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The Works of Edgar Allan Poe

by Edgar Allan Poe · in Spanish

Las obras de Edgar Allan Poe

por Edgar Allan Poe

Edición El Cuervo

VOLUMEN II.

Contenido

LA CARTA ROBADA EL CUENTO MIL Y DOS DE SCHEHERAZADE UN DESCENSO AL MAELSTRÖM VON KEMPELEN Y SU DESCUBRIMIENTO REVELACIÓN MESMÉRICA LOS HECHOS EN EL CASO DEL SR. VALDEMAR EL GATO NEGRO LA CAÍDA DE LA CASA USHER SILENCIO — UNA FÁBULA LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA EL BARRIL DE AMONTILLADO EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD LA ISLA DEL HADA LA CITA EL POZO Y EL PÉNDULO EL ENTIERRO PREMATURO EL DOMINIO DE ARNHEIM LA CABAÑA DE LANDOR WILLIAM WILSON EL CORAZÓN DELATOR BERENICE ELEONORA NOTAS AL SEGUNDO VOLUMEN

[Nota del redactor: Algunas notas finales son de Poe y otras fueron añadidas por Griswold. En este volumen, las notas se encuentran al final.]

LA CARTA ROBADA

Nil sapientiæ odiosius acumine nimio.—Séneca.

En París, justo al caer la noche de una tarde ventosa en el otoño de 18-, disfrutaba del doble lujo de la meditación y una espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca trasera o gabinete de libros, au troisième, n.º 33, Rue Dunôt, Faubourg St. Germain. Durante al menos una hora habíamos mantenido un profundo silencio; mientras cada uno, para cualquier observador casual, podría haber parecido intensa y exclusivamente ocupado con los remolinos de humo que oprimían la atmósfera de la estancia. Por mi parte, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos temas que habían formado parte de nuestra conversación en un momento anterior de la velada; me refiero al asunto de la Rue Morgue y al misterio que rodeaba el asesinato de Marie Rogêt. Consideré, por tanto, una coincidencia que la puerta de nuestro apartamento se abriera de par en par y admitiera a nuestro viejo conocido, el señor G——, prefecto de la policía parisina.

Le dimos una cálida bienvenida; pues había casi tanto de entretenido como de despreciable en aquel hombre, y no lo habíamos visto desde hacía varios años. Habíamos estado sentados en la oscuridad, y Dupin se levantó ahora con el propósito de encender una lámpara, pero volvió a sentarse, sin hacerlo, ante las palabras de G., quien dijo haber venido a consultarnos, o más bien a pedir la opinión de mi amigo, sobre cierto asunto oficial que había ocasionado una gran cantidad de problemas.

—Si se trata de algún punto que requiera reflexión —observó Dupin, mientras se abstenía de encender la mecha—, lo examinaremos mejor en la oscuridad.

—Esa es otra de sus ideas extrañas —dijo el prefecto, quien tenía la costumbre de llamar «extraño» a todo lo que superaba su comprensión y, por tanto, vivía en medio de una legión absoluta de «extravagancias».

—Muy cierto —dijo Dupin, mientras suministraba a su visitante una pipa y le acercaba una cómoda silla.

—¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté—. Nada de asesinatos, espero.

—Oh, no; nada de esa naturaleza. El hecho es que el asunto es muy sencillo, en realidad, y no me cabe duda de que podemos manejarlo bastante bien nosotros mismos; pero pensé que a Dupin le gustaría escuchar los detalles, porque es excesivamente extraño.

—Sencillo y extraño —dijo Dupin.

—Pues sí; y tampoco exactamente eso. El hecho es que todos nos hemos sentido bastante desconcertados porque el asunto es tan sencillo y, sin embargo, nos frustra por completo.

—Quizás sea la propia sencillez del asunto lo que le hace fallar —dijo mi amigo.

—¡Qué tonterías dice! —respondió el prefecto, riendo de buena gana.

—Quizás el misterio sea demasiado evidente —dijo Dupin.

—¡Oh, cielos! ¿Quién ha oído nunca semejante idea?

—Un poco demasiado evidente por sí mismo.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, jo, jo, jo! —rugió nuestro visitante, profundamente divertido—. ¡Oh, Dupin, usted será mi perdición algún día!

—¿Y cuál es, después de todo, el asunto entre manos? —pregunté.

—Bueno, se lo diré —respondió el prefecto, mientras daba una calada larga, constante y contemplativa, y se acomodaba en su silla—. Se lo diré en pocas palabras; pero, antes de empezar, permítanme advertirles que este es un asunto que exige la mayor reserva, y que lo más probable es que perdiera el cargo que ahora ocupo si se supiera que confié en alguien.

—Proceda —dije.

—O no —dijo Dupin.

—Bien, pues; he recibido información personal, de una fuente muy elevada, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado de los aposentos reales. Se conoce al individuo que lo robó; esto está fuera de toda duda; fue visto tomarlo. Se sabe, también, que todavía permanece en su poder.

—¿Cómo se sabe esto? —preguntó Dupin.

—Se deduce claramente —respondió el prefecto— por la naturaleza del documento y por la no aparición de ciertos resultados que surgirían inmediatamente al salir este de la posesión del ladrón; es decir, de que él lo empleara como debe tener intención de emplearlo finalmente.

—Sea un poco más explícito —dije.

—Bueno, puedo aventurarme a decir que el papel otorga a su poseedor cierto poder en un ámbito donde tal poder es inmensamente valioso. —Al prefecto le gustaba la jerga de la diplomacia.

—Aun así, no entiendo del todo —dijo Dupin.

—¿No? Bueno; la revelación del documento a una tercera persona, que permanecerá anónima, pondría en cuestión el honor de un personaje de la más alta alcurnia; y este hecho otorga al poseedor del documento una influencia sobre el ilustre personaje cuyo honor y paz están tan en peligro.

—Pero esta influencia —interpuse— dependería del conocimiento que el ladrón tiene de que el perjudicado sabe quién es el ladrón. ¿Quién se atrevería...?

—El ladrón —dijo G.— es el ministro D——, quien se atreve a todo, tanto a lo impropio como a lo propio de un hombre. El método del robo no fue menos ingenioso que audaz. El documento en cuestión —una carta, para ser franco— había sido recibido por el personaje robado mientras estaba sola en el tocador real. Durante su lectura, fue interrumpida repentinamente por la entrada del otro alto personaje de quien deseaba especialmente ocultarlo. Tras un apresurado y vano intento de guardarlo en un cajón, se vio obligada a colocarlo, abierto como estaba, sobre una mesa. La dirección, sin embargo, quedó hacia arriba y, al no quedar expuesto el contenido, la carta pasó desapercibida. En ese momento entra el ministro D——. Su ojo de lince percibe inmediatamente el papel, reconoce la caligrafía de la dirección, observa la confusión del personaje aludido y descubre su secreto. Tras algunas transacciones comerciales, despachadas a su manera habitual, produce una carta algo parecida a la que está en cuestión, la abre, finge leerla y luego la coloca muy cerca de la otra. Conversa de nuevo, durante unos quince minutos, sobre asuntos públicos. Al final, al despedirse, toma también de la mesa la carta sobre la cual no tenía derecho alguno. Su legítima dueña lo vio, pero, por supuesto, no se atrevió a llamar la atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba a su lado. El ministro se marchó; dejando su propia carta —una sin importancia— sobre la mesa.

—Aquí, pues —dijo Dupin para mí—, tiene precisamente lo que exigía para que la influencia fuera completa: el conocimiento del ladrón sobre el conocimiento que el perjudicado tiene del ladrón.

—Sí —respondió el prefecto—; y el poder así obtenido ha sido ejercido, desde hace algunos meses, con fines políticos hasta un grado muy peligroso. El personaje robado está cada día más convencido de la necesidad de recuperar su carta. Pero esto, por supuesto, no puede hacerse abiertamente. En fin, llevada a la desesperación, me ha confiado el asunto.

—De quien —dijo Dupin, en medio de un torbellino perfecto de humo— no podría desearse, ni siquiera imaginarse, un agente más sagaz.

—Me halaga —respondió el prefecto—; pero es posible que se haya tenido alguna opinión así.

—Está claro —dije—, como usted observa, que la carta sigue en poder del ministro; ya que es esta posesión, y no el uso de la carta, lo que confiere el poder. Con el uso, el poder desaparece.

—Cierto —dijo G.—; y sobre esta convicción procedí. Mi primer cuidado fue registrar a fondo el hotel del ministro; y aquí mi principal vergüenza residió en la necesidad de registrar sin su conocimiento. Por encima de todo, se me ha advertido del peligro que resultaría de darle motivos para sospechar nuestras intenciones.

—Pero —dije—, usted es muy experto en estas investigaciones. La policía parisina ha hecho esto muchas veces antes.

—Oh, sí; y por esta razón no perdí la esperanza. Los hábitos del ministro me dieron, también, una gran ventaja. A menudo está fuera de casa toda la noche. Sus sirvientes no son, de ningún modo, numerosos. Duermen lejos de los aposentos de su amo y, al ser principalmente napolitanos, se emborrachan fácilmente. Tengo llaves, como saben, con las que puedo abrir cualquier cámara o gabinete en París. Durante tres meses no ha pasado una noche en la que, durante la mayor parte de ella, no me haya dedicado, personalmente, a registrar el Hotel D——. Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Así que no abandoné la búsqueda hasta convencerme plenamente de que el ladrón es un hombre más astuto que yo. Imagino que he investigado cada rincón del recinto en el que es posible que el papel pueda estar oculto.

—¿Pero no es posible —sugerí— que, aunque la carta pueda estar en poder del ministro, como indudablemente está, la haya ocultado en otro lugar que no sea su propio recinto?

—Esto es apenas posible —dijo Dupin—. La peculiar condición actual de los asuntos en la corte, y especialmente de aquellas intrigas en las que se sabe que está involucrado D——, harían de la disponibilidad instantánea del documento —su susceptibilidad a ser producido en cualquier momento— un punto de importancia casi igual a su posesión.

—¿Su susceptibilidad a ser producido? —dije.

—Es decir, a ser destruido —dijo Dupin.

—Cierto —observé—; el papel está claramente, entonces, en el recinto. En cuanto a que esté en la persona del ministro, podemos considerar eso fuera de toda cuestión.

—Totalmente —dijo el prefecto—. Ha sido interceptado dos veces, como si fuera por salteadores, y su persona registrada rigurosamente bajo mi propia inspección.

—Podría haberse ahorrado esta molestia —dijo Dupin—. D——, supongo, no es un tonto del todo, y, si no lo es, debe haber previsto estas interceptaciones, como algo natural.

—No es un tonto del todo —dijo G.—, pero entonces es un poeta, lo cual considero que está a un solo paso de ser un tonto.

—Cierto —dijo Dupin, tras una larga y pensativa calada de su espuma de mar—, aunque yo mismo he sido culpable de ciertos versos mediocres.

—Supongo que detallará —dije— los pormenores de su búsqueda.

—Bueno, el hecho es que nos tomamos nuestro tiempo y registramos en todas partes. Tengo mucha experiencia en estos asuntos. Tomé todo el edificio, habitación por habitación; dedicando las noches de toda una semana a cada una. Examinamos, primero, el mobiliario de cada apartamento. Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que sabrán que, para un agente de policía debidamente entrenado, una cosa tal como un cajón secreto es imposible. Cualquier hombre es un imbécil que permite que un cajón «secreto» se le escape en un registro de este tipo. El asunto es tan claro. Hay una cierta cantidad de volumen —de espacio— que debe tenerse en cuenta en cada gabinete. Luego tenemos reglas precisas. La quincuagésima parte de una línea no podría escapársenos. Después de los gabinetes, tomamos las sillas. Los cojines los sondeamos con las agujas largas y finas que me han visto emplear. De las mesas, retiramos las cubiertas.

—¿Por qué eso?

—A veces, la cubierta de una mesa, u otro mueble dispuesto de forma similar, es retirada por la persona que desea ocultar un objeto; luego la pata es excavada, el objeto depositado dentro de la cavidad y la cubierta reemplazada. La parte inferior y superior de los postes de las camas se emplean de la misma manera.

—¿Pero no podría detectarse la cavidad mediante golpeteo? —pregunté.

—De ninguna manera, si, cuando se deposita el objeto, se coloca un relleno suficiente de algodón a su alrededor. Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruido.

—Pero no podría haber quitado —no podría haber desmontado todos los muebles en los que hubiera sido posible hacer un depósito de la forma que menciona. Una carta puede comprimirse en un rollo espiral fino, que no difiere mucho en forma o volumen de una aguja de tejer grande, y en esta forma podría insertarse en el travesaño de una silla, por ejemplo. ¿No desmontó todas las sillas?

—Ciertamente no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada silla del hotel y, de hecho, las uniones de cada tipo de mueble, con la ayuda de un microscopio muy potente. Si hubiera habido rastros de perturbación reciente, no habríamos dejado de detectarlo al instante. Un solo grano de polvo de barrena, por ejemplo, habría sido tan evidente como una manzana. Cualquier desorden en el encolado —cualquier abertura inusual en las juntas— habría bastado para asegurar la detección.

—Supongo que miró los espejos, entre los tableros y las láminas, y sondeó las camas y la ropa de cama, así como las cortinas y las alfombras.

—Eso, por supuesto; y cuando habíamos terminado absolutamente con cada partícula del mobiliario de esta manera, entonces examinamos la casa misma. Dividimos toda su superficie en compartimentos, que numeramos, para que no se nos escapara ninguno; luego escudriñamos cada pulgada cuadrada en todo el recinto, incluidas las dos casas inmediatamente contiguas, con el microscopio, como antes.

—¡Las dos casas contiguas! —exclamé—; debió de tener una gran cantidad de problemas.

—Los tuvimos; ¡pero la recompensa ofrecida es prodigiosa!

—¿Incluye los terrenos alrededor de las casas?

—Todos los terrenos están pavimentados con ladrillo. Nos dieron comparativamente pocos problemas. Examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos inalterado.

—Miró entre los papeles de D——, por supuesto, y en los libros de la biblioteca.

—Ciertamente; abrimos cada paquete y envoltorio; no solo abrimos cada libro, sino que pasamos cada página de cada volumen, no contentándonos con un simple sacudido, a la manera de algunos de nuestros oficiales de policía. También medimos el grosor de cada tapa de libro, con la medición más precisa, y aplicamos a cada una el escrutinio más celoso del microscopio. Si alguna de las encuadernaciones hubiera sido manipulada recientemente, habría sido totalmente imposible que el hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis volúmenes, recién salidos de las manos del encuadernador, los sondeamos cuidadosamente, longitudinalmente, con las agujas.

—¿Exploró los suelos debajo de las alfombras?

—Sin duda. Quitamos todas las alfombras y examinamos las tablas con el microscopio.

—¿Y el papel de las paredes?

—Sí.

—¿Miró en los sótanos?

—Lo hicimos.

—Entonces —dije—, ha estado haciendo un cálculo erróneo, y la carta no está en el recinto, como supone.

—Me temo que tiene razón en eso —dijo el prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconsejaría hacer?

—Hacer un registro completo del recinto.

—Eso es absolutamente innecesario —respondió G——. No estoy más seguro de que respiro que de que la carta no está en el hotel.

—No tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin—. Usted tiene, por supuesto, una descripción exacta de la carta.

—¡Oh, sí! —Y aquí el prefecto, produciendo una libreta de notas, procedió a leer en voz alta un relato detallado del aspecto interno, y especialmente del externo, del documento desaparecido. Poco después de terminar la lectura de esta descripción, se marchó, más deprimido de espíritu de lo que nunca había conocido al buen caballero antes.

Aproximadamente un mes después nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi como antes. Tomó una pipa y una silla y entabló una conversación ordinaria. Finalmente dije:

—Bueno, pero G——, ¿qué hay de la carta robada? Supongo que por fin se ha decidido a que no existe tal cosa como superar al ministro.

—Que lo maldigan, digo yo; sí; realicé el nuevo examen, sin embargo, como sugirió Dupin, pero fue todo trabajo perdido, como sabía que sería.

—¿Cuánto era la recompensa ofrecida, dijo? —preguntó Dupin.

—Bueno, una gran cantidad; una recompensa muy generosa; no me gusta decir cuánto, precisamente; pero una cosa diré, que no me importaría dar mi cheque personal por cincuenta mil francos a cualquiera que pudiera conseguirme esa carta. El hecho es que cada día es de mayor importancia; y la recompensa ha sido duplicada recientemente. Si se triplicara, sin embargo, no podría hacer más de lo que he hecho.

—Bueno, sí —dijo Dupin, arrastrando las palabras entre las caladas de su espuma de mar—, realmente... creo, G——, que no se ha esforzado... al máximo en este asunto. Podría... hacer un poco más, creo, ¿eh?

—¿Cómo? ¿De qué manera?

—Bueno... puf, puf... podría... puf, puf... emplear abogados en el asunto, ¿eh?... puf, puf, puf. ¿Recuerda la historia que cuentan de Abernethy?

—No; ¡al diablo con Abernethy!

—¡Por supuesto! Al diablo con él y bienvenido sea. Pero, una vez, cierto avaro rico concibió el designio de vivir a costa de este Abernethy para obtener una opinión médica. Iniciando, con este propósito, una conversación ordinaria en una compañía privada, insinuó su caso al médico, como el de un individuo imaginario.

—«Supondremos —dijo el avaro— que sus síntomas son tales y cuales; ahora, doctor, ¿qué le habría aconsejado tomar?»

—«¡Tomar! —dijo Abernethy—. Bueno, tomar consejo, por supuesto».

—Pero —dijo el prefecto, un poco descompuesto—, estoy perfectamente dispuesto a tomar consejo y a pagar por él. Realmente daría cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en el asunto.

—En ese caso —respondió Dupin, abriendo un cajón y produciendo una chequera—, puede completar un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la carta.

Estaba atónito. El prefecto parecía absolutamente fulminado. Durante unos minutos permaneció mudo e inmóvil, mirando incrédulo a mi amigo con la boca abierta y los ojos que parecían salirse de sus órbitas; luego, recuperándose aparentemente en cierta medida, tomó una pluma y, tras varias pausas y miradas vacías, finalmente rellenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos y se lo entregó a Dupin a través de la mesa. Este último lo examinó cuidadosamente y lo depositó en su billetera; luego, abriendo un escritorio, tomó de allí una carta y se la dio al prefecto. Este funcionario la agarró en una agonía perfecta de alegría, la abrió con mano temblorosa, lanzó una mirada rápida a su contenido y luego, forcejeando y luchando hacia la puerta, salió finalmente sin ceremonias de la habitación y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le pidió que rellenara el cheque.

Cuando se hubo ido, mi amigo entró en algunas explicaciones.

—La policía parisina —dijo— es sumamente capaz a su manera. Son perseverantes, ingeniosos, astutos y están completamente versados en el conocimiento que sus deberes parecen exigir principalmente. Así, cuando G—— nos detalló su modo de registrar el recinto en el Hotel D——, sentí plena confianza en que había realizado una investigación satisfactoria, hasta donde llegaron sus labores.

—¿Hasta donde llegaron sus labores? —dije.

—Sí —dijo Dupin—. Las medidas adoptadas no solo fueron las mejores de su clase, sino que se llevaron a cabo con absoluta perfección. Si la carta hubiera estado depositada dentro del alcance de su búsqueda, estos tipos la habrían encontrado, sin duda alguna.

Me limité a reír, pero él parecía bastante serio en todo lo que decía.

—Las medidas, pues —continuó—, eran buenas en su género y estuvieron bien ejecutadas; su defecto residía en ser inaplicables al caso y al hombre. Cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son, para el Prefecto, una suerte de lecho de Procusto, al que adapta sus designios por la fuerza. Pero yerra perpetuamente al ser demasiado profundo o demasiado superficial para el asunto que tiene entre manos; y muchos escolares son mejores razonadores que él. Conocí a uno de unos ocho años de edad cuyo éxito al adivinar en el juego de «pares o nones» despertaba una admiración universal. Este juego es sencillo y se juega con canicas. Un jugador sostiene en su mano cierto número de estos juguetes y pregunta a otro si ese número es par o impar. Si el que adivina acierta, gana una; si se equivoca, pierde una. El muchacho al que aludo ganó todas las canicas de la escuela. Por supuesto, tenía algún principio para adivinar; y este residía en la mera observación y medición de la astucia de sus oponentes. Por ejemplo, un simple redomado es su oponente y, alzando su mano cerrada, pregunta: «¿son pares o nones?». Nuestro escolar responde: «nones», y pierde; pero en el segundo intento gana, pues entonces se dice a sí mismo: «el simple tenía pares en el primer intento, y su grado de astucia es justo el suficiente para hacer que tenga nones en el segundo; por tanto, adivinaré nones»; adivina nones y gana. Ahora bien, con un simple un grado por encima del primero, habría razonado así: «Este sujeto se da cuenta de que en la primera instancia adiviné nones y, en la segunda, se propondrá, por primer impulso, una sencilla variación de pares a nones, como hizo el primer simple; pero luego un segundo pensamiento le sugerirá que esta es una variación demasiado sencilla y, finalmente, se decidirá por poner pares como antes. Por tanto, adivinaré pares»; adivina pares y gana. Ahora bien, este modo de razonar del escolar, a quien sus compañeros llamaban «el afortunado»... ¿qué es, en su último análisis?

—Es simplemente —dije—, una identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.

—Así es —dijo Dupin—; y al preguntar al chico por qué medios lograba la identificación completa en la que consistía su éxito, recibí la siguiente respuesta: «Cuando deseo averiguar cuán sabio, o cuán estúpido, o cuán bueno, o cuán malvado es alguien, o cuáles son sus pensamientos en ese momento, amoldo la expresión de mi rostro, tan precisamente como puedo, a la expresión del suyo, y luego espero para ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o corazón, como para encajar o corresponder con la expresión». Esta respuesta del escolar yace en el fondo de toda la espuria profundidad que se ha atribuido a Rochefoucault, a La Bougive, a Maquiavelo y a Campanella.

—Y la identificación —dije— del intelecto del razonador con el de su oponente depende, si le entiendo bien, de la precisión con la que se mida el intelecto del oponente.

—Para su valor práctico, depende de esto —respondió Dupin—; y el Prefecto y su cohorte fallan tan frecuentemente, primero, por carencia de esta identificación y, segundo, por una mala medición, o más bien por la falta de medición, del intelecto con el que están tratando. Solo consideran sus propias ideas de ingenio; y, al buscar cualquier cosa oculta, solo atienden a los modos en que ellos mismos la habrían escondido. Tienen razón en esto: que su propio ingenio es un fiel representante del de la masa; pero cuando la astucia del criminal individual es de carácter diverso a la suya, el criminal los burla, por supuesto. Esto sucede siempre que está por encima de la suya, y muy usualmente cuando está por debajo. No tienen variación de principio en sus investigaciones; en el mejor de los casos, cuando son urgidos por alguna emergencia inusual —por alguna recompensa extraordinaria—, extienden o exageran sus viejos modos de práctica, sin tocar sus principios. ¿Qué se ha hecho, por ejemplo, en este caso de D——, para variar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, y sondear, y explorar, y escrutar con el microscopio y dividir la superficie del edificio en pulgadas cuadradas registradas? ¿Qué es todo ello sino una exageración de la aplicación del único principio o conjunto de principios de búsqueda, los cuales están basados en el único conjunto de nociones respecto al ingenio humano a las que el Prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No ve usted que ha dado por sentado que todos los hombres proceden a ocultar una carta —no exactamente en un agujero de barrena perforado en la pata de una silla—, pero, al menos, en algún agujero o rincón apartado sugerido por el mismo tenor de pensamiento que urgiría a un hombre a esconder una carta en un agujero de barrena perforado en la pata de una silla? ¿Y no ve usted también que tales *recherchés* escondrijos para ocultar objetos solo son adecuados para ocasiones ordinarias y solo serían adoptados por intelectos ordinarios? Pues, en todos los casos de ocultación, una disposición del artículo ocultado —una disposición de este en esta manera *recherché*— es, en la primera instancia, presumible y presumida; y así su descubrimiento depende, no en absoluto de la agudeza, sino enteramente del mero cuidado, paciencia y determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia —o, lo que equivale a lo mismo ante los ojos políticos, cuando la recompensa es de magnitud—, nunca se ha sabido que las cualidades en cuestión fallen. Entenderá ahora a qué me refería al sugerir que, si la carta robada hubiera estado escondida en cualquier lugar dentro de los límites del examen del Prefecto —en otras palabras, si el principio de su ocultación hubiera estado comprendido dentro de los principios del Prefecto—, su descubrimiento habría sido un asunto que no admite duda alguna. Este funcionario, sin embargo, ha sido completamente mistificado; y la fuente remota de su derrota yace en la suposición de que el Ministro es un necio porque ha adquirido renombre como poeta. Todos los necios son poetas; esto lo siente el Prefecto; y es meramente culpable de una *non distributio medii* al inferir de ahí que todos los poetas son necios.

—Pero, ¿es este realmente el poeta? —pregunté—. Sé que hay dos hermanos; y ambos han alcanzado reputación en las letras. Creo que el Ministro ha escrito doctamente sobre el Cálculo Diferencial. Es un matemático, no un poeta.

—Está usted equivocado; lo conozco bien; es ambas cosas. Como poeta y matemático, razonaría bien; como mero matemático, no habría podido razonar en absoluto y, por tanto, habría estado a merced del Prefecto.

—Me sorprende —dije— con estas opiniones, que han sido contradichas por la voz del mundo. No pretenderá usted menospreciar la idea bien digerida de siglos. La razón matemática ha sido considerada desde hace mucho como la razón *par excellence*.

—*«Il y a à parièr»* —respondió Dupin, citando a Chamfort—, *«que toute idée publique, toute convention reçue est une sottise, car elle a convenue au plus grand nombre»*. Los matemáticos, le concedo, han hecho todo lo posible por promulgar el error popular al que usted alude, y que no es menos error por su promulgación como verdad. Con un arte digno de una causa mejor, por ejemplo, han insinuado el término «análisis» para su aplicación al álgebra. Los franceses son los originadores de este engaño particular; pero si un término tiene alguna importancia —si las palabras derivan algún valor de su aplicabilidad—, entonces «análisis» conlleva «álgebra» más o menos tanto como, en latín, *ambitus* implica «ambición», *religio* «religión», u *homines honesti* un conjunto de hombres honorables.

—Veo que tiene usted una disputa entre manos —dije— con algunos de los algebristas de París; pero continúe.

—Disputo la disponibilidad, y por ende el valor, de esa razón que se cultiva en cualquier forma especial que no sea la abstractamente lógica. Disputo, en particular, la razón deducida del estudio matemático. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es meramente lógica aplicada a la observación sobre la forma y la cantidad. El gran error reside en suponer que incluso las verdades de lo que se llama álgebra pura son verdades abstractas o generales. Y este error es tan atroz que me quedo confuso ante la universalidad con la que ha sido recibido. Los axiomas matemáticos no son axiomas de verdad general. Lo que es cierto respecto a la relación —de la forma y la cantidad— es a menudo groseramente falso respecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia es muy usualmente falso que las partes agregadas sean iguales al todo. En química también falla el axioma. En la consideración del motivo falla; pues dos motivos, cada uno de un valor dado, no tienen, necesariamente, un valor al unirse igual a la suma de sus valores por separado. Hay numerosas otras verdades matemáticas que solo son verdades dentro de los límites de la relación. Pero el matemático argumenta, a partir de sus verdades finitas, por hábito, como si fueran de una aplicabilidad absolutamente general —como el mundo de hecho imagina que lo son. Bryant, en su doctísima «Mitología», menciona una fuente análoga de error cuando dice que «aunque las fábulas paganas no son creídas, sin embargo, nos olvidamos continuamente y hacemos inferencias de ellas como realidades existentes». Con los algebristas, sin embargo, que son paganos ellos mismos, las «fábulas paganas» son creídas, y las inferencias son hechas, no tanto por un lapso de memoria, como por un inexplicable aturdimiento de los cerebros. En resumen, nunca he encontrado al mero matemático en quien se pudiera confiar fuera de las raíces iguales, o a uno que no sostuviera clandestinamente como punto de su fe que x²+px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Diga a uno de estos caballeros, a modo de experimento, si le place, que cree que pueden ocurrir ocasiones donde x²+px no sea del todo igual a q, y, tras haberle hecho entender a qué se refiere, aléjese de su alcance tan rápidamente como le sea conveniente, pues, sin duda, intentará derribarlo.

—Quiero decir —continuó Dupin, mientras yo simplemente reía ante sus últimas observaciones— que si el Ministro no hubiera sido más que un matemático, el Prefecto no habría tenido necesidad de darme este aviso. Lo conozco, sin embargo, como matemático y poeta a la vez, y mis medidas se adaptaron a su capacidad, con referencia a las circunstancias por las que estaba rodeado. Lo conozco también como cortesano y como audaz intrigante. Tal hombre, consideré, no podía dejar de ser consciente de los modos policiales ordinarios de acción. No podía haber dejado de anticipar —y los eventos han probado que no dejó de anticipar— las emboscadas a las que estaba sujeto. Debe haber previsto, reflexioné, las investigaciones secretas de sus dependencias. Sus frecuentes ausencias nocturnas de casa, que fueron aclamadas por el Prefecto como ayudas seguras para su éxito, las consideré solo como ardides para dar oportunidad a un registro exhaustivo a la policía, y así impresionarlos más pronto con la convicción a la que G——, de hecho, llegó finalmente: la convicción de que la carta no estaba en las dependencias. Sentí, también, que todo el tren de pensamiento que me tomé algunas molestias en detallarle hace un momento, respecto al principio invariable de la acción policial en las búsquedas de artículos ocultos —sentí que todo este tren de pensamiento pasaría necesariamente por la mente del Ministro. Lo llevaría imperativamente a despreciar todos los escondrijos ordinarios. No podía, reflexioné, ser tan débil como para no ver que el recoveco más intrincado y remoto de su hotel sería tan abierto como sus armarios más comunes a los ojos, a las sondas, a los barrenos y a los microscopios del Prefecto. Vi, en fin, que se vería llevado, como cuestión de curso, a la simplicidad, si no inducido deliberadamente a ella como cuestión de elección. Recordará, quizás, cuán desesperadamente rió el Prefecto cuando sugerí, en nuestra primera entrevista, que era justo posible que este misterio le preocupara tanto debido a que era demasiado evidente por sí mismo.

—Sí —dije—, recuerdo bien su regocijo. Realmente pensé que le habrían dado convulsiones.

—El mundo material —continuó Dupin— abunda en analogías muy estrictas con el inmaterial; y así se ha dado cierto tinte de verdad al dogma retórico de que la metáfora, o el símil, puede hacerse para fortalecer un argumento, así como para embellecer una descripción. El principio de la *vis inertiæ*, por ejemplo, parece ser idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera que a un cuerpo grande le cuesta más trabajo ponerse en movimiento que a uno pequeño, y que su momento subsiguiente es conmensurable con esta dificultad, de lo que es, en la segunda, que los intelectos de mayor capacidad, aunque más poderosos, más constantes y más llenos de acontecimientos en sus movimientos que los de grado inferior, son sin embargo menos fácilmente movidos, y se sienten más avergonzados y llenos de vacilación en los primeros pasos de su progreso. De nuevo: ¿ha notado alguna vez cuáles de los carteles de las calles, sobre las puertas de las tiendas, son los que más atraen la atención?

—Nunca he pensado en ello —dije.

—Hay un juego de rompecabezas —reanudó— que se juega sobre un mapa. Una parte que juega requiere de otra que encuentre una palabra dada —el nombre de un pueblo, río, estado o imperio—, cualquier palabra, en resumen, sobre la superficie abigarrada y perpleja de la carta. Un novato en el juego generalmente busca avergonzar a sus oponentes dándoles los nombres con letras más menudas; pero el experto selecciona tales palabras que se extienden, en grandes caracteres, de un extremo a otro de la carta. Estos, como los letreros y carteles de letras excesivamente grandes de la calle, escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente obvios; y aquí el descuido físico es precisamente análogo a la incomprensión moral por la cual el intelecto deja pasar inadvertidas aquellas consideraciones que son demasiado intrusivas y demasiado palpablemente evidentes por sí mismas. Pero este es un punto, al parecer, algo por encima o por debajo del entendimiento del Prefecto. Nunca pensó una sola vez que fuera probable, o posible, que el Ministro hubiera depositado la carta justo debajo de las narices de todo el mundo, como mejor manera de evitar que cualquier parte de ese mundo la percibiera.

—Pero cuanto más reflexionaba sobre el ingenio audaz, impetuoso y discriminador de D——; sobre el hecho de que el documento debía estar siempre a mano, si él pretendía usarlo con buen propósito; y sobre la evidencia decisiva, obtenida por el Prefecto, de que no estaba escondido dentro de los límites de la búsqueda ordinaria de ese dignatario, más convencido me sentía de que, para ocultar esta carta, el Ministro había recurrido al amplio y sagaz expediente de no intentar ocultarla en absoluto.

—Lleno de estas ideas, me preparé con un par de gafas verdes y llamé una linda mañana, por accidente, al hotel ministerial. Encontré a D—— en casa, bostezando, descansando y holgazaneando, como de costumbre, y fingiendo estar en el último extremo del hastío. Es, tal vez, el ser humano realmente más enérgico que vive ahora; pero eso es solo cuando nadie lo ve.

—Para estar a la par con él, me quejé de mis ojos débiles y lamenté la necesidad de las gafas, bajo cuya cobertura examiné cautelosa y minuciosamente todo el apartamento, mientras aparentemente estaba concentrado solo en la conversación de mi anfitrión.

—Presté especial atención a una gran mesa de escribir cerca de la cual él se sentaba, y sobre la cual yacían confusamente algunas cartas misceláneas y otros papeles, con uno o dos instrumentos musicales y unos pocos libros. Aquí, sin embargo, tras un escrutinio largo y muy deliberado, no vi nada que despertara sospechas particulares.

—A la larga, mis ojos, al recorrer el circuito de la habitación, cayeron sobre un insípido tarjetero de filigrana de cartón, que colgaba de una sucia cinta azul, de un pequeño pomo de latón justo debajo del centro de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que tenía tres o cuatro compartimentos, había cinco o seis tarjetas de visita y una carta solitaria. Esta última estaba muy sucia y arrugada. Estaba rasgada casi en dos, por el medio —como si un diseño, en la primera instancia, de rasgarla totalmente por considerarla inútil, hubiera sido alterado o detenido en la segunda—. Tenía un gran sello negro, que llevaba el cifrado de D—— muy conspicuamente, y estaba dirigida, con una letra femenina diminuta, al propio D——, el ministro. Estaba introducida descuidadamente, e incluso, al parecer, con desprecio, en una de las divisiones superiores del tarjetero.

—Tan pronto como eché un vistazo a esta carta, concluí que era la que yo buscaba. Por supuesto, era, a todas luces, radicalmente diferente de la que el Prefecto nos había leído una descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el cifrado de D——; allí era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S——. Aquí, la dirección al Ministro, diminuta y femenina; allí, la sobrescripción, a cierto personaje real, era marcadamente audaz y decidida; el tamaño solo formaba un punto de correspondencia. Pero, entonces, la radicalidad de estas diferencias, que era excesiva; la suciedad; la condición sucia y rasgada del papel, tan inconsistente con los verdaderos hábitos metódicos de D——, y tan sugestiva de un diseño para engañar al observador con una idea de la inutilidad del documento; estas cosas, junto con la situación hiper-obtrusiva de este documento, a plena vista de cada visitante, y así exactamente de acuerdo con las conclusiones a las que había llegado previamente; estas cosas, digo, eran fuertemente corroborativas de sospecha, en alguien que venía con la intención de sospechar.

—Prolongué mi visita tanto como fue posible y, mientras mantenía una discusión muy animada con el Ministro sobre un tema que sabía bien nunca había dejado de interesarle y excitarle, mantuve mi atención realmente clavada en la carta. En este examen, memoricé su apariencia externa y disposición en el tarjetero; y también llegué, finalmente, a un descubrimiento que puso fin a cualquier duda trivial que pudiera haber albergado. Al escrutar los bordes del papel, observé que estaban más rozados de lo que parecía necesario. Presentaban la apariencia quebrada que se manifiesta cuando un papel rígido, habiendo sido doblado y presionado una vez con una plegadera, es redoblado en una dirección invertida, en los mismos pliegues o bordes que habían formado el pliegue original. Este descubrimiento fue suficiente. Estaba claro para mí que la carta había sido vuelta, como un guante, del revés, redirigida y resellada. Despedí al Ministro buenos días, y partí de inmediato, dejando una tabaquera de oro sobre la mesa.

—A la mañana siguiente fui por la tabaquera, cuando reanudamos, con bastante entusiasmo, la conversación del día anterior. Mientras estábamos así ocupados, sin embargo, se escuchó un fuerte estallido, como de una pistola, inmediatamente debajo de las ventanas del hotel, y fue seguido por una serie de gritos temerosos y los alaridos de una muchedumbre aterrorizada. D—— corrió a un ventanal, lo abrió y miró hacia fuera. Mientras tanto, me acerqué al tarjetero, tomé la carta, la puse en mi bolsillo y la reemplacé por un facsímil (en lo que respecta a los externos) que había preparado cuidadosamente en mi alojamiento, imitando el cifrado de D——, muy fácilmente, por medio de un sello formado con miga de pan.

—El disturbio en la calle había sido ocasionado por el comportamiento frenético de un hombre con un mosquete. Había disparado entre una multitud de mujeres y niños. Resultó, sin embargo, haber sido sin bala, y se permitió que el sujeto siguiera su camino como un lunático o un borracho. Cuando se hubo ido, D—— vino de la ventana, adonde yo lo había seguido inmediatamente después de asegurar el objeto a la vista. Poco después le dije adiós. El pretendido lunático era un hombre a mi servicio.

—Pero, ¿qué propósito tenía usted —pregunté— al reemplazar la carta por un facsímil? ¿No habría sido mejor, en la primera visita, haberla tomado abiertamente y marcharse?

—D— —respondió Dupin— es un hombre desesperado y de gran temple. Su hotel, además, no carece de sirvientes dedicados a sus intereses. De haber intentado la temeridad que usted sugiere, quizá nunca habría salido vivo de la presencia del Ministro. La buena gente de París tal vez no habría vuelto a oír hablar de mí. Pero yo tenía un propósito al margen de estas consideraciones. Usted conoce mis inclinaciones políticas. En este asunto, actúo como partidario de la dama en cuestión. Durante dieciocho meses, el Ministro la ha tenido en su poder. Ahora ella lo tiene a él en el suyo, pues, al ignorar que la carta ya no está en su posesión, proseguirá con sus extorsiones como si aún la tuviera. De este modo, se comprometerá inevitablemente, de una vez, a su propia destrucción política. Su caída, además, no será menos precipitada que bochornosa. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero en toda clase de escalada, como decía Catalani sobre el canto, es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso, no siento simpatía —o al menos no piedad— por quien desciende. Es ese monstrum horrendum, un hombre de genio sin principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría mucho conocer el carácter preciso de sus pensamientos cuando, desafiado por aquella a quien el Prefecto llama «cierto personaje», se vea reducido a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.

—¿Cómo? ¿Puso usted algo en particular dentro?

—Bueno, no me pareció del todo correcto dejar el interior en blanco; eso habría sido un insulto. D—, en Viena, me jugó una mala pasada, la cual le dije, con toda jovialidad, que recordaría. Así que, como sabía que sentiría cierta curiosidad respecto a la identidad de la persona que lo había superado en astucia, pensé que era una lástima no darle una pista. Él conoce bien mi letra, así que simplemente copié en el centro de la hoja en blanco las palabras:

«— — Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste.»

Se encuentran en el «Atreo» de Crébillon.

EL CUENTO MIL Y DOS DE SCHEHERAZADE

La verdad es más extraña que la ficción. —Dicho popular

Habiendo tenido ocasión, recientemente, en el curso de unas investigaciones orientales, de consultar el Tellmenow Isitsöornot, una obra que (al igual que el Zohar de Simeón Jochaides) es apenas conocida, incluso en Europa; y que nunca ha sido citada, que yo sepa, por ningún estadounidense —si exceptuamos, tal vez, al autor de las «Curiosidades de la literatura americana»—; habiendo tenido ocasión, digo, de hojear algunas páginas de la notable obra mencionada en primer lugar, no me causó poca sorpresa descubrir que el mundo literario ha estado hasta ahora extrañamente equivocado respecto al destino de la hija del visir, Scheherazade, tal como ese destino se describe en las «Mil y una noches»; y que el desenlace allí expuesto, si no es del todo inexacto en lo que cuenta, es al menos censurable por no haber ido mucho más lejos.

Para obtener información completa sobre este interesante tema, debo remitir al lector inquisitivo al propio «Isitsöornot»; pero, mientras tanto, se me perdonará que ofrezca un resumen de lo que allí descubrí.

Se recordará que, en la versión habitual de los cuentos, cierto monarca, teniendo buenos motivos para estar celoso de su reina, no solo la condena a muerte, sino que hace voto, por su barba y por el profeta, de desposar cada noche a la doncella más hermosa de sus dominios y, a la mañana siguiente, entregarla al verdugo.

Tras haber cumplido este voto durante muchos años al pie de la letra, y con una puntualidad y método religiosos que le confirieron gran crédito como hombre de sentimientos devotos y excelente juicio, fue interrumpido una tarde (sin duda durante sus oraciones) por la visita de su gran visir, a cuya hija, al parecer, se le había ocurrido una idea.

Su nombre era Scheherazade, y su idea consistía en redimir a la tierra del tributo despoblador sobre su belleza o perecer, al estilo consagrado de todas las heroínas, en el intento.

En consecuencia, y aunque no descubrimos que sea año bisiesto (lo que hace el sacrificio más meritorio), delega en su padre, el gran visir, la oferta de su mano al rey. El rey acepta esta mano con avidez —él tenía la intención de tomarla de todos modos, y solo había pospuesto el asunto día tras día por miedo al visir—, pero, al aceptarla ahora, hace entender muy claramente a todas las partes que, gran visir o no gran visir, no tiene la menor intención de renunciar ni un ápice a su voto o a sus privilegios. Cuando, por tanto, la hermosa Scheherazade insistió en casarse con el rey, y efectivamente se casó con él a pesar del excelente consejo de su padre de no hacer tal cosa —cuando quiso y se casó con él, digo, quiera o no quiera—, fue con sus hermosos ojos negros tan abiertos como la naturaleza del caso permitía.

Parece, sin embargo, que esta doncella política (que había estado leyendo a Maquiavelo, sin duda) tenía un pequeño complot muy ingenioso en mente. En la noche de la boda, se las arregló, bajo no recuerdo qué especioso pretexto, para que su hermana ocupara un lecho lo suficientemente cerca del de la pareja real como para permitir una conversación fácil de cama a cama; y, poco antes del canto del gallo, se encargó de despertar al buen monarca, su esposo (quien no le guardaba menos rencor por el hecho de que pretendiera romperle el cuello al día siguiente) —se las arregló para despertarlo, digo (aunque, debido a una conciencia impecable y una fácil digestión, dormía bien)— mediante el profundo interés de una historia (sobre una rata y un gato negro, creo) que estaba narrando (todo en voz baja, por supuesto) a su hermana. Cuando rompió el día, sucedió que esta historia no estaba del todo terminada y que Scheherazade, por la naturaleza de las cosas, no podía terminarla en ese momento, puesto que era hora de levantarse y ser estrangulada, ¡una cosa apenas un poco más agradable que la horca, solo un poco más elegante!

La curiosidad del rey, sin embargo, prevaleciendo, siento decir, incluso sobre sus firmes principios religiosos, le indujo por esta vez a posponer el cumplimiento de su voto hasta la mañana siguiente, con el propósito y la esperanza de escuchar esa noche cómo le fue al final al gato negro (un gato negro, creo que era) y a la rata.

Llegada la noche, sin embargo, la dama Scheherazade no solo dio el toque final al gato negro y a la rata (la rata era azul), sino que, antes de darse bien cuenta de lo que hacía, se encontró inmersa en las complejidades de una narración, con referencia (si no me equivoco del todo) a un caballo rosa (con alas verdes) que se movía, de manera violenta, mediante un mecanismo de relojería, y al que se daba cuerda con una llave índigo. Con esta historia, el rey se interesó aún más profundamente que con la anterior —y, como el día rompió antes de su conclusión (a pesar de todos los esfuerzos de la reina por terminar a tiempo para el estrangulamiento), nuevamente no hubo más remedio que posponer esa ceremonia, como antes, por veinticuatro horas. La noche siguiente ocurrió un accidente similar con un resultado similar; y luego la siguiente, y luego otra vez la siguiente; de modo que, al final, el buen monarca, habiéndose visto inevitablemente privado de toda oportunidad de cumplir su voto durante un periodo de nada menos que mil y una noches, o bien lo olvida por completo al expirar este tiempo, o consigue ser absuelto de él por la vía regular, o (lo que es más probable) lo rompe de plano, al igual que la cabeza de su confesor. Sea como fuere, Scheherazade, quien, al ser descendiente directa de Eva, heredó quizás las siete cestas de cháchara que esta última dama, como todos sabemos, recogió bajo los árboles del jardín del Edén; Scheherazade, digo, finalmente triunfó, y el arancel sobre la belleza fue derogado.

Ahora bien, esta conclusión (que es la del cuento tal como lo tenemos registrado) es, sin duda, excesivamente correcta y placentera; pero, ¡ay!, como muchas cosas placenteras, es más placentera que verdadera, y estoy en deuda absoluta con el «Isitsöornot» por los medios para corregir el error. «Le mieux», dice un proverbio francés, «est l’ennemi du bien», y, al mencionar que Scheherazade había heredado las siete cestas de cháchara, debí haber añadido que las puso a interés compuesto hasta que ascendieron a setenta y siete.

«Querida hermana», dijo ella, en la noche mil dos (cito el lenguaje del «Isitsöornot» en este punto, palabra por palabra), «querida hermana», dijo, «ahora que toda esta pequeña dificultad sobre la cuerda de arco ha pasado, y que este odioso impuesto ha sido tan felizmente derogado, siento que he sido culpable de una gran indiscreción al ocultarte a ti y al rey (quien siento decir que ronca, algo que ningún caballero haría) la conclusión completa de Simbad el marino. Esta persona pasó por otras muchas y más interesantes aventuras que las que relaté; pero la verdad es que me sentí somnolienta en la noche particular de su narración, y así fui seducida a acortarlas, una grave falta de conducta por la cual solo confío en que Alá me perdone. Pero aún no es demasiado tarde para remediar mi gran negligencia, y tan pronto como le haya dado al rey un pellizco o dos para despertarlo lo suficiente como para que deje de hacer ese ruido horrible, te entretendré de inmediato (y a él si le place) con la secuela de esta historia tan notable».

Ante esto, la hermana de Scheherazade, según tengo entendido por el «Isitsöornot», no expresó ninguna intensidad particular de gratificación; pero el rey, habiendo sido suficientemente pellizcado, finalmente dejó de roncar y, por último, dijo: «¡Hum!» y luego «¡Hoo!», cuando la reina, entendiendo que estas palabras (que sin duda son árabe) significaban que estaba todo atención y que haría lo posible por no roncar más —la reina, digo, habiendo arreglado estos asuntos a su satisfacción, volvió a entrar así, de inmediato, en la historia de Simbad el marino:

«—Al final, en mi vejez —[estas son las palabras del mismo Simbad, tal como las relata Scheherazade]—, al final, en mi vejez, y después de disfrutar muchos años de tranquilidad en casa, volví a poseer el deseo de visitar países extranjeros; y un día, sin informar a ninguno de mi familia de mi propósito, empaqueté algunos fardos de las mercancías más preciosas y menos voluminosas, y, contratando a un porteador para que los llevara, bajé con él a la orilla del mar, para esperar la llegada de cualquier barco ocasional que pudiera llevarme fuera del reino a alguna región que aún no hubiera explorado.

—Habiendo depositado los paquetes sobre la arena, nos sentamos bajo unos árboles y miramos hacia el océano con la esperanza de percibir un barco, pero durante varias horas no vimos ninguno. Al final, me pareció que podía escuchar un zumbido o sonido de murmullo singular; y el porteador, después de escuchar un rato, declaró que también podía distinguirlo. Pronto se hizo más fuerte, y luego aún más fuerte, de modo que no pudimos tener duda de que el objeto que lo causaba se nos acercaba. Al final, en el borde del horizonte, descubrimos una mancha negra, que aumentó rápidamente de tamaño hasta que comprendimos que era un vasto monstruo, nadando con gran parte de su cuerpo sobre la superficie del mar. Vino hacia nosotros con una rapidez inconcebible, levantando enormes olas de espuma alrededor de su pecho, e iluminando toda esa parte del mar por la que pasaba con una larga línea de fuego que se extendía a lo lejos en la distancia.

—A medida que la cosa se acercaba, la vimos muy claramente. Su longitud era igual a la de tres de los árboles más altos que crecen, y era tan ancho como el gran salón de audiencias en su palacio, oh, el más sublime y munífico de los califas. Su cuerpo, que no se parecía al de los peces ordinarios, era tan sólido como una roca, y de una negrura de azabache en toda aquella porción que flotaba sobre el agua, con la excepción de una estrecha franja de color rojo sangre que lo rodeaba por completo. El vientre, que flotaba bajo la superficie, y del cual solo podíamos obtener un vistazo de vez en cuando a medida que el monstruo se elevaba y caía con las olas, estaba completamente cubierto de escamas metálicas, de un color parecido al de la luna en tiempo brumoso. El lomo era plano y casi blanco, y desde él se extendían más de seis espinas, de aproximadamente la mitad de la longitud de todo el cuerpo.

—Esta horrible criatura no tenía boca que pudiéramos percibir; pero, como para compensar esta deficiencia, estaba provista de al menos cuatro veintenas de ojos, que sobresalían de sus cuencas como los de la libélula verde, y estaban dispuestos alrededor del cuerpo en dos filas, una sobre la otra, y paralelas a la franja de color rojo sangre, que parecía cumplir la función de una ceja. Dos o tres de estos terribles ojos eran mucho más grandes que los demás, y tenían la apariencia de oro sólido.

—Aunque esta bestia se acercó a nosotros, como he dicho antes, con la mayor rapidez, debe haber sido movida totalmente por nigromancia, pues no tenía aletas como un pez, ni patas palmeadas como un pato, ni alas como el caracol marino que es arrastrado por el viento a la manera de un barco; ni tampoco se retorcía hacia adelante como hacen las anguilas. Su cabeza y su cola tenían una forma exactamente igual, solo que, no lejos de esta última, había dos pequeños orificios que servían de fosas nasales, y a través de los cuales el monstruo resoplaba su espeso aliento con violencia prodigiosa, y con un ruido chirriante y desagradable.

—Nuestro terror al contemplar esta cosa horrible era muy grande, pero fue incluso superado por nuestro asombro cuando, al mirar más de cerca, percibimos sobre el lomo de la criatura un vasto número de animales del tamaño y forma de los hombres, y que se les parecían mucho, salvo que no vestían prendas (como los hombres), estando provistos (por la naturaleza, sin duda) de una cubierta fea e incómoda, muy parecida a la tela, pero tan ajustada a la piel que volvía a los pobres desgraciados ridículamente torpes y aparentemente les causaba un dolor severo. En las puntas mismas de sus cabezas había ciertas cajas de aspecto cuadrado, que a primera vista pensé que podrían haber tenido la intención de servir como turbantes, pero pronto descubrí que eran excesivamente pesadas y sólidas, y por tanto concluí que eran artificios diseñados, por su gran peso, para mantener las cabezas de los animales firmes y seguras sobre sus hombros. Alrededor de los cuellos de las criaturas estaban sujetos collares negros (insignias de servidumbre, sin duda), como los que ponemos a nuestros perros, solo que mucho más anchos e infinitamente más rígidos, de modo que era totalmente imposible para estas pobres víctimas mover la cabeza en cualquier dirección sin mover el cuerpo al mismo tiempo; y así estaban condenados a la contemplación perpetua de sus narices, una vista achatada y respingona en un grado maravilloso, si no positivamente espantoso.

—Cuando el monstruo casi había llegado a la orilla donde estábamos, repentinamente sacó uno de sus ojos en gran medida, y emitió desde él un terrible destello de fuego, acompañado por una densa nube de humo y un ruido que no puedo comparar con nada más que con el trueno. A medida que el humo se disipaba, vimos a uno de los extraños hombres-animales de pie cerca de la cabeza de la gran bestia con una trompeta en la mano, a través de la cual (llevándosela a la boca) nos dirigió la palabra con acentos fuertes, ásperos y desagradables que, tal vez, habríamos confundido con el lenguaje si no hubieran salido totalmente por la nariz.

—Siendo así evidentemente interpelado, no sabía cómo responder, ya que no podía entender en absoluto lo que se decía; y en esta dificultad me volví hacia el porteador, que estaba casi desmayado por el susto, y le pregunté su opinión sobre qué especie de monstruo era, qué quería y qué clase de criaturas eran esas que pululaban sobre su lomo. A esto respondió el porteador, lo mejor que pudo debido a su temblor, que ya había oído hablar antes de esta bestia marina; que era un demonio cruel, con entrañas de azufre y sangre de fuego, creado por genios malignos como medio para infligir miseria a la humanidad; que las cosas sobre su lomo eran alimañas, tales como a veces infestan a los gatos y a los perros, solo que un poco más grandes y salvajes; y que estas alimañas tenían sus usos, por muy malvados que fueran, pues, a través de la tortura que causaban a la bestia por sus mordisqueos y picaduras, era aguijoneada hasta ese grado de ira que era necesario para hacerla rugir y cometer maldades, y así cumplir los diseños vengativos y maliciosos de los malvados genios.

—Este relato me determinó a poner pies en polvorosa y, sin siquiera mirar una vez atrás, corrí a toda velocidad hacia las colinas, mientras el porteador corría igualmente rápido, aunque en dirección casi opuesta, por lo que, de este modo, finalmente escapó con mis fardos, de los cuales no tengo duda de que cuidó de forma excelente, aunque este es un punto que no puedo determinar, ya que no recuerdo haberlo vuelto a ver jamás.

—Por mi parte, fui perseguido tan ferozmente por un enjambre de hombres-alimaña (que habían llegado a la orilla en botes) que pronto fui alcanzado, atado de pies y manos y conducido a la bestia, que inmediatamente volvió a nadar hacia el centro del mar.

—Ahora me arrepentía amargamente de mi locura al dejar un hogar confortable para arriesgar mi vida en aventuras como esta; pero siendo inútil el arrepentimiento, saqué el mejor partido a mi condición y me esforcé por asegurar la buena voluntad del hombre-animal que poseía la trompeta, y que parecía ejercer autoridad sobre sus compañeros. Tuve tanto éxito en este empeño que, en pocos días, la criatura me otorgó varias muestras de su favor y, al final, incluso se tomó la molestia de enseñarme los rudimentos de lo que era tan vanidoso como para denominar su lenguaje; de modo que, al fin, pude conversar con él fácilmente, y logré que comprendiera el ardiente deseo que tenía de ver el mundo.

—Washish squashish squeak, Sinbad, hey-diddle diddle, grunt unt grumble, hiss, fiss, whiss, —me dijo un día después de cenar—, pero pido mil perdones, había olvidado que su majestad no está familiarizada con el dialecto de los Cock-neighs (así se llamaban los hombres-animales; supongo que porque su lenguaje formaba el vínculo de conexión entre el del caballo y el del gallo). Con su permiso, traduciré. «Washish squashish», y así sucesivamente: es decir, «Me alegra encontrar, mi querido Simbad, que usted es realmente un tipo excelente; estamos a punto de hacer una cosa que se llama circunnavegar el globo; y como usted tiene tantas ganas de ver el mundo, haré un esfuerzo y le daré un pasaje gratuito sobre el lomo de la bestia».»

Cuando la dama Scheherazade había procedido hasta este punto, relata el «Isitsöornot», el rey se giró de su lado izquierdo al derecho y dijo:

—Es, de hecho, muy sorprendente, querida reina, que omitiera, hasta ahora, estas últimas aventuras de Simbad. ¿Sabe que me parecen sumamente entretenidas y extrañas?

Habiéndose expresado así el rey, se nos cuenta, la hermosa Scheherazade reanudó su historia con las siguientes palabras:

—Simbad continuó de esta manera con su narración: «Agradecí al hombre-animal su bondad, y pronto me sentí muy a gusto sobre la bestia, que nadaba a una velocidad prodigiosa a través del océano; aunque la superficie de este último, en esa parte del mundo, no es de ninguna manera plana, sino redonda como una granada, de modo que íbamos —por así decirlo— cuesta arriba o cuesta abajo todo el tiempo».

—Eso creo que fue muy singular —interrumpió el rey.

—No obstante, es completamente cierto —respondió Scheherazade.

—Tengo mis dudas —repuso el rey—; pero, por favor, sea tan amable de continuar con la historia.

—Lo haré —dijo la reina—. «La bestia —continuó Simbad dirigiéndose al califa—, nadó, como he relatado, cuesta arriba y cuesta abajo hasta que, al fin, llegamos a una isla, de muchos cientos de millas de circunferencia, pero que, no obstante, había sido construida en medio del mar por una colonia de pequeñas criaturas parecidas a orugas». (*1)

—¡Hum! —dijo el rey.

«—Al dejar esta isla —dijo Simbad— (pues Scheherazade, hay que entenderlo, no prestó atención a la grosera exclamación de su marido), al dejar esta isla, llegamos a otra donde los bosques eran de piedra sólida, y tan duros que hacían pedazos las hachas mejor templadas con las que intentábamos cortarlos». (*2)

—¡Hum! —dijo el rey de nuevo; pero Scheherazade, sin hacerle caso, continuó en el lenguaje de Simbad.

«—Pasando más allá de esta última isla, llegamos a un país donde había una cueva que se extendía a una distancia de treinta o cuarenta millas dentro de las entrañas de la tierra, y que contenía un número mayor de palacios mucho más espaciosos y magníficos que los que se pueden encontrar en todo Damasco y Bagdad. De los techos de estos palacios colgaban miríadas de gemas, como diamantes, pero más grandes que los hombres; y entre las calles de torres, pirámides y templos, fluían inmensos ríos tan negros como el ébano, y rebosantes de peces que no tenían ojos». (*3)

—¡Hum! —dijo el rey.

«—Entonces nadamos hacia una región del mar donde encontramos una montaña elevada, por cuyas laderas corrían torrentes de metal fundido, algunos de los cuales tenían doce millas de ancho y sesenta de largo (*4); mientras que de un abismo en la cima salía una cantidad tan vasta de cenizas que el sol quedó completamente borrado de los cielos, y se volvió más oscuro que la noche más cerrada; de modo que, incluso cuando estábamos a una distancia de ciento cincuenta millas de la montaña, era imposible ver el objeto más blanco, por muy cerca que lo sostuviéramos de nuestros ojos». (*5)

—¡Hum! —dijo el rey.

«—Después de abandonar esta costa, la bestia continuó su viaje hasta que nos encontramos con una tierra en la que la naturaleza de las cosas parecía invertida; pues vimos allí un gran lago, en cuyo fondo, a más de cien pies bajo la superficie del agua, florecía con todo su follaje un bosque de árboles altos y exuberantes». (*6)

—¡Hoo! —dijo el rey.

«—Cien millas más allá llegamos a un clima donde la atmósfera era tan densa que sostenía el hierro o el acero, tal como la nuestra sostiene una pluma». (*7)

—Tonterías —dijo el rey.

«—Prosiguiendo todavía en la misma dirección, llegamos de pronto a la región más magnífica de todo el mundo. A través de ella serpenteaba un río glorioso durante varios miles de millas. Este río era de una profundidad indescriptible y de una transparencia más rica que la del ámbar. Tenía de tres a seis millas de ancho; y sus orillas, que se elevaban a ambos lados a mil doscientos pies de altura perpendicular, estaban coronadas por árboles siempre en flor y flores perpetuamente perfumadas, que convertían todo el territorio en un jardín espléndido; pero el nombre de esta tierra exuberante era el Reino del Horror, y entrar en él era la muerte inevitable». (*8)

—¡Humph! —dijo el rey.

«—Dejamos este reino con gran prisa y, tras algunos días, llegamos a otro, donde nos quedamos atónitos al percibir miríadas de animales monstruosos con cuernos que se asemejaban a guadañas sobre sus cabezas. Estas horribles bestias cavan para sí mismas vastas cavernas en el suelo, en forma de embudo, y revisten sus lados con rocas, dispuestas unas sobre otras de tal manera que caen al instante cuando son pisadas por otros animales, precipitándolos así a las guaridas del monstruo, donde su sangre es inmediatamente succionada y sus carcasas lanzadas después con desprecio a una distancia inmensa de "las cavernas de la muerte"». (*9)

—¡Puf! —dijo el rey.

«—Continuando nuestro progreso, percibimos un distrito con vegetales que no crecían en ninguna tierra, sino en el aire (*10). Había otros que brotaban de la sustancia de otros vegetales (*11); otros que derivaban su sustancia de los cuerpos de animales vivos (*12); y luego, de nuevo, había otros que brillaban por todas partes con fuego intenso (*13); otros que se movían de un lugar a otro a voluntad (*14), y lo que era aún más maravilloso, descubrimos flores que vivían y respiraban y movían sus extremidades a su antojo y que tenían, además, la detestable pasión de la humanidad por esclavizar a otras criaturas, y confinarlas en horribles y solitarias prisiones hasta el cumplimiento de las tareas asignadas». (*15)

—¡Bah! —dijo el rey.

«—Al abandonar esta tierra, llegamos pronto a otra en la que las abejas y los pájaros son matemáticos de tal genio y erudición que dan instrucciones diarias en la ciencia de la geometría a los sabios del imperio. Habiendo ofrecido el rey del lugar una recompensa por la solución de dos problemas muy difíciles, fueron resueltos en el acto: uno por las abejas y el otro por los pájaros; pero como el rey mantuvo su solución en secreto, solo después de las investigaciones y labores más profundas, y la redacción de una infinidad de grandes libros, durante una larga serie de años, los hombres matemáticos llegaron finalmente a las mismas soluciones que habían sido dadas en el acto por las abejas y los pájaros». (*16)

—¡Oh, Dios mío! —dijo el rey.

«—Apenas habíamos perdido de vista este imperio cuando nos encontramos cerca de otro, desde cuyas costas voló sobre nuestras cabezas una bandada de aves de una milla de ancho y doscientas cuarenta millas de largo; de modo que, aunque volaban a una milla por minuto, se necesitaron nada menos que cuatro horas para que toda la bandada pasara sobre nosotros, en la cual había varios billones de aves». (*17)

—¡Oh, qué horror! —dijo el rey.

«—No bien nos libramos de estas aves, que nos causaron grandes molestias, cuando nos aterrorizó la aparición de un ave de otro tipo, e infinitamente más grande incluso que los rocs que encontré en mis viajes anteriores; pues era más grande que la mayor de las cúpulas de su serrallo, oh, más Munificente de los Califas. Esta terrible ave no tenía cabeza que pudiéramos percibir, sino que estaba formada enteramente por un vientre, que era de una gordura y redondez prodigiosas, de una sustancia de aspecto suave, lisa, brillante y rayada con varios colores. En sus garras, el monstruo se llevaba a su nido en los cielos una casa a la que había arrancado el techo, y en cuyo interior vimos claramente a seres humanos quienes, sin duda, estaban en un estado de espantoso desespero ante el horrible destino que les aguardaba. Gritamos con todas nuestras fuerzas, con la esperanza de asustar al ave para que soltara a su presa, pero simplemente dio un resoplido, como de rabia, ¡y dejó caer sobre nuestras cabezas un pesado saco que resultó estar lleno de arena!».

—¡Patrañas! —dijo el rey.

«—Fue justo después de esta aventura cuando nos encontramos con un continente de inmensa extensión y prodigiosa solidez, pero que, sin embargo, estaba sostenido enteramente sobre el lomo de una vaca azul cielo que tenía nada menos que cuatrocientos cuernos». (*18)

—Eso, ahora, sí lo creo —dijo el rey—, porque he leído algo parecido anteriormente en un libro.

«—Pasamos inmediatamente por debajo de este continente (nadando entre las patas de la vaca) y, después de algunas horas, nos encontramos en un país verdaderamente maravilloso, que, según me informó el hombre-animal, era su propia tierra natal, habitada por cosas de su misma especie. Esto elevó mucho al hombre-animal en mi estima y, de hecho, empecé a sentirme avergonzado de la familiaridad despectiva con la que lo había tratado; pues descubrí que los hombres-animales en general eran una nación de los magos más poderosos, que vivían con gusanos en su cerebro (*19), los cuales, sin duda, servían para estimularlos con sus dolorosos retorcimientos y contorsiones a los esfuerzos más milagrosos de la imaginación».

—¡Disparates! —dijo el rey.

«—Entre los magos, estaban domesticados varios animales de tipos muy singulares; por ejemplo, había un enorme caballo cuyos huesos eran de hierro y cuya sangre era agua hirviendo. En lugar de grano, tenía piedras negras como alimento habitual; y sin embargo, a pesar de tan dura dieta, era tan fuerte y veloz que arrastraba una carga más pesada que el templo más grande de esta ciudad, a una velocidad que superaba la del vuelo de la mayoría de los pájaros». (*20)

—¡Palabrería! —dijo el rey.

«—Vi también, entre estas personas, una gallina sin plumas, pero más grande que un camello; en lugar de carne y hueso tenía hierro y ladrillo; su sangre, como la del caballo (con quien, de hecho, estaba estrechamente relacionada), era agua hirviendo; y como él, no comía más que madera o piedras negras. Esta gallina daba a luz muy frecuentemente cien polluelos al día; y, tras el nacimiento, residían durante varias semanas dentro del estómago de su madre». (*21)

—¡Tonterías! —dijo el rey.

«—Uno de esta nación de poderosos prestidigitadores creó a un hombre de latón, madera y cuero, y lo dotó de tal ingenio que habría vencido al ajedrez a toda la raza humana con la excepción del gran califa, Haroun Alraschid (*22). Otro de estos magos construyó (del mismo material) una criatura que avergonzó incluso al genio de quien la hizo; pues tan grandes eran sus facultades de razonamiento que, en un segundo, realizaba cálculos de tan vasta extensión que habrían requerido el trabajo unido de cincuenta mil hombres de carne y hueso durante un año (*23). Pero un mago aún más maravilloso se fabricó una cosa poderosa que no era ni hombre ni bestia, pero que tenía cerebro de plomo, mezclado con una materia negra como la brea, y dedos que empleaba con tal velocidad y destreza increíbles que no habría tenido problemas en escribir veinte mil copias del Corán en una hora, y esto con una precisión tan exquisita que en todas las copias no se habría encontrado ni una sola que variara de otra ni el grosor del cabello más fino. Esta cosa era de una fuerza prodigiosa, por lo que erigía o derrocaba a los imperios más poderosos con un soplo; pero sus poderes se ejercían por igual para el mal y para el bien».

—¡Ridículo! —dijo el rey.

«—Entre esta nación de nigromantes había también uno que tenía en sus venas la sangre de las salamandras; pues no tenía escrúpulos en sentarse a fumar su chibouk en un horno al rojo vivo hasta que su cena estaba completamente asada en su suelo (*24). Otro tenía la facultad de convertir los metales comunes en oro, sin siquiera mirarlos durante el proceso (*25). Otro tenía tal delicadeza de tacto que fabricó un alambre tan fino que era invisible (*26). Otro tenía tal rapidez de percepción que contaba todos los movimientos separados de un cuerpo elástico, mientras saltaba hacia adelante y hacia atrás a razón de novecientos millones de veces por segundo». (*27)

—¡Absurdo! —dijo el rey.

«—Otro de estos magos, por medio de un fluido que nadie ha visto jamás, podía hacer que los cadáveres de sus amigos blandieran sus brazos, patearan con sus piernas, pelearan, o incluso se levantaran y bailaran a su voluntad (*28). Otro había cultivado su voz hasta tal extremo que podría haberse hecho oír desde un extremo del mundo al otro (*29). Otro tenía un brazo tan largo que podía sentarse en Damasco y redactar una carta en Bagdad, o de hecho a cualquier distancia que fuera (*30). Otro ordenaba al rayo que bajara a él desde los cielos, y venía a su llamada; y le servía de juguete cuando llegaba. Otro tomó dos sonidos fuertes y de ellos hizo un silencio. Otro construyó una oscuridad profunda a partir de dos luces brillantes (*31). Otro hizo hielo en un horno al rojo vivo (*32). Otro ordenó al sol que pintara su retrato, y el sol lo hizo (*33). Otro tomó a este luminar junto con la luna y los planetas y, tras haberlos pesado primero con escrupulosa exactitud, sondeó en sus profundidades y descubrió la solidez de la sustancia de la que estaban hechos. Pero toda la nación posee, de hecho, una habilidad nigromántica tan sorprendente que ni siquiera sus infantes, ni sus perros y gatos más comunes, tienen ninguna dificultad para ver objetos que no existen en absoluto, o que durante veinte millones de años antes del nacimiento de la propia nación habían sido borrados de la faz de la creación». (*34)

—¡Absurdo! —dijo el rey.

«—Las esposas e hijas de estos magos incomparablemente grandes y sabios —continuó Scheherazade, sin ser perturbada de ninguna manera por estas frecuentes y descorteses interrupciones por parte de su marido—, las esposas e hijas de estos eminentes prestidigitadores son todo lo que hay de refinado y realizado; y serían todo lo que hay de interesante y hermoso, de no ser por una fatalidad infeliz que las acecha, y de la que ni siquiera los poderes milagrosos de sus maridos y padres han sido, hasta ahora, capaces de salvarlas. Algunas fatalidades vienen en ciertas formas, y otras en otras; pero esta de la que hablo ha venido en forma de un capricho».

—¿Un qué? —dijo el rey.

«—Un capricho —dijo Scheherazade—. Uno de los genios malvados, que están perpetuamente al acecho para infligir daño, ha metido en las cabezas de estas damas realizadas que la cosa que describimos como belleza personal consiste totalmente en la protuberancia de la región que se encuentra no muy lejos por debajo de la cintura. La perfección de la belleza, dicen, está en relación directa con la extensión de este bulto. Habiendo estado poseídas durante mucho tiempo por esta idea, y siendo baratos los almohadones en ese país, han pasado los días hace mucho tiempo desde que fue posible distinguir a una mujer de un dromedario...».

—¡Basta! —dijo el rey—. No puedo soportar eso, y no lo haré. Ya me has dado un dolor de cabeza terrible con tus mentiras. El día, también, percibo que empieza a romper. ¿Cuánto tiempo llevamos casados? Mi conciencia empieza a ser problemática de nuevo. Y luego ese toque de dromedario, ¿me tomas por un tonto? En general, será mejor que te levantes y te deje estrangular.

Estas palabras, según aprendo del «Isitsöornot», apenaron y asombraron a Scheherazade; pero, como sabía que el rey era un hombre de escrupulosa integridad, y muy poco probable que faltara a su palabra, se sometió a su destino con elegancia. Sin embargo, obtuvo un gran consuelo (durante el apriete de la cuerda del arco) al reflexionar que gran parte de la historia aún permanecía sin contar, y que la petulancia de su marido, ese bruto, le había reportado una recompensa muy justa al privarlo de muchas aventuras inconcebibles.

UN DESCENSO AL MAELSTRÖM.

Los caminos de Dios en la Naturaleza, al igual que en la Providencia, no son como nuestros caminos; ni los modelos que construimos son de ninguna manera conmensurables a la vastedad, profundidad e inescrutabilidad de Sus obras, que tienen una profundidad en ellas mayor que el pozo de Demócrito.

—Joseph Glanville.

Habíamos llegado ahora a la cima del risco más elevado. Durante algunos minutos, el viejo pareció demasiado exhausto para hablar.

—No hace mucho —dijo al fin—, habría podido guiarle por esta ruta tan bien como el más joven de mis hijos; pero, hace unos tres años, me ocurrió un evento como el que nunca le ha ocurrido a ningún hombre mortal, o al menos como el que ningún hombre sobrevivió para contarlo, y las seis horas de terror mortal que soporté entonces me han roto el cuerpo y el alma. Usted me supone un hombre muy viejo, pero no lo soy. Bastó menos de un solo día para cambiar estos pelos de un negro azabache a blanco, para debilitar mis miembros y para destensar mis nervios, de modo que tiemblo ante el menor esfuerzo y me asusto de una sombra. ¿Sabe que apenas puedo mirar por encima de este pequeño acantilado sin sentir vértigo?

El «pequeño acantilado», sobre cuyo borde se había arrojado tan descuidadamente para descansar que la parte más pesada de su cuerpo colgaba sobre él, mientras solo era mantenido de caer por el sostén de su codo en su borde extremo y resbaladizo, este «pequeño acantilado» se alzaba como un precipicio vertical y despejado de roca negra y brillante, a unas mil quinientas o mil seiscientas pies del mundo de riscos bajo nosotros. Nada me habría tentado a acercarme a menos de media docena de yardas de su borde. En verdad, estaba tan profundamente excitado por la posición peligrosa de mi compañero que caí cuan largo era al suelo, me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví ni a mirar hacia el cielo, mientras luchaba en vano por despojarme de la idea de que los cimientos mismos de la montaña estaban en peligro por la furia de los vientos. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera razonar conmigo mismo para tener suficiente valor para sentarme y mirar hacia la distancia.

—Debe superar estas fantasías —dijo el guía—, porque le he traído aquí para que pudiera tener la mejor vista posible de la escena de ese evento que mencioné, y para contarle toda la historia con el lugar justo bajo su mirada.

—Estamos ahora —continuó, con esa manera detallista que le distinguía—, estamos ahora cerca de la costa noruega, en el sexagésimo octavo grado de latitud, en la gran provincia de Nordland, y en el desolado distrito de Lofoden. La montaña sobre cuya cima estamos sentados es Helseggen, la Nublada. Ahora levántese un poco más, agárrese a la hierba si siente vértigo, así, y mire hacia afuera, más allá del cinturón de vapor que hay debajo de nosotros, hacia el mar.

Miré con vértigo y contemplé una amplia extensión de océano, cuyas aguas llevaban un tono tan oscuro que me trajo de inmediato a la memoria el relato del geógrafo nubio sobre el Mare Tenebrarum. Un panorama más deplorablemente desolado no puede concebirlo la imaginación humana. A derecha e izquierda, hasta donde alcanzaba la vista, yacían extendidas, como murallas del mundo, líneas de riscos horriblemente negros y amenazadores, cuyo carácter de penumbra se veía ilustrado aún más poderosamente por el oleaje que se alzaba contra sus blancas y espantosas crestas, aullando y gritando para siempre. Justo enfrente del promontorio sobre cuyo vértice estábamos situados, y a una distancia de unas cinco o seis millas mar adentro, era visible una pequeña isla de aspecto sombrío; o, más propiamente, su posición era discernible a través del desierto de oleaje en el que estaba envuelta. Unas dos millas más cerca de la tierra, se alzaba otra de menor tamaño, horriblemente escarpada y estéril, y rodeada a varios intervalos por un cúmulo de rocas oscuras.

La apariencia del océano, en el espacio entre la isla más distante y la orilla, tenía algo muy inusual. Aunque, en ese momento, soplaba un vendaval tan fuerte hacia tierra que un bergantín en la lejana alta mar estaba detenido bajo una gavia de doble rizo, y hundía constantemente todo su casco fuera de la vista, aun así no había aquí nada parecido a un oleaje regular, sino solo un entrecruzamiento de agua corto, rápido y furioso en todas direcciones, tanto contra el viento como en otros sentidos. De espuma había poca, excepto en las inmediaciones de las rocas.

—La isla en la distancia —reanudó el viejo— es llamada por los noruegos Vurrgh. La que está a mitad de camino es Moskoe. La que está a una milla hacia el norte es Ambaaren. Allí están Islesen, Hotholm, Keildhelm, Suarven y Buckholm. Más lejos, entre Moskoe y Vurrgh, están Otterholm, Flimen, Sandflesen y Stockholm. Estos son los verdaderos nombres de los lugares, pero por qué se ha considerado necesario nombrarlos en absoluto es más de lo que usted o yo podemos entender. ¿Oye algo? ¿Ve algún cambio en el agua?

Habíamos estado unos diez minutos en la cima de Helseggen, a la que habíamos ascendido desde el interior de Lofoden, de modo que no habíamos vislumbrado el mar hasta que irrumpió ante nosotros desde la cumbre. Mientras el anciano hablaba, me percaté de un sonido fuerte y gradualmente creciente, como el gemido de una vasta manada de búfalos en una pradera americana; y en el mismo instante percibí que lo que los marineros llaman el carácter picado del océano bajo nosotros estaba cambiando rápidamente hacia una corriente que se dirigía hacia el este. Incluso mientras contemplaba, esta corriente adquirió una velocidad monstruosa. Cada momento añadía velocidad a su impetuosidad precipitada. En cinco minutos, todo el mar, hasta Vurrgh, fue azotado hasta alcanzar una furia ingobernable; pero era entre Moskoe y la costa donde el estruendo principal ejercía su dominio. Aquí, el vasto lecho de las aguas, surcado y cicatrizado en mil canales en conflicto, estalló repentinamente en una convulsión frenética —agitándose, hirviendo, siseando— girando en gigantescos e innumerables vórtices, y todo arremolinándose y sumergiéndose hacia el este con una rapidez que el agua nunca adquiere en ningún otro lugar, salvo en descensos precipitados.

En pocos minutos más, se produjo otra alteración radical en la escena. La superficie general se volvió algo más lisa, y los remolinos, uno a uno, desaparecieron, mientras prodigiosas vetas de espuma se hacían visibles donde antes no se había visto ninguna. Estas vetas, al extenderse a gran distancia y combinarse, adoptaron el movimiento giratorio de los vórtices disminuidos y parecieron formar el germen de otro más vasto. De repente —muy de repente— esto asumió una existencia distinta y definida, en un círculo de más de una milla de diámetro. El borde del remolino estaba representado por un ancho cinturón de espuma brillante; pero ninguna partícula de esto se deslizó hacia la boca del terrorífico embudo, cuyo interior, hasta donde el ojo podía sondearlo, era una pared de agua lisa, brillante y negra como el azabache, inclinada hacia el horizonte en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados, girando vertiginosamente alrededor con un movimiento oscilante y sofocante, y enviando a los vientos una voz aterradora, mitad alarido, mitad rugido, como ni siquiera la poderosa catarata del Niágara eleva jamás en su agonía al Cielo.

La montaña tembló hasta su misma base, y la roca se meció. Me arrojé de bruces y me aferré a la escasa vegetación en un exceso de agitación nerviosa.

—Esto —dije finalmente al anciano—, esto no puede ser otra cosa que el gran remolino del Maelström.

—Así se le llama a veces —dijo él—. Nosotros, los noruegos, lo llamamos el Moskoe-ström, por la isla de Moskoe, que está a mitad de camino.

Las descripciones ordinarias de este vórtice no me habían preparado en absoluto para lo que vi. La de Jonas Ramus, que es quizás la más circunstancial de todas, no puede transmitir la más mínima idea ni de la magnificencia, ni del horror de la escena, ni del salvaje y desconcertante sentido de lo nuevo que confunde al espectador. No estoy seguro desde qué punto de vista el escritor en cuestión lo observó, ni en qué momento; pero no pudo haber sido desde la cumbre de Helseggen, ni durante una tormenta. Hay algunos pasajes de su descripción, sin embargo, que pueden citarse por sus detalles, aunque su efecto sea extremadamente débil para transmitir una impresión del espectáculo.

—Entre Lofoden y Moskoe —dice—, la profundidad del agua es de entre treinta y seis y cuarenta brazas; pero por el otro lado, hacia Ver (Vurrgh), esta profundidad disminuye de modo que no permite un paso conveniente para un barco sin el riesgo de partirse contra las rocas, lo cual sucede incluso en el clima más tranquilo. Cuando hay pleamar, la corriente sube por el país entre Lofoden y Moskoe con una rapidez tumultuosa; pero el rugido de su reflujo impetuoso hacia el mar apenas es igualado por las cataratas más fuertes y espantosas; el ruido se escucha a varias leguas de distancia, y los vórtices o pozos son de tal extensión y profundidad que si un barco cae dentro de su atracción, es inevitablemente absorbido y llevado al fondo, y allí golpeado hasta hacerse pedazos contra las rocas; y cuando el agua se relaja, los fragmentos son arrojados de nuevo hacia arriba. Pero estos intervalos de tranquilidad solo ocurren al cambio del reflujo y la pleamar, y en tiempo tranquilo, y duran apenas un cuarto de hora, regresando gradualmente su violencia. Cuando la corriente es más tumultuosa y su furia intensificada por una tormenta, es peligroso acercarse a menos de una milla noruega. Barcos, yates y buques han sido arrastrados por no guardarse de ello antes de estar a su alcance. También sucede con frecuencia que las ballenas se acercan demasiado a la corriente y son dominadas por su violencia; y entonces es imposible describir sus aullidos y bramidos en sus luchas infructuosas para liberarse. Un oso, una vez, intentando nadar de Lofoden a Moskoe, fue atrapado por la corriente y arrastrado, mientras rugía terriblemente, de modo que se le pudo oír en la orilla. Grandes troncos de abetos y pinos, después de ser absorbidos por la corriente, vuelven a surgir rotos y desgarrados hasta tal punto que parecen tener cerdas creciendo sobre ellos. Esto demuestra claramente que el fondo consiste en rocas escarpadas, entre las cuales son arremolinados de un lado a otro. Esta corriente está regulada por el flujo y reflujo del mar, siendo constantemente marea alta y baja cada seis horas. En el año 1645, temprano en la mañana del domingo de Sexagésima, rugió con tal ruido e impetuosidad que las mismas piedras de las casas en la costa cayeron al suelo.

En cuanto a la profundidad del agua, no podía ver cómo se había podido determinar en absoluto en la vecindad inmediata del vórtice. Las "cuarenta brazas" deben referirse solo a partes del canal cercanas a la costa, ya sea de Moskoe o de Lofoden. La profundidad en el centro del Moskoe-ström debe ser inmensamente mayor; y no es necesaria mejor prueba de este hecho que la que puede obtenerse incluso de la mirada lateral hacia el abismo del remolino que se puede tener desde el risco más alto de Helseggen. Mirando hacia abajo desde este pináculo al aullante Flegetonte de abajo, no pude evitar sonreír ante la simplicidad con la que el honesto Jonas Ramus registra, como algo difícil de creer, las anécdotas de las ballenas y los osos; pues me parecía, de hecho, una cosa evidente que el barco de línea más grande existente, al entrar en la influencia de esa atracción mortal, podría resistirla tan poco como una pluma al huracán, y debería desaparecer por completo y al instante.

Los intentos de explicar el fenómeno —algunos de los cuales, recuerdo, me parecieron lo suficientemente plausibles al leerlos— ahora tenían un aspecto muy diferente e insatisfactorio. La idea generalmente aceptada es que este, así como tres vórtices más pequeños entre las islas Feroe, "no tienen otra causa que el choque de las olas que suben y bajan, en flujo y reflujo, contra una cresta de rocas y bancos, que confina el agua de modo que se precipita como una catarata; y así, cuanto más sube la marea, más profunda debe ser la caída, y el resultado natural de todo es un remolino o vórtice, cuya prodigiosa succión es suficientemente conocida por experimentos menores".— Estas son las palabras de la Encyclopædia Britannica. Kircher y otros imaginan que en el centro del canal del Maelström hay un abismo que atraviesa el globo y desemboca en alguna parte muy remota, siendo el Golfo de Botnia mencionado de manera bastante decidida en un caso. Esta opinión, ociosa en sí misma, fue a la que, mientras contemplaba, mi imaginación se adhirió más fácilmente; y, mencionándoselo al guía, me sorprendió bastante oírle decir que, aunque era la visión casi universalmente sostenida sobre el tema por los noruegos, sin embargo, no era la suya propia. En cuanto a la noción anterior, confesó su incapacidad para comprenderla; y aquí estuve de acuerdo con él, pues, por muy concluyente que sea sobre el papel, se vuelve totalmente ininteligible, e incluso absurda, en medio del trueno del abismo.

—Ya ha echado un buen vistazo al remolino —dijo el anciano—, y si se arrastra alrededor de este risco, para ponerse a su socaire y amortiguar el rugido del agua, le contaré una historia que lo convencerá de que debería saber algo del Moskoe-ström.

Me coloqué como me indicó, y él prosiguió.

—Mis dos hermanos y yo poseíamos una vez una embarcación de aparejo de goleta de unas setenta toneladas de carga, con la que solíamos pescar entre las islas más allá de Moskoe, casi hasta Vurrgh. En todos los remolinos violentos en el mar hay buena pesca, en las oportunidades adecuadas, si uno solo tiene el valor de intentarlo; pero entre todos los costeros de Lofoden, nosotros tres éramos los únicos que hacíamos un negocio regular de salir a las islas, como le digo. Los lugares habituales están mucho más abajo, hacia el sur. Allí se puede obtener pescado a todas horas, sin mucho riesgo, y por lo tanto se prefieren esos lugares. Los puntos elegidos por aquí, entre las rocas, sin embargo, no solo producen la mejor variedad, sino en mucha mayor abundancia; de modo que a menudo conseguíamos en un solo día lo que los más tímidos del oficio no podían juntar en una semana. De hecho, lo convertíamos en un asunto de especulación desesperada: el riesgo de la vida reemplazando al trabajo, y el valor respondiendo por el capital.

—Manteníamos la embarcación en una ensenada unas cinco millas más arriba de la costa que esta; y era nuestra costumbre, en buen tiempo, aprovechar los quince minutos de calma para cruzar el canal principal del Moskoe-ström, muy por encima del pozo, y luego dejarnos caer hasta fondear en algún lugar cerca de Otterholm, o Sandflesen, donde los remolinos no son tan violentos como en otros lugares. Aquí solíamos permanecer hasta casi la hora de la calma de nuevo, cuando levábamos anclas y poníamos rumbo a casa. Nunca salíamos a esta expedición sin un viento de costado constante para ir y volver, uno que sentíamos seguros de que no nos fallaría antes de nuestro regreso, y rara vez hacíamos un mal cálculo en este punto. Dos veces, durante seis años, nos vimos obligados a quedarnos toda la noche anclados debido a una calma chicha, que es algo raro de hecho por aquí; y una vez tuvimos que permanecer en los caladeros casi una semana, muriéndonos de hambre, debido a un vendaval que se levantó poco después de nuestra llegada, y que hizo el canal demasiado tumultuoso para ser considerado. En esta ocasión habríamos sido arrastrados al mar a pesar de todo (pues los remolinos nos lanzaban de un lado a otro con tanta violencia que, al final, enganchamos nuestra ancla y la arrastramos) si no hubiera sido porque derivamos hacia una de las innumerables corrientes cruzadas —aquí hoy y desaparecidas mañana— que nos llevó bajo el socaire de Flimen, donde, por buena suerte, nos detuvimos.

—No podría contarle ni la vigésima parte de las dificultades que encontramos "en los caladeros" —es un mal lugar para estar, incluso en buen tiempo—, pero siempre nos las arreglamos para pasar el guantelete del propio Moskoe-ström sin accidentes; aunque a veces he tenido el corazón en la boca cuando por casualidad llegábamos un minuto o así después o antes de la calma. El viento a veces no era tan fuerte como pensábamos al salir, y entonces avanzábamos bastante menos de lo que quisiéramos, mientras la corriente hacía que la embarcación fuera inmanejable. Mi hermano mayor tenía un hijo de dieciocho años, y yo tenía dos muchachos robustos míos. Estos habrían sido de gran ayuda en tales momentos, usando los remos, así como después en la pesca, pero, de alguna manera, aunque nosotros corríamos el riesgo, no teníamos el corazón para dejar que los jóvenes entraran en el peligro, pues, después de todo lo dicho y hecho, era un peligro horrible, y esa es la verdad.

—Hace ahora pocos días que se cumplen tres años desde que ocurrió lo que voy a contarle. Fue el décimo día de julio de 18—, un día que la gente de esta parte del mundo nunca olvidará, pues fue uno en el que sopló el huracán más terrible que jamás salió de los cielos. Y, sin embargo, durante toda la mañana, y de hecho hasta bien entrada la tarde, hubo una brisa suave y constante del suroeste, mientras el sol brillaba intensamente, de modo que el marinero más viejo entre nosotros no podría haber previsto lo que iba a seguir.

—Nosotros tres, mis dos hermanos y yo, habíamos cruzado a las islas alrededor de las dos de la tarde, y pronto tuvimos casi cargada la embarcación con buen pescado, que, todos comentamos, abundaba ese día más de lo que jamás habíamos conocido. Eran justo las siete, según mi reloj, cuando levamos anclas y partimos a casa, para hacer lo peor del Ström en la calma, que sabíamos sería a las ocho.

—Salimos con un viento fresco en nuestra amura de estribor, y durante algún tiempo avanzamos a gran velocidad, sin soñar nunca con el peligro, pues, de hecho, no veíamos la menor razón para temerlo. De repente, fuimos sorprendidos por una brisa de encima de Helseggen. Esto era de lo más inusual, algo que nunca nos había sucedido antes, y comencé a sentirme un poco inquieto, sin saber exactamente por qué. Pusimos el barco al viento, pero no pudimos avanzar nada debido a los remolinos, y estaba a punto de proponer volver al anclaje cuando, mirando hacia atrás, vimos todo el horizonte cubierto con una singular nube de color cobre que se elevaba con la velocidad más asombrosa.

—Mientras tanto, la brisa que nos había desviado se calmó, y quedamos completamente en calma chicha, derivando en todas direcciones. Este estado de cosas, sin embargo, no duró lo suficiente para darnos tiempo a pensar en ello. En menos de un minuto la tormenta estaba sobre nosotros; en menos de dos, el cielo estaba completamente cubierto, y con esto y la espuma que volaba, se volvió de repente tan oscuro que no podíamos vernos unos a otros en la embarcación.

—Tal huracán como el que sopló entonces es una locura intentar describirlo. El marinero más viejo de Noruega nunca experimentó nada parecido. Habíamos dejado que nuestras velas se soltaran antes de que nos atrapara limpiamente; pero, en la primera ráfaga, ambos mástiles se fueron por la borda como si hubieran sido aserrados; el mástil mayor se llevó consigo a mi hermano menor, que se había atado a él por seguridad.

—Nuestro barco era la pluma más ligera que jamás se posó sobre el agua. Tenía una cubierta completamente enrasada, con solo una pequeña escotilla cerca de la proa, y esta escotilla había sido siempre nuestra costumbre cerrarla con batten cuando íbamos a cruzar el Ström, como precaución contra los mares picados. De no ser por esta circunstancia, nos habríamos hundido al instante, pues estuvimos completamente enterrados durante algunos momentos. Cómo escapó de la destrucción mi hermano mayor, no puedo decirlo, pues nunca tuve la oportunidad de averiguarlo. Por mi parte, tan pronto como solté la vela de proa, me arrojé plano sobre la cubierta, con los pies contra la estrecha borda de la proa, y con las manos agarrando un cáncamo cerca del pie del mástil de proa. Fue puro instinto lo que me impulsó a hacer esto, lo cual fue sin duda lo mejor que pude haber hecho, pues estaba demasiado perturbado para pensar.

—Durante algunos momentos estuvimos completamente inundados, como digo, y todo este tiempo contuve el aliento y me aferré al perno. Cuando no pude soportarlo más, me levanté sobre mis rodillas, manteniendo el agarre con las manos, y así logré despejar mi cabeza. Poco después, nuestro pequeño barco se dio una sacudida, justo como hace un perro al salir del agua, y así se deshizo, en cierta medida, de los mares. Estaba tratando ahora de superar el estupor que me había invadido, y de recoger mis sentidos para ver qué hacer, cuando sentí que alguien me agarraba el brazo. Era mi hermano mayor, y mi corazón dio un salto de alegría, pues me había asegurado de que estaba por la borda; pero al momento siguiente toda esta alegría se convirtió en horror, pues puso su boca cerca de mi oído y gritó la palabra "¡Moskoe-ström!".

—Nadie sabrá nunca cuáles fueron mis sentimientos en ese momento. Temblaba de pies a cabeza como si hubiera tenido el ataque más violento de fiebre. Sabía muy bien lo que quería decir con esa única palabra; sabía lo que deseaba hacerme entender. ¡Con el viento que ahora nos impulsaba, estábamos destinados al remolino del Ström, y nada podía salvarnos!

—Usted percibe que al cruzar el canal del Ström, siempre íbamos muy arriba del remolino, incluso en el clima más tranquilo, y luego teníamos que esperar y observar cuidadosamente la calma; ¡pero ahora nos dirigíamos directamente al pozo mismo, y en un huracán como este! "Seguro", pensé, "llegaremos justo alrededor de la calma; hay una pequeña esperanza en eso", pero al momento siguiente me maldije por ser tan tonto como para soñar siquiera con la esperanza. Sabía muy bien que estábamos condenados, aunque hubiéramos sido diez veces un barco de noventa cañones.

—Para entonces, la primera furia de la tempestad se había agotado, o quizás no la sentíamos tanto mientras avanzábamos ante ella, pero, en cualquier caso, los mares, que al principio habían sido mantenidos bajos por el viento y yacían planos y espumosos, ahora se elevaron en montañas absolutas. Un cambio singular, también, había ocurrido en los cielos. Alrededor en todas direcciones seguía tan negro como la brea, pero casi encima de nosotros estalló, de repente, una grieta circular de cielo claro —tan claro como jamás vi— y de un azul brillante profundo, y a través de él resplandeció la luna llena con un lustre que nunca antes supe que tuviera. Iluminó todo a nuestro alrededor con la mayor claridad, pero, oh Dios, ¡qué escena era para iluminar!

—Ahora hice uno o dos intentos de hablar con mi hermano, pero, de alguna manera que no podía entender, el estruendo había aumentado tanto que no pude hacerle oír una sola palabra, aunque grité a todo pulmón en su oído. Pronto sacudió la cabeza, luciendo tan pálido como la muerte, y levantó uno de sus dedos, como diciendo "¡escucha!".

—Al principio no pude entender lo que quería decir, pero pronto un pensamiento espantoso cruzó mi mente. Saqué mi reloj de su bolsillo. No funcionaba. Miré su esfera a la luz de la luna, y luego rompí a llorar mientras lo arrojaba lejos hacia el océano. ¡Se había detenido a las siete! ¡Estábamos fuera del tiempo de la calma, y el remolino del Ström estaba en plena furia!

—Cuando un barco está bien construido, correctamente equilibrado y no muy cargado, las olas en un vendaval fuerte, cuando va con viento largo, parecen siempre deslizarse por debajo de él —lo cual parece muy extraño para un hombre de tierra— y esto es lo que se llama cabalgar, en lenguaje marinero.

—Bueno, hasta ahora habíamos cabalgado las olas muy hábilmente; pero de repente un mar gigantesco ocurrió que nos tomó justo debajo de la amura, y nos llevó con él mientras subía —arriba— arriba— como si fuera hacia el cielo. No habría creído que ninguna ola pudiera elevarse tan alto. Y luego bajamos con un barrido, un deslizamiento y una zambullida, que me hicieron sentir enfermo y mareado, como si estuviera cayendo desde alguna cima montañosa elevada en un sueño. Pero mientras estábamos arriba, había echado una mirada rápida a nuestro alrededor, y esa sola mirada fue más que suficiente. Vi nuestra posición exacta en un instante. El remolino del Moskoe-Ström estaba a un cuarto de milla directamente delante, pero no se parecía más al Moskoe-Ström cotidiano que el remolino tal como lo ve usted ahora se parece a un canal de molino. Si no hubiera sabido dónde estábamos y qué debíamos esperar, no habría reconocido el lugar en absoluto. Tal como estaba, cerré involuntariamente los ojos con horror. Los párpados se apretaron juntos como si fuera en un espasmo.

«No habrán pasado más de dos minutos cuando sentimos de pronto que las olas amainaban y nos vimos envueltos en espuma. El bote dio un giro brusco hacia babor y salió disparado en su nueva dirección como un rayo. En ese mismo instante, el estruendo del agua quedó completamente ahogado por una especie de chillido agudo; un sonido como el que uno podría imaginar que emitirían los tubos de desagüe de muchos miles de barcos de vapor soltando todo su vapor a la vez. Nos encontrábamos ahora en el cinturón de resaca que rodea siempre el torbellino; y pensé, por supuesto, que un momento más nos sumergiría en el abismo, hacia el cual solo podíamos mirar con vaguedad debido a la asombrosa velocidad con la que éramos arrastrados. El bote no parecía hundirse en el agua en absoluto, sino rozar la superficie de la oleada como una burbuja de aire. Su costado de estribor estaba junto al remolino, y por babor se alzaba el mundo oceánico que habíamos dejado atrás. Se erguía como un muro enorme y retorcido entre nosotros y el horizonte.

»Puede parecer extraño, pero ahora, cuando estábamos en las fauces mismas del abismo, me sentía más sereno que cuando solo nos acercábamos a él. Al haberme decidido a no esperar más, me liberé de gran parte de ese terror que al principio me había despojado de toda voluntad. Supongo que fue la desesperación lo que tensó mis nervios.

»Puede parecer jactancia —pero lo que le digo es la verdad—, comencé a reflexionar sobre lo magnífico que era morir de tal manera, y lo necio que era por mi parte pensar en una consideración tan insignificante como mi propia vida individual, ante una manifestación tan maravillosa del poder de Dios. Creo que me sonrojé de vergüenza cuando esta idea cruzó mi mente. Después de un rato, me poseyó la más aguda curiosidad acerca del remolino mismo. Sentí positivamente el deseo de explorar sus profundidades, incluso al precio del sacrificio que estaba a punto de hacer; y mi mayor pesar era que nunca podría contar a mis viejos compañeros en la costa los misterios que vería. Estos, sin duda, eran pensamientos singulares para ocupar la mente de un hombre en tal extremo, y a menudo he pensado desde entonces que las revoluciones del bote alrededor del pozo podrían haberme dejado un poco aturdido.

»Hubo otra circunstancia que tendió a devolverme la compostura; y fue el cese del viento, que no podía alcanzarnos en nuestra situación actual, pues, como usted mismo vio, el cinturón de resaca es considerablemente más bajo que el lecho general del océano, y este último se alzaba ahora sobre nosotros como una cresta montañosa, alta y negra. Si nunca ha estado en el mar durante un vendaval fuerte, no puede hacerse una idea de la confusión mental ocasionada por el viento y la espuma juntos. Lo ciegan, lo ensordecen, lo estrangulan y le quitan todo poder de acción o reflexión. Pero ahora estábamos, en gran medida, libres de estas molestias, del mismo modo que a los criminales condenados a muerte en prisión se les permiten pequeñas indulgencias, prohibidas mientras su destino es aún incierto.

»Cuántas veces dimos el circuito al cinturón es imposible decirlo. Dimos vueltas y vueltas durante quizá una hora, volando más que flotando, adentrándonos gradualmente cada vez más en el centro de la oleada, y luego más y más cerca de su horrible borde interior. Durante todo este tiempo, nunca solté el cáncamo. Mi hermano estaba en la popa, aferrado a un pequeño barril de agua vacío que había sido amarrado con seguridad bajo la cubierta de la popa, y que era lo único en cubierta que no había sido arrastrado por la borda cuando el vendaval nos alcanzó primero. Al acercarnos al borde del pozo, soltó este y se dirigió al anillo, del cual, en la agonía de su terror, intentó forzar mis manos, ya que no era lo suficientemente grande para permitirnos a ambos un agarre seguro. Nunca sentí dolor más profundo que cuando lo vi intentar este acto, aunque sabía que estaba loco cuando lo hizo, un maníaco delirante por puro miedo. No me importó, sin embargo, disputar el punto con él. Sabía que no habría diferencia si alguno de nosotros se sostenía en absoluto; así que le dejé el cáncamo y fui a la popa hacia el barril. No hubo gran dificultad en hacerlo; pues el pesquero giraba con suficiente firmeza y sobre una quilla nivelada, solo oscilando de un lado a otro con los inmensos vaivenes y remolinos del torbellino. Apenas me había asegurado en mi nueva posición cuando dimos un vuelco salvaje a estribor y nos precipitamos de cabeza al abismo. Murmuré una oración apresurada a Dios y pensé que todo había terminado.

»Al sentir el vaivén enfermizo del descenso, instintivamente apreté mi agarre al barril y cerré los ojos. Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos, mientras esperaba la destrucción instantánea y me asombraba de no estar ya en mi lucha mortal contra el agua. Pero momento tras momento transcurría. Aún vivía. La sensación de caída había cesado; y el movimiento del navío parecía casi el mismo que antes, mientras estábamos en el cinturón de espuma, con la excepción de que ahora yacía más de costado. Cobré valor y miré una vez más la escena.

»Jamás olvidaré las sensaciones de asombro, horror y admiración con las que miré a mi alrededor. El bote parecía estar suspendido, como por arte de magia, a mitad de camino, sobre la superficie interior de un embudo vasto en circunferencia, prodigioso en profundidad, y cuyos lados perfectamente lisos podrían haberse confundido con ébano, de no ser por la desconcertante rapidez con la que giraban, y por el resplandor reluciente y fantasmal que emitían, a medida que los rayos de la luna llena, desde esa grieta circular entre las nubes que ya he descrito, fluían en una inundación de gloria dorada a lo largo de las paredes negras, y muy abajo, hacia los recovecos más profundos del abismo.

»Al principio estaba demasiado confundido para observar nada con precisión. La explosión general de terrible grandeza era todo lo que contemplaba. Sin embargo, cuando me recuperé un poco, mi mirada cayó instintivamente hacia abajo. En esta dirección pude obtener una vista despejada, debido a la forma en que el pesquero pendía sobre la superficie inclinada del pozo. Estaba completamente sobre una quilla nivelada, es decir, su cubierta yacía en un plano paralelo al del agua, pero esta última se inclinaba en un ángulo de más de cuarenta y cinco grados, de modo que parecíamos estar apoyados sobre nuestros costados. No pude evitar observar, sin embargo, que apenas tuve más dificultad en mantener mi agarre y mi equilibrio en esta situación, que si hubiéramos estado sobre un nivel muerto; y esto, supongo, se debía a la velocidad a la que girábamos.

»Los rayos de la luna parecían escudriñar el fondo mismo del profundo golfo; pero aun así no pude distinguir nada claramente, debido a una espesa niebla en la que todo allí estaba envuelto, y sobre la cual colgaba un arco iris magnífico, como ese puente estrecho y tambaleante que los musulmanes dicen que es el único camino entre el Tiempo y la Eternidad. Esta niebla, o rociada, era sin duda causada por el choque de las grandes paredes del embudo, a medida que se encontraban todas en el fondo; pero el alarido que subió a los Cielos desde aquella niebla, no me atrevo a intentar describirlo.

»Nuestro primer deslizamiento hacia el abismo mismo, desde el cinturón de espuma de arriba, nos había llevado una gran distancia por la pendiente; pero nuestro descenso posterior no fue de ninguna manera proporcional. Dábamos vueltas y vueltas, no con un movimiento uniforme, sino en giros y sacudidas mareantes, que a veces nos enviaban solo unos pocos cientos de yardas, a veces casi el circuito completo del remolino. Nuestro progreso hacia abajo, en cada revolución, era lento, pero muy perceptible.

»Mirando a mi alrededor sobre el vasto desperdicio de ébano líquido en el que éramos así arrastrados, percibí que nuestro bote no era el único objeto en el abrazo del torbellino. Tanto arriba como abajo de nosotros eran visibles fragmentos de navíos, grandes masas de madera de construcción y troncos de árboles, con muchos artículos más pequeños, tales como piezas de mobiliario doméstico, cajas rotas, barriles y duelas. Ya he descrito la curiosidad antinatural que había reemplazado a mis terrores originales. Parecía crecer en mí a medida que me acercaba más y más a mi temible destino. Ahora comencé a observar, con un interés extraño, las numerosas cosas que flotaban en nuestra compañía. Debía de estar delirando, pues incluso busqué entretenimiento especulando sobre las velocidades relativas de sus diversos descensos hacia la espuma de abajo. "Este abeto", me encontré diciendo en un momento dado, "será ciertamente la próxima cosa que tome el terrible salto y desaparezca", y luego me decepcionó descubrir que los restos de un buque mercante holandés lo adelantaban y se hundían antes. Finalmente, después de hacer varias conjeturas de esta naturaleza, y ser engañado en todas, este hecho, el hecho de mi invariable error de cálculo, me llevó a una cadena de reflexiones que hizo que mis extremidades volvieran a temblar y mi corazón latiera pesadamente una vez más.

»No fue un nuevo terror lo que así me afectó, sino el amanecer de una esperanza más excitante. Esta esperanza surgía en parte de la memoria y en parte de la observación presente. Recordé la gran variedad de materia flotante que cubría la costa de Lofoden, habiendo sido absorbida y luego expulsada por el Moskoe-ström. Con mucho, el mayor número de los artículos estaban destrozados de la manera más extraordinaria, tan rozados y rugosos que tenían la apariencia de estar llenos de astillas, pero luego recordé claramente que había algunos de ellos que no estaban desfigurados en absoluto. Ahora bien, no podía explicar esta diferencia excepto suponiendo que los fragmentos rugosos eran los únicos que habían sido completamente absorbidos, que los otros habían entrado en el remolino en un período tan tardío de la marea, o, por alguna razón, habían descendido tan lentamente después de entrar, que no llegaron al fondo antes de que llegara el cambio de la marea alta, o de la baja, según fuera el caso. Concebí posible, en cualquier instancia, que pudieran ser así arrastrados de nuevo al nivel del océano, sin sufrir el destino de aquellos que habían sido atraídos más temprano, o absorbidos más rápidamente. Hice, también, tres observaciones importantes. La primera era que, como regla general, cuanto más grandes eran los cuerpos, más rápido era su descenso; la segunda, que, entre dos masas de igual extensión, una esférica y la otra de cualquier otra forma, la superioridad en velocidad de descenso era con la esfera; la tercera, que, entre dos masas de igual tamaño, una cilíndrica y la otra de cualquier otra forma, el cilindro era absorbido más lentamente. Desde mi escape, he tenido varias conversaciones sobre este tema con un viejo maestro de escuela del distrito; y fue de él de quien aprendí el uso de las palabras "cilindro" y "esfera". Él me explicó, aunque he olvidado la explicación, cómo lo que observé era, de hecho, la consecuencia natural de las formas de los fragmentos flotantes, y me mostró cómo sucedía que un cilindro, nadando en un vórtice, ofrecía más resistencia a su succión, y era atraído con mayor dificultad que un cuerpo igualmente voluminoso, de cualquier forma que fuera. (*1)

»Hubo una circunstancia sorprendente que ayudó mucho a reforzar estas observaciones, y a hacerme ansioso por aprovecharlas, y esto fue que, en cada revolución, pasábamos algo parecido a un barril, o bien la verga o el mástil de un navío, mientras muchas de estas cosas, que habían estado a nuestro nivel cuando abrí mis ojos por primera vez a las maravillas del remolino, estaban ahora muy por encima de nosotros, y parecían haberse movido poco de su posición original.

»Ya no dudé qué hacer. Resolví amarrarme con seguridad al barril de agua sobre el que ahora me sostenía, cortarlo de la popa y lanzarme con él al agua. Atraje la atención de mi hermano con señas, señalé los barriles flotantes que se acercaban a nosotros e hice todo lo que estaba en mi poder para hacerle entender lo que iba a hacer. Pensé al final que comprendía mi diseño, pero, ya fuera este el caso o no, sacudió la cabeza desesperadamente y se negó a moverse de su posición junto al cáncamo. Era imposible alcanzarlo; la emergencia no admitía demora; y así, con una lucha amarga, lo resigné a su destino, me até al barril mediante las ataduras que lo sujetaban a la popa y me precipité con él al mar, sin un momento más de vacilación.

»El resultado fue precisamente lo que había esperado que fuera. Como soy yo mismo quien ahora le cuenta este relato, como usted ve que escapé, y como usted ya está en posesión del modo en que este escape se efectuó, y debe por lo tanto anticipar todo lo que tengo más que decir, llevaré mi historia rápidamente a una conclusión. Podría haber sido una hora, o poco más, después de mi abandono del pesquero, cuando, habiendo descendido a una vasta distancia debajo de mí, hizo tres o cuatro giros salvajes en rápida sucesión y, llevando a mi amado hermano con él, se hundió de cabeza, de una vez y para siempre, en el caos de espuma de abajo. El barril al que estaba sujeto se hundió muy poco más allá de la mitad de la distancia entre el fondo del golfo y el punto en el que salté por la borda, antes de que ocurriera un gran cambio en el carácter del remolino. La pendiente de los lados del vasto embudo se volvió momentáneamente menos y menos empinada. Los giros del remolino crecieron, gradualmente, menos y menos violentos. Poco a poco, la espuma y el arco iris desaparecieron, y el fondo del golfo pareció elevarse lentamente. El cielo estaba despejado, los vientos habían disminuido y la luna llena se ponía radiantemente en el oeste, cuando me encontré en la superficie del océano, a plena vista de las costas de Lofoden, y sobre el lugar donde había estado el pozo del Moskoe-ström. Era la hora de la marea muerta, pero el mar todavía se agitaba en olas montañosas por los efectos del huracán. Fui llevado violentamente al canal del Ström, y en unos pocos minutos fui arrastrado por la costa hacia los "caladeros" de los pescadores. Un bote me recogió, agotado por la fatiga y (ahora que el peligro había pasado) mudo por el recuerdo de su horror. Aquellos que me subieron a bordo eran mis viejos compañeros y amigos diarios, pero no me reconocieron más de lo que habrían reconocido a un viajero del mundo de los espíritus. Mi cabello, que había sido negro como el cuervo el día anterior, era tan blanco como lo ve usted ahora. Dicen también que toda la expresión de mi rostro había cambiado. Les conté mi historia, no la creyeron. Ahora se la cuento a usted, y apenas puedo esperar que deposite más fe en ella que la que tuvieron los alegres pescadores de Lofoden.»

VON KEMPELEN Y SU DESCUBRIMIENTO

Tras el documento muy minucioso y elaborado de Arago, por no mencionar el resumen en el «Silliman’s Journal», con la declaración detallada recién publicada por el teniente Maury, no se supondrá, por supuesto, que al ofrecer unas pocas observaciones apresuradas en referencia al descubrimiento de Von Kempelen, tenga yo algún designio de mirar el tema desde un punto de vista científico. Mi objeto es simplemente, en primer lugar, decir unas pocas palabras sobre el propio Von Kempelen (con quien, hace algunos años, tuve el honor de una ligera relación personal), ya que todo lo que le concierne debe ser necesariamente, en este momento, de interés; y, en segundo lugar, mirar de una manera general, y especulativa, los resultados del descubrimiento.

Puede ser tan bueno, sin embargo, prefaciar las observaciones superficiales que tengo que ofrecer, negando, muy decididamente, lo que parece ser una impresión general (recogida, como es habitual en un caso de esta clase, de los periódicos), a saber: que este descubrimiento, asombroso como indudablemente es, no es imprevisto.

Por referencia al «Diario de Sir Humphrey Davy» (Cottle y Munroe, Londres, págs. 150), se verá en las págs. 53 y 82, que este ilustre químico no solo había concebido la idea ahora en cuestión, sino que realmente había hecho un progreso no despreciable, experimentalmente, en el mismo análisis ahora tan triunfalmente llevado a una conclusión por Von Kempelen, quien, aunque no hace la más mínima alusión a ello, es, sin duda (lo digo sin vacilar, y puedo probarlo, si se requiere), deudor del «Diario» por al menos la primera pista de su propia empresa.

El párrafo del «Courier and Enquirer», que ahora circula por la prensa, y que pretende reclamar la invención para un tal Sr. Kissam, de Brunswick, Maine, me parece, lo confieso, un poco apócrifo, por varias razones; aunque no hay nada ni imposible ni muy improbable en la declaración hecha. No necesito entrar en detalles. Mi opinión sobre el párrafo se basa principalmente en su manera. No parece verdadero. Las personas que están narrando hechos, rara vez son tan particulares como el Sr. Kissam parece ser, acerca de día y fecha y ubicación precisa. Además, si el Sr. Kissam realmente dio con el descubrimiento que dice que hizo, en el período designado —hace casi ocho años—, ¿cómo sucede que no tomó medidas, al instante, para cosechar los inmensos beneficios que hasta el patán más simple habría sabido que resultarían para él individualmente, si no para el mundo en general, del descubrimiento? Me parece bastante increíble que cualquier hombre de entendimiento común pudiera haber descubierto lo que el Sr. Kissam dice que hizo, y sin embargo haber actuado posteriormente tan como un bebé —tan como un búho— como el Sr. Kissam admite que hizo. A propósito, ¿quién es el Sr. Kissam? ¿y no es todo el párrafo en el «Courier and Enquirer» una fabricación montada para «hacer hablar»? Debe confesarse que tiene un aire asombrosamente engañoso, digno de un fraude lunar. Muy poca dependencia debe ponerse en él, en mi humilde opinión; y si no estuviera bien al tanto, por experiencia, de cuán fácilmente los hombres de ciencia son mistificados, en puntos fuera de su rango habitual de indagación, estaría profundamente asombrado de encontrar a un químico tan eminente como el profesor Draper discutiendo las pretensiones del Sr. Kissam (¿o es el Sr. Quizzem?) al descubrimiento, en un tono tan serio.

Pero volviendo al ‘Diario’ de Sir Humphrey Davy. Este folleto no estaba destinado a ojos del público, ni siquiera tras el fallecimiento del escritor, como cualquier persona medianamente versada en la autoría puede cerciorarse de inmediato con la más mínima inspección del estilo. En la página 13, por ejemplo, cerca de la mitad, leemos, en referencia a sus investigaciones sobre el protóxido de azote: «En menos de medio minuto, la respiración siendo continuada, disminuyó gradualmente y fueron sucedidos por análogo a una suave presión sobre todos los músculos». Que la respiración no fue «disminuida» queda claro no solo por el contexto subsiguiente, sino por el uso del plural, «fueron». La frase, sin duda, se pretendía así: «En menos de medio minuto, la respiración [siendo continuada, estos sentimientos] disminuyó gradualmente, y fueron sucedidos por [una sensación] análoga a una suave presión sobre todos los músculos». Un centenar de casos similares demuestran que el manuscrito, publicado de forma tan inconsiderada, era meramente un cuaderno de notas borrador, destinado solo a los propios ojos del escritor, pero una inspección del folleto convencerá a casi cualquier persona reflexiva de la verdad de mi sugerencia. El hecho es que Sir Humphrey Davy era casi la última persona en el mundo en comprometerse en temas científicos. No solo tenía una aversión más que ordinaria a la charlatanería, sino que temía enfermizamente parecer empírico; de modo que, por muy convencido que pudiera haber estado de que iba por el camino correcto en el asunto ahora en cuestión, nunca habría hablado hasta tener todo listo para la demostración más práctica. Verdaderamente creo que sus últimos momentos se habrían vuelto desgraciados si hubiera sospechado que sus deseos con respecto a quemar este «Diario» (lleno de especulaciones crudas) habrían sido desatendidos; como, al parecer, lo fueron. Digo «sus deseos», pues no creo que pueda haber duda alguna de que pretendía incluir este cuaderno entre los papeles misceláneos dirigidos «a ser quemados». Si escapó de las llamas por buena o mala fortuna, queda aún por verse. Que los pasajes citados anteriormente, con los otros similares a los que se hace referencia, le dieron a Von Kempelen la pista, no lo cuestiono en lo más mínimo; pero repito, queda aún por verse si este descubrimiento trascendental en sí mismo (trascendental bajo cualquier circunstancia) será de servicio o perjuicio para la humanidad en general. Que Von Kempelen y sus amigos cercanos cosecharán una rica fortuna, sería una locura dudarlo por un momento. Apenas serán tan débiles como para no «realizar», a tiempo, grandes compras de casas y tierras, junto con otros bienes de valor intrínseco.

En el breve relato sobre Von Kempelen que apareció en el ‘Home Journal’, y que desde entonces ha sido extensamente copiado, parecen haberse cometido varias incomprensiones del original alemán por parte del traductor, quien profesa haber tomado el pasaje de un número reciente del ‘Schnellpost’ de Presburg. «Viele» ha sido evidentemente mal concebido (como a menudo ocurre), y lo que el traductor traduce como «penas», es probablemente «lieden», que, en su verdadera versión, «sufrimientos», daría un cariz totalmente diferente a todo el relato; pero, por supuesto, gran parte de esto es meramente una suposición de mi parte.

Von Kempelen, sin embargo, no es de ninguna manera un «misántropo», en apariencia, al menos, sea lo que sea en realidad. Mi trato con él fue del todo casual; y apenas estoy justificado en decir que lo conozco en absoluto; pero haber visto y conversado con un hombre de tan prodigiosa notoriedad como la que ha alcanzado, o alcanzará en pocos días, no es poca cosa, tal como van los tiempos.

«The Literary World» habla de él, con confianza, como natural de Presburg (engañado, tal vez, por el relato en «The Home Journal»), pero me complace poder afirmar positivamente, ya que lo tengo de sus propios labios, que nació en Utica, en el estado de Nueva York, aunque ambos padres, creo, son de ascendencia de Presburg. La familia está relacionada, de algún modo, con Mäelzel, de la memoria del jugador de ajedrez autómata. En persona, es bajo y fornido, con ojos grandes, gordos y azules, cabello y patillas color arena, una boca ancha pero agradable, dientes finos y, creo, una nariz romana. Hay algún defecto en uno de sus pies. Su trato es franco, y todo su modo es notable por su bonhomía. En conjunto, se ve, habla y actúa tan poco como un «misántropo» como cualquier hombre que haya visto. Fuimos compañeros de estancia durante una semana hace unos seis años, en el Earl’s Hotel, en Providence, Rhode Island; y presumo que conversé con él, en diversas ocasiones, durante unas tres o cuatro horas en total. Sus temas principales fueron los del día; y nada de lo que salió de su boca me llevó a sospechar sus conocimientos científicos. Abandonó el hotel antes que yo, con la intención de ir a Nueva York, y de allí a Bremen; fue en esta última ciudad donde su gran descubrimiento se hizo público por primera vez; o, más bien, fue allí donde se sospechó por primera vez que lo había hecho. Esto es casi todo lo que sé personalmente del ahora inmortal Von Kempelen; pero he pensado que incluso estos pocos detalles tendrían interés para el público.

No puede haber mucha duda de que la mayoría de los rumores maravillosos que circulan sobre este asunto son puras invenciones, merecedoras de tanto crédito como el cuento de la lámpara de Aladino; y sin embargo, en un caso de este tipo, como en el caso de los descubrimientos en California, está claro que la verdad puede ser más extraña que la ficción. La siguiente anécdota, al menos, está tan bien autenticada, que podemos recibirla implícitamente.

Von Kempelen nunca había estado ni siquiera tolerablemente bien durante su residencia en Bremen; y a menudo, era bien sabido, se había visto obligado a hacer extremos esfuerzos para conseguir sumas insignificantes. Cuando ocurrió el gran alboroto por la falsificación en la casa de Gutsmuth & Co., la sospecha se dirigió hacia Von Kempelen, debido a que había comprado una propiedad considerable en Gasperitch Lane, y a su negativa, cuando se le interrogó, a explicar cómo llegó a poseer el dinero de la compra. Fue finalmente arrestado, pero al no aparecer nada decisivo en su contra, fue al final puesto en libertad. La policía, sin embargo, mantuvo una estricta vigilancia sobre sus movimientos, y así descubrió que salía de casa con frecuencia, tomando siempre el mismo camino, e invariablemente despistando a sus vigilantes en los alrededores de ese laberinto de pasajes estrechos y tortuosos conocido por el nombre jergal de «Dondergat». Finalmente, a fuerza de gran perseverancia, lo rastrearon hasta una buhardilla en una vieja casa de siete pisos, en un callejón llamado Flatzplatz, y, al sorprenderlo de repente, lo encontraron, como imaginaban, en medio de sus operaciones de falsificación. Su agitación es representada como tan excesiva que los oficiales no tuvieron la menor duda de su culpabilidad. Después de esposarlo, registraron su habitación, o mejor dicho, habitaciones, pues parece que ocupaba toda la mansarda.

Abriéndose a la buhardilla donde lo atraparon, había un armario, de diez pies por ocho, equipado con algunos aparatos químicos, cuyo objeto aún no ha sido determinado. En una esquina del armario había un horno muy pequeño, con un fuego incandescente en él, y sobre el fuego una especie de crisol doble: dos crisoles conectados por un tubo. Uno de estos crisoles estaba casi lleno de plomo en estado de fusión, pero sin llegar a la abertura del tubo, que estaba cerca del borde. El otro crisol tenía algo de líquido, que, al entrar los oficiales, parecía estar disipándose furiosamente en vapor. Relatan que, al verse atrapado, Kempelen agarró los crisoles con ambas manos (que estaban cubiertas con guantes que después resultaron ser de amianto), y arrojó el contenido sobre el piso de baldosas. Fue entonces cuando lo esposaron; y antes de proceder a registrar las instalaciones, lo registraron a él, pero no se encontró nada inusual, excepto un paquete de papel, en el bolsillo de su abrigo, que contenía lo que más tarde se determinó que era una mezcla de antimonio y alguna sustancia desconocida, en proporciones casi, pero no del todo, iguales. Todos los intentos de analizar la sustancia desconocida han fracasado, hasta ahora, pero que finalmente será analizada, es algo que no se debe dudar.

Saliendo del armario con su prisionero, los oficiales pasaron a través de una especie de antecámara, en la que no se encontró nada material, hacia el dormitorio del químico. Aquí revolvieron algunos cajones y cajas, pero descubrieron solo unos pocos papeles, sin importancia, y algo de moneda buena, plata y oro. Finalmente, mirando debajo de la cama, vieron un baúl de pelo grande y común, sin bisagras, pestillo ni cerradura, y con la tapa descansando descuidadamente sobre la parte inferior. Al intentar sacar este baúl de debajo de la cama, descubrieron que, con su fuerza unida (eran tres, todos hombres poderosos), «no pudieron moverlo ni una pulgada». Muy asombrado por esto, uno de ellos se arrastró debajo de la cama y, mirando dentro del baúl, dijo:

—No es de extrañar que no pudiéramos moverlo, ¡si está lleno hasta el borde de trozos viejos de latón!

Poniendo sus pies, ahora, contra la pared para obtener un buen punto de apoyo, y empujando con todas sus fuerzas, mientras sus compañeros tiraban con todas las suyas, el baúl, con mucha dificultad, fue deslizado de debajo de la cama y su contenido examinado. El supuesto latón con el que estaba lleno eran todo piezas pequeñas y lisas, que variaban desde el tamaño de un guisante al de un dólar; pero las piezas eran de forma irregular, aunque más o menos planas, en conjunto, «muy parecido a como se ve el plomo cuando es arrojado al suelo en estado fundido, y allí dejado enfriar». Ahora, ni uno solo de estos oficiales sospechó por un momento que este metal fuera otra cosa que latón. La idea de que fuera oro nunca entró en sus cerebros, por supuesto; ¿cómo podría haber entrado tal fantasía salvaje? Y su asombro puede concebirse bien, cuando al día siguiente se supo, por todo Bremen, que el «montón de latón» que habían transportado tan desdeñosamente a la comisaría de policía, sin tomarse la molestia de embolsarse la más mínima pizca, no era solo oro —oro real— sino oro mucho más fino que cualquiera empleado en la acuñación; oro, de hecho, absolutamente puro, virgen, sin la más mínima aleación apreciable.

No necesito repasar los detalles de la confesión de Von Kempelen (hasta donde llegó) y su liberación, pues estos son familiares para el público. Que realmente ha realizado, en espíritu y en efecto, si no al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal, ninguna persona cuerda tiene libertad de dudar. Las opiniones de Arago son, por supuesto, merecedoras de la mayor consideración; pero él no es de ninguna manera infalible; y lo que dice del bismuto, en su informe a la Academia, debe tomarse cum grano salis. La simple verdad es que hasta este período todo análisis ha fallado; y hasta que Von Kempelen decida dejarnos tener la clave de su propio enigma publicado, es más que probable que el asunto permanezca, durante años, in statu quo. Todo lo que hasta ahora se puede decir justamente que se conoce es que «El oro puro puede ser hecho a voluntad, y muy fácilmente a partir del plomo en conexión con ciertas otras sustancias, en clase y en proporciones, desconocidas».

La especulación, por supuesto, está ocupada con respecto a los resultados inmediatos y finales de este descubrimiento —un descubrimiento que pocas personas reflexivas dudarán en referir a un mayor interés en el asunto del oro en general, por los recientes desarrollos en California; y esta reflexión nos lleva inevitablemente a otra —la extrema inoportunidad del análisis de Von Kempelen. Si muchos fueron disuadidos de aventurarse a California por el mero temor de que el oro disminuyera tan materialmente en valor, debido a su abundancia en las minas de allí, como para hacer que la especulación de ir tan lejos en su búsqueda fuera dudosa —qué impresión se producirá ahora, en las mentes de aquellos a punto de emigrar, y especialmente en las mentes de aquellos realmente en la región mineral, por el anuncio de este asombroso descubrimiento de Von Kempelen? Un descubrimiento que declara, en tantas palabras, que más allá de su valor intrínseco para fines de fabricación (cualquiera que sea ese valor), el oro ahora es, o al menos pronto será (pues no puede suponerse que Von Kempelen pueda retener su secreto por mucho tiempo), de no mayor valor que el plomo, y de valor mucho inferior a la plata. Es, de hecho, sumamente difícil especular prospectivamente sobre las consecuencias del descubrimiento, pero una cosa puede mantenerse positivamente: que el anuncio del descubrimiento hace seis meses habría tenido una influencia material con respecto al asentamiento de California.

En Europa, hasta ahora, los resultados más notables han sido un aumento del doscientos por ciento en el precio del plomo, y casi el veinticinco por ciento en el de la plata.

REVELACIÓN MESMÉRICA

Cualquiera sea la duda que aún pueda envolver la razón del mesmerismo, sus hechos asombrosos son ahora casi universalmente admitidos. De estos últimos, los que dudan, son sus meros escépticos por profesión —una tribu poco rentable y desacreditada. No puede haber mayor pérdida de tiempo absoluta que el intento de probar, hoy en día, que el hombre, por mero ejercicio de la voluntad, puede impresionar tanto a su semejante, como para arrojarlo a una condición anormal, de la cual los fenómenos se asemejan muy estrechamente a los de la muerte, o al menos se asemejan más a ellos que a los fenómenos de cualquier otra condición normal dentro de nuestro conocimiento; que, mientras está en este estado, la persona así impresionada emplea solo con esfuerzo, y luego débilmente, los órganos externos de los sentidos, pero percibe, con percepción agudamente refinada, y a través de canales supuestamente desconocidos, asuntos más allá del alcance de los órganos físicos; que, además, sus facultades intelectuales están maravillosamente exaltadas y vigorizadas; que sus simpatías con la persona que lo impresiona son profundas; y, finalmente, que su susceptibilidad a la impresión aumenta con su frecuencia, mientras que, en la misma proporción, los fenómenos peculiares provocados son más extensos y más pronunciados.

Digo que estos —que son las leyes del mesmerismo en sus características generales— sería una supererogación demostrarlos; ni infligiré a mis lectores tal demostración innecesaria hoy. Mi propósito en el presente es muy diferente de hecho. Me veo impulsado, incluso ante un mundo de prejuicios, a detallar sin comentarios la sustancia muy notable de un coloquio, que ocurre entre un sonámbulo y yo mismo.

Llevaba mucho tiempo en el hábito de mesmerizar a la persona en cuestión (el Sr. Vankirk), y la susceptibilidad aguda habitual y la exaltación de la percepción mesmérica habían sobrevenido. Durante muchos meses había estado sufriendo de tisis confirmada, cuyos efectos más angustiantes habían sido aliviados por mis manipulaciones; y en la noche del miércoles, el decimoquinto del corriente, fui convocado a su cabecera.

El inválido sufría de dolor agudo en la región del corazón, y respiraba con gran dificultad, teniendo todos los síntomas ordinarios del asma. En espasmos como estos, usualmente había encontrado alivio de la aplicación de mostaza a los centros nerviosos, pero esta noche esto se había intentado en vano.

Al entrar en su habitación me saludó con una sonrisa alegre, y aunque evidentemente con mucho dolor corporal, parecía estar, mentalmente, bastante tranquilo.

—Te envié a buscar esta noche —dijo—, no tanto para administrar remedio a mi dolencia corporal, como para satisfacerme con respecto a ciertas impresiones psíquicas que, últimamente, me han causado mucha ansiedad y sorpresa. No necesito decirte cuán escéptico he sido hasta ahora sobre el tema de la inmortalidad del alma. No puedo negar que siempre ha existido, como si fuera en esa misma alma que he estado negando, un vago medio sentimiento de su propia existencia. Pero este medio sentimiento en ningún momento llegó a la convicción. Con él mi razón no tuvo nada que ver. Todos los intentos de investigación lógica resultaron, de hecho, en dejarme más escéptico que antes. Me habían aconsejado estudiar a Cousin. Lo estudié en sus propias obras así como en las de sus ecos europeos y americanos. El «Charles Elwood» del Sr. Brownson, por ejemplo, fue puesto en mis manos. Lo leí con profunda atención. A lo largo de todo encontré que era lógico, pero las partes que no eran meramente lógicas eran desafortunadamente los argumentos iniciales del héroe incrédulo del libro. En su resumen, me pareció evidente que el razonador ni siquiera había logrado convencerse a sí mismo. Su final había olvidado claramente su principio, como el gobierno de Trinculo. En resumen, no tardé mucho en percibir que si el hombre ha de ser convencido intelectualmente de su propia inmortalidad, nunca lo será por las meras abstracciones que han sido tan largo tiempo la moda de los moralistas de Inglaterra, de Francia y de Alemania. Las abstracciones pueden divertir y ejercitar, pero no se aferran a la mente. Aquí en la tierra, al menos, la filosofía, estoy persuadido, siempre llamará en vano para que miremos las cualidades como cosas. La voluntad puede asentir; el alma, el intelecto, nunca.

—Repito, entonces, que solo sentí a medias, y nunca creí intelectualmente. Pero últimamente ha habido un cierto ahondamiento del sentimiento, hasta que ha llegado a parecerse tanto a la aquiescencia de la razón, que me resulta difícil distinguir entre ambos. Estoy habilitado, también, para rastrear claramente este efecto a la influencia mesmérica. No puedo explicar mejor mi significado que mediante la hipótesis de que la exaltación mesmérica me permite percibir una cadena de raciocinio que, en mi existencia anormal, convence, pero que, en total acuerdo con los fenómenos mesméricos, no se extiende, excepto a través de su efecto, a mi condición normal. En el sonambulismo, el razonamiento y su conclusión —la causa y su efecto— están presentes juntos. En mi estado natural, desapareciendo la causa, el efecto solo, y tal vez solo parcialmente, permanece.

—Estas consideraciones me han llevado a pensar que podrían derivarse algunos buenos resultados de una serie de preguntas bien dirigidas que se me plantearan mientras estuviera mesmerizado. A menudo has observado la profunda autoconciencia demostrada por el sonámbulo —el amplio conocimiento que despliega sobre todos los puntos relacionados con la propia condición mesmérica; y de esta autoconciencia pueden deducirse pistas para la correcta conducción de un catecismo.

Consentí, por supuesto, en hacer este experimento. Unos pocos pases arrojaron al Sr. Vankirk al sueño mesmérico. Su respiración se volvió inmediatamente más fácil, y parecía no sufrir ninguna incomodidad física. La siguiente conversación entonces sobrevino: V. en el diálogo representando al paciente, y P. yo mismo.

P. ¿Estás dormido?

V. Sí —no; preferiría dormir más profundamente.

P. [Después de unos pocos pases más.] ¿Duermes ahora?

V. Sí.

P. ¿Cómo crees que resultará tu enfermedad actual?

V. [Después de una larga vacilación y hablando como si fuera con esfuerzo.] Debo morir.

P. ¿Te aflige la idea de la muerte?

V. [Muy rápidamente.] ¡No, no!

P. ¿Estás complacido con la perspectiva?

V. Si estuviera despierto me gustaría morir, pero ahora no importa. La condición mesmérica está tan cerca de la muerte que me contenta.

P. Desearía que te explicaras, Sr. Vankirk.

V. Estoy dispuesto a hacerlo, pero requiere más esfuerzo del que me siento capaz de hacer. No me preguntas adecuadamente.

P. ¿Qué debo preguntar, entonces?

V. Debes comenzar por el principio.

P. ¡El principio! Pero, ¿dónde está el principio?

V. Sabes que el principio es DIOS. [_Esto fue dicho en un tono bajo, fluctuante, y con cada signo de la más profunda veneración_.]

P. ¿Qué es, entonces, Dios?

V. [Vacilando durante muchos minutos.] No puedo decirlo.

P. ¿No es Dios espíritu?

V. Mientras estaba despierto sabía a qué te referías con «espíritu», pero ahora parece solo una palabra —tales, por ejemplo, como verdad, belleza— una cualidad, quiero decir.

P. ¿No es Dios inmaterial?

V. No hay inmaterialidad; es solo una palabra. Aquello que no es materia, no es en absoluto —a menos que las cualidades sean cosas.

P. ¿Es Dios, entonces, material?

V. No. [Esta respuesta me sobresaltó mucho.]

P. ¿Qué es, entonces, Él?

V. [Tras una larga pausa, y balbuceando.] Ya veo —pero es algo difícil de explicar. [Otra larga pausa.] Él no es espíritu, pues existe. Ni es materia, tal como ustedes la entienden. Pero existen gradaciones de la materia de las que el hombre no sabe nada; la más grosera impulsa a la más fina, la más fina impregna a la más grosera. La atmósfera, por ejemplo, impulsa el principio eléctrico, mientras que el principio eléctrico impregna la atmósfera. Estas gradaciones de materia aumentan en rareza o finura, hasta que llegamos a una materia sin partículas —sin partículas— indivisible— una; y aquí la ley de impulsión y permeación se modifica. La materia última, o sin partículas, no solo impregna todas las cosas, sino que impulsa todas las cosas; y así, es todas las cosas dentro de sí misma. Esta materia es Dios. Lo que los hombres intentan encarnar en la palabra «pensamiento», es esta materia en movimiento.

P. Los metafísicos sostienen que toda acción es reducible al movimiento y al pensamiento, y que este último es el origen del primero.

V. Sí; y ahora veo la confusión de ideas. El movimiento es la acción de la mente, no del pensamiento. La materia sin partículas, o Dios, en quietud, es (tan cerca como podemos concebirlo) lo que los hombres llaman mente. Y el poder del automovimiento (equivalente en efecto a la volición humana) es, en la materia sin partículas, el resultado de su unidad y omniprevalencia; cómo, no lo sé, y veo claramente ahora que nunca lo sabré. Pero la materia sin partículas, puesta en movimiento por una ley, o cualidad, existente dentro de sí misma, es el pensamiento.

P. ¿No puede darme una idea más precisa de lo que usted denomina materia sin partículas?

V. Las materias de las que el hombre tiene conocimiento escapan a los sentidos en gradación. Tenemos, por ejemplo, un metal, un trozo de madera, una gota de agua, la atmósfera, un gas, el calórico, la electricidad, el éter luminífero. Ahora bien, llamamos a todas estas cosas materia, y abarcamos toda la materia en una definición general; pero a pesar de esto, no puede haber dos ideas más esencialmente distintas que la que atribuimos a un metal y la que atribuimos al éter luminífero. Cuando llegamos a este último, sentimos una inclinación casi irresistible a clasificarlo con el espíritu, o con la nada. La única consideración que nos contiene es nuestra concepción de su constitución atómica; y aquí, incluso, tenemos que buscar ayuda en nuestra noción de un átomo, como algo que posee en infinita pequeñez, solidez, palpabilidad, peso. Destruya la idea de la constitución atómica y ya no seríamos capaces de considerar al éter como una entidad, o al menos como materia. A falta de una palabra mejor, podríamos llamarlo espíritu. Dé, ahora, un paso más allá del éter luminífero —conciba una materia tan mucho más rara que el éter, como este éter es más raro que el metal, y llegamos de inmediato (a pesar de todos los dogmas escolares) a una masa única —una materia sin partículas. Porque aunque podamos admitir una pequeñez infinita en los átomos mismos, la infinitud de pequeñez en los espacios entre ellos es un absurdo. Habrá un punto —habrá un grado de rareza, en el cual, si los átomos son suficientemente numerosos, los espacios intermedios deben desaparecer, y la masa coalescer absolutamente. Pero al retirar la consideración de la constitución atómica, la naturaleza de la masa se desliza inevitablemente hacia lo que concebimos como espíritu. Es claro, sin embargo, que es tan plenamente materia como antes. La verdad es que es imposible concebir el espíritu, ya que es imposible imaginar lo que no es. Cuando nos halagamos a nosotros mismos de haber formado su concepción, simplemente hemos engañado a nuestro entendimiento mediante la consideración de materia infinitamente rarificada.

P. Me parece que existe una objeción insuperable a la idea de coalescencia absoluta; y es la muy leve resistencia experimentada por los cuerpos celestes en sus revoluciones a través del espacio —una resistencia que ahora se ha comprobado, es cierto, que existe en cierto grado, pero que es, sin embargo, tan leve que ha sido pasada por alto incluso por la sagacidad de Newton. Sabemos que la resistencia de los cuerpos es, principalmente, proporcional a su densidad. La coalescencia absoluta es densidad absoluta. Donde no hay espacios intermedios, no puede haber flexibilidad. Un éter, absolutamente denso, detendría el progreso de una estrella de manera infinitamente más eficaz que lo haría un éter de diamante o de hierro.

V. Su objeción es respondida con una facilidad que es casi proporcional a su aparente irrefutabilidad. En cuanto al progreso de la estrella, no puede haber diferencia alguna si la estrella atraviesa el éter o si el éter la atraviesa a ella. No hay error astronómico más inexplicable que aquel que reconcilia el conocido retraso de los cometas con la idea de su paso a través de un éter: pues, por más raro que se suponga este éter, pondría freno a toda revolución sideral en un período mucho más breve del que han admitido aquellos astrónomos que han intentado pasar por alto un punto que les resultaba imposible comprender. El retraso efectivamente experimentado es, por otra parte, aproximadamente el que cabría esperar del rozamiento del éter en el paso instantáneo a través del astro. En un caso, la fuerza retardadora es momentánea y completa en sí misma; en el otro, es infinitamente acumulativa.

P. Pero en todo esto —en esta identificación de la mera materia con Dios— ¿no hay nada de irreverencia? [_Me vi obligado a repetir esta pregunta antes de que el sonámbulo comprendiera completamente mi significado_.]

V. ¿Puede decir por qué la materia debería ser menos reverenciada que la mente? Pero usted olvida que la materia de la que hablo es, en todos los aspectos, la misma «mente» o «espíritu» de las escuelas, en lo que respecta a sus altas capacidades, y es, además, la «materia» de estas mismas escuelas al mismo tiempo. Dios, con todos los poderes atribuidos al espíritu, no es más que la perfección de la materia.

P. ¿Afirma usted, entonces, que la materia sin partículas, en movimiento, es el pensamiento?

V. En general, este movimiento es el pensamiento universal de la mente universal. Este pensamiento crea. Todas las cosas creadas no son más que los pensamientos de Dios.

P. Usted dice, «en general».

V. Sí. La mente universal es Dios. Para nuevas individualidades, la materia es necesaria.

P. Pero usted ahora habla de «mente» y «materia» como lo hacen los metafísicos.

V. Sí —para evitar confusión. Cuando digo «mente», me refiero a la materia sin partículas o última; por «materia», entiendo todo lo demás.

P. Usted decía que «para nuevas individualidades la materia es necesaria».

V. Sí; pues la mente, existiendo incorpórea, es meramente Dios. Para crear seres individuales y pensantes, fue necesario encarnar porciones de la mente divina. Así es como el hombre es individualizado. Despojado de su investidura corporal, sería Dios. Ahora bien, el movimiento particular de las porciones encarnadas de la materia sin partículas es el pensamiento del hombre; como el movimiento del todo es el de Dios.

P. ¿Dice usted que, despojado del cuerpo, el hombre será Dios?

V. [Tras muchas dudas.] No podría haber dicho esto; es un absurdo.

P. [Refiriéndome a mis notas.] Usted dijo que «despojado de su investidura corporal el hombre sería Dios».

V. Y esto es cierto. El hombre así despojado sería Dios —estaría desindividualizado. Pero nunca puede ser despojado así —al menos nunca lo será— de lo contrario debemos imaginar una acción de Dios volviendo sobre sí misma —una acción sin propósito y fútil. El hombre es una criatura. Las criaturas son pensamientos de Dios. Es la naturaleza del pensamiento ser irrevocable.

P. No comprendo. ¿Dice usted que el hombre nunca se despojará del cuerpo?

V. Digo que nunca estará sin cuerpo.

P. Explíquese.

V. Hay dos cuerpos —el rudimentario y el completo; correspondientes a las dos condiciones del gusano y la mariposa. Lo que llamamos «muerte» no es más que la dolorosa metamorfosis. Nuestra encarnación presente es progresiva, preparatoria, temporal. Nuestro futuro es perfeccionado, último, inmortal. La vida última es el diseño completo.

P. Pero de la metamorfosis del gusano somos palpablemente conscientes.

V. Nosotros, ciertamente —pero no el gusano. La materia de la que está compuesto nuestro cuerpo rudimentario está dentro del alcance de los órganos de ese cuerpo; o, más distintamente, nuestros órganos rudimentarios están adaptados a la materia de la que está formado el cuerpo rudimentario; pero no a aquella de la que está compuesto el cuerpo último. El cuerpo último escapa así a nuestros sentidos rudimentarios, y solo percibimos la cáscara que cae, al descomponerse, de la forma interior; no esa forma interior en sí misma; pero esta forma interior, así como la cáscara, es apreciable por aquellos que ya han adquirido la vida última.

P. Usted ha dicho a menudo que el estado mesmérico se parece mucho a la muerte. ¿Cómo es esto?

V. Cuando digo que se parece a la muerte, quiero decir que se parece a la vida última; pues cuando estoy en trance, los sentidos de mi vida rudimentaria están en suspenso, y percibo las cosas externas directamente, sin órganos, a través de un medio que emplearé en la vida última, desorganizada.

P. ¿Desorganizada?

V. Sí; los órganos son artificios mediante los cuales el individuo es puesto en relación sensible con clases y formas particulares de materia, con la exclusión de otras clases y formas. Los órganos del hombre están adaptados a su condición rudimentaria, y solo a esa; su condición última, al ser desorganizada, es de comprensión ilimitada en todos los puntos excepto uno —la naturaleza de la volición de Dios— es decir, el movimiento de la materia sin partículas. Tendrá una idea distinta del cuerpo último concibiéndolo como cerebro completo. No es esto exactamente; pero una concepción de esta naturaleza le acercará a la comprensión de lo que es. Un cuerpo luminoso imparte vibración al éter luminífero. Las vibraciones generan otras similares dentro de la retina; estas a su vez comunican otras similares al nervio óptico. El nervio transmite otras similares al cerebro; el cerebro, también, otras similares a la materia sin partículas que lo impregna. El movimiento de esta última es el pensamiento, del cual la percepción es la primera ondulación. Este es el modo por el cual la mente de la vida rudimentaria se comunica con el mundo externo; y este mundo externo es, para la vida rudimentaria, limitado, debido a la idiosincrasia de sus órganos. Pero en la vida última, desorganizada, el mundo externo llega a todo el cuerpo, (que es de una sustancia que tiene afinidad con el cerebro, como he dicho,) sin más intervención que la de un éter infinitamente más raro que incluso el luminífero; y a este éter —en unión con él— el cuerpo entero vibra, poniendo en movimiento la materia sin partículas que lo impregna. Es a la ausencia de órganos idiosincrásicos, por tanto, a lo que debemos atribuir la percepción casi ilimitada de la vida última. Para los seres rudimentarios, los órganos son las jaulas necesarias para confinarlos hasta que les salgan alas.

P. Usted habla de «seres» rudimentarios. ¿Existen otros seres pensantes rudimentarios además del hombre?

V. La multitudinaria conglomeración de materia rara en nebulosas, planetas, soles y otros cuerpos que no son ni nebulosas, ni soles, ni planetas, tiene el único propósito de suministrar alimento para la idiosincrasia de los órganos de una infinidad de seres rudimentarios. De no ser por la necesidad de lo rudimentario, anterior a la vida última, no habría habido cuerpos como estos. Cada uno de estos está habitado por una variedad distinta de criaturas orgánicas, rudimentarias y pensantes. En todas, los órganos varían con las características del lugar habitado. Al morir, o al metamorfosearse, estas criaturas, disfrutando de la vida última —la inmortalidad— y conocedoras de todos los secretos menos uno, actúan sobre todas las cosas y pasan por todas partes por mera volición: habitando, no las estrellas, que para nosotros parecen las únicas palpabilidades, y para cuya acomodación creemos ciegamente que fue creado el espacio —sino ese ESPACIO mismo— esa infinitud cuya vastedad verdaderamente sustantiva traga las sombras de las estrellas —borrándolas como no-entidades de la percepción de los ángeles.

P. Usted dice que «de no ser por la necesidad de la vida rudimentaria» no habría habido estrellas. Pero, ¿por qué esta necesidad?

V. En la vida inorgánica, así como en la materia inorgánica en general, no hay nada que impida la acción de una única ley simple —la Volición Divina. Con el fin de producir impedimentos, la vida y la materia orgánicas, (complejas, sustanciales y cargadas de leyes,) fueron ideadas.

P. Pero de nuevo — ¿por qué se tuvo que producir este impedimento?

V. El resultado de la ley inviolada es la perfección —el bien— la felicidad negativa. El resultado de la ley violada es la imperfección, el mal, el dolor positivo. A través de los impedimentos que ofrecen el número, la complejidad y la sustancialidad de las leyes de la vida y la materia orgánicas, la violación de la ley se hace, hasta cierto punto, practicable. Así, el dolor, que en la vida inorgánica es imposible, es posible en la orgánica.

P. Pero, ¿con qué buen fin se hace posible el dolor de esta manera?

V. Todas las cosas son buenas o malas por comparación. Un análisis suficiente mostrará que el placer, en todos los casos, no es más que el contraste del dolor. El placer positivo es una mera idea. Para ser feliz en cualquier punto debemos haber sufrido en el mismo. Nunca sufrir habría sido nunca haber sido bendecido. Pero se ha demostrado que, en la vida inorgánica, el dolor no puede existir; de ahí la necesidad de lo orgánico. El dolor de la vida primitiva de la Tierra es la única base de la dicha de la vida última en el Cielo.

P. Aún así, hay una de sus expresiones que me resulta imposible comprender —«la vastedad verdaderamente sustantiva de la infinitud».

V. Esto, probablemente, se debe a que usted no tiene una concepción suficientemente genérica del término «sustancia» en sí mismo. No debemos considerarlo como una cualidad, sino como un sentimiento: es la percepción, en los seres pensantes, de la adaptación de la materia a su organización. Hay muchas cosas en la Tierra que serían la nada para los habitantes de Venus —muchas cosas visibles y tangibles en Venus, que no podríamos llegar a apreciar como existentes en absoluto. Pero para los seres inorgánicos —para los ángeles— la totalidad de la materia sin partículas es sustancia —es decir, la totalidad de lo que llamamos «espacio» es para ellos la verdadera sustancialidad; mientras que las estrellas, a través de lo que consideramos su materialidad, escapan al sentido angelical, justo en proporción a como la materia sin partículas, a través de lo que consideramos su inmaterialidad, elude a la orgánica.

Mientras el sonámbulo pronunciaba estas últimas palabras, en un tono débil, observé en su rostro una expresión singular, que me alarmó un poco y me indujo a despertarlo de inmediato. Apenas lo hice, cuando, con una brillante sonrisa irradiando todos sus rasgos, cayó hacia atrás sobre su almohada y expiró. Noté que en menos de un minuto después su cadáver tenía toda la rigidez severa de la piedra. Su frente tenía la frialdad del hielo. Así, ordinariamente, debería haber aparecido solo después de una larga presión de la mano de Azrael. ¿Había estado el sonámbulo, de hecho, durante la última parte de su discurso, dirigiéndose a mí desde la región de las sombras?

LOS HECHOS EN EL CASO DEL SR. VALDEMAR

Por supuesto, no pretendo considerar en absoluto motivo de asombro que el extraordinario caso del Sr. Valdemar haya suscitado discusiones. Hubiera sido un milagro que no lo hiciera —especialmente bajo las circunstancias. Debido al deseo de todas las partes involucradas de mantener el asunto fuera del alcance del público, al menos por el momento, o hasta que tuviéramos mayores oportunidades para investigar —debido a nuestros esfuerzos para lograr esto— una cuenta distorsionada o exagerada llegó a la sociedad, y se convirtió en la fuente de muchas representaciones desagradables; y, muy naturalmente, de una gran cantidad de incredulidad.

Ahora se hace necesario que dé los hechos —en la medida en que yo mismo los comprendo. Son, sucintamente, estos:

Mi atención, durante los últimos tres años, había sido atraída repetidamente al tema del Mesmerismo; y, hace unos nueve meses, se me ocurrió, bastante repentinamente, que en la serie de experimentos realizados hasta entonces, había habido una omisión muy notable y más inexplicable: nadie había sido magnetizado aún in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si, en tal condición, existía en el paciente alguna susceptibilidad a la influencia magnética; segundo, si existía alguna, si estaba disminuida o aumentada por la condición; tercero, en qué medida, o por cuánto tiempo, las incursiones de la Muerte podrían ser detenidas por el proceso. Había otros puntos a determinar, pero estos excitaban más mi curiosidad —el último en especial, por el carácter inmensamente importante de sus consecuencias.

Al buscar a mi alrededor algún sujeto mediante el cual pudiera probar estos particulares, me vino a la mente mi amigo, el Sr. Ernest Valdemar, el conocido compilador de la «Bibliotheca Forensica», y autor (bajo el seudónimo de Issachar Marx) de las versiones polacas de «Wallenstein» y «Gargantua». El Sr. Valdemar, quien ha residido principalmente en Harlem, N.Y., desde el año 1839, es (o era) particularmente notable por la extrema delgadez de su persona —sus miembros inferiores se parecen mucho a los de John Randolph; y, también, por la blancura de sus patillas, en violento contraste con la negrura de su cabello —este último, en consecuencia, siendo muy generalmente confundido con una peluca. Su temperamento era marcadamente nervioso, y lo convertía en un buen sujeto para el experimento mesmérico. En dos o tres ocasiones lo había puesto a dormir con poca dificultad, pero me decepcionaron otros resultados que su peculiar constitución me había llevado naturalmente a anticipar. Su voluntad no estuvo en ningún período positiva, o completamente, bajo mi control, y en cuanto a la clarividencia, no pude lograr con él nada en lo que se pudiera confiar. Siempre atribuí mi fracaso en estos puntos al estado desordenado de su salud. Durante algunos meses antes de que yo lo conociera, sus médicos lo habían declarado en tisis confirmada. Era su costumbre, de hecho, hablar con calma de su inminente disolución, como de un asunto que no debía ser evitado ni lamentado.

Cuando las ideas a las que he aludido se me ocurrieron por primera vez, era por supuesto muy natural que pensara en el Sr. Valdemar. Conocía demasiado bien la filosofía constante del hombre como para temer escrúpulos por su parte; y no tenía parientes en América que pudieran interferir. Le hablé francamente sobre el asunto; y, para mi sorpresa, su interés pareció vivamente excitado. Digo para mi sorpresa, pues, aunque siempre había cedido su persona libremente a mis experimentos, nunca antes me había dado señales de simpatía con lo que hacía. Su enfermedad era de aquel carácter que permitiría un cálculo exacto con respecto a la época de su terminación en la muerte; y finalmente se acordó entre nosotros que él me enviaría a buscar unas veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su fallecimiento.

Ha pasado poco más de siete meses desde que recibí, del mismo Sr. Valdemar, la nota adjunta:

MI QUERIDO P——,

Bien puedes venir ahora. D—— y F—— están de acuerdo en que no podré resistir más allá de mañana a medianoche; y creo que han acertado el tiempo casi exactamente.

VALDEMAR

Recibí esta nota media hora después de haber sido escrita, y en quince minutos más estaba en la habitación del moribundo. No lo había visto en diez días, y quedé consternado por la terrible alteración que el breve intervalo había causado en él. Su rostro tenía un tono plomizo; los ojos estaban completamente sin brillo; y la emaciación era tan extrema que la piel había sido desgarrada por los pómulos. Su expectoración era excesiva. El pulso era apenas perceptible. Conservaba, sin embargo, de una manera muy notable, tanto su poder mental como cierto grado de fuerza física. Hablaba con claridad —tomó algunas medicinas paliativas sin ayuda— y, cuando entré en la habitación, estaba ocupado escribiendo memorandos en una libreta. Estaba apoyado en la cama por almohadas. Los doctores D—— y F—— estaban presentes.

Después de estrechar la mano de Valdemar, llevé a estos caballeros a un lado, y obtuve de ellos un relato minucioso de la condición del paciente. El pulmón izquierdo había estado durante dieciocho meses en un estado semióseo o cartilaginoso, y era, por supuesto, totalmente inútil para todos los propósitos de vitalidad. El derecho, en su porción superior, estaba también parcialmente, si no completamente, osificado, mientras que la región inferior era meramente una masa de tubérculos purulentos, que se fusionaban unos con otros. Existían varias perforaciones extensas; y, en un punto, se había producido una adhesión permanente a las costillas. Estas apariencias en el lóbulo derecho eran de fecha comparativamente reciente. La osificación había procedido con una rapidez inusualmente inusual; no se había descubierto ningún signo de ella un mes antes, y la adhesión solo se había observado durante los tres días anteriores. Independientemente de la tisis, se sospechaba que el paciente tenía un aneurisma de la aorta; pero en este punto los síntomas óseos hicieron imposible un diagnóstico exacto. Era la opinión de ambos médicos que el Sr. Valdemar moriría alrededor de la medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete de la tarde del sábado.

Al abandonar la cabecera del enfermo para conversar conmigo mismo, los doctores D—— y F—— le habían dado un último adiós. No había sido su intención regresar; pero, a mi petición, accedieron a visitar al paciente alrededor de las diez de la noche siguiente.

Cuando se hubieron marchado, hablé libremente con el Sr. Valdemar sobre el tema de su próxima disolución, así como, más particularmente, del experimento propuesto. Él seguía profesando estar completamente dispuesto e incluso ansioso porque se llevara a cabo, y me instó a comenzarlo de inmediato. Una enfermera y un enfermero estaban presentes; pero no me sentí del todo libre para emprender una tarea de esta naturaleza sin testigos más fiables de lo que estas personas, en caso de accidente repentino, podrían resultar. Por tanto, pospuse las operaciones hasta alrededor de las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina con quien tenía cierta relación (el Sr. Theodore L—l) me liberó de mayor embarazo. Había sido mi plan, originalmente, esperar a los médicos; pero me vi inducido a proceder, primero, por los urgentes ruegos del Sr. Valdemar, y segundo, por mi convicción de que no tenía un momento que perder, ya que evidentemente se hundía rápidamente.

El Sr. L—l tuvo la amabilidad de acceder a mi deseo de que tomara notas de todo lo que ocurriera, y es de sus memorándums de donde lo que ahora tengo que relatar está, en su mayor parte, ya condensado o copiado palabra por palabra.

Faltaban unos cinco minutos para las ocho cuando, tomando la mano del paciente, le rogué que declarara, tan distintamente como pudiera, al Sr. L—l, si él (el Sr. Valdemar) estaba completamente dispuesto a que yo realizara el experimento de mesmerizarlo en su condición de entonces.

Respondió débilmente, aunque con bastante claridad: “Sí, deseo serlo. Temo que me haya mesmerizado”—añadiendo inmediatamente después: “Temo que lo haya pospuesto demasiado tiempo”.

Mientras hablaba así, comencé los pases que ya había encontrado más eficaces para someterlo. Evidentemente fue influenciado con el primer movimiento lateral de mi mano a través de su frente; pero aunque ejercí todos mis poderes, no se indujo ningún efecto perceptible hasta algunos minutos después de las diez, cuando los doctores D—— y F—— llamaron, según lo acordado. Les expliqué, en pocas palabras, lo que pretendía, y como no opusieron objeción, diciendo que el paciente ya estaba en la agonía de la muerte, procedí sin vacilación—cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros descendentes, y dirigiendo mi mirada enteramente al ojo derecho del doliente.

Para este momento su pulso era imperceptible y su respiración era estertorosa, y a intervalos de medio minuto.

Esta condición permaneció casi inalterada durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro natural aunque muy profundo escapó del pecho del moribundo, y la respiración estertorosa cesó—es decir, su estertor ya no era aparente; los intervalos no disminuyeron. Las extremidades del paciente estaban de una frialdad glacial.

A las once menos cinco percibí signos inequívocos de la influencia mesmérica. El giro vidrioso del ojo fue cambiado por esa expresión de inquieto examen interior que nunca se ve excepto en casos de sonambulismo, y que es completamente imposible de confundir. Con unos pocos pases laterales rápidos hice que los párpados se estremecieran, como en un sueño incipiente, y con algunos más los cerré por completo. No quedé satisfecho, sin embargo, con esto, sino que continué las manipulaciones vigorosamente, y con el mayor esfuerzo de la voluntad, hasta que hube entumecido completamente las extremidades del durmiente, después de colocarlas en una posición aparentemente cómoda. Las piernas estaban extendidas por completo; los brazos estaban casi así, y reposaban en la cama a una distancia moderada de la cadera. La cabeza estaba muy ligeramente elevada.

Cuando hube logrado esto, era plenamente medianoche, y solicité a los caballeros presentes que examinaran la condición del Sr. Valdemar. Después de unos pocos experimentos, admitieron que se encontraba en un estado de trance mesmérico inusualmente perfecto. La curiosidad de ambos médicos estaba grandemente excitada. El Dr. D—— decidió de inmediato permanecer con el paciente toda la noche, mientras que el Dr. F—— se despidió con la promesa de regresar al amanecer. El Sr. L—l y los enfermeros permanecieron.

Dejamos al Sr. Valdemar completamente sin ser molestado hasta alrededor de las tres de la mañana, cuando me acerqué a él y lo encontré en precisamente la misma condición que cuando el Dr. F—— se marchó—es decir, yacía en la misma posición; el pulso era imperceptible; la respiración era suave (apenas notable, a menos que fuera mediante la aplicación de un espejo a los labios); los ojos estaban cerrados naturalmente; y las extremidades estaban tan rígidas y tan frías como el mármol. Aún así, la apariencia general ciertamente no era la de la muerte.

Mientras me acercaba al Sr. Valdemar hice una especie de medio esfuerzo por influir en su brazo derecho para que siguiera al mío, mientras pasaba este último suavemente de un lado a otro sobre su persona. En tales experimentos con este paciente, nunca antes había tenido éxito perfectamente, y ciertamente tenía pocos pensamientos de tener éxito ahora; pero para mi asombro, su brazo muy fácilmente, aunque débilmente, siguió cada dirección que le asigné con el mío. Decidí arriesgar algunas palabras de conversación.

“Sr. Valdemar”, dije, “¿está usted dormido?”. No dio respuesta, pero percibí un temblor en los labios, y me vi así inducido a repetir la pregunta, una y otra vez. A su tercera repetición, todo su cuerpo fue agitado por un escalofrío muy leve; los párpados se abrieron lo suficiente como para mostrar una línea blanca del globo ocular; los labios se movieron perezosamente, y de entre ellos, en un susurro apenas audible, salieron las palabras:

“Sí;—dormido ahora. ¡No me despierten!—¡déjenme morir así!”.

Aquí sentí las extremidades y las encontré tan rígidas como siempre. El brazo derecho, como antes, obedeció la dirección de mi mano. Cuestioné al sonámbulo de nuevo:

“¿Todavía siente dolor en el pecho, Sr. Valdemar?”.

La respuesta ahora fue inmediata, pero aún menos audible que antes:

“Sin dolor—estoy muriendo”.

No creí aconsejable molestarlo más justo entonces, y nada más se dijo o hizo hasta la llegada del Dr. F——, quien vino poco antes del amanecer, y expresó un asombro ilimitado al encontrar al paciente todavía vivo. Después de sentir el pulso y aplicar un espejo a los labios, me solicitó que hablara al sonámbulo de nuevo. Lo hice, diciendo:

“Sr. Valdemar, ¿todavía duerme?”.

Como antes, algunos minutos transcurrieron antes de que se diera una respuesta; y durante el intervalo el moribundo parecía estar reuniendo sus energías para hablar. A mi cuarta repetición de la pregunta, dijo muy débilmente, casi inaudiblemente:

“Sí; todavía dormido—muriendo”.

Era ahora la opinión, o mejor dicho el deseo, de los médicos, que el Sr. Valdemar fuera dejado sin ser molestado en su presente condición aparentemente tranquila, hasta que la muerte sobreviniera—y esto, se acordó generalmente, debía tener lugar ahora dentro de pocos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, y simplemente repetí mi pregunta anterior.

Mientras hablaba, hubo un cambio marcado en el rostro del sonámbulo. Los ojos se abrieron lentamente, las pupilas desapareciendo hacia arriba; la piel generalmente asumió un tono cadavérico, que no se asemejaba tanto al pergamino como al papel blanco; y las manchas circulares febriles que, hasta entonces, habían estado fuertemente definidas en el centro de cada mejilla, se apagaron de una vez. Uso esta expresión, porque la repentinidad de su desaparición me recordó nada tanto como la extinción de una vela mediante una bocanada de aire. El labio superior, al mismo tiempo, se retorció lejos de los dientes, que había cubierto previamente por completo; mientras la mandíbula inferior cayó con un tirón audible, dejando la boca ampliamente extendida, y revelando a plena vista la lengua hinchada y ennegrecida. Presumo que ningún miembro del grupo entonces presente había estado sin acostumbrarse a los horrores del lecho de muerte; pero tan espantosa más allá de toda concepción era la apariencia del Sr. Valdemar en este momento, que hubo un retroceso general desde la región de la cama.

Ahora siento que he llegado a un punto de esta narración en el cual cada lector se verá sobresaltado hacia una incredulidad positiva. Es mi deber, sin embargo, simplemente proceder.

Ya no había la más mínima señal de vitalidad en el Sr. Valdemar; y concluyendo que estaba muerto, lo estábamos consignando al cuidado de los enfermeros, cuando un fuerte movimiento vibratorio fue observable en la lengua. Esto continuó quizás por un minuto. Al expirar este período, salió de las mandíbulas distendidas e inmóviles una voz—tal que sería locura en mí intentar describir. Hay, de hecho, dos o tres epítetos que podrían considerarse aplicables a ella en parte; podría decir, por ejemplo, que el sonido era áspero, y entrecortado y hueco; pero el conjunto espantoso es indescriptible, por la simple razón de que ningún sonido similar ha herido jamás el oído de la humanidad. Había dos particularidades, no obstante, que pensé entonces, y sigo pensando, que podrían ser justamente declaradas como características de la entonación—así como adaptadas para transmitir alguna idea de su peculiaridad sobrenatural. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oídos—al menos a los míos—desde una vasta distancia, o desde alguna caverna profunda dentro de la tierra. En segundo lugar, me impresionó (temo, de hecho, que será imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o glutinosas impresionan el sentido del tacto.

He hablado tanto de “sonido” como de “voz”. Quiero decir que el sonido era uno de una silabificación distinta—incluso maravillosamente, estremecedoramente distinta. El Sr. Valdemar habló—obviamente en respuesta a la pregunta que le había propuesto unos minutos antes. Le había preguntado, se recordará, si todavía dormía. Ahora dijo:

“Sí;—no;—he estado durmiendo—y ahora—ahora—estoy muerto”.

Ninguna persona presente incluso fingió negar, o intentó reprimir, el horror indecible y estremecedor que estas pocas palabras, así pronunciadas, estaban tan bien calculadas para transmitir. El Sr. L—l (el estudiante) se desmayó. Los enfermeros abandonaron inmediatamente la cámara, y no pudieron ser inducidos a regresar. Mis propias impresiones no pretendería hacerlas inteligibles para el lector. Durante casi una hora, nos ocupamos, silenciosamente—sin la expresión de una palabra—en intentos de revivir al Sr. L—l. Cuando volvió en sí, nos dedicamos de nuevo a una investigación de la condición del Sr. Valdemar.

Permanecía en todos los aspectos como la he descrito por última vez, con la excepción de que el espejo ya no ofrecía evidencia de respiración. Un intento de extraer sangre del brazo fracasó. Debo mencionar, también, que esta extremidad ya no estaba sujeta a mi voluntad. Intenté en vano hacer que siguiera la dirección de mi mano. La única indicación real, de hecho, de la influencia mesmérica, se encontraba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua, cada vez que dirigía al Sr. Valdemar una pregunta. Parecía estar haciendo un esfuerzo por responder, pero ya no tenía suficiente voluntad. A las preguntas que le formulaba cualquier otra persona que no fuera yo mismo, parecía estar totalmente insensible—aunque intenté poner a cada miembro de la compañía en raport mesmérico con él. Creo que ahora he relatado todo lo necesario para una comprensión del estado del sonámbulo en esta época. Se consiguieron otros enfermeros; y a las diez en punto salí de la casa en compañía de los dos médicos y el Sr. L—l.

Por la tarde llamamos todos de nuevo para ver al paciente. Su condición permanecía precisamente igual. Tuvimos ahora alguna discusión sobre la propiedad y viabilidad de despertarlo; pero tuvimos poca dificultad en estar de acuerdo en que ningún buen propósito se cumpliría al hacerlo. Era evidente que, hasta ahora, la muerte (o lo que usualmente se denomina muerte) había sido arrestada por el proceso mesmérico. Parecía claro para todos nosotros que despertar al Sr. Valdemar sería simplemente asegurar su instantánea, o al menos su pronta, disolución.

Desde este período hasta el cierre de la semana pasada—un intervalo de casi siete meses—continuamos haciendo visitas diarias a la casa del Sr. Valdemar, acompañados, de vez en cuando, por amigos médicos y otros. Todo este tiempo el sonámbulo permaneció exactamente como lo describí por última vez. Las atenciones de los enfermeros fueron continuas.

Fue el viernes pasado cuando finalmente resolvimos hacer el experimento de despertar, o intentar despertar, a él; y es el (quizás) desafortunado resultado de este último experimento el que ha dado lugar a tanta discusión en círculos privados—a tanto de lo que no puedo dejar de pensar como sentimiento popular injustificado.

Con el propósito de liberar al Sr. Valdemar del trance mesmérico, hice uso de los pases acostumbrados. Estos, por un tiempo, fueron infructuosos. La primera indicación de reanimación fue proporcionada por un descenso parcial del iris. Se observó, como especialmente notable, que este descenso de la pupila estaba acompañado por el profuso flujo de un icor amarillento (de debajo de los párpados) de un olor acre y altamente ofensivo.

Se sugirió ahora que debería intentar influir en el brazo del paciente, como hasta entonces. Hice el intento y fracasé. El Dr. F—— entonces insinuó un deseo de que yo hiciera una pregunta. Lo hice, como sigue:

“Sr. Valdemar, ¿puede explicarnos cuáles son sus sentimientos o deseos ahora?”.

Hubo un retorno instantáneo de los círculos febriles en las mejillas; la lengua se estremeció, o mejor dicho rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios permanecieron rígidos como antes), y finalmente la misma voz espantosa que ya he descrito, irrumpió:

“¡Por el amor de Dios!—¡rápido!—¡rápido!—pónganme a dormir—o, ¡rápido!—¡despiértenme!—¡rápido!—¡les digo que estoy muerto!”.

Estaba completamente desanimado, y por un instante permanecí indeciso sobre qué hacer. Al principio hice un esfuerzo por recomponer al paciente; pero, fallando en esto debido a una total abdicación de la voluntad, desandé mis pasos y tan fervientemente luché por despertarlo. En este intento pronto vi que tendría éxito—o al menos pronto imaginé que mi éxito sería completo—y estoy seguro de que todos en la habitación estaban preparados para ver al paciente despertar.

Para lo que realmente ocurrió, sin embargo, es completamente imposible que cualquier ser humano hubiera estado preparado.

Mientras realizaba rápidamente los pases mesméricos, entre exclamaciones de “¡muerto! ¡muerto!” que brotaban absolutamente de la lengua y no de los labios del doliente, todo su cuerpo de repente—en el espacio de un solo minuto, o incluso menos, se encogió—se desmoronó—se pudrió absolutamente bajo mis manos. Sobre la cama, ante toda aquella compañía, yacía una masa casi líquida de repulsiva—de detestable putrefacción.

EL GATO NEGRO.

Para la narración más salvaje, pero más hogareña, que estoy a punto de escribir, ni espero ni solicito creencia. Loco estaría de hecho si la esperara, en un caso donde mis propios sentidos rechazan su propia evidencia. Sin embargo, loco no estoy—y muy seguramente no sueño. Pero mañana muero, y hoy desearía desahogar mi alma. Mi propósito inmediato es colocar ante el mundo, claramente, sucintamente, y sin comentarios, una serie de meros eventos domésticos. En sus consecuencias, estos eventos me han aterrorizado—me han torturado—me han destruido. Sin embargo, no intentaré exponerlos. Para mí, han presentado poco más que horror—para muchos parecerán menos terribles que barrocos. En el futuro, tal vez, se encuentre algún intelecto que reduzca mi fantasma a lo común—algún intelecto más calmado, más lógico, y mucho menos excitable que el mío, que percibirá, en las circunstancias que detallo con asombro, nada más que una sucesión ordinaria de causas y efectos muy naturales.

Desde mi infancia fui conocido por la docilidad y humanidad de mi disposición. Mi ternura de corazón era incluso tan conspicua como para hacerme la burla de mis compañeros. Era especialmente aficionado a los animales, y mis padres me complacían con una gran variedad de mascotas. Con ellas pasaba la mayor parte de mi tiempo, y nunca era tan feliz como cuando las alimentaba y acariciaba. Esta peculiaridad de carácter creció con mi crecimiento, y en mi madurez, derivé de ella una de mis principales fuentes de placer. Para aquellos que han albergado un afecto por un perro fiel y sagaz, apenas necesito tomarme la molestia de explicar la naturaleza o la intensidad de la gratificación así derivable. Hay algo en el amor desinteresado y abnegado de una bestia, que llega directamente al corazón de aquel que ha tenido frecuentes ocasiones de probar la mezquina amistad y la fidelidad de papel de seda del mero Hombre.

Me casé joven, y fui feliz al encontrar en mi esposa una disposición no incongenial con la mía propia. Observando mi parcialidad por las mascotas domésticas, ella no perdió oportunidad de procurar aquellas del tipo más agradable. Teníamos pájaros, peces dorados, un hermoso perro, conejos, un pequeño mono, y un gato.

Este último era un animal notablemente grande y hermoso, completamente negro, y sagaz hasta un grado asombroso. Al hablar de su inteligencia, mi esposa, quien en el fondo no estaba poco teñida de superstición, hacía frecuentes alusiones a la antigua noción popular, que consideraba a todos los gatos negros como brujas disfrazadas. No es que ella fuera alguna vez seria sobre este punto—y menciono el asunto en absoluto por ninguna otra razón que porque sucede, justo ahora, ser recordado.

Pluto—este era el nombre del gato—era mi mascota y compañero de juegos favorito. Yo solo lo alimentaba, y él me atendía dondequiera que fuera por la casa. Era incluso con dificultad que podía evitar que me siguiera por las calles.

Nuestra amistad duró, de esta manera, por varios años, durante los cuales mi temperamento y carácter general—a través de la instrumentalidad del Demonio de la Intemperancia—habían (me sonrojo al confesarlo) experimentado una alteración radical para peor. Me volví, día a día, más malhumorado, más irritable, más indiferente a los sentimientos de los demás. Me permití usar lenguaje intemperante con mi esposa. A la larga, incluso le ofrecí violencia personal. Mis mascotas, por supuesto, fueron hechas sentir el cambio en mi disposición. No solo las descuidé, sino que las maltraté. Por Pluto, sin embargo, todavía conservaba suficiente consideración para restringirme de maltratarlo, como no me hacía escrúpulos de maltratar a los conejos, al mono, o incluso al perro, cuando por accidente, o a través del afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi enfermedad creció sobre mí—¡porque qué enfermedad es como el Alcohol!—y a la larga incluso Pluto, quien ahora se estaba volviendo viejo, y por consiguiente algo irritable—incluso Pluto comenzó a experimentar los efectos de mi mal genio.

Una noche, regresando a casa, muy intoxicado, de uno de mis lugares frecuentados por la ciudad, imaginé que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré; cuando, en su miedo por mi violencia, infligió una ligera herida en mi mano con sus dientes. La furia de un demonio me poseyó instantáneamente. Ya no me conocía a mí mismo. Mi alma original parecía, de una vez, tomar su vuelo de mi cuerpo y una malevolencia más que diabólica, nutrida por la ginebra, estremecía cada fibra de mi cuerpo. ¡Tomé de mi bolsillo del chaleco una navaja, la abrí, agarré a la pobre bestia por la garganta, y deliberadamente corté uno de sus ojos de la cuenca! Me sonrojo, ardo, me estremezco, mientras escribo la condenable atrocidad.

Cuando la razón regresó con la mañana—cuando hube dormido los vapores de la orgía de la noche—experimenté un sentimiento mitad de horror, mitad de remordimiento, por el crimen del cual había sido culpable; pero era, en el mejor de los casos, un sentimiento débil y equívoco, y el alma permaneció intacta. Me hundí de nuevo en el exceso, y pronto ahogué en vino todo recuerdo de la acción.

Entretanto, el gato se recuperó lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso, pero ya no parecía sufrir dolor alguno. Iba por la casa como de costumbre, pero, como era de esperar, huía con extremo terror ante mi aproximación. Quedaba en mi corazón tanto de mi antigua naturaleza que, al principio, me sentí apenado por esta evidente aversión de una criatura que antaño me había querido tanto. Pero este sentimiento pronto dio paso a la irritación. Y entonces sobrevino, como para mi final e irrevocable perdición, el espíritu de la PERVERSIDAD. De este espíritu no da cuenta la filosofía. Sin embargo, no estoy más seguro de que mi alma vive, que de que la perversidad es uno de los impulsos primitivos del corazón humano: una de las facultades o sentimientos primarios indivisibles que dan dirección al carácter del Hombre. ¿Quién no se ha encontrado cien veces cometiendo una acción vil o tonta, sin otra razón que la de saber que no debería hacerlo? ¿No tenemos una inclinación perpetua, contra el juicio de nuestra mejor razón, a violar lo que es Ley, simplemente porque entendemos que lo es? Este espíritu de perversidad, digo, vino a ser mi perdición definitiva. Fue este inescrutable anhelo del alma de vejarse a sí misma —de ejercer violencia contra su propia naturaleza— de hacer el mal solo por el mal mismo— lo que me impulsó a continuar y finalmente a consumar la injuria que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el cuello y lo colgué de la rama de un árbol; lo colgué con las lágrimas brotando de mis ojos y con el más amargo remordimiento en el corazón; lo colgué porque sabía que me había amado y porque sentía que no me había dado motivo de ofensa; lo colgué porque sabía que, al hacerlo, estaba cometiendo un pecado, un pecado mortal que pondría en tal peligro mi alma inmortal que la colocaría, si tal cosa fuera posible, incluso más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más Misericordioso y más Terrible.

En la noche del día en que se realizó este cruel acto, fui despertado del sueño por el grito de "¡fuego!". Las cortinas de mi cama estaban en llamas. Toda la casa ardía. Fue con gran dificultad que mi esposa, un sirviente y yo mismo logramos escapar de la conflagración. La destrucción fue total. Toda mi fortuna mundana fue devorada y me resigné desde entonces a la desesperación.

Estoy por encima de la debilidad de buscar establecer una secuencia de causa y efecto entre el desastre y la atrocidad. Pero estoy detallando una cadena de hechos, y no deseo dejar ni un eslabón posible imperfecto. El día siguiente al incendio, visité las ruinas. Las paredes, con una excepción, se habían derrumbado. Esta excepción se encontró en un muro divisorio, no muy grueso, que se alzaba hacia la mitad de la casa y contra el cual descansaba la cabecera de mi cama. El enlucido había resistido allí, en gran medida, la acción del fuego, un hecho que atribuí a que había sido aplicado recientemente. Alrededor de este muro se había congregado una densa multitud, y muchas personas parecían examinar una parte particular del mismo con atención muy minuciosa y ávida. Las palabras "¡extraño!", "¡singular!" y otras expresiones similares excitaron mi curiosidad. Me acerqué y vi, como grabado en bajorrelieve sobre la superficie blanca, la figura de un gato gigantesco. La impresión estaba lograda con una precisión verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del cuello del animal.

Cuando contemplé por primera vez esta aparición —pues apenas podía considerarla de otro modo— mi asombro y mi terror fueron extremos. Pero finalmente la reflexión vino en mi ayuda. El gato, recordé, había sido colgado en un jardín adyacente a la casa. Ante la alarma de incendio, este jardín se había llenado inmediatamente de gente, por alguno de los cuales el animal debió ser descolgado del árbol y arrojado, a través de una ventana abierta, a mi habitación. Esto probablemente se hizo con el fin de despertarme del sueño. El derrumbe de otras paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad contra la sustancia del enlucido recién aplicado; la cal del cual, con las llamas y el amoníaco del cadáver, habían logrado entonces la figura tal como la vi.

Aunque así di cuenta a mi razón, si no del todo a mi conciencia, del hecho sorprendente recién detallado, no dejó de causar una profunda impresión en mi fantasía. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato; y, durante este período, regresó a mi espíritu un semi-sentimiento que parecía, pero no era, remordimiento. Llegué hasta el punto de lamentar la pérdida del animal y de buscar a mi alrededor, entre los viles antros que ahora frecuentaba habitualmente, otra mascota de la misma especie y de apariencia algo similar, con la cual ocupar su lugar.

Una noche, mientras estaba sentado, medio estupefacto, en una taberna de más que infamia, mi atención se vio atraída repentinamente hacia un objeto negro, que reposaba sobre la cabeza de uno de los inmensos toneles de ginebra o de ron, que constituían el principal mobiliario del local. Había estado mirando fijamente la parte superior de este tonel durante algunos minutos, y lo que ahora me causaba sorpresa era el hecho de no haber percibido antes el objeto allí posado. Me acerqué y lo toqué con la mano. Era un gato negro, muy grande, tan grande como Plutón, y que se le parecía en todo, excepto en una cosa. Plutón no tenía un solo pelo blanco en ninguna parte de su cuerpo; pero este gato tenía una mancha blanca grande, aunque indefinida, que cubría casi toda la región del pecho. Al tocarlo, se levantó inmediatamente, ronroneó ruidosamente, se frotó contra mi mano y pareció encantado con mis caricias. Esta, pues, era la criatura que estaba buscando. De inmediato ofrecí comprárselo al tabernero; pero esta persona no reclamó derecho alguno sobre él, no sabía nada al respecto, nunca lo había visto antes.

Continué con mis caricias y, cuando me preparé para ir a casa, el animal mostró disposición a acompañarme. Le permití hacerlo; deteniéndome ocasionalmente y acariciándolo mientras avanzaba. Cuando llegó a la casa, se domesticó de inmediato y se convirtió pronto en un gran favorito de mi esposa.

Por mi parte, pronto sentí que surgía en mí una aversión hacia él. Esto era justo lo opuesto a lo que había anticipado; pero —no sé cómo ni por qué fue— su evidente cariño hacia mí me disgustaba y molestaba. Poco a poco, estos sentimientos de disgusto y molestia se convirtieron en la amargura del odio. Evitaba a la criatura; cierto sentido de vergüenza y el recuerdo de mi anterior acto de crueldad me impedían abusar físicamente de ella. No le pegué, ni la maltraté violentamente de otra forma durante algunas semanas; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a mirarla con un asco indecible y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como del aliento de una peste.

Lo que sin duda aumentaba mi odio hacia la bestia era el descubrimiento, la mañana después de llevarla a casa, de que, al igual que Plutón, también había sido privada de uno de sus ojos. Esta circunstancia, sin embargo, solo la hizo más querida para mi esposa, quien, como ya he dicho, poseía en alto grado esa humanidad de sentimientos que antaño había sido mi rasgo distintivo y la fuente de muchos de mis placeres más simples y puros.

Con mi aversión hacia este gato, sin embargo, su parcialidad hacia mí parecía aumentar. Seguía mis pasos con una pertinacia que sería difícil hacer comprender al lector. Siempre que me sentaba, se agazapaba bajo mi silla o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus asquerosas caricias. Si me levantaba para caminar, se metía entre mis pies y casi me hacía caer, o bien, clavando sus largas y afiladas garras en mi ropa, trepaba de esta manera hasta mi pecho. En tales momentos, aunque anhelaba destruirlo de un golpe, me veía retenido de hacerlo, en parte por el recuerdo de mi anterior crimen, pero principalmente —permítaseme confesarlo de una vez— por un miedo absoluto a la bestia.

Este miedo no era exactamente un miedo a un mal físico, y sin embargo me vería en un aprieto si tuviera que definirlo de otra manera. Casi me avergüenza reconocerlo —sí, incluso en esta celda de condenado, casi me avergüenza reconocerlo— que el terror y el horror con que me inspiraba el animal se habían visto acrecentados por una de las meras quimeras que sería posible concebir. Mi esposa me había llamado la atención, más de una vez, sobre el carácter de la marca de pelo blanco de la que he hablado, y que constituía la única diferencia visible entre la extraña bestia y la que yo había destruido. El lector recordará que esta marca, aunque grande, había sido originalmente muy indefinida; pero, por grados lentos —grados casi imperceptibles, y que durante mucho tiempo mi razón se esforzó por rechazar como fantasiosos—, había, a la larga, asumido una rigurosa nitidez de contorno. Era ahora la representación de un objeto que me estremece nombrar —y por esto, sobre todo, aborrecía, temía y me habría librado del monstruo si me hubiera atrevido—, era ahora, digo, la imagen de una cosa espantosa, de una cosa horrorosa: ¡de la HORCA! —¡oh, lúgubre y terrible instrumento de Horror y de Crimen, de Agonía y de Muerte!

Y ahora era yo, en verdad, miserable más allá de la miseria de la mera Humanidad. ¡Y una bestia bruta —cuyo congénere había destruido con desprecio— una bestia bruta para tramar para mí —para mí, un hombre, formado a imagen del Dios Altísimo— tanto inenarrable pesar! ¡Ay! ¡Ni de día ni de noche conocí más la bendición del descanso! Durante el primero, la criatura no me dejaba ni un momento a solas, y en la segunda, despertaba cada hora de sueños de un miedo indecible al encontrar el aliento caliente de la cosa sobre mi rostro, y su vasto peso —una pesadilla encarnada que no tenía poder para sacudirme— ¡incumbiendo eternamente sobre mi corazón!

Bajo la presión de tormentos como estos, el débil remanente de bien que había en mí sucumbió. Los malos pensamientos se convirtieron en mis únicos confidentes: los más oscuros y malvados de los pensamientos. La sombría de mi carácter habitual aumentó hasta convertirse en odio hacia todas las cosas y hacia toda la humanidad; mientras que, de los repentinos, frecuentes e ingobernables arrebatos de una furia a la que ahora me abandonaba ciegamente, mi sufrida esposa, ay, era la más habitual y la más paciente de las víctimas.

Un día me acompañó, en algún recado doméstico, al sótano del viejo edificio que nuestra pobreza nos obligaba a habitar. El gato me siguió por las empinadas escaleras y, al casi hacerme caer de cabeza, me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha, y olvidando, en mi ira, el infantil temor que hasta entonces había detenido mi mano, lancé un golpe al animal que, por supuesto, habría resultado fatal al instante si hubiera descendido como deseaba. Pero este golpe fue detenido por la mano de mi esposa. Espoleado por la interferencia hacia una rabia más que demoníaca, retiré mi brazo de su agarre y enterré el hacha en su cerebro. Cayó muerta en el acto, sin un gemido.

Realizado este horrible asesinato, me dispuse de inmediato, y con total deliberación, a la tarea de ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de la casa, ni de día ni de noche, sin el riesgo de ser observado por los vecinos. Muchos proyectos entraron en mi mente. En un momento pensé en cortar el cadáver en fragmentos diminutos y destruirlos con fuego. En otro, resolví cavar una tumba para él en el suelo del sótano. De nuevo, deliberé sobre arrojarlo al pozo del patio, sobre empacarlo en una caja, como si fuera mercancía, con los arreglos habituales, y conseguir así que un mozo lo sacara de la casa. Finalmente, di con lo que consideré un recurso mucho mejor que cualquiera de estos. Decidí emparedarlo en el sótano, tal como se registra que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

Para un propósito como este, el sótano estaba bien adaptado. Sus muros estaban construidos de forma floja y habían sido recientemente enlucidos por todas partes con un enlucido rugoso, que la humedad del ambiente había impedido endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, causado por una falsa chimenea o fogón, que había sido rellenado y hecho parecer parte del resto del sótano. No tuve duda de que podría desplazar fácilmente los ladrillos en este punto, insertar el cadáver y emparedarlo todo como antes, de modo que ningún ojo pudiera detectar nada sospechoso. Y en este cálculo no me engañé. Mediante una palanca, desalojé fácilmente los ladrillos y, habiendo depositado cuidadosamente el cuerpo contra el muro interior, lo apoyé en esa posición, mientras, con poco esfuerzo, volví a colocar toda la estructura como estaba originalmente. Habiendo conseguido mortero, arena y pelo, con toda precaución posible, preparé un enlucido que no podía distinguirse del viejo, y con él repasé muy cuidadosamente la nueva obra de ladrillo. Cuando terminé, me sentí satisfecho de que todo estaba bien. La pared no presentaba la menor apariencia de haber sido alterada. Los escombros del suelo fueron recogidos con el cuidado más minucioso. Miré a mi alrededor triunfalmente y me dije: "Aquí, al menos, mi labor no ha sido en vano".

Mi siguiente paso fue buscar a la bestia que había sido la causa de tanta desdicha; pues finalmente había resuelto firmemente matarla. Si hubiera podido encontrarla en ese momento, no habría habido duda de su destino; pero parecía que el astuto animal se había alarmado por la violencia de mi ira anterior y se abstuvo de presentarse en mi actual estado de ánimo. Es imposible describir o imaginar la profunda y dichosa sensación de alivio que la ausencia de la criatura detestada ocasionó en mi pecho. No hizo su aparición durante la noche; y así, por una noche al menos, desde su introducción en la casa, dormí profunda y tranquilamente; ¡sí, dormí incluso con la carga del asesinato sobre mi alma!

El segundo y el tercer día pasaron, y mi atormentador seguía sin aparecer. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡El monstruo, aterrorizado, había huido de la propiedad para siempre! ¡No lo vería más! ¡Mi felicidad era suprema! La culpa de mi oscuro acto apenas me perturbaba. Se habían hecho algunas pocas preguntas, pero estas habían sido fácilmente respondidas. Incluso se había organizado una búsqueda, pero, por supuesto, no se descubrió nada. Consideré asegurada mi felicidad futura.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías entró muy inesperadamente en la casa y procedió nuevamente a realizar una rigurosa investigación de las instalaciones. Seguro, sin embargo, en la inescrutabilidad de mi escondite, no sentí embarazo alguno. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su búsqueda. No dejaron rincón ni esquina sin explorar. Finalmente, por tercera o cuarta vez, descendieron al sótano. No temblé ni un músculo. Mi corazón latía con calma como el de alguien que duerme en la inocencia. Recorrí el sótano de extremo a extremo. Crucé los brazos sobre mi pecho y vagué con soltura de un lado a otro. La policía quedó completamente satisfecha y se preparó para partir. El júbilo en mi corazón era demasiado fuerte para ser contenido. Me quemaba el deseo de decir al menos una palabra, a modo de triunfo, y de hacer doblemente segura su convicción de mi inocencia.

—Caballeros —dije por fin, mientras el grupo subía los escalones—, me complace haber disipado sus sospechas. Les deseo salud y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, esta... esta es una casa muy bien construida. (En el rabioso deseo de decir algo fácilmente, apenas sabía lo que estaba pronunciando) —Podría decir una casa excelentemente bien construida. Estas paredes... ¿se van ya, caballeros? —estas paredes están sólidamente ensambladas—; y aquí, por pura frenesí de bravuconería, golpeé fuertemente, con un bastón que sostenía en mi mano, esa misma parte del muro de ladrillo detrás del cual estaba el cadáver de la esposa de mi pecho.

¡Pero que Dios me proteja y me libre de los colmillos del Archienemigo! ¡No bien se hubo extinguido en el silencio la reverberación de mis golpes, cuando fui respondido por una voz desde el interior de la tumba! —por un grito, al principio ahogado y entrecortado, como el sollozo de un niño, y luego hinchándose rápidamente hasta convertirse en un largo, fuerte y continuo alarido, absolutamente anómalo e inhumano —un aullido— un chillido lastimero, mitad horror y mitad triunfo, tal como podría haber surgido solo del infierno, conjuntamente de las gargantas de los condenados en su agonía y de los demonios que se exultan en la condenación.

De mis propios pensamientos es una locura hablar. Desmayado, me tambaleé hacia la pared opuesta. Por un instante, el grupo en las escaleras permaneció inmóvil, por la extremidad del terror y del asombro. Al siguiente, una docena de brazos robustos trabajaban en el muro. Cayó de golpe. El cadáver, ya muy descompuesto y manchado de sangre coagulada, estaba erguido ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la boca roja abierta y el ojo solitario de fuego, estaba sentada la horrible bestia cuya astucia me había seducido hacia el asesinato, y cuya voz delatora me había entregado al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo dentro de la tumba!

LA CAÍDA DE LA CASA USHER

Son cœur est un luth suspendu; Sitôt qu’on le touche il résonne..

—De Béranger.

Durante todo un día sombrío, oscuro y silencioso en el otoño del año, cuando las nubes colgaban opresivamente bajas en los cielos, había estado pasando solo, a caballo, por una comarca singularmente lúgubre; y finalmente me encontré, al caer las sombras del atardecer, a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero, con el primer vistazo al edificio, una sensación de insoportable tristeza invadió mi espíritu. Digo insoportable; pues el sentimiento no estaba aliviado por ninguno de esos sentimientos medio placenteros, porque poéticos, con los que la mente suele recibir incluso las imágenes naturales más severas de lo desolado o terrible. Miré la escena ante mí —la casa en sí, y los simples rasgos paisajísticos del dominio— los muros desolados, las ventanas vacías como ojos, unos pocos juncos marchitos y unos pocos troncos blancos de árboles decaídos— con una depresión de alma absoluta que no puedo comparar con ninguna sensación terrenal más adecuadamente que con el sueño posterior del consumidor de opio: la amarga recaída en la vida cotidiana, el espantoso descorrer del velo. Había una frialdad, un hundimiento, una enfermedad del corazón, una irremediable tristeza de pensamiento que ningún acicate de la imaginación podría torturar hasta convertirlo en algo sublime. ¿Qué era —me detuve a pensar— qué era lo que tanto me desanimaba en la contemplación de la Casa Usher? Era un misterio del todo insoluble; ni podía luchar contra las sombrías fantasías que se amontonaban sobre mí mientras reflexionaba. Me vi obligado a volver a la conclusión insatisfactoria de que, si bien, sin duda, existen combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de este modo, aun así, el análisis de este poder yace entre consideraciones más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que un simple arreglo diferente de los detalles de la escena, de los pormenores del cuadro, sería suficiente para modificar, o quizás para aniquilar, su capacidad para producir una impresión dolorosa; y, actuando según esta idea, refrené mi caballo hasta el borde precipitoso de un estanque negro y lúgubre que yacía con brillo inalterado junto a la morada, y miré hacia abajo —pero con un estremecimiento aún más intenso que antes— sobre las imágenes remodeladas e invertidas de los juncos grises, de los troncos de árboles espantosos y de las ventanas vacías como ojos.

Sin embargo, en esta mansión de lobreguez me propuse ahora una estancia de algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis compañeros de juegos en la niñez; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Una carta, no obstante, me había llegado últimamente a una parte distante del país —una carta de él— que, por su naturaleza salvajemente importuna, no había admitido otra respuesta que la personal. El manuscrito daba pruebas de una agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad corporal aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un ferviente deseo de verme, como su mejor y, en verdad, su único amigo personal, con miras a intentar, mediante la alegría de mi compañía, algún alivio a su mal. Fue la manera en que todo esto, y mucho más, fue dicho —fue el corazón aparente que acompañaba a su petición— lo que no me dejó margen para la vacilación; y, en consecuencia, obedecí de inmediato lo que todavía consideraba una citación muy singular.

Aunque, de muchachos, habíamos sido incluso compañeros íntimos, en realidad sabía poco de mi amigo. Su reserva había sido siempre excesiva y habitual. Estaba al tanto, sin embargo, de que su antiquísima familia había sido conocida, desde tiempo inmemorial, por una peculiar sensibilidad de temperamento, que se manifestaba, a lo largo de los siglos, en muchas obras de arte exaltado, y que se revelaba, últimamente, en repetidos actos de caridad munificente pero discreta, así como en una apasionada devoción a las complejidades, quizás incluso más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles, de la ciencia musical. Había aprendido, también, el hecho muy notable de que el tronco de la raza Usher, por muy honrado que fuera por el tiempo, no había dado, en ninguna época, ninguna rama duradera; en otras palabras, que toda la familia yacía en la línea directa de descendencia, y siempre, con variaciones muy insignificantes y muy temporales, había yacido así. Fue esta deficiencia, consideré, mientras repasaba en mi pensamiento la perfecta concordancia del carácter de las instalaciones con el carácter acreditado de sus habitantes, y mientras especulaba sobre la posible influencia que lo uno, en el largo transcurso de los siglos, podría haber ejercido sobre lo otro —fue esta deficiencia, tal vez, de descendencia colateral, y la consiguiente transmisión inalterable, de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, lo que había, a la larga, identificado tanto a ambos que se fusionó el título original de la propiedad en la pintoresca y equívoca denominación de la "Casa de Usher" —una denominación que parecía incluir, en la mente de los campesinos que la usaban, tanto a la familia como a la mansión familiar.

He dicho que el único efecto de mi experimento algo infantil —el de mirar hacia abajo dentro del estanque— había sido profundizar la primera impresión singular. No puede haber duda de que la conciencia del rápido aumento de mi superstición —pues, ¿por qué no habría de llamarlo así?— sirvió principalmente para acelerar el aumento mismo. Tal es, lo sé desde hace mucho, la paradoja de todos los sentimientos que tienen el terror como base. Y podría haber sido por esta razón solamente que, cuando volví a elevar mis ojos a la casa misma, desde su imagen en la alberca, creció en mi mente una extraña fantasía —una fantasía tan ridícula, de hecho, que solo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Había trabajado tanto mi imaginación como para creer realmente que alrededor de toda la mansión y el dominio flotaba una atmósfera peculiar a ellos mismos y a su vecindad inmediata —una atmósfera que no tenía afinidad con el aire del cielo, sino que había exhalado de los árboles podridos, del muro gris y del estanque silencioso— un vapor pestilente y místico, apagado, pesado, apenas discernible y de tono plomizo.

Sacudiendo de mi espíritu lo que debió haber sido un sueño, escudriñé con más atención el aspecto real del edificio. Su rasgo principal parecía ser el de una excesiva antigüedad. La decoloración de los siglos había sido grande. Minúsculos hongos cubrían todo el exterior, colgando en una fina red enmarañada desde los aleros. Sin embargo, todo esto estaba lejos de cualquier deterioro extraordinario. Ninguna parte de la mampostería se había desplomado; y parecía haber una salvaje inconsistencia entre su adaptación de partes, aún perfecta, y la condición desmoronada de las piedras individuales. En esto había mucho que me recordaba a la totalidad especiosa de la vieja carpintería que se ha podrido durante largos años en alguna bóveda descuidada, sin perturbación del aliento del aire exterior. Más allá de esta indicación de decadencia extensa, sin embargo, la estructura daba pocos signos de inestabilidad. Quizás el ojo de un observador escrutador podría haber descubierto una fisura apenas perceptible, que, extendiéndose desde el techo del edificio en el frente, se abría camino por el muro en dirección zigzagueante, hasta perderse en las aguas sombrías del estanque.

Al notar estas cosas, cabalgué sobre una corta calzada hacia la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en el arco gótico del vestíbulo. Un ayuda de cámara, de paso sigiloso, me condujo entonces, en silencio, a través de muchos pasillos oscuros e intrincados en mi progreso hacia el estudio de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a aumentar los vagos sentimientos de los que ya he hablado. Mientras que los objetos a mi alrededor —mientras que las tallas de los techos, los tapices sombríos de las paredes, la negrura de ébano de los suelos y los trofeos heráldicos fantasmagóricos que traqueteaban mientras avanzaba, no eran más que asuntos a los que, o a tales como los cuales, había estado acostumbrado desde mi infancia— mientras no dudaba en reconocer lo familiar que era todo esto —aún me maravillaba encontrar lo poco familiares que eran las fantasías que las imágenes ordinarias estaban despertando. En una de las escaleras, me encontré con el médico de la familia. Su rostro, pensé, mostraba una expresión mezclada de astucia baja y perplejidad. Me saludó con trepidación y siguió adelante. El ayuda de cámara abrió entonces una puerta y me introdujo en presencia de su amo.

La habitación en la que me encontré era muy grande y alta. Las ventanas eran largas, estrechas y apuntadas, y estaban a una distancia tan vasta del suelo de roble negro que resultaban totalmente inaccesibles desde el interior. Débiles destellos de luz encarnada se abrían paso a través de los cristales enrejados, y servían para hacer suficientemente distintos los objetos más prominentes a mi alrededor; el ojo, sin embargo, luchaba en vano por alcanzar los ángulos más remotos de la cámara, o los recesos del techo abovedado y decorado. Oscuros cortinajes colgaban de las paredes. El mobiliario general era profuso, incómodo, antiguo y harapiento. Muchos libros e instrumentos musicales yacían esparcidos, pero no lograban dar vitalidad alguna a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de severa, profunda e irremediable lobreguez flotaba sobre todo y lo invadía.

A mi entrada, Usher se levantó de un sofá en el que había estado acostado a lo largo, y me saludó con una calidez vivaz que tenía mucho de, pensé al principio, una cordialidad exagerada —del esfuerzo forzado del hombre de mundo aburrido. Una mirada, sin embargo, a su rostro, me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos; y por algunos momentos, mientras él no hablaba, lo miré con un sentimiento mitad de lástima, mitad de asombro. ¡Ciertamente, el hombre nunca antes había alterado tan terriblemente, en un periodo tan breve, como lo había hecho Roderick Usher! Me resultaba difícil admitir la identidad del ser pálido ante mí con el compañero de mi temprana niñez. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido en todo momento notable. Una cadavérica tez; un ojo grande, líquido y luminoso más allá de toda comparación; labios algo delgados y muy pálidos, pero de una curva soberanamente hermosa; una nariz de un delicado modelo hebreo, pero con una amplitud de orificio nasal inusual en formaciones similares; una barbilla finamente moldeada, que hablaba, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; cabello de una suavidad y tenuidad más que semejantes a la tela de araña; estos rasgos, con una expansión desmedida sobre las regiones de las sienes, formaban en conjunto un rostro no fácil de olvidar. Y ahora, en la mera exageración del carácter predominante de estos rasgos, y de la expresión que solían transmitir, residía tanto cambio que dudaba de a quién hablaba. La ahora fantasmal palidez de la piel, y el ahora milagroso lustre del ojo, por encima de todas las cosas, me sobresaltaron e incluso me sobrecogieron. El cabello sedoso, también, había sido dejado crecer sin cuidado alguno, y mientras, en su textura de gasa salvaje, flotaba más que caía alrededor del rostro, no pude, ni siquiera con esfuerzo, conectar su expresión arabesca con ninguna idea de humanidad simple.

En el modo de ser de mi amigo me llamó de inmediato la atención una incoherencia —una inconsistencia; y pronto encontré que esto surgía de una serie de luchas débiles y fútiles para superar una trepidación habitual —una agitación nerviosa excesiva. Para algo de esta naturaleza estaba, de hecho, preparado, no menos por su carta que por los recuerdos de ciertos rasgos de muchacho, y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y temperamento. Su acción era alternativamente vivaz y hosca. Su voz variaba rápidamente desde una indecisión tremulante (cuando los espíritus animales parecían estar completamente en suspenso) a esa especie de concisión enérgica —esa enunciación abrupta, pesada, pausada y de sonido hueco— esa guturalidad plúmbea, equilibrada y perfectamente modulada, que puede observarse en el borracho perdido, o en el incorregible comedor de opio, durante los periodos de su más intensa excitación.

Fue así como habló del objeto de mi visita, de su ferviente deseo de verme y del consuelo que esperaba que le proporcionara. Entró, con cierta extensión, en lo que concebía que era la naturaleza de su mal. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y uno para el cual desesperaba encontrar remedio —una mera afección nerviosa, añadió inmediatamente, que sin duda pronto pasaría. Se mostraba en una multitud de sensaciones antinaturales. Algunas de estas, mientras las detallaba, me interesaron y desconcertaron; aunque, quizás, los términos y el modo general de la narración tuvieron su peso. Sufría mucho de una agudeza morbosa de los sentidos; el alimento más insípido era el único soportable; solo podía usar prendas de cierta textura; los olores de todas las flores eran opresivos; sus ojos eran torturados incluso por una luz tenue; y no había más que sonidos peculiares, y estos de instrumentos de cuerda, que no le inspiraran horror.

A una especie anómala de terror lo encontré esclavo encadenado. "Pereceré", dijo, "debo perecer en esta deplorable locura. Así, así, y no de otra manera, me perderé. Temo los acontecimientos del futuro, no en sí mismos, sino en sus resultados. Me estremezco ante el pensamiento de cualquier incidente, incluso el más trivial, que pueda operar sobre esta intolerable agitación del alma. No tengo, en verdad, aborrecimiento al peligro, excepto en su efecto absoluto —en el terror. En esta condición desanimada —en esta condición lamentable— siento que llegará tarde o temprano el periodo en que deba abandonar la vida y la razón juntas, en alguna lucha con el sombrío fantasma, el MIEDO".

Supe, además, a intervalos, y a través de indicios rotos y equívocos, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba encadenado por ciertas impresiones supersticiosas con respecto a la morada que habitaba, y de la cual, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir —con respecto a una influencia cuya fuerza supuesta era transmitida en términos demasiado sombríos aquí para ser reafirmados— una influencia que ciertas peculiaridades en la mera forma y sustancia de su mansión familiar, habían, a fuerza de largo sufrimiento, dijo, obtenido sobre su espíritu —un efecto que el físico de los muros grises y las torretas, y del tenue estanque en el que todos miraban hacia abajo, había, a la larga, provocado sobre la moral de su existencia.

Admitió, sin embargo, aunque con vacilación, que gran parte de la lobreguez peculiar que así le afligía podía rastrearse hasta un origen más natural y mucho más palpable —a la severa y prolongada enfermedad —de hecho, a la evidentemente cercana disolución— de una hermana tiernamente amada —su única compañera durante largos años— su última y única pariente en la tierra. "Su fallecimiento", dijo, con una amargura que nunca podré olvidar, "le dejaría (a él, el desesperanzado y el frágil) el último de la antigua raza de los Usher". Mientras hablaba, la lady Madeline (pues así era llamada) pasó lentamente por una parte remota del apartamento, y, sin haber notado mi presencia, desapareció. La observé con un asombro total no exento de temor —y sin embargo me resultó imposible dar cuenta de tales sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras mis ojos seguían sus pasos huidizos. Cuando una puerta, a la larga, se cerró tras ella, mi mirada buscó instintiva y ansiosamente el rostro del hermano —pero él había enterrado su rostro en sus manos, y solo pude percibir que una palidez mucho más que ordinaria se había extendido por los dedos demacrados a través de los cuales goteaban muchas lágrimas apasionadas.

La enfermedad de lady Madeline había desafiado durante mucho tiempo la habilidad de sus médicos. Una apatía asentada, un desgaste gradual de la persona y frecuentes aunque transitorios ataques de carácter parcialmente cataléptico, eran el diagnóstico inusual. Hasta ahora ella había resistido constantemente la presión de su mal, y no se había entregado finalmente a la cama; pero, al cerrarse la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me dijo su hermano por la noche con inexpresable agitación) al poder postrante del destructor; y supe que el atisbo que había obtenido de su persona sería así probablemente el último que obtendría —que la dama, al menos mientras viviera, no sería vista más por mí.

Durante los días siguientes, su nombre no fue mencionado ni por Usher ni por mí; y durante este periodo estuve ocupado en fervientes esfuerzos por aliviar la melancolía de mi amigo. Pintamos y leímos juntos; o escuché, como en un sueño, las improvisaciones salvajes de su guitarra parlante. Y así, a medida que una intimidad más y más cercana me admitía más libremente en los recesos de su espíritu, más amargamente percibía la futilidad de todo intento de animar una mente de la cual la oscuridad, como si fuera una cualidad positiva inherente, brotaba sobre todos los objetos del universo moral y físico, en una incesante radiación de lobreguez.

Llevaré siempre conmigo un recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé así a solas con el amo de la Casa de Usher. Sin embargo, fallaría en cualquier intento de transmitir una idea del carácter exacto de los estudios, o de las ocupaciones, en las que me involucró, o me guió el camino. Una idealidad excitada y altamente destemplada arrojaba un lustre sulfuroso sobre todo. Sus largos cantos fúnebres improvisados resonarán para siempre en mis oídos. Entre otras cosas, guardo dolorosamente en la mente una cierta perversión y amplificación singular del aire salvaje del último vals de Von Weber. De las pinturas sobre las que su elaborada fantasía meditaba, y que crecían, toque a toque, en vaguedades ante las que me estremecía más emocionantemente, porque me estremecía sin saber por qué —de estas pinturas (tan vívidas como son ahora sus imágenes ante mí) intentaría en vano extraer más que una pequeña porción que debiera quedar dentro del alcance de las palabras meramente escritas. Por la absoluta simplicidad, por la desnudez de sus diseños, arrestaba y sobrecogía la atención. Si algún mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí al menos —en las circunstancias que entonces me rodeaban— surgió de las puras abstracciones que el hipocondriaco se las arregló para arrojar sobre su lienzo, una intensidad de asombro intolerable, ninguna sombra de la cual sentí jamás en la contemplación de los sueños ciertamente brillantes pero demasiado concretos de Fuseli.

Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, que no participaba tan rígidamente del espíritu de abstracción, puede ser esbozada, aunque débilmente, con palabras. Un pequeño cuadro presentaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo y rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas y sin interrupción ni dispositivo. Ciertos puntos accesorios del diseño servían bien para transmitir la idea de que esta excavación yacía a una profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra. No se observó ninguna salida en ninguna parte de su vasta extensión, y ninguna antorcha, u otra fuente artificial de luz, era discernible; sin embargo, un torrente de rayos intensos rodaba por todas partes, y bañaba el conjunto en un esplendor fantasmal e inapropiado.

Acabo de hablar de esa condición morbosa del nervio auditivo que hacía toda música intolerable para el que sufría, con la excepción de ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Fueron, quizás, los estrechos límites a los que se confinaba así en la guitarra, los que dieron nacimiento, en gran medida, al carácter fantástico de sus interpretaciones. Pero la facilidad ferviente de sus impromptus no podía explicarse así. Debieron haber sido, y fueron, en las notas, así como en las palabras de sus fantasías salvajes (pues no pocas veces se acompañaba a sí mismo con improvisaciones verbales rimadas), el resultado de esa intensa concentración y recogimiento mental a la que me he referido previamente como observable solo en momentos particulares de la más alta excitación artificial. Las palabras de una de estas rapsodias las he recordado fácilmente. Fui, quizás, más fuertemente impresionado por ella, tal como la dio, porque, en la corriente subyacente o mística de su significado, imaginé que percibía, y por primera vez, una plena conciencia por parte de Usher del tambaleo de su elevada razón sobre su trono. Los versos, que se titulaban "El palacio encantado", corrían muy cerca, si no exactamente, así:

I. En el más verde de nuestros valles, por buenos ángeles habitado, una vez un palacio justo y majestuoso —palacio radiante— alzó su cabeza. En el dominio del monarca Pensamiento, ¡allí se erguía! Nunca un serafín extendió una pluma sobre una fábrica tan bella.

II. Banderas amarillas, gloriosas, doradas, en su techo flotaban y fluían; (esto —todo esto— fue en el viejo tiempo, hace mucho) Y todo aire gentil que jugueteaba, en aquel dulce día, a lo largo de las almenas emplumadas y pálidas, un aroma alado se alejaba.

III. Los caminantes en aquel valle feliz a través de dos ventanas luminosas veían espíritus moviéndose musicalmente a la ley bien afinada de un laúd, alrededor de un trono, donde sentado (¡Porfirogénito!) en un estado digno de su gloria, el gobernante del reino era visto.

IV. Y toda con perla y rubí resplandeciente era la puerta del palacio justo, a través de la cual venía fluyendo, fluyendo, fluyendo, y brillando para siempre, una tropa de Ecos cuyo dulce deber era solo cantar, con voces de belleza sobrepasante, el ingenio y la sabiduría de su rey.

V. Pero cosas malvadas, con ropajes de dolor, asaltaron el alto estado del monarca; (¡ah, lloremos, pues ninguna mañana amanecerá sobre él, desolado!) Y, alrededor de su hogar, la gloria que se sonrojaba y florecía no es más que una historia vagamente recordada del viejo tiempo sepultado.

VI. Y los viajeros ahora dentro de aquel valle, a través de las ventanas iluminadas de rojo, ven formas vastas que se mueven fantásticamente a una melodía discordante; mientras, como un río rápido y fantasmal, a través de la puerta pálida, una multitud horrible se precipita para siempre, y ríe —pero no sonríe más.

Recuerdo bien que las sugerencias que surgían de esta balada nos condujeron a un hilo de pensamiento en el que se manifestó una opinión de Usher, la cual menciono no tanto por su novedad (pues otros hombres* han pensado así), sino por la pertinacia con la que la sostenía. Esta opinión, en su forma general, era la de la sensibilidad de todas las cosas vegetales. Pero, en su fantasía desordenada, la idea había asumido un carácter más audaz y, bajo ciertas condiciones, invadía el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar el alcance total o el abandono ferviente de su persuasión. La creencia, sin embargo, estaba conectada (como he insinuado anteriormente) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la sensibilidad se habían cumplido aquí, imaginaba él, en el método de colocación de esas piedras —en el orden de su disposición, así como en el de los muchos hongos que las cubrían y de los árboles decrépitos que las rodeaban—, sobre todo, en la larga y tranquila persistencia de esta disposición, y en su duplicación en las aguas quietas del lago. Su evidencia —la evidencia de la sensibilidad— podía verse, decía él (y aquí me sobresalté mientras hablaba), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia alrededor de las aguas y los muros. El resultado era descubrible, añadía, en esa influencia silenciosa, pero importuna y terrible, que durante siglos había moldeado los destinos de su familia y que lo convirtió en lo que ahora veía ante mí: en lo que era. Tales opiniones no necesitan comentarios, y yo no haré ninguno.

* Watson, Dr. Percival, Spallanzani, y especialmente el Obispo de Landaff.—Véase “Chemical Essays”, vol. v.

Nuestros libros —los libros que, durante años, habían formado una parte no pequeña de la existencia mental del inválido— estaban, como cabría suponer, en estricta consonancia con este carácter de fantasmagoría. Estudiábamos juntos obras como el *Ververt et Chartreuse* de Gresset; el *Belfagor* de Maquiavelo; el *Cielo y el Infierno* de Swedenborg; el *Viaje subterráneo de Niels Klim* de Holberg; la *Quiromancia* de Robert Flud, de Jean D’Indaginé y de De la Chambre; el *Viaje a la distancia azul* de Tieck; y la *Ciudad del Sol* de Campanella. Un volumen favorito era una pequeña edición en octavo del *Directorium Inquisitorium*, del dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes en Pomponio Mela sobre los antiguos sátiros y egipanes africanos, sobre los cuales Usher se sentaba a soñar durante horas. Su mayor deleite, sin embargo, se encontraba en la lectura de un libro extremadamente raro y curioso en cuarto gótico —el manual de una iglesia olvidada—, las *Vigiliae Mortuorum secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae*.

No pude evitar pensar en el ritual salvaje de esta obra, y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando, una tarde, tras informarme bruscamente de que la dama Madeline había dejado de existir, manifestó su intención de preservar su cadáver durante quince días (antes de su entierro definitivo) en una de las numerosas bóvedas dentro de los muros principales del edificio. La razón mundana, sin embargo, aducida para este singular procedimiento, era una que no me sentí con libertad de cuestionar. El hermano se había visto llevado a su resolución (según me dijo) por la consideración del carácter inusual de la enfermedad de la difunta, por ciertas preguntas intrusivas y ansiosas por parte de sus médicos, y por la situación remota y expuesta del cementerio de la familia. No negaré que, al recordar el semblante siniestro de la persona a quien encontré en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo alguno de oponerme a lo que consideraba, en el mejor de los casos, una precaución inofensiva y, de ninguna manera, antinatural.

A petición de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos para el sepelio temporal. Una vez depositado el cuerpo en el ataúd, nosotros dos solos lo llevamos a su descanso. La bóveda en la que lo colocamos (y que había permanecido tanto tiempo cerrada que nuestras antorchas, medio sofocadas por su atmósfera opresiva, nos dieron poca oportunidad de investigar) era pequeña, húmeda y carecía por completo de medios para la entrada de luz; se encontraba, a gran profundidad, inmediatamente debajo de la parte del edificio en la que estaba mi propio dormitorio. Había sido utilizada, aparentemente, en remotos tiempos feudales, para los peores propósitos de un calabozo, y, en días posteriores, como lugar de depósito para pólvora o alguna otra sustancia altamente combustible, pues una parte de su suelo y todo el interior de un largo arco a través del cual llegamos a ella estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, también había sido protegida de forma similar. Su inmenso peso causó un chirrido inusualmente agudo al moverse sobre sus bisagras.

Tras haber depositado nuestra fúnebre carga sobre unos caballetes dentro de esta región de horror, apartamos parcialmente la tapa aún no atornillada del ataúd y miramos el rostro de la inquilina. Una sorprendente similitud entre el hermano y la hermana llamó por primera vez mi atención; y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras de las que supe que la difunta y él habían sido gemelos, y que simpatías de una naturaleza apenas inteligible habían existido siempre entre ellos. Nuestras miradas, sin embargo, no descansaron mucho tiempo sobre la muerta, pues no podíamos contemplarla sin temor. La enfermedad que había sepultado así a la dama en la madurez de su juventud había dejado, como es habitual en todas las dolencias de carácter estrictamente cataléptico, la burla de un tenue rubor sobre el pecho y el rostro, y esa sonrisa sospechosamente persistente en los labios que es tan terrible en la muerte. Reemplazamos y atornillamos la tapa y, tras asegurar la puerta de hierro, nos abrimos camino, con esfuerzo, hacia los apartamentos no menos lúgubres de la parte superior de la casa.

Y ahora, habiendo transcurrido algunos días de amargo dolor, un cambio notable se produjo en los rasgos del trastorno mental de mi amigo. Su manera habitual había desaparecido. Sus ocupaciones ordinarias fueron descuidadas u olvidadas. Vagaba de cámara en cámara con paso apresurado, desigual y sin objeto. La palidez de su rostro había asumido, si cabe, un tono más cadavérico, pero la luminosidad de sus ojos se había extinguido por completo. La ronquera que a veces presentaba su voz ya no se escuchaba; y un temblor vibrante, como de terror extremo, caracterizaba habitualmente su habla. Había momentos, de hecho, en los que pensaba que su mente incesantemente agitada estaba trabajando con algún secreto opresivo, para cuya divulgación luchaba por encontrar el valor necesario. A veces, de nuevo, me veía obligado a resolverlo todo como simples e inexplicables caprichos de la locura, pues lo veía mirando al vacío durante largas horas, en una actitud de la más profunda atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No era de extrañar que su condición me aterrorizara, que me contagiara. Sentía cómo se apoderaban de mí, por grados lentos pero seguros, las salvajes influencias de sus propias supersticiones, fantásticas pero impresionantes.

Fue, especialmente, al retirarme a la cama tarde en la noche del séptimo u octavo día después de colocar a la dama Madeline en el calabozo, cuando experimenté todo el poder de tales sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho, mientras las horas languidecían y pasaban. Luché por razonar contra el nerviosismo que se había apoderado de mí. Intenté creer que mucho, si no todo, de lo que sentía se debía a la influencia desconcertante del lúgubre mobiliario de la habitación, de los oscuros y andrajosos cortinajes que, torturados hasta el movimiento por el aliento de una tempestad creciente, se balanceaban erráticamente sobre las paredes y crujían inquietantemente alrededor de los adornos de la cama. Pero mis esfuerzos fueron infructuosos. Un temblor irreprimible impregnó gradualmente mi cuerpo; y, finalmente, se sentó sobre mi mismo corazón un íncubo de alarma totalmente infundada. Sacudiéndomelo de encima con un jadeo y un forcejeo, me levanté sobre las almohadas y, escudriñando intensamente en la profunda oscuridad de la cámara, escuché —no sé por qué, salvo que un espíritu instintivo me lo dictaba— ciertos sonidos bajos e indefinidos que llegaban, a través de las pausas de la tormenta, a largos intervalos, no sabía de dónde. Abrumado por un intenso sentimiento de horror, ininteligible pero insoportable, me puse mis ropas con prisa (pues sentía que no dormiría más durante la noche) y traté de despertarme de la condición lamentable en la que había caído, caminando rápidamente de un lado a otro a través del apartamento.

Había dado solo unos pocos pasos de esta manera cuando un paso ligero en una escalera contigua llamó mi atención. Inmediatamente lo reconocí como el de Usher. Un instante después, llamó con un toque suave a mi puerta y entró, portando una lámpara. Su semblante estaba, como siempre, cadavéricamente pálido, pero, además, había una especie de hilaridad loca en sus ojos, una histeria evidentemente reprimida en todo su comportamiento. Su aire me horrorizaba, pero cualquier cosa era preferible a la soledad que había soportado durante tanto tiempo, e incluso recibí su presencia como un alivio.

—¿Y no lo has visto? —dijo bruscamente, después de haber mirado a su alrededor durante algunos momentos en silencio—. ¿No lo has visto, entonces? Pero, ¡espera! Lo verás. —Diciendo esto, y habiendo tapado cuidadosamente su lámpara, se apresuró hacia uno de los ventanales y lo abrió de par en par a la tormenta.

La furia impetuosa de la ráfaga entrante casi nos levantó de nuestros pies. Era, de hecho, una noche tempestuosa pero severamente hermosa, y salvajemente singular en su terror y su belleza. Un torbellino había acumulado aparentemente su fuerza en nuestra vecindad; pues había alteraciones frecuentes y violentas en la dirección del viento; y la extrema densidad de las nubes (que colgaban tan bajo que presionaban sobre las torrecillas de la casa) no nos impedía percibir la velocidad vital con la que volaban, cruzándose desde todos los puntos unas contra otras, sin desaparecer en la distancia. Digo que incluso su densidad extrema no nos impedía percibir esto, y sin embargo, no teníamos vislumbre de la luna o de las estrellas, ni hubo ningún relampagueo de rayo. Pero las superficies inferiores de las enormes masas de vapor agitado, así como todos los objetos terrestres inmediatamente alrededor de nosotros, resplandecían con la luz antinatural de una exhalación gaseosa tenuemente luminosa y claramente visible que colgaba alrededor y envolvía la mansión.

—¡No debes, no debes contemplar esto! —dije, estremeciéndome, a Usher, mientras lo llevaba, con una violencia suave, desde la ventana hacia un asiento. —Estas apariencias, que te desconciertan, son simplemente fenómenos eléctricos nada inusuales, o puede ser que tengan su origen espantoso en el miasma rancio del lago. Cerremos este ventanal; el aire es frío y peligroso para tu complexión. Aquí tienes uno de tus romances favoritos. Yo leeré, y tú escucharás; y así pasaremos esta terrible noche juntos.

El volumen antiguo que había tomado era la “Mala Tristeza” de Sir Launcelot Canning; pero lo había llamado un favorito de Usher más en triste broma que en serio; pues, en verdad, hay poco en su tosca y falta de imaginación prolijidad que pudiera haber interesado a la elevada y espiritual idealidad de mi amigo. Era, sin embargo, el único libro a mano; y me hice la vaga esperanza de que la excitación que ahora agitaba al hipocondríaco pudiera encontrar alivio (pues la historia del trastorno mental está llena de anomalías similares) incluso en el extremo de la tontería que yo leería. Si hubiera podido juzgar, de hecho, por el aire salvaje y sobreexcitado de vivacidad con el que escuchaba, o aparentemente escuchaba, las palabras del cuento, bien podría haberme felicitado por el éxito de mi diseño.

Había llegado a esa porción bien conocida de la historia donde Ethelred, el héroe de la Tristeza, habiendo buscado en vano una entrada pacífica en la morada del ermitaño, procede a abrirse paso por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras de la narración dicen así:

“Y Ethelred, que era por naturaleza de corazón valiente, y que era ahora poderoso además, debido a la fuerza del vino que había bebido, no esperó más para parlamentar con el ermitaño, quien, en verdad, era de un carácter obstinado y malicioso, sino que, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo la creciente tempestad, levantó su maza directamente y, con golpes, hizo rápidamente espacio en los tablones de la puerta para su mano enguantada; y ahora, tirando de ella con fuerza, resquebrajó, rasgó y destrozó todo, de modo que el ruido de la madera seca y hueca alarmó y reverberó por todo el bosque”.

Al terminar esta frase, me sobresalté y, por un momento, hice una pausa; pues me pareció (aunque concluí de inmediato que mi fantasía excitada me había engañado), me pareció que, desde alguna porción muy remota de la mansión, llegaba, indistintamente, a mis oídos, lo que podría haber sido, en su exacta similitud de carácter, el eco (pero uno sofocado y sordo, ciertamente) del mismo sonido de resquebrajamiento y desgarro que Sir Launcelot había descrito tan particularmente. Era, sin duda, la coincidencia sola lo que había llamado mi atención; pues, en medio del traqueteo de los marcos de las ventanas y los sonidos mezclados ordinarios de la tormenta, que aún aumentaba, el sonido, en sí mismo, no tenía, seguramente, nada que debiera haberme interesado o perturbado. Continué la historia:

“Pero el buen campeón Ethelred, entrando ahora por la puerta, se sintió muy enfurecido y asombrado al no percibir ninguna señal del malicioso ermitaño; sino que, en su lugar, había un dragón de aspecto escamoso y prodigioso, y de lengua de fuego, que estaba de guardia ante un palacio de oro, con un suelo de plata; y sobre la pared colgaba un escudo de latón brillante con esta leyenda escrita:

Quien entra aquí, conquistador ha sido; Quien mata al dragón, el escudo habrá ganado;

Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó ante él, y exhaló su aliento pestilente, con un grito tan horrible y áspero, y además tan penetrante, que Ethelred tuvo que cubrirse los oídos con las manos contra el ruido espantoso de él, cuyo igual nunca antes se había oído”.

Aquí, de nuevo, hice una pausa abrupta, y ahora con un sentimiento de asombro salvaje, pues no podía haber duda alguna de que, en este caso, realmente escuché (aunque de qué dirección procedía me resultó imposible decir) un sonido de gritos o chirridos bajo, aparentemente distante, pero áspero, prolongado y muy inusual, la contraparte exacta de lo que mi fantasía ya había conjurado para el grito antinatural del dragón tal como lo describía el novelista.

Abrumado, como ciertamente estaba, ante la ocurrencia de esta segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las que predominaban el asombro y el terror extremo, aun así conservé suficiente presencia de ánimo para evitar excitar, mediante cualquier observación, el sensible nerviosismo de mi compañero. No estaba de ninguna manera seguro de que él hubiera notado los sonidos en cuestión; aunque, ciertamente, una extraña alteración había tenido lugar en su comportamiento durante los últimos minutos. Desde una posición frente a la mía, había girado gradualmente su silla para sentarse con la cara hacia la puerta de la cámara; y así, solo podía percibir parcialmente sus rasgos, aunque vi que sus labios temblaban como si estuviera murmurando de forma inaudible. Su cabeza había caído sobre su pecho, pero sabía que no estaba dormido por la apertura amplia y rígida de sus ojos, tal como pude ver un destello de ellos de perfil. El movimiento de su cuerpo, también, estaba en desacuerdo con esta idea, pues se mecía de lado a lado con un balanceo suave pero constante y uniforme. Habiendo tomado nota rápidamente de todo esto, reanudé la narración de Sir Launcelot, que procedió así:

“Y ahora, el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del dragón, pensando en el escudo de bronce y en la ruptura del encantamiento que pesaba sobre él, retiró el cadáver del camino ante él y se acercó valientemente sobre el pavimento de plata del castillo hasta donde estaba el escudo en la pared; el cual, en verdad, no esperó a su llegada completa, sino que cayó a sus pies sobre el suelo de plata, con un sonido retumbante, poderoso, grande y terrible”.

No bien estas sílabas pasaron por mis labios, cuando —como si un escudo de latón hubiera caído efectivamente, en ese momento, pesadamente sobre un suelo de plata— me hice consciente de una reverberación distinta, hueca, metálica y clangorosa, aunque aparentemente amortiguada. Completamente desanimado, salté de mis pies; pero el movimiento de balanceo medido de Usher no fue perturbado. Corrí hacia la silla en la que estaba sentado. Sus ojos estaban fijos ante él, y en todo su semblante reinaba una rigidez pétrea. Pero, cuando puse mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió todo su cuerpo; una sonrisa enfermiza se estremeció en sus labios; y vi que hablaba en un murmullo bajo, apresurado y balbuceante, como si no fuera consciente de mi presencia. Inclinándome cerca de él, finalmente bebí el sentido espantoso de sus palabras.

—¿No lo oyes? —sí, lo oigo, y lo he oído. Largo, largo, largo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, lo he oído, ¡pero no me atreví, oh, ten piedad de mí, miserable desgraciado que soy! ¡No me atreví, no me atreví a hablar! ¡La hemos puesto viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que escuché sus primeros movimientos débiles en el ataúd hueco. Los escuché, hace muchos, muchos días, pero no me atreví, ¡no me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelred, ¡ja! ¡ja! —¡el rompimiento de la puerta del ermitaño, y el grito de muerte del dragón, y el clangor del escudo! —¡di, mejor, el desgarro de su ataúd, y el chirrido de las bisagras de hierro de su prisión, y sus luchas dentro del arco revestido de cobre de la bóveda! Oh, ¿hacia dónde huiré? ¿No estará ella aquí pronto? ¿No se apresura a reprocharme por mi prisa? ¿No he escuchado su paso en la escalera? ¿No distingo ese latido pesado y horrible de su corazón? ¡Loco! —aquí saltó furiosamente sobre sus pies, y gritó sus sílabas, como si en el esfuerzo estuviera entregando su alma—, ¡Loco! ¡Te digo que ella está ahora fuera de la puerta!

Como si en la energía sobrehumana de sus palabras se hubiera encontrado la potencia de un hechizo, los enormes paneles antiguos a los que el orador señalaba, arrojaron lentamente hacia atrás, al instante, sus mandíbulas pesadas y de ébano. Fue obra de la ráfaga precipitada, pero entonces, fuera de esas puertas, estaba de pie la figura alta y envuelta de la dama Madeline de Usher. Había sangre sobre sus ropas blancas, y la evidencia de alguna lucha amarga en cada porción de su cuerpo demacrado. Por un momento permaneció temblando y tambaleándose de un lado a otro en el umbral; luego, con un gemido bajo, cayó pesadamente hacia adentro sobre la persona de su hermano, y en sus violentas y ahora finales agonías de muerte, lo llevó al suelo como un cadáver, y víctima de los terrores que él había anticipado.

Desde esa cámara, y desde esa mansión, huí horrorizado. La tormenta seguía afuera en toda su ira mientras me encontraba cruzando la antigua calzada. De repente, una luz salvaje se disparó a lo largo del camino, y me volví para ver de dónde pudo haber salido un brillo tan inusual; pues la vasta casa y sus sombras estaban solas detrás de mí. El resplandor era el de la luna llena, poniente y de color rojo sangre, que ahora brillaba vívidamente a través de esa fisura antes apenas discernible, de la que he hablado antes como extendiéndose desde el techo del edificio, en dirección zigzagueante, hasta la base. Mientras miraba, esta fisura se ensanchó rápidamente; vino un aliento feroz del torbellino; el orbe completo del satélite estalló a la vez ante mi vista; mi cerebro se tambaleó al ver los poderosos muros separándose; hubo un largo sonido tumultuoso como la voz de mil aguas; y el profundo y húmedo lago a mis pies se cerró sombría y silenciosamente sobre los fragmentos de la “Casa de Usher”.

EL SILENCIO —UNA FÁBULA

“Los pináculos de las montañas duermen; los valles, los peñascos y las cuevas *están en silencio*”.

“Escúchame”, dijo el Demonio mientras colocaba su mano sobre mi cabeza. “La región de la que hablo es una región desolada en Libia, junto a las fronteras del río Zaire. Y no hay quietud allí, ni silencio”.

“Las aguas del río tienen un tono azafranado y enfermizo; y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre jamás bajo el ojo rojo del sol con un movimiento tumultuoso y convulsivo. Durante muchas millas a ambos lados del cenagoso lecho del río se extiende un desierto pálido de nenúfares gigantescos. Suspiran unos hacia otros en esa soledad, y estiran hacia el cielo sus largos y espantosos cuellos, y balancean de un lado a otro sus cabezas eternas. Y hay un murmullo indistinto que brota de entre ellos como el correr de aguas subterráneas. Y suspiran unos hacia otros.

“Pero hay un límite a su reino: el límite del oscuro, horrible y elevado bosque. Allí, como las olas alrededor de las Hébridas, la maleza baja se agita continuamente. Pero no hay viento en todo el cielo. Y los altos árboles primigenios se mecen eternamente de un lado a otro con un sonido estrepitoso y potente. Y desde sus altas cumbres, uno a uno, caen rocíos eternos. Y en las raíces, extrañas flores venenosas yacen retorciéndose en un sueño perturbado. Y arriba, con un ruido susurrante y fuerte, las nubes grises corren hacia el oeste para siempre, hasta que ruedan, en catarata, sobre el muro ígneo del horizonte. Pero no hay viento en todo el cielo. Y junto a las orillas del río Zaire no hay ni quietud ni silencio.

“Era de noche, y caía la lluvia; y al caer, era lluvia, pero, habiendo caído, era sangre. Y yo estaba de pie en el pantano entre los altos nenúfares, y la lluvia caía sobre mi cabeza, y los lirios suspiraban unos hacia otros en la solemnidad de su desolación.

“Y, de repente, la luna surgió a través de la fina y espantosa niebla, y era de color carmesí. Y mis ojos se posaron sobre una enorme roca gris que se alzaba junto a la orilla del río, y estaba iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espantosa, y alta, y la roca era gris. Sobre su frente había caracteres grabados en la piedra; y caminé a través del pantano de nenúfares, hasta llegar cerca de la orilla, para poder leer los caracteres sobre la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y estaba regresando al pantano, cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y me volví y miré de nuevo la roca, y los caracteres, y los caracteres eran DESOLACIÓN.

“Y miré hacia arriba, y un hombre estaba de pie en la cumbre de la roca; y me escondí entre los nenúfares para poder descubrir las acciones del hombre. Y el hombre era alto y majestuoso en su forma, y estaba envuelto desde los hombros hasta los pies en la toga de la antigua Roma. Y los contornos de su figura eran indistintos, pero sus facciones eran las de una deidad; pues el manto de la noche, y de la niebla, y de la luna, y del rocío, había dejado al descubierto las facciones de su rostro. Y su frente era elevada por el pensamiento, y sus ojos salvajes por la preocupación; y, en los pocos surcos de su mejilla, leí las fábulas de la tristeza, y el cansancio, y el disgusto por la humanidad, y un anhelo de soledad.

“Y el hombre se sentó sobre la roca, y apoyó la cabeza en su mano, y miró hacia la desolación. Miró hacia abajo, a la baja e inquieta maleza, y hacia arriba, a los altos árboles primigenios, y más arriba, al cielo susurrante, y a la luna carmesí. Y yo yacía cerca, al amparo de los lirios, y observaba las acciones del hombre. Y el hombre temblaba en la soledad; pero la noche menguaba, y él permanecía sentado sobre la roca.

“Y el hombre desvió su atención del cielo, y miró hacia el lúgubre río Zaire, y hacia las amarillas y espantosas aguas, y hacia las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares, y el murmullo que surgía de entre ellos. Y yo yacía cerca, dentro de mi escondite, y observaba las acciones del hombre. Y el hombre temblaba en la soledad; pero la noche menguaba y él permanecía sentado sobre la roca.

“Entonces bajé a los recovecos del pantano, y vadeé lejos entre el desierto de lirios, y llamé a los hipopótamos que habitaban entre las ciénagas en los recovecos del pantano. Y los hipopótamos oyeron mi llamada, y vinieron, con el behemot, hasta el pie de la roca, y rugieron fuerte y temiblemente bajo la luna. Y yo yacía cerca, dentro de mi escondite, y observaba las acciones del hombre. Y el hombre temblaba en la soledad; pero la noche menguaba y él permanecía sentado sobre la roca.

“Entonces maldije a los elementos con la maldición del tumulto; y una espantosa tempestad se reunió en el cielo donde, antes, no había habido viento. Y el cielo se volvió lívido por la violencia de la tempestad, y la lluvia golpeó la cabeza del hombre, y las inundaciones del río bajaron, y el río fue atormentado hasta convertirse en espuma, y los nenúfares gritaron en sus lechos, y el bosque se desmoronó ante el viento, y el trueno rodó, y el rayo cayó, y la roca se meció hasta sus cimientos. Y yo yacía cerca, dentro de mi escondite, y observaba las acciones del hombre. Y el hombre temblaba en la soledad; pero la noche menguaba y él permanecía sentado sobre la roca.

“Entonces me enfadé y maldije, con la maldición del silencio, el río, y los lirios, y el viento, y el bosque, y el cielo, y el trueno, y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos, y se quedaron quietos. Y la luna dejó de tambalearse en su camino al cielo, y el trueno se apagó, y el rayo no brilló, y las nubes quedaron inmóviles, y las aguas se hundieron hasta su nivel y permanecieron así, y los árboles dejaron de mecerse, y los nenúfares no suspiraron más, y el murmullo no se escuchó más de entre ellos, ni ninguna sombra de sonido en todo el vasto e ilimitable desierto. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres eran SILENCIO.

“Y mis ojos se posaron en el semblante del hombre, y su rostro estaba lívido de terror. Y, apresuradamente, levantó la cabeza de su mano, se puso de pie sobre la roca y escuchó. Pero no había voz en todo el vasto e ilimitable desierto, y los caracteres sobre la roca eran SILENCIO. Y el hombre se estremeció, y volvió el rostro, y huyó lejos, apresuradamente, de modo que no lo vi más”.

Ahora bien, hay hermosos relatos en los volúmenes de los Magos, en los melancólicos volúmenes de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay historias gloriosas del Cielo, y de la Tierra, y del poderoso mar, y de los Genios que gobernaban el mar, la tierra y el elevado cielo. Había mucha sabiduría también en los dichos que pronunciaban las Sibilas; y cosas santas, santas cosas, fueron escuchadas antiguamente por las tenues hojas que temblaban alrededor de Dodona; pero, por la vida de Alá, ¡esa fábula que el Demonio me contó mientras se sentaba a mi lado en la sombra de la tumba, la considero la más maravillosa de todas! Y cuando el Demonio terminó su historia, cayó hacia atrás dentro de la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reír con el Demonio, y él me maldijo porque no podía reír. Y el lince que habita por siempre en la tumba, salió de ella, y se acostó a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA.

La “Muerte Roja” había devastado el país durante mucho tiempo. Ninguna pestilencia había sido jamás tan fatal, o tan espantosa. La sangre era su Avatar y su sello: la rojez y el horror de la sangre. Había dolores agudos, y mareos repentinos, y luego un sangrado profuso por los poros, con disolución. Las manchas escarlatas sobre el cuerpo y especialmente sobre el rostro de la víctima, eran el baneo de la peste que le impedía recibir la ayuda y la simpatía de sus semejantes. Y todo el ataque, el progreso y la terminación de la enfermedad, eran los incidentes de media hora.

Pero el Príncipe Prospero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados, convocó a su presencia a un millar de amigos sanos y alegres de entre los caballeros y damas de su corte, y con ellos se retiró al profundo aislamiento de una de sus abadías fortificadas. Esta era una estructura extensa y magnífica, creación del propio gusto excéntrico aunque augusto del príncipe. Un muro fuerte y elevado la rodeaba. Este muro tenía puertas de hierro. Los cortesanos, una vez dentro, trajeron hornos y martillos pesados y soldaron los cerrojos. Decidieron no dejar medios de entrada ni de salida a los impulsos repentinos de la desesperación o del frenesí desde el interior. La abadía estaba ampliamente provista. Con tales precauciones, los cortesanos podían desafiar al contagio. El mundo exterior podía cuidar de sí mismo. Mientras tanto, era una locura afligirse o pensar. El príncipe había provisto todos los medios para el placer. Había bufones, había improvisadores, había bailarines de ballet, había músicos, había Belleza, había vino. Todo esto y la seguridad estaban dentro. Fuera estaba la “Muerte Roja”.

Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su reclusión, y mientras la peste hacía estragos con más furia en el exterior, que el Príncipe Prospero agasajó a sus mil amigos en un baile de máscaras de una magnificencia de lo más inusual.

Era una escena voluptuosa, aquella mascarada. Pero primero déjenme hablar de las habitaciones en las que se celebró. Eran siete: una suite imperial. En muchos palacios, sin embargo, tales suites forman una vista larga y recta, mientras las puertas plegables se deslizan hacia atrás casi hasta las paredes a ambos lados, de modo que la visión de toda la extensión apenas se ve impedida. Aquí el caso era muy diferente; como cabría haber esperado por el amor del duque a lo bizarro. Los apartamentos estaban tan irregularmente dispuestos que la visión abarcaba poco más que uno a la vez. Había un giro brusco cada veinte o treinta yardas, y en cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una ventana gótica alta y estrecha daba a un corredor cerrado que seguía los giros de la suite. Estas ventanas eran de cristal tintado cuyo color variaba de acuerdo con el tono predominante de la decoración de la cámara a la que daba. La del extremo oriental estaba colgada, por ejemplo, de azul, y vivamente azules eran sus ventanas. La segunda cámara era púrpura en sus ornamentos y tapices, y aquí los cristales eran púrpuras. La tercera era verde en su totalidad, y también lo eran los ventanales. La cuarta estaba amueblada e iluminada con naranja; la quinta con blanco; la sexta con violeta. El séptimo apartamento estaba estrechamente cubierto con tapices de terciopelo negro que colgaban por todo el techo y bajaban por las paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tono. Pero solo en esta cámara, el color de las ventanas no correspondía con la decoración. Los cristales aquí eran escarlata, un profundo color sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la profusión de ornamentos dorados que yacían esparcidos aquí y allá o colgaban del techo. No había luz de ningún tipo que emanara de lámpara o vela dentro de la suite de cámaras. Pero en los corredores que seguían a la suite, había, frente a cada ventana, un pesado trípode, que sostenía un brasero de fuego que proyectaba sus rayos a través del cristal tintado e iluminaba así de forma deslumbrante la habitación. Y así se producían una multitud de apariencias llamativas y fantásticas. Pero en la cámara occidental o negra, el efecto de la luz del fuego que fluía sobre los oscuros tapices a través de los cristales teñidos de sangre, era extremadamente espantoso, y producía un aspecto tan salvaje en el rostro de quienes entraban, que había pocos en la compañía lo suficientemente audaces como para poner un pie dentro de sus límites.

Era en este apartamento, también, donde se alzaba contra la pared occidental, un reloj gigantesco de ébano. Su péndulo oscilaba de un lado a otro con un sonido sordo, pesado y monótono; y cuando el minutero daba la vuelta a la esfera, y la hora estaba a punto de sonar, salía de los pulmones de bronce del reloj un sonido que era claro y fuerte y profundo y sumamente musical, pero de una nota y énfasis tan peculiares que, a cada paso de una hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a detenerse, momentáneamente, en su ejecución, para escuchar el sonido; y así los bailarines de vals cesaban forzosamente sus evoluciones; y había una breve desconcierto de toda la alegre compañía; y, mientras las campanadas del reloj aún sonaban, se observaba que los más aturdidos palidecían, y los más ancianos y serenos pasaban sus manos sobre sus frentes como si estuvieran en un ensueño o meditación confusa. Pero cuando los ecos habían cesado por completo, una risa leve invadía de inmediato la asamblea; los músicos se miraban unos a otros y sonreían como si se burlaran de su propio nerviosismo y locura, y se hacían votos susurrantes, unos a otros, de que la próxima campanada del reloj no les produciría ninguna emoción similar; y entonces, tras el paso de sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela), llegaba otra campanada del reloj, y entonces se producían el mismo desconcierto y temblor y meditación que antes.

Pero, a pesar de estas cosas, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Despreciaba el decoro de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, y sus concepciones brillaban con un lustre barbárico. Hay algunos que lo habrían considerado loco. Sus seguidores sentían que no lo era. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para estar seguro de que no lo era.

Él había dirigido, en gran parte, los adornos móviles de las siete cámaras, con motivo de esta gran fiesta; y fue su propio gusto guía el que había dado carácter a los enmascarados. Estén seguros de que eran grotescos. Había mucho brillo y destello, picardía y fantasmagoría; mucho de lo que se ha visto desde entonces en “Hernani”. Había figuras arabescas con miembros y accesorios desparejados. Había fantasías delirantes como las que crea el loco. Había mucho de bello, mucho de lascivo, mucho de bizarro, algo de terrible, y no poco de aquello que podría haber excitado disgusto. De un lado a otro, en las siete cámaras, acechaba, de hecho, una multitud de sueños. Y estos, los sueños, se retorcían aquí y allá, tomando el color de las habitaciones, y haciendo que la música salvaje de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y, al poco tiempo, suena el reloj de ébano que se alza en el salón de terciopelo. Y entonces, por un momento, todo está quieto, y todo está en silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños quedan rígidos y congelados mientras están de pie. Pero los ecos de la campanada se desvanecen —apenas han durado un instante— y una risa ligera, medio sofocada, flota tras ellos mientras se marchan. Y ahora, de nuevo, la música aumenta, y los sueños viven, y se retuercen de un lado a otro más alegremente que nunca, tomando el color de las ventanas de múltiples tintes a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero a la cámara que se encuentra más al oeste de las siete, ya no se aventura ninguno de los enmascarados; pues la noche va menguando; y fluye una luz más roja a través de los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices de sable aterra; y a aquel cuyo pie cae sobre la alfombra de sable, le llega desde el cercano reloj de ébano un repique amortiguado más solemnemente enfático que cualquiera que llegue a los oídos de quienes se entregan a las alegrías más remotas de los otros apartamentos.

Pero estos otros apartamentos estaban densamente abarrotados, y en ellos latía febrilmente el corazón de la vida. Y la juerga continuaba girando, hasta que finalmente comenzó a sonar la medianoche en el reloj. Y entonces la música cesó, como he dicho; y las evoluciones de los bailarines de vals se calmaron; y hubo un cese inquietante de todas las cosas como antes. Pero ahora había doce campanadas que debían ser sonadas por la campana del reloj; y así sucedió, quizás, que más pensamiento se deslizó, con más tiempo, en las meditaciones de los reflexivos entre aquellos que festejaban. Y así, también, sucedió, quizás, que antes de que los últimos ecos de la última campanada se hubieran hundido completamente en el silencio, había muchos individuos en la multitud que habían encontrado tiempo para percatarse de la presencia de una figura enmascarada que no había atraído la atención de ningún individuo antes. Y habiéndose extendido el rumor de esta nueva presencia en susurros a su alrededor, surgió finalmente de toda la compañía un zumbido, o murmullo, que expresaba desaprobación y sorpresa; luego, finalmente, de terror, de horror y de disgusto.

En una asamblea de fantasmas como la que he pintado, bien puede suponerse que ninguna apariencia común podría haber excitado tal sensación. En verdad, la licencia de la mascarada de la noche era casi ilimitada; pero la figura en cuestión había superado a Herodes, y rebasado los límites incluso del indefinido decoro del príncipe. Hay cuerdas en los corazones de los más imprudentes que no pueden ser tocadas sin emoción. Incluso con los absolutamente perdidos, para quienes la vida y la muerte son igualmente bromas, hay asuntos de los que no se puede hacer broma. Toda la compañía, de hecho, parecía ahora sentir profundamente que en el disfraz y el porte del extraño no existía ni ingenio ni propiedad. La figura era alta y demacrada, y estaba envuelta de pies a cabeza con las vestiduras de la tumba. La máscara que ocultaba el rostro estaba hecha de tal manera que se asemejaba tanto al semblante de un cadáver rígido que el examen más detenido habría tenido dificultad en detectar el engaño. Y, sin embargo, todo esto podría haber sido soportado, si no aprobado, por los locos juerguistas de alrededor. Pero el mímico había ido tan lejos como para asumir el tipo de la Muerte Roja. Su vestimenta estaba manchada de sangre, y su amplia frente, con todas las facciones del rostro, estaba salpicada con el horror escarlata.

Cuando los ojos del Príncipe Prospero se posaron sobre esta imagen espectral (que con un movimiento lento y solemne, como para sostener más plenamente su papel, acechaba de un lado a otro entre los bailarines), se vio que se convulsionaba, en el primer momento con un fuerte estremecimiento, ya fuera de terror o de aversión; pero, en el siguiente, su frente se enrojeció de ira.

“¿Quién se atreve?”, preguntó roncamente a los cortesanos que estaban cerca de él. “¿Quién se atreve a insultarnos con esta blasfema burla? ¡Captúrenlo y desenmascárenlo, para que sepamos a quién tenemos que colgar al amanecer de las almenas!”

Fue en la cámara oriental o azul donde estaba el Príncipe Prospero cuando pronunció estas palabras. Resonaron en las siete habitaciones fuerte y claramente, pues el príncipe era un hombre audaz y robusto, y la música se había callado al ondear de su mano.

Fue en la habitación azul donde se encontraba el príncipe, con un grupo de pálidos cortesanos a su lado. Al principio, mientras hablaba, hubo un ligero movimiento precipitado de este grupo en dirección al intruso, quien en ese momento también estaba cerca y ahora, con paso deliberado y majestuoso, se acercaba más al orador. Pero debido a cierto temor innombrable que las locas presunciones del momo habían inspirado a toda la concurrencia, no hubo quien extendiera la mano para atraparlo; de modo que, sin ser molestado, pasó a menos de un metro de la persona del príncipe; y, mientras la vasta asamblea, como si fuera un solo impulso, se retiraba de los centros de las habitaciones hacia las paredes, él siguió su camino sin interrupción, pero con el mismo paso solemne y medido que lo había distinguido desde el principio, a través de la cámara azul hacia la púrpura, a través de la púrpura hacia la verde, a través de la verde hacia la naranja, a través de esta de nuevo hacia la blanca, y aun desde allí hacia la violeta, antes de que se hubiera hecho un movimiento decidido para detenerlo. Fue entonces, sin embargo, que el Príncipe Prospero, enloqueciendo de rabia y de vergüenza por su propia cobardía momentánea, corrió apresuradamente a través de las seis cámaras, mientras nadie lo seguía debido a un terror mortal que se había apoderado de todos. Llevaba en alto un puñal desenvainado y se había acercado, con rápida impetuosidad, a menos de un metro de la figura que se retiraba, cuando esta, habiendo llegado al extremo del aposento de terciopelo, se giró repentinamente y encaró a su perseguidor. Se oyó un grito agudo, y el puñal cayó reluciendo sobre la alfombra de sable, sobre la cual, inmediatamente después, cayó postrado en la muerte el Príncipe Prospero. Entonces, invocando el valor salvaje de la desesperación, una multitud de los juerguistas se lanzó de inmediato al aposento negro y, al apresar al momo, cuya alta figura permanecía erguida e inmóvil dentro de la sombra del reloj de ébano, jadearon de horror inefable al encontrar que las mortajas y la máscara de cadáver que manejaban con tan violenta rudeza, no estaban habitadas por ninguna forma tangible.

Y entonces fue reconocida la presencia de la Muerte Roja. Había llegado como un ladrón en la noche. Y uno a uno cayeron los juerguistas en las salas de su juerga bañadas en sangre, y murieron cada uno en la postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano se extinguió con la del último de los alegres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y la Oscuridad y la Decadencia y la Muerte Roja mantuvieron un dominio ilimitado sobre todo.

EL BARRIL DE AMONTILLADO.

Las mil injurias de Fortunato las había soportado como mejor pude; pero cuando se aventuró a insultarme, juré venganza. Usted, que tan bien conoce la naturaleza de mi alma, no supondrá, sin embargo, que di voz a una amenaza. Por fin me vengaría; este era un punto definitivamente zanjado, pero la misma definitividad con la que se resolvió excluía la idea de riesgo. No solo debía castigar, sino castigar con impunidad. Un agravio no está reparado cuando la retribución alcanza a quien lo repara. Es igualmente no reparado cuando el vengador no logra hacerse sentir como tal ante quien cometió el agravio.

Debe entenderse que ni de palabra ni de obra había dado a Fortunato motivo para dudar de mi buena voluntad. Continué, como era mi costumbre, sonriéndole en la cara, y él no percibió que mi sonrisa ahora era ante la idea de su inmolación.

Tenía un punto débil, este Fortunato, aunque en otros aspectos era un hombre para ser respetado e incluso temido. Se enorgullecía de su conocimiento en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero espíritu del virtuoso. En su mayor parte, su entusiasmo se adopta para adaptarse al momento y a la oportunidad, para practicar la impostura con los millonarios británicos y austriacos. En pintura y gemas, Fortunato, como sus compatriotas, era un charlatán, pero en materia de vinos antiguos era sincero. En este aspecto, no difería de él materialmente: yo mismo era hábil en las cosechas italianas y compraba mucho siempre que podía.

Era alrededor del anochecer, una tarde durante la locura suprema de la temporada de carnaval, cuando me encontré con mi amigo. Me abordó con excesiva calidez, pues había estado bebiendo mucho. El hombre vestía de arlequín. Llevaba un traje ajustado de rayas de colores, y su cabeza estaba coronada por el gorro cónico y cascabeles. Me alegró tanto verlo que pensé que nunca terminaría de estrecharle la mano.

Le dije: “Mi querido Fortunato, qué suerte encontrarlo. ¡Qué notablemente bien se ve hoy! Pero he recibido una pipa de lo que se hace pasar por Amontillado, y tengo mis dudas”.

“¿Cómo?”, dijo él. “¿Amontillado? ¿Una pipa? ¡Imposible! ¡Y en medio del carnaval!”

“Tengo mis dudas”, repliqué, “y fui lo suficientemente tonto como para pagar el precio total del Amontillado sin consultarlo. Usted no estaba por ninguna parte y temía perder la ganga”.

“¡Amontillado!”

“Tengo mis dudas”.

“¡Amontillado!”

“Y debo satisfacerlas”.

“¡Amontillado!”

“Como está usted ocupado, voy de camino a ver a Luchesi. Si alguien tiene un sentido crítico, es él. Él me dirá...”

“Luchesi no puede distinguir el Amontillado del Jerez”.

“Y, sin embargo, algunos necios sostienen que su gusto está a la altura del suyo”.

“Vamos, vayamos”.

“¿Adónde?”

“A sus bóvedas”.

“Amigo mío, no; no quiero abusar de su buen carácter. Percibo que tiene un compromiso. Luchesi...”

“No tengo ningún compromiso; venga”.

“Amigo mío, no. No es el compromiso, sino el resfriado severo que percibo que le aflige. Las bóvedas son insoportablemente húmedas. Están incrustadas de salitre”.

“Vayamos, sin embargo. El resfriado no es nada. ¡Amontillado! Lo han engañado. Y en cuanto a Luchesi, no puede distinguir el Jerez del Amontillado”.

Diciendo esto, Fortunato se apoderó de mi brazo. Poniéndome una máscara de seda negra y envolviéndome bien con una roquelaure, le permití que me apresurara hacia mi palazzo.

No había criados en casa; se habían escapado para divertirse en honor a la fecha. Les había dicho que no regresaría hasta la mañana y les había dado órdenes explícitas de no moverse de la casa. Estas órdenes fueron suficientes, bien lo sabía, para asegurar su desaparición inmediata, todos y cada uno, tan pronto como les diera la espalda.

Tomé de sus candelabros dos antorchas y, dándole una a Fortunato, lo guié haciendo una reverencia a través de varias suites de habitaciones hasta el arco que conducía a las bóvedas. Bajé por una larga y sinuosa escalera, pidiéndole que tuviera cuidado mientras me seguía. Llegamos finalmente al pie del descenso y permanecimos juntos en el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresor.

El caminar de mi amigo era inestable y los cascabeles de su gorro tintineaban mientras caminaba.

“La pipa”, dijo él.

“Está más adelante”, dije; “pero observe la red blanca que brilla en las paredes de esta caverna”.

Se volvió hacia mí y me miró a los ojos con dos orbes vidriosos que destilaban la reuma de la embriaguez.

“¿Salitre?”, preguntó al fin.

“Salitre”, repliqué. “¿Cuánto tiempo hace que tiene esa tos?”

“¡Ugh! ¡ugh! ¡ugh!—¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!—¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!—¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!—¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!”

Mi pobre amigo encontró imposible responder durante muchos minutos.

“No es nada”, dijo, al fin.

“Venga”, dije con decisión, “regresemos; su salud es preciosa. Usted es rico, respetado, admirado, amado; es feliz, como yo lo fui una vez. Usted es un hombre a quien echarían de menos. Para mí no importa. Regresemos; usted enfermará y yo no puedo ser responsable. Además, está Luchesi...”

“Basta”, dijo; “la tos es una mera nada; no me matará. No moriré de tos”.

“Cierto, cierto”, repliqué; “y, de hecho, no tenía intención de alarmarle innecesariamente, pero debería usar toda la precaución adecuada. Un trago de este Médoc nos defenderá de la humedad”.

Aquí rompí el cuello de una botella que saqué de una larga fila de sus compañeras que yacían sobre el moho.

“Beba”, dije, presentándole el vino.

Lo levantó a sus labios con una mueca. Hizo una pausa y me asintió familiarmente, mientras sus cascabeles tintineaban.

“Bebo”, dijo, “por los enterrados que reposan a nuestro alrededor”.

“Y yo por su larga vida”.

Volvió a tomar mi brazo y continuamos.

“Estas bóvedas”, dijo, “son extensas”.

“Los Montresor”, repliqué, “eran una familia grande y numerosa”.

“Olvidé sus armas”.

“Un enorme pie humano de oro, en campo azur; el pie aplasta una serpiente rampante cuyos colmillos están incrustados en el talón”.

“¿Y el lema?”

“Nemo me impune lacessit”.

“¡Bien!”, dijo.

El vino brilló en sus ojos y los cascabeles tintinearon. Mi propia fantasía se calentó con el Médoc. Habíamos pasado a través de paredes de huesos apilados, con barriles y toneles mezclándose, hacia los rincones más internos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, y esta vez me atreví a agarrar a Fortunato por un brazo por encima del codo.

“¡El salitre!”, dije: “mire, aumenta. Cuelga como musgo sobre las bóvedas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad se filtran entre los huesos. Venga, regresemos antes de que sea demasiado tarde. Su tos...”

“No es nada”, dijo; “sigamos adelante. Pero primero, otro trago de Médoc”.

Rompí y le alcancé un frasco de De Grâve. Lo vació de un aliento. Sus ojos brillaron con una luz feroz. Se rió y lanzó la botella hacia arriba con un gesto que no entendí.

Lo miré con sorpresa. Repitió el movimiento, uno grotesco.

“¿No comprende?”, dijo.

“No yo”, repliqué.

“Entonces no es de la hermandad”.

“¿Cómo?”

“Usted no es de los masones”.

“Sí, sí”, dije, “sí, sí”.

“¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?”

“Un masón”, repliqué.

“Una señal”, dijo.

“Es esta”, respondí, produciendo una paleta de debajo de los pliegues de mi roquelaure.

“Usted bromea”, exclamó, retrocediendo unos pasos. “Pero sigamos hacia el Amontillado”.

“Que así sea”, dije, volviendo a poner la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo. Se apoyó en él pesadamente. Continuamos nuestra ruta en busca del Amontillado. Pasamos a través de una serie de arcos bajos, descendimos, pasamos adelante y, descendiendo de nuevo, llegamos a una cripta profunda, en la que la inmundicia del aire hacía que nuestras antorchas brillaran más que flamearan.

En el extremo más alejado de la cripta apareció otra menos espaciosa. Sus paredes habían sido revestidas con restos humanos, apilados hasta la bóveda superior, al estilo de las grandes catacumbas de París. Tres lados de esta cripta interior estaban todavía adornados de esta manera. Del cuarto, los huesos habían sido derribados y yacían promiscuamente sobre la tierra, formando en un punto un montón de cierto tamaño. Dentro de la pared así expuesta por el desplazamiento de los huesos, percibimos un nicho interior aún más profundo, de unos cuatro pies de profundidad, tres de ancho y seis o siete de altura. Parecía no haber sido construido para ningún uso especial en sí mismo, sino formado simplemente por el intervalo entre dos de los soportes colosales del techo de las catacumbas, y estaba respaldado por una de sus paredes circundantes de granito sólido.

Fue en vano que Fortunato, levantando su antorcha apagada, intentara escudriñar las profundidades del nicho. Su terminación no nos permitía verla la débil luz.

“Siga”, dije; “aquí está el Amontillado. En cuanto a Luchesi...”

“Es un ignorante”, interrumpió mi amigo, mientras daba un paso inestable hacia adelante, mientras yo lo seguía inmediatamente a sus talones. En un instante había llegado al extremo del nicho y, encontrando su progreso arrestado por la roca, se quedó estúpidamente desconcertado. Un momento más y lo había encadenado al granito. En su superficie había dos grapas de hierro, distantes entre sí unos dos pies, horizontalmente. De una de ellas dependía una cadena corta, de la otra un candado. Lanzando los eslabones alrededor de su cintura, fue solo cuestión de unos pocos segundos asegurarla. Estaba demasiado asombrado para resistirse. Retirando la llave, me alejé del nicho.

“Pase su mano”, dije, “sobre la pared; no puede evitar sentir el salitre. De hecho, está muy húmeda. Una vez más, permítame implorarle que regrese. ¿No? Entonces debo dejarle positivamente. Pero primero debo prestarle todas las pequeñas atenciones a mi alcance”.

“¡El Amontillado!”, exclamó mi amigo, aún no recuperado de su asombro.

“Cierto”, repliqué; “el Amontillado”.

Mientras decía estas palabras, me ocupé entre el montón de huesos de los que he hablado antes. Apartándolos, pronto descubrí una cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y con la ayuda de mi paleta, comencé a tapiar vigorosamente la entrada del nicho.

Apenas había colocado la primera hilera de mi albañilería cuando descubrí que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran medida. La primera indicación que tuve de esto fue un gemido bajo desde el fondo del nicho. No era el grito de un hombre borracho. Hubo entonces un largo y obstinado silencio. Coloqué la segunda hilera, y la tercera, y la cuarta; y entonces escuché las furiosas vibraciones de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, para poder escucharlo con más satisfacción, cesé mis labores y me senté sobre los huesos. Cuando por fin el tintineo disminuyó, reanudé la paleta y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared estaba ahora casi a la altura de mi pecho. Hice una pausa de nuevo y, sosteniendo las antorchas sobre la obra de albañilería, arrojé unos pocos rayos débiles sobre la figura en el interior.

Una sucesión de gritos fuertes y agudos, que brotaron repentinamente de la garganta de la forma encadenada, pareció empujarme violentamente hacia atrás. Por un breve momento dudé, temblé. Desenvainando mi estoque, comencé a tantear con él alrededor del nicho; pero el pensamiento de un instante me tranquilizó. Coloqué mi mano sobre la estructura sólida de las catacumbas y me sentí satisfecho. Me acerqué de nuevo a la pared. Respondí a los alaridos de quien clamaba. Hice eco, ayudé, los superé en volumen y en fuerza. Hice esto, y el clamor se calmó.

Era ya medianoche y mi tarea llegaba a su fin. Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Había terminado una parte de la última y la undécima; quedaba solo una piedra por colocar y enyesar. Luché con su peso; la coloqué parcialmente en su posición destinada. Pero ahora vino desde el nicho una risa baja que erizó los pelos de mi cabeza. Fue seguida por una voz triste, que tuve dificultad en reconocer como la del noble Fortunato. La voz dijo:

“¡Ja! ¡ja! ¡ja!—¡je! ¡je!—una broma muy buena, en verdad, un chiste excelente. Nos reiremos mucho al respecto en el palazzo—¡je! ¡je! ¡je!—sobre nuestro vino—¡je! ¡je! ¡je!”

“¡El Amontillado!”, dije.

“¡Je! ¡je! ¡je!—¡je! ¡je! ¡je!—sí, el Amontillado. Pero, ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo, Lady Fortunato y los demás? Vámonos”.

“Sí”, dije, “vámonos”.

“¡Por el amor de Dios, Montressor!”

“Sí”, dije, “¡por el amor de Dios!”

Pero a estas palabras escuché en vano una respuesta. Me impacienté. Llamé en voz alta:

“¡Fortunato!”

Ninguna respuesta. Llamé de nuevo:

“¡Fortunato!”

Seguía sin haber respuesta. Introduje una antorcha a través de la abertura restante y la dejé caer dentro. Solo salió a cambio un tintineo de cascabeles. Mi corazón se enfermó, debido a la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi labor. Forcé la última piedra en su posición; la enyesé. Contra la nueva albañilería reconstruí el viejo baluarte de huesos. Durante medio siglo ningún mortal los ha perturbado. *¡In pace requiescat!*

EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD

En la consideración de las facultades e impulsos, de los *prima mobilia* del alma humana, los frenólogos no han logrado hacer lugar para una propensión que, aunque obviamente existente como un sentimiento radical, primitivo e irreducible, ha sido igualmente pasada por alto por todos los moralistas que les han precedido. En la pura arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestros sentidos, únicamente por falta de creencia, de fe; ya sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. La idea de ella nunca nos ha ocurrido, simplemente por su supererogación. No vimos necesidad del impulso, para la propensión. No pudimos percibir su necesidad. No pudimos entender, es decir, no podríamos haber entendido, si la noción de este *primum mobile* se hubiera entrometido alguna vez; no podríamos haber entendido de qué manera podría ser utilizada para promover los objetos de la humanidad, ya sean temporales o eternos. No se puede negar que la frenología y, en gran medida, todo el metafisicismo han sido ideados *a priori*. El hombre intelectual o lógico, más que el hombre comprensivo u observador, se dedicó a imaginar diseños, a dictar propósitos a Dios. Habiendo sondeado así, a su satisfacción, las intenciones de Jehová, a partir de estas intenciones construyó sus innumerables sistemas de la mente. En materia de frenología, por ejemplo, determinamos primero, con bastante naturalidad, que era el diseño de la Deidad que el hombre debiera comer. Asignamos entonces al hombre un órgano de alimentividad, y este órgano es el azote con el que la Deidad obliga al hombre, quiera o no, a comer. En segundo lugar, habiendo establecido que era la voluntad de Dios que el hombre continuara su especie, descubrimos un órgano de amatividad, inmediatamente. Y así con la combatividad, con la idealidad, con la causalidad, con la constructividad; así, en resumen, con cada órgano, ya sea que represente una propensión, un sentimiento moral o una facultad del intelecto puro. Y en estos arreglos de los *Principia* de la acción humana, los spurzheimistas, ya sea que tengan razón o no, en parte o en su totalidad, no han hecho más que seguir, en principio, los pasos de sus predecesores; deduciendo y estableciendo todo a partir del destino preconcebido del hombre, y sobre la base de los objetos de su Creador.

Habría sido más sabio, habría sido más seguro, clasificar (si es que debemos clasificar) sobre la base de lo que el hombre usual u ocasionalmente hacía, y estaba siempre haciendo ocasionalmente, más que sobre la base de lo que dábamos por sentado que la Deidad pretendía que hiciera. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo entonces en sus pensamientos inconcebibles, que llaman a las obras a la existencia? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo entonces en sus estados y fases sustantivas de la creación?

La inducción, a posteriori, habría llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico, que podríamos llamar perversidad, a falta de un término más característico. En el sentido que pretendo, es, de hecho, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Por sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible; o, si esto debe entenderse como una contradicción en los términos, podemos modificar la proposición hasta decir que, por sus incitaciones, actuamos por la razón de que no deberíamos hacerlo. En teoría, ninguna razón puede ser más irrazonable, pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Con ciertas mentes, bajo ciertas condiciones, se vuelve absolutamente irresistible. No estoy más seguro de que respiro, que de que la certeza de lo incorrecto o el error de cualquier acción es a menudo la única fuerza inconquistable que nos impulsa, y solo nos impulsa a su ejecución. Tampoco esta tendencia abrumadora a hacer el mal por el mal mismo admite análisis, o resolución en elementos ulteriores. Es un impulso radical, primitivo: elemental. Se dirá, soy consciente, que cuando persistimos en actos porque sentimos que no deberíamos persistir en ellos, nuestra conducta no es más que una modificación de lo que ordinariamente brota de la combatividad de la frenología. Pero un vistazo mostrará la falacia de esta idea. La combatividad frenológica tiene por esencia la necesidad de la autodefensa. Es nuestra salvaguarda contra el daño. Su principio concierne a nuestro bienestar; y así, el deseo de estar bien se excita simultáneamente con su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe excitarse simultáneamente con cualquier principio que sea meramente una modificación de la combatividad, pero en el caso de ese algo que llamo perversidad, el deseo de estar bien no solo no se despierta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.

Una apelación al propio corazón es, después de todo, la mejor respuesta a la sofistería recién observada. Nadie que consulte confiadamente y cuestione a fondo su propia alma estará dispuesto a negar la radicalidad absoluta de la propensión en cuestión. No es más incomprensible que distintiva. No vive hombre que en algún período no haya sido atormentado, por ejemplo, por un deseo ferviente de atormentar a un oyente mediante la circunloquio. El hablante es consciente de que desagrada; tiene toda la intención de agradar, suele ser cortante, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y luminoso lucha por salir de su lengua; solo con dificultad se contiene de dejarlo fluir; teme y deplora la ira de aquel a quien se dirige; sin embargo, le asalta el pensamiento de que mediante ciertas involuciones y paréntesis esta ira puede ser engendrada. Ese solo pensamiento es suficiente. El impulso aumenta hasta convertirse en un deseo, el deseo en un anhelo, el anhelo en una ansia incontrolable, y el anhelo (para profundo pesar y mortificación del hablante, y desafiando todas las consecuencias) es complacido.

Tenemos ante nosotros una tarea que debe realizarse rápidamente. Sabemos que será ruinoso retrasarla. La crisis más importante de nuestra vida reclama, con voz de trompeta, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consume el afán de comenzar la obra, con cuya anticipación de glorioso resultado nuestras almas enteras están en llamas. Debe, será emprendida hoy, y sin embargo la posponemos hasta mañana; ¿y por qué? No hay respuesta, excepto que nos sentimos perversos, usando la palabra sin comprensión del principio. Llega el mañana, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber, pero con este mismo aumento de ansiedad llega, también, un ansia innombrable, positivamente temible, porque insondable, por el retraso. Esta ansia cobra fuerza a medida que vuelan los momentos. La última hora para la acción está a la mano. Temblamos con la violencia del conflicto dentro de nosotros —de lo definido con lo indefinido— de la sustancia con la sombra. Pero, si el concurso ha procedido hasta aquí, es la sombra la que prevalece; luchamos en vano. El reloj da la hora, y es el toque de difuntos de nuestro bienestar. Al mismo tiempo, es el canto del gallo para el fantasma que tanto tiempo nos ha intimidado. Vuela, desaparece, somos libres. La antigua energía regresa. Laboraremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!

Estamos sobre el borde de un precipicio. Miramos hacia el abismo, nos enfermamos y nos mareamos. Nuestro primer impulso es encogernos ante el peligro. Inexplicablemente permanecemos. Por grados lentos nuestra enfermedad, mareo y horror se funden en una nube de sentimiento innombrable. Por gradaciones, aún más imperceptibles, esta nube toma forma, como lo hizo el vapor de la botella del cual surgió el genio en las Mil y una noches. Pero de esta nuestra nube sobre el borde del precipicio, crece hasta la palpabilidad una forma mucho más terrible que cualquier genio o cualquier demonio de un cuento, y sin embargo no es más que un pensamiento, aunque uno temible, y uno que hiela la médula misma de nuestros huesos con la ferocidad del deleite de su horror. Es meramente la idea de cuáles serían nuestras sensaciones durante la precipitada caída desde tal altura. Y esta caída —esta aniquilación precipitada— por la razón misma de que involucra esa más espantosa y repugnante de todas las imágenes más espantosas y repugnantes de muerte y sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por esta misma causa la deseamos ahora con mayor viveza. Y porque nuestra razón nos disuade violentamente del borde, por eso nos acercamos a él con más impetuosidad. No hay pasión en la naturaleza tan demoníacamente impaciente como la de aquel que, estremeciéndose al borde de un precipicio, medita así un salto. Entregarse, por un momento, a cualquier intento de pensamiento es perderse inevitablemente; pues la reflexión solo nos insta a desistir, y por eso es, digo, que no podemos. Si no hay un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en un esfuerzo repentino por postrarnos hacia atrás desde el abismo, nos precipitamos y somos destruidos.

Examinemos estas acciones similares como queramos, encontraremos que resultan únicamente del espíritu de lo Perverso. Las perpetramos porque sentimos que no deberíamos. Más allá o detrás de esto no hay principio inteligible; y podríamos, de hecho, considerar esta perversidad como una instigación directa del Archienemigo, de no ser porque ocasionalmente se sabe que opera en fomento del bien.

He dicho tanto, para poder responder en alguna medida a su pregunta —para explicarle por qué estoy aquí— para asignarle algo que tenga al menos el tenue aspecto de una causa para que yo lleve estos grilletes, y para que yo habite esta celda de los condenados. Si no hubiera sido tan prolijo, podría haberme malinterpretado por completo, o, con la chusma, haberme imaginado loco. Tal como están las cosas, percibirá fácilmente que soy una de las muchas víctimas incontadas del Duende de lo Perverso.

Es imposible que cualquier hecho pudiera haber sido perpetrado con una deliberación más absoluta. Durante semanas, durante meses, reflexioné sobre los medios del asesinato. Rechacé mil planes, porque su realización involucraba una posibilidad de detección. Finalmente, leyendo unas memorias francesas, encontré un relato de una enfermedad casi fatal que le ocurrió a Madame Pilau, por medio de una vela accidentalmente envenenada. La idea llamó mi atención de inmediato. Conocía el hábito de mi víctima de leer en la cama. Sabía, también, que su apartamento era estrecho y mal ventilado. Pero no necesito molestarle con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el candelero de su dormitorio, una vela de cera de mi propia fabricación por la que encontré allí. A la mañana siguiente fue descubierto muerto en su cama, y el veredicto del forense fue: "Muerte por la visitación de Dios".

Habiendo heredado su patrimonio, todo fue bien para mí durante años. La idea de ser detectado nunca entró en mi cerebro. De los restos de la vela fatal me había deshecho cuidadosamente yo mismo. No había dejado ni sombra de pista por la cual fuera posible condenarme, o incluso sospechar de mí por el crimen. Es inconcebible cuán rico sentimiento de satisfacción surgió en mi pecho mientras reflexionaba sobre mi seguridad absoluta. Durante un período de tiempo muy largo estuve acostumbrado a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionó más deleite real que todas las meras ventajas mundanas derivadas de mi pecado. Pero llegó finalmente una época, a partir de la cual el sentimiento placentero creció, por gradaciones apenas perceptibles, hasta convertirse en un pensamiento inquietante y hostigador. Hostigaba porque inquietaba. Apenas podía deshacerme de él por un instante. Es algo bastante común estar así molesto con el zumbido en nuestros oídos, o más bien en nuestras memorias, de la carga de alguna canción ordinaria, o algunos fragmentos poco impresionantes de una ópera. Ni seremos menos atormentados si la canción en sí misma es buena, o la melodía de ópera meritoria. De esta manera, al fin, me sorprendía perpetuamente reflexionando sobre mi seguridad, y repitiendo, en un tono bajo, la frase: "Estoy a salvo".

Un día, mientras paseaba por las calles, me detuve en el acto de murmurar, medio en voz alta, estas sílabas habituales. En un ataque de petulancia, las remodelé así: "¡Estoy a salvo, estoy a salvo... sí, si no soy tan tonto como para hacer una confesión abierta!"

No bien había pronunciado estas palabras, cuando sentí un escalofrío helado arrastrarse hasta mi corazón. Había tenido alguna experiencia en estos ataques de perversidad (cuya naturaleza me he tomado la molestia de explicar), y recordaba bien que en ningún caso había resistido con éxito sus ataques. Y ahora mi propia autosugestión casual de que podría ser posiblemente tan tonto como para confesar el asesinato del cual había sido culpable, me confrontaba, como si el fantasma mismo de aquel a quien había asesinado me hiciera señas hacia la muerte.

Al principio, hice un esfuerzo por sacudirme esta pesadilla del alma. Caminé vigorosamente, más rápido, aún más rápido, finalmente corrí. Sentí un deseo enloquecedor de gritar en voz alta. Cada ola sucesiva de pensamiento me abrumaba con nuevo terror, pues, ¡ay!, entendía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación, era estar perdido. Aceleré aún más mi paso. Salté como un loco a través de las concurridas vías públicas. Finalmente, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino. Podría haberme arrancado la lengua, lo habría hecho, pero una voz áspera resonó en mis oídos; un agarre más áspero me tomó por el hombro. Me volví, jadeé por aire. Por un momento experimenté todas las angustias de la asfixia; me quedé ciego, sordo y mareado; y entonces algún demonio invisible, pensé, me golpeó con su palma ancha en la espalda. El secreto largamente aprisionado brotó de mi alma.

Dicen que hablé con una enunciación distinta, pero con marcado énfasis y apasionada prisa, como si temiera la interrupción antes de concluir las breves pero embarazadas sentencias que me consignaron al verdugo y al infierno.

Habiendo relatado todo lo necesario para la más plena convicción judicial, caí postrado en un desmayo.

¿Pero por qué diré más? ¡Hoy llevo estas cadenas, y estoy aquí! ¡Mañana estaré sin grilletes!, ¿pero dónde?

LA ISLA DE LA FAY

Nullus enim locus sine genio est. — Servius.

"La musique", dice Marmontel, en esos "Contes Moraux" (*1) que en todas nuestras traducciones hemos insistido en llamar "Cuentos Morales", como si fuera en burla de su espíritu: "la musique est le seul des talents qui jouissent de lui-même; tous les autres veulent des témoins". Confunde aquí el placer derivado de los dulces sonidos con la capacidad de crearlos. No más que cualquier otro talento, el de la música es susceptible de disfrute completo donde no hay una segunda parte para apreciar su ejercicio. Y es solo en común con otros talentos que produce efectos que pueden ser disfrutados plenamente en la soledad. La idea que el narrador no ha logrado albergar claramente, o ha sacrificado en su expresión a su amor nacional por la agudeza, es, sin duda, la muy sostenible de que el orden superior de la música es el más profundamente estimado cuando estamos exclusivamente solos. La proposición, en esta forma, será admitida de inmediato por aquellos que aman la lira por su propio bien, y por sus usos espirituales. Pero hay un placer todavía al alcance de la mortalidad caída, y quizás solo uno, que debe aún más que la música al sentimiento accesorio de la reclusión. Me refiero a la felicidad experimentada en la contemplación del paisaje natural. En verdad, el hombre que quiera contemplar correctamente la gloria de Dios sobre la tierra debe, en la soledad, contemplar esa gloria. Para mí, al menos, la presencia —no de la vida humana solamente, sino de la vida en cualquier otra forma que no sea la de las cosas verdes que crecen sobre el suelo y son silenciosas— es una mancha en el paisaje, está en guerra con el genio de la escena. Amo, de hecho, contemplar los valles oscuros, y las rocas grises, y las aguas que silenciosamente sonríen, y los bosques que suspiran en inquietos sueños, y las orgullosas montañas vigilantes que miran hacia abajo sobre todo; amo contemplar a estos como ellos mismos solo los miembros colosales de un vasto todo animado y sintiente; un todo cuya forma (la de la esfera) es la más perfecta y más inclusiva de todas; cuyo camino está entre planetas asociados; cuya mansa doncella es la luna, cuya soberana mediata es el sol; cuya vida es la eternidad, cuyo pensamiento es el de un Dios; cuyo goce es el conocimiento; cuyos destinos se pierden en la inmensidad, cuyo conocimiento de nosotros mismos es afín con nuestro propio conocimiento de las animálculas que infestan el cerebro; un ser que nosotros, en consecuencia, consideramos puramente inanimado y material, de la misma manera que estas animálculas deben considerarnos a nosotros.

Nuestros telescopios y nuestras investigaciones matemáticas nos aseguran por todas partes —a pesar de la cantinela de los más ignorantes del sacerdocio— que el espacio, y por lo tanto el volumen, es una consideración importante a los ojos del Todopoderoso. Los ciclos en los que se mueven las estrellas son los mejor adaptados para la evolución, sin colisión, del mayor número posible de cuerpos. Las formas de esos cuerpos son exactamente tales que, dentro de una superficie dada, incluyan la mayor cantidad posible de materia; mientras que las superficies mismas están tan dispuestas como para acomodar una población más densa de la que podría acomodarse en las mismas superficies dispuestas de otra manera. Tampoco es ningún argumento contra el hecho de que el volumen sea un objetivo de Dios, que el espacio mismo sea infinito; pues puede haber una infinidad de materia para llenarlo. Y dado que vemos claramente que la dotación de materia con vitalidad es un principio —de hecho, hasta donde alcanzan nuestros juicios, el principio rector en las operaciones de la Deidad—, es apenas lógico imaginarlo confinado a las regiones de lo diminuto, donde diariamente lo rastreamos, y no extendiéndose a las de lo augusto. Como encontramos ciclo dentro de ciclo sin fin —pero todos girando alrededor de un centro lejano que es la Divinidad—, ¿no podemos suponer analógicamente de la misma manera, vida dentro de vida, lo menor dentro de lo mayor, y todo dentro del Espíritu Divino? En resumen, estamos errando locamente, por autoestima, al creer que el hombre, en sus destinos temporales o futuros, sea de más importancia en el universo que ese vasto "terrón del valle" que labra y desprecia, y al cual le niega un alma por ninguna razón más profunda que la de que no la ve en funcionamiento. (*2)

Estas fantasías, y otras como estas, siempre han dado a mis meditaciones entre las montañas y los bosques, junto a los ríos y el océano, un tinte de lo que el mundo cotidiano no dejaría de llamar fantástico. Mis andanzas en medio de tales escenas han sido muchas, y de largo alcance, y a menudo solitarias; y el interés con el que he vagado a través de muchos valles oscuros y profundos, o mirado hacia el Cielo reflejado de muchos lagos brillantes, ha sido un interés profundamente aumentado por el pensamiento de que he vagado y mirado solo. ¿Qué francés frívolo fue el que dijo, aludiendo a la conocida obra de Zimmerman, que "la solitude est une belle chose; mais il faut quelqu’un pour vous dire que la solitude est une belle chose"? El epigrama no puede ser refutado; pero la necesidad es una cosa que no existe.

Fue durante uno de mis viajes solitarios, en medio de una región lejana de montaña encerrada dentro de montaña, y ríos tristes y melancólicos tarns retorciéndose o durmiendo dentro de todo, que me encontré con cierto arroyo e isla. Llegué a ellos repentinamente en el frondoso junio, y me arrojé sobre el césped, bajo las ramas de un arbusto odorífero desconocido, para poder dormitar mientras contemplaba la escena. Sentí que solo así debería mirarla; tal era el carácter de fantasma que llevaba.

Por todos lados —salvo hacia el oeste, donde el sol estaba a punto de hundirse— surgían las paredes verdes del bosque. El pequeño río que giraba bruscamente en su curso, y quedaba así inmediatamente fuera de la vista, parecía no tener salida de su prisión, sino ser absorbido por el espeso follaje verde de los árboles hacia el este; mientras que en el sector opuesto (así me pareció mientras yacía extendido y miraba hacia arriba) caía silenciosa y continuamente hacia el valle una rica cascada dorada y carmesí desde las fuentes del atardecer del cielo.

Aproximadamente a mitad de camino en la corta vista que mi visión soñadora abarcaba, una pequeña isla circular, profusamente verdeante, reposaba sobre el pecho de la corriente.

Tan mezclados estaban el banco y la sombra Que cada uno parecía suspendido en el aire

tan similar a un espejo era el agua vítrea, que era apenas posible decir en qué punto sobre la pendiente del césped esmeralda comenzaba su dominio de cristal.

Mi posición me permitió incluir en una sola vista tanto las extremidades orientales como occidentales del islote; y observé una diferencia singularmente marcada en sus aspectos. Esta última era todo un radiante harén de bellezas de jardín. Brillaba y se sonrojaba bajo los ojos de la luz solar inclinada, y reía francamente con flores. La hierba era corta, elástica, de dulce aroma y entremezclada de asfódelos. Los árboles eran ágiles, alegres, erectos —brillantes, esbeltos y elegantes—, de figura y follaje orientales, con corteza lisa, brillante y multicolor. Parecía haber un profundo sentido de vida y alegría en todo; y aunque no soplaban aires desde los cielos, todo tenía movimiento a través de los suaves barridos de ida y vuelta de innumerables mariposas, que podrían haber sido confundidas con tulipanes con alas. (*4)

El otro extremo, o extremo oriental de la isla, estaba sumergido en la sombra más negra. Una penumbra sombría, pero hermosa y pacífica, impregnaba aquí todas las cosas. Los árboles eran oscuros en color, y lúgubres en forma y actitud, retorciéndose en formas tristes, solemnes y espectrales que transmitían ideas de dolor mortal y muerte prematura. La hierba vestía el tinte profundo del ciprés, y las puntas de sus briznas colgaban abatidas, y aquí y allá entre ella había muchos pequeños montículos antiestéticos, bajos y estrechos, y no muy largos, que tenían el aspecto de tumbas, pero no lo eran; aunque sobre ellos y a su alrededor trepaban la ruda y el romero. La sombra de los árboles caía pesadamente sobre el agua, y parecía enterrarse en ella, impregnando las profundidades del elemento con oscuridad. Imaginé que cada sombra, a medida que el sol descendía más y más, se separaba hoscamente del tronco que le dio vida, y así se volvía absorbida por la corriente; mientras otras sombras surgían momentáneamente de los árboles, ocupando el lugar de sus predecesoras así sepultadas.

Esta idea, habiendo una vez prendido en mi fantasía, la excitó grandemente, y me perdí de inmediato en la ensoñación. "Si alguna vez una isla estuvo encantada", me dije a mí mismo, "esta es. Esta es la guarida de las pocas gentiles Hadas que quedan del naufragio de la raza. ¿Son estas tumbas verdes las suyas? ¿O entregan sus dulces vidas como la humanidad entrega las suyas? Al morir, ¿no se consumen más bien lúgubremente, rindiendo a Dios, poco a poco, su existencia, como estos árboles rinden sombra tras sombra, agotando su sustancia hasta la disolución? Lo que el árbol que se consume es para el agua que imbibe su sombra, volviéndose así más negra por aquello de lo que se alimenta, ¿no puede ser la vida del Hada para la muerte que la engulle?"

Mientras meditaba así, con los ojos entrecerrados, mientras el sol se hundía rápidamente en el descanso y corrientes arremolinadas corrían de un lado a otro de la isla, llevando en su seno grandes y deslumbrantes copos blancos de corteza de sicómoro —copos que, en sus multiformes posiciones sobre el agua, una imaginación rápida podría haber convertido en cualquier cosa que deseara—, mientras meditaba así, me pareció que la forma de una de esas mismas hadas en las que había estado cavilando se abría paso lentamente hacia la oscuridad desde la luz en el extremo occidental de la isla. Se mantenía erguida en una canoa singularmente frágil y la impulsaba con el mero fantasma de un remo. Mientras estuvo bajo la influencia de los rayos solares persistentes, su actitud pareció indicativa de alegría, pero la tristeza la deformó al pasar a la sombra. Se deslizó lentamente y, al fin, rodeó el islote y volvió a entrar en la región de la luz. «La revolución que acaba de hacer el hada —continué, pensativo— es el ciclo del breve año de su vida. Ha flotado a través de su invierno y a través de su verano. Está un año más cerca de la Muerte; pues no dejé de ver que, cuando entraba en la sombra, su propia sombra caía de ella y era engullida por el agua oscura, volviendo su negrura más negra».

Y de nuevo apareció el bote y el hada; pero en la actitud de esta última había más preocupación e incertidumbre y menos alegría elástica. Flotó de nuevo desde la luz hacia la penumbra (que se profundizaba a cada momento) y otra vez su sombra cayó de ella al agua de ébano y fue absorbida por su negrura. Y una y otra vez hizo el circuito de la isla (mientras el sol se precipitaba hacia sus sueños), y en cada salida a la luz había más tristeza en su persona, mientras se volvía más débil, mucho más tenue y más indistinta, y en cada paso hacia la penumbra caía de ella una sombra más oscura, que quedaba sumergida en una sombra más negra. Pero al fin, cuando el sol se hubo marchado por completo, el hada, ahora mero fantasma de lo que fue, se dirigió desconsoladamente con su bote hacia la región del flujo de ébano; y si salió de allí en absoluto no podría decirlo, pues la oscuridad cayó sobre todas las cosas y no contemplé más su figura mágica.

LA CITA

¡Esperadme allí! No dejaré de acudir. A encontraros en ese valle hueco.

(Exequias por la muerte de su esposa, por Henry King, obispo de Chichester.)

¡Hombre malhadado y misterioso! —¡aturdido por el brillo de tu propia imaginación y caído en las llamas de tu propia juventud! ¡De nuevo en mi fantasía te contemplo! ¡Una vez más tu forma se ha alzado ante mí! —no— ¡oh, no como eres— en el frío valle y la sombra— sino como deberías ser— malgastando una vida de magnífica meditación en esa ciudad de visiones tenues, tu propia Venecia— que es un elíseo del mar amado por las estrellas, y cuyas amplias ventanas de palacios palladianos miran hacia abajo con un significado profundo y amargo sobre los secretos de sus aguas silenciosas. ¡Sí! Lo repito— como deberías ser. Seguramente hay otros mundos además de este— otros pensamientos además de los pensamientos de la multitud— otras especulaciones además de las especulaciones del sofista. ¿Quién, pues, pondrá en duda tu conducta? ¿Quién te culpará por tus horas visionarias, o denunciará esas ocupaciones como un desperdicio de vida, que no eran sino el desbordamiento de tus energías eternas?

Fue en Venecia, bajo el arco cubierto llamado allí Ponte di Sospiri, donde me encontré por tercera o cuarta vez con la persona de la que hablo. Es con un recuerdo confuso que traigo a la mente las circunstancias de aquel encuentro. Sin embargo, recuerdo— ¡ah!, ¿cómo podría olvidarlo?— la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza de la mujer y el Genio del Romance que acechaba de arriba abajo por el estrecho canal.

Era una noche de una oscuridad inusual. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta hora de la tarde italiana. La plaza del Campanile yacía silenciosa y desierta, y las luces del antiguo Palacio Ducal se extinguían rápidamente. Regresaba a casa desde la Piazetta, por el Gran Canal. Pero cuando mi góndola llegó frente a la boca del canal San Marco, una voz femenina desde sus profundidades irrumpió repentinamente en la noche, en un grito salvaje, histérico y largo. Sobresaltado por el sonido, salté sobre mis pies: mientras el gondolero, al dejar escapar su único remo, lo perdió en la oscuridad total sin posibilidad de recuperarlo, y consecuentemente quedamos a merced de la corriente que aquí se dirige del canal mayor al menor. Como un cóndor enorme y de plumas de sable, íbamos derivando lentamente hacia el Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas que destellaban desde las ventanas y bajando por las escaleras del Palacio Ducal convirtieron de golpe aquella profunda oscuridad en un día lívido y sobrenatural.

Un niño, al resbalar de los brazos de su propia madre, había caído desde una ventana superior de la elevada estructura al profundo y sombrío canal. Las quietas aguas se habían cerrado plácidamente sobre su víctima; y, aunque mi propia góndola era la única a la vista, muchos nadadores vigorosos, ya en la corriente, buscaban en vano sobre la superficie el tesoro que debía ser hallado, ¡ay!, solo dentro del abismo. Sobre las anchas losas de mármol negro a la entrada del palacio, y a unos pocos peldaños sobre el agua, se encontraba una figura que nadie que la viera entonces puede haber olvidado jamás. Era la Marchesa Aphrodite— la adoración de toda Venecia— la más alegre de las alegres— la más encantadora donde todas eran bellas— pero aún la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni, y la madre de aquel niño hermoso, su primero y único, que ahora, profundamente bajo la turbia agua, pensaba con amargura de corazón en sus dulces caricias, y agotaba su pequeña vida en esfuerzos por pronunciar su nombre.

Ella estaba sola. Sus pies pequeños, desnudos y plateados brillaban en el espejo negro de mármol bajo ella. Su cabello, aún no más que medio suelto para la noche de su arreglo de salón de baile, se agrupaba, en medio de una lluvia de diamantes, alrededor de su cabeza clásica, en rizos como los del joven jacinto. Un ropaje blanco como la nieve y similar a la gasa parecía ser casi la única cobertura de su forma delicada; pero el aire de pleno verano y de medianoche era caluroso, hosco y quieto, y ningún movimiento en la forma misma, similar a una estatua, agitaba ni siquiera los pliegues de aquel ropaje de puro vapor que colgaba a su alrededor como el pesado mármol cuelga alrededor de la Níobe. Sin embargo— ¡extraño es decirlo!— sus grandes ojos lustrosos no estaban vueltos hacia abajo, hacia aquella tumba donde yacía enterrada su esperanza más brillante— ¡sino clavados en una dirección muy distinta! La prisión de la Vieja República es, creo, el edificio más majestuoso de toda Venecia— pero ¿cómo podía esa dama mirar tan fijamente hacia él, cuando bajo ella yacía sofocándose su único hijo? Aquel nicho oscuro y sombrío, además, bosteza justo frente a la ventana de su cámara— ¿qué podría haber, pues, en sus sombras— en su arquitectura— en sus cornisas solemnes y cubiertas de hiedra— que la Marchesa di Mentoni no hubiera admirado mil veces antes? ¡Disparates!— ¿Quién no recuerda que, en un momento como este, el ojo, como un espejo roto, multiplica las imágenes de su pesar, y ve en innumerables lugares lejanos la aflicción que está cerca?

Muchos peldaños por encima de la Marchesa, y dentro del arco de la puerta de agua, se encontraba, en traje de etiqueta, la figura semejante a un sátiro del propio Mentoni. Estaba ocasionalmente ocupado rasgueando una guitarra, y parecía ennuyé hasta la muerte, mientras a intervalos daba instrucciones para la recuperación de su hijo. Estupefacto y horrorizado, yo mismo no tuve poder para moverme de la posición erguida que había asumido al escuchar el primer grito, y debí de haber presentado ante los ojos del grupo agitado una apariencia espectral y ominosa, mientras, con semblante pálido y miembros rígidos, flotaba hacia abajo entre ellos en aquella góndola fúnebre.

Todos los esfuerzos resultaron en vano. Muchos de los más enérgicos en la búsqueda estaban relajando sus esfuerzos y cediendo a una tristeza sombría. Parecía haber poca esperanza para el niño; (¡cuánta menos que para la madre!) pero ahora, desde el interior de aquel nicho oscuro que ya ha sido mencionado como parte de la antigua prisión republicana, y como frente a la celosía de la Marchesa, una figura envuelta en una capa salió al alcance de la luz y, deteniéndose un momento al borde del vertiginoso descenso, se lanzó de cabeza al canal. Cuando, un instante después, se encontraba con el niño, todavía vivo y respirando, en su poder, sobre las losas de mármol al lado de la Marchesa, su capa, pesada por el agua empapada, se desabrochó y, cayendo en pliegues alrededor de sus pies, descubrió a los espectadores maravillados la figura grácil de un hombre muy joven, con el sonido de cuyo nombre la mayor parte de Europa resonaba entonces.

Ninguna palabra dijo el libertador. ¡Pero la Marchesa! Ella recibirá ahora a su hijo— lo presionará contra su corazón— se aferrará a su pequeña forma y lo sofocará con sus caricias. ¡Ay! ¡Otros brazos lo han tomado del extraño— otros brazos lo han tomado y se lo han llevado lejos, inadvertidos, al interior del palacio! ¡Y la Marchesa! Su labio— su hermoso labio tiembla; las lágrimas se acumulan en sus ojos— esos ojos que, como el acanto de Plinio, son «suaves y casi líquidos». ¡Sí! Las lágrimas se acumulan en esos ojos— ¡y ved! La mujer entera se estremece en toda su alma, ¡y la estatua ha cobrado vida! La palidez del semblante de mármol, la hinchazón del pecho de mármol, la pureza misma de los pies de mármol, los vemos repentinamente inundados por una marea de carmesí incontrolable; y un ligero escalofrío recorre su delicado cuerpo, como un aire suave en Nápoles sobre los ricos lirios plateados en la hierba.

¿Por qué habría de sonrojarse esa dama? A esta demanda no hay respuesta— excepto que, habiendo abandonado, en el afán y el terror del corazón de una madre, la privacidad de su propio tocador, ha descuidado envolver sus pies diminutos en sus zapatillas, y olvidado por completo echar sobre sus hombros venecianos aquel ropaje que es su derecho. ¿Qué otra razón posible podría haber habido para que se sonrojara tanto?— ¿para la mirada de esos ojos salvajes y suplicantes?— ¿para el tumulto inusual de ese pecho palpitante?— ¿para la presión convulsiva de aquella mano temblorosa?— esa mano que cayó, mientras Mentoni se volvía hacia el palacio, accidentalmente, sobre la mano del extraño. ¿Qué razón podría haber habido para el tono bajo— singularmente bajo— de esas palabras sin sentido que la dama pronunció apresuradamente al despedirse de él? «Has vencido», dijo, o los murmullos del agua me engañaron; «has vencido— una hora después de la salida del sol— nos encontraremos— ¡así sea!»

El tumulto había disminuido, las luces se habían apagado dentro del palacio, y el extraño, a quien ahora reconocía, estaba solo sobre las losas. Temblaba con una agitación inconcebible, y su ojo miraba alrededor en busca de una góndola. No pude hacer menos que ofrecerle el servicio de la mía; y él aceptó la cortesía. Habiendo obtenido un remo en la puerta de agua, procedimos juntos a su residencia, mientras él recuperaba rápidamente su compostura y hablaba de nuestro breve conocimiento anterior en términos de gran cordialidad aparente.

Hay algunos temas sobre los que me complace ser minucioso. La persona del extraño— déjenme llamarlo por este título, quien para todo el mundo era todavía un extraño— la persona del extraño es uno de estos temas. En altura podría haber estado por debajo más que por encima del tamaño medio: aunque había momentos de intensa pasión en que su cuerpo realmente se expandía y desmentía la afirmación. La ligereza, casi esbelta simetría de su figura, prometía más de esa actividad pronta que mostró en el Puente de los Suspiros, que de esa fuerza hercúlea que se ha sabido que ejercía sin esfuerzo, en ocasiones de emergencias más peligrosas. Con la boca y la barbilla de una deidad— ojos singulares, salvajes, llenos, líquidos, cuyas sombras variaban del avellana puro al azabache intenso y brillante— y una profusión de cabello negro y rizado, desde el cual una frente de inusual amplitud relucía a intervalos, toda luz y marfil— los suyos eran rasgos como los cuales no he visto otros más clásicamente regulares, excepto, tal vez, los de mármol del emperador Cómodo. Sin embargo, su semblante era, no obstante, uno de esos que todos los hombres han visto en algún período de sus vidas, y nunca después han vuelto a ver. No tenía ninguna expresión peculiar, no tenía ninguna expresión predominante asentada que aferrar a la memoria; un semblante visto e instantáneamente olvidado, pero olvidado con un deseo vago e incesante de traerlo a la mente. No es que el espíritu de cada pasión rápida fallara, en ningún momento, en arrojar su propia imagen distinta en el espejo de aquel rostro— sino que el espejo, como un espejo, no conservaba vestigio alguno de la pasión, una vez que la pasión había partido.

Al dejarlo en la noche de nuestra aventura, me solicitó, de lo que pensé una manera urgente, que lo visitara muy temprano a la mañana siguiente. Poco después de la salida del sol, me encontré, en consecuencia, en su Palazzo, una de esas enormes estructuras de pompa sombría, pero fantástica, que se alzan sobre las aguas del Gran Canal en las cercanías del Rialto. Fui conducido por una amplia escalera de mosaicos en espiral hacia un apartamento cuyo esplendor inigualable estalló al abrirse la puerta con un brillo real, dejándome ciego y mareado de lujo.

Sabía que mi conocido era rico. Los rumores habían hablado de sus posesiones en términos que me había aventurado incluso a llamar términos de ridícula exageración. Pero mientras miraba a mi alrededor, no podía llegar a creer que la riqueza de cualquier súbdito en Europa pudiera haber suministrado la magnificencia principesca que ardía y resplandecía alrededor.

Aunque, como digo, el sol había salido, la habitación todavía estaba brillantemente iluminada. Juzgo por esta circunstancia, así como por un aire de agotamiento en el semblante de mi amigo, que no se había retirado a la cama durante toda la noche anterior. En la arquitectura y los adornos de la cámara, el diseño evidente había sido deslumbrar y asombrar. Se había prestado poca atención al decoro de lo que técnicamente se llama armonía, o a las propiedades de la nacionalidad. El ojo vagaba de objeto en objeto y no descansaba en ninguno— ni en los grotescos de los pintores griegos, ni en las esculturas de los mejores días italianos, ni en las enormes tallas de la Egipto inculta. Ricos ropajes en cada parte de la habitación temblaban ante la vibración de una música baja y melancólica, cuyo origen no podía ser descubierto. Los sentidos estaban oprimidos por perfumes mezclados y conflictivos, que emanaban de extraños incensarios convolutos, junto con multitudinarias lenguas parpadeantes y llameantes de fuego esmeralda y violeta. Los rayos del sol recién salido se vertían sobre todo el conjunto, a través de ventanas formadas cada una por un solo panel de vidrio tintado de carmesí. Lanzando miradas de aquí para allá, en mil reflejos, desde cortinas que rodaban desde sus cornisas como cataratas de plata fundida, los rayos de gloria natural se mezclaban al fin intermitentemente con la luz artificial, y yacían revolcándose en masas tenues sobre una alfombra de rico paño de oro de Chile, de aspecto líquido.

«¡Ja! ¡ja! ¡ja!— ¡ja! ¡ja! ¡ja!»— se rió el propietario, haciéndome señas para que tomara asiento mientras entraba en la habitación, y arrojándose de cuerpo entero sobre una otomana. «Veo —dijo, percibiendo que no podía reconciliarme inmediatamente con la bienséance de tan singular bienvenida— veo que está asombrado por mi apartamento— por mis estatuas— mis cuadros— ¡mi originalidad de concepción en arquitectura y tapicería! Absolutamente borracho, ¿eh?, con mi magnificencia. Pero perdóneme, mi querido señor, (aquí su tono de voz cayó al espíritu mismo de la cordialidad,) perdóneme por mi risa poco caritativa. Parecía tan absolutamente asombrado. Además, algunas cosas son tan completamente ridículas que un hombre debe reír o morir. ¡Morir riendo debe ser la más gloriosa de todas las muertes gloriosas! Sir Thomas More— un hombre muy fino fue Sir Thomas More— Sir Thomas More murió riendo, ¿recuerda? También en los Absurdities de Ravisius Textor, hay una larga lista de personajes que llegaron al mismo fin magnífico. ¿Sabe, sin embargo? —continuó pensativo—, que en Esparta (que es ahora Palæochori), en Esparta, digo, al oeste de la ciudadela, entre un caos de ruinas apenas visibles, hay una especie de zócalo, sobre el cual todavía son legibles las letras ΛΑΞΜ. Son sin duda parte de ΓΕΛΑΞΜΑ. Ahora bien, en Esparta había mil templos y santuarios para mil divinidades diferentes. ¡Qué sumamente extraño que el altar de la Risa haya sobrevivido a todos los demás! Pero en el presente caso —reanudó, con una singular alteración de voz y manera—, no tengo derecho a estar alegre a su costa. Bien podría haberse asombrado. Europa no puede producir nada tan fino como esto, mi pequeño gabinete real. Mis otros apartamentos no son de ninguna manera del mismo orden— meros ultras de insipidez de moda. Esto es mejor que la moda— ¿no es así? Sin embargo, esto solo tiene que ser visto para ponerse de moda— es decir, con aquellos que pudieran permitírselo al costo de todo su patrimonio. He guardado, sin embargo, contra tal profanación. ¡Con una excepción, usted es el único ser humano además de mí y mi ayuda de cámara, que ha sido admitido dentro de los misterios de estos recintos imperiales, desde que han sido engalanados como ve!»

Hice una reverencia en reconocimiento— pues el sentido abrumador de esplendor, perfume y música, junto con la inesperada excentricidad de su discurso y manera, me impidió expresar, con palabras, mi aprecio por lo que podría haber interpretado como un cumplido.

«Aquí», reanudó, levantándose y apoyándose en mi brazo mientras paseaba por el apartamento, «aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y desde Cimabue hasta la hora presente. Muchas son elegidas, como ve, con poca deferencia a las opiniones de Virtu. Son todas, sin embargo, tapices adecuados para una cámara como esta. Aquí, también, hay algunos chefs d’oeuvre de los grandes desconocidos; y aquí, diseños inacabados de hombres, célebres en su día, cuyos nombres mismos la perspicacia de las academias ha dejado al silencio y a mí. ¿Qué piensa», dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba— «¿qué piensa de esta Madonna della Pieta?»

«¡Es del mismísimo Guido!» dije, con todo el entusiasmo de mi naturaleza, pues había estado escudriñando intensamente su belleza sobresaliente. «¡Es del mismísimo Guido!— ¿cómo pudo haberla obtenido?— es sin duda en pintura lo que la Venus es en escultura».

«¡Ja!» dijo pensativamente, «¿la Venus— la hermosa Venus?— ¿la Venus de los Medici?— ¿aquella de la cabeza diminuta y el cabello dorado? Parte del brazo izquierdo (aquí su voz bajó de modo que se escuchaba con dificultad,) y todo el derecho, son restauraciones; y en la coquetería de ese brazo derecho yace, creo, la quintaesencia de toda afectación. ¡Déme el Canova! El Apolo, también, es una copia— no puede haber duda de ello— ¡ciego necio que soy, que no puedo contemplar la cacareada inspiración del Apolo! No puedo evitar— ¡apiádese de mí!— no puedo evitar preferir al Antinoo. ¿No fue Sócrates quien dijo que el escultor encontraba su estatua en el bloque de mármol? Entonces Miguel Ángel no fue de ninguna manera original en su pareado—

‘Non ha l’ottimo artista alcun concetto Che un marmo solo in se non circunscriva.’”

Se ha dicho, o debería decirse, que, en el modo del verdadero caballero, siempre somos conscientes de una diferencia respecto al comportamiento de los vulgares, sin ser capaces de determinar de inmediato precisamente en qué consiste tal diferencia. Permitiendo que la observación se haya aplicado en toda su fuerza al comportamiento exterior de mi conocido, la sentí, en aquella mañana memorable, aún más plenamente aplicable a su temperamento moral y carácter. Ni puedo definir mejor esa peculiaridad de espíritu que parecía colocarlo tan esencialmente aparte de todos los demás seres humanos, que llamándola un hábito de pensamiento intenso y continuo, que impregnaba incluso sus acciones más triviales— intrusivo en sus momentos de galanteo— y entretejiéndose con sus mismos destellos de alegría— como áspides que se retuercen fuera de los ojos de las máscaras sonrientes en las cornisas alrededor de los templos de Persépolis.

No pude evitar, sin embargo, observar repetidamente, a través del tono mezclado de levedad y solemnidad con el que disertaba rápidamente sobre asuntos de poca importancia, cierto aire de trepidación —un grado de unción nerviosa en sus actos y en su discurso— una inestable excitabilidad de modales que me pareció en todo momento inexplicable y que en algunas ocasiones incluso me llenó de alarma. Con frecuencia, también, al hacer una pausa en mitad de una frase cuyo comienzo al parecer había olvidado, parecía escuchar con la más profunda atención, como si estuviera a la espera momentánea de un visitante, o como si aguardara sonidos que debían de tener existencia únicamente en su imaginación.

Fue durante uno de estos ensueños o pausas de aparente abstracción cuando, al pasar la página de la hermosa tragedia del poeta y erudito Poliziano, «El Orfeo» (la primera tragedia italiana escrita en lengua vernácula), que yacía cerca de mí sobre un otomán, descubrí un pasaje subrayado a lápiz. Era un pasaje hacia el final del tercer acto, un pasaje de la más conmovedora excitación, un pasaje que, aunque teñido de impureza, nadie debería leer sin sentir un escalofrío de emoción novedosa, ninguna mujer sin un suspiro. Toda la página estaba manchada de lágrimas frescas y, en la guarda opuesta, estaban los siguientes versos en inglés, escritos con una letra tan diferente de los peculiares caracteres de mi conocido que tuve alguna dificultad para reconocerla como suya:

Tú eras todo para mí, amor, por lo que mi alma suspiraba: una verde isla en el mar, amor, una fuente y un santuario, todo guirnaldas de frutas y flores de hadas; y todas las flores eran mías.

¡Ah, sueño demasiado brillante para durar! ¡Ah, Esperanza estrellada, que surgiste solo para ser ensombrecida! Una voz desde el Futuro grita: «¡Adelante!», pero sobre el Pasado (¡oscuro abismo!) mi espíritu permanece suspendido, ¡mudo, inmóvil, horrorizado!

¡Porque ay, ay! conmigo la luz de la vida ha terminado. «Nunca más, nunca más, nunca más», (tal lenguaje sostiene el mar solemne hacia las arenas de la orilla), ¡florecerá el árbol fulminado por el rayo, o el águila herida remontará el vuelo!

Ahora todas mis horas son trances; y todos mis sueños nocturnos están donde la mirada oscura brilla, y donde tu paso destella, en qué danzas etéreas, junto a qué arroyos italianos.

¡Ay, de aquel tiempo maldito en que te llevaron sobre el oleaje, del Amor a la edad titulada y al crimen, y a una almohada impía! ¡Lejos de mí, y de nuestro clima brumoso, donde llora el sauce de plata!

Que estos versos estuvieran escritos en inglés —idioma con el que no creía que su autor estuviera familiarizado— me causó poca sorpresa. Yo estaba demasiado al tanto del alcance de sus conocimientos y del placer singular que encontraba en ocultarlos a la observación como para asombrarme ante un descubrimiento similar; pero el lugar de la fecha, debo confesar, me causó no poca estupefacción. Originalmente se había escrito Londres, y después cuidadosamente tachado; no, sin embargo, de forma tan eficaz como para ocultar la palabra a un ojo escrutador. Digo que esto me causó no poca estupefacción, pues recuerdo bien que, en una conversación anterior con un amigo, pregunté particularmente si se había encontrado en alguna ocasión en Londres con la Marchesa di Mentoni (quien durante algunos años previos a su matrimonio había residido en esa ciudad), cuando su respuesta, si no me equivoco, me dio a entender que nunca había visitado la metrópoli de Gran Bretaña. Podría mencionar aquí, asimismo, que he oído más de una vez (sin dar crédito, por supuesto, a un informe que implica tantas improbabilidades) que la persona de quien hablo no solo era inglés de nacimiento, sino también de educación.

—Hay una pintura —dijo, sin darse cuenta de que yo reparaba en la tragedia—, todavía hay una pintura que no has visto. —Y, dejando a un lado un cortinaje, descubrió un retrato de cuerpo entero de la Marchesa Afrodita.

El arte humano no podría haber hecho más en la delineación de su belleza sobrehumana. La misma figura etérea que se alzaba ante mí la noche anterior en los peldaños del Palacio Ducal, se alzaba ante mí una vez más. Pero en la expresión del rostro, que irradiaba sonrisas por doquier, aún acechaba (¡incomprensible anomalía!) esa mancha caprichosa de melancolía que siempre se encontrará inseparable de la perfección de lo bello. Su brazo derecho yacía doblado sobre su pecho. Con el izquierdo señalaba hacia abajo, a un jarrón de curiosa factura. Un pie pequeño, de hada, el único visible, apenas tocaba la tierra; y, apenas perceptible en la atmósfera brillante que parecía rodear y consagrar su hermosura, flotaba un par de alas de la concepción más delicada. Mi mirada cayó de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras de *Bussy D’Ambois*, de Chapman, vibraron instintivamente en mis labios:

«¡Está ahí arriba como una estatua romana! ¡Se mantendrá hasta que la Muerte lo haya convertido en mármol!»

—Ven —dijo al fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza y ricamente esmaltada, sobre la cual había algunas copas fantásticamente teñidas, junto con dos grandes jarrones etruscos, labrados según el mismo modelo extraordinario que el del primer plano del retrato, y llenos de lo que supuse era Johannisberger—. Ven —dijo bruscamente—, ¡bebamos! Es temprano, pero bebamos. Es, en efecto, temprano —continuó, pensativo, mientras un querubín con un pesado martillo de oro hacía resonar la estancia con la primera hora después del amanecer—: es, en efecto, temprano, ¿pero qué importa? ¡Bebamos! ¡Vertamos una ofrenda a ese sol solemne al que estas lámparas y incensarios llamativos están tan ansiosos por someter! —Y, tras haberme hecho brindar con él en una copa llena, apuró en rápida sucesión varias copas del vino.

—Soñar —continuó, reanudando el tono de su conversación inconexa, mientras sostenía ante la rica luz de un incensario uno de los magníficos jarrones—, soñar ha sido el cometido de mi vida. He construido, por lo tanto, para mí, como ves, una glorieta de sueños. ¿Podría haber erigido una mejor en el corazón de Venecia? Contemplas a tu alrededor, es cierto, una mezcla de adornos arquitectónicos. La castidad de Jonia se ve ofendida por dispositivos antediluvianos, y las esfinges de Egipto están tendidas sobre alfombras de oro. Sin embargo, el efecto es incongruente solo para los tímidos. Las conveniencias del lugar, y especialmente del tiempo, son los cocos que aterrorizan a la humanidad de la contemplación de lo magnífico. Una vez fui yo mismo un decorista; pero esa sublimación de la locura ha hastiado mi alma. Todo esto es ahora más adecuado para mi propósito. Al igual que estos incensarios arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me está moldeando para las visiones más salvajes de esa tierra de sueños reales hacia la que ahora me dirijo rápidamente. —Hizo aquí una pausa brusca, inclinó la cabeza hacia su pecho y pareció escuchar un sonido que yo no podía oír. Finalmente, erguida su figura, miró hacia arriba y exclamó los versos del Obispo de Chichester:

«¡Espérame allí! No fallaré en encontrarme contigo en ese valle hueco».

En el instante siguiente, confesando el poder del vino, se arrojó de cuerpo entero sobre un otomán.

Se escuchó entonces un paso rápido en la escalera, y un golpe fuerte en la puerta sucedió rápidamente. Me apresuraba a anticiparme a una segunda perturbación, cuando un paje de la casa de Mentoni irrumpió en la habitación y balbuceó, con voz ahogada por la emoción, las palabras incoherentes: «¡Mi señora! ¡Mi señora! ¡Envenenada! ¡Envenenada! ¡Oh, hermosa, oh, hermosa Afrodita!».

Desconcertado, volé hacia el otomán e intenté despertar al durmiente para que comprendiera la sorprendente noticia. Pero sus miembros estaban rígidos, sus labios lívidos, sus ojos, que poco antes brillaban, estaban clavados en la muerte. Retrocedí tambaleándome hacia la mesa; mi mano cayó sobre una copa agrietada y ennegrecida, y la conciencia de la verdad total y terrible brilló repentinamente en mi alma.

EL POZO Y EL PÉNDULO

Impia tortorum longos hic turba furores Sanguinis innocui, non satiata, aluit. Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro, Mors ubi dira fuit vita salusque patent.

[Cuarteta compuesta para las puertas de un mercado que se erigiría sobre el solar del Club Jacobino en París].

Estaba enfermo, enfermo de muerte por aquella larga agonía; y cuando finalmente me desataron y se me permitió sentarme, sentí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la temida sentencia de muerte, fue lo último de acentuación distinta que llegó a mis oídos. Después de eso, el sonido de las voces inquisitoriales pareció fundirse en un zumbido onírico e indeterminado. Transmitió a mi alma la idea de revolución, tal vez por su asociación en la fantasía con el rumor de la rueda de un molino. Esto solo por un breve período, pues pronto no oí nada más. Sin embargo, por un tiempo, vi, ¡pero con qué terrible exageración! Vi los labios de los jueces vestidos de negro. Me parecieron blancos, más blancos que la hoja sobre la que trazo estas palabras, y delgados hasta lo grotesco; delgados por la intensidad de su expresión de firmeza, de resolución inamovible, de severo desprecio por la tortura humana. Vi que los decretos de lo que para mí era el Destino seguían emanando de aquellos labios. Los vi retorcerse con una locución mortal. Los vi formar las sílabas de mi nombre; y me estremecí porque ningún sonido siguió. Vi, también, por unos momentos de horror delirante, el suave y casi imperceptible ondulamiento de los cortinajes de sable que envolvían las paredes de la estancia. Y entonces mi vista se posó en los siete cirios altos sobre la mesa. Al principio tenían el aspecto de la caridad y parecían ángeles blancos y esbeltos que me salvarían; pero entonces, de repente, una náusea mortífera se apoderó de mi espíritu, y sentí cada fibra de mi cuerpo vibrar como si hubiera tocado el cable de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en espectros sin sentido, con cabezas de llama, y vi que de ellos no habría ayuda. Y entonces se deslizó en mi fantasía, como una nota musical rica, el pensamiento de qué dulce descanso debe haber en la tumba. El pensamiento vino suave y furtivamente, y pareció pasar mucho tiempo antes de alcanzar su plena apreciación; pero justo cuando mi espíritu llegó finalmente a sentirlo y albergarlo adecuadamente, las figuras de los jueces se desvanecieron, como por arte de magia, ante mí; los cirios altos se hundieron en la nada; sus llamas se extinguieron por completo; sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron tragadas en un loco descenso apresurado como el del alma hacia el Hades. Entonces el silencio, y la quietud, la noche, fueron el universo.

Había desfallecido; pero aun así no diré que toda conciencia se perdió. Lo que quedó de ella no intentaré definir, ni siquiera describir; sin embargo, no todo estaba perdido. En el sueño más profundo, ¡no! En el delirio, ¡no! En un desmayo, ¡no! En la muerte, ¡no! Incluso en la tumba no todo está perdido. De lo contrario, no hay inmortalidad para el hombre. Al despertar del más profundo de los sueños, rompemos la red de encaje de algún sueño. Sin embargo, un segundo después (tan frágil puede haber sido esa red) no recordamos que hemos soñado. En el retorno a la vida desde el desmayo hay dos etapas; primero, la del sentido de la existencia mental o espiritual; segundo, la del sentido de la existencia física. Parece probable que si, al alcanzar la segunda etapa, pudiéramos recordar las impresiones de la primera, encontraríamos estas impresiones elocuentes en recuerdos del abismo más allá. Y ese abismo es, ¿qué? ¿Cómo al menos distinguiremos sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado la primera etapa no se recuerdan a voluntad, ¿no vienen, después de un largo intervalo, sin ser llamadas, mientras nos maravillamos de dónde vienen? Quien nunca se ha desmayado no es quien encuentra palacios extraños y rostros salvajemente familiares en las brasas que brillan; no es quien contempla flotando en el aire las visiones tristes que muchos no pueden ver; no es quien reflexiona sobre el perfume de alguna flor nueva; no es aquel cuyo cerebro se confunde con el significado de alguna cadencia musical que nunca antes había llamado su atención.

Entre frecuentes y reflexivos esfuerzos por recordar; entre luchas sinceras por volver a reunir algún rastro del estado de aparente nada en el que mi alma se había sumido, ha habido momentos en los que he soñado con el éxito; ha habido breves, muy breves períodos en los que he conjurado recuerdos que la razón lúcida de una época posterior me asegura que solo podrían haber tenido referencia a ese estado de aparente inconsciencia. Estas sombras de la memoria hablan, indistintamente, de figuras altas que me levantaron y me llevaron en silencio hacia abajo, hacia abajo, siempre hacia abajo, hasta que un mareo espantoso me oprimió ante la sola idea de lo interminable del descenso. Hablan también de un vago horror en mi corazón, a causa de la falta de naturaleza de la quietud de ese corazón. Luego viene una sensación de repentina inmovilidad en todas las cosas; como si aquellos que me llevaban (¡un séquito espantoso!) hubieran superado, en su descenso, los límites de lo ilimitado, y hubieran hecho una pausa ante la fatiga de su trabajo. Después de esto recuerdo la planicie y la humedad; y entonces todo es locura, la locura de una memoria que se ocupa entre cosas prohibidas.

Muy repentinamente volvieron a mi alma el movimiento y el sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y, en mis oídos, el sonido de su latido. Luego una pausa en la que todo está en blanco. Luego otra vez el sonido, el movimiento y el tacto, una sensación de hormigueo que invadió mi cuerpo. Luego la mera conciencia de la existencia, sin pensamiento, una condición que duró mucho tiempo. Luego, muy repentinamente, el pensamiento, y el terror estremecedor, y el esfuerzo sincero por comprender mi verdadero estado. Luego un fuerte deseo de caer en la insensibilidad. Luego un resurgir apresurado del alma y un esfuerzo exitoso por moverse. Y ahora, un recuerdo pleno del juicio, de los jueces, de los cortinajes de sable, de la sentencia, de la enfermedad, del desmayo. Luego, el olvido total de todo lo que siguió; de todo lo que un día posterior y mucho esfuerzo de empeño me han permitido recordar vagamente.

Hasta aquí, no había abierto los ojos. Sentí que yacía de espaldas, sin ataduras. Extendí la mano y cayó pesadamente sobre algo húmedo y duro. Allí la dejé permanecer durante muchos minutos, mientras me esforzaba por imaginar dónde y qué podría ser. Anhelaba, pero no me atrevía a emplear mi visión. Temía el primer vistazo a los objetos que me rodeaban. No era que temiera contemplar cosas horribles, sino que me quedé horrorizado de que no hubiera nada que ver. Finalmente, con una desesperación salvaje en el corazón, cerré rápidamente mis ojos. Mis peores pensamientos, entonces, fueron confirmados. La negrura de la noche eterna me envolvía. Luché por respirar. La intensidad de la oscuridad parecía oprimirme y sofocarme. La atmósfera era intolerablemente cerrada. Seguí acostado en silencio e hice un esfuerzo por ejercer mi razón. Traje a la memoria los procedimientos inquisitoriales e intenté a partir de ese punto deducir mi verdadera condición. La sentencia había sido dictada; y me pareció que había transcurrido un intervalo de tiempo muy largo desde entonces. Sin embargo, ni por un momento supuse que estaba realmente muerto. Tal suposición, a pesar de lo que leemos en la ficción, es totalmente inconsistente con la existencia real; pero, ¿dónde y en qué estado estaba? Los condenados a muerte, sabía, perecían habitualmente en los autos de fe, y uno de estos se había celebrado la misma noche del día de mi juicio. ¿Había sido devuelto a mi calabozo, para esperar el siguiente sacrificio, que no tendría lugar hasta dentro de muchos meses? Esto vi de inmediato que no podía ser. Las víctimas habían sido requeridas de inmediato. Además, mi calabozo, así como todas las celdas de los condenados en Toledo, tenían suelos de piedra, y la luz no estaba del todo excluida.

Una idea temible precipitó ahora repentinamente la sangre a borbotones sobre mi corazón, y por un breve período volví a caer en la insensibilidad. Al recuperarme, me puse de pie de un salto, temblando convulsivamente en cada fibra. Moví mis brazos salvajemente por encima y a mi alrededor en todas direcciones. No sentí nada; sin embargo, temí dar un paso, no fuera a ser impedido por las paredes de una tumba. El sudor brotó de cada poro y se acumuló en grandes gotas frías sobre mi frente. La agonía del suspenso se volvió al final intolerable, y me moví cautelosamente hacia adelante, con los brazos extendidos y los ojos saliéndose de sus órbitas, con la esperanza de captar algún tenue rayo de luz. Avanzaba durante muchos pasos; pero aún todo era negrura y vacío. Respiré con más libertad. Parecía evidente que la mía no era, al menos, la más espantosa de las suertes.

Y ahora, mientras seguía caminando cautelosamente hacia adelante, vinieron a mi memoria mil rumores vagos sobre los horrores de Toledo. Sobre los calabozos de allí se habían narrado cosas extrañas —fábulas que siempre había considerado— pero aun así extrañas, y demasiado espantosas para repetirlas, salvo en un susurro. ¿Se me dejaba perecer de hambre en este mundo subterráneo de oscuridad; o qué destino, quizás aún más temible, me aguardaba? Que el resultado sería la muerte, y una muerte de más amargura de lo habitual, conocía demasiado bien el carácter de mis jueces como para dudarlo. El modo y la hora eran todo lo que me ocupaba o distraía.

Mis manos extendidas encontraron finalmente alguna obstrucción sólida. Era una pared, aparentemente de mampostería de piedra, muy lisa, viscosa y fría. La seguí; caminando con toda la desconfianza cuidadosa que ciertas narraciones antiguas me habían inspirado. Este proceso, sin embargo, no me proporcionó ningún medio para determinar las dimensiones de mi calabozo; pues podría hacer su circuito y volver al punto desde donde partí, sin ser consciente del hecho; tan perfectamente uniforme parecía la pared. Busqué entonces el cuchillo que había tenido en mi bolsillo, cuando me llevaron a la cámara inquisitorial; pero había desaparecido; mis ropas habían sido cambiadas por una túnica de sarga tosca. Había pensado en forzar la hoja en alguna hendidura minúscula de la mampostería, de modo que pudiera identificar mi punto de partida. La dificultad, no obstante, era trivial; aunque, en el desorden de mi fantasía, parecía al principio insuperable. Rasgué una parte del dobladillo de la túnica y coloqué el fragmento a lo largo, y en ángulo recto con la pared. Al tantear mi camino alrededor de la prisión, no podría dejar de encontrar este trapo al completar el circuito. Así, al menos, pensé: pero no había contado con la extensión del calabozo, o con mi propia debilidad. El suelo estaba húmedo y resbaladizo. Me tambaleé durante algún tiempo, cuando tropecé y caí. Mi fatiga excesiva me indujo a permanecer postrado; y el sueño pronto me sobrevino mientras yacía.

Al despertar, y extender un brazo, encontré a mi lado una hogaza y una jarra con agua. Estaba demasiado exhausto para reflexionar sobre esta circunstancia, pero comí y bebí con avidez. Poco después, reanudé mi recorrido alrededor de la prisión, y con mucho esfuerzo llegué al fin al fragmento de sarga. Hasta el momento en que caí había contado cincuenta y dos pasos, y al reanudar mi caminata, había contado cuarenta y ocho más, cuando llegué al trapo. Había, pues, en total, cien pasos; y, admitiendo dos pasos por yarda, presumí que el calabozo tenía cincuenta yardas de circuito. Había encontrado, sin embargo, muchos ángulos en la pared, y por lo tanto no podía formarme ninguna idea de la forma de la bóveda, pues bóveda no podía dejar de suponer que era.

Tenía poco objetivo, ciertamente ninguna esperanza, en estas investigaciones; pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Abandonando la pared, resolví cruzar el área del recinto. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque aparentemente de material sólido, era traicionero con la viscosidad. Finalmente, sin embargo, cobré valor y no dudé en pisar con firmeza; esforzándome por cruzar en línea tan directa como fuera posible. Había avanzado unos diez o doce pasos de esta manera, cuando el resto del dobladillo desgarrado de mi túnica se enredó entre mis piernas. Pisé sobre él y caí violentamente de bruces.

En la confusión que acompañó a mi caída, no percibí de inmediato una circunstancia algo alarmante, la cual, sin embargo, pocos segundos después, mientras permanecía postrado, atrajo mi atención. Era esto: mi barbilla descansaba sobre el suelo de la prisión, pero mis labios y la parte superior de mi cabeza, aunque aparentemente a menor altura que la barbilla, no tocaban nada. Al mismo tiempo, mi frente parecía bañada en un vapor húmedo, y el olor peculiar a hongo podrido llegó a mis fosas nasales. Extendí el brazo y me estremecí al descubrir que había caído justo al borde de un pozo circular, cuya extensión, por supuesto, no tenía medios para determinar en ese momento. Tanteando la mampostería justo debajo del margen, logré desprender un pequeño fragmento y lo dejé caer en el abismo. Durante muchos segundos escuché sus reverberaciones mientras se estrellaba contra las paredes de la sima en su descenso; al fin hubo un sordo chapoteo en el agua, seguido por fuertes ecos. En el mismo instante llegó un sonido semejante a la rápida apertura y al igual cierre de una puerta sobre mi cabeza, mientras un tenue rayo de luz destelló de pronto a través de la penumbra, y tan súbitamente se desvaneció.

Vi claramente el destino que se había preparado para mí, y me felicité por el oportuno accidente mediante el cual me había escapado. Un paso más antes de mi caída, y el mundo no me habría visto más. Y la muerte apenas evitada era de esa misma índole que yo había considerado fabulosa y frívola en los relatos respecto a la Inquisición. Para las víctimas de su tiranía, existía la elección de la muerte con sus más terribles agonías físicas, o la muerte con sus más espantosos horrores morales. Yo había sido reservado para esto último. Por el largo sufrimiento, mis nervios se habían destemplado hasta el punto de temblar al sonido de mi propia voz, y me había convertido en todo aspecto en un sujeto idóneo para la especie de tortura que me aguardaba.

Temblando en cada extremidad, tanteé mi camino de regreso a la pared, resolviendo perecer allí antes que arriesgar los terrores de los pozos, de los cuales mi imaginación ahora representaba muchos en diversas posiciones alrededor del calabozo. En otras condiciones mentales podría haber tenido el valor de terminar mi miseria de inmediato mediante un salto a uno de estos abismos; pero ahora era el más cobarde de los hombres. Tampoco podía olvidar lo que había leído sobre estos pozos: que la extinción repentina de la vida no formaba parte de su plan más horrible.

La agitación del espíritu me mantuvo despierto durante muchas largas horas, pero al fin volví a dormitar. Al despertar, encontré a mi lado, como antes, una hogaza y una jarra de agua. Una sed abrasadora me consumía, y vacié el recipiente de un trago. Debe haber estado drogado, pues apenas había bebido, cuando sentí una somnolencia irresistible. Un sueño profundo cayó sobre mí, un sueño como el de la muerte. Cuánto duró, por supuesto, no lo sé; pero cuando, una vez más, abrí los ojos, los objetos a mi alrededor eran visibles. Por un brillo sulfuroso y salvaje, cuyo origen no pude determinar al principio, pude ver la extensión y el aspecto de la prisión.

En su tamaño me había equivocado enormemente. Todo el circuito de sus paredes no excedía las veinticinco yardas. Durante algunos minutos este hecho me causó un mundo de vana preocupación; ¡vana, en verdad!, pues ¿qué podría ser de menos importancia, bajo las terribles circunstancias que me rodeaban, que las meras dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma se interesaba salvajemente por las pequeñeces, y me ocupé en esfuerzos por explicar el error que había cometido en mi medición. La verdad finalmente brilló ante mí. En mi primer intento de exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el período en que caí; entonces debí haber estado a un paso o dos del fragmento de sarga; de hecho, casi había completado el circuito de la bóveda. Luego dormí, y al despertar, debí haber vuelto sobre mis pasos, suponiendo así que el circuito era casi el doble de lo que realmente era. Mi confusión mental me impidió observar que comencé mi recorrido con la pared a la izquierda y lo terminé con la pared a la derecha.

Había sido engañado, también, respecto a la forma del recinto. Al tantear mi camino había encontrado muchos ángulos, y así deduje una idea de gran irregularidad; ¡tan potente es el efecto de la oscuridad total sobre alguien que despierta del letargo o del sueño! Los ángulos eran simplemente los de unas pocas depresiones leves, o nichos, a intervalos extraños. La forma general de la prisión era cuadrada. Lo que había tomado por mampostería parecía ahora ser hierro, u otro metal, en enormes placas, cuyas suturas o juntas causaban la depresión. Toda la superficie de este recinto metálico estaba groseramente pintada con todos los dispositivos espantosos y repulsivos a los que ha dado lugar la superstición sepulcral de los monjes. Figuras de demonios con aspectos de amenaza, con formas esqueléticas y otras imágenes más realmente aterradoras, cubrían y desfiguraban las paredes. Observé que los contornos de estas monstruosidades eran lo suficientemente distintos, pero que los colores parecían desvanecidos y borrosos, como por los efectos de una atmósfera húmeda. Noté ahora el suelo, también, que era de piedra. En el centro bostezaba el pozo circular de cuyas fauces me había escapado; pero era el único en el calabozo.

Todo esto lo vi indistintamente y con mucho esfuerzo, pues mi condición personal había cambiado grandemente durante el sueño. Ahora yacía de espaldas, y a lo largo, sobre una especie de armazón bajo de madera. A él estaba firmemente atado por una larga correa semejante a un cincho. Pasaba en muchas circunvoluciones alrededor de mis extremidades y cuerpo, dejando en libertad solo mi cabeza, y mi brazo izquierdo hasta tal punto que podía, mediante mucho esfuerzo, proveerme de comida de un plato de barro que yacía a mi lado en el suelo. Vi, para mi horror, que la jarra había sido retirada. Digo para mi horror, pues me consumía una sed intolerable. Esta sed parecía ser el diseño de mis perseguidores estimularla, pues la comida en el plato era carne picantemente sazonada.

Mirando hacia arriba, examiné el techo de mi prisión. Estaba a unos treinta o cuarenta pies sobre mi cabeza, y construido de forma muy similar a las paredes laterales. En uno de sus paneles, una figura muy singular remachó toda mi atención. Era la figura pintada del Tiempo tal como es representado comúnmente, salvo que, en lugar de una guadaña, sostenía lo que, a un vistazo casual, supuse ser la imagen pintada de un enorme péndulo tal como vemos en los relojes antiguos. Había algo, sin embargo, en la apariencia de esta máquina que me hizo observarla con más atención. Mientras miraba directamente hacia arriba (pues su posición estaba inmediatamente sobre mí) imaginé que lo veía en movimiento. Un instante después, la fantasía fue confirmada. Su arco era breve, y por supuesto lento. Lo observé durante algunos minutos, algo con miedo, pero más con asombro. Cansado al fin de observar su movimiento sordo, volví mis ojos hacia los otros objetos en la celda.

Un leve ruido atrajo mi atención, y, mirando al suelo, vi varios ratas enormes atravesándolo. Habían salido del pozo, que yacía justo a la vista a mi derecha. Incluso entonces, mientras miraba, subieron en tropas, apresuradamente, con ojos voraces, atraídas por el olor de la carne. Para espantarlas, requirió mucho esfuerzo y atención.

Podría haber pasado media hora, quizás incluso una hora (pues solo podía tomar nota imperfecta del tiempo) antes de que volviera a dirigir mis ojos hacia arriba. Lo que entonces vi me confundió y me asombró. El arco del péndulo había aumentado en extensión en casi una yarda. Como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero lo que principalmente me perturbaba era la idea de que había descendido perceptiblemente. Observé ahora —con qué horror es innecesario decir— que su extremidad inferior estaba formada por una media luna de acero brillante, de aproximadamente un pie de longitud de cuerno a cuerno; los cuernos hacia arriba, y el borde inferior evidentemente tan afilado como el de una navaja. Como una navaja también, parecía maciza y pesada, afinándose desde el borde hacia una estructura sólida y ancha arriba. Estaba unida a una pesada varilla de latón, y todo silbaba mientras oscilaba a través del aire.

Ya no podía dudar del destino preparado para mí por el ingenio monástico en la tortura. Mi conocimiento del pozo había llegado a oídos de los agentes inquisitoriales —el pozo, cuyos horrores habían sido destinados para un recusante tan audaz como yo— el pozo, típico del infierno, y considerado por el rumor como la *Ultima Thule* de todos sus castigos. El salto a este pozo lo había evitado por el más mínimo de los accidentes. Sabía que la sorpresa, o la trampa en el tormento, formaba una parte importante de toda la grotesquerie de estas muertes en el calabozo. Habiendo fallado en caer, no era parte del plan demoníaco arrojarme al abismo; y así (no habiendo alternativa) una destrucción diferente y más leve me aguardaba. ¡Más leve! Sonreí a medias en mi agonía mientras pensaba en tal aplicación de tal término.

¿Qué aprovecha hablar de las largas, largas horas de horror más que mortal, durante las cuales conté las rápidas vibraciones del acero? ¡Pulgada a pulgada —línea a línea— con un descenso solo apreciable en intervalos que parecían eras— abajo y siempre abajo venía! Pasaron días —podría haber sido que muchos días pasaron— antes de que barriera tan cerca sobre mí como para abanicarme con su aliento acre. El olor del acero afilado se forzó en mis fosas nasales. Recé —cansé al cielo con mi oración por su descenso más rápido. Me volví frenéticamente loco, y luché por forzarme hacia arriba contra el barrido de la temible cimitarra. Y entonces caí repentinamente en calma, y yacía sonriendo ante la muerte brillante, como un niño ante alguna baratija rara.

Hubo otro intervalo de insensibilidad absoluta; fue breve; pues, al volver a caer en la vida, no había habido un descenso perceptible en el péndulo. Pero podría haber sido largo; pues sabía que había demonios que tomaban nota de mi desmayo, y que podían haber detenido la vibración a placer. Tras mi recuperación, también, me sentí muy —¡oh! inexpresablemente— enfermo y débil, como por una larga inanición. Incluso en medio de las agonías de ese período, la naturaleza humana anhelaba comida. Con esfuerzo doloroso estiré mi brazo izquierdo tanto como mis ataduras permitían, y tomé posesión del pequeño remanente que había sido ahorrado por las ratas. Mientras ponía una porción de él entre mis labios, se precipitó a mi mente un pensamiento a medio formar de alegría, de esperanza. Sin embargo, ¿qué asuntos tenía yo con la esperanza? Era, como digo, un pensamiento a medio formar; el hombre tiene muchos de tales, que nunca son completados. Sentí que era de alegría, de esperanza; pero sentí también que había perecido en su formación. En vano luché por perfeccionarlo, por recuperarlo. El largo sufrimiento casi había aniquilado todas mis facultades mentales ordinarias. Yo era un imbécil, un idiota.

La vibración del péndulo era en ángulo recto a mi longitud. Vi que la media luna estaba diseñada para cruzar la región del corazón. Deshilacharía la sarga de mi túnica —regresaría y repetiría sus operaciones— una y otra vez. A pesar de su barrido terriblemente amplio (unos treinta pies o más) y el vigor siseante de su descenso, suficiente para separar estas mismas paredes de hierro, aún así, el deshilachado de mi túnica sería todo lo que, por varios minutos, lograría. Y ante este pensamiento hice una pausa. No me atreví a ir más lejos que esta reflexión. Me detuve en él con una pertinacia de atención, como si, al detenerme así, pudiera detener aquí el descenso del acero. Me forcé a reflexionar sobre el sonido de la media luna a medida que pasara a través de la prenda, sobre la peculiar sensación emocionante que la fricción de la tela produce en los nervios. Reflexioné sobre toda esta frivolidad hasta que mis dientes chirriaron.

Abajo, constantemente abajo se arrastraba. Sentí un placer frenético en contrastar su velocidad hacia abajo con su velocidad lateral. ¡A la derecha, a la izquierda, a lo ancho, con el grito de un espíritu condenado! ¡Hacia mi corazón con el paso sigiloso del tigre! Alternadamente reía y aullaba mientras una u otra idea se volvía predominante.

¡Abajo, ciertamente, implacablemente abajo! ¡Vibraba a menos de tres pulgadas de mi pecho! Luché violentamente, furiosamente, por liberar mi brazo izquierdo. Este estaba libre solo desde el codo hasta la mano. Podía alcanzar esta última, desde el plato a mi lado, hasta mi boca, con gran esfuerzo, pero no más allá. Si hubiera podido romper las ataduras por encima del codo, habría agarrado e intentado detener el péndulo. ¡Podría haber intentado detener una avalancha!

¡Abajo, todavía incesantemente, todavía inevitablemente abajo! Jadeaba y luchaba en cada vibración. Me encogía convulsivamente en cada uno de sus barridos. Mis ojos seguían sus giros hacia afuera o hacia arriba con la avidez de la desesperación más carente de sentido; se cerraban espasmódicamente ante el descenso, aunque la muerte habría sido un alivio, ¡oh, cuán inefable! Todavía me estremecía en cada nervio al pensar cuán leve hundimiento de la maquinaria precipitaría ese hacha afilada y brillante sobre mi pecho. Era la esperanza lo que incitaba al nervio a estremecerse, al cuerpo a encogerse. Era la esperanza —la esperanza que triunfa en el potro— que susurra al condenado a muerte incluso en los calabozos de la Inquisición.

Vi que unas diez o doce vibraciones traerían el acero en contacto real con mi túnica, y con esta observación de pronto vino sobre mi espíritu toda la calma aguda y recogida de la desesperación. Por primera vez durante muchas horas, o quizás días, pensé. Se me ocurrió ahora que la venda, o cincho, que me envolvía, era única. No estaba atado por ninguna cuerda separada. El primer golpe de la media luna como una navaja a través de cualquier porción de la banda, la desprendería de tal manera que podría ser desenrollada de mi persona mediante mi mano izquierda. ¡Pero cuán temible, en ese caso, la proximidad del acero! ¡El resultado del más mínimo esfuerzo, cuán mortal! ¿Era probable, además, que los secuaces del torturador no hubieran previsto y provisto esta posibilidad? ¿Era probable que la venda cruzara mi pecho en el camino del péndulo? Temiendo encontrar mi tenue, y, como parecía, mi última esperanza frustrada, elevé mi cabeza lo suficiente para obtener una vista distinta de mi pecho. El cincho envolvía mis extremidades y cuerpo cerca en todas direcciones, salvo en el camino de la media luna destructora.

Apenas había dejado caer mi cabeza de nuevo a su posición original, cuando brilló en mi mente lo que no puedo describir mejor que como la mitad no formada de esa idea de liberación a la que me he referido previamente, y de la cual una mitad solo flotaba indeterminadamente a través de mi cerebro cuando elevaba comida a mis labios ardientes. El pensamiento completo estaba ahora presente —débil, apenas cuerdo, apenas definido—, pero aún entero. Procedí de inmediato, con la energía nerviosa de la desesperación, a intentar su ejecución.

Durante muchas horas, la vecindad inmediata del armazón bajo sobre el que yacía había estado literalmente pululando de ratas. Eran salvajes, audaces, voraces; sus ojos rojos brillando sobre mí como si esperaran solo la inmovilidad de mi parte para hacerme su presa. "¿A qué comida", pensé, "¿habrán estado acostumbradas en el pozo?"

Habían devorado, a pesar de todos mis esfuerzos por evitarlo, todo menos un pequeño remanente del contenido del plato. Había caído en un vaivén habitual, u onda de la mano sobre el plato; y, al fin, la uniformidad inconsciente del movimiento le privó de efecto. En su voracidad, los bichos frecuentemente clavaban sus afilados colmillos en mis dedos. Con las partículas del alimento aceitoso y especiado que ahora quedaban, froté completamente la venda dondequiera que pude alcanzarla; luego, levantando mi mano del suelo, permanecí inmóvil, sin aliento.

Al principio los animales voraces se sobresaltaron y aterrorizaron ante el cambio, ante el cese del movimiento. Se encogieron alarmados hacia atrás; muchos buscaron el pozo. Pero esto fue solo por un momento. No había contado en vano con su voracidad. Observando que permanecía sin movimiento, una o dos de las más audaces saltaron sobre el armazón y olfatearon el cincho. Esta pareció la señal para una embestida general. Salieron del pozo apresuradamente en nuevas tropas. Se aferraron a la madera; la invadieron, y saltaron por cientos sobre mi persona. El movimiento medido del péndulo no los perturbó en absoluto. Evitando sus golpes se ocuparon con la venda ungida. Presionaron; pulularon sobre mí en montones siempre acumulados. Se retorcían sobre mi garganta; sus labios fríos buscaron los míos; estaba medio asfixiado por su presión atestada; el disgusto, para el cual el mundo no tiene nombre, hinchó mi pecho, y enfrió, con una pesada humedad, mi corazón. Aún un minuto, y sentí que la lucha terminaría. Claramente percibí el aflojamiento de la venda. Sabía que en más de un lugar ya debía estar cortada. Con una resolución más que humana permanecí quieto.

Ni había errado en mis cálculos, ni había soportado en vano. Al fin sentí que estaba libre. El cincho colgaba en cintas de mi cuerpo. Pero el golpe del péndulo ya presionaba sobre mi pecho. Había dividido la sarga de la túnica. Había cortado el lino debajo. Dos veces más osciló, y un agudo sentido de dolor disparó a través de cada nervio. Pero el momento del escape había llegado. Ante un movimiento de mi mano, mis libertadores se apresuraron tumultuosamente. Con un movimiento firme —cauteloso, lateral, encogiéndome y lento— me deslicé del abrazo de la venda y más allá del alcance de la cimitarra. Por el momento, al menos, estaba libre.

¡Libre! —¡y en las garras de la Inquisición! Apenas había bajado de mi lecho de madera de horror sobre el suelo de piedra de la prisión, cuando el movimiento de la máquina infernal cesó y la vi retirada, por alguna fuerza invisible, a través del techo. Esta fue una lección que tomé desesperadamente a pecho. Cada uno de mis movimientos era indudablemente observado. ¡Libre! —solo había escapado de la muerte en una forma de agonía, para ser entregado a algo peor que la muerte en alguna otra. Con ese pensamiento hice rodar mis ojos nerviosamente alrededor de las barreras de hierro que me cercaban. Algo inusual —algún cambio que, al principio, no pude apreciar distintamente— era obvio, había tenido lugar en el apartamento. Durante muchos minutos de una abstracción soñadora y temblorosa, me ocupé en conjeturas vanas y desconectadas. Durante este período, me di cuenta, por primera vez, del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Procedía de una fisura, de aproximadamente media pulgada de ancho, que se extendía completamente alrededor de la prisión en la base de las paredes, las cuales así aparecían, y estaban, completamente separadas del suelo. Intenté, pero por supuesto en vano, mirar a través de la apertura.

Mientras me levantaba del intento, el misterio de la alteración en la cámara irrumpió de inmediato en mi entendimiento. He observado que, aunque los contornos de las figuras sobre las paredes eran suficientemente distintos, sin embargo los colores parecían borrosos e indefinidos. Estos colores habían asumido ahora, y estaban asumiendo momentáneamente, una brillantez sorprendente y muy intensa, que dio a las representaciones espectrales y diabólicas un aspecto que podría haber estremecido incluso nervios más firmes que los míos. Ojos de demonio, de una vivacidad salvaje y fantasmal, me miraban en mil direcciones, donde ninguno había sido visible antes, y brillaban con el resplandor lívido de un fuego que no pude forzar a mi imaginación a considerar como irreal.

¡Irreal! ¡Incluso mientras respiraba, llegó a mis narices el aliento del vapor de hierro candente! ¡Un olor sofocante invadía la prisión! ¡Un brillo más profundo se asentaba a cada momento en los ojos que fulminaban mis agonías! Un tinte más rico de carmesí se difundía sobre los horrores pictóricos de sangre. ¡Jadeaba! ¡Boqueaba por falta de aire! No podía haber duda del designio de mis verdugos; ¡oh!, ¡los más implacables!, ¡oh!, ¡los más demoníacos de los hombres! Retrocedí del metal incandescente hacia el centro de la celda. En medio del pensamiento de la ardiente destrucción que se cernía, la idea de la frescura del pozo acudió a mi alma como un bálsamo. Corrí hacia su borde mortal. Arrojé mi vista tensa hacia abajo. El resplandor del techo encendido iluminaba sus más íntimos recovecos. Sin embargo, por un momento salvaje, mi espíritu se negó a comprender el significado de lo que veía. Finalmente se abrió paso, luchó hasta entrar en mi alma, se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Oh, por una voz para hablar! ¡Oh, horror! ¡Oh, cualquier horror menos este! Con un grito, me aparté del margen y enterré mi rostro en mis manos, llorando amargamente.

El calor aumentó rápidamente, y una vez más miré hacia arriba, estremeciéndome como con un ataque de temblores. Había habido un segundo cambio en la celda, y ahora el cambio era obviamente en la forma. Como antes, fue en vano que, al principio, intentara apreciar o entender lo que estaba ocurriendo. Pero no quedé mucho tiempo en duda. La venganza inquisitorial se había apresurado por mi doble escape, y no iba a haber más demoras con el Rey de los Terrores. La habitación había sido cuadrada. Vi que dos de sus ángulos de hierro eran ahora agudos; dos, por consiguiente, obtusos. La temible diferencia aumentó rápidamente con un sonido bajo, retumbante o lastimero. En un instante, el apartamento había cambiado su forma a la de un losange. Pero la alteración no se detuvo aquí; ni lo esperaba ni deseaba que se detuviera. Podría haber estrechado las paredes rojas contra mi pecho como una vestidura de paz eterna. "¡La muerte!", dije, "¡cualquier muerte menos la del pozo!". ¡Necio! ¿Acaso no podría haber sabido que hacia el pozo era el objetivo del hierro ardiente empujarme? ¿Podía resistir su resplandor? O, incluso si eso fuera posible, ¿podía soportar su presión? Y ahora, más y más plano se volvía el losange, con una rapidez que no me dejaba tiempo para la contemplación. Su centro, y por supuesto, su mayor anchura, quedó justo sobre el abismo abierto. Retrocedí, pero las paredes que se cerraban me empujaron irresistiblemente hacia adelante. Finalmente, para mi cuerpo abrasado y retorciéndose, ya no quedaba ni una pulgada de apoyo en el firme suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma encontró salida en un único, largo y final grito de desesperación. Sentí que vacilaba sobre el borde; desvié mis ojos...

¡Hubo un zumbido discordante de voces humanas! ¡Hubo un estallido fuerte como de muchas trompetas! ¡Hubo un chirrido áspero como de mil truenos! ¡Las paredes ardientes retrocedieron! Un brazo extendido atrapó el mío mientras caía, desmayado, hacia el abismo. Era el del General Lasalle. El ejército francés había entrado en Toledo. La Inquisición estaba en manos de sus enemigos.

EL ENTIERRO PREMATURO

Hay ciertos temas cuyo interés es absorbente, pero que son demasiado horribles para los propósitos de la ficción legítima. Estos, el simple romántico debe evitarlos si no desea ofender o disgustar. Solo se manejan con propiedad cuando la severidad y la majestad de la Verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso de los "dolores placenteros" ante los relatos del Paso del Beresina, del Terremoto de Lisboa, de la Peste en Londres, de la Masacre de San Bartolomé o de la asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos es el hecho, es la realidad, es la historia lo que entusiasma. Como invenciones, deberíamos considerarlos con simple aborrecimiento.

He mencionado algunas de las calamidades más prominentes y augustas registradas; pero en estas es la magnitud, no menos que el carácter de la calamidad, lo que impresiona tan vívidamente la fantasía. No necesito recordar al lector que, del largo y extraño catálogo de miserias humanas, podría haber seleccionado muchos casos individuales más repletos de sufrimiento esencial que cualquiera de estas vastas generalidades de desastre. La verdadera desdicha, en efecto, el dolor supremo, es particular, no difusa. Que los extremos espantosos de la agonía son soportados por el hombre como unidad, y nunca por el hombre como masa, ¡por esto demos gracias a un Dios misericordioso!

Ser enterrado estando vivo es, sin duda, el más terrorífico de estos extremos que jamás haya caído en suerte a la simple mortalidad. Que ha caído frecuentemente, muy frecuentemente, difícilmente será negado por quienes piensan. Los límites que dividen la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, sombríos y vagos. ¿Quién dirá dónde termina una y dónde comienza la otra? Sabemos que existen enfermedades en las que ocurren ceses totales de todas las funciones aparentes de la vitalidad, y sin embargo, en las que estos ceses son meras suspensiones, propiamente dichas. Son solo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurre un cierto período, y algún principio misterioso e invisible pone nuevamente en movimiento las alas mágicas y las ruedas hechiceras. El cordón de plata no se soltó para siempre, ni el cuenco de oro se rompió irremediablemente. Pero, mientras tanto, ¿dónde estaba el alma?

Aparte, sin embargo, de la conclusión inevitable, a priori, de que tales causas deben producir tales efectos, de que la ocurrencia bien conocida de tales casos de animación suspendida debe dar lugar, de vez en cuando, a entierros prematuros; aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y ordinaria para probar que un vasto número de tales entierros han tenido lugar realmente. Podría referirme de inmediato, si fuera necesario, a cien casos bien autenticados. Uno de carácter muy notable, y cuyas circunstancias pueden estar frescas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho tiempo en la ciudad vecina de Baltimore, donde ocasionó una dolorosa, intensa y ampliamente extendida conmoción. La esposa de uno de los ciudadanos más respetables, un abogado eminente y miembro del Congreso, fue presa de una enfermedad repentina e inexplicable que desconcertó por completo la habilidad de sus médicos. Tras mucho sufrimiento, murió, o se supuso que murió. Nadie sospechó, en efecto, ni tuvo motivos para sospechar, que no estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias ordinarias de la muerte. El rostro asumió el contorno habitual, contraído y hundido. Los labios tenían la palidez de mármol habitual. Los ojos carecían de brillo. No había calor. La pulsación había cesado. Durante tres días el cuerpo se conservó sin enterrar, tiempo durante el cual adquirió una rigidez pétrea. El funeral, en resumen, fue apresurado debido al rápido avance de lo que se supuso era la descomposición.

La dama fue depositada en su bóveda familiar, la cual, durante los tres años siguientes, no fue perturbada. Al expirar este plazo, se abrió para la recepción de un sarcófago; pero, ¡ay!, ¡qué choque temible esperaba al esposo, quien, personalmente, abrió la puerta! Mientras sus portales se balanceaban hacia afuera, algún objeto vestido de blanco cayó haciendo ruido en sus brazos. Era el esqueleto de su esposa en su mortaja aún no descompuesta.

Una investigación cuidadosa hizo evidente que ella había revivido a los dos días de su sepultura; que sus forcejeos dentro del ataúd lo habían hecho caer de una repisa o estante al suelo, donde se rompió lo suficiente como para permitir su escape. Una lámpara que había sido dejada accidentalmente, llena de aceite, dentro de la tumba, fue encontrada vacía; podría haberse agotado, sin embargo, por evaporación. En el último de los escalones que conducían a la temida cámara había un gran fragmento del ataúd, con el cual, al parecer, había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras estaba así ocupada, probablemente se desmayó, o posiblemente murió, por puro terror; y, al caer, su mortaja se enredó en algunos trabajos de hierro que sobresalían interiormente. Así permaneció, y así se pudrió, erguida.

En el año 1810, un caso de inhumación viva ocurrió en Francia, asistido por circunstancias que justifican en gran medida la afirmación de que la realidad es, de hecho, más extraña que la ficción. La heroína de la historia era una Mademoiselle Victorine Lafourcade, una joven de familia ilustre, de riqueza y de gran belleza personal. Entre sus numerosos pretendientes estaba Julien Bossuet, un pobre literato o periodista de París. Sus talentos y amabilidad general lo habían recomendado a la atención de la heredera, por quien parece haber sido verdaderamente amado; pero su orgullo de cuna decidió, finalmente, rechazarlo y casarse con un Monsieur Renelle, un banquero y diplomático de cierta eminencia. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero la descuidó y, quizás, incluso la maltrató de manera más positiva. Tras haber pasado con él unos años miserables, murió; al menos su condición se parecía tanto a la muerte que engañó a todos los que la vieron. Fue enterrada, no en una bóveda, sino en una tumba ordinaria en el pueblo de su nacimiento. Lleno de desesperación, y aún inflamado por el recuerdo de un profundo afecto, el amante viaja desde la capital hasta la remota provincia en la que se encuentra el pueblo, con el propósito romántico de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus exuberantes trenzas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el ataúd, lo abre y está a punto de desprender el cabello cuando es detenido por el abrirse de los amados ojos. De hecho, la dama había sido enterrada viva. La vitalidad no había desaparecido por completo, y fue despertada por las caricias de su amante del letargo que se había confundido con la muerte. Él la llevó frenéticamente a su alojamiento en el pueblo. Empleó ciertos restauradores poderosos sugeridos por no poco conocimiento médico. En fin, revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que, por grados lentos, recuperó completamente su salud original. Su corazón de mujer no era de diamante, y esta última lección de amor fue suficiente para suavizarlo. Se lo otorgó a Bossuet. No regresó más a su marido, sino que, ocultándole su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, ambos regresaron a Francia, bajo la persuasión de que el tiempo había alterado tanto la apariencia de la dama que sus amigos serían incapaces de reconocerla. Se equivocaron, sin embargo, pues, en el primer encuentro, Monsieur Renelle realmente reconoció y reclamó a su esposa. Ella resistió este reclamo, y un tribunal judicial la sostuvo en su resistencia, decidiendo que las circunstancias peculiares, junto con el largo transcurso de los años, habían extinguido, no solo equitativamente, sino legalmente, la autoridad del marido.

El "Journal de Cirugía" de Leipzig, una publicación periódica de alta autoridad y mérito, que algún librero estadounidense haría bien en traducir y reeditar, registra en un número reciente un evento muy angustiante del carácter en cuestión.

Un oficial de artillería, un hombre de estatura gigantesca y salud robusta, al ser arrojado por un caballo inmanejable, recibió una contusión muy severa en la cabeza, que lo dejó insensible de inmediato; el cráneo estaba ligeramente fracturado, pero no se temió peligro inmediato. La trepanación se realizó con éxito. Fue sangrado, y se adoptaron muchos otros de los medios ordinarios de alivio. Gradualmente, sin embargo, cayó en un estado de estupor cada vez más desesperanzador y, finalmente, se pensó que murió.

El clima era cálido y fue enterrado con indecente prisa en uno de los cementerios públicos. Su funeral tuvo lugar el jueves. El domingo siguiente, los terrenos del cementerio estaban, como de costumbre, muy concurridos de visitantes, y hacia el mediodía se creó una intensa conmoción por la declaración de un campesino que, mientras estaba sentado sobre la tumba del oficial, había sentido distintivamente una conmoción de la tierra, como si fuera causada por alguien que luchaba debajo. Al principio se prestó poca atención a la aseveración del hombre; pero su evidente terror y la obstinación terca con la que persistía en su historia tuvieron finalmente su efecto natural sobre la multitud. Se consiguieron palas apresuradamente, y la tumba, que era vergonzosamente poco profunda, fue abierta en pocos minutos hasta el punto de que apareció la cabeza de su ocupante. Parecía entonces muerto; pero estaba casi erguido dentro de su ataúd, cuya tapa, en sus furiosos forcejeos, había levantado parcialmente.

Fue llevado inmediatamente al hospital más cercano y allí se declaró que aún estaba vivo, aunque en estado asfíctico. Después de algunas horas revivió, reconoció a individuos de su conocimiento y, en frases entrecortadas, habló de sus agonías en la tumba.

Por lo que relató, estaba claro que debió haber sido consciente de la vida durante más de una hora, mientras estaba inhumado, antes de caer en la insensibilidad. La tumba fue descuidada y llenada holgadamente con un suelo excesivamente poroso; y así, necesariamente, se admitió algo de aire. Escuchó los pasos de la multitud arriba e intentó hacerse oír a su vez. Fue el tumulto dentro de los terrenos del cementerio, dijo, lo que pareció despertarlo de un sueño profundo, pero no bien estuvo despierto, se dio cuenta plenamente de los horrores espantosos de su posición.

Este paciente, se registra, estaba mejorando y parecía estar en camino a una recuperación final, pero fue víctima de las charlatanerías del experimento médico. Se aplicó la batería galvánica y expiró repentinamente en uno de esos paroxismos extáticos que, ocasionalmente, esta produce.

La mención de la batería galvánica, sin embargo, trae a mi memoria un caso muy conocido y extraordinario al respecto, donde su acción resultó ser el medio de restaurar a la animación a un joven abogado de Londres, que había estado enterrado durante dos días. Esto ocurrió en 1831 y creó, en su momento, una sensación muy profunda dondequiera que fue tema de conversación.

El paciente, el Sr. Edward Stapleton, había muerto, aparentemente de fiebre tifoidea, acompañada de algunos síntomas anómalos que habían excitado la curiosidad de sus médicos. Tras su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos que sancionaran una autopsia, pero declinaron permitirla. Como sucede a menudo cuando se hacen tales negativas, los profesionales resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a su antojo, en privado. Los arreglos se efectuaron fácilmente con algunos de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres con los que abunda Londres; y, en la tercera noche después del funeral, el supuesto cadáver fue desenterrado de una fosa de ocho pies de profundidad y depositado en la cámara inicial de uno de los hospitales privados.

Una incisión de cierta extensión se había realizado realmente en el abdomen, cuando el aspecto fresco y no descompuesto del sujeto sugirió una aplicación de la batería. Un experimento sucedió a otro, y los efectos habituales sobrevinieron, sin nada que los caracterizara en ningún aspecto, excepto, en una o dos ocasiones, un grado más que ordinario de viveza en la acción convulsiva.

Se hizo tarde. El día estaba a punto de amanecer; y se pensó conveniente, finalmente, proceder de inmediato a la disección. Un estudiante, sin embargo, estaba especialmente deseoso de probar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Se hizo una incisión tosca y un cable se puso apresuradamente en contacto, cuando el paciente, con un movimiento apresurado pero bastante no convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hasta el centro del suelo, miró a su alrededor con inquietud durante unos segundos y luego... habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero se pronunciaron palabras; la silabificación fue distinta. Tras haber hablado, cayó pesadamente al suelo.

Por unos momentos todos quedaron paralizados de asombro, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el Sr. Stapleton estaba vivo, aunque en estado de desmayo. Con la exhibición de éter, revivió y fue rápidamente restaurado a la salud y a la sociedad de sus amigos, de quienes, sin embargo, se ocultó todo conocimiento de su resucitación hasta que una recaída ya no fuera de temer. Su asombro, su asombro arrebatador, puede concebirse.

La peculiaridad más emocionante de este incidente, no obstante, está involucrada en lo que el propio Sr. S. afirma. Declara que en ningún momento estuvo del todo insensible; que, sorda y confusamente, era consciente de todo lo que le sucedía, desde el momento en que sus médicos lo declararon muerto hasta aquel en que cayó desmayado en el suelo del hospital. "Estoy vivo", fueron las palabras incomprensibles que, al reconocer la localidad de la sala de disección, había intentado, en su extremidad, pronunciar.

Sería una tarea fácil multiplicar tales historias, pero me abstengo, pues, de hecho, no necesitamos tales para establecer el hecho de que ocurren entierros prematuros. Cuando reflexionamos sobre cuán raramente, por la naturaleza del caso, tenemos el poder de detectarlos, debemos admitir que pueden ocurrir frecuentemente sin nuestro conocimiento. Difícilmente, en verdad, se invade un cementerio, con cualquier propósito, en gran medida, sin que se encuentren esqueletos en posturas que sugieren las más temibles sospechas.

¡Temible en verdad la sospecha, pero más temible la condena! Puede afirmarse, sin vacilación, que ningún evento está tan terriblemente bien adaptado para inspirar la supremacía de la angustia física y mental como el entierro antes de la muerte. La opresión insoportable de los pulmones, los vapores sofocantes de la tierra húmeda, el aferrarse a las vestiduras mortuorias, el abrazo rígido de la casa estrecha, la negrura de la Noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la presencia invisible pero palpable del Gusano Conquistador; estas cosas, con los pensamientos del aire y la hierba arriba, con el recuerdo de queridos amigos que volarían a salvarnos si tan solo fueran informados de nuestra suerte, y con la conciencia de que de esta suerte nunca pueden ser informados, de que nuestra parte desesperanzada es la de los realmente muertos; estas consideraciones, digo, llevan al corazón, que aún palpita, un grado de horror espantoso e intolerable ante el cual la imaginación más audaz debe retroceder. No conocemos nada tan agonizante en la Tierra, no podemos soñar nada ni remotamente tan odioso en los reinos del Infierno más profundo. Y así, todas las narraciones sobre este tema tienen un interés profundo; un interés, sin embargo, que, a través del respeto sagrado del tema mismo, depende muy propia y peculiarmente de nuestra convicción de la verdad de lo narrado. Lo que tengo ahora que contar es de mi propio conocimiento real, de mi propia y positiva experiencia personal.

Durante varios años estuve sujeto a ataques del singular trastorno que los médicos han acordado llamar catalepsia, a falta de un título más definitivo. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisponentes, e incluso el diagnóstico real de esta enfermedad, siguen siendo misteriosos, su carácter obvio y aparente es suficientemente bien comprendido. Sus variaciones parecen ser principalmente de grado. A veces el paciente yace, por un día solo, o incluso por un período más corto, en una especie de letargo exagerado. Está sin sentido y externamente inmóvil; pero la pulsación del corazón es aún débilmente perceptible; algunos rastros de calor permanecen; un ligero color persiste dentro del centro de la mejilla; y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una acción torpe, desigual y vacilante de los pulmones. Luego, nuevamente, la duración del trance es de semanas, incluso de meses; mientras que el examen más cercano y las pruebas médicas más rigurosas fallan en establecer cualquier distinción material entre el estado del que sufre y lo que concebimos como muerte absoluta. Muy usualmente se salva del entierro prematuro únicamente por el conocimiento de sus amigos de que ha estado previamente sujeto a la catalepsia, por la sospecha consecuente excitada y, sobre todo, por la no aparición de la descomposición. Los avances de la dolencia son, afortunadamente, graduales. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques se vuelven sucesivamente más y más distintivos, y duran cada uno por un plazo más largo que el anterior. En esto radica la principal seguridad contra la inhumación. El desafortunado cuyo primer ataque fuera del carácter extremo que ocasionalmente se ve, sería casi inevitablemente consignado vivo a la tumba.

Mi propio caso no difería en ningún punto importante de los mencionados en los libros de medicina. A veces, sin causa aparente, me hundía, poco a poco, en una condición de semi-síncope, o medio desmayo; y, en esta condición, sin dolor, sin capacidad para moverme, o, estrictamente hablando, para pensar, pero con una sorda y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de quienes rodeaban mi lecho, permanecía hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, a la perfecta sensación. En otras ocasiones, era golpeado rápida e impetuosamente. Me sentía enfermo, entumecido, frío y mareado, y así caía postrado al instante. Entonces, durante semanas, todo era vacío, negro y silencioso, y la Nada se convertía en el universo. La aniquilación total no podría ser mayor. De estos últimos ataques, sin embargo, despertaba con una gradación lenta en proporción a la rapidez del acceso. Tal como el día amanece para el mendigo sin amigos ni hogar que vaga por las calles durante la larga y desolada noche de invierno —justo así de tardíamente—, justo así de fatigosamente—, justo así de alegremente regresaba a mí la luz del Alma.

Aparte de la tendencia al trance, sin embargo, mi salud general parecía ser buena; ni pude percibir que estuviera en absoluto afectada por la dolencia prevalente, a menos que, en efecto, una idiosincrasia en mi sueño ordinario pueda considerarse como inducida por ella. Al despertar del sueño, nunca podía obtener, de inmediato, el dominio absoluto de mis sentidos, y permanecía siempre, durante muchos minutos, en gran desconcierto y perplejidad; las facultades mentales en general, pero la memoria en especial, se hallaban en una condición de absoluta suspensión.

En todo lo que padecí no hubo sufrimiento físico, pero sí una infinitud de angustia moral. Mi fantasía se volvió fúnebre; hablaba "de gusanos, de tumbas y epitafios". Estaba perdido en ensueños de muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba continuamente de mi cerebro. El espantoso Peligro al que estaba sometido me acosaba día y noche. En el primero, la tortura de la meditación era excesiva; en el segundo, suprema. Cuando la sombría Oscuridad se extendía sobre la Tierra, entonces, con cada horror de pensamiento, temblaba; temblaba como los penachos que se estremecen sobre el coche fúnebre. Cuando la Naturaleza ya no podía soportar más la vigilia, era con esfuerzo que consentía dormir, pues me estremecía al reflexionar que, al despertar, podría encontrarme convertido en inquilino de una tumba. Y cuando, finalmente, me hundía en el sueño, era solo para precipitarme de inmediato a un mundo de fantasmas, sobre el cual, con vastas, sombrías y abrumadoras alas, se cernía, predominante, la única Idea sepulcral.

De las innumerables imágenes de penumbra que así me oprimían en sueños, selecciono para el registro solo una visión solitaria. Me pareció estar inmerso en un trance cataléptico de más duración y profundidad de lo habitual. De repente, una mano helada se posó sobre mi frente, y una voz impaciente y balbuceante susurró la palabra "¡Levántate!" dentro de mi oído.

Me senté erguido. La oscuridad era total. No podía ver la figura de quien me había despertado. No podía recordar ni el período en el que había caído en el trance, ni la localidad en la que entonces yacía. Mientras permanecía inmóvil, y ocupado en esfuerzos por recoger mis pensamientos, la mano fría me agarró ferozmente por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz balbuceante decía de nuevo:

"¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?"

"¿Y quién —pregunté— eres tú?"

"No tengo nombre en las regiones que habito —respondió la voz con tristeza—; fui mortal, pero soy un demonio. Fui despiadado, pero ahora soy compasivo. Sientes que me estremezco. Mis dientes castañetean mientras hablo, sin embargo, no es por el frío de la noche, de la noche sin fin. Pero esta monstruosidad es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tranquilamente? No puedo descansar por el grito de estas grandes agonías. Estas visiones son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la Noche exterior, y déjame revelarte las tumbas. ¿No es esto un espectáculo de aflicción? ¡Contempla!"

Miré; y la figura invisible, que todavía me agarraba por la muñeca, había hecho que se abrieran las tumbas de toda la humanidad; y de cada una emanaba el tenue resplandor fosfórico de la descomposición; de modo que podía ver los recovecos más internos, y allí observar los cuerpos amortajados en sus tristes y solemnes sueños con el gusano. Pero ¡ay!, los verdaderos durmientes eran menos, por muchos millones, que aquellos que no dormían en absoluto; y había un forcejeo débil; y había una inquietud triste y general; y desde las profundidades de los innumerables sepulcros venía un crujido melancólico de las vestiduras de los enterrados. Y de aquellos que parecían reposar tranquilamente, vi que un gran número había cambiado, en mayor o menor grado, la posición rígida e incómoda en la que originalmente habían sido sepultados. Y la voz me dijo de nuevo mientras contemplaba:

"¿No es —¡oh!, ¿no es una visión lastimosa?" Pero, antes de que pudiera encontrar palabras para responder, la figura había dejado de agarrar mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con una violencia repentina, mientras de ellas surgía un tumulto de gritos de desesperación, diciendo de nuevo: "¿No es —¡oh, Dios!, ¿no es una visión verdaderamente lastimosa?"

Fantasías como estas, presentándose por la noche, extendían su influencia terrorífica mucho más allá de mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron completamente destrozados, y caí presa de un horror perpetuo. Dudaba en montar a caballo, o caminar, o entregarme a cualquier ejercicio que me alejara de casa. De hecho, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la presencia inmediata de aquellos que estaban al tanto de mi propensión a la catalepsia, no fuera que, cayendo en uno de mis ataques habituales, fuera enterrado antes de que mi verdadera condición pudiera ser determinada. Dudaba del cuidado, de la fidelidad de mis amigos más queridos. Temía que, en algún trance de duración más larga de lo habitual, se dejaran convencer para considerarme irrecuperable. Incluso llegué a temer que, como causaba muchos problemas, se alegraran de considerar cualquier ataque muy prolongado como excusa suficiente para librarse de mí por completo. Fue en vano que intentaran tranquilizarme con las promesas más solemnes. Exigí los juramentos más sagrados de que bajo ninguna circunstancia me enterrarían hasta que la descomposición hubiera avanzado tan materialmente como para hacer imposible una preservación posterior. E, incluso entonces, mis terrores mortales no escuchaban razones, no aceptaban consuelo. Entré en una serie de precauciones elaboradas. Entre otras cosas, hice remodelar la bóveda familiar para que pudiera abrirse fácilmente desde el interior. La más mínima presión sobre una larga palanca que se extendía profundamente en la tumba haría que el portal de hierro se abriera de golpe. También había disposiciones para la libre admisión de aire y luz, y receptáculos convenientes para comida y agua, al alcance inmediato del ataúd destinado a mi recepción. Este ataúd estaba cálida y suavemente acolchado, y provisto de una tapa, fabricada según el principio de la puerta de la bóveda, con la adición de resortes tan ingeniosamente dispuestos que el movimiento más débil del cuerpo sería suficiente para ponerlo en libertad. Además de todo esto, estaba suspendida del techo de la tumba una gran campana, cuya cuerda, se planeó, debía extenderse a través de un agujero en el ataúd, y así estar sujeta a una de las manos del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera estas seguridades tan bien ideadas bastaron para salvar de las agudas agonías de la inhumación en vida a un desdichado predestinado a tales agonías!

Llegó una época —como a menudo antes había llegado— en la que me encontré emergiendo de la inconsciencia total hacia el primer sentido débil e indefinido de la existencia. Lentamente —con una gradación de tortuga— se acercaba el tenue amanecer gris del día psíquico. Una inquietud estúpida. Una resistencia apática al dolor sordo. Sin cuidado, sin esperanza, sin esfuerzo. Luego, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos; luego, tras un lapso aún mayor, una sensación de pinchazo u hormigueo en las extremidades; luego un período aparentemente eterno de placidez placentera, durante el cual los sentimientos que despiertan luchan por convertirse en pensamiento; luego un breve re-hundimiento en la nada; luego una recuperación repentina. Al fin, el ligero temblor de un párpado, e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y ahora el primer esfuerzo positivo por pensar. Y ahora el primer intento de recordar. Y ahora un éxito parcial y evanescente. Y ahora la memoria ha recuperado tanto su dominio que, en cierta medida, soy consciente de mi estado. Siento que no estoy despertando de un sueño ordinario. Recuerdo que he estado sujeto a la catalepsia. Y ahora, por fin, como por la embestida de un océano, mi espíritu estremecido es abrumado por el único peligro sombrío, por la única idea espectral y siempre prevalente.

Durante algunos minutos después de que esta fantasía se apoderó de mí, permanecí sin movimiento. ¿Y por qué? No podía reunir el valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que habría de satisfacerme de mi destino, y sin embargo, había algo en mi corazón que me susurraba que era seguro. La desesperación —tal como ningún otro tipo de desdicha provoca jamás—, la desesperación sola me instó, tras una larga irresolución, a levantar los pesados párpados de mis ojos. Los levanté. Estaba oscuro; todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la crisis de mi trastorno había pasado hace mucho tiempo. Sabía que ahora había recuperado completamente el uso de mis facultades visuales; y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, la intensa y absoluta falta de rayos de la Noche que perdura por siempre jamás.

Intenté gritar; y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente juntos en el intento; pero ninguna voz brotó de los pulmones cavernosos que, oprimidos como por el peso de alguna montaña incumbente, jadeaban y palpitaban, junto con el corazón, en cada elaboración y lucha de la inspiración.

El movimiento de las mandíbulas, en este esfuerzo por gritar en voz alta, me mostró que estaban atadas, como es habitual con los muertos. Sentí, también, que yacía sobre alguna sustancia dura; y por algo similar mis costados estaban, también, estrechamente comprimidos. Hasta aquí, no me había aventurado a mover ninguno de mis miembros; pero ahora lancé violentamente mis brazos hacia arriba, que habían estado extendidos, con las muñecas cruzadas. Golpearon una sustancia de madera sólida, que se extendía sobre mi persona a una elevación de no más de seis pulgadas de mi rostro. Ya no podía dudar de que reposaba, al fin, dentro de un ataúd.

Y ahora, en medio de todas mis infinitas miserias, llegó dulcemente el querubín Esperanza; pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice esfuerzos espasmódicos para forzar la apertura de la tapa: no se movió. Busqué mis muñecas en busca de la cuerda de la campana: no se encontraba. Y ahora el Consolador huyó para siempre, y una Desesperación aún más severa reinó triunfante; pues no podía dejar de percibir la ausencia de los acolchados que tan cuidadosamente había preparado; y entonces, también, llegó repentinamente a mis fosas nasales el fuerte y peculiar olor a tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba dentro de la bóveda. Había caído en un trance mientras estaba fuera de casa —mientras estaba entre extraños—, cuándo o cómo, no podía recordarlo; y fueron ellos quienes me habían enterrado como a un perro, clavado en algún ataúd común, y arrojado profundamente, profundamente, y para siempre, en alguna tumba ordinaria y sin nombre.

A medida que esta terrible convicción se abría paso, así, en las cámaras más internas de mi alma, luché una vez más por gritar en voz alta. Y en este segundo intento tuve éxito. Un largo, salvaje y continuo grito, o alarido de agonía, resonó a través de los reinos de la Noche subterránea.

"¡Hola! ¡Hola, ahí!", dijo una voz ronca, en respuesta.

"¡Qué diablos pasa ahora!", dijo un segundo.

"¡Fuera de ahí!", dijo un tercero.

"¿Qué quieres decir con aullar en ese tipo de estilo, como un gato montés?", dijo un cuarto; y tras esto fui agarrado y sacudido sin ceremonias, durante varios minutos, por una junta de individuos de aspecto muy rudo. No me despertaron de mi sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron a la posesión plena de mi memoria.

Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado por un amigo, había procedido, en una expedición de caza, unas millas río abajo por las orillas del río James. Se acercaba la noche y nos sorprendió una tormenta. La cabina de un pequeño balandro anclado en la corriente, y cargado con tierra de jardín, nos proporcionó el único refugio disponible. Sacamos el mejor provecho de ello y pasamos la noche a bordo. Dormí en una de las dos únicas literas de la embarcación; y las literas de un balandro de sesenta o veinte toneladas difícilmente necesitan descripción. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama de ningún tipo. Su ancho extremo era de dieciocho pulgadas. La distancia de su fondo a la cubierta superior era exactamente la misma. Me resultó sumamente difícil apretujarme dentro. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión —pues no fue un sueño, ni una pesadilla— surgió naturalmente de las circunstancias de mi posición, de mi sesgo habitual de pensamiento, y de la dificultad, a la que me he referido, de recoger mis sentidos, y especialmente de recuperar mi memoria, durante mucho tiempo después de despertar del sueño. Los hombres que me sacudieron eran la tripulación del balandro, y algunos trabajadores contratados para descargarlo. De la carga misma venía el olor terrenal. El vendaje alrededor de las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de mi gorro de dormir habitual.

Las torturas sufridas, sin embargo, fueron indudablemente equivalentes por un tiempo a las de la sepultura real. Fueron temiblemente, fueron inconcebiblemente espantosas; pero del Mal surgió el Bien; pues su mismo exceso produjo en mi espíritu una inevitable revulsión. Mi alma adquirió tono, adquirió temple. Salí al exterior. Hice ejercicio vigoroso. Respiré el aire libre del Cielo. Pensé en otros temas que no fueran la Muerte. Deseché mis libros médicos. Quemé a "Buchan". No leí "Pensamientos nocturnos" —ninguna farsa sobre cementerios—, ningún cuento de espantos, como este. En resumen, me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable, desestimé para siempre mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvaneció el trastorno cataléptico, del cual, quizás, habían sido menos la consecuencia que la causa.

Hay momentos en los que, incluso para el ojo sobrio de la Razón, el mundo de nuestra triste Humanidad puede asumir la apariencia de un Infierno; pero la imaginación del hombre no es ninguna Carathis, para explorar con impunidad cada una de sus cavernas. ¡Ay!, la sombría legión de terrores sepulcrales no puede ser considerada del todo fantástica; pero, al igual que los Demonios en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, deben dormir, o nos devorarán; deben ser dejados dormir, o pereceremos.

EL DOMINIO DE ARNHEIM

El jardín, como una dama hermosa, fue cortado, Que yacía como si durmiera en deleite, Y hacia los cielos abiertos sus ojos cerró. Los campos azules del Cielo fueron reunidos rectos En un gran círculo, sembrado con las flores de la luz. Las flores de lis, y las chispas redondas de rocío Que colgaban sobre sus hojas azules mostraron Como estrellas centelleantes que brillan en el azul vespertino. —Giles Fletcher.

Desde su cuna hasta su tumba, un vendaval de prosperidad llevó a mi amigo Ellison. Ni uso la palabra prosperidad en su sentido meramente mundano. La entiendo como sinónimo de felicidad. La persona de la que hablo parecía haber nacido con el propósito de prefigurar las doctrinas de Turgot, Price, Priestley y Condorcet, de ejemplificar mediante un caso individual lo que se ha considerado la quimera de los perfeccionistas. En la breve existencia de Ellison me imagino haber visto refutado el dogma de que en la naturaleza misma del hombre reside algún principio oculto, antagonista de la dicha. Un examen ansioso de su carrera me ha llevado a entender que, en general, de la violación de unas pocas leyes simples de la humanidad surge la desdicha de la humanidad; que como especie tenemos en nuestro poder los elementos aún no elaborados del contentamiento; y que, incluso ahora, en la oscuridad y locura presentes de todo pensamiento sobre la gran cuestión de la condición social, no es imposible que el hombre, el individuo, bajo ciertas condiciones inusuales y altamente fortuitas, pueda ser feliz.

Con opiniones como estas, mi joven amigo también estaba completamente imbuido, y así es digno de observar que el disfrute ininterrumpido que distinguió su vida fue, en gran medida, el resultado de una planificación previa. Es, de hecho, evidente que con menos de la filosofía instintiva que, de vez en cuando, reemplaza tan bien a la experiencia, el Sr. Ellison se habría visto precipitado, por el éxito muy extraordinario de su vida, al vórtice común de infelicidad que bosteza para aquellos de talentos preeminentes. Pero no es de ninguna manera mi objetivo escribir un ensayo sobre la felicidad. Las ideas de mi amigo pueden resumirse en pocas palabras. Admitía solo cuatro principios elementales, o más estrictamente, condiciones de dicha. Aquella que consideraba principal era (¡curiosamente!) la simple y puramente física del ejercicio libre al aire libre. "La salud —decía—, alcanzable por otros medios, apenas merece tal nombre". Citaba los éxtasis del cazador de zorros, y señalaba a los labradores de la tierra, la única gente que, como clase, puede considerarse justamente más feliz que otras. Su segunda condición era el amor de una mujer. Su tercera, y más difícil de realizar, era el desprecio de la ambición. Su cuarta era un objeto de búsqueda incesante; y sostenía que, siendo iguales las demás cosas, el grado de felicidad alcanzable era proporcional a la espiritualidad de este objeto.

Ellison fue notable en la continua profusión de buenos dones prodigados sobre él por la fortuna. En gracia y belleza personal superaba a todos los hombres. Su intelecto era de aquel orden para el cual la adquisición de conocimiento es menos un trabajo que una intuición y una necesidad. Su familia era una de las más ilustres del imperio. Su novia era la más encantadora y devota de las mujeres. Sus posesiones habían sido siempre amplias; pero al alcanzar su mayoría de edad, se descubrió que uno de esos extraordinarios caprichos del destino se había jugado en su favor, los cuales asombran a todo el mundo social en medio del cual ocurren, y rara vez dejan de alterar radicalmente la constitución moral de aquellos que son sus objetos.

Parece que unos cien años antes de la mayoría de edad del Sr. Ellison, había muerto, en una provincia remota, un tal Sr. Seabright Ellison. Este caballero había amasado una fortuna principesca y, al no tener parientes directos, concibió el capricho de dejar que su riqueza se acumulara durante un siglo después de su fallecimiento. Dirigiendo minuciosa y sagazmente los diversos modos de inversión, legó el monto total al más cercano de sangre, que llevara el nombre de Ellison, que estuviera vivo al final de los cien años. Se habían hecho muchos intentos para anular este singular legado; su carácter ex post facto los hizo abortivos; pero la atención de un gobierno celoso fue despertada, y finalmente se obtuvo una ley legislativa que prohibía todas las acumulaciones similares. Este acto, sin embargo, no impidió que el joven Ellison entrara en posesión, en su vigésimo primer cumpleaños, como heredero de su ancestro Seabright, de una fortuna de cuatrocientos cincuenta millones de dólares. (*1)

Cuando se supo que tal era la enorme riqueza heredada, hubo, por supuesto, muchas especulaciones sobre el modo de disponer de ella. La magnitud y la inmediata disponibilidad de la suma desconcertaron a todos los que pensaron en el tema. Del poseedor de cualquier cantidad apreciable de dinero podría haberse imaginado que llevaría a cabo cualquiera de mil cosas. Con riquezas que simplemente superaban a las de cualquier ciudadano, habría sido fácil suponer que se entregaría al exceso supremo en las extravagancias de moda de su tiempo —o que se ocuparía de intrigas políticas— o que aspiraría al poder ministerial —o que compraría un aumento de nobleza— o que coleccionaría grandes museos de virtu —o que ejercería de mecenas munífico de las letras, de la ciencia, del arte— o que dotaría, otorgando su nombre, a extensas instituciones de caridad. Pero para la inconcebible riqueza en posesión real del heredero, se consideraba que estos objetivos, y todos los objetivos ordinarios, ofrecían un campo demasiado limitado. Se recurrió a las cifras, y estas solo sirvieron para confundir. Se vio que, incluso al tres por ciento, los ingresos anuales de la herencia ascendían a nada menos que trece millones quinientos mil dólares; lo que suponía un millón ciento veinticinco mil por mes; o treinta y seis mil novecientos ochenta y seis por día; o mil quinientos cuarenta y uno por hora; o veintiséis dólares por cada minuto que pasaba. Así, la vía habitual de suposición quedó completamente interrumpida. Los hombres no sabían qué imaginar. Hubo algunos que incluso concibieron que el Sr. Ellison se desprendería de al menos la mitad de su fortuna, por considerarla una opulencia totalmente superflua, enriqueciendo a tropas enteras de sus parientes mediante la división de su superabundancia. A los más cercanos de ellos, de hecho, les cedió la muy inusual riqueza que era suya antes de la herencia.

No me sorprendió, sin embargo, percibir que hacía tiempo que había tomado una decisión sobre un punto que había causado tanta discusión a sus amigos. Tampoco me asombró enormemente la naturaleza de su decisión. Respecto a las caridades individuales, había satisfecho su conciencia. En la posibilidad de que cualquier mejora, propiamente dicha, fuera efectuada por el hombre mismo en la condición general del hombre, él tenía (siento confesarlo) poca fe. En conjunto, feliz o infelizmente, se vio remitido, en gran medida, a sí mismo.

En el sentido más amplio y noble, era un poeta. Comprendía, además, el verdadero carácter, los objetivos augustos, la suprema majestad y dignidad del sentimiento poético. La satisfacción más plena, si no la única adecuada, de este sentimiento sentía instintivamente que residía en la creación de nuevas formas de belleza. Algunas peculiaridades, ya fuera en su educación temprana o en la naturaleza de su intelecto, habían teñido con lo que se denomina materialismo todas sus especulaciones éticas; y fue este sesgo, quizás, lo que le llevó a creer que el campo más ventajoso, al menos si no el único legítimo, para el ejercicio poético, reside en la creación de nuevos estados de ánimo de belleza puramente física. Así ocurrió que no se convirtió ni en músico ni en poeta —si utilizamos este último término en su acepción cotidiana—. O podría haber sido que descuidó convertirse en cualquiera de ellos, meramente en cumplimiento de su idea de que en el desprecio por la ambición se encuentra uno de los principios esenciales de la felicidad en la tierra. ¿No es, de hecho, posible que, si bien un alto orden de genio es necesariamente ambicioso, el más alto esté por encima de lo que se denomina ambición? ¿Y no puede suceder así que muchos mucho más grandes que Milton hayan permanecido contentos «mudos y sin gloria»? Creo que el mundo nunca ha visto —y que, a menos que a través de alguna serie de accidentes que aguijoneen al orden más noble de la mente hacia un esfuerzo desagradable, el mundo nunca verá— ese alcance total de ejecución triunfante, en los dominios más ricos del arte, del que la naturaleza humana es absolutamente capaz.

Ellison no se convirtió ni en músico ni en poeta; aunque ningún hombre vivió más profundamente enamorado de la música y la poesía. Bajo otras circunstancias que las que lo rodeaban, no es imposible que se hubiera convertido en pintor. La escultura, aunque en su naturaleza rigurosamente poética, era demasiado limitada en su alcance y consecuencias como para haber ocupado, en cualquier momento, mucha de su atención. Y ahora he mencionado todas las provincias en las que el entendimiento común del sentimiento poético ha declarado que es capaz de explayarse. Pero Ellison sostenía que la provincia más rica, la más verdadera y la más natural, si no del todo la más extensa, había sido inexplicablemente descuidada. Ninguna definición había hablado del jardinero paisajista como del poeta; sin embargo, a mi amigo le parecía que la creación del jardín paisajista ofrecía a la Musa adecuada la más magnífica de las oportunidades. Aquí, en verdad, estaba el campo más justo para el despliegue de la imaginación en la combinación infinita de formas de nueva belleza; siendo los elementos que entran en combinación, por una vasta superioridad, los más gloriosos que la tierra podría ofrecer. En la multiforme y multicolor variedad de las flores y los árboles, reconocía los esfuerzos más directos y enérgicos de la Naturaleza por la belleza física. Y en la dirección o concentración de este esfuerzo —o, más propiamente, en su adaptación a los ojos que debían contemplarlo en la tierra— percibía que estaría empleando los mejores medios —trabajando con el mayor provecho— en el cumplimiento, no solo de su propio destino como poeta, sino de los augustos propósitos para los cuales la Deidad había implantado el sentimiento poético en el hombre.

«Su adaptación a los ojos que debían contemplarlo en la tierra». En su explicación de esta fraseología, el Sr. Ellison hizo mucho por resolver lo que siempre me ha parecido un enigma: me refiero al hecho (que nadie más que el ignorante disputa) de que no existe en la naturaleza tal combinación de paisajes como la que puede producir el pintor de genio. No se encuentran en la realidad tales paraísos como los que han brillado en el lienzo de Claudio. En el más encantador de los paisajes naturales, siempre se encontrará un defecto o un exceso; muchos excesos y defectos. Si bien los componentes pueden desafiar, individualmente, la mayor habilidad del artista, la disposición de estas partes siempre será susceptible de mejora. En resumen, no se puede alcanzar ninguna posición en la vasta superficie de la tierra natural desde la cual un ojo artístico, mirando fijamente, no encuentre motivo de ofensa en lo que se denomina la «composición» del paisaje. ¡Y sin embargo, qué ininteligible es esto! En todos los demás asuntos se nos instruye justamente a considerar a la naturaleza como suprema. Ante sus detalles nos encogemos de competir. ¿Quién se atreverá a imitar los colores del tulipán, o a mejorar las proporciones del lirio de los valles? La crítica que dice, de la escultura o el retrato, que aquí la naturaleza debe ser exaltada o idealizada en lugar de imitada, está en el error. Ninguna combinación pictórica o escultórica de puntos de vivacidad humana hace más que acercarse a la belleza viva y palpitante. Solo en el paisaje es verdadero el principio del crítico; y, habiendo sentido su verdad aquí, no es más que el espíritu precipitado de la generalización lo que le ha llevado a pronunciarlo verdadero en todos los dominios del arte. Habiendo, digo, sentido su verdad aquí; pues el sentimiento no es ninguna afectación o quimera. Las matemáticas no ofrecen demostraciones más absolutas que las que los sentimientos de su arte proporcionan al artista. No solo cree, sino que sabe positivamente, que tales y cuales disposiciones aparentemente arbitrarias de la materia constituyen, y solo constituyen, la verdadera belleza. Sus razones, sin embargo, aún no han madurado hasta convertirse en expresión. Queda para un análisis más profundo del que el mundo ha visto aún, investigarlas y expresarlas plenamente. No obstante, se ve confirmado en sus opiniones instintivas por la voz de todos sus hermanos. Que una «composición» sea defectuosa; que se realice una enmienda en su mera disposición de forma; que esta enmienda sea sometida a todos los artistas del mundo; por cada uno será admitida su necesidad. Y aún mucho más que esto; como remedio a la composición defectuosa, cada miembro aislado de la fraternidad habría sugerido la idéntica enmienda.

Repito que solo en las disposiciones paisajísticas la naturaleza física es susceptible de exaltación, y que, por tanto, su susceptibilidad de mejora en este único punto era un misterio que no había podido resolver. Mis propios pensamientos sobre el tema se habían asentado en la idea de que la intención primitiva de la naturaleza habría dispuesto la superficie de la tierra de tal manera que hubiera cumplido en todos los puntos el sentido del hombre de la perfección en lo bello, lo sublime o lo pintoresco; pero que esta intención primitiva había sido frustrada por las conocidas perturbaciones geológicas —perturbaciones de forma y color— agrupación, en cuya corrección o alivio reside el alma del arte. La fuerza de esta idea se vio muy debilitada, sin embargo, por la necesidad que implicaba de considerar las perturbaciones como anormales y no adaptadas a ningún propósito. Fue Ellison quien sugirió que eran pronósticas de la muerte. Explicó así: «Admitamos que la inmortalidad terrenal del hombre fue la primera intención. Tenemos entonces la disposición primitiva de la superficie de la tierra adaptada a su estado dichoso, como no existente, sino diseñada. Las perturbaciones fueron los preparativos para su condición mortal posteriormente concebida».

«Ahora», dijo mi amigo, «lo que consideramos como exaltación del paisaje puede ser realmente tal, solo en lo que respecta al punto de vista moral o humano. Cada alteración del paisaje natural puede posiblemente efectuar una mancha en el cuadro, si podemos suponer este cuadro visto en conjunto —en masa— desde algún punto distante de la superficie terrestre, aunque no más allá de los límites de su atmósfera. Es fácil comprender que lo que podría mejorar un detalle observado de cerca, puede al mismo tiempo perjudicar un efecto general o observado más a la distancia. Puede haber una clase de seres, humanos alguna vez, pero ahora invisibles para la humanidad, para quienes, desde lejos, nuestro desorden pueda parecer orden; nuestra falta de pintoresquismo, pintoresco; en una palabra, los ángeles de la tierra, para cuyo escrutinio más especialmente que el nuestro, y para cuya apreciación de lo bello refinada por la muerte, pueden haber sido dispuestos por Dios los vastos jardines paisajísticos de los hemisferios».

En el transcurso de la discusión, mi amigo citó algunos pasajes de un escritor sobre jardinería paisajista que se ha supuesto que ha tratado bien su tema:

«Existen propiamente solo dos estilos de jardinería paisajista, el natural y el artificial. Uno busca recordar la belleza original del país, adaptando sus medios al paisaje circundante, cultivando árboles en armonía con las colinas o la llanura de la tierra vecina; detectando y poniendo en práctica esas relaciones precisas de tamaño, proporción y color que, ocultas al observador común, se revelan por doquier al estudiante experimentado de la naturaleza. El resultado del estilo natural de jardinería se ve más bien en la ausencia de todos los defectos e incongruencias —en el predominio de una sana armonía y orden— que en la creación de maravillas o milagros especiales. El estilo artificial tiene tantas variedades como gustos diferentes hay que satisfacer. Tiene una cierta relación general con los diversos estilos de construcción. Están las majestuosas avenidas y retiros de Versalles; las terrazas italianas; y un variado estilo inglés antiguo mixto, que guarda alguna relación con la arquitectura doméstica gótica o isabelina inglesa. Lo que sea que se diga contra los abusos de la jardinería paisajista artificial, una mezcla de arte puro en una escena de jardín le añade una gran belleza. Esto es en parte agradable a la vista, por la muestra de orden y diseño, y en parte moral. Una terraza, con una balaustrada antigua cubierta de musgo, evoca de inmediato a la vista las bellas formas que han pasado por allí en otros días. La más mínima exhibición de arte es una evidencia de cuidado e interés humano».

«Por lo que ya he observado», dijo Ellison, «comprenderá que rechazo la idea, aquí expresada, de recordar la belleza original del país. La belleza original nunca es tan grande como la que puede introducirse. Por supuesto, todo depende de la selección de un lugar con capacidades. Lo que se dice acerca de detectar y poner en práctica las relaciones precisas de tamaño, proporción y color, es una de esas meras vaguedades del habla que sirven para velar la imprecisión del pensamiento. La frase citada puede significar cualquier cosa, o nada, y no guía en absoluto. Que el verdadero resultado del estilo natural de jardinería se ve más bien en la ausencia de todos los defectos e incongruencias que en la creación de cualquier maravilla o milagro especial, es una proposición más adecuada para la aprensión rastrera del rebaño que para los sueños fervientes del hombre de genio. El mérito negativo sugerido pertenece a esa crítica cojeante que, en las letras, elevaría a Addison a la apoteosis. En verdad, mientras que esa virtud que consiste en la mera evitación del vicio apela directamente al entendimiento, y puede así ser circunscrita en reglas, la virtud más elevada, que arde en la creación, puede ser aprehendida solo en sus resultados. La regla se aplica solo a los méritos de la negación, a las excelencias que se abstienen. Más allá de estas, el arte crítico solo puede sugerir. Se nos puede instruir para construir un “Catón”, pero en vano se nos dice cómo concebir un Partenón o un “Infierno”. La cosa hecha, sin embargo; la maravilla lograda; y la capacidad de aprehensión se vuelve universal. Los sofistas de la escuela negativa que, por incapacidad para crear, se han burlado de la creación, resultan ahora los más ruidosos en los aplausos. Lo que, en su condición de crisálida de principio, ofendía a su razón recatada, nunca deja, en su madurez de logro, de extorsionar admiración de su instinto de belleza».

«Las observaciones del autor sobre el estilo artificial», continuó Ellison, «son menos objetables. Una mezcla de arte puro en una escena de jardín le añade una gran belleza. Esto es justo; como también lo es la referencia al sentido del interés humano. El principio expresado es incontrovertible, pero puede haber algo más allá. Puede haber un objeto en consonancia con el principio, un objeto inalcanzable por los medios poseídos ordinariamente por los individuos, pero que, si se lograra, prestaría un encanto al jardín paisajista que superaría con creces al que un sentido de interés meramente humano podría otorgar. Un poeta, teniendo recursos pecuniarios muy inusuales, podría, mientras retiene la idea necesaria de arte o cultura, o, como expresa nuestro autor, de interés, imbuir sus diseños a la vez con extensión y novedad de belleza, como para transmitir el sentimiento de interferencia espiritual. Se verá que, al lograr tal resultado, asegura todas las ventajas del interés o el diseño, mientras libera a su obra de la dureza o tecnicismo del arte mundano. En el más escarpado de los desiertos, en la más salvaje de las escenas de la naturaleza pura, es aparente el arte de un creador; sin embargo, este arte es aparente solo a la reflexión; en ningún aspecto tiene la fuerza obvia de un sentimiento. Ahora supongamos que este sentido del diseño del Todopoderoso sea un paso rebajado, que sea llevado a algo parecido a la armonía o consistencia con el sentido del arte humano, para formar un intermedio entre los dos: imaginemos, por ejemplo, un paisaje cuya vastedad y definitividad combinadas, cuya unidad de belleza, magnificencia y extrañeza, transmitan la idea de cuidado, o cultura, o superintendencia, por parte de seres superiores, pero afines a la humanidad, entonces el sentimiento de interés se conserva, mientras que el arte involucrado se hace asumir el aire de una naturaleza intermedia o secundaria, una naturaleza que no es Dios, ni una emanación de Dios, sino que sigue siendo naturaleza en el sentido de la obra de los ángeles que se ciernen entre el hombre y Dios».

Fue al dedicar su enorme riqueza a la encarnación de una visión como esta —en el libre ejercicio al aire libre asegurado por la superintendencia personal de sus planes— en el objetivo incesante que estos planes ofrecían— en la alta espiritualidad del objetivo— en el desprecio por la ambición que le permitía sentir verdaderamente— en los manantiales perennes con los que gratificaba, sin posibilidad de saciar, esa única pasión maestra de su alma, la sed de belleza, sobre todo, fue en la simpatía de una mujer, no poco femenina, cuya hermosura y amor envolvían su existencia en la atmósfera púrpura del Paraíso, donde Ellison pensó encontrar, y encontró, la exención de los cuidados ordinarios de la humanidad, con una cantidad mucho mayor de felicidad positiva de la que jamás brilló en los ensoñadores sueños diurnos de De Staël.

Desespero de transmitir al lector cualquier concepción distinta de las maravillas que mi amigo logró realmente. Deseo describir, pero me siento desanimado por la dificultad de la descripción, y dudo entre el detalle y la generalidad. Quizás el mejor camino sea unir ambos en sus extremos.

El primer paso del Sr. Ellison se refirió, por supuesto, a la elección de una localidad, y apenas había comenzado a pensar en este punto, cuando la naturaleza exuberante de las Islas del Pacífico llamó su atención. De hecho, había tomado la decisión de hacer un viaje a los Mares del Sur, cuando una noche de reflexión le indujo a abandonar la idea. «Si fuera misántropo», dijo, «tal lugar me convendría. La exhaustividad de su aislamiento y reclusión, y la dificultad de entrada y salida, serían en tal caso el encanto de los encantos; pero por ahora no soy Timón. Deseo la compostura pero no el abatimiento de la soledad. Debe permanecer conmigo un cierto control sobre el alcance y la duración de mi reposo. Habrá horas frecuentes en las que necesitaré, también, la simpatía de lo poético en lo que he hecho. Busquemos, pues, un lugar no lejos de una ciudad populosa, cuya vecindad, además, mejor me permitirá ejecutar mis planes».

En busca de un lugar adecuado así situado, Ellison viajó durante varios años, y se me permitió acompañarle. Mil lugares de los que quedé prendado los rechazó sin dudar, por razones que me convencieron, al final, de que tenía razón. Llegamos finalmente a una meseta elevada de maravillosa fertilidad y belleza, que ofrecía un prospecto panorámico muy poco menor en extensión que el del Etna, y, en opinión de Ellison así como en la mía, superando la famosa vista desde esa montaña en todos los elementos verdaderos de lo pintoresco.

«Soy consciente», dijo el viajero, mientras suspiraba de profundo deleite después de contemplar esta escena, embelesado, durante casi una hora, «sé que aquí, en mis circunstancias, nueve décimas partes de los hombres más fastidiosos estarían satisfechos. Este panorama es realmente glorioso, y debería regocijarme en él si no fuera por el exceso de su gloria. El gusto de todos los arquitectos que he conocido les lleva, en aras de la ‘perspectiva’, a levantar edificios en las cimas de las colinas. El error es obvio. La grandeza en cualquiera de sus modos, pero especialmente en el de la extensión, sobresalta, excita y luego fatiga, deprime. Para la escena ocasional nada puede ser mejor; para la vista constante, nada peor. Y, en la vista constante, la fase más objetable de la grandeza es la de la extensión; la peor fase de la extensión, la de la distancia. Está en guerra con el sentimiento y con el sentido de la reclusión, el sentimiento y el sentido que buscamos satisfacer al ‘retirarnos al campo’. Al mirar desde la cumbre de una montaña no podemos evitar sentirnos lejos en el mundo. Los enfermos de corazón evitan las perspectivas distantes como una pestilencia».

No fue hasta cerca del final del cuarto año de nuestra búsqueda cuando encontramos una localidad con la que Ellison se profesó satisfecho. Es, por supuesto, innecesario decir dónde estaba la localidad. La reciente muerte de mi amigo, al hacer que su dominio fuera abierto a ciertas clases de visitantes, ha dado a Arnheim una especie de celebridad secreta y tenue, si no solemne, similar en tipo, aunque infinitamente superior en grado, a la que durante tanto tiempo distinguió a Fonthill.

La manera habitual de llegar a Arnheim era por el río. El visitante dejaba la ciudad a primera hora de la mañana. Durante la mañana, pasaba entre orillas de una belleza tranquila y doméstica, en las que pastaban innumerables ovejas, cuyos vellones blancos salpicaban el verde vivo de las colinas ondulantes. Gradualmente, la idea de cultivo cedía ante la de un mero cuidado pastoral. Esto se fundía lentamente en una sensación de retiro, y esta, a su vez, en una conciencia de soledad. Al acercarse el atardecer, el canal se estrechaba; las orillas se volvían cada vez más escarpadas; y estas últimas estaban cubiertas de un follaje rico, más profuso y más sombrío. El agua ganaba en transparencia. El curso de agua daba mil vueltas, de modo que en ningún momento su brillante superficie podía ser vista a una distancia mayor de un estadio. A cada instante, la embarcación parecía aprisionada dentro de un círculo encantado, con muros de follaje insuperables e impenetrables, un techo de raso ultramarino y sin suelo; la quilla se equilibraba con admirable precisión sobre la de una barcaza fantasma que, habiéndose volcado por algún accidente, flotaba en constante compañía con la real, con el propósito de sostenerla. El canal se convertía ahora en un desfiladero, aunque el término resulta algo inaplicable, y lo empleo simplemente porque el lenguaje no tiene una palabra que represente mejor el rasgo más sorprendente —no el más distintivo— de la escena. El carácter de desfiladero solo se mantenía en la altura y el paralelismo de las orillas; se perdía por completo en sus otros rasgos. Los muros del barranco (a través del cual el agua clara aún fluía tranquilamente) se elevaban a una altura de cien y, ocasionalmente, de ciento cincuenta pies, e inclinándose tanto el uno hacia el otro como para, en gran medida, excluir la luz del día; mientras que el musgo largo y plumoso que pendía densamente de los arbustos entrelazados más arriba, daba a todo el abismo un aire de lúgubre penumbra. Los serpenteos se hacían más frecuentes e intrincados, y a menudo parecían como si volvieran sobre sí mismos, de modo que el viajero había perdido hacía mucho toda idea de dirección. Estaba, además, envuelto en una exquisita sensación de extrañeza. La idea de la naturaleza aún permanecía, pero su carácter parecía haber sufrido una modificación; había una simetría extraña, una uniformidad emocionante, una propiedad mágica en estas sus obras. Ni una rama muerta, ni una hoja marchita, ni un guijarro extraviado, ni un parche de tierra marrón eran visibles en ninguna parte. El agua cristalina brotaba contra el granito limpio, o el musgo inmaculado, con una nitidez de contorno que deleitaba a la vez que confundía la vista.

Tras haber recorrido los laberintos de este canal durante algunas horas, con la penumbra profundizándose a cada momento, un giro brusco e inesperado de la embarcación la llevó repentinamente, como si hubiera caído del cielo, a una cuenca circular de una extensión considerable comparada con la anchura del desfiladero. Tenía unos doscientos metros de diámetro y estaba rodeada por todos los puntos, excepto por uno —el que quedaba inmediatamente frente a la embarcación al entrar—, por colinas iguales en altura general a los muros del abismo, aunque de un carácter completamente diferente. Sus laderas se inclinaban desde el borde del agua con un ángulo de unos cuarenta y cinco grados, y estaban cubiertas desde la base hasta la cumbre —sin dejar ni un punto perceptible— con un tapiz de las más magníficas flores; apenas una hoja verde era visible entre el mar de color fragante y fluctuante. Esta cuenca era de gran profundidad, pero el agua era tan transparente que el fondo, que parecía consistir en una masa espesa de pequeños guijarros redondos de alabastro, era claramente visible a destellos, es decir, siempre que el ojo podía permitirse no ver, muy abajo en el cielo invertido, el florecimiento duplicado de las colinas. En estas últimas no había árboles, ni siquiera arbustos de ningún tamaño. Las impresiones producidas en el observador eran las de riqueza, calidez, color, quietud, uniformidad, suavidad, delicadeza, exquisitez, voluptuosidad y una milagrosa extremidad de cultivo que sugería sueños de una nueva raza de hadas, laboriosas, elegantes, magníficas y fastidiosas; pero a medida que el ojo trazaba hacia arriba la ladera de mil matices, desde su unión nítida con el agua hasta su vaga terminación entre los pliegues de las nubes colgantes, se volvía, en verdad, difícil no imaginar una catarata panorámica de rubíes, zafiros, ópalos y ónices dorados, rodando silenciosamente desde el cielo.

El visitante, irrumpiendo repentinamente en esta bahía desde la penumbra del barranco, queda deleitado pero asombrado por el orbe completo del sol declinante, que había supuesto que estaba ya muy por debajo del horizonte, pero que ahora se le enfrenta y forma la única terminación de una vista por lo demás ilimitada, observada a través de otra brecha semejante a un abismo en las colinas.

Pero aquí el viajero abandona la embarcación que lo ha llevado tan lejos, y desciende a una ligera canoa de marfil, teñida con diseños arabescos en rojo vivo, tanto por dentro como por fuera. La popa y la proa de este bote se elevan muy por encima del agua, con puntas afiladas, de modo que la forma general es la de una media luna irregular. Yace sobre la superficie de la bahía con la orgullosa gracia de un cisne. En su suelo revestido de armiño reposa un único remo emplumado de madera de raso; pero no se ve a ningún remero ni asistente. Se le pide al invitado que esté de buen ánimo, que los hados cuidarán de él. La embarcación más grande desaparece y él queda solo en la canoa, que yace aparentemente inmóvil en medio del lago. Mientras considera qué curso seguir, sin embargo, se percata de un movimiento suave en la barca de hadas. Lentamente se balancea hasta que su proa apunta hacia el sol. Avanza con una velocidad suave pero gradualmente acelerada, mientras que las ligeras ondulaciones que crea parecen romperse alrededor del costado de marfil con la más divina melodía, parecen ofrecer la única explicación posible para la música, relajante pero melancólica, por cuyo origen invisible el confundido viajero mira a su alrededor en vano.

La canoa procede constantemente, y se acerca a la puerta rocosa de la vista, de modo que sus profundidades pueden verse con mayor claridad. A la derecha se eleva una cadena de colinas elevadas, boscosas de manera ruda y lujuriosa. Se observa, sin embargo, que el rasgo de exquisita limpieza donde la orilla se sumerge en el agua, aún prevalece. No hay un solo indicio de los desechos fluviales habituales. A la izquierda, el carácter de la escena es más suave y obviamente artificial. Aquí la orilla se inclina hacia arriba desde el arroyo en un ascenso muy suave, formando una amplia pradera de hierba de una textura que no se asemeja a nada tanto como al terciopelo, y de un brillo verde que podría compararse con el tinte de la esmeralda más pura. Esta meseta varía en anchura de diez a trescientos metros; llegando desde la orilla del río hasta un muro, de cincuenta pies de altura, que se extiende, en una infinidad de curvas, pero siguiendo la dirección general del río, hasta perderse en la distancia hacia el oeste. Este muro es de una roca continua, y ha sido formado cortando perpendicularmente el otrora escarpado precipicio de la orilla sur del río, pero no se ha permitido que rastro alguno de la labor permanezca. La piedra cincelada tiene el tono de los siglos, y está profusamente cubierta y extendida por la hiedra, la madreselva de coral, la eglantina y la clemátide. La uniformidad de las líneas superior e inferior del muro se ve totalmente aliviada por árboles ocasionales de altura gigantesca, que crecen solos o en pequeños grupos, tanto a lo largo de la meseta como en el dominio detrás del muro, pero en estrecha proximidad a él; de modo que ramas frecuentes (especialmente del nogal negro) alcanzan sobre el agua y sumergen sus extremidades colgantes en ella. Más atrás, dentro del dominio, la visión se ve impedida por una pantalla impenetrable de follaje.

Estas cosas se observan durante el acercamiento gradual de la canoa a lo que he llamado la puerta de la vista. Al acercarse más a esto, sin embargo, su apariencia de abismo se desvanece; se descubre una nueva salida de la bahía a la izquierda, en cuya dirección también se ve que el muro se extiende, siguiendo aún el curso general del río. Por esta nueva abertura el ojo no puede penetrar muy lejos; pues el arroyo, acompañado por el muro, aún se curva hacia la izquierda, hasta que ambos son tragados por las hojas.

El bote, sin embargo, se desliza mágicamente hacia el canal sinuoso; y aquí se encuentra que la orilla opuesta al muro se parece a la opuesta al muro en la vista recta. Colinas elevadas, que se elevan ocasionalmente hasta convertirse en montañas, y cubiertas de vegetación en una exuberancia salvaje, aún encierran la escena.

Flotando suavemente hacia adelante, pero con una velocidad ligeramente aumentada, el viajero, después de muchos giros cortos, encuentra su progreso aparentemente bloqueado por una puerta gigantesca o más bien portón de oro bruñido, elaboradamente tallado y cincelado, y reflejando los rayos directos del sol ahora rápidamente poniente con una refulgencia que parece envolver todo el bosque circundante en llamas. Esta puerta está insertada en el elevado muro; que aquí parece cruzar el río en ángulo recto. En pocos momentos, sin embargo, se ve que el cuerpo principal del agua aún se desplaza en una curva suave y extensa hacia la izquierda, siguiendo el muro como antes, mientras que una corriente de volumen considerable, divergiendo de la principal, se abre paso, con una ligera ondulación, bajo la puerta, y queda así oculta a la vista. La canoa cae en el canal menor y se acerca a la puerta. Sus pesadas alas se expanden lenta y musicalmente. El bote se desliza entre ellas, y comienza un rápido descenso hacia un vasto anfiteatro enteramente rodeado de montañas púrpuras, cuyas bases son bañadas por un río resplandeciente en toda la extensión de su circuito. Entretanto, todo el Paraíso de Arnheim irrumpe en la vista. Hay un torrente de melodía fascinante; hay una sensación opresiva de aroma extraño y dulce; hay una mezcla onírica para el ojo de árboles orientales altos y esbeltos, arbustos boscosos, bandadas de aves doradas y carmesíes, lagos bordeados de lirios, praderas de violetas, tulipanes, amapolas, jacintos y nardos, largas líneas entrelazadas de arroyuelos plateados y, brotando confusamente de entre todo, una masa de arquitectura semi-gótica y semi-sarracena que se sostiene por milagro en el aire, brillando bajo la luz solar roja con un centenar de orieles, minaretes y pináculos; y pareciendo la obra fantasma, conjuntamente, de los Silfos, de las Hadas, de los Genios y de los Gnomos.

CABAÑA DE LANDOR

Un colgante de "El dominio de Arnheim"

Durante un viaje a pie el verano pasado, a través de uno o dos de los condados fluviales de Nueva York, me encontré, a medida que el día declinaba, algo avergonzado por el camino que estaba siguiendo. La tierra ondulaba muy notablemente; y mi sendero, durante la última hora, había serpenteado una y otra vez tan confusamente, en su esfuerzo por mantenerse en los valles, que ya no sabía en qué dirección yacía el dulce pueblo de B——, donde había determinado detenerme para pasar la noche. El sol apenas había brillado —estrictamente hablando— durante el día, que sin embargo, había sido desagradablemente cálido. Una neblina ahumada, que recordaba a la del verano indio, envolvía todas las cosas, y por supuesto, aumentaba mi incertidumbre. No es que me importara mucho el asunto. Si no daba con el pueblo antes de la puesta del sol, o incluso antes de que oscureciera, era más que posible que una pequeña granja holandesa, o algo de ese tipo, apareciera pronto; aunque, de hecho, el vecindario (quizás debido a ser más pintoresco que fértil) estaba muy escasamente habitado. En todo caso, con mi mochila como almohada, y mi sabueso como centinela, un vivac al aire libre era justo lo que me habría divertido. Caminé, por lo tanto, bastante a gusto —Ponto haciéndose cargo de mi arma— hasta que finalmente, justo cuando había comenzado a considerar si los numerosos claros pequeños que llevaban de aquí para allá, pretendían ser caminos en absoluto, fui conducido por uno de ellos hacia una huella de carruaje incuestionable. No podía haber error. Los rastros de ruedas ligeras eran evidentes; y aunque los arbustos altos y la maleza crecida se encontraban sobre mi cabeza, no había obstrucción alguna debajo, ni siquiera para el paso de un vagón de montaña de Virginia, el vehículo más ambicioso, supongo, de su tipo. El camino, sin embargo, excepto por estar abierto a través del bosque —si bosque no es un nombre demasiado pesado para tal conjunto de árboles ligeros— y excepto en los detalles de las huellas de ruedas evidentes, no guardaba parecido con ningún camino que hubiera visto antes. Las huellas de las que hablo eran apenas perceptibles, habiendo sido impresas sobre la superficie firme, aunque agradablemente húmeda, de lo que parecía más terciopelo genovés verde que cualquier otra cosa. Era hierba, claramente, pero hierba como la que rara vez vemos fuera de Inglaterra, tan corta, tan espesa, tan uniforme y tan viva en color. Ni un solo impedimento yacía en la ruta de las ruedas, ni siquiera una astilla o una ramita muerta. Las piedras que alguna vez obstruyeron el camino habían sido cuidadosamente colocadas —no arrojadas— a lo largo de los lados del sendero, de modo que definieran sus límites en el fondo con una especie de definición semiprecisa, seminegligente y totalmente pintoresca. Grupos de flores silvestres crecían por todas partes, lujosamente, en los espacios intermedios.

Qué pensar de todo esto, por supuesto, no lo sabía. Aquí había arte, indudablemente —eso no me sorprendió—; todos los caminos, en el sentido ordinario, son obras de arte; ni puedo decir que hubiera mucho de qué maravillarse en el mero exceso de arte manifestado; todo lo que parecía haberse hecho, podría haberse hecho aquí —con tales "capacidades" naturales (como lo dicen en los libros de Jardinería Paisajística)— con muy poco trabajo y gasto. No; no fue la cantidad sino el carácter del arte lo que me llevó a sentarme en una de las piedras florecidas y mirar hacia arriba y hacia abajo por esta avenida de hadas durante media hora o más con una admiración confundida. Una cosa se hizo cada vez más evidente cuanto más tiempo miraba: un artista, y uno con un ojo de lo más escrupuloso para la forma, había supervisado todos estos arreglos. Se había tenido el mayor cuidado en preservar un medio justo entre lo limpio y elegante por un lado, y lo pintoresco, en el verdadero sentido del término italiano, por el otro. Había pocas líneas rectas, y ninguna línea larga ininterrumpida. El mismo efecto de curvatura o de color aparecía dos veces, usualmente, pero no más a menudo, en cualquier punto de vista. En todas partes había variedad en la uniformidad. Era una pieza de "composición", en la que el gusto más fastidiosamente crítico difícilmente podría haber sugerido una enmienda.

Había girado a la derecha al entrar en este camino, y ahora, levantándome, continué en la misma dirección. El camino era tan serpentino que en ningún momento pude rastrear su curso por más de dos o tres pasos por delante. Su carácter no sufrió ningún cambio material.

Pronto el murmullo del agua cayó suavemente sobre mi oído, y unos momentos después, mientras giraba con el camino algo más abruptamente que hasta ahora, me di cuenta de que un edificio de algún tipo yacía al pie de una suave pendiente justo ante mí. No podía ver nada claramente debido a la niebla que ocupaba todo el pequeño valle debajo. Una brisa suave, sin embargo, surgió ahora, mientras el sol estaba a punto de descender; y mientras permanecía de pie en la cresta de la pendiente, la niebla se disipó gradualmente en guirnaldas, y así flotó sobre la escena.

A medida que aparecía completamente a la vista —así gradualmente como lo describo— pieza por pieza, aquí un árbol, allá un destello de agua, y aquí de nuevo la cima de una chimenea, apenas podía dejar de imaginar que el todo era una de las ilusiones ingeniosas exhibidas a veces bajo el nombre de "cuadros que se desvanecen".

Para cuando, sin embargo, la niebla hubo desaparecido por completo, el sol se había abierto camino hacia abajo detrás de las suaves colinas, y desde allí, como si con un ligero *chassez* hacia el sur, había vuelto a estar completamente a la vista, brillando con un lustre violáceo a través de una brecha que entraba en el valle desde el oeste. Repentinamente, por lo tanto, y como si fuera por obra de magia, todo este valle y todo lo que había en él se volvió brillantemente visible.

El primer *coup d'œil*, mientras el sol se deslizaba a la posición descrita, me impresionó mucho como me habían impresionado, cuando era niño, la escena final de algún espectáculo teatral bien organizado o melodrama. Ni siquiera la monstruosidad del color faltaba; pues la luz del sol salía a través de la brecha, teñida toda de naranja y púrpura; mientras que el verde vivo de la hierba en el valle se reflejaba más o menos sobre todos los objetos desde la cortina de vapor que aún colgaba sobre nuestras cabezas, como si fuera reacia a tomar su partida total de una escena tan encantadoramente hermosa.

El pequeño valle hacia el cual atisbaba así desde debajo del dosel de niebla no podía tener más de cuatrocientas yardas de largo; mientras que en anchura variaba de cincuenta a ciento cincuenta o quizá doscientas. Era más estrecho en su extremo septentrional, abriéndose a medida que tendía hacia el sur, pero sin una regularidad muy precisa. La porción más ancha se encontraba a menos de ochenta yardas del extremo sur. Las laderas que rodeaban el valle difícilmente podrían llamarse colinas, excepto en su cara norte. Aquí, un precipicio escarpado de granito se alzaba hasta una altura de unas noventa pies; y, como he mencionado, el valle en este punto no tenía más de cincuenta pies de ancho; pero a medida que el visitante avanzaba hacia el sur desde el acantilado, encontraba a su derecha y a su izquierda declives a la vez menos altos, menos escarpados y menos rocosos. Todo, en una palabra, se inclinaba y suavizaba hacia el sur; y sin embargo, todo el valle estaba ceñido por eminencias, más o menos altas, excepto en dos puntos. De uno de ellos ya he hablado. Se encontraba considerablemente al noroeste, y era por donde el sol poniente se abría camino, como he descrito antes, hacia el anfiteatro a través de una hendidura natural limpiamente cortada en el terraplén de granito; esta fisura podría haber tenido diez yardas de ancho en su punto más amplio, hasta donde el ojo podía seguirla. Parecía conducir hacia arriba, hacia arriba como un camino natural, hacia los recesos de montañas y bosques inexplorados. La otra abertura estaba directamente en el extremo sur del valle. Aquí, generalmente, las pendientes no eran más que suaves inclinaciones, que se extendían de este a oeste unas ciento cincuenta yardas. En medio de esta extensión había una depresión, al nivel del suelo ordinario del valle. En cuanto a la vegetación, así como respecto a todo lo demás, la escena se suavizaba y descendía hacia el sur. Hacia el norte —en el precipicio escarpado— a pocos pasos del borde, brotaban los magníficos troncos de numerosos nogales americanos, nogales negros y castaños, entremezclados con algún roble ocasional; y las fuertes ramas laterales desplegadas por los nogales, especialmente, se extendían lejos sobre el borde del acantilado. Avanzando hacia el sur, el explorador veía, al principio, la misma clase de árboles, pero cada vez menos elevados y de carácter menos salvatoriano; luego veía el olmo más suave, seguido por el sasafrás y la acacia —estos a su vez por el tilo más tierno, el cercis, la catalpa y el arce— y estos de nuevo por variedades aún más elegantes y modestas. Toda la cara del declive sur estaba cubierta solo por arbustos silvestres, a excepción de algún sauce plateado o álamo blanco ocasional. En el fondo del valle mismo —pues debe tenerse en cuenta que la vegetación mencionada hasta ahora crecía solo en los acantilados o laderas— se podían ver tres árboles aislados. Uno era un olmo de buen tamaño y forma exquisita: montaba guardia sobre la puerta sur del valle. Otro era un nogal americano, mucho más grande que el olmo y, en conjunto, un árbol mucho más fino, aunque ambos eran extremadamente hermosos: parecía haberse hecho cargo de la entrada noroeste, brotando de un grupo de rocas en las mismísimas fauces del barranco, y lanzando su elegante cuerpo, en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados, lejos hacia el sol del anfiteatro. Unas treinta yardas al este de este árbol se encontraba, sin embargo, el orgullo del valle y, sin lugar a dudas, el árbol más magnífico que he visto jamás, a menos, quizás, entre los cipreses del Itchiatuckanee. Era un tulipífero de triple tallo —el Liriodendron Tulipiferum— uno del orden natural de las magnolias. Sus tres troncos se separaban del progenitor a unos tres pies del suelo y, divergiendo muy leve y gradualmente, no estaban a más de cuatro pies de distancia en el punto donde el tallo más grande disparaba su follaje: esto era a una elevación de unos ochenta pies. La altura total de la división principal era de ciento veinte pies. Nada puede superar en belleza la forma o el verde lustroso y vívido de las hojas del tulipífero. En el presente caso, tenían ocho pulgadas de ancho, pero su gloria quedaba eclipsada por completo por el esplendor deslumbrante de las abundantes flores. ¡Imagínese, estrechamente congregado, un millón de los tulipanes más grandes y resplandecientes! Solo así puede el lector hacerse una idea del cuadro que pretendo transmitir. Y luego la gracia señorial de los tallos columnares limpios y delicadamente granulados, el más grande de cuatro pies de diámetro a veinte del suelo. Las innumerables flores, mezclándose con las de otros árboles apenas menos hermosos, aunque infinitamente menos majestuosos, llenaban el valle con perfumes más que arábigos.

El suelo general del anfiteatro era hierba del mismo carácter que la que había encontrado en el camino; si acaso, más deliciosamente suave, espesa, aterciopelada y milagrosamente verde. Era difícil concebir cómo se había logrado toda esta belleza.

He hablado de dos aberturas en el valle. De la del noroeste salía un riachuelo que bajaba, murmurando suavemente y espumando ligeramente, por el barranco, hasta que chocaba contra el grupo de rocas del que brotaba el nogal americano aislado. Aquí, después de rodear el árbol, pasaba un poco al noreste, dejando el tulipífero a unas veinte pies al sur y sin hacer ninguna alteración decidida en su curso hasta que llegaba casi a la mitad entre los límites este y oeste del valle. En este punto, tras una serie de curvas, giraba en ángulo recto y seguía una dirección generalmente sur, serpenteando a medida que avanzaba, hasta perderse en un pequeño lago de figura irregular (aunque aproximadamente ovalada) que yacía brillando cerca del extremo inferior del valle. Este pequeño lago tenía, quizás, cien yardas de diámetro en su parte más ancha. Ningún cristal podría ser más claro que sus aguas. Su fondo, que podía verse distintamente, consistía por completo en guijarros brillantemente blancos. Sus orillas, de la hierba esmeralda ya descrita, se redondeaban, más que inclinarse, hacia el cielo claro de abajo; y tan claro era este cielo, tan perfectamente, a veces, reflejaba todos los objetos sobre él, que determinar dónde terminaba la orilla real y dónde comenzaba la imitada era un punto de no poca dificultad. Las truchas y algunas otras variedades de peces, con las que este estanque parecía estar casi inconvenientemente abarrotado, tenían toda la apariencia de verdaderos peces voladores. Era casi imposible creer que no estuvieran absolutamente suspendidos en el aire. Una ligera canoa de abedul que yacía plácidamente sobre el agua se reflejaba en sus fibras más diminutas con una fidelidad insuperada por el espejo más exquisitamente pulido. Una pequeña isla, que literalmente reía con flores en plena floración y que ofrecía poco más espacio que el justo para un pintoresco edificio pequeño, al parecer un gallinero, se alzaba del lago no lejos de su orilla norte, a la que estaba conectada por medio de un puente de aspecto increíblemente ligero y, sin embargo, muy primitivo. Estaba formado por una sola tabla ancha y gruesa de madera de tulipífero. Tenía cuarenta pies de largo y cubría el intervalo entre orilla y orilla con un arco ligero pero muy perceptible, evitando toda oscilación. Del extremo sur del lago salía una continuación del riachuelo que, tras serpentear durante, quizás, treinta yardas, pasaba finalmente a través de la “depresión” (ya descrita) en medio del declive sur y, cayendo por un precipicio escarpado de cien pies, seguía su camino tortuoso y desapercibido hacia el Hudson.

El lago era profundo —en algunos puntos treinta pies— pero el riachuelo rara vez excedía los tres, mientras que su mayor anchura era de unas ocho. Su fondo y orillas eran como los del estanque; si se podía atribuir un defecto, en cuanto a lo pintoresco, era el de una excesiva pulcritud.

La extensión del césped verde se veía aliviada, aquí y allá, por algún arbusto llamativo ocasional, como la hortensia, o la bola de nieve común, o la jeringa aromática; o, más frecuentemente, por un grupo de geranios que florecían espléndidamente en gran variedad. Estos últimos crecían en macetas que estaban cuidadosamente enterradas en el suelo, para dar a las plantas la apariencia de ser indígenas. Además de todo esto, el terciopelo del césped estaba exquisitamente salpicado de ovejas, un rebaño considerable de las cuales vagaba por el valle, en compañía de tres ciervos domesticados y un gran número de patos de plumaje brillante. Un mastín muy grande parecía estar al cuidado vigilante de estos animales, todos y cada uno.

A lo largo de los acantilados este y oeste —donde, hacia la parte superior del anfiteatro, los límites eran más o menos escarpados— crecía hiedra en gran profusión, de modo que solo aquí y allá se podía obtener un atisbo de la roca desnuda. El precipicio norte, de igual manera, estaba casi completamente cubierto por vides de uva de rara exuberancia; algunas brotando del suelo en la base del acantilado, y otras de salientes en su cara.

La ligera elevación que formaba el límite inferior de este pequeño dominio estaba coronada por un pulcro muro de piedra, de altura suficiente para evitar el escape de los ciervos. No se observaba ninguna cerca de otro tipo en ninguna otra parte; pues en ningún otro lugar era necesario un recinto artificial: cualquier oveja perdida, por ejemplo, que intentara salir del valle por medio del barranco, vería su progreso detenido, tras avanzar unas pocas yardas, por el precipicio escarpado de roca sobre el que caía la cascada que había llamado mi atención cuando me acerqué por primera vez al dominio. En resumen, la única entrada o salida era a través de una puerta que ocupaba un paso rocoso en el camino, a pocos pasos del punto en el que me detuve para reconocer la escena.

He descrito el arroyo como serpenteante muy irregularmente a través de todo su curso. Sus dos direcciones generales, como he dicho, eran primero de oeste a este, y luego de norte a sur. En el giro, la corriente, barriendo hacia atrás, formaba un bucle casi circular, de modo que formaba una península que era casi una isla, y que incluía cerca de la decimosexta parte de un acre. En esta península se alzaba una casa de vivienda; y cuando digo que esta casa, como la terraza infernal vista por Vathek, “etait d’une architecture inconnue dans les annales de la terre”, quiero decir, simplemente, que su tout ensemble me impresionó con el sentido más agudo de novedad y propiedad combinadas —en una palabra, de poesía— (pues, más que en las palabras recién empleadas, difícilmente podría dar una definición más rigurosa de la poesía en abstracto) —y no quiero decir que solo lo extraño fuera perceptible en ningún aspecto.

De hecho, nada podría ser más simple, más absolutamente pretencioso que esta cabaña. Su efecto maravilloso residía por completo en su disposición artística como cuadro. Podría haber imaginado, mientras la miraba, que algún eminente pintor paisajista la había construido con su pincel.

El punto de vista desde el cual vi por primera vez el valle no era del todo, aunque sí casi, el mejor punto desde el cual observar la casa. Por lo tanto, la describiré como la vi después, desde una posición en el muro de piedra en el extremo sur del anfiteatro.

El edificio principal tenía unas veinticuatro pies de largo y dieciséis de ancho; ciertamente no más. Su altura total, desde el suelo hasta el ápice del techo, no podría haber excedido los dieciocho pies. Al extremo oeste de esta estructura estaba unido uno aproximadamente un tercio más pequeño en todas sus proporciones: la línea de su frente situada unos dos yardas detrás de la de la casa más grande, y la línea de su techo, por supuesto, considerablemente deprimida por debajo de la del techo contiguo. En ángulo recto con estos edificios, y desde la parte trasera del principal —no exactamente en el medio— se extendía un tercer compartimento, muy pequeño, siendo, en general, un tercio menor que el ala oeste. Los techos de los dos más grandes eran muy empinados, descendiendo desde la viga cumbrera con una larga curva cóncava y extendiéndose al menos cuatro pies más allá de las paredes en el frente, de modo que formaban los techos de dos galerías. Estos últimos techos, por supuesto, no necesitaban soporte; pero como tenían el aire de necesitarlo, se insertaron pilares ligeros y perfectamente simples solo en las esquinas. El techo del ala norte era simplemente una extensión de una parte del techo principal. Entre el edificio principal y el ala oeste se alzaba una chimenea cuadrada muy alta y bastante delgada de ladrillos holandeses duros, alternativamente negros y rojos; una ligera cornisa de ladrillos salientes en la parte superior. Sobre los hastiales, los techos también sobresalían mucho; en el edificio principal unos cuatro pies hacia el este y dos hacia el oeste. La puerta principal no estaba exactamente en la división principal, estando un poco hacia el este, mientras que las dos ventanas estaban hacia el oeste. Estas últimas no llegaban hasta el suelo, sino que eran mucho más largas y estrechas de lo habitual; tenían contraventanas individuales como puertas; los cristales eran en forma de rombo, pero bastante grandes. La puerta misma tenía su mitad superior de vidrio, también en cristales de rombo; una contraventana móvil la aseguraba por la noche. La puerta del ala oeste estaba en su hastial y era bastante simple; una sola ventana miraba hacia el sur. No había puerta exterior al ala norte, y también tenía solo una ventana hacia el este.

La pared ciega del hastial este se veía aliviada por una escalera (con balaustrada) que corría diagonalmente a través de ella; el ascenso era desde el sur. Bajo la cubierta del alero ampliamente sobresaliente, estos escalones daban acceso a una puerta que conducía al desván, o más bien guardilla, pues estaba iluminada solo por una única ventana hacia el norte y parecía haber sido pensada como almacén.

Las galerías del edificio principal y el ala oeste no tenían pisos, como es habitual; pero en las puertas y en cada ventana, grandes losas planas e irregulares de granito yacían incrustadas en el delicioso césped, proporcionando un apoyo cómodo en todo clima. Excelentes caminos del mismo material —no adaptados finamente, sino con el césped aterciopelado llenando frecuentes intervalos entre las piedras— conducían de aquí para allá desde la casa, a un manantial de cristal a unos cinco pasos de distancia, al camino, o a una o dos dependencias que yacían al norte, más allá del arroyo, y estaban completamente ocultas por algunas acacias y catalpas.

A no más de seis pasos de la puerta principal de la cabaña se encontraba el tronco muerto de un peral fantástico, tan vestido de pies a cabeza con las espléndidas flores de bignonia que uno requería no poca inspección para determinar qué clase de cosa dulce podría ser. De varios brazos de este árbol colgaban jaulas de diferentes tipos. En una, un gran cilindro de mimbre con un anillo en la parte superior, se divertía un sinsonte; en otra, una oropéndola; en una tercera, el descarado tordo arrocero, mientras que tres o cuatro prisiones más delicadas eran sonoramente vocales con canarios.

Los pilares de la galería estaban entrelazados con jazmín y madreselva dulce; mientras que desde el ángulo formado por la estructura principal y su ala oeste, en el frente, brotaba una vid de una exuberancia sin igual. Despreciando toda restricción, había trepado primero al techo inferior, luego al más alto; y a lo largo de la cumbrera de este último continuó retorciéndose, lanzando zarcillos a la derecha y a la izquierda, hasta que al fin alcanzó el hastial este y cayó arrastrándose sobre las escaleras.

Toda la casa, con sus alas, estaba construida con las tejas holandesas de estilo antiguo, anchas y con esquinas no redondeadas. Es una peculiaridad de este material dar a las casas construidas con él la apariencia de ser más anchas en la base que en la parte superior, al estilo de la arquitectura egipcia; y en el presente caso, este efecto extremadamente pintoresco se veía favorecido por numerosas macetas de flores espléndidas que casi rodeaban la base de los edificios.

Las tejas estaban pintadas de un gris apagado; y la felicidad con la que este tinte neutro se fundía en el verde vívido de las hojas del tulipífero que ensombrecían parcialmente la cabaña, puede ser fácilmente concebida por un artista.

Desde la posición cerca del muro de piedra, como se ha descrito, los edificios se veían con gran ventaja, pues el ángulo sureste estaba proyectado hacia adelante, de modo que el ojo captaba de una vez todo el conjunto de los dos frentes, con el pintoresco hastial este, y al mismo tiempo obtenía el suficiente atisbo del ala norte, con partes de un bonito techo sobre la casa del manantial, y casi la mitad de un puente ligero que cubría el arroyo en la vecindad inmediata de los edificios principales.

No permanecí mucho tiempo en la cima de la colina, aunque sí el suficiente para hacer un examen exhaustivo de la escena a mis pies. Estaba claro que me había desviado del camino hacia el pueblo, y tenía así una buena excusa de viajero para abrir la puerta ante mí e inquirir mi camino, en todo caso; así que, sin más preámbulos, procedí.

El camino, después de pasar la puerta, parecía yacer sobre un saliente natural, bajando gradualmente a lo largo de la cara de los acantilados del noreste. Me llevó hasta el pie del precipicio norte, y desde allí sobre el puente, rodeando el hastial este hasta la puerta principal. En este progreso, noté que no se podía obtener ninguna vista de las dependencias.

Al doblar la esquina del hastial, el mastín saltó hacia mí en un silencio severo, pero con el ojo y todo el aire de un tigre. Le tendí la mano, sin embargo, en señal de amistad, y nunca conocí a un perro que fuera inmune a tal apelación a su cortesía. No solo cerró la boca y movió la cola, sino que absolutamente me ofreció su pata, extendiendo después sus cortesías a Ponto.

Como no se distinguía ninguna campana, golpeé con mi bastón contra la puerta, que estaba entreabierta. Instantáneamente, una figura avanzó hacia el umbral, la de una mujer joven de unos veintiocho años, esbelta, o más bien delgada, y algo por encima de la estatura media. A medida que se acercaba, con una cierta decisión modesta en el paso absolutamente indescriptible, me dije a mí mismo: “Ciertamente, aquí he encontrado la perfección de la gracia natural, en contraposición a la artificial”. La segunda impresión que me causó, pero con mucho la más vívida de las dos, fue la de entusiasmo. Una expresión tan intensa de romance, tal vez debería llamarlo, o de desapego mundano, como la que brillaba en sus ojos hundidos, nunca antes se había hundido tan profundamente en lo más profundo de mi corazón. No sé cómo es, pero esta peculiar expresión del ojo, entrelazándose ocasionalmente en los labios, es el hechizo más poderoso, si no absolutamente el único, que remacha mi interés en la mujer. “Romance”, siempre que mis lectores comprendan plenamente lo que aquí quiero implicar con la palabra; “romance” y “feminidad” me parecen términos intercambiables; y, después de todo, lo que el hombre ama verdaderamente en la mujer es simplemente su feminidad. Los ojos de Annie (oí a alguien desde el interior llamarla “¡Annie, querida!”) eran de un “gris espiritual”; su cabello, un castaño claro: esto es todo lo que tuve tiempo de observar de ella.

Ante su más cortés de las invitaciones, entré, pasando primero a un vestíbulo tolerablemente ancho. Habiendo venido principalmente a observar, noté que a mi derecha al entrar, había una ventana, como las del frente de la casa; a la izquierda, una puerta que conducía a la habitación principal; mientras que, frente a mí, una puerta abierta me permitía ver un pequeño apartamento, justo del tamaño del vestíbulo, dispuesto como estudio y con una gran ventana arqueada que miraba hacia el norte.

Pasando al salón, me encontré con el Sr. Landor, pues este, supe después, era su nombre. Él era civil, incluso cordial en su manera, pero en ese momento, estaba más atento a observar las disposiciones de la vivienda que tanto me había interesado, que la apariencia personal del inquilino.

El ala norte, vi ahora, era un dormitorio, su puerta se abría hacia el salón. Al oeste de esta puerta había una única ventana, que miraba hacia el arroyo. En el extremo oeste del salón, había una chimenea y una puerta que conducía al ala oeste, probablemente una cocina.

Nada podría ser más rigurosamente sencillo que el mobiliario del salón. En el suelo había una alfombra de tejido en grano, de excelente textura: un fondo blanco salpicado de pequeñas figuras circulares verdes. En las ventanas había cortinas de muselina jaconet de un blanco níveo: eran bastante abundantes y caían con decisión, quizá de manera algo formal, en pliegues afilados y paralelos hasta el suelo; justo hasta el suelo. Las paredes estaban preparadas con un papel francés de gran delicadeza, un fondo plateado con un tenue cordón verde que corría en zigzag por todas partes. Su extensión estaba realzada únicamente por tres de las exquisitas litografías a trois crayons de Julien, fijadas a la pared sin marcos. Uno de estos dibujos era una escena de lujo oriental, o más bien de voluptuosidad; otro era una «pieza de carnaval», animada más allá de toda comparación; el tercero era una cabeza femenina griega: un rostro tan divinamente hermoso y, sin embargo, de una expresión tan provocadoramente indeterminada, que jamás antes había captado mi atención.

El mobiliario más sustancial consistía en una mesa redonda, unas cuantas sillas (incluida una gran mecedora) y un sofá, o más bien «escaño»; su material era arce sencillo pintado de un blanco cremoso, ligeramente entreverado con verde; el asiento era de caña. Las sillas y la mesa «hacían juego», pero las formas de todas habían sido diseñadas evidentemente por el mismo cerebro que planeó «los terrenos»; es imposible concebir nada más elegante.

Sobre la mesa había algunos libros; una gran botella cuadrada de cristal con un perfume novedoso; una lámpara astral (no solar) de vidrio esmerilado sencillo con una pantalla italiana; y un gran jarrón de flores de resplandeciente floración. Las flores, en efecto, de colores magníficos y delicado aroma, constituían la única decoración del apartamento. La chimenea estaba casi llena con un jarrón de geranios brillantes. En una repisa triangular en cada ángulo de la habitación se alzaba también un jarrón similar, variado únicamente en cuanto a su encantador contenido. Uno o dos ramos más pequeños adornaban la repisa de la chimenea, y violetas tardías se agrupaban alrededor de las ventanas abiertas.

No es el propósito de esta obra hacer más que ofrecer, en detalle, una imagen de la residencia del señor Landor, tal como la encontré. Cómo la hizo ser lo que era, y por qué, junto con algunos pormenores del propio señor Landor, podría, posiblemente, constituir el tema de otro artículo.

WILLIAM WILSON

¿Qué decir de ello? ¿Qué decir de la severa CONCIENCIA, Ese espectro en mi camino? —Pharronida, de Chamberlayne.

Permítaseme llamarme, por el presente, William Wilson. La página limpia que ahora yace ante mí no necesita ser mancillada con mi verdadero apelativo. Este ya ha sido demasiado objeto del desdén, del horror y de la detestación de mi raza. ¿Acaso los vientos indignados no han pregonado por las regiones más remotas del globo su infamia sin parangón? ¡Oh, paria de todos los parias, el más abandonado! ¿Acaso no estás para siempre muerto ante la tierra; ante sus honores, sus flores, sus doradas aspiraciones? Y una nube, densa, lúgubre e ilimitada, ¿no cuelga eternamente entre tus esperanzas y el cielo?

No querría, si pudiera, aquí o hoy, encarnar un registro de mis últimos años de indecible miseria y crimen imperdonable. Esta época, estos últimos años, cobraron una elevación repentina en la turpitud, cuyo origen es el único que me propongo asignar ahora. Los hombres suelen volverse viles por grados. De mí, en un instante, toda virtud cayó corporalmente como un manto. De una maldad comparativamente trivial pasé, con el paso de un gigante, a más que las enormidades de un Elagábalo. Qué azar, qué único evento hizo que esto sucediera, tened paciencia mientras lo relato. La muerte se acerca, y la sombra que la precede ha arrojado una influencia suavizante sobre mi espíritu. Anhelo, al atravesar el sombrío valle, la simpatía —casi diría la piedad— de mis semejantes. Quisiera que creyeran que he sido, en alguna medida, esclavo de circunstancias más allá del control humano. Desearía que buscaran para mí, en los detalles que estoy a punto de dar, algún pequeño oasis de fatalidad en medio de un desierto de error. Quisiera que admitieran, lo que no pueden dejar de admitir, que, aunque la tentación pudo haber existido antes con igual fuerza, el hombre jamás fue así, al menos, tentado antes; ciertamente, jamás cayó de tal modo. ¿Y es por ello que jamás sufrió así? ¿No he estado viviendo realmente en un sueño? ¿Y no estoy ahora muriendo víctima del horror y el misterio de la más salvaje de todas las visiones sublunares?

Soy descendiente de una raza cuyo temperamento imaginativo y fácilmente excitable los ha hecho notables en todo momento; y, en mi más tierna infancia, di pruebas de haber heredado plenamente el carácter familiar. A medida que avanzaba en edad, este se desarrolló con mayor fuerza; convirtiéndose, por muchas razones, en causa de seria inquietud para mis amigos y de daño positivo para mí mismo. Me volví voluntarioso, adicto a los caprichos más salvajes y presa de las pasiones más ingobernables. De mente débil y acosados por enfermedades constitucionales afines a las mías, mis padres pudieron hacer poco para frenar las malas inclinaciones que me distinguían. Algunos esfuerzos débiles y mal dirigidos resultaron en un completo fracaso por su parte y, por supuesto, en un triunfo total por la mía. De ahí en adelante mi voz fue ley en casa; y a una edad en la que pocos niños han abandonado sus riendas, me dejaron bajo la guía de mi propia voluntad y me convertí, en todo menos en el nombre, en dueño de mis propias acciones.

Mis primeros recuerdos de la vida escolar están conectados con una casa isabelina, grande y laberíntica, en un pueblo de apariencia brumosa en Inglaterra, donde había un vasto número de árboles gigantescos y nudosos, y donde todas las casas eran excesivamente antiguas. En verdad, era un lugar onírico y que apaciguaba el espíritu, aquel venerable pueblo viejo. En este momento, en mi fantasía, siento la frescura vigorizante de sus avenidas profundamente sombreadas, inhalo la fragancia de sus mil arbustos y me estremezco de nuevo con un deleite indefinible ante la nota profunda y hueca de la campana de la iglesia, rompiendo, cada hora, con un rugido hosco y repentino, sobre la quietud de la atmósfera oscura en la que el cincelado campanario gótico yacía incrustado y dormido.

Me proporciona, quizás, tanto placer como puedo experimentar ahora de cualquier manera, detenerme en los recuerdos minuciosos de la escuela y sus asuntos. Sumergido en la miseria como estoy —miseria, ¡ay!, solo demasiado real—, se me perdonará por buscar alivio, por leve y temporal que sea, en la debilidad de unos pocos detalles divagantes. Estos, además, totalmente triviales e incluso ridículos en sí mismos, asumen, para mi fantasía, una importancia adventicia al estar conectados con un período y una localidad en los que reconozco las primeras advertencias ambiguas del destino que luego me eclipsó tan plenamente. Permítaseme, pues, recordar.

La casa, he dicho, era vieja e irregular. Los terrenos eran extensos, y un muro de ladrillo alto y sólido, rematado con una capa de mortero y vidrio roto, abarcaba todo. Este baluarte parecido a una prisión formaba el límite de nuestro dominio; más allá de él, veíamos solo tres veces por semana: una vez cada sábado por la tarde, cuando, acompañados por dos ujieres, se nos permitía dar breves paseos en grupo por algunos de los campos vecinos; y dos veces durante el domingo, cuando éramos desfilados de la misma manera formal hacia el servicio de la mañana y la tarde en la única iglesia del pueblo. De esta iglesia era pastor el director de nuestra escuela. ¡Con qué profundo espíritu de asombro y perplejidad solía contemplarlo desde nuestro remoto banco en la galería, mientras, con paso solemne y lento, ascendía al púlpito! Este hombre reverendo, con semblante tan recatadamente benigno, con ropajes tan lustrosos y tan clericalmente fluidos, con peluca tan minuciosamente empolvada, tan rígida y tan vasta; ¿podía ser este quien, últimamente, con semblante agrio y en vestimentas llenas de rapé, administraba, férula en mano, las leyes draconianas de la academia? ¡Oh, paradoja gigantesca, demasiado monstruosa para su solución!

En un ángulo del pesado muro se alzaba un portal aún más pesado. Estaba remachado y tachonado con pernos de hierro, y coronado con púas de hierro dentadas. ¡Qué impresiones de profundo asombro inspiraba! Jamás se abría salvo para las tres salidas y entradas periódicas ya mencionadas; entonces, en cada crujido de sus poderosas bisagras, encontrábamos una plenitud de misterio; un mundo de materia para una observación solemne, o para una meditación más solemne.

El extenso recinto era irregular en su forma, con muchos nichos espaciosos. De estos, tres o cuatro de los más grandes constituían el patio de recreo. Era nivelado y estaba cubierto de grava fina y dura. Recuerdo bien que no tenía árboles, ni bancos, ni nada similar en su interior. Por supuesto, estaba en la parte trasera de la casa. Al frente yacía un pequeño parterre, plantado con boj y otros arbustos, pero solo en raras ocasiones atravesábamos esta sagrada división; tales como una primera llegada a la escuela o una partida definitiva de ella, o quizás, cuando un padre o amigo nos había llamado y nos dirigíamos alegremente a casa para las vacaciones de Navidad o de verano.

¡Pero la casa! ¡Qué pintoresco edificio antiguo era este! ¡Para mí, cuán verdaderamente un palacio de encantamiento! Realmente no había fin a sus devaneos, a sus incomprensibles subdivisiones. Era difícil, en cualquier momento dado, decir con certeza en cuál de sus dos pisos se encontraba uno. Desde cada habitación hasta cualquier otra, era seguro encontrar tres o cuatro escalones, ya fuera en ascenso o descenso. Entonces las ramas laterales eran innumerables, inconcebibles, y regresaban tanto sobre sí mismas, que nuestras ideas más exactas con respecto a toda la mansión no eran muy diferentes de aquellas con las que reflexionábamos sobre el infinito. Durante los cinco años de mi residencia aquí, jamás pude determinar con precisión en qué localidad remota se encontraba el pequeño dormitorio asignado a mí y a otros dieciocho o veinte alumnos.

El aula era la más grande de la casa; no pude evitar pensar que del mundo. Era muy larga, estrecha y tristemente baja, con ventanas góticas apuntadas y un techo de roble. En un ángulo remoto e inspirador de terror había un recinto cuadrado de ocho o diez pies, que comprendía el sancta sanctorum, «durante las horas», de nuestro director, el reverendo doctor Bransby. Era una estructura sólida, con una puerta maciza que, antes que abrir en ausencia del «Dominie», todos habríamos perecido gustosamente por la peine forte et dure. En otros ángulos había otras dos cajas similares, mucho menos reverenciadas, en verdad, pero aun así grandes motivos de asombro. Una de ellas era el púlpito del ujier «clásico», otra el del de «inglés y matemáticas». Dispersos por la habitación, cruzándose y entrecruzándose en una irregularidad infinita, había innumerables bancos y escritorios, negros, antiguos y desgastados por el tiempo, amontonados desesperadamente con libros muy manoseados, y tan surcados con letras iniciales, nombres completos, figuras grotescas y otros esfuerzos multiplicados de la navaja, como para haber perdido totalmente lo poco de forma original que pudo haber sido su porción en días largamente idos. Un cubo enorme con agua se encontraba en un extremo de la sala, y un reloj de dimensiones estupendas en el otro.

Rodeado por los muros macizos de esta venerable academia, pasé, aunque no en tedio o disgusto, los años del tercer lustro de mi vida. El cerebro rebosante de la infancia no requiere un mundo exterior de incidentes para ocuparlo o divertirlo; y la monotonía aparentemente lúgubre de una escuela estaba repleta de una excitación más intensa que la que mi juventud más madura ha derivado del lujo, o mi plena virilidad del crimen. Sin embargo, debo creer que mi primer desarrollo mental tuvo mucho de poco común, incluso mucho de outré. Sobre la humanidad en general, los eventos de la existencia muy temprana raramente dejan en la edad madura ninguna impresión definida. Todo es sombra gris, un recuerdo débil e irregular, una recolección indistinta de placeres endebles y dolores fantasmagóricos. Conmigo esto no es así. En la infancia debo haber sentido con la energía de un hombre lo que ahora encuentro estampado en la memoria en líneas tan vívidas, tan profundas y tan duraderas como las leyendas de las medallas cartaginesas.

Sin embargo, de hecho —en el hecho de la visión del mundo— ¡qué poco había que recordar! El despertar de la mañana, la llamada nocturna a la cama; los estudios, las recitaciones; las medias fiestas periódicas y los paseos; el patio de recreo, con sus riñas, sus pasatiempos, sus intrigas; estos, mediante una brujería mental largamente olvidada, fueron hechos para involucrar un desierto de sensaciones, un mundo de incidentes ricos, un universo de emociones variadas, de excitación la más apasionada y estimulante. «Oh, le bon temps, que ce siècle de fer!»

En verdad, el ardor, el entusiasmo y la imperiosidad de mi disposición me convirtieron pronto en un personaje marcado entre mis compañeros de escuela y, por gradaciones lentas pero naturales, me dieron una ascendencia sobre todos los que no eran mucho mayores que yo; sobre todos, con una única excepción. Esta excepción se encontraba en la persona de un alumno que, aunque sin parentesco, llevaba el mismo nombre y apellido que yo; una circunstancia, de hecho, poco notable; pues, a pesar de un noble linaje, el mío era uno de esos apelativos cotidianos que parecen, por derecho prescriptivo, haber sido, desde tiempos inmemoriales, propiedad común de la plebe. En esta narración, por lo tanto, me he designado como William Wilson, un título ficticio no muy diferente del real. Mi homónimo fue el único, de aquellos que en la fraseología escolar constituían «nuestro grupo», que se atrevió a competir conmigo en los estudios de la clase, en los deportes y riñas del patio de recreo; a rehusar una creencia implícita en mis afirmaciones y la sumisión a mi voluntad; de hecho, a interferir con mi dictado arbitrario en cualquier aspecto. Si existe en la tierra un despotismo supremo e incondicional, es el despotismo de una mente maestra en la infancia sobre los espíritus menos enérgicos de sus compañeros.

La rebelión de Wilson fue para mí una fuente de gran vergüenza; tanto más cuanto que, a pesar de la bravuconería con la que en público me empeñaba en tratarlo a él y a sus pretensiones, sentía secretamente que le temía y no podía evitar pensar que la igualdad que mantenía tan fácilmente conmigo era una prueba de su verdadera superioridad; puesto que no ser superado me costaba una lucha perpetua. Sin embargo, esta superioridad —incluso esta igualdad— no era en verdad reconocida por nadie más que por mí; nuestros asociados, por alguna ceguera inexplicable, parecían ni siquiera sospecharla. De hecho, su competencia, su resistencia y, especialmente, su impertinente y obstinada interferencia con mis propósitos no eran más marcadas que privadas. Parecía estar desprovisto tanto de la ambición que me impulsaba, como de la energía mental apasionada que me permitía sobresalir. En su rivalidad, se podría haber supuesto que estaba movido únicamente por un deseo caprichoso de frustrar, asombrar o mortificarme; aunque había momentos en los que no podía dejar de observar, con un sentimiento compuesto de asombro, abatimiento y despecho, que mezclaba con sus agravios, sus insultos o sus contradicciones, una cierta afectuosidad de trato sumamente inapropiada y, ciertamente, muy poco bienvenida. Solo podía concebir que este comportamiento singular surgiera de una vanidad consumada que asumía los aires vulgares de patrocinio y protección.

Quizás fue este último rasgo en la conducta de Wilson, unido a nuestra identidad de nombre y al mero accidente de haber ingresado en la escuela el mismo día, lo que puso en circulación la noción de que éramos hermanos, entre las clases superiores de la academia. Estas no suelen inquirir con mucha severidad en los asuntos de los más jóvenes. He dicho antes, o debería haber dicho, que Wilson no tenía, ni en el grado más remoto, conexión alguna con mi familia. Pero, ciertamente, si hubiéramos sido hermanos, habríamos tenido que ser gemelos; pues, tras dejar la escuela del doctor Bransby, supe casualmente que mi homónimo nació el diecinueve de enero de 1813; y esta es una coincidencia algo notable; pues el día es precisamente el de mi propio nacimiento.

Puede parecer extraño que, a pesar de la ansiedad continua que me causaba la rivalidad de Wilson y su intolerable espíritu de contradicción, no pudiera llevarme a odiarlo del todo. Teníamos, ciertamente, casi todos los días una riña en la que, cediéndome públicamente la palma de la victoria, él, de alguna manera, se las arreglaba para hacerme sentir que era él quien la había merecido; sin embargo, un sentido de orgullo por mi parte, y una verdadera dignidad por la suya, nos mantenía siempre en lo que se llama «términos de cortesía», mientras que había muchos puntos de fuerte afinidad en nuestros temperamentos, que operaban para despertar en mí un sentimiento que nuestra posición por sí sola, quizás, impedía que madurara en amistad. Es difícil, de hecho, definir, o incluso describir, mis verdaderos sentimientos hacia él. Formaban una mezcla abigarrada y heterogénea: algo de animosidad petulante, que aún no era odio, algo de estima, más respeto, mucho miedo, con un mundo de curiosidad inquieta. Para el moralista, será innecesario decir, además, que Wilson y yo éramos los más inseparables de los compañeros.

Fue sin duda el estado anómalo de los asuntos existentes entre nosotros lo que convirtió todos mis ataques contra él (y fueron muchos, ya fueran abiertos o encubiertos) en el cauce de la burla o la broma pesada (causando dolor mientras asumía el aspecto de pura diversión) más que en una hostilidad más seria y decidida. Pero mis esfuerzos en este sentido no fueron uniformemente exitosos, incluso cuando mis planes estaban concebidos con el mayor ingenio; pues mi homónimo tenía mucho en su carácter de esa austeridad tranquila y sin pretensiones que, mientras disfruta de la agudeza de sus propias bromas, no tiene talón de Aquiles en sí misma y se niega absolutamente a ser objeto de risa. Podía encontrar, de hecho, solo un punto vulnerable, y ese, al residir en una peculiaridad personal que surgía, tal vez, de una enfermedad constitucional, habría sido perdonado por cualquier antagonista menos desesperado que yo; mi rival tenía una debilidad en los órganos de la garganta o faringe, que le impedía elevar la voz en cualquier momento por encima de un susurro muy bajo. De este defecto no dejé de sacar la poca ventaja que estaba en mi poder.

Las represalias de Wilson de la misma clase fueron muchas; y hubo una forma de su ingenio práctico que me perturbó más allá de toda medida. Cómo descubrió su sagacidad por primera vez que algo tan trivial me molestaría, es una pregunta que nunca pude resolver; pero, habiéndolo descubierto, practicaba habitualmente la molestia. Siempre había sentido aversión a mi apellido poco cortés y a su nombre de pila muy común, si no plebeyo. Las palabras eran veneno en mis oídos; y cuando, en el día de mi llegada, un segundo William Wilson vino también a la academia, me sentí enojado con él por llevar el nombre, y doblemente disgustado con el nombre porque un extraño lo llevaba, quien sería la causa de su doble repetición, quien estaría constantemente en mi presencia, y cuyos asuntos, en la rutina ordinaria del negocio escolar, debían inevitablemente, debido a la detestable coincidencia, confundirse a menudo con los míos.

El sentimiento de vejación así engendrado se hizo más fuerte con cada circunstancia que tendía a mostrar semejanza, moral o física, entre mi rival y yo. Yo no había descubierto entonces el hecho notable de que teníamos la misma edad; pero vi que teníamos la misma estatura, y percibí que éramos incluso singularmente parecidos en el contorno general de la persona y el perfil de las facciones. Me irritaba, también, el rumor sobre un parentesco, que se había vuelto corriente en los cursos superiores. En una palabra, nada podía perturbarme más seriamente (aunque ocultaba escrupulosamente tal perturbación) que cualquier alusión a una semejanza de mente, persona o condición existente entre nosotros. Pero, en verdad, no tenía motivos para creer que (con la excepción del asunto del parentesco, y en el caso del propio Wilson) esta semejanza hubiera sido alguna vez objeto de comentarios, o incluso observada por nuestros compañeros de escuela. Que él la observaba en todos sus aspectos, y con tanta firmeza como yo, era aparente; pero que pudiera descubrir en tales circunstancias un campo tan fructífero de molestia, solo puede atribuirse, como dije antes, a su penetración más que ordinaria.

Su táctica, que consistía en perfeccionar una imitación de mí mismo, radicaba tanto en las palabras como en las acciones; y desempeñó su papel de la manera más admirable. Mi forma de vestir era un asunto fácil de copiar; mi andar y mis modales generales fueron apropiados sin dificultad; a pesar de su defecto constitucional, incluso mi voz no se le escapó. Mis tonos más fuertes, por supuesto, no fueron intentados, pero el tono —era idéntico; y su susurro singular, se convirtió en el mismísimo eco del mío.

No me aventuraré ahora a describir cuán profundamente me hostigaba este retrato tan exquisito (pues, con justicia, no podría calificársele de caricatura). No tenía más que un consuelo: el hecho de que la imitación, al parecer, solo era notada por mí mismo, y que solo tenía que soportar las sonrisas cómplices y extrañamente sarcásticas de mi tocayo. Satisfecho por haber producido en mi pecho el efecto deseado, parecía reírse entre dientes en secreto por el aguijón que había clavado, y con su característica indiferencia despreciaba el aplauso público que el éxito de sus ingeniosos esfuerzos podría haber provocado tan fácilmente. Que la escuela, en efecto, no comprendiera su designio, no percibiera su consumación y no participara de su burla fue, durante muchos meses angustiosos, un acertijo que no pude resolver. Quizás la gradación de su copia hizo que no fuera tan fácilmente perceptible; o, más probablemente, debía mi seguridad al aire magistral del copista, quien, desdeñando la letra (que en una pintura es todo lo que los obtusos pueden ver), no me otorgó más que el espíritu pleno de su original para mi contemplación y mortificación personal.

Ya he hablado más de una vez del aire repugnante de patronazgo que adoptaba conmigo y de su frecuente e inoportuna interferencia en mi voluntad. Esta interferencia tomaba a menudo el carácter desagradable de un consejo; un consejo que no se daba abiertamente, sino que se insinuaba. Lo recibía con una repugnancia que se fortalecía a medida que yo crecía en años. Sin embargo, en este día lejano, permítaseme hacerle la simple justicia de reconocer que no puedo recordar ocasión alguna en la que las sugerencias de mi rival estuvieran del lado de aquellos errores o locuras tan habituales en su edad inmadura y aparente inexperiencia; que su sentido moral, al menos, si no su talento general y sabiduría mundana, era mucho más agudo que el mío; y que hoy podría haber sido un hombre mejor, y por lo tanto más feliz, si hubiera rechazado con menos frecuencia los consejos encarnados en esos susurros significativos que entonces odiaba demasiado cordialmente y despreciaba demasiado amargamente.

Tal como estaban las cosas, finalmente me volví extremadamente inquieto bajo su desagradable supervisión, y cada día resentía más y más abiertamente lo que consideraba su intolerable arrogancia. He dicho que, en los primeros años de nuestra relación como compañeros de escuela, mis sentimientos respecto a él podrían haber madurado fácilmente hacia la amistad; pero, en los últimos meses de mi estancia en la academia, aunque la intrusión de sus modales habituales había, sin duda, disminuido en cierta medida, mis sentimientos, en proporción casi similar, participaban mucho de un odio positivo. En una ocasión percibió esto, creo, y después me evitó, o hizo ademán de evitarme.

Fue casi en el mismo periodo, si mal no recuerdo, que en una altercación violenta con él, en la que se vio más de lo habitual fuera de sí y actuó con una franqueza de comportamiento bastante ajena a su naturaleza, descubrí, o creí descubrir, en su acento, en su aire y en su aspecto general, algo que primero me sobresaltó y luego me interesó profundamente al traer a mi mente visiones tenues de mi más tierna infancia: recuerdos salvajes, confusos y agolpados de un tiempo en el que la memoria misma aún no había nacido. No puedo describir mejor la sensación que me oprimía que diciendo que difícilmente podía sacudirme la creencia de haber conocido al ser que estaba ante mí, en alguna época muy lejana, en algún punto del pasado infinitamente remoto. El engaño, sin embargo, se desvaneció tan rápidamente como llegó; y solo lo menciono para definir el día de la última conversación que sostuve allí con mi singular tocayo.

La enorme casa antigua, con sus innumerables subdivisiones, tenía varias cámaras grandes que se comunicaban entre sí, donde dormía la mayoría de los estudiantes. Había, sin embargo (como necesariamente debe suceder en un edificio planificado de manera tan torpe), muchos rincones o huecos pequeños, los restos de la estructura; y estos, el ingenio económico del Dr. Bransby también los había habilitado como dormitorios; aunque, siendo los meros armarios, solo eran capaces de acomodar a un individuo. Uno de estos pequeños apartamentos estaba ocupado por Wilson.

Una noche, cerca del final de mi quinto año en la escuela, e inmediatamente después de la altercación recién mencionada, al encontrar a todos envueltos en el sueño, me levanté de la cama y, lámpara en mano, me escabullí a través de un laberinto de estrechos pasillos desde mi propia habitación hasta la de mi rival. Hacía mucho tiempo que planeaba uno de esos actos de ingenio práctico de mala fe a su costa, en los que hasta entonces no había tenido éxito de manera uniforme. Era mi intención, ahora, poner mi plan en marcha, y decidí hacerle sentir toda la extensión de la malicia con la que estaba imbuido. Habiendo llegado a su armario, entré sin hacer ruido, dejando la lámpara, con una pantalla sobre ella, afuera. Avancé un paso y escuché el sonido de su respiración tranquila. Seguro de que estaba dormido, regresé, tomé la luz y con ella me acerqué de nuevo a la cama. Había cortinas cerradas a su alrededor, las cuales, en el cumplimiento de mi plan, retiré lenta y silenciosamente, cuando los rayos brillantes cayeron vívidamente sobre el durmiente, y mis ojos, al mismo tiempo, sobre su semblante. Miré; y un entumecimiento, una frialdad en mis sentimientos invadió al instante mi cuerpo. Mi pecho se agitó, mis rodillas vacilaron, todo mi espíritu quedó poseído por un horror sin objeto, pero intolerable. Jadeando por aire, bajé la lámpara en una proximidad aún mayor a su rostro. ¿Eran estos... eran estos los rasgos de William Wilson? Vi, en efecto, que eran los suyos, pero temblé como si tuviera un ataque de fiebre al imaginar que no lo eran. ¿Qué había en ellos para confundirme de esta manera? Observé, mientras mi cerebro vacilaba con una multitud de pensamientos incoherentes. No así aparecía —ciertamente no así— en la vivacidad de sus horas de vigilia. ¡El mismo nombre! ¡El mismo contorno de persona! ¡El mismo día de llegada a la academia! ¡Y luego su obstinada y sin sentido imitación de mi caminar, mi voz, mis hábitos y mis modales! ¿Era, en verdad, dentro de los límites de la posibilidad humana, que lo que ahora veía fuera el resultado, meramente, de la práctica habitual de esta imitación sarcástica? Aterrorizado, y con un escalofrío, apagué la lámpara, salí silenciosamente de la cámara y abandoné, de una vez, los salones de aquella antigua academia, para no volver a entrar nunca más en ellos.

Tras el transcurso de algunos meses, pasados en casa en pura ociosidad, me encontré como estudiante en Eton. El breve intervalo había sido suficiente para debilitar mi recuerdo de los eventos en la academia del Dr. Bransby, o al menos para efectuar un cambio material en la naturaleza de los sentimientos con los que los recordaba. La verdad —la tragedia— del drama ya no existía. Ahora podía encontrar espacio para dudar del testimonio de mis sentidos; y rara vez evocaba el tema si no era con asombro ante la magnitud de la credulidad humana, y una sonrisa ante la fuerza vívida de la imaginación que poseía por herencia. Tampoco era probable que esta especie de escepticismo disminuyera por el carácter de la vida que llevaba en Eton. El vórtice de insensata locura en el que me sumergí allí tan inmediata e imprudentemente, arrastró todo excepto la espuma de mis horas pasadas, engulló de una vez toda impresión sólida o seria, y dejó a la memoria solo las frivolidades más extremas de una existencia anterior.

No deseo, sin embargo, trazar el curso de mi miserable libertinaje aquí: un libertinaje que desafiaba las leyes, mientras eludía la vigilancia de la institución. Tres años de locura, pasados sin provecho, solo me habían dado hábitos arraigados de vicio y habían añadido, en un grado algo inusual, a mi estatura corporal, cuando, después de una semana de disipación carente de alma, invité a un pequeño grupo de los estudiantes más disolutos a una juerga secreta en mis habitaciones. Nos reunimos a una hora avanzada de la noche; pues nuestros debuches debían prolongarse fielmente hasta la mañana. El vino fluía libremente, y no faltaban otras y quizás más peligrosas seducciones; de modo que el gris amanecer ya había aparecido débilmente en el este, mientras nuestra extravagancia delirante estaba en su apogeo. Locamente sofocado por las cartas y la embriaguez, estaba en el acto de insistir en un brindis de una profanidad más que habitual, cuando mi atención fue desviada repentinamente por la violenta, aunque parcial apertura de la puerta del apartamento, y por la voz ansiosa de un sirviente desde fuera. Dijo que alguna persona, aparentemente con gran prisa, exigía hablar conmigo en el vestíbulo.

Salvaje y excitado por el vino, la interrupción inesperada me deleitó más de lo que me sorprendió. Me tambaleé hacia adelante de inmediato, y unos pocos pasos me llevaron al vestíbulo del edificio. En esta habitación baja y pequeña no colgaba ninguna lámpara; y ahora no se admitía luz alguna, salvo la del amanecer extremadamente débil que se abría camino a través de la ventana semicircular. Al poner mi pie sobre el umbral, me percaté de la figura de un joven de aproximadamente mi misma estatura, y vestido con una levita de mañana de cachemira blanca, cortada a la moda novedosa de la que yo mismo llevaba en ese momento. Esto la débil luz me permitió percibir; pero los rasgos de su rostro no pude distinguirlos. Al entrar yo, caminó apresuradamente hacia mí y, agarrándome del brazo con un gesto de impaciente irritación, susurró las palabras “¡William Wilson!” en mi oído.

Me volví perfectamente sobrio en un instante.

Había algo en los modales del extraño, y en el tembloroso movimiento de su dedo levantado, mientras lo sostenía entre mis ojos y la luz, que me llenó de un asombro absoluto; pero no fue esto lo que me había conmovido tan violentamente. Fue la carga de solemne amonestación en la singular, baja y sibilante expresión; y, sobre todo, fue el carácter, el tono, la clave, de esas pocas sílabas simples y familiares, aunque susurradas, que llegaron con miles de recuerdos agolpados de días pasados, y golpearon mi alma con el impacto de una batería galvánica. Antes de que pudiera recuperar el uso de mis sentidos, él se había ido.

Aunque este evento no dejó de tener un efecto vívido sobre mi desordenada imaginación, fue tan efímero como vívido. Durante algunas semanas, de hecho, me ocupé en una investigación seria, o estuve envuelto en una nube de especulación morbosa. No pretendí disfrazar ante mi percepción la identidad del singular individuo que interfería tan perseverantemente en mis asuntos y me hostigaba con sus consejos insinuados. Pero, ¿quién y qué era este Wilson?, ¿de dónde venía?, ¿cuáles eran sus propósitos? Sobre ninguno de estos puntos pude quedar satisfecho; simplemente averigüé, respecto a él, que un repentino accidente en su familia había causado su retiro de la academia del Dr. Bransby en la tarde del mismo día en que yo mismo me había fugado. Pero en un breve periodo dejé de pensar en el tema; mi atención estaba toda absorbida por una contemplada partida hacia Oxford. Allí fui pronto; la vanidad imprevisora de mis padres me proporcionó un ajuar y un establecimiento anual, que me permitirían complacerme a voluntad en el lujo ya tan querido por mi corazón: competir en profusión de gastos con los herederos más altivos de los condados más ricos de Gran Bretaña.

Excitado por tales medios para el vicio, mi temperamento constitucional estalló con redoblado ardor, y rechacé incluso las restricciones comunes de la decencia en la loca infatuación de mis juergas. Pero sería absurdo detenerse en el detalle de mi extravagancia. Bástele decir que, entre los derrochadores, superé a Herodes en sus excesos, y que, dando nombre a una multitud de nuevas locuras, no añadí un breve apéndice al largo catálogo de vicios habituales entonces en la universidad más disoluta de Europa.

Difícilmente podría creerse, sin embargo, que hubiera caído aquí, incluso, tan absolutamente del estado de caballero como para buscar conocimiento de las artes más viles del jugador profesional y, habiéndome convertido en un adepto en su despreciable ciencia, practicarla habitualmente como un medio para aumentar mis ya enormes ingresos a expensas de los de mente débil entre mis compañeros de colegio. Tal, sin embargo, era el hecho. Y la enormidad misma de esta ofensa contra todo sentimiento varonil y honorable probó, sin duda, la razón principal, si no la única, de la impunidad con la que se cometía. ¿Quién, en efecto, entre mis asociados más abandonados, no habría preferido disputar la evidencia más clara de sus sentidos antes que sospechar de tales caminos al alegre, franco y generoso William Wilson, el más noble y liberal estudiante de Oxford, cuyos excesos (decían sus parásitos) no eran sino los excesos de la juventud y la fantasía desenfrenada, cuyos errores no eran sino un capricho inimitable, cuyo vicio más oscuro no era sino una extravagancia descuidada y arrogante?

Llevaba ya dos años ocupado con éxito de esta manera cuando llegó a la universidad un joven noble advenedizo, Glendinning: rico, decía el rumor, como Herodes Ático; sus riquezas, también, tan fácilmente adquiridas. Pronto lo encontré de intelecto débil y, por supuesto, lo marqué como un sujeto adecuado para mi habilidad. Frecuentemente lo involucré en el juego y me las arreglé, con el arte habitual del jugador, para dejarle ganar sumas considerables, para enredarlo más efectivamente en mis trampas. Finalmente, estando mis planes maduros, me reuní con él (con la plena intención de que este encuentro fuera final y decisivo) en las habitaciones de un compañero común, (el Sr. Preston), igualmente íntimo de ambos, pero quien, para hacerle justicia, no albergaba ni siquiera una remota sospecha de mi designio. Para darle a esto una mejor coloración, me había las arreglado para reunir a un grupo de unas ocho o diez personas, y fui solícitamente cuidadoso de que la introducción de las cartas pareciera accidental y se originara en la propuesta de mi contemplado incauto mismo. Para ser breve en un tema vil, no se omitió ninguna de las bajas artimañas tan habituales en ocasiones similares que es motivo justo de asombro cómo todavía se encuentra a alguien tan embotado como para caer víctima de ellas.

Habíamos prolongado nuestra sesión hasta bien entrada la noche, y finalmente había logrado la maniobra de conseguir a Glendinning como mi único oponente. ¡El juego, además, era mi écarté favorito! El resto de la compañía, interesada en la magnitud de nuestro juego, había abandonado sus propias cartas y estaba de pie a nuestro alrededor como espectadora. El advenedizo, que había sido inducido por mis artificios en la primera parte de la velada a beber profundamente, ahora barajaba, repartía o jugaba con un nerviosismo salvaje en sus modales, para lo cual su embriaguez, pensé, podría explicarlo parcialmente, pero no del todo. En muy poco tiempo se había convertido en mi deudor por una gran cantidad, cuando, habiendo tomado un largo trago de oporto, hizo precisamente lo que yo había estado anticipando con frialdad: propuso duplicar nuestras ya extravagantes apuestas. Con una muestra bien fingida de renuencia, y no hasta después de que mi repetida negativa lo hubiera seducido a decir algunas palabras airadas que dieron un tinte de pique a mi cumplimiento, finalmente accedí. El resultado, por supuesto, solo probó cuán completamente estaba la presa en mis redes: en menos de una hora había cuadruplicado su deuda. Durante algún tiempo su rostro había estado perdiendo el tinte florido que le daba el vino; pero ahora, para mi asombro, percibí que había adquirido una palidez verdaderamente aterradora. Digo para mi asombro. Glendinning había sido representado ante mis ansiosas indagaciones como inmensamente rico; y las sumas que había perdido hasta el momento, aunque vastas en sí mismas, no podían, supuse, molestarlo muy seriamente, y mucho menos afectarlo tan violentamente. Que estaba vencido por el vino recién ingerido fue la idea que se me presentó más fácilmente; y, más con la mira en la preservación de mi propia reputación ante los ojos de mis asociados que por cualquier motivo menos interesado, estaba a punto de insistir, perentoriamente, en una interrupción del juego, cuando algunas expresiones a mi codo de entre la compañía, y una exclamación que mostraba una desesperación absoluta por parte de Glendinning, me dieron a entender que había efectuado su ruina total bajo circunstancias que, al convertirlo en un objeto de lástima para todos, deberían haberlo protegido incluso de los malos oficios de un demonio.

Qué podría haber sido ahora mi conducta es difícil de decir. La condición lamentable de mi incauto había arrojado un aire de tristeza avergonzada sobre todos; y, por algunos momentos, se mantuvo un profundo silencio, durante el cual no pude evitar sentir mis mejillas arder por las muchas miradas ardientes de desprecio o reproche lanzadas sobre mí por los menos abandonados del grupo. Incluso admitiré que un peso intolerable de ansiedad fue levantado por un breve instante de mi pecho por la repentina y extraordinaria interrupción que sobrevino. Las anchas y pesadas puertas plegables del apartamento se abrieron de repente, en toda su extensión, con una impetuosidad vigorosa y precipitada que extinguió, como por arte de magia, cada vela en la habitación. Su luz, al morir, nos permitió apenas percibir que había entrado un extraño, de aproximadamente mi misma estatura, y estrechamente envuelto en una capa. La oscuridad, sin embargo, era ahora total; y solo podíamos sentir que estaba de pie en medio de nosotros. Antes de que cualquiera de nosotros pudiera recuperarse del asombro extremo en el que esta rudeza nos había sumido a todos, escuchamos la voz del intruso.

“Caballeros”, dijo, en un susurro bajo, distinto y que nunca olvidaré, que me estremeció hasta la médula de los huesos, “caballeros, no pido disculpas por este comportamiento, porque al comportarme así, solo estoy cumpliendo con un deber. Ustedes, sin duda, están desinformados del verdadero carácter de la persona que esta noche ha ganado en écarté una gran suma de dinero del Lord Glendinning. Por lo tanto, les pondré en un plan rápido y decisivo para obtener esta información tan necesaria. Por favor, examinen, a su aire, los forros interiores del puño de su manga izquierda y los varios pequeños paquetes que pueden encontrarse en los bolsillos algo espaciosos de su bata de mañana bordada”.

Mientras hablaba, tan profunda era la quietud que uno podría haber escuchado caer un alfiler al suelo. Al terminar, se fue de inmediato, y tan abruptamente como había entrado. ¿Puedo, debo describir mis sensaciones? ¿Debo decir que sentí todos los horrores de los condenados? Ciertamente, tuve poco tiempo para la reflexión. Muchas manos me agarraron bruscamente en el lugar, y las luces fueron inmediatamente recuperadas. Siguió un registro. En el forro de mi manga se encontraron todas las cartas altas esenciales en el écarté, y, en los bolsillos de mi bata, una cantidad de mazos, facsímiles de los usados en nuestras sesiones, con la única excepción de que los míos eran de la especie llamada, técnicamente, arrondees; siendo los honores ligeramente convexos en los extremos, y las cartas bajas ligeramente convexas en los lados. En esta disposición, el incauto que corta, como es costumbre, a lo largo del mazo, encontrará invariablemente que corta a su oponente un honor; mientras que el jugador, cortando a lo ancho, cortará, con la misma seguridad, nada para su víctima que pueda contar en los registros del juego.

Cualquier estallido de indignación ante este descubrimiento me habría afectado menos que el desprecio silencioso, o la compostura sarcástica con la que fue recibido.

“Sr. Wilson”, dijo nuestro anfitrión, inclinándose para retirar de debajo de sus pies una capa extremadamente lujosa de pieles raras, “Sr. Wilson, esto es de su propiedad”. (El clima era frío; y, al salir de mi propia habitación, me había puesto una capa sobre mi bata de vestir, quitándomela al llegar a la escena del juego). “Supongo que es superfluo buscar aquí (mirando los pliegues de la prenda con una sonrisa amarga) cualquier otra prueba de su habilidad. De hecho, hemos tenido suficiente. Usted verá la necesidad, espero, de abandonar Oxford; en cualquier caso, de abandonar instantáneamente mis habitaciones”.

Abatido, humillado hasta el polvo como estaba entonces, es probable que hubiera respondido a este lenguaje hiriente con violencia personal inmediata, si mi atención no hubiera sido arrestada en ese momento por un hecho del carácter más sorprendente. La capa que yo había llevado era de una clase rara de piel; cuán rara, cuán extravagantemente costosa, no me aventuraré a decir. Su hechura, también, era de mi propia invención fantástica; pues yo era meticuloso hasta un grado absurdo de petulancia en asuntos de esta naturaleza frívola. Cuando, por tanto, el Sr. Preston me alcanzó aquello que había recogido del suelo, y cerca de las puertas plegables del apartamento, fue con un asombro que lindaba casi con el terror que percibí la mía propia ya colgada en mi brazo, (donde sin duda la había colocado inconscientemente,) y que la que se me presentaba no era sino su contraparte exacta en cada, incluso en el más mínimo detalle posible. El ser singular que tan desastrosamente me había expuesto, había estado envuelto, recordé, en una capa; y ninguna había sido llevada en absoluto por ninguno de los miembros de nuestro grupo a excepción de mí mismo. Conservando cierta presencia de ánimo, tomé la que me ofreció Preston; la coloqué, inadvertida, sobre la mía; abandoné el apartamento con una mueca resuelta de desafío; y, a la mañana siguiente antes del amanecer, comencé un viaje apresurado de Oxford hacia el continente, en una perfecta agonía de horror y de vergüenza.

Huí en vano. Mi destino maligno me persiguió como si fuera en exultación, y demostró, de hecho, que el ejercicio de su misterioso dominio apenas había comenzado. Apenas había puesto pie en París cuando tuve nueva evidencia del detestable interés tomado por este Wilson en mis asuntos. Los años volaron, mientras no experimentaba alivio alguno. ¡Villano! —en Roma, ¿con qué inoportuna, aunque con qué espectral oficiocidad, se interpuso él entre mí y mi ambición! En Viena, también —en Berlín— y en Moscú! ¿Dónde, en verdad, no había tenido amarga causa para maldecirlo dentro de mi corazón? De su inescrutable tiranía huí finalmente, presa del pánico, como de una pestilencia; y hasta los confines mismos de la tierra huí en vano.

Y una y otra vez, en comunión secreta con mi propio espíritu, me planteaba las preguntas “¿Quién es él?— ¿de dónde vino?— y ¿cuáles son sus objetivos?”. Pero no se encontraba respuesta. Y entonces escudriñé, con un examen minucioso, las formas, y los métodos, y los rasgos principales de su impertinente supervisión. Pero incluso aquí había muy poco sobre lo cual basar una conjetura. Era notable, en efecto, que, en ninguno de los multiplicados casos en los que últimamente se había cruzado en mi camino, lo había hecho sino para frustrar aquellos planes, o para perturbar aquellas acciones, que, de llevarse a cabo plenamente, podrían haber resultado en un amargo perjuicio. ¡Pobre justificación esta, en verdad, para una autoridad tan imperiosamente asumida! ¡Pobre indemnización para los derechos naturales de libre albedrío tan pertinazmente, tan insultantemente negados!

También me había visto obligado a notar que mi atormentador, durante un período de tiempo muy largo, (mientras mantenía escrupulosa y con milagrosa destreza su capricho de una identidad de vestimenta conmigo mismo,) se las había arreglado, en la ejecución de su variada interferencia con mi voluntad, para que yo no viese, en ningún momento, los rasgos de su rostro. Fuera Wilson lo que fuese, esto, al menos, no era sino la más pura afectación, o locura. ¿Podría él, por un instante, haber supuesto que, en mi amonestador en Eton— en el destructor de mi honor en Oxford—, en aquel que frustró mi ambición en Roma, mi venganza en París, mi amor apasionado en Nápoles, o lo que él llamaba falsamente mi avaricia en Egipto—, que en este, mi archienemigo y genio maligno, podría fallar en reconocer al William Wilson de mis días de colegial—, el tocayo, el compañero, el rival—, el odiado y temido rival en la escuela del Dr. Bransby? ¡Imposible!— Pero permítaseme apresurarme hacia la última escena memorable del drama.

Hasta aquí había sucumbido pasivamente a esta imperiosa dominación. El sentimiento de profundo respeto con el que habitualmente consideraba el carácter elevado, la sabiduría majestuosa, la aparente omnipresencia y omnipotencia de Wilson, sumado a un sentimiento incluso de terror, con el cual ciertos otros rasgos en su naturaleza y pretensiones me inspiraban, habían operado, hasta ahora, para impresionarme con una idea de mi propia debilidad e impotencia totales, y para sugerir una sumisión implícita, aunque amargamente renuente, a su voluntad arbitraria. Pero, en los últimos días, me había entregado enteramente al vino; y su influencia enloquecedora sobre mi temperamento hereditario me hacía cada vez más impaciente ante el control. Comencé a murmurar—, a dudar—, a resistir. ¿Y fue solo fantasía lo que me indujo a creer que, con el aumento de mi propia firmeza, la de mi atormentador sufría una disminución proporcional? Sea como fuere, ahora comencé a sentir la inspiración de una esperanza ardiente, y finalmente alimenté en mis pensamientos secretos una resolución severa y desesperada de que no me sometería más a ser esclavizado.

Fue en Roma, durante el Carnaval de 18—, que asistí a una mascarada en el palazzo del Duque napolitano Di Broglio. Me había entregado más libremente de lo habitual a los excesos de la mesa de vino; y ahora la atmósfera sofocante de las habitaciones abarrotadas me irritaba más allá de la resistencia. La dificultad, también, de abrirme paso a través de los laberintos de la compañía contribuyó no poco a alterar mi temperamento; pues buscaba ansiosamente, (no digamos con qué motivo indigno) a la joven, la alegre, la hermosa esposa del anciano y senil Di Broglio. Con una confianza demasiado imprudente ella me había comunicado previamente el secreto del disfraz con el que estaría ataviada, y ahora, habiendo vislumbrado su figura, me apresuraba a abrirme paso hacia su presencia. En ese momento sentí una mano ligera colocada sobre mi hombro, y aquel susurro siempre recordado, bajo y maldito, dentro de mi oído.

En un frenesí absoluto de ira, me volví de inmediato hacia quien así me había interrumpido, y lo agarré violentamente por el cuello. Él estaba ataviado, como había esperado, con un traje totalmente similar al mío; vistiendo una capa española de terciopelo azul, ceñida a la cintura con un cinturón carmesí que sostenía un estoque. Una máscara de seda negra cubría completamente su rostro.

“¡Sinvergüenza!”, dije, con una voz ronca por la rabia, mientras cada sílaba que pronunciaba parecía como nuevo combustible para mi furia, “¡sinvergüenza! ¡impostor! ¡maldito villano! ¡no me seguirás— no me seguirás hasta la muerte! ¡Sígueme, o te apuñalo donde estás!”— y me abrí paso desde el salón de baile hacia una pequeña antecámara contigua, arrastrándolo sin resistencia conmigo mientras iba.

Al entrar, lo empujé furiosamente lejos de mí. Él se tambaleó contra la pared, mientras yo cerraba la puerta con un juramento, y le ordené que desenvainara. Él dudó solo por un instante; luego, con un ligero suspiro, desenvainó en silencio, y se puso en guardia.

La contienda fue breve en verdad. Yo estaba frenético con toda clase de excitación salvaje, y sentía dentro de mi único brazo la energía y el poder de una multitud. En unos pocos segundos lo forcé por pura fuerza contra el friso de madera, y así, teniéndolo a mi merced, hundí mi espada, con ferocidad bruta, repetidamente a través de su pecho.

En ese instante alguien probó el pestillo de la puerta. Me apresuré a evitar una intrusión, y luego regresé inmediatamente hacia mi agonizante antagonista. Pero, ¿qué lenguaje humano puede retratar adecuadamente ese asombro, ese horror que me poseyó ante el espectáculo que entonces se presentó a la vista? El breve momento en el que desvié mis ojos había sido suficiente para producir, aparentemente, un cambio material en las disposiciones en el extremo superior o más lejano de la habitación. Un gran espejo— así me pareció al principio en mi confusión— ahora estaba donde ninguno había sido perceptible antes; y, mientras me acercaba a él en extrema desesperación, mi propia imagen, pero con rasgos todos pálidos y manchados de sangre, avanzó a mi encuentro con un andar débil y tambaleante.

Así apareció, digo, pero no lo era. Era mi antagonista— era Wilson, quien entonces estaba ante mí en las agonías de su disolución. Su máscara y capa yacían, donde él las había arrojado, sobre el suelo. ¡Ni un hilo en toda su vestimenta— ni una línea en todos los rasgos marcados y singulares de su rostro que no fuera, incluso en la más absoluta identidad, la mía propia!

Era Wilson; pero ya no hablaba en un susurro, y podría haber imaginado que yo mismo estaba hablando mientras él decía:

“Has vencido, y yo cedo. ¡Sin embargo, de ahora en adelante tú también estás muerto— muerto para el Mundo, para el Cielo y para la Esperanza! En mí existías tú— y, en mi muerte, mira por esta imagen, que es la tuya propia, cuán totalmente te has asesinado a ti mismo”.

Sin duda, ahora me había puesto muy pálido; pero hablaba con mayor fluidez y con la voz más aguda. Sin embargo, el sonido aumentaba, ¿y qué podía hacer? Era un sonido bajo, sordo y rápido, muy parecido al que hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Jadeaba buscando aire, y, sin embargo, los oficiales no lo oían. Hablaba más deprisa, con mayor vehemencia; pero el ruido aumentaba constantemente. Me levanté y discutí sobre pequeñeces, con tono elevado y violentas gesticulaciones; pero el ruido aumentaba constantemente. ¿Por qué no se irían? Recorrí la habitación de un lado a otro con pesadas zancadas, como si estuviera excitado hasta la furia por las observaciones de aquellos hombres; pero el ruido aumentaba constantemente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer? ¡Espumeaba, deliraba, maldecía! Balanceé la silla sobre la que había estado sentado y la hice rechinar contra las tablas, pero el ruido se elevaba por encima de todo y aumentaba continuamente. ¡Se hacía más fuerte, más fuerte, más fuerte! Y, aun así, los hombres charlaban alegremente y sonreían. ¿Era posible que no lo oyeran? ¡Dios Todopoderoso! —¡no, no! ¡Lo oían! ¡Sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Estaban haciendo una burla de mi horror!— esto pensaba y esto pienso. ¡Pero cualquier cosa era mejor que esta agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable que esta burla! ¡No podía soportar más aquellas sonrisas hipócritas! ¡Sentí que debía gritar o morir! Y ahora, ¡otra vez! —¡escuchad! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡más fuerte!

—¡Villanos! —exclamé—, ¡no disimuléis más! ¡Admito la acción! ¡Arrancad las tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su horrible corazón!

BERENICE

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.—Ebn Zaiat.

La miseria es múltiple. La desdicha de la tierra es multiforme. Alcanzando el ancho horizonte como el arco iris, sus matices son tan variados como los de aquel arco, tan distintos también, aunque tan íntimamente mezclados. ¡Alcanzando el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad? ¿De la alianza de paz, un símil de dolor? Pero así como, en ética, el mal es consecuencia del bien, así, de hecho, del gozo nace el pesar. O bien el recuerdo de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que existen tienen su origen en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de bautismo es Egaeus; el de mi familia no lo mencionaré. Sin embargo, no hay torres en la tierra más consagradas por el tiempo que mis sombríos, grises y hereditarios salones. A nuestro linaje se le ha llamado una raza de visionarios; y en muchos detalles sorprendentes —en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de los dormitorios, en el cincelado de algunos contrafuertes en la armería, pero más especialmente en la galería de pinturas antiguas, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la naturaleza tan peculiar de los contenidos de la biblioteca— hay más que suficiente evidencia para justificar tal creencia.

Los recuerdos de mis primeros años están conectados con aquella estancia y con sus volúmenes, de los cuales no diré más. Aquí murió mi madre. En este lugar nací yo. Pero es mera ociosidad decir que no había vivido antes, que el alma no tiene existencia previa. ¿Lo negáis? No discutamos el asunto. Convencido yo mismo, no busco convencer. Existe, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales aunque tristes, un recuerdo que no puede ser excluido; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, inestable; y como una sombra, también, en la imposibilidad de librarme de ella mientras exista la luz del sol de mi razón.

En aquella estancia nací. Así, despertando de la larga noche de lo que parecía, pero no era, la inexistencia, de golpe hacia las mismas regiones del país de las hadas, hacia un palacio de la imaginación, hacia los salvajes dominios del pensamiento monástico y la erudición, no es singular que mirara a mi alrededor con ojos sobresaltados y ardientes, que malgastara mi niñez en los libros y disipara mi juventud en la ensoñación; pero es singular que, a medida que pasaban los años y el mediodía de la hombría me encontraba todavía en la mansión de mis padres, es maravilloso qué estancamiento cayó sobre los manantiales de mi vida, maravilloso cuán total fue la inversión que tuvo lugar en el carácter de mi pensamiento más común. Las realidades del mundo me afectaban como visiones, y solo como visiones, mientras que las salvajes ideas de la tierra de los sueños se convertían, a su vez, no en el material de mi existencia cotidiana, sino en verdad en esa misma existencia absoluta y exclusivamente.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en mis salones paternales. Sin embargo, crecimos de forma diferente: yo, enfermo y sumido en la melancolía; ella, ágil, graciosa y rebosante de energía; suyos, el vagabundeo por la ladera de la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo dentro de mi propio corazón y entregado, en cuerpo y alma, a la más intensa y dolorosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensamiento alguno de las sombras en su camino ni del vuelo silencioso de las horas de alas de cuervo. ¡Berenice! —invoco su nombre—, ¡Berenice!— y de las ruinas grises de la memoria mil tumultuosos recuerdos se sobresaltan al sonido. ¡Ah, vívidamente está su imagen ante mí ahora, como en los primeros días de su alegría y despreocupación! ¡Oh, belleza magnífica pero fantástica! ¡Oh, sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh, náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y un cuento que no debería ser contado. La enfermedad, una enfermedad fatal, cayó como el simún sobre su cuerpo; e, incluso mientras la contemplaba, el espíritu del cambio barrió sobre ella, invadiendo su mente, sus hábitos y su carácter, y, de la manera más sutil y terrible, ¡perturbando incluso la identidad de su persona! ¡Ay, el destructor vino y se fue! Y la víctima, ¿dónde está ella? No la conocía, o ya no la conocía como Berenice.

Entre el numeroso séquito de enfermedades sobrevenidas por aquella fatal y primaria que efectuó una revolución de tan horrible clase en el ser moral y físico de mi prima, puede mencionarse, como la más angustiosa y obstinada en su naturaleza, una especie de epilepsia que no pocas veces terminaba en el trance mismo, un trance que se asemejaba mucho a la disolución absoluta y del cual su manera de recuperación era, en la mayoría de los casos, sorprendentemente abrupta. Mientras tanto, mi propia enfermedad —pues se me ha dicho que no debo llamarla de otra manera—, mi propia enfermedad, pues, crecía rápidamente en mí y asumió finalmente un carácter monomaníaco de una forma novedosa y extraordinaria, ganando vigor cada hora y cada momento, y obteniendo al fin sobre mí la más incomprensible ascendencia. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de aquellas facultades de la mente que en la ciencia metafísica se denominan atentas. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no sea de ninguna manera posible transmitir a la mente del lector meramente general una idea adecuada de aquella intensidad nerviosa de interés con la que, en mi caso, los poderes de la meditación (por no hablar técnicamente) se ocupaban y enterraban en la contemplación de hasta los objetos más ordinarios del universo.

Meditar durante largas horas infatigables, con mi atención clavada en algún artilugio frívolo en el margen o en la tipografía de un libro; absorberme, durante la mayor parte de un día de verano, en una extraña sombra que caía oblicua sobre el tapiz o sobre el suelo; perderme, durante una noche entera, observando la llama constante de una lámpara o las brasas de un fuego; soñar despierto días enteros con el perfume de una flor; repetir, monótonamente, alguna palabra común, hasta que el sonido, a fuerza de repetición frecuente, dejaba de transmitir idea alguna a la mente; perder todo sentido de movimiento o existencia física, mediante una quietud corporal absoluta perseverada larga y obstinadamente: tales eran algunas de las vaguedades más comunes y menos perniciosas inducidas por una condición de las facultades mentales, no, en verdad, totalmente sin paralelo, pero ciertamente desafiando cualquier clase de análisis o explicación.

Sin embargo, que no se me malinterprete. La indebida, ferviente y morbosa atención así excitada por objetos por naturaleza frívolos no debe confundirse en carácter con esa propensión rumiante común a toda la humanidad, y más especialmente consentida por personas de imaginación ardiente. Ni siquiera era, como podría suponerse al principio, una condición extrema o exageración de tal propensión, sino primaria y esencialmente distinta y diferente. En el primer caso, el soñador o entusiasta, al interesarse por un objeto usualmente no frívolo, pierde imperceptiblemente de vista este objeto en un desierto de deducciones y sugerencias que brotan de él, hasta que, al concluir una ensoñación a menudo repleta de lujo, encuentra el incitamentum, o primera causa de sus meditaciones, enteramente desvanecida y olvidada. En mi caso, el objeto primario era invariablemente frívolo, aunque asumía, a través del medio de mi visión distorsionada, una importancia refractada e irreal. Pocas deducciones, si es que alguna, se hacían; y esas pocas regresaban pertinazmente sobre el objeto original como un centro. Las meditaciones nunca eran placenteras; y, al terminar la ensoñación, la primera causa, lejos de estar fuera de la vista, había alcanzado aquel interés sobrenaturalmente exagerado que era el rasgo predominante de la enfermedad. En una palabra, los poderes de la mente ejercitados más particularmente eran, en mí, como he dicho antes, los atentas, y son, en el soñador, los especulativos.

Mis libros, en esta época, si no servían realmente para irritar el trastorno, participaban, se percibirá, en gran medida, por su naturaleza imaginativa e inconsecuente, de las cualidades características del trastorno mismo. Recuerdo bien, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, "De Amplitudine Beati Regni Dei"; la gran obra de San Agustín, "La Ciudad de Dios"; y el "De Carne Christi" de Tertuliano, en el cual la frase paradójica "Mortuus est Dei filius; credibile est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibile est", ocupó mi tiempo indiviso durante muchas semanas de laboriosa e infructuosa investigación.

Así aparecerá que, sacudida de su equilibrio solo por cosas triviales, mi razón guardaba semejanza con aquel peñasco oceánico del que habla Ptolomeo Hefestión, el cual, resistiendo constantemente los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y los vientos, temblaba solo ante el toque de la flor llamada Asfódelo. Y aunque, para un pensador descuidado, podría parecer una cuestión fuera de toda duda que la alteración producida por su infeliz dolencia en la condición moral de Berenice me proporcionaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación cuya naturaleza me he tomado la molestia de explicar, tal no fue en modo alguno el caso. En los intervalos lúcidos de mi enfermedad, su calamidad, en efecto, me causaba dolor y, tomando profundamente a pecho aquel naufragio total de su vida bella y gentil, no dejaba de reflexionar, frecuente y amargamente, sobre los medios milagrosos mediante los cuales tan extraña revolución había sido tan repentinamente llevada a cabo. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad y eran tales como habrían ocurrido, bajo circunstancias similares, a la masa ordinaria de la humanidad. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se deleitaba en los cambios menos importantes pero más alarmantes producidos en el marco físico de Berenice, en la singular y más espantosa distorsión de su identidad personal.

Durante los días más brillantes de su incomparable belleza, seguramente nunca la había amado. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos, para mí, nunca habían sido del corazón, y mis pasiones siempre fueron de la mente. A través del gris de la madrugada, entre las sombras enrejadas del bosque al mediodía, y en el silencio de mi biblioteca por la noche, ella había pasado revoloteando ante mis ojos, y la había visto, no como la Berenice viviente y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como un ser de la tierra, terrenal, sino como la abstracción de tal ser; no como algo que admirar, sino que analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de la más abstrusa aunque desordenada especulación. Y ahora, ahora me estremecía en su presencia y me ponía pálido ante su acercamiento; sin embargo, lamentando amargamente su condición caída y desolada, recordé que ella me había amado durante mucho tiempo y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin el período de nuestras nupcias se acercaba, cuando, una tarde en el invierno del año —uno de esos días inusualmente cálidos, tranquilos y brumosos que son la nodriza del hermoso Alcíone—, me senté (y me senté, como pensaba, solo) en el aposento interior de la biblioteca. Pero, levantando los ojos, vi que Berenice estaba ante mí.

¿Fue mi propia imaginación excitada, o la influencia brumosa de la atmósfera, o el crepúsculo incierto de la estancia, o los drapeados grises que caían alrededor de su figura lo que causó en ella un contorno tan vacilante e indistinto? No podría decirlo. No pronunció palabra; y yo, ni por todo el oro del mundo, habría podido articular una sílaba. Un frío glacial recorrió mi cuerpo; una sensación de insoportable ansiedad me oprimió; una curiosidad consumidora invadió mi alma; y, recostándome en la silla, permanecí durante algún tiempo sin aliento y sin movimiento, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay, su emaciación era excesiva y ni un solo vestigio del antiguo ser acechaba en ninguna línea del contorno! Mis miradas ardientes cayeron finalmente sobre el rostro.

La frente era alta, muy pálida y singularmente plácida; y el cabello, antaño azabache, caía parcialmente sobre ella y ensombrecía las sienes hundidas con innumerables rizos, ahora de un amarillo vívido, chocando discordantemente, en su carácter fantástico, con la melancolía reinante del semblante. Los ojos estaban sin vida, sin brillo y aparentemente sin pupilas, y me encogí involuntariamente ante su mirada vidriosa para contemplar los labios delgados y contraídos. Se separaron; y en una sonrisa de significado peculiar, los dientes de la Berenice cambiada se revelaron lentamente a mi vista. ¡Ojalá Dios quiera que nunca los hubiera contemplado, o que, habiéndolo hecho, hubiera muerto!

El cierre de una puerta me perturbó y, al mirar hacia arriba, descubrí que mi prima había partido de la estancia. Pero del desordenado aposento de mi cerebro no había partido, ¡ay!, y no podía ser expulsado, el espectro blanco y fantasmal de los dientes. Ni una mancha en su superficie, ni una sombra en su esmalte, ni una muesca en sus bordes, sino que aquel instante de su sonrisa había bastado para grabarlo en mi memoria. Los veía ahora incluso más inequívocamente de lo que los vi entonces. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, y visible y palpablemente ante mí; largos, estrechos y excesivamente blancos, con los labios pálidos retorciéndose a su alrededor, como en el mismo momento de su primera y terrible revelación. Entonces vino la furia plena de mi monomanía, y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. En los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Por ellos ansiaba con un deseo frenético. Todos los demás asuntos y todos los intereses diferentes quedaron absorbidos en su única contemplación. Ellos, ellos solos estaban presentes ante el ojo mental, y ellos, en su única individualidad, se convirtieron en la esencia de mi vida mental. Los sostuve bajo toda luz. Los giré en toda actitud. Examiné sus características. Me detuve en sus peculiaridades. Reflexioné sobre su conformación. Medité sobre la alteración en su naturaleza. Me estremecí al asignarles en mi imaginación un poder sensible y sintiente, e incluso, cuando no estaban asistidos por los labios, una capacidad de expresión moral. De Mademoiselle Salle se ha dicho bien: "Que tous ses pas étaient des sentiments", y de Berenice creía más seriamente que toutes ses dents étaient des idées. ¡Des idées! —¡ah, aquí estaba el pensamiento idiota que me destruyó! ¡Des idées! —¡ah, por eso era por lo que los codiciaba tan locamente! Sentí que su posesión era lo único que podría devolverme la paz, al devolverme a la razón.

Y la tarde se cerró sobre mí así, y luego la oscuridad vino, y permaneció, y se fue, y el día amaneció de nuevo, y las nieblas de una segunda noche se estaban acumulando ya alrededor, y todavía permanecía sentado e inmóvil en aquella solitaria habitación, y todavía permanecía sentado sumido en la meditación, y todavía el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendencia, mientras, con la más vívida y horrible claridad, flotaba en medio de las luces y sombras cambiantes de la estancia. Al fin, un grito como de horror y consternación irrumpió en mis sueños; y a eso, tras una pausa, sucedió el sonido de voces perturbadas, entremezcladas con muchos lamentos bajos de dolor o de angustia. Me levanté de mi asiento y, abriendo una de las puertas de la biblioteca, vi a una criada, toda en lágrimas, que me decía que Berenice... ¡no existía más! Había sido presa de la epilepsia en la madrugada, y ahora, al cerrarse la noche, la tumba estaba lista para su inquilina, y todos los preparativos para el entierro estaban completados.

Me encontré sentado en la biblioteca, y sentado allí solo de nuevo. Parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y era muy consciente de que, desde la puesta del sol, Berenice había sido enterrada. Pero de aquel período lúgubre que intervino no tenía una comprensión positiva, al menos no definitiva. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por ser vago, y terror más terrible por su ambigüedad. Era una página temible en el registro de mi existencia, escrita toda ella con recuerdos oscuros, horribles e ininteligibles. Me esforcé por descifrarlos, pero en vano; mientras, de vez en cuando, como el espíritu de un sonido ido, el grito agudo y penetrante de una voz femenina parecía sonar en mis oídos. Había cometido una acción, ¿cuál era? Me hice la pregunta en voz alta, y los ecos susurrantes de la estancia me respondieron: "¿Cuál era?"

Sobre la mesa a mi lado ardía una lámpara, y cerca yacía una pequeña caja. No era de carácter notable y la había visto frecuentemente antes, pues era propiedad del médico de la familia; pero ¿cómo llegó allí, sobre mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Estas cosas no tenían explicación alguna, y mis ojos cayeron finalmente sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada en él. Las palabras eran las singulares pero simples del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué entonces, mientras las leía, se erizaron los cabellos de mi cabeza y la sangre de mi cuerpo se congeló en mis venas?

Hubo un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como el inquilino de una tumba, un criado entró de puntillas. Sus ojos estaban salvajes de terror y me habló con voz temblorosa, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Escuché algunas frases entrecortadas. Me habló de un grito salvaje que perturbó el silencio de la noche, de la reunión de la casa, de una búsqueda en la dirección del sonido; y luego sus tonos se hicieron escalofriantemente distintos al susurrarme sobre una tumba violada, sobre un cuerpo desfigurado envuelto en una mortaja, ¡pero todavía respirando, todavía palpitando, todavía vivo!

Señaló unas prendas; estaban embarradas y cuajadas de sangre. No hablé, y él me tomó suavemente de la mano: estaba marcada con la huella de uñas humanas. Dirigió mi atención hacia algún objeto contra la pared. Lo miré durante algunos minutos: era una pala. Con un grito salté hacia la mesa y agarré la caja que yacía sobre ella. Pero no pude forzarla para abrirla; y en mi temblor, se me resbaló de las manos, cayó pesadamente y estalló en pedazos; y de ella, con un sonido metálico, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, entremezclados con treinta y dos sustancias pequeñas, blancas y de aspecto de marfil que quedaron esparcidas por todo el suelo.

Provengo de una raza conocida por el vigor de su fantasía y el ardor de su pasión. Los hombres me han llamado loco; pero la cuestión no está aún resuelta, si la locura es o no la inteligencia más elevada, si mucho de lo que es glorioso, si todo lo que es profundo, no brota de la enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a quienes solo sueñan de noche. En sus visiones grises obtienen atisbos de la eternidad y se estremecen, al despertar, al descubrir que han estado al borde del gran secreto. A retazos, aprenden algo de la sabiduría que es del bien, y más del simple conocimiento que es del mal. Penetran, sin embargo, sin timón ni brújula en el vasto océano de la “luz inefable”, y de nuevo, como las aventuras del geógrafo nubio, “agressi sunt mare tenebrarum, quid in eo esset exploraturi”.

Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, al menos, que existen dos condiciones distintas de mi existencia mental: la condición de una razón lúcida, que no admite disputa, y que pertenece al recuerdo de los acontecimientos que forman la primera época de mi vida, y una condición de sombra y duda, perteneciente al presente, y al recuerdo de lo que constituye la segunda gran era de mi ser. Por tanto, lo que cuente del periodo anterior, creedlo; y a lo que pueda relatar del tiempo posterior, dadle solo el crédito que parezca merecer, o dudad de ello por completo, o, si no podéis dudar, sed entonces el Edipo de su enigma.

Aquella a quien amé en la juventud, y de quien ahora escribo con calma y claridad estos recuerdos, era la única hija de la única hermana de mi madre, tiempo ha fallecida. Eleonora era el nombre de mi prima. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Multicolor. Ningún paso sin guía llegó jamás a aquel valle; pues se alzaba allá arriba, entre una cadena de colinas gigantescas que pendían amenazantes a su alrededor, cerrando el paso a la luz del sol desde sus más dulces rincones. Ningún sendero estaba hollado en sus cercanías; y, para llegar a nuestro feliz hogar, era necesario apartar, con fuerza, el follaje de muchos miles de árboles forestales, y aplastar hasta la muerte las glorias de muchos millones de flores fragantes. Así era como vivíamos todos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle: yo, y mi prima, y su madre.

Desde las regiones sombrías más allá de las montañas, en el extremo superior de nuestro dominio cercado, se deslizaba un río estrecho y profundo, más brillante que todo salvo los ojos de Eleonora; y, serpenteando furtivamente en cursos laberínticos, pasaba al fin a través de un desfiladero sombrío, entre colinas aún más tenues que aquellas de donde había brotado. Lo llamábamos el “Río del Silencio”; pues parecía haber una influencia que acallaba en su fluir. Ningún murmullo surgía de su lecho, y tan suavemente erraba, que los guijarros perlados sobre los que nos encantaba mirar, muy abajo en su seno, no se agitaban en absoluto, sino que yacían en una inmovilidad satisfecha, cada uno en su antiguo lugar, brillando gloriosamente para siempre.

El margen del río, y de los muchos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos tortuosos hacia su cauce, así como los espacios que se extendían desde los márgenes hacia las profundidades de las corrientes hasta llegar al lecho de guijarros en el fondo, estos lugares, no menos que toda la superficie del valle, desde el río hasta las montañas que lo ceñían, estaban alfombrados por completo por una hierba verde y suave, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada por doquier de ranúnculos amarillos, margaritas blancas, violetas púrpuras y asfódelos rojo rubí, que su belleza excesiva hablaba a nuestros corazones, en tonos elevados, del amor y de la gloria de Dios.

Y, aquí y allá, en arboledas sobre esta hierba, como selvas de sueños, brotaban árboles fantásticos, cuyos tallos altos y delgados no se erguían rectos, sino que se inclinaban con gracia hacia la luz que se asomaba al mediodía en el centro del valle. Su corteza estaba moteada con el vívido esplendor alterno del ébano y la plata, y era más suave que todo salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde brillante de las enormes hojas que se extendían desde sus cimas en largas y trémulas líneas, retozando con los céfiros, uno podría haberlos imaginado como serpientes gigantes de Siria rindiendo homenaje a su soberano el Sol.

De la mano por este valle, durante quince años, vagué con Eleonora antes de que el Amor entrara en nuestros corazones. Fue una tarde, al final del tercer lustro de su vida y del cuarto de la mía, que nos sentamos, encerrados en el abrazo del otro, bajo los árboles serpentinos, y miramos hacia el interior del agua del Río del Silencio nuestras imágenes en él reflejadas. No pronunciamos palabras durante el resto de aquel dulce día, y nuestras palabras, incluso al día siguiente, fueron trémulas y escasas. Habíamos extraído al dios Eros de aquella onda, y ahora sentíamos que él había encendido en nosotros las almas fogosas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza vinieron, en tropel, con las fantasías por las que habían sido igualmente notables, y juntas exhalaron una dicha delirante sobre el Valle de la Hierba Multicolor. Un cambio se apoderó de todas las cosas. Flores extrañas y brillantes, en forma de estrella, ardieron sobre los árboles donde antes no se conocían flores. Los tintes de la alfombra verde se intensificaron; y cuando, una a una, las margaritas blancas se marchitaron, brotaron en su lugar, de diez en diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgió en nuestros senderos; pues el flamenco alto, hasta entonces invisible, junto con todas las aves de plumaje alegre y resplandeciente, exhibió su plumaje escarlata ante nosotros. Los peces de oro y plata frecuentaban el río, del seno del cual brotó, poco a poco, un murmullo que se hinchó, al fin, en una melodía arrulladora más divina que la del arpa de Eolo, más dulce que todo salvo la voz de Eleonora. Y ahora, también, una nube voluminosa, que habíamos observado durante mucho tiempo en las regiones de Hesper, flotó desde allí, toda espléndida en carmesí y oro, y estableciéndose en paz sobre nosotros, se hundió, día a día, más y más, hasta que sus bordes descansaron sobre las cimas de las montañas, convirtiendo toda su penumbra en magnificencia, y encerrándonos, como para siempre, dentro de una prisión mágica de grandeza y de gloria.

El encanto de Eleonora era el de los serafines; pero ella era una doncella ingenua e inocente como la breve vida que había llevado entre las flores. Ninguna astucia disfrazaba el fervor del amor que animaba su corazón, y ella examinaba conmigo sus más íntimos rincones mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Multicolor, y hablábamos de los poderosos cambios que últimamente habían tenido lugar en él.

Al fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste cambio que debe sobrevenir a la Humanidad, desde entonces habitó solo en este único y penoso tema, entretejiéndolo en toda nuestra conversación, como, en los cantos del bardo de Schiraz, se encuentran las mismas imágenes ocurriendo, una y otra vez, en cada variación impresionante de frase.

Ella había visto que el dedo de la Muerte estaba sobre su pecho; que, como el efímero, había sido hecha perfecta en belleza solo para morir; pero los terrores de la tumba para ella residían únicamente en una consideración que me reveló, una tarde al crepúsculo, a orillas del Río del Silencio. Le afligía pensar que, tras sepultarla en el Valle de la Hierba Multicolor, yo abandonaría para siempre sus felices rincones, transfiriendo el amor que ahora era tan apasionadamente suyo a alguna doncella del mundo exterior y cotidiano. Y, allí mismo, me arrojé apresuradamente a los pies de Eleonora, y ofrecí un voto, a ella misma y al Cielo, de que nunca me uniría en matrimonio a ninguna hija de la Tierra; que de ninguna manera sería renegado de su querida memoria, ni de la memoria del afecto devoto con el que ella me había bendecido. Y llamé al Poderoso Gobernante del Universo a ser testigo de la piadosa solemnidad de mi voto. Y la maldición que invoqué de Él y de ella, una santa en el Helusion si resultara traidor a aquella promesa, conllevaba una pena cuyo horror excesivamente grande no me permite dejar registro de ella aquí. Y los ojos brillantes de Eleonora se volvieron más brillantes ante mis palabras; y suspiró como si un peso mortal hubiera sido retirado de su pecho; y tembló y lloró muy amargamente; pero aceptó el voto (¿pues qué era ella sino una niña?) y eso le facilitó el lecho de su muerte. Y me dijo, no muchos días después, muriendo con tranquilidad, que, debido a lo que yo había hecho por el consuelo de su espíritu, velaría por mí en ese espíritu cuando partiera, y, si así se le permitía, regresaría a mí visiblemente en las vigilias de la noche; pero, si esta cosa estaba, en verdad, más allá del poder de las almas en el Paraíso, que me daría al menos frecuentes indicaciones de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vespertinos, o llenando el aire que yo respiraba con perfume de los incensarios de los ángeles. Y, con estas palabras en sus labios, entregó su vida inocente, poniendo fin a la primera época de la mía propia.

Hasta aquí he dicho fielmente. Pero a medida que cruzo la barrera en el camino del Tiempo, formada por la muerte de mi amada, y continúo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se acumula sobre mi cerebro, y desconfío de la perfecta cordura del registro. Pero sigamos adelante. Los años se arrastraron pesadamente, y seguí viviendo dentro del Valle de la Hierba Multicolor; pero un segundo cambio se había apoderado de todas las cosas. Las flores en forma de estrella se encogieron hacia los tallos de los árboles y no aparecieron más. Los tintes de la alfombra verde se desvanecieron; y, una a una, los asfódelos rojo rubí se marchitaron; y brotaron, en su lugar, de diez en diez, violetas oscuras, parecidas a ojos, que se retorcían inquietas y estaban siempre cubiertas de rocío. Y la Vida se apartó de nuestros senderos; pues el flamenco alto ya no exhibió su plumaje escarlata ante nosotros, sino que voló tristemente del valle hacia las colinas, junto con todas las aves de plumaje alegre y resplandeciente que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través del desfiladero en el extremo inferior de nuestro dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la melodía arrulladora que había sido más suave que el arpa de viento de Eolo, y más divina que todo salvo la voz de Eleonora, se extinguió poco a poco, en murmullos cada vez más bajos, hasta que la corriente retornó, al fin, totalmente, a la solemnidad de su silencio original. Y entonces, por último, la voluminosa nube se alzó y, abandonando las cimas de las montañas a la penumbra de antaño, retrocedió a las regiones de Hesper, y se llevó todas sus múltiples glorias doradas y espléndidas del Valle de la Hierba Multicolor.

Sin embargo, las promesas de Eleonora no fueron olvidadas; pues escuché los sonidos del balanceo de los incensarios de los ángeles; y corrientes de un santo perfume flotaban una y otra vez por el valle; y en horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente llegaban a mí cargados de suaves suspiros; e indescifrables murmullos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez —¡oh, pero solo una vez!— fui despertado de un sueño, como el sueño de la muerte, por la presión de labios espirituales sobre los míos.

Pero el vacío dentro de mi corazón se negó, incluso así, a ser llenado. Anhelaba el amor que antes lo había colmado hasta desbordarse. Al fin el valle me dolía a través de sus recuerdos de Eleonora, y lo dejé para siempre por las vanidades y los triunfos turbulentos del mundo.

Me encontré dentro de una ciudad extraña, donde todas las cosas podrían haber servido para borrar de mi recuerdo los dulces sueños que había soñado durante tanto tiempo en el Valle de la Hierba Multicolor. Las pompas y ceremonias de una corte majestuosa, y el loco fragor de las armas, y la belleza radiante de las mujeres, desconcertaron y embriagaron mi cerebro. Pero hasta entonces mi alma había sido fiel a sus votos, y las indicaciones de la presencia de Eleonora me seguían siendo dadas en las horas silenciosas de la noche. De repente, estas manifestaciones cesaron, y el mundo se volvió oscuro ante mis ojos, y quedé horrorizado ante los pensamientos ardientes que me poseían, ante las terribles tentaciones que me asediaban; pues llegó desde alguna tierra lejana, lejanísima y desconocida, a la alegre corte del rey al que servía, una doncella a cuya belleza mi corazón renegado se rindió de inmediato, ante cuyo escabel me incliné sin lucha, en la más ardiente, en la más abyecta adoración de amor. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la joven del valle en comparación con el fervor, y el delirio, y el éxtasis elevador del alma con que vertí todo mi ser entre lágrimas a los pies de la etérea Ermengarde? ¡Oh, brillante era la seráfica Ermengarde! y en ese conocimiento no tenía lugar para ninguna otra. ¡Oh, divina era la angelical Ermengarde! y mientras miraba hacia las profundidades de sus ojos memorables, pensaba solo en ellos, y en ella.

Me casé, sin temer la maldición que había invocado; y su amargura no se abatió sobre mí. Y una vez, pero solo una vez más, en el silencio de la noche, llegaron a través de mi celosía los suaves suspiros que me habían abandonado; y se modelaron en una voz familiar y dulce, diciendo:

“¡Duerme en paz! pues el Espíritu del Amor reina y gobierna, y, al tomar en tu corazón apasionado a la que es Ermengarde, quedas absuelto, por razones que te serán dadas a conocer en el Cielo, de tus votos a Eleonora”.

(*15) La corola de esta flor (Aristolochia Clematitis), que es tubular, pero termina hacia arriba en un limbo ligulado, está inflada en una figura globular en la base. La parte tubular está guarnecida internamente con pelos rígidos, orientados hacia abajo. La parte globular contiene el pistilo, que consiste meramente en un germen y un estigma, junto con los estambres circundantes. Pero los estambres, al ser más cortos que el germen, no pueden descargar el polen de modo que lo arrojen sobre el estigma, ya que la flor permanece siempre erguida hasta después de la impregnación. Y de ahí que, sin alguna ayuda adicional y peculiar, el polen deba caer necesariamente hasta el fondo de la flor. Ahora bien, la ayuda que la naturaleza ha proporcionado en este caso es la de la Tiputa Pennicornis, un pequeño insecto que, al entrar en el tubo de la corola en busca de miel, desciende al fondo y rebusca hasta quedar completamente cubierto de polen; pero al no poder forzar su salida de nuevo, debido a la posición hacia abajo de los pelos, que convergen en un punto como los alambres de una ratonera, y estando algo impaciente por su confinamiento, se frota de atrás hacia adelante, probando en cada rincón hasta que, tras atravesar repetidamente el estigma, lo cubre con polen suficiente para su impregnación, como consecuencia de lo cual la flor comienza pronto a marchitarse y los pelos a encogerse hacia los lados del tubo, efectuando un paso fácil para la huida del insecto. —Rev. P. Keith-System of Physiological Botany.

(*16) Las abejas —desde que existen las abejas— han estado construyendo sus celdas con exactamente tales lados, en exactamente tal número y con exactamente tales inclinaciones, como se ha demostrado (en un problema que involucra los principios matemáticos más profundos) que son los mismos lados, en el mismo número y en los mismos ángulos, que proporcionarán a las criaturas el mayor espacio que es compatible con la mayor estabilidad de la estructura.

Durante la última parte del siglo pasado, surgió la pregunta entre los matemáticos: “determinar la mejor forma que puede darse a las aspas de un molino de viento, de acuerdo con sus distancias variables desde las paletas giratorias, y asimismo desde los centros de la revolución”. Este es un problema excesivamente complejo, pues es, en otras palabras, hallar la mejor posición posible a una infinidad de distancias variadas y en una infinidad de puntos en el brazo. Hubo mil intentos fútiles de responder a la consulta por parte de los más ilustres matemáticos, y cuando al fin se descubrió una solución innegable, los hombres hallaron que las alas de un pájaro la habían dado con absoluta precisión desde que el primer pájaro atravesó el aire.

(*17) Observó una bandada de palomas pasando entre Frankfort y el territorio indio, de al menos una milla de ancho; tardó cuatro horas en pasar, lo que, a razón de una milla por minuto, da una longitud de 240 millas; y, suponiendo tres palomas por cada yarda cuadrada, da 2.230.272.000 palomas. —“Travels in Canada and the United States”, por el Teniente F. Hall.

(*18) La tierra es sostenida por una vaca de color azul, que tiene cuatrocientos cuernos. —Corán de Sale.

(*19) “Los Entozoa, o gusanos intestinales, han sido observados repetidamente en los músculos y en la sustancia cerebral de los hombres”. —Véase Physiology de Wyatt, p. 143.

(*20) En el Great Western Railway, entre Londres y Exeter, se ha alcanzado una velocidad de 71 millas por hora. Un tren que pesaba 90 toneladas fue arrastrado de Paddington a Didcot (53 millas) en 51 minutos.

(*21) El Eccalobeion.

(*22) El jugador de ajedrez autómata de Mäelzel.

(*23) La máquina calculadora de Babbage.

(*24) Chabert, y después de él, cien más.

(*25) El electrotipo.

(*26) Wollaston fabricó de platino para el campo de visión de un telescopio un alambre de una dieciocho-milésima parte de una pulgada de espesor. Solo podía verse mediante el microscopio.

(*27) Newton demostró que la retina, bajo la influencia del rayo violeta del espectro, vibraba 900.000.000 de veces por segundo.

(*28) Pila voltaica.

(*29) El aparato de impresión del telégrafo eléctrico.

(*30) El telégrafo eléctrico transmite inteligencia instantáneamente, al menos en lo que respecta a cualquier distancia sobre la tierra.

(*31) Experimentos comunes de filosofía natural. Si dos rayos rojos de dos puntos luminosos son admitidos en una cámara oscura de modo que caigan sobre una superficie blanca, y difieren en su longitud en 0,0000258 de pulgada, su intensidad se duplica. Así también si la diferencia en longitud es cualquier múltiplo de número entero de esa fracción. Un múltiplo por 2 1/4, 3 1/4, etc., da una intensidad igual a un solo rayo; pero un múltiplo por 2 1/2, 3 1/2, etc., da el resultado de oscuridad total. En los rayos violeta surgen efectos similares cuando la diferencia en longitud es 0,000157 de pulgada; y con todos los demás rayos los resultados son los mismos: la diferencia varía con un aumento uniforme desde el violeta al rojo.

“Experimentos análogos respecto al sonido producen resultados análogos”.

(*32) Coloque un crisol de platino sobre una lámpara de alcohol y manténgalo al rojo vivo; vierta algo de ácido sulfúrico, el cual, aunque es el más volátil de los cuerpos a una temperatura común, se encontrará que se vuelve completamente fijo en un crisol caliente, y ni una gota se evapora; al estar rodeado por una atmósfera propia, de hecho no toca los lados. Unas pocas gotas de agua son introducidas entonces, cuando el ácido, al entrar inmediatamente en contacto con los lados calentados del crisol, sale despedido en vapor de ácido sulfuroso, y tan rápido es su progreso, que el calórico del agua se desprende con él, lo cual cae como un trozo de hielo al fondo; aprovechando el momento antes de que se le permita volver a derretirse, puede ser vertido como un trozo de hielo desde un recipiente al rojo vivo.

(*33) El daguerrotipo.

(*34) Aunque la luz viaja 167.000 millas por segundo, la distancia de 61 Cygni (la única estrella cuya distancia está determinada) es tan inconcebiblemente grande, que sus rayos requerirían más de diez años para llegar a la tierra. Para las estrellas más allá de esta, 20, o incluso 1000 años, serían una estimación moderada. Así, si hubieran sido aniquiladas hace 20 o 1000 años, aún podríamos verlas hoy por la luz que partió de sus superficies 20 o 1000 años en el tiempo pasado. Que muchas de las que vemos diariamente estén realmente extintas, no es imposible, ni siquiera improbable.

Notas — Maelström

(*1) Véase Arquímedes, “De Incidentibus in Fluido”. —lib. 2.

Notas — La Isla del Hada

(*1) Moraux deriva aquí de moeurs, y su significado es “de moda” o, más estrictamente, “de maneras”.

(*2) Hablando de las mareas, Pomponio Mela, en su tratado “De Situ Orbis”, dice “o el mundo es un gran animal, o”, etc.

(*3) Balzac —en esencia— no recuerdo las palabras.

(*4) Florem putares nare per liquidum aethera. —P. Commire.

Notas — El Dominio de Arnheim

(*1) Un incidente, similar en su esquema al que aquí se imagina, ocurrió no hace mucho tiempo en Inglaterra. El nombre del afortunado heredero era Thelluson. Vi por primera vez un relato de este asunto en el “Tour” del Príncipe Puckler Muskau, quien hace que la suma heredada sea de noventa millones de libras, y observa justamente que “en la contemplación de una suma tan vasta, y de los servicios a los que podría aplicarse, hay algo incluso de sublime”. Para ajustarme a las opiniones de este artículo he seguido la declaración del Príncipe, aunque sea una burdamente exagerada. El germen, y de hecho el comienzo del presente escrito, fue publicado hace muchos años, antes de la salida del primer número del admirable Juif Errant de Sue, que posiblemente le haya sido sugerido por el relato de Muskau.

Notas — Berenice

(*1) Pues como Júpiter, durante la estación invernal, da dos veces siete días de calor, los hombres han llamado a este elemento y tiempo templado la nodriza del hermoso Alción. —Simónides

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