero no se podía evitar, así que los muchachos aprovecharon lo que pudieron. Mientras el balandro se dejaba llevar, sacaron algunos aparejos de pesca, y no pasó mucho tiempo antes de que Sam atrapara un pez de buen tamaño, del cual se sentía bastante orgulloso.
«A este paso nos llevará hasta la noche llegar a esa vieja casa», comentó Dick, después de haber estado pescando media hora. «¡Es una lástima! Pensé que llegaríamos allí al mediodía cuando salimos, incluso si la brisa disminuía».
«Oh, creo que la brisa empezará de nuevo en poco tiempo», dijo Tom con esperanza. «Disfrutemos de esta pesca mientras tengamos la oportunidad», añadió, habiendo sacado un verdadero premio piscatorio.
Para el mediodía tenían una buena cantidad de pescado en su haber, y entonces Sam propuso que fueran a tierra, hicieran una fogata y cocinaran algo para el almuerzo.
«No tiene sentido lamentarse por el viento», dijo.
«Si no fuera por el balandro podríamos ir caminando a la vieja casa», respondió Dick.
«No me gustaría dejar mi barco en cualquier lugar», dijo Larry. «Alguien podría llevárselo, y me costó bastante dinero».
«Podrías dejarlo al cuidado de algún granjero por aquí», sugirió Songbird, y luego añadió suavemente:
«¿Pues qué es un barco sin una brisa? Es como un bosque al que le faltan sus árboles. Es como una mesa a la que le falta una pata...»
«¡O un gran trompo azul al que le falta su punta!», terminó Tom. «Pero propongo que acampemos y cocinemos el pescado», continuó. «Podemos tener una comida excelente, junto con lo que trajimos».
La idea de ir a tierra prevaleció, y pronto habían amarrado el balandro y bajado la vela mayor. Había maleza a mano, y habiendo encendido un fuego, limpiaron algo del pescado y lo pusieron a asar. Llevaban una olla con la que hicieron café, y también sacaron pan, galletas, pastel y algo de fruta. Tenían algo de carne con ellos, pero la dejaron para un posible uso futuro.
Los cadetes se tomaron su tiempo con la comida, y no fue hasta las dos de la tarde que volvieron a subir al Polly, como Larry había llamado a su embarcación.
«Creo que la brisa está regresando», gritó Dick, levantando la mano.
«¡Que venga!», fue el grito, y a medida que el viento refrescaba, todos se sintieron mucho mejor. Pronto el Polly navegaba sobre el lago tan velozmente como cuando habían comenzado.
«¿Saben lo que pienso?», dijo Songbird, que estaba en la popa mirando hacia las colinas distantes. «Creo que vamos a tener más viento del que querremos antes de que anochezca».
«¿Crees que viene una gran ráfaga?», preguntó Fred.
«Eso me parece a mí. ¿Ven esas nubes oscuras que apenas comienzan a mostrarse por allá?»
«Bueno, no me importaría una pequeña ráfaga», dijo Dick. «De hecho, creo que me gustaría la emoción». Y los otros dijeron lo mismo.
Todavía estaban a unas dos millas del lugar donde suponían que estaba la vieja casa, cuando de repente se oscureció y la brisa refrescó considerablemente. Entonces vino una ráfaga de aire que inclinó al Polly mucho sobre un costado.
«¡Hola! ¡Esto no va bien!», gritó Fred, alarmado. «¡No queremos volcar!»
«Tal vez sería mejor recoger algo de vela», añadió Songbird nerviosamente.
Apenas había hablado cuando vino otra ráfaga de viento que hizo que todos se aferraran con fuerza a la cubierta para evitar ser lanzados por la borda. El cielo estaba ahora muy oscuro, y había algunos copos de nieve en el aire.
«Es una ráfaga de nieve de primavera, eso es lo que es», anunció Dick. «No creo que dure más de diez o quince minutos».
«Es demasiado para el Polly», vino de parte de Larry. «Bajen la vela mayor, ¿quieren?»
Varios saltaron para hacer lo solicitado, y apenas habían bajado y estibado la vela cuando llegó una ráfaga feroz que los llevó bien hacia la orilla.
«¡Hay una cala, podemos entrar allí para refugiarnos!», gritó Sam, y el balandro fue dirigido en consecuencia. La cala estaba bien protegida por árboles y anclaron en un lugar que parecía particularmente acogedor.
Los muchachos temían que lloviera, y se preguntaban qué harían para no mojarse, ya que el camarote del balandro era demasiado pequeño para albergar a más de dos o tres personas del grupo. Pero no cayó lluvia, y pronto la ráfaga de nieve desapareció. El viento, sin embargo, en lugar de disminuir, soplaba más fuerte que nunca.
«Me alegro de que no estemos en medio del lago», observó Fred. «¡Seguro que volcaríamos!»
«Esto ciertamente se está convirtiendo en un vendaval», respondió Dick. «Y lo peor es que no se sabe cuánto tiempo va a durar».
No había nada que hacer más que esperar, y para mantenerse calientes los cadetes colocaron un trozo de lona sobre la cubierta del balandro y se metieron en el camarote. Allí se agacharon, contaron historias y hablaron durante más de una hora.
«Propongo que sigamos», dijo Tom, al fin. «El viento no es tan fuerte como antes».
Aunque dudosos de la sabiduría de la decisión, los otros votaron por continuar y salieron de la cala ayudándose con pértigas. Solo se izó el foque del Polly y esto los envió navegando a una velocidad bastante buena.
Dick se puso en la proa y al fin llamó a Larry para que girara el balandro hacia la orilla.
«Creo que debemos estar en las cercanías de esa casa ahora», dijo él. «Y justo delante hay una buena cala donde el balandro estará tan bien resguardado como lo estuvo en la otra».
En consecuencia, Larry dirigió el Polly hacia adentro y los otros muchachos arriaron la vela. Echaron el ancla entre varios árboles altos, donde el balandro quedaba casi oculto a la vista.
Habiéndose asegurado de que el barco no pudiera irse a la deriva, los seis muchachos, encabezados por Dick, se abrieron paso a lo largo de la orilla hasta que dieron con algo parecido a un sendero. Al llegar a una ligera elevación, Dick señaló con la mano.
«¿No es esa una casa, al otro lado de la colina?», preguntó.
«¡Sí!», gritó Tom. «¡Y por su aspecto, diría que es el lugar que estamos buscando!»
CAPÍTULO XXVIII
EN LA CASA VIEJA
Los hermanos Rover y sus amigos se acercaron a la vieja casa con gran interés. Dick iba a la cabeza, marcando un ritmo que dificultaba a los demás seguirle el paso.
«No te apresures tanto, Dick», le reprendió Fred. «La casa no va a salir corriendo».
«Dick quiere asegurarse de si ese Merrick anda cerca», respondió Songbird. «Y no puedo culparlo».
La antigua propiedad de los Sobber estaba rodeada por una arboleda de árboles igualmente envejecidos. Uno de los árboles se había desplomado, llevándose consigo una esquina del tejado. A través de esta abertura revoloteaban los pájaros.
«No creo que haya nadie cerca», observó Tom, mientras se detenían frente al edificio.
«¡Nada como llamar a la puerta!», gritó Sam, y subiendo a la dilapidada veranda, levantó el antiguo llamador de la puerta y lo usó vigorosamente. Entonces se oyó un crujido y el más joven de los Rover sintió que el suelo de la veranda cedía.
«¡Cuidado, se cae un poste!», gritó Dick con advertencia, y Sam tuvo justo el tiempo necesario para saltar lejos cuando el poste de la esquina de la veranda se desplomó, permitiendo que el techo sobre ellos se hundiera varios centímetros.
«Me parece que todo el edificio está a punto de colapsar», fue el comentario de Songbird.
«Sí, y no sé si quiero entrar o no», añadió Larry.
«Desde luego, parece inestable», admitió Dick. «No creo que nadie se arriesgue a permanecer mucho tiempo en ella».
Dejando el frente, caminaron alrededor de la vieja casa y miraron a través de varias de las ventanas rotas. Por dentro todo era suciedad y telarañas, con algunos pedazos de muebles destrozados esparcidos por todas partes. Al mirar por una ventana, Tom vio a una rata grande correr a través del suelo.
«Supongo que las ratas son las únicas inquilinas», dijo secamente. «Y no pagan alquiler».
«Con algunos pájaros en el piso superior, al frente», añadió Sam. «Bueno, ¿entramos o no?»
«Yo voy a entrar», declaró Dick, y empujó la vieja puerta de la cocina. El ambiente estaba húmedo y mohoso, pues la lluvia había empapado gran parte del yeso, provocando que se cayera.
La gran chimenea abierta parecía sucia y desalentadora con sus barras y cadenas de hierro. Un hervidor de hierro descansaba sobre la repisa, con una grieta a lo largo del fondo.
«¡Alguien ha encendido un fuego aquí no hace mucho tiempo!», dijo Dick, y recogió un trozo de periódico medio quemado. Le dio la vuelta. «Aquí hay una fecha. ¡Este periódico tiene solo cuatro días!»
«Entonces, quienquiera que haya hecho un fuego aquí visitó esta casa en los últimos cuatro días», dijo Larry en un susurro trágico.
«¡Guau! ¡Escuchen qué detective se está volviendo Larry!», gritó Tom. «¡El mismísimo Bob del Bowery, el detective repartidor de periódicos!»
«Quizás fue solo algún curioso que vino aquí», sugirió Fred.
Con cautela, pues los suelos estaban muy podridos, los cadetes se movieron de una habitación a otra de la vieja casa.
«¿Hay algo ahí dentro?», le preguntó Tom a Sam, mientras este último escudriñaba una habitación que estaba especialmente oscura.
«No alcanzo a distinguir», fue la respuesta, y Sam dio un paso adelante. Entonces, de repente, se oyó un extraño zumbido y algo golpeó al más joven de los Rover en la oreja, haciéndolo retroceder con espanto.
«¡Deja eso!», gritó.
«¿Qué fue eso?», preguntó Tom, mientras los demás acudían corriendo al lugar.
«¡Algo me golpeó en la oreja!»
«¿Hay alguien ahí dentro?»
«Debe haberlo».
«¡Salga de ahí, quienquiera que sea!», gritó Fred, mientras Dick apuntaba su escopeta hacia la puerta.
No hubo respuesta, pero un segundo después se oyó el zumbido de nuevo, y entonces un gran murciélago voló hacia la luz, rozando apenas la cara de Tom.
«¡Un murciélago!»
«¡Déjalo pasar!», dijo Songbird, y entonces el murciélago salió volando por una ventana y desapareció.
«¡Oh!», murmuró Sam, y soltó un suspiro de alivio. «¡Yo... yo pensé que alguien me estaba atacando!»
«Tengo una de esas linternas eléctricas de bolsillo», dijo Tom. «Déjenme usarla».
Encendió la pequeña lámpara eléctrica y, con sus rayos, inspeccionaron el apartamento. Era un dormitorio, y en una esquina había una vieja armazón de cama con un colchón de paja mohoso encima. En otra esquina había un armario que contenía varios estantes.
«Aquí hay un tintero viejo», dijo Dick, y lo sacó. «Y aquí están los restos de una caja de papel para escribir y sobres».
«¿Hay cartas?», preguntó Fred.
Miraron alrededor, pero al principio no pudieron encontrar escritos de ninguna clase. Pero detrás de uno de los estantes, en una grieta, descubrieron varias hojas de papel y las llevaron hacia la luz para leerlas.
«Son partes de cartas del señor Sobber para su esposa», dijo Dick. «Deben haber sido escritas por el padre de Tad».
«Habla aquí de Merrick», añadió Tom, que estaba examinando una página borrosa. «Merrick es el hermano de la señora Sobber sin lugar a dudas».
«Por estas cartas, diría que el señor Sobber había estado en un viaje por mar», continuó el mayor de los Rover. «Y me parece que fue un hombre honesto, pues le dice a su esposa que espera que Merrick abandone sus hábitos de juego».
Desde el dormitorio, los muchachos entraron en lo que había sido la sala de la casa. Estaba casi vacía. A un lado de la sala había un vestíbulo, y allí había unas escaleras que conducían al segundo piso y otras que iban al sótano.
«Bueno, ¿subimos o bajamos?», preguntó Dick.
«Veamos primero cómo es el sótano», respondió Sam. «Quizás encontremos una olla de oro allí».
«O unos cuantos esqueletos», añadió Tom.
«¡Uf! No digas esqueletos», gritó Songbird, con un escalofrío. «¡Ya tengo escalofríos!»
«Ten cuidado de no romperte el cuello en las escaleras», advirtió Larry, y luego Dick encabezó el descenso, sosteniendo la luz frente a él.
Si arriba estaba húmedo, abajo lo estaba mucho más, y los muchachos tiritaron a pesar de sí mismos. El sótano solo tenía un suelo de barro y este estaba cubierto de cieno y moho. Había poco allí que les interesara, salvo un viejo arcón que, cuando lo forzaron para abrirlo, resultó estar vacío.
«¡Escuchen!», gritó Tom de repente, y levantó la mano.
«¿Qué oíste?», exigieron saber varios de los otros.
«Me pareció oír a alguien caminando arriba. ¡Ahí está otra vez!»
Todos prestaron atención y escucharon los inconfundibles sonidos de pasos en las escaleras que conducían al segundo piso.
«¿Quién está ahí arriba?», llamó Dick, y se giró para salir del sótano, seguido por sus hermanos y amigos.
«¡Quédense donde están!», respondió una voz áspera. «¡Que ninguno de ustedes se atreva a salir de ese sótano!»
«¡Es Merrick!», soltó Tom.
Apenas había hablado cuando oyeron una puerta cerrarse bruscamente y un cerrojo caer en su lugar. Luego, los pasos se alejaron.
«¡Ha cerrado la puerta del sótano!», gritó Dick, dirigiendo la luz hacia arriba. «¡Estamos encerrados!»
«¡Escuchen! Oí a más de una persona corriendo por la casa», dijo Larry.
«Ese Pike debe estar con él».
«O bien Tad Sobber».
Tan rápido como pudo, Dick subió las viejas escaleras y probó la puerta. Estaba en condiciones bastante aceptables y se negó a ceder.
«¡Derribenla!», gritó Tom, y fue a ayudar a su hermano.
«Debemos salir y atrapar a esos sinvergüenzas», dijo Sam. «¿No puedes abrir la puerta?»
«Deberíamos poder», respondió Dick. «Aquí, toma la luz y quédate con la escopeta».
En pocos segundos, Dick, Tom y Songbird estaban presionando la puerta con todas sus fuerzas. Todos estaban de pie en el peldaño superior de la escalera del sótano.
«¡Ahora, todos a la vez!», gritó Dick, y empujaron con todas sus fuerzas. Entonces se oyó un chasquido debajo de ellos y, un instante después, la escalera del sótano colapsó, arrastrándolos con ella. Mientras caían en un montón confuso, la escalera golpeó la luz eléctrica y la destrozó. También le arrebató la escopeta de la mano a Sam.
¡Bang! sonó el arma de fuego, con un estruendo en los estrechos confines del sótano que resultó ensordecedor.
«¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto!», salió de Larry, un instante después. «¡Me han volado la mano!»
CAPÍTULO XXIX
UN NAUFRAGIO Y UNA CAPTURA
«¡Quítate de mis dedos!»
«¡Por favor, déjenme salir de este agujero!»
«Oye, ¿cómo puedo levantarme si vas a sentarte sobre mis piernas?»
Estas y algunas otras expresiones salieron de los muchachos mientras intentaban liberarse de los escombros de la escalera caída. El pequeño sótano estaba lleno de humo de la escopeta, y Larry estaba dando saltos sacudiendo su mano herida en el aire. Todo estaba en completa oscuridad, pues las pequeñas ventanas estaban cubiertas de suciedad y telarañas tan espesas que no penetraba ninguna luz a través de ellas.
«¡Cuidado con esa arma!», gritó Dick, cuando pudo hablar. «Recuerden que solo se disparó un cañón».
«Larry, ¿estás realmente muerto?», preguntó Sam, quien, de alguna manera, se sentía responsable, ya que el arma había estado en sus manos.
«N-no, pero me han dado en los dedos», salió del muchacho herido. «¡El disparo pasó rozando mi cabeza, además!»
«Que alguien encienda una luz», pidió Fred. «Songbird, tú tienes algunas cerillas».
El poeta de Hall encendió una cerilla y, a esa luz tenue, los muchachos observaron primero la mano dañada de Larry. Afortunadamente, la carga de perdigones solo había rozado el pulgar y el dedo medio, y se descubrió que Larry estaba más asustado que herido. La mano fue vendada con un par de pañuelos.
«Cuando volvamos al barco, tendrás que lavar bien las heridas», dijo Dick.
Tom había recogido la linterna eléctrica de bolsillo, pero descubrió que no podía hacerla funcionar. De nuevo quedaron en la oscuridad hasta que se encendió otra cerilla.
«No podemos alcanzar esa puerta con la escalera caída», fue el comentario de Dick. «Vamos a romper una ventana».
Esto se logró fácilmente, y uno tras otro los cadetes se arrastraron fuera del sótano. Fue un paso estrecho, especialmente para Fred, que era bastante ancho de cintura.
«Supongo que esos tipos que huyeron pensaron que no podríamos pasar por esa ventana», dijo Songbird.
«Si hubiera sido una pulgada más pequeña, me habría quedado atascado», respondió Fred.
Miraron por todo el viejo edificio, pero no había nadie a la vista. La puerta principal estaba abierta de par en par, y dedujeron correctamente que los otros se habían ido por allí.
«La pregunta es, ¿por qué camino se fueron?», dijo Dick.
«¿Creen que se fueron a pie?», preguntó Sam. «Podrían tener un carruaje».
«O un barco», añadió Larry. «¡Oh, ojalá podamos atraparlos, solo para que paguen por estos dedos míos heridos!» Y apretó los dientes con fuerza, pues las heridas le dolían bastante.
«Larry, confío en que no pienses que fue mi culpa», observó Sam.
«Ni por asomo, Sam. Fue simplemente un accidente, eso es todo. Me alegra que los que estaban en la escalera no se hayan hecho daño».
«Bueno, mi rodilla no se siente muy bien», dijo Tom. «Creo que me hice un buen raspón».
«¿Intentamos encontrar a esos tipos primero o subimos a mirar alrededor?», preguntó Songbird.
«Intentemos encontrarlos primero», dijo Dick. «Podemos volver aquí en cualquier momento».
«Tengo un plan», dijo Tom. «Vamos a dispersarnos en todas direcciones. Si alguien ve algo de ellos, que silbe el silbato de la escuela».
«¡Bien! ¡Eso es hablar!», exclamó Sam. «Cuanto antes, mejor».
En un minuto más, los seis cadetes estaban buscando en otras tantas direcciones a aquellos que perseguían. Larry, Songbird y Fred fueron a la orilla del lago, mientras que los tres hermanos Rover subieron y bajaron por el camino y se internaron en el bosque.
Había pasado casi media hora de búsqueda cuando los otros muchachos oyeron un silbato desde la orilla del lago. La señal procedía de Larry y se repitió varias veces.
«Nos quiere con urgencia», le dijo Sam a Dick cuando se encontraron, y comenzaron a correr. Se encontraron con Larry viniendo hacia ellos, haciendo señas frenéticamente.
«¡Dense prisa!», gritó.
«¿Qué pasa?», preguntó Dick.
«Acaban de pasar en un velero y van hacia el otro lado del lago».
«¿Los dos hombres?», preguntó Sam.
«Sí, y Tad Sobber también».
«¡Tad!»
«Sí. Su barco no debía estar muy lejos del mío. Vi a los dos hombres subir a bordo y luego Tad salió de un camarote, y los tres izaron las velas tan rápido como pudieron y se dirigieron en dirección a la punta de las tres rocas... ¿recuerdan el lugar?»
«Lo recuerdo, el sitio donde una vez fuimos a recoger nueces», dijo Dick.
Para entonces, los otros cadetes se estaban acercando y escucharon con gran interés lo que Larry tenía que contar. Mientras tanto, todos corrieron hacia el Polly; el balandro fue empujado con pértigas fuera de la cala y se izaron la vela mayor y el foque. Como Larry no estaba en condiciones de timonear, Dick tomó el timón.
«Escaparán si pueden», observó Songbird. «¿Creen que si nos acercamos demasiado nos dispararán o algo así?»
«No se puede decir», respondió Dick. «Pero voy a cargar ese cañón vacío de la escopeta, y si se atreven a disparar, dispararé de vuelta», añadió con determinación.
El otro barco estaba a la vista, pero a una buena media milla de distancia, y era una cuestión seria si el Polly podría acercarse a la embarcación antes de que llegaran a la punta de las tres rocas.
«Bueno, si van a tierra podemos capturar el barco de todos modos», observó Sam. «Eso será algo».
«Probablemente el barco solo estaba alquilado. Puede que el dueño no sepa qué sinvergüenzas son esos tipos».
«La embarcación me pareció vieja y torpe», dijo Larry. «Si navegas el Polly con cuidado, tal vez puedas atraparlos... si no nos juegan alguna mala pasada».
La persecución ya estaba en marcha y los cadetes a bordo del balandro hicieron todo lo que pudieron para ganar velocidad. Había una brisa favorable, pues el vendaval había amainado mientras estaban en la casa.
«No creo que sepan mucho sobre manejar un barco», dijo Tom poco después. «¿Qué están haciendo ahora?»
«¡Están regresando!», gritó Sam. «Miren, se dirigen a aquella cala. No van a la punta de las tres rocas».
«¿Qué cala es esa?», preguntó Songbird. «¿Es el sitio donde fuimos a pescar el día que atrapamos la tortuga?»
«Sí».
«¡Entonces será mejor que tengan cuidado! ¿No recuerdan esas rocas afiladas, justo cerca de la boca de la cala?»
Aquellos que habían estado pescando el día mencionado sí recordaban las rocas, y observaron el barco que iba delante con gran interés. El viento había refrescado un poco y la embarcación había girado velozmente y se dirigía hacia la cala. Podían ver a uno de los hombres intentando arriar la vela mayor.
«¡Están en aguas peligrosas!», gritó Dick.
Apenas había pronunciado las palabras cuando vieron que el barco golpeaba algo, se estremecía de proa a popa y retrocedía. Luego avanzó y golpeó una segunda vez. ¡Un segundo después, se escoró a babor, lanzando a los dos hombres y a Tad Sobber al lago!
«¡Han chocado contra las rocas!»
«¡El barco se está hundiendo!»
«¡Están todos en el agua!»
«¡Arrien la vela mayor!», gritó Larry. «¡No queremos quedar atrapados en las rocas! ¡Apártate, Dick!»
Dick giró el timón y, en pocos segundos, la vela mayor cayó con un golpe y fue asegurada por los demás. El foque seguía arriba, y este tiraba lo suficiente como para enviarlos hacia adelante lentamente, hasta el lugar donde había ocurrido la catástrofe.
Encontraron a Pike forcejeando en el agua, gritando vigorosamente pidiendo ayuda. Sid Merrick y Tad Sobber habían nadado hacia la parte más cercana de la orilla, a unos doscientos pies de distancia.
«Aquí, sujeta esto y te sacaré», dijo Tom, alcanzándole a Pike un palo. El hombre que forcejeaba hizo lo que se le dijo de buena gana y fue rápidamente arrastrado a la cubierta. Luego, el Polly se dirigió hacia la orilla y se arrió el foque.
No fue tarea fácil acercar el balandro, pues debían tener cuidado con las rocas, y para cuando lo lograron, Sid Merrick y Tad Sobber habían llegado a tierra y corrían hacia el bosque con toda la velocidad posible. Dick levantó su escopeta y disparó para asustarlos, pero ellos siguieron adelante y, en pocos minutos, desaparecieron de la vista.
CAPÍTULO XXX
ADIÓS A PUTNAM HALL
Dejando a John Pike a cargo de los demás, los tres hermanos Rover salieron tras Sobber y Merrick. Siguieron el rastro durante un rato con facilidad, pues los fugitivos estaban empapados por su baño involuntario.
«Tenemos una ventaja», dijo Dick mientras corrían. «Al estar mojados llamarán la atención, y podremos seguirlos de esa manera».
Habían cubierto cerca de un cuarto de milla cuando oyeron un crujido en la maleza no muy lejos de ellos. Luego vino un grito de dolor tanto de Merrick como de Tad Sobber.
«¡Ay! ¡Me están picando hasta matarme!»
«¡Quítate de encima! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!»
«¡Son avispones, Tad! ¡Corre, o vendrán tras nosotros!»
«¡Yo... no puedo correr! ¡Oh! ¡Uno me picó en el ojo!», gritó Tad Sobber.
Entonces los hermanos Rover oyeron al hombre y al chico seguir adelante, Tad gritando de dolor a cada paso.
«¡Esperen! ¡No podemos ir por ahí!», gritó Tom, que no tenía ningún deseo de tropezar con el nido de avispones como probablemente habían hecho los otros. «¡Vamos por el otro lado!» Y saltó hacia la izquierda.
A medida que avanzaban, oyeron a Tad Sobber todavía gritando salvajemente, y oyeron a Sid Merrick instándolo a correr más rápido.
«¡A mí también me han picado, en una docena de lugares!», dijo el ladrón de bonos. «Pero no debemos ser capturados».
«¡Oh, es horrible!», gimió Tad. «¡Apenas puedo soportar el dolor!» Y siguió adelante, agarrando a su tío por el brazo. Ambos estaban, en verdad, en una situación lamentable.
Pero al salir a un camino, la fortuna les favoreció. Se encontraron con un hombre de color que conducía un coche de turismo. Estaba solo y rápidamente lo contrataron para que los llevara al pueblo más cercano.
«Caímos al lago por accidente», dijo Sid Merrick. «Queremos llegar a un lugar donde podamos cambiarnos de ropa».
«Y conseguir algo para estas picaduras de avispones», añadió Tad Sobber. «Si no consigo algo pronto, me volveré loco de dolor».
Mientras los tres hermanos Rover corrían hacia la carretera, Dick vio una billetera grande y plana tirada en el suelo. Se lanzó hacia ella y la recogió.
«Merrick debe haberla dejado caer», dijo. «Está mojada, y aquí hay un avispón muerto pegado a ella. Supongo que los avispones le hicieron olvidar que la tenía».
Guardando la billetera en su bolsillo, Dick corrió hacia la carretera y miró a ambos lados. Pero Merrick y Sobber se habían ido, y lo que fue de ellos, los muchachos no lo supieron hasta el día siguiente, y entonces ya era demasiado tarde.
«¿Qué hay en esa billetera?», preguntó Sam, una vez que la cacería hubo llegado a su fin por el momento.
«Pronto lo sabremos», dijo su hermano mayor, y abrió el cuero aún húmedo. Dentro había varios billetes de banco y un sobre grueso.
«¡Los bonos de la compañía de tracción del tío Randolph que faltaban!», gritó Dick, sacándolos. «¡Esto es lo mejor que nos ha pasado!»
«¿Están todos ahí?», preguntó Tom.
Dick los contó rápidamente.
«Sí... diez de mil dólares cada uno».
«¡Hurra!», gritó Sam. «¡Cómo se alegrará el tío Randolph cuando se entere de esto!»
Los muchachos estaban sumamente eufóricos por el hallazgo, y ahora que tenían los bonos concluyeron que una búsqueda más exhaustiva de Sid Merrick podía esperar. No les importaba si Tad Sobber era capturado o no, ya que no pensaban que el matón fuera un gran criminal.
Cuando regresaron al balandro, descubrieron que los demás habían atado las manos de John Pike a su espalda. El ladrón se mostró muy sumiso y declaró que Sid Merrick tenía la culpa de todo.
«Quiso vender los bonos muchas veces», dijo Pike. «Pero sabía que el señor Rover había anunciado los números en los periódicos y tenía miedo de hacerlo. Dijo que esperaría hasta que el asunto se calmara. Luego, pensaba vender todo, repartir el botín e irse a Europa».
Pike añadió que el barco le pertenecía a él. Era una embarcación vieja a la que habían dejado abandonada sobre las rocas. Más tarde se supo que Pike había vivido anteriormente en la orilla del lago y que, de ese modo, había conocido a Merrick y a los Sobber.
Tan pronto como fue posible, el ladrón capturado fue entregado a las autoridades, y Dick envió un mensaje a casa informando a su tío de lo ocurrido. Esto provocó la llegada tanto de Randolph Rover como del padre de los muchachos.
«Ciertamente lo han hecho maravillosamente bien», dijo Randolph Rover mientras tomaba sus bonos. «Si no fueran ya tan ricos, me gustaría recompensarlos».
«No queremos ninguna recompensa», dijo Dick. «Pero lamento que no hayamos atrapado a Merrick».
Durante mucho tiempo, las autoridades intentaron capturar a Sid Merrick y también se esforzaron por conocer el paradero de Tad Sobber, pero sin éxito. Habían desaparecido, y aquello pareció ser el final de la historia. La vieja casa fue visitada de nuevo, pero no se encontró nada de valor allí. Más tarde, unos vagabundos le prendieron fuego y se quemó hasta los cimientos. Un mes después, John Pike y otro ladrón de carga que fue capturado fueron juzgados por sus fechorías y enviados a prisión. Las autoridades utilizaron a Bill Dangler como testigo en su contra, y Dangler, por consiguiente, fue puesto en libertad. Curiosamente, Dangler cambió de vida y se convirtió en un hombre trabajador en una cantera de piedra ferroviaria a pocos kilómetros de Carwell.
Con el misterio de los bonos de la compañía de tracción resuelto, los hermanos Rover regresaron a Putnam Hall para completar su último trimestre en esa institución educativa. Se dedicaron con diligencia a sus estudios, y cuando llegaron los exámenes finales, todos aprobaron con excelentes resultados.
«¡Guau! ¡Me alegra que esos exámenes hayan terminado!», gritó Tom. «Siento como si me hubieran quitado un peso de cien libras de encima».
«A mí también me alegra», respondió Sam.
«Y me alegra que a todos nos haya ido tan bien», intervino Dick. «Nuestros informes complacerán a papá, al tío Randolph y a la tía Martha».
Se había organizado que los ejercicios de graduación se llevaran a cabo a gran escala, y se invitó a muchas personas a asistir. Esto trajo a todos los Rover y también a los Stanhope y a los Laning a Putnam Hall. Dick fue llamado para pronunciar el discurso de despedida y realizó una alocución tan conmovedora que fue vigorosamente aplaudido. Sam y Tom aparecieron en un diálogo humorístico con Fred y Larry, y esto fue recibido con carcajadas. Songbird recitó un poema original que fue una mejora notable respecto a la mayor parte de sus versos mediocres, y Hans y algunos de los otros cantaron en un cuarteto que habría hecho honor al club de canto de cualquier universidad promedio.
«¡Oh, fue espléndido, Dick!», dijo Dora, después de que todo terminó y llegó el momento de las felicitaciones. Y sus ojos brillaban como estrellas mientras apretaba su mano.
«Solo te vi a ti, Dora, cuando me levanté para hablar», le susurró. «Y por eso hice mi mayor esfuerzo».
«Ustedes y Sam deberían ir al escenario», le dijo Nellie a Tom. «¡Ese diálogo fue demasiado divertido para ser real!».
«Me reí hasta las lágrimas», añadió Grace. «Fue un programa espléndido de principio a fin».
«Bien hecho, muchachos, bien hecho», dijo Anderson Rover mientras tomaba a cada uno de la mano. «Nunca estuve tan orgulloso de ustedes como hoy».
«Ahora que hemos terminado nuestros estudios aquí, ¿qué haremos después?», preguntó Dick con seriedad.
«Resolveremos esa cuestión este verano», respondió su padre. «Pero mientras tanto...». El señor Rover hizo una pausa y miró a su hijo mayor con aire pensativo.
«¿Pero qué, padre?».
«Te lo diré cuando lleguemos a casa, Dick; no tiene caso que intente hacerlo con esta emoción. Tengo algo muy inusual que proponer», respondió Anderson Rover, y cuál fue esa propuesta, y qué resultó de ella, se relatará en otro volumen, que se titulará «Los hermanos Rover en la Isla del Tesoro; o, El extraño crucero del yate a vapor». En ese volumen nos encontraremos con muchos de nuestros viejos amigos de nuevo, y también aprenderemos algo sobre la desaparición de Sid Merrick y Tad Sobber.
Aquella noche, la celebración en Putnam Hall continuó. Los cadetes encendieron una enorme hoguera en el campus y alrededor de ella bailaron, cantaron y pronunciaron discursos. Vitorearon a todo el mundo, desde el capitán Putnam hasta Peleg Snuggers, y las festividades se prolongaron hasta la medianoche. Luego los muchachos se fueron a la cama, pero no a dormir, pues ¿no era acaso aquella la última noche en la escuela? Se gastaron bromas innumerables, incluida una a Peter Slade que aquel joven nunca olvidó. Esto enfureció tanto al matón que declaró que iba a dejar Putnam Hall para siempre, y así lo hizo, y nadie lo echó de menos.
«¡Y ahora, a casa!», gritó Dick a la mañana siguiente mientras se vestía.
«Y a nuevas aventuras», añadió Tom.
«Pero odio dejar la vieja y querida Putnam Hall», suspiró Sam, y luego los otros suspiraron también.
No fue hasta el mediodía que los tres hermanos Rover estuvieron listos para partir, habiéndose despedido primero de sus numerosos amigos. Luego estrecharon la mano del capitán Putnam.
«Odiamos terriblemente tener que dejarlo», dijo Dick con sinceridad.
«Y yo odio que se vayan, Richard», fue la respuesta. «Deben visitar la escuela en algún momento en el futuro».
«Y usted debe venir a vernos, capitán Putnam», dijo Tom.
«Sí, de verdad», añadió Sam.
«Lo haré», respondió el director de la escuela.
Entonces los muchachos se dieron la mano una vez más y corrieron hacia el carruaje. Algunos muchachos que se quedaron atrás lanzaron un grito:
«¡Adiós, Dick!».
«¡Lamento que te vayas, Tom!».
«¡Que nos volvamos a encontrar, Sam!».
«¡Adiós a todos!», fue el grito de respuesta. «¡Adiós a la querida y vieja Putnam Hall!».
Luego el látigo chasqueó, el carruaje se alejó de la puerta; y los días de los hermanos Rover en la escuela militar de Putnam Hall habían llegado a su fin.
FIN
Andy Lane y su inquieta tripulación despegan en un autogiro monstruoso en busca del tesoro de unos piratas.
* * * * *
LIBROS DE COMPAÑEROS PARA MUCHACHOS
Ilustrados. Sobrecubiertas individuales en color.
Relatos de los viejos tiempos de los pioneros del Oeste y los campos de oro de California; relatos de misterio, humor, aventura; historias emocionantes sobre deportes y aviación. Existe una amplia gama de temas en esta lista de títulos, todos escritos por autores bien conocidos de libros para muchachos.
LEFTY LEIGHTON Por Percy Keese Fitzhugh NUMBER 44 Por Harold M. Sherman BILL DARROW'S VICTORY Por William Heyliger THE STORY OF TERRIBLE TERRY Por Percy Keese Fitzhugh BEYOND THE DOG'S NOSE Por Harold M. Sherman DING PALMER, AIR DETECTIVE Por Harold M. Sherman BEAN-BALL BILL Por William Heyliger MARK GILMORE, SCOUT OF THE AIR Por Percy Keese Fitzhugh CAMERON MACBAIN, BACKWOODSMAN Por Harold M. Sherman FLYING HEELS Por Harold M. Sherman FLASHING STEEL Por Harold M. Sherman BUFFALO BOY Por J. Allan Dunn THE CLOUD PATROL Por Irving Crump SPIFFY HENSHAW Por Percy Keese Fitzhugh THE PILOT OF THE CLOUD PATROL Por Irving Crump DON RAIDER, TRAIL BLAZER Por Harold M. Sherman TUCK SIMMS, FORTY-NINER Por Edward Leonard WIGWAG WEIGAND Por Percy Keese Fitzhugh HERVEY WILLETTS Por Percy Keese Fitzhugh SKINNY McCORD Por Percy Keese Fitzhugh