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The Works of Edgar Allan Poe

by Edgar Allan Poe · in Spanish

Las Obras de Edgar Allan Poe

por Edgar Allan Poe

Edición Raven

Índice

PREFACIO VIDA DE POE MUERTE DE POE LAS AVENTURAS SIN PAR DE UN TAL HANS PFAALL EL ESCARABAJO DE ORO CUATRO BESTIAS EN UNA: EL HOMO-CAMELEOPARD LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE EL MISTERIO DE MARIE ROGET (*1) EL GLOBO FRAUDE MANUSCRITO HALLADO EN UNA BOTELLA EL RETRATO OVAL

EDGAR ALLAN POE UNA APRECIACIÓN

Atrapado de algún amo infeliz a quien un Desastre despiadado seguía veloz y seguía más veloz hasta que sus canciones una carga llevaron, ¡hasta que las endechas de su Esperanza esa carga melancólica llevaron de “nunca, nunca más!”

Esta estrofa de “El cuervo” fue recomendada por James Russell Lowell como inscripción para el monumento de Baltimore que marca el lugar de descanso de Edgar Allan Poe, la figura más interesante y original de las letras estadounidenses. Y, para significar esa peculiar cualidad musical del genio de Poe que cautiva a todo lector, el señor Lowell sugirió este verso adicional, del “Palacio encantado”:

Y todo con perla y rubí brillando estaba la bella puerta del palacio, a través de la cual venía fluyendo, fluyendo, fluyendo, y centelleando para siempre jamás, una tropa de Ecos, cuyo dulce deber no era sino cantar, con voces de belleza sobrecogedora, el ingenio y la sabiduría de su rey.

Nacido en la pobreza en Boston, el 19 de enero de 1809, fallecido en circunstancias dolorosas en Baltimore, el 7 de octubre de 1849, con toda su carrera literaria de apenas quince años como una lastimosa lucha por la mera subsistencia, con su memoria malignamente tergiversada por su primer biógrafo, Griswold, ¡cuán completamente ha derrotado por fin la verdad a la falsedad y cuán magníficamente ha recuperado Poe lo que le pertenece! Por “El cuervo”, publicado por primera vez en 1845 y, a los pocos meses, leído, recitado y parodiado dondequiera que se hablara el idioma inglés, ¡el poeta medio hambriento recibió 10 dólares! Menos de un año después, su colega poeta, N. P. Willis, publicó este conmovedor llamamiento a los admiradores del genio en nombre del autor descuidado, su esposa moribunda y su devota madre, que vivían entonces en circunstancias muy precarias en una pequeña casa de campo en Fordham, Nueva York:

“Aquí hay uno de los mejores eruditos, uno de los hombres de genio más originales y uno de los más industriosos de la profesión literaria de nuestro país, cuya suspensión temporal del trabajo, por enfermedad corporal, lo hace caer inmediatamente al nivel de los objetos comunes de la caridad pública. No hay lugar de parada intermedio, ningún refugio respetuoso donde, con la delicadeza debida al genio y la cultura, pueda asegurar ayuda hasta que, con el retorno de la salud, reanude sus labores y su sentido de independencia no mortificado”.

Y este fue el tributo pagado por el público estadounidense al maestro que le había dado tales relatos de encanto conjurador, de hechicería y misterio como “La caída de la Casa Usher” y “Ligeia”; tales fraudes fascinantes como “Las aventuras sin par de Hans Pfaall”, “Manuscrito hallado en una botella”, “Un descenso al Maelström” y “El globo fraude”; tales relatos de conciencia como “William Wilson”, “El gato negro” y “El corazón delator”, en los que las retribuciones del remordimiento se retratan con una fidelidad aterradora; tales relatos de belleza natural como “La isla del hada” y “El dominio de Arnheim”; tales estudios maravillosos de raciocinio como “El escarabajo de oro”, “Los crímenes de la calle Morgue”, “La carta robada” y “El misterio de Marie Roget”, este último, un relato de hechos, que demuestra la maravillosa capacidad del autor para analizar correctamente los misterios de la mente humana; tales relatos de ilusión y broma como “El entierro prematuro” y “El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether”; tales fragmentos de extravagancia como “El diablo en el campanario” y “El ángel de lo singular”; tales relatos de aventura como “La narración de Arthur Gordon Pym”; tales artículos de crítica aguda y reseña como los que ganaron para Poe la entusiasta admiración de Charles Dickens, aunque le hicieron muchos enemigos entre los escritores estadounidenses menores, demasiado inflados, tan despiadadamente expuestos por él; tales poemas de belleza y melodía como “Las campanas”, “El palacio encantado”, “Tamerlán”, “La ciudad en el mar” y “El cuervo”. ¡Qué deleite para los sentidos fatigados del lector es este dominio encantado de obras maravillosas! ¡Qué atmósfera de belleza, música, color! ¡Qué recursos de imaginación, construcción, análisis y arte absoluto! Uno casi podría simpatizar con Sarah Helen Whitman, quien, confesando una fe a medias en la vieja superstición del significado de los anagramas, encontró, en las letras transpuestas del nombre de Edgar Poe, las palabras “a God-peer” (un par de Dios). Su mente, dice ella, era ciertamente un “Palacio encantado”, que resonaba con los pasos de ángeles y demonios.

“Ningún hombre”, escribió el propio Poe, “ha registrado, ningún hombre se ha atrevido a registrar, las maravillas de su vida interior”.

¡En estos días del siglo XX, de reconocimiento fastuoso —artístico, popular y material— del genio, qué recompensas no podría reclamar un Poe!

El padre de Edgar, hijo del general David Poe, el patriota revolucionario estadounidense y amigo de Lafayette, se había casado con la señora Hopkins, una actriz inglesa, y, como el matrimonio encontró la desaprobación de los padres, él mismo se había dedicado al escenario como profesión. A pesar de la belleza y el talento de la señora Poe, la joven pareja tuvo una triste lucha por la existencia. Cuando Edgar, a la edad de dos años, quedó huérfano, la familia estaba en la mayor indigencia. Al parecer, el futuro poeta iba a ser arrojado al mundo sin hogar y sin amigos. Pero el destino decretó que unos pocos destellos de sol iluminarían su vida, pues el pequeño fue adoptado por John Allan, un rico comerciante de Richmond, Virginia. Un hermano y una hermana, los hijos restantes, fueron cuidados por otros.

En su nuevo hogar, Edgar encontró todo el lujo y las ventajas que el dinero podía proporcionar. Fue mimado, consentido y exhibido ante extraños. En la señora Allan encontró todo el afecto que una esposa sin hijos podía otorgar. El señor Allan se sentía muy orgulloso del cautivador y precoz muchacho. A la edad de cinco años, el niño recitaba, con gran efecto, pasajes de poesía inglesa a los visitantes en la casa de los Allan.

Desde su octavo hasta su decimotercer año asistió a la escuela Manor House, en Stoke-Newington, un suburbio de Londres. Fue el reverendo doctor Bransby, director de la escuela, a quien Poe retrató tan pintorescamente en “William Wilson”. Al regresar a Richmond en 1820, Edgar fue enviado a la escuela del profesor Joseph H. Clarke. Resultó ser un alumno apto. Años después, el profesor Clarke escribió lo siguiente:

“Mientras los otros chicos escribían meros versos mecánicos, Poe escribía poesía genuina; el muchacho era un poeta nato. Como estudiante, era ambicioso por destacar. Era notable por su respeto propio, sin altanería. Tenía un corazón sensible y tierno y haría cualquier cosa por un amigo. Su naturaleza estaba completamente libre de egoísmo”.

A la edad de diecisiete años, Poe ingresó en la Universidad de Virginia en Charlottesville. Dejó esa institución después de una sesión. Los registros oficiales prueban que no fue expulsado. Por el contrario, obtuvo un historial meritorio como estudiante, aunque se admite que contrajo deudas y tenía “una pasión ingobernable por el juego de cartas”. Estas deudas pueden haber llevado a su disputa con el señor Allan, que finalmente lo obligó a abrirse camino en el mundo por su cuenta.

A principios de 1827, Poe realizó su primera incursión literaria. Convenció a Calvin Thomas, un impresor joven y pobre, para que publicara un pequeño volumen de sus versos bajo el título “Tamerlán y otros poemas”. En 1829 encontramos a Poe en Baltimore con otro volumen de versos manuscrito, que pronto se publicó. Su título era “Al Aaraaf, Tamerlán y otros poemas”. Ninguno de estos proyectos parece haber atraído mucha atención.

Poco después de la muerte de la señora Allan, que ocurrió en 1829, Poe, con la ayuda del señor Allan, obtuvo la admisión en la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point. Cualquier atractivo que pudiera haber tenido la vida de cadete a los ojos de Poe se perdió rápidamente, pues la disciplina en West Point nunca fue tan severa ni los alojamientos tan precarios. La inclinación de Poe era cada vez más hacia la literatura. La vida en la academia se volvió cada día más desagradable. Pronto comenzó a descuidar deliberadamente sus estudios y a ignorar sus deberes, siendo su objetivo lograr su despido del servicio de los Estados Unidos. En esto tuvo éxito. El 7 de marzo de 1831, Poe se encontró libre. El segundo matrimonio del señor Allan había dejado al joven a sus propios recursos. Su carrera literaria estaba por comenzar.

La primera victoria genuina de Poe se logró en 1833, cuando fue el competidor exitoso de un premio de 100 dólares ofrecido por una revista de Baltimore por el mejor relato en prosa. “Manuscrito hallado en una botella” fue el relato ganador. Poe había presentado seis relatos en un volumen. “Nuestra única dificultad”, dice el señor Latrobe, uno de los jueces, “fue seleccionar entre los ricos contenidos del volumen”.

Durante los quince años de su vida literaria, Poe estuvo relacionado con varios periódicos y revistas en Richmond, Filadelfia y Nueva York. Fue fiel, puntual, industrioso, minucioso. N. P. Willis, quien durante algún tiempo empleó a Poe como crítico y subeditor en el “Evening Mirror”, escribió lo siguiente:

“Con la mayor admiración por el genio de Poe, y una voluntad de dejarlo pasar por más de una irregularidad ordinaria, fuimos llevados por la opinión común a esperar una atención muy caprichosa a sus deberes, y ocasionalmente una escena de violencia y dificultad. El tiempo pasó, sin embargo, y él fue invariablemente puntual e industrioso. Vimos solo una presentación del hombre: una persona tranquila, paciente, industriosa y muy caballerosa.

“Escuchamos, de alguien que lo conocía bien (lo que debería declararse en toda mención de sus lamentables irregularidades), que con una sola copa de vino toda su naturaleza se invertía, el demonio quedaba arriba, y, aunque no eran visibles ninguno de los signos habituales de intoxicación, su voluntad estaba palpablemente insana. En este carácter invertido, repetimos, nunca tuvimos la oportunidad de conocerlo”.

El 22 de septiembre de 1835, Poe se casó con su prima, Virginia Clemm, en Baltimore. Ella apenas había cumplido trece años, el propio Poe tenía solo veintiséis. Entonces era residente de Richmond y colaborador habitual del “Southern Literary Messenger”. No fue hasta un año después que la novia y su madre viuda lo siguieron allí.

La devoción de Poe a su esposa-niña fue uno de los rasgos más hermosos de su vida. Muchas de sus famosas producciones poéticas fueron inspiradas por su belleza y encanto. La tuberculosis la había marcado como su víctima, y los esfuerzos constantes del esposo y la madre fueron asegurar para ella toda la comodidad y felicidad que sus escasos medios permitían. Virginia murió el 30 de enero de 1847, cuando tenía solo veinticinco años de edad. Un amigo de la familia describe la escena del lecho de muerte: la madre y el esposo tratando de darle calor frotándole las manos y los pies, mientras se permitía que su gata favorita se acurrucara sobre su pecho en aras de un calor adicional.

Estos versos de “Annabel Lee”, escritos por Poe en 1849, el último año de su vida, cuentan su dolor por la pérdida de su esposa-niña:

Yo era un niño y ella era una niña, en un reino junto al mar; pero amábamos con un amor que era más que amor, yo y mi Annabel Lee; con un amor que los serafines alados del cielo codiciaban a ella y a mí. Y esta fue la razón por la que, hace mucho tiempo, en este reino junto al mar, un viento sopló desde una nube, enfriando a mi hermosa Annabel Lee; de modo que sus parientes de alto linaje vinieron y se la llevaron lejos de mí, para encerrarla en un sepulcro en este reino junto al mar.

Poe estuvo relacionado en varios momentos y en varias capacidades con el “Southern Literary Messenger” en Richmond, Virginia; “Graham’s Magazine” y el “Gentleman’s Magazine” en Filadelfia; el “Evening Mirror”, el “Broadway Journal” y el “Godey’s Lady’s Book” en Nueva York. En todas partes la vida de Poe fue una de trabajo incesante. Ningún relato ni poema fue producido nunca a un mayor costo de cerebro y espíritu.

¡El salario inicial de Poe con el “Southern Literary Messenger”, al que contribuyó con los primeros borradores de varios de sus relatos más conocidos, era de 10 dólares a la semana! Dos años después su salario era de solo 600 dólares al año. Incluso en 1844, cuando su reputación literaria estaba establecida de forma segura, escribió a un amigo expresando su placer porque una revista a la que debía contribuir había acordado pagarle 20 dólares mensuales por dos páginas de crítica.

Eran tiempos desalentadores en la literatura estadounidense, pero Poe nunca perdió la fe. Finalmente triunfaría dondequiera que los talentos preeminentes ganan admiradores. Su genio no ha tenido mejor descripción que en esta estrofa del poema de William Winter, leído en los ejercicios de dedicación del Monumento de los Actores a Poe, el 4 de mayo de 1885, en Nueva York:

Él fue la voz de la belleza y del dolor, pasión y misterio y el pavor desconocido; puro como las montañas de nieve perpetua, frío como los vientos helados que alrededor de ellas gimen, oscuro como las cuevas donde los truenos de la tierra gimen, salvaje como las tempestades del cielo superior, dulce como el tenue y lejano tono celestial de los susurros de ángeles, aleteando desde lo alto, y tierno como la lágrima del amor cuando la juventud y la belleza mueren.

En los cincuenta años transcurridos desde la muerte de Poe, él ha recuperado completamente lo que le pertenece. Durante un tiempo, las tergiversaciones malignas de Griswold tiñeron la estimación pública de Poe como hombre y como escritor. Pero, gracias a J. H. Ingram, W. F. Gill, Eugene Didier, Sarah Helen Whitman y otros, estos escándalos han sido disipados y Poe es visto como realmente fue: no como un hombre sin defectos, es cierto, sino como el genio más fino y original de las letras estadounidenses. A medida que pasan los años, su fama aumenta. Sus obras han sido traducidas a muchos idiomas extranjeros. El suyo es un nombre familiar en Francia e Inglaterra; de hecho, esta última nación a menudo ha pronunciado el reproche de que el propio país de Poe ha sido lento en apreciarlo. Pero ese reproche, si alguna vez estuvo justificado, ciertamente es falso.

W. H. R.

EDGAR ALLAN POE

Por James Russell Lowell

La situación de la literatura estadounidense es anómala. No tiene centro, o, si lo tiene, es como el de la esfera de Hermes. Está dividida en muchos sistemas, cada uno girando alrededor de sus diversos soles, y a menudo presentando a los demás solo el débil destello de una vía láctea aguada. Nuestra ciudad capital, a diferencia de Londres o París, no es un gran corazón central desde el cual la vida y el vigor irradian a las extremidades, sino que se parece más a un ombligo aislado pegado tan cerca como sea posible al centro de la tierra, y que parece más bien contar una leyenda de utilidad anterior que servir a cualquier necesidad actual. Boston, Nueva York, Filadelfia, cada una tiene su literatura casi más distinta que las de los diferentes dialectos de Alemania; y la Joven Reina del Oeste también tiene la suya propia, de la cual algún rumor articulado apenas ha llegado a nosotros, habitantes junto al Atlántico.

Quizás no hay tarea más difícil que la crítica justa de la literatura contemporánea. Es incluso más grato dar alabanza donde se necesita que donde se merece, y la amistad seduce tan a menudo el estilo de hierro de la justicia hacia un vago floreo, que escribe lo que parece más bien un epitafio que una crítica. Sin embargo, si la alabanza se diera como una limosna, no podríamos dejar una tan venenosa en el sombrero de ningún hombre. La tinta del crítico puede sufrir igualmente por una infusión demasiado grande de agallas o de azúcar. Pero es más fácil ser generoso que ser justo, y fácilmente podríamos depositar nuestra fe en esa fabulosa dirección al escondite de la verdad, si juzgáramos por la cantidad de agua que solemos encontrar mezclada con ella.

Las experiencias notables suelen limitarse a la vida interior de los hombres imaginativos, pero la biografía del señor Poe muestra una vicisitud y peculiaridad de interés que rara vez se encuentra. Vástago de un matrimonio romántico, y dejado huérfano a una edad temprana, fue adoptado por el señor Allan, un rico virginiano, cuyo lecho matrimonial estéril parecía la garantía de una gran herencia para el joven poeta.

Tras haber recibido una educación clásica en Inglaterra, regresó a casa e ingresó en la Universidad de Virginia, donde, tras un curso extravagante, seguido de una reforma en el último extremo, se graduó con los más altos honores de su clase. Luego vino un intento juvenil de unirse a las fortunas de los griegos insurgentes, que terminó en San Petersburgo, donde se metió en dificultades por falta de pasaporte, de las cuales fue rescatado por el cónsul estadounidense y enviado a casa. Ahora ingresó en la academia militar de West Point, de la cual obtuvo un despido al enterarse del nacimiento de un hijo de su padre adoptivo, por un segundo matrimonio, un evento que cortó sus expectativas como heredero. La muerte del señor Allan, en cuyo testamento no se mencionaba su nombre, lo alivió poco después de toda duda al respecto, y se entregó de inmediato a la autoría para su sustento. Antes de esto, sin embargo, había publicado (en 1827) un pequeño volumen de poemas, que pronto tuvo tres ediciones y despertó grandes expectativas de la futura distinción de su autor en las mentes de muchos jueces competentes.

Que no se puede extraer ningún augurio cierto de los primeros balbuceos de un poeta, hay suficientes ejemplos para probarlo. Los primeros poemas de Shakespeare, aunque llenos de vigor, juventud y pintoresquismo, dan solo una promesa muy débil de la franqueza, condensación y moral desbordante de sus obras más maduras. Quizás, sin embargo, Shakespeare apenas sea un caso pertinente, ya que su “Venus y Adonis” se publicó, creemos, en su vigésimo sexto año. Los versos latinos de Milton muestran ternura, un buen ojo para la naturaleza y una delicada apreciación de los modelos clásicos, pero no dan pistas sobre el autor de un nuevo estilo en poesía. Las piezas juveniles de Pope tienen toda la cantinela, sin alivio alguno por la malignidad brillante y la elocuente irreligión de sus producciones posteriores. El namby-pamby inmaduro de Collins murió y no dio señales del genio vigoroso y original que mostró después. Nunca hemos pensado que el mundo perdiera más en el “muchacho maravilloso”, Chatterton, que un imitador muy ingenioso de la oscuridad oscura y anticuada. Donde se vuelve original (como se le llama), el interés del ingenio cesa y se vuelve estúpido. Las promesas de Kirke White fueron respaldadas por el respetable nombre del señor Southey, pero seguramente sin autoridad de Apolo. Tienen el mérito de una piedad tradicional, que para nuestra mente, si se expresara, hubiera sido menos objetable en el armario retirado de un diario, y con el sobrio ropaje de la prosa. No se agarran a la memoria con la pertinacia ahogadora de Watts; tampoco tienen el interés de su belleza simple y afortunada ocasional. Burns, habiendo sido rescatado afortunadamente por su humilde posición de la sociedad contaminante de los “mejores modelos”, escribió bien y naturalmente desde el principio. Si hubiera tenido la mala suerte de haber tenido un gusto educado, habríamos tenido una serie de poemas de los cuales, como de sus cartas, podríamos tamizar aquí y allá un grano de la masa de paja. Los esfuerzos juveniles de Coleridge no dan ninguna promesa en absoluto de ese genio poético que produjo a la vez los poemas más salvajes, tiernos, originales y puramente imaginativos de los tiempos modernos. Las “Horas de ocio” de Byron nunca encontrarían un lector excepto por una curiosidad intrépida e infatigable. En los primeros preludios de Wordsworth hay solo un tenue presentimiento del creador de una era. De los primeros poemas de Southey, se podría haber extraído un augurio más seguro. Muestran al investigador paciente, al estudioso cercano de la historia y al explorador incansable de las bellezas de sus predecesores, pero no dan seguridades de un hombre que debería añadir algo al acervo de palabras familiares, o a los deleites más raros y sagrados de la chimenea o el cenador. Los primeros especímenes de la mente poética de Shelley ya dan, también, señales de esa sublimación etérea en la que el espíritu parece elevarse por encima de las regiones de las palabras, pero deja su cuerpo, el verso, para ser sepultado, sin esperanza de resurrección, en una masa de ellas. Cowley suele ser citado como una maravilla de precocidad. Pero sus insipideces tempranas muestran solo una capacidad para rimar y para la disposición métrica de ciertas combinaciones convencionales de palabras, una capacidad totalmente dependiente de una organización física delicada y una memoria infeliz. Un poema temprano solo es notable cuando muestra un esfuerzo de razón, y los versos más rudos en los que podemos rastrear alguna concepción de los fines de la poesía, valen todos los milagros de una versificación juvenil fluida. Un escolar, se diría, podría adquirir el sube y baja regular de Pope simplemente por asociación con el movimiento del balancín del patio de recreo.

Los primeros trabajos del Sr. Poe demuestran que podía ver a través del verso hasta el espíritu subyacente, y que ya tenía el presentimiento de que toda la vida y la gracia del uno debían depender de la voluntad del otro y ser moduladas por ella. Los llamamos los poemas juveniles más notables que jamás hayamos leído. No conocemos otros que puedan comparárseles en madurez de propósito y en una fina comprensión de los efectos del lenguaje y la métrica. Tales piezas solo son valiosas cuando despliegan lo que solo podemos expresar mediante la frase contradictoria de experiencia innata. Copiamos uno de los poemas más cortos, escrito cuando el autor tenía solo catorce años. Hay una leve vaguedad en el relleno, pero la gracia y la simetría del esquema son tales que pocos poetas alcanzan jamás. Hay un regusto a ambrosía en él.

A HELENA

Helena, tu belleza es para mí Como aquellas naves niceas de antaño, Que gentilmente, sobre un mar perfumado, Llevaron al errante cansado y desgastado A su propia costa natal.

En mares desesperados largo tiempo acostumbrado a vagar, Tu cabello de jacinto, tu rostro clásico, Tus aires de Náyade me han traído a casa A la gloria que fue Grecia Y a la grandeza que fue Roma.

¡He aquí! en aquel brillante nicho de ventana ¡Cuán estatuario te veo estar! La lámpara de ágata en tu mano, ¡Ah! ¡Psique, desde las regiones que Son Tierra Santa!

Es la tendencia del joven poeta lo que nos impresiona. Aquí no hay «desdén marchito», ni corazón «afligido» antes de haber entrado con seguridad en la adolescencia, nada del sansculotismo de salón que Byron había puesto de moda. Todo es límpido y sereno, con un agradable toque del Helicón griego. La melodía del conjunto, también, es notable. No es de esa clase que puede demostrarse aritméticamente con la punta de los dedos. Es de esa clase más fina que solo el oído interno puede estimar. Parece simple, como una columna griega, debido a su perfección. En un poema llamado «Ligeia», bajo cuyo título pretendía personificar la música de la naturaleza, nuestro poeta-niño nos ofrece la siguiente imagen exquisita:

¡Ligeia! ¡Ligeia! Mi hermosa, Cuya idea más áspera Correrá hacia la melodía, Dime, ¿es tu voluntad, Sobre las brisas mecerte, O, caprichosamente quieta, Como el albatros solitario, Incumbente sobre la noche, Como ella sobre el aire, ¿Mantener guardia con deleite Sobre la armonía allí?

John Neal, él mismo un hombre de genio, y cuya lira ha estado demasiado tiempo caprichosamente silenciosa, apreció el alto mérito de estos y otros pasajes similares, y trazó un orgulloso horóscopo para su autor.

El Sr. Poe poseía ese algo indescriptible que los hombres han acordado llamar genio. Ningún hombre podría decirnos jamás con precisión qué es, y sin embargo, no hay nadie que no sea inevitablemente consciente de su presencia y su poder. Que el talento se retuerza y se contorsione como quiera, no posee tal magnetismo. Puede ser de huesos y tendones más grandes, pero le faltan las alas. El talento se queda pegado a la tierra, y sus obras más perfectas todavía tienen un pie de barro. El genio reclama parentesco con las mismísimas obras de la Naturaleza, de modo que una puesta de sol parecerá una cita de Dante, y si se lee a Shakespeare en la presencia misma del mar, sus versos parecerán solo más nobles por la sublime crítica del océano. El talento puede hacerse amigos, pero solo el genio puede dar a sus creaciones el poder divino de ganar amor y veneración. El entusiasmo no puede aferrarse a lo que no es entusiasta, ni tendrá jamás discípulos quien no haya tenido él mismo suficiente celo impulsivo para ser discípulo. Los grandes ingenios están aliados a la locura solo en la medida en que están poseídos y arrebatados por su demonio, mientras que el talento lo mantiene, como hacía Paracelso, seguramente aprisionado en el pomo de su espada. Ante el ojo del genio, el velo del mundo espiritual está siempre desgarrado para que pueda percibir a los ministros del bien y del mal que se agolpan continuamente a su alrededor. Ningún hombre de puro talento lanzó jamás su tintero al diablo.

Cuando decimos que el Sr. Poe tenía genio, no queremos decir que haya producido pruebas del más alto. Pero decir que lo posee en absoluto es decir que solo necesita celo, industria y reverencia por la confianza depositada en él para alcanzar los triunfos más orgullosos y los laureles más verdes. Si hemos de creer a los Longinos y Aristóteles de nuestros periódicos, tenemos demasiados genios del orden más elevado para hacer que un lugar entre ellos sea en absoluto deseable, ya sea por su dificultad de obtención o por su aislamiento. El pico más alto de nuestro Parnaso es, según estos caballeros, con mucho la parte más densamente poblada del país, circunstancia que debe convertirla en una residencia incómoda para individuos de temperamento poético, si el amor a la soledad es, como afirma la tradición inmemorial, una parte necesaria de su idiosincrasia.

El Sr. Poe tiene dos de las cualidades primordiales del genio, una facultad de análisis vigoroso pero minucioso, y una fecundidad maravillosa de imaginación. La primera de estas facultades es tan necesaria para el artista en palabras como el conocimiento de la anatomía lo es para el artista en colores o en piedra. Esto le permite concebir verdaderamente, mantener una relación adecuada de las partes y trazar un esquema correcto, mientras que la segunda agrupa, rellena y colorea. Ambas las ha desplegado el Sr. Poe con singular claridad en sus obras en prosa, predominando la última en sus cuentos anteriores y la primera en los posteriores. Al juzgar el mérito de un autor y asignarle su nicho entre nuestros dioses domésticos, tenemos derecho a considerarlo desde nuestro propio punto de vista y a medirlo con nuestro propio estándar. Pero, al estimar la cantidad de poder desplegada en sus obras, debemos guiarnos por su propio diseño y, poniéndolas al lado de su propio ideal, ver cuánto falta. Diferimos del Sr. Poe en sus opiniones sobre los objetos del arte. Él estima que ese objeto es la creación de la Belleza, y tal vez solo en la definición de esa palabra discrepamos de él. Pero en lo que digamos de sus escritos, tomaremos su propio estándar como guía. El templo del dios del canto es igualmente accesible desde todos los lados, y hay suficiente espacio en él para todos los que traen ofrendas o buscan un oráculo.

En sus cuentos, el Sr. Poe ha elegido exhibir su poder principalmente en esa región tenue que se extiende desde los límites mismos de lo probable hasta los confines extraños de la superstición y la irrealidad. Combina de una manera muy notable dos facultades que rara vez se encuentran unidas; un poder de influir en la mente del lector mediante las sombras impalpables del misterio, y una minuciosidad de detalle que no deja pasar inadvertido ni un alfiler ni un botón. Ambas son, en verdad, los resultados naturales de la cualidad predominante de su mente, a la que antes aludimos, el análisis. Es esto lo que distingue al artista. Su mente llega de inmediato al efecto que se ha de producir. Habiendo resuelto provocar ciertas emociones en el lector, hace que todas las partes subordinadas tiendan estrictamente al centro común. Incluso su misterio es matemático para su propia mente. Para él, la X es una cantidad conocida en todo momento. En cualquier cuadro que pinta, comprende las propiedades químicas de todos sus colores. Por vagas que puedan parecer algunas de sus figuras, por informes que sean las sombras, para él el contorno es tan claro y distinto como el de un diagrama geométrico. Por esta razón, el Sr. Poe no siente simpatía por el Misticismo. El Místico habita en el misterio, está envuelto en él; colorea todos sus pensamientos; afecta especialmente su nervio óptico, y las cosas más comunes obtienen de él un borde de arcoíris. El Sr. Poe, por otro lado, es un espectador ab extra. Analiza, disecciona, observa

«con un ojo sereno, El pulso mismo de la máquina»,

pues tal es prácticamente para él, con ruedas y engranajes y bielas, todo trabajando para producir un fin determinado.

Esta tendencia analítica de su mente equilibra la poética, y al darle la paciencia para ser minucioso, le permite arrojar una realidad maravillosa en sus fantasías más irreales. Una monomanía la pinta con gran poder. Le encanta diseccionar uno de estos cánceres de la mente y rastrear todas las sutiles ramificaciones de sus raíces. Al levantar imágenes de horror, también, tiene un éxito extraño, transmitiéndonos a veces mediante una alusión oscura alguna duda terrible que es el secreto de todo horror. Deja a la imaginación la tarea de terminar el cuadro, una tarea para la cual solo ella es competente.

«Pues mucho trabajo imaginario había allí; Engaño concebido, tan compacto, tan amable, Que por la imagen de Aquiles estaba su lanza Aferrada en una mano armada; él mismo detrás Quedaba sin verse, salvo para el ojo de la mente.»

Además del mérito de la concepción, los escritos del Sr. Poe tienen también el de la forma.

Su estilo es altamente acabado, elegante y verdaderamente clásico. Sería difícil encontrar un autor vivo que haya desplegado tales poderes variados. Como ejemplo de su estilo, remitiríamos a uno de sus cuentos, «La caída de la casa Usher», en el primer volumen de sus «Cuentos de lo grotesco y arabesco». Tiene un encanto singular para nosotros, y pensamos que nadie podría leerlo sin ser fuertemente conmovido por su belleza serena y sombría. Si su autor no hubiera escrito nada más, habría sido suficiente por sí solo para marcarlo como un hombre de genio y maestro de un estilo clásico. En este cuento ocurre, quizás, el más hermoso de sus poemas.

Los grandes maestros de la imaginación rara vez han recurrido a lo vago y a lo irreal como fuentes de efecto. No han usado el pavor y el horror solos, sino solo en combinación con otras cualidades, como medios para subyugar las fantasías de sus lectores. La musa más elevada tiene siempre un encanto doméstico y hogareño. El secreto del Sr. Poe reside principalmente en la habilidad con la que ha empleado la extraña fascinación del misterio y el terror. En esto, su éxito es tan grande y sorprendente que merece el nombre de arte, no de artificio. No podemos llamar a sus materiales los más nobles o puros, pero debemos concederle el más alto mérito de construcción.

Como crítico, el Sr. Poe era estéticamente deficiente. Infalible en su análisis de dicciones, métricas y tramas, parecía carecer de la facultad de percibir la ética más profunda del arte. Sus críticas, sin embargo, se distinguen por su precisión científica y coherencia lógica. Tienen la exactitud, y al mismo tiempo la frialdad, de las demostraciones matemáticas. Sin embargo, se mantienen en un contraste sorprendentemente refrescante con los vagos generalismos y las agudas personalidades del día. Si carecen de calidez, también están desprovistas del calor del partidismo. Son especialmente valiosas como ilustración de la gran verdad, demasiado generalmente pasada por alto, de que el poder analítico es una cualidad subordinada del crítico.

En conjunto, puede considerarse cierto que el Sr. Poe ha alcanzado una eminencia individual en nuestra literatura que mantendrá. Ha dado pruebas de poder y originalidad. Ha hecho aquello que solo podía hacerse una vez con éxito o seguridad, y cuya imitación o repetición produciría cansancio.

MUERTE DE EDGAR A. POE

Por N. P. Willis

La antigua fábula de dos espíritus antagónicos encarcelados en un mismo cuerpo, igualmente poderosos y teniendo el dominio completo por turnos —es decir, de un hombre habitado por un demonio y un ángel— parece haberse hecho realidad, si todo lo que oímos es cierto, en el carácter del hombre extraordinario cuyo nombre hemos escrito arriba. Nuestra propia impresión de la naturaleza de Edgar A. Poe difiere en algún grado importante, sin embargo, de la que generalmente se ha transmitido en las noticias de su muerte. Permítasenos, antes de contar lo que personalmente sabemos de él, copiar un retrato gráfico y altamente acabado, de la pluma del Dr. Rufus W. Griswold, que apareció en un número reciente del «Tribune»:

«Edgar Allan Poe ha muerto. Murió en Baltimore el domingo 7 de octubre. Este anuncio sorprenderá a muchos, pero pocos se entristecerán por él. El poeta era conocido, personalmente o por reputación, en todo este país; tenía lectores en Inglaterra y en varios de los estados de la Europa continental; pero tenía pocos o ningún amigo; y los pesares por su muerte serán sugeridos principalmente por la consideración de que en él el arte literario ha perdido una de sus estrellas más brillantes pero erráticas.

»Su conversación era a veces casi supramortal en su elocuencia. Su voz estaba modulada con una habilidad asombrosa, y sus grandes y variadamente expresivos ojos miraban reposo o disparaban tumulto ardiente hacia los de quienes escuchaban, mientras su propio rostro resplandecía, o permanecía inmutable en su palidez, a medida que su imaginación aceleraba su sangre o la retraía helada a su corazón. Su imaginería provenía de los mundos que ningún mortal puede ver sino con la visión del genio. Partiendo repentinamente de una proposición, exacta y agudamente definida, en términos de la mayor simplicidad y claridad, rechazaba las formas de la lógica habitual y, mediante un proceso cristalino de acreción, construía sus demostraciones oculares en formas de la más sombría y espantosa grandeza, o en las de la más aérea y deliciosa belleza, tan minuciosamente y distintamente, pero a la vez tan rápidamente, que la atención que se le prestaba quedaba encadenada hasta que permanecía entre sus maravillosas creaciones, hasta que él mismo disolvía el hechizo y devolvía a sus oyentes a la existencia común y baja, mediante fantasías vulgares o exhibiciones de la pasión más innoble.

»Era en todo momento un soñador que habitaba en reinos ideales, en el cielo o en el infierno, poblados con las criaturas y los accidentes de su cerebro. Caminaba por las calles, en la locura o la melancolía, con los labios moviéndose en maldiciones indistintas, o con los ojos vueltos hacia arriba en apasionada oración (nunca por sí mismo, pues sentía, o profesaba sentir, que ya estaba condenado, sino) por la felicidad de aquellos que en ese momento eran objetos de su idolatría; o con sus miradas vueltas hacia adentro hacia un corazón roído por la angustia, y con un rostro envuelto en penumbra, desafiaba las tormentas más salvajes, y toda la noche, con ropas empapadas y brazos golpeando los vientos y las lluvias, hablaba como si los espíritus que solo en tales momentos podían ser evocados por él desde el Aidenn, junto a cuyas puertas su alma perturbada buscaba olvidar los males a los que su constitución lo sometía —junto al Aidenn donde estaban aquellos a quienes amaba— el Aidenn que quizás nunca vería, sino en vislumbres intermitentes, mientras sus puertas se abrían para recibir a las naturalezas menos ardientes y más felices cuyo destino de pecar no implicaba la condena de la muerte.

»Parecía, excepto cuando alguna búsqueda intermitente subyugaba su voluntad y absorbía sus facultades, llevar siempre el recuerdo de algún pesar controlador. El notable poema de ‘El cuervo’ fue probablemente mucho más, de lo que se ha supuesto, incluso por aquellos que eran muy íntimos con él, un reflejo y un eco de su propia historia. Él era de ese pájaro el

»“Infeliz amo a quien un despiadado Desastre Siguió rápido y siguió más rápido hasta que sus cantos una carga tuvieron— Hasta que las endechas de su Esperanza esa melancólica carga llevaron De ‘Nunca—nunca más’.”

»Todo autor genuino deja en mayor o menor grado en sus obras, cualquiera que sea su diseño, huellas de su carácter personal: elementos de su ser inmortal, en el que el individuo sobrevive a la persona. Mientras leemos las páginas de la ‘Caída de la casa Usher’, o de las ‘Revelaciones mesméricas’, vemos en la solemne y señorial penumbra que invierte a una, y en el sutil análisis metafísico de ambas, indicaciones de las idiosincrasias de lo que era más notable y peculiar en la naturaleza intelectual del autor. Pero vemos aquí solo las mejores fases de su naturaleza, solo los símbolos de su acción más justa, pues su áspera experiencia le había privado de toda fe en el hombre o en la mujer. Había formado su opinión sobre las innumerables complejidades del mundo social, y todo el sistema para él era una impostura. Esta convicción dio una dirección a su astuto y naturalmente desagradable carácter. Aun así, aunque consideraba a la sociedad como compuesta enteramente por villanos, la agudeza de su intelecto no era de esa clase que le permitiera hacer frente a la villanía, mientras que continuamente le causaba, por excederse, fracasar en el éxito de la honestidad. Era en muchos aspectos como Francis Vivian en la novela de Bulwer ‘Los Caxton’. La pasión, en él, comprendía muchas de las peores emociones que militan contra la felicidad humana. No podías contradecirlo sin despertar su rápida ira; no podías hablar de riqueza sin que su mejilla palideciera con una envidia roedora. Las asombrosas ventajas naturales de este pobre muchacho —su belleza, su prontitud, el espíritu audaz que respiraba a su alrededor como una atmósfera ardiente— habían elevado su confianza en sí mismo constitucional a una arrogancia que convertía sus mismas pretensiones de admiración en prejuicios contra él. Irascible, envidioso —bastante mal, pero no lo peor, pues estos ángulos salientes estaban todos barnizados con un cinismo frío y repelente, sus pasiones se desahogaban en burlas. No parecía haber en él susceptibilidad moral; y, lo que era más notable en una naturaleza orgullosa, poco o nada del verdadero sentido del honor. Tenía, hasta un exceso mórbido, ese deseo de ascender que vulgarmente se llama ambición, pero ningún deseo de la estima o el amor de su especie; solo el duro deseo de tener éxito —no brillar, no servir— tener éxito, para que pudiera tener el derecho de despreciar a un mundo que irritaba su vanidad.

»Hemos sugerido la influencia de sus objetivos y vicisitudes en su literatura. Fue más conspicua en sus escritos posteriores que en los anteriores. Casi todo lo que escribió en los últimos dos o tres años —incluyendo gran parte de su mejor poesía— era en cierto sentido biográfico; en los ropajes de su imaginación, aquellos que se habían tomado la molestia de rastrear sus pasos, podían percibir, aunque ligeramente oculta, la figura de sí mismo».

A propósito de la parte menospreciativa del esbozo bien escrito anterior, digamos con veracidad:

Hace unos cuatro o cinco años, cuando editábamos un periódico diario en esta ciudad, el Sr. Poe fue empleado por nosotros, durante varios meses, como crítico y subeditor. Este fue nuestro primer contacto personal con él. Residía con su esposa y su madre en Fordham, a unas pocas millas fuera de la ciudad, pero estaba en su escritorio en la oficina desde las nueve de la mañana hasta que el periódico vespertino entraba en prensa. Con la más alta admiración por su genio, y una disposición a dejar que compensara más que la irregularidad ordinaria, fuimos llevados por los informes comunes a esperar una atención muy caprichosa a sus deberes, y ocasionalmente una escena de violencia y dificultad. El tiempo pasó, sin embargo, y fue invariablemente puntual e industrioso. Con su rostro pálido, hermoso e intelectual, como recordatorio de lo que el genio era en él, era imposible, por supuesto, no tratarlo siempre con cortesía deferente, y, ante nuestra solicitud ocasional de que no profundizara demasiado en una crítica, o que borrara un pasaje coloreado demasiado intensamente con sus resentimientos contra la sociedad y la humanidad, accedió fácil y cortésmente —mucho más dócil que la mayoría de los hombres, pensamos, en puntos tan excusablemente sensibles. Con la perspectiva de tomar el liderazgo en otra publicación periódica, finalmente abandonó voluntariamente su empleo con nosotros, y, durante todo este período considerable, no habíamos visto más que una presentación del hombre: una persona tranquila, paciente, industriosa y de lo más caballeroso, que imponía el máximo respeto y buenos sentimientos por su comportamiento y habilidad invariables.

Como residía en el campo, nunca nos reuníamos con el señor Poe en horas de ocio; pero nos visitó frecuentemente después en nuestro lugar de trabajo, y lo encontramos a menudo en la calle; invariablemente el mismo caballero de modales tristes, atrayentes y refinados, tal como siempre lo habíamos conocido. Fue solo por rumores, hasta el día de su muerte, que supimos de cualquier otro desarrollo de modales o carácter. Oímos, de alguien que lo conocía bien (lo que debería declararse en toda mención de sus lamentables irregularidades), que, con una sola copa de vino, toda su naturaleza se invertía, el demonio pasaba a primer plano y, aunque no eran visibles ninguna de las señales habituales de la embriaguez, su voluntad estaba palpablemente insana. Poseyendo sus facultades de razonamiento en actividad excitada, en tales momentos, y buscando a sus conocidos con su mirada y memoria habituales, fácilmente parecía estar personificando solo otra fase de su carácter natural, y se le acusó, en consecuencia, de arrogancia insultante y maldad. En este carácter invertido, repetimos, nunca tuvimos la oportunidad de verlo. Lo sabemos de oídas, y lo mencionamos en relación con esta triste debilidad de constitución física; lo cual lo sitúa casi en el terreno de una locura temporal y casi irresponsable.

La arrogancia, la vanidad y la depravación de corazón, de las que generalmente se acusaba al señor Poe, nos parecen atribuibles por completo a esta fase invertida de su carácter. Bajo ese grado de intoxicación que solo actuaba sobre él demonizando su sentido de la verdad y el derecho, sin duda dijo e hizo mucho que era totalmente irreconciliable con su mejor naturaleza; pero, cuando estaba en sí mismo, y tal como solo nosotros lo conocíamos, su modestia y humildad natural, en cuanto a sus propios méritos, eran un encanto constante de su carácter. Sus cartas, de las cuales la constante solicitud de autógrafos nos ha arrebatado, lamentamos confesar, la mayor parte, exhibían esta cualidad muy fuertemente. En una de las notas descuidadamente escritas que por casualidad todavía conservamos, por ejemplo, habla de “El cuervo” —ese poema extraordinario que electrizó al mundo de los lectores imaginativos, y se ha convertido en el tipo de una escuela de poesía propia— y, con evidente seriedad, atribuye su éxito a las pocas palabras de elogio con las que lo habíamos prologado en este periódico. Arrojará luz sobre su carácter sano dar una copia literal de la nota:

“FORDHAM, 20 de abril de 1849

“MI QUERIDO WILLIS: El poema que adjunto, y que tengo la vanidad de esperar que le guste, en algunos aspectos, acaba de ser publicado en un periódico para el que la pura necesidad me obliga a escribir, de vez en cuando. Paga bien, tal como van los tiempos, pero indiscutiblemente debería pagar diez precios; pues todo lo que envío allí siento que lo estoy consignando a la tumba de los Capuleto. Los versos que acompañan a este, ¿puedo rogarle que los saque de la tumba y los saque a la luz en el ‘Home Journal’? Si puede obligarme tanto como para copiarlos, no creo que sea necesario decir ‘De el ——’, eso sería demasiado malo; y, tal vez, ‘De un reciente periódico ——’, serviría.

“No he olvidado cómo una ‘buena palabra a tiempo’ de su parte hizo a ‘El cuervo’, e hizo a ‘Ulalume’ (que, por cierto, la gente me ha hecho el honor de atribuirle a usted), por lo tanto, le pediría (si me atreviera) que dijera algo de estos versos si le complacen.

“Suyo verdaderamente siempre, “EDGAR A. POE.”

Como doble prueba de su disposición sincera a hacer lo mejor por sí mismo, y de la naturaleza confiada y agradecida que se le ha negado, damos otra de las únicas tres notas suyas que por casualidad conservamos:

“FORDHAM, 22 de enero de 1848.

“MI QUERIDO SEÑOR WILLIS: Estoy a punto de hacer un esfuerzo por restablecerme en el mundo literario, y siento que puedo depender de su ayuda.

“Mi objetivo general es iniciar una revista, que se llamará ‘The Stylus’, pero me sería inútil, incluso una vez establecida, si no estuviera totalmente fuera del control de un editor. Tengo la intención, por tanto, de sacar un diario que sea mío en todos los puntos. Con este fin a la vista, debo conseguir una lista de al menos quinientos suscriptores para empezar; casi doscientos ya tengo. Propongo, sin embargo, ir al Sur y al Oeste, entre mis amigos personales y literarios —viejos conocidos de la universidad y de West Point— y ver qué puedo hacer. Para obtener los medios de dar el primer paso, propongo dar una conferencia en la Biblioteca de la Sociedad, el jueves 3 de febrero, y, para que no haya causa de disputa, mi tema no será literario en absoluto. He elegido un texto amplio: ‘El universo’.

“Habiéndole dado así los hechos del caso, dejo todo el resto a las sugerencias de su propio tacto y generosidad. Agradecido, más agradecido,

“Su amigo siempre, “EDGAR A. POE.”

Breves y tomadas al azar como son estas cartas, creemos que prueban suficientemente la existencia de las mismas cualidades negadas al señor Poe: humildad, voluntad de perseverar, creencia en la amistad de otro, ¡y capacidad de una amistad cordial y agradecida! Tal era él sin duda cuando estaba cuerdo. Tal solo nos ha parecido invariablemente, en todo lo que hemos llegado a saber personalmente de él, a través de una amistad de cinco o seis años. Y es tan fácil creer lo que hemos visto y conocido, que lo que solo oímos decir, que lo recordamos solo con admiración y respeto; estas descripciones de él, cuando estaba moralmente loco, nos parecen retratos, pintados en la enfermedad, de un hombre que solo hemos conocido en salud.

Pero hay otra evidencia, más conmovedora y mucho más contundente, de que había bondad en Edgar A. Poe. Para revelarla estamos obligados a aventurarnos a levantar el velo que cubre sagradamente el dolor y el refinamiento en la pobreza; pero pensamos que puede ser disculpado, si así podemos iluminar la memoria del poeta, incluso si no hubiera un servicio más necesario e inmediato que pueda prestar al eslabón más cercano roto por su muerte.

Nuestro primer conocimiento del traslado del señor Poe a esta ciudad fue por una visita que recibimos de una dama que se presentó ante nosotros como la madre de su esposa. Buscaba empleo para él, y excusó su recado mencionando que él estaba enfermo, que su hija era una inválida confirmada, y que sus circunstancias eran tales que la obligaban a tomarlo por sí misma. El semblante de esta dama, hecho hermoso y santo con una entrega evidentemente completa de su vida a la privación y a la tierna tristeza, su voz suave y lúgubre urgiendo su petición, sus modales olvidados hace mucho tiempo pero habitual e inconscientemente refinados, y su mención apelativa y a la vez agradecida de las pretensiones y habilidades de su hijo, revelaron de inmediato la presencia de uno de esos ángeles en la tierra que las mujeres en la adversidad pueden ser. Era un destino duro el que ella estaba vigilando. El señor Poe escribía con dificultad quisquillosa, y en un estilo demasiado elevado por encima del nivel popular para ser bien pagado. Estaba siempre en dificultades pecuniarias, y, con su esposa enferma, frecuentemente carecía de las necesidades más elementales de la vida. Invierno tras invierno, durante años, la vista más conmovedora para nosotros, en toda esta ciudad, ha sido esa incansable servidora del genio, escasa e insuficientemente vestida, yendo de oficina en oficina con un poema, o un artículo sobre algún tema literario, para vender, a veces simplemente suplicando con una voz quebrada que él estaba enfermo, y rogando por él, sin mencionar nada más que que “estaba enfermo”, cualquiera que fuera la razón de que él no escribiera nada, y nunca, en medio de todas sus lágrimas y relatos de angustia, dejando escapar ni una sílaba de sus labios que pudiera transmitir una duda sobre él, o una queja, o una disminución del orgullo por su genio y sus buenas intenciones. Su hija murió hace un año y medio, pero ella no lo abandonó. Continuó siendo su ángel guardián: viviendo con él, cuidándolo, protegiéndolo de la exposición, y cuando él se dejaba llevar por la tentación, en medio del dolor y la soledad de los sentimientos sin respuesta, y despertaba de su abandono postrado en la indigencia y el sufrimiento, rogando por él todavía. Si la devoción de una mujer, nacida con un primer amor, y alimentada con la pasión humana, santifica a su objeto, como se permite que haga, ¿qué no dice una devoción como esta —pura, desinteresada y santa como la vigilia de un espíritu invisible— por aquel que la inspiró?

Tenemos una carta ante nosotros, escrita por esta dama, la señora Clemm, en la mañana en que se enteró de la muerte de este objeto de su incansable cuidado. Es meramente una solicitud de que la visitáramos, pero copiaremos algunas de sus palabras —sagrada como es su privacidad— para garantizar la verdad del cuadro que hemos dibujado arriba, y añadir fuerza a la apelación que deseamos hacer por ella:

“Esta mañana me he enterado de la muerte de mi querido Eddie.... ¿Puede darme alguna circunstancia o detalle?... ¡Oh! ¡No abandone a su pobre amigo en su amarga aflicción!... Pídale al señor —— que venga, pues debo entregarle un mensaje de mi pobre Eddie.... No necesito pedirle que preste atención a su muerte y que hable bien de él. Sé que lo hará. Pero diga qué hijo tan afectuoso fue para mí, su pobre y desolada madre...”

Para cercar una tumba con respeto, ¿qué elección hay, entre la riqueza y los honores renunciados del mundo, y la historia de la devoción no recompensada de tal mujer! Arriesgando lo que hacemos, en delicadeza, al hacerlo público, sentimos —otras razones aparte— que mejora el mundo dar a conocer que existen tales cuidados para sus errantes y dotados. Lo que hemos dicho hablará a algunos corazones. Hay quienes se alegrarán de saber cómo la lámpara, cuya luz de poesía ha brillado en su reconocimiento lejano, fue vigilada con cuidado y dolor, para que puedan enviar a ella, quien está más oscurecida que ellos por su extinción, alguna muestra de su simpatía. Ella está desamparada y sola. Si alguno, lejos o cerca, nos envía lo que pueda ayudarla y animarla durante el resto de su vida, lo pondremos alegremente en sus manos.

LAS AVENTURAS SIN PAR DE UN TAL HANS PFAAL (*1)

Según las últimas noticias de Rotterdam, esa ciudad parece estar en un alto estado de agitación filosófica. De hecho, han ocurrido allí fenómenos de una naturaleza tan completamente inesperada —tan enteramente novedosa— tan absolutamente contraria a las opiniones preconcebidas— como para no dejar duda en mi mente de que mucho antes de esto toda Europa está alborotada, toda la física en fermento, toda la razón y la astronomía juntas de los pelos.

Parece que en el día —— de —— (no estoy seguro de la fecha), una vasta multitud de personas, con propósitos no especificados específicamente, se reunieron en la gran plaza de la Bolsa en la bien condicionada ciudad de Rotterdam. El día era cálido —inusualmente para la estación— apenas se movía una brizna de aire; y la multitud no estaba de mal humor por ser de vez en cuando rociada con amables chubascos de duración momentánea, que caían de grandes masas blancas de nubes que salpicaban de manera caprichosa la bóveda azul del firmamento. Sin embargo, alrededor del mediodía, una leve pero notable agitación se hizo aparente en la asamblea: el parloteo de diez mil lenguas sucedió; y, un instante después, diez mil rostros se volvieron hacia los cielos, diez mil pipas descendieron simultáneamente de las esquinas de diez mil bocas, y un grito, que no pudo compararse con nada más que el rugido del Niágara, resonó larga, fuerte y furiosamente, por todos los alrededores de Rotterdam.

El origen de este alboroto pronto se hizo suficientemente evidente. Desde detrás del enorme volumen de una de esas masas de nubes claramente definidas ya mencionadas, se vio emerger lentamente hacia un área abierta del espacio azul, una sustancia extraña, heterogénea, pero aparentemente sólida, tan extrañamente formada, tan caprichosamente unida, como para no ser de ninguna manera comprendida, y nunca lo suficientemente admirada, por la hueste de robustos burgueses que permanecían boquiabiertos abajo. ¿Qué podría ser? En nombre de todas las vrows y demonios de Rotterdam, ¿qué podría presagiar posiblemente? Nadie lo sabía, nadie podía imaginar; nadie —ni siquiera el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk— tenía la más mínima pista para desentrañar el misterio; así que, como no se podía hacer nada más razonable, cada uno hasta el último hombre reemplazó su pipa cuidadosamente en la esquina de su boca, y levantando su ojo derecho hacia el fenómeno, bufó, hizo una pausa, se tambaleó y gruñó significativamente —luego se tambaleó de vuelta, gruñó, hizo una pausa, y finalmente— bufó de nuevo.

Mientras tanto, sin embargo, más y más bajo hacia la buena ciudad, llegó el objeto de tanta curiosidad, y la causa de tanto humo. En muy pocos minutos llegó lo suficientemente cerca como para ser discernido con precisión. Parecía ser —¡sí! era indudablemente una especie de globo; pero seguramente ningún globo así se había visto antes en Rotterdam. Porque, ¿quién, permítanme preguntar, oyó hablar alguna vez de un globo fabricado enteramente de periódicos sucios? Ningún hombre en Holanda ciertamente; sin embargo, aquí, bajo las mismas narices de la gente, o más bien a cierta distancia por encima de sus narices estaba la cosa idéntica en cuestión, y compuesta, lo tengo por la mejor autoridad, del material preciso que nadie antes había sabido que se usara para un propósito similar. Era un insulto flagrante al buen sentido de los burgueses de Rotterdam. En cuanto a la forma del fenómeno, era aún más reprensible. Siendo poco o nada mejor que un enorme papel de estraza al revés. Y esta similitud se consideró que no disminuía en absoluto cuando, tras una inspección más cercana, se percibió una gran borla que dependía de su ápice, y, alrededor del borde superior o base del cono, un círculo de pequeños instrumentos, parecidos a cencerros, que mantenían un tintineo continuo al son de Betty Martin. Pero aún peor. Suspendido por cintas azules al extremo de esta máquina fantástica, colgaba, a modo de barquilla, un enorme sombrero de castor color beige, con un ala superlativamente ancha, y una corona hemisférica con una cinta negra y una hebilla de plata. Es, sin embargo, algo notable que muchos ciudadanos de Rotterdam juraron haber visto el mismo sombrero repetidamente antes; y de hecho toda la asamblea parecía mirarlo con ojos de familiaridad; mientras que la vrow Grettel Pfaall, al verlo, lanzó una exclamación de alegre sorpresa, y declaró que era el sombrero idéntico de su buen hombre mismo. Ahora, esta era una circunstancia tanto más a observar, ya que Pfaall, con tres compañeros, había desaparecido realmente de Rotterdam unos cinco años antes, de una manera muy repentina e inexplicable, y hasta la fecha de esta narración todos los intentos habían fallado en obtener información alguna sobre ellos. Sin duda, algunos huesos que se pensaba que eran humanos, mezclados con una cantidad de basura de aspecto extraño, habían sido descubiertos recientemente en un lugar retirado al este de Rotterdam, y algunas personas fueron tan lejos como para imaginar que en este lugar se había cometido un vil asesinato, y que las víctimas eran con toda probabilidad Hans Pfaall y sus asociados. Pero volvamos.

El globo (porque tal era sin duda) había descendido ahora a cien pies de la tierra, permitiendo a la multitud de abajo una vista suficientemente clara de la persona de su ocupante. Este era en verdad un pequeño alguien muy cómico. No podría haber tenido más de dos pies de altura; pero esta altitud, pequeña como era, habría sido suficiente para destruir su equilibrio, y volcarlo sobre el borde de su diminuta barquilla, si no fuera por la intervención de un borde circular que llegaba tan alto como el pecho, y aparejado a las cuerdas del globo. El cuerpo del hombrecito era más que proporcionalmente ancho, dando a toda su figura una rotundidad altamente absurda. Sus pies, por supuesto, no podían verse en absoluto, aunque una sustancia córnea de naturaleza sospechosa se proyectaba ocasionalmente a través de una abertura en el fondo de la barquilla, o para hablar con más propiedad, en la parte superior del sombrero. Sus manos eran enormemente grandes. Su cabello era extremadamente gris, y recogido en una coleta detrás. Su nariz era prodigiosamente larga, torcida e inflamatoria; sus ojos llenos, brillantes y agudos; su barbilla y mejillas, aunque arrugadas por la edad, eran anchas, hinchadas y dobles; pero de orejas de cualquier tipo o carácter no había ni rastro que descubrir en ninguna parte de su cabeza. Este extraño caballero estaba vestido con un sobretodo holgado de satén azul cielo, con calzones ajustados a juego, abrochados con hebillas de plata en las rodillas. Su chaleco era de algún material amarillo brillante; una gorra de tafetán blanco estaba puesta alegremente en un lado de su cabeza; y, para completar su equipo, un pañuelo de seda rojo sangre envolvía su garganta, y caía, de manera delicada, sobre su pecho, en un fantástico nudo de corbata de dimensiones supereminentes.

Habiendo descendido, como dije antes, a unos cien pies de la superficie de la tierra, el pequeño caballero fue repentinamente presa de un ataque de trepidación, y pareció poco inclinado a acercarse más a tierra firme. Arrojando, por lo tanto, una cantidad de arena de una bolsa de lona, que levantó con gran dificultad, se quedó estacionario en un instante. Luego procedió, de manera apresurada y agitada, a extraer de un bolsillo lateral de su sobretodo una gran cartera de marroquí. Esta la mantuvo sospechosamente en su mano, luego la miró con un aire de extrema sorpresa, y estaba evidentemente asombrado por su peso. Finalmente la abrió, y sacando de ella una enorme carta sellada con lacre rojo y atada cuidadosamente con cinta roja, la dejó caer precisamente a los pies del burgomaestre, Superbus Von Underduk. Su Excelencia se agachó para recogerla. Pero el aeronauta, todavía muy descompuesto, y aparentemente sin más asuntos que lo retuvieran en Rotterdam, comenzó en este momento a hacer preparativos ocupados para la partida; y siendo necesario descargar una parte del lastre para permitirle volver a ascender, la media docena de bolsas que arrojó, una tras otra, sin tomarse la molestia de vaciar su contenido, cayeron, cada una de ellas, muy desafortunadamente sobre la espalda del burgomaestre, y lo hicieron rodar una y otra vez no menos de veintiuna veces, ante la cara de todos los hombres en Rotterdam. No se debe suponer, sin embargo, que el gran Underduk permitió que esta impertinencia por parte del pequeño anciano pasara sin castigo. Se dice, por el contrario, que durante cada una de sus veintiuna circunvoluciones emitió no menos de veintiuna bocanadas distintas y furiosas de su pipa, a la que se aferró todo el tiempo con todas sus fuerzas, y a la que tiene la intención de aferrarse hasta el día de su muerte.

Mientras tanto, el globo se elevó como una alondra, y, elevándose lejos por encima de la ciudad, finalmente se alejó silenciosamente detrás de una nube similar a aquella de la que había emergido tan extrañamente, y se perdió así para siempre ante los ojos maravillados de los buenos ciudadanos de Rotterdam. Toda la atención se dirigió ahora a la carta, cuyo descenso, y las consecuencias que de él se derivaron, habían resultado tan fatalmente subversivas tanto para la persona como para la dignidad personal de su Excelencia, el ilustre burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk. Ese funcionario, sin embargo, no había dejado, durante sus movimientos circunvolucionarios, de dedicar un pensamiento al importante asunto de asegurar el paquete en cuestión, que se vio, tras una inspección, que había caído en las manos más apropiadas, estando realmente dirigido a él mismo y al profesor Rub-a-dub, en sus capacidades oficiales de presidente y vicepresidente del Colegio de Astronomía de Rotterdam. Fue en consecuencia abierto por esos dignatarios en el acto, y se encontró que contenía la siguiente comunicación extraordinaria, y de hecho muy seria:

“A sus Excelencias Von Underduk y Rub-a-dub, Presidente y Vicepresidente del Colegio de Astrónomos del Estado, en la ciudad de Rotterdam.

“¿Sus Excelencias serán acaso capaces de recordar a un humilde artesano, de nombre Hans Pfaall, y de oficio remendador de fuelles, quien, junto con otros tres, desapareció de Rotterdam hace unos cinco años, de una manera que debe haber sido considerada por todas las partes como repentina y extremadamente inexplicable? Si, no obstante, así place a sus Excelencias, yo, el autor de esta comunicación, soy el mismísimo Hans Pfaall en persona. Es bien sabido por la mayoría de mis conciudadanos que, durante un período de cuarenta años, continué ocupando el pequeño edificio cuadrado de ladrillo, al inicio del callejón llamado Sauerkraut, en el cual residía al momento de mi desaparición. Mis antepasados también residieron allí desde tiempos inmemoriales; ellos, al igual que yo, siguieron constantemente la respetable y, de hecho, lucrativa profesión de remendar fuelles. Pues, a decir verdad, hasta hace pocos años, en que las cabezas de toda la gente se han visto agitadas por la política, ningún negocio mejor que el mío podría un ciudadano honesto de Rotterdam desear o merecer. El crédito era bueno, el trabajo nunca faltaba y, por todas partes, no había escasez de dinero ni de buena voluntad. Pero, como decía, pronto comenzamos a sentir los efectos de la libertad, los largos discursos, el radicalismo y todo ese tipo de cosas. Personas que antaño eran los mejores clientes del mundo, ahora no tenían un momento de tiempo para pensar siquiera en nosotros. Tenían, según decían, tanto como podían hacer al leer sobre las revoluciones y mantenerse al tanto de la marcha del intelecto y el espíritu de la época. Si un fuego necesitaba avivarse, podía ser avivado fácilmente con un periódico y, a medida que el gobierno se debilitaba, no me cabe duda de que el cuero y el hierro adquirieron durabilidad en proporción, pues, en muy poco tiempo, no hubo un par de fuelles en todo Rotterdam que necesitara una puntada o requiriera la asistencia de un martillo. Este era un estado de cosas que no podía tolerarse. Pronto me volví pobre como una rata y, teniendo esposa e hijos a quienes mantener, mis cargas se volvieron finalmente intolerables, y pasé hora tras hora reflexionando sobre el método más conveniente para poner fin a mi vida. Los cobradores, mientras tanto, me dejaban poco ocio para la contemplación. Mi casa estaba literalmente sitiada desde la mañana hasta la noche, de modo que comencé a delirar, a echar espuma y a inquietarme como un tigre enjaulado contra los barrotes de su encierro. Había tres sujetos en particular que me atormentaban más allá de toda resistencia, manteniendo una vigilancia continua alrededor de mi puerta y amenazándome con la ley. Sobre estos tres juré internamente la más amarga venganza, si alguna vez llegaba a tener la suerte de atraparlos en mis garras; y creo que nada en el mundo, salvo el placer de esta anticipación, me impidió poner mi plan de suicidio en ejecución inmediata, volándome los sesos con un trabuco. Pensé, sin embargo, que era mejor disimular mi ira y tratarlos con promesas y palabras amables, hasta que, por algún buen giro del destino, se me ofreciera una oportunidad de venganza.

“Un día, habiendo dado esquinazo a mis acreedores y sintiéndome más abatido de lo habitual, continué durante mucho tiempo vagando por las calles más oscuras sin objetivo alguno, hasta que al fin tropecé por casualidad con la esquina de un puesto de libros. Al ver una silla cerca, para uso de los clientes, me arrojé obstinadamente en ella y, sin saber apenas por qué, abrí las páginas del primer volumen que estuvo a mi alcance. Resultó ser un pequeño tratado panfletario sobre Astronomía Especulativa, escrito ya sea por el profesor Encke de Berlín o por un francés de nombre algo similar. Tenía un pequeño tinte de información sobre asuntos de esta naturaleza y pronto me vi cada vez más absorto en el contenido del libro, leyéndolo en realidad dos veces antes de despertar a un recuerdo de lo que sucedía a mi alrededor. Para entonces comenzaba a oscurecer y dirigí mis pasos hacia casa. Pero el tratado había dejado una impresión indeleble en mi mente y, mientras paseaba por las calles oscuras, repasé cuidadosamente en mi memoria los razonamientos salvajes y a veces ininteligibles del autor. Hay algunos pasajes particulares que afectaron mi imaginación de una manera poderosa y extraordinaria. Cuanto más meditaba sobre ellos, más intenso se volvía el interés que se había despertado en mí. La naturaleza limitada de mi educación en general, y más especialmente mi ignorancia en temas relacionados con la filosofía natural, lejos de volverme tímido sobre mi propia capacidad para comprender lo que había leído, o inducirme a desconfiar de las muchas nociones vagas que habían surgido como consecuencia, simplemente sirvieron como un estímulo adicional para la imaginación; y fui lo suficientemente vanidoso, o quizás lo suficientemente razonable, como para dudar si esas ideas crudas que, surgiendo en mentes mal reguladas, tienen toda la apariencia, no podrían a menudo, en efecto, poseer toda la fuerza, la realidad y otras propiedades inherentes del instinto o la intuición; si, para dar un paso más, la profundidad misma no podría, en asuntos de naturaleza puramente especulativa, ser detectada como una fuente legítima de falsedad y error. En otras palabras, creía, y todavía creo, que la verdad es frecuentemente, por su propia esencia, superficial, y que, en muchos casos, la profundidad yace más en los abismos donde la buscamos, que en las situaciones reales en las que puede ser encontrada. La naturaleza misma parecía proporcionarme corroboración de estas ideas. En la contemplación de los cuerpos celestes, me llamó poderosamente la atención que no podía distinguir una estrella con tanta precisión, cuando la miraba con atención ferviente, directa y constante, como cuando permitía que mi ojo solo echara un vistazo en su vecindad. No era, por supuesto, consciente en ese momento de que esta aparente paradoja era ocasionada por el hecho de que el centro del área visual es menos susceptible a las débiles impresiones de luz que las porciones exteriores de la retina. Este conocimiento, y otros de otra índole, vinieron después en el transcurso de cinco años llenos de acontecimientos, durante los cuales he abandonado los prejuicios de mi antigua y humilde situación en la vida, y olvidado al remendador de fuelles en ocupaciones muy diferentes. Pero en la época de la que hablo, la analogía que una observación casual de una estrella ofrecía a las conclusiones a las que ya había llegado, me golpeó con la fuerza de una confirmación positiva, y entonces finalmente decidí el rumbo que seguí después.

“Era tarde cuando llegué a casa y me fui inmediatamente a la cama. Mi mente, sin embargo, estaba demasiado ocupada para dormir, y pasé toda la noche sumido en la meditación. Levantándome temprano por la mañana, y logrando escapar de nuevo a la vigilancia de mis acreedores, me dirigí con entusiasmo al puesto del librero y gasté el poco dinero en efectivo que poseía en la compra de algunos volúmenes de Mecánica y Astronomía Práctica. Habiendo llegado a casa a salvo con ellos, dediqué cada momento libre a su lectura, y pronto hice tal progreso en estudios de esta naturaleza que consideré suficiente para la ejecución de mi plan. En los intervalos de este período, hice todo lo posible por conciliarme con los tres acreedores que me habían causado tantas molestias. En esto finalmente tuve éxito, en parte vendiendo suficientes muebles de mi hogar para satisfacer la mitad de su reclamación, y en parte con la promesa de pagar el saldo al completar un pequeño proyecto que les dije que tenía en mente, y para cuya asistencia solicité sus servicios. Por estos medios —pues eran hombres ignorantes— encontré poca dificultad en atraerlos a mi propósito.

“Estando así dispuestas las cosas, me las arreglé, con la ayuda de mi esposa y con el mayor secreto y cautela, para deshacerme de la propiedad que me quedaba, y para pedir prestada, en pequeñas sumas, bajo diversos pretextos y sin prestar atención a mis futuros medios de pago, una cantidad nada despreciable de dinero en efectivo. Con los medios así obtenidos, procedí a obtener a intervalos, muselina de cambray, muy fina, en piezas de doce yardas cada una; cordel; una partida de barniz de caucho; una cesta grande y profunda de mimbre, hecha a medida; y varios otros artículos necesarios en la construcción y el equipamiento de un globo de dimensiones extraordinarias. Esto le indiqué a mi esposa que lo preparara tan pronto como fuera posible, y le di toda la información necesaria sobre el método particular de proceder. Mientras tanto, trabajé el cordel en una red de dimensiones suficientes; lo aparejé con un aro y las cuerdas necesarias; compré un cuadrante, una brújula, un anteojo de larga vista, un barómetro común con algunas modificaciones importantes, y dos instrumentos astronómicos no tan generalmente conocidos. Luego aproveché las oportunidades de transportar por la noche, a un lugar retirado al este de Rotterdam, cinco barriles reforzados con hierro, para contener unos cincuenta galones cada uno, y uno de mayor tamaño; seis tubos de hojalata, de tres pulgadas de diámetro, adecuadamente formados y de diez pies de largo; una cantidad de una sustancia metálica particular, o semimetal, que no nombraré, y una docena de garrafones de un ácido muy común. El gas que se formará a partir de estos últimos materiales es un gas nunca antes generado por ninguna otra persona que no sea yo, o al menos nunca aplicado a ningún propósito similar. No tendría dificultad en revelar el secreto, pero pertenece por derecho a un ciudadano de Nantes, en Francia, por quien me fue comunicado condicionalmente. El mismo individuo me presentó, sin ser en absoluto consciente de mis intenciones, un método de construir globos a partir de la membrana de cierto animal, a través de cuya sustancia cualquier escape de gas era casi una imposibilidad. Lo encontré, sin embargo, demasiado costoso, y no estaba seguro, en conjunto, de si la muselina de cambray con una capa de goma de caucho no era igualmente buena. Menciono esta circunstancia porque creo probable que en el futuro el individuo en cuestión pueda intentar una ascensión en globo con el gas y el material novedosos de los que he hablado, y no deseo privarlo del honor de un invento muy singular.

“En el lugar que destiné a cada uno de los barriles más pequeños para que ocuparan respectivamente durante el inflado del globo, cavé en privado un hoyo de dos pies de profundidad; formando los hoyos de esta manera un círculo de veinticinco pies de diámetro. En el centro de este círculo, siendo la estación designada para el barril grande, cavé también un hoyo de tres pies de profundidad. En cada uno de los cinco hoyos más pequeños, deposité un bote que contenía cincuenta libras, y en el más grande un barril que contenía ciento cincuenta libras, de pólvora de cañón. Estos —el barril pequeño y los botes— los conecté de manera adecuada con mechas cubiertas; y habiendo introducido en uno de los botes el extremo de unos cuatro pies de mecha lenta, cubrí el hoyo y coloqué el barril sobre él, dejando el otro extremo de la mecha sobresaliendo cerca de una pulgada, y apenas visible más allá del barril. Luego rellené los hoyos restantes y coloqué los barriles sobre ellos en su situación destinada.

“Además de los artículos enumerados anteriormente, transporté al depósito, y allí escondí, una de las mejoras del señor Grimm sobre el aparato para la condensación del aire atmosférico. Sin embargo, encontré que esta máquina requería una modificación considerable antes de que pudiera adaptarse a los propósitos para los que pretendía utilizarla. Pero, con trabajo arduo y perseverancia incesante, finalmente alcancé un éxito total en todos mis preparativos. Mi globo estuvo pronto terminado. Contendría más de cuarenta mil pies cúbicos de gas; me llevaría hacia arriba fácilmente, calculé, con todos mis implementos, y, si lo manejaba correctamente, con ciento setenta y cinco libras de lastre además. Había recibido tres capas de barniz, y encontré que la muselina de cambray cumplía todos los propósitos de la seda misma, bastante fuerte y mucho menos costosa.

“Estando todo listo, exigí a mi esposa un juramento de secreto en relación con todas mis acciones desde el día de mi primera visita al puesto del librero; y prometiendo, por mi parte, regresar tan pronto como las circunstancias lo permitieran, le di el poco dinero que me quedaba y me despedí. De hecho, no tenía miedo por ella. Era lo que la gente llama una mujer notable, y podía manejar los asuntos en el mundo sin mi ayuda. Creo, a decir verdad, que siempre me miró como a un muchacho ocioso, un mero lastre, bueno para nada más que construir castillos en el aire, y estaba más bien contenta de deshacerse de mí. Era una noche oscura cuando me despedí de ella, y tomando conmigo, como ayudantes de campo, a los tres acreedores que me habían causado tantos problemas, llevamos el globo, con la barquilla y los pertrechos, por un camino indirecto, a la estación donde estaban depositados los otros artículos. Allí los encontramos a todos intactos, y procedí inmediatamente al trabajo.

“Era el primero de abril. La noche, como dije antes, estaba oscura; no se veía una estrella; y una lluvia ligera, que caía a intervalos, nos hacía sentir muy incómodos. Pero mi principal ansiedad era respecto al globo, que, a pesar del barniz con el que estaba defendido, comenzaba a volverse bastante pesado con la humedad; la pólvora también era propensa a dañarse. Por lo tanto, mantuve a mis tres cobradores trabajando con gran diligencia, apisonando hielo alrededor del barril central y revolviendo el ácido en los otros. No cesaban, sin embargo, de importunarme con preguntas sobre qué pretendía hacer con todo ese aparato, y expresaban mucha insatisfacción ante el terrible trabajo que les hacía realizar. No podían comprender, según decían, qué bien podría resultar de mojarse hasta los huesos, simplemente para tomar parte en tales horribles encantamientos. Comencé a ponerme inquieto y trabajé con todas mis fuerzas, pues verdaderamente creo que los idiotas suponían que había hecho un pacto con el diablo, y que, en resumen, lo que estaba haciendo ahora no era nada bueno. Estaba, por lo tanto, con gran temor de que me abandonaran por completo. Logré, sin embargo, calmarlos con promesas de pago de todas las deudas en su totalidad, tan pronto como pudiera llevar el presente negocio a su fin. A estos discursos le dieron, por supuesto, su propia interpretación; imaginando, sin duda, que en cualquier caso entraría en posesión de grandes cantidades de dinero en efectivo; y siempre que les pagara todo lo que les debía, y un poco más, en consideración a sus servicios, me atrevo a decir que les importaba muy poco lo que sucediera con mi alma o mi carcasa.

“En unas cuatro horas y media encontré el globo suficientemente inflado. Adjunté la barquilla, por lo tanto, y puse todos mis implementos en ella, sin olvidar el aparato de condensación, una provisión abundante de agua y una gran cantidad de provisiones, tales como pemmican, en el cual se contiene mucho nutriente en comparativamente poco volumen. También aseguré en la barquilla un par de palomas y un gato. Era ahora casi el amanecer, y pensé que era hora de partir. Dejando caer un cigarro encendido al suelo, como si fuera por accidente, aproveché la oportunidad, al agacharme para recogerlo, de encender en privado el trozo de mecha lenta, cuyo extremo, como dije antes, sobresalía muy poco más allá del borde inferior de uno de los barriles más pequeños. Esta maniobra pasó totalmente inadvertida por parte de los tres cobradores; y, saltando a la barquilla, corté inmediatamente la única cuerda que me retenía a la tierra, y me complació encontrar que me disparé hacia arriba, llevando con toda facilidad ciento setenta y cinco libras de lastre de plomo, y capaz de haber llevado otras tantas.

“Apenas, sin embargo, había alcanzado la altura de cincuenta yardas, cuando, rugiendo y retumbando detrás de mí de la manera más horrible y tumultuosa, vino un huracán tan denso de fuego, humo, azufre, piernas y brazos, grava, madera ardiente y metal llameante, que mi propio corazón se hundió dentro de mí, y caí al fondo de la barquilla, temblando de terror inmitigado. De hecho, ahora percibí que había exagerado completamente el asunto, y que las principales consecuencias de la conmoción aún estaban por experimentarse. En consecuencia, en menos de un segundo, sentí toda la sangre de mi cuerpo corriendo a mis sienes, y, inmediatamente después, una conmoción, que nunca olvidaré, estalló abruptamente a través de la noche y pareció desgarrar el firmamento mismo. Cuando tuve tiempo para reflexionar, no dejé de atribuir la extrema violencia de la explosión, en lo que a mí respecta, a su causa adecuada: mi situación directamente encima de ella, y en la línea de su mayor poder. Pero en ese momento, solo pensé en salvar mi vida. El globo primero se colapsó, luego se expandió furiosamente, luego giró una y otra vez con horrible velocidad, y finalmente, tambaleándose y vacilando como un hombre borracho, me arrojó con gran fuerza sobre el borde de la barquilla, y me dejó colgando, a una altura terrorífica, con la cabeza hacia abajo y la cara hacia afuera, por un trozo de cuerda delgada de unos tres pies de largo, que colgaba accidentalmente a través de una grieta cerca del fondo del tejido de mimbre, y en la cual, al caer, mi pie izquierdo quedó más providencialmente enredado. Es imposible, absolutamente imposible, formarse una idea adecuada del horror de mi situación. Jadeé convulsivamente en busca de aire, un escalofrío parecido a un ataque de fiebres agitó cada nervio y músculo de mi cuerpo; sentí mis ojos salirse de sus órbitas, una horrible náusea me sobrecogió y, finalmente, me desmayé.”

«Es imposible decir cuánto tiempo permanecí en este estado. Debió ser, sin embargo, un tiempo nada despreciable, pues cuando recuperé parcialmente el sentido de la existencia, encontré que amanecía, que el globo se hallaba a una altura prodigiosa sobre un desierto de océano y que no se divisaba rastro alguno de tierra por ninguna parte dentro de los límites del vasto horizonte. Mis sensaciones, sin embargo, al recobrar el sentido, no estuvieron de ninguna manera tan llenas de agonía como cabría haber anticipado. De hecho, había mucho de locura incipiente en la calma con la que comencé a examinar mi situación. Me llevé a los ojos cada una de mis manos, una tras otra, y me pregunté qué suceso podría haber dado lugar a la hinchazón de las venas y a la horrible negrura de las uñas. Después examiné cuidadosamente mi cabeza, agitándola repetidamente y palpándola con minuciosa atención, hasta que logré convencerme de que no era, como había más que medio sospechado, más grande que mi globo. Entonces, de manera entendida, palpé ambos bolsillos de mis calzones y, al echar de menos un juego de tablillas y un estuche de palillos, traté de explicarme su desaparición y, al no ser capaz de hacerlo, me sentí inexpresablemente mortificado. Se me ocurrió entonces que sufría una gran inquietud en la articulación de mi tobillo izquierdo, y una vaga conciencia de mi situación comenzó a vislumbrarse en mi mente. Pero, ¡extraño es decirlo!, no estaba ni asombrado ni horrorizado. Si sentía alguna emoción en absoluto, era una especie de satisfacción burlona ante la astucia que estaba a punto de demostrar para liberarme de este dilema; y nunca, por un momento, consideré mi salvación final como una cuestión sujeta a duda. Durante unos minutos permanecí sumido en la meditación más profunda. Conservo el recuerdo nítido de comprimir frecuentemente mis labios, llevarme el dedo índice al lado de la nariz y hacer uso de otros gestos y muecas comunes a los hombres que, cómodos en sus sillones, meditan sobre asuntos de complejidad o importancia. Habiendo, según pensé, reunido suficientemente mis ideas, ahora, con gran cautela y deliberación, puse mis manos detrás de la espalda y desabroché la gran hebilla de hierro que pertenecía a la cintura de mis inexpresables. Esta hebilla tenía tres dientes, los cuales, al estar algo oxidados, giraban con gran dificultad sobre su eje. Los llevé, sin embargo, tras algunos problemas, a ángulo recto con el cuerpo de la hebilla, y me alegré de encontrar que permanecían firmes en esa posición. Manteniendo el instrumento así obtenido entre mis dientes, procedí entonces a desatar el nudo de mi corbata. Tuve que descansar varias veces antes de poder realizar esta maniobra, pero finalmente se logró. A un extremo de la corbata sujeté entonces la hebilla, y el otro extremo lo até, para mayor seguridad, fuertemente alrededor de mi muñeca. Elevando ahora mi cuerpo, con un prodigioso esfuerzo de fuerza muscular, logré, al primer intento, lanzar la hebilla sobre la barquilla y enredarla, como había anticipado, en el borde circular del mimbre.

Mi cuerpo quedó ahora inclinado hacia el lado de la barquilla, en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados; pero no debe entenderse que por ello estaba solo a cuarenta y cinco grados por debajo de la perpendicular. Lejos de eso, aún yacía casi al nivel del plano del horizonte; pues el cambio de situación que había adquirido había forzado el fondo de la barquilla considerablemente hacia afuera desde mi posición, que era, por tanto, de un peligro inminente y mortal. Debe recordarse, sin embargo, que cuando caí en primera instancia de la barquilla, si hubiera caído con el rostro vuelto hacia el globo, en lugar de estar vuelto hacia afuera, como de hecho estaba; o si, en segundo lugar, la cuerda por la que estaba suspendido hubiera dado la casualidad de colgar sobre el borde superior, en lugar de a través de una grieta cerca del fondo de la barquilla —digo que puede concebirse fácilmente que, en cualquiera de estos supuestos, habría sido incapaz de lograr siquiera tanto como ahora había logrado, y las maravillosas aventuras de Hans Pfaall se habrían perdido totalmente para la posteridad—. Tenía, por tanto, todas las razones para estar agradecido; aunque, en rigor, estaba todavía demasiado estúpido para ser cualquier cosa, y colgué durante quizás un cuarto de hora de esa manera extraordinaria, sin hacer el más mínimo esfuerzo adicional en absoluto, y en un estado singularmente tranquilo de disfrute idiota. Pero este sentimiento no dejó de morir rápidamente, y a él le sucedieron el horror, la consternación y una gélida sensación de absoluta impotencia y ruina. De hecho, la sangre que tanto tiempo llevaba acumulándose en los vasos de mi cabeza y garganta, y que hasta entonces había mantenido mi ánimo con locura y delirio, había comenzado ahora a retirarse dentro de sus canales apropiados, y la nitidez que se añadió así a mi percepción del peligro simplemente sirvió para privarme de la serenidad y el valor para enfrentarlo. Pero esta debilidad fue, por suerte para mí, de no muy larga duración. A su debido tiempo vino en mi rescate el espíritu de la desesperación y, con gritos y forcejeos frenéticos, me sacudí corporalmente hacia arriba, hasta que finalmente, aferrando con un agarre de hierro el tan deseado borde, contorsioné mi cuerpo sobre él y caí de cabeza y estremeciéndome dentro de la barquilla.

No fue hasta algún tiempo después que me recuperé lo suficiente como para atender a los cuidados ordinarios del globo. Entonces, sin embargo, lo examiné con atención y lo encontré, para mi gran alivio, intacto. Mis instrumentos estaban todos a salvo y, afortunadamente, no había perdido ni lastre ni provisiones. De hecho, los había asegurado tan bien en sus lugares que tal accidente estaba completamente fuera de toda duda. Mirando mi reloj, encontré que eran las seis. Seguía ascendiendo rápidamente y mi barómetro indicaba una altitud actual de tres millas y tres cuartos. Inmediatamente debajo de mí, en el océano, yacía un pequeño objeto negro, ligeramente oblongo en su forma, aparentemente del tamaño y en todos los sentidos con una gran semejanza a uno de esos juguetes infantiles llamados dominó. Al enfocar mi telescopio sobre él, distinguí claramente que era un barco británico de noventa y cuatro cañones, navegando de bolina y cabeceando pesadamente en el mar con su proa hacia el O.S.O. Además de este barco, no vi más que el océano y el cielo, y el sol, que hacía mucho que había salido.

Es ahora el momento de explicar a vuestras Excelencias el objeto de mi peligroso viaje. Vuestras Excelencias tendrán en cuenta que las circunstancias angustiosas en Rotterdam me habían llevado finalmente a la resolución de cometer suicidio. No era, sin embargo, que tuviera una aversión positiva a la vida misma, sino que estaba acosado más allá de lo soportable por las miserias adventicias que acompañaban a mi situación. En este estado de ánimo, deseando vivir, pero cansado de la vida, el tratado en el puesto del librero abrió un recurso a mi imaginación. Entonces finalmente me decidí. Determiné partir, pero vivir; dejar el mundo, pero continuar existiendo; en resumen, para dejar los enigmas, resolví, sucediera lo que sucediera, forzar un pasaje, si pudiera, a la luna. Ahora, para no ser tenido por más loco de lo que realmente soy, detallaré, tan bien como me sea posible, las consideraciones que me llevaron a creer que un logro de esta naturaleza, aunque sin duda difícil e incontestablemente lleno de peligro, no estaba absolutamente, para un espíritu audaz, más allá de los confines de lo posible.

La distancia real de la luna a la tierra fue lo primero que se debió tener en cuenta. Ahora bien, el intervalo medio o promedio entre los centros de los dos planetas es 59,9643 de los radios ecuatoriales de la tierra, o solo unas 237.000 millas. Digo el intervalo medio o promedio, pero debe tenerse en cuenta que, siendo la forma de la órbita de la luna una elipse de excentricidad que asciende a no menos de 0,05484 del semieje mayor de la elipse misma, y estando el centro de la tierra situado en su foco, si pudiera, de alguna manera, ingeniármelas para encontrarme con la luna, por así decirlo, en su perigeo, la distancia mencionada anteriormente se vería materialmente disminuida. Pero, por no hablar por el momento de esta posibilidad, era muy cierto que, en cualquier caso, de las 237.000 millas tendría que deducir el radio de la tierra, digamos 4.000, y el radio de la luna, digamos 1.080, en total 5.080, dejando un intervalo real a recorrer, en circunstancias promedio, de 231.920 millas. Ahora bien, esto, reflexioné, no era una distancia muy extraordinaria. Viajar por tierra se ha logrado repetidamente a una velocidad de treinta millas por hora, y de hecho se puede anticipar una velocidad mucho mayor. Pero incluso a esta velocidad, no me llevaría más de 322 días llegar a la superficie de la luna. Había, sin embargo, muchos detalles que me inducían a creer que mi tasa media de viaje podría posiblemente exceder mucho la de treinta millas por hora y, como estas consideraciones no dejaron de causar una profunda impresión en mi mente, las mencionaré más plenamente más adelante.

El siguiente punto a considerar era un asunto de mucha mayor importancia. A partir de las indicaciones proporcionadas por el barómetro, encontramos que, en ascensos desde la superficie de la tierra, hemos dejado atrás, a la altura de 1.000 pies, alrededor de un trigésimo de toda la masa de aire atmosférico; que a los 10.600 hemos ascendido a través de casi un tercio; y que a los 18.000, que no dista mucho de la elevación del Cotopaxi, hemos superado la mitad del material, o, en todo caso, la mitad del cuerpo ponderable de aire que descansa sobre nuestro globo. También se calcula que a una altitud que no exceda la centésima parte del diámetro de la tierra —es decir, que no exceda las ochenta millas—, la rarefacción sería tan excesiva que la vida animal no podría sostenerse de ninguna manera y, además, que los medios más delicados que poseemos para determinar la presencia de la atmósfera serían inadecuados para asegurarnos de su existencia. Pero no dejé de percibir que estos últimos cálculos se basan totalmente en nuestro conocimiento experimental de las propiedades del aire y las leyes mecánicas que regulan su dilatación y compresión, en lo que puede llamarse, comparativamente hablando, la vecindad inmediata de la tierra misma; y, al mismo tiempo, se da por sentado que la vida animal es y debe ser esencialmente incapaz de modificación a cualquier distancia inalcanzable dada de la superficie. Ahora bien, todo razonamiento de este tipo y a partir de tales datos debe ser, por supuesto, simplemente analógico. La mayor altura alcanzada jamás por el hombre fue la de 25.000 pies, lograda en la expedición aeronáutica de los señores Gay-Lussac y Biot. Esta es una altitud moderada, incluso cuando se compara con las ochenta millas en cuestión; y no pude evitar pensar que el tema admitía lugar a duda y gran latitud para la especulación.

Pero, en rigor, al realizarse un ascenso a cualquier altitud dada, la cantidad ponderable de aire superada en cualquier ascenso adicional no está de ninguna manera en proporción a la altura adicional ascendida (como puede verse claramente por lo que se ha expuesto antes), sino en una proporción constantemente decreciente. Es, por tanto, evidente que, ascendamos tan alto como podamos, no podemos, hablando literalmente, llegar a un límite más allá del cual no se encuentre atmósfera. Debe existir, argumenté; aunque pueda existir en un estado de rarefacción infinita.

Por otra parte, era consciente de que no han faltado argumentos para probar la existencia de un límite real y definido a la atmósfera, más allá del cual no hay absolutamente aire alguno. Pero una circunstancia que ha sido dejada de lado por quienes sostienen tal límite me pareció, aunque no una refutación positiva de su credo, todavía un punto digno de una investigación muy seria. Al comparar los intervalos entre las sucesivas llegadas del cometa de Encke a su perihelio, después de acreditar, de la manera más exacta, todas las perturbaciones debidas a las atracciones de los planetas, parece que los períodos están disminuyendo gradualmente; es decir, el eje mayor de la elipse del cometa se está acortando, en una disminución lenta pero perfectamente regular. Ahora bien, esto es precisamente lo que debería ser el caso si suponemos una resistencia experimentada por el cometa de un medio etéreo extremadamente raro que impregna las regiones de su órbita. Pues es evidente que tal medio debe, al retardar la velocidad del cometa, aumentar su fuerza centrípeta al debilitar su fuerza centrífuga. En otras palabras, la atracción del sol estaría constantemente obteniendo mayor poder y el cometa sería atraído más cerca en cada revolución. De hecho, no hay otra manera de explicar la variación en cuestión. Pero, además: se observa que el diámetro real de la nebulosidad del mismo cometa se contrae rápidamente a medida que se acerca al sol y se dilata con igual rapidez en su partida hacia su afelio. ¿No estaba justificado al suponer con el señor Valz que esta aparente condensación de volumen tiene su origen en la compresión del mismo medio etéreo del que he hablado antes, y que solo es más denso en proporción a su cercanía solar? El fenómeno de forma lenticular, también llamado luz zodiacal, era un asunto digno de atención. Este resplandor, tan aparente en los trópicos, y que no puede confundirse con ningún brillo meteórico, se extiende desde el horizonte oblicuamente hacia arriba y sigue generalmente la dirección del ecuador del sol. Me pareció evidentemente de la naturaleza de una atmósfera rara que se extiende desde el sol hacia afuera, más allá de la órbita de Venus al menos, y creía que indefinidamente más lejos. De hecho, este medio no podía suponerlo confinado a la trayectoria de la elipse del cometa o a la vecindad inmediata del sol. Era fácil, por el contrario, imaginarlo impregnando las regiones enteras de nuestro sistema planetario, condensado en lo que llamamos atmósfera en los propios planetas, y quizás en algunos de ellos modificado por consideraciones, por así decirlo, puramente geológicas.

Habiendo adoptado esta visión del asunto, tuve pocas dudas adicionales. Concediendo que en mi pasaje me encontraría con una atmósfera esencialmente igual a la de la superficie de la tierra, concebí que, mediante el ingeniosísimo aparato del señor Grimm, fácilmente podría condensarla en cantidad suficiente para los fines de la respiración. Esto eliminaría el principal obstáculo en un viaje a la luna. De hecho, había gastado algo de dinero y mucho trabajo en adaptar el aparato al objetivo previsto, y esperaba con confianza su aplicación exitosa si pudiera lograr completar el viaje dentro de cualquier período razonable. Esto me trae de vuelta a la velocidad a la que podría ser posible viajar.

Es cierto que los globos, en la primera etapa de sus ascensos desde la tierra, se sabe que se elevan con una velocidad comparativamente moderada. Ahora bien, el poder de elevación reside totalmente en la superior ligereza del gas en el globo en comparación con el aire atmosférico; y, a primera vista, no parece probable que, a medida que el globo adquiere altitud y, por consiguiente, llega sucesivamente a estratos atmosféricos de densidades que disminuyen rápidamente —digo, no parece en absoluto razonable que, en este su progreso hacia arriba, la velocidad original deba acelerarse. Por otra parte, no era consciente de que, en ningún ascenso registrado, fuera evidente una disminución en la tasa absoluta de ascenso; aunque debería haber sido el caso, si no por otra cosa, debido al escape de gas a través de globos mal construidos y barnizados con un material no mejor que el barniz ordinario. Parecía, por tanto, que el efecto de tal escape era solo suficiente para contrarrestar el efecto de algún poder acelerador. Consideré entonces que, siempre que en mi pasaje encontrara el medio que había imaginado, y siempre que resultara ser real y esencialmente lo que denominamos aire atmosférico, podría importar comparativamente poco en qué estado extremo de rarefacción lo descubriera —es decir, con respecto a mi capacidad de ascender—, pues el gas en el globo no solo estaría sujeto a una rarefacción parcialmente similar (en proporción a cuya ocurrencia podría sufrir un escape de tanto como fuera necesario para evitar la explosión), sino que, siendo lo que era, continuaría, en cualquier caso, siendo específicamente más ligero que cualquier compuesto de simple nitrógeno y oxígeno. Mientras tanto, la fuerza de la gravedad disminuiría constantemente en proporción a los cuadrados de las distancias y, por tanto, con una velocidad prodigiosamente acelerada, llegaría finalmente a esas regiones distantes donde la fuerza de la atracción de la tierra sería reemplazada por la de la luna. De acuerdo con estas ideas, no consideré que valiera la pena cargarme con más provisiones de las que serían suficientes para un período de cuarenta días.

Había, sin embargo, otra dificultad que me causó cierta inquietud. Se ha observado que, en los ascensos en globo a cualquier altura considerable, además del dolor que acompaña a la respiración, se experimenta una gran inquietud alrededor de la cabeza y el cuerpo, a menudo acompañada de sangrado por la nariz y otros síntomas de tipo alarmante, y que se vuelven más y más inconvenientes en proporción a la altitud alcanzada. Esta era una reflexión de naturaleza algo inquietante. ¿No era probable que estos síntomas aumentaran indefinidamente, o al menos hasta ser terminados por la muerte misma? Finalmente, pensé que no. Su origen debía buscarse en la eliminación progresiva de la presión atmosférica habitual sobre la superficie del cuerpo y la consiguiente distensión de los vasos sanguíneos superficiales, no en ninguna desorganización positiva del sistema animal, como en el caso de la dificultad para respirar, donde la densidad atmosférica es químicamente insuficiente para la debida renovación de la sangre en un ventrículo del corazón. A menos que fuera por falta de esta renovación, no veía, por tanto, razón alguna por la que la vida no pudiera sostenerse incluso en el vacío; pues la expansión y compresión del pecho, comúnmente llamada respiración, es una acción puramente muscular y la causa, no el efecto, de la respiración. En una palabra, concebí que, a medida que el cuerpo se habituara a la falta de presión atmosférica, las sensaciones de dolor disminuirían gradualmente; y para soportarlas mientras continuaran, confiaba con seguridad en la dureza de hierro de mi constitución.

Así, si place a vuestras Excelencias, he detallado algunas, aunque de ninguna manera todas, las consideraciones que me llevaron a formar el proyecto de un viaje lunar. Procederé ahora a exponer ante ustedes el resultado de un intento tan aparentemente audaz en su concepción y, en cualquier caso, tan absolutamente sin paralelo en los anales de la humanidad.

Habiendo alcanzado la altitud mencionada anteriormente, es decir, tres millas y tres cuartos, arrojé desde la barquilla una cantidad de plumas y descubrí que todavía ascendía con suficiente rapidez; por tanto, no hubo necesidad de descargar ningún lastre. Me alegré de ello, pues deseaba retener conmigo tanto peso como pudiera llevar, por razones que se explicarán en el epílogo. Todavía no sufría ningún inconveniente corporal, respirando con gran libertad y sin sentir dolor alguno en la cabeza. El gato estaba acostado muy recatadamente sobre mi abrigo, que me había quitado, y observando a las palomas con aire de indiferencia. Estas últimas, al estar atadas por la pata para evitar su escape, estaban afanosamente empleadas en recoger algunos granos de arroz esparcidos para ellas en el fondo de la barquilla.»

A las veinte minutos pasadas las seis, el barómetro indicaba una elevación de 26.400 pies, o cinco millas justas. El horizonte parecía ilimitado. De hecho, es muy sencillo calcular, mediante geometría esférica, la gran extensión de la superficie terrestre que contemplaba. La superficie convexa de cualquier segmento de una esfera es, respecto a la superficie total de la esfera misma, como el seno verso del segmento respecto al diámetro de la esfera. Ahora bien, en mi caso, el seno verso —es decir, el espesor del segmento bajo mí— era aproximadamente igual a mi elevación, o la elevación del punto de visión sobre la superficie. «Como cinco millas, pues, a ocho mil», expresaría la proporción del área terrestre vista por mí. En otras palabras, contemplaba tanto como una mil seiscientava parte de la superficie total del globo. El mar parecía tan terso como un espejo, aunque, por medio del anteojo, podía percibir que se hallaba en estado de violenta agitación. El barco ya no era visible, habiéndose alejado, al parecer, hacia el este. Comencé entonces a experimentar, a intervalos, un dolor agudo en la cabeza, especialmente alrededor de los oídos; no obstante, seguía respirando con razonable libertad. El gato y las palomas no parecían sufrir molestia alguna en absoluto.

A las veinte minutos para las siete, el globo entró en una larga serie de densas nubes, lo que me causó grandes problemas al dañar mi aparato condensador y empaparme hasta los huesos. Fue, sin duda, un encuentro singular, pues no había creído posible que una nube de esta naturaleza pudiera sostenerse a tan gran elevación. Consideré mejor, sin embargo, arrojar dos sacos de lastre de cinco libras, reservando aún un peso de ciento sesenta y cinco libras. Al hacerlo, pronto superé la dificultad y percibí de inmediato que había obtenido un gran aumento en mi velocidad de ascenso. Unos segundos después de abandonar la nube, un relámpago de vívido rayo disparó de un extremo a otro de ella y la hizo encenderse, a lo largo de su vasta extensión, como una masa de carbón encendido y brillante. Esto, debe recordarse, era a plena luz del día. Ninguna fantasía puede imaginar la sublimidad que podría haber exhibido un fenómeno similar ocurriendo en medio de la oscuridad de la noche. El infierno mismo podría haber resultado una imagen adecuada. Aun así, se me erizaron los cabellos mientras miraba hacia lo profundo de los abismos que se abrían, dejando que la imaginación descendiera, por así decirlo, y merodeara por las extrañas salas abovedadas, los golfos rojizos y las rojas y espantosas grietas del fuego horrible e inescrutable. En efecto, me había salvado por poco. Si el globo hubiera permanecido un poco más de tiempo dentro de la nube —es decir, si la incomodidad de mojarme no me hubiera determinado a descargar el lastre—, la ruina inevitable habría sido la consecuencia. Tales peligros, aunque poco considerados, son quizás los mayores que deben enfrentarse en los globos. Había alcanzado ya, sin embargo, una elevación demasiado grande para seguir inquieto por este motivo.

Estaba ascendiendo rápidamente y, a las siete en punto, el barómetro indicaba una altitud de no menos de nueve millas y media. Comencé a encontrar gran dificultad para tomar aliento. Mi cabeza, también, estaba excesivamente dolorida; y, habiendo sentido durante algún tiempo humedad en las mejillas, descubrí finalmente que era sangre, que manaba bastante rápido de los tímpanos de mis oídos. Mis ojos, también, me causaban gran inquietud. Al pasar la mano sobre ellos, parecieron haberse salido de sus órbitas en un grado no despreciable; y todos los objetos en la barquilla, e incluso el globo mismo, aparecían distorsionados a mi vista. Estos síntomas eran más de lo que esperaba y me causaron cierta alarma. En esta coyuntura, muy imprudentemente y sin consideración, arrojé desde la barquilla tres trozos de lastre de cinco libras. La velocidad de ascenso acelerada así obtenida me llevó demasiado rápido, y sin suficiente gradación, hacia un estrato altamente rarefacto de la atmósfera, y el resultado casi resultó fatal para mi expedición y para mí mismo. Fui repentinamente presa de un espasmo que duró más de cinco minutos, e incluso cuando esto, en cierta medida, cesó, solo podía recuperar el aliento a largos intervalos y de manera jadeante, sangrando todo el tiempo copiosamente por la nariz y los oídos, e incluso ligeramente por los ojos. Las palomas parecían angustiadas en extremo y luchaban por escapar; mientras el gato maullaba lastimeramente y, con la lengua colgando de la boca, se tambaleaba de un lado a otro en la barquilla como si estuviera bajo el influjo de un veneno. Descubrí entonces, demasiado tarde, la gran imprudencia de la que había sido culpable al descargar el lastre, y mi agitación era excesiva. No esperaba más que la muerte, y la muerte en unos pocos minutos. El sufrimiento físico que padecía contribuía también a dejarme casi incapaz de realizar esfuerzo alguno para la preservación de mi vida. Me quedaba, en verdad, poco poder de reflexión, y la violencia del dolor en mi cabeza parecía aumentar considerablemente. Así descubrí que mis sentidos pronto fallarían por completo, y ya había agarrado una de las cuerdas de la válvula con la intención de intentar un descenso, cuando el recuerdo de la treta que les había jugado a los tres acreedores, y las posibles consecuencias para mí mismo si regresaba, operó para disuadirme por el momento. Me tendí en el fondo de la barquilla y me esforcé por recoger mis facultades. En esto tuve éxito hasta el punto de decidirme por el experimento de sangrarme. Sin tener lanceta, sin embargo, me vi obligado a realizar la operación de la mejor manera que pude, y finalmente logré abrir una vena en mi brazo derecho con la hoja de mi cortaplumas. Apenas comenzó a fluir la sangre, experimenté un alivio sensible, y para cuando había perdido cerca de la mitad de una palangana mediana, la mayoría de los peores síntomas me habían abandonado por completo. Sin embargo, no consideré conveniente intentar ponerme en pie de inmediato; pero, habiéndome vendado el brazo lo mejor que pude, permanecí quieto durante cerca de un cuarto de hora. Al final de este tiempo me levanté y me encontré más libre de dolor absoluto de cualquier tipo de lo que había estado durante la última hora y cuarto de mi ascensión. La dificultad para respirar, sin embargo, disminuyó en un grado muy leve, y descubrí que pronto sería absolutamente necesario hacer uso de mi condensador. Mientras tanto, mirando hacia el gato, que estaba de nuevo cómodamente acomodado sobre mi abrigo, descubrí para mi infinita sorpresa que había aprovechado mi indisposición para traer al mundo una camada de tres gatitos. Esto fue una adición al número de pasajeros por mi parte totalmente inesperada; pero me complació el suceso. Me daría la oportunidad de poner a prueba la verdad de una suposición que, más que ninguna otra cosa, me había influido al intentar esta ascensión. Había imaginado que la resistencia habitual a la presión atmosférica en la superficie de la tierra era la causa, o casi, del dolor que acompaña a la existencia animal a una distancia sobre la superficie. Si se descubriera que los gatitos sufrían incomodidad en el mismo grado que su madre, debería considerar mi teoría errónea, pero un fracaso en ello lo vería como una fuerte confirmación de mi idea.

Para las ocho en punto había alcanzado realmente una elevación de diecisiete millas sobre la superficie de la tierra. Así, me parecía evidente que mi velocidad de ascenso no solo estaba en aumento, sino que la progresión habría sido aparente en un grado leve incluso si no hubiera descargado el lastre como lo hice. Los dolores en mi cabeza y oídos volvieron, a intervalos, con violencia, y continué sangrando ocasionalmente por la nariz; pero, en conjunto, sufrí mucho menos de lo que podría haberse esperado. Respiraba, sin embargo, a cada momento, con más y más dificultad, y cada inhalación venía acompañada de una molesta acción espasmódica del pecho. Desempaqueté entonces el aparato condensador y lo dejé listo para su uso inmediato.

La vista de la tierra, en este período de mi ascensión, era verdaderamente hermosa. Hacia el oeste, el norte y el sur, hasta donde alcanzaba mi vista, se extendía una capa ilimitada de océano aparentemente inmóvil, que a cada momento ganaba un tinte más y más profundo de azul y comenzaba ya a asumir una ligera apariencia de convexidad. A una vasta distancia hacia el este, aunque perfectamente discernible, se extendían las islas de Gran Bretaña, todas las costas atlánticas de Francia y España, con una pequeña porción de la parte norte del continente africano. De edificios individuales no podía descubrirse rastro alguno, y las ciudades más orgullosas de la humanidad se habían desvanecido por completo de la faz de la tierra. Desde el peñón de Gibraltar, reducido ahora a una tenue mota, el oscuro mar Mediterráneo, salpicado de islas brillantes como el cielo está salpicado de estrellas, se extendía hacia el este hasta donde alcanzaba mi visión, hasta que toda su masa de aguas parecía finalmente desplomarse de cabeza sobre el abismo del horizonte, y me encontré escuchando de puntillas los ecos de la poderosa catarata. Sobre mi cabeza, el cielo era de un negro azabache y las estrellas eran brillantemente visibles.

Pareciendo las palomas en este momento sufrir mucho, decidí darles su libertad. Primero desaté a una de ellas, una hermosa paloma gris moteada, y la coloqué sobre el borde del mimbre. Parecía extremadamente inquieta, mirando ansiosamente a su alrededor, aleteando y haciendo un fuerte arrullo, pero no pudo ser persuadida de confiar en sí misma fuera de la barquilla. La tomé finalmente y la lancé a unas seis yardas del globo. No hizo, sin embargo, intento alguno de descender como había esperado, sino que luchó con gran vehemencia por volver, emitiendo al mismo tiempo gritos muy agudos y penetrantes. Logró finalmente recuperar su posición anterior en el borde, pero apenas lo hizo cuando su cabeza cayó sobre su pecho y murió dentro de la barquilla. La otra no resultó tan desafortunada. Para evitar que siguiera el ejemplo de su compañera y lograra regresar, la arrojé hacia abajo con todas mis fuerzas, y me complació verla continuar su descenso con gran velocidad, haciendo uso de sus alas con facilidad y de una manera perfectamente natural. En muy poco tiempo estuvo fuera de vista, y no tengo duda de que llegó a casa a salvo. La gata, que parecía en gran medida recuperada de su enfermedad, hizo entonces una comida copiosa con el ave muerta y luego se durmió con gran satisfacción aparente. Sus gatitos estaban muy animados y hasta ahora no mostraban la menor señal de molestia alguna.

A las ocho y cuarto, no pudiendo ya tomar aliento sin el dolor más intolerable, procedí de inmediato a ajustar alrededor de la barquilla el aparato perteneciente al condensador. Este aparato requerirá alguna pequeña explicación, y vuestras Excelencias se servirán tener en cuenta que mi objetivo, en primer lugar, era rodearme a mí mismo y al gato por completo con una barricada contra la atmósfera altamente rarefacta en la que existía, con la intención de introducir dentro de esta barricada, por medio de mi condensador, una cantidad de esta misma atmósfera suficientemente condensada para los propósitos de la respiración. Con este objetivo en vista, había preparado una bolsa de goma elástica muy fuerte, perfectamente hermética, pero flexible. En esta bolsa, que era de dimensiones suficientes, la barquilla entera estaba en cierto modo colocada. Es decir, ella (la bolsa) fue estirada sobre todo el fondo de la barquilla, hacia arriba por sus costados, y así sucesivamente, a lo largo del exterior de las cuerdas, hasta el borde superior o aro donde se sujeta la red. Habiendo subido la bolsa de esta manera, y formado un cerramiento completo por todos lados y en el fondo, era ahora necesario sujetar su parte superior o boca, pasando su material sobre el aro de la red —en otras palabras, entre la red y el aro—. Pero si la red se separaba del aro para permitir este paso, ¿qué sostendría la barquilla mientras tanto? Ahora bien, la red no estaba sujeta permanentemente al aro, sino unida por una serie de lazos o nudos corredizos. Deshice, por tanto, solo unos pocos de estos lazos a la vez, dejando la barquilla suspendida por el resto. Habiendo insertado así una porción de la tela que formaba la parte superior de la bolsa, volví a sujetar los lazos —no al aro, pues eso habría sido imposible, ya que la tela intervenía ahora—, sino a una serie de botones grandes, fijados a la tela misma, cerca de tres pies por debajo de la boca de la bolsa, habiéndose hecho los intervalos entre los botones para corresponder a los intervalos entre los lazos. Hecho esto, se desabrocharon algunos lazos más del borde, se introdujo una porción mayor de la tela, y los lazos liberados se conectaron entonces con sus botones correspondientes. De esta manera fue posible insertar toda la parte superior de la bolsa entre la red y el aro. Es evidente que el aro caería ahora dentro de la barquilla, mientras que todo el peso de la barquilla misma, con todo su contenido, sería sostenido meramente por la resistencia de los botones. Esto, a primera vista, parecería una dependencia inadecuada; pero no lo era en absoluto, pues los botones no solo eran muy fuertes en sí mismos, sino que estaban tan juntos que una porción muy pequeña de todo el peso era soportada por cualquiera de ellos. De hecho, si la barquilla y su contenido hubieran sido tres veces más pesados de lo que eran, no habría estado en absoluto inquieto. Elevé entonces el aro de nuevo dentro de la cubierta de goma elástica y lo apuntalé a casi su altura anterior mediante tres postes ligeros preparados para la ocasión. Esto se hizo, por supuesto, para mantener la bolsa tensa en la parte superior y para preservar la parte inferior de la red en su situación adecuada. Todo lo que quedaba ahora era sujetar la boca del cerramiento; y esto se logró fácilmente reuniendo los pliegues del material y retorciéndolos muy apretadamente por el interior mediante una especie de torniquete estacionario.

En los costados de la cubierta así ajustada alrededor de la barquilla, se habían insertado tres paneles circulares de vidrio grueso pero claro, a través de los cuales podía ver sin dificultad a mi alrededor en toda dirección horizontal. En aquella porción de la tela que formaba el fondo, había asimismo una cuarta ventana, del mismo tipo, y correspondiente con una pequeña apertura en el suelo de la barquilla misma. Esto me permitió ver perpendicularmente hacia abajo, pero habiendo encontrado imposible colocar ningún artilugio similar sobre mi cabeza, debido a la manera peculiar de cerrar la abertura allí, y las arrugas resultantes en la tela, no podía esperar ver objetos situados directamente en mi cenit. Esto, por supuesto, era un asunto de poca importancia; pues incluso si hubiera podido colocar una ventana en la parte superior, el globo mismo me habría impedido hacer uso de ella.

A cerca de un pie debajo de una de las ventanas laterales había una apertura circular, de ocho pulgadas de diámetro, y equipada con un borde de latón adaptado en su borde interno a las vueltas de un tornillo. En este borde se enroscó el tubo grande del condensador, estando el cuerpo de la máquina, por supuesto, dentro de la cámara de goma elástica. A través de este tubo, una cantidad de la atmósfera rara circundante era succionada por medio de un vacío creado en el cuerpo de la máquina, y de allí era descargada, en estado de condensación, para mezclarse con el aire tenue que ya estaba en la cámara. Esta operación, repetida varias veces, llenó finalmente la cámara con una atmósfera adecuada para todos los propósitos de la respiración. Pero en un espacio tan confinado, se volvería necesariamente, en poco tiempo, viciada e inadecuada para el uso debido al contacto frecuente con los pulmones. Era entonces expulsada por una pequeña válvula en el fondo de la barquilla —el aire denso descendiendo fácilmente hacia la atmósfera más tenue de abajo—. Para evitar la incomodidad de crear un vacío total en cualquier momento dentro de la cámara, esta purificación nunca se lograba toda a la vez, sino de manera gradual —la válvula se abría solo por unos segundos, luego se cerraba de nuevo, hasta que una o dos carreras de la bomba del condensador habían suministrado el lugar de la atmósfera expulsada—. Por amor al experimento, había puesto al gato y a los gatitos en una pequeña cesta, y la había suspendido fuera de la barquilla a un botón en el fondo, cerca de la válvula, a través de la cual podía alimentarlos en cualquier momento si fuera necesario. Hice esto con cierto riesgo, y antes de cerrar la boca de la cámara, alcanzando debajo de la barquilla con uno de los postes mencionados anteriormente a los que se había unido un gancho.

Para cuando hube completado totalmente estos preparativos y llenado la cámara como se explicó, faltaban solo diez minutos para las nueve en punto. Durante todo el período en que estuve así empleado, soporté la angustia más terrible por la dificultad de la respiración, y amargamente me arrepentí de la negligencia, o más bien temeridad, de la que había sido culpable al posponer hasta el último momento un asunto de tanta importancia. Pero habiéndolo logrado finalmente, pronto comencé a cosechar el beneficio de mi invención. Una vez más respiré con perfecta libertad y facilidad —y, de hecho, ¿por qué no habría de hacerlo?—. También me sorprendió gratamente encontrarme, en gran medida, aliviado de los violentos dolores que hasta entonces me habían atormentado. Un ligero dolor de cabeza, acompañado de una sensación de plenitud o distensión alrededor de las muñecas, los tobillos y la garganta, era casi todo de lo que ahora tenía que quejarme. Así, parecía evidente que la mayor parte de la incomodidad que acompaña a la eliminación de la presión atmosférica se había disipado realmente, como había esperado, y que mucho del dolor soportado durante las últimas dos horas debería haberse atribuido por completo a los efectos de una respiración deficiente.

A las veinte minutos para las nueve —es decir, poco tiempo antes de que cerrara la boca de la cámara—, el mercurio alcanzó su límite, o se agotó, en el barómetro, que, como mencioné antes, era de una construcción extendida. Indicaba entonces una altitud por mi parte de 132.000 pies, o veinticinco millas, y por consiguiente contemplaba en ese momento una extensión del área terrestre que ascendía a nada menos que la trescientos veinteava parte de su superficie total. A las nueve en punto había perdido de nuevo de vista la tierra hacia el este, pero no antes de darme cuenta de que el globo estaba derivando rápidamente hacia el N. N. O. La convexidad del océano bajo mí era muy evidente, aunque mi vista era interrumpida a menudo por las masas de nubes que flotaban de un lado a otro. Observé ahora que incluso los vapores más ligeros nunca se elevaban a más de diez millas sobre el nivel del mar.

A las nueve y media probé el experimento de arrojar un puñado de plumas a través de la válvula. No flotaron como había esperado; sino que cayeron perpendicularmente, como una bala, en masa, y con la mayor velocidad —estando fuera de vista en muy pocos segundos—. Al principio no supe qué hacer con este fenómeno extraordinario; no siendo capaz de creer que mi velocidad de ascenso hubiera sufrido, de repente, una aceleración tan prodigiosa. Pero pronto se me ocurrió que la atmósfera era ahora demasiado rara para sostener incluso las plumas; que efectivamente caían, como parecían hacerlo, con gran rapidez; y que había sido sorprendido por las velocidades combinadas de su descenso y mi propia elevación.

Hacia las diez de la mañana descubrí que tenía muy poco que ocupara mi atención inmediata. Los asuntos marchaban a las mil maravillas, y creía que el globo ascendía con una velocidad que aumentaba por momentos, aunque ya no disponía de medio alguno para verificar la progresión de dicho incremento. No sufría dolor ni inquietud de clase alguna, y gozaba de mejor ánimo que en cualquier otro periodo desde mi partida de Rotterdam, ocupándome ahora en examinar el estado de mis diversos aparatos, y ahora en regenerar la atmósfera dentro de la cámara. Determiné atender a este último punto en intervalos regulares de cuarenta minutos, más por causa de la preservación de mi salud que por ser absolutamente necesaria una renovación tan frecuente. Mientras tanto, no pude evitar hacer conjeturas. La fantasía se deleitaba en las regiones salvajes y oníricas de la luna. La imaginación, sintiéndose por una vez libre de trabas, vagaba a su antojo entre las maravillas siempre cambiantes de una tierra sombría e inestable. Había allí bosques canosos y venerables, precipicios escarpados y cascadas que se desplomaban con gran estruendo en abismos sin fondo. Luego llegaba de improviso a silenciosas soledades de mediodía, donde ningún viento del cielo se inmiscuía jamás, y donde vastos prados de amapolas y flores esbeltas, parecidas a lirios, se extendían a una distancia fatigosa, todo silencioso e inmóvil para siempre. Luego, de nuevo, viajaba lejos, hacia otro país donde todo era un lago tenue y vago, con una línea limítrofe de nubes. Y de estas aguas melancólicas surgía un bosque de altos árboles orientales, como un desierto de sueños. Y tengo presente que las sombras de los árboles que caían sobre el lago no permanecían en la superficie donde caían, sino que se hundían lenta y constantemente, mezclándose con las olas, mientras que de los troncos de los árboles otras sombras salían continuamente, ocupando el lugar de sus hermanas así sepultadas. «Esta, pues», dije pensativo, «es la razón misma por la que las aguas de este lago se vuelven más negras con la edad, y más melancólicas a medida que transcurren las horas». Pero fantasías como estas no eran las únicas poseedoras de mi cerebro. Horrores de naturaleza más severa y aterradora se entrometían con demasiada frecuencia en mi mente, y sacudían las profundidades más íntimas de mi alma con la mera suposición de su posibilidad. Sin embargo, no permitía que mis pensamientos se detuvieran durante mucho tiempo en estas últimas especulaciones, juzgando con acierto que los peligros reales y palpables del viaje bastaban para mi atención indivisa.

A las cinco de la tarde, estando ocupado en regenerar la atmósfera dentro de la cámara, aproveché la ocasión para observar a la gata y a los gatitos a través de la válvula. La gata misma parecía sufrir mucho de nuevo, y no tuve reparos en atribuir su malestar principalmente a una dificultad para respirar; pero mi experimento con los gatitos había resultado muy extraño. Había esperado, por supuesto, verlos traicionar una sensación de dolor, aunque en menor grado que su madre, y esto habría bastado para confirmar mi opinión acerca de la resistencia habitual a la presión atmosférica. Pero no estaba preparado para encontrarlos, tras un examen minucioso, evidentemente disfrutando de un alto grado de salud, respirando con la mayor facilidad y perfecta regularidad, y sin mostrar la menor señal de inquietud alguna. Solo podía explicar todo esto ampliando mi teoría, y suponiendo que la atmósfera altamente enrarecida del entorno podría tal vez no ser, como había dado por sentado, químicamente insuficiente para los propósitos de la vida, y que una persona nacida en tal medio podría, posiblemente, no ser consciente de inconveniente alguno derivado de su inhalación, mientras que, al trasladarse a los estratos más densos cerca de la tierra, podría padecer torturas de naturaleza similar a las que yo había experimentado tan recientemente. Desde entonces ha sido para mí motivo de profundo pesar que un torpe accidente, en ese momento, me causara la pérdida de mi pequeña familia de gatos, y me privara de la comprensión de este asunto que un experimento continuado podría haber proporcionado. Al pasar la mano por la válvula, con una taza de agua para la vieja gata, las mangas de mi camisa se enredaron en el lazo que sostenía la cesta, y así, en un momento, la soltó del fondo. Si el conjunto se hubiera desvanecido realmente en el aire, no podría haber desaparecido de mi vista de una manera más abrupta e instantánea. Positivamente, no pudo haber transcurrido ni la décima parte de un segundo entre el desprendimiento de la cesta y su absoluta y total desaparición con todo lo que contenía. Mis buenos deseos la siguieron hasta la tierra, pero, por supuesto, no tenía esperanza de que ni la gata ni los gatitos vivieran jamás para contar la historia de su desgracia.

A las seis de la tarde, percibí una gran parte del área visible de la tierra hacia el este envuelta en una espesa sombra, que continuó avanzando con gran rapidez, hasta que, cinco minutos antes de las siete, toda la superficie a la vista quedó envuelta en la oscuridad de la noche. No fue, sin embargo, hasta mucho después de este momento que los rayos del sol poniente dejaron de iluminar el globo; y esta circunstancia, aunque por supuesto plenamente prevista, no dejó de causarme un placer infinito. Era evidente que, por la mañana, contemplaría el astro naciente muchas horas antes, al menos, que los ciudadanos de Rotterdam, a pesar de su situación mucho más al este, y así, día tras día, en proporción a la altura ascendida, disfrutaría de la luz del sol durante un periodo cada vez más largo. Decidí entonces llevar un diario de mi travesía, contando los días de veinticuatro horas continuas, sin tener en cuenta los intervalos de oscuridad.

A las diez de la noche, sintiéndome somnoliento, decidí acostarme durante el resto de la noche; pero aquí se presentó una dificultad que, por obvia que parezca, había escapado a mi atención hasta el mismo momento del que estoy hablando. Si me iba a dormir como me proponía, ¿cómo podría regenerarse la atmósfera en la cámara mientras tanto? Respirarla durante más de una hora, a lo sumo, sería una imposibilidad, o, incluso si este plazo pudiera extenderse a una hora y cuarto, podrían sobrevenir las consecuencias más ruinosas. La consideración de este dilema me causó no poca inquietud; y apenas se creerá que, después de los peligros que había superado, viera este asunto bajo una luz tan seria como para abandonar toda esperanza de lograr mi objetivo final y, finalmente, resignarme a la necesidad de un descenso. Pero esta duda fue solo momentánea. Reflexioné que el hombre es el esclavo más absoluto de la costumbre, y que muchos puntos en la rutina de su existencia se consideran esencialmente importantes, cuando solo lo son por haberlos hecho habituales. Era muy cierto que no podía pasar sin dormir; pero fácilmente podría acostumbrarme a no sentir inconveniente alguno por ser despertado en intervalos de una hora durante todo el periodo de mi reposo. Solo requeriría cinco minutos como máximo regenerar la atmósfera de la manera más completa, y la única dificultad real era idear un método para despertarme en el momento oportuno para hacerlo. Pero esta era una cuestión que, estoy dispuesto a confesar, me ocasionó no pocos problemas en su resolución. Ciertamente, había oído hablar del estudiante que, para evitar quedarse dormido sobre sus libros, sostenía en una mano una bola de cobre, cuyo estruendo al caer en una palangana del mismo metal en el suelo junto a su silla servía eficazmente para sobresaltarlo si, en cualquier momento, era vencido por la somnolencia. Mi caso, sin embargo, era muy diferente, y no me dejaba lugar para idea similar alguna; pues no deseaba mantenerme despierto, sino ser despertado del sueño en intervalos regulares de tiempo. Al fin di con el siguiente expediente, que, por simple que parezca, fue saludado por mí, en el momento de su descubrimiento, como un invento plenamente equivalente al del telescopio, la máquina de vapor o el mismísimo arte de la imprenta.

Es necesario premisar que el globo, a la elevación alcanzada ahora, continuaba su curso ascendente con un ascenso uniforme e invariable, y la barquilla, por consiguiente, seguía con una estabilidad tan perfecta que habría sido imposible detectar en ella la menor vacilación. Esta circunstancia me favoreció enormemente en el proyecto que decidí adoptar. Mi provisión de agua había sido cargada en barriles de cinco galones cada uno, y dispuestos con mucha seguridad alrededor del interior de la barquilla. Desaté uno de ellos y, tomando dos cuerdas, las até fuertemente a través del borde de mimbre de un lado a otro; colocándolas a un pie de distancia y paralelas para formar una especie de estante, sobre el cual coloqué el barril, y lo estabilicé en posición horizontal. Unos ocho pulgadas inmediatamente debajo de estas cuerdas, y a cuatro pies del fondo de la barquilla, fijé otro estante, pero hecho de una tabla delgada, siendo el único trozo de madera similar que tenía. Sobre este último estante, y exactamente debajo de uno de los bordes del barril, se depositó una pequeña jarra de barro. Perforé entonces un agujero en el extremo del barril sobre la jarra, y encajé un tapón de madera blanda, cortado en forma cónica o afilada. Empujé o saqué este tapón, según fuera el caso, hasta que, tras unos pocos experimentos, llegó a ese grado exacto de ajuste en el que el agua, rezumando por el agujero y cayendo en la jarra de abajo, llenaría esta última hasta el borde en el periodo de sesenta minutos. Esto, por supuesto, fue un asunto breve y fácil de verificar, observando la proporción de la jarra llena en cualquier tiempo dado. Habiendo dispuesto todo esto, el resto del plan es obvio. Mi cama estaba dispuesta sobre el suelo de la barquilla de tal manera que, al acostarme, mi cabeza quedaba inmediatamente debajo de la boca de la jarra. Era evidente que, al expirar una hora, la jarra, al llenarse, se vería obligada a desbordarse, y a desbordarse por la boca, que estaba algo más baja que el borde. También era evidente que el agua, cayendo así desde una altura de más de cuatro pies, no podía dejar de caer sobre mi rostro, y que las consecuencias seguras serían despertarme instantáneamente, incluso del sueño más profundo del mundo.

Eran las once en punto cuando completé estos preparativos, e inmediatamente me fui a la cama, con plena confianza en la eficacia de mi invento. Ni en este asunto quedé decepcionado. Puntualmente, cada sesenta minutos, era despertado por mi fiel cronómetro, cuando, tras haber vaciado la jarra en el orificio del barril y realizado las tareas de condensador, me retiraba de nuevo a la cama. Estas interrupciones regulares de mi sueño me causaron incluso menos molestias de las que había previsto; y cuando finalmente me levanté para el día, eran las siete y el sol había alcanzado muchos grados sobre la línea de mi horizonte.

3 de abril. Encontré el globo a una altura inmensa, en efecto, y la convexidad aparente de la tierra había aumentado en un grado material. Debajo de mí, en el océano, yacía un grupo de motas negras que, sin duda, eran islas. Muy lejos, hacia el norte, percibí una línea, o raya, delgada, blanca y sumamente brillante en el borde del horizonte, y no tuve reparos en suponer que era el disco meridional de los hielos del Mar Polar. Mi curiosidad estaba muy excitada, pues tenía esperanzas de avanzar mucho más al norte, y podría posiblemente, en algún momento, encontrarme situado directamente sobre el Polo mismo. Lamentaba ahora que mi gran elevación, en este caso, me impidiera realizar un reconocimiento tan preciso como desearía. Mucho, sin embargo, podría determinarse. No ocurrió nada más de naturaleza extraordinaria durante el día. Mis aparatos continuaron todos en buen orden, y el globo seguía ascendiendo sin vacilación perceptible. El frío era intenso y me obligó a envolverme bien en un abrigo. Cuando la oscuridad cubrió la tierra, me fui a la cama, aunque durante muchas horas después fue pleno día en toda mi situación inmediata. El reloj de agua fue puntual en su cometido, y dormí hasta la mañana siguiente profundamente, a excepción de la interrupción periódica.

4 de abril. Me levanté con buena salud y ánimo, y quedé asombrado por el singular cambio que había tenido lugar en la apariencia del mar. Había perdido, en gran medida, el tinte azul profundo que había llevado hasta entonces, siendo ahora de un blanco grisáceo, y de un lustre deslumbrante para la vista. Las islas ya no eran visibles; si habían pasado bajo el horizonte hacia el sureste, o si mi creciente elevación las había dejado fuera de la vista, es imposible decirlo. Me inclinaba, sin embargo, a esta última opinión. El borde de hielo hacia el norte se volvía cada vez más aparente. El frío no era de ninguna manera tan intenso. No ocurrió nada importante, y pasé el día leyendo, habiendo tenido cuidado de proveerme de libros.

5 de abril. Contemplé el singular fenómeno del sol saliendo mientras casi toda la superficie visible de la tierra continuaba envuelta en la oscuridad. Con el tiempo, sin embargo, la luz se extendió sobre todo, y volví a ver la línea de hielo hacia el norte. Era ahora muy distinta, y parecía de un tono mucho más oscuro que las aguas del océano. Evidentemente me acercaba a ella, y con gran rapidez. Imaginé que podía distinguir de nuevo una franja de tierra hacia el este, y otra hacia el oeste, pero no podía estar seguro. Tiempo moderado. No ocurrió nada de consecuencia durante el día. Me fui temprano a la cama.

6 de abril. Me sorprendió encontrar el borde de hielo a una distancia muy moderada, y un inmenso campo del mismo material extendiéndose hasta el horizonte en el norte. Era evidente que si el globo mantenía su curso actual, pronto llegaría sobre el Océano Glacial, y ahora tenía pocas dudas de ver finalmente el Polo. Durante todo el día continué acercándome al hielo. Hacia la noche, los límites de mi horizonte aumentaron de forma muy repentina y material, debido sin duda a que la forma de la tierra era la de un esferoide oblato, y a mi llegada sobre las regiones aplanadas en las cercanías del círculo Ártico. Cuando la oscuridad finalmente me alcanzó, me fui a la cama con gran ansiedad, temiendo pasar sobre el objeto de tanta curiosidad cuando no tuviera oportunidad de observarlo.

7 de abril. Me levanté temprano y, para mi gran alegría, contemplé finalmente lo que no cabía duda de suponer el mismísimo Polo norte. Estaba allí, sin lugar a dudas, e inmediatamente debajo de mis pies; pero, ¡ay!, había ascendido ahora a una distancia tan vasta que nada podía discernirse con precisión. De hecho, a juzgar por la progresión de los números que indican mis diversas altitudes, respectivamente, en diferentes periodos, entre las seis de la mañana del dos de abril y veinte minutos antes de las nueve de la mañana del mismo día (momento en que el barómetro dejó de funcionar), podría inferirse justamente que el globo había alcanzado ahora, a las cuatro de la mañana del siete de abril, una altura no menor, ciertamente, de 7.254 millas sobre la superficie del mar. Esta elevación puede parecer inmensa, pero la estimación sobre la que se calcula dio un resultado con toda probabilidad muy inferior a la verdad. En cualquier caso, contemplé sin duda la totalidad del diámetro mayor de la tierra; todo el hemisferio norte yacía debajo de mí como una carta proyectada ortográficamente; y el gran círculo del ecuador mismo formaba la línea limítrofe de mi horizonte. Sus Excelencias podrán, sin embargo, imaginar fácilmente que las regiones confinadas hasta ahora inexploradas dentro de los límites del círculo Ártico, aunque situadas directamente debajo de mí, y por tanto vistas sin apariencia de estar escorzadas, eran aún, en sí mismas, comparativamente demasiado diminutas, y a una distancia demasiado grande del punto de vista, para admitir cualquier examen muy preciso. No obstante, lo que pudo verse era de una naturaleza singular y emocionante. Hacia el norte desde ese enorme borde mencionado antes, y que, con ligera matización, puede llamarse el límite del descubrimiento humano en estas regiones, una capa de hielo ininterrumpida, o casi ininterrumpida, continúa extendiéndose. En los primeros grados de este su progreso, su superficie está muy sensiblemente aplanada, más adelante deprimida en un plano, y finalmente, volviéndose no poco cóncava, termina, en el Polo mismo, en un centro circular, claramente definido, cuyo diámetro aparente subtendía en el globo un ángulo de unos sesenta y cinco segundos, y cuya tonalidad oscura, variando en intensidad, era, en todo momento, más oscura que cualquier otro punto del hemisferio visible, y ocasionalmente se profundizaba en la negrura más absoluta e impenetrable. Más allá de esto, poco pudo determinarse. Para las doce en punto, el centro circular había disminuido materialmente en circunferencia, y a las siete de la tarde perdí de vista el mismo por completo; el globo pasando sobre el limbo occidental del hielo, y flotando rápidamente en dirección al ecuador.

8 de abril. Encontré una disminución sensible en el diámetro aparente de la tierra, además de una alteración material en su color y apariencia general. Toda el área visible participaba en diversos grados de un tinte amarillo pálido, y en algunas porciones había adquirido un brillo incluso doloroso para la vista. Mi visión hacia abajo estaba también considerablemente impedida por la densa atmósfera en las cercanías de la superficie, cargada de nubes, entre cuyas masas solo podía obtener de vez en cuando un vislumbre de la tierra misma. Esta dificultad de visión directa me había preocupado más o menos durante las últimas cuarenta y ocho horas; pero mi enorme elevación actual acercaba, por así decirlo, los cuerpos flotantes de vapor, y el inconveniente se hacía, por supuesto, más y más palpable en proporción a mi ascenso. No obstante, podía percibir fácilmente que el globo se cernía ahora sobre la cordillera de grandes lagos en el continente de América del Norte, y mantenía un curso, debido al sur, que me llevaría a los trópicos. Esta circunstancia no dejó de causarme la mayor satisfacción, y la saludé como un feliz presagio de éxito final. De hecho, la dirección que había tomado hasta entonces me había llenado de inquietud; pues era evidente que, de haberla continuado mucho más tiempo, no habría habido posibilidad alguna de llegar a la luna, cuya órbita está inclinada respecto a la eclíptica solo en el pequeño ángulo de 5° 8′ 48″.

9 de abril. Hoy el diámetro de la tierra disminuyó considerablemente, y el color de la superficie asumió por horas un tinte más profundo de amarillo. El globo mantuvo firmemente su curso hacia el sur, y llegó, a las nueve de la noche, sobre el borde norte del Golfo de México.

10 de abril. Fui despertado repentinamente del sueño, alrededor de las cinco de esta mañana, por un sonido fuerte, crepitante y aterrador, que de ninguna manera pude explicar. Fue de muy corta duración, pero, mientras duró, no se pareció a nada en el mundo de lo que tuviera experiencia previa. Es innecesario decir que me alarmé excesivamente, habiendo, en primera instancia, atribuido el ruido al estallido del globo. Examiné todos mis aparatos, sin embargo, con gran atención, y no pude descubrir nada fuera de lugar. Pasé gran parte del día meditando sobre un suceso tan extraordinario, pero no pude encontrar medio alguno de explicarlo. Me fui a la cama insatisfecho, y en un estado de gran ansiedad y agitación.

11 de abril. Encontré una alarmante disminución en el diámetro aparente de la tierra, y un considerable aumento, observable ahora por primera vez, en el de la luna misma, a la que le faltaban solo unos días para estar llena. Requería ahora un trabajo largo y excesivo condensar dentro de la cámara suficiente aire atmosférico para el sustento de la vida.

«12 de abril. Tuvo lugar una alteración singular en cuanto a la dirección del globo y, aunque se preveía por completo, me produjo el deleite más inequívoco. Tras haber alcanzado, en su curso anterior, cerca del paralelo veinte de latitud sur, giró repentinamente, en un ángulo agudo, hacia el este, y así prosiguió durante todo el día, manteniéndose casi, si no del todo, en el plano exacto de la elipse lunar. Lo que fue digno de mención es que una oscilación muy perceptible en la barquilla fue consecuencia de este cambio de ruta; una oscilación que prevaleció, en mayor o menor grado, durante un periodo de muchas horas.

«13 de abril. Me sentí de nuevo muy alarmado por la repetición del ruido fuerte y crujiente que me aterrorizó el día diez. Pensé largamente sobre el asunto, pero fui incapaz de llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Gran disminución en el diámetro aparente de la tierra, que ahora subtendía desde el globo un ángulo de poco más de veinticinco grados. La luna no podía verse en absoluto, al estar casi en mi cenit. Seguí manteniéndome en el plano de la elipse, pero hice pocos progresos hacia el este.

«14 de abril. Disminución extremadamente rápida en el diámetro de la tierra. Hoy quedé fuertemente impresionado con la idea de que el globo estaba ahora recorriendo realmente la línea de ápsides hacia el punto de perigeo; en otras palabras, siguiendo el curso directo que lo llevaría inmediatamente a la luna en aquella parte de su órbita más cercana a la tierra. La luna misma estaba directamente sobre mi cabeza y, por consiguiente, oculta a mi vista. Un trabajo grande y prolongado fue necesario para la condensación de la atmósfera.

«15 de abril. Ni siquiera los contornos de los continentes y los mares podían trazarse ahora sobre la tierra con algo que se aproximara a la nitidez. Alrededor de las doce me percaté, por tercera vez, de aquel sonido aterrador que tanto me había asombrado antes. Ahora, sin embargo, continuó durante algunos momentos y ganó intensidad a medida que proseguía. Por fin, mientras, estupefacto y aterrorizado, aguardaba no sé qué horrible destrucción, la barquilla vibró con excesiva violencia y una masa gigantesca y llameante de algún material que no pude distinguir pasó con voz de mil truenos, rugiendo y bramando junto al globo. Cuando mis temores y mi asombro se hubieron mitigado en cierto grado, no tuve dificultad alguna en suponer que se trataba de algún poderoso fragmento volcánico expulsado de aquel mundo al que me aproximaba tan rápidamente y, con toda probabilidad, uno de esa singular clase de sustancias que se recogen ocasionalmente en la tierra y que se denominan piedras meteóricas a falta de una denominación mejor.

«16 de abril. Hoy, mirando hacia arriba tanto como pude, a través de cada una de las ventanas laterales alternativamente, contemplé, para mi gran deleite, una porción muy pequeña del disco lunar que sobresalía, por así decirlo, por todos lados más allá de la enorme circunferencia del globo. Mi agitación fue extrema, pues ya no tenía muchas dudas de llegar pronto al final de mi peligroso viaje. De hecho, el trabajo requerido ahora por el condensador había aumentado a un grado de lo más opresivo y apenas me permitía respiro alguno de esfuerzo. Dormir era algo casi fuera de toda cuestión. Me puse bastante enfermo y mi cuerpo temblaba de agotamiento. Era imposible que la naturaleza humana pudiera soportar este estado de intenso sufrimiento mucho más tiempo. Durante el ahora breve intervalo de oscuridad, una piedra meteórica pasó de nuevo cerca de mí, y la frecuencia de estos fenómenos empezó a causarme gran aprensión.

«17 de abril. Esta mañana resultó ser una época en mi viaje. Se recordará que, el día trece, la tierra subtendía una amplitud angular de veinticinco grados. El catorce esta había disminuido enormemente; el quince fue observable un descenso aún más notable; y, al retirarme la noche del dieciséis, había notado un ángulo de no más de unos siete grados y quince minutos. ¡Cuál no sería, por tanto, mi asombro al despertar de un breve y turbado sueño, en la mañana de este día, el diecisiete, al encontrar la superficie bajo mis pies tan súbita y maravillosamente aumentada en volumen que subtendía nada menos que treinta y nueve grados de diámetro angular aparente! ¡Me quedé atónito! Ninguna palabra puede dar una idea adecuada del horror y el asombro extremos, absolutos, con los que fui poseído y quedado totalmente abrumado. Mis rodillas flaqueaban bajo mí, mis dientes castañeteaban, mi pelo se erizó. «¡El globo, entonces, había estallado realmente!». Estas fueron las primeras ideas tumultuosas que se apresuraron por mi mente: «¡El globo había estallado positivamente! ¡Estaba cayendo, cayendo con la más impetuosa, la más inigualable velocidad! A juzgar por la inmensa distancia ya recorrida tan rápidamente, ¡no podrían pasar más de diez minutos, a lo sumo, antes de que chocara contra la superficie de la tierra y fuera lanzado a la aniquilación!». Pero al fin la reflexión vino en mi auxilio. Me detuve; consideré; y empecé a dudar. El asunto era imposible. No podía haber descendido tan rápidamente de forma razonable. Además, aunque evidentemente me aproximaba a la superficie bajo mis pies, era con una velocidad de ninguna manera conmensurable con la que al principio había concebido tan horriblemente. Esta consideración sirvió para calmar la perturbación de mi mente y finalmente logré considerar el fenómeno desde su punto de vista correcto. De hecho, el asombro debió haberme privado por completo de mis sentidos, cuando no pude ver la vasta diferencia, en apariencia, entre la superficie bajo mis pies y la superficie de mi madre tierra. Esta última estaba, en efecto, sobre mi cabeza y completamente oculta por el globo, mientras que la luna, la luna misma en toda su gloria, yacía bajo mis pies.

«El estupor y la sorpresa producidos en mi mente por este extraordinario cambio en el estado de las cosas fue quizás, después de todo, la parte de la aventura menos susceptible de explicación. Pues el bouleversement en sí mismo no solo era natural e inevitable, sino que se había previsto realmente desde hacía mucho tiempo como una circunstancia que cabía esperar siempre que llegara a aquel punto exacto de mi viaje donde la atracción del planeta fuera reemplazada por la atracción del satélite o, más precisamente, donde la gravitación del globo hacia la tierra fuera menos poderosa que su gravitación hacia la luna. Sin duda, me desperté de un sueño profundo, con todos mis sentidos en confusión, ante la contemplación de un fenómeno muy alarmante, y uno que, aunque esperado, no se esperaba en ese momento. La revolución en sí misma debió, por supuesto, haberse producido de manera fácil y gradual, y no está nada claro que, incluso si hubiera estado despierto en el momento del suceso, me hubiera percatado de ello por alguna evidencia interna de una inversión; es decir, por cualquier inconveniente o desarreglo, ya fuera en mi persona o en mi aparato.

«Es casi innecesario decir que, al llegar a una debida conciencia de mi situación y al salir del terror que había absorbido cada facultad de mi alma, mi atención se dirigió, en primer lugar, enteramente a la contemplación de la apariencia física general de la luna. Yacía bajo mis pies como una carta náutica y, aunque juzgué que estaba todavía a una distancia nada despreciable, las hendiduras de su superficie estaban definidas ante mi visión con una nitidez de lo más sorprendente y del todo inexplicable. La ausencia total de océano o mar, y de hecho de cualquier lago o río, o cuerpo de agua cualquiera, me llamó la atención, a primera vista, como el rasgo más extraordinario de su condición geológica. Sin embargo, por extraño que parezca, contemplé vastas regiones llanas de un carácter decididamente aluvial, aunque la mayor parte del hemisferio a la vista estaba cubierta por innumerables montañas volcánicas, de forma cónica, y con más apariencia de protuberancia artificial que natural. La más alta entre ellas no excede de tres millas y tres cuartos de elevación perpendicular; pero un mapa de los distritos volcánicos de los Campi Phlegraei ofrecería a sus Excelencias una mejor idea de su superficie general que cualquier descripción indigna que pudiera considerar apropiado intentar. La mayor parte de ellas estaban en un estado de evidente erupción y me dieron a entender temerosamente su furia y su poder, mediante los repetidos truenos de las mal llamadas piedras meteóricas, que ahora se precipitaban hacia arriba junto al globo con una frecuencia cada vez más aterradora.

«18 de abril. Hoy encontré un aumento enorme en el volumen aparente de la luna, y la velocidad evidentemente acelerada de mi descenso empezó a llenarme de alarma. Se recordará que, en la etapa más temprana de mis especulaciones sobre la posibilidad de un viaje a la luna, la existencia, en su vecindad, de una atmósfera densa en proporción al volumen del planeta había entrado en gran medida en mis cálculos; esto incluso a pesar de muchas teorías en contra y, se puede añadir, a pesar de una incredulidad general en la existencia de atmósfera lunar alguna. Pero, además de lo que ya he aducido con respecto al cometa de Encke y la luz zodiacal, me había visto reforzado en mi opinión por ciertas observaciones del señor Schroeter, de Lilienthal. Observó la luna cuando tenía dos días y medio de edad, por la tarde poco después de la puesta del sol, antes de que la parte oscura fuera visible, y siguió observándola hasta que se hizo visible. Las dos cúspides aparecieron afilándose en una prolongación muy tenue y aguda, exhibiendo cada una su extremidad más alejada débilmente iluminada por los rayos solares, antes de que cualquier parte del hemisferio oscuro fuera visible. Poco después, todo el limbo oscuro quedó iluminado. Esta prolongación de las cúspides más allá del semicírculo, pensé, debía haber surgido de la refracción de los rayos del sol por la atmósfera de la luna. Calculé, también, la altura de la atmósfera (que podía refractar suficiente luz hacia su hemisferio oscuro para producir un crepúsculo más luminoso que la luz reflejada por la tierra cuando la luna está a unos 32° de la luna nueva) en 1.356 pies de París; bajo este punto de vista, supuse que la mayor altura capaz de refractar el rayo solar era de 5.376 pies. Mis ideas sobre este tema también habían recibido confirmación por un pasaje en el volumen ochenta y dos de las Philosophical Transactions, en el que se afirma que en una ocultación de los satélites de Júpiter, el tercero desapareció después de haber estado durante 1″ o 2″ de tiempo indistinto, y el cuarto se volvió indiscernible cerca del limbo (*4).

«En la resistencia o, más propiamente, en el soporte de una atmósfera existente en el estado de densidad imaginado, había, por supuesto, confiado enteramente para la seguridad de mi descenso final. Si, después de todo, resultaba haber estado equivocado, no tenía en consecuencia nada mejor que esperar, como final de mi aventura, que ser hecho añicos contra la rugosa superficie del satélite. Y, de hecho, ahora tenía todos los motivos para estar aterrorizado. Mi distancia de la luna era comparativamente insignificante, mientras que el trabajo requerido por el condensador no disminuía en absoluto, y no podía descubrir indicación alguna de una disminución de la rareza del aire.

«19 de abril. Esta mañana, para mi gran alegría, alrededor de las nueve, estando la superficie de la luna horriblemente cerca y mis aprensiones excitadas al máximo, la bomba de mi condensador dio al fin señales evidentes de una alteración en la atmósfera. A las diez, tenía motivos para creer que su densidad había aumentado considerablemente. A las once, era necesario muy poco trabajo en el aparato; y a las doce, con cierta vacilación, me aventuré a desatornillar el torniquete, cuando, al no encontrar inconveniente alguno por haberlo hecho, finalmente abrí la cámara de goma elástica y la desmantelé de alrededor de la barquilla. Como cabía esperar, espasmos y un violento dolor de cabeza fueron las consecuencias inmediatas de un experimento tan precipitado y lleno de peligro. Pero estas y otras dificultades que acompañan a la respiración, como de ninguna manera eran tan grandes como para ponerme en peligro de muerte, decidí soportarlas lo mejor que pude, en consideración a dejarlas atrás momentáneamente en mi aproximación a los estratos más densos cerca de la luna. Esta aproximación, sin embargo, era todavía impetuosa en extremo; y pronto se hizo alarmantemente cierto que, aunque probablemente no me había engañado en la expectativa de una atmósfera densa en proporción a la masa del satélite, aun así me había equivocado al suponer que esta densidad, incluso en la superficie, fuera en absoluto adecuada para el soporte del gran peso contenido en la barquilla de mi globo. Sin embargo, este debería haber sido el caso, y en un grado igual al de la superficie de la tierra, supuesta la gravedad real de los cuerpos en cualquiera de los planetas en proporción a la condensación atmosférica. Que no fuera el caso, sin embargo, mi precipitado descenso daba testimonio suficiente; por qué no fue así, solo puede explicarse mediante una referencia a aquellas posibles perturbaciones geológicas a las que aludí anteriormente. En cualquier caso, estaba ahora cerca del planeta y descendiendo con la más terrible impetuosidad. No perdí un momento, por consiguiente, en arrojar por la borda primero mi lastre, luego mis barriles de agua, luego mi aparato condensador y la cámara de goma elástica, y finalmente cada artículo dentro de la barquilla. Pero fue todo en vano. Seguía cayendo con horrible rapidez y no estaba ya a más de media milla de la superficie. Como último recurso, por lo tanto, habiéndome librado de mi abrigo, sombrero y botas, corté la barquilla misma del globo, la cual no era de peso despreciable, y así, aferrándome con ambas manos a la red, apenas tuve tiempo de observar que todo el país, hasta donde alcanzaba la vista, estaba densamente entremezclado con diminutas habitaciones, antes de caer de cabeza en el mismo corazón de una ciudad de aspecto fantástico, y en medio de una vasta multitud de gente pequeña y fea, que ninguno de ellos pronunció una sola sílaba, ni se tomó la menor molestia en prestarme asistencia, sino que permanecieron, como un grupo de idiotas, sonriendo de manera ridícula y mirándome a mí y a mi globo de reojo, con los brazos en jarras. Me aparté de ellos con desprecio y, mirando hacia arriba a la tierra tan recientemente abandonada, y abandonada quizás para siempre, la contemplé como un enorme y apagado escudo de cobre, de unos dos grados de diámetro, fijo inamoviblemente en los cielos sobre mi cabeza, y rematado en uno de sus bordes con un borde creciente del oro más brillante. No se podían descubrir rastros de tierra o agua, y el conjunto estaba nublado con manchas variables y ceñido con zonas tropicales y ecuatoriales.

«Así, si place a sus Excelencias, tras una serie de grandes ansiedades, peligros inauditos y escapes inigualables, había llegado al fin, el decimonoveno día de mi partida de Rotterdam, a salvo al final de un viaje indudablemente el más extraordinario, y el más trascendental, jamás realizado, emprendido o concebido por ningún habitante de la tierra. Pero mis aventuras aún quedan por relatar. Y, de hecho, sus Excelencias bien pueden imaginar que, tras una residencia de cinco años en un planeta no solo profundamente interesante en su carácter peculiar, sino doblemente hecho así por su íntima conexión, en calidad de satélite, con el mundo habitado por el hombre, puedo tener inteligencia para el oído privado del Colegio Estatal de Astrónomos de mucha más importancia que los detalles, por maravillosos que sean, del mero viaje que tan felizmente concluyó. Este es, de hecho, el caso. Tengo mucho, muchísimo que me daría el mayor placer comunicar. Tengo mucho que decir del clima del planeta; de sus maravillosas alternancias de calor y frío, de sol abrasador y sin mitigación durante una quincena, y más que frialdad polar durante la siguiente; de una transferencia constante de humedad, por destilación como la que ocurre en el vacío, desde el punto bajo el sol hasta el punto más alejado de él; de una zona variable de agua corriente; de la gente misma; de sus modales, costumbres e instituciones políticas; de su peculiar construcción física; de su fealdad; de su falta de oídos, esos apéndices inútiles en una atmósfera tan peculiarmente modificada; de su consiguiente ignorancia del uso y las propiedades del habla; de su sustituto del habla en un método singular de intercomunicación; de la incomprensible conexión entre cada individuo particular en la luna con algún individuo particular en la tierra, una conexión análoga a, y dependiente de, la de los orbes del planeta y los satélites, y por medio de la cual las vidas y destinos de los habitantes del uno están entrelazados con las vidas y destinos de los habitantes del otro; y sobre todo, si así place a sus Excelencias, sobre todo, de aquellos oscuros y espantosos misterios que yacen en las regiones exteriores de la luna; regiones que, debido a la casi milagrosa concordancia de la rotación del satélite sobre su propio eje con su revolución sidérea alrededor de la tierra, nunca han sido vueltas, y, por la gracia de Dios, nunca serán vueltas, hacia el escrutinio de los telescopios del hombre. Todo esto, y más, mucho más, detallaría de muy buena gana. Pero, para ser breve, debo tener mi recompensa. Me estoy consumiendo por un regreso a mi familia y a mi hogar; y como precio de cualquier comunicación ulterior por mi parte, en consideración a la luz que está en mi poder arrojar sobre muchas ramas muy importantes de la ciencia física y metafísica, debo solicitar, a través de la influencia de su honorable cuerpo, un perdón por el crimen del que he sido culpable en la muerte de los acreedores a mi partida de Rotterdam. Este, pues, es el objeto del presente documento. Su portador, un habitante de la luna, a quien he convencido, e instruido adecuadamente, para ser mi mensajero a la tierra, aguardará el placer de sus Excelencias, y regresará a mí con el perdón en cuestión, si puede, de alguna manera, ser obtenido.

«Tengo el honor de ser, etc., su muy humilde servidor de sus Excelencias,

«HANS PFAALL».

Al terminar la lectura de este documento tan extraordinario, se dice que el profesor Rub-a-dub dejó caer su pipa al suelo en el extremo de su sorpresa, y Mynheer Superbus Von Underduk, tras haberse quitado las gafas, limpiarlas y depositarlas en su bolsillo, olvidó tanto a sí mismo como a su dignidad, hasta el punto de dar tres vueltas sobre su talón en la quintaesencia del asombro y la admiración. No había duda sobre el asunto: el perdón debía obtenerse. Así al menos juró, con un juramento redondo, el profesor Rub-a-dub, y así finalmente pensó el ilustre Von Underduk, mientras tomaba del brazo a su colega en la ciencia y, sin decir palabra, empezaba a encaminarse lo mejor posible a casa para deliberar sobre las medidas que debían adoptarse. Al llegar a la puerta, sin embargo, de la vivienda del burgomaestre, el profesor se aventuró a sugerir que, como el mensajero había creído conveniente desaparecer —sin duda asustado hasta la muerte por la apariencia salvaje de los burgueses de Rotterdam—, el perdón sería de poca utilidad, ya que nadie más que un hombre de la luna emprendería un viaje a tan vasta distancia. A la verdad de esta observación asintió el burgomaestre, y el asunto quedó, por tanto, zanjado. No así, sin embargo, los rumores y especulaciones. La carta, al haber sido publicada, dio lugar a una variedad de cotilleos y opiniones. Algunos de los demasiado sabios incluso se hicieron ridículos al menospreciar todo el asunto; como nada mejor que un engaño. Pero engaño, con este tipo de personas, es, creo, un término general para todos los asuntos por encima de su comprensión. Por mi parte, no puedo concebir sobre qué datos han fundado tal acusación. Veamos lo que dicen:

Imprimis. Que ciertos bromistas en Rotterdam tienen ciertas antipatías especiales hacia ciertos burgomaestres y astrónomos.

No lo entiendo en absoluto.

En segundo lugar. Que un pequeño enano extraño y un prestidigitador, a quienes se les han cortado las dos orejas, por algún delito menor, hasta la cabeza, han estado desaparecidos durante varios días de la ciudad vecina de Brujas.

Bien, ¿qué hay de eso?

En tercer lugar. Que los periódicos que estaban pegados por todo el pequeño globo eran periódicos de Holanda, y por lo tanto no podrían haber sido hechos en la luna. Eran papeles sucios, muy sucios, y Gluck, el impresor, juraría por su Biblia que fueron impresos en Rotterdam.

Estaba equivocado, sin duda, equivocado.

En cuarto lugar. Que el propio Hans Pfaall, el villano borracho, y los tres caballeros muy ociosos denominados sus acreedores, fueron todos vistos, hace no más de dos o tres días, en una taberna en las afueras, habiendo regresado justo, con dinero en sus bolsillos, de un viaje más allá del mar.

No lo creo, no creo una palabra de ello.

Por último. Que es una opinión muy generalmente recibida, o que debería ser generalmente recibida, que el Colegio de Astrónomos de la ciudad de Rotterdam, así como otros colegios en todas las demás partes del mundo —por no mencionar a los colegios y astrónomos en general—, son, por decir lo menos, ni un ápice mejores, ni más grandes, ni más sabios de lo que deberían ser.

Notas a Hans Pfaall

(*1) NOTA—Estrictamente hablando, existe poca similitud entre la bagatela esquemática anterior y la célebre "Historia de la Luna" del Sr. Locke; pero como ambos tienen el carácter de bromas pesadas (aunque una esté en tono de burla y la otra de absoluta seriedad), y como ambos engaños tratan el mismo tema, la luna —además, como ambos intentan dar verosimilitud mediante detalles científicos—, el autor de "Hans Pfaall" considera necesario decir, en defensa propia, que su propio jeu d’esprit fue publicado en el "Southern Literary Messenger" unas tres semanas antes del comienzo del de Mr. L. en el "New York Sun". Imaginando una semejanza que, quizás, no existe, algunos periódicos de Nueva York copiaron "Hans Pfaall" y lo cotejaron con el "Moon-Hoax", con el fin de descubrir al autor de uno en el autor del otro.

Como muchas más personas fueron realmente engañadas por el "Moon-Hoax" de las que estarían dispuestas a reconocer el hecho, puede resultar aquí algo divertido mostrar por qué nadie debería haber sido engañado; señalar aquellos detalles de la historia que deberían haber sido suficientes para establecer su verdadero carácter. De hecho, por muy rica que fuera la imaginación desplegada en esta ingeniosa ficción, carecía de gran parte de la fuerza que podría habérsele dado mediante una atención más escrupulosa a los hechos y a la analogía general. Que el público fuera engañado, incluso por un instante, solo demuestra la crasa ignorancia que prevalece tan generalmente sobre temas de naturaleza astronómica.

La distancia de la luna a la tierra es, en números redondos, de 240,000 millas. Si deseamos determinar qué tan cerca, aparentemente, traería una lente al satélite (o a cualquier objeto distante), por supuesto, solo tenemos que dividir la distancia por el poder de aumento o, más estrictamente, por el poder de penetración espacial del cristal. Mr. L. hace que su lente tenga un poder de 42,000 veces. Divida 240,000 (la distancia real de la luna) por esto, y tendremos cinco millas y cinco séptimos como la distancia aparente. Ningún animal podría ser visto tan lejos; mucho menos los puntos diminutos particularizados en la historia. Mr. L. habla de que Sir John Herschel percibe flores (la Papaver rheas, etc.), e incluso detecta el color y la forma de los ojos de los pájaros pequeños. Poco antes, también, él mismo ha observado que la lente no haría perceptibles objetos de menos de dieciocho pulgadas de diámetro; pero incluso esto, como he dicho, es atribuir al cristal un poder demasiado grande. Puede observarse, de paso, que se dice que este prodigioso cristal fue moldeado en la cristalería de los Sres. Hartley y Grant, en Dumbarton; pero el establecimiento de los Sres. H. y G. había cesado sus operaciones muchos años antes de la publicación del engaño.

En la página 13, edición de folleto, hablando de "un velo velludo" sobre los ojos de una especie de bisonte, el autor dice: "Se le ocurrió inmediatamente a la mente aguda del Dr. Herschel que este era un artificio providencial para proteger los ojos del animal de los grandes extremos de luz y oscuridad a los que todos los habitantes de nuestro lado de la luna están periódicamente sometidos". Pero esto no puede considerarse una observación muy "aguda" del Doctor. Los habitantes de nuestro lado de la luna, evidentemente, no tienen oscuridad en absoluto, por lo que no puede haber nada de los "extremos" mencionados. En ausencia del sol, tienen una luz de la tierra igual a la de trece lunas llenas sin nubes.

La topografía en general, incluso cuando pretende estar de acuerdo con la Carta Lunar de Blunt, está totalmente en desacuerdo con esa o cualquier otra carta lunar, e incluso en desacuerdo craso consigo misma. Los puntos cardinales, también, están en una confusión inextricable; el escritor parece ignorar que, en un mapa lunar, estos no están de acuerdo con los puntos terrestres; estando el este a la izquierda, etc.

Engañado, quizás, por los títulos vagos, Mare Nubium, Mare Tranquillitatis, Mare Faecunditatis, etc., dados a las manchas oscuras por astrónomos anteriores, Mr. L. ha entrado en detalles sobre océanos y otros grandes cuerpos de agua en la luna; mientras que no hay punto astronómico más positivamente comprobado que el hecho de que tales cuerpos no existen allí. Al examinar el límite entre la luz y la oscuridad (en la luna creciente o gibosa) donde este límite cruza cualquiera de los lugares oscuros, la línea de división se encuentra áspera y dentada; pero, si estos lugares oscuros fueran líquidos, sería evidentemente uniforme.

La descripción de las alas del hombre-murciélago, en la página 21, no es más que una copia literal del relato de Peter Wilkins sobre las alas de sus isleños voladores. Este simple hecho debería haber inducido sospecha, al menos, podría pensarse.

En la página 23, tenemos lo siguiente: "¿Qué influencia prodigiosa debe haber ejercido nuestro globo trece veces más grande sobre este satélite cuando era un embrión en el vientre del tiempo, el sujeto pasivo de la afinidad química!". Esto es muy fino; pero debe observarse que ningún astrónomo habría hecho tal observación, especialmente a ningún diario de Ciencia; porque la tierra, en el sentido pretendido, no es solo trece, sino cuarenta y nueve veces más grande que la luna. Una objeción similar se aplica a todas las páginas finales, donde, a modo de introducción a algunos descubrimientos en Saturno, el corresponsal filosófico entra en un relato minucioso de colegial sobre ese planeta; ¡esto para el "Edinburgh Journal of Science!"

Pero hay un punto, en particular, que debería haber delatado la ficción. Imaginemos el poder realmente poseído de ver animales en la superficie de la luna: ¿qué atraería primero la atención de un observador desde la tierra? Ciertamente ni su forma, tamaño, ni ninguna otra peculiaridad de ese tipo, tan pronto como su notable situación. Parecerían estar caminando, con los talones hacia arriba y la cabeza hacia abajo, a la manera de las moscas en un techo. El observador real habría proferido una exclamación instantánea de sorpresa (por preparado que estuviera por el conocimiento previo) ante la singularidad de su posición; el observador ficticio ni siquiera ha mencionado el tema, sino que habla de ver los cuerpos enteros de tales criaturas, ¡cuando es demostrable que solo podría haber visto el diámetro de sus cabezas!

Bien podría señalarse, en conclusión, que el tamaño, y particularmente los poderes de los hombres-murciélago (por ejemplo, su capacidad para volar en una atmósfera tan rara; si, de hecho, la luna tiene alguna), con la mayoría de las otras fantasías respecto a la existencia animal y vegetal, están en desacuerdo, en general, con todo razonamiento analógico sobre estos temas; y que la analogía aquí equivaldrá a menudo a una demostración concluyente. Es, quizás, apenas necesario añadir que todas las sugerencias atribuidas a Brewster y Herschel, al comienzo del artículo, sobre "una transfusión de luz artificial a través del objeto focal de la visión", etc., etc., pertenecen a esa especie de escritura figurativa que entra, más propiamente, bajo la denominación de palabrería.

Existe un límite real y muy definido para el descubrimiento óptico entre las estrellas: un límite cuya naturaleza solo necesita ser declarada para ser comprendida. Si, de hecho, la fundición de grandes lentes fuera todo lo que se requiere, el ingenio del hombre resultaría finalmente igual a la tarea, y podríamos tenerlas de cualquier tamaño demandado. Pero, desgraciadamente, en proporción al aumento del tamaño de la lente, y consecuentemente del poder de penetración espacial, es la disminución de la luz del objeto, por la difusión de sus rayos. Y para este mal no hay remedio dentro de la capacidad humana; porque un objeto es visto solo por medio de la luz que procede de sí mismo, ya sea directa o reflejada. Por lo tanto, la única luz "artificial" que podría aprovechar Mr. Locke sería alguna luz artificial que fuera capaz de arrojar, no sobre el "objeto focal de la visión", sino sobre el objeto real que se va a observar; a saber: sobre la luna. Se ha calculado fácilmente que, cuando la luz que procede de una estrella se vuelve tan difusa como para ser tan débil como la luz natural que procede de todas las estrellas, en una noche clara y sin luna, entonces la estrella ya no es visible para ningún propósito práctico.

El telescopio del Conde de Ross, construido recientemente en Inglaterra, tiene un espéculo con una superficie reflectante de 4,071 pulgadas cuadradas; el telescopio de Herschel tiene uno de solo 1,811. El metal del Conde de Ross tiene 6 pies de diámetro; tiene 5 1/2 pulgadas de espesor en los bordes, y 5 en el centro. El peso es de 3 toneladas. La distancia focal es de 50 pies.

He leído recientemente un libro pequeño, singular y algo ingenioso, cuya portada dice así: "L’Homme dans la lvne ou le Voyage Chimerique fait au Monde de la Lvne, nouellement decouvert par Dominique Gonzales, Aduanturier Espagnol, autrem?t dit le Courier volant. Mis en notre langve par J. B. D. A. Paris, chez Francois Piot, pres la Fontaine de Saint Benoist. Et chez J. Goignard, au premier pilier de la grand’salle du Palais, proche les Consultations, MDCXLVII." Págs. 76.

El escritor pretende haber traducido su obra del inglés de un tal Mr. D’Avisson (¿Davidson?) aunque hay una terrible ambigüedad en la declaración. "J’ en ai eu", dice él, "l’original de Monsieur D’Avisson, medecin des mieux versez qui soient aujourd’huy dans la cõnoissance des Belles Lettres, et sur tout de la Philosophic Naturelle. Je lui ai cette obligation entre les autres, de m’ auoir non seulement mis en main ce Livre en anglois, mais encore le Manuscrit du Sieur Thomas D’Anan, gentilhomme Eccossois, recommandable pour sa vertu, sur la version duquel j’ advoue que j’ ay tiré le plan de la mienne."

Después de algunas aventuras irrelevantes, muy al estilo de Gil Blas, y que ocupan las primeras treinta páginas, el autor relata que, estando enfermo durante un viaje por mar, la tripulación lo abandonó, junto con un sirviente negro, en la isla de Santa Elena. Para aumentar las posibilidades de obtener alimento, los dos se separan y viven lo más lejos posible el uno del otro. Esto provoca un entrenamiento de aves, para servir al propósito de palomas mensajeras entre ellos. Poco a poco se les enseña a llevar paquetes de cierto peso; y este peso se aumenta gradualmente. Finalmente, se contempla la idea de unir la fuerza de un gran número de aves, con el fin de elevar al propio autor. Se inventa una máquina para el propósito, y tenemos una descripción minuciosa de ella, que se ve materialmente ayudada por un grabado en acero. Aquí percibimos al Signor Gonzales, con volantes en punta y una enorme peluca, sentado a horcajadas sobre algo que se parece mucho a un palo de escoba, y llevado en alto por una multitud de cisnes salvajes (ganzas) que tenían cuerdas que iban desde sus colas hasta la máquina.

El evento principal detallado en la narrativa del Signor depende de un hecho muy importante, del cual el lector se mantiene en la ignorancia hasta casi el final del libro. Las ganzas, con las que se había vuelto tan familiar, no eran realmente habitantes de Santa Elena, sino de la luna. De allí había sido su costumbre, desde tiempo inmemorial, migrar anualmente a alguna parte de la tierra. En la temporada adecuada, por supuesto, regresarían a casa; y el autor, al ocurrirle, un día, necesitar sus servicios para un corto viaje, es inesperadamente llevado directamente hacia arriba, y en un período muy breve llega al satélite. Aquí encuentra, entre otras cosas extrañas, que la gente goza de una felicidad extrema; que no tienen ley; que mueren sin dolor; que tienen de diez a treinta pies de altura; que viven cinco mil años; que tienen un emperador llamado Irdonozur; y que pueden saltar sesenta pies de altura, cuando, al estar fuera de la influencia gravitatoria, vuelan con abanicos.

No puedo dejar de dar una muestra de la filosofía general del volumen.

"No debo olvidar aquí, que las estrellas aparecían solo en ese lado del globo vuelto hacia la luna, y que cuanto más cerca estaban de ella, más grandes parecían. También tengo que informarles que, ya fuera clima tranquilo o tormentoso, me encontraba siempre inmediatamente entre la luna y la tierra. Estaba convencido de esto por dos razones: porque mis pájaros siempre volaban en línea recta; y porque siempre que intentábamos descansar, éramos llevados insensiblemente alrededor del globo de la tierra. Porque admito la opinión de Copérnico, quien sostiene que nunca deja de girar de este a oeste, no sobre los polos del Equinoccial, comúnmente llamados los polos del mundo, sino sobre los del Zodiaco, una cuestión de la que me propongo hablar más extensamente en el futuro, cuando tenga tiempo para refrescar mi memoria con respecto a la astrología que aprendí en Salamanca cuando era joven, y que he olvidado desde entonces".

A pesar de los errores en cursiva, el libro no carece de alguna pretensión de atención, al ofrecer una muestra ingenua de las nociones astronómicas actuales de la época. Una de ellas asumía que el "poder gravitatorio" se extendía solo a una corta distancia de la superficie de la tierra y, en consecuencia, encontramos a nuestro viajero "llevado insensiblemente alrededor del globo", etc.

Ha habido otros "viajes a la luna", pero ninguno de mayor mérito que el recién mencionado. El de Bergerac carece totalmente de sentido. En el tercer volumen del "American Quarterly Review" se encontrará una crítica bastante elaborada sobre un cierto "viaje" del tipo en cuestión; una crítica en la que es difícil decir si el crítico expone más la estupidez del libro, o su propia ignorancia absurda de la astronomía. Olvido el título de la obra; pero los medios del viaje están concebidos de manera más deplorablemente mala que incluso las ganzas de nuestro amigo el Signor Gonzales. El aventurero, al cavar la tierra, descubre por casualidad un metal peculiar por el cual la luna tiene una fuerte atracción, y de inmediato construye con él una caja que, al ser soltada de sus ataduras terrestres, vuela con él, de inmediato, al satélite. El "Vuelo de Thomas O’Rourke" es un jeu d’esprit no del todo despreciable, y ha sido traducido al alemán. Thomas, el héroe, era, de hecho, el guardabosques de un par irlandés, cuyas excentricidades dieron lugar al relato. El "vuelo" se realiza sobre el lomo de un águila, desde Hungry Hill, una elevada montaña al final de Bantry Bay.

En estos diversos folletos el objetivo es siempre satírico; siendo el tema una descripción de las costumbres lunarianas en comparación con las nuestras. En ninguno hay esfuerzo alguno de verosimilitud en los detalles del viaje en sí. Los escritores parecen, en cada caso, estar totalmente desinformados con respecto a la astronomía. En "Hans Pfaall" el diseño es original, en lo que respecta a un intento de verosimilitud, en la aplicación de principios científicos (en la medida en que la naturaleza caprichosa del tema lo permitiría), al pasaje real entre la tierra y la luna.

(*2) La luz zodiacal es probablemente lo que los antiguos llamaban Trabes. Emicant Trabes quos docos vocant.—Plinio, lib. 2, p. 26.

(*3) Desde la publicación original de Hans Pfaall, encuentro que el Sr. Green, de la notoriedad de los globos de Nassau, y otros aeronautas tardíos, niegan las afirmaciones de Humboldt, a este respecto, y hablan de una disminución de la incomodidad; precisamente de acuerdo con la teoría aquí instada en un mero espíritu de burla.

(*4) Hevelius escribe que ha encontrado varias veces, en cielos perfectamente claros, cuando incluso estrellas de la sexta y séptima magnitud eran visibles, que, a la misma altitud de la luna, a la misma elongación de la tierra, y con uno y el mismo excelente telescopio, la luna y sus máculas no parecían igualmente lúcidas en todo momento. Por las circunstancias de la observación, es evidente que la causa de este fenómeno no está ni en nuestro aire, ni en el tubo, ni en la luna, ni en el ojo del espectador, sino que debe buscarse en algo (¿una atmósfera?) existente alrededor de la luna.

Cassini observó frecuentemente a Saturno, Júpiter y las estrellas fijas, cuando se acercaban a la luna para ocultación, que su figura circular cambiaba a una ovalada; y, en otras ocultaciones, no encontró ninguna alteración de figura en absoluto. Por lo tanto, podría suponerse que en algunos momentos y no en otros, hay una materia densa que rodea a la luna donde los rayos de las estrellas son refractados.

EL ESCARABAJO DE ORO

¡Qué! ¡Qué! ¡Este individuo está bailando como un loco! Ha sido mordido por la Tarántula.

—All in the Wrong.

Hace muchos años, contraje una intimidad con un tal Sr. William Legrand. Pertenecía a una antigua familia hugonota y alguna vez había sido rico; pero una serie de desgracias lo había reducido a la miseria. Para evitar la mortificación consecuente a sus desastres, dejó Nueva Orleans, la ciudad de sus antepasados, y fijó su residencia en la Isla de Sullivan, cerca de Charleston, Carolina del Sur.

Esta Isla es muy singular. Consiste en poco más que arena de mar y tiene unas tres millas de largo. Su anchura en ningún punto supera un cuarto de milla. Está separada del continente por un arroyo apenas perceptible, que se abre camino a través de un desierto de juncos y cieno, un lugar favorito de la gallina de marisma. La vegetación, como podría suponerse, es escasa, o al menos enana. No se ven árboles de ninguna magnitud. Cerca del extremo occidental, donde se alza el Fuerte Moultrie, y donde hay algunos edificios de armazón miserables, habitados, durante el verano, por los fugitivos del polvo y la fiebre de Charleston, se puede encontrar, de hecho, el palmito erizado; pero toda la isla, con la excepción de este punto occidental y una línea de playa dura y blanca en la costa, está cubierta por una densa maleza de mirto dulce, tan apreciado por los horticultores de Inglaterra. El arbusto aquí a menudo alcanza la altura de quince o veinte pies, y forma un matorral casi impenetrable, cargando el aire con su fragancia.

En los recovecos más profundos de este matorral, no lejos del extremo este o más remoto de la isla, Legrand se había construido una pequeña choza, que ocupaba cuando, por puro accidente, hice su conocimiento. Esto pronto maduró en amistad, porque había mucho en el recluso para despertar interés y estima. Lo encontré bien educado, con poderes mentales inusuales, pero infectado de misantropía y sujeto a estados de ánimo perversos de entusiasmo y melancolía alternos. Tenía consigo muchos libros, pero rara vez los empleaba. Sus diversiones principales eran cazar y pescar, o pasear por la playa y a través de los mirtos, en busca de conchas o especímenes entomológicos; su colección de estos últimos podría haber sido envidiada por un Swammerdamm. En estas excursiones solía ir acompañado por un viejo negro, llamado Júpiter, que había sido manumitido antes de los reveses de la familia, pero que no podía ser inducido, ni por amenazas ni por promesas, a abandonar lo que consideraba su derecho de asistencia sobre los pasos de su joven "Amo Will". No es improbable que los parientes de Legrand, concibiéndolo algo inestable en su intelecto, hubieran ideado inculcar esta obstinación en Júpiter, con el fin de supervisar y proteger al errante.

Los inviernos en la latitud de Sullivan’s Island rara vez son muy severos, y en el otoño del año es un evento verdaderamente raro cuando se considera necesario un fuego. Hacia mediados de octubre de 18—, sin embargo, ocurrió un día de una frialdad notable. Justo antes del atardecer me abrí camino a través de los árboles perennes hasta la cabaña de mi amigo, a quien no había visitado en varias semanas —mi residencia estaba, en aquel entonces, en Charleston, a una distancia de nueve millas de la isla, mientras que las facilidades de pasaje y re-pasaje estaban muy por detrás de las del día de hoy. Al llegar a la cabaña llamé, como era mi costumbre, y al no obtener respuesta, busqué la llave donde sabía que estaba escondida, abrí la puerta y entré. Un buen fuego ardía en el hogar. Era una novedad, y de ninguna manera una desagradable. Me quité el abrigo, tomé un sillón junto a los troncos crepitantes y esperé pacientemente la llegada de mis anfitriones.

Poco después de que oscureciera llegaron y me dieron una bienvenida de lo más cordial. Júpiter, sonriendo de oreja a oreja, se apresuró a preparar unas gallinetas para la cena. Legrand estaba en uno de sus ataques —¿cómo más debería llamarlos?— de entusiasmo. Había encontrado un bivalvo desconocido, que formaba un nuevo género, y, más que esto, había rastreado y asegurado, con la asistencia de Júpiter, un escarabeo que creía totalmente nuevo, pero respecto al cual deseaba tener mi opinión a la mañana siguiente.

—¿Y por qué no esta noche? —pregunté, frotándome las manos sobre la llama y deseando que toda la tribu de escarabeos se fuera al diablo.

—¡Ah, si solo hubiera sabido que estabas aquí! —dijo Legrand—, pero hace tanto tiempo que no te veo; ¿y cómo podía prever que me pagarías una visita esta misma noche de entre todas las demás? Mientras venía a casa me encontré con el Teniente G——, del fuerte, y, muy tontamente, le presté el bicho; así que será imposible para ti verlo hasta la mañana. Quédate aquí esta noche, y enviaré a Jup por él al amanecer. ¡Es la cosa más hermosa de la creación!

—¿Qué? ¿El amanecer?

—¡Tonterías! ¡No! —el bicho. Es de un color oro brillante —del tamaño de una nuez americana grande— con dos manchas negro azabache cerca de una extremidad del dorso, y otra, algo más larga, en la otra. Las antenas son...

—No tiene nada de estaño, Amo Will, no paro de decírselo —interrumpió aquí Júpiter—; el bicho es un bicho de oro, sólido, cada parte de él, por dentro y por todo, excepto sus alas; nunca sentí un bicho tan pesado en mi vida.

—Bueno, supongamos que lo es, Jup —respondió Legrand, algo más seriamente, me pareció, de lo que el caso requería—, ¿es esa alguna razón para que dejes que los pájaros se quemen? El color —aquí se volvió hacia mí— es realmente casi suficiente para justificar la idea de Júpiter. Nunca viste un lustre metálico más brillante que el que emiten las escamas; pero de esto no puedes juzgar hasta mañana. Mientras tanto, puedo darte una idea de la forma. Diciendo esto, se sentó a una pequeña mesa, sobre la cual había pluma y tinta, pero no papel. Buscó algo en un cajón, pero no encontró nada.

—No importa —dijo al fin—, esto servirá; —y sacó del bolsillo de su chaleco un trozo de lo que tomé por papel de estraza muy sucio, e hizo sobre él un dibujo tosco con la pluma. Mientras hacía esto, yo conservé mi asiento junto al fuego, pues todavía sentía frío. Cuando el diseño estuvo completo, me lo entregó sin levantarse. Mientras lo recibía, se escuchó un gruñido fuerte, seguido por un rasguño en la puerta. Júpiter la abrió, y un gran Terranova, perteneciente a Legrand, entró de un salto, se abalanzó sobre mis hombros y me colmó de caricias; pues le había mostrado mucha atención durante visitas anteriores. Cuando terminaron sus juegos, miré el papel y, a decir verdad, me encontré no poco perplejo ante lo que mi amigo había representado.

—¡Bueno! —dije, después de contemplarlo por algunos minutos—, este es un escarabeo extraño, debo confesar: nuevo para mí: nunca vi nada parecido antes, a menos que fuera una calavera, o una cabeza de muerto, a lo que se asemeja más que a cualquier otra cosa que haya pasado bajo mi observación.

—¡Una cabeza de muerto! —repitió Legrand—. Oh, sí, bueno, tiene algo de esa apariencia sobre el papel, sin duda. Las dos manchas negras superiores parecen ojos, ¿eh? y la más larga en la parte inferior parece una boca, y luego la forma del conjunto es ovalada.

—Quizás sí —dije—; pero, Legrand, me temo que no eres artista. Debo esperar hasta ver el escarabajo mismo, si he de formarme alguna idea de su apariencia personal.

—Bueno, no lo sé —dijo, un poco irritado—, dibujo tolerablemente; debería hacerlo al menos; he tenido buenos maestros, y me halago de no ser un completo cabeza hueca.

—Pero, mi querido amigo, entonces estás bromeando —dije—, esta es una calavera muy aceptable; de hecho, puedo decir que es una calavera excelente, de acuerdo con las nociones vulgares sobre tales especímenes de la fisiología; y tu escarabeo debe ser el más raro del mundo si se le parece. Vaya, podemos armar una superstición muy emocionante sobre esta pista. Supongo que llamarás al bicho escarabeus caput hominis, o algo de ese tipo; hay muchos títulos similares en las Historias Naturales. ¿Pero dónde están las antenas de las que hablabas?

—¡Las antenas! —dijo Legrand, quien parecía estar poniéndose inexplicablemente acalorado sobre el tema—; estoy seguro de que debes ver las antenas. Las hice tan distintas como lo son en el insecto original, y supongo que eso es suficiente.

—Bueno, bueno —dije—, quizás lo hayas hecho; aun así, no las veo; —y le entregué el papel sin comentarios adicionales, no deseando alterar su temperamento; pero estaba muy sorprendido por el giro que habían tomado los asuntos; su mal humor me dejó perplejo; y, en cuanto al dibujo del escarabajo, positivamente no había antenas visibles, y el conjunto sí guardaba una semejanza muy cercana a los grabados ordinarios de una cabeza de muerto.

Recibió el papel muy desabridamente, y estaba a punto de arrugarlo, aparentemente para arrojarlo al fuego, cuando una mirada casual al diseño pareció repentinamente cautivar su atención. En un instante su rostro se puso violentamente rojo; en otro, excesivamente pálido. Durante algunos minutos continuó escudriñando el dibujo minuciosamente donde estaba sentado. Al fin se levantó, tomó una vela de la mesa y procedió a sentarse sobre un baúl de barco en la esquina más alejada de la habitación. Aquí nuevamente hizo un examen ansioso del papel, girándolo en todas direcciones. No dijo nada, sin embargo, y su conducta me asombró enormemente; sin embargo, pensé que era prudente no exacerbar la creciente melancolía de su temperamento con ningún comentario. Poco después tomó de su bolsillo una billetera, colocó el papel cuidadosamente en ella y depositó ambos en un escritorio, el cual cerró con llave. Ahora se volvió más compuesto en su comportamiento; pero su aire original de entusiasmo había desaparecido por completo. Sin embargo, no parecía tanto hosco como abstraído. A medida que la noche avanzaba, se volvió más y más absorto en la ensoñación, de la cual ninguna ocurrencia mía podía despertarlo. Había sido mi intención pasar la noche en la cabaña, como lo había hecho frecuentemente antes, pero, viendo a mi anfitrión en este estado, consideré apropiado despedirme. No me presionó para que me quedara, pero, mientras partía, estrechó mi mano con incluso más que su cordialidad habitual.

Fue aproximadamente un mes después de esto (y durante el intervalo no había visto nada de Legrand) cuando recibí una visita, en Charleston, de su criado, Júpiter. Nunca había visto al buen viejo negro lucir tan desanimado, y temí que algún desastre grave le hubiera ocurrido a mi amigo.

—Bueno, Jup —dije—, ¿qué pasa ahora? ¿Cómo está tu amo?

—Bueno, para decir la verdad, amo, él no está tan bien como podría estar.

—¡No está bien! Estoy verdaderamente triste de oírlo. ¿De qué se queja?

—¡Ahí! ¡Eso es! Él nunca se queja de nada, pero está muy enfermo a pesar de eso.

—¡Muy enfermo, Júpiter! ¿Por qué no lo dijiste de inmediato? ¿Está confinado a la cama?

—¡No, eso no está! No está confinado en ninguna parte; eso es justo donde aprieta el zapato; mi mente se ha vuelto muy pesada respecto al pobre Amo Will.

—Júpiter, me gustaría entender de qué estás hablando. Dices que tu amo está enfermo. ¿No te ha dicho qué le aqueja?

—Bueno, amo, no vale la pena enojarse por el asunto; el Amo Will dice que no le pasa nada en absoluto; pero entonces, ¿qué le hace andar por ahí mirando de esta manera, con la cabeza baja y los hombros arriba, y tan blanco como un fantasma? Y además, se mantiene haciendo garabatos todo el tiempo...

—¿Se mantiene haciendo qué, Júpiter?

—Se mantiene haciendo garabatos con las cifras en la pizarra; las cifras más raras que jamás haya visto. Me estoy asustando, se lo digo. Tengo que mantener un ojo muy atento sobre sus maniobras. El otro día se me escapó antes de que saliera el sol y estuvo fuera todo el bendito día. Tenía un palo grande listo para darle una buena paliza cuando volviera; pero soy tan tonto que no tuve el corazón después de todo; se veía tan mal.

—¿Eh? ¿Qué? ¡Ah, sí! En conjunto, creo que sería mejor que no fueras demasiado severo con el pobre hombre; no lo azotes, Júpiter; no puede soportarlo muy bien; pero ¿no puedes formarte ninguna idea de qué ha ocasionado esta enfermedad, o más bien este cambio de conducta? ¿Ha pasado algo desagradable desde que te vi?

—No, amo, no ha pasado nada desagradable desde entonces; fue antes de eso, me temo; fue el mismo día que usted estuvo allí.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

—Bueno, amo, quiero decir el bicho, ahí está.

—¿El qué?

—El bicho. Estoy muy seguro de que el Amo Will fue picado en algún lugar cerca de la cabeza por ese bicho de oro.

—¿Y qué causa tienes, Júpiter, para tal suposición?

—Garras suficientes, amo, y boca también. Nunca vi un bicho tan endiablado; patea y muerde todo lo que se le acerca. El Amo Will lo atrapó primero, pero tuvo que soltarlo de nuevo muy rápido, le digo; ese fue el momento en que debió haber recibido la picadura. A mí no me gustó el aspecto de la boca del bicho, de ninguna manera, así que no quise agarrarlo con mis dedos, pero lo atrapé con un trozo de papel que encontré. Lo envolví en el papel y le metí un trozo de él en la boca; así fue.

—¿Y piensas, entonces, que tu amo fue realmente mordido por el escarabajo, y que la picadura lo enfermó?

—No pienso nada al respecto; lo sé. ¿Qué le hace soñar tanto con el oro si no es porque fue picado por el bicho de oro? He oído hablar de esos bichos de oro antes de esto.

—¿Pero cómo sabes que sueña con oro?

—¿Cómo lo sé? ¡Pues porque habla de ello en su sueño! Así es como lo sé.

—Bueno, Jup, quizás tengas razón; pero ¿a qué circunstancia afortunada debo atribuir el honor de una visita tuya hoy?

—¿Qué pasa, amo?

—¿Traes algún mensaje del Sr. Legrand?

—No, amo, traigo esta epístola; —y aquí Júpiter me entregó una nota que decía así:

"MI QUERIDO ——¿Por qué no te he visto durante tanto tiempo? Espero que no hayas sido tan tonto como para ofenderte por alguna pequeña brusquedad mía; pero no, eso es improbable. Desde que te vi he tenido gran causa de ansiedad. Tengo algo que decirte, aunque apenas sé cómo decirlo, o si debería decirlo en absoluto.

"No he estado del todo bien durante los últimos días, y el pobre viejo Jup me molesta, casi más allá de lo soportable, por sus atenciones bienintencionadas. ¿Lo creerías? Había preparado un palo enorme, el otro día, con el cual castigarme por escabullirme, y pasar el día, solus, entre las colinas en tierra firme. Verdaderamente creo que mi mal aspecto solo me salvó una paliza.

"No he hecho ninguna adición a mi gabinete desde que nos vimos.

"Si puedes, de alguna manera, hacerlo conveniente, ven con Júpiter. Ven, por favor. Deseo verte esta noche, para un asunto de importancia. Te aseguro que es de la mayor importancia.

"Siempre tuyo, "WILLIAM LEGRAND".

Había algo en el tono de esta nota que me causó gran inquietud. Todo su estilo difería materialmente del de Legrand. ¿Con qué podría estar soñando? ¿Qué nuevo capricho poseía su cerebro excitable? ¿Qué "asunto de la mayor importancia" podría posiblemente tener que tratar? El relato de Júpiter sobre él no presagiaba nada bueno. Temía que la presión continua de la desgracia hubiera, al fin, desequilibrado completamente la razón de mi amigo. Sin un momento de vacilación, por lo tanto, me preparé para acompañar al negro.

Al llegar al muelle, noté una guadaña y tres palas, todas aparentemente nuevas, que yacían en el fondo del bote en el que íbamos a embarcar.

—¿Qué significa todo esto, Jup? —indagué.

—Es la guadaña, amo, y la pala.

—Muy cierto; ¿pero qué hacen aquí?

—Es la guadaña y la pala que el Amo Will insistió en que le comprara en la ciudad, y tuve que dar un dineral del demonio por ellas.

—¿Pero qué, en nombre de todo lo misterioso, va a hacer tu "Amo Will" con guadañas y palas?

—Eso es más de lo que sé, y que el diablo me lleve si no creo que es más de lo que él sabe también. Pero todo ha venido por culpa del bicho.

Al descubrir que no se podía obtener satisfacción de Júpiter, cuyo intelecto entero parecía estar absorto por "el bicho", subí al bote e hice vela. Con una brisa justa y fuerte pronto entramos en la pequeña cala al norte de Fort Moultrie, y una caminata de unas dos millas nos llevó a la cabaña. Eran cerca de las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos había estado esperando con expectación ansiosa. Apretó mi mano con una empressement nerviosa que me alarmó y fortaleció las sospechas que ya albergaba. Su semblante estaba pálido hasta la lividez, y sus ojos hundidos brillaban con un lustre antinatural. Después de algunas preguntas respecto a su salud, le pregunté, no sabiendo qué otra cosa decir, si ya había obtenido el escarabeo del Teniente G——.

—Oh, sí —respondió, coloreándose violentamente—, lo obtuve de él a la mañana siguiente. Nada me tentaría a separarme de ese escarabeo. ¿Sabes que Júpiter tiene toda la razón al respecto?

—¿En qué sentido? —pregunté, con un triste presentimiento en el corazón.

—En suponer que es un bicho de oro real. —Dijo esto con un aire de profunda seriedad, y me sentí inexpresablemente conmocionado.

—Este bicho va a hacer mi fortuna —continuó, con una sonrisa triunfante—, a reinstaurarme en las posesiones de mi familia. ¿Es de extrañar, entonces, que lo aprecie? Dado que la Fortuna ha tenido a bien otorgármelo, solo tengo que usarlo apropiadamente y llegaré al oro del cual es el índice. ¡Júpiter, tráeme ese escarabeo!

—¿Qué? ¿El bicho, amo? Prefiero no ir a molestar a ese bicho; usted debe buscarlo por sí mismo. —Ante esto, Legrand se levantó, con un aire grave y señorial, y me trajo el escarabajo de una caja de vidrio en la que estaba encerrado. Era un hermoso escarabeo, y, en aquel momento, desconocido para los naturalistas; por supuesto, un gran premio desde un punto de vista científico. Había dos manchas redondas, negras, cerca de una extremidad del dorso, y una larga cerca de la otra. Las escamas eran extremadamente duras y brillantes, con toda la apariencia de oro bruñido. El peso del insecto era muy notable y, considerando todas las cosas, apenas podía culpar a Júpiter por su opinión respecto a él; pero qué pensar de la concordancia de Legrand con esa opinión, no podía, por mi vida, decirlo.

—Te envié a llamar —dijo, en un tono grandilocuente, cuando hube completado mi examen del escarabajo—, te envié a llamar, para poder tener tu consejo y asistencia en promover los puntos de vista del Destino y del bicho...

—Mi querido Legrand —grité, interrumpiéndolo—, ciertamente estás indispuesto, y sería mejor que tomaras algunas pequeñas precauciones. Irás a la cama, y yo me quedaré contigo unos días, hasta que superes esto. Estás febril y...

—Toma mi pulso —dijo.

Lo tomé y, a decir verdad, no encontré la menor indicación de fiebre.

—Pero puedes estar enfermo y aun así no tener fiebre. Permíteme esta vez prescribirte algo. En primer lugar, ve a la cama. En el siguiente...

—Estás equivocado —interpuso—, estoy tan bien como puedo esperar estar bajo la excitación que sufro. Si realmente me deseas el bien, aliviarás esta excitación.

—¿Y cómo se hace esto?

—Muy fácilmente. Júpiter y yo vamos a una expedición a las colinas, en tierra firme, y, en esta expedición, necesitaremos la ayuda de alguna persona en quien podamos confiar. Tú eres el único en quien podemos confiar. Ya sea que tengamos éxito o fracasemos, la excitación que ahora percibes en mí será igualmente calmada.

—Estoy ansioso por complacerte de cualquier manera —respondí—; ¿pero quieres decir que este escarabajo infernal tiene alguna conexión con tu expedición a las colinas?

—La tiene.

—Entonces, Legrand, no puedo ser parte de tal procedimiento absurdo.

—Lo siento; muy, muy lo siento; pues tendremos que intentarlo nosotros solos.

—¡Intentarlo ustedes solos! ¡El hombre está seguramente loco! ¡Pero espera! ¿Por cuánto tiempo te propones estar ausente?

—Probablemente toda la noche. Saldremos inmediatamente, y estaremos de vuelta, en todo caso, para el amanecer.

—¿Y me prometes, bajo tu palabra de honor, que cuando esta extravagancia tuya termine, y el asunto del bicho (¡buen Dios!) esté resuelto a tu satisfacción, volverás a casa y seguirás mis consejos implícitamente, como los de tu médico?

—Sí; lo prometo; y ahora vámonos, pues no tenemos tiempo que perder.

Con el corazón apesadumbrado acompañé a mi amigo. Partimos cerca de las cuatro —Legrand, Júpiter, el perro y yo. Júpiter llevaba consigo la guadaña y las palas; todo lo cual insistió en llevar, más por miedo, me pareció, de confiar cualquiera de los implementos al alcance de su amo, que por cualquier exceso de industria o complacencia. Su comportamiento era obstinado en extremo, y "ese bicho endiablado" fueron las únicas palabras que escaparon de sus labios durante el viaje. Por mi parte, yo tenía a mi cargo un par de linternas oscuras, mientras que Legrand se contentaba con el escarabeo, que llevaba atado al extremo de un trozo de cuerda de látigo; girándolo de un lado a otro, con el aire de un prestidigitador, mientras caminaba. Cuando observé esta última evidencia, clara, de la aberración mental de mi amigo, apenas pude contener las lágrimas. Pensé que era mejor, sin embargo, seguirle la corriente, al menos por el presente, o hasta que pudiera adoptar algunas medidas más enérgicas con una oportunidad de éxito. Mientras tanto, intenté, pero en vano, sondearlo respecto al objetivo de la expedición. Habiendo logrado inducirme a acompañarlo, parecía reacio a sostener conversación sobre cualquier tema de menor importancia, y a todas mis preguntas no brindó otra respuesta que "¡ya veremos!".

Cruzamos el arroyo en la cabecera de la isla mediante un esquife y, ascendiendo las tierras altas en la orilla de tierra firme, procedimos en dirección noroeste, a través de una extensión de terreno excesivamente salvaje y desolado, donde no se veía rastro de huella humana. Legrand guiaba el camino con decisión; deteniéndose solo por un instante, aquí y allá, para consultar lo que parecían ser ciertos puntos de referencia de su propia invención en una ocasión anterior.

De este modo viajamos durante unas dos horas, y el sol se estaba poniendo cuando entramos en una región infinitamente más lúgubre que cualquiera de las vistas hasta entonces. Era una especie de meseta, cerca de la cima de una colina casi inaccesible, densamente arbolada desde la base hasta la cúspide, e intercalada con enormes peñascos que parecían descansar precariamente sobre el suelo y que, en muchos casos, solo se veían impedidos de precipitarse hacia los valles inferiores por el apoyo de los árboles contra los que se recostaban. Profundos barrancos, en diversas direcciones, conferían un aire de solemnidad aún más severa a la escena.

La plataforma natural a la que habíamos trepado estaba cubierta de espesas zarzas, a través de las cuales pronto descubrimos que habría sido imposible abrirnos paso de no ser por la guadaña; y Júpiter, por indicación de su amo, procedió a abrirnos camino hasta el pie de un tulipero de altura descomunal que se alzaba, junto con unos ocho o diez robles, en el llano, y que los superaba a todos ellos, y a cualquier otro árbol que hubiera visto yo hasta entonces, en la belleza de su follaje y forma, en la amplia extensión de sus ramas y en la majestad general de su aspecto. Cuando llegamos a este árbol, Legrand se volvió hacia Júpiter y le preguntó si creía que podría treparlo. El anciano pareció algo desconcertado por la pregunta y durante unos momentos no respondió. Al fin se acercó al enorme tronco, caminó lentamente a su alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando hubo concluido su escrutinio, se limitó a decir:

—Sí, amo, Jup trepa cualquier árbol que haya visto en su vida.

—Entonces, arriba con usted cuanto antes, pues pronto estará demasiado oscuro para ver lo que hacemos.

—¿Qué tan arriba debo ir, amo? —inquirió Júpiter.

—Suba primero el tronco principal y luego le diré qué camino tomar... y aquí, ¡espere!, lleve este escarabajo consigo.

—¡El bicho, amo Will!, ¡el bicho de oro! —gritó el negro, retrocediendo con espanto—, ¿para qué debo llevar el bicho allá arriba en el árbol?, ¡rayos si lo hago!

—Si tiene miedo, Jup, un negro grande y fuerte como usted, de sujetar un inofensivo escarabajo muerto, pues puede llevarlo colgado de esta cuerda; pero, si no lo sube con usted de alguna manera, me veré en la necesidad de romperle la cabeza con esta pala.

—¿Qué pasa ahora, amo? —dijo Jup, visiblemente avergonzado y cediendo—; siempre quiere armar alboroto con el viejo negro. Solo estaba bromeando, de todos modos. ¡Que le tenga miedo al bicho! ¿Qué me importa a mí el bicho? —Aquí, tomó con cautela el extremo de la cuerda y, manteniendo al insecto lo más alejado de su persona que las circunstancias permitían, se dispuso a ascender al árbol.

En su juventud, el tulipero, o Liriodendron Tulipifera, el más magnífico de los forestales americanos, tiene un tronco peculiarmente liso y a menudo se eleva a gran altura sin ramas laterales; pero, en su madurez, la corteza se vuelve nudosa e irregular, mientras que aparecen muchas ramas cortas en el tallo. Así, la dificultad del ascenso, en el presente caso, residía más en la apariencia que en la realidad. Abrazando el enorme cilindro lo más estrechamente posible con sus brazos y rodillas, agarrándose con las manos a algunas protuberancias y apoyando los dedos desnudos de sus pies sobre otras, Júpiter, tras un par de ocasiones en que estuvo a punto de caer, logró finalmente contonearse hasta la primera gran horcadura y pareció considerar que todo el asunto estaba virtualmente concluido. El riesgo de la hazaña había pasado, de hecho, aunque el escalador se encontraba a unos sesenta o setenta pies del suelo.

—¿Qué camino debo tomar ahora, amo Will? —preguntó.

—Siga por la rama más grande, la que está de este lado —dijo Legrand. El negro le obedeció con prontitud, y aparentemente con poca dificultad; ascendiendo cada vez más, hasta que no se pudo obtener ni un atisbo de su figura achaparrada a través del denso follaje que la envolvía. Al poco tiempo se oyó su voz en una especie de grito.

—¿Cuánto más falta para llegar?

—¿Qué tan alto está? —preguntó Legrand.

—Muy lejos —respondió el negro—, puedo ver el cielo a través de la copa del árbol.

—No se preocupe por el cielo, ocúpese de lo que le digo. Mire hacia abajo del tronco y cuente las ramas que tiene debajo de usted en este lado. ¿Cuántas ramas ha pasado?

—Una, dos, tres, cuatro, cinco... ya pasé cinco ramas grandes, amo, de este lado.

—Entonces suba una rama más.

A los pocos minutos se oyó de nuevo la voz, anunciando que había alcanzado la séptima rama.

—Ahora, Jup —gritó Legrand, visiblemente muy excitado—, quiero que se abra paso por esa rama tanto como pueda. Si ve algo extraño, hágamelo saber. Para entonces, la poca duda que pudiera haber tenido sobre la locura de mi pobre amigo quedó finalmente disipada. No tenía más alternativa que concluir que estaba aquejado de demencia, y comencé a preocuparme seriamente por llevarlo a casa. Mientras cavilaba sobre qué sería lo mejor, la voz de Júpiter se oyó de nuevo.

—Me da miedo aventurarme mucho por esta rama... es una rama seca casi por completo.

—¿Dijo que era una rama seca, Júpiter? —gritó Legrand con voz temblorosa.

—Sí, amo, está seca como un clavo, acabada sin duda, ha abandonado esta vida.

—¿Qué en nombre del cielo voy a hacer? —preguntó Legrand, aparentemente en la mayor angustia.

—¡Hacer! —dije, contento de tener la oportunidad de interponer una palabra—, pues volver a casa e irse a la cama. ¡Vamos, sea un buen muchacho! Se está haciendo tarde y, además, recuerda su promesa.

—¡Júpiter! —gritó él, sin prestarme la menor atención—, ¿me oye?

—Sí, amo Will, le oigo perfectamente.

—Pruebe bien la madera, entonces, con su cuchillo, y vea si le parece muy podrida.

—Está podrida, amo, sin duda —respondió el negro al poco rato—, pero no tanto como podría estarlo. Podría aventurarme un poco por la rama yo mismo, eso es cierto.

—¿Usted mismo? ¿Qué quiere decir?

—Pues me refiero al bicho. Es un bicho muy pesado. Suponga que lo dejo caer primero, y entonces la rama no se romperá con el peso de un solo negro.

—¡Maldito sinvergüenza! —gritó Legrand, aparentemente muy aliviado—, ¿qué quiere decir contándome tales disparates? Tan seguro como que deja caer ese escarabajo, le romperé el cuello. Mire aquí, Júpiter, ¿me oye?

—Sí, amo, no hace falta que le grite al pobre negro de esa manera.

—¡Bien! ¡Ahora escuche! Si se aventura por la rama tanto como crea seguro, y no suelta el escarabajo, le haré un regalo de un dólar de plata tan pronto como baje.

—Voy, amo Will, de verdad que voy —respondió el negro con mucha prontitud—, ya casi estoy al final.

—¡Al final! —aquí gritó Legrand con toda fuerza—, ¿dice usted que está al final de esa rama?

—Ya casi llego al final, amo... ¡o-o-o-o-oh! ¡Dios mío! ¿Qué es esto que hay en el árbol?

—¡Bien! —gritó Legrand, sumamente encantado—, ¿qué es?

—Pues no es más que una calavera; alguien dejó su cabeza en el árbol y los cuervos se han comido hasta el último pedazo de carne.

—¿Una calavera, dice? Muy bien, ¿cómo está sujeta a la rama? ¿Qué la mantiene ahí?

—Es cierto, amo, debo mirar. Pues es una circunstancia muy curiosa, por mi palabra, hay un clavo grande en la calavera que la sujeta al árbol.

—Bien, ahora, Júpiter, haga exactamente lo que le digo, ¿me oye?

—Sí, amo.

—Preste atención, entonces, encuentre el ojo izquierdo de la calavera.

—¡Hum! ¡hoo! ¡eso está bueno! ¡si no le queda ni un ojo!

—¡Maldita sea su estupidez! ¿Sabe distinguir su mano derecha de su izquierda?

—Sí, eso lo sé, sé todo sobre eso, es con mi mano izquierda con la que corto leña.

—¡Por supuesto! Usted es zurdo; y su ojo izquierdo está en el mismo lado que su mano izquierda. Ahora, supongo que puede encontrar el ojo izquierdo de la calavera, o el lugar donde ha estado el ojo izquierdo. ¿Lo ha encontrado?

Aquí hubo una larga pausa. Al fin, el negro preguntó:

—¿El ojo izquierdo de la calavera está también del mismo lado que la mano izquierda de la calavera? Porque la calavera no tiene ni un poquito de mano, ¡no importa! ya tengo el ojo izquierdo, ¡aquí está el ojo izquierdo! ¿Qué debo hacer con él?

—Deje pasar el escarabajo por él, tanto como llegue la cuerda, pero tenga cuidado y no suelte la cuerda.

—Todo hecho, amo Will; algo muy fácil poner al bicho por el agujero... ¡cuidado ahí abajo!

Durante este coloquio no se pudo ver ninguna parte de la persona de Júpiter; pero el escarabajo, que él había dejado descender, era ahora visible en el extremo de la cuerda y centelleaba, como un globo de oro bruñido, bajo los últimos rayos del sol poniente, algunos de los cuales aún iluminaban débilmente la eminencia sobre la que estábamos. El escarabajo colgaba completamente libre de cualquier rama y, de haber sido soltado, habría caído a nuestros pies. Legrand tomó inmediatamente la guadaña y despejó con ella un espacio circular, de tres o cuatro yardas de diámetro, justo debajo del insecto y, habiendo logrado esto, ordenó a Júpiter que soltara la cuerda y bajara del árbol.

Clavando una estaca con gran precisión en el suelo, en el punto exacto donde cayó el escarabajo, mi amigo sacó entonces de su bolsillo una cinta métrica. Sujetando un extremo de esta en el punto del tronco del árbol que estaba más cerca de la estaca, la desenrolló hasta que llegó a la estaca y desde allí siguió desenrollándola, en la dirección ya establecida por los dos puntos del árbol y la estaca, hasta una distancia de cincuenta pies, mientras Júpiter despejaba las zarzas con la guadaña. En el punto así alcanzado se clavó una segunda estaca y, alrededor de esta, como centro, se trazó un círculo rudimentario de unos cuatro pies de diámetro. Tomando él mismo una pala, y dándole una a Júpiter y otra a mí, Legrand nos pidió que nos pusiéramos a cavar lo más rápido posible.

A decir verdad, no tenía especial gusto por tal diversión en ningún momento y, en aquel preciso instante, lo habría rechazado de muy buena gana; pues la noche se acercaba y me sentía muy fatigado por el ejercicio ya realizado; pero no veía forma de escapar y temía alterar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una negativa. Si hubiera podido contar, de hecho, con la ayuda de Júpiter, no habría dudado en intentar llevar al loco a casa por la fuerza; pero estaba demasiado convencido de la disposición del viejo negro como para esperar que me ayudara, bajo ninguna circunstancia, en una contienda personal con su amo. No me cabía duda de que este último había sido contagiado con alguna de las innumerables supersticiones sureñas sobre dinero enterrado, y que su fantasía había recibido confirmación con el hallazgo del escarabajo, o, quizás, con la obstinación de Júpiter en mantener que era "un bicho de oro auténtico". Una mente dispuesta a la locura se dejaría llevar fácilmente por tales sugerencias, especialmente si concordaban con ideas preconcebidas favoritas, y entonces recordé las palabras del pobre muchacho sobre que el escarabajo era "el índice de su fortuna". En conjunto, estaba tristemente molesto y desconcertado, pero, al fin, decidí hacer de la necesidad virtud: cavar de buena gana y, así, convencer cuanto antes al visionario, mediante demostración ocular, de la falacia de las opiniones que albergaba.

Encendidas las linternas, nos pusimos a trabajar todos con un celo digno de una causa más racional; y, mientras el resplandor caía sobre nuestras personas y herramientas, no pude evitar pensar en lo pintoresco del grupo que formábamos y en lo extraño y sospechoso que debían haber parecido nuestras labores a cualquier intruso que, por casualidad, hubiera tropezado con nuestro paradero.

Cavamos con mucha constancia durante dos horas. Se dijo poco; y nuestra principal incomodidad residía en los aullidos del perro, que mostraba un interés excesivo en nuestras actuaciones. Finalmente se volvió tan alborotador que empezamos a temer que diera la alarma a algún rezagado en las cercanías o, mejor dicho, este era el temor de Legrand; por mi parte, me habría alegrado de cualquier interrupción que me hubiera permitido llevar al vagabundo a casa. El ruido fue, finalmente, silenciado con gran eficacia por Júpiter, quien, saliendo del hoyo con un aire obstinado de deliberación, le ató la boca a la bestia con uno de sus tirantes y luego regresó, con una risita grave, a su tarea.

Cuando el tiempo mencionado hubo expirado, habíamos alcanzado una profundidad de cinco pies y, sin embargo, no apareció señal alguna de tesoro. Se produjo una pausa general y empecé a esperar que la farsa hubiera terminado. Legrand, sin embargo, aunque evidentemente muy desconcertado, se secó la frente pensativo y recomenzó. Habíamos excavado todo el círculo de cuatro pies de diámetro y ahora ampliamos ligeramente el límite y profundizamos dos pies más. Aun así, no apareció nada. El buscador de oro, a quien compadecía sinceramente, trepó finalmente fuera del pozo, con la más amarga decepción impresa en cada rasgo, y procedió, lenta y renuentemente, a ponerse su chaqueta, que se había quitado al comienzo de su labor. Mientras tanto, no hice ningún comentario. Júpiter, ante una señal de su amo, comenzó a recoger sus herramientas. Hecho esto, y habiendo sido desbozalado el perro, nos dirigimos en profundo silencio hacia casa.

Habíamos dado, quizás, una docena de pasos en esa dirección cuando, con un fuerte juramento, Legrand se acercó a Júpiter y lo agarró por el cuello. El atónito negro abrió los ojos y la boca al máximo, dejó caer las palas y cayó de rodillas.

—Sinvergüenza —dijo Legrand, siseando las sílabas entre sus dientes apretados—, ¡maldito villano negro!, ¡hable, le digo!, ¡respóndame al instante, sin prevaricación!, ¿cuál... cuál es su ojo izquierdo?

—¡Oh, Dios mío, amo Will!, ¿no es este mi ojo izquierdo sin duda? —rugió el aterrorizado Júpiter, colocando su mano sobre su órgano visual derecho y manteniéndola allí con una pertinacia desesperada, como si temiera un intento inminente de su amo de sacarle el ojo.

—¡Lo pensaba!, ¡lo sabía!, ¡hurra! —vociferó Legrand, soltando al negro y ejecutando una serie de corbetas y cabriolas, para gran asombro de su criado, quien, levantándose de sus rodillas, miraba, mudo, de su amo a mí, y luego de mí a su amo.

—¡Vamos! debemos volver —dijo este último—, el juego aún no ha terminado; y volvió a guiar el camino hacia el tulipero.

—Júpiter —dijo cuando llegamos a su pie—, ¡venga aquí! ¿estaba la calavera clavada en la rama con la cara hacia afuera o con la cara hacia la rama?

—La cara estaba afuera, amo, para que los cuervos pudieran alcanzar bien los ojos, sin problemas.

—Bien, entonces, ¿fue este ojo o aquel a través del cual dejó caer el escarabajo? —aquí Legrand tocó cada uno de los ojos de Júpiter.

—Fue este ojo, amo, el ojo izquierdo, justo como me dijo —y aquí fue su ojo derecho el que el negro indicó.

—Eso servirá, debemos intentarlo de nuevo.

Aquí mi amigo, acerca de cuya locura veía ahora, o imaginaba ver, ciertos indicios de método, movió la estaca que marcaba el lugar donde cayó el escarabajo hacia un punto a unas tres pulgadas al oeste de su posición anterior. Tomando ahora la cinta métrica desde el punto más cercano del tronco a la estaca, como antes, y continuando la extensión en línea recta hasta la distancia de cincuenta pies, se indicó un punto, separado por varias yardas del lugar donde habíamos estado cavando.

Alrededor de la nueva posición se trazó ahora un círculo, algo mayor que en la instancia anterior, y volvimos a trabajar con las palas. Estaba terriblemente cansado, pero, apenas comprendiendo lo que había causado el cambio en mis pensamientos, ya no sentía ninguna gran aversión por la labor impuesta. Me había interesado de forma inexplicable, más aún, me sentía excitado. Quizás había algo, en medio de todo el comportamiento extravagante de Legrand, algún aire de previsión, o de deliberación, que me impresionaba. Cavé con avidez y, de vez en cuando, me sorprendía a mí mismo buscando, con algo que se parecía mucho a la expectativa, el tesoro imaginario, cuya visión había enloquecido a mi infortunado compañero. En un momento en que tales desvaríos de pensamiento me poseían por completo, y cuando llevábamos trabajando quizás una hora y media, fuimos interrumpidos de nuevo por los violentos aullidos del perro. Su inquietud, en la primera instancia, había sido, evidentemente, solo el resultado de alegría o capricho, pero ahora asumía un tono amargo y serio. Al intentar Júpiter de nuevo ponerle el bozal, hizo una resistencia furiosa y, saltando al hoyo, escarbó frenéticamente la tierra con sus garras. En pocos segundos había descubierto una masa de huesos humanos, formando dos esqueletos completos, mezclados con varios botones de metal y lo que parecía ser polvo de lana descompuesta. Uno o dos golpes de pala desenterraron la hoja de un gran cuchillo español y, a medida que cavábamos más, salieron a la luz tres o cuatro piezas sueltas de moneda de oro y plata.

A la vista de estas, el gozo de Júpiter apenas pudo ser contenido, pero el semblante de su amo lucía un aire de extrema decepción. Nos instó, sin embargo, a continuar nuestros esfuerzos, y apenas habían sido pronunciadas las palabras cuando tropecé y caí hacia adelante, habiendo enganchado la punta de mi bota en un gran anillo de hierro que yacía medio enterrado en la tierra suelta.

Trabajamos ahora con seriedad y nunca pasé diez minutos de más intensa emoción. Durante este intervalo habíamos desenterrado por completo un cofre de madera oblongo, el cual, por su perfecta preservación y maravillosa dureza, había sido claramente sometido a algún proceso mineralizante, quizás el de bicloruro de mercurio. Esta caja tenía tres pies y medio de largo, tres pies de ancho y dos pies y medio de profundidad. Estaba firmemente asegurada por bandas de hierro forjado, remachadas, que formaban una especie de enrejado abierto sobre todo el conjunto. A cada lado del cofre, cerca de la parte superior, había tres anillos de hierro —seis en total—, mediante los cuales seis personas podían obtener un firme agarre. Nuestros mayores esfuerzos unidos solo sirvieron para mover muy ligeramente el cofre en su lecho. De inmediato vimos la imposibilidad de retirar tan gran peso. Por suerte, las únicas fijaciones de la tapa consistían en dos cerrojos deslizantes. Los retiramos, temblando y jadeando de ansiedad. En un instante, un tesoro de incalculable valor brillaba ante nosotros. Mientras los rayos de las linternas caían dentro del pozo, destelló hacia arriba un fulgor y un resplandor, de un confuso montón de oro y joyas, que deslumbró absolutamente nuestros ojos.

No pretenderé describir los sentimientos con los que contemplé aquello. El asombro era, por supuesto, predominante. Legrand parecía exhausto por la excitación y dijo muy pocas palabras. El semblante de Júpiter lució, durante unos minutos, una palidez tan mortal como es posible, en la naturaleza de las cosas, que el rostro de cualquier negro asuma. Parecía estupefacto, fulminado. Al poco tiempo cayó de rodillas en el pozo y, enterrando sus brazos desnudos hasta los codos en oro, los dejó allí, como si disfrutara del lujo de un baño. Al fin, con un profundo suspiro, exclamó, como si fuera un soliloquio:

—¡Y todo esto viene del bicho de oro! ¡El lindo bicho de oro! ¡el pobre pequeño bicho de oro, al que traté de esa manera salvaje! ¿No te avergüenzas de ti mismo, negro?, ¡respóndeme a eso!

Se hizo necesario, al fin, que despertara tanto al amo como al criado a la conveniencia de retirar el tesoro. Se estaba haciendo tarde y nos incumbía esforzarnos para que todo quedara resguardado antes del amanecer. Era difícil decir qué se debía hacer, y mucho tiempo se pasó en deliberaciones, tan confundidas estaban las ideas de todos. Finalmente, aligeramos la caja quitando dos tercios de su contenido, tras lo cual pudimos, con cierta dificultad, levantarla del hoyo. Los artículos extraídos fueron depositados entre las zarzas, y el perro fue dejado para custodiarlos, con órdenes estrictas de Jupiter de no moverse del lugar bajo ningún pretexto, ni de abrir la boca hasta nuestro regreso. Luego nos dirigimos apresuradamente a casa con el cofre; llegando a la cabaña a salvo, aunque tras un esfuerzo excesivo, a la una de la madrugada. Agotados como estábamos, no entraba en la naturaleza humana hacer más inmediatamente. Descansamos hasta las dos y tomamos una cena; partiendo hacia las colinas inmediatamente después, armados con tres sacos robustos que, por buena suerte, estaban en la propiedad. Poco antes de las cuatro llegamos a la fosa, dividimos el resto del botín, tan equitativamente como fue posible, entre nosotros, y, dejando los hoyos sin rellenar, partimos de nuevo hacia la cabaña, en la cual, por segunda vez, depositamos nuestras cargas doradas, justo cuando los primeros destellos tenues del alba asomaban sobre las copas de los árboles en el Este.

Estábamos ahora completamente deshechos; pero la intensa excitación del momento nos negaba el reposo. Tras un sueño intranquilo de unas tres o cuatro horas de duración, nos levantamos, como si fuera por acuerdo previo, para examinar nuestro tesoro.

El cofre había estado lleno hasta el borde, y pasamos todo el día, y la mayor parte de la noche siguiente, en un escrutinio de su contenido. No había habido nada parecido a orden o disposición. Todo había sido amontonado sin distinción. Habiendo clasificado todo con cuidado, nos encontramos en posesión de una riqueza aún mayor de la que al principio habíamos supuesto. En moneda había algo más de cuatrocientos cincuenta mil dólares, estimando el valor de las piezas, con tanta precisión como pudimos, según las tablas de la época. No había ni una partícula de plata. Todo era oro de fecha antigua y de gran variedad: dinero francés, español y alemán, con algunas guineas inglesas y algunos contadores, de los cuales nunca habíamos visto ejemplares antes. Había varias monedas muy grandes y pesadas, tan desgastadas que no pudimos sacar nada en claro de sus inscripciones. No había dinero estadounidense. El valor de las joyas nos resultó más difícil de estimar. Había diamantes —algunos de ellos sumamente grandes y finos—, ciento diez en total, y ni uno solo de ellos pequeño; dieciocho rubíes de notable brillantez; trescientos diez esmeraldas, todas muy hermosas; y veintiún zafiros, junto con un ópalo. Estas piedras habían sido arrancadas de sus engastes y arrojadas sueltas en el cofre. Los engastes mismos, que recogimos de entre el resto del oro, parecían haber sido golpeados con martillos, como para evitar su identificación. Además de todo esto, había una vasta cantidad de ornamentos de oro macizo; cerca de doscientos anillos y pendientes masivos; cadenas ricas —treinta de ellas, si mal no recuerdo—; ochenta y tres crucifijos muy grandes y pesados; cinco incensarios de oro de gran valor; un prodigioso cuenco de oro para ponche, ornamentado con hojas de parra ricamente cinceladas y figuras báquicas; con dos empuñaduras de espada exquisitamente repujadas, y muchos otros artículos más pequeños que no puedo recordar. El peso de estos objetos de valor excedía las trescientas cincuenta libras avoirdupois; y en esta estimación no he incluido ciento noventa y siete magníficos relojes de oro; siendo tres de ellos, cada uno, dignos de quinientos dólares, si es que valían algo. Muchos de ellos eran muy antiguos y, como cronómetros, carecían de valor, pues los mecanismos habían sufrido, más o menos, la corrosión, pero todos estaban ricamente enjoyados y en cajas de gran valor. Estimamos el contenido total del cofre, aquella noche, en un millón y medio de dólares; y tras la posterior disposición de las baratijas y joyas (retuviéndose unas pocas para nuestro propio uso), se descubrió que habíamos infravalorado grandemente el tesoro.

Cuando, al fin, concluimos nuestro examen, y la intensa excitación del momento se hubo, en cierta medida, disipado, Legrand, que vio que me moría de impaciencia por una solución a este enigma tan extraordinario, entró en un detalle completo de todas las circunstancias relacionadas con él.

—Recuerdas —dijo— la noche en que te entregué el boceto que había hecho del scarabæus. Recuerdas también que me irrité bastante contigo por insistir en que mi dibujo se parecía a una calavera. Cuando hiciste esta afirmación por primera vez, pensé que estabas bromeando; pero después recordé las manchas peculiares en el dorso del insecto y admití para mis adentros que tu observación tenía algún pequeño fundamento en los hechos. Aun así, la burla sobre mis habilidades gráficas me irritó —pues soy considerado un buen artista— y, por tanto, cuando me entregaste el trozo de pergamino, estaba a punto de arrugarlo y arrojarlo airadamente al fuego.

—El trozo de papel, quieres decir —dije yo.

—No; tenía mucho el aspecto de papel, y al principio supuse que lo era, pero cuando comencé a dibujar sobre él, descubrí, de inmediato, que se trataba de un trozo de pergamino muy delgado. Estaba bastante sucio, ¿recuerdas? Bien, justo en el acto de arrugarlo, mi mirada cayó sobre el boceto que habías estado observando, y puedes imaginar mi asombro cuando percibí, de hecho, la figura de una calavera justo donde, me parecía, había hecho el dibujo del escarabajo. Por un momento estuve demasiado asombrado como para pensar con precisión. Sabía que mi diseño era muy diferente en los detalles de este, aunque había una cierta similitud en el contorno general. Poco después tomé una vela y, sentándome en el otro extremo de la habitación, procedí a escrutar el pergamino más de cerca. Al darle la vuelta, vi mi propio boceto en el reverso, tal como lo había hecho. Mi primera idea, entonces, fue solo sorpresa por la realmente notable similitud de contorno; por la singular coincidencia que implicaba el hecho de que, sin yo saberlo, hubiera habido una calavera al otro lado del pergamino, inmediatamente debajo de mi figura del scarabæus, y que esta calavera, no solo en contorno, sino en tamaño, se pareciera tanto a mi dibujo. Digo que la singularidad de esta coincidencia me dejó absolutamente estupefacto durante un tiempo. Este es el efecto habitual de tales coincidencias. La mente lucha por establecer una conexión —una secuencia de causa y efecto— y, al ser incapaz de hacerlo, sufre una especie de parálisis temporal. Pero, cuando me recuperé de este estupor, alboreó en mí gradualmente una convicción que me sobresaltó aún más que la coincidencia. Comencé a recordar, clara y positivamente, que no había habido ningún dibujo en el pergamino cuando hice mi boceto del scarabæus. Me hice perfectamente seguro de esto; pues recordé haber volteado primero un lado y luego el otro, en busca del lugar más limpio. Si la calavera hubiera estado allí, por supuesto no habría dejado de notarla. Aquí había, en verdad, un misterio que sentía imposible de explicar; pero, incluso en ese momento temprano, parecía brillar, débilmente, dentro de las cámaras más remotas y secretas de mi intelecto, una concepción, como la de una luciérnaga, de esa verdad que la aventura de anoche trajo a una demostración tan magnífica. Me levanté de inmediato y, guardando el pergamino de forma segura, descarté toda reflexión posterior hasta que estuviera solo.

—Cuando te habías ido, y cuando Jupiter estaba profundamente dormido, me dediqué a una investigación más metódica del asunto. En primer lugar, consideré la manera en que el pergamino había llegado a mi posesión. El lugar donde descubrimos el scarabæus estaba en la costa de tierra firme, a una milla al este de la isla, y a poca distancia por encima de la marca de marea alta. Al tomarlo, me dio un mordisco agudo, lo que provocó que lo soltara. Jupiter, con su precaución acostumbrada, antes de apoderarse del insecto, que había volado hacia él, buscó a su alrededor una hoja, o algo de esa naturaleza, para sujetarlo. Fue en este momento cuando sus ojos, y los míos también, cayeron sobre el trozo de pergamino, que entonces supuse que era papel. Estaba tirado medio enterrado en la arena, con una esquina sobresaliendo. Cerca del lugar donde lo encontramos, observé los restos del casco de lo que parecía haber sido el bote largo de un barco. El naufragio parecía haber estado allí desde hacía muchísimo tiempo; pues la semejanza con las maderas de un bote apenas podía rastrearse.

—Bien, Jupiter recogió el pergamino, envolvió al escarabajo en él y me lo dio. Poco después nos dimos la vuelta para ir a casa, y en el camino nos encontramos con el teniente G——. Le mostré el insecto, y me rogó que lo dejara llevarlo al fuerte. Al consentir yo, lo metió de inmediato en el bolsillo de su chaleco, sin el pergamino en el que había estado envuelto, y el cual yo había seguido sosteniendo en mi mano durante su inspección. Quizás temía que yo cambiara de opinión, y pensó que era mejor asegurarse el premio de inmediato; ya sabes cuán entusiasta es en todos los temas relacionados con la Historia Natural. Al mismo tiempo, sin ser consciente de ello, debo haber depositado el pergamino en mi propio bolsillo.

—Recuerdas que cuando fui a la mesa, con el propósito de hacer un boceto del escarabajo, no encontré papel donde habitualmente se guardaba. Miré en el cajón y no encontré nada allí. Registré mis bolsillos, esperando encontrar alguna carta vieja, cuando mi mano cayó sobre el pergamino. Detallo así el modo preciso en que llegó a mi posesión; pues las circunstancias me impresionaron con fuerza particular.

—Sin duda pensarás que soy fantasioso, pero yo ya había establecido una especie de conexión. Había unido dos eslabones de una gran cadena. Había un bote tirado en una costa marina, y no lejos del bote había un pergamino —no un papel— con una calavera representada en él. Tú, por supuesto, preguntarás: “¿dónde está la conexión?”. Yo respondo que la calavera, o cabeza de muerte, es el emblema bien conocido del pirata. La bandera de la cabeza de muerte se iza en todos los enfrentamientos.

—He dicho que el trozo era pergamino, y no papel. El pergamino es duradero, casi imperecedero. Los asuntos de poca importancia rara vez se confían al pergamino; puesto que, para los meros propósitos ordinarios de dibujar o escribir, no está ni de lejos tan bien adaptado como el papel. Esta reflexión sugirió algún significado, alguna relevancia, en la cabeza de muerte. No dejé de observar, también, la forma del pergamino. Aunque una de sus esquinas había sido, por algún accidente, destruida, podía verse que la forma original era oblonga. Era, de hecho, justo esa tira que podría haber sido elegida para un memorándum, para un registro de algo que debía ser recordado por mucho tiempo y cuidadosamente preservado.

—Pero —interpuse—, dices que la calavera no estaba en el pergamino cuando hiciste el dibujo del escarabajo. ¿Cómo entonces rastreas alguna conexión entre el bote y la calavera, puesto que esta última, según tu propia admisión, debió ser diseñada (Dios solo sabe cómo o por quién) en algún período posterior a tu boceto del scarabæus?

—Ah, aquí es donde gira todo el misterio; aunque el secreto, en este punto, tuve comparativamente poca dificultad en resolverlo. Mis pasos fueron seguros y no podían ofrecer más que un solo resultado. Razoné, por ejemplo, así: Cuando dibujé el scarabæus, no había ninguna calavera aparente en el pergamino. Cuando completé el dibujo te lo di a ti, y te observé atentamente hasta que lo devolviste. Tú, por tanto, no diseñaste la calavera, y nadie más estaba presente para hacerlo. Entonces, no fue hecho por agencia humana. Y sin embargo, fue hecho.

—En esta etapa de mis reflexiones traté de recordar, y recordé, con total claridad, cada incidente que ocurrió alrededor del período en cuestión. El clima era frío (¡oh, raro y feliz accidente!), y un fuego ardía en el hogar. Yo estaba acalorado por el ejercicio y me senté cerca de la mesa. Tú, sin embargo, habías acercado una silla a la chimenea. Justo cuando puse el pergamino en tu mano, y mientras estabas en el acto de inspeccionarlo, Wolf, el Terranova, entró y saltó sobre tus hombros. Con tu mano izquierda lo acariciaste y lo mantuviste alejado, mientras tu derecha, sosteniendo el pergamino, se permitió caer lánguidamente entre tus rodillas, y en estrecha proximidad al fuego. En un momento pensé que la llama lo había atrapado, y estaba a punto de advertirte, pero, antes de que pudiera hablar, lo habías retirado y estabas ocupado en su examen. Cuando consideré todos estos detalles, no dudé ni por un momento que el calor había sido el agente para sacar a la luz, sobre el pergamino, la calavera que vi diseñada en él. Eres bien consciente de que existen preparaciones químicas, y han existido desde tiempos inmemoriales, mediante las cuales es posible escribir sobre papel o vitela de modo que los caracteres se vuelvan visibles solo cuando se someten a la acción del fuego. El zafre, digerido en agua regia y diluido con cuatro veces su peso de agua, se emplea a veces; resulta un tinte verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de nitro, da un rojo. Estos colores desaparecen a intervalos más o menos largos después de que el material sobre el que se escribió se enfría, pero se vuelven a hacer aparentes tras la re-aplicación de calor.

—Ahora escruté la cabeza de muerte con cuidado. Sus bordes exteriores —los bordes del dibujo más cercanos al borde de la vitela— eran mucho más distintos que los otros. Estaba claro que la acción del calórico había sido imperfecta o desigual. Inmediatamente encendí un fuego y sometí cada porción del pergamino a un calor brillante. Al principio, el único efecto fue el fortalecimiento de las líneas tenues en la calavera; pero, al perseverar en el experimento, se hizo visible, en la esquina de la tira, diagonalmente opuesta al lugar en el que estaba delineada la cabeza de muerte, la figura de lo que al principio supuse era una cabra. Un escrutinio más cercano, sin embargo, me convenció de que estaba destinada a ser un cabrito.

—¡Ja! ¡ja! —dije—. Ciertamente no tengo derecho a reírme de ti —un millón y medio de dinero es un asunto demasiado serio para la burla—, pero no estarás a punto de establecer un tercer eslabón en tu cadena; no encontrarás ninguna conexión especial entre tus piratas y una cabra; los piratas, ya sabes, no tienen nada que ver con las cabras; pertenecen al interés agrícola.

—Pero acabo de decir que la figura no era la de una cabra.

—Bueno, un cabrito entonces; casi lo mismo.

—Casi, pero no del todo —dijo Legrand—. Quizás hayas oído hablar de un tal capitán Kidd. Inmediatamente consideré la figura del animal como una especie de firma ingeniosa o jeroglífica. Digo firma; porque su posición sobre la vitela sugería esta idea. La cabeza de muerte en la esquina diagonalmente opuesta, tenía, de la misma manera, el aire de un sello o estampilla. Pero estaba dolorosamente desconcertado por la ausencia de todo lo demás; del cuerpo para mi imaginado instrumento; del texto para mi contexto.

—Supongo que esperabas encontrar una carta entre el sello y la firma.

—Algo de ese tipo. El hecho es que me sentí irresistiblemente impresionado con un presentimiento de que se avecinaba una gran fortuna. Apenas puedo decir por qué. Quizás, después de todo, era más un deseo que una creencia real; pero, ¿sabes que las palabras tontas de Jupiter, sobre que el bicho era de oro macizo, tuvieron un efecto notable en mi fantasía? Y luego la serie de accidentes y coincidencias; estos fueron realmente extraordinarios. ¿Observas cuán mero accidente fue que estos eventos debieran haber ocurrido en el único día de todo el año en que ha sido, o puede ser, suficientemente fresco para hacer fuego, y que sin el fuego, o sin la intervención del perro en el momento preciso en que apareció, nunca me habría dado cuenta de la cabeza de muerte, y por lo tanto nunca hubiera sido poseedor del tesoro?

—Pero prosigue; estoy impaciente.

—Bien; has oído, por supuesto, las muchas historias corrientes; los miles de rumores vagos que circulan sobre dinero enterrado, en algún lugar de la costa atlántica, por Kidd y sus asociados. Estos rumores deben haber tenido algún fundamento en los hechos. Y que los rumores hayan existido durante tanto tiempo y de manera tan continua, podría haber resultado, me pareció a mí, solo de la circunstancia de que el tesoro enterrado permaneciera aún sepultado. Si Kidd hubiera ocultado su botín por un tiempo, y después lo hubiera reclamado, los rumores apenas habrían llegado a nosotros en su actual forma invariable. Observarás que las historias contadas son todas sobre buscadores de dinero, no sobre encontradores de dinero. Si el pirata hubiera recuperado su dinero, allí habría terminado el asunto. Me pareció que algún accidente —digamos, la pérdida de un memorándum que indicara su localidad— lo había privado de los medios para recuperarlo, y que este accidente se había hecho conocido por sus seguidores, quienes de otro modo quizás nunca habrían oído que el tesoro había sido ocultado, y quienes, ocupándose en intentos vanos, porque no guiados, de recuperarlo, habían dado a luz primero, y luego universalizado, los informes que ahora son tan comunes. ¿Has oído alguna vez de algún tesoro importante que haya sido desenterrado a lo largo de la costa?

—Nunca.

—Pero que las acumulaciones de Kidd eran inmensas, es bien sabido. Di por sentado, por tanto, que la tierra todavía las retenía; y apenas te sorprenderás cuando te diga que sentí una esperanza, casi llegando a la certeza, de que el pergamino tan extrañamente encontrado, implicaba un registro perdido del lugar de depósito.

—¿Pero cómo procediste?

—Sostuve la vitela de nuevo al fuego, después de aumentar el calor; pero no apareció nada. Ahora pensé que era posible que la capa de suciedad pudiera tener algo que ver con el fracaso; así que enjuagué cuidadosamente el pergamino vertiendo agua tibia sobre él, y, habiendo hecho esto, lo coloqué en una bandeja de estaño, con la calavera hacia abajo, y puse la bandeja sobre un horno de carbón encendido. En pocos minutos, habiéndose calentado a fondo la bandeja, retiré la tira y, para mi alegría indecible, la encontré manchada, en varios lugares, con lo que parecían ser figuras dispuestas en líneas. De nuevo la coloqué en la bandeja y permití que permaneciera otro minuto. Al quitarla, todo estaba tal como lo ves ahora.

Aquí Legrand, habiendo recalentado el pergamino, lo sometió a mi inspección. Los siguientes caracteres estaban trazados rudamente, en un tinte rojo, entre la cabeza de muerte y la cabra:

“53‡‡†305))6*;4826)4‡.)4‡);806*;48†8¶60))85;1‡(;:‡*8†83(88)5*† ;46(;88*96*?;8)*‡(;485);5*†2:*‡(;4956*2(5*—4)8¶8*;4069285);) 6†8)4‡‡;1(‡9;48081;8:8‡1;48†85;4)485†528806*81(‡9;48;(88;4(‡?3 4;48)4‡;161;:188;‡?;”

—Pero —dije, devolviéndole la tira—, estoy tan a oscuras como siempre. Si todas las joyas de Golconda me esperaran tras mi solución de este enigma, estoy bastante seguro de que sería incapaz de ganarlas.

—Y sin embargo —dijo Legrand—, la solución no es de ninguna manera tan difícil como podrías ser llevado a imaginar por la primera inspección apresurada de los caracteres. Estos caracteres, como cualquiera podría adivinar fácilmente, forman un cifrado; es decir, transmiten un significado; pero entonces, por lo que se sabe de Kidd, no podría suponerlo capaz de construir ninguno de los criptogramas más abstrusos. Decidí, de inmediato, que este era de una especie simple; tal, sin embargo, como aparecería, para el intelecto crudo del marinero, absolutamente insoluble sin la clave.

—¿Y realmente lo resolviste?

—Fácilmente; he resuelto otros de una abstrusidad diez mil veces mayor. Las circunstancias, y cierto sesgo de la mente, me han llevado a interesarme en tales acertijos, y bien puede dudarse si el ingenio humano puede construir un enigma de tal clase que el ingenio humano no pueda, mediante la aplicación adecuada, resolver. De hecho, habiendo establecido una vez caracteres conectados y legibles, apenas dediqué un pensamiento a la mera dificultad de desarrollar su importancia.

«En el caso presente —en realidad, en todos los casos de escritura secreta—, la primera cuestión se refiere al idioma del cifrado; pues los principios de resolución, al menos en lo que respecta a los cifrados más simples, dependen del genio del idioma particular y varían según este. Por lo general, no queda más alternativa que el experimento (dirigido por probabilidades) con cada lengua conocida por quien intenta la resolución, hasta dar con la correcta. Pero, con el cifrado que tenemos ante nosotros, toda dificultad quedó eliminada gracias a la firma. El juego de palabras con el nombre "Kidd" no puede apreciarse en otro idioma que no sea el inglés. De no haber sido por esta consideración, habría comenzado mis intentos con el español y el francés, al ser las lenguas en las que un pirata del Caribe habría escrito, muy naturalmente, un secreto de esta índole. Tal como estaban las cosas, supuse que el criptograma era inglés.

»Observa que no hay divisiones entre las palabras. De haberlas habido, la tarea habría sido comparativamente fácil. En tal caso, habría comenzado con el cotejo y el análisis de las palabras más cortas y, si hubiera aparecido una palabra de una sola letra, como es lo más probable (a o I, por ejemplo), habría considerado la solución como asegurada. Pero, al no haber división, mi primer paso fue determinar las letras predominantes, así como las menos frecuentes. Contándolas todas, construí una tabla, así:

Del carácter 8 hay 33.

; “ 26. 4 “ 19. ‡ ) “ 16. * “ 13. 5 “ 12. 6 “ 11. † 1 “ 8. 0 “ 6. 9 2 “ 5. : 3 “ 4. ? “ 3. ¶ “ 2. -. “ 1.

»Ahora bien, en inglés, la letra que ocurre con mayor frecuencia es la e. Después, la sucesión sigue así: _a o i d h n r s t u y c f g l m w b k p q x z_. La _e_ predomina de manera tan notable que rara vez se ve una oración de cierta longitud en la que no sea el carácter predominante.

»Aquí, pues, dejamos, desde el principio mismo, los cimientos para algo más que una simple suposición. El uso general que puede hacerse de la tabla es obvio, pero, en este cifrado particular, solo necesitaremos su ayuda de manera muy parcial. Como nuestro carácter predominante es el 8, comenzaremos asumiendo que es la e del alfabeto natural. Para verificar la suposición, observemos si el 8 aparece a menudo en parejas —pues la e se duplica con gran frecuencia en inglés— en palabras, por ejemplo, como “meet”, “fleet”, “speed”, “seen”, “been”, “agree”, etcétera. En el caso presente, vemos que se duplica no menos de cinco veces, a pesar de que el criptograma es breve.

»Asumamos, pues, que el 8 es la e. Ahora bien, de todas las palabras del idioma, “the” es la más usual; veamos, por lo tanto, si no hay repeticiones de tres caracteres cualesquiera, en el mismo orden de colocación, siendo el último de ellos el 8. Si descubrimos repeticiones de tales letras, dispuestas de ese modo, lo más probable es que representen la palabra “the”. Tras una inspección, encontramos nada menos que siete de esas disposiciones, siendo los caracteres ;48. Podemos, por tanto, asumir que el ; representa la t, el 4 representa la h y el 8 representa la e; esta última, ya bien confirmada. Así se ha dado un gran paso.

»Pero, habiendo establecido una sola palabra, estamos capacitados para establecer un punto sumamente importante; es decir, varios comienzos y finales de otras palabras. Remitámonos, por ejemplo, al penúltimo caso en el que aparece la combinación ;48, no lejos del final del cifrado. Sabemos que el ; que sigue inmediatamente es el comienzo de una palabra y, de los seis caracteres que suceden a este “the”, conocemos nada menos que cinco. Escribamos estos caracteres, pues, mediante las letras que sabemos que representan, dejando un espacio para las desconocidas:

t eeth.

»Aquí estamos capacitados, de inmediato, para descartar la “th”, ya que no forma parte de la palabra que comienza con la primera t; pues, al probar todo el alfabeto en busca de una letra adaptada al espacio vacío, percibimos que no se puede formar ninguna palabra de la cual esta th pueda ser parte. Así, nos vemos reducidos a

t ee,

y, recorriendo el alfabeto, si fuera necesario, como antes, llegamos a la palabra “tree” como la única lectura posible. Ganamos así otra letra, la r, representada por (, con las palabras “the tree” en yuxtaposición.

»Mirando más allá de estas palabras, a poca distancia, vemos de nuevo la combinación ;48, y la empleamos a modo de terminación de lo que precede inmediatamente. Tenemos, así, esta disposición:

the tree ;4(‡?34 the,

o, sustituyendo las letras naturales donde se conocen, se lee así:

the tree thr‡?3h the.

»Ahora, si en lugar de los caracteres desconocidos dejamos espacios en blanco, o sustituimos puntos, leemos así:

the tree thr...h the,

momento en el que la palabra “through” se hace evidente de inmediato. Pero este descubrimiento nos da tres letras nuevas, o, u y g, representadas por ‡, ? y 3.

»Mirando ahora, minuciosamente, a través del cifrado en busca de combinaciones de caracteres conocidos, encontramos, no muy lejos del principio, esta disposición:

83(88, o egree,

que, claramente, es la conclusión de la palabra “degree” y nos da otra letra, la d, representada por †.

»Cuatro letras más allá de la palabra “degree”, percibimos la combinación

;46(;88.

»Traduciendo los caracteres conocidos y representando los desconocidos por puntos, como antes, leemos así:

th.rtee,

una disposición que sugiere inmediatamente la palabra “thirteen” y que de nuevo nos proporciona dos caracteres nuevos, la i y la n, representados por 6 y *.

»Remitiéndonos, ahora, al principio del criptograma, encontramos la combinación:

53‡‡†.

»Traduciendo como antes, obtenemos:

good,

lo que nos asegura que la primera letra es A y que las dos primeras palabras son “A good”.

»Es hora ya de que dispongamos nuestra clave, hasta donde se ha descubierto, en forma tabular para evitar confusiones. Quedará así:

5 representa a † “ d 8 “ e 3 “ g 4 “ h 6 “ i * “ n ‡ “ o ( “ r ; “ t ? “ u

»Tenemos, por lo tanto, nada menos que once de las letras más importantes representadas, y será innecesario continuar con los detalles de la resolución. He dicho lo suficiente para convencerte de que los cifrados de esta naturaleza son fácilmente solubles y para darte una idea de la lógica de su desarrollo. Pero ten por seguro que el espécimen que tenemos ante nosotros pertenece a la especie más simple de criptografía. Ahora solo queda darte la traducción completa de los caracteres sobre el pergamino, una vez descifrados. Aquí está:

“‘A good glass in the bishop’s hostel in the devil’s seat forty-one degrees and thirteen minutes northeast and by north main branch seventh limb east side shoot from the left eye of the death’s-head a bee line from the tree through the shot fifty feet out.’”

»—Pero —dije—, el enigma parece estar todavía en tan mal estado como siempre. ¿Cómo es posible extraer un significado de toda esta jerga sobre “asientos del diablo”, “calaveras” y “posadas del obispo”?»

»—Confieso —respondió Legrand— que el asunto sigue teniendo un aspecto serio cuando se mira de manera casual. Mi primer esfuerzo fue dividir la oración en la división natural pretendida por el criptógrafo.

»—¿Quieres decir, puntuarla?

»—Algo parecido.

»—¿Pero cómo fue posible lograr esto?

»—Reflexioné que había sido un objetivo del autor unir sus palabras sin división, a fin de aumentar la dificultad de la resolución. Ahora bien, un hombre no excesivamente agudo, al perseguir tal objetivo, estaría casi seguro de exagerar. Cuando, en el curso de su composición, llegaba a una ruptura en su tema que requeriría naturalmente una pausa, o un punto, sería sumamente propenso a unir sus caracteres, en ese lugar, más estrechamente de lo habitual. Si observas el manuscrito, en el presente caso, detectarás fácilmente cinco de esos casos de aglomeración inusual. Actuando bajo esta pista, hice la división así: “A good glass in the Bishop’s hostel in the Devil’s seat—forty-one degrees and thirteen minutes—northeast and by north—main branch seventh limb east side—shoot from the left eye of the death’s-head—a bee-line from the tree through the shot fifty feet out.”

»—Incluso esta división —dije— me deja todavía a oscuras.

»—A mí también me dejó a oscuras —respondió Legrand— durante unos pocos días; tiempo durante el cual realicé pesquisas diligentes, en las cercanías de Sullivan’s Island, sobre cualquier edificio que fuera conocido con el nombre de “Bishop’s Hotel”; pues, por supuesto, prescindí de la palabra obsoleta “hostel”. Al no obtener información sobre el tema, estaba a punto de extender mi esfera de búsqueda y proceder de manera más sistemática cuando, una mañana, se me ocurrió, muy de repente, que este “Bishop’s Hostel” podría tener alguna relación con una vieja familia, de apellido Bessop, que, desde tiempo inmemorial, había tenido posesión de una antigua casa señorial, a unas cuatro millas al norte de la isla. En consecuencia, fui a la plantación y reinicié mis preguntas entre los negros más ancianos del lugar. Al fin, una de las mujeres de más edad dijo que había oído hablar de un lugar llamado Castillo de Bessop, y pensó que podría guiarme hasta él, pero que no era un castillo ni una taberna, sino una roca alta.

»Le ofrecí pagarle bien por sus molestias y, tras algunas dudas, consintió en acompañarme al lugar. Lo encontramos sin mucha dificultad y, tras despedirla, procedí a examinar el sitio. El “castillo” consistía en un conjunto irregular de acantilados y rocas, siendo una de estas últimas bastante notable por su altura así como por su apariencia aislada y artificial. Trepé hasta su ápice y entonces me sentí muy perdido sobre qué hacer a continuación.

»Mientras estaba ocupado en la reflexión, mis ojos se posaron en una estrecha repisa en la cara oriental de la roca, quizá a una yarda por debajo de la cumbre en la que me encontraba. Esta repisa sobresalía unos dieciocho pulgadas y no tenía más de un pie de ancho, mientras que un nicho en el acantilado, justo encima, le daba un rudo parecido a una de las sillas de respaldo cóncavo que usaban nuestros ancestros. No me cupo duda de que este era el “asiento del diablo” aludido en el manuscrito, y ahora me pareció captar el secreto completo del enigma.

»El “buen cristal” (good glass), sabía yo, no podía referirse a otra cosa que a un telescopio; pues la palabra “glass” raramente es empleada en otro sentido por los marinos. Ahora bien, aquí, vi de inmediato, había un telescopio que debía ser usado, y un punto de vista definido, que no admitía variación, desde el cual usarlo. Tampoco dudé en creer que las frases “cuarenta y un grados y trece minutos” y “noreste y un cuarto al norte” pretendían ser instrucciones para la nivelación del cristal. Muy excitado por estos descubrimientos, me apresuré a ir a casa, conseguí un telescopio y regresé a la roca.

»Me bajé a la repisa y descubrí que era imposible mantenerse sentado en ella salvo en una posición particular. Este hecho confirmó mi idea preconcebida. Procedí a usar el cristal. Por supuesto, los “cuarenta y un grados y trece minutos” no podían aludir a otra cosa que a la elevación sobre el horizonte visible, ya que la dirección horizontal estaba claramente indicada por las palabras “noreste y un cuarto al norte”. Esta última dirección la establecí de inmediato por medio de una brújula de bolsillo; luego, apuntando el cristal lo más cerca posible a un ángulo de cuarenta y un grados de elevación según pude adivinar, lo moví con cautela hacia arriba o hacia abajo, hasta que mi atención fue arrestada por una grieta o abertura circular en el follaje de un árbol grande que superaba a sus compañeros en la distancia. En el centro de esta grieta percibí un punto blanco, pero no pude, al principio, distinguir qué era. Ajustando el enfoque del telescopio, miré de nuevo y entonces distinguí que era un cráneo humano.

»Tras este descubrimiento, fui tan optimista como para considerar el enigma resuelto; pues la frase “rama principal, séptima rama, lado este” no podía referirse sino a la posición del cráneo sobre el árbol, mientras que “dispara desde el ojo izquierdo de la calavera” no admitía, tampoco, más que una interpretación, en lo que respecta a la búsqueda de un tesoro enterrado. Percibí que el diseño era dejar caer una bala desde el ojo izquierdo del cráneo, y que una línea recta, o, en otras palabras, una línea trazada desde el punto más cercano del tronco a través del “disparo” (o el lugar donde cayó la bala) y extendida desde allí a una distancia de cincuenta pies, indicaría un punto definido, y bajo este punto pensé que era al menos posible que yaciera oculto un depósito de valor.

»—Todo esto —dije— es sumamente claro y, aunque ingenioso, todavía simple y explícito. Cuando dejaste el Bishop’s Hotel, ¿qué ocurrió entonces?

»—Pues bien, habiendo tomado cuidadosamente las orientaciones del árbol, me dirigí a casa. En el instante en que dejé el “asiento del diablo”, sin embargo, la grieta circular desapareció; ni pude obtener un atisbo de ella después, girara como girara. Lo que me parece el mayor ingenio en todo este negocio es el hecho (pues experimentos repetidos me han convencido de que es un hecho) de que la abertura circular en cuestión no es visible desde ningún otro punto de vista alcanzable que no sea el que ofrece la estrecha repisa en la cara de la roca.

»En esta expedición al “Bishop’s Hotel” me había acompañado Júpiter, quien, sin duda, había observado, durante algunas semanas, la abstracción de mi comportamiento y tuvo especial cuidado en no dejarme solo. Pero, al día siguiente, levantándome muy temprano, logré escabullirme de él y me fui a las colinas en busca del árbol. Tras mucho esfuerzo lo encontré. Cuando llegué a casa por la noche, mi criado propuso darme una paliza. Con el resto de la aventura creo que estás tan familiarizado como yo.

»—Supongo —dije— que no diste con el lugar, en el primer intento de excavación, por la estupidez de Júpiter al dejar caer el escarabajo a través del ojo derecho en lugar de a través del ojo izquierdo del cráneo.

»—Precisamente. Este error supuso una diferencia de unas dos pulgadas y media en el “disparo”, es decir, en la posición de la estaca más cercana al árbol; y si el tesoro hubiera estado bajo el “disparo”, el error habría sido de poca importancia; pero el “disparo”, junto con el punto más cercano del árbol, eran meramente dos puntos para el establecimiento de una línea de dirección; por supuesto, el error, por trivial que fuera al principio, aumentó a medida que avanzamos con la línea, y para cuando habíamos recorrido cincuenta pies, nos desvió por completo de la pista. De no ser por mis impresiones profundamente arraigadas de que el tesoro estaba en realidad enterrado en alguna parte por aquí, podríamos haber tenido todo nuestro trabajo en vano.

»—Pero tu grandilocuencia y tu conducta al balancear el escarabajo, ¡qué excesivamente extraño! Estaba seguro de que estabas loco. ¿Y por qué insististe en dejar caer el escarabajo, en lugar de una bala, desde el cráneo?

»—Bueno, para ser franco, me sentí algo molesto por tus evidentes sospechas sobre mi cordura, así que resolví castigarte en silencio, a mi manera, con un poco de mistificación sobria. Por esta razón balanceé el escarabajo y por esta razón lo dejé caer desde el árbol. Una observación tuya sobre su gran peso sugirió esta última idea.

»—Sí, percibo; y ahora solo hay un punto que me desconcierta. ¿Qué debemos pensar de los esqueletos encontrados en el hoyo?

»—Esa es una pregunta que no soy más capaz de responder que tú mismo. Parece, sin embargo, haber solo una forma plausible de explicarlos, y aun así es terrible creer en tal atrocidad como la que mi sugerencia implicaría. Está claro que Kidd —si es que Kidd escondió este tesoro, de lo cual no dudo—, está claro que debió tener ayuda en la labor. Pero, una vez concluida esta labor, puede haber considerado oportuno eliminar a todos los participantes en su secreto. Quizá un par de golpes con un azadón fueron suficientes, mientras sus coadyuvantes estaban ocupados en el pozo; quizá fueron necesarios una docena, ¿quién podrá decirlo?

CUATRO BESTIAS EN UNA: EL HOMO-CAMELEOPARDO

Chacun a ses vertus.

—Jerjes, de Crébillon.

Antíoco Epífanes es considerado, por lo general, el Gog del profeta Ezequiel. Este honor, sin embargo, es atribuible con mayor propiedad a Cambises, hijo de Ciro. Y, ciertamente, el carácter del monarca sirio no necesita en absoluto de ningún adorno adventicio. Su acceso al trono, o mejor dicho, su usurpación de la soberanía, ciento setenta y un años antes de la venida de Cristo; su intento de saquear el templo de Diana en Éfeso; su implacable hostilidad hacia los judíos; su profanación del Lugar Santísimo; y su miserable muerte en Taba, tras un tumultuoso reinado de once años, son circunstancias de una índole prominente y, por tanto, más generalmente notadas por los historiadores de su tiempo que los logros impíos, cobardes, crueles, necios y caprichosos que conforman la suma total de su vida privada y su reputación.

Supongamos, amable lector, que es ahora el año del mundo tres mil ochocientos treinta y, por unos minutos, imaginémonos en esa morada tan grotesca del hombre, la notable ciudad de Antioquía. Sin duda había, en Siria y otros países, dieciséis ciudades de ese nombre, además de la que aludo más particularmente. Pero la nuestra es aquella que respondía al nombre de Antioquía Epidafne, por su proximidad a la pequeña aldea de Dafne, donde se alzaba un templo a esa divinidad. Fue construida (aunque sobre este asunto hay alguna disputa) por Seleuco Nicátor, el primer rey del país después de Alejandro Magno, en memoria de su padre Antíoco, y se convirtió inmediatamente en la residencia de la monarquía siria. En los tiempos florecientes del Imperio Romano, era la estación ordinaria del prefecto de las provincias orientales; y muchos de los emperadores de la ciudad reina (entre los que se pueden mencionar, especialmente, a Vero y Valente) pasaban aquí la mayor parte de su tiempo. Pero percibo que hemos llegado a la ciudad misma. Ascendamos a este baluarte y lancemos nuestras miradas sobre la ciudad y el campo vecino.

—¿Qué río tan ancho y rápido es ese que se abre paso, con innumerables cascadas, a través de la naturaleza montañosa y, finalmente, a través de la naturaleza de edificios?

Ese es el Orontes, y es la única agua a la vista, con la excepción del Mediterráneo, que se extiende, como un ancho espejo, a unas doce millas de distancia hacia el sur. Todo el mundo ha visto el Mediterráneo; pero déjame decirte, hay pocos que hayan echado un vistazo a Antioquía. Por pocos, quiero decir, pocos que, como tú y yo, hayamos tenido, al mismo tiempo, las ventajas de una educación moderna. Por lo tanto, deja de mirar ese mar y dedica toda tu atención a la masa de casas que se extiende bajo nosotros. Recordarás que ahora es el año del mundo tres mil ochocientos treinta. Si fuera más tarde —por ejemplo, si fuera el año de nuestro Señor mil ochocientos cuarenta y cinco—, nos veríamos privados de este extraordinario espectáculo. En el siglo diecinueve Antioquía está —es decir, Antioquía estará— en un lamentable estado de decadencia. Habrá sido, para entonces, totalmente destruida, en tres periodos diferentes, por tres terremotos sucesivos. De hecho, a decir verdad, lo poco que pueda quedar de su antiguo yo se encontrará en un estado tan desolado y ruinoso que el patriarca habrá trasladado su residencia a Damasco. Esto está bien. Veo que aprovechas mis consejos y sacas el máximo partido a tu tiempo inspeccionando el lugar, en

—saciando tus ojos Con los monumentos y las cosas de fama Que dan más renombre a esta ciudad.—

Pido disculpas; había olvidado que Shakespeare no florecerá hasta dentro de mil setecientos cincuenta años. Pero ¿no justifica la apariencia de Epidafne que yo la llame grotesca?

—Está bien fortificada; y en este aspecto está tan en deuda con la naturaleza como con el arte.

Muy cierto.

—Hay un número prodigioso de palacios señoriales.

Lo hay.

—Y los numerosos templos, suntuosos y magníficos, pueden soportar la comparación con los más alabados de la antigüedad.

Todo esto debo reconocerlo. Aun así, hay una infinidad de chozas de barro y tugurios abominables. No podemos dejar de percibir abundancia de inmundicia en cada perrera y, si no fuera por los vapores abrumadores del incienso idólatra, no me cabe duda de que encontraríamos un hedor de lo más intolerable. ¿Ha visto usted alguna vez calles tan insoportablemente estrechas o casas tan milagrosamente altas? ¡Qué penumbra proyectan sus sombras sobre el suelo! Menos mal que las lámparas oscilantes de esas interminables columnatas se mantienen encendidas durante todo el día; de lo contrario, tendríamos la oscuridad de Egipto en tiempos de su desolación.

—¡Es ciertamente un lugar extraño! ¿Cuál es el significado de aquel singular edificio? ¡Mire! ¡Se alza por encima de todos los demás y se encuentra al este de lo que supongo es el palacio real!

Ese es el nuevo Templo del Sol, quien es adorado en Siria bajo el título de Elah Gabalah. En el futuro, un notorio emperador romano instaurará este culto en Roma y de ahí derivará un sobrenombre: Heliogábalo. Me imagino que le gustaría echar un vistazo a la divinidad del templo. No necesita mirar al cielo; su Divinidad Solar no está allí, al menos no la Divinidad Solar adorada por los sirios. Esa deidad se encuentra en el interior de aquel edificio. Es adorada bajo la figura de un gran pilar de piedra que termina en la cima en un cono o pirámide, mediante lo cual se denota el Fuego.

—¡Escuche—mire!—, quiénes pueden ser esos seres ridículos, medio desnudos, con sus rostros pintados, gritando y gesticulando ante la chusma?

Unos pocos son saltimbanquis. Otros pertenecen más particularmente a la raza de los filósofos. La mayor parte, sin embargo —aquellos especialmente que vapulean a la población con garrotes—, son los principales cortesanos del palacio, ejecutando, como es su deber, alguna loable comicidad del rey.

—¿Pero qué tenemos aquí? ¡Cielos! ¡La ciudad está plagada de bestias salvajes! ¡Qué espectáculo tan terrible! ¡Qué peculiaridad tan peligrosa!

Terrible, si usted quiere; pero no en el más mínimo grado peligrosa. Cada animal, si se toma la molestia de observar, sigue muy tranquilamente la estela de su amo. Unos pocos, por supuesto, son llevados con una cuerda alrededor del cuello, pero estos son principalmente las especies menores o tímidas. El león, el tigre y el leopardo están totalmente sin restricciones. Han sido entrenados sin dificultad para su actual profesión y atienden a sus respectivos dueños en calidad de criados. Es cierto que hay ocasiones en que la Naturaleza reclama sus dominios violados; pero entonces, el devoramiento de un hombre de armas o el estrangulamiento de un toro consagrado es una circunstancia de muy poca importancia para ser más que insinuada en Epidafne.

—¿Pero qué tumulto extraordinario oigo? ¡Sin duda es un ruido fuerte incluso para Antioquía! Argumenta alguna conmoción de interés inusual.

Sí, indudablemente. El rey ha ordenado algún espectáculo novedoso, alguna exhibición gladiatoria en el hipódromo, o quizás la masacre de los prisioneros escitas, o la conflagración de su nuevo palacio, o el derribo de un hermoso templo, o, de hecho, una hoguera de unos cuantos judíos. El alboroto aumenta. Gritos de risa ascienden a los cielos. El aire se vuelve disonante con instrumentos de viento y horrible con el clamor de un millón de gargantas. ¡Descendamos, por amor a la diversión, y veamos qué está pasando! ¡Por aquí, tenga cuidado! Aquí estamos en la calle principal, que se llama calle de Timarco. El mar de gente viene en esta dirección y encontraremos dificultades para contener la marea. Están afluiendo a través del callejón de Heráclides, que conduce directamente desde el palacio; por lo tanto, es muy probable que el rey esté entre los alborotadores. Sí, oigo los gritos del heraldo proclamando su acercamiento en la pomposa fraseología de Oriente. Tendremos un vistazo de su persona cuando pase por el templo de Ashimah. Escondámonos en el vestíbulo del santuario; estará aquí dentro de poco. Mientras tanto, examinemos esta imagen. ¿Qué es? ¡Oh! Es el dios Ashimah en persona. Usted percibe, sin embargo, que no es ni un cordero, ni una cabra, ni un sátiro, ni tiene mucho parecido con el Pan de los arcadios. Sin embargo, todas estas apariencias han sido dadas —pido perdón—, serán dadas, por los eruditos de las edades futuras, al Ashimah de los sirios. Póngase sus gafas y dígame qué es. ¿Qué es?

—¡Dios mío! ¡Es un mono!

Cierto, un babuino; pero de ninguna manera menos una deidad. Su nombre es una derivación del griego Simia; ¡qué grandes tontos son los anticuarios! ¡Pero mire! ¡Mire! Por allá corre un pilluelo andrajoso. ¿Adónde va? ¿Por qué está gritando? ¿Qué dice? ¡Oh! Dice que el rey viene en triunfo; que está vestido de gala; que acaba de terminar de dar muerte, con su propia mano, a mil prisioneros israelitas encadenados. ¡Por esta hazaña, el andrajoso lo está alabando hasta los cielos! ¡Escuche! Aquí viene una tropa de descripción similar. Han hecho un himno latino sobre el valor del rey y lo están cantando mientras avanzan:

Mille, mille, mille, Mille, mille, mille, Decollavimus, unus homo! Mille, mille, mille, mille, decollavimus! Mille, mille, mille, Vivat qui mille mille occidit! Tantum vini habet nemo Quantum sanguinis effudit!

Que puede parafrasearse así:

¡Mil, mil, mil, mil, mil, mil, con un guerrero hemos matado! ¡Mil, mil, mil, mil! ¡Cantad mil de nuevo! ¡Ea! Cantemos larga vida a nuestro rey, que abatió a mil tan bien. ¡Ea! ¡Rugid, que nos ha dado más galones rojos de sangre que toda Siria puede proporcionar de vino!

—¿Oye ese floreo de trompetas?

Sí, ¡el rey viene! ¡Mire! La gente está pasmada de admiración y levanta los ojos a los cielos en reverencia. ¡Viene! ¡Está viniendo! ¡Ahí está!

—¿Quién? ¿Dónde? ¿El rey? No lo veo, no puedo decir que lo perciba.

Entonces debe estar usted ciego.

—Muy posible. Aun así, no veo nada más que una tumultuosa turba de idiotas y locos, que están ocupados postrándose ante un gigantesco camaleopardo e intentando obtener un beso de los cascos del animal. ¡Mire! La bestia ha pateado muy justamente a uno de la chusma, y a otro, y a otro, y a otro. De hecho, no puedo dejar de admirar al animal por el excelente uso que está haciendo de sus pies.

¡Chusma, de hecho! ¡Por qué, estos son los nobles y libres ciudadanos de Epidafne! ¿Bestias, dijo usted? Tenga cuidado de que no le oigan. ¿No percibe que el animal tiene el rostro de un hombre? ¡Vaya, mi querido señor, ese camaleopardo no es otro que Antíoco Epífanes, Antíoco el Ilustre, Rey de Siria y el más potente de todos los autócratas de Oriente! Es cierto que se le titula, a veces, Antíoco Epimanes —Antíoco el loco—, pero eso es porque toda la gente no tiene la capacidad de apreciar sus méritos. También es cierto que está en este momento escondido en la piel de una bestia y está haciendo todo lo posible por desempeñar el papel de un camaleopardo; pero esto se hace para sostener mejor su dignidad como rey. Además, el monarca es de estatura gigantesca y el vestido, por tanto, no es ni inapropiado ni demasiado grande. Podemos, sin embargo, presumir que no lo habría adoptado de no ser por alguna ocasión de especial pompa. Tal, usted admitirá, es la masacre de mil judíos. ¡Con qué dignidad superior deambula el monarca a cuatro patas! Su cola, percibe usted, es sostenida en alto por sus dos principales concubinas, Elline y Argelais; y toda su apariencia sería infinitamente atrayente, si no fuera por la protuberancia de sus ojos, que ciertamente saltarán de su cabeza, y el color extraño de su rostro, que se ha vuelto indescriptible por la cantidad de vino que ha tragado. Sigámoslo al hipódromo, adonde se dirige, y escuchemos el canto de triunfo que está comenzando:

¿Quién es rey sino Epífanes? Diga, ¿lo sabe? ¿Quién es rey sino Epífanes? ¡Bravo! ¡Bravo! No hay otro más que Epífanes, No, no hay nadie: ¡Así que derribad los templos y apagad el sol!

¡Bien y vigorosamente cantado! La población lo aclama como «Príncipe de los Poetas», así como «Gloria de Oriente», «Deleite del Universo» y «El más notable de los Camaleopardos». Han pedido un bis de su efusión y, ¿oye usted?, lo está cantando de nuevo. Cuando llegue al hipódromo, será coronado con la corona poética, en anticipación de su victoria en los próximos Juegos Olímpicos.

—¡Pero, buen Júpiter! ¿Qué pasa en la multitud detrás de nosotros?

¿Detrás de nosotros, dijo usted? ¡Oh! ¡Ah! Ya percibo. Amigo mío, es bueno que haya hablado a tiempo. Vayamos a un lugar seguro tan pronto como sea posible. ¡Aquí! Escondámonos en el arco de este acueducto y le informaré enseguida del origen de la conmoción. Ha resultado como yo estaba anticipando. La singular apariencia del camaleopardo y la cabeza de un hombre ha, al parecer, ofendido las nociones de decoro que tienen, en general, los animales salvajes domesticados en la ciudad. Un motín ha sido el resultado; y, como es usual en tales ocasiones, todos los esfuerzos humanos serán de escasa utilidad para sofocar a la turba. Varios sirios ya han sido devorados; pero la voz general de los patriotas de cuatro patas parece ser comerse al camaleopardo. El «Príncipe de los Poetas», por lo tanto, está sobre sus patas traseras, corriendo por su vida. Sus cortesanos lo han dejado en la estacada y sus concubinas han seguido tan excelente ejemplo. ¡«Deleite del Universo», estás en un triste predicamento! ¡«Gloria de Oriente», estás en peligro de ser masticado! Por tanto, nunca mires tan piadosamente tu cola; indudablemente se arrastrará por el fango y para esto no hay remedio. No mires atrás, entonces, a su inevitable degradación; ¡sino cobra ánimo, mueve tus patas con vigor y huye hacia el hipódromo! Recuerda que eres Antíoco Epífanes. ¡Antíoco el Ilustre! —también «Príncipe de los Poetas», «Gloria de Oriente», «Deleite del Universo» y «El más notable de los Camaleopardos»! ¡Cielos! ¡Qué poder de velocidad estás desplegando! ¡Qué capacidad para poner pies en polvorosa estás desarrollando! ¡Corre, Príncipe! ¡Bravo, Epífanes! ¡Bien hecho, Camaleopardo! ¡Glorioso Antíoco! ¡Corre! ¡Salta! ¡Vuela! ¡Como una flecha de una catapulta se acerca al hipódromo! ¡Salta! ¡Grita! ¡Está ahí! Esto está bien; pues si tú, «Gloria de Oriente», hubieras tardado medio segundo más en llegar a las puertas del Anfiteatro, no habría un osezno en Epidafne que no hubiera dado un mordisco a tu carcasa. ¡Vámonos, partamos!, ¡pues encontraremos que nuestros delicados oídos modernos son incapaces de soportar el gran alboroto que está a punto de comenzar en celebración de la huida del rey! ¡Escuche! Ya ha comenzado. ¡Mire! Toda la ciudad está patas arriba.

—¡Ciertamente, esta es la ciudad más poblada de Oriente! ¡Qué desierto de gente! ¡Qué mezcolanza de todos los rangos y edades! ¡Qué multiplicidad de sectas y naciones! ¡Qué variedad de vestimentas! ¡Qué Babel de lenguas! ¡Qué griterío de bestias! ¡Qué tintineo de instrumentos! ¡Qué grupo de filósofos!

Vamos, vámonos.

—¡Espere un momento! Veo un gran alboroto en el hipódromo; ¿cuál es el significado de ello, le ruego?

¿Eso? ¡Oh, nada! Los nobles y libres ciudadanos de Epidafne, estando, como declaran, bien satisfechos de la fe, valor, sabiduría y divinidad de su rey, y habiendo sido, además, testigos oculares de su tardía agilidad sobrehumana, no creen que sea más que su deber investir sus sienes (además de la corona poética) con la corona de la victoria en la carrera a pie, una corona que es evidente que debe obtener en la celebración de la próxima Olimpiada y que, por tanto, ahora le dan por adelantado.

Nuestro primer encuentro fue en una biblioteca recóndita de la Rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos buscáramos el mismo volumen, muy raro y notable, nos llevó a una comunión más estrecha. Nos vimos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la pequeña historia familiar que él me detalló con toda la franqueza que un francés se permite siempre que el tema es su propia persona. Me asombró, además, la vasta extensión de sus lecturas; y, sobre todo, sentí mi alma inflamada por el salvaje fervor y la vívida frescura de su imaginación. Buscando en París los objetos que entonces buscaba, sentí que la compañía de un hombre así sería para mí un tesoro de valor incalculable; y este sentimiento se lo confié con franqueza. Finalmente se acordó que viviríamos juntos durante mi estancia en la ciudad; y como mis circunstancias mundanas estaban algo menos embarazadas que las suyas, se me permitió correr con los gastos de alquilar, y amueblar con un estilo que se ajustaba a la melancolía más bien fantástica de nuestro carácter común, una mansión carcomida por el tiempo y grotesca, abandonada desde hacía mucho por supersticiones en las que no indagamos, y que se tambaleaba hacia su ruina en una parte retirada y desolada del Faubourg St. Germain.

Si la rutina de nuestra vida en aquel lugar hubiera sido conocida por el mundo, se nos habría considerado locos, aunque, tal vez, como locos de naturaleza inofensiva. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitas. De hecho, la ubicación de nuestro retiro se había mantenido cuidadosamente en secreto para mis antiguos conocidos; y hacía muchos años que Dupin había dejado de conocer a nadie o ser conocido en París. Existíamos únicamente dentro de nosotros mismos.

Era un capricho de mi amigo (pues, ¿cómo llamarlo si no?) estar enamorado de la noche por sí misma; y en esta bizarrerie, como en todas sus otras, caí silenciosamente, entregándome a sus extraños antojos con un abandono total. La divinidad de sable no moraba siempre con nosotros; pero podíamos fingir su presencia. Al primer despuntar del alba cerrábamos todos los pesados postigos de nuestro viejo edificio; encendiendo un par de cirios que, fuertemente perfumados, solo emitían los rayos más espectrales y débiles. Con la ayuda de estos, ocupábamos entonces nuestras almas en sueños —leyendo, escribiendo o conversando— hasta que el reloj nos advertía de la llegada de la verdadera Oscuridad. Entonces salíamos a las calles brazo con brazo, continuando los temas del día, o vagando de aquí para allá hasta altas horas, buscando, entre las luces y sombras salvajes de la populosa ciudad, esa infinidad de estímulos mentales que la observación tranquila puede proporcionar.

En tales momentos no podía dejar de observar y admirar (aunque por su rica idealidad estaba preparado para esperarlo) una peculiar habilidad analítica en Dupin. Parecía, además, sentir un ávido deleite en su ejercicio —si no precisamente en su exhibición— y no dudaba en confesar el placer que así obtenía. Me jactaba, con una risa contenida y baja, de que la mayoría de los hombres, con respecto a él, llevaban ventanas en sus pechos, y solía seguir tales afirmaciones con pruebas directas y muy sorprendentes de su íntimo conocimiento de los míos. Su manera en esos instantes era gélida y abstracta; sus ojos tenían una expresión vacía; mientras su voz, habitualmente un rico tenor, se elevaba a un tono que habría sonado petulante de no ser por la parsimonia y la absoluta claridad de su dicción. Al observarlo en estos estados de ánimo, a menudo meditaba sobre la vieja filosofía del Alma Bipartita, y me divertía con la fantasía de un doble Dupin: el creativo y el resolutivo.

Que no se suponga, por lo que acabo de decir, que estoy detallando ningún misterio ni escribiendo ningún romance. Lo que he descrito en el francés era simplemente el resultado de una inteligencia excitada, o tal vez enferma. Pero un ejemplo del carácter de sus observaciones en los periodos en cuestión transmitirá mejor la idea.

Una noche paseábamos por una calle larga y sucia en las cercanías del Palais Royal. Estando ambos, al parecer, ocupados con el pensamiento, ninguno de nosotros había pronunciado una palabra en al menos quince minutos. De repente, Dupin irrumpió con estas palabras:

—Es un tipo muy pequeño, es cierto, y le iría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No puede haber duda de ello —repliqué sin pensarlo, y al principio sin observar (tanto me había absorbido la reflexión) la manera extraordinaria en que el interlocutor se había sumado a mis meditaciones. Un instante después, recobré el sentido y mi asombro fue profundo.

—Dupin —dije con gravedad—, esto supera mi comprensión. No dudo en decir que estoy pasmado y apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo era posible que supieras que estaba pensando en...? —Aquí hice una pausa, para cerciorarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién pensaba.

—...en Chantilly —dijo él—, ¿por qué haces una pausa? Te estabas comentando a ti mismo que su figura diminuta lo incapacitaba para la tragedia.

Esto era precisamente lo que había constituido el tema de mis reflexiones. Chantilly era un antiguo zapatero de la Rue St. Denis que, volviéndose loco por el teatro, había intentado el papel de Jerjes, en la tragedia de Crébillon del mismo nombre, y había sido notoriamente pasquinado por sus esfuerzos.

—Dime, por el amor de Dios —exclamé—, el método —si es que existe tal método— por el cual has sido capaz de sondear mi alma en este asunto. De hecho, estaba aún más sobresaltado de lo que habría estado dispuesto a expresar.

—Fue el frutero —respondió mi amigo—, quien te llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía la altura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero! Me asombras; no conozco a ningún frutero en absoluto.

—El hombre que tropezó contigo al entrar en la calle; puede haber sido hace quince minutos.

Ahora recordaba que, de hecho, un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, casi me había tirado al suelo, por accidente, cuando pasábamos de la Rue C... a la vía pública donde estábamos; pero qué tenía esto que ver con Chantilly era algo que no podía entender en absoluto.

No había ni una pizca de charlatanería en Dupin. —Explicaré —dijo—, y para que lo comprendas todo claramente, primero volveremos a trazar el curso de tus meditaciones desde el momento en que te hablé hasta el del encuentro con el frutero en cuestión. Los eslabones más grandes de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, estereotomía, las piedras de la calle, el frutero.

Hay pocas personas que no se hayan, en algún momento de sus vidas, divertido al desandar los pasos por los cuales se ha llegado a conclusiones particulares de sus propias mentes. La ocupación suele estar llena de interés; y quien lo intenta por primera vez se asombra por la distancia aparentemente ilimitada y la incoherencia entre el punto de partida y la meta. ¿Cuál, entonces, debió ser mi asombro al escuchar al francés decir lo que acababa de decir, y al no poder hacer otra cosa que reconocer que había dicho la verdad? Él continuó:

—Habíamos estado hablando de caballos, si no recuerdo mal, justo antes de dejar la Rue C... Este fue el último tema que discutimos. Al cruzar hacia esta calle, un frutero, con una gran cesta sobre la cabeza, rozándonos rápidamente, te empujó contra un montón de piedras de pavimentar acumuladas en un lugar donde la calzada estaba siendo reparada. Pisaste uno de los fragmentos sueltos, resbalaste, te torciste ligeramente el tobillo, pareciste molesto o malhumorado, murmuraste unas pocas palabras, te giraste para mirar el montón y luego continuaste en silencio. No presté especial atención a lo que hacías; pero la observación se ha convertido para mí, últimamente, en una especie de necesidad.

—Mantuviste los ojos en el suelo —mirando, con expresión petulante, los agujeros y roderas del pavimento (de modo que vi que seguías pensando en las piedras)— hasta que llegamos al pequeño callejón llamado Lamartine, que ha sido pavimentado, a modo de experimento, con bloques superpuestos y remachados. Aquí tu semblante se iluminó y, al notar que tus labios se movían, no pude dudar de que murmurabas la palabra «estereotomía», un término aplicado muy afectadamente a este tipo de pavimento. Sabía que no podrías decirte «estereotomía» sin que te vinieran a la mente las atomías, y por tanto las teorías de Epicuro; y dado que, cuando discutimos este tema hace no mucho tiempo, te mencioné cuán singularmente, y sin embargo con cuán poca atención, las vagas conjeturas de aquel noble griego habían encontrado confirmación en la reciente cosmogonía nebular, sentí que no podrías evitar dirigir tus ojos hacia la gran nebulosa en Orión, y ciertamente esperaba que lo hicieras. Miraste hacia arriba; y ahora estaba seguro de que había seguido tus pasos correctamente. Pero en esa amarga diatriba sobre Chantilly, que apareció en el «Musée» de ayer, el satírico, haciendo algunas alusiones vergonzosas al cambio de nombre del zapatero al asumir el coturno, citó una línea latina sobre la cual hemos conversado a menudo. Me refiero a la línea:

Perdidit antiquum litera prima sonum.

—Te había dicho que esto era en referencia a Orión, anteriormente escrito Urion; y, por ciertas agudezas relacionadas con esta explicación, sabía que no podías haberlo olvidado. Estaba claro, por tanto, que no dejarías de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que las combinaste lo vi por el carácter de la sonrisa que cruzó tus labios. Pensaste en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento, habías estado caminando encorvado; pero entonces vi cómo te estirabas hasta tu estatura completa. Estaba seguro entonces de que reflexionabas sobre la figura diminuta de Chantilly. En este punto interrumpí tus meditaciones para señalar que, como, de hecho, era un tipo muy pequeño —ese Chantilly—, le iría mejor en el Théâtre des Variétés.

No mucho después de esto, estábamos hojeando una edición vespertina de la «Gazette des Tribunaux», cuando los siguientes párrafos llamaron nuestra atención.

«Asesinatos extraordinarios.—Esta mañana, alrededor de las tres, los habitantes del Quartier St. Roch fueron despertados de su sueño por una sucesión de gritos terroríficos que, al parecer, provenían del cuarto piso de una casa en la Rue Morgue, conocida por estar ocupada únicamente por una tal Madame L’Espanaye y su hija, Mademoiselle Camille L’Espanaye. Tras cierta demora, provocada por un intento infructuoso de conseguir entrar de la manera habitual, la puerta fue derribada con una palanca, y ocho o diez de los vecinos entraron acompañados por dos gendarmes. Para entonces los gritos habían cesado; pero, mientras el grupo subía el primer tramo de escaleras, se distinguieron dos o más voces ásperas en airada disputa que parecían proceder de la parte superior de la casa. Al llegar al segundo rellano, estos sonidos también habían cesado y todo permaneció perfectamente en calma. El grupo se dispersó y se apresuró de habitación en habitación. Al llegar a una gran cámara trasera en el cuarto piso (cuya puerta, al encontrarse cerrada con llave por dentro, fue forzada), se presentó un espectáculo que sobrecogió a todos los presentes no menos por el horror que por el asombro.

La estancia estaba en el desorden más absoluto; los muebles rotos y esparcidos en todas direcciones. Solo había una cama; y de esta se había retirado el lecho, que estaba tirado en medio del suelo. Sobre una silla yacía una navaja de afeitar manchada de sangre. En el hogar había dos o tres largos y gruesos mechones de cabello humano gris, también salpicados de sangre, y que parecían haber sido arrancados de raíz. Sobre el suelo se encontraron cuatro napoleones, un pendiente de topacio, tres grandes cucharas de plata, tres más pequeñas de métal d’Alger, y dos bolsas que contenían casi cuatro mil francos en oro. Los cajones de una cómoda, que estaba en un rincón, estaban abiertos y, al parecer, habían sido saqueados, aunque muchos objetos aún permanecían en ellos. Una pequeña caja fuerte de hierro fue descubierta bajo la cama (no bajo la estructura de la cama). Estaba abierta, con la llave aún en la cerradura. No contenía nada más que unas pocas cartas antiguas y otros papeles de poca importancia.

De Madame L’Espanaye no se vio rastro alguno; pero, al observarse una cantidad inusual de hollín en la chimenea, se realizó un registro en ella y (¡horrible es decirlo!) se arrastró de allí el cadáver de la hija, con la cabeza hacia abajo; habiendo sido forzada a subir por la estrecha abertura una distancia considerable. El cuerpo estaba bastante caliente. Al examinarlo, se percibieron muchas escoriaciones, sin duda causadas por la violencia con la que había sido empujado hacia arriba y desencajado. En el rostro había muchos arañazos profundos y, en la garganta, moratones oscuros y profundas hendiduras de uñas, como si la fallecida hubiera sido estrangulada hasta la muerte.

Tras una exhaustiva investigación de cada parte de la casa, sin más hallazgos, el grupo se dirigió a un pequeño patio pavimentado en la parte trasera del edificio, donde yacía el cadáver de la anciana, con la garganta tan completamente cortada que, al intentar levantarla, la cabeza se desprendió. El cuerpo, así como la cabeza, estaba horriblemente mutilado; el primero, tanto, que apenas conservaba apariencia de humanidad.

Ante este horrible misterio no existe, hasta ahora, creemos, la más mínima pista.»

El periódico del día siguiente traía estos detalles adicionales.

«La tragedia en la Rue Morgue.—Muchos individuos han sido examinados en relación con este asunto de lo más extraordinario y espantoso» [La palabra ‘affaire’ aún no tiene, en Francia, esa levedad de significado que conlleva con nosotros], «pero no ha trascendido nada en absoluto que arroje luz sobre ello. Damos a continuación todo el testimonio material obtenido.

Pauline Dubourg, lavandera, declara que ha conocido a ambas fallecidas durante tres años, habiendo lavado para ellas durante ese periodo. La anciana y su hija parecían llevarse bien; muy cariñosas la una con la otra. Pagaban excelentemente. No podría hablar respecto a su modo o medios de vida. Creía que Madame L. echaba las cartas para ganarse la vida. Tenía fama de tener dinero ahorrado. Nunca encontró a ninguna persona en la casa cuando iba a recoger la ropa o a llevarla de vuelta. Estaba segura de que no tenían ninguna sirvienta empleada. Parecía no haber muebles en ninguna parte del edificio excepto en el cuarto piso.

Pierre Moreau, estanquero, declara que ha tenido la costumbre de vender pequeñas cantidades de tabaco y rapé a Madame L’Espanaye durante casi cuatro años. Nació en el vecindario y siempre ha residido allí. La fallecida y su hija habían ocupado la casa donde se encontraron los cadáveres durante más de seis años. Anteriormente estaba ocupada por un joyero, que subarrendaba las habitaciones superiores a varias personas. La casa era propiedad de Madame L. Se sintió insatisfecha con el abuso de las instalaciones por parte de su inquilino y se mudó ella misma, negándose a alquilar ninguna parte. La anciana era pueril. El testigo había visto a la hija unas cinco o seis veces durante los seis años. Ambas llevaban una vida extremadamente retirada; se decía que tenían dinero. Había oído decir entre los vecinos que Madame L. echaba las cartas; no lo creía. Nunca había visto a ninguna persona entrar por la puerta excepto a la anciana y a su hija, a un portero una o dos veces, y a un médico unas ocho o diez veces.

Muchas otras personas, vecinas, dieron testimonio en el mismo sentido. No se habló de nadie que frecuentara la casa. No se sabía si había parientes vivos de Madame L. y su hija. Los postigos de las ventanas frontales rara vez se abrían. Los de la parte trasera estaban siempre cerrados, con excepción de la gran habitación trasera, en el cuarto piso. La casa era una buena casa; no muy vieja.

Isidore Musèt, gendarme, declara que fue llamado a la casa alrededor de las tres de la mañana y encontró a unas veinte o treinta personas en la puerta, tratando de obtener acceso. La forzó, finalmente, con una bayoneta, no con una palanca. Tuvo pocas dificultades para abrirla, debido a que era una puerta doble o plegable, y no estaba echado el cerrojo ni arriba ni abajo. Los gritos continuaron hasta que se forzó la puerta, y entonces cesaron repentinamente. Parecían gritos de alguna persona (o personas) con gran agonía; eran fuertes y prolongados, no cortos y rápidos. El testigo encabezó la subida. Al llegar al primer rellano, escuchó dos voces en airada disputa: una voz ronca, la otra mucho más aguda; una voz muy extraña. Pudo distinguir algunas palabras de la primera, que era la de un francés. Estaba seguro de que no era una voz de mujer. Pudo distinguir las palabras ‘sacré’ y ‘diable’. La voz aguda era la de un extranjero. No podía estar seguro de si era la voz de un hombre o de una mujer. No pudo entender lo que se decía, pero creía que el idioma era español. El estado de la habitación y de los cuerpos fue descrito por este testigo como los describimos ayer.

Henri Duval, vecino y platero de oficio, declara que fue uno de los del grupo que entró primero en la casa. Corrobora el testimonio de Musèt en general. Tan pronto como forzaron la entrada, volvieron a cerrar la puerta para mantener fuera a la multitud, que se reunió muy rápidamente, a pesar de lo avanzado de la hora. La voz aguda, piensa este testigo, era la de un italiano. Estaba seguro de que no era francesa. No podía estar seguro de que fuera la voz de un hombre. Podría haber sido la de una mujer. No estaba familiarizado con el idioma italiano. No pudo distinguir las palabras, pero estaba convencido por la entonación de que el hablante era un italiano. Conocía a Madame L. y a su hija. Había conversado con ambas frecuentemente. Estaba seguro de que la voz aguda no era la de ninguna de las fallecidas.

—Odenheimer, restaurador. Este testigo ofreció voluntariamente su testimonio. Al no hablar francés, fue examinado a través de un intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por la casa en el momento de los gritos. Duraron varios minutos, probablemente diez. Eran largos y fuertes; muy terribles y angustiosos. Fue uno de los que entraron en el edificio. Corroboró el testimonio anterior en todos los aspectos menos en uno. Estaba seguro de que la voz aguda era la de un hombre; la de un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas. Eran fuertes y rápidas, desiguales, pronunciadas al parecer con miedo tanto como con ira. La voz era áspera, no tanto aguda como áspera. No podría llamarla una voz aguda. La voz ronca decía repetidamente ‘sacré’, ‘diable’, y una vez ‘mon Dieu’.

Jules Mignaud, banquero, de la firma Mignaud et Fils, Rue Deloraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L’Espanaye tenía alguna propiedad. Había abierto una cuenta con su casa bancaria en la primavera del año (ocho años antes). Realizaba depósitos frecuentes en pequeñas sumas. No había retirado nada hasta el tercer día antes de su muerte, cuando sacó en persona la suma de 4000 francos. Esta suma fue pagada en oro, y un empleado acompañó a la señora a casa con el dinero.

Adolphe Le Bon, empleado de Mignaud et Fils, declara que el día en cuestión, alrededor del mediodía, acompañó a Madame L’Espanaye a su residencia con los 4000 francos, guardados en dos bolsas. Al abrirse la puerta, Mademoiselle L. apareció y tomó de sus manos una de las bolsas, mientras la anciana lo relevaba de la otra. Luego hizo una reverencia y se marchó. No vio a ninguna persona en la calle en ese momento. Es una calle secundaria, muy solitaria.

William Bird, sastre, declara que fue uno de los del grupo que entró en la casa. Es inglés. Ha vivido en París dos años. Fue uno de los primeros en subir las escaleras. Escuchó las voces en disputa. La voz ronca era la de un francés. Pudo entender varias palabras, pero no puede recordarlas todas ahora. Escuchó claramente ‘sacré’ y ‘mon Dieu’. Hubo un sonido en ese momento como de varias personas forcejeando; un sonido de arañazos y forcejeo. La voz aguda era muy fuerte, más fuerte que la ronca. Está seguro de que no era la voz de un inglés. Parecía ser la de un alemán. Podría haber sido la voz de una mujer. No entiende alemán.»

«Cuatro de los testigos arriba mencionados, al ser llamados de nuevo, declararon que la puerta de la habitación en la que fue hallado el cadáver de Mademoiselle L. estaba cerrada por dentro cuando el grupo llegó a ella. Todo estaba en perfecto silencio; no hubo gemidos ni ruidos de ninguna clase. Al forzar la puerta, no se vio a nadie. Las ventanas, tanto la de la habitación trasera como la de la delantera, estaban bajadas y firmemente aseguradas desde el interior. Una puerta entre las dos estancias estaba cerrada, pero no echada la llave. La puerta que conducía desde la habitación delantera al pasillo estaba cerrada con llave, con la llave puesta por dentro. Una pequeña habitación en la parte delantera de la casa, en el cuarto piso, al final del pasillo, estaba abierta, con la puerta entreabierta. Esta habitación estaba atestada de camas viejas, cajas, etcétera. Estos objetos fueron retirados y examinados cuidadosamente. No quedó ni una pulgada de ninguna parte de la casa que no fuera minuciosamente registrada. Se pasaron deshollinadores por todas las chimeneas. La casa era de cuatro plantas, con buhardillas (mansardes). Una trampilla en el tejado estaba clavada con gran firmeza; no parecía haber sido abierta en años. El tiempo transcurrido entre que se oyeron las voces en disputa y la apertura de la puerta de la habitación fue señalado de diversas maneras por los testigos. Algunos lo cifraron en tres minutos; otros, en cinco. La puerta se abrió con dificultad.

»Alfonzo Garcio, enterrador, declara que reside en la Rue Morgue. Es natural de España. Fue uno de los miembros del grupo que entró en la casa. No subió a las plantas superiores. Es nervioso y temía las consecuencias de la agitación. Oyó las voces en disputa. La voz ronca era la de un francés. No pudo distinguir lo que se decía. La voz aguda era la de un inglés; está seguro de ello. No entiende el idioma inglés, pero juzga por la entonación.

»Alberto Montani, confitero, declara que fue uno de los primeros en subir las escaleras. Oyó las voces en cuestión. La voz ronca era la de un francés. Distinguió varias palabras. El hablante parecía estar protestando. No pudo entender las palabras de la voz aguda. Hablaba rápido y de forma desigual. Cree que es la voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es italiano. Nunca ha conversado con un nativo de Rusia.

»Varios testigos, llamados de nuevo, testificaron aquí que las chimeneas de todas las habitaciones del cuarto piso eran demasiado estrechas para permitir el paso de un ser humano. Por "deshollinadores" se entendían cepillos cilíndricos, tales como los empleados por quienes limpian chimeneas. Estos cepillos fueron pasados por todos los conductos de la casa. No hay pasillo trasero por el que alguien pudiera haber descendido mientras el grupo subía las escaleras. El cadáver de Mademoiselle L’Espanaye estaba tan fuertemente encajado en la chimenea que no pudo ser sacado hasta que cuatro o cinco de los presentes unieron sus fuerzas.

»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado para examinar los cuerpos al amanecer. Ambos yacían entonces sobre el jergón de la cama en la habitación donde fue hallada Mademoiselle L. El cadáver de la joven estaba muy magullado y escoriado. El hecho de que hubiera sido introducido a empujones por la chimenea explicaría suficientemente estas apariencias. La garganta estaba muy rozada. Había varios arañazos profundos justo debajo de la barbilla, junto con una serie de manchas lívidas que eran evidentemente la impresión de unos dedos. El rostro estaba terriblemente descolorido y los globos oculares sobresalían. La lengua había sido parcialmente mordida. Se descubrió un gran hematoma sobre la boca del estómago, producido, al parecer, por la presión de una rodilla. En opinión del señor Dumas, Mademoiselle L’Espanaye fue estrangulada hasta la muerte por alguna persona o personas desconocidas. El cadáver de la madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna y el brazo derechos estaban más o menos destrozados. La tibia izquierda estaba muy astillada, así como todas las costillas del lado izquierdo. El cuerpo entero, terriblemente magullado y descolorido. No fue posible decir cómo se habían infligido las lesiones. Un pesado garrote de madera, o una ancha barra de hierro, una silla, cualquier arma grande, pesada y obtusa habría producido tales resultados, de ser manejada por las manos de un hombre muy poderoso. Ninguna mujer podría haber infligido los golpes con arma alguna. La cabeza de la fallecida, cuando fue vista por el testigo, estaba totalmente separada del cuerpo y también muy destrozada. La garganta había sido cortada evidentemente con algún instrumento muy afilado, probablemente una navaja de afeitar.

»Alexandre Etienne, cirujano, fue llamado junto con el señor Dumas para examinar los cuerpos. Corroboró el testimonio y las opiniones del señor Dumas.

»No se obtuvo nada más de importancia, aunque fueron examinadas otras personas. Un asesinato tan misterioso y tan desconcertante en todos sus pormenores no se había cometido nunca antes en París, si es que, en efecto, se ha cometido un asesinato en absoluto. La policía se encuentra totalmente desorientada, un hecho inusual en asuntos de esta naturaleza. No hay, sin embargo, la sombra de una pista aparente».

La edición vespertina del periódico declaraba que el mayor alboroto continuaba en el Quartier St. Roch; que el local en cuestión había sido minuciosamente registrado de nuevo y que se habían instituido nuevos interrogatorios a los testigos, pero todo en vano. Un posdata, sin embargo, mencionaba que Adolphe Le Bon había sido detenido y encarcelado, aunque nada parecía incriminarlo más allá de los hechos ya detallados.

Dupin parecía singularmente interesado en el progreso de este asunto; al menos eso deduje por su actitud, pues no hizo comentarios. Fue solo después del anuncio de que Le Bon había sido encarcelado cuando me pidió mi opinión respecto a los asesinatos.

No pude más que coincidir con todo París al considerarlos un misterio insoluble. No veía medios por los cuales fuera posible rastrear al asesino.

—No debemos juzgar los medios —dijo Dupin— por esta cáscara de investigación. La policía parisina, tan alabada por su sagacidad, es astuta, pero nada más. No hay método en sus procedimientos, más allá del método del momento. Hacen un gran despliegue de medidas; pero, a menudo, estas están tan mal adaptadas a los objetivos propuestos que nos recuerdan al Monsieur Jourdain pidiendo su *robe-de-chambre*—*pour mieux entendre la musique*. Los resultados alcanzados por ellos no son infrecuentemente sorprendentes, pero, en su mayor parte, se logran mediante simple diligencia y actividad. Cuando estas cualidades son inútiles, sus planes fracasan. Vidocq, por ejemplo, era un buen adivinador y un hombre perseverante. Pero, sin un pensamiento educado, se equivocaba continuamente por la propia intensidad de sus investigaciones. Deterioraba su visión manteniendo el objeto demasiado cerca. Podría ver, tal vez, uno o dos puntos con una claridad inusual, pero al hacerlo, perdía necesariamente de vista el asunto como un todo. Así, existe tal cosa como ser demasiado profundo. La verdad no está siempre en un pozo. De hecho, en lo que respecta al conocimiento más importante, creo que es invariablemente superficial. La profundidad reside en los valles donde la buscamos, y no en las cumbres de las montañas donde se encuentra. Los modos y fuentes de este tipo de error están bien tipificados en la contemplación de los cuerpos celestes. Mirar una estrella de reojo; verla de manera lateral, volviendo hacia ella las porciones exteriores de la retina (más susceptibles a las impresiones débiles de luz que las interiores), es contemplar la estrella con distinción, es tener la mejor apreciación de su brillo; un brillo que se atenúa justo en proporción a medida que dirigimos nuestra visión plenamente hacia ella. Un mayor número de rayos llega realmente al ojo en este último caso, pero, en el primero, existe una capacidad de comprensión más refinada. Por una profundidad indebida, confundimos y debilitamos el pensamiento; y es posible hacer que incluso la mismísima Venus desaparezca del firmamento mediante un escrutinio demasiado sostenido, demasiado concentrado o demasiado directo.

—En cuanto a estos asesinatos, entremos nosotros mismos en algunos exámenes, antes de formarnos una opinión al respecto. Una investigación nos proporcionará entretenimiento —[creí que era un término extraño, así aplicado, pero no dije nada]— y, además, Le Bon me hizo una vez un favor por el cual no soy un ingrato. Iremos a ver el lugar con nuestros propios ojos. Conozco a G——, el Prefecto de Policía, y no tendré dificultad en obtener el permiso necesario.

Se obtuvo el permiso y nos dirigimos de inmediato a la Rue Morgue. Esta es una de esas miserables vías que intervienen entre la Rue Richelieu y la Rue St. Roch. Era tarde cuando llegamos, pues este barrio está a gran distancia de aquel en el que residíamos. La casa fue hallada fácilmente; pues todavía había muchas personas mirando hacia arriba, a las contraventanas cerradas, con una curiosidad sin objeto, desde el lado opuesto de la calle. Era una casa parisina corriente, con una entrada, a un lado de la cual había una garita acristalada, con un panel deslizante en la ventana, que indicaba una *loge de concierge*. Antes de entrar, caminamos por la calle, giramos por un callejón y luego, girando de nuevo, pasamos por la parte trasera del edificio; Dupin, mientras tanto, examinaba todo el vecindario, así como la casa, con una minuciosidad de atención para la que no pude ver objeto posible.

Desandando nuestros pasos, llegamos de nuevo a la fachada de la vivienda, llamamos y, tras mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos por los agentes a cargo. Subimos las escaleras, hasta la habitación donde el cadáver de Mademoiselle L’Espanaye había sido encontrado, y donde ambos fallecidos aún yacían. Los desórdenes de la habitación habían sido, como de costumbre, dejados tal cual. No vi nada más allá de lo que se había expuesto en la «Gazette des Tribunaux». Dupin escrutó todo, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Luego fuimos a las otras habitaciones y al patio; un gendarme nos acompañó durante todo el tiempo. El examen nos ocupó hasta el anochecer, momento en que partimos. De camino a casa, mi compañero se detuvo un momento en la oficina de uno de los periódicos diarios.

He dicho que los caprichos de mi amigo eran múltiples, y que *je les ménageais*: para esta frase no hay equivalente en inglés. Era su humor, ahora, declinar toda conversación sobre el tema del asesinato hasta el mediodía del día siguiente. Entonces me preguntó, repentinamente, si había observado algo peculiar en la escena de la atrocidad.

Había algo en su manera de enfatizar la palabra «peculiar» que me hizo estremecer, sin saber por qué.

—No, nada peculiar —dije—; nada más, al menos, de lo que ambos vimos expuesto en el periódico.

—La «Gazette» —respondió—, no ha entrado, me temo, en el horror inusual del asunto. Pero desestime las opiniones ociosas de este impreso. Me parece que este misterio es considerado insoluble, por la misma razón que debería causar que fuera considerado fácil de solucionar; me refiero al carácter *outré* de sus rasgos. La policía está confundida por la aparente ausencia de móvil; no para el asesinato en sí, sino para la atrocidad del asesinato. Están perplejos, también, por la aparente imposibilidad de conciliar las voces oídas en disputa con los hechos de que nadie fue descubierto arriba más que la asesinada Mademoiselle L’Espanaye, y de que no había medios de salida sin que se percatara el grupo que ascendía. El salvaje desorden de la habitación; el cadáver empujado, con la cabeza hacia abajo, por la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana; estas consideraciones, junto con las recién mencionadas, y otras que no necesito mencionar, han bastado para paralizar las facultades, al dejar completamente en falta la jactanciosa sagacidad de los agentes del gobierno. Han caído en el grosero pero común error de confundir lo inusual con lo abstruso. Pero es mediante estas desviaciones del plano de lo ordinario como la razón abre su camino, si es que lo hace, en su búsqueda de lo verdadero. En investigaciones como las que estamos siguiendo, no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué ha ocurrido que nunca haya ocurrido antes». De hecho, la facilidad con la que llegaré, o he llegado, a la solución de este misterio, está en relación directa con su aparente insolubilidad a los ojos de la policía.

Miré al interlocutor con mudo asombro.

—Estoy esperando ahora —continuó, mirando hacia la puerta de nuestra habitación—; estoy esperando a una persona que, aunque tal vez no sea el autor de estas carnicerías, debe haber estado en cierta medida implicado en su perpetración. De la peor parte de los crímenes cometidos, es probable que él sea inocente. Espero tener razón en esta suposición; pues sobre ella construyo mi esperanza de descifrar el enigma completo. Busco al hombre aquí, en esta habitación, en todo momento. Es cierto que puede no llegar; pero la probabilidad es que lo hará. Si viniera, será necesario retenerlo. Aquí hay pistolas; y ambos sabemos cómo usarlas cuando la ocasión exige su uso.

Tomé las pistolas, apenas sabiendo lo que hacía, ni creyendo lo que oía, mientras Dupin continuaba, muy como si fuera un soliloquio. Ya he hablado de su manera abstracta en tales momentos. Su discurso estaba dirigido a mí; pero su voz, aunque de ningún modo fuerte, tenía esa entonación que se emplea comúnmente al hablar con alguien a gran distancia. Sus ojos, vacíos de expresión, observaban solo la pared.

—Que las voces oídas en disputa —dijo—, por el grupo en las escaleras, no eran las voces de las mujeres mismas, fue plenamente probado por la evidencia. Esto nos alivia de toda duda sobre la cuestión de si la anciana podría haber destruido primero a la hija y después haber cometido suicidio. Hablo de este punto principalmente por mor del método; pues la fuerza de Madame L’Espanaye habría sido absolutamente desigual para la tarea de empujar el cadáver de su hija por la chimenea tal como fue hallado; y la naturaleza de las heridas en su propia persona excluye totalmente la idea de la autodestrucción. El asesinato, pues, ha sido cometido por algún tercero; y las voces de este tercero fueron las oídas en disputa. Déjeme ahora advertir; no sobre todo el testimonio respecto a estas voces, sino sobre lo que fue peculiar en ese testimonio. ¿Observó algo peculiar al respecto?

Observé que, mientras todos los testigos coincidían en suponer que la voz ronca era la de un francés, había mucho desacuerdo con respecto a la voz aguda, o, como un individuo la denominó, la voz áspera.

—Esa fue la evidencia en sí —dijo Dupin—, pero no fue la peculiaridad de la evidencia. Usted no ha observado nada distintivo. Sin embargo, había algo que observar. Los testigos, como usted señala, coincidieron sobre la voz ronca; fueron aquí unánimes. Pero con respecto a la voz aguda, la peculiaridad es; no que estuvieran en desacuerdo; sino que, mientras un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés intentaron describirla, cada uno habló de ella como la *de un extranjero*. Cada uno está seguro de que no era la voz de uno de sus propios compatriotas. Cada uno la compara, no con la voz de un individuo de ninguna nación con cuyo idioma esté familiarizado, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y «podría haber distinguido algunas palabras *si hubiera estado familiarizado con el español*». El holandés sostiene que fue la de un francés; pero encontramos que se afirma que «*al no entender francés, este testigo fue interrogado a través de un intérprete*». El inglés piensa que es la voz de un alemán, y «*no entiende alemán*». El español «está seguro» de que era la de un inglés, pero «juzga por la entonación» por completo, «*ya que no tiene conocimiento del inglés*». El italiano cree que es la voz de un ruso, pero «*nunca ha conversado con un nativo de Rusia*». Un segundo francés difiere, además, del primero, y está seguro de que la voz era la de un italiano; pero, *no siendo conocedor de esa lengua*, está, como el español, «convencido por la entonación». ¡Ahora bien, cuán extrañamente inusual debe haber sido realmente esa voz, sobre la cual pudo ser obtenido un testimonio como este! ¡En cuyos tonos, incluso, los habitantes de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieron reconocer nada familiar! Usted dirá que podría haber sido la voz de un asiático, de un africano. Ni los asiáticos ni los africanos abundan en París; pero, sin negar la inferencia, ahora simplemente llamaré su atención sobre tres puntos. La voz es calificada por un testigo como «áspera antes que aguda». Es representada por otros dos como «rápida y desigual». Ninguna palabra, ningún sonido parecido a palabras, fueron mencionados por ningún testigo como distinguibles.

—No sé —continuó Dupin—, qué impresión puedo haber causado, hasta ahora, en su entendimiento; pero no dudo en decir que las deducciones legítimas incluso de esta parte del testimonio, la parte respecto a las voces ronca y aguda, son en sí mismas suficientes para engendrar una sospecha que debería dar dirección a todo progreso ulterior en la investigación del misterio. Dije «deducciones legítimas»; pero mi significado no está expresado así completamente. Pretendía dar a entender que las deducciones son las únicas apropiadas, y que la sospecha surge inevitablemente de ellas como el resultado único. Cuál sea la sospecha, sin embargo, no lo diré todavía. Solo deseo que tenga en cuenta que, para mí, fue suficientemente contundente para dar una forma definida, una cierta tendencia, a mis indagaciones en la habitación.

—Transportémonos ahora, en fantasía, a esta habitación. ¿Qué buscaremos primero aquí? Los medios de salida empleados por los asesinos. No es demasiado decir que ninguno de nosotros cree en eventos preternaturales. Madame y Mademoiselle L’Espanaye no fueron destruidas por espíritus. Los autores del hecho eran materiales, y escaparon materialmente. Entonces, ¿cómo? Afortunadamente, solo hay un modo de razonar sobre el punto, y ese modo debe llevarnos a una decisión definitiva. Examinemos, uno por uno, los posibles medios de salida. Está claro que los asesinos estaban en la habitación donde Mademoiselle L’Espanaye fue hallada, o al menos en la habitación contigua, cuando el grupo subió las escaleras. Es, pues, solo desde estas dos estancias desde donde tenemos que buscar salidas. La policía ha dejado al descubierto los suelos, los techos y la mampostería de las paredes, en todas direcciones. Ninguna salida secreta podría haber escapado a su vigilancia. Pero, no confiando en sus ojos, examiné con los míos. No había, pues, salidas secretas. Ambas puertas que conducían desde las habitaciones al pasillo estaban firmemente cerradas con llave, con las llaves por dentro. Pasemos a las chimeneas. Estas, aunque de anchura normal durante unos ocho o diez pies por encima de los hogares, no admiten, a lo largo de su extensión, el cuerpo de un gato grande. La imposibilidad de salida, por los medios ya expuestos, siendo así absoluta, nos vemos reducidos a las ventanas. A través de las de la habitación delantera nadie podría haber escapado sin que el gentío de la calle se percatara. Los asesinos deben haber pasado, pues, a través de las de la habitación trasera. Ahora bien, llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca como lo estamos, no es nuestro papel, como razonadores, rechazarla a causa de aparentes imposibilidades. Solo nos queda probar que estas aparentes «imposibilidades» no son, en realidad, tales.

»Hay dos ventanas en la cámara. Una de ellas no está obstruida por muebles y es totalmente visible. La porción inferior de la otra está oculta a la vista por el cabecero de la aparatosa cama que está empujada justo contra ella. La primera fue hallada firmemente asegurada desde dentro. Resistió la mayor fuerza de quienes intentaron levantarla. Un gran agujero de barrena había sido perforado en su marco a la izquierda, y se encontró un clavo muy grueso ajustado en él, casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana, se vio un clavo similar ajustado de forma similar en ella; y un intento vigoroso de levantar esta guillotina fracasó también. La policía estaba ahora totalmente satisfecha de que la salida no se había producido por estas direcciones. Y, por tanto, se pensó que era una cuestión de supererogación retirar los clavos y abrir las ventanas.

»Mi propio examen fue algo más particular, y lo fue por la razón que acabo de dar: porque aquí era donde, sabía, todas las aparentes imposibilidades debían ser probadas como no tales en realidad.

«Procedí a pensar de este modo: a posteriori. Los asesinos escaparon, ciertamente, por una de estas ventanas. Siendo esto así, no podrían haber vuelto a asegurar los marcos desde dentro, pues fueron hallados cerrados; consideración que, debido a su obviedad, puso fin al escrutinio de la policía en este punto. Sin embargo, los marcos estaban cerrados. Debían, pues, tener la capacidad de cerrarse por sí mismos. No había escapatoria a esta conclusión. Me acerqué a la ventana despejada, retiré el clavo con cierta dificultad e intenté levantar el marco. Se resistió a todos mis esfuerzos, tal como había previsto. Ahora sé que debe existir un resorte oculto; y esta corroboración de mi idea me convenció de que mis premisas, al menos, eran correctas, por muy misteriosas que aún parecieran las circunstancias que rodeaban a los clavos. Una búsqueda cuidadosa pronto sacó a la luz el resorte oculto. Lo presioné y, satisfecho con el descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.

»Ahora reemplacé el clavo y lo observé atentamente. Una persona que saliera por esta ventana podría haberla cerrado de nuevo, y el resorte habría saltado, pero el clavo no podría haber sido reemplazado. La conclusión era clara, y de nuevo redujo el campo de mis investigaciones. Los asesinos debieron escapar por la otra ventana. Suponiendo, pues, que los resortes de cada marco fueran los mismos, como era probable, debía encontrarse una diferencia entre los clavos, o al menos entre los modos de su fijación. Subiéndome sobre la estructura de la cama, examiné minuciosamente el segundo marco por encima del cabecero. Al pasar la mano por detrás del tablero, descubrí y presioné fácilmente el resorte, que era, como había supuesto, idéntico en su naturaleza al de su vecino. Ahora observé el clavo. Era tan robusto como el otro, y aparentemente encajado de la misma manera: introducido casi hasta la cabeza.

»Usted dirá que estaba perplejo; pero, si piensa así, debe haber malinterpretado la naturaleza de las inducciones. Por usar una expresión deportiva, no había estado ni una vez "fuera de pista". El rastro no se había perdido ni por un instante. No había defecto en ningún eslabón de la cadena. Había seguido el secreto hasta su resultado final, y ese resultado era el clavo. Tenía, digo, en todos los aspectos, la apariencia de su compañero en la otra ventana; pero este hecho era una nulidad absoluta (por concluyente que pareciera ser) cuando se comparaba con la consideración de que aquí, en este punto, terminaba la pista. "Debe haber algo mal", dije, "con respecto al clavo". Lo toqué; y la cabeza, con cerca de un cuarto de pulgada de vástago, se desprendió en mis dedos. El resto del vástago estaba en el agujero de barrena donde se había roto. La fractura era antigua (pues sus bordes estaban incrustados de óxido) y aparentemente había sido provocada por el golpe de un martillo, que había incrustado parcialmente, en la parte superior del marco inferior, la porción de la cabeza del clavo. Ahora, con cuidado, volví a colocar esta porción de la cabeza en la hendidura de donde la había tomado, y la semejanza con un clavo perfecto era completa: la fisura era invisible. Presionando el resorte, levanté suavemente el marco unas pulgadas; la cabeza subió con él, permaneciendo firme en su lecho. Cerré la ventana y la apariencia del clavo completo fue de nuevo perfecta.

»El enigma, hasta aquí, estaba ya resuelto. El asesino había escapado por la ventana que daba a la cama. Al caer por su propio peso tras su salida (o quizás cerrada a propósito), había quedado asegurada por el resorte; y fue la retención de este resorte lo que la policía confundió con la del clavo, considerándose así innecesaria cualquier otra investigación.

»La siguiente pregunta es la del modo de descenso. Sobre este punto me había quedado satisfecho en mi paseo con usted alrededor del edificio. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre un pararrayos. Desde este poste habría sido imposible para cualquiera alcanzar la ventana misma, por no hablar de entrar en ella. Observé, sin embargo, que los postigos del cuarto piso eran del tipo peculiar llamado por los carpinteros parisinos ferrades: un tipo raramente empleado en la actualidad, pero visto con frecuencia en mansiones muy antiguas de Lyon y Burdeos. Tienen la forma de una puerta ordinaria (una sola hoja, no plegable), excepto que la mitad inferior está enrejada o trabajada en celosía abierta, proporcionando así un excelente agarre para las manos. En el presente caso, estos postigos tienen más de tres pies y medio de ancho. Cuando los vimos desde la parte trasera de la casa, ambos estaban aproximadamente medio abiertos, es decir, formaban ángulos rectos con la pared. Es probable que la policía, así como yo mismo, examinara la parte trasera del edificio; pero, si fue así, al mirar estos ferrades en la línea de su anchura (como debieron hacer), no percibieron esta gran anchura en sí, o, en cualquier caso, no la tomaron en debida consideración. De hecho, una vez satisfechos de que no pudo haber salida por esta parte, naturalmente le dedicarían un examen muy superficial. Estaba claro para mí, sin embargo, que el postigo perteneciente a la ventana del cabecero de la cama, si se abría completamente hasta la pared, llegaría a menos de dos pies del pararrayos. También era evidente que, mediante el ejercicio de un grado de actividad y coraje muy inusual, una entrada en la ventana, desde el poste, podría haberse efectuado de este modo. Alcanzando la distancia de dos pies y medio (suponemos ahora el postigo abierto en toda su extensión), un ladrón podría haber tomado un agarre firme sobre el enrejado. Soltando entonces su sujeción al poste, colocando sus pies firmemente contra la pared y saltando audazmente desde ella, podría haber balanceado el postigo para cerrarlo y, si imaginamos la ventana abierta en ese momento, podría incluso haberse balanceado él mismo hacia el interior de la habitación.

»Deseo que tenga especialmente en cuenta que he hablado de un grado muy inusual de actividad como requisito para el éxito en una hazaña tan arriesgada y difícil. Es mi propósito mostrarle, primero, que la cosa podría haberse logrado posiblemente; pero, en segundo lugar y principalmente, deseo impresionar a su entendimiento el carácter muy extraordinario, casi preternatural, de esa agilidad que pudo haberlo logrado.

»Dirá usted, sin duda, usando el lenguaje de la ley, que "para probar mi caso", debería infravalorar, en lugar de insistir en una estimación completa de la actividad requerida en este asunto. Esta puede ser la práctica en derecho, pero no es el uso de la razón. Mi objetivo final es solo la verdad. Mi propósito inmediato es llevarle a poner en yuxtaposición esa actividad tan inusual de la que acabo de hablar con esa voz tan peculiar, aguda (o áspera) y desigual, sobre cuya nacionalidad no se podrían encontrar dos personas que estuvieran de acuerdo, y en cuya expresión no se pudo detectar ninguna silabación».

Ante estas palabras, una concepción vaga y mal formada del significado de Dupin revoloteó por mi mente. Parecía estar al borde de la comprensión sin poder comprender, tal como los hombres, a veces, se encuentran al borde del recuerdo sin ser capaces, al final, de recordar. Mi amigo continuó con su discurso.

«Verá usted», dijo, «que he desplazado la cuestión del modo de salida al de entrada. Fue mi designio transmitir la idea de que ambos se efectuaron de la misma manera, en el mismo punto. Volvamos ahora al interior de la habitación. Examinemos las apariencias aquí. Los cajones del escritorio, se dice, habían sido registrados, aunque muchos artículos de ropa aún permanecían dentro de ellos. La conclusión aquí es absurda. Es una mera suposición, una muy tonta, y nada más. ¿Cómo podemos saber que los artículos encontrados en los cajones no eran todo lo que estos contenían originalmente? Madame L’Espanaye y su hija vivían una vida extremadamente retirada, no recibían visitas, rara vez salían, tenían poco uso para numerosos cambios de vestimenta. Los encontrados eran al menos de tan buena calidad como cualquier otro que estas damas pudieran poseer. Si un ladrón hubiera tomado alguno, ¿por qué no tomó los mejores?, ¿por qué no tomó todos? En una palabra, ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro para cargarse con un fardo de ropa blanca? El oro fue abandonado. Casi la suma total mencionada por Monsieur Mignaud, el banquero, fue descubierta, en bolsas, sobre el suelo. Deseo, por tanto, que deseche de sus pensamientos la idea errónea de motivo, engendrada en los cerebros de la policía por esa parte de la evidencia que habla del dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que esta (la entrega del dinero y el asesinato cometido dentro de los tres días siguientes sobre la parte que lo recibió) nos ocurren a todos cada hora de nuestras vidas, sin atraer siquiera una atención momentánea. Las coincidencias, en general, son grandes piedras de tropiezo en el camino de esa clase de pensadores que han sido educados para no saber nada de la teoría de las probabilidades; esa teoría a la que los objetos más gloriosos de la investigación humana deben la más gloriosa de sus ilustraciones. En el presente caso, si el oro hubiera desaparecido, el hecho de su entrega tres días antes habría formado algo más que una coincidencia. Habría sido corroborativo de esta idea de motivo. Pero, bajo las circunstancias reales del caso, si hemos de suponer que el oro fue el motivo de este ultraje, debemos también imaginar al perpetrador como un idiota tan vacilante que abandonó su oro y su motivo a la vez.

»Manteniendo ahora firmemente en mente los puntos a los que he llamado su atención —esa voz peculiar, esa agilidad inusual y esa pasmosa ausencia de motivo en un asesinato tan singularmente atroz como este—, echemos un vistazo a la carnicería en sí misma. Aquí hay una mujer estrangulada hasta la muerte por fuerza manual, e introducida por una chimenea, cabeza abajo. Los asesinos comunes no emplean tales modos de asesinato como este. Menos aún se deshacen así de los asesinados. En la manera de introducir el cadáver por la chimenea, admitirá que hubo algo excesivamente outré, algo totalmente irreconciliable con nuestras nociones comunes de acción humana, incluso cuando suponemos que los actores son los más depravados de los hombres. ¡Piense, también, cuán grande debe haber sido esa fuerza que pudo introducir el cuerpo por tal apertura tan violentamente que el vigor unido de varias personas resultó apenas suficiente para arrastrarlo hacia abajo!

»Vuelva, ahora, a otros indicios del empleo de un vigor de lo más maravilloso. En el hogar había gruesos mechones, muy gruesos mechones, de cabello humano gris. Estos habían sido arrancados de raíz. Usted es consciente de la gran fuerza necesaria para arrancar así de la cabeza incluso veinte o treinta pelos a la vez. Usted vio los mechones en cuestión tanto como yo. Sus raíces (¡una visión espantosa!) estaban cuajadas de fragmentos de la carne del cuero cabelludo, señal segura del poder prodigioso que se había ejercido al desarraigar tal vez medio millón de pelos a la vez. La garganta de la anciana no solo fue cortada, sino que la cabeza fue absolutamente separada del cuerpo: el instrumento fue una simple navaja de afeitar. Deseo también que observe la brutal ferocidad de estos hechos. De los hematomas sobre el cuerpo de Madame L’Espanaye no hablo. Monsieur Dumas, y su digno coadjutor Monsieur Etienne, han pronunciado que fueron infligidos por algún instrumento obtuso; y hasta ahí estos caballeros son muy correctos. El instrumento obtuso era claramente el pavimento de piedra en el patio, sobre el cual la víctima había caído desde la ventana que daba a la cama. Esta idea, por simple que ahora parezca, escapó a la policía por la misma razón que la anchura de los postigos les escapó: porque, por el asunto de los clavos, sus percepciones habían sido herméticamente selladas contra la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.

»Si ahora, además de todas estas cosas, usted ha reflexionado adecuadamente sobre el extraño desorden de la cámara, hemos llegado a combinar las ideas de una agilidad asombrosa, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror absolutamente ajena a la humanidad, y una voz extraña en tono a los oídos de hombres de muchas naciones, y desprovista de toda silabación distinta o inteligible. ¿Qué resultado, entonces, ha surgido? ¿Qué impresión he hecho en su fantasía?»

Sentí un escalofrío al hacerme Dupin la pregunta. «Un loco», dije, «ha cometido este hecho; algún maníaco delirante, escapado de una Maison de Santé vecina».

«En algunos aspectos», respondió, «su idea no es irrelevante. Pero las voces de los locos, incluso en sus paroxismos más salvajes, nunca encajan con esa voz peculiar escuchada en las escaleras. Los locos son de alguna nación, y su lenguaje, por incoherente que sea en sus palabras, siempre tiene la coherencia de la silabación. Además, el cabello de un loco no es tal como el que ahora sostengo en mi mano. Desenredé este pequeño mechón de los dedos rígidamente apretados de Madame L’Espanaye. Dígame qué puede deducir de él».

«¡Dupin!», dije, completamente descompuesto; «este cabello es de lo más inusual; este no es cabello humano».

«No he afirmado que lo sea», dijo; «pero, antes de decidir este punto, deseo que eche un vistazo al pequeño boceto que he trazado aquí sobre este papel. Es un dibujo facsímil de lo que se ha descrito en una parte del testimonio como "oscuros hematomas y profundas hendiduras de uñas", sobre la garganta de Mademoiselle L’Espanaye, y en otra (por los señores Dumas y Etienne) como una "serie de manchas lívidas, evidentemente la impresión de dedos".

»Percibirá usted», continuó mi amigo, extendiendo el papel sobre la mesa ante nosotros, «que este dibujo da la idea de un agarre firme y fijo. No se aprecia deslizamiento. Cada dedo ha retenido, posiblemente hasta la muerte de la víctima, el agarre temible por el cual se incrustó originalmente. Intente, ahora, colocar todos sus dedos, al mismo tiempo, en las impresiones respectivas tal como las ve».

Hice el intento en vano.

«Posiblemente no estamos dando a este asunto una prueba justa», dijo. «El papel está extendido sobre una superficie plana; pero la garganta humana es cilíndrica. Aquí hay un tarugo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de la garganta. Envuelva el dibujo alrededor de él e intente el experimento de nuevo».

Lo hice; pero la dificultad era aún más obvia que antes. «Esta», dije, «no es la marca de ninguna mano humana».

«Lea ahora», respondió Dupin, «este pasaje de Cuvier».

Era una descripción anatómica minuciosa y generalmente descriptiva del gran orangután fulvo de las islas de las Indias Orientales. La estatura gigantesca, la prodigiosa fuerza y agilidad, la salvaje ferocidad y las propensiones imitativas de estos mamíferos son suficientemente bien conocidas por todos. Comprendí los horrores totales del asesinato de inmediato.

«La descripción de los dígitos», dije, al terminar de leer, «está en exacta concordancia con este dibujo. Veo que ningún animal más que un orangután, de la especie aquí mencionada, podría haber impresionado las hendiduras como usted las ha trazado. Este mechón de cabello leonado, también, es idéntico en carácter al de la bestia de Cuvier. Pero no puedo comprender de ninguna manera los detalles de este espantoso misterio. Además, hubo dos voces escuchadas en disputa, y una de ellas era indudablemente la voz de un francés».

«Cierto; y recordará una expresión atribuida casi unánimemente, por la evidencia, a esta voz: la expresión, "mon Dieu!". Esto, bajo las circunstancias, ha sido justamente caracterizado por uno de los testigos (Montani, el confitero) como una expresión de protesta o expostulación. Sobre estas dos palabras, por tanto, he construido principalmente mis esperanzas de una solución completa del enigma. Un francés era conocedor del asesinato. Es posible, de hecho es mucho más que probable, que fuera inocente de toda participación en las sangrientas transacciones que tuvieron lugar. El orangután puede haber escapado de él. Puede haberlo seguido hasta la cámara; pero, bajo las agitadas circunstancias que siguieron, nunca podría haberlo recapturado. Todavía está suelto. No seguiré con estas conjeturas, pues no tengo derecho a llamarlas más que eso, ya que las sombras de reflexión sobre las que se basan apenas tienen la suficiente profundidad para ser apreciables por mi propio intelecto, y ya que no podría pretender hacerlas inteligibles al entendimiento de otro. Las llamaremos conjeturas, entonces, y hablaremos de ellas como tales. Si el francés en cuestión es, en efecto, como supongo, inocente de esta atrocidad, este anuncio que dejé anoche, a nuestro regreso a casa, en la oficina de "Le Monde" (un periódico dedicado a los intereses navales, y muy buscado por los marineros), lo traerá a nuestra residencia».

Me entregó un papel, y leí lo siguiente:

CAZADO: En el Bois de Boulogne, temprano en la mañana del día —— del corriente, (la mañana del asesinato), un orangután muy grande, leonado, de la especie de Borneo. El propietario (quien se ha constatado que es un marinero, perteneciente a un buque maltés) puede recuperar al animal, identificándolo satisfactoriamente y pagando unos pocos gastos derivados de su captura y custodia. Dirigirse al número ——, Rue ——, Faubourg St. Germain, au troisième.

«¿Cómo fue posible», pregunté, «que usted supiera que el hombre era un marinero, y perteneciente a un buque maltés?»

«No lo sé», dijo Dupin. «No estoy seguro de ello. Aquí, sin embargo, hay un pequeño trozo de cinta, que por su forma y por su aspecto grasiento, ha sido evidentemente usado para atar el cabello en una de esas largas coletas de las que los marineros son tan aficionados. Además, este nudo es uno que pocos, aparte de los marineros, pueden hacer, y es peculiar de los malteses. Recogí la cinta al pie del pararrayos. No podría haber pertenecido a ninguna de las fallecidas. Ahora bien, si, después de todo, me equivoco en mi inducción a partir de esta cinta, de que el francés era un marinero perteneciente a un buque maltés, todavía no habré hecho daño alguno al decir lo que dije en el anuncio. Si estoy en error, él simplemente supondrá que he sido engañado por alguna circunstancia en la que no se tomará la molestia de indagar. Pero si tengo razón, se ha ganado un gran punto. Conocedor aunque inocente del asesinato, el francés naturalmente dudará acerca de responder al anuncio, acerca de reclamar al orangután. Razonará así: "Soy inocente; soy pobre; mi orangután es de gran valor, para alguien en mis circunstancias una fortuna en sí misma, ¿por qué debería perderlo por ociosos temores de peligro? Aquí está, a mi alcance. Fue encontrado en el Bois de Boulogne, a una gran distancia de la escena de esa carnicería. ¿Cómo puede sospecharse nunca que una bestia bruta haya cometido el hecho? La policía está perdida, han fallado en obtener la más mínima pista. Incluso si rastrearan al animal, sería imposible probar que soy conocedor del asesinato, o implicarme en culpa a causa de ese conocimiento. Sobre todo, soy conocido. El anunciante me designa como el poseedor de la bestia. No estoy seguro de hasta qué límite puede extenderse su conocimiento. Si evitara reclamar una propiedad de tan gran valor, de la que se sabe que soy poseedor, haré al animal al menos susceptible de sospecha. No es mi política atraer la atención ni hacia mí ni hacia la bestia. Responderé al anuncio, obtendré al orangután y lo mantendré oculto hasta que este asunto haya pasado"».

En este momento escuchamos un paso en la escalera.

«Esté listo», dijo Dupin, «con sus pistolas, pero ni las use ni las muestre hasta que yo dé una señal».

La puerta principal de la casa había quedado abierta, y el visitante había entrado, sin llamar, y avanzado varios pasos por la escalera. Ahora, sin embargo, parecía dudar. Pronto lo escuchamos descender. Dupin se movía rápidamente hacia la puerta, cuando lo escuchamos subir de nuevo. No se volvió atrás una segunda vez, sino que subió con decisión y llamó a la puerta de nuestra cámara.

«Entre», dijo Dupin, en un tono alegre y cordial.

Entró un hombre. Era un marinero, evidentemente; una persona alta, corpulenta y de aspecto musculoso, con cierta expresión de audacia en el rostro, no del todo desagradable. Su cara, muy bronceada por el sol, estaba más de la mitad oculta por patillas y bigotes. Llevaba consigo un enorme garrote de roble, pero parecía no estar armado de otro modo. Hizo una reverencia torpe y nos dio las «buenas noches» con un acento francés que, aunque algo propio de Neuchâtel, era aún suficientemente indicativo de un origen parisino.

—Siéntese, amigo mío —dijo Dupin—. Supongo que ha venido por el orangután. Por mi palabra, casi le envidio su posesión; un animal extraordinariamente hermoso y, sin duda, muy valioso. ¿Qué edad cree que tiene?

El marinero respiró profundamente, con el aire de un hombre aliviado de alguna carga intolerable, y luego respondió con tono seguro:

—No tengo forma de saberlo, pero no puede tener más de cuatro o cinco años. ¿Lo tiene aquí?

—Oh, no, no teníamos comodidades para mantenerlo aquí. Está en una caballeriza de la Rue Dubourg, aquí al lado. Puede recogerlo por la mañana. Por supuesto, ¿está preparado para acreditar la propiedad?

—Desde luego que lo estoy, señor.

—Sentiré separarme de él —dijo Dupin.

—No pretendo que usted pase por todas estas molestias por nada, señor —dijo el hombre—. No podría esperarlo. Estoy muy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal; es decir, algo razonable.

—Bueno —respondió mi amigo—, eso es muy justo, sin duda. ¡Déjeme pensar! ¿Qué debería pedir? ¡Oh! Se lo diré. Mi recompensa será esta: usted me dará toda la información que esté en su poder sobre esos asesinatos en la Rue Morgue.

Dupin dijo las últimas palabras en un tono muy bajo y con mucha calma. Con la misma calma, también, caminó hacia la puerta, la cerró con llave y se guardó la llave en el bolsillo. Luego sacó una pistola de su pecho y la colocó, sin el menor nerviosismo, sobre la mesa.

El rostro del marinero se encendió como si estuviera luchando contra la asfixia. Se puso en pie de un salto y agarró su garrote, pero al momento siguiente cayó de nuevo en su asiento, temblando violentamente y con el semblante de la muerte misma. No dijo ni una palabra. Le compadecí desde el fondo de mi corazón.

—Amigo mío —dijo Dupin en tono amable—, se está alarmando innecesariamente, de verdad. No le queremos hacer ningún daño. Le doy mi palabra de honor, como caballero y como francés, de que no pretendemos causarle perjuicio alguno. Sé perfectamente que usted es inocente de las atrocidades en la Rue Morgue. Sin embargo, no sirve de nada negar que está en cierta medida implicado en ellas. Por lo que ya he dicho, debe saber que he tenido medios de información sobre este asunto, medios con los que nunca habría soñado. Ahora bien, la cosa está así: usted no ha hecho nada que pudiera haber evitado; nada, ciertamente, que le haga culpable. Ni siquiera fue culpable de robo, cuando podría haber robado con impunidad. No tiene nada que ocultar. No tiene razón para ocultar nada. Por otra parte, está obligado por todo principio de honor a confesar todo lo que sabe. Un hombre inocente está ahora encarcelado, acusado de ese crimen del cual usted puede señalar al autor.

El marinero había recuperado en gran medida la presencia de ánimo mientras Dupin pronunciaba estas palabras; pero toda su audacia original había desaparecido.

—¡Que Dios me ayude! —dijo, tras una breve pausa—. Le diré todo lo que sé sobre este asunto; pero no espero que crea ni la mitad de lo que diga; sería un tonto si lo hiciera. Aun así, soy inocente y me desahogaré aunque me cueste la vida.

Lo que declaró fue, en esencia, esto: Había realizado recientemente un viaje al archipiélago indio. Un grupo, del que él formaba parte, desembarcó en Borneo y se adentró en el interior en una excursión de placer. Él y un compañero habían capturado al orangután. Al morir este compañero, el animal pasó a ser de su exclusiva propiedad. Tras grandes problemas, causados por la intratable ferocidad de su cautivo durante el viaje de regreso, logró al fin alojarlo a salvo en su propia residencia en París, donde, para no atraer sobre sí la desagradable curiosidad de sus vecinos, lo mantuvo cuidadosamente recluido hasta que se recuperara de una herida en el pie, recibida por una astilla a bordo del barco. Su intención final era venderlo.

Al regresar a casa de una juerga de marineros la noche, o mejor dicho, la mañana del asesinato, encontró a la bestia ocupando su propio dormitorio, en el que había entrado tras romper la puerta de un armario contiguo donde, según se creía, estaba encerrado con seguridad. Navaja en mano y completamente enjabonado, estaba sentado ante un espejo, intentando la operación de afeitarse, en la cual sin duda había observado previamente a su amo a través de la cerradura del armario. Aterrorizado ante la vista de un arma tan peligrosa en manos de un animal tan feroz y tan capaz de usarla, el hombre, por unos momentos, no supo qué hacer. Sin embargo, estaba acostumbrado a calmar a la criatura, incluso en sus estados de mayor furia, mediante el uso de un látigo, y a esto recurrió ahora. Al verlo, el orangután saltó de inmediato por la puerta de la habitación, bajó las escaleras y, desde allí, por una ventana desgraciadamente abierta, salió a la calle.

El francés le siguió desesperado; el simio, con la navaja aún en la mano, se detenía ocasionalmente para mirar atrás y gesticular a su perseguidor, hasta que este último casi lo alcanzaba. Entonces volvía a salir corriendo. De esta manera, la persecución continuó durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, ya que eran casi las tres de la mañana. Al bajar por un callejón detrás de la Rue Morgue, la atención del fugitivo fue atraída por una luz que brillaba desde la ventana abierta del dormitorio de Madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Corriendo hacia el edificio, percibió el pararrayos, trepó con agilidad inconcebible, agarró la contraventana, que estaba totalmente abierta contra la pared, y, con su ayuda, se balanceó directamente hacia el cabecero de la cama. Toda la proeza no ocupó ni un minuto. La contraventana fue abierta de una patada por el orangután al entrar en la habitación.

El marinero, mientras tanto, estaba a la vez regocijado y perplejo. Tenía grandes esperanzas de recapturar a la bestia ahora, ya que difícilmente podría escapar de la trampa en la que se había aventurado, salvo por el pararrayos, donde podría ser interceptado al bajar. Por otro lado, había muchos motivos de ansiedad respecto a lo que podría hacer en la casa. Esta última reflexión instó al hombre a seguir persiguiendo al fugitivo. Un pararrayos se asciende sin dificultad, especialmente por un marinero; pero, cuando llegó a la altura de la ventana, que quedaba muy a su izquierda, su carrera se detuvo; lo máximo que pudo lograr fue asomarse para obtener un vistazo del interior de la habitación. Ante ese vistazo, casi se cae por el exceso de horror. Fue entonces cuando esos gritos espantosos surgieron en la noche, que habían despertado de su sueño a los habitantes de la Rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus ropas de dormir, aparentemente habían estado ocupadas ordenando algunos papeles en el cofre de hierro ya mencionado, que había sido movido al centro de la habitación. Estaba abierto y su contenido yacía a su lado en el suelo. Las víctimas debían haber estado sentadas de espaldas a la ventana; y, por el tiempo transcurrido entre el ingreso de la bestia y los gritos, parece probable que no fuera percibida de inmediato. El golpe de la contraventana al cerrarse se habría atribuido naturalmente al viento.

Mientras el marinero miraba hacia dentro, el animal gigantesco había agarrado a Madame L’Espanaye por el cabello (que estaba suelto, pues se lo había estado peinando) y blandía la navaja alrededor de su rostro, imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil; se había desmayado. Los gritos y forcejeos de la anciana (durante los cuales el cabello fue arrancado de su cabeza) tuvieron el efecto de cambiar los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros de ira. Con un barrido determinado de su brazo musculoso, casi separó su cabeza del cuerpo. La visión de la sangre inflamó su ira hasta convertirla en frenesí. Rechinando los dientes y lanzando fuego por los ojos, se abalanzó sobre el cuerpo de la joven e incrustó sus temibles garras en su garganta, manteniendo el agarre hasta que expiró. Sus miradas errantes y salvajes cayeron en ese momento sobre el cabezal de la cama, sobre el cual el rostro de su amo, rígido por el horror, apenas era discernible. La furia de la bestia, que sin duda aún recordaba el temido látigo, se convirtió instantáneamente en miedo. Consciente de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones y saltó por la habitación en una agonía de agitación nerviosa; derribando y rompiendo los muebles a su paso y arrastrando la cama fuera de su armazón. En conclusión, tomó primero el cadáver de la hija y lo empujó por la chimenea, tal como fue encontrado; luego el de la anciana, que arrojó inmediatamente por la ventana de cabeza.

Cuando el simio se acercó al ventanal con su carga mutilada, el marinero se encogió horrorizado hacia el pararrayos y, deslizándose más que bajando por él, corrió de inmediato a casa, temiendo las consecuencias de la carnicería y abandonando con gusto, en su terror, toda preocupación por el destino del orangután. Las palabras escuchadas por el grupo en la escalera eran las exclamaciones de horror y espanto del francés, mezcladas con los balbuceos diabólicos de la bestia.

Casi no tengo nada que añadir. El orangután debe haber escapado de la habitación por el pararrayos, justo antes de que se forzara la puerta. Debe haber cerrado la ventana al pasar a través de ella. Fue capturado posteriormente por el propio dueño, quien obtuvo por él una suma muy grande en el Jardin des Plantes. Le Bon fue puesto en libertad instantáneamente, tras nuestra narración de las circunstancias (con algunos comentarios de Dupin) en la oficina del Prefecto de Policía. Este funcionario, por muy bien dispuesto que estuviera hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo su disgusto por el giro que habían tomado los asuntos, y se vio obligado a permitirse un sarcasmo o dos sobre la conveniencia de que cada persona se ocupara de sus propios asuntos.

—Déjelo hablar —dijo Dupin, quien no había considerado necesario responder—. Déjelo discursear; eso aliviará su conciencia. Estoy satisfecho con haberlo derrotado en su propio castillo. Sin embargo, que él fracasara en la solución de este misterio no es, de ninguna manera, ese motivo de asombro que él supone; pues, en verdad, nuestro amigo el Prefecto es algo demasiado astuto como para ser profundo. En su sabiduría no hay sustancia. Es todo cabeza y nada de cuerpo, como las pinturas de la diosa Laverna, o, en el mejor de los casos, todo cabeza y hombros, como un bacalao. Pero, después de todo, es una buena criatura. Me gusta especialmente por un golpe maestro de hipocresía, mediante el cual ha alcanzado su reputación de ingenio. Me refiero a su manera de «de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas». (*)

(*) Rousseau—Nouvelle Héloïse.

EL MISTERIO DE MARIE ROGÊT.(*)

UNA CONTINUACIÓN DE «LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE».

Es giebt eine Reihe idealischer Begebenheiten, die der Wirklichkeit parallel lauft. Selten fallen sie zusammen. Menschen und zufalle modificiren gewohulich die idealische Begebenheit, so dass sie unvollkommen erscheint, und ihre Folgen gleichfalls unvollkommen sind. So bei der Reformation; statt des Protestantismus kam das Lutherthum hervor. Existen series ideales de acontecimientos que corren paralelas a las reales. Rara vez coinciden. Los hombres y las circunstancias generalmente modifican el curso ideal de los acontecimientos, de modo que parece imperfecto, y sus consecuencias son igualmente imperfectas. Así sucedió con la Reforma; en lugar del protestantismo surgió el luteranismo.—Novalis.(*) Moral Ansichten.

Hay pocas personas, incluso entre los pensadores más tranquilos, que no hayan sido ocasionalmente sobresaltadas hacia una vaga pero emocionante semi-creencia en lo sobrenatural, por coincidencias de un carácter tan aparentemente maravilloso que, como meras coincidencias, el intelecto ha sido incapaz de aceptarlas. Tales sentimientos —pues las semi-creencias de las que hablo nunca tienen toda la fuerza del pensamiento— tales sentimientos rara vez se reprimen por completo a menos que se recurra a la doctrina del azar o, como se le denomina técnicamente, el Cálculo de Probabilidades. Ahora bien, este Cálculo es, en su esencia, puramente matemático; y así tenemos la anomalía de lo más rígidamente exacto en la ciencia aplicado a la sombra y espiritualidad de lo más intangible en la especulación.

Los detalles extraordinarios que ahora me veo llamado a hacer públicos resultarán formar, en cuanto a la secuencia del tiempo, la rama primaria de una serie de coincidencias apenas inteligibles, cuya rama secundaria o concluyente será reconocida por todos los lectores en el reciente asesinato de Mary Cecilia Rogers, en Nueva York.

Cuando, en un artículo titulado «Los crímenes de la Rue Morgue», intenté, hace aproximadamente un año, describir algunos rasgos muy notables en el carácter mental de mi amigo, el Caballero C. Auguste Dupin, no se me ocurrió que alguna vez retomaría el tema. Esta descripción del carácter constituía mi diseño; y este diseño fue completamente cumplido en la salvaje serie de circunstancias traídas a colación para ejemplificar la idiosincrasia de Dupin. Podría haber aducido otros ejemplos, pero no habría probado nada más. Los acontecimientos recientes, sin embargo, en su sorprendente desarrollo, me han sobresaltado hacia algunos detalles adicionales, que llevarán consigo el aire de una confesión extorsionada. Al oír lo que he escuchado recientemente, sería realmente extraño que permaneciera en silencio respecto a lo que escuché y vi hace tanto tiempo.

Tras la conclusión de la tragedia involucrada en las muertes de Madame L’Espanaye y su hija, el Caballero desestimó el asunto de inmediato de su atención y recayó en sus viejos hábitos de melancólica ensoñación. Propenso, en todo momento, a la abstracción, me adapté fácilmente a su humor; y, continuando ocupando nuestras habitaciones en el Faubourg Saint Germain, entregamos el Futuro a los vientos y dormitamos tranquilamente en el Presente, tejiendo el mundo aburrido a nuestro alrededor en sueños.

Pero estos sueños no fueron del todo ininterrumpidos. Puede suponerse fácilmente que el papel desempeñado por mi amigo, en el drama de la Rue Morgue, no había dejado de causar impresión en las fantasías de la policía parisina. Con sus emisarios, el nombre de Dupin se había convertido en una palabra familiar. Como el carácter simple de esas inducciones mediante las cuales había desentrañado el misterio nunca había sido explicado ni siquiera al Prefecto, o a cualquier otro individuo que no fuera yo mismo, por supuesto no es sorprendente que el asunto fuera considerado poco menos que milagroso, o que las habilidades analíticas del Caballero le ganaran el crédito de la intuición. Su franqueza lo habría llevado a desengañar a cualquier investigador de tal prejuicio; pero su humor indolente prohibía toda agitación adicional de un tema cuyo interés para él había cesado hacía mucho tiempo. Sucedió así que se encontró a sí mismo como el centro de todas las miradas políticas; y no fueron pocos los casos en los que se intentó contratar sus servicios en la Prefectura. Uno de los casos más notables fue el del asesinato de una joven llamada Marie Rogêt.

Este suceso ocurrió unos dos años después de la atrocidad en la Rue Morgue. Marie, cuyo nombre de pila y apellido llamarán de inmediato la atención por su parecido con los de la desafortunada «chica de los cigarros», era la única hija de la viuda Estelle Rogêt. El padre había muerto durante la infancia de la niña, y desde el período de su muerte, hasta dieciocho meses antes del asesinato que constituye el tema de nuestra narración, la madre y la hija habían vivido juntas en la Rue Pavée Saint Andrée; Madame allí regentaba una pensión, asistida por Marie. Las cosas siguieron así hasta que esta última alcanzó su vigésimo segundo año, cuando su gran belleza atrajo la atención de un perfumista, que ocupaba una de las tiendas en el sótano del Palais Royal, y cuya clientela residía principalmente entre los aventureros desesperados que infestaban aquel vecindario. Monsieur Le Blanc no ignoraba las ventajas que se podían obtener de la asistencia de la bella Marie en su perfumería; y sus generosas propuestas fueron aceptadas con entusiasmo por la joven, aunque con algo más de vacilación por parte de Madame.

Las expectativas del tendero se realizaron, y sus habitaciones pronto se hicieron famosas por los encantos de la vivaz grisette. Había estado a su servicio alrededor de un año, cuando sus admiradores se vieron sumidos en la confusión por su repentina desaparición de la tienda. Monsieur Le Blanc no pudo explicar su ausencia, y Madame Rogêt estaba distraída por la ansiedad y el terror. Los periódicos públicos tomaron inmediatamente el tema, y la policía estaba a punto de realizar investigaciones serias cuando, una hermosa mañana, tras el transcurso de una semana, Marie, con buena salud, pero con un aire algo entristecido, hizo su reaparición en su mostrador habitual en la perfumería. Toda investigación, excepto la de carácter privado, fue, por supuesto, inmediatamente silenciada. Monsieur Le Blanc profesó total ignorancia, como antes. Marie, junto con Madame, respondió a todas las preguntas que la última semana había sido pasada en la casa de un pariente en el campo. Así el asunto murió y fue generalmente olvidado; pues la joven, ostensiblemente para librarse de la impertinencia de la curiosidad, pronto dijo un adiós definitivo al perfumista y buscó el refugio de la residencia de su madre en la Rue Pavée Saint Andrée.

Fue unos cinco meses después de este regreso a casa cuando sus amigos se alarmaron por su repentina desaparición por segunda vez. Pasaron tres días y no se supo nada de ella. Al cuarto día, su cadáver fue encontrado flotando en el Sena, cerca de la orilla que está frente al Quartier de la Rue Saint Andrée, y en un punto no muy lejano del apartado vecindario de la Barrière du Roule.

La atrocidad de este asesinato (pues fue evidente de inmediato que se había cometido un asesinato), la juventud y belleza de la víctima y, sobre todo, su notoriedad previa, conspiraron para producir una intensa excitación en las mentes de los sensibles parisinos. No puedo recordar ningún suceso similar que produjera un efecto tan general y tan intenso. Durante varias semanas, en la discusión de este único tema absorbente, incluso se olvidaron los trascendentales temas políticos del día. El Prefecto hizo esfuerzos inusuales; y las fuerzas de toda la policía parisina fueron, por supuesto, requeridas al máximo.

Tras el primer descubrimiento del cadáver, no se supuso que el asesino sería capaz de eludir, por más de un período muy breve, la investigación que se puso en marcha de inmediato. No fue hasta que expiró una semana cuando se consideró necesario ofrecer una recompensa; e incluso entonces esta recompensa se limitó a mil francos. Mientras tanto, la investigación procedió con vigor, si no siempre con juicio, y numerosos individuos fueron interrogados sin propósito; mientras que, debido a la continua ausencia de toda pista sobre el misterio, la excitación popular aumentó enormemente. Al final del décimo día se consideró aconsejable duplicar la suma originalmente propuesta; y, finalmente, habiendo transcurrido la segunda semana sin conducir a ningún descubrimiento, y habiendo dado rienda suelta al prejuicio que siempre existe en París contra la Policía en varios disturbios serios, el Prefecto tomó sobre sí la responsabilidad de ofrecer la suma de veinte mil francos «por la condena del asesino», o, si resultara que más de uno había estado implicado, «por la condena de cualquiera de los asesinos». En la proclamación que establecía esta recompensa, se prometió un perdón total a cualquier cómplice que se presentara a testificar contra su compañero; y al conjunto se añadió, dondequiera que apareciera, el cartel privado de un comité de ciudadanos, ofreciendo diez mil francos, además de la cantidad propuesta por la Prefectura. La recompensa total ascendió así a nada menos que treinta mil francos, lo que será considerado una suma extraordinaria cuando consideramos la humilde condición de la joven y la gran frecuencia, en las grandes ciudades, de tales atrocidades como la descrita.

Ya nadie dudaba de que el misterio de este asesinato saldría a la luz de inmediato. Pero aunque, en uno o dos casos, se realizaron arrestos que prometían un esclarecimiento, no se obtuvo nada que pudiera incriminar a las partes sospechosas; y fueron puestos en libertad sin más dilación. Por extraño que parezca, la tercera semana desde el descubrimiento del cadáver había pasado, y pasado sin que se arrojara ninguna luz sobre el asunto, antes de que incluso un rumor de los acontecimientos que tanto habían agitado la mente pública llegara a oídos de Dupin y de mí mismo. Absortos en investigaciones que reclamaban toda nuestra atención, hacía casi un mes que ninguno de nosotros había salido, ni recibido a un visitante, ni más que echado un vistazo a los principales artículos políticos de uno de los periódicos diarios. La primera noticia del asesinato nos la trajo el propio G——. Nos visitó a primeras horas de la tarde del trece de julio de 18—, y permaneció con nosotros hasta bien entrada la noche. Se sentía picado por el fracaso de todos sus intentos de descubrir a los asesinos. Su reputación —así lo dijo con un aire peculiarmente parisino— estaba en juego. Incluso su honor estaba comprometido. Los ojos del público estaban puestos en él; y realmente no había sacrificio que no estuviera dispuesto a hacer para el esclarecimiento del misterio. Concluyó un discurso algo cómico con un cumplido sobre lo que le complacía llamar el tacto de Dupin, y le hizo una propuesta directa, y ciertamente generosa, cuya naturaleza precisa no me siento en libertad de revelar, pero que no tiene relación con el tema propiamente dicho de mi narración.

El cumplido, mi amigo lo rechazó como pudo, pero la propuesta la aceptó de inmediato, aunque sus ventajas eran totalmente provisionales. Una vez resuelto este punto, el Prefecto irrumpió de inmediato en explicaciones de sus propios puntos de vista, intercalándolas con largos comentarios sobre las pruebas; de estas últimas aún no estábamos en posesión. Disertó mucho, y sin duda, con erudición; mientras yo me aventuraba con alguna sugerencia ocasional a medida que la noche transcurría con pesadez. Dupin, sentado firmemente en su sillón habitual, era la encarnación de la atención respetuosa. Llevó gafas durante toda la entrevista; y una mirada de señal ocasional bajo sus cristales verdes bastó para convencerme de que no dormía menos profundamente, aunque en silencio, a lo largo de las siete u ocho horas de plomo que precedieron inmediatamente a la partida del Prefecto.

Por la mañana, obtuve, en la Prefectura, un informe completo de todas las pruebas obtenidas y, en las diversas oficinas de los periódicos, una copia de cada diario en el que, de principio a fin, se hubiera publicado alguna información decisiva con respecto a este triste asunto. Liberada de todo lo que estaba positivamente refutado, esta masa de información quedaba así:

Marie Rogêt salió de la residencia de su madre, en la Rue Pavée St. Andrée, alrededor de las nueve de la mañana del domingo veintidós de junio de 18—. Al salir, dio aviso a un Monsieur Jacques St. Eustache (*7), y solo a él, de su intención de pasar el día con una tía que residía en la Rue des Drômes. La Rue des Drômes es una vía corta y estrecha pero populosa, no lejos de las orillas del río, y a una distancia de unas dos millas, por el camino más directo posible, de la pensión de Madame Rogêt. St. Eustache era el pretendiente aceptado de Marie, y se alojaba, además de tomar sus comidas, en la pensión. Debía haber ido a buscar a su prometida al atardecer y haberla escoltado a casa. Sin embargo, por la tarde, comenzó a llover con fuerza; y, suponiendo que ella pasaría toda la noche en casa de su tía (como había hecho en circunstancias similares anteriormente), no creyó necesario cumplir su promesa. Al caer la noche, se oyó a Madame Rogêt (que era una anciana enferma de setenta años) expresar el temor de "que nunca volvería a ver a Marie"; pero esta observación atrajo poca atención en ese momento.

El lunes, se supo que la joven no había estado en la Rue des Drômes; y cuando el día transcurrió sin noticias de ella, se inició una búsqueda tardía en varios puntos de la ciudad y sus alrededores. Sin embargo, no fue hasta el cuarto día desde el periodo de su desaparición que se supo algo satisfactorio respecto a ella. En este día (miércoles, veinticinco de junio), un Monsieur Beauvais (*8), quien, junto con un amigo, había estado haciendo averiguaciones sobre Marie cerca de la Barrière du Roule, en la orilla del Sena opuesta a la Rue Pavée St. Andrée, fue informado de que unos pescadores acababan de remolcar hasta la orilla un cadáver que habían encontrado flotando en el río. Al ver el cuerpo, Beauvais, tras algunas dudas, lo identificó como el de la joven perfumista. Su amigo lo reconoció con mayor prontitud.

El rostro estaba bañado en sangre oscura, parte de la cual salía de la boca. No se vio espuma, como en el caso de los simplemente ahogados. No había decoloración en el tejido celular. Alrededor de la garganta había hematomas e impresiones de dedos. Los brazos estaban doblados sobre el pecho y rígidos. La mano derecha estaba cerrada; la izquierda parcialmente abierta. En la muñeca izquierda había dos escoriaciones circulares, aparentemente efecto de cuerdas, o de una cuerda en más de una vuelta. Parte de la muñeca derecha también estaba muy rozada, así como la espalda en toda su extensión, pero especialmente en los omóplatos. Al llevar el cuerpo a la orilla, los pescadores le habían atado una cuerda; pero ninguna de las escoriaciones había sido causada por esto. La carne del cuello estaba muy hinchada. No había cortes aparentes, ni hematomas que parecieran efecto de golpes. Se encontró un trozo de encaje atado tan fuertemente alrededor del cuello que quedaba oculto a la vista; estaba completamente enterrado en la carne y sujeto por un nudo que se encontraba justo debajo de la oreja izquierda. Esto solo habría bastado para producir la muerte. El testimonio médico habló con confianza del carácter virtuoso de la fallecida. Había sido sometida, dijo, a una violencia brutal. El cadáver estaba en tal estado cuando se encontró, que no pudo haber dificultad alguna en su reconocimiento por parte de los amigos.

El vestido estaba muy desgarrado y, por lo demás, desordenado. En la prenda exterior, se había rasgado una tira, de aproximadamente un pie de ancho, hacia arriba desde el dobladillo inferior hasta la cintura, pero no se había desprendido. Estaba enrollada tres veces alrededor de la cintura y asegurada por una especie de nudo corredizo en la espalda. El vestido inmediatamente debajo de la falda era de muselina fina; y de este se había arrancado completamente una tira de dieciocho pulgadas de ancho, rasgada de manera muy uniforme y con gran cuidado. Fue encontrada alrededor de su cuello, ajustada holgadamente y asegurada con un nudo fuerte. Sobre esta tira de muselina y la tira de encaje, estaban atadas las cintas de un sombrero; estando el sombrero unido a ellas. El nudo con el que estaban sujetas las cintas del sombrero no era de dama, sino un nudo corredizo o de marinero.

Tras el reconocimiento del cadáver, no fue llevado, como es costumbre, a la Morgue (siendo esta formalidad superflua), sino enterrado apresuradamente no lejos del lugar en el que fue sacado a la orilla. Gracias a las gestiones de Beauvais, el asunto fue silenciado industriosamente, en la medida de lo posible; y habían transcurrido varios días antes de que resultara alguna emoción pública. Un periódico semanal (*9), sin embargo, finalmente retomó el tema; el cadáver fue exhumado y se inició un nuevo examen; pero no se obtuvo nada más allá de lo que ya se ha señalado. Las ropas, sin embargo, fueron presentadas ahora a la madre y amigos de la fallecida, y plenamente identificadas como las que llevaba la joven al salir de casa.

Mientras tanto, la excitación aumentaba por momentos. Varios individuos fueron arrestados y puestos en libertad. St. Eustache cayó especialmente bajo sospecha; y no logró, al principio, dar una explicación inteligible de su paradero durante el domingo en que Marie salió de casa. Posteriormente, sin embargo, presentó al señor G—— declaraciones juradas que explicaban satisfactoriamente cada hora del día en cuestión. A medida que pasaba el tiempo y no se producía ningún descubrimiento, circularon mil rumores contradictorios y los periodistas se ocuparon en sugerencias. Entre estas, la que atrajo más atención fue la idea de que Marie Rogêt aún vivía; que el cadáver encontrado en el Sena era el de alguna otra desafortunada. Será apropiado que presente al lector algunos pasajes que incorporan la sugerencia aludida. Estos pasajes son traducciones literales de L’Etoile (*10), un periódico dirigido, en general, con mucha habilidad.

“Mademoiselle Rogêt salió de la casa de su madre el domingo por la mañana, veintidós de junio de 18—, con el propósito ostensible de ir a ver a su tía, o algún otro pariente, en la Rue des Drômes. Desde esa hora, nadie ha demostrado haberla visto. No hay rastro ni noticias de ella en absoluto... No ha aparecido ninguna persona, en absoluto, hasta ahora, que la haya visto, en ese día, después de que saliera de la puerta de su madre... Ahora bien, aunque no tenemos pruebas de que Marie Rogêt estuviera en el mundo de los vivos después de las nueve de la mañana del domingo, veintidós de junio, tenemos pruebas de que, hasta esa hora, estaba viva. El miércoles al mediodía, a las doce, se descubrió un cuerpo femenino flotando en la orilla de la Barrière de Roule. Esto fue, incluso si presumimos que Marie Rogêt fue arrojada al río dentro de las tres horas siguientes a su salida de la casa de su madre, solo tres días desde el momento en que dejó su hogar; tres días hasta la hora. Pero es una insensatez suponer que el asesinato, si se cometió un asesinato sobre su cuerpo, pudo haberse consumado lo suficientemente pronto como para permitir a sus asesinos arrojar el cuerpo al río antes de la medianoche. Aquellos que son culpables de tales crímenes horribles eligen la oscuridad antes que la luz... Así vemos que si el cuerpo encontrado en el río era el de Marie Rogêt, solo podría haber estado en el agua dos días y medio, o tres a lo sumo. Toda la experiencia ha demostrado que los cuerpos ahogados, o los cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de la muerte por violencia, requieren de seis a diez días para que la descomposición tenga lugar y los haga salir a la superficie del agua. Incluso cuando se dispara un cañón sobre un cadáver, y este sale antes de al menos cinco o seis días de inmersión, vuelve a hundirse si se le deja solo. Ahora preguntamos, ¿qué hubo en este caso para causar una desviación del curso ordinario de la naturaleza?... Si el cuerpo se hubiera mantenido en su estado mutilado en tierra hasta la noche del martes, se habría encontrado algún rastro en tierra de los asesinos. Es un punto dudoso, también, si el cuerpo estaría tan pronto a flote, incluso si fuera arrojado después de haber estado muerto dos días. Y, además, es extremadamente improbable que cualquier villano que hubiera cometido tal asesinato como el que aquí se supone, hubiera arrojado el cuerpo sin peso para hundirlo, cuando tal precaución podría haberse tomado tan fácilmente”.

El editor procede aquí a argumentar que el cuerpo debe haber estado en el agua “no tres días simplemente, sino, al menos, cinco veces tres días”, porque estaba tan descompuesto que Beauvais tuvo gran dificultad para reconocerlo. Este último punto, sin embargo, fue totalmente refutado. Continúo la traducción:

“¿Cuáles son, entonces, los hechos en los que el Sr. Beauvais dice que no tiene duda de que el cuerpo era el de Marie Rogêt? Rasgó la manga del vestido y dice que encontró marcas que lo convencieron de la identidad. El público generalmente supuso que esas marcas consistían en algún tipo de cicatrices. Frotó el brazo y encontró vello en él; algo tan indefinido, pensamos, como difícilmente se puede imaginar; tan poco concluyente como encontrar un brazo en la manga. El Sr. Beauvais no regresó esa noche, sino que envió un aviso a Madame Rogêt, a las siete de la tarde del miércoles, de que aún estaba en curso una investigación con respecto a su hija. Si admitimos que Madame Rogêt, por su edad y dolor, no pudo ir (lo cual es admitir mucho), ciertamente debe haber habido alguien que hubiera pensado que valía la pena ir y asistir a la investigación, si pensaban que el cuerpo era el de Marie. Nadie fue. No se dijo ni se oyó nada sobre el asunto en la Rue Pavée St. Andrée, que llegara siquiera a los ocupantes del mismo edificio. El Sr. St. Eustache, el amante y futuro esposo de Marie, que se alojaba en la casa de su madre, declara que no se enteró del descubrimiento del cuerpo de su prometida hasta la mañana siguiente, cuando el Sr. Beauvais entró en su habitación y se lo contó. Para una noticia como esta, nos parece que fue recibida con mucha frialdad”.

De esta manera, el diario se esforzó por crear la impresión de una apatía por parte de los familiares de Marie, inconsistente con la suposición de que estos familiares creían que el cadáver era el suyo. Sus insinuaciones equivalen a esto: que Marie, con la connivencia de sus amigos, se había ausentado de la ciudad por razones que implicaban una acusación contra su castidad; y que estos amigos, tras el descubrimiento de un cadáver en el Sena, algo parecido al de la joven, se habían aprovechado de la oportunidad para impresionar al público con la creencia de su muerte. Pero L’Etoile fue de nuevo demasiado apresurado. Quedó claramente demostrado que no existía tal apatía como se imaginaba; que la anciana estaba extremadamente débil y tan agitada que no podía atender ninguna obligación; que St. Eustache, lejos de recibir la noticia con frialdad, estaba distraído por el dolor y se comportó de forma tan frenética que el Sr. Beauvais convenció a un amigo y pariente para que se hiciera cargo de él y le impidiera asistir al examen en la exhumación. Además, aunque L’Etoile declaró que el cadáver fue enterrado de nuevo a expensas públicas —que una oferta ventajosa de escultura privada fue absolutamente rechazada por la familia— y que ningún miembro de la familia asistió a la ceremonia; aunque, digo, todo esto fue afirmado por L’Etoile en apoyo de la impresión que pretendía transmitir, todo esto fue refutado satisfactoriamente. En un número posterior del periódico, se hizo un intento de arrojar sospechas sobre el propio Beauvais. El editor dice:

“Ahora, entonces, ocurre un cambio en el asunto. Se nos dice que en una ocasión, mientras una Madame B—— estaba en casa de Madame Rogêt, el Sr. Beauvais, que salía, le dijo que se esperaba allí a un gendarme, y que ella, Madame B., no debía decir nada al gendarme hasta que él regresara, sino dejar que el asunto fuera para él... En el estado actual de los asuntos, el Sr. Beauvais parece tener todo el asunto encerrado en su cabeza. No se puede dar un solo paso sin el Sr. Beauvais, porque, vayas por donde vayas, te tropiezas con él... Por alguna razón, decidió que nadie tendrá nada que ver con los procedimientos más que él mismo, y ha apartado a los parientes varones del camino, según sus representaciones, de una manera muy singular. Parece haber sido muy reacio a permitir que los parientes vieran el cuerpo”.

Por el siguiente hecho, se dio cierto color a la sospecha así arrojada sobre Beauvais. Un visitante en su oficina, pocos días antes de la desaparición de la joven, y durante la ausencia de su ocupante, había observado una rosa en el ojo de la cerradura de la puerta, y el nombre “Marie” inscrito en una pizarra que colgaba cerca.

La impresión general, en la medida en que pudimos deducirla de los periódicos, parecía ser que Marie había sido víctima de una banda de desesperados; que por ellos había sido llevada a través del río, maltratada y asesinada. Le Commerciel (*11), sin embargo, una publicación de gran influencia, se mostró decidida a combatir esta idea popular. Cito un par de pasajes de sus columnas:

“Estamos convencidos de que la persecución ha estado hasta ahora en una pista falsa, en la medida en que ha sido dirigida a la Barrière du Roule. Es imposible que una persona tan bien conocida por miles como esta joven mujer lo era, haya pasado tres manzanas sin que alguien la haya visto; y cualquiera que la hubiera visto lo habría recordado, pues ella interesaba a todos los que la conocían. Fue cuando las calles estaban llenas de gente, cuando ella salió... Es imposible que pudiera haber ido a la Barrière du Roule, o a la Rue des Drômes, sin ser reconocida por una docena de personas; sin embargo, nadie se ha presentado que la haya visto fuera de la puerta de su madre, y no hay evidencia, excepto el testimonio sobre sus intenciones expresadas, de que saliera en absoluto. Su vestido estaba rasgado, atado alrededor de ella, y amarrado; y por eso el cuerpo fue transportado como un fardo. Si el asesinato hubiera sido cometido en la Barrière du Roule, no habría habido necesidad de tal disposición. El hecho de que el cuerpo fuera encontrado flotando cerca de la Barrière no es prueba de dónde fue arrojado al agua... Un trozo de una de las enaguas de la infortunada joven, de dos pies de largo y un pie de ancho, fue arrancado y atado bajo su barbilla alrededor de la parte posterior de su cabeza, probablemente para evitar gritos. Esto fue hecho por sujetos que no tenían pañuelo de bolsillo”.

Un día o dos antes de que el Prefecto nos visitara, sin embargo, llegó a la policía información importante, que parecía derribar, al menos, la parte principal del argumento de Le Commerciel. Dos niños pequeños, hijos de una Madame Deluc, mientras vagaban por los bosques cerca de la Barrière du Roule, se adentraron por casualidad en un matorral cerrado, dentro del cual había tres o cuatro piedras grandes, formando una especie de asiento, con respaldo y reposapiés. En la piedra superior yacía una enagua blanca; en la segunda, una bufanda de seda. También se encontraron aquí una sombrilla, guantes y un pañuelo de bolsillo. El pañuelo llevaba el nombre “Marie Rogêt”. Se descubrieron fragmentos de vestido en las zarzas de los alrededores. La tierra estaba pisoteada, los arbustos estaban rotos y había toda evidencia de una lucha. Entre el matorral y el río, se encontraron las vallas derribadas, y el suelo mostraba evidencia de que alguna carga pesada había sido arrastrada por él.

Un periódico semanal, Le Soleil (*12), tuvo los siguientes comentarios sobre este descubrimiento; comentarios que simplemente se hicieron eco del sentimiento de toda la prensa parisina:

“Las cosas habían estado evidentemente allí al menos tres o cuatro semanas; todas estaban enmohecidas por la acción de la lluvia y pegadas entre sí por el moho. La hierba había crecido alrededor y sobre algunas de ellas. La seda de la sombrilla era fuerte, pero los hilos estaban corridos por dentro. La parte superior, donde se había doblado y plegado, estaba toda enmohecida y podrida, y se rasgó al abrirla... Los trozos de su vestido arrancados por los arbustos tenían aproximadamente tres pulgadas de ancho y seis pulgadas de largo. Una parte era el dobladillo del vestido, y había sido remendado; la otra pieza era parte de la falda, no el dobladillo. Parecían tiras arrancadas, y estaban en el arbusto de espinas, a aproximadamente un pie del suelo... No puede haber duda, por lo tanto, de que se ha descubierto el lugar de este atroz ultraje”.

Como consecuencia de este descubrimiento, aparecieron nuevas pruebas. Madame Deluc testificó que posee una posada al borde del camino no lejos de la orilla del río, frente a la Barrière du Roule. El vecindario es apartado, particularmente. Es el lugar de recreo habitual de los domingos para los granujas de la ciudad, que cruzan el río en botes. Alrededor de las tres de la tarde del domingo en cuestión, una joven llegó a la posada, acompañada por un joven de tez oscura. Los dos permanecieron aquí por algún tiempo. A su partida, tomaron el camino hacia unos bosques espesos en las cercanías. La atención de Madame Deluc se llamó hacia el vestido usado por la joven, debido a su semejanza con uno usado por una pariente fallecida. Una bufanda fue notada particularmente. Poco después de la partida de la pareja, una banda de malhechores hizo su aparición, se comportó de forma ruidosa, comió y bebió sin realizar el pago, siguió la ruta del joven y la joven, regresó a la posada al atardecer y volvió a cruzar el río como si tuvieran gran prisa.

Fue poco después del anochecer, esa misma tarde, que Madame Deluc, así como su hijo mayor, escucharon los gritos de una mujer en las cercanías de la posada. Los gritos fueron violentos pero breves. Madame D. reconoció no solo la bufanda que fue hallada en la espesura, sino el vestido que se descubrió sobre el cadáver. Un conductor de ómnibus, Valence, (*13) testificó ahora también que vio a Marie Rogêt cruzar un transbordador en el Sena, el domingo en cuestión, en compañía de un joven de tez oscura. Él, Valence, conocía a Marie y no podía equivocarse en su identidad. Los objetos hallados en la espesura fueron plenamente identificados por los parientes de Marie.

Los elementos de prueba e información así recopilados por mí mismo, de los periódicos, por sugerencia de Dupin, abarcaban solo un punto más, pero este era un punto de importancia aparentemente vasta. Parece que, inmediatamente después del descubrimiento de la ropa como se describió anteriormente, el cuerpo sin vida, o casi sin vida, de St. Eustache, el prometido de Marie, fue encontrado en las cercanías de lo que todos suponían ahora el escenario del ultraje. Un frasco etiquetado como «láudano», y vacío, fue hallado cerca de él. Su aliento dio evidencia del veneno. Murió sin hablar. Sobre su persona se encontró una carta, declarando brevemente su amor por Marie, con su designio de autodestrucción.

«Apenas necesito decirle», dijo Dupin, al terminar la lectura de mis notas, «que este es un caso mucho más intrincado que el de la Rue Morgue; del cual difiere en un aspecto importante. Este es un caso ordinario, aunque atroz, de crimen. No hay nada peculiarmente *outré* al respecto. Observará que, por esta razón, el misterio ha sido considerado fácil, cuando, por esta misma razón, debería haber sido considerado difícil de resolver. Así; al principio, se pensó innecesario ofrecer una recompensa. Los mirmidones de G—— fueron capaces de comprender de inmediato cómo y por qué pudo haber sido cometida tal atrocidad. Podían visualizar en sus imaginaciones un modo —muchos modos— y un motivo —muchos motivos—; y debido a que no era imposible que cualquiera de estos numerosos modos y motivos pudiera haber sido el real, han dado por sentado que uno de ellos debe serlo. Pero la facilidad con la que estas fantasías variables fueron entretenidas, y la misma plausibilidad que cada una asumió, debería haberse entendido como indicativa más bien de las dificultades que de las facilidades que deben acompañar a la elucidación. He observado antes que es por prominencias por encima del plano de lo ordinario, que la razón se abre camino, si es que lo hace, en su búsqueda de lo verdadero, y que la pregunta adecuada en casos como este, no es tanto “¿qué ha ocurrido?” como “¿qué ha ocurrido que nunca antes haya ocurrido?”. En las investigaciones en la casa de Madame L’Espanaye, (*14) los agentes de G—— se sintieron desalentados y confundidos por esa misma inusualidad que, para un intelecto debidamente regulado, habría proporcionado el presagio más seguro de éxito; mientras que este mismo intelecto podría haberse sumido en la desesperación ante el carácter ordinario de todo lo que se presentaba a la vista en el caso de la dependienta de la perfumería, y sin embargo, no presagiaba nada más que un triunfo fácil para los funcionarios de la Prefectura.

«En el caso de Madame L’Espanaye y su hija no hubo, incluso al comienzo de nuestra investigación, duda de que se había cometido un asesinato. La idea del suicidio fue excluida de inmediato. Aquí, también, nos vemos libres, desde el comienzo, de toda suposición de suicidio. El cuerpo encontrado en la Barrière du Roule fue hallado bajo tales circunstancias que no nos dejó margen para el desconcierto sobre este punto importante. Pero se ha sugerido que el cadáver descubierto no es el de la Marie Rogêt para cuya convicción de su asesino, o asesinos, se ofrece la recompensa, y respecto a quien, únicamente, nuestro acuerdo ha sido arreglado con el Prefecto. Ambos conocemos bien a este caballero. No será prudente confiar demasiado en él. Si, fechando nuestras pesquisas desde el cuerpo hallado, y rastreando desde allí a un asesino, descubrimos sin embargo que este cuerpo es el de algún otro individuo que no sea Marie; o, si partiendo de la Marie viva, la encontramos, pero la encontramos no asesinada —en cualquiera de los casos perdemos nuestro trabajo; puesto que es el Monsieur G—— con quien tenemos que tratar. Para nuestro propio propósito, por tanto, si no para el propósito de la justicia, es indispensable que nuestro primer paso sea la determinación de la identidad del cadáver con la Marie Rogêt que está desaparecida.

«Con el público, los argumentos de *L’Etoile* han tenido peso; y que el periódico mismo está convencido de su importancia aparecería por la manera en que comienza uno de sus ensayos sobre el tema: “Varios de los periódicos matutinos del día”, dice, “hablan del artículo concluyente en el *Etoile* del lunes”. Para mí, este artículo parece concluyente de poco más que el celo de su autor. Debemos tener en mente que, en general, es el objetivo de nuestros periódicos crear una sensación —marcar un punto— más que promover la causa de la verdad. Este último fin solo se persigue cuando parece coincidir con el primero. El impreso que simplemente se alinea con la opinión ordinaria (por muy bien fundada que esté esta opinión) no gana ningún crédito con la multitud. La masa de la gente considera profundo solo a aquel que sugiere *contradicciones punzantes* a la idea general. En el raciocinio, no menos que en la literatura, es el epigrama lo que es más inmediata y universalmente apreciado. En ambos, es de la clase más baja de mérito.

«Lo que quiero decir es que es el mezclado epigrama y melodrama de la idea de que Marie Rogêt aún vive, más que cualquier verdadera plausibilidad en esta idea, lo que la ha sugerido a *L’Etoile* y asegurado una recepción favorable con el público. Examinemos los puntos principales del argumento de este periódico; esforzándonos por evitar la incoherencia con la que se presenta originalmente.

«El primer objetivo del escritor es mostrar, por la brevedad del intervalo entre la desaparición de Marie y el hallazgo del cadáver flotante, que este cadáver no puede ser el de Marie. La reducción de este intervalo a su dimensión más pequeña posible, se convierte así, de inmediato, en un objetivo para el razonador. En la búsqueda precipitada de este objetivo, se lanza a una mera suposición desde el principio. “Es una locura suponer”, dice, “que el asesinato, si se cometió un asesinato sobre su cuerpo, pudo haber sido consumado lo suficientemente pronto como para haber permitido a sus asesinos arrojar el cuerpo al río antes de la medianoche”. Exigimos de inmediato, y muy naturalmente, ¿por qué? ¿Por qué es una locura suponer que el asesinato fue cometido dentro de los cinco minutos posteriores a que la joven abandonara la casa de su madre? ¿Por qué es una locura suponer que el asesinato fue cometido en cualquier período dado del día? Ha habido asesinatos a todas horas. Pero, si el asesinato hubiera tenido lugar en cualquier momento entre las nueve de la mañana del domingo y un cuarto antes de la medianoche, todavía habría habido tiempo suficiente “para arrojar el cuerpo al río antes de la medianoche”. Esta suposición, entonces, equivale precisamente a esto: que el asesinato no fue cometido el domingo en absoluto —y, si permitimos a *L’Etoile* suponer esto, podemos permitirle cualquier libertad que sea—. El párrafo que comienza “Es una locura suponer que el asesinato, etc.”, por muy que aparezca impreso en *L’Etoile*, puede imaginarse que existió realmente así en el cerebro de su autor: “Es una locura suponer que el asesinato, si se cometió un asesinato sobre el cuerpo, pudo haber sido cometido lo suficientemente pronto como para haber permitido a sus asesinos arrojar el cuerpo al río antes de la medianoche; es una locura, decimos, suponer todo esto, y suponer al mismo tiempo (como estamos resueltos a suponer) que el cuerpo no fue arrojado hasta después de la medianoche” —una sentencia suficientemente inconsecuente en sí misma, pero no tan absolutamente disparatada como la impresa.

«Si fuera mi propósito», continuó Dupin, «meramente *preparar un caso* contra este pasaje del argumento de *L’Etoile*, podría dejarlo a salvo donde está. No es, sin embargo, con *L’Etoile* con lo que tenemos que tratar, sino con la verdad. La sentencia en cuestión tiene un solo significado, tal como está; y este significado lo he expuesto con justicia; pero es material que vayamos más allá de las meras palabras, en busca de una idea que estas palabras obviamente intentaron, y no lograron, transmitir. Era el designio del periodista decir que, en cualquier período del día o de la noche del domingo en que se cometiera este asesinato, era improbable que los asesinos se hubieran aventurado a llevar el cadáver al río antes de la medianoche. Y aquí reside, realmente, la suposición de la que me quejo. Se supone que el asesinato fue cometido en tal posición, y bajo tales circunstancias, que el llevarlo al río se volvió necesario. Ahora bien, el asesinato podría haber tenido lugar a la orilla del río, o en el mismo río; y, por tanto, el arrojar el cadáver al agua podría haber sido recurrido, en cualquier período del día o de la noche, como la forma más obvia e inmediata de deshacerse de él. Entenderá que no sugiero nada aquí como probable, o como coincidente con mi propia opinión. Mi designio, hasta ahora, no tiene referencia a los hechos del caso. Deseo simplemente advertirle contra todo el tono de la sugerencia de *L’Etoile*, llamando su atención sobre su carácter *ex parte* desde el principio.

«Habiendo prescrito así un límite para ajustarse a sus propias nociones preconcebidas; habiendo asumido que, si este fuera el cuerpo de Marie, podría haber estado en el agua solo un tiempo muy breve, el periódico continúa diciendo:

“Toda la experiencia ha demostrado que los cuerpos ahogados, o los cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de la muerte por violencia, requieren de seis a diez días para que ocurra suficiente descomposición para llevarlos a la superficie del agua. Incluso cuando se dispara un cañón sobre un cadáver, y este sale a flote antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo si se deja solo”.

«Estas afirmaciones han sido tácitamente recibidas por cada periódico en París, con la excepción de *Le Moniteur*. (*15) Este último impreso intenta combatir esa parte del párrafo que tiene referencia a los “cuerpos ahogados” solamente, citando unos cinco o seis casos en los que los cuerpos de individuos conocidos por haber muerto ahogados fueron encontrados flotando después del lapso de menos tiempo del que insiste *L’Etoile*. Pero hay algo excesivamente insofístico en el intento por parte de *Le Moniteur* de refutar la afirmación general de *L’Etoile* mediante una cita de casos particulares que militan contra esa afirmación. Si hubiera sido posible aducir cincuenta en lugar de cinco ejemplos de cuerpos encontrados flotando al final de dos o tres días, estos cincuenta ejemplos todavía podrían ser considerados adecuadamente solo como excepciones a la regla de *L’Etoile*, hasta tal momento en que la regla misma fuera refutada. Admitiendo la regla (y esto *Le Moniteur* no lo niega, insistiendo meramente en sus excepciones), el argumento de *L’Etoile* es permitido permanecer en plena fuerza; pues este argumento no pretende involucrar más que una cuestión de la probabilidad de que el cuerpo haya salido a la superficie en menos de tres días; y esta probabilidad estará a favor de la posición de *L’Etoile* hasta que los casos tan infantilmente aducidos sean suficientes en número para establecer una regla antagónica.

«Verá de inmediato que todo argumento sobre este punto debe ser instado, si es que se hace, contra la regla misma; y para este fin debemos examinar la lógica de la regla. Ahora bien, el cuerpo humano, en general, no es mucho más ligero ni mucho más pesado que el agua del Sena; es decir, la gravedad específica del cuerpo humano, en su condición natural, es aproximadamente igual a la masa de agua dulce que desplaza. Los cuerpos de personas gordas y carnosas, con huesos pequeños, y de las mujeres en general, son más ligeros que los de los individuos magros y de huesos grandes, y de los hombres; y la gravedad específica del agua de un río es algo influenciada por la presencia de la marea del mar. Pero, dejando esta marea fuera de la cuestión, puede decirse que muy pocos cuerpos humanos se hundirán, incluso en agua dulce, por su propia cuenta. Casi cualquiera, cayendo en un río, será capaz de flotar, si permite que la gravedad específica del agua sea justamente comparada con la suya —es decir, si permite que toda su persona sea sumergida, con tan poca excepción como sea posible—. La posición adecuada para alguien que no sabe nadar, es la posición erguida del caminante en tierra, con la cabeza echada completamente hacia atrás, e inmersa; permaneciendo solo la boca y las fosas nasales por encima de la superficie. Así circunstanciados, encontraremos que flotamos sin dificultad y sin esfuerzo. Es evidente, sin embargo, que las gravedades del cuerpo, y de la masa de agua desplazada, están muy finamente equilibradas, y que una minucia causará que cualquiera de las dos predomine. Un brazo, por ejemplo, levantado fuera del agua, y privado así de su apoyo, es un peso adicional suficiente para sumergir toda la cabeza, mientras que la ayuda accidental del trozo de madera más pequeño nos permitirá elevar la cabeza para mirar alrededor. Ahora bien, en los forcejeos de alguien no acostumbrado a nadar, los brazos son invariablemente lanzados hacia arriba, mientras se intenta mantener la cabeza en su posición perpendicular habitual. El resultado es la inmersión de la boca y las fosas nasales, y el inicio, durante los esfuerzos por respirar mientras se está bajo la superficie, de agua en los pulmones. Mucha también es recibida en el estómago, y todo el cuerpo se vuelve más pesado por la diferencia entre el peso del aire que originalmente distendía estas cavidades, y el del fluido que ahora las llena. Esta diferencia es suficiente para causar que el cuerpo se hunda, como regla general; pero es insuficiente en los casos de individuos con huesos pequeños y una cantidad anormal de materia flácida o grasa. Tales individuos flotan incluso después de ahogarse.

«El cadáver, al ser supuesto en el fondo del río, allí permanecerá hasta que, por algún medio, su gravedad específica vuelva a ser menor que la de la masa de agua que desplaza. Este efecto se logra mediante la descomposición, u otros medios. El resultado de la descomposición es la generación de gas, que distiende los tejidos celulares y todas las cavidades, y da la apariencia hinchada que es tan horrible. Cuando esta distensión ha progresado tanto que la masa del cadáver aumenta materialmente sin un aumento correspondiente de masa o peso, su gravedad específica se vuelve menor que la del agua desplazada, y aparece de inmediato en la superficie. Pero la descomposición es modificada por circunstancias innumerables —es acelerada o retardada por agencias innumerables; por ejemplo, por el calor o el frío de la estación, por la impregnación mineral o la pureza del agua, por su profundidad o poca profundidad, por su corriente o estancamiento, por el temperamento del cuerpo, por su infección o ausencia de enfermedad antes de la muerte. Así es evidente que no podemos asignar ningún período, con nada parecido a la exactitud, en el que el cadáver deba subir a través de la descomposición. Bajo ciertas condiciones este resultado sería logrado dentro de una hora; bajo otras, podría no tener lugar en absoluto. Hay infusiones químicas mediante las cuales el marco animal puede ser preservado para siempre de la corrupción; el bicloruro de mercurio es una. Pero, aparte de la descomposición, puede haber, y muy usualmente hay, una generación de gas dentro del estómago, por la fermentación acética de materia vegetal (o dentro de otras cavidades por otras causas), suficiente para inducir una distensión que llevará el cuerpo a la superficie. El efecto producido por el disparo de un cañón es el de una simple vibración. Esto puede, ya sea desprender el cadáver del lodo suave o cieno en el que está incrustado, permitiéndole así subir cuando otras agencias ya lo han preparado para hacerlo; o puede superar la tenacidad de algunas porciones putrefactas del tejido celular; permitiendo que las cavidades se distiendan bajo la influencia del gas.

«Habiendo tenido así ante nosotros toda la filosofía de este tema, podemos probar fácilmente con ella las afirmaciones de *L’Etoile*. “Toda la experiencia muestra”, dice este periódico, “que los cuerpos ahogados, o los cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de la muerte por violencia, requieren de seis a diez días para que ocurra suficiente descomposición para llevarlos a la superficie del agua. Incluso cuando se dispara un cañón sobre un cadáver, y este sale a flote antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo si se deja solo”.

«La totalidad de este párrafo debe aparecer ahora como un tejido de inconsecuencia e incoherencia. Toda la experiencia no muestra que los “cuerpos ahogados” requieran de seis a diez días para que ocurra suficiente descomposición para llevarlos a la superficie. Tanto la ciencia como la experiencia muestran que el período de su salida a flote es, y necesariamente debe ser, indeterminado. Si, además, un cuerpo ha salido a la superficie mediante el disparo de un cañón, no se “hundirá de nuevo si se deja solo”, hasta que la descomposición haya progresado tanto como para permitir el escape del gas generado. Pero deseo llamar su atención sobre la distinción que se hace entre “cuerpos ahogados” y “cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de la muerte por violencia”. Aunque el escritor admite la distinción, los incluye a todos en la misma categoría. He mostrado cómo es que el cuerpo de un hombre que se ahoga se vuelve específicamente más pesado que su masa de agua, y que no se hundiría en absoluto, excepto por los forcejeos mediante los cuales eleva sus brazos por encima de la superficie, y sus boqueadas por respirar mientras está bajo la superficie —boqueadas que suministran por agua el lugar del aire original en los pulmones—. Pero estos forcejeos y estas boqueadas no ocurrirían en el cuerpo “arrojado al agua inmediatamente después de la muerte por violencia”. Así, en este último caso, el cuerpo, como regla general, no se hundiría en absoluto —un hecho del cual *L’Etoile* es evidentemente ignorante—. Cuando la descomposición hubiera progresado en gran medida —cuando la carne hubiera dejado los huesos en gran parte— entonces, de hecho, pero no hasta entonces, perderíamos de vista el cadáver.

«Y ahora, ¿qué debemos hacer con el argumento de que el cuerpo hallado no pudo ser el de Marie Rogêt, porque, habiendo transcurrido solo tres días, este cuerpo fue encontrado flotando? Si se hubiera ahogado, siendo mujer, podría nunca haberse hundido; o habiéndose hundido, podría haber reaparecido en veinticuatro horas, o menos. Pero nadie supone que se haya ahogado; y, muriendo antes de ser arrojada al río, podría haber sido encontrada flotando en cualquier período posterior cualquiera.

«“Pero”, dice *L’Etoile*, “si el cuerpo hubiera sido mantenido en su estado destrozado en la orilla hasta la noche del martes, algún rastro se encontraría en la orilla de los asesinos”. Aquí es al principio difícil percibir la intención del razonador. Él quiere anticipar lo que imagina sería una objeción a su teoría —a saber: que el cuerpo fue mantenido en la orilla dos días, sufriendo una rápida descomposición— más rápida que si estuviera inmerso en agua—. Supone que, si este hubiera sido el caso, podría haber aparecido en la superficie el miércoles, y piensa que solo bajo tales circunstancias podría haber aparecido así. Está por consiguiente apresurado a mostrar que no fue mantenido en la orilla; pues, si fuera así, “algún rastro se encontraría en la orilla de los asesinos”. Presumo que sonríe ante el *sequitur*. No puede hacérsele ver cómo la mera duración del cadáver en la orilla podría operar para multiplicar los rastros de los asesinos. Ni yo tampoco.

«Y, además, es sumamente improbable —continúa nuestro periódico— que unos villanos que hubieran cometido un asesinato como el que aquí se supone, hubieran arrojado el cuerpo sin lastre para que se hundiera, cuando tal precaución podría haberse tomado tan fácilmente». ¡Observe aquí la risible confusión de pensamiento! Nadie —ni siquiera L’Etoile— discute el asesinato cometido en el cuerpo encontrado. Las señales de violencia son demasiado obvias. El objetivo de nuestro razonador es simplemente demostrar que este cuerpo no es el de Marie. Desea probar que Marie no fue asesinada, no que el cadáver no lo fuera. Sin embargo, su observación prueba solo este último punto. He aquí un cadáver sin peso añadido. Los asesinos, al arrojarlo, no habrían dejado de añadir un lastre. Por lo tanto, no fue arrojado por asesinos. Esto es todo lo que se prueba, si es que se prueba algo. Ni siquiera se aborda la cuestión de la identidad, y L’Etoile se ha tomado grandes molestias simplemente para negar ahora lo que había admitido apenas un momento antes. «Estamos perfectamente convencidos —dice— de que el cuerpo encontrado era el de una mujer asesinada».

«Tampoco es esta la única instancia, incluso en esta división de su tema, en la que nuestro razonador razona involuntariamente contra sí mismo. Su objetivo evidente, ya lo he dicho, es reducir, tanto como sea posible, el intervalo entre la desaparición de Marie y el hallazgo del cadáver. Sin embargo, lo encontramos insistiendo en el punto de que nadie vio a la joven desde el momento en que salió de casa de su madre. «No tenemos pruebas —dice— de que Marie Rogêt estuviera en el reino de los vivos después de las nueve de la mañana del domingo veintidós de junio». Como su argumento es obviamente parcial, debería, al menos, haber dejado este asunto fuera de consideración; pues, si se hubiera sabido que alguien vio a Marie, digamos el lunes o el martes, el intervalo en cuestión se habría reducido mucho y, según su propio razonamiento, la probabilidad de que el cadáver fuera el de la grisette habría disminuido mucho. Es, no obstante, divertido observar que L’Etoile insiste en su punto con la plena convicción de que favorece su argumento general».

«Relea ahora esa parte de este argumento que hace referencia a la identificación del cadáver por parte de Beauvais. En cuanto al vello en el brazo, L’Etoile ha sido obviamente poco sincero. M. Beauvais, no siendo un idiota, nunca podría haber aducido, en la identificación del cadáver, simplemente el vello en su brazo. No hay brazo sin vello. La generalidad de la expresión de L’Etoile es una mera perversión de la fraseología del testigo. Debe haber hablado de alguna peculiaridad en este vello. Debe haber sido una peculiaridad de color, de cantidad, de longitud o de situación».

««Su pie —dice el periódico— era pequeño; también lo son miles de pies. Su liga no es prueba alguna, ni tampoco su zapato, pues los zapatos y las ligas se venden en paquetes. Lo mismo puede decirse de las flores de su sombrero. Una cosa en la que M. Beauvais insiste fuertemente es que el cierre de la liga encontrada había sido ajustado para reducirla. Esto no significa nada; pues la mayoría de las mujeres consideran apropiado llevarse un par de ligas a casa y ajustarlas al tamaño de las extremidades que han de rodear, en lugar de probarlas en la tienda donde las compran». Aquí es difícil suponer que el razonador hable en serio. Si M. Beauvais, en su búsqueda del cuerpo de Marie, hubiera descubierto un cadáver correspondiente en tamaño y apariencia general a la joven desaparecida, habría estado justificado (sin referencia alguna a la cuestión de la vestimenta) para formarse una opinión de que su búsqueda había tenido éxito. Si, además del punto del tamaño y contorno generales, hubiera encontrado en el brazo una apariencia vellosa peculiar que había observado en la Marie viva, su opinión podría haberse visto justamente reforzada; y el aumento de la certeza bien podría haber estado en proporción a la peculiaridad, o rareza, de la marca vellosa. Si, siendo pequeños los pies de Marie, los del cadáver también lo eran, el aumento de probabilidad de que el cuerpo fuera el de Marie no sería un aumento en una proporción meramente aritmética, sino en una altamente geométrica, o acumulativa. Añada a todo esto zapatos tales como los que se sabía que ella usaba el día de su desaparición y, aunque estos zapatos puedan estar «vendidos en paquetes», usted aumenta la probabilidad hasta rozar la certeza. Lo que, por sí mismo, no sería prueba de identidad, se convierte, a través de su posición corroborativa, en prueba de lo más segura. Denos, entonces, flores en el sombrero correspondientes a las usadas por la joven desaparecida, y no buscaremos nada más. Si solo fuera una flor, no buscaríamos nada más; ¿qué entonces si son dos o tres, o más? Cada una sucesiva es evidencia múltiple; prueba no añadida a la prueba, sino multiplicada por cientos o miles. Descubramos ahora, sobre la fallecida, ligas como las que usaba la viva, y es casi una locura continuar. Pero resulta que estas ligas están apretadas, mediante el ajuste de un cierre, exactamente de la misma manera que las suyas habían sido apretadas por Marie, poco antes de salir de casa. Ahora es locura o hipocresía dudar. Lo que L’Etoile dice con respecto a que esta abreviación de las ligas es un suceso habitual, no muestra nada más allá de su propia pertinacia en el error. La naturaleza elástica de la liga con cierre es una autodemostración de lo inusual de la abreviación. Lo que está hecho para ajustarse a sí mismo debe, por necesidad, requerir un ajuste externo solo raramente. Debe haber sido por un accidente, en su sentido más estricto, que estas ligas de Marie necesitaran el ajuste descrito. Ellas solas habrían establecido ampliamente su identidad. Pero no es que se encontrara que el cadáver tenía las ligas de la joven desaparecida, o se encontrara que tenía sus zapatos, o su bonete, o las flores de su bonete, o sus pies, o una marca peculiar en el brazo, o su tamaño y apariencia generales; es que el cadáver tenía cada uno de ellos, y todos colectivamente. Si se pudiera probar que el editor de L’Etoile realmente albergaba una duda, dadas las circunstancias, no habría necesidad, en su caso, de una *commission de lunatico inquirendo*. Ha creído sagaz hacerse eco de la charla trivial de los abogados, quienes, en su mayor parte, se contentan con hacerse eco de los preceptos rectilíneos de los tribunales. Observaría aquí que mucho de lo que es rechazado como prueba por un tribunal es la mejor de las pruebas para el intelecto. Pues el tribunal, guiándose por los principios generales de la evidencia —los principios reconocidos y registrados—, es reacio a desviarse en casos particulares. Y esta firme adhesión al principio, con riguroso desprecio por la excepción contradictoria, es un modo seguro de alcanzar el máximo de verdad alcanzable, en cualquier largo transcurso de tiempo. La práctica, en masa, es por tanto filosófica; pero no es menos cierto que engendra un vasto error individual. (*16)

«Con respecto a las insinuaciones dirigidas a Beauvais, estará dispuesto a descartarlas de un soplo. Ya ha comprendido el verdadero carácter de este buen caballero. Es un entrometido, con mucho de romántico y poco de ingenio. Cualquiera así constituido se comportará fácilmente, en ocasión de verdadera agitación, de manera que se haga susceptible de sospecha por parte de los demasiado agudos o de los malintencionados. M. Beauvais (como parece por sus notas) tuvo algunas entrevistas personales con el editor de L’Etoile, y le ofendió al aventurar una opinión de que el cadáver, a pesar de la teoría del editor, era, en realidad, el de Marie. «Persiste —dice el periódico— en afirmar que el cadáver es el de Marie, pero no puede dar una circunstancia, además de aquellas sobre las que hemos comentado, para hacer creer a otros». Ahora, sin volver a mencionar el hecho de que nunca se podrían haber aducido pruebas más fuertes «para hacer creer a otros», puede señalarse que un hombre puede muy bien ser entendido como alguien que cree, en un caso de este tipo, sin la capacidad de adelantar una sola razón para la creencia de una segunda parte. Nada es más vago que las impresiones de identidad individual. Cada hombre reconoce a su vecino, sin embargo, hay pocos casos en los que alguien esté preparado para dar una razón de su reconocimiento. El editor de L’Etoile no tenía derecho a ofenderse por la creencia irrazonada de M. Beauvais».

«Las circunstancias sospechosas que lo envuelven resultarán encajar mucho mejor con mi hipótesis del entrometimiento romántico que con la sugerencia de culpabilidad del razonador. Una vez adoptada la interpretación más caritativa, no encontraremos dificultad en comprender la rosa en el ojo de la cerradura; el «Marie» en la pizarra; el «apartar a los parientes varones a codazos»; la «aversión a permitirles ver el cuerpo»; la advertencia dada a Madame B—— de que no debe mantener conversación con el gendarme hasta su regreso (el de Beauvais); y, por último, su aparente determinación de «que nadie debería tener nada que ver con los procedimientos excepto él mismo». Me parece incuestionable que Beauvais era un pretendiente de Marie; que ella coqueteaba con él; y que él estaba ambicioso de ser considerado como alguien que gozaba de su máxima intimidad y confianza. No diré nada más sobre este punto; y, como la evidencia refuta completamente la aseveración de L’Etoile sobre el asunto de la apatía por parte de la madre y otros parientes —una apatía inconsistente con la suposición de que ellos creyeran que el cadáver fuera el de la perfumera—, procederemos ahora como si la cuestión de la identidad estuviera resuelta a nuestra perfecta satisfacción».

«¿Y qué piensa usted —pregunté entonces— de las opiniones de Le Commerciel?».

«Que, en espíritu, son mucho más dignas de atención que cualquiera de las que se han promulgado sobre el tema. Las deducciones a partir de las premisas son filosóficas y agudas; pero las premisas, en dos casos al menos, están fundadas en una observación imperfecta. Le Commerciel desea dar a entender que Marie fue capturada por alguna banda de rufianes de baja estofa no lejos de la puerta de su madre. «Es imposible —insiste— que una persona tan conocida por miles como esta joven hubiera pasado tres manzanas sin que alguien la hubiera visto». Esta es la idea de un hombre residente desde hace mucho tiempo en París —un hombre público— y cuyas caminatas de ida y vuelta por la ciudad se han limitado mayormente a la vecindad de las oficinas públicas. Él es consciente de que rara vez pasa tan lejos como una docena de manzanas de su propia oficina sin ser reconocido y abordado. Y, conociendo el alcance de su conocimiento personal con otros, y el de otros con él, compara su notoriedad con la de la perfumera, no encuentra gran diferencia entre ellas y llega de inmediato a la conclusión de que ella, en sus paseos, estaría igualmente expuesta al reconocimiento que él en los suyos. Esto solo podría ser el caso si sus paseos fueran del mismo carácter invariable y metódico, y dentro de la misma especie de región limitada que los suyos. Él pasa de un lado a otro, a intervalos regulares, dentro de una periferia confinada, que abunda en individuos que son llevados a la observación de su persona a través del interés en la naturaleza afín de su ocupación con la de ellos mismos. Pero los paseos de Marie pueden, en general, suponerse discursivos. En este caso particular, se entenderá como lo más probable que ella procedió por una ruta de más que promedio diversidad respecto a sus habituales. El paralelo que imaginamos que ha existido en la mente de Le Commerciel solo se sostendría en el evento de que los dos individuos atravesaran toda la ciudad. En este caso, concediendo que los conocidos personales fueran iguales, las posibilidades serían también iguales de que un número igual de encuentros personales se realizara. Por mi parte, no solo lo consideraría posible, sino mucho más que probable, que Marie podría haber procedido, en cualquier periodo dado, por cualquiera de las muchas rutas entre su propia residencia y la de su tía, sin encontrar a un solo individuo a quien ella conociera, o por quien ella fuera conocida. Al ver esta cuestión bajo su luz plena y adecuada, debemos mantener constantemente en mente la gran desproporción entre los conocidos personales incluso del individuo más notable de París y la población entera de París misma».

«Pero cualquier fuerza que todavía pueda parecer tener la sugerencia de Le Commerciel se verá mucho disminuida cuando tomemos en consideración la hora a la que la joven salió. «Fue cuando las calles estaban llenas de gente —dice Le Commerciel— que ella salió». Pero no es así. Fue a las nueve de la mañana. Ahora bien, a las nueve de la mañana de cada día de la semana, *con la excepción del domingo*, las calles de la ciudad están, es cierto, abarrotadas de gente. A las nueve del domingo, la población está principalmente puertas adentro preparándose para la iglesia. Ninguna persona observadora habrá dejado de notar el aire peculiarmente desierto de la ciudad, desde alrededor de las ocho hasta las diez de la mañana de cada sábado. Entre las diez y las once las calles están atestadas, pero no en un periodo tan temprano como el designado».

«Hay otro punto en el que parece haber una deficiencia de observación por parte de Le Commerciel. «Un trozo —dice— de una de las enaguas de la infortunada joven, de dos pies de largo y un pie de ancho, fue arrancado y atado bajo su barbilla, y alrededor de la parte posterior de su cabeza, probablemente para evitar gritos. Esto fue hecho por sujetos que no tenían pañuelos de bolsillo». Si esta idea está o no bien fundada, nos esforzaremos por verlo más adelante; pero por «sujetos que no tienen pañuelos de bolsillo» el editor entiende a la clase más baja de rufianes. Estos, sin embargo, son exactamente la clase de personas de las que siempre se encontrará que tienen pañuelos incluso cuando carecen de camisas. Usted debe haber tenido ocasión de observar cuán absolutamente indispensable, en los últimos años, se ha vuelto el pañuelo de bolsillo para el completo granuja».

«¿Y qué debemos pensar —pregunté— del artículo en Le Soleil?».

«Que es una lástima inmensa que su autor no naciera loro; en cuyo caso habría sido el loro más ilustre de su raza. Se ha limitado a repetir los puntos individuales de la opinión ya publicada; recogiéndolos, con una loable industria, de este periódico y de aquel. «Las cosas estaban todas evidentemente allí —dice—, al menos desde hace tres o cuatro semanas, y no puede haber duda de que se ha descubierto el lugar de este atroz ultraje». Los hechos aquí reafirmados por Le Soleil están, de hecho, muy lejos de eliminar mis propias dudas sobre este asunto, y los examinaremos más particularmente más adelante en conexión con otra división del tema».

«Por el momento debemos ocuparnos de otras investigaciones. Usted no puede haber dejado de notar la extrema laxitud del examen del cadáver. Sin duda, la cuestión de la identidad fue determinada prontamente, o debería haberlo sido; pero había otros puntos por determinar. ¿Había sido el cuerpo despojado en algún aspecto? ¿Tenía la fallecida algún artículo de joyería sobre su persona al salir de casa? si es así, ¿tenía alguno cuando fue encontrada? Estas son preguntas importantes totalmente intocadas por la evidencia; y hay otras de igual importancia, que no han recibido atención. Debemos esforzarnos por satisfacernos mediante una investigación personal. El caso de St. Eustache debe ser reexaminado. No tengo sospechas de esta persona; pero procedamos metódicamente. Averiguaremos sin lugar a dudas la validez de las declaraciones juradas con respecto a su paradero el domingo. Las declaraciones juradas de este carácter se convierten fácilmente en objeto de mistificación. Si no hubiera nada malo aquí, sin embargo, descartaremos a St. Eustache de nuestras investigaciones. Su suicidio, aunque corrobore la sospecha, si se encontrara engaño en las declaraciones, es, sin tal engaño, en ningún aspecto una circunstancia inexplicable, o que deba hacernos desviar de la línea de análisis ordinario».

«En lo que ahora propongo, descartaremos los puntos interiores de esta tragedia y concentraremos nuestra atención en sus alrededores. No es el menor de los errores habituales, en investigaciones como esta, limitar la indagación a lo inmediato, con total desprecio por los eventos colaterales o circunstanciales. Es la mala práctica de los tribunales confinar la evidencia y la discusión a los límites de la aparente relevancia. Sin embargo, la experiencia ha demostrado, y una verdadera filosofía siempre demostrará, que una vasta, quizás la mayor parte de la verdad, surge de lo aparentemente irrelevante. Es a través del espíritu de este principio, si no precisamente a través de su letra, que la ciencia moderna ha resuelto calcular sobre lo imprevisto. Pero tal vez no me comprenda. La historia del conocimiento humano ha demostrado tan ininterrumpidamente que a los eventos colaterales, o incidentales, o accidentales debemos los descubrimientos más numerosos y valiosos, que finalmente se ha vuelto necesario, en cualquier visión prospectiva de mejora, hacer no solo grandes, sino las mayores concesiones para los inventos que surgirán por azar, y bastante fuera del rango de la expectativa ordinaria. Ya no es filosófico basar, sobre lo que ha sido, una visión de lo que será. El accidente es admitido como parte de la subestructura. Hacemos del azar un asunto de cálculo absoluto. Sometemos lo inesperado y no imaginado a las fórmulas matemáticas de las escuelas».

«Repito que no es más que un hecho que la mayor parte de toda la verdad ha surgido de lo colateral; y es solo de acuerdo con el espíritu del principio involucrado en este hecho que yo desviaría la indagación, en el caso presente, del terreno trillado y hasta ahora infructuoso del evento mismo, a las circunstancias contemporáneas que lo rodean. Mientras usted averigua la validez de las declaraciones juradas, yo examinaré los periódicos más generalmente de lo que usted ha hecho hasta ahora. Hasta aquí, solo hemos reconocido el campo de investigación; pero será muy extraño si una encuesta exhaustiva, tal como la que propongo, de la prensa pública, no nos proporciona algunos puntos minuciosos que establezcan una dirección para la indagación».

En cumplimiento de la sugerencia de Dupin, hice un examen escrupuloso del asunto de las declaraciones juradas. El resultado fue una firme convicción de su validez y de la consiguiente inocencia de St. Eustache. Mientras tanto, mi amigo se ocupó, con lo que me pareció una minuciosidad totalmente sin objeto, en un escrutinio de los diversos archivos de periódicos. Al final de una semana puso ante mí los siguientes extractos:

«Hace unos tres años y medio, una perturbación muy similar a la presente fue causada por la desaparición de esta misma Marie Rogêt, de la perfumería del señor Le Blanc, en el Palais Royal. Al final de una semana, sin embargo, reapareció en su mostrador habitual, tan bien como siempre, con la excepción de una ligera palidez no del todo usual. El señor Le Blanc y su madre hicieron saber que simplemente había estado de visita a algún amigo en el campo; y el asunto fue rápidamente silenciado. Presumimos que la presente ausencia es un capricho de la misma naturaleza, y que, al expirar una semana, o quizás un mes, la tendremos de nuevo entre nosotros». —Periódico de la tarde— Lunes, 23 de junio. (*17)

«Un periódico vespertino de ayer se refiere a una anterior desaparición misteriosa de la señorita Rogêt. Es bien sabido que, durante la semana de su ausencia de la perfumería de Le Blanc, estuvo en compañía de un joven oficial naval, muy conocido por sus libertinajes. Una disputa, se supone, condujo providencialmente a su regreso a casa. Tenemos el nombre del libertino en cuestión, quien actualmente está destinado en París, pero, por razones obvias, nos abstenemos de hacerlo público». —Le Mercurie— Martes por la mañana, 24 de junio. (*18)

«Se perpetró un ultraje del carácter más atroz cerca de esta ciudad anteayer. Un caballero, con su esposa y su hija, contrató, al anochecer, los servicios de seis jóvenes, que remaban ociosamente una barca de un lado a otro cerca de las orillas del Sena, para que lo cruzaran al otro lado del río. Al llegar a la orilla opuesta, los tres pasajeros bajaron y se habían alejado tanto que estaban fuera de la vista de la barca, cuando la hija descubrió que había dejado en ella su sombrilla. Regresó por ella, fue apresada por la banda, llevada a la corriente, amordazada, tratada brutalmente y, finalmente, llevada a la orilla en un punto no lejano de aquel en el que había subido originalmente a la barca con sus padres. Los villanos han escapado por el momento, pero la policía sigue su rastro y algunos de ellos serán pronto capturados». —Periódico de la Mañana— 25 de junio. (*19)

«Hemos recibido una o dos comunicaciones cuyo objetivo es achacar el crimen de la reciente atrocidad a Mennais; (*20) pero, dado que este caballero ha sido plenamente exonerado por una investigación leal, y como los argumentos de nuestros diversos corresponsales parecen ser más celosos que profundos, no creemos aconsejable hacerlos públicos». —Periódico de la Mañana— 28 de junio. (*21)

«Hemos recibido varias comunicaciones escritas con fuerza, al parecer de diversas fuentes, y que contribuyen en gran medida a hacer que sea una cuestión de certeza que la desafortunada Marie Rogêt se ha convertido en víctima de una de las numerosas bandas de rufianes que infestan las cercanías de la ciudad los domingos. Nuestra propia opinión es decididamente favorable a esta suposición. Intentaremos hacer hueco a algunos de estos argumentos más adelante». —Periódico de la Tarde— Martes, 31 de junio. (*22)

«El lunes, uno de los barqueros vinculados al servicio de aduanas vio una barca vacía flotando río abajo por el Sena. En el fondo de la barca había velas. El barquero la remolcó hasta la oficina de barcazas. A la mañana siguiente, fue retirada de allí sin el conocimiento de ninguno de los oficiales. El timón se encuentra ahora en la oficina de barcazas». —Le Diligence— Jueves, 26 de junio.

Al leer estos diversos extractos, no solo me parecieron irrelevantes, sino que no pude percibir modo alguno en que cualquiera de ellos pudiera relacionarse con el asunto que nos ocupaba. Esperé alguna explicación de Dupin.

«No es mi propósito actual», dijo, «detenerme en el primero y el segundo de esos extractos. Los he copiado principalmente para mostrarle la extrema negligencia de la policía, que, hasta donde puedo entender por el Prefecto, no se ha molestado en absoluto con un examen del oficial naval al que se alude. Sin embargo, es pura insensatez decir que entre la primera y la segunda desaparición de Marie no existe ninguna conexión presumible. Admitamos que la primera fuga resultó en una disputa entre los amantes y el regreso a casa de la traicionada. Estamos preparados ahora para ver una segunda fuga (si sabemos que una fuga ha tenido lugar de nuevo) como indicativa de una renovación de los avances del traidor, más que como el resultado de nuevas propuestas de un segundo individuo; estamos preparados para considerarla como un "reconciliación" del viejo amor, más que como el comienzo de uno nuevo. Las probabilidades son de diez a uno a que aquel que una vez se fugó con Marie volvería a proponer una fuga, antes que a que ella, a quien le fueron hechas propuestas de fuga por un individuo, las recibiera de otro. Y aquí permítame llamar su atención sobre el hecho de que el tiempo transcurrido entre la primera fuga comprobada y la segunda supuesta es de unos pocos meses más que el período general de los cruceros de nuestros buques de guerra. ¿Habría sido interrumpido el amante en su primera villanía por la necesidad de partir al mar, y habría aprovechado el primer momento de su regreso para renovar los bajos designios aún no cumplidos del todo, o aún no cumplidos del todo por él? De todas estas cosas no sabemos nada.

«Dirá usted, sin embargo, que en el segundo caso no hubo fuga como se imaginó. Ciertamente no, ¿pero estamos preparados para decir que no hubo el designio frustrado? Más allá de St. Eustache, y quizás Beauvais, no encontramos pretendientes reconocidos, abiertos y honorables de Marie. De nadie más se dice nada. ¿Quién es, entonces, el amante secreto, de quien los parientes (al menos la mayoría de ellos) no saben nada, pero a quien Marie encuentra la mañana del domingo, y que goza de tanta confianza que ella no duda en permanecer con él hasta que las sombras de la tarde descienden, en medio de las solitarias arboledas de la Barrière du Roule? ¿Quién es ese amante secreto, pregunto, de quien, al menos, la mayoría de los parientes no sabe nada? ¿Y qué significa la singular profecía de Madame Rogêt la mañana de la partida de Marie?: "Temo que no volveré a ver a Marie nunca más"».

«Pero si no podemos imaginar que Madame Rogêt estuviera al tanto del designio de fuga, ¿no podemos al menos suponer que este designio fue concebido por la joven? Al salir de casa, dio a entender que iba a visitar a su tía en la Rue des Drômes y se le pidió a St. Eustache que pasara a buscarla al anochecer. Ahora, a primera vista, este hecho milita fuertemente contra mi sugerencia; pero reflexionemos. Que ella se encontró con algún compañero y procedió con él al otro lado del río, llegando a la Barrière du Roule a una hora tan tardía como las tres de la tarde, es algo conocido. Pero al consentir acompañar a este individuo, (_para cualquier propósito, conocido o desconocido por su madre,_), debe haber pensado en su intención expresada al salir de casa, y en la sorpresa y sospecha despertadas en el pecho de su pretendiente prometido, St. Eustache, cuando, al pasar a buscarla a la hora acordada en la Rue des Drômes, descubriera que no había estado allí, y cuando, además, al regresar a la pensión con esta alarmante noticia, se diera cuenta de su continua ausencia de casa. Debe haber pensado en estas cosas, digo. Debe haber previsto el disgusto de St. Eustache, la sospecha de todos. No podría haber pensado en regresar para desafiar esta sospecha; pero la sospecha se convierte en un punto de importancia trivial para ella si suponemos que no tenía intención de regresar.

«Podemos imaginarla pensando así: "He de encontrarme con cierta persona con el propósito de fugarme, o para ciertos otros propósitos conocidos solo por mí. Es necesario que no haya posibilidad de interrupción; se nos debe dar tiempo suficiente para eludir la persecución; daré a entender que visitaré y pasaré el día con mi tía en la Rue des Drômes; le diré a St. Eustache que no pase a buscarme hasta el anochecer; de esta manera, mi ausencia de casa durante el mayor período posible, sin causar sospecha o ansiedad, será justificada, y ganaré más tiempo que de cualquier otra manera. Si le pido a St. Eustache que pase a buscarme al anochecer, estará seguro de no pasar antes; pero, si descuido por completo pedirle que pase, mi tiempo para escapar disminuirá, ya que se esperará que regrese antes, y mi ausencia excitará más pronto la ansiedad. Ahora bien, si mi designio fuera regresar en algún momento (si yo tuviera en contemplación meramente un paseo con el individuo en cuestión), no sería mi política pedirle a St. Eustache que pasara; pues, al pasar, estará seguro de averiguar que le he sido infiel, un hecho del cual podría mantenerlo siempre en la ignorancia, saliendo de casa sin notificarle mi intención, regresando antes del anochecer y declarando entonces que había estado visitando a mi tía en la Rue des Drômes. Pero, como mi designio es no regresar jamás (o no hasta dentro de unas semanas, o no hasta que ciertos ocultamientos sean efectuados), ganar tiempo es el único punto sobre el que necesito preocuparme"».

«Ha observado, en sus notas, que la opinión más general en relación con este triste asunto es, y fue desde el principio, que la joven había sido víctima de una banda de rufianes. Ahora bien, la opinión popular, bajo ciertas condiciones, no debe ser ignorada. Cuando surge por sí misma, cuando se manifiesta de manera estrictamente espontánea, debemos considerarla análoga a esa intuición que es la idiosincrasia del individuo hombre de genio. En noventa y nueve casos de cada cien, me atendría a su decisión. Pero es importante que no encontremos rastros palpables de sugerencia. La opinión debe ser rigurosamente del público; y la distinción es a menudo extremadamente difícil de percibir y de mantener. En el presente caso, me parece que esta "opinión pública" respecto a una banda ha sido sobreinducida por el evento colateral que se detalla en el tercero de mis extractos. Todo París está excitado por el cadáver descubierto de Marie, una joven, hermosa y notoria. Este cadáver es hallado, con marcas de violencia, y flotando en el río. Pero ahora se da a conocer que, en el mismo período, o aproximadamente en el mismo período, en el que se supone que la joven fue asesinada, un ultraje similar en naturaleza al sufrido por la fallecida, aunque menor en extensión, fue perpetrado por una banda de jóvenes rufianes sobre la persona de una segunda joven. ¿Es de extrañar que la atrocidad conocida influya en el juicio popular respecto a la otra desconocida? Este juicio esperaba una dirección, ¡y el ultraje conocido pareció ofrecerla tan oportunamente! Marie, también, fue hallada en el río; y sobre este mismo río fue cometido este ultraje conocido. La conexión de los dos eventos tenía tanto de palpable que la verdadera maravilla hubiera sido una falta de la población al apreciarla y aprovecharla. Pero, de hecho, la atrocidad, conocida por haber sido cometida de tal modo, es, en todo caso, evidencia de que la otra, cometida en un momento casi coincidente, no fue cometida de esa forma. ¡Habría sido un milagro, en verdad, si, mientras una banda de rufianes estaba perpetrando, en una localidad determinada, un agravio de lo más inaudito, hubiera habido otra banda similar, en una localidad similar, en la misma ciudad, bajo las mismas circunstancias, con los mismos medios y recursos, ocupada en un agravio de aspecto precisamente igual, en un período de tiempo precisamente igual! Sin embargo, ¿en qué, si no en esta maravillosa cadena de coincidencias, nos pide creer la opinión sugerida accidentalmente por la población?

«Antes de proseguir, consideremos la supuesta escena del asesinato, en el matorral de la Barrière du Roule. Este matorral, aunque denso, estaba en la vecindad inmediata de un camino público. Dentro había tres o cuatro piedras grandes, que formaban una especie de asiento con respaldo y reposapiés. Sobre la piedra superior se descubrió una enagua blanca; sobre la segunda, un pañuelo de seda. También se encontraron aquí una sombrilla, guantes y un pañuelo de bolsillo. El pañuelo llevaba el nombre de "Marie Rogêt". Se vieron fragmentos de vestido en las ramas de alrededor. La tierra estaba pisoteada, los arbustos estaban rotos y había toda evidencia de una lucha violenta.

«A pesar de la aclamación con la que el descubrimiento de este matorral fue recibido por la prensa, y la unanimidad con la que se supuso que indicaba la escena precisa del ultraje, debe admitirse que había alguna razón muy buena para dudar. Que fuera la escena, puedo creerlo o no, pero había una excelente razón para dudar. Si la verdadera escena hubiera sido, como sugirió Le Commerciel, en las cercanías de la Rue Pavée St. Andrée, los autores del crimen, suponiendo que aún residieran en París, se habrían sentido naturalmente presas del terror ante la atención pública así dirigida agudamente al canal apropiado; y, en ciertas clases de mentes, habría surgido, de inmediato, un sentido de la necesidad de algún esfuerzo para desviar esta atención. Y así, habiéndose sospechado ya el matorral de la Barrière du Roule, la idea de colocar los artículos donde fueron hallados pudo haber sido concebida naturalmente. No hay evidencia real, aunque Le Soleil así lo suponga, de que los artículos descubiertos hubieran estado más de unos pocos días en el matorral; mientras que hay mucha prueba circunstancial de que no podrían haber permanecido allí, sin atraer la atención, durante los veinte días transcurridos entre el fatídico domingo y la tarde en que fueron encontrados por los chicos. "Estaban todos llenos de moho y endurecidos", dice Le Soleil, adoptando las opiniones de sus predecesores, "por la acción de la lluvia, y pegados por el moho. La hierba había crecido alrededor y sobre algunos de ellos. La seda de la sombrilla era resistente, pero los hilos estaban unidos en su interior. La parte superior, donde se había doblado y plegado, estaba toda mohosa y podrida, y se rasgó al abrirla". Respecto a que la hierba hubiera "crecido alrededor y sobre algunos de ellos", es obvio que el hecho solo pudo haber sido verificado por las palabras, y por tanto por los recuerdos, de dos niños pequeños; pues estos chicos retiraron los artículos y se los llevaron a casa antes de que hubieran sido vistos por un tercero. Pero la hierba crecerá, especialmente en tiempo cálido y húmedo (como lo fue el del período del asesinato), hasta dos o tres pulgadas en un solo día. Una sombrilla que yazca sobre un suelo recién cubierto de césped podría, en una sola semana, quedar totalmente oculta a la vista por la hierba que brota. Y en cuanto a ese moho sobre el que el editor de Le Soleil insiste tan pertinazmente, que emplea la palabra nada menos que tres veces en el breve párrafo recién citado, ¿es realmente ignorante de la naturaleza de este moho? ¿Se le ha de decir que es una de las muchas clases de hongos, de los cuales la característica más común es su brote y decadencia en veinticuatro horas?

«Así vemos, de un vistazo, que lo que se ha aducido más triunfalmente en apoyo de la idea de que los artículos habían estado "durante al menos tres o cuatro semanas" en el matorral es absurdamente nulo respecto a cualquier evidencia de ese hecho. Por otro lado, es extremadamente difícil creer que estos artículos pudieran haber permanecido en el matorral especificado por un período superior a una sola semana, por un período superior al de un domingo al siguiente. Aquellos que saben algo de las cercanías de París conocen la dificultad extrema de encontrar aislamiento a menos que sea a gran distancia de sus suburbios. Tal cosa como un receso inexplorado, o incluso visitado con poca frecuencia, en medio de sus bosques o arboledas, no debe ser imaginado ni por un momento. Que cualquiera que, siendo de corazón amante de la naturaleza, esté sin embargo encadenado por el deber al polvo y al calor de esta gran metrópolis, que cualquiera de ellos intente, incluso durante los días de semana, calmar su sed de soledad en medio de las escenas de belleza natural que nos rodean inmediatamente. A cada segundo paso, encontrará el encanto creciente disipado por la voz y la intrusión personal de algún rufián o grupo de rufianes juerguistas. Buscará privacidad en medio del follaje más denso, todo en vano. Aquí están los rincones mismos donde los sucios más abundan; aquí están los templos más profanados. Con náuseas en el corazón, el caminante huirá de regreso al contaminado París como a una cloaca de contaminación menos odiosa porque menos incongruente. Pero si la vecindad de la ciudad está tan acosada durante los días laborables de la semana, ¡cuánto más en el sábado! Es ahora especialmente que, liberado de las demandas del trabajo, o privado de las oportunidades habituales de crimen, el rufián de la ciudad busca los recintos de la ciudad, no por amor a lo rural, que en su corazón desprecia, sino a modo de escape de las restricciones y convencionalidades de la sociedad. Desea menos el aire fresco y los árboles verdes que la licencia absoluta del campo. Aquí, en la posada al borde del camino, o bajo el follaje de los bosques, se entrega, sin control de ningún ojo excepto los de sus compañeros de juerga, a todo el exceso loco de una alegría falsificada: el vástago conjunto de la libertad y del ron. No digo más que lo que debe ser obvio para todo observador imparcial cuando repito que la circunstancia de que los artículos en cuestión hayan permanecido sin ser descubiertos, durante un período superior a un domingo, en cualquier matorral en la vecindad inmediata de París, debe ser considerada poco menos que milagrosa.

«Pero no faltan otros motivos para la sospecha de que los artículos fueron colocados en el matorral con el fin de desviar la atención de la verdadera escena del ultraje. Y, primero, permítame dirigir su atención a la fecha del descubrimiento de los artículos. Compárela con la fecha del quinto extracto hecho por mí mismo de los periódicos. Encontrará que el descubrimiento siguió, casi inmediatamente, a las comunicaciones urgentes enviadas al periódico de la tarde. Estas comunicaciones, aunque diversas y aparentemente de diversas fuentes, tendían todas al mismo punto, a saber: dirigir la atención a una banda como autora del ultraje, y a la vecindad de la Barrière du Roule como su escena. Ahora bien, aquí, por supuesto, la sospecha no es que, como consecuencia de estas comunicaciones, o de la atención pública por ellas dirigida, los artículos fueran encontrados por los chicos; sino que la sospecha podría haber sido, y bien puede ser, que los artículos no fueron encontrados antes por los chicos por la razón de que los artículos no habían estado antes en el matorral, habiendo sido depositados allí solo en un período tan tardío como la fecha, o poco antes de la fecha de la comunicación, por los culpables autores de estas comunicaciones mismas.

«Este matorral era un singular, un extremadamente singular matorral. Era inusualmente denso. Dentro de su recinto naturalmente amurallado había tres piedras extraordinarias, que formaban un asiento con respaldo y reposapiés. Y este matorral, tan lleno de un arte natural, estaba en la vecindad inmediata, a pocos metros, de la vivienda de Madame Deluc, cuyos chicos tenían la costumbre de examinar de cerca los arbustos a su alrededor en busca de corteza de sasafrás. ¿Sería una apuesta temeraria, una apuesta de mil a uno, que nunca pasó un día sobre las cabezas de estos chicos sin encontrar al menos a uno de ellos instalado en la sala umbría, y entronizado en su trono natural? Aquellos que dudarían de tal apuesta, o nunca han sido chicos ellos mismos, o han olvidado la naturaleza infantil. Repito: es extremadamente difícil comprender cómo los artículos pudieron haber permanecido en este matorral sin ser descubiertos por un período superior a uno o dos días; y que por tanto hay buen fundamento para sospechar, a pesar de la ignorancia dogmática de Le Soleil, que fueron, en una fecha comparativamente tardía, depositados donde se encontraron.

«Pero existen todavía otras razones, y más fuertes, para creer que fueron depositados allí, que cualquiera de las que hasta ahora he expuesto. Y, ahora, permítame llamar su atención sobre la disposición sumamente artificial de los artículos. Sobre la piedra superior yacía una enagua blanca; sobre la segunda, un pañuelo de seda; esparcidos alrededor, había una sombrilla, guantes y un pañuelo de bolsillo con el nombre "Marie Rogêt". Aquí hay precisamente el tipo de disposición que realizaría de forma natural una persona no demasiado aguda que deseara disponer los artículos de manera natural. Pero no es, de ninguna manera, una disposición realmente natural. Más bien habría esperado ver las cosas todas tiradas por el suelo y pisoteadas. En los estrechos límites de ese cenador, habría sido apenas posible que la enagua y el pañuelo hubieran conservado su posición sobre las piedras al ser sometidos al roce de un lado a otro de muchas personas forcejeando. "Había pruebas", se dice, "de un forcejeo; y la tierra estaba pisoteada, los arbustos estaban rotos" —pero la enagua y el pañuelo se encuentran depositados como si estuvieran sobre estantes. "Los trozos de vestido arrancados por los arbustos tenían unas tres pulgadas de ancho y seis de largo. Una parte era el dobladillo del vestido y había sido remendado. Parecían tiras arrancadas". Aquí, inadvertidamente, Le Soleil ha empleado una frase extremadamente sospechosa. Los trozos, tal como se describen, en efecto "parecen tiras arrancadas"; pero a propósito y a mano. Es uno de los accidentes más raros que un trozo sea "arrancado" de cualquier prenda como la que ahora nos ocupa, por la acción de una espina. Por la propia naturaleza de tales tejidos, una espina o un clavo al enredarse en ellos, los desgarra rectangularmente —los divide en dos cortes longitudinales, en ángulos rectos entre sí, y que se encuentran en un vértice donde entra la espina— pero es apenas posible concebir el trozo "arrancado". Nunca lo he visto así, ni usted tampoco. Para arrancar un trozo de tal tejido, casi en todos los casos se requerirán dos fuerzas distintas, en direcciones diferentes. Si hay dos bordes en el tejido —si, por ejemplo, fuera un pañuelo de bolsillo, y se deseara arrancar de él una tira, entonces, y solo entonces, la única fuerza servirá al propósito. Pero en el presente caso se trata de un vestido, que solo presenta un borde. Arrancar un trozo del interior, donde no hay borde, solo podría efectuarse por un milagro mediante la acción de las espinas, y ninguna espina podría lograrlo. Pero, incluso donde se presenta un borde, serán necesarias dos espinas, operando una en dos direcciones distintas y la otra en una. Y esto bajo la suposición de que el borde no esté dobladillado. Si está dobladillado, el asunto es casi imposible. Vemos así los numerosos y grandes obstáculos en el camino de que los trozos sean "arrancados" mediante la simple acción de las "espinas"; sin embargo, se nos exige creer que no solo un trozo, sino que muchos han sido arrancados así. "¡Y una parte", además, "era el dobladillo del vestido!". Otro trozo era "parte de la falda, no el dobladillo" —es decir, ¡fue arrancado completamente del interior desprotegido del vestido! Estas, digo, son cosas que bien se puede perdonar que uno no crea; sin embargo, tomadas en conjunto, forman, quizás, menos base razonable para la sospecha que la única circunstancia sorprendente de que los artículos hayan sido abandonados en este matorral en absoluto por unos asesinos que tuvieron la precaución de pensar en retirar el cadáver. No me habrá comprendido bien, sin embargo, si supone que es mi intención negar que este matorral sea el escenario del atropello. Podría haber habido un error aquí, o, más posiblemente, un accidente en casa de Madame Deluc. Pero, de hecho, este es un punto de menor importancia. No estamos ocupados en un intento de descubrir el escenario, sino de encontrar a los perpetradores del asesinato. Lo que he aducido, a pesar de la minuciosidad con la que lo he aducido, ha sido con el fin, primero, de mostrar la insensatez de las afirmaciones positivas y precipitadas de Le Soleil, pero segundo y principalmente, de llevarlo a usted, por la ruta más natural, a una mayor contemplación de la duda sobre si este asesinato ha sido o no obra de una banda.

Reanudaremos esta cuestión con una mera alusión a los detalles repugnantes del cirujano examinado en la investigación. Solo es necesario decir que sus inferencias publicadas, respecto al número de rufianes, han sido correctamente ridiculizadas como injustas y totalmente infundadas por todos los anatomistas reputados de París. No es que el asunto no pudiera haber sido como se dedujo, sino que no había base para la inferencia: —¿no había mucha para otra?

Reflexionemos ahora sobre "los rastros de un forcejeo"; y permítame preguntar qué se supone que demuestran estos rastros. Una banda. ¿Pero no demuestran más bien la ausencia de una banda? ¿Qué forcejeo podría haber tenido lugar —qué forcejeo tan violento y duradero como para haber dejado sus "rastros" en todas direcciones— entre una joven débil e indefensa y la banda de rufianes imaginada? El agarre silencioso de unos pocos brazos fuertes y todo habría terminado. La víctima debe haber estado absolutamente pasiva a su voluntad. Tenga aquí en cuenta que los argumentos esgrimidos contra el matorral como escenario son aplicables en gran parte solo contra él como escenario de un atropello cometido por más de un solo individuo. Si imaginamos a un solo violador, podemos concebir, y solo así podemos concebir, el forcejeo de una naturaleza tan violenta y obstinada como para haber dejado los "rastros" evidentes.

Y de nuevo. Ya he mencionado la sospecha que debe suscitar el hecho de que los artículos en cuestión fueran dejados en absoluto en el matorral donde fueron descubiertos. Parece casi imposible que estas evidencias de culpa hayan sido dejadas accidentalmente donde se encontraron. Hubo suficiente presencia de ánimo (se supone) para retirar el cadáver; y sin embargo, una evidencia más positiva que el propio cadáver (cuyas facciones podrían haber sido rápidamente borradas por la descomposición) se permite que yazca visiblemente en la escena del atropello —me refiero al pañuelo con el nombre de la difunta. Si esto fue un accidente, no fue el accidente de una banda. Solo podemos imaginarlo como el accidente de un individuo. Veamos. Un individuo ha cometido el asesinato. Está solo con el fantasma de la fallecida. Está horrorizado por lo que yace inmóvil ante él. La furia de su pasión ha terminado, y hay abundante espacio en su corazón para el temor natural hacia el acto. La suya no es ninguna de esa confianza que la presencia de números inspira inevitablemente. Está solo con la muerte. Tiembla y está desconcertado. Sin embargo, existe la necesidad de deshacerse del cadáver. Lo lleva al río, pero deja atrás las otras evidencias de culpa; pues es difícil, si no imposible, llevar toda la carga a la vez, y será fácil regresar por lo que queda. Pero en su laborioso viaje hacia el agua sus miedos se redoblan dentro de él. Los sonidos de la vida rodean su camino. Una docena de veces escucha o imagina el paso de un observador. Incluso las mismas luces de la ciudad lo desconciertan. Sin embargo, a tiempo y mediante largas y frecuentes pausas de profunda agonía, llega a la orilla del río y dispone de su carga espantosa —quizás por medio de un bote. Pero ahora, ¿qué tesoro guarda el mundo —qué amenaza de venganza podría ofrecer— que tuviera el poder de urgir el regreso de ese asesino solitario por ese camino laborioso y peligroso, al matorral y sus recuerdos que hielan la sangre? No regresa, sean cuales sean las consecuencias. No podría regresar aunque quisiera. Su único pensamiento es la huida inmediata. Da la espalda para siempre a esos matorrales terribles y huye como de la ira venidera.

¿Pero cómo sería con una banda? Su número les habría inspirado confianza; si es que, en efecto, la confianza falta alguna vez en el pecho del bribón consumado; y solo de bribones consumados están constituidas las supuestas bandas. Su número, digo, habría evitado el terror desconcertante e irracional que he imaginado que paraliza al hombre solo. Si pudiéramos suponer un descuido en uno, o dos, o tres, este descuido habría sido remediado por un cuarto. No habrían dejado nada atrás; pues su número les habría permitido llevarlo todo de una vez. No habría habido necesidad de regresar.

Considere ahora la circunstancia de que en la prenda exterior del cadáver cuando se encontró, "una tira, de aproximadamente un pie de ancho, había sido arrancada hacia arriba desde el dobladillo inferior hasta la cintura, enrollada tres veces alrededor de la cintura y asegurada por una especie de nudo en la espalda". Esto se hizo con el diseño obvio de proporcionar un asa mediante la cual transportar el cuerpo. ¿Pero habría soñado algún número de hombres con recurrir a tal expediente? Para tres o cuatro, los miembros del cadáver habrían proporcionado no solo un agarre suficiente, sino el mejor posible. El artificio es el de un solo individuo; y esto nos lleva al hecho de que "entre el matorral y el río, se encontraron los rieles de las cercas desmontados, ¡y el suelo mostraba rastros evidentes de que alguna carga pesada había sido arrastrada a lo largo de él!". ¿Pero se habría tomado un número de hombres la molestia superflua de desmontar una cerca, con el propósito de arrastrar a través de ella un cadáver que podrían haber levantado por encima de cualquier cerca en un instante? ¿Habría arrastrado un número de hombres un cadáver de tal manera que dejara rastros evidentes del arrastre?

Y aquí debemos referirnos a una observación de Le Commerciel; una observación sobre la cual ya he comentado, en cierta medida. "Un trozo", dice este diario, "de una de las enaguas de la desafortunada muchacha fue arrancado y atado bajo su barbilla, y alrededor de la parte posterior de su cabeza, probablemente para evitar gritos. Esto fue hecho por sujetos que no tenían pañuelos de bolsillo".

He sugerido antes que un bribón genuino nunca está sin un pañuelo de bolsillo. Pero no es a este hecho al que ahora me refiero especialmente. Que no fue por falta de un pañuelo para el propósito imaginado por Le Commerciel que se empleó este vendaje, se hace aparente por el pañuelo dejado en el matorral; y que el objetivo no era "evitar gritos" también aparece, por el hecho de que el vendaje se empleó en lugar de lo que habría servido mucho mejor al propósito. Pero el lenguaje de la evidencia habla de la tira en cuestión como "encontrada alrededor del cuello, ajustada holgadamente y asegurada con un nudo fuerte". Estas palabras son suficientemente vagas, pero difieren materialmente de las de Le Commerciel. La tira tenía dieciocho pulgadas de ancho, y por lo tanto, aunque de muselina, formaría una banda fuerte cuando se doblara o arrugara longitudinalmente. Y así arrugada fue descubierta. Mi inferencia es esta. El asesino solitario, habiendo llevado el cadáver, durante alguna distancia (ya sea desde el matorral o desde otro lugar) mediante el vendaje enganchado alrededor de su centro, encontró que el peso, en este modo de proceder, era demasiado para su fuerza. Resolvió arrastrar la carga —la evidencia tiende a mostrar que fue arrastrada. Con este objetivo a la vista, se hizo necesario atar algo parecido a una cuerda a una de las extremidades. Podría atarse mejor alrededor del cuello, donde la cabeza evitaría que se deslizara. Y, ahora, el asesino pensó, indudablemente, en el vendaje alrededor de los lomos. Habría usado esto, de no ser por su volución alrededor del cadáver, el nudo que lo obstaculizaba y la reflexión de que no había sido "arrancado" de la prenda. Era más fácil arrancar una nueva tira de la enagua. La arrancó, la fijó alrededor del cuello y así arrastró a su víctima hasta la orilla del río. Que este "vendaje", solo obtenible con problemas y retrasos, y que responde imperfectamente a su propósito —que este vendaje fuera empleado en absoluto, demuestra que la necesidad de su empleo surgió de circunstancias originadas en un momento en que el pañuelo ya no era obtenible —es decir, surgiendo, como hemos imaginado, después de abandonar el matorral (si es que era el matorral), y en el camino entre el matorral y el río.

Pero la evidencia, dirá usted, de Madame Deluc (!) apunta especialmente a la presencia de una banda, en las cercanías del matorral, en o alrededor de la época del asesinato. Esto lo concedo. Dudo si no hubo una docena de bandas, como la descrita por Madame Deluc, en y alrededor de la vecindad de la Barrière du Roule en o alrededor del período de esta tragedia. Pero la banda que ha atraído sobre sí la animadversión señalada, aunque la evidencia algo tardía y muy sospechosa de Madame Deluc, es la única banda que es representada por esa honesta y escrupulosa anciana como habiéndose comido sus pasteles y tragado su brandy, sin tomarse la molestia de realizarle el pago. Et hinc illæ iræ?

¿Pero cuál es la evidencia precisa de Madame Deluc? "Una banda de malvados hizo su aparición, se comportó ruidosamente, comió y bebió sin hacer pago, siguió la ruta del joven y la muchacha, regresó a la posada al atardecer y cruzó el río de nuevo como si tuviera mucha prisa".

Ahora bien, esta "mucha prisa" muy posiblemente pareció mayor prisa a los ojos de Madame Deluc, ya que ella se detuvo persistente y lamentándose sobre sus pasteles y cerveza violados —pasteles y cerveza por los que aún podría haber abrigado una leve esperanza de compensación. ¿Por qué, de lo contrario, dado que era al atardecer, haría hincapié en la prisa? No es motivo de asombro, ciertamente, que incluso una banda de bribones se dé prisa por llegar a casa, cuando hay que cruzar un río ancho en botes pequeños, cuando se avecina una tormenta y cuando se acerca la noche.

Digo que se acerca; porque la noche aún no había llegado. Fue solo al atardecer cuando la prisa indecente de estos "malvados" ofendió los ojos sobrios de Madame Deluc. Pero se nos dice que fue en esta misma tarde cuando Madame Deluc, así como su hijo mayor, "escucharon los gritos de una mujer en las cercanías de la posada". ¿Y con qué palabras designa Madame Deluc el período de la tarde en el que se escucharon estos gritos? "Fue poco después de oscurecer", dice ella. Pero "poco después de oscurecer" es, al menos, oscuro; y "al atardecer" es tan ciertamente luz del día. Por lo tanto, es abundantemente claro que la banda abandonó la Barrière du Roule antes de los gritos escuchados (?) por Madame Deluc. Y aunque, en todos los numerosos informes de la evidencia, las expresiones relativas en cuestión son empleadas distintiva e invariablemente tal como las he empleado en esta conversación con usted, ninguna atención, en absoluto, de la grave discrepancia ha sido tomada hasta ahora por ninguno de los diarios públicos, o por ninguno de los esbirros de la policía.

No añadiré más que uno a los argumentos contra una banda; pero este, para mi propio entendimiento al menos, tiene un peso absolutamente irresistible. Bajo las circunstancias de la gran recompensa ofrecida, y el indulto total a cualquier testigo de la corona, no es de imaginar, ni por un momento, que algún miembro de una banda de rufianes bajos, o de cualquier cuerpo de hombres, no hubiera traicionado hace mucho tiempo a sus cómplices. Cada uno de una banda así colocada, no está tan ávido de recompensa, o ansioso por escapar, como temeroso de la traición. Traiciona con entusiasmo y prontitud para no ser él mismo traicionado. Que el secreto no haya sido divulgado, es la mejor prueba de que es, de hecho, un secreto. Los horrores de este oscuro acto solo son conocidos por uno o dos seres humanos vivos, y por Dios.

Sumemos ahora los escasos pero ciertos frutos de nuestra larga investigación. Hemos llegado a la idea ya sea de un accidente fatal bajo el techo de Madame Deluc, o de un asesinato perpetrado, en el matorral de la Barrière du Roule, por un amante, o al menos por un asociado íntimo y secreto de la difunta. Este asociado es de tez morena. Esta tez, el "nudo" en el vendaje, y el "nudo de marinero" con el que está atada la cinta del sombrero, apuntan a un marino. Su compañía con la difunta, una joven alegre, pero no abyecta, lo designa como alguien por encima del grado de marinero común. Aquí las comunicaciones bien escritas y urgentes a los diarios son una gran corroboración. La circunstancia de la primera fuga, tal como menciona Le Mercurie, tiende a mezclar la idea de este marino con la del "oficial naval" que es el primero que se sabe que condujo a la desafortunada al crimen.

Y aquí, muy adecuadamente, viene la consideración de la continua ausencia del de tez oscura. Permítame hacer una pausa para observar que la tez de este hombre es oscura y morena; no era una morenez común la que constituía el único punto de recuerdo, tanto con respecto a Valence como a Madame Deluc. ¿Pero por qué está ausente este hombre? ¿Fue asesinado por la banda? Si es así, ¿por qué solo hay rastros de la muchacha asesinada? El escenario de los dos atropellos se supondrá naturalmente idéntico. ¿Y dónde está su cadáver? Los asesinos lo más probable es que se hubieran deshecho de ambos de la misma manera. Pero se puede decir que este hombre vive, y se siente disuadido de darse a conocer, por temor a ser acusado del asesinato. Esta consideración podría suponerse que opera sobre él ahora —en este período tardío— dado que se ha dado en evidencia que fue visto con Marie— pero no habría tenido fuerza en el período del acto. El primer impulso de un hombre inocente habría sido anunciar el atropello y ayudar a identificar a los rufianes. Esto es lo que la política habría sugerido. Había sido visto con la muchacha. Había cruzado el río con ella en un bote de ferry abierto. La denuncia de los asesinos habría parecido, incluso a un idiota, el medio más seguro y único de aliviarse de la sospecha. No podemos suponerlo, en la noche del domingo fatal, tanto inocente como desconocedor de un atropello cometido. Sin embargo, solo bajo tales circunstancias es posible imaginar que habría fallado, si estuviera vivo, en la denuncia de los asesinos.»

«¿Y qué medios tenemos para alcanzar la verdad? Hallaremos que estos medios se multiplican y adquieren claridad a medida que avanzamos. Examinemos hasta el fondo este asunto de la primera fuga. Conozcamos la historia completa de “el oficial”, sus circunstancias actuales y su paradero en el preciso período del asesinato. Comparemos cuidadosamente entre sí las diversas comunicaciones enviadas al periódico vespertino, en las cuales el objetivo era inculpar a una banda. Hecho esto, comparemos dichas comunicaciones, tanto en lo referente al estilo como al manuscrito, con aquellas enviadas al periódico matutino, en un período anterior, y que insistían con tanta vehemencia en la culpabilidad de Mennais. Y, hecho todo esto, comparemos de nuevo estas diversas comunicaciones con los manuscritos conocidos del oficial. Esforcémonos por averiguar, mediante repetidos interrogatorios a Madame Deluc y sus muchachos, así como al conductor del ómnibus, Valence, algo más sobre la apariencia personal y el porte del “hombre de tez oscura”. Las preguntas, dirigidas con habilidad, no dejarán de obtener, de alguna de estas partes, información sobre este punto en particular (o sobre otros); información que las propias partes quizá ni siquiera sepan que poseen. Y sigamos ahora la pista del bote recogido por el barquero en la mañana del lunes veintitrés de junio, el cual fue retirado de la oficina de barcazas sin el conocimiento del oficial encargado, y sin el timón, en algún momento anterior al descubrimiento del cadáver. Con la debida cautela y perseverancia rastrearemos infaliblemente este bote; pues no solo puede el barquero que lo recogió identificarlo, sino que el timón está a mano. El timón de un bote de vela no habría sido abandonado, sin indagación, por alguien completamente tranquilo de espíritu. Y aquí permítanme hacer una pausa para insinuar una pregunta. No hubo anuncio sobre el hallazgo de este bote. Fue llevado silenciosamente a la oficina de barcazas y retirado con igual silencio. Pero su dueño o quien lo empleara, ¿cómo sucedió que, en un momento tan temprano como la mañana del martes, estuviera informado, sin la mediación de un anuncio, del paradero del bote recogido el lunes, a menos que imaginemos alguna conexión con la marina, alguna conexión personal permanente que condujera al conocimiento de sus intereses minuciosos, de sus pequeñas noticias locales?

»Al hablar del solitario asesino arrastrando su carga hasta la orilla, ya he sugerido la probabilidad de que se valiera de un bote. Ahora debemos entender que Marie Rogêt fue precipitada desde un bote. Este habría sido naturalmente el caso. El cadáver no podría haber sido confiado a las aguas poco profundas de la orilla. Las marcas peculiares en la espalda y los hombros de la víctima hablan de las costillas inferiores de un bote. Que el cuerpo fuera hallado sin peso es también corroborativo de la idea. Si hubiera sido arrojado desde la orilla, se le habría atado un peso. Solo podemos explicarnos su ausencia suponiendo que el asesino descuidó la precaución de proveerse de él antes de alejarse. En el acto de entregar el cadáver al agua, sin duda habría notado su descuido; pero entonces no habría tenido remedio a mano. Cualquier riesgo habría sido preferible a un regreso a aquella orilla maldita. Habiéndose librado de su espantosa carga, el asesino se habría apresurado hacia la ciudad. Allí, en algún muelle oscuro, habría saltado a tierra. Pero el bote, ¿lo habría asegurado? Habría tenido demasiada prisa para cosas tales como asegurar un bote. Además, al atarlo al muelle, se habría sentido como si estuviera asegurando pruebas contra sí mismo. Su pensamiento natural habría sido arrojar lejos de sí, tanto como fuera posible, todo lo que hubiera tenido conexión con su crimen. No solo habría huido del muelle, sino que no habría permitido que el bote permaneciera allí. Ciertamente lo habría dejado a la deriva. Sigamos nuestras fantasías. Por la mañana, el miserable es presa de un horror inefable al descubrir que el bote ha sido recogido y retenido en una localidad que él tiene el hábito diario de frecuentar, en una localidad, tal vez, que su deber le obliga a frecuentar. La noche siguiente, sin atreverse a pedir el timón, lo retira. ¿Dónde está ahora ese bote sin timón? Que sea uno de nuestros primeros propósitos descubrirlo. Con el primer vistazo que obtengamos de él, comenzará el amanecer de nuestro éxito. Este bote nos guiará, con una rapidez que nos sorprenderá incluso a nosotros mismos, hacia aquel que lo empleó en la medianoche del fatal domingo. La corroboración surgirá sobre la corroboración, y el asesino será rastreado.»

[Por razones que no especificaremos, pero que a muchos lectores les parecerán obvias, nos hemos tomado la libertad de omitir aquí, de los manuscritos puestos en nuestras manos, la parte que detalla el seguimiento de la pista, aparentemente leve, obtenida por Dupin. Creemos aconsejable solo declarar, en resumen, que el resultado deseado se llevó a cabo; y que el Prefecto cumplió puntualmente, aunque con reticencia, los términos de su pacto con el Caballero. El artículo del Sr. Poe concluye con las siguientes palabras.—Eds. (*23)]

Se entenderá que hablo de coincidencias y nada más. Lo que he dicho arriba sobre este tema debe bastar. En mi propio corazón no habita fe alguna en lo preternatural. Que la Naturaleza y su Dios son dos, ningún hombre que piensa lo negará. Que este último, creando a la primera, puede, a voluntad, controlarla o modificarla, es también incuestionable. Digo «a voluntad»; pues la cuestión es de voluntad, y no, como ha supuesto la locura de la lógica, de poder. No es que la Deidad no pueda modificar sus leyes, sino que le insultamos al imaginar una posible necesidad de modificación. En su origen, estas leyes fueron creadas para abarcar todas las contingencias que pudieran yacer en el Futuro. Con Dios todo es Ahora.

Repito, pues, que hablo de estas cosas solo como coincidencias. Y más aún: en lo que relato se verá que, entre el destino de la infeliz Mary Cecilia Rogers, hasta donde ese destino es conocido, y el destino de una tal Marie Rogêt hasta cierta época de su historia, ha existido un paralelo en cuya contemplación de maravillosa exactitud la razón se siente turbada. Digo que todo esto será visto. Pero que no se suponga por un momento que, al proseguir con la triste narración de Marie desde la época recién mencionada, y al trazar hasta su desenlace el misterio que la envolvía, es mi designio oculto insinuar una extensión del paralelo, o incluso sugerir que las medidas adoptadas en París para el descubrimiento del asesino de una grisette, o medidas fundadas en cualquier raciocinio similar, producirían algún resultado similar.

Pues, con respecto a la última rama de la suposición, debe considerarse que la más mínima variación en los hechos de los dos casos podría dar lugar a los más importantes errores de cálculo, desviando por completo los dos cursos de los acontecimientos; muy parecido a como, en aritmética, un error que, en su propia individualidad, puede ser inapreciable, produce, a la larga, a fuerza de multiplicarse en todos los puntos del proceso, un resultado enormemente divergente de la verdad. Y, en cuanto a la primera rama, no debemos dejar de tener a la vista que el propio Cálculo de Probabilidades al que me he referido prohíbe toda idea de la extensión del paralelo, la prohíbe con una positividad fuerte y decidida, precisamente en proporción a lo largo y exacto que este paralelo ha sido ya trazado. Esta es una de esas proposiciones anómalas que, pareciendo apelar al pensamiento completamente aparte de lo matemático, es sin embargo una que solo el matemático puede albergar plenamente. Nada, por ejemplo, es más difícil que convencer al lector meramente general de que el hecho de que hayan salido seises dos veces seguidas por un jugador de dados es causa suficiente para apostar las mayores probabilidades a que no saldrán seises en el tercer intento. Una sugerencia en este sentido suele ser rechazada por el intelecto de inmediato. No parece que las dos tiradas que se han completado, y que yacen ahora absolutamente en el Pasado, puedan tener influencia sobre la tirada que existe solo en el Futuro. La probabilidad de obtener seises parece ser precisamente la misma que en cualquier momento ordinario, es decir, sujeta solo a la influencia de las diversas otras tiradas que puedan hacerse con los dados. Y esta es una reflexión que parece tan sumamente obvia que los intentos de controvertirla son recibidos más frecuentemente con una sonrisa burlona que con algo parecido a una atención respetuosa. El error aquí implicado, un error grave y lleno de malicia, no puedo pretender exponerlo dentro de los límites que se me han asignado en este momento; y, ante los ojos del filósofo, no necesita exposición. Puede ser suficiente decir aquí que forma parte de una serie infinita de errores que surgen en el camino de la Razón por su propensión a buscar la verdad en el detalle.

NOTAS AL PIE—Marie Rogêt

(*1) Tras la publicación original de «Marie Roget», las notas al pie que ahora se añaden se consideraron innecesarias; pero el paso de varios años desde la tragedia en la que se basa el relato hace conveniente incluirlas, y también decir unas palabras en explicación del diseño general. Una joven, Mary Cecilia Rogers, fue asesinada en las cercanías de Nueva York; y, aunque su muerte ocasionó una intensa y duradera conmoción, el misterio que la rodeaba permanecía sin resolver en la época en que fue escrito y publicado el presente artículo (noviembre de 1842). Aquí, bajo el pretexto de relatar el destino de una grisette parisina, el autor ha seguido con minucioso detalle los hechos esenciales, al tiempo que simplemente traza un paralelo con los hechos no esenciales del asesinato real de Mary Rogers. Así, todo argumento fundado en la ficción es aplicable a la verdad: y la investigación de la verdad era el objetivo. El «Misterio de Marie Roget» fue compuesto a distancia del escenario de la atrocidad, y sin otros medios de investigación que los que ofrecían los periódicos. De este modo, escaparon al escritor cosas de las que se habría podido aprovechar de haber estado en el lugar y visitado las localidades. No puede ser impropio registrar, sin embargo, que las confesiones de dos personas (una de ellas la Madame Deluc de la narración), hechas en diferentes períodos, mucho después de la publicación, confirmaron, por completo, no solo la conclusión general, sino absolutamente todos los detalles hipotéticos principales mediante los cuales se alcanzó dicha conclusión.

(*2) El seudónimo de Von Hardenburg.

(*3) Nassau Street.

(*4) Anderson.

(*5) El Hudson.

(*6) Weehawken.

(*7) Payne.

(*8) Crommelin.

(*9) El «Mercury» de Nueva York.

(*10) El «Brother Jonathan» de Nueva York, editado por H. Hastings Weld, Esq.

(*11) «Journal of Commerce» de Nueva York.

(*12) «Saturday Evening Post» de Filadelfia, editado por C. I. Peterson, Esq.

(*13) Adam.

(*14) Véase «Los crímenes de la Rue Morgue».

(*15) El «Commercial Advertiser» de Nueva York, editado por el coronel Stone.

(*16) «Una teoría basada en las cualidades de un objeto impedirá que este sea desplegado de acuerdo con sus objetivos; y aquel que organiza los temas en referencia a sus causas, dejará de valorarlos de acuerdo con sus resultados. Así, la jurisprudencia de cada nación demostrará que, cuando la ley se convierte en una ciencia y un sistema, deja de ser justicia. Los errores a los que ha llevado al derecho común una ciega devoción a los principios de clasificación se verán observando cuán a menudo la legislatura se ha visto obligada a presentarse para restaurar la equidad que su esquema había perdido».—Landor.

(*17) «Express» de Nueva York.

(*18) «Herald» de Nueva York.

(*19) «Courier and Inquirer» de Nueva York.

(*20) Mennais fue una de las partes originalmente sospechosas y arrestadas, pero liberada por falta total de pruebas.

(*21) «Courier and Inquirer» de Nueva York.

(*22) «Evening Post» de Nueva York.

(*23) De la revista en la que el artículo fue publicado originalmente.

EL ENGAÑO DEL GLOBO

[¡Noticias asombrosas por expreso, vía Norfolk!—¡El Atlántico cruzado en tres días! ¡Triunfo rotundo de la máquina voladora del Sr. Monck Mason!—¡Llegada a Sullivan’s Island, cerca de Charlestown, S.C., del Sr. Mason, el Sr. Robert Holland, el Sr. Henson, el Sr. Harrison Ainsworth y otros cuatro, en el globo dirigible «Victoria», tras una travesía de setenta y cinco horas de tierra a tierra! ¡Detalles completos del viaje! El siguiente jeu d’esprit con el título precedente en magníficas mayúsculas, bien salpicado de signos de admiración, se publicó originalmente, como materia de hecho, en el «New York Sun», un diario, y en él cumplió plenamente el propósito de crear un alimento indigesto para los curiosos durante las pocas horas que mediaron entre un par de correos de Charleston. La demanda del «único periódico que tenía las noticias» fue algo que superó incluso lo prodigioso; y, de hecho, si (como algunos afirman) el «Victoria» no realizó absolutamente el viaje registrado, será difícil asignar una razón por la que no debería haberlo realizado.]

¡El gran problema ha sido por fin resuelto! El aire, al igual que la tierra y el océano, ha sido conquistado por la ciencia y se convertirá en una carretera común y conveniente para la humanidad. ¡El Atlántico ha sido realmente cruzado en un globo! Y esto además sin dificultad, sin ningún gran peligro aparente, con un control total de la máquina y en el período increíblemente breve de setenta y cinco horas de costa a costa. Gracias a la energía de un agente en Charleston, S.C., estamos en condiciones de ser los primeros en proporcionar al público un relato detallado de este viaje de lo más extraordinario, que fue realizado entre el sábado 6 del corriente, a las 11 a.m., y las 2 p.m. del martes 9 del corriente, por Sir Everard Bringhurst; el Sr. Osborne, sobrino de Lord Bentinck; el Sr. Monck Mason y el Sr. Robert Holland, los bien conocidos aeronautas; el Sr. Harrison Ainsworth, autor de «Jack Sheppard», etc.; y el Sr. Henson, el proyectista de la reciente y fallida máquina voladora —con dos marineros de Woolwich— en total, ocho personas. Los detalles proporcionados a continuación pueden considerarse auténticos y precisos en todos los aspectos, ya que, con una ligera excepción, están copiados literalmente de los diarios conjuntos del Sr. Monck Mason y el Sr. Harrison Ainsworth, a cuya cortesía nuestro agente también está en deuda por mucha información verbal respecto al globo mismo, su construcción y otros asuntos de interés. La única alteración en el manuscrito recibido se ha hecho con el fin de convertir el apresurado relato de nuestro agente, el Sr. Forsyth, en una forma conectada e inteligible.

«EL GLOBO.

«Dos fracasos muy decididos, recientemente —los del Sr. Henson y Sir George Cayley— habían debilitado mucho el interés público en el tema de la navegación aérea. El esquema del Sr. Henson (que al principio fue considerado muy factible incluso por hombres de ciencia) se basaba en el principio de un plano inclinado, iniciado desde una eminencia por una fuerza extrínseca, aplicada y continuada por la revolución de paletas de impacto, en forma y número semejantes a las aspas de un molino de viento. Pero, en todos los experimentos realizados con modelos en la Adelaide Gallery, se descubrió que el funcionamiento de estos ventiladores no solo no propulsaba la máquina, sino que realmente impedía su vuelo. La única fuerza propulsora que exhibió jamás fue el mero impulso adquirido por el descenso del plano inclinado; y este impulso llevaba a la máquina más lejos cuando las paletas estaban en reposo que cuando estaban en movimiento, un hecho que demuestra suficientemente su inutilidad; y en ausencia de la fuerza propulsora, que era también la fuerza sustentadora, toda la estructura necesariamente descendería. Esta consideración llevó a Sir George Cayley a pensar solo en adaptar un propulsor a alguna máquina que tuviera por sí misma una fuerza de soporte independiente; en una palabra, a un globo; la idea, sin embargo, siendo novedosa u original para Sir George solo en lo que respecta al modo de su aplicación a la práctica. Exhibió un modelo de su invención en la Polytechnic Institution. El principio o fuerza propulsora se aplicaba aquí, también, a superficies interrumpidas, o paletas, puestas en revolución. Estas paletas eran cuatro en número, pero se descubrió que eran totalmente ineficaces para mover el globo, o para ayudar a su fuerza ascendente. El proyecto entero fue, pues, un fracaso completo.

«Fue en esta coyuntura cuando el Sr. Monck Mason (cuyo viaje de Dover a Weilburg en el globo “Nassau” causó tanto entusiasmo en 1837) concibió la idea de emplear el principio del tornillo de Arquímedes para el propósito de la propulsión a través del aire, atribuyendo acertadamente el fracaso del esquema del Sr. Henson y del de Sir George Cayley a la interrupción de la superficie en las paletas independientes. Realizó el primer experimento público en Willis’s Rooms, pero más tarde trasladó su modelo a la Adelaide Gallery.

«Al igual que el globo de Sir George Cayley, el suyo era un elipsoide. Su longitud era de trece pies y seis pulgadas; su altura, de seis pies y ocho pulgadas. Contenía unos trescientos veinte pies cúbicos de gas, el cual, si fuera hidrógeno puro, soportaría veintiuna libras tras su primer inflado, antes de que el gas tuviera tiempo de deteriorarse o escaparse. El peso de toda la máquina y el aparato era de diecisiete libras, dejando unas cuatro libras de margen. Debajo del centro del globo había un armazón de madera ligera, de unos nueve pies de largo, y aparejado al globo mismo con una red de la manera habitual. De este armazón estaba suspendida una cesta o barquilla de mimbre.

«El tornillo consiste en un eje de tubo de latón hueco, de dieciocho pulgadas de longitud, a través del cual, sobre una espiral inclinada a quince grados, pasa una serie de radios de alambre de acero de dos pies de largo, sobresaliendo así un pie a cada lado. Estos radios están conectados en las extremidades exteriores por dos bandas de alambre aplanado; formando así, de esta manera, la estructura del armazón del tornillo, que se completa con una cubierta de seda aceitada cortada en gajos y tensada de modo que presente una superficie razonablemente uniforme. En cada extremo de su eje, este tornillo está apoyado por pilares de tubo de latón hueco que descienden desde el aro. En los extremos inferiores de estos tubos hay orificios en los que giran los pivotes del eje. Desde el extremo del eje que está junto a la barquilla procede un vástago de acero que conecta el tornillo con el piñón de una pieza de maquinaria de resorte fijada en la barquilla. Mediante el funcionamiento de este resorte, el tornillo es impulsado a girar con gran rapidez, comunicando un movimiento progresivo al conjunto. Mediante el timón, la máquina podía girarse fácilmente en cualquier dirección. El resorte era de gran potencia, comparado con sus dimensiones, siendo capaz de elevar cuarenta y cinco libras sobre un cilindro de cuatro pulgadas de diámetro tras el primer giro, e incrementándose gradualmente a medida que se le daba cuerda. Pesaba, en total, ocho libras y seis onzas. El timón era un armazón ligero de caña cubierto de seda, con una forma algo parecida a una raqueta, y tenía unos tres pies de largo y, en su parte más ancha, un pie. Su peso era de unas dos onzas. Podía colocarse plano y dirigirse hacia arriba o hacia abajo, así como a la derecha o a la izquierda; y permitía así al aeronauta transferir la resistencia del aire que, en una posición inclinada, debe generar en su paso, a cualquier lado sobre el que desee actuar; determinando así la dirección opuesta del globo.

«Este modelo (que, por falta de tiempo, hemos descrito necesariamente de manera imperfecta) fue puesto en acción en la Adelaide Gallery, donde alcanzó una velocidad de cinco millas por hora; aunque, curiosamente, despertó muy poco interés en comparación con la anterior y compleja máquina del Sr. Henson; tan resuelto está el mundo a despreciar cualquier cosa que lleve consigo un aire de simplicidad. Para lograr el gran desiderátum de la navegación aérea, se suponía muy generalmente que debía hacerse alguna aplicación extremadamente complicada de algún principio inusualmente profundo de la dinámica.»

Tan satisfecho estaba, sin embargo, el Sr. Mason del éxito final de su invención, que decidió construir inmediatamente, si era posible, un globo de capacidad suficiente para poner a prueba la cuestión mediante un viaje de cierta extensión; siendo el diseño original cruzar el Canal de la Mancha, como antes, en el globo Nassau. Para llevar a cabo sus propósitos, solicitó y obtuvo el patrocinio de Sir Everard Bringhurst y el Sr. Osborne, dos caballeros bien conocidos por sus conocimientos científicos, y especialmente por el interés que han mostrado en el progreso de la aerostación. El proyecto, por deseo del Sr. Osborne, se mantuvo en profundo secreto ante el público; las únicas personas al tanto del diseño fueron aquellas realmente ocupadas en la construcción de la máquina, la cual fue edificada (bajo la supervisión del Sr. Mason, el Sr. Holland, Sir Everard Bringhurst y el Sr. Osborne) en la residencia de este último, cerca de Penstruthal, en Gales. El Sr. Henson, acompañado por su amigo el Sr. Ainsworth, fue admitido a una visita privada del globo el sábado pasado, momento en el que ambos caballeros hicieron los arreglos finales para ser incluidos en la aventura. No se nos informa por qué razón los dos marineros también fueron incluidos en la partida; pero, en el transcurso de uno o dos días, pondremos a nuestros lectores en posesión de los detalles más minuciosos respecto a este extraordinario viaje.

El globo está compuesto de seda, barnizada con la goma líquida caucho. Es de vastas dimensiones, conteniendo más de 40.000 pies cúbicos de gas; pero como se empleó gas de hulla en lugar del hidrógeno, más costoso e inconveniente, la fuerza ascensional de la máquina, cuando está totalmente inflada, e inmediatamente después del inflado, no es mayor de unas 2500 libras. El gas de hulla no solo es mucho menos costoso, sino que se obtiene y maneja fácilmente.

Para su introducción en el uso común para fines de aerostación, estamos en deuda con el Sr. Charles Green. Hasta su descubrimiento, el proceso de inflado no solo era excesivamente costoso, sino incierto. Dos, e incluso tres días, se han desperdiciado frecuentemente en intentos fútiles de obtener una cantidad suficiente de hidrógeno para llenar un globo, del cual tenía gran tendencia a escapar, debido a su extrema sutileza y su afinidad por la atmósfera circundante. En un globo lo suficientemente perfecto como para retener su contenido de gas de hulla inalterado, en cantidad o volumen, durante seis meses, una cantidad igual de hidrógeno no podría mantenerse en igual pureza durante seis semanas.

Siendo la fuerza ascensional estimada en 2500 libras, y los pesos unidos de la partida ascendiendo solo a unas 1200, quedaba un excedente de 1300, del cual 1200 estaban de nuevo ocupados por lastre, dispuesto en sacos de diferentes tamaños, con sus pesos respectivos marcados en ellos; por cordaje, barómetros, telescopios, barriles que contenían provisiones para una quincena, barriles de agua, capas, bolsas de viaje y otros diversos asuntos indispensables, incluyendo un calentador de café, ideado para calentar café mediante cal viva, a fin de prescindir totalmente del fuego si se juzgara prudente hacerlo. Todos estos artículos, con la excepción del lastre y algunas bagatelas, estaban suspendidos del aro superior. La barquilla es mucho más pequeña y ligera, en proporción, que la unida al modelo. Está formada de mimbre ligero, y es maravillosamente fuerte para una máquina de aspecto tan frágil. Su borde tiene unos cuatro pies de profundidad. El timón también es mucho más grande, en proporción, que el del modelo; y la hélice es considerablemente más pequeña. El globo está provisto además con un rezón y una cuerda guía; esta última es de la más indispensable importancia. Unas pocas palabras, a modo de explicación, serán aquí necesarias para aquellos de nuestros lectores que no estén familiarizados con los detalles de la aerostación.

Tan pronto como el globo abandona la tierra, está sujeto a la influencia de muchas circunstancias que tienden a crear una diferencia en su peso; aumentando o disminuyendo su fuerza ascensional. Por ejemplo, puede haber un depósito de rocío sobre la seda, incluso hasta el punto de varios cientos de libras; el lastre tiene entonces que ser arrojado, o la máquina podría descender. Al descartar este lastre, y un sol brillante que evapora el rocío y al mismo tiempo expande el gas en la seda, el conjunto volverá a ascender rápidamente. Para controlar este ascenso, el único recurso es (o más bien era, hasta la invención de la cuerda guía por parte del Sr. Green) permitir el escape de gas por la válvula; pero, en la pérdida de gas, hay una pérdida general proporcional de la fuerza ascensional; de modo que, en un período comparativamente breve, el globo mejor construido debe necesariamente agotar todos sus recursos y descender a tierra. Este era el gran obstáculo para los viajes de larga distancia.

La cuerda guía remedia la dificultad de la manera más sencilla concebible. Es simplemente una cuerda muy larga que se deja arrastrar desde la barquilla, y cuyo efecto es evitar que el globo cambie su nivel en grado material alguno. Si, por ejemplo, hubiera un depósito de humedad sobre la seda, y la máquina comenzara a descender como consecuencia, no habría necesidad de descargar lastre para remediar el aumento de peso, pues es remediado, o contrarrestado, en una proporción exactamente justa, mediante el depósito en el suelo de solo tanto del extremo de la cuerda como sea necesario. Si, por otra parte, cualquier circunstancia causara una ligereza indebida, y el consiguiente ascenso, esta ligereza es inmediatamente contrarrestada por el peso adicional de la cuerda levantada de la tierra. Así, el globo no puede ascender ni descender, excepto dentro de límites muy estrechos, y sus recursos, ya sea en gas o lastre, permanecen comparativamente intactos. Cuando se pasa sobre una extensión de agua, se vuelve necesario emplear pequeños barriles de cobre o madera, llenos de lastre líquido de una naturaleza más ligera que el agua. Estos flotan y sirven para todos los propósitos de una simple cuerda en tierra. Otro papel importantísimo de la cuerda guía es señalar la dirección del globo. La cuerda se arrastra, ya sea por tierra o mar, mientras el globo está libre; este último, por consiguiente, está siempre por delante, cuando se hace algún progreso; una comparación, por tanto, mediante la brújula, de las posiciones relativas de los dos objetos, indicará siempre el rumbo. De la misma manera, el ángulo formado por la cuerda con el eje vertical de la máquina indica la velocidad. Cuando no hay ángulo, en otras palabras, cuando la cuerda cuelga perpendicularmente, todo el aparato está estacionario; pero cuanto mayor sea el ángulo, es decir, cuanto más preceda el globo al extremo de la cuerda, mayor será la velocidad; y a la inversa.

Como el diseño original era cruzar el Canal de la Mancha y aterrizar lo más cerca posible de París, los viajeros habían tomado la precaución de prepararse con pasaportes dirigidos a todas las partes del continente, especificando la naturaleza de la expedición, como en el caso del viaje del Nassau, y facultando a los aventureros a la exención de las formalidades oficiales usuales: eventos inesperados, sin embargo, hicieron estos pasaportes superfluos.

El inflado comenzó muy silenciosamente al amanecer, el sábado por la mañana, día 6 del presente mes, en el patio de Weal-Vor House, la residencia del Sr. Osborne, a una milla aproximadamente de Penstruthal, en el norte de Gales; y a las 11:07, estando todo listo para la partida, el globo fue liberado, elevándose suave y constantemente, en una dirección casi al sur; sin hacerse uso, durante la primera media hora, ni de la hélice ni del timón. Procedemos ahora con el diario, tal como fue transcrito por el Sr. Forsyth de los manuscritos conjuntos del Sr. Monck Mason y el Sr. Ainsworth. El cuerpo del diario, tal como se presenta, está escrito a mano por el Sr. Mason, y una posdata es añadida, cada día, por el Sr. Ainsworth, quien tiene en preparación, y pronto dará al público, un relato más minucioso, y sin duda fascinante, del viaje.

EL DIARIO.

Sábado, 6 de abril.—Habiendo sido realizados todos los preparativos que pudieran molestarnos durante la noche, comenzamos el inflado esta mañana al amanecer; pero debido a una espesa niebla, que obstaculizaba los pliegues de la seda y la hacía inmanejable, no terminamos hasta casi las once. Partimos entonces, con gran ánimo, y subimos suave pero constantemente, con una ligera brisa del norte, que nos llevó en dirección al Canal de la Mancha. Encontramos que la fuerza ascensional era mayor de lo que habíamos esperado; y a medida que ascendíamos más y nos alejábamos de los acantilados, y más en los rayos del sol, nuestro ascenso se volvió muy rápido. No deseaba, sin embargo, perder gas en un período tan temprano de la aventura, y así decidí ascender por el momento. Pronto desplegamos nuestra cuerda guía; pero incluso cuando la hubimos levantado libre de la tierra, continuamos subiendo muy rápidamente. El globo estaba inusualmente estable y se veía magníficamente. Unos diez minutos después de partir, el barómetro indicaba una altitud de 15.000 pies. El clima era notablemente bueno, y la vista del campo subyacente (uno sumamente romántico cuando se contempla desde cualquier punto) era ahora especialmente sublime. Las numerosas gargantas profundas presentaban la apariencia de lagos, debido a los densos vapores con los que estaban llenas, y los pináculos y riscos al sureste, amontonados en inextricable confusión, no se asemejaban a otra cosa que a las ciudades gigantescas de las fábulas orientales. Nos acercábamos rápidamente a las montañas del sur; pero nuestra elevación era más que suficiente para permitirnos pasarlas con seguridad. En pocos minutos nos elevamos sobre ellas con gran estilo; y el Sr. Ainsworth, con los marineros, se sorprendió de su aparente falta de altitud cuando eran contempladas desde la barquilla, pues la tendencia de una gran elevación en un globo es reducir las desigualdades de la superficie inferior a un nivel casi plano. A las once y media, continuando casi hacia el sur, obtuvimos nuestra primera vista del Canal de Bristol; y, quince minutos después, la línea de rompientes en la costa apareció inmediatamente debajo de nosotros, y estábamos francamente en mar abierto. Resolvimos ahora dejar salir suficiente gas para llevar nuestra cuerda guía, con las boyas fijadas, al agua. Esto se hizo inmediatamente, y comenzamos un descenso gradual. En unos veinte minutos nuestra primera boya se sumergió, y al contacto de la segunda, poco después, permanecimos estacionarios en cuanto a elevación. Todos estábamos ahora ansiosos por probar la eficiencia del timón y la hélice, y los pusimos ambos en funcionamiento de inmediato, con el propósito de alterar nuestra dirección más hacia el este, y en línea hacia París. Mediante el timón efectuamos instantáneamente el cambio necesario de dirección, y nuestro rumbo se colocó casi en ángulo recto al del viento; cuando pusimos en movimiento el resorte de la hélice, y nos alegramos de encontrar que nos propulsaba fácilmente como se deseaba. Ante esto dimos nueve vítores cordiales y dejamos caer al mar una botella, conteniendo un trozo de pergamino con un breve relato del principio de la invención. Apenas, sin embargo, habíamos terminado nuestros regocijos, cuando ocurrió un accidente imprevisto que nos desalentó en no poca medida. La varilla de acero que conectaba el resorte con el propulsor fue sacada repentinamente de su lugar, en el extremo de la barquilla (por un balanceo de la misma debido a un movimiento de uno de los dos marineros que habíamos subido), y en un instante quedó colgando fuera de alcance, desde el pivote del eje de la hélice. Mientras intentábamos recuperarla, estando nuestra atención completamente absorbida, nos vimos envueltos en una fuerte corriente de viento del este, que nos llevó, con fuerza rápidamente creciente, hacia el Atlántico. Pronto nos encontramos derivando mar adentro a una velocidad de no menos, ciertamente, de cincuenta o sesenta millas por hora, de modo que alcanzamos el Cabo Clear, a unas cuarenta millas al norte, antes de haber asegurado la varilla y haber tenido tiempo de pensar en lo que estábamos haciendo. Fue entonces cuando el Sr. Ainsworth hizo una propuesta extraordinaria, pero que, a mi juicio, no era en absoluto irrazonable o quimérica, en la cual fue secundado instantáneamente por el Sr. Holland, a saber: que debíamos aprovechar el fuerte vendaval que nos llevaba, y en lugar de regresar a París, intentar llegar a la costa de América del Norte. Tras una leve reflexión, di un asentimiento voluntario a esta audaz propuesta, la cual (extraño es decirlo) encontró objeción solo por parte de los dos marineros. Como éramos la parte más fuerte, sin embargo, anulamos sus miedos y nos mantuvimos resueltamente en nuestro rumbo. Navegamos hacia el oeste; pero como el arrastre de las boyas impedía materialmente nuestro progreso, y teníamos el globo abundantemente bajo control, ya fuera para ascender o descender, primero arrojamos cincuenta libras de lastre, y luego enrollamos (mediante un cabrestante) tanta cuerda como para dejarla completamente libre del mar. Percibimos el efecto de esta maniobra inmediatamente, en una velocidad de progreso vastamente aumentada; y, a medida que el vendaval arreciaba, volamos con una velocidad casi inconcebible; la cuerda guía volando detrás de la barquilla, como un banderín de un navío. Es innecesario decir que muy poco tiempo nos bastó para perder de vista la costa. Pasamos sobre innumerables embarcaciones de todo tipo, algunas de las cuales intentaban navegar contra el viento, pero la mayoría estaban a la capa. Causamos la mayor excitación a bordo de todas; una excitación muy disfrutada por nosotros, y especialmente por nuestros dos hombres, quienes, ahora bajo la influencia de un trago de ginebra, parecían resueltos a entregar todo escrúpulo o miedo al viento. Muchos de los barcos dispararon cañones de señales; y en todos fuimos saludados con fuertes vítores (que escuchamos con sorprendente claridad) y el agitar de gorras y pañuelos. Continuamos de esta manera a lo largo del día, sin incidente material, y, a medida que las sombras de la noche nos envolvían, hicimos un cálculo aproximado de la distancia recorrida. No podría haber sido menos de quinientas millas, y probablemente fue mucho más. El propulsor se mantuvo en constante operación y, sin duda, ayudó a nuestro progreso materialmente. A medida que el sol se ponía, el vendaval arreció hasta convertirse en un huracán absoluto, y el océano debajo era claramente visible debido a su fosforescencia. El viento fue del este durante toda la noche, y nos dio el mejor augurio de éxito. Sufrimos no poco por el frío, y la humedad de la atmósfera era muy desagradable; pero el amplio espacio en la barquilla nos permitió acostarnos, y mediante capas y unas pocas mantas, estuvimos suficientemente bien.

P.D. (por el Sr. Ainsworth.) Las últimas nueve horas han sido, incuestionablemente, las más emocionantes de mi vida. No puedo concebir nada más sublimante que el extraño peligro y la novedad de una aventura como esta. ¡Que Dios conceda que tengamos éxito! No pido éxito por mera seguridad para mi insignificante persona, sino por el bien del conocimiento humano y por la vastedad del triunfo. Y, sin embargo, la hazaña es tan evidentemente factible que la única maravilla es por qué los hombres se han mostrado escrupulosos al intentar esto antes. Un solo vendaval tal como el que ahora nos favorece (que tal tempestad impulse hacia adelante un globo durante cuatro o cinco días, pues estos vendavales a menudo duran más) y el viajero será llevado fácilmente, en ese período, de costa a costa. Ante tal vendaval, el ancho Atlántico se convierte en un simple lago. Estoy más impresionado, justo ahora, con el silencio supremo que reina en el mar bajo nosotros, a pesar de su agitación, que con cualquier otro fenómeno que se presente. Las aguas no dan voz a los cielos. El inmenso océano llameante se retuerce y es torturado sin quejarse. Las oleadas montañosas sugieren la idea de innumerables demonios gigantescos y mudos luchando en agonía impotente. En una noche como esta, para mí, un hombre vive; vive todo un siglo de vida ordinaria; ni renunciaría a este deleite arrebatador por el de todo un siglo de existencia ordinaria.

Domingo, el siete. [Manuscrito del Sr. Mason.] Esta mañana el vendaval, a las 10, había disminuido a una brisa de ocho o nueve nudos (para un barco en el mar), y nos lleva, quizás, treinta millas por hora, o más. Ha virado, sin embargo, muy considerablemente al norte; y ahora, a la puesta del sol, mantenemos nuestro rumbo directo al oeste, principalmente mediante la hélice y el timón, que responden a sus propósitos con admiración. Considero el proyecto como completamente exitoso, y la fácil navegación del aire en cualquier dirección (no exactamente contra el viento) como ya no problemática. No podríamos haber avanzado contra el fuerte viento de ayer; pero, ascendiendo, podríamos haber escapado de su influencia, si fuera necesario. Contra una brisa bastante fuerte, me siento convencido de que podemos avanzar con el propulsor. Al mediodía, hoy, ascendimos a una elevación de casi 25.000 pies, descargando lastre. Lo hice para buscar una corriente más directa, pero no encontré ninguna tan favorable como en la que estamos ahora. Tenemos abundancia de gas para llevarnos a través de este pequeño estanque, incluso si el viaje durara tres semanas. No tengo el menor miedo por el resultado. La dificultad ha sido extrañamente exagerada y mal comprendida. Puedo elegir mi corriente, y si encontrara todas las corrientes en mi contra, puedo avanzar muy aceptablemente con el propulsor. No hemos tenido incidentes dignos de registro. La noche promete ser despejada.

P.D. [Por el Sr. Ainsworth.] Tengo poco que registrar, excepto el hecho (para mí bastante sorprendente) de que, a una elevación igual a la del Cotopaxi, no experimenté ni frío muy intenso, ni dolor de cabeza, ni dificultad para respirar; tampoco, según descubrí, lo hicieron el Sr. Mason, ni el Sr. Holland, ni Sir Everard. El Sr. Osborne se quejó de una constricción en el pecho, pero esto pronto desapareció. Hemos volado a gran velocidad durante el día, y debemos estar a más de la mitad del camino a través del Atlántico. Hemos pasado sobre unos veinte o treinta barcos de diversos tipos, y todos parecen estar deliciosamente asombrados. Cruzar el océano en un globo no es una hazaña tan difícil después de todo. Omne ignotum pro magnifico. Memoria: a 25.000 pies de elevación el cielo parece casi negro, y las estrellas son claramente visibles; mientras que el mar no parece convexo (como uno podría suponer) sino absoluta e inequívocamente cóncavo. (*1)

Lunes, el 8. [Manuscrito del Sr. Mason.] Esta mañana tuvimos de nuevo algunos pequeños problemas con la varilla del propulsor, que debe ser completamente remodelada, por temor a un accidente serio; me refiero a la varilla de acero, no a las paletas. Estas últimas no podrían ser mejoradas. El viento ha estado soplando constante y fuertemente del noreste todo el día y, hasta ahora, la fortuna parece decidida a favorecernos. Justo antes del día, estábamos todos algo alarmados por algunos ruidos y conmociones extrañas en el globo, acompañados por la aparente subsidencia rápida de toda la máquina. Estos fenómenos fueron ocasionados por la expansión del gas, a través del aumento de calor en la atmósfera, y la consiguiente ruptura de las partículas diminutas de hielo con las que la red se había incrustado durante la noche. Arrojamos varias botellas a los barcos de abajo. Vimos una de ellas ser recogida por un gran barco, aparentemente uno de los paquetes de línea de Nueva York. Intentamos distinguir su nombre, pero no pudimos estar seguros. El telescopio del Sr. Osborne lo distinguió como algo parecido a “Atalanta”. Son ahora las 12 de la noche, y aún vamos casi al oeste, a un paso rápido. El mar es peculiarmente fosforescente.

P.D. [Por el Sr. Ainsworth.] Son ahora las 2, A.M., y está casi en calma, según puedo juzgar; pero es muy difícil determinar este punto, puesto que nos movemos con el aire tan completamente. No he dormido desde que dejamos Wheal-Vor, pero no puedo soportarlo más, y debo tomar una siesta. No podemos estar lejos de la costa americana.

Martes, el 9. [Manuscrito del Sr. Ainsworth.] Una, P.M. Estamos a plena vista de la costa baja de Carolina del Sur. El gran problema está cumplido. ¡Hemos cruzado el Atlántico; franca y fácilmente cruzado en un globo! ¡Dios sea loado! ¿Quién podrá decir que cualquier cosa es imposible en adelante?

Aquí termina el diario. Sin embargo, el Sr. Ainsworth comunicó algunos detalles del descenso al Sr. Forsyth. Había una calma casi absoluta cuando los viajeros avistaron la costa por primera vez, la cual fue reconocida inmediatamente tanto por los marineros como por el Sr. Osborne. Habiendo tenido este último caballero conocidos en el fuerte Moultrie, se resolvió de inmediato descender en sus inmediaciones. El globo fue llevado sobre la playa (habiendo bajado la marea y estando la arena dura, lisa y admirablemente adaptada para un descenso) y se soltó el ancla, que se agarró con firmeza al instante. Los habitantes de la isla y del fuerte acudieron en masa, como era de esperar, a ver el globo; pero fue con la mayor dificultad que se pudo convencer a alguien de la realidad del viaje: _el cruce del Atlántico_. El ancla se agarró exactamente a las 2, P.M.; y así el viaje completo se llevó a cabo en setenta y cinco horas, o más bien menos, contando de orilla a orilla. No ocurrió ningún accidente grave. En ningún momento se temió un peligro real. El globo fue vaciado y asegurado sin problemas; y cuando el manuscrito del que se ha compilado esta narración fue despachado desde Charleston, el grupo aún se encontraba en el fuerte Moultrie. Sus intenciones ulteriores no fueron averiguadas; pero podemos prometer a nuestros lectores, con seguridad, información adicional el lunes o en el transcurso del día siguiente, a más tardar.

Esta es, incuestionablemente, la empresa más estupenda, la más interesante y la más importante que jamás haya sido realizada o siquiera intentada por el hombre. Qué acontecimientos magníficos puedan derivarse de ella, sería inútil intentar determinarlo ahora.

(*1) Nota.—El Sr. Ainsworth no ha intentado explicar este fenómeno, el cual, sin embargo, es perfectamente susceptible de explicación. Una línea que descendiera desde una elevación de 25,000 pies, perpendicularmente a la superficie de la tierra (o del mar), formaría el cateto perpendicular de un triángulo rectángulo, cuya base se extendería desde el ángulo recto hasta el horizonte, y la hipotenusa desde el horizonte hasta el globo. Pero los 25,000 pies de altitud son poco o nada en comparación con la extensión de la perspectiva. En otras palabras, la base y la hipotenusa del triángulo supuesto serían tan largas cuando se comparan con el perpendicular, que las dos primeras pueden considerarse casi paralelas. De esta manera, el horizonte del aeronauta parecería estar al mismo nivel que la barquilla. Pero, como el punto inmediatamente debajo de él parece, y está, a una gran distancia por debajo de él, parece, por supuesto, también, a una gran distancia por debajo del horizonte. De ahí la impresión de concavidad; y esta impresión debe permanecer hasta que la elevación guarde una proporción tan grande con respecto a la extensión de la perspectiva, que el paralelismo aparente de la base y la hipotenusa desaparezca; momento en el cual la verdadera convexidad de la tierra debe volverse aparente.

MANUSCRITO HALLADO EN UNA BOTELLA

Qui n’a plus qu’un moment a vivre N’a plus rien a dissimuler.

—Quinault—Atys.

De mi país y de mi familia tengo poco que decir. El mal trato y el paso de los años me han alejado del uno y extrañado de la otra. La riqueza hereditaria me brindó una educación de orden no común, y una inclinación contemplativa de la mente me permitió metodizar los tesoros que el estudio temprano cosechó con mucha diligencia. Por encima de todo, el estudio de los moralistas alemanes me produjo gran deleite; no por ninguna admiración mal aconsejada de su elocuente locura, sino por la facilidad con la que mis hábitos de pensamiento rígido me permitieron detectar sus falsedades. A menudo se me ha reprochado la aridez de mi genio; una deficiencia de imaginación se me ha imputado como un crimen; y el pirronismo de mis opiniones me ha hecho notorio en todo momento. En verdad, un fuerte gusto por la filosofía física ha teñido, me temo, mi mente con un error muy común de esta época: me refiero al hábito de atribuir los sucesos, incluso los menos susceptibles de tal referencia, a los principios de esa ciencia. En general, nadie podría ser menos propenso que yo a ser apartado de los estrictos recintos de la verdad por los fuegos fatuos de la superstición. He considerado apropiado exponer esto de antemano, no sea que el increíble relato que tengo que contar sea considerado más bien el delirio de una imaginación cruda que la experiencia positiva de una mente para la cual los ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.

Tras muchos años pasados en viajes al extranjero, zarpé en el año 18—, desde el puerto de Batavia, en la rica y populosa isla de Java, en un viaje al archipiélago de las islas de la Sonda. Fui como pasajero, sin más incentivo que una especie de inquietud nerviosa que me acechaba como un demonio.

Nuestra embarcación era un hermoso barco de unas cuatrocientas toneladas, con pernos de cobre y construido en Bombay con madera de teca de Malabar. Estaba cargado con algodón en rama y aceite, provenientes de las islas Laquedivas. Teníamos también a bordo fibra de coco, azúcar de palma, mantequilla clarificada, cocos y unos cuantos cajones de opio. La estiba se hizo con torpeza y, en consecuencia, el barco era inestable.

Nos pusimos en marcha con un mero soplo de viento y durante muchos días navegamos a lo largo de la costa oriental de Java, sin más incidente para engañar la monotonía de nuestro rumbo que el encuentro ocasional con algunas de las pequeñas embarcaciones del archipiélago al que nos dirigíamos.

Una tarde, inclinado sobre la borda de popa, observé una nube muy singular y aislada, hacia el noroeste. Era notable, tanto por su color como por ser la primera que veíamos desde nuestra partida de Batavia. La observé atentamente hasta la puesta del sol, cuando se extendió de repente hacia el este y el oeste, ciñendo el horizonte con una estrecha franja de vapor y pareciendo una larga línea de playa baja. Mi atención fue atraída poco después por el aspecto rojo oscuro de la luna y el carácter peculiar del mar. Este último estaba experimentando un cambio rápido, y el agua parecía más transparente de lo habitual. Aunque podía ver claramente el fondo, al lanzar la sonda encontré que el barco estaba en quince brazas. El aire se volvió entonces intolerablemente caliente y estaba cargado de exhalaciones espirales similares a las que surgen del hierro caliente. Al llegar la noche, todo soplo de viento desapareció; es imposible concebir una calma más completa. La llama de una vela ardía sobre el alcázar sin el menor movimiento perceptible, y un cabello largo, sostenido entre el dedo y el pulgar, colgaba sin la posibilidad de detectar una vibración. Sin embargo, como el capitán dijo que no podía percibir indicación alguna de peligro, y como estábamos derivando hacia la costa, ordenó arriar las velas y echar el ancla. No se estableció guardia y la tripulación, compuesta principalmente por malayos, se estiró deliberadamente sobre la cubierta. Bajé a mi camarote, no sin un pleno presentimiento de mal. De hecho, cada apariencia me autorizaba a temer un simún. Le dije al capitán mis temores, pero no prestó atención a lo que dije y me dejó sin dignarse a dar una respuesta. Mi inquietud, sin embargo, me impidió dormir, y cerca de la medianoche subí a cubierta. Al poner el pie en el peldaño superior de la escala, me sobresaltó un ruido fuerte y zumbante, como el provocado por la rápida revolución de una rueda de molino, y antes de que pudiera determinar su significado, sentí que el barco se estremecía hasta sus cimientos. Al instante siguiente, un desierto de espuma nos arrojó sobre un costado y, precipitándose sobre nosotros de proa a popa, barrió las cubiertas enteras de extremo a extremo.

La furia extrema de la ráfaga resultó, en gran medida, la salvación del barco. Aunque completamente anegado, como sus mástiles se habían ido por la borda, se elevó, después de un minuto, pesadamente del mar y, tambaleándose un rato bajo la inmensa presión de la tempestad, finalmente se enderezó.

Por qué milagro escapé a la destrucción, es imposible decirlo. Aturdido por el choque del agua, me encontré, al recuperarme, encajado entre el codaste y el timón. Con gran dificultad logré ponerme en pie y, mirando mareado a mi alrededor, me impresionó al principio la idea de que estábamos entre rompeolas; tan terrorífico, más allá de la imaginación más salvaje, era el remolino del montañoso y espumoso océano en el que estábamos engullidos. Al cabo de un rato, escuché la voz de un anciano sueco que se había embarcado con nosotros en el momento de dejar el puerto. Le grité con todas mis fuerzas y enseguida vino tambaleándose hacia la popa. Pronto descubrimos que éramos los únicos supervivientes del accidente. Todos los que estaban en cubierta, a excepción de nosotros, habían sido barridos por la borda; el capitán y los oficiales debieron perecer mientras dormían, pues los camarotes estaban inundados de agua. Sin ayuda, poco podíamos esperar hacer por la seguridad del barco, y nuestros esfuerzos se vieron paralizados al principio por la expectativa momentánea de irnos a pique. Nuestro cable, por supuesto, se había roto como hilo de coser al primer soplo del huracán, o habríamos sido aniquilados instantáneamente. Navegamos a una velocidad espantosa ante el mar, y el agua rompía claramente sobre nosotros. El armazón de nuestra popa estaba excesivamente destrozado y, en casi todos los aspectos, habíamos recibido daños considerables; pero para nuestra extrema alegría encontramos las bombas sin obstrucciones y que no habíamos sufrido un gran desplazamiento de nuestro lastre. La furia principal de la ráfaga ya había pasado y temíamos poco peligro por la violencia del viento; pero esperábamos con consternación su cese total; creyendo firmemente que, en nuestra condición destrozada, pereceríamos inevitablemente en el tremendo oleaje que seguiría. Pero esta aprensión tan justa no parecía de ninguna manera probable que se verificara pronto. Durante cinco días y noches enteros, en los cuales nuestro único sustento fue una pequeña cantidad de azúcar de palma, obtenida con gran dificultad del castillo de proa, el casco voló a una velocidad que desafiaba cualquier cálculo, ante rachas de viento rápidamente sucesivas que, sin igualar la primera violencia del simún, eran aún más terroríficas que cualquier tempestad que hubiera encontrado antes. Nuestro rumbo durante los primeros cuatro días fue, con variaciones insignificantes, sureste; y debemos haber navegado a lo largo de la costa de Nueva Holanda. En el quinto día el frío se volvió extremo, aunque el viento había rolado un punto más hacia el norte. El sol surgió con un lustre amarillento enfermizo y trepó muy pocos grados sobre el horizonte, sin emitir luz decisiva. No había nubes aparentes, sin embargo, el viento iba en aumento y soplaba con una furia caprichosa e inestable. Cerca del mediodía, según pudimos adivinar, nuestra atención fue atraída de nuevo por la aparición del sol. No emitía luz, propiamente dicha, sino un brillo sordo y hosco sin reflejo, como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar túrgido, sus fuegos centrales se apagaron repentinamente, como si fueran extinguidos apresuradamente por algún poder inexplicable. Era solo un borde tenue, parecido a una astilla, mientras se precipitaba hacia el océano inescrutable.

Esperamos en vano la llegada del sexto día (ese día para mí aún no ha llegado; para el sueco, nunca llegó). De ahí en adelante quedamos envueltos en una oscuridad desigual, de modo que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continuó envolviéndonos, sin ser aliviada por la brillantez fosfórica del mar a la que estábamos acostumbrados en los trópicos. Observamos también que, aunque la tempestad continuaba enfureciéndose con una violencia incesante, ya no se descubría la apariencia habitual de oleaje o espuma que hasta entonces nos había acompañado. Todo a nuestro alrededor era horror, espesa penumbra y un desierto negro y sofocante de ébano. El terror supersticioso se deslizó gradualmente en el espíritu del viejo sueco, y mi propia alma estaba envuelta en un asombro silencioso. Descuidamos todo cuidado del barco, pues era peor que inútil, y asegurándonos lo mejor posible al tocón del mástil de mesana, miramos amargamente hacia el mundo del océano. No teníamos medios de calcular el tiempo, ni podíamos formarnos ninguna idea de nuestra situación. Éramos, sin embargo, muy conscientes de haber avanzado más al sur que cualquier navegante anterior, y sentimos un gran asombro por no encontrar los impedimentos habituales del hielo. Mientras tanto, cada momento amenazaba con ser el último; cada ola montañosa se apresuraba a engullirnos. El oleaje superaba todo lo que había imaginado posible, y que no fuéramos enterrados instantáneamente es un milagro. Mi compañero habló de la ligereza de nuestra carga y me recordó las excelentes cualidades de nuestro barco; pero no pude evitar sentir la absoluta desesperanza de la esperanza misma, y me preparé sombríamente para esa muerte que pensé que nada podría diferir más allá de una hora, ya que, con cada nudo de velocidad que lograba el barco, el oleaje de los mares negros y estupendos se volvía más lúgubremente espantoso. A veces jadeábamos buscando aliento a una elevación por encima del albatros; a veces nos mareábamos con la velocidad de nuestro descenso hacia algún infierno acuático, donde el aire se volvía estancado y ningún sonido perturbaba el sueño del kraken.

Estábamos en el fondo de uno de estos abismos cuando un grito rápido de mi compañero irrumpió temiblemente en la noche. “¡Mira! ¡mira!”, gritó, chillando en mis oídos, “¡Dios todopoderoso! ¡mira! ¡mira!”. Mientras hablaba, me di cuenta de un resplandor sordo y hosco de luz roja que brotaba por los lados del vasto abismo donde yacíamos y arrojaba una brillantez caprichosa sobre nuestra cubierta. Al alzar mis ojos, contemplé un espectáculo que congeló la corriente de mi sangre. A una altura terrorífica directamente sobre nosotros, y justo al borde del precipitoso descenso, flotaba un barco gigantesco de, tal vez, cuatro mil toneladas. Aunque erguida sobre la cumbre de una ola más de cien veces mayor que su propia altitud, su tamaño aparente excedía al de cualquier barco de línea o Indiamen de las Indias Orientales en existencia. Su enorme casco era de un negro profundo y lúgubre, sin alivio de ninguna de las tallas habituales de un barco. Una sola fila de cañones de bronce sobresalía de sus puertos abiertos y reflejaba desde sus superficies pulidas los fuegos de innumerables linternas de combate, que oscilaban de aquí para allá alrededor de su aparejo. Pero lo que principalmente nos inspiró horror y asombro fue que ella se mantenía bajo una presión de velas ante el mismo rostro de aquel mar sobrenatural y de aquel huracán ingobernable. Cuando la descubrimos por primera vez, solo se veían sus proas, mientras se elevaba lentamente del abismo tenue y horrible que tenía detrás. Por un momento de intenso terror, se detuvo sobre el vertiginoso pináculo, como si estuviera en contemplación de su propia sublimidad, luego tembló y vaciló, y cayó.

En este instante, no sé qué repentina presencia de ánimo se apoderó de mi espíritu. Tambaleándome hacia popa tanto como pude, esperé sin miedo la ruina que iba a abrumarnos. Nuestra propia embarcación finalmente cesaba en sus luchas y se hundía con la cabeza hacia el mar. El choque de la masa descendente golpeó, en consecuencia, esa porción de su armazón que ya estaba bajo el agua, y el resultado inevitable fue arrojarme, con violencia irresistible, sobre el aparejo del extraño.

Mientras caía, el barco viró y cambió de rumbo; y a la confusión subsiguiente atribuí el haber escapado de la atención de la tripulación. Con poca dificultad me abrí paso sin ser visto hacia la escotilla principal, que estaba parcialmente abierta, y pronto encontré la oportunidad de esconderme en la bodega. Por qué lo hice, apenas puedo decirlo. Un sentido indefinido de temor, que a primera vista de los navegantes del barco se había apoderado de mi mente, era quizás el principio de mi ocultamiento. No estaba dispuesto a confiar en una raza de personas que habían ofrecido, a la mirada superficial que les había echado, tantos puntos de vaga novedad, duda y aprensión. Por lo tanto, pensé que era apropiado idear un escondite en la bodega. Esto lo hice quitando una pequeña porción de las tablas de estiba, de tal manera que me proporcionara un retiro conveniente entre las enormes vigas del barco.

Apenas había terminado mi trabajo, cuando un paso en la bodega me obligó a hacer uso de él. Un hombre pasó junto a mi lugar de ocultamiento con un andar débil e inestable. No pude ver su rostro, pero tuve la oportunidad de observar su aspecto general. Había en él una evidencia de gran edad y debilidad. Sus rodillas se tambaleaban bajo una carga de años, y todo su cuerpo se estremecía bajo el peso. Murmuró para sí mismo, en un tono bajo y entrecortado, algunas palabras de un idioma que no pude entender, y tanteó en una esquina entre una pila de instrumentos de aspecto singular y cartas de navegación decrépitas. Su manera era una mezcla salvaje de la irritabilidad de la segunda infancia y la solemnidad digna de un Dios. Finalmente subió a cubierta y no lo volví a ver más.

Un sentimiento, para el cual no tengo nombre, se ha apoderado de mi alma: una sensación que no admitirá análisis, para la cual las lecciones de tiempos pasados son inadecuadas, y para la cual me temo que el futuro mismo no me ofrecerá ninguna llave. Para una mente constituida como la mía, la última consideración es un mal. Nunca (sé que nunca) estaré satisfecho con respecto a la naturaleza de mis concepciones. Sin embargo, no es maravilloso que estas concepciones sean indefinidas, ya que tienen su origen en fuentes tan totalmente novedosas. Un nuevo sentido, una nueva entidad, se añade a mi alma.

Ha pasado mucho tiempo desde que pisé por primera vez la cubierta de este terrible barco, y los rayos de mi destino están, creo, reuniéndose en un foco. ¡Hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones de una clase que no puedo adivinar, pasan junto a mí sin notarme. El ocultamiento es una locura absoluta de mi parte, porque la gente no quiere ver. Fue hace apenas un momento que pasé directamente ante los ojos del oficial; no hace mucho tiempo que me aventuré en el camarote privado del capitán, y tomé de allí los materiales con los que escribo, y he escrito. Continuaré este diario de vez en cuando. Es verdad que tal vez no encuentre la oportunidad de transmitirlo al mundo, pero no dejaré de hacer el intento. En el último momento encerraré el manuscrito en una botella y lo arrojaré al mar.

Ha ocurrido un incidente que me ha dado un nuevo espacio para la meditación. ¿Son tales cosas la operación del azar sin gobierno? Me había aventurado a cubierta y me había arrojado, sin atraer ninguna atención, entre una pila de cabos y velas viejas en el fondo de la chalupa. Mientras meditaba sobre la singularidad de mi destino, unté involuntariamente con un pincel de alquitrán los bordes de una vela de respeto cuidadosamente plegada que yacía cerca de mí sobre un barril. La vela de respeto está ahora izada en el barco, y los toques despreocupados del pincel se extienden formando la palabra DESCUBRIMIENTO.

He hecho muchas observaciones últimamente sobre la estructura de la embarcación. Aunque bien armada, no creo que sea un barco de guerra. Su aparejo, construcción y equipo general niegan una suposición de este tipo. Lo que no es, puedo percibirlo fácilmente; lo que es, me temo que es imposible decirlo. No sé cómo es, pero al escudriñar su extraño modelo y singular disposición de mástiles, su enorme tamaño y sus desproporcionados juegos de velas, su proa severamente simple y su popa anticuada, a veces destella en mi mente una sensación de cosas familiares, y siempre hay mezclado con tales sombras indistintas de recuerdo, una memoria inexplicable de viejas crónicas extranjeras y edades hace mucho tiempo.

He estado mirando las vigas del barco. Está construido de un material que me es ajeno. Hay un carácter peculiar en la madera que me parece que la hace inadecuada para el propósito al que ha sido aplicada. Me refiero a su extrema porosidad, considerada independientemente de la condición carcomida que es consecuencia de la navegación en estos mares, y aparte de la podredumbre propia de la edad. Parecerá quizás una observación algo demasiado curiosa, pero esta madera tendría todas las características del roble español, si el roble español estuviera distendido por algún medio antinatural.

Al leer la frase anterior, un curioso apotegma de un viejo navegante holandés curtido por el clima acude por completo a mi memoria. “Es tan seguro”, solía decir, cuando se dudaba de su veracidad, “como seguro es que hay un mar donde el barco mismo crecerá en volumen como el cuerpo vivo del marinero”.

Hace aproximadamente una hora, me atreví a abrirme paso entre un grupo de la tripulación. No me prestaron atención alguna y, aunque permanecí en medio de todos ellos, parecían totalmente ajenos a mi presencia. Al igual que el que había visto primero en la bodega, todos llevaban consigo las marcas de una edad provecta. Sus rodillas temblaban de infirmidad; sus hombros estaban doblados por la decrepitud; sus pieles marchitas crujían con el viento; sus voces eran bajas, trémulas y quebradas; sus ojos brillaban con la legaña de los años; y sus cabellos grises ondeaban terriblemente en la tempestad. A su alrededor, por todas partes de la cubierta, yacían esparcidos instrumentos matemáticos de la construcción más extraña y obsoleta.

Mencioné hace algún tiempo el izado de una vela rastrera. Desde aquel periodo, el barco, al quedar de través respecto al viento, ha continuado su curso aterrador hacia el sur, con cada jirón de lona desplegado, desde sus penoles hasta las botavaras de las rastreras, balanceando a cada momento las vergas de juanete hacia el infierno de agua más espantoso que pueda concebir la mente de un hombre. Acabo de abandonar la cubierta, donde me resulta imposible mantenerme en pie, aunque la tripulación parece experimentar poca incomodidad. Me parece un milagro de milagros que nuestra enorme mole no sea engullida de inmediato y para siempre. Sin duda estamos condenados a flotar continuamente al borde de la eternidad, sin dar el salto definitivo al abismo. De olas mil veces más estupendas que cualquiera que haya visto jamás, nos deslizamos con la facilidad de la gaviota en flecha; y las aguas colosales alzan sus cabezas sobre nosotros como demonios de las profundidades, pero como demonios limitados a simples amenazas y con prohibición de destruir. Me inclino a atribuir estas frecuentes salvaciones a la única causa natural que puede explicar tal efecto. Debo suponer que el barco se encuentra bajo la influencia de alguna corriente fuerte o de un resacón impetuoso.

He visto al capitán cara a cara, y en su propio camarote, pero, como esperaba, no me prestó atención. Aunque en su apariencia no hay, para un observador casual, nada que pueda señalarle como más o menos que un hombre, aun así, un sentimiento de irreprimible reverencia y asombro se mezcló con la sensación de maravilla con la que le contemplaba. En estatura es casi de mi misma altura; es decir, unos cinco pies y ocho pulgadas. Es de constitución bien formada y compacta, ni robusto ni notablemente lo contrario. Pero es la singularidad de la expresión que reina en su rostro —es la intensa, la maravillosa, la estremecedora evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema— lo que excita en mi espíritu un sentido, un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece llevar el sello de una miríada de años. Sus cabellos grises son registros del pasado, y sus ojos más grises son sibilas del futuro. El suelo del camarote estaba densamente cubierto de extraños folios de cierres de hierro, instrumentos de ciencia mohosos y cartas náuticas obsoletas y olvidadas hace mucho tiempo. Tenía la cabeza inclinada sobre sus manos y estudiaba, con un ojo febril e inquieto, un papel que tomé por una comisión y que, en cualquier caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí mismo, como hizo el primer marinero que vi en la bodega, algunas sílabas bajas y malhumoradas de una lengua extranjera, y aunque el hablante estaba cerca de mi codo, su voz parecía llegar a mis oídos desde la distancia de una milla.

El barco y todo lo que hay en él están imbuídos del espíritu de la Antigüedad. La tripulación se desliza de un lado a otro como los fantasmas de siglos enterrados; sus ojos tienen un significado ansioso e inquieto; y cuando sus dedos se cruzan en mi camino bajo el resplandor salvaje de los faroles de combate, siento lo que nunca antes había sentido, a pesar de que toda mi vida he sido un traficante de antigüedades y he bebido las sombras de columnas caídas en Balbec, Tadmor y Persépolis, hasta que mi propia alma se ha convertido en una ruina.

Cuando miro a mi alrededor me siento avergonzado de mis anteriores temores. Si temblé ante la ráfaga que nos ha acompañado hasta ahora, ¿no debería quedar horrorizado ante una lucha de viento y océano, para cuya idea las palabras tornado y simún son triviales e ineficaces? Todo en la vecindad inmediata del barco es la negrura de la noche eterna y un caos de agua sin espuma; pero, a una legua a cada lado de nosotros, pueden verse, indistinta y periódicamente, estupendos baluartes de hielo que se alzan hacia el cielo desolado y parecen los muros del universo.

Como imaginé, el barco demuestra estar en una corriente, si es que puede darse tal apelativo a una marea que, aullando y chirriando junto al hielo blanco, truena hacia el sur con una velocidad como el precipitado desplome de una catarata.

Concebir el horror de mis sensaciones es, supongo, totalmente imposible; sin embargo, una curiosidad por penetrar los misterios de estas terribles regiones predomina incluso sobre mi desesperación y me reconciliará con el aspecto más horrendo de la muerte. Es evidente que nos apresuramos hacia algún conocimiento excitante, algún secreto nunca revelado cuya obtención es la destrucción. Quizás esta corriente nos lleve al polo sur mismo. Debe confesarse que una suposición aparentemente tan descabellada tiene toda probabilidad a su favor.

La tripulación recorre la cubierta con paso inquieto y trémulo; pero hay en sus semblantes una expresión más de la ansiedad de la esperanza que de la apatía de la desesperación.

Mientras tanto, el viento sigue en nuestra popa y, como llevamos una multitud de velas, ¡el barco es a veces levantado físicamente fuera del mar! ¡Oh, horror sobre horror! —el hielo se abre repentinamente a la derecha y a la izquierda, y estamos girando vertiginosamente, en inmensos círculos concéntricos, una y otra vez alrededor de los bordes de un anfiteatro gigantesco, cuya cima de sus muros se pierde en la oscuridad y la distancia. ¡Pero me quedará poco tiempo para reflexionar sobre mi destino! Los círculos se hacen rápidamente pequeños —estamos cayendo locamente dentro del agarre del remolino— y en medio de un rugido, y bramido, y trueno del océano y de la tempestad, el barco se estremece —¡oh Dios! y— se hunde.

NOTA.—El “Manuscrito hallado en una botella” se publicó originalmente en 1831, y no fue hasta muchos años después cuando tuve conocimiento de los mapas de Mercator, en los que el océano aparece representado precipitándose, por cuatro bocas, hacia el Golfo Polar (septentrional), para ser absorbido por las entrañas de la tierra; estando el Polo mismo representado por una roca negra, que se alza a una altura prodigiosa.

EL RETRATO OVAL

El castillo en el que mi ayuda de cámara se había aventurado a entrar por la fuerza, antes que permitirme, en mi desesperada condición de herido, pasar una noche al aire libre, era uno de esos edificios de sombría y grandiosa mezcla que tanto tiempo han fruncido el ceño entre los Apeninos, no menos en la realidad que en la fantasía de la señora Radcliffe. A todas luces había sido abandonado temporal y muy recientemente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosamente amueblados. Se encontraba en una remota torre del edificio. Sus decoraciones eran ricas, aunque raídas y antiguas. Sus paredes estaban colgadas con tapices y adornadas con múltiples y multiformes trofeos heráldicos, junto con un número inusualmente grande de pinturas modernas muy vivaces en marcos de rico arabesco dorado. En estas pinturas, que colgaban de las paredes no solo en sus superficies principales, sino en muchísimos rincones que la arquitectura bizarra del castillo hacía necesarios —en estas pinturas mi delirio incipiente, tal vez, me había llevado a interesarme profundamente; por lo que ordené a Pedro cerrar los pesados postigos de la habitación —dado que ya era de noche— encender las lenguas de un alto candelabro que estaba junto a la cabecera de mi cama, y abrir de par en par las cortinas de flecos de terciopelo negro que envolvían la cama misma. Deseaba que todo esto se hiciera para poder resignarme, si no al sueño, al menos alternativamente a la contemplación de estos cuadros y a la lectura de un pequeño volumen que había sido hallado sobre la almohada, y que pretendía criticarlos y describirlos.

Largo, largo tiempo leí —y devota, profundamente contemplé. Rápida y gloriosamente volaron las horas y llegó la profunda medianoche. La posición del candelabro me disgustó, y alargando mi mano con dificultad, antes que molestar a mi valet dormido, lo coloqué de modo que arrojara sus rayos más plenamente sobre el libro.

Pero la acción produjo un efecto totalmente inesperado. Los rayos de las numerosas velas (pues había muchas) cayeron ahora dentro de un nicho de la habitación que hasta entonces había quedado en profunda sombra por uno de los postes de la cama. Vi así a viva luz un cuadro totalmente inadvertido antes. Era el retrato de una joven que apenas alcanzaba la madurez. Lancé una mirada rápida a la pintura y luego cerré los ojos. La razón por la que hice esto no fue evidente al principio ni siquiera para mi propia percepción. Pero mientras mis párpados permanecían así cerrados, repasé en mi mente mi motivo para cerrarlos. Fue un movimiento impulsivo para ganar tiempo para pensar —para asegurarme de que mi visión no me había engañado— para calmar y someter mi fantasía para una mirada más sobria y más segura. En muy pocos momentos miré de nuevo fijamente la pintura.

Que ahora veía correctamente no podía ni quería dudarlo; pues el primer destello de las velas sobre aquel lienzo había parecido disipar el estupor soñador que se apoderaba de mis sentidos, y sobresaltarme de inmediato a la vida despierta.

El retrato, ya lo he dicho, era el de una joven. Era simplemente una cabeza y hombros, hecho en lo que técnicamente se denomina manera de viñeta; muy al estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el pecho e incluso las puntas del cabello radiante se fundían imperceptiblemente en la sombra vaga pero profunda que formaba el fondo de todo. El marco era ovalado, ricamente dorado y filigranado en estilo morisco. Como obra de arte nada podría ser más admirable que la pintura misma. Pero no podría haber sido ni la ejecución de la obra, ni la belleza inmortal del rostro, lo que tan repentina y vehementemente me había conmovido. Menos aún podía haber sido que mi fantasía, sacudida de su medio sueño, hubiera confundido la cabeza con la de una persona viva. Vi al instante que las peculiaridades del diseño, del viñeteado y del marco debían haber disipado instantáneamente tal idea —debían haber impedido incluso su entretenimiento momentáneo. Pensando seriamente en estos puntos, permanecí, durante una hora tal vez, medio sentado, medio reclinado, con mi vista remachada en el retrato. Al fin, satisfecho con el verdadero secreto de su efecto, caí de nuevo dentro de la cama. Había encontrado el hechizo del cuadro en una veracidad absoluta de expresión que, al principio sobresaltándome, finalmente me confundió, me sometió y me horrorizó. Con profunda y reverente asombro reemplacé el candelabro en su posición anterior. Estando así la causa de mi profunda agitación fuera de la vista, busqué ansiosamente el volumen que trataba de las pinturas y sus historias. Pasando al número que designaba el retrato oval, leí allí las palabras vagas y extrañas que siguen:

“Era una doncella de rara belleza, y no más encantadora que llena de alegría. Y malvada fue la hora en que vio, y amó, y se casó con el pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, y teniendo ya una novia en su Arte; ella una doncella de rara belleza, y no más encantadora que llena de alegría; toda luz y sonrisas, y juguetona como el cervatillo joven; amando y apreciando todas las cosas; odiando solo el Arte que era su rival; temiendo solo la paleta y los pinceles y otros instrumentos inoportunos que la privaban del semblante de su amante. Fue, pues, algo terrible para esta dama oír al pintor hablar de su deseo de retratar incluso a su joven novia. Pero ella era humilde y obediente, y se sentó mansamente durante muchas semanas en la oscura y alta cámara de la torre donde la luz goteaba sobre el pálido lienzo solo desde arriba. Pero él, el pintor, se glorificaba en su obra, que continuaba de hora en hora, y de día en día. Y él era un hombre apasionado, salvaje y temperamental, que se perdía en ensueños; de modo que no veía que la luz que caía tan fantasmal en esa torre solitaria marchitaba la salud y el espíritu de su novia, quien languidecía visiblemente para todos menos para él. Sin embargo, ella sonreía y seguía sonriendo, sin quejarse, porque veía que el pintor (que tenía gran renombre) sentía un placer ferviente y ardiente en su tarea, y trabajaba día y noche para representar a la que tanto le amaba, pero que crecía diariamente más desanimada y débil. Y en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban de su parecido en voz baja, como de una maravilla poderosa, y una prueba no menos del poder del pintor que de su profundo amor por aquella a quien representaba tan brillantemente bien. Pero al fin, a medida que la labor se acercaba a su conclusión, no se permitió a nadie entrar en la torre; pues el pintor se había vuelto salvaje con el ardor de su obra, y apartaba sus ojos del lienzo apenas, incluso para mirar el semblante de su esposa. Y no quería ver que los tintes que extendía sobre el lienzo eran extraídos de las mejillas de ella que se sentaba a su lado. Y cuando muchas semanas habían pasado, y quedaba poco por hacer, salvo una pincelada sobre la boca y un tinte sobre el ojo, el espíritu de la dama parpadeó de nuevo como la llama dentro del receptáculo de la lámpara. Y entonces se dio la pincelada, y entonces se colocó el tinte; y, por un momento, el pintor permaneció extasiado ante la obra que había realizado; pero en el siguiente, mientras aún contemplaba, se volvió trémulo y muy pálido, y horrorizado, y gritando con voz alta: ‘¡Esto es verdaderamente la Vida misma!’, se volvió repentinamente para mirar a su amada:—¡Estaba muerta!”

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