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The Secret Agent: A Simple Tale

by Joseph Conrad · in Spanish

EL AGENTE SECRETO UN CUENTO SENCILLO

POR JOSEPH CONRAD

SEGUNDA EDICIÓN

METHUEN & CO., 36 ESSEX STREET W. C. LONDRES

Publicado por primera vez . . . Septiembre de 1907

Segunda edición . . . Octubre de 1907

A H. G. WELLS

EL CRONISTA DEL AMOR DEL SEÑOR LEWISHAM EL BIÓGRAFO DE KIPPS Y EL HISTORIADOR DE LOS SIGLOS VENIDEROS

ESTE CUENTO SENCILLO DEL SIGLO XIX SE LE OFRECE AFECTUOSAMENTE

CAPÍTULO I

El señor Verloc, al salir por la mañana, dejó su tienda nominalmente a cargo de su cuñado. Podía hacerlo, porque en cualquier momento había muy poco negocio y, prácticamente, ninguno antes del anochecer. Al señor Verloc le importaba bien poco su negocio ostensible. Y, además, su esposa estaba a cargo de su cuñado.

La tienda era pequeña, y también la casa. Era una de esas casas de ladrillo mugrientas que existían en gran cantidad antes de que la era de la reconstrucción amaneciera sobre Londres. La tienda era un lugar cuadrado, con la fachada acristalada en pequeños paneles. Durante el día la puerta permanecía cerrada; por la tarde permanecía discreta pero sospechosamente entreabierta.

El escaparate contenía fotografías de bailarinas más o menos desnudas; paquetes indefinidos en envoltorios como de medicinas patentadas; sobres de papel amarillo cerrados, muy endebles y marcados con dos chelines y seis peniques en gruesas cifras negras; unos cuantos números de antiguas publicaciones cómicas francesas colgados de una cuerda como si se estuvieran secando; un cuenco de porcelana azul deslucido, un cofre de madera negra, frascos de tinta de marcar y sellos de goma; unos cuantos libros con títulos que sugerían impropiedad; unos cuantos ejemplares aparentemente viejos de periódicos oscuros, mal impresos, con títulos como *La Antorcha*, *El Gong* —títulos estimulantes—. Y los dos quemadores de gas dentro de los cristales estaban siempre bajos, ya fuera por economía o por consideración a los clientes.

Estos clientes eran o bien hombres muy jóvenes, que merodeaban por el escaparate un rato antes de deslizarse dentro repentinamente; o hombres de edad más madura, pero que por lo general parecían como si no tuvieran fondos. Algunos de estos últimos llevaban los cuellos de sus abrigos levantados hasta los bigotes y restos de barro en la parte inferior de sus prendas inferiores, que tenían aspecto de estar muy gastadas y de no ser muy valiosas. Y las piernas dentro de ellas, por regla general, tampoco parecían tener gran importancia. Con las manos hundidas profundamente en los bolsillos laterales de sus abrigos, se escabullían de lado, con un hombro primero, como si temieran poner en marcha la campanilla.

La campanilla, colgada de la puerta mediante una cinta de acero curvada, era difícil de eludir. Estaba irremediablemente agrietada; pero, al anochecer, ante la menor provocación, repiqueteaba detrás del cliente con insolente virulencia.

Repiqueteaba; y ante esa señal, a través de la polvorienta puerta de cristal situada tras el mostrador de madera pintada, el señor Verloc salía apresuradamente de la salita del fondo. Sus ojos estaban naturalmente pesados; tenía el aspecto de haber estado revolcándose, completamente vestido, todo el día en una cama sin hacer. Otro hombre habría sentido tal apariencia como una clara desventaja. En una transacción comercial de tipo minorista, mucho depende del aspecto atractivo y amable del vendedor. Pero el señor Verloc conocía su negocio y permanecía imperturbable ante cualquier tipo de duda estética sobre su apariencia. Con una insolencia firme y de mirada fija, que parecía contener la amenaza de algún abominable peligro, procedía a vender sobre el mostrador algún objeto que, de forma evidente y escandalosa, no valía el dinero que pasaba en la transacción: una pequeña caja de cartón aparentemente vacía, por ejemplo, o uno de esos sobres amarillos y endebles cuidadosamente cerrados, o un volumen sucio de tapas de papel con un título prometedor. De vez en cuando sucedía que una de las bailarinas amarillentas y descoloridas se vendía a un aficionado, como si estuviera viva y fuera joven.

A veces era la señora Verloc quien aparecía ante la llamada de la campanilla agrietada. Winnie Verloc era una mujer joven de busto lleno, con corpiño ajustado y caderas anchas. Su cabello estaba muy arreglado. De mirada fija como su esposo, conservaba un aire de inescrutable indiferencia tras la barrera del mostrador. Entonces, el cliente de edad comparativamente tierna se sentía de repente desconcertado al tener que tratar con una mujer, y con rabia en su corazón pedía un frasco de tinta de marcar, valor minorista seis peniques (precio en la tienda de Verloc: un chelín y seis peniques), que, una vez fuera, dejaba caer sigilosamente en la alcantarilla.

Los visitantes nocturnos —los hombres con los cuellos levantados y sombreros blandos hundidos hasta las cejas— saludaban con familiaridad a la señora Verloc y, con un saludo entre dientes, levantaban la solapa del extremo del mostrador para pasar a la salita del fondo, que daba acceso a un pasillo y a un empinado tramo de escaleras. La puerta de la tienda era el único medio de entrada a la casa en la que el señor Verloc ejercía su negocio de vendedor de artículos turbios, desempeñaba su vocación de protector de la sociedad y cultivaba sus virtudes domésticas. Estas últimas eran manifiestas. Estaba completamente domesticado. Ni sus necesidades espirituales, ni mentales, ni físicas eran del tipo que lo llevaran mucho fuera. Encontraba en casa la comodidad de su cuerpo y la paz de su conciencia, junto con las atenciones conyugales de la señora Verloc y la consideración deferente de la madre de la señora Verloc.

La madre de Winnie era una mujer corpulenta y asmática, con un rostro grande y moreno. Llevaba una peluca negra bajo una cofia blanca. Sus piernas hinchadas la volvían inactiva. Se consideraba de ascendencia francesa, lo cual podía haber sido cierto; y después de bastantes años de vida matrimonial con un tabernero de los más comunes, se proveyó para los años de viudez alquilando habitaciones amuebladas para caballeros cerca de Vauxhall Bridge Road, en una plaza antaño de cierto esplendor y todavía incluida en el distrito de Belgravia. Este hecho topográfico era de alguna utilidad para anunciar sus habitaciones; pero los clientes de la digna viuda no eran precisamente del tipo elegante. Tal como eran, su hija Winnie ayudaba a cuidarlos. Los rastros de la ascendencia francesa de la que presumía la viuda también eran evidentes en Winnie. Eran evidentes en la disposición extremadamente pulcra y artística de su brillante cabello oscuro. Winnie tenía también otros encantos: su juventud; su forma plena y redondeada; su cutis claro; la provocación de su inescrutable reserva, que nunca llegaba al extremo de impedir la conversación, llevada por parte de los inquilinos con animación, y por la suya con una amabilidad ecuánime. Debe ser que el señor Verloc era sensible a estas fascinaciones. El señor Verloc era un cliente intermitente. Iba y venía sin motivo muy aparente. Por lo general llegaba a Londres (como la gripe) desde el continente, solo que llegaba sin ser anunciado por la prensa; y sus visitas se presentaban con gran severidad. Desayunaba en la cama y permanecía revolcándose allí con aire de tranquilo disfrute hasta el mediodía todos los días, y a veces hasta una hora más tardía. Pero cuando salía parecía experimentar una gran dificultad para encontrar el camino de regreso a su hogar temporal en la plaza de Belgravia. Salía tarde y regresaba temprano, tan temprano como a las tres o cuatro de la madrugada; y al despertarse a las diez se dirigía a Winnie, que traía la bandeja del desayuno, con una jovial y agotada cortesía, en el tono ronco y vacilante de un hombre que había estado hablando vehementemente durante muchas horas seguidas. Sus ojos prominentes y de párpados pesados rodaban de lado con aire amoroso y lánguido, las mantas de la cama eran subidas hasta su barbilla y su bigote oscuro y suave cubría sus labios gruesos, capaces de muchas bromas melosas.

En opinión de la madre de Winnie, el señor Verloc era un caballero muy agradable. De la experiencia de vida recogida en varias «casas de negocios», la buena mujer había llevado a su retiro un ideal de caballerosidad tal como lo exhibían los clientes de los bares de salón privado. El señor Verloc se acercaba a ese ideal; lo alcanzaba, de hecho.

—Por supuesto, nos haremos cargo de tus muebles, madre —había comentado Winnie.

La casa de huéspedes iba a ser abandonada. Parece que no resultaba rentable mantenerla. Habría sido demasiada molestia para el señor Verloc. No habría sido conveniente para sus otros negocios. Cuál era su negocio, no lo decía; pero después de su compromiso con Winnie se tomó la molestia de levantarse antes del mediodía y, bajando las escaleras del sótano, hacerse agradable a la madre de Winnie en el comedor de abajo, donde ella tenía su existencia inmóvil. Acariciaba al gato, removía el fuego, hacía que le sirvieran allí el almuerzo. Dejaba su comodidad ligeramente sofocante con evidente reticencia, pero, de todos modos, permanecía fuera hasta que la noche estaba muy avanzada. Nunca se ofreció a llevar a Winnie a los teatros, como un caballero tan agradable debería haber hecho. Sus tardes estaban ocupadas. Su trabajo era, en cierto modo, político, le dijo a Winnie una vez. Tendría, le advirtió, que ser muy amable con sus amigos políticos.

Y con su mirada recta e inescrutable, ella respondió que lo sería, por supuesto.

Cuánto más le contó sobre su ocupación era imposible de descubrir para la madre de Winnie. El matrimonio la acogió junto con los muebles. El aspecto mezquino de la tienda la sorprendió. El cambio de la plaza de Belgravia a la calle estrecha del Soho afectó adversamente a sus piernas. Se volvieron de un tamaño enorme. Por otro lado, experimentó un alivio completo de las preocupaciones materiales. La pesada bondad de su yerno le inspiraba una sensación de seguridad absoluta. El futuro de su hija estaba obviamente asegurado, e incluso respecto a su hijo Stevie no necesitaba tener ansiedad. No había podido ocultarse a sí misma que era una carga terrible, ese pobre Stevie. Pero en vista del cariño de Winnie por su delicado hermano, y de la disposición amable y generosa del señor Verloc, sintió que el pobre chico estaba bastante seguro en este mundo difícil. Y en el fondo de su corazón quizá no le desagradaba que los Verloc no tuvieran hijos. Como esa circunstancia parecía perfectamente indiferente para el señor Verloc, y como Winnie encontraba un objeto de afecto cuasimaterno en su hermano, tal vez eso era lo mejor para el pobre Stevie.

Porque era difícil de manejar, ese chico. Era delicado y, a su manera frágil, también apuesto, a excepción del desvaído rictus de su labio inferior. Bajo nuestro excelente sistema de educación obligatoria había aprendido a leer y escribir, a pesar del aspecto desfavorable del labio inferior. Pero como chico de los recados no resultó un gran éxito. Olvidaba sus mensajes; se desviaba fácilmente del camino recto del deber por las atracciones de gatos y perros callejeros, a los que seguía callejones estrechos adentro hacia patios insalubres; por las comedias de las calles, que contemplaba con la boca abierta, en detrimento de los intereses de su empleador; o por los dramas de caballos caídos, cuyo patetismo y violencia lo llevaban a veces a gritar penetrantemente entre una multitud a la que no le gustaba ser perturbada por sonidos de angustia en su tranquilo disfrute del espectáculo nacional. Cuando era llevado por un policía grave y protector, solía hacerse evidente que el pobre Stevie había olvidado su dirección, al menos por un tiempo. Una pregunta brusca lo hacía tartamudear hasta el punto de la asfixia. Cuando algo desconcertante lo sobresaltaba, solía bizquear horriblemente. Sin embargo, nunca tuvo ataques (lo cual era alentador); y ante los arrebatos naturales de impaciencia por parte de su padre siempre podía, en sus días de infancia, correr a refugiarse tras las faldas cortas de su hermana Winnie. Por otro lado, se podría haber sospechado que ocultaba un fondo de imprudente picardía. Cuando hubo alcanzado la edad de catorce años, un amigo de su difunto padre, agente de una firma extranjera de leche conservada, habiéndole dado una oportunidad como botones de oficina, fue descubierto una tarde de niebla, en ausencia de su jefe, ocupado en lanzar fuegos artificiales en la escalera. Encendió en rápida sucesión una serie de cohetes feroces, furiosas ruedas de Santa Catalina, petardos que estallaban ruidosamente, y el asunto podría haber resultado muy grave. Un pánico terrible se extendió por todo el edificio. Empleados de ojos desencajados y ahogados se atropellaban por los pasillos llenos de humo; se podía ver a hombres de negocios mayores con sombreros de copa rodando independientemente por las escaleras. Stevie no parecía obtener ninguna gratificación personal de lo que había hecho. Sus motivos para este golpe de originalidad eran difíciles de descubrir. Solo más tarde Winnie obtuvo de él una confesión confusa y brumosa. Parece que otros dos botones de oficina en el edificio habían trabajado sobre sus sentimientos con historias de injusticia y opresión hasta que habían forjado su compasión al punto de ese frenesí. Pero el amigo de su padre, por supuesto, lo despidió sumariamente por considerar que probablemente arruinaría su negocio. Tras esa hazaña altruista, Stevie fue puesto a ayudar a lavar los platos en la cocina del sótano y a limpiar las botas de los caballeros que frecuentaban la mansión de Belgravia. Obviamente, no había futuro en tal trabajo. Los caballeros le daban una propina de un chelín de vez en cuando. El señor Verloc se mostró como el más generoso de los inquilinos. Pero, en conjunto, todo aquello no suponía gran cosa ni en cuanto a ganancias ni en cuanto a perspectivas; de modo que cuando Winnie anunció su compromiso con el señor Verloc, su madre no pudo evitar preguntarse, con un suspiro y una mirada hacia el fregadero, qué sería del pobre Stephen ahora.

Parecía que el señor Verloc estaba dispuesto a hacerse cargo de él junto con la madre de su esposa y los muebles, que eran toda la fortuna visible de la familia. El señor Verloc recogió todo lo que llegaba a su amplio pecho bonachón. Los muebles fueron dispuestos de la mejor manera por toda la casa, pero la madre de la señora Verloc quedó confinada a dos habitaciones traseras en el primer piso. El desafortunado Stevie dormía en una de ellas. A estas alturas, un crecimiento de vello fino y esponjoso había empezado a difuminar, como una bruma dorada, la línea afilada de su pequeña mandíbula inferior. Ayudaba a su hermana con amor ciego y docilidad en sus deberes domésticos. El señor Verloc pensaba que alguna ocupación sería buena para él. Su tiempo libre lo ocupaba dibujando círculos con compás y lápiz en un trozo de papel. Se dedicaba a ese pasatiempo con gran industria, con los codos extendidos y encorvado sobre la mesa de la cocina. A través de la puerta abierta de la salita detrás de la tienda, Winnie, su hermana, lo observaba de vez en cuando con vigilancia maternal.

CAPÍTULO II

Tal era la casa, el hogar y el negocio que el señor Verloc dejó atrás camino al oeste a las diez y media de la mañana. Era inusualmente temprano para él; toda su persona exhalaba el encanto de una frescura casi húmeda; llevaba su abrigo de paño azul desabotonado; sus botas estaban brillantes; sus mejillas, recién afeitadas, tenían una especie de brillo; e incluso sus ojos de párpados pesados, refrescados por una noche de sueño tranquilo, lanzaban miradas de comparativa vivacidad. A través de las verjas del parque, estas miradas contemplaban a hombres y mujeres montando en el Row, parejas galopando armoniosamente, otros avanzando serenamente al paso, grupos de tres o cuatro holgazaneando, jinetes solitarios con aspecto insociable y mujeres solitarias seguidas a gran distancia por un mozo de cuadra con una escarapela en el sombrero y un cinturón de cuero sobre su abrigo ajustado. Los carruajes pasaban rodando, en su mayoría broughams de dos caballos, con aquí y allá una victoria con la piel de alguna bestia salvaje dentro y el rostro y el sombrero de una mujer emergiendo sobre la capota plegada. Y un sol peculiarmente londinense —del que nada podía decirse excepto que parecía inyectado en sangre— glorificaba todo esto con su mirada. Colgaba a una elevación moderada sobre Hyde Park Corner con un aire de puntual y benigna vigilancia. El pavimento mismo bajo los pies del señor Verloc tenía un tinte de oro viejo en esa luz difusa, en la que ni la pared, ni el árbol, ni la bestia, ni el hombre proyectaban sombra alguna. El señor Verloc se dirigía hacia el oeste a través de una ciudad sin sombras en una atmósfera de oro viejo en polvo. Había reflejos rojos y cobrizos en los tejados de las casas, en las esquinas de los muros, en los paneles de los carruajes, en los propios abrigos de los caballos y en la ancha espalda del abrigo del señor Verloc, donde producían un efecto apagado de herrumbre. Pero el señor Verloc no era en absoluto consciente de haberse oxidado. Observaba a través de las verjas del parque las evidencias de la opulencia y el lujo de la ciudad con ojo aprobatorio. Toda esta gente debía ser protegida. La protección es la primera necesidad de la opulencia y el lujo. Tenían que ser protegidos; y sus caballos, carruajes, casas y sirvientes tenían que ser protegidos; y la fuente de su riqueza tenía que ser protegida en el corazón de la ciudad y en el corazón del país; todo el orden social favorable a su ociosa higiene tenía que ser protegido contra la superficial envidia del trabajo antihigiénico. Tenía que serlo, y el señor Verloc se habría frotado las manos con satisfacción si no hubiera sido constitucionalmente reacio a todo esfuerzo superfluo. Su ociosidad no era higiénica, pero le sentaba muy bien. Estaba, en cierto modo, dedicado a ella con una especie de fanatismo inerte, o quizás más bien con una inerte fanatismo. Nacido de padres trabajadores para una vida de faena, había abrazado la indolencia por un impulso tan profundo como inexplicable y tan imperioso como el impulso que dirige la preferencia de un hombre por una mujer particular entre un millar dado. Era demasiado perezoso incluso para un mero demagogo, para un obrero orador, para un líder laboral. Era demasiada molestia. Requería una forma de comodidad más perfecta; o podría haber sido que fuera víctima de una incredulidad filosófica en la efectividad de todo esfuerzo humano. Tal forma de indolencia requiere, implica, cierta cantidad de inteligencia. El señor Verloc no carecía de inteligencia, y ante la noción de un orden social amenazado tal vez se habría guiñado un ojo a sí mismo si no hubiera habido un esfuerzo que hacer en ese signo de escepticismo. Sus ojos grandes y prominentes no estaban bien adaptados para guiñar. Eran más bien del tipo que se cierra solemnemente al dormir con efecto majestuoso.

Indemostrable y corpulento al estilo de un cerdo gordo, el señor Verloc, sin frotarse las manos con satisfacción ni guiñar con escepticismo ante sus pensamientos, prosiguió su camino. Pisaba el pavimento pesadamente con sus botas brillantes, y su atuendo general era el de un mecánico acomodado con negocio propio. Podría haber sido cualquier cosa, desde un fabricante de marcos para cuadros hasta un cerrajero; un empleador de mano de obra a pequeña escala. Pero también había en él un aire indescriptible que ningún mecánico podría haber adquirido en la práctica de su artesanía, por muy deshonestamente ejercida que fuera: el aire común a los hombres que viven de los vicios, las locuras o los temores más bajos de la humanidad; el aire de nihilismo moral común a los guardianes de garitos de juego y casas de mala reputación; a los detectives privados y agentes de investigación; a los vendedores de bebidas y, debería decir, a los vendedores de cinturones eléctricos vigorizantes y a los inventores de medicinas patentadas. Pero de esto último no estoy seguro, no habiendo llevado mis investigaciones tan lejos en las profundidades. Por lo que sé, la expresión de estos últimos puede ser perfectamente diabólica. No me sorprendería. Lo que quiero afirmar es que la expresión del señor Verloc no era en absoluto diabólica.

Simplemente era de una pesadez inescrutable. Era la expresión de un hombre que, habiendo vivido una existencia de ocio en una atmósfera de conspiración, se había vuelto un poco indolente y, en consecuencia, propicio a la reflexión. Pero no reflexionaba sobre el carácter de su misión. La misión era, sencillamente, la protección del mecanismo social. El señor Verloc, al igual que un experto en medicina patentada, protegía el mecanismo social contra el desgaste prematuro.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó el señor Verloc, con una voz ronca y reservada, que parecía emanar de las profundidades de su enorme pecho.

El señor Vladimir se reclinó más profundamente en su sillón, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, los cuales permanecían fijos, brillantes y fríos, como los de un hombre que se divierte observando a una criatura de una especie inferior.

—Lo que quiero es algo que sacuda a la sociedad inglesa hasta sus cimientos —dijo, con una suavidad deliberada—. Algo que no se pueda ignorar. Algo que obligue a los periódicos, a la policía y al gobierno a reaccionar. Algo escandaloso, algo que perturbe la paz pública.

El señor Verloc guardó silencio. Su rostro, con su expresión de pesadez inescrutable, no mostró ninguna emoción.

—¿Entiende, señor Verloc? —continuó el otro, inclinándose hacia adelante—. No quiero informes sobre reuniones, ni transcripciones de discursos, ni listas de nombres. Quiero una acción. Una acción que sea, en sí misma, un mensaje claro. Algo que demuestre que el orden establecido no es invulnerable, que la seguridad es una ilusión. La ciencia, señor Verloc, es un campo tan fértil para el terror como la política. Piense en ello. El valor de una institución, el prestigio de un edificio, la fe en la estabilidad de la vida cotidiana... todo eso puede ser demolido con el material adecuado y un poco de imaginación.

El señor Verloc, todavía sin levantar la vista, se pasó la mano por el cabello, que seguía luciendo su barniz de pulcritud respetuosa.

—Es una tarea peligrosa —murmuró, con una nota de precaución técnica.

—Todo lo que merece la pena en la vida es peligroso, mi querido señor Verloc —replicó el señor Vladimir, con una ligereza que resultaba más cortante que cualquier amenaza—. Usted ha vivido una vida cómoda, cobrando su sueldo, paseándose por las calles de Londres, mezclándose con esos pobres diablos que se llaman a sí mismos revolucionarios. Es hora de que demuestre que su presencia en esta ciudad no es un mero adorno. Piense en Greenwich. Piense en el observatorio. Es un lugar con una reputación mundial, un símbolo, un punto de referencia para el tiempo mismo. ¿No le parece que un suceso allí, en ese lugar tan venerado, tendría un efecto más que... estimulante?

El señor Verloc levantó por fin la cabeza. Sus ojos, por un instante, se encontraron con los del señor Vladimir. En esa mirada no había ni indignación ni sorpresa, solo una comprensión sombría y resignada.

—Greenwich —repitió el señor Verloc.

—Exactamente —dijo el señor Vladimir, levantándose de su asiento con una elegancia felina—. Tiene usted un mes para preparar algo que haga que toda la prensa de Inglaterra se pregunte si el suelo que pisan es tan sólido como creen. No me decepcione, señor Verloc. Sería una lástima tener que prescindir de sus servicios.

El señor Verloc se puso en pie. Su figura, voluminosa y pesada, parecía ocupar todo el espacio disponible en la habitación. Sin decir una palabra, hizo una inclinación de cabeza —un movimiento que era a la vez sumiso y profesional— y se dirigió hacia la puerta. Al salir, el señor Vladimir no lo acompañó; simplemente volvió a su mesa, donde los papeles, esas piezas de papel inútiles, esperaban ser atendidos por manos más eficientes.

El señor Verloc bajó las escaleras. El pasillo, iluminado por la luz mortecina del gas, le parecía ahora más largo, más sofocante. Al salir a la calle, el aire fresco de la tarde lo golpeó en el rostro, pero no logró disipar la sensación de pesadez que se había instalado en su interior. La ciudad, con su trasiego incesante, sus carruajes, sus multitudes y sus secretos, le pareció por un momento un mecanismo inmenso y absurdo, un engranaje cuyas piezas él tenía la misión de proteger, o, según los nuevos dictados, de desarticular. Caminó hacia la salida, sintiendo el peso de su propia existencia, un peso que ahora, en su mente, se había transformado en algo mucho más concreto, algo que guardaba relación con la ciencia, con el tiempo y con la destrucción.

—¿Conoce, por supuesto, la Conferencia Internacional reunida en Milán?

El señor Verloc dio a entender con voz ronca que tenía la costumbre de leer la prensa diaria. Ante una pregunta posterior, su respuesta fue que, por supuesto, entendía lo que leía. Ante esto, el señor Vladimir, sonriendo levemente a los documentos que seguía escaneando uno tras otro, murmuró: —Siempre y cuando no esté escrito en latín, supongo.

—O en chino —añadió el señor Verloc impasible.

—Hm. Algunas de las efusiones de sus amigos revolucionarios están escritas en un *charabia* tan incomprensible como el chino... —El señor Vladimir dejó caer con desdén una hoja gris de material impreso—. ¿Qué son todos estos folletos encabezados con las siglas F. P., con un martillo, una pluma y una antorcha cruzados? ¿Qué significa esta F. P.? —El señor Verloc se acercó a la imponente mesa de escritorio.

—El Futuro del Proletariado. Es una sociedad —explicó, de pie y con pesadez al lado del sillón—, no anarquista en principio, pero abierta a todos los matices de la opinión revolucionaria.

—¿Está usted en ella?

—Uno de los vicepresidentes —exhaló el señor Verloc con esfuerzo; y el Primer Secretario de la Embajada levantó la cabeza para mirarlo.

—Entonces debería avergonzarse de sí mismo —dijo con incisividad—. ¿No es su sociedad capaz de algo más que imprimir este despropósito profético con tipos romos en este papel inmundo, eh? ¿Por qué no hacen algo? Mire. Tengo este asunto entre manos ahora, y le digo claramente que tendrá que ganarse su dinero. Los buenos viejos tiempos de Stott-Wartenheim se han acabado. Sin trabajo, no hay paga.

El señor Verloc sintió una extraña sensación de desmayo en sus robustas piernas. Dio un paso atrás y se sonó la nariz con fuerza.

Estaba, en verdad, sobresaltado y alarmado. El oxidado sol londinense, luchando por despejarse de la niebla de Londres, arrojaba un brillo tibio en el despacho privado del Primer Secretario; y en el silencio, el señor Verloc oyó contra el cristal de una ventana el débil zumbido de una mosca —su primera mosca del año—, anunciando mejor que cualquier cantidad de golondrinas la llegada de la primavera. El inútil ajetreo de aquel diminuto y enérgico organismo afectó desagradablemente a este hombre corpulento, cuya indolencia se veía amenazada.

En la pausa, el señor Vladimir formuló en su mente una serie de comentarios despectivos sobre el rostro y la figura del señor Verloc. El tipo era inesperadamente vulgar, pesado e impudentemente falto de inteligencia. Parecía, sin duda, un maestro fontanero que venía a presentar su factura. El Primer Secretario de la Embajada, por sus ocasionales incursiones en el campo del humor estadounidense, se había formado una idea especial de esa clase de mecánico como la encarnación de la pereza fraudulenta y la incompetencia.

¿Era este, pues, el famoso y fiel agente secreto, tan secreto que nunca era designado de otro modo que no fuera por el símbolo [delta] en la correspondencia oficial, semioficial y confidencial del difunto barón Stott-Wartenheim; el célebre agente [delta], cuyas advertencias tenían el poder de cambiar los planes y las fechas de los viajes reales, imperiales y gran ducales, y que a veces provocaban que se pospusieran por completo? ¡Este tipo! Y el señor Vladimir se entregó mentalmente a un enorme y burlón ataque de alegría, en parte por su propio asombro, que juzgó ingenuo, pero sobre todo a costa del universalmente lamentado barón Stott-Wartenheim. Su difunta Excelencia, a quien el augusto favor de su señor Imperial había impuesto como embajador ante varios reacios Ministros de Asuntos Exteriores, había gozado en vida de fama por su credulidad pesimista y propia de un búho. Su Excelencia tenía la revolución social en el cerebro. Se imaginaba a sí mismo como un diplomático apartado por una dispensa especial para observar el fin de la diplomacia, y casi el fin del mundo, en una horrible convulsión democrática. Sus proféticos y lúgubres despachos habían sido durante años la burla de los Ministerios de Asuntos Exteriores. Se decía que había exclamado en su lecho de muerte (visitado por su amigo y señor Imperial): «¡Infeliz Europa! ¡Perecerás por la locura moral de tus hijos!». Estaba destinado a ser la víctima del primer sinvergüenza embaucador que se cruzara en su camino, pensó el señor Vladimir, sonriendo vagamente al señor Verloc.

—Debería venerar la memoria del barón Stott-Wartenheim —exclamó de repente.

La fisonomía abatida del señor Verloc expresó una sombría y cansada molestia.

—Permítame observarle —dijo— que vine aquí porque fui convocado por una carta perentoria. Solo he estado aquí dos veces antes en los últimos once años, y ciertamente nunca a las once de la mañana. No es muy prudente llamarme así. Existe la posibilidad de ser visto. Y eso no sería ninguna broma para mí.

El señor Vladimir se encogió de hombros.

—Destruiría mi utilidad —continuó el otro con vehemencia.

—Ese es asunto suyo —murmuró el señor Vladimir con suave brutalidad—. Cuando deje de ser útil, dejará de ser empleado. Sí. De inmediato. Cortado de raíz. Será... —El señor Vladimir, frunciendo el ceño, hizo una pausa, sin encontrar una expresión lo suficientemente idiomática, e instantáneamente se iluminó, con una sonrisa de dientes bellamente blancos—. Será echado —soltó ferozmente.

Una vez más, el señor Verloc tuvo que reaccionar con toda la fuerza de su voluntad contra aquella sensación de desmayo recorriéndole las piernas que, en otro tiempo, inspiró a algún pobre diablo la feliz expresión: «Se me cayó el corazón a los pies». El señor Verloc, consciente de la sensación, levantó la cabeza con valentía.

El señor Vladimir soportó la mirada de pesada indagación con perfecta serenidad.

—Lo que queremos es administrar un tónico a la Conferencia de Milán —dijo con ligereza—. Sus deliberaciones sobre la acción internacional para la supresión de delitos políticos no parecen llegar a ninguna parte. Inglaterra se queda atrás. Este país es absurdo con su sentimentalismo respecto a la libertad individual. Es intolerable pensar que todos sus amigos solo tienen que venir aquí para...

—De esa manera los tengo a todos bajo mi vigilancia —interrumpió el señor Verloc con voz ronca.

—Sería mucho más pertinente tenerlos a todos bajo llave. Inglaterra debe alinearse. La burguesía imbécil de este país se convierte en cómplice de las mismas personas cuyo objetivo es expulsarlos de sus casas para que se mueran de hambre en las zanjas. Y todavía tienen el poder político, si tan solo tuvieran el sentido común de usarlo para su preservación. Supongo que está de acuerdo en que las clases medias son estúpidas.

El señor Verloc asintió roncamente.

—Lo son.

—No tienen imaginación. Están cegadas por una vanidad idiótica. Lo que necesitan ahora mismo es un buen susto. Este es el momento psicológico para poner a trabajar a sus amigos. Le he hecho llamar aquí para exponerle mi idea.

Y el señor Vladimir expuso su idea desde las alturas, con desprecio y condescendencia, mostrando al mismo tiempo una ignorancia sobre los verdaderos objetivos, pensamientos y métodos del mundo revolucionario que llenó al silencioso señor Verloc de consternación interior. Confundía las causas con los efectos más de lo que era excusable; a los propagandistas más distinguidos con los impulsivos lanzadores de bombas; asumía una organización donde, por la naturaleza de las cosas, no podía existir; hablaba del partido revolucionario social en un momento como si fuera un ejército perfectamente disciplinado, donde la palabra de los jefes era suprema, y al siguiente como si fuera la asociación más laxa de bandidos desesperados que jamás hubiera acampado en un desfiladero de montaña. Una vez, el señor Verloc abrió la boca para protestar, pero el levantamiento de una mano blanca, grande y bien formada lo detuvo. Muy pronto se sintió demasiado horrorizado incluso para intentar protestar. Escuchó en una quietud de pavor que se asemejaba a la inmovilidad de una atención profunda.

—Una serie de ultrajes —continuó el señor Vladimir con calma—, ejecutados aquí en este país; no solo planeados aquí —eso no serviría—, no les importaría. Sus amigos podrían incendiar medio Continente sin influir en la opinión pública de aquí a favor de una legislación represiva universal. Aquí no mirarán fuera de su propio patio trasero.

El señor Verloc se aclaró la garganta, pero le falló el corazón y no dijo nada.

—Estos ultrajes no necesitan ser especialmente sanguinarios —siguió el señor Vladimir, como si diera una lección científica—, pero deben ser lo suficientemente sorprendentes, eficaces. Que se dirijan contra edificios, por ejemplo. ¿Cuál es el fetiche de la hora que todos los burgueses reconocen, eh, señor Verloc?

El señor Verloc abrió las manos y se encogió de hombros ligeramente.

—Es usted demasiado perezoso para pensar —fue el comentario del señor Vladimir sobre aquel gesto—. Preste atención a lo que digo. El fetiche de hoy no es ni la realeza ni la religión. Por lo tanto, el palacio y la iglesia deberían dejarse en paz. ¿Entiende lo que quiero decir, señor Verloc?

El desconsuelo y el desdén del señor Verloc hallaron salida en un intento de frivolidad.

—Perfectamente. ¿Pero qué hay de las Embajadas? Una serie de ataques contra las diversas Embajadas —comenzó; pero no pudo soportar la mirada fría y vigilante del Primer Secretario.

—Puede ser gracioso, ya veo —observó este descuidadamente—. Está bien. Puede animar su oratoria en los congresos socialistas. Pero este despacho no es lugar para eso. Sería infinitamente más seguro para usted seguir con atención lo que estoy diciendo. Como se le está exigiendo que proporcione hechos en lugar de historias fantásticas, será mejor que intente sacar provecho de lo que me estoy tomando la molestia de explicarle. El fetiche sacrosanto de hoy es la ciencia. ¿Por qué no consigue que algunos de sus amigos ataquen a ese personaje de rostro de madera, eh? ¿No es parte de esas instituciones que deben ser barridas antes de que llegue el F. P.?

El señor Verloc no dijo nada. Temía abrir los labios no fuera que se le escapara un gemido.

—A esto es a lo que debería aspirar. Un atentado contra una cabeza coronada o contra un presidente es lo suficientemente sensacional en cierto modo, pero no tanto como solía ser. Ha entrado en la concepción general de la existencia de todos los jefes de Estado. Es casi convencional, especialmente desde que tantos presidentes han sido asesinados. Ahora tomemos un ultraje contra, digamos, una iglesia. Lo bastante horrible a primera vista, sin duda, y sin embargo, no tan eficaz como una persona de mente ordinaria podría pensar. Por muy revolucionario y anarquista que fuera el origen, habría suficientes tontos para dar a tal ultraje el carácter de una manifestación religiosa. Y eso restaría importancia al especial significado alarmante que queremos dar al acto. Un intento asesino en un restaurante o en un teatro sufriría del mismo modo por la sugerencia de una pasión no política: la exasperación de un hombre hambriento, un acto de venganza social. Todo esto está agotado; ya no es instructivo como lección objetiva sobre el anarquismo revolucionario. Todos los periódicos tienen frases hechas para descartar tales manifestaciones. Estoy a punto de darle la filosofía de arrojar bombas desde mi punto de vista; desde el punto de vista que usted pretende haber estado sirviendo durante los últimos once años. Intentaré no hablar por encima de su cabeza. La sensibilidad de la clase que usted está atacando se embota pronto. La propiedad les parece algo indestructible. No se puede contar con sus emociones, ni de piedad ni de miedo, durante mucho tiempo. Un atentado con bomba para tener alguna influencia en la opinión pública ahora debe ir más allá de la intención de venganza o terrorismo. Debe ser puramente destructivo. Debe ser eso, y solo eso, más allá de la más mínima sospecha de cualquier otro objeto. Ustedes, los anarquistas, deberían dejar claro que están perfectamente decididos a hacer limpieza total de toda la creación social. ¿Pero cómo meter esa idea espantosamente absurda en las cabezas de las clases medias para que no haya error? Esa es la pregunta. Dirigiendo sus golpes a algo fuera de las pasiones ordinarias de la humanidad es la respuesta. Por supuesto, está el arte. Una bomba en la Galería Nacional haría algo de ruido. Pero no sería lo suficientemente serio. El arte nunca ha sido su fetiche. Es como romper unas cuantas ventanas traseras en la casa de alguien; mientras que, si quiere hacer que realmente se sobresalten, al menos debe intentar levantar el tejado. Habría algunos gritos, por supuesto, ¿pero de quién? Artistas, críticos de arte y similares, gente sin importancia. A nadie le importa lo que digan. Pero está el saber, la ciencia. Cualquier imbécil que tenga ingresos cree en eso. No sabe por qué, pero cree que importa de algún modo. Es el fetiche sacrosanto. Todos los malditos profesores son radicales de corazón. Que sepan que su gran personaje también tiene que desaparecer, para dejar sitio al Futuro del Proletariado. Un aullido de todos estos idiotas intelectuales está destinado a ayudar a avanzar en las labores de la Conferencia de Milán. Estarán escribiendo a los periódicos. Su indignación estaría por encima de toda sospecha, al no haber intereses materiales abiertamente en juego, y alarmará a todo egoísmo de la clase que debería ser impresionada. Creen que de alguna manera misteriosa la ciencia está en la fuente de su prosperidad material. Lo creen. Y la absurda ferocidad de tal demostración les afectará más profundamente que la mutilación de toda una calle —o teatro— llena de los suyos. Ante esto último siempre pueden decir: «¡Oh! Es puro odio de clase». Pero, ¿qué se puede decir ante un acto de ferocidad destructiva tan absurdo que resulta incomprensible, inexplicable, casi impensable; de hecho, loco? Solo la locura es verdaderamente aterradora, en la medida en que no se puede aplacar ni con amenazas, ni con persuasión, ni con sobornos. Además, soy un hombre civilizado. Nunca soñaría con ordenarle organizar una mera carnicería, incluso si esperara los mejores resultados de ella. Pero no esperaría de una carnicería el resultado que quiero. El asesinato está siempre con nosotros. Es casi una institución. La demostración debe ser contra el saber, contra la ciencia. Pero no cualquier ciencia servirá. El ataque debe tener toda la chocante falta de sentido de una blasfemia gratuita. Dado que las bombas son su medio de expresión, sería realmente revelador si uno pudiera lanzar una bomba contra las matemáticas puras. Pero eso es imposible. He estado intentando educarle; le he expuesto la filosofía superior de su utilidad y le he sugerido algunos argumentos útiles. La aplicación práctica de mis enseñanzas le interesa más. Pero desde el momento en que me he comprometido a entrevistarle, también he prestado algo de atención al aspecto práctico de la cuestión. ¿Qué piensa de intentar algo contra la astronomía?

Desde hacía tiempo, la inmovilidad del señor Verloc al lado del sillón se asemejaba a un estado de coma por colapso, una especie de insensibilidad pasiva interrumpida por ligeros sobresaltos convulsivos, como los que pueden observarse en el perro doméstico que tiene una pesadilla sobre la alfombra de la chimenea. Y fue en un gruñido inestable, como el de un perro, que repitió la palabra:

—Astronomía.

Todavía no se había recuperado por completo de aquel estado de desconcierto provocado por el esfuerzo de seguir la rápida e incisiva elocución del señor Vladimir. Había superado su capacidad de asimilación. Le había hecho enfadar. Este enfado se complicaba con la incredulidad. Y de repente se le ocurrió que todo aquello era una elaborada broma. El señor Vladimir mostró sus dientes blancos en una sonrisa, con hoyuelos en su rostro redondo y lleno, posado con una complaciente inclinación sobre el erizado lazo de su corbata. El favorito de las mujeres inteligentes de la sociedad había adoptado su actitud de salón, acompañando la entrega de delicadas ocurrencias. Sentado hacia adelante, con su mano blanca levantada, parecía sostener delicadamente entre el pulgar y el índice la sutileza de su sugerencia.

—No podría haber nada mejor. Tal ultraje combina el mayor respeto posible por la humanidad con la muestra más alarmante de feroz imbecilidad. Desafío al ingenio de los periodistas a persuadir a su público de que cualquier miembro dado del proletariado puede tener un agravio personal contra la astronomía. La propia hambruna difícilmente podría ser arrastrada allí, ¿eh? Y hay otras ventajas. Todo el mundo civilizado ha oído hablar de Greenwich. Hasta los limpiabotas en el sótano de la estación de Charing Cross saben algo de eso. ¿Ve?

Los rasgos del señor Vladimir, tan conocidos en la mejor sociedad por su humorística urbanidad, irradiaban una cínica autosatisfacción que habría asombrado a las mujeres inteligentes a las que su ingenio entretenía tan exquisitamente. —Sí —continuó, con una sonrisa despectiva—, la voladura del primer meridiano está destinada a provocar un aullido de execración.

—Un asunto difícil —murmuró el señor Verloc, sintiendo que era lo único seguro que podía decir.

—¿Qué pasa? ¿No tiene a toda la banda bajo su mano? ¿Lo mejor de lo mejor? Ese viejo terrorista Yundt está aquí. Lo veo caminando por Piccadilly con su *havelock* verde casi todos los días. Y Michaelis, el apóstol con licencia de salida, ¿no querrá decirme que no sabe dónde está? Porque si no lo sabe, yo puedo decírselo —continuó el señor Vladimir amenazadoramente—. Si se imagina que es el único en la lista del fondo secreto, se equivoca.

Esta sugerencia perfectamente gratuita hizo que el señor Verloc arrastrara ligeramente los pies.

—¿Y toda la pandilla de Lausana, eh? ¿No han estado acudiendo aquí al primer indicio de la Conferencia de Milán? Este es un país absurdo.

—Costará dinero —dijo el señor Verloc, por una especie de instinto.

—Ese cuento no cuela —replicó el señor Vladimir, con un acento inglés asombrosamente genuino—. Recibirá su sueldo cada mes, y nada más hasta que algo suceda. Y si no sucede nada muy pronto, ni siquiera recibirá eso. ¿Cuál es su ocupación ostensible? ¿De qué se supone que vive?

—Tengo una tienda —respondió el señor Verloc.

—¿Una tienda? ¿Qué clase de tienda?

—Papelería, periódicos. Mi mujer...

—¿Su qué? —interrumpió el señor Vladimir en sus guturales tonos de Asia Central.

—Mi mujer. —El señor Verloc levantó ligeramente su voz ronca—. Estoy casado.

—Al diablo con ese cuento —exclamó el otro con asombro no fingido—. ¡Casado! ¡Y usted, además, un anarquista declarado! ¿Qué es este absurdo embrollo? Pero supongo que es solo una forma de hablar. Los anarquistas no se casan. Es bien sabido. No pueden. Sería apostasía.

—Mi mujer no lo es —murmuró el señor Verloc con malhumor—. Además, no es asunto suyo.

—Oh, sí que lo es —espetó el señor Vladimir—. Estoy empezando a estar convencido de que usted no es en absoluto el hombre para el trabajo en el que ha sido empleado. ¡Vaya!, debe haberse desacreditado completamente en su propio mundo con su matrimonio. ¿No podría haberse arreglado sin él? ¿Este es su apego virtuoso, eh? Entre un tipo de apego y otro, está acabando con su utilidad.

El señor Verloc, inflando las mejillas, dejó escapar el aire violentamente, y eso fue todo. Se había armado de paciencia. No iba a ser puesta a prueba mucho más tiempo. El Primer Secretario se volvió de repente muy cortante, distante, definitivo.

—Puede irse ahora —dijo—. Debe provocarse un ultraje con dinamita. Le doy un mes. Las sesiones de la Conferencia están suspendidas. Antes de que vuelva a reunirse, algo debe haber sucedido aquí, o su conexión con nosotros cesa.

Cambió el tono una vez más con una versatilidad sin principios.

—Piense en mi filosofía, señor... señor... Verloc —dijo, con una especie de condescendencia burlona, agitando la mano hacia la puerta—. Vaya a por el primer meridiano. No conoce a las clases medias tan bien como yo. Su sensibilidad está agotada. El primer meridiano. Nada mejor, y nada más fácil, debería pensar.

Se había levantado y, con sus labios finos y sensibles crispados humorísticamente, observó en el espejo sobre la repisa de la chimenea cómo el señor Verloc retrocedía pesadamente fuera de la habitación, con el sombrero y el bastón en la mano. La puerta se cerró.

El lacayo de pantalón, apareciendo de repente en el pasillo, dejó salir al señor Verloc por otro camino y a través de una pequeña puerta en el rincón del patio. El portero, de pie en la entrada, ignoró su salida por completo; y el señor Verloc volvió sobre sus pasos de la peregrinación matutina como si fuera en un sueño, un sueño colérico. Este desapego del mundo material era tan completo que, aunque la envoltura mortal del señor Verloc no se había apresurado indebidamente por las calles, aquella parte de él a la que sería injustificadamente grosero negar la inmortalidad se encontró en la puerta de la tienda de repente, como si fuera transportada de oeste a este en las alas de un gran viento. Caminó directamente detrás del mostrador y se sentó en una silla de madera que había allí. Nadie apareció para perturbar su soledad. Stevie, metido en un delantal de bayeta verde, estaba ahora barriendo y quitando el polvo en la planta alta, atento y concienzudo, como si estuviera jugando a ello; y la señora Verloc, advertida en la cocina por el tintineo de la campana agrietada, se había limitado a acercarse a la puerta acristalada del salón y, apartando un poco la cortina, había mirado hacia la penumbrosa tienda. Al ver a su marido sentado allí, sombrío y voluminoso, con el sombrero echado muy atrás sobre la cabeza, regresó de inmediato a su fogón. Una hora más tarde, aproximadamente, le quitó el delantal de bayeta verde a su hermano Stevie y le indicó que se lavara las manos y la cara con el tono perentorio que había usado para ese fin durante unos quince años, desde que, de hecho, dejó de ocuparse ella misma de las manos y la cara del muchacho. Poco después, desvió la mirada de su labor de servir la comida para inspeccionar ese rostro y esas manos que Stevie, acercándose a la mesa de la cocina, ofrecía para su aprobación con un aire de seguridad en sí mismo que ocultaba un residuo perpetuo de ansiedad. Antaño, la ira del padre era la sanción supremamente efectiva de estos ritos, pero la placidez del señor Verloc en la vida doméstica habría hecho increíble toda mención de ira incluso para el nerviosismo del pobre Stevie. La teoría era que al señor Verloc le habrían causado un dolor y una conmoción inexpresables cualquier falta de limpieza a la hora de comer. Winnie, tras la muerte de su padre, encontró un consuelo considerable en el sentimiento de que ya no necesitaba temblar por el pobre Stevie. No soportaba ver al muchacho herido. La sacaba de quicio. De niña, a menudo se había enfrentado con ojos llameantes al irascible tabernero en defensa de su hermano. Nada ahora en la apariencia de la señora Verloc podría llevar a suponer que fuera capaz de una demostración apasionada.

Terminó de servir la comida. La mesa estaba puesta en el salón. Yendo al pie de las escaleras, gritó: "¡Madre!". Luego, abriendo la puerta acristalada que conducía a la tienda, dijo en voz baja: "¡Adolf!". El señor Verloc no había cambiado de posición; aparentemente no había movido un miembro en hora y media. Se levantó pesadamente y fue a comer con su abrigo puesto y el sombrero en la cabeza, sin pronunciar palabra. Su silencio, en sí mismo, no tenía nada de sorprendentemente inusual en este hogar, escondido en las sombras de la sórdida calle apenas rozada por el sol, detrás de la oscura tienda con sus mercancías de basura despreciable. Solo que aquel día la taciturnidad del señor Verloc era tan obviamente reflexiva que las dos mujeres quedaron impresionadas por ella. Ellas mismas se sentaron en silencio, manteniendo una mirada vigilante sobre el pobre Stevie, no fuera que estallara en uno de sus ataques de locuacidad. Él estaba frente al señor Verloc al otro lado de la mesa, y permaneció muy bueno y quieto, mirando al vacío. El esfuerzo por evitar que se hiciera desagradable de cualquier modo al amo de la casa ponía una ansiedad nada despreciable en la vida de estas dos mujeres. "Ese muchacho", como se referían a él suavemente entre ellas, había sido una fuente de ese tipo de ansiedad casi desde el mismo día de su nacimiento. La humillación del difunto tabernero al tener un hijo tan peculiar se manifestaba en una propensión al trato brutal; pues era una persona de fina sensibilidad, y sus sufrimientos como hombre y como padre eran perfectamente genuinos. Después, hubo que evitar que Stevie se convirtiera en una molestia para los caballeros solteros que se alojaban allí, que de por sí eran un grupo raro y se ofendían fácilmente. Y siempre estaba la ansiedad de su mera existencia a la que enfrentarse. Visiones de un hospital de pobres para su hijo habían perseguido a la anciana en el comedor del sótano de la decaída casa de Belgravia. "Si no hubieras encontrado un marido tan bueno, querida mía", solía decirle a su hija, "no sé qué habría sido de ese pobre muchacho".

El señor Verloc extendía a Stevie tanto reconocimiento como un hombre al que no le gustan especialmente los animales puede dar al gato querido de su esposa; y este reconocimiento, benévolo y superficial, era esencialmente de la misma calidad. Ambas mujeres admitían para sí mismas que no se podía esperar razonablemente mucho más. Era suficiente para ganarle al señor Verloc la reverente gratitud de la anciana. En los primeros tiempos, hecha escéptica por las pruebas de una vida sin amigos, solía preguntar a veces con ansiedad: "¿No crees, querida, que el señor Verloc se está cansando de ver a Stevie por aquí?". A esto Winnie respondía habitualmente con un ligero movimiento de cabeza. Una vez, sin embargo, replicó con una impertinencia bastante sombría: "Tendrá que cansarse de mí primero". Siguió un largo silencio. La madre, con los pies apoyados en un taburete, parecía estar tratando de llegar al fondo de aquella respuesta, cuya profundidad femenina la había dejado desconcertada. Nunca había entendido realmente por qué Winnie se había casado con el señor Verloc. Fue muy sensato por su parte, y evidentemente resultó para mejor, pero su hija podría haber esperado naturalmente encontrar a alguien de una edad más adecuada. Había habido un joven formal, hijo único de un carnicero de la calle siguiente, que ayudaba a su padre en el negocio, con quien Winnie salía con evidente entusiasmo. Dependía de su padre, es cierto, pero el negocio era bueno y sus perspectivas excelentes. Llevó a su hija al teatro varias noches. Entonces, justo cuando ella empezaba a temer oír hablar de su compromiso (pues, ¿qué habría hecho ella sola en aquella casa grande, con Stevie a su cargo?), aquel romance llegó a un abrupto final, y Winnie iba por ahí con aspecto muy triste. Pero el señor Verloc, apareciendo providencialmente para ocupar el dormitorio delantero del primer piso, ya no se volvió a hablar del joven carnicero. Era claramente providencial.

CAPÍTULO III

"...Toda idealización hace la vida más pobre. Embellecerla es quitarle su carácter de complejidad; es destruirla. Dejad eso a los moralistas, muchacho. La historia la hacen los hombres, pero no la hacen en sus cabezas. Las ideas que nacen en su conciencia desempeñan un papel insignificante en el curso de los acontecimientos. La historia está dominada y determinada por la herramienta y la producción; por la fuerza de las condiciones económicas. El capitalismo ha creado el socialismo, y las leyes hechas por el capitalismo para la protección de la propiedad son responsables del anarquismo. Nadie puede decir qué forma puede tomar la organización social en el futuro. Entonces, ¿por qué entregarse a fantasías proféticas? En el mejor de los casos, solo pueden interpretar la mente del profeta y no pueden tener valor objetivo. Dejad ese pasatiempo a los moralistas, muchacho".

Michaelis, el apóstol en libertad condicional, hablaba con voz uniforme, una voz que sibilaba como si estuviera amortiguada y oprimida por la capa de grasa en su pecho. Había salido de una prisión altamente higiénica redondo como una cuba, con un estómago enorme y mejillas distendidas de una tez pálida y semitransparente, como si durante quince años los servidores de una sociedad ultrajada se hubieran propuesto atiborrarlo con alimentos grasos en un sótano húmedo y sin luz. Y desde entonces nunca había logrado bajar de peso ni una onza.

Se decía que, durante tres temporadas seguidas, una anciana muy rica lo había enviado a curarse a Marienbad —donde estuvo a punto de compartir la curiosidad pública una vez con una cabeza coronada—, pero la policía en aquella ocasión le ordenó marcharse en un plazo de doce horas. Su martirio continuó prohibiéndole todo acceso a las aguas curativas. Pero ahora estaba resignado.

Con el codo sin presentar apariencia de articulación, sino más bien como la doblez en el miembro de un maniquí, apoyado sobre el respaldo de una silla, se inclinó ligeramente sobre sus muslos cortos y enormes para escupir en la rejilla.

"¡Sí! Tuve tiempo para pensar un poco las cosas", añadió sin énfasis. "La sociedad me ha dado mucho tiempo para meditar".

Al otro lado de la chimenea, en el sillón de crin donde la madre de la señora Verloc tenía generalmente el privilegio de sentarse, Karl Yundt se rio entre dientes con amargura, con una débil mueca negra de boca desdentada. El terrorista, como él mismo se llamaba, era viejo y calvo, con un mechón estrecho y blanco como la nieve de perilla colgando lánguidamente de su barbilla. Una expresión extraordinaria de malevolencia oculta sobrevivía en sus ojos apagados. Cuando se levantó penosamente, el empuje hacia adelante de una mano escuálida y tanteadora, deformada por hinchazones gotosas, sugería el esfuerzo de un asesino moribundo reuniendo todas sus fuerzas restantes para una última puñalada. Se apoyaba en un bastón grueso, que temblaba bajo su otra mano.

"Siempre he soñado", masculló con ferocidad, "con una banda de hombres absoluta en su resolución de descartar todo escrúpulo en la elección de medios, lo suficientemente fuertes como para darse francamente el nombre de destructores, y libres de la mancha de ese pesimismo resignado que pudre el mundo. Ninguna piedad por nada en la tierra, incluidos ellos mismos, y la muerte alistada para siempre al servicio de la humanidad: eso es lo que me habría gustado ver".

Su pequeña cabeza calva temblaba, impartiendo una vibración cómica al mechón de perilla blanca. Su enunciación habría sido casi totalmente ininteligible para un extraño. Su pasión agotada, que se asemejaba en su impotente ferocidad a la excitación de un sensualista senil, estaba mal servida por una garganta seca y unas encías desdentadas que parecían atrapar la punta de su lengua. El señor Verloc, establecido en el rincón del sofá en el otro extremo de la habitación, emitió dos abundantes gruñidos de asentimiento.

El viejo terrorista giró lentamente la cabeza sobre su cuello escuálido de un lado a otro.

"Y nunca pude reunir ni a tres hombres así. Tanto por tu podrido pesimismo", gruñó a Michaelis, quien descruzó sus gruesas piernas, similares a cojines, y deslizó sus pies abruptamente bajo su silla en señal de exasperación.

¡Él, un pesimista! ¡Absurdo! Gritó que la acusación era indignante. Estaba tan lejos del pesimismo que veía ya el fin de toda propiedad privada acercándose lógica e inevitablemente por el mero desarrollo de su viciosa naturaleza inherente. Los poseedores de la propiedad no solo tenían que enfrentarse al proletariado despierto, sino que también tenían que luchar entre ellos. Sí. La lucha, la guerra, era la condición de la propiedad privada. Era fatal. ¡Ah! Él no dependía de la excitación emocional para mantener su creencia, no había declamaciones, ni ira, ni visiones de banderas rojo sangre ondeando, o metafóricos soles lúgubres de venganza elevándose sobre el horizonte de una sociedad condenada. ¡Él no! La razón fría, se jactaba, era la base de su optimismo. Sí, optimismo...

Su laborioso sibilido se detuvo, luego, tras un par de jadeos, añadió:

"¿No crees que, si no hubiera sido el optimista que soy, no habría encontrado en quince años algún medio para cortarme el cuello? Y, en última instancia, siempre estaban las paredes de mi celda para estrellar mi cabeza contra ellas".

La falta de aliento quitó todo fuego, toda animación a su voz; sus grandes mejillas pálidas colgaban como bolsas llenas, inmóviles, sin un temblor; pero en sus ojos azules, entrecerrados como si escudriñaran, había la misma mirada de astucia confiada, un poco loca en su fijeza, que debieron tener mientras el indomable optimista se sentaba a pensar por las noches en su celda. Ante él, Karl Yundt permanecía de pie, con una solapa de su descolorida capa verdosa echada atrás caballerosamente sobre el hombro. Sentado frente a la chimenea, el camarada Ossipon, exestudiante de medicina, el principal escritor de los folletos del F. P., estiraba sus robustas piernas, manteniendo las suelas de sus botas vueltas hacia el resplandor de la rejilla. Un tupido pelo amarillo rizado coronaba su rostro rojo y pecoso, con una nariz achatada y una boca prominente moldeada en el tosco molde del tipo negroide. Sus ojos almendrados miraban lánguidamente por encima de los altos pómulos. Llevaba una camisa de franela gris, los extremos sueltos de una corbata de seda negra colgaban sobre el pecho abotonado de su chaqueta de sarga; y con la cabeza descansando sobre el respaldo de su silla, la garganta ampliamente expuesta, se llevaba a los labios un cigarrillo en una larga boquilla de madera, lanzando chorros de humo directamente hacia el techo.

Michaelis perseguía su idea, la idea de su reclusión solitaria, el pensamiento concedido a su cautiverio y creciendo como una fe revelada en visiones. Hablaba solo, indiferente a la simpatía o la hostilidad de sus oyentes, indiferente de hecho a su presencia, por el hábito que había adquirido de pensar en voz alta esperanzadamente en la soledad de las cuatro paredes encaladas de su celda, en el silencio sepulcral de la gran mole ciega de ladrillos junto a un río, siniestra y fea como un colosal mortuorio para los ahogados socialmente.

No era bueno en la discusión, no porque ninguna cantidad de argumentos pudiera sacudir su fe, sino porque el mero hecho de escuchar otra voz lo desconcertaba dolorosamente, confundiendo sus pensamientos de inmediato; esos pensamientos que durante tantos años, en una soledad mental más estéril que un desierto sin agua, ninguna voz viviente había combatido, comentado o aprobado nunca.

Nadie lo interrumpía ahora, y volvió a hacer la confesión de su fe, dominándolo irresistible y completa como un acto de gracia: el secreto del destino descubierto en el aspecto material de la vida; la condición económica del mundo responsable del pasado y moldeando el futuro; la fuente de toda la historia, de todas las ideas, guiando el desarrollo mental de la humanidad y los mismos impulsos de su pasión...

Una carcajada áspera del camarada Ossipon cortó la diatriba en seco, en un repentino titubeo de la lengua y una desconcertada inestabilidad de los ojos suavemente exaltados del apóstol. Los cerró lentamente por un momento, como para recoger sus pensamientos derrotados. Cayó un silencio; pero, con los dos mecheros de gas sobre la mesa y la rejilla incandescente, el pequeño salón detrás de la tienda del señor Verloc se había vuelto terriblemente caluroso. El señor Verloc, levantándose del sofá con pesada reticencia, abrió la puerta que daba a la cocina para obtener más aire, y reveló así al inocente Stevie, sentado muy bueno y quieto ante una mesa de pino, dibujando círculos, círculos, círculos; innumerables círculos, concéntricos, excéntricos; un torbellino fulgurante de círculos que, por su enredada multitud de curvas repetidas, uniformidad de forma y confusión de líneas que se cruzan, sugerían una representación del caos cósmico, el simbolismo de un arte loco que intenta lo inconcebible. El artista nunca volvió la cabeza; y en toda la aplicación de su alma a la tarea, su espalda temblaba, su cuello delgado, hundido en un hueco profundo en la base del cráneo, parecía a punto de romperse.

El señor Verloc, tras un gruñido de sorpresa desaprobatoria, regresó al sofá. Alexander Ossipon se levantó, alto en su traje de sarga azul raído bajo el techo bajo, se sacudió la rigidez de la larga inmovilidad y se paseó hacia la cocina (bajando dos escalones) para mirar por encima del hombro de Stevie. Volvió, pronunciando oracularmente: "Muy bueno. Muy característico, perfectamente típico".

"¿Qué es muy bueno?", gruñó inquisitivamente el señor Verloc, instalado de nuevo en el rincón del sofá. El otro explicó su significado con negligencia, con un matiz de condescendencia y un movimiento de cabeza hacia la cocina:

"Típico de esta forma de degeneración; estos dibujos, quiero decir".

"Llamarías a ese muchacho un degenerado, ¿verdad?", masculló el señor Verloc.

El camarada Alexander Ossipon —apodado el Doctor, exestudiante de medicina sin título; posteriormente conferenciante itinerante ante asociaciones obreras sobre los aspectos socialistas de la higiene; autor de un popular estudio cuasimédico (en forma de folleto barato incautado prontamente por la policía) titulado "Los vicios corrosivos de las clases medias"; delegado especial del más o menos misterioso Comité Rojo, junto con Karl Yundt y Michaelis para el trabajo de propaganda literaria— se volvió hacia el oscuro familiar de al menos dos embajadas con esa mirada de insoportable y desesperadamente densa suficiencia que solo la frecuentación de la ciencia puede dar a la torpeza de los mortales comunes.

"Eso es lo que se le puede llamar científicamente. Muy buen tipo también, por completo, de esa clase de degenerado. Basta con echar un vistazo a los lóbulos de sus orejas. Si lees a Lombroso...".

El señor Verloc, malhumorado y extendido ampliamente en el sofá, continuó mirando hacia abajo, a la fila de botones de su chaleco; pero sus mejillas se tiñeron con un leve rubor. Últimamente, incluso el más mínimo derivado de la palabra ciencia (un término en sí mismo inofensivo y de significado indefinido) tenía el curioso poder de evocar una visión mental definitivamente ofensiva del señor Vladimir, en cuerpo y alma, con una claridad casi sobrenatural. Y este fenómeno, merecedor justamente de ser clasificado entre las maravillas de la ciencia, inducía en el señor Verloc un estado emocional de terror y exasperación que tendía a expresarse en violentos juramentos. Pero no dijo nada. Fue Karl Yundt a quien se oyó, implacable hasta su último aliento.

"Lombroso es un asno".

El camarada Ossipon recibió el impacto de esta blasfemia con una mirada atroz y vacía. Y el otro, con sus ojos apagados sin destellos ennegreciendo las profundas sombras bajo la gran frente huesuda, masculló, atrapando la punta de la lengua entre los labios a cada segunda palabra como si la estuviera masticando con ira:

"¿Alguna vez viste a tal idiota? Para él, el criminal es el prisionero. Simple, ¿no? ¿Qué hay de aquellos que lo encierran allí, lo obligaron a entrar allí? Exactamente. Lo obligaron a entrar allí. ¿Y qué es el crimen? ¿Lo sabe él, este imbécil que se ha abierto camino en este mundo de necios atiborrados mirando las orejas y los dientes de un montón de pobres diablos sin suerte? ¿Los dientes y las orejas marcan al criminal? ¿Lo hacen? ¿Y qué pasa con la ley que lo marca aún mejor? ¿El bonito instrumento de marcar inventado por los sobrealimentados para protegerse contra los hambrientos? Aplicaciones al rojo vivo sobre sus viles pieles, ¿eh? ¿No puedes oler y oír desde aquí la piel gruesa de la gente quemarse y chisporrotear? Así es como se crean los criminales para que tus Lombrosos escriban sus cosas estúpidas al respecto".

El pomo de su bastón y sus piernas temblaron juntos con pasión, mientras el tronco, envuelto en las alas de la capa, conservaba su histórica actitud de desafío. Parecía olfatear el aire contaminado de la crueldad social, tensar el oído ante sus sonidos atroces. Había una fuerza extraordinaria de sugestión en este posado. El veterano casi moribundo de las guerras de dinamita había sido un gran actor en su tiempo; actor en plataformas, en asambleas secretas, en entrevistas privadas. El famoso terrorista nunca en su vida había levantado personalmente ni su dedo meñique contra el edificio social. No era un hombre de acción; ni siquiera era un orador de elocuencia torrencial, que arrastrara a las masas con el ruido impetuoso y la espuma de un gran entusiasmo. Con una intención más sutil, tomaba el papel de un insolente y venenoso evocador de impulsos siniestros que acechan en la envidia ciega y la vanidad exasperada de la ignorancia, en el sufrimiento y la miseria de la pobreza, en todas las esperanzas e ilusiones nobles de la ira justa, la piedad y la revuelta. La sombra de su don maligno se aferraba a él todavía como el olor de una droga mortal en un viejo frasco de veneno, vaciado ya, inútil, listo para ser arrojado al montón de basura de las cosas que habían servido a su tiempo.

Michaelis, el apóstol en libertad condicional, sonreía vagamente con sus labios pegados; su cara de luna pastosa se desplomó bajo el peso del asentimiento melancólico. Él mismo había sido prisionero. Su propia piel había chisporroteado bajo el hierro candente, murmuró suavemente. Pero el camarada Ossipon, apodado el Doctor, se había recuperado del impacto para entonces.

"No entiendes", comenzó con desdén, pero se detuvo en seco, intimidado por la negrura muerta de los ojos cavernosos en el rostro que se giraba lentamente hacia él con una mirada ciega, como si fuera guiado solo por el sonido. Abandonó la discusión, con un ligero encogimiento de hombros.

Stevie, acostumbrado a moverse sin que nadie le prestara atención, se había levantado de la mesa de la cocina, llevándose su dibujo a la cama. Había llegado a la puerta del salón a tiempo para recibir de lleno el impacto de la elocuente imaginería de Karl Yundt. La hoja de papel cubierta de círculos se le cayó de los dedos, y permaneció mirando al viejo terrorista, como si hubiera quedado repentinamente clavado en el sitio por su mórbido horror y miedo al dolor físico. Stevie sabía muy bien que el hierro candente aplicado sobre la piel dolía muchísimo. Sus ojos asustados brillaban de indignación: dolería terriblemente. Se le quedó la boca abierta.

Michaelis, al mirar fijamente el fuego sin parpadear, había recuperado ese sentimiento de aislamiento necesario para la continuidad de su pensamiento. Su optimismo había comenzado a fluir de sus labios. Veía al capitalismo condenado en su cuna, nacido con el veneno del principio de competencia en su sistema. Los grandes capitalistas devorando a los pequeños capitalistas, concentrando el poder y las herramientas de producción en grandes masas, perfeccionando los procesos industriales y, en la locura de su propio engrandecimiento, preparando, organizando, enriqueciendo y disponiendo solamente la legítima herencia del proletariado sufriente. Michaelis pronunció la gran palabra "Paciencia", y su clara mirada azul, elevada hacia el techo bajo del salón del señor Verloc, tenía un carácter de seráfica confianza. En el umbral, Stevie, calmado, parecía hundido en la obnubilación.

El rostro del camarada Ossipon se contrajo de exasperación.

—Entonces no sirve de nada hacer nada, absolutamente nada.

—No digo eso —protestó Michaelis con suavidad. Su visión de la verdad se había vuelto tan intensa que el sonido de una voz extraña no logró interrumpirla esta vez. Continuó mirando hacia abajo, a las brasas rojas. La preparación para el futuro era necesaria, y estaba dispuesto a admitir que el gran cambio quizás vendría en la convulsión de una revolución. Pero argumentaba que la propaganda revolucionaria era un trabajo delicado de alta conciencia. Era la educación de los amos del mundo. Debería ser tan cuidadosa como la educación que se da a los reyes. Querría que hiciera avanzar sus principios con cautela, incluso con timidez, dada nuestra ignorancia sobre el efecto que puede tener el intelecto, la historia de la humanidad. Porque la historia se hace con herramientas, no con ideas; y todo cambia por las condiciones económicas: el arte, la filosofía, el amor, la virtud... ¡la verdad misma!

Las brasas en la chimenea se asentaron con un leve estrépito; y Michaelis, el ermitaño de visiones en el desierto de una penitenciaría, se levantó impetuosamente. Redondo como un globo inflado, abrió sus brazos cortos y gruesos, como en un intento patéticamente inútil de abrazar y estrechar contra su pecho a un universo autorregenerado. Jadeó con ardor.

—El futuro es tan seguro como el pasado: esclavitud, feudalismo, individualismo, colectivismo. Esta es la declaración de una ley, no una profecía vacía.

El mohín desdeñoso de los labios gruesos del camarada Ossipon acentuó el tipo negroide de su rostro.

—Tonterías —dijo con bastante calma—. No hay ley ni certeza. Que se ahorquen con la propaganda educativa. Lo que sepa la gente no importa, por muy exacto que sea su conocimiento. Lo único que nos importa es el estado emocional de las masas. Sin emoción no hay acción.

Hizo una pausa y luego añadió con modesta firmeza:

—Te estoy hablando ahora científicamente, científicamente... ¿Eh? ¿Qué has dicho, Verloc?

—Nada —gruñó desde el sofá el señor Verloc, quien, provocado por el aborrecible sonido, se había limitado a murmurar un "maldita sea".

Se escuchó el siseo venenoso del viejo terrorista sin dientes.

—¿Sabes cómo llamaría yo a la naturaleza de las condiciones económicas actuales? La llamaría caníbal. ¡Eso es lo que es! Están alimentando su codicia con la carne temblorosa y la sangre caliente del pueblo, nada más.

Stevie se tragó la aterradora declaración con un trago audible y, de inmediato, como si hubiera sido un veneno rápido, se hundió lánguidamente en posición sentada en los escalones de la puerta de la cocina.

Michaelis no dio señales de haber oído nada. Sus labios parecían pegados para siempre; ni un temblor pasó por sus mejillas pesadas. Con ojos preocupados, buscó su sombrero redondo y duro, y se lo puso en la cabeza redonda. Su cuerpo redondo y obeso parecía flotar bajo entre las sillas, bajo el codo afilado de Karl Yundt. El viejo terrorista, levantando una mano incierta y similar a una garra, le dio una inclinación arrogante a un sombrero de ala ancha de fieltro negro que sombreaba los huecos y surcos de su rostro consumido. Se puso en movimiento lentamente, golpeando el suelo con su bastón a cada paso. Fue toda una odisea sacarlo de la casa porque, de vez en cuando, se detenía como si estuviera pensando, y no ofrecía moverse de nuevo hasta que era impulsado hacia adelante por Michaelis. El gentil apóstol le sujetaba el brazo con cuidado fraternal; y detrás de ellos, con las manos en los bolsillos, el robusto Ossipon bostezaba vagamente. Una gorra azul con visera de charol colocada bien hacia atrás sobre su mata de pelo amarillento le daba el aspecto de un marinero noruego aburrido del mundo tras una juerga atronadora. El señor Verloc despidió a sus invitados, acompañándolos con la cabeza descubierta, su pesado abrigo colgando abierto y los ojos clavados en el suelo.

Cerró la puerta tras sus espaldas con violencia contenida, echó la llave, corrió el cerrojo. No estaba satisfecho con sus amigos. A la luz de la filosofía del señor Vladimir sobre el lanzamiento de bombas, le parecían irremediablemente inútiles. Habiendo sido el papel del señor Verloc en la política revolucionaria el de observar, no podía de repente, ni en su propia casa ni en asambleas más grandes, tomar la iniciativa de la acción. Tenía que ser precavido. Movido por la justa indignación de un hombre de más de cuarenta años, amenazado en lo que más quiere —su reposo y su seguridad— se preguntó con desprecio qué otra cosa se podría haber esperado de tal ralea: este Karl Yundt, este Michaelis, este Ossipon.

Deteniéndose en su intención de apagar el gas que ardía en medio de la tienda, el señor Verloc descendió al abismo de las reflexiones morales. Con la perspicacia de un temperamento afín, pronunció su veredicto. Un grupo de holgazanes: este Karl Yundt, cuidado por una vieja de ojos legañosos, una mujer a la que años atrás había arrebatado a un amigo y a la que después había intentado más de una vez sacudirse de encima para arrojarla a la cuneta. Qué suerte para Yundt que ella hubiera insistido en aparecer una y otra vez, o de lo contrario no habría habido nadie ahora para ayudarlo a bajar del autobús junto a las verjas de Green Park, donde aquel espectro daba su paseo matutino cada vez que hacía buen tiempo. Cuando aquella bruja indomable y gruñona muriera, el espectro arrogante también tendría que desaparecer; ese sería el fin del fogoso Karl Yundt. Y la moralidad del señor Verloc se veía ofendida también por el optimismo de Michaelis, anexado por su rica anciana, quien últimamente se había aficionado a enviarlo a una cabaña que tenía en el campo. El expresidiario podía pasarse días enteros vagando por los senderos sombreados en una deliciosa y humanitaria ociosidad. En cuanto a Ossipon, ese mendigo estaba seguro de que no le faltaría nada mientras hubiera chicas tontas con libretas de caja de ahorros en el mundo. Y el señor Verloc, temperamentalmente idéntico a sus asociados, trazaba distinciones sutiles en su mente basándose en diferencias insignificantes. Las trazaba con cierta complacencia, porque el instinto de respetabilidad convencional era fuerte en él, siendo superado solo por su aversión a todo tipo de trabajo reconocido, un defecto de temperamento que compartía con una gran proporción de reformadores revolucionarios de un estado social dado. Porque, obviamente, uno no se rebela contra las ventajas y oportunidades de ese estado, sino contra el precio que debe pagarse por ellas en la moneda de la moral aceptada, el autocontrol y la fatiga. La mayoría de los revolucionarios son, sobre todo, enemigos de la disciplina y el esfuerzo. Hay naturalezas también para las cuales, en su sentido de la justicia, el precio exigido se perfila como monstruosamente enorme, odioso, opresivo, preocupante, humillante, extorsionador, intolerable. Esos son los fanáticos. La parte restante de los rebeldes sociales se explica por la vanidad, la madre de todas las ilusiones nobles y viles, la compañera de poetas, reformadores, charlatanes, profetas e incendiarios.

Perdido durante todo un minuto en el abismo de la meditación, el señor Verloc no llegó a sondear la profundidad de estas consideraciones abstractas. Quizás no era capaz. En cualquier caso, no tenía tiempo. Fue sacado de su ensimismamiento dolorosamente por el recuerdo repentino del señor Vladimir, otro de sus asociados, a quien, en virtud de sutiles afinidades morales, era capaz de juzgar correctamente. Lo consideraba peligroso. Un matiz de envidia se coló en sus pensamientos. Holgazanear estaba muy bien para esos tipos, que no conocían al señor Vladimir y tenían mujeres de quienes depender; mientras que él tenía una mujer a quien mantener...

En este punto, por una simple asociación de ideas, el señor Verloc se vio frente a la necesidad de irse a dormir en algún momento de esa noche. Entonces, ¿por qué no ir ahora, de inmediato? Suspiró. La necesidad no era tan normalmente placentera como debería haber sido para un hombre de su edad y temperamento. Temía al demonio del insomnio, que sentía que lo había marcado como suyo. Levantó el brazo y apagó el resplandeciente mechero de gas sobre su cabeza.

Una franja brillante de luz cayó a través de la puerta del salón hacia la parte de la tienda detrás del mostrador. Le permitió al señor Verloc verificar de un vistazo la cantidad de monedas de plata en la caja. Eran pocas; y por primera vez desde que abrió su tienda, hizo un balance comercial de su valor. Este balance era desfavorable. No se había dedicado al comercio por razones comerciales. Había sido guiado en la elección de esta peculiar línea de negocios por una inclinación instintiva hacia transacciones turbias, donde el dinero se recoge fácilmente. Además, no lo sacaba de su propia esfera: la esfera vigilada por la policía. Al contrario, le daba una posición públicamente confesada en esa esfera, y como el señor Verloc tenía relaciones inconfesadas que lo hacían familiarizado con la policía, aunque indiferente a ella, había una ventaja clara en tal situación. Pero como medio de vida, por sí solo era insuficiente.

Sacó la caja de caudales del cajón y, al girar para salir de la tienda, se dio cuenta de que Stevie seguía abajo.

¿Qué demonios está haciendo ahí? se preguntó el señor Verloc. ¿Qué significan estas payasadas? Miró con recelo a su cuñado, pero no le pidió explicaciones. El trato del señor Verloc con Stevie se limitaba al murmullo casual de la mañana, después del desayuno: "Mis botas", e incluso eso era más una comunicación general de una necesidad que una orden o petición directa. El señor Verloc percibió con cierta sorpresa que realmente no sabía qué decirle a Stevie. Se quedó quieto en medio del salón y miró hacia la cocina en silencio. Tampoco sabía qué sucedería si decía algo. Y esto le pareció muy extraño al señor Verloc en vista del hecho, que se le presentó repentinamente, de que tenía que mantener a este sujeto también. Nunca había pensado ni un momento hasta entonces en ese aspecto de la existencia de Stevie.

Posiblemente no sabía cómo hablarle al chico. Lo observó gesticulando y murmurando en la cocina. Stevie merodeaba alrededor de la mesa como un animal excitado en una jaula. Un tentativo "¿No será mejor que te vayas a la cama ahora?" no produjo efecto alguno; y el señor Verloc, abandonando la pétrea contemplación del comportamiento de su cuñado, cruzó el salón con cansancio, caja de caudales en mano. Como la causa de la lasitud general que sentía al subir las escaleras era puramente mental, se alarmó por su carácter inexplicable. Esperaba no estar incubando ninguna enfermedad. Se detuvo en el rellano oscuro para examinar sus sensaciones. Pero un leve y continuo sonido de ronquidos que impregnaba la oscuridad interfirió con su claridad. El sonido provenía de la habitación de su suegra. Otra más a quien mantener, pensó, y con este pensamiento entró en el dormitorio.

La señora Verloc se había quedado dormida con la lámpara (no había gas arriba) encendida al máximo en la mesa al lado de la cama. La luz proyectada por la pantalla caía deslumbrante sobre la almohada blanca, hundida por el peso de su cabeza, que reposaba con los ojos cerrados y el cabello oscuro recogido en varias trenzas para la noche. Se despertó con el sonido de su nombre en sus oídos y vio a su marido de pie sobre ella.

—¡Winnie! ¡Winnie!

Al principio no se movió, permaneciendo muy quieta y mirando la caja de caudales en la mano del señor Verloc. Pero cuando comprendió que su hermano estaba "haciendo cabriolas por todas partes abajo", salió de un movimiento repentino hasta el borde de la cama. Sus pies descalzos, como si hubieran sido asomados por el bajo de un saco de percal sin adornos, con mangas y abotonado firmemente en el cuello y las muñecas, buscaron las zapatillas sobre la alfombra mientras ella miraba hacia arriba, al rostro de su esposo.

—No sé cómo manejarlo —explicó el señor Verloc con fastidio—. No está bien dejarlo abajo solo con las luces.

Ella no dijo nada, se deslizó por la habitación con rapidez y la puerta se cerró tras su forma blanca.

El señor Verloc depositó la caja de caudales en la mesita de noche y comenzó la operación de desvestirse lanzando su abrigo sobre una silla lejana. Su chaqueta y chaleco le siguieron. Caminaba por la habitación en calcetines, y su corpulenta figura, con las manos preocupadas nerviosamente por su garganta, pasaba y repasaba ante la larga tira de espejo en la puerta del armario de su esposa. Luego, tras quitarse los tirantes de los hombros, levantó violentamente la persiana veneciana y apoyó la frente contra el frío cristal de la ventana: una frágil película de vidrio extendida entre él y la enormidad de la fría, negra, húmeda, fangosa e inhóspita acumulación de ladrillos, pizarras y piedras, cosas en sí mismas poco amables y hostiles al hombre.

El señor Verloc sintió la hostilidad latente de todo el exterior con una fuerza que se acercaba a una angustia corporal positiva. No hay ocupación que le falle más completamente a un hombre que la de agente secreto de la policía. Es como si tu caballo cayera muerto de repente bajo ti en medio de una llanura deshabitada y sedienta. La comparación se le ocurrió al señor Verloc porque había montado a caballo en el ejército en su tiempo, y ahora tenía la sensación de una caída inminente. El panorama era tan negro como el cristal de la ventana contra la que apoyaba la frente. Y de repente, el rostro del señor Vladimir, afeitado e ingenioso, apareció aureolado en el brillo de su cutis rosado como una especie de sello rosado, impreso en la oscuridad fatal.

Esta visión luminosa y mutilada era tan espantosa físicamente que el señor Verloc se apartó de la ventana, bajando la persiana veneciana con un gran estruendo. Descompuesto y sin habla ante la aprensión de más visiones así, vio a su esposa volver a entrar en la habitación y meterse en la cama de una manera tranquila y profesional que lo hizo sentirse irremediablemente solo en el mundo. La señora Verloc expresó su sorpresa al verlo aún levantado.

—No me siento muy bien —murmuró, pasando sus manos por su frente húmeda.

—¿Mareo?

—Sí. No me siento nada bien.

La señora Verloc, con toda la placidez de una esposa experimentada, expresó una opinión confiada sobre la causa y sugirió los remedios habituales; pero su marido, clavado en medio de la habitación, sacudió tristemente su cabeza baja.

—Te vas a resfriar ahí de pie —observó ella.

El señor Verloc hizo un esfuerzo, terminó de desvestirse y se metió en la cama. Abajo, en la calle estrecha y tranquila, pasos medidos se acercaron a la casa, luego se desvanecieron sin prisa y firmes, como si el transeúnte hubiera comenzado a recorrer toda la eternidad, de farola en farola en una noche sin fin; y el somnoliento tictac del viejo reloj en el rellano se volvió claramente audible en el dormitorio.

La señora Verloc, boca arriba y mirando al techo, hizo un comentario.

—La recaudación ha sido muy pequeña hoy.

El señor Verloc, en la misma posición, se aclaró la garganta como para una declaración importante, pero simplemente preguntó:

—¿Apagaste el gas abajo?

—Sí, lo hice —respondió la señora Verloc concienzudamente—. Ese pobre chico está en un estado muy alterado esta noche —murmuró, después de una pausa que duró tres tics del reloj.

Al señor Verloc no le importaba en absoluto la excitación de Stevie, pero se sentía horriblemente despierto y temía enfrentarse a la oscuridad y el silencio que seguirían a la extinción de la lámpara. Este temor lo llevó a hacer el comentario de que Stevie había ignorado su sugerencia de irse a la cama. La señora Verloc, cayendo en la trampa, comenzó a demostrar extensamente a su marido que esto no era "insolencia" de ningún tipo, sino simplemente "excitación". No había ningún joven de su edad en Londres más dispuesto y dócil que Stephen, afirmó; ninguno más afectuoso y deseoso de complacer, e incluso útil, mientras la gente no alterara su pobre cabeza. La señora Verloc, girándose hacia su marido recostado, se levantó sobre su codo y se inclinó sobre él en su ansiedad por que él creyera que Stevie era un miembro útil de la familia. Ese ardor de compasión protectora, exaltado mórbidamente en su infancia por la miseria de otro niño, tiñó sus mejillas cetrinas con un tenue rubor oscuro, hizo que sus grandes ojos brillaran bajo los párpados oscuros. La señora Verloc parecía entonces más joven; parecía tan joven como solía parecer Winnie, y mucho más animada de lo que la Winnie de los días de la mansión de Belgravia se había permitido aparecer ante los caballeros inquilinos. Las ansiedades del señor Verloc le habían impedido dar sentido a lo que su esposa decía. Era como si su voz estuviera hablando al otro lado de una pared muy gruesa. Fue su aspecto lo que lo hizo volver en sí.

Apreciaba a esta mujer, y el sentimiento de esta apreciación, agitado por una muestra de algo parecido a la emoción, solo añadió otra punzada a su angustia mental. Cuando su voz cesó, él se movió inquieto y dijo:

—No me he sentido bien durante los últimos días.

Podría haber dicho esto como una apertura a una confidencia completa; pero la señora Verloc apoyó la cabeza en la almohada de nuevo y, mirando hacia arriba, continuó:

—Ese chico oye demasiado de lo que se habla aquí. Si hubiera sabido que iban a venir esta noche, me habría asegurado de que se fuera a la cama al mismo tiempo que yo. Estaba fuera de sí por algo que oyó sobre comer carne humana y beber sangre. ¿Qué sentido tiene hablar así?

Había una nota de desdén indignado en su voz. El señor Verloc respondía plenamente ahora.

—Pregúntale a Karl Yundt —gruñó salvajemente.

La señora Verloc, con gran decisión, calificó a Karl Yundt de "viejo repugnante". Declaró abiertamente su afecto por Michaelis. Del robusto Ossipon, en cuya presencia siempre se sentía inquieta tras una actitud de reserva pétrea, no dijo absolutamente nada. Y continuando hablando de ese hermano, que había sido durante tantos años objeto de cuidados y miedos:

—No es apto para oír lo que se dice aquí. Él cree que todo es verdad. No sabe nada mejor. Se apasiona por ello.

El señor Verloc no hizo comentarios.

—Me miró fijamente, como si no supiera quién era yo, cuando bajé. Su corazón iba como un martillo. No puede evitar ser excitable. Desperté a mamá y le pedí que se sentara con él hasta que se quedara dormido. No es culpa suya. No da problemas cuando se le deja solo.

El señor Verloc no hizo comentarios.

—Ojalá nunca hubiera ido a la escuela —comenzó de nuevo la señora Verloc bruscamente—. Siempre está quitando esos periódicos de la ventana para leerlos. Se le pone la cara roja de tanto leerlos. No nos deshacemos de una docena de números al mes. Solo ocupan espacio en la ventana del frente. Y el señor Ossipon trae cada semana un montón de estos panfletos de la F.P. para venderlos a medio penique cada uno. Yo no daría ni medio penique por todo el montón. Es lectura estúpida, eso es lo que es. No tienen salida. El otro día Stevie se hizo con uno, y había una historia en él sobre un oficial militar alemán que le arrancaba media oreja a un recluta, y no se hizo nada contra él por ello. ¡El bruto! No pude hacer nada con Stevie esa tarde. La historia era suficiente, además, para hacer hervir la sangre. Pero ¿qué sentido tiene imprimir cosas como esas? No somos esclavos alemanes aquí, gracias a Dios. No es asunto nuestro, ¿verdad?

El señor Verloc no respondió.

—Tuve que quitarle el cuchillo de trinchar al muchacho —continuó la señora Verloc, ahora con un poco de sueño—. Gritaba, pataleaba y sollozaba. No puede soportar la idea de ninguna crueldad. Habría apuñalado a ese oficial como a un cerdo si lo hubiera visto entonces. ¡Y es verdad! Algunas personas no merecen mucha misericordia. La voz de la señora Verloc cesó, y la expresión de sus ojos inmóviles se volvió cada vez más contemplativa y velada durante la larga pausa. —¿Estás cómodo, querido? —preguntó con una voz débil y lejana—. ¿Apago la luz ahora?

La lúgubre convicción de que no había sueño para él mantuvo al señor Verloc mudo y desesperadamente inerte en su miedo a la oscuridad. Hizo un gran esfuerzo.

—Sí. Apágala —dijo por fin con un tono hueco.

CAPÍTULO IV

La mayoría de las treinta o más mesitas, cubiertas por manteles rojos con un diseño blanco, estaban dispuestas en ángulo recto respecto al friso marrón oscuro del salón subterráneo. Candelabros de bronce con muchos globos colgaban del techo bajo, ligeramente abovedado, y las pinturas al fresco se extendían planas y apagadas por todas las paredes sin ventanas, representando escenas de caza y juergas al aire libre con trajes medievales. Viles con jubones verdes blandían cuchillos de caza y alzaban en alto jarras de cerveza espumosa.

—A menos que me equivoque mucho, usted es el hombre que conocería los entresijos de este asunto endiablado —dijo el robusto Ossipon, inclinándose hacia adelante, con los codos muy afuera sobre la mesa y los pies metidos completamente bajo su silla. Sus ojos miraban con una fiereza salvaje.

Un piano vertical de media cola cerca de la puerta, flanqueado por dos palmeras en macetas, ejecutó de repente, por sí solo, una melodía de vals con una virtuosismo agresivo. El estruendo que provocó fue ensordecedor. Cuando cesó, tan abruptamente como había comenzado, el hombrecillo desaliñado y con gafas que estaba frente a Ossipon, tras una pesada jarra de cerveza, emitió con calma lo que sonaba como una proposición general.

—En principio, lo que uno de nosotros pueda o no saber sobre cualquier hecho dado no puede ser motivo de investigación para los demás.

—Ciertamente no —convino el camarada Ossipon en un tono bajo y tranquilo—. En principio.

Con su rostro grande y florido sostenido entre las manos, siguió mirando fijamente, mientras el hombrecillo desaliñado con gafas bebía cerveza con frialdad y volvía a colocar la jarra sobre la mesa. Sus orejas planas y grandes se separaban mucho de los lados de su cráneo, que parecía lo suficientemente frágil como para que Ossipon lo aplastara entre el pulgar y el índice; la cúpula de la frente parecía descansar sobre el borde de las gafas; las mejillas planas, de una tez grasienta y enfermiza, estaban apenas manchadas por la miserable pobreza de un fino bigote oscuro. La lamentable inferioridad de todo su físico se volvía ridícula por el porte supremamente seguro del individuo. Su discurso era cortante y tenía una manera particularmente impresionante de guardar silencio.

Ossipon volvió a hablar desde entre sus manos, murmurando.

—¿Ha estado mucho fuera hoy?

—No. Me quedé en la cama toda la mañana —respondió el otro—. ¿Por qué?

—¡Oh! Nada —dijo Ossipon, mirando con seriedad y temblando interiormente con el deseo de averiguar algo, pero visiblemente intimidado por el aire abrumador de indiferencia del hombrecillo. Al hablar con este camarada —lo cual ocurría raramente—, el gran Ossipon sufría una sensación de insignificancia moral e incluso física. Sin embargo, se aventuró con otra pregunta—. ¿Vino caminando hasta aquí?

—No; en autobús —respondió el hombrecillo con bastante rapidez. Vivía lejos, en Islington, en una pequeña casa al final de una calle destartalada, sembrada de paja y papel sucio, donde fuera del horario escolar una tropa de niños variopintos corría y se peleaba con un clamor agudo, alegre y alborotado. Su única habitación trasera, notable por tener un armario extremadamente grande, la alquilaba amueblada a dos solteronas ancianas, costureras de humilde condición con una clientela mayormente de sirvientas. Había puesto un candado pesado en el armario, pero por lo demás era un inquilino modelo, que no causaba problemas y no requería prácticamente ninguna atención. Sus rarezas eran que insistía en estar presente cuando barrían su habitación y que, cuando salía, cerraba la puerta con llave y se llevaba la llave consigo.

Ossipon tuvo una visión de esas gafas redondas de montura negra avanzando por las calles en la parte superior de un autobús, su brillo seguro de sí mismo cayendo aquí y allá sobre las paredes de las casas o bajando sobre las cabezas de la corriente inconsciente de gente en las aceras. El fantasma de una sonrisa enfermiza alteró la mueca de los labios gruesos de Ossipon al pensar en las paredes asintiendo, en la gente corriendo por sus vidas al ver esas gafas. ¡Si tan solo supieran! ¡Qué pánico! Murmuró interrogativamente: —¿Lleva mucho tiempo sentado aquí?

—Una hora o más —respondió el otro con negligencia, y dio un trago a la cerveza oscura. Todos sus movimientos —la forma en que agarraba la jarra, el acto de beber, la forma en que dejaba el pesado vaso y cruzaba los brazos— tenían una firmeza, una precisión asegurada que hacía que el corpulento y musculoso Ossipon, inclinado hacia adelante con los ojos desorbitados y los labios protuberantes, pareciera la viva imagen de la indecisión ansiosa.

—Una hora —dijo—. Entonces puede que aún no haya escuchado las noticias que acabo de oír yo... en la calle. ¿Las sabe?

El hombrecillo negó con la cabeza lo más mínimo. Pero como no mostró indicios de curiosidad, Ossipon se aventuró a añadir que las había escuchado justo fuera del local. Un repartidor de periódicos había gritado la noticia justo delante de sus narices y, al no estar preparado para nada de ese tipo, se había quedado muy sorprendido y alterado. Tuvo que entrar allí con la boca seca. —Nunca pensé encontrarlo aquí —añadió, murmurando constantemente, con los codos plantados sobre la mesa.

—Vengo aquí a veces —dijo el otro, conservando su provocadora frialdad de comportamiento.

—Es maravilloso que usted, de entre todas las personas, no haya oído nada al respecto —continuó el gran Ossipon. Sus párpados se cerraban nerviosamente sobre sus ojos brillantes—. Usted, de entre todas las personas —repitió tentativamente. Esta restricción evidente delataba una timidez increíble e inexplicable del gran sujeto ante el tranquilo hombrecillo, que volvió a levantar la jarra, bebió y la dejó con movimientos bruscos y seguros. Y eso fue todo.

Ossipon, tras esperar algo, una palabra o una señal, que no llegó, hizo un esfuerzo por asumir una especie de indiferencia.

—¿Le da usted —dijo, amortiguando su voz aún más— su material a cualquiera que se lo pida?

—Mi regla absoluta es no negárselo nunca a nadie, siempre y cuando tenga una pizca conmigo —respondió el hombrecillo con decisión.

—¿Eso es un principio? —comentó Ossipon.

—Es un principio.

—¿Y cree que es sensato?

Las grandes gafas redondas, que conferían una mirada de seguridad en sí mismo al rostro cetrino, enfrentaron a Ossipon como orbes insomnes y sin parpadeo que destellaban un fuego frío.

—Perfectamente. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. ¿Qué podría detenerme? ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué debería pensármelo dos veces?

Ossipon jadeó, por así decirlo, discretamente.

—¿Quiere decir que se lo entregaría a un «poli» si uno viniera a pedirle sus mercancías?

El otro sonrió levemente.

—Que vengan y lo intenten, y ya verá —dijo—. Me conocen, pero yo también conozco a cada uno de ellos. No se me acercarán... ellos no.

Sus labios finos y lívidos se cerraron con firmeza. Ossipon empezó a discutir.

—Pero podrían enviar a alguien, tenderle una trampa. ¿No lo ve? Conseguir el material de usted de esa manera y luego arrestarlo con la prueba en sus manos.

—¿Prueba de qué? ¿De comerciar con explosivos sin licencia, tal vez? —Esto pretendía ser una burla desdeñosa, aunque la expresión del rostro fino y enfermizo permaneció inalterada y la declaración fue negligente—. No creo que haya uno de ellos con ganas de hacer ese arresto. No creo que puedan conseguir que uno de ellos solicite una orden judicial. Me refiero a uno de los mejores. Ni a uno.

—¿Por qué? —preguntó Ossipon.

—Porque saben muy bien que me cuido mucho de no desprenderme nunca del último puñado de mi mercancía. Siempre lo llevo conmigo —se tocó ligeramente el pecho de la chaqueta—. En un frasco de vidrio grueso —añadió.

—Eso me han dicho —dijo Ossipon, con un matiz de asombro en su voz—. Pero no sabía si...

—Ellos lo saben —interrumpió el hombrecillo con brusquedad, apoyándose en el respaldo de la silla recta, que se elevaba más que su cabeza frágil—. Nunca seré arrestado. El juego no es lo suficientemente bueno para ninguno de esos policías. Para tratar con un hombre como yo se requiere puro, desnudo y poco glorioso heroísmo —sus labios volvieron a cerrarse con un chasquido seguro de sí mismo. Ossipon reprimió un movimiento de impaciencia.

—O imprudencia... o simplemente ignorancia —replicó—. Solo tienen que conseguir a alguien para el trabajo que no sepa que usted lleva suficiente material en el bolsillo como para hacerse volar a sí mismo y a todo lo que esté a sesenta yardas de distancia.

—Nunca afirmé que no pudiera ser eliminado —repuso el otro—. Pero eso no sería un arresto. Además, no es tan fácil como parece.

—¡Bah! —Ossipon contradijo—. No esté tan seguro de eso. ¿Qué impide que media docena de ellos se abalancen sobre usted desde atrás en la calle? Con los brazos inmovilizados contra los costados, no podría hacer nada, ¿verdad?

—Sí, podría. Rara vez estoy en las calles después del anochecer —dijo el hombrecillo con impasibilidad—, y nunca muy tarde. Siempre camino con la mano derecha cerrada alrededor de la pelota de goma que tengo en el bolsillo del pantalón. Apretar esta pelota acciona un detonador dentro del frasco que llevo en el bolsillo. Es el principio del obturador neumático instantáneo para la lente de una cámara. El tubo sube...

Con un gesto rápido y revelador, dejó que Ossipon vislumbrara un tubo de goma, parecido a un gusano marrón y delgado, que salía de la sisa de su chaleco y se hundía en el bolsillo interior del pecho de su chaqueta. Sus ropas, de una mezcla de marrón indefinido, estaban raídas y marcadas con manchas, polvorientas en los pliegues, con los ojales deshilachados. —El detonador es en parte mecánico, en parte químico —explicó con condescendencia casual.

—¿Es instantáneo, por supuesto? —murmuró Ossipon, con un ligero escalofrío.

—Lejos de eso —confesó el otro, con una reticencia que pareció torcer su boca dolorosamente—. Deben transcurrir veinte segundos completos desde el momento en que presiono la pelota hasta que se produce la explosión.

—¡Uf! —silbó Ossipon, completamente horrorizado—. ¡Veinte segundos! ¡Horror! ¿Quiere decir que podría enfrentarse a eso? Yo me volvería loco...

—No importaría si lo hiciera. Por supuesto, es el punto débil de este sistema especial, que es solo para mi propio uso. Lo peor es que la forma de detonar es siempre el punto débil para nosotros. Estoy intentando inventar un detonador que se ajuste a todas las condiciones de acción, e incluso a cambios inesperados de condiciones. Un mecanismo variable y, sin embargo, perfectamente preciso. Un detonador verdaderamente inteligente.

—Veinte segundos —murmuró Ossipon de nuevo—. ¡Ay! Y entonces...

Con un ligero giro de cabeza, el brillo de las gafas pareció medir el tamaño del salón de cerveza en el sótano del renombrado restaurante Silenus.

—Nadie en esta sala podría esperar escapar —fue el veredicto de esa inspección—. Ni tampoco esta pareja que sube las escaleras ahora.

El piano al pie de la escalera sonó con una mazurca con impetuosidad descarada, como si un fantasma vulgar e insolente estuviera presumiendo. Las teclas se hundieron y subieron misteriosamente. Luego todo quedó en silencio. Por un momento, Ossipon imaginó el lugar iluminado convertido en un espantoso agujero negro que vomitaba vapores horribles, atascado con restos espantosos de ladrillos destrozados y cadáveres mutilados. Tuvo una percepción tan clara de ruina y muerte que se estremeció de nuevo. El otro observó, con un aire de calma suficiencia:

—En última instancia, es el carácter por sí solo lo que asegura la supervivencia. Hay muy pocas personas en el mundo cuyo carácter esté tan bien establecido como el mío.

—Me pregunto cómo lo consiguió —gruñó Ossipon.

—Fuerza de personalidad —dijo el otro, sin elevar la voz; y al salir de la boca de ese organismo obviamente miserable, la afirmación hizo que el robusto Ossipon se mordiera el labio inferior—. Fuerza de personalidad —repitió, con ostentosa calma—. Tengo los medios para hacerme letal, pero eso por sí solo, entiende, no es absolutamente nada en términos de protección. Lo que es efectivo es la creencia que esa gente tiene en mi voluntad de usar esos medios. Esa es su impresión. Es absoluta. Por tanto, soy letal.

—También hay individuos con carácter entre esa gente —murmuró Ossipon de forma ominosa.

—Posiblemente. Pero es una cuestión de grado, obviamente, ya que, por ejemplo, yo no me dejo impresionar por ellos. Por lo tanto, son inferiores. No pueden ser de otra manera. Su carácter se basa en la moral convencional. Se apoya en el orden social. El mío se mantiene libre de todo lo artificial. Ellos están atados por todo tipo de convenciones. Dependen de la vida, que, en este sentido, es un hecho histórico rodeado de todo tipo de restricciones y consideraciones, un hecho organizado y complejo abierto al ataque en cada punto; mientras que yo dependo de la muerte, que no conoce restricciones y no puede ser atacada. Mi superioridad es evidente.

—Esta es una forma trascendental de plantearlo —dijo Ossipon, observando el brillo frío de las gafas redondas—. He oído a Karl Yundt decir casi lo mismo no hace mucho tiempo.

—Karl Yundt —masculló el otro con desprecio—, el delegado del Comité Rojo Internacional, ha sido una sombra impostora toda su vida. Hay tres delegados de ustedes, ¿no es así? No definiré a los otros dos, ya que usted es uno de ellos. Pero lo que dice no significa nada. Son los dignos delegados de la propaganda revolucionaria, pero el problema no es solo que ustedes sean incapaces de pensar de forma independiente, como cualquier tendero o periodista respetable, sino que no tienen carácter alguno.

Ossipon no pudo contener un sobresalto de indignación.

—¿Pero qué quiere de nosotros? —exclamó con voz amortiguada—. ¿Qué es lo que busca usted mismo?

—Un detonador perfecto —fue la respuesta perentoria—. ¿Por qué pone esa cara? Ya ve, ni siquiera puede soportar la mención de algo concluyente.

—No estoy poniendo ninguna cara —gruñó el molesto Ossipon como un oso.

—Ustedes, los revolucionarios —continuó el otro, con pausada seguridad en sí mismo—, son esclavos de la convención social, que les teme; esclavos de ella tanto como la misma policía que se alza en defensa de esa convención. Claramente lo son, ya que quieren revolucionarla. Gobierna su pensamiento, por supuesto, y su acción también, y así ni su pensamiento ni su acción pueden ser nunca concluyentes —hizo una pausa, tranquilo, con ese aire de silencio cercano e interminable, y casi de inmediato continuó—. No son ni un poco mejores que las fuerzas desplegadas contra ustedes, que la policía, por ejemplo. El otro día me encontré de repente con el Inspector Jefe Heat en la esquina de Tottenham Court Road. Me miró con mucha fijeza. Pero yo no lo miré a él. ¿Por qué iba a darle más que una mirada? Él estaba pensando en muchas cosas: en sus superiores, en su reputación, en los tribunales, en su salario, en los periódicos, en cien cosas. Pero yo estaba pensando solo en mi detonador perfecto. Él no significaba nada para mí. Era tan insignificante como... no se me ocurre nada lo suficientemente insignificante con lo que compararlo, excepto Karl Yundt quizás. Dios los cría y ellos se juntan. El terrorista y el policía provienen de la misma cesta. Revolución, legalidad: contraataques en el mismo juego; formas de ociosidad en el fondo idénticas. Él juega su pequeño juego; ustedes, los propagandistas, también. Pero yo no juego; trabajo catorce horas al día y a veces paso hambre. Mis experimentos cuestan dinero de vez en cuando, y entonces tengo que pasar un día o dos sin comer. Está mirando mi cerveza. Sí. Ya he tomado dos vasos y pronto tomaré otro. Esta es una pequeña fiesta, y la celebro solo. ¿Por qué no? Tengo el valor de trabajar solo, completamente solo, absolutamente solo. He trabajado solo durante años.

El rostro de Ossipon se había vuelto rojo oscuro.

—En el detonador perfecto, ¿eh? —se burló, muy bajo.

—Sí —replicó el otro—. Es una buena definición. Usted no podría encontrar nada ni la mitad de preciso para definir la naturaleza de su actividad con todos sus comités y delegaciones. Soy yo quien es el verdadero propagandista.

—No discutiremos ese punto —dijo Ossipon, con aire de estar por encima de consideraciones personales—. Aunque me temo que tendré que arruinarle su fiesta. Un hombre ha volado por los aires en Greenwich Park esta mañana.

—¿Cómo lo sabe?

—Han estado gritando la noticia por las calles desde las dos en punto. Compré el periódico y simplemente vine aquí corriendo. Entonces lo vi a usted sentado en esta mesa. Lo tengo en mi bolsillo ahora mismo.

Sacó el periódico. Era una hoja rosada de buen tamaño, como sonrojada por el calor de sus propias convicciones, que eran optimistas. Escaneó las páginas rápidamente.

—¡Ah! Aquí está. Bomba en Greenwich Park. No hay mucho todavía. Las once y media. Mañana de niebla. Efectos de la explosión sentidos hasta Romney Road y Park Place. Enorme agujero en el suelo debajo de un árbol lleno de raíces destrozadas y ramas rotas. Por todas partes, fragmentos del cuerpo de un hombre hecho pedazos. Eso es todo. El resto es solo habladuría de periódico. Sin duda un malvado intento de volar el Observatorio, dicen. H'm. Eso es apenas creíble.

Miró el periódico durante un rato en silencio, luego se lo pasó al otro, quien, tras mirar distraídamente la letra impresa, lo dejó sin comentarios.

Fue Ossipon quien habló primero, todavía resentido.

—Los fragmentos de un solo hombre, note usted. Ergo: se voló a sí mismo. Eso le arruina su día libre, ¿no es así? ¿Esperaba ese tipo de movimiento? No tenía la menor idea, ni la más remota noción de que algo así estuviera planeado para ocurrir aquí, en este país. Bajo las circunstancias actuales, es poco menos que criminal.

El hombrecillo levantó sus finas cejas negras con un desprecio impasible.

—¡Criminal! ¿Qué es eso? ¿Qué es el crimen? ¿Cuál puede ser el significado de tal afirmación?

—¿Cómo quiere que me exprese? Uno debe usar las palabras actuales —dijo Ossipon con impaciencia—. El significado de esta afirmación es que este asunto puede afectar nuestra posición muy negativamente en este país. ¿No es eso bastante crimen para usted? Estoy convencido de que ha estado regalando parte de su material últimamente.

Ossipon miró fijamente. El otro, sin inmutarse, bajó y levantó la cabeza lentamente.

—¡Lo ha hecho! —exclamó el editor de los folletos del F. P. en un susurro intenso—. ¡No! ¿Y realmente lo está entregando así, a cambio de nada, al primer tonto que aparece?

—¡Así es! El orden social condenado no se ha construido sobre papel y tinta, y no creo que una combinación de papel y tinta vaya a acabar nunca con él, piense usted lo que piense. Sí, daría el material con ambas manos a cada hombre, mujer o tonto que quiera venir. Sé en lo que está pensando. Pero no sigo las instrucciones del Comité Rojo. Los vería a todos ustedes expulsados de aquí, o arrestados, o decapitados si llega el caso, sin que se me mueva un pelo. Lo que nos ocurra como individuos no tiene la menor importancia.

Habló con descuido, sin calor, casi sin sentimiento, y Ossipon, secretamente muy afectado, intentó copiar este desapego.

—Si la policía de aquí supiera hacer su trabajo, lo llenarían de agujeros con revólveres o intentarían darle un garrotazo por la espalda a plena luz del día.

El hombrecillo parecía haber considerado ya ese punto de vista con su manera impasible y segura de sí misma.

—Sí —asintió con la mayor disposición—. Pero para eso tendrían que enfrentarse a sus propias instituciones. ¿Lo ve? Eso requiere un valor poco común. Valor de un tipo especial.

Ossipon parpadeó.

—Me imagino que eso es exactamente lo que le pasaría a usted si instalara su laboratorio en los Estados. Allí no se andan con ceremonias con sus instituciones.

—No es probable que vaya a comprobarlo. Por lo demás, su observación es justa —admitió el otro—. Tienen más carácter allí, y su carácter es esencialmente anarquista. Tierra fértil para nosotros, los Estados; muy buen terreno. La gran República tiene la raíz de la materia destructiva en ella. El temperamento colectivo es ilegal. Excelente. Pueden dispararnos, pero...

—Es usted demasiado trascendental para mí —gruñó Ossipon, con preocupación malhumorada.

—Lógico —protestó el otro—. Existen varias clases de lógica. Esta es la clase ilustrada. Estados Unidos está bien. Es este país el que es peligroso, con su concepción idealista de la legalidad. El espíritu social de esta gente está envuelto en escrupulosos prejuicios, y eso es fatal para nuestro trabajo. ¡Hablas de Inglaterra como si fuera nuestro único refugio! Pues peor aún. ¡Capua! ¿Qué queremos con refugios? Aquí habláis, imprimís, conspiráis y no hacéis nada. Me atrevería a decir que es muy conveniente para tales Karl Yundts.

Se encogió de hombros ligeramente, luego añadió con la misma seguridad pausada: —Romper la superstición y el culto a la legalidad debería ser nuestro objetivo. Nada me complacería más que ver al inspector Heat y a sus semejantes disparándonos a plena luz del día con la aprobación del público. Entonces, la mitad de nuestra batalla estaría ganada; la desintegración de la vieja moralidad habría comenzado en su mismo templo. Eso es a lo que deberíais aspirar. Pero vosotros, los revolucionarios, nunca entenderéis eso. Planificáis el futuro, os perdéis en ensueños de sistemas económicos derivados de lo que existe; mientras que lo que se necesita es una limpieza a fondo y un comienzo claro para una nueva concepción de la vida. Ese tipo de futuro se cuidará solo si tan solo le abrís paso. Por eso, yo amontonaría mi material en las esquinas de las calles si tuviera suficiente para ello; y como no lo tengo, hago lo que puedo perfeccionando un detonador realmente fiable.

Ossipon, que mentalmente había estado nadando en aguas profundas, se aferró a la última palabra como si fuera una tabla de salvación.

—Sí. Tus detonadores. No me extrañaría que fuera uno de tus detonadores el que hizo una limpieza a fondo del hombre en el parque.

Una sombra de vejación oscureció el rostro cetrino y decidido que enfrentaba a Ossipon.

—Mi dificultad consiste precisamente en experimentar prácticamente con los diversos tipos. Después de todo, hay que probarlos. Además...

Ossipon interrumpió.

—¿Quién podría ser ese tipo? Te aseguro que nosotros en Londres no teníamos conocimiento... ¿No podrías describir a la persona a la que le diste el material?

El otro dirigió sus gafas hacia Ossipon como un par de reflectores.

—Describirlo —repitió lentamente—. No creo que pueda haber la menor objeción ahora. Te lo describiré en una palabra: Verloc.

Ossipon, a quien la curiosidad había levantado unos centímetros de su asiento, volvió a caer, como si le hubieran golpeado en la cara.

—¡Verloc! Imposible.

El hombrecito dueño de sí mismo asintió levemente una vez.

—Sí. Es él. No puedes decir que en este caso le diera mi material al primer idiota que pasaba. Era un miembro destacado del grupo, según tengo entendido.

—Sí —dijo Ossipon—. Destacado. No, no exactamente. Él era el centro para la inteligencia general, y usualmente recibía a los camaradas que venían por aquí. Más útil que importante. Hombre sin ideas. Hace años solía hablar en reuniones, en Francia, creo. Aunque no muy bien. Hombres como Latorre, Moser y toda esa vieja guardia confiaban en él. El único talento que realmente mostró fue su habilidad para eludir las atenciones de la policía de alguna manera. Aquí, por ejemplo, no parecía ser vigilado muy de cerca. Estaba casado formalmente, ya sabes. Supongo que con su dinero es con lo que montó esa tienda. Parecía que también le daba beneficios.

Ossipon se detuvo abruptamente, murmuró para sí mismo: "¿Me pregunto qué hará esa mujer ahora?", y se sumió en sus pensamientos.

El otro esperó con ostensible indiferencia. Su origen era oscuro, y generalmente se le conocía solo por su apodo de Profesor. Su título para tal designación consistía en haber sido una vez ayudante de demostración en química en algún instituto técnico. Se peleó con las autoridades por una cuestión de trato injusto. Después obtuvo un puesto en el laboratorio de una fábrica de tintes. Allí también había sido tratado con una injusticia repugnante. Sus luchas, sus privaciones, su duro trabajo para ascender en la escala social, le habían llenado con una convicción tan exaltada de sus méritos que era extremadamente difícil para el mundo tratarlo con justicia; el estándar de esa noción depende tanto de la paciencia del individuo. El Profesor tenía genio, pero carecía de la gran virtud social de la resignación.

—Intelectualmente, una nulidad —pronunció Ossipon en voz alta, abandonando repentinamente la contemplación interior de la persona y el negocio afligidos de la señora Verloc—. Una personalidad bastante ordinaria. Te equivocas al no mantenerte más en contacto con los camaradas, Profesor —añadió en tono reprobatorio—. ¿Te dijo algo? ¿Te dio alguna idea de sus intenciones? No lo había visto en un mes. Parece imposible que se haya ido.

—Me dijo que iba a ser una manifestación contra un edificio —dijo el Profesor—. Tenía que saber al menos eso para preparar el proyectil. Le señalé que apenas tenía una cantidad suficiente para un resultado completamente destructivo, pero me presionó con mucha seriedad para que hiciera lo mejor posible. Como quería algo que pudiera llevarse abiertamente en la mano, propuse hacer uso de una vieja lata de barniz de copal de un galón que casualmente tenía conmigo. Le agradó la idea. Me dio algo de trabajo, porque primero tuve que recortar el fondo y soldarlo de nuevo después. Cuando estaba preparado para su uso, la lata encerraba un frasco de vidrio grueso de boca ancha y bien tapado, relleno alrededor con algo de arcilla húmeda y que contenía dieciséis onzas de polvo verde X2. El detonador estaba conectado con la tapa de rosca de la lata. Era ingenioso: una combinación de tiempo y choque. Le expliqué el sistema. Era un tubo delgado de estaño que encerraba un...

La atención de Ossipon se había desviado.

—¿Qué crees que ha pasado? —interrumpió.

—No sabría decirte. Enroscó la tapa con fuerza, lo que haría la conexión, y luego olvidó el tiempo. Estaba ajustado para veinte minutos. Por otro lado, al hacerse el contacto temporal, un choque brusco provocaría la explosión de inmediato. O bien apuró demasiado el tiempo, o simplemente dejó caer el objeto. El contacto se hizo correctamente; eso al menos me queda claro. El sistema funcionó perfectamente. Y aun así, uno pensaría que un tonto común con prisas sería mucho más propenso a olvidar hacer el contacto por completo. Me preocupaba principalmente ese tipo de fallo. Pero hay más clases de tontos de las que uno puede protegerse. No puedes esperar que un detonador sea absolutamente a prueba de tontos.

Hizo una seña a un camarero. Ossipon permaneció rígido, con la mirada abstraída por el trabajo mental. Después de que el hombre se fuera con el dinero, se levantó con un aire de profunda insatisfacción.

—Es extremadamente desagradable para mí —reflexionó—. Karl ha estado en cama con bronquitis durante una semana. Hay una probabilidad igual de que nunca vuelva a levantarse. Michaelis está dándose la gran vida en el campo en algún lugar. Un editor de moda le ha ofrecido quinientas libras por un libro. Será un fracaso espantoso. Ya sabes, ha perdido el hábito del pensamiento consecutivo en la cárcel.

El Profesor, de pie, abotonándose ahora el abrigo, miró a su alrededor con perfecta indiferencia.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ossipon con cansancio. Temía la culpa del Comité Rojo Central, un cuerpo que no tenía lugar de residencia permanente y de cuya membresía no estaba exactamente informado. Si este asunto terminaba en la suspensión del modesto subsidio asignado a la publicación de los panfletos del F. P., entonces, en efecto, tendría que lamentar la inexplicable locura de Verloc.

—La solidaridad con la forma de acción más extrema es una cosa, y la imprudencia estúpida es otra —dijo, con una especie de brutalidad sombría—. No sé qué le pasó a Verloc. Hay algún misterio ahí. Sin embargo, se ha ido. Puedes tomarlo como quieras, pero dadas las circunstancias, la única política para el grupo revolucionario militante es negar toda conexión con este maldito capricho tuyo. Cómo hacer que la negativa sea lo suficientemente convincente es lo que me molesta.

El hombrecito de pie, abotonado y listo para irse, no era más alto que el Ossipon sentado. Dirigió sus gafas hacia el rostro de este último a quemarropa.

—Podrías pedirle a la policía un certificado de buena conducta. Saben dónde durmió cada uno de vosotros anoche. Quizás si se lo pidieras, accederían a publicar algún tipo de declaración oficial.

—Sin duda son muy conscientes de que no tuvimos nada que ver con esto —masculló Ossipon con amargura—. Lo que digan es otra cosa. —Permaneció pensativo, ignorando la figura corta, lúgubre y andrajosa que estaba a su lado—. Debo poner mis manos sobre Michaelis de inmediato y hacer que hable desde el corazón en una de nuestras reuniones. El público tiene una especie de consideración sentimental por ese tipo. Su nombre es conocido. Y estoy en contacto con algunos reporteros de los grandes diarios. Lo que diría sería una tontería absoluta, pero tiene un giro al hablar que hace que aun así sea aceptado.

—Como melaza —interpuso el Profesor, bastante bajo, manteniendo una expresión impasible.

El desconcertado Ossipon siguió comulgando consigo mismo a media voz, a la manera de un hombre que reflexiona en perfecta soledad.

—¡Burro rematado! Dejar semejante asunto imbécil en mis manos. Y ni siquiera sé si...

Se sentó con los labios apretados. La idea de ir a buscar noticias directamente a la tienda carecía de encanto. Su noción era que la tienda de Verloc ya podría haber sido convertida en una trampa policial. Estarán obligados a hacer algunos arrestos, pensó, con algo parecido a una indignación virtuosa, pues el curso uniforme de su vida revolucionaria se veía amenazado sin culpa suya. Y, sin embargo, a menos que fuera allí, corría el riesgo de permanecer en la ignorancia de lo que tal vez sería muy esencial para él saber. Luego reflexionó que, si el hombre del parque había quedado tan destrozado como decían los periódicos de la tarde, no podría haber sido identificado. Y si era así, la policía no podría tener ninguna razón especial para vigilar la tienda de Verloc más de cerca que cualquier otro lugar conocido por ser frecuentado por anarquistas marcados; no más razón, de hecho, que para vigilar las puertas del Silenus. Habría mucha vigilancia por todas partes, sin importar a dónde fuera. Aun así...

—Me pregunto qué será mejor que haga ahora —murmuró, consultándose a sí mismo.

Una voz áspera a su lado dijo, con desdén sosegado:

—Aferrate a la mujer mientras valga la pena.

Tras pronunciar estas palabras, el Profesor se alejó de la mesa. Ossipon, a quien esa percepción había tomado desprevenido, dio un respingo ineficaz y permaneció quieto, con una mirada de impotencia, como si estuviera clavado en el asiento de su silla. El piano solitario, sin siquiera un taburete para ayudarlo, tocó unos cuantos acordes con valentía y, comenzando una selección de aires nacionales, lo despidió finalmente al son de “Blue Bells of Scotland”. Las notas dolorosamente separadas se desvanecieron a sus espaldas mientras subía lentamente las escaleras, cruzaba el vestíbulo y salía a la calle.

Frente a la gran entrada, una lúgubre hilera de vendedores de periódicos, alejados de la acera, repartía sus mercancías desde la cuneta. Era un día crudo y sombrío de principios de primavera; y el cielo mugriento, el barro de las calles, los harapos de los hombres sucios, armonizaban excelentemente con la erupción de las hojas de papel húmedas y basura, manchadas con tinta de imprenta. Los carteles, maculados de suciedad, adornaban como tapices el tramo del bordillo. El comercio de periódicos de la tarde era animado, sin embargo, en comparación con la marcha rápida y constante del tráfico peatonal, el efecto era de indiferencia, de una distribución ignorada. Ossipon miró apresuradamente en ambas direcciones antes de salir a las corrientes cruzadas, pero el Profesor ya estaba fuera de vista.

CAPÍTULO V

El Profesor había girado hacia una calle a la izquierda y caminaba con la cabeza erguida rígidamente, entre una multitud en la que casi cada individuo superaba su estatura achaparrada. Era inútil fingir ante sí mismo que no estaba decepcionado. Pero eso era mera sensación; el estoicismo de su pensamiento no podía ser perturbado por este o cualquier otro fracaso. La próxima vez, o la siguiente, se daría un golpe certero —algo realmente sorprendente—, un golpe capaz de abrir la primera grieta en el imponente frente del gran edificio de las concepciones legales que alberga la atroz injusticia de la sociedad. De origen humilde, y con una apariencia realmente tan mezquina que se interponía en el camino de sus considerables habilidades naturales, su imaginación se había encendido pronto con las historias de hombres que ascendían desde las profundidades de la pobreza a posiciones de autoridad y opulencia. La pureza extrema, casi ascética, de su pensamiento, combinada con una asombrosa ignorancia de las condiciones mundanas, le había fijado una meta de poder y prestigio que debía alcanzarse sin el medio de artes, gracias, tacto o riqueza, solo por el peso puro del mérito. Desde ese punto de vista, se consideraba con derecho a un éxito indiscutible. Su padre, un entusiasta oscuro y delicado con la frente inclinada, había sido un predicador itinerante y estimulante de alguna secta cristiana oscura pero rígida, un hombre supremamente confiado en los privilegios de su justicia. En el hijo, individualista por temperamento, una vez que la ciencia de las universidades reemplazó por completo la fe de los conventículos, esta actitud moral se tradujo en un puritanismo frenético de ambición. Lo alimentó como algo secularmente sagrado. Verlo frustrado le abrió los ojos a la verdadera naturaleza del mundo, cuya moralidad era artificial, corrupta y blasfema. El camino incluso de las revoluciones más justificables está preparado por impulsos personales disfrazados de credos. La indignación del Profesor encontró en sí misma una causa final que lo absolvió del pecado de recurrir a la destrucción como agente de su ambición. Destruir la fe pública en la legalidad era la fórmula imperfecta de su fanatismo pedante; pero la convicción subconsciente de que el marco de un orden social establecido no puede ser efectivamente destrozado sino por alguna forma de violencia colectiva o individual era precisa y correcta. Era un agente moral; eso estaba decidido en su mente. Al ejercer su agencia con despiadado desafío, se procuraba las apariencias de poder y prestigio personal. Eso era innegable para su amargura vengativa. Pacificaba su inquietud; y a su manera, los más ardientes revolucionarios tal vez no están haciendo más que buscar la paz en común con el resto de la humanidad: la paz de la vanidad calmada, de los apetitos satisfechos o quizás de la conciencia apaciguada.

Perdido en la multitud, miserable y de baja estatura, meditaba con confianza en su poder, manteniendo la mano en el bolsillo izquierdo de sus pantalones, agarrando ligeramente la bola de caucho, la garantía suprema de su libertad siniestra; pero después de un tiempo se sintió desagradablemente afectado por la vista de la calzada repleta de vehículos y de la acera abarrotada de hombres y mujeres. Estaba en una calle larga y recta, poblada por una mera fracción de una inmensa multitud; pero a su alrededor, y más allá, incluso hasta los límites del horizonte ocultos por los enormes montones de ladrillos, sentía la masa de la humanidad poderosa en sus números. Pululaban numerosos como langostas, industriosos como hormigas, irreflexivos como una fuerza natural, empujando ciegos, ordenados y absortos, impermeables al sentimiento, a la lógica, y quizás también al terror.

Esa era la forma de duda que más temía. ¡Impermeables al miedo! A menudo, mientras caminaba por ahí, cuando también le sucedía salir de sí mismo, tenía esos momentos de desconfianza terrible y cuerda hacia la humanidad. ¿Y si nada pudiera moverlos? Tales momentos llegan a todos los hombres cuya ambición apunta a un control directo sobre la humanidad: artistas, políticos, pensadores, reformadores o santos. Un estado emocional despreciable este, contra el cual la soledad fortifica a un carácter superior; y con severa exaltación, el Profesor pensaba en el refugio de su habitación, con su armario cerrado con candado, perdido en un desierto de casas pobres, la ermita del anarquista perfecto. Para llegar antes al punto donde podía tomar su autobús, salió bruscamente de la calle populosa hacia un callejón estrecho y oscuro pavimentado con losas. A un lado, las casas bajas de ladrillo tenían en sus polvorientas ventanas el aspecto ciego y moribundo de una decadencia incurable: conchas vacías esperando la demolición. Del otro lado, la vida no había partido del todo todavía. Frente a la única lámpara de gas bostezaba la caverna de un comerciante de muebles de segunda mano, donde, en la profundidad de la penumbra de una especie de avenida estrecha que serpenteaba a través de un bosque extraño de armarios, con un sotobosque enredado de patas de mesa, un alto espejo de cuerpo entero brillaba como una charca de agua en un bosque. Un sofá infeliz y sin hogar, acompañado por dos sillas sin relación, estaba al aire libre. El único ser humano que hacía uso del callejón además del Profesor, que venía robusto y erguido desde la dirección opuesta, detuvo su paso oscilante de repente.

—¡Hola! —dijo, y se mantuvo un poco a un lado, vigilante.

El Profesor ya se había detenido, con un medio giro preparado que puso sus hombros muy cerca de la otra pared. Su mano derecha cayó ligeramente sobre el respaldo del sofá abandonado, la izquierda permaneció hundida deliberadamente en el bolsillo del pantalón, y la redondez de las gafas de montura pesada impartía un carácter de búho a su rostro sombrío e imperturbable.

Fue como un encuentro en un pasillo lateral de una mansión llena de vida. El hombre robusto estaba abotonado en un abrigo oscuro y llevaba un paraguas. Su sombrero, inclinado hacia atrás, dejaba al descubierto gran parte de la frente, que parecía muy blanca en la oscuridad. En los parches oscuros de las órbitas, los globos oculares brillaban intensamente. Largos bigotes caídos, del color del maíz maduro, enmarcaban con sus puntas el bloque cuadrado de su barbilla afeitada.

—No te estoy buscando —dijo bruscamente.

El Profesor no se movió ni un centímetro. Los ruidos mezclados de la enorme ciudad se hundieron hasta convertirse en un murmullo bajo e inarticulado. El inspector jefe Heat, del Departamento de Crímenes Especiales, cambió su tono.

—¿No tienes prisa por llegar a casa? —preguntó con sencillez burlona.

El pequeño agente moral de destrucción, de aspecto enfermizo, se regocijaba en silencio por la posesión de prestigio personal, manteniendo a raya a este hombre armado con el mandato defensivo de una sociedad amenazada. Más afortunado que Calígula, que deseaba que el Senado romano tuviera una sola cabeza para la mejor satisfacción de su cruel lascivia, él contemplaba en ese único hombre todas las fuerzas que había desafiado: la fuerza de la ley, la propiedad, la opresión y la injusticia. Contemplaba a todos sus enemigos, y los enfrentaba sin miedo en una satisfacción suprema de su vanidad. Permanecían perplejos ante él como si estuvieran ante un presagio terrible. Se regodeaba interiormente con la oportunidad de este encuentro que afirmaba su superioridad sobre toda la multitud de la humanidad.

En realidad, fue un encuentro casual. El inspector jefe Heat había tenido un día desagradablemente ocupado desde que su departamento recibió el primer telegrama de Greenwich poco antes de las once de la mañana. En primer lugar, el hecho de que se intentara el ultraje menos de una semana después de haber asegurado a un alto funcionario que no se debía temer ningún brote de actividad anarquista era suficientemente molesto. Si alguna vez pensó que estaba seguro al hacer una declaración, fue entonces. Había hecho esa declaración con infinita satisfacción para sí mismo, porque estaba claro que el alto funcionario deseaba mucho escuchar precisamente eso. Había afirmado que nada por el estilo podría siquiera pensarse sin que el departamento lo supiera en veinticuatro horas; y había hablado así en su conciencia de ser el gran experto de su departamento. Había llegado incluso a pronunciar palabras que la verdadera sabiduría habría retenido. Pero el inspector jefe Heat no era muy sabio, al menos no verdaderamente. La verdadera sabiduría, que no está segura de nada en este mundo de contradicciones, le habría impedido alcanzar su posición actual. Habría alarmado a sus superiores y acabado con sus posibilidades de ascenso. Su ascenso había sido muy rápido.

Y el alto funcionario se había dignado sonreír. Esto resultaba tan obviamente lo correcto que debía decir un oficial de la reputación del inspector jefe Heat, que resultaba perfectamente encantador. El alto funcionario creía la declaración, la cual encajaba con su idea de la conveniencia de las cosas. Su sabiduría era de una clase oficial, o de lo contrario podría haber reflexionado sobre un asunto no de teoría, sino de experiencia: que en el tejido estrechamente entrelazado de las relaciones entre conspirador y policía ocurren soluciones de continuidad inesperadas, agujeros repentinos en el espacio y el tiempo. Un anarquista determinado puede ser vigilado pulgada a pulgada y minuto a minuto, pero siempre llega un momento en que, de alguna manera, se pierde todo rastro y contacto con él durante unas horas, durante las cuales algo (generalmente una explosión) más o menos deplorable sucede. Pero el alto funcionario, llevado por su sentido de la conveniencia de las cosas, había sonreído, y ahora el recuerdo de esa sonrisa resultaba muy molesto para el inspector jefe Heat, principal experto en procedimientos anarquistas.

Esta no era la única circunstancia cuyo recuerdo deprimía la habitual serenidad del eminente especialista. Había otra que se remontaba a esa misma mañana. El pensamiento de que, al ser llamado con urgencia al despacho privado de su comisario ayudante, no había podido ocultar su asombro era claramente irritante. Su instinto de hombre de éxito le había enseñado hace mucho tiempo que, por regla general, una reputación se construye tanto sobre las maneras como sobre los logros. Y sentía que sus maneras al enfrentarse al telegrama no habían sido impresionantes. Había abierto mucho los ojos y exclamado: «¡Imposible!», exponiéndose así a la irrefutable réplica de una punta de dedo apoyada con fuerza sobre el telegrama que el comisario ayudante, tras leerlo en voz alta, había arrojado sobre el escritorio. Ser aplastado, por así decirlo, bajo la punta de un dedo índice era una experiencia desagradable. ¡Y muy perjudicial, además! Por otra parte, el inspector jefe Heat era consciente de no haber arreglado las cosas al permitirse expresar una convicción.

«Hay una cosa que puedo decirle de inmediato: ninguno de los nuestros ha tenido nada que ver con esto».

Se sentía fuerte en su integridad de buen detective, pero ahora veía que una reserva impenetrable y atenta ante este incidente habría servido mejor a su reputación. Por otro lado, admitía para sí mismo que era difícil preservar la propia reputación si personas ajenas iban a intervenir en el asunto. Los extraños son la ruina de la policía, al igual que de otras profesiones. El tono de los comentarios del comisario ayudante había sido lo suficientemente ácido como para poner los dientes de cualquiera al límite.

Y desde el desayuno, el inspector jefe Heat no había conseguido comer nada.

Comenzando de inmediato a iniciar su investigación en el lugar, había tragado una buena cantidad de niebla cruda y malsana en el parque. Luego se había dirigido al hospital; y cuando la investigación en Greenwich concluyó por fin, había perdido el apetito. No acostumbrado, como los médicos, a examinar de cerca los restos destrozados de seres humanos, se había sentido conmocionado por la visión revelada a su vista cuando una sábana impermeable fue levantada de una mesa en cierta dependencia del hospital.

Otra sábana impermeable estaba extendida sobre esa mesa a modo de mantel, con las esquinas vueltas hacia arriba sobre una especie de montículo: un montón de trapos, chamuscados y manchados de sangre, que ocultaban a medias lo que podría haber sido una acumulación de materia prima para un festín caníbal. Hacía falta una considerable firmeza de ánimo para no retroceder ante aquella visión. El inspector jefe Heat, un oficial eficiente de su departamento, se mantuvo firme, pero durante un minuto entero no avanzó. Un agente local de uniforme lanzó una mirada de reojo y dijo, con estólida sencillez:

«Está todo ahí. Cada pedacito. Fue un buen trabajo».

Él había sido el primero en llegar al lugar después de la explosión. Mencionó el hecho de nuevo. Había visto algo parecido a un fuerte relámpago en la niebla. En ese momento estaba de pie en la puerta del King William Street Lodge hablando con el portero. La conmoción le hizo sentir un hormigueo por todo el cuerpo. Corrió entre los árboles hacia el Observatorio. «Tan rápido como mis piernas me permitieron», repitió dos veces.

El inspector jefe Heat, inclinándose hacia adelante sobre la mesa de una manera cautelosa y horrorizada, le dejó hablar. El celador del hospital y otro hombre bajaron las esquinas de la tela y se hicieron a un lado. Los ojos del inspector jefe escudriñaron los macabros detalles de aquel montón de cosas mezcladas, que parecían haber sido recogidas en mataderos y tiendas de trapos.

«Usó una pala», observó, al notar una rociada de grava pequeña, diminutos trozos marrones de corteza y partículas de madera astillada tan finas como agujas.

«Tuve que hacerlo en un lugar», dijo el estólido agente. «Envié a un vigilante a buscar una pala. Cuando me oyó raspar el suelo con ella, apoyó la frente contra un árbol y se puso enfermo como un perro».

El inspector jefe, encorvado cautelosamente sobre la mesa, luchó contra la desagradable sensación en su garganta. La violencia devastadora de la destrucción que había hecho de aquel cuerpo un montón de fragmentos sin nombre afectó sus sentimientos con una sensación de crueldad despiadada, aunque su razón le decía que el efecto debió de ser tan rápido como un relámpago. El hombre, fuera quien fuera, había muerto instantáneamente; y sin embargo, parecía imposible creer que un cuerpo humano pudiera haber llegado a ese estado de desintegración sin pasar por los dolores de una agonía inconcebible. Sin ser fisiólogo, y mucho menos metafísico, el inspector jefe Heat se elevó por la fuerza de la simpatía, que es una forma de miedo, por encima de la concepción vulgar del tiempo. ¡Instantáneo! Recordó todo lo que había leído alguna vez en publicaciones populares sobre sueños largos y aterradores soñados en el instante de despertar; sobre toda la vida pasada vivida con intensidad aterradora por un hombre que se ahoga mientras su cabeza condenada emerge, chorreando, por última vez. Los inexplicables misterios de la existencia consciente asediaron al inspector jefe Heat hasta que desarrolló una horrible noción de que siglos de dolor atroz y tortura mental podían contenerse entre dos guiños sucesivos de un ojo. Y mientras tanto, el inspector jefe continuaba, escudriñando la mesa con rostro tranquilo y la atención ligeramente ansiosa de un cliente indigente que se inclina sobre lo que podría llamarse los subproductos de una carnicería con vistas a una barata cena de domingo. Todo el tiempo, sus facultades entrenadas de excelente investigador, que no desprecia ninguna posibilidad de información, seguían la verborrea inconexa y satisfecha de sí mismo del agente.

«Un tipo rubio», observó el último en un tono plácido, y se detuvo. «La vieja que habló con el sargento notó a un tipo rubio saliendo de la estación de Maze Hill». Hizo una pausa. «Y era un tipo rubio. Ella notó a dos hombres saliendo de la estación después de que el tren ascendente se hubiera marchado», continuó lentamente. «No pudo decir si estaban juntos. No prestó especial atención al grande, pero el otro era un tipo rubio y menudo, que llevaba una lata de barniz en una mano». El agente calló.

«¿Conoce a la mujer?», murmuró el inspector jefe, con los ojos fijos en la mesa y una vaga idea en su mente de una investigación que se llevaría a cabo pronto sobre una persona que probablemente permanecería para siempre desconocida.

«Sí. Es el ama de llaves de un tabernero jubilado y asiste a veces a la capilla de Park Place», pronunció el agente con gravedad, y se detuvo, con otra mirada oblicua a la mesa.

Luego, de repente: «Bueno, aquí está; todo lo que pude ver de él. Rubio. Menudo... lo suficientemente menudo. Mire ese pie de ahí. Recogí las piernas primero, una tras otra. Estaba tan disperso que no sabías por dónde empezar».

El agente hizo una pausa; el más mínimo parpadeo de una sonrisa inocente y jactanciosa dotó a su cara redonda de una expresión infantil.

«Tropezó», anunció positivamente. «Yo mismo tropecé una vez y caí de cabeza también, mientras corría hacia arriba. Esas raíces sobresalen por todas partes. Tropezó contra la raíz de un árbol y cayó, y eso que llevaba debió de estallar justo debajo de su pecho, supongo».

El eco de las palabras «Persona desconocida» repitiéndose en su conciencia interior molestaba considerablemente al inspector jefe. Le habría gustado rastrear este asunto hasta su misterioso origen para su propia información. Tenía curiosidad profesional. Ante el público, le habría gustado vindicar la eficacia de su departamento estableciendo la identidad de aquel hombre. Era un servidor leal. Eso, sin embargo, parecía imposible. El primer término del problema era ilegible; carecía de toda sugerencia salvo la de una crueldad atroz.

Superando su repugnancia física, el inspector jefe Heat extendió la mano sin convicción para aliviar su conciencia y tomó el menos sucio de los trapos. Era una estrecha tira de terciopelo con un trozo triangular más grande de paño azul oscuro colgando de ella. Lo sostuvo frente a sus ojos; y el agente de policía habló.

«Cuello de terciopelo. Es curioso que la anciana se fijara en el cuello de terciopelo. Abrigo azul oscuro con cuello de terciopelo, nos ha dicho. Era el tipo que ella vio, sin lugar a dudas. Y aquí está todo completo, cuello de terciopelo y todo. No creo que me haya perdido ni un solo trozo del tamaño de un sello de correos».

En este punto, las facultades entrenadas del inspector jefe dejaron de oír la voz del agente. Se movió hacia una de las ventanas para tener mejor luz. Su rostro, apartado de la sala, expresaba un interés intenso y sobresaltado mientras examinaba de cerca el trozo triangular de paño. Con un tirón repentino lo separó, y solo después de metérselo en el bolsillo se dio la vuelta hacia la sala y arrojó el cuello de terciopelo de nuevo sobre la mesa.

«Cubran esto», ordenó secamente a los asistentes, sin mirar otra vez, y, saludado por el agente, se llevó su botín apresuradamente.

Un tren conveniente lo llevó rápidamente a la ciudad, solo y profundamente pensativo, en un compartimento de tercera clase. Ese trozo de tela chamuscado era increíblemente valioso, y no podía evitar su asombro por la manera casual en que había llegado a su posesión. Era como si el Destino hubiera puesto esa pista en sus manos. Y siguiendo la costumbre del hombre común, cuya ambición es controlar los acontecimientos, comenzó a desconfiar de un éxito tan gratuito y accidental, simplemente porque parecía habérsele impuesto. El valor práctico del éxito depende no poco de la forma en que uno lo mire. Pero el Destino no mira nada. No tiene discreción. Ya no consideraba eminentemente deseable en todos los sentidos establecer públicamente la identidad del hombre que se había volado por los aires esa mañana con tal horrible perfección. Pero no estaba seguro de la postura que adoptaría su departamento. Un departamento es para quienes emplea una personalidad compleja con ideas e incluso manías propias. Depende de la lealtad devota de sus servidores, y la lealtad devota de los servidores de confianza está asociada con una cierta cantidad de afectuoso desprecio, que lo mantiene dulce, por así decirlo. Por una benevolente disposición de la Naturaleza, nadie es un héroe para su ayuda de cámara, o de lo contrario los héroes tendrían que cepillarse su propia ropa. Del mismo modo, ningún departamento parece perfectamente sabio a la intimidad de sus trabajadores. Un departamento no sabe tanto como algunos de sus servidores. Siendo un organismo impasible, nunca puede estar perfectamente informado. No sería bueno para su eficiencia saber demasiado. El inspector jefe Heat bajó del tren en un estado de reflexión totalmente libre de deslealtad, pero no del todo exento de esa desconfianza celosa que tan a menudo surge en el terreno de la devoción perfecta, ya sea hacia mujeres o hacia instituciones.

Fue con esta disposición mental, físicamente muy vacío, pero todavía con náuseas por lo que había visto, como se había topado con el Profesor. Bajo estas condiciones que propician la irritabilidad en un hombre sano y normal, este encuentro fue especialmente inoportuno para el inspector jefe Heat. No había estado pensando en el Profesor; no había estado pensando en ningún anarquista en particular. El cariz de aquel caso le había impuesto de alguna manera la idea general de lo absurdo de las cosas humanas, lo cual en abstracto es suficientemente molesto para un temperamento no filosófico, y en casos concretos se vuelve exasperante hasta el límite de la resistencia. Al comienzo de su carrera, el inspector jefe Heat se había ocupado de las formas más enérgicas de robo. Se había ganado sus galones en ese ámbito y, naturalmente, había conservado por él, tras su ascenso a otro departamento, un sentimiento que no estaba muy lejos del afecto. Robar no era un absurdo absoluto. Era una forma de industria humana, perversa, sí, pero una industria ejercida en un mundo industrioso; era un trabajo emprendido por la misma razón que el trabajo en las alfarerías, en las minas de carbón, en los campos, en los talleres de afilado de herramientas. Era trabajo, cuya diferencia práctica con las otras formas de trabajo consistía en la naturaleza de su riesgo, que no residía en la anquilosis, ni en el envenenamiento por plomo, ni en el grisú, ni en el polvo arenoso, sino en lo que puede definirse brevemente en su propia fraseología especial como «Siete años de trabajos forzados». El inspector jefe Heat, por supuesto, no era insensible a la gravedad de las diferencias morales. Pero tampoco lo eran los ladrones a los que había estado vigilando. Se sometían a las severas sanciones de una moralidad familiar para el inspector jefe Heat con cierta resignación.

Eran sus conciudadanos que se habían desviado debido a una educación imperfecta, creía el inspector jefe Heat; pero, admitiendo esa diferencia, podía entender la mente de un ladrón, porque, de hecho, la mente y los instintos de un ladrón son del mismo tipo que la mente y los instintos de un oficial de policía. Ambos reconocen las mismas convenciones y tienen un conocimiento práctico de los métodos del otro y de la rutina de sus respectivos oficios. Se entienden mutuamente, lo cual es ventajoso para ambos y establece una especie de amenidad en sus relaciones. Productos de la misma máquina, uno clasificado como útil y el otro como nocivo, dan por sentada la máquina de diferentes maneras, pero con una seriedad esencialmente igual. La mente del inspector jefe Heat era inaccesible a las ideas de revuelta. Pero sus ladrones no eran rebeldes. Su vigor corporal, su manera fría e inflexible, su coraje y su imparcialidad le habían granjeado mucho respeto y algo de adulación en el ámbito de sus primeros éxitos. Se había sentido venerado y admirado. Y el inspector jefe Heat, detenido a seis pasos del anarquista apodado el Profesor, tuvo un pensamiento de arrepentimiento por el mundo de los ladrones: cuerdos, sin ideales mórbidos, trabajando por rutina, respetuosos con las autoridades constituidas, libres de toda mancha de odio y desesperación.

Tras rendir este tributo a lo que es normal en la constitución de la sociedad (pues la idea del robo le parecía a su instinto tan normal como la idea de la propiedad), el inspector jefe Heat se sintió muy enfadado consigo mismo por haberse detenido, por haber hablado, por haber tomado ese camino después de todo bajo el pretexto de que era un atajo desde la estación hasta el cuartel general. Y volvió a hablar con su voz grande y autoritaria, que, al ser moderada, tenía un carácter amenazador.

«No te buscamos, te lo digo yo», repitió.

El anarquista no se movió. Una risa interior de escarnio dejó al descubierto no solo sus dientes, sino también sus encías, y lo sacudió por completo, sin el más mínimo sonido. El inspector jefe Heat fue llevado a añadir, contra su mejor juicio:

«Todavía no. Cuando te quiera, sabré dónde encontrarte».

Esas fueron palabras perfectamente adecuadas, dentro de la tradición y apropiadas a su carácter de oficial de policía dirigiéndose a uno de los miembros de su rebaño especial. Pero la recepción que obtuvieron se apartó de la tradición y la propiedad. Fue escandalosa. La figura raquítica y débil que tenía ante sí habló por fin.

«No me cabe duda de que los periódicos te dedicarían una nota necrológica entonces. Tú mejor que nadie sabes lo que valdría eso para ti. Creo que puedes imaginar fácilmente el tipo de cosas que se imprimirían. Pero podrías exponerte a la desagradable situación de ser enterrado conmigo, aunque supongo que tus amigos harían un esfuerzo por separarnos tanto como fuera posible».

Con todo su saludable desprecio por el espíritu que dictaba tales discursos, la atroz alusión de las palabras tuvo su efecto en el inspector jefe Heat. Tenía demasiada perspicacia, y también demasiada información exacta, como para descartarlas como basura. El crepúsculo de este estrecho callejón adquirió un tinte siniestro por la oscura y frágil figurilla, de espaldas a la pared, que hablaba con una voz débil y segura de sí misma. Para la vigorosa y tenaz vitalidad del inspector jefe, la miseria física de aquel ser, tan obviamente no apto para vivir, resultaba ominosa; pues le parecía que, si tuviera la desgracia de ser un objeto tan miserable, no le importaría lo pronto que muriera. La vida tenía un agarre tan fuerte sobre él que una nueva oleada de náuseas estalló en un ligero sudor sobre su frente. El murmullo de la vida urbana, el sordo retumbar de las ruedas en las dos calles invisibles a derecha e izquierda, llegaba a sus oídos a través de la curva del sórdido callejón con una preciosa familiaridad y una dulzura atrayente. Era humano. Pero el inspector jefe Heat era también un hombre, y no podía dejar pasar tales palabras.

«Todo esto sirve para asustar a los niños», dijo. «Ya te atraparé».

Estaba muy bien dicho, sin desdén, con una quietud casi austera.

«Sin duda», fue la respuesta; «pero no hay mejor momento que el presente, créeme. Para un hombre de convicciones reales, esta es una excelente oportunidad de autosacrificio. Puede que no encuentres otra tan favorable, tan humana. No hay ni siquiera un gato cerca de nosotros, y estas viejas casas condenadas harían un buen montón de escombros donde estás parado. Nunca me conseguirás con tan poco coste de vida y propiedad, que te pagan por proteger».

«No sabes con quién estás hablando», dijo el inspector jefe Heat con firmeza. «Si pusiera mis manos sobre ti ahora, no sería mejor que tú mismo».

«¡Ah! ¡El juego!».

«Puedes estar seguro de que nuestro bando ganará al final. Puede que sea necesario hacer que la gente crea que algunos de vosotros deberíais ser abatidos al veros como perros rabiosos. Entonces ese será el juego. Pero que me condenen si sé cuál es el tuyo. No creo que ni vosotros mismos lo sepáis. Nunca conseguiréis nada con ello».

«Mientras tanto, eres tú quien obtiene algo de ello, hasta ahora. Y lo obtienes fácilmente, además. No hablaré de tu salario, pero ¿no te has hecho un nombre simplemente por no entender lo que buscamos?».

«¿Qué buscáis, entonces?», preguntó el inspector jefe Heat con despectiva prisa, como un hombre apresurado que percibe que está perdiendo el tiempo.

El anarquista perfecto respondió con una sonrisa que no separó sus delgados labios incoloros; y el célebre inspector jefe sintió una sensación de superioridad que le indujo a levantar un dedo de advertencia.

«Déjalo, sea lo que sea», dijo en tono de amonestación, pero no tan amablemente como si estuviera condescendiendo a dar un buen consejo a un ladrón de renombre. «Déjalo. Descubrirás que somos demasiados para ti».

La sonrisa fija en los labios del Profesor vaciló, como si el espíritu burlón en su interior hubiera perdido la seguridad. El inspector jefe Heat continuó:

«¿No me crees, eh? Bueno, solo tienes que mirar a tu alrededor. Lo somos. Y de todos modos, no lo estás haciendo bien. Siempre estropeáis las cosas. Vaya, si los ladrones no conocieran mejor su trabajo, se morirían de hambre».

La insinuación de una multitud invencible a espaldas de aquel hombre despertó una sombría indignación en el pecho del Profesor. Ya no sonreía con su sonrisa enigmática y burlona. El poder de resistencia de los números, la inatacable estolidez de una gran multitud, era el miedo obsesivo de su siniestra soledad. Sus labios temblaron durante algún tiempo antes de que lograra decir con voz estrangulada:

«Estoy haciendo mi trabajo mejor de lo que tú haces el tuyo».

—Eso ya basta —interrumpió el inspector jefe Heat apresuradamente; y el Profesor se echó a reír a carcajadas esta vez. Mientras seguía riendo, se alejó; pero no rió por mucho tiempo. Era un hombrecillo de rostro triste y miserable el que emergió del estrecho pasaje hacia el bullicio de la amplia avenida. Caminaba con el paso laxo de un vagabundo que sigue adelante, siempre adelante, indiferente a la lluvia o al sol, en un siniestro desapego de los aspectos del cielo y la tierra. El inspector jefe Heat, por otra parte, tras observarlo un momento, se puso en marcha con la vivacidad resuelta de un hombre que, si bien desdeña las inclemencias del tiempo, es consciente de tener una misión autorizada en esta tierra y el apoyo moral de los suyos. Todos los habitantes de la inmensa ciudad, la población del país entero e incluso los millones que bullen y se esfuerzan sobre el planeta, estaban con él, hasta los mismos ladrones y mendigos. Sí, los propios ladrones seguramente estarían con él en su labor actual. La conciencia de un apoyo universal en su actividad general le animaba a enfrentarse al problema particular.

El problema que el inspector jefe tenía ante sí era el de manejar al comisario adjunto de su departamento, su superior inmediato. Este es el problema perenne de los servidores fieles y leales; el anarquismo le daba su matiz particular, pero nada más. A decir verdad, el inspector jefe Heat no pensaba mucho en el anarquismo. No le concedía una importancia excesiva y nunca pudo llegar a considerarlo seriamente. Tenía más el carácter de conducta desordenada; desordenada sin la excusa humana de la embriaguez, que al menos implica buen humor y una inclinación amable hacia la festividad. Como criminales, los anarquistas no eran claramente de ninguna clase; de ninguna clase en absoluto. Y recordando al Profesor, el inspector jefe Heat, sin aminorar su paso oscilante, masculló entre dientes:

—Lunático.

Capturar ladrones era otro asunto completamente distinto. Tenía esa cualidad de seriedad que pertenece a toda forma de deporte abierto donde el mejor gana bajo reglas perfectamente comprensibles. No había reglas para tratar con los anarquistas. Y eso le resultaba desagradable al inspector jefe. Todo era insensatez, pero esa insensatez excitaba la mente pública, afectaba a personas en las altas esferas y rozaba las relaciones internacionales. Un desprecio duro y despiadado se instaló con rigidez en el rostro del inspector jefe mientras seguía caminando. Su mente repasó a todos los anarquistas de su rebaño. Ni uno solo de ellos tenía la mitad del valor de este o aquel ladrón que él había conocido. Ni la mitad, ni una décima parte.

En la central, el inspector jefe fue admitido de inmediato en el despacho privado del comisario adjunto. Lo encontró, pluma en mano, inclinado sobre una gran mesa atestada de papeles, como si adorara un enorme tintero doble de bronce y cristal. Tubos acústicos que recordaban a serpientes estaban atados por las boquillas al respaldo de la silla de madera del comisario adjunto, y sus bocas abiertas parecían dispuestas a morderle los codos. Y en esta postura levantó solo los ojos, cuyos párpados eran más oscuros que su rostro y estaban muy arrugados. Los informes habían llegado: cada anarquista había sido localizado con total exactitud.

Tras decir esto, bajó los ojos, firmó rápidamente dos hojas sueltas y solo entonces dejó la pluma y se echó hacia atrás en la silla, dirigiendo una mirada inquisitiva a su renombrado subordinado. El inspector jefe lo soportó bien, deferente pero inescrutable.

—Me atrevería a decir que tenía razón —dijo el comisario adjunto— al decirme al principio que los anarquistas de Londres no tenían nada que ver con esto. Aprecio mucho la excelente vigilancia que sus hombres mantienen sobre ellos. Por otra parte, para el público, esto no supone más que una confesión de ignorancia.

La forma de expresarse del comisario adjunto era pausada, casi cautelosa. Su pensamiento parecía quedar suspendido sobre una palabra antes de pasar a otra, como si las palabras fueran los peldaños para que su intelecto fuera abriéndose camino a través de las aguas del error. —A menos que haya traído algo útil de Greenwich —añadió.

El inspector jefe comenzó de inmediato el relato de su investigación de una manera clara y directa. Su superior, girando un poco la silla y cruzando sus piernas delgadas, se inclinó lateralmente sobre el codo, con una mano sombreando sus ojos. Su actitud al escuchar tenía una especie de gracia angulosa y triste. Destellos como de plata muy bruñida jugaban en los lados de su cabeza de color negro ébano cuando la inclinó lentamente al final.

El inspector jefe Heat esperó con el aspecto de estar sopesando en su mente todo lo que acababa de decir, pero, en realidad, considerando la conveniencia de añadir algo más. El comisario adjunto cortó su vacilación.

—¿Cree que eran dos hombres? —preguntó, sin descubrirse los ojos.

El inspector jefe lo consideró más que probable. En su opinión, los dos hombres se habían separado a menos de cien yardas de los muros del Observatorio. Explicó también cómo el otro hombre pudo haber salido del parque rápidamente sin ser visto. La niebla, aunque no muy densa, estaba a su favor. Parecía haber escoltado al otro hasta el lugar y haberlo dejado allí para que hiciera el trabajo él solo. Teniendo en cuenta el tiempo en que ambos fueron vistos saliendo de la estación de Maze Hill por la anciana, y el momento en que se oyó la explosión, el inspector jefe pensó que el otro hombre podría haber estado en ese momento en la estación de Greenwich Park, listo para tomar el siguiente tren, mientras su camarada se destruía a sí mismo tan minuciosamente.

—Muy minuciosamente, ¿eh? —murmuró el comisario adjunto desde la sombra de su mano.

El inspector jefe, con unas pocas palabras vigorosas, describió el aspecto de los restos. —El jurado del forense se dará un festín —añadió con severidad.

El comisario adjunto descubrió sus ojos.

—No tendremos nada que decirles —observó lánguidamente.

Levantó la vista y durante un tiempo observó la actitud marcadamente evasiva de su inspector jefe. Su naturaleza no era fácilmente accesible a las ilusiones. Sabía que un departamento está a merced de sus oficiales subordinados, que tienen sus propias concepciones de la lealtad. Su carrera había comenzado en una colonia tropical. Le gustaba su trabajo allí. Era trabajo policial. Había tenido mucho éxito rastreando y desarticulando ciertas sociedades secretas nefastas entre los nativos. Luego se tomó su permiso largo y se casó bastante impulsivamente. Fue un buen matrimonio desde un punto de vista mundano, pero su esposa se formó una opinión desfavorable del clima colonial por referencias. Por otro lado, ella tenía conexiones influyentes. Fue un matrimonio excelente. Pero no le gustaba el trabajo que tenía que hacer ahora. Se sentía dependiente de demasiados subordinados y demasiados amos. La presencia cercana de ese extraño fenómeno emocional llamado opinión pública pesaba sobre su ánimo y le alarmaba por su naturaleza irracional. Sin duda, por ignorancia, exageraba para sí mismo su poder para el bien y para el mal —especialmente para el mal—; y los ásperos vientos del este de la primavera inglesa (que le sentaban bien a su esposa) aumentaban su desconfianza general hacia los motivos de los hombres y la eficacia de su organización. La futilidad del trabajo de oficina especialmente le horrorizaba en esos días tan difíciles para su sensible hígado.

Se levantó, desplegándose hasta su altura total, y con una pesadez de paso notable en un hombre tan esbelto, cruzó la habitación hacia la ventana. Los cristales chorreaban lluvia y la corta calle a la que miraba yacía húmeda y vacía, como si hubiera sido barrida repentinamente por una gran riada. Era un día muy difícil, ahogado en una niebla cruda para empezar, y ahora ahogado en lluvia fría. Las llamas parpadeantes y borrosas de las farolas de gas parecían disolverse en una atmósfera acuosa. Y las elevadas pretensiones de una humanidad oprimida por las miserables indignidades del clima parecían una vanidad colosal y desesperada que merecía desprecio, asombro y compasión.

«¡Horrible, horrible!», pensó el comisario adjunto para sí mismo, con el rostro cerca del cristal de la ventana. «Llevamos así diez días; no, una quincena, una quincena». Dejó de pensar por completo durante un tiempo. Esa calma absoluta de su cerebro duró unos tres segundos. Luego dijo de manera rutinaria: —¿Ha iniciado investigaciones para rastrear a ese otro hombre a lo largo de la línea?

No tenía duda de que se había hecho todo lo necesario. El inspector jefe Heat conocía, por supuesto, perfectamente el negocio de la caza del hombre. Y estos eran los pasos rutinarios, además, que cualquier principiante habría dado como algo natural. Unas pocas preguntas entre los revisores y los mozos de las dos pequeñas estaciones de tren darían detalles adicionales sobre la apariencia de los dos hombres; la inspección de los billetes recogidos mostraría de inmediato de dónde venían esa mañana. Era elemental y no podía haberse descuidado. En consecuencia, el inspector jefe respondió que todo eso se había hecho tan pronto como la anciana se presentó con su declaración. Y mencionó el nombre de una estación. —De ahí es de donde vinieron, señor —continuó—. El mozo que recogió los billetes en Maze Hill recuerda a dos sujetos que responden a la descripción pasando por la barrera. Le parecieron dos trabajadores respetables de un tipo superior: pintores de rótulos o decoradores de casas. El hombre grande bajó de un compartimento de tercera clase hacia atrás, con una lata brillante en la mano. En el andén se la dio para que la llevara al joven rubio que le seguía. Todo esto coincide exactamente con lo que la anciana dijo al sargento de policía en Greenwich.

El comisario adjunto, todavía con el rostro vuelto hacia la ventana, expresó su duda de que estos dos hombres tuvieran algo que ver con el atentado. Toda esta teoría se basaba en las declaraciones de una vieja mujer de la limpieza a la que casi había atropellado un hombre con prisas. No era una autoridad muy sólida, a menos que fuera por una inspiración repentina, lo cual era difícilmente sostenible.

—Francamente, ¿podría haber estado realmente inspirada? —preguntó, con grave ironía, manteniendo la espalda hacia la habitación, como si estuviera absorto en la contemplación de las formas colosales de la ciudad medio perdidas en la noche. Ni siquiera se volvió cuando oyó el murmullo de la palabra «providencial» por parte del principal subordinado de su departamento, cuyo nombre, impreso a veces en los periódicos, era familiar para el gran público como el de uno de sus protectores más celosos y trabajadores. El inspector jefe Heat alzó un poco la voz.

—Tiras y trozos de lata brillante eran claramente visibles para mí —dijo—. Esa es una corroboración bastante buena.

—¿Y estos hombres vinieron de esa pequeña estación rural? —reflexionó el comisario adjunto en voz alta, maravillado. Se le dijo que ese era el nombre en dos de los tres billetes entregados de ese tren en Maze Hill. La tercera persona que bajó era un vendedor ambulante de Gravesend bien conocido por los mozos. El inspector jefe transmitió esa información con un tono de finalidad y cierto mal humor, como hacen los servidores leales cuando son conscientes de su fidelidad y del valor de sus esfuerzos leales. Y aun así, el comisario adjunto no se apartó de la oscuridad exterior, tan vasta como un mar.

—Dos anarquistas extranjeros viniendo de ese lugar —dijo, aparentemente al cristal de la ventana—. Es bastante inexplicable.

—Sí, señor. Pero sería aún más inexplicable si ese Michaelis no estuviera alojado en una casa de campo en el vecindario.

Al oír ese nombre, que caía inesperadamente en este asunto molesto, el comisario adjunto desestimó bruscamente el vago recuerdo de su partida diaria de whist en su club. Era el hábito más reconfortante de su vida, en una exhibición mayormente exitosa de su habilidad sin la ayuda de ningún subordinado. Entraba en su club para jugar de cinco a siete, antes de ir a casa a cenar, olvidando durante esas dos horas todo lo que le resultaba desagradable en su vida, como si el juego fuera una droga benéfica para calmar los dolores del descontento moral. Sus compañeros eran el editor sombríamente humorístico de una revista célebre; un abogado anciano y silencioso de ojillos maliciosos; y un viejo coronel muy marcial y sencillo con manos nerviosas y morenas. Eran solo sus conocidos del club. Nunca los veía en otro lugar, excepto en la mesa de juego. Pero todos parecían acercarse al juego con el espíritu de compañeros de sufrimiento, como si fuera realmente una droga contra los males secretos de la existencia; y cada día, a medida que el sol declinaba sobre los incontables tejados de la ciudad, una impaciencia suave y placentera, que se asemejaba al impulso de una amistad segura y profunda, aligeraba sus labores profesionales. Y ahora, esta sensación placentera se extinguió en él con algo parecido a un impacto físico, y fue reemplazada por un tipo especial de interés en su trabajo de protección social: una clase de interés inapropiado, que puede definirse mejor como una desconfianza repentina y alerta hacia el arma que tenía en la mano.

CAPÍTULO VI

La mecenas de Michaelis, el apóstol de las esperanzas humanitarias liberado bajo palabra, era una de las conexiones más influyentes y distinguidas de la esposa del comisario adjunto, a quien llamaba Annie y seguía tratando como a una joven poco sensata y absolutamente inexperta. Pero había consentido en aceptarle en un plano amistoso, lo cual de ninguna manera era el caso con todas las conexiones influyentes de su esposa. Casada joven y espléndidamente en alguna época remota del pasado, había tenido durante un tiempo una visión cercana de los grandes asuntos e incluso de algunos grandes hombres. Ella misma era una gran dama. Anciana ya en el número de sus años, poseía ese tipo de temperamento excepcional que desafía al tiempo con desdén, como si fuera una convención bastante vulgar a la que se sometía la masa de la humanidad inferior. Muchas otras convenciones más fáciles de dejar de lado, ¡ay!, no lograban obtener su reconocimiento, también por razones temperamentales, ya sea porque la aburrían o porque se interponían en el camino de sus desprecios y simpatías. La admiración era un sentimiento desconocido para ella (era una de las penas secretas de su muy noble marido contra ella): en primer lugar, por estar siempre más o menos teñida de mediocridad, y luego por ser, en cierto modo, una admisión de inferioridad. Y ambas cosas eran francamente inconcebibles para su naturaleza. Ser temerariamente franca en sus opiniones le resultaba fácil, ya que juzgaba únicamente desde el punto de vista de su posición social. También era libre en sus acciones; y como su tacto procedía de una humanidad genuina, su vigor físico seguía siendo notable y su superioridad era serena y cordial; tres generaciones la habían admirado infinitamente, y la última que probablemente vería la había calificado de mujer maravillosa. Mientras tanto, inteligente, con una especie de sencillez elevada y curiosa de corazón, pero no como muchas mujeres que se limitan al chisme social, entretenía su vejez atrayendo dentro de su esfera, mediante el poder de su gran prestigio social casi histórico, todo lo que se elevaba sobre el nivel muerto de la humanidad, legal o ilegalmente, por posición, ingenio, audacia, fortuna o desgracia. Altezas reales, artistas, hombres de ciencia, jóvenes estadistas y charlatanes de todas las edades y condiciones, que, insustanciales y ligeros, brotando como corchos, muestran mejor la dirección de las corrientes superficiales, habían sido bienvenidos en esa casa, escuchados, penetrados, comprendidos, valorados, para su propia edificación. En sus propias palabras, le gustaba observar hacia dónde iba el mundo. Y como tenía una mente práctica, su juicio sobre los hombres y las cosas, aunque basado en prejuicios especiales, rara vez era totalmente erróneo y casi nunca obstinado. Su salón era probablemente el único lugar en el ancho mundo donde un comisario adjunto de policía podía encontrarse con un convicto liberado bajo palabra en un terreno que no fuera profesional y oficial. Quién había llevado a Michaelis allí una tarde, el comisario adjunto no lo recordaba muy bien. Tenía la idea de que debió ser cierto miembro del Parlamento de ilustre linaje y simpatías poco convencionales, que eran la broma recurrente de los periódicos cómicos. Las personalidades e incluso las simples notoriedades del día se llevaban mutuamente con libertad a ese templo de la no innoble curiosidad de una anciana. Uno nunca podía adivinar a quién se encontraría siendo recibido en semiprivacidad dentro del biombo de seda azul descolorido y marco dorado, que creaba un rincón acogedor para un diván y algunos sillones en el gran salón, con su murmullo de voces y los grupos de personas sentadas o de pie bajo la luz de seis ventanas altas.

Michaelis había sido objeto de un cambio en el sentimiento popular, el mismo sentimiento que años atrás había aplaudido la ferocidad de la cadena perpetua que se le impuso por complicidad en un intento bastante loco de rescatar a unos prisioneros de un furgón policial. El plan de los conspiradores había sido disparar a los caballos y reducir a la escolta. Desafortunadamente, un agente de policía resultó muerto también. Dejó una esposa y tres hijos pequeños, y la muerte de ese hombre provocó a lo largo y ancho de un reino por cuya defensa, bienestar y gloria los hombres mueren todos los días como deber, un estallido de furiosa indignación, de una rabiosa e implacable piedad por la víctima. Tres de los cabecillas fueron ahorcados. Michaelis, joven y esbelto, cerrajero de oficio y gran asiduo a las escuelas nocturnas, ni siquiera sabía que alguien hubiera muerto; su parte, junto con unos pocos más, era forzar la puerta trasera del vehículo especial. Cuando fue arrestado tenía un manojo de llaves maestras en un bolsillo, un cincel pesado en otro y una palanca corta en la mano: ni más ni menos que un ladrón. Pero ningún ladrón habría recibido una sentencia tan dura. La muerte del agente le había entristecido profundamente, pero también el fracaso del complot. No ocultó ninguno de estos sentimientos a sus compatriotas del jurado, y ese tipo de remordimiento pareció escandalosamente imperfecto ante el abarrotado tribunal. El juez, al dictar sentencia, comentó con sentimiento la depravación y la insensibilidad del joven prisionero.

Eso creó la fama infundada de su condena; la fama de su liberación fue creada para él sin mejores motivos por personas que querían explotar el aspecto sentimental de su encarcelamiento, ya sea para sus propios fines o sin ningún propósito inteligible. Él les dejó hacerlo en la inocencia de su corazón y la sencillez de su mente. Nada de lo que le sucedía individualmente tenía importancia alguna. Era como esos hombres santos cuya personalidad se pierde en la contemplación de su fe. Sus ideas no tenían la naturaleza de convicciones. Eran inaccesibles al razonamiento. Formaban, en todas sus contradicciones y oscuridades, un credo invencible y humanitario, que confesaba más que predicaba, con una gentileza obstinada, una sonrisa de seguridad pacífica en los labios y sus cándidos ojos azules bajos porque la visión de las caras perturbaba su inspiración desarrollada en la soledad. En esa actitud característica, patética en su grotesca e incurable obesidad, que tenía que arrastrar como la bala de un esclavo de galeras hasta el fin de sus días, el comisario adjunto de policía contempló al apóstol liberado ocupando un sillón privilegiado dentro del biombo. Estaba allí, junto a la cabecera del diván de la anciana, de voz suave y tranquilo, sin más autoconciencia que un niño muy pequeño y con algo del encanto de un niño: el encanto atractivo de la confianza. Confiado en el futuro, cuyos caminos secretos le habían sido revelados entre las cuatro paredes de una conocida penitenciaría, no tenía motivos para mirar a nadie con sospecha. Si no podía dar a la gran y curiosa dama una idea muy definida de hacia dónde iba el mundo, había logrado sin esfuerzo impresionarla por su fe inalterada, por la calidad genuina de su optimismo.

Cierta simplicidad de pensamiento es común a las almas serenas en ambos extremos de la escala social. La gran dama era sencilla a su manera. Sus puntos de vista y creencias no tenían nada que pudiera escandalizarla o sorprenderla, puesto que los juzgaba desde la altura de su elevada posición. De hecho, sus simpatías eran fácilmente accesibles para un hombre de esa clase. Ella misma no era una capitalista explotadora; estaba, por así decirlo, por encima del juego de las condiciones económicas. Y poseía una gran capacidad de piedad por las formas más evidentes de las miserias humanas comunes, precisamente porque le eran tan ajenas que tenía que traducir su concepto a términos de sufrimiento mental antes de poder captar la noción de su crueldad. El Subcomisionado recordaba muy bien la conversación entre ambos. Él había escuchado en silencio. Era algo tan emocionante en cierto modo, e incluso conmovedor en su futilidad predeterminada, como los esfuerzos de comunicación moral entre los habitantes de planetas remotos. Pero esta encarnación grotesca de la pasión humanitaria apelaba de algún modo a la imaginación. Finalmente, Michaelis se levantó y, tomando la mano extendida de la gran dama, la estrechó, la retuvo un momento en su palma grande y almohadillada con una amabilidad desprovista de timidez, y dio la espalda al rincón semiprivado del salón, con su figura vasta y cuadrada, como distendida bajo la corta chaqueta de tweed. Mirando a su alrededor con serena benevolencia, se dirigió contoneándose hacia la puerta lejana, entre los grupos de otros visitantes.

El murmullo de las conversaciones se detuvo a su paso. Sonrió inocentemente a una joven alta y brillante, cuyos ojos se encontraron con los suyos por accidente, y salió sin ser consciente de las miradas que le seguían por la sala. La primera aparición de Michaelis en el mundo fue un éxito; un éxito de estima no empañado por un solo murmullo de burla. Las conversaciones interrumpidas se reanudaron en su tono habitual, grave o ligero. Solo un hombre de cuarenta años, bien plantado, de miembros largos y aspecto activo, que hablaba con dos damas cerca de una ventana, comentó en voz alta, con una profundidad de sentimiento inesperada: “Ciento catorce kilos, diría yo, y ni siquiera un metro setenta. ¡Pobre hombre! Es terrible, terrible”.

La dueña de la casa, mirando distraída al Subcomisionado, al quedarse a solas con él en el lado privado del biombo, parecía estar reorganizando sus impresiones mentales tras la pensativa inmovilidad de su hermoso rostro anciano. Hombres con bigotes grises y semblantes llenos, saludables y vagamente sonrientes se acercaron, rodeando el biombo; dos mujeres maduras con un aire maternal de graciosa resolución; un individuo afeitado con las mejillas hundidas, que hacía oscilar un monóculo montado en oro sujeto a una cinta negra ancha, con un efecto elegante y anticuado. Un silencio deferente, pero lleno de reservas, reinó por un momento, y luego la gran dama exclamó, no con resentimiento, sino con una especie de indignación protestante:

“¡Y que oficialmente se suponga que eso es un revolucionario! Qué tontería”. Miró fijamente al Subcomisionado, quien murmuró a modo de disculpa:

“Quizá no sea peligroso”.

“No es peligroso, desde luego que no. Es un simple creyente. Tiene el temperamento de un santo”, declaró la gran dama en tono firme. “Y lo mantuvieron encerrado durante veinte años. Uno se estremece ante la estupidez de aquello. Y ahora que lo han dejado salir, todos sus allegados se han ido a alguna parte o han muerto. Sus padres han muerto; la joven con la que iba a casarse murió mientras él estaba en prisión; ha perdido la habilidad necesaria para su ocupación manual. Me contó todo esto él mismo con la más dulce paciencia; pero entonces, dijo, tuvo tiempo de sobra para pensar las cosas por sí mismo. ¡Una bonita compensación! Si esa es la pasta de la que están hechos los revolucionarios, algunos de nosotros bien podríamos ponernos de rodillas ante ellos”, continuó con voz ligeramente burlona, mientras las banales sonrisas sociales se endurecían en los rostros mundanos que se volvían hacia ella con deferencia convencional. “La pobre criatura, obviamente, ya no está en condiciones de valerse por sí misma. Alguien tendrá que cuidar un poco de él”.

“Debería recomendársele que siguiera algún tipo de tratamiento”, se oyó aconsejar con seriedad desde la distancia la voz marcial del hombre de aspecto activo. Estaba en una forma física excelente para su edad, e incluso la textura de su larga levita tenía un carácter de elasticidad sólida, como si fuera tejido vivo. “El hombre es prácticamente un inválido”, añadió con un sentimiento inconfundible.

Otras voces, como si se alegraran de la oportunidad, murmuraron una rápida compasión. “Realmente sorprendente”, “Monstruoso”, “Muy doloroso de ver”. El hombre desgarbado, con el monóculo sujeto a una cinta ancha, pronunció con afectación la palabra “Grotesco”, cuya justicia fue apreciada por quienes estaban cerca de él. Se sonrieron unos a otros.

El Subcomisionado no había expresado ninguna opinión ni entonces ni después, pues su posición le impedía ventilar cualquier punto de vista independiente sobre un convicto con libertad condicional. Pero, en verdad, compartía la opinión de la amiga y protectora de su esposa de que Michaelis era un sentimental humanitario, un poco loco, pero en conjunto incapaz de hacer daño a una mosca intencionadamente. Así que, cuando aquel nombre surgió de repente en este molesto asunto de la bomba, se dio cuenta de todo el peligro que suponía para el apóstol de la libertad condicional, y su mente volvió inmediatamente a la arraigada infatuación de la anciana dama. Su bondad arbitraria no toleraría pacientemente ninguna interferencia con la libertad de Michaelis. Era una infatuación profunda, tranquila y convencida. No solo le había parecido inofensivo, sino que lo había declarado, lo cual, por una confusión de su mente absolutista, se convirtió en una especie de demostración incontrovertible. Era como si la monstruosidad del hombre, con sus cándidos ojos infantiles y su sonrisa angélica y gorda, la hubiera fascinado. Había llegado a creer casi en su teoría del futuro, puesto que no era repugnante a sus prejuicios. Le disgustaba el nuevo elemento de la plutocracia en el compuesto social, y el industrialismo como método de desarrollo humano le parecía singularmente repulsivo por su carácter mecánico y falto de sentimientos. Las esperanzas humanitarias del amable Michaelis no tendían a la destrucción total, sino meramente a la ruina económica completa del sistema. Y ella realmente no veía dónde estaba el daño moral en ello. Acabaría con toda la multitud de los “parvenus”, a quienes detestaba y desconfiaba, no porque hubieran llegado a alguna parte (ella lo negaba), sino por su profunda ininteligencia del mundo, que era la causa principal de la crudeza de sus percepciones y la aridez de sus corazones. Con la aniquilación de todo capital, ellos también desaparecerían; pero la ruina universal (siempre que fuera universal, como se le reveló a Michaelis) dejaría intactos los valores sociales. La desaparición del último trozo de dinero no podría afectar a las personas de posición. Ella no podía concebir cómo podría afectar a su posición, por ejemplo. Había expuesto estos descubrimientos al Subcomisionado con toda la serena intrepidez de una anciana que había escapado a la plaga de la indiferencia. Él se había impuesto la regla de recibir todo ese tipo de cosas en un silencio que, por política e inclinación, se cuidaba de no hacer ofensivo. Sentía afecto por la anciana discípula de Michaelis, un sentimiento complejo que dependía un poco de su prestigio, de su personalidad, pero sobre todo del instinto de gratitud halagada. Se sentía realmente apreciado en su casa. Ella era la bondad personificada. Y además era prácticamente sabia, al estilo de las mujeres experimentadas. Hacía su vida matrimonial mucho más fácil de lo que hubiera sido sin su generoso y pleno reconocimiento de sus derechos como marido de Annie. Su influencia sobre su esposa, una mujer devorada por toda clase de pequeños egoísmos, pequeñas envidias, pequeños celos, era excelente. Por desgracia, tanto su bondad como su sabiduría eran de carácter irrazonable, distintivamente femenino, y difíciles de manejar. Siguió siendo una mujer perfecta a lo largo de todo su cúmulo de años, y no como llegan a convertirse algunas de ellas: una especie de viejo resbaladizo y pestilente con enaguas. Y era como mujer como él pensaba en ella; la encarnación especialmente selecta de lo femenino, donde se recluta la guardia de corps tierna, ingenua y feroz para toda clase de hombres que hablan bajo la influencia de una emoción, verdadera o fraudulenta; para predicadores, videntes, profetas o reformadores.

Al apreciar a la distinguida y buena amiga de su esposa, y de sí mismo, de esa manera, el Subcomisionado se alarmó por el posible destino del convicto Michaelis. Una vez arrestado bajo sospecha de ser de alguna manera, por remota que fuera, partícipe de este ultraje, el hombre difícilmente podría escapar de ser enviado de vuelta a terminar su sentencia al menos. Y eso lo mataría; nunca saldría vivo. El Subcomisionado hizo una reflexión extremadamente impropia de su posición oficial sin ser realmente digna de su humanidad.

“Si atrapan de nuevo al tipo”, pensó, “ella nunca me perdonará”.

La franqueza de un pensamiento tan secretamente expresado no podía pasar sin una autocrítica desdeñosa. Ningún hombre dedicado a un trabajo que no le gusta puede conservar muchas ilusiones salvadoras sobre sí mismo. El disgusto, la ausencia de encanto, se extienden desde la ocupación a la personalidad. Solo cuando nuestras actividades designadas parecen, por un accidente afortunado, obedecer a la particular seriedad de nuestro temperamento, podemos probar el consuelo del autoengaño completo. Al Subcomisionado no le gustaba su trabajo en casa. El trabajo policial en el que había estado involucrado en una parte distante del globo tenía el carácter salvador de una guerra irregular o, al menos, el riesgo y la emoción de un deporte al aire libre. Sus verdaderas habilidades, que eran principalmente de carácter administrativo, se combinaban con una disposición aventurera. Encadenado a un escritorio en medio de cuatro millones de hombres, se consideraba víctima de un destino irónico; el mismo, sin duda, que había provocado su matrimonio con una mujer excepcionalmente sensible en el asunto del clima colonial, además de otras limitaciones que testificaban la delicadeza de su naturaleza y de sus gustos. Aunque juzgaba su alarma con sarcasmo, no descartó el pensamiento impropio de su mente. El instinto de autoconservación era fuerte en él. Por el contrario, lo repitió mentalmente con un énfasis profano y una precisión más completa: “¡Maldita sea! Si ese infernal Heat se sale con la suya, el tipo morirá en prisión asfixiado por su propia grasa, y ella nunca me perdonará”.

Su figura negra y estrecha, con la banda blanca del cuello bajo los destellos plateados sobre el cabello corto en la nuca, permaneció inmóvil. El silencio había durado tanto tiempo que el Inspector Jefe Heat se aventuró a aclararse la garganta. Este ruido produjo su efecto. El celoso e inteligente oficial fue interrogado por su superior, cuya espalda permanecía vuelta hacia él inamoviblemente:

“¿Relacionas a Michaelis con este asunto?”

El Inspector Jefe Heat se mostró muy positivo, pero cauteloso.

“Bueno, señor”, dijo, “tenemos suficiente para basarnos. Un hombre como ese no tiene nada que hacer en libertad, de todas formas”.

“Querrá alguna prueba concluyente”, vino la observación en un murmullo.

El Inspector Jefe Heat arqueó las cejas ante la espalda negra y estrecha, que permanecía obstinadamente presentada a su inteligencia y su celo.

“No habrá dificultad en conseguir suficientes pruebas contra él”, dijo, con virtuosa complacencia. “Puede confiar en mí para eso, señor”, añadió, de forma bastante innecesaria, desde la plenitud de su corazón; pues le parecía algo excelente tener a ese hombre a mano para ser arrojado al público si este consideraba oportuno rugir con alguna indignación especial en este caso. Era imposible decir aún si rugiría o no. Eso, en última instancia, dependía, por supuesto, de la prensa. Pero en cualquier caso, el Inspector Jefe Heat, proveedor de prisiones por oficio y hombre de instintos legales, creía lógicamente que el encarcelamiento era el destino adecuado para todo enemigo declarado de la ley. En la fuerza de esa convicción, cometió una falta de tacto. Se permitió una pequeña risa engreída y repitió:

“Confíe en mí para eso, señor”.

Esto era demasiado para la calma forzada bajo la cual el Subcomisionado había ocultado durante más de dieciocho meses su irritación con el sistema y los subordinados de su oficina. Una clavija cuadrada forzada a entrar en un agujero redondo, había sentido como un ultraje diario esa redondez suave y largamente establecida en la que un hombre de forma menos bruscamente angular se habría adaptado, con voluptuosa aquiescencia, después de un par de encogimientos de hombros. Lo que más le resentía era precisamente la necesidad de aceptar tantas cosas por fe. Ante la pequeña risa del Inspector Jefe Heat, giró velozmente sobre sus talones, como si una descarga eléctrica lo hubiera arrastrado desde el cristal de la ventana. Captó en el rostro de este último no solo la complacencia propia de la ocasión que acechaba bajo el bigote, sino los vestigios de vigilancia experimental en los ojos redondos, que habían estado, sin duda, clavados en su espalda, y ahora se encontraron con su mirada por un segundo antes de que el carácter intencional de su fijeza tuviera tiempo de cambiar a una apariencia meramente sobresaltada.

El Subcomisionado de Policía tenía realmente algunas cualificaciones para su puesto. De repente, su sospecha se despertó. Es justo decir que sus sospechas sobre los métodos policiales (a menos que la policía fuera un cuerpo semimilitar organizado por él mismo) no eran difíciles de suscitar. Si alguna vez dormitaban por pura fatiga, era solo levemente; y su apreciación del celo y la habilidad del Inspector Jefe Heat, moderada en sí misma, excluía toda noción de confianza moral. “Tramas algo”, exclamó mentalmente, y de inmediato se enfureció. Cruzando hacia su escritorio con pasos precipitados, se sentó violentamente. “Aquí estoy atrapado en una camada de papel”, reflexionó, con resentimiento irrazonable, “se supone que debo sostener todos los hilos en mis manos, y sin embargo solo puedo sostener lo que se pone en mi mano, y nada más. Y ellos pueden atar los otros extremos de los hilos donde les plazca”.

Levantó la cabeza y volvió hacia su subordinado un rostro largo y magro con los rasgos acentuados de un Don Quijote enérgico.

“¿Ahora qué es lo que tienes bajo la manga?”

El otro lo miró fijamente. Miró sin parpadear en una inmovilidad perfecta de sus ojos redondos, como solía mirar a los diversos miembros de la clase criminal cuando, tras ser debidamente advertidos, hacían sus declaraciones en tonos de inocencia herida, falsa simplicidad o resignación hosca. Pero detrás de esa fijeza profesional y pétrea había también algo de sorpresa, pues en tal tono, combinando acertadamente la nota de desprecio e impaciencia, el Inspector Jefe Heat, la mano derecha del departamento, no estaba acostumbrado a ser abordado. Comenzó de una manera dilatoria, como un hombre tomado desprevenido por una experiencia nueva e inesperada.

“¿Se refiere a lo que tengo contra ese hombre Michaelis, señor?”

El Subcomisionado observó la cabeza de bala; las puntas del bigote de aquel vagabundo nórdico, cayendo por debajo de la línea de la pesada mandíbula; la fisonomía llena y pálida en su totalidad, cuyo carácter determinado estaba estropeado por demasiada carne; las astutas arrugas que irradiaban de las comisuras exteriores de los ojos; y en esa contemplación resuelta del valioso y confiado oficial, sacó una convicción tan repentina que le conmovió como una inspiración.

“Tengo razones para pensar que cuando entraste en esta habitación”, dijo con tono medido, “no era Michaelis lo que tenías en mente; no principalmente, quizá ni siquiera en absoluto”.

“¿Tiene razones para pensar, señor?”, murmuró el Inspector Jefe Heat, con toda la apariencia de asombro, que hasta cierto punto era bastante genuina. Había descubierto en este asunto un lado delicado y desconcertante, forzando al descubridor a una cierta cantidad de insinceridad; ese tipo de insinceridad que, bajo los nombres de habilidad, prudencia, discreción, aparece en un punto u otro en la mayoría de los asuntos humanos. Se sintió en ese momento como podría sentirse un artista de cuerda floja si, de repente, en medio de la actuación, el gerente del Music Hall saliera precipitadamente de la reclusión administrativa adecuada y comenzara a sacudir la cuerda. La indignación, la sensación de inseguridad moral engendrada por un procedimiento tan traicionero, unida a la aprehensión inmediata de una fractura de cuello, lo pondrían, en la frase coloquial, en un estado. Y también habría cierta preocupación escandalizada por su arte, ya que un hombre debe identificarse con algo más tangible que su propia personalidad, y establecer su orgullo en alguna parte, ya sea en su posición social, en la calidad del trabajo que está obligado a hacer, o simplemente en la superioridad de la ociosidad de la que tenga la suerte de disfrutar.

“Sí”, dijo el Subcomisionado; “las tengo. No quiero decir que no hayas pensado en Michaelis en absoluto. Pero le estás dando al hecho que has mencionado una prominencia que me parece no del todo cándida, Inspector Heat. Si ese es realmente el camino del descubrimiento, ¿por qué no lo has seguido de inmediato, ya sea personalmente o enviando a uno de tus hombres a ese pueblo?”

“¿Cree, señor, que he fallado en mi deber allí?”, preguntó el Inspector Jefe, en un tono que intentó hacer simplemente reflexivo. Forzado inesperadamente a concentrar sus facultades en la tarea de mantener el equilibrio, se había aferrado a ese punto y se había expuesto a una reprimenda; pues el Subcomisionado, frunciendo ligeramente el ceño, observó que era un comentario muy impropio.

“Pero ya que lo ha hecho”, continuó con frialdad, “le diré que no es eso lo que quiero decir”.

Hizo una pausa, con una mirada directa de sus ojos hundidos que equivalía plenamente a la terminación no dicha: “y tú lo sabes”. El jefe del llamado Departamento de Crímenes Especiales, impedido por su posición de salir personalmente en busca de secretos encerrados en pechos culpables, tenía la propensión a ejercer sus considerables dones para la detección de la verdad incriminatoria sobre sus propios subordinados. Ese instinto peculiar difícilmente podría llamarse debilidad. Era natural. Era un detective nato. Había gobernado inconscientemente su elección de carrera, y si alguna vez le falló en la vida, fue quizás en la única circunstancia excepcional de su matrimonio, que también era natural. Se alimentaba, ya que no podía vagar por el extranjero, del material humano que se le traía en su reclusión oficial. Nunca podemos dejar de ser nosotros mismos.

Con el codo sobre el escritorio, las piernas delgadas cruzadas y acunando su mejilla en la palma de su mano magra, el Subcomisionado a cargo de la rama de Crímenes Especiales estaba captando el caso con creciente interés. Su Inspector Jefe, si no un adversario absolutamente digno de su penetración, era al menos el más digno de todos a su alcance. La desconfianza hacia las reputaciones establecidas era estrictamente coherente con la habilidad del Subcomisionado como detective. Su memoria evocaba a cierto jefe nativo viejo, gordo y rico en la colonia lejana, a quien era tradición que los sucesivos Gobernadores Coloniales confiaran y apreciaran como un firme amigo y partidario del orden y la legalidad establecidos por los hombres blancos; mientras que, al ser examinado con escepticismo, resultó ser principalmente su propio buen amigo, y de nadie más. No precisamente un traidor, pero sí un hombre con muchas reservas peligrosas en su fidelidad, causadas por una debida consideración por su propia ventaja, comodidad y seguridad. Un tipo de cierta inocencia en su ingenua duplicidad, pero no menos peligroso. Costó algo descubrirlo. Físicamente era un hombre grande también, y (teniendo en cuenta la diferencia de color, por supuesto) el aspecto del Inspector Jefe Heat lo recordó a la memoria de su superior. No eran los ojos ni exactamente los labios. Era extraño. Pero, ¿no relata Alfred Wallace en su famoso libro sobre el archipiélago malayo cómo, entre los isleños de Aru, descubrió en un salvaje viejo y desnudo con la piel tiznada una peculiar semejanza con un querido amigo en casa?

Por primera vez desde que asumió su cargo, el Subcomisionado sintió como si fuera a hacer un trabajo real por su salario. Y esa fue una sensación placentera. “Lo volveré del revés como a un guante viejo”, pensó el Subcomisionado, con los ojos posados pensativamente sobre el Inspector Jefe Heat.

“No, ese no era mi pensamiento”, comenzó de nuevo. “No hay duda de que conoces tu oficio, ninguna duda en absoluto; y es precisamente por eso que yo...” Se detuvo en seco y, cambiando el tono: “¿Qué podrías sacar contra Michaelis de naturaleza definitiva? Me refiero aparte del hecho de que los dos hombres bajo sospecha (estás seguro de que fueron dos) vinieron finalmente de una estación de tren a menos de cinco kilómetros del pueblo donde vive Michaelis ahora”.

—Eso es suficiente para nosotros, señor, tratándose de esa clase de hombre —dijo el inspector jefe, recuperando la compostura. El ligero movimiento de aprobación de la cabeza del subcomisionado bastó para apaciguar el asombro resentido del renombrado oficial. Porque el inspector jefe Heat era un hombre amable, un marido excelente, un padre devoto; y la confianza pública y departamental de la que disfrutaba, al actuar favorablemente sobre su carácter afable, le inclinaba a sentir simpatía hacia los sucesivos subcomisionados que había visto pasar por aquella misma habitación. Había habido tres en su tiempo. El primero, una persona marcial, brusca, de rostro encendido, cejas blancas y genio explosivo, podía ser manejado con un hilo de seda. Se marchó al alcanzar el límite de edad. El segundo, un perfecto caballero, que conocía su lugar y el de todos los demás a la perfección, al dimitir para ocupar un cargo superior fuera de Inglaterra fue condecorado por los servicios (en realidad) del inspector Heat. Trabajar con él había sido un orgullo y un placer. El tercero, un poco una incógnita desde el principio, seguía siendo, al cabo de dieciocho meses, una incógnita para el departamento. En conjunto, el inspector jefe Heat lo creía inofensivo en esencia; de aspecto extraño, pero inofensivo. Estaba hablando ahora, y el inspector jefe escuchaba con deferencia externa (lo cual no significa nada, siendo una cuestión de deber) y, en su interior, con benevolente tolerancia.

—¿Michaelis se presentó antes de salir de Londres hacia el campo?

—Sí, señor. Así lo hizo.

—¿Y qué puede estar haciendo allí? —continuó el subcomisionado, que estaba perfectamente informado sobre ese punto. Apretado con dolorosa estrechez en una vieja silla de madera, ante una mesa de roble carcomida por los gusanos en una habitación del piso superior de una casa de cuatro estancias con un tejado de tejas cubiertas de musgo, Michaelis escribía noche y día, con una letra temblorosa e inclinada, esa "Autobiografía de un prisionero" que debía ser como un libro de Revelaciones en la historia de la humanidad. Las condiciones de espacio confinado, reclusión y soledad en una pequeña casa de cuatro habitaciones eran favorables a su inspiración. Era como estar en prisión, excepto porque nadie le molestaba con el odioso propósito de hacer ejercicio de acuerdo con los tiránicos reglamentos de su antiguo hogar en la penitenciaría. No podía saber si el sol seguía brillando sobre la tierra o no. El sudor de la labor literaria caía de su frente. Un entusiasmo delicioso le impulsaba. Era la liberación de su vida interior, el dejar salir su alma al ancho mundo. Y el celo de su ingenua vanidad (despertado primero por la oferta de quinientas libras de un editor) parecía algo predestinado y sagrado.

—Sería, por supuesto, de lo más deseable estar informado exactamente —insistió el subcomisionado sin sinceridad.

El inspector jefe Heat, consciente de una renovada irritación ante este despliegue de escrupulosidad, dijo que la policía del condado había sido notificada desde el primer momento de la llegada de Michaelis, y que se podría obtener un informe completo en pocas horas. Un telegrama al superintendente...

Así habló, bastante despacio, mientras su mente parecía estar pesando ya las consecuencias. Un ligero fruncimiento del ceño fue la señal externa de ello. Pero fue interrumpido por una pregunta.

—¿Ha enviado ya ese telegrama?

—No, señor —respondió, como si estuviera sorprendido.

El subcomisionado descruzó las piernas repentinamente. La vivacidad de ese movimiento contrastaba con la manera casual en que lanzó una sugerencia.

—¿Cree usted que Michaelis tuvo algo que ver con la preparación de esa bomba, por ejemplo?

El inspector jefe adoptó un aire reflexivo.

—Yo no diría eso. No hay necesidad de decir nada por el momento. Se relaciona con hombres que están clasificados como peligrosos. Fue nombrado delegado del Comité Rojo menos de un año después de su puesta en libertad bajo licencia. Una especie de cumplido, supongo.

Y el inspector jefe se rió un poco enfadado, un poco desdeñosamente. Con un hombre de esa clase, la escrupulosidad era un sentimiento fuera de lugar e incluso ilegal. La celebridad otorgada a Michaelis a su salida hace dos años por algunos periodistas emocionales necesitados de material especial le había escocido desde entonces en el pecho. Era perfectamente legal arrestar a ese hombre bajo la más mínima sospecha. Era legal y conveniente a todas luces. Sus dos antiguos jefes habrían captado el punto de inmediato; mientras que este, sin decir ni sí ni no, se sentaba allí, como si estuviera perdido en un sueño. Además, aparte de ser legal y conveniente, el arresto de Michaelis resolvía una pequeña dificultad personal que preocupaba al inspector jefe Heat en cierta medida. Esta dificultad tenía relación con su reputación, con su comodidad e incluso con el desempeño eficiente de sus funciones. Porque, si bien Michaelis sin duda sabía algo sobre este ultraje, el inspector jefe estaba bastante seguro de que no sabía demasiado. Eso estaba bien. Sabía mucho menos —el inspector jefe estaba convencido— que otros individuos que tenía en mente, pero cuyo arresto le parecía inconveniente, además de ser un asunto más complicado, debido a las reglas del juego. Las reglas del juego no protegían tanto a Michaelis, que era un exconvicto. Sería estúpido no aprovechar las facilidades legales, y los periodistas que habían escrito sobre él con entusiasmo emocional estarían listos para hundirlo con indignación emocional.

Esta perspectiva, vista con confianza, tenía el atractivo de un triunfo personal para el inspector jefe Heat. Y en lo profundo de su irreprochable pecho de ciudadano casado promedio, casi inconsciente pero potente a pesar de todo, el disgusto por verse obligado por los acontecimientos a inmiscuirse con la ferocidad desesperada del Profesor tenía su peso. Este disgusto se había visto reforzado por el encuentro casual en el callejón. El encuentro no dejó en el inspector jefe Heat esa satisfactoria sensación de superioridad que los miembros de la fuerza policial obtienen del lado no oficial pero íntimo de su trato con las clases criminales, mediante el cual se calma la vanidad del poder y se halaga el amor vulgar por la dominación sobre nuestros semejantes tan dignamente como merece.

El anarquista perfecto no era reconocido como un semejante por el inspector jefe Heat. Era imposible; un perro rabioso al que dejar tranquilo. No es que el inspector jefe le tuviera miedo; al contrario, pretendía atraparlo algún día. Pero aún no; pretendía echarle el guante a su debido tiempo, de manera adecuada y efectiva según las reglas del juego. El presente no era el momento adecuado para intentar tal hazaña, no era el momento adecuado por muchas razones, personales y de servicio público. Siendo este el sentimiento firme del inspector Heat, le parecía justo y apropiado que este asunto fuera desviado de su oscura e inconveniente vía, que conducía a Dios sabe dónde, hacia una vía apartada, tranquila (y legal) llamada Michaelis. Y repitió, como si reconsiderara la sugerencia a conciencia:

—La bomba. No, yo no diría exactamente eso. Puede que nunca averigüemos eso. Pero está claro que él está relacionado con esto de alguna manera, lo cual podemos averiguar sin mucha molestia.

Su semblante tenía esa mirada de grave y dominante indiferencia, antaño bien conocida y muy temida por la mejor clase de ladrones. El inspector jefe Heat, aunque es lo que se llama un hombre, no era un animal risueño. Pero su estado interior era de satisfacción ante la actitud pasivamente receptiva del subcomisionado, quien murmuró suavemente:

—¿Y realmente cree usted que la investigación debería hacerse en esa dirección?

—Lo creo, señor.

—¿Está completamente convencido?

—Lo estoy, señor. Esa es la línea verdadera que debemos seguir.

El subcomisionado retiró el apoyo de su mano de su cabeza reclinada con una brusquedad que, considerando su actitud lánguida, parecía amenazar a toda su persona con el colapso. Pero, al contrario, se sentó, extremadamente alerta, detrás de la gran mesa de escritorio sobre la que su mano había caído con el sonido de un golpe seco.

—Lo que quiero saber es qué le hizo quitarse eso de la cabeza hasta ahora.

—Quitarme eso de la cabeza —repitió el inspector jefe muy despacio.

—Sí. Hasta que fue llamado a esta habitación... ya sabe.

El inspector jefe sintió como si el aire entre su ropa y su piel se hubiera vuelto desagradablemente caliente. Era la sensación de una experiencia sin precedentes e increíble.

—Por supuesto —dijo, exagerando la deliberación de sus palabras hasta los límites extremos de lo posible—, si hay una razón, de la cual no sé nada, para no interferir con el convicto Michaelis, quizá sea mejor que no haya puesto a la policía del condado tras él.

Esto llevó tanto tiempo decirlo que la incesante atención del subcomisionado parecía una maravillosa hazaña de resistencia. Su respuesta llegó sin demora.

—Ninguna razón en absoluto que yo sepa. Vamos, inspector jefe, este juego de esgrima conmigo es altamente inapropiado por su parte; altamente inapropiado. Y además es injusto, sabe. No debería dejarme resolver las cosas por mí mismo así. Realmente, estoy sorprendido.

Hizo una pausa, luego añadió con suavidad: —No hace falta que le diga que esta conversación es totalmente extraoficial.

Estas palabras estuvieron lejos de apaciguar al inspector jefe. La indignación de un funambulista traicionado era fuerte en él. En su orgullo de servidor de confianza, le afectó la seguridad de que la cuerda no fue sacudida con el propósito de romperle el cuello, sino como una exhibición de insolencia. ¡Como si alguien tuviera miedo! Los subcomisionados van y vienen, pero un inspector jefe valioso no es un fenómeno efímero de la oficina. No tenía miedo de romperse el cuello. Que estropearan su actuación era más que suficiente para explicar el ardor de su indignación honesta. Y como el pensamiento no respeta a las personas, el pensamiento del inspector jefe Heat tomó una forma amenazante y profética: "Tú, muchacho —se dijo a sí mismo, manteniendo sus ojos redondos y habitualmente errantes fijos en el rostro del subcomisionado—, tú, muchacho, no conoces tu lugar, y tu lugar no te conocerá a ti por mucho tiempo tampoco, te lo aseguro".

Como si fuera una respuesta provocadora a ese pensamiento, algo parecido al fantasma de una sonrisa amable pasó por los labios del subcomisionado. Su manera era fácil y profesional mientras persistía en administrar otra sacudida a la cuerda floja.

—Vayamos ahora a lo que usted ha descubierto en el lugar, inspector jefe —dijo.

"Un tonto y su trabajo pronto se separan", continuó el tren de pensamiento profético en la cabeza del inspector jefe Heat. Pero fue seguido inmediatamente por la reflexión de que un funcionario superior, incluso cuando es "despedido" (esta era la imagen exacta), todavía tiene tiempo mientras vuela por la puerta de lanzar una desagradable patada en las espinillas de un subordinado. Sin suavizar demasiado la naturaleza basilisca de su mirada, dijo impasible:

—Estamos llegando a esa parte de mi investigación, señor.

—Eso está bien. Bueno, ¿qué ha sacado de ella?

El inspector jefe, que había decidido saltar de la cuerda, llegó al suelo con sombría franqueza.

—He sacado una dirección —dijo, sacando de su bolsillo sin prisa un harapo chamuscado de tela azul oscuro—. Esto pertenece al abrigo que llevaba el sujeto que acabó hecho pedazos. Por supuesto, el abrigo puede no haber sido suyo, e incluso puede haber sido robado. Pero eso no es en absoluto probable si mira esto.

El inspector jefe, acercándose a la mesa, alisó cuidadosamente el harapo de tela azul. Lo había recogido del repulsivo montón en la morgue porque el nombre de un sastre se encuentra a veces bajo el cuello. No suele ser de mucha utilidad, pero aun así... Solo esperaba a medias encontrar algo útil, pero ciertamente no esperaba encontrar —no bajo el cuello en absoluto, sino cosido cuidadosamente en el lado inferior de la solapa— un trozo cuadrado de percal con una dirección escrita en él con tinta de marcar.

El inspector jefe retiró su mano alisadora.

—Me lo llevé conmigo sin que nadie se diera cuenta —dijo—. Pensé que era lo mejor. Siempre puede ser presentado si se requiere.

El subcomisionado, levantándose un poco en su silla, arrastró la tela hacia su lado de la mesa. Se quedó mirándola en silencio. Solo el número 32 y el nombre de Brett Street estaban escritos con tinta de marcar en un trozo de percal ligeramente más grande que el papel de un cigarrillo común. Estaba genuinamente sorprendido.

—No puedo entender por qué habría de ir por ahí etiquetado de esta manera —dijo, mirando al inspector jefe Heat—. Es una cosa de lo más extraordinaria.

—Conocí una vez en la sala de fumadores de un hotel a un viejo caballero que iba por ahí con su nombre y dirección cosidos en todos sus abrigos en caso de accidente o enfermedad repentina —dijo el inspector jefe—. Decía tener ochenta y cuatro años, pero no aparentaba su edad. Me dijo que también tenía miedo de perder la memoria de repente, como esa gente de la que había estado leyendo en los periódicos.

Una pregunta del subcomisionado, que quería saber qué era el número 32 de Brett Street, interrumpió esa reminiscencia abruptamente. El inspector jefe, arrastrado al suelo por artificios injustos, había elegido caminar por el sendero de la apertura sin reservas. Si creía firmemente que saber demasiado no era bueno para el departamento, la retención juiciosa de información era lo más lejos que su lealtad se atrevía a llegar por el bien del servicio. Si el subcomisionado quería gestionar mal este asunto, nada, por supuesto, podría impedírselo. Pero, por su parte, ahora no veía razón para un despliegue de prontitud. Así que respondió concisamente:

—Es una tienda, señor.

El subcomisionado, con los ojos bajos sobre el harapo de tela azul, esperaba más información. Como esta no llegó, procedió a obtenerla mediante una serie de preguntas propuestas con gentil paciencia. Así adquirió una idea de la naturaleza del comercio del señor Verloc, de su apariencia personal, y escuchó al fin su nombre. En una pausa, el subcomisionado levantó los ojos y descubrió cierta animación en el rostro del inspector jefe. Se miraron en silencio.

—Por supuesto —dijo este último—, el departamento no tiene registro de ese hombre.

—¿Tuvo alguno de mis predecesores conocimiento de lo que me ha contado ahora? —preguntó el subcomisionado, poniendo los codos sobre la mesa y levantando sus manos unidas ante su rostro, como si estuviera a punto de rezar, solo que sus ojos no tenían una expresión piadosa.

—No, señor; ciertamente no. ¿Cuál habría sido el objeto? Esa clase de hombre nunca podría ser presentado públicamente para ningún buen fin. Fue suficiente para mí saber quién era y hacer uso de él de una manera que pudiera ser utilizada públicamente.

—¿Y cree usted que esa clase de conocimiento privado es coherente con la posición oficial que ocupa?

—Perfectamente, señor. Creo que es bastante apropiado. Me tomaré la libertad de decirle, señor, que me hace lo que soy, y se me considera un hombre que conoce su trabajo. Es un asunto privado mío. Un amigo personal mío en la policía francesa me dio la pista de que el sujeto era un espía de la Embajada. Amistad privada, información privada, uso privado de ella; así es como lo veo.

El subcomisionado, tras observar para sí mismo que el estado mental del renombrado inspector jefe parecía afectar el contorno de su mandíbula inferior, como si el vivo sentido de su alta distinción profesional se hubiera localizado en esa parte de su anatomía, descartó el punto por el momento con un tranquilo "Ya veo". Luego, apoyando la mejilla en sus manos unidas:

—Bueno, entonces... hablando en privado si lo desea... ¿desde hace cuánto tiempo mantiene contacto privado con este espía de la Embajada?

A esta pregunta, la respuesta privada del inspector jefe, tan privada que nunca se tradujo en palabras audibles, fue:

"Mucho antes de que siquiera se pensara en usted para su puesto aquí".

La declaración, por así decir, pública fue mucho más precisa.

—Lo vi por primera vez en mi vida hace poco más de siete años, cuando dos Altezas Imperiales y el Canciller Imperial estaban de visita aquí. Se me puso a cargo de todos los preparativos para ocuparme de ellos. El barón Stott-Wartenheim era el embajador entonces. Era un viejo caballero muy nervioso. Una noche, tres días antes del banquete de Guildhall, envió un aviso diciendo que quería verme un momento. Yo estaba abajo y los carruajes estaban en la puerta para llevar a las Altezas Imperiales y al Canciller a la ópera. Subí de inmediato. Encontré al barón caminando de un lado a otro en su dormitorio en un estado lamentable de angustia, retorciéndose las manos. Me aseguró que tenía la mayor confianza en nuestra policía y en mis capacidades, pero que tenía allí a un hombre recién llegado de París cuya información podía ser considerada implícitamente de fiar. Quería que yo escuchara lo que ese hombre tenía que decir. Me llevó de inmediato a un vestidor contiguo, donde vi a un tipo grande con un abrigo pesado sentado solo en una silla, sosteniendo su sombrero y su bastón en una mano. El barón le dijo en francés: "Habla, amigo mío". La luz en esa habitación no era muy buena. Hablé con él durante unos cinco minutos quizás. Ciertamente me dio una noticia muy sorprendente. Entonces el barón me llevó aparte nerviosamente para alabarlo ante mí, y cuando me volví de nuevo descubrí que el sujeto había desaparecido como un fantasma. Se levantó y se escabulló por unas escaleras traseras, supongo. No hubo tiempo para correr tras él, ya que tuve que apresurarme tras el embajador por la gran escalera y ver que el grupo partía a salvo hacia la ópera. Sin embargo, actué según la información esa misma noche. Si era perfectamente correcta o no, parecía lo suficientemente seria. Muy probablemente nos salvó de un problema desagradable el día de la visita imperial a la City.

Algún tiempo después, un mes más o menos después de mi ascenso a inspector jefe, mi atención fue atraída por un hombre grande y fornido, que creí haber visto en algún lugar antes, saliendo a toda prisa de una joyería en el Strand. Lo seguí, ya que estaba en mi camino hacia Charing Cross, y viendo allí a uno de nuestros detectives al otro lado de la calle, le hice señas para que viniera y le señalé al sujeto, con instrucciones de observar sus movimientos durante un par de días y luego informarme. No más tarde de la tarde siguiente, mi hombre apareció para decirme que el sujeto se había casado con la hija de su casera en una oficina del registro civil ese mismo día a las 11:30 de la mañana, y que se había ido con ella a Margate por una semana. Nuestro hombre había visto cómo subían el equipaje al taxi. Había unas viejas etiquetas de París en una de las maletas. De alguna manera no pude quitarme al sujeto de la cabeza, y la siguiente vez que tuve que ir a París por servicio hablé sobre él con ese amigo mío de la policía de París. Mi amigo dijo: "Por lo que me cuentas, creo que debes referirte a un conocido seguidor y emisario del Comité Rojo Revolucionario. Dice ser inglés de nacimiento. Tenemos la idea de que ha sido durante unos buenos años ya un agente secreto de una de las embajadas extranjeras en Londres". Esto despertó mi memoria por completo. Era el sujeto que desapareció que vi sentado en una silla en el baño del barón Stott-Wartenheim. Le dije a mi amigo que tenía toda la razón. El sujeto era un agente secreto según mi conocimiento certero. Después, mi amigo se tomó la molestia de investigar el expediente completo de ese hombre para mí. Pensé que sería mejor saber todo lo que había que saber; pero no supongo que quiera escuchar su historia ahora, ¿señor?

El subcomisionado sacudió su cabeza apoyada. —La historia de sus relaciones con ese personaje útil es lo único que importa ahora mismo —dijo, cerrando lentamente sus cansados ojos hundidos, y luego abriéndolos rápidamente con una mirada enormemente refrescada.

—Nada de lo que ellos hacen es oficial —dijo el inspector jefe con amargura—. Entré en su tienda una tarde, le dije quién era y le recordé nuestro primer encuentro. No movió ni una ceja. Me dijo que ahora estaba casado y sentado, y que lo único que quería era que no se entrometieran en su pequeño negocio. Me tomé la libertad de prometerle que, mientras no se metiera en nada obviamente escandaloso, la policía no lo molestaría. Eso valía algo para él, porque una palabra nuestra a la gente de la Aduana habría bastado para que abrieran en Dover algunos de estos paquetes que recibe de París y Bruselas, con la consiguiente confiscación y, quizá, un proceso judicial al final.

—Es un oficio muy precario —murmuró el subcomisionado—. ¿Por qué se metió en eso?

El inspector jefe arqueó sus cejas desdeñosas con impasibilidad.

—Lo más probable es que tenga contactos —amigos en el continente— entre gente que comercia con esas mercancías. Es justo el tipo de personas con las que él se juntaría. Además, es un perro perezoso, como el resto de ellos.

—¿Qué obtiene de él a cambio de su protección?

El inspector jefe no estaba inclinado a extenderse sobre el valor de los servicios del señor Verloc.

—No le serviría de mucho a nadie más que a mí. Hay que saber mucho de antemano para utilizar a un hombre como ese. Puedo entender el tipo de pista que puede darme. Y cuando quiero una pista, generalmente puede proporcionármela.

El inspector jefe se perdió de repente en un discreto estado reflexivo; y el subcomisionado reprimió una sonrisa ante el fugaz pensamiento de que la reputación del inspector jefe Heat podría haberse forjado, en gran medida, gracias al agente secreto Verloc.

—En cuanto a una utilidad más general, todos nuestros hombres de la sección de Delitos Especiales de servicio en Charing Cross y Victoria tienen órdenes de observar cuidadosamente a cualquiera que vean con él. Se reúne con los recién llegados con frecuencia y luego les sigue la pista. Parece haber sido asignado a ese tipo de deberes. Cuando necesito una dirección con urgencia, siempre puedo conseguirla a través de él. Por supuesto, sé cómo manejar nuestras relaciones. No le he hablado más de tres veces en los últimos dos años. Le envío una nota, sin firmar, y él me responde de la misma manera a mi dirección particular.

De vez en cuando, el subcomisionado asentía casi imperceptiblemente. El inspector jefe añadió que no suponía que el señor Verloc estuviera en lo profundo de la confianza de los miembros destacados del Consejo Revolucionario Internacional, pero que, en general, se confiaba en él, de eso no cabía duda. —Siempre que he tenido motivos para pensar que se tramaba algo —concluyó—, siempre he descubierto que podía decirme algo que merecía la pena saber.

El subcomisionado hizo una observación significativa.

—Esta vez le falló.

—Tampoco tuve noticias de nada por ninguna otra vía —replicó el inspector jefe Heat—. No le pregunté nada, así que no pudo decirme nada. Él no es uno de nuestros hombres. No es como si estuviera a nuestro sueldo.

—No —murmuró el subcomisionado—. Es un espía a sueldo de un gobierno extranjero. Nunca podríamos confesar que trabajamos con él.

—Debo hacer mi trabajo a mi manera —declaró el inspector jefe—. Cuando llega el caso, trato hasta con el mismo diablo y asumo las consecuencias. Hay cosas que no son aptas para que las sepa todo el mundo.

—Su idea de secreto parece consistir en mantener al jefe de su departamento a oscuras. Eso es llevarlo quizá demasiado lejos, ¿no cree? ¿Vive encima de su tienda?

—¿Quién, Verloc? Ah, sí. Vive encima de su tienda. Me parece que la madre de la esposa vive con ellos.

—¿Está vigilada la casa?

—Dios mío, no. No sería conveniente. Ciertas personas que van allí sí están vigiladas. Mi opinión es que él no sabe nada de este asunto.

—¿Cómo se explica esto? —El subcomisionado señaló el trapo que yacía ante él sobre la mesa.

—No me lo explico en absoluto, señor. Es simplemente inexplicable. No puede explicarse por lo que sé. —El inspector jefe hizo estas admisiones con la franqueza de un hombre cuya reputación está establecida como sobre roca—. Al menos no en este momento. Creo que el hombre que tuvo más que ver con esto resultará ser Michaelis.

—¿Usted cree?

—Sí, señor; porque puedo responder por todos los demás.

—¿Qué hay de ese otro hombre que supuestamente escapó del parque?

—Imagino que a estas alturas ya estará lejos —opinó el inspector jefe.

El subcomisionado lo miró fijamente y se levantó de repente, como si hubiera tomado una decisión. De hecho, en ese mismo momento había sucumbido a una tentación fascinante. El inspector jefe se oyó despedido con instrucciones de reunirse con su superior a la mañana siguiente para seguir consultando sobre el caso. Escuchó con rostro impenetrable y salió de la habitación con pasos medidos.

Cualesquiera que fueran los planes del subcomisionado, no tenían nada que ver con ese trabajo de escritorio, que era la pesadilla de su existencia debido a su naturaleza confinada y a su aparente falta de realidad. No podía haber sido así, o de lo contrario el aire general de presteza que invadió al subcomisionado habría sido inexplicable. En cuanto se quedó solo, buscó su sombrero impulsivamente y se lo puso en la cabeza. Una vez hecho esto, volvió a sentarse para reconsiderar todo el asunto. Pero como ya estaba decidido, no tardó mucho. Y antes de que el inspector jefe Heat hubiera llegado muy lejos en su camino a casa, él también abandonó el edificio.

CAPÍTULO VII

El subcomisionado caminó por una calle corta y estrecha como una trinchera húmeda y embarrada, luego, cruzando una vía muy ancha, entró en un edificio público y buscó hablar con un joven secretario privado (no remunerado) de un gran personaje.

Este joven rubio y de rostro terso, cuyo cabello simétricamente arreglado le daba el aire de un colegial grande y pulcro, recibió la petición del subcomisionado con una mirada de duda y habló en voz baja.

—¿Le recibirá? No estoy seguro de ello. Vino caminando desde la Cámara hace una hora para hablar con el subsecretario permanente, y ahora está listo para volver caminando. Podría haber enviado a buscarle; pero supongo que lo hace por un poco de ejercicio. Es todo el ejercicio para el que encuentra tiempo mientras dura esta sesión. No me quejo; más bien disfruto de estos pequeños paseos. Se apoya en mi brazo y no abre los labios. Pero, le digo, está muy cansado y, bueno, no está de humor precisamente dulce en este momento.

—Es en relación con ese asunto de Greenwich.

—¡Oh! ¡Vaya! Está muy resentido con ustedes. Pero iré a ver, si insiste.

—Hágalo. Es usted un buen tipo —dijo el subcomisionado.

El secretario no remunerado admiró esta audacia. Componiendo para sí un rostro inocente, abrió una puerta y entró con la seguridad de un niño agradable y privilegiado. Y al poco tiempo reapareció, haciendo un gesto al subcomisionado, quien, al pasar por la misma puerta que le habían dejado abierta, se encontró con el gran personaje en una habitación grande.

Vasto en volumen y estatura, con un largo rostro blanco que, ensanchado en la base por una gran papada, parecía tener forma de huevo en el borde de una fina patilla grisácea, el gran personaje parecía un hombre en expansión. Desafortunado desde el punto de vista de la sastrería, los pliegues cruzados en el medio de una levita negra abotonada aumentaban la impresión, como si los cierres de la prenda estuvieran al límite de su resistencia. Desde la cabeza, erguida sobre un cuello grueso, los ojos, con párpados inferiores hinchados, miraban con un altivo decaimiento a cada lado de una nariz ganchuda y agresiva, noblemente prominente en la vasta y pálida circunferencia del rostro. Un sombrero de copa brillante y un par de guantes gastados que yacían listos en el extremo de una mesa larga parecían también expandidos, enormes.

Estaba de pie sobre la alfombra de la chimenea con botas grandes y espaciosas, y no pronunció palabra de saludo.

—Me gustaría saber si este es el comienzo de otra campaña de dinamita —preguntó de inmediato con una voz profunda y muy suave—. No entre en detalles. No tengo tiempo para eso.

La figura del subcomisionado ante esta gran y rústica Presencia tenía la frágil esbeltez de un junco dirigiéndose a un roble. Y, de hecho, el registro ininterrumpido del linaje de ese hombre superaba en número de siglos la edad del roble más antiguo del país.

—No. En la medida en que uno puede estar seguro de algo, puedo asegurarle que no lo es.

—Sí. Pero su idea de los aseguramientos por ahí —dijo el gran hombre, con un gesto desdeñoso de su mano hacia una ventana que daba a la ancha vía pública—, parece consistir principalmente en dejar al Secretario de Estado como un tonto. Me han dicho categóricamente en esta misma habitación hace menos de un mes que nada de eso era siquiera posible.

El subcomisionado miró en dirección a la ventana con calma.

—Me permitirá observar, Sir Ethelred, que hasta ahora no he tenido oportunidad de darle garantías de ningún tipo.

El altivo decaimiento de los ojos estaba ahora enfocado en el subcomisionado.

—Cierto —confesó la voz profunda y suave—. Envié a buscar a Heat. Usted sigue siendo un novato en su nuevo cargo. ¿Y cómo le va por allí?

—Creo que aprendo algo cada día.

—Claro, claro. Espero que le vaya bien.

—Gracias, Sir Ethelred. He aprendido algo hoy, e incluso en la última hora más o menos. Hay mucho en este asunto de una clase que no se ve en un ultraje anarquista habitual, incluso si uno lo examinara tan profundamente como pudiera. Por eso estoy aquí.

El gran hombre puso los brazos en jarras, con el dorso de sus grandes manos descansando sobre las caderas.

—Muy bien. Continúe. Solo que sin detalles, por favor. Ahórreme los detalles.

—No se verá molestado por ellos, Sir Ethelred —comenzó el subcomisionado, con una seguridad tranquila y serena. Mientras hablaba, las manecillas del reloj a espaldas del gran hombre —un objeto pesado y brillante de volutas macizas en el mismo mármol oscuro que la repisa de la chimenea, y con un tictac fantasmal y evanescente— habían avanzado siete minutos. Habló con una estudiosa fidelidad a una manera parentética, en la que cada pequeño hecho —es decir, cada detalle— encajaba con deliciosa facilidad. Ni un murmullo ni siquiera un movimiento insinuaron interrupción alguna. El gran Personaje podría haber sido la estatua de uno de sus propios ancestros principescos, despojado de la armadura de cruzado y metido en una levita que no le quedaba bien. El subcomisionado se sintió como si tuviera libertad para hablar durante una hora. Pero mantuvo la cabeza fría y, al final del tiempo mencionado, terminó con una conclusión repentina que, al reproducir la declaración inicial, sorprendió gratamente a Sir Ethelred por su aparente rapidez y fuerza.

—El tipo de cosas que nos encontramos bajo la superficie de este asunto, que de otro modo carecería de gravedad, es inusual —al menos en esta forma precisa— y requiere un tratamiento especial.

El tono de Sir Ethelred se hizo más profundo, lleno de convicción.

—¡Eso creo! ¡Implicando al Embajador de una potencia extranjera!

—¡Oh! ¡El Embajador! —protestó el otro, erguido y esbelto, permitiéndose apenas una media sonrisa—. Sería estúpido de mi parte aventurar algo semejante. Y es absolutamente innecesario, porque si estoy en lo cierto en mis conjeturas, ya sea embajador o portero, es un mero detalle.

Sir Ethelred abrió una boca ancha, como una caverna, hacia la que la nariz ganchuda parecía ansiosa por asomarse; de ella salió un sonido sordo y rodante, como el de un órgano lejano con el registro de indignación desdeñosa.

—¡No! Esta gente es demasiado imposible. ¿Qué pretenden al importar aquí sus métodos de Crim-Tartaria? Un turco tendría más decencia.

—Olvida, Sir Ethelred, que estrictamente hablando no sabemos nada positivamente, todavía.

—¡No! Pero, ¿cómo lo definiría? ¿Brevemente?

—Audacia descarada que llega a una infantilismo de un tipo peculiar.

—No podemos tolerar la inocencia de niños pequeños desagradables —dijo el gran y expandido personaje, expandiéndose un poco más, por así decirlo. La altiva y caída mirada golpeó aplastantemente la alfombra a los pies del subcomisionado—. Tendrán que recibir un duro golpe en los nudillos por este asunto. Debemos estar en condiciones de... ¿Cuál es su idea general, expuesta brevemente? No hace falta entrar en detalles.

—No, Sir Ethelred. En principio, establecería que la existencia de agentes secretos no debería ser tolerada, ya que tiende a aumentar los peligros positivos del mal contra el que se utilizan. Que el espía fabrique su información es un mero lugar común. Pero en la esfera de la acción política y revolucionaria, que depende en parte de la violencia, el espía profesional tiene todas las facilidades para fabricar los hechos mismos, y extenderá el doble mal de la emulación en una dirección, y del pánico, la legislación apresurada y el odio irreflexivo, en la otra. Sin embargo, este es un mundo imperfecto...

La Presencia de voz profunda sobre la alfombra de la chimenea, inmóvil, con los grandes codos sobresaliendo, dijo apresuradamente:

—Sea lúcido, por favor.

—Sí, Sir Ethelred. Un mundo imperfecto. Por lo tanto, en cuanto el carácter de este asunto se me sugirió, pensé que debería tratarse con especial secreto, y me aventuré a venir aquí.

—Eso está bien —aprobó el gran Personaje, mirando hacia abajo con complacencia sobre su papada—. Me alegra que haya alguien en su tienda que piense que se puede confiar en el Secretario de Estado de vez en cuando.

El subcomisionado esbozó una sonrisa divertida.

—En realidad, pensaba que podría ser mejor en esta etapa que Heat fuera reemplazado por...

—¡Qué! ¿Heat? Un asno, ¿eh? —exclamó el gran hombre con evidente animosidad.

—En absoluto. Por favor, Sir Ethelred, no dé esa interpretación injusta a mis comentarios.

—¿Entonces qué? ¿Demasiado listo?

—Tampoco, al menos no por norma general. Todos los fundamentos de mis conjeturas los he obtenido de él. Lo único que he descubierto por mi cuenta es que ha estado utilizando a ese hombre en privado. ¿Quién podría culparlo? Es un viejo policía. Me dijo virtualmente que debe tener herramientas con las que trabajar. Se me ocurrió que esta herramienta debería ser entregada a la división de Delitos Especiales en su conjunto, en lugar de seguir siendo propiedad privada del inspector jefe Heat. Extiendo mi concepción de nuestros deberes departamentales a la supresión del agente secreto. Pero el inspector jefe Heat es un viejo funcionario del departamento. Me acusaría de pervertir su moralidad y atacar su eficiencia. Lo definiría amargamente como una protección extendida a la clase criminal de los revolucionarios. Para él significaría precisamente eso.

—Sí. Pero, ¿qué quiere decir usted?

—Quiero decir, primero, que hay poco consuelo en poder declarar que cualquier acto de violencia —que dañe la propiedad o destruya vidas— no es en absoluto obra del anarquismo, sino de otra cosa totalmente distinta: alguna especie de canallada autorizada. Esto, imagino, es mucho más frecuente de lo que suponemos. Segundo, es obvio que la existencia de estas personas a sueldo de gobiernos extranjeros destruye en cierta medida la eficacia de nuestra supervisión. Un espía de ese tipo puede permitirse ser más imprudente que el más imprudente de los conspiradores. Su ocupación está libre de toda restricción. Está sin tanta fe como es necesaria para la negación completa, y sin tanta ley como está implícita en la ilegalidad. En tercer lugar, la existencia de estos espías entre los grupos revolucionarios, que se nos reprocha albergar aquí, elimina toda certidumbre. Usted recibió una declaración tranquilizadora del inspector jefe Heat hace algún tiempo. No carecía en absoluto de fundamento, y sin embargo ocurre este episodio. Lo llamo episodio, porque este asunto, me atrevo a decir, es episódico; no forma parte de ningún esquema general, por salvaje que sea. Las mismas peculiaridades que sorprenden y desconciertan al inspector jefe Heat establecen su carácter a mis ojos. Me mantengo alejado de los detalles, Sir Ethelred.

El Personaje sobre la alfombra de la chimenea había estado escuchando con profunda atención.

—Exacto. Sea lo más conciso que pueda.

El subcomisionado indicó con un gesto serio y deferente que estaba ansioso por ser conciso.

—Hay una estupidez y una debilidad peculiares en la conducta de este asunto que me dan excelentes esperanzas de llegar al fondo y encontrar allí algo más que un capricho individual de fanatismo. Porque es algo planeado, sin duda. El autor real parece haber sido llevado de la mano al lugar y luego abandonado apresuradamente a su suerte. La inferencia es que fue importado del extranjero con el propósito de cometer este ultraje. Al mismo tiempo, uno se ve obligado a concluir que no sabía suficiente inglés como para preguntar el camino, a menos que uno acepte la teoría fantástica de que era sordomudo. Me pregunto ahora... Pero esto es ocioso. Se ha destruido a sí mismo por un accidente, obviamente. No un accidente extraordinario. Pero queda un pequeño hecho extraordinario: la dirección en su ropa descubierta por el más puro accidente, también. Es un pequeño hecho increíble, tan increíble que la explicación que lo justifique está obligada a tocar el fondo de este asunto. En lugar de dar instrucciones a Heat para que continúe con este caso, mi intención es buscar esta explicación personalmente —por mí mismo, quiero decir— donde pueda recogerse. Es decir, en cierta tienda de Brett Street, y en los labios de cierto agente secreto, antaño el espía confidencial y de confianza del difunto barón Stott-Wartenheim, embajador de una Gran Potencia ante la Corte de St. James.

El subcomisionado hizo una pausa y luego añadió: —Esos sujetos son una plaga perfecta. —Para elevar su mirada caída hacia el rostro del interlocutor, el Personaje sobre la alfombra de la chimenea había inclinado gradualmente la cabeza más hacia atrás, lo que le daba un aspecto de extraordinaria altivez.

—¿Por qué no dejárselo a Heat?

—Porque es un viejo funcionario del departamento. Tienen su propia moralidad. Mi línea de investigación le parecería una terrible perversión del deber. Para él, el deber claro es cargar la culpa sobre tantos anarquistas prominentes como pueda basándose en algunos indicios leves que recogió en el curso de su investigación en el lugar; mientras que yo, diría él, estoy empeñado en vindicar su inocencia. Estoy tratando de ser lo más lúcido posible al presentarle este asunto oscuro sin detalles.

—¿Eso haría, verdad? —murmuró la orgullosa cabeza de Sir Ethelred desde su elevada posición.

—Me temo que sí, con una indignación y un disgusto de los que usted o yo no podemos tener idea. Es un excelente servidor. No debemos someter su lealtad a una tensión excesiva. Eso siempre es un error. Además, quiero libertad de acción; una libertad mayor de la que quizá sería aconsejable dar al inspector jefe Heat. No tengo el menor deseo de perdonar a este hombre Verloc. Imagino que se quedará extremadamente sorprendido al ver su conexión con este asunto, sea cual sea, llevada ante él tan rápidamente. Asustarlo no será muy difícil. Pero nuestro verdadero objetivo se encuentra detrás de él, en algún lugar. Quiero su autoridad para darle tales garantías de seguridad personal como considere apropiadas.

—Ciertamente —dijo el Personaje sobre la alfombra de la chimenea—. Averigüe tanto como pueda; averígüelo a su manera.

—Debo ponerme a ello sin perder tiempo, esta misma tarde —dijo el subcomisionado.

Sir Ethelred movió una mano bajo los faldones de su levita e, inclinando la cabeza hacia atrás, lo miró fijamente.

—Tendremos una sesión nocturna —dijo—. Venga a la Cámara con sus descubrimientos si no nos hemos ido a casa. Avisaré a Toodles para que esté atento a usted. Él le llevará a mi despacho.

La numerosa familia y las amplias conexiones del secretario privado de aspecto juvenil albergaban para él la esperanza de un destino austero y exaltado. Mientras tanto, la esfera social que adornaba en sus horas de ocio eligió mimarlo con el apodo anterior. Y Sir Ethelred, al escucharlo en labios de su esposa e hijas todos los días (principalmente a la hora del desayuno), le había conferido la dignidad de una adopción sin sonrisas.

El subcomisionado estaba extremadamente sorprendido y gratificado.

«Ciertamente llevaré mis descubrimientos a la Cámara por si usted tuviera tiempo de...»

«No tendré tiempo», interrumpió el gran Personaje. «Pero lo veré. No tengo tiempo ahora. ¿Y va usted mismo?»

«Sí, Sir Ethelred. Creo que es la mejor manera».

El Personaje había inclinado la cabeza tan hacia atrás que, para no perder de vista al subcomisionado, casi tuvo que cerrar los ojos.

«Hm. ¡Ja! ¿Y cómo se propone...? ¿Adoptará algún disfraz?»

«¡Difícilmente un disfraz! Me cambiaré de ropa, por supuesto».

«Por supuesto», repitió el gran hombre, con una especie de altivez distraída. Giró su gran cabeza lentamente y, por encima del hombro, lanzó una mirada oblicua y altiva al pesado reloj de mármol de tic astuto y débil. Las manecillas doradas habían aprovechado la oportunidad para robarle nada menos que veinticinco minutos a sus espaldas.

El subcomisionado, que no podía verlas, se puso un poco nervioso durante el intervalo. Pero el gran hombre le ofreció un rostro tranquilo e impávido.

«Muy bien», dijo, y se detuvo, como si fuera un desprecio deliberado hacia el reloj oficial. «Pero ¿qué fue lo primero que le puso en marcha en esta dirección?»

«Siempre he sido de la opinión», comenzó el subcomisionado.

«Ah. ¡Sí! Opinión. Eso es de rigor. ¿Pero el motivo inmediato?»

«¿Qué he de decir, Sir Ethelred? La oposición de un hombre nuevo a los métodos antiguos. El deseo de conocer algo de primera mano. Cierta impaciencia. Es mi antiguo trabajo, pero el arnés es diferente. Me ha estado rozando un poco en uno o dos puntos sensibles».

«Espero que le vaya bien allá», dijo el gran hombre amablemente, extendiendo su mano, suave al tacto, pero ancha y poderosa como la mano de un granjero glorificado. El subcomisionado la estrechó y se retiró.

En la sala exterior, Toodles, que había estado esperando encaramado al borde de una mesa, se adelantó a su encuentro, reprimiendo su natural alegría.

«¿Y bien? ¿Satisfactorio?», preguntó con aire importante y ligero.

«Perfectamente. Se ha ganado mi eterna gratitud», respondió el subcomisionado, cuyo rostro alargado parecía de madera en contraste con el carácter peculiar de la gravedad del otro, que parecía perpetuamente a punto de estallar en ondas y risitas.

«Eso está bien. Pero en serio, no puede imaginar lo irritado que está por los ataques a su Proyecto de Ley para la Nacionalización de la Pesca. Lo llaman el comienzo de la revolución social. Por supuesto, es una medida revolucionaria. Pero estos tipos no tienen decencia. Los ataques personales...»

«Leo los periódicos», observó el subcomisionado.

«¿Odiosos, verdad? Y no tiene idea de la cantidad de trabajo que tiene que sacar adelante cada día. Lo hace todo él mismo. Parece incapaz de confiarle a nadie estos asuntos de la Pesca».

«Y, sin embargo, ha dedicado toda una media hora a la consideración de mi insignificante boquerón», intercedió el subcomisionado.

«¿Insignificante? ¿Lo es? Me alegra oírlo. Pero es una pena que no se haya mantenido al margen, entonces. Esta pelea lo agota terriblemente. El hombre se está agotando. Lo noto por la forma en que se apoya en mi brazo cuando caminamos hacia allá. Y, dígame, ¿está seguro en las calles? Mullins ha estado haciendo desfilar a sus hombres por aquí esta tarde. Hay un agente de policía pegado a cada farola, y una de cada dos personas que nos cruzamos entre este lugar y Palace Yard es un "detective" evidente. Pronto le afectará a los nervios. Diga, estos sinvergüenzas extranjeros no serán capaces de arrojarle algo, ¿verdad? Sería una calamidad nacional. El país no puede prescindir de él».

«Por no mencionar a usted mismo. Se apoya en su brazo», sugirió el subcomisionado con sobriedad. «Caerían ambos».

«¿Sería una forma fácil para un hombre joven de pasar a la historia? No son tantos los ministros británicos que han sido asesinados como para que sea un incidente menor. Pero ahora, en serio...»

«Me temo que si quiere pasar a la historia tendrá que hacer algo para conseguirlo. En serio, no hay peligro alguno para ambos, salvo el del exceso de trabajo».

El comprensivo Toodles agradeció esta apertura para soltar una risita.

«La Pesca no me matará. Estoy acostumbrado a los horarios nocturnos», declaró, con ingenua ligereza. Pero, sintiendo un remordimiento instantáneo, empezó a adoptar un aire de melancolía de estadista, como quien se pone un guante. «Su intelecto masivo aguantará cualquier cantidad de trabajo. Es de sus nervios de lo que tengo miedo. La banda reaccionaria, con ese bruto abusivo de Cheeseman a la cabeza, lo insulta cada noche».

«¡Si insiste en empezar una revolución!», murmuró el subcomisionado.

«Ha llegado el momento, y él es el único hombre lo suficientemente grande para el trabajo», protestó el revolucionario Toodles, encendiéndose bajo la mirada tranquila y especulativa del subcomisionado. En algún lugar de un pasillo, una campana lejana tintineó con urgencia, y con devota vigilancia el joven aguzó el oído ante el sonido. «Ya está listo para irse», exclamó en un susurro, agarró su sombrero y desapareció de la habitación.

El subcomisionado salió por otra puerta de un modo menos elástico. Cruzó de nuevo la amplia vía, caminó por una calle estrecha y volvió a entrar apresuradamente en los edificios de su departamento. Mantuvo este paso acelerado hasta la puerta de su despacho privado. Antes de haberla cerrado bien, sus ojos buscaron su escritorio. Se quedó quieto un momento, luego se acercó, miró por todo el suelo, se sentó en su silla, tocó un timbre y esperó.

«¿Se ha ido ya el inspector jefe Heat?»

«Sí, señor. Se marchó hace media hora».

Asintió. «Eso es todo». Y sentado allí, con el sombrero empujado hacia atrás de la frente, pensó que era típico de la desfachatez de Heat llevarse tranquilamente la única pieza de evidencia material. Pero pensó esto sin animosidad. Los viejos y valiosos servidores se toman libertades. El trozo de abrigo con la dirección cosida no era, ciertamente, una cosa para dejar por ahí. Desechando de su mente esta manifestación de la desconfianza del inspector jefe Heat, escribió y envió una nota a su esposa, encargándole que pidiera disculpas en su nombre a la gran dama de Michaelis, con quien tenían el compromiso de cenar esa noche.

La chaqueta corta y el sombrero bajo y redondo que se puso en una especie de alcoba con cortinas que contenía un lavabo, una hilera de perchas de madera y un estante, resaltaban maravillosamente la longitud de su rostro grave y moreno. Volvió a salir a la plena luz de la habitación, pareciendo la visión de un Don Quijote frío y reflexivo, con los ojos hundidos de un entusiasta oscuro y un aire muy deliberado. Abandonó el escenario de sus labores diarias rápidamente, como una sombra discreta. Su descenso a la calle fue como el descenso a un acuario viscoso del que se había vaciado el agua. Una humedad oscura y lúgubre le envolvió. Las paredes de las casas estaban mojadas, el barro de la calzada brillaba con un efecto de fosforescencia y, cuando emergió al Strand desde una calle estrecha al lado de la estación de Charing Cross, el genio de la localidad lo asimiló. Podría haber sido uno más de esos extraños peces extranjeros que se ven por la noche revoloteando por las esquinas oscuras.

Se detuvo en el mismo borde de la acera y esperó. Sus ojos entrenados habían distinguido en los movimientos confusos de luces y sombras que atestaban la calzada el acercamiento lento de un coche de alquiler. No dio ninguna señal; pero cuando el estribo bajo que se deslizaba junto al bordillo llegó a sus pies, se coló hábilmente por delante de la gran rueda giratoria y habló a través de la pequeña trampilla casi antes de que el hombre que miraba supinamente hacia adelante desde su asiento fuera consciente de haber sido abordado por un pasajero.

No fue un viaje largo. Terminó bruscamente por señal, en ninguna parte en particular, entre dos farolas frente a un gran establecimiento de telas: una larga hilera de tiendas ya envueltas en láminas de hierro corrugado para la noche. Entregando una moneda a través de la trampilla, el pasajero se deslizó hacia fuera y se alejó, dejando un efecto de espeluznante y excéntrica pesadilla en la mente del cochero. Pero el tamaño de la moneda fue satisfactorio al tacto, y como su educación no era literaria, permaneció libre de la preocupación de encontrarla convertida poco después en una hoja seca en su bolsillo. Elevado por encima del mundo de los pasajeros por la naturaleza de su oficio, contemplaba sus acciones con un interés limitado. El tirón brusco que dio a su caballo expresaba su filosofía.

Mientras tanto, el subcomisionado ya estaba dando su pedido a un camarero en un pequeño restaurante italiano a la vuelta de la esquina; una de esas trampas para hambrientos, larga y estrecha, cebada con una perspectiva de espejos y mantelería blanca; sin aire, pero con una atmósfera propia: una atmósfera de cocina fraudulenta que se burlaba de una humanidad abyecta en la más acuciante de sus miserables necesidades. En esta atmósfera inmoral, el subcomisionado, reflexionando sobre su empresa, pareció perder algo más de su identidad. Sentía una sensación de soledad, de libertad maligna. Era bastante agradable. Cuando, después de pagar su corta comida, se puso de pie y esperó el cambio, se vio reflejado en la lámina de cristal y le sorprendió su apariencia extranjera. Contempló su propia imagen con una mirada melancólica e inquisitiva, luego, por una inspiración repentina, se levantó el cuello de la chaqueta. Este arreglo le pareció loable y lo completó dando un giro hacia arriba a las puntas de su bigote negro. Quedó satisfecho con la sutil modificación de su aspecto personal causada por estos pequeños cambios. «Eso estará muy bien», pensó. «Me mojaré un poco, me salpicaré un poco...»

Se dio cuenta de la presencia del camarero a su lado y de un pequeño montón de monedas de plata en el borde de la mesa frente a él. El camarero mantenía un ojo en ellas, mientras el otro seguía la larga espalda de una chica alta, no muy joven, que pasó hacia una mesa distante pareciendo perfectamente ciega y totalmente inaccesible. Parecía ser una clienta habitual.

Al salir, el subcomisionado se hizo la observación de que los clientes del lugar habían perdido, por la frecuentación de la cocina fraudulenta, todas sus características nacionales y privadas. Y esto era extraño, ya que el restaurante italiano es una institución tan peculiarmente británica. Pero estas personas estaban tan desnacionalizadas como los platos que se les servían con toda circunstancia de respetabilidad sin sello. Tampoco su personalidad estaba marcada de ninguna manera, profesional, social o racialmente. Parecían creados para el restaurante italiano, a menos que el restaurante italiano hubiera sido tal vez creado para ellos. Pero esa última hipótesis era impensable, ya que uno no podía situarlos en ningún lugar fuera de esos establecimientos especiales. Nunca se encontraba a estas personas enigmáticas en otra parte. Era imposible formarse una idea precisa de qué ocupaciones seguían durante el día y dónde iban a dormir por la noche. Y él mismo se había vuelto inubicable. Hubiera sido imposible para cualquiera adivinar su ocupación. En cuanto a ir a dormir, existía una duda incluso en su propia mente. No ciertamente con respecto a su domicilio en sí, pero sí mucho respecto al momento en que podría regresar allí. Un sentimiento placentero de independencia lo poseyó cuando oyó las puertas de cristal cerrarse tras su espalda con una especie de ruido sordo, imperfecto y desconcertado. Avanzó de inmediato hacia una inmensidad de viscosidad grasienta y yeso húmedo salpicado de lámparas, y envuelto, oprimido, penetrado, ahogado y sofocado por la negrura de una noche londinense mojada, compuesta de hollín y gotas de agua.

Brett Street no estaba muy lejos. Se bifurcaba, estrecha, desde el lado de un espacio triangular abierto rodeado de casas oscuras y misteriosas, templos de pequeño comercio vacíos de comerciantes por la noche. Solo el puesto de un frutero en la esquina creaba un resplandor violento de luz y color. Más allá todo era negro, y las pocas personas que pasaban en esa dirección desaparecían de una zancada tras los brillantes montones de naranjas y limones. Ningún paso resonaba. Nunca se volvería a saber de ellos. El aventurero jefe del Departamento de Crímenes Especiales observaba estas desapariciones desde la distancia con un ojo interesado. Se sentía ligero, como si hubiera estado emboscado él solo en una jungla a muchos miles de millas de distancia de los escritorios departamentales y los tinteros oficiales. Esta alegría y dispersión del pensamiento ante una tarea de cierta importancia parece probar que este mundo nuestro no es un asunto tan serio después de todo. Pues el subcomisionado no estaba constitucionalmente inclinado a la ligereza.

El policía de guardia proyectó su forma sombría y en movimiento contra la gloria luminosa de las naranjas y los limones, y entró en Brett Street sin prisa. El subcomisionado, como si fuera un miembro de las clases criminales, se demoró fuera de la vista, esperando su regreso. Pero este agente parecía perdido para siempre para el cuerpo. Nunca regresó: debió de salir por el otro extremo de Brett Street.

El subcomisionado, al llegar a esta conclusión, entró a su vez en la calle y se encontró con una furgoneta grande detenida frente a los cristales tenuemente iluminados de una casa de comidas para carreteros. El hombre se estaba refrescando en el interior, y los caballos, con sus grandes cabezas bajas hacia el suelo, comían constantemente de sus morrales. Más adelante, en el lado opuesto de la calle, otro parche sospechoso de luz tenue salía del escaparate de la tienda del Sr. Verloc, colgado de papeles, lleno de montones vagos de cajas de cartón y formas de libros. El subcomisionado permaneció observándola a través de la calzada. No podía haber error. Al lado del escaparate, obstaculizada por las sombras de cosas indescriptibles, la puerta, entreabierta, dejaba escapar a la acera una estrecha y clara raya de luz de gas del interior.

Detrás del subcomisionado, la furgoneta y los caballos, fundidos en una sola masa, parecían algo vivo: un monstruo negro de lomo cuadrado que bloqueaba la mitad de la calle, con repentinos pisotones herrados, feroces tintineos y pesados suspiros jadeantes. El resplandor ásperamente festivo y de mal agüero de un gran y próspero pub se enfrentaba al otro extremo de Brett Street a través de una carretera ancha. Esta barrera de luces deslumbrantes, oponiéndose a las sombras reunidas alrededor de la humilde morada de la felicidad doméstica del Sr. Verloc, parecía empujar la oscuridad de la calle hacia sí misma, haciéndola más hosca, meditabunda y siniestra.

CAPÍTULO VIII

Tras haber infundido mediante persistentes importunidades cierta clase de calor al frío interés de varios taberneros con licencia (conocidos antaño de su difunto y desafortunado marido), la madre de la Sra. Verloc había logrado por fin su admisión en ciertas casas de beneficencia fundadas por un rico tabernero para las viudas desamparadas del oficio.

Este fin, concebido en la astucia de su corazón inquieto, la vieja lo había perseguido con secreto y determinación. Aquel fue el tiempo en que su hija Winnie no pudo evitar hacerle un comentario al Sr. Verloc: «mamá se ha estado gastando medias coronas y cinco chelines casi todos los días esta última semana en tarifas de coche». Pero el comentario no fue hecho con resentimiento. Winnie respetaba las dolencias de su madre. Solo estaba un poco sorprendida por esta repentina manía por la locomoción. El Sr. Verloc, que era suficientemente magnífico a su manera, había hecho un gruñido impaciente para descartar el comentario por interferir con sus meditaciones. Estas eran frecuentes, profundas y prolongadas; trataban sobre un asunto más importante que cinco chelines. Claramente más importante, y más allá de toda comparación, más difícil de considerar en todos sus aspectos con serenidad filosófica.

Alcanzado su objetivo en astuto secreto, la heroica anciana se lo había confesado todo a la Sra. Verloc. Su alma estaba triunfante y su corazón tembloroso. Interiormente se estremecía, porque temía y admiraba el carácter tranquilo y reservado de su hija Winnie, cuyo desagrado se hacía formidable por una diversidad de silencios terribles. Pero no permitió que sus aprensiones internas le robaran la ventaja de la venerable placidez conferida a su persona exterior por su triple barbilla, la amplitud flotante de su antigua forma y la condición impotente de sus piernas.

El impacto de la información fue tan inesperado que la Sra. Verloc, contra su práctica habitual cuando se le hablaba, interrumpió la ocupación doméstica en la que estaba inmersa. Era el quitar el polvo de los muebles en el salón detrás de la tienda. Giró la cabeza hacia su madre.

«¿Para qué demonios querías hacer eso?», exclamó, escandalizada por el asombro.

El impacto debió de ser severo para hacerla apartarse de esa aceptación distante y despreocupada de los hechos que era su fuerza y su salvaguarda en la vida.

«¿No estabas lo suficientemente cómoda aquí?»

Había caído en estas indagaciones, pero al momento siguiente salvó la coherencia de su conducta reanudando su tarea de quitar el polvo, mientras la anciana permanecía asustada y muda bajo su desgastada cofia blanca y su peluca oscura sin brillo.

Winnie terminó con la silla y pasó el plumero a lo largo de la caoba en el respaldo del sofá de crin en el que el Sr. Verloc amaba tomarse su descanso con sombrero y abrigo. Estaba concentrada en su trabajo, pero pronto se permitió otra pregunta.

«¿Cómo diablos lo arreglaste, mamá?»

Como no afectaba a la esencia de las cosas, que era el principio de la Sra. Verloc ignorar, esta curiosidad era excusable. Se refería simplemente a los métodos. La anciana la acogió con entusiasmo, ya que traía a colación algo de lo que se podía hablar con mucha sinceridad.

Favoreció a su hija con una respuesta exhaustiva, llena de nombres y enriquecida por comentarios laterales sobre los estragos del tiempo observados en la alteración de los rostros humanos. Los nombres eran principalmente los de taberneros con licencia: «los amigos del pobre papá, querida». Se extendió con especial aprecio sobre la amabilidad y condescendencia de un gran cervecero, un baronet y miembro del Parlamento, presidente de los gobernadores de la organización benéfica. Se expresó así con calidez porque se le había permitido entrevistarse por cita previa con su secretario privado: «un caballero muy educado, todo de negro, con una voz suave y triste, pero tan muy, muy delgado y tranquilo. Era como una sombra, querida mía».

Winnie, prolongando sus operaciones de quitar el polvo hasta que la historia llegó a su fin, salió del salón hacia la cocina (bajando dos escalones) a su manera habitual, sin el más mínimo comentario.

Derramando algunas lágrimas en señal de regocijo por la mansedumbre de su hija en este terrible asunto, la madre de la Sra. Verloc dio rienda suelta a su astucia en la dirección de sus muebles, porque eran suyos; y a veces deseaba que no lo hubieran sido. El heroísmo está muy bien, pero hay circunstancias en las que la disposición de unas pocas mesas y sillas, camas de latón, etcétera, puede ser grande en consecuencias remotas y desastrosas. Ella necesitaba unas pocas piezas para sí misma, pues la Fundación que, tras muchas importunidades, la había acogido en su caritativo seno, no daba nada más que tablas desnudas y ladrillos con papel pintado barato a los objetos de su solicitud. La delicadeza que guio su elección hacia los artículos menos valiosos y más destartalados pasó sin ser reconocida, porque la filosofía de Winnie consistía en no prestar atención al interior de los hechos; asumió que mamá tomaba lo que mejor le convenía. En cuanto al Sr. Verloc, su intensa meditación, como una especie de muralla china, lo aislaba completamente de los fenómenos de este mundo de vano esfuerzo y apariencias ilusorias.

Hecha su selección, la disposición del resto se convirtió en una pregunta desconcertante de una manera particular. Lo dejaba en Brett Street, por supuesto. Pero tenía dos hijos. Winnie estaba provista gracias a su unión sensata con ese excelente marido, el Sr. Verloc. Stevie estaba desamparado y era un poco peculiar. Su posición tenía que ser considerada antes que las pretensiones de la justicia legal e incluso los impulsos de la parcialidad. La posesión de los muebles no sería en ningún sentido una provisión. Debería tenerlos: el pobre muchacho. Pero dárselos sería como interferir con su posición de total dependencia. Era una especie de derecho que ella temía debilitar. Además, las susceptibilidades del Sr. Verloc tal vez no soportarían estar obligadas a su cuñado por las sillas en las que se sentaba. En una larga experiencia con caballeros huéspedes, la madre de la Sra. Verloc había adquirido una noción lúgubre pero resignada del lado fantástico de la naturaleza humana. ¿Qué pasaría si al Sr. Verloc le diera de repente por decirle a Stevie que llevara sus dichosos trastos a algún lugar fuera de allí? Una división, por otro lado, por muy cuidadosamente hecha que fuera, podría dar alguna causa de ofensa a Winnie. No, Stevie debía permanecer desamparado y dependiente. Y en el momento de dejar Brett Street, le había dicho a su hija: «No tiene sentido esperar a que esté muerta, ¿verdad? Todo lo que dejo aquí es totalmente tuyo ahora, querida».

Winnie, con el sombrero puesto, silenciosa a espaldas de su madre, siguió arreglando el cuello de la capa de la vieja. Cogió su bolso y un paraguas con expresión impasible. Había llegado el momento de realizar el gasto de tres chelines y seis peniques en lo que bien podría suponerse el último viaje en coche de punto de la vida de la madre de la señora Verloc. Salieron por la puerta de la tienda.

El carruaje que las aguardaba habría ilustrado el proverbio de que «la verdad puede ser más cruel que la caricatura», si tal proverbio existiera. Arrastrado por un caballo achacoso, un coche de alquiler metropolitano se detuvo sobre unas ruedas tambaleantes y con un cochero mutilado en el pescante. Esta última peculiaridad causó cierta vergüenza. Al ver un artilugio de hierro en forma de gancho que sobresalía de la manga izquierda de la chaqueta del hombre, la madre de la señora Verloc perdió de repente el heroico valor de estos días. Realmente no podía confiar en sí misma. «¿Qué te parece, Winnie?». Se resistió. Las apasionadas protestas del cochero de cara ancha parecían salir a presión de una garganta bloqueada. Inclinándose desde su pescante, susurró con misteriosa indignación. ¿Qué pasaba ahora? ¿Era posible tratar así a un hombre? Su enorme rostro sin lavar llameaba de rojo en el tramo embarrado de la calle. ¿Era probable que le hubieran dado la licencia, preguntó desesperadamente, si...?

El agente de policía de la localidad lo tranquilizó con una mirada amistosa; luego, dirigiéndose a las dos mujeres sin ninguna consideración especial, dijo:

«Lleva veinte años conduciendo un coche. Nunca le he conocido un accidente».

«¡Accidente!», gritó el cochero en un susurro desdeñoso.

El testimonio del policía zanjó la cuestión. El modesto grupo de siete personas, en su mayoría menores de edad, se dispersó. Winnie siguió a su madre al interior del coche. Stevie subió al pescante. Su boca vacía y sus ojos angustiados retrataban el estado de su mente respecto a las transacciones que estaban teniendo lugar. En las calles estrechas, el progreso del viaje se hacía perceptible para las que iban dentro por las fachadas cercanas de las casas que pasaban lenta y temblorosamente, con un gran traqueteo y tintineo de cristales, como si estuvieran a punto de desplomarse detrás del coche; y el caballo achacoso, con el arnés colgando sobre su afilado espinazo y flameando muy suelto alrededor de sus muslos, parecía bailar con cautela sobre sus cascos con infinita paciencia. Más tarde, en el espacio más amplio de Whitehall, todas las pruebas visuales del movimiento se volvieron imperceptibles. El traqueteo y el tintineo de los cristales continuaron indefinidamente frente al largo edificio del Tesoro, y el tiempo mismo pareció detenerse.

Por fin, Winnie observó: «Este no es un caballo muy bueno».

Sus ojos brillaban en la sombra del coche, fijos en el frente, inmóviles. En el pescante, Stevie cerró primero su boca vacía para exclamar con vehemencia: «No».

El cochero, sosteniendo en alto las riendas enredadas alrededor del gancho, no hizo caso. Quizá no había oído. El pecho de Stevie se agitó.

«No azotes».

El hombre giró lentamente su rostro hinchado y empapado, de muchos colores y erizado de pelos blancos. Sus pequeños ojos rojos brillaban con humedad. Sus labios gruesos tenían un tinte violáceo. Permanecieron cerrados. Con el dorso sucio de su mano derecha, la del látigo, frotó la barba incipiente que brotaba en su enorme barbilla.

«No debes», tartamudeó Stevie con violencia. «Duele».

«No debo azotar», inquirió el otro en un susurro pensativo, e inmediatamente azotó. Hizo esto, no porque su alma fuera cruel y su corazón malvado, sino porque tenía que ganar el importe del viaje. Y durante un tiempo, los muros de St. Stephen’s, con sus torres y pináculos, contemplaron en inmovilidad y silencio un coche que tintineaba. También rodaba, sin embargo. Pero en el puente hubo un tumulto. Stevie se dispuso de repente a bajar del pescante. Hubo gritos en la acera, la gente corrió hacia adelante, el conductor se detuvo, susurrando maldiciones de indignación y asombro. Winnie bajó la ventanilla y sacó la cabeza, blanca como un fantasma. En el fondo del coche, su madre exclamaba, con tono de angustia: «¿Está herido el chico? ¿Está herido el chico?».

Stevie no estaba herido, ni siquiera se había caído, pero la excitación, como de costumbre, le había robado el poder de un discurso coherente. No pudo hacer más que tartamudear por la ventanilla: «Demasiado pesado. Demasiado pesado». Winnie puso su mano sobre el hombro de él.

«¡Stevie! Sube al pescante inmediatamente y no intentes bajar de nuevo».

«No. No. Caminar. Debo caminar».

Al intentar explicar la naturaleza de esa necesidad, se trabó hasta la total incoherencia. Ninguna imposibilidad física se interponía en su capricho. Stevie podría haber logrado fácilmente seguir el paso del caballo achacoso y bailarín sin quedarse sin aliento. Pero su hermana denegó su consentimiento con decisión. «¡Qué ocurrencia! ¡Quién ha oído hablar de tal cosa! ¡Correr detrás de un coche!». Su madre, asustada e impotente en el fondo del carruaje, suplicó: «Oh, no le dejes, Winnie. Se perderá. No le dejes».

«Desde luego que no. ¡Qué será lo próximo! El señor Verloc lamentará oír hablar de estas tonterías, Stevie, te lo aseguro. No estará nada contento».

La idea de la pena y la infelicidad del señor Verloc actuando, como de costumbre, poderosamente sobre la disposición fundamentalmente dócil de Stevie, hizo que abandonara toda resistencia y volviera a subir al pescante con cara de desesperación.

El cochero se volvió hacia él con su enorme e inflamado semblante, de forma truculenta. «No intentes este jueguecito otra vez, muchacho».

Tras pronunciar esto en un susurro severo, forzado casi hasta la extinción, siguió conduciendo, rumiando solemnemente. Para su mente, el incidente permanecía algo oscuro. Pero su intelecto, aunque había perdido su vivacidad original en los entorpecedores años de exposición sedentaria a la intemperie, no carecía de independencia ni de cordura. Descartó gravemente la hipótesis de que Stevie fuera un chaval borracho.

Dentro del coche, el hechizo de silencio, en el que las dos mujeres habían soportado hombro con hombro el traqueteo, el sacudimiento y el tintineo del viaje, se había roto por el arrebato de Stevie. Winnie alzó la voz.

«Has hecho lo que querías, madre. Solo tendrás que culparte a ti misma si después no eres feliz. Y no creo que lo seas. Eso no lo creo. ¿No estabas lo suficientemente cómoda en la casa? ¿Qué pensará la gente de nosotras... que te lanzas así a la caridad?».

«Hija mía», gritó la anciana con vehemencia por encima del ruido, «has sido la mejor de las hijas para mí. En cuanto al señor Verloc... bueno...».

Al faltarle las palabras sobre el tema de la excelencia del señor Verloc, volvió sus viejos ojos llorosos hacia el techo del coche. Luego desvió la cabeza con el pretexto de mirar por la ventanilla, como para juzgar su progreso. Era insignificante y avanzaba pegado al bordillo. La noche, la temprana y sucia noche, la siniestra, ruidosa, desesperanzada y alborotada noche del sur de Londres, la había alcanzado en su último viaje en coche. Bajo la luz de gas de las tiendas de fachada baja, sus grandes mejillas brillaban con un tono anaranjado bajo un capó negro y malva.

El cutis de la madre de la señora Verloc se había vuelto amarillento por el efecto de la edad y por una predisposición natural a la bilis, favorecida por las pruebas de una existencia difícil y preocupada, primero como esposa, luego como viuda. Era un cutis que, bajo la influencia de un rubor, adquiría un tinte anaranjado. Y esta mujer, modesta en verdad pero endurecida en los fuegos de la adversidad, de una edad, además, en la que no se esperan sonrojos, se había ruborizado positivamente ante su hija. En la intimidad de un coche de cuatro ruedas, camino de una casita de caridad (una de tantas en hilera) que, por la exiguidad de sus dimensiones y la sencillez de su alojamiento, bien podría haber sido concebida con benevolencia como un lugar de entrenamiento para las circunstancias aún más estrechas de la tumba, se vio obligada a ocultar a su propia hija un rubor de remordimiento y vergüenza.

¿Qué pensará la gente? Sabía muy bien lo que pensaban, la gente que Winnie tenía en mente: los viejos amigos de su marido y otros también, cuyo interés había solicitado con tan halagador éxito. No había sabido antes lo buena mendiga que podía llegar a ser. Pero adivinaba muy bien qué inferencia se sacaba de su solicitud. Debido a esa delicadeza retraída, que existe al lado de la brutalidad agresiva en la naturaleza masculina, las investigaciones sobre sus circunstancias no habían llegado muy lejos. Ella las había frenado con una compresión visible de los labios y cierto despliegue de una emoción decidida a ser elocuentemente silenciosa. Y los hombres se volvían repentinamente desinteresados, a la manera de su especie. Se felicitó más de una vez por no tener nada que ver con mujeres, quienes, siendo naturalmente más insensibles y ávidas de detalles, habrían estado ansiosas por saber exactamente mediante qué tipo de trato cruel la habían llevado su hija y su yerno a ese triste extremo. Fue solo ante el secretario del gran cervecero, diputado y presidente de la caridad, quien, actuando en nombre de su principal, se sintió obligado a ser concienzudamente inquisitivo sobre las verdaderas circunstancias de la solicitante, que ella había estallado en lágrimas de inmediato y en voz alta, como llora una mujer acorralada. El delgado y cortés caballero, tras contemplarla con aire de estar «totalmente sobrepasado», abandonó su posición bajo el amparo de comentarios tranquilizadores. No debía afligirse. El estatuto de la caridad no especificaba absolutamente «viudas sin hijos». De hecho, de ninguna manera la descalificaba. Pero la discreción del comité debía ser una discreción informada. Uno podía entender muy bien su falta de voluntad para ser una carga, etcétera, etcétera. Acto seguido, para su profunda decepción, la madre de la señora Verloc lloró un poco más con una vehemencia aumentada.

Las lágrimas de aquella mujer grande con peluca oscura y polvorienta, y un antiguo vestido de seda festoneado con encaje de algodón blanco y sucio, eran lágrimas de angustia genuina. Había llorado porque era heroica y sin escrúpulos y estaba llena de amor por sus dos hijos. Las chicas son sacrificadas frecuentemente por el bienestar de los chicos. En este caso, estaba sacrificando a Winnie. Al suprimir la verdad, la estaba calumniando. Por supuesto, Winnie era independiente y no tenía por qué preocuparse por la opinión de gente que nunca vería y que nunca la vería a ella; mientras que el pobre Stevie no tenía nada en el mundo que pudiera llamar suyo excepto el heroísmo y la falta de escrúpulos de su madre.

La primera sensación de seguridad que siguió al matrimonio de Winnie se desvaneció con el tiempo (pues nada dura), y la madre de la señora Verloc, en la reclusión del dormitorio trasero, había recordado la enseñanza de esa experiencia que el mundo imprime en una mujer viuda. Pero la había recordado sin amargura vana; su reserva de resignación equivalía casi a dignidad. Reflexionó estoicamente que todo decae, se desgasta en este mundo; que el camino de la bondad debería hacerse fácil para los bien dispuestos; que su hija Winnie era una hermana muy devota y una esposa muy segura de sí misma. En cuanto a la devoción fraternal de Winnie, su estoicismo flaqueó. Excluyó ese sentimiento de la regla de decadencia que afectaba a todas las cosas humanas y algunas divinas. No pudo evitarlo; no hacerlo la habría asustado demasiado. Pero al considerar las condiciones del estado civil de su hija, rechazó firmemente todas las ilusiones halagadoras. Adoptó la visión fría y razonable de que cuanto menos esfuerzo se pusiera en la bondad del señor Verloc, más tiempo era probable que duraran sus efectos. Aquel excelente hombre amaba a su mujer, por supuesto, pero sin duda preferiría mantener a tan pocos parientes suyos como fuera consistente con la muestra adecuada de ese sentimiento. Sería mejor si todo su efecto se concentrara en el pobre Stevie. Y la heroica anciana resolvió alejarse de sus hijos como un acto de devoción y como una maniobra de profunda política.

La «virtud» de esta política consistía en esto (la madre de la señora Verloc era sutil a su manera), que la pretensión moral de Stevie se vería fortalecida. El pobre chico —un chico bueno y útil, aunque un poco peculiar— no tenía una posición suficiente. Había sido acogido con su madre, un poco de la misma manera que el mobiliario de la mansión de Belgravia había sido tomado, como si fuera exclusivamente de ella. ¿Qué pasará, se preguntaba (pues la madre de la señora Verloc era en cierto modo imaginativa), cuando yo muera? Y cuando se hacía esa pregunta, lo hacía con pavor. También era terrible pensar que entonces no tendría los medios para saber qué le sucedía al pobre chico. Pero al cederlo a su hermana, al marcharse así, le daba la ventaja de una posición directamente dependiente. Esta era la sanción más sutil del heroísmo y la falta de escrúpulos de la madre de la señora Verloc. Su acto de abandono era en realidad un arreglo para asentar a su hijo permanentemente en la vida. Otras personas hacían sacrificios materiales para tal objeto, ella de esa manera. Era la única forma. Además, podría ver cómo funcionaba. Bien o mal, evitaría la horrible incertidumbre en el lecho de muerte. Pero era duro, duro, cruelmente duro.

El coche traqueteaba, tintineaba, sacudía; de hecho, esto último era bastante extraordinario. Por su desproporcionada violencia y magnitud, borraba toda sensación de movimiento hacia adelante; y el efecto era el de ser sacudido en un aparato estacionario como un dispositivo medieval para el castigo de crímenes, o algún invento muy novedoso para la cura de un hígado perezoso. Era extremadamente angustioso; y el alzar de la voz de la madre de la señora Verloc sonó como un lamento de dolor.

«Sé, hija mía, que vendrás a verme tan a menudo como te lo permita el tiempo. ¿No es así?».

«Por supuesto», respondió Winnie secamente, mirando al frente.

Y el coche se sacudió frente a una tienda vaporosa y grasienta, bajo el resplandor del gas y el olor a pescado frito.

La anciana lanzó un lamento de nuevo.

«Y, hija mía, debo ver a ese pobre chico todos los domingos. No le importará pasar el día con su vieja madre...».

Winnie gritó con estoicismo:

«¿Importarle? ¡Ya lo creo que no! Ese pobre chico te echará de menos de una forma cruel. Ojalá hubieras pensado un poco en eso, madre».

¡No pensar en ello! La heroica mujer se tragó un objeto juguetón e inconveniente como una bola de billar, que había intentado saltar fuera de su garganta. Winnie se quedó muda un rato, haciendo pucheros ante el frente del coche, luego espetó, lo cual era un tono inusual en ella:

«Espero tener trabajo con él al principio, estará muy inquieto...».

«Hagas lo que hagas, no dejes que moleste a tu marido, hija mía».

Así discutieron en términos familiares los alcances de una nueva situación. Y el coche se sacudió. La madre de la señora Verloc expresó algunas dudas. ¿Podía confiarse en que Stevie hiciera todo ese camino solo? Winnie sostuvo que ahora estaba mucho menos «distraído». Estuvieron de acuerdo en eso. No se podía negar. Mucho menos, casi nada. Se gritaron la una a la otra en el tintineo con relativa alegría. Pero de repente la ansiedad materna estalló de nuevo. Había que tomar dos autobuses, y un corto trayecto a pie entre medias. ¡Era demasiado difícil! La anciana se entregó al dolor y a la consternación.

Winnie miró hacia adelante.

«No te alteres así, madre. Debes verle, por supuesto».

«No, hija mía. Intentaré no hacerlo».

Se secó los ojos llorosos.

«Pero no puedes perder el tiempo para venir con él, y si se olvidara de sí mismo y perdiera el camino y alguien le hablara bruscamente, su nombre y dirección podrían escapársele de la memoria, y permanecerá perdido durante días y días...».

La visión de la enfermería de un asilo para el pobre Stevie —aunque solo fuera durante las investigaciones— le desgarró el corazón. Porque era una mujer orgullosa. La mirada de Winnie se había vuelto dura, atenta, inventiva.

«No puedo llevarle yo misma todas las semanas», gritó. «Pero no te preocupes, madre. Me aseguraré de que no se pierda por mucho tiempo».

Sintieron un golpe peculiar; una visión de pilares de ladrillo perduró ante las ventanas traqueteantes del coche; un cese repentino del atroz sacudimiento y el escandaloso tintineo dejó aturdidas a las dos mujeres. ¿Qué había pasado? Se quedaron inmóviles y asustadas en el profundo silencio, hasta que la puerta se abrió y se oyó un susurro áspero y forzado:

«¡Ya hemos llegado!».

Una hilera de casitas con frontones, cada una con una tenue ventana amarilla en la planta baja, rodeaba el oscuro espacio abierto de un césped plantado con arbustos y separado por una verja del mosaico de luces y sombras de la ancha carretera, que resonaba con el sordo estruendo del tráfico. Ante la puerta de una de estas minúsculas casas —una sin luz en la pequeña ventana de la planta baja— el coche se había detenido. La madre de la señora Verloc salió primero, de espaldas, con una llave en la mano. Winnie se demoró en el sendero de losas para pagar al cochero. Stevie, después de ayudar a llevar dentro un montón de pequeños paquetes, salió y se puso bajo la luz de una farola perteneciente a la caridad. El cochero miró las piezas de plata, que, pareciendo muy diminutas en su palma grande y mugrienta, simbolizaban los insignificantes resultados que recompensan el ambicioso coraje y el trabajo de una humanidad cuyo día es corto en esta tierra de maldad.

Había sido pagado decentemente —cuatro piezas de un chelín— y las contempló en perfecta inmovilidad, como si fueran los sorprendentes términos de un problema melancólico. El lento traslado de ese tesoro a un bolsillo interior exigió mucho y laborioso tanteo en las profundidades de la ropa decrépita. Su figura era achaparrada y sin flexibilidad. Stevie, esbelto, con los hombros un poco levantados y las manos hundidas profundamente en los bolsillos laterales de su abrigo cálido, estaba en el borde del camino, haciendo pucheros.

El cochero, haciendo una pausa en sus movimientos deliberados, pareció sorprendido por algún recuerdo brumoso.

«Oh. Aquí tienes, muchacho», susurró. «Le reconocerás, ¿verdad?».

Stevie estaba mirando al caballo, cuyos cuartos traseros parecían indebidamente elevados por el efecto de la emaciación. La pequeña cola rígida parecía haber sido colocada allí como una broma cruel; y en el otro extremo, el cuello delgado y plano, como una tabla cubierta con vieja piel de caballo, se desplomaba hacia el suelo bajo el peso de una enorme cabeza ósea. Las orejas colgaban en diferentes ángulos, negligentemente; y la figura macabra de aquel habitante mudo de la tierra humeaba directamente desde las costillas y el espinazo en la bochornosa quietud del aire.

El cochero golpeó ligeramente el pecho de Stevie con el gancho de hierro que sobresalía de una manga andrajosa y grasienta.

«Mira aquí, muchacho. ¿Cómo te gustaría sentarte detrás de este caballo hasta las dos de la mañana, quizá?».

Stevie miró distraídamente los feroces ojos pequeños con párpados de bordes rojos.

«No está cojo», prosiguió el otro, susurrando con energía. «No tiene ninguna llaga en él. Aquí está. ¿Cómo te gustaría...?».

Su voz forzada y extinta dotaba a su expresión de un carácter de vehemente secreto. La mirada vacía de Stevie se estaba convirtiendo lentamente en pavor.

«¡Bien puedes mirar! Hasta las tres o cuatro de la mañana. Frío y hambriento. Buscando pasajeros. Borrachos».

Sus joviales mejillas púrpuras estaban erizadas de pelos blancos; y al igual que el Sileno de Virgilio, quien, con la cara manchada por el jugo de las bayas, disertaba sobre los dioses olímpicos a los inocentes pastores de Sicilia, hablaba a Stevie de asuntos domésticos y de los asuntos de hombres cuyos sufrimientos son grandes y su inmortalidad de ninguna manera asegurada.

«Soy un cochero nocturno, eso soy», susurró con una especie de fanfarrona exasperación. «Tengo que sacar lo que les dé la gana darme en el depósito. Tengo a mi mujer y a cuatro hijos en casa».

La naturaleza monstruosa de aquella declaración de paternidad pareció dejar al mundo mudo. Reinó un silencio durante el cual los flancos del viejo caballo, el corcel de la miseria apocalíptica, humeaban hacia arriba bajo la luz de la farola de caridad.

El cochero gruñó, luego añadió en su misterioso susurro:

«Este no es un mundo fácil». El rostro de Stevie había estado crispado durante algún tiempo, y finalmente sus sentimientos estallaron en su forma habitual y concisa.

«¡Malo! ¡Malo!».

Su mirada permaneció fija en las costillas del caballo, cohibido y sombrío, como si tuviera miedo de mirar a su alrededor ante la maldad del mundo. Y su esbeltez, sus labios rosados y su tez pálida y clara le daban el aspecto de un chico delicado, a pesar del crecimiento esponjoso de vello dorado en sus mejillas. Hacía pucheros de forma asustada como un niño. El cochero, bajo y ancho, lo observaba con sus feroces ojos pequeños que parecían escocer en un líquido claro y corrosivo.

«Duro con los caballos, pero mucho más duro con los pobres tipos como yo», siseó apenas audiblemente.

—¡Pobre! ¡Pobre! —balbuceó Stevie, hundiendo las manos más profundamente en los bolsillos con convulsiva compasión. No podía decir nada; pues la ternura ante todo dolor y toda miseria, el deseo de hacer feliz al caballo y feliz al cochero, habían llegado al punto de un extraño anhelo de llevárselos a la cama con él. Y eso, lo sabía, era imposible. Porque Stevie no estaba loco. Era, por así decirlo, un anhelo simbólico; y al mismo tiempo era muy claro, porque brotaba de la experiencia, la madre de la sabiduría. Así, cuando de niño se acurrucaba en un rincón oscuro, asustado, desgraciado, dolorido y miserable con la negra, negra miseria del alma, su hermana Winnie solía acercarse y llevárselo a la cama con ella, como a un cielo de paz consoladora. Stevie, aunque propenso a olvidar hechos sin importancia, como su nombre y su dirección, por ejemplo, tenía una memoria fiel de las sensaciones. Ser llevado a una cama de compasión era el remedio supremo, con la única desventaja de ser difícil de aplicar a gran escala. Y al mirar al cochero, Stevie percibió esto claramente, porque él era razonable.

El cochero continuó con sus pausados preparativos como si Stevie no hubiera existido. Hizo el gesto de subir al pescante, pero en el último momento, por algún motivo oscuro, tal vez simplemente por disgusto con el ejercicio del carruaje, desistió. En su lugar, se acercó a su inmóvil compañero de labores y, agachándose para agarrar las riendas, levantó la cabeza grande y cansada hasta la altura de su hombro con un esfuerzo de su brazo derecho, como si fuera una hazaña de fuerza.

—Vamos —susurró en secreto.

Cojaqueando, alejó el coche. Había un aire de austeridad en esta partida, la grava crujiente del camino de entrada quejándose bajo las ruedas que giraban lentamente, los muslos delgados del caballo moviéndose con ascética deliberación lejos de la luz, hacia la oscuridad del espacio abierto bordeado tenuemente por los techos puntiagudos y las ventanas tenuemente iluminadas de los pequeños asilos. El lamento de la grava viajó lentamente por todo el camino. Entre las lámparas de la puerta de caridad reapareció el lento cortejo, iluminado por un momento, el hombre bajo y grueso cojeando afanosamente, con la cabeza del caballo sostenida en alto por su puño, el animal flaco caminando con una dignidad rígida y desolada, la caja oscura y baja sobre ruedas rodando detrás cómicamente con un aire de contoneo. Giraron a la izquierda. Había un pub al final de la calle, a cincuenta yardas de la puerta.

Stevie, dejado solo junto al poste de luz privado de la Caridad, con las manos hundidas profundamente en los bolsillos, miraba con una hosquedad vacía. En el fondo de sus bolsillos, sus manos incapaces y débiles estaban cerradas con fuerza en un par de puños furiosos. Ante cualquier cosa que afectara directa o indirectamente a su miedo mórbido al dolor, Stevie terminaba volviéndose feroz. Una indignación magnánima hinchaba su frágil pecho hasta casi estallar, y hacía que sus ojos cándidos se entrecerraran. Supremanente sabio al conocer su propia impotencia, Stevie no era lo suficientemente sabio como para refrenar sus pasiones. La ternura de su caridad universal tenía dos fases tan indisolublemente unidas y conectadas como el reverso y el anverso de una medalla. La angustia de la compasión inmoderada era sucedida por el dolor de una rabia inocente pero despiadada. Expresándose estos dos estados exteriormente mediante los mismos signos de fútil agitación corporal, su hermana Winnie calmaba su excitación sin llegar nunca a sondear su carácter dual. La señora Verloc no desperdiciaba ninguna parte de esta vida transitoria en buscar información fundamental. Esta es una especie de economía que tiene todas las apariencias y algunas de las ventajas de la prudencia. Obviamente, puede ser bueno para uno no saber demasiado. Y tal punto de vista encaja muy bien con una indolencia constitucional.

En aquella tarde en la que se puede decir que la madre de la señora Verloc, tras haberse separado definitivamente de sus hijos, también había partido de esta vida, Winnie Verloc no investigó la psicología de su hermano. El pobre muchacho estaba excitado, por supuesto. Después de asegurar una vez más a la anciana en el umbral que sabría cómo protegerse contra el riesgo de que Stevie se perdiera durante mucho tiempo en sus peregrinajes de piedad filial, tomó el brazo de su hermano para alejarse. Stevie ni siquiera murmuró para sí mismo, pero con el sentido especial de devoción fraternal desarrollado en su primera infancia, ella sintió que el muchacho estaba realmente muy excitado. Aferrándose fuertemente a su brazo, bajo la apariencia de apoyarse en él, ella pensó en algunas palabras adecuadas para la ocasión.

—Ahora, Stevie, debes cuidarme bien en los cruces y subir primero al autobús, como un buen hermano.

Este llamamiento a la protección masculina fue recibido por Stevie con su docilidad habitual. Le halagó. Levantó la cabeza y sacó el pecho.

—No estés nerviosa, Winnie. ¡No debes estar nerviosa! El autobús está bien —respondió en un tartamudeo brusco y arrastrado que participaba de la timidez de un niño y la resolución de un hombre. Avanzó sin miedo con la mujer del brazo, pero su labio inferior cayó. Sin embargo, en la acera de la sórdida y ancha avenida, cuya pobreza en todas las comodidades de la vida quedaba estúpidamente expuesta por una loca profusión de luces de gas, su parecido era tan pronunciado que llamaba la atención de los transeúntes ocasionales.

Ante las puertas de la taberna de la esquina, donde la profusión de luz de gas alcanzaba la altura de una maldad absoluta, un coche de cuatro ruedas parado junto al bordillo sin nadie en el pescante parecía arrojado a la cuneta debido a un deterioro irremediable. La señora Verloc reconoció el vehículo. Su aspecto era tan profundamente lamentable, con tal perfección de miseria grotesca y extrañeza de detalle macabro, como si fuera el Coche de la Muerte mismo, que la señora Verloc, con esa compasión pronta de una mujer por un caballo (cuando no está sentada detrás de él), exclamó vagamente:

—¡Pobre bruto!

Deteniéndose de golpe, Stevie le dio un tirón a su hermana.

—¡Pobre! ¡Pobre! —exclamó con apreciación—. El cochero también es pobre. Me lo dijo él mismo.

La contemplación del corcel enfermo y solitario lo superó. Empujado, pero obstinado, se quedó allí, tratando de expresar el punto de vista recién abierto a sus simpatías sobre la miseria humana y equina en estrecha asociación. Pero era muy difícil. «¡Pobre bruto, pobres personas!» era todo lo que podía repetir. No parecía lo suficientemente contundente, y se detuvo con un gruñido furioso: «¡Qué vergüenza!». Stevie no era un maestro de las frases, y tal vez por esa misma razón sus pensamientos carecían de claridad y precisión. Pero sentía con mayor plenitud y cierta profundidad. Esa pequeña palabra contenía todo su sentido de indignación y horror ante el hecho de que un tipo de miseria tuviera que alimentarse de la angustia de otra; que el pobre cochero golpeara al pobre caballo en nombre, por así decirlo, de sus pobres hijos en casa. Y Stevie sabía lo que era ser golpeado. Lo sabía por experiencia. Era un mundo malo. ¡Malo! ¡Malo!

La señora Verloc, su única hermana, tutora y protectora, no podía pretender tal profundidad de perspicacia. Además, no había experimentado la magia de la elocuencia del cochero. Estaba a oscuras respecto a la interioridad de la palabra «vergüenza». Y dijo con placidez:

—Vamos, Stevie. No puedes evitar eso.

El dócil Stevie siguió adelante; pero ahora iba sin orgullo, arrastrando los pies y murmurando medias palabras, e incluso palabras que habrían estado completas si no hubieran estado formadas por mitades que no se pertenecían. Era como si hubiera estado tratando de encajar todas las palabras que recordaba con sus sentimientos para obtener algún tipo de idea correspondiente. Y, de hecho, la obtuvo al fin. Se quedó atrás para decirla de una vez.

—Mundo malo para la gente pobre.

Directamente después de haber expresado ese pensamiento, se dio cuenta de que ya le era familiar en todas sus consecuencias. Esta circunstancia fortaleció su convicción inmensamente, pero también aumentó su indignación. Alguien, sintió, debería ser castigado por ello; castigado con gran severidad. No siendo un escéptico, sino una criatura moral, estaba en cierto modo a merced de sus pasiones justas.

—¡Asqueroso! —añadió concisamente.

Para la señora Verloc estaba claro que estaba muy excitado.

—Nadie puede evitar eso —dijo—. Vamos, camina. ¿Es así como me cuidas?

Stevie aceleró el paso obedientemente. Se enorgullecía de ser un buen hermano. Su moralidad, que era muy completa, le exigía eso. Sin embargo, estaba dolorido por la información impartida por su hermana Winnie, que era buena. ¡Nadie podía evitar eso! Caminó sombríamente, pero pronto se animó. Como el resto de la humanidad, desconcertado por el misterio del universo, tenía sus momentos de confianza consoladora en los poderes organizados de la tierra.

—La policía —sugirió con confianza.

—La policía no está para eso —observó la señora Verloc con desdén, apresurándose en su camino.

La cara de Stevie se alargó considerablemente. Estaba pensando. Cuanto más intenso era su pensamiento, más floja era la caída de su mandíbula inferior.

Y fue con un aspecto de vaciedad desesperanzada que abandonó su empresa intelectual.

—¿No para eso? —murmuró, resignado pero sorprendido—. ¿No para eso? Se había formado una concepción ideal de la policía metropolitana como una especie de institución benévola para la supresión del mal. La noción de benevolencia especialmente estaba muy estrechamente asociada con su sentido del poder de los hombres de azul. Había querido a todos los agentes de policía tiernamente, con una confianza ingenua. Y estaba dolorido. También estaba irritado por una sospecha de duplicidad en los miembros de la fuerza. Porque Stevie era franco y tan abierto como el día mismo. ¿Qué querían decir fingiendo entonces? A diferencia de su hermana, que depositaba su confianza en las apariencias, él deseaba llegar al fondo del asunto. Continuó su investigación mediante un desafío furioso.

—¿Para qué son entonces, Winn? ¿Para qué son? Dímelo.

A Winnie no le gustaba la controversia. Pero temiendo sobre todo un ataque de depresión negra como consecuencia de que Stevie extrañara mucho a su madre al principio, no rechazó del todo la discusión. Libre de toda ironía, respondió, sin embargo, de una forma que tal vez no era antinatural en la esposa del señor Verloc, Delegado del Comité Central Rojo, amigo personal de ciertos anarquistas y devoto de la revolución social.

—¿No sabes para qué es la policía, Stevie? Están ahí para que los que no tienen nada no le quiten nada a los que tienen.

Evitó usar el verbo «robar», porque siempre hacía sentir incómodo a su hermano. Porque Stevie era delicadamente honesto. Ciertos principios simples habían sido inculcados en él con tanta ansiedad (debido a su «rareza») que los meros nombres de ciertas transgresiones lo llenaban de horror. Siempre había sido fácilmente impresionado por los discursos. Estaba impresionado y sobresaltado ahora, y su inteligencia estaba muy alerta.

—¿Qué? —preguntó de inmediato, ansioso—. ¿Ni siquiera si tuvieran hambre? ¿No deben?

Los dos se habían detenido en su camino.

—Ni aunque tuvieran mucha —dijo la señora Verloc, con la ecuanimidad de una persona no perturbada por el problema de la distribución de la riqueza, y explorando la perspectiva de la calzada en busca de un autobús del color correcto—. Ciertamente no. Pero ¿qué utilidad tiene hablar de todo eso? Tú nunca tienes hambre.

Lanzó una mirada rápida al muchacho, parecido a un joven, a su lado. Lo vio amable, atractivo, afectuoso y solo un poco, muy poco, peculiar. Y no podía verlo de otra manera, pues estaba conectado con lo que había de sal de pasión en su vida insípida: la pasión de la indignación, del coraje, de la lástima e incluso del sacrificio personal. Ella no añadió: «Y no es probable que la tengas mientras yo viva». Pero bien podría haberlo hecho, ya que había tomado medidas eficaces para ese fin. El señor Verloc era un muy buen marido. Era su impresión honesta que nadie podría evitar querer al muchacho. Exclamó de repente:

—Rápido, Stevie. Detén ese autobús verde.

Y Stevie, trémulo e importante con su hermana Winnie del brazo, lanzó la otra mano muy por encima de su cabeza hacia el autobús que se acercaba, con completo éxito.

Una hora después, el señor Verloc levantó los ojos de un periódico que estaba leyendo, o al menos mirando, detrás del mostrador, y en el estrépito expirante de la campanilla de la puerta contempló a Winnie, su esposa, entrar y cruzar la tienda camino de arriba, seguida por Stevie, su cuñado. La visión de su esposa era agradable para el señor Verloc. Era su idiosincrasia. La figura de su cuñado permaneció imperceptible para él debido a la hosca meditación que últimamente había caído como un velo entre el señor Verloc y las apariencias del mundo de los sentidos. Miró a su esposa fijamente, sin una palabra, como si hubiera sido un fantasma. Su voz para uso doméstico era ronca y plácida, pero ahora no se escuchaba en absoluto. No se escuchó en la cena, a la que fue llamado por su esposa de la manera breve habitual: «Adolf». Se sentó a consumirla sin convicción, llevando su sombrero empujado muy hacia atrás en la cabeza. No era devoción a la vida al aire libre, sino la frecuentación de cafés extranjeros lo que era responsable de ese hábito, invistiendo con un carácter de impermanencia sin ceremonias la constante fidelidad del señor Verloc a su propio hogar. Dos veces, ante el estrépito de la campana rota, se levantó sin una palabra, desapareció en la tienda y volvió en silencio. Durante estas ausencias, la señora Verloc, volviéndose agudamente consciente del lugar vacío a su derecha, extrañó mucho a su madre y miró con fijeza; mientras que Stevie, por la misma razón, seguía arrastrando los pies, como si el suelo debajo de la mesa estuviera incómodamente caliente. Cuando el señor Verloc regresó para sentarse en su lugar, como la encarnación misma del silencio, el carácter de la mirada de la señora Verloc sufrió un cambio sutil, y Stevie dejó de inquietarse con los pies debido a su gran y respetuoso aprecio por el marido de su hermana. Le dirigió miradas de compasión respetuosa. El señor Verloc estaba apenado. Su hermana Winnie le había recalcado (en el autobús) que el señor Verloc se encontraría en casa en un estado de pena y que no debía ser molestado. La ira de su padre, la irritabilidad de los huéspedes caballeros y la predisposición del señor Verloc al dolor inmoderado habían sido las principales sanciones del autocontrol de Stevie. De estos sentimientos, todos fácilmente provocados pero no siempre fáciles de entender, el último tenía la mayor eficacia moral, porque el señor Verloc era bueno. Su madre y su hermana habían establecido ese hecho ético sobre un fundamento inamovible. Lo habían establecido, erigido, consagrado a espaldas del señor Verloc, por razones que no tenían nada que ver con la moralidad abstracta. Y el señor Verloc no era consciente de ello. Es pura justicia decir que no tenía idea de parecer bueno ante Stevie. Sin embargo, así era. Era incluso el único hombre tan calificado en el conocimiento de Stevie, porque los huéspedes caballeros habían sido demasiado transitorios y demasiado remotos para tener nada muy distinto sobre ellos, tal vez salvo sus botas; y en cuanto a las medidas disciplinarias de su padre, la desolación de su madre y su hermana rehuía establecer una teoría de la bondad ante la víctima. Habría sido demasiado cruel. Y era incluso posible que Stevie no les hubiera creído. En lo que respecta al señor Verloc, nada podía interponerse en el camino de la creencia de Stevie. El señor Verloc era obviamente pero misteriosamente bueno. Y el dolor de un hombre bueno es augusto.

Stevie lanzó miradas de reverente compasión a su cuñado. El señor Verloc estaba apenado. El hermano de Winnie nunca antes se había sentido en tan estrecha comunión con el misterio de la bondad de aquel hombre. Era un dolor comprensible. Y el propio Stevie estaba apenado. Estaba muy apenado. El mismo tipo de dolor. Y, al llamar su atención este estado desagradable, Stevie arrastró los pies. Sus sentimientos se manifestaban habitualmente por la agitación de sus extremidades.

—Mantén los pies quietos, querido —dijo la señora Verloc, con autoridad y ternura; luego, volviéndose hacia su esposo con una voz indiferente, el logro magistral del tacto instintivo—: ¿Vas a salir esta noche? —preguntó.

La mera sugerencia pareció repugnante al señor Verloc. Sacudió la cabeza con tristeza y luego se quedó quieto con los ojos bajos, mirando el trozo de queso en su plato durante todo un minuto. Al final de ese tiempo, se levantó y salió; salió directamente con el estrépito de la campanilla de la puerta de la tienda. Actuó así de forma inconsistente, no por ningún deseo de hacerse desagradable, sino debido a una inquietud inconquistable. No servía de nada salir. No podía encontrar en ninguna parte de Londres lo que quería. Pero salió. Dirigió un cortejo de pensamientos lúgubres a lo largo de calles oscuras, a través de calles iluminadas, entrando y saliendo de dos bares llamativos, como si fuera en un intento a medias de pasar la noche, y finalmente regresó a su amenazado hogar, donde se sentó fatigado detrás del mostrador, y ellos se agolparon urgentemente a su alrededor, como una jauría de sabuesos negros hambrientos. Después de cerrar la casa y apagar el gas, los llevó arriba con él: una escolta terrible para un hombre que se va a la cama. Su esposa lo había precedido hacía algún tiempo, y con su amplia forma definida vagamente bajo la colcha, la cabeza en la almohada y una mano bajo la mejilla, ofrecía a su distracción la visión de una somnolencia temprana que argumentaba la posesión de un alma ecuánime. Sus grandes ojos miraban muy abiertos, inertes y oscuros contra la blancura nívea del lino. No se movió.

Ella tenía un alma ecuánime. Sentía profundamente que las cosas no resisten mucho escrutinio. Ella hacía su fuerza y su sabiduría de ese instinto. Pero la taciturnidad del señor Verloc la había estado agobiando fuertemente durante muchos días. De hecho, estaba afectando a sus nervios. Recostada e inmóvil, dijo plácidamente:

—Vas a resfriarte caminando así con los calcetines puestos.

Este discurso, que se convirtió en la solicitud de la esposa y la prudencia de la mujer, tomó al señor Verloc desprevenido. Había dejado sus botas abajo, pero había olvidado ponerse las zapatillas, y había estado dando vueltas por el dormitorio sobre pasos silenciosos como un oso en una jaula. Al sonido de la voz de su esposa, se detuvo y la miró con una mirada sonambúlica y sin expresión durante tanto tiempo que la señora Verloc movió ligeramente sus extremidades bajo las sábanas. Pero no movió su cabeza negra hundida en la almohada blanca, una mano bajo su mejilla y los ojos grandes, oscuros y sin parpadear.

Bajo la mirada inexpresiva de su esposo, y recordando la habitación vacía de su madre al otro lado del descansillo, sintió una punzada aguda de soledad. Nunca antes se había separado de su madre. Habían estado la una para la otra. Sintió que lo habían estado, y se dijo a sí misma que ahora su madre se había ido, ido para siempre. La señora Verloc no tenía ilusiones. Stevie, sin embargo, permanecía. Y dijo:

—Madre ha hecho lo que quería hacer. No tiene sentido, por lo que yo veo. Estoy segura de que no podría haber pensado que ya tenías suficiente de ella. Es perfectamente malvado dejarnos así.

El señor Verloc no era una persona muy leída; su rango de frases alusivas era limitado, pero había una aptitud peculiar en las circunstancias que le hizo pensar en ratas abandonando un barco condenado. Casi lo dijo. Se había vuelto desconfiado y amargado. ¿Podría ser que la vieja tuviera tan buena nariz? Pero lo irrazonable de tal sospecha era patente, y el señor Verloc se mordió la lengua. No del todo, sin embargo. Murmuró pesadamente:

—Tal vez sea mejor así.

Comenzó a desvestirse. La señora Verloc se mantuvo muy quieta, perfectamente quieta, con los ojos fijos en una mirada soñadora y tranquila. Y su corazón, por una fracción de segundo, pareció detenerse también. Esa noche ella «no estaba del todo bien», como suele decirse, y se le ocurrió con cierta fuerza que una frase simple puede albergar varios significados diversos, en su mayoría desagradables. ¿Por qué iba a ser mejor así? ¿Y por qué? Pero no se permitió caer en la ociosidad de la especulación estéril. Más bien se confirmó en su creencia de que las cosas no resisten ser examinadas. Práctica y sutil a su manera, trajo a Stevie al frente sin pérdida de tiempo, porque en ella la unidad de propósito tenía la naturaleza infalible y la fuerza de un instinto.

La señora Verloc, sin embargo, permaneció un momento de pie junto a la mesa del salón. El sonido de los dientes de su marido castañeteando se había detenido. Mr. Verloc, sentado en el sofá con el abrigo puesto, la miraba fijamente. Sus ojos, anchos y oscuros, se clavaron en ella con una intensidad que parecía carecer de visión. La señora Verloc sintió una extraña inquietud.

«¿Te sientes mal?», preguntó con voz tranquila, aunque con un matiz de preocupación que no pudo ocultar del todo.

Mr. Verloc no respondió inmediatamente. Se limitó a seguir observándola con esa mirada absorta, como si tratara de descifrar en el rostro de su esposa algún enigma insondable. Luego, soltó un suspiro largo y pesado que pareció vaciarlo de toda energía.

«Ha ocurrido algo», dijo finalmente, con una voz ronca que apenas se elevaba por encima del ronroneo del gas. «Algo que no debería haber sucedido».

La señora Verloc, que siempre había evitado indagar en los asuntos de su marido, sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Se mantuvo firme, con la mano apoyada en el respaldo de una silla.

«¿Se trata de Stevie?», preguntó. Su voz sonó más aguda de lo que pretendía.

Mr. Verloc bajó la vista hacia sus propias manos, que descansaban inertes sobre sus rodillas. No pareció capaz de sostener la mirada de su esposa.

«Stevie está bien», respondió al cabo de un instante, aunque sus palabras carecían de convicción. «O al menos, estará bien. Pero el asunto… es complicado. Hay cosas que no se pueden controlar, Winnie. Por más que uno lo intente».

La señora Verloc lo observó en silencio. La atmósfera en la habitación se había vuelto densa, casi irrespirable. La calidez del hogar, que siempre había sido su refugio, le pareció de repente frágil, como una estructura de papel a punto de desmoronarse.

«Siempre has dicho que las cosas no merecen ser examinadas demasiado de cerca», dijo ella, tratando de recuperar su compostura habitual. «Así que no me lo cuentes si no quieres. Pero dime al menos si estamos en peligro».

Mr. Verloc levantó la cabeza lentamente. La luz del gas, parpadeante y amarillenta, acentuaba las sombras de su rostro, dándole un aspecto casi grotesco.

«El peligro es una sombra que siempre nos acompaña, Winnie», replicó con una amargura que ella nunca le había conocido. «A veces, simplemente se vuelve un poco más larga».

Se puso en pie con dificultad, como si sus ropas pesaran toneladas. Sin añadir nada más, se dirigió hacia la cocina. La señora Verloc permaneció sola en el salón, bajo el zumbido hipnótico del mechero de gas, sintiendo por primera vez que el mundo que ella misma había construido con tanto esmero se tambaleaba sobre sus cimientos.

El señor Verloc, contraviniendo su costumbre, se había quitado el abrigo. Estaba tirado en el sofá. Su sombrero, que también debió de arrojar, descansaba invertido bajo el borde del sofá. Había arrastrado una silla frente a la chimenea y, con los pies metidos dentro de la rejilla y la cabeza entre las manos, se inclinaba profundamente sobre la reja incandescente. Sus dientes castañeteaban con una violencia incontrolable, haciendo que toda su enorme espalda temblara al mismo ritmo. La señora Verloc se sobresaltó.

—Te has mojado —dijo.

—No mucho —logró balbucear el señor Verloc, con un profundo escalofrío. Mediante un gran esfuerzo, reprimió el castañeo de sus dientes.

—Al final vas a acabar postrado en cama y tendré que cuidarte —dijo ella, con auténtica inquietud.

—No lo creo —observó el señor Verloc, sorbiéndose la nariz con voz ronca.

Sin duda, de algún modo se las había arreglado para pescar un resfriado abominable entre las siete de la mañana y las cinco de la tarde. La señora Verloc miró su espalda encorvada.

—¿Dónde has estado hoy? —preguntó.

—En ninguna parte —respondió el señor Verloc en un tono nasal bajo y ahogado. Su actitud sugería un mal humor resentido o un fuerte dolor de cabeza. La insuficiencia y la falta de franqueza de su respuesta se volvieron dolorosamente evidentes en el silencio sepulcral de la habitación. Se sorbió la nariz a modo de disculpa y añadió: —He estado en el banco.

La señora Verloc se puso atenta.

—¿Ah, sí? —dijo con frialdad—. ¿Para qué?

El señor Verloc masculló, con la nariz sobre la reja y con marcada reticencia:

—¡Sacar el dinero!

—¿Qué quieres decir? ¿Todo?

—Sí. Todo.

La señora Verloc extendió con cuidado el escueto mantel, sacó dos cuchillos y dos tenedores del cajón de la mesa y se detuvo de repente en sus metódicos quehaceres.

—¿Para qué has hecho eso?

—Puede que lo necesite pronto —farfulló vagamente el señor Verloc, que estaba llegando al límite de sus calculadas indiscreciones.

—No sé qué quieres decir —comentó su esposa en un tono perfectamente casual, aunque permaneciendo inmóvil entre la mesa y el aparador.

—Sabes que puedes confiar en mí —señaló el señor Verloc a la reja, con ronca emoción.

La señora Verloc se volvió lentamente hacia el aparador, diciendo con parsimonia:

—Oh, sí. Puedo confiar en ti.

Y continuó con sus metódicos quehaceres. Puso dos platos, sacó el pan, la mantequilla, yendo y viniendo tranquilamente entre la mesa y el aparador en la paz y el silencio de su hogar. A punto de sacar la mermelada, reflexionó de forma práctica: «Tendrá hambre después de haber estado fuera todo el día», y regresó al aparador una vez más para sacar la carne fría. La puso bajo el siseante mechero de gas y, con una mirada pasajera a su marido inmóvil que se abrazaba al fuego, se dirigió (bajando dos escalones) a la cocina. Solo cuando volvió, con el cuchillo de trinchar y el tenedor en la mano, volvió a hablar.

—Si no hubiera confiado en ti, no me habría casado contigo.

Encorvado bajo la repisa de la chimenea, el señor Verloc, sujetándose la cabeza con ambas manos, parecía haberse quedado dormido. Winnie preparó el té y llamó en voz baja:

—Adolf.

El señor Verloc se levantó de inmediato y se tambaleó un poco antes de sentarse a la mesa. Su esposa, examinando el filo del cuchillo de trinchar, lo colocó en la fuente y le llamó la atención sobre la carne fría. Él permaneció insensible a la sugerencia, con la barbilla sobre el pecho.

—Deberías alimentar a tu resfriado —dijo la señora Verloc con dogmatismo.

Él levantó la vista y sacudió la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre y la cara roja. Sus dedos habían alborotado su cabello en un desorden disipado. En conjunto, tenía un aspecto de mala vida, expresivo de la incomodidad, la irritación y la tristeza que siguen a una fuerte borrachera. Pero el señor Verloc no era un hombre entregado al vicio. En su conducta era respetable. Su apariencia bien podía ser efecto de una fiebre catarral. Bebió tres tazas de té, pero se abstuvo por completo de comer. Se apartó de la comida con sombría aversión cuando la señora Verloc le insistió, diciendo ella finalmente:

—¿No tienes los pies mojados? Será mejor que te pongas las zapatillas. No vas a salir más esta noche.

El señor Verloc dio a entender, mediante gruñidos hoscos y gestos, que no tenía los pies mojados y que, de todos modos, no le importaba. La propuesta de las zapatillas fue ignorada por considerarla indigna de su atención. Pero la cuestión de salir por la noche recibió un giro inesperado. No era en salir por la noche en lo que el señor Verloc estaba pensando. Sus pensamientos abarcaban un plan más vasto. A través de frases temperamentales e incompletas, se hizo evidente que el señor Verloc había estado considerando la conveniencia de emigrar. No estaba muy claro si tenía en mente Francia o California.

Lo inesperado, improbable e inconcebible de tal acontecimiento despojó a esta vaga declaración de todo su efecto. La señora Verloc, tan plácidamente como si su marido la hubiera amenazado con el fin del mundo, dijo:

—¡Qué ocurrencia!

El señor Verloc se declaró harto y cansado de todo, y además... Ella le interrumpió.

—Tienes un fuerte resfriado.

Era, en efecto, obvio que el señor Verloc no estaba en su estado habitual, ni física ni siquiera mentalmente. Una sombría irresolución le mantuvo en silencio durante un rato. Luego murmuró unas cuantas generalidades ominosas sobre el tema de la necesidad.

—Tendré que hacerlo —repitió Winnie, recostándose con calma, con los brazos cruzados, frente a su marido—. Me gustaría saber quién va a obligarte. No eres un esclavo. Nadie tiene por qué ser esclavo en este país, y no te conviertas tú en uno. —Hizo una pausa, y con una candidez invencible y firme, continuó—: El negocio no va tan mal. Tienes un hogar cómodo.

Miró a todo el salón, desde el armario de la esquina hasta el buen fuego de la rejilla. Instalados cómodamente detrás de la tienda de mercancías dudosas, con su ventana misteriosamente tenue y su puerta sospechosamente entreabierta en la oscura y estrecha calle, era en todos los aspectos de propiedad y confort domésticos un hogar respetable. Su devoto afecto echaba de menos a su hermano Stevie, que ahora disfrutaba de una húmeda estancia en los senderos de Kent bajo el cuidado del señor Michaelis. Le echaba de menos dolorosamente, con toda la fuerza de su pasión protectora. Aquel era también el hogar del muchacho: el techo, el armario, la rejilla atizada. Ante este pensamiento, la señora Verloc se levantó y, caminando hacia el otro extremo de la mesa, dijo con el corazón rebosante:

—Y tú no estás cansado de mí.

El señor Verloc no emitió ningún sonido. Winnie se apoyó en su hombro por detrás y presionó sus labios contra su frente. Así permaneció un momento. Ni un susurro llegó hasta ellos desde el mundo exterior.

El sonido de los pasos en la acera se apagó en la discreta penumbra de la tienda. Solo el mechero de gas sobre la mesa seguía siseando ecuánime en el silencio contemplativo del salón.

Durante el contacto de aquel beso inesperado y persistente, el señor Verloc, agarrando con ambas manos los bordes de su silla, mantuvo una inmovilidad hierática. Cuando la presión cesó, soltó la silla, se levantó y fue a ponerse ante la chimenea. Ya no volvió a dar la espalda a la habitación. Con las facciones hinchadas y aire de estar drogado, siguió los movimientos de su mujer con los ojos.

La señora Verloc se movía serenamente, recogiendo la mesa. Su voz tranquila comentaba la idea lanzada en un tono razonable y doméstico. No resistiría un examen. La condenó desde todos los puntos de vista. Pero su única preocupación real era el bienestar de Stevie. Se le aparecía en ese contexto como alguien lo suficientemente «peculiar» como para no ser llevado a la ligera al extranjero. Y eso era todo. Pero hablando en torno a ese punto vital, se acercó a la vehemencia absoluta en su discurso. Mientras tanto, con movimientos bruscos, se colocó un delantal para lavar las tazas. Y como si se excitara ante el sonido de su propia voz no contradicha, llegó a decir en un tono casi agrio:

—Si te vas al extranjero, tendrás que irte sin mí.

—Sabes que no lo haría —dijo el señor Verloc con voz ronca, y la voz carente de resonancia de su vida privada tembló con una emoción enigmática.

La señora Verloc ya se estaba arrepintiendo de sus palabras. Habían sonado más crueles de lo que pretendía. También tenían la imprudencia de las cosas innecesarias. De hecho, no las había dicho en serio. Fue una especie de frase sugerida por el demonio de la inspiración perversa. Pero ella conocía una forma de hacer como si no hubieran ocurrido.

Giró la cabeza sobre el hombro y lanzó a aquel hombre plantado pesadamente frente a la chimenea una mirada, mitad pícara, mitad cruel, desde sus grandes ojos; una mirada de la que la Winnie de los días en la mansión de Belgravia habría sido incapaz, debido a su respetabilidad y a su ignorancia. Pero aquel hombre era ahora su marido, y ella ya no era ignorante. La mantuvo sobre él durante un segundo completo, con su rostro grave e inmóvil como una máscara, mientras decía en tono juguetón:

—No podrías. Me echarías demasiado de menos.

El señor Verloc se lanzó hacia adelante.

—Exacto —dijo en un tono más fuerte, lanzando los brazos y dando un paso hacia ella. Algo salvaje y dudoso en su expresión hacía incierto si pretendía estrangular o abrazar a su mujer. Pero la atención de la señora Verloc fue desviada de aquella manifestación por el tintineo de la campana de la tienda.

—La tienda, Adolf. Ve tú.

Él se detuvo, sus brazos bajaron lentamente.

—Ve tú —repitió la señora Verloc—. Tengo el delantal puesto.

El señor Verloc obedeció con rigidez, de ojos pétreos y como un autómata cuya cara hubiera sido pintada de rojo. Y este parecido con una figura mecánica llegaba hasta tal punto que tenía el aire absurdo de un autómata consciente de la maquinaria que llevaba dentro.

Cerró la puerta del salón y la señora Verloc, moviéndose con agilidad, llevó la bandeja a la cocina. Lavó las tazas y algunas otras cosas antes de detenerse en su trabajo para escuchar. Ningún sonido llegó hasta ella. El cliente llevaba mucho tiempo en la tienda. Era un cliente, porque si no lo hubiera sido, el señor Verloc lo habría hecho pasar dentro. Desatándose las cintas del delantal de un tirón, lo arrojó sobre una silla y regresó al salón lentamente.

En ese preciso instante, el señor Verloc entró desde la tienda.

Había entrado rojo. Salió de un extraño blanco papel. Su rostro, perdiendo su estupor drogado y febril, había adquirido en ese corto espacio de tiempo una expresión desconcertada y acosada. Caminó directamente hacia el sofá y se quedó mirando su abrigo tirado allí, como si tuviera miedo de tocarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó la señora Verloc en voz baja. A través de la puerta entreabierta pudo ver que el cliente aún no se había ido.

—Resulta que tengo que salir esta noche —dijo el señor Verloc. No hizo ademán de recoger su prenda de abrigo.

Sin decir una palabra, Winnie se dirigió a la tienda y, cerrando la puerta tras de sí, caminó detrás del mostrador. No miró abiertamente al cliente hasta que se hubo instalado cómodamente en la silla. Pero para entonces ya había notado que era alto, delgado y que llevaba el bigote retorcido hacia arriba. De hecho, le dio un giro a las puntas afiladas en ese mismo momento. Su rostro largo y huesudo emergía de un cuello subido. Estaba un poco salpicado, un poco mojado. Un hombre moreno, con la cresta del pómulo bien definida bajo la sien ligeramente hundida. Un completo desconocido. Tampoco era un cliente.

La señora Verloc lo miró con placidez.

—¿Ha venido usted del continente? —dijo después de un tiempo.

El extraño, alto y delgado, sin mirar exactamente a la señora Verloc, respondió solo con una sonrisa leve y peculiar.

La mirada fija e inexpresiva de la señora Verloc se posó en él.

—Entiende el inglés, ¿verdad?

—Oh, sí. Entiendo el inglés.

No había nada de extranjero en su acento, excepto que parecía, en su lenta enunciación, esforzarse con él. Y la señora Verloc, en su variada experiencia, había llegado a la conclusión de que algunos extranjeros podían hablar mejor inglés que los nativos. Dijo, mirando fijamente la puerta del salón:

—¿No piensa quizás quedarse en Inglaterra para siempre?

El extraño le dedicó de nuevo una sonrisa silenciosa. Tenía una boca amable y ojos escrutadores. Y sacudió la cabeza un poco tristemente, al parecer.

—Mi marido le atenderá perfectamente. Mientras tanto, por unos días, no podría hacer nada mejor que alojarse con el señor Giugliani. Se llama Hotel Continental. Es privado. Es tranquilo. Mi marido le llevará allí.

—Buena idea —dijo el hombre delgado y moreno, cuya mirada se había endurecido de repente.

—¿Conocía al señor Verloc de antes, verdad? ¿Quizás en Francia?

—He oído hablar de él —admitió el visitante en su tono lento y laborioso, que sin embargo tenía cierta brusquedad de intención.

Hubo una pausa. Luego volvió a hablar, de una manera mucho menos elaborada.

—¿Su marido no habrá salido a esperarme a la calle por casualidad?

—¡A la calle! —repitió la señora Verloc, sorprendida—. No podría. No hay otra puerta en la casa.

Por un momento se quedó impasible, luego dejó su asiento para ir a espiar a través de la puerta acristalada. De repente la abrió y desapareció en el salón.

El señor Verloc no había hecho más que ponerse el abrigo. Pero por qué se quedó después inclinado sobre la mesa, apoyado en sus dos brazos como si se sintiera mareado o enfermo, ella no podía entenderlo. —Adolf —llamó a media voz; y cuando él se hubo incorporado—: ¿Conoces a ese hombre? —preguntó rápidamente.

—He oído hablar de él —susurró inquieto el señor Verloc, lanzando una mirada salvaje a la puerta.

Los bellos e inexpresivos ojos de la señora Verloc se iluminaron con un destello de aborrecimiento.

—Uno de los amigos de Karl Yundt, ese viejo repugnante.

—¡No! ¡No! —protestó el señor Verloc, ocupado en pescar su sombrero. Pero cuando lo consiguió bajo el sofá, lo sostuvo como si no supiera para qué servía un sombrero.

—Bueno, te está esperando —dijo la señora Verloc al fin—. Dime, Adolf, ¿no será uno de esos de la Embajada con los que te han estado molestando últimamente?

—Molestando con la gente de la Embajada —repitió el señor Verloc, con un fuerte sobresalto de sorpresa y miedo—. ¿Quién te ha estado hablando de la gente de la Embajada?

—Tú mismo.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Te he hablado yo de la Embajada!

El señor Verloc parecía asustado y desconcertado más allá de toda medida. Su esposa le explicó:

—Has estado hablando un poco en sueños últimamente, Adolf.

—¿Qué... qué he dicho? ¿Qué sabes tú?

—Nada importante. Parecían sobre todo tonterías. Suficiente para dejarme adivinar que algo te preocupaba.

El señor Verloc se calzó el sombrero de un golpe. Una oleada carmesí de ira recorrió su rostro.

—Tonterías, ¿eh? ¡La gente de la Embajada! Les arrancaría el corazón uno a uno. Pero que tengan cuidado. Sé defenderme.

Echaba humo, paseando de un lado a otro entre la mesa y el sofá, enganchándose el abrigo abierto en las esquinas. La marea roja de la ira se retiró y dejó su rostro completamente blanco, con las fosas nasales temblorosas. La señora Verloc, a efectos de la existencia práctica, atribuyó estas apariciones al resfriado.

—Bueno —dijo—, deshazte del hombre, sea quien sea, lo antes posible, y vuelve a casa conmigo. Necesitas que te cuiden un par de días.

El señor Verloc se calmó y, con resolución impresa en su rostro pálido, ya había abierto la puerta, cuando su mujer le llamó en un susurro:

—¡Adolf! ¡Adolf! —Volvió sobresaltado—. ¿Qué hay del dinero que sacaste? —preguntó ella—. ¿Lo tienes en el bolsillo? ¿No será mejor...?

El señor Verloc miró estúpidamente la palma de la mano extendida de su esposa durante un buen rato antes de darse una palmada en la frente.

—¡Dinero! ¡Sí! ¡Sí! No sabía a qué te referías.

Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una cartera nueva de piel de cerdo. La señora Verloc la recibió sin decir una palabra más y permaneció quieta hasta que el tintineo de la campana, tras el señor Verloc y su visitante, se hubo calmado. Solo entonces echó un vistazo a la cantidad, sacando los billetes para ello. Tras esta inspección, miró a su alrededor pensativa, con un aire de desconfianza en el silencio y la soledad de la casa. Aquella morada de su vida matrimonial le pareció tan solitaria e insegura como si estuviera situada en medio de un bosque. Ningún recipiente que pudiera imaginar entre el sólido y pesado mobiliario le pareció otra cosa que endeble y particularmente tentador para su idea de un ladrón de casas. Era una idea idealizada, dotada de facultades sublimes y una perspicacia milagrosa. La caja registradora ni siquiera era una opción. Era el primer lugar al que iría un ladrón. La señora Verloc, desabrochándose apresuradamente un par de corchetes, deslizó la cartera bajo el corpiño de su vestido. Tras haber dispuesto así del capital de su marido, se alegró bastante al oír el tintineo del timbre de la puerta, anunciando una llegada. Adoptando la mirada fija y descarada y la expresión pétrea reservada para el cliente ocasional, caminó detrás del mostrador.

Un hombre de pie en medio de la tienda la estaba inspeccionando con una mirada rápida, fría y global. Sus ojos recorrieron las paredes, abarcaron el techo, notaron el suelo, todo en un instante. Las puntas de un largo bigote rubio caían por debajo de la línea de la mandíbula. Sonrió con la sonrisa de un viejo, aunque lejano, conocido, y la señora Verloc recordó haberlo visto antes. No era un cliente. Suavizó su «mirada de cliente» a una mera indiferencia y le hizo frente tras el mostrador.

Él se acercó, por su parte, de forma confidencial, pero no demasiado marcada.

—¿Marido en casa, señora Verloc? —preguntó en un tono fácil y pleno.

—No. Ha salido.

—Lo siento. He venido para obtener de él un poco de información privada.

Esta era la estricta verdad. El inspector jefe Heat había estado todo el camino de vuelta a casa, e incluso había llegado a pensar en ponerse las zapatillas, ya que, en la práctica, se decía, estaba fuera de aquel caso. Se entregó a algunos pensamientos desdeñosos y a otros pocos de ira, y encontró la ocupación tan insatisfactoria que decidió buscar alivio fuera de casa. Nada le impedía hacer una visita amistosa al señor Verloc, casualmente, por así decirlo. Fue en su carácter de ciudadano particular que, paseando privadamente, hizo uso de sus medios de transporte habituales. Su dirección general era hacia la casa del señor Verloc. El inspector jefe Heat respetaba su propio carácter privado con tanta coherencia que se tomó especial cuidado en evitar a todos los agentes de policía de guardia y patrullando en las inmediaciones de Brett Street. Esta precaución era mucho más necesaria para un hombre de su posición que para un oscuro comisario adjunto. El ciudadano particular Heat entró en la calle, maniobrando de una forma que en un miembro de la clase criminal habría sido estigmatizada como furtiva. El trozo de tela recogido en Greenwich estaba en su bolsillo. No es que tuviera la menor intención de producirlo en su capacidad privada. Al contrario, quería saber exactamente qué estaría dispuesto a decir el señor Verloc voluntariamente. Esperaba que la conversación del señor Verloc fuera de tal naturaleza que incriminara a Michaelis. Era una esperanza concienzudamente profesional en esencia, aunque no exenta de valor moral. Pues el inspector jefe Heat era un servidor de la justicia. Al encontrar que el señor Verloc no estaba en casa, se sintió decepcionado.

—Le esperaría un poco si estuviera seguro de que no tardará mucho —dijo.

La señora Verloc no ofreció ninguna garantía de ningún tipo.

—La información que necesito es totalmente privada —repitió—. ¿Entiende a qué me refiero? Me pregunto si podría darme una idea de adónde ha ido.

La señora Verloc negó con la cabeza.

—No sabría decirle.

Se volvió para ordenar algunas cajas en los estantes detrás del mostrador. El inspector jefe Heat la miró pensativo durante un momento.

—Supongo que sabe quién soy —dijo.

La señora Verloc miró por encima del hombro. El inspector jefe Heat estaba asombrado por su frialdad.

—¡Vamos! Sabe que estoy en la policía —dijo bruscamente.

—No me rompo mucho la cabeza con eso —comentó la señora Verloc, volviendo a ordenar sus cajas.

—Mi nombre es Heat. Inspector jefe Heat de la sección de Delitos Especiales.

La señora Verloc ajustó cuidadosamente en su lugar una pequeña caja de cartón y, dándose la vuelta, volvió a enfrentarse a él, con los ojos pesados y las manos ociosas colgando. Reinó el silencio por un tiempo.

—¡Así que su marido salió hace un cuarto de hora! ¿Y no dijo cuándo volvería?

—No salió solo —dejó caer la señora Verloc con negligencia.

—¿Un amigo?

La señora Verloc se tocó la parte posterior del cabello. Estaba en perfecto orden.

—Un extraño que llamó.

—Ya veo. ¿Qué clase de hombre era ese extraño? ¿Le importaría decírmelo?

A la señora Verloc no le importó. Y cuando el inspector jefe Heat oyó hablar de un hombre oscuro, delgado, de rostro alargado y bigotes levantados, mostró señales de perturbación y exclamó:

—¡Que me aspen si no lo pensaba! No ha perdido el tiempo.

En lo más profundo de su corazón, sentía un intenso disgusto por la conducta extraoficial de su jefe inmediato. Pero no era quijotesco. Perdió todo deseo de esperar el regreso del señor Verloc. No sabía para qué habían salido, pero imaginó que era posible que regresaran juntos. El caso no se sigue correctamente, lo están manipulando, pensó con amargura.

—Me temo que no tengo tiempo de esperar a su marido —dijo.

La señora Verloc recibió esta declaración con apatía. Su desapego había impresionado al inspector jefe Heat desde el principio. En este preciso momento, avivó su curiosidad. El inspector jefe Heat permaneció vacilante, zarandeado por sus pasiones como el más privado de los ciudadanos.

—Creo —dijo, mirándola fijamente—, que podría darme una idea bastante buena de lo que está pasando si quisiera.

Forzando a sus ojos bellos e inertes a devolverle la mirada, la señora Verloc murmuró:

—¿Pasando? ¿Qué está pasando?

—Bueno, el asunto del que vine a hablar un poco con su marido.

Ese día, la señora Verloc había echado un vistazo a un periódico matutino como de costumbre. Pero no había salido a la calle. Los vendedores de periódicos nunca invadían Brett Street. No era una calle para su negocio. Y el eco de sus gritos, flotando a lo largo de las populosas vías, se extinguía entre las paredes de ladrillo sucio sin llegar al umbral de la tienda. Su marido no había traído un periódico vespertino a casa. En cualquier caso, ella no lo había visto. La señora Verloc no sabía absolutamente nada de ningún asunto. Y así lo dijo, con una nota genuina de extrañeza en su voz tranquila.

El inspector jefe Heat no creyó ni por un momento en tanta ignorancia. Con brusquedad, sin amabilidad, expuso el hecho escueto.

La señora Verloc apartó la mirada.

—Me parece una tontería —pronunció lentamente. Hizo una pausa—. Aquí no somos esclavos oprimidos.

El inspector jefe esperó vigilante. No salió nada más.

—¿Y su marido no le mencionó nada al llegar a casa?

La señora Verloc simplemente giró el rostro de derecha a izquierda en señal de negación. Un silencio lánguido y desconcertante reinaba en la tienda. El inspector jefe Heat se sintió provocado más allá de lo soportable.

—Había otro pequeño asunto —comenzó en un tono desapegado—, del que quería hablar con su marido. Cayó en nuestras manos un… un… lo que creemos que es… un abrigo robado.

La señora Verloc, con la mente especialmente alerta ante la presencia de ladrones esa noche, se tocó ligeramente el pecho de su vestido.

—No hemos perdido ningún abrigo —dijo con calma.

—Eso es curioso —continuó el ciudadano particular Heat—. Veo que guarda mucha tinta de marcar aquí…

Cogió un frasco pequeño y lo miró a contraluz frente al mechero de gas en el centro de la tienda.

—Violeta, ¿no? —comentó, dejándolo de nuevo en su lugar—. Como dije, es extraño. Porque el abrigo tiene una etiqueta cosida en el interior con su dirección escrita con tinta de marcar.

La señora Verloc se inclinó sobre el mostrador con una exclamación ahogada.

—Entonces es de mi hermano.

—¿Dónde está su hermano? ¿Puedo verlo? —preguntó el inspector jefe con vivacidad. La señora Verloc se inclinó un poco más sobre el mostrador.

—No. No está aquí. Yo misma escribí esa etiqueta.

—¿Dónde está su hermano ahora?

—Ha estado fuera viviendo con… un amigo… en el campo.

—El abrigo viene del campo. ¿Y cuál es el nombre del amigo?

—Michaelis —confesó la señora Verloc en un susurro lleno de temor.

El inspector jefe soltó un silbido. Sus ojos brillaron.

—Exacto. Estupendo. Y su hermano ahora, ¿cómo es? ¿Un tipo robusto y oscuro, eh?

—Oh, no —exclamó la señora Verloc con fervor—. Ese debe ser el ladrón. Stevie es delgado y rubio.

—Bien —dijo el inspector jefe en tono de aprobación. Y mientras la señora Verloc, vacilando entre el miedo y el asombro, lo miraba fijamente, él buscó información. ¿Por qué llevar la dirección cosida así dentro del abrigo? Y se enteró de que los restos destrozados que había inspeccionado esa mañana con extrema repugnancia eran los de un joven, nervioso, distraído, peculiar, y también que la mujer que le hablaba se había hecho cargo de ese muchacho desde que era un bebé.

—¿Se excita fácilmente? —sugirió.

—Oh, sí. Lo es. Pero, ¿cómo llegó a perder su abrigo…?

El inspector jefe Heat sacó de repente un periódico rosa que había comprado hacía menos de media hora. Le interesaban los caballos. Obligado por su profesión a mantener una actitud de duda y sospecha hacia sus conciudadanos, el inspector jefe Heat aliviaba el instinto de credulidad implantado en el pecho humano depositando una fe ilimitada en los pronósticos deportivos de esa publicación vespertina en particular. Dejando caer el suplemento especial sobre el mostrador, volvió a meter la mano en el bolsillo y, sacando el trozo de tela que el destino le había presentado de entre un montón de cosas que parecían haber sido recogidas en mataderos y traperías, se lo ofreció a la señora Verloc para que lo inspeccionara.

—Supongo que reconoce esto.

Ella lo tomó mecánicamente con ambas manos. Sus ojos parecieron agrandarse mientras miraba.

—Sí —susurró, luego levantó la cabeza y se tambaleó un poco hacia atrás.

—¿Para qué está arrancado así?

El inspector jefe arrebató el trozo de tela de sus manos por encima del mostrador, y ella se sentó pesadamente en la silla. Él pensó: la identificación es perfecta. Y en ese momento tuvo un vislumbre de toda la asombrosa verdad. Verloc era el "otro hombre".

—Señora Verloc —dijo—, me da la impresión de que usted sabe más de este asunto de la bomba de lo que incluso usted misma es consciente.

La señora Verloc permaneció sentada, atónita, perdida en un asombro sin límites. ¿Cuál era la conexión? Y se puso tan rígida en todo el cuerpo que no pudo girar la cabeza ante el tintineo de la campanilla, lo que provocó que el investigador privado Heat girara sobre sus talones. El señor Verloc había cerrado la puerta, y por un momento los dos hombres se miraron el uno al otro.

El señor Verloc, sin mirar a su esposa, caminó hacia el inspector jefe, quien se sintió aliviado al verlo regresar solo.

—¡Usted aquí! —masculló el señor Verloc con pesadez—. ¿A quién busca?

—A nadie —dijo el inspector jefe Heat en tono bajo—. Mire, me gustaría hablar un par de palabras con usted.

El señor Verloc, aún pálido, traía consigo un aire de resolución. Aun así, no miró a su esposa. Dijo:

—Entre aquí, entonces. —Y abrió el camino hacia el salón.

Apenas se cerró la puerta, la señora Verloc, saltando de la silla, corrió hacia ella como para abrirla de par en par, pero en lugar de hacerlo cayó de rodillas, con el oído pegado a la cerradura. Los dos hombres debieron de haberse detenido nada más entrar, porque ella oyó claramente la voz del inspector jefe, aunque no podía ver su dedo presionado enfáticamente contra el pecho de su marido.

—Usted es el otro hombre, Verloc. Se vio a dos hombres entrando en el parque.

Y la voz del señor Verloc dijo:

—Bien, deténgame ahora. ¿Qué se lo impide? Tiene el derecho.

—¡Oh, no! Sé demasiado bien a quién se ha estado entregando. Él tendrá que arreglárselas con este pequeño asunto por su cuenta. Pero no se equivoque, he sido yo quien le ha descubierto.

Entonces ella solo oyó murmullos. El inspector Heat debía de estar mostrándole al señor Verloc el trozo del abrigo de Stevie, porque la hermana, guardiana y protectora de Stevie oyó a su marido un poco más alto.

—Nunca me di cuenta de que ella hubiera dado con ese ardid.

De nuevo, por un tiempo, la señora Verloc no oyó nada más que murmullos, cuyo misterio era menos pesadillesco para su cerebro que las horribles sugerencias de las palabras formadas. Entonces, el inspector jefe Heat, al otro lado de la puerta, alzó la voz.

—Usted debe haber estado loco.

Y la voz del señor Verloc respondió, con una especie de furia sombría:

—He estado loco durante un mes o más, pero ya no lo estoy. Se acabó. Todo saldrá de mi cabeza, y que malditas sean las consecuencias.

Hubo un silencio, y luego el ciudadano particular Heat murmuró:

—¿Qué es lo que va a salir?

—Todo —exclamó la voz del señor Verloc, y luego bajó mucho el tono.

Al poco tiempo volvió a subir.

—Me conoce desde hace varios años, y también me ha encontrado útil. Sabe que fui un hombre recto. Sí, recto.

Este llamamiento a la vieja amistad debió de ser extremadamente desagradable para el inspector jefe.

Su voz adoptó un tono de advertencia.

—No confíe tanto en lo que le han prometido. Si yo fuera usted, me largaría. No creo que vayamos a perseguirle.

Se oyó al señor Verloc reír un poco.

—Oh, sí; espera que los otros se deshagan de mí por usted, ¿no es así? No, no; ahora no se librará de mí. He sido un hombre recto para esa gente durante demasiado tiempo, y ahora todo debe salir a la luz.

—Que salga a la luz, entonces —asintió la voz indiferente del inspector jefe Heat—. Pero dígame ahora cómo se escapó.

—Me dirigía a Chesterfield Walk —oyó la señora Verloc decir a su marido—, cuando oí el estallido. Entonces empecé a correr. Niebla. No vi a nadie hasta que pasé el final de George Street. No crea que me encontré con nadie hasta entonces.

—¡Tan fácil como eso! —se maravilló la voz del inspector jefe Heat—. El estallido le asustó, ¿eh?

—Sí; llegó demasiado pronto —confesó la voz sombría y ronca del señor Verloc.

La señora Verloc presionó su oído contra la cerradura; sus labios estaban azules, sus manos frías como el hielo, y su rostro pálido, en el que los dos ojos parecían dos agujeros negros, le quemaba como si estuviera envuelto en llamas.

Al otro lado de la puerta, las voces bajaron mucho. Ella captaba palabras de vez en cuando, a veces con la voz de su marido, a veces con los tonos suaves del inspector jefe. Oyó decir a este último:

—¿Creemos que tropezó contra la raíz de un árbol?

Hubo un murmullo ronco y voluble, que duró algún tiempo, y luego el inspector jefe, como respondiendo a alguna pregunta, habló con énfasis.

—Por supuesto. Volado en pequeños pedazos: miembros, grava, ropa, huesos, astillas, todo mezclado. Le digo que tuvieron que buscar una pala para recogerlo.

La señora Verloc se levantó de repente de su posición agachada y, tapándose los oídos, se tambaleó de un lado a otro entre el mostrador y las estanterías de la pared hacia la silla. Sus ojos enloquecidos notaron la hoja de apuestas dejada por el inspector jefe, y mientras se golpeaba contra el mostrador, la arrebató, cayó en la silla, rasgó la hoja optimista y rosada al intentar abrirla, y luego la arrojó al suelo. Al otro lado de la puerta, el inspector jefe Heat le decía al señor Verloc, el agente secreto:

—¿Así que su defensa será prácticamente una confesión completa?

—Lo será. Voy a contar toda la historia.

—No le van a creer tanto como usted se imagina.

Y el inspector jefe permaneció pensativo. El giro que estaba tomando este asunto significaba la revelación de muchas cosas: la devastación de campos de conocimiento que, cultivados por un hombre capaz, tenían un valor distinto para el individuo y para la sociedad. Era una intromisión lamentable, lamentable. Dejaría a Michaelis ileso; sacaría a la luz la industria casera del Profesor; desorganizaría todo el sistema de vigilancia; causaría un sinfín de alborotos en los periódicos, los cuales, desde ese punto de vista, le parecieron por una repentina iluminación como invariablemente escritos por tontos para lectura de imbéciles. Mentalmente, estuvo de acuerdo con las palabras que el señor Verloc dejó caer al final en respuesta a su último comentario.

—Quizá no. Pero alterará muchas cosas. He sido un hombre recto, y me mantendré recto en esto…

—Si le dejan —dijo el inspector jefe con cinismo—. No cabe duda de que le sermonearán antes de meterle en el banquillo. Y al final, puede que todavía le caiga una condena que le sorprenda. Yo no confiaría demasiado en el caballero que ha estado hablando con usted.

El señor Verloc escuchaba, frunciendo el ceño.

—Mi consejo es que se largue mientras pueda. No tengo instrucciones. Hay algunos de ellos —continuó el inspector jefe Heat, poniendo un énfasis peculiar en la palabra "ellos"—, que creen que usted ya está fuera de este mundo.

—¡En efecto! —se sintió movido a decir el señor Verloc. Aunque desde su regreso de Greenwich había pasado la mayor parte del tiempo sentado en la taberna de un pequeño pub oscuro, difícilmente podría haber esperado noticias tan favorables.

—Esa es la impresión sobre usted. —El inspector jefe le hizo un gesto con la cabeza—. Desaparezca. Lárguese.

—¿A dónde? —gruñó el señor Verloc. Levantó la cabeza y, mirando la puerta cerrada del salón, murmuró con sentimiento: —Ojalá me llevara esta noche. Me iría tranquilamente.

—Ya me imagino —asintió con sarcasmo el inspector jefe, siguiendo la dirección de su mirada.

La frente del señor Verloc comenzó a sudar ligeramente. Bajó su voz ronca de manera confidencial ante el impasible inspector jefe.

—El muchacho era deficiente, irresponsable. Cualquier tribunal lo habría visto de inmediato. Solo apto para el asilo. Y eso era lo peor que le habría pasado si…

El inspector jefe, con la mano en el pomo de la puerta, le susurró a la cara al señor Verloc:

—Puede que fuera deficiente, pero usted debe haber estado loco. ¿Qué le hizo perder la cabeza de esta manera?

El señor Verloc, pensando en el señor Vladimir, no dudó en la elección de las palabras.

—Un cerdo hiperbóreo —siseó con fuerza—. Lo que se podría llamar un… un caballero.

El inspector jefe, con la mirada firme, asintió brevemente con comprensión y abrió la puerta. La señora Verloc, detrás del mostrador, pudo haber oído pero no vio su partida, perseguida por el agresivo tintineo de la campanilla. Se sentó en su puesto de trabajo detrás del mostrador. Se sentó rígidamente erguida en la silla con dos sucios trozos de papel rosa extendidos a sus pies. Las palmas de sus manos estaban presionadas convulsivamente contra su rostro, con las puntas de los dedos contraídas contra la frente, como si la piel fuera una máscara que ella estuviera dispuesta a arrancarse violentamente. La perfecta inmovilidad de su pose expresaba la agitación de la rabia y la desesperación, toda la violencia potencial de las pasiones trágicas, mejor de lo que cualquier exhibición superficial de gritos, con el golpe de una cabeza distraída contra las paredes, podría haberlo hecho. El inspector jefe Heat, cruzando la tienda a su paso rápido y oscilante, solo le dirigió una mirada superficial. Y cuando la campanilla rota dejó de temblar sobre su cinta curva de acero, nada se movió cerca de la señora Verloc, como si su actitud tuviera el poder bloqueador de un hechizo. Incluso las llamas de gas en forma de mariposa, posadas en los extremos del soporte en T suspendido, ardían sin temblar. En aquella tienda de mercancías dudosas, equipada con estantes de madera blanca pintados de un marrón opaco que parecía devorar el brillo de la luz, el círculo de oro de la alianza en la mano izquierda de la señora Verloc resplandecía excesivamente con la gloria inmaculada de una pieza de algún espléndido tesoro de joyas, caído en un cubo de basura.

CAPÍTULO X

El subcomisionado, llevado rápidamente en un coche de punto desde las cercanías del Soho en dirección a Westminster, bajó en el mismo centro del Imperio sobre el que nunca se pone el sol. Algunos policías robustos, que no parecían particularmente impresionados por el deber de vigilar el augusto lugar, le saludaron. Penetrando a través de un portal de ninguna manera elevado en los recintos de la Cámara que es la Cámara, *por excelencia* en la mente de muchos millones de hombres, fue recibido finalmente por el volátil y revolucionario Toodles.

Aquel joven pulcro y agradable ocultó su asombro ante la temprana aparición del subcomisionado, a quien le habían dicho que esperara alrededor de la medianoche. Su llegada tan temprana le hizo concluir que las cosas, fueran lo que fueran, habían salido mal. Con una simpatía extremadamente pronta, que en los jóvenes agradables suele ir unida a un temperamento alegre, sintió pena por la gran Presencia a la que llamaba "El Jefe", y también por el subcomisionado, cuyo rostro le pareció más ominosamente de madera que nunca, y bastante maravillosamente largo. "Qué tipo tan extraño y de aspecto extranjero es", pensó para sí mismo, sonriendo desde la distancia con amistosa vivacidad. Y en cuanto se reunieron, comenzó a hablar con la amable intención de enterrar la torpeza del fracaso bajo un montón de palabras. Parecía como si el gran asalto amenazado para esa noche fuera a terminar en nada. Un subordinado inferior de "ese bruto Cheeseman" estaba aburriendo implacablemente a una Cámara muy escasa con algunas estadísticas descaradamente falsificadas. Él, Toodles, esperaba que los aburriera hasta forzar un recuento en cualquier momento. Pero entonces, podría estar solo ganando tiempo para dejar que ese glotón de Cheeseman cenara a sus anchas. De todos modos, no se pudo convencer al Jefe de que se fuera a casa.

—Creo que le verá de inmediato. Está sentado solo en su habitación pensando en todos los peces del mar —concluyó Toodles con ligereza—. Vamos.

A pesar de la bondad de su carácter, el joven secretario particular (no remunerado) era accesible a las faltas comunes de la humanidad. No deseaba atormentar los sentimientos del subcomisionado, que le parecía un hombre que había hecho un desastre con su trabajo. Pero su curiosidad era demasiado fuerte para ser contenida por la mera compasión. No pudo evitar, mientras caminaban, echarse ligeramente por encima del hombro:

—¿Y su espadín?

—Lo tengo —respondió el subcomisionado con una concisión que no pretendía ser repelente en absoluto.

—Bien. No tiene idea de lo mucho que a estos grandes hombres les disgusta ser decepcionados en las pequeñas cosas.

Después de esta profunda observación, el experimentado Toodles pareció reflexionar. En cualquier caso, no dijo nada durante un par de segundos completos. Luego:

—Me alegro. Pero… digo… ¿es realmente algo tan pequeño como usted hace parecer?

—¿Sabe lo que se puede hacer con un espadín? —preguntó a su vez el subcomisionado.

—A veces se mete en una lata de sardinas —rio Toodles, cuya erudición sobre el tema de la industria pesquera era fresca y, en comparación con su ignorancia sobre todos los demás asuntos industriales, inmensa—. Hay fábricas de conservas de sardinas en la costa española que…

El subcomisionado interrumpió al estadista aprendiz.

—Sí. Sí. Pero un espadín también se tira a veces para pescar una ballena.

—Una ballena. ¡Uf! —exclamó Toodles, con el aliento contenido—. ¿Va detrás de una ballena, entonces?

—No exactamente. A lo que voy es más parecido a un cazón. Quizá no sepa cómo es un cazón.

—Sí; lo sé. Estamos enterrados en libros especiales hasta el cuello —estanterías enteras llenas de ellos—, con láminas... Es una bestia nociva, de aspecto canalla, totalmente detestable, con una especie de cara lisa y bigotes.

—Descrito a la perfección —alabó el subcomisionado—. Solo que el mío está completamente afeitado. Lo ha visto. Es un pez ingenioso.

—¡Lo he visto! —dijo Toodles con incredulidad—. No puedo imaginar dónde podría haberlo visto.

—En el Explorers, diría yo —soltó el subcomisionado con calma. Al nombre de ese club extremadamente exclusivo, Toodles pareció asustado y se detuvo en seco.

—Tonterías —protestó, pero en un tono de asombro—. ¿Qué quiere decir? ¿Un miembro?

—Honorario —masculló el subcomisionado entre dientes.

—¡Cielos!

Toodles parecía tan atónito que el subcomisionado sonrió levemente.

—Eso es estrictamente entre nosotros —dijo.

—Es la cosa más repugnante que he oído en mi vida —declaró Toodles débilmente, como si el asombro le hubiera robado toda su fuerza vivaz en un segundo.

El subcomisionado le lanzó una mirada sin sonrisa. Hasta que llegaron a la puerta de la habitación del gran hombre, Toodles mantuvo un silencio escandalizado y solemne, como si estuviera ofendido con el subcomisionado por exponer un hecho tan desagradable e inquietante. Revolucionó su idea de la extrema selectividad del Club Explorers, de su pureza social. Toodles era revolucionario solo en política; sus creencias sociales y sentimientos personales deseaba preservarlos sin cambios durante todos los años que le fueran asignados en esta tierra que, en conjunto, creía que era un lugar agradable para vivir.

Se hizo a un lado.

—Entre sin llamar —dijo.

Tonos de seda verde ajustados bajo todas las luces impartían a la habitación algo de la profunda penumbra de un bosque. Los ojos altivos eran físicamente el punto débil del gran hombre. Este punto estaba envuelto en secreto. Cuando se presentaba una oportunidad, los descansaba a conciencia.

El Subcomisario, al entrar, vio al principio solo una mano grande y pálida que sostenía una cabeza grande y ocultaba la parte superior de un rostro grande y pálido. Un maletín de despacho abierto descansaba sobre la mesa de escribir junto a unas pocas hojas de papel oblongas y un puñado disperso de plumas de ave. No había absolutamente nada más sobre la amplia superficie plana, salvo una pequeña estatuilla de bronce cubierta con una toga, misteriosamente vigilante en su inmovilidad sombría. El Subcomisario, invitado a tomar asiento, se sentó. En la luz tenue, los rasgos prominentes de su personalidad, el rostro alargado, el cabello negro, su delgadez, lo hacían parecer más extranjero que nunca.

El gran hombre no manifestó sorpresa, ni entusiasmo, ni sentimiento alguno. La actitud en la que descansaba sus ojos amenazados era profundamente meditativa. No la alteró ni lo más mínimo. Pero su tono no era soñador.

—¡Bien! ¿Qué es lo que ya ha descubierto? Se topó con algo inesperado en el primer paso.

—No exactamente inesperado, Sir Ethelred. Con lo que me encontré principalmente fue con un estado psicológico.

La Gran Presencia hizo un leve movimiento. —Debe ser lúcido, por favor.

—Sí, Sir Ethelred. Sabe sin duda que la mayoría de los criminales en algún momento u otro sienten una necesidad irresistible de confesar, de soltarlo todo ante alguien, ante cualquiera. Y a menudo lo hacen ante la policía. En ese Verloc, a quien Heat deseaba tanto proteger, he encontrado a un hombre en ese estado psicológico particular. El hombre, figurativamente hablando, se arrojó a mi pecho. Me bastó con susurrarle quién era yo y añadir: «Sé que usted está detrás de este asunto». Debe haberle parecido milagroso que ya lo supiéramos, pero lo aceptó todo con naturalidad. Lo asombroso de ello no lo detuvo ni un momento. Solo me quedaba formularle las dos preguntas: ¿Quién le incitó a ello? y ¿Quién era el hombre que lo hizo? Respondió a la primera con notable énfasis. En cuanto a la segunda pregunta, deduzco que el sujeto de la bomba era su cuñado, un muchacho, una criatura de mente débil... Es un asunto bastante curioso, quizás demasiado largo para exponerlo detalladamente ahora mismo.

—¿Qué es lo que ha aprendido entonces? —preguntó el gran hombre.

—Primero, he aprendido que el exconvicto Michaelis no tuvo nada que ver, aunque, de hecho, el muchacho había estado viviendo con él temporalmente en el campo hasta las ocho de esta mañana. Es más que probable que Michaelis no sepa nada de ello hasta este momento.

—¿Está seguro de eso? —preguntó el gran hombre.

—Completamente seguro, Sir Ethelred. Este tal Verloc fue allí esta mañana y se llevó al muchacho con el pretexto de salir a dar un paseo por los caminos. Como no era la primera vez que lo hacía, Michaelis no pudo tener la menor sospecha de nada inusual. Por lo demás, Sir Ethelred, la indignación de este hombre, Verloc, no dejó nada en duda, nada en absoluto. Había sido llevado casi a la locura por una actuación extraordinaria que, para usted o para mí, sería difícil de tomar como algo dicho en serio, pero que obviamente le produjo una gran impresión a él.

El Subcomisario comunicó entonces brevemente al gran hombre, que permanecía sentado, descansando sus ojos bajo el refugio de su mano, la apreciación del señor Verloc sobre los procedimientos y el carácter del señor Vladimir. El Subcomisario no pareció negarle cierta competencia. Pero el gran personaje observó:

—Todo esto parece muy fantástico.

—¿Verdad? Uno pensaría que es una broma feroz. Pero nuestro hombre lo tomó en serio, al parecer. Se sintió amenazado. En su momento, ya sabe, estuvo en comunicación directa con el mismísimo viejo Stott-Wartenheim y había llegado a considerar sus servicios como indispensables. Fue un despertar extremadamente brusco. Imagino que perdió la cabeza. Se enfureció y se asustó. Le aseguro que mi impresión es que pensó que esta gente de la Embajada era capaz no solo de echarlo, sino también de delatarlo de una forma u otra...

—¿Cuánto tiempo estuvo con él? —interrumpió la Presencia desde detrás de su gran mano.

—Unos cuarenta minutos, Sir Ethelred, en una casa de mala reputación llamada Continental Hotel, encerrados en una habitación que, dicho sea de paso, tomé para la noche. Lo encontré bajo la influencia de esa reacción que sigue al esfuerzo del crimen. No se puede definir al hombre como un criminal endurecido. Es obvio que no planeó la muerte de ese desgraciado muchacho, su cuñado. Eso fue un choque para él; pude verlo. Quizás sea un hombre de gran sensibilidad. Quizás hasta le tenía cariño al muchacho, ¿quién sabe? Podría haber esperado que el sujeto escapara limpiamente; en cuyo caso, habría sido casi imposible achacar esto a nadie. En cualquier caso, no arriesgó conscientemente nada más que su arresto por ello.

El Subcomisario hizo una pausa en sus especulaciones para reflexionar un momento.

—Aunque cómo, en ese último caso, podía esperar que su propia participación en el asunto permaneciera oculta, es algo que no alcanzo a decir —continuó, en su ignorancia de la devoción del pobre Stevie por el señor Verloc (quien era bueno), y de su peculiar mudez, que en el viejo asunto de los fuegos artificiales en la escalera había resistido durante muchos años los ruegos, los halagos, la ira y otros medios de investigación utilizados por su querida hermana. Porque Stevie era leal... —No, no puedo imaginarlo. Es posible que nunca pensara en eso en absoluto. Suena a una forma extravagante de decirlo, Sir Ethelred, pero su estado de consternación me sugirió a un hombre impulsivo que, tras cometer un suicidio con la idea de que terminaría con todos sus problemas, hubiera descubierto que no lograba nada de eso.

El Subcomisario dio esta definición con voz disculpatoria. Pero, en verdad, hay una suerte de lucidez propia del lenguaje extravagante, y el gran hombre no se sintió ofendido. Un ligero movimiento espasmódico del gran cuerpo medio perdido en la penumbra de las pantallas de seda verde, de la gran cabeza apoyada en la gran mano, acompañó a un sonido intermitente, sofocado pero potente. El gran hombre se había reído.

—¿Qué ha hecho con él?

El Subcomisario respondió con mucha prontitud:

—Como parecía muy ansioso por volver con su esposa a la tienda, lo dejé ir, Sir Ethelred.

—¿Lo hizo? Pero el sujeto desaparecerá.

—Perdone. No lo creo. ¿Adónde podría ir? Además, debe recordar que tiene que pensar también en el peligro que corre por parte de sus camaradas. Está allí en su puesto. ¿Cómo podría explicar el abandonarlo? Pero incluso si no hubiera obstáculos para su libertad de acción, no haría nada. En este momento no tiene suficiente energía moral para tomar una resolución de ningún tipo. Permítame también señalar que, si lo hubiera detenido, nos habríamos comprometido a un curso de acción sobre el cual quería conocer primero sus intenciones precisas.

El gran personaje se levantó pesadamente, una forma sombría e imponente en la penumbra verdosa de la habitación.

—Veré al Fiscal General esta noche y le enviaré a llamar mañana por la mañana. ¿Hay algo más que desearía decirme ahora?

El Subcomisario se había levantado también, esbelto y flexible.

—Creo que no, Sir Ethelred, a menos que entrara en detalles que...

—No. Sin detalles, por favor.

La gran forma sombría pareció encogerse como si tuviera un temor físico a los detalles; luego se adelantó, expandida, enorme y pesada, ofreciendo una mano grande. —¿Y dice usted que este hombre tiene esposa?

—Sí, Sir Ethelred —dijo el Subcomisario, estrechando con deferencia la mano extendida—. Una esposa genuina y una relación marital genuina y respetable. Me dijo que, tras su entrevista en la Embajada, habría dejado todo, habría intentado vender su tienda y abandonar el país, solo que se sentía seguro de que su esposa ni siquiera querría oír hablar de irse al extranjero. Nada podría ser más característico del vínculo respetable que eso —continuó, con un toque de severidad, el Subcomisario, cuya propia esposa también se había negado a oír hablar de irse al extranjero—. Sí, una esposa genuina. Y la víctima era un cuñado genuino. Desde cierto punto de vista, estamos aquí ante un drama doméstico.

El Subcomisario se rio un poco; pero los pensamientos del gran hombre parecían haber vagado muy lejos, quizás hacia las cuestiones de la política interna de su país, el campo de batalla de su valor de cruzado contra el pagano Cheeseman. El Subcomisario se retiró discretamente, sin ser notado, como si ya hubiera sido olvidado.

Él mismo tenía sus propios instintos de cruzado. Este asunto, que, de una forma u otra, disgustaba al Inspector Jefe Heat, le parecía un punto de partida providencialmente dado para una cruzada. Tenía mucho interés en comenzar. Caminó lentamente a casa, meditando sobre esa empresa en el camino y pensando en la psicología del señor Verloc en un estado de ánimo compuesto de repugnancia y satisfacción. Caminó todo el camino a casa. Al encontrar el salón oscuro, subió las escaleras y pasó algún tiempo entre el dormitorio y el vestidor, cambiándose de ropa, yendo de un lado a otro con el aire de un sonámbulo pensativo. Pero se sacudió esa sensación antes de salir de nuevo para reunirse con su esposa en la casa de la gran dama protectora de Michaelis.

Sabía que sería bien recibido allí. Al entrar en el más pequeño de los dos salones, vio a su esposa en un pequeño grupo cerca del piano. Un compositor joven en vías de volverse famoso disertaba desde un taburete de piano para dos hombres corpulentos cuyas espaldas parecían viejas, y tres mujeres esbeltas cuyas espaldas parecían jóvenes. Detrás de la pantalla, la gran dama solo tenía a dos personas con ella: un hombre y una mujer, que se sentaban uno al lado del otro en sillones al pie de su diván. Ella extendió su mano al Subcomisario.

—Nunca esperé verle aquí esta noche. Annie me dijo...

—Sí. Yo mismo no tenía idea de que mi trabajo terminaría tan pronto.

El Subcomisario añadió en tono bajo: —Me alegra decirle que Michaelis está totalmente fuera de esto...

La protectora del exconvicto recibió esta seguridad con indignación.

—¿Por qué? ¿Fueron sus hombres lo suficientemente estúpidos como para relacionarlo con...?

—No estúpidos —interrumpió el Subcomisario, contradiciendo con deferencia—. Lo suficientemente inteligentes, lo bastante inteligentes para eso.

Se produjo un silencio. El hombre al pie del diván había dejado de hablar con la dama y observaba con una leve sonrisa.

—No sé si se conocían de antes —dijo la gran dama.

El señor Vladimir y el Subcomisario, presentados, reconocieron la existencia del otro con puntual y cautelosa cortesía.

—Me ha estado asustando —declaró de repente la dama que se sentaba al lado del señor Vladimir, con una inclinación de cabeza hacia ese caballero. El Subcomisario conocía a la dama.

—No parece asustada —pronunció, tras examinarla concienzudamente con su mirada cansada y ecuánime. Mientras tanto, pensaba para sí mismo que en esta casa uno conocía a todo el mundo tarde o temprano. El semblante sonrosado del señor Vladimir estaba coronado de sonrisas porque era ingenioso, pero sus ojos permanecían serios, como los ojos de un hombre convencido.

—Bueno, al menos lo intentó —rectificó la dama.

—Fuerza de la costumbre, quizás —dijo el Subcomisario, movido por una inspiración irresistible.

—Ha estado amenazando a la sociedad con todo tipo de horrores —continuó la dama, cuya enunciación era acariciadora y lenta—, a propósito de esta explosión en Greenwich Park. Parece que todos deberíamos temblar ante lo que se avecina si esa gente no es reprimida en todo el mundo. No tenía idea de que este fuera un asunto tan grave.

El señor Vladimir, fingiendo no escuchar, se inclinó hacia el diván, hablando amablemente en tonos bajos, pero escuchó al Subcomisario decir:

—No me cabe duda de que el señor Vladimir tiene una noción muy precisa de la verdadera importancia de este asunto.

El señor Vladimir se preguntó qué pretendía ese maldito e intrusivo policía. Descendiente de generaciones victimizadas por los instrumentos de un poder arbitrario, tenía miedo de la policía, racial, nacional e individualmente. Era una debilidad heredada, totalmente independiente de su juicio, de su razón, de su experiencia. Había nacido con ella. Pero ese sentimiento, que se parecía al horror irracional que algunas personas tienen a los gatos, no impedía su inmenso desprecio por la policía inglesa. Terminó la frase dirigida a la gran dama y se giró ligeramente en su silla.

—Quiere decir que tenemos una gran experiencia con esta gente. Sí; de hecho, sufrimos mucho por su actividad, mientras que ustedes —el señor Vladimir dudó un momento, con una perplejidad sonriente—, mientras que ustedes sufren su presencia alegremente en medio de ustedes —terminó, mostrando un hoyuelo en cada mejilla afeitada. Luego añadió más gravemente: —Incluso podría decir que, porque lo hacen.

Cuando el señor Vladimir dejó de hablar, el Subcomisario bajó la mirada y la conversación decayó. Casi inmediatamente después, el señor Vladimir se despidió.

En cuanto le dio la espalda al diván, el Subcomisario se levantó también.

—Pensé que se iba a quedar para llevar a Annie a casa —dijo la dama protectora de Michaelis.

—Resulta que aún tengo un poco de trabajo que hacer esta noche.

—¿En relación con...?

—Bueno, sí, en cierto modo.

—Dígame, ¿qué es realmente este horror?

—Es difícil decir qué es, pero aún puede ser una *cause célèbre* —dijo el Subcomisario.

Salió del salón apresuradamente y encontró al señor Vladimir todavía en el vestíbulo, envolviéndose la garganta cuidadosamente con un gran pañuelo de seda. Detrás de él, un lacayo esperaba, sosteniendo su abrigo. Otro estaba listo para abrir la puerta. El Subcomisario fue debidamente ayudado con su abrigo y salió de inmediato. Tras bajar los escalones de la entrada, se detuvo, como para considerar el camino que debía tomar. Al ver esto a través de la puerta abierta, el señor Vladimir se demoró en el vestíbulo para sacar un cigarro y pidió fuego. Se lo proporcionó un hombre mayor, que no vestía librea, con un aire de serena solicitud. Pero la cerilla se apagó; el lacayo cerró entonces la puerta y el señor Vladimir encendió su gran Habana con parsimonioso cuidado.

Cuando por fin salió de la casa, vio con disgusto al «maldito policía» todavía de pie en la acera.

«¿Puede estar esperándome?», pensó el señor Vladimir, mirando de un lado a otro en busca de alguna señal de un carruaje. No vio ninguno. Un par de coches esperaban junto al bordillo, sus lámparas brillando constantemente, los caballos inmóviles, como esculpidos en piedra, los cocheros sentados sin moverse bajo las grandes capas de piel, sin que ni siquiera un estremecimiento agitara las correas blancas de sus grandes látigos. El señor Vladimir siguió caminando y el «maldito policía» se puso a su paso, a su lado. No dijo nada. Al final del cuarto paso, el señor Vladimir se sintió furioso e inquieto. Esto no podía durar.

—Tiempo asqueroso —gruñó salvajemente.

—Templado —dijo el Subcomisario sin pasión. Permaneció en silencio un momento. —Hemos echado el guante a un hombre llamado Verloc —anunció casualmente.

El señor Vladimir no tropezó, no se tambaleó hacia atrás, no cambió su paso. Pero no pudo evitar exclamar: —¿Qué? El Subcomisario no repitió su afirmación. —Usted lo conoce —continuó en el mismo tono.

El señor Vladimir se detuvo y se volvió gutural. —¿Qué le hace decir eso?

—Yo no. Es Verloc quien lo dice.

—Un perro mentiroso de algún tipo —dijo el señor Vladimir en una fraseología algo oriental. Pero en su corazón estaba casi sobrecogido por la milagrosa inteligencia de la policía inglesa. El cambio de opinión sobre el tema fue tan violento que por un momento le hizo sentir un ligero malestar. Tiró su cigarro y siguió adelante.

—Lo que más me complació en este asunto —prosiguió el Subcomisario, hablando lentamente— es que constituye un punto de partida excelente para una tarea que sentía que debía emprenderse: es decir, la limpieza de este país de todos los espías políticos extranjeros, policías y esa clase de... perros. En mi opinión, son una molestia espantosa; también un elemento de peligro. Pero no podemos buscarlos individualmente. La única forma es hacer que su empleo sea desagradable para sus empleadores. La cosa se está volviendo indecente. Y peligrosa también, para nosotros, aquí.

El señor Vladimir se detuvo de nuevo por un momento.

—¿Qué quiere decir?

—El procesamiento de este Verloc demostrará al público tanto el peligro como la indecencia.

—Nadie creerá lo que dice un hombre de esa clase —dijo el señor Vladimir con desprecio.

—La riqueza y precisión de los detalles convencerán a la gran masa del público —aventuró el Subcomisario suavemente.

—Así que eso es seriamente lo que pretende hacer.

—Tenemos al hombre; no tenemos elección.

—Solo estará alimentando el espíritu mentiroso de estos sinvergüenzas revolucionarios —protestó el señor Vladimir—. ¿Por qué quiere armar un escándalo? ¿Por moralidad o qué?

La ansiedad del señor Vladimir era obvia. El Subcomisario, habiendo comprobado de esta manera que debía haber algo de verdad en las declaraciones resumidas del señor Verloc, dijo con indiferencia:

—También hay un lado práctico. Realmente tenemos suficiente que hacer ocupándonos de lo genuino. No puede decir que no somos efectivos. Pero no pretendemos que nos molesten con farsas bajo ningún pretexto.

El tono del señor Vladimir se volvió altivo.

—Por mi parte, no puedo compartir su punto de vista. Es egoísta. Mis sentimientos por mi propio país no pueden ser puestos en duda; pero siempre he sentido que deberíamos ser buenos europeos además; me refiero a los gobiernos y a los hombres.

—Sí —dijo el Subcomisario sencillamente—. Solo que usted mira a Europa desde el otro extremo. Pero —continuó en tono amable—, los gobiernos extranjeros no pueden quejarse de la ineficiencia de nuestra policía. Mire este ultraje; un caso especialmente difícil de rastrear en la medida en que fue una farsa. En menos de doce horas hemos establecido la identidad de un hombre literalmente volado en pedazos, hemos encontrado al organizador del atentado y hemos tenido un atisbo del incitador detrás de él. Y podríamos haber ido más lejos; solo que nos detuvimos en los límites de nuestro territorio.

—Así que este instructivo crimen fue planeado en el extranjero —dijo el señor Vladimir rápidamente—. ¿Admite que fue planeado en el extranjero?

—Teóricamente. Teóricamente solo, en territorio extranjero; en el extranjero solo por una ficción —dijo el Subcomisario, aludiendo al carácter de las embajadas, que se supone que son parte integrante del país al que pertenecen—. Pero eso es un detalle. Le hablé de este asunto porque es su gobierno el que más se queja de nuestra policía. Ya ve que no somos tan malos. Quería particularmente contarle nuestro éxito.

—Estoy seguro de que estoy muy agradecido —murmuró el señor Vladimir entre dientes.

—Podemos señalar con el dedo a cada anarquista aquí —continuó el Subcomisario, como si estuviera citando al Inspector Jefe Heat—. Todo lo que se necesita ahora es acabar con el *agent provocateur* para que todo sea seguro.

El señor Vladimir levantó la mano para detener un carruaje que pasaba.

—No entrará aquí —comentó el Subcomisario, mirando un edificio de nobles proporciones y aspecto hospitalario, con la luz de un gran vestíbulo cayendo a través de sus puertas de cristal sobre una amplia escalinata.

Pero el señor Vladimir, sentado, con ojos de piedra, dentro del carruaje, se alejó sin decir palabra.

El propio Subcomisario no entró en el noble edificio. Era el Club de los Exploradores. Le pasó por la mente el pensamiento de que el señor Vladimir, miembro honorario, no sería visto muy a menudo por allí en el futuro. Miró su reloj. Eran solo las diez y media. Había tenido una velada muy completa.

CAPÍTULO XI

Después de que el Inspector Jefe Heat lo dejara, el señor Verloc se movió por el salón.

De vez en cuando miraba a su esposa a través de la puerta abierta. «Ella lo sabe todo ya», pensó para sí mismo con compasión por su dolor y con cierta satisfacción en lo que a él respectaba. El alma del señor Verloc, si bien carecía de grandeza quizás, era capaz de sentimientos tiernos. La perspectiva de tener que darle la noticia lo había puesto en fiebre. El Inspector Jefe Heat lo había relevado de la tarea. Eso estaba bien hasta cierto punto. Ahora le quedaba enfrentarse a su duelo.

El señor Verloc nunca había esperado tener que enfrentarse a ello a causa de la muerte, cuyo carácter catastrófico no puede ser refutado con razonamientos sofisticados ni con elocuencia persuasiva. El señor Verloc nunca quiso que Stevie pereciera con tan brusca violencia. Ni siquiera quiso que pereciera. Stevie muerto era una molestia mucho mayor de lo que jamás había sido en vida. El señor Verloc había augurado un resultado favorable a su empresa, basándose no en la inteligencia de Stevie, que a veces le juega malas pasadas a un hombre, sino en la docilidad ciega y en la devoción ciega del muchacho. Aunque no era muy psicólogo, el señor Verloc había calibrado la profundidad del fanatismo de Stevie. Se atrevió a albergar la esperanza de que Stevie se alejara de los muros del Observatorio tal como se le había instruido, tomando el camino que se le había mostrado varias veces anteriormente, y reuniéndose con su cuñado, el sabio y bueno señor Verloc, fuera de los recintos del parque. Quince minutos deberían haber sido suficientes para que el más tonto depositara el artefacto y se alejara. Y el Profesor había garantizado más de quince minutos. Pero Stevie había tropezado a los cinco minutos de quedarse solo. Y el señor Verloc estaba moralmente destrozado. Lo había previsto todo, excepto eso. Había previsto a Stevie distraído y perdido, buscado, hallado finalmente en alguna comisaría o asilo provincial. Había previsto que Stevie fuera arrestado, y no sentía miedo, porque el señor Verloc tenía una gran opinión de la lealtad de Stevie, la cual había sido cuidadosamente adoctrinada con la necesidad del silencio a lo largo de muchos paseos. Como un filósofo peripatético, el señor Verloc, paseando por las calles de Londres, había modificado la visión de Stevie sobre la policía mediante conversaciones llenas de sutiles razonamientos. Jamás un sabio tuvo un discípulo más atento y admirador. La sumisión y la adoración eran tan evidentes que el señor Verloc había llegado a sentir algo parecido a afecto por el muchacho. En cualquier caso, no había previsto la rápida llegada de su pariente a casa. Que su mujer diera con la precaución de coser la dirección del muchacho dentro de su abrigo era lo último que el señor Verloc hubiera pensado. Uno no puede pensar en todo. Eso era lo que ella quería decir cuando afirmó que no tenía por qué preocuparse si perdía a Stevie durante sus paseos. Ella le había asegurado que el muchacho aparecería sin problemas. ¡Pues bien, había aparecido con creces!

«Bueno, bueno», murmuró el señor Verloc en su estupor. ¿Qué quería decir ella con eso? ¿Ahorrarle la molestia de vigilar con ansiedad a Stevie? Lo más probable era que sus intenciones fueran buenas. Solo que debería haberle contado la precaución que había tomado.

El señor Verloc caminó tras el mostrador de la tienda. Su intención no era abrumar a su mujer con amargos reproches. El señor Verloc no sentía amargura. El curso inesperado de los acontecimientos lo había convertido a la doctrina del fatalismo. Ya no se podía remediar nada. Dijo:

«No pretendía que le ocurriera ningún daño al muchacho».

La señora Verloc se estremeció al oír la voz de su marido. No se descubrió el rostro. El agente secreto de confianza del difunto barón Stott-Wartenheim la miró durante un rato con una mirada pesada, persistente e insensible. El periódico de la tarde, desgarrado, yacía a sus pies. No podía haberle dicho mucho. El señor Verloc sintió la necesidad de hablar con su mujer.

«Es ese maldito Heat, ¿eh?», dijo. «Te disgustó. Es un bruto, soltándolo así ante una mujer. Me puse enfermo pensando en cómo dártelo a conocer. Me senté durante horas en el pequeño salón del Cheshire Cheese pensando en la mejor manera. Entiende que nunca pretendí que le ocurriera daño alguno a ese muchacho».

El señor Verloc, el Agente Secreto, decía la verdad. Fue su afecto marital el que recibió el mayor impacto por la prematura explosión. Añadió:

«No me sentía precisamente alegre sentado allí y pensando en ti».

Observó otro ligero estremecimiento de su esposa, lo cual afectó a su sensibilidad. Como ella persistía en ocultar su rostro entre las manos, pensó que sería mejor dejarla sola un rato. Con este delicado impulso, el señor Verloc se retiró de nuevo al salón, donde el chorro de gas ronroneaba como un gato satisfecho. La previsión conyugal de la señora Verloc había dejado la carne fría sobre la mesa con el cuchillo de trinchar, el tenedor y medio pan para la cena del señor Verloc. Se dio cuenta de todas estas cosas ahora por primera vez, y cortándose un trozo de pan y carne, comenzó a comer.

Su apetito no procedía de la insensibilidad. El señor Verloc no había desayunado ese día. Había salido de casa en ayunas. Como no era un hombre enérgico, encontraba su resolución en la excitación nerviosa, que parecía atenazarle principalmente la garganta. No habría podido tragar nada sólido. La cabaña de Michaelis estaba tan desprovista de provisiones como la celda de un prisionero. El apóstol en libertad condicional vivía de un poco de leche y cortezas de pan duro. Además, cuando el señor Verloc llegó, él ya había subido arriba después de su frugal comida. Absorto en el esfuerzo y el deleite de la composición literaria, ni siquiera había respondido al grito del señor Verloc desde la pequeña escalera.

«Me llevo a este joven a casa por un par de días».

Y, en verdad, el señor Verloc no esperó respuesta, sino que marchó de la cabaña inmediatamente, seguido por el obediente Stevie.

Ahora que toda acción había terminado y su destino le había sido arrebatado de las manos con una rapidez inesperada, el señor Verloc se sentía físicamente vacío. Trincharon la carne, cortó el pan y devoró su cena de pie junto a la mesa, lanzando de vez en cuando una mirada hacia su mujer. Su inmovilidad prolongada perturbaba la comodidad de su refrigerio. Caminó de nuevo hacia la tienda y se acercó mucho a ella. Esta pena de rostro velado inquietaba al señor Verloc. Esperaba, por supuesto, que su esposa estuviera muy alterada, pero quería que se compusiera. Necesitaba toda su asistencia y toda su lealtad en estas nuevas coyunturas que su fatalismo ya había aceptado.

«No tiene remedio», dijo en un tono de lúgubre simpatía. «Vamos, Winnie, tenemos que pensar en el mañana. Vas a necesitar todo tu juicio cuando se me lleven».

Hizo una pausa. El pecho de la señora Verloc se agitó convulsivamente. Esto no tranquilizaba al señor Verloc, para quien la situación recién creada requería de las dos personas más implicadas en ella calma, decisión y otras cualidades incompatibles con el desorden mental del dolor apasionado. El señor Verloc era un hombre humano; había regresado a casa preparado para conceder toda la libertad necesaria al afecto de su esposa por su hermano.

Solo que él no entendía ni la naturaleza ni el alcance total de ese sentimiento. Y en esto era disculpable, puesto que le resultaba imposible entenderlo sin dejar de ser él mismo. Se sintió sobresaltado y decepcionado, y su discurso lo transmitió con cierta brusquedad de tono.

«Podrías mirar a un hombre», observó tras esperar un rato.

Como si fuera forzada a través de las manos que cubrían el rostro de la señora Verloc, llegó la respuesta, amortiguada, casi lastimera.

«No quiero mirarte mientras viva».

«¿Eh? ¿Qué?». El señor Verloc estaba simplemente sobresaltado por el significado superficial y literal de esta declaración. Era obviamente irracional, el simple grito de un dolor exagerado. Cubrió aquello con el manto de su indulgencia marital. A la mente del señor Verloc le faltaba profundidad. Bajo la impresión errónea de que el valor de los individuos consiste en lo que son por sí mismos, no podía comprender en absoluto el valor de Stevie a los ojos de la señora Verloc. Se lo estaba tomando condenadamente mal, pensó para sí mismo. Era toda culpa de ese maldito Heat. ¿Qué necesidad tenía de disgustar a la mujer? Pero no se le debía permitir, por su propio bien, seguir así hasta perder el juicio.

«¡Mira! No puedes sentarte así en la tienda», dijo con fingida severidad, en la que había algo de molestia real; pues había que hablar de asuntos prácticos urgentes aunque tuvieran que quedarse despiertos toda la noche. «Alguien podría entrar en cualquier momento», añadió, y esperó de nuevo. No se produjo efecto alguno, y la idea de la finalidad de la muerte se le ocurrió al señor Verloc durante la pausa. Cambió el tono. «Vamos. Esto no le traerá de vuelta», dijo con suavidad, sintiéndose listo para tomarla en sus brazos y apretarla contra su pecho, donde la impaciencia y la compasión habitaban una junto a la otra. Pero, salvo por un breve estremecimiento, la señora Verloc permaneció aparentemente ajena a la fuerza de esa terrible perogrullada. Fue el propio señor Verloc quien se sintió conmovido. Se sintió movido en su sencillez a instar a la moderación haciendo valer las pretensiones de su propia personalidad.

«Sé razonable, Winnie. ¿Qué habría pasado si me hubieras perdido a mí?».

Vagamente, había esperado oírla gritar. Pero ella no se movió. Se reclinó un poco, calmándose hasta alcanzar una inmovilidad total e ilegible. El corazón del señor Verloc comenzó a latir con más rapidez por la exasperación y algo parecido a la alarma. Le puso la mano en el hombro, diciendo:

«No seas tonta, Winnie».

Ella no dio señales. Era imposible hablar con algún propósito con una mujer cuyo rostro uno no puede ver. El señor Verloc agarró a su esposa por las muñecas. Pero sus manos parecían estar pegadas. Se balanceó hacia delante con el tirón y casi se cae de la silla. Sobresaltado al sentirla tan inútilmente flácida, estaba intentando colocarla de nuevo en la silla cuando ella se tensó de repente por completo, se liberó de sus manos, salió corriendo de la tienda, cruzó el salón y entró en la cocina. Fue muy rápido. Solo tuvo un vislumbre de su rostro y de sus ojos, lo suficiente para saber que ella no le había mirado.

Todo tuvo la apariencia de una lucha por la posesión de una silla, pues el señor Verloc ocupó al instante el lugar de su mujer. El señor Verloc no se cubrió el rostro con las manos, pero una sombría reflexión veló sus facciones. No se podía evitar una condena de prisión. Ahora ya no deseaba evitarla. Una prisión era un lugar tan seguro contra ciertas venganzas ilegales como la tumba, con esta ventaja: que en una prisión hay espacio para la esperanza. Lo que veía ante sí era una condena de prisión, una pronta liberación y luego una vida en el extranjero en algún lugar, tal como ya había contemplado, en caso de fracaso. Bueno, era un fracaso, aunque no exactamente el tipo de fracaso que había temido. Había estado tan cerca del éxito que podría haber aterrorizado positivamente al señor Vladimir para que abandonara su burla feroz con esta prueba de eficacia oculta. Así le parecía al menos ahora al señor Verloc. Su prestigio ante la Embajada habría sido inmenso si... si su mujer no hubiera tenido la desafortunada idea de coser la dirección dentro del abrigo de Stevie. El señor Verloc, que no era ningún tonto, había percibido pronto el carácter extraordinario de la influencia que ejercía sobre Stevie, aunque no comprendía exactamente su origen: la doctrina de su suprema sabiduría y bondad inculcada por dos mujeres ansiosas. En todas las eventualidades que había previsto, el señor Verloc había calculado con correcta intuición la lealtad instintiva y la ciega discreción de Stevie. La eventualidad que no había previsto lo había horrorizado como hombre humano y esposo cariñoso. Desde cualquier otro punto de vista, era más bien ventajoso. Nada iguala la eterna discreción de la muerte. El señor Verloc, sentado perplejo y asustado en el pequeño salón del Cheshire Cheese, no pudo evitar admitirlo para sí mismo, porque su sensibilidad no interfería con su juicio. La desintegración violenta de Stevie, por muy perturbadora que fuera, solo aseguraba el éxito; pues, por supuesto, el derribo de un muro no era el objetivo de las amenazas del señor Vladimir, sino la producción de un efecto moral. Con mucho esfuerzo y angustia por parte del señor Verloc, se podría decir que el efecto se había producido. Sin embargo, cuando de forma tan inesperada el asunto se complicó en Brett Street, el señor Verloc, que había estado luchando como un hombre en una pesadilla por la preservación de su posición, aceptó el golpe con el espíritu de un fatalista convencido. La posición se había perdido sin culpa de nadie, en realidad. Un hecho pequeño, minúsculo, lo había causado. Era como resbalar con una cáscara de naranja en la oscuridad y romperse una pierna.

El señor Verloc lanzó un suspiro de cansancio. No albergaba resentimiento contra su mujer. Pensó: Ella tendrá que ocuparse de la tienda mientras ellos me mantengan encerrado. Y pensando también en cuánto echaría de menos a Stevie al principio, se sintió muy preocupado por su salud y su estado de ánimo. ¿Cómo soportaría su soledad, absolutamente sola en esa casa? ¿No sería bueno que se derrumbara mientras él estaba encerrado? ¿Qué pasaría con la tienda entonces? La tienda era un activo. Aunque el fatalismo del señor Verloc aceptaba su ruina como agente secreto, no tenía intención de quedar completamente arruinado, principalmente, hay que reconocerlo, por consideración a su mujer.

Silenciosa, y fuera de su campo de visión en la cocina, ella le asustaba. Si al menos hubiera tenido a su madre consigo. Pero esa vieja tonta... Un consternado enfado se apoderó del señor Verloc. Tenía que hablar con su mujer. Ciertamente podía decirle que un hombre llega a desesperarse en ciertas circunstancias. Pero no fue inmediatamente a transmitirle esa información. Ante todo, le quedaba claro que esa noche no era momento para negocios. Se levantó para cerrar la puerta de la calle y apagar el gas de la tienda.

Habiendo asegurado así una soledad en torno a su hogar, el señor Verloc entró en el salón y miró hacia la cocina. La señora Verloc estaba sentada en el lugar donde el pobre Stevie solía instalarse al anochecer con papel y lápiz para el pasatiempo de dibujar esas coruscaciones de innumerables círculos que sugerían el caos y la eternidad. Tenía los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza apoyada sobre ellos. El señor Verloc contempló su espalda y la disposición de su cabello durante un rato, luego se alejó de la puerta de la cocina. La curiosidad filosófica, casi desdeñosa, de la señora Verloc, fundamento de su acuerdo en la vida doméstica, hacía extremadamente difícil entrar en contacto con ella ahora que había surgido esta trágica necesidad. El señor Verloc sentía esta dificultad con agudeza. Dio vueltas alrededor de la mesa en el salón con su aire habitual de animal grande en una jaula.

Siendo la curiosidad una de las formas de autorrevelación, una persona sistemáticamente falta de curiosidad permanece siempre parcialmente misteriosa. Cada vez que pasaba cerca de la puerta, el señor Verloc miraba a su mujer con inquietud. No es que tuviera miedo de ella. El señor Verloc se imaginaba amado por esa mujer. Pero ella no le había acostumbrado a hacer confidencias. Y la confidencia que él tenía que hacer era de un profundo orden psicológico. ¿Cómo, con su falta de práctica, podía decirle lo que él mismo sentía solo vagamente: que existen conspiraciones del destino fatal, que una idea crece en una mente a veces hasta que adquiere una existencia exterior, un poder independiente propio, e incluso una voz sugerente? No podía informarle de que un hombre puede ser acechado por un rostro gordo, ingenioso y afeitado hasta que el más descabellado expediente para librarse de él parece un hijo de la sabiduría.

Ante esta referencia mental a un Primer Secretario de una gran Embajada, el señor Verloc se detuvo en el umbral y, mirando hacia la cocina con rostro enfadado y los puños cerrados, se dirigió a su mujer.

«No sabes con qué bruto tuve que tratar».

Se puso en marcha para hacer otra deambulación alrededor de la mesa; luego, cuando llegó de nuevo a la puerta, se detuvo, mirando desde la altura de dos escalones.

«Un bruto tonto, burlón y peligroso, con menos sentido que... ¡Después de todos estos años! ¡Un hombre como yo! Y me he estado jugando la cabeza en ese juego. Tú no lo sabías. Muy bien hecho, además. ¿Qué sentido tenía decirte que corría el riesgo de que me clavaran un cuchillo en cualquier momento de estos siete años que llevamos casados? No soy un tipo que agobie a una mujer que me quiere. No tenías por qué saberlo». El señor Verloc dio otra vuelta al salón, echando humo.

«Una bestia venenosa», comenzó de nuevo desde el umbral. «Echarme a la cuneta a pasar hambre por una broma. Podía ver que le parecía una broma condenadamente buena. ¡Un hombre como yo! ¡Mira! Algunos de los más importantes del mundo tienen que agradecerme a mí el caminar hoy sobre sus dos piernas. ¡Ese es el hombre con el que te has casado, muchacha!».

Percibió que su mujer se había incorporado. Los brazos de la señora Verloc permanecían extendidos sobre la mesa. El señor Verloc observaba su espalda como si pudiera leer en ella el efecto de sus palabras.

«No ha habido complot de asesinato en los últimos once años en el que yo no haya metido baza arriesgando mi vida. Hay montones de estos revolucionarios a los que he mandado lejos, con sus bombas en sus malditos bolsillos, para que los atraparan en la frontera. El viejo barón sabía lo que yo valía para su país. Y aquí, de repente, aparece un cerdo... un cerdo ignorante y prepotente».

El señor Verloc, bajando lentamente dos escalones, entró en la cocina, tomó un vaso del aparador y, sosteniéndolo en la mano, se acercó al fregadero sin mirar a su mujer. «No habría sido el viejo barón quien tuviera la perversa locura de hacerme ir a verle a las once de la mañana. Hay dos o tres en esta ciudad que, si me hubieran visto entrar, no habrían dudado en romperme la cabeza tarde o temprano. Fue un truco estúpido y asesino exponer por nada a un hombre... como yo».

El señor Verloc, abriendo el grifo sobre el fregadero, vertió tres vasos de agua, uno tras otro, por su garganta para sofocar los fuegos de su indignación. La conducta del señor Vladimir era como un hierro candente que incendiaba su economía interna. No podía superar la deslealtad de aquello. Este hombre, que no quería trabajar en las tareas duras habituales que la sociedad impone a sus miembros más humildes, había ejercido su industria secreta con una devoción infatigable. Había en el señor Verloc un fondo de lealtad. Había sido leal a sus empleadores, a la causa de la estabilidad social... y a sus afectos también, como quedó patente cuando, después de dejar el vaso en el fregadero, se dio la vuelta diciendo:

«Si no hubiera pensado en ti, habría agarrado al bruto insolente por la garganta y le habría metido la cabeza en la chimenea. Habría sido más que un rival para ese... de cara rosada y bien afeitado».

El señor Verloc omitió terminar la frase, como si no pudiera haber duda sobre la palabra final. Por primera vez en su vida, estaba haciendo partícipe de su confianza a esa mujer carente de curiosidad. La singularidad del suceso, la fuerza y la importancia de los sentimientos personales despertados en el curso de esta confesión, expulsaron por completo el destino de Stevie de la mente del señor Verloc. La existencia balbuceante de miedos e indignaciones del muchacho, junto con la violencia de su fin, habían desaparecido de la visión mental del señor Verloc por un tiempo. Por esa razón, cuando levantó la vista, le sobresaltó el carácter inapropiado de la mirada de su mujer. No era una mirada salvaje, y no era desatenta, pero su atención era peculiar y poco satisfactoria, en la medida en que parecía concentrada en algún punto más allá de la persona del señor Verloc. La impresión fue tan fuerte que el señor Verloc miró por encima del hombro. No había nada detrás de él: solo estaba la pared encalada. El excelente esposo de Winnie Verloc no vio ninguna escritura en la pared. Se volvió hacia su mujer de nuevo, repitiendo, con cierto énfasis:

«Lo habría agarrado por la garganta. Tan cierto como que estoy aquí, si no hubiera pensado en ti entonces, habría estrangulado al bruto hasta casi quitarle la vida antes de dejar que se levantara. Y no te creas que él hubiera estado ansioso por llamar a la policía tampoco. No se habría atrevido. Entiendes por qué... ¿no?».

Parpadeó a su mujer con picardía.

«No», dijo la señora Verloc con una voz sin resonancia, y sin mirarlo en absoluto. «¿De qué estás hablando?».

El señor Verloc se sintió desconcertado. La falta de respuesta fue tan absoluta que, por un momento, se quedó mirando a su esposa con la boca ligeramente abierta. Pero el largo hábito de su vida secreta lo ayudó a recuperar rápidamente su equilibrio.

«De nada, de nada, solo un decir», murmuró, encogiéndose de hombros con una mezcla de fastidio y resignación. «No tiene importancia. Lo que importa es que el asunto ha terminado. Y ahora, lo mejor que puedes hacer es irte a dormir. Yo me quedaré aquí un rato más; tengo que pensar en el futuro, y en cómo organizar las cosas para que todo salga bien».

La señora Verloc no se movió. Seguía de pie, con la misma inmovilidad pétrea, y sus ojos oscuros, fijos en algún punto invisible de la pared, parecían no haber registrado la presencia de su marido ni el sonido de sus palabras. El señor Verloc, sintiéndose de repente muy cansado y un poco incómodo ante aquel silencio, se dejó caer en una silla cercana.

«Es una situación difícil, lo sé», continuó, esta vez con un tono más bajo y casi confidencial. «Pero no tiene sentido darle más vueltas. Lo hecho, hecho está. Mañana será otro día, y las cosas se verán de otra manera. Lo importante es que mantengamos la calma. Somos personas sensatas, ¿no es así?».

La señora Verloc, tras un intervalo que pareció durar una eternidad, desvió lentamente la mirada hacia él. Sus ojos, desprovistos de cualquier destello de emoción, tenían una profundidad abismal que hizo que el señor Verloc se sintiera, por un instante, un extraño en su propia casa. Ella abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Luego, con un movimiento mecánico, se dio la vuelta y, sin decir una palabra, comenzó a caminar hacia la puerta.

El señor Verloc la observó alejarse con una mezcla de preocupación y alivio. «¡Winnie!», llamó, pero ella no se detuvo. La puerta se cerró tras ella con un chasquido suave, dejándolo solo en la cocina. El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el tictac pausado del reloj de pared y el suave crepitar de las brasas en la chimenea que moría lentamente. El señor Verloc se pasó una mano por la frente, sintiendo el peso de la fatiga sobre sus hombros. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente solo.

El señor Verloc no se movió. La sorpresa, unida a la inercia de su estado de postración, le impidió reaccionar ante aquel gesto inesperado. El brazo se detuvo un instante en el aire, suspendido como un péndulo fatídico, antes de descender con una fuerza mecánica, implacable y carente de toda vacilación. El señor Verloc se desplomó contra el respaldo del sofá, con un suspiro que no llegó a articularse en palabra alguna. Sus ojos, fijos en el techo, se nublaron al instante, mientras la sombra que danzaba sobre la pared se disolvía en la penumbra.

La señora Verloc permaneció inmóvil, con el cuchillo aún en la mano. El silencio regresó a la habitación, más denso y pesado que nunca. El tictac del reloj de pared parecía haber cobrado una estridencia nueva, marcando los segundos con una precisión cruel. Ella observó el cuerpo de su marido, ahora una masa inerte sobre el sofá, y sintió cómo la tensión que la había mantenido erguida se transformaba en un frío glacial. La libertad, tan buscada y finalmente alcanzada, tenía un peso insoportable.

Se acercó a la mesa y, con un movimiento tan preciso como desprovisto de emoción, dejó el cuchillo sobre el plato. Sus dedos, levemente manchados, no temblaron. Se limpió las manos con el pañuelo que llevaba en el bolsillo, observando el escenario con la frialdad de quien contempla una obra terminada. El señor Verloc no volvería a pedirle nada; su contrato, aquel vínculo que ella había percibido como una condena, estaba efectivamente rescindido.

Caminó hacia el espejo sobre la chimenea y se ajustó el sombrero. El velo negro, que antes le parecía un estorbo, ahora le confería un aspecto de discreción absoluta. Se detuvo un momento a escuchar, pero la casa no ofrecía más respuesta que el siseo del gas que se escapaba levemente por alguna junta. Todo estaba en orden. La mujer libre, sin más destino que el que su propia voluntad decidiera trazar, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del establecimiento, dispuesta a abandonar aquel lugar donde el sol, efectivamente, nunca había brillado.

Eran lo suficientemente pausados para que él pudiera asimilar el significado completo del presagio y saborear el gusto a muerte que le subía por la garganta. Su esposa se había vuelto loca de remate, loca de atar. Eran lo suficientemente pausados para que el efecto paralizante inicial de este descubrimiento se disipara antes de que surgiera una determinación resuelta de salir victorioso de la espantosa lucha contra aquella lunática armada. Eran lo suficientemente pausados para que el señor Verloc elaborara un plan de defensa que implicaba lanzarse tras la mesa y derribar a la mujer al suelo con una pesada silla de madera. Pero no eran lo suficientemente pausados para permitir al señor Verloc el tiempo de mover ni una mano ni un pie. El cuchillo ya estaba clavado en su pecho. No encontró resistencia en su trayectoria. El azar tiene esas precisiones. En aquel golpe fulminante, propinado por encima del lateral del sofá, la señora Verloc había puesto toda la herencia de su inmemorial y oscura ascendencia, la simple ferocidad de la era de las cavernas y la desequilibrada furia nerviosa de la era de las tabernas. El señor Verloc, el agente secreto, girándose levemente sobre su costado con la fuerza del golpe, expiró sin mover un miembro, entre el sonido entrecortado de la palabra «No» a modo de protesta.

La señora Verloc había soltado el cuchillo, y su extraordinario parecido con su difunto hermano se había desvanecido, volviéndose ahora muy corriente. Respiró hondo, la primera respiración tranquila desde que el inspector jefe Heat le había mostrado el trozo de abrigo de Stevie con la etiqueta. Se inclinó hacia delante con los brazos cruzados sobre el lateral del sofá. Adoptó esa postura relajada no para observar o regodearse ante el cuerpo del señor Verloc, sino debido a los movimientos ondulatorios y oscilantes del salón, que durante algún tiempo se comportó como si estuviera en el mar durante una tempestad. Estaba mareada, pero tranquila. Se había convertido en una mujer libre, con una perfección de libertad que no le dejaba nada que desear y absolutamente nada que hacer, puesto que la urgente demanda de devoción de Stevie ya no existía. La señora Verloc, que pensaba en imágenes, no se sentía turbada ahora por visiones, porque no pensaba en absoluto. Y no se movió. Era una mujer disfrutando de su completa irresponsabilidad y de un ocio interminable, casi a la manera de un cadáver. No se movió, no pensó. Tampoco lo hizo la envoltura mortal del difunto señor Verloc que reposaba en el sofá. Salvo por el hecho de que la señora Verloc respiraba, ambos habrían estado en perfecta concordia: aquella concordia de prudente reserva sin palabras superfluas y escasa en señales, que había sido el fundamento de su respetable vida hogareña. Pues había sido respetable, cubriendo con una decorosa reticencia los problemas que pueden surgir en la práctica de una profesión secreta y el comercio de mercancías dudosas. Hasta el final, su decoro había permanecido inalterado por gritos indecorosos y otras sinceridades de conducta fuera de lugar. Y tras asestar el golpe, esta respetabilidad continuó en la inmovilidad y el silencio.

Nada se movió en el salón hasta que la señora Verloc levantó la cabeza lentamente y miró al reloj con desconfianza inquisitiva. Se había percatado de un sonido de tictac en la estancia. Creció en sus oídos, mientras recordaba claramente que el reloj de la pared estaba en silencio, que no tenía un tictac audible. ¿Qué significaba que empezara a hacer tictac tan fuerte de repente? Su esfera indicaba las nueve menos diez. A la señora Verloc no le importaba el tiempo, y el tictac continuaba. Llegó a la conclusión de que no podía ser el reloj, y su mirada hosca recorrió las paredes, vaciló y se volvió vaga, mientras esforzaba el oído para localizar el sonido. Tic, tic, tic.

Tras escuchar durante algún tiempo, la señora Verloc bajó la mirada deliberadamente hacia el cuerpo de su marido. Su actitud de reposo era tan hogareña y familiar que pudo hacerlo sin sentirse turbada por ninguna novedad pronunciada en los fenómenos de su vida doméstica. El señor Verloc estaba descansando como de costumbre. Parecía cómodo.

Por la posición del cuerpo, la cara del señor Verloc no era visible para la señora Verloc, su viuda. Sus ojos hermosos y soñolientos, viajando hacia abajo tras el rastro del sonido, se volvieron contemplativos al encontrar un objeto plano de hueso que sobresalía un poco más allá del borde del sofá. Era el mango del cuchillo de trinchar doméstico, que no tenía nada de extraño salvo su posición en ángulo recto con el chaleco del señor Verloc y el hecho de que algo goteaba de él. Gotas oscuras caían sobre el linóleo una tras otra, con un sonido de tictac que crecía rápido y furioso como el pulso de un reloj demente. A su mayor velocidad, este tictac cambió a un sonido continuo de goteo. La señora Verloc observó aquella transformación con sombras de ansiedad apareciendo y desapareciendo en su rostro. Era un goteo, oscuro, rápido, fino... ¡Sangre!

Ante esta circunstancia imprevista, la señora Verloc abandonó su pose de ociosidad e irresponsabilidad.

Con un tirón repentino de sus faldas y un leve grito, corrió hacia la puerta, como si el goteo hubiera sido la primera señal de una inundación devastadora. Al encontrar la mesa en su camino, le dio un empujón con ambas manos como si estuviera viva, con tal fuerza que se desplazó cierta distancia sobre sus cuatro patas, provocando un fuerte chirrido, mientras la fuente grande con el asado se estrellaba pesadamente contra el suelo.

Entonces todo quedó en calma. La señora Verloc, al llegar a la puerta, se había detenido. Un sombrero redondo, descubierto en medio del suelo por el movimiento de la mesa, se balanceaba ligeramente sobre su copa con el aire de su huida.

CAPÍTULO XII

Winnie Verloc, la viuda del señor Verloc, la hermana del difunto y fiel Stevie (volado en pedazos en estado de inocencia y bajo la convicción de estar participando en una empresa humanitaria), no corrió más allá de la puerta del salón. Ciertamente, había huido así de lejos de un simple goteo de sangre, pero eso fue un movimiento de repulsión instintiva. Y allí se había detenido, con los ojos desorbitados y la cabeza baja. Como si hubiera corrido largos años en su huida a través del pequeño salón, la señora Verloc junto a la puerta era una persona completamente distinta a la mujer que había estado inclinada sobre el sofá, un poco mareada, pero por lo demás libre para disfrutar de la profunda calma de la ociosidad y la irresponsabilidad. La señora Verloc ya no estaba mareada. Tenía la cabeza firme. Por otra parte, ya no estaba tranquila. Tenía miedo.

Si evitaba mirar en dirección a su marido que reposaba allí, no era porque tuviera miedo de él. El señor Verloc no era espantoso de contemplar. Parecía cómodo. Además, estaba muerto. La señora Verloc no albergaba vanas ilusiones sobre el tema de los muertos. Nada los trae de vuelta, ni el amor ni el odio. No pueden hacerte nada. Son como la nada. Su estado mental estaba teñido por una especie de austero desprecio hacia aquel hombre que se había dejado matar tan fácilmente. Había sido el dueño de una casa, el marido de una mujer y el asesino de su Stevie. Y ahora no valía nada en ningún aspecto. Era de menos valor práctico que la ropa de su cuerpo, que su abrigo, que sus botas; que aquel sombrero tirado en el suelo. No era nada. No merecía la pena ni mirarlo. Incluso ya no era el asesino del pobre Stevie. El único asesino que se encontraría en la habitación cuando la gente viniera a buscar al señor Verloc sería... ¡ella misma!

Sus manos temblaban tanto que falló dos veces en la tarea de volver a colocarse el velo. La señora Verloc ya no era una persona de ocio y responsabilidad. Tenía miedo. El apuñalamiento del señor Verloc no había sido más que un golpe. Había aliviado la agonía contenida de los gritos estrangulados en su garganta, de las lágrimas secas en sus ojos ardientes, de la rabia enloquecida e indignada por el atroz papel desempeñado por aquel hombre, que era menos que nada ahora, al robarle al muchacho.

Había sido un golpe instigado oscuramente. La sangre goteando sobre el suelo desde el mango del cuchillo lo había convertido en un caso extremadamente claro de asesinato. La señora Verloc, que siempre se abstenía de mirar profundamente en las cosas, se vio obligada a mirar hasta el fondo mismo de este asunto. No vio allí ningún rostro atormentado, ninguna sombra reprochadora, ninguna visión de remordimiento, ningún tipo de concepción ideal. Vio allí un objeto. Ese objeto era la horca. La señora Verloc tenía miedo de la horca.

Le aterraba idealmente. Al no haber visto nunca aquel último argumento de la justicia de los hombres, excepto en grabados ilustrativos de cierto tipo de relatos, primero los vio erguidos contra un trasfondo negro y tormentoso, adornados con cadenas y huesos humanos, rodeados por pájaros que picotean los ojos de los hombres muertos. Esto era lo bastante espantoso, pero la señora Verloc, aunque no era una mujer bien informada, tenía suficiente conocimiento de las instituciones de su país para saber que las horcas ya no se erigen románticamente a orillas de ríos lúgubres o en promontorios azotados por el viento, sino en los patios de las cárceles. Allí, tras cuatro altos muros, como si fuera en un foso, al amanecer, el asesino era sacado para ser ejecutado, con una quietud horrible y, como siempre decían los informes de los periódicos, «en presencia de las autoridades». Con los ojos fijos en el suelo, las fosas nasales palpitando de angustia y vergüenza, se imaginó a sí misma completamente sola entre un grupo de extraños caballeros con sombrero de copa que procedían con calma a ocuparse del asunto de colgarla por el cuello. ¡Eso, nunca! ¡Nunca! ¿Y cómo se hacía? La imposibilidad de imaginar los detalles de una ejecución tan silenciosa añadía algo enloquecedor a su terror abstracto. Los periódicos nunca daban detalles excepto uno, pero ese, con cierta afectación, estaba siempre allí al final de un escueto informe. La señora Verloc recordaba su naturaleza. Le vino con un cruel ardor doloroso a la cabeza, como si las palabras «La caída otorgada fue de catorce pies» hubieran sido grabadas en su cerebro con una aguja caliente. «La caída otorgada fue de catorce pies».

Estas palabras le afectaron también físicamente. Su garganta se convulsionó en ondas para resistir la estrangulación; y la aprensión del tirón era tan vívida que se agarró la cabeza con ambas manos como para evitar que fuera arrancada de sus hombros. «La caída otorgada fue de catorce pies». ¡No! Eso no debe ocurrir nunca. No podría soportarlo. Incluso pensarlo era insoportable. No podía soportar pensar en ello. Por lo tanto, la señora Verloc tomó la resolución de ir inmediatamente y arrojarse al río desde uno de los puentes.

Esta vez logró volver a sujetarse el velo. Con el rostro como si estuviera enmascarado, toda de negro de pies a cabeza excepto por unas flores en su sombrero, miró mecánicamente hacia el reloj. Pensó que se debía haber detenido. No podía creer que solo hubieran pasado dos minutos desde la última vez que lo miró. Por supuesto que no. Había estado detenido todo el tiempo. De hecho, solo habían transcurrido tres minutos desde el momento en que soltó la primera respiración profunda y tranquila tras el golpe hasta este momento en que la señora Verloc tomó la resolución de ahogarse en el Támesis. Pero la señora Verloc no podía creerlo. Parecía haber oído o leído que los relojes y cronómetros siempre se detenían en el momento del asesinato para la perdición del asesino. No le importaba. «Al puente, y allá que voy»... Pero sus movimientos eran lentos.

Se arrastró penosamente a través de la tienda y tuvo que agarrarse al pomo de la puerta antes de encontrar la fortaleza necesaria para abrirla. La calle la asustaba, pues conducía ya fuera a la horca o al río. Se tambaleó sobre el umbral con la cabeza por delante, los brazos extendidos, como una persona que cae por el parapeto de un puente. Esta entrada al aire libre tenía un sabor previo al ahogamiento; una humedad viscosa la envolvió, entró por sus fosas nasales, se pegó a su cabello. En realidad no estaba lloviendo, pero cada farola de gas tenía un pequeño halo oxidado de niebla. La furgoneta y los caballos se habían ido, y en la calle negra, la ventana con cortinas de la casa de comidas de los carreteros formaba un parche cuadrado de luz de color rojo sangre sucia que brillaba débilmente muy cerca del nivel de la acera. La señora Verloc, arrastrándose lentamente hacia allí, pensó que era una mujer muy desamparada. Era verdad. Era tan verdad que, en un deseo repentino de ver algún rostro amistoso, no pudo pensar en nadie más que en la señora Neale, la mujer de la limpieza. No tenía conocidos propios. Nadie la echaría de menos en un sentido social. No debe imaginarse que la viuda Verloc había olvidado a su madre. No era así. Winnie había sido una buena hija porque había sido una hermana devota. Su madre siempre se había apoyado en ella. No se podía esperar consuelo ni consejo allí. Ahora que Stevie estaba muerto, el vínculo parecía roto. No podía enfrentarse a la anciana con la horrible historia. Además, estaba demasiado lejos. El río era su destino presente. La señora Verloc intentó olvidar a su madre.

Cada paso le costaba un esfuerzo de voluntad que parecía el último posible. La señora Verloc se había arrastrado más allá del brillo rojo de la ventana de la casa de comidas. «Al puente, y allá que voy», se repetía a sí misma con feroz obstinación. Sacó la mano justo a tiempo para estabilizarse contra una farola. «No llegaré allí antes del amanecer», pensó. El miedo a la muerte paralizaba sus esfuerzos por escapar de la horca. Le parecía que llevaba horas tambaleándose por esa calle. «No llegaré», pensó. «Me encontrarán dando tumbos por las calles. Está demasiado lejos». Se sostuvo, jadeando bajo su velo negro.

«La caída otorgada fue de catorce pies».

Empujó la farola violentamente lejos de sí y se encontró caminando. Pero otra ola de desmayo la alcanzó como un gran mar, lavando su corazón completamente fuera de su pecho. «Nunca llegaré allí», murmuró, detenida repentinamente, balanceándose levemente donde estaba. «Nunca».

Y al percibir la absoluta imposibilidad de caminar hasta el puente más cercano, la señora Verloc pensó en una huida al extranjero.

Se le ocurrió de repente. Los asesinos escapaban. Escapaban al extranjero. España o California. Simples nombres. El vasto mundo creado para la gloria del hombre era solo un vasto vacío para la señora Verloc. No sabía hacia dónde volverse. Los asesinos tenían amigos, parientes, ayudantes; tenían conocimientos. Ella no tenía nada. Era la más solitaria de los asesinos que jamás hubiera asestado un golpe mortal. Estaba sola en Londres: y toda la ciudad de maravillas y barro, con su laberinto de calles y su masa de luces, estaba sumida en una noche desesperada, descansaba en el fondo de un abismo negro del que ninguna mujer sin ayuda podría esperar salir.

Se balanceó hacia delante e inició una nueva marcha a ciegas, con un pavor terrible a caerse; pero al cabo de unos pocos pasos, inesperadamente, encontró una sensación de apoyo, de seguridad. Levantando la cabeza, vio el rostro de un hombre mirando de cerca su velo. El camarada Ossipon no tenía miedo de las mujeres extrañas, y ningún sentimiento de falsa delicadeza podía impedirle entablar conocimiento con una mujer aparentemente muy ebria. El camarada Ossipon estaba interesado en las mujeres. Sostuvo a esta entre sus dos grandes palmas, observándola de una manera profesional hasta que la oyó decir débilmente «¡Señor Ossipon!», y entonces estuvo a punto de dejarla caer al suelo.

«¡Señora Verloc!», exclamó. «¡Usted aquí!»

Le parecía imposible que hubiera estado bebiendo. Pero nunca se sabe. No profundizó en esa cuestión, pero atento a no desalentar al amable destino que le entregaba a la viuda del camarada Verloc, intentó atraerla hacia su pecho. Para su asombro, ella vino con mucha facilidad, e incluso descansó sobre su brazo por un momento antes de intentar desasirse. El camarada Ossipon no sería brusco con el amable destino. Retiró su brazo de forma natural.

«Me reconoció», balbuceó ella, de pie ante él, bastante estable sobre sus piernas.

«Por supuesto que sí», dijo Ossipon con absoluta presteza. «Tenía miedo de que fuera a caerse. He pensado demasiado en usted últimamente como para no reconocerla en cualquier lugar, en cualquier momento. Siempre he pensado en usted, desde que la vi por primera vez».

La señora Verloc parecía no oír. «¿Venía a la tienda?», dijo nerviosa.

«Sí; inmediatamente», respondió Ossipon. «En cuanto leí el periódico».

De hecho, el camarada Ossipon había estado merodeando durante unas buenas dos horas por las inmediaciones de Brett Street, incapaz de decidirse a dar un paso audaz. El robusto anarquista no era exactamente un conquistador audaz. Recordaba que la señora Verloc nunca había respondido a sus miradas con el más mínimo signo de aliento. Además, pensaba que la tienda podría estar vigilada por la policía, y el camarada Ossipon no deseaba que la policía se formara una idea exagerada de sus simpatías revolucionarias. Incluso ahora no sabía precisamente qué hacer. En comparación con sus especulaciones amorosas habituales, este era un asunto grande y serio. Ignoraba cuánto había en él y hasta dónde tendría que llegar para hacerse con lo que hubiera que obtener, suponiendo que hubiera alguna posibilidad en absoluto. Estas perplejidades, al frenar su euforia, le dieron a su tono una sobriedad muy acorde con las circunstancias.

«¿Puedo preguntarle adónde iba?», inquirió en voz baja.

«¡No me pregunte!», gritó la señora Verloc con una violencia estremecida y reprimida. Toda su fuerte vitalidad retrocedía ante la idea de la muerte. «No importa adónde iba...»

Ossipon concluyó que estaba muy excitada pero perfectamente sobria. Permaneció en silencio a su lado un momento, luego, de repente, hizo algo que él no esperaba. Deslizó su mano bajo el brazo de él. Él se sintió sobresaltado por el acto en sí, ciertamente, y tanto o más por el carácter palpablemente resuelto de este movimiento. Pero siendo este un asunto delicado, el camarada Ossipon se comportó con delicadeza. Se contentó con presionar ligeramente la mano contra sus robustas costillas. Al mismo tiempo, se sintió impelido hacia delante y cedió al impulso. Al final de Brett Street, se dio cuenta de que le dirigían hacia la izquierda. Se sometió.

El frutero de la esquina había apagado el glorioso resplandor de sus naranjas y limones, y Brett Place estaba sumido en la oscuridad, entrecortado por los halos brumosos de las pocas farolas que definían su forma triangular, con un grupo de tres luces en un poste en el centro. Las formas oscuras del hombre y la mujer se deslizaban lentamente brazo con brazo a lo largo de las paredes con un aspecto amante y sin hogar en la miserable noche.

«¿Qué diría si le dijera que iba a buscarle?», preguntó la señora Verloc, agarrándose a su brazo con fuerza.

«Diría que no podría encontrar a nadie más dispuesto a ayudarla en sus problemas», respondió Ossipon, con la idea de avanzar enormemente. De hecho, el progreso de este asunto delicado casi le quitaba el aliento.

«¡En mis problemas!», repitió la señora Verloc lentamente.

«Sí».

«¿Y sabe cuál es mi problema?», susurró con extraña intensidad.

«Diez minutos después de ver el periódico de la tarde», explicó Ossipon con ardor, «me encontré con un tipo al que quizás haya visto una o dos veces en la tienda, y tuve una charla con él que no dejó ninguna duda en mi mente. Entonces partí hacia aquí, preguntándome si usted... He estado encaprichado de usted más allá de las palabras desde que puse mis ojos en su rostro», gritó, como si fuera incapaz de controlar sus sentimientos.

El camarada Ossipon supuso correctamente que ninguna mujer era capaz de no creer totalmente tal declaración. Pero no sabía que la señora Verloc la aceptaba con toda la ferocidad que el instinto de autoconservación pone en el agarre de una persona que se ahoga. Para la viuda del señor Verloc, el robusto anarquista era como un radiante mensajero de vida.

Caminaron lentamente, al paso. «Eso pensaba», murmuró débilmente la señora Verloc.

«Lo leyó en mis ojos», sugirió Ossipon con gran seguridad.

«Sí», exhaló ella hacia el oído inclinado de él.

«Un amor como el mío no podía ocultársele a una mujer como usted», continuó él, intentando apartar su mente de consideraciones materiales tales como el valor comercial de la tienda y la cantidad de dinero que el señor Verloc podría haber dejado en el banco. Se aplicó al lado sentimental del asunto. En el fondo de su corazón, estaba un poco escandalizado por su éxito. Verloc había sido un buen tipo, y sin duda un esposo muy decente hasta donde uno podía ver. Sin embargo, el camarada Ossipon no iba a pelearse con su suerte por el bien de un hombre muerto. Resolutamente reprimió su simpatía por el fantasma del camarada Verloc y siguió adelante.

«No podía ocultarlo. Estaba demasiado lleno de usted. Me atrevería a decir que no pudo evitar verlo en mis ojos. Pero yo no podía adivinarlo. Siempre fue usted tan distante...»

«¿Qué otra cosa esperaba?», estalló la señora Verloc. «Yo era una mujer respetable...»

Hizo una pausa, luego añadió, como si hablara para sí misma, con siniestro resentimiento: «Hasta que él me hizo lo que soy».

Ossipon dejó pasar aquello y retomó su discurso. «Él nunca me pareció digno de usted», comenzó, arrojando la lealtad a los vientos. «Usted era digna de un destino mejor».

La señora Verloc interrumpió con amargura:

«¡Mejor destino! Me estafó siete años de vida».

«Parecía vivir tan felizmente con él». Ossipon intentó exculpar la tibieza de su conducta pasada. «Es eso lo que me ha hecho tímido. Parecía amarle. Me sentía sorprendido y celoso», añadió.

«¡Amarle!», gritó la señora Verloc en un susurro, lleno de desprecio y rabia. «¡Amarle! Yo fui una buena esposa para él. Soy una mujer respetable. ¡Usted pensaba que yo le amaba! ¡Usted lo pensaba! Escuche, Tom...»

El sonido de este nombre estremeció al camarada Ossipon de orgullo. Pues su nombre era Alexander, y le llamaban Tom por acuerdo con la más familiar de sus amistades. Era un nombre de amistad, de momentos de expansión. No tenía idea de que ella le hubiera oído usarlo a nadie. Era evidente que no solo lo había captado, sino que lo había atesorado en su memoria, quizá en su corazón.

«¡Escuche, Tom! Yo era una joven. Estaba acabada. Estaba cansada. Tenía a dos personas dependiendo de lo que yo pudiera hacer, y parecía que ya no podía hacer más. Dos personas: mi madre y el chico. Él era mucho más mío que de mi madre. Me quedaba despierta noches y noches con él en mi regazo, sola arriba, cuando yo misma no tenía más de ocho años. Y entonces... Él era mío, se lo digo... Usted no puede entender eso. Ningún hombre puede entenderlo. ¿Qué iba a hacer yo? Había un joven...»

El recuerdo del romance temprano con el joven carnicero sobrevivió, tenaz, como la imagen de un ideal vislumbrado en aquel corazón que se acobardaba ante el miedo a la horca y lleno de revuelta contra la muerte.

«Ese era el hombre al que yo amaba entonces», continuó la viuda del señor Verloc. «Supongo que él también pudo verlo en mis ojos. Veinticinco chelines a la semana, y su padre amenazó con echarlo del negocio si cometía la estupidez de casarse con una chica que tenía una madre inválida y un hermano loco a su cargo. Pero él se quedaba rondándome, hasta que una tarde encontré el valor para cerrarle la puerta en la cara. Tenía que hacerlo. Le amaba profundamente. ¡Veinticinco chelines a la semana! Estaba ese otro hombre, un buen inquilino. ¿Qué ha de hacer una chica? ¿Podría haberme ido a las calles? Él parecía amable. Me quería, de todos modos. ¿Qué iba a hacer yo con mi madre y ese pobre chico? ¿Eh? Dije que sí. Parecía bondadoso, era generoso, tenía dinero, nunca decía nada. Siete años, siete años siendo una buena esposa para él, el amable, el bueno, el generoso, el... Y él me amaba. Oh, sí. Me amó hasta que a veces deseaba... Siete años. Siete años siendo su esposa. ¿Y sabe lo que era él, ese querido amigo suyo? ¿Sabe lo que era? ¡Era un demonio!»

La vehemencia sobrehumana de aquella declaración susurrada dejó completamente aturdido al camarada Ossipon. Winnie Verloc, girándose, lo sujetó por ambos brazos, enfrentándolo bajo la bruma que caía en la oscuridad y la soledad de Brett Place, donde todos los sonidos de la vida parecían perderse como en un pozo triangular de asfalto y ladrillos, de casas ciegas y piedras impasibles.

«No; no lo sabía», declaró, con una especie de estupidez fofa, cuyo aspecto cómico pasó inadvertido para una mujer obsesionada por el miedo a la horca, «pero ahora lo sé. Yo... yo entiendo», continuó a tientas, mientras su mente especulaba sobre qué tipo de atrocidades podría haber practicado Verloc bajo la apariencia soñolienta y plácida de su vida matrimonial. Era positivamente espantoso. «Entiendo», repitió, y luego, por una repentina inspiración, soltó un «¡Mujer desgraciada!» de elevada conmiseración en lugar del más familiar «¡Pobre querida!» de su práctica habitual. Este no era un caso común. Se sentía consciente de que algo anormal estaba ocurriendo, mientras nunca perdía de vista la grandeza de lo que estaba en juego. «¡Desgraciada, valiente mujer!»

Se alegró de haber descubierto esa variación; pero no pudo descubrir nada más.

«Ah, pero él ya está muerto», fue lo mejor que pudo hacer. Y puso una cantidad notable de animosidad en su cautelosa exclamación. La señora Verloc se aferró a su brazo con una especie de frenesí.

«Entonces usted adivinó que estaba muerto», murmuró, como fuera de sí. «¡Usted! Usted adivinó lo que tuve que hacer. ¡Tuve que hacerlo!»

Había sugerencias de triunfo, alivio y gratitud en el tono indefinible de estas palabras. Captó toda la atención de Ossipon en detrimento del sentido puramente literal. Se preguntaba qué le pasaba a ella, por qué se había dejado llevar por este estado de salvaje excitación. Incluso comenzó a preguntarse si las causas ocultas de aquel asunto de Greenwich Park no residían profundamente en las desgraciadas circunstancias de la vida matrimonial de los Verloc. Llegó incluso a sospechar que el señor Verloc había elegido esa extraordinaria manera de suicidarse. ¡Por Júpiter! Eso explicaría la absoluta inanidad y lo disparatado del asunto. Ninguna manifestación anarquista era necesaria dadas las circunstancias. Todo lo contrario; y Verloc era tan consciente de eso como cualquier otro revolucionario de su posición. Qué broma inmensa si Verloc simplemente hubiera dejado en ridículo a toda Europa, al mundo revolucionario, a la policía, a la prensa y también al presuntuoso Profesor. En efecto, pensó Ossipon, con asombro, ¡parecía casi seguro que lo hizo! ¡Pobre diablo! Le resultó muy posible que de aquel hogar de dos no fuera precisamente el hombre quien era el demonio.

Alexander Ossipon, apodado el Doctor, estaba naturalmente inclinado a pensar con indulgencia de sus amigos hombres. Miró a la señora Verloc, que colgaba de su brazo. De sus amigas mujeres pensaba de una manera especialmente práctica. El hecho de que la señora Verloc exclamara ante su conocimiento de la muerte del señor Verloc, que no era en absoluto una suposición, no le perturbó más allá de lo necesario. A menudo hablaban como lunáticos. Pero tenía curiosidad por saber cómo había sido informada. Los periódicos no podían decirle nada más allá del mero hecho: el hombre hecho pedazos en Greenwich Park no había sido identificado. Era inconcebible, bajo cualquier teoría, que Verloc le hubiera dado una pista de su intención, fuera la que fuese. Este problema interesaba inmensamente al camarada Ossipon. Se detuvo en seco. Habían recorrido los tres lados de Brett Place y estaban cerca del final de Brett Street de nuevo.

«¿Cómo llegó a enterarse de eso por primera vez?», preguntó en un tono que intentó hacer apropiado para el carácter de las revelaciones que le había hecho la mujer a su lado.

Ella tembló violentamente durante un momento antes de responder con voz lánguida.

«Por la policía. Vino un inspector jefe, el inspector jefe Heat, dijo que era. Me mostró...»

La señora Verloc se ahogó. «Oh, Tom, tuvieron que recogerlo con una pala».

Su pecho se agitó con sollozos secos. En un momento, Ossipon recuperó el habla.

«¡La policía! ¿Quiere decir que la policía ya vino? ¿Que el propio inspector jefe Heat vino realmente a decírselo?»

«Sí», confirmó ella con el mismo tono lánguido. «Vino exactamente así. Vino. Yo no lo sabía. Me mostró un trozo de abrigo, y... exactamente así. ¿Conoce esto?, dice».

«¡Heat! ¡Heat! ¿Y qué hizo él?»

La cabeza de la señora Verloc cayó. «Nada. No hizo nada. Se fue. La policía estaba del lado de ese hombre», murmuró trágicamente. «Vino otro también».

«¿Otro... otro inspector, quiere decir?», preguntó Ossipon, muy excitado y con un tono muy parecido al de un niño asustado.

«No sé. Vino. Parecía extranjero. Puede que fuera uno de esos hombres de la Embajada».

El camarada Ossipon casi se desploma ante este nuevo choque.

«¡Embajada! ¿Es consciente de lo que está diciendo? ¿Qué Embajada? ¿Qué diablos quiere decir con Embajada?»

«Es ese lugar en Chesham Square. La gente a la que él maldecía tanto. No sé. ¡Qué importa!»

«Y ese tipo, ¿qué le hizo o le dijo?»

«No recuerdo... Nada... No me importa. No me pregunte», suplicó con voz cansada.

«Está bien. No lo haré», asintió Ossipon con ternura. Y lo decía en serio, no porque le conmoviera el patetismo de la voz suplicante, sino porque sentía que perdía el equilibrio en las profundidades de este tenebroso asunto. ¡Policía! ¡Embajada! ¡Buf! Por miedo a aventurar su inteligencia por caminos donde sus luces naturales no pudieran guiarlo con seguridad, descartó resueltamente todas las suposiciones, conjeturas y teorías de su mente. Tenía allí a la mujer, lanzándose absolutamente hacia él, y esa era la consideración principal. Pero después de lo que había oído, nada podía asombrarle ya. Y cuando la señora Verloc, como si despertara repentinamente de un sueño de seguridad, comenzó a insistirle salvajemente en la necesidad de una huida inmediata al continente, no exclamó en absoluto. Simplemente dijo con afecto sin fingimientos que no había tren hasta la mañana, y se quedó mirando pensativo su rostro, velado por una red negra, bajo la luz de una farola velada por una gasa de niebla.

Cerca de él, su forma negra se fundía en la noche, como una figura medio cincelada en un bloque de piedra negra. Era imposible decir qué sabía, cuán profundamente estaba involucrada con policías y embajadas. Pero si ella quería marcharse, no era a él a quien le correspondía objetar. Él mismo estaba ansioso por irse. Sentía que el negocio, la tienda tan extrañamente familiar para inspectores jefe y miembros de embajadas extranjeras, no era el lugar para él. Eso debía abandonarse. Pero estaba el resto. Esos ahorros. ¡El dinero!

«Debe esconderme en algún lugar hasta la mañana», dijo ella con voz consternada.

«La verdad, querida, no puedo llevarte a donde vivo. Comparto la habitación con un amigo».

Él mismo estaba algo consternado. Por la mañana, los malditos detectives estarán en todas las estaciones, sin duda. Y si una vez la atrapaban, por una razón u otra, ella estaría perdida para él para siempre.

«Pero debe hacerlo. ¿No le importo nada... nada en absoluto? ¿En qué está pensando?»

Dijo esto violentamente, pero dejó caer sus manos entrelazadas con desaliento. Hubo un silencio, mientras la niebla caía y la oscuridad reinaba inalterada sobre Brett Place. Ni un alma, ni siquiera el alma vagabunda, rebelde y amorosa de un gato, se acercó al hombre y a la mujer que se enfrentaban.

«Sería posible quizás encontrar un alojamiento seguro en algún lugar», habló finalmente Ossipon. «Pero la verdad, querida, no tengo suficiente dinero para ir a probar; solo unos pocos peniques. Nosotros los revolucionarios no somos ricos».

Tenía quince chelines en el bolsillo. Añadió:

«Y además tenemos el viaje por delante, a primera hora de la mañana, además».

Ella no se movió, no hizo ningún sonido, y el corazón del camarada Ossipon se hundió un poco. Aparentemente, ella no tenía ninguna sugerencia que ofrecer. De repente, se llevó la mano al pecho, como si hubiera sentido un dolor agudo allí.

«Pero yo tengo», jadeó. «Tengo el dinero. Tengo suficiente dinero. ¡Tom! Vámonos de aquí».

«¿Cuánto tienes?», inquirió, sin moverse ante el tirón de ella; pues era un hombre cauteloso.

«Tengo el dinero, te lo digo. Todo el dinero».

«¿Qué quieres decir con eso? ¿Todo el dinero que había en el banco, o qué?», preguntó con incredulidad, pero dispuesto a no sorprenderse por nada en cuanto a la suerte se refiere.

«¡Sí, sí!», dijo nerviosamente. «Todo lo que había. Lo tengo todo».

«¿Cómo demonios te las arreglaste para conseguirlo ya?», se maravilló él.

«Él me lo dio», murmuró, repentinamente sumisa y temblorosa. El camarada Ossipon reprimió su creciente sorpresa con mano firme.

«¿Por qué, entonces... estamos salvados?», pronunció lentamente.

Ella se inclinó hacia delante y se hundió contra su pecho. Él la acogió allí. Tenía todo el dinero. El sombrero de ella estorbaba para una efusión muy marcada; también el velo. Él fue adecuado en sus manifestaciones, pero no más. Ella las recibió sin resistencia y sin abandono, pasivamente, como si estuviera solo medio consciente. Se liberó de sus laxos abrazos sin dificultad.

«Usted me salvará, Tom», irrumpió ella, retrocediendo, pero manteniendo su agarre en él por las dos solapas de su abrigo húmedo. «Sálveme. Escóndame. No deje que me tengan. Debe matarme primero. Yo no podría hacerlo yo misma... no podría, no podría... ni siquiera por lo que temo».

Era condenadamente extraña, pensó él. Estaba empezando a inspirarle una inquietud indefinida. Dijo con brusquedad, pues estaba ocupado con pensamientos importantes:

«¿De qué diablos tienes miedo?»

«¡No ha adivinado lo que me vi obligada a hacer!», gritó la mujer. Distraída por la viveza de sus terribles temores, con la cabeza retumbando con palabras contundentes que mantenían el horror de su posición ante su mente, había imaginado que su incoherencia era claridad misma. No tenía conciencia de lo poco que había dicho audiblemente en frases desarticuladas que solo completaba en su pensamiento. Había sentido el alivio de una confesión plena, y dio un significado especial a cada oración pronunciada por el camarada Ossipon, cuyo conocimiento no se parecía en nada al suyo. «¡No ha adivinado lo que me vi obligada a hacer!» Su voz decayó. «Entonces no hace falta que tarde mucho en adivinar a qué tengo miedo», continuó, en un susurro amargo y sombrío. «No quiero. No quiero. No quiero. No quiero. ¡Debe prometerme matarme primero!» Sacudió las solapas de su abrigo. «¡Nunca debe suceder!»

Él le aseguró secamente que no eran necesarias promesas por su parte, pero tuvo buen cuidado de no contradecirla en términos definidos, porque había tenido mucho trato con mujeres excitadas, y estaba inclinado en general a dejar que su experiencia guiara su conducta en lugar de aplicar su sagacidad a cada caso especial. Su sagacidad en este caso estaba ocupada en otras direcciones. Las palabras de las mujeres caían en el agua, pero las deficiencias de los horarios de trenes permanecían. La naturaleza insular de Gran Bretaña se le presentó de una forma odiosa. «Bien podría estar bajo llave cada noche», pensó con irritación, tan desconcertado como si tuviera un muro que escalar con la mujer a la espalda. De repente, se dio una palmada en la frente. A fuerza de devanarse los sesos, acababa de pensar en el servicio Southampton-Saint Malo. El barco salía alrededor de medianoche. Había un tren a las 10:30. Se puso alegre y listo para actuar.

«Desde Waterloo. Hay tiempo de sobra. Estamos bien después de todo... ¿Qué pasa ahora? Este no es el camino», protestó.

La señora Verloc, habiendo enganchado su brazo en el de él, intentaba arrastrarlo hacia Brett Street de nuevo.

«He olvidado cerrar la puerta de la tienda al salir», susurró, terriblemente agitada.

La tienda y todo lo que había en ella había dejado de interesar al camarada Ossipon. Sabía cómo limitar sus deseos. Estaba a punto de decir «¿Y qué? Déjala», pero se contuvo. No le gustaban las discusiones sobre pequeñeces. Incluso aceleró considerablemente el paso al pensar que ella podría haber dejado el dinero en el cajón. Pero su buena disposición iba a la zaga de la febril impaciencia de ella.

La tienda parecía estar completamente oscura al principio. La puerta estaba entornada. La señora Verloc, apoyada contra la fachada, jadeó:

«Nadie ha entrado. ¡Mira! La luz... la luz en el salón».

Ossipon, estirando la cabeza, vio un débil resplandor en la oscuridad de la tienda.

«Lo hay», dijo.

«Lo olvidé». La voz de la señora Verloc vino débilmente desde detrás de su velo. Y mientras él se quedaba esperando a que ella entrara primero, ella dijo más alto: «Entra y apágala... o me volveré loca».

Él no puso objeción inmediata a esta propuesta, tan extrañamente motivada. «¿Dónde está todo ese dinero?», preguntó.

«¡Encima! Ve, Tom. ¡Rápido! Apágala... ¡Entra!», gritó, agarrándolo por ambos hombros desde atrás.

No preparado para una muestra de fuerza física, el camarada Ossipon tropezó hacia el interior de la tienda ante el empujón de ella. Estaba asombrado por la fuerza de la mujer y escandalizado por sus procedimientos. Pero no desanduvo sus pasos para reprenderla severamente en la calle. Empezaba a sentirse desagradablemente impresionado por su fantástico comportamiento. Además, este era el momento o nunca para complacer a la mujer. El camarada Ossipon evitó fácilmente el extremo del mostrador y se acercó con calma a la puerta acristalada del salón. Estando la cortina sobre los cristales apartada un poco, él, por un impulso muy natural, miró dentro justo cuando se disponía a girar el pomo. Miró dentro sin pensar, sin intención, sin curiosidad de ningún tipo. Miró dentro porque no pudo evitar mirar dentro. Miró dentro y descubrió al señor Verloc reposando tranquilamente en el sofá.

Un grito que provenía de lo más profundo de su pecho se extinguió sin ser oído y se transformó en una especie de sabor grasiento y enfermizo en sus labios. Al mismo tiempo, la personalidad mental del camarada Ossipon ejecutó un frenético salto hacia atrás. Pero su cuerpo, dejado así sin guía intelectual, se aferró al pomo de la puerta con la fuerza irreflexiva del instinto. El robusto anarquista ni siquiera se tambaleó. Y miró fijamente, con la cara pegada al cristal, los ojos saltándole de la cabeza. Habría dado cualquier cosa por alejarse, pero su razón que regresaba le informó de que no serviría de nada soltar el pomo de la puerta. ¿Qué era aquello: locura, una pesadilla o una trampa en la que lo habían atraído con una astucia diabólica? ¿Por qué... para qué? No lo sabía. Sin ningún sentido de culpa en su pecho, en plena paz de conciencia en lo que respecta a estas personas, la idea de que sería asesinado por razones misteriosas por la pareja Verloc pasó no tanto por su mente como por la boca de su estómago, y se esfumó, dejando tras de sí un rastro de desmayo enfermizo: una indisposición. El camarada Ossipon no se sintió muy bien de una manera muy especial durante un momento; un largo momento. Y miró fijamente. Mientras tanto, el señor Verloc yacía muy quieto, simulando dormir por razones propias, mientras aquella mujer salvaje suya vigilaba la puerta, invisible y silenciosa en la calle oscura y desierta. ¿Era todo esto una especie de aterrador arreglo inventado por la policía para su beneficio especial? Su modestia se encogió ante esa explicación.

Pero el verdadero sentido de la escena que contemplaba llegó a Ossipon a través de la contemplación del sombrero. Parecía una cosa extraordinaria, un objeto ominoso, una señal. Negro, y con el ala hacia arriba, yacía en el suelo ante el sofá como si estuviera preparado para recibir las contribuciones de peniques de la gente que vendría enseguida a contemplar al señor Verloc en la plenitud de su comodidad doméstica reposando en un sofá. Desde el sombrero, los ojos del robusto anarquista vagaron hacia la mesa desplazada, contemplaron el plato roto durante un tiempo, recibieron una especie de choque óptico al observar un brillo blanco bajo los párpados imperfectamente cerrados del hombre en el sofá. El señor Verloc no parecía tanto dormido ahora como acostado con la cabeza inclinada y mirando insistentemente hacia su pecho izquierdo. Y cuando el camarada Ossipon hubo distinguido el mango del cuchillo, se apartó de la puerta acristalada y tuvo una arcada violenta.

El estrépito de la puerta de la calle al cerrarse de golpe hizo que su propia alma diera un salto de pánico. Esta casa con su inofensivo inquilino aún podía convertirse en una trampa; una trampa de una clase terrible. El camarada Ossipon no tenía ahora una idea clara de lo que le estaba sucediendo. Al golpearse el muslo contra el extremo del mostrador, giró, se tambaleó con un grito de dolor, sintió en el estruendo distractor de la campanilla cómo sus brazos eran inmovilizados contra sus costados por un abrazo convulsivo, mientras los labios fríos de una mujer se movían espeluznantemente sobre su misma oreja para formar las palabras:

—¡Policía! ¡Me ha visto!

Dejó de forcejear; ella nunca lo soltó. Sus manos se habían entrelazado con un giro inseparable de dedos sobre su robusta espalda. Mientras se acercaban los pasos, respiraban rápidamente, pecho contra pecho, con respiraciones duras y trabajosas, como si la suya hubiera sido la actitud de una lucha mortal, cuando, de hecho, era la actitud de un miedo mortal. Y el tiempo fue largo.

El agente de policía que patrullaba la zona había visto, en verdad, algo de la señora Verloc; solo que, al venir de la vía iluminada en el otro extremo de Brett Street, no había sido para él más que un aleteo en la oscuridad. Y ni siquiera estaba del todo seguro de que hubiera habido tal aleteo. No tenía motivos para apresurarse. Al llegar a la altura de la tienda, observó que había sido cerrada temprano. No había nada muy inusual en ello. Los hombres de servicio tenían instrucciones especiales sobre esa tienda: lo que ocurriera allí no debía ser molestado a menos que fuera absolutamente desordenado, pero cualquier observación hecha debía ser reportada. No había observaciones que hacer; pero por un sentido del deber y por la paz de su conciencia, debido también a ese dudoso aleteo de la oscuridad, el agente cruzó la calle y probó la puerta. El pestillo de resorte, cuya llave reposaba para siempre fuera de servicio en el bolsillo del chaleco del difunto señor Verloc, aguantó tan bien como de costumbre. Mientras el concienzudo oficial sacudía el pomo, Ossipon sintió los labios fríos de la mujer moviéndose de nuevo espeluznantemente contra su misma oreja:

—Si entra, mátame... mátame, Tom.

El agente se alejó, lanzando al pasar la luz de su linterna sorda, simplemente por cumplir con el trámite, hacia el escaparate de la tienda. Por un momento más, el hombre y la mujer en el interior permanecieron inmóviles, jadeando, pecho contra pecho; luego sus dedos se soltaron, sus brazos cayeron lentamente a sus costados. Ossipon se apoyó contra el mostrador. El robusto anarquista necesitaba mucho apoyo. Aquello era horrible. Estaba casi demasiado disgustado para hablar. Sin embargo, logró expresar un pensamiento lastimero, mostrando al menos que se daba cuenta de su posición.

—Solo un par de minutos más tarde y habrías hecho que me tropezara con el tipo curioseando por aquí con su maldita linterna sorda.

La viuda del señor Verloc, inmóvil en medio de la tienda, dijo insistentemente:

—Entra y apaga esa luz, Tom. Me va a volver loca.

Vio vagamente su gesto vehemente de negativa. Nada en el mundo habría inducido a Ossipon a entrar en la sala. No era supersticioso, pero había demasiada sangre en el suelo; un charco asqueroso de ella rodeando el sombrero. Juzgó que ya había estado demasiado cerca de aquel cadáver para su tranquilidad mental; ¡quizás para la seguridad de su cuello!

—¡En el contador, entonces! Ahí. Mira. En ese rincón.

La robusta figura del camarada Ossipon, avanzando a grandes zancadas bruscas y sombrías a través de la tienda, se puso en cuclillas en un rincón obedientemente; pero esta obediencia carecía de gracia. Hurgó nerviosamente y, de repente, con el sonido de una maldición murmurada, la luz detrás de la puerta acristalada se apagó con un suspiro jadeante e histérico de la mujer. La noche, la inevitable recompensa de los fieles trabajos de los hombres en esta tierra, la noche había caído sobre el señor Verloc, el experimentado revolucionario —"uno de los de la vieja guardia"—, el humilde guardián de la sociedad; el inestimable Agente Secreto [delta] de los despachos del barón Stott-Wartenheim; un servidor de la ley y el orden, fiel, de confianza, preciso, admirable, con quizás una única debilidad amable: la creencia idealista de ser amado por sí mismo.

Ossipon buscó a tientas el camino de regreso a través de la atmósfera cargada, ahora negra como la tinta, hasta el mostrador. La voz de la señora Verloc, de pie en medio de la tienda, vibró tras él en aquella negrura con una protesta desesperada.

—No voy a ser ahorcada, Tom. No voy a...

Se interrumpió. Ossipon, desde el mostrador, lanzó una advertencia: "No grites así", luego pareció reflexionar profundamente. —¿Hiciste esto completamente tú sola? —preguntó con voz hueca, pero con una apariencia de calma magistral que llenó el corazón de la señora Verloc de agradecida confianza en su fuerza protectora.

—Sí —susurró ella, invisible.

—No lo habría creído posible —murmuró él—. Nadie lo habría hecho.

Ella le oyó moverse y el chasquido de una cerradura en la puerta de la sala. El camarada Ossipon había cerrado con llave el reposo del señor Verloc; y lo hizo no por reverencia a su naturaleza eterna o cualquier otra consideración oscuramente sentimental, sino por la razón precisa de que no estaba en absoluto seguro de que no hubiera alguien más escondido en algún lugar de la casa. No creía a la mujer, o mejor dicho, era ya incapaz de juzgar qué podía ser verdad, posible o incluso probable en este universo asombroso. Estaba aterrorizado, perdiendo toda capacidad de creer o dejar de creer respecto a este extraordinario asunto, que comenzó con inspectores de policía y embajadas y terminaría quién sabe dónde: en el cadalso para alguien. Estaba aterrorizado ante la idea de que no podría probar el uso que hizo de su tiempo desde las siete, pues había estado merodeando por Brett Street. Estaba aterrorizado ante esta mujer salvaje que lo había llevado allí, y que probablemente le cargaría con la complicidad, al menos si no tenía cuidado. Estaba aterrorizado por la rapidez con la que se había visto envuelto en tales peligros; atraído a ellos. Hacía unos veinte minutos que la había conocido, no más.

La voz de la señora Verloc se alzó contenida, suplicando piadosamente: —¡No dejes que me ahorquen, Tom! Sácame del país. Trabajaré para ti. Seré tu esclava. Te amaré. No tengo a nadie en el mundo... ¡Quién se fijaría en mí si tú no lo haces! —Cesó por un momento; luego, en las profundidades de la soledad creada a su alrededor por un insignificante hilo de sangre que goteaba del mango de un cuchillo, encontró una inspiración terrible para ella, que había sido la respetable joven de la mansión de Belgravia, la leal y respetable esposa del señor Verloc—. No te pediré que te cases conmigo —exhaló con tono avergonzado.

Dio un paso adelante en la oscuridad. Él estaba aterrorizado ante ella. No se habría sorprendido si ella hubiera sacado de repente otro cuchillo destinado a su pecho. Ciertamente no habría ofrecido resistencia. Realmente no tenía suficiente fortaleza en ese momento para decirle que se mantuviera alejada. Pero preguntó con un tono cavernoso y extraño: —¿Estaba dormido?

—No —gritó ella, y continuó rápidamente—. No lo estaba. No él. Me había estado diciendo que nada podía tocarlo. Después de quitarme al chico de delante de mis propios ojos para matarlo... el muchacho cariñoso, inocente e inofensivo. El mío propio, te lo digo. Estaba tumbado en el sofá muy tranquilo, después de matar al chico... mi chico. Me habría ido a las calles para salir de su vista. Y me dice así: "Ven aquí", después de decirme que yo había ayudado a matar al chico. ¿Oyes, Tom? Dice así: "Ven aquí", después de arrancarme el corazón junto con el chico para aplastarlo en la suciedad.

Cesó, luego repitió soñadoramente dos veces: —Sangre y suciedad. Sangre y suciedad. —Una gran luz se hizo en la mente del camarada Ossipon. Era aquel muchacho medio imbécil entonces el que había perecido en el parque. Y el engaño de todos parecía más completo que nunca: colosal. Exclamó científicamente, en el colmo de su asombro: —¡El degenerado, por los cielos!

—Ven aquí. —La voz de la señora Verloc se alzó de nuevo—. ¿Qué pensaba él que yo era? Dímelo, Tom. ¡Ven aquí! ¡Yo! ¡Así! Había estado mirando el cuchillo, y pensé que iría entonces si me quería tanto. ¡Oh, sí! Fui... por última vez... Con el cuchillo.

Él estaba excesivamente aterrorizado ante ella: la hermana del degenerado, una degenerada ella misma de tipo asesino... o bien del tipo mentiroso. Podría decirse que el camarada Ossipon estaba aterrorizado científicamente además de por todo otro tipo de miedo. Era un pánico inconmensurable y compuesto, que por su propio exceso le daba en la oscuridad una falsa apariencia de calma y deliberación reflexiva. Porque se movía y hablaba con dificultad, como si estuviera medio congelado en su voluntad y mente, y nadie podía ver su rostro espantoso. Se sentía medio muerto.

Dio un salto. Inesperadamente, la señora Verloc había profanado la ininterrumpida y reservada decencia de su hogar con un chillido agudo y terrible.

—¡Ayúdame, Tom! Sálvame. ¡No voy a ser ahorcada!

Se lanzó hacia adelante, buscando a tientas su boca con una mano para silenciarla, y el chillido se apagó. Pero en su arrebato la había derribado. La sentía ahora aferrada a sus piernas, y su terror alcanzó su punto culminante, se convirtió en una especie de embriaguez, albergó delirios, adquirió las características del *delirium tremens*. Positivamente veía serpientes ahora. Veía a la mujer enroscada alrededor de él como una serpiente, imposible de sacudir. Ella no era mortal. Ella era la muerte misma, la compañera de la vida.

La señora Verloc, como aliviada por el estallido, estaba muy lejos de comportarse ruidosamente ahora. Era lastimera.

—Tom, no puedes deshacerte de mí ahora —murmuró desde el suelo—. No a menos que aplastes mi cabeza bajo tu talón. No te dejaré.

—Levántate —dijo Ossipon.

Su rostro estaba tan pálido que resultaba bien visible en la profunda negrura de la tienda; mientras que la señora Verloc, velada, no tenía rostro, casi ninguna forma discernible. El temblor de algo pequeño y blanco, una flor en su sombrero, marcaba su lugar, sus movimientos.

Se alzó en la negrura. Se había levantado del suelo, y Ossipon lamentó no haber salido de inmediato a la calle. Pero percibió fácilmente que no serviría de nada. No serviría de nada. Ella correría tras él. Lo perseguiría gritando hasta que hiciera que cada policía a tiro de oído saliera en su persecución. Y entonces, Dios sabe qué diría de él. Estaba tan asustado que por un momento cruzó por su mente la loca idea de estrangularla en la oscuridad. ¡Y se asustó más que nunca! ¡Ella lo tenía! Se vio a sí mismo viviendo en un terror abyecto en algún oscuro caserío de España o Italia; hasta que una buena mañana lo encontraran muerto también, con un cuchillo en el pecho, como al señor Verloc. Suspiró profundamente. No se atrevía a moverse. Y la señora Verloc esperaba en silencio el buen placer de su salvador, obteniendo consuelo de su silencio reflexivo.

De repente habló con una voz casi natural. Sus reflexiones habían llegado a su fin.

—Salgamos, o perderemos el tren.

—¿A dónde vamos, Tom? —preguntó ella tímidamente. La señora Verloc ya no era una mujer libre.

—Vayamos primero a París, de la mejor manera que podamos... Sal tú primero y mira si el camino está despejado.

Ella obedeció. Su voz llegó amortiguada a través de la puerta abierta con cautela.

—Está bien.

Ossipon salió. A pesar de sus esfuerzos por ser gentil, la campana rota tintineó detrás de la puerta cerrada en la tienda vacía, como si intentara en vano advertir al señor Verloc, en su reposo, de la partida definitiva de su esposa, acompañada por su amigo.

En el coche de punto que tomaron poco después, el robusto anarquista se volvió explicativo. Seguía estando terriblemente pálido, con ojos que parecían haberse hundido medio centímetro en su rostro tenso. Pero parecía haber pensado en todo con una meticulosidad extraordinaria.

—Cuando lleguemos —disertó con un tono extraño y monótono—, debes entrar en la estación antes que yo, como si no nos conociéramos. Yo sacaré los billetes y deslizaré el tuyo en tu mano al pasarte. Luego irás a la sala de espera de señoras de primera clase y te sentarás allí hasta diez minutos antes de que salga el tren. Entonces saldrás. Yo estaré fuera. Tú entrarás primero al andén, como si no me conocieras. Puede haber ojos vigilando allí que sepan qué es qué. Sola, solo eres una mujer que se va en tren. A mí me conocen. Conmigo, se puede sospechar que eres la señora Verloc huyendo. ¿Entiendes, querida? —añadió, con un esfuerzo.

—Sí —dijo la señora Verloc, sentada allí junto a él en el coche de punto, rígida con el pavor a la horca y el miedo a la muerte—. Sí, Tom. —Y añadió para sí misma, como un terrible estribillo—: "La caída otorgada fue de catorce pies".

Ossipon, sin mirarla y con el rostro como una máscara de yeso recién hecha de sí mismo tras una enfermedad debilitante, dijo: —Por cierto, debería tener ahora el dinero para los billetes.

La señora Verloc, desabrochando algunos ganchos de su corpiño mientras seguía mirando al frente, más allá del salpicadero, le entregó la nueva cartera de piel de cerdo. Él la recibió sin una palabra y pareció hundirla profundamente en algún lugar de su propio pecho. Luego se dio una palmada en la parte exterior de la chaqueta.

Todo esto se hizo sin el intercambio de una sola mirada; eran como dos personas buscando la primera visión de un objetivo deseado. No fue hasta que el coche de punto giró en una esquina y se dirigió hacia el puente cuando Ossipon volvió a abrir los labios.

—¿Sabes cuánto dinero hay en esa cosa? —preguntó, como si se dirigiera lentamente a algún duende sentado entre las orejas del caballo.

—No —dijo la señora Verloc—. Él me la dio. No conté. No pensé en ello en ese momento. Después...

Movió un poco su mano derecha. Fue tan expresivo ese pequeño movimiento de aquella mano derecha que había asestado el golpe mortal en el corazón de un hombre menos de una hora antes, que Ossipon no pudo reprimir un escalofrío. Entonces lo exageró a propósito y murmuró:

—Tengo frío. Me he quedado helado.

La señora Verloc miró directamente al frente, a la perspectiva de su huida. De vez en cuando, como una cinta de luto ondeando sobre un camino, las palabras "La caída otorgada fue de catorce pies" se interponían en su mirada tensa. A través de su velo negro, el blanco de sus grandes ojos brillaba con lustre como los ojos de una mujer enmascarada.

La rigidez de Ossipon tenía algo de profesional, una extraña expresión oficial. Fue escuchado de nuevo de repente, como si hubiera soltado un mecanismo para poder hablar.

—¡Mira! ¿Sabes si tu... si él mantenía su cuenta en el banco a su propio nombre o bajo algún otro nombre?

La señora Verloc volvió hacia él su rostro enmascarado y el gran brillo blanco de sus ojos.

—¿Otro nombre? —dijo pensativa.

—Sé exacta en lo que dices —le dio una lección Ossipon durante el veloz movimiento del coche—. Es extremadamente importante. Te lo explicaré. El banco tiene los números de estos billetes. Si se los pagaron a su propio nombre, entonces, cuando su... su muerte se haga pública, los billetes pueden servir para rastrearnos, ya que no tenemos otro dinero. ¿No llevas otro dinero encima?

Ella negó con la cabeza.

—¿Ninguno en absoluto? —insistió él.

—Unas pocas monedas.

—Sería peligroso en ese caso. El dinero tendría que ser tratado de forma especial. Muy especial. Tendríamos quizás que perder más de la mitad de la cantidad para poder cambiar estos billetes en un lugar seguro que conozco en París. En el otro caso, quiero decir, si él tenía su cuenta y cobró bajo otro nombre... digamos Smith, por ejemplo... el dinero es perfectamente seguro de usar. ¿Entiendes? El banco no tiene forma de saber que el señor Verloc y, digamos, Smith son la misma persona. ¿Ves lo importante que es que no te equivoques al responderme? ¿Puedes responder a esa pregunta en absoluto? Quizás no. ¿Eh?

Ella dijo con calma:

—¡Ahora lo recuerdo! No tenía cuenta a su nombre. Me dijo una vez que estaba depositado a nombre de Prozor.

—¿Estás segura?

—Cierta.

—¿No crees que el banco supiera su verdadero nombre? ¿O alguien en el banco o...

Ella se encogió de hombros.

—¿Cómo puedo saberlo? ¿Es probable, Tom?

—No. Supongo que no es probable. Hubiera sido más cómodo saberlo... Aquí estamos. Sal tú primero y entra directamente. Muévete con rapidez.

Él se quedó atrás y pagó al cochero con sus propias monedas de plata. El programa trazado por su minuciosa previsión fue llevado a cabo. Cuando la señora Verloc, con su billete para Saint-Malo en la mano, entró en la sala de espera de señoras, el camarada Ossipon entró en el bar y en siete minutos absorbió tres tragos de brandy caliente con agua.

—Tratando de ahuyentar un resfriado —explicó a la camarera, con un asentimiento amistoso y una sonrisa de mueca. Luego salió, trayendo de aquel festivo interludio el rostro de un hombre que había bebido en la misma Fuente de la Tragedia. Alzó los ojos al reloj. Era la hora. Esperó.

Puntual, la señora Verloc salió, con el velo bajado y toda de negro: negro como la muerte misma, coronada con unas pocas flores baratas y pálidas. Pasó cerca de un pequeño grupo de hombres que se reían, pero cuya risa habría podido quedar muerta por una sola palabra. Su caminar era indolente, pero su espalda estaba recta, y el camarada Ossipon la siguió con la mirada aterrorizado antes de ponerse en marcha él mismo.

El tren estaba en el andén, con apenas nadie alrededor de su fila de puertas abiertas. Debido a la época del año y al clima abominable, casi no había pasajeros. La señora Verloc caminó lentamente a lo largo de la hilera de compartimentos vacíos hasta que Ossipon le tocó el codo por detrás.

—Aquí.

Ella entró y él permaneció en el andén mirando a su alrededor. Ella se inclinó hacia adelante y, en un susurro:

—¿Qué pasa, Tom? ¿Hay algún peligro? Espera un momento. Ahí está el revisor.

Ella lo vio dirigirse al hombre uniformado. Hablaron durante un rato. Oyó al revisor decir: "Muy bien, señor", y vio cómo se tocaba la gorra. Entonces Ossipon regresó diciendo: "Le dije que no dejara que nadie entrara en nuestro compartimento".

Ella estaba inclinada hacia adelante en su asiento. —Piensas en todo... ¿Me sacarás de aquí, Tom? —preguntó con una ráfaga de angustia, levantando su velo bruscamente para mirar a su salvador.

Había descubierto un rostro como de diamante. Y de este rostro los ojos miraban, grandes, secos, dilatados, sin luz, consumidos como dos agujeros negros en los globos blancos y brillantes.

«No hay peligro», dijo, mirándola con una intensidad casi extática que, para la señora Verloc, en su huida de la horca, parecía estar llena de fuerza y ternura. Esta devoción la conmovió profundamente, y el rostro de diamante perdió la rígida severidad de su terror. El camarada Ossipon lo contempló como ningún amante contempló jamás el rostro de su amada. Alexander Ossipon, anarquista, apodado el Doctor, autor de un panfleto médico (e indecente), antiguo conferenciante sobre los aspectos sociales de la higiene en los clubes obreros, estaba libre de las trabas de la moral convencional, pero se sometía al gobierno de la ciencia. Era científico, y miraba científicamente a aquella mujer, hermana de un degenerado, una degenerada ella misma, de un tipo asesino. La miró e invocó a Lombroso, como un campesino italiano se encomienda a su santo favorito. Miró científicamente. Observó sus mejillas, su nariz, sus ojos, sus orejas... ¡Mal! ¡Fatal! Al entreabrirse los labios pálidos de la señora Verloc, ligeramente relajados bajo su mirada apasionadamente atenta, él observó también sus dientes... No cabía duda... un tipo asesino... Si el camarada Ossipon no encomendó su alma aterrorizada a Lombroso fue solo porque, por motivos científicos, no podía creer que llevara consigo algo como un alma. Pero poseía el espíritu científico, que lo movía a testificar en el andén de una estación de ferrocarril con frases nerviosas y entrecortadas.

«Era un muchacho extraordinario, ese hermano suyo. Interesantísimo de estudiar. Un tipo perfecto en cierto modo. ¡Perfecto!»

Habló científicamente en su miedo secreto. Y la señora Verloc, al oír estas palabras de elogio dispensadas a su amado muerto, se balanceó hacia adelante con un destello de luz en sus ojos sombríos, como un rayo de sol presagiando una tempestad de lluvia.

«Lo era, en efecto», susurró suavemente, con los labios temblorosos. «Le prestaste mucha atención, Tom. Te amé por eso».

«Es casi increíble el parecido que había entre vosotros dos», prosiguió Ossipon, dando voz a su temor constante y tratando de ocultar su nerviosa y enfermiza impaciencia por que el tren partiera. «Sí; él se parecía a ti».

Estas palabras no eran especialmente conmovedoras ni comprensivas. Pero el hecho de insistir en aquel parecido era suficiente por sí mismo para afectar poderosamente a sus emociones. Con un grito débil y lanzando los brazos hacia adelante, la señora Verloc estalló finalmente en llanto.

Ossipon entró en el compartimento, cerró apresuradamente la puerta y miró fuera para ver la hora en el reloj de la estación. Ocho minutos más. Durante los tres primeros, la señora Verloc lloró violenta e impotentemente, sin pausa ni interrupción. Luego se recuperó un poco y sollozó suavemente en una abundante caída de lágrimas. Intentó hablar con su salvador, con el hombre que era el mensajero de la vida.

«¡Oh, Tom! ¡Cómo pude temer morir después de que me lo arrebataran tan cruelmente! ¡Cómo pude! ¡Cómo pude ser tan cobarde!»

Lamentaba en voz alta su amor por la vida, esa vida sin gracia ni encanto, y casi sin decencia, pero de una fidelidad de propósito exaltada, incluso hasta el asesinato. Y, como sucede a menudo en el lamento de la pobre humanidad, rica en sufrimiento pero indigente en palabras, la verdad —el grito mismo de la verdad— se encontraba en una forma gastada y artificial recogida en algún lugar entre las frases de falso sentimiento.

«¡Cómo pude tener tanto miedo a la muerte! Tom, lo intenté. Pero tengo miedo. Intenté acabar conmigo misma. Y no pude. ¿Soy dura? Supongo que la copa de los horrores no estaba lo bastante llena para alguien como yo. Entonces, cuando viniste...»

Hizo una pausa. Luego, en un raudal de confianza y gratitud: «¡Viviré todos mis días para ti, Tom!», sollozó.

«Pásate al otro rincón del vagón, lejos del andén», dijo Ossipon solícitamente. Ella dejó que su salvador la acomodara confortablemente, y él observó la llegada de otra crisis de llanto, aún más violenta que la primera. Observó los síntomas con un aire casi médico, como si contara los segundos. Al fin, oyó el silbato del jefe de estación. Una contracción involuntaria del labio superior dejó al descubierto sus dientes con todo el aspecto de una resolución salvaje al sentir que el tren empezaba a moverse. La señora Verloc no oyó ni sintió nada, y Ossipon, su salvador, permaneció inmóvil. Sintió que el tren rodaba más deprisa, retumbando pesadamente al son de los fuertes sollozos de la mujer, y entonces, cruzando el vagón en dos largas zancadas, abrió la puerta deliberadamente y saltó.

Había saltado por el extremo mismo del andén; y tal era su determinación de ceñirse a su plan desesperado que logró, por una especie de milagro realizado casi en el aire, cerrar de golpe la puerta del vagón. Solo entonces se encontró rodando de cabeza como un conejo abatido. Estaba magullado, conmocionado, pálido como la muerte y sin aliento cuando se levantó. Pero estaba tranquilo, y perfectamente capaz de enfrentarse a la excitada multitud de ferroviarios que se había reunido a su alrededor en un momento. Explicó, en tonos amables y convincentes, que su esposa había partido con poco aviso a Bretaña, hacia donde estaba su madre moribunda; que, por supuesto, ella estaba muy alterada y él considerablemente preocupado por su estado; que estaba tratando de animarla y que no se había dado cuenta en absoluto al principio de que el tren estaba saliendo. Ante la exclamación general de: «¿Por qué no siguió hasta Southampton, entonces, señor?», objetó la inexperiencia de una joven cuñada que se había quedado sola en la casa con tres niños pequeños, y la alarma de ella ante su ausencia, al estar cerradas las oficinas de telégrafos. Había actuado por impulso. «Pero no creo que vuelva a intentar eso nunca», concluyó; sonrió a todos; repartió algo de calderilla y se marchó de la estación sin cojear.

Fuera, el camarada Ossipon, con más billetes seguros de los que jamás había tenido en su vida, rechazó la oferta de un coche de punto.

«Puedo caminar», dijo, con una pequeña risa amistosa al cortés cochero.

Podía caminar. Caminó. Cruzó el puente. Más tarde, las torres de la Abadía vieron en su inmovilidad masiva el matorral amarillo de su cabello pasar bajo las lámparas. Las luces de Victoria también lo vieron, y Sloane Square, y las verjas del parque. Y el camarada Ossipon se encontró una vez más en un puente. El río, una maravilla siniestra de sombras quietas y brillos fluidos que se mezclaban abajo en un silencio negro, detuvo su atención. Se quedó mirando sobre el parapeto durante mucho tiempo. La torre del reloj lanzó un estallido broncíneo sobre su cabeza caída. Miró hacia la esfera... Las doce y media de una noche salvaje en el Canal.

Y de nuevo el camarada Ossipon caminó. Su forma robusta fue vista aquella noche en partes distantes de la enorme ciudad que dormía monstruosamente sobre una alfombra de barro bajo un velo de niebla cruda. Fue vista cruzando las calles sin vida ni sonido, o disminuyendo en las interminables perspectivas rectas de casas sombrías que bordeaban caminos vacíos, alineados por filas de farolas de gas. Caminó a través de Squares, Places, Ovals, Commons, a través de calles monótonas con nombres desconocidos donde el polvo de la humanidad se asienta inerte y sin esperanza fuera del torrente de la vida. Caminó. Y, girando repentinamente hacia una franja de jardín delantero con un trozo de césped sarnoso, entró en una pequeña casa mugrienta con una llave que sacó de su bolsillo.

Se arrojó sobre su cama completamente vestido y permaneció inmóvil durante todo un cuarto de hora. Luego se sentó de golpe, levantando las rodillas y abrazándose las piernas. El primer amanecer lo encontró con los ojos abiertos, en la misma postura. Este hombre que podía caminar tanto, tan lejos, tan sin rumbo, sin mostrar un signo de fatiga, también podía permanecer sentado durante horas sin mover un miembro ni un párpado. Pero cuando el sol tardío envió sus rayos a la habitación, desentrelazó sus manos y cayó hacia atrás sobre la almohada. Sus ojos se quedaron mirando al techo. Y de repente se cerraron. El camarada Ossipon durmió bajo la luz del sol.

CAPÍTULO XIII

El enorme candado de hierro en las puertas del armario de pared era el único objeto de la habitación en el que la vista podía descansar sin sentirse afligida por la miserable falta de belleza de las formas y la pobreza del material. Invendible en el curso ordinario de los negocios debido a sus nobles proporciones, le había sido cedido al Profesor por unos pocos peniques por un vendedor de artículos marinos en el este de Londres. La habitación era grande, limpia, respetable y pobre, con esa pobreza que sugiere la inanición de toda necesidad humana salvo la del simple pan. No había nada en las paredes más que el papel, una extensión de verde arsenical, manchado aquí y allá con marcas indelebles, y con manchas que se asemejaban a mapas desteñidos de continentes deshabitados.

En una mesa de madera de pino, cerca de una ventana, estaba sentado el camarada Ossipon, sosteniendo su cabeza entre los puños. El Profesor, vestido con su único traje de tweed de mala calidad, pero arrastrando de aquí para allá sobre las tablas desnudas un par de zapatillas increíblemente destartaladas, se había metido las manos profundamente en los bolsillos estirados de su chaqueta. Le estaba relatando a su robusto huésped una visita que recientemente le había hecho al apóstol Michaelis. El anarquista perfecto se había incluso relajado un poco.

«El tipo no sabía nada de la muerte de Verloc. ¡Por supuesto! Nunca mira los periódicos. Dice que lo ponen demasiado triste. Pero no importa. Entré en su cabaña. Ni un alma por ninguna parte. Tuve que gritar media docena de veces antes de que me respondiera. Pensé que seguía profundamente dormido en la cama. Pero en absoluto. Llevaba ya cuatro horas escribiendo su libro. Estaba sentado en aquella pequeña jaula, rodeado de un montón de manuscritos. Había una zanahoria cruda a medio comer sobre la mesa, junto a él. Su desayuno. Ahora vive a base de zanahorias crudas y un poco de leche».

«¿Qué tal le sienta eso?», preguntó el camarada Ossipon con apatía.

«Angelical... Recogí un puñado de sus páginas del suelo. La pobreza de razonamiento es asombrosa. No tiene lógica. No puede pensar de forma consecutiva. Pero eso no es nada. Ha dividido su biografía en tres partes, tituladas: "Fe, Esperanza, Caridad". Ahora está elaborando la idea de un mundo planeado como un inmenso y agradable hospital, con jardines y flores, en el que los fuertes han de dedicarse al cuidado de los débiles».

El Profesor hizo una pausa.

«¿Concibes esta locura, Ossipon? ¡Los débiles! ¡La fuente de todo mal en esta tierra!», continuó con su sombría seguridad. «Le dije que soñaba con un mundo como un matadero, donde los débiles serían tomados para su total exterminio».

«¿Entiendes, Ossipon? ¡La fuente de todo mal! Ellos son nuestros siniestros amos: los débiles, los flácidos, los tontos, los cobardes, los de corazón pusilánime y mente esclava. Tienen el poder. Son la multitud. Suyo es el reino de la tierra. ¡Exterminar, exterminar! Ese es el único camino del progreso. ¡Lo es! Sígueme, Ossipon. Primero debe irse la gran multitud de los débiles, luego los únicos relativamente fuertes. ¿Lo ves? Primero los ciegos, luego los sordos y los mudos, luego los cojos y los mancos, y así sucesivamente. Cada mancha, cada vicio, cada prejuicio, cada convención debe encontrar su destino».

«¿Y qué queda?», preguntó Ossipon con voz ahogada.

«Quedo yo, si soy lo suficientemente fuerte», afirmó el pequeño y cetrino Profesor, cuyas grandes orejas, delgadas como membranas y destacadas de los lados de su frágil cráneo, tomaron de repente un tinte rojo intenso.

«¿No he sufrido bastante por esta opresión de los débiles?», continuó con fuerza. Luego, dando golpecitos en el bolsillo interior de su chaqueta: «Y, sin embargo, yo soy la fuerza», prosiguió. «¡Pero el tiempo! ¡El tiempo! ¡Dadme tiempo! ¡Ah! Esa multitud, demasiado estúpida para sentir lástima o miedo. A veces pienso que tienen todo de su parte. Todo, incluso la muerte, mi propia arma».

«Ven a beber un poco de cerveza conmigo al Silenus», dijo el robusto Ossipon tras un intervalo de silencio impregnado por el rápido *flap-flap* de las zapatillas sobre los pies del anarquista perfecto. Este último aceptó. Estaba jovial aquel día, a su manera peculiar. Le dio una palmada en el hombro a Ossipon.

«¡Cerveza! ¡Que así sea! Bebamos y seamos felices, pues somos fuertes y mañana moriremos».

Se ocupó de ponerse las botas mientras hablaba en su tono cortante y resuelto.

«¿Qué te pasa, Ossipon? Te veo sombrío y buscas incluso mi compañía. Me entero de que te ven constantemente en lugares donde los hombres dicen tonterías sobre vasos de licor. ¿Por qué? ¿Has abandonado tu colección de mujeres? Son las débiles que alimentan a los fuertes, ¿eh?»

Dio una patada en el suelo y recogió su otra bota acordonada, pesada, de suela gruesa, sin betún, remendada muchas veces. Sonrió para sí mismo con sombría satisfacción.

«Dime, Ossipon, hombre terrible, ¿alguna vez una de tus víctimas se ha matado por ti, o tus triunfos son hasta ahora incompletos? Pues solo la sangre pone un sello a la grandeza. Sangre. Muerte. Mira la historia».

«Vete al infierno», dijo Ossipon sin girar la cabeza.

«¿Por qué? Que esa sea la esperanza de los débiles, cuya teología ha inventado el infierno para los fuertes. Ossipon, mi sentimiento hacia ti es de amistoso desprecio. No podrías matar ni a una mosca».

Pero, balanceándose hacia el festín en la parte superior del autobús, el Profesor perdió su buen humor. La contemplación de las multitudes que llenaban las aceras extinguió su seguridad bajo una carga de duda e inquietud que solo podía sacudirse tras un período de reclusión en la habitación con el armario grande cerrado por un candado enorme.

«Y así», dijo por encima del hombro el camarada Ossipon, que estaba sentado en el asiento de atrás. «Y así, Michaelis sueña con un mundo como un hospital hermoso y alegre».

«Exactamente. Una inmensa caridad para la curación de los débiles», asintió el Profesor con ironía.

«Eso es una tontería», admitió Ossipon. «No se puede curar la debilidad. Pero, después de todo, puede que Michaelis no esté tan equivocado. Dentro de doscientos años, los médicos gobernarán el mundo. La ciencia ya reina. Reina en la sombra, quizás, pero reina. Y toda la ciencia debe culminar al fin en la ciencia de la curación; no de los débiles, sino de los fuertes. La humanidad quiere vivir, vivir».

«La humanidad», afirmó el Profesor con un brillo autoconfiado de sus gafas de montura de hierro, «no sabe lo que quiere».

«Pero tú sí», gruñó Ossipon. «Ahora mismo has estado pidiendo tiempo, tiempo. Pues bien. Los médicos te darán tu tiempo, si te portas bien. Te proclamas uno de los fuertes porque llevas en el bolsillo suficiente material para enviarte a ti mismo y, digamos, a otras veinte personas a la eternidad. Pero la eternidad es un agujero maldito. Es tiempo lo que necesitas. Tú... si te encontraras con un hombre que pudiera darte con seguridad diez años de tiempo, lo llamarías tu amo».

«Mi lema es: ¡Ni Dios, ni Amo!», dijo el Profesor sentenciosamente mientras se levantaba para bajar del autobús.

Ossipon lo siguió. «Espera a estar tumbado boca arriba al final de tu tiempo», replicó, saltando del estribo tras el otro. «Tu despreciable, mísero y sarnoso trocito de tiempo», continuó cruzando la calle y subiendo al bordillo.

«Ossipon, creo que eres un impostor», dijo el Profesor, abriendo magistralmente las puertas del renombrado Silenus. Y cuando se hubieron instalado en una mesita, desarrolló aún más este amable pensamiento: «Ni siquiera eres médico. Pero eres divertido. Tu idea de una humanidad sacando la lengua universalmente y tomando la píldora de polo a polo bajo las órdenes de unos pocos bromistas solemnes es digna del profeta. ¡Profecía! ¡Qué bien hace pensar en lo que será!». Levantó su vaso. «Por la destrucción de lo que es», dijo con calma.

Bebió y recayó en su peculiar y cerrada forma de silencio. El pensamiento de una humanidad tan numerosa como las arenas de la orilla del mar, tan indestructible, tan difícil de manejar, le oprimía. El sonido de las bombas que estallaban se perdía en su inmensidad de granos pasivos sin eco. Por ejemplo, este asunto Verloc. ¿Quién pensaba en ello ahora?

Ossipon, como obligado de repente por una fuerza misteriosa, sacó del bolsillo un periódico muy doblado. El Profesor levantó la cabeza ante el crujido.

«¿Qué periódico es ese? ¿Hay algo en él?», preguntó.

Ossipon se sobresaltó como un sonámbulo asustado.

«Nada. Nada en absoluto. El asunto tiene diez días. Supongo que lo olvidé en el bolsillo».

Pero no tiró la vieja cosa. Antes de devolverlo a su bolsillo, lanzó una mirada furtiva a las últimas líneas de un párrafo. Decían así: «Un misterio impenetrable parece destinado a cernirse para siempre sobre este acto de locura o desesperación».

Tales eran las palabras finales de una noticia titulada: «Suicidio de pasajera de un barco que cruza el Canal». El camarada Ossipon estaba familiarizado con las bellezas de su estilo periodístico. «Un misterio impenetrable parece destinado a cernirse para siempre...». Conocía cada palabra de memoria. «Un misterio impenetrable...».

Y el robusto anarquista, colgando la cabeza sobre el pecho, cayó en un largo ensueño.

Se sentía amenazado por este asunto en las mismas fuentes de su existencia. No podía salir a encontrarse con sus diversas conquistas, aquellas a las que cortejaba en los bancos de Kensington Gardens, y aquellas que conocía cerca de las verjas de los sótanos, sin el temor de empezar a hablarles de un misterio impenetrable destinado... Se estaba volviendo científicamente temeroso de la locura acechándole entre esas líneas. «Cernirse para siempre sobre». Era una obsesión, una tortura. Últimamente no había podido acudir a varias de estas citas, cuya nota solía ser una confianza ilimitada en el lenguaje del sentimiento y la ternura varonil. La disposición confiada de varias clases de mujeres satisfacía las necesidades de su amor propio y ponía algunos medios materiales en sus manos. Los necesitaba para vivir. Estaban ahí. Pero si ya no podía hacer uso de ello, corría el riesgo de matar de hambre a sus ideales y a su cuerpo... «Este acto de locura o desesperación».

Un «misterio impenetrable» estaba seguro de «cernirse para siempre» en lo que respecta a toda la humanidad. ¿Pero qué importaba eso si él, solo entre todos los hombres, no podía librarse nunca del maldito conocimiento? Y el conocimiento del camarada Ossipon era tan preciso como el periodista podía hacerlo, hasta el umbral mismo del «misterio destinado a cernirse para siempre...».

El camarada Ossipon estaba bien informado. Sabía lo que el encargado de la pasarela del vapor había visto: «Una señora con vestido negro y velo negro, vagando a medianoche a lo largo del muelle. "¿Va usted en el barco, señora?", le había preguntado animándola. "Por aquí". Parecía no saber qué hacer. Él la ayudó a subir a bordo. Parecía débil».

Y sabía también lo que la azafata había visto: una dama de negro con el rostro blanco, de pie en medio del camarote de señoras, que estaba vacío. La azafata la convenció para que se acostara allí. La dama parecía muy reacia a hablar, y como si estuviera en un apuro terrible. Lo siguiente que supo la azafata fue que ya no estaba en el camarote de señoras. La azafata fue entonces a cubierta a buscarla, y el camarada Ossipon fue informado de que la buena mujer encontró a la infeliz dama acostada en uno de los asientos con capota. Tenía los ojos abiertos, pero no respondía a nada de lo que se le decía. Parecía muy enferma. La azafata llamó al sobrecargo, y aquellas dos personas permanecieron al lado del asiento con capota consultando sobre su extraordinaria y trágica pasajera. Hablaban en susurros audibles (pues ella parecía fuera del alcance del oído) sobre St Malo y el Cónsul allí, sobre comunicarse con los suyos en Inglaterra. Luego se alejaron para organizar su traslado a los niveles inferiores, pues, a juzgar por lo que podían ver de su rostro, les parecía estar muriéndose. Pero el camarada Ossipon sabía que detrás de aquella máscara blanca de desesperación, luchaba contra el terror y la desesperación un vigor vital, un amor a la vida que podía resistir la angustia furiosa que conduce al asesinato y al miedo, al miedo ciego y loco a la horca. Él lo sabía. Pero la azafata y el sobrecargo no sabían nada, salvo que, cuando regresaron a por ella en menos de cinco minutos, la dama de negro ya no estaba en el asiento con capota. No estaba en ninguna parte. Se había ido. Eran entonces las cinco de la mañana, y tampoco fue un accidente. Una hora después, uno de los operarios del vapor encontró una alianza tirada en el asiento. Se había pegado a la madera por un poco de humedad, y su brillo llamó la atención del hombre. Había una fecha, 24 de junio de 1879, grabada en el interior. «Un misterio impenetrable está destinado a cernirse para siempre...».

Y el camarada Ossipon levantó su cabeza inclinada, amada por varias mujeres humildes de estas islas, similar a Apolo por la lozanía de su mata de pelo.

El Profesor se había vuelto inquieto mientras tanto. Se levantó.

—Espera —dijo Ossipon apresuradamente—. Vamos, ¿qué sabes tú de la locura y la desesperación?

El Profesor pasó la punta de la lengua por sus labios secos y delgados, y dijo doctoralmente:

—No existen tales cosas. Toda pasión está perdida ahora. El mundo es mediocre, flácido, sin fuerza. Y la locura y la desesperación son una fuerza. Y la fuerza es un crimen a los ojos de los necios, los débiles y los tontos que dirigen el cotarro. Tú eres mediocre. Verloc, cuyo asunto la policía ha logrado sofocar tan bien, era mediocre. Y la policía lo asesinó. Él era mediocre. Todo el mundo es mediocre. ¡Locura y desesperación! Dadme eso como palanca y moveré el mundo. Ossipon, te tengo un desprecio cordial. Eres incapaz de concebir siquiera lo que el ciudadano bien alimentado llamaría un crimen. No tienes fuerza. —Hizo una pausa, sonriendo sardónicamente bajo el brillo feroz de sus gruesas gafas.

—Y déjame decirte que este pequeño legado que dicen que has recibido no ha mejorado tu inteligencia. Te sientas ante tu cerveza como un muñeco. Adiós.

—¿Lo quieres? —dijo Ossipon, mirando hacia arriba con una sonrisa idiota.

—¿Quieres qué?

—El legado. Todo él.

El incorruptible Profesor solo sonrió. Sus ropas casi se le caían de encima; sus botas, deformes por los remiendos, pesadas como el plomo, dejaban entrar agua a cada paso. Dijo:

—Te enviaré dentro de poco una pequeña factura por ciertos productos químicos que pediré mañana. Los necesito urgentemente. ¿Entendido?

Ossipon bajó la cabeza lentamente. Estaba solo. «Un misterio impenetrable...». Le pareció que, suspendido en el aire frente a él, veía su propio cerebro pulsando al ritmo de un misterio impenetrable. Estaba enfermo, claramente... «Este acto de locura o desesperación».

El piano mecánico cerca de la puerta tocó un vals con descaro, luego se quedó en silencio de repente, como si se hubiera puesto de mal humor.

El camarada Ossipon, apodado el Doctor, salió de la cervecería Silenus. En la puerta dudó, parpadeando ante una luz solar no demasiado espléndida, y el periódico con el informe del suicidio de una dama estaba en su bolsillo. Su corazón latía contra él. El suicidio de una dama, este acto de locura o desesperación.

Caminó por la calle sin mirar dónde ponía los pies; y caminaba en una dirección que no le llevaría al lugar de la cita con otra dama (una institutriz de edad avanzada que depositaba su confianza en una cabeza ambrosíaca al estilo de Apolo). Se estaba alejando de ella. No podía enfrentarse a ninguna mujer. Era la ruina. No podía pensar, trabajar, dormir ni comer. Pero empezaba a beber con placer, con anticipación, con esperanza. Era la ruina. Su carrera revolucionaria, sostenida por el sentimiento y la credulidad de muchas mujeres, estaba amenazada por un misterio impenetrable: el misterio de un cerebro humano pulsando erróneamente al ritmo de frases periodísticas. «...Se cernirá para siempre sobre este acto... Se inclinaba hacia la alcantarilla... de la locura o la desesperación».

—Estoy gravemente enfermo —murmuró para sí mismo con visión científica. Ya su robusta figura, con el dinero del servicio secreto de una Embajada (heredado del señor Verloc) en los bolsillos, marchaba por la alcantarilla como si estuviera entrenándose para la tarea de un futuro inevitable. Ya inclinaba sus anchos hombros, su cabeza de rizos ambrosíacos, como si estuviera listo para recibir el yugo de cuero del hombre anuncio. Como aquella noche, hacía más de una semana, el camarada Ossipon caminaba sin mirar dónde ponía los pies, sin sentir fatiga, sin sentir nada, sin ver nada, sin oír un sonido. «Un misterio impenetrable...». Caminaba ignorado... «Este acto de locura o desesperación».

Y el incorruptible Profesor caminaba también, desviando sus ojos de la odiosa multitud de la humanidad. No tenía futuro. Lo desdeñaba. Él era una fuerza. Sus pensamientos acariciaban las imágenes de la ruina y la destrucción. Caminaba frágil, insignificante, andrajoso, miserable, y terrible en la simplicidad de su idea de llamar a la locura y la desesperación a la regeneración del mundo. Nadie lo miraba. Pasaba inadvertido y mortífero, como una peste en la calle llena de hombres.

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